The Project Gutenberg EBook of Al primer vuelo, by Jos Mara de Pereda

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Title: Al primer vuelo

Author: Jos Mara de Pereda

Release Date: December 21, 2007 [EBook #23957]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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Al primer vuelo

D. Jos Mara de Pereda




--I--

Antecedentes


No tiene escape. Denme ustedes un aire puro, y yo les dar una sangre
rica; denme una sangre rica, y yo les dar los humores bien
equilibrados; denme los humores bien equilibrados, y yo les dar una
salud de bronce; denme, finalmente, una salud de bronce, y yo les dar
el espritu honrado, los pensamientos nobles y las costumbres
ejemplares. _In corpore sano, mens sana_. Es cosa vista... salvo
siempre, y por supuesto, los altos designios de Dios.

Palabra por palabra, ste era el tema de muchas, de muchsimas
peroraciones, casi discursos, del menor de los Bermdez Peleches, del
solar de Peleches, trmino municipal de Villavieja. Le daba por ah,
como a sus hermanos les haba dado por otros temas; como a su padre le
dio por la mana de poner a sus hijos grandes nombres, por si algo se
les pegaba.

Tres varones tuvo y una hembra. Se llamaron los varones Hctor, Aquiles
y Alejandro, y la hembra Lucrecia. Pero no le sali por este lado al
buen seor la cuenta muy galana que digamos. Hctor, encanijado y
pusilnime, no cont hora de sosiego ni minuto sin quejido. Aquiles, no
mucho ms esponjado que Hctor, despunt por mstico en cuanto tuvo uso
de razn, y emprendi, pocos aos despus, la carrera eclesistica.
Lucrecia, de mejor barro que sus dos hermanos mayores en lo tocante a lo
fsico, al primer envite de un indiano de Villavieja, de esos que _se
van_ apenas venidos, dijo que s; y con tal denuedo y tan emperrado
tesn, que a pesar de ser el indiano mozo de pocas creces, nfima
prosapia y mezquino caudal, y a despecho de los humos y de las iras del
Bermdez padre, la Bermdez hija se dej robar por el pretendiente, se
cas con l a los pocos das, y le sigui ms tarde por esos mares de
Dios, afanosa de ver mundo y resuelta a alentar a su marido en la
honrosa tarea de acabar de redondearse en el mismo tabuco de Mechoacn
en que haba dejado, trece meses antes, depositados los grmenes de una
soada riqueza.

Alejandro, el Bermdez nuestro, tuvo tanto de su homnimo, el de
Macedonia, como sus hermanos Hctor y Aquiles de los dos famosos hroes
de _La Iliada_; aunque, en honor de la verdad y escrupulizando mucho las
cosas, algo vino a sacar, ya que no del insigne conquistador, de su
padre, pues lleg a ser tuerto como el gran Filipo. Por lo dems, fue el
varn ms fornido de la casa, y el ms sano y animoso. Eligi la carrera
de Derecho, y le envi su padre a la Universidad, mientras Aquiles
estudiaba Teologa en el Seminario, y se saba, por lo que propalaba la
familia del mejicano, que Lucrecia estaba en Mechoacn engordando a ms
y mejor con la alegra de ver acrecentarse, de hora en hora, el caudal
de su marido.

Hctor, hecho una miseria, se qued en Peleches al cuidado de su padre.
El cual, con esta cruz sobre la de sus muchos aos, y el martirio, cada
da ms insufrible, de la prevaricacin de su hija, se muri muy pronto.
Con esta muerte, como con la de su yedra el muro vacilante, la vida de
Hctor, insostenible por s sola, se puso a punto de acabarse. Acudi a
su lado el seminarista, enteco por naturaleza y extenuado por los ayunos
y las maceraciones; y solos, tristes y doloridos los dos en el casern
de Peleches, murironse en pocos meses uno tras otro, despus de testar
en comn a favor de Alejandro; y no por aborrecimiento a Lucrecia, bien
lo sabe Dios, sino por acumular los caudales libres de la familia en el
nico encargado de perpetuar el ilustre apellido, y en la persuasin de
que la hembra iba en prspera fortuna, no tena ms que un hijo y poda
pasarse muy bien sin las legtimas de sus dos hermanos.

Ello fue que Alejandro se vio dueo y seor de las tres cuartas partes
del haber de sus padres, que, aunque no eran cosa del otro jueves,
reunidas en un solo montn daban para mucho en manos de un hombre
hacendoso como l, por instinto, y que ya para entonces haba aprendido,
de labios de un profesor suyo, hombre anmico y dado un poquito a la
crpula, aquello de _mens sana..._ en virtud de los milagros del aire
puro, corriente y libre, que, por cierto, no los haba hecho muy
sealados en la familia de los Bermdez del solar de Peleches, como
poda certificarlo el Alejandro mismo.

No tentndole gran cosa los libracos de su carrera, resolviose a dejarla
en el punto en que la tena cuando los tristes acontecimientos de
Peleches le obligaron a trasladarse a su casa solar; pero como se haba
dejado por all, en vas de buen arreglo, cierto asunto que nada tena
que ver con la heredada hacienda ni con los afanes universitarios,
encomendando el casern nativo y todas sus pertenencias, muebles e
inmuebles, al cuidado de una persona de su confianza, y sin pagarse
mucho, por entonces, de los libres y salutferos aires patrios, aunque a
reserva de volver a henchirse de ellos tan pronto como lo necesitara,
tornose a la ciudad, que era Sevilla.

El asunto que con tal fuerza le solicitaba all, era una hurfana bien
acaudalada y no de mal ver, aunque algn tanto desquiciada de una
cadera, y con la cual lleg a casarse un ao despus. Con los dos
caudales juntos y sus excelentes instintos de traficante, emprendi
negocios que le dieron un buen lucro y le apegaron ms y ms a la tierra
de su mujer. La cual, a los ocho meses de haberle hecho padre venturoso
de una hermosa nia, que se bautiz con el nombre de Nieves, se muri.
Por entonces perdi el ojo izquierdo Alejandro Bermdez Peleches; y,
segn relato de personas bien enteradas, lo perdi a consecuencia de una
inflamacin que le sobrevino de tanto llorar... y de tanto frotarlo,
mientras lloraba, con la mano mal depurada de cierto menjunje custico
que haba preparado l para un enjuague vincola de los muchos que haca
en su bodega.

Aunque despus de curado de las penas de las dos prdidas, en el mismo
orden cronolgico en que haban ocurrido la de la esposa y la del ojo,
se vio joven y robusto y rico, no sinti las menores tentaciones de
volver a casarse, entre otros motivos, por el muy noble y honroso de no
dar una madrastra a su hija, que se criaba como un rollo de manteca al
cuidado de una juiciosa y madura ama de gobierno, despus de haberla
dejado de su mano la nodriza. Pero, en cambio, y echando de ver que de
su parte no haba motivos racionales para otra cosa, entabl gustossimo
una frecuente correspondencia con su hermana, que a ello le tentaba
desde la ciudad de Mjico, a la cual haba trasladado su marido el campo
de sus operaciones mercantiles, que, por lo vastas y lucrativas, no
caban ya en el tenducho de Mechoacn. Lucrecia, segn sus cartas a
Alejandro, no estaba resentida con l por las disposiciones
testamentarias de sus hermanos mayores. Lo conceptuaba natural: los
haba disgustado a todos por una calaverada que por casualidad le haba
salido bien. Lo conoca al fin, y se complaca en confesarlo. Adems, le
sobraba dinero, le sobraban riquezas para ellos dos y un hijo solo que
tenan, sin esperanzas de tener otro, porque ya haban pasado ms de
seis aos sin barruntos de l, y era un engordar el suyo, que no cesaba.
El aire, los _frijoles_, el _mamey_, las _enchiladas_, el _quitil_...
hasta el _pulque_ con que se desayunaba muchos das para matar el
gusanillo, todo lo de all le caa como en su molde propio, y le abra
el apetito y se converta en substancia apenas engullido. Deploraba su
gordura solamente por lo que la molestaba para sus quehaceres
domsticos, pues para andar por la calle tena _volanta_. Jams sala a
pie. Su marido era un buen hombre que se esmeraba en complacerla y
estimarla a medida que iba ella engordando y enriquecindose l, y ni l
ni ella pensaban volver a Villavieja nterin no pudieran ser all los
seores ms ricos de toda la provincia; y esto, no por pujos de vanidad,
sino por el honrado deseo de que se descubrieran reverentes delante de
su marido, muchos mentecatos que le haban tenido en poco en la villa
por ser hijo de quien era y caberle en la maleta todos sus caudales.
Segn iban las cosas, no envejeceran los dos sin ver realizados sus
propsitos. Entre tanto, se daban buena vida, se trataban con
distinguidas y honradas gentes, y el nio Ignacio, Nacho, Nachito, iba
creciendo. Nachito! Era una bendicin de Dios por guapo, por agudo, por
gracioso... Qu criatura, Virgen de Guadalupe!

Todas estas cosas se las contaba la gorda Lucrecia al tuerto Alejandro
en un lenguaje brbaramente desledo en una tintura medio guachinanga,
medio tlascalteca, seal evidente de que la hembra de los Bermdez
Peleches hablaba ya _en mejicano_ como los _jndalos_ montaeses hablan
_en andaluz_.

--Debe estar hecha una tarasca--pensaba su hermano, sonrindose, cada
vez que acababa de leer una de estas cartas--. Pero es buenota como el
pan, y varonil como ella sola.

Despus la contestaba larga y minuciosamente sobre su modo de vivir, sus
esperanzas y proyectos; los proyectos y esperanzas de Lucrecia; consejos
sanos y observaciones cuerdas acerca de la obesidad prematura en sus
relaciones con el mtodo de vida, calidad y cantidad de los alimentos...
Nacho. A este nio precoz le dedicaba siempre un largo prrafo. Nacho
crecera, Nacho tendra que estudiar, Nacho sera mozo, Nacho sera un
hombre; y ay de l! si mientras recorra este sendero largo y
escabroso, no se cuidaba nadie de educarle como era debido para que el
espritu no se corrompiera dentro de un cuerpo mal oxigenado. No tiene
escape, Lucrecia. Dame t un aire puro, y yo te dar una sangre rica;
dame una sangre rica, y yo te dar los humores bien equilibrados; dame
t... Y as sucesivamente, toda la retahla que ya conoce el lector.

Luego, y por final de la carta, hablaba de su hija, de su Nieves. Qu
hermossima estaba, cmo creca de hora en hora, qu revoltosa era y qu
gracia le haca, sobre sus grandes ojos azules, aquel fruncir de
entrecejo a cada repentina impresin que reciba, lo mismo de disgusto
que de placer! Su pelo era rubio como el oro viejo, y el matiz de sus
carnes el del ms puro ncar, con unas veladuras de color de rosa en las
mejillas, en los labios hmedos y en las ventanas de la nariz, que daba
gloria verla. Saldra algo, pero algo muy singular, de aquella
miniaturita de mujer. l tena ya sus planes formados, sus clculos
hechos para ms adelante. En esos clculos entraba, y por mucho, el
venerable solar de Peleches, con sus vastos horizontes y sus aires
salutferos... pero a su debido tiempo, en su da correspondiente... No
haba que confundir las cosas, que atropellar los sucesos. Todo vendra
por sus pasos contados, y todo vendra bien con la ayuda de Dios y sus
buenas intenciones.

A Peleches no haba vuelto l ms que una vez, y muy deprisa, desde la
muerte de sus hermanos, porque estaba muy lejos, y los negocios
mercantiles y los cuidados de la nia le amarraban a Sevilla de da y de
noche; pero no por eso le perda de vista. A la hora menos pensada dara
una vuelta por all, o todas las que fueran necesarias para el mejor
logro de sus acariciados planes. Entre tanto, en buenas manos andaba
todo ello, para tranquilidad suya y prestigio de sus hidalgos
progenitores.

Con este continuo hablar, Alejandro de su Nieves y Lucrecia de su
Nachito, lleg a empearse entre los dos hermanos una verdadera puja de
alabanzas de los respectivos vstagos; y picada Lucrecia en su puntillo
de madre del nio ms hermoso del mundo, envi a su hermano un retrato
del prodigio, vestido de _ranchero_, con su listado _jorongo_, sus
amplias _calzoneras_ y su sombrero _jarano_. No se vea al infeliz
debajo de las enormes alas y de la pesadumbre de los pliegues! A m
con esas? se dijo Alejandro; y retrat a Nieves vestida de andaluza con
mantn de grandes flecos, y rosas en la cabeza. Sali hecha una lstima
la preciosa criatura; pero su padre lo vio de muy distinto modo y mand
el retrato a Lucrecia, que, como haba llevado a mal los peros que su
hermano se atrevi a poner al pintoresco vestido de Nacho, se despach a
su gusto en la lista de reparos al atalaje de su sobrina. Entonces
convinieron ambos en que los chicos se retrataran al natural. Hzose
as, y enseguida el cambio de los retratos entre la gorda Lucrecia y el
tuerto Alejandro. Por cierto que hubo una coincidencia bien singular en
las dos cartas, conductoras de las respectivas tarjetas, que se cruzaron
en el Ocano. Cada una de ellas contena en posdata esta pregunta: Y
t, por qu no me envas tu retrato? Preguntas que obtuvieron en su
da las correspondientes respuestas.

La de Lucrecia fue en estos trminos:

--Por no asustarte.

Y la de Alejandro en estos otros:

--Porque desde el contratiempo que sabes, no me conoceras.

Tambin iban en posdata estas respuestas. En el cuerpo de las cartas
slo se trataba de las impresiones recibidas por cada firmante en la
contemplacin del retrato, al natural, del hijo del otro, siendo muy
de notar que cada padre extremaba las ponderaciones de su
correspondiente sobrino, y ninguno de los dos menta, porque es la pura
verdad que Nacho y Nieves eran tal para cual, y, segn deca Lucrecia a
su hermano, como nacidos el uno para el otro, a pesar de llevarle mi
Nachito cuatro aos a tu Nieves.

Pues el dicho trajo cola, y cola larga; porque aposent en las mientes
de Alejandro una idea que jams haba pasado por ellas. Nieves tena
entonces seis aos cumplidos; Nacho, diez mal contados: cuando ella
tuviera veinte, l tendra veinticuatro. De molde. Nieves era monsima,
y llegara a ser una arrogante moza; Nacho era guapo de verdad, y
prometa ser un mozo gallardo. De perlas. Nieves era rica; su primo,
tanto o ms que ella; los dos eran ramas, por un lado, de un mismo e
ilustre tronco; y por el otro, all se andaban tambin, porque si el
padre de Nacho era hijo de pobres y obscuros menestrales de Villavieja,
la madre de Nieves proceda directamente de un bodegonero de Triana y de
una lavandera de Carmona. Esto no se lo haba confesado l a ninguno de
su casta; pero era la pura verdad y haba que tomarlo en cuenta en aquel
caso. Despus, todo quedaba en la familia, realizado el naciente
proyecto; y segn los tiempos corran y lo entornado que andaba el
mundo, por dudosa que resultara la formalidad del mejicanillo, rale a
l conocido al cabo, y lo conocido, por malo que fuera, siempre sera
preferible a lo bueno sin conocer.

Pens mucho, muchsimo, en estos particulares, y en la primera carta que
escribi a su hermana la dijo: podemos seguir tratando de _eso_, si te
parece, despus de repetirla el dicho y de glosarle con cierta
discrecin a su manera.

Y de ello se trat largo y tendido entre los dos hermanos con entero y
cabal beneplcito del marido de Lucrecia, la cual engord de pronto cosa
de ocho libras ms, porque tambin los pensamientos agradables y las
esperanzas risueas se convertan en substancia para aquel corpazo tan
agradecido.

Andando los meses, la nia sevillana aprendi a leer, y entonces el
muchachuelo mejicano, que ya saba escribir, la dedic una carta para
poner a prueba su destreza en la lectura, y en unos trminos tan
zalameros y dulzones, que se pegaban hasta de la vista. Nieves ley la
carta sin la menor dificultad, porque la letra era primorosa, pero no la
entendi; y por no entenderla y por antojrsele que saba a melaza, le
dio empacho y la meti en grandes ganas de saber escribir, para decirle
a su primo que la escribiera de otro modo o dejara de escribirla.

--Es el estilo de all,--la dijo su padre para templarla un poco e ir
preparndola el estmago.

Pas ms tiempo, y Nieves, en cuanto aprendi a escribir, cumpli su
palabra. En una carta escrita con reglero, letra muy desigual y peor
ortografa, puso a Nacho para pelar: No te esquiribir m--le dijo
entre otras cosas--, si t no canveas de modo... Aver. Te pasas de fino,
higo, y t te sale pringoso de puro arrope que lechas... Aver. Aqu
tenemo jotro abl que no sabe tanto a jigo pasao... Aver.

Nacho se enmend algo, no en aquellos das, sino aos despus, cuando ya
cursaba Leyes, y su prima, cendolilla de quince mayos, haba ingresado
en un colegio. La enmienda completa del mejicano era imposible, porque
en aquel modo de escribir entraba Nacho entero y verdadero: as hablaba,
as andaba y as coma. De estampa continuaba bien, muy bien; algo
desmadejadillo y perezoso, pero guapo, muy guapo; y como segua el
cambio de retratos, no ya entre los padres, sino entre los hijos
directamente, si la sevillana haba perdonado al primo muchos pecados de
estilo en virtud de aquellas otras dotes fsicas, tambin el mejicano,
en vista de las extraordinarias de su prima, haba sabido dispensarla el
matraqueo de sus _guasas_, y con mayor facilidad las incurables faltas
de ortografa. De intereses, como la espuma los dos. Si a don Alejandro
le salan redondos los negocios en que se meta, a su cuado no le caba
ya el dinero en casa, segn expresin de Lucrecia, ni a ella las carnes
sobre el cuerpo. Era mucho engordar el suyo; y lo peor de todo, que no
poda saber cundo ni en qu parara aquella marea de grasa, porque el
apetito iba tambin en auge, y ms bravo se le pona cuanto ms alimento
se le daba. Por de pronto nada le dola; y fuera de no poder calzarse,
ni vestirse, ni acostarse por s sola, andaba como un rel. Tambin la
tena con algn cuidado el temor de que su gordura llegara a impedirla
el proyectado viaje a la tierra nativa, cuya ocasin poda tocar ya con
los dedos a poco que alargara el brazo, porque si a aquellas horas el
caudal de su marido no daba para comprar a peso de oro toda Villavieja
con sus inherentes y aledaos, no distara de ello media talega...

Corrieron tres aos ms, al cabo de los cuales Nacho recibi la
investidura de licenciado en Derecho, y Nieves quebrant los cerrojos de
su clausura para no volver jams a ella. Nuevo cambio de retratos
entonces. El de Nachito con las hopalandas y el birrete del oficio, y el
de su prima con todos los atalajes y arrequives de una mujer hecha y
derecha. Le caa muy bien la vestidura aqulla al mejicanillo. Lucira
en estrados informando en una causa ruidosa, ante un pblico de ociosos,
ms o menos criminales tambin, y de seoras distinguidas. No era el
tipo del letrado grave, con cara de estuco y alma de papel sellado,
revelada en unos ojuelos de vidrio, al comps de una voz campanuda y
hueca, que va sacando, uno a uno, como del fondo del estmago, resobados
sofismas de taracea que se hubieran insaculado all despus de usados
por otros cien jurisperitos de igual corte. Nada de eso: Nacho, con sus
ojos dulces y expresivos, su barbita sedosa, sus facciones correctas y
finsimas, y su actitud elegante, podra no valer en el fondo un puado
de alfileres, porque chascos mucho ms gordos dan ciertos diamantes
falsos; pero, _a la vista_, era el tipo del abogado nuevo, del abogado
artista, que no anda por los caminos trillados de las clsicas y
vetustas tradiciones forenses, sino por las cumbres espinosas y
arriesgadas de los nuevos problemas jurdicos; de los que no usan los
libros de la profesin para ejercerla; de los que van a la Audiencia, no
a alegar, sino a demoler; no a invocar textos y razones del acervo
comn, sino a enredarse en teoras frenopticas dentro de un laberinto
de disquisiciones antropolgicas, para acabar declarando loca de remate
a toda la humanidad que anda fuera de los manicomios, con el heroico fin
de salvar del patbulo, por loco irresponsable, al distinguido criminal
a quien defiende, convicto y confeso y reincidente adems.

Por supuesto que no son de la cosecha de Nieves estas seas que aqu se
dan de su primito. No ahondaban tanto sus malicias todava. Ella miraba
la imagen por el nico lado accesible a su vista juvenil y algo
deslumbrada por los primeros resplandores del mundo a cuyas puertas
acababa de llegar, recin salida de las del colegio; y mirndola por ese
lado y de tal modo, se limit a pensar de su primo lo que cabe en estas
sencillsimas palabras.

--No est mal as.

Enseguida se puso a contemplar su propio retrato con bastante mayor
avidez que el de su primo. Nada ms puesto en razn. Por vez primera se
vea en verdaderos hbitos de mujer, sin el menor vestigio del cascarn
de la nia ni de la librea de la colegiala; y haba mucho que mirar y
que considerar en aquella nueva fase de su vida.




--II--

La tesis de Don Alejandro


De grandes emociones fue para Nieves el da del estreno de aquellos
hbitos para ir a retratarse con ellos; pero no tan hondas como las que
sinti su padre en el momento de verla aparecer a la puerta de su
gabinete, calzndose los guantes y dicindole al mismo tiempo: cuando
quieras, pap, con una sonrisilla de ojos y de media boca (porque la
otra media la tena ocupada con una penquita de albahaca) que vena a
significar: qu te parece de tu hija con estos flamantes atavos?
Hasta entonces, en el colegio o fuera del colegio, con los vestidos un
poco ms largos o un poco ms cortos, siempre haba sido Nieves para su
padre una nia, ms alta o ms baja, ms _hecha_ o menos _hecha_; pero
una nia al cabo, la nia, como l la llamaba hablando con su ama de
llaves o con el primero que se le pona por delante; la nia, con los
gustos y los deseos y descuido propios y naturales de la edad del candor
y de la inocencia; pero canstoles! desde aquel momento crtico, con
aquel talle ceido y sutil que pona de relieve formas, anchuras y
redondeces jams notadas por l; con aquel mirar receloso por debajo del
ala del sombrero, medio borgon, medio macareno, y aquel crujir de
faldas y asomar, rozando el borde de la fimbria, de unos pies como
almendras azucaradas, y aquel resbalar de la luz sobre las ondas de sus
cabellos rubios... canstoles! era muy otra cosa. En todo aquello haba
mucha ms canela de la que se haba l figurado, y caba ms de otro
tanto si se quera suponer. En aquella cabecita graciosa se reflejaban
pensamientos de _cierta especie_, y en aquel cuerpo saleroso, latidos...
y vaya usted a saber! Pero, seor, en dnde haba tenido el ojo bueno
hasta entonces? Porque aquello no poda ser la obra repentina, el
milagro de algunos jirones de tela y unos cuantos cintajos de ms. No,
canstoles! aquello all estaba de por s, ms adentro o ms afuera;
pero all estaba... No tena duda: para estimar una estatua en todo su
merecido valor, haba que verla colocada en su pedestal. Canstoles,
canstoles, si daba que rumiar el caso, para un hombre de los planes y
de las ideas que l tena en el meollo!

--Pues vamos andando, hija del alma--contest, como distrado, a la
insinuacin de Nieves, sin dejar de mirarla con su nico ojo, muy
abierto, ni de pensar lo que pensaba--. Te cae bien, bien de verdad, el
atalaje ese que te pones por primera vez... No, no, y llevar le llevas
con una soltura!... Canstoles con la chiquilla!... A ver, a ver por
detrs... No te pares, no: sigue, sigue andando... Mejor que mejor!
Canstoles con la criatura de antes de ayer!... A la calle ahora... Eso
es... as se anda... como el sol y la luna... Aj!

Y la criatura aquella sala ya patio adelante entre la fuente y los
rosales de las macetas, que en aquel momento solemne la saludaban, la
una con sus rumores ms blandos, y las otras con su fragancia ms
exquisita, mientras, desde la galera del piso, la vieja ama de llaves,
rondea de pura casta, la echaba _saetas_, lo mismo que si pasara la
Virgen en la procesin de Viernes Santo.

El retrato _sali_ bien, como tena que salir con aquel modelo tan a
propsito y aquel fotgrafo tan acreditado. Nunca don Alejandro lo haba
puesto en duda. Pero qu le importaba a l en aquellos instantes el
retrato de su hija? Lo que le importaba era lo otro, lo otro,
canstoles! lo que en su concepto no daba espera, y por lo cual lo puso
sobre el tapete en cuanto volvieron a casa los dos y tomaron un
respiro.

--Repito lo dicho, hija del alma--comenz diciendo--: ests de perlas
vestidita de mujer; vamos, como si hubieras nacido as...

--Si no he perdido la cuenta--respondi Nieves--, me lo llevas dicho
como treinta veces en menos de dos horas.

--Y estars en lo cierto, si es que no te has quedado corta en la
cantidad--replic su padre sin maldita la intencin de bromearse--;
porque es tema ese que no se me aparta del magn desde que asomaste por
aquella puerta, pocas horas hace. Es cosa muy natural: ya ves t, te
dejo aqu colegialilla, como quien dice, y te encuentro hecha una real
moza dos pasos ms all. Soy tu padre; t eres mi nica hija: qu
canstoles ha de preocuparle a uno si no son esas cosas tan agradables y
tan?... En fin, que estoy en lo mo estando en esas cavilaciones y con
esos recreos del nimo... Pero agurdate un poco, que no voy a tomar
punto de ello en esta ocasin para acabar de aburrirte con otra rociada
de chicoleos... Pues tendra que ver la ocurrencia, canstoles! Ja,
ja, ja! No, hija, no: cada cosa pide su sazn y su tiempo; y una idea
salta porque la empuja otra que quiere saltar tambin; y as, de idea en
idea, cuando uno menos se lo suea se halla con que ha formado un
rosario de ellas que no tiene fin, y se ha visto y se ha revuelto entre
los cascos medio mundo... Eh?... Te vas enterando t?

--Ni esto--respondi Nieves sealando con la ua del dedo pulgar la
mitad de la yema del ndice de su diestra.

--Pues ya ir saliendo el caso poco a poco--dijo su padre echndose a
rer y apoyando ambas manos sobre los respectivos muslos--; ya ir
saliendo... Con que mucho ojo ahora, para que no se te pase por alto el
hilo.

Nieves, a todo esto, no saba si rerse o si apenarse, porque lo cierto
era que nunca haba odo ni visto a su padre hablar de aquel modo ni de
aquellas trazas; y as suceda que tan pronto enseaba los dientecillos
prietos y esmaltados, como frunca el entrecejo o carraspeaba sin
necesidad; pero sin apartar la mirada, entre curiosa y tmida, del ojo
sano y algo cobardn de su padre.

--Por vida del ocho de bastos!--exclam ste interrumpiendo de pronto
su descosido relato--. A que estoy yo dndote que cavilar y hasta que
temer con estos recovecos y estas parsimonias, lo mismo que si pensara
en salirte a lo mejor con alguna historia del otro mundo? Ja, ja, ja!
Pues estara bueno eso, canstoles! Nada, hija, nada: todo se reduce a
una especie de recuento de cosas y de planes que yo pensaba hacerte
dentro de unos das, y se me ha antojado hacrtele ahora mismo, desde
que he notado que no necesitas el aprendizaje ni de esos pocos das
siquiera para desempear en regla tu nuevo papelito de seorita
formal... Y ah tienes la razn de los treinta y tantos piropos que te
llevo echados en un periquete... Esperaba verte con cierta inseguridad
al principio... eh? con cierto encogimiento, y hasta... En fin, al
asunto, qu canstoles! que todava, por el empeo de huir del perejil,
se me va a plagar de ello la frente. Al caso, pues, he dicho; y el caso,
sin ms rodeos, es ste: hay dos modos... dos principales, entindelo
bien, de colarse por las puertas del mundo: el uno de sopetn, y el otro
por sus pasos contados. Yo soy partidario de este modo, y hasta le
considero de necesidad, como el conocer letra a letra el silabario para
aprender a leer de corrido y como se debe. Ests t? Pues bueno. T
sales del limbo ahora; te coge una modista que lo entiende, te
emperejila y engalana a uso de mujer que es hija de un padre rico y bien
relacionado en la tercera capital de Espaa, y me dice a m: ah est
esa alhaja, preparadita para brillar entre las ms resplandecientes.
Dela usted el pase, y adentro con ella... Poco a poco, respondo yo
entonces, no a la modista, sino a ti, que lo has odo: a la parte de
all de esa puerta hay mucho bueno; pero tambin mucho malo: lo uno y lo
otro tienta y seduce por igual, y todo ello anda revuelto y salta a los
ojos voraces, hecho una ensalada. Hay, por consiguiente, que aprender a
mirar, y que educar y fortificar el estmago antes de colarse ah con la
posible seguridad de que no se nos d gato por liebre a lo mejor del
cuento... Ests t? Pues aplica ahora el smil a la realidad del caso
nuestro, y te digo: mira, Nieves, yo, en tu lugar, a tu edad, en tu
posicin, con tus racionales esperanzas de una larga y regalona vida,
tan regalona como decorosamente quepa en una mujer honrada y de buena y
cristiana educacin, no comenzara a gustar los placeres lcitos del
mundo por lo ms revuelto y lo mayor, sino por lo ms tranquilo y ms
pequeo; no me expondra a corromper mis buenos instintos con los aires
viciados y los ejemplos peligrosos de la vida social de las grandes
ciudades, sino que me preparara debidamente con otros aires ms puros y
otros ejemplos ms... vamos, ms... Canstoles! pongmoslo en plata y
acabemos: quisiera yo, Nieves de mi alma, que, ante todo, nos furamos,
pero en seguidita, por una temporada tan larga como pudieras resistirla
t, a Peleches, al solar de tus mayores, donde yo nac y deseo morir,
cuanto ms tarde, por supuesto; a Peleches, digo, donde no has estado
nunca, porque la fuerza de las cosas lo ha querido as, no porque a m
se me haya pasado por alto la necesidad, como te consta por lo que me
has odo lamentarlo a cada instante. Oh, y cmo haba de lucirnos en el
cuerpo y en el alma esta determinacin llevada a cabo en ocasin y en
poca tan oportunas! Sin obligaciones escolares t; desligado yo de las
trabas de mis negocios apremiantes, porque, en previsin de este caso,
he ido arreglando las cosas a mi gusto con el sosiego y el pulso
necesarios; libre t, libre yo, con el tiempo y el dinero de sobra en
aquella comarca tan alegre y tan saludable... Peleches, por s, no es
gran cosa para divertirse una mocita como t; pero a dos pasos est la
villa donde hay un poco de todo lo que hay aqu, hasta gentes bien
educadas, con su correspondiente sociedad y respectivas diferencias de
nivel, pero sencillo y noble y aun patriarcal si se quiere; y adems de
ello, pintorescas y sanas costumbres populares, horizontes admirables y
ambiente salutfero. De todo ello te puedes henchir, hija ma, sin el
menor riesgo de que te perjudique ni en la salud fsica ni en la moral:
antes al contrario, caer como fecundante roco sobre la hermosa
primavera de tu vida, y dando mayor firmeza y desarrollo a lo mucho
bueno que ya tienes, har que sea mejor que ello todava lo que vayas
acopiando. Ya sabes la fe que tengo yo en ciertos principios de higiene,
aun puestos en prctica en los sitios y ocasiones menos a propsito para
acreditarlos. No tiene escape, Nieves: dame un aire puro, y yo te dar
una sangre rica; dame una sangre rica, y yo te dar los humores bien
equilibrados; dame los humores bien equilibrados, y yo te dar una salud
de bronce; dame, finalmente, una salud de bronce, y yo te dar el
espritu honrado, los pensamientos nobles y las costumbres ejemplares.
_In corpore sano, mens sana_. Es cosa vista... salvo siempre, y por
supuesto, los altos designios de Dios. Me lo has odo muchas veces; y no
podrs negarme que durante tu niez, a falta del aire libre de mi
tierra, te has sorbido la mitad del que corre a cao suelto en los
paseos ms desahogados de Sevilla. Pues si la receta no falla ni en
naturalezas mseras y enclenques y de mal enderezados pensamientos, qu
prodigios no obrar en la tuya, que es modelo de naturalezas ricas,
nobles y bien equilibradas? Miel sobre hojuelas, hija ma... Para
concluir de una vez: vate yo en Peleches alegre y satisfecha y
triscando como suelta cabritilla, aclimatada a aquellos lugares y
aquellas costumbres medio bravas y medio urbanas, y de tu cuenta dejo
el sealarme entonces el da y la hora para hacer tu presentacin al
mundo ruidoso de las grandes capitales... Con el temple de las armas que
hayas adquirido de ese modo, que te entren moscas aqu... ni en San
Petersburgo... Y ste es el caso, mondo y lirondo.

Dicho esto, afirm otra vez don Alejandro las manos en los
correspondientes muslos, y con el ojo bueno clavado en los de Nieves, y
la cara muy risuea, se dispuso a recibir la contestacin.

Que no se hizo esperar mucho, porque precisamente le estaba retozando a
Nieves en los labios y en los ojos y en todo el cuerpo, vuelta a su
ordinaria tranquilidad mucho antes de que diera fin el pintoresco
discurso de su padre.

--Valiente caso!--dijo echndose a rer de todas veras.

--Por ah le tomas?--exclam su padre muy gozoso tambin, aunque no
poco sorprendido.

--Y por dnde si no?--replic su hija--. Pues si he estado a pique ms
de dos veces, en estos ltimos das, de pedrtelo como un gran favor!
No conoces bien mis gustos?

--Canstoles!... De manera que todo lo que te he estado predicando...

--Sermn perdido, pap del alma... Y cuidado que te haba salido bien!
Qu lstima!

--Aduladora! Pues mira, aunque mis sudorcillos me haba costado, por
bien perdido le doy.

--Eso es ser rumboso!... Y no tienes que pedirme algn otro favor por
el estilo?

--Mujer--respondi Bermdez despus de dudar unos instantes y rascndose
un poco la cabeza con un dedo--, tanto como favor, no dir; pero otro
ratito de pltica amistosa, nada ms que amistosa, del corte de la
presente, puede que s.

--Sobre Peleches tambin?--pregunt Nieves frunciendo un poco el
entrecejo monsimo.

--Precisamente sobre Peleches, tomado como punto principal de la
pltica, no.

--Y ha de ser ahora mismo la pltica esa?

--Tampoco--respondi don Alejandro, volviendo a dudar y a rascarse--.
Dentro de unos das, si se me ocurre y viene a pelo; porque te advierto,
para tu tranquilidad, que no es asunto de vida o muerte para ti ni para
m... Hablar por hablar, como el otro que dijo, y cosas de seor
mayor... porque ya voy subiendo los cincuenta y cinco arriba, hija del
alma, y hay que tenerlo todo presente a estas alturas, y mirar a muchos
lados, por si a lo mejor se le van a uno los pies... y sanseacab el
viaje de repente, canstoles!

--Vaya--dijo aqu Nieves con un gestecillo muy gracioso--, hazte el
ancianito ahora y ponme triste a m.

--Eso s que fuera una gansada de rdago!--exclam Bermdez formalmente
indignado contra s mismo--, y sin maldita la necesidad; porque, hoy por
hoy, siento retozarme en el corazn la vida de los treinta aos... Es la
pura verdad, cremela por stas que son cruces. Dije eso... por decir.

--Pues por decir dije yo lo otro, inocente de Dios,--respondi Nieves a
su padre dndole un beso en la mejilla correspondiente al ojo huero.

--Pelillos a la mar entonces,--concluy, casi llorando de gusto, el buen
Bermdez Peleches, y pagando el beso de la hija con otro muy resonado.

--De modo--aadi sta quedndose delante de la silla que antes haba
ocupado--, que no hay ms asuntos que tratar por ahora entre los dos?

--Por qu lo preguntas?

--Porque tengo que hacer en otra parte de la casa... Ya ves t, la
seora de ella, y lo mejor del da gastado en conversacin...

--Canstoles, lo que voy a salir yo ganando con un ama de gobierno tan
hacendosa como t!... Pues respondiendo a tu pregunta, digo que no hay
ms asuntos.

--Hasta luego entonces.

--Hasta siempre, hija del alma... Ah! por si se me olvida despus: ya
sabes que el primer ejemplar de tu retrato ha de ser para _los_ de
Mjico. El _suyo_, a la hora presente, debe de estar ya si toca o llega.

Se dio por enterada Nieves con un movimiento de cabeza sin volver la
cara, y sali de la estancia. Su padre sali tambin, pero con rumbo
opuesto, y se encerr en su despacho, en el cual escribi una muy
extensa carta, que mand ms tarde al correo, con sobre dirigido Al Sr.
D. Claudio Fuertes y Len, comandante retirado, en Villavieja.




--III--

El ojo de Bermdez Peleches


El retrato de Nacho lleg a Sevilla, das andando, con una carta del
flamante jurisperito para Nieves, y otra de su madre para don Alejandro,
y la fotografa de Nieves sali para Mjico con una carta de sta para
su primo, y otra de su padre para Lucrecia.

_Lo_ de esta hembra denodada haba llegado ya a su grado mximo. Para
escribir lo poco que escriba a su hermano, tena que ingeniarse
metiendo la barriga debajo de la mesa, y aun as apenas alcanzaba con la
mano al papel. Era una boya que no caba ya en ninguna parte, ni
conceba otra postura, relativamente cmoda, que la de las boyas,
flotando, la cual era irrealizable, tan irrealizable como su viaje a
Espaa, si Dios no haca el milagro de enflaquecerla una tercera parte
cuando menos, en lo que faltaba de primavera, para poder embarcarse en
los primeros meses del verano. Ponindose en lo peor de lo probable, era
cosa resuelta ya que viniera Nacho solo a conocer a su familia de
Espaa, y a dar, de paso, un vistazo a lo ms importante de los Estados
Unidos y de Europa. Tal era el proyecto acordado all, y se realizara a
mediados del verano. Tambin Nacho hablaba de ello a su primita; pero
en qu trminos?

Esto es lo que deseaba averiguar don Alejandro; porque es de saberse que
Nieves, de dos aos atrs, no lea a su padre las cartas que la escriba
su primo, ni tampoco los borradores de las que ella le escriba a l.
Los dos hermanos Bermdez Peleches continuaban en perfecto acuerdo sobre
cierto plan forjado desde que los respectivos hijos eran pequeuelos.
Pero conocan los hijos los proyectos de sus padres? Los tenan por
buenos y los haban aceptado con gusto? Don Alejandro poda jurar que de
sus labios no haba salido una palabra dirigida a Nieves, con intento de
descubrrselos. Su hermana Lucrecia aseguraba lo propio con relacin a
su hijo. Sera verdad? Y sindolo, habra nacido la misma idea entre
los dos primos, a fuerza de cartearse y de cambiarse los retratos... o
por obra de ciertos diablejos desocupados que se divierten trayendo y
llevando por los aires e ingiriendo en este odo y en el otro el rumor
de las confidencias ms secretas, y hasta el polvillo de los
pensamientos mejor guardados? En su concepto, era llegada la hora, medio
anunciada das atrs a su hija, de tratar con ella de este peliagudo
caso. La fortuna se la puso a tiro, en el acto de colocar Nieves el
retrato de su primo en un elegante marco de _peluche_ rojo, y tom
pretexto de ello para entrar en materia...

--Te repito--la dijo--, que le est de molde el vestido ese.

Nieves, sin volver la cara hacia su padre, alej el retrato que tena
puesto ya en el marco; y despus de contemplarle unos instantes con los
ojos un poco fruncidos, pleg otra vez el brazo y respondi con la mayor
indiferencia mientras dejaba el cuadro sobre el mueble ms prximo:

--No est mal as.

Lo propio que ya haba dicho otra vez, como se recordar, y sin que
nadie se lo preguntara.

Con igual frescura y la misma indiferencia, respondi al largo y
malicioso interrogatorio con que su padre la estuvo asediando un buen
rato.

--Y qu tal de estilo?--lleg a preguntarla--. Se ha corregido algo de
aquellas melopeas guachinanguitas desde que yo no leo sus cartas?...
Porque bien sabes t que, de dos aos ac lo menos, ya no me las enseas
como me las enseabas antes... Picarona!

Ni por esas. Nieves no se puso colorada ni se apur lo ms mnimo.
Respondi lisa y llanamente que all estaban las cartas, si quera
leerlas, y que si no le haba enseado las recibidas durante los dos
ltimos aos, consista en que precisamente era ese el tiempo corrido
desde que ella haba cado en la cuenta de que no tena substancia
maldita la retrica de su primo.

Canstoles! y se lo deca tan fresca y tan!... Pues para fingimiento y
embustera, ya pasaba de la raya aquello; y si le hablaba en verdad, le
quedaba por andar todo el camino para llegar adonde se dirigan l y su
hermana desde tiempos bien lejanos. Por vida de!...

Toc enseguida otro registro nuevo: Peleches. Cmo era aquella casa, qu
habitaciones tena, cul de ellas sera ms a propsito para Nacho y
cul para ella, para Nieves, segn lo que aconsejaba el buen sentido...
y tambin las circunstancias. (Esto de las circunstancias lo subray muy
fuerte, hasta temblarle un poco la voz y los prpados del ojo bueno.)
Nieves baj entonces un tantico los suyos; y mientras daba golpecitos
con los dedos de su diestra en el cristal del retrato de su primo, con
la otra mano deshojaba, sin percatarse de ello, una de las flores del
manojito que llevaba prendido sobre el pecho. Por all dola, segn las
seales que no pasaron inadvertidas para el ojo de Bermdez. Pues duro
all, canstoles, hasta que sangrara! Y se ensa el buen hombre,
fantaseando cuadros domsticos, idlicos y buclicos; pero cosa rara!
cuanto ms clamoreaba la zampoa de Virgilio y Garcilaso, ms
indiferente y fresca iba mostrndose Nieves. Cmo demonios era aquello?
Acab por perder la paciencia y los estribos, y se tir a fondo con
estas preguntas:

--En fin y remate de todo este fregado, hija ma: a ti te interesa algo
o no te interesa la venida de tu primo? te da igual que viva con
nosotros o con los parientes de Villavieja? que coja ley a la casa y a
las personas de Peleches o que no se le d un ochavo de cominos por
ellas? que se marche aburrido a los ocho das de llegar, o que no se
deje arrancar de all ni con azadones y agua hirviendo? que sea un
borreguito de mieles para ti, o que no le merezcas mayor estima que un
costal de paja? Responde y entendmonos.

Como el ojo de Bermdez flameaba algo y su hablar era vehemente y su
acento un poco duro, Nieves, con estos sntomas y bajo el peso abrumador
de tantas y tan delicadas preguntas, quiso responder, pero con la debida
cordura, y no supo. Atarugose mucho; sofocola el trance inesperado, y
acab por no saber de qu lado sentarse ni en qu sitio fijar la vista
de sus turbados ojos.

--Entendido, hija ma, entendido--exclam al punto su padre, que no
desperdiciaba sntoma ni detalle--. Entendido de pe a pa, como si los
mismsimos angelitos del cielo me lo cantaran al odo. Entendido--aadi
levantndose de la silla en que se sentaba--, y no se hable una palabra
ms. Ah, qu torpe y qu simple y qu brbaro fui empendome en que se
me pusiera en las palmas de las manos lo que no debe ser mirado sino con
los ojos de all dentro!... Qu sabes t de esas cosas tan quebradizas,
tan escondidas y tan hondas, ni con qu vergenza te atreves a echarles
la zarpada brutal para revolverlas y profanarlas?... Perdname, hija
ma, siquiera por la honrada intencin que tuve al ponerte en el apuro
en que te puse. Qudate con tu secreto que te acredita de juiciosa, y no
se hable ms de esto hasta que t lo desees. A m con lo callado me
basta. Un beso ahora para sellar las paces, y adis.

Se adivinan la temperatura del beso y la calidad de la sonrisa con que
despidi Nieves a su padre.

El cual, andando hacia su despacho, resuma y salpimentaba de este modo
los frutos de su terminada indagatoria:

--Se ve y se palpa. No cabe la menor duda. Est en inteligencia
perfectsima con su primo; y no por sugestiones extraas ni por consejos
oficiosos de nadie, sino por nacimiento espontneo, o providencial, de
esa idea o de ese sentimiento en la cabeza o en el corazn de entrambos;
circunstancia que dobla el inters y el valor de la cosa. Nachito, segn
las incesantes afirmaciones de su madre, no tiene tacha en su moral; y
segn lo declaran bien palpablemente sus retratos, tampoco la tiene en
su fsico. De caudal, no se hable: ser una mina de oro acuado.
Nachito, con estas condiciones y prendas tan ventajosas, hoy por hoy,
entindase esto bien, hoy por hoy, reina en el corazn y en la cabeza de
su prima. La cabeza y el corazn de Nieves, hoy por hoy... hoy por hoy,
digo, estn como dos tablitas de cera virgen: lo que en ellas se
imprima, all se quedar por los siglos de los siglos, si no se borra
con la impresin de otro muequito nuevo que estampe alguna mano
alevosa. Un padre, de los ramplones de tres al cuarto, no hubiera parado
mientes en este particular delicadsimo; y por lo mismo que vea a su
hija precozmente desarrollada en lo fsico y en lo intelectual; por lo
mismo que la vea transformada, de la noche a la maana, en mujer, y en
mujer donairosa, elegante y llamativa, con todos los elementos a
propsito para brillar y divertirse honradamente en el mundo, al mundo
con ella antes con antes, se habra dicho; y en el mundo la habra
zambullido de golpe y porrazo... Ah, padre bobalicn y mal aconsejado!
Quin es capaz de predecir lo que ser de los pensamientos y de las
inclinaciones y hasta de los caprichos de tu hija, respirando un
ambiente que jams ha respirado, y sin armas para defenderse en una
regin que nunca ha visto, llena de tentaciones y de estmulos que han
de cebarse en su desapercibida naturaleza, como los mosquitos en el
almbar? Y si tienes en algo lo que lleva ya estampado en sus tablitas
de cera, quin te asegura a ti que no ser borrado por la impresin de
otra cosa, y que esta nueva impresin no resultar llaga maligna y
enfermedad incurable? Pues bien: yo, aunque con un ojo solo, he guipado
ms que t, que tienes los dos servibles, en ese delicado particular; y
porque vi a Nieves precoz y que tena algo que guardar en su almario,
algo muy bien estampado en sus tablitas de cera, precisamente por eso,
en lugar de meterla ahora en las bullangas del mundo y sus esplendores
engaosos, me la llevo a las soledades de Peleches, donde corre el aire
libre y puro, y hay luz sin estorbos y naturaleza en toda su
grandiosidad, para que nutra la sangre y fortalezca el espritu, y se
endurezca la cera y no se borre a tres tirones lo que en ella hay
estampado; a Peleches, ciego, a Peleches, donde ni en ambiente ni en
costumbres se hallar, aunque se busque de intento, cosa que pueda
tentar a la inexperta doncella para torcer y malear la ndole de sus
ideas ni la direccin de sus juiciosos pensamientos. Y si al fin de la
jornada resulta que no merece su primo los que ella le viene
consagrando, tanto mejor para que lo conozca as y no la mate ni la
alucine la pesadumbre... o el despecho del desengao. Esto es jugar a
pulso y con tino y delante de la cara de Dios; esto es, en suma, llevar
las precauciones y el celo y el tacto hasta donde humanamente pueden
llevarse. Con ello cumplo como hombre avisado y como padre carioso; y
as me encuentro satisfecho, lo que se llama satisfecho hasta la
hartura... Canstoles! y a la porra lo dems.

Pues bueno: si las exploraciones de don Alejandro Bermdez Peleches en
los profundos de la conciencia de su hija, tan alarmantes por lo
aparatosas, las hubiera hecho, con su llaneza habitual, Virtudes, por
ejemplo, la ntima de Nieves en el colegio, Nieves, por derecho y a la
buena de Dios y con el laconismo que ella usaba, habra satisfecho la
curiosidad de Virtudes en la siguiente forma, palabra ms o menos:

--Desde que s leer y escribir, tengo yo sospechas de que pap y mi ta
Lucrecia quieren que sirvan _para algo_ las cartas y los retratos que
nos mandamos tan a menudo Nachito y yo. Chiquitn era l, y ya me
requebraba. Se lo reprend muchas veces, no precisamente porque me
requebraba, sino por el modo de requebrarme. Me deca unas cosas tan
pegajosas! Figrate que hasta me llamaba _huerita_, porque soy rubia. l
tomaba las reprensiones a broma, y apretaba el requiebro; y pap, que
entonces lea las cartas, las que iban y las que venan, celebraba mucho
estas peleas y me aseguraba que, con el tiempo, iran teniendo ms
substancia los donaires de mi primo, y que entonces ya me gustaran. Por
de pronto me pona en las nubes su hermosura, y me lea las cartas en
que su madre le pona sobre el sol, por el cuerpo y por el alma. No
tena pero ni por dentro ni por fuera. A m lo mismo me daba. Crecimos
los dos: l entr en la Universidad y yo en el colegio. Como pollo
guapo, lo era de verdad entonces; y por lo que toca al estilo, algo se
haba corregido en lo meloso, pero todava se pegaba. En el colegio hay
que entregar y que recibir abiertas las cartas, para que se entere de su
contenido la Madre que entiende en esas cosas. Pues a m me las reciban
y me las entregaban cerradas, por encargo terminante de pap: con esto,
y con haberme advertido l que no interrumpiera mi correspondencia con
Nachito a pesar de mis ocupaciones de colegiala, me afirm ms en creer
que algo se andaba buscando en el empeo de que nos carteramos a menudo
y en secreto el mejicanito y yo. El tal mejicanito, segn iba creciendo
y estudiando, iba ahondando, aunque no mucho, en los asuntos de sus
cartas; pero a m me segua sonando todo ello a msica de gomoso, y por
ese lado me despachaba con l. As llegamos los dos, Nacho al fin de su
carrera y yo a salir del colegio, sin haberme dicho l nunca cosa alguna
en serio y formalmente, y sin echarla yo de menos ni extraarme de que
no me la dijera. Que contina siendo guapo y hombre de bien y es muy
rico, y va a venir a Espaa para vivir con nosotros y conocer a su
familia... no me pesa nada de ello. Que viene con intenciones declaradas
de que resulte lo que yo sospecho que se han propuesto sus padres y el
mo... eso ser lo que sea y segn yo est de humor, y me llene l o no
me llene. Que, estando as las cosas, le desfiguran las viruelas, o
resuelve no venir ni acordarse ms del santo de mi nombre... pues tal
da har un ao. Sentir lo de las viruelas, como se siente una
desgracia en un amigo que es pariente adems; pero en cuanto a lo otro,
una agradable curiosidad de menos, y santas pascuas.

--Corriente--dira entonces la curiosilla Virtudes, deseando conocer
hasta el ltimo escondrijo del almario de su amiga--. Nada te inquieta,
nada te apura, y vives en la mayor tranquilidad, por lo que toca a tu
primo el mejicano; pero a la edad en que te hallas, con la salud y la
belleza que posees, recin salida de la prisin del colegio, lo adorada
que te ves de tu padre, tan rico y tan complaciente y tan campechano,
qu demonio es el que ms te tienta ahora?... Porque alguno ha de
tentarte, o es mentira que el demonio no sosiega. Cul es tu mayor
ambicin por de pronto? qu es lo que con mayores ansias apeteces y
deseas?

Sin titubear hubiera respondido Nieves:

--Aire, luz, independencia, ruido de arboledas y msica de pajarillos.
S que hay grandes ciudades llenas de maravillas, para admiracin y
recreo de las personas ricas y desocupadas, y que las mujeres de nuestra
clase brillan y gozan entre los placeres de su mundo. Todo eso est bien
donde est; pero hoy no me tienta, porque no lo echo de menos todava.
Si me metieran entre ello, lo aceptara sin grandes repugnancias; pero
puesta a elegir, me quedo con lo otro, que me gusta ms ahora, y sin
temor de que me engae el pensamiento, porque bien sabes t que siempre
fui muy inclinada hacia ese lado. Y no hay ms.

Y no lo haba, realmente, en los adentros de la pobre muchacha, tan mal
comprendida por su padre en ese particular... y en algn otro, pues no
debe olvidarse que el arrechucho gordo de don Alejandro Bermdez
Peleches naci de haberla visto, de sbito, vestida de mujer, con unos
fulgores y unos centelleos y un poder incendiario que le metan miedo; y
hay que dejar bien declarado, hasta por obra de justicia, que no haba
en la naturaleza fsica de Nieves el menor detalle que no estuviera en
cabal armona con el sosegado equilibrio y la honrada disciplina de su
conciencia moral.

Efectivamente: ese equilibrio y ese sosiego y esa honrada disciplina, y
no otras cosas ms feas, acusaban el tranquilo y hondo mirar de sus
rasgados ojos azules, su boca tan bien plegadita y tan fresca, la
blancura nacarada de su tez, la riqueza sobria y elegante de los
contornos de su busto, la finura de su talle y el aplomo reposado y la
gallarda de su andar.

No era alta ni daba en cara por hermosa; pero s por _interesante_ en
sumo grado. La nica nube que obscureca a menudo la transparente
claridad de su semblante, era un repentino fruncimiento de su lindo
entrecejo; pero este detalle, como efecto mecnico de una extremada
sinceridad de pensamientos y de impresiones, no daba a la expresin de
su mirada el menor acento de dureza. Era sana como un coral, muy
ingenua, sobre todo, y diligente y animosa. Pintaba un poco, tocaba
regularmente el piano y lea con gusto los buenos libros de imaginacin.
No era una artista; pero senta y saboreaba el arte a su manera.

Y el bendito de su padre, sin acertar a leer lo que estaba tan a la
vista en aquel libro tan abierto!

Pensando como se ha visto, lleg Bermdez a su despacho; y manoseando la
correspondencia que el ama de llaves haba dejado sobre su pupitre
mientras andaba l a caza de los secretos de Nieves, top con una carta
que traa el sello de la administracin de correos de Villavieja.
Alegrose mucho de ello, y se sent para leerla con toda comodidad,
porque prometa, por el bulto, ser bastante larga.

Abriola, y lo era en efecto. La firmaba don Claudio Fuertes y Len, y
deca lo que podr ver el lector, si es curioso, en el siguiente
captulo.




--IV--

De lo que escribi desde Villavieja Don Claudio Fuertes y Len, a Don
Alejandro Bermdez Peleches


Mi amigo y seor: quedan en ejecucin y sern cumplidas conforme a los
deseos de usted, las rdenes que se sirvi darme en su favorecida carta
ltima, lo propio que lo han sido ya las que me ha ido comunicando en
sus tres gratas anteriores, en previsin, como usted deca, de lo que
pudiera suceder el da menos pensado. La noticia de que, al cabo,
suceder con entera certidumbre y en fecha no lejana, que tambin me
fija usted, me ha servido de grandsima satisfaccin. Qudame, sin
embargo, el temor de que le engaen a usted algo los deseos en cuanto
comience a realizarlos en esta vetusta y apolillada soledad, al cabo de
tantos aos de rodar por el mundo y de residencia en una de las ciudades
ms hermosas y florecientes de l. Cuando menos, es muy de recelar que,
si no usted, porque ha nacido aqu y lo conoce bien y lo ama, pues lo
arraig en su corazn siendo nio, la seorita Nieves, que se halla en
muy distinto caso, se aburra a los cuatro das; y en aburrindose ella,
aydeme usted a sentir. Pero a esto me replicar usted que me meto en lo
que no me importa, y a buena cuenta le pido mil perdones por el
atrevimiento.

Cuando venga usted ver que se ha sacado todo el partido posible del
deteriorado palacin, y que no pegan del todo mal, despus de las
reparaciones hechas en l, aunque de prisa y corriendo y con los pocos y
malos elementos que aqu hay, el piano y los dems muebles, trapos y
cachivaches que usted me ha ido remitiendo, en los lugares que ocupan,
segn sus minuciosas instrucciones. En pliego adjunto le envo una nota
bien detallada y comprensiva de todas las mejoras efectuadas en Peleches
bajo mi direccin, para gobierno de usted antes de salir de Sevilla.
Celebrar que le satisfaga.

Dicho esto, paso a cumplir lo ms peliagudo de todas las comisiones que
he tenido el gusto de recibir de usted desde el da en que me honr con
el cargo de apoderado suyo en este trmino municipal. Dceme usted que
le enve abundantes noticias, que sean as como a modo de pintura fiel
de Villavieja en su estado actual, mirada por fuera y por dentro, porque
hace muchos aos que la ha perdido usted de vista y desea, cuando a ella
vuelva, no pisar como en terreno desconocido. Con la seguridad de
hacerlo mal, pero con el propsito firme de servirle a usted fielmente,
all va, a la buena de Dios, la pintura que me encomienda; y si sale
con barbas, san Antn...

Si le dijera a usted que Villavieja estaba en el propio ser y estado en
que usted la dej tantos aos hace, le engaara a usted y adulara a
Villavieja; porque, en rigor de verdad y cumpliendo la ley de su
destino, tiene de peor que entonces el estrago del tiempo transcurrido,
y el de las miserias y la incuria de sus habitantes. De mejor, ni un
ladrillo, ni un clavo, ni una teja. Lo que a la salida de usted estaba
temblando, se ha venido al suelo, y mucho de lo que estaba firme y
erguido entonces, se tambalea ahora preparndose para caer, o escarbando
para echarse, como en casos parecidos se dice por ac. De pueblos de
secano que tuvieron grande importancia en tiempos remotos y hoy son
montones de ruinas solitarias o poco ms, abundan los ejemplos; y hay
razn para que abunden, porque entonces se guerreaba y se viva de
cierto modo, y los lugares ms altos y ms inaccesibles o de ms fcil
defensa, eran los preferidos para fundar pueblos; al revs de lo que
acontece hoy por exigencias de nuestro modo de vivir; pero ejemplos de
puertos de mar, de poblaciones costeas, que vayan de mal en peor desde
medio siglo ac, no conozco ms que uno, el de Villavieja. No parece
sino que se le dio el castigo con el nombre que se le puso. A este
propsito le dir a usted que he registrado los archivos municipales,
los eclesisticos y hasta desvanes particulares con el fin de averiguar
algo sobre la fundacin de esta villa y el origen y fecha de su nombre,
y que nada he conseguido. Con decirle a usted que ni siquiera figura en
el mapa de Espaa que hay aqu en la escuela pblica, est dicho todo.
Si se hace uno cruces al notar aquella falta de rastros histricos donde
tanto debieran abundar, le dicen los doctos villavejanos: eso y ms de
otro tanto destruy _la francesada_. Corriente, se les replica; pero
en qu consiste lo del mapa? por qu no figura este puerto en l? A
estas preguntas responden que tambin eso es obra de los franceses, por
rencores de otros tiempos, es decir, de los tiempos de la francesada.
Aqu anda la francesada todava tan fresca y tan rozagante como si
hubiera pasado por Villavieja antes de ayer. Replqueles usted que el
mapa ese y otros tales no estn hechos en Francia, sino en Espaa. Lo
negarn en redondo, porque no conciben en los espaoles que no sean
villavejanos, talentos tan considerables; y si alguna excepcin le
admiten, sostendrn que la omisin se ha hecho, se hace y se har en ese
mapa y en todos los mapas, por envidias y malquerencia de la gente de
Madrid. El caso es que se ignora por qu se bautiz esta villa, al
nacer, con el calificativo de _vieja_, o si se le dio ms tarde a ttulo
de mote expresivo. Lo que no tiene duda es que el nombre, o la maldicin
o lo que sea, le cae a maravilla.

Tinese, y tengo yo tambin, por causa principalsima de este mortecino
estado de cosas, la inextinguible y tradicional enemiga que existe, como
usted sabe, entre los Carreos de la Campada y los Vlez de la
Costanilla, los dos principales barrios, segn usted recordar, bajo y
alto, respectivamente, de Villavieja. Estas dos familias que tuvieron
cierta relativa importancia fuera de aqu, y aqu mucho prestigio
siempre, han podido, y aun hoy, que han venido muy a menos, podran
hacer o conseguir que otros hicieran algo bueno y beneficioso para la
localidad; pero precisamente les ha dado la calentura por ah; es decir,
por estorbar, por destruir los de arriba cuanto proyectan o discurren
los de abajo, y viceversa; y de este modo, unos por otros se va quedando
la casa por barrer. Adase a esto que Villavieja nunca ha podido
agenciarse un valedor en Madrid ni en la capital de la provincia; que la
carretera nacional pasa a media legua de distancia de la villa, sea
porque los ingenieros no tuvieron noticia de nosotros cuando la
trazaron, o porque nos concedieron escassima importancia; que la
provincia no ha querido construir ese pequeo ramal de empalme, y que
este municipio no ha logrado mejorar debidamente la spera senda que
hace sus veces, porque siempre que lo ha intentado, no con gran empeo,
ha nacido la sospecha en los de la Campada o en los de la Costanilla, de
que el intento era cosa de los de la Costanilla o de los de la Campada,
y se le ha llevado el demonio con las artes de costumbres; adanse,
repito, y tnganse presentes estos hechos y algunos ms de su misma
traza, que no necesito mencionar, y hasta resultar una justificacin de
la conducta de los villavejanos. Al verlos tan tranquilos, tan apegados
a su cscara y tan satisfechos y enamorados de ella, verdaderamente se
duda si el estado material de la villa es obra de la dejadez del
habitante, o si el habitante es as porque haya encarnado en su
naturaleza, como espritu, la catadura singular de la villa.

Alguien se forj la esperanza de que con la moda del veraneo entre las
gentes ricas del interior, y las excelentes condiciones de esta playa,
tan abrigada y espaciosa, no faltara quien se fijara en ella, empezando
de ese modo y por ah una era de relativo florecimiento para la villa y
su puerto. Buenas y gordas! Vino, seis aos har, una familia de muy
lejos, con dinero abundante y dispuesta a baarse y a pasar aqu una
larga temporada. Por de pronto, le cost Dios y ayuda encontrar
hospedaje, y ese malo. Al da siguiente estuvieron a punto de ahogarse
la seora y sus dos hijas, por no haber hallado a ningn precio quien se
prestara a servirlas de baero, y no saber ellas dnde se metan. Al
hijo mayor, joven de veinte aos, le desplumaron aquella misma noche en
el Casino; y al otro da se largaron todos por donde haban venido,
despus de haberles sacado el redao el posadero. Claro est que no han
vuelto por aqu, ni alma nacida tampoco.

En otra ocasin se denunci en este mismo trmino, y a la puerta de
casa, algo que pareca buena mina de carbn de piedra: lo olieron unos
ingleses y la compraron por poco dinero. Cremos algunos que por ese
lado iba a hallarse la villa un buen remiendo para su capa; pero despus
de algunos trabajos preparatorios y una explotacin somera de la mina,
la abandonaron los explotadores, o mejor dicho, se la vendieron por
cincuenta mil reales a tres sujetos de aqu. Al cabo se qued con la
empresa uno solo, comprando las representaciones de los otros dos con un
ochenta por ciento de merma. Este sujeto, un tal Barraganes, rematante
de arbitrios, la explota desde entonces araando por encima y ocupando
en las labores, slo a temporadas, cuando ms, ocho obreros cuyo
hallazgo le cuesta un triunfo. Para llevar a vender, donde convenga
mejor, lo que se va acopiando de este modo tan sosegado, viene un
vaporcillo de cabotaje cada cuatro o seis meses; y ste es el nico
barco que fondea en este puerto aos hace. Los ingleses hicieron una
carreterilla desde la mina al embarcadero, cosa de dos kilmetros, pero,
por desgracia, en direccin contraria a la general del Estado;
afianzaron un poco el ruinoso muelle con unos cuantos sillares y media
docena de tablones, y eso hemos salido ganando. De estas cosas y otras
que tambin dejo mencionadas, y algunas que mencionar ms adelante, ya
le enter a usted en su debido tiempo, as como del rumbo que gastaba el
ingls principal, lo apegado que estaba a la villa, y lo muchsimo que
la hubiera enseado, si como se march a los dos aos de haber venido,
porque la mina les dio chasco, permanece entre nosotros dos aos ms
siquiera; pero se lo vuelvo a referir a usted porque, en mi deseo de
darle el cuadro completo, no quiero omitir en l ninguno de sus
componentes principales, aunque ya le sean conocidos.

No habr usted olvidado lo que pas con aquel seor cataln que estuvo
aqu no hace mucho con el intento de establecer una fbrica de salazn y
de escabeches, trayendo, para surtirla de pescado, una escuadrilla de
lanchas bien tripuladas, y contratando rumbosamente las tres que an
haba en el puerto. En cuanto le conocieron las intenciones los
villavejanos ms arrimados a la playa, le dieron tal zambullida en la
mar, cogindole de improviso un anochecer, de diciembre, por ms seas,
y tal corrida de palos a la salida, que no esper ni a mudarse la ropa
para huir de Villavieja, lo mismo que un perro de aguas.

No quiero citar ms ejemplos de esta clase, por lo mismo que abundan en
mi memoria y tambin en la de usted; y le advierto que de las
mencionadas tres lanchas pescadoras que haba en este puerto cuando la
zambullida y subsiguiente zurribanda al cataln, no queda ya ms que
una. Las otras dos se hicieron astillas en la playa, donde las haban
varado para recorrerlas un poco, con un marejn tremendo de Levante,
cosa rara aqu, que se les fue encima una noche, de repente. Los dueos
se quedaron sin ellas, y los pescadores que las tripulaban _a la parte_,
tan satisfechos. As como as, estaban deseando dejar el oficio que,
tras de peligroso, no les daba de comer por falta de mercado, en lo cual
tenan razn, bastante ms que la que tuvieron para echar a palos de
Villavieja al seor cataln que quiso contratarlos con buen sueldo.

Ahora se han agenciado un par de botecillos remendados; y merodeando
aqu y all con ellos, como merodean otros tales, a mar llana, van
viviendo muertos de hambre. A estos botes, cosa de media docena en
junto, y a una lancha, queda reducido hoy el material de pesca en un
puerto tan considerable como ste. Y as y todo, anda de sobra el
pescado en la villa, no por lo mucho que viene de la mar, sino por lo
que, de lo poco, sobra para el consumo de la poblacin, nico mercado
que tiene por falta de comunicaciones rpidas con otros.

El comercio, en general, ha ido a menos, aunque le parezca a usted
mentira. Han quebrado dos establecimientos de comestibles, de los que
usted conoci, y se ha cerrado otro. Quedan otros tres: uno de ellos en
la Costanilla, otro en la Campada y otro en la plazoleta del Maraved.
De tabernas no hablo, porque se supone que abundan.

Tambin ha habido alguna merma en el ramo de paeros. Por de pronto, la
antiqusima y afamada _Perla de Ezcaray_, ya no existe. Muri el viejo
don Anselmo, que era el alma de la casa, y ha sido forzoso liquidarla a
instancias del yerno del difunto, un tal Crcoles, logrero y
trapisondista de medianeja reputacin. Los dems del gremio, unos
arrastrndose poco a poco y otros como pueden, continan en sus
covachones de los arcos de la Plaza Mayor.

All encontrar usted igualmente, y en prspera fortuna por cierto, al
rechoncho Periquet, _El Valenciano_, como lo reza el letrero, con sus
porcelanas sospechosas, su cristalera polvorienta, sus rollos de
esteras resobadas y sus innumerables baratijas de relumbrn. Se le meti
en la cabeza que haba de dar en la suya al presuntuoso _Bazar del
Papagayo_, que est a su vera, y lo ha conseguido sin gran esfuerzo.
Este bazar, de gran fachada y de fondos negros y vacos si no de
telaraas y de sogas de esparto, de escobas de palmiche, un poco de
herraje basto, otro poco de loza de Talavera, dos sartas de cencerrillos
y otros pocos ms de incongruencias por este arte, tiene, como usted
recordar, un gran papagayo de cartn pintorroteado encima del letrero
que corona su escaparate. Pues Periquet, que no tiene escaparate, en su
empeo de competir en todo con el bazar, ha colocado encima del letrero
de su tenducho embarullado, pero bien provisto, una cotorra, tambin de
cartn y tambin muy pintarrajeada, sostenindose sobre la palabra _DE_,
o mejor dicho, con cada letra de estas dos en la correspondiente pata.
Enseguida descifraron el jeroglfico los desocupados villavejenses, que
hasta en grupos de seis en seis acudieron los primeros das para leer en
voz alta y a una: _La cotorra de El Valenciano._ Despus soltaban una
risotada, miraban hacia el fondo del bazar contiguo, y se iban haciendo
muchos comentarios. Todo esto halag en gran manera la vanidad de
Periquet, y, como es de suponer, agrav los sordos rencores de los
propietarios del tendajn, que, siendo villavejanos de pura raza, se
sienten heridos en lo ms hondo por el agravio que les hace su villa
nativa ayudando a que los arruine y vilipendie un intruso y groserote
que todava usa _alpargates_ y pauelo a la cabeza, y no sabe leer ni
escribir.

Lo que no ha podido quitarle _La cotorra de El Valenciano_ al _Bazar
del Papagayo_, es la tertulia de prima--noche, lo mismo en invierno que
en las dems estaciones del ao, pero principalmente en la de invierno.
All acuden puntualsimos, en cuanto comienza a anochecer, el prroco y
los dos coadjutores, el mdico viejo don Cirilo, el procurador Ajete, el
abogado Canales, y _Chichas_, antiguo y ya retirado tendero de la
plazuela del Maraved, donde hizo el capitalejo con que ahora vive de
holgueta. stos son los tertulianos fijos del bazar. El mdico, el
abogado y el prroco, son los hombres que ms saben aqu de cosas de
Villavieja, de antao y de hogao; y de esas cosas es de lo que ms se
habla en la tertulia, cuando se habla, porque comnmente no se habla de
nada all, ni se ve, porque siempre se est a obscuras. As es que
infunde cierto miedo el mirar hacia adentro cuando se pasa de noche por
delante de la puerta. Se ve, en aquel antro tan hondo y tan obscuro y
tan silencioso, brillar de rato en rato una chispa aqu y otra all, que
son las producidas por otras tantas chupadas a los cigarros en
ejercicio... y nada ms se ve por mucho que se mire; ni ordinariamente
se oyen otros ruidos que algn carraspeo seco, o el crujido de una
silla, o la sonada de unas narices. En estos casos, aunque se sabe lo
honradas y pacficas que son las gentes all congregadas, al pensar en
meter la cabeza dentro le asalta a uno el temor de que le agarren por
ella manos invisibles que le amordacen y le arrastren ms all, y le
lleven, le lleven, hasta la boca de una sima muy honda en la cual le
arrojen para que le vayan devorando poco a poco sabandijas y ratones.
Cuando la tertulia se deja or un poco desde el soportal, es porque se
hacen (rara vez) comentos de alguna noticia poltica. Por lo comn, el
mayor ruido es el murmullo acompasado y dormilento que producen los
relatos eruditos o doctrinales del mdico o del abogado o de los seores
curas. Tienen este bazar y esta tertulia cierto color venerable y
especial, y por eso les consagro algunos renglones ms que a otras cosas
de ac, sabiendo que no le molesto a usted aunque no le diga nada que
ignore.

El relojero Chaves muri aos hace; pero queda la relojera donde
siempre estuvo, tres puertas ms abajo del bazar, lo mismo que usted la
conoci. Su hijo, es decir, el del relojero, que es quien est al frente
de ella, sabe tal cual su obligacin; y, lo mismo que su padre, hace y
vende jaulas y ratoneras, y compone cerraduras finas y rosarios, y cura
por el mtodo _Le-Roy_, muy acreditado aqu.

La tienda verdaderamente nueva para usted en los Arcos, es la de un
sastre riojano que vino a Villavieja har cosa de seis aos. No lo hace
mal, y presta un gran servicio a los villavejanos que, sin pedir
primores ni mucho menos, nos veamos y nos desebamos antes para
vestirnos fuera de aqu; porque pensar que los otros dos sastres que
usted conoci y an quedan, salieran de sus medidas con tiritas de
papel, de sus perneras acampanadas y de sus faldones con frunces, era
pensar los imposibles.

Tambin ha mejorado algo el estilo de nuestros zapateros; pero poca
cosa.

Vive todava _Gorrilla_ el platero, y en su mismo tenducho lbrego de
la Rinconada de la Colegiata. All le ver usted cuando venga, detrs
del vidrio rooso (en el que continan colgados de un alambre horizontal
los mismos tres pares de pendientes de plata y el mismo sonajero y la
misma coleccin de sortijas usadas), con la cabeza gacha y la cara
tapada por la visera enorme de su gorra de nutria, medio pelada ya,
ocupado en soldar con el soplete una cosa que siempre parece la misma,
con la puerta cerrada y sin un marchante dentro ni fuera, ni tampoco en
las inmediaciones, yendo o viniendo. Y dicen que vende y que gana, y
hasta que tiene mucho dinero! Lo tendr; pero dudo que lo haya adquirido
con el oficio.

