The Project Gutenberg EBook of Juvenilla; Prosa ligera, by Miguel Can

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Title: Juvenilla; Prosa ligera

Author: Miguel Can

Release Date: December 7, 2012 [EBook #41575]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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  JUVENILIA


  PROSA LIGERA




MIGUEL CAN


Naci en Montevideo, en 1851, durante la emigracin. Estudi en el
Colegio Nacional de Buenos Aires y se gradu en Derecho en la
Universidad el ao 1872. Perteneci al grupo de espritus selectos que
form la "generacin del ochenta", en momentos en que la cultura
argentina se renovaba substancialmente en el orden cientfico y
literario.

Su actividad fu solicitada alternativamente por la poltica, la
diplomacia y la vida universitaria; pero siempre se mantuvo fiel cultor
de las buenas letras, con aticismo exquisito. Nadie pudo ser ms
representativo para ocupar el primer decanato de nuestra Facultad de
Filosofa y Letras, a cuya existencia qued para siempre vinculado su
nombre.

Inici su carrera de escritor en "La Tribuna" y "El Nacional". En 1875
fu diputado al Congreso; en 1880 director general de correos y
telgrafos; despus de 1881 ministro plenipotenciario en Colombia,
Austria, Alemania, Espaa y Francia. En 1892 fu Intendente de Buenos
Aires y poco despus Ministro del Interior y de Relaciones Exteriores.

Public los siguientes libros, que le asignan un puesto eminente en
nuestra historia literaria: "Ensayos" (1877), "Juvenilia" (1882), "En
viaje" (1884), "Charlas literarias" (1885), Traduccin de "Enrique IV"
(1900), "Notas e impresiones" (1901), "Prosa ligera" (1903). Ha dejado
numerosos "Escritos y Discursos" que pueden ser reunidos en un volumen
tan interesante como los anteriores.

Con excelente gusto crtico y ductilidad de estilo, cualidades que educ
en todo tiempo, logr ser el ms ledo de nuestros "croniqueurs",
igualando los buenos modelos de este gnero esencialmente francs. Ms
se preocup de la gracia sonriente que de la disciplina adusta,
prefiriendo la lnea esbelta a la pesada robustez, como que fu en sus
aficiones un griego de Pars.

Falleci en Buenos Aires el 5 de Septiembre de 1905.




  "LA CULTURA ARGENTINA"

  MIGUEL CAN

  JUVENILIA

  PROSA LIGERA

  Textos completos, con un prlogo de
  HORACIO RAMOS MEJA

  BUENOS AIRES
  La Cultura Argentina--Avenida de Mayo 646
  1916




  =ADVERTENCIA DE LA PRESENTE REEDICION=


Por indicacin del Dr. Miguel Can (hijo) se ha preferido para la
reimpresin de "Juvenilia" el texto de la edicin de 1901, que ha sido
objeto de retoques y adiciones del autor; para la de "Prosa Ligera" se
sigue el texto de 1903.--L.C.A.




PRLOGO


I

Nos separan algunos lustros de la poca en que Miguel Can actuaba; poco
tiempo, sin duda, en la evolucin moral de un pas, aunque el nuestro,
por causas complejas, realiza la propia a saltos. En fantstica carrera
los hechos se suceden, cambiando nuestra fisonoma colectiva a cada
instante. Aquel lapso de tiempo equivale en la vida europea al correr de
muchos aos, quiz varias dcadas. Entre nosotros la duracin de una
existencia humana representa una poca. As, al hablar de Can, casi
tenemos que referirnos a un momento completamente diverso del actual.

Ocurri su nacimiento en 1851, en vsperas de la organizacin nacional.
Contemporneo de Sarmiento, Vicente F. Lpez y Alberdi, perteneci a la
generacin de Pellegrini, Lucio V. Lpez, del Valle y Avellaneda. Todos
se han ido y con ellos sus modalidades, sus virtudes, sus vicios y sus
costumbres. Hubo entonces ms personalidades descollantes, ya porque el
trmino medio fuera ms bajo o porque existe actualmente un nivel
superior de cultura general efectuado a expensas de la individualidad
sobresaliente. De todas maneras, pudo en aquel tiempo existir, y
existi, una _lite_ en cierto modo reducida, directora absoluta en
todos los rdenes de la actividad: poltica, artstica y social,
inconcebible en estos tiempos de actividades antagnicas y en que la
mayor poblacin, o mejor, la necesidad de dividir el trabajo social, ha
originado esferas de accin diversas, sin ms punto de contacto que el
del choque.

Aquel grupo director, a que perteneci Can por mritos propios,
constituy en poltica el gobierno y la oposicin simultneamente, por
no decir que fu siempre y nicamente lo primero, no existiendo la
segunda; pues si bien actu en estos dos aspectos de la vida pblica, lo
hizo sin que existieran ms divergencias entre sus componentes que las
nacidas de la simpata personal o de los rumbos circunstanciales tomados
por cualquiera de ellos. Chocaron hombres, no ideas. Los negocios
pblicos se manejaron as, en acuerdo ntimo, aunque en el detalle, o en
la forma, se pudiera diferir. De tal modo, ms que una causa de
discordia, la poltica fu para ellos un nuevo lazo de unin, que hizo
ms fuerte y eficaz su influencia, hasta por el hecho mismo de dar la
cmoda apariencia de un rodaje poltico completo, sin sus notorios
inconvenientes. En arte fu el grupo avanzado que gustaba de la msica,
del teatro y de las letras modernas, mientras la generalidad se
emocionaba todava con la lrica ingenua y las trovas romnticas; y
llegado el caso, en noble complot, provocaba por medio de vigorosos
artculos o en propagandas de club y casas de familia, una corriente
simptica para salvar del desamparo a Rossi, el estupendo intrprete de
Shakespeare, que se debata en el Politeama entre la olmpica frialdad
de las butacas vacas.

En el aspecto social de la vida, tuvieron el doble prestigio de su
nacimiento y de su talento. La estrecha comunidad de afectos y de
ideales, favoreciendo la tertulia amable de la fiesta de familia y del
club, ocasin para el trato continuo y obligadamente chispeante, hizo de
ellos esos "causeurs" inimitables, persuasivos sin aparentarlo y
entretenidos hasta sin quererlo; supieron usar de ese don con eficacia,
y de ellos sali el conjunto de oradores que ha tenido la Repblica.

Esa fu la influencia de la "lite" en los tres rdenes de la actividad
de ese tiempo. En retribucin, el medio los hizo as: Hombres de mundo,
decidores, caballerescos y delicados hasta en el insulto al adversario;
escritores de aficin, entretenidos y sueltos, casi ninguno dedicado
totalmente a la literatura, como a nada; polticos de alma--cargando el
prejuicio de que slo el puesto pblico exalta la personalidad y aleja
la perspectiva del fracaso--francos, cariosos y nobles; conjunto de
cualidades y defectos que puede resumirse en una sola palabra: el
_porteo_, prototipo de nuestra psicologa social. A su acervo habra
que agregar, redondeando el retrato, ese convencimiento ntimo, tan
suyo, de superioridad respecto del provinciano, cuya silueta, de
contornos inesperados por la traicin alevosa del sastre del terruo, en
impensada conjura con una capilosidad que tena reminiscencias de
bosque,--al que no le faltaban ni los trinos zorzaleos,--ocultaba
todo ese caudal de voluntad, honda instruccin y solidez de
pensamiento,--intransparentable por la reserva de su temperamento,--para
ofrecerse sin defensa exterior de ninguna clase al comentario risueo e
incisivo. Me viene el recuerdo de una de sus pginas tan felices de
Juvenilia, en la que su autor nos refiere uno de los muchos incidentes a
que daba lugar este antagonismo de los dos caracteres:

"Habamos pillado un trozo de dilogo entre dos de ellos (dos
provincianos)--cuenta Can--uno que deca, con una palangana en la
mano: Agora no ms la vo a derramar! y el otro que contestaba en voz de
tiple: No la derrams! Lo convertimos en estribillo que les pona fuera
de s, como los rebuznos del uno y del otro alcalde de la aldea de Don
Quijote". La viveza y el indiscutible brillo del porteo, hzole
aprovechar de esa ventaja de su temperamento--que era la nica--y le
asign injustamente un valor que no tena...

Si se quisiera una muestra de lo que decamos al comenzar, ninguna sera
mejor, posiblemente, que sta: los pocos aos transcurridos han bastado
para borrar aquellas creencias, aunque una falsa exterioridad pretenda
ocultarlo, en algunos casos.

El porteo tena el complemento de su personalidad en la calle Florida.
Los coches en interminable hilera desfilaban, a la cada de la tarde, de
regreso de Palermo, con todo lo elegante que en nuestra sociedad
contaba, entre la doble fila de muchachos. El saludo amplio y largo, en
el que el sombrero pareca aorar el penacho caballeresco, sealaba el
encuentro de la gente conocida, que era toda.

Luego los famosos bailes del Club del Progreso...

No parece que estuviramos hablando de otro pas? Tan diferente fu esa
poca de la actual, que de ella slo queda el recuerdo, formado, para
nosotros, de las conversaciones de aquellos que fueron actores, cuando
en das de invierno propicios al calor del fuego, o en noches de
serenidad estival, bajo el amplio techo de estrellas y de una melancola
que era un repique lejano, gustaban relatar a media voz sus tiempos de
juventud, con esa elocuencia tan evocadora, aun para los que nada
habamos visto y que slo hemos sentido en ellos...

Miguel Can fu todo eso. Tuvo, asimismo, otras condiciones de que
carecieran la mayora de sus contemporneos, o que en ellos estuvieron
mitigadas por sus temperamentos.

Seal en el diapasn general una tendencia que resulta grata para las
almas afines: el afn de la cultura intelectual superior, artstica. La
fundacin de la Facultad de Filosofa y Letras fu una de sus
aspiraciones, y fu creada, en mucha parte, por los trabajos que l
hiciera en su favor. Aunque ella, ms que una solucin,--la Facultad de
Derecho o de Medicina, pueden haber abogados y mdicos; la de Filosofa
y Letras no hace un filsofo ni un literato,--es ndice que seala un
derrotero, y a Can debemos nuestro agradecimiento por eso. Hay otro
hecho que lo seala tambin a una consideracin especial en este mismo
sentido. En un momento de la vida intelectual argentina, en que su
prestigio de hombre de letras le permiti ejercer un cierto tutelaje
paternal sobre los nuevos, supo ser un protector decidido e inteligente.
Y saber alentar es como ser bueno: no se aprende, se nace.


II

De toda su generacin y aun de las anteriores, Can ha sido, como
escritor, el tipo representativo, como lo fuera Echeverra bajo otro
concepto, y lo es Lugones de nuestro momento actual.

Su tipo representativo, desde este punto de vista: de lo que pudieron
dar la mayora de nuestros hombres con vocacin literaria. De lo que
dieron es Echeverra, posiblemente el ms talentoso de todos, imitador,
en poesa y cuyas ideas, sino mal asimiladas, representaban con algn
atraso el movimiento ideolgico del mundo. Este ejemplo expresa
claramente el juicio que nos merece la obra intelectual argentina
pre-actual.

En otro tiempo, cuando el entusiasmo ciego y _a priori_ por nuestros
escritores nos hizo leerlos con asiduidad y cario, nos aburrimos.
Sucedi tal cosa, sin embargo, porque un falso criterio presidi nuestra
lectura.

La labor constructiva del pas encomendada a aquellos hombres, obliglos
a una accin mltiple, que tuvo la eficacia del conjunto, pero que
llevaba forzosamente implcita una ineficiencia cierta en cada una de
las actividades parciales. Can afirmaba que el mal de nuestra
estructura era la vaguedad del ideal. Ms preciso hubiera sido decir: la
pluralidad de ideales. "En el principio era la Accin". Accin result
para ellos la literatura, el arte, como la poltica y la guerra. Como
tal debemos considerar todos los frutos de su pensamiento. Tener
otro criterio para juzgarlos, sera equivocar la verdadera
intencin--subconsciente--que anim a nuestros hombres. No contradice
todo esto lo que dijramos al principio, de que Can fu el tipo
representativo de su generacin y de las anteriores, en el sentido de
que seal una pauta respecto a lo que pudieron dar los que, como l,
tuvieron vocacin por las letras. Con un criterio que no es el caso de
analizar minuciosamente, en bien o en mal, la mayora de nuestros
escritores pre-actuales, buscaron hacer "obras definitivas". Las
circunstancias que hemos indicado hicieron que ellas resultasen
trasuntos de teoras y pensamientos ajenos, no siempre bien asimilados y
concretados en un amontonamiento de pginas ilegibles y tremendamente
aburridas.

Los libros de Can, en cambio,--salvo Juvenilia, que es un
recuerdo,--estn formados casi en su totalidad de artculos sueltos, que
aparecieran en diarios y revistas sin ningn plan de compilacin
ulterior. Verdaderamente amenas, superficiales, escritas con fluidez y
sealando siempre una tendencia superior de cultura y un ideal de arte,
ellas son como el espejo normal donde se refleja lo que hubieran podido
ser aqullas, a haber tenido sus plumas, como la de Can, la clebre
divisa de las espadas florentinas: "_Non ti fidar di me, se il cor ti
manca_".

       *       *       *       *       *

Hemos dudado mucho antes de fijar la creencia de que Can no hubiera
podido ser ms de lo que fu: un amateur de talento y gusto refinado.
Quin sabe si en su primera juventud no hubo pasta para un gran
escritor! Hicimos esta observacin despus de leer un artculo de
"Ensayos", su primer libro, que no conocamos, a pesar de haber gustado
ya algunos de los posteriores: En viaje, Juvenilia, Prosa Ligera, de los
cuales haba nacido aquel concepto.

Quin sabe! Se siente en ese artculo, en ese cuento, como que su mano,
transmutada en garra, se aleja de esa superficie de las cosas que l
tanto amara, e hiciera valer tambin con su prosa leve y fluida--para
cuya calificacin exacta tendramos que valernos de la expresin con que
Sainte Beuve define el estilo de Madame de Sevign: "deja trotar su
pluma con la brida al cuello"--para penetrar en lo hondo y sacudir con
vibracin de clarinada las fibras de la esperanza, de la angustia y del
dolor, como las tristes caas, habladoras y gemebundas, cuando por entre
ellas sopla el huracn. Hay una sugerencia muy grande en "El Canto de la
Sirena". Surge de l un espritu que no es el que luego fuera habitual
en Can.

Pero, no fu ms hombre despus? No debi sufrir ms? Y el dolor es la
sombra y la fuente del genio... Fracasado? Alguna vez hemos pensado,
si no seremos todos, una vez entrados en la madurez, una esperanza ms o
menos frustrada de la juventud.

Cuntas veces ha hablado, despus, Can, de esos mismos sentimientos?
Muchas veces y ninguna.

Entre esos renunciamientos continuos que dice Renan constituyen la vida,
quiz exista ese, inconsciente, que tomara la forma de una desgastacin
imperceptible de nuestra alma.

Y lo terrible es que es muy leve, con levedad que aleja la desconfianza
y con ella la defensa de s misma[1]. Entonces he comprendido aquel
prrafo de la carta de Beethoven a Bettina Brentano: "Los artistas son
de fuego, ellos no lloran". No deben llorar ni vivir la vida de los
otros... Defenderse, defenderse siempre y de todo...

     [1] Es por eso que siento un horror piadoso por los chicos precoces
     a quienes tengo simpata o cario. Se me figura--y aqu hago mo un
     pensamiento de Jos Mara Ramos Meja--que los retardados poseen
     como una capa preservadora que mantiene en una especie de fanal,
     sus almas delicadas.

       *       *       *       *       *

La obra literaria de Miguel Can comprende siete volmenes: "Ensayos",
"En viaje", "Charlas literarias", "Juvenilia", la hermossima traduccin
del "Enrique IV" de Shakespeare, "Notas e Impresiones" y por ltimo
"Prosa Ligera"[2].

     [2] A esto hay que agregar algunos artculos sueltos aparecidos en
     diversas revistas. Vase "La Biblioteca" y la "Revista de Buenos
     Aires", entre otras. "A la distancia", que algunos diccionarios y
     publicaciones consideran como otro volumen, es un folleto en el que
     se han reunido dos artculos que se encuentran en "Charlas
     literarias": Carlos Encina--recuerdos ntimos--y "Tedium Vitae".

"Ensayos" es la obra de la juventud. Fu publicada en 1877, cuando su
autor tena 26 aos. Hay artculos, sin embargo, que llevan la fecha de
1872. Nada mejor que el prlogo para dar una idea del contenido del
volumen: "Deca al principio que no me haca ilusiones sobre el mrito
de estos ligeros trabajos, destinados casi todos a la vida efmera de un
diario. Desde luego, no hay plan ninguno, ni ilacin entre ellos. Una
lectura, una impresin, un recuerdo o una esperanza, he ah de dnde han
salido, incompletos, desaliados, sin soar jams el honor de ser
encuadernados". Tiene el inters, sin embargo, de mostrar a Can en el
comienzo de su vida literaria. Estos primeros libros de los hombres de
letras tienen un sabor especial para el que quiere conocer sus almas.
Est all ms abierta que en ninguna parte; tienen siempre la ingenuidad
juvenil de cuando se cree en todo y la vida es verdaderamente "un arduo
deseo". El primer libro es quiz la nica ocasin de conocer de cerca y
en lo posible un alma y un corazn. Ya hemos hablado de un artculo: "El
Canto de la Sirena". No hay para qu volver sobre l.

"En Viaje" es el relato de su visita a Colombia y Venezuela, con ocasin
de su investidura diplomtica. Observador perspicaz y amable, no es
extrao que este libro sea una de sus mejores producciones. Tuvo, al
tiempo de su aparicin, el mrito de hacer conocer pases totalmente
ignorados por nuestros hombres.

"Charlas Literarias" es una coleccin de artculos de crtica sobre
autores argentinos y extranjeros, donde se destacan sus dos
predilecciones literarias: Shakespeare y Dickens. Aparece tambin all
un estudio sobre Falstaff, que puede considerarse como la base del que
ms tarde hiciera, precediendo su traduccin del "Enrique IV". Tanto el
uno como el otro son de los ms bellos y acertados que escribiera Can.

"Notas e Impresiones" y "Prosa Ligera", su ltima publicacin,
pertenecen a la misma categora de "Charlas Literarias", aunque con una
tendencia argentinista ms acentuada. A "Notas e Impresiones" lo
componen correspondencias que Can envi desde Pars al diario "La
Prensa" y que fueron firmadas con el seudnimo de Travel. En "Prosa
Ligera" aparecen dos o tres estudios que tuvieron en un principio
aspiraciones a obras orgnicas. Tal los titulados: "El arte espaol",
base de un libro sobre Velzquez, y "En el fondo del ro", "De cepa
criolla" y "A las cuchillas", tro destinado a formar parte de "un
estudio de nuestra sociabilidad en aquel momento" y que comenz a
escribir en 1884.

Por ltimo "Juvenilia", su ms grande acierto.

Forman el pequeo libro sus recuerdos de estudiante, poca feliz que, de
todo el caudal acumulado de ciencia, de arte y de experiencia que la
vida da para aplacar sus asperezas, constituye lo nico suave y
consolador, como mano de madre sobre una frente agitada.

Eran diferentes a nosotros los contemporneos de Can? Quiz no, con la
salvedad de que eran ms muchachos. No recuerdo haber robado nunca unos
melones a ningn vasco. Y lo siento, sinceramente.

Can calific a esas pginas como de las ms felices que haba escrito,
y tampoco se equivoc esta vez.

Hay hombres que tienen un subjetivismo especial, precursor de una cierta
inmortalidad, que aumenta lgicamente en proporcin a su talento. De
esos temperamentos han salido las confesiones o memorias ntimas, que
siempre han sido interesantes y que han asegurado la fama de su autor,
porque la vida del hombre, en esa parte que escapa a los dems porque es
un monlogo, segn Amiel, tiene la atraccin de lo desconocido, al mismo
tiempo que de lo inmutable, a travs de los tiempos.

"Juvenilia" posee algo de esas cualidades. Sin ser una memoria ni una
confesin,--es un recuerdo, como dijimos,--tiene algo de ambas cosas.

Es contraproducente hablar de los recuerdos. Ellos, como el cario, como
el amor, no se analizan, sino que se sienten. El que esto escribe, ha
gustado con delicia las pginas suavemente melanclicas de "Juvenilia",
escritas en una sencillez de estilo que no es una de sus menores
cualidades. Muchos debemos a ese alto espritu una hora ntima,
proporcionada por ese libro delicioso. De pocos escritores, y ms si
ellos son argentinos, podrase decir tal cosa. Y este es el mejor elogio
a su vida y a su obra. A "Juvenilia" estar siempre unido el nombre de
Can, como el perfume de una flor evoca la imagen de la planta, que por
darle vida es estimada.

  HORACIO RAMOS MEJA.

  1916.




JUVENILIA

_Si modificara una sola lnea de estas pginas, las ms afortunadas de
las que he escrito, creera destruir el encanto que envuelve el mejor
momento de la existencia, introduciendo, en la armona de sus acordes
juveniles, la nota grave de las impresiones que acompaan el descenso de
la colina._

_Las reproduzco hoy, porque no se encuentran ya y muchos de los que
entraban a la vida cuando se publicaron, desean conocerlas._

_De nuevo, pues, abren sus alas esos recuerdos infantiles; que vuelen
hoy en atmsfera tan simptica y afectuosa como aquella que cruzaron por
primera vez, evocando a su paso imgenes sonrientes y serenas, son los
votos de quien los escribi con placer y acaba de releerlos con cierta
suave tristeza._


_M. C._

Enero 1901.




  "Toutes ces premires impressions...
  ne peuvent nous toucher que mdiocrement;
  il y a du vrai, de la sincerit;
  mais ces peintures de l'enfance, recommences
  sans cesse, n'ont de prix
  que lorsqu'elles ouvrent la vie d'un
  auteur original, d'un pote clbre."

  SAINTE-BEUVE.


Tal era el epgrafe que haba puesto en la primera hoja del cuaderno en
que escrib las pginas que forman este pequeo volumen. Quera tener
presente el consejo del maestro del buen gusto, releerlo sin cesar, para
no ceder a esa tentacin ignorada de los que no manejan una pluma y que
impulsa a la publicidad, como la savia de la tierra pugna por subir a
las alturas para que la vivifique el sol. Lo confieso y lo afirmo con
verdad; nunca pens al trazar esos recuerdos de la vida de colegio, en
otra cosa que en matar largas horas de tristeza y soledad, de las muchas
que he pasado en el alejamiento de la patria, que es hoy la condicin
normal de mi existencia. Horas melanclicas, sujetas a la presin
ingrata de la nostalgia, pero que se iluminaban con la luz interior del
recuerdo, a medida que evocaba la memoria de mi infancia y que los
cuadros serenos y sonrientes del pasado iban apareciendo bajo mi pluma,
haciendo huir las sombras como huyen las aves de las ruinas al venir la
luz de la maana. Creo que me falta una fuerza esencial en el arte
literario, la impersonalidad, entendiendo por ella la facultad de
dominar las simpatas ntimas y afrontar la pintura de la vida con el
escalpelo en la mano que no hace vacilar el rpido latir del corazn.
Cuantas veces be intentado apartarme de mi inclinacin, escribir, en una
palabra, sobre asuntos que no amo, no he conseguido quedar satisfecho.
Cada uno debe seguir la va que su ndole le impone, porque es la nica
en que puede desenvolver la fuerza relativa de su espritu. La
perseverancia, el arte y el trabajo pueden hacer un versificador
elegante y fluido; pero cada estrofa no ser un pedazo de alma de poeta,
y el que as horada el ritmo rebelde para engastar una idea, tendr que
descender de las alturas para elegir su smbolo, dejando al pelcano
cernirse en el espacio o desgarrarse las entraas en el pico de una
roca. Entre una herida que chorrea sangre y una jaqueca, hay la
distancia... de Byron a Tennyson.

Nada he escrito con mayor placer que estos recuerdos. Mientras procuraba
alcanzar el estilo que me haba propuesto, sonrea a veces al chocar con
las enormes dificultades que se presentan al que quiere escribir con
sencillez. Es que la sencillez es la vida y la verdad y nada hay ms
difcil que penetrar en ese santuario. La palabra es rebelde, la frase
pierde la serenidad de su marcha y todos los recursos de nuestro idioma
admirable suelen quedar inertes para aquel que no sabe comunicarles la
accin.

No he conseguido por cierto ni aun acercarme a mi ideal, pero estoy
contento de mi esfuerzo, porque si no lo he encontrado, por lo menos he
buscado el buen camino.

     J'aurai du moins l'honneur de l'avoir entrepris.

Ahora, por qu publico estos recuerdos, destinados a pasar slo bajo
los ojos de mis amigos? En primer lugar, porque aquellos que los han
ledo me han impulsado a hacerlo, a llamarlos a la vida despus de dos
aos de sueo... Pero, con lealtad, en el fondo hay esta razn suprema
que los hombres de letras comprendern: los publico porque los he
escrito.

Mucho he suprimido, poco he agregado. Ciertas pginas ntimas han
desaparecido porque, para ser comprendidas, era necesaria la luz intensa
del cario que da cuerpo y vida a la forma vaga del recuerdo. Pero
mientras correga, pensaba en todos mis compaeros de infancia,
separados al dejar los claustros, a quienes no he vuelto a ver y cuyos
nombres se han borrado de mi memoria. A veces me complazco en hacer
biografas de fantasa para algunos de mis condiscpulos, fundndome en
las probabilidades del carcter y sin saber si aun existen. Cuntos
desaparecidos! Cunta matemtica, cunta qumica y filosofa intil! No
hace mucho tiempo, al entrar en una oficina secundaria de la
administracin nacional, v a un humilde escribiente cuyo cabello
empezaba a encanecer, gravemente ocupado en trazar rayas equidistantes
en un pliego de papel. Como tuve que esperar, pude observarle. Cada vez
que conclua una lnea, dejaba la regla a un lado, sujetndola para que
no rodara, con un pan de goma; levantaba la pluma e inclinando la cabeza
como el pintor que despus de un golpe de pincel se aleja para ver el
efecto, sonrea con satisfaccin. Luego, como fascinado por el
paralelismo de sus rayas, tomaba de nuevo la regla, la pasaba por la
manga de una levita rada, cuyo tejido osteolgico reciba con agrado
ese apunte de negrura, la colocaba sobre el papel y con una presin de
mano, serena e igual, trazaba una nueva paralela con idntico
xito.--Ese hombre, all en los aos de colegio, me haba un da
asombrado por la precisin y claridad con que expuso, tiza en mano, el
binomio de Newton. Haba repetido tantas veces su explicacin a los
compaeros ms dbiles en matemticas, que al fin perdi su nombre para
no responder sino al apodo de "Binomio". Le contempl un momento, hasta
que levantando a su vez la cabeza, naturalmente despus de una paralela
_russie_, me reconoci. Se puso de pie, en una actitud indecisa; no
saba la acogida que recibira de mi parte. Yo haba sido nombrado
ministro! no s dnde, y l!... Me enterneci y lanc un: Binomio!!
abriendo los brazos, que habra contentado a Orestes en labios de
Plades. Me abraz de buena gana y nos pusimos a charlar.

--Y qu tal, Binomio, cmo va la vida?

--Bien; estuve cinco aos empleado en la aduana del Rosario, tres en la
polica, y como mi suegro, con quien vivo, se vino a Buenos Aires,
busqu aqu un empleo y en l me encuentro desde que llegamos.

--Y las matemticas? Cmo no te hiciste ingeniero o algo as? T
tenas disposiciones...

--S, pero no saba historia.

--Pero no veo, Binomio, la necesidad de saber si Carlos X de Francia era
o no hijo de Carlos IX para hacer un plano.

--Desengate, el que no sabe historia no hace camino. T eras tambin
bastante fuerte en matemticas; dime, cuntas veces, desde que saliste
del colegio, has resuelto una ecuacin o has pronunciado solamente la
palabra _coseno_?

--Creo que muy pocas, Binomio.

--Y en cambio (oh! yo te he seguido!) en artculos de diario, en
discursos, en polmicas, en libros, creo, has hecho flamear la historia.
Si hasta una ctedra has tenido con sueldo, no es as?

--S, Binomio.

--Con qu placer te oigo! Ya nadie me dice Binomio! Y sabes quin
tuvo la culpa de que yo no supiera historia? Cosson, tu amigo Cosson,
que tena la ocurrencia de ensearnos la historia en francs.

--No seas injusto, Binomio; era para hacernos practicar.

--Convenido, pero no practica sino el que algo sabe, y yo no saba una
palabra de francs. As, la primera vez que me pregunt en clase, se
trataba de un rey cuyo nombre sirvi ms tarde de apodo a un correntino
que para decirlo estiraba los labios una vara. Era muy difcil.

--Ya me acuerdo: _Tulius Hostilius_.

--Eso es: quise pronunciarlo, la clase se ri, creo que con razn,
porque, a pesar de habrtelo odo, no me atrevera a repetirlo; yo me
enoj, no contest nunca y por consiguiente no estudi historia.
Animal! As, mi hijo, que tiene seis aos, empieza a deletrear un
Duruy. No hay como la historia, y sino mira a todos los compaeros que
han hecho carrera.

--Y qu puedo hacer por t, Binomio?

Se puso colorado y al fin de mil circunloquios me pidi que tratara de
hacer pasar en la Cmara un aumento que iba propuesto; ganaba cuarenta y
tres pesos y aspiraba a cincuenta[3]. Pobre Binomio!

     [3] Estas lneas fueron escritas en 1882: se trata pues, de pesos
     fuertes.

Cuntos como l, perdidos en el vasto espacio de nuestro pas!

Una tarde haba ido a comer a un cuartel donde estaba alojado un
batalln cuyo jefe era mi amigo. A los postres me habl de un curioso
recluta que la ola de la vida haba arrojado, como un resto de
naufragio, a las filas de su cuerpo. Pasaba el tiempo leyendo y el
comandante tuvo ms de una vez la idea de utilizarle en la mayora; pero
era tan vicioso! En ese momento pasaba por el patio y el jefe le hizo
llamar; al entrar, su marcha era insegura. Haba bebido. Apenas la luz
di en su rostro, sent mi sangre afluir al corazn y ocult la cara
para evitarle la vergenza de reconocerme. Era uno de mis condiscpulos
ms queridos, con el que me haba ligado en el colegio. Una inteligencia
clara y rpida, una facilidad de palabra que nos asombraba, un nombre
glorioso en nuestra historia, buena figura, todo lo tena para haber
surgido en el mundo. Haba salido del colegio antes de terminar el curso
y durante diez aos no supe nada de l.--Cmo habra sido de spera y
sacudida esa existencia, para haber cado tan bajo a los treinta aos!
Poco despus dej de ser soldado. Le encontr, trat de levantarle, le
consegu un puesto cualquiera que pronto abandon para perderse de nuevo
en la sombra; todo era intil: el vicio haba llegado a la mdula.

Recordar otra inteligencia brillante, apta para la percepcin de todas
las delicadezas del arte, fina como el espritu de un griego, auxiliada
por una palabra de indecible encanto y un estilo elegante y armonioso?
Recordar ese hombre que slo encontr flores en los primeros pasos de
su vida, que marchaba en el sueo estrellado del poeta, al amparo de una
reputacin indestructible ya? Era bueno y era leal; amaba la armona en
todo y la mujer pura le atraa como un ideal; pero la delicadeza de su
alma exquisita se irritaba hasta la blasfemia, porque la naturaleza le
haba negado la forma, el cuerpo, el vaso cincelado que debi contener
el precioso licor que chispeaba en sus venas. De ah las primeras
amarguras, la melancola precursora del escepticismo. Sin ambiciones
violentas que hubieran sepultado en el fondo de su ser los instintos
artsticos, refugiado en ellos sin reserva, pronto cay en el abandono
ms absoluto. De tiempo en tiempo haca un esfuerzo para ingresar de
nuevo en la vida normal y unirse a nuestra marcha ascendente,
desenvolverse a nuestro lado. Con qu jbilo le recibamos! Era el hijo
prdigo cuyo regreso pona en conmocin todo el hogar. Aquel crneo
deba tener resortes de acero, porque su inteligencia, en sus rpidas
reapariciones despus de largos meses de atrofia, resplandeca con igual
brillo. De atrofia he dicho? No, y esa fu su prdida.

La bohemia le absorbi, le hizo suyo, le penetr hasta el corazn.
Pasaba sus noches, como el "hijo del siglo", entre la densa atmsfera de
una taberna, buscando la alegra que las fuentes puras le haban negado,
en la excitacin ficticia del vino, rodeado de un grupo simptico, ante
el que abra su alma, derramaba los tesoros, de su espritu y se
embriagaba en sueos artsticos, en la paradoja colosal, la teora
demoledora, el aliento revolucionario, que es la vlvula intelectual de
todos los que han perdido el paso en las sendas normales de la tierra.
El bohemio de Murger, con ms delicadeza, con ms altura moral.--El pelo
largo y descuidado, el traje rado, mal calzado, la cara fatigada por el
perpetuo insomnio, los ojos con una desesperacin infinita en el fondo
de la pupila, tal le v por ltima vez y tal qued grabado en mi
memoria. Vive an? Caern estas lneas bajo su mirada? No lo s; en
todo caso, la entidad moral pas, si la forma persiste. Nunca se impone
a mi espritu con ms violencia el problema de la vida que cuando pienso
en ese hombre!...[4].

     [4] Poco tiempo despus de escritas estas lneas, Matas Behety
     encontr el reposo eterno.

Har doce o catorce aos publiqu un cuento que ltimamente rele con
placer, haciendo odos sordos a las imperfecciones de estilo con que
est escrito. El principal personaje del "Canto de la Sirena" es una
simple reminiscencia de colegio; me sirvi de tipo para trazar la figura
de Broth, un condiscpulo que slo pas un ao en los claustros,
extraordinariamente raro y al que no he vuelto a ver ni odo nombrar
jams. De una imaginacin dislocada, por decir as, nerviosa,
estremecindose en una gestacin incesante de sueos y utopas, viva
lejos de nuestro mundo normal, fcil, claro, infantil. En vez de ser un
portento de ciencia, como pinto a Broth, estudiaba poco los textos y,
por lo tanto, saba poco. La experiencia me ha hecho poner en cuarentena
esos prodigios que jams abren un libro y dejan atontados a los
circunstantes en el examen.

Hay dentro de los muros del colegio, como en la penumbra del _boudoir_,
coqueteras intelectuales exquisitas, jvenes que se ocultan para
estudiar, que durante las horas de instruccin colectiva leen
asiduamente una novela, pero que se levantan al alba y trabajan con
furor en la soledad. Cuando Horacio Vernet reciba numerosos visitantes
en su taller, coga febrilmente los pinceles, en una hora remataba una
tela, la firmaba y pasaba a otra cosa. Alguien ha dicho, refirindose a
esa coquetera del pintor, que escriba las cartas en la soledad y les
pona el sobrescrito en pblico. Algo as pasa con los prodigios
escolares. Lo que distingua a Broth, es decir, al condiscpulo que me
di la idea primera del soador, era su manera curiossima de ver las
cosas ms triviales. Fantaseaba como un manitico inventor combina.
Hablaba con facilidad, pero l mismo reconoca que cuanto escriba era,
no solamente incorrecto, como todos nuestros ensayos, sino incoloro. Me
sostena que yo estaba destinado a tener estilo y me lo deca con un
aire tan complacido y solemne como si me augurara la fortuna o una
corona, a la manera de los cuentos rabes. Para entonces me propona una
colaboracin; l me dara el esqueleto y yo le pondra la carne. Pues
bien, cuando recuerdo, vagamente y sin detalles, su confusa concepcin
de la vida de un mdico en plena edad media, creyente en la magia de
todos los colores, asistente asiduo y convencido al sabbat, inventor de
un palo de escoba ms ligero para llegar primero, fabricante de
_homnculus_ (no haba por cierto ledo a Goethe an) discpulo de
Alberto el Grande; cuando recuerdo esas creaciones enfermizas de su
imaginacin, me persuado que haba nacido para seguir con brillo la
tradicin de Hoffmann o Po. Ms de una vez he procurado rehacer en mi
memoria los cuentos estrambticos que me haca; me queda algo confuso, y
si no he ensayado escribirlos, es en la seguridad de que les dara mi
nota personal, lo que no era mi objeto.

Otra existencia cada en la sombra impenetrable del olvido; en cuanto a
ese, tengo la certeza de que ha muerto. Viviendo, habra surgido o
habra hecho hablar de l. Sabe el cielo, sin embargo, si las miserias
y las dificultades de la vida no lo han hundido en la anestesia moral
ms obscura que la tumba!

No todos se han desvanecido y algunos brillan con honor en el cuadro
actual de la patria. Si estas pginas caen bajo sus ojos, que el vnculo
del colegio, debilitado por los aos, se reanime un momento y encuentren
en estos recuerdos una fuente de placer al ver pasar las horas felices
de la infancia.

Nuestros hijos vienen atrs y sus cabecitas sonrientes asoman en el
dintel de la vida, con la mirada llena de inconsciente aplomo,
chispeando de inteligencia y de accin latente. A los diez aos saben lo
que nosotros alcanzamos imperfectamente a los quince;--no olvidemos que
son los nietos de nuestros padres y que el cario del abuelo es de los
ms profundos que vibran sobre la tierra. Paguemos la deuda filial,
haciendo felices a los nietos, encaminndoles en la vida.

Todos, por un esfuerzo comn, levantemos ese Colegio Nacional que nos
di el pan intelectual, desterremos de sus claustros las cuestiones
religiosas, y si no tenemos un Jacques que poner a su frente, elevemos
al puesto de honor un hombre de espritu abierto a la poderosa evolucin
del siglo, con fe en la ciencia y en el progreso humano.




I


Deba entrar en el Colegio Nacional tres meses despus de la muerte de
mi padre; la tristeza del hogar, el espectculo constante del duelo, el
llanto silencioso de mi madre, me hicieron desear abreviar el plazo, y
yo mismo ped ingresar tan pronto como se celebraran los funerales.

El Colegio Nacional acababa de fundarse sobre el antiguo Seminario, con
una nueva organizacin de estudios, en la que el doctor Eduardo Costa,
ministro entonces de Instruccin Pblica, bajo la presidencia del
general Mitre, haba tomado una parte inteligente y activa. Sin embargo,
el establecimiento que quedaba bajo la direccin del doctor Agero, se
resenta an de las trabas de la enseanza escolstica y slo fu ms
tarde, cuando M. Jacques se puso a su frente, que alcanz el
desenvolvimiento y el espritu liberal que haban concebido el Congreso
y el Poder Ejecutivo.

Me invade en este momento el recuerdo fresco y vivo de los primeros das
pasados entre los obscuros y helados claustros del antiguo convento. No
conoca a nadie y notaba en mis compaeros, aguerridos ya a la vida de
reclusin, el sordo antagonismo contra el _nuevo_, la observacin
constante de que era objeto, y me pareca sentir fraguarse contra mi
triste individuo los mil complots que, entre nosotros, por el suave
genio de la raza, slo se traducen en bromas ms o menos pesadas, pero
que en los seculares colegios de Oxford y de Cambridge alcanzan a
brutalidades inauditas, a vejmenes, a servidumbres y martirios. Me
habra encontrado, no obstante, muy feliz con mi suerte, si hubiera
conocido entonces el "Tom Jones" de Fielding.--Silencioso y triste, me
ocultaba en los rincones para llorar a solas, recordando el hogar, el
cario de mi madre, mi independencia, la buena comida y el dulce sueo
de la maana.--Durante los cinco aos que pas en esa prisin, aun
despus de haber hecho all mi nido y haberme connaturalizado con la
monotona de aquella vida, slo dos puntos negros persistieron para m:
el despertar y la comida. A las cinco en verano, a las seis en invierno,
infalible, fatal, como la marcha de un astro, la maldita campana
empezaba a sonar. Era necesario dejar la cama, tiritando de fro casi
siempre, soolientos, irascibles, para ir a formarnos en fila en un
claustro largo y glacial. All rezbamos un "Padre Nuestro", para pasar
en seguida al claustro de los lavatorios.--Cuntas conspiraciones,
cuntas tramas, qu gasto de ingenio y fuerza hicimos para luchar contra
la fatalidad, encarnada a nuestros ojos en el portero, colgado de la
cuerda maldecida! Aquella cuerda tena ms nudos que la que en el
gimnasio emplebamos para trepar a pulso. La cortbamos a veces hasta la
raz del pelo, como decamos, junto al badajo, encaramndonos hasta la
campana, con ayuda de la parra y las rejas, a riesgo de matarnos de un
golpe. Muy a menudo la expectativa nos haca despertar en la maana,
antes de la hora reglamentaria. De pronto oamos una campana de mano,
spera, estridente, manejada con violencia por el brazo irritado del
portero, eterno _prpos_ a las composturas de la cuerda. Se vengaba
entrando a todos los dormitorios y sacudiendo su infernal instrumento en
los odos de sus enemigos personales, entre los cuales tena el honor
de contarme.--Atrasar el reloj era intil por dos razones tristemente
conocidas: la primera, la proximidad del Cabildo, que escapaba a nuestra
influencia; la segunda, el tachmetro de plata del portero que, bien
remontado, velaba fielmente bajo su almohada. Algunas noches de
invierno, la desesperacin nos volva feroces y el ilustre cerbero
amaneca no slo maniatado, sino un tanto rojiza la faz, a causa de la
dificultad para respirar a travs de un aparato, rigurosamente aplicado
sobre su boca y cuya construccin, bajo el nombre de "pera de angustia",
nos haba enseado Alejandro Dumas en sus "Veinte aos despus", al
narrar la evasin del duque de Beaufort del castillo de Vincennes. Todo
era efmero, todo intil, hasta que estuve a punto de inmortalizarme,
descubriendo un aparato sencillo, pero cuyo xito, si bien pasajero,
respondi a mis esperanzas. En una escapada v una carreta de bueyes que
entraba al mercado; debajo del eje colgaba un cuero, como una bolsa
ahuecada, amarrado de las cuatro puntas; dentro, dorma un nio. Fu
para m un rayo de luz, la manzana de Newton, la lmpara de Galileo, la
marmita de Papin, la rana de Volta, la tabla de Rosette de Champollion,
la hoja enroscada de Calmaco. El problema estaba resuelto; esa misma
noche tom el ms fuerte de mis cobertores, una de esas pesadas cobijas
tucumanas que sofocan sin abrigar, la amarr debajo de mi cama, de las
cuatro puntas y cubriendo el artificio con los anchos pliegues de mi
colcha, esper la maana. As que son la campana, me sumerg en la
profundidad y all, acurrucado, inmvil e incmodo, desafi impunemente
la visita del celador, que, viendo mi lecho vaco, sigui adelante. Me
preguntaris quiz qu beneficio positivo reportaba, puesto que, de
todas maneras, tena que despertarme. Respondo, con lstima, que el que
tal pregunta hiciera ignorara estos dos supremos placeres de todos los
tiempos y todas las edades: el amodorramiento matinal y la
contravencin.

Mi invencin cundi rpidamente y al quinto da, al primer toque, las
camas quedaron todas vacas. El celador entr: vi el cuadro, qued
inmvil, llev un dedo a la sien y despus de cinco minutos de grave
meditacin, se dirigi a una cama, alz la colcha y sonri con
ferocidad.

Era la ma!




II


El segundo obstculo insuperable fu la comida, invariable, igual,
constante. En los primeros tiempos, apenas entrbamos al refectorio, un
alumno trepaba a una especie de plpito y as que atacbamos la sopa,
comenzaba con voz gangosa a leernos una vida de santo o una biografa de
la Galera Histrica Argentina, siendo para nosotros obligatorio el
silencio y, por tanto, el fastidio.

No puedo vencer el deseo de dar una idea sucinta del _men_; lo tengo
fijo, grabado en el estmago y el olfato. Dentro de un lquido incoloro,
vago, misterioso, algo como aquellos caldos precipitados que las brujas
de la Edad Media hacan a media noche al pie de una horca con su racimo,
para beberlo antes de ir al sabbat, navegaban audazmente algunos largos
y plidos fideos. Un mes llev estadstica: haba atrapado tres en
treinta das, y eso que estaba en excelentes relaciones con el grande
que serva, mdico y diputado hoy, el Dr. Luis Eyzaguirre, uno de los
tipos ms criollos y uno de los corazones ms bondadosos que he conocido
en mi vida.--Luego, siempre flotando sobre la onda incolora, pero
siquiera en su elemento, vena un sbalo, el clsico sbalo que muchas
veces, contra nuestro inters positivo, haba muerto con dos das de
anticipacin.

En seguida, carnero. Notad que no he dicho cordero; carnero, carnero
respetable, anciano, cortado en romboides y polgonos desconocidos en
el texto geomtrico, huesosos, cubiertos de levsima capa triturable y
reposando, por su peso especfico, en el fondo del consabido lquido,
que para el caso se revesta de un color parduzco. Cuando Eyzaguirre
hunda la cuchara en aquel mar, clavbamos los ojos en la superficie,
mientras hacamos el tcito y rpido clculo sobre a quin tocara el
trozo saliente. De ah amargas decepciones y jbilos manifiestos.--Haca
el papel de pieza de resistencia un largo y escueto asado de costillas,
cubierto de una capa venosa impermeable al diente. Habamos corrido todo
el da en el gimnasio, ramos sanos, los firmes dientes estaban
habituados a romper la cscara del coco y triturar el confite de
Crdoba, el sbalo haba tenido un xito de respeto, debido a su edad;
sin embargo, jams vencimos la crnea defensa paquidrmica del asado de
tira!

Cerraba la marcha, con una conmovedora regularidad, ya un plato de arroz
con leche, ya una fuente de orejones.--La leche, en su estado normal, es
un elemento lquido; por qu se llamaba aquello: "arroz con leche?" Era
slido, compacto y las molculas, estrechndose con violencia, le daban
una dureza de coraza. Si hubiramos dado vuelta la fuente, la
composicin, fiel al receptculo, no se habra movido, dejando caer slo
la verstil capa de canela.--En general, el color del orejn tira a un
dorado intenso, que se comunica al lquido que lo acompaa. Adems, es
un manjar silencioso. Aqul no slo afectaba un tinte negro y opaco,
sino que, arenoso por naturaleza, sonaba al ser triturado.

Luego al gimnasio, a correr, a hacer la digestin!




III


He dicho ya que mis primeros das de colegio fueron de desolacin para
mi alma. La tristeza no me abandonaba y las repetidas visitas de mi
madre, a la que rogaba con el acento de la desesperacin que me sacara
de all y que slo me contestaba con su llanto silencioso, sin dejarse
doblegar en su resolucin, aumentaban an mis amarguras.

La reaccin vino de un recurso inesperado. Una noche que nos llamaban a
la clase de estudio, se me ocurri abrir uno de los cajones de mi cmoda
para tomar algunas galletitas con que combatir las consecuencias del
_men_ mencionado. Maquinalmente tom un libro que all haba y me fu
con l. Una vez en clase, y cuando el silencio se restableci, me puse a
leerlo. Era una traduccin espaola de "Los tres Mosqueteros" de Dumas.
Decir la impresin causada en mi espritu por aquel mundo de aventuras,
amores, estocadas, amistades sagradas, brillo y juventud, mundo
desconocido para m; decir la emocin palpitante con que segu al
hidalgo gascn desde su llegada a Pars hasta la noche sombra del
juicio, el odio al cardenal, mi jbilo por los fracasos de ste, mi
ilusin maravillosa, es hoy superior a mis fuerzas. Toda esa noche, con
un cabo de vela, encendido a hurtadillas, me la pas leyendo. Al da
siguiente no fu a los recreos, no sal de mi cuarto y, cuando al caer
la tarde conclu el libro, slo me alentaba la esperanza de la
continuacin. Escrib a mi madre, vinieron los "Veinte aos despus",
"El Vizconde de Bragelonne" que me cost lgrimas a raudales, un "Luis
XIV y su siglo", tambin de Dumas, crnica hecha sobre las memorias del
tiempo, cuyo nico defecto era a mis ojos no ver figurar en ella a
D'Artagnan, principal personaje de la poca, en mi concepto,--y multitud
de novelas espaolas, cuidadosamente recortadas en folletines, unidos
por alfileres y de algunos de cuyo ttulo me acuerdo todava, aunque
despus no los haya vuelto a ver. "El Espa del Gran Mundo", novela
francesa, en la cual hay una especie de Caliban, pero bueno y fiel, que
chupa en una herida el veneno de una vbora; "La gran Artista y la gran
Seora", que despus he sabido fu por un ao la _coqueluche_ de las
damas de Buenos Aires; "La verdad de un epitafio", donde el hroe roba
de un sepulcro a su amada, aletargada como Julieta y le abre la mejilla
de un feroz tajo para desfigurarla a los ojos de sus enemigos; "El
Clavo", un individuo a quien le perforan el crneo, durante el sueo,
con un clavo invisible a la autopsia, pero que algunos aos despus
aparece gravemente incrustado en su calavera, sobre la que un romntico
medita en un cementerio, como Hamlet con el crneo del _poor Yorick_;
los "Monges de las Alpujarras" y "Men Rodrigo de Sanabria", dos de los
mejores, tal vez los nicos romances realmente histricos de Fernndez y
Gonzlez, con una brutalidad de accin, propia de la poca; el "Hijo del
Diablo", cuya primera parte me enloqueci, hacindome soar un mes
entero con mantos encarnados, caballos galopando bajo la noche y el
trueno, viejos alquimistas calvos, y sombros, etctera; "Dos
cadveres", un salvaje romance de Souli, que pasa en Inglaterra, bajo
el efmero protectorado de Ricardo Cromwell y cuyos dos personajes
principales son los cuerpos de Carlos I y de Oliverio Cromwell, con sus
fretros respectivos, sobre los que pasan cosas inauditas, etc., etc.
Uno de los recuerdos ms vigorosos que he conservado, es la impresin
causada por los "Misterios del Castillo de Udolfo", de Ana Radcliff, que
cay en mis manos en una detestable edicin espaola, en tres tomos con
_x_ en vez de _j_ y _j_ en vez de _i_. No pegu los ojos en una semana,
y era tal la sobreexcitacin de mi espritu, que me figuraba que esos
insomnios mortificantes eran un castigo por el robo sacrlego que haba
cometido, deslizndome al templo de San Ignacio, durante un funeral por
el alma de un ciudadano, para m desconocido,--y metdome bajo el
chaleco, en varios trozos, la vela de cera clsica, que deba iluminar
mis trasnochadas de lectura.

Por medio de canjes y _razzias_ en mis salidas de los domingos, ms o
menos autorizadas por los parientes que tenan bibliotecas, todo Dumas
pas, Fernndez y Gonzlez (un saludo al "Cocinero de Su Majestad", que
cruza mi memoria!), Prez Escrich, que haba ya ofendido el sentido
comn y el arte con unos veinte tomos, y una infinidad de novelas que no
recuerdo ya. Un da supe que un compaero tena la "Hermosa Gabriela" de
Maquet. Me precipit a pedrsela, reclamando derechos de reciprocidad;
pero Juan Cruz Ocampo se haba anticipado y estaba a punto de
conseguirla. Confieso que mi primer movimiento fu disputrsela, aun en
el terreno de los hechos; pero despus de la simple reflexin de que mis
fuerzas fsicas, no igualando mi arrogancia, me habran hecho quedar sin
el libro y con varias contusiones, acept el temperamento del sorteo,
que como un anticipo sobre mi suerte constante en el _alea_ de la vida,
favoreci a Ocampo. Durante una semana le espi, le asech sin reposo y
cuando le vea hablar, jugar o comer, en vez de leer a prisa, me
indignaba, parecindome que aquel hombre no tena la menor nocin del
honor rudimental. A ms, el cruel sola hablarme de las hazaas de
Pontis y me deca esta frase que me estremeca de impaciencia: "Chicot
figura!"...

Las novelas, durante toda mi permanencia en el Colegio, fueron mi
salvacin contra el fastidio, pero al mismo tiempo me hicieron un flaco
servicio como estudiante. Todo libro que no fuera romance me era
insoportable y tena que hacer doble esfuerzo para fijar en l mi
atencin. A cul de nosotros no ha pasado algo anlogo ms tarde en el
estudio de la historia? Quin no recuerda la perseverancia necesaria
para leer un tratado cualquiera, despus de las pginas luminosas de
Macaulay, Prescott o Motley?...




IV


El Colegio, que ms tarde deba ser uno de los primeros establecimientos
de Amrica, era por entonces un caos como organizacin interna. Cuando
me incrust bien y v claro, comprend que tras las sombras ostensibles
de la vida claustral haba _des acommodements_, no slo con el cielo,
sino con las autoridades temporales de la tierra. Durante un ao y
siendo ya mocitos, nos hemos escapado casi todas las noches, para hacer
una vida de vagabundos por la ciudad, en los cafs, en aquellos puntos
donde Shakespeare pone la accin de su Pericles, y, sobre todo, en los
bailes de los suburbios, de los que algunos condiscpulos, ignoro por
arte de quin, tenan siempre conocimiento.

Toda la variedad infinita de los medios de escapatoria, poda reducirse
a tres sistemas principales: la portera, la despensa y el portn.--La
portera, que da sobre el atrio de San Ignacio, requera, o elementos de
corrupcin para el portero o vas de hecho deplorables. La despensa y
cocinas tenan una pequea puerta a la calle Moreno que a veces quedaba
abierta hasta tarde. El portn, una de esas portadas deformes de la
colonia, daba a la calle de Bolvar, donde hoy se encuentra la entrada
principal del Colegio. Las hojas, en vez de llegar hasta el suelo,
terminaban en unas puntas de hierro que dejaban un espacio libre entre
ellas y el pavimento.--Por all haba que pasar, pegado el cuerpo a la
tierra, en mangas de camisa para no estropear el nico jacquet de lujo y
sintiendo muchas veces que las fieles puntas guardianes se insinuaban
ligeramente en la espalda como una protesta contra la evasin. A pesar
de todas sus dificultades, era el medio ms generalmente elegido.--Pero
aqu debo recordar una de esas curiosidades de colegio, que todos mis
compaeros de entonces deben tener presente.

Se educaba all desde tiempo inmemorial un tipo acabado de _bohemio_,
lleno de buenas condiciones de corazn, haragn como una marmota,
dormiln como el smil, con una cabeza enorme, cubierta de una melena
confusa y tupida como la baja vegetacin tropical, reido con los libros
que no abra jams y respondiendo al nombre de "Galern", sin duda por
las dimensiones colosales del sombrero que tena la funcin obligatoria
y difcil de cubrir aquella cabeza ciclpea. Ms tarde le he encontrado
varias veces en el mundo ya en buena situacin, ya bajo el peso de
serias desgracias; le he conservado siempre un cario inalterable. Le
encontr en Arica, entre el ejrcito bloqueado de Montero, como
corresponsal de un diario de Lima; estaba a bordo de la "Unin" el da
sombro de Angamos en que muri Grau.--Luego volv a verle en Lima;
Pirola, cuya fortuna poltica haba seguido y que estaba entonces en el
poder, le ofreci empleos bastante lucrativos; slo quiso aceptar un
pequeo mando militar y un puesto en la vanguardia.--Esa conducta
honrosa compensa muchas faltas. Haba hecho tambin la campaa del
Paraguay.

He hablado de Benito Neto.--Era un misterio profundo cmo Benito haba
conseguido, all en pocas remotas y sin duda a favor de algn
sacudimiento, de alguna convulsin catica, nada menos que una llave del
portn de la calle Bolvar! Nadie saba dnde la guardaba y todas las
empresas organizadas para robrsela dieron siempre un fiasco completo.
Benito la cuidaba, la aceitaba con frecuencia y tena un aparato
especial para extraer del cao todas las pelusas y migajas parsitas que
iban all a alojarse. Era para l el caballo del rabe o del gaucho, el
fusil del cazador, la mandolina del provenzal errante, el instrumento y
el sustentculo de su vida.--Como con el rastreador Calbar todos los
prisioneros que tentaban evadirse, ranos forzoso contar con Benito
cuando nos animaban iguales designios. Benito oa en silencio y luego
preguntaba tranquilamente: "Dnde vamos?" Porque l no prestaba la
llave jams, no la alquilaba, no la venda. El era siempre de la
partida, fuere cual fuese el objetivo. En vano se le observaba: "Benito,
estamos los tres invitados a un baile!--Me presentarn.--Vamos a una
comida a casa de Fulano!--Comer.--Una ta ma est muy enferma!--La
velar.--Tengo una cita y....--Ha de haber alguna chinita sirviente."--A
todo tena respuesta, y le hemos visto asistir gravemente, con su eterno
jacquet canela, a entierros de lejanos parientes de algn estudiante
cuya conducta no haba merecido un permiso de salida y que acuda al
arte de Benito. Era el Lord Flamborough de Sandeau, pegado al joven
homepata como la ostra a la pea.




V


A ms de las escapadas nocturnas, haba las cenas furtivas y algunas
calaveradas soberbias de los _grandes_ que nos llenaban de admiracin.

El doctor Agero estaba ya muy viejo; bueno y carioso, viva en un
optimismo singular respecto a los estudiantes, ngeles calumniados
siempre, segn su opinin.

Recuerdo un carnaval en que hicimos atrocidades en el atrio; los chicos,
con las manos llenas de carmn, azul molido y harina, asaltbamos de
improviso a los paseantes, les llenbamos los ojos y el rostro con la
mezcla, y cuando aquellos hombres enfurecidos se nos venan encima, nos
ponamos a cubierto, por medio de una gil retirada, detrs del slido
baluarte de los puos de Eyzaguirre, Pastor, Julio Landvar, Dudgeon, el
tranquilo Marcelo Paz que slo levantaba el brazo cuando vea pegar a un
dbil, etc. El pugilato comenzaba, guardndose estrictamente las reglas
de caballera; pero el asaltante, olvidado del noble ejercicio, no
llevaba la mejor parte.--Uno de ellos, un francs que tena una
peluquera frente al Colegio y que nos profesaba suma antipata por
nuestro escaso consumo de sus artculos, fu preparado por m y
ribeteado por Eyzaguirre; justamente enfurecido, se precipit a llevar
la queja al doctor Agero. Un chico le previno y presentndose llorando
ante el anciano, le dijo que aquel hombre le haba pegado y que
Eyzaguirre le haba defendido. Decir el furor del buen Rector! Quera
mandar preso al peluquero, que ante aquella amenaza qued estupefacto;
pero la denuncia surti su efecto, porque, para que no nos pegaran ms
(y lo deca sinceramente) nos hizo abandonar el atrio.




VI


Haba la vieja costumbre, desde que el doctor Agero se puso achacoso,
de que un alumno le velara cada noche. No se acostaba; sobre un inmenso
silln Voltaire (no sospechaba el anciano la denominacin!) dormitaba
por momentos, bajo la fatiga. Tenamos que hacerle la lectura durante un
par de horas para que se adormeciera con la monotona de la voz y tal
vez con el fastidio del asunto. Cun presente tengo aquel cuarto,
dbilmente iluminado por una lmpara suavizada por una pantalla opaca,
aquel silencio slo interrumpido por el canto del sereno y, al alba, por
el paso furtivo de algn fugitivo que volva al redil! Leamos siempre
la vida de un santo en un libro de tapas verdes, en cuya pgina ciento
uno haba eternamente un billete de veinte pesos moneda corriente, que
todos los estudiantes del colegio sabamos haber sido colocado all
expresamente por el buen Rector, que cada maana se aseguraba
ingenuamente de su presencia en la pgina indicada y quedaba encantado
de la moralidad de sus hijitos, como nos llamaba.

Ms de una noche me he recordado en el sof al alcance de su mano, donde
me tenda vestido; me daba una palmadita en la cabeza y me deca con voz
impregnada de cario: "duerme, nio, todava no es hora". La hora eran
las cinco de la maana, en que pasbamos a una pieza contigua, hacamos
fuego en un brasero, siempre con lea de pino y le cebbamos mate hasta
las siete. Luego nos deca: "ve a tal armario, abre tal cajn y toma un
plato que hay all. Es para t". Era la recompensa, el premio de la
velada y lo sabamos de memoria: un damasco y una galletita americana,
que nos haca comer pausada y separadamente, el damasco el ltimo.

Jams se nos pas por la mente la idea de protestar contra aquella
servidumbre; tena esa costumbre tal carcter afectuoso, patriarcal, que
la considerbamos como un deber de hijos para con el padre viejo y
enfermo.--Slo uno que otro desaforado aprovechaba el sueo del anciano,
durante su velada de turno, ya para escaparse, ya para darse una
indigestin de uvas, trepado como un mono en las ricas parras del patio.

El doctor Agero fu un hombre de alma buena, pura y cariosa;
sobrevivi muy pocos meses a su separacin del Colegio y hoy reposa en
paz bajo las bvedas de la Catedral de Buenos Aires.




VII


El estado de los estudios en el Colegio era deplorable, hasta que tom
su direccin el hombre ms sabio que hasta el da haya pisado tierra
argentina. Sin documentos a la vista para rehacer su biografa de una
manera exacta, me veo forzado a acudir simplemente a mis recuerdos, que
por otra parte, bastan a mi objeto.

Amede Jacques[5] perteneca a la generacin que al llegar a la
juventud, encontr a la Francia en plena reaccin filosfica, cientfica
y literaria.

     [5] Naci en 1813, muri en 1865.

La filosofa se haba renovado bajo el espritu liberal del siglo, que,
dando acogida imparcial a todos los sistemas, al lado del cartesianismo
estudiaba a Bacon, a Spinoza, a Hobbes, Gassendi y Condillac, como a
Leibnitz y a Hegel, a Kant y a Fichte, como a Reid y Dugald-Stewart.--De
ah haba nacido el eclecticismo ilustrado por Cousin, sistema cuya
vaguedad misma, cuya falta de doctrina fundamental, responda
maravillosamente a las vacilaciones intelectuales de la poca. Jouffroy
haba abierto un surco profundo con sus estudios sobre el destino
humano, algunas de cuyas pginas estn impregnadas de un sentimiento de
desesperanza, de una desolacin ms profunda, alta y sincera que las
paradojas de Schopenhauer o los sistemas framente construdos de
Hartmann. Maine de Biran dejaba aquellas observaciones sobre nuestra
naturaleza moral, que admirarn siempre como los grandes caracteres de
Shakespeare. Villemain haca cuadros inimitables de estilo y erudicin,
Guizot enseaba la historia, que Thiers escriba, la plyade haca
versos, dramas y novelas, Delacroix, Scheffer y Jerme, pintura;
Clsinger y Pradier, estatuaria; Lamartine, Berryer, Thiers, etctera,
discursos; Rossini, Meyerbeer, Halvy, msica, y Arago, Ampre,
Gay-Lussac, C. Bernard, Chevreul, daban a la ciencia vida, movimiento y
alas. Amede Jacques haba crecido bajo esa atmsfera intelectual y la
curiosidad de su espritu le llevaba al enciclopedismo. A los treinta y
cinco aos era profesor de filosofa en la Escuela normal y haba
escrito, bajo el molde eclctico, la psicologa ms admirable que se
haya publicado en Europa. El estilo es claro, vigoroso, de una marcha
viva y elegante; el pensamiento sereno, la lgica inflexible y el mtodo
perfecto. Hay en ese manual, que corre en todas las manos de los
estudiantes, pginas de una belleza literaria de primer orden, y aun
hoy, quince aos despus de haberlo ledo, recuerdo con emocin los
captulos sobre el mtodo y la asociacin de ideas.--Al mismo tiempo, el
joven profesor se ocupaba en las ediciones de las obras filosficas de
Fnelon, Clarke, etc., nicas que hoy tienen curso en el mundo
cientfico.

