The Project Gutenberg EBook of El cuarto poder, by Armando Palacio Valds

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Title: El cuarto poder

Author: Armando Palacio Valds

Release Date: February 13, 2008 [EBook #24601]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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BIBLIOTECA de LA NACIN

ARMANDO PALACIO VALDS

EL CUARTO PODER

BUENOS AIRES

1913

El autor de esta obra ha autorizado a LA NACIN para editarla y
venderla solamente en las Repblicas Argentina y Uruguay. Esta
edicin no puede circular fuera de las dos Repblicas mencionadas.

Imp. de LA NACIN.--Buenos Aires



NDICE

I.--Se levanta el teln, por esta vez sin metfora

II.--Del feliz arribo de la Bella-Paula

III.--En que la pareja enamorada comienza a pensar en el nido

IV.--Cmo los particulares de Sarri se congregaban en un recinto
nombrado el Saloncillo, y lo que all se platicaba

V.--Ladrones!!!

VI.--Que trata del equipo de Cecilia

VII.--Que trata de dos traidores

VIII.--De la reunin que los prceres de Sarri celebraron en el teatro
con asistencia del cuarto estado

IX.--Historia de una lgrima

X.--De la gloriosa aparicin de El Faro de Sarri en el estadio de la
prensa.--Primeros fuegos de la batalla del pensamiento

XI.--Que Gonzalo se cas.--Graves revueltas entre los socios del
Saloncillo

XII.--Cmo se diverta Pablito

XIII.--En que se descubren algunos secretos de la vida de Gonzalo

XIV.--De los galicismos que cometa El Faro de Sarri y otros asuntos
no menos interesantes.--Primeras bajas de la batalla del pensamiento

XV.--De la entrada famosa que hizo en Sarri el duque de Tornos, conde
de Buenavista

XVI.--De lo mucho y bueno que hizo el duque de Tornos en Sarri

XVII.--Que Gonzalo toma una gravo resolucin y Cecilia otra

XVIII.--Donde tira doa Brgida de la manta

XIX.--En que da fin la presente historia con algunos notables, cuanto
tristes sucesos




CAPITULO PRIMERO

SE LEVANTA EL TELN, POR ESTA VEZ SIN METFORA


En Sarri, villa famosa, baada por el mar Cantbrico, exista hace
algunos aos un teatro no limpio, no claro, no cmodo, pero que serva
cumplidamente para solazar en las largas noches de invierno a sus
pacficos e industriosos moradores. Estaba construdo, como casi todos,
en forma de herradura. Constaba de dos pisos a ms del bajo. En el
primero los palcos, as llamados Dios sabe por qu, pues no eran otra
cosa que unos bancos rellenos de pelote y forrados de franela encarnada
colocados en torno del antepecho. Para sentarse en ellos era forzoso
empujar el respaldo, que tena bisagras de trecho en trecho, y levantar
al propio tiempo el asiento. Una vez dentro se dejaba caer otra vez el
asiento, se volva el respaldo a su sitio y se acomodaba la persona del
peor modo que puede estar criatura humana fuera del potro de tormento.
En el segundo piso bulla, gritaba, coceaba y relinchaba toda la chusma
del pueblo sin diferencia de clases, lo mismo el marinero de altura que
el que pescaba muergos en la baha o el pen de descarga; la se Amalia
la revendedora igual que las que acarreaban el fresco a la capital.
Llambase a aquel recinto la cazuela. Las butacas eran del mismo
aborrecible pelote que los palcos y el forro debi ser tambin del mismo
color, aunque no poda saberse con certeza. Detrs de ellas haba, a la
antigua usanza, un patio para ciertos menestrales que, por su edad, su
categora de maestros u otra circunstancia cualquiera, repugnaban subir
a la cazuela y juntarse a la turba alborotadora. Del techo penda una
araa, cuajada de pedacitos de vidrio en forma prismtica, con luces de
aceite. Ms adelante se substituy ste con petrleo, pero yo no alcanc
a ver tal reforma. Debajo de la escalera que conduca a los palcos haba
un nicho cerrado con persiana que llamaban el palco de don Mateo. De
este don Mateo ya hablaremos ms adelante.

Pues ha de saberse que en tal lacera de teatro se representaban los
mismos dramas y comedias que en el del Prncipe y se cantaban las peras
que en la Scala de Miln. Parece mentira, eh? Pues nada ms cierto.
All ha odo por vez primera el narrador de esta historia aquellas
famosas coplas:

    _Si oyes contar de un nufrago la historia,_
    _Ya que en la tierra hasta el amor se olvida_...

Por cierto que le parecan excelentes, y el teatro una maravilla de lujo
y de buen gusto. Todo en el mundo depende de la imaginacin. Ojal la
tuviese tan viva y tan fresca como entonces para entretenerles a ustedes
agradablemente algunas horas. Tambin ha visto el _Don Juan Tenorio_. Y
sus difuntos untados de harina de trigo, su comendador filtrndose por
una puerta atada con cuerdas, su infierno de espritu de vino y su
apoteosis de papel de forro de bales, le impresionaron de tal modo que
aquella noche no pudo dormir.

En la sala pasaba, poco ms o menos, lo mismo que en los ms suntuosos
teatros de la Corte. No obstante, por regla general se atenda ms al
espectculo que en stos. Aun no habamos llegado a ese grado superior
de perfeccionamiento, mediante el cual las acciones deben formar grato
contraste con el lugar donde se ejecutan; verbi-gracia, charlar en los
teatros, reirse en las iglesias, ir graves, y silenciosos, y patticos
en el paseo, como sucede, afortunadamente, en Madrid. Ignoro si en
Sarri han subido ya a la hora presente este peldao de la civilizacin.

Ni se crea que faltaban por eso algunos espritus lcidos que se
adelantaban a su poca y presentan lo que haba de ser el teatro
andando el tiempo. Pablito Belinchn era uno de ellos. Tena abonado
siempre, en compaa de otros tres o cuatro amigos, el palco de
proscenio. Desde all diriga la palabra a otros seores de ms edad,
abonados en el palco de enfrente: se decan cuchufletas, se burlaban de
la tiple o del bajo, y se tiraban caramelos y saetas de papel. Por
cierto que el pblico de las butacas, ajeno todava a estos
refinamientos de la civilizacin, sola hacerles callar brbaramente con
un enrgico chicheo. Las familias ms importantes acostumbraban a entrar
en aquellos palcos fementidos despus de abierto el teln, con la misma
solemnidad que si penetrasen en una platea del teatro Real, y por de
contado con mucho ms ruido. No es posible figurarse bien el horrsono
traquido que daba aquel respaldo al ser empujado y aquel asiento al
dejarlo caer con nimo de llamar la atencin.

Dgalo si no la familia que en este momento hace su entrada triunfal en
uno de ellos y permanece en pie despojndose de los abrigos, mientras
los espectadores divierten por un instante la vista de la escena y la
fijan en ellos, hasta que se sientan. Son los seores de Belinchn. El
jefe de la familia, don Rosendo, es un caballero alto, enjuto, doblado
por el espinazo, calvo por la coronilla, de ojos pequeos y hundidos,
boca grande, que se contraa con sonrisa mefistoflica, dejando ver dos
filas de dientes largos e iguales, la obra ms acabada de cierto
dentista establecido haca pocos meses en Sarri. Gasta patillas cortas
y bigote, y representa unos sesenta aos de edad. Est reputado por el
primer comerciante de la villa y uno de los primeros importadores de
bacalao de la costa cantbrica. Durante muchos aos monopoliz
enteramente la venta por mayor de este artculo, no slo en la villa,
sino en toda la provincia, y gracias a ello haba granjeado una fortuna
considerable. Su esposa, doa Paula... Pero por qu se despierta tal y
tan prolongado rumor en el teatro a su aparicin? La buena seora, al
escucharlo, queda temblorosa y confusa, no acierta a desembarazarse del
abrigo, y su hija Cecilia se ve obligada a quitrselo y a decirle al
odo:--Sintate, mam! Se sienta, o por mejor decir, se deja caer sobre
el banco y pasea una mirada extraviada por el pblico, mientras sus
mejillas se tien de vivo carmn. En vano se abanica con bro y procura
serenarse. Nada: cuantos ms esfuerzos hace por alejar la sangre
tumultuosa del rostro, ms empeo pone la maldita en ocupar aquel lugar
visible.

--Mam, qu colorada ests!--le dice Venturita, su hija menor, pugnando
para no reir.

La madre la mira con expresin de angustia.

--Calla, Ventura, calla.--dice Cecilia.

Doa Paula, animada con estas palabras, murmura:

--Esta chiquilla no goza sino en avergonzarme.

Y estuvo a punto de enternecerse y llorar.

Al fin, el pblico se cans de atormentarla con sus miradas, sonrisas y
murmullos, y fij de nuevo su atencin en la escena. La congoja de doa
Paula fu cesando poco a poco; pero quedaron restos de ella por toda la
noche.

La causa de aquel incidente era el abrigo de terciopelo guarnecido de
pieles que la buena seora se haba puesto. Siempre que estrenaba alguna
prenda de apariencia brillante, suceda lo mismo. Y esto no por otra
cosa ms que porque doa Paula no era seora de nacimiento. Proceda de
la clase de cigarreras. Don Rosendo haba tenido amores con ella siendo
casi una nia, de los cuales naci Pablito. As y todo, don Rosendo
estuvo cinco o seis aos sin casarse ni querer oir hablar de matrimonio;
pero visitndola en su casa y asistindola con dinero. Hasta que al
fin, vencido ms por el amor del hijo que el de la madre, y, ms que por
todo esto, por las amonestaciones de sus amigos, se decidi a entregar
su mano a Paulina. La poblacin no supo del matrimonio hasta despus de
efectuado: tal sigilo se guard para llevarlo a cabo. Desde entonces la
vida de la cigarrera puede dividirse en varias pocas importantes. La
primera, que dura un ao, comprende desde el matrimonio hasta la
mantilla de velo. Durante este tiempo, la seora de Belinchn no se
mostr poco ni mucho en pblico. Los domingos iba a misa de alba y se
encerraba otra vez en casa. Cuando se decidi a ponerse la antedicha
mantilla e ir a misa de once, lo mismo en la iglesia que en las calles
del trnsito, la acribillaron a miradas, y se habl del suceso por ms
de ocho das. El segundo perodo, que dura tres aos, comprende desde
la mantilla de velo hasta los guantes. La vista de tal ornamento en
las manos grandes y coloradas de la ex cigarrera produjo una excitacin
indescriptible en el elemento femenino del vecindario. En las calles, en
la iglesia, en las visitas, las seoras se saludaban preguntando:--Ha
visto usted?...--S, s, ya he visto.--Y comenzaba el desuello. Viene
despus el tercer perodo, que dura cuatro aos, y termina en el
vestido de seda, que di casi tanto que murmurar como los guantes, y
produjo general indignacin en Sarri.--Diga usted, doa Dolores, qu
nos queda ya que ver?--Doa Dolores bajaba los ojos haciendo un gesto de
resignacin. Por ltimo, el cuarto perodo, el ms largo de todos porque
dura seis aos, termina, oh escndalo! con el sombrero. Nadie puede
representarse el estremecimiento de asombro que invadi a la villa de
Sarri cuando cierta tarde de feria se present doa Paula en el paseo
con sombrero-capota. Fu un verdadero motn. Las mujeres del pueblo se
santiguaban al verla pasar y pronunciaban comentarios en alta voz para
que los oyese la interesada.

--Mujer, mira por tu vida a la Serena qu gabarra lleva sobre la
cabeza!

Porque hay que advertir que a la madre de doa Paula la llamaban la
Serena, y a la abuela y a la bisabuela tambin.

Excusado es aadir que desde que la cigarrera subi a la categora de
seora, ni por casualidad la dieron ya su nombre propio.

Al da siguiente, al tropezarse las seoras de Sarri en la calle, no
encontrando palabras con que expresar su horror, se daban por contentas
con elevar los ojos al cielo, agitar los brazos convulsivamente y pasar
de largo murmurando: Sombrero!!!

Ante aquel golpe de audacia que no tiene pareja sino con los de algunos
hroes de la antigedad, Anbal, Csar, Gengis-Khan, la villa qued muda
y abatida algunos meses. No obstante, cada vez que la buena de doa
Paula apareca en pblico con el abominable sombrero en la cabeza o con
cualquier otra prenda propia de su alta jerarqua, era saludada siempre
con un murmullo de reprobacin. Y lo original del caso estaba en que
ella no protestaba ni en pblico ni en secreto, ni aun en lo sagrado de
la conciencia, contra este proceder malvolo de su pueblo natal.
Juzgbalo natural y lgico. No se le ocurra pensar que pudiera ser de
otro modo. Sus ideas sociolgicas no le aconsejaban todava rebelarse
contra el fallo de la opinin pblica. Crea de buena fe que al ponerse
los guantes o el abrigo de pieles o el sombrero, cometa un acto
reprobado por las leyes divinas y humanas. Los murmullos, las miradas
burlonas, eran el castigo necesario de esta infraccin. De aqu sus
temores y congojas cada vez que iba a presentarse en el teatro o en el
paseo, y el rubor que la acometa.

Por qu entonces, se dir, doa Paula se vesta de este modo? No sern
muy conocedores del corazn humano los que tal pregunten. Doa Paula se
pona el sombrero y los guantes a sabiendas de que iba a pasar un mal
rato, como un chico abre el aparador y se atraca de dulce a sabiendas de
que en seguida le han de azotar. Los que no se hayan criado en un
pueblo, nunca sabrn cun apetitosa golosina es el sombrero para una
artesana.

Era doa Paula alta, seca, desgarbada. Cuando joven haba sido buena
moza; pero los aos, la clausura continua, a la que no estaba avezada, y
sobre todo la lucha que vena sosteniendo con el pblico para establecer
su jerarqua, la haban marchitado antes de tiempo. Todava conservaba
hermosos ojos negros encajados en un rostro de correctas y agradables
facciones.

El acto primero tocaba a su fin. Se representaba un melodrama
fantstico, cuyo nombre no recordamos, donde la compaa haba
desplegado todo el aparato escnico de que poda disponer. La cazuela
estaba asombrada, y acoga cada cambio de decoracin con estrepitosos
aplausos. Pablito Belinchn, que haba pasado en Madrid un mes el ao
anterior, se rea con incontestable superioridad de aquel aparato; haca
guios inteligentes a los del proscenio de enfrente. Y para demostrar
que todo aquello le aburra, concluy por volverse de espaldas al
escenario y mirar con los gemelos a las bellezas locales. Cada vez que
los preciosos anteojos de piel de Rusia apuntaban a una, la muchacha
sufra un leve estremecimiento: cambiaba de postura, llevaba la mano un
poco trmula al pelo para arreglarlo, sonrea a su mam o a su hermana
sin razn alguna, se pona seria de nuevo, y fijaba con insistencia y
decisin sus ojos en la escena. Pero al instante los levantaba rpida y
tmidamente hacia aquellos redondos y brillantes cristales que la
ofuscaban. Al fin conclua por ruborizarse. Pablito, satisfecho,
apuntaba a otra belleza. Las conoca como si fuesen sus hermanas,
tuteaba a la mayor parte de ellas y de muchas haba sido novio: pero la
pluma en el aire no era ms movible y tornadiza que l en materia de
amores. Todas haban tenido que sufrir algn doloroso desengao.
ltimamente, hastiado de enamorar a sus convecinas, se haba dedicado a
fascinar a cuantas forasteras llegaban a Sarri, para abandonarlas, por
supuesto, si cometan la torpeza de permanecer en la villa ms de un
mes o dos.

Haba razones poderosas para que Pablito pudiese disponer a su buen
talante del corazn de todas las jvenes indgenas y aun de las
extraas. Era un apuestsimo mancebo de veinticuatro o veinticinco aos,
de rostro hermoso y varonil, de figura gallarda y elegante. Montaba a
caballo admirablemente y guiaba un tlburi o un carruaje de cuatro
caballos, lo cual nadie saba hacer en Sarri ms que los cocheros.
Cuando se llevaban los pantalones anchos, los de Pablito parecan sayas;
si estrechos, era una cigea. Vena la moda de los cuellos altos,
nuestro Pablito iba por la calle a medio ahorcar con la lengua fuera.
Estilbanse bajos, pues enseaba hasta el esternn.

Estas y otras facultades eminentes hacanle, con razn, invencible.
Quizs algunos no hallen enteramente justificada la dictadura amorosa de
nuestro mancebo en Sarri. Estamos no obstante seguros de que las
jvenes de provincia que lean la presente historia la juzgarn lgica y
verosmil.

Cuando baj el teln, un anciano encorvado, con luenga barba blanca y
gafas, se acerc arrastrndose ms que andando al palco de los de
Belinchn.

--Don Mateo! Imposible que usted faltase--exclam doa Paula.

--Pues qu quiere usted que haga en casa, Paulita?

--Rezar el rosario y acostarse--dijo Venturita.

Don Mateo sonri con dulzura, y contest a aquella impertinencia dando a
la nia una palmadita cariosa en el rostro.

--Es verdad que debiera hacer eso, hija ma... pero qu quieres? si me
acuesto temprano no duermo... Y luego no puedo resistir la tentacin de
ver estas caritas tan lindas...

Venturita hizo un mohn desdeoso donde se trasluca la satisfaccin de
verse requebrada.

--Si fuera usted siquiera un pollo guapo!

--Lo he sido.

--El ao cuntos?...

--Qu mala, qu mala es esta chiquilla!--exclam don Mateo riendo y
acometindole acto continuo un golpe de tos que le embarg la
respiracin por algunos momentos.

Don Mateo, anciano decrpito, no slo estropeado por los aos, sino por
multitud de achaques adquiridos con una vida harto disipada, era la
alegra de la villa de Sarri. Ninguna fiesta, ningn regocijo pblico o
privado se efectuaba en el pueblo sin su intervencin. Era presidente
del Liceo, sociedad de baile, desde haca muchos aos, y nadie pensaba
en substituirlo por otro. Presida tambin una academia de msica de la
cual era fundador. Era vocal-tesorero del Casino de artesanos. La
reedificacin del teatro donde nos hallamos a l se deba; y para
recompensarle de sus molestias y desembolsos, el Ayuntamiento le haba
permitido labrar en el hueco de la escalera el palco cerrado con
persiana de que ya hemos hablado. Viva de su retiro de coronel. Estaba
casado y tena una hija de treinta y tantos aos a quien segua llamando
la nia.

Ni se crea por esto que don Mateo era un viejo verde. Si lo fuese, el
sexo femenino no le demostrara tanta simpata, ni le guardara respeto
alguno. Su nico placer era ver divertidos a los dems, que la alegra
reinase en torno suyo. Para conseguirlo, haca esfuerzos increbles de
habilidad, y se molestaba lo indecible. Su imaginacin, puesta al
servicio de tal idea, no descansaba un instante. Unas veces era un baile
campestre el que organizaba; otra vez haca construir un escenario en el
saln del Liceo, y ensayaba alguna comedia; otras, contrataba compaas
de saltimbanquis o de msicos. En cuanto se pasaban ocho das sin que
los vecinos de Sarri se recreasen de algn modo, ya estaba nuestro don
Mateo nervioso y no paraba hasta lograrlo. Gracias a l, podemos
asegurar que no haba pueblo en Espaa, en aquella poca, donde la vida
fuese ms fcil y agradable.

Porque los honestos recreos que sin cesar se repetan, engendraban la
unin y hermandad en el vecindario. Adems, don Mateo, elemento
conciliador por excelencia, formaba gran empeo en destruir todas las
malquerencias y rencores que en el pueblo existiesen. Al contrario de
ciertos seres viles que se complacen en transmitir el veneno de la
murmuracin, tena gusto en ir repitiendo a cada cual lo bueno que de l
hablasen los dems:--Pepita, sabe usted lo que acaba de decirme doa
Rosario del vestido que usted lleva?... que es elegantsimo, muy
sencillo y de mucho gusto.--Pepita se esponjaba en su palco, y diriga
una mirada de ternura a doa Rosario, a pesar de que nunca le haba sido
simptica.--Buen negocio ha hecho usted en la partida de cacao de la
viuda e hijos de Villamor, amigo don Eugenio.--Phs; regular.--En este
momento me acaba de decir don Rosendo que ese negocio se le ha escapado
a l de las manos por tonto. Como don Rosendo pasa por el primer
comerciante de la villa, don Eugenio no puede menos de sentirse
lisonjeado por estas palabras.

Despus de haber charlado algunos instantes con la familia Belinchn,
don Mateo se despide para recorrer todos los palcos, como tena por
costumbre; pero antes dice, dirigindose a Cecilia:

--Cundo llega?

La joven se puso levemente encendida.

--No s decir a usted, don Mateo...

Doa Paula sonri con malicia, y vino en auxilio de su hija.

--Debe de llegar en la _Bella-Paula_, que ha salido ya de Liverpool.

--Oh! Entonces aqu lo tenemos maana o pasado... Habrs rezado mucho
a la Virgen de las Tormentas, verdad?

--Una novena nada menos la ha hecho! Hace das que estn seis cirios
ardiendo delante de la imagen--dijo Venturita.

Cecilia se puso an ms colorada y sonri. Era una joven de veintids
aos, no agraciada de rostro ni gallarda de figura. Lo que ms
desconcertaba la armona de aqul, era la nariz excesivamente aguilea.
Sin esta tacha quiz no habra sido fea, porque los ojos eran
extremadamente lindos, tan suaves y expresivos, que pocas bellezas
podan gloriarse de poseerlos tales. Ni alta ni baja, pero el talle
desgarbado y los hombros un tanto encogidos. Su hermana Ventura tena
diez y seis aos, y apareca como un hermoso pimpollo, lleno de gracia y
alegra. Su rostro ovalado pareca hecho de rosas y claveles. Apretadita
de carnes y pequea de estatura; tan sabiamente proporcionada por la
Naturaleza, que pareca modelada en cera. Sus manos eran jazmines y sus
pies de criolla, celebrados en Sarri como nunca vistos; la suavidad y
tersura de su cutis, vencan a las del ncar y alabastro. Sobre la
frente, alta y estrecha como las de las venus griegas, de un blanco
argentino, caan los bucles de sus cabellos rubios, cuya madeja, tan
espesa como dcil y brillante, le tapaba enteramente la espalda hasta
ms abajo de la cintura.

--Brlate de tu hermana, picarilla; no tardars en hacer lo mismo!

--Yo rezar por un hombre? Usted chochea, don Mateo.

--Ya me lo dirs dentro de poco--repuso el anciano pasando a otro palco
a saludar a los seores de Maza.

En esto se acerc Pablito al de sus paps, trayendo en su compaa a un
fiel amigo que merece especial mencin. Era hijo del picador que haba
en el pueblo, y mozo que por su figura poda ser el regocijo de los
espectadores en un circo de acrbatas. Nada necesitaba aadir a su
persona, ni polvos de harina, ni bermelln, ni tizne para quedar
convertido en _clown_. Era un payaso al natural. Su nariz vivamente
coloreada ya por la Naturaleza, sus ojos torcidos, la ausencia de
pestaas, su boca de lobo, la disparatada anchura de sus hombros, el
arco de sus piernas y, sobre todo, las muecas grotescas con que se
acompaa al hablar o gruir, provocan la risa, sin ms pelucas y
afeites. Bien lo saba Piscis (que as se llamaba o le llamaban) y de
ello estaba fuertemente pesaroso y hasta indignado. Para contrarrestar
estas nativas disposiciones cmicas de su rostro, haba determinado no
reirse jams, y cumpla su promesa religiosamente. Adems, para el mismo
efecto acostumbraba sabiamente a entreverar sus palabras con las ms
speras y temerosas interjecciones del repertorio nacional, y varias de
su invencin particular. Pero esto, en vez de producir el efecto
apetecido, contribua a despertar la alegra entre sus conocidos.

El nico que hasta cierto punto le tomaba en serio era Pablito. Piscis y
Pablito haban nacido para amarse y admirarse. El punto de conjuncin de
estos dos astros era el gnero ecuestre. Piscis, adiestrado por su padre
desde nio, era el mejor jinete de Sarri; por consiguiente, para
Pablito la persona ms digna de ser admirada. El hijo de don Rosendo era
el chico ms rico de la poblacin: para Piscis, deba de ser, claro
est, lo ms respetable y digno de veneracin que haba sobre el
planeta. Nadie saba a qu poca se remontaba esta amistad. Se haba
visto a Pablito y Piscis eternamente juntos, cuando nios. Ya hombres no
fu parte a separarlos la diversa posicin social que ocupaban. El lugar
de reunin de estos jvenes notables era constantemente la cuadra de don
Rosendo. Desde all, despus de celebrar siempre una larga y erudita
conferencia, frente a los caballos, con parte terica y parte prctica,
salan a pasear su figura y sus profundos conocimientos por la villa,
unas veces cabalgando en briosos corceles, otras en una linda
_charrette_, Pablito guiando, Piscis a su lado fijo y absorto en la
contemplacin amorosa de los traseros de los caballos. Algunas tambin,
para dar ejemplo de humildad, caminando sobre las propias piernas.

Pablo se acerc a su familia, retorcindose de risa.

--Qu te ha pasado?--le pregunta doa Paula, sonriendo tambin.

--Hemos seguido a Periquito a la cazuela y le encontramos mano a mano
con Ramona--dijo el joven, acercando la boca al odo de su hermana
Ventura.

--S?... Qu le deca?--pregunt sta con gran curiosidad.

--Pues le deca... (una avenida de risa lo interrumpi por algunos
momentos). Le deca... Ramona, te amo.

--Ave Mara! A una sardinera!--exclam la nia riendo tambin y
hacindose cruces.

--Si vieras con qu voz temblorosa lo deca, y cmo pona los ojos en
blanco!... Aqu est Piscis, que tambin lo oy...

Piscis dej escapar un gruido corroborante.

En aquel momento, Periquito, que era un muchacho plido y enteco, de
ojos azules y poca y rala barba rubia, apareci en las lunetas. Las
miradas de toda la familia Belinchn se clavaron en l sonrientes y
burlonas. Sobre todo Pablo y Venturita se mostraban grandemente
regocijados a su vista. Periquito levant la cabeza y salud. La familia
Belinchn contest al saludo sin dejar de reir. Torn a levantar la
cabeza otras dos o tres veces y viendo aquellas insistentes sonrisas, se
sinti molesto y sali al pasillo.

Levantse nuevamente el teln. La decoracin representaba unas cavernas
del infierno, aunque no era imposible que alguien creyese que se trataba
de la bodega de un barco. El acto comenzaba por un preludio de la
orquesta, dignamente dirigida por el seor Anselmo, ebanista de la
villa. Figuraban en ella como bombardinos el seor Matas, el sacristn,
y el seor Manolo (barbero); como clarinetes don Juan el Salado
(escribiente del Ayuntamiento) y Prspero (carpintero); como trompas
_Mechacan_ (zapatero) y el seor Romualdo (enterrador); como cornetines
Pepe de la Esguila (albail) y Maroto (sereno); como figle el seor
Benito el Rato (escribiente de una casa de comercio y figle de la
iglesia). Haba otros cuatro o cinco muchachos aprendices, que
acompaaban. El seor Anselmo, en vez de batuta, tena en la mano para
dirigir una enorme llave reluciente, que era la de su taller.

El preludio era muy triste y temeroso; como que estbamos en el
infierno. El pblico guardaba absoluto silencio: esperaba con ansia lo
que iba a salir de all, clavados los ojos en las trampas abiertas en el
suelo del escenario. De pronto, de aquella msica suave y misteriosa
sali un trompetazo desafinado. El seor Anselmo se volvi y dirigi una
mirada de reprensin al msico, que se puso colorado hasta las orejas.
Hubo en el pblico fuerte y prolongado murmullo. De la cazuela sali
entonces una voz que grit:

--Fu Pepe de la Esguila.

Las miradas del pblico se dirigieron hacia este menestral, que se hizo
el distrado sacando la boquilla del cornetn y sacudindola; pero
estaba cada vez ms colorado.

--Si no sabe tocar que se vaya a la cama--grit la misma voz.

Entonces el corrido y avergonzado Pepe de la Esguila mont en clera de
pronto, dej el instrumento en el suelo, y alzndose del asiento con los
ojos encendidos y agitando los puos frente a la cazuela, grit:

--Ya te arreglar en cuanto salgamos, Percebe!

--Chis, chis! Silencio, silencio!--exclam todo el pblico.

--Qu has de arreglar, morral! Anda adelante y toca mejor la trompeta.

--Silencio, silencio! Qu escndalo!--volvi a exclamar el pblico.

Y todos los ojos se volvieron hacia el palco del alcalde.

Era ste un hombre de sesenta, a setenta aos, bajo de estatura y muy
subido de color, el pelo bien conservado y enteramente blanco, las
mejillas rasuradas, la nariz borbnica, los ojos grandes, redondos y
saltones. Pareca un cortesano de Luis XV o un cochero de casa grande.

Don Roque, que as se llamaba, se revolvi en el asiento y di una voz.

--Marcones!

Un alguacil octogenario se acerc al respaldo del palco con la gorra
azul de grande visera charolada en la mano. El alcalde conferenci con
l algunos momentos. Marcones subi a la cazuela bajando poco despus
con un joven en traje de marinero, agarrado del brazo. Ambos se
acercaron al palco presidencial.

Don Roque comenz a increparle procurando apagar la voz y consiguindolo
a medias. Se oa de vez en cuando:--Zopenco!... no tenis pizca de
educacin... animal de bellota... Te figuras que ests en la
taberna? El marinero aguantaba la rociada con los ojos en el suelo.

Una voz grit desde el patio:

--Que lo lleven a la crcel.

Pero desde la cazuela contest otra al instante:

--Que lleven tambin a Pepe de la Esguila.

--Silencio! Silencio!

El alcalde, despus de haber reprendido y amenazado speramente a
Percebe, le dej volver otra vez a su sitio, con gran satisfaccin de la
cazuela, que lo recibi con hurras y aplausos.

La orquesta, callada un instante, torn a su infernal preludio. Antes
que ste se terminase, comenzaron a salir por las trampas del escenario
hasta una docena de diablos con sendas y enormes pelucas de estopa, el
rabo de etiqueta, y teas encendidas, en las manos. As como se hallaron
sobre el entarimado y cerradas convenientemente las trampas, dieron
comienzo, como es lgico, a una danza fantstica; pues bien sabido es de
antiguo que no pueden estar juntos cuatro demonios sin entregarse con
furor al baile. Los espectadores seguan con extremada curiosidad sus
vivos y acompasados movimientos. Un chiquillo llor. El pblico oblig a
su madre a que lo sacase.

Mas hete aqu que con tanto ir y venir, pasar y rozarse los ministros de
Belceb en aquel no muy amplio recinto, una tea lleg a prender fuego a
la peluca de uno de ellos. El pobre diablo, sin darse cuenta de ello,
sigui bailando cada vez con ms infernal arrebato. El pblico rea a
carcajadas esperando el prximo desenlace de aquel incidente. En efecto,
cuando sinti caliente la cabeza ms de la cuenta el espritu maligno,
se apresur a arrancarse la peluca, y la careta, quedando al descubierto
el rostro de _Levita_, donde se pintaba el terror.

--_Levita!_--grit el pblico alborozado.

El granuja que tena este apodo, privado de sus atributos infernales,
confuso y avergonzado, se retir de la escena.

Al poco rato empez a arder otra peluca. Nuevos murmullos y mayor
ansiedad por ver la metempscosis de aquel ngel exterminador. No se
hizo esperar. Al cabo de pocos minutos la peluca y la careta volaban por
el aire como encendido cometa.

--_Matalaosa!_--gritaron todos. Una inmensa carcajada son en el
teatro.

--_Mtala_, no te descubras que te vas a constipar--dijo uno desde la
cazuela.

_Matalaosa_ se retir avergonzado como su compaero _Levita_.

Todava ardieron otras dos o tres pelucas, poniendo a la vergenza a
otros tantos pillastres de la calle que servan de comparsas en el
teatro. El baile se termin al fin sin ms incendios.

Una vez sepultados de nuevo en el Averno los demonios que se haban
salvado de la quema, se presentaron en la escena un gallardo mancebo, de
oficio pastor, a juzgar por el pellico que le tapaba la espalda, y una
hermosa doncella de idntica profesin. Los cuales, en el mismo punto,
siguiendo el antiguo precepto que obliga a todo pastor a estar enamorado
y a toda pastora a mostrarse esquiva, comenzaron su dilogo, donde las
quejas amorosas y los tiernos lamentos de l contrastaban con las
indiferentes carcajadas de ella. Alegres y regocijados se hallaban
todos, lo mismo los del patio que los de la cazuela, con las sabrosas
razones que pasaban en la escena, cuando a la puerta del teatro se oy
una gran voz que dijo:

--Don Rosendo, est entrando la _Bella-Paula._

El efecto que aquel inesperado grito produjo, fu inexplicable. Porque
no slo don Rosendo se levanta como impulsado por un resorte y se
apresura con mano trmula a ponerse el abrigo para salir, sino que por
todo el concurso se esparci un fuerte rumor acompaado de viva
agitacin que estuvo a punto de interrumpir el dilogo pastoril. Los
menestrales del patio lanzronse acto continuo a la calle. De la cazuela
bajaron con fuerte traqueteo casi todos los marineros que all haba. Y
de los palcos y butacas salieron tambin numerosas personas. A los pocos
minutos no quedaban apenas en el teatro ms que las mujeres.

Cecilia se haba quedado inmvil, plida, con los ojos clavados en la
escena. Su madre y hermana la miraban en tanto con semblante risueo.

--Por qu me miris de ese modo?--exclam volvindose de pronto. Y al
decir esto se puso fuertemente colorada.

Doa Paula y Venturita soltaron una carcajada.




II

DEL FELIZ ARRIBO DE LA BELLA-PAULA


El pelotn de espectadores corri por las calles en direccin al muelle.
Delante, rodeado de seis u ocho marineros, de su hijo Pablo y algunos
amigos, iba don Rosendo, silencioso, preocupado, escuchando los
comentarios de sus acompaantes, que los pronunciaban con la voz
entrecortada por la fatiga.

--Tiene suerte don Domingo; llega con ms de media marea--dijo un
marinero aludiendo al capitn de la _Bella-Paula._

--Qu sabes t si llega ahora? Bien puede estar fondeado desde la
tarde--respondi otro.

--Dnde?

--Dnde ha de ser, mamn? en la concha--replic el otro enfurecindose.

--Si hubiera estado se vera, to Miguel.

--Cmo lo habas de ver, papanatas?... Has estado por si acaso en la
pea Corvera?

--La bandera de la _Bella-Paula_ se ve por encima de la pea, to
Miguel.

--Qu bandera ni qu mal rayo que te parta!

--Qu carga trae, don Rosendo?--preguntle al armador uno de los que le
acompaaban.

--Cuatro mil quintales.

--Escocia?

--No; todo Noruega.

--Viene a bordo el seorito de las Cuevas?

Don Rosendo no contest. Al cabo de un momento de marcha cada vez ms
precipitada, se volvi diciendo:

--A ver; es necesario avisar a don Melchor que est entrando la
_Bella-Paula_.

--Yo ir--respondi un marinero destacndose del pelotn y marchando a
internarse otra vez en el pueblo.

Llegaron al muelle. La noche estaba fra, sin estrellas: el viento
acostado: la mar en calma. Dejaron el antiguo y diminuto muelle y se
dirigieron a la punta del Pen recin construda que avanzaba bastante
ms por el mar. Brillaba en la obscuridad tal cual farolillo de los
barcos anclados. Apenas se adverta la espesa red de su jarcia. Los
cascos aparecan como una masa negra informe.

Los recin llegados no vieron un grupo mucho mayor de gente que se
apiaba en la punta misma del malecn hasta que dieron sobre l. Todos
guardaban silencio con los ojos puestos en el mar, esforzndose por
advertir entre las tinieblas las maniobras del buque. Las olas, que
rompan blandamente contra las peas ms prximas, blanqueaban de vez
en cuando en la obscuridad.

--Dnde est?--preguntaron varios de los espectadores del teatro
sacndose los ojos por ver algo.

--All.

--Dnde?

--No ve usted aqu, hacia la izquierda, una lucecita verde?... Siga
usted mi mano.

--Ah, s, ya la veo!

Don Rosendo subi al segundo cuerpo del paredn, y encontr all ya a
don Melchor de las Cuevas. Era ste un caballero alto, muy alto, enjuto,
afeitado a la usanza de los marinos, esto es, dejando la barba por el
cuello como una venda. Tena ms razn para ello que la mayora de los
vecinos de Sarri que se afeitaban de este modo, pues perteneca al
honroso cuerpo de la Armada, si bien en calidad de retirado. Pero en los
puertos de mar, particularmente cuando la poblacin es pequea, como la
en que nos hallamos, el elemento martimo predomina y se infiltra de tal
modo, que todos los habitantes, sin poderlo remediar, sin darse cuenta
de ello, adoptan ciertos usos, palabras y formas de vestir de los
marinos.

Habra sido apuesto y galn el seor de las Cuevas en sus tiempos
juveniles; porque hoy, a los setenta y cuatro aos, es un hombre brioso,
erguido, de vivos y penetrantes ojos, nariz aguilea, noble y
descubierta frente. Toda su figura anuncia energa y decisin.

Estaba en pie sobre uno de los asientos adheridos al pretil del paredn,
con unos enormes anteojos de mar dirigidos hacia la lucecita verde que
brillaba con intermitencias all a lo lejos. Era con mucho la figura ms
elevada que sala del grupo de espectadores.

--Don Melchor, usted aqu ya!... Acabo de enviarle un recado a su casa.

--Hace una hora que he venido--repuso el seor de las Cuevas, separando
los anteojos de la cara.--He visto la barca desde el mirador poco
despus de puesto el sol.

--Deba suponerlo. Cmo se le haba a usted de escapar nada que pase
por ah afuera?

--Tengo mejor vista que cuando era un mozo de veinte aos--dijo don
Melchor con firme entonacin y en voz alta para que lo oyesen.

--Lo creo, lo creo, don Melchor.

--A quince millas veo virar una lancha bonitera.

--Lo creo, lo creo.

--Y si me apuran un poco--profiri en voz ms alta an,--les cuento las
portas a las fragatas que cruzan para el Ferrol.

--Arre, arre un poco, don Melchor--dijo una voz.

Hubo en la obscuridad carcajadas reprimidas, porque el seor de las
Cuevas inspiraba respeto profundo a toda la marinera.

El viejo marino volvi airado la cabeza hacia el sitio donde haba
salido la cuchufleta. Esforzse en penetrar las tinieblas en silencio
algunos instantes, y al cabo dijo con voz ronca:

--Si supiese quin eres, pronto te arriaba yo en banda a la mar.

Nadie os decir una palabra, ni hubo el ms leve conato de risa. En
Sarri se saba que el seor de las Cuevas era muy capaz de hacerlo como
lo deca. Haba servido en la marina de guerra ms de cuarenta aos,
gozando siempre opinin de oficial bravo y pundonoroso, pero al mismo
tiempo de una severidad que rayaba en barbarie. Cuando ya ningn
comandante de buque se acordaba de nuestras antiguas ordenanzas
martimas, don Melchor se empeaba en ponerlas en prctica y en todo su
rigor. Contbase con terror en el pueblo, que haba ahogado a un
marinero por pasarlo tres veces debajo de la quilla, segn prescriba la
ordenanza para ciertas faltas; y a ms de ciento haba derrengado a
palos o les haba levantado el pellejo con el chicote. Adems no haba
en Sarri piloto o marinero que se las pudiese haber con l en lo
referente a la mar, lo mismo en el conocimiento del tiempo, que en las
maniobras de los barcos; en todos los secretos de la navegacin.

La lucecita verde se iba acercando con lentitud. Percibase ya el bulto
de la _Bella-Paula_ a simple vista, y adems otros dos o tres puntitos
negros cerca de ella, que cambiaban a menudo de sitio. Eran la lancha
del prctico y los botes auxiliares para tirar del barco cuando fuese
necesario. Como el viento no soplaba apenas, la corbeta mantena izadas
todas las velas. Sin embargo, ya estaba demasiado cerca del paredn para
que esto no constituyese un peligro. Al menos don Melchor as lo
entendi, porque comenz a jurar por lo bajo y a mostrarse inquieto. No
pudiendo resistir ms, a sabiendas de que no le haban de oir, grit:

--Aferra las gavias, Domingo. Qu aguardas?

Apenas haba acabado de pronunciar estas palabras, cuando se vieron
sobre las cofas los bultos casi imperceptibles de los marineros.

--Acabramos!--exclam don Melchor.

--S, que Domingo se chupa el dedo!--dijo por lo bajo el marinero a
quien el seor de las Cuevas haba amenazado.

El casco de la corbeta, pintado de negro con una banda blanca en la obra
muerta, se destac al fin con pureza del fondo obscuro. Los ojos de los
espectadores, habituados ya a las tinieblas, vean perfectamente todo lo
que pasaba a bordo. Sobre el puente haba dos bultos, el del capitn y
el del prctico. En la proa uno, el del piloto.

--Y la escandalosa?--grit de nuevo don Melchor.

La escandalosa de mesana, como si obedeciese a su voz, cay. La barca
sigui acercndose cada vez con ms pausa. El viento no consegua
henchir las velas bajas: la cangreja penda del palo lacia y desmayada
como un vestido de baile usado. Pronto quedaron aferradas aqullas y
arriada sta, y el barco comenz a caminar con sosiego desesperante
remolcado por los dos botes. Las figuras de los remadores se levantaron
acompasadamente sobre los bancos. Y la voz de los patrones
gritando:--Hala avante! hala duro!--rompi con bro el silencio de la
noche.

Pero los tirones eran tan dbiles con relacin a la masa, que el buque
apenas se mova. Cuando al cabo de un cuarto de hora consigui acercarse
unas treinta brazas de la punta del Pen, larg un cabo, que uno de los
botes trajo al malecn para ayudar a virar a la corbeta.

--Capitn, capitn!--grit uno con voz estentrea desde el grupo.

--Qu hay?--contestaron del buque.

--Viene a bordo el seorito de las Cuevas?

--S.

--Pues ojo con el seorito de las Cuevas... Los dems que se ahoguen.

La broma produjo gran algazara en la muchedumbre. Volvi a reinar el
silencio. La corbeta comenzaba a virar, apoyada en el cabo de tierra,
que rechinaba con la tensin. La gente del muelle se puso a hablar con
la de a bordo. Pero sta se mostraba silenciosa, taciturna, atendiendo a
las maniobras ms que a las preguntas que les dirigan. Entonces el
temperamento burln de la marinera en aquella comarca se ostent de
nuevo. Los de tierra comenzaron a dar vaya a los de a bordo, sobre todo
a un cierto sujeto que pareca un montn de pelos, a quien apodaban
Tanganada, el cual se mova de un lado a otro, con la gracia de un oso,
manejando los cables, y lanzando gruidos de desprecio a la muchedumbre.

--Oyes, Tanganada; ya tendrs ganas de comer una cazuela de bacalao,
verdad?

--Algrate, Tanganada; hay sidra en el lagar de Llandones.

--Haca calor en Noruega?

--All te quisiera ver yo, ladrn!--gru Tanganada, mientras aferraba
una vela.

Los marineros saludaron la frase con grandes carcajadas.

--Larga tierra!--grit el prctico desde el puente.

--Hala a bordo!--contest el marinero que tena el socaire soltando el
chicote. El cable cay al mar, y comenz a subir velozmente por el
costado del buque.

Este se encontraba al abrigo del malecn, pero no haba marea bastante
para atracar al antiguo muelle. El capitn di una voz al piloto.

--Fondo!

El piloto dijo a los marineros que tena a su lado:

--Arra!

El ancla cay al mar con un ruido estridente de cadenas. La barca se
dispuso a virar sobre ella.

--Vas a amarrarte a tierra, Domingo?--pregunt don Melchor.

--S, seor--respondi el capitn.

--No hay necesidad; amrrate en dos. Dentro de una hora podrs
enmendarte.

--Tanto me cuesta uno como otro--dijo en voz baja el capitn alzando los
hombros, y luego en voz alta aadi:

--Echa la de uso!

Otra ancla cay al mar con el mismo ruido.

--Cmo le va a usted, to?--dijo una voz dulce y varonil desde a bordo.

--Hola, Gonzalito. Llegas bueno, hijo mo?

--Perfectamente; voy all ahora mismo.

Y se baj con gran agilidad por un cable al bote.

--Vamos a esperarle--dijo don Rosendo ponindose a andar.

Pero la mano del seor de las Cuevas le sujet como unas tenazas por el
brazo.

--Dnde va usted, hombre de Dios?

--Qu es eso?--pregunt el armador asustado.--Ah, es cierto! No me
acordaba de que estbamos en el segundo paredn!... La obscuridad...
Tanto tiempo aqu... El mareo de estar con la vista fija... en el
barco... Dios mo! Qu hubiera sido de m si usted no me sujeta?

--Pues nada, se hubiera usted deshecho los sesos contra las losas de
abajo.

--Virgen Santsima!--exclam don Rosendo ponindose horriblemente
plido. La frente se le cubri de un sudor fro, y las piernas le
flaquearon.

--No tenga usted miedo por lo que ya pas, amigo. Bajemos a recibir a
Gonzalito.

Bajaron en efecto al muelle, donde acababa de saltar un joven alto,
rubio, de gallardo aspecto, vestido con un largo gabn que casi le
llegaba a los pies.

--To!

--Gonzalo!

Se fueron acercando, hasta que quedaron abrazados los dos gigantes.
Tambin don Rosendo salud con efusin al joven; pero estaba tan
preocupado con el peligro que haba corrido su existencia, que al
instante volvi a ponerse sombro y melanclico. Apenas pudo contestar a
las preguntas que el contramaestre le hizo, pidindole instrucciones por
encargo del capitn.

Pusironse en marcha luego hacia la casa de don Melchor, situada en lo
ms alto de la villa, seoreando una extensin inmensa de mar. Durante
el camino, Gonzalo dej que su to fuese delante, y un poco acortado
hizo algunas preguntas a don Rosendo acerca de su familia.

--Cmo est doa Paula? Le ha desaparecido la rija del ojo? Y Pablo?
Contina con la misma aficin a los caballos? Y Venturita? Estar
hecha una mujer ya, verdad?... (Pausa.) Cecilia est buena?--termin
preguntando rpidamente.

A todas sus preguntas respondi el seor de Belinchn con monoslabos.

--Sabes, Gonzalo--dijo parndose de pronto,--que por un poco me mato
ahora mismo?

--Cmo!

Le cont con prolijidad el percance del muelle. Terminado el relato,
cay en una profunda consternacin.

--Supongo que la familia ya estar en la cama?--pregunt Gonzalo
despus que hubo deplorado bastante (al menos en su concepto) el
peligro del comerciante.

--No; estn en el teatro... No sabe uno dnde la tiene; verdad,
querido?

--Hola! Hay compaa?

--S, desde hace unos das. Crees que me hubiera matado, Gonzalo?

--Phs... tal vez se hubiera usted roto una pierna, o las dos... o una
costilla.

--Menos malo!--exclam el seor de Belinchn dejando escapar un
suspiro.

En esto se haban internado ya bastante en la poblacin, y al llegar a
cierta calle, don Rosendo se despidi del to y del sobrino. Dile ste
la mano con visible tristeza.

--Voy al teatro a buscar a la familia. Hasta maana; que descanses,
Gonzalo.

--Hasta maana... Recuerdos.

El seor de las Cuevas y su sobrino se emparejaron caminando lentamente
la vuelta de la casa del primero. Cay entonces sobre el viajero un
chaparrn de preguntas, no relativas a su estancia en Inglaterra, sino
todas ellas referentes al viaje por mar. Qu tal el viento? de bolina
siempre, verdad?... No se os cay alguna vez? El barco no cabeceara
mucho; viene bien cargado... Y las corrientes? No marearais siempre
con toda la tela, eh? A que habis arrizado a la salida de Liverpool?
Conozco, conozco el pao!

Responda Gonzalo con distraccin a las preguntas, que, por otra parte,
entenda a duras penas. Iba cabizbajo y melanclico. Observndolo al fin
su to, se par en firme y dijo:

--Qu tienes, Gonzalito? Parece que ests triste.

--Yo? Ca! No, seor.

--Jurara que s.

Siguieron otro rato en silencio, y don Melchor, dndose una palmada en
la frente, exclam:

--Ya s lo que tienes!

--Qu?

--Mal de la tierra. A m me ha pasado siempre lo mismo. Cuando saltaba
en tierra despus de algn viaje me entraba una desazn, una tristeza,
un deseo tan grande de volverme a bordo! Duraba dos o tres das hasta
que me iba acostumbrando. El caso es que tena afn de llegar al puerto;
pero, una vez en l, echaba de menos la vida de a bordo. No s lo que
tiene el mar que atrae, verdad?... Aquel aire tan puro!... Aquel
movimiento!... Aquella libertad!... A que sientes ganas de volverte al
barco, eh?--termin diciendo con una sonrisa maliciosa que acreditaba
su extremada perspicacia.

--Malditas... De lo que tengo gana, to, voy a decrselo en confianza...
es de ver a mi novia.

Don Melchor qued asombrado.

--De veras?

--Lo que usted oye.

Reflexion un momento el seor de las Cuevas, y al cabo dijo:

--Bien; si quieres puedes ir al teatro a saludarla... Mientras tanto, yo
voy a ver cmo se enmienda Domingo.

--De qu se ha de enmendar? Es una persona excelente--repuso el joven
sonriendo.

El to, sin comprender la irona, le mir con desprecio.

--Vaya, veo que vienes tan ignorante como has ido... Te aguardo para
cenar.

--No me aguarde usted, to--contest Gonzalo, que ya estaba
lejos.--Quiz no cene.

Y sin tomar carrera, pero con extraa velocidad, gracias a sus
descomunales piernas, salv las calles, alumbradas por algunos raros
faroles de aceite, en direccin al teatro. Cualquiera que le tropezase
en aquella hora le diputara por un inglesote de los muchos que llegan a
Sarri mandando barcos unas veces, otras a reconocer cotos mineros o a
montar alguna industria. Su estatura colosal, su corpulencia, no son los
signos caractersticos de la raza espaola, siquiera nos hallemos en una
de las provincias del Norte. Luego, aquel gabn tan largo, las botas de
tres suelas, el sombrero de forma extica, denunciaban claramente al
extranjero. Pues mirndole al rostro acababa de completarse la ilusin,
porque era blanco y terso y adornado con larga barba rubia, los ojos
azules, o ms propiamente garzos, al igual de los que se ven casi sin
excepcin en las razas septentrionales. Aprovechemos los cortos momentos
que nos quedan antes que llegue al teatro para proporcionar al lector
algunos datos biogrficos acerca de este mancebo.

La familia de las Cuevas a la cual pertenece, vena siendo de gigantes y
marinos, desde tiempo inmemorial. Marino haba sido su padre, marino su
abuelo, marinos sus tos, y marinos tambin los hijos de stos. Gonzalo
qued hurfano de padre y madre cuando no contaba ocho aos de edad,
dueo de una fortuna no despreciable, administrada por su to y tutor
don Melchor, en cuyo poder y guarda le dej el padre al morir. Bien
quisiera el viejo marino que su pupilo continuase la no interrumpida
tradicin del linaje de las Cuevas en cuanto a la carrera. Para
despertarle la aficin o inclinarle a la marina, le compr una preciosa
balandra donde ambos se paseaban por las tardes o salan de pesca.

Pero todos los propsitos del buen caballero se estrellaron contra las
aficiones terrestres de su sobrino. De la mar no le gustaban a ste ms
que los peces; pero aderezados ya y humeando en medio de la mesa.
Todava transiga, no obstante, con la caldereta merendada all en algn
recodo de la costa, sentado sobre una pea donde manase agua fresca
potable. A los catorce aos era Gonzalo un muchacho espigado y robusto,
que estudiaba en el colegio privado de Sarri la segunda enseanza y se
examinaba todos los aos en la capital, obteniendo ordinariamente la
calificacin de _bueno_ y una que otra vez, muy rara, la de
_notablemente aprovechado_. Bien quisto de sus compaeros por su
condicin noble y franca, y respetado tambin por virtud de sus puos
formidables. Los caballeros de la villa le agasajaban a causa de su
posicin y la familia a que perteneca; los marineros y dems gente del
pueblo le amaban por su carcter llano y comunicativo.

Despus de graduado bachiller en Artes, permaneci en Sarri tres aos
todava sin hacer nada. Levantbase tarde, se iba al casino y all
pasaba la mayor parte del da jugando al billar, en el cual lleg a ser
extremado. A pesar de ser el nio mimado de la poblacin, visitaba pocas
casas. Prefera la vida estpida y depravada del caf, a la cual se
haba habituado. No obstante, como no era cerrado de inteligencia y su
exuberante naturaleza rebosaba de actividad y de fuerza, las empleaba
una que otra vez en el estudio de algunos ramos de la ciencia.
Aficionse a la mineraloga, y muchas tardes, abandonando el casino y el
billar, se iba por los contornos de la villa en busca de piedras
minerales y ejemplares de fsiles, llegando a reunir una rica coleccin.
A ratos le di tambin por ejercitarse en el microscopio: hizo traer uno
costoso de Alemania y comenz a examinar diatomeas y a prepararlas
admirablemente sobre unos cristalitos que l mismo cortaba. Por ltimo,
habiendo cado en sus manos un libro sobre la fabricacin de la cerveza,
entregse con ahinco a su estudio, pidi a Inglaterra otros varios y
comenz a imaginar que acaso en Sarri se obtendra un resultado feliz y
pinges beneficios con esta industria desconocida. Se le ocurri montar
una fbrica. Pero habiendo comunicado el proyecto con su to, este varn
esforzado crey oportuno lanzar una serie de gritos inarticulados, fuera
todos ellos del diapasn normal, terminados los cuales se le oy
exclamar:

--Cmo! Un Cuevas metido a cervecero! El hijo de un capitn de navo,
el nieto de un contralmirante de la Armada! T ests desarbolado,
Gonzalo. Bien dice el refrn que la ociosidad es madre de todos los
vicios. Si hubieses ingresado en la Escuela de Marina como yo te
aconsejaba, a estas horas seras ya guardia marina de primera, y
estaras corriendo el mundo sin pensar en tales payasadas.

Gonzalo se call, pero no dej de seguir leyendo sus mtodos de
fabricacin. Comprendiendo que sin visitar por s mismo las fbricas
principales y sin estudiar con seriedad el asunto no alcanzara
resultado alguno, se resolvi a seguir la carrera de ingeniero
industrial en Inglaterra. Cuando se arroj a decrselo a su to, no le
son mal al marino el nombre de ingeniero; pero el calificativo de
industrial volvi a despertar en su espritu la misma tempestad de odios
y rencores que le haba producido la cerveza.

--Industrial, industrial! Hoy cualquier limpiabotas se llama
industrial. Hazte buenamente ingeniero de caminos, canales y puertos, o
de minas.

Por este tiempo conoci, o para hablar con ms propiedad, trat, pues en
Sarri todos se conocan, a su novia actual, la seorita de Belinchn.
Un da su to le envi a casa del rico comerciante con encargo de
preguntarle si podra darle una letra sobre Manila. Don Rosendo no se
hallaba en su escritorio, que estaba en la planta baja de la casa, y
como el negocio era urgente, Gonzalo se decidi a subir. La doncella que
le abri estaba con prisa.

--Pase usted, don Gonzalo; la seorita Cecilia le dir dnde est el
seor.

Penetr en un cuarto desarreglado, con montones de ropa por el suelo y
una mesa en el centro, donde la hija primera de los seores de Belinchn
estaba aplanchando una camisa en traje no adecuado a su categora. Un
vestidillo rado y un pauelo atado a la cintura como las artesanas; en
los pies unas zapatillas bastante usadas. No se ruboriz porque el joven
la encontrase en aquel arreo ni en tan baja ocupacin, ni exclam como
otras muchas haran en su caso:

--Jess, de qu forma me encuentra usted!--llevando las manos al pelo o
a la garganta.

Nada de eso. Suspendi un momento su tarea, sonri con dulzura y aguard
a que el joven hablase.

--Buenas tardes--dijo, ponindose colorado.

--Buenas tardes, Gonzalo--respondi ella.

--Podra ver a su pap?

--No s si est en casa. Voy a ver--repuso la joven, dejando la plancha
sobre la mesa y pasando por delante de l.

Cuando ya se haba alejado un poco, se volvi para preguntarle:

--Su to est bueno?

--S, seora, s... Digo, no... hace algunos das que no se levanta de
la cama... Tiene un catarro fuerte.

--No ser cosa de cuidado?

--Creo que no, seora.

La joven continu su camino sonriendo. Le haca gracia que Gonzalo la
llamase seora no habiendo cumplido los diez y seis aos y contando l
ms de veinte. Ambos, sin haberse hablado de grandes, se conocan como
si fuesen hermanos. Se encontraban todos los das en la calle, en el
paseo, en el teatro, en la iglesia. De pequeos recordaba Cecilia que
cierta tarde en la romera de Elorrio bailando la giraldilla con otras
chicas de su edad, se llegaron unos granujas a estorbarlas, tirndolas
del pelo desde fuera, empujndolas con fuerza y metindose en el corro
gritando para hacerlas perder el comps. Gonzalo, que era un grandulln
de trece aos, viendo aquella fea tosquedad, acudi en su auxilio, y
puntapi va, trompada viene, soplamocos a uno y puada a otro, en un
instante puso en dispersin a los tres o cuatro descorteses mozuelos.
Los ojos de las diminutas bailarinas le contemplaron con admiracin. En
aquellos corazones femeninos de cinco a diez aos qued grabado para no
borrarse jams un sentimiento de gratitud hacia el heroico mancebo. Otra
vez, aos adelante, un da de San Juan, Gonzalo cedi a ella y su
familia la balandra para pasearse por el mar, pues los botes y lanchas
escaseaban en tal ocasin. Mas ninguna de estas circunstancias engendr
el trato entre ellos. Si los encontraba muy de frente, Gonzalo sola
llevarse la mano al sombrero; si no, pasaba de largo como si no los
viese, a pesar del conocimiento, ya que no amistad ntima, que su to
mantena con el seor Belinchn. La vida exclusiva de caf, el ningn
trato con las mujeres, haban hecho de Gonzalo un joven apocado y
vergonzoso.

--Pase usted, Gonzalo; pap le espera en la sala--dijo la joven cruzando
de nuevo por delante de l.--Que se alivie su to.

--Muchas gracias--respondi acortado. Y al alejarse caminando hacia
atrs, como era tan alto, di un testarazo con la lmpara de la
antesala, que por poco la hace venir al suelo.

Mir con angustia hacia arriba, se apresur a sujetarla y se puso muy
colorado.

--Se ha lastimado usted?--pregunt Cecilia con inters.

--Ca! No, seora... al contrario... Caramba, por un poco la rompo!

Y se retir cada vez ms confuso.

Hallbase nuestro mancebo en aquel punto y sazn en que los hombres se
enamoran de una escoba. La edad del amor se haba retrasado para l un
poco. Esto suele acontecer en todos aquellos en quienes los msculos
tiranizan a los nervios. Por eso la seorita de Belinchn, aunque nada
linda, despert repentinamente en l cierta simpata que es fcil
transmutar en pasin. Y como consecuencia de aquella brevsima
entrevista, Gonzalo pas desde entonces alguna que otra vez sin
necesidad por delante de la casa de los seores de Belinchn mirando con
el rabo del ojo a los balcones; cuid ms del alio del traje y la
persona; iba a misa de diez los domingos a San Andrs, donde doa Paula
y sus hijos la oan. En el teatro sola dirigirle con disimulo vivas
miradas y alguna que otra vez se aventuraba a soltarle un sombrerazo.
Pero en cuanto lo haca se pona colorado y miraba con susto a todas
partes, temblando de que aquel naciente sentimiento de su alma fuese
descubierto.

Inocente Gonzalo! Mucho antes de que l se diese cuenta cabal de tal
inclinacin, la villa entera la conoca. Nada se puede ocultar, sobre
todo en lo que toca a las relaciones de sexo a sexo, a los ojos
zahores de las comadres de un pueblo de escaso vecindario. Y no slo se
conoci, pero hasta se daba como cierto el matrimonio en plazo ms o
menos lejano. Pasaban los meses, no obstante, y aquello no avanzaba un
paso. Los testimonios que Gonzalo daba de su aficin seguan siendo los
mismos. La mayor parta de los das se reducan a pasar despus de comer
por delante de la casa del rico comerciante, para ir al casino. Cecilia
sola estar cosiendo detrs de los cristales. Mano al sombrero; sonrisa;
adelante; luego el billar, y hasta otro da. Don Melchor le encarg
otras dos veces recados para don Rosendo, pero tuvo la buena suerte de
hallarle siempre en el despacho. Decimos buena suerte, porque Gonzalo
temblaba ante la idea de subir a la casa y tropezarse con Cecilia.

Haba cumplido ya los veinte aos. La idea de hacerse ingeniero
industrial y ocuparse en algo til, volva de vez en cuando a su
espritu en medio de aquella vida holgazana. El compaero que tornaba de
alguna academia militar, la conversacin con algn ingeniero ingls, la
frase de desprecio que escuchaba en el casino acerca de los que no
tenan carrera, despertbanle de pronto el deseo. Al fin, un da le dijo
a su to que si le daba permiso se iba a Inglaterra a estudiar algo y
ver mundo. Como don Melchor nada poda oponer a este justo y laudable
propsito, pocos das despus Gonzalo recorra algunas casas de
parientes y amigos, donde haca aos que no pona los pies, para
despedirse, y una tarde apacible y bella de primavera se embarcaba en el
bergantn redondo _Viga_ con rumbo a la Gran Bretaa.

Se acordaba de Cecilia? No lo sabemos. En temperamentos como el de
nuestro mancebo, el fuego de las pasiones tarda mucho tiempo en prender,
aunque a la postre causa grandes estragos.

Pasaron tres aos. Termin la carrera de ingeniero que es breve y
prctica en Inglaterra, y se determin a visitar las principales
fbricas de este pas y de Francia y Alemania. En el tiempo que duraron
sus estudios el recuerdo de Cecilia asaltbale de vez en cuando, sin
causarle, por supuesto, emocin muy viva. All en la primavera cuando la
sangre circula con ms fuerza por las venas y la madre Naturaleza con el
verdor de los campos, los vvidos colores de las flores, los juegos de
la luz, el aire tibio embalsamado, y sobre todo, por medio de sus
intrpretes ms fieles, los pjaros, nos incita para que en modo alguno
consintamos que la especie humana se extinga, Gonzalo pensaba en el
matrimonio. Y siempre que tal idea surga en su mente, presentbasele de
improviso hecha carne en la nia primera de los seores de
Belinchn:--Pase usted, Gonzalo; pap le espera. Se ha lastimado
usted?--Volvan a sonar en sus odos aquellas palabras y el acento
carioso con que fueron pronunciadas encenda en su corazn virgen una
chispa de simpata. La joven no era hermosa, pero sus ojos s, y sobre
todo revelbase en ella el atractivo del sexo por el aire modesto y
sencillo, el timbre de la voz, la delicadeza exquisita, enteramente
femenina de sus modales. No me disgustara casarme con ella pensaba
dejando escapar un suspiro; porque juzgaba imposible que se atreviese a
decir a sta ni a ninguna seorita palabra alguna de amor. Hasta
entonces no conoca de tal pasin ms que el aspecto material y grosero,
las relaciones fugaces y tristes de las mujeres que le abocaban por la
noche en las calles de Londres y Pars.

Un da escribiendo a cierto amigo ntimo de Sarri se le ocurri
preguntarle si Cecilia Belinchn se haba casado. Contestle que an
permaneca soltera y que si era muy cierto que algunos galanes la
rondaban seducidos quiz por el dinero de Belinchn ms que por las
gracias de su hija, hasta ahora no se saba que hubiese dado odos a
nadie. Al leer esto, se le subi la sangre al rostro al ingeniero
industrial. Tuvo la fatuidad de pensar (que se le dispense por Dios) que
Cecilia rechazaba a los pretendientes a su mano... porque a ninguno
encontraba tan guapo como l. Entonces imagin declararle su amor por
medio de una carta. Estando tan lejos no tendra vergenza. Sin embargo,
la tuvo, y cuando trat de coger la pluma para hacerlo, antes de trazar
el primer rengln, volvi a dejarla al representarse la sorpresa que la
joven recibira. Pasaron algunos das. La idea no le abandonaba. Por
medio de mil sutiles razonamientos procuraba persuadirse a escribir la
epstola amorosa. Si se rea de l, qu? no haba de verlo. Con no
volver ms a Sarri estaba concludo; y si volva ya procurara no
encontrrsela de frente. Al fin la escribi. Tvola guardada en el cajn
de su mesa varios das. La idea de echarla al correo le aterraba. Para
decidirse a ello, necesit beberse unas copitas de ron. Cuando estuvo un
poco mareado sac la carta del cajn, lanzse a la calle con bro, y en
el primer buzn con que tropezaron sus ojos, zas! la encaj.

Dios mo, qu he hecho! Disipse la borrachera. Se puso colorado hasta
las orejas, como si por el agujero de aquel buzn le estuviesen mirando
los ojos burlones de todos los vecinos de Sarri; y se apresur a meter
los dedos en l por ver si an poda atrapar el malhadado sobre. Nada.
Se lo haba engullido con la voracidad de un tiburn, y lo estaba ya
digiriendo. Ocurrisele entonces presentarse en las oficinas de Correos
y reclamarlo; pero all le exigieron tales formalidades, que antes de
pasar por ellas prefiri dejar correr la suerte.

Pas ocho das en gran zozobra. A la hora de repartir las cartas en la
fonda, experimentaba una ansiedad que le sofocaba, esperando ver llegar
encerradas en un sobrecito las feas y colosales calabazas, castigo justo
a su demasa y sandez. Transcurrieron, no obstante, los ocho das y aun
los quince, y la contestacin no pareca. Se fu calmando con la
esperanza vaga de que la carta no hubiese llegado a su destino. Si haba
llegado, forjbase la ilusin de que Cecilia la habra roto sin dar
cuenta a nadie. Mas he aqu que, cuando ya no la esperaba, se encuentra
a la hora de almorzar sobre el plato una carta de Espaa, letra
desconocida de mujer. Es irrepresentable la congoja que le acometi. Se
puso tan blanco como el mantel. El corazn quera saltrsele del pecho.
Abrila con mano trmula... Ahaaa! suspir descansado, despus de
haberla devorado en dos segundos. Llevse la mano al pecho, limpise el
sudor con el pauelo, y volvi a tomar la carta y a releerla con calma.

Era, en efecto, de Cecilia, y estaba escrita en un tono suavemente
irnico, que nada tena, sin embargo, de ofensivo. Manifestbase
sorprendida de su repentina e inopinada declaracin. Qu mosca le haba
picado al cabo de cuatro aos de ausencia? Sus padres, que antes que
ella haban abierto la carta, estaban igualmente sorprendidos: opinaban
que era un paso irreflexivo, propio de los pocos aos, un capricho del
momento, del cual ya estara probablemente arrepentido. Ella comparta
enteramente esta opinin. Sin embargo, la haban permitido, y aun
aconsejado que contestase, por tratarse de un joven del pueblo, con cuya
familia mantenan relaciones de amistad.

Esta epstola le puso contentsimo de pronto. No eran las desdeosas
calabazas que esperaba. Despus se puso triste, y al minuto otra vez
alegre, leyndola y releyndola por ver si daba en la clave. Eran o no
eran calabazas? Apresurse a contestar, pidiendo perdn de su
atrevimiento, y confirmando su declaracin anterior con nuevas y
vehementes frases. Replic al cabo de algunos das la nia en trminos
ms blandos y afectuosos. Torn a escribir Gonzalo; cruzronse retratos;
intervino doa Paula. En suma, al cabo de poco tiempo, se encontraban
ambos jvenes en relacin formal. Comenz a hablarse de matrimonio;
mediaron cartas entre don Melchor y su sobrino; despus visitas entre
aqul y don Rosendo. Finalmente todo qued arreglado, convinindose que
a la primavera regresara Gonzalo, y se efectuara el casamiento.




III

EN EL QUE LA PAREJA ENAMORADA COMIENZA A PENSAR EN EL NIDO


Salan ya del teatro los que haban quedado. Gonzalo tropez con la ola
de gente que vomitaba la puerta, y as como fu reconocido, se
apresuraron a rodearle y saludarle sus antiguos amigos. El primero que
le ech los brazos al cuello fu don Mateo, despus vino don Pedro
Miranda y su hijo Periquito, en seguida el alcalde don Roque, despus
don Victoriano y su esposa doa Rosario y sus tres hijas. En un instante
se form crculo en torno del joven, quien se apresuraba a contestar con
efusin a los plcemes, abrazos y apretones de manos que de todos sitios
le venan. Los marineros, las mujeres del pueblo tomaban parte en
aquellas manifestaciones de cario lo mismo que los _seores_. No se
oan ms que exclamaciones de admiracin y alegra.

--Cunto has engordado, Gonzalito.--Vaya un real mozo!--Por qu no
creces como l, Periquito?--Don Gonzalo, les come usted las sopas en la
cabeza a todos los mozos de Sarri.--Crecer no ha crecido, lo que ha
hecho es doblar de cuerpo.--Ven ac, granadero, dame un abrazo apretado.

Un patrn de barco afirm que se pareca como una gota de agua a otra al
Prncipe de Gales. Acaso Gonzalo fuese un poco ms alto.

El robusto corpachn de ste, alzbase sobre el grupo. Daba la mano por
encima de las cabezas a los amigos que no podan llegarse a l, y su
noble y bondadosa fisonoma sonrea a todos.

Don Mateo, alzndose sobre la punta de los pies y tirndole del brazo
para que se doblase, pudo decirle al odo:

--Qu funcin te has perdido, Gonzalo! Lstima que no hayas llegado por
la tarde. La tiple cant como un ngel... Y el baile!... El baile te
digo, chico, que ni en Bilbao ni en la Corua lo sacan mejor... Pero no
te disgustes, que yo har que se repita antes que se vaya la compaa...
o poco he de poder.

Pero Gonzalo no atenda. Con los ojos clavados en la puerta, esperaba
inquieto y afanoso la salida de la familia de Belinchn, que como
principal y de las ms encopetadas, se retrasaba siempre para no
confundirse con la plebe. Por fin a la luz del farol que arda sobre el
marco de la puerta, divis la fisonoma de doa Paula y en seguida la de
Cecilia. Abalanzse trmulo a saludarlas. La hija se puso colorada como
un pavo (es natural), y la madre tambin (esto es menos natural). Qu
le tocaba hacer a l? Ruborizarse igualmente; y esto fu lo que llev a
cabo de un modo perfecto. A los tres les temblaba la voz, y despus de
preguntarse por la salud, no supieron qu decirse. Las miradas cargadas,
de curiosidad de la gente contribuan a embarazarlos. Felizmente lleg
Pablito con Ventura, que se haban rezagado, y nuestro joven salud al
primero afectuosamente y dirigi a la segunda una ceremoniosa cabezada.

Pablo sonri.

--Qu, no la conoces? Es mi hermana Ventura.

--Oh! Cmo haba de conocerla? Es una mujer... Cmo est usted,
Ventura?

La nia le alarg la mano mirndole con expresin maliciosa y burlona
que acab de desconcertarle.

Pusironse en marcha hacia casa. Venturita ech a correr delante
arrastrando a su hermano. Detrs marchaban doa Paula, Cecilia y
Gonzalo. Cerraba la marcha don Rosendo con su buen amigo don Pedro
Miranda. Las calles estaban obscuras. Slo ardan a aquellas horas los
faroles de esquina. La distancia entre los tres grupos se fu haciendo
cada vez mayor.

Gonzalo comenz a hacer esfuerzos desesperados por sostener la
conversacin con su futura, esposa y suegra; pero aqulla no despegaba
los labios, dominada, sin duda, por la vergenza, y doa Paula andaba
muy lejos de ser una madame Stael. Como tampoco l haba colaborado en
el Diccionario de la Conversacin, el resultado era que sta no
prosperaba. Por cartas haba llegado a tener confianza. Doa Paula pona
a menudo postdatas en las de Cecilia. Gonzalo replicaba con alguna
cuchufleta, mandaba estampitas, caricaturas para Ventura, y se portaba
en todo como un miembro de la familia. Pero ahora los tres
experimentaban malestar embarazoso. Nuestro joven en su vida haba
hablado con la seora de Belinchn, y con Cecilia slo haba cruzado las
palabras que hemos dicho. Luego, all delante, Venturita rea a
carcajadas con su hermano, y los novios presuman fundadamente que
estaban ellos sobre el tapete. No obstante, cuando ya se acercaban, a
casa, la pltica fu tomando calor y haba algunos sntomas para creer
que muy pronto iba a reinar la confianza.

Formse un grupo a la puerta de la morada de los seores de Belinchn,
que estaba situada en la Ra Nueva, la calle ms principal de Sarri, y
era grande y suntuosa para lo que all se estilaba. Como Gonzalo no
haba cenado an, don Rosendo le invit a subir a hacerlo con ellos tan
de veras, y con palabras tan apremiantes, que el joven, que no deseaba
otra cosa, concluy por aceptar. Despidironse el seor Miranda y su
hijo Periquito, y la familia Belinchn, con el nuevo individuo que iba a
formar parte de ella, subi a la casa. En el recibimiento, las seoras
se despojaron de los abrigos y las toquillas. La luz volvi a turbarlos.
Gonzalo pudo ver bien entonces a su novia, y observ que no haba ganado
nada en los aos de ausencia. Estaba ms alta, pero ms delgada tambin.
Los amores no ponen gordas a las nias. La nariz, con esto, se le haba
pronunciado todava ms. Slo aquellos ojos hermosos, suaves,
inteligentes, persistan en brillar como dos estrellas. La
transformacin de Venturita, aquella nia que vea cruzar para el
colegio, colgada del brazo de la doncella dando saltitos para no perder
el paso, le llam poderosamente la atencin. Era una mujer, una
verdadera mujer, no tanto por la estatura, como por la redondez y
amplitud de las formas, como por la firmeza singular de su mirada y
cierto brillo malicioso que la acompaaba. Examinronse ambos como dos
extraos de una rpida ojeada. Gonzalo le dijo por lo bajo a doa Paula:

--Qu cambio el de Venturita! Es una joven preciosa.

Por bajo que lo dijo la nia lo oy. Se puso seria con afectacin, hizo
un leve mohn de desdn con los labios, y se fu derecha al comedor,
ocultando el cosquilleo placentero que aquel requiebro tan espontneo la
haba causado.

La mesa estaba puesta: una mesa patriarcal de provincia, abundante,
limpia, sin flores ni los dems refinamientos elegantes que la
civilizacin va introduciendo. Y al acercarse a ella, el embarazo de
Gonzalo haba desaparecido. Pareca que ayer haba cenado all tambin.
Una rfaga de alegra sopl sobre todos. Cambironse palabras y risas.
Gonzalo abrazaba a Pablito y le preguntaba por sus caballos. Doa Paula
arreglaba la distribucin de los cubiertos. Venturita, sentada ya, se
atracaba de aceitunas, tirando los huesos a su hermana y hacindole
guios provocativos, mientras sta, con las mejillas encendidas y los
ojos brillantes, se llevaba el dedo a los labios pidindole discrecin.
Don Rosendo haba ido a ponerse la bata y el gorro, sin los cuales le
habra hecho dao la cena. Su esposa invit al joven forastero a
sentarse en el puesto vecino al de Cecilia. Pero sta se haba pasado al
otro extremo de la mesa, y all se dispona a sentarse.

--Qu haces, chica? Por qu no vienes a tu sitio?--le pregunt doa
Paula con sorpresa.

La joven se levant sin contestar, ruborizada, y vino a sentarse al lado
de su novio.

La clsica sopa de manteca con huevos humeaba ya en el centro de la
mesa.

--Mira, haz plato a Gonzalo... Comienza ya a servirle--le dijo despus
sonriendo bondadosamente, como mujer que profesaba ideas semejantes a
las expresadas por San Pablo en su clebre epstola.

Cecilia se apresur a obedecer, colmando el plato de su futuro. Este
posea ordinariamente un apetito excelente, apropiado a su grande
humanidad. Ahora, sobreexcitado por el aire del mar y algunas horas de
ayuno, era voraz. Comi sin dejar migaja, sin cortedad alguna, cuanto le
ponan delante; y eso que Cecilia, como podr suponerse, no tena la
mano corta en servirle. Cuando empezaba a comer, Gonzalo perda la
vergenza. La necesidad apremiante de su organismo giganteo se impona.
En cambio, Cecilia apenas si tocaba en los manjares. Viendo en su plato
dos pedacitos de jamn del tamao de dos avellanas, preguntle el joven:

--Para quin hace usted ese plato, para el loro?

--No; es para m.

--Y no tiene usted miedo que se le indigeste?

Era la primera chanza que se autorizaba con su futura. Esta contest
sonriendo:

--Nunca como ms.

Doa Paula acerc la boca al odo de Venturita, y le dijo:

--No reparas con qu ceremonia se tratan?

Venturita se lo dijo al odo a Pablo, y ste a su padre. Todos cuatro
soltaron a reir, mirando a los novios, mientras stos, confusos,
preguntaban con la vista la razn de aquella sbita alegra.

--Mam, quieres que les diga de qu nos remos?

--Dselo.

--Pues bien, seores, pensamos todos que podran ustedes ir apendose el
tratamiento.

Los futuros esposos bajaron la cabeza sonriendo.

La alegra de los comensales se expresaba ruidosamente, se charlaba, se
bromeaba. Pablito asaba a preguntas a su prximo cuado, acerca de las
carreras de caballos, _skating-ring_, y otros asuntos ms o menos
transcendentales, relacionados con el _sport_. Slo el gozo de Cecilia
era concentrado y silencioso. Advertase en las mejillas teidas de vivo
carmn. De vez en cuando pona el dorso de la mano sobre ellas para
enfriarlas, aunque sin lograrlo. Cuando crea que no la miraban, pasaba
largos ratos con los ojos fijos en su novio. Aquel bravo engullir,
incesante, signo de vida y de fuerza, la sorprenda y la cautivaba a un
mismo tiempo. Contemplbale arrobada, adorando en l al smbolo del
poder masculino. Estas largas miradas extticas no se le escapaban a
Venturita, quien haca muecas a Pablo o a su madre, para que las
observasen. Gonzalo pagaba las atenciones de su novia con un muchas
gracias rpido, sin volver el rostro hacia ella por temor de
ruborizarse. Al levantarlo para contestar a Pablo, sus ojos tropezaban
siempre con los de Venturita, cuya mirada risuea, y maliciosa le
turbaba momentneamente.

Levantronse al fin de la mesa y se diseminaron. Don Rosendo y Ventura
desaparecieron. Pablo, despus de charlar algunos instantes, concluy
por irse tambin. Quedaron solamente en el comedor doa Paula y los
novios. Y todos tres fueron a sentarse en un rincn de la estancia en
sillas bajas. Al poco rato no se oa ms que un cuchicheo discreto, como
si estuviesen confesando. Unidas las tres sillas, adelantando los
cuerpos hasta tocarse casi las cabezas, comenzaron a charlar
animadamente. Doa Paula abord al instante la magna cuestin.

--Estamos a veintiocho de abril... De aqu al primero de septiembre no
hay ms que cuatro meses--dijo, echndoles una larga mirada entre
risuea y enternecida.

Si fuese posible que Cecilia se pusiese ms colorada, se hubiera puesto.
El rostro de Gonzalo se contrajo con una sonrisa sin expresin, y baj
los ojos.

Despus de haberlos mirado otro rato, gozndose en su confusin, sigui
doa Paula:

--Es necesario ir pensando en el equipo de ropa...

--Mam, por Dios! Es muy pronto--exclam la joven avergonzada, mientras
el corazn quera salrsele del pecho.

--No es pronto, Cecilia. T no sabes el tiempo que aqu echan las
bordadoras en cualquier cosa. Un mes ha empleado Nieves para bordar dos
escudos a la chica de doa Rosario... Y ms pesada que ella todava es
Martina...

--Nieves borda muy bien.

--No, como bordar no hay en la villa quien le ponga el pie delante a
Martina... Tiene manos de oro.

--A m me gustan ms los bordados de Nieves.

--Pues si quieres que ella te borde la ropa, por m...--repuso doa
Paula mirando a su hija con una condescendencia maliciosa.

--No digo eso, mam!--exclam sta toda apurada.--Slo digo que me
gusta ms el bordado de Nieves que el de Martina.

Al poco rato ya haba consentido en discutir la cuestin de la ropa.

Tratronla en todos sus aspectos con la gravedad y el cuidado que
mereca. A quin se encargaran los juegos de sbanas de batista, a
quin los ordinarios, quin hara las camisas, dnde se compraran los
manteles, etc., etc. Todo fu tratado, medido y ponderado. Doa Paula
emita su opinin. Cecilia aparentaba contradecirla, pero en el fondo
qu le importaba? Lo que embargaba su alma y haca palpitar su corazn
era aquella proximidad del matrimonio, reconocida expresamente. As, que
su voz sala temblorosa y algunas veces se le anudaba en la garganta sin
querer salir. Sus ojos soltaban efluvios de dicha; tenan el brillo
suave y misterioso de los luceros en las noches serenas de invierno.

--Qu calor!--exclamaba de vez en cuando, y apoyaba las manos en sus
mejillas encendidas.

Gonzalo asenta con estpida sonrisa a cuanto decan, y estiraba a
menudo sus desmesuradas piernas que, por la escasa altura de la silla,
se le dorman.

Y cuando se concluy con la ropa blanca, comenzaron con la de color. Y
la conversacin se enredaba; y Cecilia, sin mirar a su novio le vea; y
los ojos de doa Paula, posados alternativamente en uno y en otro, se
iban enterneciendo cada vez ms; y los alientos se cruzaban. Los hombros
de los futuros esposos se tocaban. Aquel suave cuchicheo, la dormida luz
de la lmpara que apenas los envolva, el contacto frecuente con el
brazo de su amado, iban hinchendo el seno de Cecilia de una emocin
voluptuosa que la desasosegaba. No pudiendo resistirla levantse dos o
tres veces para besar con vehemencia a su madre. A la tercera vez sta
se hizo cargo de lo que aquello significaba, y exclam mirndola con
ojos risueos y compasivos:

--Pobrecita! Pobrecita ma!

Cecilia se tap los suyos con las manos y estuvo as un rato.

--Qu tienes?--le dijo al fin doa Paula.

--Nada, nada.

Pero continu cubrindose los ojos.

--Vamos, qu tienes, hija ma?

--No tengo nada--contest destapndose al fin. Su cara sonrea; pero
tena los ojos hmedos.

--Ya s, ya s--dijo la seora--Quieres el ter? Sientes opresin?

--No siento nada. Estoy muy bien.

La pltica se enred de nuevo. Doa Paula expres la idea de que Gonzalo
se viniese a vivir con ellos. Este se resisti un poco, porque
comprenda que esto iba a disgustar a su to. No obstante, concluy por
ceder a los ruegos de ambas. Era tan natural que no quisieran
separarse!

--Pueden ustedes tener independencia. Yo me encargo de ello. Hay una
sala grande, la sala amarilla... ya sabes, Cecilia... Tiene una alcoba
espaciosa... Slo falta el despacho para Gonzalo; pero ya he pensado en
eso. Al lado de la sala est el cuarto de la ropa, que aunque da al
patio, tiene buena luz. Hoy est hecho un asco; pero haciendo obra en l
puede quedar una habitacin muy decente... Quiere usted verlo, Gonzalo?

El joven manifest que no haba necesidad; que pasaba por todo lo que
ella dijese; que ya lo vera... Sin embargo, la seora insisti y
tomando una palmatoria los gui al otro extremo de la casa.

--Esta es la sala... Grande, no es verdad? Dos balcones... La alcoba.
Caben muy bien dos camas... cuanto ms una--aadi mirando a su hija,
que se hizo la distrada cerrando un balcn.--Vamos ahora a ver el
cuarto de la plancha.

Y salieron de la sala, y salvando un corredor y dando una vuelta,
entraron en otro cuarto lleno de armarios y otros trastos.

--No se asuste usted por la distancia. Este cuarto est pegado a la
sala. No hay ms que abrir una puerta de comunicacin.

Gonzalo se inclin hacia su novia y le dijo por lo bajo:

--Por qu no me tratar mam de t, como tu pap? Dselo de mi parte...
yo no me atrevo.

Cecilia entonces se acerc al odo de su madre y murmur con voz
apagada, llena de vergenza:

--Gonzalo se alegrara de que le tratases de t.

--Qu dices, nia?--pregunt doa Paula, poniendo la mano en la oreja.

Cecilia levant un poquito la voz, haciendo un terrible esfuerzo.

--Dice Gonzalo que por qu no le tratas de t como pap.

--Ah... me alegro que haya salido de l. No me atreva... Bueno, pues en
cuanto se abra una puerta aqu, en esta pared, ya puedes pasar de la
sala al despacho sin cruzar el pasillo... Te gusta la habitacin? Es
bastante grande?

--Demasiado. Mis negocios, por ahora, no exigen tanto.

A Cecilia le retozaba en el cuerpo una pregunta. Estaba inquieta. Varias
veces estuvo por tomar la palabra, pero el temor la retena. All, al
fin, en una pausa larga, se aventur a decir:

--Falta una cosa, mam.

--Qu falta?

La joven se detuvo un instante, como para tomar arranque, y dijo al fin
con voz temblorosa:

--Falta un cuarto para arreglarse Gonzalo.

--Es verdad; no me haba hecho cargo... Dnde tendra yo la cabeza?
Pues ahora no encuentro sitio aqu cerca... Aguarda un poco...
aguarda... Podramos bajar la despensa al stano y quedaba un cuartito,
que bien arreglado, acaso servira... Lo que hay es que no comunica con
estas habitaciones. Tendras que cruzar el pasillo.

--Qu importa eso!

Fueron de nuevo al comedor y se sentaron en el mismo rincn. Poco
despus de hacerlo apareci Venturita con un peinador blanco que dejaba
ver enteramente la garganta de alabastro y una parte de su hermoso seno
virginal. Traa sueltos por la espalda los cabellos, y calzaba unos
lindos pantuflos bordados. Vena a despedirse para ir a la cama.
Acercse a su madre y la di un beso en la mejilla, haciendo, mientras
tanto, muecas maliciosas a su hermana, que Gonzalo no poda ver.

--Vaya, buenas noches--dijo alargando a ste la mano.

--Buenas noches--repuso l mirndola exttico, con cierta especie de
embelesamiento que no pas inadvertido para la nia.

Iba a retirarse, pero un sentimiento de coquetera la hizo volver desde
la puerta y preguntar a Cecilia:

--Dnde has colocado el calzador? He tenido que venir con chinelas por
no hallarlo...

Y al mismo tiempo mostr su lindo pie.

--Pues all est, en el cajn de la mesa de noche.

--Si supierais qu sueo tengo!--dijo avanzando ms y colocando una
mano sobre la cabeza de su hermana.--Sabis con qu se quita
esto?--aadi sonriendo.

Gonzalo la examinaba con atencin. Era realmente una criatura perfecta.
Cuanto ms de cerca se la observase, ms se admiraban las singulares
partes de que estaba, dotada. La epidermis era suave y brillante como el
raso, de un color rosa desvanecido; la boca hmeda y fresca, de labios
rojos un tanto grandes que descubran al abrirse dos filas de dientes
menudos e iguales; los cabellos dorados, sedosos, abundantes. Su nica
imperfeccin consista en la estatura. Si tuviera la de su madre nadie
se atrevera a ponerle un reparo, exceptuando, por supuesto, sus amigas.

Notando que la examinaban, no acababa de marcharse. Daba vueltas en
redondo para que se la viese bien por todas partes, adoptaba posiciones
caprichosas, afectadas, diriga preguntas impertinentes a su hermana,
rea sin motivo, la cubra de besos y la sobaba sin consideracin.

--Djame, Ventura. Qu retozona ests hoy!--exclamaba aqulla con su
franca sonrisa bondadosa, procurando desasirse.

--Vaya, vaya, a la cama--deca doa Paula.

--Voy.

Pero en lugar de irse se abrazaba de nuevo a Cecilia; la haca
cosquillas aprovechando cualquier movimiento para decirla al odo:

--Cmo ests gozando, picarona! No le eches esos ojazos, mujer, que le
vas a aturdir.--Adis, adis, seores--concluy por decir en voz
alta...--Y dejar algo para maana, eh?

--Qu tonta!--exclam Cecilia ruborizndose.

Doa Paula y Gonzalo sonrieron. Este dijo en voz baja:

--Qu pelo tan hermoso!

Ventura lo oy, y dijo sacudindolo:

--Es postizo.

Todos se echaron a reir.

--No lo cree usted?--pregunt con seriedad y acercndose.--Tire usted.
Ver cmo se le queda en la mano.

El joven no se atrevi, y continu sonriendo.

--Tire usted, tire usted--insisti ella volviendo la espalda y
metindole el pelo por la cara.

Gonzalo llev la mano a l, pero no hizo ms que acariciarlo.

--Qu, no se le ha quedado? Es que est muy bien sujeto.

Y sali corriendo de la estancia.

Un rato todava dur el cuchicheo secreto. Se tocaron algunos puntos de
la vida futura. Cecilia escuchaba a su madre disertar sobre lo que
deban hacer una vez casados, sintiendo un cosquilleo en el alma que
apenas era poderosa a ocultar. Le haba cogido una mano y se la apretaba
y acariciaba con intermitencias nerviosas. De vez en cuando la llevaba a
los labios y se la besaba con fuerza. Doa Paula la miraba con
enternecimiento y sonrea gozndose en la felicidad que inundaba el
corazn de su hija.

El reloj del comedor vibr, dando las doce y media. Gonzalo levantse
apresuradamente.

--Oh, qu tarde! Qu dir don Rosendo?

--Nunca se acuesta antes de esta hora--repuso Cecilia.

--S; pero ya sabes que emplea mucho tiempo en cerrar las
puertas--replic doa Paula.

Cecilia call. Gonzalo les di la mano con efusin, prometiendo volver
al da siguiente. Despus pas al despacho del seor de Belinchn para
despedirse.

La madre y la hija siguieron charlando en el mismo rincn sobre el mismo
tema, recibiendo la primera un sinnmero de abrazos y besos
apretadsimos.

--Esto no es para m--deca con cierta expresin entre alegre y
melanclica.

--S, mam, s--replicaba la joven abrazndola con ms fuerza.




IV

CMO LOS PARTICULARES DE SARRI SE CONGREGABAN EN UN RECINTO NOMBRADO EL
SALONCILLO, Y LO QUE ALL SE PLATICABA.


Don Melchor de las Cuevas se levant de la mesa, encendi un cigarro, y
dijo, ofreciendo otro a su sobrino:

--Vmonos a tomar caf.

Gonzalo quiso guardarlo en el bolsillo porque jams hasta entonces se
haba autorizado el fumar delante de su to; pero ste le retuvo el
brazo.

--Enciende, chiquito, enciende; ya has dejado de ser grumete.

El joven sac un fsforo y se puso a dar chupetones al cigarro con
emocin.

Salieron de la casa emparejados y bajaron lentamente por la calle
disfrutando del bienestar voluptuoso que sienten las naturalezas
poderosas despus de una comida abundante. Parecan dos cedros gigantes,
majestuosos, orgullosos de su altura. Y guardaban el mismo silencio que
ellos cuando no les sopla el viento. Las mujeres que trabajaban a las
puertas de sus casas los miraban con curiosidad tocada de admiracin.

--Quin es el seorito que va con don Melchor?

--Mujer, no le conoces? El sobrino; el seorito Gonzalo, que lleg ayer
en la _Bella-Paula_.

--Vaya un real mozo!

--Como su padre don Marcos, que en paz descanse.

--Y como su abuelo don Benito--aadi una vieja.--Qu familia tan noble
y campechana!

En las bocacalles por donde se descubra un cacho de mar, el seor de
las Cuevas sola detenerse un momento para echar una ojeada escrutadora.

--Por ahora bonanza. Dentro de poco terral.

--Las ves?--dijo con expresin de triunfo al cabo de un instante.

--Qu?

--Las lanchas, hombre, las lanchas. Cmo lo han olido!

--No veo nada,--repuso Gonzalo sacndose los ojos por columbrarlas en el
horizonte.

--Sigues como antes. No ves ms que la sopa en el plato--manifest el
to sonriendo con lstima.

El caf de la Marina herva ya de gente. El rumor de las conversaciones
y disputas, el campaneo de las copas, el choque de las fichas de domin
contra el mrmol de las mesas, formaba un ruido ensordecedor. Estaba
situado en una plazoleta que formaba la Ra Nueva al desembocar en el
muelle, y una de sus fachadas miraba al mar. Reunanse en l la mayor
parte de los capitanes y pilotos que estaban en Sarri de paso, y casi
todos los que sin ejercer el oficio habitaban en la villa, con ms los
vecinos que sentan de un modo o de otro inclinaciones martimas. Al
atravesar por medio fueron llamados a gritos de diferentes mesas. Don
Melchor era el hombre ms popular, el ms querido y respetado que
entraba en aquel caf. Fu necesario acercarse a saludar a unos y a
otros, y presentarles a Gonzalo. Aquellos lobos se extasiaron mirndole;
le apretaban la mano hasta descoyuntrsela, y le ofrecan con todas las
veras de su corazn una copa de ron y marrasquino. Cuando la rehusaba
hablando de subir a tomar caf arriba, la tristeza ms honda se pintaba
en sus rostros curtidos.

Don Melchor tena, en efecto, la costumbre de tomarlo en el Saloncillo.
Este era un aposento del piso principal de aquella casa, que tena
comunicacin con el caf por medio de una escalerilla de hierro. Por
ella subieron al cabo to y sobrino. Ya estaban reunidos los notables
del pueblo, sentados en un divn corrido, con sendas mesillas japonesas
delante, donde cada cual tomaba su caf. Por una de las puertas, que
generalmente estaba abierta, se vea la sala de billar donde jugaban
siempre las mismas personas rodeadas de los mismos mirones.

Cuando don Melchor y su sobrino entraron, se hablaba de un proyecto de
mercado cubierto para preservar de la intemperie a las pobres mujeres
que vendan al raso legumbres y leche. Y Gonzalo record que en cierta
ocasin que subi a buscar a su to antes de irse a Inglaterra, se
estaba debatiendo el mismo asunto. Los temas variaban poco en aquella
asamblea. La existencia de la villa se deslizaba tranquila y serena en
medio del trabajo cotidiano. Los nicos acontecimientos que sacudan de
vez en cuando su letargo, eran la entrada o salida de cualquier barco
importante, la muerte de una persona conocida, una letra protestada, el
empedrado de algunas calles, la avera de algn cargamento, el alijo de
un contrabando, la limpieza del muelle.

Las mujeres y los muchachos estaban ms socorridos de asuntos para
saciar el humano afn de novedades: la llegada de un forastero guapo y
elegante (gran sensacin entre las nias casaderas), que Fulanito
acompa a Margarita en el paseo por primera vez (por lo visto es cosa
hecha ya?), que Severino el de la tienda de quincalla deslom a su mujer
de una paliza (bien empleado la est por haberse casado con ese
burro!...). El traje que Fulanita sac el da de Nuestra Seora (dicen
que vino de Madrid... Qu Madrid, mujer, si yo misma se lo he visto
cortar a Martina!). El baile de confianza que se dar el jueves en el
Liceo. (No toca baile ese da.--Pagan el gasto los pollos a escote.) Los
graves varones que se reunan en el Saloncillo desdeaban estos temas,
aunque de vez en cuando, por excepcin, picaban en ellos.

A algunos, a don Rosendo, a don Mateo, a don Pedro Miranda y al alcalde
don Roque, ya Gonzalo les haba saludado la noche anterior. Pero estaban
all adems Gabino Maza, don Feliciano Gmez, el ingeniero francs M.
Delaunay, Alvaro Pea, Marn, don Lorenzo, don Agapito y otros cinco o
seis seores, que se levantaron para abrazarle.

Don Pedro Miranda, de quien ya hemos hecho mencin, era un hombre que
pasaba bien de los sesenta, bajo de estatura y de color, las mejillas
rasuradas, la cabeza monda y lironda, los ojos grandes y apagados, los
ademanes tmidos. Era el propietario territorial ms rico de la
poblacin y el representante genuino de la aristocracia por venir de una
antigua familia de terratenientes y no haber en la villa persona
titulada que mejor la representase. No daba, sin embargo, importancia a
este privilegio. Era hombre afable, modesto, que con todos los vecinos
alternaba sin atender a su condicin social, extremadamente servicial,
siempre que no se tratase de dinero, y poco amigo de imponer su voluntad
ni contradecir a nadie. Pero si declinaba enteramente las preeminencias
del nacimiento, en cambio era celossimo de sus derechos de propiedad.
Jams se haba conocido ni se conocer un propietario ms propietario
que don Pedro Miranda. Las instituciones de derecho vigente, las del
derecho antiguo, las universidades, el ejrcito, la marina, la
constitucin poltica y hasta la religin, no tenan razn de ser a sus
ojos sino como elementos que de un modo directo o indirecto afianzaban
aquellos derechos. La mquina asombrosa del Universo estaba formada para
sustentar sus ttulos indiscutibles al dominio pleno de los Praducos,
casero situado a media legua de la villa, y al directo que posea sobre
el de las Meanas, con un canon anual de ciento quince ducados. Esta
conciencia clarsima de su derecho engendraba, no obstante, por exceso
de claridad, algunos conflictos. Vena un colono y le deca:--Seor;
Joaqun el martinetero, ha cortado ayer las caas del nogal que colgaban
sobre su huerta.--Pero el nogal era _mo_!--exclamaba don Pedro
enrojecido sbito por la clera y sorpresa.--S, seor... pero como
colgaban sobre su huerta...--Cmo se ha atrevido ese pillo a tocar en
una cosa que es _ma, ma?_--Inmediatamente entablaba un interdicto, y
como es natural, lo perda. De estos interdictos haba perdido ya
algunas docenas en su vida, sin escarmentar jams.

