The Project Gutenberg EBook of Honor de artista, by Octave Feuillet

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Title: Honor de artista

Author: Octave Feuillet

Release Date: March 11, 2008 [EBook #24802]

Language: Spanish

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BIBLIOTECA de LA NACIN

OCTAVIO FEUILLET

HONOR DE ARTISTA

BUENOS AIRES

1919

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIN.--Buenos Aires

       *       *       *       *       *




         NDICE


     I.--Pedro de Pierrepont
    II.--Fabrice
   III.--Beatriz
    IV.--Aquellas seoritas
     V.--La vizcondesa de Aymaret
    VI.--El secreto de Pedro
   VII.--Rivales
  VIII.--Marcela
    IX.--Gustavo Calvat
     X.--Confidencias
    XI.--Fin de siglo
   XII.--Del palco del Teatro Francs
  XIII.--Pasin
   XIV.--La apuesta
    XV.--Honor de artista

       *       *       *       *       *




I

PEDRO DE PIERREPONT


Uno de los ms nobles nombres de la vieja Francia, el de los Odn de
Pierrepont, era llevado, y bien llevado, hacia 1875, por el marqus
Pedro Armando, quien frisaba entonces en los treinta aos, y vena a ser
el ltimo descendiente masculino de tan ilustre familia. Era el marqus
uno de esos hombres que, por su bello y serio rostro, su gracia viril,
su elegancia correcta y sencilla, haca espontneamente brotar de los
labios esta frase de trivial admiracin: tiene porte de prncipe.

Y en efecto, difcil hubiera sido figurrselo detrs de un mostrador,
midiendo seda en un almacn o desempeando otra profesin cualquiera que
no fuese la de diplomtico o la de soldado, que son, al fin, oficios de
magnate. Por otra parte, habase podido apreciar de qu fuera capaz el
marqus de Pierrepont, vistiendo el uniforme militar, por cuanto en la
guerra del 70 dio pruebas del ms cumplido valor, volviendo
pacficamente, una vez terminada aqulla, a emprender su vida habitual
de parisiense y de dilettante a que lo impulsaban tendencias, gustos,
falta de ambicin, y un poco tambin el deseo de complacer a cierta
anciana ta, que no se contaba seguramente entre las fervientes
admiradoras de la repblica.

Era esta ta la baronesa de Montauron, por su familia Odn de
Pierrepont; cifraba en su apellido el ms grande orgullo y era viuda y
sin hijos, circunstancia que no la entristeca, puesto que, merced a
ella, proponase disponer a su muerte en favor de su sobrino, de los
cuantiosos bienes que heredara de su difunto marido, dando por esta
combinacin nuevo brillo a los un tanto deslustrados blasones de su
casa, porque sin que pudiera estrictamente decirse que los Pierrepont se
hallasen arruinados, encontrbanse, de dos generaciones atrs, en menos
que mediano estado de fortuna, sobre toda si se considera cun grandes
son las exigencias de la vida al uso de los tiempos que alcanzamos.

Una renta de escasas treinta mil libras fue todo lo que de la sucesin
paterna pudo sacar el joven marqus, y si esta suma era suficiente para
asegurar su independencia, no era bastante ni aun adicionada con el
ligero suplemento que a ttulo de aguinaldos dbale anualmente su ta,
para llenar las necesidades de posicin a que se vea obligado un hombre
de su clase, representante de toda una estirpe de grandes seores.
Ciertamente que la seora de Montauron, que tena por su parte una
entrada anual de muy cerca de cuatrocientos mil francos, habra podido
muy bien no aguardar la hora de la muerte para dorar un poco el escudo
herldico de su sobrino, pero la dominaba una pasin todava ms
decisiva que el orgullo de raza, y esa pasin era el egosmo. Verdad es
que la vida un tanto estrecha que las circunstancias obligaban a llevar
a aqul, mortificaba grandemente la altivez de la vieja baronesa, pero,
as y todo, no se resolva a tomar sobre s la obligacin de mejorarla
en algo mediante cualquier leve sacrificio impuesto a sus comodidades
personales. Tena esta seora, en la poca de nuestro relato, cincuenta
aos, y segn clculos que hiciera sobre ciertas estadsticas de
mortalidad, tenida en cuenta la longevidad de sus ascendientes, haba
venido a sacar en limpio que su existencia podra an prolongarse cosa
de treinta aos, por trmino medio. La humillacin de ver al ltimo
varn de su raza reducido a estado relativamente precario por tan largo
espacio de tiempo, era para ella prueba penossima, pero la sola idea de
verse obligada a vender su casa de la calle Varennes o sus bosques de
los Genets, presentbase a su imaginacin cual rasgo de rematada locura,
y, en su afn de conciliar sentimientos tan contradictorios, dio en la
idea de mejorar la suerte del marqus por el nico expediente posible,
que era casarlo con una rica heredera.

Tal era el fin que persegua con vehemente anhelo la seora de Montauron
en los momentos en que principia esta verdica historia. Serias
preocupaciones atormentaban a la baronesa acerca de que su hermoso
sobrino, como ella lo llamaba, quien, por otra parte, era muy buscado en
sociedad, sobre todo por las damas, se prestase fcilmente a abandonar
su vida independiente y galante para doblar el cuello a la, marital
coyunda, si bien debe observarse, como es bastante frecuente, que suelen
ser aquellos hombres ms llamados por sus atractivos personales a ms
rpidas conquistas de femeninos corazones, precisamente los que menos
importancia dan a su envidiable fortuna: indiferentes hacia triunfos
para ellos fciles, carecen en general de esa fatuidad, de eso que
pudiramos llamar furor galante, caracterstico en aquellos otros de sus
congneres cuyas victorias sobre el bello sexo dbenlas nicamente a la
constante lucha contra un modo de ser moral y fsico en que no abundan
como don natural los atractivos. Mucho se hablaba de los xitos
obtenidos en esas lides por el marqus de Pierrepont, si bien l,
conducindose con caballeresca discrecin, jams confes ninguno, por
ms que en lo que se deca mucho deba haber de verdico y autntico; en
resumen, no era un libertino, y aun puede asegurarse que haba en l un
fondo de seria dignidad que comenzaba a alarmarse de esos devaneos a
que tarde o temprano lleva fatalmente la soltera.

Y como prueba de lo que venimos diciendo, manifestaremos que departiendo
acerca de estos escabrosos particulares con el pintor Jacques Fabrice, a
cuya casa sola ir por las tardes con el fin de tomar una taza de te y
fumar un cigarrillo, se expresaba en estos trminos el seor de
Pierrepont, dirigindose a su amigo:

--Sabes lo que me pasa? Hoy cumplo treinta y un aos.

--Hermosa edad--replic el pintor, que dibujaba al amparo de la amplia
pantalla de su lmpara.

--Es, en efecto, una hermosa edad--continu el seor de Pierrepont--; es
la edad en que el hombre se halla en la plenitud de sus facultades, pero
es al mismo tiempo una hora crtica, una hora decisiva en la vida y
sobre todo en la vida de un ocioso, de un simple dilettante como yo. Me
encuentro en esa fatdica lnea que separa la juventud de la edad
madura... Si resbalo, en ese perodo de la existencia, llevando a l las
pasiones y los hbitos de los pasados das, no puedo hacerme ilusiones
sobre el porvenir que me espera... Me parece que tengo algunas nociones
siquiera de honor y de buen gusto... adems, profeso instintivo horror a
todo lo que es falso y bajo... y, sin embargo, si me abandono al ciego
destino en estos momentos de crisis, vislumbro un futuro que hiere todas
mis singulares aprensiones... Entreveo en el horizonte amores de
decadencia, una juventud artificial obstinndose en combatir en vano
contra las advertencias y las humillaciones de la edad... secretas
operaciones de tocador tan vergonzosas como intiles... alguna vieja
amante legtima in extremis... y otras mil cosas del mismo gnero, a las
cuales, es cierto, amigo mo, que en nada me cedan cuanto a delicadeza,
han concludo por resignarse mansamente... Pues bien, mi buen Fabrice,
cuanto ms reflexiono acerca del medio de escapar a este triste futuro,
tanto ms me convenzo de que no hay otro medio sino seguir la trillada
senda de nuestros antecesores.

--Ah! Ah!--dijo Fabrice.

--Naturalmente!--exclam Pedro--; el matrimonio, sin duda que el
matrimonio tiene sus inconvenientes, sus tristezas, sus peligros, pero,
as y todo, es el mejor abrigo en que un hombre puede pasar tranquilo la
vejez y aguardar la muerte sin deshonrar sus canas.

El pintor dio un hondo suspiro sin responder a Pedro.

--Dispnsame--le dijo su amigo--. Este asunto te enoja con razn. No
debiera haberlo olvidado.

--Mi experiencia personal es muy triste a este respecto; t lo sabrs,
Pedro--contest el pintor--; pero, despus de todo, eso no quiere decir
nada... Hice un matrimonio de loco... en fin, no me arrepiento, porque,
al cabo, tengo a mi hija.

--Precisamente--aadi Pierrepont--, tienes una hija... yo tambin puedo
tener otra, tal vez un hijo, y sos son afectos, distracciones que
hacen olvidar a un hombre el eterno femenino: digo ms: pueden revestir
de cierto prestigio la edad madura de la vida... Es hermoso ver a un
padre todava joven llevando a sus hijos de la mano a paseo... Bueno!
qu quieres, vas a admirar mi candor... pero... pero siento como un vago
deseo de amar siquiera una vez en la vida a una mujer honrada.

Los ojos del pintor se apartaron un momento del dibujo para fijarse con
aire de extraada simpata en el bello rostro de su amigo.

--Vamos! Ya! quieres ensayar un segundo estilo... quieres saber si en
materia de amor, hay algo ms superior, algo que aventaje a eso que en
lenguaje de mostrador se llama bisutera. Y bien, qu te falta para
realizar tan potico ensueo?

--Una mujer.

--Exactamente. Pero me parece que con tu nombre, tu porvenir... tus
atractivos personales, si me permites que as me exprese, no te ser
difcil encontrarla con slo quererlo.

--No slo con quererlo yo; es preciso que tambin lo quiera mi ta.

--No me has dicho que tu ta deseaba casarte lo ms pronto posible?

--Di mejor lo ms ricamente posible--replic el marqus acentuando
amargamente la frase--: mi ta sostiene que, siendo el matrimonio una
pura lotera, de lo que solamente debe uno preocuparse es del dote,
abandonando lo dems al azar... Te aseguro que yo no opino del mismo
modo... Comprndeme bien: no me encuentro en situacin de mirar con
desdn los ttulos de renta al tres por ciento... pero, sin embargo,
deseara, que al mismo tiempo me ofreciera mi prometida ciertas
garantas de honor y de dicha... y todava aado, garantas
excepcionales... Ya t sabes la educacin que hoy reciben las nias...
eso aterra. Y ah tienes por qu mi matrimonio, aun desendolo tanto mi
ta y yo, no acaba de salir de los limbos de la hiptesis... A propsito
de mi ta: vas a venir a los Genets? Mi ta me dice en su ltima carta
que cundo puede contar contigo.

--A partir del 15 de agosto estoy libre y a sus rdenes.

--Magnfico! No la conoces, es verdad?

--No, hijo, ni aun de retrato.

--Bien, ya te he dicho que como retrato, sera... cmo te dira yo?...
sera... un poco ingrata.

--Ya tratar de conquistarla.

--Tendrs mritos si lo consigues.

--Hasta la vista, pues.

--Hasta la vista, adis.




II

FABRICE


Hay en el arte especial del pintor, en esa vida solitaria,
semiclaustral que su profesin le impone, en esa afanosa carrera en pos
de un tipo de absoluta belleza, jams alcanzado, alguna secreta virtud
que eleve su espritu, que depure su moral personalidad? No lo s, mas
no me engaara si asegurase que suelen encontrarse en los talleres del
pintor, con ms frecuencia que en cualquier otro sitio, esas almas
candorosas y graves, esos corazones sencillos, rectos y altivos que tan
alto hablan en honor de la humana especie; y sin que pretenda dar a mi
observacin la fuerza de una verdad axiomtica, que sera irracional e
injusta, puedo decir en conciencia, que pocos caracteres podran
compararse en nobleza con los de algunos artistas a quienes muy de cerca
he conocido.

Los orgenes de Jacques Fabrice eran humildsimos.

Desempeaba su padre modesto empleo en una de las alcaldas de Pars, y,
aunque muri joven, vivi, sin embargo, lo bastante para contrariar por
todos los medios la precoz disposicin que para las artes del dibujo
mostrara el nio. Ocupbase la madre en la, confeccin de flores
artificiales, y dotada de ms delicado instinto, simpatizaba
secretamente con los gustos de su hijo. Una vez viuda, consigui en
breve hallar el camino de procurar a ste la indispensable enseanza
artstica, alentndolo al propio tiempo en su noble vocacin; y contaba
el muchacho apenas quince aos, cuando ya poda ayudar a la madre en
los breves gastos de su pobre hogar, pintando para el caso muestras de
tienda, en los estrechos intervalos que le dejaba el aprendizaje. Dcese
que fue vindole trabajar en la fachada de cierta miserable taberna de
Meudon, donde uno de los prncipes de la pintura contempornea ech de
ver sus mritos, y tal afecto le cobr a poco, que no slo lo recibi en
su taller, sino lo que es ms, dos aos despus llevlo consigo a
Italia. Tuvo la madre de nuestro Fabrice la dicha inefable de presenciar
los triunfos primeros de su hijo, quien le deba en parte no slo la
naciente nombrada, si que tambin esa atractiva mezcla de suavidad y de
energa que es la natural y conmovedora consecuencia de ese doble papel
de protegidos y de protectores que nos hacen, tantas veces jugar los
acontecimientos.

No fue, sin embargo, hasta despus del admirable cuadro que en el saln
de 1875 expuso Jacques Fabrice, que su reputacin qued sentada cual
hecho indiscutible; hasta entonces la fama de su competencia no haba
traslucido fuera de un limitado crculo de amigos y de admiradores,
porque su trabajo, lento y concienzudo hasta la nimiedad, su gusto
difcil, su horror a lo vulgar, en una palabra, su probidad artstica,
fueron causas que retardaron esa revelacin brillante de su luminoso
talento.

Por otra parte, haba tenido que luchar en los comienzos de su carrera
con abrumadores pesares. Una ligereza de juventud lo impuls en sus
veintids aos a contraer matrimonio con la hermana de uno de sus
compaeros de taller: era sta una muchacha bonitilla que pareca
arrancada de un cuadro de Creuze, y como la madre de nuestro pintor,
obrera en flores. Fabrice la vea trabajar asiduamente en su ventana, y
parecale al incauto artista que ella fuese la imagen misma de la dicha
y de las domsticas virtudes, y forjse un idilio, barajando en el
desvaro de su inexperiencia la alianza de la casta pobreza con la
naciente fortuna. Casse, pues, con ella, y todos los tormentos que una
inteligencia predestinada, todas las amarguras que un alma delicada
puede sufrir al contacto permanente de la vulgaridad de espritu y de la
bajeza de carcter, todo eso lo sufri Fabrice al lado de esa preciosa
criatura. Incapaz de comprender siquiera las altas condiciones del
artista, le reprochaba sin cesar con gritos de furia, la lentitud de sus
estudios, la serena conciencia que pona en su trabajo, impulsndolo a
la premura productiva de la ruin produccin comercial, y aun se dio caso
de llevar ella misma vidos mercaderes al taller de su propio marido,
ausente ste, vendindoles a vil precio no acabados cuadros, con gran
desesperacin del artista sin ventura. No tuvo, por ltimo, ms que un
mrito: muri al cabo de siete u ocho aos, dejando a Fabrice una nia
que por dicha no se pareca a su madre.

El joven marqus de Pierrepont, cuyo diletantismo ocupbase casi con
idntico entusiasmo en las cosas del sport como en las del arte, y que
era un juez eximio en ambas materias, fue uno de los primeros en
vislumbrar el gran porvenir que la fortuna reservaba a Jacques Fabrice.
Se haban conocido durante los aciagos das del sitio de Pars, eran
camaradas en la misma compaa de uno de los regimientos de marcha y
haban sido tambin compaeros de ambulancia, los dos heridos en la
batalla de Chtillon. Como resultado de estas relaciones, empez el
marqus a frecuentar el taller de su nuevo amigo, hacindose desde este
momento el apologista de su talento en la buena sociedad, talento
todava o ignorado, o discutido. As, con el transcurso del tiempo,
habase venido a formar entre ellos una amistad tan estrecha y confiada,
cual puede ella serlo tratndose de dos hombres por naturaleza altivos y
reservados.

Pedro de Pierrepont procur varias veces, aunque sin xito, convencer a
su ta de que se dejase retratar por su amigo, garantizndole su
competencia e indiscutibles mritos, insinundole que sera honroso para
ella, y al mismo tiempo econmico, ser una de las primeras en dar
relieve a un artista llamado a alcanzar ruidosa reputacin.

--Mira--le contestaba la ta--, me parece mejor aguardar a que esa
celebridad se haya hecho por ministerio del prjimo; a m no me gusta
servir de muestra.

Pero los triunfos que en el saln de 1875 obtuvieron los cuadros de
Fabrice decidieron a la desconfiada baronesa, dignndose por fin otorgar
su proteccin a un hombre que precisamente ya en aquellos momentos para
nada la necesitaba; pero el hecho fue que al cabo se resolvi, y despus
de ardua y detenida conferencia con Pierrepont, tuvo a bien invitar al
pintor a que fuera a pasar algunas semanas en los Genets, donde ella
podra entregarse a las molestias consiguientes a tal operacin, con ms
comodidad y espacio que en Pars.

Por consecuencia de tan alta merced, Fabrice deba, segn ya dijimos,
trasladarse a la susodicha posesin, en el departamento de Orne, para
reunirse all con el marqus, una vez vuelto ste de las carreras de
Deauville.




III

BEATRIZ


La baronesa de Montauron, en cuya casa vamos a penetrar, siguiendo los
pasos de su sobrino el marqus de Pierrepont, era una mujer de mucho
talento y gracia suma, pero sin corazn: haba hallado, sin embargo,
modo de crearse slida reputacin de alma generosa, recogiendo cierta
joven hurfana, lejana pariente de su marido, la cual hurfana le serva
de lectriz, de enfermera y aun un poco de doncella.

Beatriz de Sardonne, era hija del conde de su apellido a quien las
carreras de caballos principiaron a arruinar, rematndolo la Bolsa;
muri, pues, dejando a su hija con mil francos de renta, y dicho se est
que mil francos de renta son la miseria o el convento. La seora de
Montauron, que envejeca en tiempo y declinaba en salud, haca fecha que
pensaba en procurarse una seorita de compaa que aliviase el peso de
su soledad y la carga de sus enfermedades. Deseaba, naturalmente, que
dicha seorita fuese distinguida, y esto por decoro de su casa y
nombre: quera tambin que la candidata tuviera buen carcter
(circunstancia ms que esencial, indispensable, cranos el lector, para
estar a su lado). Exiga que fuera hermosa, a fin de que su presencia
viniese a ser como un cebo para el sexo fuerte, de cuyos atractivos
haba sido siempre la baronesa devota fervientsima. La seorita de
Sardonne pareca responder a la perfeccin a tan varias exigencias,
puesto que era de ilustre cuna, perfecta distincin y soberana belleza,
y aun hay quien dice que demasiado soberana en sentir de la baronesa,
pero era necesario ser indulgente en algo, dado que las seoritas de
compaa no pueden mandarse hacer, como los sombreros. Era la seorita
de Sardonne de bastante estatura, pero lo que sobre todo la haca
admirar era su magnfico aire: una reina. Ojos de obscuro pursimo azul,
tez ligeramente morena, y al sonrer dos hoyuelos se abran en sus
mejillas. Detalle por cierto encantador! Su traje tena que ser por
fuerza muy sencillo; casi siempre un vestido negro sin adornos; algunas
veces lo cambiaba por otro tornasolado que modelaba finamente su
soberbio busto de diosa, realzando cada uno de sus movimientos a un
metlico rielar. Circunspecta por carcter y posicin, no hablaba nunca
ms que para responder con breve urbanidad a las preguntas que se le
dirigan, y obedeca, si no con paciencia, al menos con calma
imperturbable las con frecuencia mortificantes rdenes y tirnicos
caprichos de la baronesa: un imperceptible vertical pliegue entre los
dos arcos de sus cejas, que se acentuaba algunas veces bruscamente,
poda slo dar testimonio de la secreta repugnancia que le causaba su
casi servil situacin.

Esta resplandeciente beldad llena de encanto y de misterio, tena, cual
fcilmente puede concebirse, numerossimos y a veces no muy delicados
apreciadores entre los jvenes y viejos amigos de la casa, pero la grave
decencia, la fra reserva de la seorita de Sardonne derrotaban presto
tan sospechosos homenajes. Tal vez en la ingenuidad de su alma, en la
tranquila conciencia de su belleza, pudo quizs ella creer que algunas
de estas adoraciones eran dictadas por leales sentimientos, por
confesables intenciones, mas con su rpida y fina penetracin de mujer,
no tard en comprender que todos estos postulantes que sin respiro la
asediaban, aspiraban a todo, menos a su mano, y esta conviccin
diariamente ratificada concluy por aadir a la honda melancola que
minaba el corazn de la hurfana, la sensacin cruel del ms acerbo
desprecio. Y adems, aun cuando ella no hubiese tenido tan alto y
merecido concepto de s propia, aun cuando ella no hubiese sido la hija
del conde de Sardonne, contra las asechanzas ms o menos tcitas de que
pudieran hacerla blanco, tena nuestra interesante hurfana broquel ms
templado que el desprecio, escudo ms noble todava que el honor mismo,
porque la seorita de Sardonne haba ya hecho a alguien merced de su
alma.

Es muy raro, en efecto, que una joven no haya escogido, aun desde la
infancia, all en el secreto de su pensamiento, al hombre a que dara su
mano, si bien es cierto que sus secretos votos rara vez se realizarn al
comps de su voluntad. Encuentra ella siempre entre las personas que
frecuenta, una determinada, respondiendo perfectamente al ideal que la
mujer se forja del marido, es decir, del novio, porque en esta dichosa
edad las dos palabras son sinnimas. Apenas contaba doce aos Beatriz de
Sardonne, cuando ya par mientes en la acogida excepcionalmente
favorable que en su familia y sociedad se hiciera a cierto joven vecino
del campo que pasaba en Pars los inviernos. Era evidente para la nia
que sus tas, sus primas, su mam misma se conmovan ms que de
ordinario cuando el susodicho anunciaba una de sus visitas, hasta el
punto que la conversacin, con frecuencia lnguida aun entre mujeres en
el campo, animbase de sbito.

No poda dudarse que la prxima llegada del esperado husped despertaba
en aquellos femeniles corazones grata emocin, y hasta se corra a las
ventanas para espiar su venida: en fin, cuando Pedro de Pierrepont
apareca con su aire de prncipe, haciendo caracolear su caballo en
torno del csped del jardn, las seoras acudan radiantes al patio,
mientras que la seorita de Sardonne, observando las cosas a travs del
follaje, senta que su joven corazn se agitaba en su pecho con
palpitaciones a su edad proporcionadas.

Las impresiones de la nia, creciendo con ella, fueron tomando de ao
en ao ms profundo y reflexivo carcter. El marqus de Pierrepont era
universalmente considerado como el prototipo del caballero, del hombre
seductor, pero para Beatriz fue ms todava, porque su educacin, sus
gustos, sus preocupaciones mismas, la predisponan ms que a persona
alguna a admirar aquella graciosa figura del gentilhombre, aquel ser,
por decirlo as, de lujo, que pareca moldeado en diferente arcilla que
los hombres humanos y creado nicamente para nobles ocupaciones y
elegantes quehaceres: guerra, caza, letras, amor.

Los sentimientos de la seorita de Sardonne por Pedro de Pierrepont
habanse ido desenvolviendo poco a poco hasta llegar a la adoracin,
adoracin que la nia guardaba cual en un santuario, en el ms oculto
rincn de su casto pecho, sin que Pedro lo sospechara siquiera, pues
tena por las jvenes de la edad de Beatriz el desprecio propio en un
hombre de su temple y aos.

Prximamente diez y siete tena la seorita de Sardonne cuando vindose
sus padres al borde del abismo, donde los restos de su fortuna iban a
perderse, retirronse bruscamente del mundo, no conservando relaciones
sino con dos o tres muy ntimos amigos. El marqus de Pierrepont,
despus de dos o tres infructuosas tentativas para forzar la consigna,
haba credo delicado no insistir, as, pues, perdi de vista a esta
familia, sabiendo luego su total naufragio y la muerte del conde y la
condesa. En consecuencia, no volvi a ver a Beatriz hasta el momento de
su entrada en casa de la seora de Montauron bajo los tristes auspicios
de prima en la miseria, de seorita de compaa; de comodn, en fin. Muy
lejos estaba ciertamente de sospechar el marqus que a l se debiera en
gran parte, quizs en todo, que la seorita Sardonne hubiera preferido
al convento la casa de la baronesa, pero era de un natural demasiado
generoso para no sentirse conmovido ante tal infortunio, aun cuando l
no se hubiera presentado de por s bajo formas tan dramticas y
atractivas.

Observbase que pona particular empeo en realzar a fuerza de
respetuosas consideraciones la humillante situacin de la hurfana; pero
al mismo tiempo pareca como que evitaba toda clase de intimidad con
ella, y lo que es ms, manifestbale habitualmente una reserva vecina a
la frialdad, cual si desconfiara ora de ella, ora de s propio.

Tales eran las recprocas relaciones de estas dos personalidades en los
das en que Pierrepont lleg a la posesin de los Genets, precediendo en
algunos a su amigo Jacques Fabrice.

Los Genets era una antigua propiedad de aquella familia que haba sido
en parte destruda y en parte vendida, durante el perodo
revolucionario, y slo al cabo de cincuenta aos decidise el barn de
Montauron, a instancias de su mujer, de quien aqul era el ms seguro y
el ms humilde servidor, a rescatar en gran precio las tierras,
restaurando al mismo tiempo el arruinado edificio, del cual no quedaba,
otra cosa ms que una hermosa y almenada torre sacrlegamente
encuadrada entre dos construcciones modernas. El conjunto, a pesar de su
irregularidad arquitectnica, no dejaba de ser imponente, y grandes
avenidas de hayas, un parque y bosques cruzados por un afluente del
Orne, acababan de dar a esta habitacin eso que es de uso llamar
seorial apariencia.

La seora de Montauron, que profesaba a la soledad cordialsimo
aborrecimiento, conceda a sus amigos la ms amplia hospitalidad en su
campestre mansin, aunque, habiendo resuelto que aquel ao de 1875
marcara el fin del celibato de su sobrino, extendi an ms sus
invitaciones en esta jornada, poniendo en la confeccin de las listas de
convite los ms diplomticos cuidados. Admiti as, con mayor
indulgencia de la acostumbrada, buen nmero de herederas pertenecientes
a la alta banca francesa y cosmopolita, contando astutamente con que las
intimidades de la vida de campo ofreceran la deseada ocasin y haran
madurar el perseguido proyecto, descartando con maquiavlica experiencia
a las casadas jvenes y bonitas, quienes podran distraer la atencin
del nefito, en secundarias bagatelas.

Encontr, pues, el marqus en los Genets hasta media docena de lindas y
candorosas seoritas, quienes, a pesar de su probada inocencia, parecan
darse cuenta bastante exacta de la situacin; por lo menos as se
hubiese credo considerados sus respectivos comportamientos, pudiendo
presumirse que estaban en el secreto y aun en la complicidad de la
baronesa, visto cuanto cada una de ellas, segn sus personales
intuiciones y peculiar estilo, pona de su parte, a fin de hacer
triunfar su candidatura. Nada ms natural.

El catecmeno que se trataba de atraer a la buena senda era no slo un
hombre de raras seducciones personales, sino, lo que es ms, el presunto
heredero de una gran fortuna, que, por si algo faltaba, dispona tambin
de una corona de marquesa, y no hay que decir, considerados estos graves
antecedentes, si sera formidable el despliegue de trajes, gracia,
candor, aturdimiento o afectada indiferencia a que se entregaron
aquellas adorables seoritas.

No era, pues, en verdad aburrida la existencia en los Genets, porque
familias de las invitadas, hermanos y amigos componan una divertida y
animada colonia, pronta siempre a distraerse con los ejercicios de
prctica en el campo, menudeando los paseos en coche, las partidas de
pescas, los _lawn-tennis_ por la maana, pasndose las noches en
inocentes juegos alternados con tal cual rigodn. La baronesa, a quien
el silencio era odioso porque le haca pensar en la muerte, gustaba de
todo ese movimiento, si bien mezclndose poco directamente a l por
cuanto el reuma no le dejaba casi momento de reposo; pero ya desde su
silln de donde daba rdenes como desde un trono, ya sentada a la sombra
de los copudos rboles del parque, complacase en ver agitarse aquella
brillante juventud, que la formaba una pequea corte, deleitndose en
ver desfilar aquellos breacks, aquellos mails llenos de exquisitas
elegancias, rebosando refinadas alegras.

Espectculo tal no pareca seguramente tan grato a la seorita de
Sardonne, porque, descontadas las raras ocasiones en que la seora de
Montauron se decida a subir en carruaje, en cuyo caso llevaba consigo a
su lectriz, la tena sin misericordia encerrada en casa, bajo el
pretexto de decencia social. La pobre Beatriz quedaba as fuera de
aquella vida de placer y de lujo, en medio de la cual presenta, por
otra parte, que su sencillo traje y modesto continente habra sido
motivo de sonrojo. Educada ella misma en los esplendores de la vida
mundana, tena, como la mayor parte de las jvenes de su clase,
irresistibles aficiones a la elegante vida del sport. Era, en suma, ms
un corazn noble que un alma superior; altanera pero no reflexiva, tras
los encantos de su hermoso sonrer, ocultbanse a veces amargos
sufrimientos, y cuando segua con la vista aquellos caballeros y
aquellas amazonas que se perdan bajo los aosos rboles de las anchas
avenidas, si su frente permaneca serena y pura, partase su pecho al
duro golpe del dolor.

La llegada de Pierrepont al castillo le aparej an ms crueles
suplicios, que por cierto no fue ella la ltima en prever, puesto, que
la baronesa tena muy poderosas razones para poner al cabo a la hurfana
sobre las pretensiones y proyectos conyugales que acerca de su sobrino
abrigara. Debemos decir en justicia que nunca Beatriz, una vez
consumada la ruina de su familia, haba alimentado esperanza alguna de
ver un da compartidos sus sentimientos con el marqus, y sancionados
por el matrimonio, advirtindole su razn distintamente cmo Pierrepont
estaba para siempre perdido para ella y que slo a milagro pudiera deber
el verlo su marido; pero en fin, en tanto que Pedro continuase soltero
poda tal vez el Cielo operar el prodigio... y este blando ensueo le
daba la vida... ms ahora... Oh, ahora!... La dulce quimera habase
para siempre desvanecido.

Beatriz senta cual cosa evidente que el temeroso suceso estaba a punto
de realizarse: todo lo presagiaba: la baronesa, como ella misma deca a
su lectriz, jugaba esta vez su ltima carta, y el joven marqus se
prestaba al juego con toda buena voluntad, que el final resultado no
poda ser dudoso.

Es difcil figurarse ni ms acerbo ni ms glacial tormento que aquel que
haca das vena sin piedad torturando el alma de la seorita de
Sardonne; brillantes rivales se disputaban la mano del hombre de su
amor, y ella vease forzada a presenciar ese torneo en sonriente
expectativa.




IV

AQUELLAS SEORITAS


Pierrepont haba llegado a los Genets un lunes. Hacia el medioda del
domingo siguiente, abandon a los huspedes de su ta, quienes tenan
concertada una partida de pesca, para despus del almuerzo, y se fue a
la estacin inmediatamente con el fin de esperar a su amigo y
presentarlo a la baronesa. Encontraron a la seora de Montauron haciendo
una labor cualquiera en una inmensa sala tapizada de blanco y en cuyas
paredes campeaban antiguos retratos de familia: Beatriz, entretanto,
lea un diario.

No tuvo el pintor necesidad de reflexionar mucho para decirse a s
propio que, si la eleccin le hubiese sido permitida, no habra sido
seguramente la seora de Montauron la retratada. Sin embargo, no haba
que hacerse grandes ilusiones acerca de la acogida de la lectriz, quien
sin levantarse le ech una hostil mirada y continu en voz baja la
lectura de su peridico, mientras que Fabrice cambiaba algunas frases
con la seora de la casa.

--Tanto gusto de contarlo a usted en el nmero de mis amigos--dijo
aqulla con su ms amable sonrisa--, y muy orgullosa de que mi retrato
sea hecho por mano tan experta... y por cierto que no es un estmulo
retratar a una mujer de mis aos.

--Seora!

--Pero, segn tengo entendido, tambin es usted paisajista... Hay en los
alrededores puntos de vista deliciosos... Ese ser su desquite y su
consuelo de usted.

--Seora baronesa, crea usted firmemente que no tengo necesidad ni del
uno ni del otro.

--Permite usted que los modelos hablen durante la sesin? No incomoda
a usted eso?

--Todo lo contrario, seora; as se me ofrecer la ocasin de darme ms
exacta cuenta de la fisonoma.

--Tanto mejor!... soy por naturaleza muy habladora... no es verdad,
Beatriz?

--Yo no me quejo, seora--dijo Beatriz sonriendo dbilmente.

--Ve usted, seor? no se queja pero asiente.

El piafar de los caballos acompaado de un tumulto de risas y de voces
anunci que la cabalgata estaba de vuelta. Tres o cuatro hermosas
jvenes se apearon, sosteniendo con sus manos las colas de sus vestidos,
que por aquellos tiempos se tena el buen gusto de llevar ms largos que
ahora, y presentaron sus frentes a los besos de la baronesa, mientras
que otras en cortos y ligeros trajes de maana se precipitaron detrs de
las primeras, agitando con triunfal aire diminutas redes que
esparcieron por el saln acre olor a pescado y a fango.

--Jess, hijas!... Qu perfume!... Qu horror!--exclam la
baronesa--. Beatriz, en seguida mi tarro de sales; luego, que estas
seoritas te den sus redes y llvalas a la cocina.

--Perdone usted, ta--dijo el marqus de Pierrepont, tomando vivamente
aquellos artefactos--; las voy a llevar yo.

Fabrice, grande observador, por instinto y profesin, advirti al
momento que la lectriz palideci ligeramente y que por contrario efecto
se encendieron las mejillas de la baronesa.

Llevadas por Pedro las redes a la cocina, acompa despus a Fabrice a
sus habitaciones, pero antes de quedarse ste en ellas djole al
marqus:

--Dime, Pedro, quin es esa seorita que lea el diario a tu ta?

--Una parienta, la seorita de Sardonne. Una pobre hurfana que mi ta
ha recogido.

--Nunca me habas hablado de ella.

--No... phs... es posible... No ha habido ocasin... Te parece bonita?

--Interesante.

--S... no es verdad?... pobrecilla... He aqu tu instalacin, he aqu
tu celda, amigo Fabrice.

Y diciendo esto lo introduca en un pequeo departamento compuesto de
saloncito y dormitorio, cuya comodidad y buen gusto ponder mucho
Fabrice, dejando en seguida a ste que se vistiera para comer.

Durante la velada, el pintor, a quien Beatriz cada momento ms enamoraba
a causa de su melanclica hermosura, de sus actitudes de reina en
cautiverio, ensay de interrogar de nuevo a Pierrepont sobre los
antecedentes, la situacin y el carcter de tan misteriosa y atractiva
persona, pero no insisti como advirtiera en las breves respuestas de
Pedro que este punto de conversacin era para el marqus, si no
desagradable, al menos decididamente tedioso.

--No te ocupes de la lectriz de mi ta--deca rindose a Fabrice--. S
amable conmigo y atiende a esas seoritas... Ven, te voy a presentar,
estdialas con detenimiento y dame luego cuenta de tus impresiones...
Desde todo punto de vista mi confianza en tu buen gusto y en tu
penetracin es absoluta... As me ayudars en esa eleccin terrible a
que por fuerza tengo que decidirme para no enajenarme la buena voluntad
de mi ta... Ya ves que ha llamado a concurso de toda la Europa y ambas
Amricas... Es necesario, pues, que no trabaje para el obispo...
Procura, mi buen Fabrice, leer en lo ojos y en los corazones de esas
jvenes esfinges... Si un pintor no es gran fisonomista, qu diablo!
quin puede serlo?

--Querido Pedro--respondi Fabrice--, no podas haber hecho peor
eleccin. Ignoro si mis compaeros de profesin se me parecen a este
respecto... En cuanto a m, soy un fisonomista detestable y estoy
firmemente persuadido de que mis diagnsticos psicolgicos resultan
siempre falsos... Te juro que nunca puedo penetrar a fondo en el alma
de las personas cuyos retratos hago... les presto, verosmilmente,
multitud de pensamientos y pasiones; de virtudes y vicios a que ellos
son de todo punto ajenos. Fjate, para comprender esto que te digo, en
lo que pasa en nuestros talleres: cantantes de caf-concierto nos
proporcionan cabezas de vrgenes... muchachuelas incapaces de coordinar
dos ideas vienen a resultar el tipo de una de las musas... viejos
pillastres de la ms baja ralea convirtense en santos y en apstoles...
Y es que todas estas fisonomas son para nosotros meramente subjetivas.
No vemos en ellas ms que lo que nosotros les ponemos de nuestra
cosecha; no sirven para otra cosa sino para fijar un poco la fugitiva,
la indecisa idea... Desengate, tanto los artistas como los poetas, son
los ms cndidos de entre los hombres y los peores jueces que pueden
encontrarse para establecer correlacin entre lo fsico y lo moral,
porque no pintan lo que realmente ven, sino lo que creen ver a travs
del prisma de su imaginacin... No pintan lo natural, sino segn el
natural, lo que no es lo mismo.

--Pero, entonces, cmo hay parecido?--pregunto Pierrepont.

--Ah tienes lo curioso; hay parecido y ms que parecido, porque
reproduciendo fielmente las lneas de una cara, por ejemplo,
transfiguran su expresin... Porque, mira, no hay un rostro humano que
no tenga su nota potica, su faceta luminosa: la cuestin es dar con
ella, encontrarla... pero no busques esa nota, esa faceta en el alma
del modelo... all no existe... donde est es en el ojo del pintor, del
propio modo que por lo general todas las gracias de una amante estn
menos en ella que en la vista de su enamorado. As, pues, Pedro, no
cuentes con mis luces para guiarte en tus delicadas maniobras... temera
extraviarte... Pero esto no quiere decir que no me presentes a esas
seoritas, aunque te aseguro, aqu entre nosotros, que me dan miedo...
Solamente lo que s te suplicara es que lo dejases para maana... esta
noche me siento... as... pesado... Me parece que los excelentes vinos
de tu ta se me han ido un poco a la cabeza, lo que explica la
conferencia de esttica que con tanta crueldad te he disparado, crueldad
que, por otra parte, t sabes que no es en m consuetudinaria... T
sabes tambin que detesto charlar sobre mi arte, y no ignoras cul es la
divisa que yo deseara ver escrita en la puerta de todos los talleres:
Trabaja y calla.

