The Project Gutenberg EBook of Espasmo, by Federico De Roberto

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Title: Espasmo

Author: Federico De Roberto

Release Date: October 3, 2008 [EBook #26756]

Language: Spanish

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BIBLIOTECA DE LA NACION

FEDERICO DI ROBERTO

ESPASMO

BUENOS AIRES

1909




INDICE


   I.--El hecho
  II.--Las primeras indagaciones
 III.--Los recuerdos de Roberto Vrod
  IV.--Historia de una alma
   V.--Duelo
  VI.--La investigacin
 VII.--La confesin
VIII.--La carta
  IX.--Espasmo


Para hacer conocer la literatura romntica italiana, en sus elementos
ms modernos y en sus tendencias ms recientes, difcilmente podramos
haber encontrado algo ms a propsito que un autor como Federico di
Roberto y un libro como Espasmo.

Federico di Roberto tendr ahora treinta y seis aos. Es siciliano, como
Verga, el autor de _Cavalleria rusticana_, con el cual su talento
literario presenta algn parecido. Como Verga, tambin es un realista,
de un realismo que ostenta el color luminoso de la isla nativa. Sus
novelas son de una gran intensidad dramtica--aun cuando conservan en
sus lineamientos una elegancia impecable,--algo de aristocrtico en la
concepcin y en la forma, que se revela en todas sus pginas y que
caracterizan al joven escritor de una manera feliz. Con _Arabeseos e
Historias breves_ inici brillantemente su carrera literaria, en la que,
a pesar de estar en sus comienzos, ha logrado xitos de resonancia con
_I Vicer_ y con este _Espasmo_ que hoy ofrecemos a los lectores
argentinos, y cuya traduccin directa del idioma en que fue escrito
mereci de nuestra parte especial cuidado.

En el drama que se desarrolla en este libro intervienen pasiones
intensas y opuestas. Su ambiente es una ciudad de Suiza; el drama se
desarrolla entre refugiados nihilistas, y es la lucha ardiente del deber
impuesto por la fe poltica contra una pasin violenta y arrebatadora.
Sobre tal contraste, que da lugar a escenas emocionantes y en que se
mueven personajes intensamente humanos, se funda el argumento de esta
novela, acerca de la cual no diremos nada ms para no malograr la
conmocin honda y sincera que ella produce en el nimo del lector.

Como se podr notar fcilmente, Federico di Roberto representa en la
moderna literatura de Italia una nota nueva para nosotros,
diferencindose completamente de D'Annunzio, Fogazzaro y D'Amicis, que
son los novelistas italianos ms conocidos en el exterior. Y, al leer
_Espasmo_, estamos seguros de que los lectores de buen gusto nos tendrn
en cuenta el haberles hecho conocer un vigoroso talento que encarna,
puede decirse, la nueva forma de la literatura romntica italiana en
esta poca.




ESPASMO




I

EL HECHO


Todos los que pasaron el otoo de 1894 en las orillas del lago de
Ginebra, recuerdan sin duda todava el trgico suceso de Ouchy, que
produjo tanta impresin y proporcion tan abundante alimento a la
curiosidad, no slo de las colonias de gente en vacaciones esparcidas en
todas las estaciones del lago, sino tambin del gran pblico
cosmopolita, al que los diarios lo refirieron.

El 5 de octubre, pocos minutos antes de medioda, el estampido de un
arma de fuego y gritos confusos salidos de la _villa Cyclamens_, situada
en mitad del camino de Lausana a Ouchy, interrumpieron violentamente la
habitual tranquilidad del lugar y atrajeron a los vecinos y transentes.
La _villa Cyclamens_ estaba alquilada a una seora milanesa, la Condesa
d'Arda, que la ocupaba todos los aos, de junio a noviembre. La amistad
de la Condesa con el Prncipe Alejo Zakunine, revolucionario ruso que
haba sido condenado primero en su pas, expulsado en seguida de todos
los Estados de Europa y refugiado ltimamente en el territorio de la
Confederacin, era conocida desde tiempo atrs.

Los dos amantes se encontraban en la villa el da de la tragedia; y los
gritos, del mismo Prncipe Zakunine, junto con la detonacin del arma,
hicieron acudir a los sirvientes despavoridos, a cuyos ojos apareci un
tremendo espectculo: la Condesa yaca exnime al pie de la cama, la
sien derecha perforada por un proyectil, y un revlver cerca de su mano.
Y por ms que la vista de la muerte, de la muerte repentina y violenta,
sea tal que ninguna otra la aventaje en horror, la presencia de ese
cadver no era, sin embargo, lo que produca una emocin ms fuerte,
sino el aspecto del sobreviviente. Semejante a una plida azalea cruzada
por rayas rojas, el fro rostro de la infeliz, manchado parcialmente de
sangre, tena el color de la cera, pero nada en l revelaba las
contracciones de la agona: por el contrario, una serena confianza y
algo como una sonrisa todava viviente le animaban; Levemente apartados
los violceos labios, detrs de los cuales asomaba apenas la perlada
lnea de los dientes; abiertos los prpados, las pupilas vueltas hacia
el cielo, la muerta pareca estar en xtasis, como si an no hubiese
abandonado la existencia del todo, deseosa de poder atestiguar que fuera
de la vida humana, en el silencio y en la sombra, haba por fin hallado
el bienestar y la alegra. Lvido, desencajadas las facciones, los
cabellos en desorden sobre la frente empapada en sudor glacial, loca la
mirada, temblorosos los labios, las manos, todo el cuerpo, como si
fuera presa de la fiebre, el Prncipe Alejo infunda pavor. Despus de
haber pedido auxilio con voz ronca y a gritos, se haba arrodillado
junto al cadver y lo abrazaba, ensangrentndose todo, y de su convulsa
boca no salan ms que dos palabras breves y montonas:

--Se acab!... Se acab!...

En aquellas palabras, en el desgarrado acento con que las repeta, haba
un desconsuelo, una amargura, una desesperacin tan grande, que la
muerta no pareca ya merecer tanta compasin como el vivo, como aquel
hombre inconsolable, abrumado por el dolor, que pareca, l tambin,
prximo a perder el aliento. Y a ratos, cuando sus manos se cansaban de
acariciar las manos, los cabellos, las ropas de la muerta, se las
llevaba al cuello con ademn violento, cual si quisiera estrangularse:
entonces los criados, todas las personas que haban acudido, trataban de
consolarle, de arrancarle a ese espectculo cruel; pero l, con mpetu
salvaje, rechazaba a todos lejos de s, extenda los brazos, se paraba,
y despus de recorrer con paso inseguro, cual si estuviera ebrio, el
cuarto mortuorio, volva a desplomarse junto al cadver.

La villa estaba abierta para todos; nadie pensaba en impedirles su
acceso. De la cercana Casa de Salud haba acudido prontamente el doctor
Brard, quien slo haba podido comprobar la muerte instantnea. La
noticia se iba propagando rpidamente entre la colonia de extranjeros, y
los curiosos afluan a la villa, en especial los que conocan a la
Condesa y al Prncipe; pero ninguno poda obtener noticias de lo
acontecido, a no ser de los sirvientes. Zakunine pareca sordo y ciego,
no reconoca a las personas que se le acercaban, que intentaban
estrecharle la mano, ni oa las palabras de psame, las frases de
dolorida simpata que le dirigan.

Tampoco las respuestas de los criados arrojaban mucha luz sobre el
suceso. Refirindose solamente a las circunstancias exteriores de la
catstrofe, contaban todos que el Prncipe haba vuelto a la villa dos
das antes, despus de una ausencia de algunas semanas; que la seora se
haba levantado esa maana ms temprano que de costumbre y haba
permanecido como una hora en el terrado, mientras su compaero trabajaba
en el escritorio, con una dama que haba llegado como a las nueve; que
antes del almuerzo la Condesa haba enviado a la ciudad, con unos
encargos, a Julia, la doncella italiana que tena desde haca largo
tiempo; que, cuando ya iba el almuerzo a ser servido, el disparo haba
hecho estremecer a todos: que del segundo piso, donde estaban las
habitaciones de los patrones, se haba lanzado el Prncipe al piso bajo
como un loco, pidiendo que se llamara a un mdico, y que todos haban
subido precipitadamente al cuarto de la Condesa, donde la extranjera,
despus de intentar en vano socorrer a aqulla, haba tratado,
igualmente en vano, consolar al desesperado Prncipe.

En medio de la confusin pocos haban notado la presencia de la
extranjera. Era sta una joven de veinte aos apenas; cabellos de un
rubio azafranado, cortos, peinados como los de un hombre; ojos claros y
mirada fra; estatura ms bien pequea: estaba vestida de negro de pies
a cabeza. Se mantena derecha e inmvil en el ngulo de una ventana, los
brazos cruzados, la cabeza inclinada, y casi no se daba cuenta de la
curiosidad que su presencia comenzaba a excitar.

En el crculo que formaban los ms curiosos de los presentes, estaba la
Baronesa de Brne, dama austriaca, gruesa y de baja estatura, la nica
de su sexo que haba acudido a la villa, y que miraba fijamente a la
extranjera, abrumando al mismo tiempo con sus preguntas a los criados,
quienes no sabiendo qu contestar se mezclaban en los grupos a comentar
lo ocurrido.

--Pobre mujer!... Pobre amiga!...--exclamaba la Baronesa.--Pero por
qu?... Cmo ha podido?... Y no ha escrito nada? No han encontrado
algo dejado por ella?... Tiene que haber algo... buscando... Muri en
el instante?... Sufra, es cierto; pero no tanto que no pudiera
resistir!... Era fuerte, una mujer muy fuerte, a pesar de su cuerpecito
tenue y delicado... Los dolores morales...

Y en voz ms baja, dirigiendo la palabra a un joven ingls de bigotes
colorados, ojos azules y frente calva, le insinu:

--Cree usted que fuera feliz?

El interrogado respondi con un ademn ambiguo, que tanto poda
significar asentimiento como duda o ignorancia.

--Y ese pobre Prncipe!...--continu la Baronesa, siempre mirando por
lo bajo, continuamente, a la extranjera.--Es un dolor verle sufrir
as... Sera necesario que alguien le persuadiera de que se
alejara...--Y estas palabras iban encaminadas directamente a la joven
desconocida; pero como sta no contestara, la Baronesa propuso:--Por
qu no ponen por lo menos el cadver sobre la cama?

Hablaba desde el grupo formado en torno del cadver, y, al ver que los
circunstantes, aprobaban sus observaciones, pidi y obtuvo que la
dejaran pasar. Entonces se acerc al Prncipe, que estaba en ese momento
apoyado contra la cama, los brazos colgando, contradas las manos y los
extraviados ojos todava vueltos hacia la muerta.

--No podemos dejarla as... deseamos ponerla sobre la cama... Quiere
usted?

Pero l no contest, ni pareci siquiera haber odo, y al ponerle la
Baronesa una mano en el hombro, tembl como sacudido por una corriente
magntica: su mirada extraviada, perdida, desconsolada expresaba una
angustia tan pavorosa, que la locuaz seora se encontr por un momento
con que le faltaban las palabras.

--Qu desgracia!... Qu dolor!...--dijo turbada.--Pero hay, sin
embargo, que tener fuerza suficiente para resignarse al destino!...
Doctor--agreg, volvindose hacia Brard, que se acercaba en ese momento
al Prncipe.--Desearamos retirar de all el cadver... Me figuro a
ratos que la pobrecilla sufre en el suelo!... Y a toda esta gente, no
se la podra pedir que se alejara?

--S... cierto...--contest el doctor vacilante y sin saber qu
hacer.--Pero antes de resolver nada, hay que esperar la llegada de los
magistrados...

--Se les ha avisado?

--Aqu llegan.

Efectivamente, el murmullo de las voces acababa de extinguirse en la
sala contigua, y en ese instante entraba el juez de paz del circuito
Lausana, el comisario de polica, un mdico y dos gendarmes.

Lo primero que hizo el juez fue ordenar que se alejara a los indiscretos
del cuarto mortuorio y de la sala, y cumplida esta orden, los gendarmes
se colocaron en la puerta que comunicaba aquella sala con el otro
saloncito, para impedir que la gente volviera. Slo quedaron con el
cadver, la extranjera, el doctor Brard, y su colega de la polica, a
quien explicaba la inutilidad de toda curacin y la rapidez de la
muerte; la Baronesa de Brne, que sin que nadie se lo pidiera, informaba
de lo sucedido al juez; ste, el Prncipe y el comisario.

--A qu se atribuye su funesta resolucin? No haba algo que la
hiciese prever?--pregunt el juez; y la Baronesa, no obstante ser
incapaz de callarse, por esa vez se limit a encogerse de hombros y
mirar al Prncipe, para significar que ste era el nico que poda
contestar.

Zakunine se pas una mano por la frente, como si se despertara de un
profundo sueo, y dijo:

--S, haba que preverlo... Yo he debido preverlo...

--Sufra mucho?

--Sufra tanto... tanto!...--respondi el Prncipe, con una entonacin
de tristeza tan profunda, que el mismo magistrado se sinti conmovido.

--Estaba enferma?--pregunt el juez al doctor, despus de un breve
silencio.

--S: de una afeccin del pecho.

--Saba lo que tena?

--Sin duda. No era posible ocultarle nada. Era tan inteligente y
valerosa, que las mentiras compasivas eran intiles con ella.

--No se poda tener esperanzas de salvarla?

--Su enfermedad era de aquellas sobre el desenlace de las cuales no cabe
engao, pero que mediante un rgimen apropiado permiten vivir an largos
aos.

--Entonces no es la enfermedad lo nico que la ha impulsado a matarse?

--No es lo nico--repiti como un eco el Prncipe Alejo.

Muy curiosa, casi cmica, era durante aquel triste interrogatorio la
actitud de la Baronesa de Brne, la cual, ya que no poda hablar
apretaba los labios, mova los ojos, sacuda la cabeza, inclinaba todo
el cuerpo, como si sucesivamente repitiera las preguntas del juez y
confirmara las respuestas del mdico y del Prncipe, para hacer ver que
ella haba previsto las unas y las otras, y advertir por seas que
tambin ella tena una observacin que hacer. Y de vez en cuando
interrumpa:

--Eso es!... Asimismo!... Exactamente!... Y teniendo los sentimientos
religiosos que tena...

--Cules eran?--pregunt el juez.

--Pocas mujeres he conocido de una fe tan slida y ardiente--contest el
doctor.

--Es cierto?...--interrumpi otra vez la Baronesa.--Parece increble
lo grande que era su fervor! Yo tengo motivos para saberlo. No daba un
paseo sin que su trmino no fuera una iglesia. Sus excursiones
preferidas eran en el distrito de Echallens, a Bretigny, a Assens, a
Villars-le-Terroir, a causa de las iglesias catlicas que encontraba por
all.

Los domingos y fiestas pasaba largas horas aqu, en San Luis,
arrodillada hasta que le faltaban las fuerzas... Y esa era la
observacin que yo quera hacer a usted: que es por dems increble
cmo, con tanta fe, ha podido hacer lo que ha hecho.

El Prncipe no hablaba. El temblor nervioso que al principio le sacuda
iba calmndose; la convulsa, violenta, pavorosa expresin de su rostro
lvido y de sus ojos enrojecidos se iba transformando: plido, agotado,
sin fuerzas, pareca l tambin prximo a caer.

--Estaba sola cuando se mat?

--Sola.

--Habl usted con ella esta maana?

--S; habl con ella.

--Estaba triste?

--Mortalmente.

--Podramos ver si ha dejado algo escrito.

La Baronesa dio una palmada y exclam:

--Eso es lo que yo he dicho desde el principio!

El comisario, a una seal del juez, se puso a buscar.

Pocos muebles haba en el cuarto de la muerta. La cama, un ropero con
espejo, una cmoda, un pequeo escritorio colocado contra la ventana, en
plena luz, y en un ngulo una mesita de trabajo, era todo lo que formaba
el menaje. Sobre el escritorio haba dos pilas de libros ingleses con
cubiertas blancas; una caja de papel de cartas; una bombonera antigua, y
un saco de viaje. En la mesita de trabajo y en el velador haba ms
libros. El comisario los registraba uno por uno, abra los cajones de
los muebles, ninguno de los cuales estaba cerrado con llave, y despus
de echar una ojeada a los objetos de elegancia femenina de que estaban
llenos, los volva a cerrar. En el escritorio estaba la
correspondencia de la difunta, en cajas de cartn bastante viejas y una
cartera llena de valores italianos y franceses as como algunos miles de
pesos en monedas de oro y plata. En el fondo de la gaveta de la derecha
encontr el comisario un estuche en forma de libro forrado en terciopelo
negro, y cerrado con una minscula llave: ya iba a abrirlo, cuando el
Prncipe dio un paso hacia l, diciendo:

--Ese es un libro de memorias... el diario de su vida...

Por el tono en que haca esa indicacin, por la actitud de toda su
persona, pareca que quisiera defender contra las miradas indiscretas el
pensamiento ntimo de su pobre amiga; pero la Baronesa de Brne exclam,
aproximndose al juez, que ya haba tomado de las manos del comisario el
libro extrado por ste de su negra caja:

--All precisamente se puede encontrar algo!...

Tambin la cubierta del libro era negra, con broches de plata, como un
libro mortuorio y su sola vista expresaba la tristeza y el dolor que
deban haber amargado la vida de aquella desventurada. El juez recorri
rpidamente las tapas: la letra era ms bien grande, delgada, poco
acentuada, elegante y de una nitidez admirable. Casi las tres cuartas
partes del libro estaban escritas. El juez consagr su mayor atencin a
las ltimas pginas; pero despus de haber ledo, dej caer la cabeza y:

--No se entiende--dijo--no es una confesin...

Mientras tanto, el comisario continuaba sus investigaciones en una
pequea habitacin contigua al cuarto de vestirse, donde otro ropero,
el lavatorio y los bales ocupaban todo el lugar disponible. Pero
tampoco all encontr ninguna carta. Entonces volvi al dormitorio, lo
atraves, y entr en la sala: all el registro fue an ms breve o
intil, pues aparte del divn y los sillones, slo haba una mesa llena
de menudos objetos de uso, y luego el piano, sobre el cual se vea un
cuaderno con composiciones de Pessard. Ya el comisario volva sobre sus
propios pasos, cuando un ruido de voces, exclamaciones de angustia le
hicieron regresar; los gendarmes, obedientes a las rdenes que haban
recibido, impedan la entrada a una mujer vestida de obscuro, que
llevaba en la cabeza el velo negro de la gente del pueblo lombardo.

--Ah, seor! Ah, seor!...--exclamaba la mujer, juntando las manos, el
flaco rostro surcado por ardientes lgrimas.--Quiero verla!... Verla
una vez ms!... Mi patrona... mi buena patrona! Ah, seor, verla!...

Era Julia, que en ese momento volva de la ciudad. Bajita y delgada,
algo entrada en aos, pareca anonadada por la angustia.

--Dejadla pasar--orden el magistrado, a quien la Baronesa explicaba
que, sirvienta de la Condesa durante muchos aos, esa mujer haba gozado
de toda su confianza.

Y cuando entr, sollozante y lacrimosa, juntas las manos, y se adelant
hacia el cadver, el mismo estremecimiento nervioso de antes volvi a
sacudir el cuerpo del Prncipe; en su rostro volvieron a leerse aquel
desfallecimiento de terror, aquel pavoroso dolor, como si la vista de
una persona cara a la muerta, su presencia all, hicieran recrudecer su
tormento. Ya no miraba al cadver sino a la desconsolada mujer, y
pareca querer acercrsela, juntarse con ella, como para unir los
dolores de ambos, para hablarla de la muerta, para orla hablar de ella.
Todos, hombres de justicia, mdicos, hasta la misma Baronesa se sentan
impresionados por la ansiosa actitud de aquel desdichado: slo la
extranjera permaneca inmvil y rgida, impasible y casi sin mirar a
nadie.

--Lo deca y lo ha hecho!... Ha hecho lo que deca!...--gema la mujer
junto al cadver.--Deseaba la muerte, la llamaba... Ah, pobrecilla!...
Ah, seores!... Y me mand afuera, me mand... para estar libre...
para que no se lo leyese en la cara! Ah, si hubiera estado junto a
ella!... Cuntas veces, pobrecita, cuntas veces, rog a Dios que la
hiciera morir!... Y se ha matado!...--repeta con voz an ms afligida,
como si hasta ese momento hubiera podido dudar y esperar, y de repente
recibiera la confirmacin indudable de semejante desgracia. Se ha
matado!... Est muerta! Seor! Seor!...

La Baronesa se pas la mano por los ojos, suspir y atrajo hacia su
pecho a la criada.

--Basta, basta, pobre mujer!... No hay ms remedio que conformarse!...
Clmese usted!.... Basta!... Lo mejor es que diga usted a estos
seores, a la justicia, adonde la mand, a usted? A qu la mand?

--A la ciudad, a pagar unas cuentas... a comprar cosas... Yo no s
ms... Pareca, cuando se levant de la cama, como si quisiera ir
conmigo... despus cambi de opinin, y me mand...

--La dio a usted alguna carta? Sabe usted si escribi alguna carta,
anoche o esta maana?

--Anoche no: esta maana. Esta maana escribi una carta.

--A quin estaba dirigida?

--A sor Ana.

--Quin es sor Ana?--pregunt el magistrado, que haba dejado
pacientemente a la verbosa seora formular el interrogatorio.

--Sor Ana Brighton, su antigua maestra inglesa.

--Dnde est?

--No s. En el sobre estaba el nombre del lugar, un nombre extranjero.

--Usted tampoco sabe esa direccin?--pregunt el juez, volvindose
hacia el Prncipe Alejo.

--La ignoro, pero...

Su ansiedad pareca ir calmndose. Ya iba a decir algo, cuando se volvi
a or en el fondo de la sala a los agentes de polica que impedan la
entrada a alguien. Pero esa vez la inesperada persona no se lamentaba,
no lloraba; con voz vibrante, irritada y casi imperiosa, deca:

--Djenme pasar!... necesito entrar, les digo!...

Al mismo tiempo que el comisario iba a ver quin era, Brard y la
Baronesa de Brne se acercaban a la puerta.

--Vrod!--exclam la Baronesa al ver a un joven alto, corpulento, de
cabellos negros y bigote rubio, que decidido a forzar la consigna, entr
a prisa cuando los guardias, a una sea de su superior, se hicieron a un
lado. Pero despus de haber realizado su intento y avanzar rpidamente
los primeros pasos, el recin venido pareci de pronto titubear,
vacilante: la irritacin que le encenda el rostro fue cediendo ante la
confusin y la angustia. Al llegar al umbral y ver al cadver se llev
una mano al corazn, se recost contra el marco de la puerta,
intensamente plido, a punto casi de desmayarse.

--Nuestra pobre amiga!--exclam otra vez la Baronesa, tendindole la
diestra, cual si quisiera confortarle, infundirle valor.--Quin lo
habra dicho!... No parece un sueo?... Pobre, pobre amiga!... Matarse
as...

Pero el joven se repuso, y avanzando un paso ms dijo con fuerte voz:

--No.

Un movimiento de inquietud y estupor pas por entre los presentes.

--Qu dice usted?--pregunt el juez, acercndose a Vrod y mirndole
fijamente en los ojos.

--Digo que esta seora no se ha matado. Digo que ha sido asesinada.

Su voz resonaba de manera extraa, pareca que hablara en un lugar
vaco, tan glacial era el silencio que reinaba en torno suyo, tan
suspensos y sorprendidos se encontraban los nimos de todos los
presentes. El Prncipe Alejo, erguido, inmvil, alta la frente, miraba
tambin fijamente a su inesperado acusador.

--Cmo puede usted asegurarlo?--pregunt an el juez.

--Lo s.

--Cules son las pruebas que tiene usted?

--Ninguna prueba material. Todas las certidumbres morales.

--Quin cree usted que la ha muerto?

El joven extendi el brazo, seal con el ndice al Prncipe y la
extranjera, y dijo:

Todos los presentes volvieron las atnitas miradas hacia los acusados.

En el primer momento la fisonoma del Prncipe Zakunine haba
permanecido sin expresin; pareca que ste no hubiera odo, o que no
hubiera comprendido; pero, poco a poco, una amarga e irnica contraccin
de los labios, un encogimiento de las cejas sobre los ojos de pronto
hundidos y casi risueos, animados por una risa casi dolorosa, revelaron
la sensacin de estupor, de incredulidad y en cierto modo de diversin,
que tan inopinado cargo despertaba en su nimo. En cuanto a la
desconocida, segua con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando al
acusador, sin que su rostro de estatua despertara desdn ni estupor.

Antes de decir nada contra alguien--repuso el juez en tono de
amonestacin--es preciso estar cierto de lo que se dice.

--Si no estuviera cierto no habra hablado.

--Qu inters puede haber armado el brazo de estas personas?

El joven rompi a hablar con una violencia que en vano trataba de
contener.

--La maldad del alma de uno y otro, el placer salvaje de hacer mal, de
destruir una vida, de derramar sangre. La voluptuosidad de poner fin con
la muerte al largo martirio que han infligido a esa infeliz.

La voz le temblaba, sus manos tambin estaban trmulas, sus ojos estaban
preados de lgrimas. Pero a la emocin que aquellas palabras haban
producido en los circunstantes, sucedi de improviso otro sentimiento de
verdadero pavor, cuando el Prncipe, acercndose a su acusador, el
puo tendido, las facciones contradas, clav en l una mirada dura,
rencorosa, y le apostrof as:

--Loco! Qu dices?

Los dos hombres se miraron cara a cara. Aceros afilados y agudos, aceros
que despedan centellas eran las miradas de ambos. Parecan querer uno y
otro penetrar con ellas hasta el alma.

El juez y el comisario se vieron obligados a interponerse.

--Diga usted de dnde viene su certidumbre!--intim el primero.

--De todo, de todo! De los sentimientos de esta criatura, que yo
conoca y apreciaba; de la cristiana resignacin, de la anglica bondad
de su alma. De la conducta de estos dos, de sus instintos sanguinarios,
de su complicidad en el mal a que viven consagrados. Nadie que la haya
conocido creer nunca que sea ella misma quien se ha dado muerte.

Pregntenlo a quien quieran, pregntenlo a todos... digan
ustedes--agreg dirigindose a los criados, que se miraban azorados:
deseaba provocar en el acto el testimonio de los presentes--digan
ustedes que la conocieron, que poseyeron su afecto, si es posible, si es
creble...

El juez le interrumpi, clavando otra vez en su rostro una mirada
escrutadora:

--Esta mujer ha dicho lo contrario: ha declarado que su patrona ha
intentado otras veces matarse; que esta maana la alej deliberadamente
y que hoy no ha hecho ms que poner en prctica un propsito antiguo y
firme.

--Usted cree eso?--exclam el joven desconcertado--usted ha dicho eso?

La mujer no contest. Miraba en torno suyo, extraviada, como ausente;
pareca no comprender ni ver.

--De quin era esta arma?--la pregunt el magistrado.

--Suya.

--Poda alguien tomarla? Dnde la tena?

--Encerrada, escondida.

--Ve usted--dijo otra vez el juez, volvindose hacia el joven--que nada
confirma sus acusaciones? Insiste usted en ellas?

El magistrado hablaba con gravedad, casi en tono de desdeoso reproche
por la ligereza de que el joven daba pruebas. Pero ste, despus de un
momento de silencio durante el cual se pas una mano por la frente y
lanz en su derredor una mirada de duda, contempl una vez ms el cuerpo
exnime que yaca en el suelo, las formas rgidas de la muerta, el
rostro ms blanco an que al principio, sobre el cual las manchas de
sangre iban perdiendo su color purpreo al secarse, la boca todava
entreabierta, los ojos fijos, ya no en xtasis, sino tremendos; y
entonces, extendiendo el brazo, repiti con voz sorda y agitada:

--Atestiguo que esta mujer ha sido asesinada. Pido que se me deje hablar
con el juez de instruccin.




II


LAS PRIMERAS INDAGACIONES


Francisco Ferpierre, juez de instruccin adscripto al tribunal cantonal
de Lausana, era muy joven: todava no tena cuarenta aos. Una cultura
legal solidsima, mucha ciencia de la vida y del corazn humano, una
natural aptitud para la observacin, que en el ejercicio de su profesin
se haba convertido en genial clarovidencia y casi en presciencia
inerrable, eran circunstancias reunidas para hacer de l una de las
mejores autoridades de la magistratura helvtica. Y, sin embargo, su
primera vocacin haba sido otra.

Amante de las letras, haba comenzado a cultivarlas, descuidando por
ellas en un principio, los estudios legales como intiles e ingratos, y
llegando hasta a alimentar una especie de rencor hacia su familia, que
lo exhortaba a seguirlos. Escribiendo versos de amor y prosa de novelas,
ejercitando la divina y creadora facultad de la imaginacin, era como
pensaba conquistarse la gloria, desdeoso y para nada necesitado de
compensaciones ms reales. La muerte de su padre, sostn de la numerosa
familia, le despert de su sueo. Comprendi entonces que su deber era
sustituir a su padre y de la noche a la maana dijo adis a la fantasa
y a la fbula, para dirigir su actividad por un camino ms positivo.
Sus primeros trabajos no le haban sido intiles del todo: el hbito de
la investigacin contrado al reflexionar sobre argumentos ficticios, lo
haban hecho hbil para desentraar los misterios con que lucha la
justicia. Haba comenzado a estudiar la vida en los libros, y gracias a
ellos poda comprender sin gran trabajo, cmo era en realidad.

La profesin poltica y la judicial son sin duda las que mejor y con mas
rapidez permiten conocer a los hombres; pero hay casos en que el hombre
poltico es presa de alguna de las mismas pasiones que presume poder
juzgar en los otros, mientras que el magistrado, indiferente, sereno,
extrao a los intereses que ve agitarse en torno suyo, est ms que
cualquier otro en situacin de leer en el libro del corazn. Y
Ferpierre, despus de haber dado libre desahogo en los artsticos
trabajos, de su primera juventud a sus pasiones vivaces, haba
comprendido a tiempo todo cuanto hay de exagerado, de falso y malsano en
una concepcin demasiado amplia y potica de la existencia, y como sus
sentimientos haban llegado a ser ms austeros, ms severos eran por
consiguiente sus juicios. El antiguo fondo moral de la raza helvtica,
la seriedad y la tristeza acumuladas en el corazn de la raza por efecto
de la contemplacin de los gigantescos Alpes; la rigidez casi ingrata de
aquel protestantismo que excluyera de Ginebra durante un tiempo la
msica por ser un arte demasiado voluptuoso, se despertaron en l
despus de los primeros ardores, y a la ligereza algo intencional del
joven poeta, sucedi la rectitud inflexible del hombre maduro.

Ferpierre se senta, por lo tanto, animado de una secreta desconfianza
contra los personajes del drama de Ouchy, que le fue narrado por el juez
de paz en la _villa Cyclamens_, adonde haba acudido al primer
llamamiento. La muerta le inspiraba mucha lstima, cierto, pero si
resultaba cierto que ella misma haba querido abandonar la vida, tan
merecedora sera del reproche como de la compasin. Adems, los vnculos
que la haban ligado con el Prncipe Zakunine estaban fuera de la ley, y
su amistad con Vrod estaba contaminada tambin. Sin haber todava visto
al acusador, con slo or su nombre, crea el magistrado reconocer en l
a Roberto Vrod, el escritor ginebrino que viva desde muchos aos antes
en Pars y de all esparca por el mundo sus libros llenos de amargas
enseanzas. De modo que, si no se engaaba, ese personaje deba serle
conocido ntimamente: Vrod haba entrado quince aos antes en la
Universidad de Ginebra, cuando Ferpierre segua el penltimo curso de
leyes, y un crculo de estudiantes les haba contado a ambos en el
nmero de sus socios durante dos aos. Pero por qu vea el joven en la
muerte de la Condesa un asesinato y se empeaba en vengarlo, sino porque
haba sido rival del Prncipe, es decir, amante de la difunta? La
actitud de soberbio desafo de la extranjera, la certidumbre de que
tambin ella deba estar afiliada al nihilismo, haba predispuesto en su
contra al juez de paz; pero toda la severidad de Ferpierre se acumulaba
sobre la cabeza del Prncipe.

Desde largo tiempo atrs conoca su reputacin. Saba que, dueo de uno
de los primeros nombres y de una de las ms cuantiosas fortunas de su
pas, haba sido desterrado por complicidad en una conspiracin contra
la vida de un general. Saba que, desterrado, haba continuado
conspirando con mayor empeo, que haba llegado a ser uno de los ms
temibles directores del partido revolucionario europeo, que una condena
de muerte penda sobre su cabeza. Y saba tambin que, no obstante que
en apariencia la obra poltica del rebelde absorba toda su actividad,
todava dispona de tiempo para llevar una existencia llena de aventuras
galantes, pasando de un amor a otro, recompensando con el dolor del
abandono y la traicin a las desventuradas incapaces de resistir a sus
seducciones. Y por ese rebelde sanguinario, por ese indigno don Juan,
se haba dejado seducir la Condesa d'Arda!... Pero, en fin, habra la
Condesa querido morir, para no presenciar la ruina de sus sueos de amor
fiel, o haba sido asesinada por el Prncipe y la nihilista?

Ferpierre, desconcertado y confuso ante aquel misterio, discuta estas y
otras cuestiones con el juez de paz en la villa, la misma tarde de la
catstrofe, despus de haber ordenado la traslacin del cadver a la
sala de autopsias, y el embargo de todos los papeles que se encontraron
en la _villa Cyclamens_. En la suposicin de que el amor o el capricho
del Prncipe por la Condesa hubiera concluido, bastaban el desagrado,
el fastidio, o si se quiere, la desinteligencia, el desacuerdo para
explicar el homicidio, si acaso se haba cometido un homicidio? La razn
aducida por el acusador y referida a Ferpierre por el juez de paz, es
decir, la maldad de los nihilistas, careca de valor mientras no se
encontrara acompaada de un mvil ms particular y eficaz. Destruir una
vida por el solo placer de destruirla, no era propio de nihilistas,
sino de locos. Se necesitaba, pues, que los asesinos hubieran sido
impulsados por una pasin o por cualquier inters. Quizs si las
maldades que la Condesa vea urdir al Prncipe, las conspiraciones en
que saba estaba mezclado, la sangre que, segn oa decir, se derramaba
por obra suya, haba aterrado a la pobre mujer, y deseosa de impedir que
perseverara en su labor tremenda, poda haber sorprendido alguno de sus
secretos, o un secreto que, no fuera suyo: habra entonces, la rgida
disciplina de la secta misteriosa, armado el brazo de aquel hombre y de
su cmplice? El juez de paz atribua a esta suposicin algn fundamento;
pero a Ferpierre le pareca, si no del todo inadmisible, por lo menos
poco probable.

Ms admisible era que, si exista un delito, se tratara de un delito de
amor. No habra el Prncipe muerto por celos a la Condesa, enamorado
nuevamente de ella despus de haberla dejado de amar? Y de quin poda
haber estado celoso, sino de ese Vrod que se mostraba tan afligido de
la muerte de la Condesa, y asuma, sin que nadie se lo pidiera, el papel
de acusador y de vengador? O no sera ms bien la extranjera quien
haba cometido el crimen, celosa del amor que tena por la italiana el
hombre que ella amaba?... El delito, quien quiera que fuese el culpable,
cualquiera que fuese el mvil, no poda tampoco haberse consumado sin
que entre el asesino y la vctima hubiera habido una lucha, aun cuando
hubiera sido muy breve; pero ni en el cuarto mortuorio ni en la persona
de la muerta se hallaba el menor vestigio de esa lucha. De la posicin
del arma, la empuadura hacia fuera, y el can apuntando al cadver,
deducan, los doctores que si la Condesa se haba matado, deba haberse
hecho el tiro estando parada: de ese modo el revlver, al caer al suelo,
se haba dado vuelta. Y aunque no pareca muy natural que la infeliz,
contrariamente a lo que hacen todos los suicidas, hubiera escogido esa
posicin para ultimarse, la circunstancia de ser suyo el revlver y
haberlo tenido oculto, exclua la suposicin de que un asesino hubiera
podido servirse de l. Adems, el revlver estaba mal cerrado y en la
cada se le haba salido una cpsula cosa que se explicaba perfectamente
de parte de una mujer poco prctica en el manejo de las armas, de una
suicida cuyas manos deban temblar por otras razones; pero que en un
asesino sera inexplicable.

Mas para detenerse sobre una hiptesis cualquiera, era necesario todava
esperar el resultado de la autopsia; y mientras tanto, Ferpierre, que
haba establecido en el comedor de la villa su gabinete para la
necesaria averiguacin en el lugar del suceso, orden que hicieran
entrar a Vrod.

Cuando el joven se present a Ferpierre, ste vio en la palidez de su
rostro, en la angustia de su mirada, en la turbacin de su actitud, la
confirmacin evidente de que Vrod deba haber estado vinculado con la
difunta por un sentimiento a la par muy fuerte y muy delicado, y en el
instante, reconoci en l, sin la menor vacilacin, al estudiante del
curso de letras, por ms largo que fuera ya el tiempo transcurrido desde
la poca en que ambos eran condiscpulos. Y al verlo record tambin la
frecuencia con que lo haba encontrado en el crculo universitario
ginebrino, durante dos aos seguidos, y record igualmente que entre
ellos no haba mediado una sola palabra de simpata. La ndole triste de
Vrod se haba revelado desde aquellos das lejanos, en las discusiones
juveniles con los camaradas: ninguno de los sentimientos a que Ferpierre
haba obedecido sucesivamente, ni los entusiasmos poticos, ni el severo
deber parecan inteligibles a esa alma cerrada. Se acordara l tambin
de aquellas antiguas relaciones? Haba pedido ver al juez instructor
por qu saba quin era? Iba a darse a conocer?

--Usted ha querido hablarme--dijo Ferpierre mientras se diriga
mentalmente estas preguntas y pona en orden en la mesa los papeles,
secuestrados en la habitacin de la muerta y del Prncipe;--aqu me
tiene usted. Y ante todo su nombre, su edad?

--Roberto Vrod, treinta y cuatro aos.

--Es usted Vrod, el escritor?

--S.

--Nacido en Ginebra, domiciliado en Pars?

--S.

O el joven no le reconoca, o no quera decirle que le reconoca.

--Bueno. Cules son las pruebas que quiere usted comunicarme?

No solamente Vrod no estaba ya seguro de s mismo, como al principio,
sino que de acusador pareca haberse convertido de improviso en acusado,
tan grande fue su confusin al or la pregunta que el juez le haca.
Guard silencio por un momento, trat de decir cualquier cosa, y luego,
arrepentido y ms vacilante que nunca, se acerc al juez y le tendi la
mano.

--Si usted supiera, seor--le dijo con voz insegura y sumisa,--qu
tumulto de sentimientos agita mi corazn, cunto miedo tengo de hablar,
cunto necesito confiarme a su indulgencia, a su discrecin, para
decirle lo que tengo que decirle!

Con tanta delicadeza y sinceridad formul su invocacin, que Ferpierre
se sinti conmovido. Pero todava no quiso provocarlo a que se hiciera
reconocer, esperando ver si l mismo aluda a las relaciones que los
haban unido en otros tiempos. Solt los papeles y estrechando la mano
que el joven le tenda con tanta ansiedad como si quisiera, agarrarse a
l, contest:

--Con eso no hara ms que cumplir con mi deber; pero hagamos algo
mejor: olvidemos nuestras respectivas condiciones y confese usted no al
magistrado, sino al hombre.

--Gracias, seor! Mucho le agradezco sus bondadosas palabras!... Al
magistrado no tendra, efectivamente, mucho que decir, ni conseguira
probablemente comunicarle, faltndome las pruebas materiales, mi
conviccin moral...

--Y al hombre?

--Al hombre... al hombre le preguntar: cree usted que quien ha
soportado una vida siempre tenebrosa, huya de ella cuando ve que por fin
resplandece la luz? que quien ha sufrido con resignacin, en silencio,
puede exasperarse, rebelarse contra una esperanza imprevista?

El juez le escuchaba con la cabeza inclinada, sin mirarlo, y de pronto
no contest.

Pero alzando luego la vista y fijndola en Vrod, se puso a su vez a
interrogarle:

--Tena usted mucha intimidad con la difunta?

El joven no respondi. Lentamente los ojos se le llenaron de lgrimas.

--No debo, no, decirlo...--murmur con voz ahogada.--A nadie revelar un
secreto que no es mo... que no es del todo mo... Y hasta creo, mire
usted, que a ella la lastimara, que ella me prohbe decirlo.

--La amaba usted?

--S.

Sus lgrimas se haban detenido, su mirada expresaba el orgullo y la
alegra, una altiva felicidad.

--S; con un amor que puede ser confesado, alta la frente, delante de
cualquiera. Por qu lo habra de negar?

--Y ella le amaba a usted?

--S!... Y el mundo no sabe, jams sabr, lo que fue nuestro amor. El
mundo es triste, y a poco andar la vida lo amarga todo. Pero nada, ni un
acto, ni una palabra, ni un pensamiento contamin una sola vez ese
sentimiento que nos haca vivir.

--De modo que al Prncipe no le faltara razn de estar celoso?

A la expresin de soberbio gozo que animaba el rostro de Vrod, sucedi
un amarga contraccin de desdn.

--Celoso?... Para estar celoso habra debido amarla! Y si la hubiera
amado fielmente, a ella sola, me habra ella amado a m?

Ferpierre se qued estupefacto ante la manifestacin de semejante idea.
O conservaba un mal recuerdo de las verdades brutales e ingratas de que
Vrod haba sido apstol desde joven, o el pesimista, el escptico se
haba convertido.

--Pero entonces en qu estado se encontraban las relaciones del
Prncipe con la Condesa?--sigui preguntando mientras tanto.--No cabe
duda de que hubo un tiempo en que se amaron!

--Usted sabe, seor, que este nombre, el nombre de amor, se da a tantas
cosas diversas: a nuestras ilusiones, a nuestros caprichos, a nuestra
codicia... Si; ella le am, con un amor que fue ilusin y engao. Le am
porque crey ser amada por l, por l, que solamente sabe odiar!

--Cmo fue, entonces, que no llegaron a separarse?

--Por la parte de l s: l quiso separarse. Se lo dijo, le ech en cara,
como un reproche, su fidelidad, y varias veces la abandon. Pero ella no
quiso reconocer que se haba engaado, o lo reconoca nicamente en su
interior, y, pensando que los engaos se pagan, que hay que sufrir las
consecuencias del error, acept el martirio.

--Podra usted precisar en qu consisti ese mal trato?

--Quin podra referirlo punto por punto? Todos sus actos, todas sus
palabras envolvan una ofensa, un agravio.

--Cmo lo saba usted? Quin se lo dijo?

--No ella, seor! Nunca o de sus labios una queja contra ese
hombre!... Yo lo supe, lo o personalmente... Haba conocido al hombre
en Pars, muchos aos atrs, antes de que estuviera con ella, y saba lo
que vala. En esto no estaba solo, pues todo el mundo sabe lo mismo que
yo a su respecto.

--Se encontr usted con l alguna vez despus de haber conocido a la
Condesa?

--Nunca. El ao pasado ya pareca haberla abandonado para siempre, y
ahora, despus de su vuelta, no lo he visto sino de lejos, una o dos
veces.

--Qu sabe usted respecto a lo que ella pensaba de su actividad
poltica?

--Que eso no fue uno de los dolores menos crueles de la infeliz.

--Ignoraba ella, cuando lo encontr por primera vez, los fines que
persegua?

--No s... no creo... Pero si acaso supo que lo haban desterrado de su
patria y condenado a muerte, buena y sensible como era, debi temblar de
compasin por l. Y si l la dijo que su sed de sangre no era otra cosa
que amor a la libertad y a la justicia, caridad hacia los oprimidos y
sueos de perfeccin, el alma de la desventurada, ignorante del mal,
debi seguramente inflamarse de entusiasmo y admiracin.

--Cree usted que el desengao le haya sobrevenido muy pronto?

--Muy pronto... y demasiado tarde! S!

--Cundo la conoci usted?

--El ao pasado.

--Dnde?

--Aqu, en el Beau Sjour.

--Todava no haba alquilado la villa?

--S, pero pas algunas semanas en el hotel.

--Dnde viva en invierno?

--En Niza.

--Entonces el ao pasado ya no estaban juntos?

--No.

--Y ahora, haca poco tiempo que l haba vuelto a unrsele?

--En estos ltimos meses.

--Esa mujer, esa joven, podra usted decirme quin es?

--Una compatriota y correligionaria suya.

--Conoce usted la naturaleza de sus relaciones?

--No, pero no es difcil adivinarla.

--Sera ella tambin su querida?

--Se asombrara usted de ello? No sabe usted que estos vengadores de
la oprimida humanidad aman el placer, lo buscan, tienen mucho gusto en
asociarse al deber?

La manera de expresarse del joven era ms y ms amarga cuando hablaba de
aquellos que en su concepto deban haber deseado la muerte de la
criatura adorada por l.

--De modo que, supongamos, que esa joven sea querida del Prncipe.
Habr, por celos, asesinado a la Condesa? Pero, de quin poda haber
estado celosa? No de la Condesa, a mi parecer, porque sta no amaba ya
al Prncipe sino a usted. Ni tampoco ciertamente del Prncipe, que no
amaba ya a la Condesa, sino a ella!... Y l mismo, siendo esta la
condicin de las cosas, qu motivo habra tenido para cometer ese
delito?... Por otra parte, usted ha invocado el testimonio de la criada
para confirmar su acusacin. Cmo se explica usted que esta mujer,
apenas viera el cadver, dijera que su patrona, al matarse, haba puesto
en prctica un antiguo propsito?

--Eso no le prueba a usted--exclam el joven, sin contestar
directamente a la pregunta, si no formulando el a su vez una nueva
interrogacin,--eso no le prueba a usted en qu abismos de desesperacin
haba cado? No es cierto que para que, inspirada y sostenida siempre
por una fe como la suya llegara a hablar de darse la muerte, la vida
deba habrsele hecho odiosa o intolerable?... S, hubo un momento en
que dese morir. Yo mismo o de su boca la tremenda palabra. Pero eso
fue un momento, y no ahora... Debo decir a usted cul era la esperanza
que despus nos mantena a ambos... el sueo divino de una felicidad?...

Ahogado repentinamente por los sollozos, le fue imposible proseguir. Y
el juez, a cada momento ms impresionado al ver que la fisonoma moral
del joven era muy distinta de la que l le haba atribuido guindose de
sus propios recuerdos y de la reputacin que aqul tena, examinaba
mentalmente la eficacia de la prueba moral que por fin precisaba el
acusador.

Si era cierto lo que deca, si la muerta le haba amado, la acusacin
pareca ya menos improbable. Que el sentimiento del ms all hubiera
debido impedir matarse a aquella mujer, era cosa que Ferpierre crea
hasta cierto punto; pero que un sentimiento ms humano, enteramente
humano, hubiera podido disuadirla de su funesto propsito, no le pareca
improbable. La calidad de los motivos a que el hombre obedece es muy
diversa, y en la jerarqua de los sentimientos la fe tiene el puesto ms
alto; pero, en la prctica, sus virtudes no estn en relacin con el
grado que ocupan en esa escala ideal, y con mucha frecuencia pueden ms,
no solamente las pasiones inferiores, sino hasta los nfimos instintos.
Contra los dolores insoportables, contra la necesidad de inquietud y
reposo, el sentimiento religioso que prohbe la muerte voluntaria puede
ser ineficaz; el amor, la esperanza de satisfacer una pasin
esencialmente vital, reconcilian ms prontamente con la vida.

--Pero qu vala aquella presuncin? Cmo servirse de ella para
inculpar a dos personas?

--Usted comprender--repuso el magistrado cuando vio calmarse la
angustia de Vrod,--la necesidad que me obliga a hacerle ciertas
preguntas que le sern dolorosas. Me parece haber comprendido bien el
sentimiento en fuerza del cual la Condesa, a juicio de usted, habra
permanecido con un hombre con quien ya nada la ligaba. Quera aceptar,
casi sufrir, no es cierto? como un castigo merecido, hasta el ltimo,
las consecuencias de su error... Pero si eso le haba sido posible antes
de conocer a usted, cmo no recuper su libertad el da que otra
esperanza la sonri?

--S, por qu no la recuper?--replic Vrod, como hablando consigo
mismo.

--Usted no sospech el motivo?

--Ella misma me lo dijo.

--Y fue?...

--Que ya no se crea, no se senta libre... El compromiso que haba
contrado un da al aceptar la vida comn con ese hombre, era para ella
un compromiso sagrado... No quera pasar de un hombre a otro... Ni yo
tampoco la quera de esa manera...

Era creble el escrpulo que manifestaba Vrod? Un hombre enamorado que
se siente amado conoce obstculos por el cumplimiento de sus anhelos?
Cierto es que en las almas capaces de abrigar ideas generosas y
escrpulos delicados, tienen stos y aqullas mucha fuerza,
principalmente en los comienzos de la pasin, y de las mismas
declaraciones del joven resultaba que su amor estaba en la base
inicial. Despus, se presentaba tan distinto de lo que deba ser segn
su reputacin, hablaba con un acento tan profundamente triste, haba en
su voz un temblor tan vecino del llanto, que Ferpierre no quiso
sospechar de su sinceridad.

--Pero entonces--replic,--si esa seora le amaba a usted y no se crea
libre; si por una parte quera y por otra no poda romper un vnculo ya
mortificante para ella; si el nuevo amor en que se concentraba su sola
razn de continuar viviendo le estaba vedado por escrpulos morales,
ese mismo argumento que usted aduce para reforzar su acusacin, no se
vuelve en contra de sta? La esperanza que habra debido sostener a esa
mujer no se habra convertido ms bien, en un nuevo y ltimo motivo de
desesperacin?

--Cmo?... Por qu?...--balbuce Vrod, aturdido.

--Digo que, querindole a usted esa seora y no pudiendo amarle sino a
costa del respeto que se tena a s misma, no encontr en el amor que
usted la tena el consuelo que usted dice. Por el contrario, ese fue su
dolor extremo, la razn definida que tuvo para abandonar la vida.

Como si el joven no hubiera comprendido al principio, o le pareciera
haber comprendido mal, miraba a su interlocutor con ojos despavoridos, y
en toda su actitud, en sus labios entreabiertos, en su respiracin breve
y precipitada, en el tembloroso ademn con que alzaba el brazo y se
oprima el pecho con la mano, se vea como si de repente hubiera sentido
el corazn atravesado por un dolor agudsimo.

--Yo?... Yo?... Dice usted que por causa ma?... Yo la he muerto?...
Oh!

Y, ocultando la cara entre las manos, sofoc un grito de dolor
sobrehumano.