Don Roque de la Riva, alcalde constitucional de Sarri, a quien hemos
tenido el honor de comparar, cuando por primera vez le vimos en el
teatro, a un cortesano de Luis XV, o a un cochero de casa grande, no se
distingua por la pureza de la diccin; antes era sta tan atropellada y
confusa, que al interlocutor le costaba gran trabajo entenderle. No
sabemos si era en la boca o en la garganta o en la regin de las fosas
nasales, donde el seor de la Riva tena a bien machacar y atormentar
las palabras; lo cierto es que salan casi siempre transformadas en
sonidos obscuros, huecos, caticos, completamente ininteligibles.
Particularmente despus de comer, se haca imposible conversar con l. Y
esto, no por otra razn, segn decan, sino porque don Roque sola
encargar a los pilotos amigos un vino del Rivero, tan exquisito, que
nadie dejara de beberlo, aun a riesgo de quedarse mudo. El jefe
superior civil de la villa sala todas las tardes de su casa solo, en la
apariencia, en realidad gratamente acompaado. Su enorme faz rasurada
quera echar la sangre por los poros, concentrndose con preferencia en
el lomo gigantesco de su nariz borbnica. Los ojos, con ramos de sangre
tambin, medio velados por no poder sufrir la gran pesadumbre de los
prpados, se espaciaban lentamente por todo el ancho de la calle,
expresando un grado envidiable de bienestar fsico. El paso grave,
lento, vacilante, acusaba de igual modo una armona perfecta entre sus
facultades psquicas y corporales. No le faltaba a don Roque para
alcanzar la bienaventuranza ms que tropezar con un alguacil, o
barrendero, o sereno, o picapedrero, con cualquier empleado, en fin, del
municipio. Desde lejos lo columbraba, y sus prpados se levantaban
repentinamente, y las ventanas de la nariz se le abran al olor de la
presa. Si sta, olfateando al tigre, se pasaba a la otra acera, o
trataba de esconderse, don Roque le llamaba con voz de trueno.

--Juan, Juaan, Juaaaan!

La vctima acuda bajando la cabeza.

--Has llevado el oficio a don Lorenzo?

--S, seor.

--Has dicho al secretario que dejase apartado el expediente del
cementerio?

--S, seor.

--Has llevado las cdulas al pedneo de San Martn?

--S, seor.

--Has ido a avisar a don Manuel que quite los escombros que tiene
delante de su casa?

En fin, iba preguntando, hasta que el pobre alguacil contestaba
negativamente.

Entonces, la voz de sochantre del alcalde se dejaba oir en toda la
calle, y aun en los confines de la villa. Sus ojos se inyectaban, y su
rostro apopltico llegaba a ponerse morado. Imposible entender lo que
deca, si no eran los _ajos_ con que salpicaba el discurso, y aun stos
los ahuecaba de tal modo, que slo la jota se perciba con claridad. La
reprensin nunca duraba menos de quince o veinte minutos, el tiempo
indispensable para desalojar la inmensa cantidad de _ajos_ que se le
haban acumulado en el cuerpo desde la noche anterior. As como hay
personas que por la maana se meten los dedos en la boca para provocar
la bilis, don Roque necesitaba indefectiblemente este desahogo para
quedar a gusto. No se le haba odo jams otra interjeccin, pero, en
cambio, de sta posea tal abundancia, que no le bastaba poner una a
cada palabra; a veces pona dos o tres.

Los tenderos salan a la puerta a escucharle, pero sonriendo, sin
sorpresa alguna, como acostumbrados de antiguo a este espectculo.

--Don Roque hoy ha tirado de firme a los vencejos--le deca uno a otro
en voz alta.

--Mira qu caso le hace Juan.

En efecto, el alguacil a cada vuelta en redondo que daba el alcalde, se
llevaba el dedo pulgar a la boca y haca la sea de empinar.

Don Roque prefera encontrar a un barrendero o picapedrero en el
ejercicio de sus funciones. Se acercaba a l cautelosamente por detrs,
y le hincaba sus dedazos en el cuello.

--...ajo! so tuno, qu modo de barrer es se? Te parece ...ajo! que
yo te pago para que me dejes la mitad de la porquera entre las piedras?
...ajo! Es esto gratitud? ...ajo! Es esto vergenza? ...ajo!

A veces l mismo en el entusiasmo del discurso empuaba la escoba y se
pona a dar al barrendero una leccin de su oficio. Los tenderos, los
pocos transeuntes que cruzaban por la calle y alguna seora que se
asomaba al balcn con el ruido, soltaban a reir alegremente. El
barrendero mismo, a pesar de su crtica situacin, no poda reprimir una
sonrisa viendo a aquel energmeno con la levita remangada dando furiosos
y desconcertados limpiones al suelo.

--As se barre!... ...ajo! (Golpe terrible de escoba.) As se
barre!... ...ajo! (Otro golpe.) As se barre!... ...ajo! (Otro
golpe.) As se barre!... ...ajo!

Hasta que fatigado, sudoroso y a punto de caer a tierra con un derrame,
le entregaba la escoba y recoga el bastn con borlas.

Desahogado de este modo su noble pecho de la copia de ajos que le
embargaba, emprenda de nuevo su camino y llegaba al Saloncillo en una
felicsima disposicin de cuerpo y espritu.

Gabino Maza era hombre de unos cuarenta y cinco aos de edad, oficial de
la Armada, retirado antes de tiempo porque su carcter dscolo no poda
sufrir la disciplina militar. De rostro moreno aceitunado, ojos pequeos
y vivos con ojeras constantes que pregonaban su temperamento
excesivamente bilioso. Alto, seco, musculoso, la barba y el pelo de un
color negro que daba en azul; los ademanes descompuestos siempre y
violentos; la voz indefinible, grave unas veces, otras, cuando se
enfadaba, que era casi siempre que se pona a hablar, chillona y aguda,
de un falsete tan estridente que rompa los odos. Disfrutaba de una
pequea renta y de un pequesimo retiro, con los cuales poda vivir y
alimentar a su familia en Sarri con el respeto de un caballero
acomodado. En la capital de la provincia le sera ya imposible.
Disputador eterno, poniendo en cada disputa, por nimia que fuese, una
cantidad de pasin y de violencia verdaderamente asombrosas; ganoso
siempre de llevar la contraria a cuanto se deca aunque fuese ms claro
que la luz del medioda; de un pesimismo feroz y antiptico para juzgar
a los hombres, a tal punto que no se di el caso jams de que creyese
puros los mviles de una accin humana, por noble y honrada que
apareciese; rencoroso y vengativo hasta la locura. Este hombre, sin
embargo, no concitaba los odios del vecindario contra s, como poda
suponerse. En las aldeas y villas, por el trato ntimo, largo y
constante de las personas, se penetra ms en el alma de cada uno que en
las grandes poblaciones. Un trato superficial hace, en stas, simpticos
a muchos hombres fros, egostas y hasta perversos. Los modales
corteses, las palabras afables, la sonrisa insinuante, proporcionan en
seguida opinin de persona agradable y decente. En provincia no vale
nada de esto. Al contrario, se desconfa de la amabilidad excesiva y,
sobre todo, de la sonrisa dulzona; se le buscan a cada hombre los
pliegues y repliegues del alma con el mismo cuidado y atencin con que
un disecador va palpando y poniendo a la vista con el bistur todas las
fibras de la mquina corporal. Por donde son generalmente aborrecidos
algunos hombres que al forastero le seducen, mientras otros, duros,
violentos, agresivos, suelen caer en gracia. El disimulo, que es el
talento de las naturalezas rudas y vulgares, no se perdona jams en
provincia, quiz por ser el vicio predominante en todas las relaciones
sociales. Los genios vivos, los temperamentos exaltados, no causan temor
como los toros claros. Hay casi siempre en ellos un espritu
justiciero, que aunque exagerado y adulterado por la pasin, no acaba
de hacerles antipticos. Adems, como la violencia y la exaltacin son
causa constante de sufrimiento, de malestar fsico y moral, se juzga con
razn que los hombres de tal temperamento llevan en s mismos el castigo
de sus demasas.

Gabino Maza no era aborrecido ni excesivamente amado. Los que tenan de
l agravios, le murmuraban y evitaban su encuentro llamndole
envidioso y mala lengua. Los que no, se rean de sus exageraciones y
le abocaban con gusto, sin profesarle gran afecto tampoco.

Otro de los personajes all congregados era don Feliciano Gmez.
Comerciante en gneros ultramarinos al por menor, poseedor al mismo
tiempo de tres o cuatro pataches y algunos quechemarines que hacan el
comercio de cabotaje por la costa cantbrica, aventurndose una que otra
vez los de ms porte a llegar hasta Sevilla. De mediana estatura, la
cabeza desnuda de cabellos en forma de pirmide, patillas que le
llegaban hasta la nariz, la voz casi siempre enronquecida. Era hombre
divertido, bondadoso, optimista. Estaba soltero y viva con tres
hermanas de ms edad, a quienes haba hecho verdaderas seoras a fuerza
de trabajo y economa. El pago que ellas le daban segn pblica voz, era
tenerle dominado y sujeto como un nio, reprenderle agriamente las
faltas ms ligeras, y mortificarle y aburrirle por todos los medios
imaginables. No obstante, a l nunca se le oy una queja de ellas.

El ingeniero belga, M. Delaunay, haba llegado a Sarri aos atrs, con
el objeto de beneficiar un coto minero de una poderosa compaa inglesa.
La explotacin no di resultado. La compaa le retir su comisin y el
sueldo. Pero Delaunay, que posea genio emprendedor y algn dinero, se
meti sucesivamente en seis u ocho empresas industriales. Primero mont
una fbrica de papel; despus otra de puntas de Pars; ms tarde intent
formar un criadero de ostras; despus fbrica de quesos y de hielo. Por
ltimo quiso aprovechar unas grandes marismas que haba cerca de
Sarri. Todas estas empresas haban fracasado, sin saber nadie por qu.
Delaunay era inteligente, ilustrado, laborioso. Conoca cada industria
que iba a ejercitar como el ms competente maestro; encargaba los
aparatos a Inglaterra, los montaba y los haca funcionar felizmente,
obteniendo productos muy aceptables. El achacaba sus cadas a la falta
de vas de comunicacin. La ltima de sus grandes empresas, abortada
antes de nacer, le desacredit ms que ninguna otra. En una de sus
excursiones por los alrededores de la villa, haba visto prximos a una
pequea ra ciertos terrenos incultos que con poco esfuerzo podan
reducirse a cultivo. Tvolo en cuenta; levant el plano. Pocos meses
despus, cuando se vi forzado a cerrar la fbrica de hielo y despedir a
los obreros, acordse de las marismas y habl de ellas a don Rosendo
Belinchn, a don Feliciano Gmez y a dos indianos ms para que le
ayudasen en su magna empresa. Replicaron ellos que era necesario verlas,
y concertse la excursin. Una maana montados en sendos caballos
emprendieron secretamente la marcha hacia la ra de Orleo, distante
cuatro leguas de Sarri. Al llegar cerca de ella dejaron los caballos y
subieron a pie una colina, desde la cual se oteaban las marismas. Cul
sera la vergenza y confusin de Delaunay al ver los terrenos que
intentaba robar al mar, cubiertos de maz, verdes y florecientes que
eran una bendicin de Dios! En efecto, haca ms de seis aos que
estaban cultivados. Su equivocacin naci de haberlos visto en diciembre
cuando estaban descansando. Dieron la vuelta para la villa, y el suceso
produjo en ella la risa que debe suponerse.

Qued al cabo arruinado. Vise obligado a vivir miserablemente. Pero,
lejos de apagarse en su espritu el furor de las empresas, encendise en
la pobreza con ms mpetu. De tal modo que no dej un solo capitalista
en Sarri a quien no tantease con el fin de embarcarle en alguna. Unas
veces era un tranva a la capital, otras un puerto de refugio o unos
muelles de madera, otras una gran fonda. Algunos indianos, pocos por
cierto, por l seducidos, pagaron con algunos miles de duros su
inocencia. El caso es que Delaunay era hombre de talento, estudioso,
enterado muy bien de todos los adelantos de la ciencia y la industria.
Imposible despreciarle sin cometer una injusticia.

El ayudante de Marina del puerto, Alvaro Pea, joven de treinta aos,
moreno, con grandes ojos negros y bigotes a lo Vctor Manuel, se
caracterizaba por un odio profundo, implacable, al estado eclesistico y
a todo el que lo representase, aunque fuese su mismo hermano. Sin ser
aficionado en modo alguno a la ciencia o la literatura, posea una
biblioteca bastante numerosa, compuesta exclusivamente de libros contra
la religin y sus ministros. Estaba suscripto a tres o cuatro peridicos
conocidos por sus opiniones anti-clericales, y se deca que desde haca
algunos aos vena ocupndose en acumular datos para un libro que
pensaba publicar con el ttulo de _La religin al alcance de todas las
fortunas_, del cual varios vecinos conocan ya algunos fragmentos. Era
alegre, valiente, aficionado a cuentos y chascarrillos, donde siempre
jugaba papel principalsimo algn cura o monja. No pronunciaba bien las
erres.

Don Jaime Marn, propietario de cuatrocientas fanegas de pan, que con la
contribucin equivalan a unas seis mil pesetas, sera un gran calavera,
un licencioso, un monstruo de corrupcin si no tuviese por mujer a doa
Brgida. Esta eminente seora haba conseguido con una saludable energa
que su marido no arruinase a la familia y los echase a todos por
puertas. Antes que desbaratase su hacienda logr que se le privase
judicialmente de la administracin de los bienes y se le encomendase a
ella. No es fcil representarse la firmeza con que doa Brgida empu
las riendas de la casa. Ningn patricio romano tuvo jams una idea ms
perfecta del _sui juris_, de los sagrados derechos que la ciudad haba
depositado en sus manos. Desde que esto acaeci, don Jaime, a pesar de
sus cincuenta y pico de aos, pas a ser en sus manos una verdadera
_cosa_ como previene la Instituta. En su condicin de _alieni juris_
hubo de sufrir la accin directa y constante de su dueo y seor, y
sujetarse en un todo a su omnmoda voluntad. Adis cenas opparas con
mariscos y vino de Rueda en el caf de la Marina! Adis caza de la
liebre con Fermo el carnicero y Marcelino el tallista! Adis noches
seductoras de tresillo! Tardes de paz y de dicha en el lagar de
Sebastin de la Puente, adis! La inflexible seora depositaba en sus
manos cada domingo tres pesetas; ni ms ni menos. Era todo el caudal de
que dispona durante la semana para sus vicios, salvo el fumar, que ella
subvencionaba, comprando los cigarros por s misma. Cuando necesitaba un
sombrero, ella se lo compraba; cuando un traje o unas botas, se avisaba
al sastre o zapatero para que viniese a tomar las medidas. Hasta se le
impeda ir a la barbera, por temor de que se gastase los dos reales.
Vena el barbero a afeitarle los sbados. Por cierto que, con poca o
ninguna consideracin, el rapador de barbas llegaba algunas veces a las
nueve de la maana, cuando don Jaime estaba durmiendo.

--Qu hago?--preguntaba a doa Brgida.

--Afitele usted--contestaba la seversima seora.

El barbero, obedeciendo la consigna, se acercaba, le embadurnaba la cara
de jabn y le despojaba bonitamente de las barbas sin que don Jaime se
despertase ms que a medias. Echaba otro sueo, y al despertarse de
veras sola decir a la criada que le serva el chocolate:

--Hoy es sbado; que llamen, al barbero.

--Tonto, borricote, incapaz de sacramentos!--contestaba su dulce
consorte desde el gabinete.--No ves que ests afeitado ya?

--Pues es verdad!--deca el buen seor palpndose la cara.

En un principio sola pedir a sus amigos o conocidos del caf algn
dinero para jugar al tresillo, y beba al fiado en el caf; pero al poco
tiempo ni los amigos quisieron darle nada, ni el dueo del
establecimiento le fiaba ya por valor de dos cuartos. Falt poco para
que doa Brgida le echase a rodar por las escaleras cierto da que le
llev una cuenta de ciento veinte reales.

Don Jaime qued, pues, reducido a pasar las horas mirando jugar al
tresillo y dando a los jugadores consejos que no le agradecan. Los
gananciosos solan pagarle la copa de ron. Una que otra vez jugaba a las
damas con don Lorenzo, y como ste se negaba rotundamente a seguir la
partida sin inters, preciso era que Marn arbitrase alguno que no fuese
metal precioso. Discurri exponer uno de los dos cigarros puros que su
mujer le daba por la maana. Cuando lo perda, aquella tarde se quedaba
sin fumar. A veces buscando el desquite, perda dos y tres que iba
entregando uno a uno a su adversario en los das sucesivos. Entonces se
dedicaba, como sus amigos decan, a la gramtica, esto es, a pedir
aqu y all un pitillo para calmar el insufrible prurito de chupar.
Pobre Marn!

Lo que doa Brgida no pudo jams, fu hacerle acostarse a una hora
regular. Tantos aos de trasnochar hasta las cuatro o las cinco de la
maana, haban formado un hbito imposible de vencer. Como retenindole
en casa no se iba de todos modos a la cama hasta que rayaba el alba, y
pasaba la noche trasteando por las habitaciones, y como el vicio de
trasnochar por s solo es de los ms baratos que se conocen, la
ingeniosa seora le dejaba retirarse a la hora que quisiera. Permaneca
en el caf de la Marina con los ltimos parroquianos. Despus que stos
se retiraban, todava se quedaba mientras los mozos colocaban en su
sitio la vajilla y el dueo apuntaba las ltimas partidas. Cuando
materialmente le echaban del establecimiento se iba a hacer compaa al
sereno de la Ra Nueva, muy su amigo. Charlando con l mataba las horas
que aun faltaban para el amanecer.

Don Lorenzo, don Agapito, don Pancho, don Aquilino, don Germn y don
Justo, eran _indianos_, esto es, gente a quien sus padres haban enviado
a Amrica de nios a ganarse la vida y haban vuelto entre los
cincuenta y sesenta aos con un capital que variaba de treinta a cien
mil duros. Haba de stos ms de cincuenta en Sarri. El duro trabajo y
la sujecin en que haban vivido muchos aos, les haca tener de la
felicidad una idea muy distinta de la nuestra. Para nosotros la dicha
consiste en gozar un placer nuevo cada da, agitarse, viajar, gozar con
el cuerpo y el espritu de la hermosa variedad de cosas que la
Naturaleza nos ofrece. Para ellos se cifraba nica y exclusivamente en
no trabajar, pasar un da y otro redimidos de la dura ley impuesta por
Dios a Adn despus del pecado. Y la verdad es que se cebaban ferozmente
en este goce singular. La mayor parte de ellos tenan su capital en
papel del Estado, cuya renta, cuando se cobra no origina molestia
alguna. Levantbanse temprano por el hbito de madrugar, y andaban toda
la maana por las calles o por el muelle en pandillas de seis u ocho
mirando la entrada y salida, la carga y descarga de los barcos. Despus
de comer se iban al entresuelo del caf de la Marina o al de la Amistad,
y pasaban tres o cuatro horas jugando o mirando jugar al billar.

Anda, bolita de hueso, anda, entra en cabaa!--Djela, djela, don
Pancho, que va herida.--Sal, nia, sal de la manigita.--Ah, ah, qu
bien mete ut, don Lorenso!--No se ponga bravo, don Pancho!

El juego siempre iba salpicado de estas frases que olan a pltano y
cocotero. Cuando los das eran largos, veaseles all a la tarde por las
cercanas de la villa paseando tambin en pandilla o sentados sobre el
csped a orillas de una fuente. Era la hora de los recuerdos tropicales.

Se acuerda ut, don Agapito, se acuerda ut de aqueya mulatica perra
que le vena a dar plas a la tienda?--Y qu bien que cantaba las
guarachas, la sinvergensa!--Disen que ut alguna vese la sobaba, don
Agapito, la sobaba duro.--Y cmo no, don Pancho, si a lo mej se me iba
al baile de la gente de col con el negro de mi compare don
Justo?--Vaya, hombre, no diga eso, que me enoha! El que se iba al
baile era ut. Poquita vese que le he visto trabao con eya bailando el
chiquita abajo, chiquita abajo!

No haba que contar con ellos para subvencionar la orquesta, ni el
teatro, ni otro recreo pblico. Los jvenes indgenas si queran
divertirse necesitaban apelar al bolsillo de sus paps. Ya saban que
era intil solicitar el auxilio del oro americano. Esto les indignaba.
Por la espalda, y aun de frente, les llamaban roosos, aldeanos, burros
cargados de dinero. Pero los indianos tenan la piel muy dura y
despreciaban tales desahogos. El que les tena un odio declarado (a
quin no lo tena?) era Gabino Maza.--Para qu sirven esos cincuenta
vagos tirados todo el da por la calle, abriendo la boca y estirndose
como los perros? Si destinaran siquiera su dinero a alguna industria
til a la poblacin!

Cuando don Melchor de las Cuevas y su sobrino entraron en el Saloncillo,
el nico que se mantena en pie en medio del corro gesticulando era este
mismo Gabino Maza. No poda permanecer dos minutos sentado. La continua
exaltacin de su organismo, la vehemencia con que trataba de persuadir a
sus oyentes, le obligaba a alzarse en seguida del asiento, lanzarse al
medio del saln y gritar y manotear hasta que se le conclua el aliento
y los fuerzas. Se hablaba de la compaa del teatro que haba anunciado
su marcha por haber experimentado prdidas en el primer abono de treinta
funciones. Maza trataba de convencerles de que no haba habido
semejantes prdidas, que todo era una superchera.

--No es verdad, no es verdad! El que diga que han perdido un cntimo
miente!... (_Bajando la voz y dando la mano a Gonzalo._)--Cmo ests,
Gonzalo? Ya s que has llegado ayer. Vienes bueno: me alegro... Repito
que miente! A que no se atreven a decrmelo a m?

--Seis mil reales han perdido en las treinta funciones, segn los datos
que me present el bartono--apunt don Mateo.

Maza rechina los dientes. La indignacin no le permite hablar. Al fin
rompe.

--Y usted hace caso de ese borracho, don Mateo?... Vaya, vaya (_con
afectado desdn_), a fuerza de tratar con cmicos se le ha olvidado el
oficio, como al herrero de marras.

--Oye t, botarate; yo no he dicho que lo creyese. Lo nico que digo, es
que as resulta de los datos que me present el bartono.

Maza da una vuelta en redondo, se coloca otra vez en medio del saln,
arranca violentamente el sombrero de la cabeza con ambas manos, y
agitndolo vocifera frentico:

--Pero, seor! pero, seor! no parece ms que aqu nos hemos cado de
un nido!... Quieren ustedes decirme qu han hecho de veinte mil y pico
de reales que ha importado el abono, y casi otro tanto que habr entrado
en la taquilla?

--Los sueldos son muy crecidos--apunt el ayudante del puerto.

--No seas borrico, por la Virgen Santsima, Alvaro! No seas
borrico!... Te dir en seguida los sueldos (_contando por los dedos_).
El tenor, seis duros; la tiple, otros seis, son doce; el bajo, cuatro,
son diez y seis; la contralto, tres, son diez y nueve; el bartono,
cuatro...

--El bartono, cinco--apunt Pea.

--El bartono, cuatro--insisti furibundo Maza.

--A m me consta que son cinco.

--El bartono, cuatro--rugi de nuevo Maza.

Alvaro Pea se levanta exaltado a su vez, ardiendo en noble deseo de
llevar el convencimiento a su adversario, y se entabla una contienda
furiosa, descomunal, que dura cerca de una hora, en la que toman parte
todos o casi todos los socios de aquella ilustre reunin de notables.
Nada ms semejante a las famosas reyertas que entre los griegos pasaban
delante de los muros de Ilion. El mismo fragor y clera. La misma
sencillez primitiva en los argumentos. La misma violencia candorosa y
brbara en los dictados.

Habr hombre ms pollino!--Calla, calla, cabeza de
alcornoque!--Habl el buey, y dijo m!--Te digo que faltas a la verdad,
y si lo quieres ms claro, te digo que mientes.--Jess, qu
gansada!--Parece usted una mala mujer.

Eran muy frecuentes, casi cotidianos, tales altercados en el Saloncillo.
Como todos los que tomaban parte tenan un modo directo, enteramente
primitivo de apreciar las cuestiones, parecido, por no decir igual al de
los hroes de Homero, la argumentacin establecida al comienzo de la
disputa, segua invariablemente hasta el fin. Haba hombre que pasaba
una hora repitiendo sin cesar: No hay derecho a meterse en la vida
privada de nadie! o bien: Eso suceder en Alemania, pero como estamos
en Espaa!... Alguno era, todava ms breve, y gritaba siempre que le
dejaban un hueco:--Chiflos de gaita! sabis? chiflos de gaita!
hasta que caa exnime en el divn.

Pero lo que perdan en amplitud los argumentos ganbanlo en intensidad.
Cada vez eran expresados con mayor y contundente energa, y con ms
descompasadas voces. De tal modo, que raro era el da que no saliese de
all alguno ronco; generalmente, eran Alvaro Pea y don Feliciano; los
ms dbiles de laringe, no los ms voceadores. Que el Ayuntamiento haba
mandado podar los rboles del paseo de Riego: disputa en el Saloncillo.
Que el dependiente de la casa Gonzlez Hijos se haba escapado con
catorce mil reales: disputa. Que el cura de la parroquia se negaba a dar
certificado de buena conducta al piloto Velasco: Alvaro Pea tuvo un
vmito de sangre a consecuencia de esta disputa.

Ningn desabrimiento quedaba jams despus de ellas, ni haba memoria de
que hubiesen originado cuestin personal alguna. Cmo poda haberla
cuando todos haban convenido tcitamente en aceptar sin enojarse los
graciosos eptetos de que hemos hecho mencin? El carcter local de los
temas, era perfecto. La poltica tena en Sarri muy pocos cultivadores.
Slo cuando los peridicos noticiaban algn suceso de mucho bulto, se
preocupaban momentneamente con ella sus habitantes. Haca cerca de
veinte aos que la representacin del distrito en el Congreso estaba
encomendada al opulento banquero Rojas Salcedo, el cual slo una vez en
su vida haba estado en Sarri a tomar leche de burra. Nadie pensaba en
disputarle la eleccin. Generalmente se haca reunindose los
presidentes y secretarios de los colegios, y apuntando en las actas el
nmero de votos que se les antojaba. La razn de esto, era que Sarri
siempre haba sido una villa comercial donde cada uno poda ganarse la
subsistencia sin recurrir a los empleos del Estado. La mayora de los
jvenes, despus de haber, pasado dos o tres aos en algn colegio de
Inglaterra o Blgica, se empleaban en los escritorios de sus padres y
eran sus sucesores en ellos. Otros, los menos, seguan alguna carrera
militar o civil de sueldo fijo, y slo venan de tarde en tarde a pasar
unos das con su familia.

Sarri, hay que confesarlo de una vez, era una poblacin dormida para
todas las grandes manifestaciones del espritu, para todas las luchas
regeneradoras de la sociedad contempornea. Nadie estudiaba los altos
problemas de la poltica. Las terribles batallas que los diversos bandos
libran en otras partes para conseguir la victoria y el poder no
apasionaban en modo alguno los nimos. En una palabra, en Sarri el ao
de gracia de 1860 no exista la vida pblica. Se coma, se dorma, se
trabajaba, se bailaba, se jugaba, se pagaba la contribucin; pero todo
de un modo absolutamente privado.

Cuando se cansaron de disputar los del Saloncillo y llevaban de vencida
la digestin, don Mateo les anunci, relamindose de gusto, que le tena
sin cuidado la marcha de la compaa. Dentro de pocos das preparaba una
sorpresa a los sarrienses. Despus de muchos trabajos, se consigui que
desembuchara. Estaba en tratos con el clebre Marabini, frenlogo,
prestidigitador. Acaso el martes... s, el martes o el mircoles podran
admirar sus habilidades en el teatro. Traa adems cuadros disolventes y
un lobo domesticado.

Gonzalo se haba ido a la sala de billar y vea jugar el _chap_ a media
docena de indianos, los cuales al dar el tacazo, hacan sonar como un
repique de campanas todos los dijes de oro que pendan de sus enormes
cadenas de reloj. Estas cadenas y estos dijes eran el atractivo ms
poderoso, la tentacin suprema que presentaban a sus hijos los artesanos
de Sarri para decidirles a ir a Cuba.--Tonto, quin te ver venir
dentro de pocos aos con levita de pao fino, gran camisola planchada,
bota de charol y mucha cadena de rels, como don Pancho! A este ltimo
envite casi ningn muchacho resista.--Que me d siete vueltas al
cuello, padre?--S, hombre, s, y con una porcin de lapiceros de oro y
guardapelos colgando. Y all se iban de cabeza los pobres chicos en la
_Bella-Paula_, en la _Carmen_, en la _Villa de Sarri_ o en otro
barcucho de vela cualquiera, a perecer del vmito negro o del hambre,
ms negra an, fascinados por el brillo de aquellas joyas cursis que
representaban los ojos de la terrible Loreley.

Las actitudes de algunos indianos jugando, como gente que no est
avezada a reprimir sus ademanes y componerlos, eran extraas y
graciosas; servan de regocijo a los jvenes del pueblo, cuya antipata
a los americanos se manifestaba siempre por la burla. Quin, como don
Benito, daba fuertes taconazos en el suelo mientras las bolas corran;
quin, como don Lorenzo, se inclinaba a un lado y a otro, se torca y se
retorca como si de sus movimientos dependiese que la bola se inclinase
a un sitio u otro; quin, por fin, como don Pancho, que era pequeo y
gordo, casi cuadrado, se suba de un brinco al divn despus de haber
empujado la bola, para mejor ver los estragos que haba hecho en los
palos. De vez en cuando se oa el grito de impaciencia de alguno de
ellos dirigindose al chico:--Apunte, nio, no se distraiga!

Al lado de Gonzalo vino a sentarse don Feliciano Gmez, que comenz a
marearle con su charla bondadosa e insubstancial, dndole a cada
instante palmaditas afectuosas en el muslo como tena por costumbre.

--Cundo es el gran da, Gonzaln? Pronto, eh? Vaya, que tengo ya
ganas de verte con tu seora del brazo yendo a misa de doce!... Bien, mi
queridn, bien; vas a ser feliz. En casa las nenas (_as llamaba a sus
ancianas hermanas siempre_) no me dejan vivir desde ayer: Cundo se
casa Gonzaln? no dejes de preguntrselo. Como te han visto nacer las
pobres!... No hay nada como el matrimonio para vivir contento y
tranquilo. T me dirs: y siendo as, por qu no se ha casado usted,
don Feliciano? Oyes, mi queridn, por qu me haba de casar si vivo
feliz soltero? Qu me hace falta a m? Tengo en casa a las nenas que me
cuidan a qu quieres boca, que me adoran... (Pobre hombre! otra cosa
muy distinta se deca en el pueblo.) Y para otras cosas... nunca falta
Dios; verdad, mi queridn?... Adems, mientras uno es mozo se padece
mucho. Todo se vuelve apetecer y rabiar... Hay aqu dentro un fuego que
no le deja a uno sosiego... Pero cuando vienen los aos y cesa el calor
amante y se queda uno fresco como una lechuga, entonces, en grande, mi
queridn!... Mira, si me dijesen ahora: Feliciano, quieres volverte a
los veinte aos? Ca! a otro perro con ese hueso. La gran edad del
hombre, los cincuenta aos. No lo dudes, Gonzaln. Ahora es cuando se
sabe lo que es comer y dormir con tranquilidad. Hay ninguna Fulana que
valga una fuente de sardinas frescas acabadas de freir?... Y una
langosta con sidra sacada por el espichn? No se te hace la boca agua,
hijo del alma?... T ahora casarte y besitos y mi vida para aqu y
alma ma para all, verdad?... Bien, bien, descuida que todo se
andar. Esto es bueno, pero aquello es mejor... La muchacha es de buena
familia... Don Rosendo est rico... Vas bien, vas bien, mi queridn...
Pero oye, por qu no te casas con la pequea, con Venturita, que es ms
guapa? Yo no digo que la primera sea fea; pero no hay duda que la
segunda es ms linda; un botn de rosa. Qu ojos tan pcaros! qu
pelo! qu dentadura! qu garbo! En fin, si ests comprometido con la
otra no digo nada... Pero lo que es como guapa!... Y la familia, la
misma...

Estas palabras hicieron una impresin extraa en Gonzalo. El pensamiento
as expresado era la frmula brutal, pero exacta y precisa de su vago
imaginar, de cierto desasosiego que le haba quedado desde la noche
anterior. Efectivamente, qu ojos tan hermosos, tan cndidos y
maliciosos a la vez! Qu cutis de alabastro! Qu labios, qu dientes,
qu dorada madeja de cabellos! Cecilia, la pobre, estaba an ms delgada
que cuando se haba ido y ms desgarbada. Cmo le haba gustado aquella
chica? Gonzalo se confes con sencillez que gustar... lo que se llama
gustar de veras... como ahora Venturita, por ejemplo, nunca le haba
gustado. Entonces por qu?... Vaya usted a saber lo que son estas
cuestiones! Era un nio, no hablaba con seoritas. La amabilidad de
aqulla le impresion... Luego cierta vanidad de tener novia... Despus
la distancia que agranda y mejora los objetos... En fin, todo se haba
combinado para ligarle a aquella muchacha... Pero si l hubiera visto
antes a Venturita!... Ms vala no pensar en ello. El asunto estaba ya
demasiado adelantado para volverse atrs.

Contra su costumbre, quedse un buen cuarto de hora pensativo mirando
rodar las bolas de marfil sin verlas. Don Feliciano se haba ido. Al fin
su robusto temperamento sanguneo se sobrepuso a aquellas nerviosidades
insanas que pretendan turbarle. Alzse del asiento. Los rasgos de su
fisonoma, contrados momentneamente, se dilataron, y se esparci, por
ella la sonrisa serena que la caracterizaba. Al mismo tiempo se encogi
de hombros con un supremo desdn. Con aquel gesto pareca decir:--Me
caso con la ms fea de las chicas de Belinchn... bueno, y qu? De
todos modos, sea con una o con otra, aunque no me case con ninguna! yo
he de ser feliz. No necesito que la felicidad me venga de fuera. La
llevo dentro de m, en este humor de ngel que Dios me di, en el dinero
que mis padres me dejaron, en esta salud inconcebible, en esta fuerza de
toro...

Cuando entr de nuevo en el Saloncillo, grandemente perturbados hall a
sus cotidianos tertulios con la nueva que acababa de traer Severino el
de la tienda de quincalla:--No saben ustedes lo que pasa,
seores?--Todos se levantan y le cercan. El comerciante habla
visiblemente conmovido.--Esta noche han robado y asesinado a don
Laureano.--Qu don Laureano, el de la quinta?--S, el de las Aceas...
Dicen que a las dos y media, poco ms o menos, entraron nueve hombres
enmascarados en su casa, molieron a palos al criado, amarraron a la
seora y a la criada y a don Laureano lo degollaron... Antes creo que le
hicieron sufrir mucho para obligarle a soltar el dinero... El buen seor
no tena ms que doce mil reales, y ellos empeados en que haba gato
escondido... Le amarraron por aqu, salva sea la parte, y tira que tira
para hacerle cantar...

Un estremecimiento de horror agit a los notables de Sarri. Quedronse
plidos como si se les hubiese aparejado ya a todos aquel espantoso
tormento. La quinta de las Aceas estaba a una legua de la villa, en la
soledad de un bosque de pinos; pero nadie tuvo esto en cuenta. Veanse
ya asaltados en sus casas de la Ra Nueva o de Caborana y asesinados
crudelsimamente. Sobre todo aquellos tirones! Santo Cristo, qu
atrocidad!

Pasados los primeros momentos de sorpresa, comenzaron los comentarios en
voz baja. Los ladrones no seran de muy lejos. Sin embargo, no se
recordaba que en Sarri ni en sus alrededores hubiera pasado jams una
cosa semejante. Marn afirm que haca ya das que vea algunos hombres
sospechosos de noche. Esta noticia produjo en los circunstantes un
saludable terror que no lleg a manifestarse. Todos se propusieron no
salir de casa por la noche, sin comunicarse, no obstante, tan acertada
resolucin. El alcalde manifest que, en su opinin, los ladrones deban
de haber venido de Castilla.--De Castilla?--S, seor, de Castilla...
O contar a mi padre (que en gloria est), que el ao de cinco se
presentaron diez y siete hombres a caballo y armados en Sariego,
rodearon el pueblo y robaron a don Jos Mara Herrero sesenta mil duros
que tena escondidos debajo de uno de los ladrillos del hogar.

En cualquiera otra ocasin, los tertulios habran observado que el que
hubiera acaecido tal suceso en Sariego el ao de cinco, no implicaba
necesariamente que sucediese lo mismo en las Aceas el ao de sesenta.
Pero ahora nadie se atrevi a contradecir la aventurada proposicin. Y
siguieron cementando en voz baja el suceso, y parecan estar todos de
acuerdo en las opiniones ms extravagantes y contradictorias. Mas como
no se haba dado jams el caso de que Gabino Maza asintiese por ms de
diez minutos a lo que en su presencia se hablase, tom pretexto de una
sencillsima indicacin, hecha por don Feliciano Gmez, con la perfecta
naturalidad y modestia que caracterizaban los discursos de este
distinguido comerciante, para caer sobre l de un modo tan violento como
injustificado.

--Ya me extraaba que no soltases alguna coz! Para qu quieres que se
registren las casas de los vecinos? Te figuras que te vas a encontrar
all muy apiladito el dinero de don Laureano.

--Si no se halla el dinero, se hallar algn indicio...

--De qu, cabeza de chorlito, de qu?

Armse la disputa consabida. Se chill, se alborot lo indecible. Al
fin, nadie pudo entenderse, como siempre. Las voces se oan
perfectamente en toda la plazoleta de la Marina; pero los transeuntes
estaban acostumbrados, y no se paraban a escucharlas.




V

LADRONES!!!


Y desde entonces los notables de Sarri, no pusieron el pie en la calle
de noche, como discretamente se lo haban propuesto. La tertulia del
Saloncillo de ltima hora, la de la tienda de Graells, la de la Morana
misma, quedaron abandonadas. Los cuatro o seis herreros establecidos en
la villa no daban ni podan dar cumplimiento a los numerosos pedidos de
cerraduras, pasadores, trancas de hierro y llaves maestras que de todas
las casas les hacan. Los ladrones de las Aceas no haban sido habidos.
Todos prevean, con ms o menos fundamento, que andaban rondando la
poblacin para caer, sobre ella a saco en un plazo perentorio.

No obstante, como el hombre se habita a todo, hasta a la enfermedad,
hasta a las conferencias del Ateneo, los vecinos de Sarri, al cabo de
algunos das se habituaron al peligro. Comenzaron a salir de sus casas,
cerrada ya la noche, si bien con las debidas precauciones. El primero
que se aventur fu Marn. Siendo intiles todos los esfuerzos que doa
Brgida hizo para que se durmiese a una hora racional, le arroj de casa
sin conmiseracin. Don Jaime pidi permiso para sacar debajo de la talma
azul gendarme que usaba por las noches, un viejo fusil de chispa que
haba en el desvn. La magnnima seora se lo otorg a condicin de
llevarlo descargado. Sali despus Alvaro Pea. Como autoridad militar
hasta cierto punto y hombre que gozaba fama de enrgico, estaba obligado
a mostrar valor en aquellas crticas circunstancias: llevaba dos
pistolas de arzn en los bolsillos, y bastn de estoque. El alcalde don
Roque, que desde tiempo inmemorial vena asistiendo a la tienda de la
Morana en compaa de don Segis el capelln de las monjas Agustinas y
don Benigno el coadjutor de la parroquia, y se beba en el transcurso de
la noche, de cuatro a ocho vasos de vino de Rueda, segn las
circunstancias, no pudo sufrir el hogar domstico ms de tres das y
sali tambin a la calle. Le acompaaba el octogenario alguacil Marcones
con tercerola y sable. El iba armado de revlver y estoque.

Despus, y sucesivamente, fueron saliendo y diseminndose por las
tertulias nocturnas don Melchor, Gabino Maza, don Pedro Miranda,
Delaunay, don Mateo, y todos los dems. Los indianos tardaron ms
tiempo. Lo mismo la tienda de Graells que la de la Morana y el
Saloncillo, se transformaban al llegar la noche en verdaderos arsenales.
Cada uno de los que iban llegando dejaba arrimadas a la pared sus armas
y pertrechos de guerra. Al salir tornaban a empuarlas con un valor
impvido, digno de la sangre cntabra que casi todos llevaban en las
venas. All el antiguo arcabuz de chispa alternaba de igual a igual con
el moderno rifle americano de doce tiros, el estoque cilndrico de
hierro con el espadn pavonado que guardan los nuevos bastones, el
cachorro tosco de bronce con el revlver nielado. Y esta misma
diversidad de armas mortferas contribua poderosamente a mantener en
todos los pechos el espritu blico tan necesario en aquella ocasin.

Se haban tomado algunas medidas acertadsimas; de gran utilidad. Hasta
las doce de la noche los serenos tenan orden de no apagar ningn farol.
A aqullos se les haba provisto de nuevos pitos infinitamente ms
sonoros que los antiguos. Adems tenan prevencin para vigilar a
cualquier persona desconocida que transitase por las calles. Entre los
vecinos se haba convenido juiciosamente no dejar la acera a nadie desde
las diez en adelante como no fuese a un amigo. Sabida es de todos la
enorme influencia que tiene en la criminalidad esta costumbre de dejar
la acera. Con tal motivo, encontrndose una noche en la calle de San
Florencio don Pedro Miranda y don Feliciano Gmez, ambos embozados en
sus carriks, con los estoques desenvainados, prevenidos para cualquier
evento, don Feliciano le grit a don Pedro desde lejos:

--Eh, amigo, al arroyo!

--Phs, phs; seprese usted--contesta don Pedro.

--Quien debe apartarse es usted--replica el comerciante.--Al arroyo, al
arroyo!

--Phs, phs, haga usted el favor de dejar franco el paso--responde el
seor Miranda.

Ninguno de los dos se mova de su sitio. Habanse desembozado y
mostraban ya la punta aguzada de sus floretes.

--Tenga usted la bondad...

--Haga usted el obsequio...

Quin sabe la horrible tragedia que hubiera acaecido en Sarri, si al
cabo de un rato bastante largo de hallarse estos varones as detenidos
en su camino, no se hubiesen reconocido?

--Sera usted tal vez don Feliciano?...

--Sera usted don Pedro?

--Don Feliciano!

--Don Pedro!

Y se acercaron corriendo y se estrecharon las manos con efusin.

--Qu suerte ha tenido usted en que le hubiese reconocido, don
Feliciano!--exclam el seor Miranda mostrando su ancho estoque de
hierro con puo de hueso.

--Pues la de usted no ha sido pequea, don Pedro!--contesta el
comerciante esgrimiendo en el aire una hoja fina y pavonada de Toledo.

Para entrar en la tienda de la Morana era preciso bajar dos escalones.
La tienda era una confitera, aunque no lo pareciese; la nica
confitera que haba entonces en Sarri. Hoy, si no me engao, cuenta ya
con tres. Y digo que no lo pareca, porque se vendan cirios de
iglesia, pies y manos y cabezas y troncos de cera para ofertas. Estos
objetos poco a poco haban ido llenando todo su mbito, pasando de
comercio suplementario a principal, en virtud de lo nada golosos que
eran los vecinos de aquella villa. Y ste es uno de los rasgos
caractersticos que reclamo para ella. En Espaa es muy general que los
habitantes de las villas y ciudades pequeas sean dados con pasin a los
confites. No gozando de los placeres de toda laya con que brindan las
grandes capitales, la sensualidad se escapa por ah.

Acaso se arguya que en Sarri las monjas Agustinas tambin fabricaban
dulces; pero debemos advertir que esta fabricacin estaba limitada
exclusivamente al rallado de ciruela, membrillo, pera y albaricoque,
alguna que otra tarta de almendra y borraja, y un dulce especialsimo
parecido a las escamas de los peces llamado flor de azahar. No hay que
dudarlo; en Sarri haba pocos golosos. Despus de todo, esta virtud
rara en las villas de lo interior, no lo es tanto en las poblaciones
martimas menos sometidas, como es sabido, a la influencia clerical.
Porque segn la observacin que puede hacerse viajando por los pueblos
de lo interior de Espaa, all se comen ms dulces donde el culto y las
prcticas de la religin absorben ms parte de la vida, y la mayor
energa del sentimiento religioso se traduce en novenas, rosarios
cantados, cofradas y cannigos. Lo cual demuestra que debe de existir
cierta misteriosa afinidad entre el misticismo y la confitera.

Esta se hallaba representada en la tienda de la Morana por dos armarios
de pino pintado de azul con puertas de cristales, situados a entrambos
lados del mostrador. En estos armarios se guardaba una razonable
cantidad de caramelos, rosquillas baadas, suspiros, magdalenas,
almendrados, y sobre todo, las alabadas crucetas y famossimas
_tabletas_ cuyo renombre habr alcanzado seguramente los odos de
nuestros lectores. Todo de la ms remota antigedad. Las tabletas, cuya
mgica composicin nunca hemos podido averiguar, tenan un atractivo
irresistible, basado, caso extrao! en su extraordinaria dureza. A la
edad en que se coman las tabletas de la Morana lo importante no era que
los dulces fuesen delicados, sabrosos, exquisitos, sino que durasen
mucho. Para lograr que los dientes se hincasen en ellas, era forzoso
impregnarlas previamente de una cantidad fabulosa de saliva. Una vez
hincados en su pasta pegajosa en alto grado, el separarlos de nuevo
llegaba a constituir un verdadero problema. Permtaseme dedicar un
delicado recuerdo de simpata y reconocimiento a estas tabletas que
desde los cuatro hasta los ocho aos van unidas a los momentos ms
dichosos de mi existencia. A su azucarado influjo quiz deba el autor de
este libro la flor de optimismo, que, al decir de los crticos,
resplandece en sus obras.

La Morana, hija y heredera de otra Morana que ya haba muerto, era una
mujer de cuarenta aos, plida, con parches de gutapercha en las sienes
para los dolores de cabeza. Estaba casada con un Juan Crisstomo, que al
decir de don Segis, el capelln, no era de los Crisstomos. Sin embargo,
cuando administraba alguna paliza a su mujer, sola mostrar cierta
erudicin poco comn.

--Yo que amaba a esta mujer--exclamaba con enternecimiento, arrimando
el garrote a la pared.--Yo que amaba a esta mujer como esposa y no como
sierva, segn manda el apstol San Pablo!... T has ledo al apstol
San Pablo?... Qu habas de leer t, gran vaca!...

El vino era muy bueno, casi puede decirse que era lo nico bueno en este
establecimiento, y eso que no paraba mucho en la bodega. Don Roque, don
Segis, don Benigno, don Juan el Salado y el seor Anselmo el ebanista,
se encargaban a plazo fijo de hacerlo pasar a la suya. Era un vino
blanco, fuerte, superior, que se suba a la cabeza con facilidad
asombrosa. Los tertulios de la tienda, todas las noches, entre once y
doce, salan dando tumbos para sus casas; pero silenciosos, graves, sin
dar jams el menor escndalo. Solan salir los cinco cogidos del brazo,
apoyndose los unos en los otros. Al llegar a las tapias de la huerta
del convento de las Agustinas, orinaban. Despus proseguan su camino
sin decirse una palabra, aunque bufando y soplando mucho. El instinto,
que nunca les abandonaba por completo, les sugera esta prudente
conducta. Comprendan que si hablaban poco o mucho, podan enredarse en
alguna disputa. De ah las voces y el escndalo consiguiente... Nada,
nada, lo mejor era no chistar. Al llegar a sus casas se soltaban
murmurando con torpe lengua buenas noches. El ltimo era don Roque por
vivir ms lejos que ninguno.

De este modo serio, modesto, patriarcal, se emborachaban aquellos
venerables ancianos todas las noches del ao. Dos de ellos, don Juan el
Salado, escribiente del Ayuntamiento, y don Segis, experimentaban ya las
consecuencias de aquella vida. El Salado tena una nariz que daba miedo
verla: el da menos pensado se le caa sobre el libro de actas. Don
Segis haba padecido un ataque apopltico, de resultas del cual
arrastraba la pierna derecha cual si llevase en ella un peso de seis
arrobas. Verdad que el insaciable capelln no se contentaba con los
cuarterones de vino de la confitera. Por cada uno que se tragaba era
preciso que la Morana le sirviese una copa de ginebra, la cual verta
cuidadosamente en un frasco que llevaba al efecto en el bolsillo. Si
eran seis cuarterones, seis copas; si ocho, ocho. Toda esta ginebra
pasaba delicadamente a su estmago en pequeos sorbos despus que se
haba metido en la cama. Pero don Segis, cmo se bebe usted tanta
ginebra de una vez?--No tengo ms remedio--contestaba en un tono
resignado y humilde que parta el corazn.--Si no bebiese una copa por
cada cuartern, qu sera de m, hijo del alma?... Pasara la noche
como un caballo!

Las conversaciones de la tienda de la Morana eran menos interesantes y
movidas que las del Saloncillo. A los viejos tertulianos les interesaban
ya poqusimas cosas en el mundo. Los asuntos ms graves de la villa,
los que promovan tempestades en el Saloncillo, se trataban, o por mejor
decir, se tocaban ligeramente sin apasionamiento alguno. Que los
Gonzlez haban despedido al capitn de la _Carmen_ y nombrado en su
lugar un andaluz.

--Cuando los Gonzlez lo han hecho--afirmaba uno lenta y
sordamente,--sus razones tendran.

--Es verdad--contestaba otro al cabo de un rato, llevndose el vaso a
los labios.

--Ripalda pareca un buen sujeto--afirmaba un tercero, despus de cinco
minutos, dejando el vaso sobre el mostrador y eructando.

--S lo pareca--replicaba otro gravemente.

Transcurran diez minutos de meditacin. Los tertulios daban algunos
cariosos besos al vaso, que pareca de topacio. Don Roque rompe el
silencio:

--De todos modos, no hay duda que don Antonio le abras.

--Le abras--dice don Juan el Salado.

--Le abras--confirma don Benigno.

--Le abras--corrobora el seor Anselmo.

--Le abras completamente--resume, por fin, don Segis lgubremente.

Lo que alteraba los nimos una que otra vez, era la cuestin de
pichones. El seor Anselmo y don Benigno alimentaban pasin
inextinguible por estos animalitos. Cada cual tena su palomar, sus
castas, sus procedimientos de cra, y sobre tales extremos se enredaban
a menudo en largas y vivas discusiones. Los dems escuchaban gravemente
sin atreverse a decidir, subiendo y bajando el vaso del mostrador a los
labios con religioso silencio. El crimen de las Aceas les disgust,
pero no caus en ellos la profunda desazn que en el resto del
vecindario. Al cabo de cinco o seis das tornaron a sus patriarcales
costumbres. Y era tal su valor, que la mayor parte de las noches dejaban
olvidadas las armas en la tienda.

Seran las doce por filo de una, en que don Roque haba rebasado con
tres cuarterones ms la tasa de seis que ordinariamente se impona,
cuando las cinco columnas de la confitera de la Morana salieron en
apretada cadena hacia sus domicilios. Cerraba la marcha Marcones, con el
fusil al hombro. El primero que se solt fu don Segis, que viva en una
casita de dos balcones, pegada al convento de las Agustinas. Despus fu
don Juan el Salado. Despus el coadjutor. Por ltimo, el seor Anselmo,
sacando la enorme llave lustrosa que le serva de batuta cuando diriga
la orquesta, abri el taller donde dorma.

Qued el alcalde solo con la fuerza de su mando. Dijo algo; pero la
fuerza no le entendi. Comenzaron a caminar hacia casa, que ya no estaba
lejos. Mas antes de llegar a ella, don Roque, que soplaba y bufaba como
una ballena, e imitaba en lo posible la marcha jadeante y arremolinada
de este cetceo, se par de repente, y pronunci en alta voz un largo
discurso, del cual no entendi Marcones ms que la palabra ladrones,
repetida bastantes veces. Mir el alguacil con sobresalto a todas partes
por ver si vea alguno, preparando el fusil al mismo tiempo; pero nada
observ que le hiciese sospechar la presencia de los forajidos. Torn
don Roque a usar de la palabra, si tal nombre mereca la regurgitacin
intermitente de una porcin de sonidos extraos, brbaros, lamentables,
que infundan tristeza y horror al mismo tiempo, y Marcones pudo colegir
entonces que su jefe deseaba que hiciesen una batida por la villa, en
busca de los criminales de las Aceas.

Marcones medit que la fuerza era escasa y mal prevenida para aquella
empresa; pero la disciplina no le permiti hacer objeciones. Adems,
naci en su pecho la esperanza de que los asesinos fuesen poco
aficionados a tomar el fresco a tales horas. Y despus de haber
examinado cuidadosamente las armas, emprendieron una marcha peligrosa al
travs de todas las calles y callejas de la villa. En honor de la
verdad, hay que advertir que don Roque marchaba delante como cumple a un
valeroso caudillo, con su revlver en la mano izquierda y el bastn de
estoque en la derecha, exponiendo el primero su noble pecho al plomo
enemigo. Marcones, agobiado bajo el peso del fusil y de los ochenta y
dos aos que tena marchaba detrs a una distancia de seis pasos
prximamente.

La noche era de luna, pero negros y grandes nubarrones la ocultaban a
menudo por largo rato. Y entonces la escasa claridad de los faroles de
aceite que ardan en las esquinas de las calles no bastaba a deshacer
las sombras que se amontonaban hacia el medio de ellas. Sarri consta de
cinco principales, a saber: la Ra Nueva, que desemboca en el muelle; la
de Caborana, la de San Florencio, la de la Herrera y la de Atrs. Estas
calles son largas, bastante anchas y paralelas entre s. Los edificios
en general son bajos y pobres. Otras calles secundarias, en nmero
considerable, las cruzan y las comunican. Adems, en las afueras le
salen algunos rabos a la villa, donde han edificado suntuosas casas los
indianos. Son lo que pudiera llamarse el ensanche de la poblacin.

Al llegar la columna caminando por la calle de Atrs, cerca de la de
Santa Brgida, oy gritos y lamentos que la oblig a hacer alto.

--Qu es eso, Marcones?--pregunt el alcalde.

El anciano alguacil se encogi de hombros filosficamente.

--Nada, seor; ser en casa de Patina Santa.

--Y cmo se atreven esas pendangas?... Vamos all, Marcones, vamos acto
continuo.

Acto continuo era una frase de la que usaba y abusaba don Roque.
Simbolizaba para l la energa, la decisin, la rapidez de la autoridad
para remediar todos los daos.

Patina Santa era el gran sacerdote de uno de los dos templos del placer
que existan en Sarri. De vez en cuando sala por las aldeas comarcanas
y traa las sacerdotisas que le hacan falta, que nunca pasaban de
cuatro. No haba ms gabinetes, y eso que dorman de dos en dos. Vestan
el mismo refajo de bayeta verde o encarnada, el mismo justillo sin
ballenas, la misma camisa de lienzo gordo, el mismo pauelo de percal
que cuando triscaban all por los prados y los montes con los vaqueros
vecinos. Patina Santa, como nicos smbolos del nuevo y elevado destino
a que la suerte les haba llamado, colgaba de sus orejas pendientes de
perlas y aprisionaba sus pies con zapatos descotados de sarga, los
cuales eran bienes adheridos a la casa y servan para todas las que iban
llegando. Ms adelante Patina, hacindose cargo de que el mundo marcha y
que las leyes del progreso son indeclinables, tuvo la audacia de
introducir en su templo los polvos de arroz. Despus compr unos
medallones de _doubl_ para colgar al cuello con un terciopelito negro.
Verdad que a todas estas reformas le estimulaba la competencia
desastrosa que le haca Poca Ropa, el cual tena su instituto en la
calle del Reloj, al otro extremo de la villa.

--Qu escndalo es ste?--grit don Roque con voz estentrea
acercndose a la inmunda casucha.

Tres o cuatro muchachos que haba en la calle huyeron como pajarillos a
la vista del gaviln. Pero quedaban las palomas. Dos de ellas estaban a
la puerta en camisa, las otras dos asomadas a las ventanas en el mismo
traje. Las de la puerta quisieron retirarse a la vista del alcalde, pero
ste las agarr con sus manazas.

--Qu escndalo es ste,...ajo?--repiti.

--Seor alcalde, nos han dado dos piezas falsas...--dijo una de ellas.

--No estis vosotras malas piezas... A la crcel!

--Pero, seor alcalde!

--A la crcel,...ajo, a la crcel!--rugi don Roque.--Y vosotras lo
mismo. Todo el mundo abajo. Dnde est ese maricn de Patina?

Santo cielo, qu alboroto se arm all en un momento!

Las nias de la ventana no tuvieron ms remedio que bajar, y Patina lo
mismo, todos en camisa, porque don Roque no admiti trmino dilatorio.
No se oan ms que gemidos y lamentos, y por encima de ellos la voz
horripilante del alcalde, repitiendo sin cesar:

--A la crcel...ajo! A la crcel...ajo!

Las infelices pedan por Dios y por la Virgen que las dejasen vestirse;
pero el alcalde, con la faz arrebatada por la clera y los ojos
inyectados, cada vez gritaba con ms fuerza, aturdindose con su propia
voz:

--A la crcel...ajo!.,A la crcel...ajo!

Y no hubo otro remedio. El sereno, que se haba acercado al escuchar los
primeros ajos, las condujo en aquella disposicin a la crcel municipal,
en compaa de su digno jefe, mientras los vecinos, entre risueos y
compasivos, contemplaban la escena por detrs de los cristales de sus
ventanas.

La autoridad de don Roque cerr por s misma la puerta del palomar, y
puso la llave acto continuo, bajo la custodia de Marcones. Despus
continuaron su marcha peligrosa.

No haban caminado mucho espacio, cuando en una de las calles ms
estrechas y lbregas, acertaron a ver el bulto de una persona que se
acercaba cautelosamente a la puerta de una casa y trataba de abrirla.

--Alto!--murmur don Roque al odo de su subordinado.--Ya hemos
tropezado con uno de los ladrones.

El alguacil no entendi ms que la ltima palabra. Fu bastante para que
se le cayese el fusil de las manos.

--No tiembles, Marcones, que por ahora no es ms que uno--dijo el
alcalde cogindole por el brazo.

Si el venerable Marcones tuviese en aquel momento cabales sus facultades
de observacin, hubiese advertido acaso en la mano de la autoridad
cierta tendencia muy determinada al movimiento convulsivo.

El ladrn, al sentir los pasos de la patrulla, volvi la cabeza con
sobresalto y permaneci inmvil con la ganza en la mano. Don Roque y
Marcones tambin se estuvieron quietos. La luna, filtrndose con trabajo
por una nube, comenz a alumbrar aquella fatdica escena.

--Phs, phs, amigo--dijo el alcalde al cabo de un rato, sin avanzar un
paso.

Oir el ladrn este amical llamamiento de la autoridad y emprender la
fuga, fu todo uno.

--A l, Marcones! Fuego!--grit don Roque, dndose a correr con
denuedo en pos del criminal.

Marcenes quiso obedecer la orden de su jefe, pero no le fu posible; el
martillo cay sobre el pistn sin hacer estallar el fulminante.
Entonces, con decisin marcial, arroj el arma que no le serva de nada,
sac el sable de la vaina de cuero e hizo esfuerzos supremos por
alcanzar al alcalde, que con valor temerario se le haba adelantado lo
menos veinte pasos en la persecucin del ladrn.

Este haba desaparecido por la esquina de una calle.

Pero al llegar a ella la columna pudo verle tratando de ganar la otra.

Pum!

Don Roque dispar su revlver, gritando al mismo tiempo:

--Date, ladrn!

Torn a desaparecer: tornaron a verle al llegar a la calle de la
Misericordia.

Pum! Otro tiro de don Roque.

--Date, ladrn!

Pero el forajido, sin duda como recurso supremo, y para evitar que algn
sereno le detuviese, comenz a gritar tambin:

--Ladrones, ladrones!

Se oy el silbido agudo y prolongado del pito de un sereno, despus,
otro, despus otro...

La calle de San Florencio estaba bien iluminada, y pudo verse claramente
al criminal deslizarse con rapidez asombrosa buscando en vano la sombra
de las casas.

Pum, pum!

--Date, ladrn!

--Ladrones!--contest el bandido sin dejar de correr.

Dos serenos se haban agregado a la columna, y corran blandiendo los
chuzos al lado del alcalde.

El criminal quera a todo trance ganar la Ra Nueva con objeto tal vez
de introducirse en el muelle y esconderse en algn barco o arrojarse al
agua. Mas antes de llegar a ella tropez y di con su cuerpo en el
suelo. Gracias a este accidente la patrulla le gan considerable
distancia; anduvo cerca de alcanzarle. Pero antes que esto sucediese, el
forajido, alzndose con extremada presteza, huy ms ligero que el
viento. Don Roque dispar los dos ltimos tiros de su revlver, gritando
siempre:

--Date, ladrn!

Desapareci por la esquina de la Ra Nueva. Al desembocar en ella el
alcalde y su fuerza cerca de la plaza de la Marina, no vieron rastro de
criminal por ninguna parte. Siguieron vacilantes hasta llegar a dicha
plaza. All se detuvieron sin saber qu partido tomar.

--Al muelle, al muelle; all debe de estar--dijo un sereno.

Y ya se disponan todos a emprender la marcha, cuando se abri con
estrpito el balcn de una de las casas, apareci un hombre en
calzoncillos, y se oyeron estas palabras, que resonaron profundamente en
el silencio de la noche:

--El ladrn acaba de entrar en el caf de la Marina!

El que las pronunciaba era don Feliciano Gmez. La patrulla, al
escucharlas, se precipit hacia la puerta del caf, y entr por ella
tumultuosamente. El saln estaba desierto. All en el fondo, al lado del
mostrador, se vela a tres o cuatro mozos con su delantal blanco,
rodeando a un hombre que estaba tirado ms que sentado sobre una silla.
El alcalde, el alguacil, los serenos cayeron sobre l, ponindole al
pecho los chuzos, el estoque y el sable. Y a un tiempo gritaron todos:

--Date, ladrn!

El criminal levant hacia ellos su faz despavorida, ms plida que la
cera.

--Ay, re... si es don Jaime, as me salve Dios!--exclam un sereno
bajando el chuzo.

Todos los dems hicieron lo mismo, mudos de sorpresa. Porque, en efecto,
el forajido que haban perseguido a tiros, no era otro que Marn
sorprendido _infraganti_, en el momento de abrir la puerta de su casa.

Hubo que llevarle a ella en hombros, y sangrarle. Al da siguiente, don
Roque se present a pedirle perdn, y lo obtuvo. Doa Brgida, su
inflexible esposa, no quiso concedrselo, sin haberle soltado antes una
buena rociada de adjetivos resquemantes, entre otros el de borracho. Don
Roque sufri con resignacin el desacato, y no hizo nada de ms.




VI

QUE TRATA DEL EQUIPO DE CECILIA


En la morada de los Belinchn haban comenzado los preparativos de boda.
Primero, con mucha reserva, doa Paula hizo venir a Nieves la bordadora,
y celebr con ella una larga conferencia a puertas cerradas. Despus se
pidieron muestras a Madrid. Pocos das ms tarde, aquella seora,
acompaada de Cecilia y Pablito, hizo un viaje a la capital de la
provincia, en el familiar de la casa. La fisgona de doa Petra, hermana
de don Feliciano Gmez, que pasaba por la Ra Nueva al tiempo de apearse
doa Paula y sus hijos, pudo observar que el criado sacaba del coche una
porcin de paquetes, que se le antojaron piezas de tela. Bast para que
todo Sarri supiese que en casa de don Rosendo se trabajaba ya en el
equipo de la hija mayor. Doa Paula, con tal motivo, tuvo una
sofocacin. Ech la culpa a Nieves. Esta protest de que no haba salido
palabra alguna de sus labios. Insisti doa Paula. Llor la bordadora.
En fin, un disgusto.

Pues que todo se haba descubierto, nada de tapujos, y pelillos a la
mar. Constituyse en la sala de atrs, la que daba a la calle de
Caborana, un taller u oficina de ropa blanca, bajo la alta direccin de
doa Paula, y la inmediata de Nieves. Se compona de cuatro oficialas,
las dos doncellas de la casa, cuando los quehaceres domsticos se lo
permitan, Venturita y la misma Cecilia. Era una juventud bulliciosa, a
la cual, el trabajo activo no impeda charlar, reir y cantar todo el
da. La alegra les rebosaba del alma a aquellas muchachas, y se
desbordaba en risas inmotivadas, que a veces duraban largusimo rato.
Que a una se le caan las tijeras: risa. Que otra peda la madeja del
hilo tenindola colgada al cuello: risa. Que se presentaba la cocinera
con la cara tiznada, pidiendo a la seora dinero para la lechera: gran
algazara en el costurero.

No solamente eran jvenes y alegres las que cosan el equipo de Cecilia;
pero adems guapas, comenzando por su directora. Nieves era una rubia
alta y esbelta, de cutis blanco y transparente, ojos azules claros,
nariz y boca perfectas. Tena veintids aos de edad, y un carcter que
era una bendicin del cielo. Imposible estar melanclico a su lado. No
que fuera decidora o chistosa; nada de eso. La pobrecilla tena poco ms
ingenio que un pez. Pero su alegra inagotable chispeaba en sus ojos de
tan gentil manera, sonaba en la garganta con notas tan puras, tan
frescas y argentinas, que como un contagio adorable se esparca en torno
suyo. Era la nica riqueza que posea. Con el trabajo de sus manos
mantena a una madre paraltica y a un hermano vicioso y perezoso, que
la maltrataba inicuamente cuando no poda darle lo que necesitaba para
emborracharse. Sus padecimientos, que para otra seran insoportables, la
turbaban slo momentneamente. Por encima de ellos rezumaba muy pronto
la linfa de aquel divino y gozoso manantial que guardaba en su corazn.
Gozaba tambin de una salud perfecta. Los nicos dolores que senta eran
en el costado izquierdo, despus de reirse mucho.

Valentina, bordadora tambin, y tambin rubia, no era tan hermosa. Sus
ojos ms pequeos, su cutis menos delicado, la nariz un poco remangada,
ms baja de estatura. En cambio sus cabellos dorados eran rizosos y le
caan con mucha gracia por la frente; sus manos y sus pies ms delicados
y breves que los de Nieves; y, sobre todo, tena a menudo, casi
constantemente, un ceo, cierto fruncimiento del entrecejo que no era de
enfado y prestaba a su fisonoma un matiz picaresco extremadamente
simptico. Encarnacin era costurera; moza robusta, colorada, mofletuda,
de fisonoma vulgar. Entre los artesanos de Sarri pasaba por la mejor
moza de las cuatro: para el catador inteligente y refinado vala muy
poco. Teresa, costurera tambin, era por su rostro una verdadera mora, y
de las ms oscuritas; el cabello negro como el azabache, los ojos
rasgados y tan negros como el pelo, la nariz y la boca correctas. Pasaba
por fea en la villa a causa de su color: en realidad era un hermoso tipo
oriental. De las dos doncellas de la casa, la una, Generosa, nada tena
que llamase la atencin; la otra, Elvira, era una palidita, de ojos
grandes y entornados, muy graciosa.

Las artesanas de Sarri no han entrado jams por la ridcula imitacin
de las damas, tan extendida hoy, por desgracia, entre las de otros
pueblos de Espaa. Crean y creen estas insignes sarrienses, y yo me
adhiero del todo a su opinin, que el traje y las modas adoptadas por
las seoritas no avaloran poco ni mucho sus naturales gracias; antes las
menoscaban. Y esto es lgico. En primer lugar no estn acostumbradas a
vestirse con tal sujecin o aprieto como los figurines exigen de sus
subordinadas. Despus, en las villas no hay quien corte con elegancia.
Por ltimo, el gnero tiene que ser de peor calidad, ms pobre y ms
feo. En cambio, quin sobre el globo terrqueo, y aun sobre los otros
globos que navegan por el espacio, compite con ellas en ponerse el rico
mantn de la China floreado, anudndolo a la cintura por detrs? Quin
deja caer con ms gracia, ni siquiera con tanta, los rizos del pelo por
la frente en estudiado desgaire? Quin se mueve con ms garbo dentro de
la giraldilla ni da con ms elegancia un _rempujn_ al seorito que se
desmanda, diciendo al mismo tiempo entre risuea y
enojada?--Cristiano, usted es tonto, o se hace? Mire que se va a
pinchar! Quin es capaz de cantar con ms sentimiento y menos odo a
la vuelta de una romera aquello de

    _Aben-Hamet al partir de Granada_
    _el corazn traspasado sinti?_

No hay que dudarlo. Las artesanas de Sarri, cuyos arraigados principios
estticos son la admiracin de propios y extraos, hoy sobre todo en que
van desapareciendo los caracteres, hacen bien en mantener su
independencia y en levantar la cabeza delante de las seoritas
encopetadas de la villa. Porque (digmoslo bajo para que stas no se
enteren) la verdad es que son mucho ms hermosas. Esto, sin ofender a
nadie en particular; lbreme Dios. No hay viajero peninsular que al
recordarle a Sarri no afirme lo mismo con ms o menos energa, segn la
ndole de su temperamento. No hay inglesote de aquellos que atracan por
unos das a la punta del Pen que al hablar all en Cardiff o Bristol a
sus amigos de este _spanish town_, no comience por levantar mucho las
cejas, abrir la boca en forma de crculo perfecto extendiendo hacia
afuera los labios, y echndose hacia atrs en la silla no
exclame:--_Oh, oh, oh! Sarri the yeung girls very, very, very
beautiful!_

Y cuando los ingleses lo dicen, qu no diremos los espaoles, y en
particular aquellos que hemos vivido tanto tiempo bajo su influencia
bienhechora!

Las cuatro oficialas, y Nieves tambin, aunque sta picaba ms alto,
pertenecan, pues, a esta famossima casta de mujeres por cuya
conservacin y prosperidad hago votos al cielo todos los das y aconsejo
a todo buen catlico que los haga. En los das de trabajo vestan de
percal, mantoncito de lana atado atrs y pauelo de seda al cuello,
dejando al descubierto, por supuesto, la cabeza. Nieves, por excepcin,
traa al diario mantn de la China negro con fleco.

Acaban de ponerse al trabajo despus de comer. El sol penetra por los
dos balcones de la sala al travs de los visillos. Para que no les
moleste, las costureras se agrupan en uno de los rincones. Teresa, la
ms filarmnica de ellas, entona con voz suave y tmida un canto
romntico de cadencias tristes y prolongadas, a propsito para ser
acompaado en terceras. Y en efecto, Nieves no tard en _hacerle el
do_, como all se deca. Las dems la siguen cantando, unas en primera
y otras en segunda voz. De todo lo cual resulta una armona asaz
melanclica, de sabor romntico muy marcado. El romanticismo podr huir
de las costumbres y ser arrojado de la novela y el teatro; ms siempre
hallar un nido tibio y delicioso donde guarecerse en el corazn de las
jvenes artesanas de Sarri. Aquella armona dura hasta que Pablito se
encarga de desbaratarla lanzando repentinamente en medio de ella su
vozarrn de carnero. Las costureras suspenden el canto y levantan
asustadas la cabeza. Despus se echan a reir.

El bello Pablito, recostado en su butaca all en otro rincn, se re
tambin con fuertes carcajadas de su gracia.

Desde que haba comenzado a coserse el equipo de su Hermana, Pablito
manifestaba cierto gusto por la vida sedentaria que hasta entonces jams
se haba observado en l. Quin le haba visto en los das de la vida
detenerse un minuto en casa despus de comer? Quin pudiera imaginar
que se pasaba la maana sentado en aquella butaca dando parola a las
costureras? Nada ms cierto, sin embargo. Haca ya cerca de un mes que
no sala a caballo ni en coche, y no pasaba en la cuadra ms de una hora
todos los das.

Piscis se hallaba consternado. Vena diariamente a buscarlo, pero en
vano.

--Mira, Piscis, hoy tengo que limpiar los estribos de plata, no puedo
salir.--Mira, Piscis, tengo que ir a cobrar una letra por encargo de
pap.--Mira, Piscis, la Linda est con torozn y no se la puede montar.

--Ya est buena--grua Piscis.

--Vienes de la cuadra?

--S.

--Bien... pues de todos modos hoy no puedo salir... Tengo una rozadura
aqu... salva sea la parte...

Algunos das Piscis entraba en la sala de costura, y sin decir nada
aguardaba sentado un rato, no muy largo casi nunca, porque abrigaba
vehementes sospechas de que las costureras se rean de l, y esto le
tena sobresaltado y en brasas. Cuando le pareca llegado el momento
oportuno, o porque observase sntomas de cansancio en Pablo o por
cualquier otra circunstancia que no est a nuestro alcance, se levantaba
del asiento y haca una sea con la mano a su amigo silbando al mismo
tiempo. Y esto porque se entendan mucho mejor con silbidos que con
palabras. Ambos sentan aversin por el sonido articulado, sobre todo
Piscis, y escatimaban su empleo. Mas a Pablito lo mismo le daban ya
pitos que flautas.

--Hombre, Piscis... tengo una pereza!... Quieres hacerme el favor de
ir a la cuadra y decirle a Pepe que le d otra untura de aceite al
Romero?

--Yo se la dar--responda con semblante fosco Piscis.

--Bueno, Piscis, muchas gracias... Adis... No dejes de venir maana,
eh?... Puede que salga a caballo.

Deca esto con gran dulzura y amabilidad, para desagraviarle. Piscis
mascullaba unas buenas tardes sin volverse hacia los circunstantes, y
sala con los ojos torcidos, ms feo y endemoniado que nunca. Al da
siguiente lo mismo. A pesar de la veneracin que Pablito le inspiraba
Piscis lleg a presumir que le gustaba una de las costureras. Cul? Su
perspicacia no llegaba a resolverlo.

Comenzaron de nuevo su cntico las jvenes, pero al llegar a aquello de

    _Slo t, mujer divina,_
    _rezars una plegaria_
    _en mi tumba solitaria, etc._

Pablito solt otro berrido estridente y atronador. Vuelta a la risa.
Venturita se puso seria.

--Mira, Pablo, si has de seguir haciendo payasadas, ms vale que te
vayas con Piscis.

A su vez Pablito se pone fosco.

--Me ir cuando se me antoje. Siempre has de ser t la que todo lo eche
a perder!

Quera decir con esto el joven Belinchn, que slo su hermana Ventura se
empeaba en desconocer el ingenio con que el cielo le haba dotado. Y
as era la verdad. Todas las dems rean alborozadas, como si en vez de
un berrido acabasen de escuchar un pasaje de Rabelais. Doa Paula, que
senta por su hijo primognito admiracin idoltrica, y al mismo tiempo
guardaba cierto rencor a su hija por sus contestaciones, aunque se
hallase grandemente pagada de su hermosura, vino en ayuda de aqul.

--Tiene razn Pablo. Siempre has de aguar todas las fiestas!... Jess
qu criatura!... Lo que es el hombre que te lleve, algn pecado gordo
tiene que purgar.

En aquel momento apareci en la puerta de la estancia Gonzalo, quien se
dobl como un arco para dar la mano a su futura suegra, a Ventura y a
Cecilia. Esta se puso seria. Sin volver hacia ellas la cabeza, adverta
que todas las costureras la miraban con el rabillo del ojo. Vea con el
pensamiento el esbozo de sonrisa que se formaba en sus rostros.

Todos los das pasaba igual. Antes de llegar Gonzalo, las costureras se
complacan en dirigir, siempre que vena a cuento, alguna pulla a la
novia.

--Cecilia, cul de estas camisas te vas a poner el da de la boda?

Hay que advertir que algunas de ellas la tuteaban por haberse conocido
de nias. Es muy frecuente en los pueblos.

--Seorita, en estas sbanas tan finas se va usted a resbalar.

--No ser ella sola la que resbale. Verdad, Cecilia?

--Anda, picarona, que buen mozo te llevas!

--No lo llevar tan guapo Venturita.

--Quin sabe!--replicaba sta.

Cecilia escuchaba estos dichos con la sonrisa, en los labios y
ruborizada. Desde que haban comenzado los preparativos de boda, sus
mejillas, antes tan plidas, estaban casi siempre arreboladas. Esta
animacin y el brillo que la felicidad prestaba a sus ojos, si no
bonita, la hacan interesante y simptica. No hay muchacha que en
vsperas de casarse deje de serlo ms o menos.

Cecilia era de condicin reservada y silenciosa, sin dar por eso en
taciturna. Ordinariamente no hablaba ms que cuando le dirigan la
palabra; pero sus contestaciones eran suaves, claras, precisas. No era
la nota distintiva de su carcter la timidez, que suele prestar soberano
hechizo a las jvenes. Mas en sustitucin de esta cualidad, posea
nuestra herona una serenidad dulce, cierta firmeza simptica en todas
sus palabras y ademanes que revelaban la perfecta limpidez de su
espritu. Esta serenidad pasaba para algunas personas poco observadoras,
si no por orgullo, que bien claro estaba que Cecilia no lo tena, por
frialdad de corazn. Crean, aun los ms allegados a la casa, que era
incapaz de concebir una pasin viva y tierna. Acostumbrados a verla
impasible cumpliendo los deberes domsticos con la regularidad de un
reloj, les era forzoso un esfuerzo grande de penetracin, que no todos
pueden llevar a cabo, para adivinar la verdadera fisonoma moral de la
primognita de los Belinchn. La mayor parte de estos seres viven y
mueren desconocidos, porque no poseen una de esas cualidades brillantes
que seducen y atraen al que se acerca. La inocencia misma, aunque
parezca raro, pertenece a ese nmero, y no es la que menos relieve
presta al carcter de una mujer. Muy contados son los que saben apreciar
la hermosura que encierran estas almas cristalinas. La mirada se sumerge
en ellas sin hallar nada que despierte la atencin. Pero lo mismo pasa
con ciertos venenos; igual con ciertos filtros que dan la vida. Porque
nuestros ojos torpes y limitados no vean los elementos de salud o de
muerte que hay en suspensin en ellos, hemos de afirmar que no existen?

Difcil era averiguar las emociones tristes o placenteras que cruzaban
por el alma de Cecilia, aunque no imposible. No sabemos si pona empeo
en ocultarlas o era forzada a ello por su misma naturaleza. Lo cierto es
que en la casa, hasta sus mismos padres las desconocan casi siempre. Se
trataba, verbigracia, de salir un da a visitas, o de comprarse un
vestido, doa Paula preguntaba a su hija con solicitud:

--Qu te parece, Cecilia?

--Me parece bien--contestaba sta.

--Te parece bien, de veras?--deca la madre mirndola fijamente a los
ojos.

--S, mam, me parece bien.

Doa Paula siempre quedaba en duda de si en realidad le placa o le
disgustaba el vestido o lo que fuese.

Lloraba poqusimas veces, y aun esas, se ocultaba de tal modo para
hacerlo, que nadie lo saba. El mayor disgusto que hubiera tenido, slo
se denunciaba por una ligera arruguita en la frente; la mayor alegra
por un poco ms de intensidad en la sonrisa delicada, esparcida
constantemente por su rostro. Cuando Gonzalo le escribi desde el
extranjero, as que ley la carta se present a su madre y se la
entreg.

--Te gusta el muchacho?--le pregunt sta despus de leerla con ms
emocin que haba manifestado su hija al entregrsela.

--Te gusta a ti?

--A m s.

--Pues si te gusta a ti y a pap, a m tambin me gusta--replic la
joven.

Quin pudiera imaginar despus de estas fras palabras que Cecilia
estaba tiempo haca profundamente enamorada? Sin embargo, como el amor
es el sentimiento humano ms difcil de disimular, y despus del
consentimiento de sus padres no haba razn alguna para ocultarlo, lo
dej ver con bastante claridad. En los temperamentos como el de nuestra
herona, cualquier seal, por leve que sea, tiene una importancia
decisiva. La felicidad que hencha su corazn, brotaba, pues, a su
rostro a la vista de todos los que la conocan ntimamente. Pocos seres
habrn gozado ms en la tierra que Cecilia en aquella temporada. Todo
aquel lienzo extendido por la estancia, aquellos patrones de papel, los
dibujos, los bastidores, los carretes de hilo, le hablaban un lenguaje
misterioso y tierno. Las tijeras al cortar _chis chis_, las agujas al
coser _cruj, cruj,_ le decan tantas cosas graciosas de lo futuro! Unas
veces le decan: --Quin te ver, Cecilia, ir a misa los domingos del
brazo de tu marido? El te llevar el devocionario, te dejar ir al altar
de Nuestra Seora de los Dolores y se colocar detrs entre los hombres.
Luego te esperar a la salida, te ofrecer el agua bendita y volver a
cogerte del brazo. Otras veces le decan: --Por la maana temprano te
levantars muy despacito para que l no se despierte, limpiars su ropa,
pondrs los botones a su camisa, y cuando llegue la hora t misma le
servirs el chocolate. Otras exclamaban de pronto: --Y cuando tengas
un nio! Entonces la novia senta un vuelco gratsimo en el corazn;
sus manos temblaban y echaba una rpida mirada a las costureras temiendo
que hubiesen advertido su emocin.

Cuando las diferentes piezas de ropa estaban terminadas y planchadas,
Cecilia las iba poniendo cuidadosamente en una cesta. As que estaba
llena la suba sobre la cabeza a uno de los cuartos de arriba, donde con
todo esmero y arte colocaba las camisas, las chambras, cofias y
peinadores sobre unos mostradores hechos al intento: las cubra
delicadamente con un lienzo, y luego se sala cerrando la puerta y
guardando la llave en el bolsillo.

Despus que hubo saludado, Gonzalo fu a sentarse cerca de Pablito, y
pasndole la mano familiarmente por encima del hombro, le dijo al odo:

--Cul es la que ms te gusta?

Y al inclinarse hacia su futuro cuado, clavaba una mirada intensa en
Venturita, que correspondi a ella con otra muy singular. Despus ambos
las convirtieron a Cecilia. Esta no haba levantado la cabeza del
bastidor.

--Nieves--respondi Pablo sin vacilar, y en el mismo tono de falsete.

--Lo saba, y te aplaudo el gusto--dijo riendo Gonzalo.--Qu cutis de
raso!... Qu dentadura!

--Y qu andares! Pasi-corta, sabes?

Ambos miraban a la bordadora. Esta levant la cabeza, y comprendiendo
que se trataba de ella, les hizo una mueca con la lengua.

--Vamos, no vale hablarse al odo--dijo doa Paula con la
susceptibilidad vidriosa que caracteriza a las mujeres del pueblo.

--Djelos usted, seora--replic Nieves.--Estn hablando de m: no hay
que quitarles el gusto.

--Cierto; Pablo me haca notar el color rojo de ciertos labios, la
transparencia de cierto cutis, un pelo dorado a fuego...

--Valentina, entonces hablaban de ti--dijo Nieves ruborizada tocando en
el muslo a su compaera.

--Qu gracia! No te apures, mujer. Si ya sabemos que eres la ms
guapa!--dijo la otra visiblemente picada.

--Paz, paz, seoras!--exclam Gonzalo.--Verdad que Pablo comenz
hablndome de las perfecciones de Nieves; pero tambin es cierto que
pensaba continuar con las de todas las dems, si no se le hubiese
interrumpido... No es eso, Pablo?

--Desde luego: contaba seguir con Valentina...

Esta levant la cabeza y le mir con aquel gracioso ceo burln que daba
carcter a su rostro.

--Ten cuidado, Nieves, que estos seoritos se pierden de vista.

Pablo, sin hacer caso de la interrupcin, prosigui:

--Despus con Teresa y Encarnacin, Elvira y Generosa. Hablara tambin
de Venturita (para ponerla, por supuesto, por los pies de los caballos).
De Cecilia no, porque est comprometida, y algo dira tambin de mi
seora doa Paula, que, sin ofender a nadie, es la ms hermosa de todas.

--Qu pillastre!--exclam sta admirada del donaire de su hijo.

Pablo se haba levantado de la butaca, y abraz a su madre con efusin.

--Quita, quita, adulador!--dijo ella riendo.

--Ve aflojando el bolsillo, mam--dijo Venturita.

--Lo ves! La pata de gallo de siempre--exclam iracundo el joven,
volviendo la cabeza hacia su hermana, mientras sta se rea
maliciosamente sin levantar la suya del bastidor.

--Mucho has trabajado--dijo Gonzalo en voz baja, sentndose al lado de
su novia.

--As, as--respondi Cecilia fijando en l sus ojos grandes, llenos de
luz.

--Mucho, s; ayer no tenas bordado ese clavel... digo, me parece que es
clavel...

--Es jazmn.

--Ni esas dos hojas ms.

--Bah! Eso no es nada.

--Y qu es lo que ests bordando?

Cecilia sigui moviendo la aguja sin contestar.

--Qu es lo que bordas?--pregunt Gonzalo en voz, ms alta, pensando
que no le haba odo.

--Una sbana... calla!--replic la joven levantando un poco los ojos
hacia las costureras y volviendo a abatirlos rpidamente.

Al mismo tiempo, los de Gonzalo y Venturita se tropezaron por encima de
la cabeza de Cecilia, y de ellos brot una chispa.

--Ya ven ustedes que hay para todas--deca Pablito mirando al mismo
tiempo fijamente a Nieves, como diciendo: No hagas caso, esto lo digo
por cumplir.

--Qu es lo que hay para todas, don Pablo?--pregunt Valentina con
tonillo irnico.

--Flores, criatura.

--cheselas usted al Santsimo.

--Y a las nias guapas como t.

--Si no soy guapa, paso delante de las guapas y no les hago la venia,
sabe usted?

--Demonio! No hay que acercarse a esta Valentina; se levanta de
atrs--exclam el apuesto mancebo.

El smil, aunque nada culto, y acaso por eso, hizo reir a las
costureras.

--A Valentina no le gustan los seoritos--manifest Encarnacin.

--Hace bien; de los seoritos no se saca ms que parola, tiempo perdido
y a veces la desgracia para toda la vida--dijo sentenciosamente doa
Paula sin acordarse de que ella haba sacado la felicidad.--Tocante a
eso, Sarri est perdido. Apenas hay muchacha que se deje acompaar de
uno de su igual. El mozo ha de traer por lo menos corbata y hongo, y ha
de fumar con boquilla... aunque no tenga plato en que comer. Ninguna se
oculta ya para ir al obscurecer acompaada de algn seorito, y a la
vuelta de las romeras da grima verlas venir colgadas del brazo de ellos
cantando al alta la lleva... Pobrecillas! No sabis lo que os espera.
Porque el hijo de don Rudesindo se cas con la de Pepe la Esguila y el
piloto de la _Trinidad_ con la de Mechacan, se os figura que todo el
monte es organo. Al freir ser el reir... Mirad, mirad a Benita la del
seor Matas el sacristn. Qu linda est y que compuestita, verdad?

--Benita est escriturada--dijo Encarnacin.

--Escriturada, eh? Ya veris de qu le vale la escritura!

--Seora, el novio no puede dejarla; si la deja, va a presidio por toda
la vida.

--Calla, calla, bobalicona; quin os ha metido esas bolas por la
cabeza?

--Eso se sabe... vamos. Benita est consultada.

--Mire, seora--dijo Teresa, la morena sentimental,--la verdad en que
nosotras corremos peligro; tiene usted razn... Pero qu quiere que
hagamos? Los artesanos de esta villa estn tan echados a perder! El que
ms y el que menos pasa el domingo y el lunes en la taberna, y algn da
tambin por la semana. Cuntos son los que traen el jornal a casa y lo
entregan a su mujer, dgame por su vida? Si es marinero, se le ve una
vez cada ao; trae cuatro cuartos, y hala, otra vez para all. Los
cuartos se concluyen, y la infeliz mujer se ve arrastrada, trabajando
para dar un pedazo de pan a sus hijos... Y luego, qu saben ellos de
dar estimacin ni un poco de gracia a la mujer? Si salen con ella un
domingo por la tarde, se van parando en todas las tabernas del camino,
dejndola, si se tercia, a la pobrecilla a la puerta, o llamndola para
que oiga alguna sandez, que la pone ms colorada que una amapola...
Calle, calle, seora, si hay cada mostrenco que, como Dios me ha de
juzgar, no vale el pan que come!... El otro da encontr a Tomasina...
ya sabe, la del to Rufo, que no hace tan siquiera un ao que se cas
con un oficial de Prspero... Pues iba en aquel mismo instante a por dos
reales en casa de su padre para comprar un pan, porque en todo aquel da
no haba comido un bocado. Su marido se bebe casi todo el jornal, y a
mitad de semana, claro! tiene la infeliz que apretarse la barriga...
Vlgate Dios! Y las ms de las noches viene borracho perdido a casa, y
le da cada sopimpa que la deja por muerta. Cuntas veces se va la
pobrecilla a la cama sin cenar y harta de palos!... Luego quieren que
una, viendo estas cosas... Vaya, ms vale callar! Lo que yo digo,
caramba! ya que la lleve a una el diablo, que la lleve en coche.

--Oye, t--salt Valentina levantando el rostro con su ceo habitual
algo ms pronunciado,--no te pongas tan fanfarrona. Di que te gustan los
seoritos, bueno... yo no me meto en eso; pero no vengas quitando el
crdito a los rapaces de tu igual... Se emborrachan, los que se
emborrachan... Ms de un seorito y mas de dos he visto yo venir como
cabras para su casa... Y pegan a sus mujeres, tambin los que pegan...
Si ellas no tuvieran la lengua larga, no las llevaran la mitad de las
veces... Atiende; y don Ramn el maestro de msica cuando llegaba a casa
por la noche daba bizcochos a su mujer? T lo debes de saber... bien
cerca vivas.

--Mujer, yo no hablo por todos--repuso Teresa amainando por el temor de
que su dscola compaera le sacase a relucir el acompaamiento nocturno
de Donato Rojo, el mdico de la Sanidad,--slo digo que los hay muy
brutos...

--Bueno, pues djalos en paz y no te acuerdes de ellos, que ellos
tampoco se acuerdan de ti. Cada una es cada una, y la que ms y la que
menos sabe por dnde corre el agua del molino.

--Oyes, Valentina--dijo Elvira sonriendo maliciosamente,--cuando te
cases, piensas llevarlas de Cosme?

--Si las merezco las llevar... Ms quiero llevar dos bofetadas de mi
Cosme que el desprecio de un seorito, alza!

--As me gusta; aprended, aprended, chiquillas!--dijo Pablito.

Gonzalo, despus de un rato de conversacin en voz baja con su novia, se
levant, di tres o cuatro vueltas por la sala, y vino a sentarse al
lado de Venturita, con la cual sola tener jarana. Gustaban ambos de
embromarse y retozar despus que haba nacido la confianza. La nia
estaba dibujando unas letras para bordar.

--No vengas a hacer burla, Gonzalo. Ya sabemos que dibujo mal--dijo
clavndole una mirada provocativa, relampagueante, que oblig al joven a
bajar la suya.

--No es cierto eso; no dibujas mal--respondi l en voz baja y levemente
temblorosa, acercando el rostro al papel que Venturita tena sobre el
regazo.

--Pura galantera. Convendrs en que poda estar mejor.

--Mejor... mejor... todo puede estar mejor en el mundo. Est bastante
bien.

--Te vas haciendo muy adulador. Yo no quiero que te ras de m, lo
oyes?

--Oh! yo no me ro de nadie... pero mucho menos de ti...--repuso l sin
levantar los ojos del papel, con voz cada vez ms baja y visiblemente
conmovido.

Venturita tena siempre los ojos fijos en l con una expresin
maliciosa, donde se lea claramente el triunfo del orgullo satisfecho.

--Vamos, dibjalas t, seor ingeniero--dijo alargndole con gracioso
despotismo el papel y el lpiz.

El joven los tom y os levantar la vista hacia la nia; pero la baj en
seguida como si temiera electrizarse. Plant el libro, que ella tena en
el regazo, sobre sus rodillas, aplic encima un papel blanco, y se puso
a dibujar. Mas en vez de las letras, comenz a trazar con soltura la
cabeza de una mujer. Primero el pelo partido en dos trenzas, despus la
frente estrecha y bonita, luego una nariz delicada, una boca pequea, la
barba admirablemente recortada unida a la garganta por una curva suave y
elegante... Se pareca prodigiosamente a Venturita. Esta, apoyada sobre
el hombro de su futuro hermano, segua los movimientos del lpiz. Poco a
poco se iba esparciendo por su rostro una sonrisa vanidosa. Despus de
trazar la cabeza, Gonzalo sigui con el busto. Le puso el peinador o
_matine_ que la nia vesta, y se entretuvo buen rato a dibujar
minuciosamente los lazos de seda con que se sujetaba por delante. Cuando
el retrato estuvo terminado. Venturita le dijo con acento picaresco:

--Ahora, pon debajo quin es.

El joven levant la cabeza y sus miradas chocaron sonrientes. Luego, con
viveza y decisin, escribi debajo de la figura: _Lo que ms quiero en
el mundo._

Venturita tom el papel entre las manos y lo contempl unos instantes
con deleite. Despus, haciendo una mueca de fingido desdn, se lo alarg
otra vez diciendo:

--Toma, toma, embustero.

Pero antes de llegar a manos de Gonzalo, Cecilia extendi la suya y se
lo arrebat riendo.

--Qu papelitos son sos?

Venturita, como si la hubieran pinchado, brinc en el asiento y sujet
fuertemente la mueca de su hermana.

--Trae, trae, Cecilia! Deja eso!--exclam con el rostro echando fuego,
contrado por forzada sonrisa.

--No; quiero verlo.

--Ya lo vers despus; suelta!

--Quiero verlo ahora.

--Vamos, nia, djaselo ver. Qu te importa?--dijo doa Paula.

--No quiero que me lo quite nadie por fuerza--grit ponindose seria.
Despus, comprendiendo la imprudencia de esto, torn a ponerse risuea.

--Vamos, Cecilia, suelta; no seas mala.

--Vaya un empeo! Suelta t, que me lastimas!

--Quin eres t para quitarme el papel de la mano?--profiri con rabia,
ponindose esta vez seria de verdad.--Suelta, suelta, fea, narices de
cotorra, tonta!... Suelta, o te arao!--aadi con los ojos
centelleantes y la faz descompuesta por la clera.

Al verla de aquel modo, la risa que agitaba el pecho de Cecilia
paralizse sbito, y abriendo sus grandes ojos donde se pintaba la
sorpresa, exclam:

--Jess! Pareces loca, nia. Toma, toma, no vaya a darte algo.

Y solt el papelito que arrugaba en el puo. Venturita, la faz alterada
an, lo hizo mil trozos.

--En los das de mi vida he visto una criatura ms loca!--exclam doa
Paulina santigundose.--Ave Mara! Ave Mara! De quin has sacado ese
genio, chiquilla?

--Sera de ti--respondi Venturita enfoscada, sin mirar a nadie.

--Desvergonzada!... Si no fuera mirando a que hay gente delante!...
Cmo contestas de ese modo a tu madre, picara? No sabes los
mandamientos de la ley de Dios? Maana mismo te llevo a confesar con don
Aquilino.

--Bueno, dale memorias a don Aquilino.

--Espera, espera, grandsima picara!--grit la seora haciendo ademn
de levantarse para castigar a su hija.

Pero en aquel instante apareca en la puerta la figura de don Rosendo
con bata multicolor y gorro de terciopelo con borla de seda.

--Qu pasa?--pregunt sorprendido viendo la actitud airada de su
esposa.

Esta le puso al corriente, sofocada por los sollozos, de la falta de
respeto de su hija.

Don Rosendo se crey en el caso de arrugar el entrecejo, y decir con
tono solemne:

--Eso est mal hecho, Ventura. Ve a pedir perdn a tu mam.

Se le conoca que estaba distrado, absorto por algn pensamiento, y que
aquel suceso domstico no consegua ms que a medias arrancarle de su
preocupacin.

Sin embargo, al ver a la chica inmvil, en actitud altiva y desdeosa,
dijo de nuevo, con ms firmeza:

--Vamos, hija, ve a pedirla perdn, ya que la has ofendido.

La nia hizo su peculiar mohn de desprecio con los labios, y murmur
muy bajito:

--S, en eso estoy pensando!

--Vaya, Ventura, qu murmuras ah? Anda, antes que me enfade.

--Anda, anda, Venturita. Ve all. No seas as--le dijeron por lo bajo
las costureras.

--No me da la gana. Queris dejarme en paz?--les respondi ella en voz
baja tambin, mas con acento iracundo.

--No quieres ir?--pregunt don Rosendo con afectada severidad.--No
quieres ir?

La nia permaneci inmvil y silenciosa.

--Pues sal de aqu ahora mismo! Qutate de mi vista!

Venturita se levant de la silla, pas por el medio del concurso erguida
y enfurruada, y sali de la sala dando un gran portazo.

Don Rosendo, despus de permanecer un momento inmvil con los ojos
puestos en la puerta por donde su hija haba salido, volvise diciendo:

--Siento mucho estar tan fuerte con mis hijas... pero algunas veces no
hay ms remedio.




VII

QUE TRATA DE DOS TRAIDORES


Borrse sbito de su noble faz pseudomartima la temerosa expresin que
la obscureca, y apareci de nuevo aquella otra distrada, signo de
constantes meditaciones.

