The Project Gutenberg EBook of El pintor de Salzburgo, by Charles Nodier

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Title: El pintor de Salzburgo

Author: Charles Nodier

Translator: Toms Orts-Ramos

Release Date: June 12, 2009 [EBook #29105]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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BIBLIOTECA de LA NACIN

CARLOS NODIER

El Pintor de Salzburgo

TRADUCCIN DE

TOMS ORTS-RAMOS

BUENOS AIRES
1919

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIN.--Buenos Aires




NDICE


De los tipos en literatura

El pintor de Salzburgo

Las meditaciones del claustro

Adela




DE LOS TIPOS EN LITERATURA


La imitacin es el objeto del arte propiamente dicho; la invencin es el
sello del genio.

Invencin absoluta, tampoco, ciertamente, la hay. La invencin ms llena
de atrevimiento y de originalidad, no es ms que un conjunto de
imitaciones escogidas. El hombre no compone nada de la nada; pero se
eleva casi al nivel de la potencia creadora, cuando de una multitud de
elementos dispersos forma una individualidad nueva y le dice: S!

El escultor copia una figura de hombre; es el mismo hombre con las
proporciones armoniosas de sus miembros, la ondulante flexibilidad de
sus miembros, la elasticidad animada de sus carnes casi vivas a la
vista: el escultor no ha hecho ms que una academia.

Busca, compara, rene, pone en relacin en un orden posible, tan posible
que parece verdadero, todas las partes de una organizacin perfecta, que
respira la majestad soberana apenas humanizada por un resto de clera y
de desdn; entonces ya no es un escultor; ha hecho un Apolo, ha hecho un
dios.

En el tiempo de Homero, ningn guerrero fue identificado con su Aquiles,
o con su Ajax, o con su Diomedes, ni ningn rey con su Nestor; y, sin
embargo, ese rey y esos guerreros, que no han existido jams, son seres
vivientes.

Si queris reconocer por signos seguros en el poeta la invencin y el
genio, que son lo mismo, deteneos a examinar aquellos personajes que se
han convertido en _tipos_ en todas las literaturas y cuyos nombres
propios hacen casi el efecto de sustantivos en todas las lenguas. Es
que, en efecto, el nombre de una figura tpica ya no es una etiqueta
banal que se adosa al zcalo de un busto o a los plintos de un bajo
relieve; es el signo representativo de una concepcin, de una creacin,
de una idea. Aun hoy mismo, el ttulo de hroe o de semidis habla menos
al pensamiento que el nombre de Aquiles.

En las edades secundarias, en que el movimiento progresivo de la
civilizacin ha puesto en juego nuevos resortes y desarrollado nuevas
combinaciones, el espritu humano ha seguido dos caminos: el uno, ya
trillado, que no conduca ms que a la reproduccin perpetua de los
bellos _tipos_ antiguos; el otro, innovador y temerario, en el que se
aspira a apoderarse del carcter y de la fisonoma de los _tipos_
modernos. Es quizs en la eleccin de estas direcciones donde se ha
manifestado la divisin de las dos escuelas que se llaman _clsica_ y
_romntica_, bien que al principio las dos hayan tambin sido
_romnticas_ y hayan de convertirse en resultado tan _clsica_ la una
como la otra.

En los pueblos de segunda formacin, cuanto ms se ha pensado la
educacin sobre la tradicin de los pueblos antiguos, ms se ha
prevalecido el espritu de imitacin. Si se excepta esa galera
fantstica de Dante, en que los tipos ms sorprendentes y ms
extraordinarios estn amontonados con una profusin espantosa, como en
el _Juicio Final_ de Miguel Angel, los italianos han sido raramente
creadores. En cambio, Shakespeare es tan rico en tipos como Homero, y ha
recorrido todos los grados de la escala de la imaginacin, desde el
natural ms positivo hasta la ms delirante fantasa. La petulancia
caballeresca, la fogosidad de las costumbres y la agudez del lenguaje
del italiano Mercucio, no tienen ms verdad que la ferocidad sensible y
la heroica ingenuidad de Otelo, ni ms individual que el vaporoso
infantilismo de Puck y la grosera brutalidad de Caliban. Pero
Shakespeare saba personificarlo todo, incluso el genio, las pasiones,
los errores, las vagas inquietudes y la enfermedad naciente de una
sociedad que se despierta con los grmenes de la muerte en el seno. La
sublime figura de Hamlet, que no ser nunca bastante apreciada, es un
prototipo completo de la Edad Media. Los alemanes, a quienes una
propensin orgnica al misticismo arrastra siempre hacia la
espiritualidad, eran menos aptos a comprender y a fijar las imgenes de
la vida social en sus realidades absolutas. El impulso de un psiquismo
soador les lleva hacia un mundo ms ideal, y cuando descubren un _tipo_
sensible, es ms pronto por el privilegio de la previsin que por el de
la percepcin, y ms en el porvenir que en el presente. El hombre, tal
como es, desaparece para ellos ante el hombre que ser o ante el hombre
como debera ser. Estacionarios en las costumbres, porque han colocado
su vida moral en otra regin, marchan como precursores a la cabeza de
las ideas. As, en _Los bandidos_, obra maestra de Schiller, cuyo mismo
autor apenas si conceba el alcance, hay un sumario potico de las
prximas revoluciones. As en la pintura de esa sensibilidad soadora,
irritable y apasionada de _Werther_, que acaba por verse obligado a
reaccionar sobre s mismo, Goethe ha revelado el misterio. Si pudieseis
encerrar esos dos tipos en un crculo trazado a comps, no habra
necesidad de conservar otros monumentos de nuestra historia
contempornea, porque en ellos se encuentra toda.

Ya he dicho que el genio del escritor se reconoce sobre todo por la
creacin de _tipos_ y que ningn carcter de invencin se convierte en
_tipo_ si no presenta esa expresin de individualidad original, pero
asequible, que la hace familiar a todo el mundo. Quin de vosotros no
conoce a Don Quijote y a Sancho? quin no se complacer en creerlos
trotando juntos, el uno sobre Rocinante, el otro sobre su rucio, por las
llanuras de la Mancha? quin, encontrndose en Espaa, no abandonar a
costa de grandes molestias, los animados corros de la Rambla o las
voluptuosidades del Prado para ir a buscar el inmortal espritu de los
dos hroes a alguna posada? En una de esas guerras imperiales que tenan
por objeto dar a Espaa un soberano a hechura de nuestro seor, los
franceses, hostigados por los guerrilleros, se vengaban, segn el uso
inmemorial de los hroes, recorriendo el pas a la claridad del
incendio. De pronto llegan a una poblacin que seguir la suerte de las
otras, cuando a alguien se le ocurre preguntar su nombre: es Toboso. Una
carcajada simptica y cordial se eleva en todas partes; las armas caen
de las manos del vencedor y los afortunados compatriotas de Dulcinea
escapan a la carnicera, bajo la proteccin del genio de Cervantes.

Con frecuencia se ha negado a los franceses el genio de invencin. Y,
sin embargo, ningn pueblo los ha posedo en el mismo grado ni ha sido
ms variado en la creacin de sus _tipos_; lo que le ha faltado es la
libertad literaria que se le disputa, desde que posee una literatura, en
nombre de Aristteles, en nombre de la Sorbona, en nombre de la
Universidad, en nombre de la Academia, y que, en los das de
emancipacin universal a que hemos llegado, se le negar probablemente
en nombre de la universidad. Yo no s por qu el genio en Francia me
recuerda siempre la fbula de Gulliver y de Liliput. Si l aparece, se
le huye; si se duerme, se le montan encima, y cuando despierta, se
encuentra agarrotado por los enanos.

Lo que hay de cierto, es que este espritu de creacin nos era propio.
Nuestro viejo _Pathelin_ es un tipo inmortal y, como tantos otros,
confirma mi regla; se ha convertido en substantivo. Rabelais es el
inventor de _tipos_ ms fecundo que haya existido. Despus de l, no se
ha hecho ms que espigar. Son los _Panurgo_, los _Hermanos Juan_, los
_Rominagrobis_, _Picrochole_, _Bridoie_, _Janotus de Bragmardo_;
personajes esencialmente verdaderos, los que pasan cada da al alcance
de nuestra mano, pero que slo Rabelais ha sabido sorprender. Para
encontrar un genio gemelo suyo hay que remontarse a Molire. Todo el
mundo conoce a _Tartufo_; todo el mundo, o, poco menos, ha tenido tratos
con _Harpagn_. En cuanto al _Misntropo_, ya es otra cosa. Para l se
ha servido de moldes blandos, estropeados, indescifrables. Molire se ha
colocado en medio de esta sociedad insignificante, sin originalidad, sin
relieve, sin caracteres salientes en que poder apoyarse, y, sin embargo,
l la ha sorprendido, se ha apoderado de ella y la ha arrojado en el
molde inmortal de sus invenciones, ha hecho un _tipo_ de ella. Si la
bella y altanera organizacin de Corneille no hubiera sido
miserablemente sometida por la Academia de su tiempo a las dimensiones
de este hecho de Procusto, sobre el cual deban ser torturados a su vez
todos los genios de Francia, nos hubiera dejado ms _tipos_, porque la
naturaleza le haba dotado en el ms alto grado de la potencia creadora.
Pero, qu hacer, gran Dios!, cuando se tiene a Richelieu por enemigo,
a Scudery por adversario y a Chapelain por juez? No obstante, los
_tipos_ que l ha creado tienen la huella de una especialidad tan
ntima, que ni siquiera la imitacin se atreve a desflorarlos. _Poliuto_
y _Nicomedes_ son figuras vrgenes. Admitiendo la hiptesis que yo he
abrazado, se comprender fcilmente que Racine, an ms sometido que
Corneille a las exigencias acadmicas, y para colmo de desgracias
obligado a ser cortesano, haya producido menos _tipos_ sorprendentes
cuya expresin viva y original representa, con toda la exactitud de una
cifra, el valor real del poeta. Ha sido preciso que prescindiese un da,
por la eleccin del asunto, de las tradiciones rutinarias de la
antigedad y de la perniciosa influencia de los grandes seores, para
que se atreviese a trazar el carcter de _Acomato_ y el de _Roxana_. Ah
nicamente se ha mostrado como era, capaz de novedades atrevidas y de
sublimes invenciones; el resto no es ms que un reflejo deslumbrador de
los trgicos griegos y de los lricos sagrados.

Despus viene Voltaire, que l mismo constitua un _tipo_. Cortesano
asiduo de los poderes que acababan y de los que comenzaban, _clsico_
revolucionario y _romntico_ meticuloso, uno de esos genios inquietos,
pero indecisos, que sirven de eje a las revoluciones del mundo, saba
romper las cadenas, pero arrastraba los andadores. Sus personajes son
casi siempre calcos en los que apenas se encuentran las lneas de una
fisonoma humana. Desde _Orosmane_, que es una imitacin amanerada de
_Otelo_, hasta _Pangloss_, que es una contraprueba borrosa de _Panurgo_,
no ha hecho mover una imagen verdadera, una imagen tpica de hombre. Se
creera que se haba impuesto la tarea de disfrazarla, de parodiarla.
Sus gebros no son tales gebros, sus escitas no son escitas, sus
musulmanes no son musulmanes, sus americanos no son americanos. Son
comparsas del club de Holbach que recitan en versos alejandrinos
fragmentos de filosofa rimada. El tipo de Mahomet era uno de los que
estaban por hacer; l lo ha intentado y ha fracasado; y es, no obstante,
en esta obra, donde l ha probado por una vez que no careca del
espritu de invencin. _Seide_ es un _tipo_ y se ha convertido, como
todos saben, en un substantivo: sta es una piedra de toque infalible.

Si el genio tiene un marco adecuado para la creacin de _tipos_, es
primeramente el drama y despus la novela. Teniendo esto en cuenta, es
fcil calcular cun limitado es el nmero de los escritores de genio,
relativamente a la masa innumerable de los escritores de profesin, y
aun relativamente a la seleccin, tambin muy restringida, de los
escritores de talento. La novela, gnero esencialmente moderno, se ha,
en efecto, multiplicado de da en da, desde hace tres siglos, en una
progresin siempre creciente y tan infinita que escapa ya a las
dimensiones de las bibliografas especiales. No obstante, podran
contenerse en muy pocas lneas los ttulos de todas las novelas que,
despus de las inmortales obras maestras de Cervantes y de Rabelais,
contienen _tipos_ verdaderos, originales y bien caracterizados, y
merecen un puesto en esta categora. Nadie se atrever, sin duda, a
negar a Lesage un espritu sutil, fino, creador, lleno de agilidad en la
forma y de aptitud en la observacin, animado de una alegra verbosa y
comunicativa y de rasgos adsticos y graciosos; pero no ha puesto ni un
solo _tipo_ en la circulacin de las creaciones literarias. _Gil Blas_
es un personaje convencional colocado con una rara habilidad en una
fbula ingeniosa, pero no es una individualidad arrebatada de una pieza
a la cantera de la naturaleza. Crebillon, hijo, y Marivaux eran tambin
observadores, pero cuyo tacto minucioso se sujetaba a maravilla a las
mezquinas proporciones de una sociedad de pigmeos. Se creera que se
dedicaron a aplicar a las costumbres de su tiempo el estudio de lo
infinitamente pequeo. El microscopio ms eficaz en perseguir la
materia en sus ltimas divisiones no os har descubrir un solo _tipo_;
slo encontraris tomos. El genio absolutamente idealista de Rousseau
le ha hecho incurrir en el extremo contrario. Acostumbrado a vivir en el
mundo conjetural que se haba forjado, estaba demasiado alejado del otro
para discernir un solo _tipo_ distinto. Nadie ha penetrado ms
profundamente en el pensamiento ni nadie ha desflorado ms
superficialmente al hombre. El no tena esa mirada universal del guila
que le permite a la vez mirar frente a frente el sol y divisar al
insecto oculto bajo la hierba: no saba leer ms que en los cielos. No
obstante, a fuerza de elevacin y de poder, conseguir alguna vez hacer
compartir la ilusin que se hace a s mismo; pero no hay que engaarse:
es una ilusin. Los tipos que se esfuerza en imaginar no son solamente
defectuosos e incorrectos, son falsos. No son _tipos_, son fichas
especiales cuyo valor ficticio queda aniquilado a la primera prueba del
ensayador. Hay cien veces menos realidad moral en los caracteres de
Saint-Preux, de Julia y de Volmar, que en los del Ogro y Pulgarcito.

Dejadle que se extrave en la vaga altura de sus concepciones con
algunos espritus especulativos que no tienen contacto con nuestra
naturaleza ms que por un pequeo nmero de puntos, y que han rechazado,
con el pretexto de una perfeccin imaginaria, las simpatas ntimas de
su propia especie. El _tipo_ de una perfecta organizacin de joven, pero
ingenua y verdadera en su perfeccin, de una inocencia instintiva, de un
pudor heroico, ese _tipo_, revestido de la ms celeste idealidad, es a
Bernardino de Saint-Pierre a quien estaba reservado producirlo; es la
deliciosa y conmovedora figura de Virginia, concepcin fresca, pura,
inimitable, que su ingenuidad y su candor han hecho popular, aunque ella
emane de lo alto, aunque su gracia anglica pareciera participar menos
de las invenciones de un poeta que de las revelaciones de un dios.

El nombre de Saint-Pierre recuerda siempre el del ms ilustre prosista
de nuestros tiempos, el de Chateaubriand, y cuando se pasa revista a
los tipos en literatura, no es permitido olvidar a _Ren_, imponente y
magnfica creacin, en la cual el genio ha depositado el secreto de
nuestra civilizacin expirante. He dicho antes que la historia
anticipada de las revoluciones prximas a desbordarse sobre Europa
estaba enteramente contenida en _Carlos Moor_ y en _Werther_. _Ren_
contiene, como una profeca amarga y terrible, la historia de las
sociedades extinguidas. A la primera impresin no ofrece ms que rasgos
graves, solemnes, msticos y de una vaguedad en la que el pensamiento se
anonada, pero tienen huella del dedo todopoderoso que traz sobre las
paredes del palacio de Baltasar la sentencia de una monarqua, y, cosa
maravillosa, permanecern largo tiempo ininteligibles, tanto a los
sabios como a los grandes de la tierra. Ser necesario, para penetrar el
formidable enigma, que los reyes despierten, de la pompa de sus fiestas
y de la embriaguez de sus festines, al ruido de los tronos destrozados y
al crujido del cristianismo que se derrumba.

En Francia cuando no se tienen los brazos bastante largos para abrazar
una idea nueva en toda su intensidad, no se renuncia por ello a la
pretensin de someterla y de apropirsela, y, para conseguirlo, hay un
medio seguro y cmodo que no falta nunca a la crtica: el de reducir las
dimensiones en una proporcin anloga a las facultades que la juzgan y
empequeecerla progresivamente hasta que entra en la medida comn. As
se ha querido ver en _Ren_ una imitacin de _Werther_, y es muy posible
que no se vea esto ms que cuando se es corto de vista. En general, mi
opinin es que no deben ser comparadas las obras maestras. Las
producciones del espritu tienen su individualidad como los hombres, y
las que carecen de esta individualidad no vale la pena de ocuparse en
ellas. Entonces entran en los dominios de la mediocridad, donde la
comparacin es fcil porque ya no se encuentran _tipos_; pero, _Werther_
y _Ren_, que son _tipos_ arcanos, son, no obstante, _tipos_ distintos.
El de _Werther_ es la expresin de los trastornos de un alma que no
puede bastarse a s misma; el de _Ren_ es la expresin de las
angustias de un alma que lo ha abarcado todo y que siente que todo se de
escapa porque todo acaba. Es la ansiedad mortal, la duda inexorable, es
la inconsolable desesperacin de una agona sin porvenir, es el grito
espantoso de la creacin social en el momento de disolverse. En
_Werther_ hay la emocin profunda de algunas generaciones dolientes; en
_Ren_ la ltima convulsin de un mundo que muere.

Los ingleses, cuya fisonoma moral es ms variada que la nuestra, han
podido, ms que nosotros, multiplicar sus tipos en literatura. En
Fielding son ingeniosos y sorprendentes, en Richardson ingenuos y
sublimes. Walter Scott, cuyas fbulas demasiado difusas, los asuntos
principales subordinados con frecuencia a los accesorios y los
desenlaces demasiado precipitados, no llenan siempre exactamente las
condiciones de una composicin bien entendida, debe probablemente la
popularidad de su genio a la abundancia y a la popularidad de sus
_tipos_. Es verdad que un cierto nmero de ellos pertenece a una
naturaleza fantstica, donde la imaginacin se mueve con mayor
desembarazo, porque dispone entonces de una creacin que le pertenece
por derecho propio, y que no reconoce por regla ms que la potencia
mgica que la crea; pero sera injusto sacar de ello la conclusin de
que esos _tipos_ carecen del grado de verdad relativa que es el carcter
esencial de lo bello en las obras de los hombres. Poco importa el
carcter ideal o positivo en el cual el autor coloca sus personajes,
puesto que les da un sello de identidad que siempre puede reconocerse.
Es evidentemente en virtud de una ficcin muy inverosmil y de una
alucinacin muy amplia, que nosotros atribuimos a los animales nuestras
costumbres y nuestras pasiones, y, sin embargo, La Fontaine es ms rico
l solo en _tipos_ de una sorprendente realidad que todos los dems
poetas juntos. Las gentes sensatas no creen en el diablo ni en las
brujas, y todo el mundo conviene, sin embargo, en que _Fausto_ y
_Mefistfeles_ son tipos admirables.

En mi opinin, pues, slo el genio es capaz de inventar _tipos_, y la
imitacin ms hbil no conseguir apropirselos. La contraprueba de un
_tipo_ se hace ella misma traicin por los esfuerzos que hace para
sustraerse a la comparacin, y sus esfuerzos son tanto ms torpes, por
cuanto no pueden producir nada verosmil alterando una naturaleza
verdadera. Vale ms encerrarse entonces en las atribuciones modestas del
traductor y del copista, destino literario que no tiene en s nada
absolutamente de humillante, porque hay cien mil copistas por cada
inventor. Una traduccin espiritual, una imitacin bien hecha, un
arreglo hbil, aunque no sean obras de genio, no dejan de ser obras de
buen gusto y de talento; y despus, si no satisface este lote, que es el
patrimonio de todos los hombres distinguidos, si se encuentran estrechas
las filas sobre las cuales se elevan unos pocos genios dotados del ms
raro de los privilegios, si se est provisto de una de esas presunciones
robustas que consideran usurpadas todas las glorias cuyas alturas no
logran alcanzar, hay un recurso an, ejemplo Aristteles, La Harpe y
Marmontel; se puede clamar contra la barbarie y la estupidez al borde
del camino de los triunfadores; y queda an el medio de refugiarse, como
Aquiles, en su tienda, en los honores de la Academia: esto es un gran
consuelo.




EL PINTOR DE SALZBURGO

DIARIO DE LAS EMOCIONES DE UN CORAZN DOLORIDO

1803

_25 de agosto._


S, todos los acontecimientos de la vida estn en relacin con las
fuerzas del hombre, porque mi corazn no se ha roto an.

Yo me pregunto an si no es alguna pesadilla la que me ha trado esta
blasfemia:--Eulalia esposa de otro!--Y miro a mi alrededor para
asegurarme si estoy despierto; y me desespero cuando encuentro la
naturaleza en el mismo estado que antes. Valdra ms que mi razn se
hubiese extraviado. Algunas veces querra tambin reposar en mi valor,
pero he aqu que viene de pronto esa noticia increble que aun resuena
en mis odos y que se apodera de m con las angustias de la muerte.

Yo he contado muchos infortunios; pero ste es demasiado amargo!
Desterrado de Baviera como un miserable faccioso, proscrito y fugitivo,
errante por espacio de dos aos desde las riberas del Danubio a las
montaas de Escocia, me lo haban robado todo, la patria y el honor.
Pero me quedaba Eulalia! y este recuerdo inefable encantaba mi miseria
y acompaaba mi soledad. Yo era dichoso por el porvenir y por ella.

Ayer mismo, palpitante de deseo, de impaciencia, de amor, aun crea...
y hoy!...

_26 de agosto._

Hay una idea que oprime mi corazn, una idea dolorosa y mortal.

En qu consiste que nuestras impresiones ms profundas sean una cosa
tan incierta, tan yaga, que el transcurso de algunos meses, de algunos
das, de un instante casi indiscutible, las borra? Cul es la
naturaleza de este sentimiento, tan violento en su embriaguez, tan
rpido en su duracin, que aspira a sojuzgar el porvenir y que un ao
devora? Ser verdad que los afectos del hombre no son ms que un arenal
invertido que deja escapar poco a poco todo su contenido? Y ser
preciso que muramos en todas partes donde hemos vivido--all mismo donde
encontrbamos tanta dulzura en inmortalizarnos--en el corazn de los que
nos aman?

Oh! cun sabia fue la Providencia al asignar una carrera tan corta a
los viajeros de la vida! Si hubiera sido ms prdiga y si el tiempo nos
hubiera trado ms lentamente la hora de nuestra destruccin, qu
hombre hubiera podido envanecerse de arrastrar consigo algunos recuerdos
de la juventud? Despus de haber errado en un crculo sin fin de
sensaciones siempre nuevas, llegara, solo, a la tumba y, lanzando una
mirada apagada sobre la escena oscura y confusa del pasado, buscara
intilmente una de las emociones de sus primeros aos: lo habra
olvidado todo, todo! hasta el primer beso de su amada, hasta los
cabellos blancos de su padre.

Pero, si el vulgo emplea sus das en esas miserables irresoluciones, me
pareca, por lo menos, que era dable a ciertas almas eternizar sus
sentimientos. Una vez cre haber encontrado esa alma semejante a la ma
y le confi mi dicha. Quin podra repetir el encanto de esas horas de
embriaguez en que, recostado sobre el seno de Eulalia, respirando su
aliento, atento al menor latido de su corazn y en que todas mis
facultades se abismaban en una sola de sus miradas? Y, no obstante, me
ha engaado! y cuando, al estrecharla en los tristes abrazos de una
larga despedida, le ped el ttulo de esposo, me lo concedi ante el
padre de todo amor. Qu derecho me ha arrebatado? por qu me ha
reducido a este estado de anonadamiento?

Me han olvidado todos, porque si alguna voz amiga hubiera hecho vibrar
mi nombre en medio del solemne perjurio...--Pero me han olvidado todos y
nadie le ha dicho--: Tiembla, Eulalia, Dios te ve!--Me han olvidado
todos y la traicin se ha consumado.

_28 de agosto._

Esta tarde caminaba al azar, y no s cmo ha sido, he sentido un peso
que me oprima, una nube que turbaba mi vista, un fuego que recorra
toda mi sangre, y me he sentado. Un instante despus he levantado la
vista y he reconocido en la casa que tena enfrente la mansin de
Eulalia. En su habitacin haba luz. Eulalia ha llegado y se ha detenido
detrs del balcn en una contemplacin silenciosa. Ella sufra, porque
ha mirado al cielo. Su pecho pareca hinchado, sus cabellos en desorden;
se ha llevado la mano a la frente, que sin duda arda. En seguida se ha
retirado sin haber advertido mi presencia, y yo he visto su sombra
crecer sobre la pared y luego confundirse con las dems sombras. Yo he
querido hablar, pero mi voz se ha negado a obedecerme y he permanecido
mudo como el viajero nocturno que se encuentra con una aparicin.

Despus, me he aproximado a aquel balcn y me he visto inundado de la
claridad que de l descenda. Pero no he podido resistir tantas
agitaciones, y he reanudado tristemente mi camino, y cuando he llegado a
mi casa mis piernas han flaqueado; me he dejado caer por tierra y he
regado el suelo con mis lgrimas.

_29 de agosto._

Todo conspira a mi desesperacin. Al atravesar por esos campos he visto,
delante de mi linda quinta, una mujer limpiamente vestida y, antes de
que hubiese podido distinguir sus facciones, se ha arrojado en mis
brazos y ha regado mis mejillas con sus lgrimas. No me reconoce
usted?--me ha dicho al verme vacilar--; soy yo, soy aquella a quien la
desesperacin haba impulsado al suicidio y que usted salv con peligro
de su vida; soy yo, a quien usted ha colmado de beneficios, a quien
usted ha arrancado a la miseria, a quien usted ha devuelto la dicha; es
a usted a quien debo la vida, y mi esposo querido, y mis hijos amados, y
quiero... Ella quera que viese a sus hijos. Basta, basta--le he
dicho, oprimiendo su mano contra mi corazn--. Usted no sabe si soy
bastante fuerte para resistir todo eso. Y aquella seora joven?--ha
aadido misteriosamente--; que el cielo os sea propicio a los dos! Tan
hermosa y con un alma tan grande! Oh! Con cuntas alegras debe
embellecer ahora su existencia! A estas palabras yo he vuelto el
rostro, estremecindome de dolor y de indignacin; y ella ha credo...
S, muerta, muerta, perdida para siempre!, y la he abandonado al
error de sus lamentaciones.

Al regresar aqu he sabido que Eulalia haba partido hoy para el campo.
Es que acaso saba...? Oh! yo partir, yo tambin quiero partir; y mil
veces he dirigido el cuchillo contra mi pecho, y mil veces he pedido a
Dios la muerte y el aniquilamiento, porque si mi alma haba de
sobrevivir y recordar todo lo que ha vivido, era preferible no morir.
Pero yo no volvera, quiz, tal como soy--; y, adems, necesitara
algn tiempo para adaptarme a una nueva vida.

Vale la pena de meditar.

_2 de septiembre._

El da ha sido tranquilo, el cielo puro y transparente, pero, en el
momento en que el sol descenda en su pompa occidental, el horizonte ha
quedado de pronto envuelto en nubes, como un cinturn, y poco a poco
gigantescas tinieblas han devorado la luz del crepsculo.

As, me he dicho, he comenzado en una aurora dulce y brillante, y as
voy a acabar como este da en las tristezas de una tarde nebulosa. A
esta idea, me he representado, con extraordinario vigor, las sensaciones
nuevas de mis primeros aos; he rebuscado en mi memoria los jvenes
deseos, las esperanzas ingenuas de un alma virgen, y me he mecido en
estos recuerdos.