Ferpierre se vio obligado a guardar silencio, no tanto por discrecin
como porque sinti una inslita turbacin. Haba ido all a instruir un
proceso y mientras tanto asista a un drama. El espectculo de las
pasiones le era habitual, pero la casualidad lo pona en ese momento en
presencia de una alma con la que lo unan los recuerdos de la juventud
despertados de improviso. El hombre que estaba all con l no era
solamente el antiguo compaero con quien en otros tiempos haba tenido
frecuentes conversaciones, era tambin uno de los ms claros ingenios de
su poca. La naturaleza de este ingenio no le haba inspirado simpata,
y aunque no hubiera descubierto, como acababa de descubrir, cun poco se
asemejaba el hombre al escritor, esa misma rivalidad intelectual que
mediaba entre ambos lo turbaba, lo substraa de su ordinaria
indiferencia, de la necesaria serenidad. Y ante aquel dolor se senta
conmovido, cuando precisamente tena necesidad de toda la lucidez de su
espritu para estudiar la acusacin.

Pero, una vez que el joven estaba abrumado por la sospecha de haber sido
l mismo la causa involuntaria del suicidio de la Condesa, era
necesario, no solamente hacerle creer que esa sospecha no era
inverosmil, sino tambin dejar que lo atormentase como un
remordimiento. Sin embargo, el juez, en su fuero interno, no quera
atribuirle an demasiado valor. Faltando como faltaban las pruebas
materiales, no era posible formarse una opinin sino sobre meras
inducciones, y entre la afirmacin de Vrod, de que la Condesa no haba
podido darse la muerte cuando la luz de un nuevo afecto iluminaba su
tenebrosa vida, y la sospecha contraria, de que la misma imposibilidad
de obedecer a este sentimiento la hubiese revelado la incurable desdicha
de su propia existencia cul de las dos mereca ms crdito?

Avezado al ejercicio de su facultad de anlisis en casos muy dudosos y
obscuros, el juez no se haba sentido an confuso; pero, sin embargo, en
vez de discutir entre s las varias hiptesis, haca todo lo posible por
distraerse, por impedir que una de stas, contra su voluntad, echara
races y le estorbara la exacta percepcin de la verdad. Saba Ferpierre
que la vegetacin de las ideas es mucho ms rpida que la de ciertas
plantas que en breve tiempo extienden en torno suyo un bosque de ramas
frondosas, y que la opinin, por ms que su vida parezca depender de la
voluntad, y cesar bajo la influencia de la opinin contraria, es sin
embargo tenacsima y a veces resiste a los mayores esfuerzos.

As, Vrod, que pareca tan confuso y anonadado, se alz bien pronto al
impulso de una viva reaccin.

--No!...--dijo bruscamente, alzando la cabeza y sacudindola con ademn
de protesta.--No!... No es posible!... Eso no puede ser!...

Si hubiera muerto por m, no me lo habra dicho, no me habra dejado
una palabra, la palabra de su dolor, un saludo, un adis?... Ayer habl
con ella, y nada, nada poda hacerme sospechar que tuviera la idea de la
muerte, al contrario!... No!--repiti con voz que se iba haciendo ms
firme a medida que su convencimiento iba reforzndose:--No! Ella no se
ha matado! Ha sido asesinada!

Usted no lo cree porque no sabe, porque no la ha conocido!... Usted
tiene necesidad de tocar con las manos para creer; pero yo estoy seguro
de que aqu se ha cometido hoy un infame delito. Y me comprometo
confundir a los asesinos, a vengar a la muerta. Deber de usted es no
creer nada por ahora; de averiguar, de ayudarme a buscar las pruebas que
hacen falta. Ellas existen, y yo las encontrar!

--Tanto mejor!--contest Ferpierre--y puede usted estar cierto de que
tambin yo las buscar, de que las busco!...

Y antes de dejarse persuadir por la fuerza de aquella fe, despidi a
Vrod y dio orden de que hicieran entrar a la joven desconocida.

--Su nombre?--le pregunt.

--Alejandra Paskovina Natzichet.

--Nacida en?...

--Cracovia.

--Cuntos aos?

--Veintids.

--Qu profesin?

--Estudiante de medicina.

--Domicilio?

--Zurich.

La joven contestaba con voz breve y tono seco casi sin or las
preguntas.

--Cmo se encuentra usted en esta casa?

--Vine a hablar con Alejo Zakunine.

--A hablarle de qu?

--De cosas que no interesan a la justicia.

--O que la interesan mucho!

La joven no contest.

--Es usted su correligionaria?

--S.

--Vino usted a hablarle de asuntos polticos?

Nuevo silencio.

El juez aguard un momento la respuesta, y en seguida continu
lentamente:

--Advierto a usted que las reticencias podran perjudicarla.

La nihilista manifest su indiferencia encogindose de hombros
desdeosamente.

--A quin acusa usted? A m, o a Alejo Petrovich, o a ambos?

--Me parece que usted quiere invertir los papeles! A usted le toca
contestar. No es usted otra cosa que correligionaria del Prncipe?

--No comprendo.

--Es usted tambin su querida?

La joven mir a su interpelante con ojos inflamados, casi con expresin
de ira, pero no dijo una palabra.

--Tampoco a esto quiere usted contestar? Voy a hacerle otra pregunta:
Dnde estaba usted en el momento de la muerte de la Condesa?

--En el escritorio del Prncipe.

--Y l dnde estaba?

--Conmigo.

--Conoca usted a la muerta?

--Nunca habl con ella.

--Hoy la vio usted?

--No.

--Saba usted que haca aos que viva con su amigo, que le amaba, que
se amaban?

Al prolongar el juez esta pregunta, en la cual haca especial hincapi a
fin de leer en el nimo de la nihilista, no quitaba los ojos de los de
sta. Pero la joven contest, impasible:

--S.

--Saba usted que estaban celosos el uno del otro?

--No.

--Tena usted conocimiento de que, despus de haberse amado, estuvieran
por largo tiempo en desacuerdo?

--No.

--Qu hizo usted cuando oy la detonacin?

--Acud.

Esta respuesta llam la atencin de Ferpierre. Si era verdad que el
Prncipe y ella haban estado juntos, por qu no contestaba:
Acudimos?

--Sola?--le pregunt.

--Con l.

--Y estaba muerta?

--Expiraba.

--Por qu se habr matado?

--No lo s.

--Qu dijo el Prncipe?

--Llor.

--Cuntas veces ha venido usted a esta casa?

--Dos o tres veces.

--No desagradaban a la difunta esas visitas de usted?

--No s.

--Conoce usted a Vrod?

--No s quin ser.

--La persona que denuncia el asesinato.

--No lo conozco.

El juez ces de interrogarla.

--La ignorancia de usted es demasiado grande. Ya procuraremos ayudarla a
usted a acordarse. Mientras tanto, permanecer usted a disposicin de
la justicia.

La joven se march, alta la frente, impasible como haba estado durante
todo el interrogatorio, y Ferpierre, contemplndola mientras se alejaba,
reflexionaba que por ese lado nada sabra.

Ya haba tenido ocasin de conocer a ms de una de esas eslavas de alma
misteriosa, de esas jvenes que en la flor de la edad, tras de estudios
ms que severos, persiguen con frreo corazn un trgico ideal, y por
l, para asegurar su triunfo, no solamente saban desafiar y vencer toda
clase de resistencias y obstculos, sino tambin sacrificar la vida. La
obscuridad que rodeaba el suceso, en vez de disiparse, iba
condensndose; el juez senta impaciencia por hallarse cara a cara con
aquel que deba ser seguramente el principal actor.

Cuando el Prncipe entr en la habitacin, el magistrado observ
atentamente su persona. Era sin duda uno de los hombres ms hermosos que
Ferpierre haba visto en su vida: alto, robusto, gil, las mejillas
encuadradas en una barba rubia y sedosa, los cabellos castaos algo
enrarecidos junto a la frente, con lo que sta pareca ms ancha; el
cutis blanco, algo plido y como macerado, cual sucede en los
descendientes de las razas ms selectas; los ojos azules, la mirada
profunda bajo el puro arco de las cejas; la nariz aguilea, el ademn
nervioso, los vestidos elegantes, todo el porte verdaderamente
principal.

Al verlo, cualquiera habra reconocido en l al gran seor y al hombre
galante, nadie al revolucionario. Su semblante, primero descompuesto por
la desesperacin en presencia del cadver de la amiga, despus por la
ira causada por la acusacin de Vrod, se haba calmado y llevaba el
sello de una profunda tristeza.

--Usted es el Prncipe Alejo Petrovich Zakunine? Dnde naci usted?

--En Cernigov, en 1855.

--Ha sido usted condenado alguna vez?

--Fui condenado, por conspiracin; a relegacin en Siberia; despus he
sido graciado y expulsado de Rusia.

--No ha sufrido usted una condena ms grave?

--Todos los sucesivos castigos que se han dictado contra m se han
confundido en la pena capital, por alta traicin y regicidio.

--Ya ha odo usted de qu le acusa Vrod.

A estas palabras, la sangre enrojeci el rostro del Prncipe, y sus ojos
volvieron a brillar.

--Qu contesta usted?

Zakunine se oprimi la frente con las dos manos, como queriendo reprimir
su clera, y luego dijo:

--Es cierto...

Confesaba? Se declaraba culpable? Reconoca haberla asesinado? El
juez casi dud de haber odo bien, tan inverosmil le pareca que aquel
hombre se contradijera de un momento a otro; pero su duda fue de corta
duracin, pues el Prncipe precis as su pensamiento:

--Es cierto... Yo la he muerto... Por m ha muerto.

Hablaba lentamente, inmvil, con voz tan sorda, que el juez le oa
apenas.

--Ha sido muerta por usted, por su mano?

--Qu importa? Yo soy responsable...

--Importa muchsimo, por el contrario, y creo que no necesito
explicarle a usted la diferencia!... Usted confiesa haberla empujado
al suicidio, no haberla muerto materialmente? Cmo, por qu la empuj
usted al suicidio?

--Porque yo era indigno de ella. Porque la ofend.

--No la amaba usted ya?

--No la amaba.

--Y sin embargo la llora usted?

Efectivamente, en su voz haba lgrimas. Y como dejara sin respuesta la
pregunta del juez, ste repuso:

--Quera usted abandonarla?

--La abandon.

--Por qu volvi usted a su lado? La amaba usted todava algo? La
tena usted lstima?

--Tanta!

--Ella le am a usted mucho?

--Como yo la am un tiempo.

--Fueron felices?

Los ojos del Prncipe se enrojecieron.

--Todava le amaba a usted?

Por toda respuesta el Prncipe movi la cabeza lentamente, con
desesperacin.

--Le dio a usted motivos de celos?

A esta nueva pregunta contest con un gesto dudoso.

--Saba usted, s o no, que alimentaba un nuevo afecto?

--Lo supona.

--La reproch usted alguna vez su amistad por Vrod?

Al or el Prncipe este nombre, frunci el entrecejo y se estremeci
otra vez.

--No--contest con voz sorda.

--Qu puede impulsar a Vrod a acusarle a usted?

--No s.

--El dolor? Los celos?

--Seguramente.

--Cunto tiempo tenan las relaciones de usted con la Condesa?

--Cinco aos.

--Era libre cuando la conoci usted?

--S, libre. Viuda.

--Dnde la encontr usted?

--En Aberdeen, en Escocia.

--Cuntos aos tena?

--Veintinueve.

--Ahora o entonces?

--Ahora.

--Nunca pensaron, ni siquiera en los primeros tiempos, en unirse
legalmente en matrimonio?

--Yo desconozco esa ley.

--Ella no sufra con una situacin que para sus sentimientos cristianos
deba ser inmoral y punible?

--Haba contrado el compromiso ante su Dios.

--Viviendo con ella, durmiendo bajo el mismo techo, conocindola
ntimamente, es imposible que no haya visto usted prepararse la
catstrofe.

--Yo no viva ya con ella. Vena a verla de vez en cuando.

--Entonces, dnde tiene usted su domicilio?

--En Zurich.

--Cundo lleg usted?

--Anteayer.

--Nada le hizo a usted sospechar su desesperado propsito?

--Not que sufra ms que de costumbre.

--Alguna vez le propuso a usted separarse?

--Nunca.

--Qu pensaba de las ideas polticas de usted, de sus actos?

--La idea de la reivindicacin humana la entusiasmaba, los actos la
repugnaban.

--Quiso alguna vez impedir a usted que cometiera esos actos? Intent
disuadirle de sus trabajos?

--Muchas veces.

--De qu modo?

--Dicindome que en el amor, no en el odio, est el remedio.

--La pona usted al corriente en sus secretos polticos?

--En un tiempo.

--Y ahora no? Trat ella alguna vez de sorprenderlos?

--Oh! Nunca!

--Qu relaciones existen entre usted y Alejandra Natzichet?

--Pensamos del mismo modo.

--Trabajan juntos en la propaganda?

--S.

--Tena la difunta motivos de estar celosa de esa joven?

--Ninguno.

--No est usted vinculado con ella por otra cosa que un ideal comn? No
mienta usted: as sabremos la verdad.

--Afirmo que nada ms nos liga.

Su acento pareca sincero.

--No poda ser que, sin que usted lo supiera, la joven le amara y eso
haya hecho que est secretamente celosa de la Condesa?

El interrogado tard un instante en contestar.

--No--dijo por ltimo.

--Dnde estaba usted cuando oy el disparo?

--En mi cuarto.

--En su cuarto de dormir?

--En el escritorio.

--A qu hora precisa ocurri el suicidio?

--A las once y tres cuartos.

--Qu hizo usted al or el tiro?

--Acud.

--Su compaera acudi despus?--pregunt el juez, tratando de dar a su
voz un tono de cansancio y casi de fastidio para ocultar la importancia
de la pregunta.

--Acudi conmigo.

Ambos, en el primer momento, haban contestado en singular, cuando lo
natural era que hubieran dicho: Acudimos. Ferpierre conceda cierta
importancia a este hecho, del que le pareca poder deducir que no haban
estado los dos juntos, como lo aseveraban. Pero cul de los dos se
encontraba con la Condesa? Quin menta? Sobre quin recaan las
sospechas?

--Usted recuerda cundo compr el arma la difunta?

--La gan en una rifa, hace tiempo.

--Y las cpsulas?

--Las compr despus, queriendo ejercitarse en el tiro.

--Entonces, resumiendo: la Condesa se ha dado la muerte por causa de
los dolores que usted le ha ocasionado; porque, desposada con usted sin
ceremonia ritual, no poda soportar su abandono? Pero, y si amaba a
otro?... Usted ha confesado que sospechaba su nuevo amor... Por qu
haba de matarse si amaba a otro? De quin podan venir los obstculos
e impedimentos para su nueva felicidad?

--De ella misma.

--Qu quiere usted decir?

--Sus sentimientos sobre el deber, el respeto, la honradez eran
elevadsimos.

--Si usted sospechaba que quera matarse, cmo no le quit esa arma?

--No lo sospech.

--Su doncella ha dicho, por el contrario, que lo que ha pasado era de
prever!

--Ella gozaba de su confianza; yo no.

--Es creble, puesto que usted era la causa de sus penas!... Pero
nunca le previno a usted la criada? Nunca le dijo que tuviera cuidado?

--No.

--Ahora vamos a or lo que ella dice.

El magistrado se haba decidido de repente a ponerlos el uno en
presencia de la otra.

Recordando Ferpierre el relato del juez de paz, segn el cual el
Prncipe, a la llegada de Julia Pico, se haba turbado, ponindose otra
vez a temblar nerviosamente y a respirar con ansia, pensaba que tal vez
Alejo Zakunine hubiese visto en la mujer una acusadora, y que de all
proviniera su turbacin. Pero nada en su expresin revelaba, al anuncio
del careo a que iba a ser sometido, que la prueba le pareciera temible.

La doncella estaba en el cuarto mortuorio, prestando al cuerpo de su
patrona, antes de que se lo llevaran, los ltimos servicios piadosos;
despus de haber lavado la sangre de la frente y la mejilla, le haba
arreglado los cabellos y cruzado las manos sobre el pecho, poniendo
entre ellas un rosario. La pobrecilla no vea lo que haca, tan espeso
era el velo de lgrimas que le cubra los ojos. A su lado estaba la
Baronesa de Brne, tratando tambin de hacer algo, cuidadosa y locuaz, y
cuando llamaron a la criada, poco falt para que la siguiera.

Dos, tres veces tuvo Ferpierre que repetir sus preguntas a la pobre
mujer, a tal extremo se encontraba sta trastornada por el dolor. Julia
Pico, de cuarenta y cinco aos, nacida en Bellano, en las mrgenes del
lago de Como, estaba en el servicio de la Condesa d'Arda desde la niez
de sta, cuando viva en la casa paterna en Miln.

--Usted ha dicho que en patrona manifest varias veces el propsito de
morir?

--S.

--Desde cundo?

--Desde hace mucho tiempo... ms de un ao.

--Nunca habl usted de ese peligro al amigo de la Condesa?

--S.

Como si no hubiera odo esta afirmacin, que desmenta las del Prncipe,
ni ste se hallase presente, el juez continu interrogando a la criada
sin siquiera volverse hacia el acusado.

--Cundo se lo comunic usted? En qu circunstancias? Procure usted
precisar.

--El ao pasado, un da en que el seor se fue... La seora le rog
mucho que no la dejara sola... Pero l se march, y entonces la seora
llor mucho, mucho, y habl de la muerte... Cuando el seor volvi, yo
le dije que tuviera cuidado con lo que ella pudiera hacer.

--Qu tiene usted que contestar a esto?--dijo con frialdad Ferpierre,
volvindose hacia el Prncipe y mirndolo fijamente.

--No recuerdo el hecho--respondi ste sosteniendo firmemente la mirada
del juez.--He confesado mis faltas, esta mujer me habl alguna vez de
ellas, y sin duda quera sealarme el peligro, pero nunca me dijo con
claridad lo que crea tener razn de temer.

--Todava en los ltimos tiempos--repuso el juez dirigindose a la
mujer--hablaba de su propsito?

--No.

--Cmo explicaba usted este hecho? No tena siempre las mismas razones
de quejarse?

--El seor la trataba mejor desde haca algn tiempo.

--Es cierto lo que dice?

--No es cierto. Si yo hubiese reconocido ante la Condesa mis faltas, si
la hubiera pedido que me excusara, todava estara viva.

Zakunine haba bajado la vista; hablaba con un acento de remordimiento
tan sincero que Ferpierre se sinti impresionado. El dicho de la
doncella de que su patrn haba comenzado a tratar mejor a la Condesa, y
el de haber ste negado tal cosa al principio, e insistir despus en su
negativa, perseverando, por el contrario, en culparse, hacan que la
acusacin fuera pareciendo menos fundada. Y entonces, siguiendo los
argumentos de Vrod, habra que volver las sospechas hacia el lado de
la joven estudiante? Querra el Prncipe demostrar que se trataba de un
suicidio, para salvar a su compaera de fe poltica?

--Qu pensaba su patrona de esa mujer que estaba en la casa, de la
Natzichet?

--No s. No la vea.

--Pero tena conocimiento de sus visitas? Estas le desagradaban?

--No se...

El juez crey ver que la presencia del acusado impeda a la criada
hablar libremente.

--Djenos usted solos--dijo a Zakunine.

Cuando ste desapareci, inclinada la cabeza por la puerta donde
vigilaban los gendarmes, el juez se acerc a la criada.

--Oiga usted--la dijo en voz baja, pero con vivacidad y en tono de
persuasin confidencial;--nos encontramos en presencia de una grave
duda. Mientras las apariencias demuestran que la patrona se ha matado,
hay quien asegura que ha sido asesinada. Nadie mejor que usted puede
ayudar a la justicia a descubrir la verdad. Usted crea que ella misma
se haba quitado la vida: ahora que conoce usted la acusacin, no duda
usted?

La mujer junt las manos, indecisa, confusa.

--Qu podra decir yo, seor!... Esto es espantoso!... Yo no s.

--Qu piensa usted de su patrn? Lo cree usted capaz de haber cometido
un delito como ese?

La mujer vacil durante un momento, pero luego contest resueltamente:

--No.

--Por qu cree usted que no?

--Quera mucho a la seora cuando se conocieron. La quera locamente.
La consol tanto de sus dolores!

--Qu dolores?

--La seora sufra, estaba mortalmente dolorida. En el espacio de pocos
meses haba perdido a su padre y a su marido, se haba quedado sola en
el mundo. Tambin el seor Conde muri de una manera espantosa,
aplastado por un tren.

--Pero despus la trat mal el Prncipe?

--S; ofendi sus creencias; la abandon; pero eso no es una razn para
sospechar tan horrible cosa.

--Se acuerda usted cundo, cmo y por qu comenzaron los malos tratos?

--En Italia, cuando el seor fue expulsado de nuestro pas.

--Cunto tiempo hace de eso?

--Hace dos aos. Haba sido tan grande la esperanza de que all fuera
ms bueno, y ms suyo!..

--Notaba usted disputas entre ellos?

--No precisamente disputas... La seora, cuando quera algo, rogaba; el
seor la dejaba hablar, no contestaba, y despus haca lo que se le
antojaba.

--Le engaaba con otras?

--No s. Quin podra saber lo que haca en las largas temporadas que
estaba ausente?

--Ha dicho usted que desde hace poco la trataba mejor. Cunto tiempo
hace de eso?

--Tres o cuatro meses.

--Cmo not usted ese cambio?

--Vino a buscarla despus de una ausencia muy larga, cuando yo crea que
no iba a volver nunca.

--Vena de Zurich?

--Creo que de Zurich.

--Se qued mucho tiempo?

--Pocos das, pero despus volvi muchas veces, estando nosotros en Niza
y aqu. Pareca otro. Pareca temerla.

--Cmo se explica usted tal cambio?

--No sabra decirlo. Sin duda, al verla tan triste y enferma, reconoca
haber procedido mal.

--Fjese usted bien en la pregunta que voy a hacerla: qu era para su
patrona el seor Vrod?... Dgame usted lo que sepa. Es necesario
descubrir la verdad, castigar a los culpables, si los hay, vengar la
muerte de esa pobre seora, en el caso de que haya sido asesinada.
Querra usted que los asesinos quedaran impunes?

--Voy a decir a usted lo que yo cre comprender. La pobrecilla no me
habl nunca de l. Slo una vez me dijo:--Qu amable es el seor Vrod,
no es cierto?...--Yo comprend que su compaa, su amistad le eran muy
gratas, por ms que a veces evitase el encontrarse con l.

--Cmo era eso?

--No s; pero a veces pareca que hasta le tuviera aversin. Pero
aquello pasaba pronto...

--Tema, quiz, que el seor Vrod, como todos los hombres, llegara a
la larga a no tratarla con la delicadeza que al principio?

--No lo creo. Es tan bueno el seor Vrod! Sin duda tema algo, s,
pero...

--Qu tema?

--Se tema a s misma.

--Entonces, si la Condesa abrigaba esa simpata, y en el caso de que el
Prncipe, como usted, la hubiera notado, no cree usted que cuando
comenz a tratarla mejor fue por miedo de perderla, celoso de Vrod?

La mujer abri los brazos y mene la cabeza.

--No podra decirlo, seor.

--De la rusa, de esa estudiante, qu piensa usted?... Qu vena a
hacer aqu?

--Yo no s, porque, siempre se encerraba con el seor en el escritorio.

--Cuntas veces ha estado aqu?

--Tres o cuatro veces.

--Nunca sospech usted que hubiera entre ellos una relacin muy
ntima... que ella fuese su querida?...

--No podra decirlo. Un da...

--Qu?

--La vi besar la mano al seor.

--No oy usted lo que decan?

--Hablaban en ruso. Yo no poda entender.

--Hagamos una suposicin. Admitamos que esa mujer amara al Prncipe. No
es verdad que entonces habra tenido celos de la Condesa?

La criada contest con una ambigua expresin del rostro, que tanto poda
significar ignorancia como asentimiento.

--Sin embargo, si conoca su desunin, esos celos no habran sido muy
justificados...--insinu Ferpierre, oponindose a s mismo esta
objecin, pues en su esfuerzo por ver claro en aquel misterio expresaba
todas las ideas que se le iban presentando.--Saba la rusa que entre
los patrones de usted haba discordia?

--No podra decirlo.

--Habra notado que el Prncipe trataba mejor ltimamente a la difunta?

--No s, seor.

--Y si lo hubiera notado amando al Prncipe, no podran los celos haber
armado su brazo?

La criada no contest, casi comprendiendo que el magistrado, ms que
interrogarla, no haca sino hablar consigo mismo, pensar en alta voz.




III

LOS RECUERDOS DE ROBERTO VROD


El sol se pona. Detrs de la cadena del Jura, los rayos de oro que
hendan las nubes aglomeradas sobre las cumbres, semejaban un inmenso
trofeo de espadas. El lago, hacia la ribera occidental, pareca una
inmensa pizarra; despus, verde como un estanque por entre las orillas
bajas y boscosas de San Sulpicio, recuperaba todo su color azulado all
lejos, en la alta cuenca cerrada por los Alpes, cuyas nieves se
inflamaban con los ltimos fulgores del astro. Dos velas inmviles,
cruzadas como dos alas sobre el agua inmvil tambin; una tenue lnea de
humo por el lado de Collonges, y ningn otro signo de vida. En medio del
silencio infinito, lejanos toques de campana anunciaban que una vida
acababa de extinguirse.

Al Cielo, a la tierra, a la luz, Roberto Vrod peda cuentas de aquella
vida. A ratos llegaba a perder la conciencia de la increble verdad:
ante el espectculo que tantas veces haba admirado junto con ella, le
pareca tenerla an a su lado; pero despus, tornando la mirada ansiosa,
la soledad lo aterraba, el horror pesaba ms y ms sobre l. Y andaba,
andaba, sin saber adonde, ansioso de respirar: la inmovilidad lo habra
ahogado. En la cuesta de Lausana, ms all de la Cruz, lo pas un
carruaje. Y entonces se detuvo, temblando.

En ese camino, en ese sitio, a esa misma hora, la haba visto por la
primera vez: un ao antes, un da que erraba por esos lugares, haba
pasado ella en carruaje, quin sabe si en ese mismo que acababa de
dejarlo atrs. Y su imagen resurgi vivsima, con una luz que lo
deslumbr.

Qu haca l en aquel tiempo? En qu pensaba? Cules eran sus
esperanzas? Su existencia no tena objeto; era una existencia vaca,
gris. Treinta y cuatro aos, ninguna arruga en la frente; pero cuntas
arrugas en el alma! El recogimiento en la reflexin, el asiduo examen
interior, el inveterado instinto y la obstinada necesidad de mirar
dentro de s mismo, lo haban envenenado. Vuelve jams la gota de agua
a parecer lquida perla despus de que el ojo armado de una lente ha
visto dentro de ella un mundo horrible?

Vrod se haba contemplado demasiado a s mismo con el pensamiento, y
las cosas, y la belleza, haban perdido para l todo su encanto, y lo
que cuesta el gozo lo saba ya demasiado, y la esperanza se haba
consumido en su pecho. En otros tiempos, en edad ms temprana, se haba
sentido orgulloso de su facultad para el examen como de una verdadera
potencia; pero los aos le haban hecho ver que en aquello estaba
precisamente su desgracia. En el mundo de las ideas, los horizontes
extremos, las altas cimas le eran familiares; en la vida prctica, sus
pasos eran menos firmes an que los de un nio. Y cuando intentaba una
reaccin contra esa impotencia, reconoca que su voluntad era ineficaz
para conseguirla, que se encontraba condenado a una vida infecunda.
Nacido en la confluencia de tres civilizaciones, procedente de una
raza, en la cual se haban confundido demasiados elementos tnicos,
atrado en diversos sentidos por los instintos hereditarios y por los
conceptos adquiridos, vea que no poda gustar otros goces que los del
rido pensamiento.

Haba vivido: pero cmo? Como el visitante de un cosmorama que creyera
en algn momento estar delante de los espectculos representados en
ste; es decir, a sabiendas de que estn pintados en cartn, Vrod no
crea en la vida. Los insensibles objetos, las inanimadas obras de arte
pueden ser iluminadas, pero siempre quedarn como son, fras, mudas,
inertes; as haba amado l a las criaturas vivientes. Y en cuanto al
sentimiento, en un tiempo haba soado, no en cambiar la naturaleza de
las cosas, porque ello era imposible, pero s en ser comprendido de
alguno de sus semejantes; y porque jams ese sueo se haba realizado,
una expresin de soberbia lo haba persuadido de que tena una alma
distinta de las dems, de que vala ms que los otros. Y su soberbia
haba sido castigada con la espantosa soledad que lo rodeaba.
Entristecido ms an por efecto de la soledad, una idea subsecuente le
haba demostrado que, sin embargo de valer las criaturas humanas, poco
ms o menos, las unas tanto como las otras, todas estn condenadas a no
entenderse jams.

As, con esa fe desesperada, con la amarga complacencia de haber sabido
comprender la estril verdad, haba vivido aos, y estas opiniones se
reflejaban demasiado fielmente en su arte, que era negador, fro y
amargo. Proclamando que la vida es un engao, que no hay distincin
entre los sentimientos del nombre consciente y las ciegas potencias de
la Naturaleza, que todo se reduce en el mundo a un mecanismo impasible,
no crea tener ya razn de vivir y su vida era una continua muerte.
Refrenaba todas sus tentaciones, comenzando por la de morir, y con el
furor de un iconoclasta, destrua dentro de s todas las imgenes de las
cosas y de los seres. Aos haca que viva as, cuando ella se le
apareci.

Y all la volva a ver, en el carruaje que suba lentamente la cuesta,
acompaada de otra dama: sus miradas se cruzaron rpidamente. Su
aparicin lo haba dejado aturdido: qu blanca, qu plida estaba! qu
cansada pareca! Y qu deca esa mirada?

La misma noche la haba vuelto a encontrar en la Casa de Salud, donde un
mdico amigo trataba de persuadirlo de que, con un poco de agua tibia
sobre las espaldas, se curan los males del espritu. Otro era el
remedio que l necesitaba! Ni las duchas, ni el aire, ni el ejercicio de
los msculos podan nada contra su dolor. Y otra vez, en el terrado de
la Casa de Salud, haba pasado por delante de ella, ms de cerca, y por
mucho que ese encuentro hubiera sido tan rpido como el primero, haba
tenido tiempo de notar que su extenuada belleza se haba reanimado e
iluminado de improviso. Qu deca esa mirada?...

Las sombras surgan ya ms densas de la cuenca del lago. Las nubes,
antes doradas, se haban puesto grises, y slo en algunas fajas cobrizas
y violceas se vea que la luz no haba muerto del todo. Un reflejo de
aquellas coloraciones daba al agua estancada los tonos de una lmina
metlica. Las rpidas faldas de los montes saboyanos parecan caer a
pique sobre el lago, y las cimas se destacaban negras sobre el claro
fondo del hielo, como cortndola. Vrod ech nuevamente a andar,
anhelante.

La proximidad de la noche lo aterraba. Qu iba a hacer en la noche? De
da, por lo menos, adonde quiera que volviese los ojos, vea algo que le
hablaba de ella, y volvi a verla como tantas veces la haba visto,
baada por los ltimos reflejos del sol, contemplando inmvil el mudo
espectculo de la puesta del sol; y contena la respiracin y el paso,
como antes en presencia del cuerpo viviente, temeroso de verla
desvanecerse, de perderla. Y haba desaparecido, se haba desvanecido,
la haba perdido! Cuntas veces le haba oprimido el corazn ese
sentimiento de pavor! Era aquel un ser hecho para la vida terrenal?
Cuntas veces la haba odo decir, hablando de lo futuro, de lo que
deba hacer tal da: S estar todava en el mundo!... Y Vrod se
detuvo sin poder ver nada ms, los ojos cargados por el llanto, y su
dolor era tan agudo e inefable, que casi se converta en una mortal
voluptuosidad. El llanto haba sido la voluptuosidad de ese amor: el
gozo, la esperanza, la compasin, el miedo, el dolor, todo lo haba
hecho llorar.

La impresin que sintiera al verla por primera vez haba sido tan
fuerte, que de pronto no haba podido darse cuenta de toda su hermosura.
Consista su mayor seduccin acaso en la gracia lnguida y casi
vacilante de su cuerpo alto y delgado, o en la pureza de las lneas del
gracioso rostro, de la frente tersa como si fuera obra de un escultor,
coronada por copiosos cabellos negros que le descendan en dos bandas
por las sienes y la daban un parecido con la Virgen, o en la dolorosa
dulzura de la mirada, en la expresin profunda de una alma ansiosa?

Una contemplacin ms atenta le haba hecho comprender despus que todos
esos detalles juntos formaban el evento de su persona; pero entonces
tambin haba visto que aquella belleza no era durable. Haba das,
haba horas, en que la flacura de las mejillas pareca demasiado grande:
todas las lneas del rostro se alteraban, como prximas a desfigurarse;
la tez, no iluminada en esos momentos por la llama interior, se pona
lvida, la mirada apareca velada y casi ciega. Pero esos repentinos
apagamientos que no parecan ms que las declaraciones de una belleza
demasiado grande y casi fuera de lo humano, le haban hecho temblar de
miedo a l, pues le revelaban la amenaza que penda sobre la vida de su
amada. El sentimiento de admiracin que ese ser encantador despertaba
por doquier en los momentos de su mximo esplendor, se tornaba entonces
en solcita compasin; y la que embargaba el corazn de Vrod, por esa
fugaz y frgil hermosura, tena mucha ms fuerza que lo que hubiera
tenido su admiracin por cualquier otra hermosura soberbia y triunfante.

Todava recordaba las palabras que haba odo en noche ya lejana, cuando
en uno de esos momentos de tranquilidad demasiado raros, haba cedido a
la insistencia de una multitud alegre, y se haba puesto a tocar el
piano. Una msica embriagadora sala del sonoro instrumento, y la
misteriosa virtud de la meloda era para el alma del joven una
explicacin del por qu de la sobrehumana belleza que esa repentina
animacin haca brillar en aquel rostro. Y ante tan mximo grado de
maravilla, se senta humillado y casi ofendido, dicindose que cuanto
mayor fuese la superioridad de esa mujer, mucho ms difcil le sera
acercarse a ella y tanto ms insignificante o indigno deba juzgarse.
Pero cuando ms oprimido senta el corazn, por la conciencia de la
distancia que lo separaba de ella, vio de improviso, que sin que las
manos de la pianista interrumpieran la ejecucin del _Largo_ de Bach,
que tocaba, la prpura de sus mejillas palideci, la maravillosa pureza
de las lneas de su rostro se alter, se disolvi. En ese momento, uno
de los espectadores, que l crea embargados por un sentimiento igual al
suyo, se le acerc, y sealndosela le dijo:

--Mire usted! No es una lstima? A no ser esos repentinos
desfallecimientos, qu hermosura tan perfecta! Sera verdaderamente
insuperable si no decayera as, de un momento a otro!...

Y entonces, de improviso, desaparecieron su angustia y su tristeza: ya
no la senta tan alta y lejana de s; por el contrario, la vea cerca,
la consideraba suya, pues en su alma naca, no el descontento que el
otro expresaba, sino un mpetu de ternura que lo induca a pensar en la
enferma, un sentimiento de pena y compasin, una necesidad de prodigar a
la dolorida criatura los cuidados ms asiduos, el afecto ms solcito,
de recompensarla de sus pasados dolores, de colmarla de felicidad.

Haba conseguido realizar esa obra?...

Otra vez su atencin se traslad del cielo de los recuerdos al
espectculo que tena a la vista. Las primeras luces brillaban ya sobre
el fondo plido del crepsculo, en las orillas del lago y por las faldas
de los montes saboyanos; el fanal de una barquilla, cual astro luminoso,
trazaba una estela en el agua. Marcharse, huir, desaparecer: slo as
habra podido evitarla a ella otros dolores y evitrselos a s mismo.
Tentado se haba sentido de huir, pues la turbacin que lo embargaba con
slo mirarla de lejos, le haca considerar el fuego terrible que le
abrasara al acercrsele. Y se acordaba de las cartas que haba escrito
ese da para anunciar su partida, cartas en que la tristeza de la
renuncia a una adoracin que presenta dominante, se ocultaba, se
descargaba en acusaciones a la vulgaridad del lugar y de sus pobladores.
Pero una vez resuelto a alejarse se haba quedado, aplazando la partida
para saborear la perfumada dulzura de la ltima contemplacin, y, por
fin, un da, pudo hablarla. Ya poda or su voz, una voz reposada, que
era armona lenta, msica velada, eco de una alma profunda. Qu sutil
virtud haba en sus palabras! Cada una de ellas le pareca no
pronunciada antes por nadie, creada con talento supremo para que ella
expresara sus pensamientos recnditos. Y para orla, se haba quedado.

Su alma fue desde ese instante el asiento de la ms absoluta admiracin.
Jams haba credo llegar a depender as de una criatura humana.
Recorriendo con la memoria sus pasados amores, nada encontraba que se
pareciera a la presente realidad. Esos amores haban muerto, totalmente,
pero no por eso les negaba la fuerza que haban ejercido sobre l, ni
tampoco le pareca que ahora desaparecieran ante esa ley natural que
hace que los recuerdos tengan vida ms dbil e importen menos cuanto ms
gratas sean las impresiones actuales: la nueva aparicin triunfaba
enteramente por su propia virtud, desterraba todos los fantasmas o
imgenes de lo pasado con la pureza de su luz.

Y su admiracin por ella creca por lo mismo que ese amor repentino en
l estaba dedicado a una alma que le era an desconocida. La idea de la
belleza se asocia naturalmente a las de la bondad y de la virtud, que
son contiguas, hasta el punto de que nada sea ms fcil que atribuir
estas dotes a los seres hermosos; pero acaso no estaba acostumbrado, no
solamente a defenderse de las deducciones demasiado naturales y no
comprobadas todava, a observar con igual penetracin a los otros, a s
mismo y a la vida; acaso no haba concluido por negar a sta toda
importancia? De modo que iba a pagar su larga, enrgica, desesperada
resistencia a todas las seducciones, con una alucinacin repentina? La
mejor prueba del cambio que se haba operado en l, era sta: que ya no
se complaca, como en otros tiempos, en la fatigosa e infecunda labor de
examen ntimo, en la continua alternativa de la duda, sino que, dejando
de mano toda discusin, casi obedeca a una voluntad extraa o
imperiosa. La expresin de esa voluntad estaba en sus miradas, que le
decan: Ama y vive, cree y vive, espera y vive. Y l se someti a esa
orden.

El acto de la fe que haba ejecutado al atribuir el ms aquilatado valor
al ser de su eleccin, se fortificaba cotidianamente con mltiples
pruebas. Poda pensar que estaba en un engao, cuando todos en torno
suyo participaban de su sentimiento? En todos los labios haba palabras
de admiracin hacia ella, y en los hechos se revelaba tal cual apareca
a la vista; era buena, cariosa, compasiva, llena de gracia y encanto.
Como no pareca hecha para la vida del mundo, tena constantemente fijos
en el Cielo la mirada y el pensamiento. Cuando sala en su busca, cuando
tena necesidad de verla, estaba seguro de encontrarla en alguna
iglesia, de rodillas, humillada ante Dios. Cuntas veces, sin que ella
le viera, haba entrado a verla en aquellos silenciosos lugares, y
cuntas horas inefables haba vivido as! Recordando que l tambin
haba credo, recordando el alma ingenua que haba muerto en l, ante la
esperanza de poder creer todava para sentirse ms cerca de ella, para
comunicarse con ella, cmo haba llorado, envuelto en una tranquila
tristeza, en tmido gozo!

Un da, en Evian, la haba acompaado a una capilla donde se celebraba
una fiesta que atraa a los creyentes desde los lugares ms lejanos, y
l tambin haba inclinado la descreda frente, lo mismo que todos
aquellos seres humildes, pero no tanto para seguir el ejemplo de los
fieles, como para ocultar el llanto que le cegaba. Otra vez, en la
montaa, se haban detenido delante de la rajada puerta de una
capillita, en cuya cerradura estaba puesta la vieja y mohosa llave; ella
trat de abrir con su dbil y blanca mano, pero intilmente, y entonces
l dio vuelta a la llave, y en el momento de abrir ante su devota
compaera el sagrado lugar, pensaba cun grande era la secreta fuerza de
esa debilidad aparente: la pobre mano se haba cansado en vano y pareca
tener que renunciar a su intento; pero un musculoso brazo, puesto a su
servicio, haba vencido por ella el obstculo.

Y entonces, se haba sentido devorar por la necesidad imperiosa de besar
esa mano dolorida, de besarla devotamente en el dorso, de besarla con
avidez en la palma; se haba sentido devorado por el deseo de sentir el
contacto de esa mano milagrosa en su clida frente. No era tan
caritativa y bondadosa aquella mano? No la haba visto l un da curar
cariosamente a un herido, a un pobre loco, de cuya insania moral todos
rean y ella sola se compadeca? El hombre haba sufrido una cada,
derramando sangre, y a la vista de sta, al or las palabras del
infeliz, menos sensatas an que de ordinario, las risas crueles
aumentaban: ella sola, como una hermana de caridad, haba sabido
atenderlo y curarlo. Su mano, que era suave y gil, rpida y diestra en
el ejercicio de la caridad, estaba animada por una vida prdiga de s
misma; era una mano larga, flexible, fresca como una hoja; l, cuando la
estrechaba, senta en realidad la frescura de una hoja lozana.

Y los recuerdos, los dulces, luminosos, imperecederos recuerdos lo
perseguan en la noche serena, bajo aquel cielo verde como la esperanza
que ella haba despertado en su corazn. Ella haba infundido vida a su
alma muerta, ella haba sido la vida de su alma. Todo aquello en que
ella crea, lo simple, lo bueno, lo eterno, haba concluido por ser
credo por l. Y ella haba realizado ese prodigio naturalmente, sin
quererlo, con la sola virtud de su presencia, como la vista del sol hace
creer en la luz, como practicaba el bien porque haba nacido para
practicarlo. Y un sentimiento nuevo, inaudito, increble, haba invadido
el corazn de Vrod, un sentimiento que habra debido ocasionarle una
pena intolerable, pero que l soportaba con resignacin, casi con
placer. El codicioso instinto quera apoderarse de aquel ser milagroso,
hacerlo enteramente suyo, mientras la razn reconoca que el amor de uno
solo no deba substraerlo a su ministerio de bondad para todos. Cul es
el loco que pretendera que todo el aire fuese exclusivamente suyo?

As, no haba sentido celos al saber que perteneca a otro. Haba
pensado que, si era de otro, sin duda cumpla una obra fructuosa: nadie
poda acusarla por eso, nadie poda distraerla de aquella obra.
Conocedora de las vas secretas del corazn, saba cules son las
palabras que mitigan y curan, las palabras suaves como un ungento. Y el
hombre con quien se haba unido necesitaba su socorro: no persegua,
por medios sangrientos, un propsito inalcanzable? No empujaba a las
almas tmidas, con la eficacia de su desesperado ejemplo, a una lucha
tremenda?

Al lado de ese hombre lleno de odios, para quien la vida no tena valor,
que sembraba de cadveres su camino, junto aquel hombre estaba su
puesto. Nada de nuevo tena para ella el ideal de justicia y de paz en
nombre del cual ese hombre se alzaba en armas: ella deba tambin
defender aquellos sagrados dones de la tierra, librar la belleza de las
ideas del contagio cruento, convertir a los fanticos, consolar a los
desesperados. As vena a ser la razn junto al sofisma, la humanidad
junto a la soberbia, el amor junto al odio; era la correccin del mal;
su vista era el consuelo del mundo...

El joven mir en su derredor y no supo dnde se encontraba. Tuvo
necesidad de pasarse una mano por los ojos para darse cuenta de que se
hallaba en el camino de Belmont. Y se dej caer sobre el parapeto del
camino, exclamando:

--Alma! Alma! Alma!...

Su desesperacin palpitaba sordamente bajo la fe que despertaba en su
interior esta invocacin. No quera ni poda resignarse a la monstruosa
realidad, y un mpetu violento de iracundo desdn le sublevaba. Turbias
imgenes, crueles ideis le obscurecan la mirada y le hacan apretar
los puos; palabras de desesperacin salan de sus labios:

--Nada existe en el mundo!... Todo es mentira!... El mal, eso es todo
lo que existe!...

Si la recompensa del amor es el odio, si la vida infeliz y dbil de
aquella criatura de amor a la cual se deban prodigar los ms solcitos
y tiernos cuidados haba sido destruida precisamente por quien conoca
la benignidad de su corazn, nada haba en el mundo, nada ms que el
mal...

Pero Roberto Vrod reprima estas palabras. Desde el da en que la vista
de todas las bellezas aunadas en aquella devota de Dios le haban
apaciguado y convertido, un juez y un custodio velaban en su interior,
lo defendan contra las ideas tristes, contra los propsitos indignos,
contra las imgenes impuras. En todos los actos de la vida, en todas las
disposiciones de la mente, haba querido ser digno de ella, y esa obra
de preservacin le haba sido fcil hasta aquel da. Si la duda lo haba
mordido alguna vez, el espectculo de la maldad se le haba aparecido
con demasiada crudeza, slo con pensar que aquella criatura de amor
exista, senta retemplarse su fe.

Y haba muerto! Muerto! Delante de los ojos la tena, tendida en el
suelo, inmvil, helada, con esa monstruosa mancha de sangre en la plida
sien, y una ansia mortal lo sofocaba, porque quera creer que la muerte
no la haba destruido enteramente; quera creer que su alma milagrosa
viva an, velaba sobre l, le repeta sus palabras de fe y perdn; pero
no poda, porque si la voz suave que todava le hablaba al odo le
persuada de que s, la ultrahumana vida de aquella alma no bastaba a
consolar su existencia: sus ojos mortales tenan necesidad de ver; sus
odos mortales tenan necesidad de or, sus manos necesitaban estrechar
aquellas otras manos, tocar el ruedo de aquella falda, y esa necesidad
iba a quedar satisfecha para siempre! Perdonar a los asesinos? Su
deber era vengarla!

La ltima luz del crepsculo agonizaba, pero ya el alba lunar aclaraba
el oriente. Reinaba una calma divina. Y en esa divina paz, en el
silencio augusto, Roberto Vrod se oprima la cabeza con las manos para
tratar de apaciguar la tempestad que lo conmova. Su razn vacilaba ante
la idea de no haber sabido inspirar al juez su propia certidumbre. Por
qu no haba estado ms convincente? Ya que la casualidad haba querido
que el juez fuera uno de sus antiguos compaeros, por qu no se le
haba dado a conocer, cmo no haba sabido persuadirlo de su sinceridad?
No era nicamente la discrecin lo que le haba impedido recordar al
juez sus antiguas relaciones, sino tambin el miedo, pues saba que era
distinto de l, rgido y severo. Haba el juez visto con mayor lucidez?
Se haba l engaado? Habra, en realidad, querido morir?...

Y Vrod tornaba mentalmente a lo pasado, recordaba el angustioso estupor
que se haba apoderado de l cuando descubri el mal secreto que
agobiaba a aquella pobre alma. Salvaba a otros, pero mientras tanto ella
misma estaba perdida. Las palabras que haba pronunciado un da volvan
a la memoria de Vrod. Se hablaba de un desesperado que se haba quitado
la vida, y los ms condenaban al suicida; pero ella haba expresado un
sentimiento de que los creyentes no son capaces: no era cierto, deca,
que la renuncia a la existencia acarreara una condena inevitable: no era
cierto que la fe condenase en todos los casos la muerte voluntaria. La
conciencia deba avaluar libremente los motivos de esa como de todas las
otras acciones humanas, y aceptar las consecuencias del albedro, y si
el engao, el miedo, la vileza merecan ser condenados y castigados,
haba otras razones que deban inspirar mayor clemencia en los juicios.

Para que concibiera y expresara esas ideas no era necesario que ella
misma se encontrara reducida al extremo de tener que pensar en la
muerte? Y cun grande era la compasin que haba invadido su corazn al
ver que los hechos correspondan a los argumentos ms de lo que se
hubiera credo!

Pero ella no poda haber pensado en la muerte para huir del dolor. El
dolor es la misma ley de la vida, sola decir, y lejos de huir de l, lo
que se necesitaba era hacer consistir el deber y el gozo en soportarlo
con serenidad. Lo que haba querido era substraerse al mal. Lo haba
afrontado para destruirlo; haba descendido hasta all por cumplir una
obra de redencin. La fuerza del amor le haba parecido suficientemente
grande para triunfar de manera inerrable. Pasando por sobre las leyes
humanas y hasta mayor prueba! por sobre las divinas, haba esperado
hacerlas aceptar al hombre que las negaba y combata todas. Ella misma
haba cado en el error por evitar que continuase consumndolo, para
hacer que creyera en algo bueno. Y de ese soberbio sueo se haba
despertado impotente, lastimada, envilecida ella tambin. Su amor haba
sido despreciado, sus ruegos desodos, su fe ofendida; la obra de
destruccin haba continuado ms activa que antes, y ella, que haba
querido impedirla, se consideraba su cmplice. Entonces haba
reconocido, demasiado tarde, que el camino en que avanzaba deba tener
fatalmente una sola salida: persuadida de que su engao no mereca
perdn, haba pensado en la muerte. En ese momento se hallaba, en que
las consecuencias del engao fatal le parecan ms graves, en que el
ltimo destello de su esperanza se haba apagado ya, cuando Roberto
Vrod la haba encontrado, y as como ste haba visto en ella su
salvacin, ella tambin se haba sentido revivir. Ciego, ella haba
visto por l; dolorida, l la haba socorrido. Aquella mutua salvacin
haba permanecido ignorada de entrambos durante muchos das. Ninguno de
los dos, al sentirse renacer por obra del otro, haba credo posible,
sin embargo, que semejante milagro se hubiese realizado por su propia
virtud. En los primeros tiempos, l se haba contentado con
contemplarla, haba vivido con su luz, sin imaginar un gozo mayor, y
cuando por fin lleg a concebir y vislumbrar otro, huy de ella.

Dirigiendo en torno la mirada, hacindola vagar por el crculo de
montaas, todas grises con la luz de la luna, recordaba en ese momento
la maana de su fuga, un amanecer lvido y fro, el lago plomizo
flagelado por el viento, erizado de las olas opacas. Hua sin la menor
vacilacin. La esperanza, la certidumbre de volverla a ver le sonrean.
Cundo, dnde? No lo saba. Pero la vera. Y la llevaba en el alma. No
haba llorado porque tena el alma llena de ella. En la orilla, al ver
aparecer la barca gris sobre las aguas grises, haba sentido oprimrsele
el corazn. Mientras haba podido ver las playas de Ouchy, de las
alturas de Lausana, sus ojos no se haban desprendido de ellas.