--Gonzalo, si no te molesta, te rogara que pasases conmigo al
despacho--manifest dirigindose a su futuro yerno.

Este, que durante la anterior escena haba empalidecido y vuelto a su
ser varias veces, torn a desconcertarse. Nada menos se le ocurri que
don Rosendo se haba percatado de la instabilidad de sus sentimientos
amorosos, y le iba a pedir de ello estrecha cuenta. Fuese, pues, detrs
de l cabizbajo y receloso, y penetr en el escritorio. Era una estancia
espaciosa, amueblada con lujo de comerciante rico: gran mesa de caoba
maciza, armarios de caoba tambin, donde haba ms legajos de papeles
que libros, alfombra de terciopelo, divanes forrados de brocatel, y
escribana de plata enorme como un monumento. Cerca de la cuarta parte
de esta cmara ocupbalo un montn de paquetitos envueltos en papel de
varios colores, que para cualquiera que por primera vez entrase en ella,
sera un misterio. No lo era para Gonzalo ni para ninguno de los ntimos
de la casa. Aquellos paquetes guardaban palillos de dientes.

Cmo?--preguntar el lector.--Don Rosendo Belinchn, un negociante de
tanto fuste, comerciaba tambin en palillos de dientes? No, don Rosendo
no comerciaba con ellos, los fabricaba. Y esto no con el fin de
especular, cosa indigna de su categora, sino por pura y desinteresada
inclinacin de su espritu. Desde muy joven se le haba manifestado. Las
asiduas ocupaciones del comercio y las vicisitudes por que haba pasado
su existencia, no le haban consentido satisfacer esta pasin sino de
una manera precaria en los ratos materialmente perdidos. Pero desde que
pudo dejar el escritorio confiado a algunos fieles dependientes,
entregse de lleno con alma y vida a tan til y honesta distraccin. Por
la maana en la tienda de Graells, por la tarde en el Saloncillo, por la
noche en su casa o en la de don Pedro Miranda, siempre trabajando. Su
criado ocupaba una gran parte del da en cortarle unos tacos de avellano
seco perfectamente iguales, de donde su mano diestra haba de sacar la
gala de los palillos.

Y como no se daba punto de reposo, ni aun en los das festivos, la
produccin era excesiva. No haba bastantes consumidores en la villa, y
se vea necesitado a remitir paquetes de ellos a los amigos de la
capital, cuando el montn del despacho llegaba al techo. Gracias a los
esfuerzos nobilsimos de este claro representante de su comercio,
podemos decir con orgullo que Sarri, en tal ramo interesante del
progreso, se hallaba a la altura de las grandes capitales. Ninguna otra
villa espaola o extranjera podra sufrir con ella competencia. En casa
del rico, como en la del menestral, jams faltaba un bien abastecido
palillero, testimonio indiscutible de la refinada cultura de sus
habitantes.

Seal don Rosendo un divn a su hijo en ciernes, y ste, asustado,
dejse caer en l hundindole profundamente. Acerc despus el
comerciante una silla con ademn misterioso, y sentndose frente al
joven y mirndole entre risueo y avergonzado, dijo, dndole al propio
tiempo una palmadita en el muslo:

--Vamos a ver, Gonzalito: qu te parece de la cuestin del matadero?

--El matadero?--pregunt aqul abriendo unos ojos como puos.

--S, el nuevo matadero; crees que debe emplazarse en la Escombrera, o
en la playa de las Meanas detrs de las casas de don Rudesindo?

Gonzalo vi el cielo abierto, y, sonriendo de placer, respondi:

--Yo creo que en la playa de las Meanas estara bien... Muy abierto
aquello... muy ventilado...

Pero notando que la frente de su suegro se frunca, y en sus ojos se
apagaba repentinamente la sonrisa, aadi balbuciendo:

--Tampoco me parece que estara mal en la Escombrera...

--Mucho mejor, Gonzalo... Infinitamente mejor!

--Puede, puede.

--Hombre, tan puede ser, que reservadamente te dir que el emplazarlo en
la playa lo juzgo (hazme el favor de guardar reserva sobre esta
opinin), lo juzgo... una verdadera insensatez... u-na ver-da-de-ra
in-sen-sa-tez--repiti sealando mejor todas las slabas.

--Y esta opinin ma--aadi--no vayas a figurarte que es de ayer
maana, sino de toda la vida. Desde que fu capaz de entender ciertas
cosas, comprend que el matadero no deba estar donde hoy est. En una
palabra, que deba trasladarse. Dnde? Una voz interior me deca
siempre que a la Escombrera. Antes de poder dar ninguna razn
cientfica, estaba tan convencido como ahora de que all deba
emplazarse, y no en otra parte. Hoy que la resolucin del problema se
aproxima, me creo obligado a sostener esta opinin, a comunicar al
pueblo mi pensamiento y el resultado de mis meditaciones. Si no tienes
que hacer voy a leerte la carta que dirijo con este motivo al _Progreso
de Lancia._

Y en efecto, sin aguardar la contestacin de Gonzalo, se dirigi a la
mesa, tom unos pliegos de papel que haba sobre ella, se puso las
gafas, y acercndose al balcn di comienzo, no sin cierta emocin que
se le trasluca en la voz, a la lectura de la carta.

Estaba escrita en papel comercial, grande y rayado. Todas las que desde
haca aos diriga al _Progreso de Lancia_ y a otros peridicos de la
capital de la provincia, iban escritas en el mismo papel por las dos
caras. Aun no saba que para la imprenta deba escribirse por una
solamente. Pero muy pronto adquiri este precioso conocimiento, como
hemos de ver.

Casi al mismo tiempo que la de los palillos de dientes haba nacido en
don Rosendo Belinchn la aficin a escribir comunicados a los
peridicos: es decir, que databa de una remota antigedad. Ardiente
partidario de los progresos humanos, de las reformas en todos los
rdenes, de la discusin y de la luz, claro est que la prensa haba de
infundirle respeto y entusiasmo. Los peridicos haban sido siempre un
elemento indispensable de su existencia. Estaba suscripto a muchos
nacionales y extranjeros; porque, como educado para el comercio, conoca
bastante bien el francs y el ingls, y nunca le haba faltado, ni aun
en los das ms ocupados, un par de horas que dedicar a su lectura.
Estas horas se aumentaron considerablemente desde haca algunos aos, no
sin que se resintiese por ello el bacalao. El goce que nuestro hroe
experimentaba por las maanas despus de tomar el chocolate tragndose
los artculos de fondo del _Pabelln Nacional_, los sueltos de _La
Poltica_ y las _Nouvelles  la main_ del _Fgaro_ era tan vivo, que le
quedaba impreso largo tiempo en el rostro, hasta que por la irradiacin
se iba perdiendo en la atmsfera.

Como todos los hombres de miras amplias y elevadas, no era exclusivista
en sus gustos periodsticos. Amaba el peridico por el peridico, por
ser una muestra gentil del progreso de la razn humana, o como l deca
mejor, una manifestacin levantada de la conciencia pblica. Las
opiniones que cada cual defenda, eran cosa secundaria. Estaba suscripto
a peridicos de todos colores, y los gozaba por igual. Si alguna
predileccin mostraba, era nicamente por los artculos y sueltos
_intencionados_. Porque eso de decir una cosa aparentando expresar la
contraria y retorcer las frases de modo que una clusula inocente en la
apariencia llevase dentro una saeta envenenada llenaba de admiracin a
don Rosendo y le volva loco de alegra. Cuntas veces al leer en _La
Espaa_ algn prrafo por el estilo:--Ayer apareci por fin la circular
del seor Presidente del Supremo a sus subordinados. Felicitamos al
general O'Donnell, presidente de esta situacin liberal, al seor
Negrete, que en algn rato lcido ha dado cima a obra tan colosal, y a
los demcratas protectores de este Gobierno,--hubo exclamado agitando
el peridico en las manos:--Qu intencin! Caracoles! Qu
intencin!!

Este afn, mejor dicho, esta pasin por la prensa, no era platnico como
ya hemos advertido. All en sus mocedades haba dirigido dos cartas a un
peridico semanal que se publicaba en Lancia, titulado _El Otoo_, con
motivo de las fiestas anuales que en Sarri se celebran en el mes de
septiembre. Estas cartas leyronse con fruicin en la villa y le
valieron no pocos plcemes. Esto le anim para escribir otras tres al
ao siguiente, dando cuenta al pblico del nmero asombroso de cohetes
que se dispararon en Sarri los das 13, 14 y 15, la lindsima
iluminacin del 16, y el suntuoso baile celebrado en el Liceo la noche
del 17. Despus de haber gustado las dulzuras de la publicidad, don
Rosendo no poda menos de paladearlas de vez en cuando. El menor
pretexto le bastaba para dirigir, bien una carta, ora un comunicado a
los peridicos. Unas veces firmaba con su nombre, otras con cualquier
gracioso pseudnimo o anagrama. Celebraban los mareantes una fiesta en
honor de San Telmo: don Rosendo escriba inmediatamente su carta al
_Progreso de Lancia_ o a _La Abeja_, describiendo la verbena, los fuegos
artificiales, la misa, la procesin, etc. Se daba un banquete en el
nuevo edificio de las escuelas para inaugurarlo: a los tres o cuatro
das se reciba el peridico de Lancia con la consabida carta publicando
los brindis y los sonetos improvisados. Se caa un albail de un
andamio; comunicado de don Rosendo pidiendo ms garantas para los
albailes que se ponen en los andamios. Cantaba misa el hijo de don
Aquilino; carta de don Rosendo describiendo la conmovedora ceremonia, y
elogiando la voz clara, y sonora y la serenidad del joven presbtero. Si
las mareas eran altas y fuertes y arrancaban algunas piedras de la punta
del Pen; carta. Si los buques de Bilbao se negaban a recibir a bordo
los prcticos de Sarri; comunicado. Si se perda la cosecha del maz
por la sequa; carta. Si los vientos reinantes eran del Noroeste; carta.
En fin, no acaeca suceso en el suelo o en la atmsfera de la villa
digno de mencin, que no la recibiese de la diestra y bien tallada pluma
de nuestro comerciante.

Cunto trabajo se evitarn los futuros historiadores de Sarri con
esto, valiossimos materiales acumulados por uno de sus ms claros
hijos!

Segn iba avanzando en aos don Rosendo Belinchn, daba a sus cartas un
carcter menos romntico, por no decir frvolo (sera tan inexacto como
irrespetuoso tal calificativo aplicado a los escritos de aquel estimable
caballero). Es decir, que los temas de ellas no eran tan a menudo los
holgorios y recreos de los habitantes de la villa, como cualquier cosa
que tendiera directa o indirectamente a fomentar los intereses morales y
materiales de ella. Los mercados, las escuelas, el salvamento de
nufragos, la ereccin de un templo o de una crcel, etc., etc., eran
los asuntos en que para gloria suya y bien del pueblo que le vi nacer,
se ejercitaba con ms frecuencia.

Uno de ellos, de vital inters para Sarri, como l afirmaba muy bien,
era el matadero. Hasta entonces jams haba abordado esta cuestin,
porque saba que su parecer iba a discrepar algo del de una gran parte
del vecindario. Mas haba llegado, a su entender, la hora de emitirlo
sin ambages ni rodeos. El comunicado que ley era el primero que acerca
de este asunto diriga al _Progreso de Lancia_. Comenzaba as:

Seor Director de _El Progeso de Lancia_.

Muy seor mo: La preferencia con que se miran las ciencias
fsico-naturales, y en particular la ciencia de la Higiene, como que de
ella depende la salud, tanto de los pueblos como de los individuos, en
vista de su gran utilidad prctica, ha ido poco a poco desterrando la
timidez de los que, infludos por una educacin casi errnea y
deficiente, condenaban el estudio de estos grandes problemas arrastrados
por antiguas y torpes preocupaciones que felizmente se van disipando al
soplo poderoso del siglo XIX, llamado con razn el siglo de las luces.

Los prrafos de don Rosendo eran siempre nutridos como el anterior.
Segua:

Hoy que la civilizacin, rotas las cortapisas que detenan las
conciencias y supeditaban el espritu, nos abre vasto campo a todos por
medio de la prensa para expresar nuestro libre pensamiento y emitirlo a
la faz del mundo, confiado en la amistad con que usted me ha distinguido
siempre, y en la benevolencia con que el pblico ha acogido hasta ahora
los humildes partos de mi pluma, etc., etc.

Despus de otros tres o cuatro prrafos a modo de prembulo (que el
director de _El Progreso_ acostumbraba a recortar) entraba don Rosendo
en la cuestin, estudiando el matadero o macelo pblico, como l lo
nombraba, por todas sus fases, para venir a condenar, en trminos que no
daban lugar a dudas, su emplazamiento en la playa de las Meanas. Las
razones que tena para oponerse a l, eran obvias. Por una parte, los
vientos del Sudoeste, reinantes la mayor parte del ao, que arrastraban
consigo ftidos miasmas, etc., etctera. Por otra parte, la dificultad
de hallar terreno firme para la cimentacin, lo cual originara un gasto
excesivo, etc., etc. Por otra, la necesidad de penetrar en la poblacin
con las reses, etc., etc. Por otra, la proximidad de las casas, etc. Por
otra, el perjuicio que a los baistas se les irrogaba, etc., etc. En
fin, eran ms de veinte las razones que don Rosendo apuntaba de un modo
ligero y sucinto, proponindose darle ms amplitud y desarrollo en
otras cartas sucesivas con que pensaba molestar la atencin de los
lectores de su ilustrado peridico.

Cuando termin la lectura, Gonzalo las juzg incontrovertibles, y don
Rosendo (con las gafas en la punta de la nariz) declar que no tenan
vuelta de hoja. Habiendo llegado a un acuerdo tan perfecto, se separaron
llenos de alegra, como es natural. Don Rosendo se qued en el despacho
poniendo en limpio su carta. Gonzalo se fu de nuevo a la sala de
costura. No obstante, antes que franquease la puerta, llamle su futuro
suegro para decirle:

--De esto, ni una palabra a nadie, eh?

--Don Rosendo, por Dios!--respondi el joven alzando la mano en seal
de protesta.

El comerciante se sinti acometido por un vivo sentimiento de expansin.

--Pronto sabrs--dijo acercndose--otra cosa que te ha de sorprender
alegremente. Es una idea que se me ha ocurrido hace dos meses y que
espero realizar, Dios mediante, muy pronto. Oh, es una idea feliz! La
faz de Sarri cambiar radicalmente, sabes?

El ademn misterioso, el tono grave y conmovido de la voz, la esperanza
del triunfo que fulguraba en sus ojos al decir esto, ya sorprendi ms
que medianamente a Gonzalo. No se atrevi, sin embargo, a pedir
explicaciones. Su futuro suegro le dej marchar dirigindole una mirada
risuea y abstrada.

La tertulia de la sala continuaba amenizada por la conversacin de
Pablito, que la salpicaba a cada instante con donaires, no de concepto,
sino de accin, como convena a su naturaleza plstica. Venturita no
haba vuelto an. Sentse de nuevo el sobrino de don Melchor al lado de
su novia, y comenz a hablarla mostrando timidez y embarazo. Porque no
estaba acostumbrado a disimular sus sentimientos y la traicin le pesaba
en el alma. A veces Cecilia levantaba la cabeza para contestarle. Su
mirada clara, serena, inocente, le encenda las mejillas. Para librarle
de aquel malestar, crey lo mejor expresarle, en trminos ms vivos que
otras veces, su amor y rendimiento. Como todos los seres flacos de
espritu en los casos de apuro, acuda al recurso peor, con tal que le
dejase respirar por el momento. Cecilia recibi aquellos homenajes con
sosiego, sin manifestar el gozo que las mujeres suelen sentir al oirse
requebrar de quien aman.

--Vienes muy adulador hoy, Gonzalo. No me gustan los mimos--le dijo al
fin sonriendo.

--Es que tengo gusto en expresarte lo que siento--respondi l sofocado.

--Pues es un gusto que no comprendo--replic ella con dulzura.--Yo
cuanto ms quiero a una persona, menos ganas tengo de decrselo.

--Eso consiste en que no quieres de veras.

--Oh!--exclam ella con entonacin tan verdadera y expresiva, que
nuestro joven se inmut.

--S, s, consiste en que eres fra por naturaleza. El calor del
sentimiento, como el calor fsico, no puede ocultarse largo tiempo:
llega siempre un momento en que sale a la superficie como la lava de los
volcanes... Y el amor es de todos los Sentimientos el que mejor sabe
romper las trabas de la lengua. Slo se goza realmente de l cuando se
le dice al ser amado en todos los tonos y de todas las maneras posibles
que se le ama... Lo que acabas de decir me parece un absurdo. Al mismo
tiempo que nace en nuestra alma un sentimiento de simpata hacia
cualquier persona, nace el deseo de expresrsela; y este deseo
satisfecho, es el mayor de los placeres...

--S ser! s ser!--respondi ella con acento de profunda
conviccin.--Aunque no lo he experimentado, lo adivino muy bien... lo
adivino por lo que padezco... Mira, Gonzalo--aadi con voz
temblorosa,--por Dios te pido que no midas nunca mi cario por mis
palabras... Yo no s... yo no puedo decir nunca lo que pasa dentro de
m... Siento como un nudo en la garganta que no deja salir ms que
tonteras, cosas insignificantes, cuando yo quisiera que saliesen
palabras cariosas... Oh, es un tormento!... Soy lo mismo que un perro
sin rabo.

Gonzalo se ech a reir. Ella, que haba hablado con ms viveza que de
costumbre, se puso colorada y baj la cabeza.

--Pero a ti nadie te ha cortado la lengua.

--Para este caso haz cuenta que me la han cortado.

--Bien, entonces me lo dirs por escrito--dijo l riendo. Al mismo
tiempo levant vivamente la cabeza hacia la puerta que se haba abierto.

Era Piscis. Despus de mascullar las buenas tardes se fu a sentar en el
rincn de costumbre, perseguido por las miradas burlonas de las
costureras, a quienes por sta y otras razones, tena declarado odio
eterno.

Despus de pagarles aquella risuea acogida con otra mirada oblicua y
feroz, guard silencio por algunos minutos. Sin embargo, como tena
henchida el alma de graves y profundos secretos y Pablito no se
despegaba de Nieves aunque le echasen agua caliente, despus de haberle
silbado para llamarle la atencin, se aventur a descargar el fardo en
pblico, a riesgo de que sus confidencias no fueran bien entendidas y
apreciadas por el elemento femenino de la tertulia.

--Qu hay, Piscis?--pregunt Pablito al oir el silbido.

--A que no sabes por dnde da las coces ahora el Romero?

En efecto, las costureras levantaron la cabeza sorprendidas. Valentina
le dijo a Teresa pugnando por no reir:

--Chica, qu dice _se_?

--Que por dnde tira las coces un caballo?

--Ser por el c...

Aunque hablaba en voz baja, Piscis lo oy perfectamente. Sin atender a
Pablo que haba tomado muy en serio la pregunta, y quera saber la
especialidad del Romero, exclam, dirigindose a Valentina:

--Quieres callarte... zapalastrona?

Estas palabras enrgicas fueron recibidas con una explosin de alegra
por las costureras.

--No te enfades, Piscis, djalas... Has sacado a paseo el Romero?... Me
alegro.

--Lo enganch en la _charrette_ con la Linda--respondi el centauro,
haciendo una mueca horrible de disgusto dirigida a la simptica
Valentina.--Si vieras, mal rayo, qu modo de alzarse! Yo zis, zis! con
la fusta, y l pan, pan! sobre el tablero del pescante. Me volv a la
cuadra, y le puse al tablero por debajo unos clavillos. Sal otra vez...
En cuanto se pinch se estuvo quieto. Pero, qu hizo el gran pillo?...
Ves entre el tirante y la rueda? Por all comenz a dar las coces. Mal
rayo! Por poco me deshace un farol...

--Pues es necesario quitarle esa zuna--manifest Pablito hondamente
afectado, levantndose del asiento, y dejando a Nieves para acercarse a
Piscis.

--Djame discurrir esta noche--respondi el centauro ponindose muy
sombro.--Ya veremos si maana hallamos algn medio.

Los dos amigos bajaron la voz, y se enfrascaron en una conversacin viva
y reservada.

Gonzalo estaba inquieto. No haca ms que echar miradas a la puerta,
esperando a cada instante ver entrar a Venturita. Transcurra, no
obstante, el tiempo, y nada; la nia no pareca. La distraccin
aumentaba de tal modo, que Cecilia tuvo que repetirle tres veces la
misma pregunta:

--Que tienes? Parece que ests con el pensamiento en otra parte.

--En efecto--dijo l un poco colorado;--me acuerdo de que hoy tengo que
escribir a Londres para un negocio urgente... Adems, ya son cerca de
las seis.

Despidise de ella, despus de doa Paulina y la tertulia, y se fu.

Una vez en los pasillos, acort el paso, y comenz a mirar a todos
lados, sin lograr ver lo que deseaba. Triste y cabizbajo descendi
lentamente por las escaleras. Ya se dispona a levantar el pestillo de
la puerta, cuando crey advertir que la cuerda con que la abran desde
arriba se agitaba. Quedse un momento inmvil. Torn a llevar la mano al
pestillo, y otra vez percibi la sacudida. Entonces volvi sobre sus
pasos, y asom la cabeza a la caja de la escalera. All arriba, una
cabecita hermosa le sonrea.

--Eres t?--pregunt con voz de falsete, rebosando de gozo el
semblante.

--S, soy yo--contest Venturita en el mismo tono.

--Quieres que suba?

--No--respondi la nia de un modo que significaba:--Eso no se
pregunta, hombre!

Gonzalo subi la escalera sobre la punta de los pies.

--Aqu no debemos estar; nos pueden ver. Ven conmigo--dijo Venturita
tomndole de la mano y conducindole al travs de los pasillos hasta el
comedor.

Gonzalo se sent en una silla sin soltar la mano.

--Cre que no te volva a ver hoy. Qu geniecillo tienes, chica!--le
dijo sonriendo.

El semblante de Venturita se obscureci.

--Si no me lo irritasen a cada instante, no lo tendra.

--Pero hazte cargo que es tu mam la que te ha reprendido--repuso l sin
dejar de sonreir.

--Y qu?--exclam ella con violencia.--Porque es mi madre me ha de
mortificar a todas horas y en todos los momentos?... Si cree que yo lo
voy a sufrir, est bien equivocada! Anda, que la sufra ese mastuerzo,
que para eso le saca los cuartos!... Aqu ya no hay mimos ms que para
l... Mira, Gonzalo, si quieres que seamos amigos, no me toques ms esa
tecla.

Y al decir esto con rabiosa entonacin, pintada la ira en los ojos, di
una fuerte sacudida a la mano para soltarla. Pero Gonzalo no lo
consinti, y besndosela varias veces con pasin, le dijo riendo:

--Chica, chica, no te dispares contra m, que yo no tengo la culpa de
nada... Si a m me gustas precisamente por ser tan viva y tan
rabiosilla. No me hacen gracia las mujeres de pastaflora.

--Es porque t lo eres--respondi ella aplacndosela varias veces con
pasin, le dijo riendo:

--No lo creas; no soy de tan buena pasta como te figuras... Cuando me
enfado, es de veras...

--Bah... all una vez; cada ao!

--Adems... por lo mismo que yo soy as, debieran gustarme las mujeres
suaves y tranquilas.

--Ests equivocado; siempre se busca lo contrario. A las rubias les
gustan los morenos, a los flacos las gordas, a los altos las
chiquitas... No te gusto yo a ti siendo tan alto y yo tan pequea?

--No slo es por eso--dijo l riendo y atrayndola hacia s.

--Por qu ms?--pregunt ella clavndole una mirada provocativa.

--No s. Quieres que te regale el odo?

--Por qu ms?--insisti sin dejar de mirarle.

--Por lo fesima que eres.

--Gracias--respondi con el rostro iluminado por la vanidad.

--No la hay ms fea que t en Sarri ni en el mundo entero.

--Algunas ms feas habrs visto por esos pases donde has andado.

--Te aseguro que no.

--Virgen del Amparo! Debo ser un monstruo--exclam riendo y aceptando
la hiperblica lisonja que iba envuelta en aquellas palabras.

--Alguien viene!--dijo Gonzalo quedndose inmvil y serio.

Venturita avanz hasta la puerta.

--Es la cocinera que pasa--dijo volviendo en seguida.

--Me parece que estamos mal aqu. Pudiera entrar tu mam o cualquiera de
las chicas... o Cecilia (aadi en voz ms baja). Y qu disculpa doy?

--Cualquiera; eso es lo de menos... Pero, en fin, si no ests tranquilo,
podemos ir a otra parte. Vamos al saln.

--Vamos.

--No, t qudate aqu un momento; yo ir delante.

Pero detenindose a la puerta y volviendo sobre sus pasos, le dijo:

--Si me dieses palabra de ser formal, te llevara a mi cuarto.

--Palabra redonda--respondi el joven alegremente.

--Nada de besitos?

--Nada.

--Jralo.

--Lo juro.

--Bien, qudate ah un instante, y despus vienes en puntillas, sabes?
Hasta ahora.

--Hasta ahora--dijo Gonzalo apoderndose de una de sus manos y
besndola.

--Lo ves?--exclam ella fingiendo enojo,--antes de ir, ya comienzas a
faltar...

--Yo cre que las manos no entraban en el juramento.

--Entra todo!--dijo ella con severidad en la voz y la sonrisa en los
ojos.

A los dos minutos el joven la sigui. Hall la puerta del cuarto
entornada, y entr. La habitacin de Venturita, era como su duea,
pequeita y linda, amueblada con lujo. La cama de palo santo con
pabelln de brocatel de seda, cubierta por una colcha de damasco azul,
un armarito de bano con incrustaciones de marfil, que serva de
escritorio al abrirse, una butaca confidente de raso azul, un tocador
con espejo, forrado tambin de raso al igual que las paredes, un armario
de espejo, de palo santo como la cama, y algunas sillas doradas. La
habitacin exhalaba un perfume penetrante como el camarn de una
odalisca.

--Oh! Esto est mejor que el cuarto de Cecilia.

--Cundo lo has visto?

--Hace pocos das me lo ha enseado. Las paredes desnudas con unos
cuadritos bastante malos; la cama sin cortinas; una cmoda vulgar...

--Pues si no lo tiene como yo, es porque no quiere... Verdad que he
tenido que andar detrs de pap una temporada para que me lo pusiera de
este modo... Pero mi hermana es as... como Dios la cri... No le
importa por nada... Todo le gusta a lo aldeano, sabes?

--En este cuartito hay mucho gusto... y mucha coquetera. De esta
cualidad, no puedes prescindir en ninguna de tus cosas.

--De dnde sacas que soy coqueta, tonto?--le pregunt ella volviendo a
mirarle de aquel modo provocativo de antes.

--Lo eres, y haces bien en serlo. La coquetera, cuando no es excesiva,
da ms atractivo a la hermosura, como las especias dan sabor a los
alimentos.

--Ya sali a relucir el gastrnomo!... Pues mira, aunque la coquetera
d atractivo o sabor, o lo que quieras, yo no soy coqueta... T menos
que nadie tienes derecho a decirlo... Digo... me parece!...

--Es verdad; tienes razn, tienes muchsima razn. Yo no puedo llamarte
coqueta... Pero la coquetera de que yo hablaba es de otra clase.

--Hazme el favor de sentarte, porque ya has crecido bastante, segn
creo... y djate de sutilezas.

Gonzalo se dej caer en la butaca que la nia le sealaba, dominado por
sus ojos brillantes y maliciosos. Desde que haba entrado en aquel
cuarto senta un gozo ntimo, mitad corporal, mitad espiritual que le
embargaba a la vez los sentidos y el alma. El perfume que respiraba se
le suba a la cabeza. La mirada magntica de Venturita haba concludo
por electrizarle.

--Has hecho mal en traerme a tu cuarto--dijo sonriendo mientras se
pasaba el pauelo por la frente.

--Pues?--pregunt ella abriendo y cerrando varias veces los ojos, como
esos relmpagos que se advierten a la cada de la tarde en los das muy
calurosos del verano.

--Porque me siento mal--respondi l con la misma sonrisa.

--Te sientes mal, de veras?--replic la nia abriendo mucho sus ojos
azules sin conseguir que pareciesen inocentes.

--Un poco.

--Quieres que avise?

--No; si lo que me hace dao son tus ojos.

--Ah, vamos!--exclam ella riendo como si cayese entonces en la
cuenta.--Entonces los cerrar!

--Oh, no; no los cierres, por Dios! Si los cerrases, me pondra mucho
peor.

--Entonces me ir--dijo levantndose de la silla.

--Eso sera matarme, nia ma! Sabes por qu me pongo enfermo? por no
poder besar esos ojos que me asesinan.

--Jess!--exclam Venturita soltando la carcajada.--Qu fuerte te da!
Siento no poder curarte!

--Permitirs que me muera?

--Si.

--Gracias! Djame besar tus cabellos entonces...

--No.

--Tus manos.

--Tampoco.

--Djame besar cualquier cosa tuya... Mira que me haces mucho dao!

--Besa ese guante--dijo la nia riendo y tirndole uno que haba sobre
el tocador.

Gonzalo se apoder de l, y lo bes con frenes repetidas veces.

Al lector que en su fuero interno haya diputado ya a Gonzalo por hombre
desleal y prfido, o por lo menos dbil, declarndole quiz un carcter
repugnante, como dicen los crticos cuando los personajes de las
novelas no son todo lo heroicos y talentudos que ellos quisieran,
pusirale yo en aquel nido pequeo y perfumado como el cliz de una
magnolia, frente a la nia menor de los seores de Belinchn, vestida
con peinador de cintas azules que dejaban ver una buena parte de su
garganta amasada con rosas y leche, recibiendo en el rostro los
relmpagos azulados de sus ojos, y escuchando una voz grave y pastosa
que remova todas las fibras del alma. Y si la nia le tirase un guante
dicindole:

--Bsalo,--quisiera ver en qu forma se negaba a besarlo.

--Te vas calmando, Gonzalo?--dijo disparndole una sonrisa capaz de
volver loco a San Antonio.

--As, as.

--Bueno, pues ahora hablemos en serio... hablemos de nuestra
situacin...

Gonzalo se puso serio.

--A pesar de lo que me has dicho hace ya tres das, no he sabido, hasta
ahora, que hayas hablado con mam o con pap, ni que les hayas
escrito... Por el contrario, no slo dejas el tiempo correr, con lo
cual cada vez empeoran las cosas, sino que te veo ms atento y carioso
que nunca con Cecilia...

Gonzalo hizo un gesto negativo.

--Si te he visto hace un momento desde el cuarto de Pablo por el
agujero de la llave!... A m no se me escapa nada... Eso est muy mal
hecho si es que no la quieres... Y si la quieres est muy mal hecho lo
que haces conmigo...

--No ests bien segura an de que t sola posees mi corazn?--dijo el
joven levantando sus ojos apasionados hacia ella.

--No.

--Pues s, s; mil veces s!... Pero yo no puedo estar al lado de
Cecilia desabrido o indiferente... Eso es muy feo... Prefiero decrselo
claramente y concluir de una vez.

--Pues dselo.

--... No me atrevo.

--Pues no se lo digas, y concluyamos t y yo... Mejor ser--replic la
nia con impaciencia.

--No hables, por Dios, as, Ventura! Se me figura que no me quieres.
Debes comprender que mi posicin es extraa, comprometida, terrible.
Estar en vsperas de casarse con una joven excelente, y sin mediar
disgusto alguno, sin antecedentes de ningn gnero que puedan tenerla
prevenida, decirle de pronto: Todo se acab, ya no me caso contigo
porque no te quiero ni nunca te he querido, es lo ms brutal y ms
odioso que se haya visto jams... Por otra parte, yo no s cmo tomaran
mi conducta tus papas. Lo ms probable es que, indignados justamente por
ella, me recriminasen duramente y me prohibiesen la entrada en esta
casa...

--Bien, csate con ella... y en paz!--dijo Venturita ponindose en pie
un poco plida.

--Eso nunca! O me caso contigo, o con nadie.

--Entonces, qu hacemos?

--No s--replic el joven bajando la cabeza con tristeza.

Ambos guardaron silencio unos instantes.

Al cabo Venturita dijo, dndose con la palma de la mano en la cabeza:

--Discurre, hombre, discurre!

--Ya lo hago, pero no sale...

--No sirves para nada!... Vamos, vete, y djalo a mi cargo. Yo hablar
a mam... Pero es necesario que escribas una carta a Cecilia...

--Oh, por Dios, Ventura!--exclam angustiado.

--Entonces, qu quieres, di?--pregunt la nia encolerizada.--Crees
que voy a servir de juguete?

--Si pudiramos pasar sin esa carta!--manifest Gonzalo con
humildad.--T no puedes figurarte lo violento que es para m... No
bastara que dejase de venir unos cuantos das a esta casa?

--S, s; vete... y no vuelvas!--respondi, dando un paso hacia la
puerta.

Pero el joven la retuvo por una de las trenzas de sus cabellos.

--Vamos, no te enfades, hermosa. Bien sabes que me tienes dominado,
fascinado, y que a la postre har cuanto t me mandes, incluso arrojarme
al mar. No haca ms que expresarte una opinin... Si t no quieres,
nada de lo dicho... Trataba solamente de evitar a Cecilia un disgusto.

--Presuntuoso!--exclam la nia sin volverse.--A que te figuras que
Cecilia se va morir de pena?

--Si no se disgusta, mejor que mejor; as me evitar un remordimiento.

--Cecilia es fra; ni quiere mucho, ni odia mucho tampoco. Es muy buena;
no conoce el egosmo. Pero siempre la encontrars igual, ni alegre ni
triste; incapaz de tomarse un disgusto por nada ni por nadie... Al
menos, si se los toma, nadie lo conoce... Qu haces?--aadi
volvindose rpidamente.

--Estaba desatando los lazos de las trenzas... Quera ver otra vez tus
cabellos sueltos. No hay espectculo que me cause ms placer.

--Si es capricho, yo las desatar!... Aguarda--dijo la nia, que
estaba orgullosa, y con razn, de su pelo.

--Oh, qu hermosura! Esto es un prodigio de la naturaleza!--exclam
Gonzalo, introduciendo en l sus dedos.--Djame, djame meter la cabeza
dentro, djame baarme en este ro de oro.

Y ocult, al decir esto, su rostro en la cabellera blonda de la nia.

Mas sucedi que, pocos momentos antes, como sonasen en el reloj las
siete de la tarde, las costureras y bordadoras dejaron su obra, y se
dispusieron a retirarse. Antes de hacerlo, Valentina fu comisionada por
doa Paula para ir al cuarto de Venturita, y traer de all unos patrones
que deban de estar sobre el armario-escritorio. Lleg, y empuj la
puerta en el instante crtico en que Gonzalo se estaba baando de
aquella original manera. Al sentir el ruido, ste se levant de un
brinco y qued, ms plido que la cera. Valentina se puso encarnada
hasta las orejas, y dijo balbuceando:

--Mam quiere los patrones... los del otro da... Deben de estar sobre
el armario.

--No estn sobre el armario, sino dentro--respondi Venturita, sin
inmutarse poco ni mucho.

Y dirigindose a l, y abriendo un tirador, sac un lo de papeles y se
lo entreg.

--Aguarda un poco, Valentina--dijo antes que saliese.--Hazme el favor de
atarme el pelo, que yo no puedo por este dedo malo...

Y ense uno, por donde manaba sangre. Al ir por los patrones se lo
haba pinchado.

Valentina, muy turbada todava, comenz a atrselo.

--Me tiraba mucho, y, al desatarlo, me pinch con el alfiler que sujeta
la cinta de arriba... El pobre Gonzalo no se arreglaba muy bien para
atrmelo, verdad?--aadi riendo.

--Oh, no!--replic el joven con forzada sonrisa, pasmado de aquella
sangre fra.

La disculpa, aunque bien urdida, no col. Valentina estaba bien segura
de lo que haba visto.

--Crees que se habr tragado lo del pinchazo?--pregunt Gonzalo con
ansiedad luego que hubo salido.

--Tal vez no; pero no hay cuidado con ella. Es la ms reservada de
todas.

Valentina fu a entregar los patrones a la seora y se despidi hasta el
da siguiente. Al cruzar por el pasillo oy claramente el rumor de un
beso. Mir hacia el cuarto obscuro que all haba, y crey percibir los
cuadros blancos y negros del vestido de Nieves.

--Alza! Esto est que arde!--murmur con aquel ceo saladsimo que
tanto la caracterizaba.

Baj la escalera y sali a la calle, donde ya la esperaba su Cosme para
acompaarla hasta casa.




VIII

DE LA REUNIN QUE LOS PROCERES DE SARRI CELEBRARON EN EL TEATRO CON
ASISTENCIA DEL CUARTO ESTADO


El da 9 de junio de 1860, debe sealarse con caracteres de oro en los
fastos de la villa de Sarri.

Para ese da, socorrido de Alvaro Pea y de su hijo Pablo, don Rosendo
Belinchn haba rogado por medio de atento B.L.M. a sus convecinos que
concurriesen por la tarde al local del teatro. Se tratara un asunto de
vital (por nada en el mundo se le escapara a don Rosendo el vital)
inters para la villa de Sarri y su concejo. Slo cuatro o cinco
personas de las ms obligadas al comerciante, conocan el noble y
patritico pensamiento que motivaba la convocatoria. As que,
arrastrados de la curiosidad, tanto como de la cortesa, acudieron a
las tres en punto todos los convocados y muchos ms a quienes nadie
haba dado vela en aquel entierro. El teatro se llen de bote en bote.
La gente principal se apoder de las butacas y los palcos. La plebe
subi a la cazuela. En el escenario se haba colocado una mesa de
escribir vieja y sucia. A entrambos lados de ella hasta media docena de
sillas, no ms nuevas ni ms limpias, que servan para la decoracin de
sala probremente amueblada.

El teatro herva ya de gente. El escenario permaneca an desierto.
Estaban casi en tinieblas. Slo por un tragaluz de vidrios empolvados
abierto all en el fondo de la escena, despojada del teln de foro,
penetraba escassima claridad. A fuerza de tiempo, acostumbrados los
ojos a la obscuridad, podan distinguirse los unos a los otros. El que
entraba, iba despacio por el pasillo de las butacas para no tropezar,
palpando los crneos de los que las ocupaban, por ver si haba alguna
vacante.

--Aqu no, don Rufo.

--No hay asiento?--preguntaba sonriendo al vaco como los ciegos.

--No; suba usted arriba, a los palcos.

--Vngase aqu, don Rufo, vngase aqu--gritaba uno que estaba ms
adelante.

--Eres t, Cipriano?

Y empujando y tropezando, llegaba el recin venido a colocarse. Alguno
ms prctico encenda una cerilla, pero al instante salan voces de la
cazuela:

--Eh! eh! Cuidado con las narices, don Juan! Cuando va por las noches
a casa de la Peonza, el diablo que cerilla enciende.

Don Juan se apresuraba a apagarla para librarse de aquellos insultos que
hacan prorrumpir en carcajadas al ocioso pblico.

A medida que el tiempo transcurra, el zumbido de las conversaciones iba
creciendo hasta hacerse insoportable. Los salvajes de la cazuela
expresaban su impaciencia con patadas, gritos y baladres. Cambiaban
unos con otros, por encima de las butacas, bromas y frases, ms que
obscenas, asquerosas. Gracias a que no haba seoras.

Al fin aparecieron en el escenario cuatro seores, don Rosendo
Belinchn, Alvaro Pea, don Feliciano Gmez y don Rudesindo Cepeda,
propietario y fabricante de sidra espumosa. Los cuatro se despojaron de
los sombreros al pisar el palco escnico. Prodjose repentinamente el
silencio. Algunos de los espectadores, los menos, se descubrieron
tambin. La mayor parte, prevalidos de la obscuridad y cediendo al
instinto de grosera, poderoso en aquella regin, permanecieron
cubiertos. Don Rosendo y sus compaeros sonrieron al concurso,
avergonzados. Para librarse del embarazo y temor que sentan, comenzaron
a hablar con los espectadores de las primeras filas, a quienes podan
divisar. Alvaro Pea, algo ms atrevido, en razn quiz de su carcter
militar y de su instruccin antirreligiosa, avanz hasta la cscara del
apuntador, y dando a sus palabras una entonacin excesivamente familiar,
sonriendo sin gana como las bailarinas, dijo:

--Seores, tanto mis compaeros como yo desearamos eh?, que subiesen a
este sitio algunas pejsonas de jespeto eh?, que habr en el pblico, a
fin de que nos ayuden con su autoridad eh?, y con su ilustracin... a
fin de que nos ayuden eh? (no encontraba el final) en la empresa que
vamos a emprendej...

El ayudante de marina pronunciaba las erres con la garganta, produciendo
un sonido muy semejante a la jota.

Hubo un murmullo en la asamblea de asentimiento y simpata por la
modestia que resaltaba en aquella proposicin.

--No est por ah don Pedro Miranda?--pregunt Pea, sereno ya,
volviendo a adquirir la resolucin militar que le caracterizaba.

--Aqu est... Aqu--dijeron varias voces.

--Don Pedro, si nos hiciese usted el favoj... Don Pedro se defenda de
los que le empujaban hacia el escenario, diciendo por lo bajo:

--Pero, seores, yo por qu? A qu asunto?... Hay otras personas...

No hubo ms remedio. Poco a poco lo fueron llevando hasta cerca del
escenario. Una vez all, como no hubiese tabla ni escalera para subir,
entre Pea y don Feliciano Gmez, lo auparon por las manos hasta ponerlo
sobre el tablado.

--A ver, don Rufo, suba usted.

Don Rufo (mdico titular de la villa), despus de haberse defendido un
poco, fu subido en vilo tambin. Y por el mismo sencillo mecanismo
pasaron al escenario otros cinco o seis seores. Cada ascensin era
saludada con una salva de aplausos y un murmullo de complacencia por el
benvolo concurso. El ayudante vi a Gabino Maza sentado en una butaca
cerca de la pared, y le grit con alegra:

--Gabino, no te haba visto!... Vamos, hombre, ven ac.

--Estoy bien aqu--respondi con sequedad el bilioso ex oficial de la
Armada.

--Quieres que baje por ti?

Maza contest en voz baja:

--No hace falta.

Los que estaban a su lado hicieron lo que con los dems.

--Vaya, don Gabino, arriba. No sea usted perezoso. Hombres como usted
son los que deben estar all. No faltaba ms que usted no subiese!

Y trataban al mismo tiempo de levantarle. Mas fueron intiles todas las
instancias. Maza se empe en permanecer en la butaca con una
insistencia orgullosa que acobard a los que le excitaban a subir.
Alvaro Pea baj entonces por l; pero despus de una brega larga tuvo
que retirarse desairado.

Ya que estuvo casi lleno el escenario, se trajeron ms sillas recabadas
de los chiribitiles de los cmicos. Se acomodaron en ellas los ms
selectos vecinos de Sarri, y celebraron concilibulo para resolver
quin haba de presidir la reunin. Por cierto que no acababan de
entenderse, y el pblico daba seales claras de impaciencia. La mayor
parte juzgaba que a don Rosendo corresponda la honra de sentarse detrs
de la mesa de pino; pero ste la rehusaba con una modestia que le
honraba muchsimo ms. Al fin se sent al observar que el pblico se iba
cansando. Este aplaudi reciamente.

Nueva y fastidiosa dilacin antes de resolverse quin haba de dirigir
la palabra al concurso. Alvaro Pea, que era hombre despachado y de
arranque, se decidi a dar unos pasos hacia la boca del teln, y dijo en
voz alta:

--Seores.

--Chis, chis! Silencio!--gritaron algunos.

Y rein el silencio.

--Seores: El motivo de celebrajse este _meeting (sorpresa y
extraordinaria complacencia del concurso al escuchar la palabreja
extica)_ no es otro eh?, que el de unirnos todos para fomentaj los
intereses morales y materiales de Saji. Hace algunos das me indicaba
nuestro dignsimo presidente que estos intereses se hallaban
abandonados, eh?, y que era necesario a todo trance fomentajlos.
Seores, en Saji hay varios problemas que jesolvej en este momento
histrico; el problema del mejcado cubiejto, eh?, el problema del
cementerio, el problema de la cajetera a Rodillero, el problema del
matadero y otros. Yo le dije a mi querido amigo, el dignsimo
presidente: El nico medio eh?, de jesolvej estos problemas es celebraj
un meeting donde todos los sajienses puedan emitij libremente su
opinin...

--Eh?--grit un socarrn desde la cazuela.

Pea alz los ojos furibundos hacia all. Y como era hombre a quien se
le suponan malas pulgas, y gastaba unos bigotes desmesurados, el
socarrn tembl por su pellejo y no volvi a chistar.

--Mi buen amigo, cuyo gran corazn y amoj al progreso conocen todos, me
dijo que haca tiempo que pensaba sobre lo mismo, y que l adems, eh?,
tena otro proyecto que no tajdar en comunicaj al ilustrado pblico. En
consecuencia de esto hemos convocado a los vecinos de Saji para una
jeunin pblica, y aqu estamos... porque hemos venido. _(Este desenfado
produce excelente efecto en el auditorio, que re con benevolencia)_.

--Seores--sigui el ayudante animado por los rumores,--yo creo que lo
que le hace falta a este pueblo es despertaj del letajgo en que yace,
eh?, vivij de la vida de la razn y del progreso, eh?, ponerse a la
altura de los adelantos del siglo, eh?, tenej conciencia de s y de sus
fuejzas. Hasta ahora, Saji ha sido un pueblo dominado por la teocracia;
mucha novena, mucho sermn, mucho rosario, y no pensaj para nada en el
fomento de sus intereses, ni en aprender nada til. Es necesario salij
cuanto ms antes de esta situacin, eh? Es necesario sacudij el yugo
teocrtico. Un pueblo dominado por los curas, es siempre un pueblo
atrasado... y sucio. _(Risas y aplausos, entre los cuales se oye tal
cual chicheo.)_

El ayudante hablaba mejor, y adquira cierto donaire en cuanto se
trataba de denigrar al clero.

--Pido la palabra--grit una voz atiplada desde un palco.

--Quin es? Quin es?--se preguntaron unos a otros los espectadores y
los altos dignatarios del escenario.

--Es el hijo del Perinolo.--Quin?--El hijo del Perinolo.--El hijo del
Perinolo.

Esta frase se fu repitiendo en voz baja por todo el mbito del teatro.

El hijo del Perinolo era un joven plido, de ojos negros, que gastaba
larga melena. No se adverta ms en la media luz que reinaba. Era para
l gran fortuna. A ser entera, se veran perfectamente los lamparones de
su levita aeja, la grasa de su camisa y las greas de la melena, dado
que los agujeros de las botas y los hilachos del pantaln, en modo
alguno podan ser vistos a causa de la barandilla del palco. Pero todo
lo saban de memoria los vecinos de Sarri, por tropezarle harto a
menudo en la calle y los cafs. Digamos que, a pesar de esto, era mozo
de gentil disposicin y rostro.

Su padre, el seor Jos Mara el Perinolo, antiguo y clsico zapatero de
la villa, era uno de aquellos viejos artesanos que a mediados del siglo
gastaban chaqueta y sombrero de copa alta. Carlista fantico, miembro de
todas las cofradas religiosas. Rezaba el rosario por las tardes al
toque de oracin en la iglesia de San Andrs, acompaado de unas cuantas
mujerucas; sala en las procesiones de Semana Santa con hbito de
disciplinante y corona de espinas, y tena a su cargo y cuidado la
capilla del Nazareno en la calle de Atrs. Este santo varn que nunca
haba dado nada que decir (suprema expresin de la honradez en los
pueblos pequeos), educ a su hijo Sinforoso y a otros dos ms, en el
santo temor de Dios y del tirapi. Azotes, penitencias de rodillas, das
a pan y agua, estirones de orejas y bofetadas. La infancia de Sinforoso
estaba poblada de estos recuerdos poticos. Cuando lleg a la pubertad,
como mostrase singular destreza para aprender sus lecciones, el Perinolo
se persuadi a que no estaba llamado a sustentar la zapatera cuando l
fuese muerto, sino a ser firme columna de la Iglesia Romana. Faltbanle
medios para mandarle al seminario de Lancia. Vinieron en socorro suyo
don Rosendo y don Melchor de las Cuevas, don Rudesindo y el prroco de
la villa, que espontneamente le asignaron tres pesetas diarias mientras
no cantase misa. Mas al cursar el segundo ao de Teologa, recibieron
estos seores del seminarista una carta elegantemente escrita. En ella
les manifestaba que no se senta llamado por Dios a la carrera
eclesistica, y que antes de ser un mal sacerdote prefera aprender el
oficio de su padre o embarcarse para Amrica. Terminaba suplicndoles
con palabras fervorosas que le permitiesen cambiar la Teologa por el
Derecho, hacia el cual se crea inclinado, y con esto no dara tan gran
disgusto a su padre. Accedieron sus bienhechores a la demanda. Y
Sinforoso se hizo al cabo columna del Estado en vez de la Iglesia, como
deseaba el Perinolo. Mientras sigui la carrera de leyes con
sobresalientes y premios al principio, notables despus y aprobados al
fin, emborron algunos articulejos en los diarios de Lancia. Con esto se
crey en el caso de dejar crecer los pelos y ponerse lentes sobre la
nariz. As se present el nuevo licenciado en Sarri con la aureola de
gloria adems que rodea a quien ha hecho sus primeras armas, y aun
reido batallas en la prensa peridica. Se haba afiliado en el partido
liberal ms avanzado renegando as de su prosapia. Con esto, su padre
estaba fuertemente desabrido. Si le dej entrar en casa debise a la
intercesin de la madre. No le hablaba ni le daba un cntimo para sus
gastos, limitndose a consentir que durmiese bajo su techo y comiese la
racin. Al cabo de algunos meses los zapatos se haban despellejado y la
ropa daba lstima verla. Pero todo lo supla muy bien el letrado con el
empaque y gravedad de la fisonoma y lo airoso de su porte. Pasaba la
maana leyendo en la cama: las tardes y las noches en el caf
discutiendo a gritos lo que haba ledo por la maana. Los vecinos no le
queran; pero respetaban mucho su ilustracin y talento.

--Quin ha pedido la palabra?--pregunt don Rosendo.

--Surez... Sinforoso Surez--dijo el joven inclinando su busto sobre la
barandilla.

--Usted la tiene, seor Surez.

El joven tosi, meti los dedos de entrambas manos por el pelo,
dejndolo ms ahuecado y revuelto, se puso los lentes que traa colgados
de un cordoncillo y dijo:

--Seores.

La entonacin firme y sosegada que di a esta palabra, y la pausa larga
que despus hizo asegurando los lentes sobre la nariz y paseando una
mirada de grande hombre por el concurso, impusieron silencio y respeto.

--Despus de la brillante oracin que acaba de pronunciarnos mi
queridsimo amigo el ilustrado ayudante de este puerto, seor Pea _(el
ayudante, aunque no ha hablado con Surez ms de tres veces en su vida,
se inclina agradecido. Los respetables vecinos de Sarri aprenden que
hay ms oraciones que el Padre Nuestro, la Salve y las dems rezadas por
la Iglesia)_, quedar bien convencida la asamblea del fin generoso y
patritico que ha inspirado a los promovedores de este _meeting_. Nada
tan grande, nada tan hermoso, nada tan sublime como ver a un pueblo
reunido para deliberar acerca de los ms altos y caros intereses de su
vida. Ah, seores! al escuchar hace un momento al seor Pea, me
imaginaba estar en el Agora de Atenas decidiendo, como ciudadano libre,
entre otros ciudadanos libres tambin como yo, de los destinos de mi
patria. Me imaginaba oir la palabra vigorosa y ardiente de alguno de
aquellos grandes oradores que ilustraron al pueblo heleno... Porque la
elocuencia de mi queridsimo amigo el seor Pea, tiene mucho de la
arrebatada pasin que caracterizaba a Dmostenes, el prncipe de los
oradores y bastante tambin de la fluidez y elegancia que brillaba en
los discursos de Pericles. _(Pausa: mano a los lentes.)_ Es viva y
animada como la de Clen; es mesurada y prudente como la de Arstides;
tiene tonalidades graves y precisas como la de Esquines, y notas
agradables al odo como la de Iscrates. Ah, seores! Yo tambin, como
el elocuente orador que me ha precedido en el uso de la palabra, deseaba
que el pueblo donde he visto por primera vez la luz del da, despertase
a la vida del progreso, a la vida de la libertad y la justicia...
Sarri! Cunto dulce recuerdo, cunta inefable alegra despierta en mi
alma este solo nombre! Aqu corrieron los aos felices de mi infancia...
Aqu comenz a formarse mi espritu... Aqu hizo el amor palpitar por
primera vez mi corazn... En otra parte se ha enriquecido mi razn con
el conocimiento de las ciencias, con las grandes ideas que engendra el
estudio del Derecho... Aqu se ha nutrido mi alma con las santas y
dulces emociones del hogar. En otra parte se ha adiestrado mi
inteligencia en la polmica, en la lucha de las ideas... Aqu he
cultivado mi sensibilidad con el tierno amor de la familia... Seores,
lo dir muy alto, suceda lo que suceda: Sarri est llamado a grandes
destinos. Tiene derecho a ser una de las primeras poblaciones de la
costa cantbrica, un emporio de actividad y de riqueza, tanto por la
excelente situacin en que la naturaleza lo ha colocado, como por la
laboriosidad, la honradez y las grandes dotes de inteligencia de sus
habitantes. _(Bravo! Bravo! Unnimes y estrepitosos aplausos.)_

Roto el hielo que la sorpresa, ms que una prevencin injusta, haba
formado, los bravos y los aplausos se sucedieron sin interrupcin a cada
prrafo. Jams los laboriosos, honrados e inteligentes habitantes de
Sarri haban odo hablar tan fcil y pulidamente. Aquel discurso fu la
revelacin de la vida parlamentaria moderna, segn deca Alvaro Pea al
disolverse la reunin.

Media hora llevara en el uso de la palabra en medio del creciente
entusiasmo del auditorio, cuando a uno de los prceres del escenario se
le ocurri que poda tener seca la boca y sera oportuno servirle un
vaso de agua con azucarillo. Comunicada en voz baja la observacin al
presidente, ste interrumpi al orador, dicindole:

--Si el seor Surez est fatigado, puede descansar. Voy a dar orden de
que le sirvan un vaso de agua.

Estas palabras fueron acogidas con un murmullo de aprobacin.

--No estoy fatigado, seor presidente--respondi suavemente el orador.

_(S, s, que descanse.--Dejarle descansar.--Que se le traiga un vaso de
agua.--Puede hacerle dao: que le echen unas gotas de ans.)_

Los espectadores, acometidos sbito de una ardiente simpata, se
convertan en madres cariosas para el hijo del Perinolo.

Este, inflndose ms de lo que estaba, sonri al auditorio, y dijo:

--La fatiga es propia de los soldados bisoos. Los que como yo estn
acostumbrados a las lides de la tribuna (haba hablado varias veces en
la Academia de jurisprudencia de Lancia) no se rinden tan fcilmente...

Digamos ahora que Mechacan, zapatero, vecino y competidor haca muchos
aos del seor Jos Mara el Perinolo, que haba visto criarse a
Sinforoso y le haba arreado ms de uno y ms de dos lampreazos con el
tirapi cuando al volver de la escuela le llamaba, para vejarle, por el
apodo, le estuvo escuchando desde la cazuela con las manazas apoyadas
sobre la barandilla y la cara erizada de pas sobre las manos. En sus
ojos, sombreados de una selva enmaraada de pestaas, no se adverta la
chispa de entusiasmo que arda en los de los dems. Antes se lea el
asombro, la ira y la envidia. Cuando acert a oir las palabras
jactanciosas del hijo de su rival, no pudiendo sufrir tanta farsa, grit
con rabia:

--Fuera ese piojo, sollo!

Indescriptible indignacin en el auditorio. Todos los rostros se vuelven
airados a la cazuela. Oyense las voces de:

--Quin es ese borrico?--A la crcel!--Fuera ese cerdo!

El presidente pregunta con terrible severidad:

--Estamos en un pueblo culto o entre hotentotes?

Esta pregunta as formulada, produce honda impresin en el pblico.

Surez, un poco plido y con voz alterada, dice al fin:

--Si la Asamblea lo desea, estoy dispuesto a sentarme.

_(No, no!--Que siga! Estrepitosos y prolongados aplausos al orador.)_

La indignacin contra el grosero interruptor creci a tal punto con
estas humildes palabras, que se oyen gritos amenazadores y muchos agitan
los puos frente al sitio de donde haba partido la voz. Alvaro Pea, el
orador griego, ms indignado que nadie, sube por fin a la cazuela y a
pescozones y coces arroja al desgraciado Mechacan del teatro entre los
aplausos del pblico.

Sosegadas ya las olas, el orador contina. Hace una excursin por el
campo de la historia para demostrar que los sarrienses, desde la poca
de la dominacin romana, cuando la Espaa estaba dividida en Citerior y
Ulterior y despus en Tarraconense, Btica y Lusitania, hasta nuestros
das, haban demostrado en todas ocasiones un ingenio poderoso muy
superior al de los habitantes de Nieva. Tales declaraciones fueron
acogidas con vivas muestras de aprobacin. Introdcese despus
repentinamente en los dominios del Derecho y hace gala de conocimientos
poco comunes, sobre todo en Sarri, en la ciencia de Triboniano y
Papiniano. Al llegar a cierto punto, con una modestia que le honra
mucho, dice:

--Lo que acabo de exponer, seores, no tiene ningn valor cientfico. Lo
sabe cualquier nio que haya saludado las Pandectas...

Don Jernimo de la Fuente, maestro de primeras letras de la villa, que
haba estudiado por los mtodos modernos y saba algo de Froebel y
Pestalozzi, hombre ilustrado, que haba escrito un prontuario de los
verbos irregulares y tena un telescopio en el balcn de su casa siempre
apuntando al cielo, se levanta de la butaca, y sonriendo con mucha
lstima dice:

--Las palmetas hace ya bastantes aos que se han suprimido de las
escuelas.

--No he dicho palmetas, he dicho Pan-dec-tas--replica Surez sonriendo
con mucha ms lstima.

Don Jernimo enrojece por el paso en falso que acaba de dar.

El orador contina y termina al fin, deseando, como el elocuente
ayudante de marina, que Sarri despierte a la vida del progreso, que
salga del letargo en que yace, y que de algn modo se manifieste en su
recinto la lucha de las ideas, fecunda siempre, y luzca en su horizonte
el sol radiante de la civilizacin.

... Si es verdad, como tengo entendido, que merced a la iniciativa
patritica y generosa de un respetabilsimo personaje de esta villa, se
prepara el advenimiento a ella del cuarto poder de los estados modernos.
Si es verdad que Sarri estar dotado en breve de un peridico que
refleje sus legtimas aspiraciones, que sea el palenque donde se
ejerciten sus inteligencias, el salvaguardia de sus ms caros intereses,
el centinela avanzado de su tranquilidad y reposo, el rgano, en fin,
por donde se comunique con el mundo espiritual, felicitmonos, seores,
felicitmonos de todo corazn! y felicitemos tambin al ilustre
patricio por cuyo esfuerzo va a llegar hasta nosotros un rayo de ese
astro luminoso del siglo diez y nueve que se llama la prensa.

_(Bravo, bravo! Todas las miradas se, vuelven ansiosas hacia la
presidencia. La faz de don Rosendo resplandece llena de majestad y
dulzura.)_

Despus del hijo del Perinolo, pidi y obtuvo la palabra don Jernimo de
la Fuente. El ilustrado profesor de primeras letras, deseaba
ardientemente levantarse a los ojos del pblico despus de la cada de
las Pandectas. Comenz, pues, manifestando que abundaba en las ideas del
digno orador (obsrvese que no dijo elocuente ni ilustrado, sino digno,
digno nada ms) que le haba precedido en el uso de la palabra; que l,
destinado por su profesin a encender la antorcha de la ciencia en las
inteligencias infantiles, no poda menos de ser partidario decidido de
los adelantos modernos y, sobre todo, de la prensa. En corroboracin de
estas palabras, se cree en el caso de manifestar que, tan pronto como la
creacin de un peridico en Sarri fuese un hecho, tendra el gusto de
exponer a sus convecinos la resolucin de un problema que hasta el da
de hoy se haba credo insoluble, el de la triseccin del ngulo, al
cual haba dedicado muchos esfuerzos y vigilias, coronadas unas y otros
afortunadamente por el mejor xito. Habl despus con gran oportunidad
de algunas materias, de Geografa fsica y Astronoma, explicando
algunos problemas de la mecnica celeste, en particular la ley de la
atraccin universal, descubierta por Newton, gracias a la cual, los
planetas se mueven alrededor del sol en rbitas elpticas. A este
propsito expuso con gran brillantez lo que era una elipse. Por ltimo,
al hablar de nuestro satlite la luna, hizo observar que el tiempo de su
revolucin alrededor de la tierra iba disminuyendo sensiblemente, lo
cual indica que su rbita se va estrechando. Esto, en opinin del
orador, dara por resultado ms tarde o ms temprano que la luna caera
sobre la tierra, y ambas se haran pedazos. Don Jernimo se sent,
dejando el auditorio sumamente agitado, bajo el peso de esta profeca
aterradora.

Avanz acto continuo hasta las candilejas, don Rufo, el mdico de la
villa, hombre flaco, con barba de cazo, y gafas de oro. A las pocas
palabras declar explcitamente que, en su opinin, el pensamiento no es
ms que una funcin fisiolgica del cerebro y el alma un atributo de la
materia. Pero, en qu parte del cerebro reside el foco de la actividad
intelectual?--se pregunta el orador.--En su concepto, esta actividad
tiene su centro en la sustancia gris, parda o amarilla, y en modo
alguno en la sustancia blanca, que no es ms que la conductora de tal
actividad. Habl despus de la _dura-mter_, de los _hemisferios_, de
los _lbulos frontal, parietal y occipital, de la hoz del cerebro y de
la tienda del cerebelo_. En este punto tuvo una ocurrencia feliz,
comparando bellamente las circunvoluciones de la sustancia gris a un
montn de intestinos arrojados al acaso. Todas las facultades que
llamamos del alma, no son sino funciones de esta sustancia gris, de este
montn de intestinos. El cerebro segrega pensamientos como el hgado
segrega bilis y los riones orina. El orador termina afirmando que,
mientras la humanidad no se penetre de estas verdades, no podr salir
del estado de barbarie en que yace.

Como nunca quiso ser menos que el mdico, pidi la palabra el profesor
de veterinaria Navarro. Despus de dedicar algunas frases a
congratularse por la celebracin de aquel _meeting_ (ninguno de los que
hablaron dej de citar la palabreja) expuso algunas ideas muy razonables
acerca de la angina gangrenosa del cerdo y su tratamiento profilctico.
El orador tropezaba, balbuceaba, sudaba para emitir su pensamiento. Pero
esta deficiencia de expresin, la supla cumplidamente la novedad y el
inters que el tema ofreca. A la sazn estaban falleciendo de anginas,
en Sarri, bastantes de aquellos simpticos animales.

El pblico, por ms que escuchaba con respeto y simpata estas noticias
acerca de la enfermedad que aquejaba en aquel momento al ganado de
cerda, senta ya impaciencia por oir las declaraciones del presidente.
Despus de la alusin del hijo del Perinolo al asunto del peridico,
todos ansiaban saber lo que haba de cierto. Mientras Navarro disertaba,
sali una voz de la cazuela gritando:

--Que hable don Rosendo.

Y aunque el pblico castig con un enrgico chicheo esta grosera
interrupcin, era unnime la opinin de que Navarro como orador no
tena condiciones.

Por fin el hombre notable de Sarri, el portaestandarte de todos los
progresos, el ilustre patricio don Rosendo Belinchn, alz su busto
majestuoso por encima de la mesa.

_(Silencio, chis, chis!--Callarse, seores!--Atencin!!--Por favor,
un poco de atencin!)_

Estos fueron los gritos que salieron de la muchedumbre, aunque nadie
haba osado mover un dedo siquiera. Tal era el afn de escuchar la
palabra presidencial.

Como todos los hombres de espritu realmente elevado y de ingenio
penetrante, don Rosendo escriba mejor que hablaba. Sin embargo, su
palabra reposada tena un sello de grandeza que en vano se buscara en
los oradores que le haban precedido.

--Seores (pausa), doy las gracias a todas las personas (pausa) que han
acudido esta tarde (pausa) a la reunin que he tenido el honor de
convocar (pausa mucho ms larga durante la cual se suena con ruido).
Tengo una verdadera satisfaccin (pausa) en ver reunidos en este sitio a
las personas ms ilustradas de la villa (pausa) y a todos los que por
uno o por otro concepto valen y significan algo.

_(Bravo: muy bien, muy bien.)_

Despus de este exordio tan lisonjeramente acogido, manifest el orador
que lo que urga en aquel momento era levantar el nivel intelectual de
Sarri. Despus aadi que su propsito al convocar este _meeting_ no
haba sido otro que levantar este nivel. _(Aplausos prolongados.)_ Para
llevar a cabo tal empresa se consideraba sin fuerzas y mritos
suficientes. _(Si, si. Aplausos.)_ Pero contaba, crea contar al menos,
con el auxilio poderoso de los muchos hombres de corazn y patriotismo,
de inteligencia y de progreso que Sarri encerraba. _(Muestras de
aprobacin.)_ El medio que crea ms eficaz para elevar a Sarri a la
altura que le corresponda, y hacerle rivalizar dignamente con otras
villas, y aun ciudades martimas de menos importancia, era la creacin
de un rgano que sostuviese sus intereses polticos, morales y
materiales...

--Y, seores (pausa), aunque todava no se hayan orillado todas las
dificultades (pausa), tengo el gusto de manifestar a esta ilustrada
Asamblea... _(Atencin, chis, chis. Silencio!)_ que tal vez en el
prximo mes de agosto... (_Bravo, bravo! Ruidosos, frenticos aplausos
que interrumpen al orador por algunos momentos.)_ Que tal vez en el
prximo mes de agosto _(bravo, bravo! silencio!)_ la villa de Sarri
contar con un peridico bisemanal. _(Estrepitosos aplausos. Navarro
arroja su sombrero de copa a la escena. Algunos otros espectadores
siguen el ejemplo. Alvaro Pea y don Feliciano Gmez se ocupan en
recogerlos y volverlos a sus dueos. La fisonoma de don Rosendo brilla
con expresin augusta, y sus labios, al contraerse con una sonrisa
feliz, dejan ver las dos filas simtricas de sus dientes, testimonio
elocuente de los progresos odontlgicos.)_

--A pesar de esas manifestaciones de cario que agradezco hasta el fondo
del alma (pausa) el orgullo no me ciega. La escasez de mis fuerzas _(No,
no)_, mi falta de ilustracin _(No, no: aplausos)_ har que el rgano
que funde no corresponda seguramente a las esperanzas del pblico.
_(Voces de varios sitios: Si corresponder! Tenemos confianza.
Aplausos.)_ Pero si alguna vez (pausa) la falta de inteligencia puede
ser suplida por la fe y el entusiasmo, ser ciertamente ahora. Mi
humilde pluma y mi modesta fortuna pertenecen al pueblo de Sarri.
_(Muestras vehementes de aprobacin.)_

El nuevo peridico, segn el orador, tena una gran misin que
cumplir. Esta misin consista en plantear las reformas, los progresos
que la villa reclamaba. La necesidad de estas reformas y estos progresos
estaba en la conciencia de todo el mundo. El mercado cubierto se haba
hecho absolutamente indispensable. La carretera a Rodillero era el
anhelo constante de ambos pueblos. En cuanto al macelo pblico don
Rosendo se preguntaba con sorpresa cmo la villa poda consentir que
existiese un foco de inmundicia como el actual, que era un verdadero
padrn de ignominia.

Gabino Maza haba estado escuchando con marcado desdn y disgusto desde
su butaca, a cuantos haban hecho uso de la palabra. Revolvase como si
el asiento tuviese pinchos. Le venan ganas atroces de gritar a los
oradores: Burros, pollinos! como acostumbraba a hacer en el
Saloncillo, o de fulminar contra ellos uno de esos sarcasmos feroces que
levantan roncha. Aquellas payasadas le haban revuelto la bilis. No
era milagro. Ya conocemos la gran virtud de segregacin que el hgado
del ex marino posea. Respiraba con fuerza, sonrea sarcsticamente,
rechinaba los dientes y escupa a menudo, mostrando de este modo su
desaprobacin a todo lo que se haba dicho, lo que se estaba diciendo y
lo que se haba de decir. De vez en cuando, dejaba escapar algn bah! o
algn pouh! o un ta! y otras partculas no menos significativas. Por
ltimo, en mitad del discurso de don Rosendo, o porque nada pudiese
oponer a su grave elocuencia, o porque el ruido de los aplausos le
exacerbase de modo irresistible, es lo cierto que sali de la sala, y
comenz a dar paseos por delante de la puerta del teatro en un estado de
agitacin lamentable. A los pocos momentos, volvi a entrar y subi a la
cazuela. All, oyendo a don Rosendo tocar el punto del matadero, pidi
por favor a la plebe que le dejase paso. Una vez en las primeras filas,
grit reciamente:

--Aqu no se juega trigo limpio!

Despus, se retir.

No sabemos en qu consiste; pero es lo cierto, que siempre que en una
reunin se insina por alguno la idea ms o menos gratuita de que all
no se juega trigo limpio, tal afirmacin produce efectos desastrosos.
Esto es tanto ms extraordinario, cuanto que por regla general, en las
asambleas nadie lleva trigo en los bolsillos, ni limpio ni sucio. Y si
por casualidad alguno lo llevase, es bien seguro que no le pasara
siquiera por el pensamiento jugar con l.

Don Rosendo, al oir la frase, qued repentinamente mudo y plido. Un
fuerte murmullo de sorpresa corri por todo el mbito del teatro.
Algunos gritaron:--Fuera!--Otros dijeron:--Chis, chis!--Las miradas de
todos, despus de escrutar las alturas de la cazuela, se dirigieron a la
presidencia. Don Rosendo turbado an, y con voz algo enronquecida, dijo:

--Seores: Si con esas palabras se quiere manifestar que yo, al convocar
esta reunin, he abrigado algn pensamiento bastardo, mi delicadeza no
me permite continuar en este sitio, y me retiro...

--No, no! Que siga! Viva el presidente!

--Yo estoy seguro, seores--dijo el orador visiblemente conmovido,--de
que el individuo que ha gritado no es vecino de Sarri, no ha nacido en
Sarri, no puede ser de Sarri!

Habiendo murmurado uno que el interruptor era de Nieva, se arm en el
teatro terrible confusin y estruendo. Un grito formidable de:--Mueran
los mazaricos! Viva Sarri!--se eleva de todas partes. Hay que advertir
que en Sarri se llamaba a los habitantes de Nieva _mazaricos_ a causa
quiz del gran nmero de pjaros de este nombre que all suele haber,
mientras los de Sarri eran llamados en Nieva _pinzones_, por la misma
razn.

Sosegados al fin los nimos, don Rosendo da las gracias y cede a las
instancias del pblico.

--Antes de ocupar otra vez este sitial (el presidente se haba retirado
al fondo del escenario), debo manifestar que si ese papagayo... o
mazarico (_risas_) pretende arrancarme una declaracin acerca del
problema del macelo pblico, no tengo inconveniente en hacerla, porque a
m no me duelen prendas. _(Viva, curiosidad. No se oye una mosca
volar.)_ Yo declaro solemnemente, seores, que el nuevo macelo, en mi
concepto, no debe emplazarse en otro sitio que en la Escombrera.
_(Inmensa sensacin.)_

El orador termina con pocas palabras ms su grandioso discurso, y
levanta la sesin. Los espectadores salen del teatro medio asfixiados,
tanto por las mltiples emociones que en poco tiempo haban
experimentado, como por los treinta y ocho grados centgrados que haba
en el local.




IX

HISTORIA DE UNA LGRIMA


Esto pasaba en las altas esferas. En los dominios obscuros de la vida
privada ocurran al mismo tiempo algunos sucesos, que aunque no tan
memorables, no dejaban de tener importancia para las personas que en
ellos intervinieron.

Al da siguiente de la entrevista de Venturita y Gonzalo, que hemos
narrado, ste no visit la casa de su prometida. Permaneci en la suya,
fingindose aquejado por un fuerte dolor de muelas. Tal fu al menos la
noticia que lleg hasta Cecilia por conducto de Elvira, la doncella, que
haba visto al criado de don Melchor en la plaza. Al otro da, como no
pareciese tampoco, la familia supuso que aun segua el dolor. Nadie
dudaba ms que Venturita y Valentina. La bordadora hua de tropezar con
la mirada de la nia. Quiz temera avergonzarla, quiz ella misma se
sintiese avergonzada sin saber por qu. Venturita estaba tan risuea
como siempre. Cecilia, a quien slo se le conoca el mal humor en que
hablaba menos, sac de su cmoda un elixir dentrfico, copi una oracin
a Santa Polonia que le haban dado, y llamando con misterio a Elvira, le
dijo toda ruborizada:

--Elvira, quieres hacerme el favor de llevar este frasco y este papel
al seorito Gonzalo?

--Ahora mismo?

--Cuando puedas... Si ahora no tienes que hacer... Quisiera que no se
enterasen...

--Descuide usted, seorita--respondi la morenita plida sonriendo con
amabilidad;--nadie sabr una palabra. Su mam me va a mandar por
almidn, y a la vuelta, zas! me encajo all.

Al recibir Gonzalo el recado, sintise acometido de punzantes
remordimientos. Comenz a pasear agitadamente por su cuarto. Tres o
cuatro veces estuvo a punto de tomar el sombrero y plantarse en casa de
Belinchn, y dejar que las cosas siguiesen como haban comenzado. Los
sentimientos honrados, bondadosos y compasivos que en su corazn
existan; la voz de la razn que abogaba en defensa de Cecilia; _el
ngel_, en una palabra, que todo hombre lleva dentro de s, le incitaba
para que lo hiciese. La imagen gentil y graciosa de Venturita, presente
al recuerdo; el fuego de sus ojos que aun le relampagueaba por el alma;
el dulce contacto voluptuoso de sus cabellos de oro; _el demonio_, en
fin, le retena. Gonzalo era un hombre sano de cuerpo, de msculos
poderosos, rico de sangre, pero muy pobre de voluntad. Los diablos temen
ms a los temperamentos exhaustos que a los opulentos como el suyo. La
batalla que el demonio y el ngel libraron, no dur mucho tiempo. Vino a
decidirla, en favor del primero un billetito de Ventura que Generosa, la
otra doncella de la casa, le trajo. Deca as: _No te impacientes. Hoy
hablar a mam. Ten confianza en tu--Ventura._

La mirada de la doncella al entregrselo, donde crey advertir a pesar
de la sonrisa una tcita censura, le turb un poco. Despidila con larga
propina. Al abrir despus con mano trmula la carta, percibi el perfume
de sndalo que Venturita usaba. Ofrecise sbito a su imaginacin la
imagen hermosa provocativa de la nia, y removi las ltimas fibras que
en su ser aun no haban vibrado. Acercla a los labios, y embriagado y
palpitante de deseo, la bes con frenes repetidas veces.

Pobre Cecilia! Tomaba el primer pedazo de papel que le vena a la mano,
y sin cuidarse de guardarlo entre esencias, escriba a su novio con
lpiz la mayora de las veces. Si las mujeres supiesen la importancia
de estos miserables pormenores!

Venturita haba dado vueltas todo el da alrededor de su madre,
esperando ocasin de hablarla sin testigos. A la hora del crepsculo,
cuando las costureras se fueron, madre e hija quedaron al fin solas.
Cecilia se haba retirado a su cuarto dominada por la tristeza que haba
disimulado con trabajo durante el da. Doa Paula estaba sentada en una
butaca con los ojos clavados en el balcn, recogiendo los ltimos rayos
de la luz moribunda, en actitud melanclica y reflexiva, poco frecuente
en ella. Pareca presentir el disgusto que se cerna sobre su cabeza.
Venturita colocaba los bastidores en un rincn y los tapaba con un
lienzo, arreglaba las sillas y arrastraba la cesta de la costura a un
lado para que no estorbase.

--Avisa que traigan luz--dijo doa Paula.

--Para qu?--respondi la nia sentndose en una silla baja a su
lado.--Ya est todo arreglado.

Su madre volvi a entornar los ojos hacia el balcn y qued en la misma
actitud melanclica. Al cabo de unos momentos de silencio, Venturita
tom su mano y la llev con ternura a los labios. Doa Paula volvi la
cabeza con sorpresa. Pocas veces, por no decir nunca, su hija menor le
haba dado este beso respetuoso. Sonri con dulzura y tomndole la barba
entre los dedos, le dijo:

--Ests contenta con el vestido?

--Si, mam.

--Te hace un cuerpo muy bonito. En cuanto le toquen un poco en el pecho,
quedar que ni pintado.

La nia call. Alzando los ojos al cabo de un instante le dijo,
esforzndose en dar a su voz una inflexin segura:

--Dime, mam, qu opinas de la retirada de Gonzalo?

--La retirada de Gonzalo!--exclam la seora volviendo con asombro la
cabeza.--Qu quieres decir, criatura?

--S, la retirada, porque a m me consta que no est enfermo. Ayer
estuvo toda la noche jugando al billar en el caf de la Marina.

--Bah, bah! Tienes ganas de reir?

--No me ro, mam, hablo en serio.

--Y quin te ha dicho a ti eso?

--Lo s por Nieves, que se lo dijo su hermano.

--Puede que le haya aliviado el dolor por la noche y saliese a
esparcirse un poco.

--Y entonces, por qu no ha venido hoy?

--Porque le habr vuelto otra vez.

--No lo creas, mam... Ten la seguridad de que Gonzalo no quiere a
Cecilia.

--Sabes lo que ests diciendo, necia? Hazme el favor de callarte, antes
que me enfade.

--Me callar; pero las pruebas de cario que est dando no son grandes.

--Tendra que ver eso!--dijo la seora volvindose airada.--Si Gonzalo
es mucho, Cecilia es ms... A mi hija no la desprecia ni Gonzalo ni el
Prncipe de Asturias, sabes?... Me enterar de lo que acabas de decir,
y si resulta cierto, ya tomar yo mis medidas.

Doa Paula era de natural bondadoso y tierno, amiga de los pobres y
generosa; pero tena la altivez irreflexiva y la susceptibilidad
exagerada de las artesanas de Sarri.

--No, mam, no se trata de eso. Quin te ha dicho que Gonzalo desprecia
a Cecilia?

--T misma. Por qu no la quiere entonces?

Venturita se detuvo un instante, y respondi con firmeza:

--Porque me quiere a m.

--Vamos--dijo la seora sonriendo.--Ya deb comprender desde el
principio que era todo una broma.

--No es broma, es la pura verdad... Y si quieres convencerte,
entrate...

Sac al mismo tiempo del pecho una carta que llevaba a prevencin, y se
la alarg.

Doa Paula se puso en pie vivamente, y grit:

--Pronto!... Una luz, pronto!

Venturita tom una caja de cerillas que haba sobre el costurero, y
encendi una.

Madre e hija estaban plidas. Aqulla arrim la carta a la luz. En
cuanto ley unos cuantos renglones, se dej caer en la butaca, y
clavando los ojos con expresin dolorosa en su hija, le dijo:

--Ventura, qu has hecho?

--Yo? Nada--respondi la nia tirando al suelo la cerilla que tocaba a
su fin.

--Nada te parece, loca, impedir el matrimonio de tu hermana, engaarla
miserablemente, dar un escndalo en la villa como nunca se habr visto?

--Yo no he hecho nada de eso. El fu quien se me declar. Es pecado
dejarse querer?

--En esta ocasin, s--replic con severidad la seora.--A la primera
seal debiste advertirme. Consentir que te hablase de otro modo que como
una hermana, era hacer traicin a tu hermana y hacerte a ti muy poco
favor.

--Pues ya est--replic la nia en tono desdeoso.

--Pues no estar--replic doa Paula con enojo y levantndose.--Qu te
has propuesto, vamos, di?... Mejor dicho, qu os habis propuesto?

--Debes suponerlo.

--Casaros, verdad?--pregunt en tono sarcstico.

--Qu equivocada ests!... El matrimonio de tu hermana quedar
deshecho... Desde ahora mismo lo doy por deshecho... pero lo que es t,
bien libre ests de casarte con Gonzalo... ni de que ste ponga siquiera
los pies ms en casa...! En primer lugar, t eres una mocosa que
debieras estar jugando con las muecas y recibiendo azotes... y aunque
no lo fueras, ni tu padre ni yo podamos consentir que te casaras con un
hombre que ha engaado miserablemente a tu hermana y nos ha engaado a
todos... Lo menos que dira la gente es que estamos muertos por hacerle
nuestro yerno. Que se te quite, nia!

--Pues que quieras o no quieras--dijo Venturita retrocediendo de
espalda hacia la puerta,--me casar.

Doa Paula quiso castigar la insolencia; pero la nia sali
precipitadamente, sujet la puerta, y entreabrindola despus, dijo con
acento rabioso:

--Me casar! me casar! me casar!

Al da siguiente, Gonzalo recibi una carta de ella, que deca: Ayer
habl con mam. Se ha enfadado mucho. Hoy hablar otra vez, y espero que
ceder. Ten confianza.

Y en efecto, aquella misma maana madre e hija volvan a tener habla en
el cuarto de la ltima. Fu larga, y no sabemos lo que en ella pas.
Doa Paula sali al cabo de una hora con los ojos enrojecidos de llorar,
llevndose la mano al corazn, del cual padeca a menudo, en direccin a
su cuarto, y se acost. Ventura sali en pos de ella, serena; pero
plida. Llam a Generosa, su confidente, y le di un recado para
Gonzalo. Este, a las nueve de la noche, se paseaba por delante de la
casa de Belinchn. Pocos minutos despus, Venturita abra la ventana del
escritorio, que estaba en la planta baja y tena rejas.

--Ya est todo arreglado--dijo en voz de falsete luego que el joven se
hubo acercado.

--Cmo? De veras?--pregunt ste con alegra.

--Oh, buen trabajo me ha costado! Estaba furiosa.

--Y tu pap?

--Pap an no sabe nada; pero ceder tambin... Vaya si ceder!... La
receta no puede ser ms eficaz.

--Qu receta?

--La que he empleado... La cosa se haba puesto tan fea, que ya estaba
resuelto que t no volvieras ms a casa. A m me mandaba a Tejada en
castigo. Ni splicas ni razones valan de nada. Estaba loca de ira. Te
llamaba infame y traidor. A m, figrate cmo me pondra!... Entonces
no tuve ms remedio que apelar al ltimo recurso... por ms que sea un
poco fuerte--aadi en voz ms baja y alterada.

--Qu recurso?--pregunt Gonzalo con curiosidad.

Venturita guard silencio algunos momentos. Al cabo respondi
avergonzada:

--Le dije... le dije que t y yo no podamos menos de casarnos ya.

--Pues?

--Pues... pues... adivnalo--dijo la nia con impaciencia.

En efecto, Gonzalo adivin y experiment una impresin de repugnancia y
temor. Call obstinadamente por algn tiempo. Venturita le pregunt al
fin:

--Te ha parecido mal?

--S--respondi secamente.

--Pues dispensa, chico... Maana le dir que todo ha sido una mentira...
y hemos concludo.

--Nada se adelanta ya. Lo que me parece mal no es el resultado, como
debes comprender, sino que haya salido eso de ti.

--Ms pierdo yo que t.

--Por lo mismo lo siento!

--Bien, pues dale expresiones--replic desabridamente levantndose del
alfizar de la ventana, donde estaba sentada.

Gonzalo alarg la mano por entre las rejas, y la retuvo por el vestido.

--Espera.

La tela cruji.

--Ya me has roto el vestido, lo ves?

--Si no te disparases tan pronto...

Y logrando cogerla por un brazo, la oblig a sentarse.

--Qu barbaridad!--exclam la nia riendo.--As deben hacerse el amor
los osos.

--Me quieres?--pregunt Gonzalo riendo tambin.

--No.

--S.

--No.

--Dame la mano de amigo.

La nia le alarg su blanca y primorosa mano, y el hercleo mancebo la
bes con pasin repetidas veces.

--Hasta maana. Ya te dar noticias de lo que ocurra--dijo levantndose
otra vez.

Gonzalo se alej. A los cuatro pasos se le ocurri que las noticias
tenan que ser referentes al modo como Cecilia reciba la de su desleal
conducta, y su frente se arrug de nuevo con expresin dolorosa.

A vueltas con esta preocupacin cruz distrado la Ra Nueva, entr en
la plaza de la Marina, sigui caminando por el muelle y se alarg hasta
la punta del Pen. La noche estaba serena y despejada. Las estrellas
centelleaban en el firmamento cabrilleando en las aguas tranquilas de la
baha. La jarcia de los buques surtos en ella se destacaba con bastante
claridad del fondo azul obscuro. An no haba sonado el grito de
apafogones, y se notaban en ellos algunas luces y algn movimiento.
Los marineros, recostados sobre la obra muerta, departan antes de
retirarse al camarote. De vez en cuando, mirando hacia un gran vapor
ingls anclado en el medio, gritaba uno: _All right_ exagerando la
pronunciacin: _all right_, contestaban de un patache. El grito se iba
repitiendo en todas las goletas, pataches y quechemarines. Era la broma
que gastaban con los ingleses que all arribaban. Pero el gran vapor se
mantena silencioso, cabeceando flemticamente con ese desprecio tan
profundo que nadie mejor que un hijo de Albin sabe afectar.

En la punta del Pen se tropezaba con tal cual paseante que tomaba el
poco fresco que haba. Era una de las noches ms calurosas de agosto.
Gonzalo, atormentado por el calor y por la idea de su comprometida
situacin, se paseaba con el sombrero en la mano. Antes de llegar al
trmino del malecn, percibi sobre el segundo paredn una figura
gigantesca.

--All est mi to--se dijo.

El viejo marino pasaba una gran parte de su existencia sobre aquel
paredn, en ntimo coloquio con el mar, su antiguo amigo y compaero.
Para l no tena secretos el terrible Ocano, ora durmiese tranquilo en
su inmenso lecho de arena, ora despertase furioso escupiendo al cielo
sus espumas. Poda dar nuevas seguras y anticipadas de sus cleras, de
sus desmayos, de sus sonrisas, de sus ms profundas palpitaciones. El
monstruo le abra su seno lquido, como a un confidente leal: le deca
cunto se aburra en su prisin de granito, y qu ganas le acometan a
veces, presenciando las infamias de los hombres, de precipitarse sobre
la tierra, y barrer de una vez este asqueroso hormiguero. Y el buen
caballero sola responderle, pensando en el crimen que acababa de leer:

--Tienes razn, camarada; yo, en tu caso, es posible que lo hiciera.

Por nada en el mundo dejara don Melchor de dar sus paseos matutinos,
vespertinos y nocturnos por la punta del Pen. En vida de su mujer,
cuando estaba acatarrado, vease precisado a prescindir de estas
visitas, y era lo que ms le atormentaba. Ahora que, por desgracia, no
tena quien le sujetase, acatarrado y todo sala.

--Para los catarros, no hay nada como el aire libre del mar.

Cuando de tarde en tarde se resenta del estmago, beba un par de vasos
de salmuera, y quedaba arreglado.

--No hay purga tan natural, tan eficaz e inofensiva como el agua del
mar.

En cierta ocasin adoleci de una pierna. Dos lceras le fueron
corroyendo la carne, hasta dejar descubierto el hueso. Los mdicos, no
slo daban por perdida la pierna, sino que teman por su vida.
Desahuciado ya, tuvo la audacia de hacer que le llevasen a la playa y le
baasen. A los nueve baos, las lceras estaban cerradas. Imagnese lo
que pensara despus de esto, de la virtud curativa del mar.

En cambio, tena marcada ojeriza a los ros. El aire del ro le pona
ronco. La humedad le daba dolores de reuma. Las nieblas le sofocaban y
le ponan asmtico. Eso de que el aire fuese en ellos encallejonado,
le inspiraba una aversin y un desprecio indecibles.

Don Melchor dorma poco. Se levantaba con estrellas, y en cuanto se
levantaba suba al mirador, escrutaba el cielo y el mar, y despus de
haber trazado en la cabeza un estado meteorolgico provisional del da,
bajaba a fijarlo definitivamente a la punta del Pen. All estableca de
una vez si el viento era _entablado_ o simple _vahajillo_, si era
francamente _a la estrella_ o se inclinaba al cuarto cuadrante; si el
semblante estaba _calimoso_ o _cerrado_; si la mar estaba _picada_ o _de
leche_; cunto tiempo durara todo esto; qu viento apuntara al
medioda; si la mar sera gruesa a la tarde o abonanzara, etc., etc. No
podra tomar el chocolate si no hubiese hecho tales observaciones.

Y, en verdad, que aunque esto parezca una mana, tngola por menos
insensata que la de levantarse de la cama para escrutar el rostro del
vecino, si est limpio o sucio, alegre o aborrascado, si come o si
ayuna, si duerme o si vela, si huelga o trabaja, cunto tiempo permanece
en casa, y qu rumbo toma cuando sale.

Gonzalo subi al segundo paredn con un deseo irresistible de desahogar
el pecho, y poner a su to al tanto de lo que ocurra. Y eso que la
condicin brusca y severa de ste no se amoldaba muy bien a las
confidencias amorosas. Pero la ocasin era crtica y precisa. Don
Melchor, que con el peso de los aos sola doblar un poco el cuerpo
hacia adelante, al ver acercarse un hombre a l, se irgui. Porque era
empeo el que tena en que nadie advirtiese su decadencia y le diputasen
por varn inexpugnable.

--Eres t, Gonzalillo?

--El mismo, to.

--Milagro! A ti te gusta ms ver rodar las bolas de marfil que las
olas.

--No; hoy no he jugado al billar. Me encuentro triste, preocupado... y
quisiera hablar con usted de un asunto serio, a ver qu me aconseja.

Don Melchor le mir con sorpresa.

--Un asunto serio?

--S... Vamos a ver, to: usted se casara con una mujer a quien no
quisiera?

--Qu pregunta! El matrimonio a mi edad es un barreno en los fondos,
querido.

--Pero si fuese joven, se casara?...

--Jams.

--Pues bien, to... Yo no quiero a Cecilia.

--Que no quieres a Cecilia?--exclam estupefacto el caballero.

Hay que advertir que don Melchor senta un cario ciego, casi adoracin
por la prometida de su sobrino. Para l aquella criatura era sagrada.
Desde que Gonzalo se fij en ella y l lo supo, la hizo objeto de una
observacin pertinaz lo mismo que si estuviese reconociendo el casco de
un buque antes de arbolarlo. La hall buena, callada, inteligente y
hacendosa, y sinti una intensa alegra amargada tan slo por la noticia
de que los novios no se iran a vivir con l. Visitaba poco la casa de
Belinchn, pero cuando tropezaba a la joven en la calle, nunca dejaba de
pararla, mostrndose tan galante y expresivo como jams le haba visto
nadie.

--Que no la quieres?--repiti.--Y por qu no la quieres, zopenco?

--No lo s. Hice esfuerzos sobrehumanos por cobrarle amor, y no lo he
conseguido.

--Y ahora te acuerdas de eso? Un mes antes de casarte? Vamos, Gonzalo,
a ti hay que darte una carena en la cabeza.

--Es una atrocidad... lo comprendo... pero yo no puedo resignarme a ser
desgraciado toda la vida.

--Desgraciado! Y llamas desgracia, grandsimo zarrampln, casarte con
una joven tan buena y tan hermosa que no hay otra en Sarri que le
llegue a la suela de los zapatos?

Gonzalo no pudo menos de sonreir.

--Cecilia es una buena muchacha, digna de casarse con un hombre mejor
que yo... pero, hermosa, to...

--Hermosa, s, hermosa, majadero!--exclam furioso el seor de las
Cuevas.--Sers capaz de poner tachas a un ngel?

El veterano estaba (aunque la afirmacin cause asombro) en la edad en
que mejor se siente la poesa de la mujer, que es la exquisita
sensibilidad, la resignacin, la dulzura, el sacrificio y no la efmera
disposicin de la forma, como juzga la impetuosa y desapoderada
juventud.

--No riamos por eso.

--S reiremos... No quiero que vuelvas a hablarme de Cecilia de ese
modo... Vaya, vaya!

--Bien; pues confieso que Cecilia es una chica muy linda... pero...

--Pero qu?

--Pero yo no puedo quererla... porque ya quiero a otra.

--Qu mil diablos ests diciendo ah, muchacho!--profiri don Melchor
sujetando por el brazo a su sobrino y sacudindole.

--No puedo remediarlo, to. Estoy enamorado hasta el cogote de su
hermana Ventura.

--Ests en tu juicio o entre dos aguas, rapaz?

--Hablo en serio... La quiero, y ella me quiere.

--Y crees que con eso est dicho todo?--dijo el anciano cada vez ms
irritado.--Crees que as se puede faltar a un compromiso sagrado?
Crees que as se puede dejar a una joven expuesta a la burla de la
poblacin? Crees que habr padres que autoricen semejante infamia?

--To--respondi Gonzalo suavemente,--antes de atreverme a decirle a
usted lo que acaba de oir, han ocurrido cosas que me obligaban a dar
este paso. Mis relaciones con Venturita son formales. Su madre las
conoce y las ha autorizado, y a estas horas tambin su padre debe tener
noticia de ellas.

--Y las autorizar?

--Estoy seguro de ello.

Don Melchor dej el brazo de su sobrino que tena cogido, y se llev la
mano a la frente. Estuvo un rato largo sin hablar.

Al cabo dijo con palabra lenta y acento melanclico:

--Bien est... Yo nada puedo hacer para evitar esa vergenza... porque
es una vergenza!--aadi con energa.--Eres mayor de edad, y aunque no
lo fueses, en estos asuntos no intenvendra jams.

--Se enfada usted?

--Tampoco cabe aqu el enfadarse. Lo siento nicamente. Lo siento por
ella, pues he llegado a cobrarla cario... y lo siento an ms por ti,
Gonzalo. Al hombre que falta a su palabra, no puede ayudarle Dios...
Estabas ya a bordo de un barco seguro, de porte, de madera blanca bien
sangrada, con los fondos forrados, los rboles recios y el aparejo
limpio y sencillo, y lo dejas para embarcarte en otro ms ligero y
galn... Buen provecho te haga. Pero ten en cuenta, hijo, que el viaje
es largo, la mar ancha y brava; lo que ahora es bonanza, en un instante
se convierte en marejada de leva; el viento no siempre fresquito, y
cuando arrecia, se pone pesado de veras. Entonces no valen primores en
la arboladura ni pinturas en las bandas, sino madera, mucha madera. Dame
quillas, y te dar millas. De poco vale salir empavesado del puerto si
el casco no puede con el aparejo... Ya sabes que Cecilia me gustaba...
Siento mucho no poder decirte lo mismo de su hermana... Esto no es
hablar contra ella. Ni la conozco bastante, ni a m me corresponde
hacerlo; pero puedo y debo decirte mis sentimientos, aunque no hagas
caso de ellos...

--Oh, to!...

--Nada, nada, querido: cuando a un muchacho le cae sobre la cabeza un
suestazo de stos, es menester arriar de salto las escotas y dejarle
navegar a bolina desahogada. T ests requemado al parecer... bueno,
pues refrscate... Pero ten en cuenta que ni llevas rumbo seguro, ni
obras como caballero.

--To!

--Ms claro que yo, el agua, querido. Si has logrado vencer la
resistencia de los padres, y si has salvado las dificultades, no
logrars por eso hacer de lo blanco negro, no convertir una mala accin
en buena... Pica, pica los cables y larga vela. Yo soy viejo ya, y tengo
esperanza de no verte correr los temporales que sobre ti han de caer...
Pero si Dios quisiera darme ese castigo, si algn da, por mis pecados,
te viese correr a palo seco y bebiendo agua por las bordas... sentir,
hijo mo, no tener fuerzas ya para tirarte un cabo.

La voz del anciano se haba conmovido al pronunciar estas ltimas
palabras. Gonzalo sinti apretrsele el corazn. Guardaron silencio
obstinado un buen rato. Al cabo don Melchor dijo:

--Vienes a cenar, Gonzalito?

--Ahora no tengo apetito, to; all ir un poco ms tarde.

--Bien, pues hasta ahora--pronunci tristemente el seor de las Cuevas.

Y se alej lentamente en direccin de tierra, perdindose a poco entre
las sombras.

Gonzalo qued como estaba, de bruces sobre el pretil del paredn,
contemplando el mar que lo bata suavemente. Las olas, despus de chocar
en la piedra con leve y hueco estampido, retrocedan corriendo sobre las
otras, y producan rumor semejante al de una cortina que se despliega.
De sus espumas brotaba la claridad fosforescente acusando la presencia
de los millones de millones de seres que all habitan, con el mismo
sosiego que nosotros en la tierra, a pesar de su vertiginosa marcha por
los espacios. El monstruo dorma debajo del manto obscuro de la noche,
tranquilo y feliz como un nio, a quien no agitan tristes ensueos.
Apenas se perciba el blando soplo de su respiracin en las concavidades
de las peas. Hacia el Poniente alzbase la negra silueta del cabo de
San Lorenzo que avanzaba mar adentro buen trecho, y en su extremidad un
faro movible desparramaba a intervalos iguales sus luces, ora blancas,
ora verdes, ora rojizas. En el firmamento brillaban las estrellas con
fulgor extraordinario. Hasta los innumerables soles de la va lctea
dejaban caer como nunca su blanca luz sobre la hmeda llanura. Jpiter
relampagueaba en el cielo como el dios de la noche, rompiendo la
obscuridad con sus hermosos rayos anaranjados..