Mientras tanto, frecuentes relmpagos recorran la atmsfera y abran en
las nubes despedazadas deslumbrantes caminos y vastos prticos de fuego.
El relmpago se deslizaba sobre las bvedas de la noche como una espada
flamgera y, a la luz pasajera, se vean de cuando en cuando algunas
sombras siniestras descender sobre el valle, parecidas a esos espritus
vengadores que son enviados sobre las alas de la tempestad para
atemorizar a los nios y a los hombres. Los vientos se estremecan en
los bosques o gruan en los abismos, y en voz impetuosa se confundan
en las profundidades de la montaa, con el sonido grave del toque a
rebato, el tumulto de la cascada y el estruendo del trueno. Y en el
silencio mismo que suceda, triste y terrible, a esas armonas
imponentes, se distinguan ruidos extraos y conciertos misteriosos,
como los que deben elevarse en las solemnidades del cielo. En estos
trastornos que desolan la creacin, hay un blsamo para las heridas del
corazn, porque nuestras aflicciones son absorbidas por aflicciones tan
augustas, y nuestra compasin se ve obligada a repartirse entre otras
almas. A veces, por ejemplo, me identifico con esa naturaleza doliente y
la abrazo entera a mi piedad. He intentado mantenerme en este estado,
pero como no tengo con quien compartir el sufrimiento a mi lado, no he
tardado en recabar toda mi piedad para m solo.

_3 de septiembre._

Con frecuencia he deseado volver a ver ese monasterio abandonado, en
cuyos claustros silenciosos tantas conmovedoras inspiraciones haba
recibido. Me acordaba de haber paseado con Eulalia por entre sus ruinas
confusas y sus construcciones descalabradas, y, al advertir en lo alto
de la colina la elevada flecha de la iglesia, atrevidamente lanzada al
aire, me estremec de alegra, como a la vista de un amigo. Pero, y esto
lo observ con dolor, haban reparado las brechas del muro y podado las
hayas. El desastre de los claustros demolidos y la energa de una
vegetacin libre y salvaje, me haban producido sensaciones de grandeza
distintas. As y todo, como aquel recinto haba albergado mi
pensamiento, cuando llegu al antiguo vestbulo, cuando o el ruido de
mis pasos resonando en los ecos de las capillas y del santuario y
cuando las puertas trmulas crujieron girando con dificultad sobre sus
goznes, con el corazn tan oprimido y con los ojos llenos de lgrimas,
amargas y voluptuosas a la vez, atraves los corredores resonantes y los
patios devastados para llegar al pie de la escalinata de la terraza. De
en medio de la gradera rota surgan los cilindros aterciopelados del
gordolobo, las cpulas de las campnulas, manojos de arabeta, matas de
quelidonia dorada y las mortferas flores del beleo. Me he apoyado
contra una columna, la nica que, como el noble hurfano de una familia
desgraciada, ha quedado de pie; cerca de m haba un gran olmo, cuya
copa, calcinada por el sol, destacaba apenas de entre las ruinas.

Yo me he dicho: Por qu mi propio genio no es ms que una ruina? Por
qu la naturaleza, que yo encontraba tan hermosa, se ha marchitado con
el tiempo? Por qu no poseo ya ese poder creador, esa delicadeza
exquisita, esa flor de sentimiento que inspiraban mis primeras obras?
Ahora mis lpices son fros, mis telas inanimadas, y mi alma se ha
extinguido en los dolores. Si algunas veces se me presenta una idea
fuerte y magnfica, es intil que trate de retenerla. Bien pronto mi
sangre fermenta, y no la encuentro ms que a travs de dolores
extravagantes; o bien me canso de semejante tensin y entonces se esfuma
y palidece bajo mis pinceles; es, quiz, que la imagen de Eulalia tiene
demasiada fuerza en mi cerebro y esto me distrae.

Mientras tanto me he aproximado al antiguo cementerio de los monjes, y
he visto una mujer que dibujaba, sentada sobre una tumba. Ha dirigido
sus ojos hacia m, y cuando se han encontrado con los mos, he quedado
deslumbrado, como si un meteoro hubiese pasado ante mi vista, y he cado
de rodillas. Entonces Eulalia, porque era ella, ha avanzado hacia m, se
ha apoderado de una de mis manos trmulas, y me ha dirigido palabras de
consuelo. Cuando he vuelto en m y he podido darme cuenta de este
acontecimiento, cuando he reflexionado sobre la siniestra casualidad que
nos haba preparado una entrevista al pie de un sepulcro, cuando he
previsto todo lo que nuestra conversacin haba de tener de penoso y la
magnitud de las nuevas impresiones que deban atormentar mi corazn, he
deseado que un abismo se abriese a nuestros pies y nos enterrase a los
dos juntos. Usted aqu!, he dicho al fin. S--ha respondido--, en
estos lugares llenos de usted y entre mis recuerdos dichosos es donde
quisiera vivir siempre, y este pensamiento es el que ha encaminado hoy
mis pasos hacia aqu.

Mientras tanto, me haba sentado a su lado, abandonndome a todas mis
lamentaciones, deshacindome en improperios contra el destino y contra
ella misma; le he recordado el da de mi destierro, la hora funesta de
nuestra separacin y los juramentos violados por ella; juramentos
sellados con tantos besos y lgrimas! He llorado otra vez con mucha
amargura, y los sollozos que me sofocaban me han impedido continuar.

--Hgase la voluntad de Dios--ha seguido Eulalia--, pero que El no
permita que pueda usted condenarme sin orme. Si usted supiera lo que
he sufrido yo! Me vio usted cuando con los ojos llenos de lgrimas
espiaba sus ltimos pasos cuando usted march al destierro? Presenci
usted las largas veladas que pas ocupada en gemir y en pensar en usted?
Me vio usted, en fin--y por qu no morira aquel da! Yo crea,
esperaba morir, porque no pensaba que el dbil corazn de una mujer
pudiese contener tantos dolores...--Diga usted, me vio usted pronta a
expirar de desesperacin a la noticia de su muerte?

A esta palabra, que me hera por primera vez, suspir; slo el
pensamiento de que hubiese podido morir llevndome su amor y llorado por
ella, me ofreca encantos sin cuento y me inspiraba deseos. Ella
continu:

--El seor Spronck lleg a Salzburgo procedente de Carintia y nos fue
presentado. Fue agradable a mi madre y yo misma le encontr no s qu de
usted, tanto en su aspecto como en su carcter y, sobre todo, esa huella
de melancola que demuestra que un alma tiene penas ocultas.
Efectivamente, haba experimentado grandes disgustos. El inters que me
inspir, tambin lo hubiera obtenido de usted. Verdad que es imposible
negar una tierna piedad a la desgracia?

Ya sabe usted, Carlos, que durante su ausencia he perdido a mi madre.
Cuando vio que se aproximaba el instante fatal, nos llam a los dos a su
lado; despus me mir, y una nube de inquietud pareci empaar el brillo
de sus ojos. Luego, nos envolvi en una misma mirada a los dos, coloc
una mano de Spronck en la ma, y la expresin de una voluntad
irresistible se detuvo sobre sus labios expirantes; despus pas tan
dulcemente desde esta vida a la eternidad, que se hubiera credo que
dorma si nuestro dolor no hubiese atestiguado que ya no exista. Ya ve
usted cmo, por una deplorable herencia del infortunio y de la muerte,
me he casado con otro; de modo que si le he hecho traicin ha sido por
obedecer la voz de la naturaleza y de la tumba; y lo que todas las
potencias del mundo no me hubieran obligado a hacer, lo ha obtenido la
ltima mirada de mi madre.

Acabado este relato, se volvi hacia m con una dulce compasin, y me
dijo:

--Carlos, henos aqu como dos viajeros del desierto que despus de
haber soado en la patria, reanudan su largo camino a travs de los
arenales. Todo se ha desvanecido, pero tenga usted valor, Carlos, y est
seguro de que mi amistad le seguir a todas partes.

Pronunciando estas palabras se escap, desapareciendo a favor de las
tinieblas que descendan sobre el monasterio. Quise seguirla para verla
una vez ms, pero, lo que cre el ruido de sus pasos, era el rumor de un
sauce llorn que gema entre sus espesas ramas y su cabellera
melanclica. Despus repet estas palabras: _su amistad me seguir_, y
con qu dulzura las he repetido hasta aqu! Esta idea serenaba mis
sentidos, embalsamaba el aire y arrojaba sobre toda la naturaleza un
encanto indefinible que tena algo de encantamiento. Me he considerado
ms dichoso. Por qu? Yo estaba vido de afectos; y Dios sabe con qu
quimeras he llenado a veces el vaco de mi corazn!

_4 de septiembre._

Su amistad! Hasta qu punto me bastar tal sentimiento? sta es la
cuestin. Qu puede haber de comn entre una sociedad fra y austera,
que no goza ms que de alegras serias y placeres acompasados, y esta
unin, llena de embriaguez y de voluptuosidades, en la que dos seres
predestinados vienen a confundir toda su existencia? entre ese alimento
de algunas almas miserables y el fuego puro y regenerador que devora la
vida y la reproduce? La amistad! y qu! al nio testarudo que pide el
objeto que se le ha sustrado, se le arroja cualquier chuchera para
distraerlo.

A los veintitrs aos estoy cruelmente desengaado de todas las cosas de
la tierra y siento un profundo desdn por el mundo y por m mismo,
porque he visto que en la naturaleza no hay ms que afliccin y que en
el corazn del hombre slo mora la amargura. Llega, lanza sobre lo que
le rodea una mirada inexperimentada, y en inmenso afecto abraza
vidamente a todas las criaturas. Se cree, por s solo, capaz de animar
otro universo, mientras que marcha, ay! en medio de un mundo muerto y
prodiga intilmente sus jornadas fugitivas y su amor inconsiderado. Bien
pronto observa, oye, juzga; poco despus su imaginacin se extingue, sus
ilusiones se marchitan, su esfera de accin se limita, lo mismo que sus
relaciones, hasta el instante en que una experiencia dolorosa brilla a
sus ojos, como una antorcha encendida sobre las tumbas, y acaba de
iluminarle sobre su insignificancia. En fin, despus no encuentra ms
que almas sordas y refractarias; la amistad le olvida, el amor le hace
traicin, la sociedad le rechaza; se da cuenta de que todos los lazos
estn a punto de romperse: se rompen en efecto; y, dichoso l si
tambin cede a esta hecatombe! Desde entonces no veo ms que egostas
que han conseguido insensibilizar su corazn y entusiastas que lo agotan
en quimeras.

Dar vueltas en un ocano de inquietudes y de dolores y cuando se
comienza apenas a descansar de tantas emociones violentas, cuando las
apreciaciones exageradas comienzan apenas a ser rectificadas, he aqu
que viene la muerte, colrica e inesperada, que os estrecha entre sus
brazos inflexibles y os aniquila en el silencio de la tumba!...

_6 de septiembre._

Otro doloroso recuerdo! Esta tarde me he encontrado, a orillas del ro,
ante el ngulo de un bastin medio derruido, al pie del cual
descansbamos de nuestros paseos en las hermosas tardes de verano. El
tapiz de musgo, que tantas veces nos haba servido de asiento, conserva
su frescura: la ruina amenazadora que lo domina, aun permanece en pie;
yo haba pensado algunas veces que poda enterrarme en su cada, y he
aqu que ha sobrevivido al amor inmortal que ella me haba jurado, a la
inmortal felicidad que yo me haba prometido. All, pocos das antes de
mi partida, siguiendo con los ojos el movimiento de la onda y
transportndome con el pensamiento a los mares lejanos que deba
atravesar--penetrado de dolor, a la idea de una separacin quizs
irreparable--; as una mano de Eulalia y la inund de lgrimas. Tan
turbada como yo, intent distraerme cantando una de esas melodas que
tantas veces haban encantado nuestras veladas. Era--podra olvidarlo
jams!--Era as:

Clara y Paulino vean transcurrir apaciblemente sus das, y vean
florecer su juventud y sus amores. Nada, en apariencia, poda
separarlos, y se aproximaba el acontecimiento alimentado por su
esperanza.

Su solo pensamiento era el himeneo; la alegra su solo sentimiento,
que es lo que un dios consolador enva a los enamorados! Pero he aqu
que un da, el padre de Paulino le dijo: Hay que partir y dejar el amor
de Clara. Presa de la mayor emocin se dirige hacia su futura y le
dice: Deplorable suerte la nuestra. Mi padre quiere que esta misma
noche nos pongamos en camino. Pero jurmonos que, suceda lo que suceda,
volveremos a vernos. Si algn amor culpable quisiera hacer presa en ti,
le responders: Soy capaz de olvidarle? Bien pronto mi amigo vendr a
decirme: despierta! Ha llegado al fin la hora de sonrer a tu esposo!
Pero si alguno de nosotros muere en la espera, que su alma goce de
constante libertad para que pueda venir desde la negra orilla a consolar
al que quede.

Paulino parti. Un corazn novicio es tan ligero! Un deseo, un
capricho, nada, le hace cambiar. Clara est muy lejos! Rosa es tan
linda! El tiempo pasa. El juramento se olvida. El amor se apaga.

Clara, al conocer sus nuevos compromisos, le pregunta: Otra bien amada
obtiene tus atenciones; el que ocupa a todas horas mi pensamiento ha
podido hacerme traicin!

Clara le perdona, le llora y se dispone a morir...

Al saberlo Paulino se entreg a grandes extremos de dolor; pero Rosa le
tranquiliz con un aire lleno de encanto: Podras creer en la noticia
de esa muerte? puede lamentarse, llorar, pero no morir. La alegra es
tan pronto arrebatada a nuestros deseos! Qu necesidad hay, pues, de
consumir nuestra vida en disgustos? Ven a la fiesta que se prepara esta
tarde y recibirs de tu Rosa los dones del amor.

Paulino vuela al baile y la busca con ansiedad, pero le parece que todo
se conjura para ocultrsela; al menor ruido cree orla entre la
multitud, y ve que su espritu emprende el vuelo con la noche.

Pero no, aqul es el dominio de su amante, y aqul su cuello de lis y
aqulla su mano encantadora. Rosa, un dichoso proyecto te aguarda! lo
recuerdas? Y me dirs demasiado pronto, cruel, que el da viene.
Desaparece, mscara envidiosa, que tomas una forma que no es la tuya
dijo l; y Clara, ensangrentada, se ofreci a sus ojos, el brazo armado
de un cuchillo aun hmedo, la vista extraviada, el pecho marchito y
destrozado, la tez lvida.

La llegada del da no le libra de aquella sombra y sus sentidos caen en
un sopor; ella murmura a sus odos un largo suspiro.

Pero cuando su pena lleg al lmite, encontr compasin y entreg su
alma envenenada por una cruel preocupacin. Pueda como l, todo perjuro
a su juramento, sufrir de su cobarde impostura el castigo.

Acordndome de esta balada, he comenzado a repetir esta imprecacin en
voz alta y acento tan colrico, que he huido, lleno de terror, temeroso
de que el cielo me oyese.

_8 de septiembre._

A algunos pasos de Salzburgo, hay una pequea aldea cortada de una
manera agreste sobre la montaa. Muchos arroyuelos que bajan de las
rocas se renen debajo del cercado del presbiterio y forman un canal que
va a travs de la llanura, como una ancha cinta de plata, hasta perderse
en el ro. El murmullo de los pequeos torrentes, el rugido lejano de
las ondas y el estremecimiento de los lamos, movidos por el viento, se
armonizan con una dulzura indefinible y llevan al alma una languidez y
una turbacin deliciosa que se quisiera prolongar. Pero nunca este
cuadro tiene un encanto ms inexpresable que a la hora en que el cielo,
adornado de los colores del alba, sonre a la proximidad del da, cuando
una niebla hmeda y blanquecina flota sobre el valle y cuando los
primeros rayos del sol comienzan a dorar los plomos del campanario.

Esta maana me paseaba por aquel lado, entregado a los ms dulces
pensamientos que de costumbre, cuando los sonidos lgubres, distintos y
prolongados del acero mortuorio, vinieron a distraerme de mis sueos del
pasado. Retroced en direccin al pueblo y vi, en el ngulo del camino,
un cortejo que avanzaba lentamente, recitando plegarias en voz baja.
Cuatro hombres que llevaban un atad cubierto con un lienzo, abran la
fnebre comitiva, y a su lado otras tantas jvenes, vestidas de blanco,
con el cabello tendido, los ojos enrojecidos por las lgrimas, el seno
palpitante por los suspiros, que, con una mano, levantaban los extremos
del pao mortuorio. Seguan luego mujeres, nios y ancianos que parecan
penetrados del ms profundo dolor, pero de un dolor mudo y resignado,
lo que me hizo suponer que a aquella infortunada criatura no la
acompaaban sus padres a la ltima morada, porque las lamentaciones de
la naturaleza tienen otro carcter. Me olvidaba decir que el lienzo era
blanco y que encima de l haba sido colocada una pequea corona de
flores.

Cuando la multitud ya haba pasado, me dirig a una mujer casi
octogenaria que segua con paso ms lento a la comitiva, a causa de su
avanzada edad, preguntndole el nombre de la persona a quien llevaban a
enterrar. Ay, seor!--me ha contestado sollozando--, no puede usted
haber dejado or de hablar de la buena Cornelia. Tan joven an y ya era
la madre de los pobres y el ejemplo de las personas juiciosas. Es ella
la que muri ayer. Pero como yo he dicho a la buena mujer que el nombre
de Cornelia me era desconocido y que haca algunos aos que estaba
ausente de Salzburgo, me ha contado lo que sigue, mientras yo tomaba su
brazo para atenuar la fatiga del camino:

Cornelia perteneca a una familia opulenta, pero ella era tan humilde
y tan compasiva, que nadie hubiera advertido su fortuna a no ser por sus
liberalidades. La madre de Cornelia se miraba en su hija; los padres la
daban por modelo a sus hijos; sus amigas la nombraban con orgullo, los
pobres la bendecan, y hasta la envidia se detena cuando se trataba de
ella; tan buena y dulce era la pobre Cornelia! Haca ya algn tiempo
que su madre haba observado que una pena oculta la devoraba,
esforzndose en penetrar el secreto de su corazn. Qu tienes,
Cornelia ma, le deca, y Cornelia se inclinaba sobre el seno de su
madre y lloraba. Ests enamorada?, le pregunt un da. Cornelia no
respondi. Es que aqul era su secreto y no se atreva ni a negarlo ni a
confesarlo.

No obstante, no tena por qu avergonzarse de su eleccin, porque
Guillermo es un muchacho honrado, pero ella crea que sus padres no
consentiran en que se casara con l, porque Guillermo era pobre. He
aqu por qu sus padres desconocan un mal que con el tiempo no haca
ms que crecer, y finalmente, cay enferma vctima de una cruel
enfermedad, y en los accesos de delirio pronunciaba con frecuencia el
nombre de Guillermo. Cuando la fiebre comenzaba a calmarse y Cornelia
recobraba el sentido, su madre se sentaba a su lado y la interrogaba de
nuevo. Una vez lo confes todo, despus de haberla demostrado que ella
misma se haba hecho traicin. Sus padres se reunieron y, despus de
haber reflexionado maduramente, resolvieron casarla con Guillermo,
puesto que le haba dado su amor.

Aprovechando uno de aquellos momentos en que el estado de Cornelia
dejaba entrever ciertas esperanzas de curacin, le dieron la noticia, y
como pensaron que su salud poda depender de esta unin tan deseada, se
fij el da y se convino en celebrar el enlace en una capilla inmediata
a la casa. Deba ser ayer, a esta misma hora, y precisamente cuando ella
cumpla los diez y siete aos. Se levant, se visti y se dirigi a la
capilla entre su madre, que se haba consolado por completo, y
Guillermo, que estaba fuera de s de alegra. Las mismas amigas que
ahora la acompaan al cementerio, iban a su lado, y los que la vean
pasar decan: Mirad a Cornelia! est ms plida, pero no menos bella.
En efecto, su aspecto ofreca un conjunto de nobleza, de gracia y de
serenidad. Solamente, cuando ya estaba al pie del altar, dijo en voz
baja, al mismo tiempo que se apoyaba en Guillermo: Me encuentro mal.
Fue de nuevo conducida a su casa, pero el golpe era ya irremediable y
haban quedado destruidos todos los resortes de la vida. Algunos minutos
despus del medioda su mirada pareca empaarse y extinguirse. Luego
fij tiernamente los ojos en su madre y en su marido y sonri. En
seguida volvi la cabeza y qued inmvil. Guillermo, asustado, asi su
mano; estaba fra. Cornelia haba muerto.

Mientras tanto, ya habamos llegado al lugar de la aldea en que
Cornelia, durante su enfermedad, haba mostrado deseos de ser enterrada;
yo quise informarme an, con una triste curiosidad, de todos los
pormenores de aquel acontecimiento, gozndome en or referir cmo
aquella alma sensible y generosa se haba dado a conocer a los
desgraciados durante su corta estancia sobre la tierra. Compadeca,
sobre todo, a Guillermo, porque sobrevivir a la que se ama... qu digo
yo? sin duda l tambin morir!

Llegamos ante la iglesia y la caja fue colocada en el umbral; el
sacerdote, con los ojos levantados al cielo, los brazos extendidos, el
hisopo en la mano, dej caer algunas gotas de agua bendita sobre la
prisin estrecha y misteriosa que encerraba a Cornelia. Despus fue
introducido el atad en el templo; la comitiva le acompa, silenciosa,
por la nave antigua, dividindose en dos filas cerca de las rejas del
coro; el pueblo se arrodill y comenz la ceremonia.

Qu espectculo ofreca a mis ojos y qu sensaciones produca en mi
corazn aquella pompa conmovedora que la religin ha colocado como un
punto de reposo entre la muerte y la eternidad! La santidad del lugar,
la grandiosidad de las ceremonias, la meloda imponente que resonaba en
el recinto sagrado, los vapores del incienso mezclndose con el humo de
las antorchas funerarias, un sacerdote augusto elevando al Todopoderoso
las oraciones de la multitud, una muchedumbre piadosa haciendo un
llamamiento a la misericordia inagotable del Creador sobre la tumba de
la criatura, el mismo Dios, bajando para reunir a los fieles al pie del
trono de su padre--y cerca de m, en aquella caja--, bajo las tristes
vestiduras de la muerte, una joven que no haba tenido tiempo an de
recibir los besos del esposo amado y que tan pronto haba trocado las
rosas por los cipreses, las delicias de la primavera por los secretos
del porvenir, el lecho nupcial por una fosa, una virgen que no se haba
despojado an del traje de novia y se vea arrojada para siempre a la
tierra hmeda y profunda, a merced de todas las intemperies y de todas
las inclemencias! Inocente Cornelia! Ayer ay! llena de perfecciones y
de bellezas, hoy inanimada por la muerte!

Mientras yo me entregaba a estas reflexiones, el cortejo haba llegado
al cementerio donde Cornelia deba ser depositada, y all, los pesares
que ella inspiraba, estallaron con mayor amargura. Entonces hubiera
podido creer que cada uno lloraba en ella una hija o una hermana
querida; de tal modo la idea de separarse para siempre y de perder lo
poco que de ella quedaba, haba aumentado la intensidad de todos los
dolores.

En aquel momento aproximose un desconocido. Pareca rayar en la edad
madura, pero algn dolor inmenso haba grabado en su frente las huellas
de una vejez anticipada. Su mirada dulce y altiva a la vez, tierna y no
obstante un poco sombra, inspiraba el respeto, la admiracin y el amor,
y en su rostro flotaba un no s qu de celeste y de deslumbrador con una
majestad incomparable. Se ha dirigido hacia m, me ha interrogado con
voz emocionada y yo le he repetido en pocas palabras lo que me haban
contado de Cornelia y de su muerte, pero cuando he llegado al fin del
relato, l ha cesado de interrogarme y quiz de verme; sus mejillas se
han cubierto de un fuego vivsimo, sus miembros se han puesto rgidos y
todo su cuerpo ha temblado con una convulsin sbita; se ha abalanzado
hacia la fosa y ha mirado su interior con avidez, y cuando ha descendido
el atad, sus brazos, que buscaban un apoyo, han rodeado mi cuello.
Oh, usted no sabe--ha exclamado--, usted no sabr nunca los tormentos
que esta maana trae a mi memoria! Usted no sabe que tambin un da vi
morir y caer sobre la tierra del mismo modo a la que era, ella sola,
toda mi alegra y todo mi amor, mi hermana adoptiva, la amiga de mi
infancia, la esposa que me estaba destinada.

Diciendo esto ha cado desmayado, y cuando, gracias a nuestros cuidados,
ha vuelto en s, le he llevado lejos de aquel lugar de afliccin, y
marchando apresuradamente por el lado de la ciudad, no nos hemos
detenido hasta llegar al recodo del camino en que yo haba visto
descender la fnebre comitiva y desde donde la aldea quedaba oculta
detrs de los rboles que formaban como una cortina.

All nos hemos separado, pero antes de hacerlo, el desconocido--al
estrecharme contra su pecho con un fervor de amistad del cual yo me
senta orgulloso, y al prodigarme testimonios afectuosos de
reconocimiento por un servicio sin importancia--se ha dado a conocer, y
ese desconocido, por quien mi corazn se haba sentido tan atrado, es
el esposo de Eulalia!

Cuando yo recuerdo, despus de esto, que Eulalia haba credo descubrir
alguna semejanza entre nosotros, y cuando me lo represent con su
fisonoma de semidis, pienso que las almas escogidas estn por encima
de las vicisitudes y acontecimientos de la existencia y que su destino
es encontrarse en este mundo.

_9 de septiembre._

Otra prueba de la debilidad de nuestro espritu y de la inutilidad de
los esfuerzos que empleamos en combatir nuestras inclinaciones. Estoy
convencido de que nuestra vida ha sido prevista y ordenada con las dems
manifestaciones de la existencia; que todas las costumbres, que todas
las relaciones que contraemos en el comercio del mundo son consecuencias
necesarias de nuestra organizacin, y que no depende de nosotros
explicar ni vencer las simpatas con que algunas veces nos encontramos
atados. Por qu otro ascendiente, si no, que el de una fatalidad
todopoderosa, ese usurpador que me ha arrebatado mis ms caras
esperanzas, hubiera podido reducirme y subyugarme, cuando todo me era
odioso en l y yo hubiera querido interponer un mundo entre los dos? No
es el esposo de Eulalia y no posee su amor?

Quin impedira, no obstante, que yo pasase mi vida entre ellos? Idea
tan llena de delicias que mi dbil imaginacin casi no puede concebirla!
Quin impedira que yo fuese su esposo, como l, y que ella repartiese
su ternura entre los dos? Un alma de una sensibilidad tan viva y tan
tierna no nos confundira fcilmente en un amor? porque, es que la
dicha de los dems tiene necesidad de alimentarse de mi desgracia y de
mis dolores?

Hay que confesar que es una condicin bien digna de lstima la ma,
porque, por muy maltratados que se vean por la suerte la mayora de los
hombres, cuando menos pueden encontrar algn da consuelo en alguna
persona querida. En cambio yo, solo sobre esta tierra miserable, reno
en m todas las miserias de la humanidad, y todo lo que puede constituir
un encanto o un alivio, me est cruelmente prohibido. Mis ms dulces
afectos se han convertido en tormentos insoportables, y el mismo aire
que respiro se envenena en mis labios desde que Dios me ha desheredado
de su Providencia.

_10 de septiembre._

Y no obstante, l ha amado, ama an y llora a otra. No sabr amarla como
yo la amaba. No puede dedicar a ella todos sus recuerdos, todos sus
pensamientos, toda su vida, y cuando est recostado sobre su seno,
pensar en otro amor y en otra felicidad. Desengate de tu dicha, alma
tierna y confiada! Ese esposo no es el que el cielo te destinaba. Sus
transportes, sus suspiros, sus lgrimas, no son para ti. No es a ti a
quien l desea en sus ensueos. Infortunada! no es a ti a quien ama!
y con qu derecho exigir de ti el afecto que l no puede darte?
acaso no es nulo el compromiso que ha anulado todos los compromisos del
corazn y que ha hecho traicin a la naturaleza?

Yo podra, pues... jams! Esta idea ha fermentado ya en mi pecho,
pero... jams! Quimera! ilusin de las tinieblas! Quin soy yo? ay!
un cautivo cuya imaginacin ha reposado un momento en sueos
voluptuosos; que crea andar sobre caminos llenos de verdor y bajo
doseles de rosas, que no ocupaba su imaginacin ms que en esperanzas
fciles y esperanzas rientes y que, de pronto, se encuentra a la vista
de sus cadenas y de su calabozo.

Cuando yo me veo as separado de toda dicha por un mar sin orillas;
cuando me siento aplastado, anonadado por la desesperacin; cuando
observo cmo todas mis facultades se degradan y se irritan en este
estado de convulsin y de dolor; cuando intento calcular hasta qu punto
ligeras modificaciones de circunstancias o de temperamento pueden
influir sobre nuestras ms graves resoluciones, y cuando reflexiono
sobre tantos desgraciados de sensibilidad ardiente que el cielo ha
arrojado entre las contrariedades y las luchas de la vida, me extrao
menos de contar un tan gran nmero de reputaciones escritas con sangre,
y me indigno de los juicios insensatos de la multitud. Interrogad a esos
altivos, a esos ciegos dispensadores de gloria y de castigo: ellos lo
han apreciado, medido y previsto todo. No hay un crimen, ni un
pensamiento que escape a sus leyes, a sus pesquisas, a sus verdugos; y
no obstante, ellos no saben ni sabrn nunca cuan dbil, estrecha o
imperceptible es la distancia que separa un rebelde de un emperador y el
suplicio de un proscrito de la apoteosis de un semidis.