Y del viaje no recordaba ms que algunas rpidas escenas. La vspera de
la fuga, haba pasado toda la noche escribiendo. Saba que no poda
enviarle ms que una palabra de saludo, pero haba escrito toda la
noche. A bordo un sueo penoso, una grave pesadilla lo haba abrumado.
Oa incesantemente el fragor de las olas que se estrellaban contra el
fuerte casco de la embarcacin, y senta su propia fatigosa respiracin:
vea huir las orillas, e ignoraba dnde estaba, adonde iba.

Haba ido a Italia, a contemplar los bellos paisajes, el sol claro, el
cielo bellsimo, que la haba hecho a ella tal cual era. Haba estado en
Miln, con el objeto de ver su casa natal, una casa alta y severa como
una torre, situada en una calle lejana y silenciosa, enfrente de una
pequea iglesia embellecida por muchsimas flores. Haba visitado la
pequea ciudad de provincia en cuyo colegio haba pasado su
adolescencia, y despus haba ido a Brianza, el pas de las rosas, donde
haba transcurrido parte de su juventud, donde estaban sepultados los
suyos. Felices divagaciones haban ocupado su mente; pensando en los
juveniles aos de su amada, en las ingenuas esperanzas que la haban
sonredo, en la alborada radiosa de aquella vida benfica, haba llorado
lgrimas gratas. Pero en otra parte lo esperaba el llanto tempestuoso.

Despus de una larga peregrinacin, al final de la bella estacin, pas
por Niza como acostumbraba siempre al dirigirse a Pars. En Niza haba
perdido a su hermana, la nica compaera de su hurfana juventud, y
delante del sepulcro de aquel ser querido, iba siempre a meditar sobre
los terribles enigmas de la vida y de la muerte. Aquel ao se acercaba
a la tumba menos seguro de s mismo, lleno de nuevas ideas que tena que
confiar a aquella cara memoria, ansioso de las inspiraciones que all
recoga. De aquella hermosa muerta le haba hablado un da que la
acompaaba a Chilln; le haba dicho cun tierno haba sido su cario,
qu parte tan grande de su ser estaba encerrada en aquella tumba, y ella
le haba pedido que siguiera hablandola de la muerta, y varias veces
haba repetido su ruego, haba querido conocer los detalles de la vida
de la joven, ver sus retratos, y con palabras cuyo secreto slo ella
posea, haba expresado la ntima dulzura del amor fraternal.

Dirigase apresuradamente al sepulcro con el vivo afn de confundir en
un solo pensamiento las imgenes tutelares de la muerta y de la ausente,
cuando sus ojos sintieron un deslumbramiento: en el muro funerario,
junto a los esqueletos de las guirnaldas votivas que haban ido
reunindose all una tras otra, una gran corona alba luca como una
aureola. No era de flores, sino de blanca tela o hilos de plata; una
mano hbil haba plegado el raso blanco, los encajes blancos, los tules
blancos, figurando con ellos nveos ptalos y hojas espumosas.

Su confusin ante ese espectculo dur un segundo, durante el cual,
pensando que nadie ms que l en el mundo haba amado a la muerta, el
estupor, la ignorancia del afecto de donde vena aquella ofrenda, lo
dejaron perplejo y ansioso. Pero luego comprendi con la velocidad de un
relmpago. Slo un ser, aquel ser de amor poda haber ido a colgar all
esa corona: y las lgrimas comenzaron a inundar su rostro,
incontenibles. Benefactora secreta, consoladora compasiva, se
denunciaba en la inspiracin de amor que la haba guiado hasta aquella
lpida; en el pensamiento amoroso que la haba hecho tejer aquella
guirnalda. Los huesos de la muerta haban debido temblar cuando la
compasiva mano colocaba la blanca ofrenda. Y l, temblando tambin,
lloraba de gozo secreto, de gratitud desbordante, de tmida esperanza.

As, l viva en la memoria, en el corazn de aquel ser adorado. En los
momentos en que se preguntaba qu recuerdos habran quedado de su
persona a la ausente, cuando dudaba de que pensara en l ni un instante,
la encontraba partcipe de su religin del sepulcro. Y al fijar la
mirada, obscurecida por las lgrimas en la luminosa corona, le pareca
que por un nuevo prodigio su hermana muerta expresara los sentimientos
que lo invadan; as como al travs del espacio y del tiempo el
pensamiento de la ausente llegaba hasta l, al travs de la vida el alma
de la difunta hablaba, repeta el consejo que sus odos haban escuchado
otra vez. Ama y vive; cre y vive; espera y vive.

Uniendo con la imaginacin en el mismo cuadro a las dos bellas imgenes,
las vea cogidas de las manos, y salirle al encuentro radiantes. La
ausente haba sacado del sepulcro a la muerta, los dos fantasmas vivan
la misma vida sobrehumana, intangible. Pero al travs de la admiracin
que senta, de ese xtasis consolador, y de su fe tan reconfortante, un
sentimiento de secreta angustia le oprima el corazn al pensar que
jams palabra alguna habra podido expresar a aquella de las dos
criaturas que viva an, el mpetu de devocin hacia su persona, la
necesidad de inclinarse ante ella que lo dominaban. Tomar, de rodillas,
su man, besar esa mano que haba tejido la virginal corona, eso era lo
nico que poda hacer. Pero le bastara con eso? No lo ahogaran, en
el momento dado, todas las ideas que se agitaban en su mente? Y a la
inspiracin de amor puro que la haba conducido a aquella tumba iba a
contestar con la confesin de un amor exigente, de un amor agresivo? No
era verdad que ya en ese momento la quera para s, toda para s, desde
que saba que era suya en la fraternidad de ultratumba? De manera que
haba sido intil la fuga? Qu habra debido hacer, entonces?...

El recuerdo de aquellos momentos de gran ansiedad lo hizo ponerse en
pie: se volvi en direccin al lago, ech a andar, extendiendo el brazo
como en busca de un sostn, cual si estuviera ebrio. La dulzura del
recuerdo lo embriagaba, s, lo substraa a la tristeza presente. Pero la
ensangrentada imagen reapareci y el corazn se le oprimi de nuevo. El
inicuo destino destrua as a las nicas criaturas dignas de vivir, y
as perda l, una despus de otra, a sus hermanas.

--Hermana!... Hermana!...

Tal haba sido para l. Las dos nicas cosas gratas a su corazn eran
esas: el cario de hermana, el nombre de hermana. Todos sus otros amores
haban sido prfidos y venenosos, no le haban dejado ni un solo buen
recuerdo: desdn y nada ms que desdn le inspiraban todos ellos: desdn
contra las prfidas, desdn contra s mismo. En un tiempo se haba
vanagloriado de aquellos amoros, se haba ensoberbecido con ellos como
si cada uno hubiera sido una verdadera fortuna. Pero, concebidos en el
mal, esos amores llevaban en s el germen de la destruccin; ninguno de
ellos haba dejado de hacerle sentir su podredumbre, todos le haban
enfermado el alma; pero aquello no era ms que su castigo merecido.

Y cuando no quera incurrir ms en el error; cuando senta resurgir
dentro de s la necesidad, por largo tiempo insatisfecha, de una ntima
comunin; cuando no poda ya vivir solo, volva a encontrar, en ella, a
la hermana. Ir en su busca, decirle de viva voz el gozo que le
proporcionaba, haba sido su primer impulso; pero no haba querido
obedecerlo. La exaltacin de su alma era todava tan violenta, y para su
soledad era un consuelo tan grande el pensar continuamente en ella, que
quiso y pudo esperar. Celoso de s mismo, casi temeroso de empequeecer
su propio sentimiento investigando sus pormenores, haba vivido en una
felicidad secreta cuyo origen casi olvidaba. Como al despertarse de un
sueo agradable, como sucede cuando latentes e ignotas energas excitan
y multiplican los sentidos de la vida, en todas las cosas encontraba
nuevas virtudes.

Por fin, un da la escribi. Tratndose de tan sensible criatura y de su
propio sentimiento secreto, las expresiones verbales, demasiado vivaces,
no convenan. Y al escribirle contuvo el mpetu de las pasiones, call
sus esperanzas, moder su gozo, expres nicamente su gratitud.

Ella le contest. Le hablaba de su difunta hermana. Qu otros recuerdos
habran podido en ningn momento reproducir en su memoria las palabras
fraternales?

Ciertamente, he conocido a su hermana y su memoria me es grata. Cuando
usted me habl de ella, cuando me dijo usted cules eran las preciosas
y raras dotes de su persona y de su corazn, comprend que en ella se
encarnaba la aspiracin de mi juventud, que esa era la hermana que jams
he podido consolarme de no encontrar a mi lado en las horas de alegra
como en las de tristeza. Cuando usted me refiri el desastre de su
muerte, me pareci como si yo misma hubiera perdido ese tesoro de bondad
y hermosura. Y al saber que estaba enterrada en la ciudad donde paso una
parte de mi vida, form el propsito de ir a rezar delante de su tumba.
Ahora, he cumplido con jbilo el compromiso que haba contrado conmigo
misma, y me siento feliz al saber que esta idea ma le haya sido a usted
tan agradable...

Y tambin ella estaba muerta!

El da haba muerto, la alegra haba muerto. La luna extenda por sobre
el paisaje una luz mortuoria, de tumba; las paredes blanqueadas parecan
lpidas sepulcrales; el silencio y la inmovilidad de la muerte estaban
en el agua, en la tierra, en el cielo, en todo. Eran ya dos las
sepulturas delante de las cuales ira a arrodillarse, o en las cuales su
mano ira a depositar coronas. Pero ella no haba sido an enterrada. El
cadver ensangrentado haba estado todo el da en la mesa de las
autopsias, entre las manos de los anatomistas, y a esa hora se
encontraba en la iglesia.

Vrod volvi a mirar en torno suyo para reconocer el paraje en que
estaba y encaminarse al templo: se hallaba en el camino de Lucerna. Con
paso ya ms firme, ech a andar, por la ruta de Jurigoz. En la misma
casa de oraciones donde se haban reunido las primeras veces, iban a
tener la postrera reunin.

Lejos de ella, su mirada y su pensamiento se haban vuelto hacia el
Cielo en su busca. Despus de la primera carta haba intentado
escribirla una vez ms, pero las palabras se haban mantenido rebeldes.
Y su vida haba sido una continua ansiedad. Por todas partes la buscaba.
Delante de todas las cosas bellas crea verla. A veces senta un vuelco
en el corazn, al ver en la calle alguna persona que tena con ella una
lejana semejanza. Pero cuando pasaban estas ilusiones su dolor se
agravaba. El terror de sus noches eran los sueos, durante los cuales
crea haberla perdido ya, jams volver a verla. Uno de esos sueos se
repeta frecuentemente: estaba en su presencia, senta el corazn
palpitarle, las manos le temblaban, y no poda pronunciar una palabra, y
ella, despus de haber esperado en vano sus palabras, se alejaba, se
desvaneca, dejndole inmvil, petrificado.

Esa angustiosa incapacidad para todo, lo dominaba aun despierto, le
impeda correr a buscarla. Cuando fue a Niza y no la encontr all,
sinti casi un alivio. Y al verla otra vez en Ouchy, al principio del
verano, tembl. Con el tiempo y la distancia crea haberse substrado a
la influencia de su gracia; pero su presencia renov el prodigio: la
angustia y el miedo, y todos los sentimientos indignos cedieron de
improviso cuando se encontr a su lado. Poda acaso ocultarle que viva
de su favor?... Y adems, antes de que hablara, ella lo haba
comprendido. No se mostr ofendida de su confesin de amor, ni haba
dudado de la existencia de ste. Los falsos pudores, las hipocresas del
sentimiento le eran desconocidos.

Me creer usted, as como yo le creo? le haba preguntado. Estaban en
la montaa, en el bosque de Comte: ms all de las pendientes frondosas
se dibujaban lmpidos y tersos el lago, los montes, los paisajes, en la
luz deslumbrante. Y deslumbrantes de verdad eran sus palabras: La
verdad es como la luz, no se esconde. El recuerdo de usted me ha
acompaado por todas partes; la esperanza de volverle a ver me sonrea.
Yo saba que esta hora llegara. Pero hay otras verdades en la vida. Y
as como lo que le he dicho es realmente cierto, tambin lo es, y con
verdad moral, que el amor de usted y el mo no son durables. El amor
tiene que recibir satisfaccin. En la plena felicidad muere, pero
despus de haber vivido. Conservarle la vida de miedo de que muera, es
como matarse porque se tiene que morir. Pero la vida del amor depende de
una condicin: la observancia de las leyes. Piense usted en su difunta
hermana. Qu habra deseado usted para ella, si hubiera vivido? Que
hubiera amado a un hombre que la amara. Usted no habra investigado
demasiado minuciosamente el pasado de aquel hombre, no se habra
inquietado de sus primeras y menos dignas pasiones. Eso est en las
leyes naturales, que quieren que los hombres sean ms ansiosos de la
dicha, ms impacientes. Aquel hombre habra desdeado su pasado y habra
temblado de gozo y orgullo al estrechar contra su corazn a la virgen.
Los dos se habran unido para siempre, pero no se habran contentado con
un tcito compromiso, habran solicitado la sancin social y la divina,
porque la ley moral quiere que el amor sea el fundamento de la familia:
as no muere, o tal vez se transforma. Nosotros nos hemos conocido
demasiado tarde. Yo no niego que se pueda amar ms de una vez,
principalmente de parte de los hombres. Para nosotras, mujeres, el
experimento es demasiado arriesgado. Y, en general, mientras ms se
prueba, menos se cree. Demasiado tiempo he vivido fuera de las leyes
para que todava pueda esperar volver a ellas. Usted no quiere creer
ahora esto, y su duda es sincera; pero ms tarde lo creer, con
sinceridad igual. No me hago peor de lo que soy; pero si los dems no
tienen la conciencia de mi decadencia, yo la tengo, indestructible. Este
sentimiento disputara la vida a la fe. Ante la tumba de la hermana de
usted, cuando usted se hallaba lejos, cuando no saba lo que sucedera
entre nosotros, pens en unirme a usted con un sentimiento fraternal.
Ahora veo que aun esto nos est prohibido. Usted debe avergonzarse de
m. Si la compasin no fuera ms fuerte, usted no conseguira dominar la
tentacin de cambiar la naturaleza de los vnculos que nos unen, o
vencindola, sufrira usted demasiado en consecuencia. Todas estas cosas
estn fuera de las leyes, todas estn destinadas naturalmente a perecer
y hacer dao...

Todava no muy cierto de que se encontraba delante de una conciencia tan
segura, haba tratado l de refutar aquella luminosa demostracin; pero
ella haba tendido la mano hacia los montes lejanos:

Ve usted aquellas montaas? Unas partes estn iluminadas, otras
permanecen en la sombra. Pero como el sol sigue su carrera, llega el
momento en que stas se iluminan y las otras se velan. La verdad es en
todo como la luz: no va sin la compaa de la sombra. Si en este momento
cree usted que algunas sombras misteriosas y propicias le permiten
esperar, aguarde usted a que avance el tiempo y entonces la luz cruda
le har ver su engao...

Pero l no la haba dejado terminar:

Y yo voy a decir otras verdades que usted no sabe o no quiere saber.
Usted, que se juzga as; usted, que tiene una mirada tan clarovidente,
no sabe que por su rectitud, por su sinceridad, por su humildad, es una
criatura selecta, digna de reverencia? No sabe usted que la vida lo
contamina todo? Hay algo en el mundo que est exento de errores? Y
siendo as, cree usted que la diferencia entre los errores breves y los
mayores importa mucho? Lo que importa es alimentar el ideal del bien.
Aquel que una vez se ha desviado y despus entra en el buen camino, no
es ms digno de premio que el que siempre sigui la va recta? Hubo un
tiempo en que yo pensaba que sta fuera la injusticia de la fe cristiana
y usted misma me ha hecho volver a mis creencias. Si usted ha errado,
las intenciones que la condujeron al error la hacen ms merecedora de
perdn que a cualquier otro. Usted que se siento indigna del perdn lo
ha esperado, lo espera...

No aqu fue su respuesta. Y llor. Ella no!

El tiempo haba pasado sin disipar esas sombras: l no la deca que su
amor lo haba convertido en otro hombre, en un hombre capaz de otras
cosas: ese orgullo la habra desagradado, tal presuncin la habra
lastimado. Sin decirle nada ms, haba ido viviendo en su puro encanto.
La certidumbre de ser amado por ella le colmaba de una alegra tan
lmpida, que en su ser no quedaba ninguna otra energa para ningn otro
objeto. La esperanza floreca en la sombra, ocultamente. Las palabras no
la expresaban porque ella no lo necesitaba: deba, por el contrario,
permanecer sigilosamente guardada. Su vitalidad era tan frgil, que no
habra resistido al menor choque. Entregada a s misma, se sostena
naturalmente, poco a poco; se alimentaba de todo y era el alimento de
todo...

Roberto Vrod se detuvo de pronto, estremecindose.

Estaba delante de San Luis. Las ventanas de la iglesia, iluminadas por
la luz interior, se dibujaban en las paredes: las lmparas velaban.

Vrod se desplom junto a la verja.

La vspera haba odo su voz! La vspera le haba abierto su corazn!
La vspera ella haba permitido que le besara la mano!

Y despus... muerta, asesinada! Y el juez no crea en el delito! Y l
estaba vivo?




IV

HISTORIA DE UNA ALMA


La incertidumbre del juez Ferpierre acerca del drama de Ouchy iba en
aumento. Los resultados de la autopsia no arrojaban luz alguna: el
examen de la herida redonda, ennegrecida por el humo del arma,
demostraba que el tiro deba haber sido disparado de un distancia de
cerca de medio metro, y si esto confirmaba la hiptesis del suicidio, no
exclua la del asesinato, que el homicida habra podido tirar de cerca.
Tampoco las lesiones internas, el camino seguido por el proyectil, que
iba por una lnea inclinada de abajo arriba, permitan formarse una
opinin precisa. En la persona de la muerta, ningn rastro de la
violencia: ni en las manos, ni en las muecas, ni en el cuello.

Faltando, por consiguente, las pruebas reales que pudieran confirmar una
de las dos suposiciones, Ferpierre esperaba encontrar alguna prueba
moral en el libro de memorias secuestrado con otros papeles en el
domicilio de la difunta. Y la misma noche de la autopsia lo dej con la
fiebre de la curiosidad suscitada en l por el misterio.

Las primeras pginas no tenan fecha, pero se referan evidentemente a
la adolescencia de la Condesa. Comenzaban con las impresiones de la nia
al salir del colegio, con las manifestaciones del jbilo que la haba
embargado al volver a ver su casa, al encontrarse de nuevo con su padre.
Sin embargo, no se olvidaba del tiempo que haba pasado lejos; las
pginas donde expresaba la dulzura de su nueva vida estaban todava
llenas de los recuerdos de la antigua.

A esta hora estn mis compaeras en el jardn. Sor Ana se pasea en
torno de la fuente, leyendo en ese libro que jams termina, cuidando la
pobrecilla a sus hijitas. Las inseparables se pierden, la una del brazo
de la otra, por entre los tilos; Rosa Blanca se queda sola con sus
pensamientos; las locas corren, gritan, juegan. Quin se acordar de m
como yo me acuerdo de ellas?

El sentimiento predominante era su adoracin por su padre.

He llegado a saber que pap me ha tenido en el colegio porque crea no
poder atender suficientemente, por ser hombre, a mi educacin y a mis
distracciones. Y ahora, siempre nos entendemos, en todas las cosas: l
dice que soy demasiado seria, cuando ve que estamos de acuerdo en las
ideas graves, y yo por mi parte digo que l es demasiado bueno cuando
participa de mis pensamientos ftiles o simplemente locos. La verdad es
ms sencilla, y maana se la voy a decir cmo no lo he pensado antes?
Soy su hija; por qu asombrarse de que me parezca a l?

Me gusta tanto tomar su brazo cuando salimos! Pero, naturalmente,
mucho mejor es cuando l torna el mo. Entonces me siento casi orgullosa
de que mi papacito, un hombre tan fuerte y grande, se apoye en m; me
parece que le sirvo de algo; pero despus me entra un terrible miedo de
no servir en realidad para nada...

Es necesario que yo diga a pap una cosa que noto desde hace das. Est
temeroso de que yo me aburra al verme sola en esta enorme casa: se le ve
el empeo que tiene en distraerme, en proporcionarme placeres y
diversiones. Hoy ha reprendido a Juan, porque tard en ir al teatro, y
cuando lleg ya no encontr ni un palco disponible: se ha enojado porque
no puede llevarme a esta funcin, no porque quiera ir l, Julia me ha
dicho que cuando estaba solo nunca iba al teatro. Pobre papacito,
cunto me duele que se sacrifique por m! Antes iba todas las noches al
club: ahora ya no va ms. He tenido que rogarle tanto para que no
abandone demasiado a sus amigos por m!...

He dicho mal: pap no hace sacrificios por m, como yo tampoco los hago
por l. Dar gusto a las personas a quienes se quiere es el mayor placer.
Pero yo quisiera persuadirlo de que est en error al temer que me
fastidie. Yo no me he fastidiado nunca. Paola Leroni repeta siempre
estas palabras:--Hija ma, qu fastidio tan grande!--A todas nos
llamaba hijas, aunque furamos mayores que ella, y se aburra siempre de
todo. Sus parientes tardaban en sacarla del colegio, pero ella no se
quejaba:--Hija ma, qu fastidio tan grande!--Se fastidiaba jugando,
estudiando, paseando, trabajando, si sala a la calle, si se quedaba sin
salir: no se saba qu hacer para curarla de su aburrimiento. Deba
sufrir de alguna enfermedad la pobrecilla. Probablemente pap me cree a
m tambin enferma...

En seguida hablaba de sus males fsicos, de la inquietud de su padre por
su salud: la habilidad de ste para curar a los enfermos era mayor que
la de una hermana de caridad.

Casi deseo sufrir alguna indisposicin para verle asentado a mi
cabecera, para orle narrar las historias con que me distrae, para verle
ir de aqu para all en el cuarto, preparar la medicinas, acercar la
mesita a mi cama, quitar a Julia todas las cosas de las manos y hacerlo
l mismo todo, mejor que sor Ana!...

Oh, no! Pobre papacito mo, no quiero estar ms en la cama; quiero
sentirme siempre bien y tener buen semblante, y hacer mucho ruido en la
casa, para que t te tranquilices, para que no te aflijas tanto por mi
causa! El otro da, mientras los doctores me examinaban, lo vi en el
espejo: no se imaginaba que yo lo miraba, y se apretaba una mano con la
otra e inclinaba la cabeza hacia nosotros, respirando fatigosamente,
como si la persona que esperaba la sentencia del mdico, fuera l
mismo!...

A veces me parece, cuando me duele la cabeza, o estoy resfriada, o no
como algo porque me desagrada, que mi papacito tuviera mis dolencias y
sintiera mis nuseas: si toso, me parece que a l tambin le duele el
pecho; si siento fro, que l tambin lo siente. Qu bueno es quererse
as!

Era tan alta y su pap todava tan joven, que quizs los crean
hermanos, y ese error de la gente le causaba inmenso placer. Adems en
su opinin el error no era tan grande como pareca:

Podra un hermano hacer ms por m? El hermano de Virginia no la da
ms que disgustos a ella y a toda la familia. Los hombres, aun cuando
son buenos, no comprenden tantas cosas, las cosas que no se piden;
mientras que mi papacito...

Y tambin de este hecho encontraba una explicacin:

Como quiso tanto a mi pobre mam, tom todos sus gustos, sus hbitos,
su modo de pensar y de sentir. Y todo el cario que ella me tena cuando
yo estaba en paales, lo hered l, y lo supo conservar, y ahora me lo
da. Qu desgracia tan grande, la muerte de mi mam! Siempre hablamos de
ella, siempre la tenemos presente: Si yo pudiera verla un da! Pero
cuando pap se lamenta de no ser suficiente para atenderme, no tiene
razn, yo doy gracias al Seor de haberme dado un padre como el mo, que
me quiere tanto, que satisface hasta mis menores deseos.

Tambin ella tema no bastar al contento de su padre, y no era tanto por
s misma como por l que pensaba que si hubiera tenido una hermana,
entre las dos habran conseguido mejor hacerlo feliz. Las familias muy
numerosas y unidas le daban envidia.

Cuando se est entre tantos, cada uno dice algo, cada uno piensa algo,
los caracteres diversos obran los unos sobre los otros y se modifican,
mientras que, una persona sola, puede ser a la vez seria y alegre,
puede pensar en todo, preverlo y hacerlo todo? Cuando me siento mal,
siento con ms fuerza la falta que me hace una hermana que contentase a
pap, que le distrajera de sus preocupaciones y cuidados... A l mismo
se lo he dicho; y l dice que est contento conmigo sola, no quisiera
dividir el cario que me tiene. No, papacito mo, en tal caso el cario
no se dividira: se sumara...

Pero por ms que el cario hacia su padre la dominara, senta que en su
corazn haba un puesto para un afecto distinto. Confesaba este
sentimiento por primera vez, al hablar de la vergenza que le causaba la
idea de que su padre pudiese leer aquel diario:

Pap no sabe que por la noche, antes de acostarme, me pongo de vez en
cuando a escribir en este libro. Anoche, a las once, cuando l me crea
en la cama, cay una fuerte lluvia; supo que estaba despierta, y vino a
preguntarme si me senta mal. Fcilmente lo tranquilic, pero le dije
que estaba tan buena; que me haba quedado levantada para poder escribir
en este libro. Hago mal en ocultrselo. A veces formo el propsito de
confiarme a l, de hacerle leer lo que escribo. No es lo mismo que le
digo de palabra todos los das? Pero, no s: tengo vergenza y miedo.
Hay momentos en que hasta me parece que hago mal con escribir estas
memorias. Camila Sesgondi me hizo venir la primera vez, en el colegio,
esta idea de escribir nuestra vida, pero nunca empezamos. Todas las
noches, al dar gracias al Seor por el da que haba pasado con
felicidad, yo pensaba en las cosas que haban sucedido, en lo que haba
dicho, en lo que haba pensado; pero en cuanto a escribir no saba por
qu parte comenzar; pues todos los das eran iguales. Entonces esper a
hallarme en casa; y por fin comenc. Ahora me arrepiento, porque no me
atrevo a confiar esto a pap, y adems hay veces, como ahora, en que me
parece intil escribir estas cosas: no siempre las cosas que se piensan
necesitan ser escritas; y otras, no s escribirlas o no lo puedo... Por
qu habr ciertas cosas que no se pueden escribir, ni siquiera decir?
Pero si yo tuviera una hermana! A ella se lo dira todo, estoy
segura!...

Un da, por ltimo, no pudiendo guardar por ms tiempo ese secreto con
su padre, le haba revelado que escriba su diario. Para fortificar la
memoria sola copiar las poesas que ms la agradaban: versos de Patri,
de Aleardi, de Manzoni, de Shelley, de Byron, y ese da, recitando el
papa una poesa de Vctor Hugo, copiada de un peridico, no la record
bien y fue a buscar su libro.

Dije a pap que copio bellas poesas y escribo mis impresiones. Estaba
resuelta a decirle todo, pero esperaba que no manifestara deseos de
leerlo. Cuando me pregunt: Me dejas ver? le di el libro, pero creo
que me ruboric mucho. Ley algunas lneas, de dos o tres pginas
solamente, luego cerr el libro y me abraz estrechamente, besndome en
la frente, l tambin con los ojos enrojecidos. Entonces me sent muy
valiente, casi me arrepent de haber tenido miedo antes, y le rogu que
lo leyera todo; pero l no quiso.

Tuve que leerlo yo, y as la vergenza se me ha disipado, y ahora me
siento como librada de un gran peso, y contenta, contenta.

La primera vez que nombraba al Conde Luis d'Arda lo haca al hablar de
poesa y de arte, y ese nombre volva despus con ms frecuencia,
siempre con motivo de libros y cosas literarias. ntimo amigo de su
padre, compaero de su juventud, el Conde era una de las rarsimas
personas que frecuentaban la casa Abizzoni. La jovencita emita a su
respecto juicios muy favorables.

Cunto se quieren pap y el Conde! Se parece a pap, su amigo; es
bueno como l, y casi tiene su mismo aspecto...

Hoy me ha mandado el Conde las novelas de Walter Scott... Hoy he
recibido de nuestro buen amigo los dramas de Metastasio...

Todava se ejercita el Conde en la esgrima, mientras que pap la ha
dejado desde hace mucho tiempo. Han hablado del asunto con motivo del
duelo que Tasso describe en _Jerusaln libertada_: el Conde ha desafiado
en broma a pap, pero ste ha contestado meneando la cabeza: Esas no
son ya cosas de nuestra edad!... Esta respuesta me ha disgustado
tanto! Entonces se cree viejo? Y apenas tiene cuarenta y nueve aos!
Esa contestacin debe haber desagradado tambin a su amigo, pues ste no
le ha dicho nada, y se march ms temprano que de costumbre...

Nuestro amigo ha mandado hoy a casa tantos libros ingleses, que no s
dnde ponerlos. Noto que casi siempre somos de la misma manera de
pensar respecto a los libros que escogemos; pero l ha ledo y estudiado
tanto, que yo no me arriesgo a decir mi opinin cuando me la pide;
entonces l me dice la suya, y a m no me queda ms que aprobar...

Ahora comienzo a crear valor y a emitir mis juicios de cuando en
cuando, y l alaba mi gusto...

Todava libros! Pap ha dicho en broma que el Conde es mi librero.

Ahora s que es mi librero: me ha pedido permiso para colocar el escudo
de la casa Albizzoni sobre su librera, y yo se lo he acordado. Cmo se
ha redo!

Me gusta tanto ver rer a pap y a su amigo! En las personas que
ordinariamente son serias, la risa tiene otro valor, no alegra tanto
cuanto enternece.

El Conde ha dibujado hoy nuestro escudo, para ponerlo sobre su
librera: dibuja muy bien y con una facilidad extraordinaria. Me ha
explicado que el escudo para las seoritas es de forma distinta del de
las seoras y de los caballearos: toda la noche ha hablado de herldica
y de nobleza, y yo he aprendido una cantidad de cosas que ignoraba.

Pap, que se ocupa siempre de mis vestidos con tanta escrupulosidad, no
hace lo mismo respecto a los suyos, y yo he tenido que rogar a su amigo
que le persuada de que debe ocuparse algo de s mismo.

Conversando entre ellos de las cosas de la moda, pap ha observado, y
yo tambin, porque es verdad, que su amigo se viste, desde hace algn
tiempo, con una elegancia exquisita. Siempre me dice, ya hacindome ver
el corte de su jaquette, ya los pliegues de su corbata: Esta es la
ltima palabra de Gironi. Esta es la ltima palabra de Vassier...
Gironi es el sastre. Vassier el fabricante de corbatas.

Hoy tenemos ms libros; pero esta vez vienen acompaados de una
tarjeta como las que reparten los negociantes para difundir su
direccin. Arriba est nuestro escudo, dibujado con perfeccin, y luego
estas palabras: Librera internacional de Luis d'Arda; proveedor de Su
Gracia la Marquesita Florencia Albizzoni Vivaldi... Cmo se ha redo
pap! Esperamos la factura! le ha dicho, siguiendo la broma, y el
Conde, muy serio, ha contestado: Nuestra casa cobra a fin de ao.

Ahora, hasta pap me llama Vuestra Gracia, y cuando hablan de m
entre ellos dicen siempre: Su Gracia la Marquesita. Mi Gracia est
muy agradecida a tanta gracia!...

El Conde--lo he sabido hoy,--es ms joven que pap: tiene cuarenta y
cuatro aos. No s si esto me agrada o me desagrada...

Una pgina blanca interrumpa el diario en este punto. El manuscrito
volva a comenzar despus, con otra tinta y hasta con letra algo
modificada:

Hoy partimos. Hace seis meses que no escribo. Cuntas cosas en este
tiempo! No importa que nada haya escrito en estas pginas: todo est
aqu, en la memoria, en el corazn. Luis ha llorado, pap trataba de
mostrarse fuerte, pero no lograba contener su emocin. Y cuando los he
visto abrazarse, con ojos risueos, y llorosos, entonces he llorado yo
tambin. Su Gracia la Marquesita Florencia Albizzoni Vivaldi no existe
ya...

Y el juez Ferpierre, detenindose, pues el manuscrito se interrumpa de
nuevo, reconstrua con la imaginacin lo que la narradora haba callado.

El Conde d'Arda, que haba visto nacer a la hija de su amigo y de nia
la haba querido como un segundo padre, en presencia de la jovencita
deba haberse sentido dominar por un sentimiento distinto, ms dulce y
atormentador. Haba tratado primero de resistir, pensando en la gran
desproporcin de la edad, sufriendo en secreto y casi avergonzndose
cada vez que su amigo, todava ignorante de lo que le pasaba, aluda a
la juventud de ambos como cosa lejana; pero el amor haba sido el ms
fuerte y haba impuesto sus persuasivos razonamientos. Poda llamarse
viejo, cuando slo tena cuarenta y cuatro aos? Si su persona y su
carcter no desagradaban a la jovencita, qu importaba la diferencia de
edad? La experiencia que haba adquirido con los aos, no haca de l
un partido ms conveniente que tantos otros?... Pero sobre todo, la
amistad que lo una al padre, no era una garanta de que consagrara
toda su vida a hacer feliz a la hija? Con su asidua e ntima
frecuentacin de aquella familia no era ya como si hubiera entrado a
formar parte de ella?...

Y este argumento deba haber persuadido a la nia. Sin duda el Marqus,
asombrado al darse cuenta de lo que su amigo deseaba, haba vacilado
antes de apoyar su pretensin, y en todo caso haba dejado a su hija
libre de acogerla o refutarla; pero con igual certidumbre se poda
pensar que la idea de confiar la joven a un corazn probado ya como el
de aquel amigo, deba haberle sido grata. La jovencita, leyendo en el
alma de su padre como en la suya propia, comprendiendo su secreta
inclinacin, segura del afecto del Conde, deba haber sufrido, por esas
dos personas queridas, y tambin algo por s misma, ante la idea de que
su intimidad de tantos aos, pudiera concluir un da, y por lo tanto
haba aceptado el partido que iba a hacer imperecedera esa relacin: no
conoca a otros hombres, todava no saba establecer las diferencias
entre un amor y otro amor, y haba consentido.

Ferpierre vea confirmadas sus deducciones en las pginas posteriores.
Aunque stas tampoco tenan fecha, deban haber sido escritas despus
del viaje de novios:

Nada ha cambiado, pues, estamos juntos como antes. Entonces, Luis iba a
nuestra casa: ahora pap viene a vernos. No ha querido que viviramos
todos en una casa: a m me habra gustado tanto! Y a Luis tambin. Todo
lo que me gusta a m le gusta a Luis: nuestro acuerdo respecto a las
cosas del arte y del pensamiento continua en lo relativo a la vida.

Pap me pregunta si estoy contenta: yo doy gracias al Seor, de la
felicidad que me acuerda. Que nos acuerda: l no quiere creer en lo que
ha sucedido. La idea de que casndome pudiera sentirme desgraciada, era
su tormento.

Luis me pregunta si lo amo: yo no s cmo probrselo.

Me parece que ambos dudan, el uno de mi felicidad, el otro de mi amor.
Ellos no insisten en pedirme seguridades, pero en sus miradas, leo una
secreta ansiedad, como si creyeran que les oculto algo. Todo eso porque
mi marido tiene cuarenta y cuatro aos! Si tuviera treinta y cuatro,
no dudaran!...

Qu placer! qu placer! Por fin he podido persuadir de la verdad a
Luis. Le haba dicho, en el viaje, que en este libro tena escritos mis
recuerdos del da en que sal del colegio, y le haba prometido drselo
para que los leyera. Su deseo era saber s hablaba de l, qu deca de
su persona, qu opinin me haba inspirado. Cuando regresamos del viaje,
no volvi a pedirme el libro, y el otro da, que le habl yo misma de
ste, me contest que no quera leer mi diario. La razn que me dio no
me pareci buena: deca que lo que yo haba confiado al papel no deba
estar muy claro. La verdad es que segua teniendo miedo de descubrir que
no me haba parecido bastante joven, que me haba agradado poco.
Entonces le rogu que se sentara a escucharme, y comenc la lectura.
Cuando llegu a las ltimas lneas me rog, con los ojos humedecidos,
que se las explicara. Las ltimas lneas, anteriores a nuestro
matrimonio, dicen as:

El Conde es ms joven que pap: tiene cuarenta y cuatro aos. Yo no s
si esto me agrada o me desagrada.

Yo se las he explicado como mejor he podido. Al saber que era ms joven
que pap, sent pena por mi papacito, pues vea que su vejez se
aproximaba; pero despus, pensando en que pap me tena a m, mientras
que su amigo era solo, me consol y hasta me pareci justo que ste
fuese ms joven, para que pudiera casarse tambin y formar familia.

Cmo me ha abrazado Luis! Qu ojos tan risueos! Qu palabras de
amor! Nunca lo he visto tan feliz, ni el da que le di el s! Ahora no
puede creer que sus cuarenta y cuatro aos me parezcan demasiado: ya
est hasta persuadido de que la idea de casarme con l no debi
parecerme tan extravagante como l y pap teman. Lo cierto es que me
pareci bastante natural, y aunque hubo un momento en que me fij en que
Luis tena doble edad que yo, despus reflexion que la edad de los
hombres no se cuenta como la de las mujeres. Y adems quin calculara
cuarenta y cuatro aos a mi marido? Lo que importa no es la edad, son
las cualidades del alma, y de la bondad de Luis yo tena esta prueba:
que es amigo de pap. Todo lo que le haba odo decir en dos aos de
intimidad me demostraba que su manera de asentir era delicada, fina,
exquisita, que su inteligencia era elevada y selecta, que su cultura era
variada y profunda.

Y ahora comprendo que la cuestin es otra. Luis no tema tanto no
parecerme suficientemente joven, como desagradarme como persona, como
cara.

Pues bien, si algunas veces he considerado estpida mi costumbre de
escribir estas notas, y, si en cambio, en otras ocasiones las he
aprobado, hoy me parece que ha sido en realidad una fortuna haberlas
escrito, porque he podido, mediante ellas, convencer a Luis de lo que
pensaba de l en ese tiempo. Y ojal hubiera escrito bien todas mis
precisas impresiones de aquella vez que, desafiando a pap en chanza,
tom del trofeo un florete y se puso en guardia! Estaba tan bien con el
arma luciente en la mano y la mirada relampagueando como la espada; era
tan fuerte y gil, que me pareci verdaderamente un ser destacado de una
de esas novelas de Walter Scott que tanto me agradan. No se me haba
ocurrido an que pudiera casarme con l, pero s pensaba con gusto en
que poda ser la dama por la cual ese caballero descenda a la arena. Y
si supiera qu placer de otro gnero, no experimentado an, sent cuando
me envi aquella tarjeta en que se titulaba en broma: _Proveedor de Su
Gracia la Marquesita Florencia_. En esa tarjeta se hallaban juntos
nuestros nombres, como en un parte nupcial; estaba escrito! Tampoco
entonces pens con precisin que un da hubiramos podido unirnos como
estamos ahora; pero not, s, que nuestros nombres estaban en el mismo
trozo de cartulina, que l era quien los haba juntado, que me haba
llamado Su Gracia, y sent que el corazn me lata con fuerza, con mucha
fuerza...

Ah! Si hubiera escrito todo esto, Luis no dudara ahora. Poco me ha
faltado para contrselo, pero me he callado, en parte porque l se
encontraba en una de esas horas de duda, en parte porque he credo que
mejor sera escribirlo en este libro, donde l lo leer algn da.
Puesto que no me cree, no merece que le diga nada: mejor lo confo a
estas pginas, que estn destinadas a desengaarlo. El hecho de que lo
escriba ms tarde de lo que he pensado no quiere decir que no sea
verdad...

Y debajo de aquellas palabras, en caracteres ms gruesos, ms
irregulares, trazados con mano temblorosa, estaba escrito esto:

Ha ledo! Ha credo!...

As continuaban aquellas memorias, llenas de expresiones de una alegra
ntima, reveladoras de una alma amante, cndida y sincera, de lo que el
juez Ferpierre estaba casi enamorado.

Casada la jovencita en aquellas condiciones, con un hombre que poda ser
su padre, no era de prever que al renunciar a la felicidad ardiente, y
obtener, en la mejor de las hiptesis, una dicha tranquila, se sintiera
tarde o temprano inquieta por la idea de un bien mayor?...

Las confesiones de la muerta destruan esa sospecha. Ferpierre opinaba
que si la narradora no hubiera sido feliz, si hubiera visto que se haba
engaado al casarse con el Conde d'Arda, lo habra confesado sincera,
completamente; pero ya una vez haba reconocido que senta algo que no
poda escribir, y sin duda no habra declarado redondamente su engao,
pudiendo creerse tambin que, en vez de velarlo habra preferido no
escribir nada: el silencio habra sido entonces ms elocuente. Mas,
lejos de callarse, lejos de aludir a su desengao, insista tanto en las
manifestaciones de un afecto a la par ingenuo y ardiente, que el juez no
poda dudar de su sinceridad.

Por otra parte, era en realidad increble aquel amor de una joven de
veinte aos por un hombre de ms de cuarenta? Ferpierre, para
explicrselo no tena tanto en cuenta las cualidades morales del esposo,
como las fsicas: entre los papeles encontrados en la casa de la difunta
haba visto algunas fotografas de parientes y amigos, dos de las
cuales, segn declaracin de Julia Pico, eran del Conde: la figura de
aquel hombre era hermosa, fuerte y noble, y tena tanta expresin, que
el amor de la joven esposa estaba justificado. Y en pginas y ms
pginas no hablaba ms que de l: refera, orgullosa, todas las pruebas
de amor que le daba su marido, transcriba sus palabras enamoradas, se
alegraba al ver que ya crea en su amor, al saber que su padre estaba
seguro de su felicidad.

Otra pgina blanca interrumpa de nuevo el diario bruscamente; y en la
que segua no haba ms que este escrito:

Padre, padre mo, vive! Vive para m!...

Y nada ms.. A Ferpierre le pareca or el grito del desesperado ruego
que desde la cabecera del padre agonizante, exhalaba el pecho de la hija
amorosa. Pero en vano: en la pgina siguiente haba un mechn de
cabellos grises, sujeto por medio de dos cortes, en la hoja, y en el
margen una fecha: _3 de junio de 1886_. Despus, el libro estaba llenos
de recuerdos del muerto: la Condesa confiaba a aquellas pginas sus ms
caros recuerdos de hija, con un dolor tan acerbo, pero al mismo tiempo
consolado por la esperanza cristiana, que en ciertos prrafos pareca
hablar an del padre vivo, como al principio del libro. Pero el juez
recorra rpidamente esas pginas, impaciente por llegar al drama que
presenta ineludible.

No era fatal que con el tiempo, con la vejez del marido, la calma feliz
de esa mujer tuviera un fin? Cmo hara para hablar de la tentacin?

No hablaba de ella. Haba, sin embargo, en el diario, una laguna ms
grande que las precedentes, la letra apareca, despus de una
interrogacin, todava ms modificada, y el sentido de las nuevas
anotaciones resultaba incomprensible.

...Ahora estoy segura de ello. Todas sus palabras me vuelven a la
memoria. Entonces yo sonrea, me ensoberbeca al orlas: hoy pago mi
soberbia. Pero hay momentos en que temo que la culpa sea ma. Qu
habra hecho otra en mi lugar? La culpa la tiene ciertamente mi
ignorancia, mi inexperiencia...

No quera o no poda hablar? Sin duda no quera ni poda. Una sola vez
le pregunt: Pero cmo? Cmo ha sido?... Todava lo oigo contestarme,
desviando la mirada: Otro da...

En su opinin, el matarse no era un mal imperdonable. Matarse por no
poder vivir era una vileza; pero en otros casos la muerte voluntaria no
era para l condenable. Muchas veces discutimos este problema, y l me
demostr que el mundo honra justamente a quien se substrae con la muerte
a la servidumbre, a la vergenza, al deshonor; a quien, con matarse,
salva o ayuda a sus semejantes. Matarse para castigarse--deca
tambin,--es un acto de justicia...

La incertidumbre de Ferpierre sobre el significado de estas palabras
dur poco: el pensamiento de la narradora se iba precisando de pgina en
pgina. Crea la Condesa que su marido no haba muerto por casualidad
sino deliberadamente; que al hallar una muerte tremenda bajo las ruedas
de un tren l la haba buscado.

Las personas que estuvieron presentes decan, y dicen todava, que no
comprendan cmo no haba odo los gritos que todas ellas lanzaban, ni
visto sus ademanes desesperados. Uno de esos vrtigos que sufra en el
ltimo ao, sera la explicacin de lo sucedido, si yo no supiera...

Lo embargaba una mortal tristeza. Cuando le preguntaba el motivo de
sta, me miraba tan dolorosamente como si temiera perderme en seguida.
Un da, muy lejano ya, cuando por primera vez me habl de su vida de
soltero, haba tanto desdn en sus palabras! Y la conviccin de haberse
apartado por fin del error, de la culpa, lo reconfortaba tanto!...

No obstante su bondad, era severo y casi implacable para los extravos
de las pasiones. La ruina de un amigo suyo que haba abandonado a su
familia le pareca merecida, y ni su muerte en la soledad y en la
pobreza lo inclinaban a ser indulgente para con l...

Yo me daba cuenta de lo que pasaba, pero no habl. Tena miedo, tena
miedo hasta de pensar.

No soy sincera, no lo digo todo...

Y Ferpierre, viendo que ya en las pginas siguientes no hablaba del
drama, se detuvo una vez ms, para meditar lo que haba ledo.

Entre aquellas dos almas se haba insinuado la tentacin; pero quien la
haba acogido era el hombre, no la mujer! Las ltimas palabras: No soy
sincera, no lo digo todo... significaban acaso que no acusaba a su
marido, porque tampoco ella, por su parte, se senta limpia de pecado?
Por ms que el juez con su experiencia creyera pocas cosas imposibles,
por ms que hubiera previsto ya el da en que el tranquilo afecto de un
marido demasiado viejo no bastara a la esposa demasiado joven, la idea
de que la Condesa hubiera podido caer le repugnaba. Haba cobrado
Ferpierre tal afecto a la persona de la difunta al leer su historia, la
vea tan noble y pura, senta en todas las pginas de aquella confesin
una sinceridad tan ingenua, que el sentido de la reticencia apareca
naturalmente justificado. Tena miedo de pensar. No soy sincera, no lo
digo todo... No pensara, en el momento de escribir esas palabras, que
la traicin del marido a quien ella haba dedicado todo su amor, la
traicin de quien haba dudado de su amor creyndole indigno de
poseerlo, de quien haba prometido dedicar toda su vida a merecerlo, a
conservarlo, era en l una grave culpa, y para ella un castigo
inmerecido? No pensaba que aquel hombre haba mentido o se haba
vanagloriado de una fuerza que le faltaba? Si tambin sobre ella haban
obrado turbadoras seducciones, y haba sabido domarlas y alejarlas,
ella, que a juicio del mundo habra sido ms excusable al acogerlas, no
era natural que juzgara severamente la debilidad de ese hombre? Todo el
dolor que el desengao, que la ciencia del mal hasta aquel da
inesperado iban despertando en el alma de la esposa, se expresaba en
aquella frase: Tena miedo de pensar... y Ferpierre, leyndola otra
vez, se afirmaba en su explicacin, reconoca que la imprevista solucin
era lgica: ilgico, o por lo menos poco atento a los antecedentes,
haba estado l mismo al prever un desenlace contrario.

Era acaso muy natural que el Conde d'Arda, despus de haber llevado
hasta los cuarenta y cuatro aos la vida necesariamente disipada del
soltero rico, sin sentir ms temprano la necesidad de un afecto
legtimo, se redujera permanentemente a la existencia del marido
ejemplar y se contentara con el ingenuo amor de aquella jovencita? Y
era inadmisible, inverosmil, que la esposa enamorada, ignorante del
mundo, circunscribiera todo el gozo de la vida a su nuevo estado?

Los pormenores del drama escapaban a Ferpierre, pero ste los
reconstrua con la imaginacin. Otra mujer, una mujer en todo distinta
de la Condesa, haba seducido a Luis d'Arda: ste haba tratado de
resistir, persuadido de que cometera una infamia traicionando a la
jovencita, dndole el ejemplo del mal, l, a quien no slo el deber sino
tambin el inters, aconsejaban seguir por el recto camino que al
principio se haba trazado; pero la tentacin lo haba vencido. Qu se
deba pensar de la sospecha de la Condesa, de que l mismo se haba dado
la muerte? Que su alma elevada atribua al esposo la decisin de
castigarse, ya que haba sido incapaz de evitar el error? O ms bien la
imaginacin romntica de la joven vea un suicidio donde no haba ms
que un desgraciado accidente? Misterio en el misterio; pero ste deba
permanecer impenetrable, puesto que el sello de la muerte haba cerrado
ya los labios de los dos autores del drama. La tentadora, si viva an,
era la nica que hubiera podido aclararlo; pero en verdad poco importaba
ya, que el Conde, sucumbiendo a la culpa mal de su grado, hubiese
querido castigarse con la muerte, y evitarse un peor castigo, como
habra sido el de ver en vida la cada de la esposa a quien haba
enseado el camino del mal, o que aun pensando en todo esto, su muerte
hubiera sido obra de la casualidad. Ferpierre continuaba con redoblada
curiosidad la lectura de las memorias, en busca de lo que ms urga.

Despus de las rpidas alusiones a la catstrofe, el magistrado no
encontr ms que descripciones de pases. La joven viuda llevaba su
luto de lugar en lugar, por el Rhin, en Holanda, en Escocia, y slo en
este ltimo pas tenan fecha las memorias. Pareca que, as como la
experiencia la haba dado una madurez prematura, su pensamiento y su
estilo se hubieran fortalecido en igual proporcin: algunos paisajes
estaban pintados con toques sobrios, pero vigorosos, las imgenes eran
ntidas y evidentes. Aqu y all, entre las descripciones, haba esbozos
a pluma y a lpiz, vistas de parajes, reproducciones de tipos; la mano
de la dibujante era al mismo tiempo agraciada y firme. De trecho en
trecho aparecan algunas sentencias morales sin relacin aparente con
las notas vecinas, y demostraban que detrs de la tranquilidad exterior
una inquietud secreta atormentaba a la autora. As, por ejemplo, deca:

No basta saber regular nuestras acciones externas: sera necesario
poder guiar el pensamiento ntimo.

Quera decir con estas palabras que, libre y sola, se senta, a su
pesar, asediada por persuasiones tentadoras a las cuales sin embargo
saba resistir? Y no era harto natural que as fuera?

La ley del perdn es necesaria, porque el mal es universal, y sin ella
nadie podra tener esperanzas de salvacin.