Estas palabras dichas, retirse discretamente Fabrice en el momento que
comenz a bailarse. Su creciente reputacin le haba abierto de par en
par las puertas de los salones y de la alta sociedad parisiense; pero,
como la mayor parte de aquellos que nacieron fuera de ese medio y a l
llegaron tarde, senta siempre en el mundo cierta cortedad, cierta
inquietud que lo desconcertaba, disgustndolo.

Al da siguiente, bastante temprano, la seora de Montauron mand llamar
a su sobrino, y cuando ste se present a la baronesa, acababa la
anciana seora de tomar el desayuno.

--No mal de salud, ta, me parece?

--No, te he hecho venir tan temprano porque durante el da no estamos
nunca solos y quiero hablarte... Sintate... Principiar por decirte que
no estoy descontenta de tu grande hombre... el pintor... un poco corto,
un poco tmido... pero en estos hombres de talento hay siempre un
encanto!... Y ahora hablemos de cosas serias... Qu... piensas de
matrimonio?... Vamos, qu te han parecido mis nias?

--Ta, todava estoy en el perodo de... de observacin... Esta plyade
de slfides me causa un cierto embeleso... Usted comprende que es
natural.

--S, es natural... Yo no te pido que te decidas inmediatamente... pero,
en fin, hace ocho das que vives en la intimidad de ellas... ya habrs
sentido alguna impresin... principiar a manifestarse alguna
preferencia...

--Ta, francamente, ocho das es poco tiempo para conocerlas a fondo.

--Dime, y cunto necesitas, segn t, para adquirir ese conocimiento?

--Phs!... no s... algunas semanas, me parece.

--Algunas semanas!--exclam la baronesa,--. Pobre sobrino mo!... Al
paso que vamos necesitars un siglo, y no por eso estars ms
adelantado... Una joven, hijo mo, es lo ms impenetrable que hay en el
mundo... slo Dios puede saber lo que ser una vez casada... Y aun
as!

--Sin embargo... ta.

--S, ya s lo que vas a decir... y de antemano te prevengo que en esta
materia no hay ms que tres cosas acerca de las cuales pueda tenerse una
aproximada certidumbre... a saber: familia, dote y figura... En cuanto a
lo dems, es necesario entregarse piadosamente a la Providencia... si
tienes en cuenta que no est todava en uso de tomar las mujeres a
prueba como los caballos... por ms que se anuncia una ley estableciendo
el divorcio absoluto... lo que ser principiar a andar aquella senda...
Pero, vamos, para salir de generalidades, a m me parece que si yo
hubiera sido hombre habra amado locamente a la seorita de Alvarez...
No te dice nada la seorita de Alvarez?

--Me dice demasiado, ta... Tiene una pupila demasiado incandescente
para mis gustos... dicho sea con el respeto debido... Venus Ciprea...
etc., etc.

--Bah! Qu sabes t? Nada hay ms engaoso que esos ojos... debas
tener experiencia a tu edad... Generalmente, los azules son los
peores... Y esa adorable americanita, miss Nicholson... un querubn con
tres millones de dote... y esperanzas.

--Es hermosa, ta... Solamente que anda como un hombre... y despus, no
le parece a usted que tanto ella como su pap, tienen as como un vago
olor a petrleo?

--Qu tontera! En fin, tomemos nota de ella, de esta encantadora miss
Nicholson... Y la deliciosa rubia, la seorita Lahaye?

--Muy bien tambin, ta... pero su padre vende vino... eso es grave!...

--S, pero vende mucho! Y qu me dices de la seorita de Aurigney?
qu radiante hermosura! y tan distinguida!

--Muy distinguida, sin duda... pero tan glacial!

--Magnfico! ahora salimos con lo glacial! Hace un momento era Venus
quien te asustaba... ahora es lo contrario... ahora es el hielo...
pero, entonces, hijo mo, tienes miedo de todo!... qu significa esto,
caballerito?

--Confesad, mi querida ta, que la seorita de Aurigney parece un
sorbete.

--T s que pareces un sorbete! Acabar por creer que tus dificultades
reconocen por causa una resolucin tomada de antemano.

--Pero, mi buena ta, usted me pide que le manifieste mis impresiones, y
as lo hago lealmente.

--S, pero es que encuentras objeciones a todo, y objeciones casi
siempre pueriles.

--Es nicamente para hacer rer a usted... ta...

--Mira que la cosa no me causa risa!... vamos, y la seorita de
Chalvin... un poco aturdida quizs... pero tan elegante, tan
encantadora!

--Y sobre todo tan bien educada, ta... ayer deca su madre refirindose
a ella: Mi hija tiene un excelente carcter; verdad es que ni su padre
ni yo la contrariamos nunca... es un caballito desbocado... cuando se
abandona la brida nada la contiene.

--Su madre es incapaz... mas como no te vas a casar con ella... En
fin... llegamos a mi predilecta... una perla, hijo mo!... No, lo que
es a sta no permito que la critiques... La seorita de La Treillade!

--Ciertamente, ta, es sin duda alguna lo mejor de la coleccin...

--Ya lo creo! Rostro de _virgen_... instruda, inteligente, modesta...
no digo ella; su misma institutriz es una persona ejemplar... una
verdadera perfeccin... Creme, dedcate a estudiarla... obsrvala,
hijo mo!

--Se lo prometo a usted, ta.

--Bueno, ahora vete, tengo que escribir... mira, dile a Beatriz que
venga.

Pedro se retir, encargando a una sirvienta que encontr en la escalera
previniese a la seorita Beatriz de que la seora la necesitaba; en
seguida baj algunos escalones, llamando al departamento de Fabrice. Era
este departamento un piso bajo, o mejor dicho, una especie de entresuelo
cuyas puertas se abran sobre los antiguos fosos del castillo, ahora
convertidos en jardines. El pintor, que deba empezar a medioda el
retrato de la baronesa, se ocupaba en preparar su paleta. Despus de
haberse cerciorado por s mismo de que nada faltaba para la comodidad de
su amigo, Pierrepont le daba algunos detalles histricos y arqueolgicos
acerca de los Genets, cuando se interrumpi de pronto al or risas y
femeniles voces bajo las ventanas del departamento; aproximse
rpidamente a la ventana del saloncito, que ocupaba una de las
torrecillas de los ngulos del castillo, siendo por consecuencia fcil
dominar desde all con la vista el foso... Las persianas estaban
cerradas para preservarse sin duda contra los rayos del sol de una
ardiente maana de agosto, pero a travs de los listones inferiores,
casi horizontalmente dispuestos, pudo echar Pedro una mirada al
exterior, y volvindose con viveza a Fabrice, hzole sea de que
guardase silencio, dicindole al propio tiempo, que sonrea y bajaba la
voz:

--Yo no tengo la costumbre de escuchar entre puertas... ni entre
ventanas... pero, en este caso, la tentacin se me presenta
invencible... ya te dir por qu...

--Lo que puede el mal ejemplo!--repuso Fabrice acercndose a su vez.

Pudo conocer entonces las dos seoritas cuyas voces llegaban hasta
ellos; estas seoritas haban bajado, a lo que poda creerse, a uno de
los jardinillos de bajo la torre con el fin de evitar el sol, y se
paseaban del brazo protegidas por la fresca sombra de grandes rosales
all plantados; una de ellas, morena, plida, con cara de arcngel,
deca a la otra:

--Qu bien se est aqu para charlar, no es verdad, hija?

--S--respondi la otra, que era muy encendida de color, aunque de buen
ver y tena ligero acento ingls--. Se est muy bien... sobre todo,
puede una ponerse a tiempo en guardia contra los indiscretos...
Contine... me interesa tanto lo que me est contando!

--Pues s, esta Georgina, de que le hablaba, es muy complaciente con mi
hermano, quien le paga en la misma moneda: como ya, le he dicho,
Georgina Bacot trabaja en las _Folies-Lyriques_, por cuya razn mi
hermano anda mucho entre bastidores, y all se encuentra a menudo con la
madre de Georgina, que fue tambin actriz en sus tiempos... y mi hermano
nos contaba el otro da a mam y a m que una de estas noches pasadas
haba encontrado en la escena, durante un entreacto, a la madre de
Georgina... Estaba mirando por el agujero del teln cuando de pronto se
volvi a aqul y le dijo con voz llorosa... Hay cosas que halagan a una
mujer... creer usted, seor, que hay esta noche en la sala cuatro de
mis antiguos amantes... y todos senadores?

--Oh! Mariana--dijo la linda inglesa.

--Pero la historia del peluquero es todava ms divertida--replic
Mariana.

--Oh! cunteme la historia del peluquero... cuntemela.

Mariana titube un momento.

--No, mi cara Eva--aadi Mariana riendo--: sta es realmente demasiado
salpimentada.

--Se lo ruego, querida ma!

--Pues bien, ese peluquero... pero no... mi buena Eva...
decididamente... es demasiado... no puede pasar... La dejaremos para una
de esas noches en que se nos va un poco la mano en el champagne.

Pasaron cerca de un rosal. Mariana cort una rosa y se la puso en el
pecho.

--Y ese pintor que lleg ayer, qu le parece, Eva?

--Tiene buenos ojos y algo de genial en la fisonoma--respondi la
interpelada.

--S, pero sin distincin--arguy la nia, haciendo desdeosa mueca--.
El otro... ese s... el amigo Pedro... ese s que quisiera yo
encontrrmelo una noche en cualquier rincn del bosque!

--El encuentro sera un tanto peligroso--objet Eva.

--Donde no hay riesgo, no, hay deleite--apoy Marianita--. Entre
parntesis, ninguna lstima tengo yo a mi prima la de Aymaret, que le ha
dado su corazn... etc. Digo, as se dice, yo no s si es verdad... lo
que s s es que se ven casi todos los das... con este pretexto... y
con aqul... y con el de ms all.

--Parece que no es muy dichosa con su marido la pobre vizcondesa, es
cierto?

--Qu mujer es dichosa con su marido, mi buena Eva? Y si no, vea qu
bien se entienden los Laubcourt, que son nuestros compaeros de
temporada.

--Es verdad, he notado que tienen siempre los dos caras de entierro...
mire usted que algunas maanas en el almuerzo!

--Algunas maanas! Y peor algunas noches!

--Cmo as?--pregunt Eva.

--Pero, querida, ma, no sabe usted las causas de sus desavenencias?...
El seor de Laubcourt tiene pasin por los nios, en tanto que a la
seora la horrorizan... y tiene razn, a mi entender.

--Oh! por qu, amada ma?

--Primero, porque nada hay ms incmodo ni ms enojoso que esos muecos
para una mujer que ama la sociedad... segundo, porque cuando se es
bonita desea conservarse el mayor tiempo posible... y los nios, es
sabido, son los verdugos de la belleza.

--No comprendo, Mariana, a m me parece...!

Aqu Mariana baj la voz para responder, y pareci como que explicaba
algn trascendental misterio a su amiga, quien enrojeci ligeramente.

--Ahora me explico--manifest sta con aire pensativo--por qu el seor
de Laubcourt tiene un aspecto de tanta tristeza.

--Si no fuera ms que tristeza!... pero es que casi todas las noches,
en su cuarto, pasa con su mujer escenas terribles.

--Ya lo creo! hay de qu! Y qu es lo que aqulla le responde?

--Le responde... le responde... chito!--concluy Marianita.

Al decir esto las dos rompieron en una carcajada, y como la campana
anunciara el almuerzo, se alejaron en direccin al comedor.

An no se haban perdido de vista, cuando Fabrice, que durante el
sorprendido curioso dilogo cambiara con Pierrepont frecuentes y
edificantes miradas, le pregunt a ste con la calma que le era
habitual.

--Quin es esta expeditiva seora, esta preciosa Mariana?

--Mi buen Fabrice--dijle el marqus--, no es una seora, es una
seorita.

--Diablo!--replic vivamente el pintor--. Y la otra... Eva?

--Es su institutriz.

--Dia...blo!!--acentu Fabrice con energa.

Y volvi tranquilamente a preparar su paleta.

--Como hoy mismo voy a presentarte a esas inocentes, sera intil
ocultarte que tan aventajada criatura es la seorita de la Treillade, y
no parece de ms advertirte que esta maana precisamente, me la
recomendaba, m ta cual un modelo de todas las virtudes... Verdad es
que aada que era muy instruda... en lo que, como has visto, no se
equivocaba... Cuando pienso que tal vez me hubiera decidido por ella,
siento escalofros... Ahora comprenders por qu razn he prescindido de
todos los principios de la delicadeza ante la idea de darme exacta
cuenta sobre los principios de esa seorita... Dirase que la suerte me
ha presentado la ocasin de juzgarla... Te aseguro que no me arrepiento
de mi falta... Vamos a almorzar!




V

LA VIZCONDESA DE AYMARET


El primer impulso de Pierrepont fue ir a contar en caliente a la
baronesa la instructiva conversacin que acababa de sorprender, entre la
que aqulla llamaba su joya predilecta y la digna institutriz de tal
encanto; pero, despus de haber reflexionado un poco, prefiri aplazar
la modificacin, reservndola como un argumento dilatorio para el da en
que la seora de Montauron lo empujase de nuevo a resolverse en
definitiva. Atormentado por dudas de que el lector conocer pronto la
causa real, si ya no es que la haya adivinado, el joven marqus, en sus
indecisiones, deseaba ante todo ganar tiempo. Continu, pues, durante
aquel da y los sucesivos, tomando parte activa en las distracciones de
la bulliciosa colonia que habitaba los Genets, haciendo creer a su ta
que se ocupaba a travs de juegos y de risas, en profundos estudios y
maduras observaciones acerca del carcter de aquellas seoritas,
quienes, en realidad, lo tenan sin cuidado.

Entretanto, el retrato de la seora de Montauron adelantaba poco a
poco. Las sesiones artsticas se tenan en el saln blanco, y despus de
la interesada y del pintor, nicamente Beatriz asista a ellas; pero
autorizado por su competencia en materias artsticas, sola el marqus
introducirse tal cual vez en el santuario, aparentando seguir con el ms
vivo inters el trabajo del pintor, quien pudo advertir con ese motivo
las respetuosas atenciones que Pedro demostraba siempre a la lectriz de
su ta. Era el nico de entre los huspedes del castillo que la tratase
de igual a igual; todos los dems, con especial las seoras, tomaban
ejemplo de la baronesa, para afectar con la pobre Beatriz aires de fina
superioridad o de desdeosa proteccin. Fabrice not que aquella parte
ms penosa en las funciones de la lectriz las prevena Pierrepont con el
mayor cuidado; l era quien se levantaba para acercar el taburete,
colocar un cojn, abrir una ventana, llamar un criado, desvivindose, en
fin, por satisfacer los caprichos sin nmero de una anciana seora
enfermiza, nerviosa, y de un tan imperioso, cuanto superlativo egosmo.
Pero la baronesa pareca preferir con mucho los servicios de la seorita
de Sardonne a los de su sobrino.

--Muy bien, Pedro... mucho te lo agradezco... y Beatriz tambin,
supongo... aunque te dir con franqueza que los hombres tienen la mano
demasiado pesada para estos delicados menesteres... no hay como Beatriz
para arreglarme los cojines sin molestarme... No es verdad, seor
Fabrice?... Adems, hijo mo, no quiero monopolizarte... t eres aqu
un poco dueo de casa... y te debes a mis huspedes, que son tambin los
tuyos... Anda, pues, con ellos... anda... dame gusto!... anda.

De todas las amigas de infancia de Beatriz, una sola, mayor que sta en
dos o tres aos, le haba quedado obstinada y tiernamente fiel. Esa
amiga era la vizcondesa de Aymaret, prima de la seorita de La
Treillade, cuya linda calumniadora haba perfidamente asociado el nombre
de aqulla con el del marqus de Pierrepont, en su crnica escandalosa.
La seora de Aymaret habitaba el verano la pequea posesin de las
Loges, situada a dos kilmetros, poco ms o menos, de los Genets. En el
campo como en Pars, dejaba raras veces pasar una semana sin ir a ver a
Beatriz, arrostrando denodadamente para llenar tan sagrado deber de
amistad, las temibles iras de la seora de Montauron, quien tema,
juzgando por varias apariencias, que la amable persona no viniese a ser
un obstculo para el deseado casamiento de su sobrino.

Pierrepont, que tal vez sin motivo no tena muy alta opinin de las
femeninas virtudes, alababa con calor las de la seora de Aymaret, de lo
que la baronesa vena a deducir, con mundana lgica, que era su amante.

Sea como quiera, es lo cierto, que la vizcondesa de Aymaret constitua
para la seorita de Sardonne, tan sola, tan abandonada, un consuelo y
una confidente de impagable precio: slo delante de ella abandonaba
alguna vez Beatriz su mscara impasible dejando correr sus lgrimas...
Y, sin embargo, aun para ella guardaba su corazn un secreto. Cierto
da, habindola encontrado la vizcondesa en su alcoba deshecha en llanto
a consecuencia de una de esas humillantes escenas que la seora de
Montauron no le evitaba, rogle vivamente su amiga que abandonase el
servicio de la vieja dama, aceptando un asilo en su propia casa. Beatriz
titube al pronto, pero despus de un momento de reflexin respondile
abrazndola:

--Qu buena eres!... Cunto te lo agradezco!... pero excsame... soy
todava, a pesar de todo, demasiado altiva, para aceptar casa y mesa por
pura caridad... Aqu al menos sirvo para algo... tengo deberes... presto
algunos servicios, gano mi pan... en tu casa no sera otra cosa, al fin,
que una parsita.

Como su amiga procurase afectuosamente vencer sus escrpulos, Beatriz le
replic sonriendo tristemente...

--Y adems, tu marido me hara la corte!

La seora de Aymaret, que conoca bien a su consorte y que lo saba
capaz de violar sin escrpulo alguno las santas leyes de la
hospitalidad, inclin con dolor la cabeza y no insisti.

El vizconde de Aymaret hubiera deseado, como otros tantos en el mundo,
haber sido un hombre honrado, sobrio, arreglado de conducta y enemigo de
la sota de copas, y si le gustaban las mujeres, el juego y el vino
hasta, el escndalo y la degradacin, era... que no poda remediarlo.
Los psiclogos lo miraran quizs como una vctima del determinismo,
pero para el comn de mrtires era sencillamente un tunante.

Tena agradable aspecto, y no le faltaba inteligencia; mucho lo haba
amado su mujer, pero l hubo de observar tal comportamiento con ella que
la vizcondesa concluy por profesarle el ms completo desprecio. Senta
hacia su marido, sin embargo, una especie de lstima, y aun se prestaba
a la singular mana en que ltimamente aqul haba dado revelando a su
propia mujer, sus prdidas al juego, sus desventuras amorosas, su
naufragio moral, y cmo le eran indispensables las mujeres para
consolarse de las traiciones del juego, y el vino para olvidar las
femeninas veleidades. Se dir que en escucharlo probaba su mujer
paciencia de santa, pero hay de entre aqullas algunas que merecen ser
canonizadas.

La seora de Aymaret tena dos hijos de este indigno marido, dos hijos
que fueron su consuelo y en los cuales cifraba todas sus afecciones. Era
una de esas raras mujeres que el marqus de Pierrepont hubiese
seriamente amado; la habra amado por sus suaves encantos, por un no s
qu de luminoso que orlaba su blonda cabeza, por la gracia de su
aristocrtico marchar, por la tierna claridad de sus tiernos ojos, que
como los de Enriqueta de Inglaterra, parecan estar siempre pidiendo
besos. Y todava an la hubiera amado porque era honrada, por ese
atractivo inexplicable que para todo humano inmortal tiene el prohibido
fruto; la habra tambin amado por un impulso de generosa simpata,
porque mejor que a nadie eran notorias a Pedro las ntimas tristezas de
la vizcondesa. Miembro del mismo club que de Aymaret, haba visto ms de
una vez a su consorte, en los comienzos de su matrimonio, venir a
buscarlo en la maana enrojecidos los ojos por las lgrimas y el
insomnio.

En resumen, procur al principio el vizconde consolarla, sin alcanzar su
objeto; muy admirado de su previsto fracaso, acab por aceptar
francamente su situacin, ese hombre de mundo, contentndose con esa
especie de reservada amistad que le ofreca su adorable cnyuge. Desde
ese da, continuaron tratndose bajo el pie del confiado compaerismo,
fcil, y no exento de cierta irona.

La seora de Aymaret, que era grande entusiasta por las artes, senta
viva admiracin por los talentos de Jacques Fabrice. Posea la
vizcondesa algunas acuarelas que databan de los primeros tiempos del
pintor, verdadero tesoro de cuya propiedad considerbase orgullosa. La
llegada del artista a los Genets despert en ella ardiente curiosidad, y
le gust el hombre por su modesto continente y su grave melancola.
Constantemente preocupada de la situacin penosa y precaria de su amiga
Beatriz, recordaba ella que antes de los desastres de la familia de
Sardonne, haba demostrado aquella joven serias aficiones por la pintura
a la acuarela, y la seora de Aymaret se dijo que Fabrice podra darle
algunas lecciones durante su residencia en los Genets, alentando al
mismo tiempo sus naturales disposiciones y dando as vida a slidas
aptitudes que podran asegurar tal vez a la hurfana una existencia
independiente en lo futuro. Beatriz, a pesar de su amargo desapego a
todo, acept la idea con algn inters.

--Pero--objet a su amiga--, cmo pedir semejante favor a ese
caballero?... Yo nunca me atrever.

--Podras--replicle la vizcondesa--rogar al seor de Pierrepont que se
encargara de hablarle.

--No--dijo Beatriz--; el seor de Pierrepont podra disgustar a su ta
dando ese paso.

--No me parece que la epidermis del marqus sea tan delicada por lo que
se refiere a manas de la baronesa... Por otra parte, nada nos obliga a
desenvolver a Pedro nuestro plan de operaciones... Es natural que t
procures perfeccionar tus conocimientos cuando la ocasin se te
presente... Quieres que yo le hable al marqus?

--Me haras un gran favor.

El mismo da que ocurri esta conversacin, la banda de invitados fue a
visitar cierta estacin termal prxima a los Genets. Pierrepont se haba
quedado en el castillo pretextando una ocupacin cualquiera, y como la
seora de Aymaret saliese del parque para volver a los Loges,
atravesando el vecino bosque, advirti que Pedro se hallaba desatando
una canoa junto al estanque que alimentaba el riachuelo del parque.

--Cmo vamos?--djole la vizcondesa, hacindole con su sombrilla seas
de que se acercase--. Tengo que hablar a usted.

--Escuchar es obedecer--respondi Pedro alegremente.

--Pues bien: usted sabe o no sabe que Beatriz trataba muy lindamente la
acuarela antes de sus desgracias... Ella desea volver a las andadas y
tomar algunas lecciones del seor Fabrice durante su residencia aqu...
Se puede contar con los buenos oficios de usted?

Pierrepont reflexion algunos segundos.

--Con mis buenos oficios no puede contarse en este caso, vizcondesa; con
los de usted, s... Dicho se est que estoy enteramente a la disposicin
de usted y de la seorita de Sardonne... pero siendo Fabrice invitado
mo, estoy seguro que usted se abstendra de pedirle cosa que poda
tener los visos todos de una semi-imposicin... mientras que si usted
misma le presentase el memorial, ya eso tiene otra forma... Mire
usted... precisamente iba a embarcarme para ir a buscarlo... Est
sacando un croquis al pie de la cascada, all abajo... Quiere usted
venir conmigo?

--Embarcada?--pregunt la seora de Aymaret.

--Embarcada! Por qu no?... es a cinco minutos de aqu... Si es el
_tte--tte_ lo que asusta a usted, no ser largo... Otros hemos visto
peores, cralo usted... Por otra parte, as queda usted a dos pasos de
su casa... Vamos, querida vizcondesa, confianza... confianza.

--Vamos, pues!

Y apoyndose en el brazo de Pierrepont, salt con ligereza a la canoa.

Pedro tom los remos, puso aqulla en movimiento y, abandonndola al
hilo de la corriente, se dej ir suavemente.

Y por cierto que era encantador este riachuelo oculto bajo el follaje de
los sauces y de los fresnos que festoneaban sus orillas. nicamente
habase practicado ac y all algn ligero claro para comodidad de los
aficionados a la pesca. Adems, se deslizaba en silencio bajo arcos de
verdura apenas interrumpidos lo bastante para que el sol dejara pasar
tal cual dorado, tembloroso rayo.

Despus de un momento de silencio, Pierrepont interpel bruscamente a su
compaera en ese tono, medio serio, medio irnico, que era de uso entre
ellos.

--Seora de Aymaret!

--Mi querido amigo!

--Sabe usted que quieren casarme?

--Es natural!

--Pues bien... decididamente, huyo el cuerpo a ese santo lazo... estoy
desalentado!

--Por qu?

--Porque cuanto ms observo, ms me convenzo de que ya no hay nias
honradas, y, por consecuencia, no puede haber tampoco fieles esposas!

--Qu ha dicho usted?

--Digo, que ya no hay mujeres honradas... al menos en nuestra clase...
es una especie desaparecida.

--Perdone usted!--repuso la seora de Aymaret--. A m se atreve usted
a decirme eso?

--Bien sabe usted que a usted la excepto... Usted ha nacido virtuosa,
es su complexin de usted, pero... es una complexin rara.

--Ah! perfectamente--replic la vizcondesa--, as nos juzgan ustedes...
no hay mujeres honradas!... y si se encuentra una de la que por
casualidad no dudan ustedes... entonces es que ha nacido as como
hubiera podido nacer tuerta... no hay mrito porque no ha habido ni
tentacin, ni lucha, ni nada... Ay, Dios mo! qu duro de or es eso,
y cun ligeras, injustas y crueles son esas apreciaciones!

--Querida vizcondesa!--murmur Pierrepont, conmovido por el sincero
acento de aqulla.

La seora de Aymaret prosigui diciendo en contenida, aunque vibrante
voz:

--No puede llamarse una traicin que yo hable de los detalles de mi vida
ntima... todo el mundo los conoce, y usted mejor que nadie... Y usted
sabe que si jams una mujer tuviera disculpa en conducirse mal... esa
mujer sera yo... pero no, tengo hijos... dos hijos, y quiero que maana
se diga... Si el padre era un pobre hombre... un desgraciado loco... la
madre fue una mujer honrada... una digna persona... Y usted cree que
resignarme a esto me ha sido fcil... no es verdad?... Me ha sido fcil
porque es mi temperamento... porque he nacido as... sin pasiones y sin
debilidades... Ay, Dios mo, Dios mo, y lo cree usted!... lo cree
usted! usted!...

--Seora!--balbuce el marqus con emocin y dificultad--; sera en m
una necedad insigne pensar siquiera... por ms que halagase mi amor
propio... Sin duda he comprendido a usted mal...

--No!--continu la vizcondesa con mayor vivacidad an--. Me ha
entendido usted muy bien... de usted se trata... Usted me ha hecho la
corte... No s si usted me amaba entonces... en cuanto a m, lo amaba a
usted... y... lo amo todava... lo confieso a usted atrevidamente... y
lo confieso a usted porque mi franqueza no tendr consecuencias...
Honrada soy y honrada ser, por mis hijos... As, pues, crea usted...
crea usted... que nunca ser su amante... pero nunca tendr usted una
amiga mejor que yo... De eso puede estar seguro.

Y apart su mirada del rostro de Pedro, enjugndose una furtiva lgrima.

--Dme su mano, seora!--djole el marqus.

La vizcondesa accedi a su ruego, y l entonces, sin aadir una palabra,
bes delicadamente la mano de aqulla.

Siguise en seguida un largo silencio, apenas turbado por el leve
murmullo del agua: Pierrepont lo rompi primero, procurando volver a la
ligera tonalidad acostumbrada entre los dos.

--En realidad, usted tiene un poco la culpa en las contrariedades que me
est haciendo soportar este matrimonio... porque si no hubiera conocido
a usted sera menos difcil.

La seora de Aymaret movi graciosamente la cabeza sin responder.

--Me gustara--aadi el marqus con seriedad--, recibir una esposa de
su mano.

--Es muy delicado eso... Jams me atrever a arrostrar semejante
responsabilidad... nunca osara designarle una persona... aun cuando su
nombre estuviera para caerse de mis labios.

--Qu quiere usted decir con eso?

--Nada.

--Piensa usted en alguien?

--En nadie.

--No es usted sincera en este punto!

--No! pero doblemos la hoja, hablemos de otra cosa, se lo ruego... Es
complaciente su amigo Fabrice?... Sera amable conmigo si tuviese
necesidad de pedirle algn favor? Qu cree usted?

--Estoy seguro de que s... Pero es necesario que bajemos aqu; de otro
modo la corriente nos arrastrara por encima de la esclusa.

En efecto, el riachuelo caa en el Orne a poca distancia, franqueando un
pequeo dique. El salto de agua se divida en dos brazos, de los cuales
uno daba movimiento a un molino instalado en la orilla. He ah el motivo
de paisaje que Fabrice bosquejaba cuando la seora de Aymaret y
Pierrepont se le juntaron.

Despus de los cumplimientos de usanza, la seora de Aymaret,
ruborizada--por nada se ruborizaba esta mujer adorable--, habl al
pintor de su pretensin, que el artista acogi con la mejor voluntad.

--Ser para m un placer--dijo a la vizcondesa--, dar consejos a la
seorita de Sardonne, aunque ella haya abandonado un poco el estudio de
la acuarela... La seorita de Sardonne copiaba ya la naturaleza o
nicamente la muestra?

La seora de Aymaret, siempre ruborizada, no pudo asegurarle nada sobre
aquel particular.

--Y qu hora preferira la seorita de Sardonne para sus lecciones?

La seora de Aymaret interrog a Pierrepont con una mirada.

--Creo--respondi el marqus--, que la seorita Beatriz no tiene durante
el da ms que, una hora libre... es aquella en que mi ta duerme la
siesta despus del almuerzo.

--Perfectamente; entonces sos son nuestros momentos.

La propiedad de la vizcondesa hallbase frente del molino: los dos
amigos la acompaaron hasta la portada y volvieron a los Genets haciendo
comentarios sobre los atractivos de aquella encantadora criatura; mas de
Beatriz no hablaron ni una sola palabra.




VI

EL SECRETO DE PEDRO


Fabrice present aquella noche misma sus servicios a la seorita de
Sardonne, quien pag su atencin con una de aquellas hermosas sonrisas
que tan de tarde en tarde iluminaban con dulzura tanta sus trigueas
mejillas. Dese el pintor ver algunos de los bosquejos por Beatriz
comenzados, mostrndoselos sta con cierto aire de confusin; eran
copias directas de la naturaleza misma que el artista no hall
desacertadas. Convinieron, pues, en que a contar del da siguiente al de
la entrevista empezaran de nuevo, y durante la siesta de la baronesa,
los interrumpidos estudios sobre la acuarela, bajo la direccin de
Fabrice.

Imposible era poner en prctica proyectos tales sin contar de antemano
con el no fcil beneplcito de la seora de Montauron, encargndose el
marqus de empresa tan de por s escabrosa, y ralo ella tanto, que ta
y sobrino estuvieron a punto de reir con este motivo ligera escaramuza.
La baronesa crea que bajo las inesperadas artsticas aficiones de su
lectriz emboscbase una intentona de emancipadora rebelin, y ya que no
pudiese oponer un formal veto sin manifestar al desnudo su celoso
despotismo, desahog su mal humor presentando un diluvio de objeciones.

--Es gracioso que esa seorita se permita disponer de su tiempo sin mi
permiso!--dijo a su sobrino.

--Perdone usted, ta, no dispone sino de aquel que buenamente le deja
usted libre.

--Es que puede hacerme falta a cada momento!

--Vamos, ta! para qu puede usted necesitarla mientras se halla usted
durmiendo?

--S, pero me parece absurdo que yo la tenga toda la vida a mi lado
para proporcionarme el placer de verla embadurnar papel de marquilla!

--La pobre no tiene tantas distracciones que digamos, mi buena ta... y
sta es tan inocente!

--S, inocente!... por supuesto!... qu tontsimo eres!... yo estoy
segura de que Fabrice gusta a... a su seora... No puede negarse, la
verdad que es hermoso, con la ms peligrosa de las hermosuras... la
hermosura tenebrosa de los hombres de inteligencia... y luego, eso, el
prestigio del talento... Crees t que esos cotidianos _tte--tte_
entre maestro y discpula no han de traer sus consecuencias?

--S, ta, lo creo... sobre todo cuando el alumno es la seorita de
Sardonne.

--Muy bien! Me gusta! ya vers cmo esas dichosas lecciones nos van a
proporcionar un disgusto.

As, despus de haber dado rienda suelta a su enfado, se resign la
anciana dama a que Beatriz tomase lecciones de acuarela: por ende todos
los das, entre una y dos de la tarde, instalbase la hurfana en una
silla al lado de Fabrice para dibujar a la vista de ste, ya un paisaje,
ya un motivo de arquitectura, si bien por atendibles razones de
decencia, nunca se apartaron de debajo de las ventanas del castillo,
donde, por otra parte, encontraban suficiente tema de estudio, ora aquel
seorial edificio, ora en las rientes circunvecinas campias.

Entretanto haba llegado la apertura de la caza, y esta novedad trajo a
los huspedes de los Genets otro elemento de animacin y de placeres.
Las seoritas de la colonia se ensayaban en este gnero de sport, con
gran desesperacin y terror grande de los cazadores serios. Pierrepont
era, segn inapelable sentencia de su ta, el encargado de iniciar y
moderar los venatorios mpetus de aquellas jvenes Dianas, dndole en
sus funciones no escaso trabajo Mariana de La Treillade, quien, para la
caza, como para otras muchas cosas, mostraba singularsimas
disposiciones. Debemos confesar, a fuer de sinceros, que el marqus se
ocupaba con predileccin marcada de aquella seorita desde que
descubriera cmo aquellos grandes y cndidos ojos encubran tesoros de
precoz perversidad, porque la verdad es que esta mezcla picante diverta
su incurable dilettantismo.

La seora de Montauron, que estaba siempre en acecho, ojo avizor y oreja
al viento, cay en la eterna trampa de las apariencias, interpretndolas
a la medida de sus deseos. Resolvi en vista, coger al vuelo eso que
ella denominaba, el momento psicolgico, y firme en sus propsitos hizo
cierta maana comparecer al marqus en la hora habitual de sus
audiencias secretas. Al inexorable mandato acudi inquieto y receloso
Pierrepont, porque bien, le deca su claro instinto que su ta iba a
ponerlo, sin escape alguno, entre la espada y la pared.

--Amigo mo!--rompi la baronesa con aire de triunfo--, me parece de
ms preguntarte si te has decidido. Tus procederes con la seorita de La
Treillade son, por dicha ma, bastante significativos; as, pues, recibe
mi enhorabuena.

--Ta, cuantsimo siento tener que desengaar a usted! Cierto es que la
seorita de La Treillade me interesa... porque, a pesar de su extremada
juventud, es una excelente actriz... pero, con franqueza, nunca me
casar con ella.

--Cmo! qu quiere decir eso?--pregunt la baronesa roja de clera.

--Esccheme usted, ta.

Y Pedro le cont sin omitir punto ni coma la conversacin que cierta
maana sorprendiera desde las ventanas de Fabrice, entre la seorita de
La Treillade y su institutriz.

--Si antes no le haba contado esto--aadi--, ha sido porque me costaba
trabajo causar a usted semejante desilusin.

Desconcertada un instante bajo el golpe de tal desencanto, la baronesa
recobr pronto su sangre fra y con agrio tono repuso a su sobrino:

--Despus de todo, yo no veo en eso ms que nieras... baladronadas de
muchacha que juega a la seora... apostara que a pesar de eso no dejar
de ser con el tiempo una honrada y amable esposa.

--Es posible! pero no quiero exponerme a la prueba--objet Pedro.

--Nadie te fuerza, hijo mo! pero si pretendes casarte con una nia
criada en una cueva, con una nia que nada haya visto ni odo y que
lleve a la cmara nupcial el candor de la cuna, eres ms inocente de lo
que yo conjeturaba.

--Ta, no creo realmente manifestar ridculas exigencias, pidiendo a mi
futura mujer principios ms slidos que los de la seorita de la
Treillade, para quien los nios son polichinelas molestos, verdugos de
la belleza... y en cuanto a las escandalosas historias, a las pocas
decentes bromas, a los erticos equvocos con que aquella seorita
esmalta sus conversaciones con sus amigas, s de sobra que por desdicha,
es hoy moneda corriente entre seoras de alta sociedad, y aun, lo que es
peor... entre solteras... Pero, si me caso, es precisamente para no or
en mi casa lo que escucho en la de cualquier cortesana... Todo lo
contrario, deseo para siempre olvidar ese tono, ese lenguaje de que me
siento harto hasta el fastidio... Quiero respirar un poco de aire puro
en mi hogar!

--Amado mo--replic con cierta dulzura la baronesa, en quien el firme y
serio acento de Pierrepont caus efecto--, esos sentimientos te hacen
honor ciertamente... si tantas prevenciones guardas contra las jvenes
del da, bien puedes ir pensando en renunciar al matrimonio... porque,
dime, en qu parte del mundo vas a encontrar una seorita que no sea un
puro misterio?

--Ta, francamente! antes de correr el riesgo de casarme con un
misterio como la seorita de La Treillade, preferira mil veces meterme
en la Trapa... pero, en fin, si es imposible, como el otro da me deca
usted, tomar las mujeres a prueba, no creo que lo sea encontrar alguna
que ofrezca ciertas garantas... alguna que especiales circunstancias...
una educacin particular... aqulla, por ejemplo, que se adquiere en la
desgracia... hayan puesto de relieve sus mritos... y cuyo pasado
constituya una seguridad para el futuro.

La vieja dama ech furtivamente torcida y equvoca mirada a su sobrino,
y frunciendo sus plidos labios objetle con agridulce tono:

--S, sin duda! puede encontrarse la joya que deseas... pero debo antes
observar que las nias criadas en la escuela de la adversidad,
generalmente no tienen un cuarto.

--Ta, el dote para m es cuestin secundaria!

--Claro est!... Eres tan rico!... tienes gustos tan sencillos!...
verdad es que, segn toda probabilidad, sers mi heredero... pero me
permitirs te recuerde que tendrs que esperar mucho tiempo... Mi padre
muri de ochenta y cinco aos, de lo que puede deducirse que yo tengo
an treinta por delante... y no te ocultar que mi intencin es sa...

--Ta!--exclam Pierrepont con acento de sentido reproche.

--Bien!, te ofendo... tienes razn... estas decepciones me ponen de mal
humor... ya hablaremos de nuevo... ahora vete!

Y Pierrepont se retir, besando antes a la baronesa en las dos manos.

Una vez sola, levantse aqulla bruscamente de su silln y dio algunos
pasos por su gabinete, aspirando con descomunal ira el frasco de
inglesas sales, mientras que se entregaba para su corpino a este
aproximado monlogo:

--No hay duda! Piensa en ella... Como que ya yo lo haba
barruntado!... Claro, sus atenciones para con ella!... Su distrada
indiferencia hacia las dems!... Sus perpetuos aplazamientos!... Nunca
lo hubiera credo capaz de semejante locura!... Qu absurdo!... Qu
absurdo tan culpable!... Primero, quitarme a esa muchacha que ha
llegado a serme indispensable!... Despus, imponerme la carga de
mantenerlos, porque los desafo a que vivan si yo no los ayudo... Estn
frescos!... Pero, se entienden?... Se han puesto de acuerdo?... Es
tiempo todava de parar el golpe?... Eso es lo que ante todo necesito
averiguar!