Y ya que ando tan cerca de la Colegiata, no quiero irme a otra parte
con el relato, sin presentarle a usted su buen amigo, y mo y de todo el
mundo, don Adrin Prez, tan entero y tan campante como si no pasaran
aos por l, en su sempiterna farmacia de la Plazoleta y frente por
frente del prtico del templo, con su levita negra de largos faldones,
desabrochada siempre; su chaleco, negro tambin, abotonado hasta el
pescuezo, y ste muy liado en una corbata de tres vueltas, negra
igualmente, y de seda, sin asomo de cuello de camisa por ninguna parte
(aunque s del cordn del escapulario por debajo del cogote, muy a
menudo, o por encima de la nuez), y su sempiterno gorro de terciopelo
sobre la cabecita (solamente gris todava, a pesar de sus setenta y
cinco muy corridos), sobndose a cada instante el codo izquierdo con la
mano derecha, hablando poco, mirando risueo y sin apresurarse, ni
asombrarse, ni conmoverse, ni disgustarse, ni mucho menos enfadarse por
nada. Es, como ha sido siempre, la encarnacin viva de la parsimonia y
del bienestar, en la mejor farmacia del mejor de los pueblos del mejor
de los mundos posibles. De la botica no hay que decir que sigue las
leyes de su boticario: los mismos tarros de porcelana con los propios
nombres en latn abreviado; la misma Virgen de las Mercedes, patrona
especial del establecimiento, en su hornacina de caoba, encaramada en lo
alto y principal de la estantera, es decir, en el _Ojo_, el ojo a que
se endereza la pedrada del refrn; el mismo pildorero de castao con sus
enroecidos _trastes_ de hierro; el mismo cazo para los cocimientos, la
misma tijera para cortar el balds de los confortantes de siempre, y
hasta el mismo papel emborronado, de planas, comprado a lance a los
chicos de la escuela, para sus cucuruchos de pldoras y envolturas de
medicamentos en polvo.

La novedad nica (a lo menos para usted) de esta botica, es el hijo del
boticario, y boticario l tambin de cinco o seis aos ac. Es un
bigardn de los demonios, que tan pronto le parece a usted blanco como
negro, hbil como inepto, aqu listo y all simple. Pica en muchas
cosas, y an no he podido averiguar hacia cul de ellas le arrastran sus
verdaderas aptitudes. Parece, por de pronto, de buen acomodar, y ayuda a
su padre en la botica con los mejores deseos.

Excuso decir a usted que en este rinconcito de Villavieja es donde
mejor ha cado la noticia de la prxima venida de usted, no porque
afirme que ha cado mal en otras partes, sino porque de la cordialidad
con que le quiere a usted y a cuanto le pertenece este bonsimo sujeto,
respondo con el pellejo, y no me atrevo a tanto con los dems. Bien sabe
usted cmo abundan aqu la carcoma y los celillos de clase; y aunque
todos los Bermdez, por dicha suya y desgracia de Villavieja, han sabido
aislarse en su nido de Peleches de las intriguillas y miseriucas de ac
abajo, al cabo es usted Bermdez, tiene mucho dinero y raya ms alto que
nadie entre todos los villavejanos, aunque no se proponga rayar. En fin,
ya me entiende usted.

Como la pintura que voy rasgueando no ha de ser escrupulosa estadstica
para gobierno de la direccin de Contribuciones, sino cosa muy
diferente, hago caso omiso de los dems ramos mercantiles e industriales
de la localidad y de la vida que arrastran, amn de que se adivina
fcilmente esa situacin precaria con lo que dejo apuntado en esta misma
carta y le tengo dicho en otras sobre lo a menos que han venido el
mercado de los lunes y la feria de primero de cada mes. Estos recursos,
que fueron para Villavieja minas de plata en otros tiempos y tanto
decayeron despus, continan a esta fecha de mal en peor. Claro es que
la enfermedad alcanza en proporcin debida a la gente de la Aldea,
nuestro barrio de labradores; y ese malestar de este importante gremio,
le ver usted bien reflejado en la vega, tan floreciente y pomposa aos
atrs.

Deca el ingls de la mina, ingeniero de cuenta y hombre de mucho
mundo, que era muy de notarse que los villavejanos, tan indolentes y
apticos en cuanto se refera a mejoras y tiles progresos locales,
fueran para todo lo dems tan animosos, tan regocijados, hasta
bullangueros, y tan _susceptibles_ y quebradizos de piel. Y deca la
pura verdad. Un villavejano de viso se encoger de hombros al ver cmo
se le hunde medio tejado, y perder el sueo si aquella misma noche se
le ha demostrado en el Casino que su _levisac_ atrasa ms de dos
temporadas en el rel de la ltima moda. Oh! en ste y otros parecidos
asuntos son terribles los villavejanos, sobre todo las hembras. Tenemos
_mundo_, tenemos _clases_, tenemos _distinguidos y cursis_; horas de
_tono_ y horas _vulgares_; y si no se puede con ricas telas, imitamos
con percalinas la forma y los colores del vestido que, segn la revista
de modas que reciben las _Escribanas_ o las de Codillo, llevaba una gran
seora parisiense en cierta recepcin del Elseo. Para estos apuros y
otros semejantes, hay aqu un contingente regularcito de costureras con
humos de modistas, que se despistojan con el afn de conseguir que sus
exigentes parroquianas no encarguen sus vestidos a la capital, que dista
catorce leguas. Y lo mismo se desvela y por idntica causa, el sastre
riojano; porque los hombres elegantes de aqu son punto menos que las
hembras distinguidas.

Las que ms se _distinguen_ ahora son las mencionadas Escribanas y de
Codillo. Las primeras, llamadas as por ser hijas del difunto escribano
Garduo, que dej bastante dinero, aunque no lo que suponen las gentes,
son tres y la madre: sta bajita y gorda, y aqullas altas y delgadas,
no de mal parecer, pero tampoco guapas. Se atufan por cualquier cosa, y
muchas veces van riendo unas con otras por la calle, a media voz, pero
muy sofocadas e iracundas. Las de Codillo, hijas de don Eusebio Codillo,
el dueo del _Caf de la Marina_, de la calle del Cantn, hoy arrendado
a un murciano, son cinco y muy desiguales entre s en color, en estatura
y en carnes; pero todas ellas tienen cierto andar, cierto sonrer y
cierto... vamos; y, sobre todo, unos humos de seoritas principales y
acaudaladas, que meten miedo. A Codillo, que siempre fue una tenaza y
una esponja para el dinero, le da ahora por despilfarrarse con la
familia y hasta por acompaarla vestido de punta en blanco. Es teniente
de alcalde, est viudo, y eso le salva, porque su mujer era una fiera
hasta para amarrar el ochavo.

Con menos caudal que estas dos familias y con los trapitos arreglados
en casa, forman en la misma clase, primeramente, las dos nietas del
_Indiano_, aquel fachenda que usted conoci ya viejo. El heredero, su
hijo Martn, se comi en dos aos la mitad de la herencia, y con la otra
mitad pretendi en lejanas tierras a una supuesta ricachona, que result
pobre del todo despus de casada, pero muy vanidosa. Vive ella y se
muri l; y con lo poco que dej, bien estiradito y apurado, se dan el
gran pisto las tres hembras de la casa.

Despus de ellas, o a par de ellas, mejor dicho, las _Corvejonas_, as
llamadas por ser hijas de don Aniceto Martnez Liendres, _Corvejn_ de
apodo, por herencia de su padre que fue herrador y albitar, con igual
mote, como usted recordar. Trafic Aniceto con suerte en ganados; cas
bastante bien con una hija de otro traficante asturiano, y ah le tiene
usted con su _don_ como una casa; y aunque le han mermado los caudales
en ms de la mitad, con unos humos que no le caben en la chimenea.

Al lado de las _Corvejonas_ figuran las _Pelagatas_... Pero qu jugo
va usted a sacar de la lista que yo forme, si toda esa gente es nueva y
desconocida para usted, sin precedentes de nombre ni de arraigo en toda
la poblacin? Ya las conocern ustedes cuando vengan, si conocerlas
quieren, lo propio que a las de la jerarqua subsiguiente, las
calificadas de cursis por las primeras, y, como tales cursis,
menospreciadas.

Entre tanto, sepa usted que, de poco tiempo ac, anda fluctuando entre
las dos categoras, con sntomas de caer en la primera, la sobrina de su
seor cuado de usted, el marido de doa Lucrecia. Desde que empez a
enriquecerse de veras este insigne villavejano, ampar rumbosamente a la
familia que le quedaba aqu, su madre y una hermana, sta casada con un
labrador del barrio de la Aldea donde ellos vivan y eran labradores
tambin. Muriose la vieja, y qued el matrimonio joven, con una nia, ya
establecido en el casco de la poblacin y viviendo de sus rentas, o sea
de la pensin del mejicano. Metieron a la nia en la enseanza de doa
Eustoquia; no era un adoqun, ni fea; desbravose all bastante;
consigui luego desbastar y pulir algo a su madre, que bien lo
necesitaba; muriose el padre de un tabardillo, porque la holganza y el
buen pesebre le tenan hecho un odre y algo picado a la bebida; creci
la muchachuela y se hizo una moza regular y de buen aire; tomole tal
cual a su lado la viuda... y como la espuma hasta hoy. Ambas saben que
viene este verano su sobrino de usted, y afirman que se hospedar en su
casa cuando pare en Villavieja, y que, como las quiere tanto... quin
sabe lo que podr suceder? Conque srvale a usted todo ello de
gobierno: lo uno, para su satisfaccin, y lo otro, por si ha pensado en
preparar cuarto al mejicanillo en Peleches.

Hablando ahora en serio otra vez, aado a lo dicho sobre las mujeres
_de tono_ de Villavieja, que tienen para exhibirse en toda su
pomposidad, cuatro bailes _de tabla_ al ao: uno, el ms solemne, el
tradicional del Ayuntamiento el da de la Patrona de la villa, y tres en
el Casino, dos de ellos en Carnaval y uno en Pascua de Resurreccin.
Todos de sala y con larga cola, no de vestidos, sino de disgustos: en
unas, porque no fueron invitadas; en las invitadas, porque no debieron
serlo muchas cursis que lo fueron. Lo propio sucede cuando en el
Casino hay veladas artstico-literarias y leen los chicos poetas de la
localidad, y tocan el piano las seoritas que lo entienden. Siempre
quedan detrs de la fiesta ocho das largos de murmuraciones y
disgustos. Por eso, si bien se mira, donde mejor lo pasa durante el
invierno la juventud de ambos sexos, es en las reuniones que dan en
competencia las Escribanas y las de Codillo, y, a veces, las Corvejonas.
Cada cual de ellas invita a sus relaciones, y nadie tiene derecho a
quejarse si no es invitado ni relacin de la casa. Los paseos de moda
son, en invierno y con mal tiempo, los Arcos de la plaza; y con sol, la
Chopera de la Campada; en el verano, los mismos Arcos en el primer caso,
y en el segundo la Glorieta de la Costanilla, el mejor paseo de
Villavieja, como usted sabe, porque le tiene casi lindero de Peleches,
dominando la playa y el mar por una parte, por la otra la vega y por la
otra la villa; y no domina por la cuarta, es decir, por el sur tanto
como por la opuesta, porque all est Peleches que lo domina todo,
incluso la Glorieta.

Las horas de tono en todas las estaciones del ao para pasear las
seoras, son las ltimas de la tarde y a la salida de misa mayor en los
das festivos... En los das de trabajo no se pasea: se callejea por la
villa con cualquier pretexto, o _se anda_, como los simples mortales,
por donde se quiere o se puede.

Como eterna protesta contra todos estos ceremoniales de similor, quedan
mseros restos de aquellas pocas familias de relativo abolengo, que en
tiempos de nuestra juventud eran gala y ornato de la villa. Se complacen
en asistir de trapillo adonde estn las otras muy emperejiladas, o en no
asistir de ningn modo, como a sus bailes, o en andar muy majas en
sitios y a horas diferentes. As protestan; pero no triunfan, porque la
ley de los ms se impone al cabo.

Se va extendiendo demasiado esta carta, y an me resta hablar a usted
de los hombres; no mucho, porque habra de sucederle a usted con los que
bullen y dan el tono, lo propio que con las hembras equivalentes: no
los conocera por ms que se los fuera citando uno a uno. Hay _clases_
tambin, y _distinguidos_ y cursis entre ellos, y distancias, por tanto,
que se guardan hasta en el Casino diariamente. Esto le baste, que mundo
y habilidad y cacumen le sobran a usted para deducir el resto.

El Casino es el _alma mater_ de todos ellos. All van a parar los ms
altos y los ms bajos, los cursis y los distinguidos, de da y de noche;
y si en el establecimiento no se ha puesto una tachuela desde que usted
le conoci (donde an contina, encima _del Bazar del Papagayo_), no es
por falta de concurrentes abonados, sino porque, ms o menos
distinguidos, todos los que van pasando por all son de madera
villavejana, que ya sabe usted la virtud que tiene en esto de dejar que
las cosas se acaben por s mismas, aunque no falta quien afirma que en
el _confort_ de la casa se gastara algo ms si se jugara algo menos, y
no tan a menudo, en la famosa _leonera_, escondrijo de la sociedad donde
los socios se despluman a diario como unos caballeros.

Ya le indiqu a usted de pasada que haba chicos poetas aqu, que lean
en ciertas veladas. Es la verdad; y tambin bullen y peroran en los
soportales de la plaza, y a la puerta de la Colegiata cuando entra o
sale la gente, y en la Glorieta, y en la Chopera, y en el Casino y donde
quiera que haya pblico que los oiga. Han tenido hasta conatos de un
peridico semanal; pero la falta de una imprenta en la villa les agu la
fiesta. A alguien de ellos se le ocurri despus hacerle autgrafo y
reproducir los ejemplares con una prensa de copiar, como las usadas en
el comercio, y as se hizo, con gran xito y resonancia en toda la
poblacin.

Comenzaba ya el peridico a producir disgustos entre muchas familias
aludidas por los chicos, cuando lleg de la Universidad, va a hacer un
ao ahora, Tinito _Maravillas_. ste es un jovenzuelo chiquitn,
paliducho y lacio, con gafas, pelo de ratn y patillitas transparentes.
Usa a diario _chaquet_ negro y bastn. Es hijo de un tabernero de aqu,
algo levantisco, el cual se ha medio arruinado para darle la carrera,
porque desde que Tinito (Agustn) comenz a hablar, se le antoj a l
que _sacaba_ mucho talento y haba de llegar a ser una maravilla, si se
le educaba convenientemente. Tinito lo crey as tambin, y por
maravilla se tiene despus de licenciado, y por maravilla le ha
proclamado y le proclama su padre en la taberna y en todas partes, y
_Maravillas_ se le llama donde quiera. Pues este Maravillas, que se
haba hecho notar aqu en todas las temporadas de vacaciones, ahora es
una barbaridad lo que destaca, particularmente entre sus contemporneos,
por lo que sabe y por su modo de pensar. A los chicos del peridico
autgrafo los asust. Villavieja necesitaba, en su lastimoso estado de
modorra, algo ms que coplas y chismografa. l haba escrito en
revistas librepensadoras, de gran importancia, y saba lo que eran esas
cosas. Si queran su colaboracin, no tena inconveniente en prestarla,
pero a condicin de que el peridico fuera dirigido por l y saliera en
letras de molde; lo cual no era difcil imprimindole en la capital. La
proposicin sedujo, y en realizarla se anda desde entonces.

Tinito habla poco, casi nada; pero se deja ver en todas partes, con la
cabecita muy alta y en la cara una sonrisa entre compasiva y desdeosa.
No va a misa, por supuesto; y si se le pregunta por qu, hace un
gestecillo como de asombro, sin dejar de sonrerse, y no responde ms.
Oye hablar de Dios, sonrisita; oye hablar de reyes, sonrisita; oye, en
fin, hablar de todo lo corriente en los pueblos regidos por leyes, usos
y costumbres a que estamos avezados usted y yo, sonrisita. A su padre se
le cae la baba con estas cosas de Maravillas, sobre todo cuando le ve
echar desprecios, a su modo, sobre el viejo resabio de las clases, tan
arraigado en Villavieja; y Maravillas, en tanto, teniendo a menos decir
de quin es hijo, y pegndose como una lapa a lo que aqu se tiene por
aristocracia de la poblacin, que no sabe, a la hora presente, si
temerle, si admirarle o si rerse de l; porque en Villavieja ha habido
siempre muy poco entusiasmo por las ideas polticas y filosficas. Lo
ms exaltado de aqu no pasa todava del progresismo histrico, tal como
lo dej el Duque de la Victoria al volverse a Logroo en 1856.

Sin embargo, no ha predicado enteramente en desierto el joven apstol
desde que vino Licenciado de Madrid. Ya tiene algunos partidarios casi
entusiastas, entre los mareantes y los zapateros, a quienes se digna
hablar, de tarde en cuando, de Compte, de Bchner y de Lombroso,
asegurndoles de pasada que l conoce hasta la ltima palabra de la
ciencia experimental, escoba y azote del viejo mundo teolgico y
metafsico.

Yo creo que habra palos en el Casino, si a Maravillas le diera por
hablar tan recio all, porque solamente con la estampa y la sonrisita es
ya una indigestin continua para ciertos y determinados temperamentos:
uno de ellos el fiscal, de seguro; y muy probable, el hijo del
boticario, que es atroz por lo sincero, por lo acelerado... y por lo
forzudo, y se pasa las horas muertas jugando al billar con el Ayudante
de Marina que est siempre desocupado. No tiene otro vicio; pero un taco
espantoso.

El fiscal lleva en este juzgado cuatro aos, y es un sujeto digno de
estudio. Es aragons, soltern y joven todava, pero algo acabado.
Detesta la profesin tanto como a la villa, y ni siquiera trata de
disimularlo. Las acusaciones suyas son dicterios y palizas contra todo
lo que trae entre manos, hasta la ley, que no le da cuanto necesita para
despacharse a su gusto. Para l no hay atenuantes ni eximentes. Siempre
pide el mximum de la pena para toda clase de delitos. Cuando habla de
Villavieja, la _acusa_ del mismo modo, porque est deseando que le echen
de la carrera y de aqu. Pone cada mote que no le levanta nadie, por lo
bien que cae. Tiene talento y gracia y se deja querer, porque, despus
de todo, es un lagarto muy apreciable, hombre de bien y de trato muy
ameno. Antes jugaba mucho al tresillo; ahora se le halla casi toda la
noche y parte de la tarde fumando y tomando caf en una mesa, cerca de
la de billar, viendo cmo juegan el hijo del boticario y el Ayudante de
Marina, hablando con ellos a su modo a ratos, y a ratos con dos abogados
y un mdico, jvenes, de lo ms culto y tratable que hay aqu, y
conmigo, que solemos acompaarle...

Para concluir, mi seor don Alejandro: continan los cerdos
revolcndose en las calles sin empedrar, y las gallinas picoteando el
csped del encachado de la plaza; el casn histrico, llamado de _los
Capellanes_, se desplom en abril del ao pasado; est mal sostenido con
puntales lo que queda del convento de Premostratenses; se va a apuntalar
la fachada norte de las Casas Consistoriales, y en la calle del Cncamo
se abri de repente una sima, tres aos hizo en febrero, y sin rellenar
se encuentra a la hora presente.

Con esto y lo que se adivina, ya sabe usted de Villavieja casi tanto
como su muy obligado y afectsimo amigo q. l. b. l. m.

CLAUDIO FUERTES Y LEN.




--V--

Quince das despus


Aquella maana madrug don Alejandro casi tanto como el sol, y eso que
era el de los das ms largos del mes de junio, de los de por san
Juan. No haba pegado el ojo en toda la noche; y no por miedo a los
ladrones ni por extraar la cama, sino por la comezn de la pcara
curiosidad, que le tuvo en vilo. Por si a Nieves le haba pasado lo
propio, se acerc a la puerta de su gabinete, aplic el odo a la
cerradura, y, en efecto, Nieves se revolva all dentro.

--Nieves!--llam trmulo de gusto.

--Pap!--respondi la voz argentina de Nieves--. Estoy concluyendo de
arreglarme... All voy enseguida.

--Aj! Pero dime: has cumplido tu palabra?

--Como que me estoy vistiendo casi a obscuras.

--As se hace, canstoles! Pues mira: ya, por lo poco que falta, no lo
echemos a perder con una mala tentacin. Firmes con ella si acomete,
eh?

Se oy la risa franca de Nieves muy cerquita de la puerta, que a poco
rato se abri dando paso a la sevillanita envuelta en un blanco y
holgado peinador, con toda la espesa y fina mata de su pelo rubio dorado
tendida sobre la espalda.

--Para que veas que no te engao--dijo a su padre sealando al fondo del
gabinete--, mira qu obscuro est todo.

En efecto: no se vea otra luz all dentro que la que se filtraba por
las rendijas de los postigos cerrados con sus aldabillas sobre las
correspondientes vidrieras: la precisa para andar all sin tropezones.

Entonces fue don Alejandro quien se ri.

--Qu cosas tenemos a lo mejor los hombres llamados formales!--dijo--.
Pues mira: pequeeces son y hasta tonteras parecen; pero tienen su
encanto, y qu demonios le queda de placentero a la vida si se le
quitan esos recreos?... No es as? Pues, canstoles, el que se riera de
nosotros ahora, sera un grandsimo majadero.

--Ya se ve que s--dijo Nieves siguiendo el humor a su padre--. Pero,
dime--aadi--: tambin aqu me est prohibido mirar?

--Aqu no--respondi muy formalmente don Alejandro--, porque esto tiene
bien poco que ver. T hazte el cargo: ya que la casualidad te meti en
Peleches por primera vez de noche cerrada, la gracia de la cosa est
para m en estimar yo mismo el efecto que te produzca lo que te vaya
poniendo delante de los ojos, y que no se ve todos los das ni en todas
partes. Te enteras? Pues no hay ms. Pero agurdate un poco...
Catana!... Catana!...

Esto lo grit don Alejandro desde la puerta que daba al pasillo, para
que acudiera la rondea, que se llamaba as.

--Tengo yo mi puntillo de vanidad--dijo a Nieves mientras la quintaona
vena--, en que este erizo andaluz que desde que sali de la tierra no
ha puesto la mirada en cosa que le parezca bien, aprenda a mirar como es
debido lo que se ve desde aqu, hasta que se muera de repente por mal de
asombro y maravilla.

En esto lleg Catana, con su cabeza gris, su color cetrino, sus ojos
negros y bravos, su sempiterno vestido de indiana muy floreado, y su
paoln negro, de seda, con los picos anudados atrs.

--Qu manda zu merc?--pregunt desde la puerta.

--Qu has visto--la pregunt a ella su amo--, de tantsimo como hay que
ver desde esta casa?

--N, ze.

--Cmo que nada?

--N... zino e peor que n; porque azom la fila, andando en mi trajn,
por un ventaniyo de eta parte, y too lo vide negro, y dije: po ze, pa
poca y mala zal, a la joya... Y no he quero ver m.

--Pues aguntate aqu a la vera nuestra--dijo Bermdez despus de rerse
con Nieves de la ocurrencia de Catana, que hablaba siempre con la mayor
seriedad--, para que te mueras pronto y de una vez, y a gusto mo... Y
vamos a ello, empezando por lo de adentro por ser lo peor. Esta pieza en
que nos hallamos, como te dije anoche, te acuerdas Nieves? es el saln
de recibir, vamos, el estrado. Ya ves que, por extenso... eh? se pueden
correr potros en l. De esto ya te enteraste anoche, pero no de los
cuadros por falta de luz... ni del tillado de castao negro con
remiendos de cabretn. Mira qu puertas: de roble, con su cristalillo de
a tercia en su correspondiente cuartern. En cada tiempo su estilo. Esta
Pursima tan estropeada, es copia de una de Murillo, y dicen que no era
mala cuando la trajo de Madrid mi bisabuelo paterno. Este retrato que la
sigue por la izquierda, es de mi padre, y el otro de la derecha, de mi
madre. Son obra de un pintor que anduvo tomando vistas por estos sitios,
muerto de hambre. As estn ellos. Del mismo pincel y de la misma poca
son estos cuatro de este lado: Hctor, Aquiles... Demonio! parece que
te voy a hablar del sitio de Troya... Cosas de mi padre. Pues son mis
hermanos y mi hermana Lucrecia, y yo; yo sin pelo de barba todava, pero
con mis dos ojos cabales... con los que t me alcanzaste an, Catana, en
poca bien memorable para m... Pero no hablemos de esto, canstoles,
que es muy amargo y muy duro de digerir... Corriente. Pues con decirte
que estos seis retratos le costaron a mi padre cuarenta duros y el
hospedaje del pintor, que todava se consideraba rumbosamente pagado, te
digo cuanto hay que decir sobre el mrito de su pincel.

--Y este seor del pelucn y casaca bordada, quin es?--pregunt
Nieves.

--Ese es, digo, ese fue don Cristbal Bermdez Peleches, cuarto abuelo
mo, y fundador del mayorazgo en los principios del siglo pasado.
Desempe en Mjico el cargo de Intendente general durante muchos aos,
y de all vino nadando en oro; cas en Madrid con una seora de la cepa
ilustre de Pacheco, y labr esta casa sobre la ms modesta, aunque no
menos hidalga, en que l haba nacido... Pero de este preclaro
ascendiente nuestro ya me has odo hablar muchas veces, lo mismo que de
este otro que le sigue, con hbitos de sacerdote y la medalla de la
Inquisicin colgada del cuello. Fue inquisidor, tambin en Mjico, y
trajo de all estas cornucopias que ves alrededor de la sala junto a la
cornisa del techo. Tineselas por cosa notable, aunque no lo parecen a
la simple vista. Este vargueo tan rodo ya por la polilla, tambin fue
trado de Mjico por el mismo inquisidor... Te fijas en la sillera,
eh? Ya habrs notado que no juega con el vargueo ni con las
cornucopias, ni se honra con tan sealada procedencia. Es ebanistera de
la ms mala entre lo peor que se ha hecho y estilado en esta tierra. Con
todo, tiene para m gran mrito por los recuerdos que me trae a la
memoria... Te vas enterando t tambin, desabora gitana?

--Z, ze,--contest la rondea, muy grave y con los ojos muy abiertos.

--Pues a otra cosa entonces, porque se acab la sala... Voy ahora a
ensearos algo de lo de afuera, pero de lo menos bueno; lo que
corresponde a la fachada del sur, que es adonde miran los tres balcones
de ella, o sean ste que voy a abrir, otro del gabinete mo y otro del
tuyo, Nieves... Ah est lo menos hermoso del panorama. Desde la
plataforma de la torre os le hubiera enseado para que le gozarais sin
estorbos por todas partes; pero, segn noticias de mi amigo Fuertes, la
plataforma est de mrame y no me toques, sin contar con que le falta a
la torre media escalera, cabalmente la mitad de abajo... Mas esa y otras
dificultades parecidas, ya se irn remediando.

Nieves y Catana, mientras hablaba as don Alejandro, despus de mirar lo
que se descubra de frente y sin esfuerzo, queran salir al balcn para
mirar hacia los lados.

--Poco a poco--les dijo don Alejandro contenindolas--; no se permite
mirar ms que por derecho y desde ah, estamos?: lo otro ya se ver
desde donde deba verse. Por de pronto, la fachada es de sillera como la
del este... No hay para qu verla, seoras, porque lo afirmo yo, como
afirmo que sobre cada balcn de los tres de este piso, hay otro ms
pequeo y de plpito, con sendos escudos de armas en los dos entrepaos
principales... Quietecitas he dicho, que tiempo les queda de comprobar
lo que afirmo... y vayan mirando. Aqu, debajo, un poquito de jardn,
bastante disimulado, porque la verdad es que hasta que yo mand que le
aliaran un poco, contando con que ibas a venir t, nadie se ha cuidado
de l en muchsimos aos. Eso que ahora es una tapia regular con puerta
enrejada, fue en _aos tmporas_, como dicen los _poencos_ de tu
Serrana, oh, gitana! casi muralla de sitio con su portn
correspondiente; como fue patio con horno y pozo que an se conserva,
segn podis ver, y no s cuntas accesorias, esto que a la presente es
jardn. Despus de la calzadita que pasa por delante de la puerta, otro
cercado, con rboles, pradera y tierra labrada, que se va hundiendo poco
a poco segn se va alejando, lo mismo que la faja de pinos que le
contornea por nuestra izquierda. Es, como si dijramos, la huerta de
esta casa... Vuelve a subir el terreno despus de una largusima
hondonada, pero con otro ropaje ms basto y ms bravo, y acaba en una
gran mancha verdinegra que se esparce a un lado y a otro...

--Eza mancha ju lo negro que yo vide.--dijo Catana sin poderse
contener.

--Pues esa mancha negra, mi seora doa... espantos sin substancia, es
un magnfico pinar, y de mi legtima pertenencia, como la huerta y lo
que sigue hasta l... estamos? y aunque algo triste de color, no es
para que nadie enferme al mirarlo, y mucho menos una res brava de
ciertas espesuras que yo me s. No es verdad, Nieves? S franca, t que
pintas algo y entiendes ms que Catana de estas cosas. Fjate bien: aqu
la lozana de la huerta; despus el recuesto verde sucio; luego el pinar
casi negro; enseguida un monte gris, rapado y pedregoso; y en ltimo
trmino, una montaa azul. No tiene todo este conjunto su belleza
especial? Adems, os lo tengo anunciado como lo menos bello del
panorama, y no podis, en buena conciencia, llamaros a engao ahora... Y
se acab este primer nmero del programa... A otro enseguida... y
qudense estas puertas abiertas para que se vaya inundando de la gracia
de Dios toda la casa...

Por aqu, por el pasadizo ste... Alto en esta puerta de la izquierda, y
mucho cuidado con no torceros un pie en algn rendijn del tillado de
adentro. Como la pieza tiene balcn, nico claro que hay en la fachada
correspondiente, la del noroeste, se cuelan las invernadas por l lo
mismo que si no vinieran a Peleches ms que para eso. Como est tan
alto y tan descarado!... Nadie ha podido habitar en esta pieza jams.
Cuidado, repito, mucho cuidado donde se pisa... Ea! ya est de par en
par, digo, ya estn separados estos pingajos de puerta. Ponte aqu,
Nieves, y t a este otro lado, Catana... Vamos, qu hay que decir a
esto?... No os fijis en este primer trmino, que es rido y escabroso,
como todo terreno de costa, sino en lo dems, en lo llano, que es la
vega de Villavieja, verde aqu, parda all, con sus caseros salpicados,
despus alturas grises y alturas verdes, y sierras peladas y montes
obscuros... Veis una rayita blanca, all lejos, que culebrea un ratito
en el contorno de la vega y luego se pierde entre dos cerrillos? Pues es
el camino real. Veis otra rayita que cruza la vega por este lado de la
izquierda, en direccin a los mismos dos cerros en que se pierde el
camino? Pues es la senda que une a Villavieja con l. Por ah vinimos
anoche nosotros; slo que al llegar a la entrada de la villa, tomamos
otro camino que sube a Peleches por esta ladera... Vedle aqu
arrastrndose debajo del mismo balcn en que estamos... Eh? Qu tal?
Me parece, seora serrana, que aqu no hay negruras que maten ni asusten
a ciertos corazoncitos temerosos y delicados... Bien claro, abierto,
luminoso y variado es por donde quiera que se mire todo ello... Vamos,
diga usted que s o que no, como Cristo nos ensea.

--E de zu merc la vega tamin?--pregunt Catana a su amo, en lugar de
responderle.

--Una buena parte de ella--contest Bermdez un poco amoscado--. Pero
qu tiene que ver lo uno con lo otro? Lo barruntas t, Nieves?

Nieves, que toda era ojos y respiracin, para gozar a sus anchas de la
luz y los aromas de que estaba inundada la campia, adivinando la
malicia envuelta en la pregunta de Catana, contest a la de su padre,
sonrindose con la rondea:

--Es una salida como otras suyas, por no mentir. Teme que lo sientas si
te dice que no la gusta... por lo menos tanto como...

--Como la Serrana de siempre, vaya,--concluy don Alejandro.

--Ezo igo yo,--confirm Catana, mirando a Nieves con la cabeza algo
gacha.

--Y t tambin eres de su parecer, hija ma?

--Yo no, pap,--contest Nieves al punto y sin la menor traza de
engaarle--. Es decir: por de pronto, me gusta esto mucho, muchsimo; lo
que hay es que no conozco lo otro que le parece mejor a Catana, y
pudiera serlo. No es as, Catana?

--Asn,--respondi Catana, acentuando la palabra con la cabeza.

--Pues ahora mismo voy yo a poner a su seora macarena--dijo Bermdez
empujando hacia dentro a las dos mujeres--, delante de algo que no se
pueda ver desde all por mucho que levante la jeta el serrano de ms
alzada... Canstoles con los melindres de mi abuela y el pujo de la
comparacin!... Por el pasillo de la derecha hasta la puerta de
enfrente... Esta pieza, Nieves, no te la quise ensear anoche, porque
an estaba arreglndose cuando te fuiste a acostar: ya te lo dije. Es
donde ms se ha esmerado don Claudio, y la que ms le ha dado que hacer
despus de tu gabinete. Se ha empapelado, pintado y casi tillado de
nuevo... Mrala. Aqu tienes el piano, los avos de pintar y de hacer
labores, libros, dibujos... en fin, tu taller de artista y tu saloncillo
de mujer hacendosa. Ahora no hagas ms que pasar y mirar, y ni siquiera
me des las gracias que se te estn escapando por los ojos y por la boca.
La cosa, en primer lugar, no vale la pena, y, en segundo, venimos aqu
por otras muy diferentes... A la una, a las dos... Ah est eso, y
murete ya, gitana, porque te ha llegado la hora!... Ms afuera todava
las dos: aqu, en la misma barandilla del balcn... Eso es. Mirad, y
hartaos!

Nieves prorrumpi en exclamaciones de entusiasmo, y Catana, con los ojos
muy abiertos, se qued como una estatua. Don Alejandro se gozaba como un
chiquillo en el xtasis de las dos.

--chate leguas de mar!--comenz dicindolas--, por el frente, por la
derecha, por la izquierda: infinito por todas partes, menos por sta en
que est el palco de Peleches para recrearse los Bermdez en contemplar
esa maravilla de Dios... Y no se me salga ahora con que se ha visto la
mar en Cdiz o en Bonanza, canstoles! porque no admito la comparacin.
Mar ser ella, como son mares otras muchas que se pudieran citar; pero
no son esto, ni por lo grande, ni por lo hermoso, ni por estar como
colgadito del tejado, a la misma puerta del balcn, para deleite de los
ojos al abrirlos en la cama. Y que no vale mentir... Ves ese antepecho
de la derecha, Nieves? Pues es uno de los dos claros que tiene tu
gabinete. Ves este otro de la izquierda? Pues corresponde al gabinete
que tiene la entrada por el comedor... el reservado para lo que t
sabes... De manera que no me salgo de lo cierto al deciros que desde la
misma cama se puede recrear la vista en este asombro. Llano y sosegadito
est ahora como el cristal de un espejo, y gusto da ver cmo saltan y
centellean en l las chispas del sol que va subiendo poco a poco; pero
no s si os diga que le prefiero y me gusta ms cuando se le hinchan las
narices... Ah, lagartija de secano! Aqu te quisiera yo ver cuando esa
llanura se encrespa y ruge y babea y comienza a hacer corcovos, y echa
las crines al aire, y no cabe ya en su redondel, y embiste contra las
barreras bramando a ms y mejor, y se esquila canto a canto, y vuelve a
caer, y vuelve a embestir por aqu, por all y por cincuenta partes a un
tiempo... Dios, qu rugidos aqullos, y qu espumarajos y qu!...
Entonces no es azul como ahora, qui!... las iras la vuelven crdena...
En fin, que tiene mucho que ver... Y a todo esto y por mucho que la mar
se embravezca, el puerto, aquel rinconcito de la izquierda, lo mismo que
un vaso de agua. Y se explica bien: sus contornos interiores son como
dos curvas de un parntesis: la una, la de all, mucho ms saliente que
la otra; de manera que resulta por aquel lado una muralla, un cabo que
sirve de rompeolas del noroeste, que es de donde vienen siempre los
grandes temporales de esta costa; y como los de Levante son rarsimos,
haceos la cuenta de que dormir en este puerto es como dormir en la cama.

--Pero dnde estn los barcos?--pregunt Nieves.

--Qu barcos, hija?

--Los del puerto. No veo ninguno.

--Eso es harina de otro costal... No recuerdas lo que, a este
propsito, te le en Sevilla, de la carta de don Claudio?

--Es verdad: que no hay ms que un vapor... cuando le hay. Pues ahora no
est.

--No lo sabemos; porque el saliente de la torre nos impide ver el
fondeadero, que est muy arrimado a la villa. Desde la otra fachada lo
veremos con lo que nos falta que ver de todo el panorama circundante...

--Ay, pap!--exclam Nieves de pronto--, lo que yo gozara correteando
en un barquichuelo por esas llanuras tan azules!

--Cab!--salt la rondea estremecindose--: pa que la nia ze
malograra a lo mej...

Solt una risotada el tuerto Bermdez y dijo:

--Me gusta que te tiente ese deseo, Nieves, y te prometo satisfacrtele
muy a menudo, sin los riesgos que asustan a Catana... Mira un vapor...

--En dnde?

--En el horizonte... Fjate bien en el punto que yo sealo.

--Ya le veo... Le ves t, Catana?

--No le veo, nia.

--No ves un penacho de humo sobre una mancha negra?

--Aja! Ahorita le guip...

--Y no veis ms ac unas motitas blancas, como triangulitos de papel?

--S que las veo,--respondi Nieves.

--Pues son lanchas de pescar.

--Tan all?

--Yo lo creo!

--Y de dnde son?

--De los puertos de esta costa... Dios sabe de cul de ellos... Porque
cuidado que es lnea larga, eh?... Vete pasando la vista sobre ella de
extremo a extremo... Lo menos cuarenta leguas.

--Jez!

--Y no rebajo una pulgada, seora rondea... Y a propsito, para cundo
deja usted el morirse? Por qu no se ha muerto ya?

--De qu, ze?

--De asombro.

--Con la venia de zu merc--contest la serrana--, me queo un ratico m:
jasta el otro espanto.

--Cul?

--El may que me ha e d zu merc.

--Luego te parece poco lo que ests viendo?

--Psch... Asn, asn.

--Vamos, Nieves, es cosa de matarla de veras.

--No te apure la flema de esta socarrona--dijo Nieves dndola un
pellizco en el brazo que estaba ms al alcance de su mano derecha--, que
aunque no fuera embuste lo que aparenta, aqu estoy yo que me he
asombrado por las dos...

--Lo creo, y eso me consuela y la salva a ella de una desgracia... Y
ahora, vamos a la otra fachada para ver lo que resta; que la maravilla
de este lado aqu quedar aguardndote, por mucho que tardes en volver a
saborearla... Sganme, que ya voy andando por el mismo camino que nos
trajo ac... Tuerzan a la derecha ahora... sta es la entrada a la
cocina y sus accesorias... Esta es la puerta del comedor... Otra
cuatropea como la sala... eh, Nieves? Bien que ya la viste anoche... El
gabinete de que te habl antes... Un balcn y dos antepechos... Vamos al
balcn... No es maleja esta vista tampoco, verdad, Nieves?

--Hermosa!--contest Nieves con entusiasmo.

--Yo lo creo!--aadi su padre--. Parte de la mar que vimos desde ese
otro lado, y el puerto entero y verdadero... Mira, all tienes el muelle
con... uno, dos, tres... tres botecillos, o lo que sean, porque no se
distinguen bien a tan larga distancia. De vapor, ni seal, hija. Pues
vete mirando desde el muelle hacia tierra: toda la villa, con su barrio
de labradores, que parece un aduar de marruecos; detrs del aduar, el
estero con sus junqueras, adonde viene a desembocar el ro que ha bajado
de aquellas alturas rozando un buen pedazo del perfil de la vega. No se
le ve el cauce; pero te le va sealando bien esa faja de vapores que se
van elevando y deshaciendo con el sol, la abundancia de arbolado y
cierto verdor del terreno... Repara con qu gracia est tendida
Villavieja en el suyo. Ella es fea como un demonio, mirada calle a calle
y casa por casa; pero vista en conjunto, hasta su color de holln le
hace gracia. La parte de ac, que est en rampa, aunque suave, no la
podemos ver toda, porque nos lo impide el borde de la meseta sobre la
cual estamos nosotros y a bastante distancia; pero se ve algo de lo
principal... casi toda la Colegiata y un poco de los primeros edificios
de la Costanilla, que arranca hacia ac del mismo costado de la
Colegiata y es el camino ms usado para venir desde la villa a Peleches
y al paseo de la Glorieta, que es esa especie de alameda que ves a dos
pasos de la entrada de este patio, un poco a la derecha. El paseo es
bonito, porque lo son sus rboles chaparros; y la vista que se alcanza
desde l y el aire salino que le refresca en verano, no tienen precio.
Por el extremo de all baja una senda que conduce al muelle sin tocar en
la villa. La senda se llama del _Miradorio_, porque este nombre se da a
aquel lejano trmino de la meseta por donde pasa para caer de repente
cuesta abajo... Viniendo ahora con los ojos a cosas de menos fuste, para
tomar nota de todo, aqu a plomo tiene otro patio perteneciente a la
casa, con su cerca y entrada correspondientes. Ese cobertizo es el
gallinero; el que le sigue, leera, y este otro de enfrente con honores
de casita con la mitad de la panza fuera del cercado, cuadra y pajar...
Despus os ensear la planta baja y el piso alto y hasta los desvanes,
para que os vayis orientando dentro del venerable palomar de Peleches.
Abajo veris el Oratorio, que, segn noticias y por encarecidos encargos
mos, se conserva bien y servible. Si hallamos cura, nos dir la misa en
l; si no, iremos a orla a la Colegiata, que no est lejos... si el
tiempo lo permite; porque si no lo permite, con la buena intencin
cumplimos.

Nieves lo miraba todo hasta con voracidad, y escuchaba a su padre
delectadsima. Catana, con los brazos uno sobre otro, segn su eterna
costumbre cuando nada tena que hacer con ellos, y con la cabeza algo
inclinada, revolva los ojos negros y bravos, de las cosas sealadas a
don Alejandro, y de don Alejandro a Nieves, evitando siempre el choque
de la mirada de aqul con el rayo de la suya; pero muy poseda del
cuadro y acaso, acaso, gozosa, aunque no lo declarara.

--Si yo viviera aqu mucho tiempo--continu el buen Bermdez--,
arreglara las cosas de manera que t, hija ma, sacaras de estas
singulares ventajas que rodean a Peleches, todo el inters y la
substancia que ellas son capaces de dar, para hacerte la vida, no
solamente llevadera, sino deleitosa. Tendra, por ejemplo, una
embarcacin ligerita y segura, para recrearte y recrearnos en los
placeres de la mar; hara convertir, o convertira yo a mis expensas,
ese mal camino que nos une con el del Estado, en una calzada en regla;
tendramos un carruaje cmodo que nos llevara y nos trajera por esas
comarcas de Dios, tan dignas de visitarse, en lugar de las infames
tartanas de que se puede disponer ahora por las condiciones de nuestros
infernales caminos; tendra... qu s yo lo que tendra, en mi ardiente
deseo de verte gozosa y alegre y sana en el solar de nuestros mayores!
Pero esto has de resolverlo t misma, y a tu resolucin absoluta y
soberana queda. Conste as, con el testimonio, algo sospechoso, de
cierta zaina rondea que nos escucha, reventando por declarar que no
vale toda su tierra de lobos contrabandistas, un puado de lo que se
coja en la parte ms triste de cuanto se ve desde Peleches. Entre tanto,
echaremos mano de los recursos de que podemos disponer, hoy por hoy; y
con ellos solamente, yo te prometo, hija ma, que si perseveras en tus
buenos propsitos, no has de aburrirte un minuto aqu, por muy recio que
llegue a tronar, como Dios nos d salud... Ahora, y por de pronto, tenga
usted la bondad, seora Catana, de ordenar que se nos sirva en seguidita
el desayuno; y con las fuerzas que nos d y mientras le tomamos, o de
sobremesa, haremos el plan de campaa para hoy, o para toda la quincena,
si nos conviene a ti y a m. No es cierto, Nieves?... Pues andando para
dentro. Pero aguardaos un poco y odme la ltima palabra, como ahora se
dice: recorriendo con la vista la inconmensurable extensin de estos
horizontes, y respirando el ambiente, medio terral, medio salino, que
llena todo el panorama, y anima y engrandece el espectculo de sus
trminos y detalles maravillosos, no es verdad que se siente uno como
ms fuerte y ms satisfecho? que si se tienen penas se olvidan? que si
le dominan a uno rencores los acalla? que si vacila entre lo cierto y
lo falso, entre lo til y lo pernicioso, entre lo nimio y lo grande, se
le revela de pronto, y como por milagro, la verdad desnuda y clara? que
no nos asalta, en fin, una idea que huela a innoble, ni un deseo que no
sea honrado? Respondedme con franqueza.

Se le respondi que s inmediatamente; y satisfecho con la respuesta,
don Alejandro Bermdez rompi la marcha hacia dentro, diciendo a las dos
mujeres, con el mayor entusiasmo, como si nunca se lo hubiera dicho
hasta entonces:

--Si no tiene escape! Dadme vosotras un aire puro, y yo os dar una
sangre rica; dadme...

Cuando dijo la ltima palabra de esta conocida tesis, Nieves estaba ya
sentada a la mesa del comedor, en espera del desayuno; la rondea, en la
cocina para que acabara la cocinera de prepararle, y abocando al
pasadizo frontero, don Claudio Fuertes y Len, asombrndose de que
hubieran madrugado tanto los insignes dueos y seores del casern de
Peleches.




--VI--

Entre buenos amigos


Seor don Claudio! No poda usted llegar ms a tiempo ni en mejor
ocasin... Catana!... Catana!... Caf? chocolate? cosa de
tenedor?... Con franqueza, don Claudio: lo que ms apetezca y mejor le
siente a estas horas... Catana!...

--Pero, seor don Alejandro, si yo no acostumbro a desayunarme hasta
ms tarde! Cabalmente he venido tan de madrugada, por averiguar de sus
sirvientes, mientras ustedes descansaban, qu era lo que haban echado
ms en falta anoche, para disponer con tiempo el remedio. Cmo haba de
sospechar yo que despus de las fatigas del viaje?...

--Pues ah ver usted. Y si le digo que hace ya ms de una hora que
andamos de ronda por toda la casa, de pieza en pieza y de balcn en
balcn, mira aqu y asmbrate all?...

--Es posible?...

--Y por qu no ha de serlo?

--En usted, pase, porque est ms avezado, es de aqu y lo tiene ley;
pero esta seorita...

--A buena parte va usted! Cuando me levant yo, ya estaba ella de
vuelta, como quien dice. No es verdad, Nieves? Hay que advertir tambin
que antes de acostarnos anoche habamos pactado cierto compromiso...
Pero que diga ella si le ha pesado la madrugada...

--De manera que la ha gustado la situacin de Peleches?

--Oh, muchsimo!

--Vaya, pues lo celebro infinito; porque tema yo lo contrario.

--Por qu, recanstoles?

--Hombre, acostumbrada a la hermosura y la animacin de una ciudad como
Sevilla, nada de particular tendra que al verse de pronto en una
soledad como sta...

--De modo que donde hay soledad, no cabe belleza ni?... Se quiere
usted callar, alma de cntaro? No le hagas caso, Nieves... Pues,
hombre, me hace gracia la ocurrencia! Desde aqu al cielo, seor don
Claudio... Y no me replique, para taparme la boca, que poco he
demostrado mi entusiasmo por las maravillas de Peleches volvindoles la
espalda durante tantos aos; porque bien dicho lo tengo por qu ha sido
y cunto lo he deplorado... Est usted? Pues ahora dganos qu va a
tomar, porque est Catana deseando saberlo para servirle en el aire...

--Ea! pues ya que ha de ser... lo mismo que ustedes tomen.

--Ya lo oyes, Catana: lo mismo que nosotros... Y respondiendo ahora a
cierta indirecta pregunta que usted nos ha hecho, le digo que lejos de
echar en falta cosa alguna en esta casa para nuestra comodidad, todo lo
hemos hallado en su punto y lleno de motivos de agradecimiento y de
aplauso a la previsin, al acierto... en fin, que ha hecho usted
milagros... No es as, Nieves?

--De toda verdad, don Claudio... Nada se echa de menos aqu.

--Repare usted, seorita, que yo no he hecho ms que cumplir las rdenes
de su pap lo mejor que he podido... De todas maneras, me felicito de no
haberme equivocado... Pero de veras le gusta a usted esto, Nieves?

--De veras, don Claudio: se lo juro a usted... Y por qu no haba de
gustarme?

--Por lo que antes dije a usted. Es esto tan diferente de aquello!

--Pues por esa diferencia me gusta a m esto.

--Aj!... Tmate esa y vuelve por otra...

--De manera que usted est satisfecha?...

--Satisfechsima.

--Y dispuesta a sacar partido de?...

--De todo, don Claudio. Y si no lo estuviera, para qu venir aqu?

--En los mismos rubios, seor Fuertes!... y vaya usted contando. A
usted se le ha figurado que Nieves era una nia dengosa que se nutra de
huevo hilado y alfeique, y le faltaba la respiracin en cuanto se la
sacaba de la estufa... A buena parte va usted con la suposicin!

--No supona tanto, seor don Alejandro; pero entre los dos extremos...
Y en fin, yo celebro en el alma que la seorita Nieves sea como es; y
excuso decirles a ustedes que no slo por deber, sino con muchsimo
gusto mo, me pongo a sus rdenes desde ahora para servirla, para
acompaarla...

--Ya nos habamos permitido nosotros contar con ese factor en los
clculos que hemos venido haciendo por el camino; pero, inocente de
Dios, sabe usted con quin trata? conoce usted los nimos, los bros y
los propsitos que hay en ese cuerpecito que se abarca por la cintura
con la llave de la mano? Ay, amigo don Claudio! usted y yo, para sopas
y buen vino.

--Poco a poco sobre eso, mi seor don Alejandro. Usted sabr a qu paso
le anda la vida por sus adentros; pero no el que lleva la ma por los
mos.

--Pues, hombre, ya que me la echa usted de plancheta, le dir que all
saldrn las dos en andadura, como salimos en aos uno y otro.

--No es regla esa, don Alejandro.

--Sobre todo, cuando se saca en la cuenta el pico gordo que me saca
usted a m.

--Yo a usted?

--Toma, y se admira, canstoles!

--Yo lo creo!

--Pues mal credo...

--Cuntos aos tiene usted, entonces, o, mejor dicho, cuntos cree
tener?

--Ni tampoco cincuenta y ocho...

--Lo menos sesenta y dos...

--Ave Mara Pursima!... No le hagas caso, Nieves!

--De todas maneras, igual le d, porque ya no ha de echarse usted a
pretender jovenzuelas; pero sta es una cuenta que se saca en el aire y
por los dedos.

--Pues ya est usted sacndola.

--Cuando yo vine a Villavieja por primera vez...

--Cmo! No es usted de aqu, don Claudio?

--No, seora. Usted no lo saba?

--Lo habr olvidado, porque yo creo habrselo dicho.

--No lo recuerdo.

--Yo soy de Astorga.

--De Astorga?

--S, seora: de donde son las grandes mantecadas...

--Y los maragatos, canstoles, con sus bragazas de fuelle.

--S, seor, y a mucha honra.

--Pues cmo vino usted de tan lejos?

--Lo mejor ser que se lo cuente usted todo, don Claudio; porque, a lo
que veo, ha perdido la filiacin de usted que yo la he dado varias
veces.

--S, y para que se vaya apartando la atencin de cierta cuenta
pendiente.

--Habrase visto marrullero?... Como si no me importara a m ms que a
l dejarla bien saldada!

--All lo veremos, mi seor don Alejandro, porque todo se andar. Voy
por de pronto a satisfacer la curiosidad de Nieves en cuatro palabras,
porque siendo, aunque inmerecidamente, tan ntimo amigo de su padre, no
est bien que sea un hombre desconocido para ella...

--Tanto como eso, no, seor don Claudio.

--Es un decir; y vamos all. Yo vine a Villavieja de teniente de
carabineros: no cucharn, seorita, sino de colegio, del de Infantera.
Aqu ascend a capitn y me cas con una villavejana de bastante buen
ver y no pobre del todo. No es cierto, don Alejandro?

--Y se queda usted corto. Era de lo mejorcito de aqu... Y pasemos de
largo sobre ese punto, antes que empiece a dolerle como de costumbre.

--Bueno. Tuve dos hijos varones. En esto se arm lo de frica; tentome
un poco el patriotismo y otro poco la ambicin; consegu, bajo cuerda y
sin que lo supiera mi mujer, que me mandaran all; fuime, hacindola
creer que me obligaban a ello; volv de comandante acabada la guerra;
destinronme a Barcelona con el regimiento a que perteneca; y entre si
me convena ms dejar aqu la familia o llevarla conmigo, enviud; vilo
todo de un solo color, y ese muy negro; disipronse de repente todas mis
ambiciones; ped el retiro, concedironmele, y quedme en Villavieja
donde haba vivido muchos aos, haban nacido mis hijos, y posean, por
herencia de su madre, media docena de tejas y cuatro terrones. Poco
despus, el seor don Alejandro, que siempre me haba distinguido y
honrado con su amistad, quiso honrarme y favorecerme nuevamente dndome
plenos poderes para administrarle sus haciendas de aqu, que no son
pocas. Esto acab de afirmar mis races en la tierra de mi pobre mujer,
races no muy agarradas ya desde que mis hijos, hoy oficiales del
ejrcito, se haban ido al colegio militar y yo me vea solo y
desocupado. Pero a todo se hace uno, Nieves, en esta breve y espinosa
vida. Yo me fui haciendo a mi soledad, y hasta he llegado a encontrarla
relativamente placentera. De ordinario, no soy melanclico: al
contrario, se me tiene por hombre feliz y regocijado. Yo no trato de
desmentir mi fama, por si es merecida, y, sobre todo, porque nada me
cuesta; y as vamos viviendo... y as soy, ni menos ni ms. Conque me
conoce usted ahora?

--Aunque no con tantas seas, bien conocido le tena a usted, y estimado
en lo que merece.

--Muchas gracias... y vamos a rematar ahora el punto de las edades, que
qued empezado antes de abrirse este parntesis que acabo de cerrar.

--Canstoles, cmo le preocupa a usted ese punto, hombre! Pues
supongamos que se echa la cuenta y que me sale usted alcanzado en cuatro
aos, o que los dos salimos pata; despus de todo, qu? Nadie tiene ms
edad que la que representa.

--Eso, mi seor don Alejandro, puede ser, y usted perdone, una huida,
como otra cualquiera, del terreno, y desde luego no es exacto; y adems,
como argumento, es aqu muy sospechoso.

--Vaya usted echando canela!

--Porque la hay a mano. Y a la prueba: me ve usted con esta facha algo
quijotesca, un si es no es acartonado, con el pelo y los bigotes
grises...

--Canos.

--Corriente: canos, al paso que usted, ms metido en carnes que yo, con
el pellejo ms reluciente, su estatura regular y de buen arte, tan
aseadito y curro, y tan recortaditas y cepilladas las blancas
patillas...

--Grises, don Claudio!... mrelas usted bien y juguemos limpio.

--Grises, corriente: vaya tambin esa ventajilla a favor de usted: poco
me importa. Nota usted esa diferencia de ornato, nada ms que de ornato,
entre las dos fachadas, y piensa que sacadas juntas a la plaza, la de
usted se llevar las preferencias. Concedido. Pero enseguida protesto yo
y le desafo a que me siga con la escopeta al hombro, o con el bastn en
la mano por sierras y montes arriba, a la tostera del sol de junio o con
las nieves de enero; y entonces se descubren las mculas que hay debajo
del revoque, y falla la mxima esa; porque es bien seguro que cuando yo
comience a jadear, est usted agonizando.

--Eso se vera, canstoles!

--Por visto, seor don Alejandro, por visto... Y finalmente, que nos
ponga a prueba Nieves, o que me ponga a m solo al realizar los planes
que por lo visto tiene formados, utilizndome como gua y acompaante
suyo, que es por donde habamos empezado, y se ver si sirvo o no sirvo
para ello, y quin cae primero de los dos, o el ltimo de los tres, si
se atreve usted a acompaarnos...

--Vaya si me atrever! Y nos veremos all, seor guapo!

--Pues no tienen ustedes ms que avisar.

--Le cojo a usted por la palabra, seor don Claudio, con permiso de
pap; y comienzo por mandarle que nos ayude, hoy mismo, a formar la
lista de las expediciones que hemos de hacer por tierra y a pie...

--Repito que estoy a sus rdenes.

--Y por mar...

--Eso ya vara, Nieves. De la mar no entiendo jota. No me he embarcado
aqu seis veces en mi vida; y en tres de ellas ech los hgados, slo
por asomarme a la boca del puerto. Soy de Astorga, y no hay ms que
decir. Pero no le apure la dificultad, que si los lances de la mar le
gustan a usted...

--Muchsimo!

--No han de faltarle medios de satisfacer el gusto. Respondo de ello.

--De veras, don Claudio?

--Como todo lo que yo prometo, aunque me est mal el decirlo.

--No sabe usted la alegra que me da con la promesa!

--Cuando te digo, Nieves, que hasta lo de Caparrota se compuso... y
mira, mira, hasta lo de nuestro desayuno, que empezaba a darme mucho en
qu pensar por su tardanza. Ya est aqu... Gracias, seora Catana: bien
s que la culpa no es suya ni de la cocinera, sino de nuestro madrugn,
inesperado en la cocina... Ea! don Claudio, adentro con eso... No
tienen mala traza esos bollos. Hombre, qu tal se anda aqu de pan?

--Bastante bien, como de carne y de leche... y de confituras.

--Pues estamos como queremos... Si te digo, Nieves, que esto de Peleches
es Jauja...

--Vamos a ver, seor don Alejandro, y antes que se me olvide: yo,
metindome quiz ms adentro de lo que debiera, a una pregunta que me
hicieron ayer ciertas comparientas de usted, me permit responder
afirmativamente.

--Si no se explica usted ms...

--Voy a ello: la hija, que, cuando habla de usted con sus amigas, le
llama mi to Alejandro, y de Nieves mi prima Nieves...

--Demonio!

--Y quines son esas parientas, pap?

--Pues la hermana y su hija del marido de tu ta Lucrecia.

--No veo el parentesco.

--Ni yo tampoco... ni ellas mismas le vern, porque no existe; pero
desean aparentarle. Buen provecho les haga, no es verdad?

--Se me olvid ese detalle en mi carta, y ahora le recuerdo. La madre no
llega a tanto. Se queda en mis comparientes de Sevilla o los
comparientes de Peleches.

--Bien: y qu?

--Aguarde usted un poco... canario, qu ricamente est hecho este caf!

--Como obra de las manos de Catana, que no tienen igual para eso.
Tambin est rica la mantequilla...

--Esa es de primera aqu: recuerden lo que les dije de la leche. Pues a
lo que bamos. Rufita, que es la hija, la hija de doa Zoila Mostrencos,
hermana carnal de don Cesreo, esposo de doa Lucrecia; Rufita, digo, la
supuesta prima de Nieves y sobrina, por consiguiente, de usted, me par
ayer en la calle yendo con su madre y me dijo: supongo, don Claudio,
que esos seores no nos tirarn con algo si vamos a visitarlos en cuanto
lleguen... porque pensamos visitarlos. Ya ve usted: un parentesco tan
prximo y tan conocido en Villavieja... y estando ellos tan en armona
con los de Mjico, parecera mal que nosotros no los furamos a ver.
Esto dijo Rufita.

--Y usted qu la contest?

--Que no las tiraran ustedes con nada: al contrario, que las recibiran
muy bien...

--Perfectamente respondido... Por qu te res, Nieves?

--Por qu me he de rer, pap? Por la pregunta de Rufita. Se ha odo
cosa ms graciosa? Por quin nos tomarn esas seoras?

--No le choque a usted, Nieves: es estilo muy corriente ese por ac.

--Y cundo piensan venir?

--Pues cuntelas usted aqu a la hora menos pensada: de seguro antes de
comer hoy.

--Tan pronto?

--Y no sern ellas solas... Es el estilo tambin.

--De manera que tambin aqu hay que hacer visitas?

--Uff! No se hace otra cosa.

--Ay, Dios mo!

--Bah! no te apure eso...

--No faltaba ms! Mire usted, para que le vaya sirviendo de gobierno:
vendrn seguramente esta maana misma, las parientas esas, y acaso,
acaso, las de Garduo, es decir, las Escribanas, y Codillo con sus
hijas; tal vez se atrevan las de Martnez Liendres, las Corvejonas: creo
que se atrevern, lo mismo que las Indianas. A stas las doy por
infalibles en todo el da de hoy; y a otras por el estilo, maana o
pasado. Todas ellas fingiendo cumplir un deber de cortesa con ustedes
al visitarlos, se agarran a esa ocasin para darse pisto entre las
gentes de la villa y meterles a ustedes sus trapitos por los ojos...
Cuando concluya esta tanda, empezar la de las otras, el _Faubourg
Saint-Germain_ de aqu, nuestra vieja aristocracia, como si dijramos,
los Carreos de abajo y los Vlez de arriba, que es ya lo nico que nos
queda de esa clase, y bastante averiado por cierto. Se da por entendido
que no han de faltar ni el juez, ni el clero en masa, ni el mdico
viejo, ni otros personajes ms o menos pesados de palabra, ms o menos
sinceros de intencin.

--Pero, don Claudio, por el amor de Dios, eso va a ser el acabose!

--Por qu?

--Adnde vamos a parar con tanta visita? Todo el verano hace falta para
recibirlas y pagarlas...

--Para ellos estaba, canstoles!

--Ya la he dicho a usted que no se apure por eso. En poco ms de tres
das les han de visitar a ustedes cuantas personas piensen visitarlos
aqu. El ritual de este gran mundo no admite ms largo plazo: se tomara
la visita a menosprecio. Pues bien, en otros tres o cuatro das pagan
ustedes las deudas, y al sol. Para venir a verlos a Peleches, traer
encima cada cual el fondo del cofre, sobre todo las mujeres; pero este
detalle no la obliga a usted a la recproca, aunque para obligarla le
usen ellas. Usted se viste como mejor le parezca; y le doy este consejo,
porque la misma cuenta le ha de salir de un modo que de otro: al cabo la
han de morder.

--A m?... Y por qu, seor don Claudio?

--Porque tambin eso es de estilo aqu.

--Pues me gusta!

--Y es usted recin venida, y el objeto de la pblica curiosidad, y
sevillana, y rica, y una Bermdez del solar de Peleches, y sobre todo...
canario! por qu no ha de decirse? guapa; pero muy guapa!

--A que al fin me la va usted a echar a perder, canstoles? Por de
pronto, ya me la puso usted colorada... Semejante soldadote!

--Me dolera haberla molestado con este rasgo de franqueza, y la suplico
que me perdone si he tenido esa desgracia; pero conste que no rebajo una
tilde de lo dicho, porque yo no falto a la verdad por ningn respeto
humano. A lo que bamos, Nieves: hasta es posible que algunas de las
visitas que reciba la diviertan a usted; pero divirtase con ellas o no,
usted, el seor don Alejandro, y yo si les sirvo de alguna cosa,
continuaremos trazando planes para hacer usted aqu la vida a su gusto,
y hasta poniendo en planta la parte de ellos que no estorbe a la
etiqueta obligada en estos tres o cuatro primeros das... Otra cosa y
para gobierno de ustedes: en Villavieja se come a la espaola neta, de
doce a una, y se cena de nueve a diez... Y a propsito de estos
particulares: mi condicin de viudo con casa abierta, me ha hecho
entender un poco en los prosaicos menesteres de la vida. Deseara
haberlo demostrado a satisfaccin de ustedes en el abasto provisional
que hice para su cocina y despensa. Puedo jurarles que puse en ello los
cinco sentidos.

--Todo est en su punto, seor don Claudio, y nada falta ni sobra...
Para declararlo Catana como lo declar anoche al tomar posesin de sus
dominios!... De dos artculos de ello muy importantes, la manteca y el
caf, no hay que hablar, porque estn a la vista las muestras, y ya
hemos convenido en que son excelentes...

--Lo celebro de todo corazn, porque tengo, un poquillo de vanidad en
ser competente en ese delicado captulo de la vida domstica... Respecto
a lo dems de la casa...

--Ya le hemos dicho a usted que tampoco tiene pero.

--No lo he olvidado; pero no voy a tratar de eso precisamente, sino de
algo que no ha podido hacerse por falta de tiempo, y se podra hacer
ahora ms despacio y enteramente a su gusto. De esto y otras cosas
parecidas quisiera yo hablar con usted cuanto antes.

--Qu canstoles, hombre! Tan urgente es el caso?

--Urgente, as en absoluto, no seor...

--Pues entonces, qu demonio! empleemos la sobremesa en puntos de ms
enjundia... Deme usted alguna noticia ms de las gentes de nuestro
tiempo. Verbigracia, del famoso boticario...

--Yo, con permiso de ustedes, los voy a dejar. Eso de las visitas me
tiene con cuidado, y temo que me falte tiempo para arreglarme.

--Pues adis, hija ma.

--Buen provecho, y hasta luego.

--A los pies de usted, Nieves.

--Ea! ya est usted empezando.

--Por dnde?

--Por donde usted guste o ms rabia le d.

--Se permite murmurar, ahora que estamos solos?

--De quin, hombre malvolo?

--Del primero que salte en la conversacin.

--Como si supiera hacer otra cosa el inocente!

--Gracias por la lisonja.

--Es justicia, cralo usted... Pero y si el que salte en la
conversacin no da motivos?

--Aqu todos le dan, poco o mucho, en diferentes sentidos.

--Hasta el pobre boticario?

--Ese es hombre aparte, no solamente en Villavieja, sino en todo el
mundo sublunar.

--En fin, all usted, que yo lavo mis manos...

--Pero no le disgusta el tema...

--Hombre, yo no he dicho...

--Las cosas claras, don Alejandro...

--Canstoles! pues qu ms claras las he de poner?... Venga de eso, o
de lo que mejor le cuadre... y a ver qu le parecen estas regalas para
fumigar la conversacin.

--La vitola es de primera.

--Pues a prender fuego a ese ejemplar... Ah va la cerilla.

--Gracias, seor don Alejandro.

--Aguarde usted un poco. No le sabra mejor el tabaco mojando la punta
en ron, pongo por caso, o en coac?

--Es posible, o en un chapurradito de los dos. No haba dado yo en ello,
vea usted!

--Sabe usted si lo hay en casa?

--Respondo de que vino a ella un buen surtido de esa clase de
menesteres.

--Catana! Catana!... El ron y el coac... y unas copitas con ello!




--VII--

Visitas


Lo anunciado a este propsito por don Claudio Fuertes y Len en casa de
don Alejandro Bermdez, se cumpli casi al pie de la letra. A las once
de la maana, precisamente en el instante en que esa hora sonaba en la
torre de la Colegiata, se sentaban en el estrado de Peleches Rufita
Gonzlez y su madre, las parientas de la casa, con todos los tiles de
visitar encima: guantes, abanico, sombrilla y tarjetero, y los trapos
mejores del bal.

--Nosotras--deca Rufita despus de los acostumbrados saludos; porque es
de saberse que su madre apenas desplegaba los labios sino para sonrer
continuamente y decir a todo justo--, tenamos noticias exactas de su
venida a Peleches este verano, no solamente por don Claudio que tanto
nos distingue porque nos aprecia muchsimo, sino por la misma ta
Lucrecia que nos lo escribi por el ltimo correo, al darnos parte de
que vendra tambin mi primo carnal, Nachito, a conocernos a todos sus
parientes... vamos, a ustedes y a nosotras, ya que no poda venir ella
por haber engordado una barbaridad, ni tampoco el to Cesreo, que tiene
que estar siempre a su lado, porque no se puede valer de por s sola, de
puro gorda que est... Por supuesto que de esta venida del primo, muy
corrida por aqu, y de saberse tambin que se ha carteado conmigo...
uff! han sacado los murmuradores horror de cosas: que si hay planes
arreglados, vea usted!; que si debe vivir con nosotras, porque es hijo
de un hermano de mi madre; que si vivir en Peleches, aunque es sobrino
de ustedes _solamente_ por parte de la suya; que si, por sus caudales
atroces, estara mejor arriba que abajo, por otros particulares que
conoce bien la pobre ta Lucrecia y no habr olvidado tampoco el to
Cesreo, ms propio y hasta ms decente sera vivir abajo que arriba...
Vamos, lo de siempre que la murmuracin mete la pata en negocios
ajenos... Pero nosotras, gracias a Dios... y a buena parte vienen a
hacer lea!... eh, mam?... nosotras bien conocemos que para alojar a
una persona de la importancia de Nachito, no somos todo lo... vamos,
todo lo principales y ricas que se requiere, por ms que en educacin y
en sentimientos no tengamos que envidiar a las seoras ms encumbradas;
y por lo mismo que conocemos esto, no nos chocara que mi primo se
encontrara ms a gusto en Peleches... Ah! pues deje usted, que no falta
quien dice que viene a casarse con usted, Nieves... usted sabr si es
cierto, ja, ja, ja! Verdaderamente que no tendra nada de particular
que as resultara despus de conocerla a usted, tan elegante y tan
bonita... Ya ve usted, comparada con una pobre villavejana como yo...
ja, ja, ja! la eleccin no poda ser dudosa... ja, ja, ja!... Pues a
lo que iba al principio, porque las palabras se enredan, se enredan...
Sabiendo nosotras que venan ustedes, nos dijimos (se entiende, mam y
yo): y qu hacemos? La cortesa y el parentesco de familia nos mandan
que los visitemos; pero otras razones que tampoco son de olvidar, nos
dicen: hay que dormirlo y rumiarlo bien, porque si con el mejor de los
deseos que una lleve a esa casa, le dan a una un disgusto gordo por todo
pago, zambomba! Conque en esto, consultamos el caso ayer mismo con don
Claudio; y, naturalmente, nos aconsej que viniramos, respondiendo l
de que seramos bien recibidas... Pues no faltara ms! como nos dijo
el seor de Fuertes: qu tienen ustedes que ver con lo que en otros
tiempos hubo o no hubo entre los de arriba y los de abajo, siendo ya eso
puchero de enfermo y ustedes unas seoras en toda regla, que no van a
pedir a nadie media peseta para los panecillos del almuerzo? Conque al
saber que ustedes haban llegado anoche, nos dijimos: vamos a saludarlos
y a ofrecerles la casa y nuestros respetos, porque arrieros somos... y
casi parientes adems; y esta maana nos echamos encima lo primero que
tuvimos a mano... Porque nos gusta mucho a mam y a m andar decentes,
eso s, pero sencillitas, muy sencillitas, como ustedes pueden ver... lo
que no quita que tengamos siempre de reserva alguna cosilla de ms lujo,
por si acaso truena gordo a lo mejor... Al revs que otras de aqu, que
se llevan el cofre entero cada vez que se echan a la calle, uff! Porque
ustedes no pueden figurarse la bambolla que hay en Villavieja, y los
humos que gastan y el tono que se dan ciertas gentes... Vamos, cuatro
zarrapastras, Dios me lo perdone, que estaran mejor barriendo las
escaleras o acarreando sardinas desde el muelle... Ya vern ustedes, ya
vern! sobre todo usted, Nieves, si no trae bien atascados los bales y
no saca un vestido nuevo cada da a la Glorieta o a los Arcos... ja,
ja, ja! y si le saca, que luego se le copian y la miran de reojo y la
despellejan viva. Son atroces, ja, ja, ja!... Que diga mam si
empondero ni tanto as... Porque, hija, nos tienen sacudida cada patada
en la boca del estmago!...

Y as durante quince minutos, sin que nadie pudiera meter baza en la
conversacin. Para Nieves, la garrulidad de Rufita era de una novedad
asombrosa: estaba como fascinada escuchndola; pero ms fascinada
todava viendo la multitud de cosas que mova a un tiempo: la lengua, la
cabeza, los ojos, el abanico, la sombrilla, los pies y las asentaderas.
En cambio, su madre apenas mova cosa alguna ms que los labios para
sonrer, el abanico muy poco a poco, y la lengua para decir de tarde en
tarde: justo. Don Alejandro estaba poco menos suspenso que su hija
delante de aquel espectculo; pero no tan tranquilo como ella, porque le
tena en ascuas el temor a ciertas y determinadas alusiones de Rufita
Gonzlez.

Cerca ya del medioda se levantaron las dos; y eso porque se oyeron
rumores de nuevos visitantes que entraban en el pasillo.