Se derivaba esta idea de una persuasin abstracta, o ms bien de la
conciencia de alguna culpa personal suya?

Poco a poco iban entrando en juego otros temas: en algunas pginas no se
lean ms que disquisiciones acerca de los problemas de la vida.

La injusticia es grande en el mundo: nadie es ms digno de encomio que
el que se propone repararla.

Hay dos especies de leyes, las de la Naturaleza y las del alma, y
muchas veces la ley ideal consiste en operar contra las impresiones
materiales. Hubo un tiempo en que esto me asombraba; ahora no. Librarse
de las leyes naturales es la ms elevada de las necesidades y el ms
noble de los esfuerzos: el mrito consiste en superar las dificultades.

No muchas veces, sino siempre, hay oposicin entre las dos especies de
leyes, y en esta vida no es posible suprimirla, porque sin el esfuerzo
nada existira. Esta es la mayor de las pruebas.

Los que dicen que es una tontera predicar la igualdad de los hombres
porque stos son naturalmente desiguales, no saben que dicen una herega
moral. Tanto valdra decir que es tonto predicar el sacrificio porque el
egosmo es ley de la Naturaleza. Si el amor hacia nosotros mismos es
nuestra primer necesidad real, reprimirlo y posponerlo al amor por los
otros debe ser la primera necesidad ideal. Los hombres son diversos
desde su nacimiento, y esta verdad ingrata sugiere la idea de la
igualizacin. Ideas son stas que me parecen sencillas: pero l las
califica de raras.

La atencin del juez aument en ese punto. Ese l no sera el
Prncipe Alejo Petrow? No databan esos razonamientos respecto al
problema social, del tiempo en que los dos amantes se haban conocido?
La narradora pareca contestar a la pregunta que Ferpierre se haca
mentalmente, pues el tema de las memorias variaba de una pgina a otra
y de las especulaciones abstractas pasaba a confesiones ms ntimas.

No; yo no haba experimentado todava una turbacin semejante. Quisiera
negarlo, pero no puedo. Esta ansiedad, esta fiebre, me eran
desconocidas.

Una vez le que el amor no es uno solo, y me pareci que el escritor
menta o se equivocaba, pues yo crea que no hubiese ms que un modo de
amar. No: el escritor tena razn. El efecto de entonces no se parece al
tumulto de hoy: Luis, que tena ms experiencia que yo, lo saba y no se
contentaba con lo que yo le daba. Dudaba de mi amor porque no lo vea
impetuoso y vehemente. Por eso, tambin, mi padre dudaba de mi
felicidad. Dudo yo tambin ahora?

Las nubes avanzan sobre las cimas de los montes, toman formas
caprichosas, se entrelazan como cintas, se extienden como velos: un lado
del lago ha desaparecido detrs de ellas, las aguas no tienen ya lmite,
forman como un golfo abierto en un ocano misterioso. Todava oigo su
voz. Soy feliz...

Soy feliz. La llama se propaga de un alma a otra, como de un rostro a
otro. Sus palabras son como el hlito de un fuego interno. Podra
ocultarle mi pensamiento? Y si hubiese querido callarlo, no lo habra
ledo l en mis ojos?

Cuando creemos en una cosa negamos todas las otras: cuando
experimentamos un sentimiento, desconocemos los sentimientos opuestos o
simplemente diversos. Tal es el primer instinto. Me parece que no hace
ms de un mes que comenc a vivir. La razn amonesta, el corazn
recuerda. Eso es otra cosa...

S hay varios modos de amar, existe uno mejor, ms deseable, ms
verdadero? Es preciso que la voz de la razn no sea ya oda, que todos
los recuerdos sean olvidados, que una sola idea venza a todas las otras
y una sola necesidad rompa todos los obstculos?...

Su risa de hoy me ha hecho dao. No habra querido que se riera al or
el relato de un acto heroico. Tan grande como es su confianza, es
profundo y amargo su escepticismo... Quin lo ha hecho as? La vida,
dice l.

Mayor es la pena que he tenido al orle rerse de s mismo. Cuando se
re con esa risa falsa, me parece que hubiera algo de desgarrado en su
voz, en su pecho...

Si es cierto que nuestros sentimientos viven uno por uno y si nosotros
mismos negamos los que ya han muerto, el sentimiento que est vivo tiene
necesidad de creerse eterno. Aqu est el error. La felicidad que yo
senta hace das me pareca indestructible. Hoy no est destruida, pero
s turbada...

Qu dolor! Qu dolor! Jams habra sospechado tantas miserias,
tantos dolores! Esta es la primera vez que los confo a alguien! Y
todava se re! No quiero...

Su carta de hoy me ha hecho palpitar de contento inefable. Si fuera
cierto! Si yo tuviera ese poder!...

Con aquella expresin de duda volva a quedar interrumpido el diario,
como si la narradora hubiese querido, antes de continuarlo, hacer algn
experimento. Pero en las pginas posteriores no haba ms orden en las
confesiones.

La vida es ms difcil de lo que yo crea.

Esta reflexin era lo nico que se lea en una pgina, y ms lejos,
todava otra duda:

Ser entonces presuncin creer que se tiene razn?

Despus algunas frases de sentido obscuro.

De ningn modo, pero agrada esperar...

No es debilidad, no es sorpresa: he pensado detenidamente, la confianza
me sonre, veo la meta...

Ahora me faltan las palabras...

Debajo de una fecha: 18 de junio, 1890 estaba escrito esto:

Ante Dios, para siempre.

Y Ferpierre trataba de desentraar el sentido de aquellas palabras,
relacionndolas de modo de reconstruir la historia ntima.

Lo que Vrod haba dicho se confirmaba: la idea de hacer bien al alma
enferma de Zakunine apareca dominante en el pensamiento de la Condesa:
con su suavidad y dulzura, por ley de atraccin entre contrarios, deba
sujetar la fuerza impetuosa, la fogosidad indomable del rebelde, como se
recogen las riquezas brutas de las cuales se puede extraer un valor
puro. Cierto era que algo ms simple, el amor solamente, bastaba a
explicar la relacin estrecha que se haba formado entre los dos, y ella
daba una prueba elocuente de su amor cuando confesaba que comprenda las
dudas de su marido y de su padre acerca de su felicidad en otros
tiempos. El afecto del marido la haba bastado: no haba hecho un
sacrificio al aceptarlo como marido, no obstante la gran diferencia de
edades, y por ms que la posibilidad del matrimonio se le hubiese
aparecido tarde, era positivo que haba sido verdaderamente feliz: la
duda era pstuma, pero demostraba con gran evidencia, cunto ms fuerte
y excitante era el nuevo sentimiento. Y tambin la emocin por los males
que trabajaban al Prncipe, la esperanza y casi el deber de auxiliarle,
haban debido determinarla y secundar su afecto.

Si fuera cierto! Si yo tuviera ese poder!...

Estaba de manifiesto que el Prncipe le haba dicho que su amor era para
l un consuelo, la alegra, su salvacin, y ya fuese sincero, ya
fingiese contando con el efecto de aquellas palabras, lo cierto era que
ese efecto no poda fallar, tratndose de una alma amorosa. Libres los
dos, nada hubiera impedido que se unieran legtimamente, si aquel
rebelde no hubiera desconocido y odiado las leyes y hasta dirigido todos
sus esfuerzos a destruirlas. Casndose con ella, la habra dado la mayor
prueba de su conversin, pero probablemente no era sincero al decir que
se haba convertido. Lo ms verosmil era que no hubieran hecho alusin
alguna al porvenir: ni el Prncipe haba prometido explcitamente
convertirse al matrimonio, ni la Condesa le haba impuesto rigurosamente
que se pusiera en regla con el mundo. Ambos deban haberse amado
castamente durante un cierto tiempo, ella en la esperanza de apaciguar y
redimir al negador, l sin duda sonriendo de tal esperanza, y un da, la
complicidad de las circunstancias, la dulce influencia de la hora, la
debilidad de la mujer, la prepotencia del hombre haban cambiado
repentinamente la naturaleza de sus relaciones. Ella haba sufrido
ntimamente al ver que la pureza de las intenciones no bastaba, pero no
haba expresado su propio dolor, cierta de haber contrado un compromiso
ante Dios hasta la muerte, y confiada en hacerle reconocer tarde o
temprano, aun siendo el hombre que era, la santidad del deber.

Cunto deba haberla amargado el desengao al descubrir la inutilidad
de su entrega! Sin duda, el engao no se le haba presentado evidente de
improviso: mientras el Prncipe haba continuado amndola, ella haba
seguido esperando: creyndolo, sintindolo su esposo en el alma, en la
sinceridad de la conciencia, haba esperado por largo tiempo, llena de
esperanza. Y la desconfianza moral haba precedido, o seguido a la
desilusin sentimental? Seguramente, ambas haban nacido a un tiempo.

En la letra, en la tinta, se notaba que las memorias haban sido
interrumpidas otra vez. Y el esfuerzo en no creer la ingrata realidad,
apareca evidente en las nuevas confesiones. La narradora escriba:

Es preciso creer. Es preciso esperar... Las ms de las veces no nos
conocemos, necesitamos que se nos revele a nosotros mismos lo que
somos...

Esta idea se refera sin duda al hombre que estaba cerca de ella, a su
obstinada insistencia en la obra de destruccin, a la esperanza aun
viviente de doblegarlo, de hacer que volviera a tener creencias, pues la
Condesa prosegua, horrorizada:

Todava el odio, la sangre, el fuego! No, jams; jams ser ese el
camino!... Cmo es posible que un alma amante hable as? Dice l que el
amor se paga con amor, el odio con odio; esto ser justo, pero no es
generoso. Y aquellos a quienes combate odian verdaderamente? No
sufren, ellos tambin, de tener que recurrir a la violencia?...

Pareca, pues, que la discordia entre el instinto de rebelin del
Prncipe y la predicacin de la paz por la Condesa haba precedido al
desengao fundamental; pero en el momento de reconocer la inutilidad de
sus propios esfuerzos, no deba haber ella sospechado que aquel hombre
no haba sido sincero al asegurarla que por su amor haba vuelto a
creer? Y semejante sospecha no deba herirla, no solamente en sus
creencias, sino aun en sus esperanzas?

Ella no hablaba del destino reservado a su amor. Guardaba eso silencio
porque ms le urga apaciguar al rebelde que asegurar su propia
felicidad? O por el contrario, volva su atencin a la desilusin moral
para distraerla de una visin ms, pavorosa, de un desengao que le
habra sido mucho ms funesto? Si el amor de ese hombre era mentira, no
fallaba la ntima sancin que la conciencia haba dado a un vnculo
contrado fuera de la ley? Para la cristiana a quien la culpa haba
parecido, si no excusada, por lo menos atenuada por la sinceridad del
amor, por la honradez del acuerdo, por la pureza del compromiso no
deba implicar una condenacin grave la falta repentina de esas
condiciones?

Ferpierre vea que estas ideas deban haber preocupado a la difunta en
aquel tiempo, casi lo lea entre las lneas. Y as como durante la
audicin de una frase musical se prev el desenvolvimiento y la cadencia
de la meloda, sus lgicas previsiones resultaban confirmadas por los
siguientes prrafos de las memorias:

No he tenido valor, pero es preciso que lo tenga. Ya otra vez tuve
miedo de descender a mi interior para realizar un examen de conciencia,
este deber que siempre me ha sido fcil, y agradable. Pero el miedo de
entonces nada tena que pudiera parangonarse con el de hoy.

Me engao a m misma? Y cmo pretender que los dems sean sinceros?
Me impide la soberbia confesarme que he podido engaarme? Pero Dios,
que lee en mi corazn, sabe que yo he credo en el bien. Y todava lo
creo.

l no se conoce. Obedece a tantas y tan variadas impulsaciones. Su
pensamiento es tan complejo, su experiencia ha sido tan vasta, que l
mismo no sabe cul es su verdadera naturaleza y por eso no la libra de
pasajeros impulsos, no se hace distinto de s mismo. Yo esperaba
conseguir ponerlo otra vez en el camino de la verdad, pero la obra es
ms difcil y requiere ms tiempo del que me haba figurado. Sin
embargo, todava me mantienen la esperanza, la confianza que me animaban
antes.

Hay momentos en que dudo. Dudo, ms que de l, de mi misma. Pienso que
esta esperanza es falaz, que esta confianza no es sincera, que yo me
sirvo de ambos para ocultar algo menos digno, para secundar un deseo
menos puro.

No es este el juicio que todos pronunciaran? Se sirve acaso de
medios ambiguos quien quiere alcanzar un fin recto? Deba yo seguir
vas tortuosas para ponerlo a l en el camino real? Yo, que debo darle
el ejemplo de la virtud en que l no cree, le he dado ms bien otra
prueba de aquella debilidad acomodaticia que antes condenaba...

No puedo siquiera decir que he sido sorprendida, que no he previsto lo
que iba a suceder. Cuntos sofismas! Previendo la cada, me deca a m
misma que l no poda querer ni envilecimiento, pensaba confiarme a l
para no practicar un acto de soberbia atribuyndome exclusivamente la
capacidad de regular nuestro amor!

Y no habra habido tal soberbia. Esta capacidad es nuestra, nosotras,
mujeres somos responsables del bien y del mal. Nuestra resistencia debe
dictar la ley a la energa exuberante y prepotente de los hombres. Pero
otra idea me dobleg: la de que para las almas fuertes no hay ley
escrita en un libro; basta comprenderla. El que las desconoce todas, me
dice que por m ha comprendido la ley del amor: la fidelidad. Ahora yo
no puedo, no debo, no quiero sospechar que se haya burlado hasta de esa
ley. Y sin embargo, de qu me sirve pensar estas cosas, decirlas en
alta voz, escribirlas, si la duda me embarga y me atormenta?

Poco a poco, pero con claridad perfecta, la he visto surgir, crecer,
agigantarse. La duda angustiosa se convierte en ciertos momentos en
desesperada certidumbre. Entonces pienso que todava me quedar una
fuerza para ejercer, la fuerza extrema: el perdn. Presiento que no me
costar hacerlo, y eso es malo, pues si me costara, habra en ello mayor
mrito. Pero l puede hacer de m lo que quiera, con tal de que no
niegue todo y siempre...

Ah, esa risa...!

Era de esperar que Zakunine hubiera cumplido la nica condicin
impuesta por la desventurada?... Al reconstruir con la ayuda de esas
confesiones el carcter del acusado, vea Ferpierre que el juicio
adverso a ese hombre, formulado por Roberto Vrod, no era fruto de la
pasin. Detrs de su profesin de fe humanitaria, de su predicacin de
la justicia, de la igualdad, del amor, deba ocultar un egosmo
escptico, bajos apetitos, intenciones malsanas, puesto que haba sido
capaz de reducir a semejante tormento a un ser que se le haba rendido a
discrecin. Si la ilusin de inducirlo a una persecucin ms tranquila
de la reforma social haba fracasado haba respondido l por lo menos
con actos de bondad, a esas demostraciones de amor?

Ferpierre volvi con mayor inters a la lectura del diario:

Hoy me ha dicho estas mismas palabras que copio, sin cambiar nada en
ellas:

De modo que t crees que el amor es inmortal? No comprendes que un da
cesars de amarme, que ya no me amas como antes? T me juzgas indigno
del amor: piensas que te has sacrificado; el sacrificio te duele, y
quieres obtener su compensacin: en otro amor lo buscars, no lo dudes:
alguno te lo ofrecer... Al principio dirs que la culpa ha sido ma;
ms tarde reconocers que yo no soy el culpable. Dentro de ti, dentro de
m, en los nervios, en la carne, en la sangre de nosotros todos, hay un
fermento que nada ni nadie podr calmar: cuando tengas hambre, te
cebars; una vez que hayas comido, te sentirs saciada. Fuera de esta
verdad no hay otra. Es preciso decirla, repetirla, honrarla, y reconocer
que tus leyes, tus mandamientos, tus escrpulos, son mentira e
hipocresa que debemos desenmascarar y confundir. Tus grandes nombres,
el Amor, el Deber, el Derecho, tienen un sentido, pero no el mismo que
t crees. Nuestro deber y nuestro derecho se reducen a obtener y
mantener el placer, que es la razn, el origen, el fin de la vida;
mientras tu placer est en el mo, nos amamos; cuando ya no bastamos el
uno para el otro, el amor termina. T pronuncias otra sonora palabra: el
Honor.  Dnde lo sitas? Mi honor consiste en decir lo que pienso, en
poner de acuerdo mis acciones con mis ideas. Todo el mundo est lleno de
preocupaciones inicuas; pero ms estpidas que inicuas. La ciencia, que
no miente, se ha apoderado de la verdadera, la nica ley que hay en el
cmulo de las mentiras seculares: la ley de la lucha por la existencia.

Ocultadla, echad al fuego los libros que la ensean, si queris que
todava se crea en vuestras mentiras. Pero una vez que la reconocis
cmo podis permanecer serios, oyendo repetir esas mentidas cantinelas?
Hay que escoger entre la muerte y la vida: renunciar a la vida es
preferible, pero vosotros no lo queris, y ya que tengo que vivir,
extermino a todo el gnero humano para procurarme aquello que a ti te
parece la ms ftil de las satisfacciones! T queras que formramos una
familia indisoluble. Pero no ests contenta ahora de ser libre, no te
parece bien estar en aptitudes de poder abandonarme si, habindome visto
tal como soy, sientes que te inspiro horror? Deja que los hijos ignoren
lo que son sus padres, si no quieres que maldigan a los que les han dado
vida! Por qu deseabas que nos ligramos indisolublemente, cuando cada
uno de nosotros es autnomo, cuando nada impide--antes por el contrario
todo concurre a ello,--que cada uno de los dos pueda amar a otro ser y
un da llegue a hacerlo? Si t me abandonas cuando yo no te ame ya, te
lo agradecer; si me traicionas cuando todava te ame, te matar. T haz
otro tanto. Mi derecho es igual al tuyo. As proceden todos los hombres,
a despecho de los cdigos imbciles y de las hipcritas predicaciones.
La anarqua que nosotros queremos establecer existe ya en las
costumbres, pero todava no es ms que una anarqua en el sentido que
vosotros la dais, es decir, el desconocimiento y la lesin de las leyes.
Lo que se necesita en vez de aquello, es una anarqua que se conforme a
las leyes naturales, la uniformacin consciente del instinto vital:
fuera de eso no hay nada.

No he omitido la menor cosa: estas fueron sus propias palabras. Tiene
razn. Fuera de eso, no hay nada...

Y Ferpierre, a pesar de estar acostumbrado desde haca largo tiempo al
espectculo del dolor, se senta conmovido al pensar cun amarga deba
haber sido la pena de esa creyente. Para que transcribiera semejantes
palabras, cada una de las cuales deba ofenderla como un insulto y
espantarla como una blasfemia; para que reconociera que Zakunine tena
razn, era preciso que la infeliz se condenara sin ninguna excusa, que
se juzgase perdida sin la menor esperanza. Deba haber reconocido, por
fin, que la ilusin de redimir una alma y el deseo de hacer el bien
haban sido simples pretextos, que en su amor, que en todos los amores,
que en toda la vida, no omos ms voz que la de los instintos nfimos. Y
ese era el resultado: ella, que quera hacer que su amante volviera a
tener creencias, ella que quera atraerle a su propia fe, se vea
empujada a la duda, a la negacin. En vez de curar al enfermo, ste la
haba contagiado su mal; en vez de purificar al rprobo, se encontraba
contaminada por su contacto!

Pero podra, en realidad, renegar por largo tiempo las creencias de
toda su vida? En esa frase en que daba la razn al negador hasta qu
punto intervena la irona? Mientras ella le hablaba de su amor, l
aduca argumentos escpticos, cnicos y casi prevea que iba a ser
traicionado; esto era suficiente para que la desgraciada se escarneciera
a s misma; pero qu pensaba de la posibilidad de la traicin?
Reconoca que, por una lgica fatal, a su primer error deba seguir un
segundo y un tercero, o por el contrario, se rebelaba contra esta
lgica? All estaba el problema moral, cuya solucin habra aclarado el
misterio judicial.

Y la curiosidad de Ferpierre creca, la atencin que prestaba a las
confesiones de la muerta se redoblaba.

Qu desastre para una madre, tener que despreciar a su propio hijo, al
vivo fruto de sus entraas, a la mejor parte de su ser!

La desgracia de la vida consiste en la idea de la felicidad.

La persona que sigue a la tumba a un ser adorado ser pasible de
castigo? Es un delito en un hijo, en un esposo, morir con el padre o
con la esposa? Un acto tan hermoso es condenable? Si yo hubiese muerto
con mi padre!

Rogar a Dios que nos enve la muerte, esperarla como una salvacin,
desearla como una recompensa, no es casi como drsela? Es acaso tan
grande la distancia que separa la vocacin ardorosa del acto? Si el
acto es una culpa cmo podr ser consentida la intencin suplicante?...

No tendr que esperar mucho; la obra de destruccin est ya adelantada:
el dolor muerde mi pecho con mayor saa. Pero cada da, cada hora que
pasa, me hacen mucho dao.

Hay coincidencias que parecen, advertencias, consejos, complicidades,
del destino. Por qu ha venido esa arma a mis manos, precisamente
cuando senta su falta?...

Todos estos prrafos en que la infeliz discuta consigo misma el
problema del suicidio, demostraban que ya no tena ms esperanza que la
de la muerte. Ms all transcriba una sentencia que haba ledo en un
libro:

Cuando vivo bajo las leyes, tengo la obligacin de cumplirlas; pero,
pueden an obligarme cuando estoy fuera de ellas? (Montesquieu.)

Este juicio haba debido parecerle singularmente adaptable a su propia
situacin. No obstante todos sus razonamientos contrarios, deba ver que
el suicidio es un mal, y que la ley moral ordena soportar pacientemente
la vida hasta el ltimo da; pero este mandamiento poda valer para
quien haba obedecido a todos los otros; ella, que haba infringido ya
uno mucho ms grave, deba sentirse desligada de esta obligacin, y
adems, cuando pensaba en matarse, quera imponerse un castigo.

Sera tiempo? se preguntaba en otro prrafo. Cierto; cuando vea que
todos los otros remedios son imposibles, cuando la esperanza haya muerto
del todo, podr ejecutar este acto; pero soy yo buen juez de la
oportunidad del momento? No parece con frecuencia que un cuerpo
viviente est prximo a disolverse bajo la accin de un mal implacable,
y despus la Naturaleza encuentra en s misma la fuerza necesaria para
hacerlo revivir? La vida, tan abundante y fecunda no puede resolver de
un modo inesperado una situacin al parecer sin salida? No debera la
esperanza ser la ltima en morir? Me toca entonces esperar?...

Persuadida de la conveniencia de hacerlo haba esperado; pero qu haba
conseguido con ello?

Despus de algunas pginas en blanco, el juez hall este pensamiento que
le llam la atencin:

El gozo no tiene tanta virtud para hacer olvidar el dolor, como un
nuevo dolor.--_La noche del 12 de Agosto_.

Entre las dos hojas haba algunas flores secas, rgidas y descoloridas,
a guisa de seal.

Esas flores y la fecha puesta debajo de aquellas palabras, hicieron
pensar a Ferpierre que se trataba de algn suceso ms digno de atencin,
al cual la Condesa atribua especial importancia. Continu leyendo y
encontr otro prrafo en el que se detuvo mayor tiempo. La difunta no
expresaba su propio pensamiento: copiaba otra vez algo de un libro:

Nada contribuye tanto a hacer desagradable la vida, como un segundo
amor. El carcter de eternidad, de la infinidad que lleva consigo el
amor y lo levanta sobre todas las cosas, se ha desvanecido ya: el amor
parece efmero como todo lo que comienza de nuevo. (Goethe.)

Ferpierre recordaba muy bien este juicio del poeta alemn: poda la
difunta haberlo citado sin aplicrselo a s misma? Y la duda que haba
expresado a Vrod comenzaba a tomar consistencia. S la Condesa haba
copiado esa desconsolada sentencia despus de haber conocido a Vrod
cuando se encontraba turbada por una simpata aun inconsciente, era
necesario creer que no esperara hallar en el segundo amor una
compensacin sino un motivo de pena! Despus de haber esperado, despus
de haber querido esperar en la vida qu obtena de esto? No una ayuda,
sino el ltimo desastre!

La sentencia del poeta significaba que el segundo amor est condenado
irremisiblemente, porque alucinarse con la profundidad del nuevo afecto
no es posible para el corazn que ya ha visto la muerte del primero. Los
salvajes de Amrica crean inmortales a los primeros europeos que
llegaron a conquistar el nuevo mundo, y por eso los juzgaban
omnipotentes, hasta que al ver sucumbir el primer espaol reconocieron
el engao y cesaron de venerarlos...

Pero la certidumbre expresada por Goethe y afirmada despus por la
Condesa d'Arda qu poda valer contra las persuasiones del instinto
vital? A cuntos impide amar nuevamente el saber que el nuevo amor
terminar como el primero? La certidumbre de morir que se tiene es
acaso una razn para suicidarse? Aquel que concibe la triste verdad vive
mal, pero sin embargo vive, porque los instintos son ms persuasivos que
las concesiones abstractas... la capacidad de refrenarlos consiste
solamente en la sancin moral.

La condicin en que se hallaba la Condesa, la falta de alguna obligacin
escrita que la vinculara indisolublemente al Prncipe, el ejemplo que le
daba su indigno amante, tena natural, humanamente, que impulsarla a
buscar en el nuevo amor un consuelo y un goce cuya caducidad, comn a
todas las cosas humanas, no poda ni deba detenerla. Lo que ocurra
consista en que mientras era libre ante los hombres, se haba vinculado
ante su propia conciencia, sin el auxilio del rito, pero con sinceridad
completa. Cierto que se haba puesto fuera de las leyes, pero con el fin
de hacer que volviera a ellas quien las haba abandonado y desconocido,
y si haba recibido de ste el ejemplo del mal, haba sido por darle el
del bien. Alimentar ese nuevo amor no era, por lo tanto, posible, sin
renunciar a las atenuaciones que, en la ambigedad de su estado, la
substraan a la condena o la permitan por lo menos, abrigar la
esperanza de que podra evitar su rigor. Esta idea me convenci: que
para las almas, fuertes no se necesita que la ley est escrita en un
libro: basta comprenderla. Era posible que hubiera olvidado sus
propias palabras, el sentimiento que se las haba dictado? Si aquel
sentimiento era sincero y sano; si el alma de aquella mujer fuera tan
elevada y fuerte como apareca en las declaraciones de los testigos y en
las pginas del libro, no slo era posible que se hubiese dado la
muerte, sino que el suceso deba haber sido casi previsto.

Antes de haber encontrado a Vrod, su corazn estaba oprimido, su vida
llena de amargura, todos sus esfuerzos haban fracasado; pero, sin
embargo, aun poda respetarse. En la amargara del desengao haba
podido, s, censurarse y declararse vil, afirmando que se haba unido
con el Prncipe Alejo, no por cumplir un noble propsito, animada de un
sentimiento pursimo, sino sencillamente por satisfacer su propia
concupiscencia, y hasta deba decirse que ese su propio fallo era
atenuado. Una segunda cada no solamente no tena excusa alguna, sino
que adems habra confirmado ni escptico juicio que se haba formado de
ella su primer amante:

Tu sacrificio te duele; quieres obtener una compensacin y la buscars
en otro amor: no lo dudes, alguien te lo ofrecer... Estas palabras de
Zakunine que la haban humillado y ofendido cuando no eran ms que una
escptica previsin, habran sido confirmadas por el hecho, expresado la
realidad, si ella hubiera cedido al amor de Vrod: entonces el
escptico, el negador, el blasfemador hubiera tenido razn; la fe en que
la creyente se sostena contra l se haba reducido como l quera
reducirla, a una mentira, a una hipocresa.

Ferpierre se repeta a s mismo que el suicidio, en tales condiciones,
no era solamente posible, sino hasta casi necesario. Ya por otras
razones haba reconocido su verosimilitud en una naturaleza melanclica
y contemplativa como aqulla, en una alma habituada a mirar asiduamente
dentro de s misma, a estudiar sin miedo, y ms bien con una especie de
complacencia los problemas de la vida. Y a la luz de estas deducciones
hallaba nuevos indicios en las ltimas notas del diario, all mismo
donde por la maana el juez de paz haba buscado, sin encontrar, la
confesin de la muerte voluntaria. La desgraciada no confesaba que se
mataba; pero el significado de las ltimas palabras pareca en ese
momento ms claro a Ferpierre:

Es preciso que la fe sea muy robusta y busque y halle un modo de
afirmarse contra la duda triunfante...

La mayor tristeza consiste en tener que renunciar a la esperanza.

La ltima esperanza...

...Al dilema pavoroso: vivir pecando, o...

Estas eran las ltimas palabras. No deba completarse la frase de esta
manera: o morir para evitar el pecado?




V

DUELO


La lectura de las memorias haba demostrado al juez Ferpierre que la
Condesa d'Arda se encontraba en situacin de tener que pensar en la
muerte como el nico trmino de su desventura. Pero esto no impeda al
magistrado comprender que deba considerar el otro aspecto del problema
y profundizar los argumentos aducidos por Vrod contra la hiptesis del
suicidio. En ese nuevo amor que la Condesa combata con la previsin de
la caducidad y ms an con la conciencia del mal, haba grandes
perspectivas de gozo, la mayor incitacin a vivir; el mismo empeo con
que ella se impona su privacin, demostraba su fuerza y adems no
exista una explcita confesin del intento del suicidio, y, por lo
tanto, quedaba siempre la posibilidad de que, no habindose matado al
principio, en el largo tiempo transcurrido desde que haba conocido a
Vrod, tampoco se hubiera dado la muerte al ltimo, sino que hubiera
sido asesinada por uno de los rusos: el asesino aprovechaba as la
verosimilitud del suicidio y escapara a la acusacin.

Para aclarar el misterio, convena conocer con precisin las relaciones
que haban mediado en los ltimos tiempos entre la Condesa y el joven,
cules haban sido las instancias de l, cules las promesas de ella.
Las cartas escritas por Vrod a la Condesa, dos o tres por todo, nada
decan de notable: expresaban solamente la gratitud del joven por la
visita al sepulcro de su hermana, y el dese y la esperanza de verla de
nuevo. Ninguno de los otros papeles de la difunta arrojaba la menor luz:
los ms importantes eran un legajo de cartas de aquella sor Ana a quien
la Condesa haba escrito la maana misma de la catstrofe.

Sor Ana la trataba verdaderamente como a hija, y en sus palabras de
consuelo, en sus llamamientos a la fe cristiana, se comprenda que
contestaba a algunas cartas en que la muerta le hablaba de sus dolores y
de su desesperacin.

Ferpierre haba dispuesto ya, por intermedio de la legacin inglesa en
Berna, que se buscara a la hermana Brighton en Nueva Orleans, donde
estaban fechadas sus cartas, para saber por ella lo que su antigua
discpula la haba escrito el da de su muerte. Tambin haba ordenado
que el domicilio de la difunta en Niza y el del nihilista en Zurich
fuesen registrados, y haba pedido informaciones sobre Zakunine a la
legacin de Rusia.

Mientras tanto, hizo el magistrado llamar a Vrod, para que le explicara
con precisin cul haba sido su situacin tocante a la Condesa. El
acusador haba dicho, en el primer interrogatorio, que la vspera de la
tragedia se haba encontrado con ella y que nada le haba hecho
sospechar lo que iba a suceder al da siguiente: el juez consideraba
urgente saber lo que se haban dicho en este ltimo coloquio.

Cuando Vrod se le present, Ferpierre se sinti impresionado por su
palidez cadavrica, por el abatimiento que toda su persona revelaba.
Aquella noche de angustia haba pasado por sobre el joven como una
dcada entera: se haba envejecido diez aos.

--Sigue usted todava--comenz a preguntarle el juez--en la misma
opinin de ayer? Cree usted todava que su amiga ha sido asesinada?

--Lo creo!--contest Vrod con energa, estremecindose como el herido
que siente el hierro revolverse en la llaga.

--Y ha encontrado usted otras pruebas o argumentos que confirmen su
acusacin?

--Todava no.

--Pues bien: conversemos un momento. S no encontramos alguna
demostracin material de la verdad, lo que parece demasiado probable,
resulta que estamos empeados en un proceso indicador, cuya solucin
depende de un problema psicolgico. Lo que importa ante todo, es conocer
el estado de espritu de la Condesa en los ltimos das. Pero dgame
usted primero: se acuerda usted bien de todo lo que aconteci entre
usted y ella desde que la conoci?

--De todo. Cada una de sus palabras est impresa en mi memoria de una
manera indeleble, y nada podr hacerme olvidar jams una sola de ellas.

--Qu da la conoci usted?

--El 13 de julio del ao pasado.

--Recuerda usted alguna fecha saliente en la historia de su amistad con
ella? Sucedi algo entre ustedes el 12 de agosto?

Roberto Vrod se pas una mano por los ojos antes de contestar, y luego
dijo en voz baja:

--S. Estuvimos juntos. La acompa a la montaa.

--Qu le dijo usted?

--Nada. Haba otras personas con nosotros. Yo habl poco, y adems, si
hubiramos estado solos, no le habra dicho nada. Esto no quiere decir
que yo no experimentara el deseo de decirle cules eran mis
sentimientos, pero las palabras eran ese da ms superfinas que de
costumbre. En el bosque de Comte, bajo la luz verde, entre las altas
columnas de los rboles, se me apareca como una prodigiosa flor
animada, su belleza floreca como la flor de la vida. El aire estaba
lleno de perfumes. Yo cog muchas, muchas flores para ella, y slo stas
podan decirla mi pensamiento, cuando se las ofreci mi mano temblorosa,
despus de haberlas cogido en las faldas de los montes. Pronto tuvo la
cintura enteramente florida, y en su mirada floreca tambin una
sonrisa...

--Pues bien; mire usted, lea...

Ferpierre tom el diario, lo abri en la pgina en que haba encontrado
las flores y lo pas al joven.

El gozo no tiene tanta virtud para hacer olvidar el dolor, como un
nuevo dolor.--La noche del 12 de agosto.

Roberto Vrod contemplaba las flores muertas, y relea con los ojos
enjutos aquel mortal pensamiento. Ya no poda llorar.

--Comprende usted, el significado de estas palabras?--repuso
Ferpierre.--Me parece que es demasiado evidente. Mientras se encontraba
junto a usted, ante el homenaje que usted le renda, al descubrir el
amor que usted le profesaba, se senta aliviada de su larga opresin y
pensaba por virtud de su nuevo gozo olvidar el dolor; pero ms tarde, en
la noche, reflexionando a solas sobre su condicin, reconoca que no
podra corresponder a la pasin de usted, que tena que renunciar a la
felicidad tan esperada, y que, si su antiguo dolor se desvaneca, esto
no era obra del gozo, sino muy al contrario la de un dolor ms grande.

La tristeza de este pensamiento es en verdad mortal, y ella ha sabido
expresarla en una forma incisiva que dara envidia a cualquier escritor
de profesin.

Ya al leerlo haba sospechado que se refiriese a sus relaciones con
usted, y ahora, despus de lo que usted me ha referido, la verdad me
parece evidente. Vea usted, pues, que el nuevo amor no era para la
desgraciada seora un motivo de esperanza, sino de desesperacin
extrema.

Vrod haba escuchado inmvil, teniendo todava apretado entre las manos
el diario de la difunta, y no pudo contestar de otro modo que
balbuceando, confuso, y casi despavorido:

--Usted cree?...

--Cmo dudarlo? Lea usted las pginas siguientes.

Mientras el joven lea mentalmente, el juez trataba, en vano, de
descubrir en su rostro el efecto de la lectura. Tal era la alteracin de
las facciones, tan torva la mirada, las ojeras tan profundas, los labios
haban tomado una expresin tan dolorosa que la tristeza no poda ya
extraer una lgrima de los ojos ni trazar una nueva arruga en el rostro.

--Ya ve usted que mis inducciones de ayer resultan confirmadas por estas
confesiones. Su amor acrecent la pena de esa pobre mujer, lejos de
consolarla. Usted no sospech nunca esto?

Vrod dej el libro, apoy la frente en la mano, y contest lentamente,
como hablando consigo mismo:

--Yo esperaba, y crea que ella tambin mantuviera esperanzas.
Precisamente de las esperanzas, hablamos un da y yo dije que no todas
tenan la misma fuerza. Las hay tan firmes como la certidumbre ms
cabal: stas se pierden en el dolor, en la miseria. Pero hay tambin una
esperanza lejana, tenue, frgil, que mantenemos siempre oculta porque un
soplo la desvanecera: esa es la esperanza que jams muere, que nada
impide abrigar. Esto la dije yo. Ella asinti. Y al asentir no
particip de mi secreta idea, de que para nosotros luca an una
esperanza como aqulla?

--Usted me dijo ayer que, aparentemente libre, la Condesa haba
contrado consigo misma un compromiso irrevocable, en el cual encontraba
el obstculo para su nuevo amor. Tal era, en el hecho, su sentimiento y
en muchos prrafos de este diario se encuentra su evidencia. Pero la
fuerza del escrpulo era en ella mucho mayor de lo que sin duda usted
crea. Si no, oiga usted...

Y Ferpierre ley en voz alta las pginas de la memoria ms
significativas. El sentido de las confesiones le pareca esa segunda vez
ms claro, la lucha de aquella conciencia ms grave. Para demostrar a
Vrod la sinceridad de la narradora, ley todava otros prrafos,
aquellos en que estaban descriptas las ingenuas impresiones de la
adolescente y de la esposa. Poco a poco iba reconstruyendo para Vrod la
historia completa de aquella alma, como la haba reconstruido para s
durante la primera lectura.

--Hay que creer lo que ella misma escribi aqu. Si a usted no le dijo
estas cosas, si usted pudo comprender que no desesperaba, eso se explica
humanamente. Ni la mente ni el corazn se mantienen siempre en una sola
idea, en un solo sentimiento, sin mutacin: la fuerza moral crece y
disminuye de un momento a otro. En presencia de usted la Condesa poda
sentirse menos armada contra las ilusiones: pero a solas, cara a cara
con su conciencia, volva a hallar la fuerza de resistir. Fjese usted
tambin en esta circunstancia: ella, que consignaba en las pginas de su
diario todas sus impresiones, no habla directamente de su amor por
usted: a no ser por las palabras escritas la noche del 12 de agosto y el
juicio copiado de _Verdad y Poesa_, no sabramos, guindonos por este
libro, lo que haba agravado su condicin. Eso demuestra con claridad
que tena miedo de esta pasin...

--Y no demuestra tambin la fuerza de la misma pasin?

--S, es cierto; pero para saber por que partido deba por fin
decidirse, es preciso que yo le exhorte a usted a ser sincero: qu fue
lo que le pidi usted, y hasta qu punto llev usted sus demandas?

Antes de poder contestar, tuvo Vrod que oprimirse la frente con ambas
manos. Mientras el juez le lea el libro, l iba penetrando los secretos
del ser amado, casi reviviendo su vida, y se senta invadir por un
amargo encanto. Su adoracin por la belleza de aquella mujer, su
compasin por sus sufrimientos aumentaban y le embargaban hasta el punto
de olvidar cualquier otro sentimiento: poco faltaba para que olvidara
que estaba muerta. Al or otra vez la acusacin de haber sido l quien
la haba muerto, se despert bruscamente de su ensueo.

--Qu poda pedirla? Se imagina usted que yo fuera exigente con ella,
yo que hu de su presencia apenas tem que mis miradas me vendieran?
Cree usted que yo intentara violentarla, y que se haya muerto por
substraerse a mi violencia?

Esa era, efectivamente, la sospecha del juez. La condicin en que la
Condesa y Vrod se encontraban poda durar, por ms que fuera bastante
ambigua, siempre que nada interviniera de la parte del joven para
alterarla. Y al juez no le pareca increble que Vrod, sintindose
amado, se satisficiera con slo la amistad pura: si el artista haba
puesto en juego el sutil expediente de la poesa para seducir a aquella
mujer, si haba ennoblecido con la magia de la expresin literaria su
descontento y sus deseos, la Condesa d'Arda haba podido, despertndose
del sueo de un afecto paternal, encontrndose inevitablemente en el
terrible dilema de vivir pecando o de morir para evitar la culpa,
aferrarse al ms desesperado, pero menos indigno de los extremos.

--No quiero decir que usted haya sido violento con ella, ni tampoco
tratndose de un espritu como el de su amiga, con la dolorosa
sensibilidad que la aquejaba, la violencia habra tenido eficacia para
dominarla. Con slo la natural vivacidad de la pasin, con una de
aquellas ardientes palabras que el amor inventa y a ustedes los poetas
no les cuesta mucho emplear, deba bastar para arrancarla de la ilusin
que la seduca, para demostrarle que era inevitable la transformacin de
la amistad que la ligaba con usted, y a darle, con la previsin del mal,
la idea de substraerse finalmente a una vida demasiado afligida por el
dolor. Eso no habra hecho que usted descendiera en su concepto: ella
deba pensar que en usted, como hombre, era natural la impaciencia del
deseo, que el error haba sido suyo, por no haberlo previsto.

--Tiene usted razn--contest Vrod, meneando lentamente la cabeza.--Eso
era natural. Usted no puede creer que una cosa natural no hubiera
llegado a realizarse. Usted no creer que hu de ella, que la respet,
que la obedec. Usted no sabe la transformacin que por la virtud de esa
mujer se ha operado en m.

--Hbleme usted de eso.

--Es difcil. Porque yo tengo la costumbre de dar forma literaria al
pensamiento, usted encuentra probablemente en mis palabras la
exageracin del artista. No ha sospechado usted ya que he recurrido a
los artificios del arte para expresarle mis sentimientos?

Era verdad. Por ms que Ferpierre se inclinara a compadecerse
sinceramente del dolor de Vrod, desconfiaba de l. Aquel hombre pareca
mejor que sus obras, pero su arte era demasiado amargo y desesperado.
Del ms noble y eficaz instrumento, de la palabra, se serva para una
obra disolvente. Cmo creer en su bondad?

--No digo--contest el juez, sorprendido, mal de su grado, por el
clarovidente temor del joven,--no digo que, deliberadamente, con
estudio, se hubiera usted dedicado a seducirla. Pero todos los
hombres...

--No crea usted que yo sea un hombre distinto de los dems--interrumpi
Vrod.--La naturaleza de cada uno de nosotros es doble, y las fuerzas
morales estn latentes hasta en los espritus incultos: para que puedan
obrar se necesita que sean educados y guiados por otros espritus
naturalmente mejores y ms fuertes. Aquel ser me revel cosas que yo
ignoraba. Si usted cree en la verdad, la verdad es sta...

Y con voz trmula, fija la vista en el suelo, le refiri la historia de
su amistad con la Condesa. El magistrado le escuchaba con atencin ms
indulgente; pero todava le quedaba el temor de que por vengar a la
muerta y perder al rival, el acusador callara alguna circunstancia y se
exhibiera mejor de lo que era en realidad.

--Usted abrigaba, pues, una esperanza, por dbil y remota que fuera.
Pero cmo no pens usted que para ella era motivo de temor lo que para
usted era motivo de esperanza? Un nuevo vnculo amoroso tena que
envilecerla.

Roberto Vrod mir a su interrogador cara a cara.

--Yo quera hacerla mi mujer ante Dios y los hombres.

Ferpierre hizo un movimiento de cabeza con el que pareca indicar que en
tal caso retiraba su observacin.

--Pero--repuso,--ella quera ser digna del respeto de usted y no poda
esperar conseguirlo sin la aprobacin de su propia, conciencia. Note
usted que lo que atenuaba la ilegalidad de sus relaciones con el
Prncipe, era precisamente la idea, la certidumbre de estar unida con l
irrevocablemente. Y al dejarlo, aun cuando fuera para contraer una
unin legtima, no haba de ver que contrariaba esa idea y destrua
aquella certidumbre? El obstculo, si usted cree en la rectitud del alma
de la Condesa, debi parecerle enorme. No es cierto?

Vrod no contest. Francisco Ferpierre vio que haba acertado el golpe.

--Considere usted que el camino en que se haba aventurado no tena
salida--continu el juez al cabo de una pausa.--La nica esperanza
lcita para ella era que el Prncipe, reconociendo sus propias faltas y
repudiando la obra cruenta a que se haba consagrado, correspondiese por
fin al amor y a la confianza que ella haba puesto en l. Entonces, ese
habra sido el rescate de su pasin: aunque mala en su origen, habra
durado largo tiempo y producido un efecto bueno. Sin duda ya era tarde,
pero aunque no pudiera seguir amndole, debemos creer que habra vivido
ciertamente tranquila, si no serena. Fuera de eso, no exista el bien
para ella. Cuanto ms dbil era a los ojos del mundo la palabra que la
una a aquel hombre, tanto ms fuerte deba ser para su conciencia;
puesto que faltaba a esa unin la sancin social y sagrada, ms fuerte
tena que ser la sancin moral. No obstante los desengaos, los dolores,
los ultrajes sufridos por ella, deba permanecer fiel a aquel que haba
aceptado como compaero de su vida. Acaso las faltas del marido, por
extremadas que sean, autorizan a la esposa desgraciada a buscar la
felicidad con otros hombres? Si piensa usted en que el sentimiento de
este deber exista en ella reforzado por el empeo de demostrar a ese
incrdulo el poder de los escrpulos escarnecidos por l, reconocer que
la muerte deba presentrsele de nuevo y fatalmente como el trmino de
su desventura. Para creer que pudiera consentir en unirse con usted,
debe usted admitir que sus escrpulos no fueron muy sinceros... que
fuesen, ms bien dicho, muy dbiles. Yo s que la pasin razona de
diferente manera; que, segn el criterio comn, nada debe resistir a la
fuerza de amor; pero si esto puede ser cierto en algn caso, lo ser
tratndose de un amor primero, nico: la continua renovacin de
semejantes triunfos no se efecta sino a costa de la dignidad, del
respeto, del honor, de una cantidad de otras cosas que importan
muchsimo en s mismas. La amiga de usted haba seguido ya su camino,
extraviada con no prestar odos ms que a la voz del amor, y si en el
fondo de su alma exista el laudable sentimiento del rescate que se
propona operar, no por eso dejaba de comprender que haba errado. El
amor de usted tena que hacerla ver el abismo ya presentido por ella.
Usted mismo con la confianza y la nica esperanza de poderla hacer suya
un da, la empujaba hacia ese abismo. Quera usted hacerla su esposa;
pero era verosmil que, incitados ambos por la pasin y dadas las
condiciones en que ella se encontraba, hubieran sabido esperar? Quera
usted entrar en la va recta, pero, no habra sucedido que,
infaliblemente, se dirigieran los dos juntos por el camino extraviado?
No haba ella de prever que le iba a ser imposible resistir?... Usted
es poeta; usted conoce la vida, usted estudia el corazn de los hombres
de qu le sirve su arte, si no le hizo ver anticipadamente todo esto?

El juez haba hablado con mucha severidad. Roberto Vrod guardaba
silencio, inclinada sobre el pecho la cabeza.

--Pero volvamos a lo que urge por el momento; no me ha dicho usted que
la vio la vspera de su muerte?

--S, por la tarde.

--En su casa?

--S.

--Qu le dijo usted?... La habl usted de su amor?

Viendo que Vrod vacilaba en contestar, el magistrado insisti:

--Es necesario, repito, que usted sea sincero. El hecho que parezca
menos importante, una palabra, una nonada, pueden ponernos en el camino
de la verdad. Si la pasin impulsa a usted a castigar a un asesino, la
conciencia debe recordarle que la justicia no reconoce pasiones. La
habl usted de su amor?

--S.

Y Roberto Vrod temblaba.

El ltimo coloquio con su amiga, el ms apasionado, el ms ntimo, aquel
coloquio despus del cual haba esperado con nuevo fervor, era para l
la prueba de ms peso contra los asesinos. Poda pensar jams en la
muerte de la mujer que lo haba dejado hablar de un porvenir mejor? Pero
Vrod comprenda que, segn las inducciones del magistrado, el valor de
aquella prueba resultaba invertido; que la contemplacin de una prxima
felicidad, en la que crea, pero que senta no poder alcanzar, era
justamente lo que la haba determinado a dar el ltimo paso. Y si el
magistrado tena razn, la severidad de sus palabras estaba justificada;
pero ms an que la severidad de aquel hombre, lo confunda de manera
indecible la ntima conciencia del mal causado al ser por quien l deba
y haba querido velar con todas sus fuerzas. Ya no gritaba de dolor,
como la vspera; pero senta una mano de hierro que le oprima, le
estrujaba y retorca el corazn: se ahogaba, las palabras expiraban en
sus labios, pues tena que decir la verdad y comprenda que sta se iba
a volver en su contra.

--S, la habl de mi amor... Hablamos de la nueva estacin, del fro que
pronto nos ahuyentara de aqu... Yo quera saber adonde pensaba ir,
dnde y cuando podra verla otra vez. Ella me dijo: No s todava
adonde ir: tal vez a Niza, tal vez a Biarritz. No ser mejor
ignorarlo, por usted y por m?...

--Ve usted?... Y despus?

--Yo la dije: Sea como usted quiera. De lejos, de cerca, piense usted
en que mi vida es suya... Ella cerr los ojos. Yo continu: Es la
verdal. Debera ocultarla? No me ha enseado usted a decir siempre la
verdad? Por otra parte, no la sabe usted ya?... Ambos nos callamos. El
cielo se haba obscurecido: ella miraba los vapores grises que suban
por las cuestas de las montaas y envolvan la vegetacin: miraba el
lago gris y encrespado, que pareca de plomo; los rboles se doblegaban
al impulso del viento, perdan sus primeras hojas. Yo la acompaaba
mentalmente en su pensamiento elegaco delante de la visin otoal. Le
dije: El color que parece del cielo est en nuestros ojos: el azul es
negro en la tristeza; en la alegra, el gris es celeste. Una nube
azulina cruzaba por entre los vapores que rodeaban la montaa y pareca
un trozo de cielo. Ella contest: S, pero ese es un engao: el cielo
est cerrado. Yo repliqu: Pronto se abrir. Poco a poco se fue
cubriendo todo el paisaje, todos los colores haban desaparecido, no se
vean otros tonos que el del blanco y el del negro: las montaas negras,
el agua plomiza, la espuma plateada; las nubes cenicientas, albas
nubecillas, nubecillas plidas, nubes de color de hierro. Ella dijo:
No parece una acuarela? Yo aprob, y luego aad: En esto hay tanta
belleza como cuando el sol resplandece. Segu hablando. Agregu que una
luz interior iluminaba mi vida entera, que mis ojos no vean ya por
todas partes ms que formas de la belleza. Su plida hermosura era en
este momento maravillosa, pareca reflejar toda la palidez de la
Naturaleza que nos rodeaba. La tom de una mano. Un calor de vida se
transmita de esa mano a todo mi cuerpo. Ella la retir, palideciendo
ms. Yo no dije nada, pero el llanto se me agolp a los ojos. Ella me
dijo: Comprenda usted que tenemos que separarnos. Mi respuesta fue:
Su voluntad ser cumplida siempre. Si usted quiere, maana partir.
Esperar desde lejos. Y si usted quiere que no espere, que no alimente
ms esperanzas, tratar de olvidarla. Difcil ha de ser destruir la
esperanza que rige nuestra vida; y piense usted que mi placer, mi
orgullo, mi vanidad, consisten en ser tal como usted desea... Todo
haba desaparecido de nuestra vista: la blancura de las nubes, la
negrura de los montes se borraban y se confundan en un gris uniforme.
La lluvia comenzaba a caer. Ella se estremeci. Yo volv a tornar su
mano. Quera decirla que ese era el ltimo saludo, que poda dejar su
mano en la ma por ltima vez. No pude hablar. Ella no retiraba la mano,
y yo segua sin pronunciar una slaba: un tumulto de ideas me
confundan...