De pronto cambi la decoracin. All hacia Levante el plido semicrculo
de la luna asom su cuerno superior sobre las aguas dormidas. Una estela
de luz corri vivamente sobre ellas inflamndolas. El lucero divino
recogi sus rayos con galantera, ante la luz serena de la diosa que
empez a levantarse lenta y majestuosamente, eclipsando los diamantes de
todos tamaos que en torno suyo lucan. Alzbase en medio de una
atmsfera radiante y esplndida, dibujando sobre ella sus graciosos
contornos y esparciendo por el ambiente balsmico influjo. Y el Ocano
que dcil a l va y viene sin cesar desde el principio del mundo, se
encendi en pura llama, tembl su vasto seno inflamado, y arroj sus
aguas a las peas de Santa Mara como enormes capas de mercurio que al
retirarse se sobreponan a otras y se fundan con ellas.

Reinaba silencio sublime, un recogimiento de suavidad inefable en
aquella escena tan vieja y tan nueva a la vez. La Naturaleza pareca
suspender su curso para escuchar la eterna armona de los cielos.

Las olas se acariciaban blandamente sin osar interrumpir con ruidosos
juegos la augusta serenidad de la noche.

Gonzalo, a pesar de la viva inquietud en que la conversacin con su to
le dejara, sinti la fascinacin de aquel mar, de aquel cielo, de
aquella luna, y su _agitacin_ se fu transformando en _tristeza_. Las
severas palabras del viejo marino haban despertado a latigazos su
conciencia. Renaci con ms furia que antes la lucha entre el ngel y el
demonio. Una vez estuvo aqul a punto de vencer. El joven imagin
presentarse al da siguiente en casa de Belinchn, hablar con doa Paula
y rogarla que no dijese nada a Cecilia y apresurase el matrimonio. Pero
al instante se le ofreci a la mente la imagen de Venturita, y pens que
le sera imposible vivir al lado de ella, sin padecer horribles
tormentos. Entonces, como acaece casi siempre en estas luchas, vino el
perodo de las transacciones.--Nada, lo mejor--se dijo--es huir,
marcharse otra vez a Francia o Inglaterra, y no casarse con una ni con
otra. De este modo no hay traicin. La herida que causo a Cecilia se
cicatrizar pronto. Hallar un marido que valga ms qu yo, y cuando
vuelva al cabo de algunos aos, probablemente la encontrar feliz y
rodeada de hijos...

Pero... huir de Ventura! Huir de aquella imagen radiante de felicidad!
No escuchar ms su voz que causaba en el alma delicias incomprensibles!
No sentir el dulce contacto de su mano fresca y maciza como un botn de
rosa! Alejarse de sus ojos brillantes y risueos y magnticos!... Oh,
no!

Senta la frente baada en sudor. Una mortal congoja le acometi
pensando en esto, como si ya la decisin estuviese tomada, y para salir
de ella tuvo que decirse:--Ya veremos, ya veremos... Ahora es muy
difcil, casi imposible, volverse atrs... La madre ya lo sabe... Don
Rosendo tambin... y Cecilia a estas horas acaso...

El ngel afloj sus brazos, cansados ya, desprendi las manos y cay al
fin rendido. Si no con los del cuerpo, Gonzalo pudo ver con los ojos del
espritu su blanca imagen cruzar la atmsfera serena y hundirse en las
aguas resplandecientes.

Y llor acometido de extraa tristeza. Esta clase de luchas nunca se
efectan en el alma humana sin desgarrarla por algn sitio. Para
alcanzar la dicha necesitaba pisar el corazn de una inocente joven,
violar un juramento, ser un traidor. Las palabras de su to vibraban an
en sus odos:--Al hombre que falta a su palabra no puede ayudarle
Dios. Y, en efecto, l se consideraba indigno de esta ayuda. Un
presentimiento cruel, indefinido, de desgracia, de muerte, de tristeza,
le atraves el pecho, y en intensa y rpida visin observ la fealdad
de la vida sin virtud ni sosiego, como el caballero de la leyenda que,
abrazado a una dama joven y hermosa, al oscilar la luz por la fuerza del
viento la vea transformada en vieja, descarnada y hedionda.

Las aguas batan suavemente el paredn a sus pies. Con los ojos clavados
en ellas segua distrado su movimiento ondulante. Las algas, sujetas al
fondo, se agitaban con el vaivn de las olas semejando la cabellera de
un muerto. Qu bien se dormira all abajo! Qu paz en aquel fondo
transparente! Qu mgica luz arriba! Gonzalo escuch por primera vez en
su vida la voz elocuente de la Naturaleza que invita a reposar en su
seno maternal, esa voz dulce de irresistible atractivo que los
desgraciados escuchan hasta en sueos, y que les impulsa tantas veces a
acercar el fro can de una pistola a la sien.

Fu un instante no ms. Su feliz temperamento sanguneo se rebel contra
ese llamamiento. La vida, que herva exuberante en su naturaleza de
atleta, rechaz con indignacin aquel fugaz pensamiento de muerte. Un
suceso insignificante, la aparicin de una lucecita verde en los
confines del horizonte, bast para divertir su imaginacin de aquellas
ideas tristes.--Un barco que quiere entrar--se dijo.--Qu hora ser?
(Sac el reloj.) Las diez y media ya! Si fuese un poco ms temprano, me
quedara. Vamos a ver si an est esa gente en el caf y quiere jugar
unos _chaps_.

Sac un magnfico cigarro habano de la petaca, lo encendi, y chupndolo
voluptuosamente, se fu acercando, poco a poco, al caf de la Marina.

Casi a la misma hora pasaba en casa de Belinchn una escena triste. Todo
aquel da, haba estado doa Paula en su lecho, quejndose de una fuerte
opresin en el lado izquierdo, que le dificultaba mucho el respirar. No
le gustaba llamar al mdico, por esa antipata invencible y aun terror
que tiene la plebe a la ciencia. En cambio acostumbraba a propinarse
cuantos remedios absurdos le aconsejaban las muchas mujerucas que
acudan diariamente a su casa para sacarle los cuartos con viles e
hiperblicas adulaciones. As, que no cesaron las fricciones de sebo de
carnero, las tazas de hortelana, la enjundia de gallina, etc., etc. Por
fin, a despecho de esta formidable teraputica, la buena seora mejor
bastante al obscurecer: hasta quiso levantarse; pero se lo impidieron
Cecilia y Pablito. Uno y otra la haban acompaado largos ratos sentados
a la cabecera de la cama. En particular Cecilia apenas se separ ms
instantes que los necesarios para preparar las unturas y tisanas.
Pablito haca frecuentes, excursiones a los corredores, donde, por rara
casualidad, tropezaba casi siempre a Nieves y la haca pagar derechos de
peaje. A veces, sus carcajadas reprimidas llegaban hasta el cuarto de la
enferma, y sta sonrea con benevolencia diciendo a Cecilia:

--Qu locos!

Sin ocurrrsele, por supuesto, que su adorado hijo pudiera hacer otra
cosa que jugar al escondite.

Segn iba quedando libre y desembarazado su pecho, cargbasele la cabeza
con el cuidado de comunicar a su hija aquella tan triste noticia que la
haba puesto en cama. No haca ms que dirigirle largas y melanclicas
miradas, suspirando al mismo tiempo con seales de dolor. Varias veces
haba dicho:

--Cecilia, oye.

Y otras tantas, arrepentida, la haba ordenado cualquier menudencia.

Haba cerrado la noche. Venturita encendi la lmpara veladora, y
despus se fu. Pablo, viendo a su madre mejor, y no teniendo ya ocasin
de ejercer sus derechos seoriales en los pasillos de la casa, fu a dar
una vuelta por el caf. Quedaron madre e hija en la alcoba; la primera
en la cama, tranquila ya; la segunda, sentada cerca de ella. Despus de
rato largo de silencio, durante el cual la seora de Belinchn di mil
vueltas en su cabeza para hallar una entrada que la llevase naturalmente
a la confidencia que estaba obligada a hacer.

--Han cosido hoy mucho las chicas?--pregunt.

--No s... Apenas he ido por all--respondi Cecilia.

--Me figuro que, si seguimos trabajando tanto, vamos a concluir
demasiado pronto.

--Puede ser.

Doa Paula no supo cmo proseguir, y guard silencio.

Al cabo de algunos minutos cogi el hilo de nuevo.

--En todo este mes de agosto quedar terminado el equipo... Y yo creo
que tardaris an algunos meses en casaros.

--Algunos meses?...

--Me parece... Creo que Gonzalo no desea que la ceremonia sea tan
pronto--dijo la seora con voz temblorosa.

--Te lo ha dicho l?

--S; me lo ha dicho... Digo, no, decrmelo, no... pero lo he adivinado
por ciertas cosas... por algunas palabras indirectas....

Doa Paula estaba aturdida y sofocada. Afortunadamente, Cecilia no poda
observar bien el color encendido de sus mejillas.

--Deseara saber qu palabras fueron sas--manifest la joven con
firmeza.

--No me lo preguntes, hija de mi alma!--exclam la seora rompiendo a
sollozar.

Cecilia se puso fuertemente plida, y dej que su madre le besase con
efusin la mano que tena entre las suyas.

Repuesta del susto, pregunt:

--Qu ha pasado, mam?... Habla.

--Una cosa horrible, alma ma... Una infamia!... Quisiera morirme en
este momento, para no ver la ruindad, la maldad que se hace con una hija
ma.

--Tranquilzate, mam. Ests enferma, y puede hacerte mucho dao esta
emocin.

--Qu importa! Te digo que quisiera morirme... Dara con gusto la vida
por que no quisieras a Gonzalo... Le quieres, corazn mo, le quieres
mucho?

Cecilia no contest.

--Dime, por Dios, que no le quieres!

Cecilia sigui callada. Al cabo de algunos instantes dijo, esforzndose
en vano por dar una inflexin segura a la voz:

--Gonzalo renuncia a casarse conmigo, verdad?

A su vez doa Paula guard silencio y ocult su rostro lloroso entre las
manos.

Transcurrieron algunos instantes.

--Tiene alguna queja de m?

--Qu ha de tener! Quin podr tener queja de ti, mi cordera?

--Entonces, si es que ya no le gusto o no me quiere, qu vamos a
hacer?... Ms vale que me desengae a tiempo.

--Oh!--grit doa Paula rompiendo de nuevo a sollozar. Bajo la aparente
resignacin de su hija adivinaba un dolor profundo, que haca esfuerzos
por ocultarse.

--Qu le vamos a hacer, mam! No vale ms que me lo diga ahora que
despus de casados? No comprendes la vida de tormentos que pasara
unido a una mujer a quien no quisiera?... La pena que puede causarme en
este momento, por grande que sea, no puede compararse a la que tendra
al saber que mi marido no me amaba. La pena entonces sera cada vez
mayor hasta la muerte, mientras que ahora puede desaparecer o por lo
menos calmarse... Acaso despus que l se vaya, no vindole en mucho
tiempo le ir olvidando poco a poco...

--Es... que no se va--profiri confusamente la seora.

--Si no se va, paciencia... Procurar no salir de casa, y as no le
ver.

--Es que... hija de mi alma, tu desgracia es an mucho mayor!...
Gonzalo est enamorado de tu hermana.

Cecilia se puso an ms plida, hasta dar en lvida, y guard silencio.

Su madre le volvi a besar la mano con efusin. Despus la trajo hacia
s y le cubri de besos el rostro.

--Perdname que te est martirizando de este modo... Por mucho que t
sufras, aun sufro yo ms... Ayer por la tarde, tu hermana me lo vino a
decir,.. Figrate el susto y el dolor que habr recibido... Mi primer
impulso fu ahogarla, porque es imposible que ella no tenga la mayor
parte de la culpa... Me di pruebas de que estaban ya hace tiempo en
relaciones, me ense cartas... Luego, la falta de Gonzalo en estos
das, lo haca todo creble. En cuanto estuve convencida de la traicin,
le dije lo que vena al caso, esto es, que yo no poda consentir que
nadie hiciese burla de una hija ma, y que Gonzalo no pondra ms los
pies en esta casa en toda su vida; que tan villano y tan infame era l
como ella... Todo lo que se me vino a la boca. Pero esta maana... esta
maana supe una cosa ms horrible todava... Supe que tu hermana ha
llegado donde no puedo ni quiero decirte. No hay ms remedio que
casarlos, y cuanto ms pronto... Ya sabes por qu me ha dado esta
opresin que por poco me mata, y ms valiera que as fuese!... Lo mismo
tu padre que yo estamos cogidos, tenemos los brazos atados. Si no fuese
as, antes que consentir en ese matrimonio, me haran primero pedazos...
La infamia que contigo ha usado ese hombre, me lo hace aborrecible ya
para toda la vida... S, s, para toda la vida!--aadi con acento
iracundo.

Cecilia no respondi. Cruzadas las manos sobre el regazo, y la cabeza
inclinada sobre el pecho, miraba al suelo con ojos atnitos. Ni el
discurso entrecortado y vehemente de su madre, ni los sollozos que le
siguieron, lograron hacerla variar de actitud. As permaneci un buen
rato, inmvil y blanca como una estatua.

En aquellos grandes ojos extticos, tembl al fin una lgrima, creci,
vacil... desprendise rodando, dejando hmedo surco sobre sus mejillas
marchitas, y cay como una gota de fuego sobre su mano, que se dej
quemar sin moverse. Poco despus, se haba evaporado. Un ngel la
recogi y la llev a Dios para que pidiese cuenta de ella a quien
correspondiese.




X

DE LA GLORIOSA APARICIN DE EL FARO DE SARRIӻ EN EL ESTADIO DE LA
PRENSA.--PRIMEROS FUEGOS DE LA BATALLA DEL PENSAMIENTO.


Una nueva y clara luz amaneca sobre Sarri, despus de tantas
tinieblas. Por la merced y gracia singular de Dios, hallse la hermosa
villa provista, cuando menos lo pensaba, de un rgano en la prensa,
siquiera fuese semanal o hebdomadario, segn deca su ilustre
fundador. Graves obstculos, escollos peligrosos se oponan a la
realizacin de la empresa. Todos supo vencerlos y evitarlos la
perseverancia y el genio del hombre extraordinario que la tomara a su
cargo. La primer dificultad vencida fu la del dinero. Se crearon
cincuenta acciones de mil reales cada una, para el sostenimiento del
peridico, de las cuales los amigos de don Rosendo slo tomaron nueve;
don Rudesindo cinco, don Feliciano dos y don Pedro Miranda, a pesar de
su cuantiosa renta, otras dos nada ms. En cuanto a los otros, Alvaro
Pea, don Rufo, Navarro, etc., se disculparon con su falta de recursos,
y no les faltaba razn. Adems, ponan en el negocio su inteligencia,
que es lo principal. Quedse con las cuarenta y una restantes, don
Rosendo. Grandeza singular de nimo que caus excelente impresin en
todos.

Despachronse emisarios a Lancia en busca de imprenta. No habiendo dado
resultado sus gestiones, el mismo fundador se traslad a la ciudad. Al
cabo de algunos das tuvo la fortuna de descubrir a un impresor
arruinado haca algunos aos, cuyos trculos rotos y enmohecidos no
haba querido comprar nadie y yacan cubiertos de polvo en un obscuro
stano. Cuando don Rosendo fu a examinarlos en compaa de su dueo, no
pudo menos de sentir respetuosa emocin. Un raudal de graves y profundas
reflexiones se desprendi acto continuo de su mente al
contemplarlos:--He aqu--se dijo--los instrumentos ms poderosos del
progreso humano en vergonzosa holganza, no por culpa suya, sino por el
abandono de los hombres. Cunta ilustracin, cunto pan espiritual
pudieron esparcir en los aos que llevan arrinconados y silenciosos!
Mientras la barbarie y la ignorancia imperan en la mayor parte de
nuestras comarcas, ellos, que son los nicos que tienen fuerza para
desterrarlas, permanecan aqu inmviles, faltos de una mano que los
empuje y arranque de sus entraas los secretos de la ciencia y la
poltica.

Poco falt para que los besara y abrazara tiernamente. El impresor,
hallndole en tan benvola disposicin de nimo respecto de ellos, no
quiso ser menos, y se declar enamorado hasta los huesos de sus
instrumentos. Por ningn dinero consentira en desprenderse de aquellos
antiguos compaeros que le haban ayudado a ganarse el pan (y el vino
tambin, segn lo que se deca por el pueblo). Cant sus excelencias con
tal fuego y entusiasmo, como si fueran sus padres y sus hermanos y a
ellos debiera el soplo de vida que le animaba, e hizo adems la
importante declaracin de que impriman, si no tan pronto, mejor y mas
limpio que todas las prensas conocidas hasta el da. De acuerdo con
estos extremos, don Rosendo se esforz, no obstante, en convencerle de
que deba enajenarlos siquiera por que no se perdiesen sus notabilsimas
cualidades. Pero cuanto ms elocuente se mostraba el negociante, ms
tierno y encariado apareca el impresor. Por ltimo, se convino en que
ste no se desprendiese de aquellas prendas, tan caras a su corazn, ya
que no tena valor para llevarlo a cabo, y se trasladase con ellas a
Sarri, donde se estableceran definitivamente. Llevara consigo algunos
cajistas que pudiesen ensear a otros jvenes de la villa, y todos los
enseres necesarios para montar la imprenta. Folgueras, que as se
llamaba el impresor arruinado, quedaba como dueo y regente de ella.
Cobrara por la tirada del nuevo peridico un tanto, mayor dos veces,
segn nuestros clculos, a lo que cobran en las mejores imprentas de
Madrid. No era mucho si se tiene en cuenta el mrito de los trculos y
el acendrado amor que les profesaba.

El ttulo fu uno de los puntos en que mejor se mostr el gallardo
ingenio e invencin de don Rosendo. Intitullo _El Faro de Sarri_,
nombre altamente expresivo y sonoro, y de alcance singular, por cuanto
no otra cosa se propona su fundador que esclarecer a su pueblo y darle
esplendor. Secretamente encarg a Madrid un grabado para la cabeza del
peridico. Al llegar pocos das despus, caus espasmos de alegra,
tanto entre los accionistas como entre todos los que tuvieron la fortuna
de verle. Representaba un puerto de mar, Sarri al parecer, en las altas
horas de la noche, a juzgar por las negras tintas del cielo y el mar. A
la izquierda se elevaba una altsima montaa ideal que lo dominaba
enteramente, y sobre ella se vea un caballero que guardaba cierto
parecido lejano con don Rosendo, dirigiendo los fuegos de una inmensa
linterna sobre la villa. Cerca de l percibanse las cabezas de otros
cuantos personajes. Los accionistas creyeron de buena fe que eran sus
efigies, y quedaron vivamente agradecidos al dibujante.

Fu designado como local para la imprenta un almacn de don Rudesindo,
pagndole la renta, por supuesto. A la redaccin se destin en el mismo
local un compartimiento, para lo cual hubo que ejecutar algunas obras.
Montse al fin la imprenta, no sin muchos e impensados gastos.
Folgueras, que deca estar provisto de todo lo necesario, no tena nada,
y fu preciso encargar a Madrid fundiciones y piezas que faltaban a la
prensa, construir galerines, comprar mesas, etc., etc. Al fin todo qued
arreglado. Don Rosendo trabajaba, como un negro, ocupndose hasta en los
ms nfimos pormenores. Su talento organizador se revel en esta ocasin
mejor que nunca. Se nombr redactor en jefe a Sinforoso Surez, con un
sueldo de veinticinco duros mensuales, y administrador al hijo primero
de don Rufo.

Faltaba el papel. Se haba telegrafiado a Madrid pidiendo una remesa, y
no acababa de llegar. La impaciencia de Belinchn era grande. Telegramas
iban y venan por los alambres elctricos. Unas, veces se deca que
estaba detenido en Lancia: telegrama a Lancia reclamndolo. Otras, que
no haba pasado de Valladolid: telegrama a Valladolid. Otras, que no
haba salido de Madrid: telegrama a Madrid. Don Rosendo jur en esta
ocasin que no encargara ms papel a Madrid, y s lo hara traer de
Blgica. Mas lo que fu motivo de disgusto trocse en placer intenso,
como sucede siempre, cuando al cabo se les particip que unos cuantos
fardos haban llegado a Lancia, y que all esperaban el carro que haba
de traerlos a su destino. Como el peridico estaba ya compuesto haca
das, procedise inmediatamente a la tirada, que haba de ser cuantiosa.
Don Rosendo pretenda esparcirlo profusamente por la provincia, enviarlo
a todas las de Espaa, y hasta darlo a conocer en las naciones
extranjeras. Tanto aqul como sus socios asistieron con inters al acto
de funcionar la mquina. No se cansaron de admirar su complicado rodaje,
la singular precisin de sus movimientos, y la pasmosa velocidad con que
imprima el peridico, pues no bajaban de doscientos los ejemplares que
dejaba enteramente concludos en una hora. Su ilustre fundador, no
pudiendo reprimir el fuego periodstico que le devoraba, se despoj a
presencia de todos de la levita, y se puso a dar con energa al manubrio
de la rueda-volante, hasta que el sudor brot en abundancia de su
despejada frente. Ejemplo sealado de entusiasmo y amor a la
civilizacin que nos complacemos en referir para enseanza de las nuevas
generaciones.

Sali al fin _El Faro de Sarri_ en gran tamao, porque su fundador no
quera que se escatimase papel, y bastante bien impreso. La nico que
apareci borroso fu el grabado de la cabecera, hasta el punto de que la
mayora del pblico qued convencido de que en el individuo que tena la
linterna en la mano, se quera representar un negro en vez de la
respetable persona que ya hemos indicado. Contena un artculo de fondo
impreso en letra grande del doce, titulado _Nuestros propsitos_. Aunque
estaba firmado por La Redaccin, era debido nicamente a la pluma de don
Rosendo. Los propsitos del _Faro_ al aparecer en el estadio de la
prensa, eran principalmente defender, alta la adarga y calada la
visera, los intereses morales y materiales de Sarri, combatir la
ignorancia en todas sus manifestaciones y en las batallas ardientes de
la prensa, luchar sin descanso por el triunfo de las reformas que el
progreso de los tiempos exiga. La redaccin del _Faro_ crea que haba
sonado la hora de romper definitivamente con las doctrinas del pasado.
Sarri deseaba con afn emanciparse de la rutina y de las ideas
mezquinas, romper los moldes estrechos en que yaca aprisionado y
entrar de lleno en el dominio de su propia conciencia y de sus
derechos. Hacemos votos--deca el articulista--por que la aparicin de
nuestro peridico coincida con un perodo de actividad moral y material,
y podamos asistir a una de esas transformaciones sociales que forman
poca en los anales de los pueblos. Si nuestra voz consiguiese despertar
a la villa de Sarri de su largo sueo y estancamiento, y logrsemos ver
lucir pronto la alborada de una era de labor y de estudio propia del
movimiento reformista que aspiramos a iniciar, se ser el mejor
galardn que recibirn nuestros esfuerzos y sacrificios.

El lenguaje no poda ser ms noble y patritico. Y, como siempre, la
modestia corra a las parejas con la autoridad y la elocuencia.

No abrigamos la pretensin--deca--de ser los caudillos en esta gran
batalla del pensamiento que no tardar en iniciarse dentro del recinto
de Sarri. Slo aspiramos a luchar como obscuros soldados, y que se nos
conceda un puesto en la vanguardia. All pelearemos como buenos; y si al
fin caemos vencidos, lo haremos envueltos en la sagrada bandera del
progreso.

Esta alegora militar, caus excelente impresin entre los vecinos, y
contribuy no poco a la entusiasta acogida que el peridico obtuvo.
Finalmente, el artculo era tan elegante en las palabras, tan lleno de
graves sentencias, el estilo tan concertado, que el pblico no tuvo a
quin atriburselo dignamente, sino a su glorioso director.

Y as era la verdad.

Insertaba despus el peridico un largo artculo de Sinforoso, sobre la
mujer. Eran dos columnas cerradas de prosa potica, engalanada con todas
las flores de la retrica, en que se cantaba la dulce influencia de esta
mitad del gnero humano. Aseguraba en trminos calurosos, que la
civilizacin no existe sino en el matrimonio. El amor conyugal es su
nica base. Todo es santo, todo es hermoso, todo es feliz en el lazo
ntimo que une a dos jvenes esposos. Esta invitacin al matrimonio,
aunque dirigida al bello sexo en general, iba en particular, segn la
opinin pblica, a cierta bella estanquera de la calle de Caborana, cuya
amor pretenda Sinforoso haca algunos aos sin resultado. El pblico
crea tambin que la joven concluira por aceptarla, tanto por los
trminos poticos en que iba expuesta, como por los quinientos reales
mensuales que haba comenzado a devengar el invitador.

Vena despus otro del maestro de la villa, don Jernimo de la Fuente,
que era una seria y violenta impugnacin de las tres famosas leyes de
Kepler sobre la mecnica celeste.

Gracias al anteojo que tena en el balcn de su casa, don Jernimo haba
hecho una serie de prodigiosos descubrimientos, que daban al traste con
todos los conocimientos existentes en astronoma. No es maravilla que
el dignsimo profesor de primeras letras, posedo de legtimo orgullo,
exclamase al final de su artculo: Bajen, pues, del pedestal en que la
ignorancia de los hombres los ha colocado esos colosos, portaestandartes
de una falsa ciencia: Kepler, Newton, Laplace, Galileo. Todos sus
clculos se han deshecho como el humo, y sus magnficos sistemas son
hojas secas que, desprendidas del rbol de la ciencia, no tardarn en
pudrirse!

Insertbanse tambin unos versos de Periquito, el hijo de don Pedro
Miranda, en que le deca a cierta misteriosa G., que l era un gusano;
ella una estrella; l una rama; el rbol ella; ella una rosa; la
oruga l; ella una luz; l una sombra; ella la nieve; el fango l,
etc., etc.

Haba motivos para sospechar que aquella G... era cierta Gumersinda,
esposa de un comerciante de harinas, mujer notable por la abundancia de
carnes, que la hacan caminar con dificultad. Periquito amaba a las
casadas y a las gordas. Cuando estas dos preciosas cualidades se reunan
dichosamente en un ser, su pasin no tena lmites. Y tal era el caso
presente. No hay que pensar, sin embargo, que nuestro joven era un
animal daino. Los maridos podan dormir tranquilos en Sarri. Periquito
pasaba la vida enamorado, cundo de una, cundo de otra seora, pero sin
acercarse jams ni osar siquiera enviarle un billete amoroso. Tales
procedimientos no entraban en su mtodo, el cual consista
principalmente en fascinarlas por la mirada. Para esto, dondequiera que
topaba con ellas, fuese en la iglesia o en el teatro, procuraba, lo
primero, colocarse a conveniente distancia. Una voz tomada la posicin,
diriga en lnea recta los efluvios magnticos de sus ojos hacia el
sujeto pasivo del experimento, que de vez en cuando levantaba hacia l
los suyos con expresin de asombro. Muchas veces las honradas esposas,
no considerndose dignas de tan singular adoracin, se miraban a todas
partes, y preguntaban a los que estaban a su lado si por casualidad
tenan algn tizne en la cara, o llevaban enredado en el pelo cualquier
hilacho. Periquito era incansable, y tomaba estos asuntos con la
seriedad que merecan. A veces acaeca pasarse una hora y ms sin
apartar un punto la vista del sitio. Y a veces acaeca tambin que,
transcurrida esta hora, cuando ya pensaba el enamorado mancebo que su
alma se haba filtrado por los poros de la obesa dama, y se apoderaba de
todas sus facultades y sentidos, deca sta por lo bajo a sus
compaeras:

--Jess, este mico de don Pedro, qu mirn es!

Cun ajeno estaba el poeta de que la estrella de sus sueos le haca
descender de un modo tan odioso en la escala zoolgica!

_El Faro de Sarri_ fu para nuestro amartelado joven un medio admirable
de dar forma a las vagas fantasas, inquietudes, ardores y tristezas que
a la continua lo agitaban, y declararse sucesivamente con acrsticos
misteriosos e iniciales a todas las beldades ms o menos macizas que
ostentaban sus amables curvas por las calles de la floreciente villa.

Venan por fin las gacetillas con su correspondiente ttulo cada una,
donde brillaba el ingenio, tanto de Sinforoso, como de todos los que
colaboraban en _El Faro_. Una se titulaba: _A pasear, sarrienses_. El
gacetillero afirmaba en ella, con estilo sencillo y elegante, que el
tiempo estaba delicioso, y que nada mejor podan hacer los habitantes de
Sarri en las horas de la tarde, que dar un paseo por las amenas y
frondosas cercanas de la poblacin. Otra: _Seor Alcalde, por Dios!_
Se excitaba a don Roque para que obligase a poner canalones en algunas
casas.

Posteriormente, esta seccin dej el ttulo de _Gacetilla_ que llevaba
por el de _Novelas a la mano_, que le puso don Rosendo a imitacin de
las clebres _Nouvelles a la main_ del _Fgaro_.

Cerraba el peridico una charada en verso, que, si no recordarnos mal,
era la palabra _avellana_.

El folletn estaba a cargo de don Rufo, que haca ao y medio que
estudiaba el francs sin maestro, por el mtodo Ollendorf. Se resolvi
a traducir, para el peridico, _Los misterios de Pars_, obra en seis
tomos. Excusado es decir que _El Faro de Sarri_, a pesar de vivir
algunos aos, nunca pudo llegar al tomo tercero. Don Rufo era un
traductor notable. Si algn defecto poda ponrsele, era el de ajustarse
demasiadamente al original. Un da se aventur a decir que la condesa
_haba echado mano al botn de su secretario_. Esta declaracin levant
tan gran polvareda entre la gente ignorante, que don Rufo, justamente
irritado, dej la traduccin del folletn. Se le encomend a un piloto
que haba hecho muchos aos la carrera de Bayona.

El xito del nmero primero, como era de esperar, fu prodigioso. El
artculo de Sinforoso, la sabia disertacin de don Jernimo de la
Fuente, las gacetillas y hasta los versos de Periquito, todo fu ledo y
justamente celebrado. Pero lo que preferentemente llam la atencin de
las personas serias y caus en ellas honda impresin, fu el artculo de
don Rosendo _Nuestros propsitos_. Aquel lenguaje periodstico tan
animado y fogoso, aquellos tan nobles pensamientos, el entusiasmo por
los intereses de Sarri, la franqueza y la modestia que en l
resplandecan, llen de jbilo los corazones y les hizo presentir una
era de prosperidad y bienandanza. Por la noche, la orquesta, dirigida
por el seor Anselmo con su gran llave lustrosa, di serenata a la
redaccin. Iluminse la fachada de la imprenta con farolillos
venecianos. Las bellas y regocijadas artesanas de Sarri, cogieron, como
siempre, la ocasin por los pelos para bailar habaneras y mazurcas sobre
los duros guijarros de la calle. Los dignos individuos que con la lengua
de metal rendan tributo de admiracin y entusiasmo a los redactores del
_Faro_, fueron obsequiados por stos con vino de Rueda y cigarros. La
alegra rebosaba de todos los pechos y se desbordaba en abrazos tan
fuertes como espontneos. Don Rosendo abrazaba a Navarro, Alvaro Pea a
don Rudesindo, don Rufo a Sinforoso, y don Pedro Miranda al impresor
Folgueras. Los msicos se abrazaban entre s, y todos y cada uno a su
peritsimo director el seor Anselmo. Fuera de la imprenta, y para
conmemorar tambin aquel da glorioso, Pablito abrazaba a la blonda
Nieves, aprovechando la obscuridad de un portal; y varios otros
mancebos, siguiendo su ejemplo, distribuan igualmente abrazos
conmemorativos entre las alegres mozas aborgenes.

Lo nico que turb por un instante aquel general contento, fu la
singular tristeza que se apoder de Folgueras en cuanto tuvo algunos
litros de vino en el cuerpo. El recuerdo de Lancia, su pueblo natal, se
le ofreci sbito al espritu, dejndole en un estado de tribulacin
difcil de explicar. En el momento en que la algazara y contento
alcanzaban su grado mximo, llam aparte a don Rosendo y con lgrimas en
los ojos, le manifest que la vida fuera de su patria adorada era para
l un fardo insoportable. La muerte, antes que perder de vista la
humilde casa que alberg su cuna, y las calles que tantas veces
recorrieron sus pies infantiles. Aquella misma semana, si Dios quera,
contaba dejar a Sarri y trasladarse de nuevo con sus brtulos a Lancia.

Al recibir de sopetn esta noticia don Rosendo se puso plido.

--Pero, hombre de Dios, y el nmero prximo del _Faro_?

--Don Rosendo, bien puede dispensarme... Usted es un caballero... Un
caballero sabe apreciar los sentimientos de otro caballero... La patria
antes que todo... Guzmn el Bueno arroj el pual por encima de la
muralla para matar a su hijo... Demasiado lo sabe usted. Eh?... Qu
hay de eso?... Riego muri en un cadalso. Eh?... Qu hay de eso? Si yo
fuera de la Inclusa o no tuviese cario a la camisa que traigo puesta,
no necesitaba decirme nada. Toda la vida me tendra usted como un perro
dndole a la rueda... Pero los sentimientos ahogan al hombre... El
hombre vive, el hombre trabaja, el hombre tiene algunas veces un rato de
expansin... Y porque beba un vaso, o dos... o tres! ha de olvidar la
patria?.... Eh? Qu hay de eso?

Don Rosendo llam a don Rudesindo en su auxilio. Entro los dos trataron
de disuadirle con poderosas razones. La ms poderosa de todas fu una
nueva botella de vino de Rueda. Despus de haberla introducido en el
cuerpo, los sentimientos patriticos de Folgueras se debilitaron
visiblemente. Acto continuo pidi otra botella, la bebi, vomit, y se
durmi.

Pensamientos de gloria, vagos deseos de inmortalidad agitaron la mente
del ilustre fundador de _El Faro de Sarri_ al tiempo de meterse en la
cama. Despus de apagar la luz, aun continuaron turbndole, hasta que a
fuerza de dar vueltas lograron cuajarse o adquirir forma. Don Rosendo
pens con emocin en la posibilidad de que a su muerte la villa,
agradecida perpetuase su memoria colocando una lpida con su nombre en
las Casas Consistoriales. _Homenaje de gratitud de la villa de Sarri a
su esclarecido hijo don Rosendo Belinchn, infatigable campen de sus
adelantos morales y materiales._ No era fcil conciliar el sueo rodeado
de estas brillantes imgenes. Sin embargo, al cabo se durmi con la
sonrisa en los labios. Un ngel progresista que el Eterno tiene
aparejado para estos casos, bati las alas toda la noche sobre su
frente, inspirndole ensueos felices.

A la maana siguiente se encontr en la mejor disposicin de espritu en
que hombre alguno puede hallarse despus de coronados sus esfuerzos por
un xito lisonjero. Vistise canturreando trozos de zarzuela. Tom
chocolate con la familia, di un vistazo a los peridicos nacionales y
extranjeros, y sin tallar el paquete de palillos acostumbrado, lanzse a
la calle a cerciorarse del efecto real que el primer nmero del Faro
haba producido. En la tienda de Graells le recibieron con regocijo, le
felicitaron por su artculo (que l modestamente no quera atribuirse) y
hablaron largo y tendido del peridico. Lo que ms excitaba el
entusiasmo de los buenos tertulianos, era la consoladora consideracin
de que Nieva aun no haba llegado ni llegara en mucho tiempo a tal
grado de perfeccionamiento. Y don Rosendo, un poco recalentado por los
elogios, prometi emprender campaas activas en favor de todo lo que se
le demandaba. Uno peda que se hablara del barranco de la calle de
Atrs, otro peda que se colocase un farol cerca de su casa, otro que se
le tirasen algunas pildoras al rematante de las bebidas, otro que los
serenos no cantasen la hora porque esto le turbaba el sueo, etc. Don
Rosendo asenta, frunca las cejas, extenda la mano abierta en signo de
proteccin. El, peridico lo arreglara todo. Ay del que se rebelara
contra las reclamaciones de la prensa!

En el estanquillo de doa Rafaela, de la calle de San Florencio, donde
se reunan algunas honradas matronas de la vecindad con las cuales
gustaba conversar algn rato, entregado a los palillos, tambin le
hablaron del _Faro_. All se fijaban preferentemente en el folletn. Don
Rosendo anunci que el del nmero prximo era mucho ms interesante, y
se fu. En un corro de marinos que haba en el muelle le felicitaron con
rudo entusiasmo y le insinuaron la idea de que la drsena estaba muy
sucia y era menester dragarla. Se dragara: vaya si se dragara! Don
Rosendo se alej gravemente posedo de su omnipotencia. Y al ver rodar a
lo lejos las olas grandes y encrespadas, se pregunt si no sera
oportuno dirigirles una excitacin por medio de la prensa para que
moderasen su impertinente agitacin.

Como se llegase ya la hora de comer, di la vuelta hacia casa meditando
en la grave responsabilidad en que incurrira ante Dios y los hombres
si, teniendo en sus manos aquel poder soberano, no lo emplease en la
prosperidad y engrandecimiento de su pueblo natal. Al llegar a la Ra
Nueva, se encontr en la acera con Gabino Maza. El bilioso ex oficial le
salud muy finamente, le pregunt por toda su familia, y se fu
enterando con amabilidad de la salud de cada uno de sus miembros.
Despus le habl del tiempo, de la posibilidad de que aquel nordeste
vivo se trocase pronto en vendaval cerrado, y no pudiesen salir los
barcos de la carrera de Amrica; se quej en seguida del polvo que
haba en los caminos, lo cual le impeda pasear; se enter del precio
del bacalao y de las noticias que haba de la pesca en Terranova. Don
Rosendo esperaba, como era natural, que le hablase del peridico. Nada:
Maza no hizo la menor alusin a l. Esto comenz a desconcertarle y a
hacer violenta su situacin. La conversacin giraba de un punto a otro
sin tocar en nada que se relacionase con la prensa. Al fin don Rosendo,
algo acortado y enseando toda la pasta de sus dientes, le dijo:

--No ha recibido usted _El Faro_? Se lo he enviado de los primeros.

--Phs... creo que ayer lo han trado a casa; pero an no lo he
abierto--respondi Maza con afectada indiferencia.--Vaya, don Rosendo,
gusta usted de comer conmigo?...-Pues hasta la vista.

Don Rosendo qued un instante clavado al suelo como si le echasen un
jarro de agua fra. La sangre se agolp con furia a su rostro, y
emprendi de nuevo la marcha, vacilante, hacia casa. Como estaba tan
desprevenido, aquel desprecio fu una pualada que le lleg a lo ms
vivo. Despus que ces el aturdimiento, le acometi una ira inconcebible
contra aquel... (no se contentaba con llamarle menos de malvado y
miserable). Lleg a casa en un estado de agitacin deplorable. Aunque se
sent a la mesa, haciendo esfuerzos por calmarse, el estmago,
repentinamente turbado, no quera admitir los alimentos. Estuvo
taciturno y silencioso durante la comida. De vez en cuando sus labios se
contraan con sonrisa sarcstica y murmuraba un villano!

--Qu tienes, Rosendo?--se atrevi al fin a preguntarle su esposa, que
ya estaba inquieta.

--Nada, Paulina; que la envidia produce grandes estragos en el mundo--se
limit a contestar con amargura.

Una vez vertida esta profunda sentencia, qued en un estado de relativo
reposo. Se tendi en una butaca a pensar, y transcurrida media hora
sali de casa otra vez en direccin al Saloncillo. Al entrar en el caf
oy la voz de Gabino Maza que gritaba como siempre all arriba. Se le
figur percibir desde la escalera que hablaba del peridico y que lo
calificaba de solemne payasada. El corazn le di un vuelco y entr en
la sala agitado y triste. Al verle Maza, que gesticulaba en medio de un
grupo, se call, psose el sombrero con ademn hosco y fu a sentarse en
el divn. Los que le escuchaban, don Jaime Marn, Delaunay, don Lorenzo
y don Feliciano Gmez, le saludaron con cierto embarazo y como
avergonzados, lo cual confirm su sospecha. Disimul cuanto pudo, y
esforzndose en poner cara alegre, comenz a hablar de las noticias que
corran. La conversacin tom el rumbo de todos los das; la confianza,
volvi a reinar. Mas el ingeniero Delaunay, personaje tan listo como
malvolo, sac la conversacin del peridico, preguntando a su fundador
con risilla irnica en el espaol chapurrado que usaba:

--Qu trabajitos prepara usted para el prximo nmero, don Rosendo?

--Ya los ver usted cuando salgan--respondi secamente ste, que adivin
la burla escondida detrs de la pregunta.

--Aqu, en don Feliciano--prosigui el ingeniero con la misma
sonrisa--tiene usted un defensor acrrimo.

--Si me defiende es que alguien me ha atacado--respondi don Rosendo con
ms sequedad an.

Nadie pronunci una palabra. El silencio se prolong bastante tiempo,
hasta que lo rompi el mismo Belinchn haciendo una pregunta indiferente
a don Jaime, con lo cual la conversacin volvi a animarse. Pero no se
haba conjurado el choque sino momentneamente. La pelota estaba en el
tejado y no tard en caer. Maza tena vehementes deseos de decir a don
Rosendo que lo del peridico era una mamarrachada. Este no las tena
menos vivas de decirle a Maza que era un envidioso. Y en efecto, a la
primera ocasin que se present, ambos la cogieron por los pelos para
comunicarse estas gratas noticias. La disputa dur ms de dos horas.
Maza procuraba reprimirse porque don Rosendo era un caballero de ms
edad y le deba quince mil reales. El fundador del _Faro_, por razones
de prudencia, tampoco se atreva a soltar enteramente la lengua. Sin
embargo, al cabo, en mejores o peores trminos, todo se dijo para
edificacin de los notables, que se dividieron en favor y en pro de los
contendientes. Hay que confesar que de parte de Maza se pusieron los
menos. Los indianos, indiferentes como siempre a estas peleas, se
asomaban de vez en cuando a la puerta del billar con el taco en la mano,
para escuchar las razones de los contendientes, e ilustrarse. Para ellos
aquellas discusiones eran muy provechosas. Les enseaban una porcin de
trminos y frases que no conocan, y se ponan al tanto, aunque fuese de
un modo superficial, de ciertos problemas de la vida, enteramente
cerrados para ellos... Lstima que la aficin al billar les impidiese
escucharlas siempre!

El estado de agitacin y de clera en que sali don Rosendo del
Saloncillo, no puede ponderarse. Su gran carcter elevado y magnnimo,
fu herido de un modo cruel por la ingratitud y la bajeza de aquellos
falsos amigos. Horrible tormento debe de ser vivir y morir en la
obscuridad cuando se ha nacido para brillar en la cspide de la sociedad
humana, y consumir las fuerzas recibidas del cielo en el vaco y la
inaccin! Ms fiero dolor todava es ver despreciados los ms nobles
trabajos del espritu, los esfuerzos generosos por el triunfo del bien y
la verdad! Tal fu el caso de Scrates, Coln, Galileo, Giordano Bruno,
y tal tambin el de nuestro hroe. La primera mordedura de la envidia le
caus el dolor agudo que debieron sentir estos grandes bienhechores del
gnero humano. Su espritu vacil. Fu un instante nada ms, un desmayo
pasajero que sirvi para acreditar mejor el temple admirable de su alma.

Sin embargo, aquella noche no pudo cenar. Tard mucho tiempo en
conciliar el sueo. A cuntas tristes consideraciones se presta este
caso! Mientras la turbamulta de los sarrienses desprovistos de ingenio,
de ilustracin y de nimo, dorma a pierna suelta, aquel hombre
benemrito se revolcaba en su cama como en lecho de espinas, sin lograr
las caricias del sueo reparador.

A la maana siguiente se levant un poco plido y ojeroso, pero firme y
resuelto a proseguir su obra de regeneracin, a despecho de todos los
obstculos morales y materiales que surgiesen en su camino. Aquella
noche de insomnio, en vez de enflaquecer su nimo y despegarle de su
empresa, le confirm en ella, le di alientos para llevarla a feliz
remate. El fuego consume y hace pavesas la paja; al oro lo acendra.

Ocupse, pues, con bro en trazar el plan del segundo nmero que habra
de aparecer el jueves prximo. Y como siempre acontece, el xito feliz
trajo consigo la voluntad de ayudarle. Muchos fueron los trabajos que se
le ofrecieron para el segundo nmero; mas la mayor parte no eran de
paso. La falta de espacio obligle tambin a rechazar algunos que lo
eran. Con esto hubo algunas murmuraciones y desabrimientos. Segundo
escollo con que tropez su patritica empresa.

Pero al publicarse el quinto nmero surgi otro de mayor cuenta que
produjo en el pueblo honda sensacin y arrastr consigo fuertes
torbellinos. Sucedi que Alvaro Pea, firmemente convencido, como ya
sabemos, de que todos los dolores e imperfecciones que padecemos los
humanos dependen exclusivamente de la preponderancia del clero,
propsose aprovechar el arma del peridico para emprender contra l una
activa campaa. Y para comenzar lanz, a guisa de guerrilleros, unas
cuantas gacetillas. Preguntaba por los fondos de cierta cofrada del
Rosario, que no parecan, hablaba en trminos irrespetuosos de las Hijas
de Mara, y deca chuscadas a propsito de la novena, de las confesiones
y de los escapularios con que se adornaban las jvenes beatas de la
villa. Pero a quien iban particularmente dirigidos los tiros era a don
Benigno, el teniente prroco, director de las conciencias femeninas de
Sarri, y caudillo de todos aquellos combates librados contra el pecado.
El prroco era un hombre aptico, viejo ya, que pasaba la vida en una
casita de campo que posea cerca de la poblacin, dejando de buen grado
a su teniente el cuidado del rebao mstico. Y don Benigno cumpla su
cometido como pastor vigilante y celossimo, rondando el rebao noche y
da, para que el lobo no le arrebatase las ovejas, y criando algunas con
esmero y a la mano para ofrecerlas al esposo bblico. Nada puede
igualarse al ardor con que don Benigno procuraba esposas al Altsimo. En
cuanto una joven se arrodillaba a sus pies para confesarse, se crea en
el caso de insinuarle que el mundo estaba corrompido, que no haba por
dnde cogerle, el condenarse facilsimo, el amor terrenal una
inmundicia, los mismos afectos de hija y de hermana despreciables, el
tiempo para merecer la salvacin muy limitado. En su consecuencia lo
mejor, abandonar este mundo terrenal (don Benigno era muy aficionado a
este adjetivo), y correr a entregarse a Jess, penetrar en la gruta
deleitosa de que habla San Juan de la Cruz, y dejar all olvidado su
cuidado. Conoca l un rinconcito feliz, un verdadero pedacito del
cielo, donde se gozaban anticipadamente las delicias que Dios tiene
reservadas a sus siervas. El rinconcito era un convento de Carmelitas
que acababa de fundarse en las afueras de la villa, y del cual era el
teniente grande y decidido protector. Por cierto que esto tena un poco
desabrido a don Segis, el capelln de las Agustinas, aunque no osaba
manifestarlo, porque no le convena ponerse mal con su compaero.

La insinuacin produca efecto unas veces, otras no. Rara la dejaba caer
don Benigno en los odos de una vieja. Quiz porque calculase que a
Jess le gustaban ms dos de quince que una de treinta, o porque las
hallase ms reacias y desconfiadas que las nias. De todos modos,
aquella cacera espiritual tena episodios interesantes. En cierta
ocasin el teniente fu vctima de la agresin de un joven a quien haba
arrancado su hermana para el convento. En otra, despus de haber
buscado dote para una muchacha y haberla provisto de ropa, la futura de
Cristo se escap de la noche a la maana con un oficial de sastre. Don
Benigno acostumbraba a conducir l mismo las esposas a la morada del
Esposo. Cuando haba dificultades que vencer por parte de la familia, se
portaba con la habilidad y la osada de un consumado seductor.
Organizaba y llevaba a cabo el rapto de la virgen con una astucia que
para s la quisieran muchos tenorios mundanos.

De esto sac pretexto Alvaro Pea para hablar en una gacetilla de cierto
sacerdote aficionado a cazar palomas. Ahora bien; como ya conocemos la
aficin de don Benigno a la cra de pichones, la gacetilla iba
directamente a l y con una intencin diablica. Los lectores as lo
comprendieron. Se coment y ri no poco el daino suelto.

Al verse de aquel modo en ridculo, el excusador, que tena un
temperamento susceptible y bilioso, como todos los artistas, se
enfureci terriblemente.

--Ha ledo usted el _papelucho_ de don Rosendo?--pregunt por la noche
en casa de la Morana a don Segis. Es de advertir que desde la primera
gacetilla irreligiosa don Benigno no volvi a llamar de otro modo al
_Faro de Sarri_.

--S, lo he ledo esta maana en casa de Graells.

--Y qu le parece a usted de aquella indignidad?

--Cul?--pregunt con sosiego el capelln.

--Hombre, no ha ledo usted las infamias que dicen de m?

Don Segis levant el vaso a la altura de los ojos, examin detenidamente
el dorado lquido, lo acerc a los labios y bebi con pausa. Despus de
toser y desgarrar un poco, y limpiarse la boca con un pauelo de
hierbas, dijo gravemente:

--Phs... la intencin no es buena que digamos... Pero vale ms tomar las
cosas con calma. Nada se adelanta con alterarse.

El teniente, que esperaba que don Segis participase de su indignacin,
recibi un nuevo golpe, y call, devorando su enojo. En esta ocasin fu
cuando se manifest la sorda enemiga del capelln de las Agustinas por
la injustificada preferencia que don Benigno otorgaba al convento
naciente. El teniente se volvi entonces hacia el seor Anselmo y don
Juan el Salado. Estos tuvieron la atencin de manifestarse disgustados
por la gacetilla, aunque sin hacer tampoco extremos. Ya sabemos que esto
no se acordaba con la naturaleza de aquella templada y patriarcal
reunin.

Pero al jueves siguiente, Alvaro Pea dejaba descansar a don Benigno y
se meta con el capelln de las monjas, publicando de l una semblanza
en verso, en que se haca muy graciosa mencin del matrimonio de las
copas de ginebra con los vasos de vino blanco. Le toc entonces
enfurecerse a don Segis, y tomarlo con calma a don Benigno. Mas el
sosiego de ste era aparente, y slo para vengarse del de don Segis. En
realidad, su herida manaba sangre todava. As, que no tard en
realizarse la conciliacin, ponindose ambos con inusitado ardor a
quitar el pellejo a todos y a cada uno de los que escriban en el
papelucho de don Rosendo, principiando por ste, su ilustre fundador,
y concluyendo por el dueo de la imprenta. No se les ocultaba que el
autor de las chufletas era Alvaro Pea. Pero como siempre haban tenido
a ste por un desalmado _masn_, capaz de beberse la sangre toda del
clero de Sarri, por no repetirse, le dejaron pronto para cebarse
principalmente en Sinforoso. Las razones que tenan para ello, eran que
ste haba sido seminarista; por consiguiente, un traidor. Luego
proceda de la misma cepa, porque su padre era carlista y su abuelo lo
haba sido tambin. Adems poda dispensarse hasta cierto punto que don
Rosendo Belinchn, don Rudesindo, Alvaro Pea y don Rufo, todos hombres
que significaban algo en la villa, se despachasen a su gusto... pero
aquel petate!... aquel hambrn!

Excitado por la murmuracin, don Benigno bebi algunos vasos ms de los
acostumbrados, y el capelln no quiso quedarse atrs. Cuando los
tertulios salieron de la tienda formando la clsica cadena, don Segis
advirti con satisfaccin que la pierna entumecida le pesaba menos, y se
lo hizo observar a don Benigno, que le di por ello la enhorabuena.
Luego, cuando a los pocos pasos se desprendieron todos para desalojar el
cido rico de su cuerpo frente a las tapias de las Agustinas, el mismo
don Segis manifest en voz alta que aquella noche no tena deseos de
irse a la cama, y les acompaara. Mas el teniente le dijo al odo que
deseaba hablar con l en secreto, y ambos se quedaron delante del
convento.

--Amigo don Segis, qu le parece a usted de ir a limpiar los mocos al
hijo del Perinolo?

--Grave! grave! grave!--murmur don Segis.

--Si pudiramos darle una sopimpa, sin escndalo, se entiende...

--Grave! grave!

--A las once u once y media sale del caf. Podemos esperarle por all
cerca y alumbrarle algunos coscorrones.

--Grave! grave! grave!

--Es usted un hombre o no lo es, don Segis?

La pregunta, aunque inocente, causa honda perturbacin en el espritu
del capelln, a juzgar por la serie de muecas y ademanes descompuestos a
que se entrega antes de pronunciar una palabra.

--Quin? Yo?... Parece mentira que un amigo y un compaero me diga
cosa semejante!

Y di la vuelta muy conmovido y se llev el pauelo a los ojos, de donde
brotaban algunas lgrimas.

--Pues los hombres se portan como hombres. Vamos a castigar la
insolencia de ese pelgar.

--Vamos!--profiri con firmeza el capelln, echando a andar en
direccin a su casa.

--Por ah no, don Segis.

--Por donde usted quiera.

Los dos clrigos se cogieron del brazo y empezaron a caminar, no sin
ciertas vacilaciones explicables, en direccin al caf de la Marina. No
ser de ms decir que ambos vestan de seglar por las noches, con sendas
levitas negras de largo faldn y manga apretada, botas de campana y
enormes sombreros de felpa.

Un buen cuarto de hora invirtieron antes de llegar a las cercanas del
caf. Una vez all, ofuscados por las luces como cndidas mariposas,
quisieron caer, y retrocedieron.

--Lo mejor ser esperarle hacia su casa. Aqu hay todava mucha
gente--dijo don Benigno.

Don Segis se mostr humilde tambin esta vez, siguiendo el impulso de su
compaero.

En la calle de Caborana, esquina a la del Azcar, que la pone en
comunicacin con la Ra Nueva, se situaron ambos como punto estratgico
por donde el enemigo haba de pasar, dado que su casa estaba situada al
final de la calle de Caborana. Los dos clrigos tenan la firme voluntad
de los navarros en el desfiladero de Roncesvalles. As que soportaron
con heroica impavidez, durante media hora de espera, la lluvia menuda
que estaba cayendo, sin que el temor del reumatismo ni otra
consideracin temporal les hiciese moverse una pulgada del puesto que
ocupaban.

Al fin, descuidado y satisfecho, despus de haber sostenido larga y
acalorada discusin en el caf, se retiraba el redactor en jefe del
_Faro_ hacia su casa, cuando inopinadamente le sale al encuentro el
irritable teniente, que le dice con su voz chillona:

--Oiga usted, mocito, quiere usted repetirme ahora las insolencias que
ha dicho en el papelucho de don Rosendo? Tendra mucho gusto en ello.

La sorpresa, el acento sarcstico y amenazador del clrigo, y la vista
del bulto de don Segis, que permaneca a algunos pasos, inmvil, como
fuerza de reserva, infundieron tal pavor en Sinforoso, que en algn
tiempo no pudo articular palabra. Slo cuando el teniente avanz hacia
l un paso, logr decir:

--Tranquilcese usted, don Benigno. Yo no le he nombrado a usted.

--Hola!--exclam el clrigo con sonrisa feroz,--parece que ya no
cantas, tan alto... Qu tiene el gallo que no canta? Qu tiene el
gallo que no canta, guapito?

Don Benigno avanz un paso, y Sinforoso retrocedi otro.

La reserva de don Segis avanz tambin para conservar la distancia
estratgica.

--Tranquilcese usted, don Benigno!--grit Sinforoso con terror.

--Si estoy muy tranquilo, guapo! No deseo ms que oir otra vez aquello
de las palomas, que me ha hecho mucha gracia.

--Yo no lo he escrito!--exclam con angustia el hijo del Perinolo.

--De veras no lo has escrito, guapo?... Pues para cuando lo escribas!

Y descarg una bofetada en la plida mejilla del redactor.

--Sosiguese usted, don Benigno!--exclam el desdichado retrocediendo,
y extendiendo hacia adelante las manos.

--No te digo que estoy muy tranquilo, majo. Toma otra palomita!

Y le di otra bofetada.

--Por Dios, don Benigno, sosiguese usted!

--All va otra palomita!

Nueva bofetada.

Digamos ahora, antes de pasar adelante, que de las que se dieron en
Sarri en los dos aos siguientes a la aparicin del _Faro_ (y sabe Dios
que el nmero es incalculable), lo menos una mitad fueron a parar a las
mejillas de este joven distinguido.

No pudiendo calmar con sus ruegos al enfurecido excusador, y sospechando
que el bando de palomas iba a ser numeroso, el redactor en jefe del
_Faro_ grit con todas sus fuerzas:

--Socorro, que me matan!

Y trat de dar la vuelta para huir; pero los dedos acerados del clrigo
le retuvieron por un brazo. Al mismo tiempo don Segis, creyendo llegado
ya el momento de entrar en fuego, le descarg con su bastn de ballena
un garrotazo en las espaldas.

--Socorro!--volvi a gritar el desdichado.

Es el caso que en aquel momento llegaba de la tienda de Graells, donde
acostumbraba a pasar las noches, el invicto ayudante de marina Alvaro
Pea, que tena su domicilio en la calle del Azcar. Al escuchar los
gritos de su amigo, ech a correr hacia el sitio, diciendo:

--Qu pasa, Sinforoso, qu pasa?

--Auxilio, don Alvaro, que me matan!

--Fijme, Sinforoso, que all va socojo!--le volvi a gritar acercndose
rpidamente.

Los clrigos, oyendo la voz de aquel odioso y terrible enemigo de la
Iglesia, soltaron la presa; pero enardecidos por el combate, trataron de
hacerle frente ponindose en lnea de batalla con los bastones en alto.
Al divisarlos Pea, se estremeci de ira y de gozo al mismo tiempo.

--Son curas!

Vibr el bastn en su mano y el enorme sombrero de don Benigno salt
veinte varas lejos. El teniente retrocedi. Don Segis avanz y trat de
alcanzar con el palo la cabeza del ayudante; pero antes que pudiera
hacerlo, un garrotazo le haba cado sobre el cogote, dejndole
malparado.

--Debiera suponejlo, caramba! Slo estas aves nocturnas son capaces de
esperaj traidoramente a un hombre indefenso, alterando el ojden pblico
y tujbando el sueo de los vecinos... Es menestej concluij con esta raza
de alimaas que chupan la sangre del pueblo, y aspiran a tenejlo sumido
en la bajbarie... Estos son los ministros de Dios! Los apstoles de la
claridad! Los etejnos pejturbadores del ojden social!...

Ni aun en estos crticos instantes poda el ayudante prescindir de
aquella retrica anticlerical que acostumbraba a usar, y de sus frases
campanudas. A cada una acompaaba un garrotazo. Los clrigos, no
pudiendo sostener su rabioso empuje, volvieron grupas, y emprendieron
desaforadamente la carrera. El teniente pronto se vi fuera del alcance
del palo, mas el pobre don Segis, con el peso extraordinario de su
pierna izquierda, se qued rezagado, y tuvo que sufrir las caricias del
bastn de Pea buen rato. A lo lejos se oa la voz de ste, gritando con
chistosa correccin:

--Hipcritas! Sepulcros blanqueados! Es esto confojme con el espritu
del Evangelio, canallas? Predicis la paz y el amoj entre los hombre, y
sois los primeros en barrenaj los textos sagrados! Cundo sacudiremos
vuestro yugo, y nos emanciparemos de la esclavitud en que nos tenis
desde hace tantos siglos!

Cualquiera imaginara al escucharle que estaba pronunciando un discurso
en algn club democrtico, y no administrando una soberana paliza.

As termin aquella refriega.

A la maana siguiente el ayudante recibi la visita del prroco de
Sarri que vena a suplicarle encarecidamente que no se hablase de aquel
incidente desagradable en el peridico, prometiendo en cambio todo
gnero de satisfacciones por parte del teniente y don Segis, lo mismo a
l que a Sinforoso. Pea no quiso ceder a su demanda. La ocasin era
admirable para abrir brecha en los enemigos de la libertad y del
progreso. En efecto, el primer nmero del _Faro_ insert una relacin
circunstanciada escrita en estilo jocoso de todo lo ocurrido.

Con esto los nimos del clero y de las personas timoratas de la villa
quedaron grandemente sobreexcitados.




XI

QUE GONZALO SE CAS.--GRAVES REVUELTAS ENTRE LOS SOCIOS DEL SALONCILLO


Los altos y graves negocios que embargaban a don Rosendo, no
consintieron que dedicase al desagradable suceso que en el mismo tiempo
turbaba la quietud de su casa, aquella atencin preferente que en otra
sazn le hubiese dedicado. Sin embargo, al tener noticia de la traicin
de Gonzalo y del extravo de su hija menor, sintise fuertemente
alterado. Tuvo con su esposa largas y vivas plticas acerca del asunto.
Prueba irrecusable de que los grandes hombres, aunque solicitados por
tantos y tan elevados pensamientos, no desdean por eso las cosas que
tocan a la vida ntima, como vulgarmente se asegura. Su primer impulso
fu despedir a Gonzalo y encerrar a su hija en un convento. Las splicas
de doa Paula y la reflexin, que ejerca sobre su claro espritu
imperio absoluto, le hicieron volver sobre tal acuerdo. Al cabo de
algunos das de dudas (pocos, porque otros cuidados le reclamaban), vino
en permitir que se casasen los descarriados jvenes, no sin celebrar
antes una conferencia con Cecilia y escuchar de sus labios que
perdonaba, de buena voluntad a su hermana, y deseaba que cuanto ms
pronto se celebrase el matrimonio.

Obtenido el consentimiento, una tarde se present Gonzalo en casa de
Belinchn. Haca quince das que no haba estado en ella. Senta el
corazn singularmente agitado, aunque sus deseos tan cumplida y
brevemente hubieran sido satisfechos. Tema la primera entrevista, y no
le faltaba razn. Doa Paula le recibi con marcada frialdad, y hasta en
los criados hall una sombra de hostilidad que le hiri. Por otra parte,
la idea de encontrarse con Cecilia le haca temblar. Mas cuando se
present Venturita en la sala, todos los temores y tristezas se
desvanecieron. Su charla animada, el suave centelleo de sus ojos,
aquellos ademanes graciosos y desenvueltos iluminaron su alma
repentinamente y tocaron en ella a gloria. Olvidado de todo y enajenado
por el timbre adorable de su voz se hallaba, cuando entr en la sala
Cecilia. La vista de su vctima le produjo una extraa y violenta
impresin. Levantse del asiento automticamente. Su fisonoma cambi de
color. Cecilia se acerc a l con paso firme y le alarg la mano con la
misma plcida sonrisa de siempre.

--Cmo te va, Gonzalo?

Pareca que le haba visto el da anterior, y que nada de particular
haba sucedido. Slo su tez estaba un poco ms plida.

Tal confusin se apoder del joven, que no pudo contestar a esta
sencilla pregunta sin balbucir. La mirada clara y tranquila de Cecilia
le hizo el mismo efecto que una corriente elctrica. Volvise a doa
Paula, y el rostro de sta se hallaba fuertemente fruncido con expresin
severa y dolorosa. Venturita miraba hacia los balcones con afectada
indiferencia. Al fin se sent todo convulso. Cecilia, que vena a pedir
a su madre las llaves de los armarios, sali de la estancia dirigindole
una tranquila sonrisa de despedida.

Comenzaron los preparativos de matrimonio. Doa Paula tuvo la
delicadeza, rara en una mujer nacida en el pueblo, de no consentir que
pieza alguna de ropa destinada a Cecilia sirviese para su hermana.
Hzose, pues, un nuevo equipo apresuradamente. Cecilia trabaj en l,
con sorpresa profunda de las costureras. Unas lo achacaban a bondad,
otras a indiferencia. Lo cierto es que su fisonoma, aunque un poco
marchita, expresaba la misma serena alegra de siempre. Sus manos se
movan formando las iniciales de su hermana con la misma ligereza que
cuando bordaba las suyas. Pero las tijeras al cortar, _chis, chis_, y
las agujas al coser, _cruj, cruj_, no le decan ya aquellas cosas tan
lindas que la hacan temblar de gozo, sino otras muy horribles, ay! muy
horribles. Quedaban sepultadas en su corazn. El mejor lector no leera
en sus ojos grandes, hermosos y suaves ms que el captulo risueo de
siempre.

--No te lo deca yo, mujer?--murmuraba Teresa al odo de Valentina
mirando a nuestra joven.--Si la seorita Cecilia no puede querer a
nadie.

Gonzalo hua de entrar en la sala de costura. Cuando alguna vez lo
haca, se mostraba tan alterado y confuso, que las bordadoras se
guiaban el ojo sonriendo. Al verle de aquel modo y a Cecilia tan
sosegada e indiferente, cualquiera trocara los papeles que ambos haban
hecho en aquel triste episodio de amor.

Las lenguas, en tanto, all afuera, en las calles, en las tiendas, en
las casas y en los paseos, no se daban punto de parada. El
acontecimiento haba causado profunda sensacin en la villa. Mientras se
preparaba el matrimonio con Cecilia, la opinin general era que Gonzalo
daba pruebas de tener un gusto deplorable. Se despellejaba a la pobre
muchacha, y se la pona poco menos que como un monstruo de fealdad.
Todos se maravillaban de que no hubiese elegido a su hermana, tan linda,
tan graciosa. En cuanto aprendieron el cambio, las opiniones viraron
asimismo repentinamente. Qu escndalo! Qu accin tan villana! Qu
padres los que consienten tal ultraje! Dnde est la vergenza de los
hombres? Pobre nia, tan buena, tan esbelta, con unos ojos tan
hermosos!--Yo la encuentro ms bonita que su hermana.--Yo lo mismo...

No dejemos escapar la ocasin de decir que esta constante censura, este
eterno descontento de los hombres respecto de las acciones de sus
semejantes, que tanto nos desespera, no supone tanta ruindad de
intencin, maldad o envidia en ellos como nos complacemos en creer
siempre que somos objeto de crtica. No es otra cosa que un testimonio
claro de la imperfeccin de nuestra existencia planetaria y del amor al
ideal que todo hombre lleva dentro de s sin verlo jams realizado.
Despus de habernos as mostrado filsofos y optimistas, prosigamos
nuestra narracin.

Lleg el da del matrimonio. Efectuse de madrugada dentro de la misma
casa de Belinchn, con asistencia de algunos parientes y amigos. Despus
de tomar chocolate, partieron los novios para Tejada.

Era sta un posesin situada a una legua prximamente de la villa, donde
el genio de don Rosendo, secundado por el dinero, haba tenido ocasin
de desenvolverse libremente y dar prodigiosos frutos. Cuando la
comprara, haca ms de veinte aos, constituanla unos cuantos prados y
un bosque donde pastaban las vacas y cantaban los malvises, jilgueros y
mirlos. Don Rosendo principi por desterrar esta colonia indgena y
substituirla por otra extranjera. El ganado del pas fu proscripto
trayendo en su lugar otro de Suiza. Con igual severidad fueron
arrojados, a tiros, de los rboles, los pajaritos antiguos, para colgar
un sinnmero de jaulas con aves raras y exticas, que graznaban
miserablemente todo el ao a la salida del sol. El espritu emprendedor
y reformista de don Rosendo, no se detuvo tampoco en el reino animal.
Con la misma audacia pas al vegetal, e hizo cambiar por entero la faz
de aquellos campos. Poco a poco, a impulsos del hacha y de la sierra,
fueron desapareciendo los copudos y grandes castaos de hojas anchas y
frescas con sus torsos retorcidos de piel rugosa, los gigantescos robles
que haban renovado sus hojas picadas ms de trescientas veces, los
nogales que parecen enormes plantas de albahaca, los jugosos pomares,
cuyas ramas se doblan hasta dejar delicadamente el fruto en el suelo, y
otros rboles de arraigo y respetabilidad en el pas. En su lugar se
plantaron _washingtonias, wellingtonias, araucarias excelsas_ y otros
muchos rboles de casta extranjera, perteneciendo en su mayor parte a
la familia de las conferas. Esto haca que la posesin, en concepto del
vulgo, guardase cierto parecido con un cementerio. Responda don Rosendo
a tal observacin, que las conferas tenan la ventaja de conservar la
hoja por el invierno. Replicaba el vulgo que de este modo pareca un
cementerio por el invierno y por el verano. Don Rosendo no se dignaba
contestar a esta sandez, y tena razn.

Como lo que mucho vale mucho cuesta, aquellos extranjeros de ambos
reinos, se llevaban una buena parte de la renta de Belinchn. Los
pajaritos del pas se buscaban el alimento y aliaban sus plumas sin
necesidad de ayuda de cmara. Los de fuera, encerrados en jaulas y
enormes pajareras construdas al efecto, exigan algunos servidores para
procurarles la adecuada alimentacin y hacerles la limpieza. Despus, la
nostalgia causaba en ellos grandes claros, que se llenaban encargando a
Pars y Londres nuevas y costosas remesas. Lo mismo pasaba con los
vegetales. Para que uno se lograse a fuerza de cuidados y desvelos,
perecan treinta o cuarenta. La vigilancia constante de los jardineros
no bastaba a impedir esta considerable mortandad.

La casa, tampoco era de estilo nacional, ni siquiera europeo. Estaba
construda segn los preceptos de la arquitectura chinesca, llena de
torrecillas festonadas por todos lados. Qu conexin tenan estas
diminutas torres de ladrillo con la famosa de Babel, donde los idiomas
se confundieron, nosotros no lo sabemos; pero debemos manifestar que a
esta fbrica as guarnecida, la llamaban en el pas _la Babilonia de don
Rosendo_. Estaba suntuosamente amueblada. No faltaba dentro de ella
ninguna de las comodidades y refinamientos que la moderna civilizacin
proporciona a los ricos. Tena una famosa habitacin decorada al estilo
persa, cuarto de bao, un espacioso comedor medianamente pintado y
algunos lindos gabinetes pequeos y tibios, donde la luz entraba cernida
por cristales de colores.

A este nido vinieron a parar Gonzalo y Ventura dos horas despus de
hallarse unidos para siempre. En el camino se haban hablado con
desembarazo de cosas indiferentes. El joven haba aplicado algunos besos
en las mejillas de la nia, lo mismo que cuando novios. Mas al llegar a
la _babilonia_, y encontrarse solos en la cmara persa, sintise
extraamente confuso y acortado. Buscaba asuntos de conversacin, y en
todos se perda. Venturita apenas le contestaba mirndole de reojo, con
una expresin entre burlona y apasionada.

--Mira, calla, calla! Ests diciendo muchas tonteras... Calla, y dame
un beso--concluy por decirle riendo, y tapndole la boca con su
primorosa mano.

Gonzalo se puso colorado, y la abraz con frenes.

Su embriaguez en los primeros das ray en locura. Venturita era, por su
belleza singular, por la expresin lnguida y voluptuosa de sus ojos,
por la tendencia invencible al descanso, una verdadera odalisca. Pero no
como stas solamente un animal hermoso, sino animada por ingenio
chispeante, que desbordaba a cada momento en graciosos equvocos y
felices ocurrencias. Gonzalo se desternillaba de risa, sin comprender
que es peligroso que los maridos ran demasiado los chistes de sus
mujeres.

La vida que hacan era harto sedentaria. A Ventura no le gustaba salir
de casa. El sol le produca dolor de cabeza; el fresco de la tarde le
irritaba la garganta. Cuidaba del alio de su persona, y variaba de
trajes lo mismo que si se hallase en Madrid. En su tocador pasaba una
gran parte del da. Esto no disgustaba a Gonzalo. Al contrario, cuando
la vea salir tan linda y gallarda, exhalando, como las flores
tropicales, un perfume penetrante, sentase posedo de entusiasmo. Un
estremecimiento voluptuoso agitaba todo su ser, pensando que aquella
obra exquisita de la Naturaleza era suya, enteramente suya.

Sin embargo, no lo era tanto como l se figuraba. Algunas veces la joven
esposa, medio en serio, medio en broma, se encerraba en su cuarto. All
pasaba tres o cuatro horas sin consentir que entrase, a pesar de los
ruegos cariosos que le diriga por el agujero de la llave.

--Te privo de mi vista por algn tiempo--deca despus riendo,--para que
desees ms el tenerme junto a ti.

Y, en efecto, por medio de estas coqueteras, el apetito del joven
creca extremadamente, y se converta en delirio.

A las horas que bien le placa a la hermosa, salan a pasear por los
jardines, sin alejarse mucho. Al llegar a algn sitio umbro y fresco,
de los pocos que la mano reformista de don Rosendo haba dejado, la nia
quera sentarse; pero no sobre la hierba ni sobre un banco rstico. Era
menester que Gonzalo corriese a casa y trajese una butaca.

--Ahora, sintate aqu a mis pies.

El mancebo se postraba y besaba con entusiasmo los manos que la gentil
esposa le tenda.

--Sansn y Dalila!--exclamaba ella riendo y hundiendo sus manos como
copos de nieve en la rubia y rizada barba de su marido.

--Tienes razn--responda l dando un suspiro.--Un Sansn sin cabellos.

--Qu no tienes cabellos!... Y esto qu es?--replicaba levantando su
pelo, y ponindolo erizado como una escoba.

--Hablo de mis fuerzas.

--No tienes fuerzas, eh? A ver: saque usted esos brazos.

El, riendo, se despojaba de la americana, y remangndose la camisa
mostraba sus brazos enormes de gladiador, donde la musculatura tomaba
brioso relieve como un espeso tejido de cuerdas.

--Qu barbaridad!--exclamaba la nia cogiendo uno con ambas manos, sin
lograr ni con mucho abarcarlo. Y poseda de repentino entusiasmo y
admiracin, aada:

--Qu fuerte, qu hermoso eres, Gonzalo! Djame morderte esos brazos.

Y se inclinaba para hincar sus dientes menudsimos en ellos. Pero el
mancebo tenda sus frreos msculos, y los dientes resbalaban por la
piel sin penetrarla.

Entonces ella se enfadaba, insista, quera a todo trance coger carne.
Al cabo, l aflojaba los msculos diciendo:

--Te dejo morder; pero a condicin de que me hagas sangre.

--No, eso no--responda ella, expresando en la sonrisa anhelante el
deseo de hacerlo.

-S, quiero que me hagas sangre; si no, no te dejo.

La nia empezaba apretando poco a poco la carne de su marido.

--Ms!--deca ste.

Y apretaba ms.

--Ms!--volva a decir.

Segua apretando mientras en sus ojos chispeaba una sonrisa maliciosa.

--Ms! ms!

--Basta--deca ella levantndose.--Lo ves? ya te hice sangre! Qu
atrocidad, ni que fuese un perro!

E inclinndose de nuevo, chupaba con afn voluptuoso la gotita de sangre
que saltaba en el brazo. Ambos sonrean con pasin reprimida. Despus
miraban al pequeo crculo crdeno que los dientes de la nia haban
dejado impreso.

--Lo ves?--volva a decir ella avergonzada.--Vaya unos caprichos
extraos los que tienes!

--Gracias. Quisiera que esta marca quedase, ah eternamente. Pero no;
bien pronto se borrar, por desgracia!

--Puedo renovarla a diario--replic maliciosamente.

--Me alegrara mucho.

--Vamos, t quieres convertir a tu mujer en perrita. Dilo francamente.

Y abrazndole repentinamente, y besndole con frenes en los ojos, en
las mejillas, en la boca, en la barba, le repeta sin cesar:

--Dilo francamente! Dilo francamente, pedazo de oso!... Esta boca es
ma, y la beso. Esta barba es ma, y tambin la beso. Este cuello es
mo, y lo beso. Estos brazos son mos, mos! y los beso.

--Tmame todo: mi vida es tuya--deca l ebrio de dicha.

--Te quiero, te quiero, Gonzalo, por lo hermoso, por lo fuerte... A ver,
djame poner una mano sobre la tuya... Qu disparate, parece una
hormiga!

--Una hormiga blanca--replicaba l ahogando aquella diminuta mano entre
las suyas grandes y fibrosas.

--Te quiero, te quiero, Gonzalo. Tmame en brazos. Sers capaz de
pasear conmigo as?

--Oh! no he de ser?

La levant como una pluma, y ponindola sobre un brazo como a los nios,
comenz a dar brincos por el jardn.

--No tanto! Llvame suavemente. Vamos de paseo.

La pase sin fatigarse por todo el parque. Y desde aquel da aquella
forma de paseo le agrad tanto a la nia, que en cuanto salan de casa
se colgaba al cuello de su marido para que la subiese. Los criados al
verlos movan la cabeza sonriendo.

Pero muy pronto descubri otro medio de pasarlo an mejor. Haba cerca
de casa un columpio que el tiempo, ms que el uso, haba deteriorado.
Hizo que se arreglase, y en cuanto lo tuvo presto se pasaba las horas
mecida por Gonzalo.

--Si vieras cmo gozo. Da un poco ms fuerte.

Y al empuje vigoroso del joven, el columpio volaba, y la nia cerraba
los ojos dilatando la nariz con un sentimiento de intenso placer.

Gonzalo gozaba en verla as arrobada.

Transcurrieron veinte das de esta suerte. Durante ellos recibieron dos
visitas de Pablito y Piscis, una vez en tlburi y otra a caballo. En
esta ltima su principal objeto era dar picadero a una jaca que Pablo
haba cambiado por otra ms vieja. Y cosa extraa! a pesar del
enajenamiento amoroso en que nuestro mancebo se hallaba, recibi la
visita de los quites con inexplicable alegra, les ayud afanosamente
en su tarea. Al marcharse sinti una impresin de vaco en su vida.
Porque era sta tan reposada y pacfica, que su sangre y sus msculos
padecan. Un da le habl a su esposa de ir de caza, pues era famoso e
incansable cazador. Venturita no se opuso, con tal que la llevase
consigo. As se convino. Salieron una maana en busca de un bando de
perdices, de cuya existencia saba Gonzalo desde el da en que haba
llegado a Tejada. Pero antes de alejarse dos kilmetros de la casa,
Venturita se manifest enteramente rendida. Le era imposible dar un paso
ms. Se vi precisado a traerla en brazos y a renunciar a su favorito
recreo.

Doa Paula, que haba mirado con hostilidad aquel matrimonio, no habl
de ir a ver a los novios hasta despus de pasados muchos das. Quiso que
Pablito la acompaase, porque tema que a Cecilia le causase algn dolor
el hacerlo; mas, enterada sta, expres su decisin de ir tambin a
Tejada. Y una tarde madre e hija emprendieron en carretela descubierta
el camino que llevaba a la posesin. Pero al acercarse a ella y
columbrar las famosas torrecillas de ladrillo, Cecilia comenz a
empalidecer, sinti el pecho oprimido y la vista turbada. Doa Paula,
que advirti su indisposicin, orden al cochero dar la vuelta.

--Pobre hija!--la dijo besndola.--Ves cmo no puedes venir?

--Ya podr, mam, ya podr--respondi tapndose los ojos con una mano.

Al da siguiente, fu doa Paula acompaada de Pablo. Hall a los
esposos muy propicios a dejar aquel nido escondido y trasladarse a la
villa; como se efectu en la misma semana.

Cecilia sali a recibirlos a la puerta de la calle y abraz y bes a su
hermana con efusin. A Gonzalo, le tendi la mano, que por un esfuerzo
soberano de la voluntad, no tembl. El joven la estrech con fraternal
afecto, creyndose perdonado.

Los novios ocuparon las habitaciones que doa Paula haba destinado a su
hija primognita. La vida comenz a deslizarse serena en apariencia.
Gonzalo adverta, no obstante, con pesar, que no les envolva esa
atmsfera tibia y afectuosa que hace tan grato el hogar domstico. Desde
don Rosendo hasta el ltimo criado, se mostraban con ellos atentos,
deferentes, no cariosos. Ventura no lo adverta, y si lo adverta le
importaba poco.

Volvamos ahora la vista a los asuntos ms interesantes de la vida
pblica de Sarri.

Ganada aquella noble victoria de los clrigos, las cosas del _Faro de
Sarri_, procedan bien y prsperamente. El brioso y denodado ayudante
de marina, pudo continuar su campaa civilizadora sin peligro de nuevas
celadas. Sinforoso no se retiraba, sin embargo, a su casa sin ir
acompaado de l o de otro amigo, perfectamente armados ambos.

Pero Gabino Maza, el eterno disidente, supo aprovechar maliciosamente
aquella ruptura con la Iglesia, para sobresaltar las conciencias de
algunos vecinos. No que l fuese catlico ferviente, ni le diese una
higa por que se pusiera a los curas como hoja de perejil. Al contrario,
toda la vida haba profesado ideas bastante heterodoxas y haba
maldecido de los beatos. Mas ahora se mostraba escandalizado: Al fin y
al cabo, habamos sido educados en el respeto de la religin, la cual es
el nico freno para el pueblo. No se pueden ofender tan descaradamente
las sagradas creencias de nuestras esposas, etc., etc. Algunos con
estas prfidas insinuaciones, dejaron la suscripcin del peridico.

Los redactores y su director, que adivinaban de dnde vena el golpe,
estaban grandemente indignados. Gabino Maza, secundado por el no menos
dscolo Delaunay, no cejaba en su campaa de murmuracin. Mientras
alguno de los del Faro estaba delante, nada; pero en cuanto se iba,
esgriman las lenguas con singular encarnizamiento. Unas veces hablando
en serio, otras apelando a la burla, se trituraba a todos los que
intervenan en el peridico, y muy particularmente, como es lgico, al
que mejor y ms altamente lo personificaba, el eximio don Rosendo.
Decan oh, mengua! que slo el afn de verse en letras de molde haba
impulsado a aquellos benemritos ciudadanos a encender la antorcha del
progreso en Sarri; que don Rufo, el mdico, era un farsante; Sinforoso,
un pobrete a quien arrojaban un mendrugo; Alvaro Pea (aqu bajaban la
voz y miraban a todos lados), un botarate sin pizca de juicio; don
Feliciano Gmez, un pobre diablo a quien ms importaba ocuparse en sus
negocios no muy florecientes; don Rudesindo, un gran cazurro, que
trataba de alquilar su almacn y anunciar su sidra. En cuanto al
fundador y promovedor de aquella empresa, don Rosendo, decan que toda
la vida haba sido un badulaque, un necio que se crea escritor, sin
entender de otra cosa que del alza y baja del bacalao...

Slo el deber imperioso de aparecer como cronistas fieles e imparciales,
nos obliga a dar cuenta de tales habladuras. Bien sabe Dios que ha sido
con harto trabajo y disgusto. Porque la misma pluma se estremece en
nuestras manos y se niega a estampar semejantes abominaciones.

De don Pedro Miranda, abstenanse de murmurar los murmuradores, no por
otra razn sino por tenerle solicitado para que dejase la participacin
en el peridico, a lo cual le vean inclinarse desde la refriega de los
clrigos; pues era don Pedro cristiano viejo y muy grande amigo del
capelln de las Agustinas. Con sus malvolos discursos, haban logrado
desatar contra el peridico a algunas damas influyentes de la villa,
entre ellas doa Brgida. Con esto tuvieron por suyo dentro del
Saloncillo al sandio y degradado Marn. Tambin atrajeron a su bando,
poco despus, al borracho del alcalde. Por una parte el espritu de
compaerismo con los tertulios de la tienda de la Morana, y por otra la
molestia que senta con las constantes excitaciones de la prensa, a las
que no estaba acostumbrado, le hicieron renegar pronto de aquel gran
adelanto. Lo que acab de ponerle mal con _El Faro_ y sus redactores,
fu cierta gacetilla en que se censuraba al ayuntamiento y al alcalde
con alguna dureza, por el lamentable abandono en que tenan los
servicios de polica urbana, y lo poco que trabajaban por hacer
agradable la temporada de verano a los distinguidos escrofulosos que
acudan a la playa de Sarri en busca de salud.

Aunque aparentemente se trataban como amigos, exista, pues, entre los
socios principales del Saloncillo sorda y disimulada enemiga. Iba sta
aumentando de da en da merced a los correveidiles que, en ocasiones
anlogas, no cesan de sembrar envidias y rencores. Temanse ya las
disputas y se rehuan, porque los desaforados gritos y los baldones que
antes se lanzaban sin resultado alguno, gracias a la cordial avenencia
que exista entre todos, eran, al presente, de mucho peligro. Reinaba,
por tanto, en aquel recinto, ms silencio, ms cortesa, pero muchsima
menos franqueza y cordialidad.

Aquella tirantez no poda durar mucho tiempo. Entre personas que todos
los das se ven y se hablan, y no se quieren bien, es imposible que en
breve plazo no deje de estallar la discordia. La ocasin fu sta. Lleg
al Saloncillo (noramala fu!), sin saber quin lo trajera, un ejemplar
de cierta _Ilustracin_ catalana, donde, entre otros grabados, se vea
uno representando las orillas de un ro americano, y en ellas
solazndose hasta una docena de cocodrilos de diversos tamaos. Tena el
ejemplar en la mano Maza, cuando acercndose don Rufo por detrs,
exclam en tono jocoso:

--Vaya unos cocodrilos esculidos!

--No son cocodrilos--manifest Maza en tono seco y desdeoso, sin
levantar la cabeza.

--Y por qu no han de ser?--pregunt el mdico herido por aquel tono.

--Porque no.

--Valiente razn!

--Si no te convence, estudia, que yo no estoy aqu para hacer obras de
misericordia.

--Uf! El sabio de la Grecia! Apartarse a un lado, seores!

--No soy un sabio, pero no digo que estos animales son cocodrilos,
cuando en el ro Maran no se cran cocodrilos.

--Qu son entonces?

--Caimanes.

--Llmalo hache! Caimanes y cocodrilos vienen a ser lo mismo.

--Otra barbaridad! Dnde has aprendido eso?

--Hombre, es de clavo pasado. El caimn y el cocodrilo no se diferencian
ms que en el nombre. Aqu est don Lorenzo que ha viajado, y puede
decir si no es verdad.

--El caimn es algo ms pequeo--expres don Lorenzo con sonrisa
conciliadora.

--El tamao es de poca importancia. La cuestin es saber si tiene o no
la misma figura.

Don Lorenzo se inclin en seal de asentimiento. Maza salt, hecho una
furia:

--Pero, seores. Pero, seores! Estamos entre personas ilustradas o
entre aldeanos? De dnde sacan ustedes que caimn es lo mismo que
cocodrilo? El cocodrilo es un animal del Mundo Viejo y el caimn es del
Nuevo Mundo.

--Dispnseme usted, amigo Maza; yo he visto cocodrilos en
Filipinas--manifest don Rudesindo.

--Y qu quiere usted decir con eso?

--Como usted deca que los cocodrilos no se cran en el Nuevo Mundo...

--Otra que tal! Las Filipinas son del Nuevo Mundo? Seores, seores!
hay que abrir los paraguas. Hoy llueven aqu burradas.

--Pues qu, Filipinas querr usted decirme que no es
Ultramar?--pregunt don Rudesindo con la faz descompuesta.

--Nada, nada, siga el chaparrn!

--La diferencia principal, seores, que existe entre el cocodrilo y el
caimn--dijo a esta sazn con autoridad don Lorenzo--es que el cocodrilo
tiene tres carreras de dientes y el caimn slo tiene dos.

--No es eso, hombre, no es eso! Los cocodrilos tienen las mismas
carreras de dientes que los caimanes.

Don Lorenzo sostuvo con bro su aserto. Le ayud en la defensa don
Rudesindo. Maza le atac con no menos fuego, apoyado por Delaunay.
Pronto entraron en liza otros cuantos socios generalizndose el combate,
que fu hacindose cada vez ms vivo. Las voces eran horrendas. Si
hubieran posedo tres carreras de dientes como los cocodrilos, o aunque
fuesen dos, no dudo que se devoraran, dada la rabia y el coraje con que
se enseaban la nica con que la Naturaleza les haba dotado. Maza
estuvo tan procaz, tan insolente, que al fin don Rudesindo, sin ser
dueo de s, le descarg un paraguazo en la cabeza. Siguise a ste una
granizada de ellos entre los contendientes, con un pavoroso estruendo de
ballenas y varillas de alambre que daba escalofros al varn ms
arriscado. Muchos, que no se haban acordado siquiera de emitir su
opinin sobre la dentadura de los reptiles citados, recibieron su parte
alcuota de paraguazos, lo mismo que los que ms haban esclarecido la
cuestin con sus discursos. Subieron del caf el amo con algunas otras
personas; suspendieron los indianos del billar su juego; terci don
Melchor de las Cuevas, de quien as en guerra como en paz se haca mucho
caso. Al cabo se logr apaciguar el alboroto ya que no concertar las
voluntades, haca algunos meses resfriadas.

El resultado fu que desde aquel da Gabino Maza, Delaunay, don Roque,
Marn y otros tres o cuatro socios ms, se retiraron del Saloncillo. Don
Pedro Miranda sigui asistiendo con largos intervalos de ausencia. Esto
haca presumir a los tertulios restantes y a los redactores del _Faro_
que no poda contarse con l, y que no tardara mucho en caer del lado
contrario. Como sucedi en efecto. Los disidentes empezaron a reunirse
en el caf de Londres situado en la calle de Caborana. Pero no muchos
meses despus corri por la villa la noticia de que alquilaban un
almacn en la calle de San Florencio para establecer sus reuniones. Y
as fu. Lo entarimaron, lo alfombraron, despus pintaron sus paredes y
su techo, amueblronlo con algunas sillas y butacas, pusieron mesas de
tresillo y comenzaron a asistir tarde y noche a aquel sitio tan
asiduamente como antes al Saloncillo. Por ser bajo de techo y tener
embutida en la pared una litera que sirvi para dormir la siesta Marn,
empez a llamarse a aquel sitio en la poblacin el _Camarote_, y este
nombre le qued. Los del _Faro_, que haban desdeado a los desertores
mientras no tenan techo donde guarecerse, entraron en cuidado. El
primer sntoma de temor fu una gacetilla o _novela a la mano_ en
verso-prosa describiendo aquella nueva tertulia y pintando a cada uno de
sus socios con nombres de animales; Maza la vbora, Delaunay un gallo
belga, Marn el jumento, don Roque el cerdo, etctera, etc. Esta
gacetilla exasper a los del Camarote de un modo indecible.

Don Rosendo continuaba cada vez ms pujante y empeado en su campaa
periodstica. Introduca en el _Faro_ todas aquellas formas y maneras
que observaba en la prensa nacional y extranjera, particularmente en la
francesa. Haba comisionado a un escritor de Madrid para que los
mircoles le remitiese un telegrama de veinte palabras, y le escribiese
adems cartas polticas y literarias; traduca l todas las noticias
curiosas que hallaba en los peridicos; haca revistas de modas, de
tribunales, de teatros (cuando haba compaa). Pero donde ms se
distingua era en las de mercados. No es fcil representarse la destreza
con que manejaba, traa y llevaba los cereales, los aceites, los caldos
y los arroces. Para que se vea con qu amenidad y galanura saba tratar
un asunto tan prosaico, diremos que en una ocasin escriba: Las
mieles, sensibles a estas alteraciones, se pronunciaron en baja y no
alcanzaron estabilidad y firmeza en sus precios hasta que los cafs,
los cacaos y dems gneros ultramarinos lograron reprimir sus vivas
oscilaciones. Era, en suma, el alma del peridico.

No bastaba, sin embargo, lo que haba hecho para ponerlo a la altura de
su ideal. Belinchn siempre haba seguido con vivsimo inters en los
peridicos de Pars aquellas polmicas personales que rara vez dejaban
de terminar con un duelo. Y las peripecias de ste, contadas
minuciosamente por algn testigo, le placan tan extremadamente, que
ninguna comida haba para l tan sabrosa, ni ms grato recreo. Cuando
pasaban muchos das sin desafo, don Rosendo languideca. Las
descripciones de los asaltos de armas entre los clebres tiradores de la
capital de Francia, excitaban tambin grandemente su curiosidad. Y
aunque un poco se le enredaban en el magn aquellas frases tcnicas
_engagement de sixte, battement en quarte, contre-riposte, feinte_,
etc., all las traduca a su modo y se daba por enterado. Deca l que
en ningn signo se conoca mejor el grado de cultura de un pas que en
la aficin a las armas. El manejo de ellas despertaba o avivaba la idea
del honor y la dignidad humana. Su abandono arrastraba consigo la
cobarda y la degradacin. Conoca mejor que sus parientes la biografa
de los grandes duelistas y _gens des armes_ de Pars. Poda describir
con pelos y seales los desafos que haban tenido y la gravedad de las
heridas. En cuanto se anunciaba un asalto entre dos maestros, por
ejemplo Jacob y Grisier, ya estaba nuestro caballero excitado. Abra con
precipitacin todos los das el _Fgaro_ y apostaba en su interior por
uno o por otro.

Un da se le ocurri en la cama (donde le asaltaban siempre las grandes
ideas) que ser periodista sin conocer las armas o manejarlas, era lo
mismo que ser bailarn y no tocar las castauelas. El da menos pensado
se suscitaba un lance, haba que acudir al terreno, y l no saba
siquiera ponerse en guardia. Verdad que en todo Sarri no haba quien
supiese ms. Pero nadie tena tanta obligacin de conocer la esgrima
como l. Adems, el altercado poda ser con un periodista de Lancia o de
Madrid, y entonces era preciso dejarse asesinar. Estas imaginaciones le
llevaron a adoptar una resolucin; la de aprender a toda costa a tirar
el florete. Cmo? Haciendo venir un maestro a Sarri, ya que l no
poda separarse de este punto. Sin comunicar el pensamiento con nadie,
escribi a un amigo de Pars, el cual busc en las salas de armas de
esta ciudad algn auxiliar o _prevot_ que quisiera expatriarse. Al cabo
de algn tiempo se hall uno que, mediante la cantidad de dos mil
francos anuales, y dejndole libertad para dar lecciones, consinti en
venir a establecerse en la villa del Cantbrico.

Un da, con verdadera estupefaccin del vecindario, se dijo que acababa
de llegar en la goleta _Julia_ un profesor de esgrima, M. Lemaire, con
el exclusivo objeto de ensear el manejo de las armas a don Rosendo. Y,
en efecto, pronto se vi a ste acompaado de un joven delgadito y
rubio, de traza extranjera. La impresin fu honda. En los pueblos
pequeos, donde la gente se pega de palos y bofetadas, la frialdad, la
correccin y la gravedad de los duelos produce asombro y terror. Lo
primero que se les ocurri fu que don Rosendo deseaba matar a alguno.
Slo despus de mucho tiempo comprendieron la razn de aquel
aprendizaje.

Don Rosendo lo tom con el ardor y seriedad que mereca. Todos los das
dedicaba un par de horas por la maana, y otro por la tarde, a tirarse a
fondo, que fu lo nico que le permiti hacer el profesor en los dos
primeros meses. El resultado notabilsimo de este ejercicio fu que al
cabo de algn tiempo no saba si sus piernas eran verdaderamente suyas o
de otro bpedo racional como l. Tan agudas y vivas fueron las agujetas
que le acometieron, que hasta, cuando se hallaba durmiendo crea estar
tirndose a fondo. Despertaba sobresaltado con terribles dolores en las
articulaciones. Luego aquel M. Lemaire era tan cruel! Nunca se daba por
satisfecho del trabajo de las extremidades del buen
caballero:--_Plus! plus! Ancor plus saprsti!_ Y el msero don
Rosendo se abra, se abra de un modo brbaro, inconcebible, percibiendo
la grata sensacin de si le aserraran el redao. Terminado tan noble
ejercicio, el seor Belinchn se vea necesitado a ir cogido a las
paredes para trasladarse de un sitio a otro, formando un ngulo de
ochenta grados con el suelo. Desde all, hasta el fin de sus das, el
glorioso fundador de _El Faro de Sarri_ siempre anduvo ms o menos
esparrancado.

Pero este tormento, aunque nada tena que envidiar a los de los mrtires
del Japn, padecalo, si no con gusto, con varonil entereza. Pensaba que
siempre ha costado enormes sacrificios civilizarse y civilizar un pas.
Al cabo de los dos meses comenz el eterno _tic tac_ de los floretes.
Pero sin abandonar por eso el tormento de las piernas. Don Rudesindo,
Alvaro Pea, Sinforoso, Pablito, el impresor Folgueras y algunos otros,
tomaban leccin al mismo tiempo. En la sala, las impresiones blicas
subyugaban de tal modo a los tiradores, que guardaban solemne silencio.
No se oa ms que la voz spera de M. Lemaire repitiendo sin cesar y de
un modo distrado:--_En garde vivement--Contre de quarte.--Ripostez...
Ah bien!--En garde vivement.--Contre de sixte. Ripostez... Ah
bien!--Parez seconde.--Rispostez Ah bien!_ Don Rosendo se crea
trasladado a Pars, y vea en don Rudesindo, Folgueras y Sinforoso, a
Grisier, Anatole de la Forge y el barn de Basancourt. _El Faro_ no era
_El Faro_, sino _Le Gaulois_ o _Le Journal des Debats_.

Al cabo de cinco meses, se mantena bastante bien en guardia, paraba los
golpes rectos, atacaba con furia y saltaba hacia atrs con maestra.
Crey llegado el caso de dar un escndalo. Era necesario que la
poblacin se persuadiese de que los dos mil francos asignados al
profesor no eran enteramente perdidos.. Adems convena ir introduciendo
en ella el gusto por estos refinamientos de las grandes capitales. Pero
con quin tener _affaire_ en Sarri? Aunque buenas ganas se le pasaban
de desafiar a alguno de los del Camarote, comprenda que el nico capaz
de batirse era Gabino Maza. A ste le tena una migajita de respeto,
sobre todo desde que haba odo decir al profesor que en los duelos era
preciso tener mucho cuidado con los hombres violentos, aunque no
supiesen esgrima. Despus de largas y profundas meditaciones imagin que
lo mejor era provocar un lance con algn periodista de Lancia
aprovechando la polmica que el _Faro_ vena sosteniendo con el
_Porvenir_, acerca de cierto ramal de carretera. Y como lo pens lo
hizo. En el primer nmero se mostr tan agresivo, tan insolente con el
peridico de la capital, que ste, sorprendido e indignado, contest que
ciertas frases del _Faro_ no merecan sino el desprecio. En su
consecuencia, don Rosendo comision a sus amigos Alvaro Pea y Sinforoso
Surez para que fueran a entenderse con el director del _Porvenir_. Se
trasladaron a Lancia y regresaron el mismo da. El seor Belinchn al
verles llegar deseaba ya ardientemente que el asunto se hubiese
arreglado sin necesidad de duelo, a pesar de ser l quien lo provocara.
Nuevo testimonio de su grandeza singular de alma y de la exquisita
sensibilidad de que estaba dotado. Por desgracia el director del
_Porvenir_ se haba mantenido firme. Los testigos convinieron un duelo a
sable que deba realizarse al da siguiente, en una posesin de las
cercanas de Lancia.