--Sobre el particular del primo Nacho--dijo Rufita despidindose--,
repetimos a ustedes que, por nuestra parte, no habr camorra ni cosa que
se le parezca. Si l quiere quedarse en Peleches, que se quede; si
quiere venirse con nosotras, que se venga. No estar tan bien alojado
como aqu, ni tendr tan guapa mesonera, ja, ja, ja! pero le daremos
cario largo y lo mejor de lo de casa; y... algo es algo, ja, ja, ja!
De todos modos, no es pualada de pcaro todava, y pueden ustedes ir
formando su composicin de lugar para cuando volvamos a vernos. Porque
hemos de volver a vernos, no es verdad? Por lo pronto, cuando nos
paguen ustedes la visita... y muchsimas veces ms, como es natural
entre personas de familia. No es verdad, don Alejandro? Ja, ja, ja!
Adis, Nieves. _(Un par de besos.)_ Toda de usted, seor don
Alejandro... Despdete, mam, y vmonos. _(Se despide la mam como
puede, y salen las dos.)_

A la puerta del estrado se cruzaron con las Escribanas que entraban, muy
arrebatadas de calor y un tanto airadas de semblante. Antes de salir de
casa se haban picado las chicas por diferencias de opinin sobre lo que
deban de ponerse para hacer aquella visita. Al fin se visti cada una
de ellas como mejor le pareci; pero todo el camino fueron tirotendose
a media voz unas a otras. An duraba la resaca cuando se cruzaron con
las parientas de los de Peleches a la puerta misma del saln. Por eso
y por la mala ley que las tenan, ms que de saludo fueron de mordisco
las palabras y los gestos con que las pagaron sus muestras de cortesa.

Se sentaron todas despus de muchos remilgos de exagerada etiqueta, y la
Escribana madre fue quien habl la primera. Se haban credo obligadas a
dar la bienvenida y ofrecer sus respetos a los seores de Peleches, no
solamente por la posicin que ocupaban ellas en la sociedad de
Villavieja, aunque humilde, de alguna importancia, sino por lo ntimo
de las relaciones que siempre hubo entre su difunto marido y la casa de
Bermdez. (Puro embuste.) Por otra parte, haba entre las personas
propiamente decentes de all, verdadera necesidad de cultivar un poco
el trato de las gentes bien nacidas y de buena educacin, porque
ustedes no saben cmo se va poniendo esto de da en da... atroz! les
digo a ustedes que atroz! Y no estaba la culpa precisamente en el
empeo de las de abajo en subirse muy arriba, sino en algunas que por
haberse tenido siempre por de lo ms cogolludo, no podan sufrir que
otras tan buenas como ellas, por donde quiera que se miraran, se
pusieran a su lado; y no pudiendo asombrarlas ni siquiera deslucirlas en
tanto as... ni competir con ellas, si bien se miraba, en dinero, ni en
elegancia, ni en educacin, se dejaban pudrir entre cuatro paredones
viejos, o andaban al revs de todo el mundo. Y claro estaba: los sitios
que dejaban desocupados ellas en la buena sociedad, los iban ocupando
otras atrevidas del zurriburri; se haca de ese modo una mezcolanza
atroz, y luego, las gentes que no entendan mucho de estas cosas, a
todas las medan por un mismo rasero. Quera la Escribana madre que
Nieves lo tuviera todo muy en cuenta para que no se dejara engaar por
la pinta y supiera a quin se arrimaba. ste era un favor que ella
quera hacerla con el buen deseo de evitarla muchos disgustos... Por de
pronto, no citaba nombres; pero los citara si Nieves lo creyera
necesario...

La mayor de las hijas, pensando que caera bien all un escrupulillo
forzado, una atenuacin irnica a lo dicho por la madre, apunt cuatro
palabras en este sentido; pero enseguida se las tach con otra irona la
escribanilla segunda; replic la primera con una pulla a su hermana;
intervino la menor con una zumbita mortificante para las otras dos, y
volvieron a salirles a las tres los rosetones encarnados en las
mejillas, a temblarles la voz y los labios, y en las manos los abanicos,
que crujan y se despedazaban entre los dedos convulsos... La Escribana
madre, bien conocedora de aquellos sntomas, para conjurar la tempestad,
ms o menos sorda, que barruntaba, rea a carcajada seca los dichos de
sus hijas, queriendo que los tomaran por chistes Nieves y don Alejandro,
que se miraban atnitos delante de aquella singular escena.

Por fortuna para todos, entr don Ventura Glvez, el prroco de
Villavieja, hombre de pocas teologas, pero de mucha moral, risueo,
sencillote y bondadoso como l solo. Era ya viejo, aunque bien
conservado, y el nico resto de lo que fue Cabildo de la Colegiata de
Villavieja antes del Concordato que los suprimi. Quedse all como
coadjutor de la nueva parroquia, y a los pocos aos ascendi a prroco.
Le estimaba mucho don Alejandro, y le dio un abrazo apretadsimo.
Tuteaba a las Escribanas, porque eran hijas suyas de confesin y
pertenecan adems a una de las congregaciones que diriga l, y les
dijo algunas cuchufletas en cuanto las vio all muy emperejiladas. Con
esto se conjur la tormenta que amagaba estallar. Llevando don Alejandro
la conversacin al terreno de don Ventura, habl ste del estado en que
se hallaba la Colegiata: bastante bueno. Segn los inteligentes, porque
l no lo era, el templo, sin ser un monumento de gran importancia, vala
la pena de ser atendido, aun sin considerarle, como le consideraba l
ante todo, como casa de Dios. Era relativamente moderno, de estilo
greco--romano, bien lo saba el seor Bermdez; y aunque no rico por su
ornamentacin, de cierta grandiosidad aparente... Para Villavieja, como
la Catedral de Toledo. Los dos coadjutores (que ya vendran a ver a don
Alejandro, quiz en aquel mismo da) le ayudaban con celo y hasta con
entusiasmo, y resultaban de ese modo bastante esmeradas y solemnes las
funciones del culto. Para el vecindario que tena Villavieja, en rigor,
en rigor, se necesitaba mayor personal que el que tena la parroquia;
pero habida cuenta de los tiempos que corran, no se estaba mal del
todo.

Gracias a los buenos sentimientos de los villavejanos, en el templo no
se careca de nada de lo principal... con excepcin del rgano, que a lo
mejor no sonaba, de puro viejo y remendado. Se trataba de adquirir otro,
y ya se haban tanteado voluntades con bastante buen xito... Don
Cesreo, el marido de doa Lucrecia, haba ofrecido una cantidad
considerable, y mayor, si fuere necesaria. Dios era la Suma Bondad y
cuidaba de todos, particularmente de los villavejanos, entre los cuales
no arraigaran nunca las malas ideas... ltimamente haba cado all una
semillita de cizaa... cosa de nada; pero que, como todo lo malo,
fructificara si no se exterminaba a tiempo: el hijo de un tabernero mal
aconsejado; un chilindrn presuntuoso, un tal Maravillas, que con el
polvo de las aulas, o de los garitos, en la ropa, se haba echado a
predicar entre la gente menuda unas doctrinas endemoniadas, que corran
el peligro de tomar algn arraigo, por lo mismo que no eran entendidas
ni del predicador ni de los oyentes. Por eso haba que vivir alerta.
Semejante mequetrefe, ignorantn y atrevido! ltimamente andaba
empeado en la obra, que llamaba l redentora, de publicar un peridico,
que se imprimira en la capital, porque all, en Villavieja, no haba
imprenta todava... Tendra que leer lo que dijera ese peridico
escrito por un trastuelo que discurra y pensaba como Maravillas, en una
poblacin de tan sanas ideas como Villavieja!

Se habl mucho de esto; se fueron las Escribanas, y entraron, casi unos
tras otros, el juez de primera instancia, el abogado Canales, Codillo
con sus hijas, el mdico don Cirilo, las Corvejonas y algunos notables
ms de la villa. Apenas se caba en el testero del estrado donde
reciban los seores de Peleches; y a estas apreturas y al respeto que
infundan all los personajes graves, se debi, para suerte de los de
casa, que ni las Corvejonas ni las de Codillo estuvieran en el lleno de
sus papeles, como haban estado en los suyos respectivos las Escribanas
y Rufita Gonzlez, y se marcharon pronto.

Cuando se sentaron a la mesa, muy corrida ya la una de la tarde, los de
Peleches, Nieves senta quebrantos en el cuerpo, como si hubiera rodado
por una montaa; y adems estaba medio asustada con las cosas de
aquellas mujeres tan parleteras, tan maldicientes y tan feroces. Le
aterraba la idea de un trato frecuente con ellas, y pidi por
misericordia a su padre que la librara de ese suplicio.

Don Alejandro se rea de buena gana de estos temores de su hija, y la
entretuvo mucho explicndole la verdadera substancia de aquellas cosas
que la asustaban por no conocerlas tan bien como l. Desmenuzolas
convenientemente; separ a un lado lo que en ellas haba de malo por
resabios de localidad y faltas de verdadera educacin, y a otro lo que
era sano y noble, honradsimo y muy estimable en el fondo, y demostr a
su hija, sin gran esfuerzo, que, cultivando por este lado y con sumo
tino y con poca frecuencia el trato de aquellas personas, hasta llegara
a quererlas. De todas suertes, ella haba ido a Peleches para hacer una
vida a su gusto, sin agravio ni ofensa de los dems, y esa vida hara
all.

Por la tarde continuaron las visitas, que suban a Peleches sudando el
quilo, porque aquel da achicharraba el sol. Dgalo la Indiana madre,
que se present con vestido de terciopelo, el mayor lujo de todos los
cofres de la villa, arreglado por cuarta o quinta vez del que le regal
su Martn al casarse con ella.

Cerca ya del anochecer y cuando en Peleches no se esperaba a nadie,
llegaron los Vlez de la Costanilla. Eran tres, lo nico que quedaba ya
de los Butibambas de Villavieja: un seor don Gonzalo, alto, huesudo y
plido, con la cabeza calva y la cara muy rasurada, tieso corbatn y
levita negra muy ceida, bastante pasada de moda y de uso. Juanita
Vlez, doncella cuarentona, larga y enjuta, por el estilo de su padre,
lacia de pelo, de buenos ojos y muy regulares facciones, vestida de
finas telas, pero muy antiguas; presuntuosamente simple el corte de su
atalaje, pero tambin algo anticuado; y, por ltimo, Manrique, el menor
de los Vlez, hermano de Juanita, un giraldn desvado y soso, con la
boca muy grande y los dientes amarillos, mucho pie, largas piernas y
bastante nuez. Era abogado por lujo, y por lujo consuma su juventud
encerrado en el casern de la Costanilla, por hbito de tener en poco a
las gentes de Villavieja.

Aquella visita fue pesada y melanclica, y adems muy molesta para
Nieves, que estuvo incesantemente entre las miradas de los dos hermanos:
las de Juanita, inquisidoras y mordicantes, y las de Manrique, voraces y
hasta desvergonzadas. Se cruzaron pocas palabras entre los tres; y de
esas pocas, las de Nieves fueron monoslabos; las de Juanita,
impertinencias, y las de Manrique, sandeces. Don Gonzalo, que lea _La
poca_, habl un poco con don Alejandro de las audacias de los partidos
extremos y de la decadencia de la aristocracia espaola por influjo
necesario de las nuevas corrientes, de las que no se apartaba lo que
deba y a lo cual la obligaban sus gloriosas tradiciones y la altsima
misin que le estaba encomendada por la Historia, y hasta por la
Providencia divina... Esto le llev como una seda a trazar un croquis de
su vida en aquel centro minsculo en que bullan y se agitaban, en las
debidas proporciones, los mismos instintos malos y las mismas
concupiscencias que en las grandes capitales. A Dios gracias, haba
logrado conservar hasta la fecha todo su prestigio y en la misma fuerza
en que le haba heredado de sus mayores. No conceba, en su clase, la
vida de otro modo, ni poda acomodarse a ciertas artimaas y componendas
con las clases inferiores, como hacan otros... porque as les iba
mejor. Era cuestin de dignidad nativa, y no haba que disputar sobre
ello.

No pensaba en semejante cosa el tuerto Bermdez, que le escuchaba sin
pestaear y bostezando a ratos; y eso que poda jurar que lo de las
artimaas y las componendas con las clases inferiores, iba con l porque
era rico y del solar de Peleches, y viva en Sevilla, y tena negocios y
amigos de muchas castas en varias partes, incluso Villavieja; saba
tambin que los Vlez de la Costanilla le detestaban con cuanto le
perteneca, y que si venan a visitarle entonces era slo por darse
lustre y venderle la fineza; saba adems que el resoplado Vlez, con
todos aquellos pujos de idealismo aristocrtico, era, so capa, el mayor
y ms funesto intrigante que haba en Villavieja, con excepcin del
otro, de Carreo, el de la Campada, que all sala con l en intrigas y
en agallas; y saba, por ltimo, que era relativamente pobre y pobre
vanidoso, viva retrado y envidioso y maldiciente, lo mismo que sus
hijos e igual que todos sus fidalgos progenitores. Lejos de pensar en
contradecirle en nada el campechano Bermdez, a todo le dijo amn por
ser ese el camino ms derecho para llegar al fin de la visita, que era
lo que ms deseaba entonces.

Tvole al sonar las nueve de la noche; y los Vlez de la Costanilla se
despidieron y se marcharon con el mismo inspido ceremonial con que se
haban presentado en el solar de Peleches.

En cuanto se vio Nieves a solas con su padre, le dijo:

--Creo que estoy mala, pap, y que si vienen ms visitas esta noche, me
muero.

--Y yo tambin--respondi don Alejandro, recorriendo el saln a grandes
pasos para desentumecerse--. Pero no tengas cuidado, que no vendrn; y
si vinieran, perderan el viaje y el tiempo, porque voy a dar rdenes
para que se cierren las puertas, como si nos hubiramos muerto o
zambullido ya en la cama... Pero dime antes: de todas las visitas que
nos han hecho hoy, cul te ha parecido la ms molesta?

--La ltima--respondi Nieves sin vacilar--. sta de los Vlez. Ay, qu
estampas de escaparate! Siquiera las otras...

--Justo, resultan divertidas.

--Eso es.

--Pues an te faltan otros ejemplares de primera: los Carreos de la
Campada, rivales de los Vlez de la Costanilla, que acabas de conocer...
y lo que Dios nos tenga destinado, hija ma; porque al paso que vamos
hoy, no es fcil adivinar lo que suceder maana. De todas suertes, la
batalla ha de durar pocos das... Recuerda lo que don Claudio nos dijo.

--S; pero y los del pago?

--Esos no te apuren: se toman a nuestra comodidad, o no se toman... o se
corta por donde convenga; y que arda Troya si es preciso. A nosotros,
qu? Por de pronto, cenaremos para cobrar fuerzas; y con eso y el
descanso de la cama, amanecer Dios maana y medraremos... Catana!
Catana!...

Se present la rondea a los pocos momentos, con una carta en la mano, y
mientras se la alargaba a su seor, la dijo ste:

--Que se cierren los portones de la calle y que nos preparen la cena a
escape... Quin ha trado esta carta?

--Un mandaero.

--Espera la respuesta?

--No, ze.

Abriola don Alejandro, que ya haba entrevisto al pendolista en la
bastarda algo temblona del sobre; ley la firma ante todo, y dijo a
Nieves:

--De quien yo me presuma por la letra.

--De quin, pap?

--Del famoso farmacutico. A ver qu se le ocurre al bueno de don
Adrin.

SR. D. ALEJANDRO BERMDEZ PELECHES.

Mi amigo, seor y dueo: hallndome imposibilitado de salir hoy de sta
su casa por la torcedura de un pie (cosa de poca importancia); ausente
mi hijo desde que se fue esta maana a hacer una de las suyas, y no
queriendo ser el ltimo de sus buenos amigos en dar a ustedes la
bienvenida, se la mando en estos renglones.

Mientras llega la ocasin de drsela de palabra, tengo un sealado
placer en repetirle que soy de usted verdadero amigo y seguro servidor
q. s. m. b.

ADRIN PREZ.

--As haban de hacerse todas las visitas--dijo Nieves--, para que no
resultaran pesadas.

--Pues precisamente es la de este pernclito boticario de las pocas, si
no la nica, que yo hubiera recibido hoy con verdadero placer. Tanto,
que maana mismo he de ir yo a verle.

--Ay, pap!--exclam Nieves alarmada de veras--. Y si vienen visitas
estando yo sola?

--Ya se elegir una hora conveniente--respondi su padre para
tranquilizarla--. Y a mayor abundamiento, te llevar conmigo, y
tomaremos el aire de paso, y estiraremos los tendones; y si vienen
visitas, que vengan; y si se amoscan... mejor... canstoles! Viva la
libertad de Peleches!

Y se fueron al comedor, triscando como dos chiquillos despus de salir
de clase.




--VIII--

En el casino


El de Villavieja tena bien poco que ver y mucho menos que admirar. Esto
ya se sabe por referencia de don Claudio Fuertes; pero una cosa es
saberlo de odas, y otra muy diferente verlo con los ojos de la cara;
subir por su escalera angosta, entre la tienda de Periquet y el _Bazar
del Papagayo_; sentir estremecerse los peldaos desnivelados, debajo de
los pies; abocar al vestbulo mal oliente, obscuro, casi tenebroso de
da, con algunas perchas desiguales y una bastonera de listones, larga y
estrecha; echarse a la ventura por cualquiera de los dos pasadizos que
arrancan de all, uno a la derecha y otro a la izquierda, con el suelo
esponjoso y tembln, de puro viejo, y ver aqu un cuarto lleno de
cajones vacos, de quinqus desvencijados, de montones de peridicos de
desecho y de vasijas quebradas; ms all un tabuco con honores de
secretara, conteniendo un estante de pino con papeles y algunos libros
de cuentas, cuatro sillas ordinarias y una mesa con tapete verde,
cartapacio de badana y escribana de azfar; un saloncillo despus con
una mesa larga con media docena de peridicos encima y buen nmero de
sillas alrededor, un armariote entre dos huecos de la pared con algunos
libros maltratados y varias colecciones de la _Gaceta_, un rel de caja
en un testero, y en el de enfrente un calendario debajo de un gran
anuncio encuadrado de los chocolates de Matas Lpez, y dos quinqus,
con reflectores de latn, colgados del techo sobre la mesa. Todo aquello
era el gabinete de lectura. Frontero a l, es decir, en el otro
extremo del corredor y con luces a la plaza, el gran saln: la mejor
pieza del Casino; saln de tertulia, de tresillo, de billar y de caf al
mismo tiempo, y de baile cuando llegaba el caso. Entonces se arrimaban a
la pared las sillas de paja y las cuatro butacas descoyuntadas y
bisuntas que ordinariamente andaban de ac para all al capricho de los
desocupados; se amontonaban las mesitas y los veladores en el cuarto
obscuro ya conocido, y en la _leonera_ y otro cuarto ms por el estilo,
que haba a su lado, o en la cocina, y se converta la mesa de billar en
mesa de ambig vistosamente adornada, en la cual se destacaban y lucan
mucho las pilas de azucarillos y las bebidas refrigerantes en la
cristalera de Periquet; se encendan las dos docenas de velas
correspondientes a otras tantas palomillas de quita y pon que haba a lo
largo de las paredes y en cada cara de los dos pies derechos del medio;
y con esto y unas colgaduras de tul de tres colores en las puertas, y
unas guirnaldas de flores contrahechas, serpeando poste arriba en los
dos mencionados, y con quemarse all unas pastillas del Serrallo, o
medio real de alhucema, resultaba el saln muy oriental y hasta
esplndido, en opinin de los ms descontentadizos y exigentes
villavejanos.

La mesa de billar, por razn de la luz que necesitaban de da los
jugadores, estaba en una de las cabeceras del saln, cerca de uno de los
tres balcones que daban a la plaza. Los tresillistas, por alejarse todo
lo posible del ruido que de ordinario se haca en la mesa y alrededor de
ella, entre jugadores, choque de bolas, cntico del pinche, matraqueo
del bombo, que era de hojalata, y comentarios y disputas de mirones y
tertulianos, ocupaban la cabecera opuesta, a ms de treinta pasos de
distancia, porque el saln era enorme. Tena el servicio de la casa,
desde tiempo inmemorial, ajustado a una tarifa votada en junta general
de socios, con asistencia del contratista, un cafetero establecido en la
calle trasera, en un local de muy mala traza; pero, segn fama, cumpla
bien sus compromisos, y hasta gozaban de mucho crdito sus gneros, su
diligencia, y particularmente sus limonadas en la estacin de verano.

Y no haba otra cosa digna de mencionarse en el Casino de Villavieja.

Aquella tarde, o ms bien, aquel anochecer, haba, como de costumbre a
tales horas, poca gente en el gran saln. En las mesas de tresillo,
nadie; en los veladores inmediatos, lo mismo; en el sof de gutapercha
jironeada y en las cuatro butacas contiguas a l, Maravillas y dos
chicos de la redaccin, hablando u oyendo leer, muy por lo bajo, a uno
de ellos unos papelucos. Cerca de la mesa de billar, tomando caf
arrimados a un velador, el fiscal y dos amigos; y jugando _chap_, con
el estrpito de siempre, el Ayudante de Marina y Leto Prez el
farmacutico: el primero sin corbata y con el cuello y el chaleco
desabotonados; el segundo lo mismo, y adems en mangas de camisa;
licencias muy justificadas en aquella ocasin, porque tal era el calor
que haca, que se asaban los pjaros, al decir del hijo del boticario
sin apartarse mucho de lo cierto.

A pesar de este calor y de la peste que daban los dos reverberos de
petrleo colgados sobre la mesa, recientemente encendidos, aunque a
media luz todava por recomendacin del conserje, muy encarecida al
muchacho que apuntaba; a pesar de esto, y de llevar ms de dos horas
jugando, ni el Ayudante ni Leto mostraban seales de cansancio.
Particularmente Leto, pareca endurecerse y animarse con la pesadumbre
del calor y los esfuerzos de la brega. Le faltaba tiempo para todo:
apenas se detena su bola, largaba el tacazo y tomaba la contraria casi
al vuelo; agarrado a la baranda, vea correr las tres, porque a no estar
en mano una de ellas, a las tres pona en movimiento disparatado, y las
segua y arreaba con los ojos; y como siempre _haca_ algo, cuando no lo
haca todo, palos, carambola, prdida y dos billas, con un estruendo
espantoso (porque el pao tena heridas y recosidos, y las bolas
desconchados, y sonaban sobre el tablero como si llevaran clavos de
resalto), las sacaba de las troneras y plantaba los palos antes que el
pinche acabara de cantar el golpe. Al Ayudante le daba siete tantos y la
salida, si la quera; y as y todo le llevaba de calle, porque no haba
defensa posible contra un modo de jugar como el de Leto. Y cuidado que
el Ayudante jugaba bien; pero como no lograra pegar al otro a la
baranda, cosa perdida. Con una cuarta de taco que pudiera meter en la
mesa el farmacutico, golpe hecho por donde menos poda esperarse. Para
una fuerza inicial como llevaba su bola, no haba nada seguro en la
mesa, ni en las inmediaciones las ms de las veces. El Ayudante
desfogaba sus contrariedades llamndole san Bruno, y chiripero, y
leador y otras cosas parecidas. Leto le conceda que le sala bastante
ms de lo que tiraba; pero no que estuvieran bien aplicados los
calificativos aquellos. Y sobre eso porfiaban a cada instante y apelaban
al juicio de los mirones, y daba Leto cada carcajada y deca cada
cosa!...

Porque aunque todo lo tomaba con calor, rara vez se incomodaba. Tena
eso de bueno, por de pronto; amn de la estampa, que no era mala por
ningn lado que se la mirase. Al contrario, reparando mucho en ella y
sabiendo mirar, haba momentos en que resultaba hasta hermosa. Leto era
fornido, sin ser basto ni mucho menos; gil y bien destrabado de
miembros, de mirar noble e inteligente, sano color y correctas
facciones; la barba, de un matiz castao obscuro, nutrida, suave y bien
_puesta_; el pelo semejante a la barba; los dientes sanos y
blanqusimos; la boca no grande y fresca, y el cuello, que entonces
estaba al descubierto, limpio, blanco y redondo como una pieza de
mrmol. Pues siendo as al pormenor, slo en determinados momentos, como
se ha dicho, resultaba, en conjunto, hermoso en el sentido esttico de
la palabra. La razn de este contrasentido, que pocos trataban de
investigar (uno de ellos don Claudio Fuertes, que tan conocido le tena,
y, sin embargo, se le pint a don Alejandro de la manera indecisa que se
vio en su carta), la hallara un fisilogo de tres al cuarto con slo
reparar cmo jugaba y discuta y razonaba y se conduca en todo, con
relacin a los que le oan o le miraban, el hijo de don Adrin Prez, y
la ir conociendo el lector segn le vaya tratando.

El caso es, a la presente, que Leto llevaba de calle al Ayudante; que el
Ayudante se picaba; que Leto se defenda a su manera; que el fiscal y
sus colaterales les embrollaban el pleito para enzarzarlos ms en l;
que el pinche dio una vuelta a los tornillos de los reverberos, porque
ya no se vea lo necesario para jugar la ltima mesa comenzada del
ltimo partido; y que en este estado de cosas se marcharon los dos
amigos de Maravillas; se sent ste junto al velador ms prximo al
billar por el lado de _cabaa_, y variando de conversacin, pregunt
el fiscal al mozo farmacutico que engredaba la suela de su taco en
aquel instante, despus de haberse limpiado el sudor de la frente con
una manga de su camisa, si haba ido a visitar al _Macedonio_.

--Y quin es el Macedonio?--pregunt a su vez Leto candorosamente.

--Me parece que bien claro est--replic el otro muy serio--. El seor
de Bermdez Peleches.

--No veo yo esa claridad...

--Hombre--aadi el fiscal repantigndose en su silla y metiendo los
pulgares por las sisas del chaleco--: un Alejandro que tiene por
hermanos a un Hctor y un Aquiles, no puede ni debe ser otro de menor
talla que el de Macedonia, el _Magno_, que llamamos la Historia y yo.
Adems, segn mis noticias, es tuerto como su ilustre padre, el jumista
Filipo. Otro rasgo de familia...

Se celebr mucho la ocurrencia por todos los presentes, incluso
Maravillas, que por aquella vez no us la sonrisita a que le obligaba de
continuo su papel de librepensador propagandista; por todos, menos por
Leto, que se qued mirando de hito en hito al fiscal... hasta que de
pronto solt una carcajada.

--Carape!--exclam enseguida--, que est de molde el apodo.

--Gracias, muchacho--dijo muy serio el fiscal.

--Vamos, que quedar como otros muchos.

--No lo dije por tanto; y hasta lo sentira, porque tengo los mejores
antecedentes de ese caballero, y en especial, de su hija. Dicen que es
cosa excelente... Pero en qu quedamos? ha ido usted o no ha ido a
verlos?

--Yo!... a qu santo?

--Al santo de que ha ido media Villavieja... Canario, cmo se conoce
que tienen guita larga!

--Pues mire usted... (All va eso, Ayudante... Vaya usted contando: la
carrerita del medio, carambola y billa... Aguarde usted, que tambin el
mingo se va a colar... Se col!... Dos y seis, ocho; y seis, catorce.
Apunta, muchacho.) Pues iba a decir que, sin que yo tenga personalmente
nada que ver con ellos, ni los conozca siquiera ms que de odas, es lo
cierto tambin que, por una casualidad, no estuve ayer en Peleches de
punta en blanco, y que por poco ms de lo mismo, no he subido hoy all.

--No le dije yo? A ver eso, hombre.

--Y qu ha de verse? Lo que le dije al principio: que nada tengo que
hacer en Peleches, y que por eso no he ido.

--Como deca usted que por una casualidad...

--(Apunta eso ms, muchacho... y no se queme, Ayudante. Ya sabe que soy
un segador chiripero.) Lo deca por mi padre.

--Ahora lo entiendo menos.

--Mi padre es muy amigo de don Alejandro desde que ste andaba por ac.
Ayer se torci un pie.

--Quin? don Alejandro?

--No, seor: mi padre.

--Corriente.

--Torcindose un pie... poca cosa... ya est casi bien. (De maestro,
seor Ayudante, de maestro! Prdida con tres palos, y cubierto yo; y
adems pegado como una ostra... Carape!... Vamos, un tanto ms para
usted...) Pues torcindose un pie mi padre en un hoyo de la botica, no
pudo subir ayer a Peleches a saludar a ese seor; y no pudiendo subir,
le escribi una esquelita a ltima hora de la tarde, al ver que yo no
volva.

--De dnde?

--De voltejear por afuera. Porque l haba pensado que hiciera yo la
visita en su lugar... (Otro golpe bueno, Ayudante. A ese paso, me la
lleva usted. Pero ya nos veremos un poco ms all. Estamos veinticuatro
por diez y ocho... no es as? Me faltan doce... cuestin de un golpe o
dos... Aj!... Apntame esos cinco tantos por de pronto.) Al volver ya
de noche, me lo cont mi padre con lo de la torcedura, que ocurri
despus de salir yo de casa donde le dej arreglndose para subir.

--Adnde?

--A Peleches... Y quera que yo le acompaara!... Como ha querido hoy
que subiera a decirles que todava continuaba l sin poder salir de la
botica...

--Y bien querido.

--Quite usted all, hombre!... Pues soy yo a propsito para esas
embajadas y esos!... Todava ayer, si hubiera estado en casa, por
complacer a mi padre y no tener disculpa de fuste para lo contrario...
pero hoy, estando l ya para subir de un momento a otro, y despus de
la carta de anoche!... (Carape!... se me pas la bola... Vaya otro
respirito ms para la agona de usted, Ayudante.)

--Pero por qu se resiste usted tanto a complacer a su padre en un
asunto tan hacedero y llano y hasta gustoso?

--Por dems lo sabe usted, fiscal: porque no sirvo yo para esas cosas...
vamos, que me pego a la pared lo mismo que un animalejo.

--Pamemas. Diga usted que le gusta lo cmodo, y acabemos...

--Que es la pura verdad, hombre: que soy as.

--Para lo que le conviene.

--Lo mismo que Dios est en los cielos!

Esto lo dijo Leto preparndose a jugar por la baranda de arriba; y al
orlo Maravillas, le solt desde enfrente una sonrisita de las ms
acentuadas de las suyas. Leto la pesc en el aire, y casi se sinti
mortificado; pero estaba ms atento que a esas cosas, a la jugada que
acababa de prepararle un descuido de su contrario.

--As se los ponan a Fernando sptimo--dijo el fiscal, repitiendo una
frase tradicional en los billares, en idnticos casos; es decir, cuando
queda la bola contraria entre la del jugador y los palos y en lnea
recta, para _fusilar_.

--Se tira esto?--pregunt Leto al Ayudante repitiendo otra frase de
billar.

--Y con mucho cuidado--contest el Ayudante, dndose por muerto.

--Pues all va.

Se oy un estrpito formidable; y no qued nada, lo que se llama nada,
sobre la mesa, porque los cinco palos fueron a estrellarse en la cara de
Maravillas; la bola de Leto salt tras ellos, con diferente rumbo por
suerte de Tinito el sabio; y las otras dos, por haber chocado la del
Ayudante con el mingo que estaba en cabaa, desaparecieron en las
troneras, despus de rebotar unos instantes de baranda en baranda, como
si las persiguieran centellas.

Maravillas se qued como espantado y sin maldita la gana de sonrerse;
Leto aseguraba que lo haba hecho sin intencin, pero con trazas de
darlo por bien hecho a poco que lo pusiera en duda el apaleado; el
Ayudante peda que se le apuntara el golpe a l porque la bola que salt
haba sido la de Leto, y los dems coreaban la porfa como lo reclamaba
la pintoresca situacin... De pronto callaron tirios y troyanos, y se
vio a los jugadores arrojar los tacos, abotonarse apresuradamente
camisas y chalecos, volverse Leto de espaldas, recoger de encima de una
banqueta su americana, y, muy acelerado, embutir el cuerpo en ella.

Porque es el caso que acababan de aparecer en el saln el comandante don
Claudio Fuertes y otras dos personas que, por todas las seales, deban
ser don Alejandro Bermdez y Nieves, o, como dijo a sus colaterales el
fiscal, despus del primer vistazo a los forasteros y en su mana de
poner motes a todo bicho viviente, el Macedonio con la ms guapa de las
hijas de Daro.

Por todo arreo llevaba Nieves una tnica lisa de color de barquillo, muy
ajustada al airoso talle, y un sombrerito de paja del tono del vestido,
de los guantes y de la sombrilla; y por todo adorno del traje, dos
toques o _notas_ verde mar: una en el sombrero y otra en la cintura.
Calclese el relieve que adquirira aquella figura tan esbelta, tan
fina, tan pulcra y tan elegante, sobre los fondos sucios y denegridos
del gran saln del Casino de Villavieja.

Don Claudio avanz con sus acompaados hasta la mesa de billar, y les
fue presentando, uno a uno, todos sus amigos agrupados all.

Cuando le toc el turno a Leto, don Alejandro le dio un fortsimo
apretn de manos, y Nieves, mirndole con gran inters, le asegur que
tena grandsimo gusto en conocerle. Leto, con la lengua trabada y las
mejillas ardiendo, pens que le daba algo.

--Hemos estado en la botica--le dijo Bermdez--, donde he tenido el
placer de abrazar a mi buen amigo don Adrin, y nos ha hablado
largamente de usted. Por eso, y por ser hijo de quien es, nos alegramos
tanto de hallarle aqu. Adems, yo le conoc a usted as de chiquitn.
Canstoles con el estirn que ha dado desde entonces ac!

Hablando, hablando, se supo que el padre y la hija haban salido de
Peleches a las seis de la tarde y bajado por la Costanilla. Haban
entrado en la Colegiata, donde Nieves, despus de rezar sus devociones,
haba visto cuanto era digno de verse y la fue enseando don Ventura,
con su paciencia y amabilidad acostumbradas. Despus haban entrado en
la botica. All descansaron y hablaron largamente. Al disponerse para
salir, lleg don Claudio que haba ido a buscarlos a Peleches media hora
antes, creyendo hallarlos en casa todava. Desde la botica, y como ya el
calor no molestaba mucho, se fueron los tres hacia el muelle, y luego
por la Campada... y por la Ceca y la Meca. Viniendo ya cerca de la
plaza, de vuelta para Peleches y muy sediento don Alejandro, recomendole
don Claudio las limonadas del Casino; y por eso y porque Nieves
conociera el gran saln, de tan buenos recuerdos para l, haban subido.

Conque se dispusieron convenientemente dos o tres veladores lo ms lejos
que se pudo de los reverberos del billar que apestaban a petrleo; se
pidi perdn a Nieves porque no olieran a cosa mejor, y se sentaron
todos en dulce amor y compaa, devorando a Nieves con los ojos los dos
abogadillos; no sabiendo Leto Prez dnde fijar los suyos con entera
seguridad de no ser aludido por nadie, para evitarse la angustia de
hablar delante de tan sealados huspedes, y muy arrepentido el fiscal
de haber puesto motes a aquel seor que, aunque tuerto, le pareca una
excelente persona y era padre de la chica ms guapa que haba visto l
de cerca en todos los das de su vida.




--IX--

La familia del boticario


Las visitas de aquel da no fueron tantas en Peleches ni tan molestas
para sus moradores, como las del anterior; porque en Villavieja, como en
todas partes, haba de todo, y el furor de la cursilera y de la
presuncin estrafalaria, haba pasado con la nube de la vspera. Entre
los ltimos visitantes abundaron las buenas y honradas intenciones, los
generosos deseos, hasta mviles de gratitud no olvidada a pesar de los
aos transcurridos; y en los ms de los ejemplares se entenda bien
claro que si llevaban encima los trapitos de cristianar y las vistosas
galas, no lo hacan por vana ostentacin, sino como debido tributo a la
importancia de los seores visitados.

La nica nota discordante en aquel conjunto de cosas bastante bien
concordadas y soportables, y hasta entretenidas a ratos, fue la familia
Carreo, o ms propia y grficamente los Carreos de la Campada, o,
como si dijramos, los Mucibarrenas de Villavieja, ya que a sus rivales
sempiternos, los Vlez de la Costanilla, se les llam, a su debido
tiempo, los Butibambas. Para que todo fuera contrapuesto y antagnico en
estas dos dinastas de Villavieja, hasta en el arte y la traza andaba la
una al revs de la otra.

Ya se ha visto que los Vlez eran largos, huesudos, blancos, solemnes y
fros como estatuas sepulcrales. Pues los Carreos, como constaba de
toda notoriedad en Villavieja y se vio en los cuatro ejemplares
(matrimonio y dos hijas) presentados en Peleches, eran chaparrudos,
cetrinos, bastos de lneas y facciones, crespos de pelo, mordaces de
lengua e implacables de entraa. De estilo y de educacin, como de
estampa y de pelo.

Padres e hijas despotricaron a porfa durante tres cuartos de hora, y no
dejaron honra limpia ni hueso sano en Villavieja. Cunto se felicitaba
la Carreo madre (eran primos hermanos los cnyuges) por la venida de
los Bermdez a Peleches!

--Esto consuela, seor don Alejandro!--deca abanicndose briosamente
el pescuezo con ronchas bronceadas--. Se ve una entre los suyos, y tiene
con quin hablar y desahogarse... Porque en la soledad a que la obliga a
una el decoro de la clase, se hacen all dentro unas talegadas de asco,
que da gusto desocuparlas despus entre gentes que la comprendan a una y
sepan estimar las cosas en lo que valen... Si vieran ustedes cmo se va
poniendo esto!... Ya no hay quin lo conozca. No queda un alma decente:
todo es trapajera de ayer ac... hasta en el ayuntamiento; hasta en los
empleados que nos manda el Gobierno para las oficinas que tiene aqu...
As es que, no queriendo apolillarme ni que se apolille nadie de mi casa
en un desvn, como algunos trastos viejos que yo me s (los Vlez de la
Costanilla), les digo a stas (las hijas): a vivir alegres, y al sol;
pero como si no hubiera en Villavieja ms habitantes que nosotros. Van
esas puercas a la Glorieta? Vosotras a la Chopera. Vienen ellas aqu
abajo? Vosotras vais all arriba. Ellas hacia el Miradorio? Vosotras a
los Arcos. Ellas muy emperifolladas? Vosotras con lo peor, en camisa...
en cueros vivos si fuera posible. Que lo vean, que comparen, que
aprendan algo; y si les duele, a eso se tira... y al cuerno las
grandsimas tarascas que se salen de su cascarn... Igual pasa cuando
ste (Carreo) se la con el ayuntamiento, pongo por caso, para que se
haga o no se haga esto o lo de ms all: en lugar de aconsejarle que se
est quieto y deje rodar la bola que a l no ha de pisarle, le ayudo a
que apriete ms contra el lucero del alba, porque el da que se
acostumbren ellos a no vernos y a no sentirnos, como si no quedaran
Carreos en Villavieja, los demonios se lo llevaran todo y aqu no se
podra parar.

Carreo se rea a carcajadas con estos dichos de su mujer; y como era
bastante ms avisado que ella, no los usaba tan crudos; pero en el
alcance de la intencin, no la iba en zaga. Las hijas, cargadas de
similores y de cintajos, muy porosas y verdegueando, con la misma
intencin de casta rajaban en un estilo mixto de lo ms malo de los
otros dos.

--Sabes, pap--deca Nieves al suyo despus que se marcharon los
Carreos--, que eso de los aires puros que tanto recomiendas t, no da
siempre los mejores resultados en lo tocante a buenas ideas?... Mira
que de ayer ac llevamos odas cosas buenas, y a gentes bien sanas de
cuerpo!

--Yo te dir--contest don Alejandro un poco atarugado con la inesperada
observacin de su hija--. Mirado el caso por encima y tal como l mismo
se va metiendo por los ojos, parece que tienes razn; pero atendiendo a
lo que debe atenderse; mirando como debe de mirarse ests t?...
poniendo cada cosa en su sitio y a su luz correspondiente; midiendo esto
y pesando aquello con la necesaria reflexin; no dando a ciertas... a
ciertas, vamos, a ciertas pequeeces accesorias, el valor de un hecho
fundamental, eh?... estudiando, en fin, el punto a conciencia...
penetrndole hasta lo ms hondo, como yo le tengo penetrado, lo
infalible de mi axioma se palpa; pero hasta el extremo de que ese mismo
argumento que a ti se te ha ocurrido, le da mayor realce todava... como
te lo poda demostrar yo ahora, si la ocasin fuera oportuna o lo
reclamara una gran necesidad... Porque te advierto que la cuestin
resulta algo metafsica, tratada como es debido; y no creo que te
divirtiera gran cosa a raz de una tanda de visitas como la que vienes
aguantando.

Se ignora si las racionales dudas de Nieves quedaron desvanecidas con
esta argumentacin de su padre; pero es un hecho que la una y el otro, a
pesar de tener citado a don Claudio en Peleches para el anochecer, tan
hartos se vieron de visitas y tan necesitados de libertad y movimiento,
que a las seis de la tarde se echaron al mundo por la Costanilla abajo,
anticipando la salida dos horas a la convenida con el comandante
retirado.

Ya se sabe que despus de visitar la Colegiata, hicieron una larga
parada en la botica, y que desde la botica se fueron a corretear por la
villa hasta dar a ltima hora en el Casino. Poco importa lo que hicieron
en l, y menos lo que les ocurri andando al aire libre, que no abundaba
ciertamente aquella tarde; pero hay que decir algo de su visita a don
Adrin Prez el boticario.

Uno, y dos, y tres... muchos abrazos se dieron los dos amigos. Se
golpeaban las espaldas con las manos abiertas, se separaban, mirbanse
un momento, se sonrean; y vuelta a abrazarse y a desabrazarse, y a
mirarse y a sonrerse... y a todo esto, sin dejar de decirse cosas...
Caray, cunto me alegro!--Con qu placer le abrazo,
canstoles!--Otro, don Alejandro!--Con toda el alma, don Adrin!...
Si no pasan das por usted, canstoles!--Si est usted hecho un mozo,
caray!... Hala con otro!--Ya se ve que s, ja, ja!... Qu don Adrin
tan famoso!--Vaya con el bueno de don Alejandro!--Pues s,
seor.--Vaya, vaya!... Y as.

Despus empez el boticario con Nieves: no a abrazarla, sino a hacerla
mil preguntas y cumplidos y a ponerla en los cuernos de la luna por
guapa moza, acabando por sacarla parecidos con cada uno de los
Bermdez que l haba alcanzado, contra la opinin del Bermdez
presente, que sostena, con mejores ttulos, que era toda de los de
all, casi un retrato de su madre.

Convnose en ello, porque, al cabo y al fin, al boticario igual le daba,
y sentronse el padre y la hija en las banquetas que don Adrin les
arrim, ofrecindoles de paso un refresco de jarabe de moras o de agraz,
que haba en la botica, hechos en aquella misma semana... o chocolate
que les bajaran de casa... con toda franqueza. Se lo estimaron mucho,
pero no quisieron tomar cosa alguna. Entre tanto, nada se haba hablado
todava de la cojera de don Adrin, que se le notaba, no solamente al
moverse, sino en llevar calzado con una chinela el pie de que claudicaba
algo, y el otro con la bota de todos los das.

A lo que de l se sabe por don Claudio Fuertes, hay que aadir que era
de regular estatura, moreno, enjuto, de ojos pequeos, pero listos,
risueo de expresin, y de voz lenta y sin timbre alguno. Pareca algo
socarrn, pero en realidad no lo era. Lo pareca, porque as resultaba
de la combinacin de su flemtica y natural sosera, con la malicia
aparente de sus ojuelos de ratn y lo risueo de su boca.

Lo del pie, por lo que le pregunt don Alejandro enseguida que se hubo
sentado, haba sido poca cosa: alcanzando el tarro del _papaver album_
para preparar un medicamento, se puso de puntillas; y al sentar el pie
en el suelo otra vez, se le hundi la mitad de hacia afuera en una
rendija grande (que seal con la mano). Nada, una ligera distensin que
ya estaba curada con unas compresas de vejeto... tanto, que pensaba
haber subido a Peleches un poco ms tarde. Porque pensar que cumpliera
por l su hijo, era pensar los imposibles... Caray, qu muchacho ese!

Y mova un poco la cabeza, y se sobaba el codo izquierdo, haciendo subir
y bajar la manga de la levita con todo el hueco de la mano derecha
aplicada all.

Por aquel portillo, es decir, por la dulce e inofensiva lamentacin del
boticario, sali a plaza, provocada con verdadero inters por Bermdez,
la historia de toda la familia de don Adrin.

Al morir la boticaria, catorce aos haca, le quedaban cuatro hijos de
los catorce que haba tenido en su afortunado matrimonio. De los cuatro
hijos, tres eran hembras. Corriendo el tiempo, la mayor se cas con el
vista de aquella aduana; ascendironle pronto, y por esos mundos andaba
el matrimonio cargado de familia; pero tenan todos qu comer, y eso
consolaba algo. La segunda cas peor: con un villavejano recin hecho
maestro de escuela. No le produca el oficio all para lo indispensable;
furonse a la ciudad creyendo mejorar de fortuna, y ya se habran muerto
de hambre sin el mendrugo que l les daba, quitndole de su mesa. La
tercera se cas con un teniente de la Guardia civil, y tambin andaba,
como la mayor, de la Ceca a la Meca, y tambin cargada de familia.

--La verdad es--concluy don Adrin rascndose muy suavemente el codo--,
que bien consideradas las cosas, seor don Alejandro, y tal y cual van,
caray! los particulares de otras familias, no les ha cado a mis hijas
la ms negra de las fortunas... eso es. Las tres se me han casado: dos
de ellas comen y estn en carrera... eso es... La tercera anda algo
atrasadilla de recursos, es verdad; pero qu caray! es honrado y mozo
su marido... por lo ms obscuro amanece a lo mejor... eso es... y Dios
no falta nunca a los buenos... Eso las digo yo a cada paso: vea usted; y
tan contentas... eso es... y contento yo tambin, s, seor, bastante
contento; porque otra cosa no sera regular... Eso es.

Acabado este punto, se toc el del hijo.

--Ayer me deca usted en su carta--apunt don Alejandro--, que por haber
hecho _una de las suyas_... (creo que eran stas las palabras) no haba
vuelto a casa a la hora en que me escriba; y hace un momento se ha
referido usted tambin a l de un modo semejante.

--Y eso le ha metido en cuidado?--le pregunt el boticario sobndose el
codo y sonriendo blandamente.

--No dir que en cuidado--respondi el de Peleches muy afable--; pero en
cierta curiosidad...

--Es natural eso, je, je!... Pues respecto de ese muchacho, caray! yo
no s qu decirle a punto fijo... a punto fijo... eso es. Por de pronto,
es noblote a no poder ms; y hasta el da de la fecha... en buena hora
lo diga, no me ha dado ningn disgusto... quiero decir, un verdadero
disgusto...

--Pues eso ya es algo, don Adrin.

--Caray! vaya si lo es! Y no doy yo pocas gracias a Dios por ello!
No, no: en ese punto, marchamos bien. Pues este chico, a quien usted
debi conocer la ltima vez que estuvo aqu, aunque de prisa, as de
pequeuelo, correteando por la botica... eso es... porque no sala de
ella en todo el santo da de Dios... pareca un muequito... tan
redondito y tan blanco!... vamos, un muequito de porcelana... con unos
ojazos negros!... No, y conservar los conserva, aunque no parecen tan
grandes ahora... Verdad que, como le ha crecido la cara... eso es. Lo
que le ha variado algo es el color: ya no es tan blanco... Y bien
mirado, mejor es as para un hombre como l, tan hecho y tan... eso
es... Y vamos all: como le vi bien despierto y de excelente condicin,
psele en carrera con nimo de que siguiera la de su padre: ya ve usted,
por no dejar morir esto que ha sido la hogaza de la familia, de una
familia tan dilatada como la ma; y hay que ser agradecido, don
Alejandro... eso es. Fuese el chico a la ciudad; estudi las
humanidades, con aprovechamiento, s, seor, y con muy buenas notas...
caray! por qu no decirlo?... Siendo ya bachiller, se prest de buena
gana a seguir esta carrera, y le envi a Madrid... Verdaderamente que el
dinero no sobraba en casa; pero haba lo necesario desvalijando un poco
la hucha de mis buenos tiempos de boticario de nota. Y qu mejor
empleo para ello, qu caray!... Un hijo solo, llamado quiz a ser el
sostn de la familia desde el da en que yo faltara... porque para
entonces, an le quedaban dos hermanas solteras, y su pobre madre
arrastrando malamente la vida que se le acab al siguiente ao...
Caray! mi seor don Alejandro, todava duele all dentro cuando pasan
estos recuerdos por la cabeza... En fin, que se fue Leto a Madrid...
Les he dicho a ustedes que se llama Leto mi hijo?

--No, seor.

--Pues as se llama: Leto... eso es... Y por cierto que el nombre es lo
peor que tiene el pobre chico.

--Lo peor! Y por qu, don Adrin?

--Porque es feo y hasta un poco... a qu negarlo, qu caray!... Es
feo... y raro, vamos. Pero cosas all de su madre y su padrino, a cual
ms escrupuloso en la materia... eso es; porque san Leto era el santo de
aquel da, primero de septiembre... Pero caray! dije yo, aunque esa sea
la costumbre en la familia, me parece a m que, por una vez, bien se
puede quebrantar... eso es, en gracia siquiera de lo raro del nombre:
pongmosle otro ms, para llamarle por l, y as queda todo arreglado.
Que nones, don Alejandro; y, en fin, que se llama Leto... Eso es.

Declararon los oyentes, de todo corazn al parecer, que no haba en el
nombre nada de feo ni de raro, y, sin convencerse de ello, continu don
Adrin:

--Tampoco en Madrid dio un mal paso en su carrera: buenas notas siempre,
mucho fruto... porque aqu, en la botica, le iba descubriendo yo cuando
vena a pasar las vacaciones... y al mismo tiempo hacindose un chicazo
como un trinquete... no muy grande; pero bien cortado... eso es, y
fuerte... y guapo, qu caray!... y dcil y risueo que daba gusto.
Pues, seor, que lleg a tomar el ttulo y que se vino a casa, y que le
arrim a la botica para que practicara lo que haba estudiado, eso es...
porque sin prctica, de nada valen las teoras; y, amigo de Dios, como
una seda desde el primer instante. Una soltura y un arte... un arte como
si en toda su vida no hubiera hecho otra cosa... Pero, vea usted, qu
caray! no haba que pensar en mirar muy de cerca lo que haca, porque ya
le tena usted con las manos trabadas, materialmente trabadas, eso es...
vamos, que hasta era capaz de echarlo todo a perder... por el genio, por
el arrastrado genio.

--Lo tena malo?

--Qui! Corto... o qu s yo? Desde muchachuelo fue lo mismo; y si
vieran ustedes lo que eso le perjudic durante la carrera!... Porque sin
esa condicin, hubiera lucido el doble trabajando menos: eso es. Pero yo
esperaba que se le fuera modificando con el tiempo y segn iba l viendo
mundo y tratando gentes. Qui! En ese punto no ha habido seal de
enmienda: al contrario, si bien se mira.

--Pero tan corto es de genio, don Adrin?

--Tan corto o tan... yo no s, don Alejandro, no s lo que es. l va a
todas partes; l entiende de todo un poco, y es afable y carioso con
todo el mundo... y es inteligente y listo, caray! y placentero y
servicial... eso es; pero al mismo tiempo tiene la mana de que cuanto a
l se le ocurre es pura insignificancia, y cuanto hace, una chapucera,
mientras que le para y le asombra cuanto piensan y hacen los dems... Le
digo a usted que es raro el caso... muy raro, caray!... y una lstima,
s, seor, una lstima; porque yo tengo mis razones para creerlo as, y
sin que me ciegue la pasin de padre... sin que me ciegue, eso es...
Digo que tengo mis razones, y vern ustedes por qu... Como tiene
conmigo bastante confianza, porque al fin y al cabo soy su padre, en
cualquier punto que tocamos en nuestras conversaciones se deja correr
guapamente... vamos, sin recelo mayor que digamos... eso es... sin
recelo; y el chico, entonces, habla y habla, no mucho, pero bien, hasta
con su poco de calor... y con arte, caray!... con... vamos, con fe en
su idea; y eso que se le conoce que no da todava todo lo que tiene; que
ve en sus adentros... eso es, en sus adentros, bastante ms que lo que
dice... Pues caray! ocurre que sobre esos mismos puntos le tira de la
lengua el primero que llega a la botica, o le coge en la calle o en el
Casino; y ya es otro hombre diferente: ya le falta, vamos, aquella
seguridad, y aquel mirar sereno, y aquel orden en los razonamientos... y
aquella firmeza de palabra... y qu sucede? que amilanndose as, se
desconcierta, se confunde, y sale del paso con una cuchufleta de
chicuelo, eso es, cuando no con una tontera... Caray! a m no me gusta
eso, y se lo digo as... Pero, hombre, tente firme en tu puesto; habla
con formalidad, eso es, con el aplomo que t sabes cuando quieres...
Pues nada, don Alejandro: me responde muy serio que est convencido de
que no se le ocurre cosa ni idea que valgan dos cuartos; que es una pura
vulgaridad y un hombre enteramente insignificante, caray! Y de aqu no
hay quien le saque.

--Es raro eso, verdad, Nieves? Y para lo que hoy se usa!...

--Y les advierto a ustedes que lo mismo es en lo poco que en lo mucho.
Por ejemplo: est cantando a media voz... en la botica o en su cuarto,
porque l nunca est de mal humor... Digo que est cantando, y cantando
bien, eso es... cosas de teatro que oira en Madrid, creo yo, porque no
se parece el cntico a los de ac... La voz es llena y de hombre, bien
templada... vamos, una buena voz a mi entender: pues llego yo, o llega
cualquiera: ya le tienen ustedes turulato, como si hubiera cometido un
pecado mortal. Eso es... Otro caso ms raro: tiene mucha aficin al
dibujo y a la pintura, y sus avos correspondientes para lo uno y para
lo otro... A lo mejor le ven ustedes encaramado en el Miradorio, o
acurrucado en la vega, o delante de un paredn viejo, con el pincel en
una mano, su cajita de colores en la otra, un pomito con agua a un lado
y su libreta sobre las rodillas, pinta que pinta. Pues que le diga el
ms guapo que le ensee lo que ha pintado... caray! primero le ensear
el hgado... Eso es. Que se arrime alguno a l cuando se halla en estas
operaciones: se pondr encarnado como la grana, y ya no sabr lo que
hace...

--Conque tambin pinta?--exclam Nieves que escuchaba con suma atencin
al boticario.

--Caray si pinta!--contest don Adrin sobndose mucho el codo--; y
hasta creo que bien, por lo que he logrado atisbar yo y lo poco que lo
entiendo... Pero aguarden ustedes, que es posible que tenga alguna
cosilla de esas en el cartapacio de su atril, donde suele guardar las
recin acabadas...

Metiose el boticario en la trastienda, renqueando un poquillo; abri una
puerta que haba a la derecha; entr por ella, y no tard en volver con
unas cartulinas en la mano. Psolas en las de Nieves, porque ellas
fueron las que ms se adelantaron para cogerlas, y la dijo:

--Ah est lo ltimo que ha hecho. Ustedes, que lo entendern mejor que
yo, podrn decir si tiene algn mrito.

Nieves separ las cartulinas y pas una mirada rpida sobre ellas, pero
vida y ardiente.

--Mira, pap--le dijo con entusiasmo volvindose hacia l--, qu
acuarelas tan lindas! Con qu facilidad y con qu valenta estn
hechas! Qu frescura de color!... Ay, don Adrin!--aadi mirando al
boticario que se derreta de placer con el xito de aquellas obras de su
hijo--. Si viera usted lo que cuesta hacer estas cosas! Si supiera
usted las fatigas y los aos que se pasan para llegar siquiera a la
mitad de este camino!

--Pero dnde demonios ha aprendido su hijo de usted a pintar, y a
pintar de este modo?--pregunt don Alejandro que todo se volva ojo para
mirar y admirar las acuarelas.

--De manera--dijo muy suavemente el boticario, soba que te soba el
codo--, que dan ustedes alguna importancia a esas pinturas?

--Muchsima!--respondieron unsonos Nieves y su padre.

--Me alegro, caray! s, seor, me alegro... Eso es. Pues Leto, segn me
ha dicho, aprendi a pintar as... porque algo ya lo saba l desde el
Instituto, con un compaero de posada que tuvo en Madrid, y parece que
era pintor de nota... Eso es. Se queran mucho los dos y an se escriben
de vez en cuando. El pintor est en Roma ahora.

--De modo que sta es la gran aficin de Leto?--pregunt Bermdez.

--Qui!...--respondi el boticario, echando la cabeza a un lado y casi
cerrando los ojos al recargar el acento de la palabra y de la sonrisa--;
esa aficin es la de los ratos perdidos... vamos, la ltima de todas.
Otra muy distinta es la que materialmente le cautiva y le trae a mal
traer... a mal traer, s, seor, caray! Es mucho cuento lo que le
emborracha!

--La caza, eh?

--No, seor: la mar... Tampoco la mar propiamente, sino la embarcacin
con que anda por ella: su balandro... qu balandro?... su _yacht_.

--Canstoles!

--Y tiene un _yacht_... un _yacht_ de veras?--pregunt Nieves,
apartando sus ojos de las acuarelas para fijar en el boticario su mirada
henchida de curiosidad.

--Un _yacht_, seorita--respondi don Adrin en tono muy ponderativo--:
un _yacht_, as, en puro ingls; y de lujo, caray! lo que se llama de
lujo... eso es: vamos, un _yacht_ de regatas, de primera. Esos son sus
amores verdaderos; lo que ms le entusiasma en el mundo y de lo nico
que se atreve a hablar con calor y con fe y sin aturrullarse delante de
las gentes... Ya se ve: no es obra de sus manos ni de su idea, y por
consiguiente... eso es.

--Pero, seor don Adrin--djole su amigo chancendose--: usted se ha
corrido mucho, se ha despilfarrado... porque un _yacht_ de esas
condiciones, no se compra con dos cuartos.

--Caray! Yo lo creo!... Pero no se piense usted que el pobre
boticario... Qui! Pues estn los tiempos, gracias a Dios, para esas
sangras... caray, caray! No, seor. La procedencia del _yacht_ es otra
historia, seor don Alejandro. Vern ustedes. Leto, como le dije a
usted, hace a todo... eso es; y lo mismo que pinta y navega... porque lo
de navegar es ya viejo en l, anda por montes y barrancas con la
escopeta al hombro, y conoce la comarca yerba a yerba y canto a canto...
eso es. Pues, seor, que se descubri aqu una mina pocos aos hace; que
la compr una compaa inglesa, y que vino un ingeniero de all para
explotarla. Este ingls era mozo, algo arlote como todos los ingleses, y
muy campechano y muy resuelto para todo; que Leto y l se conocieron en
el Casino; que result que tenan unas mismas aficiones, y cata que
llegan a hacerse muy amigos. Al ingls le gustaban las setas; pues ya
estaba Leto dicindole dnde las haba legtimas, sin la menor sospecha
de hongo venenoso, y acompandole a cogerlas... eso es: medio da de
campo; que berros, pues en tal parte; y a buscar los berros; que
caracoles o ranas o cualquier otra porquera de las muchas que devoraba
aquel hombre... pues a ello los dos; que esta clase de caza o que la
otra: lo mismo. Leto tena un bote, malo por supuesto; pero andaba a
fuerza de vela; el ingls se las pelaba por esa diversin en que era
gran maestro... caray, yo lo creo! como que era del _Royal-Club_ de su
tierra, y haba ganado no s cuntos premios de honor en regatas
famosas... eso es... uf! y hombre muy principal y acaudalado, s,
seor... y buen mozo... pues golpe al bote a todas horas... y atrocidad
va y atrocidad viene... porque no s cmo no quedaron en una de ellas.
Eso es. Por otra parte, estaba enamorado de nuestra baha, que ya sabe
usted que es de lo mejor del mundo, dicho y confesado por inteligentes
extranjeros... caray, si es cosa buena! y estando enamorado de la baha
y de la aficin y el arte de Leto, no pudiendo adquirir aqu una
embarcacin a su gusto, hizo traer, a fuerza de dinero para que llegara
pronto, un hermoso _yacht_ de regatas que l tena en su pas. Pues,
seor, que viene el _yacht_, y que Leto, al lado del ingls, aprende a
manejarle en cuatro das, y que se me vuelve medio loco el hijo, caray!
de puro gozar en aquel... vamos, en aquel deleite, eso es, tan nuevo
para l... y chate mar afuera los dos hasta perderse de vista, y vira
ac y vira all, dando con los topes en el agua y hacindome a m pasar
las de Can de susto y de congoja, eso es... hasta que me convenc de
que no haba tanto riesgo como aparentaba... En fin, seor don
Alejandro, que Leto y el ingls andaban siempre como la ua y la carne;
que lleg la hora de marcharse a otra parte el ingeniero, porque la mina
sali huera, y que al marcharse le regal el _yacht_ a mi hijo, caray!
que quieras que no, con todos sus enseres y cachivaches... Eso es. Y por
eso tiene Leto un _yacht_ tan lujoso. Cada lunes y cada martes le
zarandea por la mar. Ayer sali a media maana, con su correspondiente
pitanza, por si acaso... eso es. Pues volvi entre da y noche, como
dije a usted en mi carta. Quise que subiera hoy a Peleches... pues
caray! casi de rodillas me pidi que no le diera comisiones de esa
clase. Subir conmigo, ya era otra cosa, y hasta lo hara con sumo gusto;
pero solo... es mucho cuento! En eso quedamos al cabo; y entre si me
animaba yo a subir esta tarde o no, lleg su amigo el Ayudante de
Marina, con quien tena pendiente un partido de billar... porque sta es
otra de sus aficiones y el nico vicio, eso es, que se le conoce; y
furonse al Casino poco antes de llegar ustedes... Que lo siento en el
alma, caray! porque se hubieran conocido aqu todos, y eso tendramos
adelantado... Eso es.

--Y es bastante, canstoles!--dijo Bermdez revolvindose en su
banqueta--, y hasta sobrado para meternos en ganas de conocer de cerca a
ese mozo tan simptico y tan... Hombre, se me ocurre una idea: sbanse
maana los dos a comer con nosotros en Peleches... Ello haba de ser;
conque anticipmoslo, y de ese modo quitar el pobre Leto el escalofro,
como los baistas perezosos, de un chapuzn... ja, ja!... No es
verdad, Nieves?

--Me parece una gran idea--respondi sta entregando al mismo tiempo a
don Adrin las acuarelas--. Y dgale usted, de mi parte, que cuando vaya
nos lleve algunas obras ms de esta clase, para verlas... y
admirarlas... Ay, qu bien lo hace, don Adrin! Quin fuera capaz de
la mitad de ello siquiera!

--De veras, seorita?--pregunt el boticario conmovido de gusto.

--Y cuidado!--djole don Alejandro--, que sta es del oficio, y su
voto, de calidad por consiguiente...

--Caray! de ese modo, ya lo creo... S, seor, eso es. Pues tocante a
lo del convite, yo con alma y vida le doy por aceptado desde luego, mi
seor don Alejandro... Del chico, no s qu decir a ustedes: siempre me
saldr, por disculpa, con lo de costumbre cuando le conviene esconder el
bulto: con que no puede faltar uno de nosotros de aqu, sabiendo, como
sabe, que el mancebo se sobra y se basta, s, seor, para el servicio
ordinario; porque bien acreditado lo tiene... eso es... Pero en un caso
como ste, puede que vaya... Ir, s seor, ir. Es asombradizo, como
les he dicho a ustedes, o corto, o no s qu; pero ha corrido mundo,
tiene luz all dentro... justamente; sabe distinguir de colores, y a
ustedes los considera... caray, si los considera!... Y una descortesa
no la comete l con nadie aunque le ahorquen... Ahora, en cuanto a
llevar consigo las pinturas, ya vara... y de eso s que no respondo...
En fin, se har lo posible, eso es... Y un milln de gracias por la
fineza, seores mos.

En esto entr don Claudio Fuertes, y se habl de otras cosas; y cuando
lleg el momento de salir los tres a voltejear por la villa, dijo el
boticario al comandante retirado:

--Si tocan ustedes en el muelle, enseles el _yacht_, aunque est
fondeado un poco lejos. Ya van enterados de todo... Eso es.




--X--

De tiros largos


As se presentaron en Peleches al rayar las doce y media, el boticario
don Adrin Prez y su hijo Leto: el primero radiante de gozo, y el
segundo no tan acoquinado como era de temerse por lo que de l se sabe.
El motivo de esta novedad consista, siguiendo la imagen del baista
perezoso, apuntada por don Alejandro en la botica, en que Leto, antes de
la gran zambullida en el casern de los Bermdez, haba ido preparando
el equilibrio de las dos temperaturas con un par de fregoteos bastante
regulares. El uno se lo dio en el Casino; el otro, al salir de misa
mayor al da siguiente, que era de fiesta, es decir, el da mismo del
convite. En el Casino tuvo que picar algo en la conversacin general,
aludido de intento por Bermdez; y ms an que en la conversacin, en la
golosina que irradiaban en aquel antro desabrido, los ojos y la silueta
de la hechicera sevillana; porque Leto, al fin y al cabo, era mozo de
buen gusto, y mujeres de aquel arte que le miraran a l con el inters
bondadoso con que le miraba Nieves a menudo, no haban pasado ni
pasaran jams por Villavieja.

Esto por de pronto. Adems, al deshacerse la tertulia y ya despidindose
de l, le haba dicho don Alejandro con gran encarecimiento, mientras le
apretaba una mano con las dos suyas:

--Maana, despus que _comamos_ en Peleches, iremos a ver el _yacht_;
pero de cerca y como debe ser visto. Conste que est usted notificado.

--Despus que _comamos_... a ver el _yacht_!--repeta el mozo en sus
adentros, enredado en las confusiones ms extraas, mientras responda
al expresivo Bermdez cuatro palabras, mal urdidas, de cortesa--. Qu
plural era aqul de comamos? Cuntos y quines entraban en l?

Sin desembrollar este lo, que pas por su cabeza como un relmpago, oy
que le deca Nieves, por despedida tambin y tambin muy afectuosa:

--Y al subir _a comer con nosotros_, no se le olviden a usted ciertas
acuarelas que deseamos ver.

Esto ya estaba ms claro; pero no todo lo que deba de estar. Era
indudable que su padre se haba despachado a su gusto aquella tarde en
la botica.

En cuanto salieron del Casino los de Peleches, le falt tiempo a l para
largarse hacia su casa. En dos zancadas lleg; en breves palabras enter
a su padre de todo lo que acababa de pasarle, y en pocas ms le
satisfizo el boticario la curiosidad, declarndole todo lo ocurrido
aquella tarde en la botica. Por cierto que don Adrin subi la bocamanga
izquierda hasta el codo, y el arco de las cejas hasta el casquete, a
fuerza de rascarse y de admirarse al ver que Leto, de quien esperaba un
estampido, en lo del convite no puso el menor reparo, y en lo de las
acuarelas se despach con tres carapes seguidos y unos muy dulces
restregones de manos a las barbas.

Al salir la gente de misa mayor, Leto, como de costumbre, se qued, con
otros amigos, enfrente del prtico echando un pitillo, un prrafo y
algunas ojeadas maquinales a las villavejanas de todos los das; y
hablando, fumando y mirando, vio salir a Nieves con su padre. Bien le
haba parecido la noche antes la sevillana en la penumbra mal oliente
del Casino, con el sombrerito de paja y la tnica de color de barquillo;
pero cuidado si tena que ver en plena luz meridiana, vestida de
obscuro y con la cara monsima encuadrada en los pliegues graciosos de
su mantilla de pura casta andaluza! No pudo menos de declarrselo as al
fiscal que estaba a su lado comindola con los ojos, ni, al notar que le
recordaba algo con los suyos, quiz lo de las acuarelas, dejar de
acercarse a ella y a su padre para ofrecerles sus respetos, con la mejor
intencin, eso s, pero bien sabe Dios que con las ms fuertes ligaduras
de sus nativas desconfianzas en el espritu.

Mientras hablaban los tres, la _goma_ villavejana se chupaba los dedos y
no saba de qu lado ponerse ni qu majadera inventar para que Nieves
_se clavara_... lo mismo que la goma de todas partes! y las hembras
peripuestas la miraban de reojo al pasar a su lado, de los pies a la
cabeza, igual que todas las presuntuosas de todo el mundo! porque son
achaques esos que estn en la masa de la sangre, aun en la de los que
usan taparrabo... Posible es que Nieves no se fijara en los unos ni en
las otras, aunque cueste creerlo por lo que se sabe del prodigioso
alcance de vista que tienen las mujeres guapas para esos lances y otros
parecidos; pero podra apostarse algo bueno a que en la comparacin que
hizo mentalmente, despus de mirarle de arriba abajo en menos de dos
segundos, del Leto que tena delante, vestido de da de fiesta, con el
Leto de la vspera, desaliado, ardoroso y con el pelo alborotado y la
barba revuelta, aunque ambos eran buenos mozos, optaba por el segundo;
es decir, por el Leto del billar, en calidad, se entiende, de mujer
artista y esforzada.

En esto sali don Adrin con la levita nueva, bastn de caa, sombrero
de copa muy alto, y dos dedos de cuello de camisa fuera del corbatn; se
arrim al grupo y salud muy corts a los seores; apareci el juez e
hizo lo mismo; despus Rufita Gonzlez con su madre; casi al mismo
tiempo Codillo y las tres Indianas, y enseguida hasta otra docena ms de
los notables que haban hecho ya la visita obligada a Peleches. Los
Vlez, escurridos y lacios de vestido y de carnes, pasaron de largo
hacia la izquierda, saludando con una cabezada muy ceremoniosa. Las
chaparrudas Carreas, hechas un brazo de mar, pero de mar siniestro y
bravo, saludaron con los abanicos y carraspeando, y se fueron por la
derecha.

El grupo segua creciendo y lleg a ocupar media plazoleta con los
gomosos adyacentes y otros desocupados de diferentes pelajes. Luego se
puso en movimiento todo junto, aunque cambiando de forma como masa de
agua que se acomoda al cauce que la gua, en direccin a la Costanilla,
camino de Peleches y a la vez de la Glorieta, adonde se dirigan todos
los elegantes de Villavieja entonces, por imperio de la moda.

En la Glorieta dieron Nieves y su padre unas cuantas vueltas con las
adherencias que traan desde la Colegiata, y seguidos del propio
_zaguanete_ de gomosos, cosa que encendi las iras de las villavejanas
desperdigadas y desatendidas entonces por sus habituales cortejantes, y
les dio motivo para despellejar viva a la pobre Nieves. Sbese que quien
ms apret la dentellada en aquella puja de mordiscos fue la Escribana
mayor, que, segn fama, se beba los vientos por el hijo del boticario.
Le haba visto al salir de misa y subiendo a la Glorieta, y en la
Glorieta misma, arrimado a la sevillana, y en gran intimidad con ella
algunas veces. El grandsimo pazguato que jams tuvo dos palabras al
caso para pagarla las muchas con que ella le haba buscado la lengua en
ms de cuatro ocasiones! As es que en cuanto se retiraron Nieves y su
padre a Peleches, que fue muy pronto, y el boticario y Leto a su botica,
se arm en la Glorieta la de Dios es Cristo entre los galanes
villavejanos y las respectivas damas, que no queran ser plato de
segunda mesa... mientras Maravillas, sentado en el ltimo banco hacia el
mar, solo, quietecito y sosegado, flagelaba con su eterna sonrisa de
compasivo desdn, aquel cuadro de miserias humanas, fruto natural y
lgico del lamentable resabio de ir a misa y creer en Dios.

Viniendo a lo que importa, fue el caso que Leto baj a la villa bastante
satisfecho de su hazaa; que a pesar de estar bien vestido, cambi de
corbata y de chaleco despus de arreglarse el pelo, de cepillarse mucho
las barbas y la ropa y de lavotearse las manos; que al volver a la
botica, donde le aguardaba su padre en conversacin con el mancebo,
llam a _Cornias_ (luego se sabr quin era este personaje) y le dio
varias rdenes con mucho encarecimiento; que despus fue a su atril, y
de un cartapacio que tena all muy escondido bajo papelotes y libracos,
sac hasta una docena de obras suyas, entre acuarelas y dibujos,
escogidas, muy escogidas, en su abundante coleccin; que las envolvi
convenientemente, y que diez minutos despus, l y su padre atravesaban
la plazoleta inundada de sol, que achicharraba, en direccin a Peleches.