--No notaba usted la terrible lucha que ella senta en su interior?

Al or esta interrupcin, Vrod movi vivamente la cabeza.

--No s, no s... Demasiados pensamientos me asaltaban, y queran salir
a un tiempo, pero una idea me preocupaba sobre todas las dems: Si
hablo va a retirar su mano. El velo de niebla se iba evaporando ya, y
cuando el lago apareca, las olas espumosas que se alzaban y se
deshacan en seguida, producan la misma impresin que dejan las
ascensiones rpidas, aturdidoras. Un trozo de cielo se mostr, como una
sonrisa. Yo la dije: Ve usted el firmamento azul?... Ella se levant.

--Y despus?--pregunt el juez al ver que el narrador se callaba.

Lo que el joven tena que decir deba ser ms grave, tena que ser
contrario a la acusacin, para que lo hiciera interrumpir as su relato.

--Y despus? Diga usted todo; es preciso decirlo todo!

--Ella habl del otro. Yo saba que ya no era el amor, sino el deber lo
que la ligaba a l. Al levantarse me dijo estas palabras: Yo no merezco
el amor de usted. La sinceridad que aplaudo y exijo a otros me ha
faltado a mi. Usted sabe, y yo le he dicho, que no soy libre... Pero el
hombre con quien estaba unida me haba dejado, usted no le vea a mi
lado, ambos podamos creer que no volvera ms. Ahora... est aqu. Si
usted quiere que yo contine estimndole, no me diga ms nada...

--Ve usted? Ve usted?

--Yo la contest: Sea como usted quiera; pero ese hombre le va a dejar
a usted otra vez...

--Ve usted? Ve usted?--repiti el magistrado.--Si usted la dijo esas
palabras con el duro acento que usted me las refiere, no pens usted
que el odio que usted manifestaba tener a Zakunine deba inspirarle
miedo?... No era natural que se dijese que, a pesar del respeto que
usted la tena, su afecto por ella disminuira ante la idea de que en el
hecho perteneca al Prncipe? Y qu contest?...

Vrod haba inclinado la frente. Bajando mucho la voz, dijo:

--Ocult su rostro entre las manos.

--Y no se dijo usted en ese momento que ella tena razn; que entre
usted y ella el amor estaba condenado a una triste vida? No comprendi
usted que era necesario dejar a aquella mujer entregada a su destino, a
fin de evitar uno peor?

--No diga usted eso!--prorrumpi Vrod, fijando una mirada entre
humilde y ardiente en el rostro del magistrado.--No diga usted eso!...
Yo no s, no puedo decir a usted lo que sent... S, tal vez, esa idea,
y otras menos definibles, ocupaban mi mente: pero yo la amaba, vea que
ella pensaba en m, que sufra por m, y huir, dejarla sola, no decirla
el mpetu de mi gratitud, de mi ternura, de mi compasin; no decirla que
temblaba por ella, que quera morir por ella, no mezclar mis lgrimas
con las suyas, eso era imposible!

--Y la dijo usted eso?

--Deba decrselo. Ella me oy. El temporal haba terminado, el sol
resplandeca sobre la lozana verdura. La dije que la tempestad de su
vida se tena que calmar algn da, y que ese da yo sera an suyo.
Ella suspir: Si nos hubiramos conocido antes!... Yo segu hablando.
Nada la peda, pero deseaba y deba decirla que en el mundo nada hay
irreparable; que esta vida sera verdaderamente demasiado amarga si la
esperanza no la hiciera soportable. Otra cosa ms cierta la dije, una
cosa muy triste: que hay ms gozo en la expectacin que en la obtencin;
que por eso la esperanza es el mayor bien. La pregunt: No cree usted
que es as? Y ella me contest: S. Esta palabra, la palabra del
asentimiento, fue la ltima que me dijo.

Ferpierre dej que el eco de aquella voz apasionada se perdiera. Y
cruzando los brazos sobre el pecho, habl lentamente, despus de un
breve silencio:

--Resumamos. Todava no tenemos testimonios que nos iluminen con la
verdad, pero quiero creer que de un momento a otro se podr hallar la
prueba irrecusable de la acusacin formulada por usted. Quiero conceder
que cuando hayamos ledo la carta dirigida a sor Ana Brighton, en esa
hoja escrita por la Condesa dos horas antes de su muerte, encontraremos
que no solamente no hablaba de morir, sino que, por el contrario,
expresaba su certidumbre de una felicidad inmediata. Pero hoy por hoy,
si la lgica ha de valer algo, tenemos que creer en el suicidio.

Como Vrod no contestara y siguiera mirndole tmidamente, el juez
continu:

--Ese ltimo coloquio, cuya importancia no quiere usted reconocer, es
suficiente para explicar la catstrofe. Yo presenta que entre ustedes
deba haber ocurrido algo que a los ojos de ella fuera un obstculo que
se cruzaba en su camino. Si la desgraciada se haba forjado ilusiones
sobre la posibilidad de una amistad pura, las ltimas palabras de usted
debieron desengaarla. Todos los argumentos que usted la adujo, son
sofismas consuetudinarios de la pasin. Usted nada la peda: lo mismo
haba dicho el hombre por quien ella se perdi. La lgica de la vida
era, en realidad, la que ste le haba revelado con crudeza: Quien
tiene hambre debe saciarla. Si es verdad que la esperanza es el mayor
bien, no gozamos de l sino mientras creemos seguir el objeto: nadie en
el mundo se consuela imaginndose un bien que jams obtendr.
Lgicamente, necesariamente, la Condesa deba caer en un nuevo error. Y
digo error, aunque tambin podra decir culpa. Yo no dudo de la honradez
de las intenciones de usted; pero su debilidad y la de ella, habran
hecho que, llegado el momento, cayeran en el olvido. El ardor del deseo
impulsaba a usted a contraer un compromiso del que forzosamente se
habra arrepentido despus. Y aun sin la previsin del arrepentimiento
de usted, ella vea cerrado a su paso el camino que conduca al nuevo
gozo. Todas estas ideas que la desgraciada haba examinado
detenidamente, deban presentrsele con mayor urgencia, ms
impertinentes, ms funestas despus de lo que usted la dijo. Qu
momento escogi usted para hablar? El ms grave. El hombre con quien
estaba ligada volva a su lado, y se haba reformado: tenemos la
declaracin de Julia Pico, de la que resulta que el Prncipe comenzaba a
portarse mejor con ella. Si, pues, la Condesa haba podido pensar antes
que sus vnculos con el Prncipe se haban desatado con el abandono en
que ste la haba dejado, ya en ese momento no poda considerarse libre.
El deber de continuar con el hombre a quien se haba entregado para
siempre, y que demostraba por fin saber apreciar su amor, ese deber
tena que surgir de nuevo ms imperioso. Al dejar a un hombre que la
traicionaba, poda haber encontrado alguna justificacin, y, adems,
ste no haba de echarle en cara la instabilidad de aquella fe a que
haba querido convertirle: por otra parte, en el caso de que hubiera
querido dirigirla algn reproche, ella habra sabido cmo contestarle,
dadas las circunstancias. Pero abandonndole cuando l volva en su
busca, habra sido doblemente culpable. Y seguir con l era cosa que no
poda hacer, pues ya no le amaba; su amor era para usted. Y en los ojos
de usted, en su voz, donde al principio, cuando estaba sola, haba ledo
nicamente el amor y la compasin hacia ella, vio de improviso palpitar
el odio contra el hombre que se presentaba a impedir la felicidad
ambicionada. Entonces, no slo pens en que iba a perder en la estima de
usted, sino que temi tambin ser causa de otros males al empujar a dos
hombres a odiarse, probablemente a matarse. Pocas horas despus de
semejante tempestad moral, aquella mujer, que adems se halla
incurablemente enferma, cuyo pecho est atacado de un mal sin remedio,
que no tiene a nadie en el mundo, ni padre, ni hermano, aleja con un
pretexto a la compaera que siempre ha velado por ella, y en seguida la
encontramos muerta, con una arma al lado, el arma que la perteneca,
que ella misma guardaba el arma con que ya haba pensado buscar el
ltimo reposo: yo tengo que decir, usted tiene que reconocer que esa
mujer se ha matado!

Ferpierre haba hablado con mayor dureza an, cual si el hombre que se
hallaba en su presencia fuera el acusado, no el acusador. Y la actitud
de Roberto Vrod era la de un culpable: inclinada la frente, una mano en
el pecho, pareca doblegarse bajo el peso de la reprobacin de los
dems, de su propio remordimiento.

--Nada dice usted? No reconoce usted la justicia de mis razonamientos?

--No!--prorrumpi el joven, levantndose de un salto y casi en actitud
de desafo.--No es as! Yo no puedo creerlo, jams lo creer!... Esas
fueron sus ideas, cierto; pero sobre sus ideas de muerte, ms alto, ms
potente, deba estar y estuvo, el pensamiento de la vida y del amor. A
m tampoco me habra costado nada darme la muerte antes de conocerla. Yo
tena razones para odiar la existencia...

--Las mismas razones que se la hacan odiar a los veinte aos?

Perpierre dijo estas palabras casi movido por un mpetu inconsciente.
Aunque la severidad de su cargo deba impedirle recordar sus antiguas
relaciones con el acusador, una instintiva curiosidad por saber si el
joven se acordaba todava de l, lo haca invocar lo pasado.

--Las mismas--contest Vrod, mirndole en los ojos;--pero ms urgentes,
ms desconsoladoras que las que usted recuerda. Usted me conoce, no es
cierto? Yo tambin lo he reconocido en el acto. Usted sabe que yo vi
demasiado temprano la miseria, el vaco, el horror de la vida.

--Por qu causas? Es usted pobre? Ha sufrido usted injusticias de los
hombres o del destino? S, me acuerdo de usted; pero no s, ni cmo iba
a saber lo que le han hecho!

El magistrado experimentaba una especie de placer en hostigar al
pesimista, en obligarle a reconocer su error.

--Nada me han hecho. Pero yo lloraba por todo. Estaba enfermo, s, no
cabe duda: pero enfermo del alma, no del cuerpo. Ella fue mi salvacin.
Despus de haberla visto me sent renacer. Tal es el poder del amor: la
sola existencia de un ser amado es una razn, la ms poderosa razn para
vivir.

--Y eso es verdad, tratndose de cualquier amor?

--No me hable usted de los obstculos! S; yo odio, yo execro, yo
querra, como ya he querido, matar al hombre que me la arrebat, y el
odio transpira en mis palabras. S; ella me dijo lo que usted ha
pensado, todo lo que el razonamiento ha hecho a usted descubrir, y
comprendiendo que la existencia de ese hombre era un obstculo para
nuestra felicidad, la habl de mi odio. El amor, el amor recproco crece
en presencia de los obstculos, trata de apartarlos, no cede. El amor
aguarda, mantiene esperanzas. Es verdad: ella tembl cuando me oy
hablar as, pero eso no le impidi reconocer que poda, que deba
esperar. Todava no he dicho a usted todo lo que medi entre nosotros.
Dos das antes de nuestra ltima entrevista, la acompa al monte
Chesand; bebimos en una fuente; yo despus que ella hubo bebido, apur
de su copa el agua que haba dejado: me pareci que oprima sus labios
con los mos. Ayer cuando me autoriz a esperar, la tom una vez ms la
mano, y se la bes con avidez. Ella se estremeci, pero no la retir. Yo
conoc que ya era ma, que me habra sido fcil coger otro beso en la
flor de sus labios. Y al da siguiente, pocas horas despus, se habra
de dar la muerte?

--Pues s! Pues s!--replic prontamente el juez, viendo que en el
calor de la defensa Vrod se descubra.--Pues s, pocas horas despus!
Porque sabe usted cul es el amor que sugera a usted esa moderacin
que usted cree inspirada por el amor respetuoso y obediente? El amor
dominante, egosta! Porque, esos placeres, de que usted gozaba, que le
hacan prever otros mayores, deban a ella aterrarla!... Ella era
tambin de carne y hueso, y al verse junto a usted se sinti sin fuerzas
para resistir a la pasin exigente: despus, a solas con su propia
conciencia, oy su voz imperiosa! Toda la ltima parte de su diario est
llena de la idea de la muerte. Se asombra usted de que, vindose en un
camino sin salida, pusiera esa idea en prctica?

--Lo dijo, lo escribi; pero, en el momento de ejecutar el acto, la idea
de Dios debi detener su mano.

--La idea de Dios le detuvo muchas veces la mano; pero lleg un momento
de dolor intolerable, y se mat!

--Sin dejarme una palabra? Ella que saba que me haba devuelto a la
vida, habra destruido de un golpe el efecto de sus enseanzas? Usted
dice que, matndose, ha querido substraerse al mal; pero cree usted que
al hacerlo ha hecho bien?

El magistrado a su vez se qued sin responder, y Vrod, comprendiendo
que por fin haba obtenido en aquella lucha una ventaja, continu:

--Ella pensaba y escribi que en algunos casos se puede huir de la vida
sin merecer reproche; pero podr darse muerte el que est solo, no aquel
de quien depende otro. No acaba usted de leer sus palabras? Hay en el
amor algo grave: que cada amante no es solamente responsable de sus
propias acciones, sino tambin de aquellas a que impulsa a su amado. Y
ella me habra dado el ejemplo de la muerte?... Yo creo en la hermosura
de su alma; en otra cosa no creo. Y la certidumbre que tengo de que no
se ha matado, aumenta mi culto por ella.

--De modo que el deber de no dejar a un hombre con quien se haba
desposado con el corazn, era un pretexto?

--No se haba desposado realmente con l.

--Nada significaban entonces aquel vnculo, puesto que la ley no lo
haba sancionado?

--Usted cree en la bondad de las leyes humanas, en su perfeccin? Cree
usted que la salvacin consista en observarlas fielmente?

--Lo duda usted? Y esos son los principios que usted propaga con sus
libros? Y profesando esos principios tiene usted tanta aversin al
nihilista? No sabe usted que ustedes los negadores, los pesimistas, son
los maestros, los incitadores de todos esos espritus audaces a quienes
no bastan las especulaciones abstractas, sino que traducen en actos,
lgicamente, los razonamientos que ustedes predican?

--Yo no niego las leyes: lo que digo es que stas no resuelven las
dificultades dentro de las cuales estamos condenados a movernos; las
agitan y nada ms. Y aunque hubiera estado legalmente unida a ese
hombre...

--Usted habra tenido el derecho de seducirla, de quitrsela? Poda
ella haber faltado a su palabra?

--No se puede jurar un amor eterno...

--Y usted se lo juraba a ella?

--No se puede amar a quien no ama.

--Dira usted lo mismo si fuera usted el abandonado?

Y como ante esta slida argumentacin el joven permaneca mudo y
confuso, el juez repuso en tono diferente:

--Ah! No estamos tan lejos como probablemente usted cree, del objeto
de nuestras indagaciones! Esas ideas, el contraste de la ilusin con la
realidad, la lucha del deber con el placer hirieron de muerte a la
desgraciada, hacindola ver y sentir cun difcil es la vida. Que quiso
salir de ella es demasiado evidente. Falta slo demostrar que realmente
puso en prctica su propsito. No hay pruebas directas, pero todas las
presunciones estn contra usted. Considere usted framente, si se siente
capaz, la suma de circunstancias que tenemos por delante, y ver usted
que tengo razn de pensar as. Usted ha denunciado a las dos personas
que estaban en la casa en el momento de la muerte; pero contra cul de
las dos hay que dirigir las sospechas y las averiguaciones? Ya sera
hora de decidirse! Es el Prncipe el culpable? Y por qu habra muerto
ste a la infeliz? Por celos? Pero, ante todo, usted deber acordarme
que ese hombre, al cual no concede usted otras facultades que las del
odio y del mal, haba vuelto a amar a la Condesa y sufra al saber que
haba perdido su afecto. Pero la Condesa era ya de usted? Corresponda
a la pasin que usted tena por ella. Querra dejar al Prncipe e irse
con usted? No, al contrario! Hasta el ltimo momento se declara
vinculada al otro, rehsa escucharle a usted, le conjura a que la deje!
A duras penas, despus de insistir empeosamente, le arranca a usted el
permiso de esperar: una esperanza ambigua, incierta, lejana; un permiso
que puede usted hasta dar por no recibido, que ella no poda negarle,
pero que a nada la compromete. Dado el carcter de la Condesa, la
seriedad de sus escrpulos, la sinceridad de sus remordimientos, debemos
creer que, apenas usted se march, ella comenz otra vez a acusarse, a
prohibirse el mantenimiento de la esperanza que acababa de conceder y
aceptar. En tal situacin, qu motivo tena el Prncipe para matarla?
Todava la amaba, o si a usted le place, estaba celoso, tena celos
brutales, aquellos celos que significan la ofensa al sentimiento de
propiedad y nada ms. Pero de qu poda acusarla? No de haberse
entregado a usted! Noticias tena para estar seguro de que el ms leve
esfuerzo suyo para demostrarse bueno, una palabra de amor, una frase
amable, habran impedido que la Condesa fuera de usted. Quiero creer que
no son los celos, que no es el odio, lo que hace que usted desestime
tanto a ese hombre; admito que los buenos sentimientos no tengan cabida
en el Prncipe y que, en realidad, ste sea capaz de un delito vulgar.
Pero la malignidad ms brutal tiene, sin embargo, necesidad de un
pretexto, si no de una razn para armarse y herir. Y yo no veo aqu
razones ni pretextos. Usted supone probablemente que, despus de
haberle acordado a usted con tanto trabajo un consentimiento tan
ambiguo, fue su amiga a provocar a Zakunine, a declararle de improviso
que amaba a usted? No cabe duda de que, sin que en ello entre la
voluntad de usted, el amor propio le sugiere tal razonamiento: eso es
lgico. Pero si la Condesa hubiera querido entregarse a la inclinacin
que senta por usted, nadie se lo habra impedido cuando Zakunine estaba
lejos. Y ahora mismo, necesitaba en verdad pedir licencia a ese hombre?
Si el impedimento hubiera venido de l, ella habra podido rebelarse y
desafiarlo; pero no vena de l, sino de ella misma, de su ntima
conciencia. Por consiguiente, la hiptesis es absurda. Ahora, quiere
usted que haya sido la nihilista? Esta habra muerto a la Condesa porque
amaba al Prncipe y estaba celosa de su rival. Pero en este caso, las
dificultades no son menos que en el otro: al contrario! Antes que todo,
habra que demostrar que los dos rusos son amante y querida, cosa que
ambos niegan, y despus, aunque esto llegara a probarse, para que la
Natzichet matara a la Condesa, se necesitaba que sta fuera un obstculo
para su amor. En qu forma lo era? Poda, acaso, la infeliz, ni saba
cmo impedir al Prncipe que se fuera con otras mujeres? De qu modo
haca sombra esa desgraciada a la nihilista? No tenan los dos rusos
plena libertad para permanecer juntos en Zurich? Y si racionalmente no
se puede imputar el homicidio al uno ni a la otra, podemos suponer que
lo han cometido juntos? El absurdo sera doble! Despus, si la amiga de
usted no hubiera tenido razones para huir de la vida, nos encontraramos
en el caso de acoger la sospecha del asesinato, por poco fundada que
fuera, como lo es. Pero los motivos que pueden haberla impulsado al
suicidio, no slo no faltan, sino que abundan. Usted tiene, no
obstante, un argumento de su parte, uno solo...

Ferpierre se detuvo un momento para respirar. Roberto Vrod permaneca
en la misma actitud en que desde el principio lo haba escuchado: la
cabeza baja, las manos estrechamente apretadas, como quien espera un
golpe mortal.

--Hay cientos y miles de mujeres que en la situacin de la Condesa
d'Arda, entre sus escrpulos y las tentaciones de la pasin, no llegan
al extremo de suicidarse. Esperan, y con el tiempo se acomodan a una
vida que por un momento creyeron insufrible: transigen con sus
escrpulos; hallan en el ejemplo de los dems una excusa y confianza en
la redencin futura. Tal es la conducta de todas, de casi todas. Usted
ha definido bien, desde el primer momento, la importancia de esta razn.
Pero para creer eso, para sostener que la Condesa no ha querido matarse
aun despus de su ltima explicacin con usted, ante la visin del mal
inevitable, tiene usted que admitir que su amiga, que esa mujer, cuya
grandeza de alma decanta usted y en que yo realmente creo por estas
confesiones, por las declaraciones de las gentes que la conocieron,
tiene usted que admitir, digo, que en vez de resistir hasta el ltimo,
fuera tambin capaz, como las otras, de esas cmodas transacciones de
que somos testigos cotidianos. Es positivo que quien se mata no prueba
tener una alma templada, ni muestra una fe indestructible; pero si, por
obra de usted, la infeliz se encontr en la imposibilidad de adoptar un
tercer partido, debo creer que de los dos escogiera el menos malo. Y no
le parece a usted extrao que yo deba sostener, contra usted mismo, la
entereza de conciencia de esa mujer, la delicadeza de su honra?...

Vrod se levant, y pasndose la mano por la frente, exclam, vencido,
perdido:--No diga usted eso!... S, es cierto... Tiene usted razn...
Puede usted tener razn... Pero no diga usted, no lo repita!... Porque
entonces, resulta que yo, yo mismo la he muerto!... Muerta por m!...
Por m!... Mire usted... esta idea, esta sospecha, me destroza el
corazn. Siento que me vuelvo loco!




VI

LA INVESTIGACIN


Cuando el juez se qued solo, la confianza que lo haba sostenido lo
abandon de improviso. La resistencia de Vrod lo haba aguijoneado,
sugirindole argumentos cuya fuerza contra la acusacin le pareca
grande; pero, al fin, viendo que el otro le daba la razn, en vez de
afirmarse en su opinin, volvi a dudar. Su reconstruccin del drama era
verosmil, pero nadie poda atestiguar que fuese verdadera, y en cuanto
a la posibilidad del asesinato, era en realidad insostenible? Despus
de haber desarrollado una de las dos hiptesis, deba examinar la otra,
y a esta tarea se preparaba, con creciente antipata hacia los acusados.
Conmovido por el dolor de Vrod, interesado vivamente por la difunta,
desconfiaba ms que nunca de los rusos.

Al da siguiente del interrogatorio del joven, recibi, junto con varios
paquetes de cartas, secuestradas en Niza y Zurich, las informaciones
pedidas al jefe del departamento de polica y a la legacin de Rusia en
Berna, acerca de ambos nihilistas. Lo que ya saba de la ndole del
Prncipe Alejo Petrovich estaba confirmado y documentado por los
informes extensos y minuciosos de ambas procedencias, llenos de
declaraciones tomadas en anteriores procesos polticos. Pero tambin
supo cosas que no sospechaba.

Heredero del genio de la raza eslava, movido por sentimientos impetuosos
y demasiado vecinos de los instintos primitivos, Zakunine padeca,
adems, de ese histerismo que, segn la ciencia moderna de las
enfermedades nerviosas ha comprobado, no es solamente un doloroso
privilegio del sexo femenino. Cosas verdaderamente increbles se
referan del Prncipe, de su tumultuosa juventud. Hurfano de padre, el
odio que desde pequeo haba tenido al segundo marido de su madre, se
haba tornado en mana homicida. Constantemente golpeado con crueldad,
castigado con un salvajismo que superaba en mucho a la severidad
merecida por sus faltas, su carcter se haba agriado.

Un da--todava no tena ms de diez aos,--pasendose con un camarada
de su misma edad, se acercaba a una estacin de ferrocarril. El amigo le
haba explicado que los guarda lneas recorren el trayecto de los rieles
que les corresponde vigilar, para cerciorarse que ningn obstculo
amenazaba la seguridad del tren; entonces l, aprovechando un momento en
que su compaero no le observaba, y sin ms mvil que una perversa
curiosidad del mal, haba puesto sobre los rieles dos gruesas piedras,
y se haba quedado all cerca hasta la llegada del tren para juzgar del
espectculo de la catstrofe. Las piedras eran bastante grandes, pero,
por fortuna, poco resistentes, y las ruedas de la mquina las redujeron
a polvo sin desviarse un punto. En ocasin distinta, algunos aos ms
tarde, la fra insania de aquel ser se haba manifestado en otra forma,
contra s mismo. Recorra sus posesiones en la pequea Rusia, y un nio,
hijo de un mujik, que le serva de gua, iba explicndole las cualidades
de los rboles y hierbas: al pasar por delante de un verde matorral, el
chico seal una planta pequea, de hojas largas y velludas, y le dijo:
Este es beleo, un veneno tremendo. Entonces, rpidamente, sin dar a
su gua el tiempo de acercrsele, no ya de impedir el acto, arranc
cuantas hojas pudo coger su mano y las devor. El gua se haba
engaado, esa planta no era beleo; pero durante un da entero, todos
haban credo a Alejo Zakunine envenenado, y estaban entre admirados y
espantados al ver la irnica alegra con que esperaba la muerte y
reprenda a los que se mostraban afligidos.

Su juventud entera haba sido una tempestad. Sin dinero, el demonio del
juego le haba cogido por los cabellos: una noche, despus de haber
perdido una suma que no poda pagar, se haba disparado un tiro de
revlver en el corazn, para no sobrevivir a su vergenza; la bala,
desvindose, le haba roto el hmero. Por una cuestin poco limpia haba
tenido un duelo, y no haba querido reconciliarse con su adversario;
pero ms tarde le haba salvado de la muerte, con riesgo de su propia
vida, heroicamente.

Hasta los dieciocho aos haba sido imposible hacerle aprender nada, ni
persuadirlo de que estudiara una sola leccin; pero avergonzado una vez
al hablarle en francs una mujer, una nia, creyndole conocedor de esa
lengua, haba cambiado de vida de la noche a la maana: durante dos,
tres aos, nadie volvi a verle: entregado al estudio con el mismo
mpetu que dedicaba a lo malo, haba recuperado rpidamente el tiempo
perdido.

Nada haba difcil para su inteligencia tersa y aguda. Su voluntad era
capaz de actos de firmeza frrea, de perseverancias infatigables, pero
no se mantena siempre igual; con los raptos de esfuerzo tenaz se
alternaban frecuentes crisis de debilidad nerviosa, de relajamiento
enfermizo. Este lado de su constitucin moral era menos conocido por la
especie de celoso pudor que pona en ocultar sus debilidades. Sin
embargo, le haban visto llorar.

Fro y duro con sus semejantes, quera a los animales con cario humano.
Apasionado por la caza, sus perros eran sus amigos: hablaba con ellos,
los besaba, los miraba fijamente en los ojos, cual si quisiera penetrar
en su obscura alma bruta. Ante aquellos seres nfimos se volva humilde;
los serva personalmente, se despreocupaba de s mismo por cuidar de que
no les faltase nada, y si alguno de ellos se enfermaba, no se daba un
solo momento de reposo. Uno de sus perros muri con la cabeza apoyada en
sus rodillas, mirndolo hasta el ltimo instante con sus ojos apagados y
tristes, y cuando lo vio ya rgido, cuando sinti fro e inerte el
cuerpo antes vibrante bajo sus caricias, cuando hubo comprendido el
misterio de la muerte, el llanto, un llanto mudo y copioso se desbord
de sus ojos. Con las hembras no haba sido tan carioso como con los
machos: los latigazos que su mano descargaba en los momentos de ira,
caan nicamente sobre aqullas; pero un da ces de establecer esa
diferencia, al ver que una perra, despus de haber dado a luz con muchos
sufrimientos media docena de cachorros, se enferm, pero no consinti,
en que se la quitaran sus hijos, y tan lastimosamente aull, que, por
fin, se los devolvieron, y expir con toda su prole prendida del pecho.

De la compaa de las mujeres haba huido como por instinto, desde
pequeo; pero a los veinte aos, muerta su madre, dueo de una inmensa
fortuna, sali de un golpe, con transformacin repentina, de la vida
solitaria del campo, donde alternaba los violentos ejercicios con las
mortificaciones del estudio, para entregarse fra y casi estudiosamente
a los elegantes y malsanos placeres de la gran ciudad. Disip mucho
dinero y mucha fuerza nerviosa: su constitucin ya desequilibrada se
extenu. El amor, el primer amor del alma, se lo inspir la hija del
Prncipe Arkof. Por efecto de su anacronismo moral que en aquella
naturaleza distinta de las dems, no tena por qu asombrar, am con un
afecto juvenil, ingenuo y tmido cuando para cualquier otro hombre haba
pasado ya la poca de ese amor. Su adolescencia solitaria y salvaje no
haba sido visitada por fantasmas poticos; pero, por esas leyes de
equilibrio y compensacin que parecen extender su imperio del mundo de
la materia al mundo del espritu, la poesa del corazn, a cuya virtud
pareca haberse substrado, se apoder de l precisamente cuando se
encontraba sumergido en los ms prosaicos y ruines amores. As como la
vergenza lo haba impulsado una vez a desterrar de su mente el limbo de
la ignorancia, la turbacin moral subyug su alma.

De un da a otro y durante un tiempo no breve, nadie reconoca en l al
mismo hombre y, abandon las compaas indignas, luego de los
entretenimientos viles; por una reaccin que no se haba podido prever,
no vivi sino de sueos, de puras contemplaciones, en adoracin muda y
discreta; a todo eso no lo animaba otro propsito que el de hacerse
digno de ser amado por medio de una vida ejemplar.

El encanto se rompi y el maleficio volvi a obrar sobre l cuando la
tirana de los padres de la Princesa Catalina hizo que sta se casara
con el general Borischof, gobernador de Kiev. Los mpetus salvajes, las
convulsiones violentas, volvieron entonces a asaltarlo; pero cosa
extraa! no se apoderaron inmediatamente de su alma, cuya capacidad
sentimental pudo probarse y medirse por esto; que supo refrenarse y se
resign a la idea de que su esposa del corazn estaba en brazos de otro.
Como casi no la haba hablado e ignoraba sus sentimientos, habindose
contentado con suspirar por ella de lejos, crey, al verla aceptar la
mano del general, que lo amaba, que iba a ser feliz con l. Y
sangrndole el corazn, consumindose de pena, call, se apart a fin de
no ser un obstculo para su dicha; mas cuando supo que su afortunado
rival no mereca la fortuna que haba alcanzado; que no solamente no
haca feliz, sino que injuriaba, maltrataba y mortificaba al ser a quien
l habra querido ahorrar, no slo el dolor, sino hasta la menor idea
incmoda, un furor en que haba ira, remordimientos y desdn, lo arroj
al campo de los nihilistas que se preparaban a matar al terrible
gobernador. Descubierta la conspiracin, su alto rango y ms que el
rango, el motivo enteramente moral que lo guiaba, le salvaron de la
pena cruel infligida a sus compaeros; pero esa poltica, a la que haba
sido indiferente hasta aquel da, lo inflam de improviso.

En la frecuentacin de los revolucionarios durante los preparativos del
complot no haba podido, dominado como estaba por otra idea, poner
mientes en las razones que los armaban: el amor a la libertad, el odio a
la tirana, la sed de justicia, el ideal de fraternidad eran
incomprensibles para el enamorado vengador; pero, cuando arrestado y
enjuiciado, conoci el trato brutal de la polica, la inconsciencia de
los jueces, el herosmo de los conjurados; cuando se vio desterrado de
la patria; cuando observ, recorriendo el mundo, con la muerte en el
alma, el doloroso contraste de las grandezas soberbias y de las miserias
incurables, un nuevo ideal luci repentinamente ante sus ojos: la
redencin humana.

Pero, como era de prever, tampoco esa vez supo guardar mesura. En
Francia, en Holanda, en Alemania, en Inglaterra busc a los jefes del
partido nihilista y anarquista, dio cuanto pudo de sus fuerzas y toda su
actividad personal a la propaganda, se mezcl en nuevas conjuraciones
que produjeron sangrientos efectos, y fue nuevamente procesado y
condenado a muerte. Con increble temeridad volvi varias veces a Rusia,
en secreto, a ver a sus correligionarios, para alentarlos y dirigirlos:
en peligro de caer en manos de la justicia, se salv milagrosamente, y
continu despus conspirando en el extranjero, siempre soando y
preparando el cataclismo social que le haba de abrir las puertas de su
pas ya regenerado.

Viva impresin produjo en el juez Ferpierre la lectura de estos
documentos. La instintiva aversin que senta por el rebelde se haba
ido atemperando secretamente con un sentimiento de compasin. Aquella
alma convulsa no era tan mala: puesta en otro camino y bien guiada,
habra podido dar al mundo luminosos ejemplos del bien. Por qu no lo
haba curado el amor de un ser como la Condesa d'Arda?...

Los informes de la polica decan algo de la influencia que este amor
haba ejercido sobre el Prncipe. Cinco aos antes, en la poca en que
conoci a la italiana, la actividad poltica de Zakunine casi haba
cesado. Pareca que el revolucionario hubiera olvidado sus antiguos
ideales, a sus cmplices y todo, para vivir junto a su amiga. El cambio
era tanto ms notable, cuanto no era solamente en la poltica sino hasta
en las costumbres. Las exuberantes e insaciables aptitudes de aquel
hombre no se conformaban con tener por tarea la persecucin de las
reformas sociales: entre conspiracin y conspiracin, se daba tiempo
para pasar de un amor a otro. Sus aventuras galantes eran innumerables:
como por virtud de una fascinacin, todas las mujeres que haba hecho
objeto de sus deseos haban sido suyas. Y de esa vida haba salido por
obra de la Condesa Florencia.

El juez tuvo noticias ms precisas con respecto a los sentimientos que
haba experimentado en ese tiempo, leyendo los papeles encontrados en el
domicilio de la difunta, en Niza. Entre aquellas cartas, la mayor parte
insignificantes o reveladoras de cosas ya conocidas de Ferpierre, haba
algunas que el Prncipe haba escrito a su amiga en los preliminares de
su amor. Eran tan apasionadas y fervorosas, que casi se exhalaba de
ellas un hlito ardiente: las palabras suspiraban, cantaban, ardan con
llama viva.

Luz del mundo, vida del alma, sonrisa de la gracia, puerto de salvacin
queris or lo que jams ser viviente oy? Nunca ha sabido nadie lo que
yo soy. No he tenido madre, no he tenido hermana. De ello no me lamento;
por el contrario, estoy orgulloso, porque ahora puedo revelaros mi
corazn a vos sola...

Y se confesaba con ella, cndidamente: la deca que era un enfermo, un
nio, un loco necesitado de cuidados y de amor; que su aparente valor
ocultaba un miedo infantil; que su soberbia era humilde; que odiando
amaba; que cuando verta lgrimas de compasin, la sonrisa del escarnio
las contena; que pasaba de un extremo a otro con dolorosa inquietud,
con ansia atormentadora, con la necesidad nostlgica de una inmutable
serenidad.

Vuestro amor ser para m la salvacin, la paz, el puerto, la tierra
prometida, el paraso perdido y vuelto a encontrar. Amadme como yo
necesito ser amado, como se ama a los nios y a los animales, como un
amor que sea todo indulgencia, compasin, consuelo, alivio y socorro...

Si la Condesa d'Arda no haba triunfado en esa obra era suya la culpa?
Recordando el diario de la muerta y las mismas confesiones del Prncipe,
deba convenir Ferpierre en que la culpable no era la Condesa sino el
mismo Zakunine. Sin duda, si lo hubiera conocido antes, cuando el mal no
haba echado an races tan profundas en l, le habra curado; pero el
encuentro haba ocurrido tarde, y si el Prncipe haba olvidado durante
un corto tiempo sus inveterados hbitos de vida y pensamiento, muy
pronto haba vuelto a ellos. Y cuando las continuas relaciones de su
espritu crecieron en violencia, hizo que la Condesa sufriera hasta
ultrajes, por haber credo en sus promesas de arrepentimiento.

Creyendo en esas promesas, la Condesa le haba conducido a Italia, a
Miln, a los lagos lombardos, a los lugares familiares para ella, a las
casas donde haba vivido, esperando que estando lejos de sus
correligionarios y por virtud del benfico clima moral, la curacin
fuese ms pronta. Lejos de eso, el desengao haba sido ms rpido.
Zakunine se hizo expulsar de Italia y la aventura produjo mucho ruido en
la pennsula: por ms que el solo nombre de un revolucionario como aquel
pudiese justificar la medida adoptada por la polica italiana, el
ministro Francalanza fue acusado de haberla dictado por razones ntimas,
porque haba de por medio una gran dama: vivas interpelaciones hubo con
ese motivo en el Parlamento. El escndalo hiri dolorosamente a la
Condesa; pero, sin embargo, sta sigui al desterrado, aceptando para
ella tambin el destierro.

Fuera de Italia, el Prncipe se haba dado nuevamente en cuerpo y alma a
las conspiraciones y a los amoros. Haca menos de un ao que poco haba
faltado para que triunfara una tentativa de revolucin en Rusia, ideada
y dirigida por l. La nave que deba transportar al Zar de San
Petersburgo a Cronstadt saltaba por los aires; en Mosc se sublevaban
dos regimientos; una columna de ciudadanos de Siberia marchaba, armada,
hacia los Urales y un puado de expatriados desembarcaba en Crimea y
pona a sangre y fuego las provincias meridionales del Imperio, todo al
mismo tiempo. Si el autcrata se hubiera encontrado en el buque volado,
su muerte, en el instante preciso en que los audaces revolucionarios se
alzaban en armas por tantas partes a la vez, habra sido probablemente
el principio del fin; pero por causa de un imprevisto cambio, la corte
haba tomado la va terrestre, y entonces las revueltas parciales fueron
ahogadas en sangre: de los cabecillas, el nico que sobreviva era
Zakunine, que se haba mantenido lejos.

Tal era el hombre que Roberto Vrod acusaba de haber muerto a la Condesa
d'Arda.

--Ser este hombre capaz de haber cometido el asesinato?--se preguntaba
Ferpierre, y contra la opinin de Julia Pico, se contestaba:--S, es
capaz!

Pero haba realmente dado muerte a la desgraciada Condesa? La capacidad
de distinguir, por s sola, no vala nada. Cierto que Florencia d'Arda
haba consignado en el diario, esta amenaza suya: Si t me abandonas
cuando ya no te ame, te lo agradecer; si me traicionas cuando todava
te ame, te matar. Pero, como el juez haba demostrado a Vrod, no era
verdad que la Condesa hubiera traicionado al Prncipe: si se hubiera
visto amada todava por l, habra encontrado mayores dificultades para
dejarlo, y la idea de permanecer a su lado por deber, esa idea que
pareca dominar en su pensamiento, habra sido reforzada por el
presentimiento del dolor que le haba infligido dejndolo. Y antes que
todo, haba que probar que en realidad el Prncipe hubiera vuelto a
amarla.

Qu haba hecho en los ltimos tiempos? Era necesario creer que tuviese
en algn lugar secreto los documentos relativos a su accin
revolucionaria, pues en su domicilio de Zurich se haban hallado muy
pocos, aunque estos mismos no dejaban de tener importancia. Algunas
cartas de correligionarios, con fechas recientes, estaban llenas de
sordas acusaciones. Sus compaeros de Rusia se quejaban a una voz de su
silencio, de su tibieza; le reprochaban que no mantuviese ciertas
promesas con las que ellos contaban, y casi le acusaban de traicin. Los
nihilistas haban acordado otra tentativa inmediatamente despus del
ltimo desastre, tentativa desesperada e intil, pero que, sin embargo,
habra demostrado que ni el rigor de la ms furiosa reaccin apagara su
ardor ni disipara sus esfuerzos. Y escriban a Zakunine: Mientras
nosotros estamos aqu dispuestos a rendir la vida, mientras no
esperamos ms que una palabra, t nos abandonas? Acaso se te agot el
valor en Cronstadt? Y eso que all no arriesgaste gran cosa! Estabas
lejos, bien seguro, mientras que aqu otros moran!...

Cmo era posible que Zakunine se dejara dirigir tales reproches? Sus
correligionarios le acusaban sin razn, o en realidad su celo se haba
entibiado? Y en tal caso, cmo y por qu aquel obstinado rebelde haba
podido apartarse del propsito de su vida?

Pensando que ya en ocasin anterior, en los comienzos de su amistad con
la Condesa d'Arda, el Prncipe haba casi abandonado la propaganda,
considerando tambin que antes de haber concebido el ideal poltico el
joven se haba transformado por amor a la Princesa Arkof, el juez crea
poder sospechar que el amor fuera otra vez la razn de aquel cambio. Se
trataba de la antigua pasin por la Condesa, resucitada de improviso, o
ms bien de alguna nueva aventura? Ferpierre no poda rechazar _a
priori_ la idea de que Zakunine haba vuelto a amar a Florencia d'Arda,
aun despus de haberla infligido tantos tormentos: en un espritu como
el suyo, inclinado a los extremos, obediente a solicitaciones
contrarias, esa renovacin sentimental era posible, especialmente desde
que la Condesa amaba a Vrod.

Pero el comportamiento del Prncipe en los ltimos tiempos no era para
acoger tal hiptesis. Si de las declaraciones de Julia Pico resultaba
que recientemente Zakunine haba sido bueno con su antigua querida,
tambin era cierto que haba continuado viviendo lejos de ella. Una
visita de pocos das cada dos semanas y hasta cada mes, poda
satisfacer a un corazn enamorado y celoso? Poda Zakunine, si la
amaba, permanecer lejos, cuando saba que otro quera arrebatarle su
bien? Si el amor, un amor bastante violento para empujarlo al delito,
hubiese renacido en su corazn, era natural que fuera a arrojarse a los
pies de la Condesa, que se mostraba por fin convertido y redimido, y la
indujera a huir con l, a esconderse con l en algn rincn ignorado del
mundo. Apenas el Prncipe hubiera dicho a la Condesa algo parecido, sin
duda sta se habra sentido fortalecida en su resistencia contra Vrod,
y algo habra dicho de ella en su diario. O haba que creer que
consumindose de amor y de celos, no haba dicho una palabra, por amor
propio, por altivez? Esto no era de creer en un hombre como l, en un
hombre cuyo pensamiento se tornaba rpidamente en accin como el de un
nio. Por qu motivo volva entonces al lado de su amiga, y la trataba
mejor en sus visitas demasiado breves y raras?

Ferpierre descubri este motivo cuando ley, entre otras cartas, algunas
de negocios que el administrador de los bienes de la Condesa d'Arda le
haba escrito de Italia; en ellas se hablaba de letras del Prncipe, de
cuentas que tena que rendir, de sumas que se le haban enviado por
conducto de banqueros. Era evidente que Zakunine, comprometida toda su
fortuna en la obra revolucionaria, necesitado adems de mucho dinero
para su vida disipada, haba recurrido a su amiga. En los primeros
tiempos, la intimidad de sus relaciones disculpaba, ya que no legitimaba
esos prstamos: ms tarde, concluido el amor y comenzados los malos
tratos, no se haba encontrado en situacin de satisfacer sus
compromisos. Y entretanto, sus necesidades se haban hecho ms urgentes.
La ltima conspiracin de Cronstadt le haba costado tanto, que despus
no haba sabido qu hacer: algunas cartas encontradas en Zurich,
contestaciones a otras suyas, demostraban que se haba dirigido a
diversas partes insistiendo con apremio para que se le ayudara.

Esta lectura inspir a Ferpierre una grave duda: Habran asesinado
Zakunine y la nihilista a la Condesa para apoderarse de su dinero?...

La sospecha no era irrecusable sin examen. En la casa de la muerta se
haban encontrado muchos valores, pero la Condesa era tan rica, que bien
poda haber tenido en su poder el ltimo da una suma mayor. Si el hurto
era el mvil del crimen, los dos rusos podan, exprofeso, no haber
robado todo el dinero; pero en tal caso era difcil explicarse la manera
ruidosa como haban dado muerte a su vctima y el agudo dolor que
Zakunine haba demostrado, ni se poda decir cmo y dnde haban
escondido las sumas robadas, en los pocos momentos transcurridos entre
el tiro y la llegada de los criados. Habra que considerar a alguno de
stos como cmplice? O ms bien, los rusos esperaban substraer el
dinero despus de haber hecho creer en el suicidio no previendo la
acusacin de Vrod?

Ferpierre acord hacer preguntar a Miln, al contador de la casa d'Arda,
si los valores encontrados en la _villa Cyclamens_ eran exactamente los
que deban existir all, y al mismo tiempo interrogar a los criados de
la villa para descubrir si alguno de ellos poda, en la confusin del
primer momento, haber visto a los asesinos tomar las sumas que faltasen.
Pero por ms que el magistrado creyera que todo era posible en el mundo,
no admita que Zakunine fuera perverso hasta el punto de matar por
robar. La suposicin que se poda, que se deba hacer lgicamente era
otra: Zakunine volva al lado de la Condesa, no porque sintiese amor
hacia ella, sino por la necesidad de la ayuda que pudiera darle
espontneamente. Extremadamente rica, habituada a no gastar en s misma
ni la cuarta parte de sus rentas, poda sacar inmediatamente de apuros a
su antiguo amante. Por eso iba el Prncipe a verla de vez en cuando y se
mostraba ms amable con ella. El amor, la pasin que no sufre retardos
ni alejamientos, lo entretena en otra parte, lo haca vivir en Zurich,
donde viva la Natzichet.

Era creble que aquel hombre, a quien la leyenda atribua tantas
queridas como a don Juan, hubiera permanecido en compaa de la
estudiante, sin que la comunidad de doctrinas y propsitos originase
relaciones ms ntimas? Y no faltaban indicios que apoyaran esta
sospecha. Lo mismo que los correligionarios de Rusia, los de Inglaterra
se volvan tambin en contra del Prncipe, reprochndole que los hubiera
abandonado. La presencia de usted aqu es necesaria, le escriban de
Londres; hace cuatro meses que le esperamos: qu le impide venir?
Buen momento para que faltara usted a su palabra!... O alguna nueva
aventura lo retiene por all?...

--Haba tenido el que escriba esa carta algn aviso de los amores con
la joven prfuga?

Entre las cartas de la Natzichet no encontr el juez alguna que le
sirviera. Todas se referan a los estudios de la nihilista, haba muchas
escritas sobre las cuestiones sociales ms discutidas, borradores de
artculos destinados a la revista americana _The Rebel_, y a otras hojas
espaolas y holandesas de las cuales la autora era corresponsal. Por ms
que su antipata por la joven no cediera, el magistrado se vea obligado
a reconocer que sta posea una cultura fuera de lo comn: escriba
correctamente el espaol, el ingls y el alemn; enviaba a los
peridicos bibliografas en que daba cuenta de toda clase de
publicaciones cientficas y filosficas. Las informaciones recogidas de
la polica de Zurich eran, por otra parte, favorables a la nihilista.
Tres aos antes haba salido de Rusia, sola, sin recursos, despus de
haber sido deportados su padre y su hermano a Siberia por actos
revolucionarios. En Zurich haba comenzado a estudiar medicina, viviendo
de su trabajo, de traducciones de obras cientficas hechas por cuenta de
editores alemanes y franceses. Estaba en relaciones con todos los
refugiados polticos, pero no haba tomado parte activa en las
conspiraciones: por el contrario, de palabra y por escrito desaprobaba
los continuos e intiles sacrificios de vidas. Se inclinaba a la
propaganda moral, a la preparacin de las conciencias; pero, naturaleza
ardiente y viril, no haba vacilado en descender hasta la accin si le
hubiese sido necesaria.

Y aunque de sus relaciones con el Prncipe nada se dijera de preciso, la
sospecha de que fuera su querida se confirmaba. Enamorado de ella, su
compaero constante en Zurich, no habra Zakunine abandonado a los
impacientes agitadores, tanto por la enervante accin del amor cuanto
por la persuasin que directamente ejerca sobre l la joven? No se
habra propuesto sta hacer que el joven se desengaara, demostrarle la
locura de las carniceras intiles?

Estas suposiciones parecan verosmiles a Ferpierre. Y la acusacin de
Vrod continuaba apareciendo infundada. Si el joven amaba a la
nihilista, sus relaciones con la Condesa no eran por eso un obstculo
que lo impulsara a matar a sta. Poda ese rebelde, para quien la ley
coercitiva no tena valor, sentirse atado por un escrpulo enteramente
moral? Y no haba, en realidad, dejado otras veces a su querida por
correr en busca de nuevos placeres? Qu le impeda hacer otro tanto,
con mayor libertad que la primera vez? Cierto que haba vuelto al lado
de la Condesa y la haba tratado con mayores consideraciones; pero si
esto deba demostrar que estaba arrepentido de sus malos procederes de
antes, el mismo arrepentimiento, la presencia de esos escrpulos en su
mente contradecan la hiptesis del asesinato; mal poda desear la
muerte de un ser, quien se arrepenta de haberle ocasionado dolores.

Si el Prncipe hubiera estado casado con la difunta, y, cansado de ella,
hubiera querido contraer matrimonio con la nihilista y la nihilista
hubiera querido casarse con l, se podra reconstruir racionalmente el
drama en otra forma: fingiendo arrepentimiento, el marido volva al lado
de su mujer, la persuada de su conversin, persuada a los dems, para
disipar toda sospecha, y luego, solo o con la complicidad de su querida,
la mataba para verse libre. Pero Zakunine no estaba unido
indisolublemente a la Condesa, ni se poda creer que quisiera casarse
con su joven compatriota; haba que abandonar todas esas suposiciones.
El arrepentimiento de aquel hombre era sincero, o por mejor decir
creble, porque tena una causa: la necesidad de dinero. Fuera de esto,
ninguna razn, por sutil que fuera, poda explicarla.