_11 de septiembre._

Le he visto por segunda vez; entraba yo en una casa extraa y, al ser
anunciado, vino a mi encuentro el seor Spronck, dando pruebas de la ms
viva afeccin. Carlos Munster!--ha dicho--, ay! de modo que era
usted...? y no ha terminado la frase, pero su silencio mismo hablaba a
mi corazn. Pareca compadecerme y justificarme; como si quisiera
evitar mi odio; y yo, mientras tanto, trmulo, cohibido, con los ojos
humedecidos por las lgrimas, he estado veinte veces tentado de
arrojarme a sus rodillas o en sus brazos.

_12 de septiembre._

Hay placeres que hemos gustado con tanta delicia, que se nos figura que
el recuerdo que de ellos nos queda, debe bastar para nutrir nuestro
corazn de ideas rientes y dichosas durante todo el curso de la vida; y
cuando nos encontramos, largo tiempo despus, en las mismas
circunstancias, ocurre, no obstante, que esas emociones, tan agradables
y tan aoradas, han perdido casi todo su prestigio. Nos lamentamos
entonces de la inestabilidad de las cosas humanas y porque nosotros no
tenemos ya aptitud para gozar de bellezas que nos arrebatan, acusamos
locamente a la naturaleza de haber cambiado.

No hay nada ms dulce, me deca, que poder, despus de grandes
contrariedades y largos aos de destierro y de dolor, transportarse con
el pensamiento a los das tan puros de la feliz infancia; que volver a
ver los lugares que han sido el teatro de nuestros primeros juegos, de
nuestros primeros trabajos y de nuestros primeros xitos, las
perspectivas en que hemos empleado nuestros primeros lpices, el techo
natal y los dominios hereditarios; que reconocer el campo que nuestro
padre ha deslindado, el rbol cuya sombra tanto amaba, su arado, el
rstico hogar y el lecho de paz desde el cual nos bendijo. Se acuerda
uno con tanta emocin de aquel tiempo, rico en ignorancia y en
sencillez, en que una mediocridad laboriosa limitaba nuestros deseos y
un estrecho horizonte nuestro universo! Hemos tantas veces deseado
reunir a nuestro alrededor a todos los que han hecho con nosotros el
aprendizaje de la vida y esperamos tantos goces de la evocacin de
aquellos recuerdos! He dejado Salzburgo para reanimar mi corazn en
aquel hogar de inocentes voluptuosidades, y en lugar de los consuelos
que yo esperaba, todo lo que he visto no ha servido ms que para
redoblar mi disgusto. Placeres ms penosamente comprados que los que
tienen tales recuerdos! la dicha pasada puede, pues, ser un tormento de
ms!...

Yo me figuro uno de esos ngeles rprobos que consumen su eternidad en
intiles arrepentimientos. Algunas veces se eleva pensativo hasta los
confines de su primera patria, contempla con una tristeza profunda el
cielo del que ha sido desterrado y los bienes que su rebelin le ha
arrebatado: su infortunio es an mayor; y, rugiendo de desesperacin, se
hunde de nuevo en los abismos.

_14 de septiembre._

Cuntas gentes que se quejan de la monotona de la naturaleza, que no
ven ms que cuadros estriles y fastidiosos, que piensan que con una
ojeada pueden verlo todo y abarcarlo todo y que no deberan quejarse ms
que de la imperfeccin de sus facultades, de la pobreza de su
imaginacin y de sus sentidos! En cambio, el artista gime ante la
impotencia de sus recuerdos y maldice sus telas y sus paletas cuando
observa tanto matiz inimitable, tantos aspectos variados, tantas
expresiones infinitas en el gran cuadro de la soberbia creacin. Y qu
motivo de incertidumbre para l cuando ve un solo punto modificado por
todas las influencias de las estaciones, por todos los accidentes de la
luz y por todas las emociones de su propio corazn!

Esta maana me he detenido a la sombra de un viejo olmo, alrededor del
cual, ciertos das de fiesta, los jvenes, sin otro concierto que el que
les daba un pobre msico ambulante, se reunan para dar muestras de su
fuerza y agilidad, mientras que los ancianos, emocionados por los ms
deliciosos recuerdos, se contaban entre ellos algn acontecimiento
notable de su juventud, ocurrido en semejante da. Sin duda conservan
aquella hermosa tradicin, porque he visto la hierba hollada, las flores
esparcidas y las margaritas deshojadas. Dichosos ellos que, al menos,
son fieles a sus primeros placeres y a sus primeras costumbres!

Desde aquel lugar, la vista se extiende sobre un inmenso valle que se
cruza y se despliega con gracia entre las laderas de los bosques y cuyo
aspecto riente y tranquilo encanta el corazn. Algunos arroyos bordeados
de sauces se pierden en la llanura sin alejarse demasiado los unos de
los otros, se embalsan a trechos, se acercan y se huyen cuando parece
que van a darse alcance, y, finalmente, ms lejos, se ven correr todos
juntos. A la derecha, entre las cabaas de los campesinos, se distinguen
las torrecillas de un castillo gtico cuyas alas ruinosas se extienden
sobre una ancha plataforma; y ms abajo, el ro que sale de repente de
detrs de la colina, como si en ella tuviera su nacimiento, y que se
pierde, a gran distancia, en el fondo azulado del horizonte. El puente
que lo atraviesa a lo lejos se asemeja a una pequea media luna negra
sobre un campo de azur.

El oriente comienza ya a colorearse en los primeros albores del da;
todo es dudoso, vago e indefinido. El paisaje, apenas esbozado, no
ofrece ms que los colores inciertos, rasgos confusos y formas
caprichosas. A medida que el da se levanta, las montaas nacen, las
perspectivas retroceden, los planos se destacan y se caracterizan;
bandadas de pjaros de todos colores recorren el aire con toda suerte de
vuelos y de evoluciones. Bien pronto la hora del trabajo puebla los
senderos y los campos. El campesino desciende de la aldea, el arriero
camina pausadamente detrs de las mulas y el pastor sigue a sus ovejas.
Cada hora que se aproxima es testimonio de otras escenas. Algunas veces
una sola rfaga de aire basta para cambiarlo todo. Todas las selvas se
inclinan, los sauces se blanquean en sus copas, los arroyos aparecen
rizados en su superficie y los ecos suspiran.

Cuando, al contrario, el sol desciende hacia occidente, el valle se
oscurece y las sombras se extienden. Algunos objetos ms elevados se
hacen notar an con sus reflejos de oro entre las nubes de prpura; pero
esas luces mortecinas no brillan en ninguna parte con ms esplendor que
sobre la superficie del ro, que se precipita centelleante y lo envuelve
todo en una amplia franja de fuego.

Finalmente, la luna se abre paso entre los espacios del cielo: lo mismo
cuando su claridad, tierna y temerosa como la mirada de una virgen,
tiembla bajo las sombras transparentes, que cuando cae en haces de luz
sobre el misterio de la llanura, prestando a todos los objetos encantos
inexplicables y dulzuras infinitas; es entonces cuando los bosques se
pueblan de rumores misteriosos, de secretos, de pompas. Todos los
aspectos del cielo y de la tierra adquieren una idealidad indecible. El
aire est cargado de las emanaciones ms puras y de los perfumes ms
agradables. El sonido del corno, el taido de la campana lejana, el
ladrido del perro que vigila atentamente ante la morada del hombre, el
ruido ms insignificante, en fin, os turba y os penetra; parece que la
majestad de la noche impone tambin su misterio sobre los sentidos.

Ms an; si las inspiraciones supersticiosas y los ensueos crdulos son
hijos de la soledad y de las tinieblas, quin me impide dar a ese
castillo habitantes y misterios; gemir por la suerte de una esposa
oprimida, que agoniza en sus subterrneos, y evocar sobre sus torres
las vetustas sombras de sus antiguos seores?

Esas chozas, no pueden ocultarme una pareja de amantes verdaderos que
han preferido el simple hogar de sus padres, un pequeo campo cultivado
por sus manos y el goce de placeres sin remordimiento, a todas las
seducciones de la ciudad?

Soemos, soemos en esta felicidad que nos rodea, puesto que jams hemos
de participar de ella.

_17 de septiembre._

Esta aldea no est separada de aquella en que he visto a Eulalia ms que
por una colina en la que crecen diferentes rboles y atravesada por
innmeros senderos. Sea predileccin, sea casualidad, mis solitarios
ensueos me conducen siempre a una linda explanada tapizada de fresco
musgo y sobre las que robustos arcos forman una bveda sombra y
rumorosa. En la pendiente de la colina, un campanario, ennegrecido por
un incendio, eleva su torre ahumada entre algunas casuchas groseramente
agrupadas en anfiteatro, y en los confines de la llanura se ven algunas
alqueras con sus huertos y algunas quintas de recreo.

En un cercado de aspecto elegante y de una exposicin acertada, yo haba
visto con frecuencia a Eulalia errar pensativa por entre los
bosquecillos dejando flotar a merced del viento los pliegues de su
tnica blanca y las ondas de su cabellera, o bien, a la cada de la
tarde, regar con agua pura las flores de sus parterres, cuando stas
languidecan marchitas por los ardores del sol, como smbolo conmovedor
de un alma tierna que se consume calladamente de amor; y cada vez un
deseo inquieto, un sentimiento, mezcla de turbacin y de voluptuosidad,
se deslizaba por mis venas y haca hervir mi sangre. Mi alma arda ante
la idea de aliarse en el espacio con el alma de aquella desconocida; si
ella se alejaba, yo la segua con la mirada hasta perderla de vista, la
esperaba hasta que volviese y, al verla de nuevo, trataba de apoderarme
de su imagen, de apropirmela por completo y de identificrmela, para
no perderla jams. Inmvil, de pie, sin respiracin, sin movimiento, su
presencia era un misterio que yo tema turbar. Algunas veces negros
presentimientos se extendan sobre mi porvenir como un velo de dolores;
y entonces el corazn se me desgarraba. Nubes de sangre flotaban ante
mis ojos y me ocultaban el cielo; lgrimas tibias y pesadas, como las
primeras gotas de una lluvia tempestuosa, caan de mis ojos, y la tierra
hua bajo mis pies. Entonces hubiera querido partir y lo hubiese
olvidado todo: mi papel, mis lpices y mi ossian.

Despus me lanzaba al azar por los bosques y me trazaba nuevos senderos
apartando con las manos las ramas hmedas y los arbustos espinosos.
Entonces me placa recorrer los lugares donde el hombre no tiene la
costumbre de penetrar, de tal modo estaba posedo del sentimiento que
llenaba mi alma y de tal modo tema ser distrado de l. Hablaba de ella
bajo mil nombres imaginarios, los grababa sobre la corteza de los
rboles y sobre la arena, y a veces aada el mo. Si algn tiempo
despus acertaba a pasar por el mismo sitio y vea an aquellas cifras,
entrelazadas, palpitaba de alegra como si fuese ella quien las hubiese
escrito. Con frecuencia curvaba jvenes rboles para formar toldos de
verdura o bien los agrupaba en prticos, colgando de ellos frescas
guirnaldas de enredaderas con sus hojas como lanzas de hierro brillantes
an por el roco.

Quizs un da, pensaba, la conducir bajo mis glorietas, la har pasar
bajo mis bvedas de flores y la coronar con mis enredaderas. Estas eran
dulces quimeras e ilusiones presuntuosas del amor sin experiencia.

Hoy he querido ver todo eso, pero la magia de los hermosos das ha
desaparecido. La casa ha sido abandonada a nuevos propietarios, y stos,
sin consideracin alguna, han devastado sus parterres y arrancado sus
madreselvas. No han respetado nada de lo que ella amaba; lo que ella
amaba! acaso lo saben esas gentes?

No obstante, he cedido al prestigio de mis recuerdos con tanta confianza
y abandono, que antes de abandonar la explanada me he vuelto
maquinalmente para saber si Eulalia no segua mis pasos. Despus,
reflexionando sobre este error, me he echado a llorar; pero aun he
llorado ms amargamente cuando he advertido mis toldos destruidos por el
viento, mis arbolitos abatidos por el hacha y la tierra sembrada con sus
ramas. Ante esta ltima pena, por ligera que pueda parecer, me he
acordado de todo lo que he perdido; me he contemplado con espanto en mi
soledad y en mi miseria; sin amigos, sin familia y sin patria, sin apoyo
y sin esperanza, traicionado por el pasado, arruinado para el presente y
desheredado para el porvenir; abandonado de Eulalia y del Cielo!

En aquel mismo lugar haba tambin resuelto consagrar a mi querido
Werther una tumba cubierta de hierba ondulante, como l la deseaba; y
hoy he sentido un secreto deseo de cavar la ma. Es un destino tan
cruel el de morir lejos de lo que nos fue querido y el de dejar los
cuidados de nuestra sepultura en manos de un extrao!

_24 de septiembre._

S, al sentir el fuego que recorre mis venas, he comprendido que para
m no haba otro bien en la tierra que en esta otra mitad de m mismo,
de la que la injusta suerte me ha separado! Y quin me devolver esos
das de delicia y de gloria? Quin ser capaz de hacerme revivir ese
pasado que ha devorado mi porvenir? Aquel tiempo ay! en que mi corazn
estaba inundado de afectos tan dichosos! en que todas mis facultades
gozaban de una actividad tan poderosa, en que su sola proximidad, el
rumor de su voz o el ms ligero contacto me producan tal
estremecimiento que me pareca que la vida iba a abandonarme o que mi
alma se precipitaba en mis nervios! Entonces lamentaba no poseer
bastantes fuerzas para soportar mi felicidad, o bastante amor para
sucumbir a l! Por qu no deba de haber sucumbido de aquel modo,
exhalar mi ltimo suspiro en aquel estado de beatitud? Por qu no me
atrev a ceirla entre mis brazos, a arrebatarla como una presa, a
arrastrarla fuera de la vida de los hombres y a proclamarla mi esposa
ante el cielo? O si ese deseo es un crimen, por qu se ha unido al
propio sentimiento de mi existencia de tal modo que no podra
desterrarlo sin morir? He dicho un crimen? En los das de barbarie,
cuyo recuerdo est ligado a todas las ideas de ignorancia y de
esclavitud, el vulgo ha querido dar forma escrita a sus prejuicios y ha
dicho: Estas son las leyes! Extraa ceguera de la humanidad,
espectculo digno de desprecio el de tantas generaciones gobernadas por
una generacin extinguida, y el de tantos siglos regidos por un siglo
oscuro!

Despus de haber gemido largo tiempo bajo el peso de tan odiosas
violencias, quin no querra abreviar la penosa carga de la vida, si
esta alegra dependiese al menos de nosotros? Pero el Cielo y los
hombres estn conformes en prohibrnosla y no nos libertamos de nuestros
das ms que para volver a comenzar nuestro dolor. Vigila a la puerta de
las tumbas, como esos monstruos que se nutren de cadveres, nos
desencanta del sueo de la muerte y se apodera de nuestra eternidad
como de una herencia. Cualquiera que sea el terrible porvenir, el
porvenir de sangre y de lgrimas que reservis a los rprobos, permitid,
permitid oh Dios! que Eulalia me sea devuelta un momento, que un solo
momento este pobre corazn palpite contra el suyo! que mi dbil
existencia pueda desvanecerse en la embriaguez de sus miradas y de sus
besos! que pueda morir en su amor! Y a este precio, un infierno!

_9 de octubre._

Es una cosa admirable y llena de encanto seguir a un gran genio en su
carrera, estar, en algn modo, asociado a sus descubrimientos y recorrer
con l distancias que nunca se hubieran alcanzado sin gua, como el
navo acostumbrado a cortas travesas, al que un piloto hbil hace
surcar por entre mares inmensos y hacia puertos desconocidos. As,
nuestra imaginacin arrastrada en el sublime vuelo de tu musa, oh
divino Klopstock!, y recorriendo sobre sus huellas los espacios que t
has poblado, se extraa de los milagros que le rodean y se detiene
sobrecogido de espanto Con qu magnificencia renes bajo nuestros ojos
todo lo que la poesa tiene de maravilloso, lo mismo cuando nos
introduces en los consejos del Altsimo en que los ngeles celebran los
misterios del cielo y los querubines, penetrados de un religioso temor,
agitan en su huida sus alas de oro, que cuando nos descubres las grutas
tenebrosas de los infiernos, evocas, con una autoridad increble, esos
ngeles vencidos que una eterna venganza persigue con eternos tormentos,
trmulos bajo sus cadenas ardientes y sus rocas calcinadas, o nos
transportas al gran sacrificio del Glgota en que el Creador del mundo
se abandona a las angustias de la agona para redimir a sus verdugos!

Pero la lectura de la Biblia me ofrece an ms deliciosos goces. No hay
circunstancia en la vida en que el hombre no pueda hallar consuelo en
alguno de sus pasajes; ninguna desgracia que ella no solemnice, ninguna
alegra que no embellezca: por eso es un libro emanado directamente del
cielo.

Con frecuencia, cuando la naturaleza, en todo el esplendor de sus galas
otoales, y con todos sus bosques diademados de oro y de prpura, sonre
al sol poniente, yo me siento en la pendiente de un ribazo, bajo alguna
aosa encina, y releo los ingenuos buclicos de los primeros tiempos, la
candorosa historia de Ruth y los cantos de amor de Salomn. Otras veces,
bajo los arcos gticos de una iglesia arruinada que eleva sus torres
solitarias en el valle, escucho; y, en el rumor del viento, que gime a
travs de sus muros, como voces de bronce, creo percibir la palabra
proftica de un Daniel o de un Jeremas. Otras veces sobre la fosa de mi
padre y a la sombra melanclica de los rboles que yo he plantado, me
acuerdo, con abundantes lgrimas, de la historia de Jos y de sus
hermanos, porque yo que vea hermanos en todos los hombres, tambin he
sido vendido por ellos y ellos son los que me han desterrado. Pero con
ms frecuencia, cuando la noche, velada de negros cendales, avanza por
su silencioso camino, yo repito con Job, en la efusin de mi dolor, esta
profunda exclamacin del alma desengaada: _Por qu la luz ha sido dada
a un miserable y la vida a los que tienen la amargura en el corazn?_

_10 de octubre._

De buena gana rompera mis pinceles cuando comparo la naturaleza de este
triste Occidente, mezquina y desgraciada, con esos climas favorecidos,
esos cielos puros y ese sol sin mancha del magnfico Oriente, cuando
vago con el pensamiento, bajo las chozas nmadas y patriarcales de los
pastorales oasis o entre los augustos monumentos del viejo Egipto y
cuando el magnfico habitante de esas felices regiones se eleva ante mis
ojos en toda la energa de su primitiva grandeza y de sus formas
originarias, mientras aqu observo cmo se han comprimido todas las
fuerzas y restringido todas las facultades. Cuando me parece ver al
rabe, solo con su corcel, que como l respira toda la libertad de sus
soledades, cuando con la imaginacin le veo franquear las arenas
trridas o bien reposar bajo la sombra reparadora de las palmeras,
entonces me quejo a la Providencia de que me haya desterrado a una zona
fra, en medio de una naturaleza tmida y tan lejos de las soberbias
miradas del sol inspirador, y me pregunto: Por qu los hombres me han
hecho cautivo y por qu me han conducido prisionero a sus ciudades?
Hubieseis visto como yo al len del desierto arrojarse sobre la tierra
alterada, olvidando que ella arde, y saborearla largo tiempo entre sus
dientes!

He dicho en el desierto, porque entre los lazos de hierro de la sociedad
y bajo el peso de sus ignominiosas instituciones, vuestros rganos
relajados no podran soportar largo tiempo el esplendor de tan
exuberante naturaleza. Sus ricas prodigalidades no podran pertenecer al
hombre que se ha dejado degradar de la dignidad de su especie y que ha
traficado cobardemente con su independencia. Y cun profundamente se
siente humillada el alma generosa que ha comprometido todas sus fuerzas
en este contrato, cuando conoce el precio de su sacrificio, cuando se
encuentra subyugada por el audaz ascendiente de esos insolentes
dominadores, y cuando compara la presente con esas edades afortunadas de
la juventud del mundo en que las sociedades circunscritas en los
estrechos lmites de las familias no reconocan otros poderes que los
que le haban sido conferidos por la Divinidad, ni otro jefe que el que
reciban de la naturaleza!

Es entonces cuando se siente la necesidad de elegir entre las armonas
de la tierra las que tienen una afinidad ms particular con nuestra
miserable condicin; es entonces, y yo lo he experimentado con
frecuencia, cuando se prefiere a la pompa radiante del sol las dudosas
claridades de la luna y los misterios de la noche, a los esplendores del
esto, a las gracias de la primavera, a los opulentos dones del otoo,
la triste desnudez del invierno, las brisas fras y las negras
escarchas.

As, cuando mi alma se desprendi de sus juveniles ilusiones y cuando
no encontr ya nada que la pudiera retener entre los hombres, espi los
secretos de las tinieblas y las alegras silenciosas de la soledad,
comenz a vagar por las moradas de la muerte y bajo los gemidos del
aquiln; por eso ella ama las ruinas, la oscuridad, los abismos, todo lo
que la naturaleza tiene de terrorfico, y por eso ha estudiado, sin
necesidad de buscar otro modelo, algunos de los caracteres del
infortunio.

S; lo repito, el invierno en toda su indigencia, el invierno con sus
plidos astros y sus desolados fenmenos, me promete ms goces que la
orgullosa profusin de los hermosos das. Me place ver la tierra
despojada de su fecunda vestidura y flotando en esos horizontes brumosos
como en un mar de nubes. En medio de esas grandezas desvanecidas y de
esa vegetacin ahogada, todo parece adquirir aspectos fnebres, todo se
vuelve terrible y severo. A travs de los velos grisceos y de las nubes
formidables en que est envuelto, se tomara al sol por un meteoro que
se extingue. Los ros no tienen aquel estremecimiento divino, las
selvas no murmuran ni dan sombra. No se oye ms que el crujido de la
rama muerta que se rompe y el zumbido del viento que se desliza silbando
sobre la llanura desolada. La nica verdura que se ve es la hiedra que
extiende sus amplias alfombras por las paredes de las rocas, que se las
adosa a los muros rsticos o envuelve con ellas el tronco de las viejas
encinas. Unicamente algunos abetos destacan aqu y all, entre la nieve
de las montaas, sus obeliscos oscuros, como otros tantos monumentos
dedicados a la memoria de los muertos... Y de cuando en cuando podis
ver, en la lejana, algunos viajeros que cruzan precipitadamente la
llanura, o peregrinos que oran sobre una tumba.

_17 de octubre._

Despus de abundantes lluvias, un torrente amplio y rpido, alimentado
con todos los arroyos y barrancos, desciende desde lo alto de las
montaas, cae con el ruido del trueno, se lanza furioso en la llanura,
la llena de espanto y de desastre, destroza, invade, devora todo lo que
se opone a su paso, y, arrastrando en su loca carrera rboles arrancados
de raz, rocas y ruinas, rueda y se precipita rugiendo en el Salza.

Si sobre esos bordes veis un grupo de lamos que opone dulcemente su
tranquila majestad a la agitacin vehemente de la corriente, nuestro
espritu no puede por menos que entregarse a pensamientos graves y
religiosos, y meditis tristemente sobre esas vanas grandezas del mundo
que aparecen de pronto, como esos torrentes, sin que se conozca el
origen, que, como l, pasan entre estrpitos y devastaciones y como l
se pierden en el abismo.

En cuanto a m, sonro con piedad ante los cuidados pueriles que el
hombre siente, mientras que el tiempo arrastra en su porvenir siempre
naciente el corto presente de que gozan; y al considerar que la vida no
es ms que un momento que huye en medio de la inmensa eternidad, siento
que mis penas disminuyen.

_19 de octubre._

Esta noche me encontraba en esa situacin indefinible que no tiene casi
nada de la actividad de la vida, pero que tampoco es el sueo. Cre or
una msica muy melodiosa, de una expresin suave y conmovedora, y cuyos
sonidos eran modulados con tanta dulzura, que ni siquiera el arpa los
hubiera podido producir ms tiernos y ms seductores. Se hubiera dicho
que era un concierto anglico, pero su armona inconstante y caprichosa
no multiplicaba mis alegras ms que para multiplicar mis pesares;
apenas haba conseguido retenerla, cuando me escapaba de nuevo. En fin,
despus de una cadencia sollozante que reson largo tiempo en mi alma,
ces y no o ms que un ruido sordo parecido al de un ro lejano. Luego
una mano fra se pos pesadamente sobre mi corazn; un fantasma se
inclin hacia m y pronunci mi nombre con voz penetrante, y yo sent
que el aliento de su boca me haba helado. Me volv y cre ver a mi
padre, no como era antes, sino como una forma vaga y sombra, plido,
desfigurado, los ojos hundidos, las pupilas sangrientas y los cabellos
en desorden; despus se alej, hacindose cada vez menos distinto y
disminuyendo en la oscuridad, como una luz presta a extinguirse. Quise
lanzarme en su seguimiento, pero, en el mismo instante, la luz, la voz,
el fantasma, todo se desvaneci con mi desvaro y no abrac ms que el
vaco.

_23 de octubre._

Puesto que es verdad que, desde el comienzo de este corto trnsito de la
vida, todo lo que vemos a nuestro alrededor no nos deja ms que pesares,
dichoso el sabio que se envuelve en su manto, se abandona en su esquife
y se aleja sin volver los ojos a la orilla. Pero carezco de este difcil
valor.

Yo mismo me extrao de las vacilaciones de mi corazn y de la ciega
facilidad con que acoge diariamente nuevas quimeras. Todo lo que tiene
una apariencia de novedad le seduce, porque sabe que su estado actual es
el peor y siempre saldr ganando con el cambio. Quiere emociones
desiguales y diferentes, una manera de ser diversa y fortuita, porque ha
observado que el azar le daba mejor resultado que la previsin. No
obstante, es tal su inquietud, que en medio de las agitaciones que
busca, desea an el reposo, nicamente, quiz, porque el reposo es una
cosa distinta de lo que l experimenta diariamente, pero no tarda en
fatigarse del mismo reposo. No ve la dicha ms que lejos de l, y, desde
que cree haberla visto en alguna parte, rompe, para alcanzarla, los
nudos que le atan al lugar donde se encuentra; dichoso si pudiera
romperlos todos! Qu ocurre mientras tanto? Antes de haber recorrido la
mitad del camino que nos conduce al sitio deseado, el prestigio cesa y
el fantasma se desvanece, burlndose de nuestras esperanzas. Dios me
preserve de vivir mucho tiempo as!

Acercarme a Eulalia!--deca yo esta maana--, s, vivir a su lado!
habitar donde ella habita! respirar el aire que respira! Y, desde
entonces, todo lo que veo aqu me importuna.

_30 de octubre._

El otro da, casi sin darme cuenta, me encamin hacia Salzburgo; pero,
desde que vi la fortaleza de la montaa, las flechas de las iglesias,
las cpulas de los palacios, y desde que pude enlazar la sensacin que
experimentaba con todos mis recuerdos, me encontr tan poderosamente
arrastrado, que por nada del mundo hubiese cambiado de direccin.
Mientras tanto la noche se aproximaba y las brumas espesas y lluviosas
hacan an mayor la oscuridad. No tena necesidad, adems, de
recogimiento y de libertad de espritu y no quera entrar en la ciudad
hasta despus de haber acostumbrado mi alma a las agitaciones que la
amenazaban. Me abandon con voluptuosidad a aquella noche larga y
rigurosa en la que nada limitaba la independencia de mi pensamiento.
Todos esos cuadros que el da anima y colorea, todo lo que me recuerda
la vida me enoja y me contrara. Si hay en m alguna actividad poderosa,
si siento algunas veces en m una fuerza superior a la del hombre, es en
el aislamiento de la noche y en la contemplacin de las tumbas. Todas
las ideas sublimes nacen del corazn, y el corazn del hombre est hecho
de dolor y de sombras.

Al pasar por la aldea donde vi enterrar a Cornelia, y donde conoc al
marido de Eulalia, penetr en el cementerio por las brechas del muro. La
oscuridad era profunda. Los bhos de la vieja iglesia geman o silbaban
en las cornisas. La campana, lentamente movida por el aire, produca
sonidos quejumbrosos y, de pronto, no s qu acentos lgubres se
elevaron a mi lado. Entonces un hombre se atraves en mi camino, y
despus, inclinando la cabeza sobre el pecho, pronunci el nombre de
Cornelia. Era Guillermo, y el Cielo me permiti darle algunos consuelos;
porque la voz de los desgraciados llega fcilmente al corazn de los
desgraciados y se dice que los que han sufrido mucho conocen palabras
para calmar el dolor. Conversamos largo rato.