Nuestro hroe, al saberlo, sinti que las piernas le flaqueaban, no de
temor, que esto ninguno osar siquiera imaginarlo, sino por la emocin
de verse tan prximo a ser objeto de la curiosidad y expectacin
pblicas, no slo en la provincia, sino en Espaa entera. Cuando
caminaban hacia casa, Pea le dijo con ruda franqueza:

--Los padrinos de Villar queran que se cortasen las puntas a los
sables; pero yo me opuse. No, no, dije, conozco bien a don Rosendo, y
es hombre que aborrece las nieras. No se puede jugar con l. Cuando se
mete en un lance de stos, es menester que vaya todo muy serio. Estoy
seguro de que si cortsemos las puntas, tendra con l un disgusto...
No he interpretado bien su deseo?

--Perfectamente. Muchas gracias, Alvaro--respondi el seor de Belinchn
alargndole una mano que Pea hall demasiadamente fra. Y aadi con
voz dbil:--Aunque se limasen un poquito las puntas, sabe usted? no
tendra inconveniente en aceptarlo... El asunto, despus de todo, no
exige precisamente que sea a muerte.

--No me atrev siquiera a aceptar eso. Como no conoca la opinin de
usted, tena miedo que le disgustase...

--Nada, nada, pues por m no hay inconveniente en que se limen.

--Ahora ya no puede ser. Estn concertadas las condiciones. A menos que
ellos lo propongan de nuevo, las puntas irn afiladas. A usted le
conviene mucho porque tira el florete...

--Precisamente por eso. Yo no quisiera llevar ventaja alguna a mi
adversario.

Pea gui el ojo con malicia.

--No sea usted tan escrupuloso, don Rosendo. S usted puede ensartarlo
_fiiit!_ como un pajarito, no deje de hacerlo.

Estas ltimas palabras las acompa el ayudante con un gesto expresivo,
traspasando el aire con los dedos de punta, lo mismo que si los
estuviese introduciendo por un cuerpo humano.

Don Rosendo hizo un gesto de repugnancia, y guard prolongado silencio.
Al cabo, manifest sordamente:

--Lo que sentir es que estas malditas agujetas no me permitan tirarme a
fondo.

--Ca, hombre, ca! Pierda usted cuidado. Mientras dure el lance, no
sentir usted dolor alguno en las piernas. No le ha sucedido dejar de
sentir el dolor de una muela en el momento de llamar a la puerta del
dentista para sacarla?

Este smil consolador produjo inmediatamente en el ayudante un acceso
de risa, que dur buen rato. Belinchn se mantuvo grave y sombro, como
deben estarlo los hroes la vspera del combate.

La noticia corri como una chispa elctrica por la poblacin. El pasmo
de los vecinos era indescriptible. A ninguno le caba en la cabeza que
una persona, entrada ya en aos, con hijos casados, fuese a darse de
sablazos con otra por cuestin de un ramal de carretera. Sin embargo, el
partido que Belinchn acaudillaba admiraba la decisin y el valor de su
jefe. Este, por la noche, tuvo una espantosa pesadilla. So que el
sable del director del Porvenir le abra por el medio. Una mitad se la
llevaba el vencedor como trofeo. A Sarri slo volvi la otra mitad. Sus
mismos gritos le despertaron. A doa Paula, que dorma a su lado, la
aterraron de tal modo, que fu necesario acudir al antiespasmdico.
Belinchn, con la fortaleza de los temperamentos heroicos, no dijo nada
a su consorte. Lo que hizo fu beber un trago del antiespasmdico.

Al da siguiente sali en coche para Lancia, acompaado de Pea,
Sinforoso, don Rufo y dos sables de tiro. A la salida de la villa, en la
carretera, ms de cien personas le despidieron. Ante aquella
manifestacin de cario, don Rosendo se sinti enternecido.

--Buena suerte!--Pongan ustedes telegrama, eh?--No se diga que Sarri
queda por debajo de Lancia.

Don Rosendo fu estrechando con emocin las manos de sus partidarios.
Todos se le ofrecan para acompaarle, y le prometan venganza para el
caso de perecer en la lucha.

Al fin llegaron a la quinta designada, y se avistaron con el enemigo.
Los testigos platicaron, midieron los sables, y los pusieron en manos de
los contendientes. La fisonoma de stos tena el color adecuado a
semejantes solemnidades; esto es, un verde botella, que a intervalos
tomaba visos anaranjados.

Una vez en guardia, y dada la voz de atacar, comenzaron ambos a tentarse
los sables metdicamente, primero de un lado, despus de otro, con un
lgubre sonido que pona espanto. Al cabo, Villar se arroj a
levantarlo para herir en la cabeza a su adversario... Pero ca! don
Rosendo di un salto tan prodigioso hacia atrs, que los testigos se
miraron unos a otros llenos de asombro. Villar, pasmado tambin, esper
a que su contrario se acercase de nuevo. Volvieron al lgubre _tic tac_.
Don Rosendo, al cabo de otro rato, alz el sable... Villar,
instantneamente di otro brinco verdaderamente sobrenatural, que
sobrepuj en mucho al primero. Creyeron que sala de la quinta. Los
testigos se miraron todava con mayor asombro.

La pelea dur, en esta forma, ms de media hora. Durante ella, don
Rosendo grit una vez:

--Alto!

--Qu hay?--preguntaron los testigos acercndose.

--Que me parece que el sable del seor ha perdido la punta.

Se reconoci el sable de Villar, y se vi que no era verdad. Este rasgo
de caballerosidad, ms propio de la Edad Media que de nuestros tiempos,
elev a don Rosendo, en el concepto pblico cuando se supo, a la altura
de los hroes legendarios, Roldn, Bayardo y Bernardo del Carpio.

El combate termin cuando el sable de Villar, sin intencin ninguna,
tropez con la frente de Belinchn. Fu un simple rasguo; pero los
padrinos dieron por terminado el lance. Don Rufo coloc un gran pedazo
de tafetn ingls sobre la herida. El herido di la mano noblemente a su
contrario. Se envi un telegrama a Lancia, para que lo pusiesen a
Sarri. Almorzaron todos juntos alegremente, y durante el almuerzo, los
campeones se comunicaron con gran expansin los golpes que se tenan
destinados, y que por falta de oportunidad no haban podido ejecutar.

--Hombre, si no llega usted a romper a tiempo, le parto la cabeza en
dos. Finta de una dos a la cara, estocada al pecho y cuchillada a la
cabeza--deca don Rosendo, engullendo un soberbio trozo de merluza.

--Pues no lo hubiera usted pasado mejor si llego a hacer una combinacin
que tena meditada--contesta Villar.--Amago la faja pin! Ataco en falso
a la cabeza pin! Usted me contesta al brazo pin! Yo hago una dos a la
cara pin! Usted contesta a la cabeza  pin! Yo paro y contesto al brazo
pin!...

Aqu el director del _Porvenir de Lancia_, que mientras describa su
famoso y complicado golpe no dejaba de engullir trazando a la vez
crculos en el aire con el tenedor, se atragant con una espina,
ponindose sbito ms rojo que una guinda. Hubo que sacarle al fresco.
Don Rosendo fu quien le di los puetazos consabidos en la espalda para
que arrojase la espina. Espectculo hermoso y ejemplo de hidalgua que
no podr olvidarse jams!

Terminado el almuerzo, don Rosendo y sus compaeros montaron en el
carruaje y se restituyeron a Sarri. Ms de media poblacin, prevenida
ya por el telegrama, les esperaba en las afueras. Un grito de jbilo se
escap de todos los pechos al aproximarse el carruaje. Don Rosendo,
conmovido, sac la cabeza, por la ventanilla y se quit el sombrero
ostentando el pedazo de tafetn ingls. A su vista, el pblico lanz un
hurra! formidable. El vehculo fu escoltado por la muchedumbre. El
fundador del _Faro_, aclamado al entrar en su casa, se vi precisado
despus a asomarse al balcn, donde fu nueva y calurosamente vitoreado.
Por la noche, sus amigos le obsequiaron con una serenata.




XII

CMO SE DIVERTA PABLITO


--Convendra ponerle una barbada suave--dijo Pablito.

--O un filete--respondi Piscis gravemente.

Ambos guardaron silencio. Pablito exclam:

--Maldita yegua! No he visto en mi vida boca ms dulce.

--Una seda--replic su amigo con acento de inquebrantable conviccin.

Otro rato de silencio.

--Crees que debemos darle ms picadero?

--El picadero no sobra a ningn animal--gru Piscis con el mismo
convencimiento.

--Conviene trabajarla en el trote.

--Conviene mucho.

Mientras as platicaban, diriganse los inseparables quites a paso
lento desde las cocheras de don Rosendo, sitas en un extremo de la
villa, al otro extremo de ella, atravesndola por el medio. Eran las
diez de la noche; la temperatura suave, de primavera. Los pocos
transeuntes que por las calles quedaban, diriganse a paso rpido hacia
su domicilio. nicamente permanecan abiertas las tiendas donde se haca
tertulia, la de Graells, la de la Morana, y tal cual estanquillo. En el
Camarote haba mucha luz y gran animacin. Pablito, en quien germinaban
los rencores de su padre, le dijo a su amigo al pasar frente a la
aborrecida tertulia:

--Piscis, tira una pedrada a esa puerta, y rmpeles los cristales.

Piscis, siempre terrible, agarr un guijarro de la calle, esper a que
su amigo doblase la esquina, y zas! lo encaj dentro del Camarote,
haciendo polvo los cristales. Luego se di a correr. Para que no le
conociesen los que salieran en su persecucin, se dej caer sobre las
manos, corriendo en cuatro pies con habilidad pasmosa.

En el caf de la Marina haba tambin alguna gente. Entraron en l y
bebieron en silencio sendas copas de _chartreuse_, sin que por eso los
cerebros dejasen de trabajar activamente. Al levantarse Pablito, dijo:

--Lo mejor ser engancharla con el Romero.

--Eso mismo estaba pensando yo--profiri con fuego Piscis.

Despus que hubieron salido, ste pregunt, no con palabras, sino con
una horrible mueca, a dnde iban.

--All.

--Bueno; entonces al pasar por delante de casa recoger el roten.

Dejaron atrs las calles principales, no sin que Piscis se detuviese en
su domicilio un instante, para dar cumplimiento a lo que acababa de
manifestar. Muy pronto alcanzaron las extremidades de la villa, donde
habitaban, por regla general, los menestrales. Detuvironse en cierta
calle, tan solitaria como sucia, frente a una casa de pobre apariencia
con tosco corredor de madera. Pablito mir a todos lados por precaucin,
y dej escapar un silbido suave y prolongado con la maestra que le
caracterizaba en este ramo del saber humano. Despus dijo mirando con
inquietud al farol que arda unos cincuenta pasos ms all:

--Si pudiramos apagar ese farol!

El terrible Piscis se destac acto continuo, trep por la esquina de la
pared y con su bastn lo apag al instante, rompiendo, por supuesto, el
tubo.

Un bulto de mujer apareci en el corredor. Pablito se cogi de un salto
a las rejas. Luego escal por ellas y montndose en la baranda, se
introdujo sin hacer ruido en l. Piscis comenz a hacer la guardia desde
la esquina, armado de su formidable garrote.

Quin era la mujer que en aquel momento obtena los favores del sultn
de Sarri? La blonda Nieves, respondern a una voz cuantos hayan seguido
el curso de esta verdica historia. Aunque sintamos ofender la
perspicacia de nuestros lectores, la verdad nos obliga a declarar que la
damisela del corredor no era la blonda Nieves, sino la blonda Valentina.

Cmo? Aquella arisca costurera tan enemiga de los seoritos y que
adems tena un novio llamado Cosme?

La misma en cuerpo y alma, con sus rizos dorados sobre la frente, su
entrecejo saladsimo y nariz un poquito remangada. Pablito era hombre
para hacer estos y otros mayores milagros. Mientras segua o aparentaba
seguir sus amoros con Nieves, ya le estaba poniendo los puntos a
Valentina. Pero sta se resisti mucho ms que aqulla. Al primer beso
que le rob sobre la nuca estando bebiendo agua en la cocina, la
arriscada costurera le arm un escndalo. Se puso roja como una
cereza, chispearon sus ojos expresivos con ira, y le grit:

--Cuidadito, que yo no sufro esas cosas!... Vaya usted a hacerlas con
las que se lo aguanten.

Esto iba sin duda con Nieves. Pablito obr con ms cautela en adelante,
aunque no con menor osada. Dondequiera que la encontraba requebrbala a
su manera, bromeaba, sufra con paciencia sus patas de gallo. Porque
era Valentina el tipo de la artesana de Sarri, en quien la falta de
educacin es una gracia ms que aadir a las muchas que poseen.
Concludo el equipo de Ventura, y no teniendo ocasin de verla, Pablito
aprovechaba los bailes de las Escuelas para seguir festejndola.

Mas no por eso abandonaba a Nieves. El gallardo mancebo adivinaba que el
amor propio excitado por la competencia, hara ms en su favor que las
mismas ventajas personales de que estaba dotado. Esta perspicacia era
innata en l. Se haba manifestado claramente desde que haba enamorado
a la primera mujer. Lo cual es un argumento ms para los que creen en la
preexistencia del ser humano. Porque slo habiendo seducido muchas
costureras en vidas anteriores, pudo nuestro mancebo poseer una nocin
tan exacta del procedimiento adecuado a este fin.

Al fin se haba rendido. Principi por abandonar a su novio. Concluy
por dar citas de noche como la presente al gallardo Pablito.

--Duerme tu padre?--fu la primer pregunta que ste hizo en cuanto se
vi en el corredor.

--Qu te importa?--respondi la resuelta costurera.

--Es que si no duerme... ya ves... Cspita, la cosa es grave!

--Calla, cobarde; vergenza haba de darte! Voy a hacer ruido por el
gusto de verte correr.

Pablito la estrech entre sus brazos y le di una razonable cantidad de
besos. La joven sonrea dichosa. Mas de pronto su frente se arrug; su
fisonoma expres una gran severidad.

--Quita, quita!--dijo rechazndole.--Tengo que hacerte una pregunta.
Dnde has estado esta maana?

--Esta maana?... En muchas partes. En casa, en el Saloncillo, en la
cochera... en la punta del Pen...

--No has estado en la calle de San Florencio?

--S; he pasado por all dos o tres veces.

--Y a quin has encontrado?

--Chica, qu s yo!... A mucha gente.

--No has encontrado a Nieves?--pregunt con reprimida clera la gentil
costurera.

--S, la he encontrado--respondi l con acento indiferente.

--Y no te has parado con ella?

--No; la he dicho simplemente adis.

--Embustero! hipcrita! to silbante!--exclam con furia
Valentina.--Toma, por zorro! (arrimndole un terrible pellizco en el
brazo). Conque le has dicho adis solamente y te has estado ms de una
hora con ella? Toma, trapacero! toma!

Y le descarg sobre los brazos una granizada de pellizcos. El buen Pablo
se retorca de dolor, pero sin gritar, porque respetaba mucho el sueo
del pap de la feroz muchacha.

--Por Dios, Valentina, si ests equivocada... No fu ms que un instante
para preguntarle si haba concludo de bordar mis pauelos...

--No est mal instante! Una hora por el reloj plantado con ella,
riendo como locos!... Me estn dando ganas de ahogarte entre mis manos,
zorro! zorro! ms que zorro!

La enojada chica, cada vez ms poseda de la ira, ech las manos al
cuello a su galn, y estuvo a punto de estrangularle.

Daba compasin ver a un tan apuesto y gentil mancebo con la lengua fuera
y los ojos llenos de espanto. Valentina tuvo, en efecto, lstima de l,
y le dej; pero todava le retorci el pellejo de los brazos unas
cuantas veces.

--A m no se me engaa, lo sabes? A m no se me engaa! Si vuelvo a
saber que has estado con ella, excusas de venir ms por aqu.

--Bueno, te prometo no hablarla ms; pero no vayas a hacer caso del
primer cuento que te traigan.

--Cumplirs la palabra?--pregunt la cruel costurera mirndole
airadamente.

--Pierde cuidado.

--Cuenta conmigo si no la cumples. Alza!

De este modo apacible y tierno, trataba Valentina al tenorio de Sarri.
El, cuando daba cuenta de tales tratos a Piscis o a algn otro amigo,
sonrea como hombre de mundo; afirmaba que estas mujeres irascibles y
altivas, son las que ms deleites proporcionan a los hombres, sobre todo
a los que como l estaban ya un poco gastados.

Despus que hicieron las paces, o por mejor decir, despus que Valentina
otorg la paz, hubo un cuchicheo que dur no sabemos cunto. Despus no
se oy nada, y hasta sera fcil que tampoco se viese gran cosa. El
corredor estaba como si no hubiese nadie en l. Si no fuese porque es
muy feo mancillar la honra de una muchacha, podramos sospechar que la
amartelada pareja se haba metido en lo interior de la casa.

Piscis, en tanto, haca la centinela paseando a lo largo de la calle. Y
el caso es, que no era slo l quien la haca. Un hombre estaba
apostado, desde que ellos haban llegado, en el hueco de una puerta
donde las sombras se espesaban. Inmvil y protegido por la obscuridad,
no pudo ser visto de Piscis. Aprovechando un momento en que ste paseaba
de espaldas a la casa, el hombre sali de su escondite y se acerc
sigilosamente a ella. Mir hacia el corredor y vacil unos segundos.
Esto fu lo que le perdi. Cuando di el salto para cogerse a las rejas,
el terrible Piscis se haba vuelto ya y le vi. De dos brincos se plant
debajo del corredor, antes que el intruso pudiera montar sobre la
barandilla, y con su famoso roten, le descarg en las espaldas tal
garrotazo, que el pobre hombre solt las manos y se dej caer al suelo.
Quiso repetir el feroz centauro, pero el hombre se levant con agilidad
y se di a correr de tan prodigiosa manera, que el segundo garrotazo lo
di en el suelo, y en cuanto al tercero ni lo intent siquiera.

--Mal rayo!--rugi Piscis.

Este rugido debi de llegar a odos de su feliz amigo, porque algunos
segundos despus montaba sobre la barandilla y se apeaba bonitamente en
la calle.

--Qu hay?--pregunt, acercndose a su Orestes.

--Un hombre.

--Dnde?--volvi a preguntar el seductor ansiosamente, girando dos
veces en redondo.

--Ya escap. Le atrap en el momento de subir al corredor, y le tir al
suelo de un palo... Luego ech a correr... Mal rayo! Ni el Romero a
todo escape lo alcanzaba.

--Ese hombre--profiri Pablito sordamente--debe de ser un novio que
tena Valentina hace algn tiempo... Qu tratara de hacer?

--Pues si era el novio, como no fuese para darte una pualada, no s a
qu haba de subir.

Pablito ech el brazo por encima del hombro a su amigo, no para
sostenerse, aunque las corvas un poco se le doblaban, sino para decirle
con voz apagada:

--Crees eso?

--Una... o dos, o tres...

El bello mancebo guard silencio. Al cabo de un momento le pregunt:

--T le conoces?

--Yo no, y t?

--No le he visto nunca: slo s que se llama Cosme, y que es barbero.

Alejronse en silencio de la calle y en silencio llegaron hasta casa de
Belinchn. All, al despedirse, Pablito dijo a su amigo:

--Si vuelvo por all (que lo dudo), me hars el favor de no perder de
vista el corredor, verdad?

--A perro puesto--se limit a contestar el indomable Piscis.

Al da siguiente era domingo y se celebraba en las Escuelas el baile
acostumbrado de todas las semanas. Se bailaba por la tarde, de tres a
siete. El saln era espacioso, construdo haca pocos aos para escuela
de nios. Los bancos de stos se amontonaban en la plataforma destinada
al maestro. Las paredes estaban tapizadas de carteles. Los adoradores de
Terpscore, mientras bailaban la habanera lnguida, podan distraerse
leyendo en ellos una porcin de inestimables consejos encaminados a
demostrar que la virtud y el trabajo son los verdaderos tesoros del
nio: _El nio estudioso recibir el premio de su aplicacin. La fe y la
constancia suplen al talento._ Y all en el fondo, sobre la mesa del
maestro, la imagen de Cristo crucificado, oh vilipendio! tapada con
una cortina de seda, presida aquellas habaneras voluptuosas y
furibundas polkas.

Era el sitio donde sin temor al agua ni al sol, los extranjeros podan
ver y admirar en seductor ramillete a las _yeung girls_ de Sarri. Y en
efecto, all acudan todos los capitanes y pilotos que hacan escala en
la villa. Su admiracin a veces, rebasando un poco los lmites de la
gravedad britnica, les impulsaba a aproximar demasiado las luengas
barbas rubias al rostro de alguna bella.

--Usted es bobo, cristiano?--preguntaba ella ponindole la mano en el
pecho y rechazndole con fuerza.

--Crijstiano!... crijstiano!--repeta con asombro el ingls.--Qu ser
crijstiano?

--Hombre de Cristo. No sabe la _dotrina_? Pus deprndala!

Cuando estaban de ver aquellas preciosas damas, era de cinco a seis de
la tarde, hora en que ya llevaban bailados cuatro o cinco valses y otras
tantas polkas. La sangre bien batida, tea de vivo carmn sus mejillas
frescas. Los rubios o negros cabellos en grato desorden, se
desparramaban por el espacio o bien caan en adorables bucles por la
espalda; los ojos brillaban como luceros en aquellos rostros
celestiales; los labios rojos y hmedos se entreabran para dejar ver el
aljfar inmaculado de sus dientes. Y basta, porque no concluiramos
nunca. En esto de admirar a las artesanas de Sarri, no hay ingls que
nos ponga el pie delante.

En el elemento femenino de los bailes haba siempre perfecta
homogeneidad: todo l se compona de jvenes situadas en el mismo
peldao de la escala social. Pero en lo que toca al masculino, exista
peligrosa variedad: acudan a aquel sitio los jvenes artesanos y los
seoritos de Sarri. Los primeros crean vulnerados sus derechos por la
competencia de los seoritos; tanto ms, cuanto que sta era para ellos
desastrosa, por los repetidos ejemplos de uniones desiguales que se
efectuaban en la villa. Ya hemos dicho, y si no, lo decimos ahora, que
los indianos se quedaban con el contingente de seoritas ms o menos
amojamadas, ms o menos pobres que existan en la poblacin. Los jvenes
de la clase media, vencidos en esta competencia se refugiaban en las
artesanas, y no lo pasaban mal. Pero los pobres obreros o marineros,
vencidos por los seoritos, dnde se refugiaban? No les quedaba ms
recurso que la taberna y los palos. De stos haba en cada baile una
cantidad verdaderamente fantstica. Raro era el domingo en que no salan
de las Escuelas dos o tres seoritos con la cabeza rota.

Pablito haba librado, hasta entonces, bastante bien, gracias a su
fidelsimo Piscis, que se encargaba de llevar por l los garrotazos que
se le destinaban. El nico contratiempo que padeca en la mayor parte de
las reyertas, era la prdida del sombrero. Esto fu tan repetidas veces,
que vino a averiguarse que le buscaban quimera para que lo perdiese.
Cuando un artesano necesitaba sombrero, ya saba dnde buscarlo.

Pero Piscis no pudo librarle de ciertas bofetadas que recibi la tarde
de aquel domingo; no por falta de voluntad en el centauro, sino porque
hay cosas que no pueden ser... vamos, que no pueden ser. Cun ajeno
estaba el gallardo mozo al retorcerse las guas del bigote frente al
espejo y aliarse las mejillas con un jaboncillo que se haca traer de
Madrid, que una hora despus haban de ser tan fiera y cruelmente
machacadas!

Pasebase por el medio del saln tan apuesto, tan bizarro, que daba
gloria verlo. Miraba cundo a un lado, cundo a otro, como hacen todos
los hombres de verdadero ingenio en estos casos. De vez en cuando, al
cruzar al lado de una damisela, la deca:--Usted tan bonita, Julia! O
bien: Me estn matando esos ojos o Como Torcuata no la hay en
Sarri, u otra frase feliz por el estilo que encenda en puro gozo a la
doncella. Pero al dejarla escapar, no perda un punto, de su gravedad.
Porque saba que sta era una de sus cualidades sobresalientes y que le
hacan ms apetecible al bello sexo.

Esperaba haca rato a Valentina. Pero ya estaba el saln poblado de
damas, y la fementida orquesta de metal haba tocado dos bailables, sin
que la costurera gentil hubiera hecho su aparicin en el baile.
Volvieron a sonar los acordes de una mazurka. La juventud dorada torn a
estrechar los talles esbeltos de las hijas del pueblo. Pero nuestro
Pablito, fiel a la suya, permaneca inactivo mirando cruzar por delante
de l las parejas veloces.

Terminada la mazurka le asalt la idea de que Valentina ya no vendra.
La tirantez de relaciones que mediaban entre ella y el autor de sus
das, sobre todo cuando ste tena algunos vasos de vino en el cuerpo,
lo haca muy verosmil. Pocos minutos despus, Pablito estaba plenamente
convencido de ello.

Esta su disposicin de espritu coincidi con la entrada de la blonda
Nieves en el saln. Sus miradas se encontraron. La pobre muchacha,
villanamente abandonada no haca siquiera dos meses, le sonri con
dulzura. Esta dulzura haba sido precisamente la causa de su desgracia.
El apuesto Pablito se cansaba pronto de las mujeres dulces. Sin embargo,
devolvi la sonrisa, y al pasar a su lado, le dijo ticamente:

--Te van a embestir los toros, Nieves.

La bordadora traa un pauelo rojo atado a la cintura. Esta frase de su
ex galn le caus un efecto tan vivo, que no supo qu contestar. Sonri
de nuevo, y dijo: ah!... s!... no! y algunas otras partculas que no
recordamos, y quiso desmayarse de emocin. A la vuelta siguiente le
pregunt si quera bailar con l la primera polka. La primera, la
segunda, la tercera, y todas las polkas que se toquen en el universo,
respondi Nieves con el s tembloroso que sali de sus labios. Despus
que comprometi la polka, Pablo sinti un gran arrepentimiento:--Qu
tonto, qu bruto soy! Y si ahora llega Valentina?

Pero no lleg. La orquesta comenz a preludiar los primeros compases. El
joven, sin quitar los ojos de la puerta, abraz el talle de la
bordadora, lanzndose con ella en raudo vuelo por la sala. Otros
jvenes, no menos raudos, venan del lado opuesto, y claro! un choque
primero, despus otro y despus otro. Tales encuentros eran un atractivo
ms en aquellos bailes. Las jvenes, a quienes apabullaban el peinado u
obligaban a tambalearse, en vez de sentir enojo, rean a carcajadas con
placer vivsimo. Pablo y Nieves, que no podan dar cuatro pasos sin
tropezar con otra pareja, estaban verdaderamente hechizados. Sin
embargo, el joven, siempre que pasaba por delante de la puerta, senta
un leve estremecimiento en las piernas, y se apresuraba a alejarse de
ella. Cuando la orquesta se call, llev a su pareja hacia un ngulo de
la sala, y all departieron un momento de pie. Pablito sinti arder
entre las cenizas de su amor una chispa de simpata por aquella muchacha
tan alegre, tan apacible, tan cariosa.

--Ya tena deseos de bailar contigo, Nieves--le dijo mientras se
limpiaba el sudor con el pauelo.

--Y yo con usted, Pablo.

--Usted?

La joven se ruboriz.

--Has olvidado el t ya?

--Tanto tiempo se pas!

--Tienes razn... Pero mira cmo yo no lo he olvidado.

--El mircoles le vi... te vi en la carretera de Nieva... Ibas en un
caballo blanco...

--Era una yegua.

--Cre que te tiraba.

--Tirarme!--exclam Pablito frunciendo el entrecejo.--Afloja un poco,
chica! A m no me tira tan fcilmente una jaca.

--Es que daba unos brincos tan grandes!... Se pona as para arriba...
Jess! Yo estaba asustada.

--Es que la estaba enseando a levantarse de manos--repuso el joven
sonriendo con superioridad.--Como no la han trabajado hasta ahora, se
resiste un poquito. Alguna vez da sus botes de carnero; pero total
nada... en el fondo es muy noble la Linda... Mira, t, cuando la compr,
o, por mejor decir, cuando la cambi por el Negrillo, dando mil
quinientos reales encima, all en el mes de octubre, bien te acordars,
tena una porcin de zunas. Se me plantaba a lo mejor en medio de la
carretera, se espantaba con los carros... en fin, un animal perdido. Yo
me dije: qu hay que hacer con esta jaca?...

Pablito, en cuyo pecho la joven haba hecho vibrar la cuerda ms
sensible, disert larga y luminosamente acerca de aquellos asuntos
ecuestres. Nieves le escuchaba embelesada, enternecida, figurndose
acaso que detrs de aquella descripcin minuciosa de las zunas de la
Linda iba a encontrar su amor perdido.

De pronto, el orador paf! recibe un golpe en medio de la cara; el
auditorio paf! recibe otro. Antes que se hubieran repuesto de la
sorpresa, reciben otros dos paf, paf!

Era la colrica Valentina el autor de aquel dao. En menos de un minuto
los llen a ambos de bofetadas. Pablito no encontr mejor recurso que
escabullirse bonitamente, y plantarse en la calle. Qued Nieves como
inocente paloma en las garras del gaviln. Pero ste, viendo que no
poda saciarse, porque le sujetaron los brazos, se desprendi
bravamente, dej el saln, dnde se haba armado el consiguiente jolln,
y sali a la calle.

Pablito caminaba a paso lento, harto sofocado an, cuando sinti un
terrible dolor en el brazo. Conoca tan bien aquel gnero de tormento,
que sin volver la cara exclam:

--Valentina!

--Yo soy! Creais que os ibais a reir de m?

--Lo que acabas de hacer es muy feo--profiri el joven con acento
irritado, mirando a su querida cara a cara.--Has dado un escndalo, y
me has puesto en ridculo. Yo no tolero eso, lo oyes?

--Que no lo toleras? Pues, mira; como vuelva a verte otra vez con ella,
no me contento con lo que hoy hice... Os clavo a los dos con una
navaja!

--Ya te librars de hacer nada de eso, ni presentarte siquiera delante
de m cuando est hablando con otra mujer--grit el joven cada vez ms
enfurecido.

--En cuanto te vea con esa pendanga! Alza! ya vers! ya vers!

Entonces el hermoso mancebo, justamente indignado, pero olvidando por el
estado de ofuscacin en que se hallaba todos los artculos del cdigo de
la galantera, descarg una bofetada en el rostro de su querida, y
despus otra, y despus otra... en fin, una _sopimpa_ ms que regular.
La graciosa artesana se dej solfear por su galn pacientemente, sin
hacer la ms leve seal de resistencia, ni siquiera de esquivar los
golpes. Cuando Pablito ces, le pregunt con deliciosa naturalidad:

--Has concludo ya?

--Por ahora... pero me entran ganas de empezar otra vez!--rugi el
mancebo ciego de clera.

--Pues empieza cuando gustes. Yo las he de llevar todas sin moverme.
Pero te advierto que me pegues o no me pegues, he de hacer lo que te
dije en cuanto te vea hablando con esa... Ahora llvame otra vez al
baile.

--No quiero.

--Bueno; pues llvame a cualquier parte donde pueda arreglar el pelo,
porque me has despeinado.

El joven hubo de transigir llevndola al caf de la Estrella, no sin ir
pensando por el camino que sus conquistas le estaban saliendo un poco
caras.

Pocos das despus tuvo an mejor motivo para hacerse esta reflexin.
Fu en la Peluquera Madrilea, donde acostumbraba a afeitarse y
arreglarse el pelo a menudo. Acompaado de su primer caballerizo, entr
en ella y se sent en un divn esperando la vez.

--Cuando usted guste, caballero--le dijo al cabo un muchacho plido, con
ligero bigote negro, volviendo el asiento de gutapercha y mirndole de
travs.

Pablito avanz distradamente y se dej caer en la butaca con esa
languidez elegante que adoptan en las peluqueras aquellos a quienes la
Providencia seal con un destello de superioridad. El chico le
embadurn la cara con jabn. El joven Belinchn, con la preciosa cabeza
inclinada hacia atrs, esper radiante de majestad que se le despojase
de la sombra negra que manchaba sus mejillas. Tena los ojos cerrados
blandamente para mejor percibir los vagos y poticos pensamientos que
cruzaban por su cerebro. Siempre que volva de la cuadra traa la cabeza
repleta de ideas. Sus piernas se extendan cruzadas debajo de la mesa, y
sus manos enguantadas pendan de los brazos del silln con la misma
elegancia que las piernas.

--Fernando--dijo en voz alta el artista que le iba a afeitar llamando a
uno de sus compaeros.

--Qu quieres, Cosme?

Este nombre hizo estremecer sin saber por qu a Pablito. Abri los ojos
y dirigi una larga y vida mirada al peluquero. No le conoca. Deba de
ser nuevo en el establecimiento. Esto, en vez de tranquilizarle, le
oblig a cambiar de postura varias veces, abandonando por el momento su
habitual majestad y languidez.

--Puedes darme la navaja que han vaciado hoy?

--All va.

Fernando alarg el brazo y Cosme recogi la navaja. Un vago deseo de
levantarse naci en el espritu de Pablito. Mas antes de que pudiera
adquirir forma, el peluquero le haba cogido por la nariz y comenzaba a
rasparle.

Al cabo de unos instantes en que nuestro joven por debajo de sus largas
pestaas segua con mirada inquieta los movimientos de la mano del
artista, ste le dijo en voz baja, plegados los labios por una sonrisa
afectada que extenda desmesuradamente su boca:

--Usted es el seorito de Belinchn, verdad?

--S--articul.

--Yo le conozco a usted hace mucho tiempo--manifest el peluquero con la
misma voz apagada y sin dejar de sonreir.--Oh, s, hace mucho tiempo!
Usted no me conocer... Claro! los seoritos no acostumbran a fijarse
en nosotros. Le tengo visto muchas veces por ah a caballo y en coche...
y tambin a pie. En los bailes de las Escuelas le veo a menudo. Baila
usted muy bien, seorito, muy bien!...

--Phs!--profiri Pablito, en quien el deseo de levantarse se haba
transformado ya en verdadero anhelo.

--S, muy bien... y adems tiene gusto para escoger pareja. Caramba qu
muchachas tan guapas se lleva usted siempre, seorito! Hace algunos
meses le vea bailar siempre con una rubia... hasta all! Es hermana de
un amigo mo... Pero hace ya tiempo que le veo bailar con otra muy
salada que se llama Valentina, verdad? Es una chica muy graciosa...
Caramba qu buen ojo tiene usted, seorito!... A esta Valentina la
conozco un poquito... Hemos sido algo amigos en otro tiempo... No le ha
hablado alguna vez de m... de un tal Cosme?

--No--articul el joven, en quien comenzaban los sntomas de una
abundante transpiracin.

--Pues es extrao, porque ramos bastante amigos... Como que hace tres
meses estbamos para casarnos!... Pero, amigo, vino usted, seorito, y
todo fu rodando.

Cosme haba pronunciado estas ltimas palabras con voz temblorosa.
Pablito sudaba gotas como avellanas sin sentir calor alguno. Tena el
mismo temperamento de su glorioso padre, enemigo irreconciliable de las
traiciones y emboscadas.

--Naturalmente, qu haba de pasar?--prosigui el artista en un tono de
voz indefinible, pues no se saba si quera llorar o reir. Al mismo
tiempo pasaba la navaja con suavidad por la garganta del bizarro mancebo
para despojarle de algunos pelos importunos.--Naturalmente! Un seorito
tan principal como usted, cmo no haba de derrotar a un pelafustn
como yo? Las chicas, en cuanto uno de ustedes les canta al odo
cualquier cosita, se vuelven locas, aunque la mayor parte de las veces
ustedes lo hacen por divertirse, cuando no para otra cosa peor.
Demasiado se sabe que usted no se ha de casar con Valentina... Usted la
quiere para pasar el rato por las noches con ella en el corredor y hacer
sus escapaditas adentro, verdad? Y despus ah queda eso!... La
verdad, yo quera mucho a esa nia...

La voz del barbero volvi a temblar y la mano tambin. Pablito no pudo
siquiera hacer otro tanto. Estaba petrificado.

--Pero ahora--prosigui Cosme,--ahora, quin es el que se casara con
ella a no estar loco?... Los pobres estamos debajo, y tenemos que sufrir
estas vergenzas. Si usted hubiera sido un igual mo nos hubiramos
visto las caras... Pero si yo me hubiera metido con usted, no faltara
quien me rompiese la cabeza, y sobre eso ira a la crcel... Y sin
embargo--prosigui despus de un momento de silencio con acento ms
ronco,--si yo ahora me volviese de repente loco, seorito... adis
caballos y coches! adis bailes! adis Valentina!... Con slo empujar
un poco la navaja pif! todo haba concludo para siempre...

Pablito, cuyo rostro ya sin jabn estaba tan blanco como cuando lo
tena, dej escapar aqu un jipido tan extrao y doloroso, que Piscis
que vena observando con ojos recelosos al barbero, salt repentinamente
sobre ste y le sujet los brazos. Pablo se levant entonces de un
salto. El dueo y los mancebos y todos los parroquianos gritaron a un
tiempo:

--Qu es eso?

--Pillo, asesino!--exclam Pablito lanzndose sobre Cosme, que estaba
bien sujeto por atrs y tan plido como un muerto.

En un instante el gallardo mancebo, que aun sudaba copiosamente, les
enter de lo que haba pasado. El pobre Cosme fu arrojado de la tienda
a puntapis por el patrn, que no quera perder el mejor parroquiano de
la villa.




XIII

EN QUE SE DESCUBREN ALGUNOS SECRETOS DE LA VIDA DE GONZALO


Gonzalo record que aun no le haban curado el vejigatorio puesto el da
anterior. Tir violentamente del cordn de la campanilla. Estaba tendido
en el lecho boca arriba, mirando los arabescos del techo. La estancia
bien esclarecida por los dos balcones que tena. No se hallaba en su
alcoba, sino en el despacho, donde le haban puesto una cama el da
primero que se sinti mal. Ventura haba mostrado pesar de dejar la
alcoba, y prefiri salir l, ya que juntos no podan dormir. El ataque
haba sido tan fuerte como repentino: una erisipela que le inflam el
rostro, las manos y las piernas, y estuvo a punto de causarle la muerte.
Conjurado el ataque cerebral por medio de violentos revulsivos a las
piernas, el mdico le fu aplicando vejigatorios en diversas regiones
del cuerpo.

--Qu se le ofreca, seorito?--dijo la doncella entreabriendo la
puerta.

--Haga usted el favor de llamar a la seorita.

Al cabo de un momento, la criada entreabri de nuevo:

--Que viene al instante.

El joven esper. Al cabo de diez minutos largos, la linda cabeza rubia
de su esposa asom por la puerta.

--Qu me queras, pichn mo?--pregunt, sin entrar, en tono distrado,
que no encajaba bien con lo meloso de la pregunta.

--Entra... Son las once, y an no me han curado el vejigatorio.

--Yo pensaba que esperaras a que el mdico lo hiciese--dijo avanzando
con vacilacin por la estancia. Vesta una magnfica bata de seda azul
que no poda velar la curva pronunciada de su vientre.

--No ha dicho que vendra l a currmelo... Adems me molesta mucho ya.

La joven se acerc a la cama. Despus de unos momentos de silencio,
poniendo la mano sobre la cabeza de su marido, le pregunt:

--No sera mejor que el mdico te curase?

--No, no--respondi l, malhumorado.--Me est molestando mucho... Busca
las hilas y la pomada, y trae unas tijeras que corten bien.

Ventura sali sin decir nada. Poco despus volvi con aquellos enseres
en las manos. Se haba puesto seria y pareca distrada. El tena
impreso en el rostro el hasto y el malestar que causa la cama.

Despus que hubo colocado los efectos sobre la mesa de noche y esparcido
la pomada sobre las hilas con un cuchillo, la joven esposa dijo
suavemente:

--Vamos.

Gonzalo se incorpor, y desabrochando la camisa expuso al aire su pecho
de hrcules de circo, a cuyo costado derecho estaba adherida una
cantrida. La joven se inclin para levantar el parche. Gonzalo
aprovech la ocasin para besarla en la frente.

No se dijeron nada. La vejiga era grande y rodeada por un crculo rojo
de carne inflamada. Ventura se alz de nuevo y dijo con su habitual
desenfado:

--Bah, bah, mejor esperamos que venga el mdico: no puede tardar... Si
quieres le pasaremos recado.

--Ya he dicho que no--manifest el joven frunciendo el entrecejo.--Coge
las tijeras y corta la vejiga alrededor. Despus pones las hilas encima
de la llaga y se concluy... Ya ves que es bien fcil!

Ventura no respondi. Torn las tijeras, se inclin de nuevo y se puso a
cortar la piel.

--Te duele?

--Nada: sigue adelante.

Pero al quedar la llaga al descubierto la joven no pudo reprimir un
gesto de repugnancia. Los ojos de su marido, que la espiaban, se
turbaron. Su frente se arrug fuertemente.

--Mira, djalo, djalo... Esperaremos que venga el mdico--dijo
cogindola por la mueca y apartndola suave, pero firmemente.

Ventura le mir sorprendida.

--Por qu?

--Por nada. Djalo, djalo--replic abrochndose de nuevo la camisa y
tapndose con la ropa.

Venturita se qued con las tijeras en la mano mirndole fijamente, en
actitud confusa. El tena la misma profunda arruga en la frente y miraba
al techo.

--Pero por qu?... Qu te ha dado, chico?...

--Nada, nada. Djame que voy a descansar.

La joven se qued todava unos instantes mirndole. Inflamndose de
pronto, tir con rabia las tijeras al suelo y dijo con el acento altivo
y desdeoso que tan bien saba dar a sus palabras cuando quera:

--Me alegro. El espectculo no era muy agradable; sobre todo poco antes
de comer.

Al mismo tiempo se volvi dirigiendo sus pasos hacia la puerta. Gonzalo
exclam con sonrisa sarcstica:

--Y yo me alegro de haberte dado esa alegra.

Luego, al quedar solo, sus ojos chispearon de furor y sus labios
temblaron. Apret la sbana con las manos convulsas, y lanz una serie
de interjecciones brutales, entregndose a una de esas cleras breves y
terribles de los hombres sanguneos.

Antes que se hubiese apagado por completo, oy tocar en la puerta
suavemente. Figurndose que era su mujer, grit con furia:

--Quin va?

La persona que haba llamado, estremecida sin duda por aquella voz,
tard un instante en contestar.

--Soy yo, Gonzalo--dijo al cabo con voz dbil.

--Ah! dispensa, Cecilia. Entra--replic el joven dulcificndose de
pronto.

Su cuada abri la puerta, entr, y la cerr despus con cuidado.

--Vena a saber cmo estabas, y al mismo tiempo a decirte que si quieres
la limonada ya la tienes hecha.

--Estoy mejor, gracias. Si sigo as, me parece que maana o pasado a
todo tirar me levanto.

--Te han curado la cantrida?

--Ventura se puso a ello ahora; pero no ha concludo--respondi,
volviendo a fruncir la frente.

--S; acabo de encontrrmela en el pasillo, y me ha dicho que te has
incomodado porque te figurabas que lo haca con repugnancia--dijo
Cecilia sonriendo con bondad.

--No es eso! No es eso!--repuso el joven en tono de impaciencia y no
poco avergonzado.

--Debes perdonarla, porque no est acostumbrada a estas cosas. Es una
chiquilla... Adems, el estado en que se encuentra, tal vez influya en
su estmago.

--No es eso, Cecilia!--volvi a exclamar el joven con ms impaciencia,
levantando un poco la cabeza de las almohadas.--Sera muy necio y muy
egosta si fuese a incomodarme por una cosa que despus de todo no est
en su mano el evitar. Es cuestin de temperamento, y yo acostumbro a
respetarlo; mucho ms tratndose de mi esposa, que se encuentra en un
estado excepcional... Pero hay algo ms. Lo que me acaba de pasar llueve
sobre mojado. Hace diez das que estoy en la cama, y no ha entrado en
esta habitacin ms de dos o tres veces cada da y casi siempre llamada
por m... Te parece que es eso lo que debe hacer una mujer por un
marido?... Si no hubiera sido por ti y por mam... sobre todo por ti...
estara abandonado en poder de criados como en una fonda.

--Oh, no, Gonzalo!

--S, s, Cecilia--replic con energa y exaltndose.--Abandonado. Mi
mujer no aparece por aqu sino cuando hay visita... Entonces, s, viene
hecha un brazo de mar, oliendo a esencias y demonios colorados... Pero
traerme las tisanas, apuntar las prescripciones del mdico, hacerme un
poco de compaa hablando o leyndome algo... De eso, nada!... Ahora le
ruego que me cure el vejigatorio, y, en cuanto se lo digo, cambia del
todo su fisonoma... Comienza a buscar salidas para zafarse. Slo cuando
yo insisto con empeo, se decide... pero de tan mala gana! con una cara
tan estirada, que estuve tentado a tirarle a ella todos los chirimbolos.
No tendra ni pizca de dignidad, ni vergenza siquiera, si la hubiese
consentido seguir...

Se haba ido exaltando cada vez ms, hasta el punto de incorporarse del
todo en el lecho. Cecilia, en pie, en medio de la habitacin, le
escuchaba inquieta y confusa, sin saber qu replicar. Quera defender a
su hermana; pero no encontraba argumentos bastante poderosos para
contrarrestar los de su cuado.

--Gonzalo--le dijo al fin, con voz firme y semblante sereno, acercndose
al lecho,--el disgusto que acabas de tener te ha exaltado un poco, y no
ves las cosas como en realidad son... Es posible que Ventura se haya
descuidado un poco en el cumplimiento de sus deberes; pero estate seguro
de que no ha sido por falta de voluntad. La conozco bien. S que su
carcter no se presta a ocuparse en estos pormenores y cuidados que un
enfermo necesita. No sirve para enfermera. Adems, considera que ahora
se encuentra en un estado en que hay que dispensarle muchas cosas...

--Pero si es as en todo, Cecilia! Si es as en todo!--replic el
joven con tanta viveza como mal humor.--Si es una chiquilla que no
tiene atadero! Los asuntos de la casa le tienen sin cuidado. Para ella,
lo nico importante en el mundo es ella misma, su hermosura, sus trajes,
sus joyas... Todo lo dems, padres, hermanos, marido, no significan
nada... Estoy seguro de que le ha preocupado ms el sombrero que ha
encargado a Pars que mi enfermedad...

--Oh, no digas eso, por Dios! Ests loco.

--No estoy loco. Digo la pura verdad...

Y con palabra rpida, vibrante, tropezando muchas veces por la
irritacin de que estaba posedo, expuso prolijamente sus quejas,
complacindose en hacer sangrar de nuevo los pinchazos que haba
recibido en su vida matrimonial. Ventura tena un carcter
diametralmente opuesto al suyo. No era posible estar bien con ella ms
de una hora. Porque si duraba mucho la avenencia, y no se presentaba
motivo de ria, se encargaba ella de buscarlo, hastiada, sin duda, de
hallarse en paz con su marido. Si haca una cosa por proporcionarle un
goce cualquiera, en vez de agradecrselo, le pagaba generalmente con
alguna burla o sarcasmo. Todo le pareca poco. Los mayores sacrificios
los encontraba pequeos. No haba posibilidad de hacerla pensar ms que
en sus vestidos, en sus perfumes, en sus cintajos. Qu vida la que le
haba hecho llevar en Madrid los tres meses que all haban estado! No
salan de los comercios de sedas, de las joyeras, de casa de la
modista. Por las noches, infaliblemente al teatro. Aunque estuviese
cansado o se le partiese la cabeza de dolor, nada, era preciso exhibirse
en algn palco del Real, del Prncipe o la Zarzuela. El dinero que all
haban gastado, sumaba una cantidad imponente. Crea haber llevado
bastante, y por tres veces tuvo que pedir ms a su casa. Luego,
comprendiendo que dado aquel tren con sus rentas no tendran bastante,
sobre todo si Dios le daba muchos hijos, haba tratado de montar una
fbrica de cerveza, para aprovechar siquiera los estudios que haba
hecho. Ventura se haba opuesto resueltamente a ello, diciendo que no
quera ser la seora de un cervecero... Estaba convencido de que la
sangre que se haba quemado en Madrid, y la que segua quemndose en
Sarri, era lo que haba causado aquel ataque repentino de erisipela.
Claro! El necesitaba una vida de actividad y de trabajo, salir mucho al
campo, cazar, montar a caballo. Su naturaleza pletrica exiga el
ejercicio. Aquella vida sedentaria que le gustaba a Ventura, aquel
eterno teatro, aquellas visitas, aquel trasnochar sin sustancia, le
mataban; la sangre se le pona espesa como el aceite... Pero qu le
importaba a ella todo eso! Lo principal era satisfacer su gusto en todo
y por todo... En Madrid haba aprendido a pintarse; una gran
barbaridad, porque era blanca como la leche!... Pues aunque l le haba
manifestado repetidas veces que le repugnaba aquella asquerosa mana, no
haba sido posible que le hiciera caso.

Mientras se desahogaba de este modo en un flujo intermitente de
palabras, el rostro de Gonzalo iba expresando sucesivamente la
indignacin, la tristeza, la clera, el desprecio, todas las emociones
que agitaban su alma al recuerdo de sus padecimientos. Su gran torso de
atleta, se mova convulsivamente sobre el lecho, incorporndose unas
veces, otras dejndose caer, mientras las manos temblorosas y crispadas
se ocupaban instintivamente en tirar de la ropa, que a impulso de sus
bruscas sacudidas se le marchaba.

Cecilia, con la cabeza baja y las manos cadas y cruzadas, le escuchaba
esperando que despus de soltar el fardo de sus disgustos, la clera del
joven se aplacase.

Y as fu. Despus que ya no tuvo ms palabras en el cuerpo, cubrindose
con la sbana hasta los ojos dej escapar una serie interminable de
resoplidos entremezclados de frases incoherentes. Cecilia comenz a
decirle con voz muy suave:

--Yo no s qu decirte a todo eso, Gonzalo. Meterse en las desavenencias
que pueda haber en un matrimonio es muy peligroso. Si a alguien
corresponde intervenir en vuestras cosas no es a m, sino a mam... Pero
siempre he odo decir que en todos los matrimonios hay rias y
disgustillos, sobre todo al principio, mientras los caracteres no se
amolden... Todo eso pasa. Son nubes de verano. Mientras no afecte al
fondo, mientras los corazones no se desunan, las reyertas matrimoniales
tienen bien poca importancia... Y aqu no hay miedo a eso, por
fortuna... T quieres a Ventura...

--Oh, cada da ms!--exclam l, con rabia de s mismo.--Estoy
enamorado como un burro... s, s, como un burro!

Una sombra de mortal dolor, veloz como un relmpago, pas por los claros
ojos de Cecilia. Pero al instante volvieron a lucir serenos y brillantes
como siempre.

--Ella tambin te quiere a ti; no lo dudes. Su genio es vivo, acaso un
poco caprichoso, por lo mismo que ha sido siempre el mimo de la casa.
Pero es incapaz de guardar rencor por una ofensa, ni obra jams con
premeditacin, sino empujada por las impresiones del momento... Adems,
Gonzalo--aadi sonriendo,--considera que ahora le debes muchas ms
atenciones, muchsimo ms cario, si es posible...

La joven, con frases delicadas empapadas de ternura, le habl de su
futuro hijo; un clavito que remachara de modo inquebrantable la unin
de sus almas. Aquel nio para el cual todo el mundo estaba ya trabajando
en la casa, disipara con su sonrisa inocente las nubculas que
sombrearan por un instante el amor de sus papas. Despus que estuviese
en el mundo bien se acordara Ventura de coloretes! Anda, anda! pues
no tendra poco que hacer para tenerle limpio, darle el pecho y
entretenerle cuando llorase. Y l estara tan embobado contemplndolo,
que no tendra tiempo a ocuparse en si su mujer traa tal o cual
vestido, ni siquiera si estaba de bueno o de mal humor.

La voz de Cecilia, suave, persuasiva, un poco empaada siempre, lo cual
daba a su acento singular ternura y humildad que llegaba al corazn,
logr conmover pronto el de su cuado.

Apaciguse sbito. Dilatado su rostro por una sonrisa, exclam antes de
que concluyese:

--Chica, qu gran abogado haras!

--Es que tengo razn--replic ella riendo.

--Y si no la tuvieses ya te arreglaras para aparecer con ella... Ea,
ya pas!... A m las rabietas me duran poco... Y, sobre todo, en cuanto
t empiezas a hablar, pierdo la fuerza. No hay orador que se te iguale
en eso de acumular los razonamientos en el punto que te convenga; y
hasta sabes sacar el Cristo... digo, el nio...

Cecilia solt la carcajada.

--Reconocers que ha sido con oportunidad.

--No lo niego.

Ambos rieron con alegra, embromndose cariosamente, mecidos en dulce
fraternidad que los haca felices.

Cecilia se retir al fin. Antes de llegar a la puerta se volvi,
preguntando con timidez, donde apuntaba un vivo y mal disimulado deseo:

--Quieres que te haga yo la cura?... Debes estar molesto...

El joven vacil un instante. Tema ofender el pudor de su hermana
poltica.

--Si t quieres... No hay necesidad... Acaso te cause repugnancia...

Pero Cecilia ya se haba acercado a la cama y recoga las hilas, la
pomada y las tijeras, ponindolo todo en orden. Hizo una nueva tableta,
y extendi con esmero el ungento sobre ella. Gonzalo la miraba, un poco
inquieto. Ella guardaba silencio, haciendo esfuerzos heroicos por vencer
la confusin que se iba apoderando de su alma. Ya estaba arrepentida de
su proposicin. Dejaba transcurrir el tiempo pasando infinitas veces el
cuchillo sobre las hilas, con los ojos bajos, fingiendo gran atencin a
la tarea que tena entre manos. Al fin, haciendo un supremo esfuerzo,
tom la tableta, y levantando la cabeza hacia su cuado, le dijo con
afectada indiferencia:

--Cuando quieras.

Gonzalo, con mano vacilante, baj la ropa. Se incorpor en el lecho, y
con lentitud embarazosa principi a desabotonarse la camisa. Al fin
descubri su enorme pecho musculoso.

--Buen cuadro para antes de comer!--exclam avergonzado, repitiendo la
idea expresada por su esposa.

Cecilia no contest. Se puso a examinar la llaga, cubierta a medias por
la piel que Ventura no haba acabado de cortar. Tom las tijeras, y con
mano firme cort lo que faltaba.

--Te hago dao?--pregunt.

--Ninguno.

Descubierta enteramente la llaga, grande como la palma de la mano,
aplic con suavidad sobre ella la tableta de hilas, pas repetidas veces
la mano por encima para ajustarla, coloc un trapo sobre las hilas, y
sin dejar de oprimirlo con la mano izquierda, tom con la derecha una
venda que haba sobre la mesilla, y la aplic por el medio encima del
trapo.

--Ahora es necesario que te pases la venda por detrs de la espalda,
para atarla despus aqu encima.

--No te atreves t?--dijo l con sonrisa entre burlona y avergonzada.

Ella no contest. Quera a fuerza de seriedad dominar la confusin que
la embargaba. nicamente se poda advertir su emocin en el temblor
ligersimo de sus labios. Los ojos medio cerrados, lucan por detrs de
sus largas pestaas con ntimo gozo que la expresin indiferente y grave
de su fisonoma no poda ocultar.

Gonzalo trat de cruzar la venda por detrs, pero le fu imposible.
Cecilia acudi en su auxilio metiendo la mano con decisin por debajo de
la camisa. Al sentir el tibio contacto de la carne del joven, aquella
mano tembl levemente; mas no dej de seguir con firmeza su tarea.

--Buen pecho, eh?--dijo l con afectado desenfado, para ocultar el
embarazo que a ambos dominaba.

Tampoco respondi Cecilia.

--No creas que es todo natural. Estos brazos y este pecho me los hice
remando en el Tmesis.

--Remando?

--S, remando. All los jvenes ms ricos no se desdean de vestir la
blusa del marinero o la camiseta. Al contrario, es de lo ms
_fashionable_, como ellos dicen. Cuntos viajes habremos hecho ro
arriba! Luego cada poco tiempo hay regatas. Acude la gente como en
Madrid a los toros, se cruzan grandes apuestas... Es un recreo
delicioso! Qu entusiasmo entre nosotros desde muchos das antes!...

Se conmova al recuerdo de aquellas horas felices de salud y de fuerza,
cuando ni el amor ni cuidado alguno domstico turbaban an su vida de
estudiante rico y desaplicado. Y viendo la atencin que Cecilia le
prestaba, se extenda en menudencias pueriles, trayendo al recuerdo los
nfimos pormenores de aquella existencia consagrada a la gimnasia.
Refera las regatas que haba ganado, las que haba perdido y todos los
incidentes que en ellas haban surgido. Contaba sus impresiones antes y
despus del suceso, la clase de alimentacin que usaba para adquirir
vigor y perder la grasa; describa los trajes que usaban, la forma de
los botes, los gritos de la muchedumbre que los alentaba desde la
orilla...

--No habra all quien tuviese ms fuerza que t--le dijo ella
comindolo con los ojos.

--Oh, s! No era de los ms flojos; pero todava haba algunos de ms
fuerza--respondi l con modestia.

Haba desaparecido la cortedad de ambos. Tornaba aquella dulce
fraternidad de antes. Gonzalo descansaba sobre el lecho con los brazos
fuera. En cuanto se viera fuera de l, y con nimos, se iba a Tejada.
Era necesario cambiar de vida, para evitar nuevos ataques. Pensaba
dedicarse a la caza con ahinco. Montara adems un gimnasio en el sitio
ms adecuado de la casa. En fin, se prometa ser otro hombre as que
curase del todo.

Cecilia aplauda aquella decisin; prometa ir con l algunas veces.
Gozaba mucho ms en Tejada que en Sarri. Haba nacido para aldeana. El
se rea de aquellos propsitos.

--No sabes lo que es ir de caza en este pas. A ver si me veo precisado
a traerte en brazos como a Ventura.

--No tengas cuidado; soy ms fuerte de lo que parezco.

Al fin la joven, trat de marcharse. Gonzalo le pregunt con timidez:

--No me lees hoy un poco?

Cecilia no haba pensado en otra cosa desde haca rato. Pero como haba
odo al joven quejarse con amargura de que su mujer no lo hiciese, tema
dejarla en peor lugar, ofrecindose a desempear esta tarea.

--Qu quieres que te lea?

--Con tal que no sea una de esas novelas terrorficas que le encantan a
mi mujer, cualquier cosa.

--Bueno; te leer el Ao Cristiano.

--No tanto!--exclam l riendo.

Cecilia tom de la librera un volumen de versos, y se puso a leer
sentada cerca de los pies de la cama. Al cuarto de hora Gonzalo dorma
deliciosamente, con la tranquilidad de un nio. La joven suspendi la
lectura al observarlo, y le contempl atentamente, mejor dicho, le
acarici con los ojos largusimo rato. Al cabo crey sentir ruido de
pasos en el corredor, y ponindose encarnada a la idea de que pudieran
sorprenderla en aquella actitud, se alz vivamente de la silla, y sali
de la estancia sobre la punta de los pies.

Gonzalo, en cuanto estuvo convaleciente, quiso trasladarse a Tejada. Le
acompa toda la familia, excepto don Rosendo. Corra el mes de octubre.
En medio del ropaje amarillo de los campos comarcanos, la posesin de
don Rosendo, poblada de coniferas, resaltaba como mancha negra, nada
grata a los ojos. El joven puso en prctica inmediatamente su programa
de vida higinica. Levantbase de madrugada, tomaba la carabina, llamaba
a los perros y lanzbase al travs de los campos, llegando la mayor
parte de los das a la noche, rendido, con algunas perdices en el morral
y un hambre de canbal. Cuando las excursiones eran ms cortas, Cecilia
le acompaaba, segn le haba prometido. Aunque en esta ocasin se
mataban pocas perdices, Gonzalo apeteca su compaa como la de un
agradable y simptico camarada. La joven nunca se confesaba fatigada;
pero l, adivinndolo en su marcha vacilante, daba el alto, la obligaba
a sentarse, y se haca el distrado charlando, a fin de que durase ms
el descanso.

Mas ella luchaba entre el placer de estas correras, y el compromiso que
haba contrado con su hermana de hacerle el canastillo para el nio.
Cuando lleg la ocasin de pensar en l, al quinto o sexto mes de
hallarse en cinta, Ventura decidi encargarlo a Madrid; pero Cecilia le
haba dicho:

--Si me traes los modelos, yo respondo de hacrtelo igual.

Venturita se haba resistido un poco; mas al ver el empeo que su
hermana pona, consinti en ello. Cecilia emprendi con tanto afn la
obra, que le faltaba tiempo para comer y dormir. Algunas veces, cuando
su cuado le instaba a salir, le responda:

--Mira, hoy djame trabajar. Hace tres das que apenas coso nada.

Y como l insista haciendo burla de aquellos trabajos, ella se
resignaba diciendo:

--Bien, lo peor es para ti. A ver con qu vas a vestir a tu hijo cuando
nazca.

--Descuida, chica--replicaba l riendo.--Tengo bastantes camisas para l
y para m... Sobre todo, si le gustan de cuello bajo!...

Al cabo de un mes, la accin del aire y del sol haba puesto a Cecilia
mucho ms morena. Pareca un muchacho, un marinerito del muelle, segn
la expresin de Gonzalo. Mientras tanto, Ventura haca su vida de
sultana caprichosa, que ahora tena ms razn de ser. Apenas sala de la
casa. El cuidado exquisito de su persona, le ocupaba mucho tiempo. El
resto, sola emplearlo en leer novelas de folletn. Cada da estaba ms
hermosa. Aquel culto fervoroso de su cuerpo, contribua no poco a
realzar y aumentar sus gracias. Como un artista toca y retoca
incesantemente su obra, sin que le parezca jams bastante acabada, as
la joven esposa cuidaba de sus cabellos, de su cutis, de sus dientes, de
sus manos, sin cansarse jams. El matrimonio la haba embellecido
dndole la plenitud amable de la forma femenina, convirtiendo su hermosa
primavera en dorado y esplndido esto. La misma maternidad, sin
quitarle frescura ni desfigurar su cuerpo, le prestaba una majestad
suave y protectora. Luego el soberano gusto, el arte, mejor dicho, con
que saba adaptar el color y la forma del vestido al tono de sus carnes
y a los cambios que en su naturaleza se operaban, daba primor y relieve
a aquella adorable figura.

Eso s, toda la casa giraba en torno de ella. Como una diosa adorada y
temida, mova a su talante todas las figuras humanas que cobijaban las
torres chinescas. Hasta doa Paula, que la haba hecho rostro en los
primeros meses de matrimonio, haba vuelto a caer en su esclavitud. Ella
no abusaba de aquel dominio. Dejaba que todos cumpliesen su gusto, menos
cuando directa o indirectamente iba contra el suyo. As, por ejemplo,
nadie saba cundo tornaran a Sarri, sino ella. La cocinera no
arreglaba la comida sin consultarla. El cochero suba a preguntarle
todos los das si quera salir de paseo. El jardinero no mova un tiesto
sin pedirle la venia. En cambio no le preocupaba poco ni mucho que su
marido saliese. Una sola vez, vindole preparado a salir con Cecilia, le
dijo sonriendo en presencia de sta y de otras personas:

--Muy amigos os vais haciendo t y Cecilia. Mira que voy a celarme.

Y al tiempo de decirlo, clavaba en l una de esas miradas soberanas que
expresaba convencimiento profundo de su dominio. Gonzalo, por mucho que
se alejase, no podra romper la cadena; volvera blando y sumiso a sus
pies, como el cometa que en vertiginosa carrera surca los espacios y a
una distancia inconmensurable siente el freno del sol y vuelve dcil
hacia l su frente.

Gonzalo pag aquella mirada con otra de rendimiento absoluto. Cecilia se
haba puesto levemente plida y sonrea para disimular su turbacin.

--Vamos, idos, idos! No os quiero ver delante--aadi.--Si me la estis
pegando, peor para vosotros, porque tomar una venganza sonada.

La broma no era delicada, teniendo presente lo que haba mediado entre
Cecilia y Gonzalo. Pero no era Venturita mujer que reparase mucho para
soltarlas.

En los primeros das de diciembre se trasladaron a Sarri. Un mes
despus Ventura daba a luz una hermosa nia, blanca y rubia como ella.
Gonzalo estaba tan enamorado de su mujer, que la recibi con alegra,
s, mas no con aquel gozo y anhelo con que los hombres suelen acoger a
su primer hijo. Lo que le interesaba principalmente era la salud de su
esposa, que no sobreviniese ningn incidente. Todo se volva entrar y
salir del cuarto, tomarla el pulso y moler a preguntas a don Rufo. En
opinin de ste, Ventura poda criar sin inconveniente a su hija. Era
una muchacha robusta, bien conformada. Tan slo cuando los nios salen
muy tragones, la frescura y la belleza de la madre suele marchitarse un
poco. Ante esta eventualidad, la joven se llen de miedo y se opuso,
primero embozadamente, despus en trminos categricos, a dar el pecho a
la nia. Gonzalo se convenci en seguida y hasta hall razonable aquella
oposicin. En cambio doa Paula se indign grandemente, aunque slo
expresaba su desagrado a espaldas de Ventura.

Cecilia se mostr tan solcita, tan vigilante en el cuidado de la
criatura, que en poco tiempo se apoder por completo de ella. Coloc en
su cuarto una cama para la nodriza y la cuna de la nia, con pretexto de
que Venturita se pona enferma cuando pasaba una mala noche. Ella
resista dos y tres en vela sin alteracin alguna. Y en efecto, en
cuanto la chiquilla lloraba, era la primera que saltaba del lecho para
entregrsela a la nodriza. Si sta no consegua acallarla, tombala en
brazos, y se paseaba con ella horas y horas, hasta dormirla.

Con esto, los jvenes esposos, pudieron dormir juntos de nuevo con la
misma libertad y descuido que en los primeros das de novios. Cuando por
la maana presentaban la criatura a su madre, ya Cecilia la haba baado
en agua tibia y la traa envuelta en limpios paales. Jugaba con ella un
rato. Cuando llegaba la hora de entrar en el tocador se la entregaba de
nuevo a su hermana.

Del mismo modo, aunque con cierta timidez, nacida del deseo de no
ofender a su hermana y formar contraste con ella, Cecilia intervino en
el cuidado de la ropa de Gonzalo, y en el arreglo de su despacho. Aqul
concluy por darle las llaves de los armarios.--Cecilia, voy a
vestirme. La joven corra al cuarto y a los pocos momentos volva
diciendo:--Ya lo tienes todo. Gonzalo encontraba, en efecto, la ropa
plegada sobre la cama, la camisa con los botones puestos, las botas
relucientes, al lado de la mesa de noche.--Cecilia, se me ha descosido
un poco el forro del gabn. Cuando tornaba a ponrselo ya estaba
cosido. Y ella, que era asaz descuidada en renovar sus vestidos, gustaba
extremadamente de que su cuado vistiese a la ltima moda; no consenta
por ningn concepto, que anduviese un da siquiera con una bota picada o
con la corbata sucia. Gozaba en verle salir con algn nuevo traje
elegante. Desde el balcn, levantando un poquito la cortina, seguale
con la vista cuando iba al caf con el cigarro en la boca. Y despus que
daba la vuelta a la esquina, todava contemplaba, hasta que se disipaba
en el aire, la ltima bocanada de humo que haba soltado.

Un da, Gonzalo, enojado consigo mismo por lo que gastaba sin sustancia,
le di la llave del dinero.--Mira, guarda t esa llave; ni Ventura ni
yo tenemos arte para manejar los cuartos. Cuando te pidamos dinero, lo
apuntas en este cuadernito y nos avisas de lo que llevamos gastado en el
mes. Tal vez de este modo nos iremos moderando un poco. Convertida en
intendente general, pronto observaron los esposos cierta mejora en sus
negocios. Gonzalo cuando llegaba alguna cuenta, deca al criado
sonriendo:--Psela usted al administrador. El criado sonrea tambin y
se la llevaba a Cecilia.

Aquella intimidad, aquella compenetracin singular de los cuados en
casi todos los actos de la vida, haba engendrado una ilimitada
confianza entre ellos, sobre todo por parte de Gonzalo. Nada le pasaba a
ste en la calle, en el caf, que no viniese a contar a Cecilia, que le
prestaba incansable atencin. Su esposa en cambio ni atenda ni quera
oir hablar siquiera de sus caceras, de sus disputas, de las ocurrencias
de sus amigos. Todo lo que no fuese modas, bailes, descripciones de las
_soires_ madrileas, bodas de los grandes de Espaa, le interesaba
poco. Lo que ms excitaba su curiosidad era cuanto se refera a los
reyes y a la real familia. Lea con avidez el relato de las recepciones
palaciegas, conoca la etiqueta tan bien como un gentilhombre de cmara,
cmo se saludaba a los reyes, cmo se les besaba la mano, cundo se
haba de hablar en su presencia, cmo haba que retirarse. Saba los
nombres y la biografa de cada uno de los miembros de la real familia y
tambin los de los nobles ms caracterizados de la corte. Las novelas, y
una seora azafata de la reina que haba estado a tomar baos en Sarri,
le haban sugerido aspiraciones fantsticas, un anhelo de vivir en
aquella atmsfera brillante. La majestad de los prncipes la conmova,
la embargaba de sumisin, ella que era incapaz de humillarse a nadie! Y
aquella vida galante de la corte le produca cierto deslumbramiento como
los fulgores de un sueo feliz. Cuando haba estado en Madrid, su
cualidad de provinciana rica, no le haba consentido gozar ms que de
los teatros, de los paseos en coche por la Castellana, de las tiendas y
las calles. De la corte, de sus saraos y regocijos, haba permanecido
tan distante como en Sarri. Y sin embargo, ella estaba bien convencida,
y no le faltaba razn, de que poda brillar en cualquier parte. Su
hermosura y la viva y graciosa imaginacin de que estaba dotada, la
hubieran hecho notar inmediatamente en la sociedad ms distinguida.
Algunas veces paseando en _landau_ con su marido, haba visto fijarse en
ella con atencin y codicia las miradas del duque de S... del marqus de
C... de encumbrados personajes polticos. En una ocasin haba odo a la
duquesa de Medinaceli al cruzarse los carruajes, decir a su
compaera:--Estar casada esta nia tan linda? De aquellos tres meses
en Madrid, le haba quedado una visin potica, un recuerdo confuso de
sus placeres, y cierto prurito de imitar con los pobres medios de que
dispona en la villa a las damas encopetadas de la corte, cuyas
costumbres slo conoca de odas.. As, por ejemplo, cuando sala de
casa, que era pocas veces, sola hacerlo en carruaje, sobre todo si iba
al teatro. La costumbre de que el coche viniera a esperarles al
concluirse la funcin, haba causado en Sarri alguna sorpresa y no
pocas murmuraciones. Los trajes con que se presentaba en pblico eran
siempre de fantasa, distintos enteramente de los que vestan las otras
damas de la poblacin. Estas, por regla general, solan andar en sus
casas con la ropa usada en cualquier facha como ellas decan. Ventura
oper una revolucin, vistindose desde por la maana con trajes nuevos
y adecuados a aquella hora. No se la sorprenda jams, ni aun en el
retiro de su gabinete, sin todos los adminculos y adornos propios de la
ocasin. Sus batas de seda de color siempre apagado, sus cofias de
encaje nunca vistas hasta entonces, sus babuchas de terciopelo, eran el
pasmo de la poblacin. Haba muchas seoras que iban a visitarla, slo
por enterarse de su tocado casero.

Gonzalo, al verla enfrascada en la lectura de las revistas de salones,
al oir describir, como si lo hubiera visto, un baile en Palacio,
exclamaba riendo:--Sabes cmo se llama en medicina esa mana tuya?...
Delirio de grandezas. Ella se enojaba. Como todos los caracteres
burlones, le hera profundamente el ridculo. Con su cuada el joven se
rea unas veces, otras se mostraba irritado de aquellas extravagancias
de su esposa, que calificaba de estpidas y cursis. Cecilia procuraba
calmarle, achacndolo a los pocos aos, al carcter tornadizo de
Ventura:--Ya vers--le deca;--dentro de algunos meses no se acordar
de semejantes tonteras.

Cecilia era su pao de lgrimas, su confidente en todos los disgustos
matrimoniales. Nunca dejaba de recibir de su boca algn til consejo,
algunas palabras consoladoras que calmaban sus fuertes y repentinos
enojos. Se haba acostumbrado de tal modo a aquellas confidencias, que
cuando despus de alguna reyerta con Ventura no hallaba a su cuada en
casa, se pona el sombrero y corra a buscarla al paseo, a la iglesia o
donde estuviese. El mucho tiempo que pasaban juntos convidaba tambin a
stos desahogos. Ventura no quera salir de casa. Y como don Rufo exiga
que la nia tomase el aire libre, Cecilia se encargaba de acompaar a la
nodriza. Gonzalo las acompaaba a ambas, la nodriza con la nia delante,
l con Cecilia detrs. En aquellos largos paseos le confiaba todos sus
secretos, le explicaba prolijamente sus temores, sus alegras, sus
esperanzas. A veces, oyndola discurrir con tanta perspicacia en
aquellos asuntos morales, sola exclamar con poca galantera:--Qu
lstima que Ventura no posea tu carcter juicioso y sensato!

Ella, en cambio, permaneca impenetrable para l, como para todo el
mundo. O porque no tuviese secretos que contar, o por su temperamento
excesivamente reservado, la primognita de Belinchn hua de hablar de
s misma con un cuidado extraordinario. Ni sus alegras ni sus pesares
eran conocidos de nadie. Slo un observador muy fino podra, a fuerza
de costumbre, averiguar vagamente las emociones que la agitaban. Gonzalo
no lo era. En su egosmo infantil de hombre sano y musculoso, haba
llegado a considerar a su cuada como un ser pasivo, razonable y fro,
admirable para aconsejar y dirigir a los dems, un ser superior, si se
quiere, pero incapaz de sentir aquellas cleras, aquellas alegras,
aquellas pasiones insensatas que alteraban a los caracteres dbiles como
el suyo. Sin embargo, alguna vez, en son de broma, haba tratado de
sacarle del cuerpo sus secretillos. Saba que tres o cuatro mancebos de
la poblacin aspiraban a su mano. A alguno de ellos le haba sorprendido
ms de una vez paseando la calle. En el teatro la flechaban con los
gemelos. Y aunque Gonzalo adverta con cierto disgusto que deba de
haber en aquella adoracin ms deseo de la dote que verdadero amor,
procuraba lisonjearla hablndola de sus pretendientes. Ella rehua la
conversacin con silencio obstinado, sonriendo vagamente para no dejar
traslucir su pensamiento; hasta que al cabo se vea precisado a hablarle
de otra cosa.

En cierta ocasin, sin embargo, Gonzalo tom el asunto con ms seriedad
y persistencia. Un amigo de la infancia, ingeniero de caminos, le habl
de Cecilia, y le pidi su proteccin para interesarla en su favor. La
franqueza y sinceridad de su lenguaje agrad mucho al joven.

--Gonzalo--le dijo,--me encuentro ya en edad y en disposicin de
casarme. No he querido hacerlo en Madrid o en Sevilla, donde estuve
destinado, porque desconfo de las mujeres que no conozco de muy atrs.
Los hombres deben casarse en su patria con las jvenes que han visto
crecer a su lado. Decidido a casarme con una chica de la poblacin, me
he fijado en tu cuada, y voy a decirte con toda sinceridad mis
pensamientos. Cecilia no es bonita ni es fea; es una mujer pasable.
Siempre he credo que stas son las ms a propsito para esposas. En las
cuatro o cinco veces que he hablado con ella en casa de las de Saldaa,
la he encontrado muy simptica y muy razonable, franca y modesta. Sus
amigas hablan todas bien de ella. Es un dato importantsimo que los
hombres no tienen en cuenta bastante al casarse. Porque las amigas
suelen ser implacables las unas para las otras, y se buscan las
cosquillas que es una bendicin... Adems, tu cuada tendr una buena
fortuna el da de maana, y esto, por qu no he de decrtelo? tambin
es otro dato que debe tenerse presente. No s por qu se han de casar
los hombres por sistema con las mujeres pobres. Las necesidades que el
hombre se crea al contraer matrimonio, son muchas: los hijos pueden
aumentar demasiado, y todo debe mirarse. Yo no necesito casarme por
inters. Tengo una carrera bastante lucrativa. Mis padres me han de
dejar tambin alguna hacienda... Quieres preguntarle si le he sido
antiptico en las pocas veces que he hablado con ella, y si consiente
que me presenten en su casa?

Gonzalo le prometi interponer su influencia; le dej entrever con
reticencias ms o menos claras, un xito lisonjero, jactndose del poder
que sobre ella ejerca. Hasta entonces todas las indicaciones que la
hiciera, haban sido atendidas.--Creo que si yo no consigo llevar a
remate la empresa, ninguna otra persona podr intentarla--concluy por
decir en un rapto de expansin y de orgullo.

Aquella misma noche aprovech el momento en que Cecilia vino a
encenderle el quinqu al despacho, para decirla risueo:

--Tienes algo que hacer ahora, Cecilia?... No?... Pues sintate un
momento, que voy a confesarte.

La joven le mir con sus grandes ojos claros y suaves, donde se pintaba
la sorpresa. Gonzalo la oblig a sentarse.

--Tienes novio?--la pregunt bruscamente.

--Qu pregunta!--exclam ella con semblante risueo, sin avergonzarse.

--No hablo de novio formal. Si lo tuvieras ya estara yo enterado.
Quiero slo saber si entre los jvenes que te obsequian hay alguno que
hubiese logrado interesarte ms o menos.

--Para qu quieres saber eso?

--Contesta.

Cecilia hizo un gesto negativo.

--Pues entonces voy a tomarme la libertad de hablarte de uno, que me lo
ha suplicado... Se trata de mi amigo Paco Flores, a quien ya conoces. Me
ha pedido que le recomendase a ti, preguntndote al mismo tiempo si en
las pocas veces que contigo ha hablado te haba sido antiptico.

--Antiptico?--pregunt con sorpresa.--Por qu? A mi no me es nadie
antiptico mientras no cometa alguna grosera.

--Despus me ha rogado te pregunte si consientes en que sea presentado
en esta casa.

--Eso es otra cosa--respondi ponindose repentinamente seria.--Yo no
puedo impedir que sea presentado aqu; pero, como mi consentimiento
podra implicar que tengo gusto en que nos visite, no estoy dispuesta a
drselo.

--No se trata de que lo aceptes por novio--se apresur a decir
Gonzalo.--nicamente desea que le permitas tratarte algn tiempo; y si
al cabo le consideras merecedor de tu mano, se la otorgues, y si no, se
la niegues.

--Pues negada desde luego, y sin necesidad de trato--replic con firmeza
la joven.

--Es muy pronto eso--dijo Gonzalo sonriendo para disimular la irritacin
que aquella brusca respuesta le haba producido.

--Me parece que en estos asuntos cuanto ms sinceros seamos, mejor para
todos. Por qu ha de molestarse ese muchacho en visitarme una larga
temporada para recibir la respuesta que desde ahora mismo le puedo dar?

--Bien, bien; procedamos con calma. Si Paco no te es antiptico, como
confiesas, no puedes asegurar que al cabo de seis u ocho meses o un
ao, no te enamores de l.

--Soy incapaz de enamorarme--dijo ella con sonrisa amarga que su cuado
no entendi.

--El amor viene cuando menos se piensa--afirm ste
sentenciosamente.--Estamos aos y aos sin sentirlo, y un da, paf! da
un vuelco el corazn. Es que hemos hallado nuestra media naranja.

Estas palabras tan cndidas como crueles, removieron las escasas gotas
de hiel que Cecilia guardaba en su pecho. Con rpida frase y mirando
duramente a uno de los brazos del silln donde se hallaba sentada,
repuso:

--Pues yo estoy segura de que mi corazn no har paf! ningn da.

--Por qu aseguras eso, Cecilia? Las mujeres, ms que los hombres,
estn hechas para el amor, para los goces que ste proporciona, para la
vida de familia. Se puede decir que el nico destino de la mujer sobre
la tierra, es el matrimonio, porque es la encargada de sostener sobre
ella la vida. Su disposicin fsica, todos los rganos de su cuerpo
estn construdos para la produccin de esta vida...

Gonzalo abogaba por su amigo Paco, apelando, como se ve, hasta a la
fisiologa. Cecilia le escuchaba en silencio, el semblante severo, la
mirada fija en el vaco. Las palabras de su cuado sonaban en su alma
como un acento de desolacin. S; aquello era verdad, por desgracia era
todo verdad! Cuando termin de hacer la apologa del amor, hizo la de su
amigo Paco Flores, un joven tan despejado, tan formal, hijo de una buena
familia, con brillante carrera, etc., etc.

Cecilia se obstin secamente en rehusar su consentimiento para que
viniese a casa. Entonces Gonzalo, un poco irritado por la disputa, y
herido en su amor propio por haberse jactado sin razn delante de Paco
de su influjo sobre la joven, dej escapar algunas frases duras: Por
ventura le pareca poco para ella? Paco no era rico, pero poda aspirar
a su mano. En Sarri no hallara un muchacho mejor que l. Nadie
tachara, seguramente, el matrimonio de desproporcionado. O es que
esperaba un prncipe de la sangre?... Pues que no se descuidara mucho,
porque la juventud de las mujeres pasa pronto, y se han llevado en estos
asuntos bastantes chascos...

La joven escuch la filpica de su cuado hasta el fin, sin mover un
dedo siquiera. Cuando termin, levantse vivamente del asiento, el
rostro plido, las manos convulsas, y sali con precipitacin de la
estancia. Al cruzar el pasillo para dirigirse a su cuarto, dos gruesas
lgrimas rodaban por sus mejillas.




XIV

DE LOS GALICISMOS QUE COMETA EL FARO DE SARRIӻ Y OTROS ASUNTOS NO
MENOS INTERESANTES.-PRIMERAS BAJAS DE LA BATALLA DEL PENSAMIENTO.


Despus de su ruidoso desafo, el esforzado Belinchn supo, aunque otra
cosa afirmen algunos cronistas, gozar con modestia de la merecida fama y
aureola que inmediatamente le circundaron. Quiz se fijen aqullos para
sustentar la opinin contraria, en haberse descubierto algunas
provocaciones del insigne caballero a ciertos sujetos de la villa, no
bastante justificadas. Mas al hacerlo, no tenan en cuenta que tales
provocaciones vinieron, no a raz del sealado acontecimiento que hemos
narrado, sino algn tiempo adelante. En la historia, la cronologa es
siempre de importancia capital. Y en este particular de que tratamos,
explica satisfactoriamente los actos de nuestro hroe.

Mientras dur en la villa la impresin del suceso, se le tributaron
aquellas muestras de admiracin a que era sin disputa acreedor. Sus
mismos enemigos al verle pasar, le miraban con respeto, ya que no con
simpata. Entonces don Rosendo, en vez de abusar de su reconocida
superioridad, como hubiera hecho otro hombre de menos esfuerzo y
modestia, apareca con un continente grave, s, pero apacible,
recorriendo las calles con el mismo sosiego y mesura que antes. Ejemplo
notable de prudencia, que en vez de agradecrsele, sirvi para que se
intentasen y perpetrasen contra l algunos desacatos. Por lo pronto, en
el Camarote comenz a hacerse chacota de tal desafo. Se ponderaba con
intencin malvola y exagerndolos, los saltos que el fundador del
_Faro_ haba dado hacia atrs en el combate. Estas burlas, de las
cuales, como puede suponerse, era el iniciador Gabino Maza, no
permanecieron mucho tiempo en el recinto de la tertulia. Se extendieron
por toda la poblacin, de tal modo, que al cabo de algunos das una gran
parte de sus habitantes sonrea irnicamente al oir hablar del famoso
lance de honor. Don Rosendo trasluci algo de esta befa, no slo por los
odos, sino tambin por los ojos. Advirti que en vez de las miradas
respetuosas y de la cortesa que con l se usaba, comenzaban sus vecinos
a adoptar una actitud grosera, hacindose los distrados o volviendo la
cabeza cuando l pasaba. Al cruzar por delante de algn corrillo, crey
percibir risas comprimidas.

Qu le tocaba hacer en este caso? Indudablemente dejar la modestia a un
lado y obligar a sentir a aquellos bellacos el peso de sus conocimientos
en la esgrima. La primera seal que di de su indignacin y del soberano
desprecio que sus enemigos le inspiraban, fu el escupir al suelo, con
ruido, cuando alguno de stos cruzaba a su lado, como indicando que le
daba asco. En cuanto comprendieron el motivo de aquella extraordinaria
secrecin, los ms tmidos comenzaron a pensar que el rayo poda muy
bien acompaar a la lluvia, y evitaron con cuidado el tropezarle. Los
ms bravos pasaban a su lado sin hacer caso de aquella tos
despreciativa; pero sin osar mirarle a la cara. Al cabo de algn tiempo
unos y otros lo tornaron con calma y se decan riendo:--Acabo de
encontrarme con don Rosendo.--Qu tal, te ha tosido?--Ya lo creo;
pareca que reventaba! Y en el Camarote corran las bromas y se
celebraban las burlas ms groseras contra nuestro gran patricio. Una de
ellas fu el desfilar uno en pos de otro a cierta distancia, todos los
socios de la tertulia por delante de l. Don Rosendo qued de aquella
vez sin saliva y con la garganta destrozada. Tan slo Gabino Maza lo
tomaba en serio y aseguraba que ya se librara aquel buey (la palabra es
dura, pero textual) de escupir cuando l pasase. Y en efecto, don
Rosendo se haba abstenido hasta entonces de hacerlo. Crea que deba
guardar ciertas consideraciones al jefe del bando contrario. Mas una
noche en que traa la cabeza un poco exaltada por la lectura de cierto
desafo de dos _yankees_, al topar junto al caf de la Marina con Maza,
se le ocurri escupir en la forma provocativa que usaba. Aqul se volvi
repentinamente hecho una furia, y sujetndole con fuerza por la mueca,
le dijo al odo con acento rabioso:

--Oiga usted, seor majadero: a m no me tose usted ni en cuarto grado
de tisis! lo oye usted?

Don Rosendo, como hombre correcto y muy prctico en estos asuntos de
honor, no dijo nada en aquel momento. Pero al da siguiente no sali de
casa esperando los padrinos de Maza, los cuales, felizmente para ste,
no parecieron.

El desafo y la actitud de don Rosendo, tuvieron, sin embargo,
consecuencias provechosas para la poblacin. Gracias a nuestro hroe
naci en ella la aficin a las armas. Muchos de sus habitantes ms
distinguidos comenzaron con ahinco a cultivar la esgrima. Ya no fueron
solamente los redactores del _Faro_ y los tertulios del Saloncillo
quienes se entregaban a este noble ejercicio amaestrados por M. Lemaire.
Tambin los socios del Camarote, comprendiendo a la postre la
importancia de este arte, establecieron, en un almacn contiguo, sala de
armas. Al frente de ella, pusieron a un oficial de reemplazo
perteneciente al arma de caballera, que haba tirado al florete en
Madrid. El resultado inmediato de este adelanto fu que las reyertas,
que a cada paso se suscitaban entre los del Saloncillo y los del
Camarote, eran conducidas con arreglo a todas las frmulas y ceremonias
prescritas en el cdigo del honor. No transcurra semana tal vez, sin
que la villa se estremeciese con las idas y venidas de los padrinos, los
rumores de las conferencias celebradas en los ngulos de los cafs, las
actas que inmediatamente se publicaban en el _Faro_ y en los peridicos
de Lancia. Porque de veinte pendencias las diez y nueve se terminaban
con un acta para ambas partes honrosa, suscrita y firmada por los
padrinos. De modo que de aquellos lances de honor, lo nico positivo
eran los bastonazos o puadas que los contendientes se daban
previamente, sin perjuicio de que las cosas siguiesen sus trmites
ordinarios.

Alguna que otra rara vez, cuando los nimos se enconaban demasiado, se
iba al terreno. Delaunay se haba dado de sablazos con don Rufo, por
un comunicado inserto en _El Porvenir de Lancia_, en el que se deca que
los mdicos no giraban la visita en el hospital a la hora reglamentaria.
El impresor Folgueras se haba batido tambin con un cuado de Marn,
por haber negado el saludo uno de ellos al otro. Afortunadamente, en
ninguno de los dos encuentros haba habido ms que planazos y
verdugones. El desafo ms notable fu el de don Rudesindo con don Pedro
Miranda, que despus de vacilar algn tiempo se haba decidido por los
del Camarote. El motivo fu el problema del matadero. La ocasin, la
siguiente. Don Pedro haba manifestado en una casa que don Rudesindo
apoyaba el partido de Belinchn slo porque no se emplazase el matadero
en la playa de las Meanas, donde sus casas salan perjudicadas. El
fabricante de sidra tuvo conocimiento de este dicho, habl pestes en el
Saloncillo de don Pedro, y se mostr vivamente ofendido de tal
suposicin; mucho ms ofendido de lo que en realidad estaba. Alvaro
Pea, que no estaba contento sino cuando tena un desafo entre manos,
se apresur a decirle en voz alta con la arrogancia que le
caracterizaba:

--Pierda usted cuidado, don Rudesindo. Miranda le dar a usted una
reparacin. Quiere usted dejarlo de mi cuenta?

El bueno del fabricante hubiera deseado comerse las palabras que haba
soltado. Aquel Pea era un hombre tan expeditivo! Por qu diablos
haba dicho que tena ganas de tropezar a don Pedro para darle dos
puntapis, cuando en realidad acababa de verle al salir de casa, y haba
cruzado a su lado sin decirle una palabra? Pero estaban all ms de
veinte personas, y se vi en la dolorosa necesidad de contestar al
ayudante, aunque en el tono menos agresivo posible:

--Bueno... si usted cree que merece la pena...

--Pues no ha de merecer! Suponer que usted no est a nuestro lado sino
por mviles mezquinos bastardos es insultarle... A vej, don Feliciano.
Quiere usted escuchaj una palabra?

Don Feliciano y l conferenciaron en un rincn breves momentos. Acto
continuo salieron a la calle. Don Rudesindo qued en la apariencia
tranquilo, en realidad fuertemente alterado y bramando en su interior
contra Pea, contra el Saloncillo, contra s mismo y contra la madre que
le pari. Qu necesidad tena l de meterse en los? Un hombre casado,
con hijos, que en toda su vida no haba hecho ms que trabajar como un
esclavo para labrarse un capitalito... Y ahora que lo tena... por una
quijotada de ese farfantn... acaso!... El fabricante apenas poda
pasar los sorbos de cognac que de vez en cuando introduca en la boca.

La cosa se arregl muy pronto. Don Pedro Miranda qued viendo visiones
con la visita de Pea y don Feliciano. Dijo que no recordaba... que l
no tena agravio alguno de don Rudesindo... al contrario. Pero Pea le
haba atajado, dicindole:

--Bueno, don Pedro. No podemos escuchar eso. Nombre usted dos personas
que se entiendan con nosotros.

El atribulado propietario nombr a Gabino Maza y Delaunay por
representantes. Como de stos el uno era hombre acalorado y fiero, y el
otro mal intencionado, no fu posible avenencia. Se negaron en absoluto
a dar explicaciones. El lance qued concertado a sable en el cementerio
antiguo, en las primeras horas de la maana.

Don Rudesindo al saberlo, maldijo de la hora en que viera la luz del
da. Su contrario don Pedro se limit sencillamente a dejarse caer en un
sof y pedir una taza de tila. Mas no hubo otro remedio que acudir a
donde el honor los llamaba. A las seis de la maana, Pea y don
Feliciano por una parte, y Maza y Delaunay por la otra, los sacaron de
sus domicilios para conducirlos al cementerio viejo. Dios mo, al
cementerio viejo! Qu ideas tan lgubres revolotearon por el cerebro de
don Pedro Miranda mientras caminaba hacia all! No es posible
compararlas sino con las que asaltaron a don Rudesindo en el mismo
trayecto. Pea le dijo antes de llegar:

--Es evidente, don Rudesindo, que usted le escabecha. Me lo da el
corazn... Usted le escabecha. No tira usted mucho, pero tiene un juego
muy difcil, muy difcil!...

El fabricante hubiera dado en aquel momento toda su hacienda por tenerlo
no difcil, sino imposible.

--Don Pedro no tiene pierna; es adems, corto de brazo... Pero, como ya
sabe usted que en las ajmas no hay nada seguro y a veces el que menos se
piensa, lleva el gato al agua, si usted tiene algo que encargarme,
hgalo antes que lleguemos.

Don Rudesindo se estremeci. Sigui caminando un rato en silencio, y
por fin, sacando unos papeles del bolsillo, se los entreg diciendo con
voz sorda:

--Si perezco, dle usted esto al seor Benito.

Dos lgrimas asomaron a sus ojos al mismo tiempo.

--El seor Benito el _Rato_?--pregunt Pea.

Don Rudesindo no le oy. Se haba escapado ya por la carretera adelante
para ocultar su emocin.

Por qu el nombre de su escribiente le produca en aquel instante tal
enternecimiento, no podemos explicarlo. Acaso en las grandes crisis de
la vida, se despierten vivas y sbitas simpatas en el fondo de nuestro
ser, de las que no tenamos la menor sospecha.

El cementerio viejo, prximo ya a dedicarse al cultivo, era un pequeo
cercado donde creca la hierba y la maleza. Las cruces de madera se
haban podrido. No haba ms testimonio de que tal recinto era mansin
de los muertos, que dos calaveras incrustadas en la pared a entrambos
lados de la puerta. Por cierto que estas calaveras, no produjeron una
impresin grata en don Rudesindo. En don Pedro no sabemos; pero puede
sospecharse que no sera ms favorable. Tardaron algn tiempo en buscar
sitio, porque las ortigas y zarzales impedan _marchar y romper_
convenientemente a los combatientes. Mientras Pea, en compaa de los
testigos contrarios, se ocupaba en esta tarea gravsima, el bueno de don
Feliciano Gmez cometi la _incorreccin_ (Dios le bendiga por ella!)
de acercarse a don Pedro Miranda, que descolorido, con la mirada
atnita, el estmago encharcado por la cantidad fabulosa de tazas de
tila que haba tornado aquella noche, esperaba, arrimado a la tapia, que
aquellos seores concluyesen, en la actitud de un reo de muerte.

--Hola, don Pedro; fro, eh? Caramba qu maana!... Mire usted que
levantarse un hombre de la cama para esto! Vlgate Dios! _(Silencio
interrumpido por algunos eructos del infortunado Miranda.)_ Hubiera dado
el dedo meique, el dedo meique, s! por no tener que asistir a una
atrocidad semejante. Pero dicen que es un favor que no se puede negar.
Bueno: que no se niegue cuando se trata de una ofensa grave... Dnde
est aqu la ofensa grave? Vamos a ver, que me lo digan, dnde est?
Vlgate Dios! Vlgate Dios! _(Nuevo silencio y nuevos eructos de don
Pedro, que concluye por doblar la cabeza sobre el pecho, con la misma
resignacin que si la pusiera sobre el tajo.)_ Cunto mejor sera estar
metido entre las sbanas tomando el chocolate! verdad, mi
queridn?--profiri don Feliciano, ponindole la mano sobre el hombro
con gran familiaridad. Miranda dej escapar un imperceptible sonido
gutural.

--Ya lo creo!--sigui el comerciante.--Por ms que me digan, don Pedro,
yo no puedo creer que usted tenga gana de matar a don Rudesindo... Un
vecino... que ha sido su amigo hasta hace poco... con quien se ha criado
y ha ido a la escuela...

--No... yo gana... ninguna--murmur don Pedro, siempre con la cabeza
sobre el tajo.

--Velo usted ah!--exclam don Feliciano dando una gran palmada.--Lo
que yo deca! Pues lo mismo le pasa a don Rudesindo, mi queridn. Y
entonces, vamos a ver, quin tiene ganas de matarse aqu? A ver, que
me lo digan!

Y pase la mirada en torno, buscando contestacin. Pea, Maza y Delaunay
estaban lejos y ocultos por algunos cipreses. Don Rudesindo yaca
arrimado tambin a la tapia, a unos cincuenta pasos de distancia.
Entonces el comerciante, por una sbita y celestial inspiracin, le hizo
sea de que se acercase.

Don Rudesindo avanz hacia ellos lentamente, con paso tmido y
vacilante.

--Dice usted, mi queridn, que no tiene ninguna gana de matar a don
Rudesindo?--pregunt el comerciante a Miranda.

--Ninguna--murmur ste.

--Tendra usted, por casualidad, deseos de herirle?

--Tampoco. Yo siempre he estimado a Rudesindo--balbuci el propietario.