En su larga y variada experiencia, Ferpierre haba estudiado con mucha
atencin las pasiones humanas, y saba que los amantes infieles suelen
sentirse sobrecogidos, en el momento de la traicin, por un movimiento
de compasin hacia la persona que traicionan. Conscientes del mal que
hacen, atenan su culpa acordando a esa persona una conmiseracin que
parecera demostrar su bondad de alma, pero que en el hecho es un placer
de egosta, y, por lo tanto, ofende ms a los traicionados. El Prncipe,
que haba olvidado y hasta despreciado a su amiga por correr tras de los
placeres, poda haberse sentido inclinado a pagarse de esta presuntuosa
compasin: para mejor gozar de su propia dicha, haba ido sin duda a
contemplar el espectculo de la infelicidad que l mismo haba
ocasionado, a consolar hipcritamente a su vctima.

Si esta era la justa explicacin de los sentimientos de Zakunine cul
era el efecto que su accin haba producido en el nimo de la Condesa?
Amando como amaba a otro hombre, poda haber estado celosa de la
nihilista, y en la impotencia de los celos haberse dado la muerte? Eso
no se poda creer. Por el contrario, la certidumbre de que el Prncipe
perteneca a otra, deba haberla servido en cierto modo para creerse
libre, no obstante la seriedad del compromiso que haba contrado con su
conciencia: no era improbable que se hubiese dicho que los ms la
disculparan si recoga su palabra. Pero contra este acomodamiento
estaban todos sus escrpulos, y la hiptesis del suicidio pareca bien
natural si la desdichada haba ignorado que la compasin del Prncipe
era falsa. Al creerla sincera, ignorando que el Prncipe tena un nuevo
amor, deba haber visto crecer la dificultad de corresponder a las
esperanzas de Vrod. Pero ignoraba en realidad el nuevo amor del
Prncipe? O mejor dicho, amaba realmente el Prncipe a la nihilista?
Ferpierre comprenda que ante todo deba cerciorarse de esta opinin,
sin duda verosmil, pero an no probada.

Mientras se encaminaba el juez a la crcel del Evech, donde los
acusados estaban detenidos, iba pensando en la manera de iniciar el
interrogatorio de la joven. La actitud desdeosa asumida por sta el da
de la catstrofe, le haba inspirado el deseo y casi la necesidad de
medirse con aquel altivo espritu, para doblegarlo y confundirlo.

Mientras que los guardianes iban en busca de la acusada para conducirla
ante el magistrado, el director de la prisin refera a ste que la
actitud de la joven haba sido durante sus das de encierro, la de una
persona que no solamente est tranquila, sino que desafa toda sospecha.
Se haba quejado de la celda y de los alimentos, haba pedido que la
dejasen leer y escribir, y haba escrito efectivamente un estudio sobre
la emigracin suiza, lleno de cifras y datos estadsticos. Cuando la
hicieron entrar en el gabinete del director, se sent, a una sea de
Ferpierre, y sosteniendo la mirada interrogadora de ste, se cruz de
brazos.

--Parece que por fin se le ha despertado a usted la memoria!--comenz
el juez.--Y si los datos y cifras que ha consignado usted en este
escrito son exactos, veo que su memoria es adems excelente! Por lo
tanto, me permito esperar que no fallar con respecto a lo que por ahora
nos es ms til saber. Cunto tiempo hace que conoce usted al Prncipe
Alejo Petrovich?

--Muchos aos.

--Desde Rusia?

--S.

--Cmo le conoci usted?

--Era amigo de mis hermanos.

--Los cuales, naturalmente eran sus correligionarios?... Despus que
usted sali de su pas dnde lo encontr?

--Aqu, en Lausana.

--Estaba solo?

--No.

--Con la Condesa?

--Con ella.

--Fue usted a buscarle? Cmo se vieron?

--Supo mi llegada, y fue l mismo a buscarme.

--Con qu objeto? Para tener noticias de Rusia? Para arrastrarla a
usted a sus conspiraciones?... Conteste usted!

Despus de un momento de silencio, la joven contest:

--Para ayudarme.

--De qu modo?

--Yo estaba sola, sin recursos, en pas desconocido. Vino a ofrecerme su
apoyo.

--Le dio dinero?

--Me lo ofreci, pero yo lo rehus.

--Entonces, cmo la ayud a usted?

--Me recomend a varias personas conocidas suyas, me consigui lecciones
de ruso, me proporcion la ocasin de escribir en los diarios y
revistas.

--Cunto tiempo estuvieron juntos?

--Un da.

--Usted se fue, o l?

--Yo.

--Se fue usted a Zurich?... Se escribieron?... Y cundo se volvieron
a ver?

--Un ao despus, en Lugano.

--Estaba solo?

--S.

--No sabe usted por qu? Comprendi usted que ya no amaba a la
Condesa?

--No me ocup de esas cosas.

--Por qu fue usted a Lugano? Qu haca l all?

La joven no contest.

--No quiere usted decirlo?

--No puedo.

--Le ayudaba a usted el partido?

Otra vez se qued muda.

--Cunto tiempo estuvo usted en Lugano?

--Tres das.

--Y despus?

--Volv a Zurich.

--Cundo parti l?

--En abril.

--Para hacer qu?

Como la joven siguiera callada, Ferpierre continu lentamente:

--Tampoco ahora quiere usted contestar?... Comprendo esa reserva. No
puede usted o no debe revelar los secretos de su asociacin. Y con su
silencio querra usted significar que el Prncipe vino a Zurich
expresamente para trabajar en la propaganda, para conspirar, por una
razn poltica en definitiva. Pero advierto a usted que antes de creer
en esto hay que aclarar algunos puntos obscuros. Durante el tiempo en
que, segn usted, estuvo el Prncipe en Zurich por motivos polticos, le
escriban de Rusia, de Inglaterra, de todas partes, cartas en que lo
llamaban, le reprochaban que descuidara la causa, lo acusaban de tibieza
y casi de infamia. Tenemos una porcin de esas cartas que son muy claras
al respecto. Cmo se explica usted esas contradicciones?

La joven movi la cabeza sin pronunciar una slaba.

--Persiste usted en no querer contestar?... Y cmo explica usted que
cuando Zakunine sale de Zurich y viene aqu a Ouchy, usted, que antes no
le haba buscado, corre a verle, repetidas veces, en una casa que no era
suya, y con l la encontramos all mismo el da de la catstrofe?
Tampoco contesta usted ahora? Pues entonces, voy a decirle algo ms:
entre estas cartas, en las cuales casi se le acusa de traicin, hay una
de un amigo que lo conjura a no caer nuevamente en una debilidad que
parece serle habitual: la de dejarse seducir por las mujeres, de
dedicar una parte demasiado grande de su tiempo, a la galantera... Ese
amigo que lo escribe como si ya supiera que en realidad una nueva
aventura con otra mujer lo distrae del cumplimiento de su deber para con
sus compaeros... Por qu evita usted ahora mis miradas? Si yo la
preguntara quin es esa mujer, qu me contestara usted?

La rusa respondi con firmeza, fijando sus ojos en los del juez.

--Soy yo.

--Ah! confiesa usted?--exclam Ferpierre.--El otro da se ofenda
usted de mis sospechas!... Bien! Ahora dgame: cundo se efectu ese
cambio de relaciones entre ustedes?

--Cuando l vino a Zurich.

--Vino expresamente por usted?

--No.

--Por qu entonces?

--Por motivos polticos.

--Explqueme usted cmo se realiz ese cambio de relaciones. En dos
aos no se haban visto ustedes ms que dos veces. La dijo a usted en
una u otra alguna palabra de amor?

--Ninguna.

--Y usted?

--Yo le am desde el primer da que acudi a socorrerme.

Por ms que la joven trataba de dominarse, su voz revelaba una secreta
turbacin.

--Entonces, fue usted la primera en hablar?

--No.

--Fue l quien se declar, as, de improviso, despus de no haber
pensado en usted durante dos aos?

--Permaneci varios meses en Zurich y nos veamos todos los das.

--No supo usted que, despus de haber abandonado a la Condesa, vino
precisamente de Zurich a buscarla?

--No.

--Cmo es posible? Hace un momento me contest usted tambin al
preguntarle si conoca las relaciones de Zakunine con la italiana, que
usted no se ocupaba de esas cosas. Si le amaba usted realmente cmo no
senta usted el deseo ardiente de verlo libre?

--Yo saba que era libre.

--Quiere usted decir que su compromiso con la Condesa no era vlido
para l?

--Quiero decir que ya no la amaba.

--Pero no saba usted que ella s le amaba?

--ltimamente tampoco lo amaba.

--Entonces por qu volvi a su lado?

--Tenan intereses comunes.

--Llama usted intereses comunes a esos prstamos en que l es el
deudor?... Pero si ella no la amaba ya, no poda estar celosa de usted!

--No.

--Entonces por qu se habra dado la muerte?

--No s. A causa de sus escrpulos, probablemente.

--Porque quera a otro y no poda ser suya?

--No s. Tal vez. El suicidio, aunque parezca largamente meditado, se
realiza siempre por un impulso momentneo o imprevisto. Basta con un
motivo de dolor. Ella tena muchos.

--Razona usted muy bien!... Saba el Prncipe que la Condesa amaba a
otro?

--No lo creo.

--Nunca habl con usted de eso?

--Nunca.

--Ahora vamos a interrogar al Prncipe.

La joven sali, y el juez orden que se introdujera en el despacho a
Zakunine.

La actitud de ste en la prisin haba sido completamente distinta de la
observada por su presunta cmplice. Nada haba pedido para s, ni
alimentos, especiales, ni libros, ni papel; de nada se haba quejado;
casi no haba hablado una palabra: los guardianes contaban que pasaba el
tiempo acostado en su cama inmvil, como si durmiese. En su aspecto
general, en sus ojeras profundas, era visible el trabajo que se
efectuaba en su interior; pero, qu era lo que lo mortificaba? La
injusticia de la acusacin, o el remordimiento del delito? Cuando
Ferpierre le pregunt si persista en sus declaraciones, si nada tena
que aadir para justificarse, contest con voz ahogada:

--No.

--El otro da reconoci usted sus faltas, confes que no haba
correspondido al afecto que le profesaba la Condesa. Si ya no la amaba
usted por qu no la dej que siguiera su destino?

--Ella quera que yo siguiera siendo suyo.

--Aun a sabiendas de que su persona era ya para usted indiferente?

--Crea haberse unido a m para siempre.

--Y usted senta a veces, entre una y otra correra, algo as como la
obligacin de volver por un tiempo a su lado? Ese sentimiento lo honra
mucho a usted!

El Prncipe mir la cara de Ferpierre, casi en actitud de replicar la
irona de la observacin; pero luego inclin la cabeza y en voz baja,
con acento de amargura, dijo:

--Ese sentimiento fue en extremo fatal!... Efectivamente, cuando ya
poda creerse libre de m y pensar en disponer de su vida en otra forma,
yo vine a recordarle su antiguo compromiso, el error que deba pesar
irreparablemente sobre ella!

Hablaba as porque esa era la verdad, o porque, culpable, comprenda la
eficacia de la defensa en tal forma?

--Y tambin tena usted que recurrir a ella por dinero?

Zakunine alz la frente al or esa pregunta, y fij bruscamente la
mirada en los ojos del magistrado; pero en seguida los baj otra vez,
confuso.

--Qu le ha retenido a usted en Zurich durante todo este verano?

--La propaganda.

--No es cierto. Las cartas dirigidas a usted por sus correligionarios de
Rusia y de Inglaterra lo acusan de haberlos traicionado.

Por tercera vez fij el acusado su mirada en la cara del juez, y se
estremeci.

--Tena que ayudar a otros. Cree usted que yo le voy a revelar secretos
que no son mos? Quiere usted aprovechar mi prisin para instruir un
proceso poltico?

--No, no! Estoy dispuesto a admitir que usted dejaba sin respuesta las
cartas de algunos de sus compaeros, no por falta de celo, sino por
ayudar a otros. Alejandra Natzichet, por ejemplo, le ocupaba a usted
mucho...

La mirada del Prncipe relampague.

--No hable usted as,--dijo sordamente.

--Y por qu no quiere usted que hable? De todas partes se le acusa a
usted de haber dejado enfriar su entusiasmo y hasta de tener miedo;
usted deja a los jefes de su partido reunirse en Londres y no va a
verlos, y eso lo hace usted por no moverse de Zurich, donde vive la
mujer que el da de la tragedia encontramos a su lado, en una casa que
no es la de usted... no quiere usted que atribuyamos ese cambio a la
frecuentacin de esa mujer, a su amistad?

--No hubo cambio alguno. Repito que los planes que nosotros seguimos son
mltiples, que son muy numerosos. Es cierto que no fui a Londres, pero
hice otras cosas, no menos tiles.

--Usted no quiere decir cules son esas cosas, y hace bien, porque as
insina usted la idea del deber sectario. Pero otro deber, que con ms
facilidad se comprende, le impide a usted confesar sus relaciones con la
Natzichet. Mas le advierto que su delicadeza es superflua, porque ella
misma ha confesado.

--Qu?--exclam el Prncipe, con acento de profundo estupor.

--Que usted es su amante.

--Ella ha dicho eso?--dijo con otra exclamacin el acusado, expresando
con la voz y con la mirada la imposibilidad de creer en semejante
revelacin.

Ferpierre guard un momento silencio, ocupado en observarle.

El asombro de aquel hombre pareca sincero. Haba mentido, pues, la
nihilista? Y por qu? Qu motivo poda haberla impulsado a confesar
una cosa que tena que ser perjudicial para su reputacin? Y aun en el
caso de que, rebelde a todas las preocupaciones, no le importara lo que
se dijera de ella, era necesario, para que mintiera as, que persiguiese
algn propsito. Pero, no era ms probable que hubiera dicho la verdad
y el Prncipe fingiera ese asombro porque conoca el dao que semejante
confesin tena que causar a ambos?

--Ella misma lo haba dicho!--repiti el magistrado.--Se asombra
usted?

--Eso es falso!--replic el Prncipe.

--Cunto tiempo hace que la conoce usted?

--Tres aos.

--Cmo la conoci?

--Era amigo de sus hermanos.

--Cuando emigr a Suiza vino usted a buscarla? La socorri usted?...
Ya ve usted que estoy bien informado! Ella misma me lo ha referido
todo. Primero la vea usted raras veces; pero desde abril, desde que se
qued usted en Zurich, han estado juntos. Quiere usted reconocer, s o
no, que es usted su amante?

La impaciente dureza de esta pregunta hizo que el acusado mirara al juez
en los ojos: las venas de sus sienes se hincharon, sus dientes crujan,
todo revelaba su ira.

--Hace usted mal en no contestar. Me obliga usted a carearle con ella.

Y Ferpierre orden que volvieran a llamar a la rusa.

A la sorda ira del Prncipe iba sucediendo una visible inquietud:
pareca que el acusado se considerara en ese momento amenazado, que
tuviera miedo, que no supiera por qu lado escapar. Cuando la joven
lleg, fij en sus ojos una ardiente mirada.

--La he hecho llamar a usted otra vez--dijo el juez--para que repita
usted en presencia de este seor, lo que me dijo antes a m. Es usted
su querida?

El Prncipe se inclinaba hacia ella, como si estuviera ansioso por or
la respuesta, o por sugerrsela l mismo.

--S--contest con firmeza la joven.

--Sabe usted--repuso Ferpierre sealando al Prncipe--que l aparenta
no creer que usted me lo haya dicho?

--Comprendo el motivo que puede aconsejarle ocultar la verdad. Pero esto
se llegara a saber de todos modos, y, adems, no me ofende.

La nihilista contestaba al juez sin mirar a su cmplice. Slo cuando el
juez se dirigi a ste para preguntarle si todava negaba, volvi la
cabeza y clav en l la vista.

--Es o no su querida?--repiti Ferpierre mientras los dos se miraban
fijamente, la mujer con serenidad dominadora, el Prncipe titubeante y
turbado.

Por ltimo, el joven inclin la cabeza como si confesara.

--Entonces usted volvi al lado de la Condesa y se mostr arrepentido
de sus faltas para con ella, nicamente porque necesitaba usted dinero?

--Qu dice usted?--profiri Zakunine desdeosamente.

--Y entonces por qu?--insisti el juez.

--Yo le suger que volviera al lado de la Condesa--dijo la joven.

Y como el Prncipe hiciera un nuevo movimiento de protesta, agreg:

--No tema usted perjudicarme. Es preciso decir la verdad. Confirme
usted, porque es as, que yo le suger que volviera al lado de la
Condesa para proponer una separacin franca y leal. No me arrepiento de
haberle dado ese consejo. Todo es preferible al equvoco. No siendo
posible ya que usted siguiera viviendo con ella, como se lo haba
prometido, deba usted devolverla su palabra para que no alimentara
nuevas ilusiones. Si eso la doli y la impuls a matarse, tal resultado
es ciertamente desagradable; pero ni a m ni a usted se nos puede hacer
responsable de l. En circunstancias parecidas haramos otra vez lo
mismo, y cualquiera en nuestro lugar lo hara.

--Dejemos aparte--dijo Ferpierre,--el juicio sobre la supuesta conducta
de ustedes. Antes de juzgarla importa cerciorarse de ella. Ahora, si
usted aconsej a su amante que volviera al lado de la Condesa para
despus separarse lealmente de ella, lo probable es que l interpretara
mal la insinuacin, y que en vez de decir francamente a esa seora que
todo haba concluido, se le mostrara ms afectuoso que nunca, ms
arrepentido y sumiso. Me parece que reanudar un vnculo es un modo muy
extrao de romperlo...

Ferpierre haba hablado mirando al Prncipe. Este continuaba mudo y
confuso; pero la joven replic:

--Se asombra usted de que en el momento de dejar para siempre una
persona antes amada, el recuerdo del tiempo que se ha vivido junto con
ella entristezca, conmueva, haga penoso el deber de la franqueza y
retarde su cumplimiento?

--Yo haba hablado con l y a l le tocaba contestarme...--observ
Ferpierre con un ambiguo movimiento de cabeza, como si el celo de la
joven le inspirara sospechas.--Pero ya que usted est tan bien informada
de lo que sucedi entre ellos, aunque primero neg usted que se ocupara
de estas cosas, dgame ahora si el seor cumpli por fin ese deber de la
franqueza, pues yo s por otras declaraciones, que hasta la vspera de
la catstrofe no haba devuelto su palabra a la Condesa, lo que haca
que sta se creyera ms atada que nunca.

--Lo que pas no sucedi entre ellos solos: yo estaba presente.

--Cundo?

--El da de la muerte, la misma maana. Puesto que es necesario decirlo
todo, voy a explicar a usted por qu me encontraba en aquella casa. Yo
saba que la ltima explicacin deba venir y esperaba con impaciencia
que el Prncipe me anunciase su resultado. Pero viendo que no iba a
Zurich, vine yo en su busca. Le encontr vacilante an; temeroso de
causarle dao. Entonces le indiqu que la escribiera, idea que le
agrad. Estbamos en el escritorio, creamos que nadie nos oyera, cuando
la Condesa se nos apareci. Se puso a decir frases amargas contra l,
contra m, hizo que perdiera la paciencia, que olvidara la compasin, la
acusara de espiarlo, y le declarara que iba a partir para no volver. La
Condesa nos dej, y nosotros nos pusimos a preparar las cosas para el
viaje. Poco rato despus omos el tiro. Esta es la verdad.

--Confirma usted lo que dice esta joven?--pregunt Ferpierre a
Zakunine.

El interrogado contest con una breve inclinacin de cabeza.

--Cules fueron las palabras amargas que la Condesa profiri?

Todava fue la mujer quien contest:

--Dijo: Y es usted quien habla de lealtad? Es un escrpulo de
franqueza el que hace que ustedes se oculten aqu a conspirar en mi
contra? He sido yo hasta ahora un obstculo para los amores de ustedes?
Era necesario que me dieran su espectculo aqu mismo?

El magistrado permaneci un instante callado, contemplando a la
narradora, y luego, sin dejar de mirarla, dijo lentamente:

--Y usted cree que, despus de una explicacin tempestuosa, con el
desdn que deba henchir el corazn de aquella mujer, la versin del
suicidio sea verosmil? Cmo no se fija usted en que, con su poco feliz
invencin de una escena tan increble se ha colocado usted en un falso
terreno?

La joven contest con dureza arrugando el ceo:

--Dudar es el oficio de usted. Yo he dicho la verdad; tanto peor si se
vuelve en mi contra. Tiene usted algo ms que preguntarme?

En vez de esperar que el juez la despidiera, ella era quien lo
despeda.




VII

LA CONFESIN


La curiosidad despertada en el pblico por la tragedia de Ouchy haba
ido creciendo de da en da. La calidad de los personajes, lo extrao
del caso que reuna a personas procedentes de tantas partes y tan
distintas por su cuna y por su vida: un revolucionario conocido en toda
Europa por Zakunine; un escritor como Roberto Vrod; una dama de la
nobleza, como la Condesa d'Arda; un ser misterioso como Alejandra
Natzichet habran excitado el inters general, si para ello no hubiera
bastado la trama judicial.

La noticia del suicidio y la acusacin de asesinato se haban esparcido
al mismo tiempo y dividan la opinin en dos campos casi iguales. Sin
duda los que admitan la existencia del delito eran ms numerosos, pero
slo la inclinacin natural de los hombres a creer en el mal, y en parte
tambin la aversin por las ideas polticas del Prncipe y de la
estudiante, inducan a la sospecha, puesto que, al tratarse de demostrar
el fundamento de sta, nadie saba presentar razones vlidas.

Pero no faltaba quien los defendiera, y con bastante vivacidad. El hecho
de que los revolucionarios no retrocedieran ante el hierro y el fuego
cuando tenan que trabajar en la consecucin de su ideal, haba de
hacer que se les creyera capaces de un delito comn? No haba entre las
dos cosas una enorme distancia, y los ms feroces sectarios no suelen
ser, en la vida privada, personas de escrupulosa honradez y buenos hasta
la ingenuidad?

Los datos relativos a la vida de Zakunine y de la Natzichet
proporcionaban argumentos, tanto a los acusadores como a los defensores,
para insistir en sus opiniones.

En aquellas complejas naturalezas de esclavos, impetuosos y fros al
mismo tiempo, ya violentamente arrastrados por el ciego instinto, ya
rgidamente subordinados a la razn ms frrea, los unos y los otros
hallaban la capacidad y la incapacidad del delito.

Por qu haba de asombrar, o mejor dicho, no era natural, que en un
mpetu de celos, de odio, de rencor, esas personas, que se crean
superiores a todas las leyes, destruyeran una vida despus de haberse
dedicado a la destruccin de tantas obras?

Y del lado contrario se objetaba que no era creble que esas mismas
personas, cuya actividad estaba por entero dirigida a obtener un fin
condenado por los ms, pero grande y casi sagrado por eso mismo, se
perdieran en una aventura vulgar, cometiendo un intil delito. Cmo era
posible que dos personas que haban renegado de la patria, de la
familia, de la amistad, de todos los sentimientos que vinculan entre si
a los hombres, y eso con el solo objeto de trabajar ms libremente en
la destruccin del mundo, hubieran traicionado su causa por obedecer a
una pasin mezquina?

Los otros replicaban que esos reivindicadores de las mximas ideales
humanas no eran inaccesibles a las pasiones, sino que por el contrario,
lo eran y mucho--y lo probaban citando las numerosas aventuras del
Prncipe,--y que la razn, que en la generalidad de los hombres cede
bajo el imperio de la pasin, deba ceder en ellos tanto y ms an.

Largas y vivas eran las discusiones sobre la persona que debera en
realidad merecer la acusacin. Era el Prncipe el homicida? Y la
nihilista era inocente o cmplice? Las opiniones se dividan en esto
tambin: segn algunos, el hombre haba cometido el delito por celos de
Vrod, y, segn otros, la mujer lo haba cometido por espritu de
rivalidad.

Los que crean en el suicidio se apoyaban precisamente en esta
incertidumbre. Cmo acordar crdito a una acusacin que no poda
precisarse? Sostener que los dos juntos haban muerto a la Condesa no
pareca posible y slo algunos acusadores encarnizados en su odio a los
revolucionarios, decan que los dos haban podido ponerse de acuerdo en
el proyecto homicida. Si Alejo Zakunine quera castigar a la Condesa por
el amor que profesaba a Vrod, y si la nihilista quera castigarla del
amor que el Prncipe la profesaba, la complicidad perversa de los dos
quedaba demostrada.

Otros iban ms lejos, pues al saber que el Prncipe se encontraba en
dificultades de dinero, sostenan que los dos rusos haban muerto a la
Condesa por robarla. Pero era tanta la maldad que haba de admitir en
ambos para sostener esta hiptesis, que pocos crean en ella, y la mayor
parte de los acusadores reconocan que haba que dirigir los tiros
contra el uno o contra la otra, no contra ambos. Y como faltaban pruebas
para la acusacin o la defensa, cada uno de los partidos no insista
tanto en demostrar su propia teora como en combatir la contraria. Los
que culpaban, ya al Prncipe, ya a la nihilista, sostenan la
inverosimilitud del suicidio, y para afirmar la existencia de ste, los
otros aducan la inverosimilitud y la imposibilidad del delito.

El juez Ferpierre estaba atento a todas estas voces para tratar de
orientarse hacia el descubrimiento de la verdad. El ltimo
interrogatorio lo haba dejado an ms perplejo. Por qu haban
contestado los acusados de diverso modo a las intimaciones de que
revelaran la naturaleza de sus relaciones? Nada obligaba ciertamente a
la Natzichet a confesarse la querida del Prncipe y era extraa la
insistencia con que ella misma haba casi forzado al Prncipe a no
contradecirla. Si hubiera querido negarlo, poda haberlo hecho como l.
No era slo amor de la verdad lo que la haba impulsado a proceder as:
su idea deba ser que esa confesin era provechosa para el Prncipe.
Tampoco era solamente la delicadeza lo que haba persuadido al Prncipe
a negar sus relaciones con la joven, sino el temor de que, al decir la
verdad, empeorara su causa. Mientras ms pensaba el magistrado en sus
respuestas, ms reconoca que un inters secreto los haba colocado a
ambos en direcciones opuestas. Pero todava quedaba insoluble el
problema: se trataba de dos cmplices que procuraban salvarse, o ms
bien de dos inocentes que teman defenderse mal?

Ferpierre volva a sentirse atormentado por la duda: haba momentos en
que se preguntaba si no era su deber ponerlos en libertad; pero despus,
una sospecha que no haba podido explicarse con claridad, algo de
ambiguo en la conducta de los acusados, y ms que en su conducta en sus
expresiones, le aconsejaba esperar y seguir buscando.

Con respecto a la peor de las sospechas, la de un homicidio por hurto,
haba recibido el juez noticias de Miln, muy desfavorables para los
acusados. De las declaraciones del cajero de la casa d'Arda, resultaba
que las sumas de dinero que deba tener la Condesa eran mucho mayores
que las encontradas en la villa. Pero Ferpierre tuvo por autos las
pruebas de que el hurto no haba sido cometido. Interrogada Julia Pico
acerca de la honradez de los otros criados y de la posibilidad de que
alguno de ellos se hubiera entendido con los rusos, sus respuestas
disiparon toda sospecha. Dijo que su patrona practicaba mucho la
caridad, que daba y enviaba mucho dinero a los pobres y a las
instituciones caritativas de Lausana, de Niza y de Miln, lo que
confirmado por la Baronesa de Brne y por todos los extranjeros
residentes en el Beau Sjour: no estaba all la explicacin de la
diferencia entre las sumas halladas en casa de la muerta y las que
deban haberle encontrado?

Un nuevo registro en la _villa Cyclamens_ ms minucioso que el anterior,
excluy la idea de que hubiera dinero oculto en la casa, y por ltimo,
el interrogatorio de los sirvientes fue igualmente contrario a la
sospecha.

No quedaba, por lo tanto, ms que la hiptesis de la intencin del
hurto, y Ferpierre no crea en ella. Su opinin era que, si en realidad
exista el delito, la pasin lo haba determinado. Por eso importaba
cerciorarse de la naturaleza de las relaciones de los dos rusos; pero
ninguna luz arrojaron sobre ese punto las declaraciones tomadas en
Zurich entre las personas que conocan a Zakunine y a la Natzichet:
nadie saba si en realidad eran amante y querida; algunos lo
sospechaban, otros rechazaban la idea, y hasta sobre si eran o no
capaces de haber cometido el delito, los pareceres eran tambin en esa
ciudad muy diversos.

La carta dirigida por la Condesa a sor Ana Brighton habra revelado el
misterio; pero no era posible encontrar a sor Ana. Ya no estaba en Nueva
Orleans, donde haba fechado sus ltimas cartas halladas en casa de la
difunta, y nadie saba a qu pas se haba marchado. Ferpierre esperaba,
sin embargo, que un da u otro ella misma hiciera llegar a manos de la
justicia el deseado documento. Todos los diarios del mundo hablaban del
drama de Ouchy y decan que solamente la ltima carta de la Condesa
d'Arda poda aclararlo, confundiendo a los acusados si no anunciaba el
inminente suicidio, o salvando a dos inocentes si contena la confesin
de este propsito extremo. Pareca imposible que a la larga no tuviera
sor Ana noticia de la ansiosa expectacin con que se esperaba esa carta,
y no comprendiera su deber de entregarla a la justicia.

Mientras tanto, Ferpierre no poda ocuparse ms que en el drama de
Ouchy y de sus autores. Despus de haber conocido la vida de los dos
rusos, no negaba que las almas de uno y otro tuvieran sus lados buenos,
bondad disminuida y ofuscada por la dureza, por la violencia, por la
ferocidad. Acaso, tratados de otro modo, puestos en mejores condiciones
de vida, habran sido mejores? Pero el amor humilde, abnegado,
suplicante, de la Condesa Florencia, no haba servido para redimir a
Zakunine, y al pensar en el martirio de la infeliz, el magistrado se
negaba a toda indulgencia, reconoca que as como aquel hombre violento
haba querido la mortificacin de ese pobre ser delicado, tambin poda
haber querido su muerte.

En cuanto a la nihilista, su vida no estaba, como la de Zakunine, llena
de atrocidad, y la dureza de la suerte que la haba dejado sola a la
edad de veinte aos, la profundidad de sus estudios y la altura de su
inteligencia, hablaban en su favor; pero el juez no perdonaba a una
mujer, a una nia, el sangriento ideal de la destruccin, y si en algn
momento se inclinaba a excusarlo, ese vnculo con el Prncipe le pareca
sin excusa.

Cmo era posible que la joven se hubiera echado en brazos de un hombre
que jams haba sido firme en sus afectos? Desconocer las leyes, las
convenciones, las preocupaciones sociales era demasiado natural, en
ciertas condiciones del espritu, bajo la influencia de ciertos
ejemplos, por la eficacia de una prdica asidua. Ferpierre admita,
pues, que la joven fuera partidaria del amor libre, pero, sin embargo,
este amor deba ser correspondido, deba fundarse sobre una sinceridad,
sobre una fidelidad, siquiera temporal, de que Zakunine era incapaz,
como lo demostraba su pasado. De all deduca Ferpierre que esos dos
seres se haban unido sin la menor delicadeza de sentimientos, por mero
impulso instintivo, solamente por el ansia del placer, y de tan indigna
unin poda haber germinado el delito.

La confesin de sus relaciones hecha por la joven y confirmada por el
Prncipe, agravaba realmente, o mejoraba las condiciones de uno y otro?
En el pblico las opiniones continuaban dividindose: Si la Condesa,
perdido su amor por Zakunine, haba esperado, sin embargo, permanecer
con l, respetada y protegida, el tener que renunciar a esa ltima
ilusin poda haber colmado la medida y determinado el suicidio. Pero
contra esta suposicin estaba su nuevo amor, el amor por Vrod: si ella
por su parte amaba ya a otro no deba alegrarse del nuevo afecto del
Prncipe? Eso pareca tanto ms cierto, cuanto que la amistad de la
Condesa con Vrod no haba podido, segn los ms, ser inocente. Muy
pocos crean en la pureza de sus intenciones: el joven tena que haber
sido amante feliz de la dama italiana, pues si no qu inters poda
haberlo impulsado a formular la acusacin? Era creble que, amndose y
con la libertad de que ambos gozaban, se hubieran contentado con
suspirarse mutuamente? Cmo se poda creer que el joven se conformara
con un afecto fraternal? Y qu habra podido obligar a la Condesa a
resistirle? Puesto que ya haba pasado una vez sobre las leyes, fatal
era que continuase olvidndolas. Poda tampoco detenerla el temor o el
respeto por Zakunine, que no se ocupaba de ella, o mejor dicho, que la
descuidaba en todas las formas?...

Estas presunciones, al pasar de boca en boca, se convertan en otras
tantas pruebas irrecusables: ya no se dudaba de que Vrod hubiera sido
ltimamente el amante de la difunta. Y en esa certidumbre, al mismo
tiempo que en sus propias antipatas contra los nihilistas, encontraban
muchos una prueba del homicidio: la amiga de Vrod haba debido de
pensar, no en matarse, sino por el contrario, en gozar cuanto fuese
posible de su nuevo amor: el Prncipe y la Natzichet la haban
asesinado.

Pero las disquisiciones volvan a comenzar pronto, pues si entre el
ginebrino y la italiana no haba existido una amistad sencilla y
honesta, tanto menos, sencilla y honesta se deba creer la amistad de
los dos nihilistas: por consiguiente, si el Prncipe y la estudiante
eran amante y querido, ninguno de los dos poda pensar en dolerse del
amor de la Condesa, por Vrod, ni en querer el mal de la una ni del
otro: ambos deban, por el contrario, alegrarse, porque ese amor los
dejaba libres de hacer lo que ms les agradara. La muerte violenta de
Florencia d'Arda, fuera por suicidio o por asesinato, era inexplicable
sin una disidencia, sin una discordia, sin un drama: la hiptesis del
acuerdo de las dos parejas era inadmisible en presencia del
ensangrentado cadver.

Pocos estaban tan impuestos de la lucha ntima sostenida por la Condesa,
como el mismo Ferpierre. Siempre que se imaginaba el estado de la
conciencia de la infeliz en la vspera de la catstrofe, reconoca la
posibilidad del suicidio y hasta se deca que deba haberse suicidado.
Pero, adems de la acusacin de Vrod, las sospechas, de la opinin
pblica, la actitud de los acusados, una especie de secreto instinto y
su propia conciencia de magistrado le impedan confirmarse
definitivamente en esa opinin. Su larga experiencia de juez de
instruccin le deca que la verosimilitud de una hiptesis ante un hecho
obscuro, no excluye otra posibilidad; el amor de su profesin se
excitaba con la idea de que el caso que tena entre manos era muy
intrincado y difcil. Y realmente no recordaba haberse encontrado en
presencia de una dificultad mayor.

Fuera del drama ntimo que se haba desarrollado en el alma de la
Condesa qu otra lucha de sentimientos, de la parte de los acusados,
poda explicar la catstrofe? Forzoso era admitir nuevamente que, al
amar a la Natzichet, o mejor dicho, al entrar en relaciones con ella
para alargar la lista de sus triunfos galantes, el Prncipe no haba
olvidado del todo a la Condesa, o que en el momento de verla prxima a
caer en brazos de otro, haba sentido despertarse su amor por ella. La
segura posesin de un bien ocasiona un cansancio que hace pronto mirarlo
con poco aprecio, y no sucede a veces, que para que vuelva a sernos
caro, basta con la amenaza de perderlo? Con frecuencia es suficiente que
alguien aprecie lo que nosotros tratamos con desdn, para que, cambiando
de improviso de opinin, reconozcamos su valor. Necesario era, para
sostener la teora del asesinato de Florencia d'Arda, que en el Prncipe
se hubiera efectuado ese cambio: entonces solamente poda explicarse que
l la hubiera muerto, al saber que perteneca de corazn a Vrod, o que
la nihilista la hubiera muerto al saber que Zakunine volva a amarla.

Pero si la resurreccin del amor del Prncipe era indispensable para
explicar el delito, el asesino, dada esa resurreccin, no poda ser l.
Sus celos no habran sido efectivamente muy fundados, toda vez que la
Condesa le haba sido fiel hasta el ltimo momento, y por fidelidad a la
palabra empeada se haba esquivado de Vrod. Poda suponerse que la
sola certidumbre de haber perdido el corazn de su querida y la
conviccin de que no podra recuperarlo, lo hubiera impulsado al delito?
Tal vez aquello no era del todo increble, dada la violencia de su
naturaleza; pero, para admitirlo, se necesitaba todava que entre l y
la difunta hubieran mediado explicaciones, provocaciones, amenazas. Si
l la hubiera suplicado que lo siguiera amando, que no le abandonara, y
si ella le hubiera contestado que no quera seguir siendo suya, se
explicaba el asesinato; pero era creble que la Condesa, que haba
seguido sindole fiel y sumisa a pesar de su mal trato, se hubiera
rebelado al verle penitente y culpable? Teniendo en cuenta el carcter
de la difunta, haba que creer, por el contrario, que la resurreccin
del amor del Prncipe y sus insistentes ruegos hubieran aumentado su
turbacin, extremado su angustia, reforzado sus escrpulos, multiplicado
los dolores y dificultades entre los cuales se agitaba la infeliz.

Ferpierre llegaba as por una parte, a la confirmacin de los
razonamientos que se haba hecho ya; pero, por la otra, se senta
inducido a considerar agravada y en mucho la condicin de la Natzichet.
Al ver que Zakunine no era enteramente suyo, que por amor, o por
compasin, o por respeto, o por inters, perteneca an a la Condesa,
poda la rusa haber odiado a sta ltima. No era imposible que hubiera
mediado una explicacin entre las dos mujeres, provocada sin duda por la
nihilista, cuya presencia en la _villa Cyclamens_ no se explicaba muy
bien: aunque incapaz de desear el mal de nadie, la italiana haba
probablemente herido a la joven sublevndose ante sus amenazas, no
pudiendo tolerar que, despus de haber apartado de ella al Prncipe,
fuera a llevrselo de su propia casa: el resultado de esa explicacin
poda haber sido cruento. Pero cmo el Prncipe, que deba hallarse, si
no presente en esa escena, por lo menos cerca, no haba acudido a
impedir el delito? Y cmo la nihilista, que nunca entrara en el cuarto
de la Condesa, haba sabido hallar el arma que sta tena guardada?

Estas dificultades no inquietaban mucho al magistrado. Probablemente
Zakunine no se haba interpuesto porque no poda suponer que el coloquio
terminara en tragedia, y en cuanto al arma, tal vez ese da no estaba
guardada, o la joven saba dnde podra encontrarla.

Otra dificultad haba, enteramente moral y ms grave, la misma ante la
cual se haba detenido Ferpierre muchas veces: si la nihilista tena
conocimiento del amor de Florencia d'Arda por Vrod cmo poda desear
su mal? La rivalidad se explicaba en el caso de que la difunta hubiera
tratado de detener al Prncipe a su lado: eso no haba existido. Pero
era de creer que la Natzichet no supiese que la Condesa amaba a Vrod:
esa pasin que la muerte haba ahogado, que el joven haba contenido,
poda haber permanecido ignorada al no revelarla algn hecho exterior,
algn acto.

Por lo tanto, aunque estas suposiciones no estuvieran reforzadas por
pruebas y faltara an aclarar muchas cosas, el juez se iba afirmando en
la opinin de que, negado el suicidio, la sospecha ms verosmil debiera
pesar contra la mujer. El arrepentimiento del Prncipe y su vuelta al
lado de la antigua amiga, determinados por la necesidad de dinero o por
un sentimiento ms digno, impedan creer que Zakunine hubiera deseado la
muerte de una persona que le era nuevamente cara, y al mismo tiempo
explicaban el odio si no los celos de la estudiante. Si el
revolucionario pareca ms capaz de matar, era entretanto verosmil que
su posicin en el partido, la fiebre de la propaganda y sus graves
responsabilidades, le hubiesen impedido cometer un delito que lo pona
en manos de la justicia. En cambio, en la Natzichet, menos seriamente
comprometida, la conciencia de las responsabilidades era ninguna o muy
pequea; el deber poltico en ella, mujer, tena que oponer a la pasin
un obstculo menor, y si todava no pesaba sobre ella una condena por
crmenes, los informes de la polica la consideraban capaz de
consumarlos. Esa capacidad para el crimen, la violencia de sus
sentimientos, no estaban desde luego escritos en su fisonoma, en su
mirada? No haba en toda su persona, en todas sus palabras algo de
duro, de fiero, una continua provocacin, una sorda amenaza, una
rebelin implacable? Su misma actitud ante el cadver y durante su
prisin predisponan en su contra a Ferpierre. Primero haba negado que
fuese la querida de Zakunine; despus lo haba confesado, y estas y
otras contradicciones, as como la iniciativa que haba tomado en el
ltimo interrogatorio al contestar en lugar del Prncipe, revelaban, no
obstante su falsa indiferencia, su secreta ansiedad por salvarse.

Ferpierre se propona hacer con respecto a este punto nueva
investigacin. Si la joven era culpable cmo el Prncipe, al ver que la
acusacin pesaba sobre l, no se salvaba revelando la verdad?

Era evidente que esperaba salvarse con ella, valindose de todos los
argumentos favorables al suicidio; quera salvarla por amor, por
compasin, o ms bien por aquel sentimiento de confraternidad que la
comunidad de ideas deba crear y alimentar. Si el Prncipe hubiese sido
el homicida, no habra animado a la nihilista el mismo sentimiento? Era
de creer. Pero, qu habra acontecido si el inocente, cualquiera de los
dos que fuese, hubiera perdido toda esperanza de salvarse con el
culpable? Si ambos acusados se hubieran visto irremisiblemente perdidos,
no era cierto que el inocente habra concluido por sentir flaquear su
herosmo por salvar al culpable, o que el culpable mismo no hubiera
podido resignarse a la idea de arrastrar consigo al inocente?

Guiado por esta clase de razonamientos, pens Ferpierre en tentar una
prueba: llamara sucesivamente a los dos acusados, y a cada uno dira
que todas las sospechas pesaban sobre el otro. La actitud de uno y otro
poda ayudar al descubrimiento de la verdad.

Y una vez ms reanud el interrogatorio de la Natzichet.

Esta continuaba ocupando su tiempo en leer y escribir; su desdeosa
indiferencia no haba cedido ante los nuevos y largos das de prisin.

--Vengo a cumplir--le dijo el magistrado en tono de felicitacin,--un
deber muy agradable. La justicia est convencida de la inocencia de
usted. Est usted en libertad. Si usted ha credo que nosotros nos
gozamos en acusar, en sospechar a toda costa, yo deseara que al salir
de aqu se persuadiese usted de su engao. Nuestro deber es descubrir la
verdad, y por ms que este propsito sea el ms digno de todos, nosotros
tambin sufrirnos cuando por apariencias falaces mantenemos en prisin a
un inocente, as como gozamos cuando podemos ayudarlo a librarse. Repito
a usted, pues, que la justicia no tiene en adelante cuentas que pedirle.
Es evidente que el tiempo que ha pasado usted aqu dentro no podr serle
grato; pero supongo que no habr dejado de ser fructuoso para sus
estudios sociales.

Sin pronunciar una palabra, sin un movimiento que demostrara su placer,
impasible, inmvil la nihilista fijaba la mirada en el juez. Pareca que
no hubiera odo el breve sermn y Ferpierre crea que poco faltaba para
que le dijera:--Cundo habr usted terminado?...

--Indudablemente--continu el magistrado,--habra sido mejor para usted
examinar con libertad nuestro sistema carcelario; pero convenga usted en
que si hemos tenido que detenerla estos das, la culpa en parte ha sido
suya. El sentimiento que la ha guiado a usted es por cierto respetable y
la honra mucho; pero si, por no acusar a su amante, nos ha dejado usted
en la duda, somos nosotros responsables de que su prisin se haya
prolongado?

La Natzichet continuaba mirndole fijamente. Al or esta ltima pregunta
cerr por un instante los ojos, y dijo:

--Qu quiere usted decir?

--No comprende usted?

--No.

--Y sin embargo, no sera difcil... O espera usted todava que salga
libre junto con usted? La intencin de usted era y sera muy laudable,
si no ofendiera a aquella verdad que nosotros estamos tan obligados a
descubrir como ustedes a reconocer...

--Qu dice usted?...--interrog la joven con un movimiento de
indiferencia.

--Yo no digo nada--contest Ferpierre, encogindose de hombros y bajando
la vista a los papeles que estaban en la mesa.--El amante de usted ha
confesado ser l mismo el asesino!

Al evitar la mirada de la joven, obedeca el magistrado a dos impulsos
diversos. Era penoso para su rectitud emplear la mentira por descubrir
la verdad. Raras veces haba recurrido a ese medio: solamente en los
casos desesperados como aquel que tena entre manos, lo haba hecho, y
siempre venciendo una ingnita repugnancia. Y al mismo tiempo que un
secreto sentimiento, la vergenza, le haca apartar la vista, el
instinto y el hbito de la investigacin le aconsejaban insistir en su
actitud para que la acusada, no vindose ya observada, descuidara
contener la impresin verdadera que le causaba aquella revelacin.

Aparentando buscar algo entre los papeles, continu:

--Aqu est su declaracin debidamente firmada. Espera usted todava
salvarlo?

Diciendo esto la mir.

La rusa tena otra cara. Como si le hubieran arrancado la mscara de
despreciativa y soberbia dureza, sus plidas mejillas, sus labios
entreabiertos y sus ojos extraviados expresaban el dolor, el miedo, el
remordimiento, un sentimiento que Ferpierre no poda an precisar, pero
que sin duda era muy penoso.

--Lo siente usted?... Debe usted amarlo mucho!

El espectculo de aquella repentina turbacin distrajo al principio al
juez del embarazo que senta al entrar en un camino que no era el recto.
Pero viendo luego que ya estaba obligado a recorrerlo hasta el fin,
notando la angustia de la joven, senta crecer su repugnancia. No
estaba infligiendo a esa mujer, por amor a la verdad, una tortura moral?
Haba gran diferencia entre los horribles instrumentos de la antigua
inquisicin y la mentira con que l exploraba el alma de la acusada?

--Comprendo el dolor de usted; pero la supona preparada a soportarlo.
Usted ha hecho lo posible para desviar nuestras sospechas, y no puede
sentirse atormentada por el remordimiento de haber perjudicado al
Prncipe. Pero por oculta que est la verdad a la larga sale a luz. Y
este es el momento de advertir a usted que bien habra podido ser un
poco ms hbil. Cmo ha podido usted esperar nunca que yo creyera en
esa fbula de la ltima explicacin entre los tres? Y era tampoco
creble que el Prncipe, que haba vuelto al lado de la Condesa, segn
usted quera darme a entender, para separarse de ella definitivamente,
tardara tanto en hacerle esa declaracin? Si demor tanto fue porque
haba cambiado de propsito; porque, cuando ya iba a abandonarla, not
que ella tampoco pensaba en l, y entonces su amor propio herido lo
apart de su primera intencin. Entonces se dijo que esa mujer no deba
ser de otro, quiso que volviera a ser suya como antes, y se mostr
arrepentido, suplicante. A usted le ocult ese cambio, lo que era
natural; pero cmo no lo sospech usted al ver sus tergiversaciones?
Usted no poda dejar de fijarse en que tardaba demasiado en cumplir lo
que le haba prometido, y si l deca que la compasin le impeda dar un
golpe mortal a esa mujer, a usted debi advertirle su corazn de amante
que la vuelta del Prncipe al lado de la Condesa, era peligrosa, que la
pasin, cuando parece muerta y ya sepultada, surge de improviso, ms
gallarda que antes. Cuando usted saba que su amante iba a verla, y se
quedaba con ella, no una sino muchas veces, no sospechaba usted que los
recuerdos del pasado, la seduccin de esa mujer, casi nueva para l
despus de un largo abandono, lo haban de vencer una vez ms... s;
usted tuvo esa intuicin; su doloroso silencio me lo dice ahora; pero ha
callado usted por el amor que le tiene, porque comprende que si la
justicia hubiera sabido que Zakunine amaba an a la Condesa, que estaba
celoso, la verdad habra lucido pronto y con gran brillo. Pero esa
precaucin no poda tener el resultado que usted deseaba. Cuando yo
pregunt a su amante el por qu de su presencia al lado de la difunta,
usted misma le sugiri que adujera la compasin: l no haba sabido
encontrar ni este pretexto para ocultar la verdadera razn, que era el
amor y los celos! Y crea usted que yo no notara su intervencin y la
turbacin de su amigo, y no llegara por fin a descubrir su causa?

En el ardor de la investigacin, comprendiendo que se hallaba muy cerca
de la verdad, Ferpierre olvidaba sus remordimientos. El silencio de la
joven, el creciente desconsuelo de sus miradas, el temblor de sus manos,
la ansiedad que agitaba su seno, demostraban ms y ms al magistrado que
haba tocado la nota precisa; que verdaderamente Zakunine se haba
sentido otra vez presa del amor de la Condesa, que la nihilista haba
sufrido de los celos, que all era necesario encontrar la razn del
misterio. El juez haba adivinado antes todo eso, pero otros
razonamientos y la falta de pruebas lo haban distrado y extraviado
despus. En ese momento acumulaba todas las presunciones, se imaginaba
las que le faltaban, para que sus concluyentes aseveraciones sirviesen
como una especie de reactivo moral en el corazn de la joven, abriendo
brecha en l y dejando ver su interior.

--El amor que le tiene usted debe ser muy profundo cuando ha aceptado
usted ese papel, ocultando los celos que la torturaban, fingiendo
ignorancia e indiferencia! Y cun mal correspondida ha sido usted! Ni
por un instante ha podido usted forjarse ilusiones: es evidente que
usted ha visto lo que sobrevena, que ha previsto lo que deba
acontecer, porque Zakunine, empeado en disputar una mujer a su rival
con la vehemencia que pone en sus pasiones, no haba de vacilar ante el
delito. Usted vino en su busca temiendo que la catstrofe hubiera
ocurrido ya, y lleg demasiado tarde para impedirla. No es verdad?

La joven se estremeci al or esa pregunta: se apret fuertemente las
sienes con ambas manos, como si la tempestad desencadenada en su
cerebro por las palabras del juez, amenazara con hacerlo estallar:
despus respir fuertemente, hasta el punto de que el aire silbara por
entre sus dientes, apretados, y por fin exclam, con la expresin de
repugnancia dolorosa y de impotente desdn de quien se siente maltratar
y oprimir:

--Ha concluido usted? Quiere usted seguir divirtindose en
atormentarme? Goza usted de un placer muy grande, sin duda. Basta, por
ltimo!

--Cmo me habla usted?

--Como debo. No quiero, entiende usted? que sus inicuos artificios
arrastren al abismo a quien no es culpable! Usted ama la verdad sobre
todas las cosas? Es un sagrado deber de usted el descubrir la verdad?
Usted es el delegado de la sociedad para hacer justicia? Pues bien,
diga usted a esa sociedad--y el tono de su voz se alz casi hasta el
grito,--dgale usted que yo he muerto a esa mujer! D usted curso a su
justicia; pero sepa usted que yo la desconozco, que la desprecio;
conserve usted en su mente que yo reivindico la responsabilidad de ese
acto, no para merecer castigo, sino para obtener alabanzas.