--Ya ves, Leto--le deca muy regocijado su padre, y por lo bajo para que
no se enteraran de la conversacin las gentes que volvan de la
Glorieta--, cmo el len no es tan fiero como le pintan. Muchas veces
nos alucinamos... eso es... nos ofuscamos, por ver y juzgar de lejos las
cosas. Y a ti, caray! te ha pasado mucho de eso. Dgotelo, porque al
fin vas, caray! vas, s, seor, y sin grandes resistencias, y hasta
llevas esas pinturillas contigo... bien llevadas, muy bien llevadas!
eso es; muy bien llevadas, por lo mismo que te las han pedido y desean
verlas... Yo pens... ah tienes!... que no te prestaras a ello,
porque hasta de m las has escondido siempre, por esas rarezas, caray!
que nunca he podido explicarme... eso es... Pero la fuerza de las cosas
ha querido que el len se te vaya a la mano; y, como te deca antes, no
te ha parecido tan fiero como visto a larga distancia... eso es... y ya
te das a partido, caray!

Leto, sonriendo de cierta manera habitual en l, contest a su padre:

--Si supiera usted la procesin que me anda por dentro!...

--Ay, Leto del alma!--replic don Adrin parndose en firme--. Pues si
a procesiones furamos... quin, en casos tales, no las llevar
consigo, en ms o en menos, caray, hasta hacerle temblar las
choquezuelas? Vamos a una casa extraa y de mucho viso, a una mesa
quizs oppara... eso es... dos hombres acostumbrados a la vida obscura
y metdica... de lo ms metdica y sencilla... eso es... La emocin...
el sobresalto si quieres, es de necesidad... Pero una cosa es eso, y
otra muy diferente lo otro que a ti te pasa, o te pasaba... En fin, de
esto no hay para qu volver a hablar, Leto. Pero he de repetirte, en
conclusin, lo que te dije anoche: hay que sacar fuerzas de flaqueza en
ciertos lances de la vida... y hacerse superior, eso es, a las nativas
debilidades... porque no hay hombre sin hombre... y todos nos debemos
mutuos servicios y respetos... eso es... T eres mozo; nada te falta, es
verdad... y acaso no te falte nunca, por mucho que vivas, si la
venturosa quietud de Villavieja contina inalterada y no te sale un
competidor en el oficio, como no me ha salido a m desde que soy
boticario; pero es posible que te salga, porque lo malo cunde y no anda
ya lejos de nosotros... o que te convenga cosa mejor que la que poseas;
y entonces, caray! bueno es tener valedores... y bien sabes t que la
casa de Peleches raya en todas partes tan alto como la que ms... y
puesto que nos dan la vaquilla, corramos con la soguilla, caray!... y
muy agradecidos, s, seor; y el corazn en la punta de la lengua, eso
es; y el que tiene algo en la cabeza, como no dejas de tenerlo t, noble
y honrado adems, s, seor, que lo manifieste, caray! si llega el caso
de hacerlo, con entereza y con fe, que esto no est reido con la buena
educacin, ni siquiera, eso es, con la cristiana humildad. Cuando Dios
da al hombre el caudal de las ideas, no se le da, caray! para que le
guarde con avaricia, ni tampoco para que le despilfarre, contrahecho o a
escondidas y con vergenza: no, seor, caray! no, seor... como vienes
haciendo t... Eso es.

Dio dos golpecitos con su caa en el suelo, y continu marchando calle
arriba.

Leto, pensativo y bastante risueo, pero sin contestarle una palabra,
hizo lo mismo a su lado.

As llegaron a Peleches, en cuyo saloncito de labor, o mejor dicho,
estudio de Nieves, con las puertas del balcn abiertas de par en par
para que entrara a borbotones el nordeste que corra, saturado de los
efluvios de la mar, fueron recibidos por los seores de la casa y por
don Claudio Fuertes, que tambin estaba convidado a comer.

Nieves haba cambiado su traje obscuro por otro casi blanco; y al verla
as Leto, blanco el vestido, blanca, nacarina la tez, azules los ojos y
el cabello rubio, como no se le ocurran ms que tontadas, enseguida se
la forj nereida, o cosa as, de las fantsticas regiones submarinas,
enviada all por los genios protectores de Peleches, envuelta en una
rfaga salobre de las que inundaban la estancia sin cesar. En otra
mirada rpida en derredor del saloncillo aquel, se le antoj haber visto
la blanda, inteligente mano de un artista, colocando cada mueble, cada
libro y cada cachivache en el nico sitio que le corresponda; y otra
bobada mayor! aun marc con la vista en las paredes y sobre muebles
determinados, los lugares y los aparatos en que sus acuarelas, a no ser
tan malas como eran, hubieran hecho un lucidsimo papel.

Pensar esta bobada y clavar Nieves los ojos en el cartapacio que l
llevaba entre manos, y hasta preguntarle enseguida con ellos si _las_
traa, fue todo uno. El mozo se hall con aquel tiro tan inesperado,
como contrabandista cobarde delante de los carabineros. Sin detenerse
apenas a saludar como deba, desat el fardo y entreg el contenido con
las manos trmulas, pero resuelto a todo.

A creer a Nieves, y no hay serios motivos para lo contrario, en aquellas
obras de Leto haba verdaderas maravillas de arte. Bermdez y Fuertes
opinaron lo mismo; pero no eran sus votos de tan ganada autoridad como
el de Nieves, la cual, para mayor confusin del aturdido Leto, no
contenta con ver los cuadros sobre sus rodillas, fue colocndolos uno a
uno... en dnde, gran Dios! sobre los mismos muebles y en los propios
sitios de las paredes en que los haba imaginado l... Y a todo esto, la
sevillanita, con su entrecejo algo fruncido, su frase concisa y sobria,
sin extremos en la alabanza, sin apresurarse, sin sonrer ms que lo
preciso, deslizndose entre sillas y veladores sin tropezar con nada,
sutil, airosa, discreta... en fin, que tanto por lo que deca como por
el modo de decirlo, y hasta por el modo de andar, haba que creerla
inteligente en el arte, y desde luego sincera. Con esto y con la
propensin natural de Leto a someter sus juicios al imperio de los
extraos, por primera vez en su vida se crey algo pintor y no del todo
insignificante.

--Pues ahora va usted a ver mis obras--le dijo Nieves muy templada,
dejando las de Leto sobre un velador--, siquiera para que aprenda usted,
en vista de lo malas que son, a no ser tan avaro de las suyas.

Y como lo dijo lo hizo, sacndolas de un gran cartapacio que estaba
sobre una mesita contigua a un caballete desocupado.

--La mayor parte--deca Nieves a Leto solo, aunque le acompaaban en la
escena los dems personajes all presentes--, son copias y malas: las
originales son peores... No se sonra usted, porque es la pura verdad...
Vea usted ese gitano... copia, dura y desentonada, y hasta sin dibujo...
Una marina... Qu olas, eh? Parecen de percalina... Una ventana con
flores y pajaritos enjaulados: de nuestra casa de Sevilla. Esta acuarela
es original: debe usted conocerlo por lo resobadita que est de color...

Por este arte sigui mostrando y juzgando la mayor parte de sus obras. A
veces, mientras Leto examinaba una, tenindola cogida con las dos manos,
Nieves meta entre ellas otra suya, blanca, torneadita y olorosa, para
poner el ndice primoroso encima del objeto censurado; y entonces Leto
perda de vista la acuarela, porque los ojos se le iban detrs de la
mano, y la atencin y hasta el olfato... a don Adrin y al comandante
les parecan inmejorables las pinturas, y as lo declaraban; y don
Alejandro, mal avenido con las sinceridades de su hija, quera
desautorizarlas explicando cmos y por qus... En cuanto a Leto, no
pudiendo concebir que de aquellas manos tan bonitas salieran obras
imperfectas, todo lo hallaba superior, y as lo daba a entender como
poda.

--Todo eso que ustedes me dicen--insista Nieves muy serena--, es pura
cortesa. Ninguna de estas obras tiene otro mrito que el de estar hecha
con grandes deseos de hacerlo mejor. Lo conozco por lo mismo que s
estimar las buenas, como las de usted; pero sigo pintando porque me
entretiene, y enseo lo que pinto, como ahora, por no hacerme de rogar
ms tarde y porque no lo tengo a pecado mortal... Al leo, con
franqueza, pinto algo mejor que a la aguada... Ya lo ver Leto, que lo
entiende, cuando pinte algo aqu... porque pienso pintar mucho... y
andar ms... Todos los sitios en que he puesto antes las cartulinas de
usted, han de quedar ocupados por obras mas... Cuento con que me dejar
usted copiar las suyas para eso.

Leto, que ya haba soado con verlas honradas all, se llam a engao y
declar a Nieves que no volveran al cartapacio de la botica aquellos
insignificantes borrones, puesto que le gustaban a ella; y Nieves, sin
andarse en ociosos disimulos, porque conoca la sinceridad de la oferta,
la acept de plano con gran regocijo, aunque no tanto como el que
produjo en don Adrin el galante rasgo de Leto.

Andando en stas y otras tales, lleg Catana al saloncillo para anunciar
que estaba la sopa en la mesa; y al disponerse todos para ir al comedor,
Leto, recordando algo de lo que haba visto y odo en Madrid y ledo
despus, haciendo un esfuerzo sobrehumano y dando diente con diente por
el temor de pasarse de fino, o de estar equivocado, ofreci su brazo a
Nieves, que lo acept placentera y como la cosa ms corriente y natural
del mundo.

Los dems comensales abrieron paso a la pareja, a la cual siguieron
Bermdez muy complacido, Fuertes algo maravillado, y don Adrin hasta
orgulloso con aquel gallardo arranque del empecatado muchacho.




--XI--

El flash


Durante la comida, que fue tan oppara como se la haba anunciado en
hiptesis don Adrin Prez a su hijo andando hacia Peleches los dos,
tuvo Leto varias pruebas ms de que el len no era tan fiero como le
pintaban: hasta lleg a encontrarse muy a gusto encerrado en la jaula
con l.

Porque ocurri tambin la feliz coincidencia de que apurado el punto de
las opiniones pictricas de Nieves, sali de golpe y porrazo don Claudio
Fuertes dicindola:

--En este mismo sitio y al or a usted que le gustaban mucho los paseos
martimos, la promet anteayer que no le faltaran medios de satisfacer
ese gusto, si se empeaba usted en ello.

--Y no he olvidado el compromiso--respondi Nieves--, ni estoy dispuesta
a perdonrsele a usted.

--En hora buena--dijo don Claudio Fuertes; y luego aadi volvindose al
hijo del boticario--: lo ha odo usted, Leto?

--S que lo he odo--respondi Leto--. Pero por qu es la pregunta?

--Porque con usted va el cuento.

--Conmigo?...

--S, seor, con usted; porque cuando yo hice esa promesa a Nieves,
contaba con el balandro de usted, con la competencia nutica de usted y
con la galantera de usted. Conque a ver si se atreve a dejarnos mal
ahora con esta seorita y con su seor padre, que no tiene otro afn que
el de complacerla.

Bien poco trabajo le cost a Leto mostrarse corts y hasta rumboso en
aquel particular; porque precisamente el balandro, sus condiciones
marineras, sus hechos y valentas, y las altas prendas del generoso
amigo que se le haba regalado, eran los temas de conversacin que ms
le agradaban; los nicos acaso con que se dejaba ir, hablando, hablando,
al sosegado curso de sus ideas, sin la menor protesta de aquel diablillo
psicolgico que se lo echaba todo a perder cuando sus elogios o sus
juicios recaan en cosa nacida de su cacumen, o, aunque propia, no
tuviera consagrados los mritos por otro juicio de indiscutible
autoridad. La maldita desconfianza! Habl, pues, del balandro durante
una buena parte de la comida, despus de ponerle, y de ponerse l mismo,
a las rdenes de Nieves para dirigirle; de la hermosura y comodidad de
la baha para voltejear en ella, con una brisa bien _entablada_, las
personas que se contentaran con poco; de la intensidad de este mismo
placer recibido en alta mar; del ingls, su amigo, con quien tantas
veces le haba gustado; de su destreza, de su valor, de su carcter...
hasta habl algo de Cornias, porque fue de necesidad que hablara de l.
Cornias era un mozo pequeito de cuerpo y bizco de ambos ojos, nacido y
criado en Villavieja. Desde muchachuelo anduvo en la botica para ciertos
menesteres mecnicos. Entenda algo de cosas de la mar, porque era hijo
de un pescador y de una sardinera. Cuando Leto tuvo un bote, Cornias se
le cuidaba y le serva de marinero. Era listillo y valiente; y en cuanto
lleg el balandro de Inglaterra, por recomendacin de Leto se encarg de
hacer en l los mismos servicios que en el bote. Si Cornias estaba
entusiasmado con aquel barco tan hermoso, el ingls estaba chocho con
Cornias, por su tipo, por su afabilidad y por su inteligencia para
aprender las maniobras. En poco tiempo se puso al corriente de todo y en
aptitud de manejar el balandro tan guapamente: le quera como a las
nias de sus ojos. A la fecha del relato, Cornias, sin dejar de ser
_plaza de a bordo_, continuaba siendo obrero de la botica y sus
accesorias; y lo mismo empuaba la maza del mortero para moler
cantrida, con la boca y las narices tapadas con un pauelo, o a cara
descubierta crmor o mostaza, y el mango de la azadilla para _arropar_
la belladona, el estramonio y la cicuta que cultivaba el boticario en su
huerto, que envergaba la mayor o encapillaba un obenque. No beba ni
fumaba, ni poda resistir calzado, ni gorra, ni chaqueta. Ordinariamente
no llevaba ms prendas sobre su cuerpo que la camisa y los pantalones,
con las perneras remangadas hasta la pantorrilla y las mangas hasta el
codo; y, as y todo, Cornias resultaba limpio y simptico. De honradez y
lealtad no se hablara, porque se le poda entregar a ciegas oro molido.
Se le llamaba y conoca por aquel mote, porque era bizco. _Cornias_ era
una corruptela o degeneracin, forzada por los muchachos de la playa, de
la palabra _bizcornio_; y por Cornias responda, olvidado ya de su
nombre de bautismo.

Despus de hacer Leto, y no sin gracia, este esbozo de su marinero,
ratificado por don Adrin que le quera mucho como sirviente de su
botica, volvi sobre lo ya tratado. Se poda navegar en su balandro con
la misma confianza que en un navo de tres puentes. Se convenceran de
ello en cuanto le vieran, como haban de verle muy pronto. Nieves no lo
pona en duda; su padre, as, as; don Claudio negaba esa seguridad
hasta en el navo de tres puentes; y en cuanto al boticario, tena las
pruebas de lo afirmado por su hijo en que haba hecho ste con su
balandro, doscientas veces, mucho ms de lo sobrado para que a la
primera se quedara en la mar, por los siglos de los siglos, cualquier
otra embarcacin de igual calibre.

Como la comida fue abundante y se habl mucho y sobre muchas cosas, la
sesin fue larga y muy entretenida; de modo que cuando don Claudio
Fuertes y don Adrin Prez dieron los ltimos _latigazos_ a la ltima de
las respectivas copas que don Alejandro haba ido sirvindoles con el
caf, era ya muy bien entrada la tarde; a Nieves, ausente del comedor
rato haca, la calzaba su doncella sus _brodequines_ de campo, de fino
becerrillo sin teir, y la brisa segua fresca y bien entablada, por lo
cual no molestaba fuera el calor, aunque el sol luca sin el estorbo de
una sola nube. Teniendo esto en cuenta, slo aguardaban los del comedor
la vuelta de Nieves para salir con ella a hacer la proyectada visita al
balandro de Leto, nmero primero de los del programa dispuesto para
aquella tarde.

Nieves no se hizo esperar mucho; y cuando apareci a la puerta del
comedor ponindose los guantes y con el sombrerillo algo cado sobre los
ojos, muy ajustadito el talle y con un clavel en la boca, su padre la
vio un instante con el mismo ojo suspicaz y alarmista que en la
memorable ocasin de presentrsele en Sevilla, recin vestida para ir a
retratarse. Pero qu diferencia de escenario, por ms que las dos
escenas fueran semejantes, casi idnticas! All, la atmsfera viciada y
corruptora de una gran capital; en Peleches, los horizontes sin lmites;
el aire puro y saludable del campo y de la mar; las tentaciones de
claudicar, en la ciudad a cada vuelta de esquina; en aquellas soledades
grandiosas, ni aunque se buscaran con un candil... Y no lo pudo remediar
el buen Bermdez: posedo de su tema y encantado de verse donde se vea,
el mejor punto de la tierra para ponerle en ejecucin y dormir tranquilo
al amparo de su milagrosa virtud, tomando pretexto del rumor y el aroma
de la brisa que circulaba por todos los mbitos y rincones de la casa,
cant un himno de admiracin a la augusta Naturaleza, y larg por final
de l el _sorites_ de costumbre al comandante y al boticario, mientras
Leto daba el brazo a Nieves para bajar la escalera.

El camino elegido para ir al muelle fue el del Miradorio; y por l
tomaron los cinco en el mismo orden en que haban salido de casa: Nieves
y Leto delante, e inmediatamente despus los tres seores graves: el de
Peleches en medio. Desde lo ms alto del sendero, contempl Nieves la
mar y cuanto se abarcaba con la vista hacia la izquierda; y se le
ocurrieron algunas cosas buenas, particularmente sobre la mar. A Leto no
dejaba de ocurrrsele algo tambin; pero temiendo que fueran majaderas,
se limit a glosar un poco las ocurrencias de Nieves; la cual, en una de
stas y por apretarle demasiado con los dientes mientras hablaba, cort
el rabillo del clavel. Leto le recogi del suelo tan pronto como cay, y
se lo quiso devolver a Nieves...

--No sirve ya--djole sta despus de mirarle un momento--; puede usted
tirarle, si quiere.

Y Leto, sin ms ni ms, le tir, por pura obediencia.

--Ya se ve el balandro--dijo al mismo tiempo.

--Cul es?--pregunt Nieves.

--La nica embarcacin de aquellas cuatro, que est aparejada.

--Cunta vela tiene!

--Cuantas hay en casa. Cornias no se ha andado en chiquitas: todos los
trapitos ha echado al sol... Qu hermoso da de mar!

--Oiga usted, Leto--le dijo Nieves muy en reserva y despus de notar con
el rabillo del ojo que no la oan los que venan detrs--: cuando
estemos en el balandro y le hayamos visto, proponga usted a mi padre que
demos un paseo por la baha.

--Ya estaba yo en eso--respondi Leto muy ufano.

--Y si pap consiente en ello, que s consentir--continu Nieves ms
por lo bajo todava--, as, como a la descuidada, se va usted echando
hacia la mar... eh?

--Perfectamente--respondi Leto--, y de ese modo iremos poniendo a
prueba, poco a poco, la resistencia de usted para el mareo...

--Oh! por ese lado, yo respondo desde luego--dijo Nieves con gran
confianza--. Tengo hechas buenas pruebas en Bonanza y en Cdiz, y no hay
forma de que yo me maree.

--Pues tanto mejor entonces.

El muelle de aquel ignorado puerto se compona de un gran tablero
rectangular, sobre una docena de pilotes achacosos que ya no podan con
la carga cuando los ingleses de la mina los repararon convenientemente.
Todo este artificio grosero estaba arrimado a un andn muy espacioso y
firme, construido por la naturaleza, al cual venan a parar en uno solo,
desde la anteltima revuelta de la bajada, el camino de la mina, casi
paralelo a la costa, y el sendero del Miradorio que desde el punto de
empalme se diriga hacia el sur.

Al llegar al muelle los cinco comensales de Peleches, Cornias quiso
atracar el balandro, que estaba separado cosa de dos o tres brazas, a la
escalera de embarque, bien corta entonces porque la marea estaba muy
alta; pero Leto le hizo seas para que no le moviera de all. Tena el
balandro la bandera con corona real, en el pico, y un grimpoln azul con
una _F_ blanca en el tope. Con todo el trapo desplegado y las escotas en
banda, flameaban las velas al recibir el viento, y se oan desde el
muelle sus restallidos o _gualdrapazos_. Cornias se haba excedido algo
de las rdenes recibidas: bien que el balandro tuviera en aquella
ocasin cada cosa en su sitio, pero no tan a la vista; entre otras
razones, porque el gualdrapeo de las velas desplegadas, tras de producir
balances al barco, haca trabajar al palo intilmente. Pero Cornias, que
tena el entusiasmo de todo ello en conjunto, pens acertar mejor
ostentndolo de una vez en hora tan sealada. Error del pobre muchacho.
El corcel de buena sangre, para lucir su gallarda, o en pelo y en
libertad, o bien arrendado por su jinete. Entendindolo as Leto, a una
seal muy expresiva y cuatro palabras enrgicas enderezadas a Cornias,
fue el balandro recogiendo todas sus lonas, como la gaviota sus alas al
posarse blandamente sobre la onda marina.

--Ahora se ve mejor el casco en toda la pureza de sus lneas--dijo Leto
a los que le rodeaban, pero particularmente a Nieves que pareca la ms
atenta a la explicacin que haba comenzado a hacer.

Segn aquella explicacin, de cuanto se vea desde el muelle e iba l
sealando en el barquito, por iniciativa propia o respondiendo a
preguntas que se le hacan, el casco de su _Flash_ (Centella) tena la
proa y la popa muy _lanzadas_, o salientes, y era chupado de amuras (la
cara de proa) y robado de codaste (pieza en que se articula el timn),
es decir, en viaje hacia proa; casco, en fin, de los llamados _de cua_,
a la moda inglesa, de mucho calado. La ventaja de tener muy lanzadas la
popa y la proa, consista en que cuando la embarcacin _escoraba_, es
decir, se inclinaba a una banda, los lanzamientos tocaban en el agua y
aumentaban la longitud del casco, dndole mayor estabilidad, razn por
la que los de esta clase cean mucho y viraban facilsimamente. Para la
debida compensacin de la finura y estrechez del vaso con la altura
excesiva de su aparejo, el _Flash_ tena una zapata o quilla postiza de
plomo, sujeta a la verdadera con unas cabillas pasantes. Seguridad
completa, absoluta, de no dar, escorando, quilla al sol.

Aquel espacio hueco, a modo de escotilla, que se vea en el ltimo
tercio de la cubierta, hacia popa, con bancos alrededor y reborde algo
saliente que formaba el respaldo, tcnicamente _brazola_, era el sitio
para el que gobernara y personas que fueran con l. El agujero se
llamaba el _pozo_; y el templete que se alzaba entre el emplazamiento
del palo y el lado del pozo de hacia proa, con lumbreras a los costados
y barritas de metal para protegerlas, era el _tambucho_, o cpula de la
cmara que estaba debajo, bastante cmoda segn iba a verse enseguida,
porque ya no haba en el balandro cosa que mereciera ser explicada ni
vista desde el muelle.

Atracole a la escalerilla el diligente Cornias a una seal de Leto, y
bajaron todos: Nieves de la mano del desconocido Leto; Bermdez y el
boticario muy a pulso, y don Claudio Fuertes protestando de que hasta
all y nada ms. Cornias, segn Leto le haba pintado en la mesa, pero
con pantaln blanco y camisa con lunares, si no nueva, recin estirada,
aguantaba el balandro atracado a la zanca de la escalera, con las uas
hincadas en los tablones.

Saltaron a bordo de l los visitantes por la cabeza del ltimo escaln
descubierto; y al ver lo _descarado_ que estaba el suelo aquel, que
oscilaba adems, todos, menos Nieves y Leto, se colaron en el pozo.

--Desengense ustedes--deca Fuertes sentndose--, que esto no tiene
seal de juicio... ni los que andan en ello tampoco... Ah! pues dejen
ustedes que se inflen todos esos trapos y empiece el viento a enredarse
entre ellos... Ni san Pablo para aqu entonces sin romperse la crisma
con algo, o echar los hgados por la boca!...

--Verdaderamente--replicaba don Adrin guardando el equilibrio con los
hombros, aunque era bien insignificante el balanceo--, que no se explica
uno fcilmente, caray! tanto entusiasmo y tanta... eso es... como tiene
ese muchacho... y como tena su amigo por estas diversiones... Por de
contado, seores mos, que esta es la primera vez en mi vida que me veo
aqu... y tan a nuevo me sabe, eso es, lo que voy viendo, como a
ustedes. Desde tierra he visto el barquichuelo este varias veces, unas
quieto y otras andando... y qu andar, caray! Vamos, ocasin hubo de
volver la cabeza... por no verlo... Es la verdad, s, seor, caray!

--Digo, y eso usted, que es pez de la mar!... Pues qu me pasar a m
que soy de los secanos de Astorga?

--Canstoles--salt aqu don Alejandro--, con los valentones estos!...
Yo no me trago a los hombres crudos, ni mucho menos; pero tampoco se me
arrugan las narices por echar una cataplera por esas aguas all.

--Por de pronto, mi seor don Alejandro--contestole Fuertes con cierta
socarronera--, ha sido usted uno de los tres valientes que nos hemos
colado en el pozo por entrar en el balandro; y despus, mire usted, yo
me he visto cara a cara con los moritos en Monte Negrn y en los
Castillejos, y hasta en lo de Wad--Ras, que fue ms agrio que lo que a
ustedes se les figur; y sin echrmelas de valiente al decirlo, ni perd
la serenidad, ni el coraje... ni las ganas de pegar; porque aquello era
otra cosa: haba siquiera suelo firme en que pisar... y en que morir, si
era preciso, defendiendo la vida honradamente; pero esto es entregarse a
la muerte atado de pies y manos y metido ya en el atad...

Leto, mientras los del pozo hablaban de esta suerte, explicaba a Nieves
las ventajas de un palo, como el del _Flash_, compuesto de dos piezas
(la mayor, o _palo macho_, y la menor, o _mastelero_, con su tamborete y
cruceta entre ambas), sobre el palo _enterizo_, o de una sola pieza;
cmo se fijaba el palo en el fondo del casco, encajando su espiga
inferior en una mortaja llamada _carlinga_, y se afirmaba despus por
medio de las cuerdas que iba sealando y se llamaban _obenques_ y
_estays_: los obenques bajaban desde la _encapilladura_, junto a la
cruceta, y los estays desde la suya en el arranque del _galopillo_, o
remate superior del palo; cul era la _botavara_, cul el _pico de
cangreja_, y cmo se manejaba y con qu cuerdas o drizas, cada vela de
las cuatro que tenia el _yacht_ (_mayor, trinquetilla, escandalosa_ para
los buenos tiempos, y _foque volante_ para las _empopadas_). El agujero
que haba a media cubierta, entre el pozo y el costado de estribor, era
el de la bomba de achique, muy usada, porque en las _arfadas_, ciendo
el balandro, embarcaba en el pozo bastante agua: _rociones_ y
_garranchos_, segn el estado de la mar; tal pieza era el _cabillero_
para las drizas de maniobra; cules otras, las _cornamusas_ para afirmar
las escotas del foque y las de la trinquetilla; otra en el suelo mismo
junto al agujero del _paol_ de cadenas, el _guindaste_, en el cual se
haca firme la coz de botaln, etc., etc. Muchos, muchsimos detalles
dio Leto a Nieves, llamando a cada cosa con su nombre tcnico, porque
as lo quera la animosa sevillana.

Cuando ya no tuvo nada que explicarla sobre cubierta, la dijo:

--Vamos ahora, si usted quiere, a ver la cmara.

A la cmara se entraba por el pozo, en cuyo lado de hacia proa estaba la
puerta, de dos hojas, con un cuartel de corredera. Abri Leto y entraron
las cinco personas, teniendo que descubrirse don Adrin, porque para un
sombrero como el suyo, puesto sobre la cabeza, no haba all bastante
altura de techo. Por lo dems, sobraba sitio en que revolverse los
visitantes con desahogo. Nieves se admir de ello y del primor con que
estaba dispuesto y hecho todo en aquel microscpico saln, que resultaba
hasta lujoso. A cada lado de la puerta haba un armarito, y otro ms
ancho enfrente de ella; a cada lado de los otros dos de la cmara, un
cmodo divn, y en el centro una mesita atornillada en el suelo, con las
alas dispuestas de modo que poda servir para una docena de comensales.
Retirando Leto uno de los almohadones, levant la tabla sobre la cual
estaba tendido; y la tabla result ser tapadera de un largo cajn bien
provisto ciertamente, pues fue sacando de l el hijo del boticario dos
amplios y superiores impermeables; un vestido completo de mar; media
docena de hermosas toallas y dos sbanas de bao, y algunos objetos ms
por el estilo; todo ello puesto all por el precavido y rumboso ingls,
lo mismo que los objetos de aseo y los tiles de pesca, licores
exquisitos y confortantes, y libros (en ingls desgraciadamente para
Leto) que trataban, con excelentes dibujos, de materias pertinentes a
todos los destinos imaginables del barco, que se guardaban en los
armarios. Todo lo conservaba Leto donde y como el ingls lo haba
dejado, por respeto carioso a la memoria de su amigo. En el centro del
copete del ms grande de los armarios, haba una chapa de metal bruido,
con dos nombres grabados sobre una fecha. Sealando a los nombres, dijo
Leto:

--Este es el blasn de nobleza del balandro: _Mr. Watson_ y _Mr. Fife_:
el ingeniero y el constructor de yachts ms afamados de Inglaterra.
Deber yo estar agradecido a un hombre que me dej tan rica prenda de
su amistad? Y se extraa mi padre algunas veces del mimo con que la
trato!... Pues hay que ver ahora, prcticamente, sus condiciones
marineras que tanto les he ponderado, si no le molesta a Nieves y lo
consiente el seor don Alejandro...

--Caballeros--dijo al orlo don Claudio, levantndose de golpe y andando
hacia la puerta--: aqu sobra uno, y ese soy yo.

--Pero, don Claudio!...--exclamaba Nieves, rindose del arranque de su
amigo.

--Nada, nada: cada uno es cada uno, y yo s bien lo que me hago... Y
tambin usted lo sabe al venirse conmigo, seor don Adrin--aadi
Fuertes volvindose un momento hacia el boticario--. Porque yo doy por
supuesto que usted tampoco se queda, aunque le aspen.

--Verdaderamente--contest el aludido, que estaba algo inquieto por
falta de franqueza, movindose un poco hacia la puerta--, que no soy de
lo ms apto para este gnero... eso es... de diversiones... Por otro
lado, caray! la edad... eso es. De manera que, si no se tomara a mal...

--Qu ha de tomarse, hombre!--djole don Claudio, volviendo para
cogerle por un brazo.

--Y aunque se tomara... Vngase, vngase, don Adrin; y ver usted qu
guapamente estudiamos las condiciones marineras del _Flash_... desde
tierra firme.

--Conste, seor matamoros--dijo Bermdez desde la puerta de la cmara
cuando ya sala del pozo el comandante llevndose a remolque al
boticario--, que no solamente doy el permiso que me ha pedido Leto, sino
que me quedo, y con gusto... con mucho gusto, canstoles! mientras que
usted se larga.

--Con gusto, eh?--respondi Fuertes sin volver la cara--. Ay! mi seor
don Alejandro... si hubiera espejos para ver a los hombres por sus
adentros en determinadas ocasiones!... Cornias, arrima un poco ms el
barco, hijo... As... Aj! Cuidado, don Adrin... Venga la mano... Eso
es... Divertirse, caballeros!

Cmo le pusieron entre Nieves y su padre desde el _yacht_!

--A la faena ahora--dijo Leto a su edecn, sin or a los unos ni a los
otros, porque ya estaba con la fiebre de sus glorias--. Usted, Nieves, a
sentarse aqu; y usted, don Alejandro, a su lado... Perfectamente...
Cornias!... desatraca, y a franquearnos con el foque... Bueno... Ya
va... Lista la driza de pico!... Yo a la de boca... Iza!

Hecha la maniobra en regla, hinchse la extensa lona, y cay el barco al
lado opuesto, navegando ya.

--No hay que asustarse, Nieves--dijo Leto sonriendo al notar en ella, y
particularmente en su padre, cierto movimiento de desagrado--: es el
saludo del _Flash_ a la llegada del viento.

--Bien me parece esa cortesa--respondi Bermdez agarrndose a la
brazola mientras Nieves se sonrea despreocupada--; pero en todas
partes, despus del saludo al aire libre, vuelven las gentes a cubrirse
y a enderezarse, y aqu observo que pasan las cosas de otro modo: el
_Flash_, despus de saludar, contina inclinndose y andando a ms y
mejor.

--Es de necesidad, seor don Alejandro: como que vamos casi de proa al
viento. Mucho ms ha de inclinarse todava.

--Buen consuelo, hombre!

--Ya le va tomando el gusto al agua... Oyen ustedes cmo la paladea?

--Y tambin veo--respondi Bermdez--, que la destina a otros usos.
Mira, mira, Nieves, cmo se tumba el condenado, para fregotearse las
costillas con ella! Qu te parece de esto, hija?

--Muy bien!--respondi Nieves, fascinada por el lance, con los ojos
voraces, la boquita entreabierta y palpitantes las rosadas ventanillas
de la nariz.

El barco haba entrado en su andar desembarazado y franco; y ciendo
siempre para ganar terreno hacia fuera, no cesaba de inclinarse.
Bermdez lo notaba intranquilo, y oa el borboteo del agua debajo del
lanzamiento de la popa; el crujir de la perchera del aparejo y el
crepitar de las lonas, y hasta comenz a ver una faja de espumilla
hervorosa a todo lo largo del carel inclinado, como si pugnara por
colarse adentro. Leyle estos cuidados en la cara Leto, y le dijo para
tranquilizar de paso a Nieves, que, ciertamente, no lo necesitaba:

--Repare usted que vamos solamente con el foque y la mayor, y que la mar
est como una balsa de aceite. Qu dira usted si izramos la
escandalosa all arriba, como la hubiera izado yendo solo?... Si esto
es navegar en una palangana! De todas maneras, hasta acostumbrarse ms a
estas posturas violentas, no dejen ustedes de agarrarse al respaldo.

--Ya, ya--respondi Bermdez que no poda agarrarse ms de lo que
estaba--; pero lo que veo yo es que el agua anda si entra o no entra por
este costado, y que vamos echando demonios.

--Y aunque entrara, qu?

--Pues digo! como si fuera lo ms usual y corriente!

--Y lo es, seor don Alejandro; y va el _Flash_ tan guapamente con un
par de tablas de la cubierta debajo del agua.

--Canstoles!

--Quiere usted verlo?... Se atrevera usted, Nieves?

--Pues no he de atreverme?--respondi sta como extraada de que Leto
lo pusiera en duda.

--Por visto, seores, por visto--dijo resueltamente Bermdez--.
Canstoles! para prueba sobra con esto, que no es poco, sin necesidad
de que tentemos a Dios.

Nieves y Leto, y hasta Cornias que atenda a la escena medio sentado
arriba sobre el tejadillo del tambucho, se echaron a rer.

--Mira, pap--dijo de pronto aqulla--, qu bonita es esta costa de la
baha. Cuntas islillas verdes que apenas se alcanzan a ver desde casa!
Y don Claudio y don Adrin? Qu lejos quedan!... Mralos!... Creo que
saludan.

--Hija ma--respondi Bermdez sin volver hacia ella ms que la
intencin, porque la visual del ojo til se la estorbaba la nariz--,
necesito ambos brazos para agarrarme, y toda la voluntad para guardar el
equilibrio en esta postura. Contstalos t por m, si te parece.

--Ya lo hago por todos--repuso Nieves volviendo el busto hacia el muelle
y agitando el pauelo con la mano izquierda. Despus de unos instantes
de silencio, aadi, con el odo muy atento hacia proa--: Fjate bien,
pap.

--En qu, hija?

--En el ruido que va haciendo el barco... Lo mismo que si fuera
arrastrndose sobre papel de seda.

--Exactamente--confirm Leto--; y si usted contina fijando la atencin
en ese ruido, llegar a or conversaciones, y cantos a la sordina... y
todo lo que usted quiera, hasta acabar por dormirse.

Tras esto callaron todos por un buen rato, como si se tratara de poner a
prueba las afirmaciones de Leto, mientras el _yacht_ continu
deslizndose al mismo andar. De pronto dijo Nieves dirigindose a Leto:

--Pues tiene usted razn: fijndose mucho en el ruido ese, se oye todo
lo que se quiere or... No crees t lo mismo, pap?... Mira qu llana,
qu brillante y qu hermosa est la baha! Parece un espejo muy grande.

--Muy grande, muy hermosa y muy llana--respondi Bermdez inmvil y
rgido--, y muy entretenidas esas cosas que decs que se oyen debajo del
barco: todo est muy bien, menos esta condenada postura que no me deja
gozarlo. Esto es un despeadero.

--Pues cuidadito ahora--le advirti Leto sonrindose--, porque va a
inclinarse un poco ms.

--Ms todava, hombre?--exclam Bermdez, queriendo clavar las uas en
la brazola--. Y por qu?

--Porque voy a preparar la virada, dando mayor andar al barco.

Dicho esto, meti la caa a estribor; con lo cual, presentando el
_Flash_ mayor superficie al viento, recibi mayor impulso de l; y el
festn espumoso que andaba lamiendo por fuera el carel de babor, le ech
unas cuantas lengetadas por adentro. Entonces grit Leto a su edecn:

--Cornias... a virar! Salta escota foque!

Obedeci Cornias en el aire; orz Leto vigorosamente, y el _yacht_ fue
virando y enderezndose, hasta ponerse horizontal como le quera don
Alejandro, y, segn la lengua del oficio, _a fil de roda_, es decir,
cara a cara con el viento.

En esta posicin el barco, las velas, deshinchadas y lacias, comenzaron
a restallar, con tal estrpito, que asust a Bermdez y sorprendi a su
hija.

--Pasen ustedes ahora a este otro lado--les dijo Leto, sealndoles el
frontero al que ocupaban en el pozo.

As lo hicieron, y con mucho cuidado para no dar con la cabeza en la
botavara. Tom el viento al balandro por aquella banda, cay el aparejo
hacia la opuesta; y henchidas de nuevo las velas, comenz el _Flash_ a
navegar hacia la derecha de idntico modo que lo haba hecho hacia la
izquierda.

--Notarn ustedes--dijo Leto--, que vamos caminando en ziszs. Con el
viento por la proa, no hay otro modo de subir estas pendientes. Vean
ahora lo que vamos adelantando en la subida. Ya cuesta trabajo conocer a
don Claudio y a mi padre, que se van alejando hacia la villa.

--La verdad es--respondi Bermdez--, que con estas aventuras haba
vuelto a echarlos de la memoria.

De bordada en bordada lleg el _Flash_ a la ancha boca del puerto. Don
Alejandro, que no apartaba el ojo del carel de sotavento, lo conoci por
las cabezadas que daba el barco, a causa de la _trapisonda_ que ya haba
por all, y por cierto malestar de su estmago. Dio entonces por ms que
suficiente la distancia recorrida; y con gran sentimiento de Nieves, que
tena los cinco sentidos puestos en los lances del paseo mar afuera,
vir el balandro y se puso en rumbo al muelle. De esta manera iba
empopado y sin las contrariedades que tanto molestaban a don Alejandro.
Tenindolo en cuenta Leto, iz toda la lona; y navegando as como una
exhalacin, pudieron estimar Nieves y su padre lo merecido que tena el
hermoso _yacht_ el nombre de _Centella_ que le haban puesto.

--Esto ya es cosa muy diferente--deca Bermdez al llegar al muelle--.
As ya se puede navegar a pierna suelta.

--Pues a m me gusta ms del otro modo--contest su hija--. Tiene ms
lances.

--Esa es la verdad--aadi Leto saltando del balandro a la escalera para
dar la mano a Nieves, porque habiendo bajado bastante la marea, eran
muchos y estaban muy resbaladizos los escalones descubiertos.

Ni don Adrin ni don Claudio andaban por all rato haca, ni se
columbraba alma viviente en diez cables a la redonda de aquellos
hermosos sitios que, por lo solitarios y mudos, parecan encantados...




--XII--

Despus del paseo


Como tena un plan en la cabeza, en cuanto los seores de Peleches, que
haban elegido el camino de abajo para volver a su casa, mostraron
deseos de hacer un alto en la botica donde ya se hallaba el boticario
don Adrin, Leto se despidi de ellos pretextando ocupaciones urgentes
en su balandro.

El boticario se haba puesto ya su gorro de terciopelo, y estaba sentado
entre puertas viendo pasar a la gente elegante en direccin a la
Costanilla para subir a la Glorieta. Sentronse tambin los de Peleches;
y despus de saber por don Adrin que don Claudio Fuertes se haba
separado de l para ir un rato al Casino, comenzaron a contarle las
peripecias del paseo, con grandes elogios del barco y otros mayores de
la pericia nutica y extremada bondad de su hijo.

El cual, entre tanto, caminaba a todo andar hacia el muelle. Cuando
lleg a l, no pens siquiera en meterse en el balandro que estaba a dos
brazas de la escalerilla: limitose a hacer a Cornias, ocupado en recoger
el aparejo a toda prisa, algunas advertencias sobre el particular, y
enseguida tom el camino del Miradorio.

Le estaba preocupando a l la cosa aquella desde el momento mismo en que
haba sucedido. No importaba dos ardites, bien examinada; pero debi
haber pasado de otro modo muy diferente... Anduvo, anduvo, pensando y
andando, sin mirar a un lado ni a otro, porque harto saba que el mirar
era innecesario hasta llegar al punto preciso, que estaba bien marcado
en su memoria... cosa de media vara a la derecha del camino... subiendo;
porque ello haba sido bajando, y entonces qued a la izquierda... Por
all, en tales das y a tales horas, no sola pasar gente; y aunque
pasara, sera lo mismo para el caso. Quin haba de fijarse?... Y
aunque se fijara, vala ello para nadie, a la simple vista, el trabajo
de doblarse por la mitad?...

Anduvo otro buen pedazo del camino, y se detuvo de pronto.

--Aqu fue--se dijo--, y aqu debe de estar. Mir... y all estaba:
sobre un tapiz de apretado csped, y entre dos helechos y un guijarro.
El mismo clavel, doble, _reventn_ y encarnado, con el rabillo tronchado
al rape: el que se le haba cado a Nieves de la boca y haba recogido
l... para volverle a tirar porque a Nieves ya no le serva... Este era
el caso.

Recogido el clavel, y despus de contemplarle mucho, y hasta de examinar
la huella de los dientecitos de la sevillana, le oli con avidez. Por un
impulso maquinal... o no maquinal, se le llev despus a la boca; pero
por otro impulso de mejor casta, le apart de ella.

--No se trata de eso--se dijo, conservando el clavel en la mano con gran
cuidado para que no se deshojara--, sino de cosa muy distinta... y ms
decente. Por de pronto, vuelta hacia abajo, porque no hay necesidad de
que los badulaques de la Glorieta me atisben; y vamos poco a poco
poniendo el caso a su verdadera luz, como si le ventilara ante un
tribunal de maliciosos que dieran a este acto mo una significacin a su
gusto.

Volvise como lo pens; y andando paso a paso, oliendo el clavel de
tiempo en tiempo y con la otra mano en la cadera, iba discurriendo al
siguiente tenor:

--El clavel se le cay a ella de la boca; yo le recog del suelo y quise
drsele; ella le mir, viole sin rabillo, y me dijo: no sirve ya, puede
usted tirarle... palabras textuales; y yo le tir, bien sabe Dios que
contra mi gusto. Pero tambin me aadi: si quiere. Es decir, que
dejaba a mi eleccin tirarle o no tirarle. Tampoco se me escap este
particular. Pero supongamos que yo, en uso de mi derecho, me hubiera
quedado con el clavel: ya daba al acto una significacin grave, de
cualquier modo que le ejecutara: callndome la boca, o explicndole. En
el primer caso, cmo justificar mi silencio sin autorizar a Nieves para
que me creyera muy interesado en quedarme con el clavel?; y en el
segundo, tena que meterme en una rociada de galanteras, que con toda
seguridad hubieran resultado cursis e impropias de un hombre serio que
mira a esos seores con la estimacin respetuosa con que los miro yo. En
suma, que callando o hablando, al quedarme yo con el clavel, faltaba a
muchas consideraciones y declaraba una cosa que no es cierta. Pero pudo
muy bien Nieves, mirando el hecho desde su punto de vista de mujer, o de
nia mimada, decir para sus adentros: qu grosero!... o qu pan
fro! Y esto es lo que me duele, por si lo ha pensado ella y por no
merecerlo yo en buena justicia, y lo que me ha ido molestando toda la
tarde en la cabeza, con el propsito, adems, de volver por el
clavelillo este en cuanto pudiera, y el temor de no hallarle cuando le
buscara. Carape, si me ha preocupado todo ello junto! Ahora ya es
distinto: ya tengo en mi poder lo que buscaba... Pues no comprendo,
dira cualquiera, ni los apuros de antes ni la tranquilidad de ahora;
porque lo hecho, hecho est, y el clavel, por s solo, no vale el
trabajo que te has tomado viniendo a recogerle, segn t has declarado
ser verdad. Carape si lo es! Corriente, volvera a decirme
cualquiera: si lo hecho ya no tiene remedio, y el clavel, por s solo,
no vale dos cuartos, para qu te quedas con l?... Valiente reparo de
mala fe sera ese! Recojo el clavel y le guardo, por... por pura
rectitud de conciencia... vamos, para reparar yo, a mi modo, una falta
cometida con buen fin... Nieves seguir pensando de m por ese acto, si
por desgracia le not, lo que mejor le parezca: santo y bueno; pues yo
estar tan satisfecho con saber que son equivocados sus juicios, y que
tengo en mi poder la prueba de ello. Qu carape! cada uno es como Dios
le hizo; y yo soy as. Y no hay ms ni menos... y al sol.

Al llegar al muelle guard el clavel, despus de olerle, en su bolsillo
de pecho, con mucho tiento para que no se viera ni se deshojara. El
balandro estaba ya solo y en su fondeadero de costumbre. Sigui andando
Leto; lleg a la botica, de la cual se haban ido ya los de Peleches;
subi a la habitacin sin detenerse, entr en su cuarto; y, como quien
lleva ya su resolucin bien meditada, sac de un cajn de su cmoda un
lbum-cartera lleno de apuntes hechos por l en el campo y en la costa,
y all guard el clavel, con mucho mimo, entre dos hojas en blanco,
despus de haber pasado la vista por cada una de las que contenan
dibujos, con una fuerza de atencin poco acostumbrada en el asombradizo
farmacutico.

--Bien pudiera ser verdad--pens mientras cerraba los broches de las
tapas, dejando el clavel adentro--, que no lo hago del todo mal.

Volvi el lbum al cajn, cerrole con llave, baj a la botica, y
estvose con su padre un buen rato hablando de los sucesos del da en
Peleches y en la mar. Muy satisfecho estaba de ellos el boticario! Y
tambin de Leto. Se haba portado como un hombre y dejado el pabelln
bien puesto en todos los terrenos... Con algo ms de soltura hubiera
querido l verle en lo de pura cortesa; pero bastante haba hecho, s,
seor, bastante, para lo que era de temerse; caray, si haba hecho!

La escena acab por irse Leto al Casino, donde le esperaba el Ayudante
de Marina para un partido de billar que dejaron los dos concertado la
vspera, dndole hasta quince tantos Leto, adems de la salida, como
siempre.

En honor de la verdad, no estuvo el hijo del boticario aquella noche tan
chiripero ni tan acelerado como lo tena por costumbre, ni de tanta
correa para las chanzas del fiscal; pero cierto es tambin que la brega
de la baha, tras de las inusitadas emociones del convite, le tena algo
desmadejado, y que el fiscal se permiti llevar las bromas a un terreno
de bastante mal gusto. El que al seor de Bermdez le faltaba un ojo,
como poda faltarle a cualquiera, y que con su hija hubiera estado l,
Leto, ms o menos atento, no autorizaba a nadie para preguntarle a cada
paso, y delante de ciertas gentes, por la salud y el valor, y el _saque_
y otras mil cosas del _Macedonio_; ni si tomaba o no tomaba varas, o si
era blanda o dura de cerviz la hija de Daro. Era una gran
inconveniencia hablar as de personas tan respetables, en un sitio como
aquel... o en cualquier otro; y como as lo senta, as se lo dijo al
fiscal, con mucha pena, pero resuelto a que cesaran las bromas. Y
cesaron; pero dejando en Leto ciertas heces que le amargaron mucho la
fiesta; y eso que el fiscal, lejos de ofenderse con la protesta, aunque
cambi de estilo y de asunto, se qued tan fresco como una lechuga, y
tan amigo de Leto como siempre. Poco despus de este incidente, llam al
fiscal don Claudio desde una mesa de las ms apartadas del billar, para
que fallara en la porfa en que estaba empeado con sus compaeros de
tresillo, sobre una jugada que haba hecho uno de los jugadores.

Con irse el fiscal y no volver; marcharse enseguida los abogados y el
mdico que le acompaaban, y antojrsele a Leto que se quedaba el
Ayudante algo mustio sin los mirones que le entretenan, y que apestaban
ms que de ordinario los reverberos de petrleo, le fue entrando tal
flojedad y tal disgusto, que se dej llevar de calle la mesa para acabar
cuanto antes el partido.

--Carape!--se deca mientras iba andando hacia la botica, con el
sombrero en la mano porque abrumaba el calor--, no parece mentira que
un hombre en la flor de la vida haya podido gastar, como yo, lo mejor de
su tiempo libre en ese bochinche infame, dando trastazos a las bolas?...
Una mesa o dos, de vez en cuando, vaya; pero todos los das dos o tres
horas de faena en ese billar mugriento... con ese olor!... Carape, si
es tonta la diversin, bien mirada! Pues y el fiscalillo ese, con su
lengua de pual?... Yo le estimo, es la verdad... y suele tener los
grandes golpes... Vamos, que clava los apodos... Pero carape! a lo
mejor tiene unas cosas... como las de esta noche, por ejemplo... Aquello
no vena al caso, ni siquiera era decente... Son personas respetables...
y amigas de uno... y acaba uno de comer a su mesa... Pngase cualquiera
en mi lugar; y si es persona decente, a ver si no hara lo que hice
yo... Sentir que le haya dolido lo que le dije; pero l se tuvo la
culpa, y yo cumpl con mi deber... como hubiera cumplido si l contina
con la broma y le rompo yo algo en la cabeza... Carape si se lo rompo!
Y cuidado que le quiero bien, lo que se llama bien... Pero hay casos en
que se salta por encima de todo... como este caso... O es uno buen amigo
o no lo es; o es uno persona decente, o un granuja. Carape, carape,
carape!... Qu cosas, hombre!... qu cosas ms raras stas!...

En la botica trabaj mucho sin gran necesidad, y canturre bastante
aquella noche hasta la hora de cenar. Cen regularmente y habl con su
padre, por largo, de lo que haban hablado ya antes de irse l al
Casino. Estaban, los pobres, tan poco hechos a francachelas como las de
Peleches por la maana, y a esparcimientos tan singulares como los de la
tarde!...

A la hora de costumbre se cerr la botica, y se recogieron los dos... El
padre, despus de rezar sus oraciones, se durmi como un bendito. El
hijo no atrap el sueo con tanta facilidad: le pesaba mucho la ropa,
aunque era la puramente indispensable para cubrirse, y no caba en la
cama buscando posturas. Al fin, hecho un aspa, se qued dormido.

Qu le pas entonces por las regiones aletargadas del cerebro; qu
revoltijo de ideas incongruentes y de bizarras imgenes le poseyeron, no
se sabe a ciencia cierta; pero es cosa averiguada que a las altas horas
de la noche, saliendo de repente de su batalla y poniendo las manos
entrelazadas debajo del cogote, exclam para sus adentros, en estado ya
de perfecta lucidez:

--Carape! Ser verdad que yo soy bastante buen pintor de acuarelas, y
que dibujo muy bien? Pues estoy a dos dedos de creerlo a puo cerrado.
Y mire usted que el mismo pintor que era mi maestro y me lo estaba
afirmando cada da, se fue de Espaa sin convencerme!...

De dnde vino aquella idea al cerebro de Leto? cul fue la inmediata a
la parte de all del lmite puesto entre el estado lcido y el de
sopor?... Leto, dispuesto a averiguarlo, tir del hilo de la sarta de
todas ellas, y fue sacando del fondo tenebroso, una a una, imgenes
borrosas que, al entrar en la zona de luz de su discurso, iban tomando
formas y colores de realidad. As aparecieron, en extraa procesin,
Nieves, con su tnica pajiza en la penumbra del Casino, pidindole las
acuarelas; su padre convidndose a ver el _yacht_ y convidndole a l a
comer en Peleches; Nieves, con mantilla, a la puerta de la Colegiata;
Nieves otra vez, vestida de blanco en su casa; las acuarelas, el
saloncito de trabajo, el comedor, el balandro y el ingls en apoteosis;
Cornias, un clavel rojo, unos dientes blanqusimos, el _Flash_ virando
por avante y escorando mucho; Nieves afrontando risuea lo que su padre
tena por peligro, con la boquita entreabierta, la mirada valiente, el
entrecejo... (qu entrecejo aqul! un poco fruncido) y aspirando con
avidez la brisa de la mar y el deleite del paseo...

--Cuidado si es templada la chica esa!--pens Leto, empezando a
discurrir en cuanto hubo pasado la ltima figura de la procesin--. Y
guapa!... Carape si es guapa!... y modesta, y sencilla para lo guapa y
principal que es... Otra en su pellejo se dara un lustre!... Resulta
que le gustan mucho los paseos martimos, y que quiere darlos en mi
balandro... Buena ocasin para lucirle en lo que vale!... la nica, si
bien se mira. Por este lado, me alegro del antojo. Pero adquiero un
compromiso que me ata; y no siempre est uno de igual humor... y luego,
con este condenado genio mo que no se puede amoldar a ciertos
perfiles... Y no es porque no se me ocurran las cosas, qui!... a m se
me ocurre todo, y hoy se ha visto: yo la he dado el brazo, y la mano;
pero no est en eso la gracia, qu carape! sino en hacerlo como es
debido, y no como yo lo hago... con esta maldita desconfianza... Lo
mismo que lo del clavel, que fue una burrada por ms que se diga: pues
si yo tengo un poco de serenidad y el desparpajo que otros tienen, no le
tiro, qu haba de tirar?... En el balandro, menos mal, porque en
cuanto cojo la caa, ya estoy borracho y no conozco a nadie; pero para
llegar a ese punto hay que pasar por otros... Vamos, que, por este lado,
no me hace maldita la gracia el antojo ese: palabra de honor... Y no
pinta mal, vaya!... bastante mejor de lo que ella cree... Digo, se me
figura a m... Porque tiene un aplomo para afirmar y una fuerza de
conviccin, que se imponen... Luego, no habla al aire y por hablar; y en
pintura entiende. Carape si entiende! Hay en ella sentimiento del arte,
y gusto... mucho gusto!... Cierto que aqu, en Villavieja, est uno
hecho a tan poco, a tan poco y de tan mediana calidad, y tan visto!...
Pero no, seor, no: esa sevillanita, donde quiera que se la ponga, aqu
o en Valladolid... Carape!... No, no, lo que es el primito de all, el
original de la fotografa que estaba sobre el piano... porque segn me
dijo ella misma, aquel retrato es el de su primo, el hijo de doa
Lucrecia, vestido de toga y con birrete... ya puede estar satisfecho si
es verdad lo que se cuenta... Y lo ser por las trazas. Es demasiado el
mimo con que trata ella a la fotografa, para ser retrato de un primo
cualquiera... Y la pinta del mejicanito es buena: harn una parejita...
vaya!... A m lo que ms me llama la atencin en Nieves, es aquella
serenidad tan firme con que mira y anda y se expresa... vamos, que todo
es natural y sincero en ese diablo de chica; y luego aquel acento
andaluz, aquel modo de llamar las cosas, con aquella voz tan bien
timbrada... En fin, que el mejicanito... naci de pie... de pie...
Carape, carape... carape!... Qu... cosas... stas... hombre!...

Y volvi a quedarse dormido como un tronco.

No por obra de ningn diablejo de aquellos que, en opinin de don
Alejandro Bermdez, se entretienen en llevar por los aires chismes y
cuentos de odo en odo, levantando los tejados o colndose por los
resquicios de las puertas, sino por una prosaica y vulgar coincidencia,
se despertaba Nieves en su lecho en el mismo instante en que volva a
dormirse en el suyo el hijo del boticario de Villavieja. A Nieves la
despert una pesadilla. Soaba que al fin su padre haba consentido en
que Leto metiera en el agua dos tablas de la cubierta del balandro. Para
conseguirlo ms fcilmente, Cornias haba llenado de velas todo el palo,
hasta el mismo grimpoln azul con la F blanca. No caba ms lienzo all.
De este modo, el _yacht_, henchido de viento hasta el tope, iba sobre
las aguas verdosas como una flecha, pero escorando, escorando,
escorando, hasta tener que agarrarse ella tambin a unas cuerdas. Ya se
haba sumergido el carel y estaba sumergindose la primera tabla, cuando
una recalcada imprevista revolvi las aguas e hizo saltar un chorro de
ellas hasta el fondo del pozo, mojndola los pies. Esta impresin
ilusoria fue lo que la despert sobresaltada.

--Pero est visto--se dijo al darse cuenta clara de que lo sucedido era
un sueo--, que se puede hacer eso... se entiende, con un piloto como
l... Qu paseo tan delicioso el de esta tarde!

Y colocada ya a la claridad de este pensamiento, tambin tuvo antojo de
sacar a plena luz toda la sarta de sus recuerdos adormecidos en la
memoria; y tir del hilo, y fue saliendo la correspondiente procesin.
Por cierto que no pareca sino que estaba tirando del mismo hilo de que
haba tirado Leto poco antes, al ver cmo iban apareciendo en el desfile
la mayor parte de las cosas y de los sucesos que acababan de desfilar
por la cabeza del hijo del boticario.

ste (don Adrin Prez) rompa la marcha en la procesin de
Nieves, describiendo en su estilo singular el carcter y las aficiones
del hijo; despus el hijo, en cuerpo y alma, vistindose acelerado la
americana junto al billar del Casino, con su pelo alborotado, su cara
ardorosa y sus inexplicables encogimientos; luego Leto, el mismo Leto,
pintor de acuarelas; enseguida el propio hijo de don Adrin haciendo la
apologa de su barco; y Leto arrojando el clavel que ya no le serva a
ella; y Leto describindola el barco sobre el terreno; y Leto
gobernndole por la baha... en fin, la misma procesin de Leto, vista
desde opuesto lado y ocupando el hijo del boticario el lugar que en ella
ocupaba la hija de don Alejandro Bermdez, cuando la procesin desfilaba
por la cabeza de Leto; slo que en el mirar de Nieves haba de ordinario
menos curiosidad que en el de Leto. Cuestin de temperamento, sin duda.

Como persona, simplemente, a Nieves le haba parecido Leto un excelente
muchacho: bondadosote, placentero y sencillo hasta dejarlo de sobra;
como pintor de acuarelas, notabilsimo; dndole el brazo a ella para ir
al comedor, un seorito de aldea; hablando de su barco, otro hombre, y
gobernndole... all era donde haba que verle! Era raro, rarsimo, que
un mozo que pintaba con la maestra que l, no lo diera la menor
importancia, y hasta lo desconociera... Buena era la modestia, pero
llevada a tal extremo, pareca sandez; y la sandez se compaginaba mal
con el talento que era indispensable para pintar lo que l pintaba y
decir lo que deca, por ejemplo, cuando hablaba de su amigo y de las
valentas de su barco. Entonces, como pintando, era un artista completo,
por su modo de ver, de sentir y de expresarlo. Hasta su aspecto era otro
ms gallardo y lucido que el del Leto que se vesta la americana en el
Casino atropelladamente, o arrojaba al suelo el clavel que ella haba
tenido en la boca, por no atreverse a guardarle, no por menosprecio
seguramente (qu inocente!... sera hasta capaz de creer que ella no lo
haba notado), o la daba el brazo, deslavazado y torpote, en la salita
de su casa y en la escalera del muelle. Guapo era entonces tambin, eso
s, porque como guapo y buen mozo, lo era siempre; pero sin el
desembarazo y la esbeltez varonil que le daban el olvido de s propio y
el calor y fortaleza de sus convicciones y entusiasmos. Por eso, donde
ms luca era gobernando su _yacht_: le haba llamado a ella varias
veces la atencin aquella tarde. Qu actitudes tan hermosas tomaba en
los momentos de mayor cuidado! Bien deca don Adrin que el balandro era
la borrachera de su hijo... Como Nieves haba tratado a muy pocos
hombres y a esos pocos muy superficialmente, no se atreva a asegurar si
abundaban los que se componan de elementos tan incongruentes como los
de Leto; pero abundaran o no, no poda dudar ella que Leto era un mozo
muy raro... Por supuesto, que hablando de l con su padre, con el de
Nieves, no le haba comunicado todas estas observaciones, porque no le
parecieran demasiado y la llamara reparona... De todas maneras, raro o
no raro, guapo o feo, que esto la tena a ella sin cuidado, Leto haba
sido una gran adquisicin, porque era un estuche de cosas, cabalmente de
las que ms le gustaban a ella; y era preciso conservarle y sacar de l
todo el partido posible... Era de creer que con la frecuencia del trato
fuera l adquiriendo mayor confianza en s mismo; y de este modo, lo que
en aquellos momentos le parecera al pobre chico carga pesada tal vez,
por razn de su cortedad, llegara a resultarle lo contrario...
Entonces, satisfecho l... gozosa ella... todos contentos y
entretenidos... Rufita Gonzlez... escribir a Mjico... Leto mar
afuera... Nachito con enaguas... ella _huerita_ y pintando... qu
cosa?... con quin?...

Se le enredaban y confundan las especies; y la procesin de antes, con
nuevas visiones ensartadas en el hilo entre las otras, volva a
desfilar, pero a la inversa: de la zona de la luz, medio a obscuras ya,
a las profundidades ms sombras del cerebro. Pas el ltimo fantasma al
extinguirse el ltimo destello de la luz; acabaron de cerrarse los
prpados entreabiertos; cay sobre la almohada el perfil de la linda
cabeza, y se qued Nieves dulce y profundamente dormida.




--XIII--

Las primeras semanas


Despus de haberla temido tanto Nieves, le result hasta entretenida la
tarea de pagar las visitas que deba entre las recibidas de los
villavejanos en Peleches; porque, bien mirado el asunto, tena su lado
original y pintoresco; y ella, al fin y al cabo, era algo artista y muy
observadora.

Sorprendi a Rufita Gonzlez en enaguas y en pernetas, huyendo por el
pasillo al conocer la voz de los que llamaban, despus que su madre les
haba abierto la puerta. Tuvieron que esperarla un buen rato en la sala,
que era pequeita, como toda la casa desde el portal, y vieja, por
supuesto, con puertas acuarteronadas, cerraduras y pestillos enormes, y
vidrios muy chiquitines, donde los haba. Se llenaba la salita, que no
estaba sucia propiamente, con cinco sillas y un sof de paja; una
consola con su espejillo encima, dos floreros y el retrato de Nacho, de
la misma _edicin_ que el que tena Nieves; un veladorcito en el centro
con tapete de _crochet_; seis litografas con marco enchapado de caoba,
en las paredes, y tres felpudos de colores en el suelo. Nada de
cielorraso. En Villavieja apenas se conoca ese lujo ni aun en las casas
ms pudientes: el maderaje descubierto, con un par de lechadas o dos
manos de una tierra amarilla que abundaba en un covachn de la sierra.

La vivienda de las Escribanas era mucho mayor y hasta mucho ms vieja.
Se entraba por un portal obscuro, con gallinero y todos sus accesorios y
_consecuencias_. La escalera tena dos tramos solos: el primero y ms
corto, de aspern desgastado por el uso; el segundo, que descargaba en
el piso, de tablones de encina, negros y revirados ya de puro viejos. La
sala de recibir era ancha y larga, pero baja de techo, y ste
embadurnado de amarillo. Tena dos alcobas y un gabinete; las puertas,
macizas tambin y de abultado herraje; y como all se daban reuniones,
abundaban las sillas ms que en casa de Rufita Gonzlez, y aun haba
algunas de tapicera de lana; las alfombras eran de fieltro; se contaban
hasta cuatro rinconeras con baratijas del bazar de Periquet, y sobre la
consola, amn de los clsicos floreros con fanal y un relojillo de
bronce que no andaba aos haca, ms baratijas valencianas y muchos
caracoles y cascaritas de la playa. Debajo de la consola una guitarra, a
cuyos sones, arrancados por las uas de la Escribana mayor o de dos
chicos que alternaban con ella en las noches de reunin, se bailaba;
mucho lazo de colores y sendas tiras moldeadas, de latn amarillo, en
los cortinajes de las alcobas; las historias, en litografas iluminadas,
de _Moiss_ y de _Ricardo en Palestina_, con marcos revestidos de papel
dorado; los indispensables tapetes de gancho en los veladores del
gabinete y de la sala, y hasta tres escupideras de caoba, con serrn
sobre papel blanco, distribuidas en ambas piezas. Bastante aseo en todo
lo que estaba a la vista, y mucho ruido _adentro_, como de metralla de
vasar y cnticos en falsete arriba, y abajo el incesante cacarear del
avero.

La morada de don Eusebio Codillo: en la Plaza Mayor, con el retrato del
monarca reinante (porque era l, Codillo, del ayuntamiento) en el
testero de la sala, grande, vieja y sin cielorraso tambin, con muchas
sillas, dos sofs, dos consolas, cuatro floreros, seis alfombritas,
casi, casi de verdad, y mucho monigote valenciano por todas partes; un
pianejo resobado, punto ms que clavicordio, a juzgar por su vitola
humilde y anticuada; guirnaldas y ramilletes de flores contrahechas en
paredes, mesas y veladores... y mucho gato, vivo y efectivo, de todos
pelos y tamaos, entrando y saliendo paso a paso, con el rabo en alto y
muy derecho, enratonados unos, zalamerillos otros, y todos muy sobones y
entrometidos.

Y as por este orden, alojadas todas las familias de igual pelaje, gato,
perro, lorito, velador o colgajo ms o menos.

En otra jerarqua ms elevada, los Vlez en su caseretn de alta y
ennegrecida fachada, llena de escudos mohosos y de balconajes oxidados,
empotrada y reventndose entre otras dos que, por lo humildes y
despatarradas, parecan estar sostenindola por obra caritativa; el
portal, enorme, obscuro, lbrego y con el suelo de adobes; la escalera,
ancha, de zancas trmulas y peldaos jibosos; luego el vestbulo, tan
grande y tan sombro como el portal, con gran banco de madera con escudo
de armas tallado en el espaldar, arrimado a la pared debajo de un tapiz
descolorido ya y hecho jirones; despus el estrado, como cuatro
vestbulos de grande, con su tillo de anchas, abarquilladas y viejsimas
tablas de castao; su techo de viguetera descubierta, de la misma
madera y del propio color que el suelo; sus claros abiertos a la
fachada, como tragaluces de mazmorra, por lo bajos y lo espesos; sus
sillones de alto copete, penetrados de la polilla; sus cornucopias
desazogadas; sus alfombras radas; sus retratos de familia pintados en
lienzo, y su Ecce-Homo en cobre, borrosos y mordidos por la sarna de los
tiempos; sus damascos lacios y descoloridos; sus dos consolas con
columnitas de basa y capitel de metal dorado, sosteniendo los
sempiternos candelabros de malaquita y bronce; y en fin, su pndulo
asmtico, de _carilln_ que ya no funcionaba; y el estrado y el
vestbulo y la escalera y cuanto podan distinguir los ojos del profano
visitante, todo a media luz, y limpio y reluciente y silencioso,
inmvil, fro y con el vaho de las criptas, como si all no hubiera
hogar ni se viviera.

Al revs de la otra casa, el alczar de la otra dinasta de Villavieja:
la mansin de los Carreos, la menos vieja de todas las de la villa, con
su poco de color en la fachada, vidrieras de a cuatro cristales, un
jardinillo en la trasera, suelos firmes y a nivel y techos de
cielorraso; la chimenea ahumando casi siempre; mucho ruido de sartn y
mucho tufo de cocina; mucho barullo en todo, y para todo poco aseo; los
muebles casi amontonados en la sala; los colores crudos y chillones;
mucha jaula con pjaros de mucha voz y grande y sucio comedero, como el
mirlo y el malvs entre otros; palomar en la buhardilla y mastn suelto
en el portal; en fin, dinasta sin abolengo, plebeya, encumbrada por la
fuerza del dinero y de la intriga en tiempos no lejanos.

Algunas familias de las visitadas, las que haban subido a Peleches a
ofrecer de todo corazn sus respetos a los seores, los agasajaron en la
visita con vinos dulces, bizcochetas y rosquillas, como era costumbre
all; y si no la siguieron las Escribanas y otras gentes tales en
idntica ocasin, fue porque no se les haba hecho a ellas el mismo
agasajo en Peleches. Puntillos de etiqueta entre _iguales_.

Por supuesto que las Escribanas la armaron tambin aquel da. A media
visita, la mayor de las tres, que, como se recordar, estaba algo picada
por haber visto a Leto, tan desabrido con ella, despepitarse con Nieves,
y adems saba lo del paseo martimo y otra porcin de cosas, ciertas o
soadas, y era de suyo tan vehemente, cogiendo la ocasin por los
cabellos, zas! all va una catilinaria sobre la falta de educacin de
ciertos villavejanos que tenan en poco a las Santas del lugar, y luego
se desvivan por adorar al primer zancarrn que les traan de la Meca.
Las otras Escribanas, conociendo adonde iba el golpe, trataron de
desviar la puntera con unas chanzonetas a su modo; pero la Escribana
mayor no estaba jams para bromas de sus hermanas, y en aquella ocasin
menos que nunca. Larg, pues, el saetazo de protesta; respondieron las
otras con las respectivas pualadas; comenz a rer la madre sin ton ni
son; entrole miedo a Nieves; mir a su padre que la comprendi
enseguida; despidironse con la mayor prudencia posible, y sin saber,
afortunadamente, de qu se trataba, salieron de la visita, oyendo desde
el portal--no obstante la batahola de aletazos y cacareos del avero al
dispersarse temeroso--, la que quedaba armada arriba entre las cuatro
mujeres.

Tambin Rufita Gonzlez ech sus garbancitos fuera de la olla,
disparndose sobre el tema de su primo carnal al ensear a los de
Peleches el gabinete que se le haba dispuesto en aquella pobreza, por
si tena a bien aceptarle cuando viniera, con el cario con que haba de
serle ofrecido. De aqu pas de un salto a los rumores pblicos, a las
bromas que a ella la daban amigos y conocidos, y a lo equivocados que
andaban unos y otros en el supuesto. Fue largo el disparo y termin de
este modo:

--Lo que yo les digo: eso a los comparientes de Peleches, si acaso. All
hay hermosura y elegancia y trigo por largo, ja, ja, ja!... para tentar
las codicias y los buenos gustos de un joven tan distinguido y tan
hermoso como mi querido primo carnal... Ja, ja, ja, jaa!...

La cancin aquella, por repetida y chabacana, puso colorada a Nieves y
supo a rejalgar a su padre.

--Pero has notado qu tema el de esa chica?--djole aqulla en cuanto
pisaron los dos el suelo de la calle--. Por qu le tiene?

--Porque es una tarasca--respondi Bermdez--, que se alampa por novio y
quiere que le cuelguen se.

--Y lo que supone de l... y de m, de dnde sale y por qu lo dice
ella?

--Esas cosas se suponen siempre por el pblico entre primos como
vosotros, o las dan por supuestas y se las espetan a los interesados,
con distintos fines, marimachos imprudentes como Rufita Gonzlez.

Durante estas tareas, los de Peleches, antes de subir a casa, tomaban un
respiro en la botica y echaban un prrafo con los boticarios sobre las
gentes y las cosas recin vistas y pasadas.

--Enseme usted ms acuarelas--deca a lo mejor Nieves a Leto--, o ms
dibujos.

Y Leto la complaca de muy buena gana; y con motivo de los dibujos o de
las pinturas, otro prrafo mano a mano entre la sevillanita y el mozo
farmacutico, prrafo que a ste le saba a gloria.

--Tiene usted que ensearme--le dijo ella en una de estas ocasiones--, a
pintar estas manchas de rboles. A m no me salen ms que emplastos, que
lo mismo pueden ser peascales que arboledas o que nubes de granizo...
Suba usted esta tarde, si no tiene mucho que hacer...

Y subi Leto por la tarde.

Otro da le dijo en la botica:

--He echado a perder aquello que dej usted empezado para que yo lo
continuara. Suba usted esta tarde para enmendarlo, si es que tiene
enmienda.

Y subi Leto tambin.

En stas y otras, se acabaron las visitas, y los seores de Peleches
proclamaron la independencia del solar, con todos sus habitantes, usos y
buenas costumbres.

Por remate del _acto_ dijo el padre a la hija:

--Hemos cumplido nuestro deber, no slo como honrados, sino como hroes.
Ahora, hija ma, buen corazn para todos y buena cara donde quiera que
nos encontremos con ellos; pero nada ms y como si no hubiera habitantes
en Villavieja. Si ladran, que ladren; si muerden, que muerdan. Viva la
libertad con orden! como se gritaba en cierta ocasin, y a vivir a
nuestro regaladsimo gusto, canstoles! que para eso hemos venido aqu.