Pero Jacques no era uno de esos espritus fros, estriles para la
accin, que viven metidos en la especulacin pura, sin prestar odo a
los ruidos del mundo y sin apartar su pensamiento del problema, como
Kant, en su cueva de Koenigsberg, levantando un momento la cabeza para
ver la cada de la Bastilla y volvindola a hundir en la profundidad de
sus meditaciones, como el fakir hind que, perdido en la contemplacin
de Brahma y susurrando su eterno e inefable monoslabo, ignora si son
los Trtaros o los Mongoles, Tamerln o Clive, los que pasan como un
huracn sobre las llanuras regadas por el ro sagrado. Jacques era un
hombre y tena una patria que amaba; quera que, como el espritu
individual se emancipa por la ciencia y el estudio, el espritu
colectivo de la Francia se emancipara por la libertad. Hasta el ltimo
momento, al frente de su revista "La libertad de pensar", como al pie de
la ltima bandera que flamea en el combate, luch con un coraje sin
igual.

El 2 de Diciembre, como a Tocqueville, como a Quinet, como a Hugo, lo
arroj al extranjero, pobre, con el alma herida de muerte y con la
visin horrible de su porvenir abismado para siempre en aquella bacanal.




VIII


Tom el camino del destierro y lleg a Montevideo, desconocido y sin
ningn recurso mecnico de profesin; lo saba todo, pero le faltaba un
diploma de abogado o de mdico para poder subsistir.--Abri una clase
libre de Fsica experimental, dndole el atractivo del fenmeno
producido en el acto; aquello llam un momento la atencin.--Pero se
necesitaba un gabinete de fsica completo y los instrumentos son
caros.--Jacques los reemplazaba con una exposicin luminosa y por
trazados grficos; fu intil. La gente que all iba quera ver la bala
caer al mismo tiempo que la pluma en el aparato de Hood, sentir en sus
manos la corriente de una pila, hacer sonar los instrumentos acsticos y
deleitarse en los cambiantes del espectro, sin importarle un pice la
causa de los fenmenos. Dejaban la razn en casa y slo llevaban ojos y
odos a la conferencia.

Un momento, Jacques fu retratista, unindose a Masoni, un pariente
poltico mo, de cuyos labios tengo estos detalles. Floreca entonces la
daguerreotipa, que, con razn, pasaba por una maravilla. Fu en esa
poca que lleg, en un diario europeo, una noticia muy sucinta sobre la
fotografa, que Niepce acababa de inventar, siguiendo las indicaciones
de Talbot. Jacques se puso a la obra inmediatamente y al cabo de un mes
de tanteos, pruebas y ensayos, Masoni, que diriga el aparato como ms
prctico, lleno de jbilo mostr a Jacques, que serva de objetivo, sus
propios cuellos blancos, nica imagen que la luz caprichosa haba dejado
en el papel. Pero ni la fotografa, que ms tarde perfeccionaron, ni la
daguerreotipa, que le ceda el paso, como el telgrafo de seales a la
electricidad, daban medios de vivir.

Jacques se dirigi a la Repblica Argentina, se hundi en el interior,
casse en Santiago del Estero, emprendi veinte oficios diferentes,
llegando hasta fabricar pan, y por fin tuvo el Colegio Nacional de
Tucumn el honor de contarlo entre sus profesores. Fueron sus discpulos
los doctores Gallo, Uriburu, Nougus y tantos otros hombres distinguidos
hoy, que han conservado por l una veneracin profunda, como todos los
que hemos gozado de la luz de su espritu.




IX


Llamado a Buenos Aires por el Gobierno del General Mitre, tom la
direccin de los estudios en el Colegio Nacional, al mismo tiempo que
dictaba una ctedra de fsica en la Universidad.--Su influencia se hizo
sentir inmediatamente entre nosotros. Formul un programa completo de
bachillerato en ciencias y letras, defectuoso tal vez en un solo punto,
su demasiada extensin. Pero M. Jacques, habituado a los estudios
fuertes, sostena que la inteligencia de los jvenes argentinos es ms
viva que entre los franceses de la misma edad y que por consiguiente
podamos aprender con menor esfuerzo.--Era exigente, porque l mismo no
se economizaba; rara vez falt a sus clases y muchas, como dir ms
adelante, tom sobre sus hombros robustos la tarea de los dems.

Mis recuerdos vivos y claros en todo lo que al maestro querido se
refiere, me lo representan con su estatura elevada, su gran corpulencia,
su andar lento y un tanto descuidado, su eterno traje negro y aquellos
amplios y enormes cuellos abiertos, rodeando un vigoroso pescuezo de
gladiador.--La cabeza era soberbia; grande, blanca, luminosa, de rasgos
acentuados. La calvicie le tomaba casi todo el crneo, que se una, en
una curva severa y perfecta, con la frente ancha y espaciosa, surcada de
arrugas profundas y descansando, como sobre dos arcadas poderosas, en
las cejas tupidas que sombreaban los ojos hundidos y claros, de mirar
un tanto duro y de una intensidad insostenible; la nariz casi recta,
pero ligeramente abultada en la extremidad, era de aquel corte enrgico
que denota inconmovible fuerza de voluntad.--En la boca, de labios
correctos, haba algo de sensualismo;--no usaba ms que una ligera
patilla que se una bajo la barba, acentuada y fuerte, como las que se
ven en algunas viejas medallas romanas.

M. Jacques era spero, duro de carcter, de una irascibilidad nerviosa,
que se traduca en accin con la rapidez del rayo, que no daba tiempo a
la razn para ejercer su influencia moderadora. "No puedo con mi
temperamento", deca l mismo, y ms de una amargura de su vida provino
de sus arrebatos irreflexivos. No consegua detener su mano y entre
todos los profesores fu el nico al que admitamos usara hacia nosotros
gestos demasiado expresivos. Un profesor se haba permitido un da dar
un bofetn a uno de nosotros, a Julio Landvar, si mal no recuerdo, y
ste lo tendi a lo largo de un puetazo de la familia de aquel con que
Maubreil obsequi a M. de Talleyrand; otra vez desmayamos de un
tinterazo en la frente a otro magister que crey agradable aplicarnos el
antiguo precepto escolar; pero jams nadie tuvo la idea sacrlega de
rebelarse contra Jacques. Bajo el golpe inmediato, solamos protestar,
arriesgando algunas ideas sobre nuestro carcter de hombres libres, etc.
Pero una vez pasado el chubasco, nos decamos unos a otros, los
maltratados, para levantarnos un poco el nimo: "Si no fuera
Jacques!"... Pero era Jacques!




X


Recuerdo una revolucin que pretendimos hacer contra D. Jos M. Torres,
Vice-Rector entonces y de quien ms adelante hablar, porque le debo
mucho. La encabezbamos un joven Adolfo Calle, de Mendoza, y yo.--Al
salir de la mesa lanzamos gritos sediciosos contra la mala comida y la
tirana de Torres (las escapadas haban concludo!) y otros motivos de
queja anlogos. Torres me hizo ordenar que me le presentara, y como el
tribuno francs, a quien plagiaba inconscientemente, contest que slo
cedera a la fuerza de las bayonetas. Un celador y dos robustos gallegos
de la cocina se presentaron a prenderme, pero hubieron de retirarse con
prdida, porque mis compaeros, excitados, me cubrieron con sus cuerpos,
haciendo descender sobre aquellos infelices una espesa nube de
trompadas. El celador que, como Jrges, haba presenciado el combate de
lo alto de un banco, corri a comunicar a Torres, plagiando l a su vez
a Lafayette en su respuesta al conde de Artois, que aquello no era ni un
motn vulgar, ni una sedicin, sino pura y simplemente una revolucin.
El seor Torres, no por falta de energa por cierto, sino por espritu
de jerarqua, fu inmediatamente a buscar a M. Jacques, Rector entonces
del Colegio y que viva en una casa amarilla en la esquina de Venezuela
y Balcarce. Pero nosotros creamos que haba ido a traer la polica y
empezamos los preparativos de defensa.--Recuerdo haber pronunciado un
discurso sobre la ignominia de ser gobernados, nosotros republicanos,
por un espaol monrquico, con citas de la Independencia, San Martn,
Belgrano, y creo que hasta la invasin inglesa.--Otros oradores me
sucedieron en la tribuna, que era la plataforma de un trapecio, y la
resistencia se resolvi. En esto omos una detonacin en el claustro,
seguida de varias otras, matizadas de imprecaciones. Algunos conjurados
haban esparcido en los corredores esas pequeas bombas Orsini que
estallan al ser pisadas. Era M. Jacques que entraba, irritado como
Neptuno contra las olas. Desgraciadamente, no crey que convena primero
calmar el mar, sino que puso el _quos ego_.... en accin. Al aparecer en
la puerta del gimnasio, un estremecimiento corri en las filas de los
que acabbamos de jurar ser libres o morir.--No de otra manera dejaron
los persas penetrar el espanto en sus corazones, cuando vieron a Pallas
Athenea flotar sobre el ejrcito griego, armada de la espada drica, en
el llano de Marathon.--Vino rpido hacia m y....! Luego me tom del
brazo y me condujo consigo. No intent resistir y echando a mis
compaeros una mirada que significaba claramente: "Ya lo veis! Los
dioses nos son contrarios!" segu con la cabeza baja a mi vencedor.
Llegados a la sala del Vice-Rector, recib nuevas pruebas de la pujanza
de su brazo y un cuarto de hora despus me encontraba ignominiosamente
expulsado, con todos mis penates, es decir, con un pequeo bal, del
lado exterior de la puerta del Colegio.--Eran las ocho y media de la
noche: medit. Mi familia y todos mis parientes en el campo, sin un peso
en el bolsillo,--qu hacer? Me pareca aquella una aventura enorme y
encontraba que David Copperfield era un pigmeo a mi lado; me crea
perdido para siempre en el concepto social. Vagu una hora, sin el
bal, se entiende, que haba dejado en depsito en la sacrista de San
Ignacio y por fin fu a caer sobre un banco de la plaza Victoria. Un
hombre pas, me conoci, me interrog y tomndome cariosamente de la
mano, me llev a su casa, donde dorm en el cuarto de sus hijos, que
eran mis amigos.--Era D. Marcos Paz, Presidente entonces de la Repblica
y uno de los hombres ms puros y bondadosos que han nacido en suelo
argentino.

Varios enemigos de Jacques quisieron explotar mi expulsin violenta y
vieron a mi madre para intentar una accin criminal contra l. Mi madre,
sin ms objetivo que mi porvenir, resisti con energa, vi a Jacques,
que ya haba devuelto desgarrada una solicitud del Colegio entero por
nuestra readmisin (Calle haba seguido mi suerte) y despus de muchas
instancias, consigui la promesa de admitirme externo, si en mis
exmenes sala _regular_. La suerte y mi esfuerzo me favorecieron y
habiendo obtenido ese ao, que era el primero, el premio de honor, volv
a ingresar en los claustros del internado.




XI


Nada mortificaba ms a Jacques que ver un alumno dormido durante sus
explicaciones; el desdichado tena siempre un despertar violento. Los
cuchicheos, la novela debajo del banco, leda a hurtadillas, le ponan
fuera de s. Entraba en la clase con su paso reposado y durante media
hora, con un enorme pedazo de tiza en la mano, que sola limpiar
negligentemente en la solapa de la levita, explicaba la materia con su
voz grave y sonora. A medida que se animaba, sacaba un cigarrillo de
papel, lo armaba y lo colocaba sobre la mesa. Pero mientras buscaba
fsforos se olvidaba del cigarro, sacaba otro y as sucesivamente, hasta
que, agotada su provisin, se diriga a uno de nosotros y nos peda uno,
que nos apresurbamos a darle, encendido el rostro, pero sin hacerle la
menor indicacin hacia los que estaban enfilados sobre la mesa.

Luego nos dictaba nuestros cuadernos, pero con una rapidez tal de
palabra, que, siendo casi imposible seguirle, habamos adoptado con mi
vecino del primer banco y amigo, Julin Aguirre, hijo de Jujuy y
actualmente magistrado distinguido, un sistema de signos abreviativos.
As las voces largas, como _circunferencia_, _perpendicular_, etc., eran
reemplazadas por el signo del infinito, [smbolo de infinito], las
letras griegas alpha, pi, etc.--Un da, habindose interrumpido para
reir a alguno, me toc la mala suerte de que eligiera mi cuaderno para
reanudar el hilo de la exposicin.--Aquel galimatas de signos le puso
furioso y me tir con mi propio manuscrito.




XII


Otra vez, Corrales... No puedo resistir al deseo de presentar a mi
condiscpulo Corrales. Es uno de esos tipos eternos del internado que
todo aquel que haya pasado algunos aos dentro de los muros de un
colegio, reconocer a primera vista.--Es el cabrin, el travieso, el mal
estudiante, el reo presunto de todas las contravenciones, faltas y
delitos.--De un espritu lleno de iniciativa, inventando a cada instante
una treta nueva para burlarse del maestro o procurarse alguna
satisfaccin, gritando como veinte en el recreo, dejando grabado su
nombre en todas las mesas, gracioso, chispeante en la conversacin,
llena de la sal gruesa de colegio, es al mismo tiempo incapaz de
aprender, de asimilarse una nocin cientfica cualquiera.--Corrales
inventaba trampas, aparatos para robar uvas, lazos corredizos admirables
para tomar delicadamente del cuello, desde una altura de diez metros,
las botellas simtricamente colocadas sobre una mesa en el patio del
cura de San Ignacio, sobre el que daban las ventanas de algunos
dormitorios, botellas que su dueo destinaba a festejar la fiesta del
patrono;--Corrales saba abrirse la puerta del encierro sin fractura
visible, pero Corrales jams pudo comprender ni creer que el valor de
los ngulos se midiera por el espacio comprendido entre los lados y no
por la longitud de stos.

Las matemticas, como toda nocin racional por lo dems, eran para l
abismos sin fondo en los que su crneo de chorlo se mareaba. Era
fesimo, picado de viruelas, con un pelo lacio, duro y abundante,
obedeciendo sin trabas el impulso de veinte remolinos. Sus libros, jams
abiertos, eran los ms sucios y deshechos del colegio. Algunas veces,
cuando la cosa apuraba, vena a que le explicramos un teorema, con
claridad, sin prisa y dndole el derecho de preguntar, sin lmites. Era
intil; no tena la nocin del ngulo recto.--En clase pasaba el tiempo
en tallar su banco, que se iba convirtiendo en un escao digno del
Berruguete,--en fumar a escondidas, a favor de su facultad envidiada de
retener el humo en el pecho durante cinco minutos, en hacer flechas,
cuerdas de goma de botn que, fijadas en el ndice y el pulgar, lanzaban
al techo una bola de papel mascado que se adhera a l, sosteniendo por
un hilo un retrato de perfil del profesor; en fabricar gallos perfectos,
navos primitivos y en mil otros pasatiempos igualmente conexos con el
curso.--No haba casi da, en la clase de Jacques, que Corrales escapara
a las vigorosas arremetidas del sabio.--Pero Corrales, familiarizado ya
con ese procedimiento, haba resuelto emplear en su defensa una de sus
artes ms estudiadas: Corrales _canchaba_ maravillosamente. Un pie
adelante, con el cuerpo encorvado, durante los recreos, ni los _grandes_
conseguan tocarle el rostro; tena la agilidad, la vista del compadrito
y sus mismos dichos especiales.--As, cierto da que Jacques nos
explicaba que los tres ngulos de un tringulo equivalen a dos rectos,
Corrales, oyendo como el ruido del viento la explicacin, desde los
ltimos bancos de la clase, estaba profundamente preocupado en
construir, en unin con su vecino el cojo Videla, que le ayudaba
eficazmente, un garfio para robar uvas de noche. De pronto Jacques se
detiene y con voz tonante exclama: "Corrales, t eres un imbcil y tu
compadre Videla otro: cunto valen los dos juntos?"--"Dos
rectos!"--contest Corrales, que tena en el odo esas dos palabras tan
repetidas durante la explicacin y sin darse cuenta, en su sorpresa, de
la pregunta de Jacques. Este se le fu encima y nos fu dado presenciar
uno de los combates ms reidos del ao.

Corrales se ech para atrs, enrosc el cuerpo, hundi la cabeza entre
los hombros y mirando a su adversario con sus ojos chiquitos, llenos de
malicia, esper el ataque con las manos en postura.--Jacques _debut_
por un revs, que fu hbilmente parado; una finta en tercia, seguida de
un amago al pelo, no obtuvo mayor xito. Entonces Jacques, despreciando
los golpes artsticos, comenz lisa y llanamente a hacer llover sobre
Corrales una granizada de trompadas, bifes, reveses, de filo, de plano,
de punta, todo en confuso e inexplicable torbellino. El calor de la
lucha enardeci a Corrales; se multiplicaba, se retorca y cada buena
parada deca con acento jadeante: "Diande!"--"Cundo, mi vida!" y
otros gritos de guerra anlogos. Jacques, ms irritado an, hizo avanzar
la artillera y una nube de puntapis cay sobre las extremidades del
intrpido agredido.--Corrales, que no saba canchar con las piernas, se
puso de rodillas sobre el banco; esta simple evolucin hizo efmeros los
estragos del can y el combate al arma blanca continu.--Pero Corrales
era un simple montonero, un Paez, un Gemes, un Artigas; no haba ledo
a Csar, ni al gran Federico, ni las memorias de Vauban, ni los apuntes
de Napolen, ni los libros de Jomini.--Su arte era instintivo y Jacques
tena la ciencia y el genio de la estrategia.

De idntica manera los persas valerosos no supieron defender sus
empalizadas contra los atenienses de Platea.--El banco de la batalla
haba sido abandonado por los vecinos de Corrales; Jacques vi la
ventaja de una mirada y amagando una carga violenta, mientras Corrales
en el movimiento defensivo perda un tanto el equilibrio, su adversario,
de un golpe enrgico, di en tierra con el banco y con Corrales.--Antes
de que ste pudiera levantarse, Jacques le asi del cuello de la camisa,
no saltando el botn correspondiente por la costumbre inveterada en
Corrales de no usarlo nunca.--No brill en manos del vencedor la daga de
misericordia, pero s son, uno solo, soberbio bofetn.

As concluy aquel memorable combate, que habamos presenciado
silenciosos y absortos, a la manera de los indios de Manco Capac las
batallas de Almagro y de Pizarro, como luchas de seres superiores al
hombre!...




XIII


Jacques llegaba indefectiblemente al Colegio a las nueve de la maana;
averiguaba si haba faltado algn profesor y en caso afirmativo, iba a
la clase, preguntaba en qu punto del programa nos encontrbamos, pasaba
la mano por su vasta frente como para refrescar la memoria y en seguida,
sin vacilacin, con un mtodo admirable, nos daba una explicacin de
qumica, de fsica, de matemticas en todas sus divisiones, aritmtica,
lgebra, geometra descriptiva o analtica, retrica, historia,
literatura, hasta latn! El nico curso, de todo aquel extenso programa,
que no le he visto dictar por accidente, era el de ingls, dado por mi
buen amigo David Lewis, que nos haca leer a Milton y a Pope, a Addison
y a todos los buenos prosistas del "Spectator".

Debe estar fija en la memoria de mis compaeros aquella admirable
conferencia de M. Jacques sobre la composicin del aire
atmosfrico.--Hablaba haca una hora, y fenmeno inaudito en los fastos
del Colegio! al sonar la campana de salida, uno de los alumnos se
dirigi, arrastrndose hasta la puerta, la cerr para que no entrara el
sonido y por medio de esta estratagema, ayudada por la preocupacin de
Jacques, tuvimos media hora ms de clase. Haba venido de buen humor ese
da y su palabra sala fcil, elegante y luminosa.--En ciertos momentos
se olvidaba y nos hablaba en francs, que todos entendamos entonces.
Qu pintura inimitable de ese maravilloso fenmeno de la vegetacin, de
aquellas plantas con corazn de madre, absorbiendo el leal carbono de la
atmsfera y esparciendo a raudales el oxgeno, la esencia de la vida!
Cmo nos hablaba de la bajeza miserable del hombre que pisotea una
planta o abate un rbol para coger un fruto! An suena en mis odos su
palabra, y al recordarla, an se apodera de mi alma aquella emocin
nueva e inexplicable entonces para m!

Cuando empez a dictar el curso de filosofa, que deba concluir tan
brillantemente Pedro Goyena, di como texto el manual en colaboracin
con Simon y Saisset. En la primera conferencia dijo bien claro que
aqulla era la filosofa elctica; ms tarde aadi a algunos
compaeros: "el da que yo escriba mi filosofa, comenzar por quemar
ese manual".

No ha dejado nada al respecto; pero si es posible rehacer sus ideas
personales con el estudio de su naturaleza intelectual y sus opiniones
cientficas, no es arriesgado afirmar que, discpulo directo de Bacon,
perteneca a la escuela positivista, que hasta entonces no haba tenido
divulgadores como Littr, pero que, antes de haberla formulado Augusto
Comte, ha sido la filosofa de los hombres de ciencia, realmente
superiores, en todos los tiempos.

Adorbamos a Jacques a pesar de su carcter, jams faltamos a sus
clases, y nuestro orgullo mayor, que ha persistido hasta hoy, es
llamarnos sus discpulos. A ms, su historia, conocida por todos
nosotros y pintorescamente exagerada, nos haca ver en l, no slo un
mrtir de la libertad, como lo fu en efecto, sino un hombre que haba
luchado cuerpo a cuerpo con Napolen, nombre simblico de la tirana.




XIV


Una maana vagbamos en el claustro, asombrados que hubiese pasado un
cuarto de hora del momento infalible en que M. Jacques se presentaba. De
pronto un grito penetrante hiri nuestros odos; conoc la voz de
Eduardo Fidanza, uno de los discpulos, ms distinguidos del Colegio.
Corr a la portera y encontr a Fidanza plido, desencajado, repitiendo
como en un sueo: "M. Jacques ha muerto!" La impresin fu
indescriptible; se nos hizo un nudo en la garganta y nos miramos unos a
otros con los rostros blancos, lvidos, como en el momento de una
desventura terrible.

El portero haba recibido orden de no dejarnos salir; le echamos
violentamente a un lado y muchos, sin sombrero, desolados, corrimos a
casa de M. Jacques.

Estaba tendido sobre su cama, rgido y con la soberbia cabeza impregnada
de una majestad indecible.--La muerte le haba sorprendido al llegar a
su casa despus de una noche agitada. El rayo de la apopleja le derrib
vestido, sin darle tiempo para pedir ayuda.--Penda su mano derecha
fuera de la cama; uno por uno, por un movimiento espontneo, nos fuimos
arrodillando y posando en ella los labios, como un adis supremo a aquel
a quien nunca debamos olvidar. Su espritu liberal, abierto a todas las
verdades de la ciencia, libre de preocupaciones raquticas, ha ejercido
su influencia poderosa sobre el de todos sus discpulos.

Le llevamos a pulso hasta su tumba y levantamos en ella un modesto
monumento con nuestros pobres recursos de estudiantes. Duerme el sueo
eterno al abrigo de los rboles sombros, no lejos del sitio donde
reposan mis muertos queridos. Jams voy a la tumba de los mos sin pasar
por el sepulcro del maestro y saludarle con el respeto profundo de los
grandes carios.




XV


El retiro del doctor Agero no mejor la disciplina interna del
Colegio.--Estaba reservada esa difcil tarea a D. Jos M. Torres, que,
con mano de hierro y cargando con la ms franca y abierta odiosidad que
es posible dedicar a un hombre, nos meti en vereda, nos dom a fuerza
de castigos, transformando el encierro en la morada habitual de algunos
de nosotros, privndonos de salida, levantando en alto, en fin, el
principio de autoridad. De un carcter desgraciado, pues a la primera
contradiccin se pona fuera de s, dudo que haya tenido apetito un solo
da durante su permanencia en el Colegio; oamos a cada instante su voz
de trueno rebotar en el eco de los claustros, vibrante e inflamada. En
cuanto a m, creo haber contribudo no poco a hacerle la vida amarga y
le pido humildemente perdn, porque sin su energa perseverante, no
habra concludo mis estudios, y sabe Dios si el sr intil que bajo mi
nombre se agita en el mundo no hubiera sido algo peor.

Pero antes de su ingreso, el Colegio fu regido algn tiempo por un
sacerdote de quien tengo forzosamente que hablar tan mal, que me limito
a designarle slo por iniciales. D. F. M. era extranjero e ignoro por
qu circunstancia un hombre como l, sin moralidad, sin inteligencia y
desprovisto de ilustracin, haba conseguido hacerse nombrar Vicerrector
del Colegio Nacional.

Antes de su entrada las pasiones polticas que haban agitado la
Repblica desde 1852 se reflejaban en las divisiones y odios entre los
estudiantes. Provincianos y porteos formaban dos bandos, cuyas
diferencias se zanjaban a menudo en duelos parciales.

Los provincianos eran dos terceras partes de la totalidad en el
internado, y nosotros, los porteos, ocupbamos modestamente el ltimo
tercio; eran ms fuertes, pero nos vengbamos ridiculizndoles y
remedndoles a cada instante.--Habamos pillado un trozo de dilogo
entre dos de ellos, uno que deca, con una palangana en la mano: "Agora
no ms la vo a derramar!" y el otro que contestaba en voz de tiple: "No
la derrams!"--Lo convertimos en un estribillo que les pona fuera de
s, como los rebuznos del uno y del otro alcalde de la aldea de Don
Quijote.

Eran mucho ms graves, serios y estudiosos que nosotros.--Con igualdad
de inteligencia y con menor esfuerzo por nuestra parte obtenamos
mejores clasificaciones en los exmenes. El fenmeno consista
simplemente en nuestra mayor viveza de imaginacin, desparpajo natural y
facilidad de elocucin.--Recuerdo que Pedro Goyena, hablando de un joven
correntino, Carlos Harvey, dotado de una inteligencia slida y profunda,
de una laboriosidad incomparable, repeta las palabras de Sainte-Beuve,
aplicndoselas: "le falta la arenilla dorada". Esa arenilla dorada
constitua nuestra superioridad.--Dbamos una conferencia de historia,
filosofa o retrica con sin igual botaratera, mientras ellos, en
general, poseyendo la materia tal vez mejor que nosotros, se limitaban
a una exposicin sucinta, plida y difcil. Haba, por ejemplo, otro
bohemio en el Colegio, enorme, pesado, indolente, pero de una
inteligencia clara y meditativa. Era un joven Aberastain, de San Juan,
hijo del mrtir del Pocito; yo me haba ligado a l porque nuestros
padres fueron amigos y le haba aplicado el mismo apodo de "buey" que el
suyo haba recibido en la Universidad. Goyena, que era nuestro profesor
de filosofa, se haba empeado en hacerle hablar, porque en dos o tres
contestaciones en clase le llam la atencin la claridad con que
comprenda ciertos puntos obscuros. Al fin hubo de renunciar, vencido
por la apata invariable de aquel carcter. El pobre Aberastain fu una
de las primeras vctimas del clera de 1867.

He nombrado a uno; nombrar otro, el primero de todos, Patricio Sorondo,
arrebatado por la fiebre amarilla, cuando era ya conocido por su
inteligencia extraordinaria, unida, lo que no es comn, a una
laboriosidad perseverante y tenaz. Era el primer discpulo de su clase;
hablaba con maravillosa facilidad, era espiritual, chispeante, y como
estudiaba enormemente, sus exmenes fueron siempre aclamados.--Jacques
le tena gran cario, sentimiento que habamos descubierto, no por
manifestaciones externas, sino por un fenmeno negativo: jams le
reprendi.--Patricio se entretena en decir negligentemente, delante de
mi amigo Valentn Balbn, hoy ingeniero distinguido, que la noche
anterior haba estudiado hasta tal punto--y le sealaba medio tomo de un
enorme tratado de fsica o matemticas.--Valentn, animado de una
emulacin digna y de un gran orgullo, volva al da siguiente plido y
con los ojos marchitos, habiendo estudiado hasta el punto indicado,
tragndose un centenar de pginas que Patricio no haba ni aun
recorrido.

La muerte de Sorondo fu una prdida real para el pas; habramos tenido
en l un hombre de estado, liberal, lleno de ilustracin y con un
carcter firme y recto.




XVI


Estudibamos seriamente en el Colegio, sobre todo los tres meses que
precedan los exmenes, en los que el gimnasio y los claustros perdan
su aspecto bullicioso, para no dejar ver sino plidas caras hundidas en
el libro, pizarras llenas de frmulas algebraicas, y en los rincones
pequeos Scrates ocupados en discutir con los ateos venidos, no ya de
la Jonia, sino de los Andes o del Aconquija. Los exmenes eran duros y
sabamos que seran tomados por profesores de la Universidad.

Ahora bien; entre el Colegio y la Universidad exista el mismo
antagonismo, la misma lucha que entre los discpulos de Guillermo de
Champeaux y los de Abelardo, la misma emulacin que entre Oxford y
Cambridge. Desprecibamos esos petimetres que iban paquetes al aula una
vez por mes, a hacer barullo en las clases de Larsen o Gigena y que no
lean sino el Balmes o el Grusez, mientras nosotros nos alimentbamos
de la mdula de len del electicismo (!)--A ms, por dnde la
Universidad era capaz de presentar un cuadro de aventuras, de diabluras,
como las que ilustraban los anales del Colegio?--De tiempo en tiempo nos
llegaba la noticia de un aparato que, regido por un hilo, pona de punta
una aguja en las sillas de Larsen, Gigena o Ramsay, en el momento de
sentarse,--la transformacin de una galera profesional en acorden
silencioso, etc. Pero acogamos esa materia parva con la benvola
sonrisa de los magos de Faran ante los primeros milagros de
Moiss.--Una cosa nos disgustaba: que Jacques no nos perteneciera de una
manera completa y exclusiva. Habramos dado algo por verle renunciar su
ctedra de fsica en la Universidad.

En los primeros tiempos quise reaccionar un tanto contra ese espritu,
y recordando que antes de entrar en el Colegio haba pasado un ao
en la Universidad, intent iniciar, sin xito, la poltica de
conciliacin. Y, sin embargo, no eran de los ms gratos mis
recuerdos universitarios. Para ingresar a la clase de primer ao
de latn, deb rendir un impalpable examen de gramtica castellana,
en el que fu ignominiosamente reprobado por la mesa compuesta de
Minos, Eaco y Radamanto, bajo la forma de Larsen, Gigena y el doctor
Tobal. Me dieron un trozo de la "Eneida", traduccin Larsen, para
analizar gramaticalmente; era una invocacin que empezaba por:
"Diosa!"--"Pronombre posesivo!" dije, y bast; porque con voz de
trueno, Larsen me grit: "Retrate, animal!"

Esto era en Diciembre; en Marzo arremet de nuevo, pas regular, con
recomendacin de mayor estudio para el ao venidero e ingres en la
famosa clase de latn donde Pirovano haca sus raras y memorables
apariciones. Nada ms soberbio que los dilogos que se entablaban entre
l y Larsen.

Era en vano que Larsen interrogara a Pirovano sobre el I, II, IV o VI
libro de la "Eneida", sobre el "De Viris" o el "Epitome"; Pirovano saba
un solo verso de memoria, ordenado y traducido, que amaba con pasin y
que lanzaba con una voz eufnica cada vez que Larsen pulsaba su
erudicin: _Amor insano Pasiphae!_

De ah no sala, sino a la calle.--Es al doctor Larsen a quien el pueblo
de Buenos Aires debe el tener ese mdico que le honra. Harto de Pirovano
y para verse libre de l, le hizo pasar contra viento y marea en el
examen de primer ao, en el que hubiera quedado eternamente; tal era su
aficin al Nebrija.




XVII


Conocamos tambin en el Colegio la existencia de un caf clandestino,
donde se reunan a jugar al billar Pellegrini, Juan Carlos Lagos,
Lastra, Quirno y Terry, a quien Pellegrini corra todas las noches hasta
su casa, sin faltar una sola a esta higinica costumbre.--Los combates
homricos del mercado no nos eran desconocidos, ni las pindricas
escenas de la clase de griego, de Larsen, donde ste y su nico
discpulo, el pobre correntino Fernndez, muerto en plena juventud, se
disputaban la palma de los juegos Pythios, recitando con sin igual
entusiasmo los versos de la "Ilada".--En la Universidad se sostena
calumniosamente que el sueldo de la clase de griego se divida entre
Larsen y Fernndez, pero el hecho curioso es que Fernndez, solo en
clase, consegua armar unos barullos colosales, respondiendo
imperturbablemente a las imprecaciones de Larsen: "No soy
yo!"--Recuerdo que ms tarde, cuando fuimos estudiantes de derecho,
Patricio Sorondo nos invitaba a entrar en masa en la clase de griego,
como oyentes. Cuando Larsen lea algn verso, Patricio sonrea con
lstima. Interpelado, aseguraba al buen profesor que su pronunciacin
helnica era deplorable; que, a lo sumo, slo poda compararse al
dialecto de los porteros de Atenas en tiempo de Pericles.--Fernndez se
indignaba y encarndose con Patricio, le diriga una alocucin en griego
que ni l mismo, ni Larsen, ni nadie entenda.--La escena conclua
siempre ponindonos Larsen a todos en la puerta y encerrndose de nuevo
con Fernndez, que a todo trance quera saber el griego...




XVIII


La pluma ha corrido inconscientemente; quera hablar del antagonismo
entre porteos y provincianos, y heme aqu bien lejos de mi objeto!

El hecho es que el nuevo Vicerrector, por una u otra razn, decidi
gobernar con un partido, sistema como cualquier otro, aunque para l
tuvo consecuencias deplorables.

Creamos entonces, exageradamente, que todos los castigos nos estaban
reservados, mientras los provincianos (nosotros ramos del _Estado_ de
Buenos Aires!) tenan asegurada la impunidad absoluta. Las
conspiraciones empezaron, los duelos parciales entre los dos bandos se
sucedan sin interrupcin, hasta que la conducta misma de Don F. M.
justific la explosin de la clera portea. Don F. M. nos organizaba
bailes en el dormitorio antiguamente destinado a capilla, en el que aun
exista el altar y en el que, en otro tiempo, bajo el doctor Agero, se
hacan lecturas morales una vez por semana.--No fu por cierto el
sentimiento religioso el que nos sublev ante aquella profanacin; pero
como en esos bailes haba cena y se beba no poco vino seco, que por su
color reemplazaba el Jerez a la mirada, suceda que muchos chicos se
embriagaban, lo que era no solamente un espectculo repugnante, sino que
autorizaba ciertos rumores infames contra la conducta de Don F. M., que
hoy quiero creer calumniosos, pero sobre cuya exactitud no tenamos
entonces la menor duda. El simple hecho del baile revelaba, por otra
parte, en aquel hombre, una condescendencia criminal, tratndose de un
Colegio de jvenes internos, rgimen abominable por s mismo y que slo
puede persistir a favor de una vigilancia de todos los momentos y de una
disciplina militar.

A la conspiracin vaga sucedi una organizacin de carbonarios. Yo no
tuve el honor de ser iniciado; era muy chico an y perteneca a los
_abajeos_; es decir, a los que vivamos en el piso bajo del colegio,
mientras el alto era ocupado por los mayores, los _arribeos_.--Nuestros
prohombres lo haban organizado todo, sin dar cuenta a la gente menuda.
Pero yo tena un buen amigo en Eyzaguirre, que tuvo la bondad de
ilustrarme ligeramente.

Mis relaciones con Eyzaguirre eran de una naturaleza especial; le
incomodaba a cada instante, le remedaba, le llamaba _Del Pas_, que era
su aborrecido apodo, zumbaba a su alrededor como un mosquito, le
desafiaba, le echaba pelo de cepillo entre las sbanas, le mortificaba,
en fin, de cuantas maneras me sugera mi imaginacin, tendida a ese solo
objeto. Eyzaguirre era un hombre robusto, fuerte y bravo; ms de una vez
levant el brazo sobre m, pero venca su generosidad ingnita y
comprendiendo que de un golpe me habra suprimido, lo dejaba caer
ahogando un rugido, como Jean Taureau delante de Fifine. Slo en una
ocasin la clera le ceg; me di a mano abierta un cogotazo que me
tendi a lo largo y antes que hubiere iniciado a patadas desde el suelo
un estril sistema defensivo, ya Eyzaguirre me haba levantado en sus
robustos brazos y llevado junto a la fuente para ponerme agua en la
cabeza, preguntndome, con la voz trmula por la emocin, si me haba
hecho dao.

Tanta generosidad me venci, y sea por ese motivo o porque el primer
cogotazo haba roto el cmodo prisma de la impunidad, el hecho es que
nos hicimos amigos para siempre. Aun hoy es uno de los hombres cuya mano
estrecho con mayor placer.




XIX


Eyzaguirre me haba dicho que si senta algn gran ruido de noche, en
los claustros de arriba, acometiera valerosamente al provinciano que
tuviera ms prximo de mi cama y que lo pusiera fuera de combate. Que
ramos pocos y slo podra salvarnos el valor y la rapidez en la accin.
En fin, despus de algunos das de expectativa, una noche, de una a dos
de la maana, saltamos todos sobre el lecho, al sacudimiento espantoso
de una detonacin que conmovi las paredes del Colegio.

Arremet ciego a mi vecino, que no puedo recordar bien si era un joven
llamado Granillo, de la Rioja, o Cossio, de Corrientes, d y recib
algunos moquetes; pero la curiosidad pudo ms, y todos corrimos, casi
desnudos, a los claustros superiores.--Aun haba mucho humo; las puertas
del cuarto del Vicerrector haban sido sacadas de quicio por la
explosin de dos bombas Orsini, sin proyectiles, se entiende, pues el
objeto no fu otro que dar un susto de dos yemas a Don F. M.--Este haba
hecho una barricada en la puerta.

En medio del claustro y solo, frente a su cuarto, v a Eyzaguirre en
soberbia apostura de combate, con un viejo sable en la mano izquierda y
una bola de plomo, unida a una cuerda, en la derecha.

De todos los dormitorios afluan estudiantes, muchos de ellos armados.
Aqul iba a ser un campo de Agramante; el Vicerrector, vindose rodeado
de sus fieles, salv la barricada y comenz a vociferar, abriendo sus
vestidos, mostrando el pecho desnudo, desafiando a la muerte, etc. Los
conocedores sostuvieron siempre que esa manifestacin de valor haba
sido un poco tarda.

As como los franceses de Sicilia, repuestos de su sorpresa, arremetan
enfurecidos a sus adversarios, los provincianos se preparaban a caer
sobre nuestra vanguardia, formada por Eyzaguirre y dos o tres
compaeros, cuando vimos aparecer al venerable Dr. Santilln, cura
prroco de San Ignacio; sus cabellos blancos, su palabra mansa y
persuasiva, desarmaron los nimos.--Cada uno se retir a su cuarto y l
llev consigo a Don F. M., que jams volvi a pisar el suelo del
Colegio.

El sumario al da siguiente fu terrible; M. Jacques, plido de clera,
tomaba las declaraciones principales. El punto capital era ste: quin
haba prendido fuego a las bombas?--La respuesta fu unnime y sincera:
"no lo s". Y era la verdad; por largos aos ha permanecido oculto el
nombre del nuevo Guy Fawkes, del atrevido estudiante que, con ms xito
que aqul, llev a cabo ese rasgo de audacia. Ms tarde, cuando haca ya
mucho tiempo que haba salido del Colegio, uno de los _grandes_ de
entonces me hizo la confidencia, murmurando a mi odo un nombre que
callo hoy, no porque a mi juicio pueda menoscabar en lo mnimo la
relacin de esta aventura al que la di acabado fin, sino por un
curiossimo resto de aquel culto del estudiante de honor por la
discrecin y el secreto. Es pueril, pero lo siento as.




XX


Dos o tres expulsados, tres meses sin salida los domingos a casi todos e
interminables horas de encierro a muchos de nosotros volvieron a poner
las cosas en su estado normal, afirmndose definitivamente la disciplina
con el ingreso de Don Jos M. Torres.

El encierro es un recuerdo punzante que no me abandona; eterno candidato
para ocuparlo, su husped frecuente, conoca una por una sus
condiciones, sus escasos recursos, sus numerosas inscripciones y aquel
olor hmedo, acre, que se me incrustaba en la nariz y me acompaaba una
semana entera. La puerta daba a un descanso de la escalera que se abra
frente al gimnasio.--Era una pieza baja, de bveda: cuatro metros
cuadrados. Tena un escao de cal y canto, demasiado estrecho para
acostarse y que daba calambres en la espalda a la hora de estar sentado
en l. Una luz insignificante entraba por una claraboya lateral y muy
alta, por donde los compaeros solan tirar con maestra algunos
comestibles con que combatir el clsico rgimen de pan y agua.

Oh! las horas mortales pasadas all dentro, tendido en el suelo, llena
de tierra la cabeza, el cuerpo dolorido, los odos tapados para no oir
el ruido embriagador de la partida de rescate, en la que yo era famoso
por mi ligereza, la vela de sebo, mortecina y nauseabunda, pegada a la
pared, debajo de una caricatura de Paunero con tricornio y con una
cinta saliendo de su boca, a manera de las ingenuas leyendas brotando de
labios de vrgenes y santos, en el arte cristiano primitivo, pero
cargada aqu con un dstico cojo y expresivo; la enorme hoja de la
puerta, tallada, quemada de arriba abajo, horadada y recompuesta, como
un pantaln de marinero; la cerradura claveteada y cosida, fiel e
incorruptible, virgen de todo atentado, desde la solemne declaracin de
Corrales sobre la ineficacia de nuevas tentativas al respecto; el hambre
frecuente, los proyectos de venganza negra y sombra, lentamente
madurados en la obscuridad, pero disipados tan pronto como el aire de la
libertad entraba en los pulmones!...

He conservado toda mi vida un terror instintivo a la prisin; jams he
visitado una penitenciara sin un secreto deseo de encontrarme en la
calle. Aun hoy las evasiones clebres me llenan de encanto y tengo una
simpata profunda por Latude, el barn de Trenck y Jacques Casanova. No
he podido comprender nunca el libro de Silvio Pellico, ni creo que el
sentimiento de conformidad religiosa, unido a un imperio absoluto de la
razn, basten para determinar esa placidez celeste, si no se tiene una
sangre tranquila y fra, un espritu contemplativo y una atrofia
completa del sistema nervioso.




XXI


Las autoridades del Colegio haban comenzado a preocuparse seriamente en
dar mayor ensanche a los dormitorios destinados a enfermera, en vista
del nmero de estudiantes, siempre en aumento, que era necesario alojar
en ella. Una epidemia vaga, indefinida, haba hecho su aparicin en los
claustros. Los sntomas eran siempre un fuerte dolor de cabeza,
acompaado de terribles dolores de estmago. _Vas-y-voir!_

El hecho es que la enfermera era una morada deliciosa; se charlaba de
cama a cama; el caldo, sin elevarse a las alturas del _consomm_, tena
un cierto gustito a carne, absolutamente ausente del lquido homnimo
que se nos serva en el refectorio; pescbamos de tiempo en tiempo un
ala de gallina, y sobre todo... no bamos a clase!

La enfermera era, como es natural, econmicamente regida por el
enfermero. Acabo de dejar la pluma para meditar y traer su nombre a la
memoria sin conseguirlo; pero tengo presente su aspecto, su modo, su
fisonoma, como si hubiera cruzado hoy ante mis ojos. Haba sido primero
sirviente de la despensa, luego segundo portero, y, en fin, por una de
esas aberraciones que jams alcanzar a explicarme, enfermero. "Para esa
plaza se necesitaba un calculador, dice Beaumarchais: la obtuvo un
bailarn".

Era italiano y su aspecto haca imposible un clculo aproximativo de su
edad. Poda tener treinta aos, pero nada impeda elevar la cifra a
veinte unidades ms. Fu siempre para nosotros una grave cuestin decir
si era gordo o flaco.

Hay hombres que presentan ese fenmeno; recuerdo que en Arica, durante
el bloqueo, pasamos con Roque Senz Pea largas horas reuniendo
elementos, para basar una opinin racional al respecto, con motivo de la
configuracin fsica del general Buenda.--Senz Pea se inclinaba a
creer que era muy gordo y yo hubiera sostenido sobre la hoguera que
aquel hombre era flaco, extremadamente flaco.--Le veamos todos los
das, le analizbamos sin ganar terreno. Yo arda por conocer su opinin
propia; pero el viejo guerrero, lleno de vanidad, deca hoy, a propsito
de una marcha forzada que vena a su memoria, que haba sufrido mucho a
causa de su corpulencia.--Senz Pea me miraba triunfante!--Pero al da
siguiente, con motivo de una carga famosa, que el general se atribua,
haca presente que su caballo, con tan _poco peso_ encima, le haba
permitido preceder las primeras filas.--A mi vez, miraba a Senz Pea
como invitndole a que sostuviera su opinin ante aquel argumento
contundente. No sabamos a quin acudir, ni qu procedimiento emplear.
Pesar a Buenda? Medirle? No lo hubiera consentido. Consultar a su
sastre? No le tena en Arica.--Aquello se converta en una pesadilla
constante; ambos veamos en sueos al general.--Roque, que era
sonmbulo, se levantaba a veces pidiendo un hacha para ensanchar una
puerta por la que no poda penetrar Buenda.--Yo vea floretes pasearse
por el cuarto, en las horas calladas de la noche y observaba que sus
empuaduras tenan la cara de Buenda.--No encontrbamos compromiso
plausible, ni _modus vivendi_ aceptable. Reconocer que aquel hombre era
_regular_, habra sido una cobarda moral, una dbil manera de
cohonestar con las opiniones recprocas. En cuanto a m, la humillacin
de mis pretensiones de hombre observador me haca sufrir en
extremo.--Cmo podra escudriar moralmente un individuo, si no era
capaz de clasificarle como volumen positivo?--Al fin, un rayo de luz
hiri mis ojos o la reminiscencia inconsciente del enfermero del Colegio
vino a golpear en mi memoria. Vi marchar de perfil a Buenda y, ahogando
un grito, me desped de prisa y corr en busca de Senz Pea, a quien
encontr tendido en una cama, silencioso y meditando, sin duda ninguna,
en el insoluble problema.--Medio sofocado, grit desde la puerta:
"Roque!... Encontr!--Qu?--Buenda...--Acaba!--Es flaco y
barrign!"

No aadir una palabra ms; si alguno de los que estas lneas lean ha
observado un hombre de esas condiciones, habr sin duda sentido las
mismas vacilaciones y dudas. Tal vez l, menos feliz, no ha encontrado
la clave del secreto, que le abandono generosamente.




XXII


Nuestro enfermero tena esa peculiarsima condicin. Empezaba su
individuo por una mata de pelo formidable que nos traa a la idea la
confusa y entremezclada vegetacin de los bosques primitivos del
Paraguay, de que habla Azara; veamos su frente, estrecha y deprimida,
en raras ocasiones y a largos intervalos, como suele entreverse el vago
fondo del mar, cuando una ola violenta absorbe en un instante un enorme
caudal de agua para levantarlo en el espacio. Las cejas formaban un
cuerpo unido y compacto con las pestaas, ralas y gruesas, como si
hubieran sido afeitadas desde la infancia. La palabra mejilla era un sr
de razn para el infeliz, que estoy seguro jams conoci aquella seccin
de su cara, oculta bajo una barba, cuyo tupido, florescencias y frutos
nos traa a la memoria un omb frondoso.--El cuerpo, como he dicho, era
enjuto; pero un vientre enorme despertaba compasin hacia las dbiles
piernas por las que se haca conducir sin piedad. El equilibrio se
conservaba gracias a la previsin materna que le haba dotado de dos
andenes de ferrocarril, a guisa de pies, cuyo envoltorio, a no dudarlo,
consuma un cuero de baqueta entero. Un da nos confi, en un momento de
abandono, que nunca encontraba alpargatas hechas y que las que obtena,
fabricadas a medida, excedan siempre los precios corrientes.

Deba haber servido en la legin italiana durante el sitio de Montevideo
o haber vivido en comunidad con algn soldado de Garibaldi en aquellos
tiempos, porque en la poca en que fu portero, cuando le tocaba
despertar a domicilio, por algn corte inesperado de la cuerda de la
campana, entraba siempre en nuestros cuartos cantando a voz en cuello,
con el aire de una diana militar, este verso (!) que tengo grabado en la
memoria de una manera inseparable a su pronunciacin especial:

    Levntasi, muchachi,
  que la cuatro sun
  e lo federali
  sun ven o Cordun.

Perdi el gorjeo matinal a consecuencia de un reto del seor Torres,
que, hacindole parar el pelo, le puso a una pulgada de la puerta de la
calle.--Sin embargo, en la enfermera, cuando entraba por la maana o al
participar, en la comida, del vino que haba comprado a hurtadillas para
nosotros, tarareaba siempre entre dientes: "Levntasi, muchachi", etc.
Cuando le retaban o el doctor Quinche, mdico del Colegio, le deca que
era un animal, lo que ocurra con regularidad y justicia todos los das,
su nico consuelo era, as que la borrasca se ausentaba bajo la forma
del Dr. Quinche, entonar su eterno e inocente estribillo.

Como prototipo de torpeza, nunca he encontrado un _specimen_ ms
completo que nuestro enfermero.--Su escasa cantidad de sesos se
petrificaba con la presencia del doctor, a quien haba tomado un miedo
feroz y de cuya ciencia mdica hablaba pestes en sus ratos de
confidencia.--Cuando el mdico le indicaba un tratamiento para un
enfermo, inclinaba la cabeza en silencio y se daba por enterado.--Un da
haba cado en el gimnasio un joven correntino y recibido, a ms de un
fuerte golpe en el pecho, una contusin en la rodilla.--El Dr. Quinche
recet un jarabe que deba tomarse a cucharadas y un agua para frotar la
rodilla.--Una hora despus de su partida, omos un grito en la cama del
pobre correntino, a quien el enfermero haba hecho tomar una cucharada
de un lquido atroz, despus de haberle friccionado cuidadosamente la
rodilla con el jarabe de que tena enmelada toda la mano. Fu su ltima
hazaa; el Dr. Quinche declar al da siguiente que uno de los dos, el
enfermero o l, estaba de ms en el mundo o por lo menos en la
enfermera, y como el hilo se _curta_ por lo ms delgado, segn tuvo la
bondad de comunicrmelo confidencialmente, el pobre enfermero cambi de
destino, aunque consolado un tanto de que sus funciones se limitaran
siempre a suministrar drogas; fu sirviente de comedor.

Sentimos su salida de todas veras; pero bien pronto una catstrofe mayor
nos hizo olvidar aqulla. El Vicerrector, alarmado de la manera cmo se
propagaba la epidemia vaga de que he hablado, celebr una consulta
mdica con el doctor, y ambos de acuerdo, establecieron como sistema
curativo la dieta absoluta, acompaada de una vigilancia extrema para
evitar el contrabando. A las veinticuatro horas nos sentimos sumamente
aliviados y el germen de nuestro mal fu tan radicalmente extirpado, que
no volvimos a visitar la enfermera en mucho tiempo.




XXIII


Fu un da bullicioso aquel en que se nos anunci que en breve empezara
a funcionar la clase de literatura regida por el seor Gigena. Tenamos
hambre de lanzarnos en esa va del arte; las novelas nos haban
preparado el espritu para esa tarea y nos pareca imposible que al ao
de curso no nos encontrramos en estado de escribir a nuestra vez un
buen romance, con muchos amores, estocadas, sombras, luchas, escenas
todas de descomunal efecto. Ya para aquel entonces haba yo comenzado a
borronear papel y a ms de dos cretinismos juveniles que mis parientes
de la "Tribuna" publicaron con sendas laudatorias, tena casi concluda
una novela que pasaba en una estancia durante las vacaciones, y cuyo
hroe principal era un gaucho cantor. Creo que algo de eso se public
despus, bajo un pseudnimo, como si temiera comprometer mi gravedad en
tales ligerezas.

Mi compaero de trabajos literarios era Adolfo Lamarque, que me llevaba
dos ventajas insuperables: haca versos y era externo. A pesar de estar
sentados juntos en clase, nos dirigamos frecuentemente cartas, las mas
siempre en prosa, pero las suyas generalmente rimadas--Lamarque
versificaba con suma facilidad.--Recuerdo que una vez que debamos hacer
una composicin en clase sobre "El sueo de Anbal", Lamarque, el
nico, present la suya en verso. Para m fu una obra maestra y an
tengo en la memoria los primeros versos. Empezaba as:

  Despierta, Anbal, del letargo horrendo
  que aqu te tiene encadenado y vuela
  a vengar de Duilio.....

Lamarque me enloqueca, pintndome en verso, prosa y narraciones orales,
los primores maravillosos del "Orphe aux Enfers", que se daba entonces
por primera vez en el Teatro Argentino. La descripcin del traje de la
"Opinin Publique" tomaba siete octavas partes de la narracin,
destinadas a pintar precisamente lo que no cubra. Diana, Venus, la
opulenta Juno, completaban el cuadro. No tena la menor nocin de esas
grandezas; un deseo inmoderado de gozar yo tambin de ese espectculo
soberano me impeda estudiar, apartar un instante mi pensamiento de ese
Olimpo adorable. As, un da que Gigena nos di por tema de disertacin
escrita este cuadro de Suetonio: "Nern, desde lo alto del Capitolio,
rodeado de sus cortesanas, la lira en la mano y ceida la frente de
guirnaldas, contempla el incendio de Roma", no s qu pas por m. Me
olvid que el objeto primordial, retrico, obligado, era vilipendiar a
Nern, ponerle por el suelo en nombre de la moral ms elemental y
concluir por una peroracin vigorosa, en la que se ofreciera ese ejemplo
abominable a los reyes todos de la tierra. "Amor son la lira", como
habra dicho don J. C. Varela, y debut por la pintura de un incendio
durante la noche. En vez de hablar de las madres, nios y ancianos
vctimas del fuego, en vez de mencionar gravemente los capitales
perdidos y las obras de arte destrudas, no vea sino las llamas
colosales jugueteando en la atmsfera, el humo denso y abrillantado por
el resplandor, el rugido de las hogueras, la muchedumbre humana en
convulsin. Y all en la altura, Nern, bello como un dios pagano,
desnudo como un efebo, cantando versos sonoros y vibrantes, mientras
mujeres de incomparable hermosura sostenan su cabeza con sus blancos
senos, le escanciaban vinos selectos y humedecan su sien con la
guirnalda siempre fresca!... Insensiblemente pas por los lmites
verdosos de la alusin discreta, llegu a las licencias de Petronius,
alcanc a Lucius, y al final, ciertas pginas de Gautier habran sido
cartas de Chesterfield al lado de mi composicin. Gigena se alarm y me
hizo suspender la lectura a la mitad a pesar de las protestas de los
compaeros, que, viendo aquel "boccato", queran gozarlo ntegro.

Por lo dems, forzoso me es declarar que aquella clase de literatura
tuvo efectos funestos sobre nosotros. Fundamos diarios manuscritos, cuya
"impresin" nos tomaba noches enteras, en los que yo escriba artculos
literarios donde hablaba del "festn de las brisas y los cfiros en el
palacio de las selvas", y en los que Lamarque, F. Cuado, D. del Campo y
otros publicaban versos. Esos diarios hicieron all el mismo efecto que
en los pueblos de campaa; turbaron la armona y la paz, agitaron y
agriaron los nimos y ms de un ojo debi el obscuro ribete con que
apareci adornado a las polmicas vehementes sostenidas por la "prensa".
Por mi parte, tuve un duelo feroz. Ignoro hoy si mi adversario sufri;
pero s recuerdo que, aunque el honor qued en salvo, sal de la arena
mal acontecido, sin ver claro, con una variante en la forma nasal y un
dedo de la mano derecha fuera de su posicin normal.

Un joven romano habra jurado no ocuparse ms de prensa en su vida; pero
las preocupaciones se van y los instintos quedan. Oh! qu himnos
cantara hoy al periodismo si slo golpes y magullones me hubiera
costado!...




XXIV


Pasbamos las vacaciones en nuestra casa de campo, como considerbamos
legtimamente el punto que hasta hace poco tiempo fu conocido con el
nombre de "Chacarita de los Colegiales", y que ms tarde, al perder el
ltimo trmino de su denominacin, deba adquirir tanta fama por los
acontecimientos de Junio de 1880.

Pocos puntos hay ms agradables en los alrededores de Buenos Aires.
Situado sobre una altura, a igual distancia de Flores, Belgrano y la
capital, el viejo edificio de la Chacarita, monacal en su aspecto, pero
grande, cmodo, lleno de aire, domina un paisaje delicioso, al que las
caprichosas ondulaciones del terreno dan un carcter no comn en las
campias prximas a la ciudad. En aquel tiempo poseamos como feudo
seorial no slo los terrenos que an hoy pertenecen a la Chacarita,
sino los que en 1871 fueron destinados al cementerio tan rpidamente
poblado. As, nuestros lmites eran extensos y no nos faltaba, por
cierto, espacio para llenar de aire puro los pulmones, organizar
carreras y dar rienda suelta a la actividad juvenil que nos castigaba la
sangre. A pesar de la inmensidad de nuestros dominios, tenamos pleitos
con todos los vecinos, sin contar el famoso proceso con la Municipalidad
de Belgrano, especie de "Jarndyce versus Jarndyce"[6], del que habamos
odo hablar como de una tradicin vetusta, cuyo origen se perda en la
noche de los tiempos, proceso cuyos antecedentes ignorbamos en
absoluto, lo que no nos impeda declarar con toda tranquilidad que el
municipio de Belgrano era representado por una compaa de ladrones,
neta y claramente clasificados. Este viejo pleito tena para nosotros,
sin embargo, algunas ventajas.

     [6] Dickens, "Bleak-House".

Cuando cruzbamos frente al juzgado de paz de Belgrano, a galope
tendido, algunos honorables miembros de la partida de polica, viendo la
traza arcaica de nuestros corceles (fuera de funciones en esos momentos,
por cuanto su profesin habitual era arrastrar carradas de lea o sacar
agua), abandonaban el noble juego de la taba[7] en que estaban
absorbidos, y cabalgando a su vez, emprendan animosos nuestra
persecucin. Generalmente bamos dos en cada caballo, lo que, como se
supone, no aumentaba sus condiciones de velocidad. Pero compensbamos
este inconveniente por una metdica y razonada divisin del trabajo,
"avant-gut" de nuestros estudios econmicos del futuro. La direccin
del cuadrpedo estaba entera y absolutamente confiada al que iba
delante, tarea grave y trascendental, no slo por las veleidades
fantsticas de la bestia y por la necesidad de cortar campo, sino por la
preocupacin incesante del jinete para evitar la probable operacin de
la talla, practicada inconscientemente por la cruz pelada y puntiaguda,
a favor del convulsivo movimiento de un manquera tradicional. El
ciudadano colegial que ocupaba el anca desempeaba las funciones de
foguista; l deba suministrar, con medios a su arbitrio, los elementos
necesarios para producir el movimiento. Por lo dems, se proceda
siempre de acuerdo con una tabla sancionada por la estadstica
experimental; se saba que el uso del rebenque firme, apoyado por el
taln incansable, produca el trote; si el compaero de delante poda
distraerse hasta el punto de menear taln a su vez, se obtena un
simulacro de galopito expirante, y por fin el "mximum", esto es, un
galope normal, de tres cuadras exactas de duracin, se alcanzaba por la
hbil combinacin del rebenque, cuatro talones y una pequea picana,
dirigida con frecuencia hacia aquellos puntos que el animal, en su
inocencia, haba dado muestras de considerar como los ms sensibles de
su individuo.

     [7] Cuya antigedad es bien respetable, pues hemos visto, con
     Emilio Mitre, en el "British Museum", dos figurinas de Tanagra
     ejercitndose en l.

Se me dir, tal vez, que con semejantes elementos era una verdadera
insensatez arrostrar las iras policiales de la partida; pero esa crtica
cesar cuando se sepa que los medios de locomocin de nuestros
adversarios, eran de una fuerza anloga a aquellos de que disponamos.
Iniciada la persecucin, oamos un ruido confuso de latas y denuestos
tras de nosotros; silenciosos, como convena a hombres que tenan en
juego, a ms de sus cinco sentidos, todas sus articulaciones,
aspirbamos a llegar a los terrenos ya casi neutrales del otro lado del
Circo; en general, segn clculo hecho y resultado previsto, rodbamos
tres veces antes de llegar all. Pero sabamos tambin que el honorable
miembro de la partida a quien tal fracaso suceda, no consegua poner en
pie su cabalgadura, sino despus de media hora de exhortaciones
expresivas. Llegados a campo abierto, entre zanjas, arroyos y
alambrados, habamos vencido; porque, echando pie a tierra,
abandonbamos la bestia que parta con increble velocidad hacia la
Chacarita, mientras nosotros saltbamos un cerco, detrs del cual, por
medio de cascotes, rechazbamos con prdida las cargas efmeras de la
caballera enemiga. Cuando una hora ms tarde el sargento de la partida
osaba llegar a nuestro castillo y presentar sus quejas a las autoridades
del Colegio, ya stas haban sido informadas por nosotros de los
desafueros que, a causa del proceso pendiente, se haban permitido los
seides del juez de paz de Belgrano. El sargento sala corrido y las
hostilidades tomaban un carcter feroz.




XXV


Buena, sana, alegre, vibrante aquella vida de campo! Nos levantbamos al
alba; la maana inundada de sol, el aire lleno de emanaciones
balsmicas, los rboles, frescos y contentos, el espacio abierto a todos
rumbos, nos hacan recordar con horror las negras madrugadas del
Colegio, el fro mortal de los claustros sombros, el invencible
fastidio de la clase de estudio. En la Chacarita estudibamos poco, como
era natural; podamos leer novelas libremente, dormir la siesta, salir
en busca de "camuats" y, sobre todo, organizar con una estrategia
cientfica, las expediciones contra los "vascos".

Los "vascos" eran nuestros vecinos hacia el Norte, precisamente en la
direccin en que los dominios colegiales eran ms limitados. Separaba
las jurisdicciones respectivas un ancho foso, siempre lleno de agua y de
bordes cubiertos de una espesa planta baja y brava. Pasada la zanja, se
extenda un alfalfar de media cuadra de ancho, pintorescamente manchado
por dos o tres pequeas parvas de pasto seco. Ms all, el jardn de las
Hesprides, los campos Elseos, el Edn, la tierra prometida! All, en
pasmosa abundancia, crecan las sandas, robustas, enormes, cuyo solo
aspecto apartaba la idea de la "caladura" previsora; la sanda ajena,
vedada, de carne roja como el lacre, el "cucrbita citrullus" famoso,
cuya reputacin ha persistido en el tiempo y el espacio; all doraba el
sol esos melones de origen extico, redondos, incitantes en su forma
ingnita de tajadas, los melones exquisitos, de suave pasta perfumada y
de exterior caprichoso, grabado como un papiro egipcio! No tenan
rivales en la comarca y es de esperar que nuestra autoridad sea
reconocida en esa materia. Las excursiones a otras chacras nos haban
siempre producido desengaos; la nostalgia de la fruta de los vascos nos
persegua a todo momento y jams vibr en odo humano, en sentido menos
figurado, el famoso verso de Garcilaso de la Vega.

Pero debo confesar que los "vascos" no eran lo que en el lenguaje del
mundo se llama personajes de trato agradable. Robustos los tres, giles,
vigorosos y de una musculatura capaz de ablandar el coraje ms probado,
eternamente armados con sus horquillas de lucientes puntas, levantando
una tonelada de pasto en cada movimiento de sus brazos ciclpeos,
aquellos hombres, como todos los mortales, tenan una debilidad suprema;
amaban sus sandas, adoraban sus melones! Dos veces ya los hados
propicios nos haban permitido hacer con xito una "razzia" en el
cercado ajeno, cuando un da...