--Si yo hubiese querido--me dijo--, es fcil dejar la vida, y los das
del hombre pueden abandonarse como un vestido. Pero, me atrever a
decrselo? era media noche; yo estaba sentado sobre esas piedras y
dispuesto a romper el frgil talismn de la existencia, ocupaba mi
imaginacin en la contemplacin de los tiempos pasados, unindolos todos
en mi pensamiento. Ya todos los acontecimientos transcurridos se
sucedan en mi memoria como las reminiscencias de un sueo, pero yo
aspiraba an al porvenir, y este porvenir incierto lo llenaba con mis
quimeras, cuando, de pronto, una idea horrible me sobrecogi. El
porvenir!--exclam--, y con qu derecho, miserable suicida, te atreves
a hacer planes sobre el porvenir? Has querido dejar de ser antes de que
llegase tu hora, y quin sabe si tu castigo ser el no ser jams?
Encuentras una salida para librarte de los dolores de la vida, pero,
quien sabe si te cierras las puertas de la eternidad? Cornelia, la ms
pura de las hijas de la tierra, te espera mientras tanto entre los
justos, y, con una alegra inefable se prepara a iniciarte en las
delicias del cielo... Pero el que ha destruido la imagen de Dios no
vivir ya ms; ha sembrado la muerte y recoger la nada.

Despus he reflexionado mucho--aadi Guillermo tras un buen
silencio--, y creo que el que se da la muerte frustra las intenciones
de la Divinidad; y reflexionando sobre este gran nmero de relaciones
que enlazan al hombre con todos los objetos terrestres, yo le he
considerado como el centro de una multitud de armonas que nacen y
perecen con l, de modo que no puede caer sin arrastrar toda una
creacin en su cada, y el ltimo suspiro que exhala lleva el luto a
toda la naturaleza. Meditando sobre esas cosas, he reconocido que la
suprema virtud consiste en amar a sus semejantes, y la suprema sabidura
en soportar su destino.

Ya s, no obstante, que la razn del hombre es una caa que cede a
muchos huracanes; yo mismo ay! tengo la penosa experiencia de que es
difcil luchar con el dolor cuando no se le opone la ausencia y sobre
todo la religin. Por eso he resuelto desterrarme de aqu y buscarme una
tumba en otro sitio. Cerca de Donnawert hay un antiguo monasterio, cuyos
muros baa el Danubio, y al cual se llega despus de atravesar un bosque
de abetos de un aspecto triste y formidable. Aquel lugar est lleno de
misterios y de solemnidad; y el alma se abandona a sentimientos de un
orden tan sublime que, segn se dice, hace olvidar, por un privilegio
milagroso, todas las antiguas emociones de la vida. Ese monasterio ser
mi asilo.

El da nos sorprendi en esta conversacin. El sol se levantaba por
detrs de la torre de la iglesia y la coronaba con sus rayos como una
plida aureola; el aire estaba cargado de vapores hmedos y, a travs de
la niebla que nos envolva, se nos hubiera podido tomar por sombras que
erraban entre las sepulturas. Comprend que era la hora de separarnos,
bes tiernamente a Guillermo y abandon el cementerio. Pero, al entrar
en Salzburgo--yo no s qu presentimiento espantoso...--mi corazn se ha
oprimido, mi mirada se ha oscurecido y el sentimiento de la vida me ha
abandonado.




CONCLUSIN


Aqu acaba el diario de Carlos Munster. Parece que hubo de experimentar
agitaciones tan violentas, que ni siquiera pudo darse cuenta de ellas;
despus no encontramos ms que notas de poca importancia sobre sus
relaciones con Guillermo, hasta la partida de aqul para el convento de
Donnawert. Lo que vamos a transcribir aparece escrito por otra mano en
el original.

Desde haca algn tiempo la melancola del seor Spronck aumentaba
continuamente; haba odo hablar de Carlos Munster antes de la boda; le
crea muerto cuando se cas con Eulalia, y al saber su regreso,
presinti todo lo que los infortunados amantes tendran que sufrir. El
acontecimiento que le represent de una manera tan viva la prdida que
algunos aos antes experimentara, fue el golpe de gracia para su
dolorido corazn, y, perseguido por sus propios dolores y por los que
causaba a los dems, su carcter contrajo algo de siniestro y de
espantoso. Los cuidados de Eulalia contribuan a aumentar sus dolores, y
cuando la joven se aproximaba a su marido con una mirada llena de
ternura y de dulzura, l volva tristemente la cabeza y la rechazaba
gimiendo. Por aquel entonces la casualidad le hizo saber que Carlos, al
que se haba credo muy lejos, haba vuelto a Salzburgo despus de pasar
algunas semanas en su aldea natal. Esta noticia pareci al principio
consolarle mucho, pero la misma noche su estado empeor, de tal modo,
que se tema verle expirar a cada instante. Carlos, a quien una carta
del desgraciado marido de Eulalia haba enviado a llamar, acudi
presuroso. El seor Spronck estaba tendido, sin conocimiento y casi sin
vida. Eulalia, arrodillada ante su lecho, baaba las manos del moribundo
con sus lgrimas, y una lmpara, a punto de apagarse, arrojaba una tenue
claridad sobre aquella escena de dolor. Al ruido que hizo la puerta al
abrirse, el moribundo hizo un movimiento; con la vista fija y la
fisonoma inmvil, estaba en la situacin de un hombre que despierta de
una pesadilla y trata de reconciliar sus sentidos con los objetos que le
rodean. Finalmente, pareci que la luz se haca en su cerebro y
pronunci con voz fuerte y clara el nombre de Carlos Munster. Este
estaba a algunos pasos de distancia, y al verle Spronck, le salud con
una sonrisa tan tierna y tan paternal, que Carlos se dej caer de
rodillas ante l. Entonces el seor Spronck impuso sus manos sobre su
esposa y sobre su amigo; y despus de haber reunido todas las fuerzas de
su alma, les describi con acento conmovedor las adversidades que haban
envenenado su juventud, el dolor de las pruebas a que haba sido
sometido y, sobre todo, el encarnizamiento de la funesta fatalidad que
les haba envuelto a ellos en su propio destino. Les pidi perdn por el
mal involuntario que les haba causado, les habl de su prximo fin, y,
enlazndoles con sus brazos, acab as: Sed felices ahora que mi
miserable vida no puede ser un obstculo; sed felices ahora que voy a
devolver a la tierra este corazn destrozado por la desesperacin; sed
felices y no tengis remordimiento por los das que quizs an la suerte
me habra reservado, porque yo no poda esperar nada ms agradable que
esto que me es permitido legaros: un porvenir sin alarmas que podr
resarciros de las penas que os haya causado. Permitiendo que mi muerte
haya sido un beneficio para los que yo amo, el Cielo haba colocado en
mi muerte la nica alegra que yo poda gozar aqu abajo. El me
perdonar, sin duda, el haber apresurado la hora y no me condenar, como
los hombres. Amaos, al menos, y perdonadme.

Despus de estas palabras, su pecho se levant con gran esfuerzo, su
cuerpo se estremeci y la voz expir en sus labios. Eulalia huy de la
habitacin lanzando gritos espantosos, y Carlos perdi el conocimiento.
Cuando algn tiempo despus volvi en s, la lmpara ya no brillaba y no
le quedaban, de lo que haba pasado, ms que ideas vagas e inciertas,
como las ilusiones de la noche. Extendi los brazos a tientas y tropez
con un cuerpo inmvil y fro. Los hombres que haban acudido para
conducir aquellos despojos a la tumba, le trasladaron a Salzburgo.

Las profundas impresiones que haba recibido no eran de naturaleza que
pudiesen borrarse prontamente. Pas un mes antes de que su espritu se
hubiese repuesto de aquellas emociones violentas. Entonces recibi una
carta de Eulalia; a la sola presencia de aquella escritura tan querida,
cambi de aspecto y de color; sus mejillas se inflamaron, toda su vida
pareci asomar a sus ojos, y en la inquietud que le agitaba se hubiera
podido ver que su espritu estaba fluctuando entre el temor de saber su
suerte y el tormento de ignorarla. Poco a poco recobr la calma y la
tranquilidad. Se haba resignado a todo. Eulalia le declaraba, como l
esperaba, que no poda concebir sin horror la idea de un nuevo enlace
despus de la muerte voluntaria de su primer marido; que estaba segura
de que l tampoco querra una dicha que haba costado tan cara, si es
que poda llamarse dichosa una unin que dependiese de tal causa; que
aprovecharse del generoso atentado del seor Spronck era hacerse casi
autor de l y atraerse el castigo; que era conveniente, al contrario,
dedicar la vida a expiarlo y colocarse como justos holocaustos entre la
clera de Dios y esa sombra abnegada que se haba entregado a su
castigo. Acababa diciendo que cuando recibiese aquella carta, ella ya
estara separada del mundo por una barrera que no es posible franquear
cuando se ha cerrado tras de s y que iba a entrar en la vida religiosa.
Carlos ley muchas veces la carta con la misma resignacin. Despus la
dobl, imprimi un ardiente beso sobre ella y la coloc sobre su
corazn, al lado de una cinta que haba pertenecido a Eulalia. En
seguida escribi a Guillermo comunicndole su proyecto de retirarse al
monasterio de Donnawert; despus distribuy su patrimonio entre algunas
familias pobres de Salzburgo, porque l ya no tena a nadie.

Emprendi el viaje en uno de los primeros das de enero. Cuando hubo
llegado cerca del convento de Eulalia, a una legua de la ciudad, se
sent ante los muros del claustro y all permaneci muchas horas, pero
no vio ni oy nada. Algunos conocidos suyos pasaron por delante de l,
sin que l los viera. Llevaba la cabeza despeinada, la barba larga, su
color era lvido y su mirada extraviada; a pesar del rigor de la
estacin, slo le cubra una especie de tnica grosera, pujada por el
viento, caa en torbellinos sobre su cabeza y un aquiln helado silbaba
entre los pliegues de su ropa. Finalmente, cuando el sol declinaba, se
levant de su asiento, y se alej con paso precipitado. El cielo se
haba aclarado mucho, la luna se levant sin nubes, la noche era
tranquila.

Pocos das despus, la temperatura volvi a cambiar y la lluvia cay de
nuevo; las nieves y los hielos fundidos descendieron de las montaas y
aumentaron el curso de los ros. Todos los trabajos quedaron
suspendidos, todos los caminos desiertos. No obstante, por aquella poca
se vio a Carlos en una aldea bastante prxima a Donnawert. Su rostro
estaba cubierto en parte por su cabellera, sus pies, desnudos, y su
ropa caa en pedazos sobre su cuerpo. Tuvo ocasin de hablar con
alguien; su voz, sus gestos, su mirada denotaban una profunda alienacin
mental. Es probable que la soledad hubiese dejado mayor actividad al
dolor, y que su razn, mal curada de las fuertes pruebas a que haba
sido sometida, hubiese acabado por ceder. Se aade que algunas almas
compasivas se haban esforzado en retenerle hacindole observar que los
caminos estaban impracticables y que era peligroso continuar el viaje;
pero l se obstin en su resolucin.

Al da siguiente se desbord el Danubio.

Mientras tanto, Guillermo se extraaba de que Carlos no hubiese llegado;
y contaba impaciente los das transcurridos desde aquel en que su amigo
deba de llegar. Pero sus temores aumentaron an cuando vio que la
inundacin, que haba llegado hasta el monasterio, haba cubierto toda
la campia e interrumpido todas las comunicaciones. Tan pronto segua
con la vista inquieta aquel mar casi inmvil, tan pronto la segua en
sus decrecimientos hacindole creer que ya faltaba muy poco para llegar
a sus lmites naturales; y a medida que las tierras comenzaban a
elevarse aqu y all como pequeas islas, su corazn renaca a la
esperanza. Una vez, entre los restos que el ro arrastraba, crey ver
algo informe y lvido que las ondas empujaban contra los arrecifes y que
desapareca para volver a aparecer hasta que fue abandonado sobre un
banco de arena.

Impulsado por una vaga pero invencible curiosidad, descendi del
claustro, atraves la iglesia, y cuando hubo llegado al pie de sus
muros, reconoci el objeto que le haba atrado. Se aproxim y se
estremeci de horror. Un cadver casi desnudo, plido, destrozado,
cubierto de musgo y de fango, los miembros crispados, los cabellos ralos
y sangrientos, y a travs del desorden de aquellas facciones deshechas y
mancilladas, un aspecto lleno an de nobleza y de dulzura; as fue como
Carlos Munster se ofreci a su vista. Guillermo entonces, sin lanzar una
queja ni derramar una lgrima, envolvi aquel cuerpo sin vida con su
hbito negro, lo carg sobre su espalda y lo llev al monasterio.
Detvose en el atrio de la escalera, y despus de haber depositado su
triste carga en el suelo, convoc por medio de la campana a los
religiosos del convento. Cuando se hubieron reunido a su alrededor y los
vio dispuestos a orle, levant bruscamente el velo bajo el cual se
ocultaba su amigo, y les dijo con voz trmula y dolorosa: Este es
Carlos Munster. Pero la palabra expir en sus labios, sinti que las
fuerzas le faltaban y cay sobre el cadver. Al abrir los ojos no vio
ms que a un hermano que le dijo que la comunidad no haba credo
prudente conceder a su amigo sepultura catlica, porque en el misterio
en que haba sobre la naturaleza de su muerte, haba temido excederse en
sus deberes rodeando el atad del infortunado de las pompas de la
religin.

Guillermo se levant, cogi a su amigo en sus brazos y se dirigi
silenciosamente a la orilla del ro, donde cav una fosa, colocando
encima una piedra con una sencilla inscripcin, pero el primer vendaval
llen la inscripcin de arena y polvo, y la primera crecida del Danubio
arrastr piedra, sepultura y cadver.

Guillermo muri al ao siguiente.

Eulalia an vive; ahora tiene veintiocho aos.




LAS MEDITACIONES DEL CLAUSTRO

1803


La existencia del hombre desengaado es un largo suplicio; sus das
estn sembrados de desengaos y sus recuerdos llenos de remordimientos.

Se nutre de absenta y de hiel; el comercio de los hombres se le ha hecho
odioso; la sucesin de las horas le fatiga; los cuidados minuciosos que
constituyen su obsesin le importunan y le sublevan; sus propias
facultades son una carga para l, y maldice, como Job, el instante en
que fue concebido.

Vacilante bajo el peso de la tristeza que le anonada, se sienta al borde
de su fosa y, en la efusin del dolor ms amargo, eleva los ojos al
cielo y pregunta a Dios si es que su providencia le ha abandonado.

Tan joven an y tan desgraciado, desilusionado de la vida y de la
sociedad por una experiencia precoz, extrao a los hombres que han
lacerado mi corazn, y privado de toda esperanza, he buscado un asilo en
mi miseria y no lo he encontrado. Me he preguntado si el estado actual
de la civilizacin era tan desesperado que no tena ya remedios para las
calamidades de la especie, y si las instituciones ms solemnes
consagradas por el sufragio de los pueblos adolecan tambin del defecto
de la corrupcin universal.

Caminaba al azar, lejos de los caminos frecuentados, porque yo evito el
encuentro con los que la naturaleza me ha dado por hermanos, y tema que
la sangre que caa de mis pies desgarrados no les sirviera de rastro.

A la vuelta de un sendero hundido en el fondo de un valle sombro y
agreste, vi un da un viejo edificio de una arquitectura sencilla pero
imponente, y la sola contemplacin de aquel lugar hizo descender a mis
sentidos el recogimiento y la paz.

Llegu hasta el pie de los muros y prest atento odo a los rumores de
su soledad, pero no o ms que el viento del norte que gema dbilmente
en los patios interiores y el grito de las aves de presa que
revoloteaban sobre las torres. En la parte exterior no encontr ms que
puertas rotas sobre sus goznes, grandes vestbulos, sobre los que no se
vean huellas humanas, y celdas desiertas. Despus, descendiendo por los
estrechos escalones, a la claridad de un tragaluz, en los subterrneos
del monasterio, avanc lentamente por entre los restos de la muerte de
que estaban sembrados; y, deseoso de entregarme sin distraccin, al
sentimiento vago y casi dulce que me inspiraba la solemnidad de aquel
retiro, me sent sobre un atad destruido. Cuando me acord de las
asociaciones venerables que haba de ver tan poco tiempo y echar de
menos tantas veces, cuando reflexion sobre esa revolucin sin ejemplo
que las haba devorado en su carrera de fuego, como para arrebatar a las
personas honradas hasta la esperanza de un consuelo posible, cuando yo
me dije, en la intimidad de mi corazn: Este lugar hubiera sido tu
refugio, pero no te han dejado nada; sufrir y morir, tal es tu destino,
oh! cun grandes y conmovedores me aparecieron los pensamientos que
presidieron la inauguracin de esos claustros, cuando la sociedad,
pasando de los horrores de una civilizacin excesiva a los horrores
infinitamente ms tolerables de la barbarie, y en esta hiptesis en que
el retorno al estado de la naturaleza y hasta del gobierno patriarcal no
era ms que la quimera de algunos espritus exaltados, esos hombres de
una austera virtud y de un carcter augusto erigieron, como el depsito
de toda la moral humana, las primeras constituciones monsticas.

Esos monasterios conservadores fueron otros tantos monumentos a la
religin, a la justicia y a la verdad.

La mana de la perfeccin, de donde derivan todas nuestras desviaciones
y todos nuestros errores, estaba a punto de renacer; el mundo iba a
civilizarse quizs una vez ms. Todos los pensamientos generosos, todos
los afectos primitivos volveran a borrarse, y los oscuros solitarios lo
haban previsto. Modestos y sublimes en su vocacin, no aspiran ms que
a conservarnos la belleza moral, perdida en el resto del universo.

El que era rico hace de sus bienes el patrimonio de los pobres.

El que era poderoso e impona a su alrededor rdenes inviolables, se
pone rudo cilicio y entra con sumisin en las vas que le son
prescritas.

El que arda en amores y en deseos, renuncia a los placeres prometidos y
abre un abismo entre su corazn y el mundo.

El menor sacrificio del ms dbil de esos anacoretas, hara la gloria de
un hroe.

Examinemos, no obstante, con una escrupulosa atencin lo que esa sagrada
milicia pueda tener de chocante para los sabios de nuestro siglo, y por
qu crmenes los humildes cenobitas se han atrado esa animadversin
furiosa, nica en los anales del fanatismo.

Ellos eran ngeles de paz que se entregaban en el silencio de la soledad
a la prctica de una moral excelente y pura y que no aparecan entre los
hombres ms que para ofrecerles algn beneficio.

Sus mismos ocios estaban consagrados a la oracin y a la caridad.

Dirigan la conciencia de los padres, presidan la educacin de los
nios, protegan, como las hadas, los primeros das de los recin
nacidos sobre los que atraan los dones del Cielo y las luces de la fe.
Ms tarde, guiaban sus pasos en los senderos difciles de la vida, y
cuando sta llegaba a un perodo supremo, ellos sostenan al dbil
viajero en las avenidas de la tumba y le abran la eternidad.

Que no se diga que el desgraciado es un anillo roto en la cadena de los
seres.

El pobre expirante sobre la paja, estaba al menos acompaado de sus
exhortaciones y de sus consuelos.

Comprendan a todos los afligidos en una misma compasin. Su viva
caridad se informaba menos de la culpa que de la desgracia, y por eso
encantaban con sus consuelos la agona de los moribundos y la tristeza
de los prisioneros; y si el inocente les era querido, no odiaban al
culpable. Acaso el crimen no necesita tambin la piedad?

Cuando la justicia haba encontrado una vctima, y el paciente,
abandonado de todo el mundo, avanzaba lentamente hacia el cadalso, poda
ver a su lado a esos emisarios divinos de la religin, y sus ojos, antes
de cerrarse, lean en sus ojos resignados la promesa de la salvacin.

Sus modestas miradas se enriquecan, no obstante, con los ms ilustres
recuerdos. Haban visto poderosos monarcas abdicar la prpura ante sus
altares y guardaban en sus relicarios el cetro de Amadeo y la doble
corona de Carlos V.

Haban dado jefes al mundo cristiano; Padres y oradores a la Iglesia;
intrpretes y mrtires a la verdad.

Los fundadores eran elegidos que Dios haba inspirado; sus reformadores,
hombres valerosos y entusiastas que el infortunio haba instruido. Es
en medio de ellos que floreci el genio de Abelardo, cuya memoria est
ligada a todos los sentimientos de piedad y de amor. Tambin fue en la
oscuridad de sus celdas donde Ranc ocult sus penas y donde aquel
espritu ingenioso que a los doce aos haba adivinado las delicadas
bellezas de Anacreonte, abraz libremente, a la edad del placer, las
austeridades de que nuestra debilidad se asusta.

En fin, sus maneras, sus costumbres y hasta sus vestidos participan del
carcter noble y severo de su misin.

Casi contemporneos del verdadero culto, su origen se remonta adems a
los esenios de la Siria, a los terapeutas del lago Moeris. Los desiertos
del frica y del Asia hablaban de sus grutas.

Vivan en comn como el pueblo de Licurgo y se trataban fraternalmente
como los jvenes guerreros tebaicos.

Tenan remedios secretos como los sacerdotes de Isis.

Algunos se abstenan de la carne de los animales y del uso de la
palabra como los discpulos de Pitgoras. Otros usaban la tnica y el
gorro de los frigios, y otros, en fin, cean sus riones como el hombre
primitivo.

Las rdenes de las mujeres no presentaban armonas menos maravillosas.

Su vida era casta como la de las musas. Cantaban con una voz melodiosa y
habitaban en lugares retirados.

Algunas usaban velos y bandas como las vestales, otras tnicas flotantes
como las romanas, o cascos y armaduras como las jvenes srmatas.

Unas se dedicaban al cuidado de los nios abandonados, como otras tantas
madres dadas por la Providencia, otras vendaban las heridas de los
guerreros, como las princesas de los siglos heroicos y las castellanas
medioevales.

Guardaban las memorias de las Eloisa y de las Chantal, de las Luisa y de
las La Vallire; contaban entre los suyos los nombres de muchas hijas y
de muchos amantes de reyes que haban cambiado los esplendores del lujo
y las ilusiones de la voluptuosidad por el sayal y los trabajos de la
penitencia.

En fin, cuanto ms profundizo la historia de esos monjes tan
desacreditados, ms admiro y venero la extensin de sus trabajos.

Caballeros de la fe en Rodas y en Jerusaln; holocausto de la fe entre
los idlatras; conservadores de la cultura en toda Europa y propagadores
de la moral en ambos hemisferios; artistas y literatos en la China;
legisladores en el Paraguay; instructores de la juventud en las grandes
ciudades y patrones de los peregrinos en los bosques; hospitalarios en
el monte de San Bernardo, y redentores de cautivos en Argelia, yo no s
si las malas acciones que se les atribuyen podran contrapesar tantos
servicios; pero se me ha demostrado que una institucin perfecta sera
contradictoria a nuestra esencia, y que si es verdad que las
asociaciones monsticas no carecen de inconvenientes, es porque el genio
del mal ha impreso su sello en todas las creaciones humanas.

Qu esperabas, pues, de tus orgullosas tentativas, innovador
sedicioso? Anonadamiento o perfeccin? El primero de esos deseos es
quizs un crimen; el segundo es seguramente el ms vano y el ms
peligroso de los errores. Lleva, si quieres, la antorcha de Erstrato al
edificio social; mi corazn est bastante amargado para aprobarte; pero
puesto que el Cielo ha querido que habitsemos una tierra en la que todo
es imperfecto, a excepcin del dolor, no ensayes ms esas reformas
parciales que slo servirn de monumentos a tu nulidad.

Y qu! ellos han analizado el corazn del hombre, han sondado todas
sus profundidades, han estudiado todos los movimientos y no han
presentido siquiera una sola de esas ocasiones para las cuales la
religin haba inventado los claustros! Terrores de un alma tmida que
carece de confianza en sus propias fuerzas; expansin de un alma
ardiente que tiene necesidad de aislarse con su Creador; indignacin de
un alma afligida que ya no cree en la dicha; actividad de un alma
violenta amargada por la persecucin; debilidad de un alma consumida
que la debilidad ha vencido; qu especficos oponen ellos a tantas
calamidades? Preguntdselo a los suicidas.

He ah una generacin entera a la cual los acontecimientos han dado la
educacin de Aquiles. Han tenido por alimentos la medula y la sangre de
los leones; y ahora que un gobierno, que no deja nada al azar y que fija
el porvenir[A], ha restringido el desarrollo peligroso de sus
facultades; ahora que se ha trazado a su alrededor el crculo de Popilio
y que se le ha dicho como el Todopoderoso a las olas: De aqu no
pasaris, sabis lo que tantas pasiones ociosas y tantas energas
reprimidas pueden producir de funesto? sabis cun prximo est a
abrirse al crimen un corazn impetuoso entregado al aburrimiento? Yo
declaro con amargura, con espanto: la pistola de Werther y el hacha del
verdugo han diezmado nuestras filas!

ESTA GENERACIN SE LEVANTA A DIOS Y PIDE CLAUSTROS.

Paz completa a los dichosos de la tierra, pero maldicin a los que
niegan un asilo al infortunio. El primer pueblo que consagr entre el
nmero de sus instituciones un lugar de reposo para los desgraciados,
fue sublime. Una buena sociedad provee a todo, incluso a las necesidades
de los que se separan de ella por su gusto o porque no tienen ms
remedio.

Mientras tanto, haba vuelto al piso superior y, apoyndome contra una
columna gtica, adornada con tristes emblemas, advert unos caracteres
penosamente trazados sobre una de las caras del zcalo, y le lo
siguiente:

Viendo la ceguera y las miserias del hombre, y esas contrariedades
sorprendentes que se descubren en su naturaleza, y mirando al universo
entero mudo y al hombre sin luz, abandonado a s mismo y como extraviado
en este rincn del universo, sin saber quin le ha puesto en l, qu ha
venido a hacer, cul haya de ser su destino futuro, yo me espanto como
el hombre a quien hubiesen llevado dormido a una isla desierta llena de
peligros, y se despertase sin conocer dnde est ni los medios de
salir; reflexionando sobre esto me admira cmo el hombre no se desespera
por tan miserable estado.

En estas lneas Pascal ha bosquejado toda la historia del gnero
humano.




ADELA

1820

PREFACIO[B]


Estamos lejos de la poca en que el lector deseaba en las novelas esos
desarrollos hbilmente conducidos que aumentan el inters de una accin
a la que concurren todas las circunstancias; esos detalles de costumbres
y de caracteres que hacen vivir en el espritu las cosas y las personas,
el atractivo extraordinario y punzante de las combinaciones libres de la
imaginacin, conciliado a fuerza de arte con la verosimilitud de la
historia. A la generacin actual, impaciente de sensaciones fuertes y
variadas, le importa poco encontrar en las producciones del espritu
esa acertada medida, esa exquisita conveniencia, en estilo tan puro y
tan delicado que distinguen a los inimitables novelistas de Francia y de
Inglaterra, a los Lesage y a los Fielding, a los Rousseau y a los
Richardson. El alma no sale casi de su situacin actual ms que para
cambiar el orden de sus emociones, para renovar la especie, para
distraerse por sensaciones ms poderosas; y es muy cierto que las
emociones puramente sociales de nuestro siglo han debido hacernos ms
difciles a las emociones novelescas. Ahora, cuando nuestra curiosidad,
aguijoneada por una increble variedad de cuadros que no ha buscado, se
decide a buscar algo fuera de la esfera de las ideas positivas, es
natural que se interese menos por los hechos que por las pasiones, por
las circunstancias materiales de un relato que por el sentimiento
indefinido que har nacer, ver las aventuras verdaderas o falsas de un
personaje indiferente que por no s qu _idealidades_, las cuales, sin
constituir un carcter particular, corresponden ms o menos con las
necesidades, los afectos, las ilusiones de la mayora, en las pocas
desgraciadas de la sociedad. Este orden de ideas es lo que se llama
desde hace algn tiempo la _ola_ en literatura, y ya se sabe que la
literatura es la expresin escrita de la moral. Esto es lo que quera
decir para justificar el gnero de esta obra, en la que no se
encontrarn ms que caracteres esbozados, hechos entrevistos, el cuadro
defectuoso, en fin, de una obra ms que mediocre, que no he tenido el
tiempo, ni el talento, ni la fuerza de hacer mejor.