Llam, presentndose una doncella.

--A la seorita Beatriz, que venga.

Aproximse la baronesa a su tocador, humedeci su frente y mejillas, por
la emocin enrojecidas, y volvi a sentarse, con una falsa sonrisa en
los labios, cuando Beatriz entr.

--Seora...

--Escchame, hija ma!... Esta pasada noche reflexionaba... pensaba en
ti... pensaba que yo era para ti todo lo que debo ser... todo lo que
quiero ser... Soy una anciana enferma... Esa es mi excusa... Tus
cuidados, tus buenos oficios me son preciosos, no lo oculto... sera
para m contrariedad muy grande verme privada de ellos.

--Pero, seora, yo absolutamente pienso...

--S lo que vas a decir... no piensas abandonarme, y eso me encanta...
Sin embargo, si defecto hay en el mundo que me sea antiptico y del cual
trate de preservarme con el mayor cuidado, es el egosmo... y la noche
pasada me preguntaba a m propia si el valor extremo que concedo a tu
compaa no arga un poco de aquella pasin con respecto a ti... As,
pues, hija ma, me ha parecido conveniente decirte que de ninguna manera
pretendo confiscar tu vida en mi provecho... Eres bonita, hija ma, y a
pesar de la adversidad que con tanta injusticia te ha herido, no es
imposible, ni mucho menos, que algn pretendiente aspire uno u otro da
a tu mano...

--Seora, aseguro a usted...

--Que esta circunstancia no se ha presentado todava, vas a decirme?...
Sea! pero puede ofrecerse de un momento a otro... Aqu, como en Pars,
recibo mucha gente, y nada tendra de particular, que el da menos
pensado saliese al paso un hombre de gusto y de corazn... (espralo
sentada, se dijo para s la baronesa). En fin, lo que en resumen quiero
decirte es que, si el caso llega, no obstante el sacrificio que tu
ausencia fuese para m, ten la seguridad de que yo nunca sera un
obstculo... Muy al contrario, en m hallars el ms decidido apoyo...
Permitindome poner una sola condicin, que te parecer, creo, muy
natural... Y es que me prometas no comprometerte a nada sin prevenirme
de antemano.

--Seora, se es mi deber, y puede usted estar segura de que jams
faltar a l.

--Bueno, hija ma! permteme un beso.

Beatriz se levant y le present la frente.

--Ah!--prosigui la baronesa haciendo sea a la hurfana de que se
sentara de nuevo, y cual si de pronto hubiera venido a su memoria un
detalle olvidado por azar...--Aun tengo que decirte algo... por ms que
la precaucin sea intil... Al dejarte entera libertad en la eleccin
del hombre que escojas para marido, queda dicho, sin embargo, que hago
una excepcin: mi sobrino Pedro.

Al or estas palabras, tan rpida y profunda fue la turbacin de la
lectriz, que pareci imposible a la baronesa hacerse la inadvertida.

--Oh! comprndeme, hija! No des mal sentido a mis palabras! No hay en
ellas nada de depresivo para ti... Por otra parte, nada tampoco tengo
que decir de tu comportamiento personal... Es irreprochable... Y no
ignoro que eres, por tu nacimiento y tus particulares prendas, digna de
mi sobrino... Y aun ve si soy sincera: aado que, a mi entender, Pedro,
al menos hasta ahora, no piensa en ti ms de lo que t piensas en l...
Pero, al cabo, es deber de una madre... no soy yo como una madre para
ti?... es deber de una madre prever aun lo imposible cuando entra en
juego el inters y la dicha de sus hijos... S bastante generosa para
escucharme hasta el fin!... Pues bien, si alguna vez pudiese entrar en
la cabeza de mi sobrino y ceder a la tentacin del atractivo que el
fruto prohibido tiene para los vividores hastiados como l, me creer en
la imperiosa obligacin de oponerme, por todos los medios posibles a la
realizacin de su capricho... Voy, hija ma, a ponerte al corriente de
nuestros secretillos de familia. Tan grande es la confianza que me
inspiras!... Mi sobrino Pedro no tiene sino... una insignificante
fortuna, que basta apenas, aun sumadas las larguezas que yo agrego, que
basta apenas, deca, a persona de su nombre y aficiones, para llevar
pasablemente y con cierto decoro su vida no ejemplar de soltero... Supn
que en una hora de locura se case con una muchacha sin dote... es la
estrechez... la miseria... y, lo que es peor, a la larga un detestable
hogar... porque mi sobrino, ya su capricho satisfecho, concluira por
tomar aborrecimiento a la mujer que lo habra reducido a una premiosa
existencia... Verdad que hasta ahora es el heredero de mi fortuna, mas
en primer lugar no he muerto... y puedo vivir todava muy bien una
treintena de aos. (Tal era su ardiente deseo!) Y, en segundo, si Pedro
se casa contra mi voluntad, no solamente tendra que dejar de contar
conmigo en vida, sino lo que es ms, declaro inapelablemente que lo
desheredara, sin titubear un solo minuto... Por cierto que anda por
ah un sobrino de mi marido que, si tal sucediera, se dara con una
piedra en los dientes!... Ahora, hija ma, que te he abierto mi corazn,
como senta necesidad de hacerlo, slo me queda dirigirte una splica...
Ya te he dicho cuan satisfecha estoy de tus atenciones y de tus
cuidados... Tendr la satisfaccin de saber que por tu parte concedes
alguna estima a lo poco que en tu obsequio he hecho hasta ahora?

--Seora, no lo dude usted un momento.

--Pues bien, hija ma, se te ofrece la ocasin--dijo la anciana dama con
solemne acento--de mostrarme tu gratitud; empame tu palabra de
seorita, y de seorita de noble clase, de que lo que te acabo de
manifestar ser para siempre un secreto a guardar entre las dos.

--Empeo a usted mi palabra.

--Eres un tesoro, hija ma!... dame un beso... quieres decir abajo que
no me aguarden para almorzar?... No me encuentro bien... Cuando me dejo
dominar por mi desdichada sensibilidad, me pongo mala, de seguro... Di a
Juan que me suba aqu alguna cosa ligera... Lo dejo a t eleccin... Ya
conoces mis gustos, hija ma.

--Muy bien, seora.

Y Beatriz abandon el gabinete..

Si algo de prctico hubo, como no puede negarse, en la larga homila de
la baronesa, ser preciso excusar a la seorita de Sardonne de que
verdades tales y tales advertencias no fuesen de su agrado. Lo que sobre
todo le haba causado disgusto profundsimo, fue la falsa bondad, la
cazurra malicia, la perfecta y cruel diplomacia con que esta vieja hada
de la falacia la haba envuelto y torturado, a fin de arrancarle como
final objetivo el ms doloroso de los sacrificios, sacrificio mayor
todava ahora por cuanto no escapaba a la penetrante mirada de la
hurfana cmo el marqus, al mismo tiempo que no conceda a sus rivales
otra cosa que las muestras de una fra urbanidad, reservaba para ella
atenciones tan expresivas que rayaban casi en la ternura. La misma
inquieta hipocresa de que la baronesa acababa de darle transparente
testimonio, deca claro a Beatriz cunto sospechaba la vieja dama acerca
de las intenciones de su sobrino y cunta rosada esperanza poda ella
abrigar en su pecho... Y, sin embargo, ahora ms que nunca se encontraba
amarrada a su adverso destino, ya que no slo haba empeado su leal
palabra a la de Montauron, s que tambin tea Beatriz en sus amantes
manos la suerte o la total ruina del hombre de sus predilecciones,
porque conoca demasiado la hurfana a la baronesa para poner un solo
instante en duda que, si Pedro se casaba contra la voluntad de su
orgullosa ta, no dejara sta por motivo alguno de poner en prctica
sus fulminantes amenazas; as, pues, vease la joven sin ventura
reducida a temer lo que anhelado haba ms en la vida, y ante el temor
de verse expuesta, a prueba superior a sus fuerzas, rogaba al Cielo que
su elegido jams llegase a amarla.

Pero ya lo era... No haba sido sin reir violentos interiores combates
que el marqus se hubiese abandonado a la pasin secreta que la seorita
de Sardonne le inspirara; desde el primer da, deslumbrado por su
resplandeciente hermosura, interesado por un inmerecido infortunio,
psose con prudencia en guardia contra un sentimiento cuyos peligros
prevea; pero su indispensable asiduidad hacia su ta, poniendo casi
diariamente a Beatriz ante su vista, haban concludo por derrotar tan
sesudos propsitos. Su aficin fue agrandndose al comps del tiempo, y
con el transcurrir de los das lleg lentamente a ese fatal estado en
que alma, corazn y sentidos llegan a absorberse en la incontrastable
atraccin hacia una mujer, ella sola, ella nica, ella... A fuerza de
verdicos, cmplenos confesar que el ensueo que al marqus inspiraran
los sombros y profundos encantos de la hermosa lectriz, no tom desde
luego la forma de un meditado matrimonio; Pierrepont se hallaba muy
lejos de ser un malvado, pero haba vivido demasiado en el mundo y
precisamente en ese mundo en que los crmenes de amor encuentran siempre
complacientes jueces; adems, la pasin tiene avasalladoras exigencias,
y cuando la mujer entra en juego no hay nunca perfectos caballeros,
presintiendo que sera de todo punto imposible obtener de la baronesa un
consentimiento trastornador de todos sus planes, un momento se agit en
el alma de Pedro la idea de la seduccin, pero ese fondo de honor y
rectitud que formaban su carcter ntimo acab por hablar, imponindose,
y el amor qued subsistiendo tan ardiente y ms puro. La ejemplar
conducta de Beatriz en la situacin penosa y delicada que la desventura
le haba aparejado, tocaron el corazn del marqus en su ms noble
sitio, porque esta joven probada y purificada por la adversa suerte,
esta joven seria, bella, casta, realizaba el ideal que l se haba
forjado de la mujer para llenar su hogar, para ser honor y encanto de su
privado techo.

Su prolongada residencia en los Genets, aproximndolo an ms a la
seorita de Sardonne gracias a cotidianas relaciones, fue exaltando su
pasin de da en da, hasta ese punto en que ella puede ser rebelde y
sorda a los argumentos de la razn, a los dictados del propio inters.

El de Pierrepont, en el asunto de su matrimonio, era por manera tan
clara y evidente obedecer a su ta cindose, a sus inspiraciones, que
desconocerlo as habra sido demencia consumada, y como a aqul no se
obscureca esta circunstancia, la lucha que vena sosteniendo entre su
pasin y su razn tomaba por estos das el ms punzante y lgubre
aspecto. Decale su buen sentido que, a ceder a sus ntimos
sentimientos, concertaba un matrimonio de amor, corra el casi seguro
riesgo de perder con las buenas gracias de su ta la fundada esperanza
de su rica sucesin, y, en consecuencia, podra caer en estado de muy
precaria fortuna, mensajera de duros sacrificios; no era un nio; saba
lo que cuesta el vivir; conoca de memoria cun caras son las
distracciones en la alta sociedad parisiense; caballos, teatros, lujo;
sera necesario, pues, renunciar a todo eso, y lo que es peor an,
imponer a aquella que iba a ser su mujer privaciones idnticas.

Se amaran bastante en el futuro para que sus recprocas ternuras
viniesen a compensar todo lo que faltarles pudiera en presente y
porvenir? Horas haba en que as lo pensaba en la amante efusin de su
alma, otras corran en que la idea de sus gustos contrariados, de su
porvenir sin esperanzas, de su mujer en la estrechez, lo clavaban
desalentado en el umbral de sus resoluciones...

Tres das despus de la entrevista que celebrara con su ta y en la cual
entrevista haba a medias librado a aqulla su secreto, tal vez por
inadvertencia, quizs con intencin, presentse Pedro a medioda en
casa, de la vizcondesa de Aymaret. Encontr a esta seora leyendo en el
terrado que se prolongaba entre la puerta de su saln, mientras que sus
dos hijos de blondas cabelleras jugaban a sus pies.

--Dios mo! qu sucede?--deca la vizcondesa a Pierrepont que la
saludaba--; qu hay?... Qu plido est usted!... Est usted malo?

--Absolutamente!--replic Pedro sonriendo--. Solamente vengo a pedir a
usted un favor un tanto enojoso... Podra hablar a usted un momento a
solas?

La vizcondesa echle sorprendida y curiosa mirada.

--Entremos!--replicle despus.

--Puedo cerrar las puertas?--pregunt el marqus.

--Ciertamente!

Pierrepont cerr las ventanas sentndose a algunos pasos de la
vizcondesa.

--Cuando deca a usted el otro da durante nuestra navegacin que
deseara tomar mujer por eleccin de usted, declin usted esa
responsabilidad, pero al mismo tiempo cre comprender que un nombre
estaba a punto de caer de sus labios...

--Es posible!

--Dgamelo!

--Nunca!

--Ni aun cuando yo rogara que tuviese usted a bien ofrecer mi mano a su
amiga Beatriz?

--De veras?--murmur la vizcondesa.

--No me permitira jams, vizcondesa, la broma ms leve en asunto tan
serio.

Un relmpago de intensa alegra ilumin de pronto el gracioso rostro de
la seora de Aymaret, y lanzando un grito de contento, tom vivamente
las manos de Pedro, diciendo a ste:

--Ah! es usted un perfecto caballero.

--Quedamos, pues, en que se encarga usted de mi embajada?

--Ya lo creo!--replic la encantadora vizcondesa saltando de gozo.

--Pero, puesto que es usted un poco confidente de la seorita de
Sardonne, no puede usted calcular cmo acoger la misiva?

--Debo decirle con franqueza que no conozco absolutamente sus ntimos
secretos... si los tiene... Pero, en fin, segn lo que yo me imagino,
quedara ms que sorprendida si su demanda de usted no fuera bien
acogida.

--Usted sabe muy bien que no soy rico--aadi Pedro con cierta timidez.

--Para ella lo es usted... pobre Beatriz!... y adems...

Aqu interrumpise de sbito y pregunt a Pierrepont:

--Qu dice de esto su ta de usted?

--No dice nada, porque nada sabe.

La seora de Aymaret se incorpor bruscamente en su silla.

--Pero, querido amigo, eso es muy grave... puede usted encontrar en su
oposicin un obstculo invencible.

--Puede proporcionarme la oposicin de mi ta una grave contrariedad,
mas suscitarme un obstculo invencible, no, porque desde el momento que
he dado cerca de usted este paso es que estoy decidido a todo.

--Amigo mo, bien sabe usted que su matrimonio con Beatriz ha sido
siempre mi ms cara ilusin... pero soy demasiado amiga de usted para no
preguntarle si ha reflexionado usted maduramente sobre las posibles
consecuencias que para usted pueda tener su resolucin.

--Todo lo he previsto, mi buena amiga... Es evidente que mi ta, que
abriga sobre m otros proyectos, se mostrar al principio muy
irritada... Sin embargo, me parece que el cario que me tiene no es
grande, en tanto que es muchsimo su apego al nombre de familia, de que
yo soy el nico representante... Fundndome en esto, no desespero de
traer a mi ta a la razn a fuerza de cario y de buenos procederes...
aunque no se me oculta que corro el riesgo de enajenarme su voluntad en
el presente y quizs en el futuro... Faltara a la verdad si no le
confesase a usted que me sera doloroso renunciar a las esperanzas de
mejor posicin que por ese lado abrigo... pero an es para m ms
ingrato abandonar este proyecto de casamiento con su amiga de usted, en
que fundo mi dicha... Todo lo que deseo es que la seorita de Sardonne
acepte mis proposiciones dignndose concederme su mano, sin que entre en
sus designios ser maana la poseedora de una fortuna que puede muy bien
escaprsenos... Puedo contar absolutamente con usted a fin de que le
indique cul puede ser nuestro porvenir si mi ta me deshereda?

--Ciertamente puede usted.

--Usted sabe mi fortuna personal... Usted sabe que es muy modesta...
pues bien, que la seorita de Sardonne no lo ignore.

--Creo que Beatriz se preocupar bastante menos que usted de esos
detalles... Tiene naturalmente gustos elegantes y distinguidos, porque
es una gran seora... pero suelen ser las grandes seoras las que mejor
saben llevar, si el caso se presenta, una vida modesta y sencilla...
Sin embargo, djeme usted reflexionar un poco.

Apoy el brazo sobre el velador, dejando caer en la mano su adorable
cabeza, y despus de meditar un momento pregunt a Pedro, cubiertas de
rubor las mejillas, si le causara invencible sonrojo aceptar una no
abrumadora ocupacin que pudiera aadir a sus medios serios recursos.
Asegurle la vizcondesa que ella tena amigos y parientes en importantes
empresas financieras, y que no le sera difcil encontrar para l uno de
esos empleos en que se pide ms la respetabilidad que los conocimientos
especiales. El marqus le dio las gracias, no sin enrojecer a su vez un
poco, mostrndose cordialmente dispuesto a aprovechar sus buenos
oficios.

--Y cundo quiere usted que hable a Beatriz?

--Vizcondesa, lo ms pronto posible, le suplico... le aseguro que hasta
que conozca su respuesta estar en angustias de muerte... Usted ve que a
esta carta juego mi porvenir... es para m un momento solemne... y, a
pesar de sus seguridades de usted... qu s yo... no tengo gran
confianza... tengo miedo!

--Hola, amiguito!--arguy la de Aymaret riendo--. Bueno, voy a darle
una cita para maana!

Acercse a su escritorio y escribi este corto billete:

Querida, quisiera verte un instante a solas, tengo algo que decirte.
Maana a las 10 estar en tu casa. Mil besos.--_Elisa._

Entreg la esquela a Pierrepont, conviniendo con l en que al da
siguiente se veran en una de las avenidas de los Grenets despus de la
entrevista con Beatriz.

Apenas de vuelta en el castillo, entreg Pedro a la hurfana, que se
preparaba para la comida, la misiva de la seora de Aymaret; leyla
aqulla de prisa y no vio al pronto en su contenido nada de
extraordinario, nada que pudiera distinguirla de esa correspondencia
trivial que casi diariamente cruzaba con su amiga. Fue slo aquella
noche cuando Pedro le pregunt si haba ledo el billete que de Elisa l
le trajera, que Beatriz advirti la turbacin y el desconcertado
continente del marqus.

--Ha ido usted hoy a casa de la seora de Aymaret?--le pregunt la
seorita de Sardonne.

--S... y aun hemos tenido una conversacin muy larga... y muy
interesante.

--Ah!--exclam aqulla--, y sobre qu?

--Acerca de usted misma.

Beatriz no respondi nada y se alej dulcemente: se senta en trance de
muerte: haba entrevisto de un golpe la verdad, y parecale que el cielo
se rasgaba para fulminarla con sus rayos.

El deber ms penoso que la seorita de Sardonne deba llenar en servicio
de la baronesa, era leerle a sta por la noche, y a veces hasta muy
tarde, en tanto la anciana dama no lograba dormirse; en seguida Beatriz
se retiraba a sus habitaciones procurando a su vez conciliar el sueo,
si lo consegua la pobre enamorada: aquella noche no alcanz ganarlo,
que pas sus mortales horas en mil veces leer y en comentar mil veces el
billete de su fiel amiga; transcurrieron para ella lentos los instantes
en cien veces decirse a s misma que el momento de la terrible prueba no
se hallaba remoto y que la conminatoria arenga de la seora de Montauron
no fue ms que el preludio de infernales torturas.

Luego era verdad!... Ese hombre que, de haca tantos aos, fuera el
pensamiento de su pensamiento, la vida de su vida, haba contra toda
vislumbre de esperanza pedido al fin su mano, esa amante mano a quien
tardaba posarse en la de l; y ella vease forzada a rehusrsela so pena
de faltar a deberes sagrados de conciencia y de honor, a deberes
sagrados no slo ante ella misma sino tambin ante su propio amado. Pues
qu, no se le haba advertido que al desposarlo causaba su ruina? Y ni
aun decirle poda en qu fundaba su negativa, dndose a s misma,
proporcionando a l ese postrer consuelo; no poda, sin hacer traicin a
su palabra leal, sin arrastrarlo a fuer de caballero, a empear una
querella de familia cuyos resultados seran funestos para su propio
elegido.

En su desamparo, ni suficiente le pareci siquiera su habitual plegaria
para pedirle fuerzas a Aquel que las otorga, y al romper el da sali
del castillo atravesando las hmedas praderas, en busca de la iglesia,
all, en el lmite del an dormido bosque: momentos despus habra
podido vrsela en el templo rogando desolada con fervor de mrtir que
se apresta al supremo sacrificio.

Al volver, como siguiese la orilla del riachuelo, arrodillse en sus
mrgenes, empap en el agua el pauelo y humedeci sus ojos abrasados
por lgrimas de fuego: dos horas ms tarde la seora de Aymaret entraba
radiante de alegra en las habitaciones de la hurfana. Comenzaron por
besarse segn costumbre, despus de lo cual, anticipndose Beatriz a la
vizcondesa, le habl en estas palabras:

--Es singular! Cuando anoche recib tu billete iba yo a escribirte
rogndote que vinieras hoy a verme... tengo que pedirte un favor...

--Un favor?--repiti la seora de Aymaret sentndose a su lado.

--S... t conoces personalmente al cura de San ***--y designle una de
las ms aristocrticas parroquias de Pars.

--El padre D***? Seguramente, es mi confesor.

--Si no me engao, es superior de las Carmelitas de la calle d'Enfer?

--S.

--Te suplico que le escribas dos renglones recomendndome a su
amabilidad: deseo ponerme al habla con l.

Alterse el rostro de la vizcondesa, que interrog a Beatriz con mirada
inquieta.

--S, pero me parece que ni pensars siquiera...--djole con emocin a
la hurfana su seductora amiga.

--En entrar en el Carmelo?--repuso aqulla--. Y por qu no?... Hace
tiempo que lo vengo pensando... mucho tiempo... Qu mejor puedo hacer
sino abandonar este mundo, para m tan duro?... Perdname, amada Elisa,
si antes no te he hablado de mis proyectos... pero, en asunto tan grave
como ste, no hay mejor consejero que uno mismo... En materias de valor
y de vocacin, cuando se consulta a un tercero es que se carece del uno
y de la otra...

--Pero, por Dios, hija ma!... Tu vocacin no la han hecho sino el
desaliento y la desesperacin... Arrastras aqu, al lado de tu falsa
bienhechora, una existencia odiosa, sin esperanza probable de mejora...
pero, y si yo te trajera no slo esa esperanza sino la certeza de un
porvenir ms dulce, ms digno... un porvenir dichoso, en fin...? Vamos!
yeme, escchame... ya te he dicho que estoy encargada de una misiva
para ti... Quieres hacerme el favor de escucharme, repito?

--Bueno... habla, mas sea lo que sea aquello que vas a decirme, no
alterar en un punto mi resolucin...

--Entonces, te encuentras decidida a causar la desdicha de un dignsimo
caballero... Me refiero al marqus de Pierrepont, quien denodadamente
pide tu mano.

Beatriz clav en los ojos de su amiga una mirada fija, extraa, sombra,
mezcla de sorpresa y desvaro.

--Dios mo!--balbuci en sorda voz.

--Y bien, amada ma--prosigui la seora de Aymaret estrechando las
manos de la de Sardonne--; no es eso mejor que el convento?

--Me hallo, como bien lo ves, totalmente turbada con lo que acabas de
decirme... pero no te engaas acerca de la causa de mi emocin...
Experimento sorpresa... gratitud... Siento muchsimo responder con una
negativa a la generosa demanda del seor de Pierrepont... al honor que
me dispensa... pero, como te he dicho, mis ideas van por otro camino...
otros son mis sentimientos, y no pienso alterarlos.

--Haba credo comprender, Beatriz, que tu decisin no era irrevocable.

--Cierto... debo reflexionar todava.

--Entonces, me autorizas para que responda al marqus que pensars?...
que no debe perder esperanzas?

--Si le dijeses eso le engaaras.

--Cmo! aun cuando no entraras en el convento rehusaras su mano?
Ah!--exclam la vizcondesa--, aqu hay gato encerrado!... t amas a
otro! T amas a otro!--repiti la seora de Aymaret sin sospechar qu
torturas impona a su amiga.

--Tal vez--murmur Beatriz.

--No hay esperanzas, pues?

Beatriz respondi melanclicamente por un negativo signo de cabeza.

--No puedo saber quin es?

--Elisa, no insistas, te ruego!

--Bueno! est bien!--replic aqulla con vivacidad--, antes eras ms
franca conmigo!... adis, hija!

Y se dirigi rpidamente a la puerta.

--No me das un beso?...--le pregunt la pobre Beatriz.

--Siempre! no uno, mil!--replic tiernamente la vizcondesa saltando al
cuello de su amiga.

Besronse largo tiempo deshechas en lgrimas, y, en medio de su efusin,
cambironse todava algunas palabras, recomendando Beatriz a Elisa que,
por razones que brevemente le explic, nada dijese a nadie, el marqus
exceptuado, acerca de su proyectada entrada en religin.

La seora de Aymaret abandon el castillo y tom el camino de las Loges,
fraguando en su cabeza el mejor plan para atenuar en lo posible el rudo
golpe que aguardaba a Pedro, resolviendo al cabo en sus adentros,
insistir sobre la entrada de su amiga en el Carmelo y dejar en la sombra
esos misteriosos amores cuya semi-confidencia haba logrado arrancar a
Beatriz. No tard la vizcondesa en divisar al marqus, quien lentamente
se paseaba en la convenida alameda, y como aqul reconociese a su vez a
la de Aymaret, se aproxim en seguida, no sin que la consternada
fisonoma de la joven dama hubirale ya tcitamente revelado cul fuese
su definitiva sentencia.

--Que no!--se anticip a decir a su confidente. Esta le apret con
fuerza la mano ponindose a caminar al lado de Pedro, mientras le deca
agitada febrilmente:

--Nada de depresivo para usted... nada que pueda herir su dignidad...
Al contrario!... Se ha sentido conmovida hasta el llanto de lo que
ella llama su generosidad de usted... Pero el caso es que ha tomado una
gran resolucin... Se va al convento... Entra carmelita... S, seor,
carmelita... Mi sorpresa es tan grande como la de usted... porque yo
saba que era piadosa, creyente, pero no beata... Necesariamente la
lleva a dar este paso esa vida miserable que arrastra al lado de su
horrible ta de usted... dispnseme usted la palabra... Le he prometido
guardar el secreto para con todo el mundo, excepcin hecha de usted...
Porque su ta de usted se pondra furiosa de perderla y Beatriz no la
prevendr hasta el ltimo momento por miedo de que le juegue una mala
pasada... Y ahora, amigo mo, si quiere usted tomar mi consejo...

Pero, al decir esto, se interrumpi a s misma al notar la profunda
palidez del marqus: parse, pues, y tocndole en la espalda con su
pequea enguantada mano, djole:

--Realmente lo siente usted mucho, amigo mo!

--Siento que mi existencia se desploma!--replic Pedro, sonriendo con
tristeza--. Esccheme... crea usted que nunca olvidar cunto le debo...
Pero, est segura de que se va al convento?

--Me ha encargado ponerla en relaciones con el cura de San ***, que es,
al mismo tiempo, superior del Carmelo.

--Est usted segura de que eso no es un pretexto? Amar a otro?

--A quin?... eso es muy improbable.

--Pues entonces, ya es algo--aadi Pierrepont--, que su alma se
encuentre libre.

--Sin duda alguna, amigo mo!--corrobor la de Aymaret--, y ahora, me
parece que debera usted alejarse de ella un poco de tiempo.

--Es lo que pienso hacer.

--Sin embargo, hay un inconveniente! Cmo va usted a explicar su
partida a su ta en medio de este perodo de fiestas en su casa?

--Justamente la casualidad me proporciona una excusa, que me parece
aceptar aqulla. Ayer, sin ir ms lejos, he recibido carta de un amigo
de Inglaterra, lord S... invitndome a ir a pasar con l dos o tres
semanas en Batsford-Park. El convite tiene un carcter especial; se
trata de una reunin de caza a que debe asistir un personaje de sangre
real que se ha dignado designarme entre las personas que deseara lo
acompaaran; me propongo, pues, partir maana.

--Es lo mejor!--asinti, la seora de Aymaret.

Entretanto haba llegado a la vista de las Loges; el marqus parse un
momento, y tocando la mano a la vizcondesa, le dijo con acento
conmovido:

--No s si tendr tiempo de ver a usted antes de mi partida... hasta la
vista, pues... mil y mil veces gracias!

--Dios mo! gracias de qu?

--De su leal amistad... hasta la vuelta...

--Hasta la vuelta!

Y se alej en direccin a las Loges, mientras que Pierrepont volva al
castillo.

So pretexto de una violenta jaqueca abstvose aquella maana la seorita
de Sardonne de presentarse en el almuerzo, pero su ausencia no escap a
la suspicaz atencin de la baronesa, como tampoco se le haba ocultado
la sombra preocupacin de su sobrino. Conoca tambin ya que la seora
de Aymaret tuvo aquella maana y en hora inusitada cierta misteriosa
entrevista con Beatriz; as, pues, relacionando estos tres incidentes y
atando cabos, vino a caer en la cuenta de lo que pasaba, creyendo
comprender que una parte de sus sospechas habanse realizado, aunque sin
poder discernir con claridad cul haba sido el resultado; era de entera
evidencia para la seora de Montauron que su sobrino haba dado un paso
decisivo cerca de Beatriz... Pero, con qu xito?; lo ignoraba, y el
averiguarlo era indispensable, por cuanto si el anonadamiento visible de
su sobrino poda significar que haba sufrido una negativa, pudiera
argir tambin que, hallndose al cabo por obra de Beatriz de la
oposicin y amenazas de su ta, meditaba el marqus sobre esos textos.

De un lado la certidumbre, del otro el temor de una escena enojosa,
mantuvieron un da a la seora de Montauron en terrible agitacin de
espritu; as que cuando en la velada comunicle Pedro la carta de lord
S... anuncindole que bajo la reserva de su aprobacin contaba partir al
da siguiente, la primera impresin de la baronesa fue la de un grande
alivio, porque de cualquier lado que el asunto se mirase, esa
precipitada fuga no significaba en puridad otra cosa sino la
desesperacin de un enamorado en derrota... Beatriz haba sin duda
alguna cumplido su palabra, y de ese cuadrante toda tempestad resultaba
conjurada. En otras circunstancias, la seora de Montauron habra
sujetado a muy severo examen el vnculo obligatorio de la invitacin
britnica, pero, si en las actuales coyunturas la sbita ausencia de su
sobrino desconcertaba algunos de sus planes contrarindola en ciertos
respectos, vease en cambio libre de obsesin tan pesada, que ante esa
idea otorg su permiso con relativa buena voluntad.

Por consecuencia, al da siguiente, bien de maana, el marqus de
Pierrepont tomaba el tren, acompaado de las caricias de su ta y de las
maldiciones de aquellas seoritas.




VII

RIVALES


Cuando Pierrepont abandon el castillo de los Genets en las
circunstancias que acabamos de describir, haca ya ms de doce das que
Fabrice tambin se hallaba de vuelta en Pars, sbitamente llamado por
una indisposicin de su hija Marcela, indisposicin que dio cierto
cuidado a las Hermanas de Auteuil, en cuyo instituto educbase la nia.
La baronesa haba visto con muy malos ojos la partida del pintor, por
cuanto as se aplazaba indefinidamente la terminacin de su retrato, de
que ella, a justo ttulo, se senta no slo cumplidamente satisfecha,
sino hasta orgullosa, porque en l se vea, cual si se mirara en su
espejo, con un no saba qu de algo ms que ese pcaro espejo le
rehusaba obstinadamente, habiendo tenido el artista la galante
condescendencia de otorgrselo.

Al da siguiente de su llegada a Pars escribi Fabrice a la baronesa
que haba encontrado a la nia restablecida, mas que le era forzoso
prolongar la ausencia en dos o tres semanas, a fin de dar a la
convaleciente, antes de volverla a la pensin, las distracciones que
reclamaba su estado. Testigo Pierrepont del vivo descontento que causaba
a su ta parntesis tal, le sugiri la idea de apresurar la vuelta del
pintor a los Genets hacindolo acompaar de la enfermita, quien con los
puros aires del campo lograra ms pronto restablecimiento. Aunque
gruendo un poco, concluy la seora de Montauron por dar el
beneplcito, y como Pedro tuviera que pasar por Pars para ir a
embarcarse en Boulogne, fue el encargado de trasmitir la invitacin a
Fabrice.

Cuando el marqus anunci a este amigo su viaje a Inglaterra, donde
deba permanecer varias semanas, no pudo el artista dominar su extremada
sorpresa.

--Pero, y tus proyectos de matrimonio?--le pregunt.

--Mis proyectos de matrimonio, querido Jacques, han ido a juntarse con
las nieves de antao... El casamiento visto a la distancia se me haba
presentado como a otros hombres de mi edad bajo aspectos muy
halageos... Pero, a medida que me aproximaba, fue tomando tales formas
de esfinge y de quimera, que he acabado por desalentarme... Cuando he
encarado de frente los inconvenientes, me he convencido de que no puedo
vencerlos con mis medios... Rehuso, pues, y recobro mi libertad.

--Y tu ta, qu dice?

--Mi ta... tiene paciencia... pero a ti te reclama a voz en grito, y
para anticiparse a cualquier objecin te ruega que vayas con Marcelita,
que har all buena provisin de salud corriendo en los bosques.

Aunque demostrando su agradecimiento, manifest Fabrice dudas y empacho
en admitir las ofertas de la baronesa. Pedro insisti: se pondra a la
nia una doncella, con el exclusivo objeto de que la cuidase; el mdico
ira a verla diariamente... En fin, el artista, pareciendo tomar con
esfuerzo una resolucin ingrata, pregunt a Pedro si poda concederle
media hora de atencin para escucharlo.

--Media hora!... y una... cuantas quieras.

--Sintate, entonces--le dijo Fabrice mostrndole un ancho divn que
ocupaba uno de los ngulos del taller. Sentse Jacques junto al marqus
y comenz as su dilogo, con voz turbada:

--Voy a ser sin duda indiscreto... Pero, debo entender que, segn me
has dicho, abandonas los Genets libre de todo compromiso y aun toda idea
que se refiera a matrimonio? He comprendido bien?... Es as?

--Has comprendido bien... as es.

--Pues bien!... me sorprendes... yo hubiera jurado que amabas a la
seorita de Sardonne, y aun que pensabas casarte con ella.

--Singular idea!...--dijo framente Pierrepont--. No, te equivocas;
conozco a la seorita de Sardonne desde su niez y le tengo cierto
afecto... Eso es todo... Sabes, adems, que mi fortuna es escasa y que
ella nada tiene... un matrimonio entre los dos sera una locura.

--Puesto que ah estn las cosas, voy a hacerte una franca confidencia.
En la misma carta que se me particip que mi hija estaba indispuesta, se
me deca tambin que ya se hallaba restablecida, y no hubiera regresado
a Pars si no hubiese credo que deba aprovechar la ocasin para poner
a mis relaciones de amistad con Beatriz un punto final. Quera romper,
si ya era tiempo, la fascinacin que sobre m ejerca, considerndola no
slo peligrosa para mi reposo, sino, lo que es ms, desleal hacia ti.

--Esos escrpulos son dignos de tu caballerosidad, maestro queridsimo,
pero son infundados... y si abrigas, como me parece comprenderlo,
proyectos acerca, de la seorita de Sardonne, no tienes que temer, te lo
repito, ninguna rivalidad por mi parte.

--Me dispensars que te diga, caro marqus, que tus explicaciones no me
satisfacen... La seorita de Sardonne es casi de tu familia, y nuestras
conexiones de amistad son tales que no podran abandonarme a mis
proyectos acerca de aquella joven sin obtener de antemano tu aprobacin.

Pierrepont se inclin con gravedad, y prosigui Fabrice:

--Pero antes de darlo es preciso que conozcas mis sentimientos...
Frmanlos elementos bastante heterogneos... unos un tanto honrosos...
otros que lo son menos... Juzga con tu propio criterio... Puedo jurarte
que en mis relaciones cotidianas con Beatriz, ya en el saln de tu ta,
ya durante nuestras diarias lecciones de acuarela, me senta a cada,
instante ms infludo por la simpata, la estimacin y el respeto que
aqulla me inspiraba; as como por su conducta y dignidad en soportar
sus sufrimientos, porque es imposible hacer cara a la desventura con ms
altiva resignacin; es imposible mantener con mayor decencia ni mayor
decoro una situacin tan ambigua, delicada y peligrosa... Podra tambin
jurarte sin remordimientos que la idea de rescatar a aquella noble
criatura de la especie de abismo a que el infortunio la ha arrojado, ha
tenido en mis determinaciones parte muy principal, porque hay en esa
idea atractivos infinitos... Pero, en fin, ante todo y desde el primer
momento ha sido su hermosura la que me ha conquistado. Acabas de decirme
que conoces a la seorita de Sardonne desde su infancia, y sin duda por
eso, por el hasto que engendra el hbito, no te das cuenta de cuan
grande es su belleza... Oh! es fascinadora!... Tiene el puro, serio, y
un tanto trgico, encanto de Urania... y de Musa tambin; es su voz,
armoniosa y grave; encanta orla leer; durante nuestras sesiones para
pintar el retrato de la baronesa, mil veces me ha asaltado la loca idea
de traerla a mi casa para hacerla el hada de este taller en que nos
encontramos... que por la magia de su presencia resplandecera cual otro
paraso... Si hubiese conocido a la seorita de Sardonne en la alta
posicin social en que naci, todo eso no habra pasado de un ensueo
pasajero de artista... uno de esos ensueos que con tanta frecuencia nos
asaltan... porque nosotros somos generalmente muy aristcratas en
nuestros amores... La mitad de nuestra vida la pasamos por ministerio
de la imaginacin en muy altas esferas, en muy escogida compaa...
Vemos con harta frecuencia a las grandes damas en medio de los
esplendores de sus palacios, y entrevemos a las diosas tronando sobre
sus solios de nubes... Y aun es una de nuestras grandes decepciones, de
nuestros grandes dolores caer de pronto desde esas doradas alturas
encima de las ronzas de la tierra... Ah tienes por qu, precisamente en
estas cuestiones de matrimonio, son tan graves nuestros errores y tan
profundos nuestros desencantos... Ay! quin lo sabe mejor que yo?...
Pues bien, te deca que si hubiese encontrado a la seorita de Sardonne
en todo el brillo de su nacimiento y de su fortuna, conozco demasiado
las leyes y las costumbres sociales como para que ni un momento se me
hubiera ocurrido aspirar a su mano... Pero, en fin, la vea desgraciada
y pobre... y al menos, si no en otro, en el camino de la riqueza me
encuentro ya... Aquellas circunstancias venan a acortar la distancia
entre nosotros... Poda al menos ofrecerla una posicin independiente...
dar a su hermosura un marco digno de ella... y poco a poco me dejaba
ganar por una tentacin tan poderosa, precisamente cuando me pareci
observar que tu amistad hacia la seorita de Sardonne tomaba el carcter
de ms serios sentimientos... Desde ese momento mi lnea de conducta
estaba trazada... ponerme en fuga...

--Carsimo maestro--interrumpi Pierrepont--, eres un nio grande...
Todo eso me lo debiste contar... all... en los... Genets... as te
habras evitado un viaje de ida y vuelta.

--Si diera rienda suelta a mi deseo--replic el pintor--, podra
contar, querido marqus, con tu simpata y tus buenos consejos?