Eran las tres de la tarde y el sol de enero parta la tierra sedienta e
inflamada, cuando, saltando subrepticiamente por una ventana del
dormitorio donde ms tarde deba alojarse el 1. de caballera de lnea,
nos pusimos tres compaeros en marcha silenciosa hacia la regin feliz
de las frescas sandas. Llegados al foso, lo costeamos hasta encontrar
el vado conocido, all donde habamos tendido una angosta tabla, puente
de campaa no descubierto an por el enemigo. Lanzamos una mirada
investigadora: ni un vasco en el horizonte! Nos dividimos, y mientras
uno se diriga a la izquierda, donde floreca el "cantaloup", dos nos
inclinamos a la derecha, ocultando el furtivo paso por entre el alfalfar
en flor. Llegamos, y rpidos buscamos dos enormes sandas que en la
pasada visita habamos resuelto dejar madurar algunos das an. La ma
era inmensa, pero su mismo peso me auguraba indecibles delicias.

Cargu con ella y cuando baj los ojos para buscar otra pequea con que
saciar la sed sobre el terreno... un grito, uno solo, intenso, terrible,
como el de Telmaco, que petrific el ejrcito de Adrasto, rasg mis
odos. Tend la mirada al campo de batalla; ya la izquierda,
representada por el compaero de los melones, bata presurosa retirada.
De pronto, detrs de una parva, un vasco horrible, inflamado, sale en mi
direccin, mientras otro pone la proa sobre mi compaero, armados ambos
del pastoril instrumento cuyo solo aspecto comunica la ingrata impresin
de encontrarse en los aires, sentado incmodamente sobre dos puntas
aceradas que penetran...

Cmo corra, abrazado tenazmente a mi sanda! Qu indiferencia suprema
por la gorra ingrata que me abandon en el momento terrible, quedando
como trofeo sobre el campo enemigo! Y, sobre todo, cun veloz me
pareca aquel vasco, cuyo respirar de fuelle de herrera crea sentir
rozarme los cabellos! Volbamos sobre la alfalfa: qu larga es media
cuadra!

Un momento cruz mi espritu la idea de abandonar mi presa a aquella
fiera para aplacarla. Los recuerdos clsicos me autorizaban; pens en
Medea, en Atalanta, pens en los jefes de caballera que regaban el
camino de la "retirada" con las prendas de su apero; pens... No! Era
una ignominia! Llegar al dormitorio y decir: "me ha corrido el vasco y
me ha quitado la sanda!" Jams! Era mi escudo lacedemonio: vuelve con
l o sobre l!

Instintivamente haba tomado la direccin del vado; pero el vasco de mi
compaero, por medio de una diagonal habra llegado antes que yo, y debo
declarar que, a pesar de la persecucin personal del mo, los tres
vascos me eran igualmente antipticos. March de cara al sol! como el
Byron de Nez de Arce. Mi agilidad proverbial, aumentada por las
fatigas diarias del rescate, haba brillado en aquella ocasin; as,
cincuenta pasos antes de llegar al foso, mi partido estaba tomado. Puse
el corazn en Dios, redobl la ligereza y salt... Una desagradable
impresin de espinas me revel que haba salvado el obstculo: pero oh
dolor! en el trayecto se me haba cado la sanda, que yaca entre las
aguas cenagosas del foso!

Me detuve y observ a mi vasco: dara el salto? Lo deseaba en la
seguridad que ira a hacer compaa a la sanda. Pero aquel hombre
terrible medit, y plantndose del otro lado de la zanja, apoyado en su
tridente, empez a injuriarme de una manera que revelaba su educacin
sumamente descuidada. Escapa a mi memoria si mi actitud en aquellas
circunstancias fu digna; slo recuerdo que en el momento en que tomaba
un cascote, sin duda para darle un destino contrario a los intereses
positivos de mi vasco, v a mis dos compaeros correr en direccin a
"las casas" y al vasco de los melones despuntar por el vado y dirigirse
a m. De nuevo en marcha precipitada, pero seguro ya del triunfo!...

Eran las tres y media de la tarde y el sol de Enero parta la tierra
sedienta e inflamada, cuando con la cara incandescente, los ojos
saltados, sin gorra, las manos ensangrentadas por los zarzales
hostiles, saltamos por la ventana del dormitorio. Me tend en la cama y,
mientras el cuerpo reposaba con delicia, reflexion profundamente en la
velocidad inicial que se adquiere cuando se tiene un vasco irritado a
retaguardia, armado de una horquilla.




XXVI


Viene a mi memoria, envuelto entre los recuerdos de la Chacarita, el de
uno de mis condiscpulos, tipo curiossimo que en aquellos tiempos
felices, ignorantes an de los encuentros grotescos que nos
proporcionara el mundo, clasificbamos alternativamente con los nombres
de "el loco Larrea" o "el loro Larrea". Queda entendido que he alterado
su verdadero apellido, pues ignoro si vive an, en cuyo caso tal vez no
le sera grato figurar en estas pginas, a la manera de un coleptero de
museo. Era riojano; aunque de gran estatura, su cuerpo, sea por falta de
armona ingnita, sea por el corte de sus jacquets amplios, sin la menor
curva en la espalda, presentando una lnea recta geomtrica desde el
cuello hasta el ribete del faldn, ofreca un conjunto tan desgraciado
como inspido. La cara de Larrea era una obra maestra. En primer lugar,
aquel rostro slo se conservaba a costa de incesante lucha contra la
cabellera, tupida y alborotada, pero eminentemente invasora. No puedo
recordar la fisonoma de Larrea sin el arco verdoso que coronaba su
frente estrecha, precisamente en la lnea divisoria del pelo y el cutis
libre. Era un depilatorio espeso, de insoportable olor, que Larrea se
aplicaba, con una constancia benedictina, todas las noches, a fin de
evitar los avances capilares de que he hecho mencin. Pero Larrea
sostena que esa pasta era completamente ineficaz, a lo que alguno de
los compaeros replicaba que era natural no ejerciera influencia sobre
sus pelos de calabrote, habiendo sido fabricada para hacer desaparecer
el ligersimo "duvet" del brazo de las damas, segn cantaba el
prospecto. Se echa acaso abajo un bosque de andubays con la ligera hoz
que derriba los trigales? La nariz de Larrea presentaba esa forma
arquitectnica que la envidia humana ha clasificado de "ata"[8]; ms
abajo, de Este a Oeste, abarcando los lmites visibles, se desenvolva
la boca de Larrea, siempre entreabierta, sin duda para dar ventilacin a
sus dientes como teclas de piano viejo, en color y dimensin.

     [8] Dickens

Larrea hablaba sin reposo, a todas horas, con todo motivo, lo que le
haba valido el ya mencionado calificativo de "loro". Pero cuando lleg
a la Chacarita, notamos, alarmados, que aquella facundia inagotable
haba cesado y que Larrea, hosco, hurao, evitaba los juegos, los
placeres comunes, no coma y pasaba todo el da tendido en su cama, en
la que nos pareca oir durante la noche suspiros enormes como resoplidos
de buey.

Larrea amaba! Una tarde me confi que haba entregado su corazn a una
beldad cruel que no quera apercibirse del fuego que le consuma. Me
pidi que no me burlara de l, porque era un asunto serio, que le tocaba
de cerca lo ms ntimo del alma. Alentado por mi cara de confidente de
tragedia, de aquellos nicamente admitidos en la escena para dar la
rplica corta y hbil que motiva una nueva tirada del hroe, Larrea
lleg hasta leerme versos. Por fin, supe que el objeto de su pasin era
una nia, hija de una "modesta" familia que habitaba a veinte cuadras
de la Chacarita. Ya lo creo! Era una chinita deliciosa de diez y ocho
aos, de carita fresca y morena, de grandes ojos negros como el pelo,
sin ms defecto que aquel pescuezo angosto y flaquito que parece ser el
rasgo distintivo de nuestra raza indgena. Todos la conocamos y ms de
uno haca frecuentes pasadas a pie y a caballo, por delante de aquel
rancho, alentado por locas esperanzas.

Anim a Larrea cuanto pude, le d mis consejos (porque los porteos
ramos "censs" ser tenorios consumados), y, por fin, me anunci un da
que haba hecho relacin con la familia y que haban organizado, de
acuerdo, un baile para el sbado prximo, baile al que debamos
concurrir siete u ocho de nosotros, siempre que nos hiciramos preceder
por algunas libras de yerba y azcar, algunas botellas de cerveza y
ginebra, etc. Larrea me abandonaba la eleccin de los convidados y me
peda los acompaara al sitio de la fiesta, donde l se encontrara
desde la primera hora.

Como se comprende, era necesario escaparse.

Comuniqu la nueva a Eyzaguirre, candidato nato a una partida semejante,
avis tambin al cojo Videla, uno de los muchachos ms buenos y
traviesos que he conocido; y--como habamos tenido tiempo de
prepararnos--el sbado, a las nueve de la noche, dejando cada uno en la
cama respectiva (felizmente no estaban todas en el mismo cuarto) un
mueco con una peluca de crin, nos pusimos silenciosamente en marcha, a
travs de los potreros, llenos de un loco entusiasmo y forjando
conquistas a millares.




XXVII


Larrea estaba ya all. Ebrio de gozo, radiante dentro de su jacquet
rectilneo, haba tomado la direccin de la fiesta y serva de bastonero
con toda gravedad. Fumos introducidos, agasajados, y pronto, al comps
de la orquesta, limitada a una guitarra y un acorden (los esfuerzos
para obtener un rgano haban sido vanos), nos hundimos en un ocano de
valses, polkas y mazurkas, pues las damas se negaban a una segunda
edicin de la primera cuadrilla, que, a la verdad, haba permitido al
cojo Videla desplegar calidades coreogrficas desconocidas y que despus
supimos haban sido inspiradas por una representacin de "Orfeo" con que
se haba regalado en una noche de escapada.

Despus de cada pieza, obsequibamos naturalmente a las damas con un
vaso de cerveza, acompandolas con una frecuencia alarmante para el
porvenir. Larrea irradiaba de contento; haba recitado sus versos,
prometido otros y nos dejaba entrever que una cita flotaba en lo
posible. Un gaucho viejo (le veo an!), con una larga barba canosa, el
sombrero en una mano y un vaso en la otra, gozaba como un bienaventurado
desde la puerta donde se apoyaba. De tiempo en tiempo, cuando nos
lanzbamos a un vals o una polka y que, obedeciendo a las necesidades de
la armona, llevbamos oprimidas a las compaeras, oamos la voz alegre
del viejo que repeta varias veces:

--Que se vea luz, caballeros!

La fiesta estaba en su apogeo y el italiano del acorden, despreciando
profundamente a su acompaante de la guitarra, haca maravillas de
ejecucin, bajo ritmos caprichosos y excntricos que llegaban vagamente
a nuestros odos, pues haca rato que bailbamos al comps de una msica
interior, cuando, despus de haber odo el galope de un caballo vimos
aparecer a uno de los condiscpulos de la Chacarita en la puerta del
rancho, con la fisonoma plida que deba tener Daniel al entrar de una
manera tan intempestiva en la sala del festn de Baltasar.

--Muchachos, los han pillado! El celador me ha dicho que los busque y
que si dentro de media hora no estn en el dormitorio, va a dar cuenta
al vicerrector.

Todo esto, entrecortado por la fatigosa respiracin. El buen compaero
haba robado uno de los caballos del quintero y por hacernos un servicio
se haba puesto en camino por entre barriales espantosos, pues los
ltimos das haba llovido copiosamente. No haba tiempo que perder y
era necesario ponernos en marcha sin demora. El viejo nos ofreci su
caballo, cuyas formas areas revelaban una dieta de treinta y seis horas
por lo menos; se lo aceptamos agradecidos y tratamos de organizar la
partida. Eramos siete en todo; dos treparon en las ancas del compaero
que nos haba trado el aviso, despus de darle tiempo a que absorbiera
una botella de cerveza ntegra--y los otros cuatros procuramos
arreglarnos sobre el caballo del viejo que a todo trance peda luz, como
Goethe moribundo. Larrea, por darse tono delante de la chinita y
sosteniendo que conoca una senda por donde nos llevara sin
embarrarnos, tom la direccin, colocndose gravemente en la cruz.
Detrs de l, un condiscpulo sumamente grueso, en seguida Eyzaguirre, y
all, al fondo, en el remoto extremo, precisamente en aquel plano
inclinado que parece una invitacin a resbalarse por la cola, yo,
prendido de Eyzaguirre, como un mono a una reja.

Cuando emprendimos la marcha, el dueo de casa, la novia de Larrea, las
nias todas, el gaucho viejo, hasta el italiano del acorden, rean a
carcajadas. Contestamos alegremente y fu en este momento que hice dos
descubrimientos, de orden diferente, que me alarmaron; aquel caballo no
tena anca, sino un techo de media agua por lomo, de filoso mojinete, y
Larrea posea una _mona_ gigantesca!




XXVIII


La noche era obscura y amenazaba llover; encandilados an, no sabamos
dnde estbamos, ni qu direccin habamos tomado. Si nuestro raciocinio
no hubiera sido alterado por causas conocidas, la seguridad impasible
con que Larrea diriga la bestia, nos habra estremecido.--Se me haba
encargado castigar, pues segn las tradiciones recibidas, el foguista
era siempre el del anca; hice presente que no haba sujeto pasivo, por
cuanto mis golpes se perdan en el aire, y propuse nos limitramos, en
las circunstancias, al sistema del taln.

Aceptado el procedimiento, seguimos la marcha en las tinieblas; yo me
senta resbalar, resbalar sin descanso; aquel animal tena en la punta
de la cola algo que me atraa. En mi desesperacin me aferraba a
Eyzaguirre, quien me observaba a menudo que deba limitarme a agarrarle
de la ropa, no encontrando plausible, como me lo declar
terminantemente, que mis dedos apretaran, a guisa de gnero, una seccin
de la parte carnosa que la naturaleza haba previsoramente superpuesto a
sus costillas.--El compaero gordo bufaba, oprimido entre Eyzaguirre y
Larrea, y ste, sin cesar de hablar, protestando que nadie conoca el
camino como l, aventuraba una que otra queja sobre la osteologa de
aquel animal.

No veamos a dos dedos de distancia y los compaeros del otro grupo
haban desaparecido, sin duda por la sencilla razn de haber tomado el
buen camino.--Habamos conseguido--el cielo sabe a costa de qu
esfuerzos y sufrimientos!--hacer tomar el trote a nuestra montura,
cuando de pronto me sent en el suelo, con todo el volumen de Eyzaguirre
encima. Un choque se haba producido y jinete y caballos haban venido
por tierra.--"No es nada; es un alambrado!"

Era la voz de Larrea, que estaba ya montado y nos invitaba a hacer otro
tanto. Tratamos duramente al pobre conductor, que nos anunci estar
_ahora_ seguro del camino, y, un tanto mohinos y maltrechos, emprendimos
de nuevo la marcha.

No habamos andado media cuadra, cuando un grito sofocado de Larrea me
hizo apercibir que me encontraba literalmente a _babuchas_ de
Eyzaguirre, quien, a su vez, aplastaba al gordo, que, entre gemidos,
estaba tendido a lo largo sobre algo informe que se debata en el barro
y que un ligero examen posterior revel ser el cuerpo de Larrea.
Habamos cado en una zanja; el caballo, perdiendo el pie, se fu de
boca, Larrea sali por sobre las orejas como una flecha del canal de una
arbaleta, el gordo sigui la ley de la atraccin y Eyzaguirre, no menos
rpido en el descenso, me arrastr a la confusa masa. Haba por lo menos
dos pies de barro; cuando sal y Eyzaguirre y el gordo se pusieron en
pie, nos precipitamos todos a sacar a Larrea, que no hablaba. Todas las
soluciones de continuidad de su cara estaban revocadas por un lodo
espeso y negro. Fu necesario sacudirle, lavarle el rostro con la ltima
botella de cerveza que el gordo no haba soltado en la catstrofe y
sacarle el jacquet rectilneo que pesaba dos arrobas.

Entonces emprendimos a tanteo, a pie y en el horror de la profunda
noche, aquella marcha legendaria, inaudita, en la que las zanjas eran
endriagos, las tunas vestiglos y los ruidos de los insectos nocturnos
coros de Porrganos y Kobolds.--Puck andaba por all; nos pareca oir su
risa silenciosa entre las brumas, confundindonos los rumbos y gozando a
cada traspis de la errante caravana... El caballo haba quedado en la
zanja para siempre. Adis las largas y melanclicas estadas en el
palenque de la pulpera! Adis la marcha vacilante de la noche, cuando
su dueo oscilaba como un pndulo sobre el recado! Una ligera
perturbacin en la lnea del pescuezo le haba hecho encontrar el reposo
eterno! Sea leve su recuerdo a la conciencia de Larrea!

Por fin, a las primeras claridades del alba, al canto de los gallos
matinales, el cuerpo exhausto y rendido, el alma agriada contra la
pasin dantesca de Larrea, penetramos en nuestros cuartos y nos ayudamos
fraternalmente a sacarnos la ropa. Slo una bota de Eyzaguirre, con una
tenacidad irritante, se resisti al empuje colectivo y es fama que diez
horas ms tarde solamente solt su presa, vencida por la operacin
cesrea.




XXIX


Como escribo sin plan y a medida que los recuerdos vienen, me detengo en
uno que ha quedado presente en mi memoria con una clara persistencia. Me
refiero al famoso 22 de Abril 1863, en que _crudos y cocidos_ estuvieron
a punto de ensangrentar la ciudad, los cocidos por la causa que los
crudos hicieron triunfar en 1880 y recprocamente. Yo era crudo y crudo
_enrag_. Primero, porque mis parientes, los Varela, uno de los cuales,
Horacio, era como mi hermano mayor, tenan esa opinin, segn lea de
tiempo en tiempo, en la "Tribuna"--y en segundo lugar, porque la mayor
parte de los provincianos eran cocidos.--Queda entendido que yo me daba
una cuenta muy vaga de mi manera de pensar, pero como haba tenido que
sostener mis opiniones a moquetes ms de una vez, la conviccin haba
concludo por arraigarse en mi espritu.

El da citado haba una excitacin fabulosa en el Colegio; despus de
muchas tentativas infructuosas, conseguimos escaparnos dos o tres y nos
instalamos en la calle Moreno. Fu all donde presenci por primera vez
en mi vida un combate armado entre dos hombres, que me hizo el mismo
efecto que ms tarde sent en una corrida de toros, de la que sali mal
herido el primer espada. Los dos combatientes eran hombres del pueblo y
estaban armados, uno de una daga formidable, mientras el otro manejaba
con suma habilidad un pequeo cuchillo que apenas conseguamos ver: tal
era el movimiento vertiginoso que le imprima.--Mi primera intencin fu
huir, pero tuve vergenza, porque uno de mis compaeros, que tena fama
de bravo en el Colegio, se haba acercado, por el contrario, para
presenciar ms cmodamente la lucha. Dur poco tiempo, porque la
habilidad triunf de la fuerza y el hombre de la daga, dando un grito
desgarrador, cay al suelo con el vientre abierto de un enorme tajo.--El
heridor huy; yo deba estar muy plido, porque recuerdo que durante un
mes el grito del cado vibr en mi odo.

Pronto nos mezclamos con unos hombres que traan un pauelo al cuello y
que haban desalojado a un pequeo grupo de cocidos que estaban cerca de
la confitera del "Gallo".--Pero el rumor de lo que pasaba dentro, nos
haca arder por penetrar en el recinto de la Legislatura.--Imposible!

Entonces, de comn acuerdo y comprendiendo que era all donde se
desenvolvan las escenas ms interesantes, resolvimos reingresar al
Colegio y llegar a la Legislatura por las azoteas. Lo hicimos as y a
favor del tumulto que entre los claustros se notaba, ganamos el techo y
como gatos nos corrimos hasta dominar el patio de la Legislatura.

Al primero que v fu a Horacio Varela, tranquilo, sonriendo y apoyado
en sus muletas. As que me conoci, me pidi fuera inmediatamente a su
casa a avisar a la familia que no volvera hasta tarde, que no temieran,
etc.--"Pero no puedo salir, Horacio; no me dejan". La verdad era que
haba trabajado tanto por llegar a mi punto de observacin y esperaba
que en aquel patio tuvieran lugar cosas tan memorables, que lanzaba ese
pretexto, harto plausible, para quedarme all.--"Un estudiante a quien
no dejan salir, pobrecito! Entonces ustedes ya no saben escaparse?"--Yo
habra podido contestar que lo haca con una frecuencia que pona a
cubierto de semejante reproche; pero prefer la accin y desaparec.--Me
escap con xito, corr a casa de Horacio, tranquilic la familia, volv
al Colegio y, jadeante, extenuado, ocup nuevamente mi sitio de
observacin, de donde d cuenta a Horacio de mi comisin.--En ese
momento un gran nmero de diputados salieron al patio; muchos abrazaban
a un hombre calvo, de muy buena cara, con una gran barba negra, el cual,
despus, supe haba sido miembro informante, desplegando una serenidad
de nimo admirable.--Era el Dr. D. Manuel Aruz, a quien debamos todos
tener ms tarde tanto cario bajo el apodo afectuoso de "viejo Laguna".

Cuando leo en la historia la narracin del entusiasmo ardiente de los
estudiantes en la Politcnica y la Normal en 1815 y 1830, el arranque
impetuoso de los estudiantes espaoles en la guerra de la Independencia,
abandonando Salamanca para unirse al Empecinado, a D. Juan Porlier, el
cura Merino, el herosmo de los jvenes alemanes en 1813 y 1814,
brotando de los subterrneos de la _Tugendbund_ para caer en los campos
de Leipzig, de la muerte gloriosa de Koerner, cuando leo esos rasgos, me
los explico perfectamente.--Hay en los claustros un ansia de accin
indescriptible; la savia hirviente de la juventud irrita la sangre,
empuja, excita, enloquece. Se suea con grandes hechos; la lucha
enamora, porque implica la libertad.

Tambin nosotros formamos parte de las gloriosas filas del batalln
Belgrano que fu a ofrecer su sangre y a pedir un puesto en la
vanguardia del General Mitre, al estallar la guerra del Paraguay. Yo fu
soldado del Dr. D. Miguel Villegas; era cuanto poda exigirse de mi
patriotismo: servir a las rdenes de un profesor de la Universidad, que
enseaba filosofa por Balmes y Grusez!




XXX


Es tiempo ya de dar fin a esta charla, que me ha hecho pasar dulcemente
algunas horas de esta vida triste y montona que llevo.--Pero al
concluir me vienen al espritu los ltimos tiempos pasados en la prisin
claustral, cuando ya la adolescencia comenzaba a cantar en el alma y se
abra para nosotros de una manera instintiva un mundo vago, desconocido,
del que no nos dbamos cuenta exacta, pero que nos atraa secretamente.
No nos lo confesbamos al principio unos a otros; la vida de reclusin,
las lecturas disparatadas y sin orden, el alejamiento de la familia, de
la sociedad y, sobre todo, cierto prurito de estudiantes, nos inclinaba
a un escepticismo amargo y sarcstico, ante el cual no haba nada
sagrado.--Eramos ateos en filosofa y muchos sostenamos de buena fe las
ideas de Hobbes. Las prcticas religiosas del Colegio no nos merecan
siquiera el homenaje de la controversia; las aceptbamos con suprema
indiferencia.

En una confesin general, sin embargo, tuve la veleidad de resistirme.
Obligado a ir al confesionario, dije abiertamente al sacerdote que
estaba tras de la reja que no crea una palabra de esas cosas y que, por
lo tanto, era de su deber no obligarme a mentir. El confesor di cuenta
inmediatamente; fu llamado, insist y recog por premio de mi lealtad
de conciencia pasar en el encierro los tres das de comilonas y huelga
que sucedan a la comunin.

Al ao siguiente mis ideas se haban hecho ms prcticas; nos reunimos
unos cuantos y confeccionamos una lista de pecados abominables,
estupendos, en que figuraba todo el repertorio de un libro de examen de
conciencia que nos haban dado para prepararnos.--Nos dieron penitencias
atroces, como ser levantarnos a media noche en invierno y salir desnudos
al claustro, arrodillarnos sobre las losas y rezar una hora; esto
durante tres meses. A buen seguro que, en caso de obediencia, la
pulmona habra dado bien pronto cuenta de nosotros.--Pero aqu quiero
hacer una declaracin sincera que pinta bien esos escepticismos
primaverales. Llegado el da de la comunin, que se haca con gran pompa
en el altar mayor, fu obligado a ir a hincarme con tres o cuatro
compaeros y a esperar mi turno.

Un resto de altivez intelectual, una reaccin violenta dentro de m
mismo, me hizo considerar una repugnante apostasia de mis ideas y una
burla indigna de la religin, aceptar aqullo.--As, cuando el sacerdote
se inclin sobre m, le mir bien en los ojos y le dije quedo: "paso,
padre". Hizo un ligero movimiento de sorpresa; pero cuando se
reincorpor, yo ya me haba dado vuelta y salido de la fila, llevando el
pauelo en la boca, como si realmente hubiera recibido la hostia. No me
delat.




XXXI


Pero la juventud vena y con ella todas las aspiraciones
indefinibles.--La msica me cautivaba profundamente.--Recuerdo las
largas tardes pasadas mirando tristemente las rejas de nuestras ventanas
que daban a la libertad, a lo desconocido, y oyendo a Alejandro Quiroga
tocar en la guitarra las vidalitas del interior, los tristes y montonos
cantos de la campaa y las pocas piezas de msica culta que conoca. Aun
hoy me pasa algo curioso que, en ciertos momentos, me lleva
irresistiblemente a aquellos tiempos. Una tarde, Alejandro se puso a
tocar, sentado en su cama, una marcha lenta y plaidera, pero de un
ritmo marcado y carioso al odo. Yo me haba colocado en el borde de la
ventana, aprovechando la ltima luz del da, para continuar la lectura
de la "Conquista de Granada" de Florin, que me tena encantado. Haba
llegado en ese instante al momento en que Boabdil se despide con los
ojos arrasados en lgrimas, desde lo alto de una colina, de la dulcsima
ciudad de los mrmoles y las fuentes, los amores y los perfumes. Me
pareci que la msica que llegaba a mis odos era la voz misma del
infortunado monarca y d a aquella meloda sollozante el nombre de "el
adis del rey moro", que Alejandro le conserv. Ms tarde, hoy mismo,
cada vez que en un libro encuentro una referencia al msero fin de la
dominacin rabe en Espaa, los acordes de la marcha pesarosa cantan en
mi memoria.--As se explica esa preferencia llena de misterio que
algunos hombres sienten por ciertos trozos de msica, indiferentes para
los dems. Los han odo por primera vez en un momento especial, la
impresin se ha confundido con todas las que entonces se grabaron en el
alma y por una afinidad ntima y secreta, una sola fibra que se
estremezca en un rincn de la memoria, despierta a todas aquellas con
que est ligada. Un hombre, sentado al piano, puede rehacer, para l
solo, toda la historia de su vida moral, haciendo brotar del teclado una
serie de melodas, escalonadas en sus recuerdos...




XXXII


Sentamos tambin necesidad de cario; las mujeres entrevistas el
domingo en la iglesia, los rostros bellos y fugitivos que alcanzbamos a
vislumbrar en la calle, desde nuestras altas ventanas, por medio de una
combinacin de espejos, nos hacan soar, nos hundan en una
preocupacin vaga e incierta, que nos alejaba de los juegos infantiles
del gimnasio, de las viejas y pesadas bromas de costumbre. Las amistades
se haban estrechado y circunscripto; solamos pasar las horas muertas,
hacindonos confidencias ideales, fraguando planes para el porvenir,
estremecindonos a la idea de ser queridos como lo comprendamos y por
una mujer como la que sobamos.--Por primera vez en estas pginas,
nombro a Csar Paz, mi amigo querido, aquel que me confiaba sus
esperanzas y oa las mas, aquel hombre leal, fuerte y generoso, bravo
como el acero, elegante y distinguido, aquel que ms tarde deba morir
en el vigor de la adolescencia por uno de esos caprichos absurdos del
destino, que arrancan del alma la blasfemia profunda!...

Qu vida de agitacin! Qu pesado era el libro en nuestras manos y qu
envidia se levantaba en el corazn por el estudiante libre de la
Universidad, tan despreciado antes y que hoy veamos pasar, con el
corazn sombro, radiante en su elegancia, en su traje, en la
incomparable soltura de sus maneras!

Porque empezbamos tristemente a conocernos. La mayor parte de nosotros
ramos pobres y nuestras madres hacan sacrificios de todo gnero por
darnos educacin. Muchas veces nuestras ropas eran cosidas por sus
propias manos y por muchos aos hemos ostentado sacos como bolsas y el
clsico jacquet _crecedero_, aquel que, despreciando el efmero
presente, slo tiene en vista el porvenir.--Pero qu nos importaba?
Eramos filsofos descredos y un tanto cnicos, nos revolcbamos en el
gimnasio, y el eterno botn de doble suela, ancho y largo, nos permita
correr como gamos en el rescate. Usbamos el pelo largo y descuidado,
tenamos, en fin, esa figura desgraciada del muchachn de quince aos,
que empieza a salir de la infancia, sin llegar a la virilidad. Eramos,
con todo, felices y despreocupados.




XXXIII


Pero los diez y ocho aos se acercaban. Los das de salida hacamos
esfuerzos inauditos por arreglarnos lo mejor posible, abandonando muchas
veces la empresa con desaliento, vencidos por la exigidad del
guardarropa.--Qu amarguras, qu sufrimientos, aquellos domingos a la
noche, cuando al volver al Colegio pasbamos frente a los teatros y
veamos en el peristilo una multitud de jvenes, algunos conocidos
nuestros, los externos felices, bien vestidos, con sus guantes
flamantes, y saludando con una gracia, para nosotros insuperable, a las
bellas damas que venan al espectculo!

En cuanto a m, recordaba bien que de los ocho a los doce aos no haba
faltado casi una noche a la Opera; mi padre me llevaba siempre consigo.
Era, pues, un _dilettante_ de raza y tradicin; Tamberlik me haba
acariciado y la incomparable Madame Lagrange, aquella artista con un
corazn a la Malibran, se haba entretenido en hacerme charlar durante
los entreactos en su camarn, a donde sola llevarme mi hermano
Jacinto.--Y hoy, que era hombre, que poda apreciar todas aquellas
bellezas que haban encantado a mi padre y que flotaban en mi memoria
como una nube, tena que volverme triste y solo al Colegio, dando la
espalda al mundo de la luz!

Una noche no puede resistir al pasar frente al Coln; v entrar a un
pariente amigo con su familia; comprend que tena un palco donde
meterme medio escondido y tomando mi entrada penetr bravamente, un poco
plido, por la conviccin profunda de que todo el mundo me observaba.

El pariente tena felizmente un palco bajo y obscuro de la ochava;
llam, me resist con energa a las sillas de adelante y acurrucndome
en el fondo, lanc una mirada investigadora a la platea. Yo saba que el
Vicerrector era un melmano decidido; en efecto, a poco le descubr en
las tertulias. De un lado cierta irritacin por su presencia, mientras
nos confinaba en el claustro tan cruelmente y de otro el temor que me
descubriese, me agitaron un momento. Pero bien pronto todo eso
desapareci y la luz, la msica, ese curioso y penetrante ambiente de
los teatros de buen tono, la proximidad de una criatura idealmente
bella, que estaba en el palco, sus ojos dulces como un pedazo de cielo,
su voz tmida y armoniosa, aquel color difano, transparente, sombreado
a cada instante por un tenue velo de prpura, esa emanacin exquisita de
la pureza, de la inocencia y de la gracia, que subyuga en todas las
edades, todo en un encanto misterioso se apoder de m por completo.
Quince aos han pasado sobre mi cabeza desde aquella noche, quince aos
bien llenos y agitados; pasarn veinte ms y no perder ese recuerdo
suave y melanclico, que trae a mi alma la impresin fresca de las
primeras emociones puras de mi juventud.--Sonro a veces al recordar mi
idilio adolescente, los entusiasmos de mi espritu, ese estado de
sensibilidad enfermiza, la necesidad imperiosa que senta de hacer
versos, mi desesperacin por no poder medir una cuarteta, las pginas
enteras desgarradas con desaliento, las cartas ideales, que jams deban
llegar a su destino, en las que derramaba todos mis sueos y
esperanzas! La vea en todas partes, en todas la buscaba. Me pareca
intil obtener su cario; el mo me bastaba, me elevaba, me daba
intensidad al espritu, fuerza a la voluntad, brillo a la imaginacin,
nobleza al corazn. Cambi de carcter; fu dulce, afable, perd la
irona amarga con compaeros, dej en paz los ridculos ajenos; me
observaba, me correga, me mejoraba...

De nuevo sonro a travs de los aos; pero quisiera volver a esas horas
incomparables, a esa explosin de la savia, trepando al rbol al son de
los cantos primaverales y desenvolvindose en hojas, en flores, en
perfumes! Quisiera volver a amar como am entonces y como slo entonces
se ama, puro el corazn, celeste el pensamiento!...

Todo pas en el rpido correr del tiempo; pero la figura deliciosa, a la
que los aos han circundado de esa atmsfera vaporosa que da Murillo a
sus vrgenes, queda fija all en el pasado, cernindose al principio de
la ruta, como una luz ideal!...




XXXIV


Hay que caer a la tierra y recordar que, de una u otra manera, tena que
entrar en el Colegio.--Poco antes del ltimo acto sal, corr a la
puerta que da sobre el atrio de San Ignacio, me saqu el paletot, golpe
fuerte y cuando el viejo portero pregunt quin era, imit la voz del
Vicerrector y una vez la puerta abierta, abat la vela que el cerbero
traa en la mano con un golpe de mi sobretodo, le ech una zancadilla
que di con l en tierra, y antes que volviera de la sorpresa, ya corra
yo por esos claustros como una exhalacin.

Pero la hora haba sonado para m. Los castigos me irritaban, los
consejos me ponan en un estado de nervios insoportable: no poda
continuar en el Colegio. Pasaba los das enteros ideando medios para
escaparme, a veces con riesgo de la vida, como cuando nos deslizbamos,
con un compaero fiel, por una cuerda flotante que los albailes dejaban
durante la noche en el edificio que se construa entonces sobre la calle
Moreno.--Los exmenes estaban encima y no abra un libro. Haba perdido
la emulacin por completo; las glorias de clase me parecan ridculas y
no habra dado un paso por recuperar el puesto de honor al que estaba
habituado y que senta escaprseme de entre las manos.--Al fin triunf,
y una maana radiante se me abrieron para siempre aquellas puertas, en
cuyos umbrales hubiera entonces sacudido mi planta como el numida.

Y, sin embargo, cuntas cosas dejaba all dentro! Dejaba mi infancia
entera, con las profundas ignorancias de la vida, con los exquisitos
entusiasmos de esa edad sin igual, en la que las alegras explosivas, el
movimiento nervioso, los pequeos xitos reemplazan la felicidad, que
ms tarde se suea en vano!

Abandonaba el Colegio para siempre y, abriendo valerosamente las alas,
me dejaba caer del nido, en medio de las tormentas de la vida.




XXXV


Muchos aos ms tarde, volv a entrar un da al Colegio; a mi turno, iba
a sentarme en la mesa temible de los examinadores. Al cruzar los
claustros, al ver mi nombre al pie de algunos dibujos que aun se
mantenan fijos en la pared, con sus modestos cuadros negros; al pasar
junto a mi antiguo dormitorio, teatro de tantas y tan renombradas
aventuras; al cruzar frente a la puerta sombra del encierro, que por
primera vez recibi una mirada cariosa de mis ojos; al ver el grupo de
estudiantes tmidos, callados, que en un rincn procuraban penetrar mi
alma y leer en mi cara sus futuras clasificaciones; al estrechar la mano
de mis compaeros de hoy, mis maestros de otro tiempo; al respirar, en
una palabra, aquel ambiente que haba sido mi atmsfera de cinco aos,
sent una impresin extraa, grata y dulce, y una vaga melancola me
llev por un momento a vivir la vida del pasado.

Me lanc a todos los viejos rincones conocidos y al pasar, bajo las
bvedas del claustro, se levantaban mis recuerdos, obedientes a una
evocacin simptica. Aqu, me deca, el buen Cosson, tan afectuoso, tan
justo, nos lea las elegas de Gilbert con un entusiasmo sincero o nos
recitaba la tirada de "Thramne" sin mirar el libro; aqu fu donde el
profesor Rossetti, encantado de mi exposicin, me predijo que sera un
ingeniero distinguido, si perseveraba en las matemticas, para las que
haba nacido; en aquel banco expuse a Puiggari mi deplorable conferencia
sobre el iodo, que destruy todas sus esperanzas de verme convertido en
un Lavoisier; en este sitio memorable fu sostenido por M. Jacques,
cuando, habiendo sido llamado a dar examen de francs ante el doctor
Costa, ministro de I. P., me toc en suerte traducir a primera vista el
"Incendio de Moscou" de M. de Sgur y me trab en descomunal batalla con
Larsen sobre la significacin de la palabra "tle"; aqu Jacques me dijo
que era un imbcil, pero que tena razn, cuando sostuve ante l, en una
discusin con un compaero, que este ttulo de un captulo de La
Bruyre, "Les esprits forts", no deba traducirse por: "Los espritus
fuertes"; en aquel rincn me bat una tarde con denuedo contra un
muchacho Arriaza, quien, si bien sac del combate la nariz demolida y
con una forma pintoresca, me dej ciego por una semana; en este escao
se sentaba mi madre, me tomaba las manos, me acariciaba con sus ojos
llenos de lgrimas, me apretaba contra s, y al fin, cuando la noche
caa y era necesario separarnos, me dejaba su alma en un beso... y diez
pesos en la mano, que yo corra a convertir en cigarros en la portera;
aqu fu donde el padre Agero pill al alba a Adolfo Saldas, que
volva de una escapada y a la luz de la luna que entraba por los
cristales del gimnasio, lo hizo arrodillar en el claustro helado y pedir
perdn de su delito, mientras yo, con el mate en la mano y tras la
puerta entreabierta del dormitorio del anciano, contemplaba el cuadro,
poniendo la ausente barba en remojo; he aqu el cuarto famoso donde fu
introducida por engao la sirviente que traa la ropa limpia al "mono"
Latorre, sufriendo las excesivas galanteras de los circunstantes,
mientras el referido "mono", amarrado al pie de un lecho, ofreca el
espectculo confuso de un stiro enardecido llorando a lgrima viva...

--Los exmenes van a comenzar, doctor. Slo a usted se espera.

--Voy al momento.




XXXVI


Ah! he aqu el cuarto de Eyzaguirre, aquel informe "maremagnum" del que
ramos pilotos expertos.

En esa ventana asamos una noche memorable las aves robadas en el corral
de la despensa, aves sagradas para nosotros y que jams figuraron en la
mesa del refectorio; all el saln de los exmenes escritos, donde
algunos jvenes valerosos entraban llevando el enorme Ganot distribudo
por captulos en todo el cuerpo y conociendo la topografa del terreno
como Csar los campos de Munda; la fuente me saluda, la fuente de pico
recto, la fuente que era necesario conquistar a puetazos, porque el
compaero que esperaba, interrumpa a menudo la absorcin hacindola
intermitente, por medio de la broma llamada del "ternero mamn"; aqu un
condiscpulo querido de todos nosotros, que temamos no pasara en el
examen escrito, nos di una minuciosa explicacin de cmo haba
repartido sus fuerzas para el combate; en la nuca, entre camisa y
camiseta, los captulos de "La Inteligencia", salvo "La Razn", que, muy
bien doblada, se ocultaba bajo el cuello, unida a la corbata por un
alfiler; entre el elstico del botn derecho, "La Sensibilidad",
formando "pendant" en el izquierdo "La teora de las facultades del
alma"; en un falso bolsillo del pantaln, "La Voluntad", excepto el
"Libre Albedro" que ocupaba un sitio indigno de su importancia
filosfica; y all, sobre el estmago, a mano, como pual de
misericordia, como recurso extremo, el "Discurso sobre el mtodo", que,
bien manejado, es un proteo multiforme, apto para satisfacer el programa
entero...

--Seor doctor, le estn esperando...

--Voy, voy al momento.

Cunta sonrisa en aquellas caras juveniles, si hubieran ledo las cosas
que llenaban mi alma y ddose cuenta de las impresiones bajo las cuales
ocupaba mi silla de examinador!

Decan las cosas que en otro tiempo yo haba dicho; usaban las mismas
estratagemas que yo haba empleado y se lanzaban a cuerpo perdido en las
partes de la bolilla que les eran conocidas, evitando con una habilidad
de pilotos consumados las arcanas secciones no holladas por sus ojos
infantiles. Con qu elasticidad el compaero de atrs haca de mimbre
su cuerpo, alargaba el pescuezo como una girafa y llamando en su auxilio
la voz ms susurrante, "soplaba" con coraje! Yo nada vea, nada quera
ver. Mis preguntas envolvan clara y precisa la respuesta cuando el
discpulo era flojo, y con una sonrisa animadora, impulsaba a
desenvolver su charla graciosa y ligera al que, habiendo estudiado,
quera lucir su ciencia. Ciencia divina, superficial, epicrea, ciencia
de un adolescente griego, explicando a su manera infantil los mitos
homricos, ciencia deliciosa que flota como un sueo en la regin de la
teora, borrndose al mes siguiente, porque no tiene la mordiente spera
de la experiencia propia!

Y as pasaba ante mis ojos la filosofa y la historia, serena, olmpica,
a la manera de Hesiodo, saliendo de aquellos labios puros, como el
reflejo de leyendas de otros tiempos, en mundos distintos del que nos
rodea. Con qu placer, entre mis examinandos, encontraba un cartagins
endurecido, ardiente admirador de Anbal, que tal vez haba llegado,
como yo en las horas pasadas, pesaroso y triste a las pginas de Zama!
Cmo sonaba en mi alma el entusiasmo por las cruzadas, y con qu viveza
vena a mi memoria el largo discurso de Pedro el Ermitao, que yo haba
compuesto en la clase de retrica!... Los muchachos sonrean y corra la
voz elctrica de que yo era un examinador insuperable. No saban que les
habra abrazado a todos y que al ms imbcil hubiera dado el mximum con
el alma contenta y la conciencia tranquila!

Ms tarde dictaba una ctedra de historia en la Universidad. Muchas
veces, al final de mi conferencia, notaba en las caras de mis
discpulos, siempre cultos y atentos conmigo, una ligera expresin de
cansancio que me contagiaba. Era una poca en que viva agobiado por el
trabajo; a ms de mi ctedra, diriga el Correo, pasaba un par de horas
diarias en el Consejo de Educacin, y sobre todo, redactaba "El
Nacional", tarea ingrata, matadora si las hay. As, sola llegar a clase
fatigado y cuando el tema no era interesante, mi palabra sala plida y
difcil. Pero la campana del Colegio Nacional estaba all! Desde el aula
la oa fcilmente y a sus primeros ecos recordaba mis horas de
estudiante, el ansioso anhelo por salir de la clase, miraba mis alumnos
fatigados y cortaba familiarmente la conferencia. En otras ocasiones el
eco de la campana me serva de excitante y si alguna vez salieron mis
discpulos contentos, ignoraban que lo deban al vago sonido que me
traa los ms dulces recuerdos de mi infancia, mis ambiciones de
estudiante, mi esfuerzo por ocupar el primer puesto y la memoria del
gran maestro que nos hizo amar el estudio y la ciencia.

S, amar el estudio; a esa impresin primera debemos todos los que en el
Colegio Nacional nos hemos educado, la preparacin que nos ha hecho
fcil el acceso a todas las sendas intelectuales. Se pueden emprender
los estudios superiores en cualquier edad; los preparatorios, no. Es
necesaria la disciplina que slo se acepta en la infancia, la dedicacin
absoluta del tiempo, el vigor de la memoria, nunca ms poderoso que en
los primeros aos, la emulacin constante y la ingenua curiosidad. Mucho
se olvida ms tarde, el tecnicismo, el detalle; pero a la menor
concentracin intelectual los caracteres perdidos en el fondo de la
memoria reaparecen con la claridad de las lneas de un palimpsesto ante
un reactivo que borra el ltimo trazado. En una semana, un hombre
regularmente dotado, puede estudiar a fondo una cuestin de derecho;
pero si no tiene una preparacin slida, si no ha ejercitado su espritu
en los largos aos de bachillerato, la expondr como un notario, jams
como un jurisconsulto. Falta de ideas generales, mis amigos.

Yo dira al joven que tal vez lea estas lneas pasendose en los mismos
claustros donde transcurrieron cinco aos de mi vida, que los xitos
todos de la tierra arrancan de las horas pasadas sobre los libros en los
primeros aos. Que esa qumica y fsica, esas proyecciones de planos,
esos millares de frmulas ridas, ese latn rebelde y esa filosofa
preada de jaquecas, conducen a todo a los que se lanzan en su seno a
cuerpo perdido.

Bendigo mis aos de Colegio, y ya que he trazado estos recuerdos, que la
ltima palabra sea de gratitud para mis maestros y de cario para los
compaeros que el azar de la vida ha dispersado a todos los rumbos.

  1881.




  PROSA LIGERA

  _Gallic Constructiones_




  ESPAA




Una visita de Nez de Arce


Hace doce aos, era yo ministro argentino en Madrid. Un da un criado me
anunci que el seor Presidente del Ateneo me haca preguntar si poda
recibirle. En el acto d orden de introducirle. Respetaba al Ateneo de
Madrid como se respetan las cosas que se temen y ese respeto de mi parte
justificaba el origen presunto de todas las religiones humanas. A pesar
de mis aficiones literarias, como supona honestamente que el gobierno
argentino no me habra nombrado su representante para darme ocasin de
desplegar mis talentos estticos o mis facultades de estilo, sino para
estudiar los problemas polticos o econmicos de inters nacional, mis
esfuerzos haban tendido a tener una actuacin eficaz y activa en el ms
alto mundo social y en los crculos ms influyentes de la poltica del
momento. As es que conoca--o por lo menos trataba--a muy pocos de los
representantes del mundo de las letras. Fuera de Castelar, ms poltico
que literato y dulcemente afectuoso siempre con todos nosotros los
americanos,--de don Juan Valera, a quien encontraba con frecuencia en el
mundo diplomtico al que l tambin perteneca,--de Menndez Pelayo, con
quien coma a menudo en los clsicos jueves de nuestro buen amigo Bauer,
muchas veces, por feliz azar para m, al lado uno del otro,--de Grilo, a
quien conoc en casa de Tamames y que nos encantaba en nuestras
deliciosas correras por Sevilla,--no haba hablado, repito, ni conoca,
tan slo fuera de vista, a los dems altos representantes del
pensamiento espaol.

"Quin ser, me deca, este seor Presidente del Ateneo de Madrid? Yo
deba saberlo y precisamente por eso no le hago preguntar por su nombre.
El Ateneo, por lo dems, es la primera institucin literaria de Espaa,
y sus altibajos coinciden con la exaltacin o la depresin del espritu
pblico de este pas. No s lo que este seor Presidente vendr a
pedirme, pero hay que tratarle bien, porque..."

En esto estaba de mi soliloquio, cuando la puerta de mi escritorio se
abri, dando paso a un hombre pequeo, delgado, tan distinguido en su
traje, en su fisonoma y en su expresin, que no pude, en el primer
momento, darme cuenta ni de cmo estaba vestido, ni de qu cara tena,
ni de lo que era o poda ser.

--Seor, me dijo con una voz reposada y serena, a la que daba un valor
que me sorprendi, la manera de mirar de sus ojos grandes, claros y
tranquilos, soy Presidente del Ateneo y vengo a pedir. El Ateneo, entre
otros achaques, tiene aquel que ms nos seduce a todos, el de acercar
hasta confundir el alma espaola con el alma hispanoamericana. Vamos en
breve a celebrar una fiesta precursora de la gran solemnidad del
centenario de Coln y vengo a pedir a Vd. (aqu un par de frases amables
y muy lisonjeras para m) que quiera honrarnos encargndose de una de
las conferencias que se harn en el Ateneo con este motivo.

--Seor Presidente del Ateneo, antes de todo, quiere Vd. tener la
bondad de decirme con quin tengo el honor de hablar?

--Gaspar Nez de Arce, seor.

Me puse de pie como movido por un resorte y un poco confuso, me inclin
profundamente. A pesar de mi alejamiento voluntario de los centros
literarios de Madrid, haba dos hombres que deseaba vivamente conocer:
Nez de Arce y Pereda. Al primero por su inspiracin gentil, vibrante y
generosa, por el ropaje suntuario de su lengua opulenta, lengua ma, de
mis padres y de mi raza, por la nobleza tradicional de su carcter, por
la pregonada sencillez de su vida armoniosa. A Pereda, porque un da,
all por 1884, en la opaca tristeza germnica de Carlsbad, haba
recibido un paquete de libros acompaados por una grata carta de Martn
Garca Mrou, que enviaba a su antiguo jefe y siempre amigo, algunos
libros espaoles, entre otros la _Sotileza_ del escritor de la Montaa;
lo haba empezado a leer, lo haba devorado y haba contestado al que
tal regalo me haba hecho, una carta entusiasta y cariosa que Garca
Mrou envi a Pereda, quien me hizo decir que tena en Espaa dos brazos
abiertos que me esperaban. Pero mi hombre estaba constantemente metido
en Santander (decir que en ese tiempo meditaba _Peas arriba_, esa
maravilla, sin que yo lo supiera, para ir a rogarle me hiciera visitar
el teatro de ese drama admirable!) y cuando vena a Madrid, lo haca tan
callandito, que los diarios anunciaban su llegada el da de su partida.

Y ahora, de pronto, sin sospecharlo, tena en mi casa, a mi lado, _para
m solo_, a Nez de Arce! Le tom la mano, le dije que hasta entonces,
al hablar conmigo, slo haba hablado con un particular, pero que ahora
me pona el uniforme diplomtico, le recordaba que estaba reconocido en
mi carcter de representante de mi pas por Su Majestad (Q. D. G.), que
en mis credenciales mi gobierno peda al de Espaa--y por consiguiente
a todos los espaoles--que prestaran fe a mis palabras--y que, por lo
tanto, le peda la suya al manifestarle la gratitud profunda de todos
mis compatriotas que haban tenido la fortuna de leerle, por los puros y
levantados goces de orden intelectual y moral, encontrados en las
estrofas de sus cantos admirables, en los que, bajo formas nuevas e
impecables que hacan valer el viejo idioma, se levantaban, sobre el
chato horizonte moderno, todas las nobles ideas, todos los instintos
generosos, todas las actitudes valientes, hasta la duda misma, que
animan a pensar que el alma humana es algo ms que una resultante
fisiolgica. Le habl de sus poemas, de sus dramas, de sus trabajos
anunciados--y el poeta, ante mi acento sincero, me escuchaba con placer,
entretenido, quiz, en oir el elogio de su obra, hecho en algo, para l,
como un idioma extrao, en el que la construccin de la frase, la
cadencia del perodo, hasta el valor de las consonantes, pareca dibujar
vagamente, no ya el espaol del pasado, petrificado all en Levante en
labios de los descendientes de moros y judos, sino un castellano del
porvenir, gil, vivo, un espaol americano, en una palabra, listo
siempre a jinetear, sin estribos, la mismsima gramtica.

Nos pusimos a charlar o, mejor dicho, le hice hablar larga, afectuosa y
abiertamente, suscitndole nuevos temas, as que vea que el anterior
iba a agotarse. As hablamos mucho de arte, un poco de poltica, a
raudales del pasado espaol y del porvenir americano. Y a medida que los
juicios del poeta se condensaban en frases no cuidadas, pero claras y de
elegante movimiento, me abandonaba al placer de contemplar ese espritu
ecunime, cuyas races iban a beber la fresca savia que le animaba,
all en las regiones donde el corazn encierra la bondad, la ternura, el
entusiasmo y la fe, sin que ninguna se extraviara para ir a aspirar la
ponzoa del odio o de la envidia.

Y el tiempo corra, la Amrica y la Espaa misma se haban agotado y,
desaparecidos los Pirineos, entrbamos como conquistadores, a travs del
Roselln, en vieja tierra de Francia. La plyade, el cenculo, los
Parnasianos, los estticos, los naturalistas, los decadentes, a todos
los pasamos en revista, l, conteniendo con su sonrisa moderadora mis
juicios impetuosos, yo animando a veces, con un rasgo atrevido, la
armoniosa mesura de sus opiniones. Hace poco, leyendo, con el trabajo
que mis hermanos en anloga tarea habrn apreciado, un libro de
Nietzsche, me encontr con esta grfica descripcin del autor de _Nan_:
"Zola, o el placer de heder"[9]. El juicio de Nez de Arce era casi
idntico, pero la forma exquisita en que se enunciaba, le quitaba la
crudeza, sin disminuir la eficacia. En cambio, como me segua contento
con su mirada animosa, al oirme decir que haba ms naturalismo de
verdad en _Fortunata y Jacinta_, de Prez Galds, que en la obra entera
de Zola, y ms belleza en la descripcin que el mismo hace de Toledo en
_Angel Guerra_, que en todos los celebrados cuadros descriptivos del
autor de _L'Assommoir_! Y luego, de un salto sobre la Mancha, a
Inglaterra y all, arriba, alto, a la cumbre y al honor, Dickens, Elliot
y entre los poetas Keats, Shelley, el mismo Byron, los que tienen
entraas, sangre y vsceras; y luego... Se puso de pie, sac su reloj,
gentilmente me hizo ver el largo tiempo transcurrido y me repiti con
mucha insistencia su amable invitacin para el Ateneo. Entonces le
habl con toda franqueza.

     [9] Nietzsche: "Le crpuscule des idoles", traduccin de Albert,
     pg. 172.

--Ahora que conoce Vd. un poco mi espritu, seor, no le extraar oirme
afirmar que slo puedo hacer lo que hago con conviccin y sinceridad.
Hacer un discurso o conferencia sobre Coln y las relaciones histricas,
hispano-americanas, de manera a que sea grato a mi auditorio (porque
nadie est obligado a escribir un poema pico ni a decir, en materia de
arte, cosas desagradables), ser para m algo muy difcil, porque
siempre he pensado que dos de los hombres ms fatales que ha tenido
Espaa (y cuidado que no se ha quedado atrs en la especie!) han sido
Coln y Felipe el Hermoso, que la trajeron dos de las calamidades
mayores que pueden caer sobre un pueblo, la riqueza fcil y la gloria
militar. El primero, con su Amrica y su oro, su espritu romntico,
aventurero, anti-industrial, con los sistemas absurdos que el galen
esperado e indispensable impuso; el segundo metiendo a Espaa, con sus
vinculaciones germnicas y su imperial vstago alemn, en todas las
complicaciones de la Europa de entonces y a la infeliz que sala de
guerrear siete siglos con rabes y moros, obligndola a desangrarse de
nuevo desde las costas de Argel hasta las dunas de Holanda, sin olvidar
los campos de Italia, de Npoles a los Alpes, los llanos de Alemania y
las frescas colinas de Francia y Blgica. Qu quiere Vd. que vaya a
decir al Ateneo? Que nosotros, los del Ro de la Plata, no tenamos
derecho a enviar a Espaa ms que uno o dos barcos por ao, con tantos
cueros consignados a tal casa de Cdiz? Que se nos obligaba a ir a
comprar ropa, calzado y sombreros a Panam o Portobelo, que estaban a
seis meses de distancia, ida y vuelta, con cuyo motivo comprbamos todo
lo que nos haca falta, de contrabando, bien entendido, a los
portugueses de la Colonia? Que todo eso, si bien nos dej en un estado
de delicioso atraso, pues no creo que haya habido pueblo ms feliz que
el colonial Buenos Aires, antes que los ingleses vinieran a hablarnos, a
balazos, de ideas nuevas y paparruchas liberales, que todo eso remat en
la triste Espaa de Carlos II o en la dolorosa de Fernando VII?
Fernando VII! Figrese Vd. que se me cruce ese nombre en mi trabajo
mental; puede Vd. imaginarse todos los improperios que van a salir de
esta boca, por ms mesura que le imponga? El tratamiento de Macaulay a
Barre ser de malvavisco y altea al lado del que, sin poder resistirlo,
propinar al hijo infame de Carlos IV. Y si, hablando de los autores
principales del hundimiento espaol, llegara a plantar, delante de
Cnovas del Castillo, que es Presidente del Consejo de Ministros y que
seguramente estar en el Ateneo, las cuatro frescas que se merece el
Conde-Duque de Olivares, que l pretende rehabilitar, a dnde ir a
parar mi reputacin diplomtica?

Nez de Arce me oa sonriendo, pero como sus ojos insistan, continu:

--Pero como Vd. me ha hecho un honor muy grande y con ser de los mayores
de mi vida, un placer que lo supera, viniendo a mi casa, quiero que
salga Vd. en su empresa mejor de lo que pensara. Conoce Vd. al actual
ministro del Uruguay en Madrid? No? Pues se llama Juan Zorrilla de San
Martn, vive aqu a la vuelta de mi casa y si Vd. le ve con sombrero no
da un real por l, ni mucho menos si le ve descubierto. Nadie le conoce
an aqu, porque ha llegado hace poco; pero el da que caiga en un
cenculo intelectual en el que haya algunos poetas, uno que otro hombre
de pensamiento, un colorista y algn odo habituado a oir sonar el
cristal y el templado bronce, le van a sacar en andas. Para que Vd. no
olvide esta visita, regalo a Vd. y al Ateneo, a mi amigo y compaero
Zorrilla de San Martn. Oiga Vd. un momento.

Tom _Tabar_ en el armario vecino y le le algunas estrofas; cuando
interrump mi lectura para continuar, Nez de Arce me tom el libro de
las manos y continu leyendo en silencio. Al fin me dijo:

--Pero ste es un maestro!

--Sabe Vd. lo que he dicho a Zorrilla de San Martn, sobre _Tabar_, en
el lbum de su seora? Que versos como esos valen la buena prosa.

Volvi a sonreir Nez de Arce con aire de dulce reproche por lo que
pareca considerar una mera paradoja.

Yo me defend; le record que los primeros balbuceos de la humanidad
haban tomado la forma mtrica y que slo en un estado de civilizacin
relativamente avanzada haba hecho la prosa su aparicin. Que recordaba
tambin cuntos poetas consagrados enumeraba la historia literaria,
desde los griegos, para no ir ms arriba, hasta nosotros y que al lado
de esa lista nutrida y numerosa, contara, con los dedos de la mano, que
le iban a sobrar, cuntos eran los prosistas de primera fila, aquellos
que nadie discute, como Platn entre los griegos, Tcito entre los
romanos, o, saltando al mundo moderno, del siglo XVI al presente,
Montaigne, Cervantes, Renn... Y para hacerme perdonar mi osada, le
recit de memoria, que as las saba entonces, dos o tres estrofas de la
_Lamentacin de Lord Byron_.

Acept que yo hablara a Zorrilla antes de que l le invitara, y se
retir, quedando amigos ya.

Vi y vi a Zorrilla, que, sumiso y contento, no sin temor, se encarg de
la conferencia en el Ateneo. Esa noche fu all por primera vez y con
encanto respir la culta atmsfera, tan afectuosa para nosotros. Llegado
el momento, el alma vigorosa y bien templada del poeta uruguayo, subi
hasta la tribuna su pequea envoltura mortal. El pblico mir con
sorpresa aquel rostro invadido por la hirsuta y rebelde cabellera que,
al avanzar sobre la frente, pareca continuarla, para dar ancho hogar al
pensamiento. Cuando empez a hablar, el acento, la armona de la
palabra, la vibracin de la idea, la lujosa forma en que sala envuelta
y la gracia con que se mova, conquistaron a poco andar al auditorio,
que rompi en aplausos calurosos. Por fin, cuando Zorrilla de San
Martn, de pie, en la cumbre que parte el istmo americano, como Balboa,
mir, no ya los dos ocanos que tendieron su inmensa majestad a los ojos
atnitos del rudo navegante, sino el cuadro entero de esa colosal
Amrica latina, que empieza, en el continente austral, por las regiones
que baa el Orinoco y concluye en la glacial soledad del ltimo cabo del
mundo habitado; cuando, como Andrade en su canto, describi una a una
las naciones desprendidas del vigoroso cuerpo de Espaa, sus luchas
feroces, herencia de su organismo pasional, sus esfuerzos por surgir a
la luz, sus riquezas, sus esperanzas y su fe en el porvenir; cuando lig
todo ese pasado al pasado de la madre patria y confundi, en la imagen
esplendorosa del triunfo definitivo que reservan los das venideros, a
la raza entera, entonces los ojos se llenaron de lgrimas, los corazones
se agitaron a romperse y las manos se buscaron instintivamente. Nez de
Arce, que estaba a mi lado, murmuraba a cada instante, a mi odo,
palabras de gratitud, y fu con un abrazo estrecho que recibi a
Zorrilla cuando ste descendi de la tribuna.

Pocas veces, ms tarde, tuve ocasin de encontrarme con el ilustre poeta
espaol; haca poca vida social y su delicada salud le impona una vida
sedentaria. Pero mi admiracin por su espritu creca a medida que
nuevas obras, cada vez ms perfectas y acabadas, venan a enriquecer los
tesoros de nuestra lengua, como se aumentaba mi respeto y profunda
estimacin por su carcter, a medida que rasgos incomparables de su
noble naturaleza moral me eran conocidos. Con ser tan admirado, no creo
que hubiera entonces, en Espaa, nadie ms estimado que Nez de Arce.

Dos veces, desde entonces, la muerte, rugiendo como una furia, se ha
arrojado sobre l, y dos veces la naturaleza tan amada del poeta, ha
sostenido por l la lucha, animosa siempre, triunfante al fin. Hoy el
peligro se ha alejado y vuelve a su amplia y vigorosa plenitud el
espritu admirable y delicado que envuelve, como finsimo encaje, una de
las almas ms nobles y armoniosas venidas a la luz en suelo espaol.

  1902.




Por montes y por valles


Los diarios ingleses han publicado una curiosa estadstica de las
hazaas cinegticas de lord Grey, que ha de haber sido reproducida por
la prensa universal. En todo caso, hela aqu. Lord de Grey, en 18 aos,
de 1877 a 1895, ha muerto la siguiente cantidad de animales:

111.190 faisanes, 89.401 perdices, 47.468 _grouses_, 24.147 conejos,
26.417 liebres, 2.735 becasinas, 2.077 _coqs de bruyre_, 1.363 patos
silvestres, 381 ciervos rojos, 186 ciervos, 97 jabales, 94 aves negras,
45 paletos, 12 bfalos, 11 tigres, 2 rinocerontes y 8.450 piezas
diversas: lo que hace, en conjunto, 316.699 piezas, o sea un trmino
medio de diez mil piezas anuales.

Lord de Grey es indudablemente el primer cazador de Europa y no me
extraara que el sindicato de fabricantes ingleses de armas y cartuchos
de caza, pensara, al da siguiente de su muerte, en levantarle un
monumento que consagrara su gratitud. La casualidad me hizo cazar un da
en compaa de lord de Grey: era en Espaa y los azares de la colocacin
hicieron que tuviese el puesto contiguo al suyo en un ojeo. La estacin
de la caza estaba ya avanzada y las perdices rojas espaolas, difciles
siempre, flaconas y vigorosas, hendan el aire, como saetas,
generalmente fuera del alcance del fusil. Yo, cazador mediocre, pero sin
vanidad, haca un fuego de todos los diablos, muchas veces con la
conciencia de la inutilidad de mi tiro, pero sin poder resistir al
placer de apretar el gatillo cuando tena el ave en lnea. Lord de Grey
tiraba mucho menos; pero ese da no le v desperdiciar un solo tiro.
Tena dos hombres detrs de l, que le pasaban una escopeta cargada con
una rapidez extraordinaria; concludo el ojeo, los dos servidores no
perdan una sola pieza de las que haba abatido su seor, merced a una
perrilla gris, de pobre aspecto, pero admirable de olfato.