La impresin que aquellas palabras produjeron en el nimo del juez, fue
enorme. El asombro y placer por el pronto triunfo de su artificio; la
satisfaccin de ver confirmadas sus sospechas; un nuevo sentimiento de
curiosidad causado por la soberbia jactancia de la reo; un sentimiento
de compasin que secretamente y casi mal de su grado lo inclinaba a la
indulgencia en el momento en que la confesin y la jactancia habran
debido hacerle ms severo, embargaban a la vez su espritu.

--Ah! Confiesa usted!...--fue lo nico que pudo decir en el primer
momento de confusin, sin poner mientes en la oportunidad de la
pregunta; pero en seguida, dominndose:--Usted tambin
confiesa?--repiti, manteniendo el artificio que tan buen resultado le
haba producido.--A quin debo creer ahora? Compiten los dos en
generosidad hasta ese punto? Cada uno se acusa para salvar al otro?
Noble competencia!

La joven replic con dureza:

--No es usted capaz de distinguir la verdad de la mentira?

--No siempre! Cuando otros trabajan por ocultarla!... Bueno: si usted
quiere que yo crea lo que me dice, lo creer. Pero ms difcil me es
comprender el tono de vanagloria con que se acusa usted a s misma. S
que usted desconoce las leyes; pero entonces, en la sociedad ideal por
cuyo advenimiento trabaja usted, se matar impunemente y hasta ser un
timbre de gloria haber destruido una vida, as, por placer?

--No por placer.

--Cmo! Ser probablemente un deber para todo amante celoso apartar
del medio el objeto de sus celos?

--Usted no sabe.

--No s, efectivamente! Es cierto, s o no, que el Prncipe no poda
decidirse a renunciar a la Condesa porque la amaba otra vez?

--Es cierto.

--Y usted no estaba celosa?

La joven contest con voz glacial, haciendo que las palabras se
destacaron sonoras, una despus de otra:

--Mis sentimientos personales no importan: ningn sentimiento, ningn
deber, nada importa cuando se ha llegado a comprender el deber. La vida
de los dems, nuestra propia vida, el honor, los afectos, todas las
cosas vanas deben ceder ante l. Esta es mi norma, y deba ser tambin
la suya. Pero l la olvid!...

Ferpierre comenzaba a comprender.

--Quiere usted decir que no era por el amor de usted que haba dejado
de contribuir al triunfo de la causa, sino por la Condesa?

--S.

--Por qu estaba entonces en Zurich, junto con usted, y no con ella?

--Por que saba que la era odioso, pero quera hablar de ella con
alguien.

--Y hablaba de ella con usted?

--Antes me ha declarado usted que no le haba dicho una palabra de eso!
Pero si hablaba con usted de la otra no la amaba a usted?

--Nunca me ha amado.

No obstante la impasible frialdad de ese rostro de estatua, haba en las
ltimas palabras de la joven un eco doloroso que hizo pensar a
Ferpierre: No miente!

--Y usted s le amaba; le ama an?

--Qu le importa a usted eso?--respondi la nihilista, volviendo a
hablar con una dureza que pareci fingida a Ferpierre. Puede importar a
usted lo que no me importa a m misma? Si yo quisiera encontrar una
atenuacin para el acto que he cometido; si quisiera excusarme ante
usted, ante la sociedad, dira que le amaba, que a ella la mat por
celos. Vuestra sociedad excusa, glorifica esta debilidad, este egosmo.
Al amante que para evitarse a s mismo un dolor, para asegurarse la
posesin del placer mata a su rival, se le perdona; se va hasta juzgar
hermoso, grande, admirable ese amor ciego y leal. En cambio, se condena
el amor que a nosotros nos gua, nuestro sacrificio consciente, la obra
de salvacin a que nos dedicamos.

--Extraa obra que, por lo pronto, ejecutan ustedes derramando sangre!

--Usted cree que una, diez, cien vidas importan cuando estn en juego
los destinos de todos? Ustedes que tienen miedo a la sangre, la derraman
a torrentes en las guerras; tan grande es su horror a la sangre, que la
suprema preocupacin de los gobernantes consiste en armar a los pueblos.
Aqu en este pas de libertad, no es el ejercicio de la fuerza, con un
propsito cruento, el ms honrado de todos? Y no me conteste usted que
la sola idea que rige esos actos es defenderse contra ambiciones de
dominio, pues todos dicen lo mismo! Quin confiesa que practica el mal?
El bien est en los labios de todos, de los asaltantes y de los
atacados. Tontas ambiciones, intereses bajos y mezquinos, llevan a los
pueblos a la guerra. Y acaso en la guerra no es un precepto, siempre
obedecido, el sacrificar a un soldado, a una patrulla, a una avanzada en
bien de los dems soldados? Nosotros haremos otra guerra, ms justa, la
nica guerra justa y santa: la guerra por la redencin de los hombres,
contra todas las iniquidades y todas las vilezas, contra el hambre,
contra la ignorancia, contra el abuso del poder, contra esa misma guerra
que ustedes practican. Cuando encontramos un obstculo, lo destruimos:
una, diez, mil vidas qu importan?

La rusa haba hablado con mal contenida violencia; la rigidez de su
actitud haba desaparecido y su brazo extendido haca el ademn de
quien hiere y derriba.

Cuando se call, el juez, que la haba odo asombrado y casi intimidado,
dijo a su vez, con acento fro y severo:

--No vamos a discutir ahora sobre la moralidad de los principios que
usted profesa. No sera mejor que me dijera de qu modo era la Condesa
un obstculo para usted? Qu poda usted temer seriamente de ella?

Y al ver que tardaba en contestar:

--Querra usted darme a entender que tal vez pensaba en denunciar a
usted, en revelar sus planes de conspiracin?

--Yo no quiero dar a entender nada. Alejo Petrovich se perda por esa
mujer.

--De qu modo?

--Por su amor, por su deseo de volver a poseerla haba olvidado el
deber. Comprenda que ella no le amaba ya, que amaba a otro; pero se
deca que todava le quedaba un medio de tenerla consigo, de substraerla
a ese otro: ella deca que se la haba entregado no tanto por amor como
por apartarle de nosotros, por redimirle, y l se mostr redimido, la
hizo ver que ella era su redencin; que, abandonado por ella, recaera
en el error. El nico medio de mantenerla consigo era ste: decirla y
probarla su arrepentimiento. Entonces, aunque ya no le amaba, slo por
no permitir que volviera a nuestra compaa, la Condesa resista al
otro. Yo le ech en cara muchas veces su locura, la indignidad que
cometa al sacrificar a una mujer el ideal de toda su vida: l no me
oa, estaba ofuscado. Iba a buscarme para llorar en mi presencia porque
la haba perdido, porque la haba perdido por su propia culpa, y quera
que yo, yo, le ayudase...

La voz de la joven expresaba no solamente desdn, sino una secreta
angustia: no solamente se senta en ella el dolor por el extravo del
correligionario, sino tambin ms profundo y escondido, el tormento de
haber sido tomada por confidente por el hombre amado, que ni siquiera
haba sospechado su amor.

--Y usted?

--Yo vi que todo era intil. No poda tener la esperanza de curarle,
porque le conozco: cuando una idea lo inflama, nada es capaz de
detenerlo; ya no razona ni ve. Sin embargo, esperaba que la crisis se
resolviera de algn modo. Un da, de improviso, vi que haba un nuevo
peligro: Zakunine haba visto al ginebrino, y al hablarme de l, le
temblaban las manos, sus ojos despedan llamaradas. Comprend que iba a
matarle, que se iba a perder sin remedio. Por eso, las ltimas veces que
vino ac le segu, previendo una catstrofe. Y como l me pidiera que le
ayudara, lo ayud.

--Matando a la mujer amada por el?

--Devolvindole la libertad.

--Y ha asesinado usted a esa criatura as, a sangre fra,
deliberadamente?

--Vine a verla. Vine el ltimo da para hablar con ella. Una vez que
todos los otros medios haban sido vanos, ya que l no oa la voz del
deber, ella era la nica que poda salvarle. La dije que le abandonara,
que huyera: que desapareciera. Ella no quiso. Yo insist: Usted ama a
otro: vyase lejos con su nuevo amante. Ella me prohibi que la hablara
en esa forma, y quiso saber quin era yo. La contest: Una que la odia
a usted! Y la odiaba porque desde el primer instante la haba notado
distinta de m; haba visto que era de otra casta, de otra raza, de otra
alma, porque todas sus ideas, todos sus sentimientos eran opuestos a los
mos; porque me disputaba aquel hombre. Yo no quera, no, conseguir para
m el amor de Alejo Zakunine, sino devolver su esfuerzo a la obra comn.
La odiaba, y, sin embargo, rogu. Pero hasta los ruegos fueron intiles.
Entonces la declar: Sabe usted por qu no quiere usted huir? No es
por l, es por usted misma. Teme usted que l crea que usted se ha
escapado con su nuevo amante. Quiere usted mostrarle una fidelidad que
en realidad no siente; quiere usted alcanzar, con la observancia de un
pretendido deber, la fama de mujer constante y fiel. Despus de haber
sido su querida, desea usted imponrsele como esposa, por ms que ya no
le ame usted. Al ver cun buena la juzga l a usted, yo he querido ver
en qu consiste esa decantada bondad. Y ahora s que usted es hipcrita,
falsa, egosta, peor que todas las dems... Ella me dejaba hablar: vano
era mi intento de sublevarla, de hacer que se sintiera ofendida: Pero
un da acabar usted misma por romper esa su hipcrita fidelidad,
agregu, para caer en brazos de su nuevo amante... si acaso no se ha
entregado usted ya a l... Estas palabras fueron igualmente intiles. Y
solamente la vi estremecerse cuando la dije: No! Eso no suceder. Su
nuevo amante morir pronto: l le matar! Oye usted? Le matar! Usted
ser responsable de ese asesinato. Usted lo habr querido, lo quiere:
cada da, cada hora, cada minuto que pasa lo prepara, lo apresura,
inevitablemente... Entonces ella exclam: Ah, morir! Yo debo,
quiero morir!... El desdn, el desprecio invadieron mi corazn quin
dice esas cosas cuando en realidad las siente? Si hubiera sido cierto
que quera morir, se habra muerto ya. Y la expres mi desdn, mi
desprecio: No es cierto! Tiene usted miedo! Es usted cobarde!...
Ella asinti: S; soy cobarde: el arma est all, la mano me tiembla.
Yo tom el arma, se la alcanc: Llame usted a su valor, si todava lo
tiene, si jams lo ha tenido. Ella junt las manos suplicante: Mteme
usted, lbreme usted!... Mi desdn aumentaba ante tanta cobarda. Y con
voz sorda, el arma en la mano, la promet: Si no le dejas, te matar.
Ella volvi a juntar las manos, siempre suplicante: Mteme!...--No
quieres dejarle?--Mteme!...--No? o los pasos de Zakunine, su
voz que llamaba. La mat!

Jadeante, se call.

--Y no se arrepiente usted?

--No me arrepiento. Esa mujer era una vencida de la vida; quera y deba
morir, y l necesitaba estar libre para atender a la obra. He dado la
libertad a ambos.

Ferpierre hallaba por fin la verdad que haba sospechado.

Todo se aclaraba ya, todo se encadenaba lgicamente. La reo no quera
convenir en que no slo el celo sectario, sino tambin los celos la
haban armado, y ostensiblemente recusaba la atenuacin de su crimen,
para gloriarse de ser inaccesible a los intereses personales. En ese
renunciamiento haba una sombra grandeza que daba la medida de la
fuerza de aquella alma; pero no caba duda de que tambin su amor
ignorado la haba lanzado contra la italiana. El arrepentimiento del
Prncipe, su conducta ambigua durante los ltimos meses, su dolor
despus de la catstrofe, todo se explicaba. Al negar que era amante de
la nihilista, haba dicho la verdad. Despus la haba admitido forzado
por ella, por secundarla, por salvarla, cuando la rusa crea an
salvarse por ese medio. Y hasta las ltimas palabras de la Condesa,
aquella invocacin a la muerte liberatriz, aquella incitacin tenaz a la
rival amenazante eran la natural solucin del contraste entre su
capacidad de matarse y la necesidad real de morir, que realmente la
oprima. No tena razn la reo? Aquel asesinato de que la justicia
tena, sin embargo, que pedirle cuentas, no se confunda as con el
suicidio libertador?

De ese modo se aclaraba el misterio. Pero todava faltaba que Ferpierre
llamara a Zakunine. Al anunciar a la nihilista que el Prncipe se haba
acusado, el juez haba mentido en su empeo de llegar a la verdad; pero
una duda asaltaba su mente en ese instante: si la joven al or decir que
Zakunine se declaraba culpable, haba hecho por su parte otro tanto,
qu dira el Prncipe cuando conociera la confesin de su amiga? Iban
ambos a declararse culpables?

La conducta del Prncipe, segn lo que deca el director del Evech,
haba cambiado radicalmente desde el ltimo interrogatario. Ya no pasaba
el tiempo inmvil y silencioso, indiferente a todo: el aburrimiento de
la prisin excitaba su clera. Haba pedido que se le dejara hablar con
un abogado, y como no se lo concedieran, se haba desahogado con
palabras duras contra la justicia. Varias veces al da llamaba a sus
guardianes para preguntarles si no haba llegado an la orden de su
excarcelacin, y, al or las respuestas negativas, arrugaba el ceo y
se estremeca de ira. Se paseaba constantemente en su celda, las manos
cruzadas por detrs, la cabeza baja, la mirada fija y dura. Esperaba con
impaciencia la hora de la salida cotidiana al patio, y volva de ella
ms sombro que antes. Peda libros, rechazaba los alimentos de la
prisin, haca que le llevaran otros de fuera.

Apenas se encontr delante de Ferpierre, le dijo con mal reprimida
impaciencia:

--Ms interrogatorios? No quiere usted por fin reconocer la verdad?

--La verdad? Ahora la conozco!--contest con severidad el juez.--Usted
no es materialmente culpable, y yo no puedo mantenerle ya aqu...

--Ah! Entonces...

--Pero su responsabilidad moral es mucho ms grave de la que al
principio confes usted, y esa impaciencia suya me parece fuera de
lugar, puesto que usted mismo poda, con una sola palabra, haber
disipado mis dudas...

Se detuvo para darle tiempo de contestar, de decir algo; pero el
Prncipe le miraba sin despegar los labios.

--Parece, entonces, que la generosidad de que estaba usted animado en
los primeros das, cede, por fin, y ya no le importa a usted tanto
salvar a la reo?

--Salvarla?...

--Me engao, entonces? Finge usted asombro o ignorancia?... Ambos
estn de ms. La amiga de usted ha confesado.

--Qu?

El acento de ansioso estupor con que haca esa pregunta pareca sincero.

--Vamos, vamos! Quiere usted todava hacerme perder ms tiempo? Le
duele a usted verla perdida? No sabe usted que esa mujer le ha amado?
No se da usted cuenta de que la responsabilidad moral de tanta ruina
pesa sobre usted nicamente? Finge usted estupor despus de haber
mentido? Minti usted cuando reconoci ser el amante de su
correligionaria; pero esa mentira, por lo menos, le fue casi arrancada
por la esperanza de salvarla; mas por qu ocult usted los sentimientos
que profesaba ltimamente a la otra desgraciada?...

El Prncipe temblaba: la Natzichet haba dicho la verdad.

--E iba usted a hablar de la repentina resurreccin de su amor a quien
le amaba; a una cmplice de rebelin, para que los celos y el fanatismo
se despertaran a un tiempo en ella, y la animaran contra aquella
infeliz!... Ahora est usted conmovido, tiembla usted, despus de haber
hecho dos vctimas?... Y por qu ha ocultado usted todo eso? No lo
haca usted, pues, por generosidad para con la reo, sino por un
sentimiento en todo distinto: el miedo de que, si yo hubiera sabido con
qu mpetu se despertaba en usted esa tarda pasin, habra podido y
debido sospechar de usted con mayor fundamento?

Entonces el Prncipe, alzando resueltamente la cabeza y fijando la
mirada en los ojos del juez, contest con voz sorda:

--No dir por qu me he callado. Ya sabe usted la verdad, por qu no me
deja usted libre? Qu ms quiere usted?




VIII

LA CARTA


Cuando los peridicos publicaron la noticia de que, cerrada la
instruccin, resultaba de las acordes confesiones de la Natzichet y de
Zakunine que la Condesa d'Arda haba sido asesinada por la nihilista, y
que la acusacin defera a la reo al juicio de los jurados, la
curiosidad del pblico, que haba crecido desmesuradamente en los
ltimos das, se aquiet por fin. Los que negaban el suicidio,
triunfaban al ver confirmados los razonamientos que haban opuesto a la
increble hiptesis: pero en el otro lado no era muy grande el
desencanto, pues a pesar del secreto de la instruccin judicial, se
saba que Alejandra Natzichet, al matar a la Condesa, no haba hecho ms
que obedecer al deseo, casi a la intimacin de su desesperada vctima.

Esto no mitiga los juicios de que la homicida era objeto. Slo en parte
se crea en el motivo aducido por ella: que hubiese muerto a la
desgraciada italiana nicamente para devolver la libertad al
correligionario y restituirle al partido, pareca creble a los que
tenan una alta idea del celo sectario; pero los ms reconocan que a
ste se haban unido los celos de la mujer amante para determinar el
delito. Y si la ferocidad de la rebelde inspiraba terror, nadie
perdonaba los celos de la mujer: hasta los ms indulgentes para con los
delitos de amor, negaban a la pasin de la nihilista toda buena
cualidad; la juzgaban fra, dura, salvaje.

Y mientras la nihilista apareca de ese modo bajo una triste luz, los
detractores de Zakunine, sin desdecirse del todo, reconocan la
inocencia de ste. No podan arrepentirse enteramente de sus juicios,
porque vean que l era el origen de todos los males, y decan que slo
poda relevrsele de la responsabilidad material del delito. Los ms
indulgentes le acreditaban sus tentativas de salvar a la asesino; pero
los ms severos, por el contrario, le acusaban an de eso: al correr el
riesgo de ser condenado con ella intentando salvarla, no confirmaba l
mismo, de la manera ms evidente, que ambos eran pasibles de idntica
pena? El sentimiento unnime daba razn, por fin, a Roberto Vrod, que
contra todas las apariencias haba insistido en creer en el delito, y
consegua, por ltimo, vengar a su amada.

Y mientras los curiosos esperaban ms tranquilos el momento de ver la
ltima escena del drama en los debates pblicos, Vrod era, sin embargo,
el nico que continuaba en la angustia.

Si ante el cadver de Florencia haba sentido desgarrrsele el corazn;
si la increble idea de no verla ms le haba casi enloquecido; si la
impotencia para vengarla le haba rodo las entraas; si el miedo de
haber sido l la causa de su muerte haba ido a agravar con atroces
remordimientos su dolor ya harto grave, todo eso poda haberle hecho
creer que ya haba llegado al trmino de una prueba tan cruel; pero un
nuevo sentimiento de horror le asaltaba de pronto. En el momento de
acusar a los dos rusos, haba sentido una secreta turbacin, una especie
de temor de revelar su amistad por la Condesa; pero el sentimiento de
pudor moral, que le impeda referir esa historia ntima, haba sido
ahogado y vencido por el mpetu de la venganza. Al referirla haba
temido que el magistrado no creyera en la pureza de su pasin
desgraciada; pero, aun demostrada esa pureza, le haba parecido que, en
cierto modo, la manchaba. Tena derecho l de revelar el secreto de una
alma? Si esa alma haba ocultado no solamente a las otras, sino a s
misma, su propio secreto, poda l revelarlo? Y l, l que conoca los
escrpulos del ser adorado, que le haba comprendido y respetado,
llegaba a este resultado: que todos le sealaban como un nuevo amante de
la muerta...

Al formular la acusacin no haba pensado que lo que iba a decir al
magistrado llegara un da a ser conocido por la multitud; que l mismo
tendra que repetirlo en presencia de un gento henchido de curiosidad
malsana: que el nombre del ser amado correra de boca en boca, que la
demostracin de la inocencia de su amor no obtendra crdito; que
despus de haber causado en vida tantas tristezas a su amada,
contribuira personalmente a envilecer su recuerdo. En la necesidad de
la venganza, en su odio a los dos malhechores, no haba previsto esas
consecuencias naturales de su conducta, y al verlas sobrevenir, su
tormento haba aumentado ms all de toda medida. La vctima inocente
caa envuelta, en el concepto de muchos, en el mismo desprecio que
pesaba sobre sus victimarios, y algunos iban hasta decir que si la
italiana haba sido asesinada, mereca su triste muerte por la
desordenada vida que haba llevado!...

Y todo eso para que al final no se supiera la verdad? Cmo vindicar la
memoria de la inocente, profanada y envilecida? Deba l, en presencia
de todos, el da de los debates, jurar por la Cruz la inocencia de la
muerta? O deba ms bien desear que el proceso no se llevara adelante,
y declarar que se haba engaado, y reconocer que la inocente se haba
dado muerte ella misma evitando as el verse obligada a revelar ante la
multitud curiosa, el secreto del ser amado?

El contraste de los dos deberes que pesaban sobre su conciencia, el de
vengar a la muerta, insistiendo en la acusacin, y el de respetar su
memoria callndose, deba haberse borrado al anunciarse la confesin de
la reo; pero lejos de eso, en aquel mismo punto se agravaba.

La incertidumbre moral de la imposibilidad del suicidio lo haba
impulsado a acusar a los dos rusos, aunque sin que por eso pudiera decir
sobre cul de los dos deba recaer principalmente la sospecha. Pero
cuando oy decir que la Natzichet asuma la responsabilidad del delito,
semejante resultado le produjo tanto descontento, como el que le habra
causado la confirmacin del suicidio. Al ver probada la inocencia de
Zakunine, vea que haba lanzado la acusacin por odio directo a l,
bajo la inspiracin de una voz secreta que le deca que ese era el
asesino: a ese hombre, no a la mujer, tena que pedir cuentas de la
muerte de la infeliz. Y, por fin, se determinaba la ambigua sospecha:
Vrod reconoca que haba cometido un error al no dirigir desde el
principio las investigaciones del magistrado solamente contra el
hombre...

Podra reparar an el mal? Si, por alguna razn secreta, por salvar a
su correligionario, la nihilista se haba confesado autora de un delito
que no haba cometido no debera insistir l, Vrod, en la acusacin
contra Zakunine?

Pero cmo, cuando la justicia y la opinin pblicas ya se calmaban,
viendo lgicamente explicado el misterio, poda surgir l otra vez para
refutar esa explicacin y denunciar el supuesto herosmo de la joven, la
supuesta infamia del asesino que por salvarse dejaba sufrir a una
inocente?... Al hacer tal cosa, habra dado la razn a los que le crean
amante afortunado de la muerta y celoso rival del Prncipe! Cuanto mayor
fuera el celo que desplegara al acusar a ste, cuando su inocencia
pareca ya demostrada, tanto ms naturalmente se habra credo que slo
un odio ciego lo animaba, y su amor por la Condesa habra sido la
explicacin de ese odio, de su deseo de venganza! La confesin de la
Natzichet haba hecho olvidar su pasin y le permita hasta evitar el
mencionarla de nuevo; pero para proclamar mentida aquella confesin,
deba intervenir an ms activamente que antes, insistir en el
sentimiento que lo haba unido a la Condesa, exponerlo a las sospechas
profanadoras!... S; mas, para evitar tan intolerable dao, deba
calladamente admitir la inocencia de Zakunine!... Y ante esa idea se
sublevaba todo su ser: no! si haba un culpable era l! Nadie ms que
l poda serlo!...

Si haba un culpable!... Efectivamente: suponiendo que Vrod denunciara
al juez la mentira de la Natzichet, cmo podra convencerle de la
culpabilidad de Zakunine? Si la inocente se acusaba por salvar al reo,
cmo inducir al reo a confesar? A falta de testimonios, solamente la
confesin de uno de los dos acusados poda excluir la idea del suicidio;
negado el valor de la declaracin de la nihilista, y no pudiendo
obligar a su compaero a inculparse, el resultado inevitable sera que
el juez volviera a afirmarse en la opinin de la muerte voluntaria!

As, a cualquier lado que el joven se volviera, cualquiera que fuese el
partido que pensara tomar, el dao era cierto. Que el instinto lo
engaara, que solamente el odio lo lanzara contra Zakunine, eran cosas
que Vrod se negaba a s mismo: si hubiera podido inspirar al juez una
certidumbre tan firme como la suya, la condena de aquel hombre habra
sido segura. Demasiado grave, demasiado triste era que el homicida se
fuera impugne; pero ms triste y ms grave era que otra persona pagara
su crimen.

Aquel amor a la justicia, aquella sed de verdad que haba animado a la
vctima, no se sentiran descontentos y ofendidos por el triunfo de la
mentira? No era, por consiguiente, deber suyo confundir esa mentira? Y
aunque no hubiera idolatrado en vida a la vctima y ansiado despus
vengarla, no deban incitarle a salvar a la inocente y desenmascarar al
culpable ese amor a la justicia y esa sed de verdad que la difunta le
haba inspirado?...

Entonces, de lo ms profundo del corazn, de los ntimos repliegues de
su alma, surga otro recuerdo dbil, pero no por eso menos claro: la
vctima se haba inspirado siempre, no solamente en la verdad y en la
justicia, sino en otros sentimientos ms fuertes, ms poderosos; los
sentimientos cristianos del perdn y la compasin... Y la ansiedad del
joven segua aumentando, creca continuamente.

Su placer y su orgullo haban sido pensar, creer, proceder como el ser
amado pensaba, crea y proceda. Lo nico que le importaba, sobre todas
las cosas, era su aprobacin. Su pensamiento haba sido su guardia y su
tutela. Y muerta ella, no deba todava y siempre inspirarse en su
memoria y seguir sus enseanzas? No era ese el modo de hacerla
revivir?... Y cul habra sido su consejo, si l hubiera podido
pedrselo y ella hubiera podido drselo? Cmo habra obrado ella en una
situacin semejante a la que l se encontraba?

S: el odio le animaba, le inspiraba el ansia de la venganza. Ante la
idea de no poder or la voz de su amada, de tener que contentarse con un
recuerdo invisible, el odio contra el hombre que se la haba arrebatado
lo dominaba hasta ahogar la voz de todos los dems sentimientos. Si ella
no poda inculcarle la idea del perdn, si su recuerdo era ineficaz, la
culpa era enteramente de ese hombre.

En los primeros das, Vrod no se haba siquiera planteado el problema
moral que en ese momento acrecentaba su tormento. Pero cuando el primer
mpetu del dolor comenz naturalmente a calmarse, como l tena que
habituarse de manera fatal a la idea de la muerte; como todas las
fuerzas de su alma se concentraban a recoger, a custodiar, a
inmortalizar la memoria del ser que se haba alejado para no volver, en
su mente comenz a apuntar la reflexin de si la muerte no se
compadecera de aquel odio ciego y de su deseo de venganza. En el
instante en que la bala homicida le atravesaba las carnes, en que sus
ojos se cerraban a la luz, haba aparecido en su cerebro la sombra de
un reproche? Podra haber sido reprochable el ltimo pensamiento de su
vida?

Cuando Vrod se haca estas preguntas, la respuesta no era para l
dudosa: la difunta haba perdonado. Y l deba, a su vez, perdonar? Si
quera ser digno de ella, no deba seguir su ejemplo?...

A veces cerraba los ojos e inclinaba la frente, invadido por los
recuerdos de sus buenas enseanzas, casi avergonzado de haberlas
olvidado un momento. Otras veces se rebelaba: la vida no puede ser
enteramente de amor! Si al mal se opone el perdn, cul ser el premio
del bien?... Pero en seguida acudan a su memoria las palabras de su
amada: Si no se concede perdn al mal, si se le opone tambin el mal,
dnde est el bien cuando se le aplica? Ella deca tambin que hay
que amar la justicia, pero que esta sola no basta en la vida. Puesto que
las criaturas humanas son demasiado dbiles y pecan an cuando tienen la
presciencia de sus pecados, es necesario ser indulgente para con la suma
demasiado grande de sus errores. La justicia indulgente no es
justa!... haba replicado l; y ella: La justicia estricta es
impotente: slo la bondad puede vencer al mal.

Y l haba asentido. Por qu haba asentido? No haba sido sincero en
ese momento? Y si la haba dado sinceramente la razn; si haba acogido
sin segunda intencin su precepto, no deba perdonar en ese trance? Al
no perdonar era porque entonces no haba sido sincero: haba fingido
para ganrsela, para vencerla! De qu deba acusarse: de la pasada
hipocresa o de la debilidad presente?

De esa duda sala pensando que la verdad no es siempre la misma, que los
contrastes de la vida ponen al hombre en oposicin consigo mismo sin que
se les pueda imputar mala fe. No, no haba mentido al reconocer que la
bondad es necesaria: no demostraba, solamente con recordar su prdica
del perdn, que la haba comprendido? Pero cmo acogerla cuando su
razn, su pasin, todo su ser quera y deba necesariamente querer el
castigo? Entonces oa estas otras palabras, con tanta claridad y tan
firmes, como cuando ella las haba proferido: La verdad es una: el
reconocerla en absoluto vale poco, y en ello no hay mrito si no lo
afirmamos contra nuestros propios intereses...

Una noche la vio: le sala al encuentro con los brazos extendidos, las
manos abiertas, el rostro alzado al cielo, y profiri esta palabra:
Perdona. La ilusin fue tan intensa, que el joven se despert con los
ojos baados en lgrimas.

Pero despierto, pensando que en lo sucesivo tena que conformarse
nicamente con las vanas visitas de los sueos, volvi a sentirse
sublevado por el mpetu de la pasin vengadora. Vagando por los lugares
donde haba estado con ella, buscando an algo de ella bajo el cielo,
volva a or aquella voz que le deca muy quedo: Perdona.

Y l se deca: No puedo.

No poda. Perdonar sinceramente, con el corazn, no poda, no haba
podido jams. Pero dejara que la justicia procediera a su modo, se
abstendra de intervenir? O seguro como estaba del nuevo engao, no
deba revelarlo?

El temor de profanar la memoria de su amor lo detena. Mas, no lo haba
dejado ya profanar? No quera escuchar la voz del perdn, no tena
necesidad de que la muerta le perdonase?... Para sostener la acusacin
contra Zakunine le era menester explicar que ste haba estado celoso de
l y haba credo fundados sus celos. Eso no era posible. Qu hacer?

Perdona, segua diciendo la voz.

Y l oa, y no ya en secreto, no ya en sueo, sino con toda claridad, en
plena luz. Un da, errando por la misma montaa donde haba servido de
gua a su nueva hermana, se encontr delante de la capillita que ella
no haba podido abrir con su dbil mano. La puerta estaba cerrada, como
entonces. El joven se detuvo tembloroso; sus pestaas se agitaban sobre
los ardientes ojos. En esa tosca llave mohosa se haba posado su blanca
mano. Quiso abrir, y luego se contuvo, temeroso de borrar las trazas de
aquella mano. Pero su brazo se extendi otra vez, y la puerta gimi
sobre sus goznes. Su temblor aument. All, en la capilla la vea
delante de l, arrodillada, la cabeza baja, las manos juntas, vuelta
hacia el altar, cubierta con un vestido color de fuego...

Vrod cay de rodillas, rompiendo a llorar. Y en medio de su llanto oy
claramente la voz que le deca: Perdona...

Al da siguiente le llam el juez. Era la primera vez que se encontraba
ante el magistrado desde el da en que ste, despus de triunfar sobre
sus argumentos, le haba dicho que creyera en el suicidio. La confusin
del joven era extrema, pues no saba qu podan querer de l todava.

--Necesitaba, ante todo--le dijo Ferpierre,--reconocer mi error y decir
a usted que tena razn. Ha sido providencial que usted insistiera en la
acusacin, a despecho de la evidencia, porque sin la insistencia de
usted, sin la confianza de que le vi animado, yo habra probablemente
dejado de mano las indagaciones ulteriores que me han conducido al
descubrimiento de la verdad. Sin duda a estas horas usted sabe ya lo que
ha pasado; pero yo he querido confirmarle personalmente que su amiga ha
sido asesinada. La Natzichet ha confesado su delito, y el Prncipe, que
se haba callado en la esperanza de poder salvarla, ha confirmado su
confesin.

Roberto Vrod permaneca mudo y confuso.

--Est usted contento ahora?

El joven no contest.

--Ha prestado usted un servicio a la justicia. Sin usted, el asesinato
habra quedado impune, o lo que es peor, un inocente habra pagado la
culpa ajena. Haba un culpable y el instinto que se lo adverta a usted
no le engaaba: la nica diferencia es que las acusaciones de usted
contra el Prncipe han resultado infundadas.

Ferpierre se call otra vez un momento para dar a Vrod tiempo para
decir algo, y luego, como ste siguiera silencioso, continu:

--El Prncipe no poda querer la muerte de la Condesa cuando volva a
amarla, con un amor vehemente y tmido a la vez, que obligaba, a un
rebelde como l, a desistir de su propaganda revolucionaria, a renegar
de su pasado, de su fe poltica, de sus cmplices. Y eso era porque
saba que usted estimaba y haba obtenido el afecto de la Condesa, aquel
afecto antes desdeado por l. As razona el corazn humano!...
Entonces su cmplice le vio perdido, no solamente para el partido sino
aun para ella misma, porque le amaba y sufra al pensar en que era de
otra, al verse confidente de aquel amor resucitado. Y fue en busca de la
rival, a imponerla que le dejara, y tuvo con ella una tempestuosa
explicacin que termin con el delito. Todo lo ha confesado.

Hubo una nueva pausa del juez, a la que Vrod opuso todava silencio.

--Est usted contento?--le pregunt el juez.

--Por qu me lo pregunta usted?

Y los dos hombres se miraron fijamente.

--Debera usted estar contento, me parece, de haber vengado la memoria
de su amiga, confundiendo a la reo y obteniendo el triunfo de la verdad
y de la justicia.

Ambos volvieron a mirarse en silencio.

--Y usted no est contento?...--dijo por fin Vrod.

En la pregunta del juez haba visto una especie de incitacin, casi una
provocacin a decir por entero su secreto pensamiento, como si su
pensamiento secreto fuera el mismo del juez.

--Yo no tengo pasiones que satisfacer--respondi ste.--Un solo amor me
gua: el amor de la justicia...

--Si se ha hecho justicia...

--Lo duda usted?

--A m no me tocar dudar...

--Quiere usted decir, entonces, que yo debo dudar? Y por qu?... Usted
ha denunciado un crimen: el crimen est probado. Usted no ha sabido
decir cul de los dos posibles autores del delito fuese realmente
culpable, toda vez que ambos eran capaces de delinquir: la culpable se
acusa a s misma!... Querra usted decir quizs que la sola confesin
no basta? Yo lo s! Pero eso es cuando no est comprobada. Un loco
puede declararse autor de un delito, mas no podr dar las razones de su
acto, ni explicar sus circunstancias. Pero aqu no est explicado todo?
La declaracin del otro no la confirma?... O niega usted fe a esta
prueba?

--S--prorrumpi Vrod, cuyas dudas haban ido creciendo hasta
manifestarse con precisin, robustecidas por las curiosas preguntas del
juez.--S; le niego fe, como usted tambin se la niega, porque esa
declaracin no es desinteresada, desde que el que la dio tena en mira
su propia libertad; porque no solamente un loco puede declararse autor
de un delito que no ha cometido, sino tambin aquel que quiere
sacrificarse...

--Entonces, usted sostiene?...

--Sostengo--aadi el joven rpidamente, como si quisiera no darse el
tiempo de pensar en lo que deca, y para hablar se venciera a s
mismo:--sostengo que esa mujer se sacrifica por amor, por celo sectario;
que el asesino aprovecha de su sacrificio para asegurarse la impunidad.
Digo que el asesino es l, que no puede ser otro que l...

S; Vrod tena que decir eso. La voz del perdn se callaba; esa voz
jams haba hablado. Aquello haba sido un sueo, una alucinacin. La
verdad era otra: el ser amado yaca bajo tierra, las manchas de su
sangre no se haban borrado an; la sangre peda venganza, y l deba
obtenerla.

--Por qu no lo dijo usted antes? Por qu vacil al principio?

--Porque an no saba, porque no haba reflexionado lo bastante; porque
usted no crea en el delito y todas mis fuerzas se concretaban a negar
el suicidio.

--De modo que no slo ese hombre habra matado, sino que llevara su
infamia hasta dejar condenar a una inocente?

--Se asombra usted? No es natural que ese individuo est lleno de
jbilo?

--Esa idea es horrible! Comprendo que el odio lo ciegue a usted, pero
yo no soy ciego. Ese hombre no es tan perverso como usted cree: en su
vida hay actos de valor, y su actitud en presencia del cadver y en los
primeros das de la prisin no ha sido de jbilo.

--En los primeros das... Y en los dems?

Al or aquella pregunta, el juez reflexion un momento antes de
contestar.

Era verdad. Cuando la nihilista confes, l haba prestado crdito
inmediato a su confesin; pero la duda comenzaba ya a asaltarlo de
nuevo. Si la joven se sacrificaba, qu valor deba acordar a su
confesin y a la confirmacin de sta por el Prncipe?... No obstante,
l haba interrogado de nuevo a uno y a otro, separadamente y juntos, y
ambos se haban mantenido firmes en sus declaraciones.

En el careo les haba descubierto algunas contradicciones: mientras la
Natzichet aseguraba que en el punto culminante de su explicacin con la
Condesa, oyendo la voz conturbada del Prncipe que llamaba, haba
disparado el tiro, temerosa de que al aparecer l ya no se le hubiera
presentado otra oportunidad de deshacerse de su rival, el Prncipe
afirmaba, por el contrario, haber acudido al or el tiro desde lejos.
Puestos nuevamente el uno frente al otro, la Natzichet se haba
corregido, declarando que crey or su voz, pero sin duda en su
sobreexcitacin se haba engaado. Otros pequeos pormenores haban
afirmado a Ferpierre en la sospecha de que, como en los anteriores
interrogatorios, en ese tambin la joven tomaba en cierto modo la
iniciativa de la explicacin del drama, e incitaba al Prncipe a
seguirla; pero, con todo, estaba decidido a enviarla ante los jueces
para que el debate pblico acabara de arrojar la luz sobre aquel
misterio.

Antes, sin embargo, haba querido llamar a Vrod para ver si tambin l
dudaba, para discutir con l sus nuevas sospechas.

--En los primeros das estaba oprimido por el dolor--contest, despus
de haber examinado todo aquello mentalmente una vez ms;--pero despus
se vio que la prisin le haca sufrir.

--Ve usted?--exclam Vrod.--Al principio comprendi el error de su
crimen; ms tarde, vio que su libertad era segura. El medio ha sido
demasiado fcil!

As haba pensado tambin Ferpierre. Aquel hombre, en quien se sucedan
repentinamente diversas impulsiones, que no era totalmente incapaz de
practicar el bien, pero que obedeca con mayor prontitud a las
insinuaciones del mal, haba estado, sin duda, prximo a confesar; pero
la disposicin de su espritu haba cambiado de un momento a otro, y
entonces, ansioso de libertad, no haba tenido escrpulo para aferrarse
a la tabla de salvacin.

--Si l es tan infame, quiere decir que la Natzichet posee un corazn
heroico?

--Qu le impide a usted admitirlo?

Lejos de negarlo, el magistrado haba reconocido expresamente que por el
ardor de su fe, por la tenacidad de sus sentimientos, la joven era capaz
del herosmo.

--Pero cmo sorprenderla? Su explicacin del delito era completa!
Tena dos razones para cometerlo: el amor y el fanatismo.

--Uno y otro no deban aconsejarla que salvara al hombre amado y al
correligionario?

Tambin eso era cierto. Si el Prncipe haba muerto a la Condesa, la
joven deba intentar salvarle, tanto por amor al hombre, como por amor
al partido.

--Bien; pero y la prueba?

--Ah! la prueba! Hay que encontrarla todava!

--Pues entonces, y mientras encontramos esa prueba, tanta razn tiene
usted de insistir en su sospecha, como yo en volver a mi primera
opinin.

--Por qu?

--Porque s! Yo vuelvo a creer que la Condesa se ha matado!

--Despus que ellos admiten la existencia del delito?

--Y cmo la admiten? Usted no sabe cmo, en qu circunstancias se ha
declarado culpable la Natzichet! Confes cuando yo la dije que el
Prncipe haba confesado! Le vio perdido y quiso salvarle!

--Y eso no le demuestra a usted de una manera luminosa que l, slo l
es el asesino?

--Pero l nada ha confesado! Yo fui quien dije eso, como recurso
desesperado!

--Y no ve usted que dijo la verdad!--arguy Vrod.--Si esa mujer
hubiera sabido que Zakunine era inocente, se habra redo al orle a
usted! No lo habra credo! Habra descubierto el ardid! Cmo podra
creer que su amigo haba confesado una culpa jams cometida por l? Si
esa mujer crey lo que usted la dijo, ello significa que usted dijo
inconscientemente la verdad. Y ha querido salvarle, porque le ha visto
realmente perdido!

Ferpierre no contest.

Estaba maravillado de no haberse hecho an esa obvia observacin entre
tantas otras. Y senta todo el peso de la clarsima observacin, y vea,
adems, que si sta corresponda a la verdad, l se haba extraviado por
un falso camino.

--Hiptesis o presuncin como todas las dems!--exclam bruscamente,
deseoso de negar, por medio de la confusin, la importancia que en su
interior atribua a las palabras del joven. Lo nico que hacemos es
pasar de una hiptesis a otra, Si la Condesa no se ha matado, ha sido
asesinada; si no ha sido asesinada, se ha dado la muerte por su mano! El
delito es obra de la nihilista, si no ha sido cometido por Zakunine; si
la nihilista es inocente, Zakunine es el reo! El apasionamiento de
usted no constituye una prueba! Mientras no me traiga usted una prueba
ms vlida de sus apasionadas afirmaciones, por muy severos que queramos
ser con los acusados, no podremos hacer otra cosa que absolverlos a
ambos, por falta de indicios!

Y casi bruscamente, le dijo que poda retirarse.

Cuando se qued solo dio orden de que no se dejara entrar a nadie ms.
La gravedad de sus pensamientos en ese instante y la irritacin que
senta contra s mismo, no le permitan ocuparle de otro asunto.

La observacin que le haba hecho Vrod era justsima: Cmo negar su
valor? Si tantas dudas haba concebido ya l mismo sobre la confesin de
la Natzichet, cmo no admitir aqulla? Era la ms considerable de
todas. As, pues, la pasin del joven serva de algo, mientras que la
sangre fra que l estaba obligado a mostrar de nada serva, puesto que
el joven era quien vea con mayor claridad?

Cierto; sin el ardid que haba empleado con la nihilista, el Prncipe y
ella misma habran continuado negando, escudndose con la verosimilitud
del suicidio. Era tambin evidente que de los dos, el ms cuidadoso de
la salvacin comn haba sido, desde los primeros das, la Natzichet.
En todos los interrogatorios se haba esforzado visiblemente por empujar
al Prncipe a la defensa. Haba reconocido ser su querida y le haba
exigido que confirmara esta declaracin, deseosa de impedir que se
descubriera la resurreccin de su amor por la Condesa, resurreccin que
poda hacer sospechar que la causa del delito fueran los celos. Despus,
creyendo que Zakunine se haba confesado celoso y reo, haba inventado
su propia intervencin entre los dos actores del drama. El silencio y
la tristeza de Zakunine, no podan ser, no eran, el remordimiento del
culpable? Como quiera que fuese, el Prncipe se haba mostrado, durante
los primeros das, tal vez en fuerza de tanto dolor, indiferente a su
suerte.

Todo esto haca pensar a Ferpierre que en realidad haba cometido un
error al emplear su ardid contra la joven: ms bien deba haber dicho al
Prncipe que la Natzichet se confesaba culpable. Y deba haberlo dicho
cuando Zakunine estaba an bajo el peso del dolor; entonces,
probablemente, no habra tolerado que otra persona sufriera por l, y
habra confesado la verdad.

La verdad!... Si esta era la verdad verdadera, cmo saberlo? Puesto
que la Natzichet quera salvar al Prncipe, no habra hecho, despus de
que ste se hubiese confesado en realidad culpable, lo mismo que hizo al
or el relato capcioso del juez? Y entonces, acusndose uno y otro, la
confesin habra sido mayor! O quin sabe si el careo habra sido
fructuoso!

Pero ya los careos eran intiles. Decidido a aprovechar de la
generosidad de la joven, Zakunine la reconoca culpable, y desde que
ella insista en su confesin, cmo desmentirlos?

Ferpierre pens en volver a llamar a la Natzichet y decirla: Usted
cree haberle salvado? Lejos de eso, le ha perdido usted! Por qu ha
confesado usted? Porque yo la dije que l mismo me haba confesado
haber muerto a la Condesa? Pues bien: eso no es cierto; l no ha
confesado nada! Yo he dicho una mentira. Pero ahora veo que sta que yo
crea mentira, es verdad, y usted misma, sin quererlo, o mejor dicho,
queriendo lo contrario, me lo ha probado. Si hubiera sido mentira, usted
se habra redo al oira. Y, en cambio, ha temblado usted por l, y ha
tratado de salvarle, aunque en vano...

Pero Ferpierre se detuvo bruscamente, previendo que la joven no se
habra quedado sin contestar: No me re de la mentira, porque en vez de
risa tena que causarme pena. Creyendo que usted me deca la verdad,
pens que Zakunine se acusaba por salvarme, y como l es inocente y yo
soy la culpable, no me re, sino que tembl y dije a usted la verdad...

Qu contestar a eso? Y cmo probarla que menta?... Y si no menta?
Si era realmente culpable? Si su conducta no era la de una herona
salvadora, sino la de una reo confesa? Cul era la razn para no
creerla verdaderamente culpable? Era posible que con tanta habilidad
hubiera construido y descripto con tantos colores un falso desenlace del
drama; que hubiera sabido relatar un cmulo de mentiras con voz tan
turbada, con expresin tan sincera?

Entonces Ferpierre volva a medir las probabilidades, a ahondar las
presunciones, a rehacer la tarea de todos aquellos das, detenindose
ya en una, ya en otra hiptesis, reconociendo una vez ms las
inextricables dificultades del caso.

Deba renunciar positivamente a toda investigacin ulterior? Haba que
perder en realidad la esperanza de obtener una prueba incontrovertible?
Y cmo concluir el largo y ya vano sumario? Rechazando la acusacin,
afirmando que la Condesa se haba matado, y que la Natzichet se acusaba
solamente por el temor de ver condenado al Prncipe, aunque era tan
inocente como l, y que por esta razn las versiones de uno y otra no
haban estado de acuerdo?... O volviendo a la hiptesis, ya excluida
como la ms improbable, de que ambos fuesen culpables, de que la
Natzichet hubiera ayudado a su amante a ejecutar el asesinato con el
robo por mvil, y tratado despus de salvarle, acusndose?

Cada una de estas conclusiones repugnaba al magistrado; pero ste
necesitaba decidirse por alguna, y ya pensaba en hacer una ltima
tentativa cerca de los dos rusos, cuando, no obstante las rdenes que
haba dado, oy llamar a la puerta. El ujier, pidiendo disculpa por la
contravencin, le entreg un pliego del procurador general: dos palabras
subrayadas en un ngulo del sobre, indicaban que la comunicacin era
urgente.

Ferpierre rompi distradamente el sobre, pues nada le pareca urgente
si no era salir de una situacin tan ambigua. Dentro haba dos papeles:
un telegrama y una nota del procurador general. Este le escriba:

Transmito a usted inmediatamente el despacho que se acaba de recibir
del cnsul helvtico en Edimburgo. Ahora podremos, por fin, saber con
precisin algo sobre el misterio de Ouchy.

Y con mano que la ansiedad haca temblar, Ferpierre abri la otra hoja,
que deca:

Sor Ana Brighton vive en Stonehaven, Condado de Kincardine, Escocia. Ya
se ha acordado lo necesario con la magistratura inglesa para recibir su
declaracin.

Ya la curiosidad pblica se haba despertado, ms ansiosa que nunca, al
saberse que la instruccin no estaba cerrada an como se deca primero;
que el magistrado desconfiaba de la confesin de Alejandra Natzichet, y
que todo volva a quedar sujeto a nuevas dudas en el momento en que el
misterio pareca descubierto. Las discusiones recrudecan, apasionadas e
intiles, entre los que sostenan la sinceridad de los nihilistas, los
que vean en su conducta una nueva prueba de la culpabilidad del
Prncipe y los que volvan con mayor confianza a la versin del
suicidio, imputando a los mtodos inquisitoriales del magistrado la
confesin arrancada a una inocente. Pero los ms reconocan que la
justicia se encontraba en presencia de uno de aquellos casos dudosos de
cuya solucin hay que desesperar hasta que alguna circunstancia
inesperada viene a aclararlos, y que con mayor frecuencia permanecen
irresolutos para siempre.

La noticia de que por fin se haba encontrado a Ana, llev la curiosa
expectacin al grado de la fiebre. Su declaracin, la ltima carta que
le haba dirigido la Condesa, pocas horas antes de su muerte, lo iban a
explicar todo.

No era general, sin embargo, esta confianza, y el mismo Ferpierre,
despus de su primer movimiento de estupor y de placer al recibir
comunicacin del telegrama, tema no poder salir an de la duda. Si la
muerta hubiera confesado que iba a suicidarse, si haba enviado a la
hermana su ltimo adis, sta, al recibir la carta, al leer aquel
anuncio, no habra debido acudir, o por lo menos contestar, o tratar de
conseguir otras noticias, de saber si Florencia haba puesto en
ejecucin su funesto propsito? Y puesto que todos los peridicos del
mundo haban hablado de la catstrofe, de la acusacin, de los arrestos
y del sumario, no era para la religiosa un deber de conciencia enviar
la carta a la justicia? Esta nada haba recibido; por consiguiente, la
carta no anunciaba el suicidio.

Natural era, pues, considerar como singularmente empeorada la condicin
de los acusados. Si faltaba en la carta una explcita alusin al
desesperado propsito de su autora, tena que parecer menos probable que
nunca el que, una hora despus, sta se hubiera matado; pero a cul de
los dos acusados se deba imputar el delito? Se poda abrigar la
esperanza de que la Condesa hubiera expresado en la carta el temor
suscitado en ella por la amenazadora actitud de uno u otra? No era ms
probable que la carta no fuese explcita en sentido alguno, y que, aun
confirmando la angustia que embargaba a la infeliz, no anunciara la
intencin de sta de morir? En tal caso, la ambigedad iba a subsistir.