--Simpata desde luego... Cuanto a consejos, son siempre muy delicados
en estas materias... Yo no quisiera verte dar un paso en falso... Ante
todo es necesario saber si la seorita de Sardonne participa de tus
ideas.

--Las ignora absolutamente--repuso el pintor.

--Ests seguro? En vuestras largas conversaciones durante la leccin
de pintura no se te ha escapado nunca alguna palabra que la haya puesto
en sospecha?

--Nunca. Era vuestro husped.

--Eres un caballero. En adelante, por lo que a m se refiere, quedas en
completa libertad de hacer lo que te plazca. No debo ni puedo oponerme a
que la seorita de Sardonne sea dichosa contigo si ella as lo estima.

--Pero, t que la conoces de hace tanto tiempo, crees que acoger mi
demanda, si me atrevo al fin a presentrsela?

--En cuanto a eso, no s qu decirte... Es un carcter tan
misterioso!... Dicen que en su tiempo tuvo idea de entrar en el
convento... Pero eso tal vez fuera a falta de cosa mejor.

--Y t ta?

--Mi ta se encuentra muy bien con su lectriz... As es que por su parte
no debes aguardar muchos entusiasmos... pero no tiene ninguna autoridad
legal sobre Beatriz, quien depende en ese punto nicamente de su tutor,
cierto antiguo amigo de su padre, amigo por aadidura muy indiferente...
De modo que concluir por decir amn a lo que a ella se le antoje.

Hubo un corto silencio.

--Crees--pregunt Jacques--que Beatriz querr a mi hija, que se portar
bien con ella?

--Por qu suponer lo contrario?

--Es verdad!... De manera que tu ta me permite que lleve la nia a
los Genets?

--No slo lo permite, lo desea.

De nuevo quedaron en silencio.

--Y bien, querido maestro, es cuanto deseas que yo te diga?

--Eso es todo... Te estoy sumamente agradecido... Quieres darme tu
direccin en Inglaterra?

Pierrepont se levant, y escribiendo dos lneas en una de sus tarjetas,
la entreg a Fabrice.

--Ah tienes! Batsford-Park, Moreton in Marsh, Woorcester... Adis!
Hasta la vista!

--Te vas esta tarde?

--Esta tarde... s... Ea, hasta la vista!

Dironse la mano y se separaron.

nicamente por un esfuerzo de voluntad y altivez pudo el marqus seguir
hasta el fin la narrada conversacin que fue para l interminable
suplicio, y tanto, que ms de una vez tuvo que hacer un llamamiento a su
razn para no acusar a Fabrice de verdugo, despiadado e irnico... En
vano le haba afirmado el artista con palmaria sinceridad que Beatriz
ignoraba su pasin; qu saba el pintor? Las mujeres tienen en esos
asuntos un don de doble vista sorprendente, y sobre todo con los pobres
de espritu a la manera de Jacques Fabrice; tal vez la causa verdadera
de la negativa que Pierrepont haba sufrido estribaba en ese amor que
ella vislumbraba y que se senta inclinada a compartir desde el momento
que se le confesase.

Dada la reputacin que Jacques disfrutaba, era notorio que la puerta de
las grandes riquezas quedaba abierta para l, y, en ese caso, poda
contar con una pinge renta para lo sucesivo: quizs era se el mayor
atractivo para una muchacha criada en el lujo y ahora sumida en enojosas
privaciones a que le tardaba poner fin.

En suma, aun haciendo lo posible para persuadirse de que sus temores
eran quimricos y de que su rival encontrara a Beatriz tan inflexible
como se le presentara Pedro a l mismo, no poda ste defenderse contra
las angustias punzantes ni las locas injusticias de los celos.

Casi se senta inclinado a reprochar el leal comportamiento de Fabrice
ante cuya lealtad vease obligado a inclinarse, cuando l se hubiera
credo dichoso en poderle arrojar al rostro cualquier sangriento
ultraje.

Era, pues, ay!, con sentimientos vecinos al odio que se alejaba del
amigo de su juventud.

Este, por su lado, guardaba de la conferencia una impresin equvoca y
penosa, porque el lenguaje corts y la casi impasible fisonoma del
marqus no haban sido parte a disimularle la especie de embarazo y de
frialdad con que aqul acogi su confidencia.

Pedro, despus de haber meditado sobre ese captulo, acab por
explicarse tal reserva merced a una razn que pareca verosmil: sin
duda hubo al principio de parte de Pierrepont, dados sus antecedentes y
opiniones, disgusto y extraeza al considerar cmo un nombre de los
humildes orgenes de Jacques se atreva a poner sus ojos en una joven de
elevada cuna, que era al mismo tiempo casi una parienta del marqus,
porque ya en ms de una ocasin, aun en medio de su franca amistad,
haba advertido Fabrice cmo tras del amable dilettantismo de Pedro
asomaba en ocasiones una punta de proteccin aristocrtica, cual si su
amigo pretendiese arrogarse con respecto a l el papel de Mecenas. El
artista sonrea, como un sabio y un justo que era, absolviendo esas
debilidades radicadas en la levadura humana, pequeeces al fin que
excusaba de buena voluntad por cuanto conoca cuan grande y noble fuese,
a pesar de ellas, el alma de su amigo.

En la tarde misma de aquel memorable da de la entrevista, escribi
Fabrice a la seora de Montauron dndole gracias por sus atenciones, y
al da siguiente llegaba a los Genets acompaado de su hija Marcelita.




VIII

MARCELA


Marcela, la hija del pintor, era por estos tiempos una linda nia de
cinco aos, que tena la misma frente serena y seria de su padre,
cautivando, adems, por el gentil donaire de su graciosa personita. La
seora de Montauron declar ex cthedra que tena aire de espaola.

--Y no es extrao--aada la seora--, porque usted tambin, Fabrice,
tiene tipo espaol... Est usted seguro de no serlo?... Recuerdo haber
visto en San Sebastin, hace dos o tres aos, un torero que tena con
usted extraordinario parecido.

--Eso es muy lisonjero para m, seora, pero crea usted firmemente que
mi nico parentesco con aquel diestro, es la comn descendencia de Adn.

La sociedad de invitados de los Genets se haba, renovado en parte
durante la ausencia del pintor, pero el personal femenino, aunque un
poco ms fro por la ausencia de Pierrepont, era siempre numeroso y
brillante.

Las mujeres en general, en su necesidad de conceder tiernas
demostraciones, aprovechan presto la ocasin de otorgarlas a algo o a
alguien; as, pues, Marcela no tard en atraer sobre su monsima figura
las cariosas efusiones de que tan prdigo es el sexo bello; nicamente
entre los habitantes del castillo, la seorita de Sardonne mostr hacia
la criatura lejana e indiferencia, dirigindole como al paso breves
palabras, en tono brusco, distrado, casi enojado, sin que tuviera con
el padre durante las reanudadas lecciones de acuarela ni una frase
cariosa para la nia: el mismo angelito senta esa especie de
menosprecio, pareciendo tener miedo a la bella desdeosa. Jacques
ignoraba en absoluto la tremenda prueba por que acababa de pasar la de
Sardonne, prueba cuyas amarguras desgarraban todava su alma con toda la
crueldad de una pesadilla. Alarmado y herido el pintor en su ternura
paternal, acus a la hurfana de insensibilidad, de vano orgullo, de
sequedad de alma, preguntndose si sus mismos sentimientos seran jams
comprendidos por aquel corazn de acero, dicindose tambin que, de
continuar persiguiendo su ensueo amoroso, comprometa la dicha de su
hija, el adorado encanto!

En estas incertidumbres transcurri para l la primera semana despus de
su vuelta a los Genets.

Cierta hermosa maana del fin de septiembre hallbase el pintor sentado
en un banco del parque, aguardando a Beatriz, que aquel da tardaba un
poco en venir a dar su leccin; Marcela corra y jugaba delante de l,
y a cada instante interrumpa su juego, llegndose a besar a su padre,
porque este querubn guardaba para Fabrice ternuras de mujer enamorada.
Ella le haca el nudo de la corbata, ella sacuda el polvo de su traje,
ella le echaba al cuello un pauelo de seda para preservarlo de la
hmeda brisa. Descubri la nia, en medio de su incesante ir y venir,
algunas tempranas violetas ocultas entre la yerba, y haciendo un ramito
las coloc en el vestido del artista; despus sentse, y abrazando con
mimo a su padre:

--Te encuentras bien, pap?--le preguntaba--: yo me encuentro muy
bien... Verdad que es bonito el campo?

Esta escena ntima tena desde haca algunos minutos un mudo testigo; la
seorita de Sardonne haba salido del castillo llevando en la mano su
caja de colores, y sin ser advertida habase aproximado al tierno grupo;
parse un momento, avanz de nuevo, y con aquella voz cadenciosa y grave
que estremeca al pintor hasta el fondo del alma:

--Se quieren ustedes mucho?--pregunt.

--Somos todo el uno para el otro--replic Fabrice ponindose de pie.

Clav sobre l una mirada inquisitiva, y volvindose a la nia:

--Quieres mucho a tu pap?--le dijo.

La nia, cortada por la presencia de su enemiga, respondi con un
sencillo gesto ponindose la mano sobre el corazn.

--Monsima!... dame un beso... Quieres?

Admirada la nia, acercse lentamente; entonces Beatriz la tom en
brazos, la puso de pie sobre el banco y la abraz contra su pecho
cubrindola de besos.

Estas caricias apasionadas por parte de una persona tan avara de
expansiones conmovi a Fabrice hasta lo ntimo del corazn, como si esos
carios hubiesen sido concedidos a l mismo, y todos sus temores, todas
sus ansiedades se desvanecieron al soplo de esos besos. Adivin todo el
calor de alma que la altiva joven disimulaba por una especie de pudor
bajo sus heladas apariencias, y su pasin, un momento en derrota, lo
gan de nuevo por entero.

Marcela volvi al castillo y Beatriz se puso a la obra bajo la vista del
maestro.

Acababa de dibujar una especie de chalet, cubierto por una enredadera
que serva de habitaciones al jardinero. Fabrice examin el diseo, le
hizo una ligera correccin y, devolvindoselo:

--Qu amable ha estado usted con mi hija!--le dijo.

--Admira a usted eso!

--No, seguramente... pero...

--S, le admira... lo he ledo en sus ojos... S muy bien que hasta
ahora no haba mimado a su hija de usted... Excseme usted... soy
algunas veces tan distrada... suelo estar tan preocupada... Me deca
usted, seor Fabrice, que eran ustedes todo el uno para el otro... Hace
mucho que esa pobre nia perdi a su madre?

--Poco ms de cinco aos.

--Se cas usted muy joven?

--S, muy joven.

--Y ese angelito no tiene ms parientes que usted?

--Tiene un to... hermano de su madre.

--Es religioso, no es verdad? En los Oiseaux, me parece?

--No, seorita, en la Asuncin d'Auteuil.

--Ah! s, conozco... all se est muy bien... es un paraso... Pero,
Dios mo! Seor Fabrice, qu mal est mi enredadera... se dira de
estuco... no tiene aire... Decididamente, esto no marcha!... Pierdo la
fe, seor Fabrice.

--No tiene usted razn, seorita... aseguro a usted que ha hecho serios
progresos.

--S, pero nunca ser pintora... no tengo talento... no es verdad?

--Perdn--respondi el pintor con su habitual sinceridad un poco ruda--.
Tiene usted un muy cumplido talento de aficionada.

--S, pero no es un talento que en rigor pudiera proporcionarme recursos
para vivir.

--Podr usted conseguirlo... pero para eso habr que conceder ms tiempo
al estudio.

--Ms tiempo!--murmur Beatriz.

Y precisamente al decir eso dio dos golpes la campana del castillo.

--Me llaman!--exclam aqulla, guardando con prisa su dibujo en la
caja--. Ms tiempo!... Ya ve usted si es fcil!... Ya ve usted cmo
puedo disponer de mis horas!

--Su vida de usted no es por cierto dichosa!--aadi Fabrice echando a
la hurfana una mirada de tierna compasin.

--Seor Fabrice--le replic aqulla bajando la voz y con una energa
extraordinaria--, no importara nada ser slo desgraciada... Lo que es
terrible es sentir cmo va una volvindose perversa.

Y se dirigi casi corriendo hacia el castillo.

Fabrice no tard en seguirla; una vez en sus habitaciones pasese largo
tiempo de arriba abajo, torturado por supremas incertidumbres; despus
se sent delante de una mesa, tom una pluma y escribi la siguiente
carta:

     Seorita:

     Me permito decir a usted por escrito lo que me ha faltado valor
     para expresarle de palabra. Mi carta ser corta. Respeto a usted
     demasiado para dirigirme a usted con frases de una admiracin y de
     una galantera triviales. El nico homenaje que me atrevo a
     rendirle, es poner mi destino en sus manos. No puede en adelante
     ser dichoso o desgraciado mi porvenir sino en virtud de lo que
     usted se digne resolver. Bastar con que le diga que no hay uno
     solo de sus mritos, uno solo de sus atractivos, uno solo de sus
     sufrimientos de que no me sienta profundamente, perdidamente
     penetrado?

     Estimo a usted tanto, seorita, que me parece cometer una
     profanacin al osar amarla. Pero, en fin, humildemente le ofrezco
     lo poco que yo soy. Quiere usted ser la madre de mi hija?... Nos
     rechaza a ella y a m?

     De usted respetuossimo servidor siempre y en todo caso,--_Jacques
     Fabrice_.

Como el artista, despus de haber cerrado la carta reflexionase acerca
del medio ms pronto y seguro para hacerla llegar a su destino, vio
desde la ventana de su saln, que precisamente atravesaba Beatriz en
aquellos momentos el patio de honor del castillo. Este patio, muy
grande, se hallaba plantado en parte de csped y de rboles. Hermosos
castaos formaban en un ngulo una especie de bosquecillo provisto de
rsticas sillas. A ese bosquecillo sola venir Beatriz algunos mediodas
a leer a sus anchas, cuando la baronesa la dejaba respirar. El pintor
llam a su hija que ocupaba una habitacin contigua a la suya.

--Ven ac, alma ma!--le dijo--. Mira, la seorita Beatriz est all
sentada debajo de aquel rbol, junto a la capilla... Anda y entrgale
esta carta de mi parte... Anda, hija ma!

Un momento ms tarde Fabrice segua angustiosamente con la vista la
marcha de la nia a travs del patio. Al fin desapareci bajo la sombra
espesa de los castaos. Interminables minutos transcurrieron; despus
Marcela sali del crculo de sombra y volvi hacia el castillo a cortos
pasos. Fabrice crey ver que la criatura tornaba con la carta en la
mano; passe la suya sobre la frente helada, diciendo:

--Dios mo!

Y esper inmvil. Marcela entr.

--Toma, pap!--le dijo.

Y le devolvi el pliego que tena en la mano.

Era, en efecto, el sobre de su carta, pero el sobre solo, abierto y
medio desgarrado. En uno de sus ngulos estaba escrita con lpiz esta
nica palabra: Maana.

Hubo una pausa.

--No te ha dicho nada ella?--le pregunt Jacques a la nia.

--Nada.

--Te ha dado un beso?

--No.

Todos los que aman, o los que amaron, se imaginarn fcilmente las
imaginaciones, la fiebre, los sbitos transportes de esperanza, los
repentinos golpes de desaliento que atenazaron el alma de Jacques
Fabrice en las eternas horas que le separaban del maana. Aquella noche
vio como de ordinario a Beatriz en el saln; pero no pudo sorprender ni
en su fra actitud ni en sus ojos impasibles de esfinge el menor signo
que pudiera ayudarle a descifrar el enigma que encerraba esa palabra:
Maana.

Le escribira ella? le respondera de viva voz cuando viniese, segn
costumbre, a tomar su leccin de pintura?...

Al da siguiente, mucho antes de la hora habitual, Jacques se hallaba en
el sitio de la cita, ocupando el banco que haba escuchado la
conversacin de la vspera. Beatriz lleg, respondi a su saludo con un
ligero movimiento de cabeza, sentse y psose a preparar sus colores sin
pronunciar una sola palabra; despus, hacindole sea de que se sentara:

--Seor Fabrice--le dijo con voz contenida, dulce y triste--; seor
Fabrice, le estoy reconocida... muy reconocida... pero no debo ni
quiero engaarle... puedo acordarle mi mano... pero temo que mi corazn
desgarrado, marchito, ulcerado por la desgracia, no pueda devolverle
todo lo que el de usted le da... Temo que los sinceros sentimientos de
estimacin y simpata que experimento hacia usted, no respondan sino
imperfectamente a los que tiene a bien consagrarme... Temo tambin que
este paso que da, no sea para usted una desgracia.

--Seorita, nunca pude esperar encontrar en usted desde el primer
momento la ternura infinita que usted me ha inspirado... No puedo
confiar sino al tiempo, lo s, a mis cuidados afectuosos, a mi adhesin
apasionada, a su dicha, que la amistad se torne en afecto.

--Seor Fabrice, slo debemos contar con el presente y debo decir la
verdad... Cuanto al porvenir, todo lo que puedo asegurarle es que pondr
de mi parte lo posible para ser una buena y honrada esposa, una madre
cariosa de su hija.

Jacques, los ojos hmedos por la emocin, tom la blanca mano que
Beatriz le tenda e intent llevarla a sus labios, pero ella la retir
suavemente:

--Cuidado!...--dijo--; si cree que debe darme las gracias, dmelas
usted ms tarde... Se nos vigila, muy de cerca cuando estamos en este
sitio... y le suplico que no traicione nuestro secreto hasta tanto que
haya puesto en antecedentes a... mi bienhechora--dijo la seorita de
Sardonne con una sonrisa de extraa amargura al pronunciar esta ltima
palabra.

--Pero, seorita--dijo el pintor--, no es a m a quien toca hablar
sobre este asunto, con la que usted llama su bienhechora?

--Seguramente, eso ser conveniente y aun necesario, pero me parece que
debo prevenirla de antemano. Tengo mis razones.

--Dios mo! seorita, sabemos que vamos a encontrar de su lado una
actitud un poco hostil... y, en ese caso, su entrevista va a causarle un
verdadero disgusto... Permtame que se lo evite... o, al menos--aadi
sonriendo--, que sufra yo las primeras descargas... Respeto mucho a la
seora de Montauron, pero no le tengo miedo.

--Ni yo tampoco--afirm Beatriz--. Si usted me ha visto sufrir con
paciencia las humillaciones de una verdadera domesticidad, cualquiera
que fuesen los motivos de mi resignacin, est usted seguro de que la
bajeza no entraba para nada en ella... Muy mal me conoce usted, seor
Fabrice, si cree...

La joven se interrumpi bruscamente; acababa la campana del castillo de
dar los dos golpes indicadores de que la lectriz deba volver al lado de
la baronesa.

--Voy!--dijo levantndose, y un centelleo de fiera brot de sus
pupilas.

Tendi de nuevo la mano a Fabrice, y se alej.

El da en que la seora de Montauron impuso a Beatriz el sacrificio
definitivo de su amor hacia Pierrepont, destruy por el hecho el motivo
nico que tena la hurfana para tolerar la msera existencia que
arrastraba al lado de la baronesa, y desde ese momento el disculpable
sentimiento de sorda irritacin que la joven nutra hacia su dura
protectora habase cambiado, en esta alma contenida pero ardientemente
apasionada, en verdadero horror. La vista misma de la baronesa haba
llegado a hacrsele insoportable; su resolucin de abandonarla estaba
definitivamente tomada, y no aguardaba sino el momento de ponerla por
obra; su primera idea fue, como hemos visto, llevar a cabo una especie
de suicidio sepultndose en las austeridades de una de las ms severas
rdenes religiosas, y aun volvi, a hablar de nuevo a su amiga la seora
de Aymaret sobre su prxima entrada en el Carmelo, esforzndose
realmente en cifrar en el Cielo un amor para el que ya no quedaba
esperanza alguna en la tierra; pero es menos difcil hacer un sacrificio
que perseverar en l. As, pues, la pobre joven encontraba en su natural
apego al mundo, en su enrgica y floreciente salud, resistencias que le
hacan muy dolorosa esa renuncia a todo... Y, sin embargo, qu hacer?
adnde ir?

La carta con la declaracin de Fabrice vino a sorprenderla en medio de
estas indecisiones crueles. Muy admirada, sin embargo, y aun enojada por
el paso que aqul haba dado, quiso no obstante dar algunas horas a la
reflexin; ms de una secreta repugnancia tuvo que vencer, pero, en fin,
en la extremidad a que se vea reducida, cmo no aceptar ese refugio,
despus de todo honroso, que le abra una mano afectuosa y fiel? Para
un nufrago de la existencia como lo era ella, la solucin que se le
presentaba era, si no la dicha, al menos la vida, y, sobre todo, el
trmino cierto, seguro, de su pesada esclavitud.

Adems, no ignoraba ella que la noticia de su matrimonio y consiguiente
salida de la casa, era para la baronesa un trance horriblemente
desagradable, y el solo placer de darle ese justificado mal rato vena a
satisfacer la pasin ms violenta que existe tal vez en la tierra; el
odio de mujer contra mujer.

La seora de Montauron acababa de dormir pacficamente su siesta en su
gabinete contiguo al saln, y como digera con dificultad, su sueo era
premioso, por cuya razn despertaba siempre de terrible mal humor. As,
pues, apenas vio entrar a Beatriz:

--Me parece, amiguita--le dijo--, que prolongas mucho tus lecciones con
el seor Fabrice!... He tenido tiempo de leer casi la mitad de mi
diario... me estn llorando los ojos... Vaya! toma! estaba en la
gacetilla... pero no, prefiero el folletn... veamos qu sucede al cabo
a esa divertida duquesa... a quien el autor hace hablar como a una
lavandera... Bueno! Vayamos, lee! Principia!

--Perdn, seora--replic la joven con extremada cortesa--; podra
decir a usted antes cuatro palabras?

La baronesa la vio vagamente inquieta.

--Qu deseas?--le replic con acritud.

--Seora, me permite usted que le recuerde la conversacin que tuvimos
en secreto en su habitacin de usted hace quince das? Usted tuvo a bien
decirme que si alguna vez cualquier caballero, un hombre de corazn, me
pidiese en matrimonio, no solamente no tendra que temer ninguna
dificultad por parte de usted, sino que hasta poda contar con su ms
sincero concurso... Tales palabras, seora, son demasiado preciosas para
que yo haya podido olvidarlas... Tiene usted, tal vez, seora, la
bondad de recordarlas?

A pesar de no ser la baronesa persona que con facilidad se
desconcertase, esta vez qued descorazonada al or semejante exordio, y
fue casi balbuceando que respondi a Beatriz:

--Pero, es posible!... S, pude decir algo de lo que me indicas... pero
con ciertas reservas...

--Es cierto, seora, estableci usted ciertas reservas. Puso usted a su
bondadoso concurso dos condiciones: la primera fue que su sobrino de
usted sera excluido del nmero de aquellos entre los cuales poda yo
escoger marido... la he respetado; fue la segunda que no me decidira en
favor de nadie sin prevenir antes a usted... es lo que ahora efecto.

--Bien! escucho.

--Seora--prosigui la seorita de Sardonne con el mismo tono de
correcta urbanidad--; la circunstancia que usted tuvo a bien prever y
desear con respecto a m, se presenta hoy.

--Ah!

--Y vengo a rogarle que acoja con benevolencia la splica que... para
honor mo, no tardar en presentarle el seor Jacques Fabrice.

--Te pide en matrimonio Fabrice?

--S, seora.

--Me parece que debiera haber empezado por dirigirse a m... Eso es la
educacin rudimentaria.

--As lo hubiera hecho, seora, pero ha juzgado intil proporcionar a
usted esa molestia sin conocer antes mis sentimientos personales...;
que, despus de todo, era lo que ms le importaba.

--Y te satisface ese casamiento?

--S, seora; el seor Fabrice es una honrada persona y un hombre de
talento cuyo nombre me sentir orgullosa de llevar.

--Supongo que no ignoras a quin sucedes como esposa... su primera mujer
fue una lavandera.

--Perdn, seora, era florista.

--Es lo mismo!... en bonita sociedad te vas a meter!

--Me encontrar contenta en ella si soy tratada con consideraciones.

--De modo que me dejas plantada, as, sin ms ni ms, olvidando todo lo
que he hecho por ti, desde el momento que te recog como si fueses mi
hija?

--Est usted segura, seora, de que no olvido un momento ninguna de las
singulares bondades que a usted debo desde el momento que tuvo a bien
tomarme a su servicio.

Para que nada faltase a la baronesa, tena el don de hacerse cargo
rpidamente de los menores matices de lenguaje; de ah que no le pasaran
por alto ni una sola de las impertinencias corteses ni de las vengadoras
ironas de que la vena haciendo blanco su lectriz. Sucedi en
consecuencia, que al or aquella ltima y sangrienta rplica, la de
Montauron se levant vivamente de su asiento, y si hubiese podido
disponer de los rayos celestes, habra sido muy verosmil que la
seorita de Sardonne no hubiese podido repetir el cuento. A falta de
otro expediente, verdad es que poda despedirla de su casa cubierta de
ignominia, y lo pens, pero la reflexin no tard en mostrarle los mil
peligros que traera un escndalo. Las malas lenguas la acusaran de
oponerse al puro egosmo de un casamiento, por otra parte muy razonable
para la hurfana, que era al mismo tiempo su protegida; de manera que la
baronesa resolvi callarse y tener paciencia; puesto que de cualquier
modo que fuese, la lectriz escapaba a sus garras, vala ms, pues, por
sensible que le fuese perderla, tomar su partido y darse siquiera el
mrito, cubriendo las apariencias, de haber sido generosa hasta el
fin... Bueno! despus de todo, ese estpido matrimonio tena su lado
conveniente, puesto que libraba a la seora de Montauron _per omnia
scecula_ del terror de ver a su sobrino casado con esa muchacha en la
ruina.

En virtud de estas diversas consideraciones, la belicosa conferencia
entre la baronesa y la lectriz iba a tomar un sesgo bastante
imprevisto, aunque perfectamente femenino. La seora de Montauron, que
haba dado muy agitada varios paseos por el gabinete aspirando su pomito
de sales, pos la mano sobre el hombro de Beatriz, dicindole:

--Querida nia, supongo que no te habr sorprendido que mi primer mpetu
al saber que me dejas haya sido de mal humor... Porque yo siento mucho
tu ida, aunque a ti mi contrariedad te tenga sin cuidado... Vamos, hija
ma, dame un beso!

La seorita de Sardonne pas por este sacrificio, y al abrazarla, la
baronesa, cuyo sistema nervioso vena estando en insoportable tensin,
rompi en llanto; fue para ella un alivio.

--Sabes--pregunt a Beatriz a travs de sus sollozos--cunto gana por
ao?

--No le he preguntado, seora.

--Estos pintores, cuando llegan a adquirir fama, ganan lo que quieren...
Sers rica, hija ma... Esa es la verdad!

--Puedo decir al seor Fabrice que tiene usted a bien recibirlo?

--Sin duda.... a mi hora acostumbrada... pero es preciso que antes de
casarse termine mi retrato... Dile que venga dentro de media hora.

Beatriz le present de nuevo sus mejillas y se retir. Pronto encontr a
Fabrice en el parque, hacindole un breve resumen de su entrevista con
la baronesa.

--Ya ve usted cmo la cosa ha pasado sin mayores inconvenientes y que la
seora no me ha maltratado mucho.

--Es que saba que estaba usted slidamente apoyada por
retaguardia--respondi el pintor rindose--. Yo estoy obligado a
guardarle ms consideraciones, eso lo sabe ella muy bien, y temo que la
tempestad que no ha hecho ms que asomar para usted, estalle sobre m.

--Debe, a no dudarlo, aguardar algunas impertinencias... pero, si en
algo me estima usted, sfralas con resignacin, a fin de no echar a
perder las cosas, que no van saliendo del todo mal.

--Se lo prometo a usted, y aun deseara que la prueba fuese dura, puesto
que por usted voy a soportarla.

--Muchas gracias... pero usted comprender que deseo, a ser posible,
salir de esta casa sin escndalo.

Prolongse an un poco de tiempo la conversacin entre ellos, y mientras
paseaban por la avenida central del parque, Beatriz daba al artista
algunos antecedentes sobre la persona de su tutor, a quien se propona
escribir en seguida y cuyo consentimiento no era dudoso; y habiendo
llegado en esto la hora de sesin, para el retrato de la seora, Fabrice
volvi al castillo, encontrndose momentos despus cara a cara con
aqulla.

La seora de Montauron ocupaba ya su sitial en el centro de la sala.

--Seora baronesa--comenz el pintor--, la seorita Beatriz me ha dicho
que tena usted a bien aprobar la unin que tengo la audacia extremada
de ambicionar... Mil gracias le doy a usted por mi parte, seora, con
tanto mayor motivo cuanto que usted se priva en mi obsequio de una
compaa, de una intimidad de quien nadie mejor que yo conoce el precio.

--Dios mo! Qu quiere usted, seor Fabrice? Lo que hace la dicha de
los unos constituye la desgracia de los otros... Esa es la vida!...
Sintese usted. Hablaremos del particular mientras usted trabaja, puesto
que eso no le molesta.

Fabrice se inclin, instal el caballete, tom la paleta y se puso a
pintar.

--Creo que necesitaremos dos sesiones todava.

--En fin!--dijo la baronesa. Callse un momento, y a poco empez de
nuevo--. Bueno!... volviendo a nuestro casamiento, mi querido seor
Fabrice, va usted a casarse con una persona de la que me veo obligada a
hacer las mejores ausencias... Su conducta y comportamiento desde que
est a mi lado han sido positivamente ejemplares, como habr podido
juzgar por usted mismo... Beatriz posee cualidades mil que yo aprecio
infinito... y, a pesar de eso, si me hubiera usted hecho el honor de
consultarme antes de ofrecerle su mano, quizs me habra visto obligada
en conciencia a quitar a usted su idea de la cabeza.

--Puedo saber por qu, seora baronesa?

--Dios mo! porque el da que se case usted con ella esas mismas
cualidades, algunas por lo menos, pueden convertirse en defectos... No
soy yo por cierto la que le reprochar el sentirse orgullosa de su
nacimiento y de poner muy alto la estima de su nombre y de su propia
persona... pero aun a mis ojos, muy indulgentes por cierto en esos
particulares, la seorita de Sardonne exagera sus mritos... Tiene, y
quede esto entre nosotros, ms soberbia que Lucifer... Usted mismo lo va
a experimentar si Dios no lo remedia, mucho me lo temo, mi querido
seor... No voy hasta decir que menospreciar a su marido, que a nadie
puede inspirar tal sentimiento, no, seor!... pero una alianza como la
que ella concierta, tan completamente honrosa por otra parte, est en
demasiado abierta contradiccin con las tradiciones, con las costumbres
de su familia, y de nuestra sociedad, como para que la seorita de
Sardonne no deje de sufrir, ms o menos, en su fuero interno... Ay!
querido seor, s tan bien como usted que bajo el punto de vista de la
sana razn, todo eso es perfectamente absurdo... pero permtame que le
diga que conozco mejor que usted las ideas que a ese respecto reinan en
nuestro medio social... Muy poco han cambiado, crame usted, esos
sentimientos desde la poca de Luis XIV y de Saint-Simon... Perdone
usted! s lo que va usted a decirme... Va usted a hablarme de la
revolucin!... Jess! ciertamente ha habido la revolucin... pero si la
revolucin ha podido arrebatarnos nuestros privilegios y aun nuestras
cabezas, no ha podido quitarnos los beneficios de eso que ustedes
llaman, si no estoy equivocada, atavismo... es decir, en viejo francs,
la excelencia de una sangre que se ha destilado y refinado en nuestras
venas de generacin en generacin por espacio de quinientos o
seiscientos aos... Y... esa sangre se revela a pesar nuestro, mi
querido maestro, cuando se la mezcla con otra... ms joven... ms
pura... Dios mo! no digo lo contrario, pero que, en fin, ni es de la
misma esencia ni del mismo color... Por consecuencia, no es el uso hoy,
pese a la revolucin, que una seorita de la nobleza se case con un
industrial... un sabio... un escritor... un artista, sean cualesquiera
sus mritos... Algunas veces, suelen verse seoras tituladas casarse con
poetas o con artistas... pero sas son princesas extranjeras... En
Francia la cosa no tiene casi precedentes... Y no vaya usted a creer, mi
querido seor Fabrice, que en tales procederes haya nada de depresivo
para aquellos que son objeto de l... a nadie en el mundo le gustan ms
que a nosotros los escritores, los poetas y los artistas... Hacemos de
ellos con el mayor gusto el ornamento de nuestras mesas, el inters y el
atractivo de nuestros salones... pero no nos casamos con ellos...
Excseme usted! va usted a decirme que somos menos difciles en lo que
se refiere a alianzas de nuestros hijos y que los casamos con seoritas
ms o menos bien nacidas con tal que sean ricas. A eso le responder, en
primer lugar, que no es en lo que mejor nos portamos, y, en segundo,
que, segn nuestras ideas, el varn ennoblece, principio, fjese bien,
que reposa sobre una acertada concepcin de la naturaleza humana, porque
hay en la mujer una delicadeza de instinto, una flexibilidad, una
facilidad de asimilacin, una plasticidad, por decirlo as... si me
expreso mal, mi caro seor, reprndame usted sin embarazo... hay, deca,
cualidades de flexibilidad que la hacen plegarse con prontitud a todas
las condiciones de la vida social... Se podr hacer una muy pasable
duquesita de la hija de un cualquiera, pero, de ese mismo cualquiera no
se har nunca nada... Usted comprender fcilmente, mi caro maestro, que
la palabra _cualquiera_ significa en mi boca un hombre de dinero, no un
hombre de talento... Estos tienen, por el contrario, algo de femenino en
su naturaleza, que los pone al par casi casi con las mujeres ms
delicadas, ms impresionables. Porque, no lo olvide, seor Fabrice, y
ahora ms que nunca habla a usted su leal amiga, no olvide que en
nuestras largas sucesiones y selecciones de familia, no es nicamente la
sangre la que se refina, como le deca hace un momento... es tambin la
educacin, el gusto, el tacto social... todos los sentidos, en fin,
todas las facultades... De ah esa superior distincin que le encanta en
la seorita de Sardonne y que ser para usted, por cierto, un grande
encanto y un grande peligro... porque una complexin tan perfecta y tan
exquisita, por decirlo as, se siente herida por una nada, se rebela por
slo un detalle... Crame, seor Fabrice, preste suma atencin a estas
nimiedades... Hay matices que parecen insignificantes, matices en los
cuales usted ni siquiera se fija y que pueden parecer verdaderas
monstruosidades a la seorita de Sardonne... Vaya un ejemplo... una
bagatela... Usted me llama, a todo propsito, cuando me habla, _seora
baronesa_... pues bien, est seguro que esto crispa, los nervios de su
futura esposa... porque es completamente incorrecto emplear esas dos
denominaciones... o _seora_ simplemente, o _baronesa_ a secas...
_seora baronesa_ queda reservado o para el teatro o para la cocina... Y
como sta, mi buen seor, hay una infinidad de pequeeces que pueden ser
verdaderos escollos en su hogar de ustedes y acerca de los cuales le
pondra en guardia si no temiera fatigarle.

--Si usted misma no lo est, seora, podra usted continuar--respondi
con frialdad el pintor.

Pero a pesar de esta insinuacin, la seora de Montauron no prosigui,
porque aunque Fabrice haba conservado su sangre fra, comprendi la
seora, considerada la palidez mortal que cubra el rostro del artista,
que hubiera sido impertinente por dems avanzar an en aquella senda, y
la verdad es que ms de una vez haba tenido que invocar la imagen de
Beatriz para no poner punto final a semejante inoportuno sermn, rayando
con un trazo de pincel el retrato de su insolente modelo. Cuando un poco
ms tarde dio cuenta a la seorita de Sardonne de tan penosa entrevista,
parecile prudente no entrar en detalles y se content con decirle
simplemente que no pareca sino que la baronesa haba puesto particular
empeo en mostrarse desagradable en cuanto a la forma; pero en cuanto al
fondo se ha limitado a hacerme comprender que yo era indigno de usted.
Hemos concludo por estar de acuerdo, porque sa es, en suma, mi
opinin.

Sin embargo, la baronesa consigui ampliamente obtener el fin que se
propusiera: haba hecho como esos insectos cuya picadura imperceptible,
sin ser precisamente mortal al pronto, deja en el organismo una
perturbacin tan profunda como quizs incurable.

No fue en verdad, sin algn embarazo y an con ligera angustia, que
Beatriz fue al da siguiente a casa de la vizcondesa de Aymaret, a quien
deseaba comunicar de viva voz su formal compromiso con Fabrice. Pero la
seora de Aymaret no pareci ni admirada ni enojada, porque desde el da
que vio cmo Beatriz rechazara las proposiciones de Pierrepont, qued
convencida, por el lenguaje un tanto equvoco y las semi-confidencias de
su amiga, de que ella tena algn oculto amor, y a fuerza de reflexionar
vino a dar en la flor de que entre todos los huspedes de los Genets
nicamente Jacques Fabrice, gracias a su talento y a su renombre, poda
justificar la pasin de que Beatriz pareca dominada. Las sospechas de
la vizcondesa adquiran an mayor cuerpo por esa intimidad que las
lecciones de pintura haban establecido entre el artista y su amiga,
acabando por creer la seora de Aymaret que la joven renunciara al
convento desde el momento que se convenci de que su amor era
correspondido por su parte, y, considerndose la seorita de Sardonne
por dems afortunada en verse relevada de entrar en mayores
explicaciones, dej que su amiga perseverara en tales conjeturas.

En el curso de su recproca conversacin sugiri la vizcondesa a Beatriz
una idea que sta no titube en aceptar, y que le fue fcil imponer a
Fabrice. Como se haba hecho difcil para los futuros esposos la
residencia en los Genets, dada la actitud asumida por la seora de
Montauron, decidieron aqullos que Beatriz tomara pretexto de las
atenciones a que la obligaba su prxima instalacin para irse a Pars en
la entrante semana, conviniendo en que residira hasta la poca de sus
prximas nupcias en el convento de Auteuil, donde Marcelita se hallaba
en pensin; y como la baronesa estudiaba por su parte el medio de verse
libre de los gastos y molestias que siempre acarrean unas bodas,
prestse del mejor grado a los deseos de su ex lectriz.

Pocos das despus de los sucesos que hemos relatado, el conde de
Villerieux, tutor de la hurfana, vino a buscarla a los Genets a fin de
acompaarla a Pars, en cuya ciudad se encontraba ya Fabrice con su
hija; y no necesitaremos decir que la despedida de la seora de
Montauron y Beatriz no fue cosa que llamase la atencin por su
cordialidad.

Nada diremos por el pronto del efecto que causaron en el nimo de
Pierrepont las noticias que de Francia llegaban acerca de los
acontecimientos que venimos narrando. Basta saber que las triviales
cartas cambiadas entre los dos amigos a propsito del ya inmediato
matrimonio, carecieron por completo de inters; la de Jacques fueron
cuatro renglones a modo de simple notificacin; la del marqus era, sea
dicho en justicia, aunque breve, amistosa. Deca Pedro a su amigo que,
por mala fortuna, habase comprometido con su amigo lord S*** para dar
con l una vuelta en su yacht por el Mediterrneo; pero que, sin
embargo, contaba con estar de vuelta en tiempo oportuno para asistir a
la ceremonia nupcial, encargndole al propio tiempo que transmitiera sus
respetuosos parabienes a la seorita de Sardonne. Casi en los mismos
das que esta carta, llegaba de Londres un rico brazalete dirigido a la
hermosa desposada.