Hay algunos cazadores que, sin ser de la fuerza de lord de Grey, no
pierden generalmente un solo tiro. El prncipe de Mnaco, el feliz
soberano de Monte Carlo, tiene esa reputacin; pero parece que la cuida
de tal manera, que a veces transcurren horas enteras sin que haga un
disparo. No tira sino lo seguro.

Como nunca he podido comprender ningn aspecto de la vida a travs de la
vanidad, tampoco me ha sido dado entender la caza de esa manera. He
tenido gran aficin por ella, aficin que, con los aos, ya pasando,
como tantas otras que son el glorioso squito de la juventud. Por ese
motivo, los puntos donde he encontrado mayor placer en cazar han sido mi
tierra y Espaa. La marcha en nuestras admirables praderas, sobre el
tapiz espeso y elstico, en la llana extensin que prolonga hasta donde
los ojos alcanzan, precedido por un buen perro hecho a nuestros hbitos,
bajo un cielo de una transparencia sin igual y en medio de esos
fugitivos fenmenos de la pampa que los hijos del suelo comprendemos y
sentimos, la marcha en esas condiciones es una de las sensaciones ms
gratas que pueden darse. En Espaa la empresa es ms ruda. En primer
lugar, la temperatura; he cazado varias veces en las regiones de Avila
y Segovia en el mes de Enero, y a pesar del calor natural de la marcha y
de todas las precauciones necesarias, el can de la escopeta nos helaba
las manos. Muchas veces el suelo es pedregoso y os destroza los pies.
Otras, como en San Bernardo, cerca de Toledo, la configuracin del
terreno es de tal manera accidentada, que se necesitan las piernas de
acero que tena nuestro inolvidable Lucio Lpez, uno de los primeros
cazadores de mi tierra, para resistir un par de horas. Pero al fin, es
la caza, es la aventura, es la lucha, con sus pequeas mortificaciones,
que son recompensas. No olvidar nunca nuestras largas excursiones, en
pleno invierno, en Extremadura, all por las sierras de Guadalupe, a
caza de jabales, en tierras de mi amigo el marqus de la Romana.

Tenamos una noche de camino de hierro, luego un da de caballo y por
fin empezbamos a trepar los montes, salvajes si los hay, precisamente
por las mismas sendas, talladas en la piedra, que se practicaron hace
quinientos aos, cuando don Pedro el Cruel, rey de Castilla, quiso
emprender caceras en aquellas regiones desconocidas. Ya en Amrica
haba observado el mismo fenmeno, al subir los contrafuertes de los
Andes por los mismos escalones socavados en la piedra por el rudo brazo
de los conquistadores: una vez que el espaol, con su tesn y su mpetu
inicial, ha trazado una ruta, las generaciones pueden sucederse
infinitas, todas ellas han de tomar el mismo camino, en tanto que
subsiste, pues nadie piensa en mejorarlo ni en conservarlo. Por estas
gargantas, speras y sombras como su carcter, suba, pues, don Pedro,
camino del Hospicio, donde iba a pasar la noche para ponerse en caza al
da siguiente. En el Hospicio dormimos tambin, vasto y tosco edificio
de piedra, elevado sin arte, pero para desafiar los siglos. Los
ojeadores, guas, peones y perreros, ocupaban la enorme cocina, que, con
su colosal fogn en el centro, era la nica pieza habitable de la casa,
porque en los cuartos destinados a los seores el fro nos penetraba
hasta los huesos. En ella hicimos campamento, pues, en democrtica
promiscuidad, y envueltos en nuestras mantas, esperamos la aurora para
ponernos en movimiento. Nos despert un ruido infernal, una jaura de
perros que llegaba, nada menos que la _recova_ del marqus de la
Conquista, el noble anciano descendiente de Pizarro, que, impedido por
un achaque de su edad, de tomar parte en la cacera, nos enviaba sus
afamados perros, con una carta de un tono de admirable hidalgua, en la
que nos peda que no los economizramos, porque, cuanto ms numerosos
fueran los que quedaran en el campo, ms se colmaran sus votos de un
xito feliz. Eran ochenta perros de primer orden, hechos al combate,
pequeos, fuertes y valientes, que unidos a los cincuenta con que
contbamos, nos formaban una jaura de excepcional importancia.

La del marqus de la Conquista la diriga el perrero ms afamado de
aquellas regiones, un hombre alto, seco como un alambre, vestido de
recio cuero de pies a cabeza, con el hablar lento y sentencioso,
conociendo todos los perros de la comarca por sus nombres y hazaas y
las costumbres del jabal mejor que las de sus semejantes. Fu l quien
me inici en los hbitos, curiosos a veces, del animal que por primera
vez iba a combatir. As, mientras defenda al jabal de ciertas
imputaciones desdorosas, confesaba la malicia y la prepotencia del
_solitario_ que, llegado a la venerable edad de cuatro aos, en el
momento en que los colmillos prximos a retorcerse y hacerse
inofensivos, son ms temibles, hace vida aparte, aislado siempre, como
su nombre lo indica, pero no sin hacerse preceder, tanto en marcha como
en el reposo, por un _javacho_ de un ao o diez y ocho meses, al que ha
aterrorizado hasta el punto de convertirlo en centinela avanzado de su
seguridad, llamado a dar el alerta en caso necesario o a sufrir las
consecuencias del primer encuentro desagradable. Era tan curiosa la
conversacin de aquel hombre, tan peregrinas las historias que contaba,
que todos, amos y criados, estbamos suspensos de sus labios, al calor
del hogar alimentado por enormes troncos de encina. Por fin al amanecer
de un da radiante de sol, aunque muy fro en la maana, nos pusimos en
camino. Eramos ocho cazadores y seis _escopetas negras_. Se da este
nombre a los guardas armados que cierran el circuito del ojeo; ocupan
los ltimos puestos a ambos extremos de la lnea para tirar sobre los
jabales que escapan a los cazadores o ultimar los heridos. Tienen una
reputacin de tiradores extraordinarios, pero yo creo que la deben a sus
escopetas viejas y ordinarias, con el can reforzado por cuerdas,
composturas y remiendos primitivos por todos lados. Yo les he visto
errar con ms frecuencia que nosotros mismos.

Llegados al sitio del primer ojeo, nos numeramos y, segn la suerte,
fuimos ocupando cada uno nuestro puesto, separado del vecino lo menos
por trescientos metros. Cerrbamos un valle que se extenda a lo lejos,
entre dos montaas. El suelo estaba cubierto de una _jara_ espesa y
brava de ms de dos metros de altura. El ojeo abarcaba cerca de una
legua de valle: los ojeadores con los perros haban partido en otra
direccin al iniciar nuestra marcha. Tardamos cerca de una hora en
ocupar nuestros puestos y cuando todos estuvimos colocados, el guarda
jefe, que nos mandaba a caballo, hizo un disparo de fusil. Un silencio
de muerte reinaba en ese instante en el sombro valle; las cumbres de
los montes vecinos estaban ya baadas por el sol, cuya luz dorada
empezaba a bajar por las laderas. A m me haba tocado una pequea
hondonada; era un buen puesto, porque a mi frente, a cincuenta metros,
clareaba por momentos la _jara_, lo que indicaba que haba un sendero
por all, que probablemente tomara el jabal acosado. Pero entre ese
punto, que era mi campo de tiro probable y yo, corra un arroyo de agua
muy clara y muy fra, cuya profundidad ignoraba. Tena a mi lado al
_secretario_, como llambamos al pen encargado de llevar, en la marcha,
las armas, municiones y vituallas. A las ocho y media de la maana tom
posesin del puesto que deba ocupar hasta las cuatro de la tarde y los
compaeros siguieron adelante. Con gran rapidez y silencioso siempre,
segn los cnones, mi secretario reuni lea para hacer fuego en el
momento necesario, para calentar agua. Me sent, prepar mis armas y
esper. Tartarn se habra mostrado satisfecho de mi arsenal. Tena una
carabina _express_, austriaca, de dos tiros, de la que el fabricante me
haba dicho maravillas, mi vieja escopeta calibre 16, cargada a bala, mi
revlver, y al cinto, lo que me daba un aspecto feroz, un enorme
cuchillo de caza, de hoja ancha y filosa, que ya haba hecho jugar en la
vaina, con cierto aire de d'Artagnan antes de un duelo.

Me haba provisto de un libro, sabiendo de antemano las largas horas de
la espera, pero estaba tan nervioso y excitado, tan penetrado por
aquella naturaleza salvaje y tan _empoign_ por la rudeza de la caza,
que no lo abr un momento. Cuando son el tiro de seal, me puse de pie
precipitadamente y empu con decisin mi carabina. Al poco tiempo
empezamos a oir a lo lejos, como un eco, el ladrar de los perros, que se
fu acentuando, luego disminuyendo, hasta no oirse sino el aullar
penetrante, como quejumbroso, de un solo perro. "Es el _latido_ de
Juanicho, me dijo casi al odo el secretario. Ha olido algo". Juanicho
era la perla de la _recova_ del marqus de la Conquista. A los veinte
minutos, por entre la _jara_, a nuestro frente, silenciosos ahora, pero
husmeando con tesn, llegaron cuatro o cinco perros. Se cruzaban, se
detenan, levantaban la cabeza como para aspirar aire fresco y de nuevo
seguan rastreando. Llegaron hasta nosotros, los acariciamos un instante
en silencio y volvieron a desandar el camino hecho, jadeantes y tenaces;
de nuevo la calma silenciosa volvi a reinar; volv a sentarme, pero a
cada movimiento de un arbusto, a cada ondulacin de la _jara_, saltaba
sobre mis pies. Mi secretario, ms habituado que yo, sin embargo,
saltaba tambin, e instintivamente llevaba la mano a su cuchillo, su
nica arma. Por fin, despus de dos horas de espera, omos una algaraba
muy lejos; pronto ces, los perros estaban despistados. Pero a mi frente
la _jara_ se mova de un modo casi imperceptible. Mi secretario me toc
suavemente el hombro y me alcanz municiones, como si mis armas no
estuvieran cargadas. Tendiendo la vista anhelante, v a unos cincuenta
metros y cruzando diagonalmente frente a m, un jabal que al trote se
deslizaba cauteloso entre la _jara_. Yo saba que deba esperar a que
pasara por el punto ms prximo. La v bien; era una jabalina regordeta,
no muy grande. Por un esfuerzo de voluntad consegu no hacer fuego,
siguiendo con el can de mi carabina la marcha del animal; pero en ese
momento sonaron varios tiros a mi derecha e izquierda. Sin duda la
banda de que formaba parte mi jabalina se habra dispersado y puesto a
tiro de mis compaeros. Mi animal se detuvo, agach la cabeza y di
vuelta como para alejarse; en ese momento tir. La jabalina continu su
trote, que no interrumpi el segundo tiro y se perdi entre la espesa
_jara_. Ech a un lado la carabina con clera; yo no soy un gran
tirador, ni mucho menos; pero no dar en aquel blanco, a cincuenta
metros, era demasiado. Abandon, pues, la carabina y todas sus
_faramallas_ y tom mi vieja escopeta, compaera tranquila y segura de
cinco aos de campaa.

Un momento despus se dej oir gran aullar de perros en la altura que
tena frente a m y antes de que nos diramos cuenta, un jabal enorme,
un solitario, baj a escape la cuesta y se detuvo jadeante, prestando el
odo a los perros que se acercaban, a treinta o cuarenta metros de m,
al otro lado del arroyo. Apunt con toda la calma posible e hice fuego;
el jabal se levant casi en sus dos patas traseras, se sacudi todo y
como los perros bajaban ya, frenticos, di dos pasos y se espald en el
tronco de un rbol para hacerles frente. Cuando los perros estaban ya
casi encima de l, le hice mi segundo tiro, que debi darle, porque de
nuevo se sacudi todo, pero no cay. "Juanicho, seor, Juanicho a la
cabeza!" me deca entusiasmado el secretario, sealndome un perrillo
pequeo, ensangrentado, bravo como las armas, que del primer salto se
haba prendido a la oreja del jabal que lo sacuda en el aire, mientras
a colmillo limpio se defenda de los otros perros. Uno de stos (eran
cinco o seis) yaca ya con el vientre abierto y otro malherido se
retiraba del combate gimiendo. Sin darme cuenta, sin atinar a cargar de
nuevo la escopeta, como si el jabal se me fuera a volar, tir el arma,
saqu el cuchillo y a escape llegu al arroyo, me met dentro con el
agua a la cintura y fra como el demonio y llegu hasta el animal que se
defenda desesperadamente. "Por detrs, seorito, por detrs!", me
gritaba el secretario desde el medio del arroyo. Pero yo no le oa; a
gritos y puntapis trataba de alejar los perros, que tema sucumbieran
todos, incluso Juanicho, si soltaba la oreja. Al verme, el jabal
pretendi hacerme frente pero estaba muy malherido y los perros le
acosaban. Por fin, ganndole el lado, consegu meterle hasta el cabo el
cuchillo en el codillo. Cay como una masa; pero Juanicho no soltaba, a
pesar de los esfuerzos del secretario por arrancarlo. Me decid entonces
a cortar la oreja del jabal y slo cuando se encontr con un pedazo de
cuero inerte entre los dientes, que no haca resistencia, Juanicho solt
la presa. Lo llevamos al arroyo y lo lavamos, as como a los otros
perros heridos, y echando una mirada de cario a los dos muertos en la
lucha, arrastramos al jabal hasta la orilla del curso de agua. A los
tiros, y gritos, lleg el capitn (guarda-jefe); el secretario le narr
el combate mientras echaba pie a tierra. Me salud y dicindome: "los
derechos del capitn!" convirti al jabal en mulo del ms desgraciado
de los amantes de la Edad Media. No v otro jabal ese da; pero cuando
a la noche, en la gran cocina, llamamos al perrero del marqus de la
Conquista para charlar de la jornada, ste se avanz con las manos y la
cara destrozadas por las espinas de la _jara_ y nos dijo que habamos
perdido catorce perros, diez del marqus y cuatro nuestros. Luego se
adelant hacia m y sacndose el sombrero, me dijo con cierta alteracin
en la voz: "Pero nada se ha perdido, porque el seorito ha salvado a
Juanicho. Dios se lo pagar!"

Nos apretamos la mano y desde ese da somos buenos amigos, aunque no nos
hemos vuelto a ver. Yo no tena gran conciencia de ser el salvador de
Juanicho; pero sin duda mi secretario debi haber arreglado a su manera
la narracin de la hazaa. Que no me disgust la cosa, lo prob ms
tarde la propina...

Se me ha ido la pluma contando ese recuerdo de mis gratas caceras en
Espaa, porque acabo de llegar de una partida de caza, aqu, a tres
cuartos de hora de Pars, en una gran propiedad, con un castillo enorme
y de un lujo extraordinario. Apenas bajamos del tren, subimos a un
mnibus arrastrado por un _tractor_ automvil, que nos llev al
castillo. Almorzamos all, en un comedor con tapiceras de cien mil
francos. Luego, en un carruaje cmodo, nos llevaron hasta el sito de la
caza y los faisanes enormes como pavos, engordados a grano, comenzaron a
volar pausadamente. Se tir ms o menos bien, pero el _tableau_ fu
soberbio. Nos vestimos de frac para comer, se hizo un poco de msica, se
jug al _whist_ y a las 12 de la noche estbamos de regreso en Pars.
Oh, mis speros cerros de Extremadura! Recordaba una vez ms la linda
jornada, desde el Hospicio hasta el Monasterio de Guadalupe, aquella
inesperada catedral perdida entre las montaas, consagrada a la virgen
maravillosa, que, segn la leyenda, tall el mismo San Marcos en un
tosco tronco y que por siglos ha sido venerada en toda Espaa. A ella
enviaba reverente don Juan de Austria, al da siguiente de Lepanto, la
soberbia lmpara de la nave capitana, y Zurbarn cubra los muros y los
altares de la iglesia de telas admirables que el tiempo empieza a
destruir. Mientras mis compaeros, creyentes como buenos hidalgos, se
arrastraban de rodillas en el misterioso santuario que guarda a la
virgen, yo, de rodillas tambin, admiraba su magnfico manto cuajado de
pedreras, las innumerables joyas que la cubran y en la sombra, su
cara, su enigmtica cara, casi negra, toscamente tallada. Y despus de
nosotros los perreros, los peones, los criados, con el rostro
desencajado por la emocin, prosternndose para besar la orla del
vestido de la imagen y pedirle alivio en sus vidas miserables!

All la naturaleza, el hombre libre, creyente y fuerte; aqu la
convencin y el hombre raqutico, escptico y _snob_. Buena y robusta
tierra de Espaa, que guardas en tu seno los huesos de mis abuelos y en
medio de tus penas y dolores, en este mundo chato que la civilizacin
nivela y hace cada da ms banal, conservas an tu altiva fisonoma y
los rasgos soberanos de tu enrgica personalidad, yo te imploro, oh
buena tierra de Espaa, resiste a la ola por largos aos, para que
nuestros hijos trepen gozosos tus montes salvajes y en tus rincones
perdidos, que el riel de hierro no cruza, sueen, esperen y crean!

  Pars, Enero 1897.




El arte espaol

ORIGEN Y CARCTER


Al principiar el siglo XVII, la Espaa, que en el siglo anterior haba
alcanzado al apogeo de su grandeza, ejerciendo sobre la Europa entera,
bajo los dos primeros prncipes de la casa de Austria, una influencia
incontrastable, marchaba ya en la senda de su decadencia. Felipe III
haba vivido con el reflejo de su predecesor y la falta colosal de su
reinado, aquella expulsin de judos y moriscos, que dej una cicatriz
jams cerrada en el corazn de Espaa, no haba hecho sentir an todas
sus consecuencias. Pero ya la dilatacin de las fuerzas espaolas que,
sin la organizacin de la Inglaterra actual, se extendan por toda la
Europa y el nuevo mundo en vas de colonizacin, empezaba a debilitar la
metrpoli, que poco o nada haba aprovechado de su grandeza pasajera.

Casi todos los pueblos que han dejado una memoria gloriosa en la
historia humana, han aprovechado sus tiempos de esplendor y fuerza, para
darse una organizacin interna estable y vigorosa, merced a la que han
vivido independientes y respetados, cuando la poca extraordinaria hubo
pasado. No as Espaa. Carlos V encontr la nacionalidad espaola fresca
y flojamente constituda; el provincialismo inveterado, que era el modo
de ser histrico en la Pennsula, persista en los hbitos y leyes
locales, aun despus del triunfo de unin obtenido por el enlace de los
Reyes Catlicos. Cada regin de la monarqua era tratada segn su
derecho histrico; unas, como las tres provincias del Norte, que
pretendan haberse incorporado voluntariamente, tenan condiciones de
nobleza y privilegio. Las accedidas por aporte matrimonial, como
Castilla y Len, Aragn y Catalua, tenan fueros menos considerables, y
otras, como Valencia y Granada, sobre las que pesaba an la conquista,
vivan literalmente en esclavitud. De ese desquicio orgnico, Carlos V y
Felipe II haban exigido esfuerzos que aun a una constitucin nacional
vigorosa hubiera sido difcil alcanzar. Constantes y aventuradas
expediciones a Amrica, la flor de la juventud espaola enrolada en los
ejrcitos que consuman las guerras de Italia, de Flandes y de Francia;
todos los recursos del pas agotados para atender a los vastos dominios
de la metrpoli, una poltica comercial estrecha e inconcebible, y en
fin, por meta suprema, un ideal teocrtico, cmo era posible que Espaa
resistiera? El golpe de Felipe III la hiri de muerte y desde entonces
su historia es slo la de una lenta agona, en la que el enfermo se
debate desesperadamente por momentos, asombrando por energas pasajeras,
que recuerdan su viril constitucin.

Jams un hombre que medite sobre las causas generales de la decadencia
espaola, dejar de consignar en primera lnea el fanatismo religioso
que circunscribi el horizonte moral de aquel pueblo, y segn Buckle, le
hizo para siempre impenetrable a toda idea de progreso. Ese hombre
tendr razn; pero no se puede, no se debe olvidar, que si bien la
decadencia espaola es una consecuencia del fanatismo religioso, ste
lo es y fatal, ineludible, de la historia de Espaa. Una nacin que se
rehace heroicamente, reconquistando palmo a palmo su territorio
invadido, durante una lucha de siete siglos, sostenida nica y
exclusivamente por el espritu religioso, modela su organismo moral bajo
un ideal concreto, inspirado por la inflamacin de un sentimiento
especial, que la gloria y la gratitud han consagrado. Si la mayor parte
de las desventuras de Espaa han venido de la exacerbacin de ese
sentimiento, todas sus glorias lo reconocen por origen. S, l encendi
las hogueras de Felipe II, l inspir los decretos de expulsin, l hizo
condenar a muerte en masa al pueblo flamenco, l ensangrent las selvas
americanas con la hecatombe de indios, l clausur el espritu espaol a
toda idea de libertad intelectual; pero quin sino l, alent el alma
de aquel puado de asturianos que principiaron con Pelayo la obra de la
Reconquista, qu otro gua llevaba San Fernando, y quin condujo a los
Reyes Catlicos a las puertas de Granada? El espritu religioso hizo la
Espaa, la hizo tal como poda hacerla y no de otra manera. No se puede
hacer la crtica de la vida secular de un pueblo, sin tener
constantemente en vista las condiciones especiales de su organismo
propio. Ha sido un bien o un mal para la humanidad la ingerencia de
Espaa como factor activo en su historia? Hay hombres que contemplando
los restos soberbios que quedan de la dominacin rabe, o estudiando el
estado de las monarquas incsica y azteca en el momento de la conquista
americana, ven en esas formas del progreso humano, verdaderas
civilizaciones avanzadas y deploran la intervencin de Espaa y la
imposicin de su frmula propia aniquilando aqullas. Es una paradoja
que seduce al espritu, sobre todo en una blanca noche de luna, en el
centro del patio de los Leones en la Alhambra o en el ambiente perfumado
de los jardines del Alczar de Sevilla. La civilizacin musulmana hizo
su evolucin completa, alcanzando el apogeo de su desenvolvimiento en el
sentido nico que el ideal del pueblo rabe y su institucin religiosa
permitan. Las maravillas arquitecturales que hoy contemplamos con
asombro, parecen revelar un estado de espritu culto, pulido, lleno de
movimiento y luz, contrastando con la sombra rbita moral del caballero
cristiano que ms tarde haba de cubrir los mosaicos y arabescos de las
mezquitas con los smbolos de su culto ferviente. Es un error; fuera de
esa arquitectura caracterstica de decadencia, los rabes no tenan una
sola idea que valiera el vigoroso y amplio ideal cristiano, susceptible
de obscuridades transitorias, pero fecundo en su germen, prximo a
renacer de su prolongado letargo de la Edad Media y a sacudir las
cadenas del misticismo, para estallar soberbio en el _cinquecento_.

Organizada para la ms larga y dura guerra por la fe que registra la
historia, la Espaa era una entidad moral lgica y entera, armnica en
todas sus manifestaciones. Todo en ella vena de Dios y todo volva a
Dios, desde las manifestaciones poticas de sus ms preclaros ingenios,
hasta el brutal valor del soldado o el caballeresco arrojo del seor.
Concebida la vida nacional como un culto perenne, en su seno no tenan
cabida los que no participaban de ese ideal. En un estado anlogo de
opinin, todas las conquistas morales de la Reforma y la filosofa del
siglo XVIII, habran sido impotentes para evitar la expulsin de los
herticos. Jams hubo en el mundo fanatismo ms sincero; no era ms
ilustrada y consciente la fe de un fraile mendicante que la de Felipe
II o la de su hijo. Felipe IV ve al francs posesionarse de Barcelona,
el Portugal segregarse de su corona, los viejos tercios espaoles
aniquilados en Rocroy; pero su preocupacin principal es la resistencia
del papa en proclamar el dogma de la Inmaculada Concepcin de Mara.
Abandona el gobierno en manos de Olivares o Haro, pero su Egeria
poltica, social, religiosa, ntima, es una obscura monja perdida en un
convento de Aragn, cuyo cuerpo macerado y espritu exaltado le dan los
caracteres que la poca atribua a la beatitud. Como era natural en una
sociabilidad semejante, el arte naci bajo los auspicios de la religin.
El ideal primero no fu la tradicin ni se ayud de la fantasa terrena;
el arte bebi su inspiracin en la fe, y si el campo fu restringido,
ah estn las viejas catedrales gticas para atestiguar de qu manera se
explot. Como el sacerdote que cumple los ritos del culto, como el nio
que en el coro eleva su voz argentina cantando las alabanzas del Seor,
como el soldado que derriba moros en nombre de Dios, as el artista
poniendo piedra sobre piedra, esculpiendo las sillas del coral o
trazando en el lienzo las figuras de los bienaventurados, todo acto,
toda manifestacin intelectual tenda al mismo objeto. La vida nacional
entera era una oracin colosal.

Luego el artista, llamado a interpretar iconogrficamente los misterios
del culto y los dogmas revelados, no llenaba acaso una misin
sacerdotal, abriendo, por su arte, el espritu de los miserables y
desheredados, a la comprensin de las cosas divinas? En esa aspiracin
constante del alma espaola hacia el cielo, el artista que reflejaba en
sus telas las escenas de la vida futura o trazaba los cuadros ms
intensos de la Pasin, era para el clero un colaborador precioso. As,
desde que el duro batallar contra infieles termina con la conquista y
que las primeras tentativas artsticas empiezan a producirse, se observa
que nacen en el interior de los conventos, realizadas por obscuros
frailes cuyo nombre ni aun ha conservado la historia. Figuraos un monje
enterrado en un obscuro claustro americano, sin tradicin, sin modelos,
sin nociones prcticas del arte, luchando con la impotencia de sus
medios para traducir las visiones de su alma. Tal debi ser la primitiva
pintura espaola, vigorosa de expresin como todo lo que es sincero,
pero de un tecnicismo infantil e ingenuo.

Puede contarse entre los sucesos que mayor trascendencia han tenido en
la historia de Espaa, igual en consecuencias de importancia al
descubrimiento de Amrica o a la conquista de Granada, el enlace de la
hija nica de los Reyes Catlicos, Doa Juana, a quien la historia
vacila hoy en calificar de loca, con el archiduque de Austria, Felipe,
llamado el Hermoso. El origen del prncipe y su aporte matrimonial,
aquellos Pases Bajos que tanta sangre y dinero costaron a Espaa,
arrancaron a sta de su aislamiento secular. Impelida por el espritu
guerrero y los hbitos de aventura contrados en la larga lucha, volvi
su energa al exterior y es desde ese momento que vemos sus ejrcitos
recorrer la Europa entera, fundar y conquistar reinos, sus naves surcar
los mares y sus famosos capitanes fijar nombres gloriosos en la memoria
humana.

Con Carlos V el espritu europeo penetr en Espaa, y el advenimiento
del Emperador puede considerarse como el punto de partida de una nueva
era. Hasta entonces Espaa haba sido un soldado, cuya vida recta y
montona est trazada de antemano. Combatir al infiel era toda su
misin; de hoy en adelante, entra en la vida colectiva, necesita
formarse una escuela poltica y ensayar las artes del gobierno para
armonizarlas con sus dotes militares. Los grandes capitanes no le
faltan: Gonzalo de Crdoba, Alba, Farnesio, Spnola, Villafranca. Sus
polticos habran estado a la altura de la situacin, si la
concentracin del poder y la omnipotencia de la voluntad real en unos
casos y en otros la privanza de favoritos ineptos, no hubiera ahogado su
iniciativa. Si el famoso presidente La Gasca, cuya accin, desenvuelta
en un mundo desconocido entonces, ha quedado en la historia borrada por
la distancia, sin que no obstante sea fcil encontrarle un rival en
habilidad, prudencia y perseverancia, si La Gasca, repito, hubiera
estado al alcance de su soberano y bajo su constante e inmediata
inspiracin, la Espaa habra perdido el Per en el siglo XVI en vez del
XIX.

Pero todos los grandes seores que comandaban por el rey en el
extranjero ejrcitos o provincias, se haban ido iniciando lentamente,
no slo a los hbitos ms cultos y costumbres ms dulces que encontraban
en los enemigos que combatan o en los pueblos que gobernaban, sino
tambin tomando gusto por las cosas del arte. La imaginacin meridional,
fcilmente accesible a la impresin de la belleza y la fastuosidad
tradicional del magnate espaol hicieron el resto. Carlos V, al recoger
el pincel del Ticiano, fij el rumbo, di el ejemplo y facilit,
ennoblecindolo, el movimiento artstico que alcanz su apogeo en pleno
siglo XVII.

El momento no poda ser ms propicio: los ejrcitos espaoles pasaban
largos aos en Italia, convulsionada an por el Renacimiento, o en los
Pases Bajos, donde brillaba ya la vieja escuela flamenca, a la que,
renovada, tan grandes das estaban reservados. Los nobles espaoles que
acompaaban a Carlos V formaban su gusto en las telas de Leonardo, que
haba revolucionado el arte, abrindole surcos nuevos y fecundos, o en
los mrmoles del Buonarotti, y sea que entraran aclamados en la Ciudad
Eterna, o por la brecha con Borbn, se presentaban por primera vez ante
sus ojos las maravillas del arte antiguo. Existen rudas relaciones de
soldados de aquella poca que atestiguan la impresin producida por esos
espectculos inesperados. La inteligencia espaola no estaba an
preparada para penetrarse del espritu del Renacimiento y las letras
clsicas, puestas en boga por Petrarca y sus continuadores en el estudio
de lo antiguo, dejaban fros a aquellos hombres, que no conceban otro
trabajo digno del espritu que la teologa. Pero las bellas artes tienen
la incomparable ventaja de impresionar a los hombres de ms opuestas
tendencias morales, sin exigirles una preparacin especial. No es
necesario conocer y sentir a los griegos para extasiarse ante el dibujo
de Miguel Angel o el color del Ticiano. La belleza habla por s misma.

As, el desenvolvimiento de las bellas artes en Espaa fu debido al
impulso dado por la aristocracia. Los magnates ms famosos por su cuna,
sus hechos o su hacienda, cifraron la gloria de sus casas en acumular en
ellas riquezas artsticas o tesoros de erudicin, como el reunido en
Guadalajara por la ilustre casa de Mendoza.

El duque de Alba, el grande y duro guerrero de Flandes, el soberbio
conquistador de Portugal, convirti su casa de Alba de Tormes en un
verdadero museo de obras de arte, que ms tarde complet su hijo,
ordenando a Granelo y Castello celebraran en lienzos las hazaas del
padre. El gran capitn pas los ltimos aos de su vida en la Abada,
antiguo castillo de Templarios, en Extremadura, creando sobre las
riberas del Ambroy jardines que fueron famosos y dando hospitalidad a
Lope de Vega, que escribi all su _Arcadia_, en la que describa las
magnificencias de la morada de su husped ilustre.

Por fin Sevilla, que fu el emporio de la riqueza y las artes espaolas
en el siglo XVII, teniendo el monopolio de las comunicaciones con
Amrica, por su Casa de Contratacin, era el centro donde afluan
infinidad de extranjeros, deseosos de iniciar negocios y cambios con
aquellas fabulosas regiones americanas, de las que llegaba oro sin cesar
y que la imaginacin popular se figuraba como el tradicional Eldorado.
Los italianos, holandeses y alemanes que llegaban a Sevilla, traan una
educacin ms avanzada que los espaoles y un gusto formado ya por las
cosas del arte. Muchos de ellos, sea por el xito de sus negocios, sea
por la razn eterna que persiste an en el da a fijar en aquel suelo a
muchos de los que llegan con nimo transitorio, la belleza de la tierra,
la pureza de la atmsfera y la suavidad del clima, concluan por formar
all su hogar y adornarlo con los nacientes productos del arte espaol.
Su buen gusto contribuy en mucho a modificar el carcter de la pintura
sevillana, grosera hasta entonces, sin ms clientela que el populacho
ininteligente de las ferias. Sus relaciones de los grandes maestros
extranjeros, de la sabidura de sus composiciones, de la correccin de
sus dibujos y de la armona de su color, fueron modificando poco a poco
la tendencia dominante, cuyo ltimo representante puede decirse que fu
Herrera el Viejo, pintando enormes lienzos con brocha gorda y a
distancia, verdadera escenografa, absurda fuera de su aplicacin
natural. Las iglesias y catedrales de Amrica, especialmente de Mjico y
el Per, nicas regiones que atraan entonces la atencin de Espaa,
deben estar an llenas de cuadros de esa poca. Aun se han de encontrar
algunos retratos de Snchez Coello y de Pantoja y no pocas escenas
religiosas de los Herreras, Pacheco, etc. Muchas de esas riquezas se
habrn perdido y entre ellas tal vez aquellos cuadros que pint Murillo
a la carrera, dividiendo un gran lienzo en compartimentos iguales,
llenndolos con su furia vertiginosa y vendindolos a mercaderes
americanos, para con su importe trasladarse a la corte a perfeccionarse
en el arte del que ms tarde fu una gloria.

Bajo el punto de vista artstico, a nadie debe la Espaa ms que a dos
hombres que para su felicidad y grandeza nunca debieron existir: Felipe
IV y su favorito el conde-duque de Olivares. Esos dos polticos ineptos,
negligente el primero hasta la culpa, ciego y soberbio el segundo hasta
el crimen, parecieron concentrar sus facultades todas de inteligencia y
de buen gusto en fomentar el desarrollo magnfico que el arte espaol
tom bajo su impulso ilustrado, favorecido por una explosin de hombres
admirables, grupo estupendo que la Europa no haba visto desde los das
del Renacimiento. Como en el reinado anterior las letras, bajo Felipe IV
brill la pintura espaola de una manera incomparable. A Cervantes, Lope
de Vega, Gngora, etc., sucedieron en el cielo intelectual de Espaa,
Velzquez, Murillo, Alonso Cano, Ribera y tantos otros que hicieron para
la fama artstica de su patria lo que sus grandes capitanes haban hecho
para su gloria militar.

Son esos grandes artistas, son sus obras inimitables y, en los dos
primeros, la altura moral de su vida, los nicos motivos de consuelo que
encuentra el espritu al recorrer la tristsima historia de Espaa en
esa poca, y al contemplar, con la melancola que inspiran las grandes
desventuras, esa cada de un imperio colosal, levantado por el esfuerzo
de hombres cuya sangre fu la misma que corre en nuestras venas.

Entre todos los grandes artistas espaoles, el ms personal, aquel cuyo
genio propio brilla ms vigoroso, fu Velzquez. Esa personalidad
poderosa, tan rara en la historia del arte que slo pueden citarse dos o
tres ejemplos, no lo fu slo en la manera o el estilo, sino en algo ms
profundo y decisivo, en la concepcin misma del arte y en la liberacin
audaz de la tradicin de la pintura espaola. Puede decirse que
Velzquez, el catlico sincero, el pintor de cmara de Felipe IV y su
Aposentador Mayor, procede ms de la Reforma que del Renacimiento. El
Renacimiento emancip la imaginacin, pero la Reforma emancip el
pensamiento. Jams ningn hombre que haya manejado un pincel ha pintado
con mayor libertad de espritu que Velzquez. Uno de los primeros y con
una intuicin genial, comprendi el lmite que la esencia misma de las
bellas artes asignaba a cada una. En pintura fu un librepensador y si
la actividad de su espritu le hubiera empujado por otra senda, mal se
habran avenido sus doctrinas con las de la Santa Inquisicin.

Su maestro primero, constante y nico, no fu el brutal Herrera ni el
afectuoso Pacheco, no fu aun el divino Buonarotti, cuyos frescos
copiaba reverente un da en la capilla Sixtina: fu la naturaleza, a la
que pidi todos sus secretos, y que generosa le confi ms que a ningn
otro mortal. No comprendi ni poda comprender a Rafael, que "se serva
de las ideas que pasaban por su mente". Para l la forma, el color y la
expresin no estaban en el mundo imaginario, sino en las cosas reales y
los organismos vivos. Las vrgenes convencionales, los querubes soados,
revoloteando entre nubes tenues y transparentes, los xtasis de
beatitud, el campo ideal de las deliciosas fantasas de su amigo el
poeta andaluz de las Concepciones, no le decan nada, porque no los vea
y la sinceridad de su arte le exiga la verdad. Velzquez llev a cabo
en pintura la misma revolucin que Kant hizo triunfar dos siglos ms
tarde en filosofa. Como el solitario de Koenigsberg que cierra los
cielos a la fantasa humana y la invita a buscar el reposo, limitndose
a la ya vasta rbita de las cosas creadas, Velzquez cree que el mundo
visible contiene en su seno inagotable bellezas de forma y expresin
bastantes para nutrir y levantar el arte a su ms alta manifestacin. Es
el gran naturalista de la historia del arte, es el precursor y el
dechado de la escuela. Para reaccionar no necesit las brutalidades de
Caravaggio ni los horrores a que lleg Ribera siguiendo su senda. Ha
concebido, extrayendo del ms vulgar objeto que se ofrece a su vista, el
tesoro de expresin en l escondido, y pinta: la tela es un asombro, una
maravilla, Mengs se detiene y dice: "Esto no est hecho con el pincel,
sino con el pensamiento"; pero, con todo, no es ms que el reflejo de la
verdad. As debi ser Felipe IV, as el Bobo de Coria, y si alguna vez
hubo en el mundo un Aquiles, su retrato es ese soldadote vulgar.

Un da vagando como de costumbre en el Museo del Prado, me detuve largo
rato delante de la "Fragua de Vulcano", de Velzquez. Ninguna de sus
telas es, en mi opinin, ms propia para estudiar el estilo del maestro
y revelar las debilidades de su pincel cuando sala de la esfera trazada
por su concepcin general. De dnde proviene que, al lado de aquellas
admirables figuras de sus herreros, maravillas eternas que el artista
estudiar mientras persista el color sobre el lienzo, desfallezca de tal
manera el Apolo que trae la ingrata nueva? Cmo puede explicarse ese
_specimen_ de convencionalismo, esa insipidez de expresin en un cuadro
donde el vigor, la verdad y la fuerza han sido llevadas a donde slo
alcanz Miguel Angel con el cincel y Shakespeare con la pluma?

La vida de Velzquez y la histrica de esa tela me dieron la solucin.
El cuadro fu pintado en Italia, durante el primer viaje del maestro, y
el Apolo fu una concesin a la escuela dominante, la nica tal vez que
Velzquez hizo al convencionalismo, que deba producir el amaneramiento
mediocre de los Carlo Dolci, Guido Reni y tantos otros.

De ah surgi en mi espritu la idea de seguir a Velzquez en sus
viajes, de estudiar la influencia producida en l por la atmsfera
artstica de Italia, acompaarle a Venecia, Boloa, Roma, Npoles y
observar las impresiones de esa alma soberana ante las manifestaciones
del viejo arte clsico, cuyos restos vea por primera vez, y las del
Renacimiento, que tan poco le diran.

Ese fu el origen de este libro[10].

  1887.

     [10] Ese libro, para el que haba reunido abundantes elementos, no
     ha sido escrito; cuando pienso en el placer que habra sentido en
     vivir un ao en compaa de Velzquez, en la Italia del siglo XVII,
     siento un verdadero pesar por haber dejado de mano ese trabajo.

     Otra pluma ms autorizada que la ma lo ha llevado posteriormente a
     cabo con brillo; me refiero a la obra del profesor Karl Justi, cuyo
     libro "Velzquez y su tiempo" es lo mejor que se ha escrito sobre
     el prncipe de los pintores.--=M. C.=




La cuestin del idioma


I

Las primeras impresiones positivamente desagradables que sent respecto
a la manera con que hablamos y escribimos nuestra lengua, fu cuando las
exigencias de mi carrera me llevaron a habitar, en el extranjero, pases
donde tambin impera el idioma castellano. Hasta entonces, como supongo
pasa hoy mismo a la mayora de los argentinos, aun en su parte
ilustrada, senta en m, al par de la natural e instintiva simpata por
la Espaa (y al hablar as me refiero a los que tenemos sangre espaola
en las venas) cierta repulsin a acatar sumisamente las reglas y
prescripciones del buen decir, establecidas por autoridades
peninsulares. Era algo, tambin instintivo, como la defensa de la
libertad absoluta de nuestro pensamiento, como el complemento necesario
de nuestra independencia. Eso nos ha llevado hasta denominar, en
nuestros programas oficiales, "curso de idioma nacional" a aquel en que
se ensea la lengua castellana. Tanto valdra nacionalizar el
catolicismo, porque es la religin que sostiene el estado, o
argentinizar las matemticas, porque ellas se ensean en las facultades
nacionales.

A mi juicio el estado de nimo, por lo menos de la generacin a que
pertenezco, respecto a esa cuestin, provena principalmente de la
educacin intelectual, recibida casi exclusivamente en libros franceses
y en el gusto persistente y legtimo por la literatura de ese pas, que
por su criterio, su novedad y la potencia de sus escritores, estaba
entonces muy arriba de la contempornea espaola. Empleado el tiempo de
la lectura, bien corto en nuestra agitada vida poltica, en leer
novelas, versos y libros de historia en francs, alejados con horror de
las publicaciones hebdomadarias de la prensa espaola, raro era aquel de
entre nosotros que conociera pasablemente el siglo de oro de la
literatura espaola y que poseyera la coleccin de Rivadeneira ms que
como un simple adorno de su biblioteca, a la manera con que figuran hoy
la "Historia Universal" de Cant o la "Historia de la Humanidad" de
Laurent, venerables monumentos que dan lustre y peso a los estantes,
amn de la consideracin, _bona fide_, que recae sobre sus propietarios.
Por m s decir que fu bien entradito en aos que le a Sols, a Melo,
a Quintana y a otros de los maestros que nos presentan el cuadro
incomparable de nuestra lengua, bien manejada, apta y flexible para
todo, a pesar de las deficiencias que le encontraba aquel buen seor de
Ochoa, que declaraba haber pasado das enteros para verter una pgina de
la _Mariana_ de Sandeau, tan sutil era el tejido de los anlisis
psicolgicos del escritor francs. Echar la culpa a la lengua en esos
casos, vale romper los pinceles con los que no se alcanza a producir una
obra maestra.

Era, pues, esa y lo es todava, la causa principal de nuestro abandono.
Luego, las exigencias de la Academia Espaola, la pobreza de su
autoridad, la sonrisa universal que han suscitado algunas de sus
ingenuidades, el mandarinismo estrecho de sus preceptos, fueron y han
sido parte no exigua a mantener vivo el espritu de oposicin en las
comarcas americanas. Don Juan Mara Gutirrez, mi maestro y amigo de
ilustre memoria, fu el representante ms autorizado de ese espritu, en
lo que a la Argentina toca. El plante la cuestin en su verdadero
terreno: la lengua espaola, una e indivisible, bien comn de todos los
que la hablan y no petrificada e inmvil, patrimonio exclusivo, no ya de
una nacin, sino de una autoridad. Nadie tal vez, en nuestro pas, ha
escrito el castellano con mayor pureza como nadie ha defendido las
prerrogativas de una sociedad culta a mejorar, enriquecer el lenguaje,
adaptndolo a todas las necesidades del progreso cientfico y del
desenvolvimiento intelectual. Prefera don Juan Mara las formas
arcaicas conservadas por los levantinos de raza espaola, como un
piadoso recuerdo de sus mayores inicuamente expulsados por Felipe III, a
la jerigonza estrecha y purista que pretenda implantar la Academia, sin
dar odas a las exigencias naturales de este inmenso depsito de sangre
espaola, que se llama la Amrica, y que es la verdadera esperanza de
gloria en el porvenir de la raza.

La accin del Dr. Gutirrez ha sido generalmente mal entendida; gentes
hay que piensan de buena fe que sus preceptos llegaban hasta sancionar
los barbarismos y galicismos de que nuestro lenguaje escrito y hablado
rebosa y que los argentinos debamos regirnos por la gramtica del
_ven, vos y tom_. Nada ms lejos de su pensamiento; peda, s, y en
eso aunaba su esfuerzo al de todos los americanos competentes que se han
ocupado de la cuestin, que la lengua que hablamos no considerara como
espurios aquellos aportes que los vigorosos rastros de los idiomas
indgenas y las necesidades o diversos aspectos de la vida esencialmente
americana, traan para bien y comodidad de todos. Por qu el
castellano formado por las diversas capas del fenicio, el cltico, el
latino (con sos races indoeuropeas), el rabe, etc., habra de repudiar
voces guaranes o quichuas, que simplificaban la diccin evitando
perfrasis y rodeos? Cuntas veces, en Espaa, ante esos letreros de
"casa de vacas" que se ven en todas partes, pensaba en nuestro _tambo_,
tan neto y expresivo! Cuntas voces, por otra parte, florecientes y
usuales en el siglo XIV y precisamente de aquellas que ms caracterizan
nuestra lengua, estn hoy relegadas por la Academia en ese enorme
armatoste de "anticuadas" que revienta ya, mientras en los pases
americanos conservan toda su eficacia y su verdad!

La cuestin no es, pues, hacer de la lengua un mar congelado; la
cuestin est en mantenerla pura en sus fundamentos y al enriquecerla
con elementos nuevos y vigorosos, fundir a stos en la masa comn y
someterlos a las buenas reglas, que no slo son base de estabilidad,
sino condicin esencial para hacer posible el progreso.

El Dr. Gutirrez predicaba con el ejemplo; le reputo el ms puro y
castizo de nuestros escritores de nota. Sarmiento era demasiado
impetuoso para mantener una correccin inalterable y si bien algunas de
sus pginas tienen el exquisito sabor del fuerte y viejo castellano, al
dar vuelta la hoja nos encontramos con verbos estrujados, sintaxis de
fantasa, construcciones propias, genuinas, como si la originalidad de
las ideas exigiera igual carcter a la manera de expresarlas. El general
Mitre ha ledo mucho, en muchos idiomas, y la influencia de esas
lecturas se ve con frecuencia; en los ltimos tiempos, apurado por un
trabajo de poderoso aliento, ha tenido que ensanchar su vocabulario,
buscando en la historia de nuestra lengua ricos elementos olvidados,
cuyo empleo le ha permitido, si bien a costa de cierta impresin de
extraeza en el lector, traducir la Divina Comedia con una paciencia de
benedictino y una veneracin de sectario...


II

Al recorrer el nuevo libro del Sr. Abeille, "El idioma nacional de los
argentinos", record que entre mis viejos papeles deba haber algunas
carillas sobre la materia, escritas hace ya varios aos. Son las que
acaban de leerse y en las que, a la verdad, encuentro tan exactamente
reflejada mi opinin actual, que en nada las he modificado.

El Sr. Abeille es un fillogo distinguido, aunque hasta los profanos,
como yo, echan de ver, desde luego, que su erudicin, si bien fresca y
moderna, no se ha formado en las fuentes originales y primitivas. Sabe
muy bien lo que hombres como Darmesteter, Bral, Paris, Havet,
Schleiger, Weil y otros han escrito sobre la historia anatmica del
lenguaje; pero no he notado en su libro rasgos que revelen un
conocimiento directo de Bopp, Diez, Dozy, Engelmann, Pott, etc. No es
esta una crtica que, por cierto, poca autoridad tendra viniendo de
quien, mucho menos que el Sr. Abeille, ha llevado sus curioseos
lingsticos a esas profundidades. Pero creo poder atribuir los extremos
a que llega el Sr. Abeille en el desenvolvimiento de su tesis, a las
audacias atrayentes y licencias extraordinarias que con la filologa se
han permitido los modernos escritores franceses. Y para terminar con
este punto, sealo tambin el desconocimiento de un libro verdaderamente
admirable y que, para el completo esclarecimiento del tema abordado por
el seor Abeille, era fundamental; me refiero a las "Apuntaciones
crticas sobre el lenguaje bogotano" de Rufino Jos Cuervo, libro que,
en ocho aos (1876-1884) tuvo cuatro ediciones y que mereci al autor,
de parte de los ms eminentes fillogos de Europa, homenajes de real
admiracin. Si el Sr. Abeille ha ledo ya ese libro, necesita releerlo,
porque l le dar la nota exacta y prudente en la manera de tratar esta
cuestin.

Indudablemente, si las lenguas, sin abandonar el terruo, se transforman
hasta el punto de que tal vez Corbuln no habra entendido las voces de
mando de Escipin o Paulo Emilio, cunto mayor no ser ese cambio si
ellas reviven en pases lejanos al de su origen, bajo diverso ambiente,
sirviendo de vehculo a nuevas ideas, expuestas a todos los ataques de
los idiomas encontrados en el suelo conquistado, amn de los que de
afuera vienen, tambin ellos, en son de conquista? Pretender, pues,
fijar un idioma es tan absurdo, que cuando se consigue, no ya el hecho
en s mismo, lo que es imposible, sino la admisin de la idea como un
postulado colectivo, se llega a una verdadera deformacin por el
estancamiento del espritu nacional. Es el caso de la China: la lengua
que hoy se habla en el imperio del Medio se parece tanto a la que all
se hablaba cuando Fidias esculpa en Atenas, como la de Pericles a la
que hoy habla el rey Jorge de Grecia. La diferencia est en que mientras
el idioma de Pericles, nacido como todas las lenguas humanas del
monosilabismo, haba llegado a su perfeccin, el chino, inmvil en su
forma, si bien variable en su fontica, era tan monosilbico, tan
primitivo, tan "celular", como dice muy bien el Sr. Abeille, entonces
como hoy.

Puede nadie pretender que el castellano se petrifique de esa suerte?
Puede el purista ms empecinado e inflexible pretender luchar contra
las mil influencias que han de determinar las modificaciones regionales
que la lengua espaola sufrir en Amrica, como las ha sufrido ya en las
mismas provincias peninsulares? Es acaso sensato oponerse a los
neologismos necesitados por los progresos de las ciencias y las artes o
la adopcin de nuevos usos, y si hoy, como dice Cuervo, "no hacemos
melindres a voces astrolgicas como _sino_, _estrella_, _desastre_,
_desastrado_, _jovial_, _saturnino_, por qu hemos de negar a nuestros
contemporneos el empleo oportuno de trminos o imgenes suministrados
por las ciencias modernas, cuando ms si se considera su mayor
vulgarizacin con respecto a los siglos pasados?"

Lo que s se puede y se debe sostener, es que todos los aportes, los
enriquecimientos, las adquisiciones por conquista, cambio, compra,
violencia y todo otro modo de aduearse de lo ajeno, se sometan a las
reglas generales por las cuales se rige la comunidad. Si el quichua nos
trae _charqui_ y en el acto formamos el verbo _charquear_, conjugumoslo
segn lo ensea la gramtica castellana y no otra. Si en virtud de esos
fenmenos de derivacin que tan bien estudia el Sr. Abeille, de _cardo_
sacamos el lindo y expresivo _cardal_, de _bellaco_, _bellaquear_, o de
_baqua_, _baqueano_, aadamos sencillamente esas palabras a nuestro
lxico propio, como todos los otros pases americanos aadirn a los
suyos las que formen por el mismo procedimiento--y hagmoslo con la
seguridad de que al hacerlo en nada adulteramos los principios
fundamentales de nuestra lengua que no es "el idioma de los argentinos",
ni el "idioma nacional", sino simplemente y puramente el castellano.

El Sr. Abeille, que es un entusiasta de nuestra tierra (uno no puede
menos que conmoverse al verle entonar el himno nacional a propsito de
lingstica) tiene tal debilidad complaciente con la que hablamos y que
l rotula "idioma nacional de los argentinos", que llega hasta
justificar los cambios sintcticos que hemos introducido en el espaol,
sosteniendo que "el uso de algunos de ellos es realmente criticable en
una lengua fijada", pero que ese uso "debe favorecerse en una lengua en
evolucin como la nuestra".

Me parece ver ijadear al Sr. Abeille en su esfuerzo para defender
nuestro "_bajo_ el punto de vista", contra "_del_ punto de vista"
espaol. Trae un ejemplo y una explicacin al respecto que entretienen
bastante. Nunca le hemos de aceptar al Sr. Abeille que se diga, cuando
se empleen palabras espaolas, "me ha encargado _de_ decirle" en vez de
"me ha encargado decirle", porque, aunque un nio est en formacin, no
hay por que habituarle a andar con las rodillas y no con los pies, que
es lo natural, lo sano y lo til, sin contar con que es esa la nica
manera (como en el idioma) que permite al cuerpo desplegar su esbeltez y
su elegancia.

Entre las excursiones etimolgicas que hace el Sr. Abeille--que son
frecuentes, agradables y generalmente fructuosas--hay algunas que me han
dejado pensativo, precisamente porque se refieren a voces que han echado
races en nuestro suelo, sin que se sepa de dnde vino la semilla
primitiva. Una de ellas es _atorrante_. Esta palabra, puedo asegurarle
al Sr. Abeille, es de introduccin relativamente reciente en el "idioma
nacional de los argentinos". Despus de haber vivido ms de un cuarto de
siglo la o por primera vez en mi tierra, all por el ao 1884, de
regreso de Europa, donde haba pasado algunos aos. Y no es que hubiera
vivido en mi pas entre acadmicos y prosistas, pues hasta cronista de
polica substituto haba sido en la vieja _Tribuna_.

Pregunt qu significaba _atorrante_ y de dnde vena. Se me hizo la
descripcin del _gueux_, del vagabundo, del _chemineux_, y se me dijo
entonces (no hay lomo como el de la etimologa para soportar carga) que
el vocablo tomaba origen en el hecho de que los individuos del noble
gremio as denominado dorman en los caos enormes que obstruan
entonces nuestras calles, llamados de _tormenta_. De ah _atorrante_.
Aunque sin forma clsica, esa etimologa me trajo a la memoria la que da
el maestro Alejo de Venegas, citado por Cuervo, de la voz _alquilar_.

"_Alquilar_ se compone de _alius qui illam habet_, que es _otro que la
habita_, conviene a saber, la casa ajena". (!)

El Sr. Abeille es ms cientfico; pero lo que hay que admirar ms, es la
agilidad maravillosa que despliega para extraer del verbo latino
_torrere_, que significa secar, tostar, quemar, incendiar, inflamar, el
vocablo _atorrante_, _el que se hiela_, segn l, porque Varro emplea el
verbo citado en el sentido de quemar, hablando del fro. Yo consentira
gustoso, porque estoy curado de espanto en esa materia; pero deseara
saber cmo--y poco ms o menos cundo--se ha colado ese _torrere_ en
nuestro pas, y por qu causa ha hecho su evolucin tan rpida, pues lo
repito, y apelo a la memoria de todos los hombres de mi edad, hace
veinte aos, no era generalmente conocida la palabra "atorrante".

Hubiera deseado que el Sr. Abeille, con su segura informacin, nos
hubiera dicho algo sobre el delicioso _guarango_ de nuestro "idioma
nacional", que si viene realmente de dos palabras quichuas que
significan _varios colores_, es un hallazgo genial del pueblo--y del
odioso _macana_, que no se acierta a comprender como ha venido a
significar _disparate_, _despropsito_, de su acepcin primitiva y
aceptada, aun en Espaa, de "arma contundente usada por los indios". Y
llegando a las profundidades del "idioma nacional de los argentinos",
anda por ah un famoso _titeo_, muy campante, que amenazando de desalojo
al castizo _bochinche_, ha invadido ya los dominios de la _burla_ y de
la _broma_, sin que sepamos an qu derechos tiene, semnticamente
hablando, para conducirse as.


III

La circunstancia especial de ser este un pas de inmigracin, hace ms
peligrosa la doctrina que informa el libro del Sr. Abeille y ms
necesaria su categrica condenacin. Slo los pases de buena habla
tienen buena literatura y buena literatura significa cultura, progreso,
civilizacin. Pretender que el idioma futuro de esta tierra, si
admitimos las teoras del Sr. Abeille y salimos de las rutas
gramaticales del castellano, idioma que se formar, sobre una base de
espaol, con mucho italiano, un poco de francs, una migaja de quichua,
una narigada de guaran, amn de una sintaxis _toba_, tiene un gran
porvenir, es lo mismo que augurar los destinos del griego o del latn a
la jerga que hablan los chinos de la costa o la jerigonza de los
levantinos, verdadero volapuk sin reglas, creado por las necesidades del
comercio. Parceme que si el Sr. Abeille, a ms de tener todo el cario
que muestra por esta tierra y que creemos sincero, fuera hijo de ella,
sentira en el alma algo instintivo, que le enderezara el razonamiento
en esta materia.

Y ahora me voy a releer la muerte de Marco Aurelio, de Renn, el
discurso sobre la nobleza de las armas, de Cervantes, la pintura de
Inglaterra al terminar el siglo XVII, de Macaulay o los coros del
Adelghi, de Manzoni, para en seguida pedir al cielo conserve en nuestro
suelo la pureza de la noble lengua que hablamos, a fin de que algn da,
si no nosotros, nuestros hijos, puedan leer, de autores nacionales,
pginas como aqullas.

  1900.




EN LA TIERRA




Tucumana


La hacienda del "Arrayn" dista de Tucumn poco ms de doce leguas, esto
es, unas buenas diez horas de marcha. Al abandonar el valle es necesario
acudir a la mula o al caballo habituado a la montaa. As se asciende
lentamente, se cruzan los cuadros ms bellos que pueden contemplarse en
suelo argentino; cuadros cuyo aspecto va cambiando de carcter a medida
que los caprichos de la ruta conducen a una garganta de la que, ms que
verse, se adivina el fondo, o llevan a una cspide desde la cual se
abarca un paisaje dilatado. Jams la nieve cubri esos montes, vrgenes
del helado abrigo bajo el cual se cobija la tierra en los duros climas
del Norte. La Naturaleza desnuda, siempre alegre, viviendo sin cesar,
arroja en todas las formas su savia desbordante. A veces cuando el sol
vibra sobre ella con tal intensidad que el suelo se entreabre, la accin
generosa de los bosques que cubren los cerros como un manto real,
acumula las nubes y prepara la lluvia, que empieza en largas y anchas
gotas, se acelera, se enardece con el estruendo del trueno, se hace
frentica, cae a torrentes, amenaza, va a herir... y se disuelve en una
sonrisa de verano. El que no conoce esas fantasas del trpico no puede
darse cuenta de la vida intensa y expresiva de la naturaleza...

El "Arrayn", propiedad de don Juan Andrs Segovia, ocupaba un extenso y
lujoso valle completamente rodeado por colinas de poca elevacin que lo
defendan como una cadena de baluartes. Bien patrimonial, haba quedado
abandonado hasta 1860, a la merced de todo el que quera llevar all su
rebao vagabundo. Slo cuando la nacionalidad se constituy y que la paz
hizo nacer la esperanza, en ese momento digno de estudio en nuestro
pas, cuando el pueblo argentino, como al despertar de un largo sueo,
empez a palparse, a darse cuenta de las necesidades de la vida y a
estudiar los recursos de nuestro suelo admirable, slo entonces Segovia,
uno de los precursores en su provincia de la implantacin de la
industria que deba hacer su riqueza, comprendi el inmenso valor del
"Arrayn" y ensay un pequeo planto de caa de azcar. Poco a poco el
campo del arado se extendi y la tierra, atnita de recibir semilla de
mano del hombre, gozosa de la aventura, rindi opulenta el prstamo
parsimonioso.

Al rancho de paja sucedi bien pronto una habitacin _de material_, que
cinco aos ms tarde cedi el sitio no a un palacio, sino a uno de
aquellos vastos y cmodos edificios, sin arte ni belleza, pero que el
instinto del hombre ms ignorante sabe construir, de acuerdo con las
exigencias del clima. Sobre una pequea altura, una masa cuadrada,
flanqueada por anchos corredores y en el centro un patio enorme,
cubierto de naranjales, limoneros, palmeras, arrayanes y laureles rosa.

Del mismo modo, el viejo trapiche primitivo haba desaparecido ante la
enorme maquinaria moderna, esa maravilla de mecnica que toma el verde
tronco de la caa y lanzando el jugo que le extrae a su peregrinacin
fantstica, lo transforma en oro.

El ingenio propiamente dicho, se levantaba a trescientos metros de la
habitacin--y a su pie, una pequea aldea se haba formado, con sus
casitas limpias, cuidadas, rodeadas de rboles y flores, morada de los
ingenieros y empleados extranjeros y sus ranchos casi abiertos, hogar
transitorio del criollo. En el centro, una pequea iglesia levantaba su
campanario blanco, frente a la escuela modesta. Los dos edificios
parecan mirarse con cario en su humildad recproca; la una exiga una
fe serena y tranquila y la ciencia que en la otra se enseaba era bien
tmida para levantar la cabeza. Los peones miraban con envidia a sus
hijos ir a la escuela y pasaban largas horas de la tarde, al concluir
las faenas, hacindose ensear los insondables misterios del alfabeto
por los nios encantados de lucir su ciencia ante sus padres.

Segovia tena predileccin por su hacienda del Arrayn; no slo era la
base principal de su fortuna, sino que encontraba dulce la vida all,
rodeado de su familia y entregada el alma a esa profunda satisfaccin
moral que da la conciencia de ocupar tilmente el tiempo. Pareca que al
descender al valle, todas las contrariedades volaban de su espritu para
dar lugar a un contento sereno e igual. El da de su llegada era caro;
todos los necesitados, todos los que se haban comido anticipadamente el
beneficio de la estacin, todos los que se haban visto cortar el
crdito por el implacable pulpero, acudan a l y rara vez volvan
descontentos. Lo que le haba costado ms implantar, era el rgimen
moral. A medida que su hija Clara creca, Segovia comprenda los
inconvenientes de aquel estado social perfectamente primitivo, en el que
las teoras ms avanzadas del _free love_ americano haban recibido una
vigorosa aplicacin inconsciente. Rara era la pareja que haba pasado
por otro altar que el de la naturaleza antes de consumar su unin.
Segovia constataba que los resultados podan luchar con xito con los
productos ms cannicos de las sociedades cultas y que esos muchachos
rollizos y vigorosos, concebidos al azar de una noche de verano, bajo un
cielo estrellado y la callada proteccin de un naranjo dormido, nada
tenan que envidiar al pillete lvido de las ciudades, venido al mundo
con un pertrecho completo de sacramentos y actos oficiales. En tanto que
Clara fu pequea, Segovia sostuvo impvido su teora contra los
enrgicos asaltos de su hermana, devota combatiente, y los ms flojos de
su mujer; pero ms tarde comprendi que deba ceder y cedi. Fu
entonces que se levant la capilla y que la aldea del Arrayn presenci
respetuosa la entrada solemne del seor don Isidoro, nombrado capelln
del establecimiento y encargado de poner un poco de orden en aquel
pequeo mundo que hasta entonces haba crecido bajo la mirada directa
del Seor, sin intervencin de su santa iglesia.

Era don Isidoro un mocetn de veintisis o veintiocho aos, bien
plantado, alto, robusto y hecho a torno. Visto de espaldas, pareca un
granadero disfrazado, un hombre de accin y de pasiones. De frente, el
problema se resolva: jams una cara ms plcida, dulce, naturalmente
tranquila y alegre, haba reflejado un alma ms alejada de las
concepciones turbadoras de la vida. Inocente a veces hasta el exceso, se
salvaba siempre no slo de las dificultades, sino del ridculo mismo,
por su bondad profunda y sana. Era espaol; muy nio, vino con Su
humilde familia a Buenos Aires, se educ en el seminario y ms tarde fu
familiar de un prelado que le tom cario, le di las rdenes y trat de
ayudarle. Segovia le conoci en uno de sus viajes, ri un poco de su
inocencia, le intrig ese rarsimo fenmeno de perfecta pureza y
concluy por llevrsele a Tucumn. Al mes de vida ntima le trataba con
afeccin paternal; pero jams pudo privarse de la clsica broma que
haca poner rojo a don Isidoro y que consista invariablemente en
empezar por mirarle, analizar sus formas atlticas, suspirar y lanzar su
eterno "Qu lstima!" Don Isidoro se ruborizaba, murmuraba un "Seor
don Juan Andrs!..." y sonrea incmodo. Lo que daba lstima a Segovia,
era el desperdicio de un hombrn semejante, que habra hecho tan feliz a
una mujer y dado tan vigorosa prole.