Una primera noticia, dada por los diarios ingleses que anunciaban el
descubrimiento del paradero de sor Ana Brighton, destruy las dudas del
magistrado. La religiosa, decan esas hojas, estaba atacada de una grave
parlisis, haba perdido el uso del cuerpo y de la palabra.

Un telegrama de Londres para el _Journal de Genve_ precis, al da
siguiente, que la enfermedad databa de un mes, y que el ataque
apopltico, segn la declaracin de la prima de sor Ana, su nica
parienta, la haba sobrevenido al leer una noticia funesta.

Y cuando una semana despus, recibi Ferpierre con la confirmacin de
estos rumores el expediente formado por el magistrado escocs, vio que
una vez ms se haba equivocado en sus previsiones. Sor Ana no haba
podido contestar a la Condesa ni iluminar a la justicia porque al leer
la carta de su antigua alumna predilecta haba cado como muerta.

Aquella carta, hallada a su lado y unida al informe junto con otras que
no tenan importancia, deca:

Sor Ana, ruegue usted por m. Ruegue usted mucho, con todo el fervor de
su buena alma, porque tengo necesidad de mucho perdn.

Esta es la ltima carta ma que usted recibe. Si un da sabe usted lo
que he hecho, recuerde usted el nombre que siempre desde la primera vez
que goc de sus caricias quiso darme: recuerde usted que me ha llamado
hija suya y como a tal me ha amado: para su hija siempre ser usted
indulgente.

Dios lee en mi corazn. A usted no puedo ni quiero decir qu tempestad
me destroza. Bendita usted que no conoce el error! Para qu hablarle
de aquello con que yo lucho? Piense usted solamente esto: que si he
pecado mucho, ahora quiero huir de otras culpas. Me encuentro reducida a
una condicin tal, que todo es para m culpa y error. Slo la muerte
puede librarme: yo debera esperarla, porque no tardar; pero el mal no
espera, no.

Si la apeno, perdneme usted. Piense usted que no tengo a nadie ms en
el mundo a quien decir estas cosas en esta hora extrema. Todava
quisiera dirigir a usted otro ruego: acepte usted mis memorias, que dejo
para usted. Estoy segura de que las conservar usted con el amor que
siempre me ha tenido.

Sor Ana, ruegue usted por m.




IX

ESPASMO


Pasaron los aos, y la Condesa Florencia d'Arda, el Prncipe Alejo
Zakunine y Alejandra Natzichet se fueron borrando poco a poco de la
memoria de los hombres. Los propietarios de la _villa Cyclamens_ haban
pensado primero en cambiar el nombre de la villa, temerosos de que aquel
triste recuerdo impidiera que otros quisieran vivir en ella; pero en la
prxima estacin la solicit expresamente un ingls movido por la
curiosidad despertada en l por el drama de Ouchy. Dos aos despus fue
alquilada por una familia americana que nada saba de la muerte ni del
proceso, y as qued la casa con su antiguo nombre.

La Baronesa de Brne, frecuentadora asidua de la Casa de Salud, refera
a todos los recin llegados la historia, con gran acopio de detalles, y
ellos se quedaban escuchndola, indiferentes a esas cosas pasadas, de
las que no haban sido espectadores, y hasta fastidiados con tan
montono relato. Y pronto lleg el da en que la misma Baronesa olvid
el asunto.

Sor Ana Brighton deba haber muerto en Stonehaven; el nombre de la
Condesa se borraba de la cruz en el cementerio de Sallaz. En cuanto al
Prncipe y a la joven nihilista, nadie supo ms de ellos despus que
salieron en libertad: haban vuelto seguramente a su propaganda. Y
tambin a sus amores? Era probable: despus de su heroica tentativa de
salvarle, Alejandra Natzichet deba haber visto a Zakunine corresponder
al amor que ella le tena. Los diarios, en un tiempo llenos de noticias
relativas a la acusacin que amenazaba a ambos, no hablaban ms de
ellos: otras historias de otras pasiones ocupaban el lugar concedido
antes al drama de Ouchy.

El juez Ferpierre, no, obstante los nuevos procesos y los nuevos
misterios sometidos a su averiguacin, fue entre todos el que ms
conserv el recuerdo: demasiado graves haban sido sus preocupaciones,
demasiado penoso su despecho de no haber sabido ver claro en aquel
enredo. Tratando de justificarse a sus propios ojos, pensaba que,
despus de la lectura de las memorias de la Condesa y el interrogatorio
de Vrod, haba visto y firmado la verdad; pero el recuerdo de sus
vacilaciones, de sus sospechas, de sus tentativas ambiguas y
desgraciadas lo confunda. Cmo no se haba mantenido en la opinin de
que la acusacin era obra enteramente del odio de Vrod? Una especie de
sordo y pertinaz remordimiento lo haba acompaado durante largo tiempo,
ante la idea de haber empujado a una inocente a un sacrificio terrible:
despus ese error suyo fue a confundirse con otros, y le dio libertad
para decirse que su culpa haba consistido nicamente en un celo
excesivo por encontrar el fundamento de la acusacin, y as fue
perdindose por fin hasta de su mente el recuerdo de aquellos hechos.

Roberto Vrod se deca que l tambin llegara a olvidar, pero el tiempo
tardaba en concederle ese ambicionado bien.

En ciertas ocasiones, cuando un nuevo pensamiento le distraa de tan
doloroso recuerdo, el joven temblaba, porque ese nuevo pensamiento era
infinitamente ms grave. Ante la evidencia haba tenido que reconocer su
falta, que admitir la injusticia de su acusacin y convenir en que
solamente el odio se la haba sugerido. Vista la prueba haba tenido que
dar la razn al severo juicio del magistrado; comprenda que l mismo
haba contribuido a la muerte de la infeliz, y el remordimiento que en
un tiempo le haba parecido atroz, le pareca ya casi leve. No solamente
no trataba de disculparse, sino que insista con encarnizado empeo en
confesar su error, se acusaba acerbamente, aumentaba el peso de su
propia responsabilidad para tratar de substraerse a un pensamiento
muchsimo ms mortificante. Era en vano. Quera pensar en que su amor
haba muerto a esa mujer, para no creer que ella no haba sido
merecedora de su amor.

Todas las razones incurables aducidas por l contra la hiptesis del
suicidio estaban grabadas en su mente. Era creble que la Condesa se
hubiera matado sin dejarle su ltimo adis? Dada su fe en Dios, poda
matarse? Cualquiera que fuese la angustia que se haba apoderado de
ella, no obstante sus propsitos de muerte, no le habra temblado la
mano en el momento de ponerlos en ejecucin? No se le habra cado
inerte el brazo ante la idea de dejarle un triste ejemplo, a l, que
haba sido reconciliado por ella con la vida? Al matarse, no lo mataba
a l?

Esto es particularmente grave en el amor: que cada uno de los amantes
no slo es responsable de sus propios actos, sino tambin de aquellos a
que induce a la persona amada.

Esas eran las palabras. Para matarse haba tenido que olvidarlas. Y las
haba olvidado! Su fe en Dios no era tan firme como pareca, puesto que
la haba dejado darse la muerte! Se haba matado pensando en una
extraa, sin dejarle a l una palabra de despedida, arrojndolo en
cambio al escepticismo de que haba querido sacarlo!

Era esa la realidad: l haba sido vctima de una ilusin del eterno
engao del amor, al atribuir a aquella mujer sublimes virtudes que no
posea, al exagerar la hermosura de aquella alma hasta concederla una
perfeccin sobrehumana.

Yo deba saber se deca a s mismo, tratando de vencer la tristeza del
desengao, que la perfeccin est fuera de lo humano; que los hombres
pueden pensar en ella y buscarla, pero jams la alcanzarn. Esta
certidumbre me haba impedido exaltar ms all de lo debido a aquel ser;
y esta persuasin debe ahora atemperar mi desconfianza e impedirme
envilecer ms de lo debido su memoria.

Porque, efectivamente, cambiada ya la disposicin de su espritu, Vrod
acusaba a la muerta no solamente de debilidad sino de mentira y casi de
indignidad. Antes de matarse, le haba dicho que le amaba, y era
evidente que al decrselo haba mentido. Quin aseguraba, entonces, que
no hubiera mentido otras veces?... As como todos los humores acres
latentes en una sangre corrompida se despiertan a la ms leve herida y
la exacerban y la gangrenan, as el desengao del joven encontraba
alimento y fuerzas en una multitud de ideas roedoras de las cuales antes
no haba tenido conciencia. Casi llegaba al punto de despreciarse y
escarnecerse por haber erigido en ideal de perfeccin a una mujer que
viva fuera de la ley.

No haba vivido fuera de la ley? No eran indignas sus relaciones con
el Prncipe? Qu valor se poda dar al compromiso que sostena haber
contrado secretamente consigo misma? Se poda creer que hubiera sido
sincera al contraerlo, o no habra tratado con su asercin de rescate a
los ojos de los dems y a los suyos propios, despus de haber medido la
gravedad de su culpa? Era increble que se hubiera dado a otro hombre
por ejercer el gratuito oficio de redentora? Si por lo menos, sin la
quimera de la redencin, sin la fe en la duracin de su pacto, hubiese
amado a ese hombre con amor puro!

Pero Vrod negaba hasta eso mismo, porque para l no era concebible que
un hombre como Zakunine inspirara una pasin sincera. Sanguinario y
tirnico al mismo tiempo que predicaba la paz y la libertad; resuelto a
gozar vidamente mientras deca que los sufrimientos de los dems le
hacan gemir; codicioso, disipador, infiel, mentiroso, ese hombre no
poda ser objeto de un amor noble; slo poda ejercer una fascinacin
perversa, una curiosidad malsana, deseos serviles. Malsana, servil,
perversa haba sido la pasin de aquella mujer.

Los celos impotentes, su amor humillado hacan que Vrod acogiera estas
ideas. Cuando Florencia d'Arda viva, no los haba concebido: mientras
haba podido ver en su muerte la obra de un asesino; mientras se le
apareca rodeada de la aureola del martirio, ninguna sospecha haba
podido contaminarla; mientras se haba visto amado por ella, la haba
correspondido con un amor puro y confiado. Pero de pronto descubra que
su amor no haba sido veraz. Si realmente le hubiera amado, habra
podido dejarle en esa forma? Para que encontrara en su vnculo con
Zakunine un obstculo tan grave para su felicidad, no deba sentir en
realidad algn afecto por ste? Haba muerto para no serle infiel!
Puede la nocin de lo abstracto tener tanta fuerza, si no concuerda con
un sentimiento concreto, con un inters enteramente personal y presente?
El mentido arrepentimiento de Zakunine, la falsa resurreccin de un amor
que jams, haba sido creble, haban despertado en ella la servil
pasin de otros tiempos: entonces, comprendiendo la vileza de su propio
servilismo, pero no pudiendo vencerla, se haba dado muerte!...

As vea el joven corromperse y poco a poco disolverse en podredumbre la
figura antes colocada por l sobre un altar. Y luego volvan fielmente a
su memoria las profticas palabras de un da lejano:

Demasiado tiempo he vivido fuera de la ley para que pueda esperar ahora
volver a ella. Usted no quiere creerlo ahora, y es sincero; pero ms
tarde lo creer usted, y ser igualmente sincero. El sentimiento
indeleble de mi decadencia debe hacerme consagrar mi vida a la religin;
esto es, por ahora, slo en mi concepto, ms tarde lo ser tambin en el
de usted...

Y Vrod se senta sobrecogido de un inmenso estupor angustioso viendo
por fin realizarse la profeca; comprendiendo que ya no tena el derecho
de retirar su estima a la muerta, puesto que ella misma, humilde y
dolorosamente, combatiendo la frvida confianza que l demostraba, haba
reconocido su propia indignidad.

Al pensar en esto se detuvo, lleno el corazn de respeto: tena que
reconocer que su amiga no se haba engaado. Haba previsto el
inevitable porvenir; lgica, fatalmente, el resultado tena que ser
ste: Da llegar en que usted me juzgue como yo misma me juzgo ahora.
No haba sucedido aquello casi en vida de la infeliz? No era verdad
que el da en que por ltima vez se encontraron, cuando ella le habl
del hombre con quien estaba ligada y quera que siguiera siendo suya, el
mpetu de su odio contra Zakunine y la insufrible idea de la impotencia
de su propio amor lo haban casi sublevado contra ella?...

Sea como usted quiera, la haba dicho, pero ese hombre la dejar a
usted una vez ms. No haba ido an ms lejos con el pensamiento? El
temor de ser desdeado no lo haba impulsado a apretarle la mano y a
decirla con dureza: Y por un hombre como aquel me rechaza usted a m?
Y despus de haberse perdido usted por l, por l, se niega usted a
rescatarse?...

Y a la sombra luz de este pensamiento, el joven se diriga esta otra
pregunta, ms ansiosa que las dems:

Entonces ha hecho bien en matarse?

Si era un germen venenoso su nuevo amor, no era mejor que hubiera
muerto? Si ella haba comprendido que, al quererla suya, pensaba
rescatarla, llevar a cabo un acto generoso, habra resistido y se
haba dado la muerte, no por fidelidad a Zakunine, sino por la
desesperada certidumbre de una desinteligencia fatal a ese nuevo amor? Y
muerta ya para l, cmo pretenda juzgarla an? Si creyndola vctima
de la crueldad del otro, le haba dado toda la compasin de que su
corazn era capaz, no deba, cuando ya el voluntario sacrificio la
haba rehabilitado, darle una compasin ms ardiente an, la compasin
alimntala por el remordimiento?

Toda la seguridad de los juicios se volva entonces en su contra. Quin
era l, que pretenda condenarlo?

Y por qu la haba condenado, sino porque se le haba esquivado? Qu
otra cosa que la pasin egosta, esa pasin voraz y no satisfecha, le
haca ser severo para su memoria? Nada que no fuera el sofisma de la
presuntuosa pasin le deca que el compromiso contrado por Florencia no
era vlido y que si lo hubiera olvidado para aceptarlo a l habra
estado en lo honrado y lo justo. l, que la quera perfecta, no tena
como todos los seres humanos y ms que muchos, sus debilidades y sus
culpas?

De estos pensamientos opuestos sala por fin resignado a la realidad
inexorable, dispuesto a reconocer que si la pobre muerta no haba sido
tan bella como la amorosa fantasa la haba pintado, tampoco haba sido
tan mala como l la vea en el rencor del abandono. Pero, no obstante,
se senta mortificado y dolorido. El tener que renunciar a la perfeccin
imaginada le haca mucho dao. Se deca a s mismo que nadie en el mundo
es perfecto, y, sin embargo, perfecta quera seguir viendo a su hermana
de eleccin. Y todos sus esfuerzos por glorificar o por lo menos
legitimar el sacrificio voluntario eran vanos.

No era verdad que al darse la muerte se hubiera redimido. La redencin
est en la vida, no en la muerte. La muerte no resuelve el problema
moral; lo evita. Si no quera o no poda aceptar el ser suya, como l
haba esperado, la quedaba todava otro camino: huir, desaparecer, pero
sin renunciar a la vida.

No era ese el camino?

Vrod se senta vacilante asaltado por la duda, lleno de ansiedad. La
eficaz virtud del ejemplo haba iluminado y dado seguridad a su juicio
respecto a los ms graves problemas humanos. Ella haba realizado el
prodigio de hacerle salir de la duda, de la incertidumbre en que viva.
Ella haba sido su religin, con la luz de sus ideas lo haba iluminado,
lo haba guiado con mano firme por entre todas las contradicciones,
engaos y errores, le haba enseado lo que deba creer y lo que deba
negar. Y de pronto volva a caer en sus vacilaciones. Deba vivir!
Deba morir! Cmo resolver el tremendo dilema de vivir en el error o
de morir por evitarlo! Tienen los hombres el derecho de disponer de su
existencia! Y si este derecho no les pertenece, quin puede impedirles
que lo ejerzan?... El joven haba vuelto confiadamente los ojos al
Cielo, al Cielo que en otra ocasin haba encontrado vaco, desierto,
impenetrable: ella tambin lo miraba as. Y no saba ya lo que en l
poda ver, o lo que es peor, tema saber demasiado. Florencia se haba
dado la muerte! No haba tenido miedo del juicio de Dios! No haba
pensado en la salvacin de su alma, no haba credo en su vida futura:
se haba matado porque todo acaba en la muerte.

Entonces, nada existe, nada?...

La pregunta de la muerta quedaba sin respuesta, desoda.

Por la sola virtud de la vista de su amada, Vrod haba mirado, haba
odo, comprendido el alma del mundo: voces misteriosas le haban dicho
cosas memorables; todo viva, palpitaba y reluca. Pero, despus el
silencio y la obscuridad volvan a aglomerarse en torno suyo. Lo que
antes tena un sentido evidente o recndito permaneca mudo.

Tan profunda y sincera haba sido su conversin, que a veces se senta
iluminado por lampos de la antigua fe; pero luego lo rodeaban nuevamente
las tinieblas ms espesas. Y en la alternativa de la duda, encontraba
otra vez con mudo y desesperado terror, a su otro yo, al hombre de
tiempos pasados que crea haber sepultado ya dentro de s mismo. Como
antes de haber conocido a la Condesa, su pensamiento era obscuro,
confuso, se perda. La milagrosa florescencia que haba brotado de todos
los pliegues de su alma se marchitaba y deshaca. En otros tiempos, su
corazn, cerrado a todos se complaca en su propia avidez; pero una vez
que ya haba recibido la simiente, se senta amargado por un rencor
infinito.

El joven resolvi viajar. Vio otras tierras, otros hombres, esperando
dejar su dolor a lo largo de los caminos del mundo; pero nada fue
suficiente para calmarlo. En Niza, delante de la tumba de su hermana,
llor ardientes lgrimas que lejos de extinguir el fuego lo reanimaron.
Al lago no haba vuelto: un mortal pavor lo invada al pensar que iba a
ver otra vez los nicos lugares donde pudiera decir que realmente
hubiera vivido. Tema morir ahogado por la pena al ver las playas de
Ouchy, las cuestas de Lausana, la _villa Cyclamens_, el bosque de Comte,
las humildes capillas, el panorama del Leman velado por las nubes y
sonriente a, la luz del sol.

Por fin, un da fue. Encontr esos lugares tal cual los haba dejado. La
impasibilidad de la eterna Naturaleza lo lastim como un insulto: si al
menos algo hubiera sido destruido en la tierra; si al menos hubiera
visto en su derredor los rastros de una devastacin parecida a la que l
senta en su interior.

Los montes seculares, las aguas perennes, voraces sepulcros de seres
vivientes, permanecan inmutables. El joven iba reconociendo cada punto
del camino, cada pormenor de la perspectiva. Tena la desesperada
certidumbre de que ningn poder habra podido jams realizar el milagro
de devolverle lo que haba perdido, y sin embargo volva en torno suyo
la mirada, y aguzaba el odo, como si una aparicin, una voz, pudieran
de improviso evocar el bien perdido.

Y una tarde que desde una ventana de su cuarto contemplaba las cumbres
del Dle, detrs de las cuales descenda radiosamente el sol, se
estremeci al or una voz que hablaba detrs de l.

Era una alucinacin? No soaba despierto?

El Prncipe Alejo Zakunine estaba en su presencia.

--Roberto Vrod--deca la voz--no me reconoce usted?

Una especie de escalofro le sacudi los nervios: crea estar viendo un
espectro.

Qu quera con l ese hombre? Por qu iba a buscarle?

--Sabe usted quin soy? Pero no me esperaba usted! He venido a verle
porque tengo algo que decirle.

Hablaba con la cabeza baja, humildemente. Vista de arriba, desde la
frente en extremo espaciosa hasta la punta de la barba, la cara pareca
toda surcada de profundas arrugas. Los cabellos, ya muy raros, estaban
blancos junto a las sienes. Toda su persona llevaba impresa las seales
de una rpida decadencia.

Vrod le contemplaba como fascinado, incapaz de contestarle una sola
palabra, de ver claro en el tumulto de sentimientos que se
desencadenaban en su alma.

--Tengo que decir a usted una cosa. Quera decirla al juez Ferpierre;
pero he pensado que mejor era dirigirme primero a usted...

Y despus de una pausa, aadi:

--igame usted, Vrod: Florencia d'Arda no se mat. Yo la asesin.

El joven se pas una mano por la frente, por los ojos. Otra vez, ms an
que en el primer instante, estaba inseguro de hallarse despierto.

--No me cree, usted? Y, sin embargo, usted estuvo tan cerca de la
verdad! Yo s que usted la afirm contra todo y todos, y poco falt para
que consiguiera demostrarla. Cierto es que muchas circunstancias, una
principalmente, estuvieron, en contra de usted. La carta de sor Ana,
pareca decir la ltima palabra sobre la suerte de la Condesa. Lo que
enga a la justicia fue que cuando yo la mat se hallaba verdaderamente
decidida a darse la muerte. Voy a decir a usted cmo la mat...

Vrod temblaba como sacudido por la fiebre.

--Voy a referir a usted mi infamia: ste ser el principio del castigo.
Nunca conoc lo que vala. Jams, mientras vivi, comprend la hermosura
de su alma. Ninguna belleza era comprensible para m: el mundo y la vida
me parecan desprovistos de esa cualidad. Tena dentro de m un
infierno, nada poda apagar la llama que me devoraba. Todo cuanto yo
tocaba quedaba reducido a cenizas. Ella me am por compasin: el
instinto, la necesidad, la voluptuosidad del sacrificio me la
entregaron. Y aunque no la comprend, por un momento me sent
deslumbrado por su luz. No pude soportar su claridad, y apart la vista.
Y me burl de ella y la ofend.

Se call un momento, la vista fija delante de s, cual si estuviera
ciego, y luego prosigui:

--igame usted. Cuando le haya dicho todo, comprender usted que mis
palabras merecen fe. En los primeros tiempos de mi dicha me sent otro.
La Naturaleza y la vida haban hecho que fuera condicin ma el pasar de
un sentimiento al otro con fulmnea violencia. Los que saben lo que yo
he hecho en el mundo podrn pensar que a veces me gui quiz la voz del
bien. Pero yo no tena conciencia. Si dentro de m juzgaba mis acciones
y las de los dems, todo se reduca a un mecanismo, a un juego de
impulsos ciegos y fatales. Yo no poda, por lo tanto, creer en el cambio
que se haba operado en m por su virtud. No me burl solamente de ella,
tambin me re de m mismo...

Debera decir a usted cual fue, da por da, hora, por hora, mi obra
espantosa; cmo, a su constante, infatigable, divina prdica de amor y
su bondad opuse el desprecio, el insulto, la traicin. Pero usted sabe
todo esto. Y luego, y luego...

Todo cuanto sugera a usted su odio hacia m era demasiado poco: lo que
yo le hice es increble. A veces, cuando con palabras envenenadas y
corrosivas profanaba, vilipendiaba, destrua su fe; cuando le demostraba
que nada existe fuera del mal; que los nicos remedios son el hierro, el
fuego, la muerte; cuando la incitaba a dejarme, a traicionarme, a
perderse, senta operarse en mi interior una reaccin violenta, y el
llanto me acuda a los ojos. Pero yo ocultaba mis lgrimas.

Cuando usted la conoci, cuando comprend que ella comenzaba a amarle,
mi pecho se dilat de gozo. Ver que su decantada eternidad de
sentimientos flaqueaba; prever que iba a caer como caen todas; poder
decirla:--Ya ves? Dnde estn tus leyes morales? T tambin haces
como las dems, lo que te place!--era algo que me colmaba de jbilo...

Mientras tanto yo me entregaba completamente, haba incitado a la accin
a los pusilnimes, a en mi pas y en los dems. La ltima tentativa me
pareca destinada a prosperar; ya saboreaba el triunfo. Todo lo haba
preparado detenidamente, haba incitado a la accin a los pusilnimes, a
los vacilantes, a los miedosos, y entregado casi todo cuanto quedaba de
mis bienes sin pensar en las dificultades que encontrara ms tarde.

Mi deber era entrar yo tambin en accin, y hube de partir con ese
objeto, pero me vi obligado a quedarme a preparar una nueva accin para
el caso de un revs. Y un da supe que mis hermanos haban sido muertos,
pendan de las horcas que caan en los caminos que conducen a los
destierros, bajo la frula de los esbirros; supe que las mujeres, que
las nios suban al patbulo; que tantos inocentes sufran en mi lugar;
que el temor reinaba sobre toda la gente de mi raza...

Ese da me encontr, en presencia de tanta ruina, con el temor de haber
equivocado el camino, solo y casi pobre. Entonces, de improviso, surgi
dentro de mi corazn algo como una necesidad, como una ansia, como una
sed ardiente de socorro; entonces llegu casi a extender la mano para
encontrar a mi lado un apoyo, casi me prostern a escuchar una palabra
de consuelo...

El ser que poda consolarme exista: no habra tenido otra cosa que
hacer que ir en su busca, que abrirle mi corazn. Quizs habra sido an
tiempo. O quizs no: ya era demasiado tarde...

Demasiado tarde! Sabe usted lo que estas palabras significan?... Un
impulso de soberbia me detuvo. Habra yo de suplicar? Y, sin embargo,
me daba cuenta de que nada en aquella crisis de mi vida habra podido
curarme como el amor de una criatura como esa.

Volv a su lado, pero nada le dije. Mi actitud deba demostrar, sin
embargo, lo que ocurra en mi interior. Demasiado tarde!... Podemos
sufrir y aceptar el sufrimiento; podemos desesperar y vivir en la
desesperacin, pero ante la idea de que la felicidad hubiera sido para
nosotros; de que la fortuna ha pasado a nuestro lado; de que para
obtenerla slo tenamos que extender la mano, que decir una palabra, y
que hemos retirado la mano, y proferido--demasiado tarde!--la palabra;
ante esa idea el corazn ces de latir...

Ya ella no era ma: era de usted, y cuando adquir esta certidumbre,
comenc nuevamente a rer y a burlarme. Hu de ella, pero tuve que
volver a su lado; aun cuando me mostraba arrepentido y convertido, no me
pesaba la sujecin: lejos de ella no poda vivir. As transcurrieron los
ltimos meses, alternando mis huidas con breves regresos. A Zurich iba
para hablar de ella a otra infeliz, a Alejandra. Alejandra Natzichet ha
muerto...

Vrod estaba aturdido. No, no soaba; pero la realidad tena todos los
caracteres del sueo. El hombre que hablaba en su presencia se pareca a
aquel orgulloso revolucionario como las plidas imgenes de una
pesadilla se parecen a las personas vivas. Muerta la Natzichet? Cmo,
por qu haba muerto? Hasta la hora y la luz eran poco naturales: el
amarillento crepsculo alumbraba de manera extraa la habitacin, las
cosas, el rostro esculido del Prncipe.

--Confiaba mi tormento a Alejandra, y Alejandra me amaba, sin que yo lo
notara siquiera! La vida lo ha querido as: que nuestras almas, que
estos cuatro seres se hayan encontrado para sufrir un dolor inefable, y
que ninguno supiera lo que el otro sufra, o lo supiera siempre
demasiado tarde! Yo profesaba a Alejandra un afecto fraternal: la
soledad en que se encontraba sumida, su entereza, que la haca capaz de
soportar y vencer las dificultades de la vida, me inclinaron a
protegerla, a sostenerla como a una hermana, como a una hija; pero ella
me quiso con un afecto ms ardiente! Y aunque yo me hubiera dado cuenta
de su amor, habra podido hacerla feliz? Slo a ella poda confiar mi
pasin por la otra!...

Alejandra trat de curarme llamndome al deber de servir la causa: quise
escucharla, pero en vano. La idea de reconquistar el amor que antes
desdeara, embargaba y diriga mi vida entera. Despus de haberlo
desdeado, atribua a ese amor un precio inestimable. Era justo!...

Nada de esto deca a Florencia: las veces que vena a verla, me pasaba
los das temblando de descubrir que, as como haba dejado de ser ma en
el alma, se hubiera entregado ya a usted. Para no creer en esa horrible
cosa, me deca: Piensa con tanta elevacin, que nunca lo har! Y una
voz interior me contestaba: Ahora crees en aquella altura moral de que
antes te reas? S, antes me rea. Y todava no crea en ella!

Mi confianza en que no me traicionara no se fundaba tanto en la estima
en que tena su carcter, cuanto en la imposibilidad de creer que todo
hubiera terminado irremediablemente entre nosotros. Vea que mi vuelta y
mi arrepentimiento la producan una ansiedad mortal, y me halagaba la
esperanza de recuperarla...

Estar a su lado y no poder tomarle la mano! Recordar lo pasado y
desesperar de vivir otra vez una sola de sus horas!... Tanto como
pasaba por m, y nada poda decir! La soberbia me contena an y tambin
otro motivo menos mezquino. Yo me encontraba ya en la pobreza, ella era
rica: hablarle de mi amor, no poda ser una mentira sugerida por el
clculo?...

Un da habl. La dije:

--Te he perdido, he querido perderte: siento que mi culpa es
irreparable. Pero si t supieras lo que pasa dentro de m! Te pido por
favor que no me abandones en este momento en que todo se derrumba en
torno mo. Ms tarde hars lo que quieras...

Ese mismo da, el da de la tempestad haba hablado usted tambin.
Estrechada entre nuestras dos pasiones, resolvi morir. La respuesta que
me dio fue:

--Nunca le abandonar porque soy su esposa; pero acurdese usted de que
nuestro amor ha muerto.

Su acento era fro, su mirada evitaba encontrarse con la ma.

Cuando comprend que tambin usted haba hablado, se me ocurri que no
era sincera, pens que me ocultaba algo. Pero lo que tema era que
hubiera resuelto huir; no crea que tuviera la decisin de morir: aun
no la conoca!...

Pas una noche tremenda. Ella tambin la pas en vela. Cien veces, mil,
quise ir a buscarla, pero su puerta me estaba vedada. Por la maana vino
Alejandra a buscarme, a llamarme, con la intuicin de una catstrofe. La
promet partir, pero antes quise ver por ltima vez a Florencia.

Al orme entrar en su cuarto escondi precipitadamente algo. Vi que era
el arma.

Al tal punto se senta oprimida entre nuestras dos pasiones, que quera
morir para libertarse... Comprend que yo no tena derecho de hablar, de
haberme introducido en su habitacin; que deba dejarla entregada a su
destino, a la libertad, a la muerte, pero no poda. La idea de que entre
dos seres que haban sido el uno del otro no existiera ya nada, nada; de
que yo era peor que un extrao para ella, no encontraba cabida en mi
mente. Y la voz secreta me deca: Antes, t creas que el amor fuera el
encuentro fugaz de dos caprichos, antes te reas de los lazos
indisolubles...

Yo no poda admitir que perteneciera a otro, aun cuando no fuera ms
que con el pensamiento. Yo, que la haba traicionado, no poda admitir
el ser traicionado a mi vez. Mi soberbia era ilimitada, no toleraba que
alguien valiese ms que yo. Y como comprenda que usted habra sabido
hacerla feliz, la soberbia, el amor, los celos, todas las pasiones,
todos los instintos de mi raza, de mi naturaleza, se sublevaban
amenazadores.

--T me prometiste ayer--la dije con acento amargo--que no me dejaras,
porque eres mi esposa, y ahora quieres matarte!...

Ella no lo neg.

--Djame morir--fue su respuesta;--eso ser mejor para todos.

En su voz haba algo que no conoca: su amor por usted, el rencor de
tener que abandonar la felicidad que se prometa con usted.

--De modo que ya no puedes tolerar mi vista? Tanto te horrorizo?

La dije estas palabras, y muchas, muchas otras.

Ella me respondi nicamente:.

--De quin es la culpa?

--igame usted: este era el primer reproche que me diriga despus de
tantos meses de dolor.

--Pues bien--la repliqu,--yo desaparecer: partir hoy mismo, dentro de
un momento y nunca volvers a verme. Quieres morir, sin embargo?

--S--me dijo.

Tuve miedo de comprender, pero, no obstante, la pregunt:

--Por qu?

Sus palabras, nada me dijeron que yo no supiera ya.

--Porque si vivo ser suya.

_Suya_, de usted, de otro!...

Una llamarada me subi a los ojos y a la frente.

--Eso no es posible, no suceder!...

Ella movi la cabeza.

--No digas que no!--insist.--No digas que no!... Ya s que no me
amas, que me odias, que me execras; pero no me digas, que amas a otro,
porque... porque...

--Le amo--dijo.

Entonces la supliqu, hasta llor. Ella repiti:

--Le amo. No se debe mentir. Yo no s fingir. Le amo; y porque este amor
me est vedado, muero.

Yo me ech entonces a rer, la escarnec:

--La persona que quiere morir no lo dice!... Bien desempeas tu
papel!...

Todava creo ver su mirada asombrada.

--No me cree usted? No cree cuando ya me he despedido de la nica
persona que me llorar sinceramente?...

--De l?...--exclam.

A sor Ana era a quien haba escrito; pero no manifest indignacin de mi
sospecha, del tono de irona con que la expres. Se limit a corregirme:

--De sor Ana.

Yo repuse siempre en tono de burla:

--Y la salud del alma?

Al or estas palabras se ocult el rostro entre las manos. Yo se las
tom de repente, y trat de atraerla hacia mi pecho.

--No, no morirs; t vivirs para m, conmigo...

Ella se levant de un salto y se ech para atrs:

--No me toque usted!

Yo sent que mi inmenso amor chocaba contra un odio implacable.

--Bueno! La causo horror?--la dije.--Y lo ama usted a l! Y aun
cuando en realidad quisiera usted matarse, no lo hara, porque teme el
juicio de su Dios. Yo quiero librarla a usted de esa pena!...

Y antes de que siquiera tuviese el tiempo de sospechar mi intencin, me
apoder del arma, que tena oculta entre varios libros.

--Ahora no se matar usted, no afrontar la ira de Dios, y podr usted
tambin correr en busca de nuevas caricias.

Desde ese momento ya no la reconoc. Mir en su derredor, como si se
sintiera presa de una gran congoja, como si se creyera perdida, como si
se viera envuelta en una tromba voraz y absorbente.

Luego me mir: sus ojos estaban iluminados por un fulgor de gozo, por
una sonrisa burlona.

--Ah! Cree usted?... Hasta usted cree que yo quiero morir?... Cmo
lo ha credo usted?... Llvese esa arma! No es la muerte la que me
espera, sino la vida y el placer... Vyase usted: djeme sola: l va a
venir ahora!...

Yo tambin mir entonces en torno mo, desconcertado: mi mano armada
temblaba. Y como en mi mirada haba una pregunta, ella la comprendi:

--Va a venir: soy suya!...

La roja llamarada me subi otra vez, ms furiosa, a los ojos y a la
frente.

--Cllese usted!--la grit.

--No, no quiero callarme! No puedo!... Le amo, soy suya!

--Cllese!--la orden una vez ms.

--No, no quiero callarme! Le amo, y a ti te odio y te desprecio! T
me has hecho tanto mal, que tengo derecho de desquitarme por fin! Nadie
puede condenarme!...

--Cllate!...--la intim por tercera vez.

--No, no puedo callarme! Aunque me condenen, qu me importa? Todo mi
ser necesita respirar la felicidad de que por fin se siente saturado.
Quiero gritar a todos, a todos quiero hacer ver la felicidad que me
inunda el alma!...

--Ests loca!--grit.

--S, desde que soy tuya!

No; eso no era posible. Si hubiera sido cierto, si yo hubiera debido
creerlo, yo tambin me hubiera vuelto loco.

--No es cierto! No te creo!--exclam.

Ella me contest, atnita, rindose:

--No lo crees? Cmo te lo har creer?... Escucha: si no fuera verdad,
yo habra querido morir? T me has encontrado con el arma en la mano;
he escrito ya una carta de postrer adis; iba a escribir mi testamento:
despus le habra escrito a l. Crees que yo habra querido, habra
podido dejarlo de esa manera? Sin el remordimiento de la culpa, habra
pensado en la muerte? A no haber sido mi cada, habra continuado
viviendo como hasta ahora! Deseaba morir, porque crea haber pecado;
pero ahora ya no, ya no, ya no!...

--T has hecho eso?

--Lo he hecho y lo volver a hacer. Le amo, es mo, para siempre.
Quieres saber desde cundo? Quieres saber cmo?

--Cllate! No me provoques!

--No, no te provoco. Qu me importas t? Quin eres t? Qu haces
aqu? Quin te ha dado el derecho de entrar aqu? Vete, djame! l me
espera, te lo repito... Quieres darme miedo?... Ah, ah!...

Mis miradas deban ser espantosas: y ella se rea e insista!

--No te temo! Qu puedes hacerme?

Yo prorrump:

--Matarte!

Ella abri los brazos, alz la cabeza, present el pecho.

--Mtame! Ser suya hasta la tumba!

--Cllate, o te mato!

--Hasta la tumba! No hay uno solo de mis pensamientos, ni un latido de
mi corazn, ni un movimiento de mi alma, ni una fibra de mis carnes, que
no sea suya...

Yo alc el arma. La mirada fulguraba, su voz cantaba:

--En la vida, hasta ms all de la muerte, de l solo...

El tiro parti...

Roberto Vrod haba temblado durante el relato, de dolor, de horror, de
compasin, de remordimiento impotente, de odio mal contenido. Al or la
ltima palabra dio un paso adelante, y alzando el puo grit:

--Asesino!

El Prncipe sostuvo su mirada, y dijo:

--Pegue usted.

As permanecieron los dos, frente a frente, durante un tiempo que ni
uno ni otro habra podido despus apreciar. Vrod volvi a dejar caer el
brazo, y con voz sorda, trmula, repiti:

--Asesino!

--He venido para que usted cumpla justicia. Lo que usted haga ser
justo. Pero esccheme usted todava un instante. Cuando la vi caer,
cuando vi su sangre brotar de su horrible herida, un rugido se escap de
mi pecho. Todava estaba viva. Vivi para decirme sus ltimas palabras.
igalas usted:

--He mentido, para morir... Yo no poda... Gracias... Perdn...

Esas fueron, sus postreras palabras. Yo quise morir con ella. Tena en
la mano el arma, y la volv contra m mismo; pero alguien me apret en
ese momento el brazo como con una tenaza. Alejandra estaba delante de
m:

--T tienes que vivir! Debes vivir! Debes salvarte! Djame hacer!...

Yo no comprenda.

Alejandra colocaba el arma junto al cadver, estudiaba la manera de
ponerla, le extrajo una cpsula.

--Se habr matado, como lo haba anunciado: todos lo creern...

Ya se acercaban las voces, los rumores de pasos:

--yeme. Si sospechan, djame contestar a m; confirma en todo caso mis
respuestas. Piensa en el deber! Piensa en la causa! Piensa en m, que
te amo, que te quiero para m, que sabr hacerte feliz!...

Yo no comprenda. Corr a pedir socorro, con la esperanza que todava
estuviera viva. Por qu ocultar la verdad? Decirla fue mi primer
impulso. Si no la dije inmediatamente fue porque todava no comprenda
nada: no oa las preguntas que me hacan, contestaba a ellas
mecnicamente, como en sueos. Pero despus, cuando usted me arroj a la
cara la acusacin, yo me sublev. Todava era esa mi condicin. Mi
pensamiento, mis sentimientos, obedecan ciegamente a esa clase de
reacciones repentinas. Acusado por usted, me defend. Dije todo cuanto
poda decir en mi contra, reconoc haber sido yo quien la empuj a la
muerte, pero negu el acto extremo. Varias veces en el curso de los
interrogatorios estuvo por confesar; pero al or el nombre de usted, al
ver la dureza del juez, me contena. De la necesidad de destrozarme, de
morir, de expiar mi culpa, que me dominaba en los primeros momentos,
pas a la ansiedad de la deliberacin: como una fiera aprisionada, no
tuve ya otro empeo que el de romper mis cadenas, de correr en campo
abierto, de ser otra vez dueo de m mismo. Y, sin comprenderlas,
confirm las declaraciones de Alejandra; y cuando ella se acus, cuando
por fin la comprend, cuando vi que se perda por amor a m, entonces,
naturalmente, acept el sacrificio... Ambos fuimos dejados en libertad,
y entonces, en el momento en que me vi libre, en que la mentira
triunfaba, me propuse decir la verdad. Todava me call durante algn
tiempo, porque dentro de m, en la prolongada noche de mi mente, el alba
de un nuevo da apareca ya. Alejandra crea velar sobre m porque
estbamos juntos, porque me hablaba. Yo no la vea, no la oa: una alma,
muda e invisible, gobernaba ya mi vida...

Se interrumpi un momento, alzando los ojos al firmamento. El cielo se
haba calmado, los amarillos nubarrones haban desaparecido:
coloraciones rosadas, y verdes, pursimas, iluminaban el occidente.

El Prncipe continu:

--El rencor, el odio, la envidia, la concuspicencia, todas las miserias
que haban formado mi vida, se me aparecieron por fin bajo su luz
sombra. La sangre que yo haba hecho derramar nada me haba dicho an:
era necesario que yo mismo derramara la sangre de una vctima, de una
mrtir, para comprender la ley del amor. Todas las enseanzas que ella
me haba prodigado, y yo haba desdeado y hecho objeto de risa,
volvieron a mi memoria. La simiente que pareca perdida, fructific.
Cree usted que Florencia haya muerto?

La voz del penitente era tan suave, que Roberto Vrod se sinti
hondamente conmovido.

--Todava vive; en todas las cosas bellas, en todas las cosas buenas:
habla dentro de nosotros, y nos aconseja. Ella me ha dicho que venga a
ver a usted, usted que la ha amado, que obtuvo su amor, sabr lo que ha
de hacer de m.

Esper a que Vrod contestase; pero como ste era incapaz de decir una
palabra, el Prncipe continu:

--Usted no puede matarme, porque recuerdo la ley del perdn que ella
practicaba. Pero debo yo vivir libre todava? Ser suficiente mi
vuelta a la fe; bastar que en todo este tiempo me haya ocupado en
reparar el mal que he hecho? No estoy obligado a dar al mundo una
prueba de mi conversin, de los alcances de sta? Y no debo expiar para
merecer verdaderamente que se me perdone?... Tengo dos caminos por
delante. Puedo entregarme a la justicia de este pas para pagar mi
crimen aqu donde lo comet, o la justicia de mi patria, ante la cual
soy responsable de otras culpas. Quiere usted decirme cul le parece el
mejor partido?

Roberto Vrod no contest. Qu poda aconsejarle? Y con qu
derecho?... El dolor lo embargaba hasta tal punto, que su criterio
estaba completamente obscurecido.

--Pues bien: yo creo no equivocarme al seguir un ejemplo que ha sido
para m una advertencia: partir para Rusia. Aqu tal vez se juzgara
con demasiada indulgencia mi delito, un delito originado por la pasin.
All me espera la pena capital. Y luego, yo tengo que confesar al mundo
que me he engaado. Si las leyes que gobiernan las sociedades no hacen
felices a stas, la culpa no es de los hombres que las dictaron. Otros
hombres tampoco podran dictar ms que leyes humanas, esto es,
defectuosas e ineficaces. Odiarse y combatirse por disciplinar de
diverso modo el dolor a que la humanidad est condenada, es propsito de
locos. Es preciso luchar contra la injusticia y contra el mal; pero
fuera del amor no hay otra arma eficaz. Es necesario armarse,
compadecerse y ayudarse. Yo quiero proclamar mi error en alta voz,
quiero pedir perdn del dao que he infligido a tantos, a tantsimos...

Oculto el rostro entre las manos, se qued en esa actitud, meditabundo,
y luego, volviendo la mirada hacia Vrod, repuso:

--Y a usted, a quien tanto mal he hecho, quiero pedirle humildemente que
me disculpe. Sin duda todava es demasiado pronto para que pueda usted
soportar mi vista. Pero yo s que su corazn est lleno de bondad.
Usted, que ha merecido ser amado por ella, debe ser el mejor de los
hombres. Antes de dejar estos lugares, que ya no volver a ver nunca,
antes de que la expiacin se cumpla, pido a usted como una gracia que me
diga una palabra. Piense usted que voy a morir pronto. La ltima palabra
pronunciada por ella fue de perdn: me pidi que la perdonara yo, que
la haba muerto! Dgame usted que no aborrecer mi memoria.

Roberto Vrod segua callado; pero en ese momento no hablaba porque una
emocin violenta se lo impeda.

--Muy doloroso sera para mi corazn el verse perseguido por el odio de
usted. A tal punto lleg usted a ser parte de ella, que una palabra suya
de bondad me sostendra en el cumplimiento del deber que me he
impuesto...

Y tomando una mano del joven, le suplic:

--Roberto, me perdona usted?

Este hizo con la cabeza un movimiento afirmativo.

Y al ver que de los ojos de Zakunine brotaban las lgrimas, al ver el
llanto de ese hombre de corazn de hierro, concluy l tambin por
llorar.

--El alma de Florencia est presente aqu--dijo el Prncipe.

Ya los sollozos no turbaban su voz: su llanto era tranquilo y suave.

Luego agreg:

--Sea por siempre bendita y bendecida.

El llanto de Vrod era tempestuoso.

--Roberto, qu bueno es usted! Gracias!... Adis!...

Diciendo esto, se inclin a besar la mano del joven. Pero Roberto Vrod
la retir y abri los brazos. Los dos hombres permanecieron un momento
estrechamente abrazados.

El Prncipe pregunt en voz muy baja:

--Hermano, me perdonas?

--Te perdono, hermano.

Desprendindose del brazo, se pas Zakunine una mano por los ojos, y en
seguida se alej. En el umbral de la puerta, antes de desaparecer entre
las sombras, se volvi una vez ms.

--Adis!

Al cabo de un mes, las hojas de publicidad estaban llenas del relato de
un caso extraordinario: el Prncipe Alejo Petrovich Zakunine, el
nihilista feroz, el revolucionario implacable de quien nadie haba
tenido noticias durante tanto tiempo, haba vuelto a Rusia, a Odesa, por
la va martima: a bordo del vapor se haba descubierto a los agentes de
la polica para que le entregaran a la justicia. Adems de haber
confesado sus delitos polticos, de los cuales se arrepenta
solemnemente, haba revelado su crimen pasional de Suiza. Esta nueva
versin del drama de Ouchy excit enormemente la curiosidad pblica, y
mayor fue an el inters cuando se supo que, por ms que sobre la cabeza
del Prncipe pesara la pena de muerte, una voluntad soberana,
impresionada por la conversin del rebelde y del descredo, haba
conmutado esa sentencia por la relegacin perpetua en Siberia.

Roberto Vrod continuaba en Lausana, en los lugares de los cuales no se
poda ya apartar. Un da, despus de haber ledo esta noticia, se
encontr con el juez Ferpierre. Desde el momento del proceso no haba
vuelto a verle y apenas lo distingui se le acerc, agitado y ansioso,
como a la nica persona con quien poda hablar an de la muerta, del
culpable y de s mismo.

Ferpierre, que lo haba sabido todo por los diarios, le dijo:

--Tengo gusto en encontrar a usted. Su corazn no le engaaba: lo que
usted sostuvo hasta lo ltimo era verdad. Usted no tena ms auxiliar
que su pasin, pero sta le hizo ver con claridad completa. Florencia
d'Arda no poda matarse, no poda morir voluntariamente dejndole tan
triste ejemplo, sin una palabra de consuelo. Por grande que fuera la
angustia de su alma, por ms, que ella hubiera decidido quitarse la vida
y lo hubiera anunciado, la cristiana tena que detenerse en el ltimo
instante. Pero como tampoco poda ya vivir, dados los celos furiosos de
aquel desgraciado, provoc a este mismo para que la libertara. Las
apariencias me engaaron. Qu cosas tan extraas suceden en la vida!...
Todos vosotros podas haber sido felices, si la casualidad no os hubiera
hecho encontraros para haceros sufrir inefablemente: la Condesa,
colocada entre el respeto de s misma, de su palabra, de su fe, y el
amor de usted. Usted, desesperadamente enamorado de ella y celoso de
Zakunine; Zakunine, perdido por los celos que usted le inspiraba, por su
tardo amor hacia ella, por su estril remordimiento; la Natzichet,
amante, taciturna, desconocida, desdeada... Qu ser de ella?

Entonces Vrod se acord de las palabras del Prncipe.

--Ha muerto.

Pero, cmo, dnde y cundo? Zakunine no lo haba explicado, ni l haba
pensado en preguntrselo. Haba fallecido de muerte natural, o
violentamente? Se haba matado, o como Alejo Petrovich, y antes que l,
haba vuelto a Rusia con el objeto de hacerse condenar all? Haba
aludido a ella el Prncipe al decir que quera seguir un ejemplo que
para l era una advertencia? Nadie poda decirlo, y seguramente jams
llegara a saberse.

--De qu manera tan misteriosa ha pasado por la vida!--dijo el
magistrado.--Y tena un gran corazn.

--S--ratific Vrod.

--Tampoco aquel desgraciado era perverso. El Emperador ha hecho bien en
conmutarle la pena: la muerte debe quedar en las manos de Dios. Viviendo
el asesino, se puede esperar su redencin.

--Est redimido.

Y como el juez lo interrogara con la mirada, Roberto Vrod le refiri su
coloquio con Zakunine.

--Yo lo he perdonado. Conoc que la muerta quera que lo hiciera. Ella,
que lo convirti, que al morir de su mano realiz la obra de salvacin a
que se haba consagrado cuando se uni a l, no poda querer que yo le
guardara rencor. Esa alma soberbia y feroz ama ahora y se prosterna. Yo
mismo, que despus de haber credo, haba cado nuevamente en la duda,
vuelvo finalmente a la fe que ella me inspir. Es cierto; y usted tuvo
razn al maravillarse un da de mi aversin hacia l. Nuestras
naturalezas eran diversas, pero ambos estbamos de acuerdo en la
desesperanza de la vida. Ambos veamos en el mundo un mecanismo
inconsciente, un vago fuego de fuerzas ciegas y desbordantes. Ella nos
uni en el sentimiento del bien, nos revel el amor y la fraternidad
humana. Despus... nos hemos abrazado como hermanos. Su conducta, su
aceptacin del castigo servirn de ejemplo al mundo. Y yo estoy
convencido de que debo renegar de mis desesperadas ideas de un tiempo;
que debo proclamar las buenas enseanzas que ella me inculc...

Haban bajado hasta Ouchy. Ambos continuaron silenciosos durante un buen
trecho, por la orilla del lago terso y azul, que pareca un pedazo del
cielo, cado sobre la tierra.

Despus habl Ferpierre:

--Hay seres como ese, venidos al mundo para convertirnos a aquello de
que la vida nos hace dudar demasiado. Su corazn es como una fuente de
salvacin. Feliz usted que la conoci, que la am, que custodia
celosamente su imperecedero recuerdo!

FIN





End of the Project Gutenberg EBook of Espasmo, by Federico De Roberto

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ESPASMO ***

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