Desde aquel acuerdo solemne entr la vida de los Bermdez en los
ordenados trminos de los planes trados de Sevilla en embrin. Puestos
as en tela de juicio en Peleches, don Claudio Fuertes traz las lneas
generales del extenso programa, y el hijo del boticario, que fue llamado
a aquel respetable consejo como elemento indispensable de accin y de
inteligencia, complet la obra acomodndola en todo, por todo y para
todo, a los deseos y a los gustos de Nieves.

Los das eran largos, el tiempo estaba a placer y Nieves en sus glorias
madrugando mucho y acostndose tarde. Haba, pues, tela abundante en qu
cortar, y el buen humor, la salud y los recursos daban para todo: para
el campo y para la mar; para lo de puertas afuera y para lo de puertas
adentro; para la vida activa a la intemperie, y para la del arte y la de
familia a la sombra de los viejos paredones de Peleches...

Con su tartana y sus rocines de alquiler, hizo un gran agosto en aquel
mes de julio _Patafullera_, un mesonero cojo de la villa, que viva de
esas y otras industrias ms o menos honradas. A estas expediciones en
tartana, por el camino real unas veces, y las ms de ellas a campo
travieso, vega arriba, con el pretexto de haber feria en Rudaces, o
mercado en Soletos, o romera en Campillos, concurra muy gustoso don
Adrin.

Pero las excursiones que prefera Nieves eran las que haca a pie con su
padre, Leto y don Claudio, muy de maana o a la cada de la tarde,
trepando de brea en brea, de altura en altura, para admirar nuevos
panoramas o descubrir ms vastos horizontes; o descendiendo a las hondas
y sombras caadas para acopiar el musgo aterciopelado y el finsimo
helecho que andaban all tirados por los suelos, y no haba modo de que
los produjera el de su tierra natal, con ser la de Mara Santsima.
Mucho le gustaban tambin estas expediciones a don Alejandro, pero no
poda siempre con ellas; y en tales casos iba sola Nieves con sus
amigos, que no se cansaban nunca y eran bien de fiar. A Bermdez no le
importaba un rbano tragarse delante de don Claudio Fuertes cuantas
bravatas haba echado por la boca en cierta ocasin, a trueque de ver a
su hija satisfecha.

Con estas recreaciones se entreveraban de vez en cuando las de paseo y
pesca en el _yacht_; en las cuales, excusado es decirlo, no tomaba
parte, ni de lejos, el de los llanos de Astorga; y aun el mismo Bermdez
la tomaba de muy mala gana; tanto, que un da declar a Nieves que no
poda ms con aquello.

--No me mareo precisamente--la dijo--, y hasta _creo_ que pescar es cosa
divertida, y que dentro de la baha no hay peligro ninguno en el
balandro; pero no me siento bien all, ni... vamos, ni con toda la
tranquilidad que se necesita para que el placer resulte...

--Ay, pap!--exclam Nieves con la ms honda pena--. Y a m que me
gusta tanto!

--Pues, hija ma, buen provecho--repuso don Alejandro--: mi gusto no
perjudica al tuyo.

--Cmo que no?

--Como que no. Yo me quedo, y t te vas...

--Pero estar bien eso, pap?

--Y por qu no ha de estarlo, canstoles? Leto y Cornias bien de fiar
son en todos sentidos. No te parece?

--A m, s... Pero pudiera chocar...

--Pues, hombre, estara bien que hubiramos venido a Peleches para eso!
Bah, bah, bah! Y, por ltimo, no vas por tierra, sin que choque, con
Leto y con don Claudio? Pues vas embarcada con Leto y Cornias; y pata.

La cuenta no fallaba as; y atenindose a ella, fue Nieves en el
balandro ms de una vez sin que la acompaara su padre.

Este gnero de vida dur dos semanas bien cumplidas; y al fin de ese
tiempo cayeron la hija y el padre en que si ellos no haban venido de
Sevilla con otro fin que divertirse, don Claudio Fuertes y el hijo del
boticario estaban en muy distinto caso. Si no el primero, el segundo,
con toda seguridad, tendra obligaciones desatendidas; y no haba que
ser egosta en los placeres. Bien que se contara siempre con los amigos;
pero no para todo y a todas horas hasta mortificarlos.

En virtud de estas reflexiones, se suspendieron por unos das los paseos
campestres y los martimos; cesaron tambin las sesiones de dibujo y de
pintura que solan tener los dos jvenes para desarrollar apuntes del
natural, tomados por Nieves bajo la direccin de Leto en sus excursiones
por mar y por tierra, y nicamente qued como estaba la tertulia del
anochecer, a la cual concurra tambin el viejo boticario.

A propsito de estas tertulias. En una de ellas, estando Leto de codos
al balcn del saloncillo, mientras Nieves tocaba adentro una meloda de
Schubert, se dej llevar distrado de la impresin que le causaba
siempre la buena msica, y particularmente la que le era conocida, y
acab por seguir a media voz el canto de la meloda. Oyole Nieves,
empeose en que la voz era excelente; y de tal manera se empe y con
tal arte se compuso y con tales esfuerzos la ayudaron en su deseo su
padre y don Claudio Fuertes, que Leto cant la meloda en el saloncillo
acompandole ella al piano.

Se apunta este dato como una de las ms visibles pruebas de que no
andaban muy acertados los seores de Peleches en el supuesto de que a
Leto le mortificaba aquella vida en que le traan metido. Por el balcn
abajo se hubiera tirado l dos semanas antes, primero que cantar delante
de alma nacida lo que acababa de cantar en presencia de unas personas
tan respetables como aqullas. Si estara domesticado y le parecera el
yugo blando y llevadero!

Hasta los mismos seores de Peleches, mal acostumbrados a la compaa
continua de los amigos, se hallaron desorientados sin ella. Sustituyeron
las largas excursiones con paseos _racionales_; y aun para stos, por
quererlos dar su hija muy de maana, se hall perezoso el padre. Endos
a Catana el cargo de acompaar a la nia a aquellas horas; pero la
rondea, tras de ser muy mala andadora, grua ms que andaba al lado de
Nieves; y prefiriendo sta ir sola a tan mal acompaada, redjose a dar
as, es decir, sola, unas vueltas alrededor de la casa y por la
Glorieta... hasta que poco a poco, hoy por este herbacho, maana por
aquella flor, otro da por el detalle de ms all, fue alargando el
radio de sus paseos. Y como le dijo su padre entonces:

--O se est o no se est en el campo; o hay o no hay libertad omnmoda
en l; y por ltimo, por aqu no andan perros ni ganados ni cosa alguna
que temer, porque no es camino para ninguna parte del mundo.

Y as aprendi Nieves a andar sola por aquellas alturas, y a alargar los
paseos, tan descuidada y contenta, hasta cerca del pinar, por una parte,
y hasta el Miradorio y aun hasta el muelle por otra, con la sombrilla al
hombro y el libro o los avos de dibujar en la mano, durante las
primeras horas de la maana.

No hay que decir lo que, por ley fisiolgica, haban influido en el
carcter de Leto las nuevas costumbres. No pasaba todava el hijo del
boticario de ser un tertuliano satisfecho y un amigo diligente y
afectuoso de los seores de Bermdez, para andar con ellos por los
caminos trillados en que se le pona _para que anduviera_; pero esto
solo, que en absoluto parece tan poca cosa, en un hombre como l acusaba
unas modificaciones internas de mucha hondura. Y no haba ms que verle
para convencerse de ello: ya era otro hombre; vesta con ms esmero que
antes; miraba con ms firmeza; andaba mejor; hablaba menos, pero ms al
caso... en fin, no era ya el muchachn aturdido y abandonado a sus
rarezas, sino el mozo discreto y convencido de _algo_, con su poco de
carcter y su sello de legtima personalidad. Todo esto le mejoraba y
embelleca indudablemente, por lo que el viejo boticario no se cansaba
de mirarle ni cesaba de sorprenderse.

--Verdaderamente, Leto--le dijo en una ocasin--, que lo tena yo
pronosticado... porque, aunque no he visto mucho, los aos, caray! son
grandes maestros y ensean de todo... eso es. Yo bien saba que quien lo
tiene es quien ha de darlo, caray! y no otro alguno, s, seor... T te
empeabas en que no haba nada dentro de ti; yo en que s lo haba...
como est la chispa en la piedra... justamente, eso es, como la chispa
en la piedra: lo que faltaba era el eslabn de acero, el eslabn,
caray! que diera el golpe... Pues ya pareci el eslabn... se dio el
golpe... s, seor, sobre la piedra... eso es... y salt la chispa...
Porque la haba, caray! porque la piedra era de darlas... y yo me sal
con mi empeo... La vida que aqu traas, no era mala verdaderamente,
porque t eres bueno por naturaleza; pero tampoco era envidiable, eso
es, ni la ms al caso para que un mozo de tus prendas las hiciera
fructificar en lo que valen... Vinieron esos seores... nos honraron con
su trato... eran, por suerte, el eslabn... la piedra choc con l... y
salt la chispa, Leto... la que t tenas all... eso es. Ya eres otro;
ya ests donde yo quera y esperaba verte... no tan pronto, es verdad, y
esto es lo que me sorprende y maravilla; pero, al fin, ests... ests,
eso es; y puesto que ests, procura no perder lo adquirido; gurdalo,
caray! como un tesoro que es tuyo legtimamente, descubierto en tu
propio terreno... Maana o el otro, esos seores se irn por donde han
venido, y sera una triste gracia, Leto, que en cuanto se quitara el
puntal se nos viniera la casa abajo... No, seor, caray! no, seor. Los
buenos hbitos que has adquirido y vas adquiriendo, debes conservarlos
siempre... eso es; porque esos hbitos, segn vayas entrando en la vida,
te irn conquistando estimacin y respeto. Por eso mismo representan un
capital grandsimo, caray! Quin sabe, hijo mo, quin sabe cmo
andarn las cosas del mundo en adelante, al paso que hoy vamos, y de
dnde soplarn los vientos? Y en estas dudas, bien fundadas, Leto, bien
fundadas... eso es... tener un rumbo bien marcado, una voluntad bien
firme y un juicio como Dios manda, es estar fondeado en el puerto en
medio de un temporal... Vive, vive agradecido a esos seores que tanto
nos favorecen; cultiva su trato y srvelos sin llegar a cansarlos ni a
molestarlos en tanto as... caray!... eso es; aprovecha sus lecciones,
y vete, vete preparando debidamente la casa para cuando se vea sin
puntal. Eso es...

No se sonri Leto en aquella ocasin como en otras idnticas oyendo las
especiales homilas de su padre, acaso porque estaba distrado en otras
meditaciones, o quiz porque abundaba en las mismas ideas del
predicador... Lo mejor fue para todos que, rebosndole al hijo de don
Adrin los deseos de que estaba henchido, y siendo bien notorios tambin
los de don Claudio, depusieron sus escrpulos los Bermdez, y volvi a
restablecerse en Peleches la vida aventurera y divertida de las primeras
semanas.




--XIV--

Crnica de un da


Era de los ltimos de julio, por ms seas, y se haba acordado comer en
el pinar, en un sitio de mucha sombra, suelo alfombrado de oloroso y
tupido csped, con fuente fresca y abundante, y, a muy corta distancia
de ella, unos detalles muy pintorescos de rocas, jaramagos y troncos
viejos que Nieves no haba visto nunca y le haba ponderado mucho Leto.
ste tena varios apuntes de ello en su cartera, y se trataba de que
Nieves tomara otros a su gusto. Con ese fin por pretexto, se dispuso la
partida; y muy tempranito salieron de Peleches los cuatro
expedicionarios: don Alejandro y su administrador, armados de sendas
escopetas para tirar a las trtolas que se les metieran por los caones,
y Nieves y Leto con los avos de dibujar. Nieves, como casi siempre que
iba de campo o a la mar, llevaba el pelo recogido en una sola trenza
cada sobre la espalda, con un gran lazo en el extremo inferior; un
sombrero de paja de anchas alas y cinta del color del lazo del pelo; un
vestido liso y muy claro, guantes de seda, botinas de recia suela y
sombrilla de largo palo. Leto, que no tena mucho en qu escoger, vesta
un terno de dril ceniciento, recin planchado; y con esto y unos
borcegues de becerro en blanco, un hongo claro y una corbatita de
lunares bajo un cuello a la marinera, _compona_ bastante bien al lado
de la esbelta sevillanita. Llevaba en una mano la cartera de Nieves, y
en la otra la tijerilla desarmada, de Nieves tambin. l no necesitaba
esos utensilios para sus trabajos de campo. Se construa el asiento con
lo que hallaba a sus alcances, lo mismo una piedra que un tronco... o el
santo suelo en ltimo caso.

Caminando los dos muy delante de los otros y a la mitad del recuesto
para subir al pinar, se detuvo Nieves de pronto, se volvi rpida hacia
atrs, pase la mirada serena y honda por todo lo que se descubra desde
all, incluso el palacin de Peleches que descollaba en lo ms alto, y
pregunt en crudo a su acompaante, que tambin se haba detenido y
miraba cuanto miraba ella, y adems y muy particularmente, el modo tan
suyo que tena de mirar:

--Qu es lo primero que usted siente en cuanto sale al campo, en un da
como el de hoy, esplndido de luz, sin calor que sofoque ni viento que
moleste, ni ruido de gente que te distraiga, y en que todo lo que se ve,
el suelo, el rbol, la mata, el arroyo, hasta la pea desnuda,
trasciende a una misma cosa... como a tomillo y mejorana, o algo as?

Muchas cosas senta Leto en tales ocasiones; y por ser tantas y no
atreverse a citar una sola y de repente, por miedo a que resultara una
tontera, respondi a Nieves, despus de pensarlo un poco.

--Y usted que me hace esa pregunta, qu es lo que siente, si se puede
saber?

--Yo lo creo que se puede saber!--respondi Nieves, volvindose hacia
el pinar y continuando la interrumpida ascensin--. Mire usted: lo
primero que yo siento es un poco de envidia a los pintores, a los poetas
y a los msicos buenos; porque me entran unos deseos tan fortsimos de
pintar, de describir y hasta de poner en msica lo que voy viendo y
oyendo! Para eso quisiera ser el mejor pintor y el mejor poeta y el
mejor msico del mundo. Le parece a usted mucho lo que envidio?

Leto se ech a rer; y como hall muy disculpables los deseos de Nieves,
as se lo declar, aadindola que a l le pasaba dos cuartos de lo
mismo.

Un poco ms adelante volvi a hablar la sevillanita, para decir a Leto,
tambin en crudo, pero sin detenerse:

--Es una compasin que no sea usted tan aficionado a pintar al leo como
a la aguada.

--Ya le he dicho a usted en otra ocasin--respondi Leto--, que eso
consiste en mi falta de paciencia: todo tiempo, por corto que sea, desde
que concibo algo hasta que lo ejecuto, me parece una eternidad. No me
entretiene, como a otros, el proceso de la obra puramente mecnica: por
eso prefiero el lpiz a la misma acuarela: aunque sin el realce del
color, me da primero que ella la expresin del pensamiento o la imagen
del natural.

--Es raro eso.

--S, seora; y por lo mismo la ruego a usted que lo tome como confesin
de un pecado feo, y no como alarde de un modo de ver digno de
imitarse... Ahora--aadi cambiando de tono y de rumbo--, para llegar
primero donde vamos, echemos por este senderito de la derecha... Tambin
es un poco raro, no es verdad? que en la propia hacienda de ustedes
tenga yo que servirlos de gua... porque el seor don Alejandro no hace
ms que seguirnos los pasos... ve usted?... y don Claudio Fuertes lo
mismo... Si lo tuvieran todo tan trillado con los pies como lo tengo
yo!...

Otro ratito de andar en silencio, y otra pregunta en seco de Nieves:

--Conoce usted a Rufita Gonzlez?

--Quin no la conoce en Villavieja?--contest Leto.

--Qu bachillera, eh?

De buena gana hubiera confirmado Leto esta opinin con un ejemplo que se
le vino a la punta de la lengua; pero considerando que podra mortificar
con l a Nieves, si no mentan ciertos rumores y otras determinadas
seales, se limit a decir, marcando mucho el acento admirativo:

--Muy bachillera!...

--Siempre que habla conmigo--aadi Nieves--, quiere darme a entender
que nuestro primo Nacho desea casarse con ella.

--Carape!--exclam Leto para sus adentros--; pues ese era mi caso, y
ahora resulta que le importa a ella menos que a m.--Y en voz alta
dijo--: Eso precisamente es lo que ms la califica.

--Y por qu no ha de ser cierto lo que afirma?--preguntole Nieves
vuelta un poquito hacia l y envindole las palabras bajo los fuegos de
una mirada firme y serena.

--Porque no puede ser--respondi Leto con su correspondiente
serenidad--; porque no hay razn para que lo sea; y, en cambio, hay una
de mucho peso para que resulte mentira.

Nieves no mostr el menor deseo de conocer aquella razn, y as qued el
asunto. Un poquito ms all, pregunt a Leto:

--Y a las Escribanas, las conoce usted?

Con esta pregunta se qued Leto bastante atarugado y algo encendido de
mejillas: le haba dado tantas bromas el fiscal con la Escribana mayor!
Pero se rehzo enseguida, y contest a Nieves:

--Otras bachilleras por el estilo.

No col el disimulo; porque Nieves, aunque no le miraba de frente, le
pesc el fogonazo en la cara y la sacudida que le haba precedido.

--No lo deca por tanto--repuso a buena cuenta y por si haba dado en
blando la pregunta.

Un poco ms adelante y bastante adentro ya del pinar, seguidos a corta
distancia de los dos seores mayores, que se despistojaban mirando ac y
all por si se rebulla alguna trtola en las inmediaciones del sendero:

--Llegaremos pronto al sitio ese?

--Antes de diez minutos--respondi Leto--. Ya estamos casi en la
explanadita en que hemos de comer; a poco ms de veinte varas a la
derecha est lo que buscamos.

--Por supuesto, que traer usted los dibujos de ello, que le encargu
anoche.

--Como lo promet--respondi Leto sealando uno de los bolsillos de su
americana.

--Quiere usted ensermelos?--le pregunt Nieves.

--Ahora mismo?...

--Ahora mismo--respondi la sevillana con un mirar que no admita
rplica.

Pas Leto la tijerilla a la mano izquierda despus de haber colocado
debajo del mismo brazo la cartera, o ms bien, cartapacio de Nieves, y
sac del bolsillo derecho su lbum de apuntes... Pero en el momento de
entregrsele a Nieves, se atarug ms que la otra vez, y se puso, no
rojo como entonces, sino plido... Carape! buena la haba hecho!
Pcara memoria y pcaros aceleramientos los suyos! No tuvo otra cosa en
la cabeza toda la noche, y al fin se le olvid hacerlo al echarse el
lbum en el bolsillo, de prisa y corriendo; porque ya se iba sin l...
Carape!... Y que ya no haba enmienda posible.

Pensando as, entreg el lbum a Nieves, con la forzada abnegacin con
que se entrega un criminal a la Guardia civil.

--Hgame usted el obsequio de abrirle--la dijo--, porque yo no tengo ms
que una mano desocupada... Esta es la tapa de arriba... As... Yo le
dir en qu hojas estn esos dibujos.

--Es que pienso verlos todos--le advirti Nieves abriendo el lbum como
Leto quera.

Y es claro, en cuanto quedaron sueltos los broches, el lbum se abri
solito por las pginas entre las cuales estaba el contrabando que
pensaba Leto escamotear al ir pasando las hojas con la mano libre.

La palidez del pobre mozo se troc en carmn subidsimo.

Nieves le mir entonces con una sonrisilla muy picante.

--Perdone usted--le dijo al mismo tiempo--, si esto tiene algn valor
especial... Yo no lo saba.

--Qu ha de tener!--exclam Leto, sin saber lo que se deca--. Eso es
un clavel...

--Ya lo veo--interrumpi Nieves, como si no se enterara de la turbacin
del otro--; y rojo... y doble.

--S, seora: doble y rojo--repiti Leto--. Un clavel doble y rojo que
yo tena en la boca en cierta ocasin, mientras dibujaba... Est usted?
Pues bueno: estando as, se le parti el rabillo y se me cay al suelo;
y entonces yo... maquinalmente, le cog... y, maquinalmente, le guard
donde usted le ve; y ah se ha quedado hasta hoy...

--Muy bien hecho, Leto--dijo Nieves volviendo a mirarle con la misma
sonrisita maliciosa--. Eso es lo que debe hacerse siempre con los
claveles que se caen de la boca... y no lo que se hizo con uno que yo
recuerdo... Rojo era tambin y doble, si no me engaa la memoria... y en
el suelo se qued el infeliz... Verdad que no vala la pena de ser
guardado, porque la boca de que se haba cado era la ma.

Leto, al sentir esta estocada, se estremeci de pies a cabeza y se puso
de veinticinco colores; y Nieves, al verle as, solt la risa con toda
su alma.

--Suyo o ajeno el clavel--le dijo en seguida--, el encontrrmele yo aqu
ha sido causa de un mal rato para usted. Cunto lo siento! Volvamos la
hoja, si le parece, y veamos los dibujos.

Qu dibujos ni qu carape! Bueno estaba Leto ya para entender en cosa
alguna sino en el asunto del clavel que se le haba cado a ella de la
boca! Por las seales, no solamente haba notado Nieves el suceso que
tanto le haba preocupado a l, sino que le haba parecido muy mal,
claro: como tena que parecerle; como que haba sido la mayor gansada
que poda cometer un hombre acompaando a una seorita. La casualidad le
brindaba una ocasin de acreditar que la falta cometida se haba
reparado en lo posible... Pues carape! aprovechar esa ocasin sin
prdida de momento... Que este recelo, que el otro, que si podra
tomarse la aclaracin as o del otro modo, por este lado o por el de ms
all... Que se tomara, carape! que se tomara, aunque fuera por el
extremo ms absurdo: cualquier cosa menos pasar plaza de rocn en el
concepto de una mujer como aquella... Cuidado si tena picante la
alusin que le haba hecho!...

Enardecido con el fuego de todas estas reflexiones que le pasaron en un
instante por el magn, respondi con gran energa a lo dicho por la
sevillana:

--No hay dibujo que valga, Nieves, mientras no quede orillado el punto
del clavel que se le cay a usted de la boca... Hablemos de eso un
instante.

Nieves se sorprendi un poco con el arranque de Leto, y le pregunt muy
seria:

--Pero usted sabe a qu clavel me refera yo... en chanza?

--S, seora--respondi Leto impvido y resuelto a todo--: al que se le
cay a usted en el Miradorio, y recog yo del suelo... para volver a
arrojarle; en una palabra... a ese mismo clavel que est usted viendo.

Entonces fue Nieves quien se inmut, y no poco; pero se repuso al
instante, y dijo a Leto en el mismo son de broma que antes y cerrando el
lbum:

--Pero, hombre, cmo puede ser eso, si el clavel qued all y nosotros
continuamos andando?...

--Es verdad--respondi Leto sin perder una chispa de su ardimiento--;
pero volv yo por l en cuanto me desped de ustedes en la botica,
despus del paseo.

Nieves no dijo una palabra, ni mostr seal alguna por donde pudiera
notrsele la impresin causada en ella por la noticia: con el lbum
cerrado, pero sin abrochar, en la mano izquierda, continuaba andando y
mirando serenamente hacia adelante. Leto, despus de una breve pausa,
prosigui:

--Yo no soy hombre de perfiles galantes; pero a mi manera, s distinguir
de colores; y por saberlo, tan pronto como tir el clavel conoc que no
deba de haberle tirado de aquel modo... ni de otro, por si usted lo
haba notado... y aunque no lo notara: siempre era una cosa muy mal
hecha... El caso es que toda la tarde estuve preocupado con ello...
porque, cralo usted, Nieves: un hombre, por despreocupado y modesto que
sea, se resigna a pasar por bandolero antes que por ridculo delante de
una mujer; y con esta preocupacin, en cuanto pude, volv por el clavel:
encontrele, y le guard donde usted le ha hallado ahora, sin otro fin
que reparar mi falta en lo posible y tener siempre conmigo la prueba de
ello. Yo no so con que usted llegara a verla jams; pero esta maana,
al coger de prisa el lbum, me olvid de sacar de l el contrabando,
como lo tena pensado desde anoche; y le juro a usted a fe de hombre
honrado, que no ech de ver el olvido hasta que fui a entregarle a usted
el libro hace un momento. Me doli un poco la alusin hecha a la
inconveniencia ma, y sobre todo el averiguar que usted la haba notado;
y entre quedar con el sambenito encima, y el riesgo de que volviera
usted a rerse de m declarndole la verdad, opt por esto, que resulta
menos desairado que lo otro... a mi manera de ver.

--Y por qu haba de rerme?--observ Nieves apartando con la contera
de su sombrilla cerrada algunas pedrezuelas del suelo que no estorbaban
a nadie.

--Por lo que pudiera hallar usted de... inocentada en el caso, es un
suponer--respondi Leto con entera sinceridad; y enseguida aadi--: de
todas maneras, ah est el clavel. Si a usted le pesa o le parece mal
que le haya recogido yo, con volver a tirarle en cuanto usted me lo
ordene...

--Y por qu ha de pesarme tal cosa, ni he de darle a usted una orden
semejante?--exclam la sevillanita abriendo otra vez el lbum por donde
estaba el clavel--. Pobrecillo!--aadi contemplndole--. Volver a
arrojarle al suelo despus de haber vivido tantos das en este alczar
del Arte!... Adems, usted se le ha ganado en buena ley... Conque djele
donde est, si no le estorba, y vamos a ver los dibujos...

Leto, felicitndose por salir tan fcilmente del atolladero en que se
haba visto, se arrim ms a Nieves; la cual le entreg el clavel
aplastado y marchito, para que no se cayera del lbum mientras le
hojeaban.

Hojendole y andando, llegaron al sitio apetecido; y por llegar a l,
despus de ponderarle mucho Nieves, dijo a Leto:

--Yo no quiero dibujar.

--Que no?--exclam Leto asombrado--. Y por qu?

--Porque despus de ver lo que he visto en el lbum de usted, se me
caera el lpiz de la mano. Dibuje usted solo algo nuevo de aqu, pero
en mi _block_... digo, si no abuso...

No hubo modo de reducirla a que dibujara, aunque se unieron a las
excitaciones de Leto, las de su padre que haba llegado ya con su amigo,
cansados de husmear trtolas en balde.

--Y en qu vas a entretenerte?--la pregunt al fin don Alejandro.

--Por de pronto, en coger florecillas y helechos, que abundan entre
estas peas sombras. Vers qu guirnaldas y qu ramilletes tan lindos
voy a hacer!...

--Vamos, tu mana. A veces vuelves a casa hecha una varita de san Jos.
Corriente. Ya tienes tu ramo de helechos y manzanilla atravesado en el
pecho, como la banda de una gran cruz, y tu manojito en el pelo, y tu
ramillete en la mano. Y despus?

--Despus, y tambin antes, de rato en rato, ver lo que va dibujando
Leto, y cmo cazan ustedes... hasta que llegue la comida, que de seguro
llegar mucho antes de que pueda yo empezar a aburrirme.

Y as sucedi al cabo, para que se cumplieran las profecas de Nieves, y
una ms, hecha la vspera por don Claudio Fuertes a propsito de las
comidas en el campo, a usanza pastoril. Estas comidas en el santo suelo,
con msica de pajarillos y aromas silvestres, eran, en opinin del
comandante, de lo ms hermoso... pintadas en un papel; pero gozadas al
natural, resultaban un suplicio.

Todos convinieron con el preopinante, mientras buscaban posturas
insufribles para llevarse a la boca las viandas en salsa tibia, o el pan
con tbanos, o el fiambre con correderas. Pero haba que hacerse a todo
para saber de todo. Por ltimo, o se estaba en el campo o no se estaba.

Ello fue que antes de las dos de la tarde, los de Peleches saboreaban
con delicia la frescura de la sombra de los hidalgos paredones; y el
comandante Fuertes y el hijo del boticario bajaban por la Costanilla en
busca de las respectivas madrigueras.

Media hora despus hallbase Nieves en el saloncillo del nordeste,
contemplando y admirando los dibujos hechos por Leto en el pinar, y
confundiendo en sus mientes con esta admiracin al talento de su amigo,
el anlisis minucioso del otro caso, del extrao caso del clavel, que
ella haba descubierto por una casualidad. Estando a vueltas con estos
pensamientos, entr su padre muy diligente, con una carta en la mano y
diciendo:

--Oye, oye, Nieves: una buena noticia.

Dej Nieves lo que haca y lo que pensaba, y se volvi hacia su padre
preguntndole qu noticia era ella.

--Acabo de recibir con el correo de hoy esta carta que es de tu ta
Lucrecia. Segn me dice la pobre mujer, que contina engordando sin
consuelo, Nachito haba salido la antevspera. Deja para la vuelta la
visita a los Estados Unidos, y viene por Inglaterra desde Veracruz.
Contando con lo que piensa detenerse en Londres y en Pars, calcula que
podr estar en Villavieja, digo en Peleches, a ltimos del mes que
viene, de agosto... Nada, canstoles: maana, como quien dice... Toma la
carta: puedes enterarte de ella si quieres...

--Para qu?--dijo Nieves inalterable y serena.

--Para qu!... Otra te pego!... Para qu se entera uno de las
cartas que lee?

--Pues si ya estoy enterada, pap.

--Ya, ya; pero me pareca a m que, en tales casos, debiera picarnos la
curiosidad un poquito ms de lo que nos pica... Eso es... Yo no s qu
canstoles me sucede contigo siempre que sale a danzar este punto... No
acabo, vamos, de... En fin, que no veo a mi gusto las...

Nieves, que le miraba de hito en hito, vindole tan apurado se ech a
rer y le puso las manos sobre los hombros.

--Quieres que me ponga a bailar por la noticia?--le pregunt--. Dime
que s, y ya estoy bailando.

--Pataratas!--respondi Bermdez fingindose ms contrariado de lo que
estaba--. Yo no quiero extremos, Nieves: no quiero otra cosa que lo
regular. A m se me figur que la noticia haba de alegrarte, y vine
corriendo a drtela.

--Y me alegra, pap, y te la agradezco mucho; slo que yo soy as,
vamos, poco aparatosa para expresar lo que siento. No es culpa ma, qu
quieres.

--Si lo s, hija, si lo s!... Pero se me figuraba a m que, en vista
de esta noticia, cuando menos confesaras la razn que tengo para
apurarme muchas veces por un asunto que a ti te hace rer: el asunto de
_su_ gabinete, que contina a estas fechas a medio arreglar.

--Abajo tiene el que le destina Rufita, bien emperifollado.

--Otra vez la broma! Pues mira, Nieves: me carga por ser broma, y por
lo de Rufita; ya sabes que tengo atravesada aqu, detrs de la misma
nuez, a esa tarasca de los demonios, grosera y sin pizca de educacin.

--Es posible que lo tomes en serio? Bah! A m me incomoda un poco
cuando la oigo disparatar... y eso por lo que va conmigo; pero en cuanto
la pierdo de vista, te juro que me hace rer... Rete t tambin... Pero
ay, Dios mo!... Si Nacho ha salido de Mjico, ya no puede recibir all
la carta que yo pensaba escribirle.

--Naturalmente.

--Yo le deba esa carta desde Sevilla; pero como en Peleches se va el
tiempo por la posta... Qu cabeza la ma!... En fin, ya no tiene
remedio: le contestar aqu de palabra; y... quin sabe si as
saldremos ganando los dos? No es verdad, pap?

--Ah, picaruela, picaruela!--dijo Bermdez dndole unos golpecitos en
la cara con la carta de doa Lucrecia--. Si tienes t ms trastienda
cuando te conviene!...

Y se fue tan satisfecho. Nieves, con ojos cariosos, pero que parecan
algo compasivos, le vio salir; y enseguida se sent al piano y comenz a
preludiar una meloda de Schubert, que ella saba de memoria... y Leto
tambin.

En la tertulia de aquel mismo da, el hijo del boticario no estuvo tan
en lo suyo como de costumbre: se distraa con frecuencia y pareca que
le hormigueaba algo sobre el cuerpo y sobre el espritu. Cuando entr
con su padre, don Alejandro y su amigo el comandante discutan sobre
unas noticias polticas que el primero acababa de leer en los
peridicos, y Nieves, sentada en el balcn, se adormeca al arrullo de
las lejanas rompientes de la mar... Leto, que cabalmente flaqueaba por
el lado de la travesura para entretener a las mujeres, y aquella noche
mucho ms, iba y vena de la sala al balcn y del balcn a la sala,
pescando aqu dos palabras y dirigiendo all otras dos a Nieves que
estaba muy poco habladora. En una de sus idas al balcn, despus de
haber contemplado en la salita maquinalmente el retrato de Nachito, dijo
a Nieves, por decirla algo:

--Y es guapo de verdad el primito ese.

Se lo tena dicho a Nieves en ms de diez ocasiones, y en otras tantas
le haba contestado ella lo mismo que le contest entonces:

--No est mal as.

--Ya luego vendr--aadi Leto por primera vez.

--Pregnteselo usted a Rufita Gonzlez--contest Nieves muy seria--, que
lo sabr con exactitud...

Carape si la picaba Rufita Gonzlez en aquel particular! Pero no se dio
por tentado de la sospecha, y dijo sencillamente:

--Y por qu lo ha de saber Rufita mejor que usted?

--Porque ya tiene el gabinete preparado... y hasta los dulces para la
boda. Aqu slo sabemos, por carta que se ha recibido hoy, que vendr a
fines de agosto.

--Qu pronto!--exclam Leto dejndose llevar, sin duda alguna, de su
natural bondadoso.

Y no se habl ms de Nacho. Nuevas idas y venidas de Leto.

En una de ellas, es decir, de las idas al balcn, le pregunt Nieves, en
crudo como sola:

--Por qu se puso usted colorado en el pinar cuando le pregunt si
conoca a las Escribanas?

Leto se alegr en el alma de que la noche fuera tan obscura como era,
porque as no se desvirtuara la sinceridad de la respuesta con la
sofoquina que le haba causado lo extrao de la pregunta.

--Me puse como usted dice--contest sencillamente--, porque, de un
tiempo ac, le ha dado a ese culebrn de fiscal por embromarme con la
mayor de las tres, sin maldito el fundamento; y ya sabe usted lo que soy
en determinadas apreturas.

--Como coincidi lo de la sofoquina de usted--repuso Nieves abanicndose
mucho--, con el hallazgo del clavel en el lbum...

Leto solt una risotada; y enseguida dijo a Nieves:

--Gracias por el favor que usted me haca.

--Hombre--replic la sevillana--, sera un gusto como otro cualquiera:
para m todos son respetables. Pero, en fin, ms vale que mintieran los
sntomas; porque verdaderamente... no era de envidiar el gusto ese... Y
a otra cosa: maana no, porque estar ocupada en casa; pero pasado
maana podramos dar otro paseto en el _yacht_?...

--Ya sabe usted que est enteramente a sus rdenes.

--Cmo me gusta eso, Leto!... Cada da ms... Pero, hombre, cundo
haremos una escapadita afuera?

--Pues la haremos un da que est la mar a propsito y no vaya don
Alejandro, que tras de marearse, no tiene los nimos de usted.

Se qued en ello y se habl algo de la partida campestre de la maana y
de los dibujos de Leto; hasta que se dio por terminada la tertulia,
yndose a cenar los de casa y a la calle los de fuera.




--XV--

Cartas cantan


Queridsima Virtudes: Cmo me habrs puesto, all a tus solas! Qu
cosas habrs pensado de m! Al despedirme de ti en Sevilla, muchas
promesas; y despus, si te he visto no me acuerdo. No te lo digo porque
sea verdad, sino porque imagino que lo dirs t cuando me tienes en la
memoria. Ni es verdad eso, ni siquiera de su casta... Es decir, verdad
es que te promet escribirte a menudo, y verdad que no lo he hecho hasta
hoy; pero no es verdad que me haya olvidado de ti, ni podra serlo
aunque yo hubiera querido y t te hubieras empeado en ello tambin. Yo
me acuerdo de ti todos los das y a todas horas: lo que hay es que con
los mejores propsitos de escribirte maana cada vez que apago la luz
para dormirme, viene el diablo con una trampa de las suyas en cuanto me
despierto... y hasta la otra. Porque t pensars que en una soledad como
la de Peleches, hasta por recurso de distraccin debiera ser yo muy
diligente en escribirte, y que cuando no lo hago ni siquiera para
entretener el fastidio que debe de estar consumindome, seal es de que
no me acuerdo ni de la Virgen de tu nombre. Pues ah est, Virtudes de
mi alma, tu grandsima equivocacin: en suponer que yo me aburro en esta
soledad ni poco ni mucho, ni siquiera un solo instante. Lejos de
aburrirme, son tantas las distracciones que tengo, que me falta tiempo
para todo, hasta para escribirte; solamente me sobra para conocer mi
pecado y sentir sus mordeduras en la conciencia. Esta s que es la pura
verdad!

Hoy, no porque est el da lluvioso y no se puede salir, sino porque ya
lo tena decidido con toda resolucin, te voy a consagrar la maana
entera, y aun la tarde, si fuere menester, para escribirte una carta que
valga por todas las que te debo, y un poquito ms a cuenta de las
posibles faltas sucesivas; porque ya sabes que somos pecadoras y que
caemos a cada paso, por mucho cuidado que pongamos al andar.

Pues vers t, Virtudes, lo que pasa: yo saba lo que era Peleches por
lo que haba odo a pap: un lugar muy alto y despejado, y en lo ms
llano de l, nuestra casa, la nica casa en todo Peleches, con grandes
vistas a la mar y hermosos campos por los otros lados: lo que a m me
gusta sobre todas las cosas del mundo, como t sabes muy bien; pero,
amiga de mi alma, qu diferencia de lo pintado a lo vivo! Maravillada
me qued al ver con mis propios ojos el incomparable panorama que pap
me fue enseando desde los balcones de esta casa al da siguiente de
llegar, de noche y obscura como boca de lobo; de manera que todo cuanto
iba viendo aquella madrugada, era nuevo para m. Qu mar! qu montes!
qu vega! qu puerto! No me cansaba de contemplarlo, ni me canso hoy,
ni me cansara jams, aunque me pasara la vida contemplndolo.

Por aqu, no me haba engaado la ilusin: para pintar, para pasearme
por mar y por tierra, para sentir, para soar... para todo y mucho ms,
daba lo que tena delante. Pero, amiga, quin te dice que, a lo mejor de
mis entusiasmos, ah viene la etiqueta de las gentes villavejanas... Te
he hablado algo de Villavieja?... Esprate que repase lo escrito...
No... Pues Villavieja es el pueblo, la villa a que corresponde el sitio
de Peleches: Peleches en lo ms alto, y Villavieja en lo ms bajo, pero
casi unidos por una calle muy mala y un paseo regular. Villavieja es un
poblachn negro y antiguo, sucio y desmantelado, con mucha gente
desocupada, unos seores muy raros, unas seoritas muy cursis y otras
muy estrafalarias. Tambin hay personas muy apreciables; pero pocas.
Pues a lo que iba: sin darnos tiempo para sacudirnos el polvo del
camino, zas! una nube de visitas; y enseguida otra... Ay, Virtudes de
mi corazn! qu fatigas aquellas... y qu tipos de seoritas, y de
seoras... y aun de seores! De lo que hicieron y dijeron y las galas
que traan, no te quiero hablar aqu, porque no puedo: es materia
demasiado larga; y adems, para que la pintura resulte fiel, hay que
remedar voces y movimientos, gesticulaciones y otras cosas muy
importantes. Qudese todo ello para pintado al natural cuando nos
veamos, y contntate con saber ahora que cuando me vi enredada entre
tanta visita y con la obligacin de pagarlas una a una, y hasta con
ciertas amenazas sordas de festivales solemnes y de reuniones
particulares, me espant como si toda la mar y toda la villa, hecha
escombros, se me vinieran encima. Pero me tranquilizaron pap y unos
seores muy buenos que andan aqu con nosotros, asegurndome que aquello
pasara en media semana, y que en otra media quedara pagado en lo que
vala.

Y as sucedi afortunadamente. Hecha nuestra ltima visita, vivimos
libres e independientes como el aire que respiramos en estas alturas; y
tan ocupadas tenemos las horas, que, segn te dije al principio, hasta
para escribirte me ha faltado tiempo; y vers como no hay exageracin en
lo que te digo. Sabes que tengo la pasin del campo, la pasin de la
mar, la mana de andar mucho, y el vicio de embadurnar lienzos y
papeles, por no decirte que tengo el vicio de pintar; pues para saborear
y dar fomento a estos vicios y pasiones, hay aqu no solamente los
medios abundantes que ofrece la Naturaleza, sino ciertos recursos
accesorios, pero de grandsima importancia, que me ha proporcionado la
casualidad. Hay, por ejemplo, quien conoce este paisaje senda a senda y
palmo a palmo, y tiene, como yo, el vicio de andar por l; hay quien
pinta y dibuja admirablemente; hay un barquito de paseo, un balandro...
un _yacht_ primoroso que est a mi disposicin, y quien le gobierna con
una destreza y una serenidad, que te pasmaran... hasta hay, por haber
de todo, quien oiga con corazn de artista algo de lo que yo toco al
piano, y aun cante, con hermosa voz, parte de ello, acompaado por m.
Con esto no poda contar yo, racionalmente, al venir a Villavieja; y
mucho menos con que el incansable gua, el andarn entusiasta de la
Naturaleza, y el pintor y el diestro piloto, y el dueo del hermoso
_yacht_, y el aficionado a la buena msica, estuvieran reunidos en una
sola persona, un mozo que no pasar de veintiocho aos. Psmate ahora
ms: este mozo es farmacutico; y psmate ms todava! se llama Leto de
nombre y Prez de apellido; es decir, Leto Prez, boticario de
Villavieja, como le pondrn en los sobres de las cartas. No parece
mentira?... Tambin nos acompaa mucho, casi tanto como l, un seor de
muy buena sombra, don Claudio Fuertes y Len, comandante retirado y
administrador y apoderado de pap aqu. Pero ste, aunque es muy bueno,
y fino y carioso, y con cadas deliciosas, es ya un seor mayor, y
adems, con un miedo a los paseos martimos, que nos hace morir de risa.
Figrate que l es de Astorga... A estos dos sujetos y a don Adrin el
boticario, padre de Leto (un viejecillo todo negro de arriba abajo,
menos la cabeza que es gris, y la carita triguea, muy bueno,
buensimo!), que nos acompaa un rato hasta la hora de cenar, est
reducida nuestra sociedad en Peleches. Pues con ella sola y lo que Dios
ha esparcido con tanta abundancia y hermosura alrededor de este solar
de mis mayores, como dice pap, resultan maravillas de placer... Por
supuesto que a ti que te espanta la soledad, y te entristece el ruido de
las arboledas, y te hechiza el de la calle, y te embriaga el vaho de los
salones, ha de parecerte inconcebible lo que te afirmo; pero te advierto
que no trato de que me envidies, sino de que sepas lo que me pasa.
Recuerda, para que te cueste menos trabajo creerme, en cuntas cosas he
andado yo al revs de las dems. Por ejemplo (y te le cito porque me le
has citado t bien a menudo, como de lo ms asombroso de mis _rarezas_):
yo entr en el colegio, por gusto mo tanto o ms que de mi padre, a la
edad en que algunas colegialas dejan ya de serlo; y todo el afn que
tuviste t, y de ordinario se tiene entre _vosotras_, por vestirse _de
largo_, le tuve yo por continuar vestida de corto, y si no de corto
precisamente (porque a ciertas alturas de la vida hubiera sido eso una
ridiculez adems de una grande inconveniencia), de _entre da y noche_
siquiera, a modo de crepsculo indeciso, que no te obliga a nada y en
cambio te deja libre entre la muchedumbre annima, con los sentidos muy
espabilados: vamos, una ganga para verlo todo sin ser vista de nadie.
As fue que cuando por primera vez me vest de seorita _disponible_, ya
estabas t de vuelta buen rato haca. De las cosas del mundo _por
dentro_, no conozco sino lo que vosotras me habis contado; otro poquito
ms que he atisbado por las rendijas _al pasar_, principalmente con mis
Mary, aquella institutriz inglesa que despidi pap de muy buena gana al
entrar yo en el colegio, y haba tomado un ao antes; lo poco que he
aprendido con el trato de las amistades de casa, y lo que se ve o se
trasluce en las pginas de algunos libros y entre renglones de otros.
Con estos antecedentes a la vista y lo que sabes de mis gustos e
inclinaciones, podr chocarte lo ms mnimo que con los enumerados
elementos de diversin que hay en Peleches, y a ti te mataran de
pesadumbre, me pase yo las horas sin sentirlas?

Mis contrariedades correspondientes llegu a tener dentro de ello, no
te creas, y aun empec a sentirlas un poco, porque los amigos no son de
hierro, y pap no est ya, por falta de costumbre, para abusar de
ciertas valentas; pero todo se fue venciendo con la mayor facilidad y
hasta con ventajas para m; pues me he avezado a andar sola cuando no
tengo quien me acompae por estos despejados alrededores, y sola voy
tambin con Leto en su _yacht_, cuando pap no se encuentra de humor
para venirse con nosotros. Esto de _sola_ con Leto, no lo tomes al pie
de la letra; porque Leto siempre va acompaado de su marinero, un tal
_Cornias_, un tipo muy original y muy simptico, aunque es bizco de los
dos ojos. Por de contado que esta tercera persona indispensable en el
barco para ayudar en la maniobra a su piloto, maldita la falta hara
all para otra cosa, sino por el bien parecer; y si t conocieras a Leto
como le conozco yo, pensaras de la misma manera. Le creo capaz de las
ms heroicas abnegaciones. No te ras; porque te juro que es de lo ms
singular que se ha visto este sujeto. Primeramente es un gran mozo, no
por la talla, que no pasa de la regular, ni por lo aparatoso ni
relumbrante, sino por lo varonil y lo que puede llamarse _bien hecho_ de
pies a cabeza; guapo, muy guapo, de hermosos ojos, preciosa barba, pelo
abundante, cutis algo tomado por el sol y el aire, pero jugoso... de
hombre sano... en fin, un hombre, lo que se llama un hombre en toda
regla. Esto es lo primero que se echa de ver en Leto Prez... si l no
sabe que se le mira; porque si lo sabe, ya es otro. Y sta es una de las
singularidades de este chico: se empea (o mejor dicho, se empeaba,
porque ltimamente ya no se empea tanto) en que es una persona
enteramente insignificante en hechos, en dichos y en pensamientos; y
esta idea le amilana, le acoquina... vamos, hasta le desmorona. No puede
llevarse a mayor extremo la modestia, de todo corazn. Te he dicho que
dibuja y pinta acuarelas admirablemente; pues ha sido preciso que se lo
afirme yo con insistencia, para que llegue a creerlo un poco y se atreva
a dibujar o a pintar delante de nosotros. Algo parecido sucede con lo
poco que canta, con una hermosa voz de bartono; y otro tanto con su
conversacin: ya no se corta delante de m... y si vieras qu bien
habla y con qu expresin tan interesante, cuando se deja ir confiado en
sus propias fuerzas! Al principio era delicioso hablando conmigo: aunque
en la mirada inteligente se le conoca que no ignoraba dnde estaba la
salida de su apuro, siempre sala por lo peor y lo ms desairado. Tan
atolondrado se pona. Y qu manera tan deliciosa tena a veces de
enmendar lo que l llamaba sus gansadas! Te asombraras de lo candoroso
y noblote que es, si te contara el caso de cierto clavel que a m se me
cay de la boca y recogi l del suelo; cmo le volvi a tirar porque ya
no me serva; cmo y cundo y de qu manera tan original volvi a
buscarle y le guard como oro en pao, y cmo llegu yo a descubrirlo
todo. Por supuesto que no me di por ofendida con la inocentada, ni haba
motivos para ello. Esto le alent algo; y puede decirse que desde
entonces data la relativa serenidad con que se conduce delante de
nosotros.

Pero donde hay que verle es en su balandro primoroso, regalo de un
ingls esplndido que vivi en Villavieja dos aos, y lleg a
entusiasmarse con las raras prendas de este chico. All s que es otro
hombre, Virtudes! All no conoce a nadie, ni se intimida por nada. l es
seor y rey de la escena y del escenario. Lo mismo que el jinete con su
caballo brioso, parece que se identifica l en la mar con el esbelto
barquichuelo que la domina. All es Leto, en cuerpo y alma, en pleno
seoro de s mismo y tal como Dios quiso que fuera. No se temen
peligros a su lado; y vindole sonrer, con la noble e inteligente
mirada puesta en todo, me dejara llevar en aquella cscara de nuez
hasta los confines del mundo sin el menor recelo...

Y hagamos un alto aqu, porque me asalta de repente una sospecha
reparando en el calor de lo que dejo escrito sobre el hijo del boticario
de Villavieja, y recordando lo maliciosa que eres t. Aunque no lo
fueras, te reconocera cierto derecho ahora para dudar del desinters de
mis elogios; porque yo misma, con ser como soy, cuando he visto en algn
libro entretenerse a la herona en semejantes ponderaciones de un galn
circunvecino, al punto me he dicho: cogidita te tengo, clavadita me
ests. Ya ves si soy franca, Virtudes. Pues te equivocaras si tal
pensaras de m con relacin a este mozo, por lo mucho que te le ensalzo.
Ni barruntos hay siquiera de lo que pudieras presumir, ni trazas de que
a l le haya pasado por las mientes la menor idea de esa especie, ni
razn para que pase tampoco por las mas... Empiezo a vivir ahora; acabo
de salir, como quien dice, del nido, con hambre de libertad y de espacio
en que gozarla sin estorbos; y haba de?... qu locura, Virtudes!
Simpata profunda; estimacin grandsima; amistad sincera, eso s,
porque todo se lo merece... Lo positivo, lo cierto, es que si se me
preguntara hoy por quien tuviera en su voluntad el don de arreglar las
cosas al capricho de la ma, qu es lo que ms ambiciono, respondera
sin titubear y con el corazn en la lengua: que no tenga fin esta vida
que ahora traigo. Y nada ms ni nada menos, Virtudes; crasme o no me
creas.

Y vamos a otra cosa. Mi primo Nacho debe de estar aqu dentro de quince
o veinte das: nos ha escrito ya su llegada a Inglaterra. Con este
motivo le hemos arreglado su gabinete del mejor modo que nos ha sido
posible con los pocos recursos que hay a mano. Yo creo que ha quedado
muy bien; pero a pap todo le parece poco para ese sobrino...

Como l es tan menudito de formas y parece, por el estilo de sus
cartas, la misma languidez en carne y hueso, me temo mucho que no sirva
maldita la cosa para la vida que hacemos aqu. Si resulta esto verdad, y
por miramientos de cortesa tenemos que acomodarnos nosotros a su modo
de andar... entonces s que me voy a divertir! Hoy por hoy, me apuran
un poco estas dudas. Esto no es decirte que sienta la venida de mi
primo; pero si me dijera que por su gusto renunciaba a venir, o que lo
aplazaba hasta el otro verano, puede que me alegrara la noticia. Me
quieres ms franca?

Pienso comenzar muy pronto una larga tanda de baos de ola: no porque
los necesite, sino por probar de todo lo bueno que hay aqu; y la playa
esta es de las mejores del mundo, en opinin de los villavejanos que no
la usan nunca para eso... ni para cosa alguna.

Se espera dentro de unos das la llegada de _El Atlante_, un vaporcillo
costero, el nico barco que entra en este puerto y da que hacer a su
aduana. Viene cada seis u ocho meses a cargar el carbn de piedra que se
ha ido acopiando en una mina de ello que tiene un sujeto de aqu. Dicen
que la entrada de ese vapor es siempre un acontecimiento en Villavieja,
y la nica ocasin en que se ven villavejanos en el muelle y sus
inmediaciones. Es curioso, verdad? Por eso te lo cuento, y tambin
porque no tengo cosa mejor que contarte, por ahora.

Con motivo tan poderoso y la promesa formal de ser ms diligente para
escribirte en lo sucesivo, termino aqu esta carta ofrecindote su
extensin y las franquezas de que va henchida, como ejemplos que ests
obligada a imitar cuando me contestes; sobre todo el de la franqueza.
Con ella y el acopio que habr _en casa_, qu mejor novela para m que
la carta que me escribas?

En espera de ella, te abraza con toda su alma tu amiga

NIEVES.

_Agosto 5 de 18..._

G. P. SHAPCOAT ESQ.

_119, Grave Street-Liverpool._

...................................................
....................................................

Tal es la historia fiel de los sucesos, limpia y descarnada de todo
comentario. Con la idea que tiene usted formada, y bien formada, de mi
carcter, no le parece inverosmil el papel de galn que hago yo en
ella, e imposible que haya logrado acomodarme a l? No en vano le he
pronosticado a usted varias veces, hablando de la imperturbable quietud
de Villavieja, que la primera novedad que ocurriera aqu haba de ser
muy extraa. Pues ya se han cumplido mis pronsticos... El milagro se
obr como se obran casi todos los de su especie: con un poco de
casualidad y otro poco de... qu carape! me voy convenciendo de que, la
mayor parte de las veces, la culpa de las propias debilidades estriba en
los resabios ajenos; en la falta de compensaciones mutuas; en el empeo
tonto de tomarle a uno por su lado ms intil para el destino que se le
quiere dar. Lo contrario de lo que ha sucedido aqu. Ya le he hecho a
usted la pintura fsica y moral de Nieves: pues imagnese usted ahora a
esa criatura tan linda, tan inteligente, de alma noble y esforzada, y de
corazn limpio y sano como una bolita de oro, con los mismos gustos y
las propias aficiones que yo; supngala empeada en que pinto mejor que
Velzquez, que canto como un ruiseor, que soy el ms diestro piloto del
mundo, y que no tengo precio para dirigir y disponer expediciones
campestres; aada usted que me hace su maestro, su gua inseparable, su
confidente y su amigo ms ntimo, y aada usted tambin que es
persuasiva por la fuerza de su talento clarsimo, y otro tanto por la
virtud de su belleza; y qu carape, hombre! o ha de ser uno un adoqun,
o ha de creer y entregarse: entonces o nunca. Y cuando se ha dado este
paso, se concluye mirando hacia dentro, metiendo la sonda en el meollo,
desmenuzando lo que hay all, vindolo con ojos de aumento, estudindolo
con calma, estimndolo con cario y dndose por muy satisfecho del
hallazgo, por mezquino que sea; satisfaccin que trae consigo cierta
seguridad, cierta confianza que antes no haba en las propias fuerzas
morales... Todo esto creo yo que es muy disculpable y hasta natural en
la msera condicin humana. Cada cosa pide su elemento propio para vivir
y desenvolverse. Las ideas del hombre estn en el mismo caso: se educan,
se fortalecen y aun se iluminan con el concurso de ciertos agentes
externos que parecen providenciales en determinados casos de la
vida.--Carape si se me ocurren cosas bonitas ahora!--El _quid_ est en
que esos agentes salgan de su escondite y la quieran tomar con uno, como
la han tomado conmigo en esta ocasin... y Dios se lo pague, por el buen
servicio que me han hecho. Bien se est en el limbo de la
insignificancia; pero se est mejor, porque se vale mucho ms, donde yo
me encuentro ahora; no en la regin de los soles, porque no soy guila,
pero s donde se ve claro y no se anda a tientas. Pero qu ms? No ve
usted mi lenguaje? No ve usted mi estilo? Leto filosofando! Leto
metafsico! Leto sentimental! Quiere usted novedad ms extraa ni
milagro ms patente, para un lugarn como Villavieja? Se han cumplido o
no mis pronsticos?

Pero supongamos que est usted de acuerdo conmigo en este punto, y que
da por bueno el modo de obrarse el prodigio: Corriente, piensa usted
enseguida, ya veo que _porque quiso_ ella, Nieves Bermdez, la bella,
la inteligente, la rica, la discreta, la de alma noble y corazn de oro;
porque lo quiso, en fin, una mujer como no se ha visto en Villavieja ni
volver a verse en los siglos de los siglos, t, Leto msero, te
levantaste y andas; pero _adnde_ vas? Carape si es usted malicioso!
Qu s yo adnde voy? Voy a todas partes y a ninguna, y ando porque me
va bien as, porque me gusta andar. No vale confundir la luz con el
astro que la produce: bueno fuera que no pudiera amarse la una sin
codiciar al otro! Habra locura mayor? Pues tan grande como ella la
cometera yo si mis devociones cayeran del lado de las sospechas de
usted. Lo quiero advertir en tiempo: soy un admirador agradecido, no un
enamorado: lo primero le es lcito a cualquiera; para lo segundo se
necesita un atrevimiento que no cabe en m, ni cabr jams, porque no
hay razones para que quepa. Cmo he de desconocer yo que lo que por ms
entra en la inclinacin de Nieves hacia m, es la identidad de aficiones
que existe entre los dos? Sin esa coincidencia, yo sera para la hija de
don Alejandro Bermdez un villavejano ms; a lo sumo, el hijo del
boticario don Adrin, antiguo y buen amigo de su padre. Ni por qu
haba de ser otra cosa mejor? Tampoco pretendo llevar mis escrpulos
hasta el extremo de suponer que Nieves me agasaja solamente porque me
necesita; pues si tan delgado lo hilramos en el mundo, adnde iramos
a parar, ni en qu pondramos nuestros afectos que los creyramos bien
colocados? La estimacin entre dos personas, por algo ha de empezar; y
por cierto que no siempre este algo es de tan buena ley como el que ha
engendrado la amistad con que me honra la hija de don Alejandro
Bermdez. Puestas las cosas en este punto, el nico en que deben
ponerse, el hecho final resulta (que es adonde yo me diriga): la luz se
hizo y el milagro se obr en m. Lo quiere usted ms claro? Pues le
juro que temo enturbiarlo si insisto en esclarecerlo.

Por lo dems, qu carape! en casos tan excepcionales como ste, las
sospechas de cierto gnero son casi de necesidad. Si a m mismo me
asaltan algunas veces! Ya se ve: en el ir y venir de las ideas, en el
menguar y en el crecer de los entusiasmos, los lmites y los terrenos se
confunden, y se hace un amasijo all, tan enmaraado y tan rebelde, que
para deshacerle no basta en ocasiones toda la fuerza analtica del
discurso. Pudiera citar a usted muchos ejemplos de ello. Vaya uno de
muestra, por de pronto: Nieves tiene un primito mejicano, con quien se
ha de casar segn se dice; y el retrato de este primito, que est para
llegar a Peleches de un da a otro, ocupa en el estudio de Nieves un
lugar de preferencia. Por ese retrato s yo que el primito es muy guapo;
y por lo que me han contado, que es muy rico y muy bueno. De todo ello
me alegraba yo en los primeros das de conocerle: nada ms natural, qu
carape!... como lo es hoy, porque sigo estimndole en todo lo que merece
por las trazas, que son superiores, como he dicho; slo que en algunas
ocasiones, desde que s que est para llegar, lo mismo es acordarme del
retrato o ponerme a contemplarle, que ya me tiene usted con cierto
disgustillo de ver guapo al galancete, y de saber que es rico y
bondadoso... vamos, que me nace en el corazn algo, como deseo vago de
que el primo no asome por ac en todos los das de su vida, y de que, si
asoma, resulte picado de viruelas, y tonto por aadidura y pobre por
remate. Ha visto usted barbaridad semejante? Tan enorme me parece a m
y tan fuera de toda disculpa, que por sentirla escarbndome las mientes,
ya estoy abominando de ella. Quin eres t, gaznpiro, me digo, para
atreverte a esas cosas? Si es guapo, si es rico, si es despierto y
honrado, y Nieves le quiere, y en quererle y en hacerle su marido cifra
su felicidad, a ti qu te importa? As la pagas las distinciones con
que te honra y la estimacin que te da? Te abrieron de par en par las
puertas de Peleches para eso? Est bien que entrando por ellas como
amigo honrado, pretendas quedarte adentro como amo y seor de los
seores mismos? T, obscuro villavejano, prosaico farmacutico,
gusanejo vil de la tierra, atreverte al sol mismo que con su calor te
dio la vida! Dnde se ha visto cosa semejante?... Paga, paga, tus
deudas de esclavo, barriendo los suelos donde ella pise, y avergnzate
de haber levantado los ojos tan arriba. Carape qu cosas tan tremendas
me digo en esas ocasiones; y cmo me zumban los odos con el sonrojo,
solamente con imaginarme que pudieran haberme ledo tan malos
pensamientos en la cara! Y todo por la arrastrada confusin de ideas;
por el feo vicio que una tiene de afinar con el anlisis las que mejor
le parecen. Una pregunta, un gesto, una mirada, que no son la mirada, el
gesto y la pregunta de todos los das, ya nos da que cavilar, que pesar
y que medir para un buen rato... hasta que viene el sentido comn dando
la medida exacta de las cosas y poniendo a cada una de ellas en su
correspondiente punto de vista; y se acaba la alucinacin.

He dicho a usted que me parecen las regiones de la luz que ahora
habito, mejores que el limbo de antes, y lo son real y efectivamente,
pero esto no impide que si se dejara a mi arbitrio el volver o no las
cosas a lo que fueron sin quedar de las actuales el menor rastro de su
paso en la memoria ni en el corazn, vacilara yo mucho antes de
decidirme. Bueno, saludable, hermoso es lo presente; pero cada vez que
considero que puede tener su fin a la hora menos pensada; que los
moradores de Peleches desaparecen de aqu; que el palacin se cierra y
vuelve a dormitar silencioso en sus alturas, ay, qu triste de color lo
veo todo! qu negro me parece el solar de los Bermdez; qu turbio el
mar; qu largas las horas, y qu insulsa la vida! En estas lobregueces
de la fantasa, acepto al mejicanito rico, docto y sin viruelas, si con
l, por amo y seor de la seora y ama de Peleches, quedan las
costumbres de all en el mismo ser y estado en que ahora se hallan; con
lo que le doy a usted una prueba bien evidente de que mis entusiasmos no
pasan de los lmites racionales que les corresponden; de que mis
ambiciones se cifran en el goce de la luz, no en la absurda codicia del
astro luminoso; en vivir como ahora vivo, en una palabra.

Y vea usted lo que son las cosas: cifrando en este mtodo de vida todos
mis goces, esos buenos seores de Peleches creen prestarme un gran
servicio alivindome de vez en cuando de lo que ellos juzgan pesada
carga para m. Pesada carga conversar con Nieves, recoger sus
impresiones de artista y de mujer observadora, y sus confidencias
siempre originales y espontneas y tan pintorescas como todo lo que
brota de su luminoso pensamiento! Con un pretexto cualquiera se hace un
alto en el programa y se nos licencia temporalmente a don Claudio
Fuertes y a m. Ahora estamos en uno de esos parntesis fastidiosos, o
compases de espera, como los llama el comandante, que los deplora
bastante menos que yo. Llevo tres das sin ver a los seores de Peleches
ms que un ratito al anochecer; y como las horas desocupadas se me hacen
siglos y el tiempo est hermoso y los entretenimientos viejos del Casino
no me satisfacen, el _yacht_ lo paga.

Sobre esto del _yacht_, slo le he dicho a usted que Nieves se perece
por andar en l, y que su padre, menos aficionado que ella a esta
diversin, cuando no quiere o no puede acompaarla, tolera muy gustosa
que vaya sola conmigo y con el famoso Cornias; pero nada le he hablado
de lo intrpida que es all; de cmo se le revela el placer de que va
poseda en el ardor de la mirada y en la gallarda de sus posturas; ni
de cmo me tienta y seduce con palabras o con gestos ms tentadores que
ellas, a que fuerce y obligue al balandro a hacer lo que yo no quiero
que haga, ni debe de hacer cuando lleva una carga tan preciosa... Y el
demonio del barquichuelo, como si lo conociera, hombre! Hasta al mismo
Cornias se le antoja que parece otro cuando va Nieves dentro de l.
Carape, cmo se gallardea entonces, y con qu gracia escora y hace
_hablar_ al aparejo, y se desliza y gatea! En fin, una pura monada.
Verdad que siempre fue una maravilla en estos particulares; pero as y
todo, cabe mejorarse, y bien sabe usted lo que influyen en el aspecto de
las cosas la distancia, la clase y el punto de la luz que las ilumina.
Al fin, me digo yo en estos casos, la largueza de mi incomparable
amigo hall su merecido premio; ya tiene la joya un empleo digno de su
gran valor. Y entonces, amigo mo, no me remuerde la conciencia por ser
dueo de lo que no merezco, y hasta me felicito de no haber opuesto
mayores resistencias que las que opuse a la rumbosa ddiva de usted.
Bien empleada est ahora! As me la conserve Dios muchos aos.

Pero a todo esto, hago yo bien o mal en entretenerle a usted con estas
fantasas que me tienen como nio con zapatos nuevos? Qu juicio
formar usted de ellas y de m? Por el amor de Dios, no se ra, y
considere que estando obligado a referirle los sucesos, como se los he
referido al principio de la carta, no poda dejarlos sin la salsa de lo
que aado al relato, so pena de quedar usted sumido en ms hondas
confusiones, o de tomarme por un solemnsimo embustero; porque,
verdaderamente, el caso de arriba resultara increble sin la
explicacin de abajo, para todo el que me haya conocido como usted me
conoci. Lo que a m me ha faltado, y de aqu nacen mis temores, son
uas para arrancar de mis adentros la entraa del asunto, tan limpia de
adherencias y piltrafas, que llegara usted a verle con la misma claridad
que yo le veo. Ay, carape! como yo tuviera esas uas metafsicas, qu
colores le hubieran resultado al cuadro ese y qu tranquila estara
ahora mi conciencia de narrador! Pero es lo que sucede siempre: pasan
las cosas; va usted sintindolas y estimndolas una a una, y
confindolas de igual modo al dictamen o al afecto del amigo, y todas
ellas van pareciendo naturales y corrientes, y ordenndose y
acomodndose sin reparos, ni asombros ni aspavientos de nadie; pero
devrelas usted solo; almacnelas adentro, y a la hora menos pensada,
suelte el acopio entero y verdadero para que se vea y se estime en su
legtimo valor: ya parecen cosas diferentes, y hasta resulta montaa lo
que quiso usted que resultara granito de salbadera, o al revs... Por
supuesto, voy hablando de lo que me pasa a m de ordinario, para venir a
parar a que lo que ha de asombrarle a usted, sin llegar a entenderlo
claro, vindolo derramado en esta carta, le hubiera asombrado menos y lo
habra apreciado mejor siendo testigo presencial de los sucesos.

De todas maneras, rase o no se ra de la confidencia, gurdela usted y
tngala siempre como prenda segura del entraable afecto que le profesa
su mejor y ms agradecido amigo

LETO PREZ.

Agosto 10 de 18...




--XVI--

Gacetilla


En una ocasin, dando los de Peleches unas vueltas, de pura cortesa, en
la Glorieta a la salida de misa mayor, observ Nieves algo de extrao en
el continente de las villavejanas; algo como forzado que las desfiguraba
a todas de la misma manera y por un mismo patrn, si pudiera decirse
as. Consult la observacin con Leto que iba a su lado, y Leto la dijo:

--Fjese usted bien, particularmente en la Escribana mayor, que es la
que ms lo exagera... No cae usted?

--No caigo.

--Pues consiste en que han dado todas en la gracia de imitarla a usted
en el modo de andar y en el de vestir.

Nieves se hizo cruces.

Aquella misma tarde se encontr Leto con las Escribanas yendo l hacia
la botica y ellas hacia la Glorieta. Nada tena esto de particular; pero
s lo tuvo el que al pasar Leto codo con codo con la Escribana mayor,
dijo sta en voz airada volviendo la cara hacia l, que haba saludado
muy cortsmente:

--Escandaloso!

El pobre chico se qued viendo visiones. Por qu tal improperio?
Dnde, cundo ni cmo haba escandalizado l?... Carape con el
dicho... y en mitad de la calle, y a quemarropa!.. Y aunque hubiera
escandalizado, qu le importaba a ella?... Vaya con la grandsima!..
Pero no era creble tambin que la palabrota que pareca un insulto a
l, fuera simplemente una de las dichas por la Escribana en el calor de
la ria sorda en que ira empeada con sus hermanas, como de
costumbre?... En fin, no lo entenda; y despus de todo, qu ms le
daba?

Leto, con la vida que traa ltimamente, andaba muy atrasado de
noticias. El saba que a poco de llegar de Sevilla los de Peleches y de
darse Nieves a ver, los chicos de la crema villavejense trataron de dar
a la sevillanita una velada de honor en el Casino; saba que Mona
Codillo y Celia Tejares (la Indiana mayor) se prestaban a tocar a cuatro
manos las tres piezas que tocaban siempre all y en el saln del
ayuntamiento; y saba, por ltimo, que haba disponible una metralla de
ms de diez _Poemitas y Meditaciones_ para acompaar al estruendo de la
msica; algunos _levisacs_ ribetendose de nuevo, y hasta media docena
de fraques en remojo; pero ignoraba que desde que se haba notado en los
Bermdez el propsito de aislarse en su castilln de Peleches, y, lo que
era an peor, desde que se les haba visto excluir de sus altivos
desdenes a un soldadote incivil, a un boticario chocho y al ganduln
de su hijo, es decir, a lo ms nfimo y despreciable de Villavieja,
las cosas haban mudado de aspecto: las chicas se negaban en redondo,
las unas a tocar, las otras a concurrir; los chicos, que tal vez
aspiraran a ser tertulianos de Peleches y caballeros rompe--lanzas de la
fermosa castellana, comenzaron a cerdear; y aunque hubo algunos menos
quisquillosos que queran entrar con todas a trueque del festival,
Maravillas les apag los fuegos, demostrndoles a su modo que slo al
genio del hombre deban de tributarse festejos, no a una quimera
teolgica ni a la vanidad de un poderoso que se complaca en
humillarlos. Que los festejara el lacayo miserable (Leto, clavado) que
les barra los suelos de rodillas por el mendrugo que le daban. Todo
esto, solamente por lo de los primeros das; porque en cuanto se supo
que Nieves andaba sola por las escabrosidades y umbras de Peleches, y
lleg a vrsela, sola tambin, por la baha con el hijo del boticario,
los aspavientos no tuvieron lmites, y se indignaron las mujeres, que,
al mismo tiempo, se afanaban por imitarla en el corte de los vestidos y
en la manera de andar.

Bien ciego y bien sordo necesit estar Leto entonces para no ver ni or
lo que se hizo y se dijo en Villavieja contra la desvergonzada
andaluza, el estpido Macedonio (haba cundido el mote, por lo visto),
y contra l, contra Leto, el majagranzas enfatuado y corruptor
escandaloso de las buenas costumbres de all. Porque las Escribanas y
las de Codillo, y Rufita Gonzlez, pero principalmente las Escribanas,
eran las que lo cernan en tertulias y en paseos, y las que escupan de
medio lado y se tapaban las narices en mitad de la calle en cuanto oan
nombrar a los Bermdez o cosa que les perteneciera; lo que no impeda
que cuando los tenan delante se despepitaran buscndoles el saludo.

La Escribana mayor, que tena, por lo visto, sus motivos particulares
para ir a la cabeza de aquella conjuracin de mujeres y de mozuelos
desocupados (porque de aqu no pas la riada), pesc un da a tiro a
Maravillas y le dijo que no tendran agallas ni pundonor l y cuantos
con l andaban en el fregado de un peridico en letras de molde, si no
le echaban cuanto antes a la calle, pero lleno de metralla contra
ciertos malos ejemplos que corrompan las honestas costumbres de ciertos
pueblos honrados, y contra los traidores escandalosos que ayudaban a los
de fuera en la corrupcin de los propios. Maravillas cant sus ansias
civilizadoras y sus convicciones positivistas, en demostracin de sus
grandes deseos de complacer a la Escribana; pero a rengln seguido
expuso las dificultades viles y mecnicas que haba para realizarlos:
una de ellas el desnimo de sus colaboradores para dar el dinero que se
necesitaba.

--Por eso no quede--dijo la otra en ademn trgico de aficionado
casero:--nosotras somos ricas; y por el bien y por la honra de
Villavieja, daremos hasta las enaguas.

Maravillas la estrech la mano en silencio, y se larg prometiendo que
_El Fnix Villavejano_ no se hara esperar mucho.

Nada de esto ni de otro tanto ms saba Leto aquella tarde; como no
saba que habiendo husmeado estas cosas los Vlez desde su palomar de la
Costanilla, y manifestado por aquellos das el entristecido Manrique
propsitos de intimar el trato de los Bermdez para realizar un
determinado plan que haba ideado y declar a su hermana, sta le dijo,
irguindose plida y seca, como una tibia muy grande:

--Te juro que arder este palacio por las cuatro esquinas, en cuanto t
me traigas a l una cuada de esa traza.

Por lo cual haba _renunciado_ Manrique Vlez, a casarse con Nieves
Bermdez.