Como es mi hroe, con todos sus errores y pasiones, el que habla, pido
permiso al lector para hablar de l. Para Gastn ha pasado ya la edad de
las ilusiones, y no es que su corazn est fatigado, pero s marchito
por la experiencia. La costumbre de los disgustos le ha hecho sombro y
tmido. La costumbre de los desprecios le ha hecho desconfiado. Es como
todos los hombres que han sufrido mucho. Teme las emociones nuevas
porque siempre ha perdido en el cambio, pero las experimentar
necesariamente porque hay almas que sienten la necesidad de ellas y las
buscan a su pesar. Su sensibilidad se ha debilitado, pero l la cree
extinguida. Su mismo estilo ser ms sencillo, ms descuidado que de
ordinario. La poesa de las expresiones se decolora con la poesa de los
sentimientos. No obstante, la primera chispa que reanimar este volcn
har salir de su seno relmpagos ms amenazadores que nunca. Esto no
ser una serie no interrumpida de ideas y de acciones vehementes, una
manera continuamente violenta de ser y de sentir; sern movimientos
raros, pero impetuosos y terribles, que, no obstante, no producirn
nunca el mal absoluto, excepcin distintiva y cierta en favor de las
pasiones que tienen su fuente en una organizacin elevada. No intentar
disculparme por haberme encariado por su carcter, ni tampoco dir las
razones particulares que me han decidido a pintarle bajo diversos
aspectos. El inters que me haya tomado a mi pesar, no excusar la
multiplicidad de mis ensayos. Por haber vivido en un orden de
sensaciones afortunadamente poco comn, no se adquiere el privilegio de
escribir malas novelas.

Esto exige una justificacin ms especial. Con su corazn recto, pero
muy exaltado, Gastn no ha podido defenderse de la influencia del
espritu de paradoja que ha presidido por completo la educacin de las
ltimas generaciones. Este espritu se desarrolla en razn de la
situacin de Gastn, cuando la dicha de su vida viene a depender de una
regla de conveniencia social y siente la posibilidad de justificar a sus
propios ojos una falta por un sofisma. Una novela no es una conclusin y
menos an las opiniones de un personaje de novela, que no pretende ser
eminentemente razonable, contra las conveniencias pblicas a las que la
razn de los siglos ha reconocido la importancia. Por otra parte, no
ser yo el que acuse a los hombres que declaman contra ciertas
consecuencias por aversin a todos los principios, y que no combaten, en
el fantasma de la nobleza actual, ms que la existencia an positiva de
la monarqua... Hay que confesar que nunca hubiera estado ms fuera de
lugar semejante gnero de agresin.

No me queda ms que una palabra por decir. Importa poco al pblico que
yo haya escrito tal o cual novela, pero a m me importa muchsimo no
haber escrito ms que las mas. Puesto que mi nombre, que yo no crea
tuviese tanto crdito, ha podido convertirse para algunos libreros en un
objeto de especulacin, aprovecho la ocasin para declarar que esta
ltima obra es con _Juan Sbogar_, _Teresa Aubert_ y los volmenes
publicados con el ttulo de _Cuentos_, _Novelas y Miscelneas_, todo lo
que yo he hecho en este gnero. Estos escritos no merecen, ciertamente,
mayor consideracin que los que me han atribuido y me atribuirn an,
pero son mos.

GASTN DE GERMANC A EDUARDO DE MILLANGES

_Germanc, 12 abril 1801._

S que te place, mi querido Eduardo, el haberme sugerido esta idea.
Acostumbrado a partir contigo todas mis penas y todos mis placeres, a
extraer de tu corazn todos mis consuelos y todas mis esperanzas, a no
creerme seguro de la posesin de un pensamiento o de un sentimiento al
que t no te encuentres asociado en algn modo, ahora, separado de ti
por la fuerza de los acontecimientos, lanzado en medio de una nueva
existencia, me costara demasiado trabajo el no saber dnde depositar
cada una de las emociones que este orden de cosas me destina. Nosotros,
afortunadamente, hemos atenuado la tristeza de esta vida solitaria,
obligndonos a darnos fiel cuenta de nuestras jornadas, de nuestras
aventuras, de nuestros proyectos, de nuestros secretos y dulces
ensueos, de modo que cada uno de nosotros, al recibir al final de cada
mes el diario sincero de su amigo, pueda an identificarse con l como
antes, volver a vivir todas las horas pasadas. El cambio continuo de los
secretos y la confianza de todos los momentos, har nulos los efectos
del tiempo y del espacio y disminuir el rigor de la ausencia.

Ya hemos previsto que la calma de tu carcter, la dulzura de tus
costumbres y la gravedad de tu espritu, te asegurarn das tranquilos y
apacibles, que las tempestades del mundo casi no alterarn. La
exaltacin de mi cabeza, el ardor de mis pasiones, mi propensin al
entusiasmo, y quizs a la locura, como t dices algunas veces, te han
dado lugar a suponer que mis relatos sern ms variados y ms animados
que los tuyos. De acuerdo con este clculo, t te encargars de la parte
filosfica, de la parte razonable de nuestra correspondencia, y yo te
proporcionar un diario novelesco bastante extravagante. No esperes otra
cosa. La hiptesis fundada por lo que se refiere al pasado, es falsa,
absolutamente falsa para el porvenir.

Tengo veintiocho aos, Eduardo mo, y, lo que es ms raro a esta edad,
la experiencia de una docena de aos de desgracias. He vivido de prisa,
porque mi sensibilidad, que era mi vida, se ha consumido en ensayos
infructuosos y en efectos estriles. Las calamidades de la revolucin,
los peligros de la proscripcin y de la guerra, las agitaciones siempre
renacientes de una vida incierta y mvil, las prdidas mltiples, vivas
y dolorosas, todo esto, sin duda, ha podido imprimir a mi organizacin,
a mi carcter, al movimiento de mis pensamientos, a la direccin de mis
expresiones, yo no s qu algo de singular, de inusitado, de raro, esa
especie de exageracin, en fin, de la cual t censuras con tanta razn
las desviaciones; pero, en realidad, yo no necesitaba ms que entregarme
a la naturaleza y a m mismo, encontrarme libre de todas las impresiones
extraas que fatigaban mi corazn, volver al reposo delicioso de la
soledad y al crculo de los deberes fciles, para renovarme. No
llegars a imaginar la tranquila esperanza de que estoy posedo desde
que he atravesado el umbral del viejo castillo paterno, y he
contemplado, a travs de los vidrios de mi habitacin nativa estos
bosques, estos campos magnficos, estos bellos espacios de verdura, tan
familiares y tan caros a mi infancia.

Mi madre me ha recibido con ternura, pero con una ternura mezclada con
ese aire ceremonioso que t ya conoces, y que rechaza, por decirlo as
hasta el fondo del alma, un sentimiento pronto a estallar. Qu cruel
es, Eduardo, no poder expresar lo que se siente a una persona a la que
se ama y a la que se tiene el derecho de amar, sin violar las
conveniencias! Pero me he contenido.

Para visitar el departamento de mi padre he tenido que reunir todas mis
fuerzas de hombre; fue en aquel lugar donde yo le vi por ltima vez y
donde recib sus ltimas instrucciones y sus ltimos besos, cuando yo
esperaba volver a verle y recibir sus besos despus de haber cumplido
mis deberes para con el prncipe y la patria. Qu prdida tan grande!
t, que pudiste apreciar sus cualidades, lo sabes mejor que nadie; la
elevacin de su espritu, la pureza y la sencillez de sus costumbres y
esa filosofa tranquila y religiosa, le hacan tan superior a la
adversidad, que todas las vicisitudes parecan para l motivos de
alegra. Dios no ha permitido que me asistiese por ms tiempo con sus
consejos y que me guan entre los escollos de la vida. Me ha dejado solo
sobre esta tierra, y ante la idea, ante la conviccin de mi abandono
absoluto, se me parte el corazn. Te dejo un instante para llorar.

_17 de abril._

Me he trazado un plan de vida que seguramente te sorprender. Por de
pronto, tengo la intencin de ver a muy poca gente, la menos posible.
Tengo la intencin de fortalecerme, de rehacerme por completo, y para
esto necesito recogimiento y soledad.

Todo mi servicio se limita a Latour, a quien t conoces, a ese valiente
Latour que ha hecho conmigo las campaas de la Vende y que ms que un
criado es un compaero seguro, un amigo fiel, sin el cual no podra
pasar mi corazn. Su presencia de espritu me ha salvado la vida en dos
ocasiones, en las que, adems, se distingui por prodigios de valor que
le atrajeron la amistad de los oficiales, la estimacin del ejrcito y
que le asimilaron a mis ojos a lo que yo conozco entre los hombres de
ms noble, de ms generoso y de ms eminente. Si l hubiera deseado otro
estado, otra condicin de vida, yo soy, afortunadamente, bastante rico
para habrselo podido proporcionar. Est, pues, conmigo, por su
voluntad.

Como es difcil vivir mucho tiempo sin ocupacin, o, mejor dicho, como
yo no puedo pasar, de cuando en cuando, sin aficionarme a algo para
distraerme de la vida, he vuelto a la botnica, mi dulce estudio de aos
pasados. Voy a volver a comenzar mis herbarios destruidos y a renovar
mis relaciones con esas ricas familias de vegetales entre las que, un
largo alejamiento, me han hecho casi extrao. Necesito decirte qu
goces inexpresables me procuran esos dichosos recuerdos a los que se
asocian tantos dichosos recuerdos y tantas armonas encantadoras? Dulce
privilegio de los placeres sencillos y puros de la adolescencia; que no
se pueda renovar ni uno solo sin que todos los dems vengan a enlazarse
a l para embellecerlo an ms!

Puedo volver a ver, por ejemplo, esa encantadora hierba doncella, tan
querida de Rousseau, sin acordarme de que cuando tu primera visita a
estos campos nos gustaba tomarla sobre la alfombra fresca y sombreada de
este bosquecillo, en memoria de un escritor cuyas obras adorbamos? La
aguilea no es rara en las tierras ligeras y arenosas que bordean el
bosque, pero, Luca, a la que siempre llorar, la prefera a todas las
flores. Un agavanzo herido por los rayos ardientes del Medioda o
pendiente de una rama rota por la tempestad, me recordar el que Fanny
me dio y que yo dej secar y marchitar sobre mi corazn. Un bosquecillo
de serbales me traer el recuerdo de Victoria, y jams ver o t, el
ms lindo de los rboles! tus pequeas hojas aladas, tan finas y tan
ligeras, y tus amplios corimbos de flores blancas o de frutos
perfumados, sin sentir arder mis labios y mi sangre al primer beso de
amor que yo recib bajo tu sombra.

_18 de abril._

Ocupo ahora la ltima habitacin del ala derecha del castillo, la que da
sobre el lago circular por el cual tantos paseos habamos dado en
nuestra infancia.

Aparte de los objetos necesarios, en ella slo encontraras dos
retratos, el de mi padre y el tuyo, un piano y algunos libros. En este
ltimo captulo, sobre todo, he hecho grandes economas, pues estoy
convencido de que, a excepcin de un pequeo nmero, los libros slo son
buenos para los ociosos y ciertos espritus perezosos incapaces de
pensar por cuenta propia. Aun ir ms lejos: la _Biblia_ es la nica
obra indispensable que yo conozco, y me parece que al drsela al hombre,
Dios le ha dado todo lo necesario para su inteligencia. Por eso yo he
conservado la costumbre de leer todas las noches un captulo segn el
estado de mi espritu. As, por ejemplo, cuando tengo la imaginacin
encantada por mil ensueos pastorales que me han mecido en el curso de
mi paseo, yo encamino mi pensamiento bajo las tiendas de los patriarcas,
o entre los segadores de Belem, y asisto con la imaginacin a las bodas
de Ruth.

En cambio ha disminuido mi entusiasmo por Osin y aun por Shakespeare.
En general me voy deshaciendo, tanto como de m depende, de la
influencia de los sentimientos novelescos, sin buscar, no obstante, un
gnero de ilusiones mil veces ms miserable en esas soberbias vanidades
de la filosofa que llaman conocimientos positivos, como si hubiera algo
positivo en la tierra y como si lo poco que Dios nos permite ver en sus
obras fuese otra cosa que un pasto entregado a la orgullosa ignorancia
del hombre.

No puedo prescindir, claro est, de algunos mtodos de botnica; pero
como la coleccin de mis especies no ser nunca muy considerable, me
atengo a los mtodos ms antiguos y ms sencillos. Soy de opinin que
los hombres de los tiempos pasados tenan de la naturaleza ideas ms
bellas y ms conmovedoras que nosotros, y que esa manera religiosa e
intelectual de penetrar en sus misterios, que distingue a nuestros
antiguos escritores, vala ms que las estriles ventajas que nos
proporciona el perfeccionamiento del anlisis. Los hombres de nuestro
tiempo se parecen a esos nios que rompen sus juguetes para conocer el
secreto de su construccin; roto el juguete, qu queda de l?; un
resorte de acero, un pedazo de vidrio, un cascabel; y, en cuanto al
encanto, ha desaparecido.

_21 de abril._

Renovarme! te deca el otro da; ay! si pudiese solamente
distraerme... olvidar! No deseo, no espero la dicha, pero s un reposo
duradero y profundo, una libertad sin reserva. Te he repetido con
frecuencia que no odio la vida por las cosas que en ella se encuentran y
que, en general, me atraen y me retienen. Comprendo esas ilusiones y
las buscara de buena gana. Odio la vida tal como los hombres la han
hecho, como una obligacin mutua, como un deber social que somete mi
independencia a intereses reconocidos, a conveniencias establecidas sin
contar conmigo. La odio, como todo lo que no es espontneo en la
voluntad de la criatura sensible, fuerte e inteligente que Dios se ha
dignado formar a su imagen. Convn conmigo en que es vergonzoso el
pensar que vivir no es un acto libre y que el alma est condenada por
anticipado a la existencia... qu digo? a la inmortalidad, sin haberlo
consentido...

Esta disposicin de espritu en que he cado desde hace algunos das, me
ha procurado, no obstante, una dulce emocin, una emocin tanto ms
agradable, porque no estoy acostumbrado a ella. Mi madre; alarmada por
mi melancola, ha querido averiguar el motivo y oponer a las penas de mi
corazn el encanto de los consuelos y de las esperanzas. Yo me he
estremecido con una involuntaria alegra al pensar que me amaba lo
bastante para compadecerme, y despus he lamentado amargamente el
haberla disgustado por un motivo tan poco fundado, porque yo mismo me
vera bien embarazado si quisiera explicarme lo que ella llama mi dolor.
Creers t que ella ha supuesto que el amor... el amor! miserables
ilusiones de nio de las que yo tantas veces he reconocido la
frivolidad!... el amor! Ah! sin duda, yo amo a las mujeres en sus
brillantes armonas con la naturaleza, como una de las obras ms
encantadoras, como uno de los ms seductores ornatos de la creacin; las
amo como a las flores, como amara a criaturas animadas y pensantes que
tuvieran, en el desarrollo de sus ideas y de sus sentimientos, la gracia
y la delicadeza de las flores. Hay algunas que las distingo de las
dems, y entonces experimento la necesidad de ocupar su espritu o de
interesar su corazn. Si una de sus miradas cae sobre m o se encuentra
con las mas, siento, como antes, que mi corazn palpita ms de prisa,
que mis ojos se turban, que la sangre llena mi pecho y afluye a mis
mejillas, que mis nervios se exaltan por no s qu confusin vaga y
dulce de vergenza y de placer, de inquietud y de ternura. Me acuerdo,
en efecto, del tiempo... Qu hombre no ha sido presa alguna vez de los
errores de la adolescencia frvola, crdula y desocupada?... El roce de
un vestido o de un chal, el movimiento de una pluma flotando entre los
cabellos de una mujer, el juego de luz que centellea sobre la pedrera
de su peinado o de su pecho, la meloda de una voz de ngel que el
viento hace llegar de lejos, a travs de todos los ruidos y cuyo sonido
vibra largo tiempo, la menor cosa basta entonces para absorber todos los
pensamientos y para suspender toda la existencia. Hay instantes, horas,
das enteros, en que uno est abstrado, a su pesar, por una imagen
encantadora que le llama, que le persigue, que vanamente tratar de
evitar, que encontrar en todas partes y cuya perfeccin ideal est
compuesta por los rasgos de mil mujeres diferentes, o, todo lo ms, por
los de una mujer a la que no se ha visto jams. Cuntos aos hace falta
vivir, mi querido Eduardo, para no sentir semejantes quimeras?...

Oh amigo mo! puedes estar seguro de que en el mundo que habitamos hay
almas a las que se castiga por una culpa antigua, o a las que se castiga
tal vez anticipadamente por una falta que inevitablemente han de
cometer, almas de expiacin que llevan durante una generacin todo el
peso de la venganza divina, y que estn condenadas al amor de lo
imposible, como si el supremo poder que no puede, sin contravenir sus
propios decretos, separar el infinito de la eternidad, hubiese querido
dar la sensacin de la nada en el presente; aquellos que tienen la
facultad deplorable de concebir, de ver con la imaginacin
voluptuosidades ante las cuales las de la tierra resultan plidas, se
aniquilan estrilmente. As, todo lo que yo comprendo ahora del amor, no
pertenece al tiempo ni al espacio en que estoy encerrado. Es algo como
la sensacin prematura de una dicha futura que no tiene nada de
terrestre, que es ilimitada, que llenar un da el vaco inmenso de mi
corazn, que colmar toda la ambicin de mis deseos. Qu queris
grandes dioses! que pida a la mujer que consienta en amarme? qu podr
esperar de ella? El compromiso de los seres tan dbiles, tan pasajeros,
que no conocen, que no aprecian siquiera el instante en que gozan, que
no pueden responder de la ms prxima de sus emociones, que se
extraaran todos los das de s mismos si todos los das adivinasen lo
que les haba de ocurrir al siguiente? Una transaccin, un contrato de
algunos aos o de algunos meses, que una circunstancia imprevista, los
celos, el despecho, el pensamiento, puede modificar; que se altera por
la duracin, que se disuelve por la suerte, y que un desprecio, un
capricho, una enfermedad, pueden cambiar en aversin?... No! no!

Nada finito, nada perecedero puede bastar a la necesidad de amar que me
atormenta. Es preciso que yo relaje, ya lo ves t, que yo rompa todos
los lazos que me atan a los afectos de un da, para situarme en este
camino seguro del cual mi vida es la fatigosa preparacin. Es preciso,
para gozar plenamente de lo que yo ame, que encuentre en la dicha de
amar y de ser amado, la seguridad de una eternidad completa y, aun la
eternidad misma ser bastante larga para amar?

El amor de una mujer!... de una mujer mortal!... qu entiendes por
ello?... Una sonrisa llena de encanto, un timbre de voz que turba y
trastorna los sentidos, un apretn de una mano que quema?... Ya s qu
es eso. Pero, esa mano y ese corazn se convertirn en polvo, y el polvo
de mi corazn no se confundir con ella, y lo que quede de m ser para
siempre extrao a esa alma que un momento ha reemplazado a la ma. Eso
no es posible, y el amor de que hablamos, Eduardo, no es ms que una
invencin de nuestra vanidad. No hay cosa ms terrestre que el amor! Es
la primera conquista del hombre que resucita.

_25 de abril._

Ya hace algunos das que saba que anoche tenamos que visitar a la
seorita de Valency, el nico retoo de esa ilustre familia y
propietaria del castillo vecino. Ya haba perdido de vista a esa joven,
que no tiene ms de veinte aos, y que era an una nia cuando yo sal
de aqu, pero conservaba el respetuoso recuerdo de su ta Adelaida, la
priora, mujer de un espritu sensato y de la mayor virtud, que me dio
lecciones en mi tierna juventud, y a la cual, quiz, debo este fondo de
piedad, que si no me ha preservado de muchos errores, al menos me ha
consolado en no pocos reveses. Excuso decirte que me produjo la ms viva
alegra el saber que el Cielo ha protegido su existencia en medio de los
funestos acontecimientos que le han arrebatado a todos los suyos.

Eudoxia de Valency es de una estatura elevada y bien proporcionada; su
porte es majestuoso, pero no exento de afectacin. Sus facciones tienen
una expresin notable, pero me parecen algo estudiadas. La sonrisa, ese
amable ndice de la satisfaccin de s mismo, se detiene alguna vez
sobre sus labios, pero es ms frecuente ver en ellos una mueca de
desdn. Intilmente he buscado, intilmente he esperado en su
conversacin un movimiento, un gesto, una inflexin que revele un
pensamiento cordial. Su abandono mismo est tan cuidadosamente
estudiado, hay tanta mesura en su aparente libertad, tanta
circunspeccin en su franqueza, que, al verla, experimentaras el
sentimiento penoso que producen las imitaciones demasiado exactas de la
naturaleza que no son la naturaleza y que chocan en fuerza de su
parecido. No he de decirte si sus trminos son escogidos, si su
elocucin es adornada y si en sus discursos brilla la ilustracin.
Conoce tres lenguas y hace versos. Cuando nosotros entramos, pareca
meditar profundamente no s qu pasaje de un libro abierto sobre su
pupitre; al aproximarme reconoc en aquel libro una de las obras
maestras de nuestra metafsica, obra maestra, en efecto, de toda la
aridez de corazn aliada a toda la presuncin de espritu. Yo dara
inmediatamente una buena parte de mi vida por estar persuadido de que no
hay ninguna mujer que lea a Condillac, como estoy convencido de que no
hay ninguna que lo entienda; y creo que no faltaba ms que esto para
indisponerme irrevocablemente con todo el sexo.

Mi madre ha notado que la seorita de Valency ha cambiado de
departamento; y nunca adivinars la razn. Imagnate que en la
extremidad del jardn ingls sobre el cual da su saln y su tocador, hay
una cascada, a decir verdad, poco ruidosa, pero cuyo sordo murmullo
resulta un poco molesto. En los bordes del pequeo estanque que forma la
cascada al caer, han sido plantados unos cuantos sauces llorones, rbol
que odia la seorita de Valency. Despus, la exposicin de todo el
departamento es al sol naciente, cuyos primeros rayos van, a pesar de
todos los obstculos, a posarse todas las maanas sobre sus prpados an
somnolientos. Figrate t la impresin que me ha producido una mujer
que no ama el sol naciente, ni el follaje de los sauces llorones, ni el
rumor del agua lejana, y que, adems, lee a Condillac o quiere hacerlo
ver!

La seora Adelaida est enclavada en la cama por una extraa enfermedad
que mina y consume su vida y que, quizs, arrebatar bien pronto al
mundo los ejemplos de su santa existencia. He conseguido que me
introdujesen en su habitacin o, mejor dicho, en la modesta celda que
ella misma se ha asignado en el castillo. Estaba acostada, pero vestida,
con las manos cruzadas sobre el pecho. Un crucifijo de madera negra
penda de su cabecera. Cerca de la cama una mesita cubierta de libros
piadosos y con algunos ramos benditos ya casi secos, adosados contra la
pared. Al ruido que yo hice al entrar se volvi hacia m y me dirigi
una sonrisa. Es usted--me dijo--, mi querido Gastn? A mi edad, y
despus de una tan larga ausencia, casi no poda esperar volver a verle.
Loado sea Dios por la nueva gracia que me ha concedido!... Pero no crea
usted que la Providencia no haya tenido sus motivos para salvarle de
tantos peligros. Usted prometa ser bueno y generoso en sus
inclinaciones, moderado en sus pasiones, y el ejemplo de las gentes de
bien es un tesoro para el siglo. Yo estaba conmovido hasta saltrseme
las lgrimas. Su palidez, su debilidad, su voz casi imperceptible, me
atormentaban con la idea de una separacin prxima y eterna. Yo vea que
ella se esforzaba en demostrarme que estaba mejor para causarme menos
pena. Me retir muy emocionado.

He de confesarte que la seorita de Valency no gana nada al compararla
con una mujer semejante. No obstante, el juicio que he formado de la
joven Eudoxia despus de un cuarto de hora de conversacin vaga, de
relaciones insignificantes, en medio de las conveniencias embarazosas y
del temor de una primera visita, podra ser tambin el efecto de una
prevencin mal fundada. Soy tan propenso a dejarme sorprender por no s
qu apariencias de simpata ridcula o de antipata injusta! pero yo
ahora te hablo con arreglo a mi pensamiento. Y dgase lo que se quiera,
Eudoxia no tiene nada que reprocharse; yo admito que es perfectamente
bella; dudo de que se pueda tener ms talento; quiero creer, con todo el
mundo, que es difcil practicar la virtud de una manera ms exacta y
ms severa; pero tiene una clase de virtud, una clase de talento y una
clase de belleza, que nunca sern de mi agrado.

_29 de abril._

Hay gentes a quienes la mana de ser grandes les hace descender a
pequeeces que uno creera con trabajo si ellas mismas no diesen todos
los das ocasin de presenciarlas. En cuanto a m, esto me causa una
indignacin tan violenta, que no soy dueo de contenerla y que me obliga
absolutamente a demostrarla cuando me tropiezo con una de esas personas.

Mi padre se senta orgulloso de uno de sus antepasados, un simple
jurisconsulto del siglo XVI, pero escritor de una ciencia y de una
erudicin poco comunes, que se distingui por sus obras muy preciosas
sobre la jurisprudencia y las leyes de los tiempos antiguos, y que
interpret con una sagacidad exquisita textos importantes, pero
confusos, que los ms hbiles no se haban atrevido a poner mano sobre
ellos. Hay que hacer notar, de pasada, que es a este grande hombre a
quien mi familia debe su ilustracin y que mi nobleza data de l, lo que
no prueba que venga de muy lejos, pero tampoco prueba que tenga un
origen indigno, y esto s que sera una gran desgracia.

El azar me ha conducido hoy a un saln del castillo, que yo haba visto
ya en otra ocasin, tapizado de retratos de familia, y he reconocido
todas las augustas imgenes de los antepasados de mi madre, con sus
escudos, sus condecoraciones y sus armios; pero he buscado intilmente
lo que me interesaba ms en aquella galera genealgica, la imagen del
sabio respetable cuyos vastos y tiles trabajos han fundado mi fortuna y
han dotado mi nacimiento con la herencia de un nombre querido a la
sociedad. La memoria de este retrato era tanto ms viva en m, por
cuanto, como ya te he dicho, mi padre senta una singular veneracin por
l y lo mostraba con preferencia a las visitas que recibamos en el
castillo. Yo hubiera podido sealar con el dedo el sitio en que lo haba
visto, pero decididamente estaba vaco, y te dejo adivinar la causa de
su supresin. Me avergonzara de decrtela, tanta ingratitud y tanta
ridiculez encuentro en ella.

Al volver al departamento de mi madre me he informado de los motivos de
un cambio tan extrao; ella me ha contestado, ay! como yo esperaba;
pero he insistido con una firmeza respetuosa y el retrato ha sido de
nuevo colocado en su sitio.

_2 de mayo._

Eudoxia nos ha devuelto esta maana la visita que ltimamente le
hicimos. Vena acompaada de un caballero de los alrededores, llamado
Ferreol de Montbreuse. Yo no te haba hablado an de Ferreol de
Montbreuse, a pesar de que todo el mundo habla de l aqu. Es un hombre
de treinta y seis aos a lo ms, pero cuya cortesa serena, la gravedad
inalterable y la severidad reconocida de costumbres y de principios,
haran honor a un hombre de ms edad. Me haban hablado de su trato como
de la ventaja ms real de mi estancia en Turena, y, no obstante, yo no
haba tratado de frecuentarle. Tengo en singular estima la perfeccin,
pero sta carece para m de ese atractivo que se apodera del corazn y
que mi corazn necesita experimentar. T eres el nico amigo que yo haya
recibido de la sociedad (la naturaleza me haba dado otro), t eres el
nico, repito, que me haya reducido a sufrir, a perdonar, ese defecto
desolador e inimitable de la perfeccin; pero la tuya tiene algo tan
natural, tan involuntario, tan desconocido para ti mismo; forma en ti un
conjunto tan inseparable, que uno se acostumbra sin darse cuenta.
Cualquiera que sea el mrito del seor Montbreuse, se pretende que haba
tenido la dicha, por un momento, de ocupar los nobles pensamientos de
Eudoxia; dos almas tan solemnes eran dignas de aproximarse. El
descalabro de su fortuna le ha impedido ir ms adelante. Es bien
lamentable que despus de una revolucin, las familias que han corrido
los mismos peligros, los parientes, los vecinos, los amigos, heridos por
una misma desgracia, no imiten a los nufragos que la tempestad arroja
a una isla desierta y no reunan todo lo que poseen. Qu necesidad
tena yo de quedar tan rico! La noticia del restablecimiento casi total
de la seora priora, me ha causado una alegra tan viva, que no he
podido esperar al da siguiente para rsela a demostrar, y he acompaado
a su casa a la seorita de Valency con una diligencia, que ella
probablemente habr atribuido a otros motivos. Su ta estaba sentada en
un gran silln de brazos, en un rincn de la terraza donde los rayos del
sol, dbilmente atenuados por algunos macizos de lilas, producan un
agradable calor. Al verme ha querido levantarse, pero yo he corrido
hacia ella para impedirlo. Hemos hablado alegre y largamente de mil
cosas distintas y me ha hecho prometer que le contara mis viajes y le
hablara de mis amigos, y le he dicho que t eras el mejor de ellos. Por
su parte me ha recomendado, con cierta autoridad, que cultivase las
relaciones con el seor de Montbreuse, al que slo encontraba demasiado
austero para su edad. En fin, ya era bastante tarde y aun estbamos
hablando, cuando advert que la humedad de la tarde no poda serle
beneficiosa. Entonces entramos en las habitaciones, apoyada por una
parte en mi y por otra en una joven a la que ama mucho y a la que
siempre est elogiando. La llama su amiga, su bienhechora, su ngel
salvador, en reconocimiento de algunos cuidados que ha recibido de ella
durante su enfermedad, y, en efecto, es un ngel esta nia. Yo no me
acuerdo haber visto nada ms gracioso ni ms dulce que sus facciones,
nada ms atrayente ni ms cordial. Es uno de esos conjuntos llenos de
armona y de serenidad en los que la vista se reposa. Has encontrado
alguna vez alguno de esos rostros celestes en los que se lee tanta paz,
tanta dicha, y cuya expresin sobrenatural fascina? Pues algo as es.
Dara cualquier cosa porque la vieses.

