The Project Gutenberg EBook of Misericordia, by Benito Prez Galds

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Title: Misericordia

Author: Benito Prez Galds

Release Date: June 14, 2007 [EBook #21831]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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Misericordia

Benito Prez Galds




I


Dos caras, como algunas personas, tiene la parroquia de San Sebastin...
mejor ser decir la iglesia... dos caras que seguramente son ms
graciosas que bonitas: con la una mira a los barrios bajos, enfilndolos
por la calle de Caizares; con la otra al seoro mercantil de la Plaza
del ngel. Habris notado en ambos rostros una fealdad risuea, del ms
puro Madrid, en quien el carcter arquitectnico y el moral se anan
maravillosamente. En la cara del Sur campea, sobre una puerta chabacana,
la imagen barroca del santo mrtir, retorcida, en actitud ms bien
danzante que religiosa; en la del Norte, desnuda de ornatos, pobre y
vulgar, se alza la torre, de la cual podra creerse que se pone en
jarras, soltndole cuatro frescas a la Plaza del ngel. Por una y otra
banda, las caras o fachadas tienen anchuras, quiere decirse, patios
cercados de verjas mohosas, y en ellos tiestos con lindos arbustos, y un
mercadillo de flores que recrea la vista. En ninguna parte como aqu
advertiris el encanto, la simpata, el _ngel_, dicho sea en andaluz,
que despiden de s, como tenue fragancia, las cosas vulgares, o algunas
de las infinitas cosas vulgares que hay en el mundo. Feo y pedestre como
un pliego de aleluyas o como los romances de ciego, el edificio
bifronte, con su torre _barbiana_, el cupuln de la capilla de la
Novena, los irregulares techos y cortados muros, con su afeite barato de
ocre, sus patios floridos, sus hierros mohosos en la calle y en el alto
campanario, ofrece un conjunto gracioso, picante, _majo_, por decirlo de
una vez. Es un rinconcito de Madrid que debemos conservar cariosamente,
como anticuarios coleccionistas, porque la caricatura monumental tambin
es un arte. Admiremos en este San Sebastin, heredado de los tiempos
viejos, la estampa ridcula y tosca, y guardmoslo como un lindo
mamarracho.

Con tener honores de puerta principal, la del Sur es la menos favorecida
de fieles en das ordinarios, maana y tarde. Casi todo el seoro entra
por la del Norte, que ms parece puerta excusada o familiar. Y no
necesitaremos hacer estadstica de los feligreses que acuden al sagrado
culto por una parte y otra, porque tenemos un _contador_ infalible: los
pobres. Mucho ms numerosa y formidable que por el Sur es por el Norte
la cuadrilla de miseria, que acecha el paso de la caridad, al modo de
guardia de alcabaleros que cobra humanamente el portazgo en la frontera
de lo divino, o la contribucin impuesta a las conciencias impuras que
van a donde lavan.

Los que hacen la guardia por el Norte ocupan distintos puestos en el
patinillo y en las dos entradas de este por las calles de las Huertas y
San Sebastin, y es tan estratgica su colocacin, que no puede
escaparse ningn feligrs como no entre en la iglesia por el tejado. En
rigurosos das de invierno, la lluvia o el fro glacial no permiten a
los intrpidos soldados de la miseria destacarse al aire libre (aunque
los hay constituidos milagrosamente para aguantar a pie firme las
inclemencias de la atmsfera), y se repliegan con buen orden al tnel o
pasadizo que sirve de ingreso al templo parroquial, formando en dos alas
a derecha e izquierda. Bien se comprende que con esta formidable
ocupacin del terreno y tctica exquisita, no se escapa un cristiano, y
forzar el tnel no es menos difcil y glorioso que el memorable paso de
las Termpilas. Entre ala derecha y ala izquierda, no baja de docena y
media el aguerrido contingente, que componen ancianos audaces, indmitas
viejas, ciegos machacones, reforzados por nios de una acometividad
irresistible (entindase que se aplican estos trminos al arte de la
postulacin), y all se estn desde que Dios amanece hasta la hora de
comer, pues tambin aquel ejrcito se raciona metdicamente, para volver
con nuevos bros a la campaa de la tarde. Al caer de la noche, si no
hay Novena con sermn, Santo Rosario con meditacin y pltica, o
Adoracin Nocturna, se retira el ejrcito, marchndose cada combatiente
a su olivo con tardo paso. Ya le seguiremos en su interesante regreso al
escondrijo donde mal vive. Por de pronto, observmosle en su rudo luchar
por la pcara existencia, y en el terrible campo de batalla, en el cual
no hemos de encontrar charcos de sangre ni militares despojos, sino
pulgas y otras feroces alimaas.

Una maana de Marzo, ventosa y glacial, en que se helaban las palabras
en la boca, y azotaba el rostro de los transentes un polvo que por lo
fro pareca nieve molida, se repleg el ejrcito al interior del
pasadizo, quedando slo en la puerta de hierro de la calle de San
Sebastin un ciego entrado en aos, de nombre Pulido, que deba de
tener cuerpo de bronce, y por sangre alcohol o mercurio, segn resista
las temperaturas extremas, siempre fuerte, sano, y con unos colores que
daban envidia a las flores del cercano puesto. La florista se repleg
tambin en el interior de su garita, y metiendo consigo los tiestos y
manojos de siemprevivas, se puso a tejer coronas para nios muertos. En
el patio, que fue _Zementerio de S. Sebastin_, como declara el azulejo
empotrado en la pared sobre la puerta, no se vean ms seres vivientes
que las poqusimas seoras que a la carrera lo atravesaban para entrar
en la iglesia o salir de ella, tapndose la boca con la misma mano en
que llevaban el libro de oraciones, o algn clrigo que se encaminaba a
la sacrista, con el manteo arrebatado del viento, como pjaro negro que
ahueca las plumas y estira las alas, asegurando con su mano crispada la
teja, que tambin quera ser pjaro y darse una vuelta por encima de la
torre.

Ninguno de los entrantes o salientes haca caso del pobre Pulido, porque
ya tenan costumbre de verle impvido en su guardia, tan insensible a la
nieve como al calor sofocante, con su mano extendida, mal envuelto en
rada capita de pao pardo, modulando sin cesar palabras tristes, que
salan congeladas de sus labios. Aquel da, el viento jugaba con los
pelos blancos de su barba, metindoselos por la nariz y pegndoselos al
rostro, hmedo por el lagrimeo que el intenso fro produca en sus
muertos ojos. Eran las nueve, y an no se haba estrenado el hombre. Da
ms _perro_ que aquel no se haba visto en todo el ao, que desde Reyes
vena siendo un ao fulastre, pues el da del santo patrono (20 de
Enero) slo _se haban hecho_ doce _chicas_, la mitad aproximadamente que
el ao anterior, y la Candelaria y la novena del bendito San Blas, que
otros aos fueron tan de provecho, vinieron en aquel con diarios de
siete _chicas_, de cinco _chicas_: valiente puado! Y me _paice_ a
m--deca para sus andrajos el buen Pulido, bebindose las lgrimas y
escupiendo los pelos de su barba--, que el amigo San Jos tambin nos
vendr con mala pata... Quin se acuerda del San Jos del primer ao de
Amadeo!... Pero ya ni los santos del cielo son como es debido. Todo se
acaba, Seor, hasta _el fruto de la festivid_, o, como quien dice, la
_probeza honrada_. Todo es por tanto pillo como hay en la poltica
_pulpitante_, y el aquel de las suscriciones para las _vtimas_. Yo que
Dios, mandara a los ngeles que reventaran a todos esos que en los
papeles andan siempre inventando _vtimas_, al cuento de jorobarnos a
los pobres _de tanda_. Limosna hay, buenas almas hay; pero liberales por
un lado, el _Congrieso_ dichoso, y por otro las _congriogaciones_, los
_metingos_ y _discursiones_ y tantas cosas de imprenta, quitan la
voluntad a los ms cristianos... Lo que digo: quieren que no _haiga_
pobres, y se saldrn con la suya. Pero _pa_ entonces, yo quiero saber
quin es el guapo que saca las nimas del Purgatorio... Ya, ya se
pudrirn all las seoras almas, sin que la cristiandad se acuerde de
ellas, porque... a m que no me digan: el rezo de los ricos, con la
barriga bien llena y las carnes bien abrigadas, no vale... por Dios vivo
que no vale.

Al llegar aqu en su meditacin, acercsele un sujeto de baja estatura,
con luenga capa que casi le arrastraba, rechoncho, como de sesenta aos,
de dulce mirar, la barba cana y recortada, vestido con desalio; y
ponindole en la mano una perra grande, que sac de un cartucho que sin
duda destinaba a las limosnas del da, le dijo: No te la esperabas hoy:
di la verdad. Con este da!...

---S que la esperaba, mi Sr. D. Carlos--replic el ciego besando la
moneda--, porque hoy es el _universario_, y usted no haba de faltar,
aunque se helara el cero de los _terremotos_ (sin duda quera decir
_termmetros_).

--Es verdad. Yo no falto. Gracias a Dios, me voy defendiendo, que no es
flojo milagro con estas heladas y este pcaro viento Norte, capaz de
encajarle una pulmona al caballo de la Plaza Mayor. Y t, Pulido, ten
cuidado. Por qu no te vas adentro?

--Yo soy de bronce, Sr. D. Carlos, y a m ni la muerte me quiere. Mejor
se est aqu con la ventisca, que en los interiores, alternando con esas
viejas charlatanas, que no tienen educacin... Lo que yo digo: la
educacin es lo primero, y sin educacin, cmo quieren que _haiga_
caridad?... D. Carlos, que el Seor se lo aumente, y se lo d de
gloria....

Antes de que concluyera la frase, el D. Carlos vol; y lo digo as,
porque el terrible huracn hizo presa en su desmedida capa, y all
verais al hombre, con todo el pao arremolinado en la cabeza, dando
tumbos y giros, como un rollo de tela o un pedazo de alfombra
arrebatados por el viento, hasta que fue a dar de golpe contra la
puerta, y entr ruidosa y atropelladamente, desembarazando su cabeza del
trapo que la envolva. Qu da... vaya con el da de porra!--exclamaba
el buen seor, rodeado del enjambre de pobres, que con chillidos
plaideros le saludaron; y las flacas manos de las viejas le ayudaban a
componer y estirar sobre sus hombros la capa. Acto continuo reparti las
perras, que iba sacando del cartucho una a una, sobndolas un poquito
antes de entregarlas, para que no se le escurriesen dos pegadas; y
despidindose al fin de la pobretera con un sermoncillo gangoso,
exhortndoles a la paciencia y humildad, guard el cartucho, que an
tena monedas para los de la puerta del frontis de Atocha, y se meti en
la iglesia.




II


Tomada el agua bendita, don Carlos Moreno Trujillo se dirigi a la
capilla de Nuestra Seora de la Blanca. Era hombre tan extremadamente
metdico, que su vida entera encajaba dentro de un programa
irreductible, determinante de sus actos todos, as morales como fsicos,
de las graves resoluciones, as como de los pasatiempos insignificantes,
y hasta del moverse y del respirar. Con un solo ejemplo se demuestra el
poder de la rutinaria costumbre en aquel santo varn, y es que, viviendo
en aquellos das de su ancianidad en la calle de Atocha, entraba siempre
por la verja de la calle de San Sebastin y puerta del Norte, sin que
hubiera para ello otra razn que la de haber usado dicha entrada en los
treinta y siete aos que vivi en su renombrada casa de comercio de la
Plazuela del ngel. Sala invariablemente por la calle de Atocha, aunque
a la salida tuviera que visitar a su hija, habitante en la calle de la
Cruz.

Humillado ante el altar de los Dolores, y despus ante la imagen de San
Lesmes, permaneca buen rato en abstraccin mstica; despacito recorra
todas las capillas y retablos, guardando un orden que en ninguna ocasin
se alteraba; oa luego dos misitas, siempre dos, ni una ms ni una
menos; haca otro recorrido de altares, terminando infaliblemente en la
capilla del Cristo de la Fe; pasaba un ratito a la sacrista, donde con
el coadjutor o el sacristn se permita una breve charla, tratando del
tiempo, o de _lo malo que est todo_, o bien de comentar el cmo y el
por qu de que viniera turbia el agua del Lozoya, y se marchaba por la
puerta que da a la calle de Atocha, donde reparta las ltimas monedas
del cartucho. Tal era su previsin, que rara vez dejaba de llevar la
cantidad necesaria para los pobres de uno y otro costado: como
aconteciera el caso inaudito de faltarle una pieza, ya saba el mendigo
que la tena segura al da siguiente; y si sobraba, se corra el buen
seor al oratorio de la calle del Olivar en busca de una mano desdichada
en que ponerla.

Pues seor, entr D. Carlos en la iglesia, como he dicho, por la puerta
que llamaremos del Cementerio de San Sebastin, y las ancianas y ciegos
de ambos sexos que acababan de recibir de l la limosna, se pusieron a
picotear, pues mientras no entrara o saliera alguien a quien acometer,
qu haban de hacer aquellos infelices ms que engaar su inanicin y
sus tristes horas, regalndose con la comidilla que nada les cuesta, y
que, picante o desabrida, siempre tienen a mano para con ella saciarse?
En esto son iguales a los ricos: quizs les llevan ventaja, porque
cuando tocan a charlar, no se ven cohibidos por las conveniencias
usuales de la conversacin, que poniendo entre el pensamiento y la
palabra gruesa costra etiquetera y gramatical, embotan el gusto inefable
del dime y direte.

No _vus_ dije que D. Carlos no faltaba hoy? Ya lo habis visto. Decir
ahora si yo me equivoco y no estoy al tanto.

--Yo tambin lo dije... Toma... como que es el _aniversario del mes_, da
24; quiere decir que cumple mes la defuncin de su esposa, y Don Carlos
bendito no falta este da, aunque lluevan ruedas de molino, porque otro
ms cristiano, sin agraviar, no lo hay en Madrid.

--Pues yo me tema que no viniera, motivado al fro que hace, y pens
que, por ser da de perra gorda, el buen seor suprima la _festivid_.

--Hubiralo dado maana, bien lo sabes, Crescencia, que D. Carlos sabe
cumplir y paga lo que debe.

--Hubiranos dado maana la gorda de hoy, eso s; pero quitndonos la
chica de maana. Pues qu crees t, que aqu no sabemos de cuentas? Sin
agraviar, yo s ajustarlas como la misma luz, y s que el D. Carlos,
cuando se le hace mucho lo que nos da, se pone malo por ahorrarse
algunos das, lo cual que ha de saberle mal a la difunta.

--Cllate, mala lengua.

--Mala lengua t, y... quieres que te lo diga?... adulona!

--Lenguaza!.

Eran tres las que as chismorreaban, sentaditas a la derecha, segn se
entra, formando un grupo separado de los dems pobres, una de ellas
ciega, o por lo menos cegata; las otras dos con buena vista, todas
vestidas de andrajos, y abrigadas con paolones negros o grises. La
_se_ Casiana, alta y huesuda, hablaba con cierta arrogancia, como quien
tiene o cree tener autoridad; y no es inverosmil que la tuviese, pues
en donde quiera que para cualquier fin se renen media docena de seres
humanos, siempre hay uno que pretende imponer su voluntad a los dems,
y, en efecto, la impone. Crescencia se llamaba la ciega o cegata,
siempre hecha un ovillo, mostrando su rostro diminuto, y sacando del
envoltorio que con su arrollado cuerpo formaba, la flaca y rugosa mano
de largas uas. La que en el anterior coloquio pronunciara frases
altaneras y descorteses tena por nombre _Flora_ y por apodo _la
Burlada_, cuyo origen y sentido se ignora, y era una viejecilla pequea
y vivaracha, irascible, parlanchina, que resolva y alborotaba el
miserable cotarro, indisponiendo a unos con otros, pues siempre tena
que decir algo picante y malvolo cuando los dems _repartijaban_, y
nunca distingua de pobres y ricos en sus crticas acerbas. Sus ojuelos
sagaces, lacrimosos, gatunos, irradiaban la desconfianza y la malicia.
Su nariz estaba reducida a una bolita roja, que bajaba y suba al mover
de labios y lengua en su charla vertiginosa. Los dos dientes que en sus
encas quedaban, parecan correr de un lado a otro de la boca,
asomndose tan pronto por aqu, tan pronto por all, y cuando terminaba
su perorata con un gesto de desdn supremo o de terrible sarcasmo,
cerrbase de golpe la boca, los labios se metan uno dentro de otro, y
la barbilla roja, mientras callaba la lengua, segua expresando las
ideas con un temblor insultante.

Tipo contrario al de _la Burlada_ era el de _se_ Casiana: alta,
huesuda, flaca, si bien no se apreciaba fcilmente su delgadez por
llevar, segn dicho de la gente maliciosa, mucha y buena ropa debajo de
los pingajos. Su cara largusima como si por mquina se la estiraran
todos los das, oprimindole los carrillos, era de lo ms desapacible y
feo que puede imaginarse, con los ojos reventones, espantados, sin
brillo ni expresin, ojos que parecan ciegos sin serlo; la nariz de
gancho, desairada; a gran distancia de la nariz, la boca, de labios
delgadsimos, y, por fin, el maxilar largo y huesudo. Si vale comparar
rostros de personas con rostros de animales, y si para conocer a _la
Burlada_ podramos imaginarla como un gato que hubiera perdido el pelo
en una ria, seguida de un chapuzn, digamos que era la Casiana como un
caballo viejo, y perfecta su semejanza con los de la plaza de toros,
cuando se tapaba con venda oblicua uno de los ojos, quedndose con el
otro libre para el fisgoneo y vigilancia de sus cofrades. Como en toda
regin del mundo hay clases, sin que se excepten de esta divisin
capital las ms nfimas jerarquas, all no eran todos los pobres lo
mismo. Las viejas, principalmente, no permitan que se alterase el
principio de distincin capital. Las _antiguas_, o sea las que llevaban
ya veinte o ms aos de pedir en aquella iglesia, disfrutaban de
preeminencias que por todos eran respetadas, y las _nuevas_ no tenan
ms remedio que conformarse. Las _antiguas_ disfrutaban de los mejores
puestos, y a ellas solas se conceda el derecho de pedir dentro, junto
a la pila de agua bendita. Como el sacristn o el coadjutor alterasen
esta jurisprudencia en beneficio de alguna _nueva_, ya les haba cado
que hacer. Armbase tal tumulto, que en muchas ocasiones era forzoso
acudir a la ronda o a la pareja de vigilancia. En las limosnas
colectivas y en los repartos de bonos, llevaban preferencia las
_antiguas_; y cuando algn parroquiano daba una cantidad cualquiera para
que fuese distribuida entre todos, la antigedad reclamaba el derecho a
la reparticin, apropindose la cifra mayor, si la cantidad no era
fcilmente divisible en partes iguales. Fuera de esto, existan la
preponderancia moral, la autoridad tcita adquirida por el largo
dominio, la fuerza invisible de la anterioridad. Siempre es fuerte el
antiguo, como el novato siempre es dbil, con las excepciones que pueden
determinar en algunos casos los caracteres. La Casiana, carcter duro,
dominante, de un egosmo elemental, era la ms antigua de las antiguas;
_la Burlada_, levantisca, revoltosilla, picotera y maleante, era la ms
nueva de las nuevas; y con esto queda dicho que cualquier suceso trivial
o palabra balad eran el fulminante que haca brotar entre ellas la
chispa de la discordia.

La disputilla referida anteriormente fue cortada por la entrada o
salida de fieles. Pero _la Burlada_ no poda refrenar su reconcomio, y
en la primera ocasin, viendo que la Casiana y el ciego Almudena (de
quien se hablar despus) reciban aquel da ms limosna que los dems,
se deslengu nuevamente con la _antigua_, dicindole: Adulona, ms que
adulona, crees que no s que ests rica, y que en Cuatro Caminos tienes
casa con muchas gallinas, y muchas palomas, y conejos muchos? Todo se
sabe.

--Cllate la boca, si no quieres que d parte a D. Senn para que te
ensee la educacin.

--A ver!...

--No vociferes, que ya oyes la campanilla de alzar la Majestad.

--Pero, seoras, por Dios--dijo un lisiado que en pie ocupaba el sitio ms
prximo a la iglesia--. Arreparen que estn alzando el Santsimo
Sacramento.

--Es esta habladora, escorpionaza.

--Es esta dominanta... A ver!... Pues, hija, ya que eres _caporala_, no
tires tanto de la cuerda, y deja que las _nuevas_ alcancemos algo de la
limosna, que todas _semos_ hijas de Dios... A ver!

--Silencio, digo!

--Ay, hija... ni que _fuas_ Cnovas!.




III


Ms adentro, como a la mitad del pasadizo, a la izquierda, haba otro
grupo, compuesto de un ciego, sentado; una mujer, tambin sentada, con
dos nias pequeuelas, y junto a ella, en pie, silenciosa y rgida, una
vieja con traje y manto negros. Algunos pasos ms all, a corta
distancia de la iglesia, se apoyaba en la pared, cargando el cuerpo
sobre las muletas, el cojo y manco Elseo Martnez, que gozaba el
privilegio de vender en aquel sitio _La Semana Catlica_. Era, despus
de Casiana, la persona de ms autoridad y mangoneo en la cuadrilla, y
como su lugarteniente o mayor general.

Total: siete reverendos mendigos, que espero han de quedar bien
registrados aqu, con las convenientes distinciones de figura, palabra y
carcter. Vamos con ellos.

La mujer de negro vestida, ms que vieja, envejecida prematuramente,
era, adems de _nueva_, temporera, porque acuda a la mendicidad por
lapsos de tiempo ms o menos largos, y a lo mejor desapareca, sin duda
por encontrar un buen acomodo o almas caritativas que la socorrieran.
Responda al nombre de la _se Benina_ (de lo cual se infiere que
Benigna se llamaba), y era la ms callada y humilde de la comunidad, si
as puede decirse; bien criada, modosa y con todas las trazas de
perfecta sumisin a la divina voluntad. Jams importunaba a los
_parroquianos_ que entraban o salan; en los _repartos_, aun siendo
leoninos, nunca formul protesta, ni se la vio siguiendo de cerca ni de
lejos la bandera turbulenta y demaggica de la _Burlada_. Con todas y
con todos hablaba el mismo lenguaje afable y comedido; trataba con
miramiento a la Casiana, con respeto al cojo, y nicamente se permita
trato confianzudo, aunque sin salirse de los trminos de la decencia,
con el ciego llamado Almudena, del cual, por el pronto, no dir ms sino
que es rabe, del Sus, tres das de jornada ms all de Marrakesh.
Fijarse bien.

Tena la Benina voz dulce, modos hasta cierto punto finos y de buena
educacin, y su rostro moreno no careca de cierta gracia interesante
que, manoseada ya por la vejez, era una gracia borrosa y apenas
perceptible. Ms de la mitad de la dentadura conservaba. Sus ojos,
grandes y obscuros, apenas tenan el ribete rojo que imponen la edad y
los fros matinales. Su nariz destilaba menos que las de sus compaeras
de oficio, y sus dedos, rugosos y de abultadas coyunturas, no
terminaban en uas de cerncalo. Eran sus manos como de lavandera, y an
conservaban hbitos de aseo. Usaba una venda negra bien ceida en la
frente; sobre ella pauelo negro, y negros el manto y vestido, algo
mejor apaaditos que los de las otras ancianas. Con este pergenio y la
expresin sentimental y dulce de su rostro, todava bien compuesto de
lneas, pareca una Santa Rita de Casia que andaba por el mundo en
penitencia. Faltbanle slo el crucifijo y la llaga en la frente, si
bien podra creerse que haca las veces de esta el lobanillo del tamao
de un garbanzo, redondo, crdeno, situado como a media pulgada ms
arriba del entrecejo.

A eso de las diez, la Casiana sali al patio para ir a la sacrista
(donde tena gran metimiento, como _antigua_), para tratar con D. Senn
de alguna incumbencia desconocida para los compaeros y por lo mismo muy
comentada. Lo mismo fue salir la _caporala_, que correrse la Burlada
hacia el otro grupo, como un envoltorio que se echara a rodar por el
pasadizo, y sentndose entre la mujer que peda con dos nias, llamada
Demetria, y el ciego marroqu, dio suelta a la lengua, ms cortante y
afilada que las diez uas lagartijeras de sus dedos negros y rapantes.

Pero qu, no creis lo que vos dije? La _caporala_ es rica, mismamente
rica, tal como lo estis oyendo, y todo lo que coge aqu nos lo quita a
las que _semos_ de verdadera _solenid_, porque no tenemos ms que el
da y la noche.

--Vive por all arriba--indic la Crescencia--, _orilla en ca los Pales_.

--Qui, no, seora! Eso era antes. Yo lo s todo--prosigui la Burlada,
haciendo presa en el aire con sus uas--. A m no me la da sa, y he
tomado lenguas. Vive en Cuatro Caminos, donde tiene corral, y en l
cra, con perdn, un cerdo; sin agraviar a nadie, el mejor cerdo de
Cuatro Caminos.

--Ha visto usted la jorobada que viene por ella?

--Que si la he visto? Esa cree que _semos_ bobas. La corcovada es su
hija, y por ms seas costurera, sabes?, y con achaque de la joroba,
pide tambin. Pero es modista, y gana dinero para casa... Total, que
all son ricos, el Seor me perdone; ricos sinvergonzonazos, que engaan
a nosotras y a la Santa Iglesia catlica, apostlica. Y como no gasta
nada en comer, porque tiene dos o tres casas de donde le traen todos los
das los cazolones de cocido, que es la gloria de Dios... a ver!

--Ayer--dijo Demetria quitndole la teta a la nia--, bien lo _vide_. Le
trajeron...

--Qu?

--Pues un arroz con almejas, que lo menos haba para siete personas.

--A ver!... Ests segura de que era con almejas? Y qu, _gola_ bien?

--Vaya si _gola_!... Los cazolones los tiene en _ca_ el sacristn. All
vienen y se los llenan, y hala con todo para Cuatro Caminos.

--El marido...--aadi la Burlada echando lumbre por los ojos--, es uno que
vende teas y perejil... Ha sido _melitar_, y tiene siete cruces sencillas
y una con cinco _riales_... Ya ves qu familia. Y aqu me tienes que hoy
no he comido ms que un corrusco de pan; y si esta noche no me da cobijo
la Ricarda en el cajn de Chamber, tendr que quedarme al santo raso.
T qu dices, Almudena?

El ciego murmuraba. Preguntado segunda vez, dijo con spera y
dificultosa lengua:

--Hablar vos del _Piche_? Conocierle m. No ser marido la Casiana con
casarmiento, por la luz bendita, no. Ser quirido, por la bendita luz,
quirido.

--Concesle t?

--Conocierle m, comprarmi dos rosarios l... de mi tierra dos rosarios,
y una pieldra imn. Diniero l, mucho diniero... Ser capatazo de la sopa
en el Sagriado Corazn de all... y en toda la probieza de all,
mandando l, con garrota l... barrio Salmanca... capatazo... Malo, mu
malo, y no dejar comer... Ser un criado del Goberno, del Goberno malo de
Ispania, y de los del Banco, aonde estar tuda el diniero en cajas
soterranas. Guardar l, matarnos de hambre l...

--Es lo que faltaba--dijo la Burlada con aspavientos de oficiosa ira--; que
tambin tuvieran dinero en las arcas del Banco esos hormigonazos.

--Tanto como eso!... Vaya usted a saber--indic la Demetria, volviendo a
dar la teta a la criatura, que haba empezado a chillar--. Calla,
tragona!

--A ver!... Con tanto _chupo_, no s cmo vives, hija... Y usted, se
Benina, qu cree?

--Yo?... De qu?

--De si _tien_ o no _tien_ dinero en el Banco.

--Y a m qu? Con su pan se lo coman.

--Con el nuestro, ja, ja!... y encima codillo de jamn.

--A callar se ha dicho!--grit el cojo, vendedor de _La Semana_--. Aqu se
viene a lo que se viene, y a guardar la _circuspicin_.

--Ya callamos, hombre, ya callamos. A ver!... Ni que _fuas_ Vtor
Manuel, el que puso preso al Papa!

--Callar, digo, y tengan ms religin.

--Religin tengo, aunque no como con la Iglesia como t, pues yo vivo en
compaa del hambre, y mi negocio es miraros tragar y ver los
_papelaos_ de cosas ricas que vos traen de las casas. Pero no tenemos
envidia, sabes, Eliseo? y nos alegramos de ser pobres y de morirnos de
flato, para irnos en globo al cielo, mientras que t...

--Yo qu?

--A ver!... Pues que ests rico, Eliseo; no niegues que ests rico...
Con la _Semana_, y lo que te dan D. Senn y el seor cura... Ya sabemos:
el que parte y reparte... No es por murmurar: Dios me libre. Bendita sea
nuestra santa miseria... El Seor te lo aumente. Dgolo porque te estoy
agradecida, Eliseo. Cuando me cogi el coche en la calle de la Luna...
fue el da que llevaron a ese Sr. de Zorrilla... pues, como digo, mes y
medio estuve en el _espital_, y cuando sal, t, vindome sola y
desamparada, me dijiste: _Se_ Flora, por qu no se pone a pedir en
un templo, quitndose de la _santimperie_, y arrimndose al cisco de la
religin? Vngase conmigo y ver cmo puede sacar un diario, sin rodar
por las calles, y tratando con pobres decentes. Eso me dijiste, Eliseo,
y yo me ech a llorar, y me vine ac contigo. De lo cual vino el estar
yo aqu, y muy agradecida a tu _conduta_ fina y de caballero. Sabes que
rezo un Padrenuestro por ti todos los das, y le pido al Seor que te
haga ms rico de lo que eres; que vendas _sinfinid_ de _Semanas_, y
que te traigan buen bodrio del caf y de la casa de los seores condes,
para que te hartes t y la _carreterona_ de tu mujer. Qu importa que
Crescencia y yo, y este pobre Almudena, nos desayunemos a las _doce del
medioda_ con un mendrugo, que servira para empedrar las santas calles?
Yo le pido al Seor que no te falte para el aguardentazo. T lo
necesitas para vivir; yo me morira si lo catara... Y ojal que tus dos
hijos lleguen a duques! Al uno le tienes de aprendiz de tornero, y te
mete en casa seis reales cada semana; al otro le tienes en una taberna
de las Maldonadas, y saca buenas propinillas de las golfas, con
perdn... El Seor te los conserve, y te los aumente cada ao, y vate
yo vestido de terciopelo y con una pata nueva de palo santo, y a tu
tarasca vala yo con sombrero de plumas. Soy agradecida: se me ha
olvidado el comer, de las hambres que paso; pero no tengo malos
quereres, Eliseo de mi alma, y lo que a m me falta tenlo t, y come y
bebe, y emborrchate; y ten casa de balcn con mesas de _de noche_, y
camas de hierro con sus colchas rameadas, tan limpias como las del Rey;
y ten hijos que lleven boina nueva y alpargata de suela, y nia que
gaste toquilla rosa y zapatito de charol los domingos, y ten un buen
anafre, y buenos felpudos para delante de las camas, y cocina de _co_,
con papeles nuevos, y una batera que da gloria con _tantismas_
cazoletas; y buenas lminas del Cristo de la Caa y Santa Brbara
bendita, y una cmoda llena de ropa blanca; y pantallas con flores, y
hasta mquina de coser que no sirve, pero encima de ella pones la pila
de _Semanas_; ten tambin muchos amigos y vecinos buenos, y las grandes
casas de ac, con seores que por verte invlido te dan barreduras del
almacn de azcar, y _papelaos_ del caf de _la moca_, y de arroz de
tres pasadas; ten tambin metimiento con las seoras de la Conferencia,
para que te paguen la casa o la cdula, y den plancha de fino a tu
mujer... ten eso y ms, y ms, Eliseo...

Cort los despotriques vertiginosos de la Burlada, produciendo un
silencio terrorfico en el pasadizo, la repentina aparicin de la _se_
Casiana por la puerta de la iglesia.

--Ya salen de misa mayor--dijo; y encarndose despus con la habladora,
ech sobre ella toda su autoridad con estas despticas palabras:
Burlada, pronto a tu puesto, y cerrar el pico, que estamos en la casa
de Dios.

Empezaba a salir gente, y caan algunas limosnas, pocas. Los casos de
ronda total, dando igual cantidad a todos, eran muy raros, y aquel da
las escasas moneditas de cinco y dos cntimos iban a parar a las manos
diligentes de Eliseo o de la _caporala_, y algo le toc tambin a la
Demetria y a _se_ Benina. Los dems poco o nada lograron, y la ciega
Crescencia se lament de no haberse estrenado. Mientras Casiana hablaba
en voz baja con Demetria, la Burlada peg la hebra con Crescencia en el
rincn prximo a la puerta del patio.

--Qu le estar diciendo a la Demetria!

--A saber... Cosas de ellas.

--Me ha _golido_ a bonos por el funeral _de presencia_ que tenemos maana.
A Demetria le dan ms, por ser _arrecomendada_ de ese que celebra la
primera misa, el D. Rodriguito de las medias moradas, que dicen es
secretario del Papa.

--Le darn toda la carne, y a nosotras los huesos.

--A ver!... Siempre lo mismo. No hay como andar con dos o tres criaturas
a cuestas para sacar tajada. Y no miran a la decencia, porque estas
holgazanotas, como Demetria, sobre ser unas grandsimas pendonazas,
hacen luego del vicio su comercio. Ya ves: cada ao se trae una
lechigada, y criando a uno, ya tiene en el buche los huesos del ao que
viene.

--Y es casada?

--Como t y como yo. De m nada dirn, pues en San Andrs bendito me cas
con mi Roque, que est en gloria, de la consecuencia de una cada del
andamio. Esta dice que tiene el marido en _Celiplinas_, y ser que
desde all le hace los chiquillos... por carta... Ay, qu mundo! Te
digo que sin criaturas no se saca nada: los seores no miran a la
_dinid_ de una, sino a si da el pecho o no da el pecho. Les da lstima
de las criaturas, sin reparar en que ms _honrs_ somos las que no las
tenemos, las que estamos en la _senet_, hartas de trabajos y sin poder
valernos. Pero vete t ahora a _golver_ del revs el mundo, y a gobernar
la compasin de los seores. Por eso se dice que todo anda trastornado y
al revs, hasta los cielos benditos, y lleva razn Pulido cuando habla
de la _rigolucin mu_ gorda, _mu_ gorda, que ha de venir para meter en
cintura a ricos miserables y a pobres _ensalzaos_.

Conclua la charlatana vieja su perorata, cuando ocurri un suceso tan
extrao, fenomenal e inaudito, que no podra ser comparado sino a la
sbita cada de un rayo en medio de la comunidad mendicante, o a la
explosin de una bomba: tales fueron el estupor y azoramiento que en
toda la caterva msera produjo. Los ms antiguos no recordaban nada
semejante; los nuevos no saban lo que les pasaba. Quedronse todos
mudos, perplejos, espantados. Y qu fue, en suma? Pues nada: que Don
Carlos Moreno Trujillo, que toda la vida, desde que _el mundo era
mundo_, sala infaliblemente por la puerta de la calle de Atocha... no
alter aquel da su inveterada costumbre; pero a los pocos pasos volvi
adentro, para salir por la calle de las Huertas, hecho singularsimo,
absurdo, equivalente a un retroceso del sol en su carrera.

Pero no fue principal causa de la sorpresa y confusin la desusada
salida por aquella parte, sino que D. Carlos se par en medio de los
pobres (que se agruparon en torno a l, creyendo que les iba a repartir
otra perra por barba), les mir como pasndoles revista, y dijo: Eh,
seoras ancianas, quin de vosotras es la que llaman la _se_ Benina?.

--Yo, seor, yo soy--dijo la que as se llamaba, adelantndose temerosa de
que alguna de sus compaeras le quitase el nombre y el estado civil.

--Esa es--aadi la Casiana con sequedad oficiosa, como si creyese que
haca falta su _exequatur_ de caporala para conocimiento o certificacin
de la personalidad de sus inferiores.

--Pues, _se_ Benina--agreg D. Carlos embozndose hasta los ojos para
afrontar el fro de la calle--, maana, a las ocho y media, se pasa usted
por casa; tenemos que hablar. Sabe usted dnde vivo?

--Yo la acompaar--dijo Eliseo echndosela de servicial y diligente en
obsequio del seor y de la mendiga.

--Bueno. La espero a usted, _se_ Benina.

--Descuide el seor.

--A las ocho y media en punto. Fjese bien--aadi D. Carlos a gritos, que
resultaron apagados porque le tapaban la boca las felpas hmedas del
embozo rado--. Si va usted antes, tendr que esperarse, y si va despus,
no me encuentra... Ea, con Dios. Maana es 25: me toca en Montserrat, y
despus, al cementerio. Con que...




IV


Mara Santsima, San Jos bendito, qu comentarios, qu febril
curiosidad, qu ansia de investigar y sorprender los propsitos del buen
D. Carlos! En los primeros momentos, la misma intensidad de la sorpresa
priv a todos de la palabra. Por los rincones del cerebro de cada cual
andaba la procesin... dudas, temores, envidia, curiosidad ardiente. La
_se_ Benina, queriendo sin duda librarse de un fastidioso hurgoneo, se
despidi afectuosamente, como siempre lo haca, y se fue. Siguiola, con
minutos de diferencia, el ciego Almudena. Entre los restantes empezaron
a saltar, como chispas, las frasecillas primeras de su sorpresa y
confusin: Ya lo sabremos maana... Ser por desempearla... Tiene ms
de cuarenta papeletas.

--Aqu todas nacen de pie--dijo _la Burlada_ a Crescencia--, menos
nosotras, que hemos cado en el mundo como talegos.

Y la Casiana, afilando ms su cara caballuna, hasta darle proporciones
monstruosas, dijo con acento de compasin lgubre: Pobre Don Carlos!
Est ms loco que una cabra.

A la maana siguiente, aprovechando la comunidad el hecho feliz de no
haber ido a la parroquia ni la _se_ Benina ni el ciego Almudena,
menudearon los comentarios del extrao suceso. La Demetria expuso
tmidamente la opinin de que D. Carlos quera llevar a la Benina a su
servicio, pues gozaba sta fama de gran cocinera, a lo que agreg Eliseo
que, en efecto, la tal haba sido maestra de cocina; pero no la queran
en ninguna parte por vieja.

Y por sisona--afirm la Casiana, recalcando con saa el trmino--. Habis
de saber que ha sido una sisona tremenda, y por ese vicio se ve ahora
como se ve, teniendo que pedir para una rosca. De todas las casas en que
estuvo la echaron por ser tan larga de uas, y si ella _hubi_ tenido
_conduta_, no le faltaran casas buenas en que acabar tranquila...

--Pues yo--declar _la Burlada_ con negro escepticismo--, _vos_ digo que si
ha venido a pedir es porque fue honrada; que las muy sisonas juntan
dinero para su vejez y se hacen ricas... que las hay, vaya si las hay.
Hasta con coche las he conocido yo.

--Aqu no se habla mal de _naide_.

--No es hablar mal. A ver!... La que habla pestes es _bueycencia_,
seora presidenta de ministros.

--Yo?

--S... Vuestra Eminencia Ilustrsima es la que ha dicho que la Benina
sisaba; lo cual que no es verdad, porque si sisara tuviera, y si tuviera
no vendra a pedir. Tmate esa.

--Por _bocona_ te has de condenar t.

--No se condena una por bocona, sino por rica, mayormente cuando quita la
limosna a los pobres de buena ley, a los que tienen hambre y duermen al
raso.

--Ea, que estamos en la casa de Dios, _seoras_--dijo Eliseo dando golpes
en el suelo con su pata de palo--. Guarden respeto y decencia unas para
otras, como manda la santsima _dotrina_.

Con esto se produjo el recogimiento y tranquilidad que la vehemencia de
algunos alteraba tan a menudo, y entre pedir gimiendo y rezar
bostezando se les pasaban las tristes horas.

Ahora conviene decir que la ausencia de la _se_ Benina y del ciego
Almudena no era casual aquel da, por lo cual all van las explicaciones
de un suceso que merece mencin en esta verdica historia. Salieron
ambos, como se ha dicho, uno tras otro, con diferencia de algunos
minutos; pero como la anciana se detuvo un ratito en la verja, hablando
con Pulido, el ciego marroqu se le junt, y ambos emprendieron juntos
el camino por las calles de San Sebastin y Atocha.

Me detuve a charlar con Pulido por esperarte, amigo Almudena. Tengo que
hablar contigo.

Y agarrndole por el brazo con solicitud cariosa, le pas de una acera
a otra. Pronto ganaron la calle de las Urosas, y parados en la esquina,
a resguardo de coches y transentes, volvi a decirle: Tengo que hablar
contigo, porque t solo puedes sacarme de un gran compromiso; t solo,
porque los dems _conocimientos_ de la parroquia para nada me sirven.
Te enteras t? Son unos egostas, corazones de pedernal... El que
tiene, porque tiene; el que no tiene, porque no tiene. Total, que la
dejarn a una morirse de vergenza, y si a mano viene, se gozarn en
ver a una pobre mendicante por los suelos.

Almudena volvi hacia ella su rostro, y hasta podra decirse que la
mir, si mirar es dirigir los ojos hacia un objeto, poniendo en ellos,
ya que no la vista, la intencin, y en cierto modo la atencin, tan
sostenida como ineficaz. Apretndole la mano, le dijo: _Amri_, saber t
que servirte Almudena l, Almudena m, como _pierro_. _Amri_, _dicermi_
cosas t... de cosas _tigo_.

--Sigamos para abajo, y hablaremos por el camino. Vas a tu casa?

--Voy a do _quierer_ t.

--Parceme que te cansas. Vamos muy a prisa. Te parece bien que nos
sentemos un rato en la Plazuela del Progreso para poder hablar con
tranquilidad?.

Sin duda respondi el ciego afirmativamente, porque cinco minutos
despus se les vea sentados, uno junto a otro, en el zcalo de la verja
que rodea la estatua de Mendizbal. El rostro de Almudena, de una
fealdad expresiva, moreno cetrino, con barba rala, negra como el ala del
cuervo, se caracterizaba principalmente por el desmedido grandor de la
boca, que, cuando sonrea, afectaba una curva cuyos extremos, replegando
la floja piel de los carrillos, se ponan muy cerca de las orejas. Los
ojos eran como llagas ya secas e insensibles, rodeados de manchas
sanguinosas; la talla mediana, torcidas las piernas. Su cuerpo haba
perdido la conformacin airosa por la costumbre de andar a ciegas, y de
pasar largas horas sentado en el suelo con las piernas dobladas a la
morisca. Vesta con relativa decencia, pues su ropa, aunque vieja y
llena de mugre, no tena desgarrn ni avera que no estuvieran
enmendados por un zurcido inteligente, o por aplicaciones de parches y
retazos. Calzaba zapatones negros, muy rozados, pero perfectamente
defendidos con costurones y remiendos habilsimos. El sombrero hongo
revelaba servicios dilatados en diferentes cabezas, hasta venir a
prestarlos en aquella, que quizs no sera la ltima, pues las
abolladuras del fieltro no eran tales que impidieran la defensa material
del crneo que cubra. El palo era duro y lustroso; la mano con que lo
empuaba, nerviosa, por fuera de color morensimo, tirando a etipico,
la palma blanquecina, con tono y blanduras que la asemejaban a una rueda
de merluza cruda; las uas bien cortadas; el cuello de la camisa lo
menos sucio que es posible imaginar en la msera condicin y vida
vagabunda del desgraciado hijo de Sus.

Pues a lo que bamos, Almudena--dijo la _se_ Benina, quitndose el
pauelo para volver a ponrselo, como persona desasosegada y nerviosa
que quiere ventilarse la cabeza--. Tengo un grave compromiso, y t, nada
ms que t, puedes sacarme de l.

--_Dicermi_ ella, t...

--Qu pensabas hacer esta tarde?

--En casa m, _mocha_ que jacer m: lavar ropa m, coser _mocha_,
remendar _mocha_.

--Eres el hombre ms apaado que hay en el mundo. No he visto otro como
t. Ciego y pobre, te arreglas t mismo tu ropita; enhebras una aguja
con la lengua ms pronto que yo con mis dedos; coses a la perfeccin;
eres tu sastre, tu zapatero, tu lavandera... Y despus de pedir en la
parroquia por la maana, y por las tardes en la calle, te sobra tiempo
para ir un ratito al caf... Eres de lo que no hay; y si en el mundo
hubiera justicia y las cosas estuvieran dispuestas con razn, debieran
darte un premio... Bueno, hijo: pues lo que es esta tarde no te dejo
trabajar, porque tienes que hacerme un servicio... Para las ocasiones
son los amigos.

--Qu _sucieder_ ti?

--Una cosa tremenda. Estoy que no vivo. Soy tan desgraciada, que si t no
me amparas me tiro por el viaducto... Como lo oyes.

--_Amri_... tirar no.

--Es que hay compromisos tan grandes, tan grandes, que parece imposible
que se pueda salir de ellos. Te lo dir de una vez para que te hagas
cargo: necesito un duro...

--Un _durro_!--exclam Almudena, expresando con la sbita gravedad del
rostro y la energa del acento el espanto que le causaba la magnitud de
la cantidad.

--S, hijo, s... un duro, y no puedo ir a casa si antes no lo consigo.
Es preciso que yo tenga ese duro: discurre t, pues hay que sacarlo de
debajo de las piedras, buscarlo como quiera que sea.

--Es _mocha_... _mocha_...--murmuraba el ciego volviendo su rostro hacia
el suelo.

--No es tanto--observ la otra, queriendo engaar su pena con ideas
optimistas--. Quin no tiene un duro? Un duro, amigo Almudena, lo tiene
cualquiera... Con que puedes buscrmelo t, s o no?.