--XVII--

Mar afuera


Le digo a usted, carape! que ste es un problema que marea. Vengan aqu
todos los sabihondos de la tierra, y prubenme que cabe dentro del
sentido comn el que un hombre con barbas se pase media noche en claro,
por el disgusto de no haber subido a Peleches en cuarenta y ocho horas.
Qu han de probar? Y mucho menos si yo les digo: reparen ustedes que
el hombre de mi ejemplo no tiene obligaciones que cumplir all, ni debe
una peseta al padre, ni est enamorado de la hija, ni Cristo que lo
fund; que no es ms que un tertuliano de la casa y un amigo que pasea a
menudo con los seores de ella, no desde el principio de los tiempos,
sino de dos meses ac; que si no ha concurrido a las dos ltimas
tertulias del anochecer, es porque a esas mismas horas ha tenido
ocupaciones de importancia en la botica de su padre, que le da el pan de
cada da; que ese hombre jams ha conocido el mal humor, ni tomado en
serio cosa alguna de tejas abajo y de puertas afuera; que rebosa de vida
y de salud, y que nada teme, ni nada debe, ni nada envidia... Por
ltimo, ese hombre existe en carne y hueso; y soy yo, Leto Prez, el
hijo del boticario de Villavieja, y boticario tambin. Y entonces los
sabios me contestaran, por poco sabios que fueran: pues Leto Prez, el
hijo del boticario de Villavieja, no tiene sentido comn. Y no le
tengo, carape! no le tengo, y a eso iba; pues s le tuviera, no me
sucedera lo que me sucede; porque a un hombre de sentido comn no puede
sucederle eso ms que en un caso, y yo niego ese caso; y no solamente le
niego, sino que la suposicin de l me parece el ms enorme de los
absurdos, y adems una irreverencia... qu digo irreverencia? un
sacrilegio. De donde se deduce claramente que me qued corto cuando,
escribiendo al ingls, le dije que entre ser lo que ahora soy y volverme
a lo que fui, vacilara... Vacilar, carape! a ciegas me agarro a lo de
ayer. Ayer era yo el hombre ms descuidado y venturoso de la tierra; y
hoy me carga a lo mejor cada murria que me parte. Qu ms? Hasta el
mismo oficio de que vivo empieza a carseme de las manos! Es una mala
vergenza confesarlo; pero es la pura verdad. Nada, carape! que, segn
van ponindose las cosas, como si yo hubiera nacido hace dos meses. De
esa fecha para atrs, el limbo... Con decir que hasta el _yacht_ me
impone condiciones para hacerse querer de m... Se ha visto otra? Pues
as es. O con _ella_ a bordo, o que nones. Y en estos remilgos, seis
das de holgueta el muy tunante... Pero por esto no paso, porque sera
ya de lo inaudito... Hoy se me han hinchado las narices, y te voy a dar
tres tazas, por lo mismo que no quieres caldo...

Por este arte despotricaba en sus adentros Leto Prez bajando una maana
hacia el muelle, sin corbata ni chaleco, con una ancha boina en la
cabeza y, por todo ropaje exterior, una americanilla y unos pantalones
de lienzo. Como arreglaba la marcha al comps de los pensamientos,
andaba con relativa lentitud, algo cabizbajo y con las manos en los
bolsillos.

Cornias aparejaba el _yacht_, atracado a la escalerilla.

--Aviva!--le dijo en cuanto pis el primer peldao,--para ver si
podemos _desabocar_ con la vaciante y el terralillo que nos quedan.

Enseguida baj y se puso a ayudar a Cornias para acabar primero.
Terminada la faena, le previno:

--A desatracar para franquearnos.

Cornias, con la agilidad y presteza de un mono, empez a cumplir la
orden desanudando la estacha de proa para largarla.

--Espera!--le dijo de pronto Leto, con una inflexin de voz que
revelaba algo de extrao para Cornias.

Suspendi ste la tarea y mir a Leto, que estaba a popa y sobre las
puntas de los pies, como fascinado, con los ojos fijos en la blanca
silueta de Nieves que acababa de aparecer en lo alto del Miradorio.

--Ay, carape!--se dijo:--con esto no contaba yo ahora. Habr visto el
_yacht_ aparejado desde all arriba? Vendr ac?... Por las trazas,
s... Pues buenas estn las mas para recibirla, carape!... Pero, bien
mirado, no estoy sucio ni roto... Y si no nos ha visto, ni viene a lo
que yo presumo? Espero?... Me largo?... Largarme! Tendra que ver!
Podra, aunque quisiera? Pues no estn vibrndome las fibras todas
como si de pronto me hubiera henchido de la salud que me faltaba?...
Carape, carape, hombre, qu cosas stas tan extraas!... Ya no la
veo... Por qu no sern transparentes los breales que me la tapan
ahora? Por dnde echar? Por dnde, por dnde! Tienes ms que ir a
verlo, simpln, cuanto ms que ests desendolo?... Eso s; pero cmo
lo tomar? A bien? A mal? Ay, qu arrastradas desconfianzas estas
mas, que no acaban de currseme! A la una... a las dos...
Cornias!--dijo en voz alta--, atraca otra vez... y agurdate as, que
vuelvo enseguida.

Salt a la escalera, la subi en dos zancadas, atraves el muelle y el
andn en muy pocas ms, tom el camino del Miradorio; y al dominar el
primer recuesto se hall cara a cara con Nieves que vena por el
entrellano a todo andar tambin, algo sofocadita y un poco anhelante;
pero muy mona, muy mona!

La pobrecilla tema llegar tarde: haba visto desde all arriba el
grimpoln azul, y por l haba presumido que estaba el _Flash_ atracado
al muelle; y estando atracado al muelle, sera para salir a navegar por
alguna parte... Pues buena ocasin, se haba dicho entonces. Puede
que Leto quiera llevarme; y hala, hala, hala... qu ira le daba aquel
pedazo de camino tan escondido del muelle, donde era intil hacer una
sea o dar una voz! Y si entre tanto se largaba el _yacht_? Y ella que
tena tantas ganas de darse otro paseo en l! Desde el ltimo, once das
lo menos... y dos sin subir Leto a Peleches, ni dejarse ver por ninguna
parte. Haba estado enfermo? estaba enfadado, resentido de alguna
cosa? Qu injusto sera en ello! En Peleches, todos, todos le estimaban
mucho y le estaban muy agradecidos.

Bien poco le quedaba que hacer a Leto en aquella escena que tanto le
impona desde lejos. Todo se lo daba hecho Nieves; todos los caminos le
abra ella; y con qu dulzura de mirar, con qu timbre de voz tan
melodioso, con qu volubilidad tan espontnea y hechicera! Haba que ser
un leo para no atreverse, con aquel estmulo que le pareca sobre
humano, a ser un poco sincero y expresivo tambin; y se atrevi a serlo.
Dijo el por qu de no haber subido a Peleches en dos das. l enfadado,
l ofendido! Eso si que era no conocerle!.. cuando precisamente las
horas de esos das se le haban hecho siglos! Para entretener el tiempo
mejor hasta la noche, en que pensaba volver a la tertulia de Peleches,
haba resuelto pasar la maana en la mar; y estando ya desatracando el
_yacht_ para franquearse, la haba visto a ella bajar por el Miradorio,
y haba salido a su encuentro para ponerse a sus rdenes, por si no
haba visto el balandro aparejado, o no vena con nimos de embarcarse
en l. Carape, si recalc lo de las horas largas, y estuvo valeroso y
ocurrente en otras finezas semejantes el hijo del boticario! Y Nieves,
tan ufana con ellas y tan agradecida. Que le preguntaran entonces si la
cruz de su nueva vida le pesaba, y si, para descargarse de ella, quera
volver al limbo por que suspiraba poco antes!

Pero por qu andaba Nieves por all a aquellas horas? Tambin se
atrevi Leto a preguntrselo, caminando ya los dos hacia el muelle; y
result que Nieves y su padre, despus de dar un largo paseo en
direccin a la mina, se haban sentado a leer en la Glorieta: don
Alejandro un peridico, y ella aquel libro que traa debajo del brazo;
don Alejandro se cans muy pronto de leer, y se volvi a casa con
propsito de destinar toda la maana a despachar su correspondencia
atrasada; ella se qued leyendo, y advirti a su padre que pensaba darse
despus una vuelta por el Miradorio, como haca muchas veces. Desde el
Miradorio haba columbrado el palo del balandro con su grimpoln azul, y
las pcaras tentaciones haban hecho lo dems.

--De manera, Leto--dijo en conclusin y detenindose para decirlo--, que
ese paseo va a ser de contrabando, porque pap no sabe nada de l.
Tngalo usted muy en cuenta y dgame qu tiempo se necesita para darle
por la mar... porque ha de ser por la mar el paseo de hoy, o no me
embarco.

--Pues por la mar ser si usted quiere--respondi Leto, hechizado ante
el aire resuelto de la animosa sevillana--, y podemos estar de vuelta
antes del medioda.

--Corriente--repuso Nieves despus de meditar unos instantes, con el
entrecejo fruncido.--Y dgame usted ahora, en conciencia de buen amigo y
hombre honrado: hago yo bien o mal en estas cosas?

--En qu cosas?--la pregunt Leto algo sorprendido.

--En venirme sola a correr aventuras de esta especie... Es pregunta que
me he hecho a m misma muchas veces, y una no ms a pap.

--Y qu le ha respondido a usted su pap?--volvi a preguntarla Leto,
entrando en ms hondas aprensiones.

--Ya ha visto usted cuntos paseos he dado sin l en el balandro, con
muchsimo gusto suyo... Algo le inquietan los peligros del barco, por su
poco juicio; pero como yo no los temo y usted es buen piloto, con tal de
que yo me divierta... En lo dems, l es de opinin de que no se viene
aqu a guardar etiquetas, ni a hacerse esclavo de miramientos vanos.

--Muy bien pensado.

--Eso creo yo tambin; pero y ciertas gentes? pensarn lo mismo?

--Se fa usted de m, Nieves?

--Como de mi padre: se lo juro a usted.

--Pues entonces, qu le importa a usted el juicio de esas ciertas
gentes? Haga usted su gusto y rase de ellas.

--Lo cree usted, Leto?

--De todo corazn.

--Pues no se hable ms de esto..--Y dgame usted. est el da a
propsito para salir a la mar?

--Lo intentara yo si no lo estuviera, Nieves? Y dgame usted a m: no
se incomodar don Alejandro conmigo cuando sepa que sin su permiso he
consentido en hacer eso que tan poco le gusta a l?

--No, seor, con tal de que estemos de vuelta antes de que l pueda
alarmarse con mi tardanza.

--Eso corre de mi cuenta. Son las nueve menos cuarto... a poco ms de
las once puede usted estar en Peleches... porque no hemos de llegar a la
Isla de Cuba... digo, cuento con que no se te antojar a usted.

--Me hace gracia la ocurrencia!... Y si se me antojara, Leto?

--Si se le antojara a usted?... Tambin eso me hace gracia a m. Pues
tenga usted la bondad de que no se le antoje, por de pronto... Se cansa
usted con el paso que llevamos?

--Bah!

--Es que no hay tiempo que perder si hemos de salir con la vaciante y
antes de que salte la brisa. Por eso me he permitido...

--Quiere usted que corra ms todava?

--No hay necesidad: ya estamos a dos pasos del muelle.

--Quin es ese tipejo que se pasea en l?

--Un tal Maravillas: algunas veces anda por aqu, para que crean las
gentes que estudia en el gran libro de la naturaleza: es filsofo y
ateo.

--Jess!

--S, seora: un chico atroz. Ahora le trae al retortero la idea de
publicar un peridico, y no acaba de publicarle.

--Con qu sonrisilla nos mira!...

--De puro ateo y compasivo que es; slo que el mejor da le va a borrar
alguno la sonrisilla esa de un bofetn... digo, me parece a m...
Aj!... ya estamos... Hoy no basta la mano, porque son muchos los
escalones descubiertos y estn algo resbaladizos: tenga usted la bondad
de tomar mi brazo... Atraca bien, Cornias, y ten firme!... Poco a poco,
Nieves... Djeme usted pasar primero al balandro... Deme usted su mano
ahora... Muy bien... Ya ests botando, Cornias; y en el aire... Listo
el foque para hacer cabeza!... Pase usted a su sitio de costumbre,
Nieves, que es el ms seguro... Eso es... Avante vamos... Listo el
aparejo!

Se iz todo el trapo en un momento; y con el terralillo que an duraba,
aunque en la agona, y la vaciante, comenz el _Flash_ a navegar hacia
fuera. Como el impulso del aire era tan leve y el agua no opona
resistencia, la quilla se deslizaba sin el cortejo de espumas y rumores
que Nieves echaba muy en falta.

--Ya vendr a su tiempo, y en abundancia--la dijo Leto--, porque el da
est que ni de encargo para esas cosas... si usted no se arrepiente.

--Me cree usted capaz de arrepentirme--le pregunt ella mirndole
fijamente y con expresin de asombro--, despus de desearlo tanto?

--Como nunca se ha visto usted en ello... replic Leto, pesaroso de
haber apuntado la sospecha.

--Aqu, no; pero ya le he dicho a usted que en otras partes, s; y
aunque sta fuera la primera vez, tan poca confianza tiene usted en la
fuerza de mis resoluciones?

--En cuanto dependan de la voluntad de usted, no--dijo Leto--; pero como
en cosas de la mar hasta los ms avezados a ella no cortan siempre por
donde sealan...

--Pues luego va a verse, seor marino, si hay aqu o no hay valor para
cortar por donde se ha sealado. Mientras tanto, le prohbo a usted
aventurar juicios sobre el particular.

Leto casi se ruboriz por falta de una sutileza galante con que
responder a la reprimenda sabrossima de Nieves.

--Qu bonito acopio ha hecho usted hoy!--la dijo porque no se acabara
la conversacin y aludiendo a la media guirnalda de yerbas y flores que
llevaba Nieves sobre el pecho.

--Usted ha visto--respondi ella bajando la cabecita para mirarlas y
acaricindolas al mismo tiempo con la mano--, qu helechos ms
primorosos? De tres clases y a cual ms fina... Pues y estos penachitos
de farolillos carmes?... Cmo me dijo usted el otro da que se
llamaban?

--Brezos.

--Es verdad, brezos: qu preciosos! Pues y estas otras florecitas
azules que estaban a su lado? Cosa ms fina y delicada!... Vea usted
qu bien componen con todo ello estas margaritas silvestres tan blancas,
con el centro dorado... Qu primor de campia!

Hablando Leto con Nieves de stas y otras cosas parecidas, con entero
descuido, porque la marcha igual y montona del barco no le exiga gran
atencin, muy a menudo la llevaba puesta, ms que en las palabras que
diriga a su linda interlocutora, en el batallar de los pensamientos que
le infunda la presencia de aquella criatura, confiada a su pericia y a
su lealtad en aquel chinarrito del mundo, entre el cielo y la mar, en
medio de la augusta quietud de la Naturaleza. Cuanto de honda y humana
poesa palpitaba bajo la costra del humilde boticario, se conmova y
agigantaba entonces, llenndole la mente de luz y el pecho de
desconocidas sensaciones; y hubiera sido cosa digna de verse estampada
en un papel, la imagen interior del vehemente y desapercibido Leto,
perdido entre las evoluciones de su pensamiento, y por el ansia de
analizarlos todos, volar de los ms rastreros a los ms altos, de los
ms grandes a los ms pequeos; trastrocar las especies muy a menudo, y
apurarse por lo nimio y vulgar despus de haberse mecido sereno en las
alturas de lo sublime. As, por ejemplo, tras de parecerle una hereja
haber credo posible trocar por el limbo insulso de su pasado, el dulce
presente con todas las contrariedades y amargores que necesariamente
haba de traerle aparejado, le sonrojaba de pronto la idea mezquina de
verse all, tan cerca de Nieves, vestido como un ganapn... quiz en el
mismo instante en que Nieves, mirndole a hurtadillas, le vea mucho ms
hombre y ms apuesto que nunca, con aquellos limpios, holgados y simples
atavos.

Duraron estas cosas tan entretenidas para Leto, y tambin para la
sevillanita probablemente, poco ms de un cuarto de hora; hasta que el
balandro _desaboc_, y comenz a sentir Nieves esas inexplicables
impresiones, mezcla extraa de pavor y de alegra, que se apoderan de
los novicios entusiastas como ella, al verse de pronto mecidos por las
ondas salobres de aquel abismo sin medida.

--Ya estamos fuera--la dijo Leto que lea esas impresiones en su cara--.
Los sntomas no pueden ser mejores: _calma cernida_. Observe usted esa
especie de muro de niebla que hay en el horizonte: es lo que llaman ceja
los marinos; la mejor seal, en verano, de que va a _echar tieso_, es
decir, a soplar luego una brisa fresca y bien entablada, como lo
demuestra tambin este poco de trapisonda que hace balancear al barco y
restallar las velas abandonadas a su propio peso... Cornias! atesa
acolladores y quinales, que trabaja demasiado el palo... De manera que
nos hallamos en las mejores condiciones para poner a prueba las del
_yacht_... o para volvernos al puerto dentro de diez minutos, en popa,
si usted se halla arrepentida de haber llegado hasta aqu... Con toda
franqueza, Nieves.

Con toda franqueza y hasta con entusiasmo, se ratific la animosa
sevillana en sus deseos de llevar adelante su acariciado proyecto.
Cierto que las embarcaciones en que ella haba salido a la mar dos veces
en Andaluca, eran mayores, bastante mayores que el _Flash_; pero y
qu? Lo que se perda en holgura se ganaba en gozar ms de cerca los
lances del paseo. Conque adelante.

--Pues adelante--repiti Leto muy regocijado--, y no se hable ms del
asunto... Listo, Cornias! que ya viene la brisa picando. Ha tardado
menos de lo que yo esperaba, y me alegro; as empezaremos primero para
acabar ms pronto... porque usted est algo de prisa, Nieves, no es
verdad?

--Est o no est--respondi Nieves con donosa formalidad--, el paseo ha
de ser en toda regla. Conque atngase usted a eso, y a nada ms que
eso... Estamos?

Carape, cmo electrizaban a Leto aquellas monaditas de la sevillana! De
pronto la dijo:

--Ve usted aquel rizadillo gris que tiene la mar all lejos y viene
avanzando hacia nosotros? Pues es el polvo que levanta la brisa en el
camino que trae... A qu paso viene!

Enseguida, dirigindose a Cornias, grit:

--Ya est ah... Caza escotas, que vamos en vuelta de fuera, y a
ceir... Y usted, Nieves--dijo volvindose hacia ella--, agrrese bien a
la brazola, y no se descuide un instante, porque esto no es la baha...
Y perdneme si desde ahora no la hago los honores de la casa como yo
quisiera, porque este caballerito es algo ligero de cascos y voy a
necesitar muy a menudo poner los cinco sentidos en l.

En esto, sintiendo el _Flash_ en su aparejo las primeras rachas de la
brisa, se inclin sobre el costado de babor; y Leto dijo entonces:--A
la buena bordada!

Y comenz el balandro a navegar, ciendo y escorando; pero no como en la
baha, en plano perfectamente horizontal, sino entre balances y
cabezadas, que iban acentundose a medida que refrescaba la brisa y la
mar se rizaba, cubrindose de _carneros_ y _garranchos_.

Nieves se sobrecogi algo con las primeras _arfadas_, que llegaron a
meter el carel debajo del agua revoltosa y espumante; pero la
inalterable serenidad de Leto y aquella su honda y tenaz atencin al
aparejo, a la caa, a todo el organismo del barco y a su rumbo, y
algunas miradas a ella de vivo y carioso inters, la tranquilizaron
bien pronto, y hasta lleg a encontrar muy divertido aquel incesante
cuneo, que la haca el efecto de un columpio.

Tena razn Leto al decir a Nieves que no le pidiera cortesas en cuanto
empezara el barco a navegar: diez minutos despus de decirlo, ya _no
estaba en casa_; ya estaba fuera de s mismo, de su naturaleza carnal y
propia; ya era como el espritu, el alma del barco que rega; el ser
activo e inteligente se haba infundido en la armazn y las lonas del
_yacht_; no pensaba ni observaba ni senta Leto Prez como hombre, sino
como barco; vena a ser a modo de _yacht_ inteligente, o un ser racional
con formas de balandro: lo que se quiera.

Bien claro le lea Nieves esta trasfiguracin en los ojos y en las
actitudes, y se embebeca contemplndole as, segura de no ser observada
por l, que llevaba toda la mar, toda la brisa y el barco entero y
verdadero metidos en la cabeza.

De vez en cuando, pero siempre muy a tiempo, haca una salidita a lo
suyo, mirando o hablando breves palabras a Nieves, como Leto mortal,
vivo y efectivo; cosa que la complaca mucho, porque no la gustaba verse
all tan sola como en ocasiones crea verse.

--Va usted bien?--la preguntaba.

Y volva a ser barco en seguida...

--Buen andar llevamos--pensaba para sus maderas--; pero no todo lo que
debemos. Hay que arribar un poco... un poquito ms... Ya metimos el
carel... Lo menos echamos seis millas... Orza ahora un poco para que
adricemos y vayamos con ms desahogo, aunque con menos velocidad...
Bien, bien!... Ah estn esos condenados, en regata conmigo...
_(Alto)_. Mire usted los delfines, Nieves, en rebaos, dndola a usted
escolta de honor, y haciendo, volatines fuera del agua para que usted
los admire. Cmo quieren lucir su ligereza pasndonos por la proa a lo
mejor!

Nieves los admiraba, y hasta los tema al verlos surgir del abismo junto
al carel, volteando como pedazos de rueda negra con aguzadas cuchillas
de acero enclavadas en la llanta.

--No hay cuidado--la dijo--, que son unos animalejos enteramente
inofensivos, y adems bobos.

Y con esto volvi a infundir su espritu en el organismo de su barco y a
pensar por l:

--Este andar no es para sangre marinera, con esta mar y esta brisa; hay
que arribar otra vez, aunque los garranchos abundan... Cuestin de
achicar, si es necesario. Dos garranchos a bordo. _(Alto.)_ Cuidadito
los pies, Nieves... y agarrarse... Puede usted volver un poquito ms la
cabeza a la izquierda?

--Yo lo creo! Para que?

--Para que vea usted a Peleches desde aqu.

Volvise Nieves como Leto quera, y exclam al punto:

--Ay, qu bien se ve! Pero qu en alto y qu lejos est y qu
iluminada la casa por el sol! Parece que nos est mirando con las
ventanas... Nos ver alguien desde all, Leto?

--Al balandro, como un papel de cigarro, puede; pero a nosotros,
dificilillo es a la simple vista... Agrrese usted, Nieves, que hay
mucha trapisonda y son muy fuertes los balances. Aqu no se puede decir,
como en baha, que el barco paladea el agua; sino que la escupe y la
abofetea y la embiste, no es verdad?... y hasta rie con ella, que,
como usted puede observar, no se muerde la lengua tampoco... Vea usted
all lejos unas lanchas corriendo un largo... Son _boniteras_, de
fijo... As se pesca el bonito, a la _cacea_.

Poco despus pregunt a Nieves, en cuya cara, ms plida que de
costumbre, no se lea otra expresin que la de una curiosidad
intenssima, si se daba por satisfecha con la prueba, o quera apurarla
ms.

--Hasta ahora--respondi Nieves intrpida,--no ha metido el _yacht_ ms
que una tabla; y usted me tiene dicho que puede con tres.

--Dos, Nieves...

--Tres, Leto: lo recuerdo bien.

--Conmigo, s; pero llevndola a usted, no me atrevo.

--Teme usted dar la voltereta?

--Eso nunca; pero hay otros peligros...

--Pues las tres tablas quiero. Ya estoy acostumbrada a los balances, y
esto me va pareciendo delicioso.

Leto, a reserva de engaarla con un artificio bien disimulado, la
prometi complacerla, porque no tena fuerza de voluntad para
contrariarla.

--Pues a ello--dijo--, y agrrese usted bien que voy a preparar la
arribada.

Apart su atencin de Nieves, y la puso toda en el _yacht_.

--La verdad es--pensaba--, que la ocasin es de oro para hacer eso y aun
otro tanto ms; pero carape!... no seor, no seor: tiento, tiento, que
no llevas a bordo sacos de paja... Y lo est deseando el maldito. Qu
luego sinti la caa! All vas! Ya est sorbido el carel... Hola,
hola! garranchitos a m por la proa, eh? Toma ese hachazo por el
medio... y ese par de rociones para duchas... Carape con la
recalcada!... Una tabla... Esto ya es andar... y embarcar agua
tambin... Pues otro poquito ms de caa ahora... para probar... nada
ms que para probar!... Ya est la segunda. _(Alto)_. Vaya usted
contando, Nieves: dos tablas...

--Una y media--respondi Nieves al punto--. Hasta tres...

--No sea usted tentadora! Dejmoslo en las dos, y crea usted que es
bastante.

--Hay miedo, Leto?

--Tendra que ver!

--Pues lo parece.

--Vea usted los delfines otra vez... Los puede usted alcanzar con la
mano. Sern capaces de pretenderlo, los muy sinvergenzas? Pues al ver
lo que se arriman y se presumen... Las gaviotas... Mire usted esa nube
de ellas escarbando con las alas en el mar: all hay un banco de
sardinas...

--Lo que usted quiere--dijo Nieves pasando su mirada firme de los
delfines y de las gaviotas a Leto--, es distraerme a m del punto que
estbamos tratando; pero no le vale... Las tres tablas, Leto!

Leto empez a creer que no haba modo de resistirla ni de engaarla...

--Pues las tres tablas--dijo--; pero muchsimo cuidado, Nieves!

Y se dispuso a complacerla, comenzando por olvidarla para no ser ms que
barco inteligente.

--Hay que volver a empezar--se deca--; y para esto, mejor era haberlo
hecho del primer tirn, porque la brisa arrecia y la trapisonda crece...
El carel... por vida de la arfada!... De sta, va a ser el pozo un bao
de pies... Ms caa... Uf!... qu sensible y qu retozn est hoy el
condenado! En cuanto se le tocan las cosquillas, ya no le cabe en la
mar... Una tabla... y un garrancho. Despus hablaremos de estas
rociadas, amigo Cornias... Buena cabezada! Gracias que dimos en
blando... La arribada ahora... Dos tablas, y sin carnero a bordo... y
qu andar, carape! Que nos alcancen galgos ni las toninas siquiera...
Pues toma ms, ya que te gusta... as! que no has de desarbolar por
ello ni por otro tanto encima... Y eso que parece que te duele el
aparejo, por lo que gime y se cimbrea y se tumba... Ay, carape! que
esto tiene su borrachera como el vino... Si me dejara llevar de
ella!... Pero, en fin, hasta las tres tablas, siquiera, que debemos...
falta una... Toma ms, bebe ms, que ms puedes! Vaya si puedes!...
Hay que repetir la arribada con mayor energa... All va!... Ah,
carape, que se me fue la mano!...

Sali el barco como una exhalacin, levantando lumbres del agua;
saltaron a bordo grandes chorros de ella; oyose un grito horripilante, y
desapareci Nieves entre las espumas que revolva el _yacht_ por la
banda sumergida.

--Divino Dios!--clam entonces Leto en un alarido que no pareca de voz
humana--. Vira, Cornias!

Y se lanz al mar detrs de Nieves.




--XVIII--

Bajo el tambucho


Creo que se nos desmaya, Cornias... Era de esperar... El horror, el
fro... Desgraciada de ella... desgraciado de m... desgraciados de
todos, si esto ocurre antes de llegar t a recogernos! Ya no poda
ms... me faltaban palabras para alentarla; fuerzas para sostenerla... y
para sostenerme yo mismo. Qu situacin, Cornias! Qu cuarto de hora
tan espantoso! Anda ms de prisa... Ten firme... Aqu, sobre este
banco... Santo Dios! si me parece que sueo!... Arrolla la colchoneta
por esa punta para quesirva de almohada... As... Ahora convendra
reaccionarla; pero cmo?... Con qu tenemos; pero cmo? vuelvo a
decir... Destapa ese otro banco y saca cuantas ropas haya dentro del
cajn... En el aire!... Yo, al armario de las bebidas alcohlicas...
Inspiracin de Dios fue el conservarlas aqu!... Y se resiste la
condenada vidriera!... Pues por lo ms breve... para qu sirven los
puos?... Hgase polvo este cristal, y el armario entero si es
preciso... Este ron de Jamaica es lo ms apropiado... Una copa
tambin... Ampara t esto de los balances, sobre la mesa... pero dame
primero una toalla de esas para secarme las manos, que chorrean agua...
Qu ha de suceder con esta chaqueta que es una esponja?... Fuera con
ella!... Vete echando ron en la copa... Venga ahora... Pero agurdate
que la enjugue antes la cara... Dios de Dios! que yo no pueda hacer
aqu lo que es ms necesario... casi indispensable!... aflojarla estas
ropas empapadas... quitrselas de encima. Si me fuera dado ver y no
ver; maniobrar con los ojos cerrados!... La copa enseguida... Ron en las
sienes... en las ventanillas de la nariz... entre los labios... Pero si
con ese talle tan oprimido no pueden funcionar los pulmones!... Yo bien
veo dnde est la abertura de la coraza... pero no sera una
profanacin poner las manos ah?... No se me caeran de las muecas?...
Y hay que hacer algo por el estilo, y sin tardanza... Por la espalda si
acaso... justo: la misma cuenta sale... Tu cuchillo, Cornias... Aydame
a ponerla boca abajo... Dios me d uno suficiente!... Por si acaso, el
filo hacia arriba... Ya est cortada la tela del vestido... Ahora las
trencillas del cors... y estos cinturones... Esta es obra ms fcil...
Trae aquel impermeable y tindele encima de ella y de mis manos, que no
tienen ojos... As... Ya queda el tronco libre de ligaduras... a
volverla ahora de costado... Ves cmo respira con menos dificultad?...
Ms ron enseguida... en el aire, Cornias! Le siente en los labios...
Ten la copa un instante mientras la incorporo yo... As... Nieves!...
Nieves!... Dame la copa t. Nieves!... un sorbito de esta bebida para
entrar en calor... A ver, poquito a poco... All va... Lo paladea,
Cornias, lo paladea... y entreabre los ojos! Sea Dios bendito!... Otro
sorbo ms, Nieves, hasta apurar la copa, aunque le repugne a usted: es
esencia de vida... Aj!... Prepara otra, Cornias, por si acaso... Mira,
hombre, todava conserva en el pecho parte de las flores que se haba
prendido esta maana!... Sobre que se estn cayendo... Toma. No las
tires: gurdalas en ese armario abierto... por si pregunta por ellas...
Se siente usted mejor, Nieves? Quiere usted otro poco de la misma
bebida para acabar de reaccionarse?... Mira, Cornias, qu fortuna en
medio de todo! Ya vuelve en s... ya est en sus cabales... Bendito sea
Dios!

El pudor, que es el sentimiento ms afinado en la naturaleza de la
mujer, fue lo primero que vibr en la de Nieves al recobrar sta el
dominio de su razn. Not la flojedad del cuerpo de su vestido, mirose,
le vio desentallado, repar en el impermeable que la cubra los hombros;
Y con una mirada angustiosa pregunt a Leto la causa de ello.

--Lo he rasgado yo--respondiola el mozo, tan ruborizado como la
interpelante--, porque era de necesidad abrir por algn lado para que
usted respirara con desahogo.... y eleg ese lado de atrs por parecerme
menos... vaya, menos... y aun eso se hizo, al llegar al cors, bajo el
impermeable que no se le ha vuelto a quitar a usted de encima. Es
cierto, Cornias?

Cornias dijo que s; y Nieves baj la cabeza, estremeciose, y se arrop
con el impermeable. Estaba plida como un lirio, casi amoratada;
chorrebale el agua por cabellos y vestido, y haba una verdadera laguna
en el suelo de la cmara; porque Leto, por su parte, era una esponja
inagotable, de pies a cabeza.

--Ahora, Nieves--la dijo ste casi imperativamente, pero traducindosele
en la voz y en la mirada la compasin y el inters de que estaba
posedo--, va usted a hacer, sin un momento de tardanza, lo que debi de
haberse hecho en un lugar de lo poco que yo hice... porque no me era
lcito hacer ms: est usted empapada en agua, est usted fra; y eso no
es sano: hay que quitarse esa ropa... toda la ropa! enjugarse bien,
friccionarse si es preciso, y volverse a arropar: yo no tengo vestidos
que ofrecerla a usted, ni en estas soledades han de hallarse a ningn
precio; pero tengo algo seco, limpio y muy a propsito para que pueda
usted envolverse en ello y abrigarse... Vea usted una... dos... tres
grandes sbanas de felpa... dos toallas... unas pantuflas sin estrenar,
algo cumplidas de tamao; pero donde cabe lo ms, cabe lo menos... Otro
impermeable... Se acuerda usted de la tarde en que les ense estas
prendas visitando ustedes esta cmara? Mal poda imaginarme yo entonces
el destino que les estaba reservado para hoy! En medio de todo, bendito
sea Dios, que menos es nada... Conque a ello, Nieves... y tome usted
antes otros dos sorbos de ron para rehacerse un poquito ms... No
insistira, porque s que le repugna este licor, si tuviera usted quin
la ayudara en la tarea en que va a meterse; pero, desgraciadamente,
tiene usted que arreglarse sola, y hay que cobrar fuerzas... Vamos, otro
sorbito... y t, Cornias, listo a pasar un lampazo por estos suelos!...
Vea usted bien, Nieves: sobre la mesa pongo, para que las tenga usted
ms a la mano, las sbanas, las toallas y las babuchas... All queda el
capuchn impermeable; y la botella del ron para el uso que la indiqu
antes y la recomiendo mucho, en este armario... Despus se pasa usted a
aquel otro banco que est seco, y se acuesta un ratito... Para su mayor
tranquilidad, voy a correr las cortinillas de los tragaluces... No hay
ojos humanos en el _yacht_ capaces de un atrevimiento semejante; pero
usted no tiene obligacin de creerlo... Ve usted? Despus de corridas
las cortinillas, queda sobrada claridad para lo que tiene usted que
hacer... Ah! por si le ocurre llamar mientras est sola aqu adentro:
esta puerta de entrada tiene un cuartern de corredera: observe usted
cmo se abre y se cierra... Por aqu puede usted pedir lo que
necesite... Listo, Cornias, que apura el tiempo!... Conque estamos
conformes, Nieves? Hay fuerzas? S? Pues a ello sin tardar un
instante. Y nimo! que Dios aprieta, pero no ahoga.

Nieves, que haba estado con la mirada fija en Leto, sin perder una
palabra, ni un movimiento, ni un ademn del complaciente muchacho en su
afanoso ir y venir, cuando le tuvo delante, a pie firme y en silencio
pidindola una respuesta, se la dio en una sonrisa muy triste, pero muy
dulce.

Enseguida se llev ambas manos a la frente y se estremeci de nuevo,
exclamando:

--Dios mo, qu ideas me acometen de pronto, tan negras, tan raras!...
qu sobresaltos, qu visiones!... Estoy como en una pesadilla
horrorosa... Mi pobre padre, tan tranquilo y descuidado en Peleches; yo,
sin saberlo l, aqu ahora, de esta traza, en este mechinal... y un
momento hace... Dios eterno!... Leto... yo estoy viva de milagro... yo
he debido de ahogarme hoy.

--No, seora,--respondi Leto muy formal.

--Que no? Pues si no es por usted, primero, y por la destreza de
Cornias enseguida... confesada por usted mismo cuando le vea
acercarse...

--Cornias ha cumplido con su deber, como yo he cumplido con el mo; pero
usted no poda ahogarse de ningn modo...

--Por qu?

--Porque... porque no: porque para ahogarse usted era preciso que antes
me hubiera ahogado yo, y despus el _yacht_ con Cornias adentro, y
despus los peces de la mar, y la mar misma en sus propias entraas, y
hasta el universo entero!... porque hay cosas que no pueden suceder ni
concebirse, y por eso no suceden... Y por el amor de Dios! esparza
usted ahora esos tristes pensamientos, como yo esparzo los mos... que
son bien tristes tambin, y muy mortificantes y muy negros, y consgrese
sin perder minuto a hacer lo que la tengo recomendado; porque no da
espera. Tiempo sobrado nos quedar despus para hablar de eso... y
entregarme yo a la Guardia civil para que, atado codo con codo, me lleve
a la crcel, y despus me den garrote vil en la plaza de Villavieja.

--A usted, Leto?

--A m, s; porque, en buena justicia, debi de haberme tragado la mar
en cuanto la puse a usted en brazos de Cornias.

--Pero habla usted en broma o en serio?--le pregunt Nieves,
contristada con el tono y el ademn casi feroces de Leto.

--Pues no ha conocido usted que es broma para distraerla de sus
visiones?--respondi ste fingiendo una risotada de mala manera,
abochornado por su imprudente sinceridad--. Lo que la repito en serio es
que urge quitarse todas esas ropas mojadas.

--Y las de usted?--le dijo a l Nieves viendo cmo le chorreaba el agua
por las perneras abajo--,  son ropas mojadas?

--Las mas--respondi Leto,--no hacen dao donde estn ahora: somos
antiguos y buenos amigos el agua salada y yo... Adems, ya estn casi
secas y acabarn de secarse al aire libre, adonde voy a ponerlas
enseguida con el permiso de usted. Vamos a ir empopados, y cuento con
llegar al puerto en tres cuartos de hora; echemos otro hasta el muelle:
la hora justa desde aqu... Tngalo usted presente para hacer su
toilette... y hasta luego.

Con esto sali de la cmara, cerr la puerta y voce a Cornias, que ya
estaba esperndole con la maniobra aclarada y la sangre helada an en
sus venas con el recuerdo del espantoso lance que no se le borrara de
la memoria en todos los das de su vida.

Se izaron las velas, se puso el _Flash_ en rumbo al puerto, y cay su
piloto, no en su embriagadora obsesin de costumbre en casos tales, sino
en las garras crueles de sus amargos pensamientos. Volaba el _yacht_
cargado de lonas, arrollando garranchos y carneros, saltando como un
corzo de cresta en cresta y de seno en seno, circuido de espumas
hervorosas, juguetn, ufano... Y para qu tanta ufana y tanta
presteza? Para tortura del pobre mozo, que vea en la llegada al puerto
la cada en un abismo sin salida para l... Mirrase el caso por donde
se mirara, siempre resultaba el mismo delincuente, el mismo responsable:
l, y nadie ms que l fue dbil complaciendo a Nieves, sin
consentimiento de su padre, en un antojo tan serio, tan grave, como el
de salir a la mar a hurtadillas y con, el tiempo medido; fue un
mentecato, un majadero, haciendo valentas en ella, sin considerar
bastante los riesgos que corra el tesoro que llevaba a su lado; fue un
irracional, un brbaro, rematando sus majaderas con la bestialidad que
produjo el espantoso accidente... No lo haba dicho en broma, no:
mereca ser entregado por la Guardia civil a los tribunales de justicia,
y agarrotado despus en la plaza pblica, y execrado hasta la
consumacin de los siglos en la memoria de don Alejandro Bermdez y
todos sus descendientes. Y si don Alejandro Bermdez y la justicia
humana no lo consideraban as, ni el uno ni la otra tenan sentido comn
ni idea de lo justo y de lo injusto... Que Nieves viva! Y qu, si
viva de milagro, como haba dicho muy bien la infeliz? Su cada haba
sido de muerte, con el andar que llevaba el barco; y en esta cuenta se
haba arrojado l al mar... Si se obraba el milagro despus, bien; y si
no se obraba... qu derecho tena l a vivir pereciendo ella, ni para
qu quera la vida aunque se la dejaran de misericordia? Esto no era
rebelarse contra las leyes de Dios; era sacrificarse a un deber de
caridad, de conciencia, de honor y de justicia. l la haba puesto en
aquel trance; pues quien la hizo que la pagara. Esta era jurisprudencia
de todos los cdigos y de todos los tiempos, y de todos los hombres
honrados... Comprometes la vida ajena? Pues responde con la propia.
Qu menos? Esto entre vidas de igual valor. Pero qu comparacin caba
entre la vida de Nieves y la vida de Leto? La vida de Nieves! Todava
conceba l, a duras penas, que por obra de una enfermedad de las que
Dios enva, poco a poco y sin dolores ni sufrimientos, esa vida hubiera
llegado a extinguirse en el reposo del lecho, en el abrigo del hogar y
entre los consuelos de cuantos la amaban; pero de aquel otro modo,
inesperado, sbito, en los abismos del mar, entre horrores y espantos...
y por culpa de l, de una imprudencia, de una salvajada de Leto!... Lo
dicho: aun despus de salvar a Nieves, quedaba su deuda sin pagar; y su
deuda era la vida; y esta deuda debi habrsela cobrado el mar en cuanto
dej de hacer falta para poner en salvo la de su pobre vctima... Todo
esto era duro, amargo, terrible de pensar; pero y lo otro, lo que
estaba ya para suceder, lo que casi tocaba con las manos y a veces se
las induca a dar contrario rumbo a su _yacht_? Cuando ste llegara al
puerto, y hubiera que pronunciar la primera palabra, dar la primera
noticia, las primeras explicaciones, aunque por de pronto se disfrazara
algo la verdad que al cabo llegara a conocerse?... Don Alejandro, sus
servidores y amigos... la villa entera, la misma Nieves, despus de
meditar serenamente sobre lo ocurrido... cada cual a su manera, todos y
todo sobre l!... Merecido, eso s, muy merecido! Pero dnde estaban
el valor y las fuerzas necesarias para resistirlo? Hasta con el mar se
luchaba y en ocasiones se venca; pero contra la justa indignacin de un
caballero, contra el enojo de sus amigos, contra la mordacidad de los
malvados y contra el aborrecimiento de ella... Oh, contra esto sobre
todo!... Aqu no caba ni hiptesis siquiera. Antes que tal caso
llegara, aniquilrale Dios mil veces, o castigrale con la sed y la
ceguera y todas las desdichas de Job: a todo se allanaba menos a ser
objeto de los odios de aquella criatura que le pareca sobrehumana.

Despus de subir Leto tan arriba en la escala de lo negro, sucediole lo
que a todos los espritus exaltados movidos de las mismas aprensiones:
que no pudiendo pasar de lo peor ni teniendo paciencia para quedarse
quietecito donde estaba, comenz a descender muy poco a poco, para
cambiar de postura; y de este modo, quitando una tajadita a este
supuesto, y un pellizquito al otro, y dando media vuelta al caso de ms
all, fue encontrando la carga ms llevadera y el cuadro general a una
luz menos desconsoladora.

Para mayor alivio de su pesadumbre, al abocar al puerto se hall de
pronto con la carita de Nieves asomada al cuartern de la puerta de la
cmara, mirndole muy risuea, con una rosetita arrebolada en cada
mejilla y cierta veladura de fatiga en los ojos... El alma toda se le
esponj en el cuerpo al aprensivo mozo. Aquellos celajes tan difanos,
tan puros, no eran signos de la tempestad que l tema...

--Ya est usted obedecido--le dijo--, en todo y por todo. Si viera
usted qu bien me encuentro ahora! Siento hasta calor, y he cobrado
fuerzas... Pero huelo a ron que apesto... Lo peor es que no puedo
manejarme a mi gusto, porque estoy lo mismo que un beb: en envolturas.
Adems, el capuchn por encima.

Leto baj un poco la cabeza y apret los prpados y las mandbulas, como
si tratara de arrojar de su cerebro alguna idea, alguna imagen que,
contra su voluntad, se empeara en anidar all.

--Bien saba yo--dijo por su parte y slo por decir algo, que el remedio
era infalible; sobre todo, aplicado a tiempo... Y aunque yo me privara
del gusto de verla ah tan repuesta, no estara usted mejor descansando
sobre el almohadn que no se ha mojado?

--Ya lo he hecho durante un ratito--contest Nieves--; pero me he
levantado para preguntarle a usted una cosa que ha empezado a
inquietarme bastante... Como yo hasta ahora no he tenido el juicio para
nada... En primer lugar, por dnde vamos ya?

--Entrando en el puerto.

--Y cuando lleguemos al muelle, cmo salgo yo de aqu, Leto? Porque no
he de salir en mantillas. Ha pensado usted en esto tambin?

--Tambin he pensado en eso--respondi Leto devorando el amargor que le
produca el recuerdo de aquel caso, que era la primera estacin del
Calvario que l haba venido imaginndose--. En cuanto lleguemos al
muelle, ir Cornias volando a Peleches en busca de la ropa que usted
necesite... Se dir, para no alarmar, que se ha mojado usted, no lo que
ha sucedido...

--Me parece muy bien, y en algo como ello, haba pensado yo para salir
del primer apuro. Despus, Dios dir... no es as, Leto?

--As mismo,--respondi ste algo mustio otra vez.

--Pues yo creo--dijo Nieves notndolo, que hacemos mal en apurarnos por
lo menos, despus de haber salido triunfantes de lo ms... Dios, que me
oy entonces, no ha de ser sordo ahora conmigo... para una pequeez;
porque despus de lo pasado, todo me parece pequeo, ya, Leto... muy
pequeo!... hasta el enojo y las reprensiones de pap... Virgen Mara!
Me veo aqu sana y salva y hablando con usted, vivo y sano tambin, y me
parece mentira... Qu horrible fue, Leto, qu espantoso! En aquella
inmensa soledad!... qu abismo tan verde, tan hondo... tan amargo!...

Amargos y muy amargos le parecieron tambin a Leto aquellos recuerdos
que l quera borrar de su memoria, y por ello pidi a Nieves, hasta por
caridad, que hablara de cosas ms risueas.

--Si no puedo!--le respondi Nieves con una ingenuidad y un bro tan
suyos, que no admitan rplica--. Estoy llena, henchida de esos
recuerdos, como es natural que est, Leto... porque no ocurren esas
cosas todos los das, ni quiera Dios que vuelvan a ocurrirle a nadie!
Me mortifican mucho calladitos all dentro, y me alivio comunicndolos
con usted... y usted quiere que me calle!... Pues caridad por caridad,
Leto: tambin yo soy hija de Dios... Le parezco egosta? Le importuno?
Le canso? Va usted a enfadarse conmigo?

Habra zalamera semejante? Enfadarse Leto por tan poca cosa, cuando
sera capaz!... Pidirale ella que bebiera hieles para quitarla una
pesadumbre, y hieles bebera l tan contento, y rescoldo desledo. No se
atrevi a decrselo tan claro; pero como lo senta, algo la dijo que
sonaba a ello y le vali el regalo de una mirada que vala otra
zambullida. Enseguida dijo Nieves, volviendo a pintrsele en los ojos la
expresin del espanto:

--Todo lo recuerdo, Leto, como si me estuviera pasando ahora: qu
tontamente desprend las manos del respaldo para llevrmelas a la cara,
cuando sent el chorro de agua en ella; la rapidez con que ca
enseguida, y la impresin horrorosa que sent al conocer que haba cado
en la mar; lo que pens entonces y lo que rec; el desconsuelo espantoso
de no tener a qu asirme ni dnde pisar... Ay, Leto! si tarda usted dos
segundos ms, ya no me encuentra... Me hunda, me hunda retorcindome
desesperada... qu horror! Cuando me vi agarrada y suspendida por
usted, me pareci que resucitaba... Despus empezaron los peligros de
ahogarnos los dos por mi falta de serenidad para seguir los consejos que
me daba usted... Empeada en asirme a usted, como si estuviramos los
dos a pie firme sobre una roca... Pero quin puede estar serena entre
aquellos horrores, Virgen Mara! Despus ya fue otra cosa: a fuerza de
suplicarme usted y hasta de reirme, ya logr colocarme mejor y dejarle
ms libre y desembarazado... a todo esto, alejndose el _yacht_, y usted
explicndome por qu lo haca... despus todas sus palabras para darme
alientos, hasta que el barco volviera por nosotros... si volva, Leto,
si volva a tiempo!, porque a pesar de sus palabras, demasiado conoca
yo lo que pasaba por usted: las fuerzas humanas no son de hierro; y
aquella espantosa situacin no daba larga espera... Recuerdo la alegra
de usted cuando vio el _yacht_ encarado a nosotros; sus temores de que a
Cornias no se le ocurrieran ciertas precauciones, y el barco, por
demasiada velocidad, pasara a nuestro lado sin poder recogernos; y su
entusiasmo cuando vimos caer las velas una a una, quedarse el barco
desnudo, y al valiente Cornias de pie, con la caa en la mano y
conducindole hacia nosotros hasta ponerle a nuestro lado, dcil y
manso, y creo que hasta risueo... No pareca barco, sino un perro fiel
que iba en busca de su seor. No he de recordarlo, Leto? Pues es para
olvidado en toda mi vida por larga que ella sea?.... Como lo que usted
dijo en cuanto lleg a nosotros el _yacht_, y el pobre Cornias, plido
como la muerte, se arroj sobre el carel con los brazos extendidos...
Se acuerda usted, Leto?

Leto, con la frente apoyada en su mano izquierda y el codo sobre la
rodilla, no respondi a Nieves una palabra. Estaba aturdido, fascinado,
quiz por los recuerdos que evocaba el relato; quiz por el acento
conmovedor y la expresin irresistible de los ojos de la relatora.

La cual, despus de contemplarle con cariosa avidez unos momentos,
aadi:

--Pues yo s: A ella, Cornias; a ella sola! Mal andaba yo de fuerzas
entonces, muy mal!... no poda andar peor; pero me hubiera atrevido a
jurar que estaba usted gastando las ltimas en ponerme en manos de
Cornias... Ay, Leto! Yo crea que en determinadas ocasiones de la vida,
estaban excusados los hombres de ser galantes con las damas; pero, por
lo visto, la regla tiene excepciones; y una de ellas me ha tocado a m
hoy, por dicha ma... Y quiere usted que eche de la memoria todos estos
recuerdos, o que los conserve y me calle!... Y a todo esto--aadi,
observando la emocin hondsima del original muchacho (que tena que ver
entonces, desgreado, en cuerpo y mangas de camisa, an no bien seca, y
los pantalones ms que hmedos todava)--, dnde est Cornias?... Yo
quisiera verle.

Como el _yacht_ continuaba navegando en popa y no haba que tocar la
maniobra, Cornias iba a proa sentado al borde del tejadillo del
tambucho, con los brazos cruzados sobre el pecho, la cabeza algo cada,
plido el color, y los ojos completamente en blanco; porque todo su
mirar era entonces hacia adentro, donde le hervan las imgenes
terribles de los recientes sucesos en que le haba alcanzado tan
importante papel.

Acudi a la llamada enrgica de Leto, el cual le dijo:

--La seorita desea hablarte: baja.

Y baj al fondo del pozo. All levant la cabeza, y enderez lo ms que
pudo la mirada al ventanillo de la puerta; y tal efecto le produjo la
expresin dulce y melanclica de la carita de Nieves, incrustada en el
hueco, y el carioso inters con que le miraba a l, al nfimo Cornias,
que comenz a inflar los carrillos y amagar sollozos; con lo cual Nieves
se enterneci tambin algo, y ninguno de los dos articul palabra.

Observado por Leto y queriendo dar fin a la escena que tan
dificultosamente empezaba, con el pretexto de que andaba el _yacht_ en
las proximidades del muelle, pidi permiso a Nieves para enviar a
Cornias a su sitio; y la dijo en conclusin:

--De eso ya hablarn ustedes otra vez.

Fuese Cornias y pregunt Nieves a Leto:

--Tan cerca estamos ya?

--En cinco minutos llegamos...

--Ay, Dios mo!--exclam Nieves, palideciendo algo,--qu hormiguillo
me entra ahora!... Ser miedo?

--Hay para tenerle,--contest el otro tiritando en su interior.

--Pues nimo--repuso ella con la voz algo insegura--, y pensemos en lo
ms para no temer lo menos. Antes se lo dije tambin. Y ahora me vuelvo
a mi escondrijo, hasta que pueda salir de l vestida de persona mayor...
Ah!... se me olvidaba--aadi despus de haber retirado un poco la
carita del ventanillo--: he visto en el armario unas flores iguales a
las que llevaba en el pecho esta maana, si no son las mismas...

--Lo son,--respondi Leto hecho una grana, como si le hubieran achacado
el robo de un panecillo.

--Pues cmo estn all?--pregunt Nieves gozndose en el bochorno de
Leto.

--Porque se le estaban cayendo a usted del pecho cuando la tendimos
desmayada sobre el banco... y le dije yo a Cornias, despus de
recogerlas con mucho cuidado, que las guardara..., por si preguntaba
usted por ellas.

--Muchas gracias, Leto, aunque ya no me sirven. Puede usted tirarlas, si
le parece.

--Eso no!--contest Leto sin pararse en barras, acordndose del lance
del Miradorio--. Bien estn donde estn, puesto que usted no las quiere.

--Y no estaran mejor--preguntole Nieves, con una sonrisilla que
hablaba sola--, en otra parte... por ejemplo, con cierto clavel rojo, en
el mismo libro, como apunte de dos fechas importantes?... En fin, al
gusto de usted... y hasta luego... y corri la tablilla de cuartern.

--Lo propio que yo estaba pensando!--exclam Leto para s--. Dos
fechas: el principio y el fin; porque esto es ya el acabose...
Cornias!--grit de pronto--. Arra!

Arri Cornias el aparejo que le sobraba al balandro; y as continu ste
deslizndose hasta atracarse a los maderos del muelle, con la misma
precisin que si llevara medidas a comps las fuerzas y la distancia.




--XIX--

En la villa


Dos pescadores que estaban trajinando en un bote cercano al muelle,
vieron la llegada del _Flash_ y el estado en que vena Leto; cmo sali
Cornias enseguida escapado hacia Peleches; cmo el hijo de don Adrin,
descompuesto y airado de semblante, no saba lo que se haca, y, en
ocasiones, hablaba palabras sueltas con alguien que estaba encerrado en
la cmara; cmo volvi Cornias despus a todo andar, con un gran
envoltorio entre brazos y acompaado de la Gitana de Peleches (as
llamaban a Catana las gentes de Villavieja); cmo entreg Cornias a la
andaluza el envoltorio, estando los dos en el _yacht_; cmo la andaluza
y el envoltorio pasaron a la cmara; cmo Cornias torn a subir al
muelle y tom a escape el camino de la villa; cmo no tard un cuarto de
hora en volver, con otro lo que puso en manos de Leto; cmo al cabo de
otro cuarto de hora y salieron de la cmara la seorita de Peleches, muy
elegante, y Catana con otro envoltorio que goteaba; cmo, despus de
darse la mano la seorita y Leto, muy afectuosamente, y de cambiar
algunas palabras, Cornias cogi el lo que goteaba, y, echndosele al
hombro, sali del _yacht_ con las dos mujeres; cmo Leto desde abajo y
la seorita desde el muelle, volvieron a despedirse con la mano, de
palabra y con los ojos; cmo los tres desembarcados se fueron por el
camino del Miradorio, y Leto se encerr en la cmara con su
correspondiente lo, para salir, un buen rato despus, mudado de pies a
cabeza y vestido de cristiano; cmo anduvo trajinando en el _yacht_...
y cmo, en fin, reapareci Cornias en el muelle, sudando el quilo, sin
pizca ya de negro en los ojos, y baj al _yacht_, y se qued en l, y se
march Leto hacia su casa... con un manojito de herbachos y de flores
ruines en la mano, pero que deban tener algn mrito, por el cuidado
con que las guard en un bolsillo. Todas estas cosas y la cara de susto
que notaron en la seorita, en la gitana y en Cornias, y de veneno en el
hijo de don Adrin, tan alegrote de suyo, pusieron la curiosidad de los
pescadores en una tirantez insoportable. Por lo cual, en cuanto se
perdi Leto de vista, ya estaban ellos al costado del balandro acosando
a Cornias con preguntas.

Cornias era sobrio de palabras naturalmente, y en aquella ocasin fue
hasta mezquino; pero como an tena el susto bien patente y lo visto por
los pescadores no se vea a todas horas en un _yacht_ como aqul, de
vuelta de un paseo por la mar, la mezquindad de las respuestas agravaba
el aspecto del asunto. Pronto cay Cornias en esta cuenta; y para salir
del paso honradamente, despilfarrose un poco ms, barajando de mala
gana, a media voz y de medio lado, sin desatender su faena una virada
en redondo, mucha trapisonda, garranchos como arena y los rociones
hasta la cara. Replicronle que cmo pudieron empaparse los dems y
quedar l tan enjuto como estaba a lo cual, y vindose cogido por el
medio, respondi que no haba ms, y que bastante era para lo poco que
les haba costado y lo menos que les importaba.

Idntica explicacin haba hecho a don Adrin, por encargo de Leto, al
pedirle ropa con que mudarse ste; pero don Adrin lo crey a puo
cerrado desde luego, y no pas ms all de lamentar el caso, dar a
Cornias el equipo que le peda, y rogar a Dios en sus adentros que no
ocurrieran cosas semejantes cuando fuera en el balandro la seorita de
Peleches, de la cual nada haba dicho el mensajero de Leto al boticario;
mientras que los pescadores, con ms datos a la vista y mayor
experiencia que don Adrin en achaques de aquel gnero, y maliciosos de
suyo, se forjaron el lance a su capricho; y dndole por cierto, le
narraban diez minutos despus, con minuciosos detalles, en la taberna de
_Chispas_, delante de varias personas, entre ellas la criada de don
Eusebio Codillo que iba en busca de la media azumbre diaria de clarete
que se beba en la casa entre los seis de familia.

Esto ocurra a las doce y media, minutos arriba o abajo: a la una menos
cuarto se _saba_ en casa de las Escribanas (que ya tenan, por
Maravillas, conocimiento de la salida de Nieves a la mar, sola con el
hijo del boticario) que el uno y la otra, por andar de remosco en el
balandro, haban cado juntos al agua, de donde salieron con muchas
dificultades; que ella haba venido desnuda en la cmara, y l a medio
vestir un poquito ms afuera... Eso, al llegar al muelle; porque antes,
sabe Dios dnde vendra.

Rufita Gonzlez _supo_ ms que esto a la una en punto. Supo que,
habiendo salido Nieves de la mar sin conocimiento, hubo necesidad de
desnudarla y darla friegas _en todo el cuerpo_, para que volviera en s,
y drselas con un esparto sucio, por no haber all otro recurso de que
echar mano. Y lo que deca Rufita a las tres Indianas babeando de
indignacin:

--No lo siento por ella, la verdad, ni por el parentesco que nos une, ni
tampoco me extraa; porque, con el modo de vivir que traa la muy
pindonga, en eso haba de venir a parar... o en cosa peor que tambin
puede haber sucedido... vaya usted a saberlo!.. Ay, si tena yo buena
nariz cuando despreciaba sus arrumacos! Que no te dejas ver, Rufita...
que vengas a menudo por aqu... que te echo mucho de menos... que entre
personas de familia debe haber mucha unin y mucho cario... que a
comer... que a refrescar... que no seas ingrata ni orgullosa... Pcara
lagarta sin vergenza del demonio! Como si fueran de juego los motivos
que yo tena para despreciarla!... Pero por quien siento el escndalo es
por mi pobre primo carnal, Nachito: tan joven, tan guapo, tan caballero
y tan poderoso; porque le pone en _redculo_, despus de las voces que
han echado a volar ella y su padre, sobre casamiento arreglado de los
dos primos. Para ella estaba, la muy escandalosa! En eso piensa el
hijo de mi to Cesreo! Por otros caminos ms decentes y honrados han de
ir, si Dios quiere, las miras de mi pobre primo... Y si no, al tiempo...
Pero ellos estn haciendo creer otra cosa para ver si cuaja... Como no
cuaje! Que cargue, que cargue con el zagaln de la botica... y gracias
que no lo tenga el ganduln a menos, porque para ella sobra, Ja, ja,
ja, jaa!

En la Campada se recibi la misma historia, con nuevas ilustraciones, a
las dos; y todos los Carreos cayeron sobre ella como una piara de
cerdos sobre un costal de patatas: a dentellada limpia entre gruidos de
placer.

Los Vlez, que lo supieron a las dos y media, lo tomaron en tono muy
diferente. Don Gonzalo mir a Juanita con cara de compasivo menosprecio;
Juanita, en ademn de profetisa triunfante, mir a su hermano Manrique;
y Manrique, que estaba mirando al suelo, segn costumbre, y columpiando
una pierna cruzada sobre la otra, baj un poquito ms la cabeza y corri
la mirada dos rendijas hacia el silln... Enseguida ley Juanita en alta
voz una revista de _Asmodeo_, como para desinfectar la casa y endulzar
los paladares; y no volvi a mencionarse all el nombre de los Bermdez,
cuanto ms el inaudito suceso que en aquellos instantes corra de boca
en boca por toda Villavieja.

Don Claudio Fuertes le pesc en el Casino, muy atenuado y confuso,
porque delante de l nadie osaba decir todo lo que saba. Pero como era
evidente que algo haba sucedido, alarmose y corri a la botica para
averiguar lo cierto. Don Adrin saba ya para entonces algo ms de lo
que le haba contado Cornias: saba que Nieves iba tambin en el
_yacht_, y que tambin se haba _mojado_; y esto lo saba porque Leto
haba credo de necesidad contrselo en justificacin de su invencible
disgusto, y por temor de que su padre supiera por otro conducto toda la
verdad y la creyera. El pobre boticario estaba transido de pesadumbre.
Nada tena de particular el caso en s, aislada, concreta y
separadamente, eso es; pero considerando que Nieves haba salido aquel
da a la mar por primera vez y sin permiso ni conocimiento de su padre,
qu no estara pensando y sintiendo a aquellas horas su bondadoso y
respetable amigo el seor don Alejandro Bermdez Peleches, si era
sabedor de todo? Por aqu, por aqu le dola al apacible don Adrin
entonces; y como Leto se quejaba tambin del mismo lado, y ninguno de
los dos tena serenidad bastante para presentarse en Peleches con
aquellos temores sobre el alma, Fuertes les reprendi la cobarda, y les
dio razones que les obligaban a lo contrario: si lo saba don Alejandro,
para disculpar Leto a Nieves y disculparse l mismo honradamente; si lo
saba y no le daba importancia, para que viera que tampoco se la daban
ellos; y si nada saba, tanto mejor para todos. l subira aquella misma
tarde a Peleches a la hora de costumbre, como si nada hubiera pasado, y
esperaba que hicieran ellos lo mismo: que no faltaran a la tertulia de
la noche. Le pareci de necesidad tambin informar y prevenir a los
amigos de don Alejandro, para que no se dieran por entendidos del suceso
con l por s an le ignoraba, y que se hiciera la propio con las
personas que fueran llegando a la botica, como ya haban llegado
algunas, en demanda de datos ciertos acerca de lo que se propalaba por
la villa.

De acuerdo los tres sobre este punto y los dems all tratados, don
Claudio sali de la botica para volver al Casino. Cerca ya de l, le
alcanz Leto y le dijo:

--Lo que acaba usted de saber en la botica no es ni sombra de la verdad;
y como quiero que usted la conozca, porque me parece que debe de
conocerla, y aqu no podemos hablar en reserva, llveme usted a su casa,
si tiene un cuarto de hora disponible.

Estando la casa de don Claudio a dos pasos de all, y habindole metido
las palabras de Leto en mucho cuidado, en un instante llegaron a ella y
se encerraron en el gabinete que serva al comandante retirado de
despacho y de dormitorio.

--Como lo que usted ha odo en el Casino,--comenz diciendo Leto a media
voz y espeluznado--, y lo que se estar propalando a estas horas por
toda la villa, no son ms que conjeturas sobre lo que vieron dos boteros
en el _yacht_ atracado al muelle, y algunas palabras que tuvo que
decirles Cornias para engaarles el hambre, necesito yo, para alivio y
desahogo de mi conciencia, declarar toda la verdad a un amigo tan
honrado y tan discreto como usted. Mi padre no sabe ms que lo que yo he
querido que sepa, y el pblico quin podr adivinar hasta dnde llevar
las invenciones?

Y le refiri el suceso con los ms minuciosos detalles.

Don Claudio le escuch sobrecogido; y no pudo menos de alabar, con su
corazn de soldado viejo, el generoso rasgo de Leto.

--No haga usted caso--replic ste notoriamente mortificado con el
elogio--, de ese detalle del cuadro; porque le juro, a fe de hombre de
bien, que no hubiera salido a relucir si hubiera podido explicar sin l
el salvamento de Nieves...

--Pero, alma de Dios--le dijo Fuertes para sacarle del negro desaliento
en que le vea sumido--, cmo se ha de prescindir de ese detalle si en
la situacin en que usted se halla y para el caso que usted teme, es l
toda la cuestin?

--Toda la cuestin?

--Toda la cuestin, Leto, o yo no s lo que traigo entre manos. Si por
excesiva condescendencia, primero, y despus por una distraccin de
usted, estuvo Nieves a punto de perecer, y usted la salv con riesgo de
la propia vida, qu mil demonios le ha quedado a deber al seor don
Alejandro ni al lucero del alba tampoco? Ahora, que la leccin le sirva
de escarmiento y que haya su sermoncito con espantos para arreglar a l
la conducta venidera, ya es distinto, y hasta me parecera muy al caso;
pero, esto qu le quita a usted ni qu le pone?

Leto, con la cabeza baja, se atusaba las barbas, miraba al suelo sin ver
lo que tena delante de los ojos, y no daba seales de convencerse.
Volvi Fuertes a machacar sobre el mismo yunque, y nada: Leto sin
resollar. Al cabo se enderez y dijo:

--Eso que a usted se le ocurre es algo; pero no todo ni la mitad
siquiera; y apurndolo, un poco, nada.

--Nada?

--Mire usted, seor don Claudio: yo quiero dar por hecho que don
Alejandro Bermdez, al enterarse de todo, no solamente me disculpa y me
perdona, sino que me sienta a su mesa; que, Nieves se queda tan
satisfecha y tranquila como si nada la hubiera ocurrido, y que a m no
me duelen pizca los comentarios irrespetuosos y las fbulas y las zumbas
de las gentes... quiere usted ms? Pues con todo ello quedaba la
cuestin, para m, en el mismo punto en que ahora se halla.

--Qu es lo que pretende usted entonces? Qu es lo que quiere?

--Lo que quiero yo--respondi Leto con los ojos espantados y la melena
erizada--, es que considere usted que la hija de don Alejandro Bermdez,
yendo confiada a mi cuidado en un barquichuelo gobernado por m, por una
imprudencia ma ha estado a punto de perecer... ha debido de ahogarse...
Puede usted considerar esto? Pues imagnese usted ahora que esa
criatura se hubiera ahogado esta maana, como debi de ahogarse, don
Claudio, como debi de ahogarse, se lo vuelvo a repetir... y pngase
usted en mi lugar por un instante...

--Hombre--dijo aqu don Claudio frunciendo el ceo y atusndose nervioso
los bigotes grises--, tomadas por ah las cosas, cierto que no era
envidiable la situacin de usted al volver a Villavieja.

--Qu volver!--exclam Leto con la ms candorosa naturalidad--. No
habra tal vuelta; porque Nieves no habra perecido sin perecer antes yo
que la sostena... Pero ella, ella, don Claudio, por qu haba de
perecer as? Este es el caso tremendo; lo dems son accesorios que no
tienen otra importancia que la que reflejan de l. y quiere usted que
no piense en ello... y que no me horrorice al pensarlo? Pues suponga
usted, por ltimo, que se entera del suceso don Alejandro. No es
natural que este buen seor se meta en las mismas suposiciones en que yo
acabo de meterme? No es natural que, metido en ellas, se horrorice
tambin? Y no es natural igualmente que me tiemblen a m las carnes,
por miedo a esos justificadsimos horrores del seor de Bermdez?
Llmeme nervioso, chiquilln y visionario, como me lo llam usted en la
botica por muchsimo menos de lo que ahora sabe... Este clavo podr
arrancarse maana u otro da, o me ir acostumbrando a l; pero, hoy por
hoy, se le regalo al hombre ms duro de entraas; y a ver cmo se las
arregla con la herida.

Don Claudio Fuertes, que haba continuado atusndose los bigotes, con la
cabeza algo gacha y los ojos muy parados, en cuanto acab de hablar Leto
meti las manos en los bolsillos del pantaln y dio media docena de
paseos maquinales, sin rumbo determinado y mirndose las puntas de los
pies. De pronto se detuvo, se encar con Leto, y rascndose suavemente
la cabeza con dos dedos, le habl as:

--O yo no soy perro viejo, o me he olido hasta la calidad de ese clavo,
cuanto ms la hondura de la brecha que ha abierto en usted. Natural es
que le duela, natural es que usted se queje; pero como le duele a usted
en varias partes, porque el clavo es largo y atraviesa muchas cosas
sensibles, confunde usted los dolores; y a veces, creyendo estar
quejndose del bazo, resulta, para el que oye, que lo que a usted le
duele es el hgado... A m me dejan sin cuidado esas equivocaciones, que
ni siquiera me sorprenden, porque, como lo he dicho, soy perro viejo y
hace dos meses que andamos juntos; pero no a todos les suceder lo
mismo; y por lo que pueda tronar, le aconsejo que haga de tripas corazn
cuanto antes... y sobre todo en Peleches.

Se le cambi el color oyendo esto al hijo del boticario, de resultas de
un aleteo y dos volteretas de _algo_ que sinti en las honduras del
pecho; protest con energa de la _sencillez_ de su pesadumbre, y rog a
don Claudio que se explicara con mayor claridad, para acabar de
entenderle y de desengaarle; pero el comandante se hizo el sueco, y con
dos golpecitos en la espalda y otra cordial alabanza de su valeroso
arranque, dio por terminada la entrevista, despidindose de Leto hasta
la noche y recomendndole mucho que no faltara.




--XX--

En Peleches


Rayana la hora de comer, don Alejandro Bermdez hizo un montn con las
cartas que haba escrito en toda la maana sin levantar cabeza; se
restreg las manos muy satisfecho, como aqul que alivia la conciencia
de un gran peso; dio unas pataditas para desentumecerse mientras
guardaba las gafas de oro en el estuche, y sali del gabinete a la sala;
precisamente en el mismo instante en que entraba Nieves en ella para ir
al suyo, en traje de campo, algo agitada de respiracin, y hubiera
jurado don Alejandro que un tantico desencajada de semblante y
despeinada, a lo que poda verse por debajo del ala del sombrero, muy
cada sobre los ojos...

--Torna!--dijo Bermdez, parndose delante de ella--: habas vuelto a
salir?

--Vuelto?--repiti Nieves muy azorada--. S... no... Vengo ahora, pap.

--De dnde, hija?

--Pues de pasear...

--Desde que yo te dej?...

--Desde que t me dejaste. Cabal.

--Canstoles con el paseo! Pues hasta dnde has llegado?

--Hasta... hasta donde siempre... slo que, vers, me estuve en el banco
en que t me dejaste en la Glorieta, lee que te lee hecha una tonta, y
me baj despus muy despacio hasta el Miradorio... Vindome all ya,
como estaba la maana tan hermosa, alargu el paseo hasta cerca del
muelle; pero cuando ms descuidada estaba, oigo el rel de la Colegiata,
me pongo a contar, Dios mo! y cuento las doce. Entonces tom la cuesta
muy corriendo; y por esa me ves algo agitada. Te he hecho esperar,
pap?...

--No, hija; esperar, precisamente esperar... no.

Mientras Bermdez responda as, con aspecto y ademanes de extraeza,
Nieves, inquieta y nerviosa, le miraba... le miraba... como codiciando
algo que no se atreviera a pedirle.

--Me dejas darte un beso?--le pregunt al fin.

Y sin aguardar la respuesta, con los ojos empaados y casi llorando, se
colg del cuello de su padre.

--Pero, hija ma--le dijo ste, costndole trabajo desprenderse de
ella--, a qu vienen esos extremos ahora? qu te pasa?

--Nada, pap,--respondi Nieves dominando su emocin--; sino que como
nunca me ha ocurrido... venir sola tan tarde, y te habr tenido con
cuidado... Me lo perdonas, verdad?

--Si no he salido de mi gabinete en toda la maana, alma de Dios, ni
contaba con que estuvieras t fuera de casa!... qu cuidado ni qu?...
Ahora lo s porque t me lo dices...

--Pues tanto mejor entonces--dijo Nieves esforzndose por echar el punto
a broma--. De todas maneras, me perdonas el pecadillo, no es cierto?

--Naturalmente--respondi Bermdez sin acabar de salir de su extraeza
ni cesar de mirarla de arriba abajo--. Pero, mujer--aadi tras una
breve pausa--: dices que no has vuelto a casa desde que nos separamos
en la Glorieta?

--S.

--Pues si yo jurara que te haba dejado all vestida de color de
barquillo, y ahora lo ests de blanco con rayas azules.

Aqu tuvo Nieves que emplear toda la fuerza de su buen ingenio y de su
voluntad, para fingir una carcajada con que salir del apuro en que la
puso la observacin de su padre.

--Ests en tu juicio?--exclam despus de rerse bastante bien.

--Yo lo creo que lo estoy!--respondi su padre empezando a dudar--. Y
por qu no he de estarlo?

--Porque lo del vestido que dices, fue ayer.

--Ayer?

--Ayer, s... Cuando yo te lo aseguro!

Don Alejandro concluy por encogerse de hombros.