Una circunstancia encantadora! mis miradas se han encontrado por
casualidad con las suyas. Entonces, si hubieses visto sus hermosos ojos
inclinarse hacia el suelo, sus largas cejas fruncirse ligeramente, sus
mejillas colorearse con un tinte vivo y fugaz! El ngel se ha
ruborizado; entonces no era ms que una mortal, pero una mortal
adorable y adorada! iba a decir, qu locura! He aqu lo que me han
contado. Es una pobre muchacha a la que sus padres han abandonado sin
que se sepa la causa. Hace ocho o diez aos que dejaron esta aldea donde
vivan de su trabajo, para ir no se sabe dnde. Ciertas personas hasta
aseguran que han acabado bastante miserablemente, pero lo ms probable
es que se trate de personas mal informadas. Lo que hay de cierto es que
la seora priora recogi a la pequea Adela, de la cual era madrina, y
le dio cierta educacin. Si mi Adela te interesa, otra vez te dar ms
detalles, aunque en el fondo no se trate ms que de la doncella de la
seorita de Valency, pues me olvidaba advertirte que con este titulo
vive Adela en el castillo.

Como yo haba ido en el carruaje de la seorita de Valency, he vuelto a
casa a pie a travs del bosque, que es magnfico y en plena vegetacin.
La tarde era de una serenidad deliciosa y la puesta del sol de una
pureza y de una luminosidad incomparables. Prestigios encantadores que
se sucedan en mi espritu como las ideas de un hermoso sueo, suman
mis sentidos en el ms dulce bienestar. Ahora no s por qu me
encontraba tan dichoso, porque desde entonces nada ha cambiado en m,
y, sin embargo!... Qu difcil de comprender es el hombre!

Este bienestar de que yo gozo aqu, prueba por lo menos que no me
equivocaba cuando te escriba que la paz del campo convena a maravilla
a mi situacin actual y cuando yo concretaba toda mi felicidad en dejar
transcurrir oscuramente mis das. Ya veo, pues, que el giro novelesco y
la exaltacin de mis ideas obedecan a otras causas que a las locas
pasiones de la juventud, y esto es lo que nunca han querido comprender
los que me conocen. Y es que yo tengo una conciencia de m mismo que
raramente me engaa.

_3 de mayo._

Ayer por la tarde, cuando acababa de escribirte, Latour entr en mi
habitacin con un aire inquieto y hasta algo asustado. S sent a cierta
distancia de m, guard por algn tiempo un silencio sombro, y despus
empez a murmurar no s qu entre dientes. De qu se trata--le dije--,
mi pobre Latour? Que pierda mi nombre--continu como si hablase
solo--, si no es Maugis, el infame, el execrable Maugis. Se acuerda el
seor de aquel aventurero que se present al general con falsos poderes,
que aprovech cobardemente para entregar al enemigo un destacamento
considerable de los nuestros, y que se substrajo, desgraciadamente, por
una pronta huida al castigo que mereca? He odo hablar de ese
miserable, y creo, como t, Latour, que se llamaba, efectivamente,
Maugis, sea con la nica intencin de ocultar su verdadero nombre, sea
por seguir la costumbre bastante rara de nuestros oficiales; pero, a
santo de qu?... A santo de qu?--exclam--. Ese infernal Maugis, que
yo hubiese reconocido entre mil, no es otro que el honrado Ferreol de
Montbreuse, que usted ha visto hoy, y, sin temor a equivocarme,
afirmar que no hay otro Maugis. Rabia y maldicin! Es una vergenza
para la Providencia ver gentes as gozar del aire y del sol!

Me cost gran trabajo apaciguar la clera de Latour y hacerle comprender
que era imposible que sus sospechas fuesen fundadas, por lo que sali
ms extraado de mi incredulidad que convencido de mis razones.

Me estaba reservado para hoy sostener una discusin ms difcil,
discusin para la cual, por lo que te vengo escribiendo desde hace
algunos das, estaras seguramente ms preparado que yo. Mi madre me ha
hecho entrar en sus habitaciones para hablar de cosas serias, muy
serias, en efecto. Se trataba de perpetuar mi nombre ilustrndolo con
una noble alianza. Fjate bien, ilustrar el nombre de mi padre! Ya
deba saber--ha aadido--que la nobleza de mi familia, por parte de mi
padre, no responda del todo al brillo de mi fortuna; y si la fortuna
tiene alguna ventaja, no es, sobre todo, la de favorecer uniones
honorables que dan relieve al esplendor de nuestros propios ttulos y
los transmiten an ms gloriosos a nuestros hijos? Y luego me ha hecho
comprender modestamente que era una combinacin de este gnero, a la que
deba yo tener la madre que tena. Y yo que cre deberla a la
naturaleza y al amor! Cmo te lo dir? Los Valency son menos ricos que
yo; Eudoxia es menos rica que yo; pero es noble como mi madre y piensa
como ella. El resto ya puedes adivinarlo.

Todo esto me ha producido una sorpresa tan viva y tan dolorosa, que he
tardado mucho tiempo en buscar una idea, y ms an en encontrar una
expresin. Todo lo que puedo recordar, y aun muy vagamente, de aquellos
instantes de confusin y de ira, es que pronunci algunas palabras en
solicitud de un plazo de unos meses para dedicarlos a la reflexin y
seguramente, aad, para que no se hiciera ilusiones, que de otro modo
nada obtendran de m, porque mi madre sali dirigindome una mirada ms
severa que de costumbre. Es, no obstante, probable que no haya esperado
ganar gran cosa haciendo violencia a mi corazn, porque ha accedido a mi
demanda antes de que yo hubiese encontrado fuerzas para renovarla. Por
lo dems, espera mi resolucin dentro de seis semanas, y no es de
suponer que en ese tiempo haya yo cambiado de modo de pensar.

Quiero decirte con esto que he tomado mi resolucin en el mismo
instante, y que sta es invariable como los principios que, hasta hoy,
han dirigido mi vida. No, no comprar mi dicha, y estoy seguro de que la
Eudoxia no me hara dichoso; no comprar con mi tranquilidad, con mi
libertad, con la incertidumbre deliciosa de mis esperanzas, el ridculo
honor de asociar mi nombre al de una mujer a la que no puedo amar. Si yo
concedo algn valor a mi fortuna y a la situacin que ocupo en la
sociedad, es, sobre todo, por la independencia que me da y por la
inmensa amplitud que deja a mis elecciones; porque, en fin... a ti bien
puedo decrtelo, porque preferira cien veces favorecer a mi mujer con
mi casamiento que no que ella me favoreciese a m. Soy demasiado
orgulloso para consentir en aumentar por un prstamo tan odioso la suma
de mi valor personal y para dar esta ventaja sobre m a la vanidad de
una mujer. Antes de sufrir semejante humillacin me casara con la misma
Adela. Adela! Ya lo creo!

_5 de mayo._

Hay ciertos das, das pasados demasiado a prisa, que el azar, que la
Providencia nos trae cuando nuestro corazn, demasiado fatigado por los
disgustos, tiene necesidad, para no ceder, de volver a saborear la
felicidad, y que compensaran, ellos solos, toda una eternidad de
abandono y de dolores. Si me fuera dable, yo pedira: Que ese da me sea
devuelto, que vuelva a comenzar con todos sus encantos, con todas sus
ilusiones; que me sea permitido vivirlo como la primera vez, sin que
nada distraiga mi pensamiento, gustar sus placeres con la misma
confianza, con el mismo abandono, agotar sus delicias; y despus que la
nada comience su obra!

Cerca del castillo de Valency yo haba notado en el bosque un lugar
fresco y ameno en el que mueren encantadores senderos que parten de las
aldeas inmediatas y que ms lejos van a perderse en la llanura. Esta
especie de vestbulo de verdura, agradablemente sombreado por una amplia
bveda de follaje y tapizado de un csped florido del que se exhalan los
ms dulces olores, ofrece en todas partes pequeos asientos naturales
tan cmodos como si el arte hubiese intervenido en ellos. A corta
distancia se ve brillar a travs del ramaje la limpia superficie de un
estanque de agua clarsima, que encierra el bosque por aquel lado una
vasta muralla de cristal y que atrae sobre sus bordes una multitud
innumerable de pajarillos.

Es all donde yo estaba sentado, contando escrupulosamente los estambres
de una flor desconocida para m, cuando el ruido de un paso ligero y el
roce de una falda distrajeron mi atencin. Era Adela, y aun cuando no
tuviese nada de particular verla all y hasta hubiese esperado
encontrarla no s cmo; aunque Adela no fuese para m ms que una joven
interesante, pero casi desconocida, las palpitaciones de mi corazn se
multiplicaron con violencia; me estremec, tembl; una nube, en la que
entraban todos los colores, turb mi vista, y un desfallecimiento vago
recorri mi cuerpo y embaraz mis pasos; porque al verla me levant, me
acerqu a ella sin mirarla, o, por lo menos, sin verla, y le present mi
brazo sin informarme a dnde iba. Cuando el velo que oscureca mis
prpados comenz a despejarse y pude observar distintamente las
facciones de Adela, not que ella se extraaba de mi proposicin y, a
decir verdad, yo tambin me extra de mi proposicin, pero se la
repet, sin duda, con voz ms segura. Despus de algunos momentos de una
vacilacin llena de gracia, Adela pareci ceder a una orden ms pronto
que acceder a una splica, apoyando ligeramente su mano en mi brazo;
entonces yo fij aquella mano con fuerza, apretando el brazo contra el
costado, y ech a andar precipitadamente en la direccin que Adela
pareca seguir.

Cuando mi agitacin, slo calmada a medias, dej alguna libertad a mi
espritu, advert que la agitacin de Adela no era menos que la ma, no
por sus miradas, que yo evitaba an, sino por el estremecimiento de sus
dedos que mi mano derecha haba asido por un movimiento involuntario y
tena apretados contra mi corazn. Nada ms adecuado para distraernos a
los dos de aquel estado de emocin que la pregunta tan fra y tan
natural que yo haba omitido al principio, y pens que una conversacin
necesariamente menos apasionada, menos tempestuosa, que nuestro
silencio, acabara por devolvernos un poco de tranquilidad. Pregunt,
pues, a Adela a dnde iba y me respondi con una ligera e inocente
sonrisa que era un gran secreto. Tal misterio, puedes creerlo, no me
produjo la menor inquietud. Yo lo haba olvidado ya cuando el ltimo
sonido de las palabras an no haba acabado de agitar el aire. Eran
tales mis pensamientos, que buscaba en mi imaginacin algo nuevo que la
pudiese engaar y engaarme a m mismo sobre lo que yo experimentaba.
Senta a la vez el deseo y el temor de que ella lo adivinase. Me
senta tan dichoso de estar a su lado y tan impaciente por quedarme solo
para pensar en todo lo que le hubiera dicho! Despus de un minuto de
silencio, renov mi pregunta con ms aplomo. Entonces Adela me dijo que
iba a la aldea prxima a llevar un pequeo socorro que la buena priora
enviaba todos los das a una familia enferma. No la o casi, tan ocupada
tena la imaginacin.

Paso rpidamente sobre los detalles de ese paseo de una hora, hora
deliciosa que deba haber sido un siglo y que no ha sido ms que un
minuto. Omito esos detalles porque perderan su encanto con la
descripcin; porque resultaran fros bajo mi pluma y me abrasan el
corazn; porque hay en ellos una flor de voluptuosidad que escapa a las
facultades imperfectas que el hombre ha recibido para expresar y para
comprender; porque yo creera limitar mi dicha limitando el espacio de
mis recuerdos; porque en este relato que se refiere a Adela, hay, no
obstante, circunstancias que no pertenecen a Adela, que me distraeran
de Adela; de un modo o de otro, es cosa bien decidida que Adela tendr
todos mis pensamientos de hoy, todos los pensamientos de mi vida!

_6 de mayo._

Las conveniencias sociales me prescriben ver, al menos, a Eudoxia. El
corazn me lleva hacia su ta. Las he visto. He visto a Adela tambin.
Qu digo, ay! no he visto ms que a Adela.

S, mi querido Eduardo, sera superfluo, sera indigno de m ocultarte
este sentimiento que me domina, que llena, que absorbe mi existencia.
Infierno y paraso! Quin hubiera pensado que a los veintiocho aos la
vista de una muchacha toda sencillez y bondad y nada llamativa, me
subyugara como en el tiempo de la debilidad y la ignorancia de mi
corazn? Quin podra expresar el xtasis y el delirio que yo
experimento al solo recuerdo de sus facciones y al solo rumor de su
nombre? Pero no es eso tampoco. Floto en una atmsfera tan pura de
felicidad, mi pecho se ensancha con una alegra tan pura y tan nueva...
Porque todo es nuevo para esta alma que se despierta an una vez sobre
sus despojos para amar y para sufrir...

Para sufrir. Ya s cunta vergenza y desgracia puede hacer caer sobre
m semejante pasin. Yo no cierro los ojos ante este extrao extravo de
mi imaginacin, o, mejor dicho, ante esta implacable contrariedad de mi
fortuna, que me impulsa obstinadamente hacia todo aquello de lo que
debera huir, y que me hunde tanto ms profundamente en el abismo de mis
resoluciones, cuanto menos esperanza veo en volver a la superficie. Yo
maldigo la locura de mis proyectos, la increble debilidad de mi razn,
que se deja deslumbrar por la menor ilusin y claudica ante cualquier
capricho; me indigno contra m mismo y cedo, no obstante, a la
indignacin que me arrastra sin intentar resistir. Hay ms an. Si yo
conociese un poder capaz de librarme de mis debilidades y de borrar de
mi pecho hasta la traza de un recuerdo, no tendra la fuerza de
invocarlo. Todo lo que los dems hombres encuentran vil y odioso ser
precisamente lo que a m me ate con nudos ms difciles de romper, y
tengo necesidad de decirte que este sentimiento ha adquirido tal
autoridad en mi corazn, que los consejos y las instancias de la amistad
no haran ms que redoblar el mpetu.

Eduardo, mi querido Eduardo, t, en quien el cielo me haba dado un
hermano, un gua y un protector en medio de las tempestades de la
juventud, t que has sido tanto tiempo la luz de mi espritu y el freno
de mis pasiones, no me abandones en el estado de perplejidad en que me
encuentro. Todo lo que he dicho antes no iba destinado a ti.

Oh amigo mo! qu resultar de la violencia de tantos pensamientos
contrarios que me proporcionan a cada minuto un nuevo tormento? Quin
me har triunfar de la imagen que me sigue por todas partes? quin la
desterrar de aqu, de mi memoria, que ocupa exclusivamente, con sus
grandes ojos negros tan nobles y tan conmovedores, sus labios tan
voluptuosamente bellos, el aire de amor y de bondad que flota sobre su
rostro, y su hablar un poco lento cuya franca meloda me penetra?

_8 de mayo._

Quin me impedir buscar en otro sitio la independencia y el gozar en
un olvido profundo, cobijado bajo cualquier abrigo impenetrable a las
miradas de los hombres, la dicha que la sociedad me rehsa? Qu hago yo
aqu, y quin advertir mi ausencia en este torbellino de personas fras
y extraas, continuamente distradas por los intereses de su fortuna y
de su orgullo? No he llenado ya para con mi pas los deberes que me
prescriba mi nombre? El lmite de mis obligaciones se extiende, acaso,
ms all del sacrificio de mi vida cien veces expuesta en los campos de
batalla? Yo abandonar esa sociedad. Opondr a todas mis conveniencias y
a todas las pueriles vanidades de su etiqueta el silencio y la oscuridad
de mi soledad. Llega una poca en que el alma siente la necesidad de
tomar posesin de s misma y de recogerse en meditaciones imponentes,
lejos del caos de los negocios sociales, bien lejos, sobre la cumbre de
un monte que agujerea las nubes y domina las llanuras inmensas y los
mares sin orillas. Me parece que el Creador, al producir su universo
tan completo en belleza, al arrojar una magnificencia tan maravillosa
sobre las obras salidas de sus manos, y al hacer contrastar sus riquezas
de una manera tan humillante con la miseria de nuestros sentimientos, ha
querido revelarnos por un objeto de comparacin sensible la nimiedad de
todos los placeres que nos procuramos fuera de l y de todos los juicios
que fundamos sobre la vana opinin de la multitud. Yo me traslado
algunas veces con la imaginacin al da en que, muy joven an, pero ya
proscrito, ascend por primera vez a las altas cimas del Jura. Cuando se
ha seguido sobre la ms elevada de sus mesetas las sinuosidades de un
camino severo que se prolonga sobre los flancos del Dole; cuando se
llega al fin de ese paseo taciturno en el que, todo lo ms, no se ha
tenido ms compaa que el grito de una vieja guila asustada que se
extraa de or entre aquellas rocas el sonido, olvidado desde hace mucho
tiempo, de una voz humana; cuando parece que la tierra va a faltar bajo
los pies y que con el brazo extendido se va a tocar el azul
solidificado del firmamento, entonces se manifiesta de pronto un
espectculo tan poco vulgar que hace comprender en el mismo instante la
necesidad de una voluntad divina en el misterio de la creacin. Se
creera que el genio de la tierra levanta el teln que separa de un
mundo mgico este mundo de fango y piedra, para introducirse en una
regin de milagros. Yo quisiera describirte esto, pero, con qu
colores?

Imagnate que en la extremidad del bosque de Lavatay, sobre la ltima
cresta de la montaa, hay una pobre casa, que de lejos parece perdida en
el fondo de las nubes, y que se llama _casita de las hoces_, porque los
senderos que antes descendan sobre el camino escarpado del abismo, se
recurvaban sobre s mismos como la hoz del segador. Hoy, que la
esclavitud y el trabajo han construido caminos suntuosos para los
cambios corruptores del comercio y para las invasiones de la guerra, las
_hoces_ se desarrollan de una manera menos amenazadora en las
profundidades del precipicio y la cabra montes, sorprendida de que una
mano servil haya osado embellecer su morada, no se aventura ya en los
caminos del hombre. Permanece inmvil en el ngulo ms saliente de una
roca cortada a pico, y contempla tristemente el cielo, lo nico que la
civilizacin nos ha dejado. Todas las partes del cuadro que se presenta
en conjunto a la mirada, preocupan de tal modo el pensamiento, que hay
que pasar largo tiempo antes de conseguir poner en orden las sensaciones
que se experimentan y de distinguir los detalles; all abajo, donde
acaban el Jura y Francia, un lago que en su inmensidad presenta el
aspecto de un mar; sobre sus bordes las campias romnticas del pas de
Vaud, los paisajes agrestes del Valais, las speras soledades de la
Saboya; confundindose con el horizonte, y tan vasta como l, la cadena
de los Alpes, cuyas innumerables cpulas se agrupan sobre la
semicircunferencia del cielo, diversas de formas, de carcter, de
fisonoma, de color, pero todas afectando al fuego del sol el brillo de
los diferentes metales; las unas resplandecientes como la plata
pulimentada; las otras, segn el efecto de las sombras que se proyectan
sobre sus contornos, mates como el plomo o brillantes como el acero
bruido, con reflejos azules o violados; otras, en fin, tan
deslumbrantes, cuando el sol poniente las inunda, que se dira que son
masas de hierro blanqueadas a la fragua. Aquel da el sol se pona con
tanta magnificencia y en un cielo tan puro! Los vapores del lago,
aspirados por el crepsculo, suspendidos de sus rayos, se balanceaban
sobre las aguas como un ligero crespn teido de rosa, se levantaban
poco a poco desde los pies del viajero hasta las ms elevadas cimas y
desplegaban ante l, sobre el horizonte, un teln inflamado que esparca
sobre todos los objetos el prestigio de su luz; despus, ms densas y
ms oscuras ya, nimbaban, en fin, aquel magnfico espectculo en un
dosel de prpura y de oro cuyo esplendor nicamente palideca ante los
astros de la noche.

Y esas montaas inmensas, deshabitadas, desconocidas en su mayor parte,
no contienen un asilo al que yo pueda llevar conmigo, robarlo a la
curiosidad insolente, a la censura hipcrita el secreto de mi felicidad
y de mi vida! Yo no ser dueo de relegarme, de desterrar mi porvenir.
Morir amarrado a la cadena odiosa que se me ha impuesto, sin hacer un
esfuerzo para romperla! Pero no, no se alabarn de mi esclavitud! Antes
romper todas las cadenas a la vez.

Eduardo, apidate de mi infortunio.

_9 de mayo._

Yo no te haba dicho que la conversacin del otro da haba versado
sobre los casamientos desgraciados, a propsito de ese loco de Subligny
que ha terminado su carrera novelesca casndose con una bailarina. Yo me
he apoyado en este ejemplo con un calor y una abundancia de ideas, que
deba, ms que a la riqueza del asunto, a ciertas circunstancias de mi
situacin particular. He sostenido que no haba nada ms imperdonable,
ms antisocial, en toda la fuerza de la palabra, que las desuniones
morales, y que eran extremadamente difciles porque es raro que las
almas nobles no se aproximen a sus semejantes, como dice Shakespeare, o
que se dejen engaar tanto tiempo por los impostores para llegar hasta
el momento de formar un nudo tan solemne, sin haber tenido la triste
dicha de desengaarse; que lo que se llama un matrimonio equivocado, en
la acepcin general que se refiere solamente a la diferencia de posicin
social, no poda chocar ms que el ms absurdo, el ms absurdo de los
prejuicios; el que atribuye a una clase especial facultades especiales,
o, mejor dicho, exclusivas; que como yo no saba de nadie que se hubiese
atrevido a decir que la virtud se probaba por ttulos o se adquira por
privilegios, no vea por qu se haba de prohibir a un hombre sensible y
delicado el derecho de buscar la virtud donde se encuentre; que era una
cosa atroz, en fuerza de ser ridcula, condenar a una mujer interesante,
dotada de todas las cualidades y todas las gracias, a la desesperacin
de no pertenecer jams al objeto amado, porque esta infortunada, a la
que la naturaleza y la educacin han concedido todos los dones, se vea
privada por el azar de una circunstancia que no depende ms que del
azar; que si los grandes talentos imprimen a aquellos que los poseen un
carcter incontestable de nobleza a los ojos del siglo y de la
posteridad, el ejercicio privado de los deberes ms difciles de llenar
de la religin y de la moral, aunque fuese un ttulo menos brillante a
los ojos del mundo, no era un ttulo menos recomendable para las almas
rectas y honradas; que, en consecuencia, yo nunca me atrevera a
censurar una alianza del gnero de la que se hablaba, si poda encontrar
en ella la feliz armona de costumbres y de carcter, que es la nica
garanta de felicidad de los matrimonios y de la prosperidad de las
familias.

Es probable que estos razonamientos hayan parecido totalmente indignos
de contestacin al seor de Montbreuse, porque se ha contentado con
mirarme severamente sin hablarme, al mismo tiempo que diriga a Eudoxia
una mirada de inteligencia en la que me ha parecido descubrir no s qu
de desprecio y de amargura. Eudoxia misma, cuyas ideas son bien
opuestas, no me ha parecido que hiciera tampoco suficiente caso de mis
razonamientos para respetarlos seriamente; se ha contentado con algunos
lugares comunes, a los que las gracias de su elocucin y la firmeza de
su irona han prestado ms agrado que solidez. Adela me escuchaba con
emocin, porque sus mejillas estaban muy animadas, pero en vano he
tratado de encontrar su mirada. La seora Adelaida sonrea al principio,
pero despus su fisonoma ha adquirido un carcter ms grave. Ha
comentado dulcemente mis palabras reprochndome, de una manera
afectuosa, el ardor que demostraba en la discusin y el entusiasmo con
que haba abrazado las ideas ms extraordinarias y con frecuencia tan
funestas. Se ha lamentado de la facilidad con que los hombres de esta
generacin se apoderan y propagan los sofismas, cuyas consecuencias no
aprecian, y que tienden a desnaturalizar sucesivamente todas las
relaciones de las cosas. Concedindome que haba verdades noblemente
sentidas en lo que acababa de decir, me recomend que reflexionase
sobre el origen y los efectos de esas conveniencias morales, por otra
parte tan respetables por la autoridad que han ejercido sobre nuestros
antepasados, y por la consagracin casi religiosa que han recibido de
los siglos, cuyo juicio definitivo es, en ltimo anlisis, toda la razn
social, aadiendo, con el tono de una resignacin modesta, y no de una
conviccin imperiosa, que el deber del buen ciudadano es someterse a las
instituciones establecidas ni discutirlas, y que, puesto que la
imperfeccin de los hombres les hace tributarios esenciales de ciertos
errores sancionados por la necesidad o por el tiempo, el inters del
gnero humano prescribe a los corazones rectos y sensatos el deber de
plegar su razn a la conveniencia comn.

Es posible que esto sea verdad. Y cunto no dara yo porque no quedasen
ms que recuerdos de esta dbil demarcacin que el azar del nacimiento
ha trazado entre algunas familias y la gran familia humana; de esta
circunstancia tan extraa a mi voluntad, que me ha sometido a un orden
particular de costumbres y de obligaciones, que ha restringido,
comprimido, roto la independencia de mi corazn; que me ha prohibido los
afectos ms simples y ms dichosos; que me ha separado de Adela y de la
felicidad.

Separado! Brbaro prejuicio! yo te entrego a la indignacin de las
almas fuertes y sensibles!

Separado! a m, que atravesara el globo por un beso de sus labios!

Separado! Ven, ven sobre el corazn de Gastn, pobre hurfana que los
hombres rechazan! ven con confianza, y te juro por la inocencia y el
candor de tu alma, que todas las potencias del infierno no conseguirn
separarnos.

_16 de mayo._

Nunca haba sido tan asiduo al bosquecillo como desde hace algunos das,
ni nunca mi herbario haba aumentado con tanta lentitud. Esto extraa
mucho a Latour que se interesa por mi herbario, como por todas mis
distracciones. En cambio, no te extraar a ti, que sabes que Adela pasa
por all todos los das. Ya habrs notado que entre esta carta y la
anterior hay una gran distancia y habrs credo sin duda que la
abundancia de sensaciones ha podido distraerme durante muchos das de
mis ms dulces ocupaciones. Todo esto es verdad, mi querido Eduardo, y,
sin embargo, no tengo nada nuevo que decirte, porque mi amor no es
ninguna novedad para ti, y toda mi vida se encierra en l.

Yo no te haba dado sobre el origen de Adela ms que informes
imperfectos, recogidos del vulgo. La seora Adelaida me haba dicho algo
ms, pero no lo suficiente para satisfacer mi curiosidad, que, por otra
parte, temo mostrar demasiado abiertamente. En fin, el otro da, me
inform por la misma Adela, mientras la acompaaba del bosque a la
aldea, abordando con todos los rodeos que exiga una cuestin tan
delicada; y como este relato no carece de inters ni aun para las
personas ms extraas a todo lo que me atae, quiero hacrtelo or de
labios de la propia Adela, tal como yo lo he odo. Perdname si, con la
sencillez de sus palabras, no he tenido la dicha de conservar su gracia
natural y esa efusin tan fcil y tan conmovedora de sentimientos que
le presta el encanto ms atractivo. Hay cosas que no se pueden expresar.

--Mi padre--me dijo Adela--naci en Valency, de una familia de
labradores muy ricos. Se llamaba Jaime Evrard, y como anunciaba un
talento y unos modales muy superiores a la mayora, sus padres
resolvieron darle una educacin adecuada que le hiciera apto para seguir
una carrera ms brillante en el mundo que la que ellos haban recorrido.
Sus progresos superaron a todas las esperanzas, pero intilmente. En
aquel tiempo llovieron las desgracias sobre mi abuelo; malas cosechas,
dos incendios que consumieron sucesivamente su casa y su granja y, en
fin, la prdida de un proceso considerable, cambiaron su fortuna en
miseria. Era imposible llevar a la prctica los proyectos que tena
sobre mi padre y se entreg a la desesperacin.