Algo dijo el ciego en su extraa lengua que Benina tradujo por la
palabra imposible, y lanzando un suspiro profundo, al cual contest
Almudena con otro no menos hondo y lastimero, quedose un rato en
meditacin dolorosa, mirando al suelo y despus al cielo y a la estatua
de Mendizbal, aquel verdinegro seor de bronce que ella no saba quin
era ni por qu le haban puesto all. Con ese mirar vago y distrado que
es, en los momentos de intensa amargura, como un giro angustioso del
alma sobre s misma, vea pasar por una y otra banda del jardn gentes
presurosas o indolentes. Unos llevaban un duro, otros iban a buscarlo.
Pasaban cobradores del Banco con el taleguillo al hombro; carricoches
con botellas de cerveza y gaseosa; carros fnebres, en el cual era
conducido al cementerio alguno a quien nada importaban ya los duros. En
las tiendas entraban compradores que salan con paquetes. Mendigos
haraposos importunaban a los seores. Con rpida visin, Benina pas
revista a los cajones de tanta tienda, a los distintos cuartos de todas
las casas, a los bolsillos de todos los transentes bien vestidos,
adquiriendo la certidumbre de que en ninguno de aquellos repliegues de
la vida faltaba un duro. Despus pens que sera un paso muy salado que
se presentase ella en la cercana casa de Cspedes diciendo que hicieran
el favor de darle un duro, siquiera se lo diesen a prstamo.
Seguramente, se reiran de tan absurda pretensin, y la pondran
bonitamente en la calle. Y no obstante, natural y justo pareca que en
cualquier parte donde un duro no representaba ms que un valor
insignificante, se lo diesen a ella, para quien la tal suma era... como
un _tomo inmenso_. Y si la ansiada moneda pasara de las manos que con
otras muchas la posean, a las suyas, no se notara ninguna alteracin
sensible en la distribucin de la riqueza, y todo seguira lo mismo:
los ricos, ricos; pobre ella, y pobres los dems de su condicin. Pues
siendo esto as, por qu no vena a sus manos el duro? Qu razn haba
para que veinte personas de las que pasaban no se privasen de un real, y
para que estos veinte reales no pasaran por natural trasiego a sus
manos? Vaya con las cosas de este desarreglado mundo! La pobre Benina
se contentaba con una gota de agua, y delante del estanque del Retiro no
poda tenerla. Vamos a cuentas, cielo y tierra: perdera algo el
estanque del Retiro porque se sacara de l una gota de agua?




V


Esto pensaba, cuando Almudena, volviendo de una meditacin calculista,
que deba de ser muy triste por la cara que pona, te dijo:

No tenier t cosa que _peinar_?

--No, hijo: todo empeado ya, hasta las papeletas.

--No haber persona que _priestar ti_?

--No hay nadie que me fe ya. No doy un paso sin encontrar una mala
cara.

--Seor Carlos llamar ti maana.

--Maana est muy lejos, y yo necesito el duro hoy, y pronto, Almudena,
pronto. Cada minuto que pasa es una mano que me aprieta ms el dogal que
tengo en la garganta.

--No llorar, _amri_. T ser buena _migo_; yo arremediando ti... Veslo
ahora.

--Qu se te ocurre? Dmelo pronto.

--Yo _peinar_ ropa.

--El traje que compraste en el Rastro? Y cunto crees que te darn?

--Dos _piesetas_ y media.

--Yo har por sacar tres. Y lo dems?

--Vamos a casa _migo_--dijo Almudena levantndose con resolucin.

--Prontito, hijo, que no hay tiempo que perder. Es muy tarde. Pues no
hay poquito que andar de aqu a la posada de Santa Casilda!.

Emprendieron su camino presurosos por la calle de Mesn de Paredes,
hablando poco. Benina, ms sofocada por la ansiedad que por la viveza
del paso, echaba lumbre de su rostro, y cada vez que oa campanadas de
relojes haca una mueca de desesperacin. El viento fro del Norte les
empujaba por la calle abajo, hinchando sus ropas como velas de un barco.
Las manos de uno y otro eran de hielo; sus narices rojas destilaban.
Enronquecan sus voces; las palabras sonaban con oquedad fra y triste.

No lejos del punto en que Mesn de Paredes desemboca en la Ronda de
Toledo, hallaron el parador de Santa Casilda, vasta colmena de viviendas
baratas alineadas en corredores sobrepuestos. Entrase a ella por un
patio o corraln largo y estrecho, lleno de montones de basura,
residuos, despojos y desperdicios de todo lo humano. El cuarto que
habitaba Almudena era el ltimo del piso bajo, al ras del suelo, y no
haba que franquear un solo escaln para penetrar en l. Componase la
vivienda de dos piezas separadas por una estera pendiente del techo: a
un lado la cocina, a otro la sala, que tambin era alcoba o gabinete,
con piso de tierra bien apisonado, paredes blancas, no tan sucias como
otras del mismo casern o humana madriguera. Una silla era el nico
mueble, pues la cama consista en un jergn y mantas pardas, arrimado
todo a un ngulo. La cocinilla no estaba desprovista de pucheros,
cacerolas, botellas, ni tampoco de vveres. En el centro de la
habitacin, vio Benina un bulto negro, algo como un lo de ropa, o un
costal abandonado. A la escasa luz que entraba despus de cerrada la
puerta, pudo observar que aquel bulto tena vida. Por el tacto, ms que
por la vista, comprendi que era una persona.

Ya estar aqu la _Pedra_ borracha.

--Ah! qu cosas! Es esa que te ayuda a pagar el cuarto... Borrachona,
sinvergenzonaza... Pero no perdamos tiempo, hijo; dame el traje, que yo
lo llevar... y con la ayuda de Dios, sacar siquiera dos ochenta. Ve
pensando en buscarme lo que falta. La Virgen Santsima te lo dar, y yo
he de rezarle para que te lo d doblado, que a m seguro es que no
quiere darme cosa ninguna.

Hacindose cargo de la impaciencia de su amiga, el ciego descolg de un
clavo el traje que l llamaba nuevo, por un convencionalismo muy
corriente en las combinaciones mercantiles, y lo entreg a su amiga, que
en cuatro zancajos se puso en el patio y en la Ronda, tirando luego
hacia el llamado Campillo de Manuela. El mendigo, en tanto, pronunciando
palabras colricas, que no es fcil al narrador reproducir, por ser en
lengua arbiga, palpaba el bulto de la mujer embriagada, que como cuerpo
muerto en mitad del cuartucho yaca. A las expresiones airadas del
ciego, slo contest con speros gruidos, y dio media vuelta,
espatarrndose y estirando los brazos para caer de nuevo en sopor ms
hondo y en ms brutal inercia.

Almudena meta mano por entre las ropas negras, cuyos pliegues,
revueltos con los del mantn, formaban un lo inextricable, y
acompaando su registro de exclamaciones furibundas, explor tambin el
flccido busto, como si amasara pellejos con trapos. Tan nervioso estaba
el hombre, que descubra lo que debe estar cubierto, y tapaba lo que
gusta de ver la luz del da. All sac rosarios, escapularios, un fajo
de papeletas de empeo envuelto en un pedazo de peridico, trozos de
herradura recogidos en las calles, muelas de animales o de personas, y
otras baratijas. Terminado el registro, entr la Benina, de vuelta ya de
su diligencia, la cual haba despachado con tanta presteza, como si la
hubieran llevado y trado en volandas los angelitos del cielo. Vena la
pobre mujer sofocadsima del veloz correr por las calles; apenas poda
respirar, y su rostro sudoroso despeda fuego, sus ojos alegra.

Me han dado tres--dijo mostrando las monedas--, una en cuartos. No he
tenido poca suerte en que estuviera all Valeriano; que a llegar a estar
el ama, la Reimunda, trabajo que costara sacarle dos y pico.

Respondiendo al contento de la anciana, Almudena, con cara de regocijo y
triunfo, le mostr entre los dedos una peseta.

Encuentrarla aqu, en el _piecho_ de esta... Cogerla _tigo_.

--Oh, qu suerte! Y no tendr ms? Busca bien, hijo.

--No tenier ms. Mi regolver cosas _piecho_.

Benina sacuda las ropas de la borracha esperando ver saltar una moneda.
Pero no saltaron ms que dos horquillas, y algunos pedacitos de carbn.

No tenier ms.

Sigui parloteando el ciego, y por las explicaciones que le dio del
carcter y costumbres de la mujerona, pudo comprender que si se hubieran
encontrado a esta en estado de normal despejo, les habra dado la peseta
con slo pedirla. Con una breve frase sintetiz Almudena a su compaera
de hospedaje: Ser gena, ser mala... Coger ella _tudo_, dar ella
_tudo_.

Acto continuo levant el colchn, y escarbando en la tierra, sac una
petaca vieja y sucia, que cuidadosamente esconda entre trapos y
cartones, y metiendo los dedos en ella, como quien saca un cigarro,
extrajo un papelejo, que desenvuelto mostr una monedita de dos reales,
nueva y reluciente. La cogi Benina, mientras Almudena sacaba de su
bolsillo, donde tena multitud de herramientas, tijeras, canuto de
agujas, navaja, etc., otro envoltorio con dos perras gordas. Aadi a
ellas la que haba recibido de D. Carlos, y lo dio todo a la pobre
anciana, dicindole: _Amri_, arriglar as tigo.

--S, s... Pongo lo mo de hoy, y ya falta tan poco, que no quiero
molestarte ms. Gracias a Dios! Me parece mentira. Ay, hijo, qu
bueno eres! Mereces que te caiga la lotera, y si no te cae, es porque
no hay justicia en la tierra ni en el cielo... Adis, hijo, no puedo
detenerme ni un momento ms... Dios te lo pague... Estoy en ascuas. Me
voy volando a casa... Qudate en la tuya... y a esta pobre desgraciada,
cuando despierte, no la pegues, hijo, pobrecita! Cada uno, por el aquel
de no sufrir, se emborracha con lo que puede: esta con el aguardentazo,
otros con otra cosa. Yo tambin las cojo; pero no as: las mas son de
cosa de ms adentro... Ya te contar, ya te contar.

Y sali disparada, las monedas metidas en el seno, temerosa de que
alguien se las quitara por el camino, o de que se le escaparan volando,
arrastradas de sus tumultuosos pensamientos. Al quedarse solo, Almudena
fue a la cocina, donde, entre otros cachivaches, tena una palanganita
de estao y un cntaro de agua. Se lav las manos y los ojos; despus
cogi un cazuelo en que haba cenizas y carbones apagados, y pasando a
una de las casas vecinas, volvi al poco rato con lumbre, sobre la cual
derram un puadito de cierta substancia que en un envoltorio de papel
tena junto a la cama. Levantose del fuego humareda muy densa y un olor
penetrante. Era el sahumerio de benju, nica remembranza material de la
tierra nativa que Almudena se permita en su destierro vagabundo. El
aroma especial, caracterstico de casa mora, era su consuelo, su placer
ms vivo, prctica juntamente casera y religiosa, pues envuelto en aquel
humo se puso a rezar cosas que ningn cristiano poda entender.

Con el humazo, la borracha grua ms, y carraspeaba, y tosa, como
queriendo dar acuerdo de s. El ciego no le haca ms caso que a un
perro, atento slo a sus rezos en lengua que no sabemos si era arbiga o
hebrea, tapndose un ojo con cada mano, y bajndolas despus sobre la
boca para besrselas. Mediano rato emple en sus meditaciones, y al
terminarlas, vio sentada ante s a la mujerzuela que con ojos esquivos y
lloricones, a causa del picor producido por el espeso sahumerio, le
miraba. Presentndole gravemente las palmas de las manos, Almudena le
solt estas palabras:

Gran pa, no haber ms que un Dios... _b'rracha_, _b'rrachona_, no
haber ms que un Dios... un Dios, un Dios solo, solo.

Solt la otra sonora carcajada, y llevndose la mano al pecho, quera
arreglar el desorden que la mano inquieta de su compaero de vivienda
haba causado en aquella parte interesantsima de su persona. Tan torpe
sala del sueo alcohlico, que no acertaba a poner cada cosa en su
sitio, ni a cubrir las que la honestidad quiere y ha querido siempre
que se cubran. _Jai_, t me has _arregistrao_.

--S... No haber ms que un Dios, un Dios solo.

--Y a m, qu? Por m que _haigan_ dos o cuarenta, todos los que ellos
mesmos quieran haberse... Pero di, gorrn, me has quitado la peseta. No
me importa. _Pa_ ti era.

--Un Dios solo!.

Y vindole coger el palo, se puso la mujer en guardia, dicindole: Ea,
no pegues, _Jai_. Basta ya de sahumerio, y ponte a hacer la cena.
Cunto dinero tienes? Qu quieres que te traiga?...

--_B'rrachona!_ no haber diniero... Llevarlo los _embaixos_, t dormida.

--Qu te traigo?--murmur la mujer negra tambalendose y cerrando los
ojos--. Agurdate un poquitn. Tengo sueo, _Jai_.

Cay nuevamente en profundo sopor, y Almudena, que haba requerido el
palo con intenciones de usarlo como infalible remedio de la embriaguez,
tuvo lstima y suspir fuerte, mascullando estas o parecidas palabras:
Pegar ti otro da.




VI


Casi no es hiprbole decir que la _se_ Benina, al salir de Santa
Casilda, poseyendo el incompleto duro que calmaba sus mortales
angustias, iba por rondas, travesas y calles como una flecha. Con
sesenta aos a la espalda, conservaba su agilidad y viveza, unidas a una
perseverancia inagotable. Se haba pasado lo mejor de la vida en un
ajetreo afanoso, que exiga tanta actividad como travesura, esfuerzos
locos de la mente y de los msculos, y en tal enseanza se haba
fortificado de cuerpo y espritu, formndose en ella el temple
extraordinario de mujer que irn conociendo los que lean esta puntual
historia de su vida. Con increble presteza entr en una botica de la
calle de Toledo; recogi medicinas que haba encargado muy de maana;
despus hizo parada en la carnicera y en la tienda de ultramarinos,
llevando su compra en distintos envoltorios de papel, y, por fin, entr
en una casa de la calle Imperial, prxima a la rinconada en que est el
Almotacn y Fiel Contraste. Deslizose a lo largo del portal angosto,
obstruido y casi intransitable por los colgajos de un comercio de
cordelera que en l existe; subi la escalera, con rpidos andares
hasta el principal, con moderado paso hasta el segundo; lleg jadeante
al tercero, que era el ltimo, con honores de sotabanco. Dio vuelta a un
patio grande, por galera de emplomados cristales, de suelo desigual, a
causa de los hundimientos y desniveles de la vieja fbrica, y al fin
lleg a una puerta de cuarterones, despintada; llam... Era su casa, la
casa de su seora, la cual, en persona, tentando las paredes, sali al
ruido de la campanilla, o ms bien afnico cencerreo, y abri, no sin la
precaucin de preguntar por la mirilla, cuadrada, defendida por una cruz
de hierro.

Gracias a Dios, mujer...--le dijo en la misma puerta--. Vaya unas horas!
Cre que te haba cogido un coche, o que te haba dado un accidente.

Sin chistar sigui Benina a su seora hasta un gabinetillo prximo, y
ambas se sentaron. Excus la criada las explicaciones de su tardanza por
el miedo que senta de darlas, y se puso a la defensiva, esperando a ver
por dnde sala doa Paca, y qu posiciones tomaba en su irascible
genio. Algo la tranquiliz el tono de las primeras palabras con que fue
recibida; esperaba una fuerte reprimenda, vocablos displicentes. Pero
la seora pareca estar de buenas, domado, sin duda, el spero carcter
por la intensidad del sufrimiento. Benina se propona, como siempre,
acomodarse al son que le tocara la otra, y a poco de estar junto a ella,
cambiadas las primeras frases, se tranquiliz. Ay, seora, qu da! Yo
estaba deshecha; pero no me dejaban, no me dejaban salir de aquella
bendita casa.

--No me lo expliques--dijo la seora, cuyo acentillo andaluz persista,
aunque muy atenuado, despus de cuarenta aos de residencia en Madrid--.
Ya estoy al tanto. Al or las doce, la una, las dos, me deca yo: 'Pero,
Seor, por qu tarda tanto la Nina?'. Hasta que me acord...

--Justo.

--Me acord... como tengo en mi cabeza todo el almanaque... de que hoy es
San Romualdo, confesor y obispo de Farsalia...

--Cabal.

--Y son los das del seor sacerdote en cuya casa ests de asistenta.

--Si yo pensara que usted lo haba de adivinar, habra estado ms
tranquila--afirm la criada, que en su extraordinaria capacidad para
forjar y exponer mentiras, supo aprovechar el slido cable que su ama le
arrojaba--. Y que no ha sido floja la tarea!

--Habrs tenido que dar un gran almuerzo. Ya me lo figuro. Y que no
sern cortos de tragaderas los curnganos de San Sebastin, compaeros y
amigos de tu D. Romualdo!

--Todo lo que le diga es poco.

--Cuntame: qu les has puesto?--pregunt ansiosa la seora, que gustaba
de saber lo que se coma en las casas ajenas--. Ya estoy al tanto. Les
haras una mayonesa.

--Lo primero un arroz, que me qued muy a punto. Ay, Seor, cunto lo
alabaron! Que si era yo la primera cocinera de toda la Europa... que si
por vergenza no se chupaban los dedos...

--Y despus?

--Una pepitoria que ya la quisieran para s los ngeles del cielo. Luego,
calamares en su tinta... luego...

--Pues aunque te tengo dicho que no me traigas sobras de ninguna casa,
pues prefiero la miseria que me ha enviado Dios, a chupar huesos de
otras mesas... como te conozco, no dudo que habrs trado algo. Dnde
tienes la cesta?.

Vindose cogida, Benina vacil un instante; mas no era mujer que se
arredraba ante ningn peligro, y su maestra para el embuste le sugiri
pronto el hbil quite: Pues, seora, dej la cesta, con lo que traje,
en casa de la seorita Obdulia, que lo necesita ms que nosotras.

--Has hecho bien. Te alabo la idea, Nina. Cuntame ms. Y un buen
solomillo, no pusiste?

--Anda, anda! Dos kilos y medio, seora. Sotero Rico me lo dio de lo
superior.

--Y postres, bebidas?...

--Hasta _Champaa de la Viuda_. Son el diantre los curas, y de nada se
privan... Pero vmonos adentro, que es muy tarde, y estar la seora
desfallecida.

--Lo estaba; pero... no s: parece que me he comido todo eso de que has
hablado... En fin, dame de almorzar.

--Qu ha tomado? El poquito de cocido que le apart anoche?

--Hija, no pude pasarlo. Aqu me tienes con media onza de chocolate
crudo.

--Vamos, vamos all. Lo peor es que hay que encender lumbre. Pero pronto
despacho... Ah! tambin le traigo las medicinas. Eso lo primero.

--Hiciste todo lo que te mand?--pregunt la seora, en marcha las dos
hacia la cocina--. Empeaste mis dos enaguas?

--Cmo no? Con las dos pesetas que saqu, y otras dos que me dio D.
Romualdo por ser su santo, he podido atender a todo.

--Pagaste el aceite de ayer?

--Pues no!

--Y la tila y la sanguinaria?

--Todo, todo... Y an me ha sobrado, despus de la compra, para maana.

--Querr Dios traernos maana un buen da?--dijo con honda tristeza la
seora, sentndose en la cocina, mientras la criada, con nerviosa
prontitud, reuna astillas y carbones.

--Ay! s, seora: tngalo por cierto.

--Por qu me lo aseguras, Nina?

--Porque lo s. Me lo dice el corazn. Maana tendremos un buen da,
estoy por decir que un gran da.

--Cuando lo veamos te dir si aciertas... No me fo de tus corazonadas.
Siempre ests con que maana, que maana...

--Dios es bueno.

--Conmigo no lo parece. No se cansa de darme golpes: me apalea, no me
deja respirar. Tras un da malo, viene otro peor. Pasan aos aguardando
el remedio, y no hay ilusin que no se me convierta en desengao. Me
canso de sufrir, me canso tambin de esperar. Mi esperanza es traidora,
y como me engaa siempre, ya no quiero esperar cosas buenas, y las
espero malas para que vengan... siquiera regulares.

--Pues yo que la seora--dijo Benina dndole al fuelle--, tendra confianza
en Dios, y estara contenta... Ya ve que yo lo estoy... no me ve? Yo
siempre creo que cuando menos lo pensemos nos vendr el golpe de suerte,
y estaremos tan ricamente, acordndonos de estos das de apuros, y
desquitndonos de ellos con la gran vida que nos vamos a dar.

--Ya no aspiro a la buena vida, Nina--declar casi llorando la seora--:
slo aspiro al descanso.

--Quin piensa en la muerte? Eso no: yo me encuentro muy a gusto en este
mundo fandanguero, y hasta le tengo ley a los trabajillos que paso.
Morirse no.

--Te conformas con esta vida?

--Me conformo, porque no est en mi mano el darme otra. Venga todo antes
que la muerte, y padezcamos con tal que no falte un pedazo de pan, y
pueda uno comrselo con dos salsas muy buenas: el hambre y la esperanza.

--Y soportas, adems de la miseria, la vergenza, tanta humillacin,
deber a todo el mundo, no pagar a nadie, vivir de mil enredos, trampas y
embustes, no encontrar quien te fe valor de dos reales, vernos
perseguidos de tenderos y vendedores?

--Vaya si lo soporto!... Cada cual, en esta vida, se defiende como
puede. Estara bueno que nos dejramos morir de hambre, estando las
tiendas tan llenas de cosas de substancia! Eso no: Dios no quiere que a
nadie se le enfre el cielo de la boca por no comer, y cuando no nos da
dinero, un suponer, nos da la sutileza del caletre para inventar modos
de allegar lo que hace falta, sin robarlo... eso no. Porque yo prometo
pagar, y pagar cuando lo tengamos. Ya saben que somos pobres... que hay
formalidad en casa, ya que no _haigan_ otras cosas. Estara bueno que
nos afligiramos porque los tenderos no cobran estas miserias, sabiendo,
como sabemos, que estn ricos!...

--Es que t no tienes vergenza, Nina; quiero decir, decoro; quiero
decir, dignidad.

--Yo no s si tengo eso; pero tengo boca y estmago natural, y s tambin
que Dios me ha puesto en el mundo para que viva, y no para que me deje
morir de hambre. Los gorriones, un suponer, tienen vergenza? Quia!...
lo que tienen es pico... Y mirando las cosas como deben mirarse, yo digo
que Dios, no tan slo ha criado la tierra y el mar, sino que son obra
suya mismamente las tiendas de ultramarinos, el Banco de Espaa, las
casas donde vivimos y, pongo por caso, los puestos de verdura... Todo es
de Dios.

--Y la moneda, la indecente moneda, de quin es?--pregunt con lastimero
acento la seora--. Contstame.

--Tambin es de Dios, porque Dios hizo el oro y la plata... Los billetes,
no s... Pero tambin, tambin.

--Lo que yo digo, Nina, es que las cosas son del que las tiene... y las
tiene todo el mundo menos nosotras... Ea! date prisa, que siento
debilidad. En dnde me pusiste las medicinas?... Ya: estn sobre la
cmoda. Tomar una papeleta de salicilato antes de comer... Ay, qu
trabajo me dan estas piernas! En vez de llevarme ellas a m, tengo yo
que tirar de ellas. _(Levantndose con gran esfuerzo.)_ Mejor andara yo
con muletas. Pero has visto lo que hace Dios conmigo? Si esto parece
burla! Me ha enfermado de la vista, de las piernas, de la cabeza, de los
riones, de todo menos del estmago. Privndome de recursos, dispone que
yo digiera como un buitre.

--Lo mismo hace conmigo. Pero yo no lo llevo a mal, seora. Bendito sea
el Seor, que nos da el bien ms grande de nuestros cuerpos: el hambre
santsima!.




VII


Ya pasaba de los sesenta la por tantos ttulos infeliz Doa Francisca
Jurez de Zapata, conocida en los aos de aquella su decadencia
lastimosa por _doa Paca_, a secas, con lacnica y plebeya
familiaridad. Ved aqu en qu paran las glorias y altezas de este mundo,
y qu pendiente hubo de recorrer la tal seora, rodando hacia la
profunda miseria, desde que ataba los perros con longaniza, por los aos
59 y 60, hasta que la encontramos viviendo inconscientemente de limosna,
entre agonas, dolores y vergenzas mil. Ejemplos sin nmero de estas
cadas nos ofrecen las poblaciones grandes, ms que ninguna esta de
Madrid, en que apenas existen hbitos de orden, pero a todos los
ejemplos supera el de doa Francisca Jurez, tristsimo juguete del
destino. Bien miradas estas cosas y el subir y bajar de las personas en
la vida social, resulta gran tontera echar al destino la culpa de lo
que es obra exclusiva de los propios caracteres y temperamentos, y buena
muestra de ello es doa Paca, que en su propio ser desde el nacimiento
llevaba el desbarajuste de todas las cosas materiales. Nacida en Ronda,
su vista se acostumbr desde la niez a las vertiginosas depresiones del
terreno; y cuando tena pesadillas, soaba que se caa a la profundsima
hondura de aquella grieta que llaman _Tajo_. Los nacidos en Ronda deben
de tener la cabeza muy firme y no padecer de vrtigos ni cosa tal,
hechos a contemplar abismos espantosos. Pero doa Paca no saba
mantenerse firme en las alturas: instintivamente se despeaba; su
cabeza no era buena para esto ni para el gobierno de la vida, que es la
seguridad de vista en el orden moral.

El vrtigo de Paquita Jurez fue un estado crnico desde que la casaron,
muy joven, con D. Antonio Mara Zapata, que le doblaba la edad,
intendente de ejrcito, excelente persona, de holgada posicin por su
casa, como la novia, que tambin posea bienes races de mucha cuenta.
Sirvi Zapata en el ejrcito de frica, divisin de Echage, y despus
de Wad-Ras pas a la Direccin del ramo. Establecido el matrimonio en
Madrid, le falt tiempo a la seora para poner su casa en un pie de vida
frvola y aparatosa que, si empez ajustando las vanidades al marco de
las rentas y sueldos, pronto se sali de todo lmite de prudencia, y no
tardaron en aparecer los atrasos, las irregularidades, las deudas.
Hombre ordenadsimo era Zapata; pero de tal modo le dominaba su esposa,
que hasta le hizo perder sus cualidades eminentes; y el que tan bien
supo administrar los caudales del ejrcito, vea perderse los suyos,
olvidado del arte para conservarlos. Paquita no se pona tasa en el
vestir elegante, ni en el lujo de mesa, ni en el continuo zarandeo de
bailes y reuniones, ni en los dispendiosos caprichos. Tan notorio fue ya
el desorden, que Zapata, aterrado, viendo venir el trueno gordo, hubo
de vencer la modorra en que su cara mitad le tena, y se puso a hacer
nmeros y a querer establecer mtodo y razn en el gobierno de su
hacienda; pero oh triste sino de la familia! cuando ms engolfado
estaba el hombre en su aritmtica, de la que esperaba su salvacin,
cogi una pulmona, y pas a mejor vida el Viernes Santo por la tarde,
dejando dos hijos de corta edad: Antoito y Obdulia.

Administradora y duea del caudal activo y pasivo, Francisca no tard en
demostrar su ineptitud para el manejo de aquellas enredosas materias, y
a su lado surgieron, como los gusanos en cuerpo corrupto, infinitas
personas que se la coman por dentro y por fuera, devorndola sin
compasin. En esta poca desastrosa, entr a su servicio Benigna, que si
desde el primer da se acredit de cocinera excelente, a las pocas
semanas hubo de revelarse como la ms intrpida sisona de Madrid. Qu
tal sera la moza en este terreno, que la misma doa Francisca, de una
miopa radical para la inspeccin de sus intereses, pudo apreciar la
rapacidad minuciosa de la sirviente, y aun se determin a corregirla. En
justicia, debo decir que Benigna (entre los suyos llamada _Benina_, y
_Nina_ simplemente por la seora) tena cualidades muy buenas que, en
cierto modo, compensaban, en los desequilibrios de su carcter, aquel
defecto grave de la sisa. Era muy limpia, de una actividad pasmosa, que
produca el milagro de agrandar las horas y los das. Adems de esto,
Doa Francisca estimaba en ella el amor intenso a los nios de la casa;
amor sincero y, si se quiere, positivo, que se revelaba en la vigilancia
constante, en los exquisitos cuidados con que sanos o enfermos les
atenda. Pero las cualidades no fueron bastante eficaces para impedir
que el defecto promoviera cuestiones agrias entre ama y sirviente, y en
una de estas, Benina fue despedida. Los nios la echaron muy de menos, y
lloraban por su Nina graciosa y soboncita.

A los tres meses se present de visita en la casa. No poda olvidar a la
seora ni a los nenes. Estos eran su amor, y la casa, todo lo material
de ella, la encariaba y atraa. Paquita Jurez tambin tena especial
gusto en charlar con ella, pues algo (no saban qu) exista entre las
dos que secretamente las enlazaba, algo de comn en la extraordinaria
diversidad de sus caracteres. Menudearon las visitas. Ay! la Benina no
se encontraba a gusto en la casa donde a la sazn serva. En fin, que ya
la tenemos otra vez en la domesticidad de Doa Francisca; y tan contenta
ella, y satisfecha la seora, y los pequeuelos locos de alegra.
Sobrevino en aquel tiempo un aumento de las dificultades y ahogos de la
familia en el orden administrativo: las deudas roan con diente voraz el
patrimonio de la casa; se perdan fincas valiosas, pasando sin saber
cmo, por artes de usura infame, a las manos de los prestamistas. Como
carga preciosa que se arroja de la embarcacin al mar en los apuros del
naufragio, salan de la casa los mejores muebles, cuadros, alfombras
riqusimas: las alhajas haban salido ya... Pero por ms que se
aligeraba el buque, la familia continuaba en peligro de zozobra y de
sumergirse en los negros abismos sociales.

Para mayor desdicha, en aquel funesto periodo del 70 al 80, los dos
nios padecieron gravsimas enfermedades: tifoidea el uno; eclampsia y
epilepsia la otra. Benina les asisti con tal esmero y solicitud tan
amorosa, que se pudo creer que les arrancaba de las uas de la muerte.
Ellos le pagaban, es verdad, estos cuidados con un afecto ardiente. Por
amor de Benina, ms que por el de su madre, se prestaban a tomar las
medicinas, a callar y estarse quietecitos, a sudar sin ganas, y a no
comer antes de tiempo: todo lo cual no impidi que entre ama y criada
surgiesen cuestiones y desavenencias, que trajeron una segunda
despedida. En un arrebato de ira o de amor propio, Benina sali
disparada, jurando y perjurando que no volvera a poner los pies en
aquella casa, y que al partir sacuda sus zapatos para no llevarse
pegado en ellos el polvo de las esteras... pues lo que es alfombras, ya
no las haba.

En efecto: antes del ao, apareciose Benina en la casa. Entr, anegado
en lgrimas el rostro, diciendo: Yo no s qu tiene la seora; yo no s
qu tiene esta casa, y estos nios, y estas paredes, y todas las cosas
que aqu hay: yo no s ms sino que no me hallo en ninguna parte. En
casa rica estoy, con buenos amos que no reparan en dos reales ms o
menos; seis duros de salario... Pues no me hallo, seora, y paso la
noche y el da acordndome de esta familia, y pensando si estarn bien o
no estarn bien. Me ven suspirar, y creen que tengo hijos. Yo no tengo a
nadie en el mundo ms que a la seora, y sus hijos son mis hijos, pues
como a tales les quiero.... Otra vez Benina al servicio de Doa
Francisca Jurez, como criada nica y para todo, pues la familia haba
dado un bajn tremendo en aquel ao, siendo tan notorias las seales de
ruina, que la criada no poda verlas sin sentir afliccin profunda.
Lleg la ocasin ineludible de cambiar el cuarto en que vivan por otro
ms modesto y barato. Doa Francisca, apegada a las rutinas y sin
determinacin para nada, vacilaba. La criada, quitndole en momentos tan
crticos las riendas del gobierno, decidi la mudanza, y desde la calle
de Claudio Coello saltaron a la del Olmo. Por cierto que hubo no pocas
dificultades para evitar un desahucio vergonzoso: todo se arregl con la
generosa ayuda de Benina, que sac del Monte sus economas, importantes
tres mil y pico de reales, y las entreg a la seora, establecindose
desde entonces comunidad de intereses en la adversa como en la prspera
fortuna. Pero ni aun en aquel rasgo de caridad hermosa desminti la
pobre mujer sus hbitos de sisa, y descont un pico para guardarlo
cuidadosamente en su bal, como base de un nuevo montepo, que era para
ella necesidad de su temperamento y placer de su alma.

Como se ve, tena el vicio del descuento, que en cierto modo, por otro
lado, era la virtud del ahorro. Difcil expresar dnde se empalmaban y
confundan la virtud y el vicio. La costumbre de escatimar una parte
grande o chica de lo que se le daba para la compra, el gusto de
guardarla, de ver cmo creca lentamente su caudal de perras, se
sobreponan en su espritu a todas las dems costumbres, hbitos y
placeres. Haba llegado a ser el sisar y el reunir como cosa instintiva,
y los actos de este linaje se diferenciaban poco de las rapias y
escondrijos de la urraca. En aquella tercera poca, del 80 al 85, sisaba
como antes, aunque guardando medida proporcional con los mezquinos
haberes de Doa Francisca. Sucedironse en aquellos das grandes
desventuras y calamidades. La pensin de la seora, como viuda de
intendente, haba sido retenida en dos tercios por los prestamistas; los
empeos sucedan a los empeos, y por librarse de un ahogo, caa pronto
en mayores apreturas. Su vida lleg a ser un continuo afn: las
angustias de una semana, engendraban las de la semana siguiente: raros
eran los das de relativo descanso. Para atenuar las horas tristes,
sacaban fuerzas de flaqueza, alegrando con afectadas fantasmagoras los
ratos de la noche, cuando se vean libres de acreedores molestos y de
reclamaciones enfadosas. Fue preciso hacer nuevas mudanzas, buscando la
baratura, y del _Olmo_ pasaron al _Saco_, y del _Saco_ al _Almendro_.
Por esta fatalidad de los nombres de rboles en las calles donde
vivieron, parecan pjaros que volaban de rama en rama, dispersados por
las escopetas de los cazadores o las pedradas de los chicos.

En una de las tremendas crisis de aquel tiempo, tuvo Benina que acudir
nuevamente al fondo de su cofre, donde esconda el _gato_ o montepo,
producto de sus descuentos y sisas. Ascenda el montn a diez y siete
duros. No pudiendo decir a su seora la verdad, sali con el cuento de
que una prima suya, la Rosaura, que comerciaba en miel alcarrea, le
haba dado unos duros para que se los guardara. Dame, dame todo lo que
tengas, Benina, as Dios te conceda la gloria eterna, que yo te lo
devolver doblado cuando los primos de Ronda me paguen lo del pejugar...
ya sabes... es cosa de das... ya viste la carta.

Y revolviendo en el fondo del bal, entre mil baratijas y los de
trapos, sac la sisona doce duros y medio y los dio a su ama dicindole:
Es todo lo que tengo. No hay ms: puede creerlo; es tan verdad como que
nos hemos de morir.

No poda remediarlo. Descontaba su propia caridad, y sisaba en su
limosna.




VIII


Tantas desdichas, parecer mentira, no eran ms que el prembulo del
infortunio grande, aterrador, en que el infeliz linaje de los Jurez y
Zapatas haba de caer, la boca del abismo en que sumergido le hallamos
al referir su historia. Desde que vivan en la calle del Olmo, Doa
Francisca fue abandonada de la sociedad que la ayud a dar al viento su
fortuna, y en las calles del Saco y Almendro desaparecieron las pocas
amistades que le restaban. Por entonces la gente de la vecindad, los
tenderos chasqueados y las personas que de ella tenan lstima empezaron
a llamarla _Doa Paca_, y ya no hubo forma de designarla con otro
nombre. Gentezuelas desconsideradas y groseras solan aadir al nombre
familiar algn mote infamante: _Doa Paca la tramposa_, _la Marquesa del
infundio_.

Est visto que Dios quera probar a la dama rondea, porque a las
calamidades del orden econmico aadi la grande amargura de que sus
hijos, en vez de consolarla, despuntando por buenos y sumisos, agobiaran
su espritu con mayores mortificaciones, y clavaran en su corazn
espinas muy punzantes. Antoito, defraudando las esperanzas de su mam,
y esterilizando los sacrificios que se haban hecho para encarrilarle en
los estudios, sali de la piel del diablo. En vano su madre y Benina,
sus dos madres ms bien, se desvivan por quitarle de la cabeza las
malas ideas: ni el rigor ni las blanduras daban resultado. Se repeta el
caso de que, cuando ellas crean tenerle conquistado con carantoas y
mimos, l las engaaba con fingida sumisin, y escamotendoles la
voluntad, se alzaba con el santo y la limosna. Era muy listo para el
mal, y hallbase dotado de seducciones raras para hacerse perdonar sus
travesuras. Saba esconder su astuta malicia bajo apariencias
agradables; a los diez y seis aos engaaba a sus madres como si fueran
nias; traa falsos certificados de exmenes; estudiaba por apuntes de
los compaeros, porque venda los libros que se le haban comprado. A
los diez y nueve aos, las malas compaas dieron ya carcter grave a
sus diabluras; desapareca de la casa por dos o tres das, se
embriagaba, se qued en los huesos. Uno de los principales cuidados de
las dos madres era esconder en las entraas de la tierra la poca moneda
que tenan, porque con l no haba dinero seguro. La sacaba con arte
exquisito del seno de Doa Paca, o del bolso mugriento de Benina.
Arramblaba por todo, fuera poco, fuera mucho. Las dos mujeres no saban
qu escondrijos inventar, ni en qu profundidades de la cocina o de la
despensa esconder sus mezquinos tesoros.

Y a pesar de esto, su madre le quera entraablemente, y Benina le
adoraba, porque no haba otro con ms arte y ms refinado histrionismo
para fingir el arrepentimiento. A sus delirios seguan comnmente das
de recogimiento solitario en la casa, derroche de lgrimas y suspiros,
protestas de enmienda, acompaadas de un febril besuqueo de las caras de
las dos madres burladas... El blando corazn de estas, engaado por tan
bonitas demostraciones, se dejaba adormecer en la confianza cmoda y
fcil, hasta que, de improviso, del fondo de aquellas zalameras,
verdaderas o falsas, saltaba el ladronzuelo, como diablillo de trampa en
el centro de una caja de dulces, y... otra vez el muchacho a sus
correras infames, y las pobres mujeres a su desesperacin.

Por desgracia o por fortuna (y vaya usted a saber si era fortuna o
desgracia), ya no haba en la casa cubiertos de plata, ni objeto alguno
de metal valioso. El demonio del chico haca presa en cuanto encontraba,
sin despreciar las cosas de valor nfimo; y despus de arramblar por los
paraguas y sombrillas, la emprendi con la ropa interior, y un da, al
levantarse de la mesa, aprovechando un momento de descuido de sus madres
y hermana, escamote el mantel y dos servilletas. De su propia ropa no
se diga: en pleno invierno andaba por las calles sin abrigo ni capa,
respetado de las pulmonas, protegido sin duda contra ellas por el fuego
interior de su perversidad. Ya no saban Doa Paca y Benina dnde
esconder las cosas, pues teman que les arrebatara hasta la camisa que
llevaban puesta. Baste decir que desaparecieron en una noche las
vinajeras, y un estuchito de costura de Obdulia; otra noche dos planchas
y unas tenacillas, y sucesivamente elsticas usadas, retazos de tela, y
multitud de cosas tiles aunque de valor insignificante. Libros no
haba ya en la casa, y Doa Paca no se atreva ni a pedirlos prestados,
temerosa de no poder devolverlos. Hasta los de misa haban volado, y
tras ellos, o antes que ellos, gemelos de teatro, guantes en buen uso, y
una jaula sin pjaro.

Por otro estilo, y con organismo totalmente distinto del de su hermano,
la nia daba tambin mucha guerra. Desde los doce aos se desarroll en
ella el neurosismo en un grado tal, que las dos madres no saban cmo
templar aquella gaita. Si la trataban con rigor, malo; si con mimos,
peor. Ya mujer, pasaba sin transicin de las inquietudes epilpticas a
una languidez mortecina. Sus melancolas intensas aburran a las pobres
mujeres tanto como sus excitaciones, determinantes de una gran actividad
muscular y mental. La alimentacin de Obdulia lleg a ser el problema
capital de la casa, y entre las desganas y los caprichos famlicos de la
nia, las madres perdan su tiempo, y la paciencia que Dios les haba
concedido al por mayor. Un da le daban, a costa de grandes sacrificios,
manjares ricos y substanciosos, y la nia los tiraba por la ventana;
otro, se hartaba de bazofias que le producan horroroso flato. Por
temporadas se pasaba das y noches llorando, sin que pudiera averiguarse
la causa de su duelo; otras veces se sala con un geniecillo
displicente y quisquilloso que era el mayor suplicio de las dos mujeres.
Segn opinin de un mdico que por lstima las visitaba, y de otros que
tenan consulta gratuita, todo el desorden nervioso y psicolgico de la
nia era cuestin de anemia, y contra esto no haba ms teraputica que
el tratamiento ferruginoso, los buenos filetes y los baos fros.

Era Obdulia bonita, de facciones delicadas, tez opalina, cabello
castao, talle sutil y esbelto, ojos dulces, habla modosita y dengosa
cuando no estaba de morros. No puede imaginarse ambiente menos adecuado
a semejante criatura, maosa y enfermiza, que la miseria en que haba
crecido y viva. Por intervalos se notaban en ella sntomas de
presuncin, anhelos de agradar, preferencias por estas o las otras
personas, algo que indicaba las inquietudes o anuncios del cambio de
vida, de lo cual se alegraba Doa Paca, porque tena sus proyectos
referentes a la nia. La buena seora se habra desvivido por
realizarlos, si Obdulia se equilibrara, si atendiera al complemento de
su educacin, bastante descuidada, pues escriba muy mal, e ignoraba los
rudimentos del saber que poseen casi todas las nias de la clase media.
La ilusin de Doa Paca era casarla con uno de los hijos de su primo
Matas, propietario rondeo, chicos guapines y bien criados, que
seguan carrera en Sevilla, y alguna vez venan a Madrid por San
Isidro. Uno de ellos, Currito Zapata, gustaba de Obdulia: casi se
entablaron relaciones amorosas que por el carcter de la nia y sus
extravagancias melindrosas no llegaron a formalizarse. Pero la madre no
abandonaba la idea, o al menos, acaricindola en su mente, con ella se
consolaba de tantas desdichas.

De la noche a la maana, viviendo la familia en la calle del Olmo, se
iniciaron, sin saber cmo, no s qu relaciones telegrficas entre
Obdulia y un chico de enfrente, cuyo padre administraba una empresa de
servicios fnebres. El bigardn aquel no careca de atractivos:
estudiaba en la Universidad y saba mil cosas bonitas que Obdulia
ignoraba, y fueron para ella como una revelacin. Literatura y poesa,
versitos, mil baratijas del humano saber pasaron de l a ella en
cartitas, entrevistas y honestos encuentros.

No miraba esto con buenos ojos Doa Paca, atenta a su plan de casarla
con el rondeo; pero la nia, que tomado haba en aquellos tratos no
pocas lecciones de romanticismo elemental, se puso como loca vindose
contrariada en su espiritual querencia. Le daban por maana y tarde
furiosos ataques epilpticos, en los que se golpeaba la cara y se
araaba las manos; y, por fin, un da Benina la sorprendi preparando
una racin de cabezas de fsforos con aguardiente para ponrsela entre
pecho y espalda. La marimorena que se arm en la casa no es para
referida. Doa Paca era un mar de lgrimas; la nia bailaba el
zapateado, tocando el techo con las manos, y Benina pensaba dar parte al
administrador de _entierros_ para que, mediante una buena paliza u otra
medicina eficaz, le quitase a su hijo aquella pasin de _cosas de
muertos_, _cipreses_ y _cementerios_ de que haba contagiado a la pobre
seorita.

Pasado algn tiempo sin conseguir apartar a la descarriada Obdulia del
trato amoroso con _el chico de la funebridad_, consintindoselo a veces
por va de transaccin con la epilepsia, y por evitar mayores males,
Dios quiso que el conflicto se resolviera de un modo repentino y fcil;
y la verdad, con tal solucin se ahorraban unas y otros muchos
quebraderos de cabeza, porque tambin la _familia fnebre_ andaba a
mojicones con el chico para apartarle del abismo en que arrojarse
quera. Pues sucedi que una maanita la nia supo burlar la vigilancia
de sus dos madres y se escap de la casa; el mancebo hizo lo propio.
Juntronse en la calle, con propsito firme de ir a algn potico lugar
donde pudieran quitarse la miserable vida, bien abrazaditos, expirando
al mismo tiempo, sin que el uno pudiera sobrevivir al otro. As lo
determinaron en los primeros momentos, y echaron a correr pensando
simultneamente en cul sera la mejor manera de matarse, de golpe y
porrazo, sin sufrimiento alguno, y pasando en un tris a la regin pura
de las almas libres. Lejos de la calle del Almendro, se modificaron
repentinamente sus ideas, y con perfecta concordancia pensaron cosas muy
distintas de la muerte. Por fortuna, el chico tena dinero, pues haba
cobrado la tarde anterior una factura de _fretro doble de zinc_ y otra
de un _servicio completo de cama imperial y conduccin con seis
caballos_, _etc_... La posesin del dinero realiz el prodigio de
cambiar las ideas de suicidio en ideas de prolongacin de la existencia;
y variando de rumbo se fueron a almorzar a un caf, y despus a una casa
cercana, de la cual, ya tarde, pasaron a otra donde escribieron a sus
respectivas familias, notificndoles que _ya estaban casados_.