--En fin... si t lo aseguras!...

Y no se atrevi a decir ms.

En la mesa tampoco fue Nieves, en opinin de su padre, la de todos los
das. Comi muy poco y se distraa a cada paso. Don Alejandro no la
quitaba ojo.

--Canstoles!--pensaba sin cesar--. En esa cara hay algo de
extraordinario: ese mirar no es suyo, ni ese color, ni esa expresin de
sobresalto, ni... ni ese vestido es el que llevaba puesto esta maana
paseando conmigo, ea! aunque lo diga quien lo diga... Hasta en el pelo,
canstoles! si me apuran un poco, encuentro ya algo que me extraa:
parece ms apelmazado y obscuro...

Tambin le llamaba mucho la atencin Catana. Jurara que se cruzaban
entre las dos ciertas ojeadas recelosas de tarde en cuando... Adems, la
rondea paraba en el comedor lo menos que poda, huyendo siempre de
encontrarse con la mirada de su amo. Acos a Nieves a preguntas sobre
una multitud de cosas tradas por los cabellos, y las respuestas fueron
siempre al caso; pero... pero aquel tonillo de voz, aquel rer a veces
sin venir a pelo, o aquella seriedad marmrea cuando estaba indicada la
risa... Nada resultaba natural; todo, todo era pegadizo y contrahecho
all... Nieves no haba sido nunca aquello.

La sobremesa fue ms breve que de costumbre. Se le antoj al padre que
la hija estaba deseando levantarse, y se levant l para darla gusto.

--Voy a anticipar un poco la siesta hoy--la dijo por disculpa--, porque
con el madrugn y la tarea de esta maana, me estoy cayendo de sueo.

En cuanto Nieves se fue del comedor, llam l a Catana con una sea; y
llevndosela al rincn ms escondido, la pregunt por lo bajo:

--Qu tiene la nia hoy?

La rondea recibi la pregunta como el diablo una rociada de agua
bendita, y contest bajando mucho la cabeza:

--N, ze...

--Yo digo que tiene algo!--afirm con energa desusada el manso
Bermdez.

--Po zi zu merc lo zabe, zabe m que yo.

Y no dio ms lumbres la rondea, ni tampoco la cara una sola vez, por
ms que se la buscaba don Alejandro con gran empeo en cada pregunta que
la haca.

Con todos estos misterios, se le aguzaron las aprensiones. Se encerr en
su cuarto y se dio a cavilar sobre ellas. Peor. Hasta los granitos de
arena se le antojaron montaas. La intranquilidad le consuma. Era
indispensable poner a Nieves en la precisin de aclarar aquel misterio;
pero cmo? por buenas? por malas? mandndola venir? yendo l a
buscarla? Y si resultaba al postre que todo era una pura alucinacin
suya y que Nieves tena razn, qu pensara de l? Qu disgusto para
la pobre nia!... Pero y si haba algo?

En estas dudas mortificantes, sali de su cuarto y se dirigi poco a
poco y refrenando mal sus impaciencias, al saloncillo donde supona que
estara ya Nieves, y estaba, en efecto, haciendo labor, en su sitio de
costumbre, junto a la puerta del balcn. Hora y media permaneci all
Bermdez sin adelantar un paso en sus proyectos. Midiendo y pesando
gestos, palabras y actitudes de Nieves, a ratos se afirmaba en que s, y
a ratos le pareca que no. No sabiendo a qu atenerse, abstvose de
indagar por derecho cosa alguna, y sali del saloncillo tan a obscuras
como haba entrado en l, pero menos intranquilo; porque viendo y oyendo
a su hija, le pareca imposible que en ella cupiera misterio por el cual
debiera l alarmarse.

--Supongamos--pensaba andando hacia su gabinete--, que hay algo que no
quiere declararme ahora: qu ser todo ello? Alguna niera de las
suyas que me har rer cuando se descubra... Por de pronto, ese dolor de
cabeza de que se me ha quejado y dice que siente desde esta maana, ya
justifica su inapetencia y ciertas salidas de tono que parecen
distracciones: si a esto se aade el sobresalto y la agitacin con que
la pobre vino al medioda desde el muelle, y que lo de Catana puede ser
una aprensin ma, nada ms que una aprensin, y lo del vestido...
Canstoles!... esto del vestido es de lo ms raro que puede darse;
pero lo afirma de un modo!...

A las seis lleg don Claudio, como todos los das... Y tambin en don
Claudio vio Bermdez algo de sospechoso y de alarmante: tambin miraba y
hablaba con recelo, como si anduviera a media luz en el terreno que
pisaba. No pareca sino que iba a una visita de duelo, y que intentaba
conocer el estado de los nimos para acomodar al de ellos el temple del
suyo propio. Cundo se haba visto cosa igual en el despreocupado
comandante?

--Hoy nos quedamos sin paseo, don Claudio--habl Bermdez sin quitarle
ojo para no perder el ms mnimo gesto de su amigo--; digo, me quedo yo.

Ni la menor seal de extraeza en don Claudio Fuertes! Como si le
pareciera excusada la noticia!

--Pues lo siento,--respondi algo retrasado, pero maquinal y framente.

--Nieves anda algo malucha hoy... y no saliendo ella...

Tampoco le sorprendi esta otra noticia al seor don Claudio Fuertes.
Como si contara ya con ella, dijo muy sosegadamente a su amigo:

--Cosa de nada, por supuesto, sin consecuencias...

--Un dolor de cabeza--repuso don Alejandro, mirando de hito en hito al
otro--, que cogi esta maana...

--En dnde?--pregunt don Claudio despus de carraspear.

--En el paseo--respondi Bermdez, sin dejar de mirar a su amigo--. Le
alarg algo ms que de costumbre, y volvi un poquito sofocada.

--De dnde?

--De donde!... Pues canstoles! del paseo; no se lo estoy diciendo a
usted?

--Quera yo decir que por dnde haba paseado.

--Pues por donde acostumbra cuando yo no voy con ella: por estas
alturas... hasta el Miradorio... Primero habamos paseado juntos por la
costa hacia la mina... Yo la dej leyendo en la Glorieta, y me vine a
casa a despachar mi correspondencia atrasada... Cuando acab, al
medioda, la vi entrar en su gabinete, de vuelta del paseo y muy
apurada, porque no saba que era tan tarde... Por lo visto se enfrasc
en la lectura; y con la agitacin y el sobresalto... y el sol... Si yo
la contaba en casa dos horas haca!

Aqu ya se reanim don Claudio y volvi a su tono y maneras habituales:

--En resumen--dijo a su amigo--, que por efecto del paseo, o del sol, o
de su apuro por creer que estaba usted con cuidado, o por un poco de
cada cosa, Nieves lleg con dolor de cabeza y sigue con l.

--Justamente,--respondi don Alejandro, muy sorprendido por lo sbito
del cambio en el humor del comandante.

--Y por supuesto--aadi ste--, estar levantada y tan campante?

--Tan campante y levantada--repiti Bermdez--, y haciendo labor en el
saloncillo.

--Pues qu pito tocamos aqu nosotros entonces?--exclam Fuertes hecho
un cascabel--.

--Vamos a acompaarla y a darla conversacin... Digo, si no la molesta,
o yo no estorbo.

--Qu estorbar, hombre, ni qu canstoles!--respondi Bermdez que no
deseaba otra cosa desde que haba pescado _algo_ tambin en don Claudio.
A ver si a fuerza de acumular factores all, sala siquiera una chispa
de luz.--Ya estamos andando.

Y se fueron los dos al saloncillo.

En el cual no ocurri nada, absolutamente nada de que pudiera tirar el
avispado Bermdez para descubrir lo que andaba buscando.

Hasta que, ya de noche, llegaron a la tertulia el boticario y su hijo...
y le hundieron un codo ms en el pilago de sus aprensiones. Qu cara
la de don Adrin, y qu voz, casi llorosas, y qu aspecto tan cobardn y
azorado el de Leto! Ni el uno ni el otro articularon palabra clara al
saludar a don Alejandro; y Dios sabe qu trmino hubiera tenido aquella
escena a no desenlazarla don Claudio Fuertes de este modo:

--Aqu, caballeros, no hay otra novedad que un levsimo dolor de cabeza
que ha cogido Nieves esta maana en un largo paseo, a pie y al sol: una
verdadera temeridad... cosas de chicas jvenes, muy fiadas de su
resistencia. Pero ya est casi bien, y desde hace un instante, de codos
en ese balcn, tan entretenida que ni siquiera les ha odo llegar a
ustedes.

Los dos farmacuticos parecan haber revivido con las oficiosas
advertencias de don Claudio Fuertes; pero, en cambio, el receloso
Bermdez entr en nuevas confusiones, porque si sospechoso le haba
parecido el aire de las palabras del comandante, ms sospechosos le
resultaban los efectos causados por ellas en el nimo de los dos Prez.
No poda negarse que existan cuatro fenmenos, cuatro cosas raras,
cuatro sntomas extraos, que, aunque independientes entre s,
convergan en un punto comn a todos ellos: el caso misterioso de
Nieves. Si a Nieves le haba ocurrido algo, Catana, Fuertes y los dos
farmacuticos lo saban. Esto ya era un hallazgo: el de un camino nuevo
y ms llano para ir en busca de la verdad. Pero qu pena le daba el
haberle descubierto! De qu buena gana hubiera lanzado en medio de la
tertulia el enigma de sus mortificaciones para que se le devolvieran
aquellos amigos resuelto y aclarado en el acto: por caridad, si a las
buenas se prestaban, o por deber, si le obligaban a usar de su derecho
por las malas! Pero y si no tenan bastante fundamento sus sospechas?
Qu campanada tan imperdonable! Opt por dejar las cosas como estaban,
pero sin perderlas de vista.

En cuanto Nieves oy pasos y barrunt que podan ser los de Leto, se
sali al balcn y se puso de codos sobre la barandilla. Nada tena el
suceso de particular, porque la noche estaba, muy calurosa. Hzose la
desentendida a la llegada de los dos Prez; y slo cuando la saludaron
desde la puerta, se volvi hacia ellos para contestarlos, pero sin
separarse de la balaustrada.

--Dispnsenme--les dijo--, que les reciba con tanta confianza, porque en
lo obscuro y al fresco, como estoy aqu, se me alivia mucho el dolor de
cabeza.

Don Adrin se atrevi a indicarla dos remedios infalibles para curarse
de l, y Leto, para explicrselos mejor, se lleg hasta ella...
Hablando, hablando, se fueron volviendo los dos de espaldas a la
tertulia; y puestos ya ambas de codos sobre la barandilla, dijo Nieves a
Leto, bajo, muy bajo:

--Pap no sabe nada.

--Ya lo he conocido--respondi Leto entre palpitaciones de su corazn y
estremecimientos de sus fibras--. Qu miedo traa de que lo supiera,
Nieves!

--No s--replic la otra, tampoco muy firme de voz--, si hubiera sido
mejor que lo supiera, porque est muy receloso; y ni encuentra sosiego
el pobre, ni puedo tenerle yo vindole as.

--De qu recela?

--Ver usted: sucedi lo que dijo Catana que poda suceder: que
llegramos a casa sin que l hubiera salido de su cuarto, donde estaba
encerrado toda la maana escribiendo. Ya se sabe, cuando coge una tarea
de esas, que la coge de tarde en tarde, siempre hay que entrar a
llamarle para comer. Pues bueno: llegamos sin que nos viera nadie,
guard Catana el contrabando de la ropa mojada, y yo me fui corriendito
hacia mi gabinete; pero al entrar en la sala, zas! sala l del suyo, y
me pesc. Aunque muy sobrecogida, me disculp bastante bien; y ya se
haba tragado el embuste que urd en el aire, de un paseo muy largo
despus de haber estado leyendo muchsimo tiempo en la Glorieta, donde
l me dej, cuando, hijo, mirndome y remirndome, se empea en que el
vestido que yo tena puesto era distinto, ya la creo! del que llevaba
por la maana... Tan cogida me vi entonces, que estuve s canto o no
canto; pero dominndome un poco, prob a negar, y negu, con la mayor
desvergenza, que hubiera cambiado de vestido en toda la maana. Por de
pronto le dej en dudas y no aguard a ms. Pero ay, Leto! cuando sal
a la mesa... figrese usted con qu nimos saldra y con qu ganas de
comer y con qu trazas; pues, por mucho que quise componerme y
arreglarme de manera que se borraran las marcas de lo pasado, eran tan
hondas! Con todo esta y lo receloso que l haba quedado, y, para ayuda
de males, con el poco disimulo de Catana al servirnos, el pobre hombre
se puso en ascuas y pregunta va y zancadilla viene, y ojeada a Catana y
ojeada a m. Se acab aquello, yo no s cmo, y empez otra indagatoria
en el saloncillo... hasta que se cans, poco antes de llegar don
Claudio. Y yo a todo esto, niega y re sin cuenta ni razn y muerta de
pesadumbre por la violencia en que vivo y los malos ratos que estoy
dando al pobre pap... Y, otra cosa, Leto, qu s yo lo que le pasar
por la cabeza? Porque lo que menos sospecha l es la verdad; y como el
caso es que yo he faltado de casa toda la maana, y no quiero declarar
lo que me ha sucedido, ni puedo convencerle de que no me ha sucedido
nada... No le parece a usted que lo ms llano sera descubrirle?...

--No lo descubra usted, por todos los santos del cielo, Nieves!--la
suplic Leto con el alma entre los labios.

--Pero por qu, hombre de Dios? No le parecen a usted de peso las
razones que le he dado?

--S que me lo parecen; pero yo tambin tengo otras que no dejan de
pesar en contrario sentido.

--A verlas.

A verlas! Temo que le parezcan a usted razones de egosmo, Nieves;
porque lo cierto es que se dan un aire, as de pronto... En primer
lugar, el seor don Alejandro es incapaz de que la desfavorezca; y al
pensar de usted cosa que la desfavorezca; y al ver que usted sigue
negando y ha vuelto a ser en todo y por todo lo que antes era, como
volver a serlo desde maana, en cuanto esta noche duerma con sosiego
algunas horas, que s las dormir aunque al principio la desvelen algo
las pesadillas, se le disiparn todas las aprensiones y acabar por
rerse de ellas. Le juro a usted que si yo no lo creyera as, le
aconsejara que esta misma noche le descubriera usted la verdad.

--Pero puede descubrirla alguien que la sepa, como ha de saberse, y
venga por ah con la mejor intencin; o en la calle cuando l salga...

--Ya est previsto el caso y conjurado el riesgo en lo posible; y si no
alcanza el conjuro... entonces ser ocasin de explicrselo todo como se
pueda, y de calmarle.

--Esa es una de las razones?--le pregunt Nieves.

--No le parece a usted de algn peso?--pregunt a su vez el otro.

--Lo que no me parece es egosta...

--La egosta va ahora--dijo Leto armndose de resolucin--: igala
usted: el da en que el seor don Alejandro sepa lo ocurrido, se qued
el espacio sin aire y el cielo sin sol para m.

--Qu exageraciones, hombre! Y por qu?

--Porque ese da, en justo castigo, se me cerrarn a m las puertas de
esta casa.

Temi Leto que esta aclaracin de las otras dos hiprboles sonaran
demasiado recio en los odos de Nieves, y se apresur a decirla:

--La ruego a usted que no d a estas palabras otro alcance que el muy
modesto que llevan: las mayores bondades de usted conmigo no harn jams
que yo confunda los puestos ni las distancias: desde el suyo humildsimo
goza el ms pobre de la tierra los beneficios del sol y del aire que le
dan la vida... No s si habr acabado usted de comprender lo que he
querida decirla.

No le sac Nieves de la duda con palabras, por de pronto, ni con un
gesto, porque, si le hizo, Leto no pudo pescarle en medio de la
obscuridad que los envolva; pero tras un breve rato de silencio, oy
que le deca la hija de don Alejandro Bermdez, siempre muy bajito:

--Tenemos fama de exageradores los andaluces; pero cuidado que
usted!... Y adems de exagerador, es visionario: pensar que han de
dejarle sin aire y sin luz por un hecho que otros publicaran a voces
para darse importancia!... Por quin toma usted a mi padre, Leto?
Tantos haran por su hija lo que hizo usted esta maana?

--Si eso--replic Leto con mucha vehemencia--, no fue hacer Nieves,
sino deshacer; enmendar en parte una brutalidad ma anterior. Si lo
saliente del caso ese no est en haberme arrojado yo al mar detrs de
usted, sino en haber consentido en llevarla a escondidas en mi barco, y
sido causa luego de que usted cayera! Qu importaba ya mi vida, ni cien
vidas que hubiera tenido disponibles, despus de poner en peligro la de
usted? Y por aqu, por este lado, es por donde habra de ver el caso don
Alejandro, y le ver cualquiera que discurra con serenidad.

--De manera--observ Nieves con una irona que se transparentaba
perfectamente en el acento de la voz y hasta en el modo de volver la
cabecita hacia Leto--, que si como fui a escondidas en su _yacht_ y ca
por culpa de usted, voy por encargo expreso de mi padre y caigo por
culpa ma, en la mar me quedo sin auxilio de nadie?

--Eso no!--replic Leto al instante y con una viveza que arda--. Yo me
hubiera tirado lo mismo detrs de usted; slo que en ese caso el hecho
hubiera tenido la poca importancia que no puede ni debe tener hoy.

Si Leto hubiera podido ver entonces la cara de Nieves!... En cambio oy
que sta le deca:

--Es usted muy mal juez en causa propia, est visto. Quiere usted dejar
ese caso de mi cuenta? Quiere usted que quede a mi arbitrio el
descubrir o no descubrir a pap el misterio que con tantos afanes anda
buscando el pobre?

--Yo no quiero ms--respondi Leto--, que lo que usted quiera... Al fin
y al cabo, entre usted y yo, la razn no puede vacilar...

--Ser porque me pertenezca--replic Nieves--. De todos modos, muchas
gracias por los poderes que me da, y igame dos palabritas en respuesta
a aquello de los puestos para tomar el aire y el sol. En casos como el
que citaba usted y tema que me ofendiera, no admito arribas ni abajos;
porque, si a medirnos fueramos, quin sabe, Leto, a quin le
correspondera en justicia el puesto ms elevado? Es posible que
volvamos a hablar despacio de esto mismo... A m no me pesara. Por
ahora, qudese como est el asunto; es decir, en que le he comprendido a
usted, y en que no es el que usted merece el puesto con que se conforma
para tomar el sol y el aire... Otra cosa: oye usted la mar?... No
parece que est relatando la historia por lo bajo, para que se entere
pap, y murmurando contra usted porque la dej sin la presa que ya
estaba devorando? Toda la tarde he estado sintiendo la misma ilusin en
los odos... Pcara memoria, qu malos ratos me est dando!... Si yo
pudiera arreglarla a mi gusto, borrara lo amargo en ella; y entonces ya
sera otra cosa bien distinta... Tem que no, viniera usted esta noche,
Leto. Como le dej tan preocupado y es usted tan... especial!... Por
otra parte, casi senta que viniera, pensando en que al verle entrar de
pronto... qu s yo? Depende de tan poco el que pap, con lo receloso
que anda, me haga declararle la verdad! Por ese temor, en cuanto sent
los pasos de ustedes, me vine aqu con un pretexto... Lo peligroso para
m era la primera impresin. Adems, tena deseos de que hablramos
algo. Ya ve usted, despus de lo sucedido, qu cosa ms natural? Y ese
poco que hablramos, no haba de ser a gritos delante de la gente,
verdad, Leto?... Pues cunteme usted ahora todo lo que le ha pasado
desde que nos despedimos en el _yacht_.

Por qu extraa combinacin de sensaciones y de ideas, lleg Leto a
imaginarse entonces que, contemplados los enojos de Bermdez contra l a
travs de la parrafada de Nieves, adquiriran proporciones colosales? En
esta alucinacin metido y disponindose a responder a Nieves, le
sorprendi la voz del propio don Alejandro, diciendo desde la puerta del
balcn:

--Nia, que te va a hacer dao el relente.

Los dos de la barandilla se volvieron cara adentro. Nieves, ms serena
que Leto, respondi al punto:

--Al contrario, pap: me va sentando muy bien.

--Se te figurar a ti--insisti secamente Bermdez--; pero yo s que te
hace dao...

--Tiene razn don Alejandro--se permiti decir Leto como si tratara de
congraciarse con l--. Dentro estar usted mejor.

Y pasaron los dos al saloncillo, donde se aburran soberanamente los
tres seores mayores.

La tertulia se acab poco despus...

Al bajar a la villa convinieron don Adrin y el comandante en que el
pobre don Alejandro andaba en vilo. No haba habido modo de interesarle
en ninguna conversacin. Leto no se haba enterado bien de ello, porque
se haba pasado la mayor parte del tiempo en el balcn, demasiado
tiempo en opinin, muy recalcada, de Fuertes; porque en la tirantez de
espritu en que se hallaba el buen seor, hasta los dedos se le
antojaban huspedes. Tambin esto de los huspedes se lo recalc mucho
don Claudio a Leto. El cual disculp su conducta con el deseo que le
manifest Nieves de permanecer all, por temor a las pesquisas
incesantes de su padre, y de hablar sobre lo ms conveniente para todos,
entre decirlo o callarlo.

--Y en qu han quedado ustedes?--preguntole, Fuertes con la mayor
sencillez del mundo.

Tan escamado estaba Leto con la _nariz_ del comandante, que se
sobresalt con la pregunta, pensando que iba enderezada _a otra cosa_ de
las que se haban tratado en el balcn y llevaba l guardadita en la
memoria y paladeaba a ratos con avidez para endulzar los amargores de
sus recuerdos de la maana. Pero se repuso al instante, y contest:

--En que ella haga lo que le parezca ms prudente.

--Muy bien acordado, caray!--observ entonces don Adrin Prez
detenindose para dirigirse a sus dos interlocutores, que tambin se
detuvieron--. Verdaderamente la situacin moral del excelente amigo, no
es para prolongarla mucho tiempo... eso es... ni tampoco la nuestra, no,
seor, ni tampoco la nuestra... Puede vencer las aprensiones que le
inquietan; pero pudiera no... y las aprensiones comprimidas son plvora
que al fin revienta, caray! y entonces, lo que pudo curarse con dos
cuartos de ungento, es una carnicera... Y hay que huir de estos
extremos... eso es... mayormente cuando el asunto, bien mirado, bien
mirado, eso es, no vale la pena, como en el caso presente; s, seor,
como en el caso presente. De qu se trata en fin y remate?... Eso es,
de qu se trata? Pues, caray! a todo echar, de una futesa... de una
muchachada, eso es... Que el seor don Alejandro se entera de ella... se
entera de ella, corriente... que se incomoda un poquito... eso es, y te
echa a ti, Leto, un rifirrafe, y otro rifirrafe a su hija... Pues
pongmoslo en lo ms... y que haya rifirrafe: para m igualmente,
caray!... y hasta para usted tambin, don Claudio... eso es, s, seor,
un rifirrafe para cada uno... Y qu?... Por ms vueltas que le demos,
siempre saldr en limpio, en limpio, eso es, lo que antes dije: una
muchachada... que servir de gobierno para en adelante, y que se
acabarn esos recreos peligrosos para ella... muy bien acabados, caray!
Ojal tuviera yo influjo bastante para obligarte a ti a lo mismo! Eso
es... Pues ya est el seor don Alejandro desfogado y satisfecho, ya
estamos nosotros tranquilos, tranquilos y satisfechos igualmente, eso
es, y las cosas en su centro, y la paz restablecida en Peleches. Pues
pongmonos en el otro extremo, y que el seor don Alejandro comienza a
ver torres y montaas, caray! y a sospechar de todos. Ese caballero no
merece, no merece, eso es, una mortificacin tan grande por motivos tan
pequeos: tan pequeos, s, seor, si somos buenos amigos suyos, buenos
amigos, caray! No le parece a usted, seor don Claudio?

--Al pie de la letra, seor don Adrin--respondi el comandante
rompiendo la interrumpida marcha--, y me permito aconsejar a Leto que si
la interesada no resuelve sus dudas en este mismo sentido, influya con
ella con todo su prestigio, para que lo haga as, por la cuenta que les
tiene; y a usted, Leto, en particular.

--Eso es, caray, s, seor, eso es!

Y no se habl ms del asunto, ni de otro tampoco en aquella ocasin,
entre los tres tertulianos de Peleches.




--XXI--

Al da siguiente


Durante las primeras horas de la alta noche, Nieves se despert muchas
veces: aun dormida oa aquel borboteo de la mar relatando el suceso a
todo el mundo y reclamando la presa que le haban arrebatado de las
fauces; pero estaba en la flor de la vida, a la edad en que las heridas
no ahondan tanto como duelen; su quebranto fsico era grande, porque el
batallar del da haba sido de prueba; y al cabo, la rindi un sueo
reparador y tranquilo del que no despert hasta bien entrada la maana.

Pero el bendito de su padre no peg el ojo en toda la santa noche. Lo
que l se revolvi en aquella cama buscando posturas para ahuyentar las
quimeras que le desvelaban! Los espacios que l recorri con la
imaginacin en tantas, tan largas y tan calladas horas! En ocasiones,
hasta se dola de haber permitido tomar tan altos vuelos a la loca de
su casa.

--No tanto, canstoles! no tanto--se deca--, que tan malo es pasarse
como no llegar. Que hay algo, no tiene duda; pero por qu hemos de
echar las corrientes hacia ese lado y no hacia otro? La condenada
malicia humana que jams se arrepiente ni se enmienda!... No estoy
conforme, no, seor, ni puedo estarlo. Hay que buscar por otra parte, y
con juicio, y con equidad... y con lgica...

Y se daba de nuevo a cavilar; pero por donde quiera que echara sus
cavilaciones, siempre, tenan el mismo paradero. Haba tomado ya un
vicio su mquina de discurrir; y en cuanto se pona en movimiento, un
poco ms ac o un poco ms all, caa hacia el lado de siempre. Y este
vicio era una idea que se le haba metido entre los cascos en fuerza de
indagar precedentes, amontonar supuestos y analizar indicios. No crea
haber descubierto el caso limpio y morondo; pero s su progenie, su
parentesco. Comprobado este hallazgo, no era imposible encontrar lo que
buscaba y cuyo valor positivo no era otro, estaba bien seguro de ello,
que el misterio en que se lo envolvan. De todas suertes, existiera o
no, hallralo o no lo hallara, de los desbroces hechos ya en aquel
terreno haba resultado una enseanza para l, que no deba ser
olvidada: haba pecado, estaba pecando de optimista en determinadas
cosas muy delicadas de por s; y por grande que fuera su confianza en la
virtud de ciertos principios fisiolgicos, eran mayores los riesgos que
se corran en el caso actual, a la menor equivocacin. Y en la duda,
abstenerse. Lo primero que haba que hacer, era un cambio de costumbres
en su casa: ms disciplina, ms hogar, menos gloga. Bueno era el aire
puro y libre; pero no en tanta cantidad ni a todas horas; bueno el
ejercicio de las fuerzas fsicas, buenas la holgura y la despreocupacin
campestres; pero con discrecin y sin menoscabo de otras leyes y de
otros respetos muy atendibles y muy racionales. Por suerte de don
Alejandro, aquel cambio de costumbres poda hacerse, se hara
forzosamente sin necesidad de que se traslucieran sus sospechas ni sus
arrepentimientos, ni se ofendieran pundonores ni delicadezas de nadie:
con la venida de su sobrino Nacho. Desde el momento en que Nacho se
alojara en Peleches, hasta por cortesa estaban obligados l (don
Alejandro Bermdez) y su hija a acomodar sus costumbres a los gustos del
forastero, que de fijo los tendra muy diferentes de los que venan
privando all. Por su cuenta, Nacho no tardara una semana en llegar a
Peleches; de un momento a otro esperaba carta suya que se lo confirmara,
desde Madrid.

--Y en viniendo l--concluy Bermdez, volvindose hacia el otro lado,
todo cambiar de aspecto y marchar como una seda por donde debe
marchar... S, seor, canstoles! aunque el demonio se empee en otra
cosa, que no se empeara, porque no hay razn de fuste para que se
empee.

Lleg el da, moviose la gente del solariego casern, psose a su faena
cada cual, apareci Nieves en escena a media maana; y tan en su centro
acostumbrado, en tan completa serenidad, tan semejante a s misma la
hall su padre, que sinti como remordimientos de haber cado en las
aprensiones que le tenan sin sosiego veinticuatro horas haca. Ah,
pcaras suspicacias!--se deca vindola trajinar y revolverse tranquila,
descuidada y risuea.Condenadas flaquezas del meollo, que as
arrastris por los suelos los ms hidalgos propsitos y las esperanzas
mejor puestas!... Sin embargo--aadi por final de su _confiteor_--, no
se ha perdido todo en esta batalla innoble y deshonrosa para m, puesto
que he sacado de ella una enseanza que no se paga con dinero, ni con la
mala noche que me ha costado... Porque la enseanza queda, vaya si
queda, canstoles!... Porque lo que no ha sido, pudo, puede y podr
ser.

Como esta evolucin del nimo de Bermdez se le reflej en la cara, y se
la torn risuea y apacible, y fueron tambin risueas y apacibles sus
palabras, Nieves renunci al propsito con que se haba levantado de
revelarle el secreto, en la mejor forma que pudiera, si continuaba el
pobre hombre en las torturas de la vspera.

Todo iba, pues, a pedir del deseo en aquel da; y para que nada le
faltase a don Alejandro, hasta recibi carta de Nachito; de Nachito, que
anunciaba su salida de Madrid al da siguiente. Se detendra cuatro en
la capital; y enseguida, de un tirn, a Peleches. Sac Bermdez la
cuenta por los dedos, temblones de gusto... Era jueves... Al anochecer
del martes le tendra all... Canstoles, qu fortuna!... A Nieves con
la noticia...

Estaba en el saloncillo muy descuidada; se la espet de golpe su padre,
y como un golpe en la espinilla la recibi.

A don Alejandro se le alarg la cara medio palmo.

--Mujer--la dijo plantado delante de ella, con la carta en una de las
manos, cadas al desgaire--, va ya picando en historia este delicado
particular. Si no son cuatro, no bajan de tres con sta las veces que
has recibido las noticias de tu primo como el diablo la presencia de la
cruz; y qu quieres que te diga?... me disgusta, me... vamos, que no me
parece bien, porque no es justo... en fin, qu canstoles! que hasta me
desazona un poco...

Tambin se desazon un poquito Nieves con esta reprimenda de su padre, a
juzgar por el ceo que puso y otras seales que se le notaron; pero se
domin pronto y respondi con entereza, aunque en calma:

--Es que das t tanta importancia a eso que llamas delicado particular,
que todo te parece poco para l. A ti te entusiasma; pues a m no: ya te
lo he dicho en otras ocasiones. Esto no es un pecado, pap. Quieres que
reciba esas noticias dando brinquitos y batiendo las palmas? Pues te
engaara si hiciera eso. Me quieres hipocritilla y mentirosa, o me
quieres llana y a la buena de Dios? Me has visto alguna vez ms
entusiasmada que ahora con tu sobrino? Pues si me quieres sincera y
llana y nada hago ahora que, en rigor de verdad, pueda saberte a nuevo,
por qu te enfadas conmigo cuando no recibo esas noticias con la
alegra que t?

--Si no me enfado, hija ma!--replic don Alejandro dulcificando el
tono de sus palabras y la expresin de su semblante--, lo que se llama
propiamente enfadarme... ni siquiera te pido que te alborotes de
alegra; y me conformo con mucho menos: con que no te causen disgusto
estas noticias. Pues ni eso poco me concedes: ya ves que no puedes
concederme menos... y es natural, muy natural, que lo sienta; y
sintindolo, que te lo diga; lo cual no debe extraarte, porque tambin
t me querrs sincero antes que falso... No es as, Nieves?... En este
supuesto, todava tengo que decirte ms, y te digo que es cierto que
nunca te vi entusiasmada con tu primo; pero que tambin es verdad que lo
de ese disgustillo de que te acabo de hablar, es cosa nueva en ti: desde
que estamos en Peleches.

--Como que antes de estar en Peleches nosotros no se haba tratado de su
venida.

--De manera que vienes a confesarme explcitamente--dijo don Alejandro
volviendo a nublrsele un poco la cara--, que te disgusta la venida de
tu primo?

--Precisamente la venida por s sola, no, repuso Nieves sin amilanarse
con la consecuencia sacada de sus palabras por su padre.

--Pues qu es lo que te disgusta entonces?--pregunt Bermdez
seriamente interesado ya en la conversacin.

Nieves, luchando con resolucin contra ciertas dificultades fciles de
presumir, que hallaba en la empresa en que se haba empeado, respondi,
jugueteando con la tijerita con que cortaba las hilachas del bordado en
que se entretena:

--Me disgusta... o mejor dicho, no me gusta, algo que tiene que ver, o
que puede tenerlo, con la venida esa.

--Y cul es ese algo? Ser cosa nueva tambin, como el disgusto.

--No por cierto.

--Y cmo no te ha disgustado antes de ahora?

--Porque la vea ms de lejos, y no me apuraba.

--Pues no te entiendo, hija ma.

Nieves pinch con la tijera muchas veces el bordado, que ninguna culpa
tena de sus apuros, y se call; pero su padre no se satisfizo con tan
poco, y aadi a lo dicho:

--Si me hicieras el favor de explicarte... Porque el caso lo merece.

--Yo lo creo!--respondi Nieves sin titubear.

--Pues entonces...

--Quera yo decir--repuso ella algo a rastras--, que si esa venida no
fuera ms que... venir por venir... vamos, una venida como otra
cualquiera...

--Ya estoy--observ don Alejandro rascndose la coronilla con un dedo--.
Pero eso es volver adonde estbamos antes... Lo que yo necesito es que
me expliques el algo especialsimo que trae consigo esa venida.

Aqu volvi Nieves a pinchar el bordado con la tijera, y adems se puso
a balancear con la otra mano el bastidor que tena sobre las rodillas.
Su padre entonces, lleno ya de alarmante curiosidad, arrim una silla a
la de su hija y se sent pidiendo, casi por el amor de Dios, una
respuesta. Nieves le contest, armndose de la mayor firmeza que pudo:

--Mira, pap, yo hablara contigo de muy buena gana sobre ese asunto, y
muy despacio, porque lo merece bien, como t has dicho; pero no me
atrevo, no s... Soy una mozuela sin experiencia y sin arte... Tengo ac
mi modo de ver y mis ideas... pero nada ms: en mis adentros y a solas,
me lo explico y lo siento bien; y si me pongo a explicrtelo a ti, temo
decir lo que no debo y callarme lo que debiera decir... Es falta de
costumbre... y de valor. No te parece esto muy natural?...

--Muy natural--confirm su padre, que ya estaba en ascuas, arrimndose
ms a ella--; muy natural y disculpable en una nia tan bien educada
como t; pero como el punto es de importancia, de muchsima importancia,
y una de las cosas que con ms empeo te he enseado yo es a que te
acostumbres a ver en tu padre al mejor de tus amigos, espero que has de
vencer enseguida esos reparos, para que acabe yo de entenderte; y si lo
crees necesario, hasta te lo suplico... Conque ya te escucho, hija ma.
Habla, habla por el amor de Dios!

Y habl de esta manera Nieves, con mayor frescura de la que ella se
haba imaginado:

--Una vez, en Sevilla, te empeaste en saber si me interesaba mucho o
poco la venida de Nacho a vivir con nosotros aqu. Fue unos das antes
de ponernos en camino. Te acuerdas?

--S que me acuerdo: adelante.

--Pero me lo preguntaste de un modo tan particular, que me aturd. T
tomaste aquel aturdimiento mo como mejor te pareci, y as quedaron las
cosas... No es cierto, pap?

--Puede que lo sea... Y qu ms?

--Por algo que te dejaste decir entonces--continu Nieves con voz
bastante insegura, pero con bien hecha resolucin--, y otras seales que
yo conoca desde mucho tiempo atrs, sospech que entre mi ta Lucrecia
y t haba... ciertos planes que tenan mucho que ver con la venida de
mi primo a Espaa... Con franqueza, pap: los haba o no los haba?
los hay o no los hay a la hora presente?

Resping sobre la silla don Alejandro al sentirse acometido tan de golpe
y tan de lleno por aquella pregunta, y, despus de unos instantes de
silencio, pregunt l, a su vez:

--Y si yo te dijera que los hay, qu me responderas t?

Sin vacilar respondi Nieves:

--Que esos planes tienen la culpa de que yo no me entusiasme con la
noticia que me has dado.

--Canstoles!--exclam aqu Bermdez, saltando otra vez sobre la
silla--. as estamos ahora?

--Cundo hemos estado de otro modo, pap?--repuso Nieves que por
momentos iba alentndose--: cundo me has odo cosa en contrario?

--Mujer, tanto como en contrario, no te dir; pero creerte enterada y
perfectamente consentida, eso s.

--Enterada, pase; pero consentida, no, pap: registra bien la memoria.

--Canstoles! harto consiente quien se calla y deja hacer... Tanto ms,
cuanto que llegu a creer que vosotros, por vuestra parte, estabais
proyectando lo mismo que nosotros.

--Pues ese ha sido tu error.

--Admitido; pero por qu no me has sacado t de l?

--Porque ni tiempo me diste para ello la nica vez que hubiera venido al
caso, como viene ahora.

--Pero observo que ahora te apura, y antes no te apuraba. Por qu as?

--Ya te lo he dicho: porque lo veo muy de cerca ya.

El pobre don Alejandro no caba en la silla, de inquieto y de nervioso
que le pona aquel desencanto que sufran sus candorosas ilusiones.
Algunos recelillos haban arraigado en su magn, tiempo haca, de que el
asunto no caminara, por el lado de Nieves, al paso a que deseaba
llevarle l; pero aquellas repugnancias expuestas con tanta entereza y a
tales horas, rebasaban mucho de la lnea de sus clculos. Del montn de
reflexiones que le llenaron atropelladamente el cerebro, sac estas
pocas, que le parecieron las ms llanas y ms propias del momento:

--Demos de barato, hija ma, que yo he estado viviendo en una
equivocacin continua sobre ese particular, con el mejor y ms honrado
propsito, y ten entendido que te quiero demasiado para que, con
clculos o sin ellos, llegara yo nunca a desatender tus repugnancias en
asuntos de tanta entidad; porque una cosa es que lo que se cree til y
conveniente y beneficioso para ti, se persiga y se acaricie, y otra muy
distinta la imposicin forzosa de ello, que en m no cabr jams; en
este supuesto, qu mal hallas en la venida de ese pobre chico, ni a qu
te compromete, para que tanto la temas?

--La temo, pap--respondi Nieves al instante--, porque barrunto que
Nacho viene para algo ms que conocernos, y porque le creo enterado por
su madre de esos propsitos vuestros que se conocen ya hasta en casa de
Rufita Gonzlez... No se lo has odo ms de una vez? Quin se lo ha
dicho sino t to, el padre de Nacho, o la ta Lucrecia... o Nacho
mismo? Porque para supuesto, me parece excesiva la matraca de esa simple
en cuanto me ve.

--Vete t a saber!... Te ha insinuado l algo a ti?

--Lo suficiente para darme otra prueba de que est bien enterado; y no
me ha hablado con mayor claridad, porque en ese punto siempre le he
tenido yo a raya. Pues bien: figratele ya en Peleches con esas
intenciones y muy pagado de lo mucho que se le desea; y considrame a m
con las manos atadas por los respetos que tengo que guardar a los
proyectos consentidos y ensalzados por ti. Con todo esto y lo pegajoso y
azucarado que l es, no hay remedio, pap: o tiene que darme a m muy
malos ratos, o tengo que drselos yo a l peores. De cualquier modo, la
cosa no es divertida.

--Canstoles!--salt don Alejandro entonces--. Es que t das por hecho
que ese chico ha de serte molesto y aborrecible; y por qu no ha de
resultar todo lo contrario despus que le trates?

--Porque es imposible eso,--respondi Nieves con un acento de conviccin
tan absoluta, que dej suspenso a su padre.

--Imposible!--replic ste despus de observar con gran fijeza a Nieves
que pareca algo pesarosa de su arranque--. Y por qu ha de serlo? Qu
motivos hay para que lo sea? Hasta ahora todo te pareca simptico en
l. La mayor tacha que le ponas era su lenguaje; y no porque te sonara
mal, sino por extraarte el sonido. Bien poca cosa tenas que tacharle!
Pues de ayer ac, todo ha cambiado en el pobre chico, como si para
mirarle te pusieran un velo negro delante de los ojos. Es verdad esto?
s o no? Respndeme, hija ma, pero acordndote de que te has alabado
hace un momento de ser llana y a la buena de Dios.

--Otra exageracin tuya, pap--dijo Nieves eludiendo la respuesta
terminante que se la peda--. No es ese el caso.

--Corriente--aadi Bermdez tomando nueva postura en la silla--.
Pasemos tambin por eso, y qudense las cosas donde y como t quieres
ponerlas. Pero bueno o malo, blanco o negro, ya est tu primo llegando a
las puertas de Peleches: qu hacemos con l? se las cerramos? le
dejamos entrar?

--Tampoco se trata de eso, pap: repralo bien.

--Otra te pego! Pues de qu se trata, hija ma?

--Se trata de responder a una pregunta que me hiciste al principio.
Queras saber por qu no me alegraba yo con la noticia que me diste, y
ya lo sabes. No se trata de otra cosa.

--Perdona, hija del alma--repuso Bermdez con una sonrisilla muy
amarga--. Me has explicado, a tu modo, las repugnancias o disgusto, o lo
que sea, que te produce la noticia que te he dado; pero el por qu, la
causa generadora de todo ello, te has guardado muy bien de declarrmela.

Algo vivo y muy sensible debi herir en los adentros de Nieves esta
salida de su padre, porque no hall reparo que ponerle ni serenidad
bastante para suplir con un ademn o un gesto la falta de una palabra.

--Ay, Nieves!--la dijo Bermdez entonces moviendo desalentado la
cabeza--: tampoco yo soy lo que fui en el modo de mirar ciertas cosas;
tambin tengo, de poco ac, mi correspondiente velo que me cambia los
colores. Si supieras qu fantasmas veo algunas veces, y con qu
claridad en otras! Por de pronto, veo que no he vivido solamente en el
error que me citaste, sino en otros muchos; y voy temiendo que uno de
los mayores ha sido el de traerte aqu tan de prisa y con los fines con
que te traje.

--Pues si eso ha sido un error tuyo--salt Nieves emocionada, nerviosa,
con la sinceridad de lo que deca bien reflejada en sus ojos--, a tiempo
ests de enmendarle. Volvmonos desde maana, desde hoy, si es posible,
a Sevilla. Puede que hasta te lo agradezca yo mucho... Creme, pap,
porque te lo digo de todo corazn...

--Eso es!--dijo Bermdez casi aplanado ya--, huidos... huidos,
Nieves!... Y de qu... o de quin, hija ma? Del pobre mejicanillo?
Tiene muy poca sombra ese para infundirte tanto miedo. Algn otro coco
habr de mayor talla por ah... sabe Dios en dnde. Pero qu te importa
a ti que le haya o no le haya? dirs t. Y con muchsima razn. A m
qu me importa, ni qu motivos hay, ni quin soy yo para que me
importe?

El pobre don Alejandro se conmova por momentos; y Nieves, que se lo
notaba en la voz, acab de perder la poca serenidad que le quedaba, y
rompi a llorar de firme con la cara entre las manos. Acudi su padre a
consolarla, y ella entonces le ech los brazos al cuello.

--Pobre pap!--le deca entre besos y lgrimas--, t no mereces que yo
te d un mal rato... y sin causa ni motivo... porque no los hay... yo te
lo aseguro... Es que sucedi lo que tema... que no s dar a esas cosas
serias su propio valor... cuando quiero explicarlas; y no hay ms... Yo
no har sino lo que a ti te agrade... Te parece mucho dejarme libre la
voluntad en esos planes vuestros?... Pues ni eso te pedir. Y te juro
que nunca tratar de imponerte la ma, aunque me fuera en ello la vida
entera... Qu ms he de decirte? Lo encuentras poco todava... para
perdonarme... y para quererme como siempre me has querido? Virgen
Mara!... Pap del alma!... Si t supieras!...

Bermdez no poda contestar a Nieves con palabras, porque no hallaba
medio de articular la ms sencilla. Supla esta deficiencia pasajera
apretando o aflojando los abrazos a su hija; y as se entendieron los
dos tan guapamente.

Por remate de la escena, que fue larga, logr decir con regular firmeza
don Alejandro mientras enjugaba las lgrimas de Nieves con el pauelo.

--Ea, se acab esto, canstoles! Y ahora, a su cuarto la nia para
refrescarse la cara, y sobre todo los ojos, que se nos han puesto como
dos puos... Y unos ojos tan bonitos!... Por vida de!... Vaya,
vaya!... Se nos va a lo mejor el santo al cielo; se deja uno ir detrs a
lo tonto, y luego suceden estas cosas tan desagradables...
Canstoles!... como si no hubiera tiempo de sobra en la vida para irse
diciendo los secretillos ms guardados, poco a poco y cuando mejor nos
convenga! No es as, hija del alma?... Conque a recogerse y refrescarse
un poquito.

Nieves, que estaba desendolo, complaci bien fcilmente a su padre; el
cual, al verse solo y al reconocer su herida, observ que con el final
de la reciente escena haba desaparecido el clavo, pero dejando la punta
dentro.

Cerca del anochecer, lleg don Claudio Fuertes. Mandole pasar don
Alejandro a su gabinete, y all se estuvieron encerrados los dos hasta
la hora de cenar; porque Nieves se acost muy temprano; y con este
pretexto, despidi Catana desde la puerta, cumpliendo las rdenes de su
seor, a los dos Prez cuando llamaron a ella a la hora acostumbrada de
todas las noches.

Don Adrin sorprendido y Leto atolondrado, bajaron hasta muy cerca de la
botica sin decirse una palabra. All fue donde el boticario padre
enderez estas pocas al farmacutico hijo:

--Verdaderamente es raro, caray! s, seor... es raro. Ni siquiera de
cumplido, hombre: pasen ustedes un momento... avisar a don
Alejandro... para hacerle el homenaje de amigos... eso es... Pues nada,
Leto... portazo, caray! Se habr sabido aquello? Habremos cado en
desgracia?... Si es de cuidado lo de ella... por lo mismo; y si no lo
es, igualmente... Vamos, que no hallo razn para el... llammosle
desaire, eso es, inmerecido... Y no me duele por desaire, no, seor: me
duele como sntoma, como sntoma de un enojo... eso es, del seor don
Alejandro... Caray! con lo que yo le estimo y le... Lo ves t de otro
modo, Leto?

--Falta saber--dijo ste--, si a don Claudio le ha pasado lo mismo que a
nosotros; y eso lo sabr maana, si no lo averiguo esta misma noche.

--Me parece bien pensado, hijo; muy bien pensado... eso es.

--Y si resulta que no ha habido portazo para l, dmonos usted y yo por
muertos en Peleches.

--Caray, caray!




--XXII--

Un incidente grave


En buen grado de tensin estaban las impaciencias de Leto para dejadas
as hasta el da siguiente, sin el riesgo de un estallido! En cuanto
entr en la botica le dijo a su padre:

--Me voy a buscar a don Claudio.

Y se fue. Le busc en el Casino: no estaba all. En su casa: tampoco.
Anduvo por los sitios en que sola vrsele paseando algunas veces: ni la
menor huella de l.

--Pues est en Peleches sin remedio--se dijo consternado--. Mi desgracia
es indudable.

Enderez los pasos hacia la botica; y al entrar en la plazuela, vio,
entre las sombras del fondo, junto a la desembocadura de la Costanilla,
un bulto negro que se mova hacia l.

--Es la silueta de don Claudio,--pens dirigindose a su encuentro.

Lo era efectivamente. Se reconocieron; y dijo al instante Leto:

--He andado buscndole a usted por todo Villavieja.

--Y yo vena dudando--dijo a su vez el comandante--, si colarme ahora en
la botica para hablar con usted delante de don Adrin, o dejarle recado
para que se viera conmigo en mi casa.

--Luego tiene usted algo grave que decirme?--observ Leto casi afnico
y temblndole todas las entraas.

--Tanto como grave--repuso Fuertes--, no; pero algo que les conviene
saber a ustedes por ms de un concepto, s.

--A ustedes--pens el mozo repitiendo con cierta fruicin estas
palabras de don Claudio--. Luego no va conmigo solo el cuento; y no
yendo conmigo solamente, puede ser otro cuento distinto del que tanto
miedo me da. A salir de dudas--. Pues hgame usted el favor--dijo a su
amigo, lo bastante bajo para que no lo oyera nadie ms que l--, de
referirnos lo que haya, sea malo o psimo, pues bueno, ni casi regular,
no lo espero; porque desde el portazo que se nos dio esta noche en
Peleches, estamos mi padre y yo que no nos llega la camisa al cuerpo...

--Lo presuma--respondi Fuertes--, y por eso no me ha chocado orle a
usted decir que anduvo buscndome por toda la villa... Porque yo estaba
dentro cuando ustedes llegaron, y saba lo que haba de suceder, si
llegaban, desde un rato antes por haber odo el recado que dio don
Alejandro a Catana... Situaciones que el demonio prepara y no puede uno
remediar. Al caso.

Y comenz a referir a Leto lo que afirm ser lo nico que l saba.
Segn el relato aqul, Nieves y su padre haban tenido una escena un
poco desagradable con motivo de la prxima llegada del mejicanillo.
Discordancias radicales en el modo de estimar cada uno de los dos aquel
suceso. A Nieves, nerviosa y algo trasmudada desde el tremendo de la
antevspera, que continuaba ignorando su padre, se le haban escapado
ciertas franquezas que cayeron sobre las suspicacias de don Alejandro
como la plvora sobre el fuego. Porque don Alejandro andaba muy suspicaz
desde aquel da, como le constaba a Leto muy bien. Se haba dado en l
un caso que no dejaba de ser frecuente: el de hallar algo en que no
pensaba, buscando otra cosa muy distinta; y lo que haba encontrado sin
buscarlo, era el fuego en que haban cado las franquezas de su hija; o
si lo quera ms claro Leto, las franquezas de Nieves le demostraron, no
solamente que su hallazgo no era ilusorio ni soado, sino que el mal
estaba ya hecho y con hondas races en la vctima. Bermdez no haba
llegado con sus sospechas ms que hasta el arranque del camino que
conduca a ese mal: no era difcil presumir el efecto que le habra
causado el descubrimiento, teniendo, como tena, sus clculos hechos y
sus ilusiones acariciadas, con otros derroteros muy distintos. A l, a
don Claudio, le haba confiado sus cuitas, para pedirle informes, si
poda drselos; algo de luz clara con que guiarse en la lbrega sima en
que habla cado tan de repente; porque no poda contarse con lo que
espontneamente declarara Nieves entonces, ni convena apurarla ms en
el estado de exaltacin en que se hallaba. Ms adelante ya se vera.
Fuertes se haba guardado, muy bien de decir a don Alejandro lo que
pensaba acerca de tan delicado particular: al contrario, puso todo su
empeo en convencer su amigo de que estaba alarmado sin fundamento
alguno. Tarea intil: don Alejandro quedaba en sus trece y resuelto a
poner de su parte todos los medios que considerara prudentes para
combatir el mal como deba combatirle. Qu medios eran ellos? No lo
saba aun con certeza; pero no tardara en saberlo. l no culpaba, no
quera mal a ninguno; porque la mayor parte de las veces se causaban los
daos ms graves con los propsitos ms honrados; pero se hallaba en una
situacin de nimo tan apurada, en un temple tan singular de espritu,
que tema cometer, en presencia de las personas que eran el principal
motivo de su disgusto, algn acto que le pesara despus. En este pasaje
del dilogo se haba dado a Catana la orden de no recibir a Leto ni a su
padre. Esto, por de pronto--haba dicho enseguida don Alejandro--, y
bien sabe Dios que me duele en el alma. Iremos tirando con paliativos
as, lo que se pueda; y despus... ya se ver. Usted me har el favor de
entretener a esos seores, con la mejor disculpa que su discrecin le
dicte, alejados de aqu por unos das, si no le parece que abuso de su
bondad.

--Esto es lo que hay en substancia, Leto--le dijo don Claudio en
conclusin--. No s si refirindoselo a usted como se lo he referido,
falto o no falto a la confianza depositada en m por don Alejandro; pero
s que no es usted hombre que se conforma con parvidades en tragos de
esta naturaleza; y, sobre todo, s que en ninguna sima ms honda, ni en
arca mejor cerrada que usted, puede guardarse este secreto. Ahora,
refiera usted de l lo que mejor le parezca a su seor padre, como yo
pensaba hacerlo, para que se cumplan las rdenes de nuestro amigo, sin
contratiempos como el de esta noche para ustedes... y nimo voto al
chpiro! que ms amargo y ms duro fue lo de anteayer, y se port usted
como un hombre.

El pobre muchacho, con las manos en los bolsillos y la cabeza cada
sobre el pecho, no dijo una palabra. El comandante, despus de
contemplarle unos momentos con expresin compasiva, le puso blandamente
la mano sobre la espalda y le pregunt, con esa aspereza cariosa, tan
propia de los hombres que han educado sus afectos entre los rigores de
la ordenanza militar:

--Duele, amigo?

Irguiose entonces el valiente mozo, y le respondi, oprimindole una
mano con las dos suyas:

--Ay, seor don Claudio! si despus de salvarse Nieves me hubiera
quedado yo en el fondo, de la mar, qu fortuna para ellos y para m!

Y sin poder averiguar el comandante si aquel relucir extrao de los ojos
de Leto eran lgrimas o no, le vio caminar a largos pasos hacia la
botica, y sin entrar en ella, subir a casa por el portal contiguo.

Don Claudio Fuertes entonces, hiriendo el suelo con un pie antes de
echar a andar, exclam entre dientes con verdadero coraje:

--Y qu mejor empleada que en ti, voto al demonio?

Leto subi en derechura a su cuarto con el doble fin de serenarse un
poco y de pensar lo que deba referir a su padre, entre todo lo que el
comandante le haba referido a l. Fue tarea de tres cuartos de hora
escasos. Al cabo de ese tiempo, baj a la botica a menos de media
serenidad y con el relato en hilvn. No le permiti mayores lujos su
pcaro temperamento.

Poco fue lo que dijo a su padre, encerrados los dos en el despacho de la
trastienda, como explicacin del portazo de Peleches; pero de tal modo y
con tal arte de voz, de miradas y de greas, que dej al pobre boticario
ms aturdido de lo que estaba.

--De manera, hijo--observ don Adrin, dale que dale al codo, pero muy
suave y lentamente, con el gorro sobre las cejas y la carita
rechupada--, que por fas o por nefas... eso es, pues propiamente luz, no
resulta del relato: por fas o por nefas, repito, esa nube no ha cogido a
nadie ms que a nosotros... a nosotros dos, eso es. Caray si es duro
eso de pensar! Aflige, Leto, aflige... contrista, s, seor,
verdaderamente; apenas considerarlo, caray! porque si uno sospechara
cuando menos... si a la dureza, eso es, del castigo, correspondiera
la... vamos, la falta; pero si por ms que reflexiono, que repaso la...
Hombre, a ti te dice algo la conciencia?... Pero qu te ha decir...
supongo yo? Por qu camino andamos hijo y padre... eso es, con esos
seores, que no sea llano y descubierto, caray? Si se nos llamara, es un
suponer, a residencia, podra uno... Pero ni eso, Leto: ni eso que es
tan... de justicia... Habr, hijo, de por medio algn informe, eso
es... algn informe alevoso? Porque verdaderamente, caray! sin una
razn as, no se penetra... Por ltimo, hijo del alma: hagmonos
superiores mientras pasen esos pocos das que dice el seor don
Claudio... y Dios dir, eso es; Dios dir luego... Pero por lo pronto,
duele, s, seor... caray, si duele!

Mala noche pas el pobre boticario a vueltas con sus intiles
investigaciones mentales; peor que Leto, mucho peor; porque ste, al
fin, logr encontrar en medio de sus escozores y espasmos, ya que no un
calmante de ellos, un remedio para sufrir hasta con gusto sus rigores; y
fue que de pronto cay en una idea en que hasta entonces no haba cado
de lleno, a causa de tener la sensibilidad fuera de quicio por la fuerza
de sus aprensiones extremadamente pesimistas. l haba _sentido_ con lo
dicho por don Claudio, que era un estorbo en Peleches, y un motivo de
perturbacin para ciertos planes de don Alejandro Bermdez. As,
considerndolo en montn; pero estudindolo mejor despus; separando las
cosas y examinndolas una por una, acordose de que los enojos del seor
de Peleches contra l, dimanaban, segn don Claudio, de ciertas
_franquezas_ de Nieves que le haban confirmado en las sospechas que ya
tena. Santo Dios, lo que l vio, lo que l sinti en aquellos
momentos! Qu efusiones tan hondas, jams experimentadas! qu terrores
tan nuevos y tan sublimes! qu recelos tan extraos!

Pngasele el sol de repente en las manos a un hombre que le haya estado
adorando sin otro fin que adorarle. Pues en una situacin por el estilo
se vio Leto al dar a las _franquezas_ de Nieves la nica interpretacin
que poda darlas por la virtud de los hechos y la fuerza de la lgica.
El peso de la mole le aplastaba, la luz resultaba fuego; pero qu
martirios, qu torturas, qu muerte tan adorables! Porque l se daba por
muerto, como dos y tres eran cinco. Que no estorbaba a Nieves en ninguna
parte; que Nieves le haba entendido la metfora del aire y del sol y
del humilde puesto para tomarlos, y que lejos de ofenderse con el smil,
hasta le haba reprendido a l porque no colocaba su banqueta en primera
fila, bien sabido se lo tena, y bien justipreciado en las entretelas de
su corazn; pero que el sol descendiera de su trono para... Dios
clemente! Cmo no haba de execrarle el seor don Alejandro Bermdez?
Por otra senda bien distinta esperaba l aquella execracin; pero ya que
haba llegado y pues que era de necesidad que llegara, bien venida fuera
por donde haba venido. Cierto que el abismo resultaba as ms hondo
para l que de la otra manera; pero, en cambio, menos fro y solitario;
y eso sala ganando en definitiva.

As entretuvo las largas horas de aquella noche y las del da que la
sigui. Poco ms o menos, como las entretena su padre en la botica y en
la cama, y los seores de Peleches en su empingorotado casern.

Se cruzaban poqusimas palabras entre la hija y el padre; no por enojos
mutuos, sino porque teman entrar en conversacin. Ella, ya en plena
posesin de s misma y sabiendo por Catana la orden dada por su padre
contra los dos Prez de la botica, le pregunt, muy serena, al tercer
da del percance gordo:

--Sabes t por qu no han vuelto por aqu esos seores?

--Qu seores?--pregunt a su vez don Alejandro, descubriendo en su
turbacin que por dems saba de qu sujetos se trataba.

--Don Adrin y su hijo,--respondi Nieves con la mayor tranquilidad.

Bermdez se qued lo que se llama cortado; amag una respuesta evasiva,
y lo puso peor. Su hija no pudo menos de sonrerse al verle tan apurado,
y le dijo muy templada:

--Mejor pago merecan de ti: creme.

Esto ocurra al irse cada cual a su agujero despus de la sobremesa.

A media tarde recibi el correo don Alejandro; y en el correo, nueva
carta de su sobrino Nacho, fechada la vspera en la ciudad. Deba llevar
en ella, por su cuenta, dos das y medio. Le anunciara ya la salida
para Peleches?... Pues en temple estaba el horno para aquella clase de
rosquillas! Canstoles, qu lo! Ley la carta, que era breve, y se le
cay de las manos convulsas.

Segn noticias de buen origen--deca el mejicanillo--, que acabo de
recibir, mi alojamiento en Peleches podra originar grandes
contrariedades a mi prima, cuyos entretenimientos y placeres,
autorizados y consentidos sin duda alguna por usted, son incompatibles
con la presencia continua de un extrao que hasta pudiera suscitar
recelos de cierta especie en el afortunado conquistador de los
entusiasmos de Nieves. Como no tena la menor idea de estas cosas y se
aproxima la hora de emprender la marcha que le anunci a usted en mi
carta anterior, le pido la merced de una declaracin explcita sobre lo
indicado, para saber a qu atenerme antes de salir de aqu, o para no
salir con ese rumbo, si hasta este sacrificio fuere necesario en bien de
ustedes, y particularmente de mi encantadora prima.

Don Alejandro Bermdez permaneci un buen rato como descoyuntado sobre
la silla en que se sentaba, con la cabeza gacha y mirando la carta, que
estaba a sus pies, hasta con el ojo huero.

De pronto se sinti posedo de una comezn irresistible; recogi de una
zarpada el funesto papel; y estrujndole con los dedos temblones, sali
de su gabinete a todo andar en busca de Nieves que estaba en el
saloncillo.

--Entrate de esa carta que acabo de recibir--la dijo ponindola en su
regazo--. Otra prueba ms de lo injusto que estoy siendo con tus buenos
amigos, y dime, despus que te enteres de ella, qu contestacin he de
darla.

Tambin a Nieves, que ya se haba alarmado no poco al ver el continente
de su padre, le tembl la carta entre las manos: primero por zozobra, y
despus por indignacin. sta le prest fuerzas; y con la ayuda de ellas
pudo decir a su padre, devolvindole al mismo tiempo la carta de su
primo:

--Esto es una infamia, y nada ms.

--De quin?--la pregunt su padre dando diente con diente.

--De Rufita Gonzlez: apostara la cabeza--respondi Nieves sin
vacilar--. Ya sabes el empeo que tiene en que su primo vaya a vivir con
ellas.

--Es posible que no te equivoques--dijo Bermdez menospreciando aquel
detalle del asunto--; pero por qu sabe Rufita Gonzlez esas cosas?
mejor dicho, por qu han de ser ciertas esas cosas que?... Tampoco es
esto: por qu lo que yo me sospechaba viene a confirmarlo Rufita
Gonzlez, o quien sea el que haya dado la noticia a que se refiere tu
primo? Este es el caso, Nieves: ste es el caso de importancia para m.
Niega ahora mis supuestos y llmame injusto, y, sobre todo, dime qu
contestacin he de dar yo a ese pobre muchacho.

--Si has de darle la que merece--respondi Nieves con gesto
despreciativo--, no hay que calentar mucho la cabeza para discurrirla.

--A ver.

--Rufita Gonzlez--prosigui Nieves muy entera--, podr haber cometido
una infamia, disculpable en su mala educacin, dando las noticias que le
ha dado a tu sobrino; pero con qu disculpar l la trastada de haberte
venido a ti con el cuento sin ms ni ms? Te parece eso a ti rasgo de
hombre de fuste, ni siquiera de persona decente?

--Poco a poco--repuso don Alejandro tomando con entera decisin y
completa buena fe la defensa de su sobrino--. Para fallar sobre ese
caso, hay que ponerse en lugar de tu primo. Est para llegar a nuestra
casa, y se le dice que va a servir de estorbo en ella en el sentido, que
a l le duele mucho, porque cabe que traiga el infeliz sus planes muy
acariciados... Pues, mujer, qu menos ha de hacer en tales casos una
persona sensible y delicada, que preguntar, para evitarse un portazo en
las narices: estorbo o no estorbo? voy o no voy? Y digo, una persona
que viene desde un extremo del mundo, solamente para eso! Te parece que
tiene vuelta el argumento, Nieves? Pues no la tiene, aunque otra cosa se
te figure. De todas maneras, no se trata aqu de ese particular que, por
ahora, es secundario. Mi tema es otro bien distinto, que ms tarde o ms
temprano haba de ventilarse entre los dos, y quisiera yo ventilar ahora
mismo, puesto que la oportunidad se nos ha venido a las manos. Ests
pronta a complacerme, hija ma?

Nieves, pasando y repasando maquinalmente la aguja con que bordaba, por
el cendal finsimo que cubra su bordado, y la vista perdida en el aire,
dio a entender con un gesto y una leve sacudida de sus hombros, que lo
mismo le daba.

--Pues a ello--prosigui su padre optando, por lo que prefera--.
Anteayer, aqu mismo y a estas mismas horas, tuvimos una escena que nos
doli mucho a los dos, por un motivo muy emparentado con el de hoy... Yo
te acus entonces, y t ni confesaste claro ni negaste, ni tampoco te
defendiste; pero dijiste y otorgaste con tu silencio lo suficiente para
que yo pudiera formar juicio de todo, como le form; y tenindole por
bien fundado, tom una resolucin que t has calificado de injusta pocas
horas hace. Es tan distinto del mo tu punto de vista! Pero es el caso
que el otro da nos anduvimos t y yo, por salvar ciertos respetillos,
con paos calientes y figuritas retricas, y que hoy piden las
circunstancias que dejemos esos respetillos a un lado y llamemos las
cosas por sus nombres para acabar de entendernos... No te parece
as?...

--Como quieras,--volvi a decir Nieves con el mismo ademn y el mismo
gesto de antes, pero algo ms descolorida y emocionada.

--Pues all va en plata de ley--aadi Bermdez, no muy sereno
tampoco--. Entre ese muchacho y t ha llegado a desenvolverse un...
vamos, un afecto, digmoslo as, ms... ms hondo, ms fuerte que el de
la amistad...

--Qu muchacho?--pregunt Nieves, casi sin voz y temblorosa, con nimo
de alejar un poquito ms la respuesta que se la peda tan en crudo.

--El hijo de don Adrin... Leto, vamos.

--No s yo--dijo aqu la pobre nia aturrullada y convulsa--, cmo
responderte a eso; porque no est bien claro...

--A ver si puedo yo ir ayudndote un poquito--interrumpi Bermdez con
un gesto, como si mascara ceniza--. T eres una jovenzuela sin
experiencia y sin malicias; y l un mozo que, aunque no largo de genio,
al fin ha rodado por las universidades; se ha visto agasajado en
Peleches y muy estimado por ti, que no eres costal de trigo; y qu
canstoles! hoy una palabrita y seis maana, habr ido insinundose y
atrevindose poco a poco, hasta despertar en ti...

--l?--exclam Nieves, reviviendo de pronto por la virtud de aquella
injusta suposicin de su padre.

--l, s--insisti ste con verdadera saa--. De qu te asombras?

--De que seas capaz de creer eso que dices,--respondi Nieves ms serena
ya--. l, que es la humildad misma! Se le haba de presentar hecho y
aceptado por nosotros todo cuanto t supones, y no haba de creerlo. Te
juro que no me ha dicho jams una sola palabra de esas, y que ni le creo
capaz de decrmela.

--Pues entonces, qu hay aqu?

--Y lo s yo acaso, pap? T mismo le has trado a casa; t mismo me
has ponderado mil veces sus prendas y sus talentos; si yo me ha confiado
a l y le he tomado por gua en unas ocasiones, y por maestro y
confidente en otras, por tu consejo y con tu beneplcito ha sido.
Tratndole con intimidad y a menudo, como le he tratado delante de ti,
casi siempre, he visto que vale mucho ms de lo que juzgbamos de l, y
que es capaz de dar hasta la vida por nosotros sin la menor esperanza de
que se lo agradezcamos. Todo esto s de l. Tiene algo de particular
que yo lo sepa con gusto y que me complazca con el trato de un mozo de
tan raros mritos? Pues no hay ms, pap, y en eso se estaba cuando me
anunciaste la venida del otro.

--Y ah est el dedo malo precisamente--replic Bermdez arandose las
palmas de las manos con las respectivas uas--. Result el contraste, y
pum!... a la crcel Nacho.

--Yo no me opuse a que viniera, recurdalo... y recuerda tambin lo que
te promet.

--Qu fue lo que me prometiste? porque, a la verdad...

--Te promet que dejndome libre la voluntad para... esas cosas, jams
me empeara en imponrtela a ti, aunque me fuera en ello la vida. Pues
hoy te repito la promesa, y sin esfuerzo, pap, cremelo. Yo empiezo a
vivir ahora, y me encanta esta libertad que gozo a tu lado y entre pocos
y buenos amigos. Cmo han de caber en m otros planes tan contrarios,
ni siquiera tentaciones de hacerlos?

--Concedido que no me engaas en eso que dices... ni en nada, porque la
condicin de veraz tampoco quiso negrtela Dios; pero no basta para
remate de este condenado pleito. Por lo mismo que careces de experiencia
para discernir ciertos achaques del alma, es de necesidad que yo
estreche un poco ms los argumentos para saber a qu atenerme sobre el
particular de que tratamos. No tienes planes de cierta especie, ni la
menor idea de imponerme tu voluntad ni tus caprichos: corriente; pero
suponte ahora que yo te digo: es indispensable, absolutamente
indispensable, cambiar de vida, de estado... en fin, hija, casarse,
porque, de otro modo, ahorcan. Aqu tienes dos aspirantes: tu primo
Nacho y Leto. Elige.

--Pues a Leto,--eligi Nieves sin vacilar.

--Muy bien!--dijo su padre dando pataditas en el suelo para desahogar
la inquietud que le consuma--. Pues ahora te pongo delante al propio
boticario ese, y al mejor mozo y ms rico y ms honrado y decente de
Sevilla, y te vuelvo a decir: elige.

--A Leto,--insisti Nieves.

--Canstoles!--exclam don Alejandro en los ltimos extremos ya de la
congoja que le ahogaba--: qu aberraciones, hombre! Pues ahora te mando
elegir entre el propio desastrado farmacutico y el Prncipe de
Asturias, si le hubiera, y soltero y galn... el Emperador de todas las
Rusias y del Universo mundo...

--Pues tambin a Leto...

--Y afirmabas que no haba planes ni!...

--Pero si vas t dndomelos hechos, pap!...

--Pues arder Troya, hija... y por los cuatro costados, antes que las
cosas vayan por donde no deben de ir.

Mascullando estas palabras se apart de Nieves sin detenerse a observar
el estrago causado en ella por sus nunca vistas destemplanzas.

En parecido temple de nervios le hall poco tiempo despus don Claudio
Fuertes. Cabalmente llevaba encargo de don Adrin, muy encarecido y casi
llorado, de interceder por ellos, de suavizar asperezas, y propsito muy
bien hecho de complacer al bendito boticario, por creerlo conveniente y
hasta de justicia.

En mal hora lo intent!

--No solamente--le dijo don Alejandro, hecho un erizo--, mantengo la
resolucin tomada el otro da contra ellos, sino que la adiciono con el
propsito firme de que en todos los das de su vida vuelvan a poner los
pies en mi casa. Que lo tengan entendido as.

Don Claudio Fuertes no hall modo de calmar la iracundia de su amigo, a
quien desconoca en aquel estado, ni siquiera de hacerle soportable
ninguna conversacin. Sospechando que preferira estar solo, despidiose
de l a poco de haber llegado, y se fue sin poder averiguar qu nueva
mosca haba picado al buen seor de Bermdez para ponerle tan rencoroso
como estaba contra los dos Prez de la botica, aunque presumiendo que
todo sera obra de alguna franqueza de Nieves, por el estilo de las de
marras.

Diole mucho que cavilar la racional sospecha; vio las cosas con espritu
sereno y por todas sus caras a la luz de los antecedentes que tena, y
sac en limpio que, saliera pez o rana en definitiva, era de necesidad,
por de pronto, enterar a don Adrin del mal xito de sus negociaciones,
para que Leto, que se hallara presente, lo tuviera entendido en la
correspondiente proporcin.

Y se fue derecho a la botica donde, por haber hallado a los dos Prez
solos, les inform, con las debidas atenuaciones de caridad, de lo mal
que andaban sus negocios en Peleches.

A don Adrin le falt poco para desmayarse.




--XXIII--

La tribulacin del boticario


Media hora despus, con la faz macilenta y alargada, el ojo triste, las
rodillas trmulas y la respiracin anhelosa, suba el pobre hombre hacia
Peleches. El sobrepeso agregado por don Claudio a su cruz, se la haba
hecho insoportable. No poda vivir as. Form su resolucin con voluntad
heroica; y en cuanto lleg el mancebo a la botica, y se march el
comandante, y Leto subi al piso, cogi l el sombrero y la caa... y
hala para arriba! Podra suceder que no se le franqueara la puerta al
primer golpe: l insistira una, dos y ciento y mil veces, hasta que los
mismos robles se ablandaran; o se colara por los resquicios, o tomara
la casa por asalto... Que el seor don Alejandro, al verse con l cara a
cara, se la llenaba de oprobios... y qu? Cualquier afrenta, la ms
dura agresin. antes, eso es, que aquellas incertidumbres, caray! s,
seor; que aquel estado violento, eso es, en que no poda l vivir.

Iluminaban a Peleches las ltimas tintas sonrosadas, pero fras, del
crepsculo, cuando el viejo boticario, con la mano lvida y convulsa,
empuaba el llamador (un lebrel de hierro dulce con una bolita entre las
garras delanteras) de la puerta de ingreso al piso principal del casern
de los Bermdez. Dio tres golpes muy desconcertados, como los que a l
le produca en el angustiado pecho el acelerado latir de su corazn, y
sali Catana. En cuanto vio a don Adrin le dijo sin acabar de abrir la
puerta:

--El ze no pu...