--Eh? Cmo? Qu deca usted?--grit don Feliciano con triunfal
exaltacin.--Que usted siempre ha estimado mucho a don Rudesindo,
verdad, mi queridn? Ha dicho usted eso?

--S, seor.

--Dime, Rudesindo (andando unos cuantos pasos al encuentro del
fabricante de sidra). Tienes deseos de matar aqu al seor don Pedro...
un vecino... que ha sido tu amigo hasta hace poco... con quien te has
criado y has ido a la escuela de don Matas _el Churro_?

--Yo, por qu?--dijo el fabricante abriendo ansiosamente los ojos.

--Tendras por casualidad deseos de herirle?

--Ni de hacerle el menor dao. Siempre le he tenido por verdadero amigo.

--Cmo es eso? Eh? Por un verdadero amigo, verdad?... Entonces, lo
que corresponde aqu, en mi humilde opinin, es que os deis un abrazo.

Apenas haba pronunciado don Feliciano estas palabras, cuando Miranda y
don Rudesindo, por un movimiento simultneo, avanzaron con mpetu feroz
el uno sobre el otro alzaron briosamente los brazos y se abrazaron con
tal furia, que por poco se descoyuntan todos los huesos de la cavidad
torcica. Don Feliciano en el mismo punto se despoj con violencia del
sombrero, dejando al descubierto su enorme calva en declive, lo agit
con frenes algunos segundos, y grit: Hurra! no se sabe a quin; tal
vez al dios astuto que le haba suministrado tan famosa idea.

En aquel momento se acercaban los testigos. Al ver la escena se pararon
sorprendidos. Mostrronse alegres de tal solucin en apariencia, pero
cada cual se separ por su lado, y aquella tarde en el Saloncillo Pea
reprendi speramente a don Feliciano por su conducta. Lleg a afirmar
que le haba puesto en ridculo y que si no fuese porque se trataba de
un amigo antiguo y persona de ms edad que l, le exigira una
jeparacin.

--Una reparacin!--exclam el ptimo don Feliciano.--Qu ms da que la
exigieras, rapaz!

--Se negara usted a batijse conmigo?--pregunt el ayudante con su voz
campanuda.

--A qu habamos de batirnos?

--A lo que usted quiera.

--Yo, a bailar un tango o una-guaracha, mi queridn--respondi, y
diciendo y haciendo comenz a saltar por la sala dando las castaetas
hasta que se le cay el sombrero y qued al aire la piedra de lavar que
tena por cabeza. Los socios se tiraban por los divanes, de risa. Pea
dej escapar algunas frases de desprecio, y se retir amoscado y
desabrido.

Los tertulios del Camarote, hostigados constantemente por las gacetillas
del _Faro_, se haban decidido al cabo a fundar otro peridico en el que
pudieran tomar venganza de las sinrazones que se les haca.

Enormes sacrificios costaba esto. Muy pocos, de entre ellos, eran ricos.
El nico que pudiera llamarse as era don Pedro Miranda. Este prefera
que le sacasen una muela a descorrer los cordones de la bolsa. A fuerza
de cabildeos, de ruegos, allegando recursos de aqu y de all, haciendo
sumas y restas en el Camarote, se concluy por obtener la cantidad
indispensable para montar una imprenta. En la de Folgueras, ni ste
quera tirar el peridico, ni ellos se humillaran a demandrselo.
Cuando estuvo la imprenta, modestsima por cierto, en disposicin de
funcionar, celebraron el indispensable banquete. En l se convino en
denominar al nuevo rgano _El Joven Sarriense_. A los postres se brind
con entusiasmo por su prosperidad y por la destruccin de sus viles
enemigos.

La aparicin del primer nmero, que traa la consabida vieta
representando un adolescente peinado con la raya por el medio, y rodeado
de una porcin de latas de conservas a modo de libros, en actitud de
leer, ms bien de merendar, una de ellas, caus viva sensacin en la
villa. Lo mereca. Los del Camarote, como hombres que haban tenido que
devorar durante muchos meses los insultos del _Faro_, se desahogaban con
verdadera fruicin. Santo Cristo de Rodillero, qu cmulo de
insolencias y procacidades! Desde el principio hasta el fin estaba
consagrado a escarnecer, a herir y ridiculizar a los socios del
Saloncillo. Pareca que les faltaba tiempo para llamar al uno feo, al
otro hambrn, al de ms all envidioso, a ste bruto, a aqul farfantn.
Por supuesto, bajo nombres supuestos, aunque tan transparentes, que
nadie en la poblacin dejaba de conocerlos. Llambase Belinchn _Don
Quijote_ y don Rudesindo _Sancho_, Sinforoso _Marqus del Tirapi_, Pea
_El Capitn Clera_, etc., etc. Y escudados con esto los traan y los
llevaban, los barajaban que era una bendicin. No les dejaban hueso
sano. Por la noche hubo palos (cmo no?) en la Ra Nueva. Folgueras, a
quien tambin insultaban en _El Joven Sarriense_, se haba encontrado
con Gabino Maza, y le descarg un bastonazo sobre la cabeza. Maza lo
devolvi con creces. Repiti Folgueras. Vino en ayuda de ste un cajista
que por all cruzaba, y de aqul su cuado. En un instante se arm una
de garrotazos que tocaba Dios a juicio.

_El Joven Sarriense_ se publicaba los domingos. Periquito Miranda, que a
causa de la desavenencia de su padre con los del Saloncillo, padeca una
peligrosa retencin de lirismo, se alivi notablemente insertando en l
un sinnmero de sonetos, sneos, acrsticos y otras diversas
combinaciones mtricas, destinadas a pregonar su adoracin platnica a
la seora del gerente de la fbrica de aceros, una francesota grande y
pesada como un elefante, que le hubiera metido fcilmente en el
bolsillo. Ya sabemos que Periquito amaba las obras slidas de la
Naturaleza. Para expresar los deseos que atormentaban su espritu,
valase ingeniosamente de la forma de sueos. El joven platnico soaba
en verso que se hallaba en fresca gruta deleitosa donde de pronto
apareca una ninfa de torneados brazos y turgente seno (la seora del
gerente) que le instaba a dormir sobre un lecho de rosas y verdes
pmpanos. Otras veces, se vea sobre la cspide de una altsima montaa.
En las nubes amontonadas, en los confines del horizonte, comenzaban a
dibujarse los contornos de una mujer (la seora del gerente). Las nubes
se acercaban. La mujer era blanca como el campo de la nieve, mrbida y
esplndida como la flor de la magnolia. La hermosa aparicin llegaba
hasta l por fin, y le arrebataba entre sus brazos por los espacios
azules. Otras, navegaba en frgil barquilla por la superficie del
Ocano. La barca se hunda y l iba a parar al fondo del mar donde una
blonda y hermossima nyade (siempre la seora del gerente) le llevaba
de la mano a un prodigioso palacio de cristal, le sentaba a su lado en
un trono de marfil, y le invitaba a contraer con ella justas nupcias,
efectuadas las cuales, se retiraban al son de dulce msica a un gabinete
reservado, maravillosamente decorado, donde la nyade enamorada le haca
poseedor de sus gracias. Estos ensueos de dicha, versificados con
facilidad y adornados de cierto naturalismo potico, causaban alguna
inquietud a los padres de familia. Periquito coma cada da ms, y
estaba cada vez ms flaco. _El Faro_, en el nmero del jueves, despus
de insultar con rabia a los jefes del Camarote, se meta tambin con
l llamndole maliciosa y torpemente _Pericles_.

Colocados as, uno enfrente del otro, en feroz y perpetua rivalidad, _El
Faro_ y _El Joven Sarriense_ emplearon tilmente sus columnas en
injuriarse con ms o menos descaro, segn arreciaba o aflojaba la lucha.
Raro era el nmero de cada uno de ellos que no daba lugar a algunos
bastonazos o bofetadas, cuando no a un desafo formal. Sin embargo, en
stos eran ms parcos todos. Padrinos s se nombraban por un qutame
all esas pajas; pero darse de sablazos o de tiros, ya era otra cosa. La
contienda haba enardecido los nimos en la villa. Muchas de las
personas que haban permanecido indiferentes a las desavenencias de los
del Saloncillo y los del Camarote, haban concludo por tomar puesto en
uno u otro bando, unas veces porque tenan metidos en la refriega a sus
parientes, otras por algn antiguo resentimiento, otras, en fin, sin ms
motivo que el calor y el entusiasmo que el combate despierta en los
temperamentos belicosos. Al poco tiempo la poblacin estaba
verdaderamente partida en dos. El bando del cual era dignsimo jefe don
Rosendo Belinchn, era el ms numeroso y contaba con casi todos los
comerciantes ricos de Sarri. El de los del Camarote, ms exiguo,
contaba con los terratenientes y las personas timoratas y religiosas a
quienes _El Faro_ haba escandalizado. La lucha se fu acentuando de tal
modo, que al poco tiempo los que pertenecan a un partido ya no
saludaban a los del contrario, aunque hubieran, sido hasta entonces
buenos amigos.

_El Faro_ y _El Joven Sarriense_ comenzaron a criticarse respectivamente
el estilo y la gramtica. Buscronse con encarnizamiento por una y otra
parte las faltas de sintaxis, fijndose lo mismo en los vocablos que en
el rgimen.--Esa palabra no es castellana--deca _El Joven_.--La
palabra _desilusionar_, que los peleles del _Joven Sarriense_ afirman
que no es castellana--contestaba _El Faro_,--la hemos visto empleada por
los ms eminente escritores de Madrid: Prez, Gonzlez, Martnez y
otros. Esta vez, como siempre, al rgano del Camarote le ha salido el
tiro por la culata. Replicaba _El Joven_, contrarreplicaba _El Faro_,
citbanse prrafos de la gramtica, del diccionario, de los escritores
distinguidos, y al cabo nadie saba a qu atenerse. Y las cosas quedaban
como antes, aunque se hablaba a veces de remitir las cuestiones a la
resolucin de la Academia de la Lengua. Se citaba mucho por los dos
lados el _Don Juan Tenorio_ de Zorrilla y los artculos del _Curioso
parlante_. Esta competencia gramatical traa consigo al menos una
ventaja; la de hacer que algunas personas que no la haban saludado se
dedicasen con ahinco a aprenderla. Lo mismo en el Saloncillo que en el
Camarote haba dos o tres ejemplares de la ltima gramtica _lata_ de la
Academia, que no reposaban nunca.

Contra quien se dispararon los tiros _lingsticos_ ms envenenados, fu
contra el inspirado don Rosendo, como quiera que era la cabeza y el
nervio de su partido y convena, ms que a nadie, aniquilar. Belinchn
no haba estudiado la gramtica, sino por un diminuto eptome all en
la infancia. Pero, como todos los ingenios superiores, si no la saba,
la adivinaba. Los contrarios le sacaban a relucir a cada instante mil
disparates de sus artculos. Mas es tal la confianza que nos inspira su
genio poderoso, que nunca hemos dado crdito a estas afirmaciones,
considerndolas como puras calumnias. Si no hubiera gramtica,
Belinchn, con slo sus luces naturales, sera capaz de inventarla.
Nadie manej jams como l ese lenguaje periodstico, ligero s, pero
brillante, lleno de frases consagradas por el uso de cien mil
escritores, donde hasta los lugares ms comunes, expresados con adecuado
nfasis, resplandecen como profundas y misteriosas sentencias. Merced a
su estilo prodigioso, don Rosendo escriba con la misma facilidad un
artculo sobre la libertad de cultos, que redactaba un informe acerca de
la industria pecuaria. Sus enemigos decan que cometa muchos
galicismos. Y qu? En el mero hecho de prohijarlos un escritor de tal
vala, dejaban de serlo, y se convertan en puras y castizas locuciones
castellanas.

Este prurito de ajustarle los galicismos al _Faro_, fu una de las
manas que tuvo _El Joven Sarriense_ o sea el colega local, como le
llamaba siempre aqul, a fin de evitar el nombrarlo, por no daar al
profundo desprecio que ansiaba mostrarle. Aprovechando cierto
diccionario curioso que uno de los socios del Camarote posea,
trituraban sin piedad lo mismo los artculos que las novelas a la mano
del _Faro_. Si don Rosendo deca en l, verbigracia, que dejaba de tocar
ciertos asuntos por no faltar a las conveniencias, al instante se le
echaba encima _El Joven_, interpelndole en forma sarcstica. Dnde
haba aprendido el ingenioso hidalgo (as llamaban casi siempre a
Belinchn) esta acepcin de la palabra conveniencia? No sera
ciertamente en su famosa historia, contada por Cervantes. Si empleaba la
palabra gubernamental, o banal, o la frase tener lugar, qu
carcajadas las del _Joven Sarriense_! qu chacota! qu desprecio! Esto
dur hasta que los del Saloncillo adquirieron otro diccionario de
galicismos. Entonces ambos peridicos comenzaron a hilar tan delgado en
esta materia, que al fin concluyeron por olvidar el purismo y volver a
su estilo libre, feliz e independiente.

Adems, la disputa se haba ido exacerbando de tal suerte, que las
ligaduras clsicas les embarazaban para insultarse. Jugaban ya en todas
las gacetillas las frases de reptil venenoso, entes despreciables,
cerebros obtusos, revolcndose en el fango, seres innobles y
degradados y otras no menos afectuosas para los del bando contrario.
Cansados de injuriarse unos a otros, comenzaron pronto a atacarse en sus
familias. No perdonaron ni a sus modestas esposas ni a sus ancianos
padres. _El Joven Sarriense_ fu el primero que di la seal, publicando
un cuento rabe titulado _La esclava Daraja_ en que bajo este nombre, se
relataba _ce_ por _be_ la historia de doa Paula y su matrimonio con
Mahomad Zegr (don Rosendo) salpicado de chufletas de poco gusto y de
insinuaciones prfidas. Belinchn estuvo tentado de mandar los padrinos
a la redaccin. Pero considerando que esto sera dar su brazo a torcer y
aceptar lo que el artculo contena de envenenado, prefiri no mostrarse
aludido y vengarse tambin en la prensa. Sinforoso, por encargo suyo,
escribi un cuento indio, donde se narraba la vida y milagros del padre
de Maza, que haba sido capitn negrero y en el trfico de carne humana
hiciera su fortuna. Desde entonces, los cuentos orientales como medio
para decirse toda suerte de picardas, fueron usados por ambos partidos.

El campo ms adecuado para la lucha que los del Saloncillo y los del
Camarote haban emprendido y el de resultados ms positivos lo mismo
para el vencedor que para el vencido, era la poltica. A l volvieron,
pues, desde los primeros momentos los ojos unos y otros contendientes.
No perdonaron medio alguno para derribarse y triunfar. Hasta la divisin
del vecindario ya sabemos que la poltica jugaba poco papel en Sarri.
Desde esta fecha, fu la comida ordinaria, el elemento indispensable que
se mezclaba en todas las conversaciones masculinas. Ni unos ni otros
haban pensado en despojar de su representacin en el Congreso a Rojas
Salcedo. Era amigo de todos y haba representado al distrito por espacio
de diez y ocho aos. Sin embargo, cuando llegaron las elecciones
municipales, escribironle cartas los dos bandos, pidindole proteccin.
Se saba que los del Saloncillo queran a todo trance separar a don
Roque de la alcalda, porque ya ms de una vez, en uso de sus funciones,
se haba puesto de parte de los disidentes en perjuicio de sus antiguos
amigos. _El Faro_ le haba zarandeado de lo lindo con este motivo.
Creci la enemistad. Vengse don Roque, abusando de su autoridad, para
mandar a la crcel a Folgueras. Repitironse los ataques del _Faro_ con
ms furia. Don Roque, juzgndose por ellos un tirano de la Edad Media,
comenz a temer por su vida y se hizo acompaar de noche y de da por el
veterano Marcones. Se dijo que en una reunin misteriosa de los del
Saloncillo, se haba decretado su muerte. Al alcalde no le llegaba la
camisa al cuerpo. Cuando en un paraje retirado alcanzaba a ver a alguno
del _Faro_, ordenaba prontamente la vuelta.

Rojas Salcedo contest a los del Camarote que si don Roque sala elegido
concejal, sera nombrado otra vez alcalde. Pero al mismo tiempo escriba
con misterio a los del Saloncillo, encargndoles que trabajasen todo lo
posible para que no saliese. De este modo se libraba de un compromiso.
En efecto, los partidarios de Belinchn, por su nmero, por su riqueza y
por la buena maa que se dieron, lograron triunfar en toda la lnea. La
lucha, ltimamente, se haba concentrado en el punto por donde se
presentaba don Roque. Los del Camarote saban que si ste era elegido,
la batalla estaba ganada. Sera alcalde y las facultades de ste
contrarrestaban muy bien las del ayuntamiento. Los del Saloncillo lo
presentan tambin. Ambos partidos luchaban con empeo feroz. Por fin,
el anciano alcalde perdi la eleccin por un corto nmero de votos.
Confuso y abatido, con los ojos terriblemente inyectados y la faz
amoratada, que daba miedo, se retir al fin a su casa, despus de pasar
todo el da en la del municipio. Ni un rey a quien despojasen de la
corona, sentira golpe tan tremendo. Lleg a su domicilio sin escolta,
como el ms nfimo particular. Bien haba visto a Marcones paseando por
los corredores, y estaba seguro de que aqul le vi tambin a l. No se
atrevi a pedirle que le acompaase. El viejo alguacil estaba hablando
con agasajo a don Rufo, a un enemigo suyo, y fingi no advertir que su
jefe pasaba. No era que se volviese al sol que ms calentaba. Era
simplemente que Marcones, imbudo en las doctrinas de los modernos
estadistas, comprenda que la fuerza pblica debe estar siempre al
servicio del poder constitudo.

Y, sin embargo, nunca don Roque tuvo ms necesidad de ser acompaado que
entonces. Adems de un fro moral que le helaba el corazn, sentase
fsicamente indispuesto. Aquellas horas mortales de agona recibiendo
noticias contradictorias a cada instante, sin tomar alimento, con slo
algunas copas de ginebra en el cuerpo desde la maana, le haban
alterado hasta un punto indecible. Las piernas le flaqueaban y la vista
se le obscureca. Para llegar a su casa tuvo necesidad varias veces de
apoyarse en las paredes. Cuando entr, la vieja criada que sali a
abrirle, retrocedi asustada. La cara de su amo pareca como si unas
manos invisibles le estuviesen apretando sin piedad la garganta. A pesar
de hallarse bien avezada a descifrar los caticos, inextricables
sonidos, que salan de su boca en todas ocasiones, por esta vez no
comprendi la orden que le daba. Vi que se retiraba derechamente a su
cuarto. Procediendo por induccin, le llev luz y un vaso de agua. Pero
don Roque se enfureci, tir el vaso al suelo, grit como un energmeno.
Imposible, no obstante, averiguar qu queran decir aquellos rumores
huecos, temerosos, infernales, que nacan en su garganta, y antes de
salir se reflejaban con terrible resonancia cuatro o cinco veces en las
paredes de su enorme cavidad bocal. Temblorosa, azorada, fu a buscar
una botella de vino. Aunque un poco menos indignado, tampoco quiso
recibirla; repiti con mayor nfasis, pero no ms claridad, la orden que
haba dado. Al cabo, a fuerza de aguzar el odo, la sirvienta vino a
entender que su amo peda un ponche de ron. Don Roque, observando que le
haban comprendido, se seren, despojse del enorme gabn en que yaca
prisionero, de la levita, del chaleco. Al tratar de sacarse las botas,
su noble faz municipal tom el color del vino de Valdepeas despus de
encabezado, y no pudo llevar la empresa a feliz trmino. Cuando vino la
criada con el ponche, concluy de sacrselas. Despus, manifest que se
iba a meter en la cama, que cerrasen bien las puertas y no no se le
turbase bajo ningn pretexto. La criada no entendi una palabra de su
discurso, pero adivin bien esta vez la sustancia, y se retir.

Don Roque se dej caer, en efecto, sobre el lecho. Se cubri con la ropa
hasta la cintura, y reclinando la espalda contra las almohadas, tom el
vaso de ponche y lo acerc a los labios. Al instante ech de ver que
exista deficiencia en una de las bases. Hizo un gesto avinagrado, dej
escapar un sonido gutural inadmisible, y levantndose en calzoncillos,
sac de su armario la botella del ron, que coloc sobre la mesa de
noche. Torn a acostarse. Despus, grave y solemnemente, con el vaso en
una mano y la botella en la otra, fu reparando el yerro de la criada.
Beba un sorbo de ponche, y en seguida se apresuraba, a llenar el vaco
con el lquido de la botella. As modificada la composicin, resultaba
mucho ms adecuada al estado de agitacin en que su espritu se hallaba.
Porque, bajo aquel aparente sosiego, el cerebro de don Roque desplegaba
una actividad prodigiosa. Todas las horas de aquel da se le presentaban
una a una tristes y sombras; las decepciones que haba sufrido, las
esperanzas fallidas, las disputas acaloradas, hasta el abandono de
Marcones. Y luego, lo porvenir. Esto era lo ms negro. Dejar el bastn
de alcalde que tantos aos haba empuado con gloria, convertirse en un
simple particular, en un qudam. No tener derecho a entrar en el
ayuntamiento. Pasar cerca de un guardia municipal, y no poder decirle:

--Juan, ve a la fuente de la Rabila y no consientas que las criadas
frieguen all las herradas. Ver un picapedrero trabajando en la calle y
no tener facultades para ordenarle que calque ms o menos las piedras,
que suba o baje la rasante.

Senta fro intenso a los pies. Se levant dos o tres veces para echar
ropa encima, sin lograr calentarlos. La botella pas al fin toda al
vaso, y del vaso al estmago. Esto produjo all dentro un suave calor,
que se fu esparciendo gratamente por todos los miembros. Don Roque
sinti que la lengua se le desligaba, y comenz a hablar solo con
extremada claridad en su opinin. En realidad, si algn dios o mortal
pudiese escuchar aquellos brbaros sonidos, retrocedera horrorizado.
Sobre todos flotaba sin cesar uno por dems extrao algo as como _all,
call, mall_. Un fillogo perspicaz, despus de estudiar bien aquel
sonido, teniendo en cuenta la persistencia de la vocal _a_ y de la
consonante _ll_, acaso deducira que la palabra expresada por el alcalde
era canalla. Sin embargo, esto no sera otra cosa que una induccin ms
o menos legtima.

Al cabo call. Sinti un fuerte calor en la garganta, que le invadi
instantneamente el rostro y la cabeza. La lengua no quiso trabajar.
Experimentaba una impresin de engrandecimiento fsico de todo su ser.
Sobre todo, la cabeza creca, crea de un modo tan desmesurado, que
apenas poda con ella. Al mismo tiempo los objetos que le rodeaban, el
armario, la cama, el lavabo, los bastones arrimados a la esquina, le
aparecan de un tamao diminuto. Crey sentir dentro del cerebro el
ruido de una maquinaria de reloj en movimiento, un volante que giraba
con velocidad y un martillo que caa a comps con ruido metlico. El
martillo ces, y sigui el volante girando. All fuera, en la calle,
percibi fuerte rumor de gente; luego extraos sonidos que le dejaron
yerto. El pobre don Roque no saba que le estaban dando a aquella hora
sus enemigos una regular cencerrada. Estuvo por llamar a la criada, pero
temi que tales sonidos fuesen como otras veces imaginarios. Y, en
efecto, se confirm en la idea al escuchar una descarga de campanas que
le ensordecieron. Era un repique horrsono, donde tomaban parte desde la
mayor de Toledo, hasta la campanilla de su escribana. Qu vrtigo!
Qu fatiga! Afortunadamente ces de golpe el campaneo. Pero fu al
instante substitudo por un silbido prolongado y tan agudo, que le
desgarraba el tmpano de los odos. Instintivamente se llev las manos a
ellos. Al terminar el silbido, se le figur que la cama se levantaba por
la parte de los pies. La cabeza se le iba hundiendo. Vea sus pies all
arriba. Esto le produjo fuerte congoja. Di un gran suspiro, y los pies
volvieron a su nivel. Mas en seguida tornaban poco a poco a levantarse y
la cabeza a hundirse. Era necesario dar grandes suspiros para
restablecerlos en su sitio.

Ni con aquel fantstico manejo se calentaban los malditos. Eran dos
pedazos de hielo. En cambio, lo restante de don Roque arda, se
abrasaba. Sobre todo la cabeza alcanzaba una temperatura pasmosa, que
iba cada vez en aumento. Cuando se llev la mano a la frente crey
advertir que brotaba una llama azulada. Y oy una voz, la voz de su
mujer muerta haca veinte aos, que le llamaba a gritos: Roque!
Roque! Roqueee! Los dientes del alcalde chocaron de terror. Dej de
ver el armario, las paredes de la alcoba, los objetos que tena en
torno, y en su lugar percibi un milln de luces de todos colores que al
principio estaban inmviles, despus comenzaron a bailar con extremada
violencia. A fuerza de cruzarse las unas con las otras, llegaron pronto
a formar crculos concntricos, uno azul, otro rojo, otro violeta, etc.,
que giraban sobre s constituyendo un espectro mucho ms rico que el de
la luz solar. Al fin aquellos crculos, tambin desaparecieron, quedando
un solo punto luminoso apenas perceptible. Mas aquel punto fu
creciendo lentamente. Primero era una estrella, despus una luna,
despus un sol enorme que se iba extendiendo y adquira al mismo tiempo
un vivo color rojo. Aquel sol creca, creca constantemente. Su disco
inmenso de color de sangre tapaba la mitad de la bveda; despus, cubri
las dos terceras partes; por ltimo la llen toda. Don Roque qued un
instante deslumbrado. De repente no vi nada.

Jams volvi a ver nada el buen alcalde. Por la maana le hallaron
muerto, sentado en la cama, con la cabeza doblada hacia atrs. Un caso
de apopleja fulminante.




XV

DE LA ENTRADA FAMOSA QUE HIZO EN SARRI EL DUQUE DE TORNOS, CONDE DE
BUENAVISTA


El seor Anselmo, jefe de la banda de msica de Sarri, vino a
participar al presidente de la Academia que el alcalde le haba
amenazado con suprimir la subvencin de la orquesta, si aquella tarde
iban a la romera de San Antonio.

--Cmo es eso?--pregunt don Mateo incorporndose en el lecho en que
aun yaca, y echando mano a las gafas que tena sobre la mesa de
noche..--Suprimir? Por qu la han de suprimir?

--No lo s. As me lo ha enviado a decir por Prspero.

--Pero a l qu le importa que la msica vaya a San Antonio?--profiri
con acento irritado.

--Creo que es porque hoy llega un seor a casa de don Rosendo... y como
la carretera atraviesa la romera...

--Ah, s, el duque de Tornos... Pero qu tiene que ver?... Vamos,
estn locos!... Mira, djame un momento; voy a vestirme, y ver a Maza.
Creo que lo arreglaremos. Djame.

Despej el seor Anselmo la estancia, y, con ms premura de lo que
pudiera esperarse de sus aos y achaques, aderezse don Mateo para
salir. Su esposa y su hija estaban, como de costumbre, en la iglesia.
Pidi el desayuno.

--No puedo drselo, seor. La seora, se ha llevado las llaves, y no hay
chocolate fuera.

--Siempre lo mismo!--murmur el anciano, no tan enojado como
debiera.--Yo no s por qu esa mujer no deja fuera al marcharse lo que
hace falta... Es verdad que, por regla general, me levanto tarde; pero
puede haber un negocio urgente como ahora...

--Quiere que vaya a pedir una onza de chocolate a la vecina?

--No, no hace falta. Estoy seguro de que Matilde se enfadara. No hay
por ah nada que comer?

La criada tard unos segundos en contestar.

--No, seor, me parece que no hay nada. Ya sabe que la seora...

--S, s, ya s.

Don Mateo fu al comedor y comenz a escudriar los tiradores. Nada; no
haba ms que los utensilios de la mesa, cuchillos, tenedores, el
sacacorchos. Al travs de los cristales del armario vi algunas
pastillas de chocolate y una bandeja de bizcochos.

--Caramba, si diera alguna llave!

Y sacando las suyas comenz a introducirlas en la cerradura. Las pruebas
no tuvieron buen xito.

Desesperanzado, al fin, se arregl las gafas con impaciencia, se puso el
sombrero, cogi su cayado y dijo emprendiendo la marcha:

--Vaya, vaya; nos aguantaremos por hoy.

Pero antes de llegar a la puerta se volvi, y algo acortado pregunt a
la domstica:

--Hay pan por ah?

--No ha venido an la panadera. Si quiere de lo mo...--respondi la
muchacha sonriendo.

--Bueno; a ver ese pan tuyo.

Se fu a la cocina. La criada levant la tapa de la masera, y don Mateo
sac un medio pan de centeno, bastante negro.

--Este pan moreno en otro tiempo no me disgustaba--dijo cortando un
pedazo.--Viva la gente morena!--aadi paseando por la boca un bocado
de miga, pues con la corteza haca aos que no se atreva.

La criada se rea sorprendida de aquel buen humor.

--Es ms sabroso que el nuestro. Si no fuera que ya est un poco duro...

Se sacudi las migajas con la mano, volvi a arreglarse las gafas y
despus de beber un trago de agua porque tambin el vino estaba cerrado,
se parti en direccin al ayuntamiento. El reloj del edificio sealaba
las diez. Atraves el soportal de arcos, subi la vasta escalera de
piedra y al llegar a los corredores donde haba ms de un dedo de polvo
sobre el entarimado, pregunt a Marcones, que le sali al encuentro, por
don Gabino.

--El seor alcalde est en sesin.

--En sesin? Diablo, a qu hora tan rara!

En efecto, por lo rara se haba sealado.

Dos aos haban transcurrido desde el fallecimiento de don Roque. Los
del Saloncillo, que haban entrado en el ayuntamiento como triunfadores
y tuvieron por alcalde a don Rufo, ms de ao y medio, a la hora
presente padecan las amarguras de la derrota. Aun tenan mayora en la
corporacin municipal, aunque escasa. Pero los del Camarote se haban
arreglado en Madrid de tal manera, que lograron hacer nombrar alcalde a
Gabino Maza. Decase que esto se deba al pasteleo repugnante de Rojas
Salcedo. Advirtiendo ste en las ltimas elecciones municipales bastante
progreso en las fuerzas de los del Camarote, se haba inclinado de su
lado. No hay para qu decir la tempestad de odios y amenazas que contra
l se levant por tal motivo entre los partidarios de don Rosendo.

Se haba entablado una lucha feroz. Cada sesin del ayuntamiento era un
escndalo. Los de Maza haban hecho procesar a la corporacin saliente,
por dilapidacin de fondos: tenan al juez de primera instancia por
suyo. Los de Belinchn contaban con que en la Audiencia les haran
justicia. Mas por aquello que dicen que dijo Dios: _aydate y
ayudarte_, se ponan en juego poderosas influencias para conseguirlo.
Cartas iban y venan de Madrid. Los del Camarote no se descuidaban
tampoco para estorbarlo. Maza deslomaba a sus contrarios con la vara de
la justicia. Como la mayora de don Rosendo era slo de dos votos, urda
tramas admirables para arrancrselos. Unas veces convocaba a sesin
extraordinaria a horas en que a alguno de ellos le fuera imposible
asistir; otras, mandaba recados fingidos a ciertos concejales,
anuncindoles que se haba suspendido; otras; en el momento de ponerse a
votacin cualquier asunto, lo haca con palabras ambiguas de acuerdo con
sus amigos, para que los de don Rosendo se confundiesen y votasen contra
s mismos, como sucedi en ms de una ocasin. En ms de una tambin,
dej cerrados en la secretara a algunos concejales llevndose la llave.
Despus que los padres del municipio se hartaban de gritar y dar golpes
a la puerta, vena un alguacil a abrirles; pero ya se haba efectuado la
votacin. Gracias a estas y otras tretas, a las arbitrariedades sin
cuento que cometa, vengbase el bilioso ex marino de sus enemigos, que
era un primor. Su tctica consista en atacarlos donde ms les dola;
esto es, en sus bienes inmuebles. Cuando en alguna calle haba una o ms
casas de cualquier socio del Saloncillo y ninguna de sus amigos, haca
que el arquitecto municipal variase la rasante, dejndola ms baja. De
esta suerte se descubran los cimientos de las casas y corran riesgo de
venir al suelo, adems de la molestia consiguiente de poner escaleras
para subir al portal. A los pocos meses de ser alcalde, haba ms de
veinte casas en Sarri con los cimientos al aire. Otras veces, haca
subir la rasante para que cuando lloviese fuerte, se inundasen. Como es
natural, tales picardas despertaban fuerte clamoreo en los partidarios
de Belinchn, rabiosas diatribas por parte del _Faro_, y tumultos sin
cuento en las sesiones municipales.. Pero a Maza se le daba por todo una
higa. Segua impasible sus inauditas reformas urbanas, escuchando con
sonrisa cruel las quejas de sus vctimas, contestando con sarcasmos
feroces a los discursos de los oradores del bando contrario.

Marcones introdujo a don Mateo en una sala contigua al saln de
sesiones. La tribuna destinada al pblico era demasiado asquerosa para
entrar en ella una persona decente. Adems, le interesaban muy poco las
peleas de aquellos gallos ingleses. En la misma sala estaban sentados
departiendo amigablemente los dos notarios de la poblacin, don Vctor
Varela y Sanjurjo. El uno era un viejo, pequeo, de ojos saltones, con
enorme peluca, tan groseramente fabricada, que pareca de esparto; el
otro, un hombre de media edad, plido, con bigote entrecano y cojo de
nacimiento. Saludles nuestro anciano como antiguos amigos, a quienes se
ve todos los das. A nadie en el radio de la villa dejaba de saludar don
Mateo.

--Esperando que termine la sesin, eh?

--S, seor--respondi uno con sequedad y reserva que quit al anciano
el deseo de entrar en ms averiguaciones.

Busc otra conversacin, la que ms poda complacer a los depositarios
de la fe pblica; la caza. Los dos eran crueles perseguidores de las
codornices, peguetas y chochas; pero mucho ms terribles y empedernidos
an de las liebres. Apenas venan algunos das despejados, estos veloces
o inocentes animales tenan que sufrir una violenta persecucin por
parte del gremio notarial, activamente secundado por media docena de
galgos que, para que mejor corriesen, se les dejaba morir de hambre.

Hablar de las liebres, era para don Vctor y Sanjurjo la antesala del
Cielo. Levantarlas con las varas, metidos en la maleza hasta la cintura,
el Cielo mismo.

--Qu lstima de da!--exclam don Vctor dando un suspiro y mirando al
cielo por los cristales del balcn, llenos de polvo.

--Verdad--contest Sanjurjo, dando otro suspiro.--Sin embargo, la tierra
de Maribona puede que est un poco blanda; llovi bastante estos das.

--Qu ha de estar!--profiri don Mateo.--Ahora en el verano pronto se
seca. Adems, toda aquella regin es caliza y absorbe el agua
fcilmente.

Los notarios le miraron con enternecimiento.

--Me ha dicho Pepe la Esguila--prosigui--que los paisanos han visto
saltar las liebres estos das en Ladreda.

--Ya lo sabemos,--dijo Sanjurjo.--Hoy, si no fuera por un quehacer que
nos ha salido, hubiramos ido a all.

Al mismo tiempo haca un signo de inteligencia a don Vctor.

--Pues Pepe debi de irse esta maana con Fermo. Eso me dijeron al menos
ayer noche.

Los notarios se miraron consternados.

--Qu le deca yo a usted, Sanjurjo!--exclam don Vctor.

--Francamente, me enga ese tuno... Bueno; alguna dejarn... Maana
iremos usted y yo, don Vctor.

Pero la noticia les haba puesto tristes. Guardaron silencio obstinado.
Dentro del saln se oan voces descompasadas, fuertes rumores. Alguna
vez sonaba el agudo repique de la campanilla presidencial, llamando al
orden.

Don Mateo, pesaroso de no haber acertado aquella vez a animar la
conversacin, la estableci de nuevo, encarndose con Sanjurjo.

--Hombre, parece mentira que usted con su defecto en la pierna, pueda
dedicarse a la caza.

--Quin? ste? Ah donde usted le ve, corre como un galgo--exclam don
Vctor con carioso entusiasmo.--En cuanto se pone sobre la pista de la
liebre, deja de ser cojo. Yo le digo que eso de la cojera lo ha
inventado l para llamar la atencin. Tan cojo es, como usted y como yo.

--Si usted me lo hiciera bueno!--profiri Sanjurjo, sonriendo con
resignacin.

Aquel toque de broma, les puso alegres. Don Vctor contaba las proezas
de su compaero en diversas ocasiones. Un da, para correr mejor, se
haba puesto en cuatro patas: era una exhalacin.--Cmo?--preguntaba
don Mateo asombrado,--en cuatro patas?--Lo que usted oye. Sanjurjo se
rea a carcajadas, afirmando que haba aprendido a correr as de nio,
cuando su cojera era ms pronunciada y no poda competir con los
compaeros. A su vez, ponderaba la poltronera de don Vctor, un tumbn
que registraba hasta la ms pequea hierba por no ir adelante y
cansarse. Don Vctor rea tambin, sosteniendo que no se levantaban
liebres con las piernas, sino con los ojos. Cuntas veces aquella
obstinacin suya haba dado al fin resultado!--Se acuerda usted de
aquel da de San Pedro, hace tres aos, cuando me dej solo cerca de
Arceanes? Quin levant la liebre, usted que se fu con viento fresco,
o yo que me qued hurga que hurga por las matas?

La conversacin se iba calentando con gran satisfaccin de don Mateo que
no poda ver a nadie triste a su lado. Cuando ms embebidos se hallaban
en ella, sin hacer caso bendito de los gritos y campanillazos que
sonaban detrs de la puerta, brese sta con estrpito y aparece la
majestuosa figura de don Rosendo Belinchn, en un estado de trastorno
difcil de pintar, los cabellos revueltos, algunos de ellos pegados a la
frente por el sudor, las mejillas inflamadas, los ojos vidriosos, el
nudo de la corbata en el cogote.

--Sanjurjo!... Sanjurjo, venga usted!--dijo con voz alterada, sin
saludar, sin ver siquiera a don Mateo.

El notario se levant tranquilamente y entr en el saln con l. Don
Vctor no hizo alusin ninguna a aquella repentina marcha. Qued
departiendo amigablemente sobre lo mismo que estaban hablando con don
Mateo, el cual, aunque un poco sorprendido, no se atreva a preguntar
nada. Al cabo de un rato, apareci Sanjurjo, que cerr la puerta tras
s, y vino a sentarse con el mismo sosiego al lado de ellos, continuando
su interrumpida conversacin. Pero no se pasaron muchos minutos sin que
de nuevo se abriese la puerta con ruido, apareciendo esta vez la persona
rechoncha de don Pedro Miranda en estado igualmente de descomposicin.

--Don Vctor, don Vctor, entre usted!

Tampoco salud, ni vi siquiera a don Mateo. El notario se levant
gravemente y le sigui.

--Qu diablo significa esto?--pregunt don Mateo a Sanjurjo, despus
que se hubo cerrado la puerta.

Este hizo un vago ademn de desprecio levantando los hombros.

--Qu tonteras!--gru don Mateo.--Belinchn y Miranda, que en su
vida se metieron en estos asuntos del ayuntamiento ni quisieron ser
alcalde, tomarlo ahora con tanto apuro!

Las cosas haban cambiado mucho, en efecto. La lucha enconadsima que
uno y otro bando sostenan en todos los terrenos donde podan, era ms
empeada ahora en la corporacin municipal que en ningn sitio. La
tirana de Maza irritaba de tal modo los nimos de los amigos de don
Rosendo, que apelaban a todos los medios imaginables para
contrarrestarla. A todo trance queran procesarle por abuso de
facultades. Para ello Belinchn haba tomado a su servicio al notario
Sanjurjo, que constantemente le acompaaba a las sesiones, levantaba
actas y ms actas de las arbitrariedades del alcalde, que pasaban al
juzgado y all se estancaban gracias a la mala voluntad del juez. Los
del Camarote oponan notario a notario, actas a actas, quejndose de la
insubordinacin de la mayora, de sus votaciones, en asuntos que no eran
de su competencia.

Cuando termin la sesin, don Mateo fu introducido en el despacho del
alcalde. Estaba tomando una limonada purgante. Cada pocos das
necesitaba uno de estos brebajes para desalojar la bilis que se le
acumulaba en el estmago. Aquella lucha diaria desde haca tres aos le
haba echado a perder el estmago. Estaba an agitado, convulso. Su
risita sardnica de las sesiones, la calma despreciativa con que
afectaba escuchar los discursos de sus contrarios, era pura comedia.
All por dentro, la clera le carcoma las entraas, se le mezclaba a la
sangre. Cunto trabajo le costaba reprimir los ciegos mpetus de ira
que a cada paso le acometan!

Dos de sus amigos comentaban la sesin, mientras l, silencioso, lvido,
con sus eternas ojeras ms pronunciadas an, revolva el lquido con una
cucharilla. Don Mateo, como una de las poqusimas personas que
permanecan neutrales en Sarri, fu recibido con franqueza y agasajo.

--Sintese usted, don Mateo. Qu trae de bueno por aqu?

El anciano manifest que vena a saber si era cierta la amenaza de
suprimir la subvencin de la banda en el caso de que fuese aquella tarde
a la romera de San Antonio. El rostro de Maza se nubl. Era muy cierto.
Que no contasen con socorro alguno del ayuntamiento si aquella tarde
sacaban los instrumentos de la Academia... Don Mateo pregunt: qu
motivo?... Maza, despus de rechinar los dientes como introduccin,
manifest que no quera contribuir a solemnizar la entrada del personaje
que iba a llegar por la tarde y se alojaba en casa de Belinchn.

--Sera capaz don Quijote de darse tono haciendo pensar a su husped que
la haba llevado l para obsequiarle.

--Pero, Gabino, si todos los aos ha ido. Nadie puede creer ni pensar
semejante cosa. Considera que es la romera ms importante del pueblo.
Sera muy triste que las chicas no bailasen y se divirtiesen por una
pequeez como sa.

--Pues nada, por hoy se suprime el baile. Lo siento mucho. Si quieren ir
que vayan; pero ya saben a qu atenerse.

Fu imposible hacerle variar de resolucin. Don Mateo rog primero, se
enfureci despus, y con el derecho que le daban sus aos y las nobles
intenciones que siempre le animaban, y de las cuales nadie dudaba en la
villa, dijo cuatro frescas a Maza y a los dos concejales que all
estaban presentes. Ni el bilioso alcalde ni stos se enojaron. Uno lleg
a decirle:

--Acaso tenga usted razn, don Mateo; pero, qu quiere usted? La lucha
es lucha. Est interesado nuestro amor propio, y hay que aplastar a esos
canallas, o que ellos nos aplasten.

El anciano sali de las consistoriales ms triste que enojado. En los
tres aos ltimos eran incalculables los desaires y desabrimientos de
este gnero que haba padecido. A nadie encontraba ya propicio para
secundar sus proyectos de recreo. En vano redoblaba su actividad para
traer al teatro compaas de verso o zarzuela. Todas quebraban al poco
tiempo. Porque predominando en las funciones el elemento del Saloncillo,
ya se saba que los del Camarote se retiraban, y viceversa. Y como para
que el teatro se sostuviese era preciso el concurso de todos, el
resultado era que los cmicos se escapaban siempre muertos de hambre. Lo
primero que le preguntaban a don Mateo en las casas cuando iba a
suplicar que se abonasen, era:--Se han abonado Fulano, Mengano y
Zutano?--Si contestaba afirmativamente, ya se saba lo que le
decan:--Pues no cuente usted con nosotros.--Nuestro buen seor apelaba
ltimamente al engao para comprometerlos; mas los enconados vecinos
olan en seguida el torrezno, y aplazaban su contestacin para despus
que se enterasen de qu gente haba. Y si esto pasaba en el arte
dramtico, qu no sucedera con las notabilidades que en aquel lapso de
tiempo haban posado su vuelo en la villa? Un famoso violinista, otro
que tocaba un instrumento de madera y paja admirablemente, cuatro
hermanos campanlogos, un moro que mostraba dos vacas sabias, un doctor
ingls que traa un microscopio, el clebre gigante chino, una foca
marina que deca _pap_ y _mam_, etc. A todos haba protegido don
Mateo. Pero su activa campaa de propaganda no les vali gran cosa.
Todos los monstruos, tanto espaoles como extranjeros, conocan de odas
a nuestro retirado coronel, y en cuanto ponan el pie en Sarri, a su
casa iban a llamar. El los acompaaba a ver al alcalde, los presentaba
en el Saloncillo, los recomendaba al propietario del almacn donde
pensaban exhibirse, y casi siempre encabezaba la suscripcin para
pagarles el viaje. En otro tiempo no se marchaba uno de la villa que no
fuese contento y gordo. Pero ahora! Ahora no estaba la Magdalena para
tafetanes, segn le respondan algunos.

El lugarteniente de don Mateo en todos los festejos era Severino, el de
la tienda de quincalla. No haba en la provincia quien le aventajase en
fabricar globos elegantes, vistosos y bien proporcionados para que
subieran sin dar tumbos. Tampoco en el arte difcil de levantar arcos de
ramaje con transparentes para la noche, ni en disparar cohetes
velozmente y a plomo. Pues bien; este ingeniossimo varn, que tanto
haba regocijado a la villa con sus peregrinas invenciones, haca ya
mucho tiempo que permaneca inactivo. Cuando alguna vez le deca don
Mateo, que pasaba siempre en su tienda algunas horas:

--Severino, vamos a preparar algo para la vspera de San Antonio?

--Para qu, don Mateo, para qu!--responda el tendero con desaliento.

--Una iluminacioncita de doscientos faroles nada ms, un globo y algunos
cohetes.

--Quiere usted que nos cueste a nosotros el dinero como la fiesta de
Santa Engracia?

--Acaso los indianos suelten esta vez algo--murmuraba don Mateo.

--Vaya, no sea inocente. Parece mentira que no los conozca! Soltar!
Qu han de soltar esos guanajos si no...?

Unos y otros eran injustos con los indianos. Estos se mantenan en
neutralidad absoluta, asombrados de que, hombres acaudalados como
Belinchn, Miranda y otros, se apurasen tanto por cosas que no ataan a
sus negocios particulares. Aquel puado de personas sosegadas, en medio
de la lucha feroz con que se agitaba la villa, semejara el coro de las
tragedias griegas, si no fuese porque ste sentase conmovido por las
desgracias o prosperidades de los hroes, se alegraba y se entristeca.
Los indianos de Sarri permanecan por entero indiferentes, adormecidos
por aquella vida holgazana y metdica en que el recuerdo de sus trabajos
y penalidades de Amrica les llenaba algunas veces de horror, y haca
ms amable todava su situacin actual. Qu les importaban a ellos las
votaciones del ayuntamiento, las perreras que _El Faro_ y _El Joven
Sarriense_ se lanzaban, ni los chismes que sin cesar traan conmovida a
la villa! Mientras les dejasen dar vueltas por la maana en la punta del
Pen (y no haba peligro de que nadie se lo estorbase), jugar al billar
o al tresillo despus de comer, y dar sus famosos paseos en pandilla a
la tarde por los pintorescos contornos, lo dems no significaba nada.
Tan sin cuidado les tena, que slo por rara casualidad, cuando estaban
juntos, hablaban de los episodios de la lucha. Lo nico que consegua
turbarles eran los telegramas noticiando el alza y baja de los fondos
pblicos, donde tenan invertido su capital. Por lo dems, eran
ciudadanos modelo: no ofendan a nadie; coman lo que era suyo y haban
trabajado con sus manos. Que no daban dinero para las funciones y
holgorios. Esto no puede considerarse como un cargo grave. Ellos no
vean la necesidad de tales fiestas. Qu ms se poda apetecer en el
mundo que vivir en un clima benigno, comer, pasear, dormir
tranquilamente las horas que a uno se le antojaran! Adems, haban hecho
un beneficio al pueblo, conduciendo al altar a una porcin de seoritas
de veinticinco a treinta, que, sin este inesperado socorro, se hubieran
ido desecando tristemente. Ahora eran casi todas esposas obesas y
tranquilas, madres de familia felices, rigiendo una casa bien
abastecida.

Aunque antipticos a los dos bandos, los indianos eran los nicos que se
salvaban en aquel tiroteo incesante de los peridicos. Se contentaban
con murmurar de ellos, llamarlos asnos cargados de plata; pero no se
atrevan a aludirlos pblicamente. No haba razn para ello. Y eso que
en Sarri en el transcurso de tres aos, se haba alcanzado aquel grado
de perfeccin con que don Rosendo soaba; esto es, no exista la vida
privada. Los actos de los vecinos, aun los de ndole ms ntima y
secreta, salan a luz en la prensa, se comentaban, se censuraban, se
ponan en ridculo. Nadie estaba seguro en el tabernculo de su hogar.
Si cruzaba con su mujer algunas palabras malsonantes, si castigaba con
ms o menos severidad a sus hijos, si andaba apurado de dinero, si sala
por la noche a picos pardos, si se le atragantaban las _ces_ en medio de
diccin, diciendo _reto y pato_, en vez de recto y pacto, si coma con
los dedos o se sonaba con ruido. De todos estos interesantes pormenores,
daban cuenta al pblico _El Faro_ y _El Joven Sarriense_, unas veces
directamente, otras por medio de los famosos cuentos orientales ya
mencionados.

Desde el ayuntamiento, don Mateo se fu al local de la Academia, donde
le aguardaba el seor Anselmo, y le orden prudentemente que no saliese
con la banda aquella tarde. A fuerza de transacciones y equilibrios,
haba conseguido hasta entonces sostenerla lo mismo que el Liceo. En
ste, por supuesto, ni haba representaciones teatrales ya, ni se
bailaba sino en das sealados, como el de las Candelas, los de Carnaval
y el de Santa Engracia. Pero don Mateo, a fuerza de actividad y
diplomacia, haba logrado que la mayora de los socios siguiesen pagando
las dos pesetas mensuales de la suscripcin. Todas las dems
instituciones de recreo en que la villa era tan rica, haban
desaparecido.

Lo que traa preocupados a tirios y troyanos a la sazn era la venida
del duque de Tornos. El vigilante y prudentsimo don Rosendo haba
averiguado por medio de sus agentes de Madrid, que el duque de Tornos,
conde de Buenavista, emparentado con la real familia, embajador que
haba sido en Francia, mayordomo mayor de palacio, etc., etc., un
personaje de mucho bulto en la corte y en la poltica, estaba decidido a
pasar el verano en Sarri para tomar los aires del mar, que le hacan
mucha falta, con ms sosiego que en San Sebastin o Biarritz. Saberlo
Belinchn y escribirle una carta ofrecindole su casa, fu todo uno. El
Duque rehus, como era natural, dndole gracias muy expresivas. Pero el
buen don Rosendo que juzgaba un importantsimo triunfo la venida de tal
personaje a su morada, y contaba con ayuda de l exterminar a sus
contrarios, tanto insisti, valindose de toda clase de recomendaciones
para conseguirlo, que el Duque concluy por aceptar el ofrecimiento. Los
del Camarote, que haban olfateado el asunto y les tena con gran
cuidado, obligaron a don Pedro Miranda a ofrecer tambin su casa,
prometiendo abonar entre todos, los gastos que aquello le ocasionase.
Pero el Duque ya estaba comprometido. No pudieron conseguir su
propsito, aunque pusieron en juego bastantes influencias, lo que les
llen de ira y despecho, como acabamos de ver. Hay que advertir que el
duque de Tornos perteneca al partido moderado. Aunque en Sarri ninguno
de los dos bandos estaba bien definido en poltica, porque lo que les
preocupaba era la lucha local, y se inclinaban siempre al partido
vencedor, no caba duda que en el Saloncillo predominaban los liberales,
principiando por su eximio jefe. En el Camarote, los ms eran
retrgrados. La preferencia otorgada a los primeros era, pues,
doblemente dolorosa.

Don Rosendo el ao anterior haba levantado un piso ms a su casa. Lo
que le decidi a aquella obra fu el nacimiento de otra nieta. Si el
matrimonio segua tan aprovechado, no cabran pronto en la casa. Gonzalo
hablaba de tomar otra; le faltaba independencia. Para que no se fuese,
la aument su suegro de aquel modo. El piso entero fu destinado a la
nueva familia. A fin de que estuviesen ms independientes, la escalera
no pasaba por el cuarto de los padres; pero al mismo tiempo haba una
interior de caracol que facilitaba el servicio de un piso a otro.
Gonzalo poda entrar y salir de su casa sin necesidad de cruzar por la
de sus suegros. Coman todos juntos, sin embargo.

Pues cuando se supo la aceptacin del duque de Tornos, se le destin el
cuarto entero del matrimonio joven. Este baj de nuevo a ocupar sus
antiguas habitaciones. Arreglse an mejor de lo que estaba, y eso que
estaba bien, pues Venturita haba exagerado el lujo de la decoracin.
Pronto y con poco esfuerzo qued convertido en una mansin digna del
personaje que iba a albergar. En el Saloncillo se esperaba con ansia el
telegrama del prohombre, anunciando su salida. El rostro de todos los
tertulios expresaba gozo y triunfo, brillaba con la esperanza de que
pronto podran dar algunos golpes contundentes a sus adversarios. Estos
andaban mohinos y recelosos, disimulando, no obstante, lo mejor que
podan su despecho. Afectaban no conceder importancia a la venida del
Duque. No falt quien viniese a avisar en seguida a Belinchn de la
_zurdada_ del alcalde respecto de la msica. Estaba empezando a comer
cuando recibi la noticia. Con admirable serenidad, que deban envidiar
sus enemigos, concluy el plato de sopa que tena delante, se limpi los
labios, bebi un trago de vino, volvi a limpiarse los labios, y
levantndose acto continuo, sali sin decir palabra. Como todos los
grandes caudillos de que nos habla la historia, don Rosendo no perda
jams el aplomo. En los momentos crticos, como el presente, era cuando
a l le asaltaban las grandes ideas, las resoluciones salvadoras. Se fu
al telgrafo y puso un parte al director de la orquesta de Lancia
pidindole que viniese con ella a Sarri y que sealase precio. El
director contest que llegaran a la noche.--Perfectamente;--se
dijo,--si la msica no va a recibirle, al menos no se quedar sin
serenata. Y que rabien esos miserables!

La llegada del duque de Tornos coincida, como hemos visto, con la
romera de San Antonio. La tarde estuvo como la maana serena y alegre,
sin pizca de calor; porque la brisa del Nordeste en Sarri, como en
todos los puertos del Cantbrico, refresca deleitosamente los ardores
del sol en los meses de esto. Las romeras pertenecan a todas las
clases sociales, pero muy particularmente a los artesanos. Gracias a
esto no haban perdido nada de su primitiva alegra y animacin. Desde
por la maana, bien temprano, grupos numerosos de muchachas salan de
los arrabales y cruzaban la villa para tomar la carretera de Lancia,
vestidas todas con la clsica falda de merino, negra o de color, y el
floreado mantn de Manila atado a la cintura, zapatos descotados,
pendientes de perlas, y la hermosa cabeza, sencillamente peinada, al
descubierto. Su charla bulliciosa, sus frescas carcajadas despertaban a
los vecinos que an yacan entre las sbanas, les hacan sonreir
beatamente trayndoles al recuerdo otros das de San Antonio cuando la
juventud chispeaba tambin en sus ojos y en la copa de la vida an no
haba cado ninguna gota de hiel. Quin no recordara en Sarri alguno
de aquellos viajes a la ermita en una maana lmpida y suave, con las
piernas ligeras y el corazn mecido dulcemente en la esperanza de ver
pronto al dueo adorado y pasar el da cerca de l! El rumor de aquellas
nias era un soplo de alegra que desde la calle suba a las casas,
entraba por los balcones invitando a soltar por algunas horas el fardo
pesado de los quehaceres, de la ambicin, de la envidia, de todas las
ruines pasiones que consumen la msera existencia humana. Y seguirlas,
seguirlas a gozar del ambiente puro de la maana, del verdor de los
campos, de la rica leche incomparable que se vende en torno de la
ermita, del juego a las cuatro esquinas y la deleitosa gallina ciega, de
las habaneras lnguidas, los dulces caramelos y crucetas de la Morana, y
tal vez que otra, cuando no se tiene una figura despreciable y se
dispone de largos bigotes retorcidos, de sus besos ms dulces y
regalados an (habiendo hecho algo por merecerlos, se entiende).

Pablito sali de madrugada acompaado de su fiel Piscis, montados en
sendos caballos pujantes y amaestrados, trabajando unas veces del
costado derecho, otras del izquierdo como era lgico. Para ir de esta
suerte, no solamente haba la razn de sus arraigadas inclinaciones,
sino otra tambin muy atendible. El joven Belinchn haca ya ms de un
ao que no iba a las romeras y evitaba todo lo posible caminar a pie.
Sala poco de casa, sobre todo de noche, procurando atravesar por las
calles ms cntricas, sin que por casualidad se le viese jams solo.
Tena enemigos ocultos y encarnizados. Valentina, la blonda y saladsima
costurera, haba jurado por todos los santos del Cielo clavarle un pual
en la espalda. La razn no necesitamos decirla. Despus de haber tenido
un hijo con ella, la haba abandonado y volaba otra vez, cual libre y
pintada mariposa, posndose ahora en una, ahora en otra flor. Buen
trabajo le haba costado, o por mejor decir, buen miedo! Cuando supo el
juramento de su amante, que no le cogi de sorpresa, pues conoca
demasiado bien su temperamento, para evitar aquella dolorosa muerte
prematura, mand repetidos emisarios ofrecindola grandes cantidades de
dinero, recoger y educar a su hijo, y mantenerla a ella sin trabajar. La
feroz costurera haba rechazado con indignacin todas las ofertas.
Reiteraba, cada vez que un embajador iba a verla, su horrible y
sanguinario juramento. Como es natural, al hermoso mancebo no le llegaba
la camisa al cuerpo. Que se ponga cada cual en su caso. Hubiera dado el
coche y los caballos por poseer otros dos ojos en el cogote. Los que
posea, siempre que sala a la calle a pie, se entregaban, mira a un
lado, mira otro, a un trabajo abrumador superior a sus fuerzas.

Pero con el tiempo, haba ido adquiriendo alguna confianza. Valentina no
sala apenas de casa. En romeras y bailes, despus de su deshonra, no
la haba visto nadie. Pablito, que no la haba tropezado todava en la
calle, se anim con los consejos de Piscis a ir a San Antonio. Montaron,
pues, a caballo temprano, y se lanzaron por la anchurosa y empolvada
carretera de Lancia sombreada un buen trecho a la salida de la villa,
por grandes olmos. La va era ascendente, aunque sin gran declive. A un
lado y a otro, se extenda la risuea campia de Sarri, limitada por
dos o tres trminos de suaves colinas. Ms lejos, descubrase la negra
crestera de las montaas de Narcn, que se alzaban sobre el valle de
Lancia, cubierto an por la niebla. Volviendo la vista atrs, despus de
caminar un trecho, se seoreaba la hermosa villa que la luz matinal
hera de soslayo, haciendo brillar aqu y all alguna blanca fachada.
Detrs, la vasta llanura del mar, que con los rayos oblicuos del sol
naciente, ofreca un color blanco lechoso.

Los caballos de nuestros quites, orgullosos de su estampa elegante, de
sus lomos relucientes y mrbidos, caracoleaban sin cesar levantando
nubes de polvo, felices por ostentar su recia musculatura a la luz de la
maana. Las jvenes menestralas, que ascendan lentamente hacia la
ermita, se impacientaban, chillaban, ms por la suciedad del polvo, que
por temor a los corceles, dirigan chufletas de peor o mejor gusto al
inflexible Piscis, que ste no escuchaba siquiera, absorto en la
contemplacin de las patas del caballo, cuya alta direccin le estaba
confiada.

--Uf, la carretera es poco para l!--Oye t, fenmeno, no levantes
tanto polvo.--A caballo parece algo; y es un perro sentado.--Si parece
un duque!--No, mujer, vizcon...de!

Con Pablito no se metan. El bizarro joven ejerca el mismo dominio
sobre las artesanas que sobre las damiselas de la villa. No slo las
fascinaba por su delicada figura, por su gallarda, por su riqueza, sino
tambin, y acaso principalmente, por sus conquistas. La muchedumbre de
enamoradas que haba tenido en todas las clases sociales, formaban en
torno de su cabeza una aureola de gloria. Se murmuraba mucho de l entre
las menestralas, con motivo del lance de Valentina, se le llamaba falso,
traidor, bribn; pero todas ellas, hasta las mismas amigas de la
vctima, le admiraban, le adoraban en secreto, y hubieran cado a pocos
embates en sus brazos, por ms que juraban y perjuraban que era bien
tonta la que haca caso de aquel _miquitrefe_.

Pablito caminaba serio, atento tambin a regir el brioso cuadrpedo. De
vez en cuando, no obstante, se dignaba sonreir ligersimamente. Y este
esbozo de sonrisa animaba tanto a las muchachas, que arremetan con ms
bro y gracia contra su compaero fidelsimo, el invicto Piscis.

A la media legua prximamente, haba un gran prado llano y hermoso que
la carretera parta por el medio. All se celebraba la romera por la
tarde, con la gente que vena de la villa y la que regresaba de la
ermita. Para ir a sta, era necesario separarse en aquel punto de la
carretera y tomar por callejuelas estrechas y pendientes, limitadas por
toscas paredillas de piedra, cubiertas de zarzales. Al cabo de un cuarto
de legua, se desembocaba en la pequea planicie de un montecillo, donde
estaba situada. La vista desde all era esplndida y regocijada como
pocas. Descubrase una inmensa extensin de costa, no llana, sino
ondulante, plantada de maz en unos sitios, en otros de trigo, en la
mayor parte de hierba solamente, cortada por la gran va empolvada de
Lancia, con su faja obscura de olmos gigantescos, a cuyo extremo pareca
como una mancha blanca y roja la villa. La inmensa sbana azul del
Ocano, donde brillaban tres o cuatro velas como blancas gaviotas,
cerraban el panorama.

Alrededor de la ermita, las mujerucas de los contornos, entre las cuales
haba ms de una fresca y hermosa aldeana de rojos labios y blancas
mejillas satinadas, vendan leche en pucheritos de barro negro. Haba
tambin algunas mesas cubiertas con manteles, donde se exhiban
bizcochos y otros confites de remota antigedad. La gracia de aquella
romera estribaba en tomar leche por la maana en la ermita, jugar luego
con los pucheros y romperlos al fin, hacindolos rodar por el monte
abajo. Se coma a las doce el fiambre que se llevaba. Despus se vena
hacia el prado de los nogales o Nozaleda, donde todos se reunan.
Pablito no infringi un pice el programa. Compr ms de una docena de
pucheros de leche y gran cantidad de bizcochos, con que obsequi a sus
conocidas. Luego retoz con ellas largamente, haciendo rodar a varias
por el prado y tirndose l mismo en medio del entusiasmo general. A la
sazn, estaba poniendo los puntos a una morena muy agraciada, hija del
sereno Maroto, que venda pescado en la plaza y se llamaba Ramona, la
misma a quien tal vez recuerde el lector que Periquito haba dicho en la
cazuela del teatro:--Ramona, te amo--con gran regocijo de Piscis y
Pablo. Cuando lleg la hora de venir a la Nozaleda, se empe en
llevarla a caballo delante de l. La moza se resisti un poco, pero al
fin cedi, no haba de ceder! El joven entr con ella por medio de la
romera entre los aplausos y hurras! de sus amigos y las murmuraciones
de las jvenes, que se mostraban escandalizadas, sin perjuicio de
dejarse arrebatar de aquella gentil manera el da que al bello sultn se
le antojase.

A las tres, la Nozaleda estaba poblada de romeros. El vasto prado
pareca una alfombra de fondo verde. Los pauelos de las mujeres,
blancos, rojos, amarillos, agitndose continuamente, llameando a la luz
del sol, formaban sobre aquel fondo un dibujo movible de brillantes
colores. La carretera mandaba de Sarri a cada instante nuevos
pelotones de gente, que se diseminaban por el prado a entrambos lados.
Escuchbase un rumor confuso como el de las olas del mar a cierta
distancia, sobre el cual saltaba el agudo son de la gaita, y el
repiqueteo sordo y montono del tambor. Algunas tiendas de campaa,
donde, sobre mesas porttiles de tabla, yacan los hinchados odres, como
vctimas preparadas al sacrificio, estaban rodeadas por numerosos grupos
de hombres. En otro ms numeroso, de ambos sexos, hacia el medio, se
bailaba al uso del pas, sonando las castaetas con las _mudanzas_
peculiares de aquella regin. Aquel baile duraba cinco o seis horas sin
reposo alguno. Se sudaba copiosamente, pero cansarse! los hombres
alguna vez, las mujeres nunca. Los que as bailaban eran aldeanos, los
habitantes de los contornos que, llegada la noche, se volvan a sus
casas por los atajos sin pasar por la villa. Las artesanas de Sarri
formaban giraldillas, donde se cantaba a grito herido, abrindose y
cerrndose sucesivamente, dejando en el medio ora un grupo de hombres,
ora de mujeres. Los seoritos, en relacin con aquellas jvenes por los
bailes de las Escuelas, acostumbrados ya al dulce, no queran perder su
derecho de monopolio ni aun al aire libre; entraban tambin en ellas,
bailando sin garbo, con los brazos muy abiertos y las piernas inmviles.
Entonces los artesanos se salan y marchaban un poco ms lejos a bailar
con aquellas que, desdeadas por los caballeros, o de temperamento ms
bravio, los seguan, arrojando miradas torvas de desafo al coro
principal.

Ni se crea que faltaba tampoco aquella tarde el baile de sociedad. Don
Mateo, buscando medio de substituir a la orquesta, haba dado con un
arpista y un violn italianos, y los subvencion, de su bolsillo
particular, para que tocasen. Y all, en un extremo del prado, bajo un
inmenso nogal de la cinta que lo circundaba, una docena de parejas
estrechamente abrazadas, daban vueltas parsimoniosas al comps de
dulzona habanera, rodeadas por un espeso crculo de mirones. Las
seoritas solan presenciar con risita despreciativa aquel baile que
imitaba toscamente los suyos, dolindose en su interior de que jvenes
tan finos se abrazasen a aquellas tarascas. Sin embargo, cuando alguno
las invitaba, despus de resistirse un poco, reir a carcajadas,
ruborizarse y hacer buena porcin de moneras para atestiguar que slo
se rebajaban a aquello por pura condescendencia, solan agarrarse firme
al brazo de su bromista amigo y tardaban en soltarlo.

Gonzalo haba venido a pie a la romera con Cecilia, la nia mayor y la
niera. Y como el camino era largo y pendiente, porque sta no se
cansase tanto, haba trado a su hija en brazos casi todo el tiempo.
Ventura odiaba las romeras. Adems, su padre haba llevado el carruaje
a esperar al duque de Tornos, y pensar en que anduviese a pie media
legua, era una monstruosidad. Doa Paula tampoco poda venir. Haca
tiempo que estaba delicada. Los mdicos crean que su malestar y
decaimiento procedan de algn trastorno en la circulacin, una afeccin
cardaca, que poda con el tiempo ofrecer caracteres graves, aunque por
entonces no los presentase. Cecilia haba querido durante el viaje
ayudar a su cuado a soportar el fardo. Este se haba, redo:

--Calla, Huesitos, calla--as la llamaba familiarmente.--Ten cuidado no
me obligues a llevarte a ti tambin!

Y as que llegaron, como marido y mujer comenzaron a vagar por el gran
prado, detenindose a cada instante para saludar a los amigos con quien
tropezaban. Compraron dulces para la nia, estuvieron un rato viendo
bailar al son de la gaita; despus se pararon delante de la giraldilla;
por ltimo, se fueron a donde sonaba el violn y el arpa, y tuvieron
ocasin de ver entre las parejas a su hermano Pablo estrechando la
cintura de la hermosa Ramona. Por cierto que, al advertir su presencia,
el bizarro joven se inmut un tanto. Aprovechando una de las vueltas
para pasar cerca de su hermana, le pregunt por lo bajo:

--Est ah mam?

Cecilia hizo un signo negativo, y se tranquiliz.

La nia se cans pronto de aquel espectculo. Quiso ir de nuevo a ver el
baile de los aldeanos. Desde all, saltando otra vez a la carretera,
entraron en la romera que quedaba del otro lado. Fu gran ventura para
ellos. Porque a los pocos momentos acaeci en el sitio que haban
dejado, una escena espeluznante, terrorfica, digna de una tragedia
romntica.

Hallbase Pablito bailando con su morena, sereno, feliz, procurando
acortar distancias todo lo posible, y an ms. Sus mejillas, siempre
sonrosadas, estaban ahora vivamente encendidas, no tanto por el
movimiento como por el amor que poco a poco, a impulso de las cadencias
lnguidas de la habanera se haba ido apoderando de su ser. Ramona,
encendida tambin como una amapola, apoyaba la barba adornada por los
lados con dos hechiceros hoyuelos, sobre su hombro. Ramona vi de pronto
con horror un rostro plido donde brillaban dos ojos airados de loco.
Pablito escuch detrs una voz estridente que gritaba:

--Toma, bribn!

Y al mismo tiempo sinti un fuerte topetazo en la espalda. Volvise
rpidamente. Vi el semblante desencajado, fatdico, de Valentina, la
cual blanda en la mano derecha un arma.

El joven comprendi que estaba herido de muerte. Se dej caer al suelo
con seales cadavricas en el rostro. Instantneamente, un golpe de
gente acudi a levantarle, mientras otro sujetaba a la costurera. Al
conducirle a la casita prxima de un aldeano, Pablo crey escuchar
confusamente los gritos de Valentina, que intentaba desasirse de los que
la tenan, para rematarle, sin duda.

La noticia se extendi por la romera. Mucha gente acudi corriendo al
teatro del suceso. Cecilia y Gonzalo, que vieron el movimiento,
quisieron enterarse. Un amigo, conocedor de la verdad, les dijo que se
trataba de una reyerta entre aldeanos, y procur llevarlos ms lejos
todava.

Mientras tanto, el mdico de un concejo inmediato, que all estaba, fu
avisado para que viniese a curar al herido. Era un joven recin salido
de las aulas. Lo primero que hizo fu despojarle de la chaqueta,
cortndosela por la espalda; despus hizo lo mismo con el chaleco y la
camisa. Cuando la carne qued al descubierto, no pudo retener una
carcajada:

--Qu herida, ni qu calabazas! Aqu no hay nada.

En efecto, el pequeo cortaplumas, de que la costurera se haba valido
para asesinar a su prfido amante, atraves la chaqueta, el chaleco, la
camisa y la camiseta. En cuanto a la carne aborrecida del seductor,
haba quedado enteramente inclume.

No poco se alegr ste de volver al gremio de los seres vivos. Despus
que el ama de la casa le cosi provisionalmente la camisa, y se cubri
con el gabn del mdico, mientras Piscis iba a buscar los caballos,
sali por los prados de atrae para no ser visto, tanto por la vergenza
que le daba ir vestido con aquel espantoso sayo, como porque crey
escuchar a Valentina, mientras iba con las ansias de la muerte, ciertas
palabras pesadas. Si mal no recordaba (y poda recordar mal, dado su
desvanecimiento), la costurera deca gritando cuando le llevaban entre
cuatro:

--Anda, cochino, que si yo no te he matado, no faltar quien te mate!

Pablito hallaba tan feo el ser asesinado por un des-conocido, que no
quiso detenerse un minuto ms en la romera. En cuanto sali a la
carretera, donde le esperaba Piscis, mont a caballo, y se traslad en
un credo a la villa.

El sol se estaba poniendo. Alguna gente comenzaba a dejar la romera,
cuando sta fu violentamente conmovida por el escape de seis u ocho
coches que llegaban de Lancia a la carrera. Era el duque de Tomos con su
squito. En una carretela abierta vena l con su secretario y el gran
patricio don Rosendo. En el coche de ste venan don Rufo, Alvaro Pea
y dos seores de Lancia. Y acomodados en los otros, don Feliciano, don
Rudesindo, Navarro, don Jernimo de la Fuente y algunos varones ms de
los que seguan la bandera del glorioso Belinchn. Al llegar al medio de
la Nozaleda, el Duque mand hacer alto sorprendido de ver aquella
muchedumbre abigarrada ocupando la extensa llanura del prado.

Era un hombre de unos cuarenta y seis aos. Las mejillas flcidas, de
color plido terroso, el labio inferior un poco cado, expresando desdn
y cansancio, los ojos de indefinible matiz, fros y vidriosos como los
de un besugo muerto, con los prpados ordinariamente cados, expresando
igualmente el hasto. En uno de ellos traa un cristal o _monocle_
hbilmente sujeto, que daba a su fisonoma un aspecto excesivamente
impertinente y repulsivo. No gastaba barba, sino largo bigote con las
puntas engomadas. Vesta con elegancia que no se ve jams en provincia,
esto es, con cierta originalidad caprichosa de los que no siguen las
modas, sino que las imponen. Sombrero blanco de alas estrechsimas,
americana que pareca hecha de tela de jergn, camisa amarilla, guantes
de color lila, y en vez de corbata un pauelo blanco en forma de
chalina, con una gruesa perla clavada.

--Precioso, precioso!--dijo al contemplar aquel pintoresco cuadro,
levantando con trabajo los prpados. La voz era, cascada y la
pronunciacin lenta, fatigosa, como si estuviera aplaudiendo en su palco
del teatro Real los trinos de una prima donna.

Don Rosendo se apresur a darle noticias de la romera. Le mostr con la
mano el cerro de la ermita, que se vea a lo lejos. Despus le fu
sealando, para que se fijase en ellos, los distintos grupos donde se
bailaba: Vea usted, seor Duque; all se baila al son de la gaita y el
tambor. Es el baile caracterstico del pas, en el campo, se entiende.
Aqullas son las giraldillas, donde bailan cantando las muchachas de la
villa. All se bebe. Aqullas son las mesas donde se venden confites.
Debajo de aquel nogal se estn bailando habaneras... Mire usted, mire
usted, seor Duque, la clsica danza de nuestra tierra; los hombres a un
lado, las mujeres a otro. Con ese vaivn montono estn horas y horas
cantando las antiguas baladas... Es un baile casto, no lo negar
usted...

--Precioso, precioso!--repeta el Duque con su acento arrastrado,
enfilando el _monocle_ principalmente a las giraldillas.

El duque de Tornos deca una verdad. Pocos espectculos tan bellos y
risueos podan ofrecerse en paraje alguno de la tierra. La romera,
antes de morir, se agitaba con un frenes de alegra ruidosa. La gaita
acentuaba sus notas agudas, chillonas, que hacan vibrar el aire a larga
distancia, acompaada fiel y sordamente por el tambor. Las mozas
exaltadas, sudorosas, con las mejillas encendidas y los cabellos
revueltos, no cantaban ya, gritaban dando vueltas a la giraldilla,
despidindose con rabia de aquel goce, que slo de tarde en tarde se les
ofreca. Cantaban tambin los borrachos de dos en dos o tres en tres con
voces speras desafinadas, metindose el aliento por las narices,
balancendose grotescamente, esparrancados sobre el csped. Y los mozos
y mozas de la danza-prima se desgaitaban, queriendo aguzar cada vez ms
las notas largas, dormilonas, de sus baladas antiqusimas. Hasta el
violn y arpista italianos haban emprendido con furor una mazurka que
las parejas bailaban levantando extremadamente los pies, dando furiosas
patadas en la hierba.

La luz se iba huyendo del cuadro; pero al huirse suavizaba los tonos,
esparca sobre l un encanto misterioso, potico, que traa al recuerdo
los dichosos rincones de la Arcadia antigua. Pareca que aquella gente
deba vivir y morir as, en perpetua alegra y juventud. Por qu
marcharse, por qu huir de aquel recinto feliz, para volver a sumergirse
en las fatigas de la vida cotidiana, en la podredumbre y miseria de los
negocios humanos? Gozar, gozar! gozar en la inocencia del corazn y los
sentidos, de la salud, de las sublimes armonas de la luz y del sonido;
gozar de las dulzuras del amor fecundo engendrador de todas las cosas;
gozar de la fuerza, que mantiene la cohesin del universo; gozar del
gorjeo de los pjaros, del murmullo de las fuentes, del aroma de las
flores, del roco de los campos, de las espumas de los mares, del cielo
eternamente azul. Para esto debi ser creado el hombre, no para
acompaarse en los breves das de su existencia del trabajo abrumador,
de la airada venganza, de la plida envidia, de la tristeza roedora. La
tradicin del Paraso, es la ms lgica y venerable de las tradiciones
humanas.

El sol doraba ya solamente las cimas de los nogales que circundaban el
prado, extendiendo desmesuradamente sus sombras. Un leve estremecimiento
fro, melanclico, corri por todos los mbitos. En vano lucharon contra
l aquellos a quienes el baile o el vino haba enardecido. Poco tiempo
despus se haba apoderado de todos. Escuchbanse las voces de las
madres llamando a sus hijos, de los hermanos llamando a sus hermanas.
Formbanse grupos, que permanecan algn tiempo vacilantes, buscando con
los ojos a alguno que les faltaba, para irse. Lo primero que se deshizo
fueron las giraldillas. El baile y la danza persistan. Los aldeanos
estaban ms cerca de sus casas y no tenan tanto miedo a caminar de
noche. En torno de los coches situados en medio de la carretera, se
haba ido aglomerando la gente. El Duque segua enfilando su _monocle_ a
todos los rincones, presenciando los preparativos del desfile, con la
curiosidad atenta de un inteligente en pintura. Al fin, reparando en el
numeroso pelotn que por todas partes los estrechaba, di orden de
marchar, pero lentamente, al paso de los romeros. Quera ver todo
aquello, no por hermoso, sino por nuevo.

Los coches comenzaron a caminar en medio de la muchedumbre. Rodebanlos
amarteladas parejas que marchaban de bracero en ntimo coloquio, viejos
que llevaban nios de la mano, sujetando en la otra grandes pauelos
atestados de confites, grupos de muchachas cambiando sus impresiones en
voz alta, riendo con sonoras carcajadas. En cuanto se alejaron un poco
del sitio de la Nozaleda comenzaron los cnticos. Esto es lo que
caracteriza la vuelta de las romeras en aquella regin. Las artesanas
de Sarri se precan de tener buena voz, y hacen bien. Generalmente la
emprenden con alguna cancin romntica, una meloda tendida y
quejumbrosa, buscando armnico acompaamiento por medio de la segunda
voz en terceras. Otras veces, cuando el grupo es demasiado numeroso, se
acogen a los pasacalles tradicionales de la villa, que son infinitos y
deliciosos. Fu lo que hicieron en esta ocasin. El Duque qued
sorprendido al escuchar aquel coro de frescas voces repitiendo sin cesar
coplas inocentes como stas:

    _En la torre ms alta_
    _del amor me vi;_
    _falsearon los cimientos,_
    _pero no ca._

    _Cmo quieres que un pobre_
    _llame a tu puerta,_
    _si no le das limosna,_
    _rica avarienta._

Y los pueriles conceptos que guardaban, adquiran en sus bocas una
importancia excesiva, parecan sentencias sagradas, frmulas misteriosas
y amables que nadie poda tocar sin cometer un sacrilegio. El aire se
poblaba de aquellas notas suaves, prolongadas. Un enternecimiento
delicioso base apoderando de las cantantes a medida que las dejaban
escapar de sus gargantas. Cada vez las repetan con ms cario, con ms
uncin, exhalando en ellas aquel fondo de romanticismo que palpitaba
eternamente en sus corazones, transmitindose de madres a hijas en la
pintoresca villa del Cantbrico. Era la melancola de quien presiente
el mundo de la belleza, lo ama, lo anhela, y por su condicin est
destinado a vivir y morir lejos de l. Entre copla y copla, mediaba un
rato de silencio. Escuchbase el ruido acompasado de los pies. El coro
pareca soar despierto, atento a los vagos sentimientos de ternura que
el canto remova en los limbos de su espritu.

Se vena la noche precipitadamente. Los altos olmos recortaban an con
admirable pureza sus ramas en el fondo difano de la atmsfera; pero de
sus copas caa sobre la carretera una sombra cada vez ms espesa. La
campia haba perdido el color, extenda en el horizonte sus lomos
sombros donde apenas resaltaban los toques amarillos de alguna heredad
plantada de trigo. All lejos la gran mancha del Ocano se obscureca.
Su azul brillante del medioda habase trocado en un gris triste,
verdoso, con reflejos metlicos.

El coro sacudi de pronto su melancola. Una moza inici cierto
pasacalle vivo y alegre. Las dems la siguieron, de buena voluntad como
si despertasen de un sueo triste.

    _No te compongas_
    _que ya no irs_
    _a San Antonio_
    _a pasear,_
    _que est lloviendo_
    _y te mojars_
    _el vestidito_
    _y no tienes ms._

La emprendieron con l a gritos, desaforadamente, con la fe y el ahinco
con que lo cantaban todo. Una de ellas, a los pocos momentos, improvis
una copla alusiva a la situacin:

    _A San Antonio_
    _vente a pasear,_
    _vers al Duque_
    _que es muy galn._
    _Todas las nias_
    _que en Sarri hay_
    _la bienvenida_
    _le van a dar._

Y desde entonces, como si aqulla fuese la seal, no cesaron de
requebrar en sus cnticos al magnate. El cual, dirigiendo el _monocle_
unas veces a la derecha, otras a la izquierda, y sacudiendo la cabeza
con benvola sonrisa, repeta por lo bajo:

--Precioso, precioso! Un tapiz de Teniers! Un paisaje de Lorrain!

Cuando llegaron a la villa, era noche cerrada.

Subi el Duque con su secretario a las habitaciones que don Rosendo le
haba destinado. El secretario era un joven de veinticuatro a veintisis
aos, plido, rubio, en cuyo cerebro abultado de feto no caban ms
ideas que la de la importancia colosal del Duque, y la necesidad
imperiosa de llegar a ser un personaje, si no de tanta cuenta, lo
bastante para tener tambin secretario. Fuera de esto, el mundo no tena
explicacin para Coso, que as se llamaba. Despus que hubo descansado
unos momentos el magnate, baj a comer en traje de tiqueta. Coso lo
mismo. Don Rosendo haba cambiado la hora espaola de comer por la
francesa. Al verle entrar de aquel modo, la familia se turb. Sin duda
Belinchn, su hijo y su yerno haban dado una pifia no ponindose el
frac. Venturita se lo hizo notar speramente a su marido en voz baja.
Este se encogi de hombros con supremo desdn, moviendo los labios de un
modo despreciativo. Estaba de mal humor. Al ver la mesa puesta sin el
plato de la nia, haba preguntado por l. Su mujer le haba contestado
con malos modos:

--Pero, hombre, no seas ridculo! Quieres que la nia coma hoy con
nosotros?

--Por qu no?

Venturita se haba escandalizado. Despus se haba redo preguntndole
si haba aprendido aquellos usos en el club de regatas. Esto le haba
irritado, le tena propenso a no mostrarse con el Duque todo lo
deferente y respetuoso que deba. En cambio, ella haca das que se
preocupaba con los preparativos para recibir al ilustre husped. Por su
consejo y direccin se haba aumentado la servidumbre, poniendo librea a
los criados. Viendo a Pachn, uno muy antiguo en la casa, con aquel
extrao uniforme, Gonzalo se haba redo a grandes carcajadas, lo que
excit la bilis de su esposa. Habase encargado una nueva y fina vajilla
con la cifra de Belinchn; todo el aparato de las comidas modernas,
cuchillos de hoja de plata, para la fruta, tenedores de ostras, tarjetas
litografiadas para el _menu_ y otros utensilios inusitados hasta
entonces en las comidas de la casa. El viento del extranjerismo soplaba
tambin sobre aquella mesa abundante, sana, patriarcal, que hemos
conocido al comenzar la presente historia.

Ventura se present en el saln con traje azul marino de seda, descotado
por el pecho, los brazos al aire. Haba aprendido, no sabemos dnde, que
en las comidas de ceremonia las seoras van descotadas. Doa Paula no
cumpla con este precepto. En cambio, estaba esplendorosamente vestida
con telas de vivos colores, que formaban triste contraste con su rostro
marchito, minado por la enfermedad. Los nicos convidados eran Alvaro
Pea y don Rufo.

Pachn, el buen Pachn, vestido de mscara, abri la puerta y dijo con
voz sonora que Ventura le haba ensayado:

--La seora est servida.

El Duque ofreci su brazo a doa Paula y se trasladaron todos al
comedor. Esta ocup el sitio preferente por indicacin previa de su
hija. El Duque se coloc a su derecha; don Rufo a su izquierda; los
dems se fueron sentando sin orden: Venturita a la derecha del egregio
husped, despus Alvaro Pea, Coso, Pablito, don Rosendo. Gonzalo al
lado de Cecilia.

Y la comida di principio, ceremoniosa, fra, con largos intervalos de
silencio. Todos estaban cohibidos, aplastados por la grandeza del
personaje que tenan delante. Este ostentaba una calva lustrosa que le
tomaba casi toda la cabeza. Los pocos cabellos de la parte posterior y
de los lados eran negros a pesar de sus cuarenta y seis aos. Sus
menores gestos eran observados con atencin idoltrica. Las palabras que
dejaba escapar, acogidas con una sonrisa de afectada complacencia y
admiracin. Las primeras que salieron de sus labios, despus de algunas
de cortesa, fueron para seguir admirndose de los contornos de la
villa.

--Yo no conoca del Norte ms que las Provincias--deca con su
pronunciacin lenta, arrastrada.--Encuentro este pas muy superior a
ellas en lo que se refiere al paisaje. Ofrece mayor variedad, ms
riqueza de color. Hay sitios agrestes all en el puerto que hemos
atravesado, comparables a los ms decantados paisajes de la Suiza. Y al
llegar a la costa, se encuentra la misma suavidad de las lneas, la
misma dulzura en el ambiente, que en el Medioda de Italia.

--Oh, seor Duque, usted nos favorece demasiado!--Pura amabilidad,
seor Duque.--En el verano puede pasar este pas; pero en el invierno!

Don Rosendo, Alvaro Pea y don Rufo, inundados de felicidad y gratitud,
se ruborizaban, rechazaban aquellos elogios, como si fuesen dirigidos a
ellos. El Duque sigui hablando como si no hubiese escuchado siquiera
sus exclamaciones.

--Es ms abrupto que el de las Provincias, los tonos ms pronunciados.
He visto desde la carretera de Lancia hacia el Oriente, un trmino de
montaas con las cimas nevadas an, que es verdaderamente delicioso.
Slo le faltan al pas algunos lagos, para ser digno de presentarse a
los extranjeros.

--Tenemos un lago en el occidente de la provincia--dijo Pea.

--Un lago?--pregunt el Duque, levantando los prpados para fijarse en
su interruptor.

--S, seoj: se llama el lago Nojdn.

El Duque dej caer sobre el ayudante por algunos segundos su mirada
vidriosa. Pea concluy por turbarse. Despus sigui, pasendola con
esfuerzo por los circunstantes:

--En mi galera de Bourges, tengo un paisaje de Backhuysen con un fondo
muy semejante al de esas montaas. Solamente que en primer trmino,
aparece un lago cercado de maleza. A la derecha, hay unos cisnes
sumergindose en el agua; a la izquierda, una barca con dos jvenes
campesinos. Lo he comprado por la delicadeza del colorido tan slo...

--Al seor Duque le gustan por lo visto los buenos cuadros--dijo don
Rufo plegando la boca hasta las orejas para sonreir.

--Y a quin no le gustan?--respondi el magnate clavando en l sus ojos
muertos de besugo.

--Oh, s, seor!... es verdad... tiene usted mucha razn. A todo el
mundo le gustan... Pero es un vicio muy caro... Slo los grandes
potentados como el seor Duque pueden permitirse...

Don Rufo se confunda, creyendo haber dicho una necedad.

--El seor Duque posee muchos cuadros de los mejores pintores, segn
tengo entendido?--dijo a la sazn don Rosendo para salvar a su
compaero.

--Tengo algunos--respondi el prcer echando agua al mismo tiempo en el
vaso de Venturita.

Esta se estremeci de gratitud. La sangre se le agolp al rostro.

--La suya es una de las primeras galeras de Europa--deca, en tanto,
por lo bajo Coso a Pea.

--Me gusta la pintura porque es el arte nacional--sigui diciendo el
magnate.--Es el nico en que hemos verdaderamente descollado, el nico
en el cual an hoy florecemos... Porque yo, aunque he pasado la mayor
parte de mi vida en el extranjero, amo mucho a mi patria--aadi con un
amago de sonrisa en tono protector.

La patria, si pudiera escuchar aquellas benvolas palabras, se
estremecera infaliblemente de gozo, como Venturita.

--La amo, confesando, no obstante, su degradacin. La Naturaleza nos ha
dotado con mano prvida de los ms ricos dones. Un pas frtil (no tanto
como vulgarmente se cree, pero, en fin, frtil), admirablemente situado
a un extremo de la Europa, tendiendo la mano a Amrica al travs de los
mares. Un cielo, oh, el cielo! no hay otro como l. El aire tiene aqu,
sobre todo en el Medioda, una transparencia... Oh, una transparencia
infinita! La desesperacin de los pintores. En cambio esta transparencia
da mayor pureza a la lnea. En ninguna parte se destacan los objetos
como aqu. En Castilla las torres se perciben a muchas leguas de
distancia, con la misma dureza en los contornos que si estuviramos a
algunos pasos. Esto depende, claro est, de la altura a que se encuentra
sobre el nivel del mar...

--Los pases muy elevados sobre el nivel del mar, se ha demostrado que
son los menos inteligentes--apunt don Rufo, respirando por su mana
fisiolgica.

El Duque volvi la cabeza para mirarle y sigui como si no hubiese odo:

--Luego el admirable brillo del sol que hace ms crudo el contraste
entre la luz y la sombra y aade la oposicin de las masas a la decisin
de las lneas. Slo aqu, en el Norte, el vapor acuoso que flota en la
atmsfera, reblandece y borra un poco los contornos, los esfuma; pero en
cambio la riqueza de los tonos es mayor. En el Medioda los tonos de la
tierra se extinguen por el esplendor preponderante del cielo, por la
iluminacin universal del aire: pero aqu! qu inmensa variedad de
_nuances_! Oh, hermosa, infinita!... Luego, qu fuerza, qu movilidad!
En el Medioda un tono permanece fijo. La luz inmutable del cielo le
mantiene durante muchas horas, y lo mismo un da que otro. Mas en estos
pases en que la luz cambia a cada instante, vara tambin el color; el
modelado es perfecto, las gradaciones del color _fondue_, transforman en
espeso relieve su tono general...

El Duque, que haba comenzado a enumerar las ventajas de que los
espaoles estbamos dotados, no acababa de salir del contorno, de la
luz, del color, se perda en disquisiciones pictricas que los
comensales escuchaban con los ojos muy abiertos, sin comprender,
moviendo con pereza las mandbulas. Pero sin dejar de hablar atenda a
Venturita. Prevena sus deseos, echndole agua en el vaso, alargndole
los entremeses, el pan, todo lo que pudiera serle agradable, haciendo
sea al criado para que le sirviese vino cuando adverta que sus copas
estaban vacas, con esa oportunidad desembarazada, elegante, del hombre
educado en la cumbre de la sociedad. Venturita acoga aquellas
galanteras confusa, sonriente, con vivos temblores de gratitud, sin
comprender que en aquel momento no representaba para el magnate ms que
la dama que estaba a su derecha.

Gonzalo, mal prevenido contra el egregio husped, se haba llegado a
cansar de aquel monlogo de pintura, y cambiaba frases por lo bajo con
su cuada, embromndola, como de costumbre, con lo poco que coma:

--Vamos, Huesitos, otra chuleta, no te d vergenza porque este seor
est delante. Ya le hemos dicho que no se sorprendiera de verte comer
tanto. Los temperamentos como el tuyo necesitan reponer la grasa.

Cecilia contestaba sonriendo, con medias palabras, dirigiendo vivas
ojeadas de respeto al Duque. Este, que haba advertido su pltica, por
dos veces levant los prpados para mirarles de aquel modo fro,
distrado, que por no expresar nada, ni desdn siquiera, era el colmo
del orgullo. La segunda vez, sobre todo, en que Cecilia y Gonzalo se
rieron con gana llevndose la servilleta a la boca para apagar el ruido,
la mirada del prcer fu ms larga, ms fra y distrada an. Venturita,
indignada, los apualaba con los ojos. Pero Gonzalo, o por vengarse de
sus burlas anteriores, o porque en realidad no sintiese ante el
personaje el embarazo y respet que los dems, no amain en la mana de
platicar con su cuada y hacerla reir.

La fraternidad cariosa de los dos cuados, no decreca. Gonzalo y sus
hijas pertenecan a Cecilia. En todos los momentos de su vida, la
influencia de sta se dejaba sentir suave y bienhechora. De las dos
nias, la primera, Cecilita, tena ya dos aos y medio; la otra,
Paulina, contaba ocho meses. Lo mismo una que otra, vivan al calor
maternal de su ta. Ella las lavaba, ella las vesta, las daba de comer,
las sacaba a paseo, enseaba a orar a la primera. La madre, sin dejar de
quererlas, se cansaba pronto, sus lloros la impacientaban, y cuando
trataba de hacerlas callar no saba; conclua por aturdirse y sofocarse.
De aqu que en sus necesidades, en sus anhelos infantiles no clamasen
ms que por _titta_. Alguna vez, Ventura, herida por esta preferencia,
celosa, las forzaba a aceptar sus oficios, las retena a su pesar al
lado de ella. Esto slo daba por resultado mayor despego en las
criaturas mezclado de miedo. En cuanto a Gonzalo, tena en Cecilia una
hermana y una madre atenta siempre a evitarle disgustos, a separarle los
abrojos del camino. En ella descansaba, a ella acuda como un nio
grande y mimoso, impacientndose cuando no cumpla al instante sus
deseos, molestndola ms de la cuenta. Pero el lazo que le una a su
esposa, continuaba firme, inalterable. El vivo sentimiento de adoracin
y de deseo que le haba hecho cometer la primera vileza de su vida, no
se apagaba. Por mucho que se alejase, por excntrica que fuese la rbita
de su vida, Ventura le retena con los rayos de su belleza, segua
fascinando como antes sus sentidos. Lo adivinaba muy bien Cecilia. Por
eso cuando el joven, herido de algn desdn, de alguna palabra malvola
de su mujer, se desataba en denuestos contra ella, sonrea con tristeza,
procuraba calmarle, segura de que su cuado no tardara en humillarse,
en ir contrito y avergonzado a besarle los pies.

Cuando el prcer termin al fin su monlogo, hubo unos instantes de
silencio. Despus, como si recordase una omisin cometida, principi a
enterarse con benvola y afectada atencin, de los asuntos de sus
comensales.

El seor don Rufo Pedrosa era mdico, verdad? El ejercicio de la
medicina es penoso, sobre todo en provincias, donde no obtiene por regla
general la merecida recompensa.--El seor Pea, marino, no es eso? Oh,
el cuerpo de la armada, siempre ha sido brillante. Lstima que no
corresponda nuestro material de guerra al valor y a la pericia de los
oficiales. Corren mucho las escalas? Da mucho que hacer la direccin
de un puerto? Pensaba presentar en el Senado una mocin, pidiendo la
construccin de dos acorazados.--Y Pablito, se diverta mucho en
Sarri? Qu recursos ofreca aquella villa a los jvenes? Haba estado
en Madrid? Era aficionado a los caballos. Ah! la equitacin, un gran
ejercicio. El Duque comprenda muy bien aquella aficin. Los caballos
que tena, eran del pas o extranjeros?...

Haca todas aquellas preguntas de un modo distrado, con sonrisa de
maniqu, apresuradamente, como si estuviese recitando una leccin. Era,
en efecto, la pgina ms penosa del libro de la buena educacin, aquella
en que se advierte que es preciso hacerse agradable a las personas con
quienes se habla, interesndose por sus negocios. A Gonzalo y Cecilia
los mir un instante framente; pero no les hizo pregunta alguna.
Cumplida tan mproba tarea, el magnate volvi a caer en el eterno
monlogo. Esta vez no fu sobre pintura, sino sobre arqueologa. En
Lancia haba visto una capilla bizantina que le llam mucho la atencin
por su pureza. No haba en ella an sntoma alguno de transformacin. La
catedral mediana. Slo la torre era notable por su esbeltez. La aguja
deba de ser, no obstante, primitivamente ms alta, ms _elanc_. Sin
duda al restaurarla despus de la destruccin causada por un rayo, se
haban acortado sus dimensiones. Tena entendido que Sarri posea una
iglesia muy bella, estilo plateresco...

Mientras el Duque arrastraba ms que mova su lengua en disertacin
doctsima, infinita (como l dira), don Rosendo manifestaba en sus
ademanes y en sus ojos una inquietud extraa que procuraba con cuidado
refrenar, aunque sin resultado. Por tres veces haba dado recados en voz
baja al criado, y otras tantas haba recibido de ste respuestas,
tambin en voz baja.

Lleg el momento del caf. El Duque, terminado el monlogo arqueolgico,
haba trabado conversacin con Venturita, con ese admirable instinto que
poseen los orgullosos para comprender a quin fascinan y a quin no. Y
su pltica se fu animando poco a poco. Alguna vez se dignaba sonreir el
egregio husped y haca a su bella interlocutora el honor de levantar
los cados prpados para fijar en ella una mirada de curiosidad y
simpata. La joven, exaltada por aquella honra, con las mejillas
encendidas y los ojos brillantes, departa con fcil ingenio y palabra,
mostrando tanta gracia y finura, que el Duque qued de ella altamente
complacido. Al parecer, hablaban de pintura. Cecilia y Gonzalo, que
charlaban aparte, la oyeron decir:

--Oh, Rubens! Qu modo de pintar la carne! Rubens es el Cervantes de
la pintura.