Como casados, propiamente hablando, no lo estaban an; pero el trmite
que faltaba tena que venir necesariamente. El padre del chico se
person en casa de Doa Paca, y all se convino, llorando ella y
pateando l, que no haba ms remedio que reconocer y acatar los hechos
consumados. Y puesto que Doa Francisca no poda dar a su nia dinero o
efectos, ni aun en mnima cantidad para ayuda de un catre, l dara a
_Luquitas_ alojamiento en lo alto del depsito de atades, y un
sueldecillo en la seccin de _Propaganda_. Con esto, y el corretaje que
pudiera corresponderle por _trabajar el gnero_ en las _casas
mortuorias_, colocacin de _artculos de lujo_, o por agencia de
embalsamamientos, podra vivir el flamante matrimonio con honrada
modestia.




IX


No se haba consolado an la desventurada seora de la pena que el
desatino de su hija le causara, y se pasaba las horas lamentndose de su
suerte, cuando entr en quintas Antoito. La pobre seora no saba si
sentirlo o alegrarse. Triste cosa era verle soldado, con el chopo a
cuestas: al fin era seorito, y se le despegaba la vida de los
cuarteles. Pero tambin pensaba que la disciplina militar le vendra muy
bien para corregir sus malas maas. Por fortuna o por desgracia del
joven, sac un nmero muy alto, y qued de reserva. Pasado algn tiempo,
y despus de una ausencia de cuatro das, presentose a su madre y le
dijo que se casaba, que quera casarse, y que si no le daba su
consentimiento l se lo tomara.

Hijo mo, s, s--dijo la madre prorrumpiendo en llanto--. Vete con Dios,
y solitas Benina y yo, viviremos con alguna tranquilidad. Puesto que has
encontrado quien cargue contigo, y tienes ya quien te cuide y te
aguante, all te las hayas. Yo no puedo ms.

A la pregunta de cajn sobre el nombre, linaje y condiciones de la
novia, replic el silbante que la conceptuaba muy rica, y tan buena que
no haba ms que pedir. Pronto se supo que era hija de una sastra, que
pespuntaba con primor, y que no tena ms dote que su dedal.

Bien, nio, bien--le dijo una tarde Doa Paca--. Me he lucido con mis
hijos. Al menos Obdulia, viviendo entre atades, tiene sobre qu caerse
muerta... Pero t, de qu vas a vivir? Del dedal y las puntadas de ese
prodigio? Verdad que como eres tan trabajador y tan econmico,
aumentars las ganancias de ella con tu arreglo. Dios mo, qu
maldicin ha cado sobre m y sobre los mos! Que me muera pronto para
no ver los horrores que han de sobrevenir.

Debe notarse, la verdad ante todo, que desde que empez el noviazgo de
Antoito con la hija de la sastra, se fue corrigiendo de sus maas
rapaces, hasta que se le vio completamente curado de ellas. Su carcter
sufri un cambio radical: mostrndose afectuoso con su madre y con
Benina, resignbase a no tener ms dinero que el poqusimo que le daban,
y hasta en su lenguaje se conoca el trato de personas ms honradas y
decentes que las de antao. Esto fue parte a que Doa Paca le concediera
el consentimiento, sin conocer a la novia ni mostrar ganas de conocerla.
Charlando con su seora de estas cosas, Benina aventur la idea de que
tal vez por aquel torcido sendero de la boda del mequetrefe, vendra la
suerte a la casa, pues la suerte, ya se sabe, no viene nunca por donde
lgicamente se la espera, sino por curvas y vericuetos increbles. No se
daba por convencida Doa Paca, que sintindose minada de una melancola
corrosiva, no vea ya en la existencia ningn horizonte que no fuera
ceudo y tempestuoso. Con hallarse ya las dos mujeres, por la colocacin
de los hijos, en mejores condiciones de reposo y de vida, no se avenan
con su soledad, y echaban de menos a _la familia menuda_; cosa en verdad
muy natural, porque es ley que los mayores conserven el afecto a la
descendencia, aunque esta les martirice, les maltrate y les deshonre.

A poco de celebrarse las dos bodas, trasladose Doa Paca de la calle del
Almendro a la Imperial, buscando siempre baraturas, que al fin y al cabo
no le resolvan el problema de vivir sin recursos. Estos se haban
reducido a cero, porque el resto disponible de la pensin apenas bastaba
para tapar la boca a los acreedores menudos. Casi todos los das del mes
se pasaban en angustiosos arbitrios para reunir cuartos, cosa en extremo
difcil ya, porque no haba en la casa objetos de valor. El crdito en
tiendas o en cajones de la plazuela, habase agotado. De los hijos nada
poda esperarse, y bastante hacan los pobres con asegurar malamente su
propia subsistencia. La situacin era, pues, desesperada, de naufragio
irremediable, flotando los cuerpos entre las bravas olas, sin tabla o
madero a que poder agarrarse. Por aquellos das, hizo la Benina
prodigiosas combinaciones para vencer las dificultades, y dar de comer a
su ama gastando inverosmiles cantidades metlicas. Como tena
conocimiento en las plazuelas, por haber sido en tiempos mejores
excelente parroquiana, no le era difcil adquirir comestibles a precio
nfimo, y gratuitamente huesos para el caldo, trozos de lombardas o
repollos averiados, y otras menudencias. En los comercios para pobres,
que ocupan casi toda la calle de la Ruda, tambin tena buenas amistades
y relaciones, y con poqusimo dinero, o sin ninguno a veces, tomando al
fiado, adquira huevos chicos, rotos y viejos, puados de garbanzos o
lentejas, azcar morena de restos de almacn, y diversas porqueras que
presentaba a la seora como artculo de mediana clase.

Por irona de su destino, Doa Paca, afligida de diversas enfermedades,
conservaba su buen apetito y el gusto de los manjares selectos; gusto y
apetito que en cierto modo venan a ser tambin enfermedad, en aquel
caso de las ms rebeldes, porque en las farmacias, llamadas tiendas de
comestibles, no despachan sin dinero. Con esfuerzos sobrehumanos,
empleando la actividad corprea, la atencin intensa y la inteligente
travesura, Benina le daba de comer lo mejor posible, a veces muy bien,
con delicadezas refinadas. Un profundo sentimiento de caridad la mova,
y adems el ardiente cario que a la triste seora profesaba, como para
compensarla, a su manera, de tantas desdichas y amarguras. Conformbase
ella con chupar algunos huesos y catar desperdicios, siempre y cuando
Doa Paca quedase satisfecha. Pero no por caritativa y cariosa perda
sus maas instintivas; siempre ocultaba a su seora una parte del
dinero, trabajosamente reunido, y la guardaba para formar nuevo fondo y
capital nuevo.

Al ao del casorio, los hijos, que haban entrado en la vida matrimonial
con regular desahogo, empezaron a recibir golpes de la suerte, como si
heredaran la maldicin recada sobre la pobre madre. Obdulia, que no
pudo habituarse a vivir entre cajas de muerto, enferm de hipocondra;
malpari; sus nervios se desataron; la pobreza y las negligencias de su
marido, que de ella no se cuidaba, agravaron sus males constitutivos.
Mezquinamente socorrida por sus suegros, viva en un sotabanco de la
calle de la Cabeza, mal abrigada y peor comida, indiferente a su esposo,
consumindose en letal ociosidad, que fomentaba los desvaros de su
imaginacin.

En cambio, Antoito se haba hecho hombre formal despus de casado, tal
vez por obra y gracia de la virtud, buen juicio y laboriosidad de su
mujer, que sali verdadera alhaja. Pero todos estos mritos, que haban
producido el milagro de la redencin moral de Antonio Zapata, no
bastaban a defenderle de la pobreza. Viva el matrimonio en un cuartito
de la calle de San Carlos, que pareca el interior de una bombonera, y
apenas se entraba en l se vea en todo una mano hacendosa. Para mayor
dicha, el que en otro tiempo perteneci a la clase de los llamados
_golfos_, adquira el hbito y el gusto del trabajo productivo, y no
habiendo cosa mejor en que ocuparse, se haba hecho corredor de
anuncios. Todo el santo da le tenais como un azacn, de comercio en
comercio, de peridico en peridico, y aunque de sus comisiones haba
que descontar el considerable gasto de calzado, siempre le quedaba para
ayuda del cocido, y para aliviar a la Juliana de su enorme tarea en la
_Singer_. Y que la moza no se andaba en chiquitas: su fecundidad no era
inferior a su disposicin casera, porque en el primer parto se trajo dos
gemelos. No hubo ms remedio que poner ama, y una boca ms en la casa
oblig a duplicar los movimientos de la _Singer_ y las correras de
Antoito por las calles de Madrid. Antes de la venida de los gemelos, el
_ex-golfo_ sola sorprender a su madre con esplendideces y rasgos de
amor filial, que eran las nicas alegras saboreadas por la infeliz
seora en mucho tiempo: le llevaba una peseta, dos pesetas, a veces
medio duro, y Doa Paca lo agradeca ms que si sus parientes de Ronda
le regalaran un cortijo. Pero desde que se posesionaron de la casa los
mellizos, vidos de vida y de leche, que haba que formar con buenos
alimentos, el dichoso y asendereado padre no pudo obsequiar a la
abuelita con los sobrantes de su ganancia, porque no los tena. Ms que
para dar estaba para que le dieran.

Al contrario de este matrimonio, el de los _funerarios_, Luquitas y
Obdulia, iba mal, porque el esposo se distraa de sus obligaciones
domsticas y de su trabajo; frecuentaba demasiado el caf, y quizs
lugares menos honestos, por lo cual se le priv de la cobranza de
facturas de servicios mortuorios. Obdulia no tena ni asomos de
arreglo; pronto se vio agobiada de deudas; cada lunes y cada martes
enviaba recaditos a su madre con la portera, pidindole cuartos, que
Doa Paca no poda darle. Todo esto era ocasin de nuevos afanes y
cavilaciones para Benina, que amaba entraablemente a la seorita de la
casa, y no poda verla con hambre y necesidad, sin tratar al instante de
socorrerla segn sus medios. No slo tena que atender a su casa, sino a
la de Obdulia, cuidando de que lo ms preciso no faltase en ella. Qu
vida, qu fatigas horrorosas, qu pugilato con el destino, en las
sombras ttricas de la miseria vergonzante, que tiene que guardar el
crdito, mirar por el decoro! La situacin lleg a ser un da tan
extremadamente angustiosa, que la heroica anciana, cansada de mirar a
cielo y tierra por si inopinadamente caa algn socorro, perdido el
crdito en las tiendas, cerrados todos los caminos, no vio ms arbitrio
para continuar la lucha que poner su cara en vergenza saliendo a pedir
limosna. Hzolo una maana, creyendo que lo hara por nica vez, y
sigui luego todos los das, pues la fiera necesidad le impuso el triste
oficio mendicante, privndola en absoluto de todo otro medio de atender
a los suyos. Lleg por sus pasos contados, y no poda menos de llegar y
permanecer all hasta la muerte, por ley social, econmica, si es que
as se dice. Mas no queriendo que su seora se enterase de tanta
desventura, arm el enredo de que le haba salido una buena _proporcin_
de asistenta, en casa de un seor eclesistico, alcarreo, tan piadoso
como adinerado. Con su presteza imaginativa bautiz al fingido
personaje, dndole, para engaar mejor a la seora, el nombre de D.
Romualdo. Todo se lo crey Doa Paca, que rezaba algunos Padrenuestros
para que Dios aumentase la piedad y las rentas del buen sacerdote, por
quien Benina tena algo que traer a casa. Deseaba conocerle, y por las
noches, engaando las dos su tristeza con charlas y cuentos, le peda
noticias de l y de sus sobrinas y hermanas, de cmo estaba puesta la
casa, y del gasto que hacan; a lo que contestaba Benina con detalladas
referencias y pormenores, simulacro perfecto de la verdad.




X


Pues seor, atando ahora el cabo de esta narracin, sigo diciendo que
aquel da comi la seora con buen apetito, y mientras tomaba los
alimentos adquiridos con el duro del ciego Almudena, digera fcilmente
los piadosos engaos que su criada y compaera le iba metiendo en el
cuerpo. Haba llegado a tener Doa Paca tal confianza en la disposicin
de Benina, que apenas se inquietaba ya por las dificultades del maana,
segura de que la otra las haba de vencer con su diligencia y
conocimiento del mundo, valindole de mucho la proteccin del bendito D.
Romualdo. Ama y criada comieron juntas, y de sobremesa Doa Paca le
deca: No debes escatimar el tiempo a esos seores; y aunque tu
obligacin es servirles no ms que hasta las doce, si algn da quieren
que te ests all por la tarde, estate, mujer, que ya me entender yo
aqu como pueda.

--Eso no--respondi Benina--, que tiempo hay para todo, y yo no puedo
faltar de aqu. Ellos son gente buena, y se hacen cargo...

--Bien se les conoce. Yo le pido al Seor que les premie el buen trato
que te dan, y mi mayor alegra hoy sera saber que a D. Romualdo me le
hacan obispo.

--Pues ya suena el run run de que van a proponerle; s, seora, obispo de
no s qu punto, all en las islas de Filipinas.

--Tan lejos? No, eso no. Por ac tienen que dejarle para que haga mucho
bien.

--Lo mismo piensa la Patros, sabe? la mayor de las sobrinas.

--Esa que me has dicho tiene el pelo entrecano y bizca un poco?

--No; esa es la otra.

--Ya, ya... Patros es la que tartamudea, y padece de temblores.

--Esa. Pues dice que a dnde van ellas por esos mares de tan lejos... No,
no; ms vale simple cura por aqu, que arzobispo all, donde, segn
dicen, son las doce del da cuando aqu tenemos las doce de la noche.

--En los antpodas.

--Pero la hermana, Doa Josefa, dice que venga la mitra, y sea donde Dios
quisiere, que ella no teme ir al fin del mundo, con tal de ver al
reverendsimo en el puesto que le corresponde.

--Puede que tenga razn. Y qu hemos de hacer nosotras ms que
conformarnos con la voluntad del Seor, si nos llevan tan lejos al que,
amparndote a ti, a m tambin me ampara? Ya sabe Dios lo que hace, y
hasta podra suceder que lo que creemos un mal fuera un bien, y que el
buen D. Romualdo, al marcharse, nos dejara bien recomendadas a un obispo
de ac, o al propio Nuncio...

--Yo creo que s. En fin, all veremos.

No pas de aqu la conversacin referente al imaginario sacerdote, a
quien Doa Paca conoca ya como si le hubiera visto y tratado,
forjndose en su mente un tipo real con los elementos descriptivos y
pintorescos que Benina un da y otro le daba. Pero lo dems que
picotearon se queda en el tintero para dar lugar a cosas de mayor
importancia.

Cuntame, mujer. Y Obdulia qu dice?

--Pues nada. Qu ha de decir la pobre? El pillo de Luquitas no parece
por all hace dos das. Asegura la nia que tiene dinero, que cobr de
un _embalsamado_, y se lo gasta con unas pendangas de la calle del
Bonetillo.

--Jess me valga! Y su padre, qu hace?

--Reprenderle, castigarle, si le coge a mano. Lo que es a ese no le
enderezan ya. A la nia le mandan comida de casa de los padres; pero tan
tasada, que no le llega al colmillo. Se morira de hambre si no le
llevara yo lo que le llevo. Pobre ngel! Pues ver usted: estos das me
la he encontrado contenta. Ya sabe usted que la nia es as. Cuando hay
ms motivos para que est alegre, se pone a llorar; cuando debiera estar
triste, se pone como unas castauelas. Slo Dios entiende aquella
zampoa y la manera de templarla. Pues la he visto contenta, s seora,
y es porque da en figurarse cosas buenas. Ms vale as. Es de las que se
creen todo lo que fabrican ellas mismas en su cabeza. De este modo, son
felices cuando debieran ser desgraciadas.

--Pues si le da por lo contrario, aydame t a sentir... Y estaba sola,
enteramente sola con la chica?

--No, seora: all estaba ese caballero tan fino que la acompaa algunas
maanas; ese que es de la familia de los Delgados, paisanos de usted.

--Ya... Frasquito Ponte. Figrate si lo conocer. Es de mi tierra, o de
Algeciras, que viene a ser lo mismo. Ha sido elegantn y se empea en
serlo todava... porque te advierto que es ms viejo que un palmar...
Buena persona, caballero de principios, y que sabe tratar con damas, de
estos que no se estilan ya, pues ahora todo es grosera y mala
educacin. Viene a ser Ponte cuado de unas primas de mi esposo, porque
su hermana cas con... en fin, ya no me acuerdo del parentesco. Me
alegro de que trate a mi hija, pues a esta le convienen relaciones de
sujetos dignos, decentes y de buena posicin.

--Pues la posicin del tal D. Frasquito me parece a m que es como la del
que est montado al aire, lo mismo que los brillantes.

--En mis tiempos era un soltern que se daba buena vida. Tena un buen
empleo, coma en casas grandes, y se pasaba las noches en el Casino.

--Pues debe de estar ahora ms pobre que una rata, porque las noches se
las pasa...

--Dnde?

--En los palacios encantados de la _se_ Bernarda, calle de Medioda
Grande... la casa de dormir, sabe?

--Qu me cuentas?

--Ese Ponte duerme all cuando tiene los tres reales que cuesta la cama,
en el dormitorio de primera.

--T ests trastornada, Benina.

--Le he visto, seora. La Bernarda es amiga ma. Fue la que nos prest
los ocho duros aquellos, sabe? cuando la seora tuvo que sacar cdula
con recargo, y pagar un poder para mandarlo a Ronda.

--Ya... la que vena todos los das a reclamar la deuda y nos frea la
sangre.

--La misma. Pues con todo, es buena mujer. No nos hubiera reclamado _por
justicia_, aunque nos amenazaba. Otras son peores. Sepa usted que est
rica, y con las seis casas de dormir que tiene, no le baja de cuarenta
mil duros lo que ha ganado, s seora, y todo ello lo ha puesto en el
Banco, y vive del inters.

--Qu cosas se ven! Bueno est el mundo... Pues volviendo al _caballero
Ponte_, que as le llamaban en Andaluca, si es tan pobre como dices,
dar lstima verle... Y ms vale as, porque la reputacin de la nia
podra sufrir algo, si en vez de ser el tal una ruina, un pobre mendigo
de levita, fuera un galn de posibles, aunque viejo.

--Yo creo--dijo Benina riendo, pues su condicin jovial se mostraba en
cuantito que los afanes de la vida le daban un respiro--, que va all...
para que le embalsamen... Buena falta le hace. Y que se den prisa, antes
que est _corruto_.

Doa Paca se ri un poco con aquellas ocurrencias, y despus pidi
informes de la otra familia.

Al nio no le he visto ni hoy ni ayer--respondi Benina--; pero me ha
dicho la Juliana que anda corriendo ahora como las mismas exhalaciones,
porque, con esto del trancazo, le han salido muchos anunciantes de
medicinas. Piensa ganar mucho dinero y _echar_ l un peridico, todo de
cosas de tienda, poniendo, un suponer, dnde venden este artculo o el
otro artculo. Los dos mellizos parecen dos rollos de manteca; pero
buenos cocidos y buenos guisados les cuestan, que el ama se sabe cundo
empieza a comer, pero no cundo acaba. La Juliana me dijo que probaremos
algo de la _matanza_ que le ha de mandar su to el da del santo, y
adems dos cortes de botinas, de las echadas a perder en la zapatera
para donde ella pespunta.

--Es buena esa chica--dijo con gravedad Doa Paca--, aunque tan ordinaria,
que no empareja ni emparejar nunca conmigo. Sus regalos me ofenden,
pero se los agradezco por la buena voluntad... En fin, es hora de que
nos acostemos. Pues ya me parece que va medio hecha la digestin,
preprame la medicina para dentro de media hora. Esta noche me siento
ms cargada de las piernas, y con la vista muy perdida. Santo Dios, si
me quedar ciega! Yo no s qu es esto. Como bien, gracias a Dios, y la
vista se me va de da en da, sin que me duelan los ojos. Ya no paso las
noches en vela, gracias a ti, que todo lo discurres por m, y al
despertar, veo las cosas borradas y las piernas se me hacen de algodn.
Yo digo: qu tiene que ver el rema con la visual? Me mandan que pasee.
Pero a dnde voy yo con esta facha, sin ropa decente, temiendo
tropezarme a cada paso con personas que me conocieron en otra posicin,
o con esos tipos ordinarios y soeces a quien se debe alguna cantidad?.

Acordose al or esto Benina de lo ms importante que tena que decir a
su seora aquella noche, y no queriendo dejarlo para ltima hora, por
temor a que se desvelara, antes de que salieran de la cocina, y mientras
una y otra recogan las escasas piezas de loza para fregarlas, no
desdendose Doa Francisca de este bajo servicio, le dijo en el tono
ms natural que usar saba:

Ah! ya no me acordaba... qu cabeza tengo! Hoy me encontr al Sr. D.
Carlos Moreno Trujillo.

Quedose Doa Paca suspensa, y poco falt para que se le cayera de las
manos el plato que estaba lavando.

D. Carlos... Pero has dicho D. Carlos? Y qu... te habl, te pregunt
por m?

--Naturalmente, y con un inters que...

--Es de veras? A buenas horas se acuerda de m ese avaro, que me ha
visto caer en la miseria, a m, a la cuada de su mujer... pues Purita y
mi Antonio eran hermanos, ya sabes... y no ha sido para tenderme una
mano...

--El ao pasado, tal da como hoy, cuando se qued viudo, mand a la
seora un socorrito.

--Seis duros! Qu vergenza!--exclam Doa Paca, dando vueltas a su
indignacin y a la inquina y despecho acumulados en su alma durante
tantos aos de oprobio y escasez--. La cara se me pone como fuego al
decirlo. Seis duros! y unos pingajos de Purita, guantes sucios, faldas
rotas, y un traje de sociedad, antiqusimo, de cuando se cas la
Reina... Para qu me sirvieron aquellas porqueras?... En fin, sigue
contando: le encontraste, a qu hora, en qu sitio?

--Seran las doce y media. l sala de San Sebastin...

--Ya s que se pasa toda la maana de iglesia en iglesia, royendo peanas.
Dices que a las doce y media? Pues si a esa hora estabas t sirviendo
el almuerzo a D. Romualdo!.

No era Benina mujer que se acobardaba por esta cogida. Su mente, fecunda
para el embuste, y su memoria felicsima para ordenar las mentiras que
antes haba dicho y hacerlas valer en apoyo de la mentira nueva, la
sacaron del apuro.

Pero no dije a usted que cuando ya haban puesto la mesa, faltaba una
ensaladera, y tuve que ir a comprarla de prisa y corriendo a la plaza
del ngel, esquina a Espoz y Mina?

--Si me lo dijiste, no me acuerdo. Pero cmo dejabas la cocina momentos
antes de servir el almuerzo?

--Porque la zagala que tenemos no sabe las calles, y adems, no entiende
de compras. Hubiera tardado un siglo, y de fijo nos trae una jofaina en
vez de una ensaladera... Yo fui volando, mientras la Patros se quedaba
en la cocina... que lo entiende, crea usted que lo entiende tanto como
yo, o ms... En fin, que me encontr al vejestorio de D. Carlos.

--Pero si para ir de la calle de la Greda a Espoz y Mina no tenas que
pasar por San Sebastin, mujer.

--Digo que l sala de San Sebastin. Le vi venir de all, mirando al
reloj de Canseco. Yo estaba en la tienda. El tendero sali a saludarle.
D. Carlos me vio; hablamos...

--Y qu te dijo? Cuntame qu te dijo.

--Ah!... Me dijo, me dijo... Preguntome por la seora y por los nios.

--Qu le importarn a ese corazn de piedra la madre ni los hijos! Un
hombre que tiene en Madrid treinta y cuatro casas, segn dicen, tantas
como la edad de Cristo y una ms; un hombre que ha ganado dinerales
haciendo contrabando de gneros, untando a los de la Aduana y engaando
a medio mundo, venirse ahora con cariitos! A buenas horas, mangas
verdes... Le diras que le desprecio, que estoy por dems orgullosa con
mi miseria, si miseria es una barrera entre l y yo... Porque ese no se
acerca a los pobres sino con su cuenta y razn. Cree que repartiendo
limosnas de ochavo, y proporcionndose por poco precio las oraciones de
los humildes, podr engaar al de arriba y estafar la gloria eterna, o
colarse en el cielo de contrabando, hacindose pasar por lo que no es,
como introduca el hilo de Escocia declarndolo percal de a real y medio
la vara, con marchamos falsos, facturas falsas, certificados de origen
falsos tambin... Le has dicho eso? Di, se lo has dicho?




XI


--No le he dicho eso, seora, ni haba para qu--replic Benina, viendo
que Doa Francisca se excitaba demasiado, y que toda la sangre al rostro
se le suba.

--Pero t no recordars lo que hicieron conmigo l y su mujer, que
tambin era _Alejandro en puo_. Pues cuando empezaron mis desastres, se
aprovechaban de mis apuros para hacer su negocio. En vez de ayudarme,
tiraban de la cuerda para estrangularme ms pronto. Me vean devorada
por la usura, y no eran para ofrecerme un prstamo en buenas
condiciones. Ellos pudieron salvarme y me dejaron perecer. Y cuando me
vea yo obligada a vender mis muebles, ellos me compraban, por un pedazo
de pan, la sillera dorada de la sala y los cortinones de seda...
Estaban al acecho de las gangas, y al verme perdida, amenazada de un
embargo, claro... se presentaban como salvadores... Qu me dieron por
el San Nicols de Tolentino, de escuela sevillana, que era la joya de la
casa de mi esposo, un cuadro que l estimaba ms que su propia vida?
Qu me dieron? Veinticuatro duros, Benina de mi alma, veinticuatro
duros! Como que me cogieron en una hora tonta, y yo, muerta de ansiedad
y de susto, no saba lo que me haca. Pues un seor del Museo me dijo
despus que el cuadro no vala menos de diez mil reales... Ya ves qu
gente! No slo desconocieron siempre la verdadera caridad, sino que ni
por el forro conocan la delicadeza. De todo lo que recibamos de Ronda,
peros, pionate y alfajores, le mandbamos a Pura una buena parte. Pues
ellos cumplan con una bandejita de dulces el da de San Antonio, y
alguna cursilera de bazar en mi cumpleaos. D. Carlos era tan gorrn,
que casi todos los das se dejaba caer en casa a la hora a que tombamos
caf... y cmo se relama! Ya sabes que el de su casa no era ms que
agua de fregar. Y si bamos al teatro juntos, convidados a mi palco,
siempre se arreglaban de modo que comprase Antonio las entradas... De la
grosera con que utilizaban a todas horas nuestro coche, nada te digo.
Ya recordars que el mismo da en que ajustamos la venta de la sillera,
se estuvieron paseando en l todita la tarde, dndose un pisto
estrepitoso en la Castellana y Retiro.

No quiso Benina quitarle la cuerda con interrupciones y negativas,
porque saba que cuando se disparaba en aquel tema, era mejor dejar que
le diese todas las vueltas. Hasta que no puso la seora el punto,
sofocada y casi sin aliento, no se aventur a decirle: Pues D. Carlos
me mand que fuera a su casa maana.

--Para qu?

--Para hablar conmigo...

--Como si lo viera. Querr mandarme una limosna... Justamente: hoy es el
aniversario de la muerte de Pura... Se saldr con alguna porquera.

--Quin sabe, seora! Puede que se arranque...

--Ese? Ya estoy viendo que te pone en la mano un par de pesetas o un par
de duros, creyendo que por este rasgo han de bajar los ngeles, tocando
violines y guitarras, a ensalzar su caridad. Yo que t, rechazara la
limosna. Mientras tengamos a nuestro D. Romualdo, podemos permitirnos un
poquito de dignidad, Nina.

--No nos conviene. Podra incomodarse y decir, un suponer, que es usted
orgullosa y qu s yo qu.

--Que lo diga. Y a quin se lo va a decir?

--Al propio D. Romualdo, de quien es amigote. Todos los das le oye la
misa, y despus echan un parrafito en la sacrista.

--Pues haz lo que quieras. Y por lo que pueda sobrevenir, cuntale a D.
Romualdo quin es D. Carlos, y hazle ver que sus devociones de ltima
hora no son de recibo. En fin, yo s que no has de dejarme mal, y ya me
contars maana lo que saques de la visita, que ser lo que el negro del
sermn.

Algo ms hablaron. Benina procuraba extinguir y enfriar la conversacin,
evitando las rplicas y dando a estas tono conciliador. Pero la seora
tard en dormirse, y la criada tambin, pasndose parte de la noche en
la preparacin mental de sus planes estratgicos para el da siguiente,
que sera, sin duda, muy dificultoso, si no tena la suerte de que D.
Carlos le pusiera en la mano una buena porrada de duros... que bien
podra ser.

A la hora fijada por el Sr. de Moreno Trujillo, ni minuto ms ni minuto
menos, llamaba Benina a la puerta del principal de la calle de Atocha, y
una criada la introdujo en el despacho, que era muy elegante, todos los
muebles igualitos en color y hechura. Mesa de ministro ocupaba el
centro, y en ella haba muchos libros y fajos de papeles. Los libros no
eran _de leer_, sino de cuentas, todo muy limpio y ordenadito. La pared
del centro ostentaba el retrato de Doa Pura, cubierto con una gasa
negra, en marco que pareca de oro puro. Otros retratos de fotografa,
que deban de ser de las hijas, yernos y nietecillos de D. Carlos,
veanse en diversas partes de la estancia. Junto al cuadro grande, y
pegadas a l, como las ofrendas o ex-votos en el altar, pendan multitud
de coronas de trapo con figuradas rosas, violetas y narcisos, y luengas
cintas negras con letras de oro. Eran las coronas que haba llevado la
seora en su entierro, y que D. Carlos quiso conservar en casa, porque
no se estropeasen en la intemperie del camposanto. Sobre la chimenea,
nunca encendida, haba un reloj de bronce con figuras, que no andaba, y
no lejos de all un almanaque americano, en la fecha del da anterior.

Al medio minuto de espera entr D. Carlos, arrastrando los pies, con
gorro de terciopelo calado hasta las orejas, y la capa de _andar por
casa_, bastante ms vieja que la que usaba para salir. El uso continuo
de esta prenda, aun ms all del 40 de Mayo, se explica por su
aborrecimiento de estufas y braseros que, segn l, son la causa de
tanta mortandad. Como no estaba embozado, pudo Benina observar que traa
cuellos y puos limpios, y gruesa cadena de reloj, galas que sin duda
respondan a la etiqueta del aniversario. Con un inconmensurable pauelo
de cuadros se limpiaba la continua destilacin de ojos y narices;
despus se son con estrpito dos o tres veces, y viendo a Benina en
pie, la mand sentar con un gesto, y l ocup gravemente su sitio en el
silln, compaero de la mesa, el cual era de respaldo alto y tallado,
al modo de sitial de coro. Benina descans en el filo de una silla, como
todo lo dems, de roble con blando asiento de terciopelo verde.

Pues la he llamado a usted para decirle....

Pausa. La cabeza de D. Carlos hallbase afectada de un crnico temblor
nervioso, movimiento lateral como el que usamos para la denegacin. Este
_tic_ se acentuaba o era casi imperceptible, segn los grados de
excitacin del individuo.

Para decirle....

Otra pausa, motivada por un golpe de destilacin. D. Carlos se limpi
los ojos ribeteados de rojo, y se frot la recortada barba, la cual no
tena ms razn de ser que la pereza de afeitarse. Desde la muerte de su
esposa, el buen seor, que slo por ella y para ella se rapaba la cara,
quiso aadir a tantas demostraciones de duelo el luto de su rostro,
dejndolo cubrir, como de una gasa, de pelos blancos, negros y
amarillos.

Pues para decirle a usted que lo que le pasa a la Francisca, y el
encontrarse ahora en condicin tan baja, es por no haber querido llevar
cuentas. Sin buen arreglo, no hay riqueza que no venga a parar en la
mendicidad. Con orden, los pobres se hacen ricos. Sin orden, los
ricos...

--Paran en pobres, s, seor,--dijo humildemente Benina, que, aunque ya
saba todo aquello, quiso recibir la mxima como si fuera descubrimiento
reciente de D. Carlos.

--Francisca ha sido siempre una mala cabeza. Bien se lo decamos mi
seora y yo: Francisca, que te pierdes, que te vas a ver en la
miseria, y ella... tan tranquila. Nunca pudimos conseguir que apuntara
sus gastos y sus ingresos. Hacer ella un nmero? Antes la mataran. Y el
que no hace nmeros, est perdido. Con decirle a usted que no supo
jams lo que deba, ni en qu fecha vencan los pagars!

--Verdad, seor, mucha verdad--dijo Benina suspirando, en expectativa de
lo que D. Carlos le dara despus de aquel sermn.

--Porque usted calcule... si yo tengo en mi vejez un buen pasar para m y
para mis hijos; si no me falta una misa en sufragio del alma de mi
querida esposa, es porque llev siempre con mtodo y claridad los
negocios de mi casa. Hoy mismo, retirado del comercio, llevo al da la
contabilidad de mis gastos particulares, y no me acuesto sin pasar todos
los apuntes a la agenda, y luego, en los ratitos libres, lo paso al
Mayor. Vea usted, valo para que se convenza--aadi marcando ms el
temblor negativo--. Lo que yo quisiera es que Francisca pudiera
aprovechar esta leccin. An no es tarde... Entrese usted.

Y cogi un libro, y despus otro, y los fue mostrando a la Benina, que
se acerc para ver tanta maravilla numrica.

Fjese usted. Aqu apunto el gasto de la casa, sin que se me pase nada,
ni aun los cinco cntimos de una caja de fsforos; los cuartos del
cartero, todo, todo... En este otro chiquitn, las limosnas que hago y
lo que empleo en sufragios. Limosnas diarias, tanto. Limosnas mensuales,
cunto. Despus lo paso todo al Mayor, donde se puede saber, da por
da, lo que gasto, y hacer el balance... Usted calcule: si Francisca
hubiera hecho balance, no estara como est.

--Cierto, seor, muy cierto. Y yo le digo a la seora que haga balance,
que lleve todo por apuntacin, lo que entra como lo que sale. Mas ella,
como ya no es nia, no puede apencar por la buena costumbre. Pero es un
ngel, seor, y no hay que reparar en si apunta o no apunta para
socorrerla.

--Nunca es tarde para entrar por el aro, como quien dice. Yo le aseguro a
usted que si hubiera visto en Francisca siquiera intenciones o deseos de
llevar sus cuentas en regla, le hubiera prestado... prestar no, le
hubiera facilitado medios de llegar a la nivelacin. Pero es una cabeza
destornillada; convenga usted conmigo en que es una cabeza
destornillada.

--S, seor, convengo en ello.

--Y se me ha ocurrido... para eso la he llamado a usted... se me ha
ocurrido que el mejor donativo que puedo hacer a esa desgraciada es
este.

Dicindolo, D. Carlos cogi un libro largo y estrecho, nuevecito, y lo
puso delante de s para que Benina lo cogiera. Era una agenda.

Vea usted--dijo el buen seor hojeando el libro--: aqu estn todos los
das de la semana. Fjese bien: a un lado, la columna del _Debe_; a
otro, la del _Haber_. Vea cmo en los gastos se marcan los artculos:
carbn, aceite, lea, etc... Pues qu trabajo cuesta ir poniendo aqu
lo que se gasta, y en esta otra parte lo que ingresa?

--Pero si a la seora no le ingresa nada.

--Caramelos!--exclam Trujillo dando una palmada sobre el libro--. Algo
habr, porque su poco de consumo hacen ustedes, y para ese consumo
alguna cantidad, corta o larga, chica o grande, han de tener. Y lo que
usted saca de las limosnas, por qu no ha de anotarse? Vamos a ver,
por qu no ha de anotarse?.

Benina le mir entre colrica y compadecida. Pero ms pudo la ira que la
lstima, y hubo un momento, un segundo no ms, en que le falt poco para
coger el libro y estamprselo en la cabeza al Sr. D. Carlos. Conteniendo
su furor, y para que el monomanaco de la contabilidad no se lo
conociera, le dijo con forzada sonrisa: De modo que el seor apunta las
perras que nos da a los pobres de San Sebastin.

--Da por da--replic el anciano con orgullo, moviendo ms la cabeza--. Y
puedo decirle a usted, si quiere saberlo, lo que he dado en tres meses,
en seis, en un ao.

--No, no se moleste, seor--indic Benina, sintiendo otra vez ganas de
darle un papirotazo--. Llevar el libro, si usted quiere. La seora se lo
agradece mucho, y yo tambin. Pero no tenemos pluma ni lpiz para un
remedio.

--Todo sea por Dios. En qu casa, por pobre que est, no hay recado de
escribir? Se ofrece echar una firma, tomar una cuenta, apuntar un nombre
o seas de casa para que no se olviden... Tome usted este lpiz, que ya
est afilado, y llveselo tambin, y cuando se le gaste la punta, se la
saca usted con el cuchillo de la cocina.

Y a todas estas, D. Carlos no hablaba de darle ningn socorro positivo,
concretando su caridad a la ofrenda del libro, que deba ser fundamento
del orden administrativo en la desquiciada hacienda de Doa Francisca
Jurez. Al verle mover los labios para seguir hablando, y echar mano a
la llave puesta en el cajn de la izquierda, Benina sinti grande
alegra.

No hay ni puede haber prosperidad sin administracin--afirm D. Carlos,
abriendo la gaveta y mirando dentro de ella--. Yo quiero que Francisca
administre, y cuando administre...

--Cuando administre, qu?--dijo Benina con el pensamiento--. Qu nos va
usted a dar, viejo loco, ms loco que los que estn en Legans? As se
te pudra todo el dinero que guardas, y se te convierta en pus dentro del
cuerpo para que revientes, zurrn de avaricia.

--Coja usted el libro y el lpiz, y llveselo con mucho cuidado... no se
le pierda por el camino. Bueno: se ha hecho usted cargo? Me responde
de que apuntarn todo?

--S, seor... no se escapar ni un verbo.

--Bueno. Pues ahora, para que Francisca se acuerde de mi pobre Pura y
rece por ella... Me promete usted que rezarn por ella y por m?

--S, seor: rezaremos a voces, hasta que se nos caiga la campanilla.

--Pues aqu tengo doce duros, que destino al socorro de los necesitados
que no se determinan a pedir limosna porque les da vergenza...
pobrecitos! son los ms dignos de conmiseracin.

Al or _doce duros_, Benina abri cada ojo como la puerta de una casa.
Cristo, lo que ella hara con doce duros! Ya estaba viendo el descanso
de muchos das, atender a tantas necesidades, tapar algunas bocas,
vivir, respirar, dando de mano al petitorio humillante, y al suplicio de
la busca por medios tan fatigosos. La pobre mujer vio el cielo abierto,
y por el hueco la docena de pesos, compendio hermossimo de su felicidad
en aquellos das.

Doce duros--repiti D. Carlos pasando las monedas de una mano a otra--;
pero no se los doy en junto, porque sera fomentar el despilfarro: se
los asigno....

A Benina se le cayeron las alas del corazn.

Si se los diera, maana a estas horas no tendra ya ni un cntimo. Le
sealo dos duros al mes, y todos los das 24 puede usted venir a
recogerlos, hasta que se cumplan los seis meses, y pasado Septiembre yo
ver si debo aumentar o no la asignacin. Eso depende, fjese usted, de
que yo me entere, tocante a si se administra o no se administra, si hay
orden o sigue el... el caos. Mucho cuidado con el caos.

--Bien, seor--manifest Benina con humildad, pensando que ms cuenta le
tena conformarse, y coger lo que se le daba, sin meterse en cuestiones
con el estrafalario y ruin vejete--. Yo le respondo de que se llevarn
los apuntes con _ministracin_, y no se nos escapar ni una hilacha...
Con que pasar los das 24? Nos viene bien para ayuda de la casa. El
Seor se lo aumente, y a la seora difunta tngala en su santo
descanso... por jams amn.

D. Carlos, despus de anotar, gozando mucho en ello, la cantidad
desembolsada, despidi a Benina con un gesto, y mudndose de capa y
encasquetndose el sombrero nuevo, prenda que no sala de la caja sino
en das solemnes, se dispuso a salir y emprender con voluntad segura y
firme pie las devociones de aquel da, que empezaban en Montserrat y
terminaban en la Sacramental de San Justo.




XII


El demontre del viejo--se deca la _se_ Benina, metindose a buen andar
por la calle de las Urosas--, no puede hacer ms que lo que le manda su
natural. Vlgate Dios: si cosas muy raras cra Nuestro Seor en el aquel
de plantas y animales, ms raras las hace en el aquel de personas. No
acaba una de ver verdades que parecen mentiras... En fin, otros son
peores que este D. Carlos, que al cabo da algo, aunque sea por cuenta y
apuntacin... Peores los hay, y tan peores... que ni apuntan ni dan...
El cuento es que con estos dos duros no se me arregla el da, porque
quiero devolverle a Almudena el suyo, que bueno es tener con l palabra.
Vendrn das malos, y l me servir... Me quedan veinte reales, de los
cuales habr de dar parte a _la nia_, que est pereciendo, y lo dems
para comer hoy, y... Tendr que decirle a la seora que su pariente no
me ha dado ms que el libro de cuentas, con el cual y el lpiz pondremos
un puchero que ser muy rico... caldo de nmeros y substancia de
imprenta... qu risa!... En fin, para las mentiras que he de decirla a
Doa Paca, Dios me iluminar, como siempre, y vamos tirando. A ver si
encuentro a Almudena por el camino, que esta es la hora de subir l a la
iglesia. Y si no nos tropezamos en la calle, de fijo est en el caf de
la Cruz del Rastro.

Dirigiose all, y en la calle de la Encomienda se encontraron: Hijo, en
tu busca iba--le dijo la Benina cogindole por el brazo--. Aqu tienes tu
duro. Ya ves que s cumplir.

--_Amri_, no tener priesa.

--No te debo nada... Y hasta otra, Almudenilla, que das vendrn en que
yo carezca y t me sirvas, como te servir yo viceversa... Vienes del
caf?

--S, y _golvier_ si querer t _migo_. Convidar _tigo_.

Asinti Benina al convite, y un rato despus hallbanse los dos
sentaditos en el _caf econmico_, tomndose sendos vasos de a diez
cntimos. El local era una taberna retocada, con ridculas elegancias
entre pueblo y seoro; dorados chillones; las paredes pintorreadas de
marinas y paisajes; ambiente ftido, y parroquia mixta de pobretera y
vendedores del Rastro, locuaces, indolentes, algunos agarrados a los
peridicos, y otros oyendo la lectura, todos muy a gusto en aquel vagar
bullicioso, entre salivazos, humo de mal tabaco y olores de aguardiente.
Solos en una mesa Benina y el marroqu, charlaron de sus cosas: el ciego
le cont las barrabasadas de su compaera de vivienda, y ella su
entrevista con D. Carlos, y el ridculo obsequio del libro de cuentas y
de los dos duros mensuales. De las riquezas que, segn voz pblica,
atesoraba Trujillo (treinta y cuatro casas, la mar de dinero en
papelorios del Gobierno, _muchismos_ miles de miles en el Banco),
charlaron extensamente, corrindose luego a considerar, _verbigracia_,
el sinnmero de pobres que podran ser felices con toda aquella _guita_,
que a D. Carlos le vena tan ancha, pues descontando una parte para sus
hijos, que _de natural_ deban poseerlo, con lo dems se apaaran
tantos y tantos que andan por estas calles de Dios ladrando de hambre.
Pero como ellos no haban de arreglarlo a su gusto, ms cuenta les tena
no pensar en tal cosa, y buscarse cada cual su mendrugo de pan como
pudiera, hasta que viniese la muerte y despus Dios a dar a cada uno su
merecido. Por fin, con extraordinaria gravedad y tono de conviccin
profunda, Almudena dijo a su amiga que todos los dinerales de D. Carlos
podan ser de ella, si quisiera.

Mos? Has dicho que todo lo de D. Carlos puede ser mo? T ests
loco, Almudenilla.

--_Tudo_ tuya... por la bendita luz. Si no creer m, _priebar_ t y ver.

--Vulvemelo a decir: que todo el dinero de D. Carlos puede ser mo,
cundo?

--Cuando querer ti.

--Lo creer, si me explicas cmo ha de ser ese milagro.

--M _sabier_ cmo... _Dicir_ ti secreto.

--Y si t puedes hacer que todo el caudal de ese viejo loco, un suponer,
pase a ser de otra persona, por qu te conformas con la miseria, por
qu no lo coges para ti?.

Replic a esto Almudena que la persona que hiciera el milagro, cuyo
secreto l posea, haba de tener vista. Y el milagro era seguro, por la
bendita luz; y si ella dudaba, no tena ms que probarlo, haciendo
puntualmente todo cuanto l le dijera.

Siempre fue Benina algo supersticiosa, y sola dar crdito a cuantas
historias sobrenaturales oa contar; adems, la miseria despertaba en
ella el respeto de las cosas inverosmiles y maravillosas, y aunque no
haba visto ningn milagro, esperaba verlo el mejor da. Un poco de
supersticin, un mucho de ansia de fenmenos estupendos y nunca vistos,
y otro tanto de curiosidad, la impulsaron a pedir al marroqu
explicaciones concretas de su ciencia o arte de magia, pues esto haba
de ser seguramente. Djole el ciego que todo consista en saber el arte
y modo de pedir lo que se quisiera a un ser llamado _Samdai_.