IX

GUSTAVO CALVAT


Cuatro meses han transcurrido. Nos encontramos ahora en Pars, bulevar
Malesherbes, en casa de la madre de Mariana de La Treillade, o, mejor
dicho, de Mariana misma, quien tiene sus amiguitas personales a quienes
recibe con entera independencia para _charlar_, segn vocablo de su
predilecta devocin. Y, en efecto, charla en esos propios instantes a
ms y mejor en amor y compaa de su inolvidable institutriz miss Eva
Brown, de la gentil millonaria norteamericana miss Ketty Nicholson, de
petrolesco olor, segn detenidas observaciones de Pierrepont, sin que
falte en el arcanglico coro aquella por siempre famossima seorita de
Chalvin, que se encabritaba como un caballito resabiado, segn confesin
de su misma interesante mam, cuando en algo se le contrariaba. Estas
seoritas, que se haban hecho amigas en los Genets, vuelven a
encontrarse en Pars con recproco placer de todas. Todas son elegantes,
todas son bonitas, todas son muy blancas, la institutriz de marras
inclusive, que, adems de muy blanca, es muy sonrosada, una manzanita!
Pero aventaja a todas tambin ese diablillo de Mariana! Mariana! de
puro rostro oval, mate blancura, grandes ojos en que voltejea la irona
y pequeos dientes de roedor.

Mariana se encontraba ya en Pars cuando el matrimonio de Beatriz, e
historiaba a sus adorables amiguitas aquella ceremonia. Efectuse en la
iglesia de Passy, y Beatriz haba querido que fuera muy sencilla a causa
de su luto y de las pasadas desgracias de familia: adems, hubo poca
gente a causa de la estacin, mediado de octubre, en que todo el mundo
elegante est an fuera de la gran ciudad. Sin embargo, Mariana haba
notado que entre los concurrentes haba mucho cursi y conjeturaba
magnnimemente que deban ser parientes del desposado... La seora de
Montauron pretext una violenta crisis reumtica y tuvo a bien quedarse
en su casa... enviando a los novios como regalo una docena de cubiertos
de plata... qu ruindad!... y siendo tan rica!... El marqus de
Pierrepont tampoco estuvo en la fiesta; se limit a enviar un telegrama
desde Malta, y su ausencia haba llamado la atencin, puesto que era el
amigo predilecto de Fabrice... pero sin duda haba temido que la
desposada diera un espectculo arrojndose a su cuello delante de la
concurrencia... Era tan tonto ese Pierrepont!... Estaba tan pagado de
su persona y mritos, que se crea, el muy necio, que todas las mujeres
estaban locas por l... A Marianita lo que ms le chocaba en el mundo
era un fatuo... Miss Eva y la seorita de Chalvin estaban de acuerdo...
nicamente miss Nicholson, aunque americana, tmida, _rara avis!_, tom
mansamente la defensa del marqus... Mariana se enfad... Era Pedro un
hombre que ella no haba podido soportar... Adems lo aborreca desde
que con su charla haba comprometido tan terriblemente a su prima la de
Aymaret... verdad que a sta no le importaba; muy al contrario, tena
como una especie de empeo en hacer ver que era amante de l... Ya se
ve, como es tan guapo!... y tan caballero!... Y si no, aqu entre
nosotras, aada Marianita, no ha hecho todo lo posible por comprometer
tambin a la seorita de Sardonne antes de que se casara con el seor
Fabrice que, por cierto, me parece un buen hombre...? Y saben ustedes
que ha montado bien su casa, calle Prony?... Elisa, precisamente la
prima de Aymaret es quien lo ha dirigido todo... Fabrice quera hacer
verdaderas locuras... me ha dicho que ella ha tenido que contenerlo...
Francamente, no es rico... no tiene ms que lo que gana con su
trabajo... Verdad es que vende muy caros sus cuadros... Y quisiera yo
saber lo que le ha llevado a la baronesa por su retrato!... Tambin es
cierto que yo en su lugar hubiera saldado la cuenta de lo lindo!...
Miren ustedes con una docena de cubiertos!

--Y el marqus de Pierrepont est siempre en Malta?--pregunt miss
Nicholson.

--No, ahora creo que est, en Gythere.

--En Gythere?

--S, al menos yo lo he visto anoche en el teatro con una _ella_ que
tena el tipo de aquel pas.

--Pero, es un calavera?--interrog otra vez miss Nicholson ponindose
colorada.

--No... est de mal humor... aburrido!--respondi Mariana.

Los informes de la seorita de La Treillade sobre la boda de Fabrice,
aunque tan maliciosos en la forma, eran bastante exactos en cuanto al
fondo, y nos dispensan de entrar en ms detalles acerca del particular.
Tambin era exacto que el marqus de Pierrepont estaba de regreso en
Francia haca algunas semanas, pero no hizo ms que pasar a ua de
caballo por Pars, para presentarse en los Genets a su ta,
impacientsima ya por su larga ausencia. Pocas fechas corran desde que
la seora de Montauron se haba reinstalado en Pars y en su hotel de la
calle Varennes, ocupando el sobrino su antiguo elegante entresuelo del
bulevar Malesherbes, mansin no lejana del palacete en que respiraba
Mariana de La Treillade.

La primera visita de Pedro fue para la seora de Aymaret, qu tambin
habitaba por aquellas cercanas, parque Monceau: haba prevenido de
antemano a la vizcondesa, quien lo esperaba con cierta desazn, porque
durante la ausencia del marqus, ni ste le haba escrito ni ella se
atrevi tampoco a hacerlo, no pudiendo olvidar que ella fue quien lo
alent en sus desdichados propsitos acerca de la seorita de Sardonne,
que ella haba sido su oficiosa mensajera para con aquella joven, que
ella contribuy en no escasa parte a la humillacin que Pedro soportara,
humillacin que vena a hacer ms punzante el efectuado enlace de
Beatriz con Fabrice; por todas estas razones temi una escena de
despecho, quizs de clera y reproches, pero, por ventura de la
interesante dama, su temor se hubo de disipar, por cuanto el marqus se
present ante ella un poco plido, es verdad, pero tranquilo, corts y
aun sonriente. Despus de haber respondido casi alegremente a las
preguntas sobre su viaje se dirigi a la vizcondesa:

--Querida amiga ma--le dijo--, an voy a abusar otra vez de su
amistad... Tengo que pedirle un consejo.

--No s cmo despus de lo pasado, es usted todava tan magnnimo como
para tomarme por consejera--replic aqulla con tristeza.

--Siempre tendr un honor en que sea usted mi confidente... no s qu
lnea de conducta debo seguir con Fabrice... No es para usted un secreto
la estrecha amistad que nos una de aos atrs... Carezco de motivos
fundados para romper mis relaciones con l... pero antes de ir a verlo
quisiera cerciorarme de si mi presencia en su casa no sera un mal rato
para l, para su mujer y para m... En una palabra, supone usted que la
seorita de Sardonne, mejor dicho, la seora Fabrice... haya puesto en
antecedentes a su marido acerca de los sentimientos que su mujer me
inspir en el pasado, y de las pretensiones que a la mano de aqulla
abrigu?... Usted comprende que si es as...

--Excseme usted si le interrumpo--exclam la vizcondesa--, pero puedo
dar a usted garantas a este respecto... Ayer mismo he visto a Beatriz,
y como la conversacin recayese sobre su regreso de usted, me dijo
aqulla que, despus de haber pensado mucho, haba resuelto no hacer
jams aquella confidencia a su marido, porque consideraba que eso sera,
de una parte, turbar gratuitamente su reposo, y, por la otra, faltar a
la delicadeza por lo que a usted se refiere.

--Entonces, cree usted que puedo presentarme en casa de ellos sin
inconvenientes?

--Sin duda, y aun creo que los inconvenientes estaran en no hacerlo
as, porque Fabrice no se podra explicar su abstencin, buscara la
causa y caera en sospechas del cul fuese ella, lo que para nadie sera
una ventaja. Le aconsejo, pues, que poco a poco corte usted relaciones
que por fuerza no le han de ser gratas, pero sin romperlas bruscamente.

--Tiene usted razn... Ir... Es ms, voy a ir en saliendo de aqu...
cree usted que los encontrar en casa?... La seora de Fabrice ha
fijado un da de recibo?

--S, los lunes... hoy es martes... pero tiene usted seguridad de
encontrar siempre a Fabrice en su taller... y probablemente tambin a su
mujer, porque me parece que aqul est haciendo su retrato.

--Ah! eso me interesar!

Habl Pedro en seguida de bailes, de teatros, y a poco se despidi de la
seora de Aymaret. Al darle la mano le dijo sta conmovida:

--Muy contenta de verle tan prudente!

--Seora, los viajes son un gran calmante!--contest riendo, y parti.

Al cumplimentarlo la vizcondesa por su prudencia esper provocar una
expansin confidencial que mucho ansiaba, porque despus de haber temido
por parte de este enamorado con tanta crueldad desahuciado violentos
transportes de enojos, crey descubrir en sus claras intuiciones de
mujer que, bajo aquella tranquilidad seca y fra, se ocultaba algo
terriblemente alarmante, porque si esta indiferencia de Pierrepont era
sincera, acusaba una ligera y casi despreciativa inconstancia que el
bello sexo no admite en estos asuntos de corazn; pero con el ntimo
conocimiento que del carcter del marqus posea, tema ms bien que
esas apariencias glaciales encubriesen una de esas heridas tanto ms
terribles cuanto que no estn sino cerradas en falso.

Diez minutos despus Pedro entraba en casa de Fabrice; por la indicacin
de un criado subi directamente al taller del pintor con la antigua
confianza de los pasados tiempos: llam ligeramente, y alzando una
cortina encontrse cara a cara con Beatriz, cuyos labios se
entreabrieron para lanzar un grito apenas contenido merced a un duro
esfuerzo; estaba sentada a pocos pasos del caballete de Fabrice, con un
libro en una mano y acariciaba con la otra la suelta cabellera de
Marcela, arrodillada a sus pies. En medio de aquella grande estancia
sobriamente decorada tena lugar una de esas escenas ntimas que
admiramos en los viejos cuadros de los maestros flamencos donde las
nobles alegras del trabajo parecen aliarse con las ms dulces ideas de
dicha y de paz.

Jacques prorrumpi en una exclamacin de alegra, corriendo hacia Pedro,
a quien la cordial acogida del pintor certific en seguida de la
discrecin de Beatriz. Gracias a la narrada circunstancia pudo el
marqus cumplimentar con ms libre espritu a los recin casados,
hacindoles mil elogios de su instalacin y excusndose de no haber
podido asistir a sus bodas, retenido en Malta por una grave
indisposicin de su amigo lord S***. La mano de Beatriz posada sobre la
cabeza de Marcela abrase y cerrbase convulsivamente, haciendo
centellear al vario movimiento las piedras de sus sortijas, y ste fue
el nico signo de emocin que diera la hermosa desposada. Dio sta las
gracias a Pedro por el brazalete enviado de Londres, prenda que
encontraba del mejor gusto, informndose despus del sincero inters la
noble criatura! de la salud de la seora de Montauron y respondindole
su sobrino que continuaba tan lozana como en sus mejores tiempos. Parece
ocioso aadir que nadie crey esto, ni aun el que lo afirmaba; pero,
como a todos les tena sin cuidado la baronesa, no se insisti sobre ese
punto, y as, el marqus, despus de prodigar sus alabanzas al esbozado
retrato, que en efecto prometa ser una obra maestra, se despidi de
los recin casados.

Y se retir llevando impreso a fuego en su imaginacin el cuadro de este
interior honrado y venturoso, que es la idea perdurable de los hastiados
vividores de su edad, hogar que l mismo haba soado con tan sincero
ardor.

Ay! qu engaosas son con frecuencia esas escenas de aparente dicha!
Cuntas veces al penetrar en la intimidad de un saln de familia,
cuntas veces al pasar delante de la verja de alguna riente quinta,
baada por el sol, rebosando de flores, alegrada por la argentina risa
de los nios, hemos dicho: he aqu la dicha!... Y cuntas veces nos
hemos engaado!

Tal cual la vio, oy y admir Fabrice por la primera vez en el blanco
saln de la baronesa, con su belleza de Musa y su voz grave y melodiosa,
tal est Beatriz delante de l en estos momentos... Y Beatriz es su
mujer: tiene all, adems, bajo su vista, cerca del corazn, su hija y
su arte, es decir, todo cuanto ama en el mundo... y no es dichoso... Las
venenosas insinuaciones de la seora de Montauron voltejean traidoras,
implacables por su cabeza. Le parece advertir en los procederes de
Beatriz hacia l algo as como una especie de tristeza resignada, una
carencia de amante abandonado, cierta frialdad un tanto desdeosa que
parecen justificar las prfidas profecas de la baronesa. Aunque aquella
hermosa estatua le pertenezca, siente que no es suya, que hay en ella
algo que se rebela, un fondo de ternura apasionada que no se entrega,
que se guarda como en reserva. Y como le es imposible sospechar siquiera
que en el corazn de su mujer tiene un rival, se culpa a s mismo, y un
poco tambin a lo que le rodea. Experimenta una inquietud indefinible,
se vigila con penosa desconfianza a s mismo; teme que haya en su
lenguaje, en sus maneras, en sus hbitos personales algunas torpezas
involuntarias que hieran los instintos delicados, los refinados gustos,
la superior cultura de su aristocrtica consorte, y al mismo tiempo
tiembla por el vejamen que para ella puede ser el contacto con ciertas
relaciones un poco vulgares que el oficio y el compaerismo imponen al
artista.

Por desgracia, las aprensiones que asaltan a Fabrice no se hallan
distantes de la certeza; aunque lo haya aceptado nicamente por
desesperacin, Beatriz ha entrado en casa del pintor como mujer honrada,
con la ms sincera resolucin de sofocar todo sentimiento en
contradiccin con sus nuevos deberes, y decidida firmemente a
identificarse con su marido; pero aunque estime sus talentos, hay en el
arte del pintor algo de manual, un no saba qu de mercantil que chocaba
a esta altiva patricia. Nota tambin ella y nota con dolor, casi con
ira, en los pequeos detalles de la vida comn, ligeros solecismos de
buen gusto, pecados veniales de ignorancia, faltas de menor cuanta
contra ciertos principios, que denuncian en el pobre grande hombre las
explicables lagunas de su educacin primera, y las mujeres del temple y
clase de Beatriz perdonan con ms facilidad un vicio, tal vez un
crimen, que una incorreccin.

Conociendo Fabrice la pasin de su mujer por los ejercicios del sport,
quiso que ella volviese a montar a caballo y aun l mismo se haba dado
a la equitacin haca dos o tres meses, acompaando frecuentemente a su
mujer en sus paseos matutinos al _Bosque_. Jacques era un jinete
atrevido y slido, pero montaba mal, sin escuela y sin elegancia: su
mujer se senta avergonzada, y buscaba las ms de las veces un pretexto
cualquiera para no acompaarlo, prefiriendo privarse de su placer
favorito antes que ver sonrerse al pasar su marido, a los correctos
jinetes de la avenida de las _Acacias_.

Haba ms todava: contbanse entre los ntimos del taller de Fabrice,
cual acontece en todos aquellos, algunos aficionados y compaeros de
juventud del pintor, formando ms o menos en las filas del arte y de la
literatura, cuyo tono y manera disgustaban extremadamente a Beatriz y
era en vano que el artista pretextase su apremiante trabajo, era en vano
que se esforzara en desalentar a estos parsitos contertulios, con
especial a aquellos que se distinguan por sus procederes y maneras de
bohemios. Contbase en el nmero de estos ltimos, uno que, para
desgracia de Jacques, se crea ste en el deber de tolerar; llambase el
tal Gustavo Calvat, era hermano de la primera mujer de Fabrice y, por
consecuencia, to de Marcelita; sus relaciones con el pintor remontaban
a la poca, ya lejana, en que los dos fueron discpulos de idntico
maestro en el mismo taller. El punto de partida era, pues, comn, pero
mientras Fabrice, por el no interrumpido esfuerzo y constante y austero
trabajo, llegara poco a poco al pice de su arte, Gustavo Calvat
embotaba sus aptitudes y perda lastimosamente el tiempo en palabras,
proyectos, teoras, crticas trascendentales y elucubraciones estticas
que le conquistaban la admiracin del bulevar de las Batignolles...

T hablas mucho y dibujas poco, le deca sobriamente Jacques.

Calvat se llev mucho tiempo buscando qu gnero de pintura podra
convenir mejor a su siglo y a su talento, creyendo varias veces haberlo
al fin encontrado. Durante un viaje por Italia, que hizo a costa de
Fabrice, se haba decidido con ardor por los pintores primitivos, y
volvi no hablando sino de Duccio, Cimabue, Giotto, Tadeo Gaddi, el
Massaccio y el Perugino, entonando himnos interminables a los mosaicos
de San Miniato y a la simplicidad hiertica de los bizantinos. En esas
fuentes frescas y puras era, segn l deca con churrigueresca
verbosidad, en donde deban vigorizarse las anmicas artes del siglo
XIX. l, personalmente, se haca el apstol y el precursor de un nuevo
Renacimiento... porque l, Calvat, haba penetrado por manera
indestructible, la inspiracin y los procedimientos de esos inimitables
patriarcas de lo bello... Y cules eran esos procedimientos?... La
sinceridad... el candor... la fe... El artista deba principiar por
borrar de un rasgo la historia del mundo, a contar del ao 1400...
olvidar redondamente que ha habido un Lutero, un Voltaire, que se ha
tomado la Bastilla... era preciso no acordarse del 89... etctera,
etctera... cerrar los ojos, recogerse en s mismo... arrodillarse en
espritu en medio de un captulo de viejos monjes del siglo XIV...
Despus abrir de nuevo los ojos y mirar al cielo piadosa, humildemente,
cual un nio que reza su oracin... Y entonces... entonces... tomar la
paleta y pintar. Y esto diciendo, trazaba en el aire con contorsiones
de posedo el disparatado bosquejo de una obra maestra imaginaria. Era
curioso, en verdad, ver a Gustavo desarrollar esta teora dando a su
cara de _bohemio_ aires de vidente, mientras haca muecas
prerrafalicas.

Despus de haber hecho una _Anunciacin_, de estilo bizantino, y una
_Santa Familia_, sobre fondo de oro, qued desazonado, cobrando horror a
los primitivos (haba de qu). Pas despus a imitar los maestros
venecianos... luego la escuela flamenca y holandesa que tanto se
aproxima a la naturaleza... despus pint la naturaleza, misma... Este
fue el ltimo crimen, porque sus obras, que nunca fueron buenas,
concluyeron por ser aborrecibles!

Fabrice procur en vano hacerle comprender que el arte de ninguna manera
consiste en servilmente copiar a la naturaleza, la que en s misma es
inerte y muda, sino en reflejar sobre ella las ideas que su
contemplacin sugiere a nuestra mente, prestndole un algo de esa alma
que nosotros poseemos y de que ella carece; pero Calvat al or tan
exactos y atinados razonamientos, rompa en indignacin, apostrofando a
su cuado de ser pintor de damiselas, de paisajista de corte, envindolo
por fin a esa repulsiva fosa comn del ya difunto idealismo, es decir,
la Academia.

Jacques, por ntima complexin bondadoso, rea a ms no poder de la
grrula charla de Gustavo y de su pintura por el mtodo de las
gesticulaciones, mas lo que no le perdonaba fcilmente era el desorden
de su vida, que entera se deslizaba en cafs y cerveceras, y aun ms lo
disgustaba el perverso espritu de envidia, la hostilidad maldiciente
con que denigraba a todo lo que vala ms que l. A pesar de todo,
Fabrice continuaba acogiendo amistosamente a este triste pariente y aun
sacndolo de muy repetidos aprietos monetarios, y se conduca as porque
en su piedad de hombre honrado consideraba que aqul era el hermano de
su primera mujer, criatura que, si enojosa en vida, reposaba ya en la
huesa, despus porque Calvat tena un mrito siempre grande a los ojos
de un padre; el de amar a su hija divirtindola al mismo tiempo, porque
con sus tendencias y aficiones a la mmica, le representaba escenas de
Guignol, imitaba el grito de diversos animales y los sonidos de varios
instrumentos: era, en suma, un farsante que, con sus mil arlequinadas,
arrancaba a la nia esas infantiles carcajadas que suenan tan gratas en
los paternos odos.

Desde el primer momento este joven avejentado, gritn, charlatn,
maltrecho de traje y no limpio de persona, con nariz como pico de ave
carnicera, pegajoso bigote, dudosas uas y marcado olor a tabaco y
cerveza, inspir a Beatriz la ms profunda antipata. Cierto es que se
haba sentido conmovida ante las razones de sentimiento en que su marido
fundaba su tolerancia, mas no por eso dejaba de ser para ella una
contrariedad de las ms fuertes tener que sufrir a la continua el trato
y la presencia de semejante documento.

Calvat vio por su parte con muy malos ojos el matrimonio de Fabrice con
esta gran dama, cuyos desdenes presenta, y que iba a ser un fiscal
implacable de sus habituales inconveniencias, y adems le molestaba que
ahora cada vez que iba a ver a su sobrina tena que ponerse _paquete_.
Trascendental motivo de rencor! Aparte del cual inspirbale Beatriz esa
aversin odiosa que senta por todo lo que fuese superior, a l, ora en
el orden fsico, ya en el moral e intelectual. Por ltimo, se senta
inquieto en el nico honrado sentimiento que le restase, temiendo que la
nueva esposa de su cuado no le arrebatara la afeccin de Marcelita a
quien, en su entender, alejara de l poco a poco la altanera madrastra.

Por todas estas comprensibles razones, tanto Calvat aborreca a Beatriz
cuanto sta lo despreciaba, y la mutua antipata de estos seres, unidos
por diablico designio, no poda menos de crecer ms, y ms emponzoarse
con el transcurso del tiempo.




X

CONFIDENCIAS


Debe reposar sobre algn principio cientfico, ser tal vez un fenmeno
de sugestin, ese afecto constante, seguro y marcado de todos los
maridos hacia el hombre que sus mujeres aman. El pobre Fabrice no deba
escapar a esa fatalidad: desde el regreso de Pierrepont mostraba por l
an ms efusiva amistad que en los mejores tiempos del pasado, lo que
quizs explicaba, el deseo de ganar para Beatriz la compaa de un tan
consumado y brillante hombre de mundo cual era el marqus. Habiendo
mostrado ste una muy natural reserva en renovar sus visitas a la joven
pareja, el pintor le dirigi reproches y lo mortific a este respecto de
una manera hasta enojosa; de todas las involuntarias torpezas en que
incurrir pudo ante los ojos de su mujer nuestro pintor, no fue sta la
que menos dej de chocarle, porque olvidando que Jacques ignoraba en
absoluto el recproco secreto de ella con Pierrepont, vio en la
insistencia de su marido para atraer al marqus al domicilio conyugal
una falta de tacto, una inhabilidad peligrosa, y lo que es ms, un
rasgo de maldad con respecto a ella. Cmo! cuando ella misma agotaba
voluntad y valor por expulsar para siempre de su alma el pensamiento de
ese hombre, que tanto haba amado, era su propio marido quien se lo
traa de la mano imponindole su presencia turbadora!

Fue sta una nueva inculpacin que formul contra Jacques y que, como
las otras, no tena tampoco fundamento alguno de justicia, mas cuando
una mujer tiene la desgracia de no amar a su marido, encuentra siempre
motivo para atenuar a sus propios ojos la sin razn que su conciencia
ntima reprueba, y al proceder as obra de buena fe, porque para su alma
ulcerada todos son sufrimientos, para su enfermo corazn todas son
heridas.

Era, sin embargo, tan elevado el temple de carcter de Beatriz, que ni
un momento pas por su mente la idea de ceder a la tentacin, abusando
de la vulgar ceguera de su marido; persisti, pues, en la conducta que
de antemano se haba trazado al prever, ms o menos tarde, la vuelta de
Pierrepont, y fue para ella tanto menor dificultad tenerlo a distancia,
cuanto que Pedro procuraba, por su parte, altivo y desdeoso, mantenerse
lejos de Beatriz, prefiriendo los reproches del marido al desprecio de
la mujer.

Fabrice, sin embargo, aunque sintiendo amargamente la frialdad sombra
en que su mujer se encerrara, no desconfiaba vencerla a la larga en
fuerza de generosas y delicadas atenciones. Despus de haber consentido
y mimado de todas maneras durante el invierno a su ingrato dolo, le
tom para el verano una linda quinta entre Meudon y Bellevue, cuya
quinta tena, entre otras ventajas, la de aproximarla a su amiga la
seora de Aymaret, quien pasaba el esto de aquel ao en Versalles. La
mansin, con frecuencia habitada por pintores, era bastante sencilla,
pero dominaba el radiante valle del Sena, mientras que a sus espaldas
desarrollbase el siempre grandioso panorama de Pars. La planta baja se
abra sobre un vasto jardn que bajaba hasta el ro en suave pendiente a
travs de bosquecillos y malezas llenas de gracia en medio de su
abandono un tanto agreste: prximo a la casa cierta especie de
colgadizo, grande y acristalado, serva a Jacques de taller. En la parte
baja del jardn una espaciosa avenida rectilnea, bordeada de arrayanes
entrelazados, pareca por su grandioso estilo ser el resto de un parque
de cualquier antiguo castillo, y un camino pblico, profundamente
encajonado, corra por de fuera. Esta avenida se encontraba limitada en
sus dos extremidades por muros muy elevados contra uno de los cuales
habase puesto un blanco, y en frente, al otro lado, un asiento rstico;
era nuestra alameda, en fin, un lugar particularmente retirado y
solitario que haca las delicias de la mujer del pintor. All pasaba
cierto da Beatriz sus ensueos, y era una ardiente maana de julio, a
fines, cuando vio aparecer en el recodo del vecino sendero a la
vizcondesa de Aymaret, que le dijo en festivo tono:

--Estaba segura de encontrarte en la alameda de los suspiros!

En seguida, despus de haberla besado:

--Vengo a darte una noticia... bastante inesperada... La pobre baronesa,
que se lisonjeaba de tener treinta aos por delante...

--Qu!--exclamo Beatriz tornando violentamente el brazo de su amiga.

--Se muri anoche, hija ma, de un ataque de gota al corazn...
Pierrepont me enva un telegrama encargndome que te lo prevenga...

La seora de Aymaret se interrumpi; Beatriz, cubierto el rostro de
palidez mortal, la miraba con aterradora fijeza... dbil contorsin
pleg sus labios, apoy la espalda contra los arrayanes, pero sus
rodillas se doblaron y cay desplomada.

La vizcondesa lanz un ligero grito, titube un momento, mas advirtiendo
que se hallaba demasiado lejos de la habitacin para ser oda,
arrodillse delante de la joven desmayada e hzole respirar su frasquito
de sales, prodigndole al mismo tiempo dulces palabras. Beatriz volvi
lentamente a la vida, y mientras se levantaba desconcertada y atnita:

--Qu he tenido?--murmur en dbil voz.

Un pliegue sombro obscureci su ntida frente de diosa y la sangre
agolpse a sus mejillas.

--Ah! ya me acuerdo!

--Quieres que vaya y llame a tu marido?

--No... No... adems, sera intil... Est en Pars... Tienes ah el
telegrama?

--Tmalo.

Beatriz lo ley, e inclinando con desaliento la cabeza:

--Oh! Dios mo... esto es ya lo ltimo!--dijo en casi imperceptible
tono.

Y como la seora de Aymaret la mirase con estupor:

--Me crees loca?--continu...--No te explicas la emocin que me causa
la muerte de esa mujer?

--No... no te comprendo... pero absolutamente!

--Bueno! pues vas a comprenderme; pero promteme que lo que voy a
decirte quedar para siempre entre las dos.

--Te lo prometo... pero me das miedo... qu es esto?... qu hay?

--Hay, mi querida Elisa, que yo amaba al marqus de Pierrepont... lo amo
de toda mi vida... y si rehus su mano es porque la ta me jur que lo
desheredaba si se casaba conmigo... y hoy ha muerto... entiendes?... ha
muerto algunos meses despus de mi matrimonio con otro... si hubiese
esperado este poco de tiempo sera su mujer... ahora me encuentro
separada de l para siempre... y lo amo ms que nunca!

Ocult el rostro entre sus manos y rompi a llorar.

Para la seora de Aymaret, que hasta este instante mismo continuaba
creyendo que Beatriz se haba casado con Fabrice por un arrebato de
amor, fue esta revelacin tan nueva, tan imprevista, que en el primer
momento no pudo responder a su amiga sino con vagas exclamaciones de
admiracin y lstima.

--Ah! pero es posible?... Pobre amiga ma!... Pobre amada ma! Cmo
no me lo habas dicho antes?

Beatriz le cont entonces brevemente lo que haba pasado an no haca un
ao entre ella y la baronesa de Montauron, el juramento que ella
empeara, juramento que la muerte rompa ahora.

--Y aun cuando hubiese podido comunicarte mi secreto, no lo hubiera
hecho... te conozco. Lo habras contado todo al marqus, ste hubiera
roto con su ta y vendramos, hoy a estar en el mismo caso... Su ruina
estara consumada, teniendo yo tal vez un da que sufrir sus
reproches!... No, eso no!... Mi nica falta ha sido haber abandonado mi
primera inspiracin de entrar en el convento en lugar de contraer este
desdichado matrimonio, engaando a un hombre honrado.

--Pero--arguy la seora de Aymaret--, a ese hombre honrado, que es al
mismo tiempo un hombre de corazn y un hombre de talento, no puedes
amarlo un poco siquiera?

--Lo he procurado... pero no puedo... Juzga mi situacin--replic
Beatriz con suma viveza.

Y entonces puso a su amiga en antecedentes de sus primeros disgustos
domsticos, de sus decepciones continuas, de sus repulsiones secretas.
La seora de Aymaret afect chancear acerca de estas pequeas miserias
comparndolas con los dolores realmente trascendentales de la vida,
exponiendo con mucho acierto a Beatriz que para borrar esas ligeras
faltas de educacin de que adoleca Fabrice, le bastara con dar a ste,
poco a poco, y como en broma, algunas lecciones de perfecta correccin,
que, a no dudar, su marido recibira con buena, voluntad.

El verdadero dolor para Beatriz estaba en ese perturbador amor que, a
pesar suyo, la siguiera a su hogar, perturbador amor que la desalentaba
en todos sus propsitos emponzoando su existencia, ilegtimo afecto de
que era necesario denodadamente hacer el sacrificio.

--Muy fcil de decir!--replic su amiga.

Entonces la seora de Aymaret, tomando un tono confidencial, le hizo
entender que ella tuvo necesidad de hacer un anlogo, haca algunos
aos, y que le constaba ser difcil, mas no imposible, llevarlo a
cabo...

--Y confesars, amada ma, que yo hubiese tenido ms excusas que t!

--Y de qu medio te has valido?--interrog Beatriz, a quien esta
misteriosa revelacin le interesaba--Has dejado de verle?

--Amada ma, eso de dejar de verse no son ms que palabras cuando se
vive en la misma esfera social... No... pura y simplemente he cambiado
mi amor en amistad... De esta manera el corazn no lo pierde todo...

Beatriz la mir de hito en hito.

--Ese es Pierrepont!--le dijo con voz muy baja.

--De esto hace cuatro aos--prosigui la vizcondesa--. No recuerdo quin
distintamente... pero se pareca algo al que has nombrado... Por otra
parte, puedes estar tranquila... no me quera a m tanto como a ti...
porque a m no se me insinu para casarme...

Beatriz titube un momento, pero al cabo atrajo hacia s tiernamente a
su amiga, besndose las dos en medio de abundantes lgrimas.

--En fin! procurar--afirm Beatriz--; me ayudars con tus consejos y
tu ejemplo... pero t eres una valerosa y prudente mujercita, y yo soy
un pobre ser dbil y despechado... No hay mal que por bien no venga:
siquiera ahora tengo el consuelo de poder hablar contigo de todas estas
cosas... pero por Dios ni una palabra al marqus de lo que te he
confiado!...

--Si cometiese semejante falta--replic la seora de Aymaret riendo--,
no sera una prudente mujercita!...

Caa la tarde y las dos amigas se despidieron.

Pero Elisa vino a ver a Beatriz con frecuencia hasta tanto que pareci
sta a la vizcondesa ms calmada. Sin embargo, a pesar de las tiernas
exhortaciones de la seora de Aymaret, era imposible que Beatriz no se
sintiese profundamente turbada por las reflexiones que forzosamente
haba de sugerirle la muerte de la seora de Montauron; era imposible
que en adelante no le pareciesen todava ms pesados sus deberes,
todava ms amargas sus contrariedades.




XI

FIN DE SIGLO


No habiendo dejado la seora de Montauron disposiciones testamentarias,
vena a ser su legtimo heredero el marqus de Pierrepont, quien por
este hecho reuna en sus manos una renta de ms de cuatrocientos mil
francos.

Pas Pedro el primer perodo del luto cazando en los Genets y regres a
Pars hacia fin de octubre instalndose en el hotel de la calle
Varennes, que perteneci a su ta, pero conservando al propio tiempo su
entresuelo del bulevar Malesherbes, detalle que haca sonrer a las
seoras... Fue el marqus, aun en los tiempos de su relativa pobreza,
personalidad muy buscada en el alto mundo parisiense por cuanto su
gracia caballeresca, su dignidad personal, su galantera discreta,
hicieron de l el prototipo de la ms correcta distincin.

Sorpresa, y sorpresa ingrata produjo, pues, verlo reaparecer en la
escena donde era tan conocido y apreciado, con procederes mucho menos
irreprochables. Ya el pasado invierno, despus de su vuelta de Londres,
notronse cambios singulares en las costumbres de Pierrepont, pues se le
vio con frecuencia en el teatro ocupando el segundo trmino de un palco
de escena en compaa de _seoritas_, muy agradables sin duda alguna,
pero con las cuales no es uso mostrarse en pblico, una vez pasados los
das de la adolescencia.

Este particular, como puede recordarse, no escap a la mirada de la
seorita de La Treillade, penetrante y adelantada criatura! Mostrse
igualmente Pierrepont cabalgando sin aprensiones en las avenidas del
_Bosque_ al lado de ciertas amazonas que no blasonaban de virtuosas, lo
que no dej de admirar tambin, mucho ms tratndose de un hombre que
hasta entonces conquistara con justicia la reputacin de discreto y
decente. Y aun se deca ms: se deca que nuestro personaje haba
contrado en Inglaterra un vicio, no tan raro en aquel pas como lo es
en cualquier otro fuera de las islas. Al menos el vizconde de Aymaret,
juez competente en estas materias, aseguraba a su mujer que ese diablo
de Pierrepont trajo de por all una aficin un tanto desmedida al Jerez
y al brandy.

Las dos personas que en Pars se interesaban por el marqus, a saber:
Beatriz y la seora de Aymaret, estaban consternadas con la divulgacin
de tales desfavorables hablillas, pero haban acabado por engaarse a s
mismas, conviniendo que aquellas voces no eran ms que el despecho de la
envidia impotente.

Sin embargo, fuerza era convencerse, porque apenas de regreso en Pars,
desvanecido por su inesperada fortuna, el heredero de la seora de
Montauron acentu de modo tan escandaloso sus deslices, que aun sus ms
ardientes devotos tuvieron que confesar la extraa y desfavorable
metamorfosis que en la conducta y el carcter de aqul se efectuara;
nunca fue Pedro un puritano, es cierto, pero siempre se le vea llevar a
sus aventuras galantes aquella delicadeza moral que ellas reclaman, y
que consiste, para el hombre de honor, en ocultar al pblico sus
debilidades en asuntos de amor, y con mucho ms motivo que sus
debilidades sus vicios, mientras que ahora pareca como si el marqus
pusiera empeo en desafiar la opinin. Tal vez en consideracin a ese
menguado propsito pregonaba a la luz del da sus relaciones con cierta
comiquilla que merced a las larguezas del tardo calavera arrastraba en
el _Bosque_ uno de los mejores equipajes de Pars, y aun se aada que
no era sta la mayor de sus locuras, comenzando a prestrsele detalles
de vida y costumbres que informaban los ms deplorables caracteres.
Hablbase entre dientes, por los salones, de ciertas cenas semanales
donde se reunan con el marqus y sus amigos esas mujeres sin principio
que Pars ve girar cual estrellas errantes entre los confines de la
buena sociedad y de la sociedad dudosa, no faltando quien asegurara que
de aquellas personas, algunas eran llevadas a tan orgisticos festines
por sus mismos maridos, lo que hace de tales entes el ms cumplido
elogio.

Contbanse en desdoro de Pierrepont otras imprudentes excentricidades
del mismo jaez que no hace al caso precisar aqu, y que sin herir por
incurable manera el honor de aqul, levantaban en torno de su nombre,
hasta entonces tan respetado, ciertos lamentables rumores de
desestimacin.

Beatriz y la seora de Aymaret se hallaban demasiado mezcladas al
movimiento parisiense para que no se les ofreciera la ocasin de
verificar por s mismas, ya en el _Bosque_, ora en el teatro, los
desrdenes que con tanta imprudencia a la vista de todos desplegaba el
marqus, y adems la vizcondesa estaba en autos a estos respectos por su
propio marido, consuetudinario comensal de las famosas citadas cenas,
mientras que el portavoz para con Beatriz era Gustavo Calvat, a quien
sus jocosidades de _bohemio_, aunque menospreciado, divertido,
introducan en los teatros y en los cafs de periodistas donde
vidamente recoga los escndalos corrientes del Pars a la moda. Nunca
haban existido entre Pierrepont y aquel ejemplar, a quien Pedro
encontraba de continuo en el taller de Fabrice, grandes simpatas, por
cuya razn pona Calvat esmeradsimo empeo en poner de relieve, sobre
todo delante de Beatriz, a fin de mortificarla, las calaveradas del
marqus, adivinando las secretas solidaridades de sta con un hombre
nacido en su misma clase social. Pero, lo que ms indiscutiblemente
acusaba a Pierrepont ante los ojos de las jvenes amigas, era ese
completo y absoluto alejamiento de aqul hacia ellas, cual si el
marqus hiciera por el hecho una tcita confesin de su indignidad;
jams apareca por el taller de Fabrice, con grande afliccin del
pintor, que tan sinceramente estimaba a aquel antiguo compaero del
combate y de la ambulancia.

No era de extraar su proceder con Jacques, puesto que Pedro haba
renegado de la mayor parte de sus antiguas relaciones: veasele, sin
embargo, de vez en cuando en el mundo, puesto que lo encontramos, hacia
mediados de diciembre, en el saloncito privado de Mariana de La
Treillade, si bien es cierto que una circunstancia especial lo llevaba a
ese elegante santuario de la malicia, puesto que Pierrepont vena a
felicitar a Marianita por su prximo matrimonio. S, al fin esta linda
joven se casa, se casa con el barn Julio Grbe, hijo de un acaudalado
banquero de Pars. Julio es ya heredero por lnea directa de una docena
de millones de francos, y espera suceder a su to en igual suma redonda.

En el momento en que Pierrepont se presenta, la seora de La Treillade
va a salir, muy ocupada con la instalacin de su hija, y ruega a aqul
que la dispense si lo deja solo con su hija y miss Eva.