Lo que don Isidoro cas y bautiz en los primeros tiempos, no est
escrito. Al principio quiso hacer una amonestacin por separado a cada
pareja; pero eran tantas, que al fin resolvi casar de 10 a 12 a. m. y
luego proclamar por secciones de veinte. Aunque don Isidoro tena su
casita junto a la capilla, coma siempre en la mesa de Segovia durante
la permanencia de ste en la hacienda. A ms de l, haba dos comensales
invariables: el ingeniero principal, Mr. Barclay, un americano que haba
pasado casi toda su vida en la Habana y que un mal azar de fortuna
arroj al Plata. Tena 50 aos sonados, era silencioso, trabajador y no
se le conocan sino dos pasiones: la msica y Clara, o ms bien slo la
primera, que para l se encarnaba en la segunda. Luego don Benito
Morren, espaol, maestro de primeras letras, soltero, de cuarenta aos,
rubio, descolorido, con anteojos, apasionado por la filologa, pero sin
hablar jota de francs, ni de alemn, ni de ingls, ni de nada, en una
palabra, aunque haca diez aos, segn afirmaba, que se haba entregado
al estudio de los idiomas eslavos, para empezar por lo ms difcil. Su
sistema consista en llevar un libro enorme en el que copiaba, junto a
la voz espaola, la correspondiente en bohemio, en croata, en serbio,
en rutheno, o en ruso, echando el alma en la transcripcin de los
caracteres grficos de cada idioma, sin avanzar jams en su
conocimiento. El sueo de don Benito era llegar a tener discpulos
capaces de comprender el curso de _bello ideal_, como llamaba a la
literatura, curso que pretenda dar, as que su pan intelectual hubiera
fortificado el espritu de sus educandos. Pero stos, tan pronto como
saban leer, escribir y contar, tomaban el machete y se iban a cortar
caa. Don Benito presentaba sus quejas a Segovia, quien le demostraba
pacientemente que un pen no debe jams tener una educacin superior a
su posicin en el mundo. D. Benito no se desanimaba y esperaba con calma
la explosin de un genio entre los chinitos descalzos que poblaban su
escuela. Catlico ferviente, ayudaba invariablemente la misa de don
Isidoro, con quien mantena excelentes relaciones.

Luego vena Toribio, el hombre de confianza de Segovia, capataz del
establecimiento en su ausencia, pero sin jurisdiccin sobre Barclay, rey
y seor all en sus mquinas. Toribio no coma en la mesa; pen haba
sido, pen haba quedado. Deca a Clara "nia Clarita", amansaba l
mismo los caballos destinados a su silla, se sacaba el sombrero delante
de don Isidoro o don Benito y trataba a los peones como amigos, lo que
no impeda que de tiempo en tiempo demoliera uno o dos de un puetazo.
La hacienda, durante las faenas, contaba ms de doscientos hombres entre
los cortadores de caa y los adscriptos a las mquinas, con otras tantas
mujeres y un sinnmero de chiquillos. Manejar todo ese mundo no era cosa
sencilla y se necesitaba, a ms de los puos de Toribio, su aureola de
soldado valeroso, como lo atestiguaban las medallas que luca su pecho,
en las grandes fiestas de iglesia.

Como Segovia, su mujer y Clara amaban la hacienda. No slo encontraban
all una vida de paz y tranquilidad, sino tambin aquel secreto halago
que tan profundamente han de haber sentido nuestros padres y que para
nosotros se ha desvanecido por completo, arrastrado por la ola del
cosmopolitismo democrtico: la expresin de respeto constante, la
veneracin de los subalternos como a seres superiores, colocados por una
ley divina e inmutable en una escala ms elevada, algo como un vestigio
vago del viejo y manso feudalismo americano. Dnde, dnde estn los
criados viejos y fieles que entrev en los primeros aos en la casa de
mis padres? Dnde aquellos esclavos emancipados que nos trataban como a
pequeos prncipes, dnde sus hijos, nacidos hombres libres, criados a
nuestro lado, llevando nuestro nombre de familia, compaeros de juego en
la infancia, viendo la vida recta por delante, sin ms preocupacin que
servir bien y fielmente?... El movimiento de las ideas, la influencia de
las ciudades, la fluctuacin de las fortunas y la desaparicin de los
viejos y slidos hogares, ha hecho cambiar todo eso. Hoy nos sirve un
sirviente europeo que nos roba, que se viste mejor que nosotros y que
recuerda su calidad de hombre libre apenas se le mira con rigor. Pero en
las provincias del interior, sobre todo en las campaas, quedan an
rastros vigorosos de la vieja vida patriarcal de antao, no tan mala
como se piensa...

De pie con el sol, Segovia recorra la hacienda a caballo, vigilaba el
corte, charlaba con Toribio; rara vez, al volver, dejaba de encontrar a
Clara, habituada tambin a esos paseos matinales deliciosos, en los que
el aire puro de los campos entra a raudales a vigorizar los pulmones.
Padre e hija se daban los buenos das, buscaban espacio para galopar un
momento y volvan contentos y pidiendo a voces el almuerzo. Durante el
da, Clara pona un poco de orden a sus numerosas preocupaciones de
caridad, cosa ropa para los chiquillos, visitaba a los enfermos,
celebraba conferencias con D. Isidoro, instndole para que se armara de
los rayos de la iglesia contra el pen Silvano, que beba, contra
Ruperto, que haba estado tres das ausente sin decir nada a su mujer, o
contra Santiago, que no enviaba sus hijos a la escuela. El momento de la
comida era la hora grata por excelencia. Pareca increble que la
monotona de aquella vida suministrara tanto tema de conversacin. Un
observador habra podido constatar que cada uno de los interlocutores
deca siempre la misma cosa; pero como todos se encontraban en igual
caso, nadie lo notaba. Cada uno, con la persistencia tenaz de la pasin,
pero sin salvar los lmites de las conveniencias, procuraba llevar la
conversacin al terreno grato a su alma. D. Isidoro haca un viaje al
paraso cada vez que Clara, por satisfacerle, recomenzaba la narracin
de su recepcin en Roma por el papa; Barclay daba giros de veinte leguas
para hacerle repetir sus impresiones en las peras de Wagner y D. Benito
trabajaba como un benedictino por traer a colacin el viaje a Rusia, en
el que encontraba conexiones con su estudio favorito. Clara le haba
trado gramtica y diccionarios de casi todas las lenguas eslavas; el
da que los recibi, don Benito sinti un nudo en la garganta, rompi a
llorar y estuvo a punto de caer a sus pies. Desde entonces miraba a
Clara con una veneracin profunda.--Despus de comer, Segovia haca su
eterna partida de bsigue con su mujer, sta asesorada por D. Isidoro y
su marido por el maestro de escuela. Barclay ocupaba su silln no lejos
del piano e inmvil, silencioso, oa con recogimiento a Clara, asombrado
de encontrar bello todo lo que tocaba, sin darse cuenta muchas veces de
que Clara tocaba precisamente lo que l encontraba bello.

       *       *       *       *       *

Esa noche, la alegra general producida por los huspedes queridos,
haba determinado una fiesta magna.

Los dos amigos, de regreso de su largo paseo, encontraron en el corredor
sobre el que daban las ventanas del saln, tranquilamente sentado, al
capataz Toribio, en actitud de paciente espera.

--Hola, amigo, qu hace por aqu? dijo Pepe.

--Nada, Doctor; la nia Clara me ha dicho que Don Benito va a tocar el
_paine_ y he venido a ver cmo es.

Todo estaba ya organizado en la sala cuando los dos amigos entraron.
Clara al piano, a su lado su prima Mara, llegada esa maana con los
huspedes; Barclay en posesin de su silln, Segovia, la seora y el
cura al lado de la mesa de bsigue, pero sin jugar--y en la pieza
contigua, sin duda D. Benito, porque se oa a cada instante una voz que
deca "Ya?", como si se tratara de hacer partir a un tiempo diez
caballos o de disparar las armas en un duelo. En las ventanas que daban
al patio, una multitud de cabezas, cubiertas de pauelos de colores,
dejando escapar trenzas de cabello negro como el bano y cubriendo
fisonomas sonrientes e iluminadas por ojos llenos de vida. Eran las
_chinitas_ que se haban aglomerado para oir tambin a D. Benito _tocar
el paine_, invencin de Clara, a falta de otro instrumento; todo aquel
pequeo mundo estaba alborotado por esa prodigiosa aplicacin de tan
humilde utensilio.

--Es la primera vez que el pblico hace esperar a los artistas, dijo
Clara. Vamos, colquense Vds. bien y preprense a gozar. Atencin D.
Benito!

--Ya! grit el aludido desde la regin ignota donde procuraba
convertirse en eco lastimero.

--No, hombre! Oiga bien el piano y entre en el acorde que le hemos
indicado.

--Perdn! dijo D. Benito asomando la cabeza por la puerta del cuarto y
teniendo en las manos el famoso peine envuelto en papel de seda.
Perdn! Pero no sera posible hacerme saber por algn medio visible,
cul es el acorde indicado? Hay muchos que se parecen y me puedo
confundir. Adems, de donde me han puesto no alcanzo a verlas y...

--Pero no le queda el odo? Todos los eslavos son msicos de
nacimiento, seor Morren, y usted, por simpata, debe tener odo.

El argumento pareci convencer a D. Benito, que desapareci asegurando
que pescara el acorde.

Clara dibuj la meloda en el piano y Mara empez el triste recitativo
de la serenata de Braga con su vocecita dbil pero afinada y simptica.
Todo el mundo haba hecho silencio y el pblico menudo de la ventana
retena el aliento para no perder una nota. En el momento oportuno,
justo despus del acorde indicado, D. Benito, puntual bajo la excitacin
hecha a su honor panslavista, rompi denodadamente el fuego con bastante
precisin.--La cosa no era muy fcil, porque la voz llevaba una meloda
y el piano acompaaba, mientras D. Benito deba esgrimirse por su
cuenta, concurriendo con el elemento principal al conjunto. Haba
empezado bien; pero en el cambio de tono, le era necesario llegar a un
_si_ bemol que haba sido uno de los primeros obstculos en el ensayo,
hasta que Mara consigui hacer apretar los dientes al pedagogo sobre la
parte unida del peine y llegar as, por un esfuerzo que las venas del
cuello revelaban, al _si_ bemol deseado. D. Benito, todo a su tarea,
apret con tal frenes, que la nota sali vibrante, no muy justa, pero
potente de sonoridad.

--_Mir el paine!_--exclam Toribio sin poderse contener, con medio
cuerpo dentro de la ventana.

Todos soltaron la carcajada, Mara la primera, que interrumpi el
canto--Toribio se puso como una flor de amapola, y no sabiendo qu
hacer, sonri humildemente, mientras D. Benito asomaba la cabeza con
aire agitado, preguntando:

--Me he equivocado?

--Al contrario, seor Morren, merece Vd. un bravo, dijo la seora. Ha
sido un acceso de entusiasmo en el pblico.

--_Da capo, da capo!_--grit Pepe.

La serenata, por fin, se ejecut a la satisfaccin general, sobre todo
del maestro de escuela que, agobiado por las felicitaciones y
vislumbrando un porvenir de gloria, pregunt a Mara muy seriamente si
no haba msica escrita para el peine. La alegre criatura le asegur que
s, prometindole hacer venir la partitura de una pera de Rubinstein,
transcripta para ese amable instrumento.

Luego vino el esperado duo de D. Juan, por Mara y Barclay. Barclay
conoca la msica y all en sus tiempos deba sin duda haber cantado. La
verdad es que, con su voz sin timbre, pero sumamente afinada, supo dar
al "la ci darem la mano" una expresin tan caracterstica y personal,
que Carlos lo mir asombrado. Algo le revelaba que en aquel corazn
silencioso y solitario pasaban cosas que la calma aparente de la vida no
dejaba ver. La msica es el lenguaje universal de todo lo que siente y
sufre; ella sola puede traducir con la vaguedad necesaria para no
profanarlos, los sentimientos ms ocultos y profundos que se mueven en
el fondo del alma humana. Adems, Mozart tiene este rasgo
caracterstico, que la excelencia de su interpretacin no depende
exclusivamente del arte, sino de la inteligencia. A un artista sin
talento se le puede ensear bien una pera cualquiera, siempre que tenga
voz y sepa usarla. Eso no basta para Mozart o mejor dicho, Mozart, el
nico, puede pasarse de esos elementos. Fuera de Faure, a nadie he odo
la serenata de D. Juan como a un hombre de mundo, casi sin voz, que la
murmuraba de una manera exquisita para las ocho o diez personas que
rodeaban el piano...

As corran las noches en la alegra, como los das en la serenidad.




La primera de "Don Juan" en Buenos Aires


Despus de un largo eclipse, nunca completo, pues tras la penumbra
brillaba siempre la tenue luz que muchos recordaban como una fuente
deliciosa de vida y armona, reaparece en el cielo el astro soberano en
su calma serena y transparente.

De dnde viene el _engouement_ actual por Mozart? En primer lugar, de
la pobreza de la produccin contempornea y luego por su eterna belleza.
Mozart no ser olvidado jams, y mientras la raza humana persista,
continuar fascinndola. En resumidas cuentas, Mozart, Beethoven,
Wagner. Todo lo dems son _poetae minores_, muy apreciables, pero que al
lado del tro majestuoso, gravitan como partculas siderales
innominadas.

Pero a mis ojos, Mozart se mantiene, persiste y triunfa, precisamente
por la ausencia de algunos de los caracteres que le han sido
generalmente atribudos por la mayor parte de los escritores--y son
legin--que de l se han ocupado. Todos sabis que hasta hace diez o
doce aos, para el vulgo, msica alemana era sinnima de obscuridad, de
impenetrable profundidad, de ciencia abstrusa reservada nicamente a los
iniciados, destinada a no ser comprendida jams por el buen grueso
pblico, a quien gusta salir del teatro tarareando los motivos de la
pera que acaba de oir. Recuerdo que en uno de los novelones de Prez
Escrich, ese ilustre predecesor de Onhet, que hizo la delicia de
nuestra infancia, dos personajes conversan al salir del Real de Madrid,
antes de ir al Caf Fornos, que para Escrich era el _summum_ de la
elegancia. Han odo... el _Fausto_, de Gounod, y uno de ellos,
dilettante apasionado y con autoridad en la materia, declara que el arte
musical morir a manos de esos armonistas maldecidos, que desprecian la
meloda y les da por hacer msica _sabia_ e incomprensible. Y se trataba
del _Fausto_!

As, cunto se ha dicho de Mozart, de la profundidad de su concepcin,
de lo intrincado de su manera y de la preparacin especial que se
requiere para entenderlo! Y, sin embargo, es el mayor portento de
claridad, de nitidez cristalina que la historia del arte registra. Pero
a su maravillosa facilidad, al espontneo torrente de meloda que brota
de su cerebro, se unen dos condiciones tan raras, que han hecho de l el
nico y el inimitable: su instinto dramtico, en primer lugar, que le
permite, con sin igual soltura, traducir la situacin, y en segundo, la
elegancia, la distincin suprema de su meloda. Se le acusaba de haber
puesto la estatua en la orquesta y el pedestal en la escena. Es que fu
de los primeros en comprender que una batalla debe darse con todas las
fuerzas de que se dispone y utiliz los pocos instrumentos con que
contaba, fundindolos con las voces, abriendo as esa va luminosa que
Wagner deba recorrer triunfalmente hasta agotarla.

Es esa la maravilla del _Don Juan_; el drama est en la msica ms que
en la palabra y pienso que hasta sin el juego escnico, se necesita ser
muy lego en la materia para no sentir y comprender la intencin de la
frase musical y no adivinar, tras las melodas que Mozart hace cantar a
su hroe, el alma voluptuosa, ligera y escptica del seductor...

Pobre _Don Juan_! No hay cuaderno de pequeas melodas para el primer
ao de piano, que no contenga, transcriptas con una ingenuidad de
deletreo, el "_la ci darem la mano_", el "_Deh! vieni a la finestra_",
el minuet "_signore maschere_" y el rond de Zerlina. Lo mismo pasa con
Virgilio: nos lo hacen _annoner_ en la infancia, le tomamos horror y no
lo volvemos a abrir en la vida, sin darnos cuenta que el magnfico
poema, ledo sin obligacin, es una de las fuentes ms puras en la que
el espritu humano puede encontrar la belleza.

Y a propsito de _Don Juan_, se agolpan a mi memoria recuerdos lejanos
que me es grato saludar, como a una evocacin de muchos seres queridos
que reposan para siempre.

Hace veinticinco aos o ms, Ferrari[11], esa columna lrico-argentina,
sin sospechar an los altos destinos a que su estrella le llamaba, haba
saltado, con ms audacia que capital, del modesto saln de la Sociedad
Filarmnica que haba fundado, al escenario del Coln. Lo que haba
determinado de vocaciones musicales esa Sociedad Filarmnica, no es
decible. Como todas las coristas eran nias de las principales familias
de Buenos Aires, los coristas, naturalmente, se reclutaban entre la flor
de la juventud portea. Se cantaban, en los conciertos, piezas
concertadas o, como decan los pocos tcnicos aficionados, _tuttis_.

     [11] Aun viva el buen maestro cuando fueron escritas estas lneas.

Pero haba un antagonismo de criterio respecto a la colocacin, entre
Ferrari y sus artistas. El maestro quera que los tenores se colocaran
detrs de las sopranos, los bartonos de las mezzo y los bajos de las
contraltos. Tena, es cierto, la conciencia ancha y cuando se lo peda
con buen modo, algn tenor enamorado, consegua que declarara soprano, a
una modesta aficionada que trepaba a duras penas tres escalones. As,
recuerdo que un da apareci en los salones del Coliseo, para un ensayo,
un ex alfrez "largo, lampio y un poco desgoznado"[12], me pidi que lo
presentara a Ferrari, porque quera tomar parte en el coro.--Qu voce
a?--No s.--Allora, come si fa?--Esprate. Consult al amigo, quien,
despus de averiguar que una morochita que le interesaba era soprano, se
declar tenor. Ferrari, un poco desconfiado, debo declararlo, le coloc
detrs de la sopranito codiciada. El ensayo empez; se trataba nada
menos que del final del tercer acto de la _Traviata_.

     [12] As se ha dibujado l mismo, "Treinta aos despus", en la
     deliciosa pgina que lleva ese ttulo y que public "La
     Biblioteca".

Astengo, un corredor de seguros que le jugaba msica para colocar
plizas, haca de Alfredo, mientras una nia rubia, simptica, con una
voz deliciosa y verdadero talento artstico[13], tena el papel de
Violetta. Nosotros, el coro, los seores y damas sin importancia,
repetamos hasta el cansancio una sola frase: _Quanta pena fa al cor!_
Pero haba que colocarla a tiempo, por lo menos. Esa pena profunda que
sentamos por la desgracia de la Traviata, debamos expresarla
oportunamente. Pero apenas sta haba lanzado su _Alfredo, Alfredo!_, mi
amigo, aprovechando el momento en que Violetta tomaba aliento para
aadir: _di questo core_, etc., lanz un _quanta pena fa al cor_, tan
extemporneo, tan anacrnico, que Ferrari se sinti mal, di un
batutazo formidable, y dirigindose a m, que baritoneaba en un rincn,
rugi agitando los brazos: _ma fa tacere questo pero!_ En aquella poca,
Ferrari no poda decir _perro_. La escena concluy por una transaccin:
mi amigo continuara siendo tenor, pero sin cantar, _tenor seco_, como
le llambamos.

     [13] La seorita Genoveva Amadeo.

Cuando Ferrari tom la direccin del Coln, no le dejbamos vivir,
pidindole que abandonara el viejo repertorio italiano y nos hiciera
conocer a Mozart, a Weber y Meyerbeer. Lo primero que conseguimos de
este ltimo, fu _Roberto el Diablo_; la impresin fu colosal y el
xito lucrativo para Ferrari. El oa un poco entonces esa nueva msica
con un airecito escptico y creo que an hoy, en el fondo, sus gustos
son los de su juventud. Pero, en fin, nuestro consejo haba sido bueno,
le ayudbamos cuanto nos era posible en la prensa, en la propaganda
social y en aquellas agarradas musicales del Club del Progreso, que
hacan poner furioso al pobre don Juan Carranza, en su eterno bezigue
con Adolfo Alsina, su vctima ordinaria.

Tenamos entrada franca entre telones y ayudbamos a bien morir a Lelmi,
en el _Ballo in maschera_, bajo el disfraz del ltimo acto. Recuerdo que
Adrin Arana quera salir una noche, de casco y barba postiza, con una
escopeta de dos tiros, a cazar hugonotes en el ltimo acto de la pera
de Meyerbeer, que ahora se suprime siempre y que tiene un hermossimo
terceto. Era ntimo amigo de un corista que se colocaba al lado de la
_avant-scne_ en que estaba Adrin y cantaba slo para ste, que le
aplauda con frenes, en la esperanza, segn deca, de presenciar alguna
vez el estallido de la vena yugular que, all por el _si_ bemol, tomaba
proporciones de cable en el pescuezo del corista... Esa _avant-scne_!
Eugenio Cambaceres, con el atractivo de su talento, de su gusto
artstico, de su exquisita cultura, de su fortuna, de su aspecto fsico,
pues todo lo tena ese hombre que pareca haber nacido bajo la
proteccin de un hada bienhechora, era el jefe incontestado. Luego vena
_Patroclo_, el insigne Patroclo, senador por Jujuy, _s'il vous plait_,
chiquito, tieso, duro, malsimo, que no poda vivir sino entre nosotros.
En seguida, Icaza, el _gallego_ Icaza, flaco, tenue, impalpable,
exuberante, lleno de grandes designios, siempre irrealizados, el msico
tcnico de la compaa, anunciando eternamente un trabajo, alguna
crtica de arte, en la que pondra las peras a cuarto y cantara las
verdades al hijo del sol, pero que nunca veamos. De los vivos, a qu
hablar? Viejos magistrados unos, _fruits rats_ otros, buenos padres de
familia los ms, todos vamos siguiendo, con semblanza de conciencia,
esta cmica ruta cuyo final no est lejos...

Pero vuelvo a mi _Don Juan_, y si en el camino me extravo por momentos,
mirad esos _zig-zags_ con indulgencia, porque me traen recuerdos de la
nica poca realmente feliz de la vida... Habamos, por fin, resuelto a
Ferrari a poner en escena la anhelada pera, aprovechando la contrata de
no s qu bartono italiano que cantaba bien y traa trajes pasables.
Ferrari se haba defendido con energa. _Ma come si fa? Cinquanta mille
pezzi de decorazione!_ (de los chicos, de entonces, pero que se estaban
quietos, sin subir ni bajar). _Se  un fiasco, come si fa?_ Para
destruir esa poderosa argumentacin empleamos todos los recursos
imaginables, y Ferrari, que al fin y al cabo, es el hombre que nos ha
hecho conocer el teatro lrico casi entero, cedi a nuestra instancia,
los ensayos comenzaron y nos pusimos en campaa. Se trataba, como era
natural, de hacer conocer la obra de Mozart, en un artculo magistral,
que arrebatara los sufragios del pblico y que llenara, desde la primera
noche, la vasta sala del Coln, tan llorada por todos los que a ella
tenamos vinculada nuestra juventud y nuestra alegra. Quin haba de
ser el designado para llevar a cabo la magna obra? Icaza, naturalmente,
como en el grupo de Pickwick, todo lo que se refera al amor tena su
representante titular. Con tres meses de anticipacin, Icaza acometi la
empresa. Pasaba tres o cuatro horas encerrado, produca uno o dos
prrafos, los cepillaba, los limaba, les meta unas puntitas, que l
llamaba horadadoras, y cuando le preguntbamos, con cierta reserva y
misterio: "Y aqullo, anda?", nos contestaba, ms que con la palabra,
con la expresin, porque ms que cara, tena fisonoma: "Tente tieso y
ello ser." Viva en su artculo y hasta haba cesado de hablar de una
morena, ms fea que una crisis, que le tena sorbido el seso. Por fin, a
los tres meses, lleg una noche al teatro, con aspecto fatigado, pero
radiante, colg su sombrero, y en su lenguaje apocalptico no dijo sino
estas palabras: "Abur y la de vmonos!" Eso significaba, claro como el
cristal de roca para nosotros, que haba terminado su artculo sobre
_Don Juan_. No hubo medio de que nos lo leyera; ruegos, amenazas de
pisotn (lo que ms tema fsicamente en el mundo), todo fu intil.

Sin vacilacin, todos resolvimos que el artculo se publicara en la
_Tribuna_. La _Tribuna_ era el diario a la moda, el nico, el
indispensable. Cortado y dirigido, instintiva e inconscientemente, en el
sentido de las preocupaciones porteas, tena una autoridad absurda,
pero incontestable, y ha sido necesario todo el talento comercial de los
Varela, para haber dejado agotar esa fuente de fortuna. Lo diriga
entonces, como un jinete, con espuelas y sin riendas, puede dirigir un
caballo, Hctor Varela, que acababa de llegar de Europa con la aureola
del discurso de Ginebra que no haba pronunciado. Para l, artculos de
fondo, informacin poltica y financiera, todo eso era secundario; toda
su atencin se concentraba en dos folletines que aparecan diariamente,
algo como unos _Misterios del Paraguay_, con Madama Lynch por
protagonista, y las _Cosas_, de Orin, que l redactaba bajo ese
pseudnimo. La novela ofreca pocas dificultades; Hctor haba escrito
los dos o tres primeros folletines y una buena maana se haba cansado;
como el regente (oh vasto, redondo y solemne don Saturnino Crdoba, te
saludo al pasar!) le pidiera materiales, tom la primer novela que le
cay a mano, la abri al azar, encontr un dilogo, le meti tijera y lo
entreg a la composicin. Los lectores (tena y muchos) se agarraban la
cabeza, no entendan una palabra, pero esperaban pacientes que aqullo
se aclarara ms tarde. Esa publicacin, en esa forma, dur meses
enteros, y lo que es ms colosal, el primer tomo apareci, se vendi y
debe an adornar alguna biblioteca.

En cuanto a las "Cosas", all caba cuanto Dios cri. _Virutinjis_,
felpas, reclamos, bombos, anuncios, sablazos, disimulados o no,
transcripciones, cuentos, ancdotas, versos, cuanto es posible imaginar,
todo bajo la firma de Orin.

Nuestro buen Icaza puso en limpio su artculo magistral, en buen papel,
tinta negra y letra clara y se lo llev solemnemente a Hctor, que
entenda de msica como de cualquier otra nocin racional. Este se lo
recibi, agradeci al compadre Icaza (todo el mundo era compadre de
Hctor, no s por qu) su valiosa colaboracin y le pidi que esa misma
noche fuera a corregir las pruebas. Icaza no falt por cierto, espulg
su prosa, teniendo por oidor al ato Montes de Oca, de todos los errores
de caja, y luego se nos present en el teatro, ms misterioso que nunca.
"Maana y a callar!", nos dijo. Preparamos el alma a las grandes
emociones, advertimos a Ferrari, nos fuimos al Club, en donde, de mesa
en mesa, propalamos la buena nueva y a la maana siguiente, nos
despertamos al alba para pedir la _Tribuna_. En vano la recorramos
desde la cruz a la fecha: ni sombra del artculo de Icaza! Por fin, se
me ocurre echar una mirada sobre las "Cosas" de Orin. Lo primero que
leo es lo siguiente: "El buen gringo, mi compadre Ferrari, va a dar el
Don Juan, de Mozart, ese alemn de rechupete, en el teatro Coln". En
seguida, sin ttulo ninguno, como consecuencia de esa frase
trascendental, el artculo de Icaza, menos la firma. Al final, este
parrafito, dedicado a Ferrari o a Mozart, el texto es confuso: "Ah,
gringo lindo!" Luego la firma: Orin.

Me vest de prisa y corr a casa de Icaza; un sirviente gallego me
recibi, trastornado: "El seorito me pidi los diarios a las 7, en
seguida le di un ataque y ah est sin sentido; le han puesto
ventosas!"

  1897.




En el fondo del ro[14]

     [14] Este fragmento, as como los dos titulados "De cepa criolla" y
     "A las cuchillas", formaba parte de un estudio de nuestra
     sociabilidad en aquel momento, que empec a escribir en 1884. Ese
     trabajo ha quedado definitivamente sin concluir porque esas cosas,
     cuando no se publican de primera intencin, dan ms trabajo para
     corregirlas, que para escribirlas de nuevo. Si publico aqu esos
     fragmentos, es porque pueden leerse sin que choque su incoherencia,
     refirindose cada uno a un cuadro o a un asunto particular.


El ltimo da de cuarentena tocaba a su trmino. Haba a bordo un
bullicio inslito. El piano, golpeado con ms rigor que en las
melanclicas noches de la ltima semana, exhalaba sus quejidos speros
con tal buena voluntad, que se crea adivinara prximo el momento del
reposo. Se haba instalado un _nueve_ animadsimo en una de las mesas
del comedor y los maltratados en la travesa trataban de rehacerse,
tentando la suerte del ltimo da, postrera esperanza, engaosa como
todas. Un coro de seoras, un tanto enrojecidas por la labor interna de
la digestin, rodeaban el piano, donde una esculida criatura de veinte
aos bata las teclas sin piedad, mientras su hermana o algo as, soaba
en voz alta, ms o menos afinada, con bosques sombros, claros de luna,
citas de amor y mal de ausencia. Los corchos de cerveza y limonada
gaseosa, con su falso ruido de champagne, saltaban a cada instante. Los
sirvientes, al pasar, solan poner la mano en el hombro a algunos
pasajeros y les deseaban, con un aire de superioridad incontestable,
buena suerte en el piquet.[15]

     [15] Debe recordarse que en los vapores franceses ("Messageries
     Maritimes"), los pasajeros de 1. y 2. clases, viajan
     confundidos.

Arriba, sobre el puente, la luna, el espacio tranquilo, el Plata
dormido, meciendo sus olas pequeas y numerosas, que se extinguan sin
rumor contra los flancos del navo. A lo lejos, al frente, en el confn
del horizonte, una faja rojiza tenue, como el resplandor lejano de un
incendio, visto a travs de una atmsfera cargada de vapores leves. A la
derecha, tambin distantes, los faros de las costas y la imperceptible
raya negra que el espritu adivinaba ms de lo que los ojos vean. En
medio del ro, vasto como un mar, multitud de luces que oscilaban
lentamente en lo alto de los mstiles. De tiempo en tiempo el eco triste
de una campana que daba las horas, como si recordaran al que soaba
sobre el puente que aun en el seno de esa paz silenciosa, la vida corra
y las tristezas con ella.

Estaba solo en cubierta, tendido sobre un banco, el brazo apoyado sobre
la baranda y la cabeza sostenida en la mano. La luna baaba de lleno su
rostro de facciones regulares, joven aun, pero fatigado. Miraba al astro
velado por la niebla ligera con la persistencia de los soadores y la
vaga expresin de sus ojos anunciaba que su alma recorra el pasado.

Las horas corran as, lentas e iguales. En el comedor se haba hecho el
silencio; a popa, un grupo que hablaba en voz baja, slo revelaba su
presencia por el intermitente resplandor de los cigarros.

Varias veces ya un hombre haba aparecido en lo alto de la escalera que
daba al puente y luego de mirar con inters carioso al joven inmvil
haba descendido. Al fin, en una de sus ltimas subidas, se acerc
suavemente con un plaid en el brazo y lo tendi al joven, dicindole en
francs con respetuoso acento:

--La humedad de la noche puede hacerle mal, seor. He trado este
abrigo, por si el seor piensa no recogerse todava.

--Gracias. No descender an; no podra dormir. Trigame un poco de
cognac con agua y cigarros.

El criado reapareci un momento despus, el joven encendi un tabaco, se
envolvi en la manta y qued mirando con una expresin de cariosa
tristeza a su servidor.

--Maana concluye la cuarentena, Pedro.

Pedro se inclin.

--Y empiezan los das amargos de que le he hablado, aadi el joven
sonriendo.

--Yo estoy bien en todas partes donde el seor quiera tenerme consigo.

--S, pero usted no conoce la vida de nuestros campos, sobre todo a
donde vamos. Es el desierto, la soledad y el silencio constantes. Tendr
Vd. poco o nada que hacer all y el fastidio puede engendrar la
nostalgia. Le repito, pues, mis palabras de Pars: no hay compromiso
ninguno entre nosotros. En el momento en que lo desee, regresar Vd. a
Europa o se instalar en Buenos Aires, a su eleccin.

--El seor es siempre bondadoso conmigo; slo le pido que me lleve
consigo donde vaya y que me acepte a su lado mientras mis servicios le
sean tiles.

--Bien, bien; tenemos tiempo de hablar. Prepare todo para descender
maana temprano. No ha habido nuevos curiosos?

--No, seor; desde Ro me dejan tranquilo.

El joven hizo un gesto de fastidio mientras el criado se retiraba. El
hecho es que desde Burdeos haba vivido a bordo en una acechanza
constante, en una insoportable persecucin de la curiosidad ajena. Su
retraimiento sistemtico, sus respuestas monosilbicas, dadas con
glacial correccin a los que intentaban abrir charla con l, su silencio
en la mesa, el imperioso deseo de soledad que revelaba su aspecto, le
haban sealado al mundo de a bordo como un personaje original,
orgulloso primero, enigmtico despus, sospechoso ms tarde. Entre los
pasajeros haba pocos argentinos; la mayor parte eran familias de
extranjeros radicados en el pas y sin contacto con la alta sociedad
portea. As, haba duda hasta sobre el nombre del joven, que figuraba
en sus maletas, en la lista de pasajeros, que no importaba misterio
alguno, pero que el deseo de crear historias rodeaba de sombras en el
nimo de esa buena gente. No pudiendo sacar nada del amo se di el
asalto contra el criado, llevando la voz los que hablaban francs,
porque Pedro no entenda una palabra de castellano. Pero o Pedro tena
un natural poco comunicativo o cumpla instrucciones terminantes, el
hecho es que tres o cuatro respuestas secas, dadas con su aire de
ceremonia, pusieron en derrota a los ms audaces.

Slo se supo a punto fijo que el joven se llamaba Carlos Narbal, que
perteneca a una distinguida familia de Buenos Aires, que tena fortuna
y que haba estado muchos aos ausente. Y esto, gracias a tres o cuatro
_cocottes_ que venan a Ro contratadas para el Alczar, segn decan,
que se daban suntuosos aires de artistas, pero que el comisario de a
bordo, que deba conocerlas a fondo, amenazaba con enviarlas a perorar
_sur le gaillard d'avant_ cada noche que el alboroto promovido por las
ninfas se haca insoportable. Cuando se les pas el mareo del golfo y
entrando a las aguas ms tranquilas del Ocano empezaron a recibir los
galanteos de la gente de a bordo, que en general ofreca poco porvenir,
sus miradas no tardaron en dirigirse sobre Carlos, cuyo aspecto auguraba
un hombre de mundo. Si en alguna parte las mujeres tienen conciencia de
su fuerza es indudablemente sobre la cubierta de un buque. Caras que no
se han percibido en el momento del embarque, adquieren cierto atractivo
a los ocho das de navegacin, y a los quince, a menos de ser unos
monstruos, pasan con facilidad por bellezas acabadas. El fenmeno se
produce a favor de un sinnmero de circunstancias, de las que cuentan en
primera lnea el aire vivificante del mar, la fuerte alimentacin, la
inaccin forzosa y la ausencia absoluta de puntos de comparacin. Pero
todo eso pareca hacer poco efecto sobre el hombre nico tal vez que no
haca avances. El repertorio estaba agotado, las miradas tiernas, la
pantalla cada a propsito, el "_Mon Dieu, qu'il fait chaud!_" en los
trpicos, el insinuante y audaz "_est-ce que vous connaissez Rio,
monsieur?_", todo el arsenal de escaramuzas femeninas. Una de ellas, ms
_crne_ que las dems, haba hecho jugar la gruesa artillera y una
noche, antes de llegar a Baha, cuando ya haca rato que haban sonado
las doce y que los corredores estaban desiertos, se entr sencillamente
al camarote que ocupaba Carlos, que a causa del calor haba dejado slo
la cortina corrida. Carlos, que no dorma, se sent en la cama. Entonces
una voz queda, pero muy queda, cuya entonacin procuraba infiltrar la
persuasin de que los vecinos no se despertaran, murmur: "_Pardon,
monsieur, je me suis trompe de cabine_". Carlos refunfu algo, se dej
caer sobre el lecho y la poco orientada artista declar al da siguiente
que aquello, con el aspecto de un hombre, y _mme pas mal_, no era tal.

Luego, el aislamiento, las largas horas pasadas con los libros amigos,
con el Dumas que no cansa y que se relee con el placer que da la
evocacin de las impresiones de la primera lectura, los buenos y sanos
libros de historia, las revistas cientficas, las narraciones de viaje
que llevan el espritu a regiones remotas. Y por la noche el panorama de
los cielos llenos de estrellas, del mar que las refleja con cario, de
la estela que se desvanece lentamente como un sueo, la blanca espuma
que se apaga murmurando, la caprichosa fosforescencia de las aguas que
se abrillantan por instantes como el espritu del que sufre, con un
reflejo de esperanza, para caer en seguida en la sombra...

La ltima noche, pero frente a la patria, cuyo amor se levanta
esplndido sobre todas las ruinas morales. Ah estaba; bajo el
crepsculo incierto del horizonte, dorma la ciudad madre, cuna de su
cuerpo, nodriza de su alma, fuente tambin sin duda de todas las
amarguras de su vida. Miraba, miraba intensamente el reflejo lejano y a
medida que su espritu lea el pasado en la memoria, sus ojos se
impregnaban de lgrimas o adquiran una dureza de acero. Luego pasaba la
mano por la frente y quedaba inmvil.

Un dolor profundo o un error inmenso pesaba sobre el alma de ese hombre;
o se haba estrellado contra una desventura sin remedio, de las que
rompen la armona interna y velan el porvenir o bajo un fastidio
colosal, el origen de su mal se haba desenvuelto e invadido todo el
ser moral.

Quin, quin sabe las ideas que pasan por el cerebro de un hombre joven
que suea bajo los vientos dormidos, sin ms horizonte a su mirada que
las aguas silenciosas y montonas?...

La campana de proa daba las dos de la maana, cuando el criado avanz
resueltamente y con cierto aire de autoridad y un "_Je vous en prie,
monsieur_" insistente y suave, pidi a Carlos que se recogiera. El joven
descendi; la luna continuaba brillando a travs de la niebla hmeda que
se aumentaba por momentos, el crculo amarillento que la rodeaba se
extenda y las aguas comenzaban a moverse con ms rapidez en la
superficie del estuario inmenso.

A la maana siguiente, al alba, la inquieta expectativa del desembarco
animaba todo el mundo. Pareca que la felicidad, abiertos sus cariosos
brazos, esperara en tierra a los que tanto ansiaban pisarla. La mayor
parte, sin embargo, iban a cambiar la vida libre de a bordo con la
exigua existencia detrs de un mostrador o la ingrata tarea del
jornalero. Los trajes nuevos haban hecho su aparicin; por todas partes
cajas de sombreros, jaulas con antipticos loros dentro, maletas de
viaje, gorras, bultos.

Por fin llegaron los vapores de desembarco, se llenaron las formalidades
sanitarias y pronto el buque qued slo con su tripulacin y all en la
proa, los emigrantes apiados, mirando con ojos de ingenua curiosidad
cuanto pasaba a su alrededor y sintiendo pesar sobre su alma esa
impresin de abandono que gravita sobre el extranjero al pisar por
primera vez las playas de una tierra desconocida. Pronto la atmsfera
fcil y cmoda de nuestra patria iba a borrar la nube de tristeza e
iluminar la vida de esos desgraciados con las perspectivas de un
porvenir seguro.

Carlos haba bajado sencillamente en el vapor de la agencia, seguido de
Pedro, silencioso siempre y grave en su levita abotonada hasta el
cuello. Cumplidas las formalidades de aduana, Carlos hizo avanzar un
carruaje y media hora despus se encontraba alojado en un cuarto del
hotel de Provence. A su llegada se le haban entregado cinco o seis
cartas, que en ese momento lea con atencin. Una de ellas, tres
renglones escritos con una letra de una pulgada y con una ortografa
capaz de hacer rugir de espanto a un acadmico espaol, pareca haberle
causado viva satisfaccin. Traducida, deca as:

     "Desde el martes estoy con los caballos en el Azul, esperndole."

  _Tobas_.

Las otras cartas eran puramente de intereses, cuentas, etc.

Carlos comi solo en su cuarto y al caer la noche encendi un cigarro y
sali, despus de indicar a un sirviente hiciera acompaar a Pedro al
teatro Variedades.

Carlos tom la calle de Reconquista, lleg a la plaza, la cruz
diagonalmente, entr por Victoria hasta Per, di algunos pasos a la
derecha, pero, retrocediendo, tom resueltamente hacia la izquierda. A
cada instante, a pesar de la confianza que tena en no ser conocido, por
el cambio completo operado en su fisonoma en los ltimos cinco aos,
ocultaba el rostro al pasar junto a alguna de sus antiguas relaciones.
Iba agitado por el tumulto interior de sus sensaciones; ech una mirada
vaga a los balcones iluminados del Club del Progreso, sus ojos se
llenaron de sombras, inclin la cabeza y sigui marchando lentamente.
As vag cuatro horas, detenindose en un punto, mirando con atencin
una casa, impregnando la mirada con el espectculo de la ciudad que
tanto haba querido y en la que marchaba hoy como un desconocido. A las
11 de la noche se encontraba en el Retiro, frente al ro sereno y
resplandeciendo bajo la luna. Uno que otro carruaje volva de Palermo o
tomaba la calle de Charcas; a veces una explosin de alegra llegaba a
odos del solitario.

Bien solo, por cierto. Esa alma deba estar enferma, rendida por una
lucha sostenida tal vez sin energa, pero no por eso menos agobiadora. Y
as, marchando en los sueos ntimos, lleg tristemente a su hotel, se
tendi en un sof, tom un libro que pronto cay de sus manos y qued
inmvil, con la mirada fija en el techo. Su cara fu perdiendo la
expresin adusta, sus ojos se llenaron de lgrimas y un sollozo ahogado
pas por su garganta. La reaccin fu violenta, se puso de pie, enjug
el rostro, sonri con desprecio de s mismo, se pase largo rato por la
pieza y luego llam a Pedro.

--El tren sale a las 7, Pedro. Que todo est pronto.

Luego se acost y empez para l el infierno cotidiano de los que han
perdido el dulce sueo reparador de la vida...

Corra el tren por los campos iguales y montonos. En el vagn que
ocupaba Carlos iban dos o tres personas desconocidas entre s, lo que no
impidi que a partir del almuerzo trabaran una larga conversacin sobre
los temas eternos de la vida de campo, la lluvia que haca falta, porque
los pastos estaban flojos, el cardo que tardaba, las barbaridades de los
jueces de paz de los partidos respectivos a que pertenecan los
viajeros, y por fin, la poltica, vista al microscopio, las profesiones
de fe grotescas, una estrechez de espritu inconcebible. Carlos oa con
cierta atencin la inspida charla; como los campos que atravesaba le
traan la perdida nota impresional de la patria, as el palabreo que
llegaba a sus odos haca revivir en su memoria el mundo normal en cuyo
seno pas su juventud. Luego sus ojos se perdan en la dilatada llanura,
extensa como el mar y como l generadora de tristezas.

Pedro, solo y grave en un vagn de 2., miraba con asombro nuestros
campos, buscando en ellos el cultivo, la subdivisin, el canal de riego,
el bosque, el aspecto europeo, en una palabra. Una sensacin indefinible
le oprima y a veces sacaba la cabeza por la portezuela, ansioso, en la
expectativa de un cambio que no se produca.

Por fin, a la cada del da, el tren lleg al Azul; Carlos se dirigi a
la posada. En la puerta del gran patio donde llegan las diligencias,
carruajes y gente de a caballo, se encontraba un hombre recostado en un
poste. Tendra de cuarenta a cincuenta aos; alto, delgado, barba
canosa, ojos negros serenos. Su traje era el de nuestros gauchos,
chirip, poncho, un modesto tirador viejo ya, un sombrero de felpa
entrado en aos y unas fuertes botas de baqueta, nuevas, compra sin duda
de la vspera. A pesar de haber visto a Carlos, no hizo un movimiento.
Este avanz sonriendo hacia l y le puso la mano en el hombro.

--No me reconoces, Tobas?

--Nio Carlos...

No pudo decir ms; se sac el sombrero, empez a darlo vuelta entre las
manos y se qued mirando a Carlos con tamaos ojos de asombro.

--S, mi buen Tobas, estoy muy cambiado. Adems, hace como diez aos
que no nos vemos. Y cmo va la salud? Y los hijos?

--Buenos todos, seor; los muchachos andan en tropa. Anselmo sali
anteayer con una punta y Gregorio debe llegar maana o pasado.

--Y quines hay en la Quebrada?

--Manuel Tabares, cuatro peones y la vieja Nicasia.

--An vive Nicasia?

--Cuando ha sabido que el nio iba a venir se ha puesto como loca.

--Bueno; tenemos tiempo de hablar. Cuntos caballos has trado?

--Cuatro, por si acaso, aunque ninguno hemos de tener que cambiar.

--Y el carro?

--Llegar maana a la tarde. Cundo nos vamos, seor?

--Maana bien temprano, para llegar con da.

--Saliendo a las seis estamos a las cinco en la Quebrada.

--Tobas, este hombre (y sealaba a Pedro, que, con un saco de noche en
la mano, correcto e inmvil, haba presenciado el dilogo sin entender
una palabra), este hombre es mi sirviente, pero no habla espaol. Dice
que aunque no es muy de a caballo, quiere ir montado, en vez de esperar
el carro. Dale uno de buen andar y manso.

--El moro, seor.

--Vaya por el moro. A las 5 me recuerdas con todo listo.

Desfil el clsico _men_ de los hoteles de campaa en nuestra tierra.
Un buen puchero? Un buen asado? Jams! Frituras, guisos
pseudo-franceses, combinaciones de un _chef_ que, para elevarse al arte
cree deber salir de la naturaleza. Carlos recorri la lista, record su
experiencia pasada y pidi un ingenuo bife con _dos de a caballo_, una
botella de cerveza inglesa y queso. Ay de aquel que sale de ese rgimen
higinico!

El cansancio del ferrocarril le di algunas horas de sueo. Pero cuando
a las 5 de la maana Tobas vino a golpear su puerta, le encontr
vestido y pronto a montar.

As que dejaron el pueblo y que el espacio abierto se present, Carlos
sinti esa sensacin deliciosa que slo los argentinos sabemos apreciar,
cuando, sobre un buen caballo, se galopa por los campos en la maana.
Una leve brisa, fresca, con un olor sano e intenso, vena de oriente,
donde el sol se elevaba ya, pugnando por abrir camino a sus rayos al
travs de un grupo de nubes. Las estancias esparcidas en la extensin de
la llanura, como islas en un mar inmenso, manchaban con sus tonos
obscuros la sbana de verde plido en la que la vista se perda hasta el
confn del horizonte. Los caballos, contentos y briosos, resoplaban con
energa, levantando sobre el camino resecado una nube de polvo, que iba
a disolverse a la espalda en fugitivos remolinos. Un grupo de ovejas que
coma al borde de la ruta se precipitaba al lado opuesto y detrs iba
toda la majada, desatentada, como si corriera un peligro inmenso. Cuatro
o cinco corderos quedaban rezagados, con la colita entre las piernas,
enclenques, temblorosos bajo su cuero desnudo y arrugado, balando con un
quejido lastimoso. Diez o doce madres haban dado vuelta cara y
respondan al llamado sin cesar, como sacando la voz de las entraas
para que sus hijos las reconocieran. Un perro, girando a la carrera
alrededor del rebao, ladraba furioso al pasar junto al grupo de
jinetes, cuyos caballos agachaban las orejas e hinchaban ligeramente el
lomo. Luego, una manada de yeguas que sale a escape, se detiene a
cincuenta varas y queda inmvil, las orejas rectas, los ojos grandes e
ingenuos. El sultn est a la cabeza, soberbio con su larga crin y
opulenta cola. Brilla su pelo inmaculado como un tejido de acero. Un
potrillo ms audaz se acerca, hace una cabriola, rompe a la carrera, se
detiene al pie de la madre y se pone tranquilamente a mamar. Las vacas
son ms reposadas; algunas levantan la cabeza, pero pronto la inclinan
sobre la tierra y continan rumiando. Uno que otro toro esplndido se
cuadra noblemente, escarba el suelo y mira con arrogancia.

Los _teros_ atronan el aire; parecen la bocina del derecho indio,
clamando eternamente sobre la pampa contra la conquista europea. Avanzan
audaces, cruzan a dos varas de los jinetes como una saeta y se pierden a
lo lejos, dando la voz de alarma que hace poner en fuga a los patos que
reposan en la prxima laguna, rica en juncos y pobre en agua. La
lechuza, inmvil sobre una viscachera o en la punta de un palo de
alambrado, abre el pico como un resorte mecnico, lanza su grito
gutural, que en la noche inquieta los espritus ms serenos, deja caer
sus prpados amarillentos, que tienen ms expresin que sus ojos mismos
y queda en su postura egipcia. Multitud de pequeas aves saltan a cada
instante de entre el pasto; por momentos, una perdiz hiende el aire con
su silbido caracterstico y el ruido estridente de sus alas al batir
precipitadas; otras se agachan, se disuelven entre los tonos grises de
la tierra y quedan inmviles. De tiempo en tiempo Tobas les lanza su
rebenque, no siempre sin resultado, ante el asombro de Pedro, que
contempla atnito el nuevo sistema cinegtico.

Y as avanzan en silencio, Carlos perdido en sus reflexiones, el
sirviente un tanto dolorido ya, Tobas con la indiferencia suprema del
gaucho por todas las cosas de la vida. Cada media hora, Tobas da la
seal de reposo deteniendo su caballo y ponindolo a un trote suave,
pero que rinde camino. Segn l, el secreto para llegar pronto no est
en andar ligero, sino en andar seguido. Tobas nombra las estancias que
aparecen a lo lejos, a medida que se avanza y que las copas de lamos
que se vean suspendidas en el aire se unen a sus troncos al cesar el
miraje. A las doce se hace alto junto a un jagel rodeado de algunos
sauces y parasos que ofrecen una sombra suficiente. Carlos no ha
querido ir a una pulpera que est a diez cuadras, en una estancia donde
indudablemente habra sido muy bien recibido, pero en lo que habran
tardado tres horas en matar algunos pollos y donde habra tenido que
hablar sobre cuanto Dios cri. Tobas, que se ha avanzado, despus de
manear cuidadosamente los dos caballos de repuesto, vuelve a la media
hora con un carnero muerto y degollado, pan, vino y sal, hace fuego,
fabrica un asador con una rama de sauce y a los veinte minutos se
presenta con un asado color de oro, chisporroteando an y chorreando de
jugo.

Diez, veinte aos de Pars, comiendo en Bignon, cenando en el caf
Anglais, no alcanzan jams a borrar en nosotros el tinte criollo, la
tendencia indgena, el amor a las cosas patrias... y el gusto por el
cordero al asador. Se quema uno los dedos, es cierto, queda en la boca
cierto sabor _empat_, pero es esa una sensacin posterior, altamente
compensada por las delicias del primer momento.

La charla de sobremesa anim a Tobas, que aprovech una buena ocasin
para echar fuera lo que sin duda le estaba trabajando haca tiempo.

--Dgame, seor, viene por mucho tiempo a la Quebrada?

--Por mucho tiempo, Tobas; no pienso moverme de all hasta que vuelva a
Europa.

--Pero cmo va a vivir en esos ranchos, seor! Cmo no se ha ido ms
bien a las Tunas?

--Te incomoda mi visita, mi buen Tobas?

--Por dnde, seor!

--Entonces, no hay que hablar.

Tobas se rasc la nuca, ensill de nuevo los caballos y pronto la
partida estaba en marcha. Fu ese el momento duro para Pedro. Al
principio, el buen galope del moro recomendado por Tobas le haba
seducido; pero pronto le doli la cintura, las rodillas le empezaron a
arder en la parte que frotaban la silla y cuando despus del reposo del
almuerzo volvi a su postura de centauro, todo el cuerpo protest en un
estremecimiento. Se domin, sin embargo, sonri a Carlos y parti
heroicamente al galope.

A las tres de la tarde, poco despus de atravesar el arroyo de
Chapaleof, algunas gotas de agua empezaron a caer. El cielo se haba
cubierto por completo y pronto un aguacero tremendo cay sobre los
viajeros. La tierra pareca revivir bajo la onda; un olor de humedad se
desprenda del suelo. El horizonte se haba estrechado y los montes de
las estancias ms prximas se iban disolviendo entre la bruma. La lluvia
redoblaba de violencia a cada instante y los viajeros estaban empapados
hasta la carne.

As marcharon dos horas, lentamente, al paso, porque el suelo se haba
hecho resbaladizo. Carlos, rebelde a la fatiga fsica, haba recibido
con placer la lluvia. En cuanto a Pedro, slo Dios y l saben lo que
pas en esos momentos por su alma y la opinin que form de nuestra
tierra argentina y de sus modos de vialidad.

A las 7 de la noche, profundamente obscura, bajo la lluvia, un violento
aullar de perros se hizo oir y una luz mortecina apareci a unos cien
pasos.

--Llegamos, seor, dijo Tobas.

El viejo capataz se avanz, grit a los perros, que callaron al
reconocer su voz y di los caballos a dos o tres hombres que haban
salido de la cocina. Una viejecita, con la cabeza descubierta bajo la
lluvia, se avanz mirando a uno y otro lado y cuando hubo reconocido a
Carlos, lo ayud a bajar, repitiendo sin cesar: "Nio Carlitos! Dios se
lo pague!"

Carlos cort el torrente de las expansiones y gan rpidamente la casa,
seguido de Pedro, rgido como un autmata. Cambi de ropa, comi y con
inmensa delicia se tendi en una cama.

A la maana siguiente se levant temprano, tuvo su conferencia con
Nicasia, a quien pronto despach a la cocina y di un vistazo sobre su
morada. He aqu lo que vi.

Una pequea casa de material, con techo de hierro de media agua, ocupaba
el fondo de un cuadrado. A la derecha un rancho, cocina y cuarto de
peones. A la izquierda la habitacin de Nicasia, sin duda, un pequeo
rancho de paja. Al frente un palenque para atar caballos y en el centro
del patio un omb raqutico que se haba ido en races. Las tres piezas
de su apartamento consistan en un dormitorio casi desnudo de muebles,
un comedor por el estilo y un gran cuarto donde haba algunas viejas
sillas de montar, bolsas, una romana, una pila de cueros secos en un
rincn, diarios viejos, un tercio de yerba, una damajuana de
aguardiente, barricas de azcar, una bolsa de sal y en una pared un
retrato del general Mitre en 1860. All haba dormido Pedro.

Carlos sac una silla al corredor, puso sobre otra las piernas y cay en
profunda meditacin. El da estaba espesamente nublado y la lluvia caa
por momentos. Un silencio de muerte reinaba sobre los campos y el
horizonte conclua a cien varas. A lo lejos, el eco amortiguado de un
cencerro o el apagado ladrido de un perro. Contra un pilar del corredor,
el criado fiel, perdido en ese mundo nuevo para l, dejaba vagar su
mirada por el cielo gris. Carlos sinti que el corazn se le oprima;
temi que la paz tan buscada no estuviera all, comprendi que mientras
durase la tormenta intensa era intil buscar la tranquilidad de las
cosas para darla a su espritu conturbado y pas la mano por su frente.
De nuevo mir a su alrededor; un recuerdo pas por su memoria, una
amarga noche en que inclinaba ya su cuerpo sobre el Sena, en Pars, para
buscar la calma en la muerte. La lluvia caa, montona, triste,
sepulcral; la llanura pareca envuelta en una mortaja. Carlos inclin la
cabeza llena de sombras, murmurando:

--Heme en el fondo del ro, con una piedra al cuello.

  1884.




De cepa criolla


Carlos Narbal perteneca a una familia de larga data en tierra argentina
y a la que no haban faltado las ilustraciones patriticas de la
independencia ni los mrtires de las luchas civiles. Su abuelo, el
primer Narbal criollo, fu sorprendido a los veinticinco aos por la
tormenta de 1810. De la tranquila vida colonial, un momento interrumpida
por el rechazo de las invasiones inglesas, en el que haba tomado una
parte honorable como oficial subalterno, se vi de pronto envuelto en el
torbellino de la revolucin, al que le empujaban ms sus amistades y
vinculaciones con las cabezas calientes de la juventud patricia, que sus
inspiraciones propias. Rico, relativamente a la poca, hacendado y por
lo tanto fantico por D. Mariano Moreno, bast la presencia de su dolo
en la primera junta para determinar el partido a que haba de afiliarse.
Grit: abajo Cisneros! el 25 de Mayo, sin ponerse ronco, form parte de
un grupo que arrancaba carteles, aplaudi a Passo, hizo una crtica
razonable contra el discurso de recepcin de Saavedra y luego, entrada
la noche, como haca fro y lloviznaba, abri su paragua y se fu
tranquilamente a su casa, donde cont la jornada a su vieja madre con la
misma sencillez con que hubiera narrado una corrida de sortijas. No se
daba cuenta de la importancia del movimiento, no tena ambiciones ni
imaginacin. Era, pues, un hombre feliz de la colonia, el tipo ms
completo de la especie que haya vivido sobre la tierra. Una noche, en
una sobremesa del caf de Mallcos en que se haba apurado ms de lo
habitual el Valdepeas y el Jerez, varios de sus amigos declararon su
intencin de ir a reunirse al ejrcito del coronel Balcarce que operaba
en el alto Per, aprovechando la partida de Castelli, el fugaz
Saint-Just de nuestra revolucin. No s cmo vendra la cosa, pero
nuestro hombre jur, se arrepinti un poco a la maana siguiente, se
consol al medioda, arregl su equipo a la noche, parti con los
compaeros, se uni a Balcarce la vspera de Suipacha, se bati
dignamente y se disgust por completo del oficio el da de la ejecucin
de Crdoba, Nieto y Paula Sanz. En la primera ocasin regres a Buenos
Aires, habiendo pagado su deuda a la patria, se cas y pronto dos hijos
le dieron el corte definitivo del hombre de hogar. El primognito creci
en aquella atmsfera ruidosa y vehemente de la revolucin, tan lejos hoy
de nosotros, que cada ao transcurrido parece un siglo. Los cuentos de
los viejos sirvientes de la casa, que todos haban servido, respiraban
olor a combates. La nota tosca del herosmo, la habitud de la idea de
lucha se hunda en el cerebro del nio. Luego las guerras civiles, los
amargos momentos del ao veinte, el hogar inquieto, el padre
meditabundo, la madre llorosa. Tena catorce aos el da de Ituzaing y
era ya un pequeo patricio, exaltado, entusiasta, sediento de accin, la
anttesis del padre, a quien slo deba la vida, pues su alma era hija
directa de la revolucin. Cuando abri los ojos a la luz y con la
virilidad lleg la dignidad, vi a su padre consumirse lentamente en la
agona moral de la dictadura, bajo el peso del oprobio y la vergenza.
Rosas imperaba y la juventud se estremeca. Muerto su padre, casada su
hermana con un hombre de la situacin que protegera a la madre, logr
una noche embarcarse y pas a Montevideo. La revolucin del Sud le cont
entre sus soldados; batidos, deshechos, pocos lograron salvar del
desastre. Narbal escap, se uni a Lavalle, luego a Paz y de nuevo se
encerr en Montevideo con la ilusin perdida y el alma resuelta. Cun
largos han sido para nuestros padres esos das, esos aos de eterna
expectativa, en que cada nueva luna traa la noticia de un nuevo
desastre, fijos los ojos en la dictadura grantica que del otro lado del
Plata se levantaba sombra, desafiando el tiempo y el esfuerzo humano!
En el da la batalla estril en la que se pierde la vida sin esperanza
de que el tiempo fugitivo traiga la libertad; en la noche, el insomnio
que causa la conciencia del porvenir perdido y la amargura infinita de
la patria deshonrada!

Tarde ya, pasados los treinta aos, Narbal uni su suerte a la de la
hija de un proscripto como l, dulce criatura que haba crecido atnita
dentro de un infierno de odios y de sangre. Carlos naci en 1850 y desde
ese da la fisonoma de su padre se hizo ms obscura aun. El porvenir de
su hijo, sin patria desde la cuna, sin fortuna (sus bienes haban sido
confiscados por Rosas) le aterraba. Por fin brill el bendecido momento
de Caseros. Los que en ese instante grabaron el nombre del Libertador en
el alma, no lo olvidaron jams. Caseros lava la vida entera de Urquiza,
como Ituzaing la de Alvear. No se da la libertad a un pueblo ni se
salva la independencia de la patria, sin que la historia olvide las
debilidades humanas y consagre el tipo de los hombres en el momento
trgico de su vida.

Narbal volvi a su patria y al ensanchar sus pulmones, al empezar la
vida a los cuarenta aos, como si su organismo moral se hubiera
renovado, de nuevo al destierro, empujado por muchos de los que haba
combatido cuando doblaban la cabeza servil bajo Rosas y por la agitacin
insensata de una juventud vida de ruido, sin conciencia del pasado y
sin visin del porvenir. El golpe fu rudo y la tierra extraa ms sola
que en los amargos das de la lucha. Una melancola profunda se apoder
de l, perdi la esperanza que un momento haba brillado ante sus ojos y
se extingui en silencio en brazos de su fiel compaera, oprimiendo la
mano de su hijo.

Carlos volvi a la patria; los bienes de su familia le haban sido
restitudos. Su primera educacin fu la de todos nosotros, superficial,
arrancada a trozos a la debilidad de la madre, con sus largas estadas
en el campo predilecto, los numerosos aos recomenzados en el curso
universitario y en la adolescencia, la vida vagabunda, un tanto
_compadre_, que hoy se ha perdido felizmente por completo. Las hazaas
de media noche, las asociaciones para el escndalo nocturno, el prurito
del valor en las luchas contra el infeliz _sereno_, el asalto a los
cafs, a los bailes de los suburbios, el contacto malsano de las bajas
clases sociales cuyos hbitos se toman, el lento desvanecimiento de las
lecciones puras del hogar. Los que han pasado en esa atmsfera su
primera juventud y han conseguido rehacerse una ilusin de la vida y una
concepcin recta del honor, necesitan haber tenido de acero los resortes
fundamentales del alma. La guerra del Paraguay fu, en ese sentido, un
beneficio inmenso para nuestro pas. Por aficin a las armas, por
admiracin a muchos oficiales de la poca, pendencieros, decidores,
eternos arrastradores de poncho, tal vez un poco por el palpitar de la
_fibra salvaje_ que jams se extingue por completo, muchos jvenes de 18
a 25 aos, de los que entonces hacan esa vida ignominiosa, partieron a
campaa y se rehabilitaron cayendo noblemente en los campos de batalla o
ilustrando su nombre por el valor y la buena conducta.