Y quin es ese caballero?

--El Rey de _baixo terra_.

--Cmo? Un Rey que est debajo de la tierra? Pues el diablo ser.

--Diablo no: Rey _bunito_.

--Eso es cosa de tu religin? T qu religin tienes?

--Ser _eibro_.

--Vaya por Dios--dijo Benina, que no haba entendido el trmino--. Y a ese
Rey le llamas t, y viene?

--Y dar ti _tuda_ que pedir l.

--Me da todo lo que le pida?

--_Siguro_.

La conviccin profunda que Almudena mostraba hizo efecto en la infeliz
mujer, quien, despus de una pausa en que interrogaba los ojos muertos
de su amigo y su frente amarilla lustrosa, rodeada de negros cabellos,
salt diciendo:

Y qu se hace para llamarlo?

--Yo diciendo ti.

--Y no me pasa nada por hacerlo?

--_Naida_.

--No me condeno, ni me pongo mala, ni me cogen los demonios?

--No.

--Pues ve diciendo; pero no engaes, no engaes, te digo.

--_N'gaar_ no ti...

--Podemos hacerlo ahora?

--No: _hacirlo_ a las doce del noche.

--Tiene que ser a esa hora?

--_Siguro_, _siguro_...

--Y cmo salgo yo de casa a media noche?... _Amos_, djame a m de
pamplinas. Verdad que podra decir, un suponer, que se ha puesto malo D.
Romualdo y tengo que velarlo... Bueno: qu hay que hacer?

--_N'cesitas_ cosas _mochas_. Comprar t cosas. Lo _primiero_ candil de
barro. Pero comprarlo has t sin hablar _paliabra_.

--Me vuelvo muda.

--Muda t... Comprar cosa... y si hablar no valer.

--Vlgate Dios... Pues bueno: compro mi candil de barro sin chistar, y
luego....

Almudena orden despus que haba de buscar una olla de barro con siete
agujeros, con siete nada ms, todo sin hablar, porque si hablaba no
vala. Pero dnde demontres estaban esas ollas con siete agujeros? A
esto replic el ciego que en su tierra las haba, y que aqu podan
suplirse con los tostadores que usan las castaeras, buscando el que
tuviese siete _bujeros_, ni uno ms ni uno menos.

Y ello ha de comprarse tambin sin hablar?

--Sin hablando _naida_.

Luego era forzoso procurarse un palo de _carrash_, madera de frica, que
aqu llaman laurel. Un vendedor de garrotes, en el primer tinglado _cabe_
las Amricas, lo tena. Haba que comprrselo sin pronunciar palabra.
Bueno: pues reunidas estas cosas, se pondra el palo al fuego hasta que
se prendiera bien... Esto haba de ser el viernes a las cinco en punto.
Si no, no vala. Y el palo estara ardiendo hasta el sbado, y el sbado
a las cinco en punto se le meta en el agua siete veces, ni una ms ni
una menos.

Todo callandito?

--Hablar _naida_, _naida_.

Luego se vesta el palo con ropas de mujer, como una mueca, y bien
vestidito se le arrimaba a la pared, ponindole derecho, _amos_, en pie.
Delante se colocaba el candil de barro, encendido con aceite, y se le
tapaba con la olla, de modo que no se viese ms luz que la que saldra
por los siete _bujeros_, y a corta distancia se pona la cazuela con
lumbre para echar los sahumerios, y se empezaba a decir la oracin una y
otra vez con el pensamiento, porque hablada no vala. Y as se estaba la
persona, sin distraerse, sin descuidarse, viendo subir el humo del
benju, y mirando la luz de los siete agujeros, hasta que a las doce...

A las doce!--repiti Benina sobresaltada--. Y al dar las doce
campanadas viene... sale, se me aparece!...

--El Rey de _baixo terra_: pedir t lo que _quierer_, y darlo ti l.

--Almudena, t crees eso? Cmo es posible que _ese seor_, sin ms que
las _cirimonias_ que has contado, me d a m lo que ahora es de Don
Carlos Trujillo?

--Verlo t, si queriendo.

--Pero con tanto _requesito_, si una se descuida un poco, o se equivoca
en una sola palabra del rezo mental...

--Tener t cuidado _mocha_.

--Y la oracin?

--Mi ensearla ti; _dicir_ t: _Sem Israel Adonai Elohino Adonai
Ishat_...

--Calla, calla: en la vida digo yo eso sin equivocarme. Como no sea
castellano neto yo no atino... Y tambin te aseguro que tengo mieditis
de esas suertes de brujera... quita, quita... Pero ah! si fuera
verdad, qu gusto, cogerle a ese zorrocloco de D. Carlos todo su
dinero... _amos_, la mitad que fuera, para repartirlo entre tantos
pobrecitos que perecen de hambre!... Si se pudiera hacer la prueba,
comprando los cacharros y el palitroque sin hablar, y luego... Pero no,
no... cualquier da iba a venir ac ese Rey Mago... Tambin te digo que
suceden a veces cosas muy _fenmenas_, y que andan por el aire los que
llaman espritus o, verbigracia, las nimas, mirando lo que hacemos y
oyndonos lo que hablamos. Y otra: lo que una suea, qu es? Pues cosas
verdaderas de otro mundo, que se vienen a este... Todo puede ser, todo
puede ser... Pero yo, qu quieres que te diga, dudo mucho que le den a
una tanto dinero, sin ms ni ms. Que para socorrer a los pobres, un
suponer, se quite a los ricos medio milln, o la mitad de medio milln,
pase; pero tantas, _tantismas_ talegas para nosotros... no, esa no
cuela.

--_Tuda_, _tuda_ la que haber en el Banco, _millonas mochas_, _lotera_,
_tuda pa ti_, _hiciendo_ lo que decir ti.

--Pues si eso es tan fcil, por qu no lo hacen otros? O es que t solo
tienes el secreto? El secreto t solo! _Amos_, cuntaselo al Nuncio,
que aqu no nos tragamos esas papas... Yo no te digo que no sea
posible... y si supiera yo hacer la prueba, la hara, con mil pares...
Vulveme a decir la receta de lo que ha de comprar una sin hablar....

Repiti Almudena las frmulas y reglas del conjuro, aadiendo
descripcin tan viva y pintoresca del Rey _Samdai_, de su rostro
hermossimo, apostura noble, traje esplndido, de su squito, que
formaban _arregimientos_ de prncipes y magnates, montados en camellos
blancos como la leche, que la pobre Benina se embelesaba oyndole, y si
a pie juntillas no le crea, se dejaba ganar y seducir de la ingenua
poesa del relato, pensando que si aquello no era verdad, deba serlo.
Qu consuelo para los miserables poder creer tan lindos cuentos! Y si
es verdad que hubo Reyes Magos que traan regalos a los nios, por qu
no ha de haber otros Reyes _de ilusin_, que vengan al socorro de los
ancianos, de las personas honradas que no tienen ms que una muda de
camisa, y de las _almas_ decentes que no se atreven a salir a la calle
porque deben tanto ms cuanto a tenderos y prestamistas? Lo que contaba
Almudena era de lo que _no se sabe_. Y no puede suceder que alguno sepa
lo que no sabemos los dems?... Pues cuntas cosas se tuvieron por
mentira y luego salieron verdades? Antes de que inventaran el telgrafo,
quin hubiera credo que se hablara con las Amricas del Nuevo Mundo,
como hablamos de balcn a balcn con el vecino de enfrente? Y antes de
que inventaran la fotografa, quin hubiera pensado que se puede una
retratar slo con _ponerse_? Pues lo mismo que esto es aquello. Hay
misterios, secretos que no se entienden, hasta que viene uno y dice tal
por cual, y lo descubre... Pues qu ms, Seor!... All estaban las
Amricas desde que Dios hizo el mundo, y nadie lo saba... hasta que
sale ese Coln, y con no ms que poner un huevo en pie, lo descubre todo
y dice a los pases: Ah tenis la Amrica y los americanos, y la caa
de azcar, y el tabaco bendito... ah tenis Estados Unidos, y hombres
negros, y onzas de diez y siete duros. A ver!




XIII


No haba acabado el marroqu su oriental leyenda, cuando Benina vio
entrar en el caf a una mujer vestida de negro. Ah tienes a esa
fandangona, tu compaera de casa.

--Pedra? Maldita ella. Sacudir ella yo esta maana. Venir, _siguro_, con
la Diega...

--S, con una viejecica, muy chica y muy flaca, que debe de ser ms
borracha que los mosquitos. Las dos se van al mostrador, y piden dos
_tintas_.

--_Se_ Diega ensear vicio ella.

--Y por qu tienes contigo a esa gansirula, que no sirve para nada?.

Contole el ciego que Pedra era hurfana; su padre fue empleado en el
Matadero de cerdos, con perdn, y su madre _cambiaba_ en la calle de la
Ruda. Murieron los dos, con diferencia de das, por haber comido gato.
Buen plato es el micho; pero cuando est rabioso, le salen pintas en la
cara al que lo come, y a los tres das, muerte natural por calenturas
_perdiciosas_. En fin, que espicharon los padres, y la chica se qued en
la puerta de la calle, sentadita. Era hermosa: por tal la celebraban; su
voz sonaba como las msicas bonitas. Primero se puso a cambiar, y luego
a vender churros, pues tena tino de comercianta; pero nada le vali su
buena voluntad, porque hubo de cogerla de su cuenta la Diega, que en
pocos das la ense a embriagarse, y otras cosas peores. A los tres
meses, Pedra no era conocida. La enflaquecieron, dejndola en los puros
pellejos, y su aliento apestaba. Hablaba como una carreterona, y tena
un toser perruno y una carraspera que tiraban para atrs. A veces peda
por el camino de Carabanchel, y de noche se quedaba a dormir en
cualquier parador. De vez en cuando se lavaba un poco la cara, compraba
_agua de olor_, y rocindose las flaquezas, peda prestada una camisa,
una falda, un pauelo, y se pona _de puerta_ en la casa del
_Comadreja_, calle de Medioda Chica. Pero no tena constancia para
nada, y ningn acomodo le dur ms de dos das. Slo duraba en ella el
gusto del aguardiente; y cuando se _apimplaba_, que era un da s y otro
tambin, haca figuras en medio del arroyo, y la toreaban los chicos.
Dorma sus monas en la calle o donde le coga, y ms bofetadas tena en
su cara que pelos en la cabeza. Cuerpo ms asistido de cardenales no se
conoci jams, ni persona que en su corta edad, pues no tena ms que
veintids aos, aunque representaba treinta, hubiera visitado tan a
menudo las prevenciones de la Inclusa y Latina. Almudena la trataba, con
buen fin, desde que se qued hurfana, y al verla tan arrastrada, dbale
de tres cosas un poco: consejos, limosna y algn palo. Encontrola un da
curndose sus lamparones con zumo de higuera chumbo, y alindose las
greas al sol. Propsole que se fuera con l, poniendo cada cual la
mitad del alquiler de la casa, y comprometindose ella a cortar de raz
el vicio de la bebida. Discutieron, parlamentaron; diose solemnidad al
convenio, jurando los dos su fiel observancia ante un emplasto viscoso y
sobre un peine de rotas pas, y aquella noche durmi Pedra en el cuarto
de Santa Casilda. Los primeros das todo fue concordia, sobriedad en el
beber; pero la cabra no tard en tirar al monte, y... otra vez la
endiablada hembra divirtiendo a los chicos y dando que hacer a los del
Orden.

No poder m con ella. _B'rracha_ siempre. Es un dolor... un dolor. Yo
estar ella migo por lstima....

Al ver que las dos mujeres, despus de atizarse un par de _tintas_,
miraban burlonas al ciego y a Benina, esta tuvo miedo y quiso retirarse.

_Dir_ t no, _Amri_. Quedar migo--le dijo el ciego cogindola de un
brazo.

--Temo que armen bronca estas indinas... Ac vienen ya.

Aproximronse las tales, y pudo la Benina ver y examinar a su gusto el
rostro de Pedra, de una hermosura desapacible y que despeda. Morena, de
facciones tan regulares como pronunciadas, magnficos ojos negros, cejas
que al juntarse culebreaban, boca sucia y bien rasgueada, que no pareca
hecha para sonrer, cuerpo derecho y esbeltsimo en su flaqueza y
desalio, la compaera de Almudena era una figura trgica, y como tal
impresion a Benina, aunque esta no expresaba su juicio sino pensando
que le dara miedo encontrarse con tal persona, de noche, en lugar
solitario.

De la Diega no poda determinarse si era joven o entre-vieja. Por la
estatura pareca una nia; por la cara esculida y el cuello rugoso,
todo pliegues, una anciana decrpita; por los ojos, un animalejo
vivaracho. Su flaqueza era tan extremada, que Benina no pudo menos de
comentarla mentalmente con una frase andaluza que usar sola su seora:
Esta es de las que sacan espinas con los codos.

Pedra se sent, dando los buenos das, y la otra quedose en pie, sin
alzar del suelo ms que la cabeza de Almudena, en cuyos hombros dio
fuertes palmetazos.

_Tati_ quieta--le dijo este enarbolando el palo.

--Cuidado con l, que es malo y traicionero...--indic la otra.

--_Jai_... verdad que eres malo y pegar _t m_?

--Yo _ero beno_; t mala, _b'rracha_.

--No lo digas, que se escandalizar la seora anciana.

--Anciana no ser ella.

--T qu sabes, si no la ves?

--Decente ella.

--S que lo ser, sin agraviar. Pero a ti te gustan las viejas.

--Ea, yo me voy, seora, que lo pasen bien--dijo Benina, azoradsima,
levantndose.

--Qudese, qudese... Si es _groma_!.

La Diega la inst tambin a quedarse, aadiendo que haban comprado un
dcimo de la Lotera, y ofrecindole participacin.

Yo no juego--replic Benina--: no tengo cuartos.

--Yo s--dijo el marroqu--: dar vos una _pieseta_.

--Y la seora, por qu no juega?

--Maana sale. Seremos ricas, ricachonas en _efetivo_--dijo la Diega--. Yo,
si me la saco, San Antonio me oiga, volver a establecerme en la calle
de la Sierpe. All te conoc, Almudena. Te acuerdas?

--No _mi cuerda_, no...

--Vos conocisteis en Medioda Chica, por la casa de atrs.

--A este le llamaban Muley Abbas.

--Y a ti _Cuarto e kilo_, por lo chica que eres.

--Poner motes es cosa fea. Verdad, Almudenita? Las personas decentes se
llaman por el santo bautismo, con sus nombres de cristiano. Y esta
seora, qu gracia tiene?

--Yo me llamo Benina.

--Es usted de Toledo, por casualidad?

--No, seora: soy... dos leguas de Guadalajara.

--Yo de Cebolla, en tierra de Talavera... y dime una cosa: por qu esta
gorrinaza de Pedrilla te llama a ti _Jai_? Cul es tu nombre en tu
religin y en tu tierra cochina, con perdn?

--Llamarle _mi Jai_ porque ser morito l--dijo la trgica remedando su
habla.

--Nombre mo _Mordejai_--declar el ciego--, y ser yo nacido en un _puebro
mu bunito_ que llamar all Ullah de Bergel, _terra_ de Sus... oh!
_terra_ divina, _bunita_... _mochas arbolas_, _aceita mocha_, _miela_,
_frores_, _tmaras_, _mocha gena_.

El recuerdo del pas natal le infundi un candoroso entusiasmo, y all
fue el pintarlo y describirlo con hiprboles graciosas, y un colorido
potico que con gran entretenimiento y gozo saborearon las tres mujeres.
Incitado por ellas, cont algunos pasajes de su vida, toda llena de
estupendos casos, peligrosas empresas y fantsticas aventuras. Refiri
primero cmo se haba fugado del hogar paterno, de edad de quince aos,
lanzndose a correr mundo, sin que en todo el tiempo transcurrido desde
aquel suceso, tuviese noticia alguna de su patria y familia. Mandole su
padre a casa de un mercader amigo suyo con este recado: Dile a Rubn
Toledano que te d doscientos duros que necesito hoy. El tal deba de
ser al modo de banquero, y entre ambos seores reinaba sin duda
patriarcal confianza; porque el encargo se hizo efectivo sin ninguna
dificultad, cogiendo Mordejai los doscientos pesos en cuatro pesados
cartuchos de moneda espaola. Pero en vez de ir con ellos a la casa
paterna, tom el caminito de Fez, vido de ver mundo, de trabajar por su
cuenta, y de ganar mucho dinero para el autor de sus das, no los
doscientos duros, sino dos mil o cientos de miles. Comprando dos
borricos, se puso a portear mercaderas y pasajeros entre Fez y
Mequnez, con buenas ganancias. Pero un da de mucho calor, castigo de
Dios! pas junto a un ro y le entraron ganas de darse un bao. En el
agua flotaban dos caballos muertos, cosa mala. Al salir del bao le
dolan los ojos: a los tres das era ciego.

Como an tena dinero, pudo algn tiempo vivir sin implorar la caridad
pblica, con la tristeza inherente al no ver, y la no menos honda
producida por el brusco paso de la vida activa a la sedentaria. El
muchacho gil y fuerte se hizo de la noche a la maana hombre enclenque
y achacoso, y sus ambiciones de comerciante y sus entusiasmos de viajero
quedaron reducidos a un continuo meditar sobre lo inseguro de los bienes
terrenos, y la infalible justicia con que Dios Nuestro Padre y Juez
sienta la mano al pecador. No se atreva el pobre ciego a pedirle que le
devolviese la vista, pues esto no se lo haba de conceder. Era castigo,
y el Seor no _se vuelve atrs_ cuando pega de firme. Pedale que le
diera dinero abundante para poder vivir con desahogo, y una _muquier_ que
le amara; mas nada de esto le fue concedido al pobre Mordejai, que cada
da tena menos dineros, pues estos iban saliendo, sin que entraran
otros por ninguna parte, y de _muquieres_ nada. Las que se acercaban a
l fingindole cario, no iban a su covacha ms que a robarle. Un da
estaba el hombre muy molesto por no poder cazar una pulga que atrozmente
le picaba, burlndose de l con audacia insolente, cuando... no es
broma... se le aparecieron dos ngeles.




XIV


Pero t ves algo, Almudena?--le pregunt _Cuarto e kilo_.

--_Ver m burtos ellos_.

Explic que distingua las masas de obscuridad en medio de la luz: esto
por lo tocante a las cosas del mundo de ac. Pero en lo de los mundos
misteriosos que se extienden encima y debajo, delante y detrs, fuera y
dentro del nuestro, sus ojos vean claro, cuando vean, _mismo como
vosotras ver migo_. Bueno: pues se le aparecieron dos ngeles, y como no
era cosa de aparecrsele para no decir nada, dijronle que venan de
parte del Rey de _baixo terra_ con una embajada para l. El seor
_Samdai_ tena que hablarle, para lo cual era preciso que se fuese mi
hombre al Matadero por la noche, que estuviese all quemando _ilcienso_,
y rezando en medio de los despojos de reses y charcos de sangre, hasta
las doce en punto, hora invariable de la entrevista. No hay que aadir
que los ngeles se marcharon con viento fresco en cuanto dieron
conocimiento de su mensaje a Mordejai, y este cogi sus trebejos de
sahumar, la pipa, la racin de _camo_ en un papel, y se fue caminito
del Matadero: el largo plantn que le esperaba, se le hara menos
aburrido fumando.

All se estuvo, sentado en cuclillas, aspirando los vahos olorosos del
sahumerio, y fumando pipa tras pipa, hasta que lleg la hora, y lo
primerito que vio fue un par de perros, ms grandes que _el cameio_,
_brancos_, con ojos de fuego. l, Mordejai, _mocha medo_, un _medo_ que
le quitaba el respirar. Vino despus un _arregimiento_ de jinetes con
mucho cantorio, galas _mochas_; luego empez a caer lluvia espessima de
arena y piedras, tanto, tanto, que se vio enterrado hasta el
pescuezo... y no respiraba. Cada vez ms _medo_... Por encima de toda
aquella escoria pas velocsimo otro escuadrn de jinetes, dando al
viento los blancos alquiceles, y sin cesar disparando tiros. Sigui un
diluvio de culebras y _alcranes_, que caan silbando y enroscndose. El
pobre ciego se mora de _medo_, sintindose envuelto en la horrorosa
nube de inmundos animales... Pero luego vinieron hombres y mujeres a
pie, en pausada procesin, todos con blancas vestiduras, llevando en la
mano canastillas y bateas de oro, y pisando sobre flores, pues en rosas
y azucenas se haban convertido mgicamente las serpientes y alacranes,
y en olorosas ramas de menta y laurel todo aquel material llovido de
arena clida y puntiagudos guijarros.

Para no cansar, apareci por fin el Rey, hermoso, con humana y divina
hermosura, barba larga y negra, aretes en las orejas, corona de oro que
pareca tener por pedrera el sol, la luna y las estrellas. Verde era su
traje, que por lo fino deba de ser obra de unas araas muy pulidas que
en los profundos senos de la tierra tejen con hebras de fuego. El
squito de _Samdai_ era tan vistoso y brillante que deslumbraba. Como le
preguntara la Petra si no vena tambin Su Majestad la Reina, quedose un
momento parado el narrador, recordando, y al fin dio cuenta de que
_vido_ tambin a la seora del Rey, pero con la cara muy tapada, como la
luna entre nubes, y por esta razn Mordejai no pudo distinguirla bien.
La Soberana vesta de amarillo, de un color as como nuestros
pensamientos cuando estamos entre alegres y tristes. Expresaba esto el
ciego con dificultad, supliendo las torpezas de su lenguaje con el juego
fisonmico de la conviccin, y los mohines y gestos elocuentes.

Total: que a una orden del Rey le fueron poniendo delante todas aquellas
bateas y canastos de oro que traan las mujeres de blanco vestidas. Qu
era? _Pieldras_ de diversas clases, _mochas_, _mochas_, que pronto
formaron montones que no cabran en ninguna casa: _rubiles_ como
garbanzos, perlas del tamao de huevos de paloma, _tudas_,
_tudas_ grandes, _diamanta fina_ en tal cantidad, que haba para llenar
de ellos sacos _mochas_, y con los sacos un carro de mudanzas;
esmeraldas como nueces y _trompacios_ como _poo mo_...

Oan esto las tres mujeres embobadas, mudas, fijos los ojos en la cara
del ciego, entreabiertas las bocas. Al comienzo de la relacin, no se
hallaban dispuestas a creer, y acabaron creyendo, por estmulo de sus
almas, vidas de cosas gratas y placenteras, como compensacin de la
miseria bochornosa en que vivan. Almudena pona toda su alma en su
voz, y con la lengua hablaban todos los pliegues movibles de su cara, y
hasta los pelos de su barba negra. Todo era signos, jeroglfico
descifrable, oriental escritura que los oyentes entendan sin saber por
qu. El fin de la esplndida visin fue que el Rey le dijo al bueno de
Mordejai que de las dos cosas que deseaba, riquezas y mujer, no poda
darle ms que una; que optase entre las pedreras de gran valor que
delante miraba, y con las cuales gozara de una fortuna superior a la de
todos los soberanos de la tierra, y una mujer buena, bella y laboriosa,
joya sin duda tan rara que no se poda encontrar sino revolviendo toda
la tierra. Mordejai no vacil un momento en la eleccin, y dijo a Su
Majestad de _baixo terra_, que para nada quera tanta pedrera _por
fanegas_, si no le daban _muquier_... Querer mi ella... gustar m
_muquier_, y sin _muquier_ migo, no querer _pieldras_ finas, ni
_diniero_ ni _naida_.

Sealole entonces el Rey una hembra que bien envuelta en un manto que la
tapaba toda, el rostro inclusive, iba por el camino, y le dijo que
aquella era _la suya_, y que la siguiese hasta cogerla o ms bien
cazarla, pues a paso muy ligero iba la condenada. Y dicho esto por el
Rey, se dign Su Majestad desaparecerse, y con l se fueron todos los de
su comitiva, y los _arregimientos_ y las seoras de blanco, y _tudo_,
_tudo_, no quedando ms que un olor penetrante del _ilcienso_, y los
ladridos de los dos perrazos que se iban perdiendo en las lontananzas de
la noche fra, cual si despavoridos huyeran hacia los montes. Tres meses
estuvo enfermo Mordejai despus de este singular suceso, y no coma ms
que agua y harina de cebada sin sal. Quedose tan flaco que se contaba al
tacto todos los huesos, sin que se le escapara uno en la cuenta. Por
fin, arrastrndose como pudo, emprendi su camino por toda la grandeza
del mundo en busca de la mujer que, segn dicho del divino _Samdai_, era
suya.

Y no la encontraste hasta _tantismos_ aos de correr, y se llamaba
Nicolasa--dijo la Petra, queriendo ayudar al bigrafo de s mismo.

--T qu saber? No ser Nicolasa.

--Entonces ser _la seora_--apunt la Diega, sealando no sin cierta
impertinencia a la pobre Benina, que no chistaba.

--Yo?... Jess me valga! Yo no soy ninguna tarascona que anda por los
caminos.

Cont Almudena que desde Fez haba ido a la Argelia; que vivi de
limosna en Tlemcn primero, despus en Constantina y Orn; que en este
punto se embarc para Marsella, y recorri toda Francia, Lyon, Dijon,
Pars, que es _mu_ grande, con tantos _olivares_ y buenos pisos de
calle, todo como la palma de la mano. Despus de subirse hasta un pueblo
que le llaman _Lila_, volviose a Marsella y a Cette, donde se embarc
para Valencia.

Y en Valencia encontraste a la Nicolasa, con quien veniste por
_badajes_, que vos daban los _aiuntamientos_, con dos _riales de
tapa_--dijo la Petra--, y de Madrid vos fuisteis a los _Portugales_, y
tres aos te dur el contento, camastrn, hasta que la _golfa_ se te fue
con otro.

--T no saber.

--Que cuente la historia de Nicolasa y cmo a l le cogieron en Madrid
para llevarle a San Bernardino, y ella fue al _espital_; y estando l
una noche durmiendo, se le aparecieron dos mujeres del otro mundo,
verbigracia, _nimas_, para decirle que la Nicolasa _hablaba_ en
el _espital_ con uno que le iban a dar de alta...

--No ser eso, no ser eso: cllate t.

--Otro da nos lo contar--indic Benina, que, aunque gustaba de or
aquellos entretenidos relatos, no quera detenerse ms, recordando sus
apremiantes quehaceres.

--Esprese, seora: qu prisa tiene?--le dijo la Diega--. A dnde ir
usted que ms valga?

--Otro da contar ms--indic el ciego sonriendo--. M ver mundo _mocha_.

--Ests cansadito, Jai. Convdanos a un medio para que se te remoje la
lengua, que la tienes ms seca que suela de zapato.

--Yo no convidar m ellas, _b'rrachonas_. No tener _diniero migo_.

--Por eso no quede--dijo la Diega, rumbosa.

--Yo no bebo--declar la Benina--, y adems tengo prisa, y con permiso de
la compaa me voy.

--Quedar ti rato ms. Dar once _reloja_.

--Dejarla--manifest con benevolencia la Petra--, por si tiene que ir a
ganarlo; que nosotras ya lo hemos ganado.

Interrogadas por Almudena, refirieron que habiendo cogido la Diega unos
dineros que le deban dos mozas de la calle de la Chopa, se haban
lanzado al comercio, pues una y otra tenan suma disposicin y travesura
para el compra y vende. La Petra no se senta mujer honrada y cabal sino
cuando se dedicaba al trfico, aunque fuese en cosas menudas, como
palillos, mondarajas de tea, y _torra_. La otra era un guila para
pauelos y puntillas. Con el dinero aquel, venido a sus manos por
milagro, compraron gnero en una casa de saldos, y en la maana de aquel
da pusieron sus bazares junto a la Fuentecilla de la Arganzuela,
teniendo la suerte de colocar muchas carreras de botones, varas muchas
de puntilla y dos chalecos de bayona. Otro da _sacaran_ loza,
_imgenes_, y caballos de cartn de los que daban, _a partir
ganancias_, en la fbrica de la calle del Carnero. Largamente hablaron
ambas de su negocio, y se alababan recprocamente, porque si _Cuarto e
kilo_ era de lo que no hay para la adquisicin de gnero _por gruesas_, a
la otra nadie aventajaba en salero y malicia para la venta al menudeo.
Otra seal de que haba venido al mundo para ser o _comercianta_ o nada,
era que los cuartos ganados en la compra-venta se le pegaban al
bolsillo, despertando en ella vagos anhelos de ahorro, mientras que los
que por otros medios iban a sus flacas manos, se le escapaban por entre
los dedos antes de que cerrar pudiera el puo para guardarlos.

Oy Benina muy atenta estas explicaciones, que tuvieron la virtud de
infundirle cierta simpata hacia la borracha, porque tambin ella,
Benina, se senta _negocianta_; tambin acarici su alma alguna vez la
ilusin del compra-vende. Ah! si, en vez de dedicarse al servicio,
trabajando como una negra, hubiera tomado _una puerta de calle_, otro
gallo le cantara. Pero ya su vejez y la indisoluble sociedad moral con
Doa Paca la imposibilitaban para el comercio.

Insisti la buena mujer en abandonar la grata tertulia, y cuando se
levant para despedirse caysele el lpiz que le haba dado D. Carlos,
y al intentar recogerlo del suelo, caysele tambin la agenda.

Pues no lleva usted ah pocas cosas--dijo la Petra, cogiendo el libro y
hojendolo rpidamente, con mohines de lectora, aunque ms bien
deletreaba que lea--. Esto qu es? Un libro para llevar cuentas. Cmo
me gusta! _Marzo_, dice aqu, y luego _Pe...setas_, y luego _cntimos_.
Es _mu_ bonito apuntar aqu todo lo que sale y entra. Yo escribo tal
cual; pero en los nmeros me atasco, porque los ochos se me enredan en
los dedos, y cuando sumo no me acuerdo nunca de lo que _se lleva_.

--Ese libro--dijo Benina, que al punto vislumbr un negocio--, me lo dio un
pariente de mi seora, para que llevramos por apuntacin el gasto; pero
no sabemos. Ya no est la Magdalena para estos tafetanes, como dijo el
otro... Y ahora pienso, seoras, que a ustedes, que comercian, les
conviene este libro. Ea, lo vendo, si me lo pagan bien.

--Cunto?

--Por ser para ustedes, dos reales.

--Es mucho--dijo _Cuarto e kilo_, mirando las hojas del libro, que
continuaba en manos de su compaera--. Y para qu lo queremos nosotras,
si nos estorba lo negro?

--Toma--indic Petra, acometida de una risa infantil al repasar, con el
dedo mojado en saliva, las hojas--. Se marca con rayitas: tantas
cantidades, tantas rayas, y as es ms claro... Se da un real, ea.

--Pero no ven que est nuevo? Su valor, aqu, lo dice: dos pesetas.

Regatearon. Almudena conciliaba los intereses de una y otra parte, y por
fin qued cerrado el trato en cuarenta cntimos, con lpiz y todo. Sali
del caf la Benina, gozosa, pensando que no haba perdido el tiempo,
pues si resultaban fantsticas las _pieldras_ preciosas que en montones
Mordejai pusiera ante su vista, positivas y de buena ley eran las cuatro
perras, como cuatro soles, que haba ganado vendiendo el intil regalo
del monomanaco Trujillo.




XV


El largo descanso en el caf le permiti recorrer _como una exhalacin_
la distancia entre el Rastro y la calle de la Cabeza, donde viva la
seorita Obdulia, a quien deseaba visitar y socorrer antes de irse a
casa, pues era indudable que a la nia corresponda la mitad, perra ms
o menos, de uno de los duros de D. Carlos. A las doce menos cuarto
entraba en el portal, que por lo siniestro y hmedo pareca la puerta de
una crcel. En lo bajo haba un establecimiento de _burras de leche_,
con borriquitas pintadas en la muestra, y dentro vivan, sin aire ni
luz, las pacficas nodrizas de tsicos, encanijados y catarrosos. En la
portera daban asilo a un conocido de Benina, el ciego Pulido, que era
tambin punto fijo en San Sebastin. Con l y con el burrero charl un
rato antes de subir, y ambos le dieron dos noticias muy malas: que iba a
subir el pan y que haba bajado mucho la Bolsa, seal lo primero de que
no llova, y lo segundo de que estaba al caer una revolucin gorda, todo
porque los _artistas_ pedan _las ocho horas_ y los _amos_ no queran
darlas. Anunci el burrero con proftica gravedad que pronto se quitara
todo el dinero metlico y no quedara ms que papel, hasta para las
pesetas, y que echaran nuevas contribuciones, _inclusive_, por rascarse
y por darse de quin a quin los buenos das. Con estas malas
impresiones subi Benina la escalera, tan descansada como lbrega, con
los peldaos en panza, las paredes desconchadas, sin que faltaran los
letreros de carbn o lpiz garabateados junto a las puertas de
cuarterones, por cuyo quicio inferior asomaba el pedazo de estera, ni
los faroles sucios que de da semejaban urnas de santos. En el primer
piso, bajando del cielo, con vecindad de gatos y vistas magnficas a las
tejas y buhardillones, viva la seorita Obdulia; su casa, por la
anchura de las habitaciones destartaladas y fras, hubiera parecido
convento, a no ser por la poca elevacin de los techos, que casi se
cogan con la mano. Esteras y alfombras all eran tan desconocidas, como
en el Congo las levitas y chisteras; slo en lo que llamaban gabinete
haba un pedazo de fieltro rado, rameado de azul y rojo, como de dos
varas en cuadro. Los muebles de baratillo declaraban con sus chapas
rotas, sus patas invlidas, sus posturas claudicantes, el desastre de
sus infinitas peregrinaciones en los carros de mudanza.

La misma Obdulia abri la puerta a Benina, dicindole que la haba
sentido subir, y al punto se vio la buena mujer como asaltada de una
pareja de gatos muy bonitos, que mayando la miraban, el rabo tieso,
frotando su lomo contra ella. Los pobres animalitos--dijo la _nia_ con
ms lstima de ellos que de s misma--, no se han desayunado todava.

Vesta la hija de Doa Paca una bata de franela color rosa, de corte
elegante, ya descompuesta por el mucho uso, las delanteras manchadas de
chocolate y grasa, algn siete en las mangas, la falda arrastrada,
revelndose en todo, como prenda adquirida de lance, que a su duea le
vena un poco ancha, por _aquello de que la difunta era mayor_. De todos
modos, tal vestimenta se avena mal con la pobreza de la esposa de
Luquitas.

No ha venido anoche tu marido?--le dijo Benina, sofocada de la penosa
ascensin.

--No, hija, ni falta que me hace. Djale en su caf, y en sus casas de
perdicin, con las _socias_ que le han sorbido el seso.

--No te han trado nada de casa de tus suegros?

--Hoy no toca. Ya sabes que lo dejaron en un da s y otro no. No ha
venido ms que Juana Rosa a peinarme, y con ella se fue mi Andrea. Van a
comer juntas en casa de su ta.

--De modo que ests como los camaleones. No te apures, que Dios aprieta,
pero no ahoga, y aqu estoy yo para que no ayunes ms de la cuenta, que
el cielo bien ganado te lo tienes ya... Siento una tosecilla... Ha
venido ese caballero?

--S: ah est desde las diez. Con las cosas bonitas que cuenta me
entretiene, y casi no me acuerdo de que no hay en casa ms que dos onzas
de chocolate, media docena de dtiles, y algunos mendrugos de pan... Si
has de traerme algo, sea lo primero para estos pobres gatos aburridos,
que desde el amanecer no me dejan vivir. Parece que me hablan, y dicen:
Pero qu es de nuestra buena Nina, que no viene con nuestra
cordillita?.

--En seguida traer para remediaros a todos--dijo la anciana--. Pero antes
quiero saludar a ese caballero rancio, que es tan fino y atento con las
seoras.

Entr en el llamado gabinete, y el seor de Ponte y Delgado se deshizo
con ella en afectuosos cumplidos de buena sociedad. Siempre echndola a
usted de menos, Benina... y muy desconsolado cuando _brilla usted por su
ausencia_.

--Que brillo por mi ausencia!... Pero qu disparates est usted
diciendo, Sr. de Ponte? O es que no entendemos nosotras, las mujeres de
pueblo, esos trminos tan _fisnos_... Ea, qudense con Dios. Yo vuelvo
pronto, que tengo que dar de almorzar a la nia y a los seores gatos. Y
aunque el Sr. D. Frasquito no quiera, ha de hacer aqu penitencia. Le
convido yo... no, le convida la seorita.

--Oh, cunto honor!... Lo agradezco infinito. Yo pensaba retirarme.

--S, ya sabemos que siempre est usted convidado en casas de la
grandeza. Pero como es tan bueno, se _dizna_ sentarse a la mesa de los
pobres.

--Consideracin que tanto le agradecemos--dijo Obdulia--. Ya s que para el
Sr. de Ponte es un sacrificio aceptar estas pobrezas...

--Por Dios, Obdulia!...

--Pero su mucha bondad le _inspira_ estos y otros mayores sacrificios.
Verdad, Ponte?

--Ya la he reido a usted, amiga ma, por ser tan paradjica. Llama
sacrificio al mayor placer que puede existir en la vida.

--Tienes carbn?...--pregunt Benina bruscamente, como quien arroja una
piedra en un macizo de flores.

--Creo que hay algo--replic Obdulia--; y si no, lo traes tambin.

Fue Nina para adentro, y habiendo encontrado combustible, aunque escaso,
se puso a encender lumbre y a preparar sus pucheros. Durante la prosaica
operacin, conversaba con las astillas y los carbones, y sirvindose del
fuelle como de un conducto fontico, les deca: Voy a tener otra vez el
gusto de dar de comer a ese pobre hambriento, que no confiesa su hambre
por la vergenza que le da... Cunta miseria en este mundo, Seor! Bien
dicen que quien ms ha visto, ms ve. Y cuando se cree una que es el
acabose de la pobreza, resulta que hay otros ms miserables, porque una
se echa a la calle, y pide, y le dan, y come, y con medio panecillo se
alimenta... Pero estos que juntan la vergenza con la gana de comer, y
son delicados y medrosicos para pedir; estos que tuvieron posibles y
educacin, y no quieren rebajarse... Dios mo, qu desgraciados son!
lo que discurrirn para matar el gusanillo... Si me sobra dinero,
despus de darle de almorzar, he de ver cmo me las compongo para que
tome la peseta que necesita para pagar el catre de esta noche. Pero ay!
no... que necesitar ocho reales. Me da el corazn que anoche no pag...
y como esa condenada Bernarda no fa ms que una vez... ser preciso
pagarle toda la cuenta... y a saber si le ha fiado dos o tres noches...
No, aunque yo tuviera el dinero, no me atrevera a drselo; y aunque se
lo ofreciese, primero dorma al raso que cogerlo de estas manos
pobres... Seor, qu cosas, qu cosas se van viendo cada da en este
mundo tan grande de la miseria!.

En tanto el lnguido Frasquito y la esmirriada Obdulia platicaban
gozosos de cosas gratas, harto distantes de la triste realidad. Desde
que vio entrar a la Providencia, en figura de Benina, sintiose la nia
calmada de su ansiedad y sobresalto, y el caballero tambin respir por
el propio motivo feliz, y se le alegraron las pajarillas viendo
conjurado, por aquel da, un grave conflicto de subsistencias. Uno y
otro, marchita dama y galn manido, posean, en medio de su radical
penuria, una _riqueza_ inagotable, eficacsima, casi acuable, extrada
de la mina de su propio espritu; y aunque usaban de los productos de
este venero con prodigalidad, mientras ms gastaban, ms superabundancia
tenan sus caudales. Consista, pues, esta riqueza, en la facultad
preciosa de desprenderse de la realidad, cuando queran, trasladndose a
un mundo imaginario, todo bienandanzas, placeres y dichas. Gracias a
esta divina facultad, se daba el caso de que ni siquiera advirtiesen, en
muchas ocasiones, sus enormes desdichas, pues cuando se vean privados
absolutamente de los bienes positivos, sacaban de la imaginacin el
cuerno de Amaltea, y lo agitaban para ver salir de l los bienes
ideales. Lo extrao era que el Sr. de Ponte Delgado, con tener tres
veces lo menos la edad de Obdulia, casi la superaba en poder
imaginativo, pues en la declinacin de la vida, se renovaban en l los
aleteos de la infancia.

D. Frasquito era lo que vulgarmente se llama _un alma de Dios_. Su edad
no se saba, ni en parte alguna constaba, pues se haba quemado el
archivo de la iglesia de Algeciras donde le bautizaron. Posea el raro
privilegio fsico de una conservacin que pudiera competir con la de las
momias de Egipto, y que no alteraban contratiempos ni privaciones. Su
cabello se conservaba negro y abundante; la barba, no; pero con un poco
de betn casi armonizaban una con otro. Gastaba melenas, no de las
romnticas, desgreadas y foscas, sino de las que se usaron hacia el
50, lustrosas, con raya lateral, los mechones bien ahuecaditos sobre las
orejas. El movimiento de la mano para ahuecar los dos mechones y
modelarlos en su sitio, era uno de esos resabios fisiolgicos, de
_segunda naturaleza_, que llegan a ser parte integrante de la primera.
Pues con su melenita de cocas y su barba pringosa y retinta, el rostro
de Frasquito Ponte era de los que llaman _aniados_, por no s qu
expresin de ingenuidad y confianza que verais en su nariz chica, y en
sus ojos que fueron vivaces y ya eran mortecinos. Miraban siempre con
ternura, lanzando sus rayos de ocaso melanclico en medio de un celaje
de lagrimales pitaosos, de pestaas ralas, de prpados rugosos, de
extensas patas de gallo. Dos presunciones descollaban entre las muchas
que constituan el orgullo de Ponte Delgado, a saber: la melena y el pie
pequeo. Para las mayores desdichas, para las abstinencias ms crueles y
mortificantes, tena resignacin; para llevar zapatos muy viejos o que
desvirtuaran la estructura perfecta y las lindas proporciones de sus
piececitos, no la tena, no.




XVI


Del arte exquisito para conservar la ropa no hablemos. Nadie como l
saba encontrar en excntricos portales sastres econmicos, que por
poqusimo dinero _volvan_ una pieza; nadie como l saba tratar con
mimo las prendas de uso perenne para que desafiaran los aos,
conservndose en los puros hilos; nadie como l saba emplear la bencina
para limpieza de mugres, planchar arrugas con la mano, estirar lo
encogido y enmendar rodilleras. Lo que le duraba un sombrero de copa no
es para dicho. Para averiguarlo no valdra compulsar todas las
cronologas de la moda, pues a fuerza de ser antigua la del
chistermetro que usaba, casi era moderna, y a esta ilusin contribua
el engao de aquella felpa, tan bien alisada con amorosos cuidados
maternales. Las dems prendas de ropa, si al sombrero igualaban en
longevidad, no podan emular con l en el disimulo de aos de servicio,
porque con tantas vueltas y transformaciones, y tantos recorridos de
aguja y pases de plancha, ya no eran sino sombra de lo que fueron. Un
gabancillo de verano, clarucho, usaba D. Frasquito en todo tiempo: era
su prenda menos inveterada, y le serva para ocultar, cerrado hasta el
cuello, todo lo dems que llevaba, menos la mitad de los pantalones. Lo
que se esconda debajo de la tal prenda, slo Dios y Ponte lo saban.

Persona ms inofensiva no creo haya existido nunca; ms intil, tampoco.
Que Ponte no haba servido nunca para nada, lo atestiguaba su miseria,
imposible de disimular en aquel triste occidente de su vida. Haba
heredado una regular fortunilla, desempe algunos destinos buenos, y no
tuvo atenciones ni cargas de familia, pues se petrific en el celibato,
primero por adoracin de s mismo, despus por haber perdido el tiempo
buscando con demasiado escrpulo y criterio muy rgido un matrimonio de
conveniencia, que no encontr, ni encontrar poda, con las golleras y
perendengues que deseaba. En la poca en que an no exista la palabra
_cursi_, Ponte Delgado consagr su vida a la sociedad, vistiendo con
afectada elegancia, frecuentando, no dir los salones, porque entonces
poco se usaba esta denominacin, sino algunos estrados de casas buenas y
distinguidas. Los verdaderos salones eran pocos, y Frasquito, por ms
que en su vejez haca gala de haber entrado en ellos, la verdad era que
ni por el forro los conoca. En las tertulias que frecuentaba y bailes
a que asista, as como en los casinos y centros de reunin masculina,
no digamos que desentonaba; pero tampoco se distingua por su ingenio,
ni por esa hidalga mezcla de correccin y desgaire que constituye la
elegancia verdadera. Muy estiradito siempre, eso s; muy atento a sus
guantes, a su corbata, a su pie pequeo, resultaba grato a las damas,
sin interesar a ninguna; tolerable para los hombres, algunos de los
cuales verdaderamente le estimaban.