--Seorita--le dice sentndose y afectando un aire de gravedad bastante
equvoco--, permtame que le dirija las ms respetuosas
felicitaciones... Se casa usted con uno de mis mejores amigos... un
perfecto caballero... y una excelente persona de quien har usted cuanto
usted quiera.

--No s--responde Mariana, mirndolo de lleno con sus grandes ojos
burlones--, no s si es tan arreglado como usted dice, pero, en todo
caso, le da un ejemplo que debiera usted imitar... pone a tiempo un
punto final!

--Pero, desgraciadamente, no a todos se presenta tan propicia ocasin
como lo es sta.

--Y note usted--contina Mariana--, que es bastante ms joven que usted.

--S, pero yo soy muy joven para mi edad, seorita!

--As se dice al menos!

--Y bien dicen... mientras que l, Julio, es casi un viejo para la que
tiene.

--Eso me encanta; no podra usted hacerme mayor elogio... Yo soy de un
natural tan suave, tranquilo y sensible, que un marido demasiado vivo de
carcter me hara sufrir mucho.

--Estoy tan convencido, desde hace mucho tiempo, de lo que me dice
usted, seorita, que hasta me he permitido poner en antecedentes sobre
el particular a mi joven camarada.

--Cmo as, mi querido amigo?

--Como usted lo oye... Amado Julio--le he dicho... tan ntima es
nuestra amistad!...--He tenido el gusto de conocer a la seorita de La
Treillade en casa de mi ta, durante una temporada de campo... con ese
motivo tuve la ocasin de estudiarla, descubriendo en ella una dulzura,
una sensibilidad, y permtame la expresin, seorita... un candor... que
exigen los mayores miramientos.

--Seor de Pierrepont, no s realmente cmo darle las gracias por sus
bondades conmigo...

--No hacen ms que principiar, seorita... si usted tiene a bien
alentarlas!

--Pues bien, las aliento... Continuar usted visitndome despus de
casada?

--Todos los das, si me lo permite usted.

--Todos los das sera demasiado fatigoso para usted... porque nosotros
vamos a vivir en la calle Monceau, y es un poco lejos de su horrible
calle Varennes.

--Perdn, seorita, pero, adems del hotel de la calle Varennes,
conservo el entresuelo del bulevar Malesherbes.

--Para qu, amigo mo?

--Para tener el honor de continuar siendo vecino de usted.

--De veras!... si usted supiera cmo me divierte eso!

--A m tampoco me contrara, seorita, se lo aseguro a usted.

Este chispeante dilogo, que pareca hacer las delicias de la candorosa
institutriz, en aquellos lugares presente, fue interrumpido por la
sbita y bulliciosa irrupcin de dos o tres jvenes amigas que
invadieron el saloncito de Mariana. El fresco rostro de miss Nicholson
tom los colores de una rosa de Bengala cuando advirti que Pierrepont
se encontraba all, pero, desdichadamente, al marqus no se le antoj
prolongar su visita, por cuya razn se puso en retirada, no sin haber
antes dado la mano a Mariana, que le dijo:

--Creo que no ser la ltima vez... espero que cumplir usted su
palabra!

--Oh! de eso est usted bien segura, seorita!

Despus de los besos de ordenanza, las seoritas de Alvarez y de
Chalvin, que acompaaban a miss Nicholson, preguntaron con insistencia a
la de La Treillade si se haba ya fijado la poca del casamiento.

--S--respondi Mariana--, se ha decidido que se efecte el 5 de enero,
as como a manera de aguinaldos para m... o, mejor dicho, para mi
marido...

--Creers, querida, que an no conozco a tu marido?--dijo la seorita
de Chalvin--, y tengo una curiosidad!

--Glotona!--replic Marianita--, pues bien, relmete... va a venir...
lo estoy esperando...

--Dicen que es seductor, amada ma!

--Seductor!... aun me parece poco!...

Un momento despus la puerta se abra para dejar paso al barn Julio
Grbe, conocido por los gomosos de su laya por Fin de Siglo; era este
el sobrenombre que l se daba, llevndolo con ms orgullo que un ttulo,
en razn a que sus amigos llambanlo familiarmente por tan simblico
apodo.

Era nuestro barn hijo nico y mimadsimo por su mam, que vivi en
xtasis delante de l desde el momento en que abri los ojos a esta
pcara vida; tiernamente hubo de sonrer aquella buena seora al saber
las primeras calaveradas de su nio, contribuyendo por su parte; con
laudable empeo, a hacer de su pimpollo el insoportable seorito que
retratando vamos. Para conservar en sociedad este original la
prepotencia a que lo habituaron en familia, decidi buscar una actitud,
un algo que lo distinguiera de los dems mortales, y a falta de otros
mritos, nada encontr mejor que admirar o, ms bien, segn su lenguaje,
_espantar_ a sus contemporneos, haciendo los ms cnicos alardes de la
ms necia perversidad. Algunas nociones remotsimas de Darwin, recogidas
por aqu y por all a salto de mata, compaginadas a la diabla con
ciertas confusas pinceladas de Schopenhauer, proveyeron a nuestro
baroncito de una descabellada teora nihilista, que predicaba
impertrrito de crculo en crculo y de saln en saln, declarndose en
todas materias, literatura, poltica, artes y sobre todo en moral, tan
escptico, cansado, aburrido, desengaado y desalentado, tan corrompido
y tan caduco, tan hastiado de las viejas tradiciones, tan en
liquefaccin, en fin, que pronto sera necesario recogerlo con cuchara.
Tales eran las pretensiones del Fin de Siglo, quien, no conservando
las creencias del pasado y siendo demasiado tonto para penetrar las del
porvenir, haba acabado por no tener ninguna.

Algunos de sus camaradas de crculo, alucinados por su imperturbable
aplomo y sus grandes bienes de fortuna, concluyeron por considerarlo
cual un espritu fuerte de primera magnitud, y l mismo acab por
creerlo as tambin.

Sin embargo, y a pesar de sus prdicas, los gastos de representacin del
seor de Grbe tomaron tal vuelo en los ltimos tiempos, que su to le
prometi no slo desheredarlo, sino lo que es ms, ponerlo en tutela a
menos de entrar en mejor va, y por esta razn decidi contraer
matrimonio con Mariana de La Treillade, a quien por otra parte
proponase _espantar_ en manera extraordinaria.

Julio Grbe era un joven de veinticinco a veintisis aos, pequeo de
estatura pero bien formado y de una elegancia ultra-britnica: lo que le
desfavoreca mucho era un par de ojos muy saltones, azules plidos y
cuya expresin era casi siniestra a veces, otras semiapagada. Tena
resuelto andar, caminando con las piernas en arco, cual si aun a pie,
estuviese montado a caballo.

Y en esa triunfal apostura adelantbase por el saln de Mariana de La
Treillade, a quien salud con una ligera e irnica inclinacin de
cabeza, depositando en las hermosas manos de su prometida una enorme
caja de chocolatines: la manera de hacerle la corte fue este da
bastante singular, pues consisti en comer, a los atnitos ojos de
aquellas seoritas, una cantidad disparatada de las susodichas
golosinas, y estimulado por las risas de admiracin de la interesante
galera, persever con su aire siniestro y fro en tan culto juego hasta
verle el fondo al descomunal cartucho, no sin que abrigara serias
inquietudes acerca de sus probables consecuencias, pero haba
_espantado_ a aquellos serafines: era, pues, dichoso.

Las bodas se efectuaron tres semanas despus de la historiada proeza en
la iglesia de San Agustn, y como la joven pareja se pusiera de acuerdo
para no llevar a cabo el reglamentario viaje de novios, se instalaron la
noche misma de sus nupcias en el hotel que Marianita haba hecho comprar
a su marido, calle Monceau, hotel cuyo arreglo presidi ella misma dando
muestra en el mobiliario y tren de su proverbial buen gusto, porque no
era esta cualidad la que precisamente faltase a Mariana.

Un gabinete colgado de seda azul con botones de oro preceda a la alcoba
de la joven desposada. En l se detuvo al regreso de la iglesia, tir su
albornoz, descubri la adorable cabeza y se dej caer en un silln cual
si se sintiese cansada y aburrida de las ceremonias del casamiento;
entretanto su marido se calentaba los pies junto a la chimenea. Haba
parecido todo el da ms glacialmente desdeoso, y aun en este momento,
a solas con su joven y encantadora esposa, en los umbrales de la cmara
nupcial, no tena para su mujer otras caricias que una sonrisa burlona
en sus labios y en sus ojos una perversa mirada.

--Querida ma--le dijo de pronto--, sois del viejo rgimen?

--Viejo rgimen?... perdn... no comprendo.

--Os pregunto, querida, si tenis la simpleza de tomar en serio las
viejas rutinas sociales, las tontas convenciones de nuestros padres...
y en especial el matrimonio!

--A dnde vamos a parar, amado Julio?

--A ponernos de acuerdo desde el principio, alma ma!, y para eso es
necesario que antes nos conozcamos... En cuanto a m voy a deciros
claramente lo que soy... Os habrn contado probablemente que yo era un
libertino, un depravado, un don Juan... nada de eso, amiga ma... no soy
ms que un hombre de mi poca, desprendido de toda clase de
preocupaciones... un hombre que puede someterse a las costumbres, y a su
to... pero no me enajena la independencia.

--Y qu ms?--interrog Mariana con una sonrisa indiferente y burlona
que no dej de desconcertar a su marido.

--Y qu ms?... pues es muy sencillo... he querido deciros que podis
contar con mis ms sinceros sentimientos... pero que no debis de
esperar esas ternezas... es decir, las costumbres de uso en un
matrimonio de aldea.

--Y despus?--continu la joven con su misma sonrisa graciosa e
impasible.

--Y despus... que para sentar desde luego los precedentes de esta
independencia que reclamo... os pido permiso para ir a dar una vuelta al
crculo... por supuesto, si eso no os contrara demasiado.

--Eso no me importa nada, amigo mo.

--Debo aadir que entrar probablemente un poco tarde... hacia la
madrugada.

--Tanto mejor!--repuso ella.

--Bueno!--continu el barncito, tomando su sombrero--. De acuerdo!...
Me permits que os d un beso en la mano?

--Con mucho gusto!--y le tendi la suya enguantada.

Julio Grbe sali con aire de triunfador, ganando la calle por la
escalera privada de su departamento.

Era ste un golpe de efecto que meditaba desde haca mucho tiempo y del
que esperaba cosechar inmarcesible gloria, porque eso de ir a pasar su
noche de boda en casa de su amante no poda ser ms _fin de siglo_, nada
poda dar ms evidente testimonio de su desprecio hacia la estrecha
moral del vulgo.

Baj Julio fumando, por la avenida de Messina, dio algunos pasos por el
bulevar Haussman en direccin a la calle d'Argenson, donde viva su
amante que lo aguardaba, mas se par de pronto... De veras... lo
abandonaba el valor; fuese que la enormidad de la villana accin que
cometa, despertase su conciencia embotada, fuese que la tranquila
irona de Mariana lo inquietara, fuese que realmente estuviese enamorado
de su mujer, ocultando su afecto por un estpido y torcido amor propio,
lo cierto es que renunci a llevar ms lejos su indigna fanfarronada y
tom de nuevo el camino de la calle Monceau. Despus de tan corta
ausencia, le sera fcil hacer pasar, la cosa como una simple broma.

Ya en su casa, entr sonriendo en el gabinete donde haba quedado su
mujer; las lmparas ardan todava, pero Mariana no estaba; despus de
haberla llamado con discrecin, penetr en el dormitorio dbilmente
alumbrado, mas vio sorprendido que no haba nadie; subi corriendo a las
habitaciones de miss Brown. Miss Brown tampoco estaba; no atrevindose a
interrogar a la servidumbre, sali de nuevo y fue a tomar noticias al
hotel del parque Monceau donde viva la seora de La Treillade. Mariana
no haba parecido por all; entonces volvi a su domicilio y pas la
noche pasendose en el gabinete de su esposa desde las doce hasta las
siete de la maana, a cuya hora tuvo el gusto de verla entrar plida y
yerta de fro, envuelta en un abrigo de pieles.

--De dnde vens?--le pregunt con voz ahogada.

--Vengo de pasear mi libertad como vos paseis la vuestra.

--Me parece bien!--grit el barn.

--No es verdad?--repuso framente Mariana.

--Pero es que no ha sido ms que una broma!

--Una broma ha sido tambin la ma.

--Por quin me tomis?--pregunt al fin, rojo de clera.

--Os tomo por un pobre hombre desenterrado... Vamos, idos a dormir...
Vamos, idos!

Mariana le mostr la puerta y l sali mansamente... Estaba _espantado_.

--Querido--deca Julio algunos das despus en tono confidencial a su
amigo Pierrepont--, sabes que si yo soy _fin de siglo_, mi mujer lo es
an ms que yo!

--Me admiras, Julio--respondi Pierrepont.




XII

EL PALCO DEL TEATRO FRANCS


Dos meses despus del casamiento de la seorita de La Treillade con el
barn Julio Grbe, Fabrice y su mujer, acompaados de los seores de
Aymaret, fueron una noche al teatro Francs.

Ocupaban aquel grande y conocido palco de escena que la administracin
del establecimiento se reserva, cedindolo de cuando en cuando a los
amigos de la casa, y ese palco es tanto ms buscado cuanto que de l
depende un saloncito colocado enfrente del otro lado del corredor.

Eran las nueve y media y acababa de levantarse el teln para dar
principio al segundo acto de _Mademoiselle de la Seiglire_, cuando la
atencin que Beatriz y la de Aymaret prestaban a la pieza, fue
bruscamente interrumpida por la estruendosa entrada que efectuaban tres
o cuatro personas en el palco opuesto al que ocupaban nuestras
conocidas, quienes reconocieron en seguida a la baronesa de Grbe, por
su familia de La Treillade, escoltada de su fiel institutriz y seguida
del marido y del marqus de Pierrepont.

Estas seoras y caballeros parecan estar de muy buen humor, tanto, que
la exuberancia de sus demostraciones levantaron en la sala algunos
murmullos de descontento.

Todo Pars se ocupaba haca algn tiempo de la intimidad de Pierrepont
con la joven baronesa de Grbe, y en cuanto al barn, enteramente
domado, fascinado e hipnotizado por su mujer, haba concludo por formar
parte de la numerossima cohorte de maridos de que rebosa el mundo y de
los cuales no sabe uno si compadecer la ceguera o admirar la
complacencia. Aun para los que desconocan los escabrosos detalles de
estas relaciones pblicas del marqus con la tierna recin casada, la
circunstancia precisamente de la extremada juventud de su cmplice, le
daba un aire de criminal corrupcin de menores que causaba universal
repugnancia. Fue esta grave falta nuevo motivo de tristeza para sus
amigos de otros tiempos, que vean degradarse bajo sus ojos, de
escndalo en escndalo, esta noble, delicada y caballeresca figura que
tanto los haba hechizado en otros tiempos.

Mucho tiempo haca que Beatriz y su amiga ni pronunciaban siquiera el
nombre del marqus, cuando sufrieron la contrariedad de encontrarse con
l y Mariana cara a cara en una funcin del teatro Francs. No tardaron
en advertir que a su vez fueron reconocidas, considerada la expresin de
fisonoma de los vecinos y el incesante jugar de los anteojos; Mariana
se expresaba con viveza, pareciendo mostrar decidido empeo en llamar
la atencin del marqus sobre el palco de Fabrice.

En el entreacto Jacques, a quien un trabajo urgente llamaba a casa, se
retir, seguido del vizconde, que se fue al crculo a jugar su
indispensable partida de _bsigue_. La seora de Aymaret deba acompaar
a Beatriz a su domicilio al concluir el espectculo.

En los mismos momentos en que los dos maridos abandonaban la sala,
Pierrepont, pareciendo obedecer contra su voluntad una orden de Mariana,
se levantaba y sala de su localidad. Beatriz, que tras del abanico no
cesaba de mirarlo, sinti que el corazn se le saltaba del pecho, y aun
tuvo que ponerse sobre l la mano para contener sus violentos latidos.

--Qu tienes... qu te ha dado?--le pregunt la vizcondesa.

--Estoy segura de que viene a vernos!

--Qu disparate!... Ests loca?

--Ya lo vers!

Tres o cuatro minutos despus tocaron ligeramente la puerta del palco.
La seora de Aymaret se levant a abrir y Pierrepont entr.

Salud cortsmente pero con frialdad, y ech a su alrededor una mirada
como extraando encontrar solas a las dos damas.

--Pues qu, se ha ido Jacques?--les pregunt.

--S--respondi la vizcondesa--; acaba de irse.

--Oh!... qu fastidio!... qu fastidio!--aadi Pedro ocupando con
cierta extraa torpeza el asiento que le ofrecan, con torpeza tal que
se le cay el anteojo de teatro, recogindolo con risas tan exageradas
que chocaron a aqullas damas--. Estaba encargado de trasmitirle una
misiva... una misiva... a ese buen Jacques... pero no dudo de que la
seora Fabrice tendr a bien servirme de intermediaria... y naturalmente
obtendr de su marido cuanto le pida...

La incorreccin del lenguaje del marqus, el balbuciente acento con que
acompaara sus palabras, lo descompuesto de su gesto y modales, no
escaparon a las jvenes amigas, que convinieron dolorosamente para sus
adentros en cmo eran una verdad los hbitos de intemperancia que se le
atribuan a aqul.

--He aqu el caso--continu Pierrepont, mientras las seoras escuchaban
con verdadero estupor--. Todo el mundo se ocupa del retrato de miss
Nicholson que Fabrice acaba de terminar... una obra maestra segn
dicen... la baronesa Grbe est encaprichada de tener uno tambin...
pintado por la mano del grande artista... pero segn parece... est
recargado de trabajo... rehusa clientela... hay que aguardar turno...
hacer antesala... y yo quisiera uno... un retrato... de la mujer de mi
joven amigo... por intermedio, repito, de la seora Fabrice.

Ni la ndole de la peticin, ni las formas con que fuera hecha, eran
asuntos que pudiesen complacer a Beatriz.

--Mi marido--respondi aqulla con glacial desdn--jams me consulta
acerca de los modelos de mi agrado... Nunca hablamos de cosas que se
refieren a su profesin.

--Ah!... segn parece... la seora de Fabrice nos niega su apoyo... en
este particular?

--S, seor, lo niego--replic Beatriz levantndose con dignidad--.
Elisa, permite que me sirva de tu cup; volver dentro de veinte
minutos.

Pas altivamente delante de Pierrepont, abri la puerta del palco y
entr en el saln de enfrente ponindose su abrigo de pieles. La seora
de Aymaret haba venido a ayudarla; dironse la mano y Beatriz se fue.

Pierrepont de pie, inmvil, mudo, asista en la penumbra del palco a
esta breve escena. Por fin, decidise a ir al encuentro de la vizcondesa
que permaneca en el saloncito; la interesante dama se haba sentado en
un divn y respiraba con dificultad cual si una mano de gigante le
oprimiera el corazn. El marqus parse delante de ella, agitadas las
manos por un ligero temblor, encendidas la frente y las mejillas, porque
la clera haba acabado por trastornarlo, y siempre balbuciente ensay
formular una disculpa.

--A usted se lo puedo decir... con el respeto debido... mi intencin no
ha sido... No entra en mis costumbres, usted sabe, insultar a una
seora... no creo que me he hecho acreedor... a su enfado... Por lo
dems, ahora es ya asunto a debatir entre hombres... En cuanto a
usted... me permito evocar recuerdos... que supongo...

De pronto callse, como advirtiese que la seora de Aymaret ocultaba su
rostro entre las manos y que las lgrimas escapaban de sus ojos,
humedeciendo sus guantes.

Hubo dos o tres minutos de silencio; en seguida el marqus, plido como
un cadver, le dijo en baja, aunque firme voz:

--Por qu llora usted?

La vizcondesa no le respondi sino con una explosin de sollozos.

--Ah!... lo s--replic el marqus, sacudiendo tristemente la cabeza--;
llora por causa ma... llora por causa del hombre a quien ha honrado con
su amistad... con su estima... y a quien contempla hoy cado en la
ltima degradacin... pero si le causo lstima... si le causo horror...
de quin fue la culpa sino de esa miserable mujer que acaba de irse?

--Seor de Pierrepont!

--Nada de nuevo le digo, seora... nada!... El cambio singular que se
ha efectuado en mi vida es tal vez un enigma para todo el mundo menos
para usted... Es imposible que usted... ya que no los dems, no adivine
la causa verdadera...

--Algunas veces... sin duda--murmur la vizcondesa--, esa idea ha pasado
por mi cabeza... Pero, cmo aceptarla?... Cmo suponer que una
decepcin, por amarga que ella sea, haga caer a un hombre...?

Titube un momento.

--Tan bajo!...--dijo Pierrepont, terminando la frase--. Pero, por
Dios, seora, usted ha sido mi confidente... en esa terrible hora de mi
vida! Tenga usted en cuenta, pues, lo que ha debido ser para m ese
desengao a que se refiere... A esa edad en que el destino del hombre
est en suspenso, es casi siempre una mujer quien lo decide... quien lo
convierte en bueno o en malo... Cuanto a m, esa mujer fatal ha sido su
amiga de usted... Tal cual ella se me apareca entonces, con su temible
belleza y sus supuestas virtudes, era a mis ojos como el viviente
smbolo de la dicha que yo soaba en el seno de un hogar respetado...
Yo haba cifrado todo mi porvenir, toda mi vida en ese ensueo de que
ella era la inspiradora... Usted sabe todos los obstculos que nos
separaban, usted conoce todas las objeciones, todas las resistencias que
deba yo arrostrar o vencer... Usted sabe que estaba pronto a todas las
abnegaciones, a todos los sacrificios... No ignora que lo aceptaba todo,
las privaciones, las estrecheces, la sujecin, el trabajo... con tal que
fuera mi mujer... Sabe, en fin, cunto la amaba... con qu loca
ternura... casi santa, me atrevo a decirlo as... Y cuando ella ha
burlado un amor semejante, le admira a usted que me haya convertido en
un insensato y que la llame una miserable.

--Seor de Pierrepont, le compadezco con toda mi alma... pero, es digno
de usted, de su buen sentido, de su rectitud, llamar miserable a una
mujer porque ha rehusado casarse con usted?

--No la trato de miserable porque haya rehusado casarse conmigo... sino
porque durante meses y aos ha alentado mi pasin, porque me ha hecho
creer que la comparta... y porque minti, en fin!... Vamos a ver,
seora, cree usted que soy un nio? cree que pude engaarme con
respecto a su actitud, a sus miradas, a su acento, a su silencio mismo?
Pues que, todo eso no estaba diciendo que me amaba? Vamos, que usted
misma estaba persuadida y todo eso no era ms que mentiras y fra
coquetera!... Y es que entonces, a pesar de mi escasa fortuna, para
ella que no tena nada, era yo un partido... pero el da en que un
pretendiente ms rico se le present, arrojse en sus brazos sin mirar
que me parta el corazn.

--Si supiera, seor, si supiera cun injusto es usted!

--Se arroj en sus brazos sin mirar que me parta el corazn!--continu
con exaltacin creciente--, y todo lo que por m pas en ese momento,
todo lo que he sentido de desencanto, de humillacin, de dolor, de
salvajes celos... cmo no lo comprende usted? He pensado en darme la
muerte... pero la vida que llevo es un suicidio como cualquier otro...
con el descrdito y la vergenza adems.

--Seor de Pierrepont... clmese, se lo ruego... clmese!...

--Ha conseguido volverme loco... me ha hecho perverso en todo sentido...
Ah! le juro que ella misma ha de convencerse de lo que digo. Ahora
hace un instante, me negaba un favor balad... y todo por ultrajar a esa
mujer... que vale bien poco, es verdad... pero que, de cualquier manera
que sea, es mejor que ella...! Pues bien, o nos dar una satisfaccin
a la baronesa y a m, o le matar a su marido!... De todos modos lo
aborrezco; un hombre honrado y todo lo que se quiera... pero a quien
aborrezco, s... har el retrato de mi amante o lo mandar al otro
mundo!...

--Seor de Pierrepont--exclam la vizcondesa, oprimiendo el brazo del
marqus--; por todo lo que ms quiero y lo que ms respeto; por todo
cuanto hay de ms sagrado, le juro... me oye usted? le juro que Beatriz
es inocente de lo que la acusa.

--Sin duda, se lo ha dicho ella!--murmur Pierrepont sonriendo con
amargura.

--Ay, Dios mo!--continu la seora de Aymaret fuera de s--. Pues
bien, me lo ha dicho... me lo ha dicho todo... me ha confesado todo...
me ha dicho que le ama a usted desde su infancia y que nunca ha amado a
otro hombre sino a usted... me ha dicho que la idea de ser su mujer era
la nica de sus ilusiones... que le adoraba, en fin... y que la ta de
usted la oblig a rehusar su mano de usted so pena de desheredarle...
que por usted se ha sacrificado... que por usted ha sufrido el
martirio... Ah tiene usted la verdad pura!... y le digo que ser el
ltimo de los hombres si alguna vez hace que me arrepienta de la
indiscrecin culpable... culpabilsima... que acabo de cometer...
nicamente para evitar una desgracia... para evitar el crimen que
premedita usted.

El marqus la contemplaba con mirada incierta, aun dudando todava, pero
la confidencia que acababa de brotar del corazn y de los labios de la
vizcondesa tena tal sello de verdad, que por s misma se impona; as
lo comprendi rpidamente el marqus, y tomando con efusin las manos de
la de Aymaret, mientras se sentaba delante de ella abrumado y confuso:

--Es posible?...--le dijo--. S, yo s que nunca falta usted a la
verdad... Oh! que Dios le premie el bien que me ha hecho usted... Oh!
cuan agradecido le estoy!... No me da usted la dicha, ay!... pero al
menos me devuelve carcter y honra.

--Tomo nota de ello!--djole la vizcondesa apretando la mano de
Pierrepont, y le dio entonces detalles de las amenazas de que Beatriz
haba sido vctima por parte de la muerta baronesa, no habiendo ya razn
para ocultarle esos particulares que Pedro demostraba avidez en conocer.

El movimiento de los espectadores de la sala les dio a entender que un
acto terminaba.

--Mi querido seor--dijo al marqus la vizcondesa ponindose de pie--,
los dos tenemos necesidad de reposo... y todava ms de reflexin... por
otra parte, deben empezar a inquietarse en el palco de enfrente por su
ausencia.

Pierrepont hizo un gesto de soberana indiferencia.

--Vaya usted maana a verme a las dos--concluy la seora de Aymaret--.
Tenemos que tratar una cuestin muy seria, el de la conducta a seguir
respecto a Beatriz.

--Hasta maana, pues, seora... y todava una vez gracias mil... Oh,
gracias mil!

Y gan la puerta del corredor mientras que ella entraba en su palco.




XIII

PASIN


La prudente mujercita pas una noche muy inquieta pensando las
consecuencias probables o posibles de la grave revelacin que se haba
visto obligada a hacer al marqus. Esta trascendental confidencia le fue
arrancada por necesidad tan imperiosa que nada poda reprocharse en su
fuero interno, no pudiendo caber duda alguna acerca de que el primero de
sus deberes fuese evitar a cualquier costa y ante todo el peligro de un
sangriento conflicto personal entre Pierrepont y Fabrice; pero no por
eso deploraba menos haberse visto reducida a tan apremiante extremidad
sin que pudiera ocultarse a su buen juicio que la fuerza de las
circunstancias iban a poner a Beatriz, para el futuro, en una situacin
por extremo delicada con respecto al hombre que se hallaba en posesin
del secreto de aqulla.

Dejar ignorado que Pierrepont lo conoca hubiese sido ilusoria
presuncin, porque Elisa no poda esperar que el marqus se condenase en
lo sucesivo a la misma reserva que observara en el pasado, siendo
imposible suponer tampoco que consintiese ahora en continuar soportando
el desprecio de Beatriz sin intentar ante ella una justificacin de su
pasada conducta, aunque no fuese ms que de aquella observada la noche
anterior en el palco del teatro Francs. Y desde el momento que una
explicacin era inevitable, pens acertadamente la seora de Aymaret que
sera ms decoroso y menos arriesgado hacerla ella misma a la
interesada, descartando por ese medio a Pierrepont. En cuanto al nuevo
sesgo que forzosamente iban a tomar las relaciones de Beatriz con el
marqus, nada le pareci mejor a fin de prevenir todo peligro sino hacer
un llamamiento a los sentimientos de honor que en los dos reconoca.
Franca y recta nuestra vizcondesa, otorgaba generosa y tal vez excesiva
confianza a los nobles y leales procederes; as, pues, dado este sentir,
consideradas estas circunstancias, parecile imposible que ningn
expediente cualquiera pudiese dar el laudable resultado que persegua.

Bajo la impresin de estas ideas fue que recibi al marqus cuando fue a
casa de ella al otro da en la hora que la vizcondesa le haba fijado.
Pierrepont se present muy serio, y su hermoso rostro, aunque un poco
alterado, no conservaba traza alguna de aquella perversa risa que se
apoderara haca tiempo de su semblante a guisa de mueca nerviosa.

--Asegreme de antemano, querida amiga, que no he soado lo que me
confi usted anoche.

--Y no lo ha soado usted... Ahora hablemos razonable y seriamente, si
es posible. Le he libertado de una pesadilla que desgarraba su
corazn... ha sido un poco a pesar mo, lo confieso... pero, en fin,
creo que, eso no obstante, me guardar algn agradecimiento.

--Un agradecimiento infinito.

--Lo veremos... Hablemos claro. Posee usted ya el secreto de Beatriz;
sabe usted que le ha amado mucho y que en lugar de haberle traicionado y
sacrificado, como crea usted, ha sido ella, por el contrario, quien se
impuso un verdadero martirio. Hoy tiene ya otras afecciones, otros
deberes, y est usted seguro de que no conseguir apartarla de ellos,
pero si abusa de mi forzada indiscrecin, conseguira turbar su
tranquilidad... y a m, seor, en premio del servicio que le he
prestado, me sumira en un abismo de dolor.

--Dme usted sus rdenes, dgame qu quiere que haga.

--Pierrepont, est usted para siempre separado de la mujer a quien un
da pens usted unirse, y que le amaba como usted la amaba... eso, no lo
niego, es una gran pena, una gran desdicha, pero irremediable,
consumada; no, no debe, pues, pensar en otra cosa que en poner a
cubierto de un seguro naufragio aquello que aun todava puede ser;
honrosamente salvado; no le exijo que abandone Pars y que no vuelva a
ver a Beatriz, no, eso sera demasiado... pero s le ruego que la vea en
lo sucesivo como a una mujer de la que nada hay que esperar fuera de la
amistad y de la estima. Mucha firmeza necesitar usted, lo s, para dar
cumplimiento a mi splica; mas no me dijo usted ayer mismo que le haba
devuelto el carcter... y el honor?

--Seora, espero darle la prueba.

--Gracias mil--respondi la vizcondesa conmovida--, pero, para ayudarle
en su propsito--aadi sonriendo--, me permitir usted que tome algunas
precauciones sugeridas por mi antigua experiencia... Entre todas las
contingencias que podran poner a prueba su tesn, hay una que preveo y
que deseo evitarle... Le ruego que prescinda de toda explicacin directa
con Beatriz; yo la pondr al corriente de lo ocurrido hoy mismo y no
tendr ms sino presentarse de nuevo en casa de Fabrice como si nada
hubiera pasado. Le prometo que ser bien recibido; no se le har alusin
alguna ni en cuanto al presente ni en cuanto al pasado, y usted me
promete, no es verdad? rehurlas tambin por su parte... me promete
tambin no enternecerse?... me promete, en fin, no ser para Beatriz ms
que un bueno y antiguo amigo como lo es para m... y nada ms?

--Se lo prometo, y creo no tener en ello gran mrito, porque lo que me
ofrece me parecer bien grato en comparacin a lo que he sufrido.

--Sea en hora buena!... ahora le despido... Voy inmediatamente a su
casa. Le he dado cita para hoy a medioda.

--Pero, seora, puesto que usted me prohibe que me sincere ante ella,
que me justifique a sus ojos, a lo menos que sepa...

--Lo sabr todo... Si no le escribo vaya usted a verla cuando tenga por
conveniente, pero con preferencia el lunes... es el da que recibe... y
as se perder entre mucha gente... eso ser menos violento para usted y
para ella... Pero es tarde! Me voy!... Hasta otro da!

Y se separaron...

Todava bajo el imperio de la dolorosa escena de la vspera no haba
podido an Beatriz dominar sus angustias cuando recibi por la maana el
lacnico billete por el cual la seora de Aymaret la preparaba para
tener con ella una importante entrevista. Despus, al momento que la vio
entrar, corri la mujer del pintor al encuentro de su amiga
preguntndole con grande inquietud:

--Qu hay?.... qu ocurre?

--Hay en primer lugar que te traigo las excusas del marqus de
Pierrepont, y adems la seguridad de que en adelante no nos har
sonrojar la amistad que le profesamos.

--Es verdad lo que me dices?--exclam Beatriz uniendo las manos en un
transporte de grata sorpresa..

--S, hija ma; pero esa satisfaccin la he comprado un poco cara...
Sintate, que voy a contarte mi historia.

Y le refiri la tormentosa conferencia que tuvo la vspera con el
marqus en el saloncito del teatro Francs, sin omitir, por supuesto, el
desenlace. Haba traicionado a Beatriz! Pero la haba traicionado para
defenderla contra injustas y crueles imputaciones, para volver la calma
a un desdichado en la desesperacin, en fin, y, sobre todo, para
conjurar el inminente peligro de un deplorable desafo.

Beatriz, que la escuchaba con apasionado inters, no respondi sino
cubriendo de besos la mano de su amiga.

Segura ya del perdn de aqulla, pas la vizcondesa al terreno de las
recomendaciones, de los consejos, de las splicas, repitiendo bajo otras
formas lo mismo que haba dicho a Pierrepont, poniendo en antecedentes a
su amiga de lo que conviniera con el marqus y procurando hacer
comprender a aqulla, como Pedro por su parte lo comprenda tambin,
que, al renunciar a lo imposible, al aceptar lo irreparable,
encontraran todava algunos encantos en su recproca situacin,
encantos sin duda melanclicos, pero puros y profundos en su misma
potica nobleza. Fuera de eso no quedaba para Beatriz ms que oprobio,
degradacin, sonrojo, y para la misma seora de Aymaret eternos
remordimientos por una imprudencia tan involuntaria como imprescindible
en evitacin de mayores males.

Beatriz le dio las gracias con efusin, confesndole que en lo ntimo de
su conciencia se alegraba de que Pierrepont supiera la verdad y que
sera an ms dichosa si lo viese volver a la buena senda, asegurando
a la vizcondesa que en cuanto a lo dems poda tener confianza
en ella. Hay--le dijo con entera buena fe y no sin un poco de
altivez--pensamientos que nunca me asaltan... He sufrido mucho, y mucho
me queda que sufrir todava, pero aun cuando no tuviera principios
tendra bastante orgullo, demasiado respeto a m misma para ir a buscar
el consuelo de mi perdido amor en una intriga galante.

Despus de tan satisfactoria conferencia, la seora de Aymaret volvi a
su casa y se tendi en un sof durmindose con sueo de justo.

El da siguiente de estos sucesos era un lunes, y, por consecuencia, el
de recepcin en casa de Beatriz. No quiso aguardar Pedro ms tiempo para
dar un paso que lo atraa y lo inquietaba al mismo tiempo; encontr a
aqulla rodeada de visitas, circunstancia que atenu las dificultades de
esta primera entrevista. Un apretn de manos bastante prolongado, un
rpido cambio de profundas miradas fue toda la explicacin que medi
entre ellos.

Al abandonar la sala entr el marqus en el taller de Jacques, quien no
pudo reprimir, al ver a su antiguo amigo, un movimiento de sorpresa y de
embarazo.

--Querido maestro--le dijo sencillamente Pedro--, heme aqu de nuevo...
semejante al hijo prdigo... En una palabra, he tenido graves
disgustos... lanzndome para olvidarlos en una miserable vida de
calavera... sin conseguir mi objeto... y vengo hoy a buscar ese olvido
en el seno de mis antiguos amigos... no sin confesar que por ah debiera
haber empezado.

--T eres siempre bien venido, queridsimo Pedro--replicle el pintor,
dndole un prolongado y vigoroso apretn de manos--. Tu presencia me
haca falta y tambin tus consejos... y para reparar de seguida el
tiempo perdido, voy a ensearte un cuadrito que me est dando que
hacer--y diciendo esto levant un forro de sarga que cubra el
caballete--. Para que no te equivoques--continu--, principiar por
decirte que es el retrato de miss Nicholson; como ves, la pinto en
figura de Hebe, y en el viejo estilo de nuestros padres, es un ensayo...
Hebe se apresta a ofrecer la copa a los dioses... que estn entre
bastidores... qu te parece?... Yo la encuentro atroz!

--Es magnfico!--contest el marqus, despus de un minuto de examen.

--Vamos, tanto mejor! Pero hay todava para diez sesiones... Tengo otra
pelota en el tejado... pero sta es la mar... figrate que la primera
vez que vino a verme descubri el bueno de pap Nicholson, curioseando
en mis cartones, el bosquejo de cuatro grandes recuadros representando
las cuatro estaciones... se ha enamorado de aqullos y quiere que se los
pinte para su comedor de Chicago... Ya ves que nada se rehusan, en
Chicago... Cuatro pedazos de pinturas de tres metros por dos... como
quien no dice nada!... Pero, seor--le dije--, para dar a usted gusto
tendra que consagrar exclusivamente a esa obra un ao de vida... por lo
menos... y francamente, mis medios no me lo permiten... Motivo de ms
para estimular al buen seor, que me ha ofrecido una fortuna!... Y como
al fin tengo mujer e hija, es sta una ocasin para asegurarles su
porvenir... por cuyo motivo he aceptado!

--Has hecho muy bien, y pap Nicholson tiene mejor gusto de lo que yo
supona!... Y has empezado ya tus recuadros?

--No estn ms que esbozados... pero no puedo trabajar aqu... el taller
es demasiado chico... Me veo obligado a aceptar la hospitalidad de un
vecino hasta que vuelva a mi colgadizo de Bellevue, donde nos
encontraremos a nuestras anchas los recuadros y yo. Hemos vuelto a
alquilar la quinta del ao pasado, y mi mujer, en consideracin a este
trabajo excepcional, me concede instalarse en el campo muy temprano este
ao. Espero, mi querido marqus, que no aprovechars otra vez nuestra
residencia en el campo para hacernos una nueva rabona!

--Teme, por el contrario, verme aparecer con demasiada frecuencia en tu
horizonte--respondi Pierrepont riendo.

As se vieron restablecidas bajo el pie de la antigua intimidad, las
relaciones amistosas de estos dos hombres. Fabrice no pudo ocultar a su
mujer el contento que esto le causaba, y, por la tarde, durante la
comida, como hablasen de ese particular, la mortific inocentemente con
sus embarazosas preguntas acerca de lo que ella pudiese saber o adivinar
sobre las causas que originaron esta dichosa y repentina conversin de
Pedro.

--Se me figura--dijo el pintor a Beatriz--, que tu amiga la seora de
Aymaret es quien ha operado el milagro.

--Eso mismo me imagino yo--respondi Beatriz.

--Lo que me llama ms la atencin es que anteanoche en el teatro, sin ir
ms lejos, de todo tena cara menos de penitente.