Carlos era muy joven an. Por otra parte, su ndole recta y generosa,
cierto amor _dilettante_ al estudio, sobre todo a la lectura, y por
ltimo un largo viaje para terminar su educacin en Europa, que su
madre, bien aconsejada, le hizo hacer, le salvaron del peligro de una
vida que habra destrudo su porvenir. Pas tres aos en un colegio
ingls, anexo a la Universidad de Oxford y all se oper la
transformacin radical de su organismo moral.

Nada como la atmsfera inglesa para regularizar este conflicto eterno
que se llama el alma de un latino y ms an el alma de un sudamericano.
Sea tradicin de raza, atavismo revolucionario o simple influencia
etnogrfica, el tipo general de nuestros jvenes se combina moralmente
de excesos y depresiones curiosas en sus diversos elementos. La
imaginacin ocupa un espacio inmenso y su constante accin determina una
insoportable prisa de vivir, de llegar, de gozar de entrada la plenitud
del objetivo. Al mismo tiempo y por la misma influencia, el objetivo es
vago e indefinible para los mismos que lo persiguen. El valor nos sobra,
el valor instintivo, el valor de empuje momentneo, pero la voluntad
persistente nos falta. Entre nosotros todo el que ha _querido_ ha
llegado. Adems, la vida de "Gran Aldea", el crculo relativamente
circunscripto de nuestro mundo social, las amistades de la infancia, que
se perpetan en el contacto tenaz y obligado de una vida en comn, las
extensas vinculaciones de sangre que son apoyos inconscientes,
determinan en nuestra juventud la atrofia de la individualidad, la
prdida de la iniciativa propia y de esa reserva legtima que aconseja
hacer un fondo inviolable, personal, de fuerzas morales, en vista de la
dura lucha que se prepara.

Como el gaucho de otros tiempos que viva indolente en la seguridad de
la subsistencia, vivimos tranquilos, unos reposando en la fortuna
heredada, otros en el empleo infalible, los ms en los recursos de la
poltica. Nos apoyamos unos a otros, vamos rodando en comn y muchas
veces una fuerza individual que estalla en plena juventud con carcter
de _alguien_, se desilusiona en el primer esfuerzo ante la necesidad de
ceder a la apata general para no marchar solo e impotente.

Tal era el corte moral de Carlos; la atmsfera inglesa pes sobre l
como una pesada mquina de nivelacin. Los fuertes ejercicios fsicos
desenvolvieron y dieron fuerza a su cuerpo, ms an, si se quiere,
acentuaron sus necesidades animales, en saludable detrimento de sus
crisis morales perpetuas. El limitado trabajo intelectual de la
educacin inglesa permiti a su espritu el lento y progresivo
desarrollo, tan raro entre nosotros, donde la inteligencia marcha a
saltos y procede por aglomeraciones de difcil digestin que
congestionan el rgano. Luego, en aquella vida libre del estudiante
ingls, confiado a sus fuerzas, a sus recursos, aprendi el valor de su
propia individualidad, adquiri el aspecto serio que oculta la prudente
reserva y se hizo un hombre de reflexin y de voluntad. Al mismo tiempo,
recuper la pureza moral de la adolescencia y cuando lleg la edad de
los carios, se encontr con el alma preparada para querer y querer
profundamente.

No es cierto que la juventud sea idntica en todas partes, como la
maana no es igual en todo el orbe. Hay en los jvenes ingleses un
reposo que nos es desconocido, un residuo de infancia que a los veinte
aos ha ido a reunirse, entre nosotros, con los cuentos de la nodriza y
los juegos de la gallina ciega. La precocidad con que se obtienen los
honores viriles, la falta de un aprendizaje en todo, la improvisacin de
competencias que acaba por comunicar al que las alcanza una alta opinin
de s mismo, son elementos desconocidos en Inglaterra, donde la vida se
desenvuelve lenta y regular.

Llegado a los 17 aos a Oxford, Carlos se encontr con un mundo nuevo
que le sorprendi sin atraerle. Sus placeres no eran los mismos a que
vea entregarse a sus compaeros. Su ingnita aristocracia latina
repugnaba al ejercicio muscular constante y violento que era el fondo de
la ocupacin de sus _fellows_. Pero bien pronto la emulacin, cierto
prurito patritico (dnde no va a meterse?) le determinaron a
esforzarse, a trabajar, a querer y tras largas y terribles horas pasadas
al sol, inclinado sobre el remo o jadeante en el campo del _cricket_,
fu un da admitido a ocupar un puesto en la canoa de honor.

Pronto tom gusto a la vida independiente del estudiante ingls, tuvo su
apartamento, su servicio, su caballo, el _valet de chambre_ hbil y
correcto, invit a _lunchs_, entr por las formidables _wines partys_, y
como era generoso y sus medios le permitan ser esplndido, conquist su
carta de ciudadana en el difcil mundo estudiantil en el que se
requiere un tino exquisito para no ser demasiado obsequioso con un hijo
de Lord o seco en demasa con el triste vstago de un cura de campaa.

Introducido por sus compaeros o por medio de cartas venidas de
Londres, en el seno de algunas familias, sus ideas artificiales sobre la
mujer, formadas en los bailes de suburbio en Buenos Aires o en sitios
ms caractersticos an, empezaron a transformarse en un respeto
instintivo. La atmsfera de pureza moral que respira un hogar ingls le
penetr por completo y pronto, al ser tratado como un hombre de honor
por un padre que le confiaba su hija, comprendi que no es necesaria una
lucha tenaz con el instinto bestial que inspira infamias, para vencerlo
con nobleza. As, lentamente, sus facultades de raza, aquellas que no
debemos envidiar a pueblo alguno de la tierra, se elevaron por la
conciencia de s mismas y acercaron a Carlos al ideal de un hombre, esto
es, el hombre sereno, correcto, leal y reservado, cmodo en la vida,
preparado por la reflexin para el porvenir, como la fortaleza prepara
para la desgracia. El rasgo fundamental de su carcter fu la
profundidad inalterable de sus afecciones. Quera a pocos, pero quera
bien. Era un amigo de novela latente; ms de una tarde, solo, pensando
en la patria lejana, sonrea al ver pasar por su espritu la imagen
seductora del sacrificio en obsequio de un amigo. Todo habra hecho en
caso necesario. Con una concepcin semejante de la amistad, los pequeos
rasguos duelen como heridas profundas.

Amores? El ligero _flirtation_ del estudiante, la cinta recibida en una
suave presin de mano para adornar su pecho en la regata, dos ojos
azules palpitantes de jbilo el da de triunfo en el cricket, los paseos
por la tarde o la lectura romntica de Tennyson. Pero ninguna impresin
honda ni duradera.

A los veinte aos, el primer rayo de la tormenta cay sobre su alma
serena. Un telegrama lo llam a Buenos Aires, al lado de su madre
gravemente enferma. Era su nica familia, su mundo, su idolatra. Buena
y dulce, no pudiendo habituarse a la separacin, pero con esa fuerza de
sacrificio en la que las madres concentran toda su energa, su cuerpo se
fu debilitando hasta que el primer accidente la encontr sin vigor para
la lucha.

Carlos lleg a tiempo para pasar dos das al pie de su lecho y recostar
en su seno la cabeza querida en el ltimo momento.

Una desesperacin honda y callada se apoder de l. En esos instantes,
los amigos no bastan. El alma aspira al dolor con una voluntad
persistente e invencible. La vida de la ciudad se le hizo insoportable y
fu a pasar sus horas de amargura en uno de los establecimientos de
campo que formaban su patrimonio.

Su vida de dos aos, con raras apariciones en la ciudad, pasada en la
atmsfera serena y montona de los campos, borr la impresin aguda,
dejando slo la melancola del recuerdo que jams se olvida, pegado al
corazn hasta la tumba. Ese aislamiento voluntario tiene el peligro del
embrutecimiento, si no hay voluntad para resistir la inerte tendencia
animal que empuja a la vegetacin, al acuerdo inconsciente con todo lo
que vive y muere alrededor. La msica, la lectura, las visitas de sus
amigos, la larga correspondencia subjetiva, salvaron a Carlos. Un
incidente le determin venir a Buenos Aires. En una campaa electoral
uno de sus amigos fu candidato a la diputacin nacional. El comit,
conociendo las relaciones de ste con Carlos y deseando atraer un hombre
que en tres partidos de campaa podra presentar quinientos electores
perfectamente alineados, a caballo y con facn, sin ms voluntad que la
de _Don Carlitos_, nombr secretario a Narbal. Este, a pesar de no
tener gran aficin a la poltica, acept en el acto, en obsequio de su
amigo. Adems, la _plataforma_ de la lucha del momento era la cuestin
clerical. En ese terreno Carlos, hombre de ideas liberales y tolerantes
hasta el extremo, opinaba, como toda la gente razonable, que lo mejor es
_no meneallo_. Pero como cuando hay dos que pueden menear algo, no basta
que uno solo no quiera hacerlo, result que los clericales menearon de
tal manera que fu necesario salirles al encuentro. Como siempre, el
pblico, el pueblo, qued indiferente. Pero la emulacin intelectual,
los pinchazos por la prensa, la polmica que arrebata, acabaron por
comunicar a los combatientes la falsa conviccin de que se encontraban
en presencia de uno de los ms graves problemas que se hubiera
presentado desde el "da de la organizacin". Un artculo cualquiera fu
atribudo a Carlos por una hoja clerical. Como el artculo no era bueno,
la rplica fu sabrosa, sin que faltara la alusin "a la gente que mide
su competencia por el nmero de vacas que posee" o que cree "que basta
saber ingls para entender de todo". En seguida, toda la guerrilla
guaranga de los sueltistas que, a pesar de tener una idea muy vaga y
difusa de lo que significa _patronato_ y que a veces dicen _caones_ por
_cnones_, se tratan unos a otros de _gran batata_, _monigote_ y dems
gentilezas de un gusto perfecto.

Carlos se irrit. En su vida haba publicado nada, pero tena los
cajones de su escritorio repletos de todas esas cosas que se escriben en
la juventud. "Sueos", ms o menos fantsticos, "Recuerdos", conatos de
novela, biografas de prceres, versos, etc. La pluma no le era un
instrumento desconocido ni la cuestin tampoco, a cuyo estudio haba
dedicado el ltimo ao de su vida de campo. Replic, la polmica se
hizo ms extensa y levantada, crey tener por adversarios, bajo el
annimo de la prensa, a hombres del valor de Goyena y Estrada y con el
respeto de s mismo que jams le abandonaba, resolvi suspender la
improvisacin del momento que a veces desvirta la idea, esparciendo los
argumentos, y despus de un mes de laborioso esfuerzo public un nutrido
folleto titulado "La Iglesia ante la sociedad poltica".

El libro hizo efecto; escrito en un estilo simple y elevado, con una
cultura no desmentida y un verdadero respeto a la religin, quit en la
rplica a sus adversarios el derecho a la invectiva, sin la cual un
escritor clerical de la buena escuela no hace nunca nada que valga la
pena. El nombre de Carlos, hasta entonces desconocido o poco menos, tom
cierta celebridad. En la memoria del pueblo se reaviv el recuerdo de su
padre y de su abuelo, hombres dignos y que haban servido bien a su pas
y pronto sinti Carlos que se abra ante l un porvenir que no haba
sospechado.

A los veintitrs aos se encontr en una de las posiciones ms
envidiables que es posible alcanzar en nuestra tierra y en muchas otras;
un nombre respetado, una fortuna slida que creca todos los das en el
movimiento progresivo del pas, con la estimacin general y el cario
profundo de sus amigos, inteligente e ilustrado y todo esto acompaado
de una figura elegante.

Alto, delgado, grandes ojos pensativos y de mirar abierto y franco,
culto y correcto, sin aquella afectacin inglesa que es la caricatura
del gnero, un tanto callado, haciendo poco o nada por divertir la
rueda, pero apreciando como el que ms los buenos rasgos de espritu,
con buenas costumbres por exceso de lujo, su entrada en nuestra sociedad
portea fu sembrada de flores.

Hay hombres que apenas llegan a la plenitud de su fuerza moral, no
tienen ms pensamiento fijo que el de encontrar una compaera para la
gran ruta de la vida. Carlos era uno de ellos; all en el fondo, haba
resuelto casarse, sin comunicar su proyecto ni aun a sus ms ntimos
amigos, por temor, no slo del combate diario contra las presuntas
suegras, sino sobre todo de perder, en la caza implacable de que sera
vctima, todas sus ilusiones y esperanzas.

Naturaleza seria y reposada, senta una repugnancia instintiva por todas
esas pueriles escaramuzas del amor, tan comunes en nuestra tierra.

--Pero qu tiene eso de particular, Carlos?--le deca una noche uno de
sus amigos, joven elegante, sin ms pensamiento que la mujer, de eterna
buena fe en sus entusiasmos, creyndose sinceramente enamorado de la
ltima con quien hablaba, escptico contra el matrimonio, predestinado
por lo tanto a casarse con una contralto cualquiera.--Qu tiene de
particular que en vez de hablar de nimiedades en un saln, se cante a
una mujer joven y linda la cancin soada cuya msica adivina sin que la
letra haya llegado a su odo? Hay una especie de convencin social que
sonre ante esos amores primaverales y no les da importancia alguna. A
ms, la pureza sale sin mancha de esa esgrima del sentimiento que sirve
para conocerse a s mismo y no tomar por un afecto profundo la veleidad
de un atractivo pasajero.

--Te equivocas, replicaba Carlos tristemente. Esa convencin social en
cuya proteccin buscas la impunidad, no existe ni puede existir. Por lo
que a la mujer toca, no comprendes que en eso que has llamado la
esgrima del sentimiento pierde toda la inmaculada inocencia que haca su
encanto? No has odo mil veces a tus mismos amigos, en esas largas
charlas del club, fijar su ideal de esposa en una criatura que hubiera
abierto para l solo y nico la virginidad del alma? Quieres un
ejemplo? Hace un ao, en un gran baile sumamente fastidioso, te di a t
mismo que me hablas, por enamorar a esa hermosa y buena criatura que se
llama Julia X... Como de costumbre, esa noche te enamoraste
perdidamente, lo que no impidi que a la maana siguiente te hubieras
olvidado por completo de tu campaa.--Tres meses despus, Jorge tuvo la
inspiracin de proceder a la misma esgrima en circunstancias anlogas.
Cuntas veces les he odo entregarse a la eterna broma de las
reconvenciones recprocas y tacharse, riendo, de deslealtad? No crees
que ese incidente bastara para detener a un hombre caviloso que hubiera
pensado seriamente en hacer de Julia la compaera de su vida? No es por
cierto porque la pobre criatura haya desmerecido ni que su pureza sea
sospechada; pero la fuerza de las cosas es as. El escepticismo
fundamental de ustedes en materia de mujeres, slo puede ser vencido por
la fuerza de la inocencia absoluta, indiscutible. Una mujer que ha
tenido amores con un hombre, por ms ideales y castos que hayan sido,
parece conservar sobre sus labios, a los ojos extraos, el rastro de un
beso furtivo. Me dirs que un beso es nada; a veces es un abismo.

--Pero no se llega siempre al beso, Carlos.

--Quin lo sabe? Quin va a preguntarlo? Quin te creer si niegas,
como es tu deber? La duda basta. Adems, por ustedes mismos, qu
necesidad tienen de ir a buscar en el mundo donde se reclutan nuestras
madres, que ser el de nuestras hijas, esas vanas satisfacciones del
amor propio que con un poco de dinero y audacia, se obtienen tan
fcilmente en otra parte?

--Quieres hacer entonces de nuestra sociedad un convento?

--No; quiero slo una concepcin vasta y completa del honor: he ah
todo. Para ustedes, la altura desinteresada en materia de dinero y la
suceptibilidad exquisita que pone la espada en la mano por una nimiedad,
constituyen el cdigo completo. El engao de una mujer joven y
candorosa, que cree cuanto le dices, porque no tiene razones para dudar,
el desgarramiento moral que sucede a la desilusin, el compromiso de la
felicidad de su vida entera, no te parece un acto tan reprochable como
el de dejar de pagar tres o cuatro mil pesos a uno de esos barbones del
Club, que apoyndose en su experiencia y sangre fra, te ganan todas las
noches al _bsigue_?

--Es decir, que no debemos ni an ser sociables?

--Es curioso! Parece que pretendieran ustedes serlo! Sociables! Pero
si ni idea tienen de lo que es la sociedad! Pasan ustedes la vida en el
Club; jams una visita, jams esas atenciones cordiales que son el
encanto de la vida. En el teatro, o metidos en el fondo de la
_avant-scne_, fumando como en un caf, o pasendose en el vestbulo en
los entreactos. Viene un baile; a amar con la primera que cae, cuestin
de tener a quien clavar los anteojos en Coln.--Por el contrario, les
pedira ms sociabilidad, ms solidaridad en el restringido mundo a que
pertenecen, ms respeto a las mujeres que son su ornamento, ms reserva
al hablar de ellas, para evitar que el primer guarango democrtico
enriquecido en el comercio de suelas se crea a su vez con derecho a
echar su manito de tenorio en un saln al que entra tropezando con los
muebles. No tienes idea de la irritacin sorda que me invade cuando veo
a una criatura delicada, fina, de casta, cuya madre fu amiga de la ma,
atacada por un grosero ingnito, cepillado por un sastre, cuando observo
sus ojos clavarse bestialmente en el cuerpo virginal que se entrega en
su inocencia... Mira, nuestro deber sagrado, primero, arriba de todos,
es defender nuestras mujeres contra la invasin tosca del mundo
heterogneo, cosmopolita, hbrido, que es hoy la base de nuestro pas.
Quieren placeres fciles, cmodos o peligrosos? Nuestra sociedad
mltiple, confusa, ofrece campo vasto e inagotable. Pero honor y respeto
a los restos puros de nuestro grupo patrio; cada da, los argentinos
disminumos. Salvemos nuestro predominio legtimo, no slo
desenvolviendo y nutriendo nuestro espritu cuanto es posible, sino
colocando a nuestras mujeres, por la veneracin, a una altura a que no
llegan las bajas aspiraciones de la turba. Entre ellas encontraremos
nuestras compaeras, entre ellas las encontrarn nuestros hijos.
Cerremos el crculo y velemos sobre l.

--El cuadro de la aristocracia austriaca!

--No la critiques, que tiene su razn de ser. Es la defensa de la
naturaleza. T conoces mis ideas y sabes que slo acepto las
aristocracias sociales. En las instituciones, en los atrios, en la
prensa, ante la ley, la igualdad ms absoluta es de derecho. Pero es de
derecho natural tambin el perfeccionamiento de la especie, el culto de
las leyes morales que levantan la dignidad humana, el amor a las cosas
bellas, la proteccin inteligente del arte y de toda manifestacin
intelectual. Eso se obtiene por una larga herencia de educacin, por la
conciencia de una misin, casi dira providencial, en ese sentido. Tal
es la razn de ser de la aristocracia en todos los pases de la tierra,
tenga o no ttulos y preocupaciones ms o menos estrechas. Entre
nosotros existe y es bueno que exista. No lo constituye por cierto la
herencia, sino la concepcin de la vida...

Con semejantes ideas no era extraa por cierto la reputacin de
aristcrata que Carlos adquiri. Sonrea y dejaba decir, observndose
con una rigidez implacable para poner de acuerdo sus actos con sus
principios.

  1884.




A las cuchillas

_A Eugenio Garzn._


I.

La idea de volver a la patria se haba presentado al espritu de Narbal
inseparable de la de no vivir en Buenos Aires. Por qu? No lo discuta,
no lo analizaba. Era una aprensin nerviosa y tenaz, que le haca
considerar el retorno a la existencia de otro tiempo, como una fuente de
amarguras insoportables. Adems, el grupo simptico se haba disuelto
por los azares de la vida y era muy tarde ya para pensar en crearse
nuevos carios. Lorenzo se haba casado haca cinco aos y los tres
hijos deliciosos que encantaban su hogar, le haban convertido en el
burgus pacfico, trabajador y tranquilo, que era a sus ojos, en pocas
pasadas, el tipo perfecto del embrutecimiento humano. Muchos, la mayor
parte de sus antiguos camaradas, haban seguido el mismo camino, aunque
algunos sin transformarse, continuando bajo la cadena conyugal, bien
ligera para ellos, sus viejos hbitos de club, de sport, de juego y todo
lo que acompaa la vida fcil. A veces, Carlos, solo, por las maanas,
mecido por el paso lento e igual de su caballo, evocaba el recuerdo de
los compaeros de juventud y comparaba su vida actual a la que se
presentaba ante l. Uno haba abrazado con pasin la carrera militar y
acallando sus gustos sociales, su amor a los placeres, viva perdido,
pero no olvidado, all en la remota frontera, batallando obscuramente
con los indios, conquistando palmo a palmo comarcas enteras para
entregar a la civilizacin, soldado y explorador, desenvolvindose en la
vida militar moderna, concebida con inteligencia. Feliz l, que vea la
ruta recta y luminosa abrirse ante sus pasos! Otro, en un acto de
energa, se haba arrancado a la patria y la serva con toda la fuerza
de su espritu y el amor de su alma, all en lejanas tierras americanas,
donde el nombre argentino estaba olvidado y que l haca sonar
perseverante y respetuoso. Aquel, joven, brillante, por quien Narbal
haba sentido siempre una vivsima simpata, dejaba correr la vida
insensiblemente, como algo que le fuera extrao, despus de haber bebido
tambin su cliz y buscado la muerte honrosa del combate... Perda,
recorriendo as el pasado, la nocin del tiempo; las figuras se borraban
en una penumbra indecisa y le pareca que esos hombres haban vivido
largos aos atrs y que l mismo sobreviva a un viejo mundo
desvanecido. A veces, una figura delicada, esbelta, cruzaba su memoria
e, involuntariamente, detena su montura y entrecerraba los ojos
buscando el nombre de la visin fugaz... ya haba pasado y otra la
reemplazaba. La asociacin de recuerdos bajo la actividad del espritu
le haca por momentos recorrer su vida entera en un relmpago. Empezaba
la evocacin sonriendo y conclua en un quejido.

Narbal haba buscado la existencia vegetativa y la senta a cada
instante alejarse de l. Los trabajos del campo a que se entreg con
vehemencia, le fatigaron al cabo de un mes. Muerta la curiosidad
intelectual, los libros no le decan nada, la pluma le inspiraba
repulsin, un cansancio mortal le oprima. Vencido a medio da por el
sueo, se preparaba largas noches de insomnio, de las que sala
profundamente quebrantado. A la verdad, el corte definitivo estaba ya
adquirido, hasta el punto que, si un milagro hubiera hecho desaparecer
el pasado, el estado moral de ese hombre no se habra modificado. Ms
que insoportable, la vida se haba hecho indiferente para Narbal: todo
le era igual, nada le atraa. No hablaba, ces de montar a caballo y los
interminables das de la campaa corran lentos sin que se moviera de su
cama, en la que, tendido, fumando, dormitando, pasaba las horas muertas.

Quince das despus de su llegada haba recibido una larga y afectuosa
carta de Lorenzo, en la que ste se quejaba con cario de la conducta de
Carlos a su respecto. Narbal contest, sin disculparse. Una
correspondencia seguida se estableci. Lorenzo, que al principio no
haba querido hablar de su mujer, de sus hijos, por un sentimiento de
exquisita delicadeza, abord el tema con franqueza un da. "Ven, le
deca, mi hogar ser el tuyo; estoy seguro de que las caricias de mis
hijos te calentarn el corazn. Hay entre ellos un personaje de tres
aos, rubio, alegre, preguntn, con unos ojos llenos de malicia que, si
recuerdo bien tu amor a las criaturas, te va a conquistar. Figrate que
te apasiones por ese muchacho; la salud moral no est lejos." Era tarde
ya.

Haca tres meses que Narbal se encontraba en la Quebrada, cuando recibi
una carta de Lorenzo que produjo en l la primera impresin violenta
desde largo tiempo atrs. La haba escrito el amigo en un momento de
sincera indignacin o ensayaba, bajo esa forma, estremecer las fibras
anestesiadas del corazn de Carlos? Tal vez ambas cosas. La carta deca
as:

     "Mi querido Carlos: Te escribo en un momento, de profunda agitacin
     para todos nosotros. Los diarios adjuntos te impondrn de lo que
     acaba de pasar en Montevideo. Las instituciones han sido
     pisoteadas, los poderes constitudos derribados por un motn de
     cuartel, el degello, el viejo degello salvaje, reaparecido en las
     calles, y, como siempre en ese desgraciado pedazo de tierra, la
     barbarie ha triunfado de la civilizacin. Los hombres de
     pensamiento y de honor, viejos y jvenes, que no han sido
     asesinados o metidos en un calabozo, han tomado el camino del
     destierro. La mayor parte han conseguido pasar a Buenos Aires y se
     encuentran aqu sin recursos de ningn gnero y, por todo bagaje,
     con aquella enorme altivez que les conoces y que les impide aceptar
     el menor auxilio. Nuestra prensa, felizmente, ha condenado unnime
     el atentado. Nadie lo dice, porque sera absurdo, pero est en
     todos los corazones el deseo de que el gobierno, por los mil medios
     indirectos que tiene a su alcance, intervenga de una manera
     favorable a la causa de la justicia. No se trata aqu de blancos ni
     de colorados. La cuestin es entre los herederos de las hordas
     semibrbaras de un Lpez o un Carrera y los hijos de aquellos que
     combatieron contra Rosas al lado de nuestros padres. O el ao 20 o
     la marcha adelante!...

     "Anoche reun algunos amigos en casa; no haba sino un oriental,
     Castellar, con quien, como sabes, me liga una vieja amistad. Llego
     anteayer, herido. Parece que ha salvado la vida milagrosamente y
     que el cnsul ingls le embarc por la noche. No tiene ms que un
     pensamiento: organizar una expedicin. Es un carcter entusiasta y
     generoso, que vive en la obediencia de un espritu soador y
     visionario. Cree y afirma con una conviccin profunda que se
     comunica, que bastar la presencia de 200 hombres bien armados, en
     un punto cualquiera del litoral oriental, para determinar un
     levantamiento del pas entero. Todos ellos, es decir, unos
     cincuenta jvenes, estn resueltos a tentar la aventura y Castellar
     hablaba en su nombre anteanoche. Ellos, que por nada aceptaran una
     invitacin a comer, en la imposibilidad de devolverla, han jurado,
     si es necesario, ir de puerta en puerta, por las calles de Buenos
     Aires, para mendigar con el sombrero en la mano, pero la frente
     levantada, un fusil para sus manos inermes. No tienes idea del
     efecto que nos produjo la palabra inflamada de Castellar. Al
     principio, esa declamacin, natural a los orientales en el estilo y
     en la oratoria, que nos parece una falta de gusto, trajo sonrisas
     sobre muchos labios. Pero cuando se empez a sentir el calor real
     que los animaba, cuando Castellar habl de mujeres insultadas, de
     ancianos asesinados, del porvenir de toda una generacin, roto en
     esa bacanal de sangre y robo; cuando dijo, sencillamente esta vez,
     que todos ellos preferan morir a la vida con el cuadro constante
     de esa depresin profunda de la patria; cuando se puso de pie,
     pidindonos armas, a nosotros, los felices, que habamos salido
     para siempre del lodo, te aseguro que las sonrisas haban cesado y
     fu con viril emocin que todos lo estrechamos entre nuestros
     brazos, como si en ese instante representara su pobre tierra
     escarnecida.

     "Por lo pronto, tenemos por base los cincuenta rmington y que hace
     tres aos reunimos para defendernos del famoso golpe de mano
     anunciado y que felizmente nunca tom forma. Cada uno de nosotros
     va a ponerse en campaa y no dudamos reunir en una semana dos o
     trescientos fusiles. El embarque puede ofrecer dificultades; pero
     Jaramillo, que acaba de ser gobernador de La Rioja, que ha llegado
     hace un mes de senador al Congreso y que asisti a la reunin, nos
     ha tranquilizado al respecto. Es amigo particular y poltico de los
     ministros de Relaciones Exteriores y de Guerra y Marina y no cree
     difcil obtener de ellos, ayudado por otra parte por el sentimiento
     pblico, que no se fijen mucho si los subalternos hacen la vista
     gorda.

     "Pero no es eso todo; hay gastos indispensables y no hay un peso.
     Se trata de equipar unos cien hombres, y lo ms serio, de fletar un
     vapor por un precio que haga aceptar al armador todos los riesgos
     de una empresa semejante. Hemos iniciado una lista de subscripcin
     y tenemos ya cerca de dos mil duros reunidos. No dudando que t me
     enviaras algo, pero deseando ponerte en guardia contra t mismo,
     te he apuntado por 200 duros, que te ruego des orden a tu apoderado
     para que me los remita.

     "No puedo ser ms largo, porque tengo la casa llena. Mi mujer est
     asustada y anoche me ha hecho jurar sobre la cabeza de mis hijos
     que no pienso tomar parte en la expedicin. Me ech a reir, pero la
     verdad es que respiramos una atmsfera que predispone a todas las
     locuras imaginables. Por lo pronto, dos o tres de los muchachos
     (los muchachos! si vieras qu mal empieza a sentarnos el nombre!)
     irn en la expedicin, unos por curiosidad, otros por hasto. Hubo
     un momento en que Jaramillo, un venerable padre de la patria!,
     casi se compromete a acompaarlos. Me cost un triunfo disuadirlo;
     quera a toda costa poner un reemplazante, pero Castellar ha
     declarado que no quieren gente mercenaria y que, por otra parte, lo
     que va a sobrar son hombres, as que pisen el suelo oriental."

     "Excuso decirte que los huspedes forzados son los leones del da;
     la mecha de Eugenio est ms irresistible que nunca, cubriendo la
     frente sombra y fatal del proscripto. Ha hecho la conquista de
     nuestro Vespasiano, a quien las graves ocupaciones curules no
     impiden, por cierto, mariposear como en los tiempos en que se
     levantaba una bailarina del Coln como un atleta cien kilos."

     "Te escribo a la carrera y nervioso; la expectativa de la accin
     nos electriza. Puedes figurarte con qu ansiedad vamos a esperar
     los sucesos!"

     "Carios de mi mujer y un beso de mis hijos."

       _Lorenzo._

     --"P. D. Qu has hecho del Winchester de repeticin que tenas
     antes de tu partida a Europa? Si lo dejaste en Buenos Aires ordena
     que me lo entreguen. Jams la sangre que derrame correr ms
     justamente."

       _V._

La tarde empezaba a caer cuando Narbal concluy de leer los diarios que
le haba remitido Lorenzo. Nacido en Montevideo, conservaba por su cuna
casual ese afecto orgnico que liga al hombre como a la bestia al punto
en que viene a la vida--y senta en su alma, speramente, la ignominia
de ese gentil pedazo de suelo, tan bello, tan atrayente, tan hecho por
la naturaleza para ser hogar de un pueblo libre y feliz... Pas la mano
por su frente, hizo ensillar su caballo y se ech a vagar por la
llanura. El cielo, de una claridad admirable, empezaba a tachonarse de
chispas brillantes y una calma profunda reinaba sobre los campos que se
preparaban para el sueo. Y l, con la mirada perdida en ese portento de
paz, pensaba en las familias que, a la misma hora, en el duelo y el
llanto, temblaban por el hijo perseguido, por el viejo padre prisionero
o lloraban sin esperanza el hermano brbaramente sacrificado. Levant la
frente, una expresin viril se pint en su rostro, que una rfaga
interior ilumin, y a lento paso volvi a su triste rancho.


II

Lorenzo deca la verdad; los sucesos de Montevideo haban producido una
intensa agitacin en Buenos Aires. Una fibra del corazn comn haba
sufrido y las otras se estremecan. La poltica, los partidos, los
antagonismos personales, todo haba desaparecido ante la brutalidad de
los hechos, que hacan revivir, en la memoria de los viejos, los cuadros
sangrientos del pasado e inflamaban el espritu de los jvenes,
ardientes por probar, como los mayores, que tambin ellos amaban la
libertad y eran capaces de sacrificarse por ella.

No se hablaba de otra cosa; los diarios se haban pasado la voz, los
corrillos no salan del tema obligado y hasta la rueda de la Bolsa, en
los momentos de reposo, pareca moverse como un trpode espiritista, al
eco de palabras generosas y maldiciones elocuentes a las que por cierto
no estaba acostumbrada. El momento era propicio y convena batir el
fierro mientras estaba caliente. As lo comprendi Castellar.

Era el tipo completo del oriental, con todas sus aberraciones y sus
virtudes. Inteligencia clara, tal vez un poco superficial, pero
abarcando con el extraordinario aplomo que da la inmisin prematura en
la vida pblica, todas las cuestiones susceptibles de determinar una
opinin; fogoso, paradojal, armado de juicios hechos, definitivos y casi
speros en su forma intransigente, bravo, lrico a fuerza de exaltado,
girondino en la palabra, digno del _cenculo_ en el estilo, a tres mil
leguas de la evolucin positivista del espritu moderno, leyendo y
citando de buena fe los libros de Pelletan, encantado del "Pars en
Amrica" de Laboulaye, que acababa de leer y que hoy huele a moho;
entusiasta por Artigas, sobre cuya accin real estaba muy vagamente
informado, pero que la tradicin de su pas le presentaba como la
encarnacin de la nacionalidad; colorado fantico, pero orgulloso de la
noble defensa de Paysand; adorando a Juan Carlos Gmez, pero
atribuyendo a una ofuscacin del espritu de su hroe la concepcin de
la _patria grande_, tal era el corte intelectual del joven que probaba
por primera vez las amarguras de la proscripcin. Entre sus compaeros
haba, por cierto, hombres de autoridad considerable y de pensamiento
reposado; pero ellos mismos haban comprendido que lo que se necesitaba
en esos momentos no eran demostraciones lgicas de que asesinar la gente
y derrocar gobiernos a lanzadas es una barbaridad, sino corazones
calientes que, comunicando la indignacin, supieran utilizarla. Por otra
parte, viejos aguerridos de la poltica, diez veces desterrados, diez
veces batidos en empresas de reivindicacin armada, su preocupacin
principal era ocultar a los jvenes, llenos de entusiasmo, su invencible
y fundamental desesperanza.

Cmo y por qu la eleccin de jefe militar de la expedicin cay en el
Coronel Galindo, sera cuestin difcil de resolver. En esos momentos de
exaltacin, el deseo ardiente de encontrar un caudillo favorable, hace
que cada uno por una complicidad inconsciente y generosa, adorne al
elegido con todas las virtudes ideales a que aspira. Galindo "era un
bravo, tena una inmensa popularidad en los departamentos de la costa
del Uruguay, conoca palmo a palmo el terreno de las futuras
operaciones, era un hombre seguro, sobre el que nada podran ni las
amenazas ni las promesas de los que mandaban en Montevideo, tena
ntimas relaciones con muchos de los principales jefes del ejrcito
argentino, inspiraba confianza, etc., etc." Tal lo pintaban los diarios
que, con la indiscrecin propia del oficio y yendo contra los intereses
de la causa por la que manifestaban tanta simpata, daban cuenta
diariamente de todos los preparativos de la expedicin, poniendo en
serios apuros al Ministerio de Relaciones Exteriores y sirviendo de
bomberos inconscientes a la gente que en Montevideo tena la escoba por
el mango. Galindo mismo, que al principio lea con asombro todos esos
datos que refirindose a l, ignoraba por completo, acab por
convencerse de su importancia. En realidad, su vida, si bien confusa,
era insignificante. Haba servido en la guerra del Paraguay como
teniente, se haba batido bien, luego, en la patria, en una y otra
revolucin, haba llegado a coronel, hasta que, despus de la ltima,
salvado a uas de buen caballo por la frontera del Brasil, cinco aos
atrs, vino a caer a Buenos Aires. Naturalmente, al cabo de tres meses,
abri su correspondiente escritorio de comisiones, gestin de asuntos
ante los dos gobiernos, despacho de aduana, rdenes de Bolsa, remates,
etc., pero cuyo resultado positivo fu embrutecer por completo al joven
dependiente que pasaba las horas muertas cebando mate y oyendo, dentro
de una intolerable atmsfera de tabaco negro, eternas discusiones
polticas en la que tomaban parte cuotidiana, a ms del coronel y su
socio, un rematador de Buenos Aires fundido, todos los vagos de ambas
orillas del Plata que el azar empujaba hacia la calle San Martn,
ubicacin del famoso escritorio de Galindo y Ca.

A los tres meses, Galindo, agobiado por el peso del alquiler, se vi
obligado a sacar las tablillas. Un cobro imposible al gobierno nacional
se arrastraba como antes de que la sociedad lo tomara en mano y el jefe
de una casa inglesa que, por una recomendacin de Montevideo, haba ido
al escritorio de Galindo a darle una comisin, regres de la puerta
asustado por el tumulto. El bravo coronel fu a aumentar el nmero de
despojos que flotan en las aguas turbias de la Bolsa, pescando aqu y
all, una pequea comisin, dada por un especulador en ansia de
despistar al adversario, practicando la _multa_ con circunspeccin y
asiduidad, atando, en fin, los hilos de fin de mes con tanto esfuerzo
como necesitaba Fgaro para vivir. La palabra francesa _vivoter_ explica
muy bien ese vaivn instable de la fortuna, esa angustia perenne al
principio, pero que pronto degenera (las pacientes dicen _se regenera_)
en una indiferencia mezclada con la confianza indolente en una estrella,
de poco brillo, pero que no se extingue nunca. As _vivote_ cinco aos
el coronel Galindo y en esa situacin le encontraron los sucesos de
Montevideo. Castellar, que le conoca de larga data, pero que sufra a
su respecto la aberracin del momento, vi en l al hombre de las
circunstancias y le propuso ponerse al frente de la expedicin. Galindo,
pronto a todas esas aventuras por naturaleza, educacin e instintos,
acept en el acto, poniendo, por la forma, algunas condiciones
referentes a la disciplina, a la absoluta independencia en la direccin
de las operaciones militares, que acabaron por cimentar la confianza que
se haba resuelto depositar en l. Originario de Fray Bentos, aprovech
el azar para sostener sus _extensas_ relaciones en la costa. Pidi
doscientos hombres bien armados, un vapor a sus rdenes y completa
latitud de accin.

A pedido de Castellar, Lorenzo facilit el saln de su casa, el mismo en
que haba tenido lugar la reunin de que hablara a Narbal, para celebrar
todas las que fueran necesarias. Lo haca con placer, porque en realidad
estaba profundamente indignado. Adems, ese movimiento, esa actividad
ajena a sus montonas ocupaciones diarias, le haba galvanizado,
hacindolo volver a los viejos tiempos en que andaba siempre por los
extremos, pensando en soluciones violentas a todas las cuestiones de la
vida. Su casa haba tomado el aspecto de un cuartel electoral, para
desesperacin de su mujer, que vea fusiles en todos los rincones, a los
chiquitos jugando con sables o arrastrando cartucheras, al par que la
descompona el olor fro de tabaco, pegado a las cortinas y a los
muebles. No comprenda bien ese _patriotismo_ por asuntos de tierra
extraa, pero con una confianza absoluta en la nobleza de los
sentimientos de su marido, se resignaba poniendo al mal trance la mejor
cara posible. Jaramillo, que coma todos los domingos all y quien tena
la viva simpata que el abierto riojano inspiraba generalmente, le
repeta que los orientales le deberan una buena parte de su libertad y
la exhortaba a bordar con sus propias manos la bandera del cuerpo
expedicionario. Herminia, desarmada, sonrea.


III

La reunin que se celebraba esa noche tena una importancia capital,
porque, a ms de recapitular los elementos de que se dispona, Castellar
pensaba proponer la realizacin inmediata de la empresa. Cada uno deba
dar cuenta de la comisin que le fuera encomendada y el coronel Galindo,
por primera vez, sometera su plan de campaa.

La reunin tena lugar en el comedor, ms vasto y sobre todo, por la
disposicin de la casa, ms aislado que el saln. Estaban reunidas unas
veinte personas, entre las que se encontraban cinco o seis personajes de
Montevideo, otros tantos jvenes, algunos militares y slo tres
argentinos, esto es, Lorenzo, Jaramillo y un amigo del primero, que
deba dar cuenta de su trabajo en el sentido de obtener un vapor. Todos
estaban ms o menos exaltados, pero la expresin era diferente. Lorenzo
hablaba poco pero se mova mucho, Jaramillo se mova y hablaba con
abundancia, los jvenes orientales dominaban mal su impaciencia, los
viejos procuraban poner cara de palo y Galindo, como los oficiales que
le acompaaban, se sentan incmodos.

Castellar habl primero.

--El caballero, dijo, que nos da la hospitalidad y cuyo nombre
recordaremos siempre los orientales como el de uno de los ms generosos
y desinteresados entre los amigos de nuestro pas, va a exponer a
ustedes el estado de las cosas. Debo declarar, porque as me lo ha
repetido con frecuencia, que en todos aquellos de sus compatriotas a
quienes ha acudido, ha encontrado una acogida simptica, que se ha
traducido en hechos. Eso nos prueba una vez ms, aadi,--no sin echar
una rpida mirada a un hombre de hermosos cabellos plateados y fisonoma
abierta y expresiva, que lo miraba con sus ojos claros y dulces,--eso
nos prueba una vez ms, que el destino ha hecho a nuestros dos pases
para marchar y desenvolverse en armona, cada uno segn su ndole y las
exigencias de su historia, pero unidos por los mil vnculos en que el
pasado nos liga y el porvenir estrechar. Como se ver dentro de un
momento, podemos pensar ya en la realizacin inmediata de nuestra
empresa. Cada da que pasa es una vergenza ms para nuestra patria y un
peligro, porque el tiempo sanciona lentamente los hechos consumados. Los
elementos necesarios estn reunidos, tenemos confianza en el xito y
estamos dispuestos a dar la vida con jbilo. Por mi parte, si en la
empresa la pierdo, estoy recompensado por la confianza que no slo mis
amigos, sino tambin los hombres venerables que me escuchan, han
depositado en m. Slo me resta presentar a ustedes a nuestro futuro
jefe, el coronel Galindo, un patriota probado, cuyo valor y experiencia
son una garanta de xito.

--A mi vez, agradezco a Castellar sus palabras de gratitud, dijo
Lorenzo. No las merecemos, porque es difcil obrar bajo la idea de que
los orientales nos son extranjeros. Por lo pronto, declaro que siento
los dolores de su patria de ustedes como los de la ma propia. Es un
deber recproco de ayudarnos en las horas amargas, en nombre de la
solidaridad de la civilizacin. Tendmonos la mano, pues, guardemos en
el fondo del alma el sentimiento que nuestros actos nos inspiren y
obremos.

Luego tom algunos papeles y continu:

--He aqu lo que hemos podido reunir hasta este momento: 160 rmington,
cuarenta carabinas, stas como los primeros con su correaje
correspondiente, ochenta sables y otras tantas lanzas. Se han adquirido
20.000 cartuchos. Todo est depositado en un corraln de mi propiedad.
La suscricin, contando con lo gastado en las municiones, ha producido,
por nuestra parte 7.500 pesos fuertes.

Agregue usted 5.000 ms que he recibido de una suscricin privada, hecha
en Montevideo, dijo uno de los _venerables_, como les haba llamado
Castellar.

Hubo un murmullo de satisfaccin, Lorenzo iba a continuar, cuando
alguien golpe la puerta del comedor. Lorenzo abri y un criado le
entreg una tarjeta. Apenas ech los ojos sobre ella, sinti una emocin
violenta, se puso plido y di un paso hacia la puerta. Dos o tres
personas corrieron hacia l inquietas. Lorenzo se detuvo y, haciendo un
esfuerzo, se seren rpidamente.

--Pido a Vds. disculpa, seores. Pero un amigo, el mejor de mis amigos,
el hombre que ms estimo y quiero sobre la tierra y a quien no vea hace
cinco aos, que para l han sido muy amargos, acaba de llegar y me enva
esta tarjeta de al lado de la cuna de uno de mis hijos: "Llego en este
momento y s que tienes una reunin referente al noble propsito sobre
el que me escribes. Te ruego pidas en mi nombre a esos caballeros me
concedan el honor de combatir en sus filas por la dignidad del pas en
cuyo suelo nac". Quieren Vds. permitirme, seores, presentar a Carlos
Narbal?

Todos asintieron calurosamente y antes que Lorenzo hablara, Jaramillo,
que estaba fuera de s, se precipit hacia la puerta. El riojano haba
conservado un culto por Carlos; el alejamiento silencioso de ste, sus
propias preocupaciones polticas, le haban impedido mantener
correspondencia con Narbal, como lo hubiera deseado. Pero jams le
olvid y qued en su recuerdo como la personificacin del hombre
elegante, generoso, aristocrtico de gustos, robusto de ascendiente
moral, que era su tipo ideal, realzado an por la circunstancia de haber
sido su introductor en el mundo porteo. Cuando guiado por el sirviente,
se hall de pronto frente a Carlos que hablaba con Herminia teniendo en
sus rodillas un delicioso muchacho de tres aos que acababa de
despertarse y que le haba tendido los brazos como a un viejo amigo,
Jaramillo tuvo que hacer un esfuerzo para ocultar la emocin que el
cambio de Carlos le produca. Se ech en sus brazos con un mpetu de
cario tan sincero, que Narbal lo estrech con verdadera afeccin. Un
instante despus entr Lorenzo. Largo tiempo, en silencio, sus corazones
latieron unidos; cuando Lorenzo apart a Carlos para mirarle, tenindole
de las manos, sus ojos estaban hmedos. Herminia lloraba sencillamente y
el nio, con los ojos muy abiertos, miraba la escena con asombro. Un
nuevo afecto que echa su noble raz en el corazn o un viejo cario que
se despierta con energa, aumentan la intensidad de todas nuestras
afecciones, como, en el suelo tropical, la soberbia robustez de un
rbol, aumenta la lozana de las plantas que lo rodean, protegindolas
con su sombra y dando a la tierra un impulso de vida. Lorenzo oprimi
las manos de Herminia, bes a su hijo, di un vigoroso shakehands a
Vespasiano, que lloraba como un becerro y tomando a Carlos del brazo, le
dijo:

--Vamos; nos esperan.

Narbal comprendi y sigui a su amigo en silencio.

Un momento antes de abrir la puerta del comedor, Lorenzo, casi
inconscientemente se detuvo.

--Es cosa resuelta? dijo.

Carlos sonri tristemente. Lorenzo sinti la puerilidad de su pregunta y
abri la puerta con resolucin.

Narbal fu acogido con respetuosa simpata. Los viejos haban conocido a
su padre y para los jvenes tena ese atractivo curioso que los
contrastes serios de la vida dan a los hombres. Respondi a las
manifestaciones cariosas de que era objeto y fu a colocarse
silenciosamente en una silla al lado de Jaramillo, que haca esfuerzos
enormes, pero fructuosos, para no hablar de cosas que tenan una
conexin sumamente remota con los sucesos orientales.

Lorenzo continu:

--Reuniendo, pues, las sumas obtenidas hasta hoy, se puede disponer, a
ms de lo gastado, de diez mil patacones. He declarado ya a mi amigo
Castellar que mi intervencin no tena ms alcance que la reunin de
fondos y elementos y que esperaba que el sentimiento que me dictaba esa
lnea de conducta fuera bien comprendido. Es necesario no dar a los
adversarios la enorme ventaja de acusar a Vds. de apelar al extranjero.
S que sera un absurdo; pero nada hay ms terrible que el absurdo
cuando toma una forma definitiva y neta. Slo me resta, rogar a nuestro
amigo Martnez quiera dar cuenta de la comisin que tuvo a bien aceptar.

--El vapor _Urano_, dijo el interpelado, est a nuestra disposicin,
mediante cinco mil duros y los gastos de seguro. Es un buen buque, no
muy grande, pero que puede fcilmente transportar trescientos hombres.
Lo manda un italiano, el capitn Lamberti, que me parece un hombre digno
de confianza. Como el seguro ofrece muy serias dificultades, tal vez
insuperables, he propuesto, salva ratificacin de parte de Vds., que los
propietarios mismos se encarguen de asegurarlo. Esto importar un gasto
considerable.

--Han aceptado?

--S, pero piden diez mil duros.

--No ser difcil encontrarlos, dijo Lorenzo.

--Bien. Ahora, ocupmonos un poco del plan general, dijo Castellar. Qu
piensa el coronel Galindo?

El bravo coronel era un hombre de fisonoma simptica y esencialmente
criolla. A primera vista, se notaba la ausencia del golpe de cepillo
social, pero en cambio se vea el valor. Algo bajo y grueso, el pelo
bastante largo, bigote y pera entrecana, brazos cortos y pies anchos. Se
levant, pero, al hablar, juzg sin duda que as era ms difcil y se
volvi a sentar.

--Conozco dos o tres puntos en que el desembarque ser fcil, dijo.
Escribiendo unos das antes a los amigos de la costa, estoy seguro que
nos esperan quinientos hombres con caballada suficiente. Luego se lanza
el manifiesto, entramos en campaa y...

--Qu manifiesto? dijo uno de los ancianos.

--Pues!... el manifiesto... el manifiesto que se lanza siempre! dijo
Galindo mirando con asombro al que le interrumpa.

--Es necesario ponernos de acuerdo sobre ese documento, dijo el viejo
formulista.

--Cuatro lneas bastarn, seor, contest Castellar. Una vez presentados
los hechos en toda su brutalidad, no creo necesario agregar una palabra
ms.

--S, pero creo conveniente, creo indispensable determinar de una manera
fija el objetivo de la expedicin y anunciar el uso que se piensa hacer
del triunfo.

--Es precisamente lo que pienso que debe evitarse, dijo Castellar con
cierta impaciencia. Mi pensamiento es ste: el manifiesto no debe ser ni
blanco ni colorado....

--Sin embargo, replic el tenaz anciano, el atentado inicuo ha sido
hecho en nombre del partido colorado....

Castellar iba a replicar, tal vez sin suficiente calma, cuando Narbal le
previno.

--Puesto que se juzga necesario un manifiesto no creen Vds., seores,
que el llamado a dirigirlo al pueblo oriental, sea el Presidente
constitucional de la Repblica, que acaba de ser depuesto de una manera
violenta? Nadie puede tener mayor autoridad que l. Una palabra suya
pondr las cosas en su lugar: ellos los revolucionarios, nosotros los
defensores del orden legal.

El silencio que sigui no era slo consideracin por Narbal. Dos o tres
personas sonrieron irnicamente y la fisonoma de Castellar se
obscureci.

--A m me parece que el seor tiene razn, dijo Galindo con franqueza.

--Conviene que Vd. sepa lo que sucede, seor Narbal, dijo Castellar con
tristeza, puesto que tan noblemente nos trae su concurso. El doctor
Erauzquin, Presidente de la Repblica Oriental, es un hombre
esencialmente inerte, sin ambiciones, sin resolucin para ser enrgico,
teniendo todos los elementos para conseguirlo y que llevamos al poder
haciendo violencia a su voluntad. En su derrocamiento slo vi su
liberacin y el medio de volver a la vida privada. Se encuentra
actualmente en el Brasil, donde su fortuna le permitir vivir
tranquilamente, si es que no pasa a Europa en breve. Se le ha escrito,
se le ha instado, se han tocado todas las cuerdas que suponamos
vibraran an en l para decidirle a venir a ponerse a nuestro frente.
Nos ha contestado ofrecindonos dinero para ayudar a los compatriotas
proscriptos que se encuentran sin recursos, pero aadiendo que por
ningn motivo tomara parte en ningn movimiento poltico. Es intil
contar con l. Me es doloroso hablar as, no slo porque comprendo la
falta que nos har su adhesin moral, sino porque soy amigo particular
del Dr. Erauzquin.

Haba algo de splica en las ltimas palabras de Castellar; todos lo
comprendieron.

Un hombre viejo, el ltimo de su grupo, no haba abierto an sus labios.
Cuando el coronel Galindo habl, algo como una expresin de ira o de
desprecio pas por su cara. Al concluir Castellar, no pudo contenerse.

--Quieran los jvenes aqu presentes, dijo, prestar un poco de atencin
a un hombre cargado de aos y de experiencia. He estado encerrado ocho
aos en Montevideo, durante el sitio que es y ser nuestra pgina de
gloria nacional. Desde 1852 hasta la fecha, he tomado parte activa en la
poltica del Ro de la Plata, con los vencedores pocas veces, muchas con
los vencidos. No es esta la primera vez que me encuentro en una reunin
semejante. Como ustedes he sido joven, me he indignado, me he batido, he
quedado tendido en los campos de batalla, he evitado el golpe de los
asesinos, conozco bien nuestra triste vida nacional. Hoy, ante el
derrumbe de todas mis ilusiones, ante la realidad repugnante que
destruye en un minuto tantos aos de esfuerzo, siento que hablar es un
deber, aunque vaya a chocar contra el noble sentimiento que anima a
ustedes. Pero ustedes son nuestros hijos, ustedes son la esperanza nica
del pas y no puedo conformarme en silencio al sacrificio estril que
van a imponerse. No, coronel Galindo, no encontrar usted quinientos
hombres al desembarcar; encontrar usted mil, dos mil, semibrbaros,
guiados por caudillos locales que sostendrn frenticamente el nuevo
rgimen de Montevideo, porque importa la derogacin de toda ley y
sujecin. Aunque no lo quiera, tendr usted que hacer pie firme y
presentar combate, porque sus soldados se lo exigirn. Y este puado de
jvenes, lo ms noble, lo ms digno del pas, el grano del porvenir,
caern uno a uno, luchando contra gauchos salvajes, cuya existencia slo
tiene importancia vegetativa. Robustecidos por un triunfo fcil e
inevitable, los hombres de Montevideo se afirmarn en el poder y toda
esperanza de volver a la libertad y al decoro se alejar por muchos
aos!...

Castellar haba odo mordindose los labios.

--No puedo suponer que usted nos aconseje la aceptacin de los hechos
consumados!--dijo.

--Lo que propongo a ustedes es el nico temperamento que la historia de
todos los pueblos que han cruzado pocas anlogas seala como eficaz: la
expectativa, la perseverancia. Los lobos acaban siempre por devorarse
entre ellos, nuestros dictadores cran siempre serpientes en su seno y
en ese mundo moral la traicin es elemento normal. Esperemos: dentro de
seis meses, esos hombres se separarn en dos bandos. Entonces
llevaremos nuestra fuerza intelectual, nuestra autoridad, qu digo! toda
la autoridad de la sociedad culta, a aquel de ambos que ofrezca
probabilidades de reaccin contra la barbarie. Y as, lentamente,
favoreciendo a unos contra otros, inoculando con paciencia nuestras
ideas, hemos de ver, vern ustedes, seguramente, el orden definitivo
imperando, porque se basar sobre el cimiento de granito de una
evolucin pacfica y no sobre la sangre, que en nuestra tierra marea y
enloquece...

--No!--exclam con voz vibrante el hombre de ojos claros y largos
cabellos plateados a quien Castellar haba mirado con intencin al
hablar de la independencia oriental. No! tambin soy viejo, tambin mi
vida ha transcurrido en la lucha, tambin he conocido la proscripcin,
puesto que vivo en ella hace 20 aos. Respeto el mvil de mi digno
amigo; pero no puedo consentir en silencio en que nuestras canas nos den
derecho para venir a ahogar esa explosin de viril indignacin que
inflama hoy el alma de los jvenes orientales. Por qu ese error de la
sangre? Es el roco sagrado sin cuyo riego jams un pueblo lleg a nada
grande. Luchamos contra brbaros, luchamos contra fieras y la palabra es
intil. Un pueblo que acepta silenciosamente la opresin y que busca la
redencin en combinaciones bizantinas, es un pueblo que abdica. Ustedes,
jvenes, son hoy el pueblo oriental, llevan en su corazn el depsito de
su dignidad y en sus brazos el estandarte de su gloria. El movimiento
que les impulsa a la lucha es la obediencia a la voz de la patria que
llama e implora. Seris vencidos? Y bien, queda el ejemplo. No se
pierden jams los rastros de la sangre derramada por una causa santa y
como el polvo de los Gracos engendr a Mario, as la sangre vertida en
las hecatombes del ao 40 clam al cielo y Caseros fu...

De pie, con su elegante figura, con los ojos chispeantes, todos le
contemplaban bajo una atraccin misteriosa. Habl largo rato con palabra
de fuego, colorida, poco lgica, pero irresistible. El argumento
flameaba como una bandera de guerra y l mismo crea sentir el olor del
combate.

Cmo rebatir esas cosas? Cmo hacer oir la razn cuando el corazn
late a reventar? Las manos se estrecharon en un movimiento impetuoso
que hizo acallar todas las dudas, y la resolucin suprema se adopt. El
porvenir poda ser obscuro, los negros vaticinios del anciano
realizarse, el esfuerzo ser intil, pero, en el fondo, jams un grupo de
hombres tuvo la conciencia ms pura en el momento de aceptar el
sacrificio. All, a lo lejos, en el seno de las sociedades secularmente
organizadas, hay una eterna sonrisa para nuestras asonadas americanas,
y, sin embargo, cunta virilidad, cunta altura de pensamiento importan
muchas veces! Esa fatalidad histrica es nuestra cruz; llevmosla sin
desesperar, porque, en el fondo del caos aparente, se mueven ya los
elementos de la organizacin definitiva.

  1884.




Aguafuerte

  _D'aprs_ Zurbarn.


....El corazn de Rejalte yace en silencio, haba dicho alguien del
fraile. Tal era la impresin que reciba el que por primera vez vea a
ese hombre, cuyo aspecto helado, seco, en vez de la consuncin por el
fuego de una pasin ntima, revelaba la mediocridad de una naturaleza
moral sin resortes para la exaltacin. Hijo de un obscuro maestro de
escuela de la colonia, cuya vida entera haba trascurrido en Crdoba,
Rejalte haba heredado de su padre una inteligencia limitada, un
carcter porfiado hasta el absurdo y una moralidad circunscripta y
severa. Educado en el seminario, corri all su juventud fra, sin
sentir una sola vez el impulso de curiosidad por conocer lo que pasaba
en el mundo fuera de las cuatro paredes que formaban su horizonte.
Cuando lleg la adolescencia, la savia primaveral que trepa al tronco de
las palmeras ms opulentas como al de los arbustos ms raquticos, llen
un instante el corazn y la cabeza del flaco seminarista. En la
estrechez de su devocin, Rejalte sinti con horror esa agitacin
desconocida y con la tenacidad de un sectario, la combati por la
abstinencia y la oracin, por el cilicio, las largas horas pasadas en el
claustro desnudo y la concentracin del pensamiento en el Sr divino
que su inteligencia le permita concebir, no un Dios de amor y de paz,
manso y perdonador, sino el Jehovah bblico, oculto y temible, reinando
en el paroxismo de la ira, la mano pronta a la venganza y rpida.

Rejalte haba perdido a su padre muy nio an; cuando al cumplir los
veinte aos sali del seminario para recibir las rdenes y ejercer el
sacerdocio, su alma no haba sentido un solo cario humano, una sola
afeccin capaz de suavizar la rigidez impresa en su espritu por la
tristeza de la atmsfera en que haba vivido. Era un hombre vulgar, sin
pasiones, sin luchas ntimas, sin exigencias intelectuales. Jams tuvo
una duda, jams se permiti una lectura que pudiera arrojar un germen de
turbacin en l, no por temor, sino por falta de curiosidad y por la
disciplina estricta que le apart toda su vida de los libros marcados en
el _Index_. Como un soldado, vea el camino recto ante l. No aspiraba a
ascender, no tena ambiciones ni necesidades. Los grandes problemas de
la filosofa religiosa, esa agitacin moral que el estudio sincero y
venerado de la teologa despierta en el alma de la mayor parte de los
sacerdotes de buena fe, no existan a sus ojos. Durante el curso de sus
estudios especiales, continuados en todo tiempo, no levant una sola vez
la cabeza del libro sagrado, para perder la mirada en el espacio y caer
en el sueo penoso de la especulacin. Saba su oficio como un buen
oficial sabe la tctica. Para l, los nombres de Lamennais, de
Montalembert, de Falloux, del mismo Ozanam, tenan idntica
significacin que los de Lutero, Calvino o Zwingle. No conoca uno solo
de los libros de controversia escritos en nuestro siglo; jams ley una
pgina de Renan, no por temor, lo repito, sino por la ausencia absoluta,
por la atrofia nativa de toda curiosidad intelectual. Su religin era
un conjunto de reglas claras, concretas, definidas, cuya enumeracin
encontraba en la historia cannica y cuya observancia no permita la
menor desviacin. Jams se encontr frente a un conflicto, porque el
mundo de carne y pasiones, para cuyo gobierno moral se ha hecho la
religin, no exista en su concepto. La fe no se revesta a sus ojos de
los caracteres celestes con que la cubri la predicacin inmaculada de
Jess; era simplemente un deber, idntico al del obrero honrado que en
las horas de trabajo no escasea el esfuerzo ni la perseverancia. La
palabra fanatismo, que pes constantemente sobre l, no le era
aplicable. El fanatismo importa calor y pasin, es capaz de crear,
renovar, agitar ideas y suscitar emociones. La religin de Rejalte era
fra, definida y sin ideal. Nunca sinti tampoco rozar su alma, ni aun
en los largos aos pasados en la tumba claustral de un convento
boliviano, por las alas de aquel misticismo callado que nace en las
soledades y que, bajo la meditacin, consuela. No fu un acceso de amor
divino, no fu una necesidad moral la que le llev al triste convento;
para l el mundo entero era un convento. Ni en la sociedad ni en el
claustro necesit jams esfuerzo. No haba metodizado su vida, ni
disciplinado su espritu. Como la hoja que, al brotar en el rbol en un
botn imperceptible, tiene ya marcada su forma y su color, la vida
espiritual de Rejalte, por un capricho de la naturaleza, se haba
sustrado a la ley de variacin que la influencia del mundo determina.

Pas cinco aos en el convento, simple fraile, sin pretender a los
pequeos honores que en aquella existencia de desesperante monotona y
sordas rivalidades, se persiguen con igual tenacidad que las grandezas
de la tierra. El no pens en ellas y nadie pens en l. Cuando pasaba
por el claustro con su fisonoma yerta, sin un vestigio de pasiones,
pero tambin sin el reflejo soberano que da la serenidad conquistada
sobre el tumulto moral vencido, los tristes frailes, jvenes an, que
moran lentamente, minados por el invencible recuerdo de su vida
destrozada, le miraban con clera y envidia. Rejalte no los vea, no los
comprenda. Nunca el aspecto de un hombre hel ms la expansin en el
labio ajeno. El cumplimiento de los deberes mecnicos del culto, llenaba
gran parte de su tiempo; durante el resto, lea siempre los mismos
libros sin que jams una idea nueva se levantara. Para su alma nada era
sugestivo. Comprenda la letra y la letra le bastaba. La vivificacin
por el espritu no tena sentido para l. En el orden de las criaturas
animadas, tal cual la naturaleza lo ha creado, Rejalte era un monstruo.
Esa frialdad, sin dolor y sin pesar, habra sido terrible como base de
una inteligencia de vuelo elevado. La mediocridad absoluta de sta fu,
en este caso, la defensa del calor vital que se anida en la aglomeracin
humana.