Slo en nuestra sociedad heterognea, libre de escrpulos y
distinciones, se da el caso de que un hidalguete, poseedor de cuatro
terruos, o un empleadillo de mediano sueldo, se confundan con marqueses
y condes de sangre azul, o con los prceres del dinero, en los centros
de falsa elegancia; que se junten y alternen los que explotan la vida
suntuaria por sus negocios, o sus vanidades, o bien por audaces amoros,
y los que van a bailar y a comer y departir con las seoras, sin ms
objeto que procurarse recomendaciones para un ascenso, o el favor de un
jefe para faltar impunemente a las horas de oficinas. No digo esto por
Frasquito Ponte, el cual era algo ms que un pelagatos fino en los
tiempos de su apogeo social. Su decadencia no empez a manifestarse de
un modo notorio hasta el 59; se defendi heroicamente hasta el 68, y al
llegar este ao, marcado en la tabla de su destino con trazo muy negro,
desplomose el desdichado galn en los abismos de la miseria, para no
levantarse ms. Aos antes se haba comido los ltimos restos de su
fortuna. El destino que con grandes fatigas pudo conseguir de Gonzlez
Bravo, se lo quit despiadadamente la revolucin; no gozaba cesanta, no
haba sabido ahorrar. Quedose el cuitado sin ms rentas que el da y la
noche, y la compasin de algunos buenos amigos que le sentaban a su
mesa. Pero los buenos amigos se murieron o se cansaron, y los parientes
no se mostraban compasivos. Pas hambres, desnudeces, privaciones de
todo lo que haba sido su mayor gusto, y en tan tremenda crisis, su
delicadeza innata y su amor propio fueron como piedra atada al cuello
para que ms pronto se hundiera y se ahogara: no era hombre capaz de
importunar a los amigos con solicitudes de dinero, vulgo _sablazos_, y
slo en contadsimas ocasiones, verdaderos casos crticos o de peligro
de muerte, en la lucha con la miseria, se aventur a extender la mano en
demanda de auxilio, revistindola, eso s, para guardar las formas, de
un guante, que aunque descosido y roto, guante era al fin. Antes se
muriera de hambre Frasquito, que hacer cosa alguna sin dignidad. Se dio
el caso de entrar disfrazado en el fign de Boto, a comer dos reales de
cocido, antes que presentarse en una buena casa, donde si le admitan
con agasajo, tambin lastimaban con crueles bromas su decoro,
refregndole en el rostro su gorronera y parasitismo.

Con angustioso afn buscaba el infeliz medios de existencia, aunque
fueran de los menos lucrativos; pero la cortedad de sus talentos
dificultaba ms lo que en todos los casos es difcil. Tanto revolvi,
que al fin pudo encontrar algunos emplellos, indignos ciertamente de su
anterior posicin, pero que le permitieron vivir algn tiempo sin
_rebajarse_. Su miseria, al cabo, poda decorarse con un barniz de
dignidad. Recibir un corto auxilio pecuniario como pasante de un
colegio, o como escribiente de unos boteros de la calle de Segovia, para
llevarles las cuentas y _ponerles_ las cartas, era limosna ciertamente,
pero tan bien disimulada, que no haba desdoro en recibirla. Arrastr
vida msera durante algunos aos, solitario habitante de los barrios del
Sur, sin atreverse a pasar a los del Centro y Norte, por miedo de
encontrar _conocimientos_ que le vieran mal calzado y peor vestido; y
habiendo perdido aquellos acomodos, busc otros, aceptando al fin, no
sin escrpulos y crispaduras de nervios, el cargo de comisionista o
viajante de una fbrica de jabn, para ir de tienda en tienda y de casa
en casa ofreciendo el gnero, y colocando las partidas que pudiera. Mas
tan poca labia y malicia el pobrecillo desplegaba en este oficio
chalanesco, que pronto hubo de quedarse en la calle. ltimamente le
depar el cielo unas seoras viejas de la Costanilla de San Andrs, para
que les llevara las cuentas de un resto de comercio de cerera, que
liquidaban, cediendo en pequeas partidas las existencias a las
parroquias y congregaciones. Escaso era el trabajo; mas por l le daban
tan slo dos pesetas diarias, con las cuales realizaba el milagro de
vivir, agencindose comida y lecho, y no se dice casa, porque en
realidad no la tena.

Ya desde el 80, que fue el ao terrible para el sin ventura Frasquito,
se determin a no tener domicilio, y despus de unos das de horrorosa
crisis en que pudo compararse al caracol, por el aquel de llevar su casa
consigo, entendiose con la _se_ Bernarda, la duea de los dormitorios
de la calle del Medioda Grande, mujer muy dispuesta y que saba
distinguir. Por tres reales le daba cama de a peseta, y en obsequio a la
excepcional decencia del parroquiano, por slo un real de aadidura le
dejaba tener su bal en un cuartucho interior, donde, adems, le
permita estar una hora todas las maanas arreglndose la ropa, y
acicalndose con sus lavatorios, cosmticos y manos de tinte. Entraba
como un cadver, y sala desconocido, limpio, oloroso y reluciente de
hermosura.

La restante peseta la empleaba en comer y en vestirse... Problema
inmenso, lgebra imposible! Con todos sus apuros, aquella temporada le
dio relativo descanso, porque no sufra la humillacin de pedir socorro,
y malo o bueno, tuerto o derecho, tena el hombre un medio de vivir, y
viva y respiraba, y an le sobraba tiempo para dar algunas volteretas
por los espacios imaginarios. Su honesto trato con Obdulia, que vino del
conocimiento con Doa Paca y de las relaciones comerciales de las viejas
cereras con el _funerario_, suegro de la nia, si llev al espritu de
Ponte el consuelo de la concordancia de ideas, gustos y aficiones, le
puso en el grave compromiso de desatender las necesidades de boca para
comprarse unas botas nuevas, pues las que por entonces prestaban
servicio exclusivo hallbanse horrorosamente desfiguradas, y por todo
pasaba el menesteroso, menos por entrar con feo pie en las regiones de
lo ideal.




XVII


Con el espantoso desequilibrio que trajeron al menguado presupuesto, las
botas nuevas y otros artculos de verdadera superfluidad, como pomada,
tarjetas, etc., en los cuales fue preciso invertir sumas de relativa
consideracin, se qued Frasquito enteramente vaco de barriga y sin
saber dnde ni cmo haba que llenarla. Pero la Providencia, que no
abandona a los buenos, le depar su remedio en la casa misma de Obdulia,
que le mataba el hambre algunos das, rogndole que la acompaase a
almorzar; y por cierto que tena que gastar no poca saliva para
reducirle, y vencer su delicadeza y cortedad. Benina, que le lea en el
rostro la inanicin, gastaba menos etiquetas que su seorita, y le
serva con brusquedad, rindose de los melindres y repulgos con que daba
delicada forma a la aceptacin.

Aquel da, que tan siniestro se presentaba, y que la aparicin de Benina
troc en uno de los ms dichosos, Obdulia y Frasquito, en cuanto
comprendieron que estaba resuelto el problema de la reparacin
orgnica, se lanzaron a cien mil leguas de la realidad, para espaciar
sus almas en el rosado ambiente de los bienes fingidos. Las ideas de
Ponte eran muy limitadas: las que pudo adquirir en los veinte aos de su
apogeo social se petrificaron, y ni en ellas hubo modificacin, ni las
adquiri nuevas. La miseria le apart de sus antiguas amistades y
relaciones, y as como su cuerpo se momificaba, su pensamiento se iba
quedando fsil. En su manera de pensar, no haba rebasado las lneas del
68 y 70. Ignoraba cosas que sabe todo el mundo; pareca hombre cado de
un nido o de las nubes; juzgaba de sucesos y personas con candorosa
inocencia. La vergenza de su aflictivo estado y el retraimiento
consiguiente, no tenan poca parte en su atraso mental y en la pobreza
de sus pensamientos.

Por miedo a que le viesen hecho una facha, se pasaba semanas y aun meses
sin salir de sus barrios; y como no tuviera necesidad imperiosa que al
centro le llamase, no pasaba de la Plaza Mayor. Le azaraba continuamente
la monomana centrfuga; prefera para sus divagaciones las calles
obscuras y extraviadas, donde rara vez se ve un sombrero de copa. En
tales sitios, y disfrutando de sosiego, tiempo sin tasa y soledad, su
poder imaginativo haca revivir los tiempos felices, o creaba en los
presentes seres y cosas al gusto y medida del msero soador.

En sus coloquios con Obdulia, Frasquito no cesaba de referirle su vida
social y elegante de otros tiempos, con interesantes pormenores: cmo
fue presentado en las tertulias de los seores de Tal, o de la Marquesa
de Cul; qu personas distinguidas all conoci, y cules eran sus
caracteres, costumbres y modos de vestir. Enumeraba las casas suntuosas
donde haba pasado horas felices, conociendo lo mejorcito de Madrid en
ambos sexos, y recrendose con amenos coloquios y pasatiempos muy
bonitos. Cuando la conversacin recaa en cosas de arte, Ponte, que
deliraba por la msica y por el _Real_, tarareaba trozos de _Norma_ y de
_Maria di Rohan_, que Obdulia escuchaba con xtasis. Otras veces,
lanzndose a la poesa, recitbale versos de D. Gregorio Romero
Larraaga y de otros vates de aquellos tiempos bobos. La radical
ignorancia de la joven era terreno propio para estos ensayos de
literaria educacin, pues en todo hallaba novedad, todo le causaba el
embeleso que sentira una criatura al ver juguetes por primera vez.

No se saciaba nunca la _nia_ (a quien es forzoso llamar as, a pesar de
ser casada, con su aborto correspondiente) de adquirir informes y
noticias de la vida de sociedad, pues aunque algunos conocimientos de
ello tuviera, por recuerdos vagos de su infancia, y por lo que su madre
le haba contado, hallaba en las descripciones y pinturas de Ponte mayor
encanto y poesa. Sin duda, la sociedad del tiempo de Frasquito era ms
bella que la coetnea, ms finos los hombres, las seoras ms graciosas
y espirituales. A ruego de ella, el elegante fsil describa los
convites, los bailes, con todas sus magnificencias; el _buffet_ o
_ambig_, con sus variados manjares y refrigerios; contaba las aventuras
amorosas que en su tiempo dieron que hablar; enumeraba las reglas de
buena educacin que entonces, hasta en los nfimos detalles de la vida
suntuaria, estaba en uso, y haca el panegrico de las bellezas que en
su tiempo brillaron, y ya se haban muerto o eran arrinconados
vejestorios. No se dej en el tintero sus propias aventurillas, o ms
bien pinitos amorosos, ni los disgustos que por tales excesos tuvo con
maridos escamones o hermanos susceptibles. De las resultas, haba tenido
tambin su duelo correspondiente, vaya! con padrinos, condiciones,
eleccin de armas, dimes y diretes, y, por fin, choque de sables,
terminando todo en fraternal almuerzo. Un da tras otro, fue contando
las varias peripecias de su vida social, la cual contena todas las
variedades del libertinaje candoroso, de la elegancia pobre y de la
tontera honrada. Era tambin Frasquito un excelente aficionado al arte
escnico, y represent en distintos teatros caseros papeles principales
en _Flor de un da_ y _La trenza de sus cabellos_. An recordaba
parlamento y _bocadillos_ de ambas obras, que repeta con nfasis
declamatorio, y que Obdulia oa con arrobamiento, _arrasados los ojos en
lgrimas_, dicho sea con frase de la poca. Refiri tambin, y para ello
tuvo que emplear dos sesiones y media, el baile de trajes que dio, all
por los aos de Maricastaa, una seora Marquesa o Baronesa de No s
cuntos. No olvidara Frasquito, si mil aos viviese, aquella grandiosa
fiesta, a la que asisti de _bandido calabrs_. Y se acordaba de todos,
absolutamente de todos los trajes, y los describa y especificaba, sin
olvidar cintajo ni galn. Por cierto que los preparativos de su
vestimenta, y los pasos que tuvo que dar para procurarse las prendas
caractersticas, le robaron tanto tiempo da y noche, que falt semanas
enteras a la oficina, y de aqu le vino la primera cesanta, y con la
cesanta sus primeros atrasos.

Aunque en muy pequea escala, tambin poda Frasquito satisfacer otra
curiosidad de Obdulia: la curiosidad, o ms bien ilusin, de los viajes.
No haba dado la vuelta al mundo; pero haba estado en Pars! y para un
elegante, esto quizs bastaba. Pars! Y cmo era Pars? Obdulia
devoraba con los ojos al narrador, cuando este refera con hiperblicos
arranques las maravillas de la gran ciudad, nada menos que en los
esplendorosos tiempos del segundo Imperio. Ah! la Emperatriz Eugenia,
los Campos Elseos, los bulevares, Ntre Dame, Palais Royal... y para
que en la descripcin entrara todo, Mabille, las loretas!... Ponte no
estuvo ms que mes y medio, viviendo con grande economa, y aprovechando
muy bien el tiempo, da y noche, para que no se le quedara nada por ver.
En aquellos cuarenta y cinco das de libertad parisiense, goz lo
indecible, y se trajo a Madrid recuerdos e impresiones que contar para
tres aos seguidos. Todo lo vio, lo grande y lo chico, lo bello y lo
raro; en todo meti su nariz chiquita, y no hay que decir que se
permiti su poco de libertinaje, deseando conocer los encantos secretos
y seductoras gracias que esclavizan a todos los pueblos, hacindoles
tributarios de la voluptuosa Lutecia.

Precisamente aquel da, mientras Benina con diligencia suma trasteaba en
la cocina y comedor, Frasquito contaba a Obdulia cosas de Pars, y tan
pronto, en su pintoresco relato, descenda a las alcantarillas, como se
encaramaba en la torre del pozo artesiano de Grenelle.

--Muy cara ha de ser la vida en Pars--le dijo su amiga--. Ah! Sr. de
Ponte, eso no es para pobres.

--No, no lo crea usted. Sabiendo manejarse, se puede vivir como se
quiera. Yo gastaba de cuatro a cinco napoleones diarios, y nada se me
qued por ver. Pronto aprend las _correspondencias_ de los mnibus, y a
los sitios ms distantes iba por unos cuantos _sus_. Hay _restauranes_
econmicos, donde le sirven a usted por poco dinero buenos platos.
Verdad es que en propinas, que all llaman _pour boire_, se gasta ms de
la cuenta; pero crame usted, las da uno con gusto por verse tratado con
tanta amabilidad. No oye usted ms que _pardon_, _pardon_ a todas horas.

--Pero entre las mil cosas que usted vio, Ponte, se olvida de lo mejor.
No vio usted a los grandes hombres?

--Le dir a usted. Como era verano, los grandes hombres se haban ido a
tomar baos. Vctor Hugo, como usted sabe, estaba en la emigracin.

--Y a Lamartine, no le vio usted?

--En aquella poca, ya el autor de _Graziella_ haba fallecido. Una
tarde, los amigos que me acompaaban en mis paseos me ensearon la casa
de Thiers, el gran historiador, y tambin me llevaron al caf donde, por
invierno, sola ir a tomarse su copa de cerveza Paul de Kock.

--El de las novelas para rer? Tiene gracia; pero sus indecencias y
porqueras me fastidian.

Tambin vi la zapatera donde le hacan las botas a Octavio Feuillet.
Por cierto que all me encargu unas, que me costaron seis napoleones...
pero qu hechura, qu gnero! Me duraron hasta el ao de la muerte de
Prim...

--Ese Octavio, de qu es autor?

--De _Sibila_ y otras obras lindsimas.

--No le conozco... Creo confundirle con Eugenio Su, que escribi, si no
recuerdo mal, los _Pecados capitales_ y _Nuestra Seora de Pars_.

--_Los Misterios de Pars_, quiere usted decir.

--Eso... Ay, me puse mala cuando le esa obra, de la gran impresin que
me produjo!

--Se identificaba usted con los personajes, y viva la vida de ellos.

--Exactamente. Lo mismo me ha pasado con _Mara o la hija de un
jornalero_....

En esto les avis Benina que ya tena preparada la pitanza, y les falt
tiempo para caer sobre ella y hacer los debidos honores a la tortilla de
escabeche y a las chuletas con patatas fritas. Dueo de su voluntad en
todo acto que requiriese finura y buenas formas, Ponte se las compuso
admirablemente con sus nervios para no dar a conocer la ferocidad de su
hambre atrasada. Con bondadosa confianza, Benina le deca: Coma, coma,
Sr. de Ponte, que aunque esta no es comida fina, como las que a usted le
dan en otras casas, no le viene mal ahora... Los tiempos estn malos.
Hay que apencar con todo...

--Seora Nina--replicaba el _proto-cursi_--, yo aseguro, bajo mi palabra de
honor, que es usted un ngel; yo _me inclino a creer_ que en el cuerpo de
usted se ha encarnado un ser benfico y misterioso, un ser que es _mera_
personificacin de la Providencia, segn la entendan y entienden los
pueblos antiguos y modernos.

--Vlgate Dios lo que sabe, y qu tonteras tan saladas dice!.




XVIII


Con la reparadora substancia del almuerzo, los cuerpos pareca que
resucitaban, y los espritus fortalecidos levantaron el vuelo a las ms
altas regiones. Instalados otra vez en el gabinete, Ponte Delgado cont
las delicias de los veranos de Madrid en su tiempo. En el Prado se
reuna toda la nata y flor. Los pudientes iban de estacin a la Granja.
l haba visitado ms de una vez el Real Sitio, y haba visto correr
las fuentes.

Y yo que no he visto nada, nada!--exclamaba Obdulia con tristeza,
poniendo en sus bellos ojos un desconsuelo infantil--. Crea usted, amigo
Ponte, que ya me habra vuelto tonta de remate, si Dios no me hubiera
dado la facultad de figurarme las cosas que no he visto nunca. No puede
usted imaginar cunto me gustan las flores: me muero por ellas. En su
tiempo, mam me dejaba tener tiestos en el balcn: despus me los
quitaron, porque un da regu tanto, que subi el polica y nos echaron
multa. Siempre que paso por un jardn, me quedo embobada mirndolo.
Cunto me gustara ver los de Valencia, los de la Granja, los de
Andaluca!... Aqu apenas hay flores, y las que vemos vienen por
ferrocarril, y llegan mustias. Mi deseo es admirarlas en la planta.
Dicen que hay tantsimas clases de rosas: yo quiero verlas, Ponte; yo
quiero _aspirar su aroma_. Se dan grandes y chicas, encarnadas y
blancas, de muchas variedades. Quisiera ver una planta de jazmn grande,
grande, que me diera sombra. Y cmo me quedara yo embelesada, viendo
las mil florecillas caer sobre mis hombros, y prendrseme en el pelo!...
Yo sueo con tener un magnfico jardn y una estufa... Ay! esas estufas
con plantas tropicales y flores rarsimas, quisiera verlas yo. Me las
figuro; las estoy viendo... me muero de pena por no poder poseerlas.

--Yo he visto--dijo Ponte--, la de D. Jos Salamanca en sus buenos tiempos.
Figresela usted ms grande que esta casa y la de al lado juntas.
Figrese usted palmeras y helechos de gran altura, y pias de Amrica
con fruto. Me parece que la estoy viendo.

--Y yo tambin. Todo lo que usted me pinta, lo veo. A veces, soando,
soando, y viendo cosas que no existen, es decir, que existen en otra
parte, me pregunto yo: 'Pero no podra suceder que algn da tuviera yo
una casa magnfica, elegante, con salones, estufa... y que a mi mesa se
sentaran los _grandes hombres_... y yo hablara con ellos y con ellos me
instruyera?'.

--Por qu no ha de poder ser? Usted es muy joven, Obdulia, y tiene an
mucha vida por delante. Todo eso que usted ve en sueos, valo como una
realidad posible, probable. Dar usted comidas de veinte cubiertos, una
vez por semana, los mircoles, los lunes... Le aconsejo a usted, como
perro viejo en sociedad, que no ponga ms de veinte cubiertos, y que
invite para esos das gente muy escogida.

--Ah!... bien... lo mejor, la _crema_...

--Los dems das, seis cubiertos, los convidados ntimos y nada ms;
personas de alcurnia, sabe? personas allegadas a usted y que le tengan
cario y respeto. Como es usted tan hermosa, tendr adoradores... eso no
lo podr evitar... No dejar de verse en algn peligro, Obdulia. Yo le
aconsejo que sea usted muy amable con todos, muy fina, muy corts; pero
en cuanto se propase alguno, revstase de dignidad, y vulvase ms fra
que el mrmol, y desdeosa como una reina.

--Eso mismo he pensado yo, y lo pienso a todas horas. Estar tan ocupada
en divertirme, que no se me ocurrir ninguna cosa mala. Que gusto ir a
todos los teatros, no perder pera, ni concierto, ni funcin de drama o
comedia, ni estreno, ni nada, Seor, nada! Todo lo he de ver y gozar...
Pero crea usted una cosa, y se la digo con el corazn. En medio de todo
ese barullo, yo gozara extremadamente en repartir muchas limosnas; ira
yo en busca de los pobres ms desamparados, para socorrerles y... En
fin, que yo no quiero que haya pobres... Verdad, Frasquito, que no debe
haberlos?

--Ciertamente, seora. Usted es un ngel, y con la _varilla mgica de su
bondad_ har desaparecer todas las miserias.

--Ya se me figura que es verdad cuanto usted me dice. Yo soy as. Vea
usted lo que me pasa: hace un rato hablbamos de flores; pues ya se me
ha pegado a la nariz un olor riqusimo. Parceme que estoy dentro de mi
estufa, viendo tantos primores, y oliendo fragancias deliciosas. Y
ahora, cuando hablbamos de socorrer la miseria, se me ocurri decirle:
'Frasquito, trigame una lista de los pobres que usted conozca, para
empezar a distribuir limosnas'.

--La lista pronto se hace, seora ma--dijo Ponte contagiado del delirio
imaginativo, y pensando que deba encabezar la propuesta con el nombre
del primer menesteroso del mundo: _Francisco Ponte Delgado_.

--Pero habr que esperar--aadi Obdulia, dndose de hocicos contra la
realidad, para volver a saltar otra vez, cual pelota de goma, y
remontarse a las alturas--. Y diga usted: en ese correr por Madrid
buscando miserias que aliviar, me cansar mucho, verdad?

--Pero para qu quiere usted sus coches?... Digo, yo _parto de la base_
de que usted tiene una gran posicin.

--Me acompaar usted.

--Seguramente.

--Y le ver a usted paseando a caballo por la Castellana?

--No digo que no. Yo he sido regular jinete. No gobierno mal... Ya que
hemos hablado de carruajes, le aconsejo a usted que no tenga cocheras...
que se entienda con un alquilador. Los hay que sirven muy bien. Se
quitar usted muchos quebraderos de cabeza.

--Y qu le parece a usted?--dijo Obdulia ya desbocada y sin freno--.
Puesto que he de viajar, a dnde debo ir primero, a Alemania o a Suiza?

--Lo primero a Pars...

--Es que yo me figuro que ya he visto a Pars... Eso es de clavo
pasado... Ya estuve: quiero decir, ya estoy en que estuve, y que
volver, de paso para otro pas.

--Los lagos de Suiza son linda cosa. No olvide usted las ascensiones a
los Alpes para ver... los perros del Monte San Bernardo, los grandes
tmpanos de hielo, y otras maravillas de la Naturaleza.

--All me hartar de una cosa que me gusta atrozmente: manteca de vacas
bien fresca... Dgame, Ponte, con franqueza: qu color cree usted que
me sienta mejor, el rosa o el azul?

--Yo afirmo que a usted le sientan bien todos los colores _del iris_;
mejor dicho: no es que este o el otro color hagan valer ms o menos su
belleza; es que su belleza tiene bastante poder para dar realce a
cualquier color que se le aplique.

--Gracias... Qu bien dicho!

--Yo, si usted me lo permite--manifest el galn marchito, sintiendo el
vrtigo de las alturas--, har la comparacin de su figura de usted con
la figura y rostro... de quin creer?... pues de la Emperatriz
Eugenia, ese prototipo de elegancia, de hermosura, de distincin...

--Por Dios, Frasquito!

--No digo ms que lo que siento. Esa mujer _ideal_ no se me ha olvidado,
desde que la vi en Pars, paseando en el _Bois_ con el Emperador. La he
visto mil veces despus, cuando _flaneo_ solito por esas calles soando
despierto, o cuando me entra el insomnio, encerrado las horas muertas _en
mis habitaciones_. Parceme que la estoy viendo ahora, que la veo
siempre... Es una idea, es un... no s qu. Yo soy un hombre que adora
los ideales, que no vive slo de la _vil materia_. Yo desprecio la _vil
materia_, yo s desprenderme del _frgil barro_...

--Entiendo, entiendo... Siga usted.

--Digo que en mi espritu vive la imagen de aquella mujer... y la veo
como un ser real, como un ente... no puedo explicarlo... como un ente,
no figurado, sino tangible y...

--Oh! s... lo comprendo. Lo mismo me pasa a m.

--Con ella?

--No... con... no s con quin.

Por un momento, crey Frasquito que el _ser ideal_ de Obdulia era el
Emperador. Incitado a completar su pensamiento, prosigui as:

Pues, amiga ma, yo que _conozco_, que _conozco_, digo, a Eugenia de
Guzmn, sostengo que usted es como ella, o que ella y usted son una
misma persona.

--Yo no creo que pueda existir tal semejanza, Frasquito--replic la nia,
turbada, echando lumbre por los ojos.

--La fisonoma, las facciones, as de perfil como de frente, la
expresin, el aire del cuerpo, la mirada, el gesto, los andares, todo,
todo es lo mismo. Crame usted, yo no miento nunca.

--Puede ser que haya cierto parecido...--indic Obdulia, ruborizndose
hasta la raz del cabello--. Pero no seremos iguales; eso no.

--Como dos gotas de agua. Y si se _parecen ustedes_ en lo fsico...--dijo
Frasquito, echndose para atrs en el silln y adoptando un tonillo de
franca naturalidad--, no es menor el parecido en lo moral, en el aire de
persona que ha nacido y vive en la ms alta posicin, en algo que revela
la conciencia de una superioridad a la que todos rinden acatamiento. En
suma, yo s lo que me digo. Nunca veo tan clara la semejanza como cuando
usted manda algo a la Benina: se me figura que veo a Su Majestad
Imperial dando rdenes a sus chambelanes.

--Qu cosas!... Eso no puede ser, Ponte... no puede ser.

Entrole a la nia un rer nervioso, cuya estridencia y duracin
parecan anunciar un ataque epilptico. Riose tambin Frasquito, y
desbocndose luego por los espacios imaginativos, dio un bote
formidable, que, traducido al lenguaje vulgar, es como sigue:

Hace poco indic usted que me vera paseando a caballo por la
Castellana. Ya lo creo que podra usted verme! Yo he sido un buen
jinete. En mi juventud, tuve una jaca torda, que era una pintura. Yo la
montaba y la gobernaba admirablemente. Ella y yo _llamamos la atencin_
en La Lnea primero, despus en Ronda, donde la vend, para comprarme un
caballo jerezano, que despus fue adquirido... psmese usted... por la
Duquesa de Alba, hermana de la Emperatriz, mujer elegantsima tambin...
y que tambin se le parece a usted, sin que las dos hermanas se
parezcan.

--Ya, ya s...--dijo Obdulia, haciendo gala de entender de linajes--. Eran
hijas de _la Montijo_.

--Cabal, que viva en la plazuela del ngel, en aquel gran palacio que
hace esquina a la plaza donde hay tantos pajaritos... mansin de
hadas... yo estuve una noche... me presentaron Paco Ustriz y Manolo
Prieto, compaeros mos de oficina... Pues s, yo era un buen jinete, y
crame, algo queda.

--Har usted una figura arrogantsima...

--Oh! no tanto.

--Por qu es usted tan modesto? Yo lo veo as, y suelo ver las cosas
bien claras. Todo lo que yo veo es verdad.

--S; pero...

--No me contradiga usted, Ponte, no me contradiga en esto ni en nada.

--Acato humildemente sus aseveraciones--dijo Frasquito humillndose--.
Siempre hice lo mismo con todas las damas a quienes he tratado, que han
sido muchas, Obdulia, pero muchas...

--Eso bien se ve. No conozco otra persona que se le iguale en la finura
del trato. Francamente, es usted el prototipo de la elegancia... de
la...

--Por Dios!....

Al llegar a esta frase, el punto o vrtice del delirio hzoles caer de
bruces sobre la realidad la brusca entrada de Benina, que, concluidas
sus faenas de fregado y arreglo de la cocina y comedor, se despeda.
Cay Ponte en la cuenta de que era la hora de ir a cumplir sus
obligaciones en la casa donde trabajaba, y pidi licencia a la imperial
dama para retirarse. Esta se la dio con sentimiento, mostrndose
pesarosa de la soledad en que hasta el prximo da quedaba en sus
palacios, habitados por sombras de chambelanes y otros guapsimos
palaciegos. Que estos, ante los ojos de los dems mortales, tomaran
forma de gatos mayadores, a ella no le importaba. En su soledad, se
recreara discurriendo muy a sus anchas por la estufa, admirando las
galanas flores tropicales, y aspirando sus embriagadoras fragancias.

Fuese Ponte Delgado, despidindose con afectuosas salutaciones y
sonrisas tristes, y tras l Benina, que apresur el paso para alcanzarle
en el portal o en la calle, deseosa de echar con l un parrafito.




XIX


S, D. Frasco--le dijo codendose con l en la calle de San Pedro
Mrtir--. Usted no tiene confianza conmigo, y debe tenerla. Yo soy pobre,
ms pobre que las ratas; y Dios sabe las amarguras que paso para
mantener a mi seora y a la nia, y mantenerme a m... Pero hay quien me
gana en pobreza, y ese pobre de ms _solenid_ que nadie es usted... No
diga que no.

--Se Benina, repito que es usted un ngel.

--S... de cornisa... Yo no quiero que usted est tan desamparado. Por
qu le ha hecho Dios tan vergonzoso? Buena es la vergenza; pero no
tanta, Seor... Ya sabemos que el Sr. de Ponte es persona decente; pero
ha venido a menos, tan a menos, que no se lo lleva el viento porque no
tiene por dnde agarrarlo. Pues bueno: yo soy _Juan Claridades_; despus
de atender a todo lo del da, me ha sobrado una peseta. Tngala...

--Por Dios, _se_ Benina--dijo Frasquito palideciendo primero, despus
rojo.

--No haga melindres, que le vendr muy bien para que pueda pagarle a
Bernarda la cama de anoche.

--Qu ngel, santo Dios, qu ngel!

--Djese de _angelorios_, y coja la moneda. No quiere? Pues usted se lo
pierde. Ya ver como las gasta la _dormilera_, que no fa ms que una
noche, y apurando mucho, dos. Y no salga diciendo que a m me hace
falta. Como que no tengo otra! Pero yo me gobernar como pueda para
sacar el diario de maana de debajo de las piedras... Que la tome, digo.

--_Se_ Benina, he llegado a tal extremidad de miseria y humillacin,
que aceptarla la peseta, s, seora, la aceptara, olvidndome de quin
soy y de mi dignidad, etc... pero cmo quiere usted que yo _reciba ese
anticipo_, sabiendo, como s, que usted pide limosna para atender a su
seora? No puedo, no... Mi conciencia se subleva...

--Djese de sublevaciones, que no somos aqu _de tropa_. O usted se lleva
la pesetilla, o me enfado, como Dios es mi padre. D. Frasquito, no haga
papeles, que es usted ms mendigo que el inventor del hambre. O es que
necesita ms dinero, porque le debe ms a la Bernarda? En este caso, no
puedo drselo, porque no lo tengo... Pero no sea usted lila, D.
Frasquito, ni se haga de mieles, que esa lagartona de la Bernarda se lo
comer vivo, si no le acusa las cuarenta. A un parroquiano como usted,
_de la aristocracia_, no se le niega el hospedaje porque deba, un
suponer, tres noches, cuatro noches... Plntese el buen Frasquito, con
cien mil pares, y ver cmo la Bernarda agacha las orejas... Le da usted
sus cuatro reales a cuenta, y... chese a dormir tranquilo en el
camastro.

O no se convenca Ponte, o convencido de lo buena que sera para l la
posesin de la peseta, le repugnaba el acto material de extender la mano
y recibir la limosna. Benina reforz su argumentacin dicindole: Y
puesto que es el nio tan vergonzoso, y no se atreve con su patrona, ni
aun dndole a cuenta la _cantid_, yo le hablar a Bernarda, yo le dir
que no le ria, ni le apure... Vamos, tome lo que le doy, y no me fra
ms la sangre, Sr. D. Frasquito.

Y sin darle tiempo a formular nuevas protestas y negativas, le cogi la
mano, le puso en ella la moneda, cerrole el puo a la fuerza, y se
alej corriendo. Ponte no hizo ademn de devolverle el dinero, ni de
arrojarlo. Quedose parado y mudo; contempl a la Benina como a visin
que se desvanece en un rayo de luz, y conservando en su mano izquierda
la peseta, con la derecha sac el pauelo y se limpi los ojos, que le
lloraban horrorosamente. Lloraba de irritacin oftlmica senil, y
tambin de alegra, de admiracin, de gratitud.

An tard Benina ms de una hora en llegar a la calle Imperial, porque
antes pas por la de la Ruda a hacer sus compras. Estas hubieron de ser
al fiado, pues se le haba concluido el dinero. Recal en su casa
despus de las dos, hora no intempestiva ciertamente: otros das haba
entrado ms tarde, sin que la seora por ello se enfadara. Dependa el
ser bien o mal recibida de la racha de humor con que a Doa Paca coga
en el momento de entrar. Aquella tarde, por desgracia, la pobre seora
rondea se hallaba en una de sus ms violentas crisis de irritabilidad
nerviosa. Su genio tena erupciones repentinas, a veces determinadas por
cualquier contrariedad insignificante, a veces por misterios del
organismo difciles de apreciar. Ello es que antes de que Benina
traspasara la puerta, Doa Francisca le ech esta rociada: Te parece
que son stas horas de venir? Tengo yo que hablar con D. Romualdo, para
que me diga la hora a que sales de su casa... Apuesto a que te
descuelgas ahora con la mentira de que fuiste a ver a la nia, y que has
tenido que darle de comer... Piensas que soy idiota, y que doy crdito
a tus embustes? Cllate la boca... No te pido explicaciones, ni las
necesito, ni las creo; ya sabes que no creo nada de lo que me dices,
embustera, enredadora.

Conocedora del carcter de la seora, Benina saba que el peor sistema
contra sus arrebatos de furor era contradecirla, darle explicaciones,
sincerarse y defenderse. Doa Paca no admita razonamientos, por
juiciosos que fuesen. Cuanto ms lgicas y justas eran las aclaraciones
del contrario, ms se enfurruaba ella. No pocas veces Benina, inocente,
tuvo que declararse culpable de las faltas que la seora le imputaba,
porque, hacindolo as, se calmaba ms pronto.

Ves cmo tengo razn?--prosegua la seora, que cuando se pona en tal
estado, era de lo ms insoportable que imaginarse puede--. Te callas...
quien calla, otorga. Luego es cierto lo que yo digo; yo siempre estoy al
tanto... Resulta lo que pens: que no has subido a casa de Obdulia, ni
ese es el camino. Sabe Dios dnde habrs estado de pingo. Pero no te d
cuidado, que yo lo averiguar... Tenerme aqu sola, muerta de
hambre!... Vaya una maana que me has hecho pasar! He perdido la cuenta
de los que han venido a cobrar piquillos de las tiendas, cantidades que
no se han pagado ya por tu desarreglo... Porque la verdad, yo no s
dnde echas t el dinero... Responde, mujer... defindete siquiera, que
si a todo das la callada por respuesta, me parecer que an te digo
poco.

Benina repiti con humildad lo dicho anteriormente: que haba concluido
tarde en casa de D. Romualdo; que D. Carlos Trujillo la entretuvo la mar
de tiempo; que haba ido despus a la calle de la Cabeza...

Sabe Dios, sabe Dios lo que habrs hecho t, correntona, y en qu
sitios habrs estado... A ver, a ver si hueles a vino.

Olindole el aliento, rompi en exclamaciones de asco y horror: Quita,
qutate all, borracha. Apestas a aguardiente.

--No lo he catado, seora; me lo puede creer.

Insista Doa Paca, que en aquellas crisis converta en realidades sus
sospechas, y con su terquedad forjaba su conviccin.

Me lo puede creer--repiti Benina--. No he tomado ms que un vasito de
vino con que me obsequi el Sr. de Ponte.

--Ya me est dando a m mala espina ese seor de Ponte, que es un viejo
verde muy zorro y muy tuno. Tal para cual, pues tambin t las matas
callando... No pienses que me engaas, hipcrita... Al cabo de la vejez,
te da por la disolucin, y andas de picos pardos. Qu cosas se ven,
Seor, y a qu desarreglos arrastra el maldito vicio!... Te callas:
luego es cierto. No; si aunque lo negaras no me convenceras, porque
cuando yo digo una cosa, es porque la s... Tengo yo un ojo....

Sin dar tiempo a que la delincuente se explicara, sali por este otro
registro:

Y qu me cuentas, mujer? Qu recibimiento te hizo mi pariente D.
Carlos? Qu tal? Est bueno? No revienta todava? No necesitas
decirme nada, porque, como si hubiera estado yo escondidita detrs de
una cortina, s todo lo que hablasteis... A que no me equivoco? Pues te
dijo que lo que a m me pasa es por mi maldita costumbre de no llevar
cuentas. No hay quien le apee de esa necedad. Cada loco con su tema; la
locura de mi pariente es arreglarlo todo con nmeros... Con ellos se ha
enriquecido, robando a la Hacienda y a los parroquianos; con ellos
quiere al fin de la vida salvar su alma, y a los pobres nos recomienda
la medicina de los nmeros, que a l no le salva ni a nosotros nos sirve
para nada. Con que acierto? Fue esto lo que te dijo?

--S, seora. Parece que lo estaba usted oyendo.

--Y despus de machacar con esa monserga del Debe y Haber, te habr dado
una limosna para m... Ignora que mi dignidad se subleva al recibirla.
Le estoy viendo abrir las gavetas como quien quiere y no quiere, coger
el taleguito en que tiene los billetes, ocultndolo para que no lo
vieras t; le veo sobar el saquito, guardarlo cuidadosamente; le veo
echar la llave... Y el muy cochino se descuelga con una porquera. No
puedo precisar la cantidad que te habr dado para m, porque es tan
difcil anticiparse a los clculos de la avaricia; pero desde luego te
aseguro, sin temor de equivocarme, que no ha llegado a los cuarenta
duros.

La cara que puso Benina al or esto no puede describirse. La seora, que
atentamente la observaba, palideci, y dijo despus de breve pausa:

Es verdad: me he corrido mucho. Cuarenta, no; pero, aun con lo cicatero
y mezquino que es el hombre, no habr bajado de los veinticinco duros.
Menos que eso no lo admito, Nina; no puedo admitirlo.

--Seora, usted est delirando--replic la otra, plantndose con firmeza
en la realidad--. El Sr. D. Carlos no me ha dado nada, lo que se llama
nada. Para el mes que viene empezar a darle a usted una _paga_ de dos
duros mensuales.

--Embustera, trapalona... Crees que me embaucas a m con tus enredos?
Vaya, vaya, no quiero incomodarme... Me tiene peor cuenta, y no estoy yo
para coger berrinches... Comprendido, Nina, comprendido. All te
entenders con tu conciencia. Yo me lavo las manos, y dejo a Dios que te
d tu merecido.

--Qu, seora?

--Hazte ahora la simple y la gatita Marirramos. Pero no ves que yo te
calo al instante y adivino tus _infundios_? Vamos, mujer, confisalo; no
trates de aadir a la infamia el engao.

--Qu, seora?

--Pues que has tenido una mala tentacin... Confisamelo, y te perdono...
No quieres declararlo? Pues peor para ti y para tu conciencia, porque
te sacar los colores a la cara. Quieres verlo? Pues los veinticinco
duros que te dio para m D. Carlos, se los has dado a ese Frasquito
Ponte para que pague sus deudas, y vaya a comer de fonda, y se compre
corbatas, pomada y un bastoncito nuevo... Ya ves, ya ves, bribonaza,
cmo todo te lo adivino, y conmigo no te valen ocultaciones. Si s yo
ms que t. Ahora te ha dado por proteger a ese Tenorio fiambre, y le
quieres ms que a m, y a l le atiendes y a m no, y de l te da
lstima, y a m, que tanto te quiero, que me parta un rayo.

Rompi a llorar la seora, y Benina que ya senta ganas de contestar a
tanta impertinencia dndole azotes como a un nio maoso, al ver las
lgrimas se compadeci. Ya saba que el llanto era la terminacin de la
crisis de clera, la sedacin del acceso, mejor dicho, y cuando tal
suceda, lo mejor era soltar la risa, llevando la disputa al terreno de
las burlas sabrosas.

Pues s, seora Doa Francisca--le dijo abrazndola--. Crea usted que
habindome salido ese novio tan hechicero y tan saleroso, le haba de
dejar yo en necesidad, sin darle para el pelo?

--No creas que me engatusas con tus bromitas, trapalona,
zalamera...--deca la seora, ya desarmada y vencida--. Yo te aseguro que
no me importa nada lo que has hecho, porque el dinero de Trujillete yo
no lo haba de tomar... Preferira morirme de hambre, a manchar mis
manos con l... Dselo, dselo a quien quieras, ingratona, y djame a m
en paz; djame que me muera olvidada de ti y de todo el mundo.

--Ni usted ni yo nos moriremos tan pronto, porque an hemos de dar mucha
guerra--le dijo la criada, disponindose con gran diligencia a darle de
comer.

--Veremos qu porqueras me traes hoy... Ensame la cesta... Pero, hija,
no te da vergenza de traerle a tu ama estas piltrafas asquerosas?...
Y qu ms? coliflor... Ya me tienes apestada con tus coliflores, que me
dan flato, y las estoy repitiendo tres das... En fin, a qu estamos en
el mundo ms que a padecer? Dame pronto estos comistrajos... Y huevos
no has trado? Ya sabes que no los paso, como no sean bien frescos.

--Comer usted lo que le den, sin refunfuos, que el poner tantos peros a
la comida que Dios da, es ofenderle y agraviarle.

--Bueno, hija, lo que t quieras. Comeremos lo que haya, y daremos
gracias a Dios. Pero come t tambin, que me da pena verte tan
ajetreada, desvivindote por los dems, y olvidada de ti misma y del
alivio de tu cuerpo. Sintate conmigo, y cuntame lo que has hecho hoy.

A media tarde, coman las dos, sentaditas a la mesa de la cocina. Doa
Paca, suspirando con toda su alma, entre un bocado y otro, expres en
esta forma las ideas que bullan en su mente:

Dime, Nina, entre tantas cosas raras, incomprensibles, qu hay en el
mundo, no habra un medio, una forma... no s cmo decirlo, un
sortilegio por el cual nosotras pudiramos pasar de la escasez a la
abundancia; por el cual todo eso que en el mundo est de ms en tantas
manos avarientas, viniese a las nuestras que nada poseen?

--Qu dice la seora? Que si podra suceder que en un abrir y cerrar de
ojos pasramos de pobres a ricas, y viramos, un suponer, nuestra casa
llena de dinero, y de cuanto Dios cri?

--Eso quiero decir. Si son verdad los milagros, por qu no _sucede_ uno
para nosotras, que bien merecido nos lo tenemos?

--Y quin dice que no _suceda_, que no tengamos
esa _ocurrencia_?--respondi Benina, en cuya mente surgi de improviso,
con poderoso relieve y extraordinaria plasticidad, el conjuro que
Almudena le haba enseado, para pedir y obtener todos los bienes de la
tierra.




XX


De tal modo se posesionaron de su espritu la idea y las imgenes
expresadas por el ciego africano, que a punto estuvo de contarle a su
ama el maravilloso mtodo de conjurar y hacer venir al _Rey de baixo
terra_. Pero recelando que aquel secreto sera menos eficaz cuanto ms
se divulgara, contvose en su locuacidad, y tan slo dijo que bien
podra suceder que de la noche a la maana se les metiera por las
puertas la fortuna. Al acostarse junto a Doa Paca, pues dorman en la
misma alcoba, pens que todo aquello de Almudena era una _papa_, y
tomarlo en serio la mayor de las necedades. Quiso dormirse, mas no pudo;
volvi su espritu a dar agasajo a la idea, creyndola de posible
realizacin, Y si esfuerzos haca por desecharla, con mayor tenacidad la
pcara idea se le meta en el cerebro.

Qu se pierde por probarlo?--se deca, arropndose en la cama--. Podr
no ser verdad... Pero y si lo fuese? Cuntas mentiras hubo que luego
se volvieron verdades como puos!... Pues lo que es yo, no me quedo sin
probarlo, y maana mismo, con el primer dinero que saque, compro el
candil de barro, sin hablar. El cuento es que no s cmo puede tratarse
un _artculo_ sin hablar... En fin, me har la sordomuda... Luego buscar
el palitroque, tambin sin hablar... Falta que el moro me ensee la
oracin, y que yo la aprenda sin que se me escape un verbo....

Despus de un breve sueo, despert creyendo firmemente que en la salita
prxima haba unas esportonas o seretas muy grandes, muy grandes, llenas
de diamantes, _rubiles_, perlas y zafiros... En la obscuridad de las
habitaciones nada poda ver; pero de que aquellas riquezas estaban all
no tena la menor duda. Cogi la caja de fsforos, dispuesta a encender,
para recrear su vista en el tesoro; mas por no despertar a Doa Paca,
cuyo sueo era muy ligero, dej para la maana el examen de tantas
maravillas... Pasado un rato, no tard en rerse de su ilusin,
dicindose: Pues no soy poco lila!... Es todava pronto para que
traigan eso.... Al amanecer, despertose al ladrido de dos perrazos
blancos que salan de debajo de las camas; sinti la campanilla de la
puerta; echose al suelo, y en camisa corri a abrir, segura de que
llamaba algn _ayudante_ o gentilhombre del Rey de luenga barba y
vestido verde... Pero no era nadie; no haba ser viviente en la puerta.