--Pues precisamente!--replic Beatriz--. Fue a nuestro palco a ver a
Elisa cuando ya nosotros nos habamos ido, y aqulla le predic un
sermn sin pao.

--Qu atractiva personita! Mas Pedro echa la culpa de sus calaveradas a
grandes disgustos que ha tenido... Qu grandes disgustos han sido
sos?... Tienes alguna idea?

Beatriz dio respuesta a su marido con un signo negativo de cabeza y en
sus labios se dibuj indefinible sonrisa.

Pocos das despus de estos incidentes, ocupbase la crnica escandalosa
de Pars de una ruptura entre el marqus de Pierrepont y la baronesa de
Grbe. Estos rumores eran fundados. Habiendo decididamente rehusado
aqul servir de intermediario con Fabrice para que ste hiciera el
retrato de la joven dama a la moda, sta lo despidi despus de una
violenta escena, y aunque mand llamarlo al da siguiente por medio de
un almibarado billete, Pedro fue inexorable, por ms que el barn Julio,
completamente domesticado ya, se hubiese tomado personalmente el trabajo
de llevar por s mismo la misiva.

En los primeros tiempos inmediatos a la reconciliacin de Pierrepont con
Beatriz, tuvo la seora de Aymaret el gusto de ver que las recprocas
relaciones de aqullos tomaban el carcter que ella les haba asignado
con atinada prudencia. La vizcondesa notaba en la mutua actitud de Pedro
y de su amiga, en su miradas, en su lenguaje, tan leal franqueza, tan
tranquila paz, aun cierta alegra misma que le parecieron del mejor
augurio, pues se echaba de ver en sus procederes ese contento de las
personas que se encuentran satisfechas en una situacin dada sin aspirar
a salir de ella. En realidad, encontrbase todava bajo la influencia de
la impresin primera, que era para los dos la de un inmenso alivio,
porque Beatriz no tena ya sobre su pecho aquella pesadumbre de verse
acusada y condenada por el hombre que era para ella todo en el mundo, y
Pierrepont, por su parte, a quien el aparente desdn de Beatriz haba
tan profundamente lastimado en su sensibilidad, y, justo es decirlo,
tambin en su orgullo, no senta tampoco sus heridas desde el momento
que se saba amado. Fueron, pues, estos momentos de deleite que dieron a
ellos, al menos por algn tiempo, la ilusin de apacible y duradera
dicha.

Poco a poco fue el marqus volviendo a sus antiguas costumbres,
frecuentando el taller de Jacques, donde encontraba casi siempre a
Beatriz, sobre todo durante las sesiones para el retrato de miss
Nicholson, con cuya amable persona haba intimado mucho la mujer del
pintor. La seora de Aymaret, a quien la joven americana inspiraba
tambin decidida simpata, sola acompaarla cuando su padre no poda
hacerlo. Miss Nicholson preparbase por estos tiempos a abandonar la
Francia despus de dos aos de residencia en ella, y ya sabemos las mil
ocupaciones que una seorita tiene antes de dejar una ciudad como Pars,
razn por la cual no poda asistir diariamente a casa del artista;
pasronse, pues, tres o cuatro semanas antes que el retrato hubiese
recibido con la ltima pincelada la firma del maestro, sin que, por otra
parte, pareciese mostrar deseo de verlo terminado la bella interesada,
quien manifestaba en las largas y fatigosas sesiones una paciencia
verdaderamente angelical, sobre todo si el marqus de Pierrepont se
encontraba presente. No dej la seora de Aymaret de parar su atencin
sobre este detalle, cayendo en la cuenta de que el sonrosado encantador
semblante de la joven, pareca an ms encantador y ms sonrosado cuando
Pedro se dignaba dirigirle la palabra, pero para desdicha de la pobre
Ketty nada presagiaba que el marqus tuviese la intencin de pasar a
mayores.

Al mismo tiempo de lo apuntado, hizo la seora de Aymaret otras
observaciones que le dieron mucho que pensar decidindola a llevar a la
prctica ciertos diplomticos planes. Habiendo ido la americana a
despedirse de la vizcondesa en la vspera de su partida para New York,
va Havre, resolvi aqulla aprovechar la oportunidad y poner los
cimientos del proyecto que haca algunas fechas vena acariciando:
claramente advirti que miss Nicholson deseaba hacerle alguna confesin,
circunstancia que llen de gozo a la de Aymaret, quien, por su parte,
estaba decidida a pedrsela a aqulla. Ketty le cont paulatinamente a
Elisa, con esa mezcla de pudor y de intrepidez, que es uno de los
hechizos de las de su raza, que senta una tierna inclinacin por el
marqus, pero que, al mismo tiempo, estaba convencida de que aqul era
totalmente indiferente hacia ella, por cuya razn parta
desesperadamente. La seora de Aymaret trat de rehacer un poco su
moral, ofrecindole quedar hecha cargo de sus intereses, puesto que
haca tiempo que pensaba casar a Pedro, quien de su lado haba encargado
a ella, en quien tena ilimitada confianza, que le designara persona de
su agrado; as, pues, Elisa lo inclinara hacia Ketty, cuidando, por
supuesto, de dejar a salvo la dignidad y delicadeza de sta.

--Pero entendmonos, nia ma--aadi la vizcondesa--; si consigo
expedirlo para Chicago, puedo estar segura de que encontrar buena
acogida por su parte de usted, no es eso?

Miss Nicholson respondi con un gesto expresivo acompaado de cierta
expresin que a nuestra lengua podramos traducir por caramba!,
arrojndose en seguida al cuello de la vizcondesa, a quien cubri de
besos, para salir despus con su aire marcial, la frente radiante, cual
si ya reposaran en ella los elegantes florones de la corona de marquesa.

La verdad era que las relaciones de Pedro con la mujer del pintor
tomaban de da en da, merced a las facilidades del taller, un aire de
intimidad que no entr en las previsiones de la vizcondesa y que
comenzaba a preocuparla seriamente. Los recprocos procederes de
Pierrepont y Beatriz ofrecan ciertos sntomas acerca de los cuales
nunca se engaa el fino olfato femenino. A la abierta actitud de los
primeros das, haban sucedido timideces, cortedad, largas y profundas
miradas, prolongados silencios, ensueos, mal humor constante; era
visible que se buscaban, y que al mismo tiempo teman encontrarse; era
visible que en sus ms insignificantes palabras haba algo de tierno y
de vibrante; no ignoraba la de Aymaret que sus conversaciones
personales, directas, eran muy raras, y que aun parecan querer
evitarlas en lo posible, de lo que vena a deducir, con harta razn la
vizcondesa, que procuraban ponerse en guardia contra la tentacin de las
efusiones, de los recuerdos, de las mutuas ternuras; no los crea
culpables, y les haca justicia, pero, un contacto tan ntimo y tan
familiar entre ellos, no podra ser prueba demasiado fuerte que al fin
diera al traste con sus resoluciones por firmes y sinceras que fuesen?
No se encontraban de nuevo en presencia el uno del otro exactamente
como en otros tiempos, al lado de la seora de Montauron? No podran
despertar paulatinamente y con el mismo ardor que en pasada poca esos
ntimos sentimientos, haciendo an ms sensible la ya grande antipata
de Beatriz por su marido?

La de Aymaret contaba con que la ausencia de Jacques y su mujer en el
campo podra aflojar los lazos de esta peligrosa intimidad, alejando al
marqus de Pierrepont, a quien no gustaba salir de Pars; pero pronto
perdi esta ilusin, porque, pretextando aqul el vivo inters que le
inspiraba la obra gigantesca que Fabrice haba emprendido, iba con
frecuencia a la quinta de Bellevue, donde generalmente se quedaba a
comer. Cuando la seora de Aymaret los encontraba all, observaba que l
guardaba siempre, ante Beatriz la misma reservada actitud, pero vea que
palidecan cuando se daban la mano, advirtiendo que comenzaba a surgir
en sus pechos el huracn de la pasin; la vizcondesa se deca que si tal
estado de cosas se prolongaba era suficiente la ms leve combinacin de
la suerte, el incidente de por s ms trivial para desencadenar las olas
de amor tanto tiempo acumuladas, agitadas y comprimidas en aquellos dos
corazones.

Profundamente alarmada en su conciencia, en su honradez, en su amistad,
comprendi pronto que slo una medida radical y heroica poda contener a
Pedro y Beatriz, en esa mancha fatal a los abismos, y fue entonces
cuando le asalt la idea de casar a Pierrepont con miss Nicholson,
concierto que tendra adems la ventaja de alejar a aqul de Francia por
largo tiempo.

Restaba que los interesados ratificasen este proyecto; miss Nicholson
hallbase conforme de antemano, pero era necesario vencer la doble
oposicin del marqus y de Beatriz, oposicin tanto ms insuperable
cuanto que poda apoyarse en razones especiales; nada tenan que
reprocharse; mantenanse escrupulosamente en los lmites de la honrada
amistad que la seora de Aymaret, la misma seora de Aymaret les haba
recomendado. Por qu, pues, atormentarlos? Por qu arrebatarles este
inocente consuelo que vena a compensar un tanto sus pasados
sufrimientos? No acusaran a su amiga de gratuita y tirnica
importunidad? No corra el riesgo de enajenarse para siempre la
preciosa afeccin de aquellos dos interesantes seres?

Una circunstancia imprevista vino a poner fin a las indecisiones de la
seora de Aymaret; su marido el vizconde, debilitado por todo linaje de
excesos, haba cado de algn tiempo atrs en un estado de anemia
alarmante, y los mdicos le prescriban una prolongada residencia en
Glion, a orillas del lago de Ginebra; naturalmente, su mujer se prestaba
a acompaarle, era necesario, pues, tentar un ltimo esfuerzo.

Para hacerlo as march una maana a Bellevue; cuando lleg a casa del
pintor, dijronle que Beatriz se hallaba en el jardn, probablemente en
el taller de su marido. Este taller se encontraba a alguna distancia del
casero de la quinta, y no encontr en aqul sino a Jacques, trabajando
concienzudamente en sus recuadros, que prometan ser verdaderas
maravillas.

Como la vizcondesa le manifestase su admiracin:

--Magnfico!--exclam el artista alegremente--. Repite usted lo que
Pedro me deca hace un momento, y cuando sus apreciaciones de usted
coinciden con las de aqul, hay motivo para estar contento.

--Est aqu Pierrepont?

--S, da con Beatriz una vuelta por el parque... me parece que han ido a
la avenida de los arrayanes... ya usted sabe el camino.

--Voy all... hasta luego, amigo mo. Y marchse por el sendero que
atraviesa la parte baja del jardn... Corran por esos das los
postreros de abril, y a travs del follaje, an claro en esa poca, pudo
distinguir a Pedro y a Beatriz que caminaban lentamente uno al lado del
otro. La seora de Aymaret oy a pesar suyo algunas de las palabras que
en tenue voz cambiaban los interlocutores, y aun cuando en tal tono
dichas, nada tenan, en verdad, ni de misteriosas ni de
confidenciales... y, sin embargo, cuando se vieron en presencia de la
vizcondesa sus rostros revelaron confusin.

Despus de algunas palabras indiferentes:

--Seor Pierrepont--dijo la de Aymaret--, tendra usted la amabilidad
de dejarme un momento a solas con Beatriz?... Pero, antes de que se vaya
usted, por cul tren piensa regresar a Pars?

--Por el de las tres y veinte, probablemente.

--Excelente!... Es tambin, el mo!... Volveremos juntos si usted
quiere.

--Con mucho gusto, seora!

--Ir a buscarle al taller dentro de algunos minutos.

Una vez alejado Pierrepont, abord Elisa sin ambages el asunto a debatir
con Beatriz; se guard bien de hacerle ni el ms leve reproche,
acusndose a s misma de haber sido ligera, imprevisora, mala consejera,
proponindose ahora, antes de alejarse por muchos meses, reparar su
imprudencia imperdonable; saba que entre su amiga y el marqus nada
exista de criminal, pero, al fin, en sus revelaciones, advertase un
algo de incorrecto, de equvoco, porque aquella sinceridad de los
primeros tiempos, vano fuera ocultarlo, haba desaparecido, y era
imposible suponer que en adelante pudiesen continuar, sin alterar ya la
tranquilidad o la estima de Beatriz, ya el honor de su propio marido;
era, pues, de necesidad urgente poner remedio a ese estado de cosas, y
el nico remedio eficaz no poda ser otro sino el inmediato matrimonio
de Pierrepont.

Aunque evidentemente conmovida Beatriz ante esta insinuacin inesperada,
la acogi sin protestas y hasta sin objeciones. Quizs en el fondo de su
alma turbada, empezaba a desconfiar de su propia constancia deseando as
que una mano potente viniese a salvarla de esa lucha que cada da ms
presentbase a ella como ms dolorosa, como ms imposible. Autoriz,
pues, a la seora de Aymaret para que indicase al marqus cmo ella,
Beatriz, deseaba su matrimonio, pidindole nicamente a su amiga que en
lo sucesivo nunca le hablase de Pedro, ni jams le advirtiera, si deba
partir, la poca de su viaje.

--Antes te quera--le dijo con sencillez la vizcondesa--, ahora te
venero!

Y la dej en la avenida de los arrayanes marchando al taller en busca de
Pedro.

--Tenemos todava--dijo a ste--, como una media hora antes que pase el
tren... Quiere usted que vayamos a esperarlo a la estacin de Meudon a
guisa de paseo?

--Qu idilio!--respondi alegremente el marqus levantando los ojos al
cielo.

Se despidieron de Fabrice, y un instante despus, haciendo el camino que
baja de Bellevue a Meudon, la seora de Aymaret expona a Pedro la
delicada comisin de que para l le haba encargado Beatriz.

La frente de Pierrepont se carg de nubes, pero, aunque manifestando tan
extrema sorpresa cuanto viva impaciencia, era demasiado recto para no
reconocer que la situacin que ocupaba entre Jacques y su mujer
prestbase, aunque injustamente, a las ms perversas interpretaciones,
mostrndose en extremo sensible a la idea de comprometer a Beatriz, y
ms todava, a la de arrojar sobre el limpio nombre de su amigo una
tacha de infamia, porque era visto que Pedro profesaba a ste un real
sentimiento de cario y aun de respeto, y rechazaba con horror la idea
de traicionar vilmente la confianza del honrado y grande artista. Aadi
as, magnnimamente, la necesidad de hacer ms fras las relaciones que
podan dar lugar a fundadas sospechas, y aun convino en que,
efectivamente, el matrimonio era el ms seguro medio de romper para
siempre con el pasado... Pero, por qu la Amrica?... Por qu miss
Nicholson mejor que cualquier otra?

La seora de Aymaret consigui vencer esta ltima trinchera revelndole
el secreto culto que le renda la linda millonaria, clase de lisonja a
que todo hombre es siempre sensible.

--Pero, en fin--dijo Pedro, ya completamente arriado el pabelln--, no
es cosa de irse esta noche misma!... Supongo que me conceder usted
algunos das para arreglar mis asuntos?

--No muchos, mi querido amigo, porque yo me voy dentro de ocho y no
quiero dejarlo a usted a mi retaguardia.

--Su confianza de usted me encanta... Pero, en fin, sea! me ir con el
prximo vapor que sale del Havre... porque, francamente, no puedo hacer
el viaje a nado... Vamos, quiere usted que le d mi palabra?

--No estara de ms.

--Est dada.

--Muchas gracias!... recuerde usted que no debe prevenir a Beatriz el
momento de su partida.

--Por supuesto!... pero podr despedirme de ella sin decirle nada,
supongo.

--Eso s... claro est!--respondi la vizcondesa.

En esto llegaban a la estacin, al mismo tiempo que el tren, y como
nadie ms que ellos ocupasen el coche que los conduca a Pars,
convinieron en los trminos de la carta que al da siguiente mismo se
propona la seora de Aymaret escribir a miss Nicholson, anuncindole la
prxima salida de Pierrepont para Amrica.

La vizcondesa estaba tan admirada como encantada del rpido y
relativamente fcil triunfo con que terminara su doble campaa,
dicindose a s misma, no sin fundamento, que la dbil resistencia
opuesta por sus dos enamorados amigos, atestiguaban con victoriosa
elocuencia cmo ellos mismos estaban en el fondo convencidos de la
irregularidad y de los peligros de la recproca situacin.

La seora de Aymaret escribi a Beatriz aquella misma noche en
encubierta forma, a fin de darle detalles sobre su conferencia con
Pierrepont. Los subsiguientes das, mientras se entregaban a los
preparativos del viaje, recibi con frecuencia la visita del marqus, a
quien puso en antecedentes acerca de la persona y familia de aquella que
aceptaba por esposa, antecedentes que, como es natural, interesaban
vivamente a Pedro, viendo la vizcondesa en la curiosidad de su amigo
nueva garanta de su firme resolucin, que, por otra parte, afianzaba
suficientemente la empeada palabra de caballero tan cumplido.

La seora de Aymaret deba ponerse en camino con su marido y sus hijos
el primero de mayo, que era un martes; fue la vspera a Bellevue con
intento de despedirse de Beatriz, a quien hall profundamente triste,
aunque resignada, sabiendo all por boca de su misma amiga que
Pierrepont haba estado en la quinta aquella maana y participado a
Jacques sus proyectos de viaje.

El marqus deba partir dentro de tres o cuatro das, el sbado 6 de
mayo, da fijado para la salida del vapor a cuyo bordo tena ya su
pasaje, prometiendo a la vizcondesa en su visita de despedida que desde
Nueva York le pondra un telegrama anuncindole su llegada, y como se
pusiese de pie para dejarla, la amable seora le present sus frescas
mejillas cubiertas de rubor, dicindole simplemente:

--Bese a su hermana.

Al da siguiente, la vizcondesa sali para Suiza.

Hasta el viernes, vspera de su partida, titube el marqus acerca de si
volvera o no a Bellevue, pero al fin decidise a hacerlo, visto que no
acertaba con el tono a que deba ajustar su carta de adis a Beatriz;
escribi a ella varias, mas encontrlas todas secas por dems o en
demasa tiernas, y acab por quemarlas. Llegado que fue a casa del
pintor franque la puerta dirigindose en derechura al taller donde
encontr a Beatriz, presente su marido, ocupada en una labor de
tapicera.

--Querido, vengo a darte un apretn de mano... porque no s si volver a
verte antes de mi escapada a Amrica... Estoy tan ocupado!

--Cmo! tan pronto te vas?--pregunt Jacques interrumpiendo su
trabajo--; quin te corre, hijo?... Ah! ah!... Estoy en el secreto...
Fate de mujeres para que guarden uno!

--Oh, eso est todava en el aire... no son ms que proyectos!... Lo
nico real es el viaje.

Despus de esto no le habl ms que de sus recuadros, cuya grandiosa
composicin admiraba, arriesgando algunas ligeras crticas de detalle,
que el artista admiti algunas veces, discuti otras con su bondad y
modestia usuales; una media hora transcurri en esta conversacin, en la
cual la mujer del pintor apenas tom parte, continuando con taciturno
aire, inclinada su cabeza de diosa, la labor de tapicera que la
ocupaba, tal cual fugaz palabra de vez en cuando dicha, tal cual veloz
mirada rebosando de sombras lanzada sobre el rostro del hombre que se
iba.

Cuando Pierrepont hubo dado a Jacques su adis postrero, levantse ella,
diciendo al marqus con voz conmovida, seca, vibrante:

--Le voy a acompaar.

El marqus se inclin, y juntos salieron del taller; a pesar de no estar
sino a principios de mayo, el da haba sido abrumador de calor y una
tormenta estall sobre Pars a medioda; la lluvia que cay a torrentes
haba cesado ya, pero el cielo estaba an nebuloso, la atmsfera
cargada. Se aspiraba ese fuerte olor que las lluvias de esto hacen
brotar de la yerba, de las hojas y de las flores, y rosas, lilas y
acacias saturaban el aire con sus acres perfumes. Beatriz y Pierrepont
se pasearon lentamente durante algunos minutos en el parque sin
pronunciar palabra, parndose de tiempo en tiempo para echar una
distrada mirada sobre el lejano panorama de Pars, sobre el cual el sol
poniente lanzaba a intervalos a travs de las rotas nubes siniestros
resplandores de incendio.

Beatriz de pronto, como quien toma una brusca resolucin:

--Mrchese, se lo ruego!... Pero antes quiero darle algo para _ella_.

Y se dirigi con rpido paso hacia la quinta. Su departamento personal,
compuesto de un gran saln, gabinete y dormitorio, ocupaba toda la
planta baja. La habitacin de Jacques y de Marcela estaban en el primer
piso.

Beatriz subi los tres o cuatro escalones del peristilo, y volviendo la
cabeza dijo a Pedro: Vuelvo al momento, entrando en seguida en el
saln.

Pierrepont, desconcertado al pronto, aguard algunos instantes, pero al
fin se decidi a seguirla; la habitacin estaba casi a obscuras,
cerradas las persianas para preservarse sin duda contra el fuerte calor;
el marqus pudo, sin embargo, advertir que Beatriz no estaba all; se
present un momento despus llevando un estuche en la mano.

--Es su brazalete--le dijo en dbil voz--; el brazalete que me envi
usted de Londres cuando mi casamiento... Entrguelo de mi parte a su
prometida... Quiero que mi sacrificio sea completo!

Pierrepont intent darle las gracias, pero su voz se ahog en su
garganta; puso la mano en la mano que ella le tenda.

--Adis!

--Adis!--respondi.

Y aun no se oy acabar este fatal vocablo, cuando cayeron el uno en los
brazos del otro, en olvido la tierra y los cielos, enloquecidos,
arrastrados por esos huracanes de pasin que tornan veloces honor de
varn, virtud de mujer, en flores marchitas, en muertos follajes, en
huecas palabras.




XIV

LA APUESTA


El despertar de una mujer honrada y altiva que sucumbe al impulso
funesto de una pasin prohibida es un desolador despertar, pero si raras
veces sucede que no se arrepiente de su falta, es todava ms raro que
no persevere en ella, porque en primer lugar la cada es tan honda que
hcese imposible remontar la pendiente, luego porque ya, el error
cometido, perdise todo, menos el amor; el amor es el nico que
sobrevive, lo nico que resta, y al amor es necesario asirse, como la
ltima tabla que sobrenada en el mar de aquel moral naufragio.

Y la mayor parte de las que cayeron se abrazan al postrer madero con una
especie de violencia desesperada. Se entiende, por supuesto, que nos
referimos aqu a las mujeres de temple superior, no a esas otras para
quienes amar es un simple pasatiempo mundano.

Despus de lo ocurrido entre Pierrepont y Beatriz no haba ya ni que
hablar siquiera del viaje de aqul: hasta discutir el punto les pareci
ocioso y no lo hicieron, pero no poda prescindirse de explicar este
repentino cambio de ideas a las personas a quienes pudiera interesar.
Miss Nicholson haba sido informada por la seora de Aymaret del viaje
del marqus, pero con tantas reticencias que la joven americana no
hubiera podido admirarse de una decepcin; mas, cmo justificar ante la
vizcondesa aquella traicin a la palabra dada, traicin que despertara
necesariamente en la perspicaz seora sospechas fundadsimas?

Pierrepont tuvo que resignarse a escribirle una carta trivial en la que
tomaba como pretexto para aplazar su partida graves e imprevistos
asuntos, pero la vizcondesa tan no crey sus asertos que ni aun le
contest siquiera. Tampoco busc las aclaraciones de Beatriz, quien por
completo entregada a su delirante pasin, mostrse casi indiferente a la
dura afrenta que arga tal silencio. En cuanto a Fabrice, admiti
fcilmente que Pedro abandonaba un viaje hacia el cual nunca lo viera
muy inclinado.

Y entonces principi para los dos cmplices esa existencia turbada,
mezcla de embriagueces y de amarguras, de olvidos y de remordimientos,
de secretas concupiscencias y de terrores secretos que es la vida misma
de los amores culpables. Podan, por fin, hablar sin reserva del pasado,
confiarse todo lo que recprocamente haban sentido y sufrido el uno por
el otro, borrar los ltimos lineamientos del terrible equvoco que por
tanto tiempo los tuvo separados, y los mismos transportes de la pasin
eran descoloridos detalles comparados al hechizo de estas mutuas
confidencias, de estas horas de ternura. Pero sus entrevistas ntimas no
eran frecuentes; lo eran an menos que antes de su comn falta; la
inocencia haba huido y observaban con la angustiosa atencin del que
delinque; observaban y observaban, y todava no observaban lo bastante.
Jacques era de natural tan generoso y confiado, estaba tan acostumbrado
desde su temporada en los Genets a la intimidad de Pierrepont con
Beatriz, se hallaba tan absorbido en el trabajo gigantesco que traa
entre manos, que ni remotamente sospechaba la traicin de que vena
siendo vctima; pero un ojo por desventura ms desconfiado, ms
penetrante, velaba en lugar del artista desdichado.

La antipata de Gustavo Calvat hacia su cuada Beatriz haba ido de ms
en ms creciendo por efecto de sus cotidianos rozamientos y de los mal
disimulados desdenes de aqulla; haba ido de ms en ms creciendo hasta
el punto que hoy era no ya aversin, sino irreconciliable odio; tampoco
simpatizaba Calvat con el marqus de Pierrepont, quien lo trat siempre
con altanera frialdad. Aunque el pintor continuase, bondadoso como era,
recibiendo al taimado aprendiz en su casa y ayudndolo pecuniariamente,
no poda pasar inadvertido para aquel ente que estorbaba, que no era con
tanta frecuencia invitado a comer, que Beatriz, que se ocupaba mucho de
la educacin de Marcelita, evitaba el dejar a la nia a solas con l, y
ante tales procederes, que Calvat consideraba verdaderos ultrajes, no
haba venganza que no se encontrase pronto a esgrimir contra aquella
que paso a paso lo iba desalojando de una casa que l consideraba como
suya.

A fin de ahorrar tiempo haba encargado Jacques a su cuado de algunos
secundarios detalles en la grande obra que lo ocupaba, y Calvat
aprovechaba esta circunstancia para presentarse ms que de costumbre en
el taller del pintor, so pretexto de ofrecerle sus servicios, y cuando
stos holgaban base a fumar en el jardn o a acechar por fuera de la
quinta el paso de Marcelita.

Cierto da, como volviese de dar un paseo por el parque con la nia,
entr bruscamente en el taller, y despus de asegurarse de que Fabrice
estaba solo, le dijo de repente:

--Querido, tengo que hablarte!

--Habla--replicle el pintor prosiguiendo tranquilamente su trabajo.

--Me causa pena tocar este punto, pero me parece que no haras mal en
que Marcelita volviese a su colegio de Auteuil. Es la hija de mi hermana
y eso me impone ciertos deberes.

Fabrice baj lentamente los escalones del andamiaje sobre que pintaba, y
mirando fijamente a Calvat:

--Qu me quieres decir con eso?

--Quiero decirte que Marcela est aqu en malsima escuela, y que no
debe permanecer por ms tiempo en ella.

--Por qu?

--Mi querido Jacques--replic Calvat--, siento mucho abrirte los ojos y
destruir tus ilusiones acerca de tu princesa... Pero... pero puesto que
lo quieres, sea... Sabes la pregunta que hace un momento me diriga la
nia a propsito de su excelente madre, de su irreprochable maestra?
To--decame--, se dan besos los caballeros y las seoras cuando no
son marido y mujer? Algunas veces...--le respond--en ciertas
ocasiones... Por qu me preguntas eso, Marcelita?... Porque ayer
tarde, despus de comer, cuando volva a dar las buenas noches a pap en
la sala, vi que el seor de Pierrepont besaba a mam.

Apenas tuvo tiempo de terminar estas palabras, cuando Fabrice,
agarrndolo por el cuello, casi hasta ahogarlo:

--Miserable!--le dijo--, ests ebrio!... Vete! Vete de mi casa!

Y lo empuj, arrojndolo fuera del taller.

--Pobre tonto!--murmur Calvat haciendo una repugnante mueca.

--Te he dicho que te vayas!--aadi Jacques marchando hacia su cuado.

Este hizo un signo amenazador de cabeza y se retir seguido por la
mirada de Fabrice, que no le quit la vista hasta que le vio franquear
la verja.

Vuelto al taller, intent maquinalmente el pintor reanudar su trabajo,
pero la voluntad lo abandonaba; nublada la vista, inerte la mano, puso
con desaliento sobre la prxima mesa paleta y pinceles, y sentndose
sobre el borde de aqulla dise a cavilar... S... Calvat es un
miserable... un alma degradada por los desrdenes y la pereza... capaz
de todo por satisfacer sus envidias y sus odios... detestaba a
Beatriz... siempre la haba perseguido con su sorda malevolencia...
ahora ya incida en la calumnia abierta... Esto era palmario... Pero
Jacques se deca al mismo tiempo que su mujer, de la cual continuaba tan
apasionado cual en el da mismo de sus nupcias, no ces nunca de
manifestar hacia l frialdades de hielo, marmreas resistencias... Esas
frialdades radicaban sin duda en su ntima complexin... mas... Y
entonces las prfidas insinuaciones de la seora de Montauron venan a
clavar sus dientes de acero en el alma del desventurado artista. Qu de
veces crey l descubrir en su altiva consorte, esos sentimientos de
desdn, de disgusto, de enojo, de arrepentimiento, de que le hablara en
cierta conversacin memorable la difunta baronesa!... Y esa idea de que
Beatriz no lo amaba era para el pintor una tortura dantesca, slo un
momento ahogada en el febril trabajar... Pero, en fin, porque amase ms
o menos a su marido no dejaba de ser Beatriz quien Beatriz era...
Beatriz!... esa casta y altanera criatura a quien l vio sufrir con
tanta nobleza su infortunio, a quien l vio rechazar con virtud tanta
los protervos consejos, las falaces tentaciones de la suerte adversa...
Oh, s, no haba duda! si a l no lo amaba, el honor y el deber eran
para ella un culto, y de esos dioses jams renegara... Cierto que su
simpata por Pierrepont era manifiesta y evidente, pero, la inocencia
de esa propensin no la proclamaba suficientemente esa misma tcita
publicidad de que Beatriz la revesta? no se explicaba, sin esfuerzo
alguno, por afinidades de nacimiento y de educacin, de tradiciones de
familia y comunes recuerdos?... El mismo marqus no era citado como
viviente smbolo de la ms caballeresca lealtad?... Cmo, entonces,
infamar a los dos con la sospecha de una duplicidad tan abominable, de
una traicin tan baja?... y eso por las imputaciones de un ser como
Calvat, bajo la fe de una delacin que tena todas las viles apariencias
de cualquier carta annima... Porque las palabras que Calvat tuvo la
villana de poner en labios de Marcelita, Jacques estaba seguro de que
la nia jams las pronunci... y ese indigno Gustavo haba contado de
antemano con la impunidad, convencido; cual se hallaba, de que Fabrice
nunca interrogara a su hija acerca de tan difciles captulos.

Sumido estaba an el artista en estas crueles cavilaciones, cuando la
cortina de antigua tapicera que cubra la puerta del taller abrise de
pronto dejando ver el fresco y lindo rostro de Marcela.

--Te incomodo, pap?

--No, hija ma--respondi ste cubierto de densa palidez.

--Puedo entrar?

--S, mi vida.

Y entr la nia, con un aro en la mano, presentando a su padre la
frente.

--Ests triste, pap?

--Por qu he de estar triste?

--Como no trabajas!

--Descanso un poco. T has estado corriendo?... Ests roja como una
amapola!

--No, pap, vengo de dar mi leccin de piano con mam.

--Es buena contigo tu mam?

--Muy buena.

--T la quieres mucho?

--Mucho... pero a ti ms que a ella... Me voy a jugar... pero bajo los
rboles... no al sol... no tengas cuidado.

Iba a salir; Fabrice la llam.

--Ven, alma ma!... voy a preguntarte una cosa... Ven, corazn mo!

Tom la cabeza de Marcelita entre sus manos y mirndola fijamente:

--Marcelita... vas a decirme... una cosa...

--El qu pap?

Titube algunos segundos; en seguida, bruscamente, sonriendo con amarga
sonrisa:

--Quiero que me des otro beso... ahora anda... anda a jugar... nena
ma... corre.

Y Marcelita se fue corriendo.

Cuando desapareci, el artista, cuyo carcter era firme cual la roca,
enjug, sin embargo, una lgrima. Despus se levant, tom su paleta y
psose a pintar.

Al da siguiente experiment la sorpresa de ver a Calvat entrar en el
taller.

--Cmo te atreves a presentarte en mi casa?--le pregunt con
amenazadora gravedad.

--Querido--respondi Calvat en tono de sumisin--, he consultado con la
almohada... vengo a presentarte mis excusas... No estaba ayer ebrio
como me dijiste un poco rudamente, y aun aado que no falt a la
verdad... Pero he hecho mal, convengo, en venir a repetirte un cuento de
nio que debi afectarte profundamente, y que poda ser, que era
seguramente, un embuste. He reflexionado y estoy persuadido de que
Marcelita ha inventado la historia que me cont. Los nios, t lo sabes,
son grandes embusteros, y sus invenciones tienen con frecuencia ese aire
de malicia socarrona y de falsa inocencia que es fcil de advertir en la
broma de tu hija... Con ms, que nada se adelantara con interrogarla...
porque, en ese caso, sostenga la nia su mentira o la retire, se queda
uno como estaba... Por consecuencia, me parece lo mejor pasar por alto
la falta de la nia, olvidar mi exceso de celo... bastante comprensible,
por otra parte... y darme la mano.

La justificacin alegada por Calvat no dejaba de ser fundada, y, adems,
llevaba al alma atormentada del pintor algunos fulgores de bonanza.

--Bueno, pase!... pero te prevengo que en lo sucesivo no quiero or ni
una sola palabra reticente acerca de mi mujer... ya lo sabes!

Sin embargo, desde el da que la duda se pos en su espritu, no pudo
Jacques, por grande que fuera su imperio sobre s mismo, impedir que
algo traslucieran Beatriz y Pedro de la obsesin que lo atribulaba, y se
penetraron de que eran objeto de una tal vez involuntaria vigilancia;
resolvieron, pues, de comn acuerdo, hacer an ms raras sus
entrevistas ntimas, y obstculos tales puestos a su pasin, dieron por
resultado que sta se hiciera todava ms imperiosa, ms absorbente.
Jams llegaron a verse fuera de la quinta de Bellevue, porque Beatriz
opuso una resistencia invencible a todas las combinaciones que
Pierrepont le present para facilitar sus citas a solas. Era culpable,
es cierto! pero aun en su falta conservaba esa elevacin de alma que
desprecia los ruines expedientes de la galantera vulgar, y excepcional
hubiese sido que en las condiciones de existencia que les haban creado
los acontecimientos, no hubieran buscado para suplir a sus habladas
ternuras el medio fatal de escribirse. Con este error contaba Calvat.

Como el lector habr previsto, no afect aquel villano el
arrepentimiento de su delacin, y no se excus con Fabrice sino para
procurarse de nuevo entrada en la casa y vigilar ms de cerca a aquella
que haba resuelto perder. Calvat era un infame, pero no era un tonto, y
posea, sobre todo, esos rastreros gustos de polizonte que son casi
siempre sintomticos en los _bohemios_ de su cuo. Ya antes que Marcela
le hubiese dirigido la terrible interrogacin, terrible en su candor
mismo, que el adocenado aprendiz apresurse a llevar a su cuado, haba
aqul entrevisto, con esa malignidad y esa penetracin del odio, los
lazos que unan al marqus con Beatriz, pero comprendi que se perdera
a s mismo si despus de sus cuestiones con el pintor no presentaba a
ste en la ocasin primera la prueba irrefutable del delito.

Convencido por una serie de deducciones naturales de que los dos amantes
deban escribirse, se aplic a descubrir sin descanso sus medios de
correspondencia. Los frecuentes y largos paseos de Beatriz en la avenida
de los arrayanes le parecieron equvocos, conjeturando que sus cartas
habran de cambiarse por cima del poco elevado muro que cercaba el
jardn de la parte del camino; pero su vigilancia en aquellos contornos
result balda. Se escribiran sencillamente por el correo? Calvat,
para cerciorarse, se impuso la costumbre de hacer centinela ante la
verja de la quinta a la hora que llegaba el cartero.

Conocindolo este hombre por cuado del pintor le entregaba las cartas
dirigidas a la casa, y Calvat estudiaba cuidadosamente los sobrescritos.
Aunque Fabrice no abra jams las que reciba su mujer, no era verosmil
que el marqus escribiera a Beatriz sin tomar excepcionales
precauciones, y fue as que al cabo de algunos das llam la atencin de
Calvat el gran nmero de las que llegaban en esta forma: Seora Jacques
Fabrice; para entregar a la seora vizcondesa de Aymaret; y estimularon
tanto ms sus sospechas, cuanto que la letra pareca evidentemente
contrahecha: decidise a abrir una, y encontrse con que, efectivamente,
era toda del puo de Pierrepont: he aqu su contenido:

Querida Beatriz, s, esta existencia de engaos y traiciones es indigna
de nosotros y me complace que opines sobre este punto como yo... En
tanto que esta situacin se prolongue, nuestra dicha no ser ms que una
vana ilusin, nuestro amor no ser otra cosa que un continuo
sufrimiento... Y no hemos ya sufrido demasiado?... Cree firmemente que
soy tan incapaz como t de buscar frases hipcritas para engaar mi
propia conciencia... Somos culpables, lo s, pero, qu crimen de amor
pudo encontrar mayores excusas?... Se cruzaron jams entre dos
corazones honrados y sinceros parecidas fatalidades?... S, somos
delincuentes, pero somos tambin al propio tiempo vctimas de la
contraria suerte... Sera realmente vergonzoso y criminal perseverar en
esta va de abominable duplicidad... Huyamos, pues!... Te lo ruego,
alma ma, dgnate consentir!... Confa en m... he tomado todas las
medidas... Todo cuanto un hombre puede hacer, otro tanto har yo para
que tu destierro sea un destierro de encantos... Te adoro!--_Pedro_.

Cuando hubo terminado su lectura, crispse la cara de Calvat con una
sonrisa de rprobo; dobl la carta, empuj la verja y se dirigi al
taller de Fabrice.

--Hola, eres t?... Cre que sera el marqus, quien qued en venir hoy
por la maana.

--No, no es el marqus; soy yo--respondi Calvat--. Querido--prosigui,
bajando un poco la voz--, no me acusars ms de ser un borracho y un
embustero, supongo... La casualidad me ha puesto en posesin de una
carta que tiene mucho inters para ti... Como pariente y amigo tuyo, por
grande que sea mi sentimiento... me es imposible dejar de
entregrtela... Convendrs conmigo cuando la hayas ledo.

--No la leer--replic Jacques rechazando la mano de Calvat que le
tenda la carta--. Sal de aqu al instante, y te prohibo que vuelvas
jams a poner los pies en mi casa!

--Ya me volvers a llamar, y como no soy rencoroso, volver a tu primera
palabra. Esa carta es de Pierrepont dirigida a tu mujer. Ah te la dejo.

La arroj sobre la mesa y sali del taller.

Ya solo, el artista tuvo un momento de horrible duda. Inmvil,
petrificado, vea delante de s la mesa, y sobre la mesa la carta.

Por fin march hacia aqulla, con paso de autmata, con paso de estatua.
Tom en sus manos los fatdicos renglones, titube todava, hizo un
movimiento como para rasgar la carta; despus, con brusca decisin, la
despleg y la ley.