Uno de sus viejos profesores, espritu dbil, sin voluntad, vegetativo,
fu hecho obispo y le llam a su lado. En 1870 acompa al prelado a
Roma. La influencia que la atmsfera de la ciudad eterna ejerci sobre
Rejalte, puede compararse a la que tendra un veneno o un blsamo
vivificante sobre un cuerpo inanimado. En San Pedro, sus ojos no vieron
ms que el altar durante el oficio y el libro. Asisti a una sesin
pblica del concilio y no volvi. Esper el resultado sin premura, sin
impaciencia, sin agitacin. Una vez conocido, lo anot. En adelante, el
Papa era infalible, como Cristo est presente en la hostia; era un
dogma, sin poca, sin ubicacin en el tiempo y el espacio, sin conexin
con el estado de la iglesia; era un dogma. Vino el _Syllabus_: sus
autores mismos pretendieron explicarlo, atenuar la letra por el
espritu. Para Rejalte el comentario no exista, su inteligencia no lo
necesitaba ni lo comprenda. Lo anot como haba anotado la
infalibilidad, como anot el dogma de la Inmaculada Concepcin.

Su vida material en Roma, en cuanto era posible, fu la misma que en los
Claustros del convento boliviano. El espritu luminoso de Esqui,
turbado por la absorcin en una sola idea, lanz un grito de alarma al
encontrarse por primera vez frente al progreso humano, proftico en su
adivinacin, sealando en l el germen de muerte del catolicismo.
Rejalte no vi nada de eso; cruz los mares y media Italia sin adquirir
una nocin, sin el inquieto germinar de una nueva idea. Vi y habl un
da al Papa; habituado al respeto mecnico de la idea encarnada en el
Pontfice, la forma visible no le impresion. Se arrodill ante l como
al alba, all en el convento lejano, sobre la dura losa, para la oracin
de la maana. Y nada ms.

Volvi a la tierra, qued al lado del obispo durante un ao, y al vacar
la vicara de Tucumn fu nombrado para desempearla. No la haba
solicitado, no la rehus. Se instal en su nuevo puesto, pobre y
humildemente. Jams haba tenido en su poder ms dinero que el
estrictamente necesario para la vida material. A los seis meses vi que
el curato de Tucumn era rico. La idea de reunir una pequea fortuna no
pas un instante por su espritu. La caridad era un precepto y lo
cumpli, sin sacrificio y sin placer. No tena el secreto de aumentar,
de centuplicar el valor de un don con la palabra generosa que lo realza
y lleva el consuelo al alma, al par que el pan al cuerpo, como tampoco
la facultad de gozar de esa profunda y serenadora fruicin que es el
premio divino del ejercicio de la caridad. Saba que su guardarropa, su
cocina, su casa, consuman tanto al ao; tanto las exigencias del culto.
Una vez reservada la cantidad necesaria, daba el resto de una manera
mecnica. Todos los sbados la vieja ama de llaves formaba en fila, en
el patio de la vicara, los pobres habituales y haca el reparto.
Rejalte no apareca jams.

En aquella pequea sociedad tucumana, llena de movimiento, vida e
imaginacin, Rejalte cay como un soplo helado. Las mujeres se
sobrecogieron y los hombres fruncieron el entrecejo. Durante un mes la
sociedad y el vicario se miraron como dos adversarios que se estudian.
Pero Rejalte no estudiaba la sociedad; en la parroquia ms mundanal de
Pars o en Burgos, en el siglo XVII, se habra conducido lo mismo. Tena
una inflexibilidad orgnica que era su modo genial de ser, arriba de
toda contingencia. La reserva que se le manifest, si es que de ella se
apercibi, no le hizo la menor impresin. Al fin se habituaron a l. Las
autoridades civiles desarmaron las primeras. Rejalte no tomaba la menor
ingerencia en la poltica militante, que le era absolutamente
indiferente, en tanto que no tocara en nada a los derechos de la
iglesia, el menor de los cuales formaba para l la base y la esencia de
la religin. En ese terreno habra sido de una intransigencia de hierro.
As, las autoridades laicas huyendo y temiendo todo conflicto de
carcter religioso, se tranquilizaron al constatar que Rejalte, el
primero, no lo creara. La sociedad al mes no pens ms en el vicario,
cuya vida silenciosa se sustraa al comentario. El hecho de su caridad,
por otra parte, le hizo ganar en consideracin, y ayudado por la
insignificancia de su personalidad, sinti pronto el tiempo correr
sobre l, sin que un da se distinguiera sobre otro. Las tmidas
criaturas, habituadas a abrir su alma al viejo vicario muerto ya, que
las haba visto nacer y que las acoga suavemente y con cario, sentan,
s, al aproximarse al confesionario en cuyo fondo se dibujaba la rgida
figura de Rejalte, cierto temor instintivo, justificado por la severidad
del confesor que les quitaba todo el consuelo que las almas religiosas
encuentran en esa prctica catlica. Las viejas beatas, por el
contrario, nadaban en la gloria; Rejalte era para ellas el ideal y
pronto su nombre son en labios secos y descoloridos con la uncin con
que pronunciaban los de los bienaventurados. El vicario tena la misma
palabra, el mismo acento e idntica expresin para la virgen de diez y
seis aos que vena temblorosa a mostrarle sus tenues nubes morales, sus
tmidas y secretas aspiraciones, efluvios con que el aliento de la
primavera llenaba sus pechos,--que para la devota solterona que a los
cuarenta aos tena el alma seca y arrollada como un pergamino...

  1884.




RECORDANDO




Mi estreno diplomtico


Los azares de la vida diplomtica me han llevado desde las capitales ms
recnditas de la Amrica Meridional hasta las cortes ms brillantes de
Europa. En los apuntes de viaje que he publicado, algo he contado de mi
vida en las primeras; pero razones de un orden especial, relacionadas no
slo con mi posicin oficial en esa poca, sino tambin con hombres, que
por entonces ocupaban otras quizs ms elevadas, en sus respectivos
pases, me han impedido contar, como me gusta hacerlo, con la pluma
suelta y el espritu benevolente, pero libre, algunas escenas
caractersticas, en las que era actor obligado y observador forzoso.
Ocrreseme hoy, tras largos aos pasados, recordar cmo he sido
recibido, en mi carcter diplomtico, por los diferentes gobiernos ante
los cuales fu acreditado.

Habra deseado contar, pues, por su orden, cmo fu recibido en
Venezuela, siendo presidente el general Guzmn Blanco; en Colombia,
siendo presidente el doctor Rafael Nez; en Alemania, reinando el
emperador Guillermo I; en Austria-Hungra, por el emperador Francisco
Jos; en Sajonia, por el rey Alberto; en Espaa, por la reina regente
Mara Cristina; en Suecia, por el rey Oscar; en Francia, por el
presidente Faure, y en Blgica, por el rey Leopoldo II[16]. Como se ve,
haba para todos los gustos, desde la sencillez republicana hasta la
pompa monrquica. Algo tal vez hubiera sido ms interesante que ese
tema: la pintura de los diversos cuerpos diplomticos de que me ha
tocado en suerte formar parte. Pero, adems de que en el curso de
aquellas pginas se habran ido acumulando rasgos y ancdotas
suficientes para caracterizar a esas amables y montonas colectividades,
quiz me hubiera repetido, porque nada he visto ms parecido en el mundo
que un cuerpo diplomtico a otro cuerpo diplomtico. La larga lucha por
el ascenso, la constante sujecin, el temor de desagradar, no menos
constante, el campo restringido de los estudios, el hbito de cambiar de
residencia, indiferentemente, el egosmo determinado por la falta de
afeccin y simpata por todo lo que se mueve y vive alrededor, el
uniforme mismo, las distinciones honorficas, casi nunca merecidas,
anheladas siempre; las rivalidades de oficio, desenvolvindose
sordamente; el amor a la patria que se agria por el alejamiento; todo
esto reunido, concluye por dar al espritu del diplomtico un corte _sui
generis_, anlogo a la deformacin fsica que ciertos oficios mecnicos
acaban por imprimir al cuerpo del obrero.

     [16] De esos proyectos, slo he realizado el primero, en las
     pginas que van a leerse.

Recuerdo que durante una de mis licencias fu a visitar, as que llegu
a la patria, a mi jefe, el Ministro de Relaciones Exteriores, que era
entonces el Dr. Eduardo Costa. Estaba en su gabinete con uno de mis
colegas en el extranjero, tambin _en cong_, hombre penetrado de sus
altas funciones, acompasado, creyente en su misin, fijos los ojos de su
espritu en un Talleyrand invisible, a cuyo criterio pareca someter
todos sus actos y, por lo dems, tan acabado imbcil, que se me
figuraba, despojado de su carcter diplomtico, como una mujer flaca y
sin formas, una vez cadas las artsticas ropas que disimulan sus ridos
contornos. Cuando mi colega se despidi, sin que yo hubiera desplegado
los labios, no pude menos que echarme a reir. El Dr. Costa, que me haba
tratado poco, me mir sorprendido y me dijo en voz baja: "Veo que usted
no cree en el _cuerpo diplomtico_; hgame Vd. el favor de cerrar la
puerta y vamos a charlar".

Es la verdad, no creo en el cuerpo diplomtico. La vida que la
diplomacia impone, determina con tal rapidez un pliegue tan tenaz, que
cuesta un verdadero esfuerzo deshacerlo y volver a la vida normal, a la
vida humana, con penas, alegras, expansiones, esperanzas, luchas,
triunfos y cadas. Bien feliz aquel que consigue desprenderse de ella
antes que sus facultades se hayan cristalizado en la estrecha rbita de
una funcin idntica y constante. Hasta los cuarenta y cinco aos o
cincuenta, con un rgimen tonificante y vigoroso, empleando remedios
heroicos, en el ltimo caso, se puede volver a hacer un diplomtico, un
hombre; pasados los cincuenta, un diplomtico, que no ha sido otra cosa,
salvo muy contadas excepciones, no sirve ya para nada, inclusive, a
veces, sus mismas funciones... Pobres colegas, algunos tan bien dotados
_ab initio_, a lo que se trasluca por los hermosos restos que solan
vislumbrarse all en las penumbras de su fisonoma moral! Pero a la
verdad, sus discusiones, sus cuestiones, sus disputas de rango, me
hicieron siempre el efecto de aquella grave disidencia sobre la manera
de romper el huevo, por el lado grueso o por el puntiagudo, que divida
a los liliputienses... Me ha salido la palabra; severa, pero no tengo
nimo para borrarla.

       *       *       *       *       *

Hice la corta travesa del Avila, montaa que separa Caracas de la
Guayra, en la costa, en tres o cuatro horas y en carruaje. Llegu a
Caracas con mi secretario y, naturalmente, nos dirigimos al nico hotel
que exista con reputacin de decente. El hotel estaba lleno y a duras
penas encontraron alojamiento en l mi secretario y dos jvenes
franceses con quienes habamos hecho la travesa desde Europa. No
teniendo pieza que darme, digna de mi jerarqua, como deca el hotelero,
me acord magnnimamente el anexo del hotel, que parece se reservaba
para las grandes circunstancias. Era este famoso anexo una pieza baja,
contigua al hotel, con una sola puerta, enorme y maciza, que daba
directamente del cuarto a la calle. No habiendo otra entrada, ni nicho
ni cuartujo alguno donde alojar un sirviente, el ocupante deba servirse
a s mismo de portero: abrir, cerrar, responder a los llamados y, para
alcanzar los auxilios de un camarero, salir a la calle e ir en persona a
buscarle al hotel.

Fatigado por el viaje, despus de dar una vuelta en compaa de nuestro
cnsul general en Caracas, me recog, cerr mi puerta, me met en cama y
trat intilmente de dormir. La excitacin nerviosa de la llegada y las
preocupaciones de mi misin me tuvieron desvelado hasta que, cerca ya el
alba, el cansancio me rindi. Estaba en lo mejor de mi sueo, cuando
despert sobresaltado por unos rudos golpes dados en la puerta, desde la
calle. Mir el reloj: eran las 7 de la maana. Despus de un "quin
es?" mal humorado y una respuesta que no entend, por el espesor de la
puerta, como continuaran los golpes, salt de la cama y en el mismo
traje sumario en que me hallaba, baj los pasadores y entreabr una
hoja. Un hombre pequeo, recin afeitado, rigurosamente vestido de negro
y con un enorme sombrero de copa, me salud con dignidad. La gravedad
del personaje me impuso y disminu un poco la abertura, a travs de la
que bamos a parlamentar.

--Se puede ver al seor ministro argentino?

--Es algo urgente, seor? Me parece que la hora...

--He querido apresurarme a saludarle. Soy el ministro de relaciones
exteriores y...

--Mil perdones, seor. Yo soy el ministro argentino, muy agradecido a su
atencin, pero, por el momento, en un traje tan poco diplomtico y en
una instalacin tan exigua, que no me es posible recibir su visita. As
que me vista, tendr el honor de pasar a saludar al seor ministro.

--No, vstase Vd. tranquilamente. Voy a dar una vuelta y vuelvo. Hasta
dentro de un momento, seor ministro.

--Sera abusar de la amabilidad de Vd., seor ministro, si le rogara
que al pasar frente al hotel contiguo tuviera la bondad de enviarme un
camarero?

--Con mucho gusto. Hasta luego.

--Hasta luego y gracias, seor.

Supe ms tarde que el seor ministro de relaciones exteriores haba
tenido la deferencia de interponer sus buenos oficios a fin de conseguir
fuera un camarero a servirme; pero, sea porque se le desconociera
jurisdiccin o por causas que la historia no pone en claro, el hecho es
que no vino nadie y que, cuando al cabo de una hora volvi el seor
ministro, casi me sorprende tendiendo con mis diplomticas manos una
colcha que ocultara el desorden de mi alborotado lecho.

Como haba entrado de noche, recin me apercib que mi cuarto no tena
ventana, recibiendo todo su aire y toda su luz por la puerta de calle.
Abr sta cuan grande era (el seor ministro tuvo la bondad de ayudarme,
encargndose de la hoja ms recalcitrante, cuyo pasador inferior
necesit el empleo de una toalla torcida, a guisa de tirador), acercamos
dos sillas y nos pusimos amistosamente a platicar.

Era el seor ministro el decano de los funcionarios del ministerio de
relaciones exteriores, en el que haba pasado su vida entera, hasta que
la alta dignidad que ocupaba, le sorprendi mientras desempeaba el
puesto de archivero. Tena el ttulo de general, como muchos centenares
de sus compatriotas civiles, pero lo haba recibido como una mera
distincin, sin que abrigara el menor propsito de cambiar su apacible
existencia por la agitada vida militar. Era un hombre callado,
taciturno, seguramente enfermo del estmago y quiz con algunas
perturbaciones en el hgado. Nunca pude hablar con l sin tener que
dominarme para no ofrecerle una botella de agua de Vichy. Creo, an hoy
mismo, que le habra hecho mucho bien.

Respecto a los negocios de estado, especialmente de aquellos de carcter
esencialmente poltico, como los que yo llevaba, su modestia llegaba a
tal punto que, a pesar de su innegable y reconocida competencia, no
abra opinin nunca sobre ellos y hasta evit conmigo ese gnero de
conversacin, fundndose en que todo eso tendra que hablarlo ms tarde
con el "ilustre americano". Como esta designacin del primer magistrado
de Venezuela, volviera con insistencia, por su parte, en el curso de la
visita, insist con igual tesn en llamar a dicho magistrado, cada vez
que a l me refera, "el seor presidente". Por fin, mi distinguido
visitante me comunic, que, si bien Su Excelencia estaba arriba de las
pequeas vanaglorias de ttulos y honores, todos los funcionarios
pblicos, en gratitud a los eminentes servicios prestados al pas por S.
E., le daban siempre, en sus comunicaciones oficiales y en el trato
directo, el ttulo de "ilustre americano" que le haba sido discernido
por el congreso de Venezuela. Ante esa insinuacin corts, pero luminosa
en su ingenua claridad, contest que yo tratara al seor presidente
exactamente de la misma manera como le trataran mis colegas del cuerpo
diplomtico, para lo que me apresurara a conferenciar ese mismo da con
el decano.

Excuso decir, para terminar este punto, que ningn diplomtico di nunca
al presidente de Venezuela tal ttulo; ms tarde, en plena confianza ya,
yo sostena al mismo presidente, que slo la Amrica entera, reunida en
convencin especial, poda discernir ese honor. A ningn argentino
escapar la impresin penosa que ese ttulo me causaba, por la triste y
odiosa reminiscencia histrica que suscitaba.

El seor presidente estaba informado de mi llegada y, como se encontraba
con su familia tomando campo en Antmano, pequea poblacin en el mismo
valle de Caracas, a dos horas de sta, me haca invitar por el seor
ministro a pasar a verle en el da, a eso de las tres de la tarde.
Anunci que lo hara, como era natural, y nos despedimos cordialmente,
prometindome el seor ministro, en su inagotable bondad, darme cuenta
de cualquier noticia que le llegara de alguna casa amueblada, donde
poder instalarme con la legacin, conviniendo conmigo en que, por poco
que se contagiara su matinal amabilidad, me iba a extenuar en viajes, de
la cama a la puerta, sin contar con los resfriados, que haca poco
probables el bendecido clima de Caracas.

Eran dos horas de viaje; a la una en punto, con la puntualidad que
caracteriza a los diplomticos y cuya observancia, para los noveles, es
ya un rasgo de vaga semejanza con Metternich, tomamos un carruaje, el
cnsul general y yo, y nos pusimos en camino. En efecto, el trayecto
duraba el tiempo indicado, a lo largo del pintoresco valle,
estrechamente encerrado por dos lneas de montaa, bien cultivado y
lujoso en su vegetacin tropical. Seran las tres cuando el carruaje se
detuvo frente a una casa de antigua construccin espaola, de un solo
piso, pero amplia y con vastos patios llenos de rboles y flores.
Echamos pie a tierra y nos encontramos con el cuadro siguiente: En la
puerta de la casa, cuatro o cinco soldados recostados contra la pared;
en medio de la calle, otros soldados teniendo de la brida algunos
caballos ensillados ya. Dos nias de 7 a 9 aos de edad, de singular
belleza (una de ellas es la que fu ms tarde duquesa de Morny y es hoy
festejada en la alta sociedad de Pars como una de sus _beauts_ ms
consagradas) y un nio, un poco mayor, esperaban que se acabara de
cinchar un petizo, de aire tranquilo, pero de enorme panza, que se
entregaba resignado a la operacin. El operador, o sea el que cinchaba,
y que deba estar dotado de una dentadura frrea, porque era a colmillo
limpio que pretenda reducir el abultado abdomen del petizo, haba
echado hacia la nuca su kepi, en el que se contaba el nmero de galones
necesario para hacerme comprender que me encontraba en presencia de un
coronel.

Yo haba sacado una de mis flamantes tarjetas, fabricadas expresamente
en Pars, por Stern, en finsimo bristol, vrgenes an, pero anhelando
entrar en batalla. Despus de mi nombre se lea: "ministro de la
Repblica Argentina". Si se me pregunta por qu no haba puesto mi
ttulo exacto, esto es, "ministro residente, etc." dir que la supresin
de la palabra "residente" poda dar lugar a dudas, que nunca seran
resueltas para abajo y s, algunas veces, para arriba. Los diplomticos,
mis hermanos, me comprendern.

Armado, pues, de mi tarjeta, me avanc hacia el coronel, esper
hbilmente que un feliz golpe de colmillo hiciera llegar el clavo de la
hebilla al agujero ansiado y, si bien con correcta dignidad, con acento
afable, dije al guerrero en reposo:

--El seor presidente est visible?

Debo decir que durante la operacin, a la que acababa de dar coronado
fin, nuestra llegada, descenso y avance, haban sido observados por el
seor coronel, a cuyo efecto haba impreso a su ojo izquierdo una
desviacin que, a ser definitiva, habra introducido un elemento
perturbador de la armona de su rostro; al oir mi voz, ces la
desviacin, pero los ojos se dirigieron a un punto vago en el espacio,
frente a l, sin duda de un inters palpitante, porque no los apart un
momento para fijarlos en nosotros. Su silencio me hizo nacer la duda de
una alteracin de sus rganos auditivos y repet mi pregunta en voz ms
alta. Entonces contest:

--S. E. no recibe a nadie.

--Pero habiendo tenido el honor de ser citado por S. E., creo que har
una excepcin en mi favor. Tenga usted la bondad de pasarle mi tarjeta.

--Qu tarjeta?

--Este pequeo trozo de papel, en el que estn escritos mi nombre y
calidad.

--Yo no le paso nada: a esta hora no le gusta que le incomoden y despus
la bronca es para m.

--Me parece que la bronca firme le va a venir si usted no hace lo que le
digo. Soy el ministro argentino, vengo de dos mil leguas de distancia a
saludar a S. E., S. E. me espera y no es natural que por un capricho de
usted deje de verle.

--Eche leguas! Cuntas dijo? Dos mil? y ech una mirada a un soldado
prximo que, ruborizado de mi enormidad, sonri subordinado.

En tanto, los chicuelos, a quienes el coronel deba acompaar a caballo,
le invitaban a cada instante con sus _vamos!_ apurados y se haban
puesto instintivamente en contra del que amenazaba aguarles la fiesta.

Una nueva tentativa no me di mejor resultado. Medit un momento y
resolv, por si acaso aquel sntoma revelaba un sistema completo, cortar
por lo sano desde el principio. Arrastr al coche al cnsul, que quera
penetrar hasta por la fuerza y d orden de volver a Caracas. Abandono a
la penetracin del lector las reflexiones del camino. Era mi primer acto
diplomtico, y el xito, a la verdad, prometa poco para el porvenir.
Luego tema dos cosas: o que la clera me hiciera hacer una tontera o
que la risa me impulsara a tomar el incidente con demasiada
indiferencia. Debo recordar que yo no haba an cumplido treinta aos, y
el hecho es que me preocupaba enormemente la apreciacin futura de mi
conducta en Buenos Aires, cuando, a la noticia del incidente, dijeran
los unos, con esa suave benevolencia que es el rasgo caracterstico de
mis congneres: "claro! de llegada, se pele con Guzmn Blanco!" o
esta otra frase en caso contrario: "de llegada hizo un barro, aceptando
en silencio una grosera de Guzmn Blanco!" Yo no quera pelear, ni
aceptar groseras de nadie. Ped, pues, a mi cnsul general que se
entregara durante el viaje a la contemplacin del paisaje y me hund,
durante el regreso, en una reflexin honda y pareja que me suministr
una resolucin, a la que me decid sin vacilacin. As que llegamos a
Caracas, tom la pluma y escrib una carta a mi amable ministro de
relaciones exteriores, en la que le deca que, siguiendo su indicacin
y, de acuerdo con los deseos que me haba expresado en nombre del seor
presidente, me haba trasladado a Antmano, a la hora indicada, siendo
recibido por un jefe del ejrcito venezolano cuya tenacidad en no querer
anunciarme al seor presidente, bajo pretexto de que ste estaba
ocupado, slo igualaba la mala crianza empleada con ese objeto. Que el
hecho de no haber dado orden el seor presidente de introducirme, as
que llegara, justificaba hasta cierto punto la actitud del coronel y que
en vista de las apremiantes ocupaciones que embargaban, a lo que
pareca, el nimo del seor presidente, aprovechaba la circunstancia de
estar tambin acreditado en Colombia y partira a la maana siguiente
para la Guayra, a tomar el vapor que me acercara a la ruta de mi nuevo
destino.

Entre tanto destaqu a mi cnsul general para que explicara al seor
ministro todo lo que haba pasado en Antmano. En el fondo, yo estaba
persuadido de que el presidente era completamente inocente de lo
ocurrido, salvo de la omisin del aviso previo de mi llegada. Saba, por
tanto, que el pato de la boda iba a ser el coronel; pero me encontraba
en una disposicin de nimo feroz, y esa noche habra suscrito gustoso
la sentencia de un centenar de azotes en las robustas partes carnudas
del guerrero indgena.

No habra pasado una hora del envo de mi epstola, cuando recib un
telegrama del presidente, datado en Antmano, en el que me peda
disculpara lo ocurrido por pura imbecilidad de un subalterno y me
anunciaba que al da siguiente vendra expresamente a Caracas para
recibirme, esperndome a las dos de la tarde en su casa particular. As,
cuando lleg alarmado el seor ministro de relaciones exteriores
encontr que el estado de nimo, que haba determinado mi carta, real o
fingido, haba cedido el sitio a cierta conformidad, sin entusiasmo,
pero sin rencor.

Al da siguiente tuve el gusto de conocer al "ilustre americano". Un
hombre alto, robusto, cargado de espaldas, algo miope, con una enorme
pera blanca, cariosamente cuidada, sin duda, por el carcter militar
que su propietario pensaba deber a ese apndice. Cierta cultura nativa
(por la madre perteneca a una antigua familia colonial); barniz de una
sola capa de ilustracin general; una colosal opinin de s mismo, una
soltura incomparable para resolver, en frases sentenciosas y estudiadas,
los ms arduos problemas sociales y polticos; teoras constitucionales
abundantes, pero propias, exclusivas, que para nada tenan en cuenta ni
la experiencia de la historia, ni las dificultades que el razonamiento
poda oponerles. En poltica americana, rbitro, materia propia, dominio
inenajenable, indivisible de su inteligencia. Heredero, continuador de
Bolvar, no sin sealar con cierta expresin de respetuosa compasin,
los errores cometidos por el Libertador. Un desprecio por los hombres
anlogo al que se atribuye a Tarquino; no volteaba las cabezas de las
plantas que sobrevivan, pero las islas contiguas al continente, las
calles de Nueva York y de las capitales europeas, contaban entre sus
paseantes y vagos, ms de un venezolano a quien el talento, la fortuna o
la audacia parecan ofrecer un porvenir brillante en su pas[17]. Se
aseguraba tambin, por aquel entonces, que las crceles estaban bien
pobladas. Tena la reputacin de no ser cruel, sino fro de alma. El
cansancio de una larga e interminable anarqua, haba hecho aceptar el
primer gobierno fuerte que logr cimentarse en la agitacin incesante de
las luchas intestinas. Guzmn Blanco ahog la libertad, llen sus arcas
e hizo bajar el nivel moral del pueblo venezolano, pero di diez aos de
paz a su patria y no derram sangre. "La paz de Varsovia!" dir un
estudiante de retrica. Eh! eh! diez aos de paz representan muchos
caminos carreteros, muchas escuelas abiertas, muchas hectreas sembradas
de cacao, tabaco, ail y cereales, mucho hbito de orden. No slo de eso
vive el hombre, convenido; pero si slo se alimenta con el recuerdo de
los Gracos, la declaracin de los derechos del hombre y la lectura de
una constitucin ms librrima que el estado primitivo, parceme que se
ha de crear un tantico entecado, con un cerebro diforme, para unas
piernas muy flacas y un vientre muy vaco[18].

     [17] Entre los que abandonaron la patria, buscando aire libre que
     respirar, se contaban los seores Zrraga y Herrera Vega, muerto el
     primero entre nosotros, muy joven an, habiendo el segundo, mdico
     insigne, conquistado altsimo puesto en la consideracin y el
     afecto de la sociedad argentina.

     [18] El triste y desconsolador espectculo que ofrece Venezuela en
     los momentos en que se imprimen estas pginas, justifica aun ms,
     si cabe, el juicio que precede.

     Cuando se piensa en lo que, en los ltimos aos, han hecho tres de
     los pueblos ms cultos de la tierra, la Inglaterra en Sud Africa,
     los Estados Unidos en Filipinas y la Alemania en Venezuela, puede
     augurarse tranquilamente la muerte del derecho pblico, aun en su
     forma externa, en poca no lejana.

     Pero hay que esperar tambin que la pgina vergonzosa de Venezuela,
     dentro y fuera, sea nica en la historia de Amrica.

Mi juicio de entonces (hablo de 1881) sobre el "ilustre americano", ha
persistido casi idntico. Nunca fu de una severidad cruel; nunca olvido
que esos hombres son productos de un estado social determinado, agentes
inconscientes de la naturaleza en la prosecucin de sus fines. Es
natural que pensemos que la naturaleza se equivoca, si juzgamos su
accin con el criterio (bien estrecho, hermanos mos!) de nuestra moral
convencional. Mientras el hombre crea que lo bueno y lo malo son y no
pueden ser de otra manera, que como l los concibe, Nern ser tratado
como de acuerdo con esas nociones merece, y Vespasiano ensalzado. Pero
si algn da (todo es posible, hasta Dios, dice Renn), los hombres
llegan a concebir la accin de los personajes histricos, como el
desenvolvimiento de fuerzas anlogas a las que hacen germinar las
plantas, girar los astros, subir las aguas o temblar el suelo, todos
nuestros anatemas histricos, han de hacerles sonreir. Puede muy bien
que el balance de Guzmn Blanco, hecho por esa remota posteridad, no le
sea muy desfavorable, si es que su nombre llega hasta ella. Las acciones
de Bacon se han de cotizar ms altas que las de Scrates (a esa
distancia, casi contemporneos), sin que influya, en el juicio
definitivo, ni la degradacin del primero, ni la cicuta del segundo. Me
agita, a veces, el espritu, el esfuerzo por concebir la idea que,
dentro de dos o tres mil aos, si no se queman las bibliotecas o si
nuestros idiomas actuales persisten siendo inteligibles para la
comunidad, se tendr de Byron o Vctor Hugo. Parceme que no estar
distante de la que tenemos los hombres maduros de los juguetes que nos
entretuvieron en la infancia...

La recepcin oficial tuvo lugar de acuerdo con la rutina--un coche de
gala, un oficial de ministerio, amable y sonriente, una pequea escolta
y al Capitolio. En el palacio de gobierno que lleva ese modesto nombre,
perfectamente justificado porque recuerda las violencias y profanaciones
de que la augusta colina fu objeto, un par de discursos, lo ms breve
posible el mo, verdadero trabajo de benedictino para evitar la
fraseologa obligada de solidaridad americana, lazos indisolubles,
comunidad de origen y otras paparruchas que han de concluir por cerrar
hermticamente las puertas de la diplomacia, en tierra de Coln, a los
hombres de buen gusto. Porque en esto de los discursos diplomticos pasa
algo curioso; si los intereses de momento determinan en la sociedad a
cuyo seno se llega, una actitud de calurosa simpata, instintiva
invitacin para que el diplomtico que llega, aconseje a su gobierno
marchar en la senda que conviene al pas que lo recibe; si la acogida es
entusiasta, repito, el empleo del sentido comn y del buen gusto, que
aconseja discursos sobrios y moderados, resalta como una nota
discordante en la armona del conjunto y parece deshacerse en un minuto
todo el camino andado. En cambio, si el diplomtico, sea por contagio de
la atmsfera ambiente, sea por fro clculo, se entrega a un ditirambo
desmelenado, con ms retrica que una alocucin tribunicia, es casi
seguro que el contragolpe en el pas que lo mand, y que est lejos y
fro, puede costar al enviado extraordinario su reputacin y su buen
nombre.

Es por eso, hermanos del futuro, diplomticos en cierne, a quienes el
porvenir, reserva tal vez recorrer los pases americanos, que este viejo
viajador en esos mares, os da el consejo sano de ser siempre parcos en
palabras, reemplazndolas, para las efusiones, quizs indispensables del
primer momento, por la opulenta gama de gestos expresivos que la
naturaleza ha puesto a nuestra disposicin, como ser los ojos hmedos,
la mano sobre el corazn, la mirada vuelta al cielo, en actitud
reconocida, y cuando la cosa apura y la escena es _coram populo_, la
eleccin del ms haraposo de los pilletes que os circundan, para
estrecharle en vuestros brazos y darle el sculo de solidaridad
americana. Con lavaros ms tarde, no queda rastro, mientras que el
colorete metafrico de un discurso bombstico, no se borrar ni con
todas las aguas que se desprenden de los Andes...

Al da siguiente de mi recepcin oficial, el "ilustre americano", por un
acto de deferencia especial, se dign visitarme en mi morada, que era ya
entonces una buena, hermosa y cmoda casa, llena de luz, aire y rboles,
que haba tenido la fortuna de arrendar amueblada. Recible con los
honores debidos y, mientras hablbamos, v, a travs de los cristales
del saln, todos los pilletes de Caracas, a ms de las mujeres del
barrio, en asamblea delante de mi puerta, contemplando la brillante
escolta a caballo que haba acompaado al presidente, as como un
piquete de infantera que guardaba todo el frente de mi casa. La
presencia de esa gente de a pie me intrig; a la despedida acompa al
presidente hasta el umbral. El coche, precedido por la escolta de
jinetes, parti a escape, y atrs, con el fusil en la mano, el kepi en
la nuca y la lengua de fuera, los infantes, desalados tras del coche,
para no perder su contacto. Si a turno todo el ejrcito venezolano
hubiera sido sometido a ese ejercicio, las marchas de Sylla, Anbal o
Napolen, hubieran quedado pequeitas ante las hazaas que aqul habra
llevado a cabo.

Poco tiempo despus de mi llegada, haba ido a gozar, por la noche, del
aire embalsamado de la principal plaza pblica de Caracas, sitio
habitual de reunin entonces. En el centro se levantaba la estatua, en
pie, del general Guzmn Blanco. Haba otra del mismo, ecuestre, enorme,
de fabricacin yankee; pero esa estaba en la cumbre del prximo paseo,
llamado el "Calvario". Esa noche un movimiento inusitado me revel la
presencia en la plaza del "ilustre americano". As que me vi vino hacia
m y me invit a dar unos pasos. Caminbamos lentamente por las anchas
veredas que rodean la estatua. Vivo y perspicaz, comprendi tal vez por
la indiscreta direccin de mi mirada, que mi espritu estaba preocupado
por el peregrino caso que me ocurra.

--No le hace a usted, seor ministro, me dijo con un acento especial,
un curioso efecto pasearse con un hombre al pie de su propia estatua?

--A la verdad, seor, "es un caso original, que no me ha ocurrido
nunca".

--S, aadi: y su fisonoma tom una expresin de _dtachement_
completo de las cosas terrenas, un vago tinte de _ms all_; s, es
anmalo y admira al extranjero. No he podido evitarlo, o mejor dicho, no
me he sentido ni con fuerzas ni con derecho para impedir que el pueblo
glorifique su propia accin, que la Providencia ha personificado en m.
Por lo dems, yo he entrado ya a la posteridad y ese homenaje es ya un
juicio pstumo...

Yo miraba a aquel hombre con la admiracin profunda que me inspiran las
dotes de que carezco, llevadas a su ms esplendoroso desarrollo. El
buen gusto, el tacto, la delicadeza moral, el sentido comn, cual me
aparecieron entonces como la triste _impedimenta_ que nos obstruye a
nosotros, los vulgares, el camino de las grandes situaciones y de las
ilustres denominaciones! Me sent pequeo; comprend que no estaba
predestinado, que no se fundira el bronce que haba de dar forma a la
estatua que me inmortalizara, ni aun en la plaza de un pueblo de campo
de las pampas argentinas, y volv mis ojos reverentes, para admirarle
una vez ms, al hombre que, tranquilo y sonriente, se contemplaba a s
mismo, con cuerpo de metal, de pie, sobre granito, duras materias,
resistentes al tiempo y al olvido!

       *       *       *       *       *

Dos aos ms tarde, reciba en mi modesto cuarto del Grand Hotel, en
Pars, la visita del general Guzmn Blanco, instalado en la capital
francesa con su familia, en virtud de un vuelco poltico ocurrido en
Venezuela, con caracteres de terremoto, por cuanto di en tierra con las
estatuas del "ilustre americano", teniendo la posteridad, por ese
accidente, que rehacer su juicio sobre el distinguido personaje. A ella
_l'ardua sentenza_[19].

  1890

     [19] El general Guzmn Blanco muri en Pars, en Agosto de 1900.
     Haca ya muchos aos que haba cesado de figurar en la escena
     poltica de su pas.




Sarmiento en Pars


Salgo del taller de Rodin; la figura de Sarmiento va tomando vida y
forma. El soberbio viejo, que fu uno de los raros cultos individuales
de mi vida, me llena el espritu; su memoria suscita la de tantos otros
seres queridos que la ola nos ha arrebatado, sin darles tiempo, como a
l, de cumplir la misin que sus cerebros luminosos y sus almas
levantadas les marcaban en la tierra... Decididamente, es bueno que por
algn tiempo deje de andar entre tumbas; bastan para echar sombras
persistentes sobre mi alma los diarios de la patria, que da a da me
traen la noticia de que uno ms ha entrado al reposo eterno. Es el lado
negro de la espera del turno.

De vuelta, me echo a vagar por las calles de este Pars que entra a su
vida normal, pasado el sncope[20] y de nuevo Sarmiento surge en mi
memoria, como si su personalidad absorbente saltara de la tumba para
imponerse a los vivos, como en tiempo de la accin, por el vituperio o
el entusiasmo, por el cario o el odio.

     [20] Estas lneas fueron escritas pocos das despus de la visita,
     a Pars, hecha por el tzar de Rusia.

Y pienso que hace cincuenta aos, justo medio siglo, l tambin recorri
estas calles, all en el mes de Octubre de 1846. Tena ya ms de treinta
aos, haba publicado el _Facundo_, y hecho la campaa periodstica de
Chile que, por el vigor, la originalidad y la luz intensa que proyect,
no slo sobre las cuestiones de su tiempo, sino sobre el porvenir y la
ruta de salvacin del mundo americano, no tiene rival en los fastos de
ningn pas. Al fin pudo realizar un sueo de su vida, y en 1845 se
embarc en Valparaso para Europa, a completar sus estudios sobre
educacin popular y, sobre todo, para ver, con los ojos de su cuerpo, lo
que los ojos de su espritu haban admirado, la tradicin, el arte, la
cultura de este viejo mundo.

Vosotros, los que tenis en vuestras bibliotecas sin vida, los ocho o
diez tomos publicados de las obras de Sarmiento[21], haced un esfuerzo
sobre vuestro horror de la letra de molde y abrid, por cinco minutos, el
volumen de _Viajes_. Y vosotros, jvenes, los que os quejis dolientes
de que no hay atmsfera intelectual en nuestro pas, hacedla revivir,
volviendo a las fuentes puras e incomparables del pasado. Leed esos
Libros admirables, escritos hace ms de medio siglo y que, como las
telas de los grandes maestros, conservan en sus lneas y en su color una
frescura jams igualada en el correr de los tiempos. Declaro que no
conozco, en prosa castellana, ni aun en los grandes modelos del gnero,
pginas comparables a algunas de las de Sarmiento en sus _Viajes_, al
retrato de don Domingo de Oro, en sus _Recuerdos de Provincia_, o a esa
armona profunda con que el genio del escritor acaricia la memoria de la
madre. Leed, leed esos libros, jvenes, y veris con qu orgullo
sentiris el alma de vuestra raza palpitar en sus pginas. Son libros
genuinamente nuestros, que no han podido ser escritos en otra parte y
que constituyen, hoy por hoy, la nota ms clara y luminosa para
ayudarnos a comprender la gestacin catica de nuestra nacionalidad. No
os hablo de moral, no os hablo de patriotismo, no os hablo de que esa
lectura pueda determinaros a ser pequeos Sarmientos, en lo que, por
otra parte, no perderais nada ni vosotros ni el pas: os hablo de arte,
os hablo de la nica manera posible de resucitar entre nosotros esa
atmsfera intelectual por la que lloris; os invito a entrar a esos
libros, como empujo a todos los jvenes argentinos que hay en Pars, a
ir al Louvre, al Colegio de Francia o a la Facultad de Letras, para que
se den cuenta que hay otras cosas en el mundo que el oficio de abogado,
la chicana poltica, la operacin de bolsa o el casamiento ventajoso...

     [21] Son hoy (Enero 1908) 51 y no contienen una pgina que no haya
     sido escrita por Sarmiento; hay muy poco indito, porque para
     Sarmiento, escribir era obrar. As, en esa publicacin, en la que,
     como se deba, se nos ha dado "todo" lo que en vida public ese
     espritu extraordinario, no se encuentra, como en los "escritos
     pstumos" de Alberdi, una sola lnea que produzca la impresin
     dolorosa de una profanacin.




I

Sarmiento se embarca, pues, sobre la _Enriqueta_, uno de esos barcos de
vela que fueron el martirio de nuestros padres y que deben haber sacado
de quicio y arrancado a su compostura colonial, hasta a las personas ms
graves de nuestra revolucin; slo concibo, despus de diez das de
calma chicha y treinta de frejoles secos, igual, solemne, acompasado,
abrochado y manteniendo su actitud con dignidad, por si los pescados le
miran, a don Bernardino Rivadavia...

Sarmiento descubre, al pasar, la isla de Robinson, que describe en
pginas inimitables, dobla el cabo de Hornos y, por fin, en medio de una
tormenta deshecha, entra en aguas del Ro de la Plata y desembarca en
Montevideo. La descripcin de lo que all ve, hecha con un bro y un
color incomparables, salpicada de retratos que en tres lneas dibujan
una pgina para la posteridad, es lo nico que tenemos de real, de
vvido, sobre esos das de honor de nuestra historia. Un libro sobre el
Sitio, hecho, no al fro resplandor de los documentos oficiales, sino
iluminado por la vibracin del recuerdo, con toda la pasin viril y
generosa de la causa que se defenda, eso es lo que Lucio V. Lpez, poco
antes de morir, peda a su padre, nuestro ilustre historiador, eso es lo
que todos nosotros hemos pedido y pedimos al general Mitre, en vez de la
labor mecnica a que ha dedicado sus ltimos aos de vigor intelectual.

Sarmiento pasa rpidamente por Montevideo, pero su sensacin es tan
fuerte y tan intensa, que creo difcilmente que ningn libro del futuro
nos d, con igual verdad, la impresin real del cuadro. Hoy que nuestro
pas ha entrado definitivamente en la ruta banal de la marcha de las
sociedades modernas, para las que los problemas vitales de hace
cincuenta aos se han convertido en axiomas de archivo, que no se
discuten, ese sitio de Montevideo, con sus antecedentes y sus
consecuencias, toma cierto carcter de novela romntica que nadie lee
ya, que se recuerda en uno que otro texto de literatura, pero cuyo
estudio, como el de los poemas clsicos, tiene poca o ninguna utilidad a
los ojos de los que slo ven, como signos positivos de la grandeza de un
pueblo, sus estadsticas de aduana y el kilometraje de sus caminos de
hierro. Ese escepticismo, esa sonrisa despreciativa para el recuerdo de
los das de mayor sufrimiento y de mayor pureza moral de nuestro pueblo,
han permitido, han sugerido ya la publicacin de libros, cuya buena fe
no salva que sean una injuria para la memoria de los que dieron o su
vida o su juventud y su felicidad en holocausto a su pas.

Los que hemos nacido en los ltimos aos de ese asedio inmortal, bajo la
bandera y en las cuadras casi de esa legin argentina que el plomo
enemigo acab por reducir a un puado de hombres, hemos odo a nuestras
madres, a los viejos servidores de la familia, durante los aos de la
infancia, las narraciones heroicas de aquellos das. Qu desprecio por
la vida! Qu connaturalizacin con aquella atmsfera de fuego, dentro
de la que se jugaba el porvenir de un pueblo, y ms de cerca, no ya la
existencia, sino el honor de madres, hijas, mujeres y hermanas!...
Podis sonreir del pico momento, escpticos satisfechos que gozis hoy,
en la plena obesidad de vuestra atrofia moral, de la fortuna territorial
amasada por vuestros padres a favor del acatamiento y la adulacin del
brbaro sangriento que los nuestros combatan! Podis sonreir, que nadie
ni nada borrar de nuestro corazn ni de nuestro nombre el sello de
nobleza de ese abolengo...

Sarmiento vena de Chile, a donde los ltimos rebotes de la ola de
barbarie que asolaba al pueblo argentino, le haban arrojado por sobre
los Andes. Su accin intelectual de Chile la volva a encontrar en
Montevideo, pero candente y desesperada, como el jadear de los pechos en
la trinchera perenne. Cmo aquel apretn de manos que di entonces a
Mitre, a Gutirrez, a Mrmol, a Alsina, a Can, no hizo sagrados, para
la vida entera, a esos hombres entre s? Cmo, ms tarde, la poltica
pudo dividirlos y arrojarlos a campos opuestos?...

Al pisar la cubierta del barco que le llevaba a Ro de Janeiro, en rumbo
a Europa, Sarmiento debi sacudir su poderosa cabeza, como para disipar
el mal sueo y preparar su espritu a la esperanza. La baha de Ro, la
estupenda aparicin de la regin tropical, le inspiran pginas, entre
otras aquella en que pinta la esclavatura y el canto de caridad con que
los miserables se sostienen y se alientan en su faena, como quisiera que
de tiempo en tiempo se escribieran en nuestra lengua. Qu variedad de
tonos en esa paleta admirable! Todos los que en nuestra tierra leis,
conocis el estilo general de Sarmiento, ese mpetu un tanto
desordenado, aquel atropellarse de las ideas, que se quitan el sitio
unas a otras para llegar primero, aquellas indicaciones bien vagas a
veces, que nos obligaban, a Del Valle y a m, a ir metiendo en las
frases los verbos ausentes[22]. Todos recordis el ltigo iracundo de la
polmica, el apstrofe que aplastaba a un hombre o a una camarilla para
toda la siega, como tambin el movimiento majestuoso de su verbo,
cuando, en vuelo soberano, postrndose ante la bandera, su espritu
invocaba la bendicin divina sobre su pueblo. Pues bien, leed la pgina
sobre la poesa, que le inspira su encuentro con Mrmol y la lectura que
el poeta proscripto le hace de sus cantos del _Peregrino_, y veris la
inagotable fecundidad de esa paleta, de la que el artista arranca, al
pasar y sin esfuerzo, todos los tonos, todos los colores para reflejar
el mar y los cielos, la tierra y el alma.

     [22] Cuando corregamos en el Nacional las pruebas de los
     artculos de Sarmiento.

All se topa tambin con el _pardejn_ Rivera, el teniente de Artigas,
el teniente de los portugueses, el teniente de Lavalleja, el teniente de
todas las causas, buenas y malas, por las que se derramaba sangre en las
orillas del Uruguay. Qu delicioso tipo de imbcil, guarango, soez y
bruto, de gaucho pretencioso! Nada comparable a aquella comida en la
que, delante del ministro francs y otras personas cultas, Rivera
cuenta, muy suelto de cuerpo, que don Pedro I del Brasil le quiso casar
con su hija doa Mara da Gloria, pero que l se haba resistido.
Sarmiento le toma el pelo en el acto y deplora que haya desdeado de ese
modo la corona de Portugal! Don Frutos I, rey de los Algarbes!... All
en mi juventud, con Ricardo Gutirrez, que acaba de terminar su misin
de luz y caridad sobre la tierra, estuvimos a punto de persuadir a uno
de nuestros compatriotas, otra cuerda que Rivera, pero tambin tipo
genuino del pas, que la impresin que haba producido, en un teatro, a
una reina, entonces joven, le abra el acceso a un trono de Europa,
pequeo, pero confortable...


II

Al fin pisa Sarmiento tierra de Europa, remonta el Sena y por Rouen,
gana Pars.

La carta que de all escribe es dirigida a don Antonio Aberastain, aquel
mrtir del Pocito, una de las ltimas vctimas de la barbarie argentina.
Siendo yo nio aun, recuerdo haber visto a mi padre, con las lgrimas en
los ojos y presa de una indignacin profunda, dictar uno de sus
artculos ms enrgicos sobre aquel asesinato.--"Pobre _Buey_! repeta
mi padre a la noticia de la catstrofe: el hombre ms puro y ms sano
que he conocido!" Ese apodo haba sido dado a Aberastain en el colegio
(se haba educado en Buenos Aires) por su corpulencia obesa, pesada y la
indiferencia tranquila con que miraba todo. Algunos aos ms tarde
entraba yo al Colegio Nacional y tena por condiscpulo en mi clase al
hijo del mrtir; era idntico al retrato que de su padre haba odo al
mo, y pronto el apodo paterno le distingui entre nosotros. Pedro
Goyena, que empezaba, a los veinte aos, a dictarnos una clase de
filosofa, descubri en el _Buey_ una inteligencia de una claridad
extraordinaria, pero de una lentitud curiosa para ponerse en movimiento.
El joven Aberastain fu una de las primeras vctimas del clera entre
nosotros. Cuando tuve el honor de ser compaero de Sarmiento en el
Consejo General de Educacin de la provincia de Buenos Aires, le habl
un da de mi joven condiscpulo, tan prematuramente arrebatado a la
vida; su fisonoma se cubri de una tristeza profunda y sin duda
pensando en el amigo de los das amargos, pensaba tambin en su hijo
nico y querido, que haba dado su vida a la patria, privndole a l del
bastn de su vejez...

La primera impresin de Pars que Sarmiento comunica a Aberastain es
caracterstica; como el joven que llega a Edimburgo o a Verona, cree ver
por todas partes a Mara Estuardo o a Romeo y Julieta, la generacin de
Sarmiento slo vea a Pars a travs de los _Misterios_ de Eugenio Sue.
La influencia del romanticismo francs haba penetrado y conquistado los
espritus americanos, con ms fuerza, ayudada por la imaginacin, que
treinta aos antes los enciclopedistas. A mis ojos, esa influencia no
pudo ser ms perjudicial para el porvenir de las letras argentinas. La
lucha constante y la excitacin intelectual que traa haban producido
un ncleo de escritores que, librados tal vez a su propia inspiracin,
habran reflejado en sus libros el ambiente, el color, el sabor de
nuestra tierra y habran dejado una base inconmovible a nuestra
literatura nacional. Pero Byron, Hugo, Lamartine, en la poesa; Dumas,
Hugo, Sue, Fval, en el teatro y la novela, se apoderaron de tal manera
de la inteligencia argentina, que, desdeando o pasando al lado sin
verla, la fuente viva y fecunda del suelo y la sociedad natal, los
jvenes que manejaban una pluma, se limitaban a copiar los poemas y
reflejar el ideal de los romnticos en boga, como los poetas de la
revolucin haban imitado, en sus odas de pesado vuelo, el modelo de los
poetas espaoles de la decadencia. Echeverra (salvo en algunos y no
muchos momentos de la _Cautiva_), Mrmol, Gutirrez, Domnguez (los de
Rivera Indarte no eran versos, ni cosa que se les pareciera) seguan el
movimiento de la lira francesa. Mitre traduca el _Ruy Blas_ de Hugo,
que cincuenta aos ms tarde publicaba con su valor habitual: V. F.
Lpez, lleno de Walter Scott, escriba la _Novia del Hereje_, en vez de
dar forma a los cuadros de la Revolucin, que conceba ya bajo el molde
de la novela; mi padre, a quien la naturaleza haba dotado de un gusto
artstico exquisito y de un estilo de una galanura inimitable,
doblemente impregnado por el romanticismo francs y el _wertherismo_
italiano, a lo Ugo Fscolo, fnebre y sentimental, escriba su _bluette_
de _Esther_ o imitaba, en la _Noche de boda_, las ms romnticas
concepciones de la poca. Slo dos hombres escaparon a esa influencia y,
conservando su personalidad propia, buscaron en el suelo patrio la
fuente de su inspiracin: Sarmiento, por mpetu interno y porque viva,
respiraba y soaba dentro de un ideal exclusivamente americano, y
Ascasubi, porque ignoraba la existencia del movimiento intelectual
europeo; sintiendo como un gaucho y sabiendo hablar como l, nos dej en
sus cantos, en forma imperecedera, la nota moral de las masas argentinas
de entonces...

Pero qu queris? En Chile, en Montevideo, en Buenos Aires mismo, all
en los ltimos rincones donde se lea an, el Churriador, la Lechuza,
Rodolfo y Flor de Mara, eran tan populares como un momento lo fueron en
Francia los hroes de Madame Cottin o en Inglaterra Lovelace y Clarisse
Harlowe. Por eso Sarmiento, frescamente desembarcado en Pars, da
noticia de Tortillard, Brazo-Rojo y la Rigoleta, sintiendo que, por los
barrios donde Rodolfo daba aquellos puetazos fenomenales, se haya
"abierto por medio de la _Cit_, una magnfica calle que atraviesa desde
el Palacio de Justicia hasta la plaza de Nuestra Seora, iluminada a gas
y bordada de estas tiendas de Pars, envueltas en cristales como gasas
transparentes, graciosas y coquetas como una novia".

Luego se echa a vagar, a _flaner_, como l dice, detenindose extasiado
ante esta palabra que ninguna otra lengua posee y que tan bien expresa
ese dulce abandono del cuerpo y del espritu, flotando entre los mil
atractivos que lo solicitan al pasar. "Ando lelo; parceme que no
camino, que no voy, sino que me dejo ir, que floto sobre el asfalto de
las aceras de los boulevares". Siento consignar este detalle, oh
jvenes _snobs_ de todas nacionalidades, inclusa y especialmente la
nuestra, que llegis a Pars como si hubirais visto la luz en la ciudad
ideal de todas las perfecciones y encontris todo comn, vulgar, chato y
despreciable! Siento daros ese mal rato: Sarmiento se quedaba "con un
palmo de boca, contemplando la Maison Dore, el Caf Cardinal o los
Baos Chinescos". Pero es un mal rato, en verdad, para los snobs, esa
reminiscencia? Para ellos, Sarmiento no figura, acaso, entre esas
_cosas_ vulgares, chatas e indignas de atencin? Por mi parte, tengo mi
juicio hecho bien pronto, a favor de esa piedra de toque invariable:
joven que, llegado a Pars, le juega indiferencia, no se admira de nada
y hasta mete _pullitas_ compadres al compaero que, como Sarmiento, se
queda lelo: imbcil.

Sarmiento, vagando en las calles, se pierde a cada momento y es de ver
la admiracin profunda que le causa la hospitalaria cultura del pueblo
francs, la solcita atencin con que el primer viandante le pone en el
buen camino, le acompaa si es necesario, corre tras l si de nuevo toma
una calle que no va--y todo dentro de esas frmulas exquisitas de: _Ayez
la complaisance... Soyez assez bon..._ que son la menuda moneda de la
urbanidad de esta gente. Hoy mismo pasa el mismo fenmeno, y en todo
tiempo los viajeros que han recorrido la Francia han consignado igual
impresin. Pero a la verdad, fuera de que en Alemania o en Inglaterra
cualquier pasante os pone en el buen camino (slo entre nosotros se
suele encontrar al _chusco_ que endereza al extranjero camino del Once,
cuando quiere ir al Retiro) esa hospitalidad, en Francia, se encuentra
tambin de puertas adentro? Sarmiento mismo, si la hubiera buscado
habra encontrado en Pars una acogida del gnero de la que recibi
Gotinga, en aquel sereno centro intelectual, perdido en el fondo de la
Alemania y al que no parecan llegar las brisas del mundo? Cuando un
ingls os recibe en su casa, veis en su cara, sents en la atmsfera de
su hogar, que aquel _accueil_ es sincero, completo y sin lmites. Un
francs os recibe sonriendo, os presenta sonriendo a su familia, que
sonre toda, os da muy bien de comer, en un comedor abrigado, os brinda
buenos vinos y malos cigarros y os despide sonriendo siempre, hasta la
vista. Para volver, necesitis una nueva invitacin, que reanude, por
as decir, la relacin. Algunos prefieren el sistema ingls, los que
creen que la humanidad puede ser sincera en algunos momentos y aman
verla bajo ese aspecto; otros, que creen saber a qu atenerse, piensan
que todo lo que debe y puede exigirse a los hombres, es la cultura
externa, y se dan por satisfechos con la sonrisa francesa, que no exige
en cambio sino otro pliegue de labios y que pone a todo el mundo cmodo.
Entre nosotros, el problema se ha resuelto por lo hondo: no se abre la
puerta, no se recibe a nadie: la seora no est!!


III

Haciendo Sarmiento la enumeracin de todos los atractivos que ofrece
Pars para el pensador, el literato, el petimetre, el gastrnomo, el
artista, etctera, habla de un tal Leverrier, que "anda persiguiendo en
los espacios celestes y llamando a todos los astrnomos que se aposten
en tales o cuales lugares que l seala, para cogerlo al paso a un
planeta que el dice que hay en el cielo, porque debe haberlo, por
requerirlo as una demostracin de las matemticas". Neptuno estaba, en
efecto, en el punto del cielo fijado por la genial penetracin de
Leverrier y encuentro admirable esa robusta fe en la ciencia y la razn,
por parte de un joven americano, como Sarmiento, sobre el que no hace
mella la burlona incredulidad del Pars de entonces.

Otra de las miradas penetrantes de Sarmiento, en ese momento, atraviesa
el caos de la situacin social y poltica de la Europa. "En medio de la
gendarmera de las ideas dominantes,--escribe--oficiales, moderadas, ve
usted moverse figuras nuevas, desconocidas, pensamientos que tienen el
aspecto de bandidos, escapados al _bagne_, al presidio en que los han
confundido con los criminales de hecho, ellos que no son ms que
revolucionarios". Ms tarde, en Italia, su visin se completar y poco
le faltar para predecir el trastorno profundo que, un ao despus iba a
sacudir la Europa entera y abrir las puertas, por decir as, a las
verdaderas corrientes modernas. La revolucin de 1848 estall en Pars y
repercuti en Berln, Viena, la Europa entera, cuando Sarmiento estaba
ya de regreso en Chile. Esta noticia debe haberle producido el mayor
jbilo de su vida, porque haba regresado de Europa con la conviccin de
que mientras imperaran como ideas dirigentes los residuos de la
Santa-Alianza o el impuro y estrecho burguesismo de Luis Felipe, no
habra esperanza de regeneracin para el mundo americano.

Al pasar, Sarmiento da cuenta de que tambin ha desaparecido, como las
tabernas de la Cit, otra fisonoma del pensamiento francs, el
eclectismo, que "ha muerto de muerte natural, como todas las cosas
caducas que no estn fundadas en la verdad". Para Sarmiento, que vea
las cosas de arriba y que no iba a buscar en los programas
universitarios cul era la corriente de ideas imperante, el eclectismo,
la pomada de M. Cousin, haba realmente muerto. Sin embargo, en esos
meses, Jacques y Simn trabajaban en el manual que deba ser, hasta poco
antes del 70, el libro clsico de la enseanza filosfica. Si en vez de
perder su tiempo en visitas intiles y empresas inspiradas por el ms
puro patriotismo, algn amigo hubiera llevado a Sarmiento a la
bohardilla donde trabajaba Augusto Comte qu admirable retrato
tendramos del ilustre pensador y con qu claridad Sarmiento habra
valorado la influencia de su doctrina sobre el desenvolvimiento de la
ciencia! Cmo habra redo tambin, dentro de su barba, l,
profundamente liberal, pero profundamente prctico tambin, si Comte le
hubiera comunicado su visin de una sociedad organizada sobre los
principios de su poltica! Despus de la tirana bestial de un Rosas,
nada ha detestado ms Sarmiento en su vida que el _jacobinismo_ en todas
sus formas...

Pero helo ya hecho un parisiense; un amigo, que no deba de ser lerdo,
le da de entrada una leccin de vida prctica, de gran valor para l.
"No bien hubimos llegado, dice, llevme a los _Frres Provenaux_, donde
cenamos ambos por 60 francos; al da siguiente, por 30, almorzamos en el
caf de Pars; en un restaurant comimos por 10, en un pasaje; al da
siguiente, fuimos a almorzar por 3 y a comer por 32 sueldos al _Passage
Choiseul_; ltimamente a una abominable pocilga, detrs de la Magdalena,
decorada con el nombre de _Hotel Ingls_, donde se sirve carne cruda de
procedencia ms que sospechosa, porotos duros y cerveza infame, todo por
un franco, para regalo de los que quieren salvar el honor de la bolsa,
afectando anglomana. Haba, pues, en tres das, recorrido los siete
escalones de la vida parisiense y conocido el camino que va de la
opulencia a la escasez, hacindome mi mentor este curso para precaverme
de todo accidente. _L-dessus_, poda permanecer tranquilo; en una
crisis financiera, conoca ya el camino del _soi-disant_ Hotel Ingls".

He quedado pensativo despus de este prrafo. Cmo sera aquel Hotel
Ingls, para haber hecho esa impresin sobre un estmago como el de
Sarmiento! Para darse una idea de la indiferencia absoluta con que
acometi--y eso hasta en su vejez--cualquier plato que se le pona por
delante, y de la conciencia de su valor en esas refriegas, no puedo
resistir a la tentacin de transcribir este delicioso cuadro. Sarmiento
viaja en Africa y es agasajado por un jefe rabe bajo la tienda. En una
postura incmoda, que l trampea un poco, a pesar de su origen rabe,
levantando una rodilla a la altura de la cara, esperaba a pie firme la
_diffa_, el banquete obligado. Pero oigmosle:

"La _diffa_ se anunci al fin; precedala un plato de madera lleno de
tortas fritas, colocadas simtricamente para dar lugar y apoyo a una
docena de huevos dursimos que formaban una pirmide hacia el centro. Un
rabe se lav slo la punta de los dedos en una sucia y abollada vasija
de cobre, en la cual se nos sirvi en seguida agua para beber, ms tarde
leche de oveja, y luego agua de huevo. A cada ronda que la malhadada
vasija haca, seguanla mis ojos de mano en mano para llevar cuenta de
los puntos del borde donde los rabes ponan sus labios. Esfuerzo
intil! Al fin descubr una abolladura inaccesible que me reserv desde
entonces para mi uso personal. El rabe que se haba lavado dos dedos lo
suficiente para alcanzarse a discernir de lejos la costa firme que
descubra la parte _virgen_ de la mano, me descascar dos huevos que
engull casi enteros, a fin de que pasase cuanto antes aquel cliz de mi
boca.

"Tenga Vd. paciencia, mi querido amigo, ya ve que cumplo con la promesa
que a peticin suya le hice de describirle las costumbres rabes. Las
tortillas fritas vinieron en seguida, y aunque crasas y espirituosas en
fuerza de lo rancio de la mantequilla, yo sostuve como un hroe mi
posicin, sin pestaear, sin titubear un momento, sin echar mano
siquiera de uno de tantos subterfugios y engaifas de que en iguales
casos se habra servido un gastrnomo vulgar. Ms hice todava.
Habindome revelado algunos que aquel lago fangoso que se divisaba en
el fondo del plato y que yo haba respetado, tomndolo por sebuno
depsito de la fritanga, era miel de abejas, descend hasta l con los
pedazos de las tortillas, alzando una buena porcin en cada revuelco.
Hasta aqu todo marchaba en el mejor orden; pero an faltaba lo ms
peliagudo de la empresa, y nada se haba hecho, si no lograba hacer
pasar el _cuscuss_, verdadero _quis vel quid_, para estmagos europeos,
de la regalada gastronoma del desierto. Es el _cuscuss_ una arenilla
confeccionada a mano, hecha con harina frita sin sal y anegada despus
en leche. Confieso que cuando se present el enorme plato que lo
contena, el cuerpo me temblaba de pies a cabeza, no obstante que nunca
he tenido miedo a manjar ninguno; un sudor helado corra por mis sienes,
y el estmago, no que el corazn, me lata cual gime el nio a quien el
pedagogo manda al rincn. Lo peor del caso era que yo deba principiar,
como el hroe de la fiesta, sin lo cual nadie era osado de hundir su
cuchara de palo en la movible arena farincea. Repentinamente, como el
que al baarse en el mar se precipita de cabeza despus de haber
vacilado largo tiempo, presintiendo la impresin del fro, yo enterr mi
cuchara hasta el mango, y sacndola llena de _cuscuss_ y leche la
sepult en la boca. Lo que pas dentro de m en ese momento resiste a
toda descripcin. Cuando abr los ojos, me pareci hallarme en un mundo
nuevo; todos mis tendones contrados por el sublime esfuerzo de voluntad
que acababa de hacer, se fueron estirando poco a poco, y dispersndose
con la alegra de soldados que abandonan la formacin despus de
disipada la alarma, hija de alguna noticia falsa. De todo ello he
concludo que, o el _cuscuss_ no es abominablemente ingrato; o que Dios
es grande y sus obras maravillosas; o, en fin, que no se ha inventado
todava el potaje que me ha de hacer volver la cara."