Arreglose para salir, disponiendo el desayuno de la seora, y dando el
primer barrido a la casa, y a las siete sala ya con su cesta al brazo
por la calle Imperial. Como no tena un cntimo ni de dnde le viniera,
encaminose a San Sebastin, pensando por el camino en D. Romualdo y su
familia, pues de tanto hablar de aquellos seores, y de tanto
comentarlos y describirlos, haba llegado a creer en su existencia.
Vaya que soy _gil_!--se deca--. Invento yo al tal D. Romualdo, y ahora
se me antoja que es persona _efetiva_ y que puede socorrerme. No hay ms
D. Romualdo que el pordioseo bendito, y a eso voy, y veremos si cae
algo, con permiso de la _Caporala_. El da era bueno; al entrar, djole
Pulido que haba funeral de primera, y boda en la sacrista. La novia
era sobrina de un ministro _pleniputenciano_, y el novio... _cosa de
peridicos_. Ocup Benina su puesto, y se estren con dos cntimos que
le dio una seora. Sus compaeras trataron de _hacerla cantar_ el para
qu la haba llamado D. Carlos; pero slo contest con evasivas y medias
palabras. Suponiendo la Casiana que el seor de Trujillo haba tratado
con _se_ Benina el darle los restos de comida de su casa, la trat con
miramiento, sin duda por llamarse a la parte.

Al fin los del funeral no repartieron cosa mayor; y si los del bodorrio
se corrieron algo ms, acudi tanta pobretera de otros cuadrantes, y se
arm tal barullo y confusin, que unos cogieron por cinco, y otros se
quedaron _in albis_. Al ver salir a la novia, tan emperifollada, y a las
seoras y caballeros de su compaa, cayeron sobre ellos como nube de
langosta, y al padrino le estrujaron el gabn, y hasta le chafaron el
sombrero. Trabajo le cost al buen seor sacudirse la terrible plaga, y
no tuvo ms remedio que arrojar un puado de calderilla en medio del
patio. Los ms giles hicieron su agosto; los ms torpes gatearon
intilmente. La _Caporala_ y Eliseo trataban de poner orden, y cuando
los novios y todo el acompaamiento se metieron en los coches, qued en
las inmediaciones de la iglesia la turbamulta msera, gruendo y
pataleando. Se dispersaba, y otra vez se reuna con remolinos
zumbadores. Era como un motn, vencido por su propio cansancio. Los
ltimos disparos eran: _T cogiste ms_... _me han quitado lo mo_...
_aqu no hay decencia_... _cunto pillo_.... La Burlada, que era de las
que ms haban apandado, echaba sapos y culebras de su boca, concitando
los nimos de toda la cuadrilla contra la _Caporala_ y Eliseo. Por fin,
intervino la polica, amenazndoles con _recogerles_ si no callaban, y
esto fue como la palabra de Dios. Los intrusos se largaron; los de casa
se metieron en el pasadizo. Benina sac de toda la campaa del da,
comprendido funeral y boda, 22 cntimos, y Almudena, 17. De Casiana y
Eliseo se dijo que haban sacado peseta y media cada uno.

Al retirarse juntos el ciego marroqu y Benina, lamentndose de su mala
sombra, fueron a parar, como la otra vez, a la plaza del Progreso, y se
sentaron al pie de la estatua para deliberar acerca de las dificultades
y ahogos de aquel da. No saba ya Benina a qu santo encomendarse: con
la limosna de la jornada no tena ni para empezar, porque rale forzoso
pagar algunas deudillas en los establecimientos de la calle de la Ruda,
a fin de sostener el crdito y poder trampear unos das ms. Djole
Almudena que l se hallaba en absoluta imposibilidad de favorecerla; lo
ms que poda hacer era entregarle las perras de la maana, y por la
noche lo que sacar pudiera en el resto del da, pidiendo en su puesto de
costumbre, calle del Duque de Alba, junto al cuartel de la Guardia
Civil. Rechaz la anciana esta generosidad, porque tambin l necesitaba
vivir y alimentarse, a lo que repuso el marroqu que con un caf con pan
_migao_, en la Cruz del Rastro, tena bastante para tirar hasta la
noche. Resistindose a admitir la oferta, plante Benina la cuestin de
conjurar al Rey de _baixo terra_, mostrando una confianza y fe que
fcilmente se explican por la grande necesidad en que estaba. Lo
desconocido y misterioso busca sus proslitos en el reino de la
desesperacin, habitado por las almas que en ninguna parte hallan
consuelo.

Ahora mismo--dijo la pobre mujer--, quiero comprar las cosas. Hoy es
viernes, y maana sbado hacemos la prueba.

--_Compriar_ ti cosas, sin hablar...

--Claro, sin decir una palabra. Qu se pierde por hacer la prueba? Y
dime otra cosa: ha de ser precisamente a media noche?.

Contest el ciego que s, repitiendo las reglas y condiciones
imprescindibles para la eficacia del conjuro, y Benina trat de fijarlo
todo en su memoria.

Ya s--le dijo al fin--, que estars todo el da en la fuentecilla del
Duque de Alba--. Si se me olvida algo, ir a preguntrtelo, y a que me
ensees la oracin. Eso s que me ha de costar trabajo aprenderlo, sobre
todo si no me lo pones en lengua cristiana, que lo que es en la tuya,
hijo de mi alma, no s cmo voy a componerme para no equivocarme.

--Si _quivoquiar_ ti, Rey no _vinier_.

Desalentada con estas dificultades, separose Benina de su amigo, por la
prisa que tena de reunir algunas perras con que completar lo que para
las obligaciones de aquel da necesitaba, y no pudiendo esperar ya cosa
alguna del crdito, se puso a pedir en la esquina de la calle de San
Milln, junto a la puerta del caf de los Naranjeros, importunando a los
transentes con el relato de sus desdichas: que acababa de salir del
hospital, que su marido se haba cado de un andamio, que no haba
comido en tres semanas, y otras cosas que partan los corazones. Algo
iba pescando la infeliz, y hubiera cogido algo ms, si no se pareciese
por all un maldito guindilla que la conmin con llevarla a los stanos
de la prevencin de la Latina, si no se largaba con viento fresco.
Ocupose luego en comprar los adminculos para el conjuro, empresa harto
engorrosa, porque todo haba de hacerse por seas, y se fue a su casa
pensando que sera gran dificultad efectuar all la endiablada
hechicera sin que se enterase la seora. Contra esto no haba ms
recurso que _figurar_ que D. Romualdo se haba puesto muy malito, y salir
de noche a velarle, yndose a casa de Almudena... Pero la presencia de
la Petra podra ser obstculo: al peligro de que un testigo incrdulo
imposibilitara la _cosa_, se aada el inconveniente grave de que, en
caso de xito feliz, la borrachona quisiera apropiarse todos o una parte
de los tesoros donados por el Rey... Por cierto que mejor que en piedras
preciosas, sera que lo trajesen todo en moneda corriente, o en fajos de
billetes de Banco, bien sujetos con una goma, como ella los haba visto
en las casas de cambio. Porque... no era floja pejiguera tener que ir a
las plateras a proponer la venta de tantas perlas, zafiros y
diamantes... En fin, que lo trajeran como les diese la gana: no era cosa
de poner reparos, ni exigir muchos perendengues.

Hall a Doa Paca de mal temple, porque se haba parecido en la casa,
muy de maana, un dependiente de la tienda, y habala insultado con
expresiones brutales y soeces. La pobre seora lloraba y se tiraba de
los pelos, suplicando a su fiel amiga que arase la tierra en busca de
los pocos duros que hacan falta, para tirrselos al rostro al bestia
del tendero, y Benina se devanaba los sesos por encontrar la solucin
del terrible conflicto.

Mujer, por piedad, discurre, inventa algo--le deca la seora, hecha un
mar de lgrimas--. Para las ocasiones son los amigos. En circunstancias
muy crticas, no hay ms remedio que perder la vergenza... No se te
ocurre, como a m, que tu D. Romualdo podra sacarnos del compromiso?.

La criada no contest. Preparando la comida de su ama, daba vueltas en
su mente a las combinaciones ms sutiles. Repetida la proposicin por
Doa Paca, pareci que Benina la encontraba razonable. D. Romualdo...
s, s. Ir a ver... Pero no respondo, seora, no respondo. Quizs
desconfen... Una cosa es hacer caridad, y otra prestar dinero... y no
salimos del paso con menos de diez duros... Qu dijo ese bruto de
Gabino? que volvera maana a darnos otro escndalo?... Canalla,
ladrn... que todo lo vende _adltero_!... Pues, s, es cosa de diez
duros, y no s si D. Romualdo... Por l no quedara; pero su hermana es
_puo en rostro_... Diez duros!... Voy a ver... Pero no extrae la
seora que tarde un poco. Estas cosas... no sabe una cmo tratarlas...
Depende de la cara que pongan; a lo mejor salen con aquello de vuelva
usted.... Me voy, me voy; ya me entra la desazn... tardar... pero no
tarda quien a casa llega...

--Sobre todo si no trae las manos vacas. Vete, hija, vete, y el Seor te
acompae y te afine las entendederas. Si yo tuviera tu talento, pronto
saldra de estas trapisondas. Aqu me quedo rezando a todos los santos
del cielo para que te inspiren, y a las dos nos saquen de este
Purgatorio. Adis, hija.

Habindose trazado un plan, el nico que, en su certero juicio, le
ofreca remotas probabilidades de xito, dirigiose Benina a la calle de
Medioda Grande, y a la casa de dormir propiedad de su amiga Doa
Bernarda.




XXI


La duea del establecimiento brillaba por su ausencia. Fue recibida
Benina por la _encargada_, y por un hombre llamado Prieto, que
disfrutaba de toda la confianza de aquella, y llevaba la contabilidad
del alquiler diario de camas. No tuvo la anciana ms remedio que
esperar, pues aquel par de _congrios_ carecan de facultades para
resolverle el problema que tan atrozmente la inquietaba. Hablando,
hablando, del negocio de dormir (el ao iba muy malo, y cada noche
dorma menos gente, y los _micos_ menudeaban), ocurriole a Benina
preguntar por Frasquito Ponte; a lo que respondi Prieto que la noche
anterior se haban visto en el caso de no admitirle porque era deudor ya
de _siete camas_, y no haba dado nada a cuenta.

Pobre seor!--dijo Benina--; habr dormido al raso... Es un dolor... a
sus aos... Mejorando lo presente, es ms viejo que la Cuesta de la
Vega.

Refiri la encargada que no sabiendo Don Frasquito dnde meterse, haba
conseguido ser albergado en la casa del _Comadreja_, calle de Medioda
Chica, dos pasos de all. Por ms seas, haba corrido la noticia de que
estaba enfermo. Al or esto, olvidsele repentinamente a Benina el
objeto principal que a tal sitio la llevara, y no pens ms que en
averiguar qu haba sido del desamparado Frasquito. Tiempo tena de dar
un salto a la casa del _Comadreja_, y volver a punto que regresase a su
domicilio la Doa Bernarda. Dicho y hecho. Un momento despus, entraba
la diligente anciana en la fementida tabernuca que _da la cara_ al
pblico en el _establecimiento_ citado, y lo primero que all vio fue la
abominable estampa de Luquitas, el esposo de Obdulia, que con otros
perdidos y dos o tres mujeres zarrapastrosas, jugaba a las cartas en una
sucia mesilla circular, entre copas de Cariena y Pardillo. En el
momento de entrar Benina, acababan un juego, y antes de echar otra mano,
el hijo de Doa Paca tir sobre la mesa los asquerosos naipes, que en
mugre competan con las manos de los jugadores; se levant
tambalendose, y con media lengua y finura desconcertada, de la que
suelen emplear los borrachos, ofreci a la criada de su suegra un vaso
de vino. Quite all, seorito, yo ya he bebido... Se agradece...--dijo
la anciana, rechazando el vaso.

Pero tan pesado se puso el seorito, y con tal insistencia le coreaban
los dems pidiendo que bebiese _la seora_, que esta tuvo miedo, y tom
la mitad del contenido del vaso pegajoso. No quera ponerse a mal con
aquella gentuza, por lo que pudiera tronar, y sin perder tiempo ni
meterse en dimes y diretes con el vicioso Luquitas, por el abandono en
que a su mujer tena, se fue derecha a su objeto: Y no est por aqu
la _Pitusa_?

--Aqu est para servirla--dijo una mujer esculida, saliendo por estrecha
puertecilla, bien disimulada entre los estantes llenos de botellas y
garrafas que haba detrs del mostrador. Como grieta que da paso al
escondrijo de una anguila, as era la puerta, y la mujer el ejemplar ms
flaco, desmedrado y escurridizo que pudiera encontrarse en la fauna a
que tales hembras pertenecen. Tan flaco era su rostro, que al verlo de
perfil podra tenrsele por construido de chapa, como las figuras de las
veletas. En su cuello no caban ms costurones, y en una de sus orejas
el agujero del pendiente era tan grande, que por l se podra meter con
toda holgura un dedo. Los dientes mellados y negros, las cejas calvas,
las pestaas pitaosas, los ojos tiernos, de mirada de lince,
completaban su fisonoma. Del cuerpo no he de decir sino que
difcilmente se encontraran formas ms exactamente comparables a las de
un palo de escoba vestido, o, si se quiere, cubierto de trapos de fregar
suelos; de los brazos y manos, que al gesticular pareca que azotaban,
como los tirajos de un zorro que quisiera limpiar el polvo a la cara del
interlocutor; de su habla y acento, que sonaban como si estuviera
haciendo grgaras, y aunque parezca extrao, dir tambin, para dar
completa idea de la persona, que de todas estas exterioridades
desapacibles se desprenda un cierto airecillo de afabilidad, un moral
atractivo, por lo que termino asegurando que la _Pitusa_ no era
antiptica ni mucho menos.

--Qu trae por ac la _se_ Benina?--le dijo sacudindole de firme en
los dos hombros--. O contar que estaba usted en grande, en casa rica...
Ya, ya sacar buenas rebaaduras... Y que no tendr usted mal
_gato_!...

--Hija, no... De eso hace un siglo. Ahora estamos en baja.

--Qu? Le va mal?

--Tirando, tirando. Si sopas, comerlas, y si no, nada... Y el
_Comadreja_, est?

--Para qu le quiere, _se_ Benina?

--Hija, te pregunto por saber de l, si est con salud.

--Se defiende. La herida se le abre cuando menos lo piensa.

--Vaya por Dios... Dime otra cosa...

--Mndeme.

--Quiero saber si has recogido en tu casa a un caballero que le llaman
Frasquito Ponte, y si le tienes aqu todava, porque me dijeron que
anoche se puso muy malo.

Por toda respuesta, la _Pitusa_ mand a Benina que la siguiera, y ambas,
agachndose, se escurrieron por el agujero que haca las veces de puerta
entre los estantillos del mostrador. De la otra parte arrancaba una
escalera estrechsima, por la cual subieron una tras otra.

Es una persona decente, como quien dice, personaje--aada Benina,
segura ya de encontrar all al infortunado caballero.

--De la grandeza. _Vele_ aqu a dnde vienen a parar los _ttulos_.

Por un pasillo mal oliente y sucio llegaron a una cocina, donde no se
guisaba. Fogn y vasares servan de depsito de botellas vacas, cajas
deshechas, sillas rotas y montones de trapos. En el suelo, sobre un
jergn msero, yaca cuan largo era D. Francisco Ponte, en mangas de
camisa, inmvil, la fisonoma descompuesta. Dos mujeronas, de rodillas a
un lado y otro, la una con un vaso de agua y vino, la otra atizndole
friegas, le hablaban a gritos: Vuelva en s... Qu demonios le
pasa?... Eso no es ms que maulera. No quiere beber ms?.

Benina, de hinojos, se puso tambin a gritarle, sacudindole: D.
Frasquito de mi alma, qu es eso? Abra los ojos y vame: soy la Nina.

No tardaron las dos tarascas que, entre parntesis, si apostaran a
repugnantes y feas, no habra quien les ganara; no tardaron, digo, en
dar a la anciana las explicaciones que del suceso peda. No admitido
Ponte en las alcobas de la Bernarda, arrimose al quicio de la puerta de
la capilla de Irlandeses para pasar la noche. All le encontraron ellas,
y se pusieron a darle bromas, a decirle cosas... _amos_... cosas que se
dicen y que no eran para ofenderse. Total: que el pobre vejete mal
pintado se hubo de incomodar, y al correr tras ellas con el palo
levantado para pegarles, pataplum, cay redondo al suelo. Soltaron ellas
la risa, creyendo que haba tropezado; pero al ver que no se mova,
acudieron; llegose tambin el sereno, le ech a la cara la linterna, y
entonces vieron que tena un ataque. Hrgale por aqu, hrgale por all,
y el buen seor como cuerpo difunto. Llamado el _Comadreja_, lo
_desanim_, y dijo que todo era un _sincopis_; y como es _caritativo
l_, _buen cristiano l_, y adems haba estudiado un ao de
Veterinaria, mand que le llevaran a su casa para asistirle y devolverle
el resuello con friegas y sinapismos.

As se hizo, cargndole entre las dos y otra compaera, pues el enfermo
pesaba como un manojo de caas, y en casa, a fuerza de pellizcos y
restregones, volvi en s, y les dio las gracias tan amable. La
_Pitusa_ le hizo unas sopas, que tom con apetito, dando a cada momento
_las ms expresivas gracias_... tan fino, y as estuvo hasta la maana,
bien apaadito en su jergn. No podan ponerle en un cuarto, porque en
toda la noche apenas los hubo desocupados, y all, en la cocina vieja,
estaba muy bien, por ser pieza de ventilacin.

Lo peor fue que a la maana, cuando se levantaba para marcharse, le
repiti el ataque, y todo el santo da le daban de hora en hora unos
_sincopieses_ tan tremendos, que se quedaba como cadver, y costaba Dios
y ayuda volverle en s. Le haban dejado en mangas de camisa, porque se
quejaba de calor; pero all estaba la ropa sin que nadie la tocase, ni
le afanaran cosa alguna de lo que tena en los bolsillos. Haba dicho el
_Comadreja_ que si no se recobraba en la noche, dara parte a la
Delegacin para que le llevaran al Hospital.

Manifest Benina a la _Pitusa_ que era un dolor mandar al Hospital a tan
ilustre seorn, y que ella se determinara a llevarle a su casa, s...
Hiri la mente de la anciana una atrevida idea, y con la resolucin que
era cualidad primaria de su carcter, se apresur a ponerla en prctica
con toda prontitud. Quieres orme una palabrita?--dijo a la _Pitusa_,
cogindola por el brazo para sacarla de la cocina. Y al extremo del
pasillo, entraron en la nica habitacin _vividera_ de la casa: una
alcoba con cama camera de hierro, colcha de punto de gancho, espejos
torcidos, lminas de odaliscas, cmoda derrengada, y un San Antonio en
su peana, con flores de trapo y lamparilla de aceite. El dilogo fue
rpido y nervioso:

Qu se le ofrece?

--Pues poca cosa. Que me prestes diez duros.

--_Se_ Benina, est usted en sus cabales?

--En ellos estoy, Teresa Conejo, como lo estaba cuando te prest los mil
reales, y te salv de ir a la crcel... No te acuerdas? Fue el ao y el
da del cicln, que arranc los rboles del Botnico... T habitabas en
la calle del Gobernador; yo en la de San Agustn, donde serva...

--S que me acuerdo. Yo la conoc a usted de que comprbamos juntas...

--Te viste en un fuerte compromiso.

--Empezaba yo a rodar por el mundo...

--Y rodando, rodando, caste en una tentacin...

--Y como serva usted en casa grande, yo calcul y dije: 'Pues esta, si
quiere, podr sacarme'.

--Te llegaste a m con mucho miedo... lo que pasa... no queras
levantarte el faldn, y que yo te dejara destapada.

--Pero usted me tap... Cunto se lo agradec, Benina!

--Y sin rditos... Luego t, en cuanto hiciste las paces con el del
almacn de vinos, me pagaste...

--Duro sobre duro.

--Pues bien: ahora soy yo la que se ha cado: necesito doscientos reales,
y t me los vas a dar.

--Cundo?

--Ahora mismo.

--Mecachis... San Dios! Como no se me vuelva dinero la chimenea de los
garbanzos!

--No los tienes? Ni tu _Comadreja_ tampoco?

--Estamos como el gallo de Morn... Y para qu quiere los diez duros?

--Para lo que a ti no te importa. Di si me los das o no me los das. Yo te
los pagar pronto; y si quieres real por duro, no hay _incomeniente_.

--No es eso: es que no tengo ni un cuarto partido por medio. Este ganado
indecente no trae ms que miseria.

--Vlgate Dios! Y...?

--No, no tengo alhajas. Si las tuviera...

--Busca bien, _maestra_.

--Pues bueno. Hay dos sortijas. No son mas: son del _Rey de Bastos_, un
amigo de Rumaldo, que se las dio a guardar, y Rumaldo me las dio a m.

--Pues...

--Si usted me da su palabra de desempearlas dentro de ocho das y
trarmelas, pero palabra formal, San Dios! llveselas... Darn los diez
por largo, pues una de ellas tiene un brillante que da _la catarata_.

Poco ms se habl. Cerraron bien la puerta, para que nadie pudiera
fisgonear desde el pasillo. Si alguien lo hiciera, no habra odo ms
que un abrir y cerrar de los cajones de la cmoda, un cuchicheo de
Benina, y roncas grgaras de la otra.




XXII


A poco de volver las dos mujeres al lado del desmayado Frasquito, entr
el _Comadreja_, que era un mocetn achulado, de buen porte, con tez y
facciones algo gitanescas, sombrero ancho, bien ceido el talle, y lo
primero que dijo fue que pronto sera conducido el _interfezto_ al
Hospital. Protest Benina, sosteniendo que la enfermedad de Ponte era de
las que exigen trato casero y de familia; en el Hospital se morira sin
remedio, y as, vala ms que ella se le llevara a la casa de su seora
Doa Francisca Jurez, la cual, aunque haba venido muy a menos, todava
se hallaba en posicin de hacer una obra de caridad, albergando a su
paisano el Sr. de Ponte, con quien tena, si mal no recordaba, lejano
parentesco. En esto volvi de su desvanecimiento el galn pobre, y
reconociendo a su bienhechora, le bes las manos, llmandola _ngel_ y
qu s yo qu, muy gozoso de verla a su lado. Con gesto imperioso, al
que sigui una patada, la _Pitusa_ orden a las dos arrapiezas que se
fueran a su obligacin en la puerta de la calle; el _Comadreja_ baj a
despachar, y quedndose solas la Benina y su amiga con el pobre Ponte,
le vistieron del levitn y gabn para llevrsele.

Aqu en confianza, D. Frasquito--le dijo la Benina--, cuntenos por qu
no hizo lo que le mand.

--Qu, seora?

--Dar a Bernarda la peseta, a cuenta de noches debidas... O es que se
gast la peseta en algo que le haca falta, un suponer, en pintura para
la fisonoma del bigote? En este caso, no digo nada.

--Cosmtico, no... yo se lo juro--respondi Frasquito con lnguido acento,
sacando de su boca las palabras como con un gancho--. Lo gast... pero no
en eso... Tena que pro... pro... si lo dir al fin... que
proporcionarme una foto... grafa.

Rebusc en el bolsillo de su gabn, y de entre sobadas cartas y papeles,
sac uno que desdobl, mostrando un retrato fotogrfico, tamao de
tarjeta ordinaria.

Quin es esta madama?--dijo la _Pitusa_, que con presteza lo cogi para
examinarlo--. Como guapa, lo es...

--Quera yo--prosigui Frasquito tomando aliento a cada slaba--,
demostrarle a Obdulia su perfecta semejanza con...

--Pues este retrato no es de la nia--dijo Benina contemplndolo--. Algo se
le parece en el corte de cara; pero no es mismamente.

--Digan ustedes si se parece o no. Para m son idnticas... La una como
la otra, esta como aquella.

--Pero quin es?

--La Emperatriz Eugenia... Pero no la ven? No lo haba ms que en casa
de Laurent, y no lo daban por menos de una peseta... Forzoso adquirirlo,
demostrar a Obdulia la similitud...

--D. Frasquito, por la Virgen, mire que vamos a creer que est ido...
Gastar la peseta en un retrato!....

No se dio por convencido el caballero pobre, y guardando cuidadosamente
la cartulina, se abroch su gabn y trat de ponerse en pie; operacin
complicadsima que no pudo realizar, por la extraordinaria flojedad de
sus piernas, no ms gruesas que palillos de tambor. Con la prontitud que
usar sola en casos como aquel, Benina sali a tomar un coche, para lo
cual antes tena que evacuar otra diligencia de suma importancia. Mas
como era tan ejecutiva, pronto despach: con sus diez duros en el
bolsillo, volvi a Medioda Grande en coche simn tomado por horas, y
en la puerta de la casa se tropez con Petra la borrachera y su
compaera _Cuarto e kilo_, que de la taberna vociferando salan.

--Ya, ya sabemos que se le lleva consigo...--dijronle con retintn--. As
se portan las mujeres de rumbo, que estiman a un hombre... Vaya, vaya,
que eso es correrse... Bien se ve que se puede.

--A ver!... Pero como a ustedes no les importa, yo digo... Y qu?

--Pues na... En fin, aliviarse.

--Contento que tiene usted al ciego Almudena!

--Qu le pasa?

--Que ha esperado a la seora toda la tarde... Cmo haba de ir, si
andaba buscando al caballero canijo!...

--Un recadito nos dio para usted por si la veamos.

--Qu dice?

--A ver si me acuerdo... Ah! s: que no compre la olla...

--La olla de los siete _bujeros_... que l tiene una que trajo de su
tierra.

--Y qu? Van a poner fbrica de coladores? Si no, para qu son tantos
_ujeros_?

--Cllense las muy boconas. Ea, con Dios.

--Y estamos de coche. Vaya un lujo! Cmo se conoce que corre la guita!

--Que os callis... Ms valdra que me ayudarais a bajarle y meterle en
el coche.

--Vaya que s. Con alma y vida.

De divertimiento sirvi a todas las de casa y a las de fuera. Fue una
ruidosa funcin el acto de bajar a Frasquito, cantndole coplas en son
funerario, y dicindole mil cuchufletas aplicadas a l y a la Benina,
que insensible a los desahogos de la vil canalla, se meti en su coche,
llevando al caballero andaluz como si fuera un lo de ropa, y mand al
cochero picar hacia la calle Imperial, cuidando de despabilar bien al
caballo.

No fue, como es fcil suponer, floja sorpresa la de Doa Francisca al
ver que le metan en la casa un cuerpo al parecer moribundo,
transportado entre Benina y un mozo de cuerda. La pobre seora haba
pasado la tarde y parte de la noche en mortal ansiedad, y al ver cosa
tan extraa, crea soar o tener trastornado el sentido. Pero la
traviesa criada se apresur a tranquilizarla, dicindole que aquel no
era cadver, como de su aspecto lastimoso poda colegirse, sino enfermo
gravsimo, el propio D. Frasquito Ponte Delgado, natural de Algeciras, a
quien haba encontrado en la calle; y sin meterse en ms explicaciones
del inaudito suceso, acudi a confortar el atribulado espritu de Doa
Paca con la fausta noticia de que llevaba en su bolso nueve duros y
pico, suma bastante para atender al compromiso ms urgente, y poder
respirar durante algunos das.

--Ah, qu peso me quitas de encima de mi alma!--exclam la seora
elevando las manos--. El Seor le bendiga. Ya estamos en situacin de
hacer una obra de caridad, recogiendo a este desgraciado... Ves? Dios
en un solo punto y ocasin nos ampara y nos dice que amparemos. El favor
y la obligacin vienen aparejados.

--Hay que tomar las cosas como las dispone... _el que menea los truenos_.

--Y dnde ponemos a este pobre mamarracho?--dijo Doa Paca palpando a
Frasquito, que, aunque no estaba sin conocimiento, apenas hablaba ni se
mova, yacente en el santo suelo, arrimadito a la pared.

Como despus del casamiento de Obdulia y Antoito haban sido vendidas
las camas de estos, surgi un conflicto de instalacin domstica, que
Nina resolvi proponiendo armar su cama en el cuartito del comedor, para
colocar en ella al pobre enfermo. Ella dormira en un jergn sobre la
estera, y ya veran, ya veran si era posible arrancar al cuitado viejo
de las uas de la muerte.

Pero, Nina de mi alma, has pensado bien en la carga que nos hemos
echado encima?... T que no puedes, llvame a cuestas, como dijo el
otro. Te parece que estamos nosotras para meternos a protectoras de
nadie?... Pero acaba de contarme: fue D. Romualdo bendito quien...?

--S, seora, Rumaldo...--respondi la anciana, que en su aturdimiento no
se haba preparado para el embuste.

--Bendito, mil veces bendito seor!

--Ella... Teresa Conejo.

--Qu dices, mujer?

--Digo que... Pero usted no se entera de lo que hablo?

--Has dicho que... Por ventura es cazador D. Romualdo?

--Cazador?

--Como has dicho no s qu de un conejo.

--l no caza; pero le regalan... qu s yo... tantas cosas... la perdiz,
el conejo de campo... Pues esta tarde...

--Ya; te dijo: 'Benina, a ver cmo me pones maana este conejo que me han
trado...'.

--Sobre si haba de ser en salmorejo o con arroz, estuvieron disputando;
y como yo nada deca y se me saltaban las lgrimas, 'Benina, qu
tienes? Benina, qu te pasa?...'. En fin, que del conejo tom pie para
contarle el apuro en que me vea....

Convencida Doa Paca, ya no se pens ms que en instalar a Frasquito,
el cual pareca no darse cuenta de lo que le pasaba. Al fin, cuando ya
le haban acostado, reconoci a la viuda de Jurez, y mostrndole su
gratitud con apretones de manos y un suspirar afectuoso, le dijo:

Tal hija, tal madre... Es usted el vivo retrato de la Montijo.

--Qu dice este hombre?

--Le da porque todas nos parecemos a... no s quin... a los emperadores
de Francia... En fin, dejarlo.

--Estoy en el palacio de la plaza del ngel?--dijo Ponte examinando la
msera alcoba con extraviados ojos.

--S, seor... Arrpese ahora; estese quietecito para que coja el sueo.
Luego le daremos buen caldo... y a vivir.

Dejronle solo, y Benina se ech nuevamente a la calle, vida de tapar
la boca a los acreedores groseros, que con apremio impertinente y
desvergonzado abrumaban a las dos mujeres. Diose el gustazo de ponerles
ante los morros los duros que se les deban, hizo ms provisiones, fue a
la calle de la Ruda, y con su cesta bien repleta de vveres y el corazn
de esperanzas, pensando verse libre de la vergenza de pedir limosna, al
menos por un par de das, volvi a su casa. Con presteza metdica se
puso a trabajar en la cocina, en compaa de su ama, que tambin estaba
risuea y gozosa. Sabes lo que me ha pasado--dijo a Benina--en el rato
que has estado fuera? Pues me qued dormidita en el silln, y so que
entraban en casa dos seores graves, vestidos de negro. Eran D.
Francisco Morquecho y D. Jos Mara Porcell, paisanos mos, que venan a
participarme el fallecimiento de D. Pedro Jos Garca de los Antrines,
to carnal de mi esposo.

--Pobre seor; se ha muerto!--exclam Nina con toda el alma.

--Y el tal D. Pedro Jos, que es uno de los primeros ricachos de la
Serrana...

--Pero dgame: es soado lo que me cuenta o es verdad?

--Esprate, mujer. Venan esos dos seores, D. Francisco y D. Jos Mara,
mdico el uno, el otro secretario del Ayuntamiento... pues venan a
decirme que el Garca de los Antrines, to carnal de mi Antonio, les
haba nombrado testamentarios...

--Ya...

--Y que... la cosa es clara... como no tena el tal sucesin directa,
nombraba herederos...

--A quin?

--Ten calma, mujer... Pues dejaba la mitad de sus bienes a mis hijos
Obdulia y Antoito, y la otra mitad a Frasquito Ponte. Qu te parece?

--Que a ese bendito seor deban de hacerle santo.

--Dijronme D. Francisco y D. Jos Mara que hace das andaban buscndome
para darme conocimiento de la herencia, y que preguntando aqu y acull,
al fin averiguaron las seas de esta casa... por quin dirs? por el
sacerdote D. Romualdo, propuesto ya para obispo, el cual les dijo
tambin que yo haba recogido al seor de Ponte... 'De modo--me dijeron
echndose a rer--, que al venir a ofrecer a usted nuestros respetos,
seora ma, matamos dos pjaros de un tiro'.

--Pero vamos a cuentas: todo eso es, como quien dice, soado.

--Claro: no has odo que me qued dormida en el silln?... Como que esos
dos seores que estuvieron a visitarme, se murieron hace treinta aos,
cuando yo era novia de Antonio... figrate... y Garca de los Antrines
era muy viejo entonces. No he vuelto a saber de l... Pues s, todo ha
sido obra de un sueo; pero tan a lo vivo que an me parece que les
estoy mirando... Te lo cuento para que te ras... no, no es cosa de
risa, que los sueos...

--Los sueos, los sueos, digan lo que quieran--manifest Nina--, son
tambin de Dios; y quin va a saber lo que es verdad y lo que es
mentira?

--Cabal... Quin te dice a ti que detrs, o debajo, o encima de este
mundo que vemos, no hay otro mundo donde viven los que se han muerto?...
Y quin te dice que el morirse no es otra manera y forma de vivir?...

--Debajo, debajo est todo eso--afirm la otra meditabunda--. Yo hago caso
de los sueos, porque bien podra suceder, una comparanza, que los que
andan por all vinieran aqu y nos trajeran el remedio de nuestros
males. Debajo de tierra hay otro mundo, y el toque est en saber cmo y
cundo podemos hablar con los vivientes _soterranos_. Ellos han de saber
lo mal que estamos por ac, y nosotros soando vemos lo bien que por
all lo pasan... No s si me explico... digo que no hay justicia, y para
que la _haiga_, soaremos todo lo que nos d la gana, y soando, un
suponer, traeremos ac la justicia.

Contest Doa Paca con una sarta de suspiros sacados de lo ms hondo de
su pecho, y Benina se lanz, con fiebre y tenacidad de idea fija, a
pensar nuevamente en el maravilloso conjuro. Trasteando sin sosiego en
la cocina, con los ojos del alma, no vea ms que el cazuelo de los
siete _bujeros_, el palo de laurel, vestido, y la oracin... demontres
de oracin! Esto s que era difcil!




XXIII


Todo iba bien a la maana siguiente: Don Frasquito mejorando de hora en
hora, y con las entendederas en estado de mediana claridad; Doa Paca
contenta; la casa bien provista de vituallas; aquel da y el prximo
asegurados, por lo cual la pobre Benina podra descansar de su penosa
postulacin en San Sebastin. Mas sindole preciso sostener la comedia
de su asistencia en la casa del eclesistico, sali como todos los das,
la cesta al brazo, dispuesta a no perder la maana y hacer algo til. Al
salir le dijo su ama: Me parece que tendremos que hacer un obsequio a
nuestro D. Romualdo... Conviene demostrar que somos agradecidas y bien
educadas. Llvale de mi parte dos botellas de _Champagne_ de buena
marca, para que acompae con ellas el guisado, que le hars hoy, del
conejo.

--Pero est loca, seora? Sabe lo que cuestan dos botellas de
_Champaa_? Nos empearamos para tres meses. Siempre ha de ser usted lo
mismo. Por gustar tanto del quedar bien, se ve ahora tan pobre. Ya le
obsequiaremos cuando nos caiga la lotera, pues de hoy no pasa que
busque yo quien me ceda una peseta en un dcimo de los de a tres.

--Bueno, bueno: anda con Dios.

Y se fue la seora a platicar con Frasquito, que animado y locuaz
estaba. Una y otro evocaron recuerdos de la tierra andaluza en que
haban nacido, resucitando familias, personas y sucesos; y charla que te
charla, Doa Francisca sali por el registro de su sueo, aunque se
guard bien de contrselo al paisano. Dgame, Ponte: qu ha sido de D.
Pedro Jos Garca de los Antrines?. Despus de un penoso espurgo en los
obscuros cartapacios de su memoria, respondi Frasquito que el D. Pedro
se haba muerto el ao de la Revolucin.

Anda, anda; y yo cre que an viva. Sabe usted quin hered sus
bienes?

--Pues su hijo Rafael, que no ha querido casarse. Ya va para viejo. Bien
podra suceder que se acordara de nosotros, de sus hijos de usted y de
m, pues no tiene parentela ms prxima.

--Ay! no lo dude usted: se acordar...--manifest Doa Paca con grande
animacin en los ojos y en la palabra--. Si no se acordara, sera un
puerco... Lo que me decan D. Francisco Morquecho y D. Jos Mara
Porcell...

--Cundo?

--Hace... no s cunto tiempo. Verdad que ya pasaron a mejor vida. Pero
me parece que les estoy viendo... Fueron testamentarios de Garca de los
Antrines, no es cierto?

--S, seora. Tambin yo les trat mucho. Eran amigos de mi casa, y les
tengo muy presentes en mi memoria... Me parece que les estoy viendo con
sus levitas negras de corte antiguo...

--As, as.

--Sus corbatines de suela, y aquellos sombreros de copa que parecan la
torre de Santa Mara....

Prosigui el coloquio con esta vaga fluctuacin entre lo real y lo
imaginativo; y en tanto, Benina, calle arriba, calle abajo, ya con la
mente despejada, tranquilo el espritu por la posesin de un caudal no
inferior a tres duros y medio, pensaba que toda la tracamundana del
conjuro de Almudena era simplemente un engaa-bobos. Ms probable vea
el xito en la lotera, que no es, por ms que digan, obra de la ciega
casualidad, pues quin nos dice que no anda por los aires un ngel o
demonio invisible que se encarga de sacar la bola del gordo, sabiendo de
antemano quin posee el nmero? Por esto se ven cosas tan raras:
verbigracia, que se reparte el premio entre multitud de infelices que
se juntaron para tal fin, poniendo este un real, el otro una peseta. Con
tales ideas se dio a pensar quin le proporcionara una participacin
mdica, pues adquirir ella sola un dcimo parecale mucho aventurar. Con
la Petra y su compaera _Cuarto e kilo_, que probaban fortuna en casi
todas las extracciones, no quera cuentas, mejor se entendera para este
negocio con Pulido, su compaero de mendicidad en la parroquia, del cual
se contaba que haca combinaciones de jugadas lotricas con el burrero
vecino de Obdulia; y para cogerle en su morada antes de que saliese a
pedir, apresur el paso hacia la calle de la Cabeza, y dio fondo en el
establecimiento de burras de leche. En los establos de aquellas
pacficas bestias daban albergue a Pulido los honrados lecheros, gente
buena y humilde. Una hermana de la burrera venda dcimos por las
calles, y un to del burrero, que tuvo el mismo negocio en la misma
calle y casa, aos atrs, se haba sacado el gordo, retirndose a su
pueblo, donde compr tierras. La aficin se perpetu, pues, en el
establecimiento, formando hbito vicioso; y a la fecha de esta historia,
con lo que los burreros llevaban gastado en quince aos de jugadas,
habran podido triplicar el ganado asnal que posean.

Tuvo Benina la suerte de encontrar a toda la familia reunida, ya de
regreso las pollinas de su excursin matinal. Mientras estas devoraban
el pienso de salvado, los racionales se entretenan en hacer clculos de
probabilidades, y en aquilatar las razones en que se poda fundar la
certidumbre de que saliese premiado al da siguiente el 5.005, del cual
posean un dcimo. Pulido, examinando el caso con su poderosa vista
interior, que por la ceguera de los ojos corporales prodigiosamente se
le aumentaba, remach el convencimiento de los burreros, y en tono
proftico les dijo que tan cierto era que saldra premiado el 5.005,
como que hay Dios en el Cielo y Diablo en los Infiernos. Intil es decir
que la pretensin de Benina cay en aquella obcecada familia como una
bomba, y que el primer impulso de todos fue negarle en absoluto la
participacin que solicitaba, pues ello equivala a regalarle montones
de dinero.

Picose la mendiga, dicindoles que no le faltaban tres pesetas para
tirarlas en un decimito, _todo para ella_, y este golpe de audacia
produjo su efecto. Por ltimo, se convino en que, si ella compraba el
dcimo, ellos le tomaran la mitad, dndole una participacin de dos
reales en el mgico 5.005, nmero seguro, tan seguro como _estarlo
viendo_. As se hizo: sali Benina, y llev al poco rato un dcimo del
4.844, el cual, visto por los otros, y _odo cantar_ por el ciego,
produjo en toda la cuadrilla lotrica la mayor confusin y desconcierto,
como si por arte misterioso la suerte se hubiera pasado del uno al otro
nmero. Por fin, hicironse los tratos y combinaciones a gusto de todos,
y el burrero extendi las papeletas de participacin, quedndose la
anciana con seis reales en el suyo y dos en el otro. Sali Pulido
refunfuando, y se fue a su parroquia de muy mal talante, dicindose que
aquella _eclesistica pocritona_ haba ido a quitarles la suerte; los
burreros se despotricaron contra Obdulia, afirmando que no pagaba el pan
y compraba tiestos de flores, y que el casero la iba a plantar en la
calle; y Benina subi a ver a la _nia_, a quien encontr en manos de la
peinadora, que trataba de arreglarle una bonita cabeza. Aquel da sus
suegros le haban mandado albndigas y sardinas en escabeche; Luquitas
haba entrado en casa a las seis de la maana, y an dorma como un
cachorro. Pensaba la _nia_ irse de paseo, ansiosa de ver jardines,
arboledas, carruajes, gente elegante, y su peinadora le dijo que se
fuera al Retiro, donde vera estas cosas, y todas las fieras del mundo,
y adems cisnes, que son, una comparanza, gansos de pescuezo largo. Al
saber que Frasquito, enfermo, se hallaba recogido en casa de Doa Paca,
mostr la nia sincera afliccin, y quiso ir a verle; pero Benina se lo
quit de la cabeza. Ms vala que le dejara descansar un par de das,
evitndole conversaciones _deliriosas_, que le trastornaban el seso.
Asintiendo a estas discretas razones, Obdulia se despidi de su criada,
persistiendo en irse de paseo, y la otra tom el olivo presurosa hacia
la calle de la Ruda, donde quera pagar deudillas de poco dinero. Por el
camino pens que le convendra ceder parte de la excesiva cantidad
empleada en lotera, y a este fin hizo propsito de buscar al ciego moro
para que jugase una peseta. Ms seguro era esto que no la operacin de
llamar a los espritus _soterranos_...

Esto pensaba, cuando se encontr de manos a boca con Petra y Diega, que
de vender venan, trayendo entre las dos, mano por mano, una cesta con
baratijas de mercera ordinaria. Parronse con ganas de contarle algo
estupendo y que sin duda la interesaba: No sabe, _maestra_? Almudena
la anda buscando.

--A m? Pues yo quisiera hablar con l, por ver si quiere tomarme...

--Le tomar a usted medidas. Eso dice...

--Qu?

--Que est furioso... Loco perdido. A m por poco me mata esta maana de
la tirria que me tiene. En fin, el disloque.

--Se muda de Santa Casilda... Se va a las Cambroneras.

--Le ha dado la tarantaina, y baila sobre un pie solo.

Prorrumpieron en desentonadas risas las dos mujerzuelas, y Benina no
saba qu decirles. Entendiendo que el africano estara enfermo, indic
que pensaba ir a San Sebastin en su busca, a lo que replicaron las
otras que no haba salido a pedir, y que si quera la _maestra_
encontrarle, buscrale hacia la Arganzuela o hacia la calle del Pen,
pues en tal rumbo le haban visto ellas poco antes. Fue Benina hacia
donde se le indicaba, despachados brevemente sus asuntos en la calle de
la Ruda; y despus de dar vueltas por la Fuentecilla, y subir y bajar
repetidas veces la calle del Pen, vio al marroqu, que sala de casa
de un herrero. Llegose a l, le cogi por el brazo y...

Soltar m, soltar m t...--dijo el ciego estremecindose de la cabeza a
los pies, cual si recibiese una descarga elctrica--. Mala t, _gaadora_
t... matar yo ti.

Alarmose la pobre mujer, advirtiendo en el rostro de su amigo grandsima
turbacin: contraa y dilataba los labios con vibraciones convulsivas,
desfigurando su habitual expresin fisonmica; manos y piernas
temblaban; su voz haba enronquecido.

Qu tienes t, Almudenilla? Qu mosca te ha picado?

--Picar t m, mosca mala... _Viner migo_... Querer yo hablar _tigo_.
_Muquier_ mala ser ti...

--Vamos a donde quieras, hombre. Si parece que ests loco!.

Bajaron a la Ronda, y el marroqu, conocedor de aquel terreno, gui
hacia la fbrica del gas, dejndose llevar por su amiga cogido del
brazo. Por angostas veredas pasaron al paseo de las Acacias, sin que la
buena mujer pudiera obtener explicaciones claras de los motivos de
aquella extraa desazn.

Sentmonos aqu--dijo Benina al llegar junto a la Fbrica de alquitrn--;
estoy cansadita.

--Aqu no... ms _abaixo_....

Y se precipitaron por un sendero empinadsimo, abierto en el terrapln.
Hubieran rodado los dos por la pendiente si Benina no le sostuviera
moderando el paso, y asegurndose bien de dnde pona la planta.
Llegaron, por fin, a un sitio ms bajo que el paseo, suelo quebrado,
lleno de escorias que parecen lavas de un volcn; detrs dejaron casas,
cimentadas a mayor altura que las cabezas de ellos; delante tenan
techos de viviendas pobres, a nivel ms bajo que sus pies. En las
revueltas de aquella hondonada se distinguan chozas mseras, y a lo
lejos, oprimida entre las moles del Asilo de Santa Cristina y el taller
de Sierra Mecnica, la barriada de las Injurias, donde hormiguean
familias indigentes.