Calvat, por su parte, al irse pas por delante de la habitacin donde
Beatriz trabajaba sentada a su ventana, aproximse vivamente y dijo:

--Seora; tengo el gusto de comunicarle que en el momento en que me es
dado el honor de hablarle, su marido se ocupa en leer la ltima carta de
su amante de usted... Buenos das.

Y se dirigi hacia la verja; pero cuando iba a cerrarla alguien lo hizo
sea de que la dejara abierta; era el marqus que vena de la estacin.
Cruzaron un saludo. Calvat dobl la esquina de la calle inmediata y
Pierrepont entr en la quinta.

Bajo el golpe de la tremenda noticia que acababa de drsele, Beatriz
qued fulminada; haba odo las palabras de Calvat, pero al principio no
dio distintamente con su sentido; despus una luz terrible se hizo en su
espritu y comprendi... Una carta de Pedro estaba en manos de su
marido... Y de una mirada advirti como en un caos sombro todo lo que
poda salir en algunos minutos de los pliegues de aquella misiva: el
deshonor, la vergenza, la perdicin, la muerte. Cerr los ojos y
durante un momento no vio ms que tinieblas surcadas por siniestros
relmpagos. De pronto, pasos que sonaban en las calles del jardn la
sacaron de su aturdimiento; mir al exterior y reconoci con terror
indescriptible al marqus que, atravesando aqul, se dirigi al taller
de Fabrice. Se levant despus sbitamente, extraviada, loca, sin
reflexin, sin precisos designios, arrastrada por el terror de un
conflicto inminente entre aquellos dos hombres; lanzse fuera de su
gabinete, con su labor de tapicera en la mano, y baj corriendo los
escalones del peristilo, dirigindose con precipitado paso hacia el
taller donde Pierrepont acababa de entrar.

Beatriz se acerc a las cortinas que cubran la entrada de aqul,
levant ligeramente una de ellas y se puso a escuchar hasta donde se lo
permita el latir desordenado de su corazn... An alcanzaba a ver lo
que pasaba en el interior del taller.

Fabrice, en el momento en que Pierrepont entr, ocupbase en cargar dos
pistolas, regalo precisamente de su amigo Pedro, y con las cuales tena
costumbre de tirar por va de ejercicio en el jardn.

--Te gustan siempre esas armas?--le pregunt el marqus tomando y
dejando en seguida sobre la mesa aquella que Jacques acababa de cargar.

--Encantado--respondi.

--Vas a tirar al blanco?

--S.

--Bueno! vamos a hacer una apuesta si quieres.

--Con mucho gusto.

--Ests hoy malo?... No tienes buen semblante.

--S, no me encuentro bien... acabo de tener una escena muy desagradable
con Calvat.

--Ah!... precisamente sala cuando yo entraba.

--Ese miserable ha jurado a mi mujer un odio mortal.

--S, desde hace tiempo.

--Ahora mismo la difamaba de una manera horrible.

--Eso prueba que es un malvado y nada ms.

--Lo he echado de mi casa.

--Bien hecho! aunque has tardado demasiado en hacer esa ejecucin.

--Y, sin embargo, me ha turbado... esto no puedo decirlo sino a un
antiguo amigo como t lo eres... S, me ha turbado... Me ha dejado
dudas...

--Dudas sobre una mujer como la tuya? Vamos, Jacques, ests loco!

--S, no es verdad?--replic Fabrice--; t la conoces bien... y aun
antes que yo... Me responderas de su honor con el tuyo, no es cierto?

--Absolutamente!

--Y haras bien... porque el tuyo y el suyo corren parejas...

Y poniendo la carta del marqus bajo la vista de ste:

--Lee!

Pierrepont retrocedi cual si delante de l se hubiese levantado un
espectro. En seguida, tomando de sobre la mesa la pistola que acababa de
colocar en ella y entregndola a Fabrice por el culatn:

--Mtame!--le dijo.

--No--replic el pintor--, por lo menos no de esa manera.

Dio algunos pasos a lo largo del taller como para fijar sus ideas,
despus, volvindose al marqus:

--Puedes, si quieres--le dijo--, explicarme algunos giros de tu carta
cuya significacin no alcanzo?... Invocas como excusas ciertas
misteriosas circunstancias del pasado, ciertas fatalidades que pesaron
sobre la seorita de Sardonne y t... Puedo saber a qu haces alusin?

Pierrepont relat brevemente lo que aconteciera en otros tiempos entre
Beatriz y l, su recproco amor, y cmo la seora de Montauron oblig
por fuerza a la joven a rehusar la mano que l le ofreca.

Despus de una pausa de reflexin y de silencio, Fabrice le respondi:

--Tu sentimiento hacia la seorita de Sardonne te har desear sin duda
que este asunto se trate entre nosotros sin ruido, sin escndalo, a fin
de evitar a ella una tacha de que yo deseo tambin ver a salvo mi
nombre.

--Todo lo que me propongas con ese fin--respondi el marqus--, est
aceptado de antemano.

--Un duelo con su acompaamiento ordinario de padrinos, etc., revelara
todo al pblico... Hace un momento me proponas que jugsemos una
partida a la pistola... Acepto... Somos poco ms o menos de la misma
fuerza en esa arma... Aquel de nosotros que gane su vida... el que la
pierda, pierde la existencia en el suicidio.

--Sea!... queda convenido--respondi Pedro.

--Cada uno de nosotros empea su honor en que respetar esas
condiciones.

--Queda convenido!--repiti Pedro.

--Ahora--continu el pintor--, fuerza es que me resigne a hacer una
splica... S que esto es absolutamente incorrecto, y te ruego que me
excuses. He aqu de qu se trata... Si me toca dejar a mi hija hurfana,
no quisiera, al menos, dejarla sin recursos. Ahora bien, nada tengo, si
se exceptan cien mil francos que Nicholson me ha dado a cuenta por los
recuadros, cantidad que, segn convenio, tendra que devolverle si no
termino mi trabajo... debe darme, adems, el doble de aquella suma el
da que entregue la obra concluda... No creo que podr acabarlos antes
de cuatro meses... Te pido, pues, que si a m me toca morir, me acuerdes
ese plazo de que te he hablado... y no tengo necesidad de decirte que
este convenio es recproco.

Haba en esta peticin del desdichado artista algo tan conmovedor, que
el marqus volvi la cabeza para ocultar la contraccin casi convulsiva
de su rostro.

--Ser--dijo--como lo deseas.

El pintor guard las pistolas en su caja y tom algunos blancos.

--Conozco mucho estas armas. Quieres que nos sirvamos de otras?

--Es intil!--contest Pedro--. Yo tambin he tirado frecuentemente con
ellas. Vamos!

Dejaron el taller y se dirigieron a esa avenida de los arrayanes de que
tanto hemos hablado en el curso de nuestra narracin. Recordar tal vez
el lector que en uno de los extremos de la citada avenida exista una
plancha de tiro: en frente, al lado opuesto, haba un asiento rstico
empotrado en la pared. Cuando Pierrepont y Fabrice se aproximaron a la
placa para fijar los cartones, advirtieron a Beatriz sentada en el
campestre banco: Beatriz trabajaba en su tapicera.

Los dos hombres cambiaron una mirada.

Uno y otro saban que la avenida de los arrayanes era para Beatriz un
lugar favorito de paseo y de retiro. As, pues, no se sorprendieron de
encontrarla all, creyendo que nicamente la casualidad la haba llevado
a aquel sitio; pero su presencia durante la escena que se preparaba iba
a dar a sta un carcter trgico que impresion vivamente a los dos,
imponindoles al propio tiempo un disimulo de fisonoma y de lenguaje
que en momentos semejantes era tan penoso como necesario.

Beatriz, sin embargo, sostenida por el horror mismo de la tremenda
crisis y por la excesiva tensin nerviosa, continuaba trabajando en su
bordado con gran calma aparente, devolviendo a Pierrepont con su sonrisa
habitual el saludo de ste.

--Hermoso da--le dijo--, no es verdad?

--S, un verdadero da de verano... Aprovechndolo, vamos a jugar
Fabrice y yo un partido a la pistola.

--Ah! cul de los dos es ms fuerte?

Pierrepont hizo un gesto de incertidumbre.

--Ahora vamos a verlo--respondi sonriendo.

Fabrice coloc en el banco, al lado de ella, la caja de caoba y un
paquete de cartuchos.

Las armas de que iban a servirse eran pistolas Flobert, de gran calibre.

Los blancos o cartones de tiro estaban divididos, segn prctica, en un
nmero determinado de crculos concntricos, desarrollndose alrededor
de un punto mitad negro mitad blanco, punto que en el tecnicismo de los
tiradores suele llamarse la _mosca_. La distancia de tiro era todo el
largo de la avenida, es decir, veinticinco pasos prximamente. Delante
de Beatriz, profundamente conmovida, bajo su aparente tranquilidad,
acabaron los jugadores de fijar las bases de la partida.

Esta sera de siete disparos; el tiro era a voluntad; cada uno hara dos
de aqullos seguidos en las dos primeras entradas; en la tercera los
disparos seran tres por cada lado sin solucin de continuidad. Cada
sector del blanco tocado por los tiradores daba a stos el nmero de
puntos determinados por el uso, nmero de puntos que, por otra parte,
llevan siempre marcados los cartones. El crculo ms lejano del centro,
un punto; la _mosca_, siete.

Una moneda arrojada al aire indic que Fabrice deba tirar el primero;
rompi, pues, sus fuegos y aloj sus dos primeras balas en el interior
del segundo crculo; Pierrepont, ms inhbil esta vez, o menos dichoso,
perdi una de sus balas en la plancha, la otra toc el cartn. Este
primer _pase_ aseguraba, por consecuencia, cuatro puntos a Jacques y uno
solo a Pierrepont.

--Me parece que me guardas consideracin--dijo el pintor.

--De ningn modo--replic Pedro.

Al segundo _pase_ Fabrice meti sus dos balas en el tercer crculo.
Pierrepont, despus de aqul hizo dos y dos. Jacques tena diez puntos
contra cinco.

La tercera prueba le dio todava una ventaja ms considerable; con sus
tres balas marc doce puntos; tena as veintids contra cinco.

Pierrepont, cuya actitud revelaba una especie de descuido y desaliento,
se preparaba a hacer sus tres ltimos disparos; montaba su pistola,
cuando un ligero rumor le hizo volver la cabeza y sus ojos encontraron
los ojos de Beatriz, fijos en l con una expresin tal que aquella
mirada penetr hasta sus huesos. El marqus comprendi instantneamente
cmo ella se daba cuenta de todo... todo lo saba, y ese mirar
desesperado, ardiente, suplicante, imperativo, lo conjuraba, lo
exhortaba y le mandaba vivir y conservarse para ella. En momento alguno
su sombra beldad tuvo poderes tales de fascinacin. Pedro se puso en
el terreno, apunt e hizo fuego! Con sus dos primeras balas atraves el
estrecho crculo negro que rodeaba el punto blanco central; su ltima
bala se aloj en la _mosca_ misma. Tena, pues, veinticuatro puntos
contra veintids. Fabrice estaba condenado.

Y aun no se haba disipado el humo del ltimo disparo, cuando una
estridente carcajada son en los odos de los dos hombres estupefactos:
Beatriz se haba puesto de pie bruscamente, rgida, los ojos con
expresin de espanto, abrasados por el siniestro relampaguear de la
locura; balbuce algunas palabras ininteligibles, luego estall de
nuevo su espasmdico rer, rer tan salvaje, rer tan continuo que
pareca repetido en la circunvecina campia por las deidades mismas de
lo horrible. Vindola tambalearse, Fabrice corri a sostenerla,
depositndola suavemente sobre el rstico asiento; sus risas callaron,
poco a poco se agitaron sus miembros en los esfuerzos de la convulsin,
y al fin yaci desmayada.

--Nos haba escuchado!... Todo lo saba!--murmur el pintor como
hablndose a s mismo.

Tornse a Pierrepont, inmvil a dos pasos, plido cual un cadver en su
atad.

--Te ruego--le dijo--que nos dejes solos.

El marqus dud un momento indicndole con la mano a Beatriz tendida e
inerte sobre el banco.

--Me crees capaz--le pregunt el pintor--de maltratar a una mujer, aun
cuando sea tan indigna como sa?

Fabrice entonces, recogiendo el pauelo de su mujer, que haba cado a
sus pies, lo empap en el agua de una fuente prxima y humedeci a
Beatriz las sienes y el rostro. Al cabo de algunos minutos volvi en s,
pase a su alrededor la confusa mirada, fijndola luego sobre su marido,
y un sordo gemido, con el movimiento sbito de sus manos para cubrir los
ojos, atestiguaron que volva a la vida, que recobraba la posesin de la
terrible realidad.

--Beatriz, si una explicacin te es demasiado penosa en estos momentos,
la aplazo.

--Oh, no... en seguida!--murmur ella.

--Adems, no ser larga--aadi Fabrice--, porque, si no me engao, todo
lo sabes... Tus nervios te han denunciado... Has odo, no es cierto, mi
conversacin con Pierrepont en el taller?

Hizo ella un signo afirmativo.

--Sabes, entonces, por qu razones he querido evitar el escndalo de un
duelo?... Sabes que, para salvarte de toda tacha personal, y que,
adems, podra caer de rechazo sobre mi inocente hija?...

Beatriz repiti su signo de afirmacin.

--Como comprenders, esta precaucin resultara completamente ilusoria
si salieses de casa de tu marido el tiempo que me resta de vida, porque
eso equivaldra a revelar al pblico lo qu a m y a ti nos importa
tanto ocultarle. Esta situacin ser para los dos extremadamente
difcil, sabiendo lo que uno y otro sabemos y teniendo que tolerarla por
tres o cuatro meses; mas, puesto que yo tendr valor para sufrirla,
tambin t tienes que tenerlo.

--Me someter a lo que quieras.

--Para confortarte durante ese trance tienes el consuelo de pensar que
pronto sers duea de tus acciones... y que pronto tambin podrs
entregarte al hombre por cuya salvacin hacas votos mientras que nos
batamos.

Beatriz no respondi.

--Para acabar--aadi Fabrice--, creo que no tengo que imponerte un plan
de conducta durante ese breve perodo;... Supongo que no olvidaris ni
t ni el marqus de Pierrepont el respeto que se debe a un hombre cuyos
das estn contados.

Y, una vez pronunciadas estas palabras, la dej dirigindose al taller.

Beatriz permaneci todo el da en aquella fatal avenida, ya caminando
inconscientemente, ya sentndose anonadada sobre el banco... Pero, era
realmente ella la que all se encontraba?... Era ella la causa de todos
estos horrores?... Era ella, Beatriz, la que acababa de recibir, y
merecindolo, ay!, el sangriento ultraje que le dirigiera su marido...
y que no haba osado negar?... Porque era evidente que durante el
combate en que aqul jugaba su vida contra la de otro hombre, no era por
su consorte por quien ella temblaba... Era notorio para su conciencia
que haba cometido el crimen, en un arrebato de pasin, de afirmar la
mano temblorosa del marqus, y que, al ver a su marido bajo el imperio
de una sentencia de muerte, su primera sensacin fue la de una alegra
feroz... Ella supo entonces, la desventurada criatura, como otras tantas
lo supieron antes, hasta qu grado la pasin puede falsear y pervertir
las almas ms nobles y ms puras, cuando se la deja reinar en absoluto
sobre la razn, la voluntad y el honor.




XV

HONOR DE ARTISTA


Han pasado varias semanas. Corre el mes de agosto. Beatriz y Pierrepont
no han vuelto a verse. Por un escrpulo que los dos comparten han
evitado toda comunicacin por escrito. Beatriz sabe nicamente que,
contra su costumbre, el marqus pas el verano en Pars, y aqulla
presume que Pierrepont aguarda sus rdenes.

Cierta maana Pedro recibe de su amante este billete:

Te conjuro a partir para Glion. La seora de Aymaret est all todava.
Confaselo todo. Dile que me otorgue su perdn, que el dolor me vuelve
loca, que la espero.

Algunas horas despus el marqus parta para Suiza. Al da siguiente
estaba en Glion, y dos despus, la vizcondesa, cuyo marido hallbase
restablecido, lleg a Pars trasladndose en seguida a Bellevue. Al
verla entrar en su saln, la mujer del pintor lanz un dbil grito:
Elisa, y junt sus manos dirigindole una mirada suplicante. La seora
de Aymaret le abri los brazos, arrojndose en ellos Beatriz con
sollozos desgarradores.

--Gracias! gracias!--le dijo sta--. Haca dos meses que no lloraba!

Y cuando se hubo calmado un poco:

--Te lo ha dicho todo?

--Todo.

Hizo que la vizcondesa se sentara.

--Bueno!... Y qu piensas t? Yo ya ni pensar puedo!

--Piensa--respondi la seora de Aymaret que es necesario tocar todos
los resortes para salvar la vida de tu marido.

--Eso es imposible... l no querr!

--Quin no querr?

--l... mi marido!

--Por qu?

--Porque ha empeado su palabra!

La seora de Aymaret tom un acento severo, casi rudo.

--Beatriz--le dijo--, si pudiera siquiera imaginarme que miras sin
horror la perspectiva de tu prxima viudez, rompera contigo mi amistad
para toda la vida.

--Escchame--le replic Beatriz--, ese horrible sentimiento que me
prestas... lo he experimentado... lo he experimentado mientras jugaban
sus vidas... mientras sus dos existencias estaban en peligro... y me ha
perseguido... no me ha abandonado en mucho tiempo a pesar mo...
Ahora... sin duda Dios no me ha dejado todava completamente de su
mano... porque ha permitido que haya podido vencer esa espantosa
tentacin... Ahora te juro que dara mi vida por salvar la de ese
desdichado...

--Lo amas!--exclam la vizcondesa.

--No lo amo!... pero me inspira tanta lstima!... tanta lstima!...
Es tan poco acreedor a esta larga agona que viene sufriendo!... Y la
soporta con tanto valor!... Y tanta mansedumbre!... Soy su
prisionera!... podra torturar mi alma... martirizarme... y nunca...
salvo el primer momento, no ha tenido para m una palabra de reproche,
una expresin amarga... Me trata como en pasados tiempos... Tanto, que
hay momentos, cuando me habla, cuando me sonre, que me parece que nada
ha pasado, que me encuentro nicamente bajo la presin de una pesadilla!

--Es que, a pesar de todo, te ama, querida ma, y en ese caso an no
est todo perdido!

--No es que me ame... Cmo quieres que sea eso?... No, es que recuerda
el pasado, y se venga de mi orgullo, de mis preocupaciones de clase, de
mis miserables desdenes... es que quiere probarme cmo un simple artista
sabe sufrir y morir como un caballero.

--Cunto tiempo queda an para que expire el trmino fatal?

--Nada s, porque, si no puede aplazarlo, puede anticiparlo... todo
depender del perodo que dure su trabajo... en cuanto lo termine se
matar de seguro!

--Y a qu altura est en su tarea?... t no lo sabes?... No vas nunca
al taller despus del suceso?

--Hace algunos das hice un supremo esfuerzo de voluntad y volv a l...
All me siento y bordo a su lado... l me deja hacer... me dirige una
palabra de cuando en cuando... una palabra indiferente... Oh, qu
terrible cosa!

El corazn de Beatriz se abri de nuevo y llor largo rato en silencio.

--Te preguntaba, hija ma--repiti la seora de Aymaret--, si est muy
adelantada su obra.

--Muy adelantada... el pobre no descansa un minuto... desde el amanecer
se pone al trabajo... estoy admirada!... Cmo se puede tener cabeza y
valor para ocuparse de nada con semejante preocupacin?... Yo ni
siquiera lo comprendo!

--Y l parece estar tranquilo, dices?

--S, parece estar tranquilo... pero encanece rpidamente.

--Oh! es necesario salvarlo--exclam la vizcondesa ponindose en pie--.
T me das plenos poderes, no es verdad? Apruebas de antemano cuanto
intente con ese fin?

--Todo... absolutamente todo... y con toda mi alma, Dios mo!

--Pues bueno! escribe a Pierrepont, a quien dar una cita para maana.

Beatriz se sent en su mesa de escribir y traz a vuela pluma estas
breves lneas:

     Al marqus de Pierrepont.

     Todo lo que Elisa te pida, te lo pido yo tambin de rodillas.

Al da siguiente aqul, por indicacin de la seora de Aymaret,
presentse en casa de sta. La vizcondesa presentle la carta en
seguida.

--De qu se trata?--interrog Pedro con gravedad despus de haber
ledo.

--Se trata de que Fabrice no efecte su suicidio cuando llegue la
hora... Podemos contar con usted para ese objeto?

--Y lo duda usted?... Es como si propusiera usted a un asesino
libertarlo de su propia conciencia... Pero, qu puedo yo hacer en
esto?... No puedo imaginrmelo...

--Segn mi opinin, hay que vencer dos obstculos para llegar a nuestro
fin: primero, el punto de honor de la palabra empeada que liga a
Fabrice... No podra devolverle esa palabra y en trminos tales que l
consintiese en aceptarla?

--Estoy pronto... pero...

--Teme que rehuse?

--Lo temo... sin embargo, voy a intentarlo, y con toda sinceridad, segn
va usted a verlo.

--No esperaba menos de usted... El segundo inconveniente que tendramos
que dominar es la conviccin en que debe estar Fabrice de que si
sobrevive le encontrar siempre entre su mujer y l... porque ha de
estar creyendo que ella y usted aguardan su muerte para efectuar un
matrimonio... Pues bien, el nico medio de desengaarlo es volver a
nuestro antiguo plan de casamiento con Ketty, ponindolo por obra en el
ms breve perodo de tiempo posible. Consiente usted?

Despus de una pausa para reflexionar.

--Su amiga de usted--pregunt Pierrepont--, desea ese matrimonio?

--Desea y aprueba todo lo que pueda sacarla del infierno en que est
metida.

--Pues bueno! obedezco... me ir maana... si no hay vapor en nuestros
puertos marchar a tomar uno en Inglaterra... Esta noche le mandar la
carta para Fabrice... se la entregar usted en tiempo oportuno... Adis,
seora...

Estrech efusivamente con sus dos manos la mano de la vizcondesa y se
retir.

Dos das despus se embarcaba en el Havre con rumbo a los Estados
Unidos.

La seora de Aymaret haba recibido el da antes la carta que l diriga
a Fabrice. Iba abierta; leyla la vizcondesa y qued satisfecha de su
contenido; pero decidi no entregarla al pintor sino el da que pudiera
participarle al mismo tiempo las bodas de Pierrepont, esperando que as
el artista sera ms accesible a sus ruegos.

Beatriz fue de idntica opinin, y en cuanto al casamiento del marqus,
acogi esta noticia con bastante indiferencia.

Alentada por su amiga, abrigaba algunas esperanzas, por remotas que
fuesen, de salvar a su marido, escapando ella misma a tormentos morales
en que tema dejar la razn, y por esta causa vigilaba con anhelante
inters los ms pequeos actos, las ms insignificantes palabras de
Jacques. Era el corazn de Beatriz, a pesar de su orgullo aristocrtico
y de sus vanidades mundanal, demasiado noble, demasiado generoso, para
mostrarse insensible a la actitud firme, magnnima, heroica del artista
enfrente de la muerte; y en su admiracin, mezclada de profunda, lstima
y quizs de sentimientos ms tiernos todava, ella no recordaba sino
para sonrojarse los mezquinos reproches que all en su fuero interno
haba alimentado contra su marido; admirbase de haberlo hasta tal punto
desconocido, de haber tan injustamente cerrado los ojos ante las
luminosas cualidades del hombre y del artista para fijarse slo en
algunas miserables imperfecciones de detalle. La misma personalidad
fsica del pintor se le representaba bajo una nueva faz, sintindose
herida por la dignidad natural de su andar, que traa a la memoria la
marcha al mismo tiempo potente y ligera de los grandes felinos; se
senta herida por el brillo resplandeciente de su frente, por la
enrgica acentuacin de su tranquilo rostro, al cual sus cabellos, ya
hoy ligeramente emblanquecidos, revestan de una extraa y suave
aureola; se le apareca, en fin, transfigurado cual si los pensamientos
que lo ocupaban y lo sostenan en aquellos das supremos lo hubiesen
envuelto en un nimbo de sobrenaturales resplandores.

Pero el tiempo volaba; fue el 20 de julio cuando Pierrepont y Fabrice
juraron su tremendo compromiso, y el plazo de cuatro meses acordado al
pintor expiraba por ende el 20 de octubre. Asomaba la primera semana del
luctuoso mes cuando Beatriz advirti con terror que los grandes
recuadros destinados a Amrica hallbanse a punto de ser terminados, y
lo hubiesen estado con anterioridad si Jacques no hubiese ms que nunca
querido justificar en esta postrer obra suya la reputacin del
concienzudo y probo artista que la fama pblica le haba discernido, y
no quedaban por hacer sino ligeros retoques, hasta el punto de que ya el
apoderado de mster Nicholson en Pars viniera a entenderse con el
pintor acerca del mejor modo y forma de mandar las telas a su destino.

A medida que el pavoroso trmino avanzaba, las angustias de Beatriz
hacanse ms incesantes, ms intolerables, ms mortales. Devorada por la
fiebre, en espera da y noche de cualquier siniestro ruido, de cualquier
trgico espectculo, impulsaba la triste Beatriz a la seora de Aymaret
con desesperada impaciencia a que diese el paso supremo de que dependa
su ltima esperanza, mas la vizcondesa, prevenida ya por Pierrepont de
que su matrimonio se efectuara en prxima fecha, quera esperar para
presentar su splica al pintor as que el suceso se realizase. Al poco
tiempo Pierrepont le enviaba un peridico americano en que se daba de
aqul noticias detalladas, y entonces la vizcondesa no titube ms.

Desde su vuelta, en sus frecuentes visitas a Bellevue, ms de una vez se
haba encontrado la seora de Aymaret con Fabrice, y aunque ste no
pudiese dudar que aqulla conociese el secreto de Beatriz, jams se
cruz entre ellos ni la sombra de una alusin sobre este resbaladizo
asunto, pero una maana la vio entrar inopinadamente en su taller.
Profesaba el artista una sincera estima a la joven seora, y adivinando
en la actitud a la vez turbada y resuelta de aqulla, el particular que
la trajera, tom un aire grave.

--Viene usted a hablarme, seora?--le dijo.

--S, tengo que hablarle... pero no me desaliente de antemano... sea
bueno y complaciente conmigo, se lo ruego.

--Con usted, seora, es bien fcil ser complaciente--respondi Fabrice
sonriendo con tristeza--. Vamos, hable usted.

Y le acerc una silla por cuanto advirti que la vizcondesa estaba a
punto de desfallecer.

--Seor Fabrice--comenz aqulla despus de un breve silencio--, me he
enterado hoy de una cosa que me parece que tal vez le interese saber...

Y le entreg con la mano temblorosa la ltima carta que haba recibido
de Pierrepont acompaada del peridico americano en que se daba cuenta
de su matrimonio.

Despus de haber ledo el pintor estos dos documentos, los devolvi
framente a la seora de Aymaret.

--Gracias--le dijo el pintor con seca cortesa.

--Seor Fabrice--continu aqulla cada vez ms desconcertada y ms
conmovida--, tengo que entregarle an otra carta... Le est
personalmente dirigida.

--Veamos, seora.

Tom en sus manos la misiva; era aquella que Pierrepont le escribi
antes de su partida: vanse aqu sus trminos:

Antes de abandonar la Francia por mucho tiempo, aun para siempre si t
lo eliges, te relevo con la mayor sinceridad de la palabra que me has
empeado, rogndote en nombre de tu hija, suplicndote una y mil veces
que conserves tu vida.

Si la suerte me hubiese a m condenado y si t me devolvieses mi palabra
con la lealtad con que yo te devuelvo la tuya, te aseguro que ni un
momento titubeara en aceptarla.--_Marqus de Pierrepont_.--Al seor
Jacques Fabrice.

El pintor ley una y otra vez, y aun volvi a leer con atencin suma
estas lneas, y, una vez al cabo de su contenido, se dispona a
entregarla a la seora de Aymaret.

--Pero--arguy sta--, es para usted... debe usted guardarla.

--Sea!--replic el pintor.

Esper un momento la vizcondesa, y viendo siempre a aquel impasible y
mudo:

--Seor Fabrice--le dijo estrechando las manos del artista--, me dejar
usted partir sin concederme una frase de esperanza?... Ya su honor est
a salvo... Tenga usted piedad de su hija!... Tenga piedad tambin de
la pobre culpable!... Ha sufrido y sufre tanto!... Ha expiado y expa
con tanta usura su pecado!... Y si aun me atreviera a aadirle
algo!...

--Oh! no, seora, no prosiga usted... es suficiente con lo que me ha
dicho... Me conmueve su inters hacia m y los sentimientos que lo han
inspirado... mas comprender que, cuestin tan grave como la que
tratamos, no puede resolverse en un momento de enternecimiento...
Permtame que medite sobre estos puntos con la calma que es de razn...
Mi trabajo est ya terminado... an puedo disponer de algunos das... Mi
intencin, que puede usted comunicar a su amiga, es consagrarlos a hacer
un corto viaje al extranjero... una excursin a Suiza... Insisto ms que
nunca ahora en mi resolucin, porque tengo necesidad de la ausencia para
fijar mis ideas... Pienso partir maana...

La vizcondesa clav en l una mirada inquisitiva, Jacques psose en pie
tomando entre sus manos una de las de la dama...

--Hasta la vista, seora--le dijo; luego, con la voz levemente
conmovida--: Adis, hija ma!

La vizcondesa sali, pero antes parse un momento en el umbral del
taller para enjugar sus lgrimas que arrasaban sus ojos; por fin,
dirigise con rpido, paso hacia las habitaciones de Beatriz: sta, que
esperaba el resultado de la entrevista paseando febrilmente por las
alamedas del jardn, corri al encuentro de Elisa desde que la viera
aparecer, e interrogndola angustiosamente:

--Y bien?

--Tengo esperanzas!--le contest su amiga.

--Es posible?--contest Beatriz y arrastr a aqulla al saln.

La seora de Aymaret relatle entonces todos los detalles de su
entrevista con Fabrice, procurando persuadirla y persuadirse a s propia
de que la impresin que le haba producido era favorable, pero la
noticia del viaje repentinamente proyectado por su marido, aterr a
Beatriz.

--Eso es el suicidio!--dijo a su amiga con sorda voz.

--Y la de irse si est decidido a darse la muerte?--objet la de
Aymaret.

--Quin sabe?... Por evitar tan tremendo espectculo a su hija... Tal
vez por evitrmelo a m misma... Quiere ser generoso y magnnimo hasta
el fin...

--Te aseguro--le dijo la seora de Aymaret--que el lenguaje que ha usado
me ha parecido sincero... Antes de fijar su decisin en asunto tan grave
quiere reflexionar con tranquilidad, lejos de las recuerdos, de las
emociones que pudieran perturbar sus ideas...

Aqu llegaban de su conversacin, cuando fueron interrumpidas por
Marcelita, que entr en la sala como un torbellino; present sus frescas
mejillas a la seora de Aymaret, y volvindose a Beatriz le pregunt
toda sofocada:

--Es verdad que pap se va?

--Quin te ha dicho eso?

--Enriqueta, a quien le ha prevenido que le haga su equipaje.

--S, se va maana... su trabajo lo ha fatigado mucho... los mdicos le
recomiendan un poco de distraccin.

--No quisiera que se fuese--dijo la nia--, si lo permites voy a ayudar
a Enriqueta para que no se le olvide nada.

--Yo misma voy dentro de un momento... anda, hija ma.

Marcelita se fue corriendo. La seora de Aymaret se levant para
marcharse.

--Si te imaginases cunto estoy sufriendo!--le dijo Beatriz--. No se
hace un movimiento, no se pronuncia una palabra en esta casa que no sea
para m un martirio... y vas a dejarme sola?

--S, te dejo, hija ma... pero maana, desde muy temprano, me tendrs
aqu. Debo dejaros solos en estas ltimas horas... Os abandono a la
inspiracin de vuestros corazones... Hasta maana!

Se besaron, y la vizcondesa se alej.

Beatriz subi a las habitaciones de su marido para vigilar los
preparativos del viaje. La doncella le particip que Fabrice haba ido a
Pars, pero que volvera para comer.

La mujer del pintor pas el resto del da vagando por el jardn. Hacia
la noche entr en el taller. El vaco que haban dejado los terminados
recuadros daban un aire de abandono, de soledad, de tristeza solemne.
Beatriz permaneci all hasta la cada de la tarde pensando en cuanto
una grande inteligencia, una grande alma dejara all de su pensamiento,
de dolores.

De pronto una idea le asalt: todo haba acabado; la pretendida
excursin de Jacques a Pars no era ms que un pretexto; su marido no
volvera; vol a sus habitaciones; Jacques haba vuelto.

Se sirvi la comida. Fabrice se hallaba tranquilo, pero ms serio, ms
distrado que de costumbre, y al mismo tiempo ms hablador; dirase que
tena miedo al silencio. Hablaba del decrecimiento de los das, de la
hermosura de aquellas otoales tardes, de la belleza de los paisajes
suizos, de la impotencia del pintor para fielmente reproducirlos.

Despus de la comida bajaron al jardn. Aunque ya en sus comienzos el
otoo, la noche era templada y magnfica bajo un cielo tachonado de
estrellas. Haba an claridad suficiente y Marcelita corra tras de su
aro por las angostas calles que rodeaban la fuente. Placale a la nia
dar esta muestra de habilidad a su padre, quien, sentado en un banco, la
miraba... y de cuando en cuando tambin miraba al cielo!... Beatriz,
anonadada, habase sentado tambin a algunos pasos de distancia, oculta
entre la sombra de los rboles.

Al cabo de un instante, Fabrice exclam:

--Marcela!

--Qu, pap?--y vino corriendo.

--Tengo miedo que te resfres... es necesario irse a dormir...

--En seguida?

--S, te lo ruego, vida ma.

--Bueno, me voy, pap.

--Dame antes un beso...--y tom a la nia entre sus rodillas.

--As me gustan las nias!... T me prometes ser siempre buena, es
verdad?

--Te lo prometo.

--Aun cuando yo no est ya aqu... aun cuando est fuera?

--S... pero, por qu te vas, pap?

--Tengo tanta necesidad de reposo, pobre nena ma!

--Por qu no me llevas contigo?

--Ay, si pudiera!...--murmur Fabrice.

--Anda, llvame, papacito!

--No es posible, alma ma!... Anda... vete a dormir!...

--Te vas por mucho tiempo?--continu la nia.

--Por... alguno... Todava no lo s fijo... Anda... anda a dormir, hija
ma!

Jacques dio un beso a aquel querubn.

--Presente o ausente--le dijo--, me querrs siempre... te acordars de
m, no es cierto?

--Siempre... siempre... te lo prometo.

Lo dej, para ir a dar un beso a Beatriz; en seguida, volviendo a su
padre, a media voz:

--Pap! ests llorando!

Detuvo a la nia por la mano; hubo un silencio; despus Fabrice con
grave acento:

--Ama tambin a tu madre!

Y la nia se alej pensativa entrando en la casa.

Al instante mismo Fabrice oa un gemido, y Beatriz, saliendo de las
sombras, se ech a sus plantas, sobre la arena de la avenida.

--Te suplico, Beatriz!--le dijo en tono de dulce reproche procurando
levantarla.

--Ah!--exclam la sin ventura a travs de sus lgrimas--, el Cristo
perdon!

--Y yo te perdono... No acabas de or lo que he dicho a mi hija?... No
ignoro cunto has sufrido en estos ltimos tiempos... y hay adems en la
vida circunstancias en que la indulgencia se impone... Levntate...
Sintate a mi lado.

Desconcertada, estupefacta, se sent en el banco al lado del marido.

--Beatriz--le dijo--, te doy mi perdn... Qu ms deseas? Habla.

--Deseo... que vivas, Dios mo!

--Ests segura?... Ests bien segura de que no me despreciaras maana
si yo cediese a tus ruegos?

--Despreciarte?... Por qu?... Pues que, no s que eres libre, que te
han devuelto tu palabra?

--Y no te diras alguna vez, Beatriz, que otro en mi lugar se habra
mostrado ms escrupuloso sobre el punto de honor?

--Pero, por Dios, no acabes de matarme... ten piedad de m!... Esto es
horrible!... Yo que te amo tanto, Dios mo!... y que ni aun me atrevo a
decrtelo... porque creeras que miento para salvarte de la muerte... y,
sin embargo... aqu delante de Dios... te juro que te amo... oh! te lo
juro.

Y deshecha en lgrimas levantaba desesperadamente sus brazos al
tachonado cielo.

Hubo un largo silencio solamente turbado por el rumor de sus gemidos...
Luego Fabrice, con voz hondamente conmovida:

--Te creo!

Ella tom sus manos.

--S, esa palabra que tanto ansi de tus labios... al fin la he odo...
y el corazn me dice que es sincera... Me amas!... Oh cielos, desatad
sobre m vuestros rayos!... que ni aun por eso os negara mi
adoracin!... mi adoracin por este momento tanto tiempo anhelado!...
tanto tiempo soado!

Ella besaba sus manos llorando.

--Beatriz--le dijo, desasindose suavemente--, todo esto era para m tan
imprevisto.... que ya ves... he perdido la calma... casi la razn...
Deja que me recoja un poco en m mismo, te lo ruego... Desconfiaras con
fundamento de mi resolucin tomada bajo el imperio de emocin
semejante... Ven, vuelve a tu gabinete... Vendr a buscarte dentro de un
momento y entonces hablaremos seriamente.

Beatriz se apoy en el brazo que l le ofreca y la condujo hasta el
primer escaln del peristilo, y como aqulla dudase en separarse de l,
Jacques la atrajo hacia s y bes sus cabellos.

--Hasta dentro de un momento!--le dijo.

Beatriz se sent en el saln cerca de una ventana abierta mientras se
alejaba por el jardn. Pasese Fabrice en l largo tiempo, a lento paso.
A veces su silueta se desvaneca entre los rboles, y entonces de pie,
aterrado, hasta que su sombra sala de las tinieblas... Haca algunos
minutos que lo perdiera de vista; de pronto un relmpago siniestro
ilumin los vidrios del taller, y el ruido de una detonacin rasg el
silencio de la noche.

La triste esposa extendi los brazos, dio un grito y cay desplomada.

* * * * * * * * *

Fue la seora de Aymaret mandada a buscar en seguida, quien encontr
sobre la mesa del taller, y entreg a Beatriz, estos cuatro renglones:

Beatriz, hubiera querido evitarte este duelo... pero habra credo ser
dbil al ceder... S, creo que tu corazn al fin se ha abierto al mo,
creo que me amas... Pero, continuaras amndome maana?... Debiendo mi
vida al hombre que me ultraj tan cruelmente?... Lo dudo, y muero.

* * * * * * * * *

La verdadera causa del suicidio de Jacques Fabrice, jams se sospech.
Los diarios anunciaron que el desdichado artista haba muerto por
accidente, descargando sus pistolas en vsperas de un viaje.

Beatriz entr en religin en los Benedictinos de Auteuil, donde ella
misma pudo acabar la educacin de Marcela, cumpliendo as piadosamente
las ltimas voluntades del artista.

FIN






End of the Project Gutenberg EBook of Honor de artista, by Octave Feuillet

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK HONOR DE ARTISTA ***

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