Pero el boticario se col en el vestbulo por la abertura, y desde all
interrumpi a la rondea de esta suerte:

--Ya, ya; pero esa orden no reza, eso es, conmigo; porque vengo, s,
seor, con su beneplcito... Tenga usted la bondad de prevenirle, eso
es, de avisarle, que estoy aqu a sus rdenes.

Y por si esto era poco, mientras Catana iba con el recado, l la sigui
de lejos, como si tratara de ponerse en el rastro de su presa para que
no se le escapara por ninguna parte. As lleg al extremo del pasadizo
que conduca al estrado. Era indudable que don Alejandro estaba en su
gabinete... hasta crey percibir su voz momentos despus; su voz algo
destemplada, por cierto. Caray, caray, qu desmayos!

Volvi a aparecer Catana. Con un gesto bravo le reprendi su
atrevimiento de colarse hasta all, y con otro no ms dulce y un ademn
adecuado, le mand que pasara al gabinete que le seal con el ndice
cobrizo.

Pas don Adrin entre vivo y muerto, y se plant a la puerta con el
altsimo sombrero en una mano y el bastn en la otra, inmvil, derecho,
rgido. Desde all vio a don Alejandro dando vueltas desconcertadas en
el fondo del gabinete. En una de aquellas vueltas se encar con l, se
detuvo y le dijo, con una sequedad a que no tena acostumbrado al
excelente farmacutico de Villavieja:

--Pero qu hace usted ah?

--Esperando, seor don Alejandro--contest el pobre hombre con la voz
como un hilo--, a que me d usted su licencia.

--Segn mis noticias--replic Bermdez sin ablandarse ms--, esa
licencia la traa usted ya desde su casa.

--Mi seor don Alejandro--dijo aqu don Adrin enjugndose el rostro
macilento con su pauelo de yerbas, y entrando a cortos pasos en el
gabinete,--me he permitido afirmar esa... mentirilla, eso es, para que
se me franquearan, s, seor, estas puertas... Mal hecho, caray, mal
hecho! Verdaderamente lo conozco, eso es... pero no haba otro modo de
lograr, eso es, una entrevista, una entrevista con usted, mi seor don
Alejandro.

--Y para qu necesita usted, seor don Adrin, una entrevista conmigo?

--Para qu, mi seor don Alejandro?--pregunt el farmacutico relajando
todos los msculos de su cara--. Para qu?... Para mi sosiego... para
dormir, para comer... para vivir; caray! para vivir, mi seor don
Alejandro... Para todo eso.

Bermdez que, por lo que le decan aquellas palabras y lo que lea en la
voz y en el aspecto lastimoso de aquel hombre a quien tanto haba
estimado y estimaba, calculaba la intensidad del dao que le haba hecho
con su violenta medida, sinti muy hondos pesares de no haberla meditado
ms, y maldijo la negra fortuna que le conduca a extremos tan
rigurosos.

--Sintese usted, amigo mo--le dijo apiadndose de l--; repngase un
poco, y dgame luego cuanto tenga que decirme.

Le arrim una silla y se sent en ella don Adrin. l permaneci de pie
delante del boticario, y con las manos en los bolsillos. Don Adrin
Prez, despus de colocar el sombrero en la silla inmediata y de
enjugarse otra vez la carita lacia con el pauelo, comenz a hablar de
esta suerte:

--Yo, seor don Alejandro, me encontr antes de anoche... precisamente
antes de anoche, eso es, cerradas las puertas de esta casa... quiero
decir, nos las encontramos; porque mi hijo vena conmigo: venamos
juntos, eso es... El caso era de notar por nuevo... por nuevo, es
verdad, pero no por cosa peor; porque caba creer que fuera medida, s,
seor, medida general. Caray, si caba! Pero no lo fue, mi seor don
Alejandro, no lo fue!; fue medida propia y particularmente para
nosotros; para nosotros dos, eso es: para mi hijo y para m. El seor
don Claudio Fuertes tuvo la bondad de informarnos de ello, con tino, eso
s, y con todo miramiento, porque es persona de suma delicadeza; como
usted sabe muy bien... Nos dio algunas esperanzas de que, corridos unos
das, eso es, mejoraran las circunstancias... Pero el hecho, mi seor
don Alejandro, estaba en pie; y dola, dola... Preguntamos la razn,
eso es; y la ignoraba el buen amigo... Pas la noche... sin sueo, por
de contado; y otro da, el de hoy, sin apetito naturalmente... Ya ve
usted, mi seor don Alejandro: el castigo notorio y la culpa
desconocida, caray! en corazones de bien... aflige, eso es, agobia... Y
as todo el da de hoy, hasta que el seor don Claudio Fuertes, despus
de hablar con usted, nos ha venido a advertir, un momento hace, que
nuestro litigio aqu, iba caray! de mal en peor... Esto fue ya cegar,
mi seor don Alejandro, para los que estbamos a obscuras; eso es, cegar
verdaderamente, cegar, y cegar en la agona!.. Pues, muerte por muerte,
me dije en cuanto me vi solo, dmela el amigo irritado, eso es, si me
cree merecedor de ella... Y aqu estoy, seor don Alejandro.

ste dio dos medias vueltas, conservando una de las manos en el
bolsillo y resobndose con la otra la barbilla; y despus, detenindose
de nuevo delante de don Adrin, que no apartaba de l la vista anhelosa,
y volviendo a enfundar la mano en el bolsillo correspondiente, dijo al
boticario:

--Contine usted, seor don Adrin, todo lo que tenga que decirme:
despus hablar yo, si le parece.

--Pues en dos palabras termino--contest el boticario tomando nueva
postura en la silla--. As las cosas, mi seor don Alejandro, y tngalo
usted bien entendido, eso es, bien entendido, desde luego, por
anticipado, le doy a usted la razn por ser una persona incapaz de
faltar a la justicia... Yo me confieso culpable, y mi hijo, s, seor,
tambin se confiesa: los dos, nos confesamos culpables; los dos le
habremos faltado a usted... no admite duda, cuando, tenindole caray!
por el ms carioso y noble, eso es, de los amigos, y el ms caballero
de los hombres, nos castiga... Pero por qu? En qu ha consistido la
falta, eso es, o la ofensa? Este es el clavo, mi seor don Alejandro;
ste es mi mate da y noche. Cul es nuestro delito? Spale yo, spale
mi hijo, para la debida reparacin, eso es; porque de otro modo, de qu
vale el buen deseo, caray? de qu la voluntad mejor dispuesta? De nada,
mi seor don Alejandro, de nada, caray! de nada. Que no cabe
reparacin, eso es; que usted no la admite ni la quiere... que estas
puertas continan cerradas para nosotros... cerradas, eso es... Malo,
triste, caray! muy triste, muy malo, s, seor; pero se sabe el motivo,
se reflexiona sobre l; resulta justo, justa y merecida la pena; y ya es
distinto, eso es; pero muy distinto, caray!.. Y esto es todo lo que
verdaderamente tena que decir a usted, s, seor; nada ms, eso es.

Y mientras don Alejandro Bermdez daba otras dos vueltas en corto, l se
pas nuevamente el pauelo por toda la cara, reluciente de sudor fro.
El de Peleches, al regreso de su ltima vuelta, dijo al boticario:

--Empecemos, seor don Adrin, por declararle a usted, como le declaro,
que soy tan amigo de usted como lo era antes, y que no le estimo menos
de lo que le estimaba.

--Gracias, mi seor don Alejandro--contest el boticario desde el fondo
de su corazn. Eso ya consuela mucho, caray si consuela!

--Y declarado esto--continu Bermdez voltejeando a la vez por el
gabinete, porque segua nervioso y espeluznado--, le declaro adems que
no es tan fcil como parece la tarea de decirle a usted todo lo que
desea saber.

--Es posible?

--S, seor: como que es cierto. Y vamos a ver si consigo explicarme de
modo que usted me comprenda, sin decirle ms que lo que debo. Figrese
usted que el amigo a quien ms usted quiere, resulta inficionado de una
peste dejar usted de querer bien a ese amigo por tomar ciertas
precauciones... sanitarias contra l?..

--Conformes--observ don Adrin abriendo mucho los ojillos y la boca,
como si le sorprendiera la gravedad del ejemplo--. Conformes, seor don
Alejandro: no querra mal a ese amigo... inficionado, eso es, apestado,
mejor dicho, por alejarle de mi familia; no, seor: medida prudente y de
conciencia... de conciencia, eso es; pero le advertira en debida
forma... del mejor modo posible, eso es, para que no extraara, para que
no se doliera... En fin, mi seor don Alejandro, entiendo el smil; pero
con la debida dispensa de usted, verdaderamente nada me dices sino que
por apestados, eso es, por inficionados de algo, se nos han cerrado
estas puertas, de repente, a mi hijo y a m. Que hay peste en nosotros,
ya se lo he concedido a usted antes de todo, s, seor, concedido; pero
qu peste es ella, mi seor don Alejandro? Este es el punto... digo, me
parece a m, y el clavo, s, seor, muy doloroso.

--Efectivamente--repuso Bermdez mordindose los labios de inquietud--,
nada resuelve mi ejemplo en el sentido que usted desea. Vaya otro ms al
caso. Imagnese que usted no es don Adrin Prez, sino don Alejandro
Bermdez; que siendo don Alejandro Bermdez, tiene una hija exactamente
igual a la que tengo yo: vamos, que Nieves es hija de usted; que usted
se ha consagrado en cuerpo y alma al cuidado y a la educacin de esa
hija; que desde que su hija era nia, trae usted formados y acariciados
ciertos planes que, una vez realizados, han de hacer su felicidad, la
felicidad de esa hija por todos los das de su vida; que est usted en
la cuenta, por seales que parecen infalibles, de que su hija consiente
y aprueba y hasta acaricia los mismos planes que usted; que en esta
inteligencia, y para afirmarlos y asegurarlos mejor, de la noche a la
maana, y de mutuo y entusistico acuerdo, dejan ustedes su residencia
de Sevilla, y se plantan, llenas las cabezas de ilusiones, en este solar
de Peleches; que limita usted su trato de intimidad aqu a tres
personas, muy estimadas, muy queridas de usted: de esas tres personas,
una soy yo, don Adrin Prez, y la otra, mi hijo, Leto de nombre; usted
contina abrindonos su casa y recibindonos en ella con la mayor
cordialidad; y nosotros correspondiendo a ese afecto con otro tan
hidalgo como l, e independientemente de todo esto, usted, Alejandro
Bermdez, llevando adelante y por sus pasos contados, el plan consabido;
que se deja usted correr as tan guapamente, tranquilo y descuidado, y
que un da, con motivo de un suceso muy relacionado con ese plan,
descubre usted que se le han llevado los demonios, encarnados para ello
en su hija de usted y en mi hijo; o si lo quiere ms claro an, en
Nieves y en Leto... Me va usted comprendiendo mejor ahora, seor don
Adrin?

Don Adrin, amarillo y desmoronndose por todas partes, apoy la frente
entre las dos manos cadavricas colocadas sobre el puo del bastn, y no
dijo una palabra.

Don Alejandro, hondamente condolido de l, para dulcificarle en lo
posible el amargor de las suyas y acabar de explicarse, continu en
estos trminos:

--Yo no tengo nada que tachar en Leto, amigo mo, y mucho menos en
usted: por donde quiera que se les considere, valen tanto como nosotros,
ms si es preciso; pero yo, como le he dicho, tena mis planes; los vi
desbaratados de repente y cuando ms seguros los crea; supe la causa de
ello; y qu canstoles! don Adrin, hice, por de pronto, lo que hubiera
hecho usted en mi caso: aislarme del peligro para pensar a solas, para
discurrir sobre l... No es uno dueo de los primeros movimientos del
nimo; y la amarga sorpresa me ofusc. No me detuve a elegir un pretexto
que, sirviendo a mis fines, no le causara mortificaciones a usted: lo
confieso. Adems, contaba con que la rfaga pasara pronto, si es que no
era una ilusin de mis sentidos; pero sucedi lo contrario, don Adrin:
lo sospechado result evidente, de toda evidencia, y entonces acab de
cegarme. Este es el caso. Perdneme usted lo que le haya alcanzado
indebidamente de mi enojo; y para conseguir ese esfuerzo de su corazn,
pngase, como antes dije, en mi lugar.

Callse Bermdez; y alzando enseguida la cabeza el boticario y
levantando poco a poco los ojuelos hasta l, exclam entre acobardado y
aturdido:

--Verdaderamente, s, seor,--es sorprendente... y espantoso, el caso
ese... lo que se llama espantoso!... Vamos, que necesito haberle odo
en boca de usted, para darle crdito, s, seor. Algo as tena que ser
para un castigo como el impuesto... que es dulce, caray, muy dulce!
para la enormidad de la falta, eso es. Pero, seor, cmo la ha cometido
ese chico? qu espritu malo le emborrach? Porque l es incapaz de
atreverse a tanto, verdaderamente, de por s: la misma cortedad andando,
eso es, y el respeto, caray! y la gratitud... Es ms: l me ha visto en
las angustias de estos das, s, seor, y me ha odo amontonar, eso es,
conjeturas y supuestos; y nada, ni una palabra, l, que es todo
franqueza y sencillez!... Vamos, seor don Alejandro, que lo creo, eso
es, pero que no me lo explico.

Los dos podemos tener razn, seor don Adrin--replic Bermdez
continuando sus paseos en corto--. Cabe perfectamente que su hijo de
usted haya hecho el dao sin propsito de hacerle, y que ignore a estas
horas lo que ha hecho. El corazn humano es as muy a menudo: para saber
el valor positivo de lo que contiene, necesita, como ciertos metales,
probarse en la piedra de toque. Eso hice yo en mi casa, don Adrin:
someter un afecto, quiz desconocido del alma que le contena, a aquella
prueba... Y as le descubrimos los dos. La misma prueba hecha en casa de
usted, hubiera producido idntico resultado.

--No me atrevo a negarlo ni a ponerlo en duda, seor don Alejandro:
despus de lo que usted me ha dicho, eso es... creo, creo hasta en
ageros... y hasta en las brujas mismas, caray!

--El caso es, amigo mo, que el dao existe, para mi desgracia.

--Esa es, mi seor don Alejandro, la que yo lamento: no la ma, que ya
no me preocupa.

--Y vuelvo a repetirle que no me quejo de nadie, sino de mi mala
fortuna; que no alzo ni bajo ni estimo en ms ni en menos a su hijo de
usted, ni le quito ni le pongo al acudir a ciertos extremos y al
expresarme de cierto modo; pero yo tena mi rumbo trazado, mis planes
hechos...

--S, mi seor don Alejandro: usted tena sus planes, muy bien
tenidos!... eso es, y muy bien hechos; planes caray! de toda la vida,
que son, s, seor, los ms estimados; y si esos planes, supongamos, le
hubieran fallado por una causa... ordinaria y corriente, eso es, y comn
de todos los das, usted hubiera formado otros a su gusto; mientras que
de este otro modo, eso es...

--Por consiguiente, seor don Adrin, no debe chocarle a usted que, sin
dejar de estimarlos a los dos, a usted y a su hijo, en lo que valen,
persista por ahora en mi determinacin... Esto no es cerrar a usted las
puertas de mi casa, entindalo usted bien...

--Chocarme a m nada de eso!--exclam don Adrin levantndose de la
silla, tembloroso y con los ojos empaados--. Creer que me cierra usted
las puertas de su casa... cuando voy, eso es, a cerrrmelas yo mismo!
Porque debo cerrrmelas, eso es, y no volver a llamar a ellas mientras
no traiga en las manos, s, seor, las pruebas de haber reparado la
ofensa inferida a usted... Y se reparar, s, seor, yo lo fo.

--No es fcil, amigo don Adrin.

--Yo repito que lo es, mi seor don Alejandro... Yo repito que lo es!
Yo conozco a mi hijo; yo s que es de noble condicin, honrado, s,
seor, y pundonoroso como l solo... Yo s que es incapaz de levantar,
eso es, los ojos ms arriba de la talla, digmoslo as, que le
pertenece; que estima y considera la amistad de usted, ciertamente, por
encima, eso es, de toda otra ambicin; que no ignora lo que yo me pago y
me enorgullezco de ser... de haber sido, el amigo ms estimado, eso es,
del seor don Alejandro Bermdez Peleches; mi hijo sabe, finalmente, que
es gusano de la tierra, s, seor, y tiene demasiada inteligencia, y
rectitud por dems, para atreverse... con las guilas de las alturas.
Eso es.

--Pero don Adrin--djole Bermdez mientras encenda con una cerilla una
vela puesta en un candelero sobre la mesa, porque haba anochecido ya--,
si no se trata...

--Por anticipado, desde luego, mi seor don Alejandro continu el
farmacutico sin hacer caso de la interrupcin--, le prometo a usted que
mi hijo cumplir con su deber, como yo cumplo ahora, y he de cumplir en
adelante, con el mo; eso es. Si tiene tambin sus planes, que lo dudo,
contrarios a los de usted, yo le dir, s, seor, que los destruya; y
los destruir; que no mire jams hacia Peleches, eso es; y cegar antes,
s, seor, que faltar a mi mandato; que se hunda en el polvo de la
tierra; y se hundir, eso es; se hundir hasta los abismos, s, seor,
ms tenebrosos y profundos. Lo fo, porque le conozco, y por ser adems
todo ello de justicia... de reparacin debida a usted, verdaderamente,
por una parte; y por otra, de pundonor caray! para nosotros, eso es.

--Repito que usted extrema las cosas, amigo don Adrin.

--Ojal fuera verdad! Pero estoy en lo justo, s, seor, por mi
desgracia, don Alejandro; en lo que debo, eso es, en lo que debo, en lo
que debemos a usted mi hijo y yo, eso es, como le deca, y en lo que nos
debemos a nosotros mismos. En el mundo, seor don Alejandro, aqu, en
este rinconcito de Villavieja, hay muchos ojos caray! y muchas lenguas;
no todos los ojos ven las cosas por una misma cara, ni todas las lenguas
explican de un mismo modo lo que los ojos ven. La seorita Nieves es
hija del rico caballero don Alejandro Bermdez Peleches, y el padre de
Leto es el pobre don Adrin Prez, boticario de Villavieja... eso es; y
en un pao como ste caray! pueden entrar muchas tijeras, como haya
ganas de cortar, que nunca faltan... En fin, ya puede usted
comprenderme; y yo, mi seor don Alejandro, que he conservado con honra
durante setenta y cinco aos, eso es, la vida que recib de Dios, con
honra quiero entregrsela el da en que me la reclame, que bien cercano
est ya... Eso es.

Bermdez ya no daba vueltas por el gabinete: se haba detenido delante
del boticario; y a pie firme y con la cabeza algo gacha y la mirada de
su nico ojo clavada en los humedecidos de l, escuchaba sus ardorosos
razonamientos.

--Y ahora--dijo en conclusin el atribulado farmacutico, que ya llevo
lo que vena buscando, y aun algo ms, eso es, si bien se mira, y s a
lo que debo atenerme, si usted me da su permiso me vuelvo a mi casa...
para terminar debidamente lo comenzado a tratar aqu... Pero me
atrevera, por trmino, eso es, y por remate de nuestro coloquio, a
pedir a usted una gracia... la ltima, seor don Alejandro, por no
molestar!

--Yo tendr siempre--le respondi Bermdez afablemente--, el mayor gusto
en servirle en cuanto pueda, seor don Adrin: no lo dude usted un
momento.

--No lo dudo, seor don Alejandro--replic el otro--. Y voy, en prueba
de ello, a la splica. El camino hasta mi casa no deja de ser largo y
escabroso, y ya ha cerrado la noche, eso es; ordinariamente, no me las
arreglo bien con las tinieblas; pero en el estado caray! en que me
encuentro ahora... a la verdad, fo poco de mis fuerzas; y una cada a
mis aos... caray! Tendra usted inconveniente en que me acompaara un
ratito, por lo ms obscuro nada ms, eso es, su criado Ramn?

--S, seor, que le tengo--respondi Bermdez dirigindose a la alcoba
de su gabinete--, porque quien le va a acompaar a usted, soy yo.

--Usted, seor don Alejandro?--exclam asombrado el boticario.

--Yo mismo, seor don Adrin--respondi Bermdez desde all dentro--, en
cuanto me calce las botas. As como as, no me vendr mal orear un poco
la cabeza fuera de casa. Don Adrin sinti la fineza de su amigo, como
una lluvia serena en el esto las plantas mustias.

Apareci pronto don Alejandro con todos los pertrechos necesarios para
ponerse en marcha, y el boticario le dijo:

--No he intentado siquiera saludar, eso es, ofrecer mis respetos a la
seorita Nieves, porque verdaderamente es mejor que ignore, eso es, que
yo he hablado con usted.

--Nieves anda otra vez maleando de la cabeza, y se haba tendido sobre
la cama un poco antes de llegar usted. Sin eso, la hubiera usted
saludado, porque no quita lo corts a lo valiente, seor don Adrin. Con
que cuando usted guste...

Salieron ambos del gabinete; entr don Alejandro en el de su hija;
volvi a la sala a poco rato, dando al boticario la noticia de que
Nieves estaba mejor, y se fueron los dos pasillo adelante.

Al desembocar en la plazuela de la Colegiata, se despidi Bermdez de su
viejo amigo con un fuerte apretn de manos.

--Ya est usted en sagrado--le dijo--, y yo me vuelvo a mi escondite.

--Gracias por todo, por todo, s, seor!--respondi el boticario
trmulo de voz y conmovido, como si se despidiera de don Alejandro hasta
la eternidad.

Retrocedi Bermdez hacia Peleches; y andando cuesta arriba y meditando,
dej escapar de su pensamiento, y como si fueran el resumen de sus
meditaciones, estas palabras:

--Qu apostamos canstoles! a que ese pobre boticario vale mucho ms
que yo?




--XXIV--

El Fnix villavejano


Acompaado del propio Maravillas, que para eso y para dirigir y
_mejorar_ a su gusto la edicin, haba ido dos das antes a la ciudad,
entraba en Villavieja el paquete de los quinientos ejemplares, hmedo
todava y exhalando el tufo que enloquece a los pipiolos y regocija a
los veteranos en la esgrima de la pola, al mismo tiempo que suba
hacia Peleches don Alejandro Bermdez.

Tinito el sabio se encamin a su casa por los callejones ms
extraviados, para no ser visto por sus amigos y colaboradores, pues as
convena para sus planes; y una vez encerrado en ella y despus de
encargar muy encarecidamente que se dijera a cuantos llegaran a
preguntar por l, si alguien llegaba, que no haba venido an, procedi
a romper las ligaduras del paquete con mano codiciosa y a dividir su
contenido en cuatro porciones: una para cada repartidor de los tres que
tena apalabrados, y la ms pequea para dejarla de reserva. Era cosa
convenida con los chicos de la redaccin que el peridico se
repartira de balde en la villa entre todas las personas cuya lista se
haba formado con la mayor escrupulosidad, sin perjuicio de distribuir
el sobrante entre lo menos irracional de la masa annima (palabras
textuales del propio Maravillas).

El peridico era de corto tamao y llevaba por nombre, en letras muy
gordas, el que se ha puesto al frente de este captulo, adicionado con
esta leyenda: _Revista literaria y de altos intereses sociales,
polticos y religiosos_. La primera plana y gran parte de la segunda,
iban atestadas de prosa sarpullida de signos ortogrficos, bajo el
rtulo de _Nuestros ideales_. Despus versos, muchos versos! Una
_Melancola_, dedicada a la distinguida seorita doa I. G. (la
Escribana segunda); un _xtasis_ a M. C. (Mona Codillo); tres
_Ovillejos_ al ilustrado Fiscal de este juzgado, mi distinguido y
bondadosa amigo don F. R., en seal de consideracin y afecto
entraable; unos _Cantares tiernos_ a la encantadora joven villavejana
A. C. (Adelfa Codillo); _Mis confidencias_, composicin graciosa, a la
chispeante seorita R. G. (Rufita Gonzlez); algunas coplas ms por
este orden, varios sueltos en prosa, y en prosa tambin una _Variante
histrica a la fbula de Hero y Leandro_. Cada poesa llevaba al pie
todos los nombres y apellidos de su autor. Maravillas firmaba con los
suyos el artculo de _entrada_, y slo con iniciales la _Variante_.

--Y de todo esto, cul es lo tuyo, hijo?--le pregunt el tabernero su
padre, que presenciaba, por no atreverse a cosa mayor, las operaciones
de deshacer el fardo y contar ejemplares para separar los
correspondientes a cada lista de las tres desplegadas sobre la mesa.

--Pues no lo ve usted?--le respondi el sabio poniendo el dedo sobre la
firma del programa y las iniciales de la fbula--. Todo lo que no son
coplas estpidas y sin substancia: lo que ha de levantar ronchas. Vaya
si levantar!... hasta estos sueltecitos, que tambin son mos, y de
pronto no parecen nada: ya lo ver usted.

--Y lo conocen, lo conocen ya tus amigos, esos de las copias?

Mir el sabio a su padre con el gesto de ms altivo desdn, y le dijo:

--Qu han de conocer esos mentecatos, ni a ttulo de qu? Lo conocern
maana cuando el peridico circule y no les quepa la vanidad en el
cuerpo al ver el magnfico resultado de mi aparicin en _El Fnix_.
Ellos son los que me han buscado: yo he consentido en que colaboren bajo
mi direccin en el peridico, que dir lo que yo tenga por conveniente,
y nada ms. Les parece poco? Qu ms honra pueden desear? pues buena
sindresis es la suya para que yo me hubiera rebajado a consultarles lo
que pensaba publicar en _El Fnix_! Estpidos y pusilmines! Capaces
eran de no consentir la salida del peridico.

--Verdaderamente--contest el tabernero, electrizado con aquel pensar,
aquel decir y aquel mirar de su hijo--, que no son quin para lo que t
sabes, esos muchachuelos ignorantes y desaplicados... Y de veras crees
t que esos escritos metern bulla?... No haga el diablo que te traigan
algn disgusto...

--Bah!--repuso Maravillas crecindose dos palmos--; no irn los
huracanes por donde usted se figura. El efecto de mi primer artculo
ser de asombro, como el de la centella, como el del relmpago. El de la
fbula le sentirn pocos; y stos se guardarn muy bien de decir lo que
les duele y en qu parte. Vea usted unas muestras de la calidad
cientfica y filosfica del artculo, o mejor dicho, del programa.

Arrimose en esto Maravillas a la cmoda, sobre la cual estaba la luz con
que se alumbraban all l y su padre; subi las gafas hasta dejarlas
encaramadas sobre las cejas; levant el peridico que tena entre las
manos, bajando al mismo tiempo la cabeza, de manera que no qued el
espacio de dos pulgadas entre los ojos y el papel, y comenz a leer con
voz nasal, atiplada y clamorosa, mientras el tabernero se le acercaba de
puntillas, con una mano colocada detrs de la oreja y mordindose el
labio inferior.

--Nuestros ideales...

Aqu se detuvo de repente; y cambiando su tono campanudo por el llano y
de todos los das, advirti a su padre:

--Ha de saber usted, ante todo, que el fnix es un pjaro fabuloso o
imaginario, del que se cuenta que renaca de sus propias cenizas, como
la muerta planta renace de la semilla que ha producido en vida... Se
entera usted?

El tabernero contest afirmativamente con una cabezada, sin apartar la
mano de la oreja, y aadi a la contestacin otro ademn y otro gesto
que queran decir: adelante.

Entendi la mmica Tinito el sabio; y metiendo nuevamente los ojos por
el papel, volvi a su interrumpida lectura y al registro campanudo de su
voz:

--Nuestros ideales... Sal de tu sueo letrgico; despierta ya, oh,
Villavieja, pueblo fsil, merecedor de ms honrosos destinos!...
Despierta y sacude la ignominia de tu mortaja enmohecida por la
lobreguez insana de tres siglos de barbarie! Despierta, levntate y
contmplate! Nosotros te pondremos delante de los ojos el gran espejo de
la Verdad, iluminado por la esplendorosa luz de los nuevos das. Mrate
en l... Ah, desdichada! Te turbas, te sonrojas... te avergenzas!...
Lo comprendemos, s, lo comprendemos! Te ves andrajosa y fea, y esclava
vil, y degradada y sola, entre la muchedumbre de otros pueblos risueos,
hermosos, libres y florecientes...

--Sigue a esto--dijo a su padre Maravillas, interrumpiendo la lectura--,
un largo prrafo muy bonito y de gran efecto, de conjuros y de
apstrofes por el estilo de los que ha odo usted, que duran hasta la
mitad de esta segunda columna, y digo enseguida... Sabes por qu eres
andrajosa, y fea y esclava vil y degradada, oh, Villavieja infelice?
Porque el templo de tu Dios est henchido de riquezas, y sus criminales
derviches adormecindote con sus cnticos soporferos, como adormece el
vampiro a sus vctimas con el aire de sus alas para chuparles la
sangre...

--Contina despus otro prrafo, tambin muy hermoso, todo lleno de
respuestas de esta, clase, con unos ejemplos y unas comparaciones
admirables por lo oportunas y la mucha erudicin que revelan, y concluyo
diciendo: Quieres oh, mi villa natal infortunada! romper tus cadenas,
y ser grande y rica y bella? Pues demuele tus templos; sepulta entre sus
escombros a tus dolos grotescos, y arroja su recuerdo de tu memoria, y
de tu mente la idea que los derviches te han cristalizado en ella de un
Dios incompatible con la extensin que alcanzan a estas horas las
exploraciones hechas en las regiones cientficas por la razn humana. No
por eso oh pueblo de las grandes melancolas! quedars hurfano y
desamparado de ideales que te sublimen y ennoblezcan, algo ms que las
absurdas abstracciones metafsicas con que hoy te engaan. Quieres
saber a quin adoramos nosotros? a la Razn. En qu templo? En el
gabinete de estudio, en el laboratorio, en el taller. Cul es nuestra
Biblia? La Naturaleza, con sus leyes fsicas y su gnesis racional y
cientficamente comprobada. Nuestros Santos? Todos los hombres ilustres
que han concurrido y concurren a la obra colosal de nuestra Redencin
verdadera, sustentando y propagando los dogmas imperecederos del
positivismo materialista, que es nuestra religin y nuestra fe; las
mismas que venimos a predicar entre vosotros, porque os amamos y
queremos vuestro bien...

--Eh? Qu tal, padre? Me parece que est bien rematadita la cosa; y
picante... y hasta la empuadura, eh?

El tabernero traslad la mano que tena junto a la oreja, al cogote,
entre cuyos pelos grises, cerdosos y tupidos meti las uas para
rascarse.

--No he comprendido cosa mayor--dije mientras se rascaba, la entraa de
todo eso que has plumeado ah. Como gustar, me gusta el palabreo y la...
Vaya! de lo mejor. Es manifactura de sabio: se ve al golpe; pero todo
es de echar la iglesia abajo y otras cosas al simen... qu te dir yo?
Pudiera caer mal en Villavieja.

--No lo crea usted--observ Maravillas rindose del candor de su
padre--. Aqu, en este pueblo, hay materia dispuesta para todo: lo que
faltaba eran manos. Pues ya estn ac. Sorprender, deslumbrar el
artculo, como la dije a usted antes; pero la luz se habr visto, y las
gentes vendrn a ella, como pjaros bobos... No lo dude usted.

--Ms valdr as--dijo el tabernero bajando la mano y apoyando el codo
sobre la cmoda--. Y qu ms, hijo?

--A este programa--continu el sabio--, siguen, como usted ve, unos
versos, tontos y malos, como todo lo que pueden escribir estos majaderos
villavejanos; a los versos, un sueltecillo sobre polica urbana; al
suelto, ms versos, detestables tambin; y as alternando versos
chabacanos con gacetillas mas, concluye la tercera plana, y comienza la
cuarta con esta noticia que voy a leer a usted, y dice as: _Percance
grave_: El jueves ltimo salieron a voltejear fuera de la baha, como lo
tienen por costumbre, en un balandro de recreo, un joven muy conocido,
de esta poblacin, y una linda y elegante seorita forastera que reside
en sus inmediaciones. No sabemos si por distraccin de los dos o por
algn accidente imprevisto, porque escribimos de referencia, se fueron
al agua de repente, uno tras otro, en alta mar; y en ella hubieran
perecido, porque el balandro llevaba mucho andar, sin la serenidad y la
destreza del marinero que los acompaaba a bordo y logr recogerlos.
Celebramos de todo corazn que el percance no tuviera otras
consecuencias que el susto del momento y los sinsabores subsiguientes
por la falta de recursos con que se hall el joven para socorrer a la
seorita en el estado angustioso y a todas luces lamentable en que sali
de la mar. Afortunadamente, la necesidad, que es ingeniosa de suyo,
supli por todo, y la robustez y el buen nimo hicieron lo dems.
Nuestra ms cordial enhorabuena a los entusiastas expedicionarios del
hermoso _yacht_.

--En esta noticia--dijo Maravillas a su padre--, no hay nada,
absolutamente nada de particular; de particular malicioso, se entiende:
la relacin, hasta galante y corts, del caso que se refiere de pblico
en la villa. Pues enseguida viene la _Variante histrica..._ fjese
usted bien, _histrica, a la fbula de Hero y Leandro_. Hero y Leandro
fueron dos personajes imaginarios tambin, como el pjaro fnix. Hero
una zagala y Leandro un zagal, vivan separados por el Helesponto, un
brazo de mar, casi mar. Hero y Leandro se amaban, y Leandro de costa a
costa nadando para echar un prrafo con Hero. En una de stas, se
enfurruaron las aguas y pereci Leandro. Pues en la _Variante_ se
cuentan las cosas de otro modo: Hero visitaba a Leandro, no pasando el
Helesponto a nado, sino en un barquichuelo, y a la vela. Un da se le
puso el esquife quilla al sol, y Leandro, que lo presenciaba, se arroj
al mar y sac a Hero medio asfixiada y hecha una sopa. En aquella
soledad no haba con qu socorrerla. Desnudola el infeliz, lleno de
angustia; y, a buena cuenta, la dio unos fregoteos de arriba abajo con
unos herbachos secos que haba a sus alcances: lo que me ha dado ocasin
para pintar una escena muy notable del gnero naturalista, que es el que
impera hoy en todas las manifestaciones del arte... Resultado, que la
chica vuelve en s; que se pasa la maana con el chico; que, en tanto,
se le va secando la ropa al sol; que se la viste al fin, y que arreglado
tambin el barquichuelo por el diligente y placentero galn, Hero se
vuelve a su casa tan despreocupada y campante como si no hubiera roto un
plato... Tampoco en este cuentecillo, considerado aisladamente, hay cosa
en que pueda cebarse la malicia del lector al primer golpe; pero vaya
usted observando que el cuento sigue inmediatamente, en el orden de
colocacin en el peridico, a la relacin del percance del jueves; y va
seguido, a su vez, de esta noticieja, que no puede ser ms inocente:
Dentro de muy pocos das llegar a Villavieja un acaudalado, culto y
distinguido joven, ciudadano de una de las ms florecientes repblicas
hispano-americanas, e hijo de dos ilustres villavejanos, cuyos deudos y
tierra nativa viene a conocer el ilustre viajero, despus de haber
recorrido lo ms digno de verse en Europa. Es casi seguro que entre los
dos alojamientos que se le tienen dispuestos en la parte ms _alta_ y en
la _baja_, respectivamente, elegir el ltimo contra lo que se esperaba
hasta hace pocos das. Como las razones que pueda tener para ello no son
de nuestra incumbencia ni de la del pblico, nos limitamos a consignarlo
y a anticiparle la ms cordial bienvenida.

--Colocada esta ltima pieza, no ve usted cmo van formando las tres
seguidas un solo cuerpo con una misma intencin, bien manifiesta y
clara?

El tabernero confes, bien a su pesar, que no lo vea tan manifiesto y
claro como su hijo afirmaba: vamos, que no caa en la malicia.

--Eso consiste--djole el sabio sin apurarse por la respuesta de su
padre--, en que no est usted en antecedentes, como lo estn las
personas para quienes se ha escrito eso: ver usted que luego lo
pescan... Lo que ahora importa es que no sepan mis colaboradores la
llegada del paquete ni la ma; porque andarn, como novicios que son,
con un palmo de lengua fuera de la boca, por la curiosidad de ver y oler
el peridico; y si le ven y le huelen, lo mejor que puede ocurrir es que
relaten lo ms substancioso de l esta misma noche en el Casino,
quitndole as el inters a los asuntos. Pues me he dado yo poca fatiga
para lograr que el paquete est aqu cuando debe de estar para que el
reparto se haga a su debido tiempo! Maana, domingo, cuya fecha lleva el
peridico, ha de quedar distribuido en Villavieja antes de las ocho de
la maana. No se le olvide a usted volver a advertrselo a los
repartidores, cuando les entregue, muy tempranito, la lista y los
ejemplares correspondientes, que quedan aqu, como usted ve, ni
encarecerles mucho las instrucciones que le tengo dadas para el
reparto... Se entera usted? Corriente. Pues a su sitio ahora todo el
mundo, y que me suban algo de cenar enseguida, porque vengo desfallecido
y con muchas ganas de acostarme.

A la maana siguiente, antes de la misa segunda, que se deca a las
ocho, ya no quedaban en manos de los repartidores de _El Fnix_ otros
ejemplares que los destinados a la masa annima. Todos los dems se
haban distribuido de casa en casa, conforme a lo acordado. En algunas
de ellas y en determinados puntos, se dejaron varios ejemplares:
cincuenta en la de las Escribanas; otros tantos en el Casino; diez a
Rufita Gonzlez; cinco a las Corvejonas; igual nmero a las de Codillo y
a las Indianas doce a los Carreos, y doce tambin a los Vlez, contando
Maravillas con que todas estas gentes haban de tener sealado gusto en
que la cosa circulara y se fuera propagando por la villa y fuera de
ella.

A don Alejandro Bermdez, que haba ido con Nieves a misa primera, le
entregaron su correspondiente ejemplar a la salida de la Colegiata,
ahorrndose el repartidor una subida a Peleches. All mismo se
repartieron otros muchos ejemplares de los destinados a la masa. Don
Alejandro, despus de mirar el papel con ms indiferencia que
curiosidad, le pleg en tres dobleces y le guard en el bolsillo.
Nieves, entre tanto, echaba una ojeada a la botica, en cuyo fondo
solamente vio al mancebo con los brazos en alto y una botella en cada
mano, trasegando lquido de una a otra. Ni seal de Leto ni de su padre.
ste, contra su costumbre de toda la vida, no haba madrugado aquel da.
Las emociones y las batallas de los anteriores le haban pegado a la
cama a aquellas horas, bien a pesar suyo.

En cuanto a Leto, que se haba pasado la noche en claro, despus de la
larga entrevista que tuvo con su padre recin llegado de Peleches,
estaba encerrado en el cuartucho de la trastienda con _El Fnix
Villavejano_. Por bajar a la botica se le entreg el mancebo con una
mano, poniendo el ndice de la otra, y sin hablar una palabra, sobre el
rengln en que se lea: _Percance grave_. Diez minutos despus no
pareca Leto un hombre, sino una fiera recin enjaulada.

Por este lado, los vaticinios de Maravillas se cumplan bastante bien:
las malicias resultaban donde las haba puesto l; por otro, el xito
haba sobrepujado a sus esperanzas: el peridico fue una bomba en cada
casa, particularmente en las de los chicos de la redaccin, que se
espantaron al pasar la vista por el artculo programa, motivo de
indignacin y de escndalo hasta para el ms tibio de los villavejanos.
Qu no sera para los pobres chicos que con sus firmas se haban hecho
solidarios de aquellas empecatadas doctrinas? Cmo convencer a nadie de
que haban sido engaados y sorprendidos? Buscronse, en ayunas y en
chancletas, como estaban; hallronse, reunironse y deliberaron. Qu
hacer? Romperle la crisma. En eso convinieron todos, sin discusin; pero
y despus? Arrancarle una declaracin y dar ellos un manifiesto; pero
faltaba la imprenta para propagarle con la abundancia y la rapidez que
la urgencia del caso peda...

Deliberando sobre esto quedaban a las nueve y media todava, mientras
Tinito, que tena su plan, continuaba encerrado en casa, donde haba
recibido, por conducto de su padre, las felicitaciones de los cuatro
proslitos que, como se sabe, tena entre los gremios de zapateros y
mareantes.

Esto haba enorgullecido mucho al tabernero, y le haba parecido a l
signo de buen augurio. A un recado que se le mand de parte de sus
colaboradores, respondi por l su padre diciendo que haba salido de
casa.

As hasta las diez y media. A esa hora, muy planchadito y repeinado,
erguido hasta la rigidez, risueo de oreja a oreja, y solemne y augusto
en su apostura, apareci delante de la Colegiata, dispuesto a aceptar
los honores del triunfo que haban de decretarle all, en el momento de
salir de misa mayor, las gentes ms importantes de la villa.

Entre tanto ocurra dentro, en la iglesia, un suceso muy extraordinario.
El prroco don Ventura, despus de leer dos proclamas de casamiento y de
anunciar las fiestas de la semana, cogi otro papel que a prevencin
tena sobre la mesa del altar; reclam con mucho encarecimiento toda la
atencin de sus feligreses, y comenz a leerle, en voz recia, pero
alterada por una gran emocin. Era una protesta firmada por los seis
colaboradores de Maravillas, contra todo lo que pudiera contenerse en
_El Fnix Villavejano_, de ofensivo para las creencias religiosas o el
honor y la fama de las familias de aquel pueblo; ofensas ingeridas en el
peridico, sin el conocimiento ni la menor aquiescencia de ellos. Se
valan de aquel medio de publicidad para su protesta, por no tener otro
a sus alcances, y a reserva de utilizar cuantos les sugiriera su
vehemente deseo de entregar al juicio de la conciencia pblica la
conducta incalificable del tal y del cual... Bueno le ponan!

De todo ello tom pie don Ventura para alabar la conducta de los
declarantes y condenar las doctrinas impas, objeto principal de la
protesta. Atacar la religin de cierto modo, vamos, se ve a menudo;
pero, hombre, negar a Dios; a Dios Uno y Trino, Grande, Omnipotente y
Misericordioso!... y en Villavieja! Qu barbaridad! Y lloraba de
espanto y pesadumbre el bendito varn. Y sus feligreses, indignados
antes, se conmovan con sus lgrimas y lloraban tambin.

Y Maravillas que oa estos rumores desde afuera, pensaba que eran rezos
de los fanticos, y se rea de ellos a la vez que se impacientaba por
lo que la gente tardaba en salir de la iglesia. Para entretener sus
impaciencias, paseaba arriba y abajo en la faja de sombra que proyectaba
la mole, observado de una media docena de muchachuelos y otros tantos
menestrales que andaban por all matando el rato. Desde que haba salido
de casa, donde quiera que haba puesto los ojos o el odo, haba visto
el peridico suyo, o pescado alguna palabra referente a l; y los que le
vean pasar, le miraban, le miraban, con una fijeza y un inters!...
Hasta los menestrales y los muchachos aqullos que andaban por la
plazuela, le coman con los ojos. Pues cuantos no haba detrs de las
vidrieras en las casas inmediatas, mirndole y admirndole? Y en estas
ilusiones, media hora larga; y la gente en la iglesia.

En esto apareci Leto en la bocacalle inmediata a la botica. Aquel
domingo (Dios se lo perdonara) se haba quedado sin misa. Se le pas la
de ocho corriendo el temporal desaforado en el cuartuco de la
trastienda. Despus, por no ahogarse all de ira y de indignacin, haba
salido sin saber por dnde ni a qu: de calle en calle; y si al paso se
topaba con Maravillas... Porque no poda ser de otro la lacera aqulla
de la cuarta plana del peridico: la Fbula desde luego lo era, porque
llevaba sus iniciales. Pues, carape, qu menos que un par de bofetadas
para desahogarse un poco? Esto no poda chocarle a nadie: era de razn y
de necesidad. En una de sus viradas, tropez con el fiscal que le detuvo
para decirle:

--Vamos, amiguito, si buenos azotes me dan, bien caballero me iba. No
hay que quejarse.

--Lo dice usted--le pregunt Leto enronquecido y algo convulso--, por
lo del libelo ese?

--Hombre--respondi el fiscal recogiendo velas delante de aquel huracn
a la sordina, s y no. Con pretexto de ello quera yo aconsejarle a
usted que lo echara a risa; porque comparado con el bollo que tantos le
envidian a usted, qu vale el coscorrn que le cuesta?

--Pues mire usted, fiscal, y para que le vaya sirviendo de
gobierno--respondi el otro temblndole los labios--: si quiere usted
que no se le atragante el bollo ese, gurdese mucho de volver a tomarle
en boca delante de m; porque por encima de cuanto le estimo a usted y
hasta del sol que nos alumbra, pongo yo el respeto que se debe a la
persona a quien apunta usted en su broma de mal gusto. Y dejmoslo aqu
si le parece.

Y all se dej, con mucho placer del fiscal, que no tena inters alguno
en probar sobre su persona la fuerza de los puos de Leto embravecido.
Fuese cada cual por su lado; y de esta aventura volva, con la espina de
su recuerdo atravesada en la garganta, el hijo de don Adrin Prez,
cuando se le ha visto aparecer en la plazuela por el lado de la botica.

--Carape!... All est,--se dijo estremecindose todo al reparar en
Maravillas.

Y se fue derecho a l con propsito de abofetearle; pero al llegar a su
lado y verle tan poca cosa y empalidecer de susto, cambi de idea por
escrpulos de su conciencia hidalga, y se conform, despus de volverle
de espaldas tirndole de las orejas, con administrarle una descarga de
puntapis, algunos de los cuales le levantaron ms de un palmo sobre el
encachado de la plazuela. Huyendo de los golpes que le contundan, trat
de refugiarse en la iglesia; pero cabalmente comenzaba a salir entonces
la gente; y aun quiso su mala fortuna que el primero que sala fuera
Nilo Chuecas, el colaborador poeta de los _Cantares tiernos_; el cual,
al verse cara a cara con el sabio, le plant en ella el mejor par de
bofetones que se haba dado en Villavieja muchos aos haca. Ocurri
tambin que detrs de Nilo sala de la iglesia _Tapas_, uno de los
zapateros _ateos_ admiradores de Maravillas; pero muy devoto rezador al
mismo tiempo, y hermano de la Orden Tercera de San Francisco. Era mozo
robusto y fuerte, y al ver a su dolo huir de los puos de Nilo para
caer en las punta; de los pies de Leto, fuese hacia ste en actitud de
pedirle cuentas de lo que pasaba all. A buena puerta llamaba y en
buena ocasin! Cabalmente estaba Leto deseando habrselas con alguno en
quien desfogar sus iras sin que protestara su conciencia por abuso de
poder. Y respondi a la interpelacin del zapatero con una bofetada que
son en toda la plazuela, e hizo dar a Tapas tres vueltas en redondo;
sali entonces a la defensa del abofeteado uno de los menestrales que
contemplaban a Maravillas poco antes, y obtuvo igual recibimiento que
Tapas del hijo del boticario, psose Nilo Chuecas al lado de ste;
salieron de la iglesia otros dos ateos de los proslitos de Maravillas,
y unironse a los que peleaban por l; fueron entrando en pelea por aqu
y por all gentes que no haban soado en ello ni tenan por qu
soarlo; comenzaron los gritos de las mujeres y los conjuros de los
hombres pacficos; presentronse en escena otros dos colaboradores del
maldecido peridico; lleg el mancebo de la botica; sali de la iglesia
don Adrin, y detrs don Claudio Fuertes, que tom sitio junto a Leto y
comenz a sacudir garrotazos a diestro y a siniestro; huyeron hacia la
izquierda los Vlez y hacia la derecha los Carreos, que tenan un miedo
horrible a los alborotos populares; desmayronse dos Escribanas, una
Codillo y Rufita Gonzlez, y abrironse todos los balcones que daban a
la plaza y llenronse de gente que se llevaba las manos a la cabeza y
estaba sin color y sin pulsos al ver a los combatientes de aquel campo
de Agramante, rodar aqu en montn confuso por los suelos, all
esgrimiendo los puos en el aire, ac forcejeando entrelazados, y acull
a Leto y al comandante segando hombres en un espacio de tres varas en
rededor, que siempre estaba desembarazado de estorbos. Por todo se rea
all entonces menos por la obra empecatada de Maravillas, de quien nadie
se acordaba ya y de cuyo paradero no se saba.

Por ltimo, vino el juez de primera instancia acompaado de la Guardia
civil; y as y todo cost Dios y ayuda deshacer aquella maraa de carne,
y apaciguar las olas de aquel mar encrespado por primera vez en cuanto
alcanzaba la memoria de los ms viejos de la villa. Crese que influy
mucho en la feliz terminacin de la lucha y en el ms pronto despejo de
la plaza, el haberse odo de repente el silbato de _El Atlante_,
anunciando su entrada en el puerto; suceso que arrastr al muelle a la
mayor parte de los espectadores de la refriega, y aun a algunos de los
combatientes que estaban _desocupados_ en el instante de orse las
pitadas del vapor.

.......................

Mientras estas cosas tan graves ocurran abajo, arriba, en Peleches, sin
tenerse la menor noticia de ellas, tambin pasaba algo que merece
consignarse aqu por remate de la crnica de aquella maana de eterna
remembranza en los futuros anales de la pernclita Villavieja. Fue el
caso que don Alejandro Bermdez, olvidado ya de que haba guardado en
uno de sus bolsillos el peridico que le haban entregado al salir de
misa primera, top con l a media maana; y por casualidad, al
desdoblarle, qued ante sus ojos la cuarta plana, como pudo haber
quedada la primera. Fij la vista en el epgrafe _Percance grave_, que
estaba en letras de mucho relieve; tentole la curiosidad, y ley lo que
segua. Se qued hecho una estatua al concluir. Repas su memoria...
Justo y cabal, se dijo. Y vol en busca de Nieves, con el peridico en
la mano y las gafas en la punta de la nariz.

Sin sentarse y temblndole el papel entre los dedos, ley a su hija lo
del _Percance grave_. Cuando acab de leer, Nieves estaba plida, pero
atenta y muy en s.

--En este puerto no hay ms que un _yacht_--dijo Bermdez mirando muy
fijamente a su hija por encima de las gafas--, ni ms seorita forastera
que ande en l, que t; y para inventada, me parece mucho esta
noticia... Despus, se da por ocurrido el suceso el jueves, el mismo da
de aqullas mis confusiones... Vamos, que las seas son mortales...

--Ojal--respondi Nieves--, que entonces, como estuve tentada a
hacerlo, te lo hubiera confesado todo!

--Luego es cierto?

--Si me prometes orme sin enfadarte conmigo, ni con nadie--dijo ella
subrayando esta palabra con una sonrisilla algo forzada--, yo te
referir el caso con todos sus pormenores, que no dejan de ser de
importancia.

--Yo te prometo cuanto quieras, hija ma repuso Bermdez trasudando de
congoja y sentndose al lado de Nieves--. Pero cuenta, cuenta, por el
amor de Dios! y scame cuanto, antes de esta terrible curiosidad en que
estoy metido.

Y empez Nieves a relatar; y relatando ella punto por punto todo lo
ocurrido aquel da memorable, con la ms escrupulosa minuciosidad, y aun
recargando los trazos y los colores en algunos pasajes, como si
intentara grabarlos hondamente en la memoria y en el corazn de su
padre; oyendo l absorto, estremecindose a menudo, aterrado en
ocasiones, descolorido y suspenso siempre; preguntando y repreguntando a
veces para apurar la materia, y llevando, por ltimo, ella y l la
conversacin a los sucesos domsticos que tuvieron origen en el relatado
por Nieves, se les fue pasando la maana hasta la hora de comer; lleg
entonces don Claudio Fuertes, y aconteci lo que el lector ver en el
siguiente captulo, que, si no es el ltimo de la presente historia, ha
de andar muy cerca de serlo.




--XXV--

En el que todos quedan satisfechos menos el lector


Aconteci, primeramente, que don Alejandro Bermdez, sin dar tiempo a
que su amigo se sentara, ni acabara de saludar siquiera, le inform de
lo tratado all con Nieves; noticia que alegr mucho a don Claudio,
porque haba temido, al ver los extraos continentes del padre y de la
hija, y al primero con el endiablado papel entre manos, que se hubieran
tragado el veneno vertido en su cuarta plana con ese fin por Maravillas.
Ventilado aquel punto a la ligera, el comandante dio por supuesto que
los seores de Peleches estaran enterados de lo que acababa de suceder
en la villa. No tenan la menor noticia de ello.

--Y cul ha sido la causa?--pregunt Bermdez despus de la ligersima
pintura del suceso, que les hizo don Claudio.

--La causa verdadera y fundamental de todo--respondi ste--, ha sido el
artculo que le habr chocado a usted, por lo desfachatadamente impo,
que va a la cabeza del peridico que tiene usted en la mano.

--No he ledo de todo l--respondi don Alejandro--, ms que la noticia
sta, que nos ha dado qu hablar y qu pensar a Nieves y a m para toda
la maana.

--Hombre!--exclam Fuertes como si se alegrara mucho de ello--. Pues
tanto mejor entonces... a ver, a ver, mi seor don Alejandro: como fiel
cristiano que es usted, est obligado a entregarme ese peridico...
Venga.

Don Alejandro se le entreg siguiendo lo que le pareca broma de su
amigo.

--Y yo--aadi ste--, tengo el deber, como fiel cristiano que tambin
soy, de hacer trizas el papelejo y arrojarlas por el balcn.

Y como lo deca lo iba haciendo.

--Porque han de saber ustedes--prosigui despus de volver a su
asiento--, que este peridico ha sido excomulgado desde el altar por don
Ventura en misa mayor, con encargo muy encarecido a sus feligreses, de
que destruyan cuantos ejemplares lleguen a su poder o vean en el de sus
deudos o amigos... Es el demonio el tal Maravillas. Lo que l ha
revuelto hoy!

Estando en esto, avis Catana que estaba servida la sopa.

--Pues mientras ustedes comen--dijo don Claudio levantndose--, les dar
cuenta minuciosa de todo lo ocurrido; porque ese solo fin es el que me
ha trado aqu a estas horas.

--Lo mejor ser--contest don Alejandro, apoyado enseguida por Nieves--,
que coma usted con nosotros.

--Aceptado el envite--dijo Fuertes--, contando con que tambin se me
har el favor de mandar un recadito a mi casa para que no me esperen.

As se hizo.

Don Alejandro comi poco y Nieves menos. En cambio don Claudio Fuertes
no cerr boca, ms, en verdad sea declarado, hablando que comiendo.
Refiri el motn y el suceso que le precedi en la iglesia, con todos
sus pelos y seales. Hasta Leto y l, y Cornias y el mancebo, y casi,
casi, don Adrin, haban tenido que andar en la gresca. No recordaba l
haber dado ms garrotazos en su vida... ni a los moros de frica. Triste
era haberse ensaado tanto en sus propios convecinos; pero se haban ido
hacia aquel lado todos los ganapanes de Villavieja, y hubo que
defenderse y ayudar a los amigos. La botica se haba colmado despus de
desmayadas y contusos; y a don Adrin, y a Leto y al mancebo, y al mismo
Cornias, les faltaba tiempo para disponer antiespasmdicos y aplicar
compresas de rnica y vegeto, y hasta alguna que otra tira de
aglutinante. No se haba visto otra ni se volvera a ver tan pronto, en
Villavieja. Las gentes formales estaban indignadas con el mequetrefe; y
las familias de sus colaboradores engaados, pensaban llevar el asunto a
los tribunales de justicia. Tambin se hablaba de tomar alguna medida
gubernativamente, por haberse repartido el peridico, sin la debida
autorizacin oficial. Haba bastante _tolle, tolle_, contra las
Escribanas, por ser cosa corriente que la mayor de ellas haba pagado a
Maravillas los gastos de la edicin. De Maravillas se afirmaba, y sera
verdad, que haba huido de Villavieja durante lo ms recio de la
refriega, a ua de caballo, hacia la ciudad. Su padre haba cerrado la
taberna, muerto de miedo; y desde una ventana de arriba haba declarado
al pelotn de curiosos que le apostrofaban desde abajo, que estaba
dispuesto a comerse todos los ejemplares del peridico que se le
presentaran, si con ello se calmaban las iras reinantes contra l. Del
hijo, que no se le hablara: era un trastuelo, un hereje, que tena que
acabar mal si no cambiaba de ideas, como se lo tena l bien
advertido... Se crea que bajara muy poca gente por la tarde a ver el
vapor que haba entrado; porque los espritus estaban muy soliviantados,
y se aguardaba en el Casino un lleno despus de comer, y quiz algn
disgusto entre los chicos colaboradores, que ardan, y cualquiera que
tuviera la mala ocurrencia de tomarles el pelo o defender al fugitivo.
En fin, que poda dar juego todava el programa del sabio Maravillas. El
pobre don Adrin no haba salido an de su espanto. Leto, despus del
desahogo que se haba dado a todo su gusto sobre Maravillas y sus
defensores, estaba ya tan sereno y en sus quicios ordinarios; a l, a
don Claudio, con verle bastaba.

Se continu hablando del suceso; acabose antes que el tema la comida;
retirose Nieves de la mesa; alzronse los manteles; sirviose el caf a
los dos comensales que quedaban en ella; tomronlo, bien interlineado
con sorbos de excelente licor y chupadas a muy exquisitos habanos; y a
medio consumir stos an, rog don Alejandro Bermdez a don Claudio
Fuertes que pasara con l a su gabinete, porque tena que hablarle en
secreto de cosas de sumo inters.

Encerrados ambos, muy picado de la curiosidad don Claudio Fuertes, y muy
preocupado, pero muy sereno y armado de resolucin don Alejandro
Bermdez, dijo ste:

--Usted haba notado algo de esa que podemos llamar enfermedad de mi
hija, que yo descubr, y de la cual le habl anteayer en este mismo
sitio?

--Pshe!--respondi don Claudio despus de meditar un instante y
comprendiendo, por el tono de la pregunta y por el aire de Bermdez al
hacerla, adnde iba a parar ste con el asunto en aquella ocasin--;
algo, algo, no era difcil de notar: ya ve usted, a perro viejo... Pero
cuando me convenc de que lo haba, y mucho, quiz sin haberlo notado
ninguno de los dos, fue cuando l, espantado con la idea de que pudiera
llegar a odos de usted la noticia del suceso que Nieves le ha referido
hoy, me busc para referrmele a m en el mayor secreto, Qu cosas
adivin entonces, don _Alejandro_! y francamente, qu grandes y qu
hermosas y cun de admirar en aquel noble y valiente muchacho!

--S, seor--dijo Bermdez sacudiendo con el dedo meique en un cenicero
de porcelana que haba sobre la mesa--escritorio, la ceniza de su medio
cigarro:--para que nada falte en este malhadado asunto, hasta hay de por
medio su rasgo de novela; ese toque romntico del salvamento de la
protagonista.

--Buen romanticismo nos d Dios, seor don Alejandro! Romntico un
lance de una realidad tan tremenda, que todava me pone los pelos de
punta cuando le recuerdo en toda su imponente sencillez!

--Los pelos de punta, eh? Mire usted los mos, don Claudio, que an
chisporrotean desde que o el relato hecho por Nieves. Y si viera usted
cmo est la sangre de mis venas, y lo que pasa en el fondo de mi
corazn, y las ideas que hierven en mi cerebro!...

--Por visto, don Alejandro, por visto. Pero le he odo a usted calificar
de malhadado el asunto principal, y me voy a tomar la libertad de
decirle que no hallo el calificativo arreglado a justicia.

--Canstoles!... Cmo que no?

--Pues como que no.

--Yo tena mis planes, seor don Claudio; yo tena mis planes.

--Corriente: tena usted sus planes.

--De lo que me dio a entender mi hija el viernes; de lo que ayer sbado
me declar sin ambages, y de lo que hoy ha dejado traslucir en su
relato, se deduce que su enfermedad, como le he dicho a usted antes, no
tiene ms que un remedio; y ese remedio es incompatible con los planes
que yo tena.

--Y qu iba usted buscando en esos planes, seor y amigo mo? el bien
de su hija o el bien del otro?... Entendmonos: dando por hecho que yo
tengo noticias de esos planes, porque ciertas cosas no se pueden
ocultar.

--Concedido, y me parece ociosa la pregunta de usted. Qu otro bien he
de perseguir en esos planes, sino el bien de mi hija?

--Conformes; pero ver usted cmo no fue mi pregunta tan ociosa como
cree: qu garantas le han dado a usted de que la felicidad de Nieves
ha de hallarse por el camino de esos planes?

--Hombre... cuantas pueden darse en un caso as.

--Ninguna, seor don Alejandro, ninguna. Usted solamente conoce a su
sobrino... porque del hijo de doa Lucrecia se trata, no es verdad?...
Corriente: usted no conoce a ese sobrino ms que por el retrato, por sus
cartas y por los elogios que de l le habr hecho su madre; y todo esto
es muy poco.

--Poco?

--S, seor, muy poco... nada; porque con todo ello junto, y a pesar de
las ponderaciones honradsimas de su madre, sin que ella lo sepa puede
ser el chico un perdulario, o llegar a serlo, o un descastado, o un
hombre intil y un detestable marido...

--Eche usted, canstoles! eche usted ms peste si le parece poco
todava la que ha echado sobre el pobre chico! Amigo de Dios, llevando
las cosas a tales extremos...

--He hablado en hiptesis, seor don Alejandro, y nada inverosmil por
cierto... Y qu demonio, hombre! desde luego puede apostarse la cabeza
a que ese caballerito, con todos sus caudales y sus vuelillos y
hopalandas de letrado, no es capaz de arrojarse a la mar para sacar de
ella a su prima, como lo ha hecho el otro.

--Bah!... Ya sali otra vez el rasgo novelesco.

--Porque ha venido al caso que salga; no por lo que tiene de novelesco,
que no tiene nada, como usted mismo cree, aunque no me lo confiese, sino
como revelacin del alma ms noble y generosa que ha encarnado en cuerpo
humano.

--Qu entusiasmos, hombre!... No parece sino que todos...

--Es justicia, seor don Alejandro, cralo usted; y porque viene a pelo.

--De todas maneras, yo tengo mis compromisos con mi hermana desde muchos
aos hace, y su hijo viene a Espaa confiado en la seriedad de ellos.

--Se haban formado esos compromisos con el consentimiento de Nieves?

--Siempre estuve en cuenta de que s; pero al orla a ella ahora,
resulta que no.

--Y es posible que usted, el mejor de los padres y el ms caballero de
los hombres... (sin asomo de lisonja, seor don Alejandro) sea capaz de
conceder ms importancia a esos compromisos, mal contrados, que a las
repugnancias de Nieves a sancionarlos? Quin, que le conozca a usted
como yo, ha de creerlo?

--Nadie, canstoles! nadie; porque yo tampoco lo creo; pero por qu,
con planes o sin ellos, se me ha atravesado este estorbo aqu? Por qu
no han ido las cosas por sus pasos contados?

--Y qu ms contados los quera usted, don Alejandro? Se han hallado
sin buscarse; se han tratado sin pretenderlo; se han entendido sin
explicarse... S hasta parece providencial, hombre! cralo usted.

--No me refera yo a esos trmites ni a ese asunto, sino a que el otro,
si no cuajaba, se hubiera deshecho aqu por la buena y de comn acuerdo,
sin la menor alteracin en nuestra vida y costumbres. Eso quera yo, y
no esta inesperada complicacin que lo echa todo patas arriba. Porque no
hay que soar en arrancarla la idea: la tiene arraigada en lo ms hondo;
la coge en cuerpo y alma. Y tratndose de un carcter como el suyo, tan
entero, tan equilibrado y firme!... Quin demonios haba de pensar que
la diera por ah?

--Pero, hombre, cualquiera que le oyera a usted pensara que Nieves
haba puesto sus ojos en algn foragido... Caramba! dele usted a Leto
el caudal del mejicano, y a ver si hay mejor acomodo que l para una
chica soltera, en todo el orbe conocido... Y como usted es pobre,
gracias a Dios!...

--No es eso, seor don Claudio, precisamente... Mire usted: por de
pronto, es una nia todava...

--As y todo, estaba usted dispuesto a que se la llevara su primo.

--O no se la llevara, seor don Claudio, aun suponiendo que mis planes
hubieran prosperado; porque entre acordarlo y realizarlo, puede haber
otra vuelta a Mjico, que no est a la puerta de casa; y con unas
dilaciones y con otras y tan separados los dos, un ao se pasa pronto;
mientras que este otro lo no da aguante...

--Tanta prisa tiene ella, don Alejandro?

--Ninguna: por su gusto, a lo que yo la entiendo, se pasara toda la
vida como ahora... y lo creo; pero cmo deja usted las cosas as y en
continuo trato los dos?...

--Ciertamente...

--Pues vuelvo a lo dicho: es una nia todava... y decir a Dios que al
primer vuelo... del nido a la rama, como si dijramos... zas!

--Y qu, cayendo, como cae, en blando?

Est usted seguro de que al tercero o cuarto... o vigsimo vuelo,
despus de metida en las espesuras del mundo, y con ms aos y ms
apetitos encima, hubiera cado mejor?

--Adems, hombre, qu canstoles! cuando yo empezaba a recrearme en
ella, recin educada con tantas precauciones y tantos cuidados...

--Y, por ventura, se la roban a usted de casa para llevrsela por esos
mundos afuera... a Mjico, verbigracia, donde no la vuelva a ver en
muchos aos... o nunca quiz? Si hasta por ese lado sale usted ganando
en la nueva jugada; pues lejos de quedarse sin la nica hija que tiene,
adquiere otro hijo ms, que le acompae y le quiera y le venere... Ah,
caramba, si yo me viera en pellejo de usted! (cuntas veces me lo he
dicho y se lo hubiera dicho a usted autorizado para ello, como ahora lo
estoy, desde que sigo de cerca este pleito y he estudiado los autos con
inters); si me viera yo en su pellejo!....

--Qu hara usted en ese caso?

--Pues hara... qu demonio! lo mismo que va usted a hacer, slo que yo
lo hubiera hecho desde que not el primer sntoma de eso que usted llama
enfermedad de su hija.

--Pero, hombre, si, por errarla en todo desde que llegu a Peleches tan
atiborrado de ilusiones, hasta me ha fallado la mxima que yo
consideraba infalible.

--Qu mxima?

--Aqulla de los aires puros... Lo que yo la he ventoleado!

--Vamos, seor don Alejandro: hoy no da usted pie con bola, y todo lo
mira del revs. Decir que le ha fallado la mxima cuando acaba de
cumplrsele al pie de la letra! Qu pensamientos ms nobles ni mejor
colocados quiere usted en una mujer, que los que han infundido en Nieves
los aires de Villavieja?

--Pero no son los que traa de Sevilla.

--Prendidos con alfileres, y no tan buenos; luego aqu han mejorado y
echado races. Si no tiene escape, don Alejandro; y aunque le tuviera,
voto al draque! por el bienestar de una hija se tragan bombas con
espoleta, cuanto ms insignificancias como la de la mxima esa, que no
es artculo de fe y menos entre cristianos... Y dgame ahora con toda
franqueza y hablando en perfecta seriedad, desde cundo siente usted
esas tentaciones tan fuertes de transigir?... Porque anoche estaba usted
duro como una pena.

--Desde anoche mismo; desde que o al pobre don Adrin. La compasin que
por l sent y a qu negarlo? lo que de l aprend oyndole, me
despejaron mucho los nublados de mi cabeza, y pude as ver y estimar las
cosas con mayor serenidad. Despus, la verdad sea dicha, el acto de su
hijo, referido por Nieves esta maana; las reflexiones a que esto me ha
trado, tan hondas, tan complejas!... En fin, hombre, a qu canstoles
hemos de andar en ms pamemas?: le aseguro a usted que si no fuera por
la contrariedad del arrastrado compromiso viejo y el temor de que mi
pobre hermana Lucrecia, a quien ya no le cabe en la piel de puro gorda
que est, estalle con el disgusto...

--Eso, seor don Alejandro, es llevar los escrpulos a lo increble; y,
si usted un poco me apura, hasta meterse en los designios de Dios...
Demos de lado esos bices nimios o pecaminosos; y dgame, tomando las
cosas donde las circunstancias y la voluntad de Dios, sin duda alguna,
las han puesto, conoce Nieves esas buenas disposiciones de usted?

--Conocerlas, as como suena, no; pero contar con ellas, de fijo. Pues
es tonta la nia, y no me tiene bien estudiado que digamos!... Y qu
tal cara pondr el otro?...

--El de Mjico?

--No, el de ac.

--El de ac! Leto?... Mi seor don Alejandro, puede usted imaginarse
la cara que pondr un santo al entrar en la Gloria eterna?

Pues, en la proporcin debida entre lo celestial y lo ms noble de lo
terreno, esa cara ser la que ponga el hijo de don Adrin cuando sepa
que los montes se le allanan...

--Y don Adrin, ya que usted le menciona, cmo lo tomar?

--Ese debe darle a usted ms miedo en este caso que doa Lucrecia. Si lo
toma a la altura de lo que le quiere a usted y admira a Nieves, pobres
de nosotros! Pero tampoco en este reparo debemos detenernos: la muerte
por hartazgo de felicidad es envidiable.

--Le parece a usted que solemnice las paces con ellos comiendo juntos
aqu?

--Antes con antes.

--Maana mismo.

--Yo empezara con unos preliminares esta misma noche.

--No, seor: esta noche, y aun esta tarde, las necesito yo para negociar
con Nieves y ponernos de cabal acuerdo los dos.

--Me parece bien; pero de todas maneras, yo reclamo para m el altsimo
honor y el regalado deleite de ser en la botica el mensajero de tan
buena nueva. Se las he dado tan amargas a los dos excelentes amigos en
estos ltimos das!...

--Concedido con toda el alma.

--Pues slleme usted las credenciales con un apretn de manos.

--Ah va la ma, y el corazn con ella.

--Un abrazo adems.

--Y bien apretado, canstoles!... y otro para cada uno de ellos, a
buena cuenta.

--Sern fiel y honradamente transmitidos... Esto engorda, seor don
Alejandro...

--S, seor don Claudio; y Dios le pague a usted la parte que le alcanza
en este bien que recibo. Qu das estos pasados! qu noches!...

--Quin piensa ya en esas bagatelas? Ahora, usted a volver la vida a la
pobre Nieves, y yo a la botica con la buena nueva. Quisiera tener alas
para llegar de un vuelo desde aqu.

--Aguarde usted un instante... Entrese de esa carta que tengo en el
bolsillo desde ayer tarde: la que arm la tempestad.

--Nacho... Hola! Del sobrinito, eh?... Demonio!... demonio! Este
buen origen es Rufita Gonzlez... S... justo... la misma... Vamos,
tal para cual... Pero, hombre, tena usted en su poder este comprobante
y dudaba todava?...

--Qu juicio forma usted de todo eso, seor don Claudio?

--No acaba usted de orme?... O pretende que se le d por escrito?
Pues aguarde usted un poco.

Sentose don Claudio Fuertes delante del pupitre; cogi pluma y papel, y
escribi en un credo algunos renglones que ley despus a don Alejandro
Bermdez, y decan as:

Mi querido sobrino: Por las sospechas que apuntas en tu carta del
tantos, es posible que te convenga mejor que el hospedaje que en esta
casa tenas y tienes a tu disposicin, el que te reserva en la suya la
persona que te fue con la noticia que ha dado origen a tus temores, si
es que persistes en tu propsito de venir a Villavieja; pues pudieras
haber variado de parecer despus de considerar que no tienes derecho
alguno ni autoridad suficiente para hacerme la pregunta y las
reflexiones que me haces en tu mencionada carta. Tu to, etc...

--De perlas, amigo don Claudio, de perlas!--dijo don Alejandro
recogiendo el papel de manos del comandante--. Me alivia usted de un
trabajo engorrossimo. Al pie de la letra lo copio, y va esta misma
noche al correo.

--Si quiere usted que se recargue un poquito la suerte--respondi don
Claudio muy serio--, pida con franqueza.

Me parece que sobra con esto. Al buen entendedor...

--Pues entonces me largo a escape... Conque hasta la noche, don
Alejandro?

--Hombre, me parece bien la idea: vulvase, solo por supuesto, un ratito
esta noche para darme cuenta del resultado de sus primeras
negociaciones.

--S, seor, y para saludar a Nieves de paso... Caramba! que tambin yo
soy hijo de Dios.

Se fue el comandante y se qued Bermdez en su gabinete un buen rato,
palpndose el tronco, atusndose el cabello a dos manos, tomando
alientos y movindose a un lado y a otro; hasta que se detuvo y dijo,
volviendo a llevarse las manos a la cabeza:

--Pues, seor... a ello, y que Dios lo bendiga!

Y sali del gabinete.

* * *

POLANCO, julio de 1890.





End of the Project Gutenberg EBook of Al primer vuelo, by Jos Mara de Pereda

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Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