Jaime Evrard entr en un regimiento que estaba de guarnicin en Saumur.
En aquella poca mi padre era an muy joven, de una figura arrogante y
simptica, de un valor a toda prueba, y a esto una gran nmero de esos
talentos agradables que abren a los que los poseen las puertas de todas
las sociedades. Estimado por su coronel y por sus oficiales, haba ya
ascendido dos veces seguidas con una rapidez inslita en el servicio,
pero sin que despertase la menor envidia en sus camaradas, que hacan
sincera justicia a sus condiciones. En fin, la mayor parte de sus
superiores se haban acostumbrado por anticipado a mirarle como a un
igual. El azar hizo que una seorita de aquella ciudad, que perteneca a
una noble familia, se fijase en l y que, sin darse cuenta de su
inclinacin, se acostumbraban de tal modo a l, que no poda pasar sin
verle. Bien pronto sinti que aquella inclinacin era amor, pero era
tarde para poner remedio; por lo menos ella lo crey as, y mi padre con
ella. Qu ms le dir, seor Gastn? Yo fui el fruto de aquel error.

Mi madre no pudo disimular su falta a sus padres, y stos, aunque
cariosos y buenos, eran demasiado orgullosos para tolerar que Jaime
Evrard la reparase. Se limitaron a tomar las precauciones necesarias
para ocultar mi nacimiento a todo el mundo, y me enviaron con mi nodriza
a esta aldea, donde fui bautizada bajo los auspicios de la seora
priora. Ya comprender usted que no me dieron este asilo sin motivo, y
que mi madre se complaca pensando que yo crecera bajo los ojos de un
padre atento, a todas mis necesidades. En efecto, habiendo cumplido el
tiempo de su compromiso, sacrific algn tiempo despus la esperanza de
todo ascenso para tener el placer de no alejarse de mi lado y de ver
desarrollarse poco a poco en mis facciones el parecido con una persona
que le era tan querida. Aun fue ms lejos en su ternura. Se hubiera
considerado dichoso si no me hubiese podido llamar su hija? La nodriza
que me haba dado, joven y desgraciada vctima de una inclinacin
engaadora, pas por mi madre y su esposa. Unicamente la seora Adelaida
estaba en el secreto.

As fui educada y, a decir verdad, mi infancia no transcurri sin
alegras. La amistad de mi buena madrina, los cuidados atentos y
verdaderamente maternales de la nodriza, a la que yo creo con ttulos
an ms sagrados a mi reconocimiento, y sobre todo el afecto de mi
padre, lo embellecan todo. Unicamente, cuando volva del campo le
senta an algunas veces baarme con sus lgrimas, pero yo no me
inquietaba, pensando que lloraba de alegra.

No obstante, mi verdadera madre continuaba profesndonos el mismo
cario. Escriba con frecuencia a mi padre, y le comunicaba sus pesares
y sus esperanzas. Hacia el tercero o cuarto ao de la Revolucin, su
padre la dej sola en Saumur, para ir a servir al rey en su ejrcito de
la Vende, y ella entonces quiso aprovechar la libertad de que gozaba
para verme; porque haca mucho tiempo que haba perdido a su madre. Fue
un hermoso da para nosotros aquel en que nos lleg la noticia del
inesperado viaje. Aun cuando yo fuese muy joven para comprender
claramente aquellas cosas, mi padre me las hizo comprender como mejor
pudo, y partimos despus de breves preparativos, que a l le parecieron
demasiado largos. En fin, fui devuelta a aquella que me haba dado la
vida y la hice presente de la ternura que otra la haba robado, pero sin
olvidar tampoco mi reconocimiento para aquella al lado de la cual haba
crecido. Yo era muy dichosa; pero aquello dur tan poco!...

Mi padre haba concebido un proyecto digno de un alma tan noble, y mi
madre lo haba aprobado. Las guerras civiles, que haban llegado a un
perodo culminante, abran una carrera fcil a los hombres de
resolucin, y l no desesperaba de adquirir, a los ojos de mi abuelo,
tales ttulos de gloria, que le permitiese casarse. Fue por eso por lo
que nos abandon, llevndose la esperanza de volver pronto para no
dejarnos ya ms.

Durante su ausencia, mi madre me haba colocado en un colegio al cual
iba a verme con frecuencia. Pasaba all por una hurfana y me guardaban
toda clase de consideraciones. Cuando estbamos solas, hablbamos de mi
padre y llorbamos largo tiempo juntas. Al cabo de algunos meses advert
que aun tena otros disgustos que no me deca, pero me limitaba a
afligirme en secreto y no le preguntaba nada. En fin, un da dej de
visitarme; as pas una semana, un mes, y nadie saba darme razn de
ella. Comprend que haba acabado toda dicha para m y que en vano
esperara a mi madre. He aqu lo que haba pasado:

Las esperanzas de mi padre se haban realizado. Actos del mayor
herosmo haban hecho que sus generales se fijasen en l y acababa de
ser promovido al grado de jefe de divisin.

--Es verdad--exclam yo interrumpiendo a Adela--, se llamaba Mario
Evrard.

--Ese era su nombre de guerra--contest Adela.

--S--continu yo--, me acuerdo como si fuese ahora. El general, rodeado
de enemigos, estaba a punto de sucumbir; su caballo yaca muerto a sus
pies, y l mismo, gravemente herido, no opona ya resistencia alguna. De
pronto, el capitn Evrard atraviesa por entre aquella multitud atnita
ante su temeridad, arranca al general de las manos que se disputan el
honor de darle el golpe de gracia, y vuelve a nuestras filas bajo una
lluvia de balas que no le alcanzaron. El grado de jefe de divisin fue,
en efecto, el premio de su valor, pero desapareci pocos das despus, y
todos quedamos convencidos de que haba perecido en una emboscada.

--Ahora voy a explicarle ese acontecimiento--continu Adela--. Desde el
instante en que recibi ante sus compaeros el nuevo ttulo con el cual
en lo sucesivo se le deba reconocer, menos orgulloso de aquella
distincin que, enajenado de poderlo hacer servir para el xito de su
amor, corri a arrojarse a los pies de mi abuelo y a confesarle su
falta, su arrepentimiento y sus deseos. Juzgue usted del contento que
sucedi en su alma a tantas inquietudes y dolores, cuando supo que se le
daba a mi madre por esposa. Pero, como a l no le bastaba con
experimentar semejante alegra, sinti la necesidad de hacerla
compartir. Saumur no estaba lejos del cuartel general del ejrcito. Dos
das de tregua le bastaron para escapar con el primer disfraz que
encontr y caer en los brazos de mi madre. El primer instante lo
dedicaron por completo al placer de volver a verse, el segundo a la
inquietud y al terror. Saumur perteneca a los republicanos y mi padre
estaba proscrito.

Aun no le he dicho a usted la causa de la sombra tristeza que not en
mi madre la ltima vez que recib su visita en el colegio. Un joven
caballero que acababa de dejar las banderas reales bajo el pretexto de
no s qu comisin secreta, y que haba obtenido de mi abuelo una
recomendacin bastante vaga para mi familia, se haba atrevido a
demostrar a mi madre unos sentimientos que ella no deba compartir ms
que una vez. La pasin de aquel desconocido le era tanto ms importuna
por cuanto todo la prevena a la vez contra l y los informes
particulares la haban hecho entrar en una desconfianza respecto de l
que, aun en un corazn completamente libre, no se hubieran conciliado
jams con el amor.

No obstante su respeto por aquella recomendacin sagrada, y sobre todo
su timidez natural, aumentada an por el carcter desptico e impetuoso
de aquel hombre, la imponan una especie de sumisin, soportando
pacientemente sus impertinencias y disimulando en parte la aversin que
le inspiraba. En cuanto a l, convencido de que tena un rival
afortunado, no descuidaba nada para encontrar alguna circunstancia que
confirmase sus sospechas, y la casualidad se puso al servicio de sus
celos de la manera ms funesta, conducindole al lado de mi madre en el
momento en que reciba los ltimos besos de su esposo.

Nada puede dar idea de la clera y de la furia de aquel loco a la vista
del hombre que le robaba el corazn en el cual se haba prometido
reinar; llen la casa con sus amenazas y sus gritos, y no temi provocar
a mi padre, cuya paciencia se agot ante aquella nueva prueba de
audacia. Salieron los dos animados de los mismos sentimientos de odio y
se dirigieron a un lugar adecuado para poner fin a sus disputas,
mientras que mi madre esperaba su vida o su muerte del resultado de
aquel terrible duelo.

Apenas se encuentran solos, mi padre arroja al suelo su capa y
descubre imprudentemente su pecho. Ya sabe usted que el noble corazn de
los vendeanos era la nica condecoracin de aquel ejrcito; su
adversario se da cuenta de ello, y viendo una ocasin de perderle sin
exponer su vida, lanza un grito al cual acuden una docena de bandidos, a
los cuales tena sin duda apostados all, para alguna otra cobarda.
Detenedle--exclama--, es un oficial realista, un enemigo de la
repblica! Mi padre lucha vanamente contra aquellos miserables que le
rodean, le desarman y le arrastran a un calabozo.

Mientras tanto, mi madre contaba impacientemente las horas sin recibir
ninguna noticia consoladora y abandonndose a toda la amargura de sus
temores, menos terribles que la verdad, cuando un tumulto confuso que
suba de la calle, el redoble de un tambor peridicamente interrumpido,
y el rumor sordo de los pasos de un piquete... Perdone usted, seor
Gastn, que llore delante de usted, me costara demasiado contener mi
dolor... La pobre escucha con ansiedad, corre, baja velozmente la
escalera, atraviesa la plaza, empuja a la multitud, llega al
destacamento, mira, lanza un grito y cae.

Anglica! Anglica ma, vuelve en ti! S digna de tu padre y de tu
amigo! Vive para Adela y por mi memoria... Pero habla sin ser odo. Los
besos que deposita sobre sus ojos no la vuelven a la vida. Por fin los
separan; el tambor cesa de batir, la escolta se detiene. Mi madre ha
vuelto en s; sus ojos se abren asustados y se pasean sobre todo lo que
la rodea. Aun es dichosa... No se acuerda de nada... pero una descarga
hiere sus odos y cae de nuevo desmayada. Mi padre ya no existe!

Haban pasado tres meses desde aquel da, cuando fueron a buscarme al
colegio para llevarme al lado de mi madre. Estaba detenida en una casa
de reclusin y yo me present a ella entre bayonetas. Mi corazn no
olvidar jams la tristeza y el espanto que le sobrecogieron cuando, a
travs de aquel terrible aparato y detrs de aquellos hombres odiosos
cuya sola mirada me haca estremecer, reconoc sobre un montn de paja
negra a mi madre, plida, desfigurada, moribunda. Me arroj en sus
brazos llorando con todas mis fuerzas, y preguntndole por qu la haban
encerrado all y por qu la trataban de aquel modo. Ella me dijo sin
llorar, pero sus ojos estaban enrojecidos, lo que acabo de contarle, y
como yo no tena ya nada ms en el mundo que la piedad de mi madrina,
finalmente, con una voz apagada que arrancaba de su pecho con grandes
esfuerzos, me dijo: Hija ma, mi pobre Adela, mi nico amor, Dios te
proteja... y cuando El, en su bondad, te d un esposo... Lo oyes bien,
hija ma?--aadi levantando la cabeza y tomando un tono de voz lgubre
y grave que aun resuena en mis odos--, que ese esposo vengue a tus
padres y que, a cambio de la sangre de tu padre asesinado, tome la
sangre de Maugis!

Ante este nombre todos mis miembros se estremecieron, y Adela, que
atribuy mi agitacin a otra causa, continu su relato:

--Yo no quera abandonar a mi madre en el estado en que se hallaba y
permanec sentada sobre la paja hasta la hora de cerrar los calabozos.
Pero entonces, uno de los carceleros me sacudi bruscamente y me dijo
que no poda sentarme all. Mi madre pareca dormida; su tez estaba
coloreada y su respiracin era rpida. Yo tem despertarla si la besaba,
y me content con poner mis labios sobre un extremo de su vestido.
Despus, me hicieron entrar en la habitacin del conserje, que permiti
que durmiese con sus hijos; pero yo no pude dormir a causa de mi
disgusto y de los ruidos que oa. Apenas me di cuenta de que se abran
las puertas, corr a la habitacin de mi madre. Entro, busco, llamo,
pregunto; ya no estaba all. Me dijeron que se la haban llevado.
Muerta? Lo cierto es que ya no he vuelto a besar a mi madre.

As se termin, mi querido Eduardo, la historia de los padres de Adela;
y muchas veces, durante su relato, mis lgrimas se unieron a las suyas.
Sobre las consecuencias de esta confidencia y sobre las ideas nuevas,
que ha hecho nacer en m, te abrir sinceramente mi corazn y pronto te
hablar con el abandono sin reservas a que me da derecho nuestra
fraternal amistad. Por hoy, confrmate con tus propias sensaciones... Ya
comprenders, mi querido Eduardo, que es un holocausto que debo a la
virtud, al honor y al amor. No habr nadie que me diga quin es Maugis?

_19 de mayo._

Es tiempo ya de que alivie mi corazn del peso que le embarga. Estos
das se me han hecho tan largos, como cortos los hubiera querido mi
impaciencia. Qu consideraciones me detienen? me preguntaba yo, y
puesto que toda mi dicha es ella, quin me impide cerciorarme de su
amor? No obstante, te lo confesar, me parece que olvido mis
resoluciones cada vez que llega la ocasin de llevarlas a cabo, y as he
llegado hasta hoy. Te contar el acontecimiento que ha triunfado de mi
indecisin.

He ledo una novela nueva, cuyo hroe me ha conmovido--sea que su
situacin tenga con la ma esas relaciones que nos identifican a
nuestro pesar con un desconocido, sea que se parezca algo al hombre que
yo hubiera querido ser si esto hubiese dependido de m. Y no es que yo
apruebe absolutamente los caracteres novelescos, sobre todo en una
sociedad bien organizada, donde estn casi siempre fuera de lugar por su
loca exageracin y necia ingenuidad; pero hay ocasiones en que el
capricho de la imaginacin ms extravagante vale ms que todo aquello
que uno est obligado a ver a su alrededor y que es como una
compensacin de todas las tristes realidades del mundo. Viniendo al
hecho te dir que mi juicio sobre este hroe imaginario haba sido para
la brillante Eudoxia un motivo inagotable de ironas, mientras que el
ttulo de la novela excitaba cada vez ms la curiosidad de Adela, y
aunque bien convencido de que nada hay ms pernicioso para la curiosidad
de una joven cuya sensibilidad comienza a desarrollarse que la lectura
de una obra de ese gnero, y sabes t, adems, que no entra en mi manera
de ser calcular el efecto que podra producir sobre un alma ingenua y
tierna--combinacin cobarde y odiosa cuya sola idea me subleva!--no he
podido negarme a dejarle ese libro; tanto es el poder que ejerce sobre
mi voluntad el menor de sus deseos! Hoy, cuando ya empezaba a
impacientarme de la tardanza de Adela en pasar por el bosque, y recorra
agitadamente el sendero que conduce a Valency, la he visto venir con el
aire preocupado, la cabeza inclinada y el libro en la mano. Tan pronto
como me advirti, me lo devolvi con una sonrisa triste y ech a andar a
mi lado sin decir nada. Y bien--le dije yo--, qu piensa usted de ese
loco, de ese insensato cuyo solo nombre subleva a la seorita Eudoxia?
Le parece a usted tan odioso? Adela no me contest nada, pero algunas
lgrimas rodaron por sus mejillas y su mano tembl en la ma. Oh mi
buena Adela!--exclam yo--, dichoso el corazn que sea el preferido del
tuyo, mil veces dichoso el hombre a quien ames! Y llev con pasin
aquella mano que retena a mis labios. Qu hace usted, Gastn, seor
Gastn! qu hace usted, en nombre del Cielo! Djeme--continu con voz
alterada--, ya sabe usted que soy Adela Evrard. Mi pecho estaba
hinchado, mi cabeza turbada, mi respiracin anhelante. Adela, hermana
ma, esposa ma, mi bien amado, nico objeto de todos mis pensamientos,
nico encanto de mi existencia, mi consuelo, mi esperanza, eso es lo que
eres para tu Gastn. Y mis lgrimas, lgrimas deliciosas, regaban mis
mejillas. Sintindome vacilar, me sent en uno de los bancos que, como
ya te he dicho, rodean la glorieta, y apoy la cabeza sobre mis manos.
Pasado algn tiempo levant los ojos, y vi a Adela de pie y vuelta al
otro lado, que confeccionaba un ramo de flores. Me levant, fui hasta
donde estaba y le pas dulcemente un brazo alrededor del cuello, sin
osar decir nada.

Vea usted--me dijo--, vea usted las hermosas flores que he cogido;
quisiera saber cmo se llama sta. Era la encantadora flor que se llama
la silvia, porque no prospera ms que en los lugares salvajes y a la
sombra de los bosques. Me acord de la linda estrofa del poeta alemn y
la repet en voz alta:

Es la silvia, la fresca silvia, la dulce anmona de los bosques. No hay
ninguna florecilla que pueda rivalizar contigo en gracia y en belleza,
cuando t balanceas al soplo del aire tu corona blanca y rosada. Toda la
pompa de las otras flores, sin exceptuar a la rosa, no puede compararse
con tu modesta belleza. Tu tallo enervado es el emblema de la
melancola, y la movilidad de tu cliz flotante expresa las agitaciones
de un corazn joven. Que el Cielo, oh la ms amable de las flores!,
multiplique a tu alrededor la blandura de los tapices hmedos, la
frescura de las nuevas sombras y el soplo de los nuevos cfiros. Esta
silvia, la fresca silvia, la flor de la soledad y de la primavera, la
dulce anmona de los bosques.

Adela haba olvidado ya su ramo e iba a dejarlo caer de su mano, cuando
yo me apoder de l para llevarlo sobre mi corazn. Entonces me dijo
dulcemente: Gastn, no volver ms. No obstante, nuestro paseo fue
tranquilo. Y lo que es ms singular, es que nuestra conversacin era tan
vaga, como si se hubiese tratado de dos personas extraas, y, sin
embargo, no hay ninguna de esas palabras indiferentes cuyo recuerdo no
me abrase el corazn. Cosas que no me hubieran parecido dignas de
atencin en otras circunstancias; producan sobre m una impresin tan
extraa! Oh encanto delicioso que lo anima todo, que lo embellece todo,
que esparce sobre la vida una luz de divinidad! Y los mismos sentidos,
alucinados por la embriaguez del alma, no suean ms que perfumes,
luces, melodas celestes. Es el ideal de un paraso.

Ya oigo la eterna cantinela del prejuicio que grita a mi odo: Es la
hija ilegtima de Santiago Evrard. Gastn, sa es tu amante! S, es la
hija ilegtima de Santiago Evrard y se es, Adela ma, el ms precioso
de tus ttulos. Cuanto ms desgraciada hayas sido, ms delicias hallar
para colmar tu porvenir de una dicha sin vicisitudes. Ilegtima! es
que el amor, la constancia, la gloria, los mismos deseos de tu abuelo,
no te han legitimado ya? Esa ceremonia fra y seria que se llama el
matrimonio, hubiera ornado mejor tu nacimiento que el ltimo beso que
se dieron tus padres ante Dios, el pueblo y los verdugos, que el
sacramento de sangre que los uni en la eternidad?... La hija de Jacobo
Evrard! Campesino o soldado, ningn hombre le ha superado en nobleza, y
si la nobleza es el premio de las ms raras acciones, el que la
transmite a los suyos no es ms noble que el que la recibe de l? Nacer
noble es obra del azar! serlo por su valor es la ms alta fortuna del
herosmo. Un campesino! dicen. Es que no sabis, ridculos seres, que
la nobleza data de las grandes revoluciones polticas, que nace,
envejece y se renueva con los imperios? La verdadera nobleza, como se
entiende, en las monarquas, nace con un rey y muere con l. No brilla
ms que alrededor de un trono que se eleva o de un trono que cae. Los
guerreros que levantan un rey sobre su bandera, los guerreros que mueren
con su raza, he ah a los nobles. Yo no reconozco ms ttulos que los
que se han sellado con la espada o sancionado en el cadalso. El resto
no es ms que un estado llano ilustrado con cartas de nobleza.

Adems, qu importa en la situacin actual de la sociedad? Despus de
un orden de cosas que ha terminado, no son los nobles los que quedan,
sino los hroes. Nadie se preocupa ms ahora del padre de Coriolano que
del de Espartaco.

Y despus de todo, tengo necesidad de buscar tantos razonamientos para
justificar lo que en m es ya una resolucin invariable? No basta para
m y para todos los que me aman que este afecto sea el nico capaz de
hacerme gozar de una pura felicidad? Ceder al temor de los rumores
imbciles del populacho distinguido? Carecer de fuerza para desafiar
la censura de esos corazones estriles, llenos de orgullo y de egosmo,
las burlas de alguna mujer altanera, el desprecio de algn miserable
enriquecido?

No, Eduardo, no, porque me siento libre.

Ya s que ser preciso evitar, huir de esa sociedad cuyo aprecio tanto
buscan los otros, y que prodiga ste o lo retira de acuerdo con las
reglas ms extraas y ms inciertas. Tanto mejor. Yo siempre he
aspirado a circunscribir mi vida, a encerrarme en el crculo de algn
afecto, a no dar a las conveniencias y a las costumbres comunes ms que
aquello que no les puedo quitar. Tratar de vivir para m. Y ahora
pueden venir a estrellarse alrededor de mi retiro, como al pie de una
roca inquebrantable, todas las tempestades del mundo, y desvanecerse,
sin llegar hasta mi corazn, los murmullos insensatos del odio y de las
prevenciones. Cunta piedad me inspiran esos desgraciados atormentados
por la necesidad de vivir en contacto con todo lo que les rodea, que
marchan apresurados en medio de la multitud, apartando penosamente lo
que se opone a su paso, empujando a los dbiles o pisotendolos, y
siempre dispuestos a sacrificar vctimas humanas a sus prejuicios, como
los brbaros a sus dioses!

_25 de mayo._

Estos ltimos das tienen la frescura de uno de esos sueos consoladores
que uno teme ver acabar; y cuando pienso que ya hace muchas semanas que
dura este encanto y consulto con mi corazn para convencerme de que no
es una de esas ilusiones acostumbradas, una multitud de presentimientos
terribles se acumulan de pronto en mi pensamiento y descubro en m una
conciencia vaga, pero infalible, de una gran desgracia futura. Oigo
decir a muchas gentes, deplorando la muerte de un amigo, que la muerte
no quiere ms que a los dichosos y que es bien cruel ser herido por ella
en medio de la juventud y de los placeres, en el mismo instante en que
todo comienza a sonrernos y a halagarnos. Y, no obstante, es entonces
cuando deberamos morir, antes de que el teln descendiese sobre
nuestras quimeras, cuando el encanto dura an y el bien pasajero de que
disfrutamos no se ha convertido en irreparables dolores. Con frecuencia
me siento posedo de una alegra tan poderosa que entonces reno todas
las fuerzas de mis sentidos para gustar la posesin de este presente
fugitivo y fijarlo por un momento. En ese estado quisiera morir.

Concibes t cun amarga y cun espantosa es la muerte de un infortunado
que lo abandona todo; desengaado de la existencia, asustado de la nada,
rechazando, para morir ms tranquilo, algn dulce recuerdo cuyo
contraste hara an ms horrorosa su agona, y exhalando el ltimo
suspiro entre unos brazos fros y sobre un pecho que no se agita?

Yo quisiera morir, yo quisiera haber muerto hoy.

Ella estaba all--contra m, inclinada sobre mi pecho y llorando de
emocin. S, le he dicho--, ante Dios y ante los hombres prometo no
tener otra esposa. Cllese!--ha exclamado--, Gastn no es un perjuro
y, sin embargo, promete ante Dios una cosa que nada puede hacer
posible. Qu obstculo puede haber? No, Gastn no puede ser el
esposo de Adela. Gastn no es un hombre del pueblo, oscuro y pobre; el
esposo, el nico esposo que conviene a mi estado y a mi indigencia.
Gastn ser el esposo de Adela, he dicho yo. Es una reparacin que te
debe la Providencia. Yo pagar la deuda de la sociedad. Yo le he
dicho, Eduardo, y lo juro por mi honor, que es preciso que ese deseo se
cumpla.

Estbamos tan preocupados, que a poco nos sorprende el crepsculo en el
bosque. Al dejar a mi Adela he querido, he osado estrecharla otra vez en
mis brazos. Uno de los suyos me rechazaba dbilmente, el otro me
retena... Un deslumbramiento semejante al que producira la claridad de
un meteoro ha turbado de pronto mi vista, mi cabeza se ha inclinado y mi
boca se ha encontrado con su boca. Una oleada de fuego ha descendido
hasta mi corazn. Incomparable voluptuosidad! Es un beso de Adela, la
huella, la dulce huella de sus labios, la que reposa sobre los mos!
Oh! la conservar entera, inalterable. No la borrar jams. Que
perezca el da en que profana esa preciosa prueba de amor, en los labios
de otra mujer; el da en que una boca inanimada, insensible, marchite la
flor hmeda de tu beso! que se aniquile mi alma antes que yo cometa tal
sacrilegio!

Qu difcil de soportar es el peso de mis sensaciones! Quin hubiera
credo que tuviese tantas fuerzas para la dicha!

_27 de mayo._

Jams he vivido tan rpidamente, jams me he visto obsesionado por
tantas preocupaciones. Un solo da de mi vida actual rene tantos
sentimientos tumultuosos, temores, esperanzas, alegras, tormentos,
proyectos, irresoluciones como el resto de mi existencia pasada. No
encuentro mejor comparacin para este estado que el de un febricitante
cuya imaginacin enferma, extraviada en un mundo desconocido y
perseguida por reminiscencias confusas, pasa al azar de un objeto a
otro, une bajo el mismo punto de vista los contrastes ms extravagantes,
las imgenes ms disparatadas, y se pierde en esas transiciones sin
motivo y sin fin, tan incapaz de formar juicio de sus sensaciones como
de elegirlas. Si de cuando en cuando me atrevo a razonar, el minuto que
sigue me desilusiona y estoy como un alma en pena suspendida por los
espritus malignos entre un cielo y un infierno.

Yo haba acompaado a mi madre al castillo de Valency, donde debamos
encontrar la sociedad acostumbrada, y, por consiguiente, al seor de
Montbreuse, cuyas asiduidades tienen, quizs, algo de notable. Era
natural que la conversacin recayese sobre el asunto ms propio, a
interesar, en aquel crculo orgulloso, la vanidad de todos, y no me
extra, por lo tanto, ver renovar la eterna tesis de la superioridad
moral de la nobleza. Pero he aqu que despus de haber sentado en
principio que nicamente entre nuestra clase se encontraban esas
delicadas ideas del honor y esa elevacin de carcter y de sentimientos
que son el fruto de una educacin adecuada a nuestro destino social, han
asaltado el edificio _novelesco_ de las falsas virtudes del estado llano
y las han reducido implacablemente a un simple espritu de emulacin, de
la cual nosotros tenemos tambin el honor de ser el vehculo:
disertacin que, seguramente, no me hubiera sacado de una meditacin
completamente extraa a lo que all se deca, ni a propsito de la
inalienable bajeza de los parias de Europa y de la poca confianza que
haba que tener en las costumbres del pueblo, no hubieran citado...
Gran Dios, mi sangre hierve al slo recordarlo!... Se trataba de esa
joven educada con tanto cuidado a la vista de Eudoxia, que hubiera
respondido ciegamente de su inocencia... Se trataba de Adela!... A este
nombre perd los estribos y, con un tono de voz que denotaba ms clera
que curiosidad, pregunt el crimen que haba cometido. Casi nada--dijo
Eudoxia--, una de esas cosas para las cuales su filantropa sentimental
de usted reserva seguramente toda su indulgencia; una de esas pasiones
decentes y platnicas que producen tan buen efecto en los dramas y en
las novelas; un noble y tierno afecto por algn palurdo de la aldea
inmediata, al cual va a hacer todos los das inocentes visitas que
acabarn Dios sabe cmo. Ya ve usted que esto no vale la pena ni de
decirlo; pero no encontrar usted menos justo que yo la arroje de mi
casa, mientras espero que sus elocuentes declamaciones me hayan
desengaado del todo de ciertos miserables prejuicios a los que tengo
la debilidad de atenerme an un poco. Ese sarcasmo es injusto--le he
contestado--en un asunto como ste, en que se trata nada menos que de
perder para siempre a una joven irreprochable; pero no es a m a quien
toca justificarla, y no dudo que la seora priora har el sacrificio de
su modestia a un inters tan precioso; ella conoce el motivo que conduce
todos los das a Adela a la aldea, y la irona ha encontrado, sin
saberlo, la expresin justa cuando ha calificado de inocentes visitas el
viaje oficioso de la caridad.