Sentronse los dos. Almudena, dando resoplidos, se limpi el copioso
sudor de su frente. Benina no le quitaba los ojos, atenta a sus
movimientos, pues no las tena todas consigo, vindose sola con el
enojado marroqu en lugar tan solitario. A ver... _amos_... a ver por
qu soy tan mala y tan engaadora. Por qu?

--_Poique_ ti _n'gaar_ m. Yo _quiriendo_ ti, t _quirier_ otro... S,
s... Seor _bunito_, _cabaiero_ galn... ti queriendo l... Enfermo l
casa _Comadreja_... t llevar casa tuya l... _quirido_ tuyo...
_quirido_... rico l, seorito l...

--Quin te ha contado esas papas, Almudena?--dijo la buena mujer
echndose a rer con toda su alma.

--No negar t cosa... Tu _n'fadar_ m; _riyendo_ t m....

Al expresarse de este modo, posedo de sbito furor, se puso en pie, y
antes de que Benina pudiera darse cuenta del peligro que la amenazaba,
descarg sobre ella el palo con toda su fuerza. Gracias que pudo la
infeliz salvar la cabeza apartndola vivamente; pero la paletilla, no.
Quiso ella arrebatarle el palo; pero antes de que lo intentara recibi
otro estacazo en el hombro, y un tercero en la cadera... La mejor
defensa era la fuga. En un abrir y cerrar de ojos, se puso la anciana a
diez pasos del ciego. Este trat de seguirla; ella le buscaba las
vueltas; se pona en lugar seguro, y l descargaba sus furibundos
garrotazos en el aire y en el suelo. En una de estas cay boca abajo, y
all se qued cual si fuera la vctima, mordiendo la tierra, mientras la
seora de sus pensamientos le deca: Almudena, Almudenilla, si te cojo,
vers... tontaina, borricote!....




XXIV


Despus de revolcarse en el suelo con epilptica contraccin de brazos y
piernas, y de golpearse la cara y tirarse de los pelos, lanzando
exclamaciones guturales en lengua arbiga, que Benina no entenda,
rompi a llorar como un nio, sentado ya a estilo moro, y continuando en
la tarea de aporrearse la frente y de clavar los dedos convulsos en su
rostro. Lloraba con amargo desconsuelo, y las lgrimas calmaron sin
duda, su loca furia. Acercose Benina un poquito, y vio su rostro
inundado de llanto que le humedeca la barba. Sus ojos eran fuentes por
donde su alma se descargaba del raudal de una pena infinita.

Pausa larga. Almudena, con voz quejumbrosa de chiquillo castigado, llam
cariosamente a su amiga.

Nina... _amri_... Estar aqu ti?

--S, hijo mo, aqu estoy vindote llorar como San Pedro despus que
hizo la canallada de negar a Cristo. Te arrepientes de lo que has
hecho?

--S, s... _amri_... Haber pegado ti!... Doler ti _mocha_?

--Ya lo creo que me escuece!

--Yo malo... _yorando_ m das _mochas_, _poique_ pegar ti... _Amri_,
_perdoar_ t m...

--S... perdonado... Pero no me fo.

--Tomar t palo--le dijo alargndoselo--Venir qui... _cabe_ m. Coger palo
y dar m fuerte, hasta que matar t m.

--No me fo, no.

--Tomar t este _cochilo_--aadi el africano sacando del bolso interior
del chaquetn una herramienta cortante--. Mercarlo yo pa pegar ti...
Matar t m con l, quitar vida m. Mordejai no _quierer_ vida... muerte
s, muerte....

Como quien no hace nada, Benina se apoder de las dos armas, palo y
cuchillo, y arrimndose ya sin temor alguno al desdichado ciego, le
puso la mano en el hombro. Me has partido algn hueso, porque me duele
_mocha_--le dijo--. A ver dnde me curo yo ahora... No, hueso roto no hay;
pero me has levantado unos morcillones como mi cabeza, y el rnica que
gaste yo esta tarde t me la tienes que abonar.

--Dar yo ti... vida... _Perdoar_ m... _Yorar_ yo meses _mochas_, si t
no _perdoando_ m... Estar loco... yo _quierer_ ti... Si t no _quierer_
m, Almudena matar si l _sigo_.

--Bueno va. Pero t has tomado algn maleficio. Vaya, que salir ahora
con ese cuento de enamorarte de m! Pero t no sabes que soy una vieja,
y que si me vieras te caeras para atrs del miedo que te daba?

--No ser vieja t... Yo _quiriendo_ ti.

--T quieres a Petra.

--No... _B'rracha_... fea, mala... T ser _muquier_ una sola... No haber
otra m.

Sin dar tregua a su intensa afliccin, cortando las palabras con los
hondos suspiros y el continuo sollozar, torpe de lengua hasta lo sumo,
declar Almudena lo que senta, y en verdad que si pudo entender Benina
lenguaje tan extrao, no fue por el valor y sentido de los conceptos,
sino por la fuerza de la verdad que el marroqu pona en sus
extrasimas modulaciones, aullidos, desesperados gritos, y sofocados
murmullos. Djole que desde que el Rey _Samdai_ le seal la
mujer _nica_, para que le siguiera y de ella se apoderara, anduvo
corriendo por toda la tierra. Ms l caminaba, ms delante iba la mujer,
sin poder alcanzarla nunca. Andando el tiempo, crey que la fugitiva era
Nicolasa, que con l vivi tres aos en vida errante. Pero no era;
pronto vio que no era. La suya delante, siempre delante, entapujadita y
sin dejarse ver la cara... Claro, que l vea la figura con los ojos del
alma... Pues bueno: cuando conoci a Benina, una maana que por primera
vez se present ella en San Sebastin, llevada por Eliseo, el corazn,
queriendo salrsele del pecho, le dijo: Esta es, esta sola, y no hay
otra. Ms hablaba con ella, ms se convenca de que era _la suya_; pero
quera dejar pasar tiempo, y _priebarlo_ mejor. Por fin lleg la
certidumbre, y l esperando, esperando una ocasin de decrselo a
ella... As, cuando le contaron que Benina quera al _galn bunito_, y
que se lo haba llevado a su casa nada menos que en coche, le entr tal
desconsuelo, seguido de tan espantosa furia, que el hombre no saba si
matarse o matarla... Lo mejor sera consumar a un tiempo las dos
muertes, despus de haber despachado para el otro mundo a media
humanidad, repartiendo golpes a diestro y siniestro.

Oy Benina con inters y piedad este relato, que aqu se da, para no
cansar, reducido a mnimas proporciones; y como era mujer de buen
sentido, no incurri en la ligereza de engrerse con aquella pasin
africana, ni tampoco hizo chacota de ella, como natural pareca,
considerando su edad y las condiciones fsicas del desdichado ciego.
Mantenindose en un justo medio de discrecin, miraba slo el fin
inmediato de que su amigo se tranquilizara, apartando de su mente las
ideas de muerte y exterminio. Explicole lo del _galn bunito_,
procurando convencerle de que slo un sentimiento de caridad habala
movido a llevarle a la casa de su seora, sin que mediase en ello el
amor, ni cosa tocante a las relaciones de hombre y mujer. No se daba por
convencido Mordejai, que plante por fin la cuestin en trminos que
justificaban la veracidad y firmeza de su afecto, a saber: para que l
creyese lo que Benina acababa de decirle, convena que se lo demostrara
con hechos, no con palabras, que el viento se lleva. Y cmo se lo
demostrara con hechos, de modo que l quedase plenamente satisfecho y
convencido? Pues de un modo muy sencillo: dejando todo, su seora, _casa
suya_, _galn bunito_; yndose a vivir con Almudena, y quedando unidos ya
los dos para toda la vida.

No respondi la anciana con negacin rotunda por no excitarle ms, y se
limit a presentarle los inconvenientes del abandono brusco de su
seora, que se morira si de ella se separase. Pero a todas estas
razones opona el marroqu, otras fortalecidas en el fuero y leyes de
amor, que a todo se sobreponen. Si t _quierer m_, _amri_, m casar
_tigo_.

Al hacer la oferta de su blanca mano, acompandola de un suspirar
tierno y de remilgos de vergenza, con sus enormes labios que se
dilataban hasta las orejas o se contraan formando un hocico monstruoso,
Benina no pudo evitar una risilla de burla. Pero contenindose al
instante, acudi a la respuesta con este discretsimo argumento:

Hijo, as te llamo porque pudieras serlo... agradezco tu fineza; pero
repara que he cumplido los sesenta aos.

--_Cumplir no cumplir sisenta_, _milienta_, _yo quierer ti_.

--Soy una vieja, que no sirve para nada.

--_Sirvi_, _amri_; yo _quierer_ ti... t _mais_ que la luz _bunita_; moza
t.

--Qu desatino!

--Casar _migo tigo_, y _dirnos migo_ con t a _terra_ ma, _terra_ de
Sus. Mi padre Sal, rico l; mis _germanos_, ricos ellos; mi madre
Rimna, rica _bunita_ ella... _quierer_ ti, _dicir_ hija ti...
Vers _terra_ ma: _aceita mocha_, _laranjas mochas_... _carnieras
mochas_ padre mo... _mochas arbolas_ cabe el ro; casa grande... noria
d'agua fresca... _bunito_; ni fro ni _calora_.

Aunque la pintura de tanta felicidad influa levemente en su nimo, no
se dejaba seducir Benina, y como persona prctica vio los inconvenientes
de una traslacin repentina a pases tan distantes, donde se encontrara
entre gentes desconocidas, que hablaban una lengua de todos los
demonios, y que seguramente se diferenciaran de ella por las
costumbres, por la religin y hasta por el vestido, pues all, de fijo
andaban con taparrabo... Bonita estara ella con taparrabo! Vaya, que
se le ocurran unas cosas al buen Mordejai! Mostrndose afectuosa y
agradecida, le argument con los inconvenientes de la precipitacin en
cosa tan grave como es el casarse de buenas a primeras, y correrse de un
brinco nada menos que al frica, que es, como quien dice, _donde
empiezan los Pirineos_. No, no: haba que pensarlo despacio, y tomarse
tiempo para no salir con una patochada. Mucho ms prctico, segn ella,
era dejar todo ese lo del casamiento y del viaje de novios para ms
adelante, ocupndose por el pronto en realizar, con todos los requisitos
que aseguraran el xito, el conjuro del rey _Samdai_. Si la cosa
resultaba, como Almudena le asegur, y venan a poder de ella las
banastas de piedras preciosas, que tan fcilmente se convertiran en
billetes de Banco, ya tenan todas las cuestiones resueltas, y lo dems
prontamente se allanara. El dinero es el arreglador infalible de
cuantas dificultades hay en el mundo. Total: que ella se comprometa a
cuanto l quisiera, y desde luego empeaba su palabra de casorio y de
seguirle hasta el fin del mundo, siempre y cuando el rey _Samdai_
concediese lo que con todas las reglas, ceremonias y rezos benditos se
le haba de pedir.

Quedose meditabundo el africano al or esto, y despus se dio golpetazos
en la frente, como hombre que experimenta gran confusin y desconsuelo.
_Perdoar_ m t... Olvidar m _dicer_ ti cosa.

--Qu? Vas a salir ahora con inconvenientes? Es que la operacin no
vale porque faltara algn requisito?

--Olvidar m _requesito_... No valer, _poique_ ser t _muquier_.

--Condenado!--exclam Benina sin poder contener su enojo--, por qu no
empezaste por ah? Pues si el primer _requesito_ es ser hombre... a ver!

--_Perdoar_ m... Olvidar cosa _migo_.

--T no tienes la cabeza buena. Vaya una plancha! Pero ay! la culpa es
ma, por haberme credo las paparruchas que inventan en tu tierra
maldecida, y en esa tu religin de los demonios coronados. No, no lo
cre... Era que la pobreza me cegaba... Y no lo creo, no. Perdneme Dios
el mal pensamiento de llamar al diablo con todos esos arrumacos;
perdneme tambin la Virgen Santsima.

--Si no valer eso _poique_ ser t _muquier_...--replic Almudena
vergonzoso--, saber m otra cosa... que si _jacer_ t, coger has t _tuda
la diniera_ que t _querier_.

--No, no me engaas otra vez. Buen pjaro ests t!... Ya no creo nada
de lo que me digas.

--Por la bendita luz, verdad ser... Rayo del cielo matar m, si _n'gaar_
ti... Coger _diniero_, _mocha diniero_!

--Cundo?

--Cuando _quiriendo_ t.

--A ver... Aunque no he de creerlo, dmelo pronto.

--Yo dar ti _p'peleto_...

--Un papelito?

--S... Poner t punta _lluengua_...

--En la punta de la lengua?

--S: entrar con ello Banco, _p'peleto en llengua_, y _naide_ ver ti.
Poder coger _diniero tuda_... No ver ti _naide_.

--Pero eso es robar, Almudena.

--_Naide_ ver, _naide_ a ti _dicir naida_.

--Quita, quita... Yo no tengo esas maas. Robar, no. Que no me ven? Pero
Dios me ver.




XXV


No desista el apasionado marroqu de ganar la voluntad de la dama (que
as debemos llamarla en este caso, toda vez que como tal l la vea con
los ojos de su alma); y conociendo que los medios positivos eran los ms
eficaces, y que antes que las razones con que l pudiera expugnarla la
rendira su propia codicia y el anhelo de enriquecerse, se arranc con
otro sortilegio, producto natural de su sangre semtica y de su rica
imaginacin. Djole que entre todos los secretos de que por favor de
Dios era depositario, haba uno que no pensaba confiar ms que a la
persona que fuese duea de todo su cario; y como esta persona era ella,
la mujer soada, la mujer prometida por el soberano _Samdai_, a ella
sola revelaba el infalible procedimiento para descubrir los tesoros
_soterrados_. Aunque afectaba Benina no dar crdito a tales historias,
ello es que no perdi slaba del relato que Almudena le hizo. La cosa
era muy sencilla, por l pintada, aunque las dificultades prcticas para
llegar a producir el mgico efecto saltaban a la vista. La persona que
quisiera saber, _siguro_, _siguro_, dnde haba dinero escondido, no
tena ms que abrir un hoyo en la tierra, y estarse dentro de l
cuarenta das, en paos menores, sin otro alimento que harina de cebada
sin sal, ni ms ocupacin que leer un libro santo, de luengas hojas, y
meditar, meditar sobre las profundas verdades que aquellas escrituras
contenan...

--Y eso tengo que hacerlo yo?--dijo Benina impaciente--. Apaado ests!
Y ese libro est escrito en tu lengua? Tonto, cmo voy a leer yo esos
garrapatos, si en mi propio castellano natural me estorba lo negro?

--_Leyerlo_ m... _leyer_ t.

--Pero en ese agujero bajo tierra, que ser la casa de los topos,
podemos estar los dos?

--_Siguro_.

--Bueno. Y para poder ver bien la letra de ese libro--dijo con sorna la
_dama_--, llevars antiparras de ciego...

--M saberlo de _memueria_--replic impvido el africano.

La _operacin_, pasados los cuarenta das de penitencia, terminaba por
escribir en un papelito, como los de cigarro, ciertas palabras mgicas
que l saba, l solo; luego se soltaba el papelito en el aire, y
mientras el viento lo llevaba de aqu para all, ella y l rezaran
devotamente oraciones _mochas_, sin quitar los ojos del papel volante.
All donde cayese, se encontrara, cavando, cavando, el tesoro
soterrado, probablemente una gran olla repleta de monedas de oro.

Manifest Benina su incredulidad soltando la risa; pero alguna huella
dejaba en su espritu la nueva quisicosa para encontrar tesoros, porque
con toda formalidad se dej decir: No creo yo que haya dinero enterrado
en los campos. Puede que en tu tierra se den esos casos; pero lo que es
aqu... donde lo tienes es en los patios, en las corraladas, debajo del
suelo de las leeras, almacenes y bodegas, y, si a mano viene, empotrado
en las paredes...

--Mismo poder yo _discubrierlo_ l... Yo _dicer_ ti, si t _quiriendo_ m,
si t casar _migo_.

--Ya trataremos de eso ms despacio--dijo Benina quitndose el pauelo y
volvindoselo a poner, seal de impaciencia y ganas de marcharse.

--No _dirti_ t, _amri_, no--murmur el ciego quejumbroso, agarrndola por
la falda.

--Es tarde, hijo, y hago falta en casa.

--T _migo_ siempre.

--No puede ser por ahora. Ten paciencia, hijo.

Posedo nuevamente de furor, al sentir que se levantaba, se arroj sobre
ella, clavndole la zarpa en los brazos, y manifestando con rugidos,
ms que con voces, su ardiente anhelo de tenerla en su compaa. M
_queriendo_ ti... Matar m, _ajogar_ mismo yo en ro, si t no _venier_
m...

--Djame por Dios, Almudena--dijo con acento de afliccin la _dama_,
creyendo vencerle mejor con splicas afectuosas--. Yo te quiero; pero me
llaman mis obligaciones.

--Matar yo _galn bunito_--grit el ciego apretando los puos, y dando
algunos pasos hacia la anciana, que medrosa se haba apartado de l.

--Ten juicio; si no, no te quiero... Vmonos. Si me prometes ser bueno y
no pegarme, iremos juntos.

--_Piegar_ ti no, no... _quiriendo_ ti ms que a la bendita luz.

--Pues si no me pegas, vamos--dijo Benina, aproximndose cariosa, y
cogindole por el brazo.

Apaciguado el buen Mordejai, emprendieron otra vez la marcha hacia
arriba, y por el camino dijo el ciego a la _dama_ que se haba despedido
de Santa Casilda, por romper con la Petra; y como los tiempos venan
malos y no se ganaban perras, pensaba trasladarse aquella misma tarde a
las Cambroneras, _cabe_ el Puente de Toledo, pues en aquel barrio haba
estancias para dormir por solos diez cntimos cada noche. No aprob
Benina el cambio de domicilio, porque all, segn haba odo, vivan en
grande estrechez e incomodidad los pobres, amontonados y revueltos en
cuartuchos indecentes; pero l insisti, dolorido y melanclico,
asegurando que _quera estar mal_, hacer penitencia, pasarse los das
_yorando_, _yorando_, hasta conseguir que _Adonai_ ablandase el corazn
de la mujer amada. Suspiraron ambos, y silenciosos subieron toda la
calle de Toledo.

Como Benina le ofreciese un duro para la mudanza, Almudena expres un
desinters sublime: No _querier_ m _diniero_... _Diniero_ cosa
puerca... asco _diniero_... M _quierer amri_... _muquier_ ma _migo_.

--Bueno, bueno: ten paciencia--le dijo Benina, temerosa de que se
descompusiera al final de la jornada--. Yo te prometo que maana
hablaremos de eso.

--_Viner_ t Cambroneras?

--S, te lo prometo.

--M no _golver pirroquia_... Carga m _gente suberbiosa_: Casiana,
Eliseo... asco m _genta_. M pedir _Puenta Tolaido_...

--Esprame maana... y promteme tener juicio.

--_Yorando_, _yorando_ m.

--Pero a qu vienen esos lloriqueos?... Almudenilla, si yo te quiero...
_Amos_, no me des disgustos.

--_Ora ti_, casa tuya, ver _galn bunito_, _jacer_ t carios l.

--Yo? Ests fresco! S, s, para l estaba! Pero t qu te has
credo? Valiente caso hago yo de esa estantigua! Tiene ms aos que la
Cuesta de la Vega: es pariente de mi seora, y por encargo de esta se le
recogi para llevarle a casa.

--_Mam'rracho_ l!

--Y tan mamarracho! Ni hay comparanza entre l y t... En fin, chico:
tengo mucha prisa. Adis. Hasta maana.

Aprovechando un momento en que el marroqu se quedaba como lelo, apret
a correr, dejndole arrimadito a la pared, junto a la tienda llamada del
_Botijo_. Era la nica forma posible de separacin, dada la tenaz
adherencia del pobre ciego. Desde lejos le mir Benina, inmvil, la
cabeza cada. Pasado un rato, se dej caer en el suelo, y all le vieron
toda la tarde los transentes, sentado, mudo, la negra mano extendida.

No encontr la Nina en su casa grandes novedades, como por tal no se
tuviera el contento de Doa Paca, que no cesaba de alabar la finura de
su husped, y la gracia con que a la conversacin traa los recuerdos de
Algeciras y Ronda. Sentase la buena seora transportada a sus verdes
aos; casi olvidaba su pobreza, y movida del generoso instinto que en
aquella edad primera haba sido fundamento de su carcter imprevisor y
de sus desgracias, propuso a Nina que se trajeran para Frasquito dos
botellas de Jerez, pavo en galantina, huevo hilado, y cabeza de jabal.

S, seora--replic la criada--: todo eso traeremos, y luego nos vamos a
la crcel, para ahorrar a los tenderos el trabajo de llevarnos. Pero
usted se ha vuelto loca? Para esta noche har unas sopas de ajo con
huevos, y _san sacab_. Crea usted que a ese caballero le sabrn a
gloria, acostumbrado como est a comistrajos indecentes.

--Bueno, mujer. Se har lo que t quieras.

--En vez de cabeza de jabal, pondremos cabeza de ajo.

--Creo, con tu permiso, que en todas las circunstancias, aunque sea
sacrificndose, debe una portarse como quien es. En fin, cunto dinero
tenemos?

--Eso a usted no le importa. Djeme a m, que ya sabr arreglarme. Cuando
se acabe, no es usted quien ha de ir a buscarlo.

--Ya, ya s que irs t y lo buscars. Yo no sirvo para nada.

--S sirve usted; y ahora, aydeme a pelar estas patatitas.

--Lo que quieras. Ah!... se me olvidaba. Frasquito toma t... y como
est tan delicadillo, hay que traerlo bueno.

--Del mejor. Ir por l a la China.

--No te burles. Vas a la tienda, y pides del que llaman _mandarn_. Y de
paso te traes un quesito bueno para postre...

--S, s... eche usted y no se derrame.

--Ya ves que est acostumbrado a comer en casas grandes.

--Justamente: como la taberna de Boto, en la calle del Ave Mara...
racin de guisado, a real; con pan y vino, treinta y cinco cntimos.

--Ests hoy... que no se te puede aguantar. Pero a todo me avengo, Nina.
T mandas.

--Ay, si yo no mandara, bonitas andaramos! Ya nos habran llevado a San
Bernardino o al mismsimo Pardo.

Bromeando as lleg la noche, y cenando frugalmente, alegres los tres y
resignados con la pobreza, mal tolerable y llevadero cuando no falta un
pedazo de pan con que matar el hambre. Y el historiador debe hacer
constar asimismo que el buen temple en que estaba Doa Paca se torci un
poco al recogerse las dos en la alcoba, la seora en su cama, Benina en
el suelo, por haber cedido su lecho a Frasquito. Como la viuda de Zapata
era tan voluble de genio, en un instante, sin que se supiera el motivo,
pasaba de la bondad apacible a la ira insana, de la credulidad infantil
a la desconfianza marrullera, de las palabras razonables a los
disparates ms absurdos. Conoca muy bien la criada este fcil girar de
los pensamientos y la voluntad de su seora, a quien comparaba con una
veleta; y sin tomar a pecho sus displicencias y raptos de ira, esperaba
que cambiase el viento. En efecto, este variaba de improviso, rolando al
cuadrante bueno; y si en un momento la malva se haba convertido en
cardo, en otro momento tornaba a su primera condicin.

El mal humor de Doa Paca en la noche a que me refiero, debe atribuirse,
segn datos fehacientes, a que Frasquito, en sus conversaciones de la
tarde, y en los ratos de la cena y sobremesa de esta, mostr por Benina
unas preferencias que lastimaron profundamente el amor propio de la
viuda infeliz. A Benina manifestaba el buen seor casi exclusivamente su
gratitud, reservando para la seora una corts deferencia; para Benina
eran todas sus sonrisas, sus frases ms ingeniosas, la ternura de sus
ojos lnguidos, como de carnero a medio morir; y a tantas indiscreciones
uni Ponte la de llamarla _ngel_ como unas doscientas veces en el curso
de la frugal cena.

Y dicho esto, oigamos a Doa Paca, entre sbanas metida, mientras la
otra se acostaba en el suelo: Pues, hija, nadie me quita de la cabeza
que le has dado un bebedizo a este pobre seor. Vaya cmo te quiere! Si
no fueras una vieja fesima y sin ninguna gracia, creera que le habas
hecho tiln... Cierto que eres buena, caritativa, que sabes ganar la
simpata por lo bien que atiendes a todo, y por tu dulzura y ese modito
suave... que bien podra engaar a los que no te conocen... Pero con
todas esas prendas, imposible que un hombre tan corrido se prende de
ti... Si te lo crees y por ello ests inflada de orgullo, mi parecer es
que no te compongas, pobre Nina. Siempre sers lo que fuistes... y no
temas que yo le quite a D. Frasquito la ilusin, contndole tus malas
maas, lo sisona que eras, y otras cosillas, otras cosillas que t
sabes, y yo tambin....

Callaba Benina, tapndose la boca con la sbana, y esta humildad y
moderacin encendieron ms el rencorcillo de la viuda de Zapata, que
prosigui molestando a su compaera: Nadie reconoce como yo tus buenas
cualidades, porque las tienes; pero hay que ponerte siempre a distancia,
no dejarte salir de tu baja condicin, para que no te desmandes, para
que no te subas a las barbas de los superiores. Acurdate de las dos
veces que tuve que echarte de mi casa por sisona... A tal extremo lleg
tu descaro, qu digo descaro? tu cinismo en aquel vicio feo, que...
vamos, yo, que jams he hecho una cuenta, ni me gusta, vea mi dinero
pasando de mi bolsillo al tuyo... en chorro continuo!... Pero qu? No
dices nada?... No contestas? Te has vuelto muda?

--S, seora, me he vuelto muda--fue la nica respuesta de la buena
mujer--. Puede que cuando la seora se canse y cierre el pico, lo abra yo
para decirle... en fin, no digo nada.




XXVI


Ja, ja... Di lo que quieras...--prosigui Doa Paca--. Te atreveras a
decir algo ofensivo de m? Que no he sabido llevar el Cargo y Data! Y
qu? Quin te ha dicho a ti que las seoras son tenedoras de libros? El
no llevar cuentas ni apuntar nada, no era ms que la forma natural de mi
generosidad sin lmites. Yo dejaba que todo el mundo me robase; vea la
mano del ladrn metindose en mi bolsillo, y me haca la tonta... Yo he
sido siempre as. Es esto pecado? El Seor me lo perdonar. Lo que Dios
no perdona, Benina, es la hipocresa, los procederes solapados, y el
estudio con que algunas personas componen sus actos para parecer
mejores de lo que son. Yo siempre he llevado el alma en mi rostro, y me
he presentado a los ojos de todo el mundo como soy, como era, con mis
defectos y cualidades, tal como Dios me hizo... Pero t no tienes nada
que contestarme?... O es que no se te ocurre nada para defenderte?

--Seora, callo, porque estoy dormida.

--No, t no duermes, es mentira: la conciencia no te deja dormir.
Reconoces que tengo razn, y que eres de las que se componen para
disimular y esconder sus maldades... No dir que sean precisamente
_maldades_, tanto no. Soy generosa en esto como en todo, y
dir _flaquezas_... pero qu flaquezas! Somos frgiles: verdaderamente
t puedes decir: No me llamo Benina, sino Fragilidad.... Pero no te
apures, pues ya sabes que no he de ir con cuentos al Sr. de Ponte para
desprestigiarte, y deshojar la flor de sus ilusiones... Qu risa!... No
viendo en ti, como no puede verlo, una figura elegante, ni un rostro
fresco y sonrosado, ni modales finos, ni educacin de seora, ni nada de
eso, que es por lo que se enamoran los hombres, habr visto... qu? Por
Dios que no acierto. Si t fueras franca, que no lo eres, ni lo sers
nunca... Oyes lo que digo?

--S, seora, oigo.

--Si t fueras franca, me diras que el Sr. de Ponte te llama _ngel_ por
lo bien que haces las sopas de ajo, acartonaditas... Y te parece a ti
que esto es suficiente motivo para que a una mujer la llamen _ngel_ con
todas sus letras?

--Pero a usted qu le importa?... Deje al Sr. de Ponte Delgado que me
ponga los motes que quiera.

--Tienes razn, s, s... Puede que te lo diga irnicamente, que estos
seorones, muy curtidos en sociedad, emplean a menudo la irona, y
cuando parece que nos alaban, lo que hacen es tomarnos el pelo, como
suele decirse... Por si el hombre va por derecho, y se ha prendado de ti
con buen fin... que todo podra ser, Benina... se ven cosas muy raras...
t debes proceder con lealtad, y confesarle tus mculas, no vaya a creer
Frasquito que la pureza de los ngeles del cielo es cualquier cosa
comparada con tu pureza. Si as no lo haces, eres una mala mujer... La
verdad, Nina, en estos casos, la verdad. El hombre se ha credo que eres
un prodigio de conservacin, ja, ja... que has hecho un milagro, pues
milagro sera, en plena vida de Madrid y en la clase de servicio
domstico, una virginidad de sesenta aos... Puedes plantarte en los
cincuenta y cinco, si as te conviene... Pero si le engaas en la edad,
que esta es superchera muy corriente en nuestro sexo, no andes con
bromas en lo que es de ley moral, Nina; eso no. Mira, hija, yo te quiero
mucho, y como seora tuya y amiga te aconsejo que le hables clarito,
que le cuentes tus faltas y cadas. As el buen seor no se llamar a
engao, si andando el tiempo descubre lo que t ahora le ocultaras. No,
Nina, no; hija ma, dile todo, aunque se te ponga la cara muy colorada,
y se te congestione la verruga que llevas en la frente. Confiesa tu
grave falta de aquellos tiempos, cuando contabas treinta y cinco aos...
y ten valor para decirle: Sr. D. Frasquito, yo quise a un guardia civil
que se llamaba Romero, el cual me tuvo trastornada ms de dos aos, y al
fin se neg a casarse conmigo.... Vamos, mujer, no es para que te
pongas como la grana. Despus de todo, qu ha sido ello? Querer a un
hombre. Pues para eso han venido las mujeres al mundo: para querer a los
hombres. Tuviste la desgracia de tropezar con uno, que te sali malo.
Cuestin de suerte, hija. Ello es que estuviste loca por l... Bien me
acuerdo. No se te poda aguantar; no hacas nada al derecho. Sisabas de
lo lindo, y mientras t no tenas un traje decente, a l no le faltaban
buenos puros... A m, que vea tus padecimientos y tu ceguera, pues
atormentada y sin un da de tranquilidad, en vez de huir del suplicio,
ibas a l; a m, que vi todo esto, nadie tiene que contrmelo, Nina.
Conozco la historia, aunque no la s toda entera, porque algo me has
ocultado siempre... y a m me refirieron cosas que no s si son ciertas
o no... Dijronme que de tus amores tuviste...

--Eso no es verdad.

--Y que lo echaste a la Inclusa...

--Eso no es verdad--repiti Benina con acento firme y sonora voz,
incorporndose en el lecho. Al orla, call sbitamente Doa Paca, como
el ratoncillo nocturno que cesa de roer al sentir los pasos o la voz del
hombre. Oyose tan slo, durante largo rato, alguno que otro suspiro
hondsimo de la seora, que despus empez a quejarse y a gruir por lo
bajo. La otra no chistaba. Haba hecho rpida crisis el genio de la
infeliz seora, determinndose un brusco giro de la veleta. La ira y
displicencia trocronse al punto en blandura y mimo. No tard en
presentarse el sntoma ms claro de la sedacin, que era un vivo
arrepentimiento de todo lo que haba dicho y la vergenza de recordarlo,
pues no significaban otra cosa los gruidos, y el quejarse de
imaginarios dolores. Como Benina no respondiera a estas demostraciones,
Doa Paca, ya cerca de media noche, se arranc a llamarla: Nina, Nina,
si vieras qu mala estoy! Vaya una nochecita que estoy pasando! Parece
que me aplican un hierro caliente al costado, y que me arrancan a
tirones los huesos de las piernas. Tengo la cabeza como si me hubieran
sacado los sesos, ponindome en su lugar miga de pan y perejil muy
picadito... Por no molestarte, no te he dicho que me hagas una tacita de
tila, que me refriegues la espalda, y que me des una papeleta de
salicilato, de bromuro, o de sulfonal... Esto es horrible. Ests dormida
como un cesto. Bien, mujer, descansa, engorda un poquito... No quiero
molestarte.

Sin despegar los labios, abandonaba Nina el jergn, y, echndose una
falda, haca la taza de tila en la cocinilla econmica, y antes o
despus daba la medicina a la enferma, y luego las friegas, y por fin
acostbase con ella para arrullarla como a un nio, hasta que consegua
dormirla. Anhelando olvidar la seora su anterior desvaro, crea que el
mejor medio era borrar con expresiones cariosas las malvolas ideas de
antes, y as, mientras su compaera la arrullaba, decale: Si yo no te
tuviera, no s qu sera de m. Y luego me quejo de Dios, y le digo
cosas, y hasta le insulto, como si fuera un cualquiera. Verdad que me
priva de muchos bienes; pero me ha dado tu compaa y amistad, que vale
ms que el oro y la plata y los brillantes... Y ahora que me acuerdo,
qu me aconsejas t que debo hacer para el caso de que vuelvan D.
Francisco Morquecho y D. Jos Mara Porcell con aquella embajada de la
herencia?...

--Pero, seora, si eso lo ha soado usted... y los tales caballeros hace
mil aos que estn muy achantaditos debajo de la tierra.

--Dices bien: yo lo so... Pero si no aquellos, otros puede que vengan
con la misma msica el mejor da.

--Quin dice que no? Ha soado usted con cajas vacas? Porque eso es
seal de herencia segura.

--Y t, qu has soado?

--Yo? Anoche, que nos encontrbamos con un toro negro.

--Pues eso quiere decir que descubriremos un tesoro escondido... Mira t,
quin nos dice que en esta casa antigua, que habitaron en otro tiempo
comerciantes ricos, no hay dentro de tal pared o tabique alguna olla
bien repleta de peluconas?

--Yo he odo contar que en el siglo pasado vivieron aqu unos
almacenistas de paos, poderosos, y cuando se murieron... no se encontr
dinero ninguno. Bien pudiera ser que lo emparedaran. Se han dado casos,
muchos casos.

--Yo tengo por cierto que dinero hay en esta finca... Pero a saber dnde
demontres lo escondieron esos indinos. No habra manera de averiguarlo?

--No s... no s!--murmur Benina, dejando volar su mente vagarosa hacia
los orientales conjuros propuestos por Almudena.

--Y si en las paredes no, debajo de los baldosines de la cocina o de la
despensa puede estar lo que aquellos seores escondieron, creyendo que
lo iban a disfrutar en el otro mundo.

--Podr ser... Pero es ms probable que sea en las paredes, o, un
suponer, en los techos, entre las vigas...

--Me parece que tienes razn. Lo mismo puede ser arriba que abajo. Yo te
aseguro que cuando piso fuerte en los pasillos y en el comedor, y se
estremece todo el casern como si quisiera derrumbarse, me parece que
siento un ruidillo... as como de metales que suenan y hacen tiln...
No lo has sentido t?

--S, seora.

--Y si no, haz la prueba ahora mismo. Date unos paseos por la alcoba,
pisando fuerte, y oiremos....

Hzolo Benina como su seora mandaba, con no menos conviccin y fe que
ella, y en efecto... oyeron un retintn metlico, que no poda provenir
ms que de las enormes cantidades de plata y oro (ms oro que plata
seguramente) empotradas en la vetusta fbrica. Con esta ilusin se
durmieron ambas, y en sueos seguan oyendo el tin, tin...

La casa era como un inmenso cuerpo, y sudaba, y por cada uno de sus
infinitos poros soltaba una onza, o centn, o monedita de veintiuno y
cuartillo.




XXVII


A la maanita del siguiente da iba Benina camino de las Cambroneras,
con su cesta al brazo, pensando, no sin inquietud, en las exaltaciones
del buen Almudena, que le llevaran de pronto a la locura, si ella, con
su buena maa, no lograba contenerle en la razn. Ms abajo de la Puerta
de Toledo encontr a la Burlada y a otra pobre que peda con un nio
cabezudo. Djole su compaera _de parroquia_ que haba trasladado su
domicilio al Puente, por no poderse arreglar en el _rin de Madrid_ con
la caresta de los alquileres y la mezquindad del fruto de la limosna.
En una casucha junto al ro le daban hospedaje por poco ms de nada, y a
esta ventaja una la de ventilarse bien en los paseos que se daba maana
y tarde, del ro al _punto_ y del _punto_ al ro. Interrogada por Benina
acerca del ciego moro y de su vivienda, respondi que le haba visto
junto a la fuentecilla, pasado el Puente, pidiendo; pero que no saba
dnde moraba. Vaya, con Dios, seora--dijo la Burlada despidindose--.
No va usted hoy al _punto_? Yo s... porque aunque poco se gana, all
tiene una su arreglo. Ahora me dan todas las tardes un buen _platao_ de
comida en _ca_ el seor banquero, que vive mismamente de cara a la
entrada por la calle de las Huertas, y vivo como una canniga, gozando
de ver cmo se le afila la jeta a la _Caporala_ cuando la muchacha del
seor banquero me lleva mi gran cazoln de comestible... En fin: con
esto y algo que cae, vivimos, _Doa_ Benina, y puede una _chincharse_ en
las _ricas_. Adis, que lo pase bien, y que encuentre a su moro con
salud... Vaya, conservarse.

Sigui cada cual su rumbo, y a la entrada del Puente, dirigiose Benina
por la calzada en declive que a mano derecha conduce al arrabal llamado
de las Cambroneras, a la margen izquierda del Manzanares, en terreno
bajo. Encontrose en una como plazoleta, limitada en el lado de Poniente
por un vulgar edificio, al Sur por el pretil del contrafuerte del
puente, y a los otros dos lados por desiguales taludes y terraplenes
arenosos, donde nacen silvestres espinos, cardos y raquticas yerbas. El
sitio es pintoresco, ventilado, y casi puede decirse alegre, porque
desde l se dominan las verdes mrgenes del ro, los lavaderos y sus
tenderijos de trapos de mil colores. Hacia Poniente se distingue la
sierra, y a la margen opuesta del ro los cementerios de San Isidro y
San Justo, que ofrecen una vista grandiosa con tanto copete de panteones
y tanto verdor obscuro de cipreses... La melancola inherente a los
camposantos no les priva, en aquel panorama, de su carcter decorativo,
como un buen teln agregado por el hombre a los de la Naturaleza.

Al descender pausadamente hacia la explanada, vio la mendiga dos
burros... qu digo dos? ocho, diez o ms burros, con sus collarines de
encarnado rabioso, y junto a ellos grupos de gitanos tomando el sol, que
ya inundaba el barrio con su luz esplendorosa, dando risueo brillo a
los colorines con que se decoraban brutos y personas. En los animados
corrillos todo era risas, chacota, correr de aqu para all. Las
muchachas saltaban; los mozos corran en su persecucin; los chiquillos,
vestidos de harapos, daban volteretas, y slo los asnos se mantenan
graves y reflexivos en medio de tanta inquietud y algaraba. Las gitanas
viejas, algunas de tez curtida y negra, comadreaban en corrillo aparte,
arrimaditas al edificio grandn, que es una casa de corredor de regular
aspecto. Dos o tres nias lavaban trapos en el charco que hacia la mitad
de la explanada se forma con las escurriduras y desperdicios de la
fuente vecinal. Algunas de estas nias eran de tez muy obscura, casi
negra, que haca resaltar las filigranas colgadas de sus orejas; otras
de color de barro, todas giles, graciosas, esbeltsimas de talle y
sueltas de lengua. Busc la anciana entre aquella gente caras conocidas;
y mira por aqu y por all, crey reconocer a un gitano que en cierta
ocasin haba visto en el Hospital, yendo a recoger a una amiga suya. No
quiso acercarse al grupo en que el tal con otros disputaba _sobre_ un
burro, cuyas mataduras eran objeto de vivas discusiones, y aguard
ocasin favorable. Esta no tard en venir, porque se enredaron a
trompada limpia dos churumbeles, el uno con las perneras abiertas de
arriba abajo, mostrando las negras canillas; el otro con una especie de
turbante en la cabeza, y por todo vestido un chaleco de hombre: acudi
el gitano a separarlos; ayudole Benina, y a rengln seguido le emboc en
esta forma:

Dgame, buen amigo: ha visto por aqu ayer y hoy a un ciego moro que
le llaman Almudena?

--S, seora: _halo_ visto... _jablao_ con l--replic el gitano, mostrando
dos carreras de dientes ideales por su blancura, igualdad y perfecta
conservacin, que se destacaban dentro del estuche de dos labios enormes
y carnosos, de un violado retinto--. Le _vide_ en la puente... djome
que moraba _dende_ anoche en las casas de Ulpiano... y que... no s qu
ms... Desaprtese, buena mujer, que esta bestia es _mu desconsider_, y
cocea....

Huy Benina de un brinco, viendo cerca de s las patas traseras de un
grandsimo burro, que dos gandules apaleaban, como para conocerle las
maas y proveer a su educacin asnal y gitanesca, y se fue hacia las
casas que le indic con un gesto el de la perfecta dentadura.

Arranca de la explanada un camino o calle tortuosa en direccin a la
puente segoviana. A la izquierda, conforme se entra en l, est la casa
de corredor, vasta colmena de cuartos pobres que valen seis pesetas al
mes, y siguen las tapias y dependencias de una quinta o granja que
llaman de Valdemoro. A la derecha, varias casas antiqusimas,
destartaladas, con corrales interiores, rejas mohosas y paredes sucias,
ofrecen el conjunto ms irregular, vetusto y msero que en arquitectura
urbana o campesina puede verse. Algunas puertas ostentan lindos azulejos
con la figura de San Isidro y la fecha de la construccin, y en los
ruinosos tejados, llenos de jorobas, se ven torcidas veletas de chapa de
hierro, graciosamente labrado. Al aproximarse, notando Benina que
alguien se asomaba a una reja del piso bajo, hizo propsito de
preguntar: era un burro blanco, de orejas desmedidas, las cuales enfil
hacia afuera cuando ella se puso al habla. Entr la anciana en el primer
corral, empedrado, todo baches, con habitaciones de puertas desiguales y
cobertizos o cajones vivideros, cubiertos de chapa de latn enmohecido:
en la nica pared blanca o menos sucia que las dems, vio un barco
pintado con almazarrn, fragata de tres palos, de estilo infantil, con
chimenea de la cual salan curvas de humo. En aquella parte, una mujer
esmirriada lavaba pingajos en una artesa: no era gitana, sino _paya_.
Por las explicaciones que esta le dio, en la parte de la izquierda
vivan los gitanos con sus pollinos, en pacfica comunidad de
habitaciones; por lecho de unos y otros el santo suelo, los dornajos
sirviendo de almohadas a los racionales. A la derecha, y en cuadras
tambin borriqueas, no menos inmundas que las otras, acudan a dormir
de noche muchos pobres de los que andan por Madrid: por diez cntimos se
les daba una parte del suelo, y a vivir. Detalladas las seas de
Almudena por Benina, afirm la mujer que, en efecto, haba dormido all;
pero con los dems pobres se haba largado tempranito, pues no brindaban
aquellos dormitorios a la pereza. Si la _seora_ quera algn recado
para el ciego moro, ella se lo dara, siempre y cuando viniese la
segunda noche a dormir.

Dando las gracias a la esmirriada, sali Benina, y se fue por toda la
calle adelante, atisbando a un lado y otro. Esperaba distinguir en
alguno de aquellos calvos oteros la figura del marroqu tomando el sol o
entregado a sus melancolas. Pasadas las casas de Ulpiano, no se ven a
la derecha ms que taludes ridos y pedregosos, vertederos de escombros,
escorias y arena. Como a cien metros de la explanada hay una curva o ms
bien zig-zag, que conduce a la estacin de las Pulgas, la cual se
reconoce desde abajo por la mancha de carbn en el suelo, las
empalizadas de cerramiento de va, y algo que humea y bulle por encima
de todo esto. Junto a la estacin, al lado de Oriente, un arroyo de
aguas de alcantarilla, negras como tinta, baja por un cauce abierto en
los taludes, y salvando el camino por una atarjea, corre a fecundar las
huertas antes de verterse en el ro. Detvose all la mendiga,
examinando con su vista de lince el zanjn, por donde el agua se despea
con turbios espumarajos, y las huertas, que a mano izquierda se
extienden hasta el ro, plantadas de acelgas y lechugas. An sigui ms
adelante, pues saba que al africano le gustaba la soledad del campo y
la ruda intemperie. El da era apacible: luz vivsima acentuaba el
verde chilln de las acelgas y el morado de las lombardas, derramando
por todo el paisaje notas de alegra. Anduvo y se par varias veces la
anciana, mirando las huertas que recreaban sus ojos y su espritu, y los
cerros ridos, y nada vio que se pareciese a la estampa de un moro ciego
tomando el sol. De vuelta a la explanada, baj a la margen del ro, y
recorri los lavaderos y las casuchas que se apoyan en el contrafuerte,
sin encontrar ni rastros de Mordejai. Desalentada, se volvi a los
Madriles de arriba, con propsito de repetir al da siguiente sus
indagaciones.

En su casa no encontr novedad; digo, s: encontr una, que bien pudiera
llamarse maravilloso suceso, obra del subterrneo genio _Samdai_. A poco
de entrar, djole Doa Paca con alborozo: Pero, mujer, no sabes...?
Deseaba yo que vinieras para contrtelo...

--Qu, seora?

--Que ha estado aqu D. Romualdo.

--D. Romualdo!... Me parece que usted suea.

--No s por qu... Es cosa del otro mundo que ese seor venga a mi casa?

--No; pero...

--Por cierto que me ha dado qu pensar... Qu sucede?