IV

Un momento, Sarmiento se haba halagado con la idea de que la fuerza de
la oposicin contra el ministerio Guizot, encabezada por M. Thiers y uno
de cuyos tpicos ms formidables de ataque era la cuestin del Ro de la
Plata, empujara al gobierno francs a tomar una actitud enrgica no
slo en nombre de la civilizacin y la humanidad, sino tambin de la
dignidad de la Francia. Para dar una idea de la indiferencia pblica
respecto a los asuntos argentinos, indiferencia que reflejaba con mayor
vigor an en las esferas del gobierno, Sarmiento recuerda el folletn,
que era el corte periodstico literario a la moda, que acababa de
escribir Len Gozlan, anunciando el establecimiento de una casa donde
todos los agitados de la poltica, de las artes, de las letras y de la
finanza, encontraran, tarifadas, las horas de sueo necesarias para
reparar sus insomnios caseros. Por el momento, la receta era hacer leer,
en voz alta y entre bostezos, por un empleado de la casa "noticias del
Ro... de... aah!... la... Plata! el Ge... ne... ral aah!... Madari...
aga ha derro... ta... do...!" El remedio era infalible y todo el mundo
dorma a los cinco minutos. "Ese es el lugar que en la opinin pblica
ocupan nuestros asuntos del Ro de la Plata", agrega Sarmiento.

Ya don Florencio Varela, a pesar de la acogida personalmente simptica
que recibi de altas notabilidades francesas, haba hecho la misma
triste experiencia, y antes que l, Rivadavia y don Valentn Gmez, como
despus de todos ellos cuantos han tenido por su desgracia que ocuparse
de las relaciones de nuestro pas con esta Francia fantstica, que arda
de entusiasmo por los griegos sometidos a la dominacin, en el fondo
mansa, de los turcos, y consideraba a Rosas como un gobierno
conservador, estable y progresista. Lamartine, recuerda Sarmiento,
preguntaba a Varela qu idioma hablbamos, y un periodista peda al
mismo Sarmiento pormenores sobre nuestras luchas con los mahometanos.
Medio siglo ms tarde, un ministro de negocios extranjeros de una
monarqua europea, me preguntaba a m si era cierto que la Repblica
Argentina pensaba, con el Salvador, Guatemala, Honduras, etc., formar un
solo Estado... Hay que habituarse a estas cosas, trabajar en silencio y
orden, hasta que nuestro pas se levante tan alto sobre la lnea del
horizonte, que la distancia, como a los cuerpos celestes, no impida
verlo y admirarlo. Si no me es permitido llevar, como Sarmiento, piedras
ciclpeas para la fundacin, llevemos cada uno nuestro grano de arena;
nuestros hijos harn el resto, como nosotros hemos tratado de completar
honradamente la obra de nuestros padres...

Sarmiento no se desanima, como no se desanim jams, por ese estado de
la opinin y emprende su patritica cruzada. Su primer choque es con M.
Dessage, jefe del departamento poltico del Ministerio del Interior y
brazo derecho de M. Guizot. Sarmiento le explica: "Entre nosotros hay
dos partidos, los hombres civilizados y las masas semibrbaras.--El
partido moderado, me corrige M. Dessage, esto es, el partido _moderado_
que apoya a Luis Felipe, el mismo que apoya a Rosas.--No, seor, son
campesinos que llamamos gauchos.--Ah! los propietarios, la _petite
proprit_, la burguesa...--Los hombres que aman las instituciones,
contino...--La oposicin, me rectifica el ojo y el odo de M. Guizot,
la oposicin francesa y la oposicin a Rosas de esos que pretenden
instituciones! Me esfuerzo en hacerle entender algo, pero imposible! Es
griego para l todo lo que hablo. En resumen, para ellos: Rosas igual
Luis Felipe. La mazorca=el partido moderado.--Los gauchos==la _petite
proprit_.--Los unitarios=la oposicin.--Paz, Varela, etc.==Thiers,
Rolln, Odilon-Barrot."

La conversacin con M. Guizot es premeditadamente banal por parte de
ste, que afecta creer que Sarmiento, viniendo de Chile, donde ha pasado
seis aos, no est interiorizado de los asuntos del Ro de la Plata.

La entrevista con el vicealmirante Mackau, ministro de marina, es uno de
los buenos trozos de la narracin. Mackau es un imbcil acabado, de
espeso cerebro al que no penetran las ideas ni a martillo. Cuando no
entiende, sonre afablemente, lo que hace que pase la vida sonriendo.
Sarmiento, ms cmodo que con M. Guizot, le espeta un discurso en tres
partes, soberbio, admirable, el mejor que haya pronunciado jams, segn
l, y de pronto se apercibe que el ruido de sus palabras llega al odo
del almirante como un "vago auvergnat" que no ha escuchado ni
comprendido. El rencor de Sarmiento es formidable, y cuando ms tarde ve
a Mackau ocupar su asiento en la Cmara, en el banco de los ministros,
le llama molusco!

Sarmiento va a buscar la opinin de los americanos mismos, residentes en
Pars y en todas partes encuentra "igual incapacidad de juzgar". "San
Martn es el ariete desmontado ya, que sirvi a la destruccin de los
espaoles; hombre de una pieza; batido y ajado por las revoluciones
americanas, ve en Rosas el defensor de la independencia amenazada y su
nimo noble se exalta y ofusca. Sarratea el compaero de orga de Jorge
IV, antes de ser rey de Inglaterra, viejo escptico, Voltaire que no ha
escrito, hoy todava en Pars mismo modelo de finura, de gracia noble y
de sencillez artstica en el vestir, tiene, con ms talento y menos
despilfarro, la gastada conciencia de Olaeta. Rosales, el hombre ms
amable, el cortesano de la monarqua, todo bondad para nosotros, ha sido
educado en este punto por Sarratea, su Mephistpheles, el cual lo lanza
a las confidencias con Luis Felipe, a quien pone miedo con la
indignacin de la Amrica."

En fin, ve a M. Thiers. Este le escucha con atencin, le pregunta por
Varela, se muestra satisfecho de sus datos, del nuevo aspecto de la
cuestin que le presenta, mucha agua bendita, mucho jarabe de pico, pero
en el fondo, el egosmo feroz del orador y del poltico, que no ve sino
temas de discursos y argumentos de oposicin, en la agona de un pueblo
entero que perece bajo la bota de un brbaro. A la despedida, como un
obsequio singular, Thiers comunica a Sarmiento, bajo la mayor reserva,
que en la prxima sesin de la Cmara, a la que le invita a asistir, va
a hablar _tres horas_. Me represento al petulante marsells
regocijndose ya del efecto que va a producir sobre el espritu de ese
joven americano, a quien ha descubierto ilustracin y talento y que se
va a convertir, de regreso a su lejana patria, en trompeta de su fama.

Y Sarmiento va a la Cmara, contempla el curioso espectculo, sobre todo
para un sudamericano de entonces, de esas sesiones tumultuosas, vacas y
teatrales. Desde entonces me parece que el rgimen parlamentario est
condenado a sus ojos. Treinta aos ms tarde, redactaba yo _El Nacional_
de Buenos Aires y no era, por cierto, tierno para la administracin de
Avellaneda. Sarmiento, como era natural, era siempre el primero en la
casa y los artculos que se le ocurra escribir, venan directamente al
Gerente, que los entregaba a la composicin, sin darme aviso, de acuerdo
conmigo, sino en los casos en que era necesario mechar de verbos el
artculo o apuntalar una que otra frase que haba quedado en el aire. No
recuerdo a propsito de qu incidente en el que el Ministerio haba
hecho un triste papel en el Congreso, y tomando como base los estudios
sobre la Inglaterra en el siglo XVIII, de M. de Rmusat, escrib un
artculo convencido, entusiasta y, a mi juicio, irrefutable, sobre las
ventajas del rgimen parlamentario y la necesidad de reformar nuestra
constitucin en ese sentido. Al da siguiente, al mismo tiempo que
reciba cuatro lneas cariosas y aprobatorias del doctor Vicente F.
Lpez, lleg a mis manos... mi propio diario, _El Nacional_. En el sitio
de honor, que era el que se reservaba siempre a todo lo que Sarmiento
escriba, porque el estilo bastaba para firmarlo, se registraba la
filpica ms furibunda que el redactor de _El Nacional_ hubiera recibido
hasta entonces. Iluso, ignorante, atrevido, propagador de malas ideas,
qu no me deca Sarmiento! Tuve un momento de indignacin ante esa
falta de atencin, de consideracin para con un hombre que desde que
haba empezado a pensar por s mismo, haba sido un partidario decidido
y ardiente de Sarmiento. Tom el diario y me fu derechamente a su casa,
dispuesto a decirle todo lo que tena adentro y poner las cosas en su
lugar. Me recibi con su cordialidad un tanto uniforme para todo el
mundo, y antes de darme tiempo de tomar una actitud trgica y comenzar
mi dolora, tom la palabra, como siempre, y debut por esta frase:--"Ha
visto usted un artculo preconizando el sistema parlamentario en _El
Nacional_ de ayer?"--Ni una palabra del autor; y en el fondo, no s si
saba que era o no mo, ni le importaba un bledo. De ah parti para
una carga a fondo contra su _cauchemar_, tan completa, tan enrgica y
tan decisiva, que mis convicciones tambalearon y ante aquella
elocuencia, aquel saber y aquella experiencia, en vez de formular las
recriminaciones proyectadas, inclin la cabeza, hice la venia y sal.

Despus he visto el rgimen parlamentario en accin, como todos los que
han inventado los hombres para gobernar las sociedades; lo que he visto
en Francia y especialmente en Espaa, pas cuyas condiciones polticas y
electorales se acercan ms a las nuestras, no ha sido por cierto como
para debilitar las opiniones de Sarmiento. Ningn sistema es bueno
cuando no encarna la tradicin de un pueblo, sus costumbres y sus ideas.
Por eso el gobierno parlamentario es una maravilla en Inglaterra y un
absurdo en Espaa. Por eso pienso que, hoy por hoy, el mejor rgimen
poltico para la Rusia, es la autocracia. Nadie me podr quitar de la
cabeza que es una inspiracin de insano dar derechos electorales a los
negros de Dakar o a ciertos blancos del otro lado del agua...

En el recinto, Sarmiento ve a "M. Mauguin, centro izquierdo, a Berryer,
centro derecho, en la izquierda a Barrot, Arago, Cormenn, Ledru-Rollin.
Lamartine, el _vizconde_, que tena su asiento en la extrema derecha, va
caminando hacia la izquierda, como Beaumont y Duvergier de Hauranne;
Emilio de Girardin est en el _beau milieu_ del centro, es ministerial".
La descripcin del discurso de Thiers, a pesar de la admiracin que su
facundia y su habilidad le causan, revela en Sarmiento la triste
impresin que le produce la inanidad de esas paradas oratorias. El
aplomo doctrinario, el soberbio desdn de M. Guizot, la autoridad
pedante de sus maneras de _magister_, la falta de honestidad que en el
fondo hace ver la defensa de hechos turbios, de verdaderos atentados a
la moral pblica, la obediencia servil de aquella masa de elegidos del
sufragio restringido, pero cuidadosamente escogido, todo hace comprender
a Sarmiento que aquel rgimen est condenado y sus das contados. Esa
monarqua de Julio, que muchos conservadores en Francia consideran hoy
mismo como la poca ednica de la libertad poltica, fu uno de los
sistemas ms corrompidos y corruptores de la historia francesa. Entre
otros detalles, Sarmiento recuerda aquella donacin a Luis Felipe del
corte de los bosques, que a razn de un corte por siglo deba producir
cuatro millones de francos anuales y al que, por una talla devastadora,
el rey ciudadano hizo producir setenta y cinco millones el primer
ao!...


V

La narracin de la visita de Sarmiento a San Martn, es floja, o mejor
dicho, la entrevista misma no responde a nuestra expectativa. Se adivina
que ha debido ser incmoda, poco cordial, a pesar de la deuda de
gratitud que el ilustre guerrero tena para con el escritor que haba
reivindicado en el corazn de Chile, el puesto de honor que corresponda
a San Martn. Podemos hoy hablar, con la reverencia que debemos a
nuestros mayores, sobre todo a hombres como el vencedor de Maipo, con la
verdad que la justicia de la historia impone. Deba ser necesario todo
el respeto y toda la gratitud inteligente de los hombres como Varela,
Sarmiento y otros argentinos ilustres que visitaban a San Martn en su
retiro, para rendirle ese homenaje. El envo de la espada de los Andes,
smbolo vivo de la ms pura de nuestras glorias, al tirano brutal que
condenaba ante los ojos del mundo el esfuerzo por la independencia,
debi herir mortalmente el alma de los patriotas que haca quince aos,
en el destierro, en la prisin, en el martirio, sostenan la causa de la
libertad. Es esa una triste pgina en la historia del gran emancipador,
tan triste como el abandono fro que hizo de su patria agonizante, para
ir a buscar en los campos de batalla, con un ejrcito que consideraba
suyo a la manera de un _condottiere_ italiano, la gloria militar que
ambicionaba. No, no es posible sostener que la adhesin de San Martn a
Rosas vena de su americanismo exaltado y de su temor o su odio al
extranjero. El extranjero, para l, haba sido el espaol, el _godo_, y
precisamente la nica legin de extranjeros que combata por Rosas, era
el cuerpo de 600 espaoles que, a las rdenes de Oribe, estrechaba el
sitio de Montevideo. Lo que haba en el fondo era un odio, s, pero
contra los hombres del congreso de 1826, contra los _unitarios_, que al
pasar San Martn delante de Buenos Aires, no pudieron olvidar que a su
desobediencia y al indiferentismo con que mir las angustias de su
patria, bajo pretexto de no manchar sus laureles en las luchas civiles,
debimos los horrores del ao XX. Los unitarios pudieron equivocarse y la
historia empieza ya a juzgar severamente los errores de los ms
preclaros de entre ellos; pero la pureza de intencin de los que
elevaron a Rivadavia a la presidencia, ser siempre un ttulo de respeto
para todas las generaciones de argentinos.

Nada encuentro ms digno de veneracin que la figura y la accin de los
hombres civiles de la lucha por la independencia, nada ms noble y
grande que el valor, la perseverancia inteligente, la serena tenacidad
de Pueyrredn. La vida de campaa, la batalla, la victoria, la entrada
triunfal en las ciudades conquistadas no es acaso un sueo vivido para
un militar? Para ellos, a quienes el mundo di todo lo que el hombre
puede aspirar sobre la tierra, las estatuas, las tumbas regias, los
honores pstumos! Para el patriota abnegado que luch, con el santo
amor de la patria en el alma, en medio de la asechanza, del odio, de la
divisin y de la discordia, sacando de la miseria recursos para armar
ejrcitos, con la Europa entera coaligada contra su pas, con Artigas en
las selvas, los portugueses en Montevideo y Morillo en el horizonte,
para l, para Pueyrredn, el olvido y la ingratitud nacional! No s
donde est su tumba!

Fuera de las pginas consagradas a su accin colosal en los trabajos
histricos de Lpez y Mitre, no hay un libro en nuestra literatura sobre
el Directorio de Pueyrredn. Y sin embargo, qu vida ms preciosa y qu
tema ms simptico puede encontrar la pluma de un escritor argentino?
Las estatuas han empezado a levantarse sobre nuestro suelo, smbolos
vivos de la gratitud nacional. No s que exista ni un busto de
Pueyrredn. Nuestros partidos de campaa, nuestros departamentos
lejanos, van recibiendo el nombre de los hombres secundarios de la
revolucin o las luchas civiles. A Pueyrredn tambin se le asign el
suyo, pero como si fuera por un propsito premeditado de olvido, nadie
llama al partido Pueyrredn, sino Mar del Plata. Por fin, en la misma
ciudad de Buenos Aires, donde existe una plaza "Lorea", pero no un
habitante que pueda decir quin fu ese ciudadano as glorificado, donde
dos de las calles principales se llaman de Buen Orden y la Piedad,
existe slo una callejuela, creo que es la ms corta de todas, para
conmemorar la memoria del gran Director Supremo de las Provincias Unidas
del Ro de la Plata.

Hago un llamado a la juventud argentina y le entrego esa obra de
reparacin. Si ella estudia esa vida, su entusiasmo por aquella nobleza
de alma, esa altura y esa distincin intelectual, ese valor moral
incomparable, la llevar a realizar lo que nosotros debimos hacer y no
hemos hecho, y pronto la soberbia figura de Pueyrredn se levantar en
una de nuestras plazas, para orgullo de nuestros ojos.


VI

"Al despedirme de mi buen amigo el seor Montt, refiere Sarmiento, le
deca yo con aquella modestia que me caracteriza: la llave de dos
puertas llevo para penetrar en Pars, la recomendacin oficial del
gobierno de Chile y el "Facundo"; tengo fe en este libro. Llego, pues, a
Pars y pruebo la segunda llave. Nada! Ni para atrs, ni para adelante;
no hace a ningn ojo. La desgracia haba querido que se perdiese un
envo de algunos ejemplares hecho de Valparaso. Tena yo uno, pero
cmo deshacerme de l? Cmo darlo a todos los diarios, a todas las
revistas a un tiempo? Yo quera decir a cada escritor que encontraba:
_anch'io_! Pero mi libro estaba en mal espaol y el espaol es una
lengua desconocida en Pars, donde creen los sabios que slo se hablaba
en tiempo de Lope de Vega o Caldern; despus ha degenerado en dialecto
inmanejable para las ideas; tengo, pues, que gastar cien francos para
que algn orientalista me traduzca alguna parte."

Aqu empieza para Sarmiento la azarosa tribulacin del autor novel que
con su manuscrito debajo del brazo se presenta a los dispensadores de
gloria. Por consejo de un amigo, ve a M. Buloz, el _tuerto_ director de
la _Revista de Ambos Mundos_ y de la Opera Cmica, el hombre sobre quien
se ejercitaba con ms furia la acerba crtica de los escritores
franceses, pero cuya perseverancia cre la revista tipo, que durante tan
largos aos ha mantenido su incontrastable autoridad sobre el mundo
civilizado, hasta que muerto el cclope, y refractaria a la penetracin
de las nuevas corrientes que deban refrescar y vivificar su sangre, vi
crecer a su lado mulos que en otro tiempo habra despreciado y que le
toman hoy una buena parte de su sitio al sol.

Nuestro pobre americano, consciente del valor de su trabajo, vuelve
todas las semanas a conocer el destino que le espera. Nada! No se ha
ledo an: hasta el otro jueves. Sarmiento persiste, porque quiere
conocer a los hombres de letras y desea ser introducido por su
"Facundo", para que le traten de igual a igual. Por fin, un da, da
radiante para l, "las puertas de la redaccin se me abren de par en
par. Qu transformacin! M. Buloz tiene dos ojos esta vez, el uno que
mira dulce y respetuosamente, el otro que no mira, pero que pestaea y
agasaja, como perrito que menea la cola. Me habla con efusin, me
introduce, me presenta a cuatro redactores que esperan para solemnizar
la recepcin. Soy yo el autor del manuscrito.... (una reverencia).... el
americano... (una reverencia), el estadista, el historiador... me
saludan, me hacen reverencias. Se habla del libro. Hay un redactor
encargado del _Compte-rendu_ de los libros espaoles, que quiere ver la
obra entera para estudiar el asunto. M. Buloz me suplica que me encargue
de la redaccin de los artculos sobre la Amrica. La _Revista_ ha
faltado a su ttulo de _Ambos Mundos_, por falta de hombres competentes;
podemos arreglarnos. Desgraciadamente, el artculo sobre mi libro no
puede aparecer sino en dos meses. Estn tomadas las columnas para muchos
ms; pero se har una alteracin."

Contento con esa recepcin y esa esperanza (el artculo de la Revista
apareci[23] cuando Sarmiento estaba en Barcelona, donde tanto por
cartas de introduccin como por el xito de su trabajo, M. de Lesseps,
el futuro hombre de Suez, cnsul de Francia entonces, le recibi muy
cordialmente), animado ya, pues, Sarmiento ve a algunas notabilidades de
las letras, a Ledru-Rollin, en casa de San Martn, de quien es vecino, a
Jules Jann, en su escritorio, saliendo encantado de su trato familiar.
Penetra en el saln de madame Tastu, "donde puede entrar la mano muy
adentro de las llagas de la Francia". All ve a Cormenn, a Tissot, el
diarista formidable que tanto contribuy a dar en tierra con los
Borbones. Por fin, sus estudios sobre educacin primaria le ponen en
contacto con sabios y hombres profesionales.

     [23] He tenido la curiosidad de leer el artculo que la "Revista de
     Ambos Mundos" dedic al "Facundo". Est en el nmero del 15 de
     Noviembre de 1846, bajo el ttulo "De l'Americanisme et des
     rpubliques du Sud--La socit argentine. Quiroga et Rosas". Luego
     el ttulo completo del libro de Sarmiento y el de un folleto,
     "Cuestiones americanas", del mismo. Es un buen trabajo de M.
     Charles de Mazade, un anlisis completo de "Civilizacin y
     barbarie". Se ve que el crtico ha aprendido el asunto en el libro
     que analiza y que ha ledo con conciencia. Las "Cuestiones
     americanas" le han ayudado mucho para darse cuenta del estado de
     los pases del Plata, que a la verdad no deba ser muy fcil de
     entender para un francs de 1846. Hablando de Montevideo, dice M.
     de Mazade: "se ha comparado Montevideo a Coblentz; Coblentz si se
     quiere, pero es all que se refugi la inteligencia argentina".
     Sobre el libro, escribe: "obra nueva y llena de atractivo,
     instructiva como la historia, interesante como una novela,
     brillante de imgenes y de color".

     "El libro del Sr. Sarmiento, agrega, es una de las obras
     excepcionales de la nueva Amrica, en el que brilla alguna
     originalidad; es un estudio hecho sobre lo vivo, enrgico,
     profundo, de todos los fenmenos de la sociedad americana y
     particularmente de la sociedad argentina. El esplendor del estilo
     est a la altura del vigor del pensamiento".

     "El "americanismo", dice ms adelante, representa la holgazanera,
     la indisciplina, la pereza, la puerilidad salvaje, todas las
     inclinaciones estacionarias, todas las pasiones hostiles a la
     civilizacin; la ignorancia, la degeneracin fsica de las razas,
     as como su corrupcin moral..... Obligando a las potencias
     europeas a emplear las armas contra l, el americanismo ha puesto
     en claro un hecho que resume las relaciones de ambos mundos: es que
     la Europa se ver fatalmente empujada a hacer la conquista material
     de la Amrica, si no hace pacficamente su conquista moral".

     El segundo trmino del vaticinio se va cumpliendo, pero cun
     lentamente!

Sarmiento, que viene de un mundo semibrbaro an, donde los restos de
aquella civilidad estrecha y acompasada de la colonia se han refugiado
en un ncleo social bien restringido, mientras la masa del pueblo,
sumida en la anarqua, parece retrogradar al salvajismo, queda encantado
ante la cultura de ese pueblo francs, que lleva de frente los ms
arduos trabajos de la inteligencia, las ms delicadas creaciones del
arte, sin decaer un punto de su virilidad ni en la energa con que
defiende su patrimonio histrico...

Los bailes pblicos de Pars, mucho ms en voga entonces que medio siglo
ms tarde, pues la democracia ha penetrado hasta ellos y hoy se
confunden all no slo todas las clases sociales, sino tambin todos los
gremios, entretenan a Sarmiento lo que no es decible. Se asoma a ellos,
dice, de vez en cuando, "para curarme del mal de la patria, que me
incomoda. No tengo ni gusto ni dinero para engolfarme en las costosas
frivolidades cuyo goce envidio a otros. Ah! si tuviera cuarenta mil
pesos nada ms, qu ao me daba en Pars! Qu pgina luminosa pona en
mis recuerdos para la vejez! Pero soy _sage_ y me contento con mirar, en
lugar de _pilquinear_, como hacen otros".

Cmo es eso? No _pilquineamos_ porque no nos gusta o porque no tenemos
cuarenta mil pesos? Tengo para m que la segunda razn ha de haber
infludo ms que la primera en la _sagesse_ de Sarmiento, a estar a la
complacencia con que describe el baile del _Ranelagh_, donde ha visto a
Balzac, Jorge Sand y otras notabilidades literarias; el _Chateau-Rouge_,
como iluminacin, le fascina; _Mabille_, que ostenta las bailarinas ms
afamadas, la _Chaumire_, el edn del barrio latino, y a estar tambin
al estilo inflamado con que describe las proezas coreogrficas de la
_Rigolette_, precursora ancestral de _Grille d'Egout_ y la _Goulue_.

El _Hipdromo_ le inspira una brillante descripcin. En fin, va a todas
partes, mira, observa, se mueve y va haciendo piel nueva dentro de esta
atmsfera, sin accin para aquellos que han nacido refractarios a todo
progreso interno, pero incomparable para acelerar el desenvolvimiento de
todo germen de luz que brille vacilante en el fondo de una conciencia
humana.

Sarmiento se pone en camino para Espaa y en las duras e implacables
pginas que consagra a la madre patria, y cuyo estudio sale de ese
cuadro, parece dar la pauta a Buckle para su inexorable juicio. La
Italia le atrae en seguida "para educarme y poder hablar de bellas
artes." Promete volver a Pars despus de estas correras, pero sus
cartas de viaje no mencionan una nueva permanencia en la capital
francesa. Del otro lado del mar le esperan los Estados Unidos, cuya
admirable naturaleza describe con la misma pluma que traz en el
_Facundo_ el cuadro inmortal de nuestra tierra. En aquel mundo nuevo
desaparece el viejo espritu curioso; cuando Sarmiento abandone la
patria de Washington, ser el hombre de Estado llamado a tan altos
destinos...

Bajo la impresin de mi respeto profundo por la memoria de ese hombre
extraordinario y del afecto que siempre me inspir, he querido recorrer
de nuevo los sitios que l visit en Pars. En el andar vertiginoso de
nuestro siglo, cincuenta aos son un espacio enorme. Todo ha cambiado en
la faz del mundo, incluso la patria que Sarmiento am con toda su alma y
a la que consagr, con admirable esfuerzo de cerebro y corazn, su larga
y soberbia vida...

  Pars, Octubre, 1896.




Nuevos rumbos humanos

I


Tambin yo, como la mayor parte de los que estas lneas lean, he
atravesado la edad soberana por excelencia, aquella en la que se
profesan ideas claras, netas y precisas sobre todas las cuestiones
capitales de la vida humana, en la que poco se duda, todo se afirma, y
en la que la voz de la experiencia suena como nota falsa en los odos
habituados a la rotundidad sonora de las afirmaciones absolutas. Es un
fenmeno que ocurre all por los veinte aos y que dura ms o menos
tiempo, segn la previa posicin individual para resistir, dentro del
ideal, a los rudos y repetidos golpes de la vida positiva. Entre esas
convicciones profundas, tan numerosas como los deliciosos fenmenos de
la naturaleza al venir la primavera, abrigaba una que, en materia de
sociologa poltica, formaba un credo definitivo y sobre el que nunca
pens, no dir cambiar de criterio, pero ni an dudar. No conceba, no
poda concebir otra forma legtima de gobierno, para las sociedades
humanas, que el gobierno republicano y representativo. A lo sumo, all
en mis cavilosidades filosficas sobre la materia, admita que se
pudiera disentir sobre las ventajas de la federacin, y encontraba
puesto en razn que hubiera gentes que sostuvieran la superioridad del
rgimen unitario. Pero, admitir la legitimidad, menos an, la
conveniencia, en nombre de intereses ms o menos graves, de la
institucin monrquica, me pareca tan absurdo entonces como no profesar
el libre cambio o sostener la necesidad de reglamentar la libertad de la
prensa. Todo argumento adverso a mi absolutismo democrtico, se
estrellaba contra la idea de la dignidad humana, en tal forma arraigada
en mi conciencia, que no encontraba _modus vivendi_ honorable entre ella
y el privilegio antinatural de una familia sobre el resto del pueblo.
Ms tarde, procuraba explicarme esa preocupacin, de la que participan
todos los argentinos que viven exclusivamente dentro de la conciencia
nacional, recordando los antecedentes polticos peculiares de nuestro
pas: aquel monarca espaol, viviendo eternamente en el limbo para
nosotros; sus representantes aqu, insignificantes cuando no ridculos,
nulos en los momentos de accin histrica; nuestra lenta y democrtica
formacin colonial, y, por fin, la forma republicana de gobierno,
surgiendo impetuosa en el suelo argentino, imponindose a los patriotas
inconscientes de su fuerza irresistible, y arrastrando como hojarasca
todas las combinaciones de la poltica y los clculos de la diplomacia.
As procuraba explicarme, repito, ese sentimiento de repulsin que
continuaba dominndome; y fu armado de esa inflexibilidad moral, de ese
convencimiento recio e inabordable, que ech a rodar mi cuerpo y mi
espritu por esos mundos de Dios, movido por un impulso que cre durara
un ao y que me mantuvo casi tres, lustros lejos de mi patria. Fu
durante ese tiempo y bajo la accin de los medios en que viva, que mis
ideas sobre el gobierno de los hombres, empezaron a recibir los primeros
choques, a perder su austeridad, por decirlo as, y a moverse de tal
suerte, que aun hoy las siento crujir, presintiendo vagamente que he de
llegar al trmino de mi jornada sin encontrar los medios de resolver el
conflicto.

Ocrreseme, pues, exponer sinceramente las fases de esa crisis,
augurando a mis jvenes lectores argentinos que, cual ms, cual menos,
pasarn todos por la misma, por poco que la proyeccin de su pensamiento
alcance a la regin de las ideas generales.


II

Hace ya ms de medio siglo que Tocqueville revel a la Europa el curioso
fenmeno de la democracia natural, que haba encontrado en los Estados
Unidos; y digo natural, porque a mis ojos el mrito extraordinario de
ese pensador, hoy un tanto olvidado y a cuyas obras slo falta la
mortaja del pergamino, fu ver en la democracia americana un hecho
social y no un hecho legal. Vi que ese organismo poltico haba surgido
del seno de ese pueblo, por causas tan lgicas como las que determinan
el clima de una regin, y augur a la Europa, para poca no lejana, el
advenimiento de la democracia triunfante, as que las condiciones
sociales que en ella predominaban, se fueran acercando, bajo la accin
de los progresos, de la ciencia y de la educacin popular, al estado en
que se hallaba la sociedad norteamericana. Tocqueville fu ms lejos
an, y en un captulo admirable di la voz de alerta contra los peligros
que ese triunfo definitivo podra traer para el progreso humano. Como
accin general, la palabra de Tocqueville cay en el vaco; los Estados
Unidos eran para la Europa una nebulosa, interesante, sin duda, pero
extraa a su sistema; algo as como los canales de Venecia, que se
admiran sin que por eso se le ocurra a nadie cavar y llenar de agua las
calles de Pars o Viena.

Tocqueville estudiaba la marcha de la marea desde los orgenes de la
historia moderna, y al determinar la ley de ascensin del nmero sobre
las clases, en los organismos sociales, predeca, tal vez para una poca
ms remota que la actual, el ascendiente irresistible de las masas. Ms
tarde, otro espritu superior, tan noble y puro como el de Tocqueville,
pero quiz ms apasionado y menos sereno, Stuart Mill, llegaba, por el
estudio del desenvolvimiento humano, al que haba aplicado las reglas de
una lgica por l dotada de nueva vida y vigor, a ese socialismo vago,
indeterminado y temeroso, en el que caen los espritus sinceros que en
la tensin especulativa, pierden el contacto moderador de la tierra.
Stuart Mill no cay bajo aquella desesperanza triste y profunda que
invadi el alma de Tocqueville, el da del golpe de Estado del 2 de
Diciembre; pero la sorda irritacin de su espritu, ante la lentitud de
las reformas que reclamaba como indispensables para la sociedad poltica
de Inglaterra, le minaba sordamente. Era ingls y conoca a su patria;
saba que si sta se haba salvado de los horrores del 93, si no deba
temerlos para lo futuro, como los tema Heine para la Alemania, era
precisamente por ese andar pausado de la historia inglesa, ese respeto
profundo a lo pasado, ese fetiquismo de lo existente, que slo se rinde
a la innovacin cuando sta ha penetrado ya en las costumbres. Naca, la
prisa de Mill, de que senta rugir sordamente la ola; comprenda que
nada ni nadie podra resistirla y juzgaba que, de no allanarle el
camino, arrasara todo.

Y bien, el hecho se ha producido, antes de la poca predicha, y hoy nos
encontramos con la democracia triunfante en las ideas, en las
costumbres y en las leyes. Veamos si la sociedad humana se va acercando
al ideal, al objetivo lgico de todo organismo, colectivo o individual,
esto es, a su bienestar y su perfeccionamiento.


III

Es indudable que las condiciones de la vida humana en el presente son
infinitamente superiores a las del pasado. Por un fenmeno curioso, a
medida que el sentimiento religioso se ha ido debilitando en la
conciencia de los hombres, aquella piedad que l proclamaba como
elemento de salvacin y regla normal de la existencia, ha venido
desarrollndose, ya sea por las exigencias de la defensa social, ya
porque la cultura del espritu determine un sentimiento de solidaridad,
desconocido para aquellos que vivieron petrificados en la legitimidad de
la divisin por castas. En todos los pueblos civilizados la caridad se
ha organizado y a ms de los donativos espontneos, una buena parte de
la renta pblica est destinada a la manutencin y abrigo de los
desheredados. Hace cien aos cada cama de hospital era, ms que lecho,
tumba de tres o ms enfermos. Las gentes del campo esperaban como una
bendicin el retorno de la primavera, para alimentarse de las yerbas, a
la par de los animales que custodiaban. Las leyes penales, de una
crueldad inexcusable, castigaban los delitos del proletario con ms
rigor que los crmenes del grande. Las jurisdicciones especiales eran la
regla, y la justicia era un mito que la imaginacin popular, sumida en
la desesperanza, colocaba en el pasado. Hoy, es tal la condicin
material del obrero, del agricultor, del vago mismo, que habra sido un
sueo ahora un siglo. Aquel obrero que en su furia instintiva arroj al
Rdano la mquina de tejer inventada por Jacquard, sin comprender que no
hay ahorro de fuerza que no aproveche a la humanidad entera, fu el
ltimo representante de su tiempo. Con su grito de clera se hundi para
siempre la esclavitud del hombre y surgi el imperio de la ciencia sobre
la naturaleza. La Revolucin francesa, con sus declaraciones, sus
derechos polticos, sus sacudimientos, sus grandezas y sus horrores,
habra sido estril para la humanidad, como lo fueron las de 1640 y 1688
de Inglaterra, si no hubiera precedido por pocos aos aquel esfuerzo de
la inteligencia humana que, con la fsica, la qumica y la mecnica, iba
a transformar la faz del universo.

No es, pues, a las instituciones polticas que corresponde el honor del
mejoramiento incontestable en las condiciones de la vida humana. La
rapidez en el transporte de los cuerpos, en la transmisin de las ideas
y de la palabra, no es mayor en Suiza que en Rusia; los descubrimientos
de Claudio Bernard, de Chevreul y de Pasteur son la base de la industria
as en Austria como en Blgica. Bajo el punto de vista del bienestar
humano, pues, qu diferencia esencial hay entre los pueblos que gozan
de instituciones democrticas y aquellos que se mantienen an bajo el
rgimen monrquico? Confieso que no la veo; diferencia la hay,
indudablemente, pero responde a causas completamente ajenas a este orden
de ideas. Sera tan absurdo atribuir la potencia industrial de la
Francia a su sistema actual de gobierno, como responsabilizar a la
reyeca portuguesa de la decadencia de ese pueblo.

Por lo dems, la fuerza del sentimiento democrtico no radica en su
incorporacin a las leyes positivas, sino en su mayor o menor difusin
en un pueblo y en su imperio en las costumbres. Si se da a la democracia
su sentido general, que es algo ms que el gobierno de todos para todos,
que es la igualdad de derechos, la conciencia de la dignidad individual,
sera absurdo suponer que un ciudadano argentino o francs, es ms
demcrata que un ingls. El hecho de ser nosotros o los franceses
gobernados por un presidente electo, y los ingleses por un monarca
hereditario, es tan insignificante para el desenvolvimiento de la
sociabilidad humana como las tempestades de la atmsfera terrestre para
la marcha del astro en el espacio. La monarqua hizo la Francia, la
aristocracia hizo la Inglaterra, la oligarqua ha hecho a Chile, la
democracia ha creado los Estados Unidos; he ah hechos histricos
incontestables. Pero quin puede negar que la monarqua mat a la
Espaa, la aristocracia a la Polonia, la oligarqua a Venecia y la
democracia a la vieja Italia? La historia se re ante la virtud mirfica
de las instituciones; imitarlas, adaptarlas, todo es intil. Se puede
retardar el desarrollo de un pueblo con tanta fuerza, dndole una
constitucin liberal, como sujetndolo a un rgimen absolutista. Las
causas del progreso son ms hondas y complicadas; las palabras, por ms
solemnemente que se escriban, no cambian ni modifican los hechos. Espaa
tiene hoy el juicio por jurados, el matrimonio civil, el sufragio
universal, cdigos civil y penal que son modelos del gnero; todas las
conquistas de la democracia, en fin, incorporadas a la legislacin
positiva. En Inglaterra, el sufragio es restringido; la legislacin
poltica, civil y criminal es un caos, en el que los mismos
jurisconsultos se pierden. Sin embargo, medid el camino andado por los
dos pueblos!


IV

Entonces, si el rgimen de gobierno es un factor despreciable en el
problema de la felicidad humana, por qu esas luchas incesantes de los
pueblos, esos esfuerzos constantes por conquistar la libertad bajo todas
sus formas? Es un error general de la especie, y despus de tantos
siglos vamos a tener que constatar que toda esa enorme fuerza ha sido
intilmente gastada? No; lo nico que el hombre comprueba es su absoluta
incapacidad para explicar las causas ltimas; el da en que se me revele
la razn del organismo social de las hormigas, me ser permitido creer
que la ciencia positiva llegar en algn momento a explicar la historia
humana. Uno de los espritus ms luminosos que han surgido en la
humanidad, nos acaba de dejar su testamento filosfico. Renan piensa que
Dios est en formacin; que todo este gigante esfuerzo de lo creado,
desde el tomo que existe dentro de la piedra hasta la iniciativa genial
del hombre, desde el movimiento solemne de los mundos desconocidos,
hasta el crecimiento misterioso de la yerba de los campos, todos estos
fenmenos mltiples del Universo, son notas aisladas que un da llegarn
a formar la armona colosal e inconcebible a la que da el nombre de
Dios. Voltaire haba propuesto ya inventarlo; tanto vale lo uno como lo
otro.

Dejemos, dejemos de lado ese problema de las causas finales, arrojado a
la curiosidad del espritu como un freno contra su infatuacin.
Pensemos, s, con reposo, que todo va a alguna parte, constatemos el
movimiento sin pretender averiguar el objetivo y volvamos modestamente
los ojos a la tierra.


V

Y, pues que de movimiento hablamos, si no es para la conquista de
regmenes de gobierno determinados, qu causas y qu fin tiene ese
sacudimiento pavoroso, extendido hoy por todo el mundo civilizado, esa
protesta violenta contra el orden existente, que empieza a cubrir de
sombras el porvenir?

La revolucin social est en todas partes. A los sueos de los
enciclopedistas, a las pastorales del abate de Pradt, a los organismos
teatrales de Saint-Simon y a los sofismas elocuentes de Proudhon, ha
sucedido un perodo de accin que, echando a un lado las especulaciones,
entra resueltamente al combate y ataca de frente al enemigo que la
experiencia ha demostrado ser el nico, si bien terrible en la defensa y
poderoso. Ese enemigo es precisamente la base, la piedra angular de
nuestro organismo social, es la idea madre sobre la que hemos levantado
este palacio maravilloso de las convenciones humanas: idea tan fuerte y
extraordinaria que, a partir del momento en que el hombre ces de ser
una fiera salvaje, ha impuesto a los millones de individuos de la
especie que no tienen pan, el respeto por las vituallas de los que se
hartan; y que, extendindose con la ayuda de las convenciones morales,
ha permitido que las mujeres hermosas slo tengan, algunas veces, un
solo dueo. Esa idea es la de la propiedad, y es contra ella que se
ejercita el empuje del movimiento de reaccin que se observa en el mundo
actual. Revelara un candor y una inocencia incomparables, aquel que
creyera que van en busca de reformas polticas los nihilistas rusos, los
anarquistas franceses, los socialistas alemanes, los _fasci_ italianos,
los huelguistas de Inglaterra y Norte Amrica, los cantonales espaoles,
todos los descontentos que, bajo las mil denominaciones que las
circunstancias locales les imponen, trabajan con una unidad de accin
quiz inconsciente, como instrumentos fatales, a la destruccin de lo
existente. Pensis que ese esfuerzo patente, profundo, como que arranca
de las entraas mismas de la masa humana, va tras el ideal del rgimen
representativo, el cual empieza a tomar los contornos de una
supersticin vetusta, o tras el sufragio universal, ms ilgico y
absurdo, como criterio de gobierno, que el viejo derecho divino que
suplant por una aberracin de que el mundo moderno empieza a darse
cuenta? No: si el nihilista ruso busca la muerte del zar, es porque la
autcrata representa la propiedad y es la encarnacin del orden social
establecido. El anarquista francs se re de la democracia imperante, de
la libertad electoral o de las garantas individuales de que goza, como
el ingls, el italiano o el espaol.

Es tal el progreso del espritu humano en este siglo y tan enorme la
suma de datos reunidos y clasificados, tanto en el orden cientfico como
en el orden moral, que el razonamiento general que autoriza la
previsin, empieza a ejercitarse sobre materias que se confundan, hace
cien aos, con los misterios impenetrables de las causas finales. Un
gelogo os dir hoy cunto tiempo durar la provisin terrestre de
hulla; un demgrafo la poblacin probable de una ciudad dentro de un
siglo; un filsofo la poca, quiz prxima, en la que se extinguirn
para siempre esas luces vagas y vacilantes de los ltimos dogmas
sagrados, que fueron el sustento del alma de nuestros mayores. Hace
cincuenta aos se predeca el triunfo de la democracia para el fin de
esta centuria, y ya, para decenas de millones de hombres, las
instituciones democrticas parecen vetustas y anticuadas. Puede, pues,
preverse, no ya el triunfo de las nuevas ideas, sino la ruina de las
actuales. Porque el rasgo esencial de toda revolucin general y profunda
en la historia, es precisamente su carcter destructor y su incapacidad
absoluta para definir y precisar el ideal nuevo que encarna. Atila
marchaba ciegamente sobre el mundo romano, como la piedra de una honda
lanzada por una mano providencial. La Europa se echaba sobre el Asia en
las Cruzadas, realizadas con un pretexto pueril, y cuatro siglos ms
tarde sobre la Amrica, entre sueos de oro y de proselitismo. Pensaba
Alarico, pensaban Godofredo o Ricardo, Pizarro o Corts, en lo que iban
a levantar sobre las ruinas de lo que destruan? Directores de hombres o
movimientos colectivos inconscientes, todos son instrumentos fatales,
que aparecen en el momento necesario, bajo la accin de leyes
desconocidas, pero reales.


VI

Ante ese problema pavoroso de una transformacin social, profunda e
inminente, el espritu no puede ya apasionarse por las ftiles
combinaciones de la poltica ni por las excelencias de un sistema de
gobierno sobre otro. Qu significado pueden tener esas palabras mismas:
qu puede entenderse por gobierno, libertad, orden, familia, derecho,
patria, el da que desaparezca el suelo que les da vida: esa idea de la
propiedad que sustenta y sostiene todo nuestro mecanismo social? Ese
desapasionamiento, esa serena contemplacin de las corrientes generales
que arrastran a la especie humana en busca de nuevos ideales, es
altamente saludable. Ensea a creer y esperar, ensea a restringir el
horizonte del esfuerzo intelectual y moral, a mejorarnos para ser ms
tiles en la tarea transitoria que nos ha sido departida. Al correr de
los tiempos, cuando los ltimos baluartes de la sociedad actual hayan
cedido; dentro de dos o tres mil aos, cuando se hable de la propiedad
como nosotros hablamos del feudalismo, que no hace an quinientos aos
fu una institucin salvadora, tan fuerte que pareca perdurable, qu
nuevos organismos imperarn sobre los escombros de lo que hoy existe? La
insolubilidad del problema no debe inquietarnos, firmes en nuestra fe
inalterable en el destino de la especie, el cual es ir siempre adelante,
al mejoramiento y a la perfeccin. Si a la milsima generacin de
nuestros descendientes se le acaba el carbn, ya encontrarn cmo mover
sus mquinas y defenderse contra el fro; aun queda bastante grasa sobre
la tierra y no la usamos ya para alumbrarnos[24]. Aun esconden los
cerros en sus entraas bastante oro y ya lo hemos reemplazado con tiras
de papel, ms o menos oscilantes en su significacin, pero que, por el
momento, constituyen pura y simplemente la base de nuestra organizacin.
Si los hombres del siglo 50 estudian nuestros cdigos civiles, como
nosotros estudiamos la legislacin de los vedas, que fu tan positiva en
su poca como nuestra reglamentacin edilicia actual, opongamos de
antemano, a la sonrisa de conmiseracin que nos dedicarn, el asombro
con que constatarn el atraso de ellos mismos, sus propios
descendientes, all por el siglo 150 o 200.

     [24] Goethe, a principios del siglo pasado, deca que uno de los
     mayores benefactores de la humanidad, sera el que inventara una
     clase de velas que hiciera intil el uso de las despabiladeras.

Si somos razonables, si admitimos que ese movimiento de reaccin general
obedece a leyes desconocidas, pero ineludibles, es lgico que nuestros
adversarios, los obreros ciegos del porvenir, reconozcan a su vez la
existencia de leyes en virtud de las cuales nos oponemos a su tendencia.
Ellos sostienen que la propiedad es un anacronismo y una injusticia
monstruosa: nosotros pensamos que sin ella no se habra organizado en
sociedad la raza humana, y que andaramos an, como en la edad
primitiva, a dentelladas y trancazo limpio. Ellos nos suprimen por la
dinamita, nosotros los suprimimos por la ley. Debe ser necesario, para
los objetivos finales, ese carcter un tanto agrio de la controversia.
Si las instituciones sociales pudieran modificarse tan fcilmente como
las polticas, bastara con dos o tres jornadas _gloriosas_, como las de
julio, para que un Ravachol durmiera en el Eliseo o en Windsor. Por el
momento, no teniendo el honor de vivir en el siglo 50 y juzgando que ese
incidente no sera favorable a la felicidad de los hombres, nos oponemos
a l con todas nuestras fuerzas y nos defendemos con todas nuestras
armas.


VII

Jams una lucha entre los hombres se ha iniciado con caracteres ms
horribles. Es precisamente en este momento de la historia humana, en que
la conciencia general condena y maldice las hecatombes del pasado, las
guerras sin cuartel de la antigedad, el martirio de los cristianos, los
exterminios religiosos de los siglos XVI y XVII, cuando la bestia que la
civilizacin haba conseguido domear, se despierta ms feroz que nunca
y, en nombre de pretendidos derechos, de sueos de ebrio, asesina
ancianos, mujeres y nios, y elige los corazones ms nobles para
partirlos con el pual del asesino!

La muerte de Carnot[25] que ha conmovido al mundo entero, porque la
altura moral de ese hombre ennobleca a la especie toda, parece indicar
que el perodo fatal se acerca y que el incendio va a comunicarse a toda
la tierra civilizada. Triste y sombra es la perspectiva! En cuanto a
nosotros, aquellos que crean que la riqueza de nuestro suelo y la
facilidad de nuestra vida, van a eximir a nuestro pas de ser teatro de
combates de ese gnero, se equivocan, a mi juicio. Nada hay comparable
en el mundo actual a la condicin del proletario francs; la maravillosa
feracidad de esa tierra, su belleza, su desenvolvimiento industrial, la
laboriosidad y la iniciativa de ese pueblo amable e inteligente, su
organizacin casi perfecta en lo humanamente posible, dan con toda
holgura al obrero, el pan, el salario y la tranquilidad necesarios para
el viaje de la vida. En pocas partes los salarios son ms altos, en
ninguna las asociaciones de mutua proteccin ms perfectas, ni la
autoridad ms paternal para el desheredado. Y es all donde estalla con
ms fuerza esta reaccin iracunda contra la desigualdad social! Se
creera que esos hombres obran movidos por un atavismo inconsciente, por
el rencor acumulado en el corazn de cien generaciones de parias, que ha
venido a estallar precisamente en el momento en que el sufrimiento y el
largo penar cesaban para sus descendientes! Qu remedio oponer? Cmo
hablar de razn al demente enfurecido? El viejo papa, en este estertor
de todas las viejas creencias humanas, habla un lenguaje ya muerto sobre
la tierra, y hace un llamado a esos descarriados para que vuelvan al
seno de la Iglesia. Otros, los filsofos, los tericos, los que tienen
fe en la eficacia de la inteligencia humana, hablan del socialismo de
Estado. No es una novedad el nuevo especfico y el xito de los ensayos
hechos no anima por cierto a recomenzarlos. Adems, preconizar la
omnipotencia del Estado ante aquellos que buscan ciegamente su
aniquilamiento, parceme realmente un ilogismo candoroso.

     [25] En los seis aos transcurridos desde que estas pginas fueron
     escritas, nuevas vctimas no menos nobles, no menos ilustres, han
     cado asesinadas. Cnovas, la emperatriz Isabel, el rey Humberto I,
     el Presidente Mackinley continan la serie, sin que las sombras que
     cubren el horizonte nos permitan esperar que esta se haya cerrado
     para siempre.

En 1836, cuando la democracia estaba lejos de triunfar sobre el mundo
europeo, ante los peligros que su victoria haca entrever para el
porvenir, el noble escritor que antes he citado, exclamaba:

"Pensar que el Creador ha hecho al hombre para dejarle agitarse en
medio de las miserias intelectuales que nos rodean? No puedo creerlo:
Dios prepara a las sociedades europeas un porvenir ms fijo y ms
tranquilo; ignoro sus designios, pero no cesar de creer en ellos porque
no puedo penetrarlos y prefiero dudar de mis luces que de su justicia."

Esa es la buena palabra y esa es la buena ruta para todos, para aquellos
que dudan, como para los que creen que el mundo marcha guiado por una
voluntad divina. De la misma manera que las batallas se ganan por la
suma de los esfuerzos individuales, y que el deber del soldado es
combatir y vencer al enemigo que tiene al frente, el deber de cada
hombre es trazar su camino con claridad y seguirlo con firmeza. Un pas
ser prspero y grande, no porque se desenvuelva bajo tal o cual
rgimen de gobierno, sino porque sus hijos conciban bien sus deberes de
patriotismo y los cumplan como buenos. El patriotismo no est slo en
pelear en los combates al son del himno y a la sombra de la bandera, no
est slo en cantar las glorias patrias; est tambin y sobre todo en la
prudencia, la fuerza de voluntad para contener las indignaciones
violentas, la fe en la evolucin que cura, y no en el prurito de la
revolucin que mata. "La verdad y el derecho legitiman algunas y raras
revoluciones, pero no acompaan, en todo lo que emprende, al espritu
revolucionario. Lo que se llama as, no es el noble espritu que animaba
a los autores de las revoluciones necesarias; es el gusto de las
revoluciones por ellas mismas; es el movimiento continuo de esas almas
sin regla que la imaginacin gobierna a falta de la razn, aquellas para
quienes las ideas innovadoras son las solas verdaderas y las ideas
extremas las nicas lgicas. Los que juzgan todo permitido a la
abnegacin, toman por abnegacin al fanatismo y creen absueltas, y aun
santificadas en sus excesos, las pasiones que hacen el mal en nombre del
bien. El espritu revolucionario, no, no es la adhesin de un Holands a
la revolucin de 1579, de un Ingls a la revolucin de 1688, de un
Americano a la de 1776, de un Francs a la revolucin de 1789; es el
amor por las revoluciones sin trmino. Harto ha sacudido nuestro pas
ese genio de la agitacin perpetua. Harto nos ha faltado esa constancia
que se apega a los bienes adquiridos y sabe guardar sus conquistas.
Soarlo todo, tentarlo todo, es el medio de perderlo todo." No parecen,
acaso, escritas para nosotros esas palabras que el luminoso espritu de
Carlos de Rmusat pone al frente de sus admirables estudios sobre la
_Inglaterra en el siglo XVIII_?


VIII

En cuanto a nuestras sociedades nuevas y en formacin, la manera como en
ellas repercuten los fenmenos polticos y sociales de carcter general
que hemos apuntado, constituye un problema especial, cuya solucin no
est en nuestras manos. No son las instituciones, no son las leyes, lo
hemos visto ya, las que fijarn y determinarn el rumbo deseado. El
factor principal que, en el estado actual de la Europa, ejerce una
influencia poderosa e indiscutida en la gestacin que est elaborando
los nuevos destinos humanos: la raza, sufre entre nosotros una
modificacin tan fundamental, que complica y da otro aspecto al
problema.

Preponderar con el tiempo algn espritu especial de raza entre
nosotros? Los grandes e irresistibles medios de asimilacin que posee
el suelo americano, y en l el nuestro principalmente, concluirn por
hacer del pueblo que habita la vasta regin argentina, una sociedad
homognea, con caracteres tnicos propios? Todo parece indicarlo as;
pero no est tampoco ah el problema del porvenir.

No se puede hacer que los ros remonten su corriente, y la vieja
farmacopea es intil ante la patologa actual. Reformar nuestra
constitucin, en el sentido de hacer desaparecer sus aberraciones y
arcasmos, es como quitar la mancha de una mosca en el disco de un
telescopio para ver ms cercanos los astros. Agregarle, en forma
preceptiva, las tres o cuatro aspiraciones socialistas formuladas en
primer trmino, sera inhbil y peligroso: la concesin de una parte
nunca satisfizo a los que piden el todo. Adems, volvemos a lo mismo:
la ineficacia de la ley escrita, buena o mala. Los ingleses, contentos y
cmodos dentro de su caos institucional, comparaban a la constitucin
norteamericana con un aro de acero puesto a un tronco joven, y auguraban
que impedira el crecimiento de ste. Los americanos contestaban que el
aro se hara flexible y se ensanchara armoniosamente con el rbol. No,
no es eso; el rbol crece porque sus races estn en tierra fecunda, y
el fenmeno del desenvolvimiento de ese pueblo responde a causas ajenas
a la influencia de su constitucin poltica.

No, no reformemos nuestra carta. Con ella vamos un poco a tropezones,
pero vamos. Habra tanta justicia en atribuirle nuestras miserias, como
nuestros xitos. Los que suean con el rgimen parlamentario como
panacea, o los que desearan ver sancionado por la ley poltica el
unitarismo imperante de hecho, me hacen el efecto de los que procuran
resolver el problema de la aviacin con cuerpos ms ligeros que el aire,
cuando la experiencia nos ensea que las aves pesan ms que aqul.

Y el remedio, entonces? se nos dir a los que arriesgamos pasar por
pesimistas, al presentar sinceramente un cuadro de observaciones hechas
serena y desapasionadamente. No vislumbramos sino uno: la cultura moral
del individuo, que determinar la cultura y la inteligencia de la masa.
El tomo caracteriza al cuerpo, y si el tomo es susceptible de
perfeccionamiento, ah est el remedio supremo. La esperanza y el honor
de la raza humana, est en la nocin innata del deber; ese es el tomo
que hay que cultivar y perfeccionar. Su desenvolvimiento sano y vigoroso
dar vida a las virtudes necesarias para la armona y el progreso
social.

Es vulgar y nimio, pero el hombre no ha inventado otra cosa. Tengamos
siempre limpio el corazn, cultivemos siempre la inteligencia: al
resplandor de esas luces, es difcil errar el buen camino. Nunca
alcanzaremos la conciencia de marchar en l, pero es el nico remedio de
tener la de intentarlo.




Ocaso

  Pars, Enero de 1902.


La primera impresin, al pisar de nuevo el suelo francs, es complicada
y compleja: sin embargo, dos rasgos caractersticos parecen desprenderse
sobre el confuso ondear del espritu, que, curioso, vuela de una
sensacin a otra, como buscando la clave de un enigma. El primero de
esos rasgos, es la persistencia irreductible de los modos y formas que
esta mezcla de razas, cuya resultante es el francs, se ha dado para
vivir su vida. Todos los pueblos de la Europa, los del Extremo Oriente
mismo, el Japn ayer, tal vez maana la China, modifican su modalidad,
incompatible ya con el concepto de la vida actual y la necesidad de
luchar por ella; todos se adaptan flexiblemente a las exigencias de un
ambiente diverso al que respiraron durante siglos, todos cambian sus
mtodos de trabajo, sus sistemas de produccin, mostrndose as
dispuestos a disputar el terreno a todo competidor. La Francia, nica,
ve que la rutina la est minando como un mal sordo e inflexible; ve que,
de la cumbre desde donde, no ha mucho, dominaba a la humanidad, va
descendiendo con una rapidez que, medida con la vasta unidad de tiempo
con que se computan los movimientos de los pueblos sobre la tierra, es
realmente vertiginosa. Su poblacin disminuye; la cifra de su comercio
baja anualmente, a medida que sube la de su deuda; los hombres todos del
globo que, movidos por esa claustrofobia que echa a los seres humanos
fuera de su casa y de su patria--y que otrora no tenan ms norte que
Pars,--se sienten hoy atrados por muchos otros centros que, explotando
las afinidades de raza y las facilidades del idioma, hacen esfuerzos de
todo gnero por acaparar una parte de la incomparable clientela de
Pars. La Francia sabe todo eso; pero su concepcin de la vida es tan
armnica con la estructura de la gente que la habita, que cambiarla en
este momento de su vida histrica, le es poco menos que imposible. De
ah se desprende el segundo rasgo caracterstico de que antes habl: la
impresin de decadencia.

Decadencia innegable. Contra la ley de evolucin que hace desaparecer
naciones enteras, imperios poderosos, ciudades estupendas, hasta no
dejar de ellas ni rastros sobre la corteza del globo, algunos pueblos
modernos parecen precaverse hasta donde la humana prudencia alcanza a
ver. La Inglaterra a la cabeza, ha cubierto el mundo con ramas vigorosas
de su tronco robusto; cuando la isla, orgullosa como la Samos de
Polcrates y como ella guerrera y rica, haya desaparecido, como
desapareci aquella maravilla del mar Egeo, nuevos pueblos de habla y
alma inglesas, surgirn triunfantes y enrgicos, como surgen hoy esos
Estados Unidos de Amrica, que son la pesadilla de la Europa.

Pero esta dulce Francia, cmo va a revivir en el tiempo y el espacio?
Ser acaso en su Argelia ms irreductible que el acero, tan rabe hoy
como el da de la conquista, tan cerrada a todo espritu que no arranque
del Corn y sobre la que han pasado, rozando apenas su epidermis, dos
mil aos de cultura greco-romana y otros tantos de cristianismo? Ser
en las vastas regiones de la Indo-China, donde su espritu lucha, no ya
con la tenacidad del semita africano, sino con la flexible y moluscular
blandura del ariano asitico, sobre cuya alma ningn sello deja
impresin durable? Ser en el Africa obscura, tan impenetrable a su
espritu luminoso, como sus bosques centrales al paso del europeo?

No, organismos como estos, a los que un capricho de la historia ha
permitido, un momento de su vida, unir la fuerza y la riqueza a la
inteligencia y a la ms alta cultura, no pueden persistir. Como la madre
admirable que la di vida, como aquella Grecia que, mientras engendraba
todo lo grande, todo lo noble, todo lo bello que han conocido los
hombres sobre la tierra, sacaba del inagotable fondo de su energa,
fuerzas para luchar contra el Brbaro o para desgarrarse en lucha
fratricida, la Francia terminar el corto ciclo de su hegemona poltica
y guerrera, en la conciencia de perderla para siempre. Sentir que la
atmsfera ha variado por completo para ella--y en la imposibilidad de
modificar su organismo, vivir, como la vieja madre, en la contemplacin
del pasado. Y a medida que la nueva forma de Barbarie, el modo
americano, vaya invadiendo la tierra entera, destruyendo aqu una obra
de arte, all un recuerdo histrico, ms all un monumento consagrado a
perpetuar un ridculo acto de sublime desinters, a medida que el pico
demoledor del contratista de casernas de diez pisos en avenidas de
cincuenta metros, derribe cuanto a su paso encuentre, de todos los
rincones de la tierra habitada, vendrn en peregrinacin a esta nueva
ciudad de Pallas Athenea, todos los hombres que conservan el alma
enamorada del arte. Pars ni ser ya, quiz, el centro sensual de hoy;
su epicuresmo se habr refinado, inmaterializado casi. Y como en el
mundo romano, a partir del segundo siglo del imperio, la atraccin de
Atenas creca a medida que la conquista se extenda, as Pars, a medida
que el espritu penetre ms y ms en los rincones hoy silenciosos del
globo, ser la luz nica que en medio de la opaca atmsfera ambiente,
vendrn a buscar todos los asfixiados de ese triste mundo.

Y quin sabe si el francs, de da en da ms cmodo en su rica y
despoblada tierra y por tanto ms sedentario, acabar por ser, en el
extranjero, un objeto de curiosidad, al que se har venir a precio de
oro, como los strapas persas a los artistas griegos, para levantar un
templo a los dioses, para esculpir en mrmol la figura de un triunfador
en la palestra, para ensear el arte divino de la msica o el no menos
olmpico de incrustar en el verso rtmico y cadencioso, el alto
pensamiento o el concepto gentil.

Y as la historia, como todo lo creado, continuar renovndose
eternamente, bajo la serena indiferencia de la naturaleza, que es lo
nico inmutable.




INDICE


                                              Pgs.

  Miguel Can                                   4

  Advertencia de la presente reedicin          7

  Prlogo, por Horacio Ramos Meja              9


  JUVENILIA

  Advertencia del autor                        23

  Introduccin                                 25

         I.                                    35

        II.                                    39

       III.                                    41

        IV.                                    45

         V.                                    49

        VI.                                    51

       VII.                                    53

      VIII.                                    57

        IX.                                    59

         X.                                    61

        XI.                                    65

       XII.                                    67

      XIII.                                    71

       XIV.                                    73

        XV.                                    75

       XVI.                                    79

      XVII.                                    83

     XVIII.                                    85

       XIX.                                    89

        XX.                                    91

       XXI.                                    93

      XXII.                                    97

     XXIII.                                   101

      XXIV.                                   105

       XXV.                                   109

      XXVI.                                   115

     XXVII.                                   119

    XXVIII.                                   123

      XXIX.                                   127

       XXX.                                   131

      XXXI.                                   133

     XXXII.                                   135

    XXXIII.                                   137

     XXXIV.                                   141

      XXXV.                                   143

     XXXVI.                                   147


  PROSA LIGERA


    =Espaa=

    Una visita de Nez de Arce               155

    Por montes y por valles                   165

    El arte espaol                           177

    La cuestin del idioma                    191


  =En la tierra=

    Tucumana                                  205

    La primera de "Don Juan" en Buenos Aires  217

    En el fondo del ro                       227

    De cepa criolla                           245

    A las cuchillas                           261

    Aguafuerte                                285


  =Recordando=

    Mi estreno diplomtico                    295

    Sarmiento en Pars                        313

    Nuevos rumbos humanos                     345

    Ocaso                                     365


       *       *       *       *       *


  Nota del Transcriptor:

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.
  Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.





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that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation information page at www.gutenberg.org


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at 809
North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887.  Email
contact links and up to date contact information can be found at the
Foundation's web site and official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit:  www.gutenberg.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For forty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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