La priora estaba presente y a m me extraaba que no me hubiese ya
interrumpido. Figrate mi dolorosa sorpresa cuando al fijar mis ojos en
ella vi que los suyos estaban humedecidos por las lgrimas y que me
miraba con un aire inquieto, como para penetrar mi intencin y adivinar
lo que yo haba querido decir: Qu, seora!--aad--, no iba por
orden de usted para llevar algn encargo de usted?... Un signo
negativo... y ni una palabra, como si la hubiera costado demasiado
condenarla ms positivamente. Confieso que no esperaba semejante golpe y
que hube de salir para ocultar mi desesperacin y mi confusin.

Me intern en el bosque sin saber a ciencia cierta a dnde iba, pero
impaciente por alejarme del lugar que dejaba y por quedarme solo con mis
pensamientos; hubiera sido dichoso en aquel momento si hubiera podido
aislarme tambin de mis pensamientos, y si hubiese bastado un acto de
voluntad para borrar el pasado. En fin, sea que la casualidad lo hubiese
decidido as, sea que me hubiese dirigido hacia aquel punto sin darme
cuenta de mi deseo, me encontr cerca de la aldea a donde tena
costumbre de acompaar a Adela y reconoc la miserable choza donde
tantas veces la viera entrar. Me era tan fcil informarme exactamente en
aquel lugar, tena yo una necesidad tan grande de quedar
tranquilizado--o convencido, porque mi alma tiene mayor energa para la
desgracia que para la incertidumbre--, estaban tan comprometidos mi vida
y mi honor en aquel misterio, que no vacil en entrar en aquella pobre
casa, sin pensar siquiera en la impresin que podra producir en el
estado de agitacin en que me hallaba.

La familia estaba reunida en una habitacin bastante espaciosa, y todo
anunciaba la indigencia. Un anciano de aspecto respetable estaba
acostado en un rincn sobre una tarima cubierta de paja, y a su lado una
mujer, tambin vieja, le haca beber un brebaje y volva de cuando en
cuando la cabeza para enjugar una lgrima. Una nia de diez o doce aos
haba dejado su rueca para tapar las piernas del enfermo con un trozo de
alfombra vieja que le serva de manta. Dos o tres nios indiferentes a
aquel espectculo, jugaban sobre el umbral de la puerta a los rayos del
sol poniente, con una alegra tan llena de franqueza y de
despreocupacin, que se me oprimi el corazn. Me sent al extremo de un
banco roto y trat de recoger mis ideas para saber lo que tena que
decir; pero cuanto mayor era la impaciencia de saber la verdad de todo
lo que me inquietaba, mayor era tambin el temor de saber algo que
pudiese destruir todas mis ilusiones a la vez. Estaba arrepentido de
haber ido.

Por fin me decid y pregunt a aquella buena mujer si tena hijos. Me
pareca que sentira menos el golpe que esperaba si lo iba recibiendo
poco a poco. Ay!--me respondi--, no tenemos ms que uno que es para
nosotros un continuo motivo de disgusto. Dios le ha dado una terrible
desgracia. Est enfermo de epilepsia desde la edad de diez y ocho aos y
no puede trabajar. Los mdicos han renunciado a curarle--aadi
llorando--, y esto ha aumentado su tristeza, con lo cual aun ha
empeorado. Tena tambin una hija que estaba casada, pero su marido fue
muerto en la guerra cuando iba ascender a suboficial, y ella pronto har
tambin seis meses que muri. Estos nios son suyos. Los nios se
haban agrupado detrs de m. Es una desgracia muy grande--le dije
yo--, pero al menos a usted la socorren. Yo creo que esta aldea
pertenece al seor de Montbreuse, y que el castillo es suyo tambin. Es
un hombre sensible y caritativo que no deja padecer a los pobres. La
mujer no dijo nada, pero me mir con extraeza, y sin hablar de
Montbreuse empez a bendecir a las buenas almas que la amparaban. Los
nombres de la seora priora y de Adela, estrechamente unidos en un
reconocimiento, acudieron muchas veces a sus labios con tal conviccin
que yo no poda dudar de su sinceridad. Despus de haber dejado lo poco
que contena mi portamonedas en aquella triste mansin de la indigencia,
sal un poco ms tranquilo, pero aun sintiendo mucha incertidumbre.

A cierta distancia de la casa, ya cerca del bosque, vi a un hombre de
elevada estatura, cuyo rostro denunciaba unos treinta aos, plido, con
la cabeza inclinada, los brazos cados y los hombros cubiertos de largos
cabellos negros. Al mirarle ms atentamente, vi en sus ojos extraviados
un aire de melancola sombra que me hizo comprender que se trataba del
hijo de los infortunados que acababa de dejar. Qu tal, amigo mo--le
dije--, te encuentras ahora mejor? Oh! yo creo que estar
mejor--contest--cuando los rboles cambien la hoja, y cuando los
prados vuelvan a verdear como antes; pero, me parece que por esta vez no
habr primavera. El sol es blanco y fro, las flores no tienen fuerza
para abrirse y no se oyen en el campo ms que pajarillos piando en los
breales. Antes haba un aire tan dulce, tan agradable cuando empezaba
a caer la tarde y me gustaba tanto cuando agitaba mis cabellos! Ahora
son brisas que lo secan todo y me espanta el ruido que hacen cuando
rechinan en las ramas muertas. Si yo pudiese solamente volver a ver una
primavera como las de mi juventud, me parece que me curara, pero no las
ver ya. Quise hablarle de Adela y me interrumpi poniendo un dedo
sobre sus labios. No hay que nombrarla tan alto--me dijo--, podra
desvanecerse. Los ngeles no hacen ms que pasar sobre la tierra. Jams
se les ha visto envejecer. Dios los enva alguna vez para consolar a
los pobres y a los enfermos, pero los vuelve a llamar pronto a su lado!
Cuando mueren, lo hacen con una sonrisa de alegra, porque les place
volver al sitio de donde han venido. Si usted encuentra alguno por
casualidad, tenga cuidado de no perderlo de vista ni un momento, porque
ya no volvera a verlo.

Cuando acababa este discurso se haba arrodillado sobre una roca en
actitud de orar. Me alej de all sin que l se diese cuenta,
reflexionando sobre todas mis emociones del da, e incierto an sobre lo
que deba hacer, pero bien persuadido de la inocencia de Adela.

Cuando regresaba al castillo de Valency, la vi que se diriga lentamente
hacia el vestbulo, por el lado de la escalera que conduce a su
habitacin. Corr hacia ella y, asindola bruscamente de un brazo, la
arrastr, sin decirle ni una palabra, hasta el saln donde an estaban
todos reunidos. Sin preocuparme de lo que pensaran ante mi actitud, la
present ante ellos gritando: Hable usted, seorita, y justifquese de
las sospechas que su conducta ha despertado. Si usted va todos los das
a la aldea del bosque es, efectivamente, para llevar socorros, porque yo
acabo de comprobarlo; pero diga usted cmo es posible que, siendo dados
esos socorros en nombre de la seora priora, ella lo niegue, y qu
secreto hay en todo eso.

Despus me he dejado caer en un silln y he cubierto mis ojos con una
mano, temblando de impaciencia por saber lo que ella contestara.

Mientras tanto, Adela se haba arrojado a las rodillas de la priora que
regaba con sus lgrimas. Perdone usted que me haya atrevido a servirme
de su nombre. Al fin y al cabo eran sus beneficios de usted los que yo
reparta, porque todo lo que poseo es de usted; pero, conmovida ante las
desgracias de una pobre familia y no queriendo aumentar ms an sus
cargas, que hartas limosnas hace usted, he acudido a mis recursos para
gozar tambin del placer de hacer bien. No hubiera sido una injusticia
que recogiese yo todo el fruto robndole un reconocimiento al cual slo
usted es acreedora? Qu podra hacer yo por los desgraciados si usted
no hubiese hecho tanto por m?

De qu peso no libr a mi pecho aquella explicacin! Todos estaban
emocionados, cohibidos; mi madre, el seor de Montbreuse, Eudoxia
misma, guardaban un silencio respetuoso. Tal es el imperio de la bondad
y de la inocencia. No haba ni una de aquellas almas soberbias que no se
humillase involuntariamente ante aquella joven un momento antes
despreciada. En cuanto a la seora Adelaida, haba levantado a Adela, e
incapaz de expresar de otro modo su alegra, sollozaba estrechndola
contra su corazn, mientras que Adela, confusa, ocultaba entre sus
brazos su rubor modesto y su conmovedora emocin.

Con qu saa hubiera podido yo devolver las sangrientas ironas con que
poco antes me haban asaeteado si hubiera querido aprovecharme de la
ventaja que la situacin me daba! pero pude contener mi justa
indignacin, o, mejor dicho, me limit a expresarla por un silencio
absoluto. Montbreuse, en quien veo a un hombre de bien, pero a quien una
austeridad exagerada de principios, fortificada quiz por algn orgullo
natural, hace con frecuencia escptico sobre la virtud, me ha
demostrado, no obstante, con un apretn de manos, que estaba satisfecho
de m. En fin, mi madre, despus de algunas palabras triviales, ha
pedido su coche y yo la he acompaado. La turbacin de su actitud, del
embarazo en que la vea, una palabra pronunciada al azar, me han dado
lugar a creer que era aqul el momento de enterarla de lo que
necesariamente haba de saber ms pronto o ms tarde. Le he hablado de
Eudoxia y le he dicho con firmeza que nunca sera mi esposa. Sea que
hubiese juzgado bien de las disposiciones de mi madre, sea que le
impusiera el tono resuelto de mi voz, insisti menos an de lo que yo
pensaba, y todo me hace esperar que no violentar mis aficiones.

Un asunto indispensable me llama a la ciudad. La fortuna propia de mi
madre depende de un pleito que se ver dentro de pocos das y que me ha
encargado contine yo. Mis intereses personales no me hubiesen arrancado
de aqu en estas circunstancias, y no s qu terror involuntario... Las
ideas supersticiosas a las que me entrego desde hace algn tiempo, te
inspiraran verdadera lstima.

_8 de junio._

La ciudad me inspira tal disgusto, que la he abandonado tan pronto como
me ha sido posible volver a mi vida solitaria. Otros sentimientos han
contribuido a apresurar mi regreso. Senta impaciencia por volver a ver
a Adela y por buscar los medios de no separarme ya de ella. Los das del
hombre transcurren tan rpidamente, que no hay ms que una preocupacin
bien inexplicable que pueda distraernos del cuidado de embellecerlos.

El proceso de mi madre yo lo vea claro, lo que no ha sido obstculo
para que lo perdiese con todos los pronunciamientos, de modo que ha
quedado completamente arruinada. Yo le he ofrecido toda mi fortuna y le
he hecho un homenaje que me ha costado bien poco. De ahora en adelante
podr disponer de ella sin responsabilidad, sin obstculo; esto es un
sacrificio, pero hay ciertamente sacrificios que son placeres. Qu
necesidad tengo yo de lo superfluo, de la opulencia? Yo soy un rico de
gustos sencillos y de deseos moderados. Una finca cmoda que produzca
un poco ms de lo necesario, un jardn no muy vasto, pero bien ordenado;
un bosque, tampoco no muy grande, por el cual pueda pasear mis ensueos;
una casita modesta, lo que no impide que pueda ser elegante; y a mi
alrededor una hermosa naturaleza, una variedad pintoresca de sitios
solitarios, una campia fecunda que pueda nutrir a sus habitantes, y, si
es posible, que me sea dable aliviar la miseria que vea; qu hace falta
ms para ser dichoso? Mi imaginacin no entra para nada en este deseo.
Yo soy bastante rico para elegir, y sa es la eleccin que hago. Aade a
esta perspectiva una esposa como Adela, un amigo como Eduardo, o, mejor
dicho, mi Adela y mi Eduardo, ellos mismos, porque no hay otros para mi
corazn, y tendrs una idea de mi retiro encantado, del Edn que espero.

Olvidaba decirte que el contrincante de mi madre es uno de mis parientes
lejanos, el viejo conde de Seligny, que con tanta distincin sirvi en
nuestro ejrcito. Este hombre verdaderamente venerable me ha demostrado
un inters casi paternal del cual me siento orgulloso. Me ha dicho
tambin que si mi madre no se hubiese dejado engaar por las gentes que
la rodean, l la hubiera dejado la mayor parte de las fincas litigiosas,
pero que, a pesar de lo ocurrido, no haba cambiado de manera de pensar
y que estaba dispuesto a verla, ya fuese para proponerla un arreglo, ya
sea para ajustar los lazos que las disensiones haban rebajado en
demasa. Ha aadido que podra ser muy bien que yo no fuese extrao a su
plan, pero que esta ltima clusula estaba subordinada a ciertos
informes que tena que recoger en una aldea de los alrededores.

Hemos hecho, pues, el viaje juntos, hablando con calor de nuestros
hechos de armas, de las batallas en que nos hemos encontrado, de los
vicios de nuestra organizacin militar y de los motivos que han hecho
esta guerra, de la cual hemos sido actores, tan desastrosamente intil.
El seor de Seligny razona de estas cosas con un sentido recto y justo,
y sus opiniones han rectificado singularmente las mas sobre muchos
hechos acerca de los cuales algn da tendr ocasin de hablarte.

Al pasar por delante del castillo de Eudoxia me he abalanzado a la
ventanilla para ver la ventana de la habitacin de Adela, en el ngulo
del edificio. Me ha molestado no verla, como si ella supiese que yo
tena que pasar por all. Hoy ya no podr verla porque hemos llegado
demasiado tarde, y, adems, tengo demasiado que hacer para poder
permitirme una hora de ausencia; y, no obstante, necesitara una de sus
miradas para disipar los terrores que me persiguen desde que me separ
de ella. Dios mo, abreviad esta noche!

_9 de junio._

Eduardo, qu han hecho de m? todas mis ilusiones han quedado
destruidas... Mi corazn ha sido cruelmente herido...

No necesito ya ms, Eduardo, que una fosa en la que pueda dormir
eternamente; porque es el sueo de la nada el que yo imploro. Quiera
el cielo ahorrarme el cruel beneficio de una inmortalidad que
eternizara mi dolor y mi humillacin!...

He aqu lo que me han dicho en el castillo de Valency; por qu no
habra de comunicrtelo framente?...

La tal Adela me ha engaado; as, al menos, me lo han dicho.
Desgraciado de m! Es imposible dudarlo, pero t tambin buscaras
algunos razonamientos para no creerlo. Amaba en secreto a uno de los
domsticos de Montbreuse, un hombre vil, innoble, odioso, en el cual yo
nunca me haba fijado. No es sorprendente que esto me haya pasado
inadvertido, a m, cuyo corazn se alarma tan fcilmente? Me hubiera
hecho traicin si yo la hubiese amado con menos confianza, con menos
abandono? Ella, no obstante, me amaba... cmo ha podido dar este
espantoso premio a mi ternura? Las almas ms fras se hubieran confiado
como la ma. El mismo Montbreuse ha dicho que no esperaba esto. Candor
celeste de la virtud, no eres ms que una quimera?

Ese domstico ha pedido su sueldo y al da siguiente han partido para ir
a casarse a otro sitio; esta atencin tengo que agradecerle: es todo lo
que ha hecho por m.

As, de pronto, nada parece ms falso que lo que te estoy diciendo.

Dara mi vida por creer que, efectivamente, es falso, que ella es
inocente; sera tan dulce morir con esta idea!

Ha partido sin avisar a nadie; hubiera tenido que avergonzarse
demasiado. No ha visto siquiera a su madrina, a su madrina que tanto la
llora. Yo no la lloro, la indignacin no llora; la llorara si hubiese
muerto.

Hace cinco das que partieron; no hay nadie en la aldea que no los
viese. Para cerciorarme ms he enviado a Latour y le han dicho que la
haban reconocido; llevaba un velo puesto, pero con la cara destapada;
los nios la siguieron con la mirada hasta el bosque.

Me parece que la venganza me aliviara; pero, qu venganza puede tomar
un hombre como yo?... Un hombre como yo!... Maldicin!... Quizs es
eso lo que ella ha temido y se ha arrojado en brazos de un igual suyo
para escapar de un hombre como yo.

Qu haba hecho yo para merecer semejante ultraje? Ah! si ella
supiese lo que cuesta verse abandonado, buscar lo que se amaba y no
volverlo a encontrar! Cun agradecido le estara si con una pualada
por detrs--ese cobarde asesinato no tendra nada de temerario para la
mano de una mujer--se hubiera dignado evitarme los tormentos que me
devoran!

Si ella pudiese verme un momento, si conociese el menor de mis dolores,
se vera obligada a confesar que el odio ms implacable...

Una noche tranquila, silenciosa, bella y encantadora para los dichosos!
Slo yo destruyo esta inmensa armona! Yo solo, perdido, abandonado,
olvidado de Dios, que me ha retirado su proteccin!

_10 de junio._

Todo contribuye a amargar, a envenenar mi desesperacin. Es espantoso
enterarme de circunstancias que nunca nos hubiramos atrevido a prever
ni a desear, circunstancias que hubieran superado a nuestros mayores
deseos, sucederse, multiplicarse a nuestro alrededor, cuando todo nos
est prohibido, cuando de la dicha que ellas nos hubieran augurado no
queda ms que un recuerdo pesaroso.

Figrate t que el seor de Seligny es el padre de la infortunada de
quien Adela recibi la vida. El matrimonio de Evrard y de Anglica
estaba ya decidido, y, sin la infame perfidia de Maugis, esta familia
vivira dichosa. Apenas entrado en posesin de sus bienes, el conde
crey que nada podra hacer ms agradable a la memoria de su infortunada
hija que dedicar al fruto de su unin toda la ternura que antes haba
tenido para ella y consagrar sus derechos de heredera por una adopcin
solemne. Estaba dispuesto a recuperarla de las manos en que la confiara,
a restituirle las ventajas de su nacimiento y de su fortuna y a reparar
a fuerza de cario las penas de su infancia. Adems, haba pensado que
mi padre no vacilara, en estas condiciones, a acceder a mi unin con
Adela. Ella haba, en efecto, consentido, y aquella misma noche deban
llamarme para informarme del proyecto. El conde tambin estaba en mi
casa y figrate con qu golpe imprevisto her al pobre anciano cuando,
con el corazn y los ojos llenos de lgrimas, sofocado por la vergenza
y el dolor, me abrac a sus rodillas gritando: Renuncie usted, renuncie
usted a un proyecto que la ingrata ha tirado por tierra, a una esperanza
que ha desvanecido con su conducta. Adela no es digna de su padre ni de
su amante! Ama a otro hombre y ya es su esposa.

No hay expresin que pueda dar idea de la amargura de mi corazn al
repetir los detalles que t ya conoces. Me pareca que no pronunciaba
una palabra en la cual no estuviese escrita mi sentencia, y hubiera
deseado que mi pecho se rompiese para evitarme el horror de la
humillante revelacin.

Su padre--qu rubor se ha elevado sobre su venerable frente!--confunda
sus lgrimas con las mas y sollozaba en mis brazos. Gastn--me ha
dicho despus de un largo silencio--, no habr perdido ms que a Adela.
No por eso dejar usted de ser mi hijo. Los lazos que me retenan a la
tierra se han roto. Ahora es nicamente usted el que me retiene.
Promtame que no abandonar usted a su anciano padre y que le permitir
morir a su lado.

Yo he cado a sus pies y le he pedido su bendicin.

Mi madre tambin estaba conmovida y me ha besado. Yo dudaba que su
sensibilidad, embotada por el comercio con espritus mezquinos, pudiese
renacer a las dulces emociones de la naturaleza. He encontrado en su
beso toda el alma de una madre, y este descubrimiento me hubiera causado
alegra, si yo aun hubiese sido capaz de sentirla. Por qu Adela nos ha
abandonado cuando bamos a ser tan felices?

Yo s, Eduardo, por qu nos ha abandonado. Porque no era a m a quien
amaba.

_11 de junio._

Yo, para quien Adela lo era todo; yo, que hubiera dado cien veces la
vida por evitarle el ms ligero disgusto, a m, en fin, es a quien ha
sacrificado indignamente. Y es que ella no me amaba a m!

Obstculos que parecan invencibles y de los que la misma imaginacin se
espanta, la distancia de nuestra posicin, el tener que rehusar la mano
de Eudoxia, las censuras de la gente, el orgullo de mi madre, su
maldicin tal vez; qu porvenir ms siniestro y ms amenazador!

Todo se ha allanado, sin embargo, y yo, ms desgraciado que antes,
querra comprar al precio de toda mi sangre derramada gota a gota, uno
de esos instantes de angustia que no supe apreciar.

Querra volver a verte como te haba visto, estrecharte, enlazarte entre
mis brazos, desflorar con mis labios una de las trenzas de tus
cabellos--querra or tan slo el rumor de tus ropas al rozar con los
matorrales, el ruido de tus pasos sobre las hojas secas, como cuando en
el recodo de un sendero, ese ruido me anunciaba tu presencia--. Ay! yo
querra que me fuese dable perseverar en el error, creer an en tu
amor, no haberme desengaado!

Si al menos perdiese la razn!--Los que deliran se hacen unas
ilusiones tan extravagantes! Quizs as la vera!

_El mismo da._

Latour acaba de entrar en mi habitacin. Ha credo ver al amante de
Adela, al hombre que, segn se dice, la ha hecho huir de aqu. El
miserable ha tratado de evitar sus miradas y se ha substrado a sus
preguntas apelando a la fuga. Latour, a quien yo he informado de todo lo
concerniente a Adela, persiste en dudar de su traicin. Que no pueda yo
dudar tambin!

En ciertos momentos, no obstante, yo creo... Qu digo yo y cul no es
mi ceguera! Estoy en el caso del viajero que por la noche pierde pie al
borde de un abismo espantoso y se ase a lo primero que encuentra. Un
dbil arbusto, una mata de hierba, un junco, el punto de apoyo ms falso
y ms incierto le basta para reconciliarse con la esperanza; pero bien
pronto se le escapa todo a la vez y desaparece para siempre.

_15 de junio._

Ven a mi lado, Eduardo, no te fatigar ms con mis pesares; un da, una
hora algunos minutos lo han cambiado todo; soy ms dichoso que nunca;
slo tu presencia falta a mi felicidad.

Pero, cmo contarte todo esto sin anticiparte los acontecimientos?
Estos ltimos instantes estn tan llenos de hechos y de emociones!
Desde la partida de Adela, yo me haba impuesto el fcil deber de
substituirla en la distribucin de socorros a los enfermos de la choza;
oficio bien agradable, Eduardo; esas buenas gentes la han visto tambin
y no me hablaban ms que con enternecimiento.

Ayer, aniversario de un da bien doloroso, yo haba ido a renovar, en la
tumba de mi padre, la ceremonia de duelo, a la cual, ausente y
condenado, no haba podido asistir la primera vez. Latour deba
reemplazarme en mi visita a los pobres; volvi pronto y en un estado de
gran agitacin. Haba encontrado en el camino a una de las nias de la
choza que vena a buscarnos al seor de Seligny y a m, de parte del
seor de Montbreuse moribundo.

Yo no s si te he dicho que, desde hace algunos das, el seor de
Montbreuse pareca haberse retirado de la sociedad y que se haba casi
confinado en el castillo que posee cerca de aqu; es ms propio para
alojar las aves de rapia de la comarca, cuyos viejos torreones son un
lugar de cita ordinario. Su ausencia estaba justificada, no obstante,
con el pretexto de la caza. Ayer, al franquear un foso sobre el cual
haba apoyado su escopeta, se dispar sta y el desgraciado Montbreuse
recibi toda la carga en el pecho. Un criado y algunos campesinos lo
trasladaron a la cabaa del epilptico.

Como yo aun tardara en llegar, el seor de Seligny no quiso perder ni
un momento y parti solo a ver al agonizante que, en efecto, pareca
expirar, pero, la exclamacin involuntaria del seor de Seligny,
espantado, que profiri involuntariamente el nombre de Maugis al
reconocerle, pareci despertarle por un instante del sueo de la muerte.
Maugis!--dijo el infeliz moviendo la cabeza con esfuerzo--; que Dios
me perdone!... Ay!... podr perdonarle?...

Despus qued algn tiempo sin movimiento y sin respiracin, pero los
cuidados que recibi del seor de Seligny y de las gentes de la casa
reanimaron un momento su vida y pareci querer hacer una revelacin
importante, sucedindose sonidos inarticulados en sus labios: Adela,
dijo. S, ya lo s, contest el seor de Seligny tratando de evitarle
la dificultad de las explicaciones difciles. Adela--continu
Montbreuse--, la hija de Anglica... Ya lo s. Adela, la ms pura,
la ms virtuosa de las criaturas... Y bien? Adela, inocente, digna
de usted, digna de l... est secuestrada por orden ma... Maugis no
pudo acabar.

No te contar todas mis angustias de aquella noche. El criado de
Montbreuse, a quien Latour haba estado a punto de sorprender,
informado de la muerte de su seor, ha venido esta maana a mi casa y
me lo ha confesado todo. Montbreuse haba urdido esta infame traicin
con el pretexto de servir los intereses de Eudoxia, que probablemente
era extraa a sus manejos; ella haba podido creer y, por consiguiente,
haba tratado de probar a Adela que era una gran desgracia para ella
autorizar mi amor, que yo sera ms dichoso si ella se alejaba de m y
yo la olvidaba--porque se figuraban que yo la olvidara--, que todo la
obligaba, en fin, a entrar, hasta nueva orden, en un establecimiento
religioso donde vivira al abrigo de mis persecuciones. La misma priora
aprob el plan e indic la casa donde podra refugiarse. Pero stos no
eran los planes de Maugis, que adoraba a Adela desde haca mucho tiempo
y que no tomaba una parte activa en esta intriga ms que para hacer una
nueva vctima. A alguna distancia del castillo, el carruaje cambi de
direccin y condujo a Adela al castillo por caminos extraviados; la
noche estaba muy adelantada y nadie lo advirti. All est cautiva
Adela, bajo una triple llave de la que ese domstico es el nico
depositario, porque Montbreuse, fiel a su hipocresa, afectaba an no
comunicarse con Adela ms que por medio de mensajes apasionados, y que
era hoy cuando, por primera vez, deba presentarse a sus ojos. A la
noticia de esta visita, Adela exclam: Que ese monstruo no venga aqu,
porque me encontrar muerta! Ya ves, Eduardo, si soy dichoso y si Adela
es digna de m. Ella no haba consentido en recluirse ms que por
deferencia a su madrina, cuya ternura y buenas intenciones no poda
desconocer, y por su cario abnegado hacia m, que la he calumniado.
Olvida, olvida mis indignas sospechas!

No te extrae que emplee todo este tiempo escribindote antes de que me
sea devuelta. Qu hara para distraer mi impaciencia mientras espero la
dicha? Es preciso, antes de que me sea devuelta, que yo me ocupe de
ella, y es a su abuelo--he debido respetar esas conmovedoras
conveniencias--a quien corresponde sacarla de su prisin. Juzga la
lentitud con que transcurren los instantes esta tarde!

Pero no cerrar mi carta--un carruaje entra en la avenida. Inexpresable
felicidad!--Adela, mi padre, amigo mo, venid todos! Ven, Eduardo, ven
a mi lado!


LATOUR A EDUARDO DE MILLANGES

_El mismo da._


S, seor, venga, no pierda un minuto, mi pobre amo tiene necesidad de
usted. El le ha escrito su felicidad, pero no saba... Yo he acompaado
al seor Seligny al castillo. Hemos subido al piso en que se encontraba
encerrada la seorita Evrard, que es el ms alto de la casa. Apenas ha
odo la llave girar en la cerradura, ha lanzado un grito de horror.
Adela, Adela!, ha dicho el seor de Seligny fuera de s. Hemos
entrado. La habitacin estaba vaca. De pronto se me ocurre una idea. La
ventana est abierta y me abalanzo a ella. Qu cuadro, seor Eduardo!
La infortunada haba credo or a Maugis. Y ella haba dicho que
morira si se presentaba a ella!

No hay esperanza ninguna; est muerta. Pobre padre! Y l sobre todo!
Conciba usted su desesperacin!

Venga, venga, seor Eduardo! slo usted quizs... Pero, qu ruido es
se?... ser que...? Ah! Dios todopoderoso, qu os hemos hecho para
atraer hasta ese punto vuestra clera? Ay, seor Eduardo, no venga
usted!


FIN


NOTAS:

[A] Es intil recordar al lector que esto fue escrito en el reinado de
Napolen.

[B] Este prefacio fue compuesto para la primera edicin de _Adela_.






End of Project Gutenberg's El pintor de Salzburgo, by Charles Nodier

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PINTOR DE SALZBURGO ***

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