Gonzalo volvi la cabeza como si le hubieran pinchado. Y una viva
sorpresa se pint en su rostro.

--Chica, dnde ha aprendido mi mujer estas cosas?--dijo en seguida a su
cuada.

Esta se encogi de hombros. Pero Venturita haba observado el movimiento
de Gonzalo, su sorpresa y las palabras que dirigi a Cecilia. Se puso
colorada, y baj la voz. Luego, observando la mirada burlona de su
marido, le clav otra, relampagueante y colrica.

Mientras tanto, doa Paula explicaba a don Rufo la marcha de su
dolencia. Coso describa con orgullo a Pea y Pablito las grandezas y
comodidades del castillo de Bourges, donde el Duque tena su famosa
galera de pinturas.

Slo don Rosendo permaneca silencioso, cada vez ms inquieto, haciendo
con los dedos nerviosos bolitas de pan. De pronto, su noble faz se
extendi con una sonrisa bienaventurada. Todos levantaron al mismo
tiempo la cabeza al escuchar en la calle un trompeteo horrsono. Era la
orquesta de Lancia que al fin haba llegado.




XVI

DE LO MUCHO Y BUENO QUE HIZO EL DUQUE DE TORNOS EN SARRI


_El Faro_ dedic casi todo su nmero del jueves a cantar ditirambos al
duque de Tornos. Public su biografa en la primera plana, describi en
la segunda su entrada triunfal en la romera y el modo gallardo con que
fu acompaado por las jvenes ms hermosas de la villa en medio de
cantos y vtores. Insert cerca de esta descripcin unos versos con el
mismo asunto de uno de los chicos de don Rufo. Por ltimo, en la plana
tercera, an podan leerse dos o tres gacetillas referentes al egregio
husped. _El Joven Sarriense_ se limit a dar la noticia de su llegada
en un gacetilla corts y fra, titulada _Bien venido_. Pero a rengln
seguido, y cogiendo la ocasin por los pelos, la emprendi como siempre
a tajos y mandobles con sus enemigos. Figuraba el gacetillero que don
Rosendo llevaba al Duque al Saloncillo y le iba presentando uno por uno
los hombres ms notables que all se reunan. Con tal motivo se haca
innoble chacota de don Rudesindo, don Feliciano Gmez, Alvaro Pea, don
Rufo, Navarro y otras respetabilsimas personas. Indign la gacetilla en
alto grado a todos los amigos de Belinchn, e hizo crecer en sus
corazones el fuego de la venganza. Por lo bien escrita y
malintencionada, achacbase comnmente a Sinforoso Surez.

Cmo? Sinforoso no era el redactor principal de _El Faro_, el amigo
fiel y edecn de don Rosendo? Ya no. Cerca de un ao haca que se
apartara de sus antiguos amigos para ir a formar en las filas de los
contrarios. Estos, sospechando la flaqueza de su carcter y las pasiones
que germinaban en el fondo de su alma, le haban hecho la rosca, como
vulgarmente se dice. Persuadironle, por medio de su padre y otras
personas, de que unido a los del Saloncillo no hara jams carrera; que
atacando las ideas religiosas de la poblacin no sera recibido en las
casas respetables ni bienquisto de las damas. Al mismo tiempo procuraron
engolosinarle con la perspectiva de un matrimonio para l muy brillante.
La hija de un cuado de Maza, era la joven que se le prometa vagamente.
Al fin, con sorpresa y estupefaccin de la villa, traicion a sus amigos
y protectores. De la noche a la maana dej la redaccin del _Faro_ y
pas a escribir en _El Joven Sarriense_. No fu impunemente,
sin-embargo. La primera vez que tropez con l Alvaro Pea en la Ra
Nueva, a las doce del da, le llen de denuestos, y lo que es peor, le
llen la cara de dedos. La correccin fu tan vergonzosa, tan
humillante, que Sinforoso, que no pecaba de bravo y altanero, concibi
contra su verdugo odio feroz y un deseo punzante de venganza. Armndose
de un palo de hierro que le facilit su nuevo amigo Delaunay, esper al
ayudante en la esquina de la calle de San Florencio, y por detrs le
arrim un garrotazo en la cabeza que le hizo caer al suelo sin sentido.
Transportaron a Pea a su casa y estuvo ms de ocho das en la cama.
Fueron intiles los esfuerzos de sus amigos para obligarle a que diese
parte a la justicia. A todo trance, como hombre irascible y arrebatado,
quera tomrsela por la mano, lo cual tena sumamente medroso al agresor
y bastante preocupada a la poblacin. Contbase que el ayudante, mirando
desde la cama por el balcn de su cuarto las tapias del cementerio,
haba dicho con acento de profunda conviccin:--El pobre Sinforoso no
tajdar muchos das en dojmij all para siempre. Tales palabras
produjeron gran sensacin en la villa, porque se le supona con arrestos
para llevar a cabo el propsito. El efecto que hicieron en Sinforoso, no
es para descrito.

En cuanto el ayudante sali a la calle, restablecido ya de su herida, el
hijo de Perinolo se eclips. Nadie volvi a verle en un mes. Se deca
que slo sala de noche y con grandes precauciones. Pero, como todo
decae y pasa en este mundo, su miedo mismo fu al cabo debilitndose,
pensando tal vez que los sanguinarios pensamientos de Pea se haban
borrado igualmente con el tiempo. Poco a poco se fu familiarizando con
el peligro. Se aventur a salir de da, huyendo, no obstante, de
aquellos sitios en que pudiese tropezar con su cruel enemigo,
informndose de todos si le haban visto pasar y hacia qu paraje se
haba dirigido. Con esto, la villa estaba anhelante, y prevea que la
hora menos pensada iba a suceder una catstrofe.

Cierta tarde, con la seguridad que le dieron de que Pea haba ido de
paseo hacia la Escombrera con don Rosendo, nuestro Sinforoso se arriesg
a entrar a beber una botella de cerveza en el caf de la Marina. Sentse
en una de las primeras mesas y al instante observ que los rostros de
los parroquianos, muchos de ellos conocidos y amigos, se volvan hacia
l sonrientes unos, otros con expresin de susto. No se pasaron muchos
segundos sin que llegase a sus odos la voz campanuda del ayudante, que
discuta con sus amigos all en el fondo del caf, en lo ms obscuro.
Oirla nuestro periodista y dejarse caer al suelo en cuatro patas, fu
todo uno. De esta suerte fu caminando sigilosamente hasta que alcanz
de nuevo la puerta, y se sali a toda velocidad. Cuando supuso que
estaba ya muy lejos, uno de los parroquianos grit:

--Alvaro, sabes quin acaba de estar aqu?

--Quin?

--Sinforoso: ahora mismo se ha ido.

--Ah, mala centella que lo mate!--exclam brincando ms que corriendo
al travs de las mesas, saliendo disparado como un cohete.

Pero, dnde estaba ya Sinforoso? Despus de correr buen trecho por la
calle sin saber a dnde iba, el ayudante se vi precisado a dar la
vuelta y entrar de nuevo en el caf con el despecho y la ira pintados en
el rostro. Tanto tiempo se pas, no obstante, sin lograr tropezar con
l, que al cabo concluy por perdonarle. Satisfizo su agravio con
arrearle un par de puntapis en el trasero, cuando despus de tres
meses, le hall paseando en la punta del Pen. El hijo del Perinolo di
gracias al Cielo de haber librado tan bien.

El enojo que la indigna gacetilla les produjo, se fu templando con la
esperanza de aplastar muy pronto a los reptiles que la haban inspirado,
o por lo menos darles algunos golpes formidables con el ariete del
Duque. Los amigos de Belinchn andaban, los das que siguieron a la
llegada de aqul, satisfechos y rozagantes, mirando a sus enemigos con
ojos provocativos.--Temblad, petates, temblad--parecan decirles con
la mirada.--El mismo don Rosendo, tan magnnimo, tan filsofo, tan
humanitario, participaba de aquel rencor implacable, deseaba
ardientemente el exterminio de sus contrarios. Poco a poco, a impulso de
la lucha mortal en que estaba comprometido, aquellos sentimientos
romnticos de progreso, aquel amor a los adelantos morales y materiales
de su villa natal, que hemos tenido el placer de admirar en los primeros
captulos de esta historia, haban cedido el sitio a un triste deseo de
destruccin. Sin embargo, esto era puramente accidental. All en el
fondo, su alma quedaba tan pura, tan progresista como haba salido de
las manos del Hacedor.

El partido del Saloncillo form en torno del Duque una muralla
impenetrable; le secuestr, segn la expresin del _Joven Sarriense_.
No sala jams a la calle sin ir acompaado de cuatro o seis de sus
miembros ms notables. Para mostrarle lo que guardaba la poblacin digno
de verse, le llevaban materialmente escoltado. Despus vinieron las
jiras a los caseros y parroquias de las cercanas, a las casas de
campo de los amigos de Belinchn, los banquetes opparos, las
excursiones de pesca y las caceras. Realmente la vida era grata en
Sarri por el verano. El Duque, que haba mandado delante un regular
equipaje, tena los enseres necesarios para pintar, y aprovechaba los
ratos en que se le dejaba libre para bosquejar horrendos paisajes dignos
del fuego eterno. Sus relaciones con la familia de Belinchn eran de
estricta finura, una cortesa infatigable que mantena admirablemente
las distancias. En sus palabras, en su gesto, se trasluca siempre un
sentimiento afectuoso de proteccin que suavizaba un poco aquella
expresin de cansancio y hasto en que constantemente caa su rostro
cuando le dejaban en libertad.

Tan slo con Venturita parecan animarse un poco aquellos ojos muertos.
Cuando se hallaba al lado de ella, el Duque redoblaba su finura hasta
dar en viva y desenvuelta galantera. Cuando hablaba al corro de la
familia, su mirada iba dirigida a ella, como si entre los dems no
hubiera ninguno capaz de comprenderle. Las creaciones de su pincel nadie
las vea primero que la esposa de Gonzalo, y si de alguien estimaba la
admiracin, era de ella. Le haba dado a leer algunas novelas francesas
que traa, y sobre su argumento y el mrito de los autores departan
largamente en la mesa escuchados por los otros que apenas saban de qu
se trataba. Y al cabo de algunos das le propuso hacer su retrato. Sus
aficiones le dirigan al paisaje; no haba pintado ms retratos que el
de la duquesa de Montmorency y el de una de las infantitas de Espaa;
pero ahora senta un vivo deseo, un capricho ms bien, de retratar a
Venturita tal cual la haba visto por primera vez, con aquel traje azul
marino descotado. La joven sintise profundamente lisonjeada. La primera
una duquesa, la segunda una infanta, la tercera ella! Luego aquel
singular deseo de retratarla en el traje de la primera noche, no haca
presumir con fundamento que era viva la impresin que haba producido en
el Duque? Comenzaron las sesiones en uno de los gabinetes del piso
principal. Don Jaime (que as se llamaba el magnate) haba pensado
retratarla reclinada en un divn rojo con algunas plantas y flores a los
lados. Los tres primeros das asistieron a la sesin doa Paula, Gonzalo
y Cecilia. Pero se cansaron pronto. En los siguientes los dejaron solos,
viniendo la madre de vez en cuando a echar una ojeada al retrato y a
decir dos palabritas de cortesa. En aquellos quince das que la pintura
del retrato dur, la intimidad entre el Duque y la hermosa joven creci
extremadamente. El magnate haba condescendido hasta contarle mucha
parte de su historia privada. La pblica era bien conocida de todos.

Don Jaime de la Nava y Sandoval se haba casado muy joven con una
egregia dama ligada por vnculos estrechos de parentesco con la
soberana. No haba sido feliz en su matrimonio. El amor frentico de la
dama (que la haba hecho saltar la barrera social que la separaba de su
esposo), entibise presto. Surgieron desavenencias. Hubo algn
escndalo, y concluyeron por separarse. Don Jaime, aunque disfrutaba de
las preeminencias y honores que correspondan a su elevada posicin, no
haca, sin embargo, un papel muy airoso. Sobre su frente pesaba un
estigma fatal, que le haba hecho padecer mucho hasta que se fu
acostumbrando. De esta herida, que dado el temperamento de su esposa, no
tena tiempo a cicatrizarse, vengbase lindamente despellejando a la
aristocracia de Madrid, arrojando puados de lodo que llegaban, a
salpicar a las ms altas personas. Pasaba el duque de Tornos por una de
las lenguas ms aguzadas y temibles de la capital.

Venturita tuvo ocasin pronto de conocer su temple y su filo. En cuanto
el magnate adquiri con ella alguna confianza y penetr por su larga
experiencia, ms que por su ingenio, el carcter que tena, principi a
dejarse resbalar un tanto en las conversaciones, como si el desenfado
para tratar los asuntos escabrosos fuese una prueba de buen tono.
Habl con gran naturalidad y como cosa corriente, de las relaciones
ilcitas que sostena la mayora de las damas aristocrticas de Madrid.
La duquesa de Tal, ahora est enredada con el hijo del banquero Fulano.
La marquesa de Cual, se fug a Bruselas con el secretario de la embajada
de Rusia. A esta seora le gustaban los toreros; a aqulla la haban
sorprendido con el lacayo. La condesa de Tal se gloriaba de tener tres
amantes a un tiempo. La baronesa Fulana iba con el suyo en carruaje,
mientras el marido guiaba afanoso los caballos. No quedaba dama en la
corte a quien no le arrancara una tirita de pellejo. No perdonaba
siquiera a su esposa. Una vez concluy por decir sonriendo
cnicamente:--Y por ltimo, si se quiere saber lo que es la
aristocracia de Madrid, ah est la duquesa de Tornos, que es un buen
resumen de todos sus vicios.

Ventura qued aterrada. Saba vagamente los motivos de rencor que el
Duque tena contra su esposa; pero no crea posible que un marido
pudiese hablar de aquel modo de su mujer en ninguna circunstancia. No
obstante, se hallaba tan fascinada por la grandeza del personaje, que
pronto vino a figurarse que aquellas formas, aquel cinismo, eran la
expresin de la moda y el buen tono. Luego vinieron las ancdotas
picantes. El Duque contaba con su voz cascada y aquella sonrisa de
hasto y superioridad que no se le caa de los labios casi nunca,
multitud de aventuras galantes, devaneos y obscenidades que haca pasar,
diciendo previamente:--Usted ya est casada y se le pueden contar
ciertas cosas. En pocos das despleg como en un gran teln ante los
ojos pasmados de la joven, el mundo cortesano que tanto ansiaba ella
conocer, la vida ntima, secreta, de aquellos jvenes plidos, de
bigotes retorcidos, que vea pasar en la Castellana guiando lujosos
trenes, de aquellas lindas y orgullosas damas, que ostentaban en su
carruaje timbre ducal y apenas se dignaban dejar caer sobre ella una
mirada indiferente y desdeosa. Fingiendo nada ms que complaciente
atencin, Ventura recoga vidamente aquellos pormenores mundanos. Luego
los repasaba con febril actividad en su imaginacin inquieta, donde
siempre haban germinado vagos deseos de brillo, caprichos fantsticos,
aspiraciones imposibles. El duque de Tornos, sin propsito de ello, slo
por el placer de dar rienda suelta a su lengua de hombre gastado y
herido, corrompi ms en pocos das el alma de la joven esposa que todas
cuantas novelas haba ledo. Al fin y al cabo lo que las novelas decan,
era mentira, mientras que las ancdotas del Duque acababan de
efectuarse, los personajes que en ellas haban intervenido vivan y eran
conocidos de todo el mundo. En fin, todo aquello estaba sangrando, como
se dice vulgarmente.

El magnate, de alma corrompida y cuerpo gastado, y la bella provinciana,
ansiosa de volar a esferas ms altas, haban nacido, sin duda, para
comprenderse. Se atrajeron por afinidad electiva como muchos cuerpos de
la Naturaleza. Venturita agotaba todos los recursos de su imaginacin en
el tocador, y se presentaba cada da ms seductora. Cuando el Duque,
levantando un instante los prpados para mirarla, haca una ligera seal
de aprobacin, el gozo le suba en forma de carmn a las mejillas. En
aquel momento despreciaba de buena fe, con todas las veras de su alma,
al mundo cursi en que la suerte la haba hecho nacer y vivir. Aunque no
abusaba, saba usar perfectamente de la intimidad que el egregio husped
la conceda; se autorizaba con l alguna bromita de buen gnero, que
haca, no obstante, estremecer de susto a don Rosendo. Conoca que era
la preferida y comenzaba a coquetear. El Duque, por su parte, afectando
indiferencia absoluta por todas las cosas terrenales y celestiales, se
preocupaba muchsimo de los _jaquetes_, levitas, camisolas, corbatas y,
en general, por todo lo referente a la indumentaria. La variedad de
prendas con que se presentaba, y lo original y aun estrambtico de
algunas de ellas, llamaba poderosamente la atencin del pueblo y
deslumbraba a Venturita. En realidad, si ella se vesta para el Duque,
ste se vesta tambin para ella.

Vagamente primero, con ms precisin despus, la hija menor de don
Rosendo pensaba que la amistad del magnate poda aprovecharse, no slo
para aumentar la influencia poltica de su padre en la poblacin, sino
tambin para dar lustre y brillo a la familia. Por ejemplo, una gran
cruz... Los que la lograban tenan tratamiento de Excelencia. Si su
padre fuese un Excelentsimo Seor, perdera aquel carcter de
comerciante en bacalao, que a ella le crispaba. Y por qu no se la
haban de dar? A un personaje de tal magnitud como el Duque no le
costaba mucho trabajo conseguirla. Hasta haba odo decir que con dinero
e influencia no era difcil llegar a poseer un ttulo de conde o
marqus... Un ttulo! Venturita, sin considerar que tena un hermano y
una hermana de ms edad, se estremeca deliciosamente pensando que algn
da pudiera ser la seora marquesa o la seora condesa. Pero aquel
marido que tena era tan obscuro! tan enemigo de mezclarse en
poltica, ni darse importancia! Oh, si ella fuese la que llevara los
pantalones, ya se vera hasta dnde llegaba!

En poco tiempo su amistad y su influencia con el Duque crecieron de tal
modo, que pudieron ser notadas, no slo de los habitantes de la casa,
sino tambin de muchas personas de fuera. Don Jaime la iba a esperar al
bao muchos das y la acompaaba hasta casa atravesando la villa por el
medio, excitando poderosamente la curiosidad pblica. La joven se mora
de placer deslumbrando de este modo, haciendo padecer a sus envidiosas
conocidas. Porque el Duque no se ocultaba para prodigarle mil atenciones
galantes, ni ella para ostentar un grado de confianza con l superior al
de los dems de la familia. Gonzalo haba observado, con secreto
disgusto, aquella intimidad. El Duque le haba cado antiptico y
notaba perfectamente que haba reciprocidad en este sentimiento, por ms
que el personaje, como hombre de mundo, guardase frente a l una actitud
corts y hasta benvola, donde slo un espritu observador o un hombre
de corazn y de instinto como Gonzalo podan traslucir la hostilidad.
Sin embargo, a medida que la amistad y confianza con su esposa crecan,
la antipata del Duque pareca desvanecerse. Sus atenciones con el
esposo eran cada vez mayores, y en apariencia, ms sinceras. Como
supiese que Gonzalo era excesivamente aficionado a la caza, le hizo el
obsequio de una magnfica escopeta que a l le haba regalado el czar de
Rusia. El joven qued agradecidsimo, y algo se borr con esta prueba de
aprecio su antipata. Despus el magnate le invit varias veces a salir
de caza. En estas excursiones tambin se oper un deshielo evidente de
sus sentimientos hostiles. Pero, desgraciadamente, vino un suceso casual
a recrudecerlos. Un da, por hallarse Gonzalo en Lancia con una comisin
de su suegro, sali el Duque a matar liebres acompaado solamente de don
Feliciano y de Sanjurjo, el notario. Los perros que llevaban eran los de
casa. Pues sucedi que el que ms estimaba Gonzalo se port inicuamente
en la caza, tal vez por no asistir a ella su amo. Era un galgo finsimo
que haba encargado a Inglaterra y le haba costado una cantidad
exorbitante. La falta que cometi fu de las ms graves que un individuo
puede cometer en el uso de sus funciones. Nada menos hizo que despus de
cobrar una liebre, cuando el Duque corra hacia l para quitrsela de la
boca, soltarla de pronto en el suelo. El inocente animal, que slo
estaba herido en una pierna, corri a esconderse en la maleza. Tal fu
la indignacin del magnate que, montando la escopeta, hizo fuego sobre
el perro; mas ste, viendo la actitud agresiva del cazador, se haba
alejado rpidamente y no le toc un solo perdign. El Duque,
encolerizado, furioso, le sigui para matarle, pero no logr darle
alcance. El culpable se huy del cazadero, y nadie le vi ms aquella
tarde. Cuando el magnate di la vuelta a casa le dijeron que haba
llegado a ella el perro. Don Jaime, en quien todava persista la
clera, dijo al criado:

--Coge ese perro, scalo al campo, y pgale un tiro.

El servidor se inmut. Permaneci unos instantes suspenso; pero, ante la
mirada fija, imperiosa del Duque, baj la cabeza y se dispuso a
cumplimentar la orden. Llam al perro, le at con una cadena, y tomando
la carabina, sali de casa. Qu ajeno iba el pobre animal de que le
llevaban al suplicio! Brincaba con alegra, se retorca, ladraba
acariciando con la mirada al fiel servidor, el cual senta que las
lgrimas asomaban a sus ojos, maldiciendo del husped y de la hora en
que haba llegado, pues era mucho lo que amaba a aquel hermoso
animal.--Santo Cristo, qu va a decir el seorito Gonzalo cuando
llegue, y sepa que le han matado el Polin!

Justamente, al pensar esto, asomaba Gonzalo por la esquina de la misma
calle. Acababa de llegar de Lancia en la diligencia, y se diriga a
casa. Al tropezar con el criado, le pregunt sorprendido:

--Adonde vas, Ramn?

El servidor acortado, temeroso, despus de vacilar unas instantes, le
respondi:

--A matar el perro.

La estupefaccin del joven fu tan grande, que pareci quedar
petrificado.

--A matar el perro!

--S, seor; el seor Duque me di esa orden, porque solt una liebre
despus de cobrarla.

Gonzalo se puso lvido.

--Y qu tiene que mandar ese sinvergenza!...--rugi sin poder proferir
ms palabras, arrebatando al mismo tiempo la cadena de manos de Ramn,
con tal fuerza, que le hizo tambalearse. Y se dirigi a paso largo hacia
casa, arrastrando al perro, dispuesto a interpelar al Duque de un modo
violento. Mas antes de llegar, tuvo tiempo a reflexionar que su posicin
era muy delicada. Reir con el husped por cosa tan balad, a los ojos
de todo el mundo, por ms que a los suyos no lo fuese, pasara
seguramente por el colmo de la grosera. Contentse al fin con mandar al
Polin a la perrera, y saludar al magnate con un poco de frialdad.

La antipata, sofocada un instante, volvi a despertar con ms fuerza.
La amistad, las atenciones del Duque con su esposa, comenzaron, no ya a
chocarle como antes, sino a herirle. No se le pasaba por la imaginacin
que tuviesen ms carcter que el de finezas o galanteras usadas en la
alta sociedad. La edad del prcer y la de su esposa pareca alejar todo
motivo de celos. Sin embargo, aquellas mojigangas iban picando ya en
historia. Un da, hallndose a solas con Cecilia, le pregunt de pronto
bruscamente:

--Vamos a ver, Cecilia, a ti qu te parece de la intimidad que va
adquiriendo mi mujer con el Duque?

La joven qued sorprendida.

--Qu me ha de parecer?--le contest mirndole con sus grandes ojos
serenos.--Que por lo visto Ventura le ha sido ms simptica que los
dems de casa.

--Pero esa preferencia, no te parece que va siendo ridcula para m?

--Por qu?

--Porque s... porque lo es--replic con energa.

Despus de unos instantes de silencio, aadi con gravedad:

--T, Cecilia, no sabes an lo fcilmente que queda un marido en
ridculo cuando tiene una mujer tan frvola, tan imprudente como
Ventura.

--Gonzalo!

--Tan imprudente, s!... Pero t no observas qu afn tiene de hablar
aparte con l, el placer que experimenta cuando todo el mundo la ve
colgada de su brazo?... No me digas nada... Ya s, ya s que es pura
vanidad. Toda su vida ha tenido el mismo carcter orgulloso y
fantstico. Aunque no quieras convenir en ello, bien lo sabes. Pero aqu
su vanidad puede traer consecuencias muy desagradables para m... y para
todos. Bueno que cada da se ponga un traje distinto, pensando que el
Duque se va a fijar en ellos. Pase que se recorte las uas en tringulo,
y se d colorete, y se descote, y hable de los cuadros de Meissonier,
sin haberlos visto, y haga otra porcin de cursileras por el estilo.
Pero, querida ma, esas sonrisitas delante de gente, esos apartes no son
tolerables. Si esto dura algunos das ms, me parece que voy a
restablecer el orden de un modo que ella no puede sospechar siquiera.

Cecilia procur calmarle. Si l mismo convena en que todo ello dependa
del carcter romancesco de Venturita, a qu exaltarse de aquel modo?
Los celos eran ridculos. Nadie en el mundo podra suponer que Venturita
fuese a considerar al Duque sino como lo que era, un hombre casado, un
viejo que poda bien ser su abuelo.

--No, si no tengo celos--deca avergonzado el joven.

--S los tienes, Gonzalo. Aunque no te des cuenta de ellos, los
tienes... Ese furor, esa exaltacin, qu son en el fondo ms que
celos?... Y mira, chico, perdname que te diga que es hacerte muy poco
favor, y hacerle menos an a tu mujer. Si se te ha pasado por la
imaginacin que Ventura puede preferir un trasto como se a un marido
como t, la supones con bien poco gusto.

Al decir esto se ruboriz. Gonzalo agradeci el piropo con una sonrisa,
sin darse por vencido. El instinto, que en l era poderoso, ms que la
inteligencia, le deca que s, que era posible aquella aberracin. Sin
embargo, no quiso discutir, porque le humillaba defender tal supuesto,
aunque fuese delante de su cuada.

Deseaba advertir a su esposa que le disgustaban las conferencias con el
Duque, sus apartes, sus muecas y sonrisas que iban ya tomando carcter
de verdaderas coqueteras. Pero conoca por experiencia a Venturita, y
se tema a s mismo. Cualquier frase punzante de las que ella usaba a
menudo, cualquier burla inoportuna en aquella circunstancia, poda
dispararle, y l no saba a dnde iba a parar cuando se disparaba.

As estaban las cosas, cuando al da siguiente de aquella conversacin
con Cecilia, fu a dar una vuelta por la maana al Saloncillo, segn
costumbre. Hojeando los peridicos que haba sobre el velador del
centro, cay en sus manos el ltimo nmero de _El Joven Sarriense_. Casi
nunca lo lea. Por ms que estuviese apartado de la lucha feroz de los
bandos, odiaba a los del Camarote. Luego tema encontrarse con injurias
a su suegro, que le excitaban la clera. Pero esta vez pase la vista
con indiferencia por l, y la detuvo para leer unos versos de Periquito
_a un grano de cierta dama_, que le hicieron reir a carcajadas. Debajo
de estos versos haba una gacetilla que llevaba por ttulo: _Un marido
como hay pocos_. Comenz a leerla sin gana.

Viajando un mandarn de la China, llega a alojarse en la casa de cierto
chino plebeyo que pone a su disposicin las mejores habitaciones y
compra los pescados ms caros del mercado para obsequiarle. Este chino
tena una mujer muy hermosa, que desde luego llam la atencin del viejo
mandarn (porque era viejo). El mandarn no mira para los muebles que el
chino le presenta con orgullo, no repara en los lujosos tapices, en los
pescados suculentos. Mira tan slo a la esposa del chino. Este le va
llevando a casa todos sus amigos, que se deshacen en cortesas y
genuflexiones, le abruman a sonrisas y lisonjas. Pero el mandarn,
apenas se digna dirigirles la palabra. Toda su saliva la gasta con la
esposa del chino. Le hace ver la poblacin, los monumentos ms notables,
los contornos pintorescos. Nada; el mandarn no tiene ojos ms que para
la china. Invtale a grandes y magnficas caceras, condcele en rauda
balandra por el mar azul y tranquilo para que pesque plateados y
sabrosos peces. Mas el mandarn medita, cuando echa los anzuelos al
agua, que es mil veces preferible pescar a la linda consorte de su
husped. Y mientras todos en la casa y fuera de ella, observan, la
melancola del mandarn y adivinan sus deseos, slo el marido permanece
sosegado, ignorante, persistiendo siempre en alegrarle con opparos
banquetes y regocijadas fiestas. Hasta que un amigo le dice al
odo:--No ves, papanatas, que lo que tu husped quiere no son
banquetes, ni pescas, ni caceras, sino a tu hermosa mujer? Entonces el
chino, despertando de pronto de su ignorancia, toma a su mujer de la
mano, se dirige con ella al mandarn, y le dice:--Perdname, seor, yo
no vea tu tristeza, yo no adivinaba tus deseos. Aqu tienes a mi
esposa. Si antes supiera que la apetecas, antes te la hubiera ofrecido,
oh mandarn excelso!

Gonzalo termin de leer la gacetilla con indiferencia. De pronto, cay
como un rayo sobre su mente la idea de que en aquel cuentecillo se
aluda a l. Una ola de sangre subi a su rostro, y se lo encendi como
una brasa. Ech una rpida mirada de vergenza en torno. Estaba solo.
Con las manos convulsas, tom de nuevo el peridico que haba dejado
caer, y ley la gacetilla por segunda vez, por tercera, por cuarta...
Cuanto ms la lea, ms penetraba en su cerebro, ms se aferraba a su
espritu la funesta sospecha. Y sinti un fro extrao que le invada
todo el cuerpo menos la cabeza. La primera idea que le acometi despus,
fu sta:--Voy ahora mismo a la redaccin del _Joven_, y hago pedazos a
cuantos encuentre dentro. Se puso el sombrero que se haba quitado, y
sali de la estancia. Pero al llegar a la escalera, se le ocurri otro
pensamiento; el del gran escndalo, la campanada que iba a dar en la
villa. Iba a confesarse burlado ante la poblacin entera. Sus enemigos,
o por mejor decir, los de su suegro, con qu placer le hincaran los
dientes! Subi de nuevo las escaleras y entr en el Saloncillo para
reflexionar un momento. Despus de dar unas cuantas vueltas, con la
mirada exttica, sin saber l mismo si andaba o permaneca inmvil,
revoc su acuerdo. Tom de la mesa el peridico, lo dobl pausadamente,
y lo guard en el bolsillo. Luego baj la escalera de caracol y se
dirigi a su casa, el rostro blanco, el paso lento, la mirada fija. El
exceso de ira y la confianza en su fuerza, le haban devuelto la calma.

--Est la seorita en su cuarto?--pregunt al criado que sali a
abrirle la puerta.

--Me parece que s seor: preguntar a la doncella.

--No, no preguntes nada; voy all yo.

Y enderez los pasos hacia el gabinete que le serva de habitacin,
desde que el Duque ocupaba el piso segundo. Al pasar por delante del
corredor, no repar en doa Paula, que estaba cerca de la puerta, y se
inmut al ver la expresin extraa de su fisonoma.

Venturita estaba delante del espejo. Al ver a su marido, sin volver la
cabeza le pregunt:

--Hola: cre que habas salido ya. Qu traes de nuevo?

Gonzalo sac del bolsillo el peridico, lo desdobl lentamente, y se lo
present diciendo:

--Esto.

--Y qu es esto?--pregunt la joven con sorpresa.

--Un peridico.

--Ya lo veo... Y qu?

--Trae una gacetilla muy interesante. Lela. Aqu, en la tercera plana,
debajo de estos versos.

En el gabinete haba an tres o cuatro tiestos con plantas de las que
haban servido para el retrato. Este, fijo ya en un gran marco dorado,
estaba arrimado a la pared, esperando la hora de ser colgado en el
saln. Los ojos de Gonzalo, al tropezar con l, se haban obscurecido
todava ms. Y eso que la imagen de su esposa, ms rubia que un canario
y ms colorada que una rosa de Alejandra, miraba al cielo con una
expresin mstica que jams l la conociera. El Duque hablaba de enviar
el retrato al Saln de Pars.

Mientras Ventura ley la gacetilla, no le quit ojo, escrutando con
anhelo inconcebible los rasgos de su fisonoma. Pero sta permaneca
inalterable. Slo al terminar y ofrecerle de nuevo el peridico, la
encontr ligeramente plida.

--Por qu me mandas leer esto?... No entiendo...

--Voy a explicrtelo--repuso Gonzalo con acento de ira concentrada,
recalcando mucho las slabas.--Te he mandado leer esto, porque el
mandarn de que aqu se trata, es el duque de Tornos, la china eres t,
y el chino yo... Lo entiendes ahora?

Al decir esto, la miraba con extraa y terrible fijeza, apretando con
mano crispada una rama de la planta que tena a su lado.

Ventura recibi aquella mirada sin pestaear, con sorpresa ms que con
susto. Vacil un instante, moviendo un poco los labios para contestar.
Por ltimo solt una gran carcajada.

--Ave Mara, qu barbaridad!

--Seamos serios, Ventura--replic el joven.--Esto que excita tu risa, es
una cosa gravsima que puede decidir de tu felicidad y de la ma...

Ventura di por toda contestacin otra carcajada, y despus otra.
Pareca desternillarse de risa. Mas aquellas carcajadas no salan de
adentro. Gonzalo notaba su afectacin perfectamente.

--Cuidado, Ventura, cuidado!--exclam con el rostro demudado.--Mira
que estoy hablando en serio!

--Pero, hombre! ja, ja!... Quieres que no me ra, si me dices, ja,
ja, ja! que t eres un chino y yo una china? ja, ja, ja!

Sus carcajadas eran cada vez ms sonoras y ms fingidas.

--Hace ya bastantes das--profiri el joven, despus de una pausa, con
acento sombro--que debiera haber puesto las cosas en orden... Esa
intimidad infundada, inconveniente, estpida, de que haces alarde,
delante de gente, de tener con el Duque, me cargaba ya hasta los
pelos... Pero no quera dar mi brazo a torcer. Siempre parecen ridculos
los hombres celosos. Ahora bien, mira, mira lo que me pasa por ser
demasiado prudente!

Al decir esto, arranc la rama que estaba apretando, y la hizo una
pelota dentro de la mano.

--Pero ests celoso de veras?--le pregunt ella, con acento entre
burln y carioso.

--Si lo estuviese, me callara, Ventura... me callara y observara... Y
si los celos fuesen fundados, he aprendido lo que se debe hacer antes
que el cura me leyese la epstola de San Pablo... Pero aqu no se trata
de celos... Ni la edad, ni la posicin del Duque permiten bien que los
haya, ni yo te hago la ofensa de suponer que le prefieres a m. Lo que
hay, es el ridculo que ha cado sobre m por tus imprudencias. T no
ves, desdichada, que el pblico nos observa, que tenemos muchsimos
enemigos, y que stos se han de aprovechar del ms mnimo pretexto para
zaherirnos?

--Bien, confiesas que esto no es ms que un pretexto para
mortificarte--dijo la joven ponindose seria.

--S, pero fundado en lo que t has hecho arrastrada de esa vanidad
necia, que en vano he querido arrancarte del alma.

--Entendmonos, Gonzalo. Qu es lo que yo he hecho?--profiri ella con
voz irritada.

El joven guard silencio mirndola fijamente. Despus de unos instantes
dijo con lentitud:

--Demasiado lo sabes. El repetirlo, me humilla.

Hubo otro rato de silencio. Ventura pregunt al fin con impaciencia:

--En resumidas cuentas, qu quieres?

--Voy a decrtelo--contesto el joven, reprimindose con trabajo.--Quiero
que cese esa intimidad ofensiva para m, como acabas de ver. Quiero no
pensar ms en el duque de Tornos, ni ver su sonrisa protectora, ni sus
modales de conquistador aburrido. Quiero volver a la calma que todos
disfrutbamos antes de su llegada. Y como lo quiero a toda costa, estoy
dispuesto a conseguirlo a toda costa...

Call un instante y luego aadi con fuerza, con ms fuerza de la
necesaria:

--Hoy mismo, saldr el Duque de esta casa.

Ventura le mir con estupor. Se puso repentinamente lvida, y con los
labios temblorosos por la ira, exclam:

--Qu ests diciendo ah? Ser necesario llevarte a Legans?... Vamos,
vamos--aadi con acento despreciativo,--hazme el favor de dejarme en
paz. Ve a refrescarte, porque lo necesitas.

La faz de Gonzalo se contrajo violentamente; su boca se abri con una
expresin de feroz sarcasmo, llamearon sus ojos.

--Ah!--rugi ms que dijo.--Conque la amistad de ese cornudo (porque es
un cornudo, sabes? toda Espaa est enterada). Conque la amistad de
ese cornudo, te interesa ms que la felicidad de tu marido! Conque te
figuras que yo por no ser duque y grande de Espaa, no s hacer respetar
mi honor! Ahora vers! ahora vers!... Mira por lo pronto lo que yo
respeto a ese cornudo...

Y al decir esto, di un puntapi al retrato, que cay al suelo con
estrpito. En seguida se puso a brincar sobre l los dientes apretados,
los ojos inyectados en sangre, con una de esas cleras fragorosas de los
hombres fuertes y pacficos. La tela qued al instante hecha pedazos.
Ventura, enteramente demudada, vomit, ms que dijo, con la osada
inconcebible de la mujer adorada:

--Bruto! bruto!

La entonacin de esta injuria era tan feroz, tan rabiosa, que Gonzalo
levant la cabeza como si le hubiesen clavado un hierro candente.
Saltando sobre ella, la agarr por un brazo. La joven lanz un grito
penetrante de angustia. La mano de su esposo era una tenaza de acero que
iba a triturarle el hueso.

--Perdnala, Gonzalo, perdnala!--entr gritando en aquel instante doa
Paula.

El indignado joven volvi la cabeza sin soltar a su esposa. Al ver a su
madre poltica, en cuyo rostro la enfermedad haba hecho crueles
estragos, contrado ahora por el terror, con los ojos suplicantes, las
manos plegadas hacia l con mortal congoja, afloj la suya y la dej
caer sobre el muslo.

No tuvo tiempo a decir nada. Doa Paula, sin mirar a Ventura, le cogi
de la ropa dicindole:

--Ven, hijo mo, ven. Yo arreglar este asunto, y te volver la calma.

Y Gonzalo se dej arrastrar como un autmata, lleno de confusin.

Al llegar a su cuarto, la buena seora cerr la puerta.

--Lo he odo todo--le dijo, clavando en l aquellos grandes ojos negros
y tristes como los de una Dolorosa, nico resto de su antigua
belleza.--Te vi cruzar por el pasillo con una cara tan extraa, que no
pude menos de seguirte... No s lo que dice ese peridico que has dado a
Ventura, pero debe ser algo muy feo y repugnante...

--La injuria mayor que se puede hacer a un hombre!--profiri Gonzalo
con la garganta apretada.

--Qu infames! Insultarte a ti que jams les has hecho dao alguno!
Tienes razn, la culpa es de Ventura. Sus ligerezas, el gusanillo que
tiene metido en la cabeza, ha dado lugar a este disgusto, como a todos
los otros ms pequeos que hasta ahora habis tenido. Pero no vayas a
figurarte que hace estas cosas por maldad... Ventura es una loca, una
taravilla; pero en el fondo no es mala. Con el tiempo se ir
corrigiendo. Yo tambin he tenido mi cacho de orgullo y he gozado con
ciertas tonteras que hoy me avergenzan. Oh, los aos, las tristezas,
las enfermedades, le van arrancando a una todas las ilusiones!... Lo que
importa ahora, es evitar a todo trance mayores disgustos. Hace tiempo
que vengo notando las atenciones del Duque con Venturita y la intimidad
que ha nacido entre ellos. S fijamente que esta intimidad no tiene
importancia alguna. Estoy enteramente segura de mi hija, como t debes
estarlo. Pero comprendo muy bien que la conducta de ese seor te
moleste... Sobre todo, desde que un peridico se ha aprovechado de ella
para injuriarte, las cosas no pueden continuar as. Es necesario tomar
una resolucin...

--Ya est tomada--dijo sordamente Gonzalo.--Hoy mismo despido al Duque
de esta casa.

--No, t no puedes ni debes hacerlo. Tienes el genio violento. Habra
una escena escandalosa que es necesario evitar.

--Pues es lo que yo quiero precisamente! esa escena!

--No seas nio, Gonzalo--repuso la seora.--El arreglo de este asunto me
corresponde a m, ya que Rosendo, fuera de su poltica, ni ve, ni
entiende, ni oye. Un escndalo ahora, te pondra en ridculo...

--Pues aunque as sea!--exclam el joven con rabia.--Quiero tener el
gusto de arrojarle de casa.

--Me obligas a decirte, Gonzalo--replic doa Paula con impaciencia y
autoridad,--que no tienes ningn derecho a hacerlo. Ni t le has
invitado, ni eres el dueo de la casa...

El joven se puso colorado. Observando su confusin, la seora aadi con
acento carioso:

--T eres un hijo nuestro, y los hijos no deben intervenir en estos
asuntos, que corresponden a los padres. Nosotros tenemos el deber de
velar por vuestra felicidad, sacrificarnos por ella. Yo har que el
Duque salga de esta casa, sin escndalo, sin que se entere nadie del
motivo, sin exponerte a cometer una bajeza, de la cual te
arrepentiras... No creas que lo hago por l, a quien detesto... Desde
que lleg me ha sido profundamente repulsivo ese hombre. Ahora que veo
lo que ha trado a nuestra casa, figrate cmo le querr! Lo hago
nicamente por ti, a quien quiero, no dir ms que a mi hija, porque los
hijos... Oh, los hijos!... T ya sabes lo que son... pero tanto, por lo
menos... y a quien estimo mucho ms...

Gonzalo, enternecido, se dej caer en una silla. Comenz a sollozar como
un nio, con el rostro entre las manos. La buena seora le puso la suya,
plida y descarnada, sobre la cabeza, diciendo con lgrimas tambin en
los ojos:

--Pobre hijo mo! Agurdame un instante. Voy a decir a ese seor lo que
hace al caso.

Subi la seora de Belinchn la escalera de caracol que conduca al piso
segundo. Arriba tropez con el ayuda de cmara de su husped.

--Qu hace el seor Duque?--le pregunt.

--Est pintando--respondi el criado mirando con sorpresa y curiosidad
los ojos llorosos de doa Paula.

--Dile que deseo hablar con l.

Mientras el domstico fu a avisar a su seor, doa Paula crey que las
fuerzas iban a faltarle. Comenz a sentir los sntomas primeros de una
de aquellas sofocaciones que de vez en cuando le daban. Pero la firme
voluntad de devolver la calma a sus hijos venci a la enfermedad en tal
instante. Encomendse devotamente a la Virgen de las Mercedes, y penetr
con resolucin en el gabinete-estudio de don Jaime.

El cual, vestido medio a lo oriental con un traje estrambtico que usaba
por las maanas dentro de casa, sali a recibirla teniendo an en las
manos el pincel y la paleta.

--Seora--dijo inclinndose respetuosamente, quitando el gorro turco que
le cubra la calva,--mucho siento que usted se haya molestado en subir.
Bastaba un aviso para que yo me hubiera apresurado a ir a ponerme a sus
rdenes.

Doa Paula respondi con un gesto de gracias, llevndose la mano al
corazn que le saltaba dentro del pecho como un potro desbocado.

El Duque la examin con sorpresa.

--Sintese usted, seora--la dijo, depositando la paleta y el pincel
sobre una silla.

Sentse, en efecto, en una butaca. Don Jaime permaneci en pie.

--Hay que cerrar la puerta--dijo ella tratando de levantarse nuevamente.
Pero el caballero se apresur a hacerlo. Despus vino a colocarse frente
a la dama, cuadrando los pies en actitud exageradamente respetuosa,
esperando a que ella hablase.

Tard an algunos momentos. Al fin, elevando hacia l sus ojos
doloridos, dijo:

--Seor Duque, usted nos ha honrado mucho viniendo a esta casa. Nunca le
agradeceremos bastante esta prueba de estimacin que nos ha concedido...

El Duque se inclin, levantando al mismo tiempo los pesados prpados
para dirigir a su interlocutora una mirada, donde se trasluca la
inquietud y la curiosidad.

--Por qu no se sienta usted?--preguntle doa Paula interrumpiendo su
discurso.

--Estoy bien, seora; siga usted.

Con aquella interrupcin se turb. No supo proseguir en algunos
segundos. Al cabo murmur:

--Es una desgracia!... No sabe usted, seor Duque, lo que est pasando
por m en este momento. Quisiera morirme!

Y las lgrimas acudieron a sus ojos. Sac el pauelo, y ocult el rostro
con l.

El Duque, cada vez ms inquieto, le dijo:

--Sernese usted, seora. Soy un verdadero amigo de usted y de
Belinchn. Cualquiera que sea el disgusto que usted tenga, yo lo
comparto como si fuese mo tambin, y estoy dispuesto a hacer todo lo
que est de mi parte para calmarlo.

--Muchas gracias... muchas gracias--murmur la seora sin separar el
pauelo de los ojos. Al cabo de un rato de silencio, dijo con voz
temblorosa:

--Puede usted hacerme un favor muy grande... Un favor que le agradecera
mientras tuviese un soplo de vida... Pero no me atrevo a pedrselo...

--Le repito que estoy a sus rdenes, y que todo lo que pueda hacer en su
obsequio debe usted darlo por hecho...

--Oh, no; es una atrocidad!... Seor Duque, usted est muy lejos de
sospechar que su venida a esta casa ha producido graves disgustos. Su
carcter bondadoso y llano, la simpata que el genio alegre y abierto de
mi hija Ventura ha conseguido inspirarle, ha dado lugar a habladuras en
el pueblo...

--Oh!--interrumpi el Duque sonriendo, para ocultar cierta emocin de
vergenza.

--S; habladuras muy ofensivas para todos nosotros, pero principalmente
para mi hijo poltico, a quien queremos en casa como si fuese hijo
verdadero... No le recrimino a usted ni a ella. Creo que en usted no ha
habido ms que exceso de amabilidad, que en un pueblo remoto como ste,
donde todo choca y se comenta, acaso no ha debido usted tener... En ella
ha habido la imprudencia y la ligereza que siempre han sido sus
defectos. Es una chiquilla que tiene la voluntad virgen, como suele
decirse... Si este pueblo no estuviese dividido, no hubiera esa maldita
guerra que a todos nos mata, acaso nadie se hubiera fijado... Por
desgracia, nuestros enemigos buscan el ms pequeo pretexto para
mortificarnos y sacamos a la vergenza... Se ha publicado ya una
gacetilla que hiere de un modo escandaloso a mi yerno... y esto no lo
puedo consentir.

Doa Paula haba ido perdiendo su cortedad a medida que hablaba. Las
ltimas palabras las pronunci con energa. A la faz terrosa del Duque
haba acudido un poco de color. Por la cabeza debieron pasarle ideas
graves y tristes; pero en realidad no le pas ms que la siguiente:
Esta mujer me est dando una leccin.

--Siento mucho, seora--dijo con expresin soberbia,--haber ocasionado a
ustedes un disgusto... Pero estoy tan acostumbrado a que el pblico se
fije en mis actos y los comente a su gusto, que esas habladuras y esas
gacetillas de que usted acaba de hablarme, no me causan la ms mnima
molestia. Los pequeos se vengan de la superioridad de los grandes,
murmurando de ellos. Es ley eterna que no se debe contrariar.

--Todo eso est muy bien, seor Duque. A un personaje tan alto como
usted, no pueden llegar las murmuraciones del pueblo... Pero a nosotros
es muy distinto. No estamos colocados en esa altura y las malas lenguas,
crea usted que nos hacen muchsimo dao...--respondi doa Paula con
inocencia que resultaba profundamente irnica.

El Duque algo impaciente, jugando nerviosamente con el gorro que tena
en la mano, replic:

--Repito que lo siento mucho, seora. Si hubiera sabido que mis
inocentes atenciones con su hija pudieran interpretarse tan
malignamente, me hubiera guardado bien de prodigrselas... En adelante
procurar ser ms cauto... Pero, Dios mo!--aadi riendo.--Cmo es
posible figurarse que un hombre de mis aos pueda mirar a una nia como
Ventura, sino con ojos paternales?

All en el fondo, sentase halagado de aquella suposicin.

--Oh! seor Duque, los hombres de la posicin de usted, no son nunca
viejos. El brillo atrae mucho a las mujeres... Por eso no basta que
usted se reprima en adelante y sea prudente. Es necesario quitar al
mundo todo pretexto para murmurarnos...

El Duque se puso repentinamente plido. Vacil unos instantes, y dijo al
cabo:

--Saliendo yo de esta casa, verdad?

--Ese era el favor que vena a pedirle--dijo ella sin levantar los ojos,
con entonacin humilde.

Don Jaime se puso an ms plido. Di una vuelta por la estancia
arrugando con mano crispada el gorro turco, dej escapar una risita
sarcstica, y volviendo a plantarse delante de doa Paula, dijo con
burlona arrogancia:

--De modo, seora, que me echa usted de su casa?

--Yo, seor Duque?... Qu idea!... Lo que quiero nicamente es
devolver la calma a mis hijos, y evitar un choque...

--Qu choque?--pregunt el Duque, por cuyos amortiguados ojos pas un
relmpago siniestro.

Doa Paula adivin un peligro para su yerno, y se apresur a enmendar la
imprudencia.

--El choque de mi hijo poltico con los canallas que pretenden
insultarle... Mire usted, Duque; si toma a mal la splica que acabo de
hacerle, se equivocar mucho... Nosotros estamos tan honrados con su
estancia en nuestra casa, que nada nos ha causado tanto orgullo como esa
preferencia... Mi marido la ha solicitado con empeo, y ha recibido gran
alegra cuando supo que usted haba aceptado su invitacin... Cmo
puede nadie figurarse que yo no me encuentre satisfecha teniendo en mi
casa a una persona tan elevada, yo que soy una pobre mujer del pueblo,
hija de un marinero, nieta de un sereno, a quien toda la villa llama la
Serena, como llamaron a mi madre y a mi abuela?... Verdad que si hubiera
sido hace algunos aos, estara ms orgullosa... Los desengaos, las
tristezas, van labrando la soberbia... Pero de todos modos estoy muy
contenta, y slo el temor a los grandes disgustos que pueden venir a mis
hijos, me ha obligado a dar este paso... que usted me perdonar...

Don Jaime di otro paseo por la sala, se detuvo en el medio a meditar
unos instantes, y concluy por hacer un gesto de desdn con los labios,
levantando al mismo tiempo los hombros. Luego vino hacia doa Paula y le
pregunt:

--Su marido tiene conocimiento del paso que usted acaba de dar?

--No, seor..., y me alegrara de que pudiera arreglarse todo sin que l
se enterase...

--Perfectamente. Hoy mismo quedar usted complacida.

--Oh, seor Duque! Mil gracias... Usted sabr perdonar...--exclam
levantndose y extendiendo hacia l las manos.

El magnate se limit a inclinarse profundamente sin contestar.

--Le suplico que no me guarde rencor...

--Lo que acabamos de hablar quedar secreto entre nosotros. Buscaremos
medio de que nadie sospeche el motivo de mi marcha. Procure usted
desempear bien su papel. Yo respondo del mo.

Doa Paula sali de la estancia escoltada por el Duque, que la despidi
a la puerta con una exagerada y silenciosa reverencia.

Al llegar a la escalera la angustiada seora, respir con libertad.
Aunque fuese a costa de, aquellas penosas emociones, se alegraba
vivamente de haber arreglado el asunto sin escndalo y sin peligro. Y
con pie ligero, ella que ordinariamente se arrastraba ya para andar, a
causa de su dolencia, fu a comunicar a Gonzalo el resultado de la
visita.

A la hora de almorzar el Duque manifest que haba recibido carta de uno
de sus hijos en que le noticiaba que vendra a pasar el mes de
septiembre con l a Sarri. Probablemente vendra tambin su hermano el
marqus del Riego. Con este motivo expres su resolucin de tomar
habitaciones en la fonda. Al instante fu contrariada con gran calor por
don Rosendo, con el apoyo de su esposa. Venturita se haba puesto
plida. Miraba al Duque de un modo particular. Gonzalo, con los ojos
bajos, el rostro sombro, coma en silencio mientras se disputaba. A
pesar de todas las razones que don Rosendo aleg para retenerle,
hacindole presente que la casa era capaz para recibir a los nuevos
huspedes, el disgusto que a l y toda su familia iba a ocasionarles
aquella tan inopinada marcha, etc., etc., el Duque se mostr inflexible.
Responda con la misma sonrisa protectora a cuanto se le manifestaba, y
repeta sin cesar frases de agradecimiento y amistad.

Convencido al fin de que era intil insistir, el insigne cuanto
atribulado don Rosendo, fu con el mismo Duque y su secretario a ver las
habitaciones de la fonda de la Estrella, la nica decente que haba en
la villa. Alquilaron todo el piso principal. Al da siguiente se
traslad el magnate, a pesar de las vivas representaciones de su husped
para que se quedase al menos mientras no llegasen los otros.

Sorprendi vivamente a la poblacin aquel traslado. Preguntse la causa;
y aunque don Rosendo inform cumplidamente a todo el mundo de lo que
haba acaecido, no pudo evitarse que quedase en el espritu del pblico
alguna duda o sospecha de que las cosas no haban pasado enteramente
como Belinchn las relataba. Particularmente sus enemigos recibieron
gran alegra. Se dedicaron con afn a descifrar aquel enigma, pensando,
no sin razn, que los del Saloncillo ya no podran utilizar la fuerza
del Duque para combatirles. En los dos meses y pico que ste llevaba de
permanencia en Sarri, los amigos de don Rosendo haban conseguido que
prosperase en el juzgado una denuncia contra el alcalde, previa la venia
del gobernador de la provincia; haban logrado tumbar al administrador
de Correos que era del Camarote, y que se resolviese en favor suyo el
problema del matadero. Los amigos de Maza, que andaban cabizbajos y
abatidos, recibieron la noticia como una mosca, prxima a morir en el
otoo, recibe un tardo rayo de sol. Santo Dios qu calurosos
comentarios aquella noche en el Camarote! Cunta conjetura! La alegra
chispeaba en todos los ojos. Abranse las narices olfateando la cada de
los del Saloncillo, y su prxima y definitiva victoria. _El Joven
Sarriense_ public en su primer nmero la siguiente lacnica, pero
endemoniada gacetilla: El lunes se ha trasladado a las habitaciones del
piso principal de la fonda de la Estrella el Excelentsimo seor duque
de Tornos, conde de Buenavista, que estaba hospedado en casa de don
Rosendo Belinchn. Damos al egregio Duque la ms cumplida enhorabuena.
Este indigno comentario tuvo dos das enfermo al nobilsimo Belinchn,
pasados los cuales mand sus padrinos a Maza. Pero ste contest que
mientras estuviese constitudo en autoridad no poda batirse. Cuando
dejase de estarlo ya vera si le convena cruzar las armas con
semejante mamarracho. Como los padrinos contestasen en mal tono, les
amenaz con llevarlos a la crcel, y hubieron de retirarse.

El duque de Tornos sigui visitando de vez en cuando la casa de don
Rosendo y dejndose acompaar por ste y sus amigos siempre que sala a
la calle. En la apariencia, la amistad entre ellos segua inalterable.
La poca gente imparcial que haba en Sarri iba creyendo que no haba
misterio alguno en su traslacin y que todo era imaginaciones ridculas
de los del Camarote, a quienes cegaba el deseo de vencer a sus
contrarios. Sin embargo, pasaban los das, haba entrado ya septiembre,
y ni el hijo ni el hermano del magnate acababan de llegar. Este haba
mejorado muchsimo de salud en Sarri, segn deca a cuantos se le
acercaban. Hizo traer de Madrid coche y caballos y compr una bonita
balandra para pescar. Pareca disponerse a pasar todava algunos meses
en la villa.

En sus relaciones exteriores con la familia Belinchn, esto es, cuando
se encontraba con ella en pblico, observaba una conducta delicada y
afectuosa, como personas a quienes deba muchas atenciones. Con
Venturita no se autorizaba tantas familiaridades, pero no dejaba de
hablarla en el teatro o en el paseo de un modo carioso. As haca
perder la pista a los que buscaban la causa de su salida de la casa.
Doa Paula estaba muy satisfecha de esta conducta. El mismo Gonzalo,
comprendiendo que no se le poda exigir ms, se mostraba con l atento y
corts. La tranquilidad haba vuelto a renacer entre los jvenes
esposos. Venturita, despus de unos das en que no cambi con su marido
palabra alguna y apareca plida y ceuda, herida, sin duda, por la
violencia que ste haba desplegado en la escena que hemos descrito,
volvi a ser lo que antes, alegre y decidora unas veces, colrica y
caprichosa otras, siempre de palabra aguzada y sarcstica. Not, sin
embargo, Gonzalo cierta amabilidad y deferencia inusitadas en ella. Lo
achac al deseo de borrar el recuerdo de aquel pasajero, pero muy
peligroso disgusto que haban tenido.

Y as continuaron deslizndose los das serenos en la casa de don
Rosendo, slo turbados por los altibajos que la enfermedad de doa Paula
sufra. Tan pronto estaba en pie como en la cama. Sala en coche a dar
largos paseos con Cecilia o con Ventura, y sola llevar a su nieta
Cecilita, en quien adoraba. Don Rufo hablaba de la necesidad de
trasladarse a otro clima, a otro pas ms elevado sobre el nivel del
mar, donde el aire tuviese menos presin. Y don Rosendo, aunque con
repugnancia, pues el pensamiento de exterminar a sus contrarios y hacer
de una vez la felicidad de su villa natal, le persegua sin cesar, iba
entrando por la idea y trazando vagamente planes tiles y grandiosos
como todos los suyos. Flotaba en su imaginacin el proyecto feliz de
trasladar _El Faro de Sarri_ a Madrid y hacerlo diario con el ttulo de
_El Faro de las Provincias_. Defender los intereses morales y materiales
de las provincias, sostener su vida autonmica, independiente, frente a
la accin y podero absorbentes de la capital, foco de inmundicia que
envenenaba la savia de la nacin y secaba todos sus veneros de riqueza.
Qu grande y noble pensamiento!

A fines de octubre, Gonzalo fu a Lancia con una comisin de su suegro.
Se trataba de persuadir a un banquero de aquella poblacin, para que no
enajenase las acciones que tena, en un embarcadero de Sarri, a cierto
individuo del Camarote, como se deca. En todo caso, que se las cediese
por el mismo precio a don Rosendo. Haca ya dos das que estaba all. Al
tercero por la tarde, cerca de la hora del obscurecer, se le ocurri a
doa Paula subir a hacer una visita a su hija Ventura, que desde el
traslado del Duque haba vuelto a ocupar el piso segundo. Muy rara vez
suba ya la buena seora la escalerilla de caracol. Pero aquel da se
senta ms gil, ms desahogada del pecho. Quiso probar sus fuerzas y
darse a s misma una prueba de que estaba mejor.

El mvil inmediato fu llevar a su nieta Cecilita una mueca, cuyo
vestido desgarrado le acababa de coser la doncella. Los peldaos se le
hicieron muy altos. Al llegar a la mitad tuvo que detenerse a tomar
aliento. Cuando lleg al piso, dijo en la voz ms alta que pudo:

--Cecilita, hija ma, dnde ests?

--Aqu, abuelita, aqu--respondi la nia saliendo de la estancia de su
madre.

Era una criatura que aun no haba cumplido los tres aos, rubia como el
oro, tan habladora y espontnea, que ejerca sobre la abuela verdadera
fascinacin.

--Qu me taes, abuelita, qu me taes?--pregunt, mirando con avidez a
doa Paula, despus de haberla abrazado por las piernas con tal mpetu,
que por poco da con ella en tierra.

--La mueca, hermosa, que te ha arreglado la chacha.

--Mueca no... mueca pa Lalina... yo soy gande... yo quero un chocho.

--No tengo chochos aqu, vida ma--respondi la abuela mirndola
embelesada.

--Tene mam chocho... Ven... dame uno.

Y la llev por el vestido al gabinete de su madre.

Al entrar en l la nia, pareci sorprendida y ech una mirada a todas
partes. Ventura haba salido a recibirlas con la sonrisa en los labios,
besando a su madre cariosamente:

--Jess, qu pinitos! Cmo te has decidido?... No s si te convendr
subir escaleras, mam... Te sientes bien?

--No me he fatigado gran cosa. Yo creo que estoy mejor. Las pildoras de
Dehaud, me parece que me prueban bien.

--Vaya, me alegro que al fin hayamos dado con una medicina que produzca
algn efecto... Quieres sentarte?

--Abuelita, dame un chocho--dijo la nia interrumpindoles.

--No tengo, hija ma... Tienes algn caramelo, Ventura?

--No.

--Tene Jame que est aqu.

Venturita se puso horriblemente plida.

--Qu Jame, nia?--pregunt doa Paula.

--Nada, nada, cualquier tontera... Conque te han probado bien las
pildoras?... Si don Rufo, por ms que digan, entiende... Vaya si
entiende!--se apresur a decir Ventura con voz temblorosa, la faz tan
descompuesta, que su madre la mir sorprendida.

--Jame est aqu... Tene chocho... Ven, abuelita.

La nia tir del vestido a la seora. Esta, plida ya tambin,
adivinando vagamente algo terrible, se dej arrastrar sin saber lo que
haca.

--Cecilia!--grit Ventura con una voz extraa que jams le haba odo
su madre.

Pero la nia no hizo caso. Sigui arrastrando a su abuela hacia la
alcoba. Antes de llegar a la puerta, se present en ella el duque de
Tornos.

Doa Paula, ante aquella repentina aparicin, se qued un instante
clavada al suelo, el rostro blanco y aterrado, la mirada atnita.
Despus cay pesadamente al suelo, arrastrando en la cada a su nieta.

El Duque se apresur a levantarla. Luego, ante un gesto imperioso de
Ventura, la dej sobre el sof y huy.

A las voces de la joven, acudieron los criados y luego Cecilia. Se crey
que era un sncope producido por la fatiga. Transportsela a su cama,
donde luego, merced a los cuidados de Cecilia, recobr el conocimiento.
Pero no la facultad de hablar. La infeliz seora no pudo ya articular
palabra. As estuvo dos das, sin que los esfuerzos de don Rufo, ni los
de otro mdico que lleg de Lancia, lograsen poner en movimiento aquella
lengua, que se haba paralizado. Generalmente, estaba con los ojos
cerrados, exhalando leves gemidos. Slo cuando Ventura entraba en el
cuarto los abra para clavarlos en ella con una expresin fija de
angustia y reconvencin. El sacerdote a quien se llam, se vi obligado
a confesarla por seas. Dos das despus, casi a la misma hora en que
haba acaecido la fatal escena, falleci la infeliz seora, que ni aun
en la hora de la muerte apart sus ojos empaados del rostro de
Ventura.




XVII

QUE GONZALO TOMA UNA GRAVE RESOLUCIN Y CECILIA OTRA


La familia Belinchn se refugi en Tejada para vivir a solas con su
dolor, durante algn tiempo. Doa Paula fu llorada como lo mereca, por
su magnnimo esposo. Dando tregua al espritu progresivo y reformista
que le animaba, supo mostrarse tierno y sensible, lo cual en nada
menoscaba su gloria de publicista. Cecilia no se cans en mucho tiempo
de llorar a su buena madre, con quien la ligaba tanto el parentesco de
la carne como el del alma. De todos sus hijos, era sta la que ms
semejanza guardaba con ella, aunque no era la preferida. El favorito,
Pablo, la sinti todo lo profundamente que l poda sentir algo en el
mundo. Es fama que, algunos das despus del suceso, vi al ltimo potro
que haba comprado alcanzarse en el trote, y no le afect gran cosa.
Pero en quien hizo sobre todo aquella repentina muerte un efecto extrao
y terrible, fu en Venturita. Tanto la impresion, que estuvo algunos
das en la cama con fuerte calentura. Despus que san, veasela plida
y triste. Contestaba distrada a lo que le decan: no sala casi nunca
del cuarto, a pesar de las instancias de su esposo. Este sentimiento tan
vivo como inesperado fu para l una prueba de lo que Cecilia y doa
Paula sostenan siempre; esto es, que Venturita era loca, caprichosa y
altiva, pero buena en el fondo. Algo se mitig con tal consideracin el
sincero dolor que experiment por la muerte de su madre poltica. El
ltimo y maternal servicio que la buena seora le prestara, haba puesto
el sello al cario que, con su conducta prudente y afectuosa, haba
sabido inspirarle.

El duque de Tornos se volvi a Madrid, poco despus de la desgracia
sobrevenida a sus amigos. Desde all se escriba con don Rosendo, a
quien oblig con ms de un servicio en la lucha sin tregua que mantena
contra sus enemigos los del Camarote. Estos servicios fueron coronados,
despus de algn tiempo, por una gran cruz de Isabel la Catlica. Al
mismo tiempo que el diploma, le remita el magnate una placa de
brillantes, cuyo valor no bajaba de veinte mil reales. Puede cualquiera
imaginarse la emocin y la gratitud de don Rosendo, al recibir aquella
honrossima distincin. Como en Sarri nadie posea una gran cruz, se
vi precisado a ir a Lancia, para que un caballero de la orden llevase a
cabo la ceremonia de ceirle la banda. Y as que se vi caballero, l,
que profesaba cierto desprecio metafsico a las religiones positivas,
aprovech una procesin de la parroquia para llevar el farol, con la
hermosa placa en el pecho y la banda por encima del frac. Los amigos de
Maza tragaron mucha hiel. Despus la vomitaron, no slo en su tertulia
del Camarote, sino en el peridico, donde, en serio y en burla, vejaron
de un modo repugnante al glorioso fundador del _Faro de Sarri_. En
algunas custicas, feroces gacetillas, se estaba viendo al bilioso
alcalde con la pluma en la mano. Don Rosendo, por vez primera en su
vida, ley aquellas diatribas sin conmoverse, con un desdn sincero. Y
es que, cuando se ha llegado a la cima de las sociedades humanas, deben
parecer las amenazas de los pigmeos ms curiosas que ofensivas.

Venturita sali, con este motivo, de su letargo sombro. Habase
realizado uno de los sueos que ms acariciaba. Tom parte en la alegra
y triunfo de su padre, y empez a dejarse ver algunos das en la villa,
siempre en carruaje, por supuesto. Creci su orgullo y aquella
languidez seorial, imponente, que haca morir de envidia y de rabia a
las seoras y seoritas de la villa, quienes se vengaban de su desprecio
llamndola, en sus horas de murmuracin, la princesa del Bacalao. La
muerte de su madre, a quien todo el mundo haba conocido en Sarri
artesana, con pauelo atado atrs, como all se deca, contribuy
tanto como la gran cruz de su padre a elevar el nivel social de la
familia, a aristocratizarla, por decirlo as. Ventura, con su desdeoso
porte, con sus riqusimos vestidos, con la frialdad despreciativa con
que trataba a sus conocidas, vengaba lindamente a aquella pobre mujer, a
quien las seoras de Sarri tanto haban hecho sufrir en vida.

Se pas el invierno en Tejada, un invierno crudo, como pocos lo haban
sido. A temporadas llovi mucho, y esto haca imposible el salir de
casa. Otras veces hel cruelmente. El cielo se mantena sereno, pero los
campos, por la maana, aparecan blancos, con una escarcha de medio dedo
de grueso. En ocasiones tambin nev abundantemente. Todos estos
fenmenos meteorolgicos tienen sus encantos en la aldea para el que
sabe hallarlos. Gonzalo haba nacido para vivir feliz en medio de las
fluctuaciones de la Naturaleza. Si helaba, levantbase de madrugada y
dejaba atnitos a los de casa saliendo al corredor en mangas de camisa,
lavndose todo el cuerpo con el agua que se haca sacar de las pilas de
mrmol, despus de roto el hielo. Luego, se vesta con un ligero traje
de caza, tomaba la escopeta, y emprenda famosas, descomunales correras
de seis y ocho leguas, sin que nadie le oyera, jams quejarse de
cansancio. Si nevaba, se pona el impermeable, las botas altas y la
gorra de pelo, y sala a matar palomas torcaces o gachas por las
cercanas de la posesin. Ms de una vez tiene cado en cisternas
atacadas de nieve, logrando salir, gracias solamente a su vigor
extraordinario. Cuando llova no haba ms remedio que quedarse en casa.
Pero aun entonces ofreca la aldea placeres desconocidos en la villa.
Aquel lavado de los rboles y plantas era grato a los ojos. El verde
obscuro de las coniferas, despus de algunos das de lluvia, adquira
tonos claros merced a los retoos que apuntaban en la cima de las ramas;
en cambio la escarcha los marchitaba instantneamente. Las hojas de las
magnolias brillaban como cristales, y en aquella atmsfera acuosa los
colores, los matices de la naturaleza cambiaban sin cesar, los contornos
de los rboles y las montaas se desvahaan con suavidad exquisita. Y la
misma monotona del agua al caer constantemente sobre los rboles con
triste rumor, engendra una soolencia feliz, no exenta de voluptuosidad
para los que nada tienen que hacer fuera de casa, y encuentran en ella
las comodidades y refinamientos que la civilizacin proporciona a los
ricos. Era grato escuchar el _po, po_ de los ateridos gorriones,
guarecindose por centenares en una washingtonia que haba cerca de
casa, como en una gran pajarera: era grato ir a dar de comer a los
animalitos exticos que don Rosendo tena en su finca, salvando en
almadreas la distancia que separaba sus cobertizos de la casa: era
grato tambin quedarse adormecido en una butaca al pie de la chimenea
con el cigarro en la boca y la botellita de ron delante, mientras
Cecilia lea un cuento interesante o algunos versos sonoros y
armoniosos.

Don Rosendo y Pablo se iban todos los das invariablemente a Sarri
despus de almorzar y venan a la hora de comer. El uno se ocupaba en
encauzar la opinin pblica por los derroteros del progreso moral y
material, con mengua de los reptiles que se arrastraban por el cieno,
impotentes para elevarse un instante a la regin de las ideas,
escupiendo su veneno a todo el que sobresale por la inteligencia o por
la virtud. Excusado es decir quines eran estos reptiles a los que don
Rosendo aluda con frecuencia en sus artculos. El otro, tratando de
inclinar siempre los ojos y el corazn de cuantas forasteras hermosas
llegaban a la villa, hacia su adorable persona. Alguna maana sala con
su cuado de caza; pero observando que la intemperie atezaba su rostro,
dej casi por completo este ejercicio. Por otra parte, Piscis era
enemigo nato de l. Para este inteligente centauro holgaba todo en la
tierra menos los caballos.

En las horas de la tarde, cuando llova, si Ventura estaba de buen
humor, jugaba con Cecilia y Gonzalo al tresillo. Si no, jugaban los dos
ltimos al _tute_ mano a mano con las nias sentadas en sus regazos
respectivos, las cuales les molestaban a cada momento llevando sus
manecitas a los naipes. Ambos eran de buena pasta y se contentaban con
apartrselas suavemente.

--Quieta, Cecilita, quieta, que si le enseas mis cartas a tu ta, me va
a ganar.

--No hagas caso, monina, tira por ellas--deca la joven riendo.

Hasta que concluan por entregrselas, quedndose ambos arrobados
mirndolas hacer castilletes, ayudndolas ellos mismos con grave
atencin, mientras la lluvia azotaba los cristales pintados de las
ventanas chinescas y los maderos de haya chisporroteaban en la chimenea.

Las nias coman antes que la familia. Era importante ocupacin para
Cecilia hacerles plato, anudarles la servilleta, servirles agua y
vigilar que no hiciesen cochinetas. Gonzalo, cuando estaba en casa,
presenciaba con deleite la refaccin: se mantena en pie como un magiar
detrs de las sillas de sus hijas. Despus, era preciso llevarlas a la
cama. Cecilia coga una en brazos, Gonzalo la otra, y las llevaban al
cuarto de aqulla, donde ambas dorman. La tarea de desnudarlas era
complicada y entretenida. Gonzalo, a pesar de su musculatura de toro,
posea tanta delicadeza como una mujer para desatar las cintas y mover
sus cuerpecitos a un lado y a otro sin lastimarlas. A menudo las manos
de los cuados se tropezaban. Cecilia retiraba la suya prontamente. Una
leve nube sombra cruzaba rpidamente por su risueo semblante. Gonzalo
no adverta nada. Cuando ya estaban acostadas, escuchaban sonriendo las
inocentes oraciones que _tiita_ haca repetir a Cecilia. Paulina aun no
saba elevar su entendimiento al Ser Supremo, y hasta se rebelaba para
hacer la seal de la cruz. Mientras se dorman, pap y _tiita_ haban de
estar bien pegaditos a las camas sin moverse. Si mantenan conversacin
entre s, las nias se agitaban y tardaban mucho ms en conciliar el
sueo. As que procuraban guardar silencio, o cambiar solamente palabras
sueltas en voz baja. Cecilita no poda dormirse sin tener cogida una
oreja de su ta. Contra este capricho protestaba a menudo Gonzalo; todos
los das hablaba de quitrselo; pero su cuada no haca caso; ella misma
se inclinaba sobre la almohada para que la nia lo satisficiese. Gonzalo
se quedaba algunas veces dormido sobre la de Paulina, sobre todo cuando
haba ido de caza. Al despertar, vea frente a s el rostro plido y
dulce de su cuada, con los ojos muy abiertos, mirando con fijeza al
vaco.

--En qu piensas, Huesitos?--le preguntaba restregando los suyos.

La joven sala de su xtasis estremecindose, y sonrea bondadosamente.

--No lo s yo misma... En nada.

--No tienes algn quebradero de cabeza?--le dijo una noche levantndose
y cogindola afectuosamente la barba.

--Bah, qu quebraderos de cabeza quieres que tenga en esta
aldea?--respondi Cecilia ponindose colorada, y retirando el rostro.

--Puedes tenerlo en Sarri.

--Y haba de ser tan ingrato que no viniera a verme en los meses que
hace que aqu estamos?... Ya te he dicho que yo me quedo para vestir
santos--aadi sonriendo.

--No puede ser eso--replic con calor el joven,--- no puede ser! Sera
un delito de lesa humanidad que te quedases soltera. T has nacido para
casada... No tienes ms aficiones que la de arreglar la casa, cuidar a
los nios, coser, limpiar... Sers una _perfecta casada_, como la
describe Fr. Luis de Len. No puede tolerarse que pudiendo hacer la
felicidad de cualquier hombre, te empees en ser una solterona... Mira
que son muy antipticas...

No sabemos lo que Cecilia pens en aquel momento; pero bien pudo ser una
cosa semejante a sta:--S; he podido hacer la felicidad de todos...
menos la tuya.

Alarg con un gesto de indiferencia los labios y respondi:

--Qu le vamos a hacer! Esas cualidades las tienen todas las mujeres
que no son bonitas. Las que pueden brillar, se ocupan de sus trajes, y
tienen razn.

Haba en estas palabras una irona triste, desgarradora, que Gonzalo no
pudo menos de sentir en el corazn.

--Oh, siempre ests con esa tonadilla!... Me parece que te haces la
modesta para que te regalen el odo... Demasiado sabemos todos que t
puedes brillar como la primera... Tienes unos ojos como no hay otros...
eres esbelta, elegante, distinguida; quiere usted ms, mademoiselle
Huesitos?... Lo que hay, seorita, es que usted tiene ms de aqu que de
aqu...

Y le puso primero el dedo en la frente y despus en el sitio del
corazn.

--Cuando venga alguno que sepa interesarte de verdad, ya se ver cmo
desaparecen todas esas ideas de celibato.

Cecilia levant los hombros y volvi a quedarse con los ojos extticos,
rehuyendo la conversacin.

Ya no sala tantas veces con su cuado de caza. El cuidado de las nias
reclamaba su presencia. Pero casi siempre iba a esperarle por las
tardes, unas veces sola, otras con las nias y sus doncellas. Al partir
no se olvidaba Gonzalo de decirle por cul camino tomaba:

--Hoy voy hacia Naves a ver si suelto alguna liebre.--Hoy volver por
la carretera de Nieva.--Hoy voy por el camino de Rodillero.

Estas esperas, cuando iba sola, como quiera que se alejaba de la casa,
no dejaban de ofrecer algunos peligros. Por ms que Gonzalo se los
representaba, nunca quiso hacer caso. Desde nia haba mostrado siempre
una extraa serenidad, nada femenina, para desafiarlos. Jams haba
credo en apariciones o en duendes, ni la sobresaltaban, hasta el punto
de turbarle la razn, los ruidos temerosos, ni siquiera los peligros
ciertos. En ms de una ocasin, ante una vaca desmandada o una ria de
borrachos, cuando sus compaeras huan gritando o se desmayaban, ella
sola se mantena firme y sosegada, juzgando con precisin el riesgo, y
evitndolo sin descomponerse. Tal cualidad haba contribuido no poco a
crearle aquella fama de fra y aptica que tena dentro y fuera de casa.

Lleg el mes de abril y la familia se traslad de nuevo a Sarri.
Efecturonse elecciones municipales en junio, y Gonzalo sali elegido
concejal, contra su gusto. Don Rosendo le haba impuesto este
sacrificio. Ventura, desde que entr el verano, pareca ms animada.
Sala con alguna frecuencia de casa, y su aparicin en coche
descubierto, causaba siempre cierta sensacin. La verdad es que estaba
preciosa con sus ricos trajes de luto, llegados de Pars. Por coquetera
debiera vestirse de negro, pues era incalculable lo que realzaba este
color el brillo nacarado de su tez, los reflejos dorados de sus
cabellos. Cuando iba los domingos a la iglesia para oir la misa de once,
que era la ms concurrida, nunca dejaba de levantar su presencia un
murmullo reprimido de curiosidad en las mujeres, de admiracin en los
hombres. Aquel aire de princesa que pona fuera de s a las seoras, era
lo que ms placer causaba a los caballeros. Todos convenan en que por
su belleza y elegancia, por sus modales distinguidos, se apartaba mucho
de las dems jvenes del pueblo, y hara lucido papel en los salones ms
aristocrticos. Tambin Venturita haba convenido en ello haca mucho
tiempo. La idea de irse a vivir a Madrid, trabajaba con ahinco en su
mente. Insinusela a su marido; pero ste mostr gran repugnancia a
trasladarse. No era l hombre para la corte. Los deberes sociales que
all impone la cortesa, le aburran. Haba nacido para la libertad,
para el goce que proporciona el aire libre del mar, el ejercicio
corporal, los trajes cmodos, holgados. Adems, presuma muy bien que la
renta que en Sarri les permita vivir como los primeros, en Madrid no
bastara a sustentarlos en el mismo pie, sobre todo, dada la inclinacin
de su mujer al boato. Venturita, sin embargo, estaba tan segura de
vencer esta resistencia, que no hablaba siquiera del asunto, meditando
la poca y la forma en que haban de irse.

Un suceso vino a turbar en cierto modo la vida de la familia Belinchn.
Gonzalo fu nombrado inopinadamente alcalde de Sarri, por mediacin del
duque de Tornos. Su primera idea fu rechazar aquel nombramiento,
presentar alguna excusa; pero cayeron sobre l don Rosendo y todos sus
amigos, poniendo tanto empeo y calor en que aceptase, que no tuvo ms
remedio que hacerlo. A los del Saloncillo les iba muchsimo en ello.
Verdad que se vieron defraudados, pues el nuevo alcalde no quiso de
ningn modo poner al aire los cimientos de las casas de sus enemigos,
como haba hecho Maza, ni cometer otra porcin de tropelas que le
exigan. En el mes de septiembre, cuando termin la temporada de baos,
que en la villa era animada, y comenzaba en el campo la de la caza,
Gonzalo se traslad con la familia a Tejada. Las nias se ponan aqu
muy buenas y l se diverta extremadamente. Por otra parte, no dejaban
grandes recreos tampoco en Sarri. Algo le estorbaba su cargo de alcalde
para este traslado; pero convino con sus compaeros de municipio en
venir todos los das, o por lo menos con mucha frecuencia. El trayecto
se recorra en carruaje en menos de media hora. No obstante, don Rosendo
dej abierta la casa de Sarri para que Gonzalo y l pudiesen comer y
dormir all siempre que quisieran. Venturita, pensando en marcharse a
Madrid la prxima primavera, no puso obstculo a los planes de su
marido.

Mucho se alegr ste de haber tomado aquella resolucin cuando supo que
el duque de Tornos pensaba venir el prximo mes de octubre, alegando
que con la vida de Madrid haban vuelto a exacerbarse sus padecimientos,
casi extintos mientras permaneci en Sarri. Porque all, en el fondo
del alma, y sin querer confesrselo, nuestro joven senta la mordedura
de los celos. Cuantas reflexiones se haca y argumentos poderosos a s
mismo se presentaba para tranquilizarse, no bastaban a arrancrselos del
pecho. Haba pensado, mientras el Duque estuvo por all, que ya nunca
ms se acordara de aquel rincn. La noticia de su venida fu, pues,
para l, una contrariedad, si no un disgusto serio. Y, en efecto, hacia
ltimos de octubre, no tuvo ms remedio que ir a esperarle a Lancia, en
compaa de su suegro y de otra porcin de seores, todos socios del
Saloncillo. El nombramiento de alcalde a su favor, haba constitudo al
magnate en protector decidido de este partido. Alojse con su secretario
en la fonda de la Estrella, y comenz a hacer la vida de ejercicio que
tan bien le sentaba, segn deca (y as era la verdad). Muchos das
buenos sala de pesca o de paseo; otros iba de caza o montaba a caballo.
Esta vez no haba trado ms que dos, uno de tiro para un tlburi, y
otro magnfico de silla. El secretario, cuando iba de paseo, montaba en
uno que don Rosendo haba puesto a su disposicin.

Con la familia de ste mantena cordiales relaciones; pero slo haba
ido a Tejada tres veces en quince das. Como Ventura y Cecilia solan
venir a Sarri a menudo, aqu las vea y hablaba, por ms que hua de
acompaarlas pblicamente. Gonzalo, desde que llegara, lea asiduamente
_El Joven Sarriense_, que se publicaba ya tres veces a la semana, lo
mismo que _El Faro_. Lo lea para apaciguar un poco la inquietud que
senta. Porque siempre estaba temiendo alguna gacetilla injuriosa como
la que tanto le haba hecho padecer el verano anterior. En los primeros
nmeros, despus de la llegada del magnate, _El Joven_, francamente
hostil ya a l, se contentaba con ridiculizarle bajo nombres
transparentes, como pintor y pescador, y hasta como hombre poltico,
insinuando la idea de que el Duque era un personaje desprestigiado de
Madrid, rechazado por la corte y sin influencia con el Gobierno. Sac a
luz algunas ancdotas de su vida, en que no haca muy honroso papel, y
hasta la emprendi con sus trajes y corbatas, no perdonando medio para
hacer reir a su costa. Don Jaime no lea tal papelucho; pero habindole
indicado Pea algo de lo que deca contra l, sonri malvolamente y
escribi al gobernador de la provincia pidindole que aprovechase el
primer pretexto para suprimirle. Los del Saloncillo saban de esta carta
y esperaban con ansia y fruicin el golpe.

Al fin la envenenada flecha que tanto tema Gonzalo, vino a clavrsele
en el corazn. No fu una gacetilla, sino un cuento que figuraba pasar
en Escocia, donde bajo nombres ingleses, salan a relucir l, su esposa,
el Duque, don Rosendo y otras personas conocidas, para vejarlas y
ponerlas atrozmente en ridculo. Entre otras cosas, se deca que
mientras el _sheriff_ (l, sin duda alguna) cumpla con extremado celo
los deberes de su cargo, lord Trollope (el Duque) cumpla por l los
deberes de esposo cerca de su bella mitad. Gonzalo sinti el mismo
escalofro de dolor y de ira que la vez pasada. Pero ahora, aleccionado,
se propuso dominarse, cerciorarse de si aquella maligna insinuacin
tena algn fundamento, y si por desgracia esto sucediese, tomar una
venganza cumplida, y que fuese sonada. Gran trabajo le cost disimular
la emocin que le embargaba. No estaba avezado a ocultar sus
sentimientos. Mas el vivo deseo de salir de dudas, le ayud
poderosamente. Lo nico que se not en su casa fu que andaba un poco
ms triste y distrado. Se dedic durante algunos das a observar a su
esposa, no perderla de vista un instante; pero nada encontr que pudiera
dar pbulo a sus sospechas. Al mismo tiempo, estudiaba si el Duque poda
avistarse con ella y de qu manera. El resultado de sus investigaciones
fu que slo cuando l vena a las sesiones del ayuntamiento, poda
darse esto caso. De da, sumamente difcil, porque no era el Duque
persona que pudiera pasar inadvertida. Fijse, por tanto, en las horas
de la noche, cuando l se quedaba a dormir en la villa.

Resolvi saber de una vez la verdad. Para ello, anunci con dos das de
anticipacin a la familia, que el viernes deba dormir en Sarri, a
causa de una sesin del ayuntamiento, que presuma haba de ser
borrascosa. De nada menos se trataba que del nombramiento de uno de los
dos mdicos del partido, que la corporacin municipal pagaba. Los de
Maza tenan su candidato y los de don Rosendo tambin. La lucha estaba
empeadsima, no por razn de los votos, que estaban perfectamente
contados de antemano, sino porque los del Camarote, que haban de
resultar vencidos, tenan preparada una zancadilla parlamentaria, para
inutilizar al candidato de sus enemigos, por faltarle algunos meses de
prctica, para llenar el tiempo que el municipio haba impuesto como
condicin a los pretendientes.

El da de la gran prueba, Gonzalo estuvo muy agitado. Haba tratado de
inquirir con disimulo, si algn criado de la casa estaba comprometido, o
por lo menos saba algo. Nada encontr tampoco que lo hiciera presumir.
Almorz sin apetito. En cuanto tom caf mand enganchar y se fu en
compaa de su suegro. La sesin del ayuntamiento dur hasta las diez de
la noche. A esa hora se retir a casa y don Rosendo tambin, el cual
encontraba a su yerno harto distrado y preocupado. Gonzalo se
disculpaba diciendo que le irritaba mucho la bilis la conducta de los
amigos de Maza. Furonse a dormir. A eso de las once, cuando todo estaba
en silencio, nuestro joven sali sigilosamente de casa y emprendi a pie
por el camino de Tejada. La noche estaba nublada, pero no muy obscura.
La luz de la luna se cerna al travs de la capa de nubes, dejando bien
percibir los objetos a corta distancia. Caminaba con premura, apoyndose
en un grueso bastn de estoque. Adems llevaba en el bolsillo un
revlver. Senta una tristeza profunda. Aquella prueba que iba a hacer
le causaba temor y remordimientos a la vez. Si su mujer era culpable,
qu horrible tragedia la que se preparaba! Y si no lo era, l cometa
una bajeza sospechando de su honradez. Iba con el mismo recelo que el
ladrn que va a asaltar una casa, ocultndose detrs de las paredes de
la carretera en cuanto senta pasos, estremecindose si escuchaba una
voz, por lejana que fuese. La idea de que algn conocido le viese a
aquellas horas caminando a pie, le causaba gran vergenza, dando por
seguro que haba de adivinar su intencin. El aire era fresco y le
penetraba hasta los huesos, aunque rara vez haba sentido fro en su
vida. Los rboles, como negros fantasmas alineados a lo largo de la
carretera, dejaban salir de sus copas blando rumor melanclico. Debajo
de uno de ellos crey percibir un bulto que se mova y salt a los
prados, temiendo tropezarse con alguien que le conociese. Mir por
encima de la paredilla y vi una vaca acostada rumiando tranquilamente.
Ms all, al pasar por delante de la casa de un labrador, se abri
repentinamente una ventana y apareci el bulto de una mujer. Ech a
correr desaforadamente buscando la sombra de los rboles. A medida que
avanzaba, el corazn se le oprima. Mil encontradas ideas batallaban en
su mente. Tan pronto recordando los deliciosos detalles de sus primeros
meses de matrimonio, las palabras dulces, las pruebas ostensibles de
amor que su mujer le diera, su mujer, cuyos defectos eran los de todas
las nias demasiado mimadas, se pona a imaginar que estaba bajo el
poder de una maldita alucinacin, una de las mil infamias que los
enemigos de su suegro haban inventado para hacerles dao, y estaba a
punto de volverse a Sarri y meterse nuevamente en la cama; como
apreciando y pensando los motivos que tena para sospechar de ella,
aquella grave escena que determin la salida del Duque de la casa de sus
suegros, su frivolidad y coquetera, la denuncia aunque embozada
persistente del peridico enemigo, se le encenda la sangre de golpe y
apretaba vivamente el paso. Oh, desgraciados de ellos si era verdad!
Ms les vala no haber nacido! Y apretaba con mano crispada el bastn
y tiraba del estoque para cerciorarse de que estaba all pronto a
obedecerle. No se le ocurri ni una vez acariciar el revlver.
Necesitaba a toda costa ver la sangre de los traidores.

Cuando llevaba la mitad del camino andado prximamente, sinti detrs de
s el galope de un caballo. Sin saber por qu, le di un vuelco terrible
el corazn. Se apresur a saltar a los prados y aguard con ansiedad
mirando sigilosamente por encima de la pared a que el jinete pasase. No
transcurrieron dos minutos sin que en efecto cruzase por delante de l
como un relmpago. Pudo reconocer perfectamente el magnfico caballo
alazn del Duque. A ste no pudo distinguirle porque iba envuelto en un
capote, con un gran sombrero calado hasta las narices. Pero si los ojos
no, el corazn lo vi con toda claridad. Qued yerto, pegado al suelo.
Sinti un desfallecimiento singular en las piernas como si fuese a caer.
Mas prontamente la sangre hirvi dentro de su brioso temperamento de
atleta. Tendironse sus msculos acerados y salt sin tocar con las
manos la paredilla de seis pies que cerraba la finca. Cay en medio de
la carretera. Sin detenerse un punto, emprendi una carrera vertiginosa,
loca, detrs del caballo, como si tuviese la absurda pretensin de
alcanzarle. Aunque su aliento era grande, sin embargo, se le concluy
mucho antes de llegar a la quinta. Necesit pararse tres o cuatro veces.
Por fin lleg a la verja. Entr por la puerta de hierro, que slo estaba
llegada. Ech una mirada en torno y vi el caballo del Duque atado a un
rbol. Sigui precipitadamente, pero cuidando de no hacer ruido, por una
de las avenidas orladas de conferas que conducan a la casa. Como
conoca todas las entradas, no se dirigi a la puerta cuyo llavn
llevaba consigo. Tema que algn criado le sintiese. Escal por una
parra que adornaba el balcn del cuarto de su suegro, que sola quedar
abierto cuando l no dorma en casa. Por desgracia estaba cerrado.
Entonces sac el estoque, y metindolo por la rendija de la puerta logr
levantar el pestillo y entr.

Una persona le haba visto: Cecilia. En una de las noches anteriores,
sta, cuya habitacin estaba prxima a la de sus hermanos, haba credo
sentir ruido por la noche y se haba levantado. Mir al travs de los
cristales hacia la huerta y vi a Pachn, el criado, en compaa de otro
hombre a quien no pudo conocer. Sin embargo, concibi una viva sospecha
que la aterr. El modo de andar de aquel hombre, de quien no perciba
ms que el bulto, no era de un campesino. Gonzalo dorma aquella noche
en Sarri. Adems, su cuado era mucho ms alto. Fuertemente
sobreexcitada por una idea espantosa, se acost otra vez, pero no logr
dormir. Todo el da siguiente estuvo triste y preocupada. Al cabo logr
dominarse y resolvi en su interior vigilar a su hermana y saber de
cierto si eran quimeras o realidades lo que pensaba. Al efecto, no
perdi de vista a Pachn. Observ que el da mismo que Gonzalo haba de
dormir en Sarri, fu a este punto con una comisin de Ventura, aunque
l no era el encargado de hacer la compra. Cuando lleg quiso ver lo que
traa. Era una novela francesa que no pudo tener en las manos porque
Ventura se apoder de ella al instante y se fu a su cuarto. No le cupo
duda de que el libro traa entre sus pginas alguna carta. Se propuso
entonces no dormirse aquella noche y saber de una vez la verdad. Despus
de comer cosi un rato mientras Ventura lea a la luz del quinqu. En
cuanto sonaron las diez ambas hermanas se retiraron a sus respectivas
habitaciones. Cecilia se ech una manta por encima de los hombros, apag
la luz y se sent detrs de los cristales del balcn. Esper una, dos
horas. A las doce, prximamente, de la noche percibi entre los rboles
dos sombras. Aunque con dificultad, reconoci a Pachn y al hombre de la
noche pasada, que esta vez advirti bien que era el Duque. Las dos
sombras desaparecieron al instante entre los rboles cercanos a la casa.
Qued petrificada. Una ola de indignacin, que se form en su pecho,
subi a los labios y exclam:--Qu infame! qu infame!--Sigui sentada
en la silla y con la sien pegada al cristal, aturdida, llena de
confusin y vergenza como si ella fuese la culpable. Al cabo de algunos
minutos, estando con la mirada fija, atnita, en el parque vi correr
otra sombra con extraa velocidad hacia la casa. No pudo reprimir un
grito de espanto. Qued en pie como si la hubieran alzado con un
resorte. Luego, trompicando en la obscuridad con los muebles y las
paredes se dirigi al cuarto de su hermana. Se hallaba en tinieblas.
Vacil un instante en llamar: mas de repente se le ocurri seguir
adelante pensando que Ventura no poda delinquir tan cerca de ella y las
nias. A los pocos pasos, al revolver la esquina de un pasillo vi
claridad. Corri hacia ella. En el gabinete persa, que era una rotonda
aislada en cierto modo de la casa, haba luz. Di dos golpecitos a la
puerta diciendo por el agujero de la cerradura:

--Soy yo, Ventura. Abre! Gonzalo est ah.

La puerta se abri, en efecto. Apareci Ventura ms plida que una
muerta. El duque de Tornos estaba en el otro extremo, y se diriga a una
ventana para saltar por ella. Cecilia corri hacia l y le sujet por
los brazos.

--No, eso no! No se consigue nada... Ventura, escapa... Hacia la
cocina!... Gonzalo sube por el cuarto de pap.

La joven hablaba en falsete con tono imperioso, la mirada fulgurante.

Ventura no se lo hizo repetir. Sali con precipitacin del gabinete.

Cecilia entonces arrastr al Duque con fuerza hacia uno de los divanes,
y le dijo:

--Sintese usted.

El magnate la mir demudado, y pregunt:

--Para qu?

--Sintese usted, le digo!--pronunci con rabia la joven, y al mismo
tiempo, ponindole las manos sobre los hombros, le empuj hacia abajo.

El Duque se sent al fin. Acto continuo, Cecilia lo hizo sobre sus
rodillas; le ech los brazos al cuello; reclin su cabeza sobre la del
noble, llegando a poner los labios sobre su rostro.

En aquel momento se oyeron pasos precipitados en el corredor. Se abri
la puerta violentamente, y apareci Gonzalo con el estoque desenvainado.
Cecilia volvi la cabeza y di un grito. El joven retrocedi asustado al
reconocer a su cuada. Solt el arma que empuaba, empuj otra vez
apresuradamente la puerta, y se fu tropezando, lleno de confusin,
hacia su cuarto matrimonial.

Ventura estaba leyendo tranquilamente a la luz de un quinqu. Al ver a
su esposo delante, se levant asustada.

--Qu es eso? Cmo ests aqu?

Cualquier actriz le comprara de buena gana aquella actitud y la
inflexin de la voz.

Gonzalo se detuvo cortado, sin saber qu decir. Sali del compromiso
exclamando:

--No sabes el escndalo que est pasando en nuestra casa?

--Qu ocurre?--profiri la joven viniendo hacia l, con la faz tan
desencajada, que si Gonzalo tuviese un temperamento observador,
comprendera que no poda ser solamente por su presencia.

Cerr la puerta y le dijo al odo:

--Tu hermana est en el gabinete persa con el Duque!... No sabes
nada?... Di la verdad--aadi cogindola por la mueca.

Ventura se confundi, vacil, tembl, baj los ojos admirablemente. Al
fin dijo:

--Cmo quieres que yo lo sepa, Gonzalo?

--No mientas, Ventura!--exclam con ademn furioso. En el fondo senta
una alegra inmensa, infinita.

--Te digo la verdad... No lo saba... Pero sospechaba algo... Por eso me
asust... Cuando t entraste, estaba pensando en ir al cuarto de
Cecilia, a ver si estaba en l...

--Qu atrocidad! Qu escndalo!... Pero ese infame!... Es menester
tomar una determinacin... Debe concluir esto, sin que nadie se
entere...

--S, s... Pero qu quieres que hagamos?

--Yo no s... Hablar a tu padre... No, a tu padre, no... El pobre
recibira un golpe mortal... Hablar al Duque... Ya veremos si se
resiste!

Justamente en aquel momento oyeron ruido en el cuarto contiguo.

--Cecilia entra en su habitacin--dijo Ventura.--Voy ahora mismo a
hablar con ella. Todo terminar y quedar en secreto... No quiero que t
te comprometas, Gonzalo mo--aadi echndole los brazos al cuello.

Gonzalo hizo un gesto de desdn.

--No, no; no quiero. Es mejor que yo hable con Cecilia... Agurdame un
instante...

Su marido la detuvo al tiempo de salir, y la dijo en voz baja:

--No digas palabras feas. Procura estar prudente... El infame es l, que
se ha aprovechado de su estancia en nuestra casa... Qu miserable!

Ventura sali del cuarto y se dirigi al de su hermana temblando de
susto. La heroica joven, cuando aqulla abri la puerta, estaba en pie
en medio de la habitacin, con los brazos cados y la vista fija en el
suelo. Ventura cerr la puerta cuidadosamente, y se dirigi a abrazarla,
murmurando con voz trmula:

--Oh hermana ma, gracias, gracias!

Pero Cecilia la rechaz brutalmente con un gesto de orgulloso desprecio,
exclamando:

--Lo he hecho por l; no por t!




XVIII

DONDE TIRA DOA BRGIDA DE LA MANTA


Cecilia no volvera ms. Comprenda la fealdad de su conducta.
Arrepentase de haber dado ocasin para que los enemigos de Gonzalo le
injuriasen, dudando de la honradez de su esposa. Daba su palabra y haca
juramento solemne de que aquellas escandalosas citas nocturnas no se
repetiran. Tal fu el recado que aquella noche trajo Ventura a su
marido.

En los das que siguieron, ste no se mostr irritado, ni aun severo con
la delincuente. Toda su clera y malquerencia eran para el Duque. Le
acusaba de haber abusado inicuamente de la confianza de su suegro para
despertar en la pobre Cecilia pasiones que siempre haban estado
dormidas. Tratbala con afabilidad, hasta con mimo, lo mismo que a un
nio enfermo, queriendo persuadirla a que no haba perdido nada de su
afecto. Mas esta amabilidad era tan humillante para ella, vease detrs
un hombre tan satisfecho, tan alegre de su culpabilidad, que la joven la
rechazaba con aspereza: no lograba, por muchos esfuerzos que haca,
aparecer sensible a tal generosidad. Encerrbase en su cuarto sin
atender como antes al cuidado de las nias: apareca tan seria y
reservada a las horas de comer, que lleg a despertar la atencin de don
Rosendo, con hallarse este gran patricio ms que nunca absorto en la
alta direccin de la batalla del pensamiento que se libraba en Sarri.
Y con la perspicacia que le caracterizaba, en seguida comprendi que se
trataba de un decaimiento fsico y moral, procedente de la vida
montona de la aldea. La juventud pide lo suyo, y hay que drselo.

--T ests mal, Cecilia. Te veo plida y triste. Necesitas salir de aqu
y vivir con ms expansin, en un medio ms a propsito para los jvenes.
Iremos a pasar un par de meses de primavera a Madrid. En la aldea te
asfixias, como un pjaro dentro de la campana de una mquina neumtica.

Este gran pensador tena a veces smiles felices, arrancados como el
presente a las ciencias fsico-naturales. En la viveza con que la joven
acept el ofrecimiento, entendi que, como siempre, haba dado en el
clavo.

Ventura apareca como antes. La terrible escena que haba pasado, el
sacrificio de su hermana y su justo desprecio despus, no haban dejado
huella en su vida. Haca lo mismo que antes. Se mostraba tan cuidadosa
de su persona y descuidada de las otras como siempre lo haba sido. Sin
embargo, cuando se encontraba con la mirada clara y penetrante de su
hermana, bajaba la suya prontamente. Desde la noche del suceso, hua de
encontrarse a solas con ella. Era bien fcil, porque Cecilia tampoco
tena deseo alguno de cruzar la palabra con la infiel.

Gonzalo, enteramente seguro ya de ella, gozaba de esta seguridad con
deleite. Entre los esposos haba habido con tal motivo una
recrudescencia de cario. Ventura le haba exigido que nunca ms
volvera a dormir fuera de casa. El lo prometi solemnemente. Pensando
en la falta de su cuada, se repeta con frecuencia:

--Del agua mansa me libre Dios, que de la corriente me librar yo. Y
desde entonces no slo perdonaba a su mujer aquella ligereza y
frivolidad, aficin al lujo y carcter altanero que tanto le haban
disgustado, sino que lleg a ver en estos defectos una garanta de su
fidelidad. No hay nadie sin defectos, se deca, y es preferible que
tenga stos al que yo haba imaginado.

Cinco o seis das despus del suceso relatado, _El Joven Sarriense_
insertaba una gacetilla donde prfidamente se insinuaba la misma idea
que le haba obligado a hacer aquella memorable excursin nocturna a
Tejada. La ley sin emocin, con la sonrisa en los labios, burlndose en
su interior del engao que sus enemigos padecan. Sin embargo, como al
fin y al cabo era una injuria la que vena all escrita, resolvi
castigar a los insolentes, aunque no de un modo trgico. Por la noche se
introdujo sbitamente de modo sigiloso en la redaccin del _Joven
Sarriense_. No estaban all a la sazn ms que tres redactores. Uno de
ellos era el traidor Sinforoso Surez. Sin decirles una palabra, cay
sobre ellos a puadas y puntapis, con tal maa y coraje, que no
pudieron hacer resistencia. Cuando alguno se levantaba del suelo, un
tremendo revs a mano vuelta le tumbaba de nuevo. No slo los tumbaba a
ellos, sino tambin las mesas y los armarios, haciendo mayor destrozo
que un terremoto. Cuando se cans de sacudirles la badana, sali muy
tranquilo a la calle riendo. Acuda ya a las voces de socorro alguna
gente; pero l les dijo:

--Nada, seores, que se estn pegando ah arriba los redactores del
_Joven_... A ver, guardia, suba usted y diga a esa gente que si
continan dando escndalo me voy a ver precisado a mandarles a la
crcel.

Cuando se supo la verdad del caso, se ri mucho esta salida. Los del
Camarote se pusieron frenticos. Pero Gonzalo, no tanto por su cualidad
de alcalde, como por sus puos terribles, inspiraba tal respeto, que al
fin se resignaron a quedarse con la justsima paliza que a tres de sus
colegas les haban administrado.

Pas el Carnaval sin gran animacin. Ya no se formaban en Sarri
aquellas celebradas comparsas y cabalgatas, que llamaban la atencin de
toda la provincia, y hacan de esta villa una Venecia en miniatura.

En otro tiempo, todos los vecinos tomaban parte en aquella inmensa,
desenfrenada alegra. Los ricos no slo proporcionaban sus coches y
caballos, sino tambin abran suscripciones para encargar trajes
lujossimos a Madrid. Estas comparsas iban arrojando anises, almendras y
caramelos a los balcones, sin darse punto de reposo. Los bailes del
Liceo, si no tan brillantes, eran tan animados y divertidos como los que
se celebran en los palacios ms opulentos de la corte. Oh, el Carnaval
de Sarri! Quin en la provincia septentrional, donde estos sucesos se
efectan, dejar de tener recuerdos vivos y gratos de l!

Pero con la lucha poltica entre gelfos y gibelinos, entre los del
Saloncillo y los del Camarote, todo se haba hudo. Cada cual se
encerraba en su casa. Slo se vea por la calle tal cual empedernido
mscara haciendo las delicias de un enjambre de chiquillos que le
seguan. Los esfuerzos titnicos de don Mateo no haban bastado tampoco
a prestar animacin a los bailes del Liceo. En vano iba conferenciando
con todas las nias casaderas de la poblacin, para arrancarles la
promesa de asistir, lo cual, en verdad, no le costaba gran trabajo. Mas
en cuanto el pap se enteraba, frunca el entrecejo y deca gravemente:

--Ya veremos, don Mateo, ya veremos.

Este veremos significaba, las ms de las veces, una prudente abstencin.
Podan estar all Fulano o Mengano, con los cuales, el buen pap, no
quera compartir ni la atmsfera.

El ao anterior, don Mateo haba tratado de resucitar el antiguo baile
de Piata, de imperecederos recuerdos para todo buen sarriense, que se
celebraba en el primer domingo de cuaresma. El alcalde, que era a la
sazn Maza, bajo el pretexto religioso, y tratando de halagar a los
beatos de la villa, neg el permiso para efectuarlo. Este ao, el
incansable viejo volvi a la carga con ms ardor. Gonzalo no tuvo
inconveniente alguno en permitirlo. Luego se di tan buena maa para
alborotar a la poblacin, anunciando extraordinarias sorpresas, que
haban de salir de un famoso globo encargado a Burdeos, que consigui
inspirar vivos deseos en todos de acudir aquella noche al Liceo. Por
primera vez en Sarri, despus de unos cuantos aos, el saln de esta
sociedad prometa estar muy concurrido. Los das que precedieron a aquel
domingo, las muchachas y muchachos, o como se deca entonces, las pollas
y pollos, lograron sofocar con sus plticas y preparativos el
desagradable zumbido de la poltica. Fu como un momento de respiro de
la aburrida villa. Venturita, en cuanto tuvo noticia de que se preparaba
un baile de verdad, se apresur a encargar a la modista un lujossimo
vestido, para disfrazarse de Isabel de Inglaterra y otro para Cecilia,
de dama de Luis XV. Esta se haba resistido bastante a ir al baile. Fu
tanto, no obstante, el empeo que Gonzalo puso en ello, sin duda para
distraerla un poco de la melancola en que haba cado, que, al fin,
cedi. Con ir a Sarri a probarse los trajes y dar instrucciones a la
modista, se distrajeron algunas tardes.

Lleg el esperado domingo. Gonzalo, que estuviera ocupado toda la
maana, almorz en Sarri. Cerca ya del obscurecer se volvi a Tejada
con el objeto de comer con la familia y traer a su mujer y cuada al
baile. Cuando lleg, stas se estaban vistiendo ya en sus respectivas
habitaciones. Ambas se presentaron en el comedor un poco despus de la
hora acostumbrada, primorosamente ataviadas. Cecilia, como suele
acontecer a todos los temperamentos serios cuando se animan sbitamente,
estaba encendida y locuaz. Pareca haber sacudido las ideas negras que
tanto obscurecan su rostro en los das anteriores. Gonzalo, antes de
ponerse a la mesa, brome graciosamente, tanto con ella como con su
mujer. Mientras dur la comida no dej de reirse a su costa con aquella
ruidosa y cordial alegra que le caracterizaba.

--Vuestra majestad no quiere un poco de chorizo?--deca dirigindose a
su esposa. Y luego, regocijado por su frase, soltaba una larga y sonora
carcajada, como las que deban lanzar los reyes brbaros en sus
festines, sacudiendo su enorme trax con temerosas convulsiones. Su
alegra de hombre sano y bien equilibrado era comunicativa. Nadie dejaba
de reirse cuando a l se le ocurra hacerlo. Aquella noche Ventura
estaba muy amable y daba palmetazos en las espaldas a su marido
pidindole que callase, que no poda comer en paz. Despus que
concluyeron, cuando estaban tomando el caf, sea por haberse redo
demasiado o por cualquier otra causa, la joven esposa se sinti mal del
estmago. La comida le haba hecho dao. Dijo que tena ganas de
devolverla. Y en efecto, se fu a su cuarto y al poco rato volvi
diciendo que haba arrojado y le dola la cabeza. Se le hizo te. Estuvo
reposando sobre un divn algn tiempo; mas el dolor y la incomodidad no
desaparecan.

--Mirad; idos vosotros al baile. Yo me voy a meter en la cama--dijo
levantando la cabeza.

Cecilia, por cuya mente cruz sbito una sospecha, respondi:

--No; yo me quedo tambin.

--Qu tontera!--exclam la enferma.--Vais a privaros de la nica
diversin que hay en Sarri hace tiempo, por una cosa tan ligera?

--S--replic Cecilia con la misma gravedad.--Yo me quedo.

--Pero, mujer, si sabes que esta incomodidad la padezco yo a menudo! Es
un poco de bilis. En cuanto duerma cuatro o cinco horas estoy buena.

--Pues yo me quedo.

--Pues me obligars a m a ir enferma y todo--dijo con impaciencia,
levantndose.

--Tiene razn Ventura, Huesitos--dijo Gonzalo cogiendo a su cuada por
los hombros y sacudindola cariosamente.--Esto no es nada; lo ha tenido
cien veces. Por qu te has de privar t de ir al baile?... Ea, ea, a
tomar el abrigo. Ramn ya ha enganchado. Son ms de las nueve y
media--aadi empujndola hacia la puerta.

Cecilia no pudo resistirse. Antes de salir dirigi una penetrante mirada
a su hermana, que sta se apresur a evitar sentndose de nuevo.

Abajo les esperaba ya, en efecto, Ramn, con el familiar enganchado.
Llevaban el carruaje mayor que tenan. Don Rosendo y Pablito, que se
haban quedado a comer en Sarri, volveran probablemente con ellos a la
madrugada. Durante el trayecto, Gonzalo se mantuvo alegre y hablador,
dando matraca a su cuada, la cual estaba taciturna en demasa. El joven
crea que el recuerdo de la fatal escena que narramos la atormentaba, y
haca vivos esfuerzos por distraerla.

La sociedad del Liceo se hallaba establecida en la nica ala sana de un
viejo convento derrudo. Primero haba sido escuela; mas cuando el
ayuntamiento edific el nuevo local, haca ya algunos aos, la sociedad,
que tena uno malsimo, se traslad a ste, previo un arreglo o
restauracin que dirigi don Mateo y cost muy buenos cuartos. Los
trabajos, sin embargo, se limitaron casi exclusivamente al saln de
baile y la escalera. La secretara, el despacho del presidente, la sala
de ensayos de la orquesta, eran amplias y desnudas cuadras, con el
pavimento de madera podrido y roto, y las paredes blanqueadas.

La escalera estaba bien iluminada y adornada con macetas de flores, que
atestiguaban el celo y el gusto de don Mateo. Gonzalo y Cecilia la
subieron de bracero. Al llegar arriba atravesaron una vasta antesala
donde gran nmero de jvenes se apresuraron a abrirles paso y saludarles
con la familiaridad que se usa en los pueblos pequeos. En el saln
haba ya bastantes damas, todas disfrazadas, aunque la mayor parte de
ellas, como Cecilia, sin mscara. Para los sarrienses era aquello una
sorpresa. En los cinco ltimos aos, los bailes del Liceo parecan
visitas de psame. Media docena de seoritas ms o menos jvenes, con
los hombros y el pecho al aire, el rostro muy empolvado, departiendo en
voz baja all en un ngulo del vasto saln, mientras a su lado las
mams sacaban tiras de pellejo a alguna amiga ausente. Otros tantos
pollos dando vueltas en la antesala, el aire triste, la mirada opaca,
abrochndose mutuamente los guantes con las horquillas de sus hermanas.
Generalmente eran los mismos. Cada pollo bailaba dos o tres polkas,
rigodones o lanceros con las hermanas de sus amigos. A las doce o doce y
media salan todos en pelotn, remangndose los pantalones y las faldas
respectivamente, y guarecindose debajo de los paraguas, charlando en
voz alta al travs de las calles solitarias y hmedas. Los vecinos, a
quienes el sueo no tena presos, decan:--Ahora salen del Liceo. Esto
era todo. Don Mateo, firme, indomable, conservaba tenazmente, con
amoroso esmero, este exiguo rescoldo del fuego del placer.

Gracias a su perseverancia, aquella noche se convirti en viva y animada
hoguera. La juventud de la villa tuvo fuerzas para arrollar las ruines
pasiones que agitaban los pechos de sus paps, y entr en aquel
solitario saln como un torrente desbordado, hacindolo resonar con sus
risas y plticas, con chillidos horrsonos:

--Alvaro, me conoces? me conoces? Por qu no te casas? Mira que ya
vas caminando para Villavieja.

--Periquito, te gusto?... Que alce la careta?... Para qu lo
necesitas? T no te enamoras de las caras y haces bien. Teniendo de
aqu... y de aqu! Eh? Adis, adis, Periquito.

--Hola, Delaunay... Hola, _monsieur_. Cmo va ese tranva areo? Qu
cosas se te ocurren! Qu gran cabeza tienes! Lstima que seas tan
desgraciado! Dicen que no eres hombre prctico. Sin embargo, supiste
arreglar a la hija del Rato... Adis, adis...

--Qu tal, Sinforoso? Cundo te dan la mano de Cipriana?... Bien te
hacen penar, hombre. Por qu no los amenazas con pasarte otra vez al
Saloncillo?

Haba muchas seoras con domin negro, que eran las que daban estas
bromas, demasiado vivas a veces. La mayor parte de ellas eran viejas. A
las jvenes, les gustaba mostrar el palmito y la esbeltez de su talle,
con algn traje histrico. Haba damas venecianas, romanas, del bajo
imperio, hebreas, de la poca de Luis XV, del Directorio, de Felipe II,
y hasta pasiegas de los tiempos ms recientes. Haba tambin, algunas
gitanas, nigromnticas y cautivas. Veanse trajes caprichosos y
romnticos, que no admitan clasificacin; uno de _noche estrellada_,
otro de tulipn, otro de paloma viajera con una cartita al cuello. Los
hombres en general no llevaban disfraz: vestan la larga y desairada
levita, que slo sala a relucir en ocasiones como sta. Sin embargo,
veanse algunos con domin, que les serva para acercarse y hablar a sus
novias, sin peligro de ser interrumpidos por las mams. Un grupo de
jvenes afiliados al Camarote, que venan de este modo, haban tenido la
feliz ocurrencia de disfrazar a don Jaime Marn de maragato. Cuando le
tuvieron vestido de esta suerte, le dijeron que mejor que careta,
convena que se pintase; a lo cual l se prest. Tom un chico el pincel
y la caja de pinturas, y fingiendo que le embadurnaba con mil colores,
le pase el pincel largo rato por la cara, mojado en agua solamente.
Pidi Marn un espejo para verse. Los maleantes jvenes tuvieron buen
cuidado de no proporcionrselo. Todo se volva gritar:--Pero qu bien
est usted, don Jaime! qu horrorosamente pintado! Ni la madre que le
pari puede conocerle. Bajo la fe de esta palabra, el buen Marn se dej
llevar al Liceo. Sus amiguitos le aconsejaron que no dejase de dar
bromas a ciertas seoritas; a lo que l contestaba, que seran como
sinapismos. Y en efecto, as que entr en el saln, comenz a dirigirse
a las muchachas gritando con voz de falsete:

--Hola, Rosarito, dnde has dejado a Anselmo? Ya sabemos que todas las
noches a las diez le tiras una cartita por el balcn.

--Pero, don Jaime!--exclamaba la nia mirndole con sorpresa.--Usted
cmo viene as?

--Diablo! Ya me ha conocido--deca el buen Marn alejndose.

Dirigase inmediatamente a otra, y pasaba lo mismo.

--Es particular--concluy por decirse.--Todas me conocen al instante...
Ser por la voz, porque lo que es pintado, lo estoy de rdago!

Cuando estaba hacindose esta reflexin, una mano huesuda le agarr por
detrs.

--Gran burro, bobalicn, zoquete, quin te ha metido aqu de este modo?

Era su amada compaera, la ingeniosa y severa doa Brgida.

--Anda, bestia, anda, que siempre has de servir de payaso en todas
partes!

Y a empujones lo fu sacando del saln. La buena seora, que vena
disfrazada con domin y careta, luego que le dej en la antesala con
orden expresa y terminante de irse inmediatamente a casa, se volvi a
meter en el centro del baile, donde tena un asunto de importancia que
resolver, como luego veremos.

Rodeado por un grupo de mscaras estaba el simptico don Feliciano
Gmez. Su gran pirmide de cabeza monda y reluciente, descollaba
soberbia por encima. Eran mujeres las que formaban crculo en torno
suyo, armando algaraba insufrible. Las bromas que le prodigaban tocaban
a menudo en la injuria.

--Feliciano, milagro que te han dejado venir al baile tus hermanas! A
qu hora te han mandado retirarte? Dicen que doa Petra te castiga
cuando llegas tarde, es verdad? Pobre Feliciano! Qu severas son tus
hermanas! Ya que no te han permitido casarte, debieran darte un poco ms
de libertad.

El bravo comerciante, sin ofenderse, contestaba con sonrisa bondadosa a
aquellas arpas. Al fin, cansadas de su paciencia, le dejaron en paz.

El adorable Pablito, vestido correctamente de frac, con una flor blanca
en el ojal, llevaba a cabo mientras tanto la conquista de cierta hermosa
hebrea, hija de un comandante de artillera que acababa de llegar. La
pobrecilla, al ver rendido a sus pies al joven ms rico y ms apuesto
de la villa, dejaba escapar por todos los poros de su lindo rostro
ruborizado, el gozo ntimo que le embargaba. Qu sonrisas, qu gestos
tan expresivos! Las muchachas de la poblacin la miraban con expresin
de burla. Aquellas miradas decan:--Goza, goza un poco, infeliz, que
pronto vendr el desengao.

Pablito, inclinado, sumiso, la verta al odo frases ardientes e
ingeniosas como stas:

--Ayer cuando vena de Tejada, la he visto a usted con su pap, tan
guapetona como siempre.

--Qu guasn! Tambin yo le vi. Vena usted en coche abierto. Gua
usted muy bien.

--Es favor, Carmencita. Guiar ahora esos caballos no tiene nada de
particular, lo hace cualquiera. Si los viera usted cuando los compr!
El cochero de don Agapito los haba echado a perder enteramente; sobre
todo el Gallardo, el de la izquierda, sabe usted? un poco ms obscuro
que el otro... Aqul era una cosa perdida. Si cae en otras manos, a
estas horas no vale dos pesetas. Hoy es mejor que el otro todava...
Cuestin de paciencia, sabe usted?--aadi con fingida modestia.

La linda hebrea protest:

--Vamos, no se haga usted el pequeo, que ya sabemos que lo hace usted
muy bien.

--Paciencia y un poco de costumbre--repiti Pablito bandose en agua de
rosas.

Despus le explic con toda latitud lo que en su concepto constitua un
buen cochero. La mano suave y firme al mismo tiempo, el ojo vivo,
castigar fuerte cuando hace falta, pero sin irritarse; luego un gran
conocimiento de lo que son los caballos. Sin el estudio atento y
reflexivo del temperamento de estos animales, imposible guiar
regularmente. Carmencita le escuchaba embelesada.

A Cecilia se le haba acercado, poco despus de entrar en el saln, Paco
Flores, aquel ingeniero que pidi su mano por mediacin de Gonzalo.
Desde que la joven le diera calabazas, l, que, como hemos visto, slo
buscaba una mujer modesta, hacendosa y con algn dinero, se haba
enamorado de ella y la persegua a sol y sombra. En Sarri, al ver la
persistencia del ingeniero en festejar a la primognita de Belinchn, se
crea que apeteca slo con ansia la dote. Era un error. Flores se haba
llegado a enamorar de veras. Si Cecilia se quedase pobre repentinamente,
lo mismo la hara su mujer. La conducta de sta, tambin era adecuada
para encender su ilusin. A todos sus obsequios y galanteras responda
siempre con amabilidad y gratitud. No haba peligro de que la joven se
retirase del balcn cuando l pasaba, ni esquivase su conversacin
cuando le encontraba en alguna casa conocida o le diese alguno de esos
desaires que tanto hacen gozar a la mayora de las muchachas. Le trataba
como un buen amigo, guardndole todas las atenciones que se deben a la
persona que se estima. Pero en cuanto el ingeniero quera pasar
adelante, peda un poco de amor, un rayo de esperanza, siquiera para el
da de maana, encontraba la misma negativa, suave, firme y constante. Y
lo peor era que Cecilia, al negar, no lo haca con placer, sino con
repugnancia, como si le doliese causar disgusto a un amigo. Este
sentimiento hera an ms el amor propio del pretendiente.

Despus que bailaron un vals, sentronse fatigados en un ngulo del
saln. Flores le haba cogido el abanico, y la abanicaba
respetuosamente.

--As quisiera pasarme la vida--dijo con acento sincero.

--Oh! Se cansara pronto--respondi Cecilia sonriendo.

--Quiere usted probarlo?

La joven no contest.

--No es usted, Cecilia, de las mujeres que hastan pronto. Posee usted
en su corazn y en su inteligencia recursos para tener siempre a sus
pies al hombre que la ame. Hace ms de dos aos que vivo enamorado de
usted, y, en vez de cansarme, cada vez me siento ms ligado a usted,
cada vez la adoro ms perdidamente... hasta el punto de ser la burla de
la poblacin.

--Eso no se puede decir de antemano--repuso ella, un poco conmovida por
el fuego y la emocin que Flores haba comunicado a sus palabras.--No es
lo mismo ver a una mujer cortos instantes, y hablarla de Pascuas a
Ramos, que tenerla a su lado eternamente.

--Qu ms quisiera yo, Cecilia! Tenerla junto a m siempre,
siempre!--replic en voz baja y temblorosa el ingeniero, jugando con el
abanico y mirando fijamente al suelo.--Consagrar mi vida a servirla, a
adorarla de rodillas... Yo s que hara usted feliz a cualquier hombre,
pero a nadie tanto como a m que conozco las grandes cualidades de su
alma, que adivino adems en su corazn sentimientos que acaso sean
enteramente desconocidos para otros... Es terrible! Eso de que usted no
me haga concebir la ms remota esperanza de que algn da, por lejano
que sea, mi cario llegue a ablandarla, y me acepte siquiera por
esclavo...

--Le acepto por amigo, por buen amigo--dijo la joven gravemente.

--Amigo, oh!... Esa amistad, Cecilia, es una muralla de hielo que se
interpone entre usted y yo... Comprendo que no tengo mrito alguno para
merecer el amor de usted... que hay cien jvenes en la villa que
pudieran con ms derecho solicitarlo... Pero lo extrao, lo que me anima
y desanima a un mismo tiempo, es que usted no se ha fijado en ninguno
hasta ahora... Su corazn permanece ocioso, indiferente... Digo, a no
ser que tenga usted algn amor oculto.

Cecilia se estremeci levemente y levant un poco los ojos hacia el
sitio donde se escuchaba la voz de Gonzalo. Despus respondile con ms
severidad que de ordinario:

--Deje usted de estudiar tanto mi interior, Flores; primero, porque lo
ms probable es que sea tan vulgar como el de la mayora de las mujeres,
y segundo, porque, si hubiera algo de particular en l, no sera fcil
que usted lo descubriera.

--No se ofenda usted, Cecilia. Este estudio es una prueba nada ms de lo
mucho que usted me interesa.

--No me ofendo--replic la joven procurando sonreir.--Voy a saludar a
Rosario. Quiere usted llevarme?

En la antesala, separada slo por algunas columnas del saln, charlaban
los padres graves, echando ojeadas satisfechas a ste, donde vean a sus
hijas divertirse. Alguna vez, se destacaba un mscara del baile, y vena
a embromarles. Era alguna vieja contempornea que les haca reir y toser
hasta reventar con historias antiguas. Don Rosendo charlaba en un rincn
con don Melchor de las Cuevas. Explicbale un vasto proyecto de puerto,
grandioso como todos los suyos. Porque no es posible representarse bien
lo que haba crecido la ciencia, ya grande, de Belinchn en los ltimos
aos. Era una ciencia ms intuitiva que adquirida a fuerza de estudio,
como acontece a todos los grandes hombres. Al principio, cuando iba a
escribir en _El Faro_ sobre un tema que no conoca, mostrbase receloso,
vacilante, tmido. Mas en cuanto aprendi bien los tpicos del
periodismo, y tuvo a su disposicin una buena cantidad de frases hechas,
y sobre todo, en cuanto recibi un diccionario enciclopdico en quince
tomos, que le cost no menos de dos mil reales, aquello s que fu
cortar y rajar! No hubo asunto o problema cientfico, social, econmico
y poltico en que don Rosendo dejase de meter la cucharada con gran
lucimiento. Se trataba de la peste que haca estragos en el ganado: don
Rosendo buscaba en su diccionario las palabras _ganado, caballo, toro,
carnero, forrajes, industria pecuaria_, etctera, y as que lea lo que
deca sobre ellas, tomaba la pluma, y su genio periodstico se encargaba
de trazar uno o varios artculos, rebosando de filosofa y erudicin.
Vena, como ahora, la cuestin del puerto, y acuda al diccionario en
busca de las palabras _puerto, drsena, mareas, dragas, vientos_, etc.
Siete artculos llevaba escritos y publicados a la sazn, para demostrar
la necesidad de construir una gran drsena frente a Sarri, en un punto
denominado Fonil. Pareca un marino consumado, harto de surcar los
mares, encanecido en el estudio de los problemas hidrulicos. Sin
embargo, el seor de las Cuevas, aunque pasmado de aquel modo de barajar
trminos martimos, alguno de los cuales ni l mismo conoca, torca el
gesto a las explicaciones verbales que don Rosendo le daba. Concluy por
decirle, ponindole la mano en el hombro:

--Desengese usted, Belinchn: en la drsena de usted, con viento
entablado del Noroeste, no entran ni las sardinas.

El que ms gozaba en esta fiesta, quin lo dira? era un anciano, el
buen don Mateo, a quien se deba exclusivamente. Para l, aquel baile
significaba uno de los grandes triunfos de su vida. Ms trabajo le haba
costado congregar all a los enconados vecinos de la villa, que tomar un
reducto a los carlistas en la accin de Guardamino. No cesaba en toda la
noche de andar, mejor dicho, de arrastrarse de un lado a otro,
expidiendo rdenes a los criados, al conserje, a la orquesta.

--Gervasio, ahora las bandejas de dulces... Coged uno de cada lado,
mastuerzos!--Qu quiere usted, seor Anselmo? Piden los muchachos que
en vez de vals sea rigodn? Pues toque usted rigodn.--A ver, pollos,
que hay una porcin de seoras en el tocador que no tienen pareja para
salir.--Marcelino! dnde se ha metido Marcelino? Baja al portal, que
un pillo ha tirado una pedrada al farol, y lo ha roto.--Pero, don
Manuel, si no son ms que las dos! Se quiere usted llevar ya a las
nias, y aun no hemos roto la piata?

Aquella noche estaba rejuvenecido el buen seor. Gozaba por todos los
jvenes, como los msticos gozan en una comunin general. De vez en
cuando sus ojos opacos se fijaban por encima de las gafas, en el globo
de madera que colgaba en medio del saln, y lo acariciaba con una
sonrisa de placer. Aquel primoroso artefacto, venido de Burdeos, estaba
pintado con rayas azules y blancas. Por debajo de l penda una multitud
de cintas de varios colores, todas las cuales, menos una, quedaran en
las manos de las seoritas, al tirar por ellas. A la que diera con la
cinta que abra la piata se le adjudicaba el globo, cargado, sin duda,
de confites, y, segn se deca, de chucheras muy lindas.

Gonzalo, en el medio del saln, mostrbase tambin alegre, departiendo
cundo con una, cundo con otra dama. Haba bailado con su cuada un
rigodn, y una polka y un vals con dos amigas de su esposa. Sudaba
copiosamente. No cesaba de limpiarse la frente con el pauelo. Su gran
figura de coloso, descollaba como una torre por encima de todas las
cabezas.

--Qu animado est el seor alcalde!--le deca una dama del bajo
imperio.

--Hay que aprovecharse de la ausencia de Ventura--responda el joven
riendo.--Dnde est su marido, Magdalena?

--Por ah anda.

--Baile usted conmigo esta polka. Vamos a engaar a nuestros cnyuges
respectivos.

--No puedo. La tengo comprometida con Pea.

Mientras as charlaba con todos los que se le acercaban, una mujer
rebujada en domin negro, con mscara del mismo color, no le perda de
vista un momento, situada ahora en un punto, ahora en otro; pero siempre
a corta distancia de l. Por los agujeros de la careta se vean dos ojos
lucientes y fieros. Era doa Brgida, la ingeniosa compaera del
rebajado Marn, que acechaba el momento oportuno, como el bartono de
_Un ballo in maschera_ para dar la pualada. La vctima all, era un
prncipe; aqu, nada ms que alcalde. Las razones que la eminente seora
tena para meditar tal crimen, no sern tan poderosas como las del
bartono a los ojos de un hombre; mas de seguro lo parecen a cualquier
mujer. _El Faro de Sarri_, en su afn de morder a todos los socios del
Camarote, a sus parientes y amigos, la haba emprendido desde haca tres
o cuatro meses, con la esposa de Marn. Salieron a relucir todos los
secretos domsticos; la vida del matrimonio, la dependencia y
degradacin de Marn fueron puestas en caricatura. Se contaban a este
propsito, en letras de molde, todas las ancdotas ms o menos chistosas
que corran por la villa, y algunas ms descubiertas o inventadas por
los maleantes redactores. Y como si esto fuera poco, no haba nmero del
citado peridico en que de un modo u otro no se hiciese mencin de la
peluca de doa Brgida, que por tal circunstancia haba llegado a ser
popular en Sarri. La irritacin, la rabia, el odio y el deseo de
venganza que se haban despertado en esta seora, nadie se los puede
figurar. Baste decir que, cuando vea a cualquier redactor de _El Faro_
en la calle, empalideca horriblemente; costaba gran trabajo impedir que
se le arrojase al cuello, como un gato rabioso. Hasta entonces no haba
podido satisfacer aquella ansia de venganza que la devoraba. Por eso
ahora, contemplando a Gonzalo, se relama de gozo, se estremeca de
anhelo, como el tigre que divisa la presa. Aprovechando un instante en
que nadie hablaba con l, se fu hacia l muy quedo y por detrs. Y
ponindose repentinamente delante, escupi ms que dijo estas palabras:

--Gonzalo, cmo eres tan borrico? Ests siendo la burla y la risa de
todo el mundo. No hay una sola persona en el baile que no sepa que tu
mujer est durmiendo a estas horas con el duque de Tornos.

El joven qued como si le hubieran dado con un mazo en la frente. Se
puso densamente plido. Trat de agarrar a la infame mscara para
arrancarle la careta; mas no le fu posible. Doa Brgida se haba
escabullido como una anguila por entre la gente. Como haba muchas
seoras con el mismo disfraz, imposible saber quin era. Entonces se
apresur a salir del saln. Las palabras aquellas le sonaban dentro de
la cabeza como feroces martillazos. Temi caerse. En la antesala
respondi con sonrisa estpida a las frases amicales que le dirigan. Su
to don Melchor, vindole tan plido, vino hacia l:

--Qu tienes, Gonzalillo: te sientes mal?

--S... Voy a tomar una taza de te.

--Te acompao.

--No, no; vuelvo en seguida.

Y corri, dejndole plantado cerca de la puerta.

Baj las escaleras. Se encontr en la calle sin darse cuenta de lo que
haca. El aire fro de la noche le refresc la cabeza y le hizo volver
en su acuerdo. Sbitamente tom la resolucin de partir a Tejada. Busc
con la vista el coche y no le vi. Sin duda Ramn estaba en casa an.
Mir el reloj. No eran ms que las dos y media. Dirigise a paso largo
hacia la casa de su suegro, en la Ra Nueva, mas cuando hubo dado unos
pasos, advirti que iba sin sombrero y de frac. Volvise al Liceo. Al
primer criado con quien tropez en la escalera, le pidi que le bajase
el sombrero y el abrigo.

Cuando lleg a casa, Ramn estaba enganchando ya.

--Ramn, vas a llevarme ahora mismo a Tejada a todo escape.

El cochero le mir con sorpresa.

--Se ha puesto peor la seorita?

--Me parece que s--respondi metindose en el coche.--Para antes de
llegar... en la revuelta del molino, entiendes?

--Teme asustar a la seorita, verdad?--pregunt el cochero con gran
penetracin.

No contest.

Los caballos partieron a escape, haciendo bailar el coche speramente
por encima del empedrado desigual de la villa. Gonzalo no advirti
siquiera aquel movimiento que le sacuda rudamente las visceras, ni el
trnsito a la carretera al dejar la poblacin. Toda su atencin estaba
fija, concentrada en un punto. Sera verdad, o no? Desgraciadamente,
sin saber l mismo por qu, la conviccin de que su esposa le estaba
engaando, entraba en su alma y se enseoreaba de ella. Cuando haba
venido a Tejada a pie, haca dos meses escasos, esta conviccin no
quera entrar. Por mucho que haca para convencerse de que la delacin
del peridico era verdad, su mente y su corazn se negaban a darle
asenso. Ahora suceda todo lo contrario. Se haca infinitas reflexiones
para persuadirse a que la acusacin de la encapuchada no era ms que vil
expresin de la envidia y el despecho en algn enemigo oculto, y a pesar
de ellas no poda menos de darla fe.

Cuando el coche par, no se di cuenta del tiempo que haca que
caminaba; lo mismo poda ser un da que un minuto. Sali de su sueo y
brinc del carruaje al suelo.

--Ahora vulvete por la familia--le dijo a Ramn,--y no digas que me has
trado. No hay necesidad de asustarles.

Se dirigi lentamente hacia la puerta del parque, que estaba a unos
doscientos pasos, mientras el coche se alejaba en sentido contrario.
Cuando lleg, la toc con mano trmula. Estaba abierta como la otra vez.
Sinti un fro extrao en el corazn que le oblig a detenerse. Entr al
fin con cautela, y quiso ver si estaba la llave por dentro para
cerrarla; pero no la hall. La noche no estaba clara ni obscura; el
cielo toldado. Llova un agua menudsima, muy frecuente en el pas, que
impregna al cabo la ropa como la gorda, y aun mejor. No haca ruido
alguno al caer sobre los rboles y plantas del parque; pero aqullos,
empapados ya, al ser heridos por una rfaga de viento, dejaban escapar
multitud de gotas, un verdadero chubasco, que sonaba sobre los caminos
con suave y fugaz repiqueteo.

Gonzalo se acord de que no traa arma alguna. Pero alz los hombros con
desdn, con una confianza absoluta de que si llegara el caso no iba a
hacerle falta. Mir a todos lados a ver si descubra el caballo del
Duque y no lo vi. Lo que s percibi fu la sombra de un hombre
deslizndose al travs de los rboles. Corri hacia ella, mas se
desvaneci al instante. Figresele que era Pachn, el criado, y le
acometi la sospecha de que l era el traidor que abra la puerta al
Duque. Despus de la noche aquella en que hall a su cuada con ste,
se haba dedicado a averiguar quin era el que dentro de casa le
protega, sin lograr nada. En quien menos poda sospechar era en un
criado tan antiguo como Pachn.

Pens entonces en que poda ir a avisar a los traidores, y tom otra vez
la direccin de la casa a la carrera para ganarle por la mano. Subi de
nuevo por la parra al cuarto de su suegro. Esta vez, el balcn estaba
llegado nada ms. De puntillas, pero velozmente, se dirigi al gabinete
presa por un movimiento automtico, como si, habiendo encontrado all al
Duque una vez, fuese de necesidad que estuviese siempre. Grande fu su
estupor al encontrarlo desierto y obscuro. Qued un momento clavado al
suelo. Pero movido sbito por una idea, corri al cuarto matrimonial,
donde Ventura dorma. Halllo cerrado por dentro. Llam con la mano.

--Ventura, Ventura.

--Quin est ah?--grit de adentro su esposa con voz extraa,
indefinible.

--Soy yo... abre, abre pronto.

--Estoy en la cama.

--No importa, abre pronto.

--Djame vestirme.

--No; abre en seguida o rompo la puerta.

--Voy, voy all.

El joven aguard un instante. En vez de la puerta, crey percibir que se
abra el balcn del cuarto.

--Abre, Ventura!--grit con furor.

Y no recibiendo contestacin, di un golpe a la puerta con su poderosa
pierna de cclope, e hizo saltar el pestillo con estrpito. El cuarto
estaba en tinieblas.

--Ventura, Ventura!--grit.

Nadie contest. Sac con mano trmula una cerilla, y pase una mirada de
loco por la habitacin. Su esposa estaba en camisa acurrucada en un
rincn, plida, desencajada. Gonzalo no detuvo los ojos en ella. Mir a
todas partes en busca de algo, y, percibiendo el balcn entreabierto, se
lanz hacia l. Abri. Vi correr entre los rboles una cosa blanca, el
bulto de un hombre en mangas de camisa. No se descolg. Salt de un
brinco al jardn, y corri hacia l como una saeta. Mas el hombre ya
llegaba a la puerta de hierro, la abra, desapareca. Gonzalo le sigui
poco despus, pero al echar una mirada en torno, le vi entre las
sombras, montado a caballo, lanzndose a la carrera en direccin a
Nieva. Comprendi en seguida que era intil perseguirle. Animado, no
obstante, de una esperanza loca, volvi corriendo a las cuadras, sac su
hermoso caballo de silla, y, ponindole un freno, salt sobre l en
pelo, y se lanz igualmente a escape por la carretera de Nieva. No
llevaba espuelas ni ltigo, mas el bravo animal obedeci a su voz, mejor
dicho, a sus rugidos, y tom un escape violentsimo. Los ojos del
caballo vean el camino. El no perciba delante de s ms que un gran
agujero negro donde iba a sumirse. Los altos lamos que orlaban la
carretera, pasaban raudos a su lado como negros fantasmas.

--Up, up, up!

El noble bruto volaba como si le clavase el acicate. As corri por
espacio de media hora.

--Es imposible--se dijo.--Su caballo es an mejor que el mo, y me
llevaba una delantera de dos tiros de fusil lo menos.

Mas cuando se iba haciendo esta reflexin, y vacilaba en tirar del freno
al caballo, pas por delante de otro, que estaba a un lado de la
carretera, ensillado y sin jinete. Par en firme al suyo con trabajo.
Di la vuelta para ver lo que era aquello. Reconoci en seguido la jaca
inglesa del Duque.

--Oh--rugi,--ya eres mo!

Porque se imagin en seguida que haba cado. Apese y reconoci el
terreno, pero no di con el jinete. Encendi cerillas, y nada, no
encontr rastro del Duque.--Puede ser que oyendo el galope de mi
caballo, y temiendo que le alcanzase, se haya escondido por aqu
cerca--se dijo. Salt a los prados, reconoci todo lo escrupulosamente
que pudo a la luz de las cerillas los alrededores, mir detrs de los
setos, escudri la maleza, sigui un buen trecho la orilla de un arroyo
que haba a la izquierda. Pero se agot la caja de fsforos antes que
pudiese topar con su enemigo. Di la vuelta desesperado, bramando de
rabia.

Si efectivamente el duque de Tornos andaba por all escondido, qu buen
rato debi de haber pasado!




XIX

EN QUE DA FIN LA PRESENTE HISTORIA CON ALGUNOS NOTABLES, CUANTO TRISTES
SUCESOS


Ventura, as que vi desaparecer a su esposo por el balcn, se visti
apresuradamente. Sali del cuarto en busca de algn criado. Justamente
llegaba Pachn, con una luz en la mano, con la faz descompuesta.

--El seorito va corriendo detrs del seor Duque por la huerta--dijo,
con voz apenas perceptible.

--Lo alcanzar?--pregunt la infiel esposa, muy plida, aunque repuesta
ya bastante del susto.

--No lo creo. El seor Duque tiene el caballo amarrado al lagar de
Antn. Lleva delantera para poder montar, y entonces imposible seguirle.

--Dnde me escondo yo? Si vuelve, me mata.

--Lo mejor sera salir de casa, seorita... Venga conmigo.

La joven le sigui al travs de los pasillos. Bajaron la escalera de
servicio, y salieron por la puerta de la cocina. Pachn quera llevarla
a casa del prroco, que la tena no muy lejos de la posesin. Cuando
salieron al jardn, vieron venir corriendo a Gonzalo hacia la casa. Slo
tuvieron el tiempo preciso para esconderse detrs de la washingtonia
prxima al comedor. Desde all le vieron entrar en la cuadra, sacar el
caballo y partir a escape. Ventura crey morir de miedo.

--No, no, yo no quiero ir a casa del cura. Puede volver pronto, y el
cura no puede defenderme de l... Es un pobre viejo... Quiero ir a
Sarri.

--Pero, seorita, a Sarri a estas horas y lloviendo?

--No hay ningn carruaje?

--Hay la berlina; pero faltan los caballos... Aguarde usted un poco, voy
a ponerle las varas, y engancharemos la jaca del seorito Pablo... No
respondo de que tire.

--De prisa, de prisa!

Todo lo ms que pudo, Pachn hizo lo que deca. Ventura se meti en el
coche, y partieron. Aunque al principio la jaca se rebel un poco,
puesta ya en la carretera, con la querencia de la cuadra de Sarri,
donde estaba generalmente, anduvo bastante bien. La joven orden al
criado que la llevara a casa de don Rudesindo, con cuya seora mantena
bastante relacin. All se refugi, y estuvo hasta que su padre, dos o
tres das despus del suceso, la llev a Madrid. De all a Ocaa, en uno
de cuyos conventos la encerr, por acuerdo de l y Gonzalo. El gran
patricio no tena gran apego, como sabemos, a las religiones positivas;
pero mientras la sociedad no dispusiera de otros medios coercitivos
para ciertas transgresiones de la moral, forzoso era acudir en demanda
de ellos a las antiguas instituciones sociales, siquiera fuesen tan
viciadas y deficientes como stas.

Volvamos ahora a Gonzalo. Pas todo el da cerrado en Tejada, en un
estado de agitacin prximo a la demencia. La nica persona que se
atrevi a entrar en su cuarto fu don Rosendo. Aunque adornado con
perfrasis y redundancias periodsticas que acreditaban su temperamento
de escritor, supo hablarle un lenguaje digno y generoso. Se pona
incondicionalmente de parte de l, y maldeca a su hija cuya conducta
incalificable, barrenando _(ltimamente le haba cogido mucha aficin
don Rosendo al verbo barrenar)_, al mismo tiempo, la moral, el derecho y
las prcticas sociales, la pona fuera de toda proteccin legal y
familiar. El fu quien propuso encerrarla provisionalmente en un
convento. El pobre Gonzalo, abatido, convulso, no le contest una
palabra. Escuchbale paseando por la habitacin en sentido diagonal, las
manos en los bolsillos, la mirada hmeda y siniestra. Tan slo levant
la cabeza para decir con firmeza:

--Llvesela usted donde quiera... Pero que no vea a mis hijas! No
quiero que sus labios las toquen.

Al obscurecer entr un criado a avisarle que dos seores que haban
llegado en una carretela, deseaban hablarle con urgencia. En seguida le
cruz por el pensamiento lo que aquello significaba, y se apresur a
contestar:

--Que entren.

Entraron dos caballeros de Nieva. El uno era el marqus de Soldevilla,
hombre de media edad, enteramente rasurado, color erisipeloso y dientes
amarillos, que hablaba muy alto para aparecer campechano: el otro, un
coronel retirado, llamado Galarza, viejo, canoso, y hombre de pocas
palabras y amigos. Venan de parte del Duque a arreglar un asunto grave,
que haba acaecido la noche pasada, en el terreno del honor. El duque de
Tornos no quera dejar al seor de las Cuevas sin la reparacin que le
deba. Huir en aquella ocasin, no entraba en sus costumbres y carcter,
ni era digno de su jerarqua social. Pero al mismo tiempo, en inters de
Gonzalo y de l mismo, exiga que todo se llevase a cabo con el mayor
secreto posible.

Gonzalo dej hablar al Marqus, que fu prolijo hasta la impertinencia,
sin pestaear, afectando una tranquilidad que no senta.

--Est bien--dijo cuando termin.--Acepto, desde luego, el desafo.
Estoy pronto a realizarlo como y cuando ustedes gusten... Un poco
original es--aadi, al cabo, con risita nerviosa, que disfrazaba mal la
clera que le dominaba.--Un poco original es que sea el seor Duque
quien desafa, siendo yo el ofendido. Ese acto, a la verdad, ms que en
la caballerosidad parece inspirado en el miedo.

--Seor de Cuevas--interrumpi agriamente el ex coronel,--nosotros no
podemos consentir que en nuestra presencia se permita usted esas
apreciaciones.

Gonzalo le mir con ojos distrados, como si no hubiese odo, y sigui
diciendo:

--En realidad, yo poda y hasta deba rechazar este desafo, porque no
es costumbre que los hombres decentes se batan con los granujas, aunque
stos lleven un ttulo del reino.

--Seor de Cuevas--profiri Galarza montando en clera,--esto es
insufrible. Yo no tolero que usted hable de ese modo.

--El duque de Tornos es un ganuja, sabe usted?--respondi mirndole
fija y provocativamente a los ojos.

La verdad es que hubiera sido gran temeridad meterse con Gonzalo en
aquel instante. Galarza se puso plido, y dijo levantndose:

--Est usted en su casa. Yo me retiro.

--Quiere usted que vaya a decrselo fuera?--exclam impetuosamente,
levantndose tambin.

--Seores--grit con voz cascada el Marqus,--un poco de sosiego.
Galarza, no tiene usted derecho a irritarse. El gnero de ofensa que
nuestro apadrinado ha hecho al seor (y siento tener que referirme a
ella), le disculpa para extralimitarse en la apreciacin de su carcter.
Creo que en el momento que acepta el duelo, hace bastante y atena por
completo el sentido de sus palabras, hijas de la irritacin natural en
que se encuentra...

Gonzalo estuvo por dejar caer la mesa, que tena delante, sobre el necio
conciliador. Permaneci inmvil y silencioso, no obstante, porque
deseaba ya ardientemente verse frente a frente con el Duque. El ex
coronel volvi a sentarse a ruegos de su compaero. Por temor a su
temperamento irritable o por vengarse, no volvi a pronunciar palabra.

Gonzalo manifest que nombrara a dos amigos para que se entendieran con
ellos, los cuales iran al da siguiente por la maana a Nieva. Por lo
tanto podan volverse desde luego a este pueblo, a no ser que le
hiciesen el honor de ser sus huspedes aquella noche...

Los amigos del Duque dieron las gracias: se dispusieron a marcharse.
Cuando ya estaban en pie les dijo Gonzalo dirigindose, por supuesto,
solamente al Marqus.

--Deseo que tanto las conferencias que celebren ustedes con motivo de
este lance, como el lance mismo, se realicen en Nieva... Porque--aadi
con acento, mitad sarcstico, mitad enternecido,--por ms que a ustedes
les parezca raro, todava hay en esta casa personas que me aman.

Los padrinos prometieron complacerle, y se retiraron dando la vuelta a
Nieva.

Cecilia los vi partir y se puso a rondar el cuarto de su cuado sin
atreverse a entrar. Este, al salir en busca de Pablito, se la tropez en
el pasillo, que estaba medio a obscuras. La joven le cogi
repentinamente la mano, se la apret con fuerza, y clavndole una mirada
anhelante, le dijo:

--No te batas, Gonzalo.

El tuvo fuerzas para disimular, exclamando con desprecio:

--Me haba de batir yo con ese canalla! Nunca!... Le matar donde le
encuentre...

Crey en sus palabras; pero volvi a decirle con voz conmovida:

--Hazlo por tus inocentes hijas.

--Por mis hijas... y por ti--respondi acaricindole afectuosamente el
rostro con la mano. Y se apresur a alejarse, porque la emocin le
ahogaba.

Cuando hall a Pablo, le dijo reservadamente:

--Contigo puedo hablar con franqueza. Eres un hombre y sabes bien que
hay en la vida cosas inevitables. Acaban de irse los padrinos del Duque,
y acabo de engaar a Cecilia prometindole no batirme. Como t
comprendes, eso es imposible...

--Por qu?... No: t no debes batirte... Yo soy, yo, el que ha de
matar a ese miserable!--exclam fogosamente el hermoso mancebo.

--Gracias, Pablo, gracias--respondi Gonzalo gravemente con voz
temblorosa, apretndole la mano con efusin.--Eso no puede ser. Medita
un poco sobre el asunto, y vers que te engaan tus buenos deseos y el
cario que me tienes.

Cost mucho trabajo convencerle, sin embargo. A todo trance haba de ser
l quien desafiara al Duque primero, y pona en prensa su no muy repleto
cerebro, para buscar argumentos que lo hiciesen natural y lgico. Slo
despus de larga discusin y quedando en que, si Gonzalo sucumba o
sala herido, l retara al Duque, se dej persuadir de malsima gana.

Haba en aquella adhesin y cario que toda la familia le mostraba, en
lo franca y resueltamente que se ponan de su parte y rechazaban con
horror a la extraviada hija y hermana, algo que a Gonzalo le conmova y
le sofocaba a un mismo tiempo. Este proceder tan digno, le obligaba a l
a usar de generosidad, no mentando en la conversacin el nombre de la
infiel, que en sus labios slo poda ir acompaado de un epteto
injurioso. Pablito no se los escatimaba. Pero l comprenda muy bien que
no deba seguirle.

--Mira, maana a primera hora, te vas a Sarri y llevas unas cartas que
yo te dar, a Alvaro y don Rudesindo. Que se pongan inmediatamente en
camino para Nieva... procurando no asomarse a las ventanillas cuando
pasen por aqu. Que arreglen el asunto lo ms pronto posible y enven el
aviso del da y la hora a Sarri. T lo recibes all y me lo traes
inmediatamente... Despus ya me arreglar para salir de aqu sin que tu
padre y Cecilia lo adviertan.

Cumpli su cometido Pablo, saliendo al amanecer para Sarri a caballo.
Cumplieron el suyo tambin, Pea y don Budesindo, trasladndose a Nieva
acto continuo. Gonzalo vi pasar el coche que los transportaba, desde el
balcn de su cuarto.

El escndalo en Sarri haba sido terrible como debe suponerse. No se
hablaba de otra cosa. Los amigos de Belinchn andaban mustios. No
faltaban entre ellos, sin embargo, quienes crean que le estaba bien
empleado a don Rosendo, por haber criado con tal mimo a su hija menor, y
haberla consentido tomar aquellas nfulas y aires de princesa. Los
enemigos se baaban en agua de rosas, y procuraban aumentar con mil
trazas el escndalo. Las pocas personas imparciales que haba en la
villa, se limitaban a compadecer al pobre Gonzalo, y a censurar el
proceder repugnante de la ingeniosa seora de Marn (pues ya se saba
que era ella la que prendiera fuego a la mecha). Muchos curiosos pasaban
por delante de la casa de don Rudesindo mirando con atencin a los
balcones, preguntando a los criados que salan, husmeando, en fin, lo
que dentro pasaba. Se deca que Ventura estaba muy tranquila, y poco
arrepentida de su conducta, que haba comido como si tal cosa, y que
haba charlado y redo toda la tarde, con la esposa del fabricante de
sidra.

A la atencin vida de los curiosos, tampoco pudo ocultarse la marcha de
ste para Nieva en compaa de Pea. En seguida se sospech el objeto.
Corri por la villa como una chispa, la noticia de que Gonzalo se estaba
batiendo con el Duque, no se saba dnde.

Don Melchor de las Cuevas viva solo con un criado y una criada. La
noche del baile se haba retirado a su casa, pasando antes por la de
Belinchn. All le dijeron que el seorito Gonzalo se haba ido a
Tejada. El anciano sospech que no sintindose bien, se ira a meter en
la cama. Al da siguiente, l mismo se sinti un poco indispuesto,
porque no estaba acostumbrado a trasnochar, y se qued en casa. Mand,
sin embargo, al criado a la de Belinchn, a preguntar qu saban de su
sobrino. Enterse el criado inmediatamente de lo acaecido, pero no se
atrevi a decrselo a su seor. Le trajo el recado de que Gonzalo se
hallaba en Tejada bueno. Pas aquel da as. Pero al siguiente, martes,
oy el criado la especie de que el seorito se estaba batiendo con el
Duque, y entonces, por temor de incurrir en responsabilidad o porque
creyese que su seor poda evitar una desgracia, le di cuenta de todo,
aunque con algunas precauciones. Don Melchor, herido en lo ms hondo de
su corazn, se levant convulso de la butaca y pidi que inmediatamente
fuesen a buscar un coche que le trasladase a Tejada. En cuanto estuvo a
la puerta, se meti en l, ordenando al cochero que fuese a todo escape
a la quinta de Belinchn.

Con quien primero tropez fu con ste, quien le recibi con alguna
confusin y vergenza, como si el pobre tuviese alguna parte en la
desgracia que pesaba sobre Gonzalo. Don Melchor estuvo un poco fro con
l, no intencionalmente, sino por el anhelo que tena de ver a su
sobrino. Don Rosendo le condujo hasta la puerta de su cuarto, y all le
dej. El seor de las Cuevas llam con los nudillos.

--Quin va?--preguntaron de adentro speramente.

Levant el pestillo sin contestar, y entr. Gonzalo, que estaba en pie
en medio de la estancia, se puso rojo como una brasa al ver a su to.
Este le oprimi fuertemente contra su pecho. Las lgrimas corrieron
abundantes por las mejillas del joven. Nadie le haba visto llorar en
aquellas crticas circunstancias. Pero aquel anciano era el padre de su
infancia, y a l poda mostrar sin vergenza las llagas ms recnditas
de su corazn. Estuvieron largo rato as abrazados. Don Melchor se
separ al cabo, y dijo empujndole hacia una butaca:

--Sintate.

Se dej caer en ella, y ocult los ojos con la mano.

--El golpe es rudo--dijo el marino con voz ronca despus de silencio
prolongado.--Una racha traidora que te ha metido la borda debajo del
agua... Pero eres barco de mucha manga--aadi ponindole las manos
sobre los hercleos hombros.--Tienes las cuadernas slidas... Ya
achicaremos el agua.

Gonzalo no contest.

--Por qu no te has venido inmediatamente a casa?

--Porque hubiera sido un desaire cruel para esta pobre familia, que est
profundamente afligida. Se han portado conmigo tan cariosamente!

--Si es as, has hecho bien... Pero debiste darme aviso... Eso no te lo
perdono.

--Para qu? Cuanto ms tarde recibiese usted el disgusto, mejor.

--No; eso no! Yo soy tu padre, Gonzalo, y debo padecer contigo...
Adems, mi presencia haca falta... Me han dicho que vas a batirte con
ese... con ese pirata! Es verdad?

--No... por ahora no hay nada--respondi el joven con alguna vacilacin.

--No me engaes, Gonzalo! Ese desafo no puede realizarse. Vengo
resuelto a impedirlo.

--No hay nada, to. Sosiguese usted.

--Es intil que me engaes. Yo no me separar de ti un momento. Aqu me
quedo. Dormir a tu lado para que no te me escapes, y te dar guardia de
_prima_, de _media_ y de _alba_.

Gonzalo qued estupefacto. Comprendi que era necesario confesarlo todo,
y abordar la cuestin de frente.

--Y si fuese verdad, qu, to? Se atrevera usted a impedir que su
sobrino fuese a cumplir con lo que el honor exige?

--S, seor... Pues no me haba de atrever!... S, seor, que me
atrevo--replic el viejo, ya enfurecido.--Quieres que yo consienta que
expongas tu vida por un pillo, por un ladrn, que se ha introducido en
tu casa para robarte villanamente la honra? A los ladrones se les mata
de un tiro, o se les ahorca; no se mide las armas con ellos... T ests
obcecado, Gonzalo... Prate un momento, hombre. Da fondo al escandallo,
y vers que no hay agua para marear...

--Qu quiere usted que haga entonces? Quiere usted que le deje marchar
tranquilamente para Madrid? Quiere usted que le vaya a despedir, y a
desearle feliz viaje, dndole las gracias adems por el favor que me ha
hecho?

--No, mala centella que lo parta, no!... Mtalo, si quieres, pero no
expongas tu vida.

--Eso es muy fcil de decir, to--replic Gonzalo con
amargura.--Figrese usted que voy a Nieva, le busco y le pego un tiro o
una pualada y le dejo muerto... Pues desde all voy a la crcel, y, por
bien que me vaya, no me escapo sin unos aos de presidio... Aparte de
que la mayora de los hombres, aunque disculpasen la accin, no la
hallaran muy valerosa.

Don Melchor se qued unos momentos confundido, sin saber qu replicar.
Aquello no tena vuelta de hoja. Al cabo, levant la cabeza con bro,
los ojos brillantes de alegra:

--Ya encontr la solucin!

--Cul?

--T te ests quieto en casa. Yo me voy ahora mismo a Nieva, le desafo
y le mato.

--Oh, to, muchas gracias! Eso no puede ser--replic Gonzalo, sin poder
reprimir una sonrisa.

--De qu te res, ciruelo?--exclam el buen anciano, echando fuego por
los ojos.--Te figuras, por ventura, que tu to es un trasto arrinconado
que no puede empuar un sable o una pistola?... Oh, demonio! Oh,
diablo!--aadi cada vez ms irritado, gesticulando como un loco por la
habitacin.--Yo estoy lo mismo que si tuviera veinte aos... Yo subo de
cuatro en cuatro las escaleras, y no me fatigo... Yo bebo cinco botellas
de _pale-ale_, y no me tambaleo... Yo derribo un toro de un puetazo, y
trinco al marinero ms forzudo y le echo al agua... A que no rompes t
cinco nueces con los cinco dedos de la mano, y eso que te las echas de
tan bruto?...

--Si no me rea por eso, to... Ya s, ya s...

--Vamos a ver; trae esa mano... A ver si s apretar o no s apretar...

Gonzalo se la alarg, y el viejo marino se la apret con todas sus
fuerzas, el semblante rojo y contrado. Aunque no le lastim gran cosa,
fingi sentir un dolor agudsimo:

--Uy, uy!

--Eh, qu tal?--exclam su to con aire triunfal.--Puedo o no puedo
todava librar al mundo de un pillo?

--Ya lo creo que puede usted! Tiene usted ms fuerza que yo... Pero no
se trata de eso. Lo que hay que ver es si debe usted hacerlo; si eso
seria decoroso para m... No comprende usted, to, que el ridculo que
ya por el hecho mismo de ser marido engaado, pesa sobre m, se
aumentara de un modo inconcebible si fuese usted el que se batiese y no
yo?... Este ridculo ya s que se borra con sangre; pero ha de ser
sangre vertida por mi mano.

Don Melchor no quiso convenir en ello: discuti, grit, se enfureci. Se
conoca, no obstante, que deseaba aturdirse. Las razones de Gonzalo le
trabajaban en el alma y se la llenaban de amargura. ltimamente, ya se
bata en retirada. Peda tan slo que se aplazase el lance; que se fuese
a viajar una temporada, y si a la vuelta persista en batirse, lo
hiciese. Duraba an la disputa, cuando don Rosendo llam a la puerta
para preguntarles si deseaban que se les sirviese el almuerzo all o
queran venir al comedor. Gonzalo opt por esto ltimo, porque de ningn
modo quera mostrarse fro con su suegro y cuada.

El almuerzo fu triste. Por ms esfuerzos que todos, hasta el mismo
Gonzalo, hacan por mostrarse despreocupados, cernase sobre la mesa una
nube negra que obscureca los semblantes. Despus que tomaron el caf y
descansaron un rato, Gonzalo dijo:.

--To, usted ha salido de la cama para venir aqu. No debe usted
sentirse bien... Quiere que se le arregle un cuarto? Creo que le
convendra acostarse.

Don Melchor comprendi que su sobrino deseaba quedarse solo.

--No; me vuelvo a Sarri. Avisa que enganchen.

Despidise de Belinchn y Cecilia en casa. Gonzalo lo fu acompaando a
pie hasta la salida del parque. Ambos iban silenciosos y sombros. El
anciano, adems, sumamente plido. Antes de meterse en el coche abraz
estrechsima y largamente a su sobrino, y le dijo al odo con voz
conmovida:

--Dale un buen barreno en los fondos, hijo mo!

Cuando se separaron, tena el rostro baado de lgrimas. Metise
rpidamente en la carretela, y se ocult en un rincn sin decir adis.
Gonzalo mir alejarse el coche, y permaneci largo rato inmvil,
agarrando con la mano una reja de hierro de la puerta.

Poco despus de anochecer, lleg Pablito de la villa. Despus de comer,
aprovech un momento para decir a su cuado rpidamente:

--Maana a las ocho en la quinta de Soldevilla... a pistola. A las seis
pasarn por aqu Pea y don Rudesindo. Estte preparado.

Gonzalo durmi aquella noche mejor que la anterior. La satisfaccin
feroz que le daba la seguridad de encontrarse al da siguiente con el
Duque, tranquilizaba sus nervios. A las cinco de la maana se despert
gil y fresco sin acordarse de haber soado. Se visti y ali con el
menor ruido posible, y sali de puntillas cundo aun estaba amaneciendo.

--Va de caza, seorito?--le pregunt una criada con quien tropez.

--No; voy a avisar al molinero para que deje en seco la acequia. Quiero
pescar esta tarde.

Sali a la carretera y sigui la direccin de Nieva esperando que el
coche de sus padrinos le alcanzara, como as sucedi a la media hora
poco ms o menos. Pea y don Rudesindo estaban fuertemente alterados.
Cuando subi al carruaje le apretaron la mano con gran afecto y le
enteraron de las condiciones del duelo; a veinticinco pasos avanzando y
disparando cuando quisieran. Aquel negocio era bastante ms grave que
todos los dems en que haban intervenido. Gonzalo los escuch
tranquilamente. Slo indic que hubiera deseado que fuese a sable:
tendra gusto en hallarse ms cerca de su adversario. No pareca sufrir.
Y es que, comparada con el tormento de los dos das anteriores, cuando
la imagen de su esposa en camisa, acurrucada en un rincn, no se
apartaba un instante de sus ojos, la emocin de ir a verse frente a su
enemigo, era una felicidad relativa. Por otra parte, Gonzalo, como todos
los temperamentos excesivamente vigorosos, haba nacido para los
peligros; gozaba con ellos como si tuviera la seguridad de que la vida
que corra exuberante por sus venas no poda secarse.

No llegaron a la quinta de Soldevilla hasta las ocho y media. El Duque y
sus padrinos los esperaban haca rato. El primero no se present. Estaba
dentro de la casa. El Marqus y Galarza llevaron a Pea y don Rudesindo
adentro tambin, mientras Gonzalo daba una vuelta por la huerta. La
posesin de Soldevilla se compona de un casern medio arruinado con
pocos y antiqusimos muebles cubiertos de polvo, una huerta bastante
grande, ms cuidada que la casa, y detrs de la huerta una vasta
pomarada ya vieja. Esta posesin estaba rodeada de prados y tierras que
tambin pertenecan al Marqus.

Los padrinos, dentro de casa, echaron a suerte sobre cules pistolas
haban de usarse, las que haba trado Pea, o las del Duque. Fueron
stas las elegidas. Despus redactaron el acta de condiciones. Por
cierto que hubieron de escribirla con una pluma perversa del mayordomo,
porque el Marqus escriba una carta cada ao. Cargaron las pistolas y
se salieron a buscar sitio.

--Manuel--dijo el Marqus viendo a un criado que estaba plantando
cebolln en uno de los cuadros de la huerta.--Retrate.

El criado le mir sorprendido.

--Que te retires, hombre--repiti con ms severidad.--Vete a otra parte.

El criado se sali de la huerta, lanzndole miradas de asombro y
curiosidad.

Eligise el sitio en uno de los caminos ms anchos del medio. Soldevilla
fu a buscar al Duque.

El da haba amanecido despejado. Pero despus de salir el sol, negros y
espesos nubarrones que surgieron del horizonte de tierra, se haban
acumulado sobre aquel paraje de la costa, amenazando descargar muy
pronto su pesado fardo de agua. La luz se haba mermado
extraordinariamente. Pareca que estaba amaneciendo entonces.

El Duque se present con levita negra y sombrero de copa, un tanto ms
plido que de ordinario, pero afectando una calma desdeosa, sin faltar
a la cortesa. Traa en la boca un cigarro puro, y se envolva en
ligeras nubes de humo, mientras caminaba a la par de Soldevilla. Cuando
lleg al sitio designado, dirigi un fro saludo ceremonioso al grupo de
Gonzalo y sus padrinos, y no volvi a mirarles. Despus de conferenciar
unos instantes, Pea coloc en su sitio a Gonzalo y le entreg una
pistola cargada. Soldevilla hizo lo mismo con el Duque. Ambos se haban
quitado el sombrero. El prcer conservaba el cigarro puro en la mano
izquierda, al cual segua dando con impasibilidad un poco teatral,
largos chupetones. Empezaban a caer del cielo gruesas gotas, anunciando
un fuerte chaparrn. Pea grit al fin:

--Seores, preparados... Una, dos, tres...

El Duque inclin la pistola y apunt. Gonzalo, apuntando tambin, avanz
plido, con los ojos inyectados. Su enemigo, le esper serenamente hasta
una distancia de quince pasos. Y ya con la seguridad de volcarle, porque
era un tirador consumado, dispar. La bala roz la mejilla del joven,
levantndole la piel y hacindole sangre. Detvose un instante, y sigui
avanzando. Los padrinos empalidecieron terriblemente. El Duque dej caer
la pistola y se cruz de brazos, esperando la muerte, con una bravura
llena de afectacin y soberbia. Gonzalo avanz precipitadamente, hasta
ponerse a dos pasos de su adversario. En aquel momento una ola de sangre
le ceg. Su temperamento de atleta venci repentinamente a las
sugestiones de la razn. Brillaron sus ojos con los reflejos siniestros
de una bestia salvaje, temblaron sus labios, contrajese espantosamente
su rostro, y arrojando lejos de s la pistola, salt como un tigre sobre
el traidor. El Duque no resisti el choque de aquel coloso y cay
rodando. Gonzalo se puso a brumarle las costillas con los pies, lanzando
rugidos. Los padrinos acudieron corriendo a sujetarle. Al bilioso
Galarza se le ocurri, para realizarlo, darle un bastonazo en la cabeza.
Gonzalo no hizo seal de sentirlo. Pea, indignado, alza su bastn y
zas! le arrima otro garrotazo a Galarza. El marqus de Soldevilla,
zas! le da otro a Pea. Y arrebatados de furor unos y otros, comenzaron
una lucha tan brava como indigna a bastonazos, mientras Gonzalo,
satisfaciendo ferozmente su clera acumulada, pateaba con saa el
cuerpo, inerte ya, del Duque.

El cielo dejaba caer en aquel instante una cantidad fabulosa de agua.
Tan grande lleg a ser, que el marqus de Soldevilla, abandonando el
campo, emprendi la carrera hacia su casa para guarecerse. Siguile
inmediatamente don Rudesindo, luego Pea y Galarza. La batalla se
deshizo como por ensalmo. Mas antes de atecharse, a todos se les ocurri
volver la cabeza para ver qu haba sido de sus apadrinados. Y por un
simultneo impulso de compasin, volvironse presurosos y sujetaron a
Gonzalo, cuya rabia cruel aun no se haba apagado. El contacto de las
manos de aquellos seores le volvi a la razn. Les ech una larga
mirada siniestra y extraviada, y sin decir palabra, recogi el sombrero
y se dirigi a la puerta de la quinta, mientras los padrinos conducan
al Duque moribundo a casa. El mdico que Soldevilla haba trado,
encerrado durante el lance en una sala por no presenciarlo, reconoci
minuciosamente las fracturas y contusiones del herido. Declar, desde
luego, su estado muy grave.

Pea y don Rudesindo, encontraron a Gonzalo dentro del coche llorando
desesperado.

--Soy un bruto!--les dijo.--Un brbaro! Qu pensarn ustedes de m!
He cometido una accin bochornosa. Perdnenme ustedes.

Hicieron lo posible por calmarlo. En el fondo, ni a uno ni a otro les
pareca tan mal aquello. Despus de todo, la accin del Duque haba sido
tan villana, que bien estaba que se castigase villanamente. Pea,
durante el camino, lleg a decir cuchufletas acerca de la soberana
paliza que el magnate acababa de recibir.

--Chico, no cabe duda que los grandes de la naturaleza pueden ms que
los grandes de Espaa--deca con su voz campanuda que no dejaba perderse
una sola letra. Gonzalo, pronto, como un gran nio que era, a pasar del
llanto a la risa, sonri primero y dej escapar al fin sonoras y
formidables carcajadas con los chistes de su amigo.

Pero la vista de la casa de su suegro le sumi nuevamente en la
tristeza. Haba satisfecho su justa venganza. Pero quedaba una herida
honda, cuyo agudo dolor aun no haba podido sentir bien, porque la
exaltacin colrica en que haba vivido aquellos dos das, lo sofocaba.
Oh! aquellas grotescas torrecillas y almenares, testigos de su luna de
miel, le produjeron horrible impresin de melancola. Pareca que una
mano cruel le estrujaba el corazn dentro del pecho. Sus amigos,
comprendiendo que deseaba quedarse solo, siguieron a Sarri. Pablito le
esperaba a la puerta de la quinta, y le abraz con efusin y entusiasmo.

--Le has matado?--preguntle por lo, bajo.

--No s... Creo que s--respondi el joven ms bajo an.--Y tu padre?

--Mi padre... Estaba aqu hace un instante... En cuanto te vi bajar
sano del coche, ha montado en la berlina que estaba enganchada ah
abajo, y se ha ido a Sarri.

Gonzalo adivin lo que iba a hacer y se puso ms sombro. Los dos
cuados se dirigieron silenciosos a la casa, y fueron derechos al cuarto
de Gonzalo. Al cabo de unos momentos, ste, que se haba dejado caer en
un sof y permaneca inmvil, con la cabeza abatida sobre el pecho, dijo
a su cuado:

--Perdname, Pablo... Deseo quedarme solo... No estoy en este momento
para hablar.

Pablito se apresur a retirarse.

Pas un largo rato. La puerta se abri de nuevo sin que el joven lo
sintiese. Una sombra se desliz hasta l y puso sobre la silla ms
cercana una bandeja con una taza y algunos platos.

--Oh! Eres t, Cecilia?

--Quieras o no, vas a tomar algo... Ya son las dos de la tarde, y estoy
segura de que no te has desayunado--dijo la joven, arrimando una mesilla
y poniendo sobre ella el caldo humeante.

--Qu buena eres, Cecilia!--exclam l apoderndose de una de sus
manos. Aquella exclamacin era un grito de afecto, de entusiasmo, y a la
vez de un vago remordimiento que jams haba podido desechar de
s.--Qu buena eres! qu buena eres!--repiti con lgrimas en los
ojos.--Lo que has hecho aquella noche... Oh! eso no lo hace nadie...
Nadie!... Una santa que bajase del cielo no lo hara... Ninguno de los
que vivimos a tu lado merecemos besar el polvo que pisas...

Y el joven, conmovido con sus propias palabras, sollozando perdidamente,
cubri de besos y lgrimas la mano que tena cogida.

Cecilia se puso fuertemente encarnada primero; despus plida, y dijo en
tono que result un poco seco:

--Deja, deja.

Retirando al mismo tiempo la mano con presteza. Al ver que su cuado
quedaba acortado, se apresur a decir:

--Mira, cuanto menos hablemos de esas cosas, y, si posible fuera, cuanto
menos penssemos, sera mejor... Ahora lo que importa es que tomes este
caldo. Despus te traer unas croquetas y un lenguado... quieres?

--No tengo apetito, Cecilia--respondi haciendo esfuerzos por reprimir
su emocin.

--Todo es empezar... Vers...

--No, no; de veras, no puedo pasar nada en este momento.

--Y si te lo mando yo?--dijo la joven. Despus que lo dijo se puso
colorada.

--Entonces, desde luego lo tomo... A ti no puedo negarte nada--replic
l acercando el plato.

Aquella tan galante rplica, produjo una penosa impresin de fro en
Cecilia. Para no dejarla ver, sali precipitadamente de la estancia.

Tres o cuatro das estuvo el duque de Tornos entre la vida y la muerte.
Al cabo cedi la calentura, y desapareci la gravedad. Sin embargo, la
curacin deba ser largusima. Haba dos costillas fracturadas, la
mandbula inferior tambin, y sobre esto, terribles magullamientos en
otros varios parajes del cuerpo. Al cabo de un mes pudo trasladarse a
Madrid.

Gonzalo no dej la casa de su suegro, quien al cabo de cinco o seis das
del desafo, tom de llevar a Ventura al convento de Ocaa. Pero su vida
fu triste, sombra por dems. Negbase, a pesar de las instancias de
Pablo, a salir de caza o paseo. En vano ste y don Rosendo y los amigos
que solan venir a Tejada, inventaban mil pretextos para hacerle salir
de excursin. Aunque no se negaba de frente a acompaares tambin l
acudi a los engaos para quedarse siempre en casa, donde descaeca a
ojos vistas. Su to don Melchor vena a menudo a verle, y le aconsejaba
que se fuese a viajar durante una temporada. No se negaba a ello; pero
lo aplazaba siempre, pretextando no encontrarse bien de salud. Don
Rosendo, asesorndose del seor de las Cuevas y de otros varios amigos,
decidi trasladarse a Sarri, por ver si con la sociedad de sus amigos
el joven se animaba un poco. Salieron fallidos todos los clculos.
Gonzalo se dej llevar a la villa sin hacer observaciones. Pero puso an
ms empeo en aislarse, en vivir retirado del trato social. Sala tan
slo al amanecer, y daba algunos paseos por la punta del Pen,
contemplando el mar con ojos extticos, que alguna vez tomaban una
expresin de angustia que apenara seguramente a quien los mirase. En
cuanto el muelle comenzaba a animarse, y la villa despertaba de su
sueo, retirbase a toda prisa a casa.

Por qu no dejaba a Sarri, teatro de su desdicha, y se iba a pasar al
menos una temporada en Madrid, en Pars o en Londres? Esta era la
pregunta que se hacan todos los vecinos de la villa. Nadie acertaba a
contestarla satisfactoriamente. Ni era fcil que eso sucediera. Son muy
pocos los que saben explicarse el origen secreto, la ltima raz de las
acciones humanas. Unos porque no se paran en psicologas, que juzgan
intiles, otros dotados de entendimiento sutil y perspicaz, porque lo
aprovechan para escudriar solamente el mvil interesado, casi nadie
destapa esa mgica caja de sentimientos, y deseos, y esperanzas, y
contradicciones, que se llama corazn humano. Qu vergenza sentira
Gonzalo si le dijesen que no se iba de Sarri por no alejarse de la
atmsfera que envolva a su esposa, a quien cubra de dicterios en
secreto, y afectaba despreciar ante el mundo! Y, sin embargo, nada ms
cierto. Quedndose en aquella casa, le pareca que aun no se haban roto
del todo los lazos que le ligaban a ella. Los seres que le rodeaban eran
su carne y su sangre: la amaban todava, aunque culpable: no se poda
injuriarla en su presencia. Ventura haba dejado en las habitaciones, en
los muebles, una parte de su ser. En el tocador yacan los frascos de
pomada y esencias que ella usaba, a medio consumir; en las perchas
colgaban algunos de sus abrigos y sombreros. Su imagen graciosa, su
blonda cabeza deslumbradora, pareca que iba a parecer detrs de las
cortinas. El ambiente estaba embalsamado an con su perfume habitual.
Aquel marido, tan vilmente ultrajado, sin querer darse cuenta de ello,
respiraba con delicia el aliento de su esposa, y viva de la sombra de
su vida. Todava ms; viva de la esperanza de perdonarla.

Esto no lo saba nadie... ni l mismo quiz de un modo cabal... Nadie
ms que Cecilia, cuyos ojos de zahor enamorada, lean claramente los
pensamientos ms vagos que cruzaban por la mente de su cuado. Este
manifestaba por ella una predileccin tan afectuosa, tal entusiasmo y
veneracin, que era muy fcil confundir con el amor. Todas las
compaas, hasta la de su to, le molestaban menos la de ella. Aunque
estuviese entregado a una meditacin dolorosa, y las lgrimas corriesen
por sus mejillas escaldndolas, la aparicin de Cecilia en su cuarto,
obraba como un calmante, suavizando su dolor. Ceda a sus consejos con
respeto, y se dejaba guiar y mimar por ella como un nio enfermo. Cuando
tardaba en ir por su cuarto, se impacientaba y le daba quejas cariosas
lo mismo que un amante rendido y llagado de amor. Cuando entraba, sus
ojos no la abandonaban ni un instante, cual si estuviesen bajo la
influencia de un encanto o fascinacin. Aquellos ojos expresaban cario
profundo, gratitud, admiracin, respeto, entusiasmo, lo expresaban
todo... menos amor. Cecilia bien lo lea. No poda mirarlos sin sentir
el mismo doloroso pinchazo en el corazn, la misma gota amarga de hiel
en los labios. Su espritu, sereno siempre, turbbase por un instante, y
apareca fra unas veces, otras irritable y enigmtica, con gran
sorpresa y dolor de Gonzalo que se esforzaba en alegrarla. Pronto lo
consegua. El pensamiento aquel, caa en su cerebro como la piedra en un
lago, revolviendo las aguas. Pocos momentos despus, la calma volva a
su espritu. Quedaba puro y tranquilo como el lago.

Un da, al entrar repentinamente en la habitacin de su cuado, le
encontr examinando un revlver.

Al verla trat de ocultarlo en el cajn de la mesa que tena abierto y
se puso colorado.

--Qu hacas?

--Nada, al buscar en este cajn unos papeles, me hall con un revlver
que ya no me acordaba que tena, y lo estaba mirando.

Cecilia no crey palabra. Experiment desde entonces cierta inquietud
que la obligaba a vigilarlo ms que antes.

Transcurrieron dos meses. El desdichado joven, aunque persista en la
misma vida apartada y sombra, mostraba algunas vagas seales de
reverdecimiento. Una que otra vez sala a caballo. Haba hablado a su
suegro de hacer un viaje por Italia, pas que aun no conoca. La fuerza
que haca subir la savia de nuevo a su ser marchito, era un pensamiento
dulce, tan dulce como vergonzoso, que ocultaba con cuidado a todo el
mundo. Sin embargo, una tarde en que departa cariosamente con su
cuada, despus de muchos rodeos, y ponindose colorado hasta las
orejas, le pregunt por Ventura. Qu noticias tena de ella? Cecilia le
respondi framente con las menos palabras posibles. Pobre Gonzalo! Si
supiese que aquella mujer traidora por quien preguntaba, lejos de estar
arrepentida, se revolva con furia contra su familia, cubrindolos a
todos de dicterios, amenazndoles con entregarse al primer hombre en
cuanto saliese de la prisin, escandalizando con su soberbia y lenguaje
procaz a la superiora del convento!

Desde aquel da, perdida ya la cortedad, preguntaba a menudo por ella;
gustaba de mentarla en la conversacin, sin que le hiciese desistir de
ello el tono seco con que Cecilia le responda, y la prisa con que
cambiaba de tema.

Lo que don Rosendo tema, por las cartas que de Ocaa le enviaban, lleg
al fin. Un da, la superiora del convento le comunic que Ventura se
haba hudo de aquel asilo, en compaa, segn todos los informes, del
duque de Tornos. El gran humanitario, como le llam el _Faro_ en
cierta ocasin, recibi la nueva con valor estoico. Efectivamente, qu
significaba aquella pena puramente individual que le afliga, en
comparacin con el dolor universal, con la marcha lenta y segura de la
humanidad hacia sus destinos? Por aquellos das acababa de leer un
clebre folleto de autor francs, titulado _El mundo marcha_. Tena los
sesos revueltos y deslumbrados con sus grandes sntesis histricas, lo
cual le ayud no poco a soportar aquel golpe. Procur, sin embargo, que
su yerno no se enterase de la noticia. No tena la misma confianza en la
elevacin de su espritu y en la amplitud de sus miras. Algunos das
estuvo oculta. Al cabo corri por la poblacin sin saber quin la
trajera. Gonzalo, que todas las maanas a primera hora iba por el
Saloncillo, la ley en una gacetilla tan infame como hipcrita del
_Joven Sarriense_. Circula por la poblacin la especie--deca--de que
una seora, protagonista de cierto drama amoroso no ha mucho tiempo
acaecido, se ha fugado en compaa de su amante del asilo donde su
familia la haba recludo. Sentiramos que este rumor se confirmase por
afectar directamente a personas muy conocidas y estimadas en la sociedad
sarriense.

Gonzalo sinti que algo que aun estaba por desgarrar se le desgarraba
dentro del pecho. Dej caer el papel. Sonriendo nerviosamente y con voz
aguda y extraa, se dirigi a don Feliciano Gmez, que era la nica
persona que all haba:

--Ya sabr usted que la z... de mi mujer se ha escapado con su chulo,
eh?

Don Feliciano le mir sorprendido. Aunque era hombre que entenda poco
de sonrisas, al verle sonreir de aquel modo se sinti sobrecogido, y le
contest con tristeza:

--S, Gonzalito, s. Ya saba que todava no habas pasado lo ltimo...
A la verdad, despus de lo sucedido, este golpe final no debe cogerte de
sorpresa... Boto el freno, debas suponer dnde haba de parar.

--Y a m, qu?--exclam el infeliz joven con la misma sonrisa,
mostrando en todo su cuerpo una inquietud exagerada.--Que se escapa...
bueno!... Vaya bendita de Dios... Nada tengo ya que ver con ella...
Ah! si la ley me permitiera casarme!... No se pasara un mes sin
hacerlo... Y por qu no, vamos a ver, y por qu no he de poder
hacerlo?... En fin, si no me caso a perpetuidad, me casar
temporalmente... Tomar por ah una buena moza, eh, don Feliciano? y
anda con Dios!... Ser al fin y al cabo una p... de profesin, mientras
mi mujer lo es de aficin...

Mientras pronunciaba estas feas palabras, daba vueltas por la estancia,
se quitaba el sombrero, se encoga de hombros y haca otros gestos
extravagantes. Por ltimo solt una carcajada.

--Mira, Gonzalillo--le dijo don Feliciano.--Acabas de pasar una
pelona... pero ya vendrn tiempos mejores. Tras de lo malo siempre viene
lo bueno. Las cosas del mundo hay que tomarlas con cachaza, mi queridn.
Con disgustarse y criarse hiel en el estmago, qu se consigue?... Aqu
me tienes a m. El mes pasado perd un barco... Todo el mundo vena a
consolarme creyendo que estaba desesperado. Yo les contestaba: Es verdad
que perd el _Juanito_; pero, y si hubiera perdido la _Carmen_, no
sera mucho peor? Pues lo mismo pude perder uno que otro, porque los dos
estaban en la mar. T has sufrido un disgusto: bueno... pero tienes
salud. No sera peor que adems te pusieras enfermo? Hay que pensarlo
todo, mi queridn. La salud es lo primero... T come bien, echa buenos
tragos, y anda adelante! que lo dems ya se olvidar...

Gonzalo sali del Saloncillo sin despedirse, dejando al bueno de don
Feliciano con la palabra en la boca.

En casa se di por enterado con don Rosendo de la fuga de Ventura.
Contra lo que todos presuman, no le caus una impresin muy honda. Al
contrario; desde aquel da sealse en l una tendencia a animarse, y a
participar del comercio social, que no dej de sorprender en la
poblacin. Comenz a visitar las casas de los amigos, a presentarse en
el caf, a pasear por las calles, a charlar, a discutir. No volvi a
hablar de marcharse. Hasta, con gran pasmo de la villa, en uno de los
bailes que se dieron en el Liceo, bail toda la noche como un pollastre
que por primera vez pisase el saln.

No obstante, Cecilia estaba muy inquieta. Aquella animacin de su cuado
era tan extempornea, que ms pareca un ataque de nervios. Sobre todo,
la extraa sonrisa, parecida a una mueca, que no se le caa de los
labios desde que leyera la gacetilla del _Joven Sarriense_, la haca
estremecerse en algunos momentos.

Y lleg lo que era natural. Tras de aquella insana excitacin, vino, al
cabo de algunos das, un profundo y sombro abatimiento. Estuvo tres sin
salir de su cuarto, sin probar apenas manjar alguno de los que Cecilia
le llevaba, y, lo que es an peor, sin lograr conciliar el sueo. Con
los ojos abiertos y extticos, se pasaba horas y horas tendido en su
lecho, mirando a las tinieblas. En la noche tercera, a eso de las tres,
encendi luz, se visti y se puso a escribir una larga carta a su to.
Despus escribi otra con sobre a Cecilia. Cerradas y colocadas sobre la
mesa en primer trmino, para que se vieran pronto, sac un pitillo, lo
encendi a la luz de la buja, y comenz a pasear por la habitacin.
Antes de concluir el cigarro lo arroj. Abri el cajn de la mesa, y
sac el revlver que all guardaba. Al acercarlo a la luz vi que estaba
descargado, lo que no dej de sorprenderle. Tena casi la certeza de
haberlo cargado haca un mes, poco ms o menos. Busc la cajita de las
cpsulas y no la hall. Qu cosa tan extraa! No tard en recordar que
Cecilia le haba visto con l en la mano, y una sonrisa dulce y triste
se dibuj en sus labios. Fu a echar mano a las escopetas. Las encontr
igualmente descargadas. Los cartuchos haban desaparecido de su sitio.
Permaneci inmvil y pensativo largo rato. Luego, como si despertara de
un sueo, sacudi la cabeza y dej escapar un suspiro. Se puso el
sombrero, abri la puerta y baj con gran sigilo las escaleras. Al pasar
por delante de la puerta del piso principal, peg el odo a ella. Estuvo
un momento escuchando, la faz demudada, los cabellos erizados. Haba
odo claramente la voz de su esposa que le llamaba desde adentro. Pasada
la alucinacin, sigui bajando, abri la puerta exterior con la llave
que colgaba del pasador, y sali a la calle.

Aun no haba amanecido; pero en el Oriente pareca una tenue claridad
precursora del da. La maana estaba fresca. Caa del cielo un agua
menudsima de niebla marina. Sin vacilar se dirigi al muelle. Subi al
segundo paredn y mir a la mar, cuyo horizonte en aquel momento no era
muy extenso, a causa de la niebla. Los das anteriores haba soplado el
noroeste, y la haba encrespado y revuelto hasta el fondo. Grandes olas
hinchadas venan de lejos extendiendo sus lomos gigantescos y se
estrellaban con fragor contra la punta del Pen, escupiendo sus espumas
a lo alto. Los ojos del joven tropezaron con un patache que trataba de
entrar en el puerto, y bailaba como un casco de nuez sobre las olas.
Aquella entrada le interes desde luego. Sigui todas las peripecias con
viva atencin, como si en ello le fuese algo. Al cabo de un cuarto de
hora, cuando ya estuvo atracado al muelle, sinti de nuevo la espuela de
su pensamiento. Di un suspiro y murmur: Vamos. Y sigui adelante,
rozando con su cintura el pretil del paredn. Al llegar a cierto paraje,
una ola ms fuerte que las dems le ba enteramente con su espuma.
Aquel inopinado bao le produjo grata impresin, le refresc la piel.
Estuvo esperando en el mismo sitio un rato, por ver si llegaba otra con
igual fuerza, pero no vino. Y emprendi de nuevo la marcha. Cuando
estuvo en el extremo del malecn, se ech de bruces sobre el pretil y
contempl con sombra fijeza las olas que llegaban. Estaba en el mismo
sitio donde, haca algunos aos, haba tenido pltica con su to para
darle cuenta de que abandonaba a Cecilia y contraa matrimonio con
Ventura. Las palabras del viejo, severas, irritadas, sonaron de nuevo en
sus odos. Al hombre que falta a su palabra no puede ayudarle Dios...
El viaje es largo. La mar ancha y brava. Lo que ahora es bonanza, en un
instante se convierte en marejada de leva. Qu razn tena m
to!--pens, sin apartar la vista del mar.

--Bah!--murmur al cabo de algunos momentos--si cien veces me viera en
ese caso, cien veces hara lo mismo. Hay cosas fatales. Llevo a esa
mujer en la sangre como un veneno, y slo puede salir con la ltima
gota.--Estuvo otro rato pensativo. El agua del mar que le haba baado,
y la del cielo que sin cesar caa, le enfriaron hasta los huesos. La
maana se presentaba sucia, cenicienta. No era, no, aquella hermosa
noche en que se haba quedado tambin de bruces despus de hablar con su
to. Entonces, la belleza esplendorosa del cielo, tachonado de
estrellas, el limpio cristal de las aguas, donde cabrilleaba la luz de
la luna, la blanda brisa juguetona, le hablaron un lenguaje de muerte,
s, pero dulce, recogido, ntimo. Era una voz amiga que le invitaba a
reposar. Mas ahora lo que oa era un grito de desolacin, una amenaza:
Vente, vente. La muerte es muy triste; pero la vida es ms triste
todava.

--Concluyamos--dijo levantando la cabeza. Avanz el cuerpo; extendi los
brazos. En aquel momento pens que el instinto de conservacin le hara
nadar seguramente, y se detuvo. Mir a todas partes buscando algn peso.
Sus ojos tropezaron con el ncora de un quechemarn que yaca all
abajo, en el primer muelle. Baj por ella, cort con la navaja un pedazo
de maroma de una lancha, se la amarr, la alz con sus brazos de atleta
y subi la escalera como un gimnasta que quisiera dar muestra ante el
pblico del enorme poder de sus msculos. Una vez arriba, se at la
cuerda al cuello. Se puso en pie sobre el pretil, y abrazado al ancla se
arroj al agua. Su cuerpo de coloso abri en ella una grande brecha, que
se cerr al instante. La mar profunda extingui aquella chispa de vida,
como tantas otras, con implacable indiferencia.

Un marinero que le vi de lejos, corri hacia el sitio gritando:

--Hombre al agua!

Otros tres o cuatro de las prximas embarcaciones le siguieron. En pocos
minutos se form un grupo de veinte o treinta en la punta del paredn.

--Quin era? Le conocas?--preguntaban al que le haba visto.

--Me parece que era don Gonzalo.

--El alcalde?

--S.

--Sera muy bien, sera muy bien... Reterroas mujeres!

La nueva se esparci instantneamente por la villa. Acudi al muelle una
muchedumbre de gente. Dos hombres en una lancha recorrieron con un largo
remo el fondo, sin dar con el cuerpo del desgraciado joven. Al cabo
tropezaron con l. Se trajo un gancho, y tirando lo sacaron a flote en
el mismo momento en que don Melchor, demudado, convulso, sin sombrero,
llegaba al muelle, noticioso del terrible lance.

--Hijo de mi alma!--grit el pobre anciano al ver sobre el agua el
cadver de su sobrino. Sus corvas se doblaron, y cay desvanecido en
brazos de las personas que le acompaaban.

Extendieron el cuerpo del suicida sobre el muelle mientras llegaba el
juzgado. Aquel espectculo tena profundamente impresionados a todos los
circunstantes, entre los que se hallaban personas de los dos bandos
rivales.

Despus que lleg el juez y se instruyeron las debidas diligencias,
colocaron en una camilla el cadver, y lo transportaron a su casa,
porque don Rosendo, que saba la noticia, lo reclamaba. Fu una
procesin tristsima al travs de las calles de la villa. Los vecinos se
asomaban a los balcones, plidos, inquietos, con la tristeza en el
semblante. Gonzalo gozaba de generales simpatas.

Don Rosendo, posedo de vivo dolor, no quiso ver el cadver de su hijo
poltico. Se encerr en su cuarto; pero dispuso que se le colocase en el
mejor saln de la casa sobre una mesa cubierta de terciopelo, que se
trajesen de todas partes flores y coronas, y se preparase un entierro
suntuoso.

Cecilia, por uno de esos esfuerzos heroicos que estaba avezada a hacer
sobre su alma y su cuerpo, supo encerrar su pena en el fondo del
corazn. Veasela lvida, s, pero tranquila, disponiendo por la casa lo
necesario para recibir el cuerpo de su cuado. Cuando lleg, ella misma
ayud a colocarlo en el sitio, despus que se le hubo amortajado. Lo
cubri de flores, encendi los cirios, adorn la habitacin con negros
crespones. Despus dispuso que velase el cadver una hermana de la
caridad en compaa de ella.

Dejronlas al fin solas. Rezaron largo rato de rodillas. Cuando
terminaron su rezo, Cecilia rog a la monja que fuese a la cocina a dar
orden para que se le hiciese te, porque estaba desfallecida.

En cuanto la monja sali, alzse vivamente. Y sacando unas tijeras,
cort un mechn de cabellos de la cabeza de su cuado, que ocult en el
seno. Cort despus de los suyos otro, y temblorosa y agitada, lo meti
entre las manos cruzadas del cadver. Luego le contempl un instante. Y
bajando la cabeza, cubri de besos aquel rostro inanimado. Los primeros
y los ltimos que le daba.

La esposa, la nica y verdadera esposa de aquel hombre, no pudo al fin
resistir tanto dolor y rod por el suelo sin conocimiento.

FIN

       *       *       *       *       *




=OBRAS DE PALACIO VALDS=

=El seorito Octavio=.--Un tomo.

=Marta y Mara=.--Un tomo. Traducida al francs, al ingls,
al sueco, al ruso y al tchque.

=El idilio de un enfermo=.--Un tomo. Traducida al francs
y al tchque.

=Aguas fuertes= (novelas y cuadros).--Un tomo. Traducida
al francs, al ingls, al alemn, al holands, al sueco y
al tchque. Edicin espaola con notas y vocabulario
en ingls.

=Jos=.--Un tomo. Traducida al francs, al ingls, al alemn,
al holands, al sueco, al tchque y al portugus.
Edicin espaola con notas en ingls para el estudio del
espaol en Inglaterra y Estados Unidos de Amrica.

=Riverita=--Un tomo. Traducida al francs.

=Maximina= (segunda parte de _Riverita_).--Un tomo. Traducida
al ingls.

=El Cuarto Poder=.--Un tomo. Traducida al francs, al ingls
y al holands.

=La Hermana San Sulpicio=.--Un tomo. Traducida al francs,
al ingls, al holands y al sueco.

=La espuma=.--Un tomo. Traducida al ingls.

=La Fe=. Un tomo.--Traducida al francs, al ingls y al
alemn.

=El Maestrante=.--Un tomo. Traducida al francs y al
ingls.

=El origen del pensamiento=.--Un tomo. Traducida al francs
y al ingls.

=Los majos de Cdiz=.--Un tomo. Traducida al holands.

=La alegra del capitn Ribot=.--Un Tomo. Traducida al
francs, al ingls, al holands y al sueco. Edicin espaola
con notas y vocabulario en ingls.

=La aldea perdida=.--Un tomo.

=Tristn, o el pesimismo=.--Un tomo. Traducida al ingls.

=Semblanzas literarias= (_Los oradores del Ateneo, Los novelistas
espaoles, Nuevo viaje al Parnaso_).--Un tomo.

=Papeles del doctor Anglico=.--Traducida al alemn.






End of Project Gutenberg's El cuarto poder, by Armando Palacio Valds

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forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

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Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


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