--No sucede nada.

--Yo cre que haba ocurrido algo en casa del seor sacerdote, alguna
cuestin desagradable contigo, y que vena a darme las quejas.

--No hay nada de eso.

--No le viste t salir de casa? No te dijo que ac vena?

--Qu cosas tiene! Ahora me va a decir a m el seor a dnde va, cuando
sale.

--Pues es muy raro...

--Pero, en fin, si vino, a usted le dira...

--A m qu haba de decirme, si no le he visto?... Djame que te
explique. A las diez baj a hacerme compaa, como acostumbra, una de
las chiquillas de la cordonera, la mayor, Celedonia, que es ms lista
que la plvora. Bueno: a eso de las doce menos cuarto, tiln, llaman a
la puerta. Yo dije a la chiquilla: Abre, hija ma, y a quien quiera que
sea le dices que no estoy. Desde el escndalo que me arm aquel tunante
de la tienda, no me gusta recibir a nadie cuando no ests t... Abri
Celedonia... Yo senta desde aqu una voz grave, como de persona
principal, pero no pude entender nada... Luego me cont la nia que era
un seor sacerdote...

--Qu seas?

--Alto, guapo... Ni viejo, ni joven.

--As es--afirm Benina, asombrada de la coincidencia--. Pero no dej
tarjeta?

--No, porque se le haba olvidado la cartera.

--Y pregunt por m?

--No. Slo dijo que deseaba verme para un asunto de sumo inters.

--En ese caso, volver.

--No muy pronto. Dijo que esta tarde tena que irse a Guadalajara. T
habrs odo hablar de ese viaje.

--Me parece que s... Algo dijeron de bajar a la estacin, y de la
maleta, y no s qu.

--Pues, ya ves... Puedes llamar a Celedonia para que te lo explique
mejor. Dijo que senta tanto no encontrarme... que a la vuelta de
Guadalajara vendra... Pero es raro que no te haya hablado de ese asunto
de inters que tiene que tratar conmigo. O es que lo sabes y quieres
reservarme la sorpresa?

--No, no: yo no s nada del asunto ese... Y est segura la Celedonia del
nombre?

--Pregntaselo... Dos o tres veces repiti: Dile a tu seora que ha
estado aqu D. Romualdo.

Interrogada la chiquilla, confirm todo lo expresado por Doa Paca. Era
muy lista, y no se le escapaba una sola palabra de las que oyera al
seor eclesistico, y describa con fiel memoria su cara, su traje, su
acento... Benina, confusa un instante por la rareza del caso, lo dio
pronto al olvido por tener cosas de ms importancia en qu ocupar su
entendimiento. Hall a Frasquito tan mejorado, que acordaron levantarle
del lecho; mas al dar los primeros pasos por la habitacin y pasillo,
encontrose el galn con la novedad de que la pierna derecha se le haba
quedado un poco invlida... Esperaba, no obstante, que con la buena
alimentacin y el ejercicio recobrara dicho miembro su actividad y
firmeza. Pronto le daran de alta. Su reconocimiento a las dos seoras,
y principalmente a Benina, le durara tanto como la vida... Senta nuevo
aliento y esperanzas nuevas, presagios risueos de obtener pronto una
buena colocacin que le permitiera vivir desahogadamente, tener hogar
propio, aunque humilde, y... En fin, que estaba el hombre animado, y con
la inagotable farmacia de su optimismo se restableca ms pronto.

Como a todo atenda Nina, y ninguna necesidad de las personas sometidas
a su cuidado se le olvidaba, crey conveniente avisar a las seoras de
la Costanilla de San Andrs, que de seguro habran extraado la ausencia
de su dependiente.

S, hgame el favor de llevarles un recadito de mi parte--dijo el galn,
admirando aquel nuevo rasgo de previsin--. Dgales usted lo que le
parezca, y de seguro me dejar en buen lugar.

As lo hizo Benina a prima noche, y a la maana siguiente, con la
fresca, emprendi de nuevo su caminata hacia el Puente de Toledo.




XXVIII


Encontrose a un anciano harapiento que sola pedir, con una nia en
brazos, en el Oratorio del Olivar, el cual le cont llorando sus
desdichas, que seran bastantes a quebrantar las peas. La hija del tal,
madre de la criatura, y de otra que enferma quedara en casa de una
vecina, se haba muerto dos das antes de miseria, seora, de
cansancio, de tanto padecer echando los _gofes_ en busca de un medio
panecillo. Y qu haca l ahora con las dos cras, no teniendo para
mantenerlas, si para l solo no sacaba? El Seor le haba dejado de su
mano. Ningn santo del cielo le haca ya maldito caso. No deseaba ms
que morirse, y que le enterraran pronto, pronto, para no ver ms el
mundo. Su nica aspiracin mundana era dejar colocaditas a las dos nias
en algn _arrecogimiento_ de los muchos que hay para _prvulas de ambos
sexos_. Y para que se viera su mala sombra!... Haba encontrado un
alma caritativa, un seor eclesistico, que le ofreci meter a las nenas
en un Asilo; pero cuando crea tener arreglado el negocio, vena el
demonio a descomponerlo... Ver usted, seora: conoce por casualidad a
un seor sacerdote muy apersonado que se llama D. Romualdo?

--Me parece que s--repuso la mendiga, sintiendo de nuevo una gran
confusin o vrtigo en su cabeza.

--Alto, bien plantado, hbitos de pao fino, ni viejo ni joven.

--Y dice que se llama D. Romualdo?

--D. Romualdo, s seora.

--Ser... por casualidad, uno que tiene una sobrinita nombrada Doa
Patros?

--No s cmo la llaman; pero sobrina tiene... y guapa. Pues ver usted mi
perra suerte. Qued en darme, ayer por la tarde, la razn. Voy a su
casa, y me dicen que se haba marchado a Guadalajara.

--Justamente...--dijo Benina, ms confusa, sintiendo que lo real y lo
imaginario se revolvan y entrelazaban en su cerebro--. Pero pronto
vendr.

--A saber si vuelve.

Djole despus el pobre viejo que se mora de hambre; que no haba
entrado en su boca, en tres das, ms que un pedazo de bacalao crudo
que le dieron en una tienda, y algunos corruscos de pan, que mojaba en
la fuente para reblandecerlos, porque ya no tena hueso en la boca.
Desde el da de San Jos que quitaron la sopa en el Sagrado Corazn, no
haba ya remedio para l; en parte alguna encontraba amparo; el cielo no
le quera, ni la tierra tampoco. Con ochenta y dos aos cumplidos el 3
de Febrero, San Blas bendito, un da despus de la Candelaria, para qu
quera vivir ms ni qu se le haba perdido por ac? Un hombre que
sirvi al Rey doce aos; que durante cuarenta y cinco haba picado miles
de miles de toneladas de piedra en esas _carreteras de Dios_, y que
siempre fue bien mirado y _puntoso_, nada tena que hacer ya, ms que
encomendarse al sepulturero para que le pusiera mucha tierra, mucha
tierra encima, y apisonara bien. En cuantito que colocara a las dos
criaturas, se _acostara_ para no levantarse hasta el da del Juicio por
la tarde... y se levantara el ltimo! Traspasada de pena Benina al or
la referencia de tanto infortunio, cuya sinceridad no poda poner en
duda, dijo al anciano que la llevara a donde estaba la nia enferma, y
pronto fue conducida a un cuarto lbrego, en la planta baja de la casa
grande de corredor, donde juntos vivan, por el pago de tres pesetas al
mes, media docena de pordioseros con sus respectivas proles. La mayor
parte de estos hallbanse a la sazn en Madrid, buscando la santa
_perra_. Slo vio Benina una vieja, petiseca y dormilona, que pareca
alcoholizada, y una mujer panzuda, tumefacta, de piel vinosa y tirante,
como la de un corambre repleto, con la cara erisipelada, mal envuelta en
trapos de distintos colores. En el suelo, sobre un colchn flaco,
cubierto de pedazos de bayeta amarilla y de jirones de mantas
morellanas, yaca la nia enferma, como de seis aos, el rostro lvido,
los puos cerrados en la boca. Lo que tiene esta criatura es
hambre--dijo Benina, que habindola tocado en la frente y manos, la
encontr fra como el mrmol.

--Puede que as sea, porque cosa caliente no ha entrado en nuestros
cuerpos desde ayer.

No necesit ms la bondadosa anciana, para que se le desbordase la
piedad, que caudalosa inundaba su alma; y llevando a la realidad sus
intenciones con la presteza que era en ella caracterstica, fue al
instante a la tienda de comestibles, que en el ngulo de aquel edificio
existe, y compr lo necesario para poner un puchero inmediatamente,
tomando adems huevos, carbn, bacalao... pues ella no haca nunca las
cosas a medias. A la hora, ya estaban remediados aquellos infelices, y
otros que se agregaron, inducidos del olor que por toda la parte baja
de la colmena prontamente se difundi. Y el Seor hubo de recompensar su
caridad, deparndole, entre los mendigos que al festn acudieron, un
lisiado sin piernas, que andaba con los brazos, el cual le dio por fin
noticias verdicas del extraviado Almudena.

Dorma el moro en las casas de Ulpiano, y el da se lo pasaba rezando de
firme, y tocando en un guitarrillo de dos cuerdas que de Madrid haba
trado, todo ello sin moverse de un apartado muladar, que cae debajo de
la estacin de las Pulgas, por la parte que mira hacia la puente
segoviana. All se fue Benina despacito, porque el sujeto que la guiaba
era de lenta andadura, como quien anda con las nalgas encuadernadas en
suela, apoyndose en las manos, y estas en dos zoquetes de palo. Por el
camino, el hombre _de medio cuerpo arriba_ aventur algunas indicaciones
crticas acerca del moro, y de su conducta un tanto estrafalaria. Crea
l que Almudena era en su tierra clrigo, quiere decirse, presbtero del
_Zancarrn_, y en aquellos das haca las penitencias de la Cuaresma
_majometana_, que consisten en dar zapatetas en el aire, comer slo pan
y agua, y mojarse las palmas de la mano con saliva. Lo que canta con la
ctara ronca, debe de ser cosa de funerales de all, porque suena
triste, y dan ganas de llorar oyndolo. En fin, seora, all le tiene
usted tumbado sobre la alfombra de picos, y tan quieto que parece que
lo han vuelto de piedra.

Distingui, en efecto, Benina la inmvil figura del ciego, en un
vertedero de escorias, cascote y basuras, que hay entre la va y el
camino de las Cambroneras, en medio de una aridez absoluta, pues ni
rbol ni mata, ni ninguna especie vegetal crecen all. Sigui adelante
el despernado, y Benina, con su cesta al brazo, subi gateando por la
escombrera, no sin trabajo, pues aquel material suelto de que formado
estaba el talud, se escurra fcilmente. Antes de que ganar pudiera la
altura en que el africano se encontraba, anunci a gritos su llegada,
dicindole: Pero, hijo, vaya un sitio que has ido a escoger para
ponerte al sol! Es que quieres secarte, y volverte cuero para
tambores?... Eh... Almudena, que soy yo, que soy yo la que sube por
estas escaleras alfombradas!... Chico, pero qu?... Ests tonto, ests
dormido?.

El marroqu no se mova, la cara vuelta hacia el sol, como un pedazo de
carne que se quisiera tostar. Tirole la anciana una, dos, tres
piedrecillas, hasta que consigui acertarle. Almudena se movi con
estremecimiento; y ponindose de rodillas, exclam: _B'nina_, t
_B'nina_.

--S, hijo mo: aqu tienes a esta pobre vieja, que viene a verte al
yermo donde moras. Pues no te ha dado mala ventolera! Y que no me ha
costado poco trabajo encontrarte!

--_B'nina_!--repiti el ciego con emocin infantil, que se revelaba en un
raudal de lgrimas, y en el temblor de manos y pies--. T _vinir_ cielo.

--No, hijo, no--replic la buena mujer, llegando por fin junto a l, y
dndole palmetazos en el hombro--. No vengo del cielo, sino que subo de
la tierra por estos maldecidos peascales. Vaya una idea que te ha
dado, pobre morito! Dime: y es tu tierra as?.

No contest Mordejai a esta pregunta; callaron ambos. El ciego la
palpaba con su mano trmula, como queriendo verla por el tacto.

He venido--dijo al fin la mendiga--porque me pens, un suponer, que
estaras muerto de hambre.

--M no _comier_...

--Haces penitencia? Podas haberte puesto en mejor sitio...

--Este _micor_... monte _bunito_.

--Vaya un monte! Y cmo llamas a esto?

--Monte _Sina_... M estar _Sina_.

--Donde t ests es en Babia.

--T _vinir_ con ngeles, _B'nina_... t _vinir_ con fuego.

--No, hijo: no traigo fuego ni hace falta, que bastante achicharradito
ests aqu. Te ests quedando ms seco que un bacalao.

--_Micor_... m _quierer_ seco... y arder como _paixa_.

--En paja te convertiras si yo te dejara. Pero no te dejo, y ahora vas a
comer y beber de lo que traigo en mi cesta.

--M no _comier_... m ser _squieleto_.

Sin esperar a ms razones, Almudena extendi las manos, palpando en el
suelo. Buscaba su guitarro, que Benina vio y cogi, rasgueando sus dos
cuerdas destempladas.

_Dami_, _dami_!--le dijo el ciego impaciente, tocado de inspiracin.

Y agarrando el instrumento, puls las cuerdas, y de ellas sac sonidos
tristes, broncos, sin armnica concordancia entre s. Y luego rompi a
cantar en lengua arbiga una extraa melopea, acompandose con sonidos
secos y acompasados que de las dos cuerdas sacaba. Oy Benina este
canticio con cierto recogimiento, pues aunque nada sac en limpio de la
letra gutural y por extremo spera, ni en la cadencia del son encontr
semejanza con los estilos de ac, ello es que la tal msica resultaba de
una melancola intensa. Mova el ciego sin cesar su cabeza, cual si
quisiera dirigir las palabras de su canto a diferentes partes del cielo,
y pona en algunas endechas una vehemencia y un ardor que denotaban el
entusiasmo de que estaba posedo.

Bueno, hijo, bueno--le dijo la anciana cuando termin de cantar--. Me
gusta mucho tu msica... Pero el estmago no te dice que a l no le
catequizas con esas coplas, y que le gustan ms las buenas magras?

--_Comier_ t... m cantar... _Comier_ yo con alegra de ser t _migo_.

--Te alimentas con tenerme aqu? Bonita substancia!

--M _quierer_ ti...

--S, hijo, quireme; pero haz cuenta de que soy tu madre, y que vengo a
cuidar de ti.

--T ser _bunita_.

--_Mia_ que yo bonita... con ms aos que San Isidro, y esta miseria y
esta facha!.

No menos inspirado hablando que cantando, Almudena le dijo: T ser _com
la zucena_, _branca_... _Com_ palmera del _D'sierto_ cintura tuya...
rosas y _casmines_ boca tuya... la estrella de la tarde _ojitas tuyas_.

--Mara Santsima! Todava no me haba yo enterado de lo bonita que soy.

--_Donzellas tudas_, _invidia_ de ti _tenier ellas_... _Hicironte_ manos
Dios con _regocijacin_. Loan ti ngeles con ctara.

--San Antonio bendito!... Si quieres que te crea todas esas cosas, me
has de hacer un favor: comer lo que te traigo. Despus que tengas llena
la barriga hablaremos, pues ahora no ests en tus cabales.

Dicindolo, iba sacando de la cesta pan, tortilla, carne fiambre y una
botella de vino. Enumeraba las provisiones, creyendo que as le
despertara el apetito, y como argumento final le dijo: Si te empeas
en no comer, me enfado, y no vuelvo ms a verte. Despdete de mi boca de
rosas, y de mis ojitos como las estrellas del cielo... Y luego has de
hacer todo lo que yo te mande: volverte a Madrid, y vivir en tu casita
como antes vivas.

--Si t casar _migo_, s... Si no casar, no.

--Comes o no comes? Porque yo no he venido aqu a perder el tiempo
echndote sermones--declar Benina desplegando toda la energa de su
acento--. Si te empeas en ayunar, me voy ahora mismo.

--_Comier_ t...

--Los dos. He venido a verte, y a que almorcemos juntos.

--Casar t _migo_?

--Ay qu pesado el hombre! Pareces un chiquillo. Me ver obligada a
darte un par de mojicones... Ha, morito, come y alimntate, que ya se
tratar lo del casorio. Piensas que voy yo a tomar un marido seco al
sol, y que se va quedando como un pergamino?.

Con estas y otras razones logr convencerle, y al fin el desdichado dej
de hacer ascos a la comida. Empezando con repulgos, acab por devorar
con voracidad. Pero no abandonaba su tema, y entre bocado y bocado,
deca: _Casar_ yo _tigo_... _dirnos terra_ ma... Yo casar por
_arreligin_ tuya si _quierer_ t... T casar por _arreligin ma_, si
_quierer_ ella... M ser _d'Israel_... Bautisma jacieron m seoritas
_confirencia_... Poner m nombre _Joseph Marien Almudena_...

--Jos Mara de la Almudena. Si eres cristiano, no me hables a m de
otras _arreligiones_ malas.

--No haber ms que un Dios, uno solo, slo l--exclam el ciego, posedo
de exaltacin mstica--. l _melecina_ a los quebrantados de corazn...
l contar nmero estrellas, y a _tudas_ ellas por nombre llama. Adoran
_Adonai_ el animal y _tuda cuatropea_, y el pjaro de ala...
_Alleluyah!_...

--Hombre, s, cantemos ahora las aleluyas para que no nos haga dao la
comida.

--Voz de _Adonai_ sobre las aguas, sobre aguas _mochas_. La voz de
_Adonai_ con _forza_, la voz de _Adonai_ con _jermosura_. La voz de
_Adonai_ quiebra los _alarzes_ del Lebann y Tsin como fijos de
unicornios... La voz de _Adonai_ corta llamas de fuego, _face_ temblar
_D'sierto_; _far_ temblar _Adonai D'sierto_ de Kader... La voz de
_Adonai face_ _adoloriar_ ciervas... En palacio suyo _tudas_ decir
_grolia_. _Adonai_ por el diluvio se asent... _Adonai_ bendecir su
_puelbro_ con paz....

An prosigui recitando oraciones hebraicas en castellano del siglo XV,
que en la memoria desde la infancia conservaba, y Benina le oa con
respeto, aguardando que terminase para traerle a la realidad y sujetarle
a la vida comn. Discutieron un rato sobre la conveniencia de tornar a
la posada de Santa Casilda; mas no pareca l dispuesto a complacerla en
extremo tan importante, mientras no le diese ella palabra formal de
aceptar su negra mano. Trat de explicar la atraccin que, en el estado
de su espritu, sobre l ejercan los ridos peascales y escombreras en
que a la sazn se encontraba. Realmente, ni l saba explicrselo, ni
Benina entenderlo; pero el observador atento bien puede entrever en
aquella singular querencia un caso de atavismo o de retroaccin
instintiva hacia la antigedad, buscando la semejanza geogrfica con las
soledades pedregosas en que se inici la vida de la raza... Es esto un
desatino? Quizs no.




XXIX


Con todo su ingenio y travesura no pudo la anciana convencer al marroqu
de la oportunidad de volverse al Madrid alto. Y no s--le dijo echando
mano de todos los argumentos--, no s cmo vas a arreglarte para vivir en
este monte de tus penitencias. Porque t no pides; aqu nadie ha de
traerte el garbanzo, como no sea yo; y yo, si ahora tengo algn dinero,
pronto me quedar sin una mota, y tendr que volver a pedirlo con
vergenza. Esperas t que aqu te caiga el man?

--_Cader s manj_--replic Almudena con profunda conviccin.

--Fate de eso... Pero dime otra cosa, hijito: habr por aqu dinero
enterrado?

--Haber _mocha_, _mocha_.

--Pues, hijo, a ver si lo sacas, que en este caso no perderas el tiempo.
Pero quia! no creo yo las papas que t cuentas, ni las hechiceras que
te has trado de tu tierra de infieles... No, no: aqu no hay salvacin
para el pobre; y eso de sacar tesoros, o de que le traigan a uno las
carretadas de piedras preciosas, me parece a m que es conversacin.

--Si t casar _migo_, m _encuentrar_ tesoro _mocha_.

--Bueno, bueno... Pues ponte a trabajar para la averiguacin de dnde
est la tinaja llena de dinero. Yo vendr a sacarla, y como sea verdad,
a casarnos tocan.

Dicindolo, recoga en su cesta los restos de comida para marcharse.
Almudena se opuso a que se fuese tan pronto; pero ella insista en
retirarse, con la firmeza que gastaba en toda ocasin: Pues estara
bueno que me quedara yo aqu, puesta al sol y al aire como un pellejo en
secadero de curtidores! Y dime, Almudenita: me vas t a mantener aqu?
Y a mi seora, quin le mantiene el pico?.

Esta referencia a la casa de la seora despert en Mordejai el recuerdo
del _galn bunito_; y como se excitara ms de la cuenta con tal motivo,
apresurose Benina a calmarle con la noticia de que Ponte se haba
marchado ya a sus palacios aristocrticos, y de que ni ella ni su ama
Doa Francisca queran trato ni roce con aquel viejo camastrn, que les
haba dado un mal pago, despidindose a la francesa, y _quedndoles a
deber_ el pupilaje. Tragose el africano esta bola con infantil candor; y
haciendo prometer y jurar a su amiga que a verle volvera diariamente
mientras l continuase en aquella obligacin de sus acerbas penitencias,
la dej marchar. Fuese Benina por arriba, prefiriendo subir hacia la
estacin, como salida ms cmoda y practicable.

De vuelta a casa, lo primero que su seora le pregunt fue si saba
cundo regresaba de Guadalajara D. Romualdo, a lo que respondi ella que
no se tenan an noticias seguras del regreso del seor. Nada ocurri
aquel da digno de notarse, sino que Ponte mejoraba rpidamente,
ponindose muy gozoso con la visita de Obdulia, que estuvo cuatro horas
platicando con l y con su mam de cosas elegantes, y de sucesos
rondeos anteriores en cuarenta aos a la poca presente. Debe hacerse
notar tambin que a Benina se le iba mermando el dinero, pues comi all
la _nia_, y fue preciso aadir merluza al ordinario condumio, y adems
dtiles y pastas para postres. Con el gasto de aquellos das, con las
prodigalidades caritativas en las Cambroneras, los duros que restaron
del prstamo de la _Pitusa_, despus de saldados dbitos apremiantes, se
iban reduciendo por horas, hasta quedar en uno solo, o poco ms, el da
de la tercera escapatoria al arrabal del Puente de Toledo.

Es cosa averiguada que en aquella tercera excursin le sali al
encuentro el anciano del da anterior, que dijo llamarse Silverio, y
con l iban, formados como en lnea de batalla, otros mseros habitantes
de aquellos humildes caseros, llevando de intrprete al hombre
despernado, que se expresaba con soltura, como si con esta facultad le
compensara la Naturaleza por la horrible mutilacin de su cuerpo. Y fue
y dijo, en nombre del gremio de pordioseros all presente, que la seora
deba distribuir sus beneficios entre todos sin distincin, pues todos
eran igualmente acreedores a los frutos de su inmensa caridad.
Respondioles Benina con ingenua sencillez que ella no tena frutos ni
cosa alguna que repartir, y que era tan pobre como ellos. Acogidas estas
expresiones con absoluta incredulidad, y no sabiendo el lisiado qu
oponer a ellas, pues toda su oratoria se le haba consumido en el primer
discurso, tom la palabra el viejo Silverio, y dijo que ellos no se
haban cado de ningn nido, y que bien a la vista estaba que la seora
no era lo que pareca, sino una _dama disfrazada_ que, con trazas y
pingajos de _mendiga de punto_, se iba por aquellos sitios para
_desaminar_ la verdadera pobreza y remediarla. Tocante a esto del
disfraz no haba duda, porque ellos la conocan de aos atrs. Ah! y
cuando vino, _la otra vez_, la _seora disfrazada_, a todos les haba
socorrido igualmente. Bien se acordaban l y otros de la cara y modos
de la tal, y podan atestiguar que era la misma, la misma que en aquel
momento estaban viendo con sus ojos y palpando con sus manos.

Confirmaron todos a una voz lo dicho por el octogenario Silverio, el
cual hubo de aadir que por santa fue tenida la seora de antes, y por
santsima tendran a la presente, respetando su disfraz, y ponindose
todos de rodillas ante ella para adorarla. Contest Benina con gracejo
que tan santa era ella como su abuela, y que miraran lo que decan y
volvieran de su grave error. En efecto: haba existido aos atrs una
seora muy linajuda, llamada Doa Guillermina Pacheco, corazn hermoso,
espritu grande, la cual andaba por el mundo repartiendo los dones de la
caridad, y vesta humilde traje, sin faltar a la decencia, revelando en
su modestia soberana la clase a que perteneca. Aquella dignsima seora
ya no viva. Por ser demasiado buena para el mundo, Dios se la llev al
Cielo cuando ms falta nos haca por ac. Y aunque viviera, _amos_,
cmo poda ser confundida con ella, con la infeliz Benina? A cien
leguas se conoca en esta a una mujer de pueblo, criada de servir. Si
por su traje pobrsimo, lleno de remiendos y zurcidos, por sus
alpargatas rotas, no comprendan ellos la diferencia entre una cocinera
jubilada y una seora nacida de marqueses, pues bien pudiera esta
vestirse de mscara, en otras cosas no caba engao ni equivocacin: por
ejemplo, en el habla. Los que oyeron la palabra de Doa Guillermina, que
se expresaba al igual de los mismos ngeles, cmo podan confundirla
con quien deca las cosas en lenguaje ordinario? Haba nacido ella en un
pueblo de Guadalajara, de padres labradores, viniendo a servir a Madrid
cuando slo contaba veinte aos. Lea con dificultad, y de escritura
estaba tan mal, que apenas pona su nombre: _Benina de Casia_. Por este
apellido, algunos guasones de su pueblo se burlaban de ella diciendo que
_vena_ de Santa Rita. Total: que ella no era santa, sino muy pecadora,
y no tena nada que ver con la Doa Guillermina de marras, que ya gozaba
de Dios. Era una pobre como ellos, que viva de limosna, y se las
gobernaba como poda para mantener a los suyos. Habala hecho Dios
generosa, eso s; y si algo posea, y encontraba personas ms
necesitadas que ella, le faltaba tiempo para desprenderse de todo... y
tan contenta.

No se dieron por convencidos los miserables, dejados de la mano de Dios,
y alargando las suyas esculidas, con afligidas voces pedan a Benina de
Casia que les socorriese. Andrajosos y esculidos nios se unieron al
coro, y agarrndose a la falda de la infeliz alcarrea, le pedan pan,
pan. Compadecida de tantas desdichas, fue la anciana a la tienda, compr
una docena de panes altos, y dividindolos en dos, los reparti entre la
miserable cuadrilla. La operacin se dificult en extremo, porque todos
se abalanzaban a ella con furia, cada uno quera recibir su parte antes
que los dems, y alguien intent apandar dos raciones. Dirase que se
duplicaban las manos en el momento de mayor barullo, o que salan otras
de debajo de la tierra. Sofocada, la buena mujer tuvo que comprar ms
libretas, porque dos o tres viejas a quienes no toc nada, ponan el
grito en el cielo, y alborotaban el barrio con sus discordes y
lastimeros chillidos.

Ya se crea libre de tales moscones, cuando la llam con roncas voces
una mujer que llevaba en brazos a un nio cabezudo, monstruoso. Al punto
en ella reconoci a la que haba visto con la Burlada das antes, camino
de la Puerta de Toledo. Pretenda la tal que Benina subiese con ella a
un cuarto alto de la casa de corredor, donde le mostrara el ms
lastimoso cuadro que podra imaginarse. Prestose Benina a subir, porque
ms poda en ella siempre la piedad que la conveniencia, y por la
escalera le explicaba la otra la situacin de su desdichada familia. No
era casada; pero _por lo civil_ haba tenido dos nios que se le haban
muerto de garrotillo, uno tras otro, con diferencia de seis das. Aquel
que llevaba, de cabeza deforme, no era suyo, sino de una compaera que
andaba con un ciego _de violn_, borracha ella, y si a mano
vena, _tomadora_. La que contaba estas tristezas llambase Basilisa;
tena a su padre baldadito, de andar en el ro cogiendo anguilas, con el
agua hasta los corvejones; a su hermana Cesrea bizmada, de los golpes
que le dio su querido, un silbante, un golfo, un _rata_, a quien tiene
usted toda la noche jugando al mus en _cas_ del _Comadreja_, Medioda
Chica. Conoce la seora ese _establecimiento_?

--De nombre--dijo Benina medianamente interesada en la historia.

--Pues ese sinvergenza, tras apalear a mi hermana, nos empe los
mantones y las enaguas. Debe usted de conocerle, porque otro ms granuja
no lo hay en Madrid. Le llaman por mal nombre _Si Tosis Tomis_... y
por abreviar le decimos _Tomis_.

--No le conozco... Yo no me trato con gente de esa.

Subieron, y en uno de los cuartos ms estrechos del corredor alto, vio
Benina el tremendo infortunio de aquella familia. El viejo reumtico
pareca loco; en la desesperacin que le causaban sus dolores,
vociferaba, blasfemando, y Cesrea, de la inanicin que la consuma,
estaba como idiota, y no haca ms que dar azotes en las nalgas a un
chico mocoso, lloricn, y que pona los ojos en blanco de la fuerza de
sus berridos y contorsiones. En medio de este desbarajuste, las dos
mujeres expresaron a Benina que su mayor apuro, a ms del hambre, era
pagar al casero, que no las dejaba vivir, reclamando a todas horas las
tres semanas que se deban. Contest la anciana que, con gran
sentimiento, no se hallaba en disposicin de sacarlas del compromiso,
por carecer de dinero, y lo nico que poda ofrecerles era una peseta,
para que se remediaran aquel da y el siguiente. Traspasado el corazn
de lstima, se despidi de la infeliz patulea, y aunque se mostraron las
dos mujeres agradecidas, bien se conoca que algn reconcomio se les
quedaba dentro del cuerpo por no haber recibido el socorro que
esperaban.

En la escalera detuvieron a Benina dos vejanconas, una de las cuales le
dijo con mal modo: Vaya, que confundirla a usted con Doa
Guillermina!... Zopencos, ms que burros! Si aquella era un ngel
vestido de persona, y esta... bien se ve que es una _ta ordinaria_, que
viene ac dndose el pisto de repartir limosnas... Seora!... vaya una
seora!... apestando a cebolla cruda... y con esas manos de fregar...
Ahora se dan santas del _pan pringao_, y... a cuarto las
imgenes; _caras de Dios_ a cuarto!.

No hizo caso la buena mujer, y sigui su camino; pero en la calle, o
como quiera que se llame aquel espacio entre casas, se vio importunada
por sinnmero de ciegos, mancos y paralticos, que le pedan con tenaz
insistencia pan, o perras con qu comprarlo. Trat de sacudirse el
molesto enjambre; pero la seguan, la acosaban, no la dejaban andar. No
tuvo ms remedio que gastarse en pan otra peseta y repartirlo presurosa.
Por fin, apretando el paso, logr ponerse a distancia de la enfadosa
pobretera, y se encamin al vertedero donde esperaba encontrar al buen
Mordejai. En el propio sitio del da anterior estaba mi hombre
aguardndola ansioso; y no bien se juntaron, sac ella de la cesta los
vveres que llevaba, y se pusieron a comer. Mas no quera Dios que
aquella maana le saliesen las cosas a Benina conforme a su buen corazn
y caritativas intenciones, porque no haca diez minutos que estaban
comiendo, cuando observ que en el camino, debajito del vertedero, se
reunan gitanillos maleantes, alguno que otro lisiado de mala estampa, y
dos o tres viejas desarrapadas y furibundas. Mirando al grupo idlico
que en la escombrera formaban la anciana y el ciego, toda aquella
gentuza empez a vociferar. Qu decan? No era fcil entenderlo desde
arriba. Palabras sueltas llegaban... que si era santa de pega; que si
era una ladrona que se finga beata para robar mejor... que si era una
lame-cirios y chupa-lmparas... En fin, aquello se iba poniendo malo, y
no tard en demostrarlo una piedra, pim! lanzada por mano vigorosa, y
que Benina recibi en la paletilla... Al poco rato, pim, pam! otra y
otras. Levantronse ambos despavoridos, y recogiendo en la cesta la
comida, pensaron en ponerse en salvo. La _dama_ cogi por el brazo a su
caballero y le dijo: Vmonos, que nos matan.




XXX


Trepando difcilmente por el declive pedregoso, cayendo y levantndose a
cada instante, cogidos del brazo, las cabezas gachas, huan del
formidable tiroteo. Este lleg a ser tan intenso, que no haba respiro
entre golpe y golpe. A Benina la tocaron los proyectiles en partes
vestidas, donde no podan hacer gran dao; pero Almudena tuvo la
desgracia de que un guijarro le cogiese la cabeza en el momento de
volverse para increpar al enemigo, y la descalabradura fue tremenda.
Cuando llegaron, jadeantes y doloridos, a un sitio resguardado de la
terrible lluvia de piedras, la herida del marroqu chorreaba sangre,
tiendo de rojo su faz amarilla. Lo extrao era que el descalabrado
callaba, y la que haba salido ilesa pona el grito en el cielo,
pidiendo rayos y centellas que confundieran a la infame cuadrilla. La
suerte les depar un guarda-agujas, que viva en una caseta prxima al
lugar del siniestro, hombre reposado y po que, demostrando tener en
poco a las vctimas del atentado, las acogi como buen cristiano en su
vivienda humilde, compadecido de su desgracia. A poco lleg la guardesa,
que tambin era compasiva, y lo primero que hicieron fue dar agua a
Benina para que le lavase la herida a su compaero, y de aadidura
sacaron vinagre, y trapos para hacer vendas. El moro no deca ms que:
_Amri_, _pieldra_ ti no?

--No, hijo: no me ha tocado ms que una china en el cogote, que no me ha
hecho sangre.

_Dolier_ ti?

--Poco... no es nada.

--Son los _embaixos_... _espirtos_ malos de _soterr_.

--Indecentes granujas! Lstima de pareja de la Guardia civil, o
siquiera del Orden!

Con los procedimientos ms elementales le hicieron la cura al pobre
ciego, restandole la sangre, y ponindole vendas que le tapaban uno de
los ojos; despus le acostaron en el suelo, porque se le iba la cabeza y
no poda tenerse en pie. Volvi la mendiga a sacar de su cesta el pan y
la carne a medio comer, ofreciendo partir con sus generosos protectores;
pero estos, en vez de aceptar, les brindaron con sardinas y unos churros
que les haban sobrado de su almuerzo. Hubo por una y otra parte
ofrecimientos, finuras y delicadezas, y cada cual, al fin, se qued con
lo suyo. Pero Benina aprovech las buenas disposiciones de aquella
honrada gente para proponerles que albergasen al ciego en la caseta
hasta que ella pudiese prepararle alojamiento en Madrid. No haba que
pensar en que volviese a las Cambroneras, donde sin duda le tenan mala
voluntad. A Madrid y a su casa de ella no poda conducirlo, porque ella
serva en una casa, y l... En fin, que no era fcil explicarlo... y si
los seores guarda-agujas pensaban mal de las relaciones entre Benina y
el moro, que pensaran. Miren ustedes--dijo la anciana vindoles
perplejos y desconfiados--, no poseo ms dinero que esta peseta y estas
perras. Tmenlas, y tengan aqu al pobre ciego hasta maana. l no les
molestar, porque es bueno y honrado. Dormir en este rincn con slo
que le den una manta vieja, y tocante a comer, de lo que ustedes
tengan.

Despus de una corta vacilacin aceptaron el trato, y permitindose dar
un consejo a la para ellos extraa pareja, dijo el guarda: Lo que deben
hacer ustedes es dejarse de andar de vagancia por calles y caminos,
donde todo es ajetreo y malos pasos, y ver de meterse o que los metan en
un asilo, la seora en las _ancianitas_, el seor en otro recogimiento
que hay para ciegos, y as tendran asegurado el comer y el abrigo por
todo el tiempo que vivieran. Nada contest Almudena, que amaba la
libertad, y la prefera trabajosa y miserable a la cmoda sujecin del
asilo. Benina, por su parte, no queriendo entrar en largas
explicaciones, ni desvanecer el error de aquella buena gente, que sin
duda les crea asociados para la vagancia y el merodeo, se limit a
decir que no se recogan en un _establecimiento_ por causa de la mucha
_existencia_ de pobres, y que sin recomendaciones y tarjetas de
personajes no haba manera de conseguir plaza. A esto respondi la
guardesa que podran lograr sus deseos de _recogerse_, si se entendan
con un seor muy piadoso que anda en estas cosas de asilos; un
sacerdote... que le llaman D. Romualdo.

D. Romualdo!... Ah! s, ya s; digo, no le conozco ms que de nombre.
Es un seor cura, alto y guapetn, que tiene una sobrina llamada Doa
Patros, que bizca un poco?.

Al decir esto, sinti la Benina que se renovaba en su mente la extraa
confusin y mezcolanza de lo real y lo imaginado.

Yo no s si bizca o no bizca la sobrina...--prosigui la guardesa--; pero
s que el D. Romualdo es de tierra de Guadalajara.

--Es verdad... Y ahora se ha ido a su pueblo... Por cierto que le
proponen para Obispo, y habr ido a traer los papeles.

Convinieron todos en que el D. Romualdo misterioso no vendra del pueblo
sin traerse los papeles, y en seguida se cerr trato para el hospedaje y
custodia de Almudena en la caseta por veinticuatro horas, dando Benina
la peseta y perros que tena (menos tres piezas chicas que guard
aparte), y comprometindose los otros a cuidar del ciego como si fuera
su hijo. An tuvo la pobre Nina que bregar un poquito con el marroqu,
empeado en que le llevara _sigo_; pero al fin pudo convencerle,
encarecindole el peligro de que la herida de la cabeza le trajera algn
trastorno grave si no se estaba quietecito. _Amri_, _golver ti_
maana--deca el infeliz al despedirla--. Si dejar m solo, _murierme yo
migo_. Prometi la anciana solemnemente volver a su compaa, y se fue
melanclica, revolviendo en su magn las tristezas de aquel da, a las
cuales se unan presagios negros, barruntos de mayores afanes, porque se
haba quedado sin un cuarto, por dejarse llevar del mpetu caritativo de
su corazn dando tanta limosna. Seguramente vendran para ella grandes
apreturas, pues tena que devolver pronto a la _Pitusa_ sus joyas,
allegar recursos para mantener a la seora y a su husped, socorrer a
Almudena, etc... Tantas obligaciones se haba echado encima, que ya no
saba cmo atender a ellas.

Lleg a su casa, despus de hacer sus compras a crdito, y encontrando a
Frasquito muy bien, propuso a Doa Paca darle de alta, y que se fuera a
desempear sus obligaciones y a ganarse la vida. Asinti a ello la
seora, y la tristeza de ambas se aument con la noticia, trada por la
criada de Obdulia, de que esta se haba puesto muy malita, con alta
fiebre, delirio, y un traqueteo de nervios que daba compasin. All se
fue Benina, y despus de avisar a los suegros de la seorita para que la
atendieran, volvi a tranquilizar a la mam. Mala tarde y peor noche
pasaron, pensando en las dificultades y aprietos que de nuevo se les
ofrecan, y a la siguiente maana la infeliz mujer ocupaba su puesto en
San Sebastin, pues no haba otra manera de defenderse de tantas y tan
complejas adversidades. Cada da mermaba su crdito, y las obligaciones
contradas en la calle de la Ruda, o en las tiendas de la calle
Imperial, la abrumaban. Viose en la necesidad de salir tambin al
pordioseo de tarde, y un ratito por la noche, pretextando tener que
llevar un recado a la _nia_. En la breve campaa nocturna, sacaba
escondido un velo negro, viejsimo, de Doa Paca, para entapujarse la
cara; y con esto y unos espejuelos verdes que para el caso guardaba,
haca divinamente el tipo de seora ciega vergonzante, arrimadita a la
esquina de la calle de Barrionuevo, atacando con quejumbroso reclamo a
media voz a todo cristiano que pasaba. Con tal sistema, y _trabajando_
tres veces por da, lograba reunir algunos cuartos; mas no todo lo
necesario para sus atenciones, que no eran pocas, porque Almudena se
haba puesto mal, y segua en la caseta de las Pulgas. Nada cobraba el
guarda-agujas por hospedaje del infeliz moro; pero haba que llevar a
este la comida. Obdulia no entraba en caja: era forzoso asistirla de
medicamentos y caldos, pues los suegros se llamaban Andana, y no era
cosa de mandarla al Hospital. Tena, pues, sobre s la heroica mujer
carga demasiado fuerte; pero la soportaba, y segua con tantas cruces a
cuestas por la empinada senda, ansiosa de llegar, si no a la cumbre, a
donde pudiera. Si se quedaba en mitad del camino, tendra la
satisfaccin de haber cumplido con lo que su conciencia le dictaba.

Por la tarde, pretextando compras, peda en la puerta de San Justo, o
junto al Palacio arzobispal; pero no poda entretenerse mucho, porque su
tardanza no inquietara demasiado a la seora. Al volver una tarde de su
petitorio, sin ms _ganancia_ que una perra chica, se encontr con la
novedad de que Doa Paca, acompaada de Frasquito, haba ido a visitar a
Obdulia. Djole adems la portera que momentos antes haba subido a la
casa un seor sacerdote, alto, de buena presencia, el cual, cansado de
llamar, se fue, dejando un recadito en la portera.

Ya!... Es D. Romualdo...

--As dijo, s, seora. Ya ha venido dos veces, y...

--Pero se marcha otra vez a Guadalajara?

--De all vino ayer tarde. Tiene que hablar con Doa Paca, y volver
cuando pueda.

Ya tena Benina un espantoso lo en la cabeza con aquel dichoso clrigo,
tan semejante, por las seas y el nombre, al suyo, al de su invencin; y
pensaba si, por milagro de Dios, habra tomado cuerpo y alma de persona
verdica el ser creado en su fantasa por un mentir inocente, obra de
las aflictivas circunstancias. En fin, veremos lo que resulta de todo
esto--se dijo subiendo pausadamente la escalera--. Bien venido sea ese
seor cura si viene a traernos algo. Y de tal modo arraigaba en su
mente la idea de que se converta en real el mentido y figurado
sacerdote alcarreo, que una noche, cuando peda con antiparras y velo,
crey reconocer en una seora, que le dio dos cntimos, a la mismsima
Doa Patros, la sobrina que bizcaba una miaja.

Pues, seor, Doa Paca y Frasquito trajeron la buena noticia de que
Obdulia se restableca lentamente. Mira, Nina--le dijo la viuda--: como
quiera que sea, has de llevarle a Obdulia una botella de amontillado. A
ver si te la fan en la tienda; y si no, busca el dinero como puedas,
que lo que tiene la _nia_ es debilidad. La otra se mostr conforme con
esta esplendidez, por no chocar, y se puso a hacer la cena. Taciturna
estuvo hasta la hora de acostarse, y Doa Francisca se incomod con ella
porque no la entretena, como otras veces, con festivas conversaciones.
Sac fuerzas de flaqueza la heroica anciana, y con su espritu muy
turbado, su mente llena de presagios sombros, empez a despotricar como
una taravilla, para que se embelesara la seora con unas cuantas
chanzonetas y mil tonteras imaginadas, y pudiera coger el sueo.




XXXI


Repuesto de su herida el ciego moro, volvi a pedir, a instancias de su
amiga, pues no estaban los tiempos para pasarse la vida al sol tocando
la vihuela. Las necesidades aumentaban, imponase la dura realidad, y
era forzoso sacar las perras del fondo de la masa humana como de un mar
rico en tesoros de todas clases. No pudo Almudena resistir a la enrgica
sugestin de la _dama_, y poco a poco se fue curando de aquellas
murrias, y del delirio mstico y penitencial que le desconcert das
antes. Convinieron, tras empeada discusin, en trasladar _su punto_ de
San Sebastin a San Andrs, porque Almudena conoca en esta parroquia a
un seor clrigo muy bondadoso, que en otra ocasin le haba protegido.
All se fueron, pues; y aunque tambin en San Andrs haba _Caporalas_ y
Eliseos, con distintos nombres, por ser estos caracteres como fruto
natural de la vida en todo grupo o familia de la sociedad humana, no
parecan tan despticos y altaneros como en la otra parroquia. El
clrigo que al marroqu protega era un joven muy listo, algo arabista
y hebraizante, que sola echar algn prrafo con l, no tanto por
caridad como por estudio. Una maana observ Benina que el curita joven
sala de la Rectoral acompaado de otro sacerdote, alto, bien parecido,
y hablaron los dos mirando al ciego moro. Sin duda decan algo referente
a l, a su origen, a su habla y religin endemoniadas. Despus uno y
otro clrigos en ella se fijaron, qu vergenza! Qu pensaran, qu
diran de ella? Suponanla quizs compaera del africano, su mujer
quizs, su...

En fin, que el presbtero alto y guapetn se fue hacia la Cava Baja, y
el otro, el sabio, se dign parlotear un rato con Almudena en lengua
arbiga. Despus se fue hacia Benina, y con todo miramiento le dijo:
Usted, _Doa Benigna_, bien podra dejarse de esta vida, que a su edad
es tan penosa. No est bien que ande tras el moro como la soga tras el
caldero. Por qu no entra en la _Misericordia_? Ya se lo he dicho a D.
Romualdo, y ha prometido interesarse....

Quedose atnita la buena mujer, y no supo qu contestar. Por decir algo,
expres su agradecimiento al Sr. de Mayoral, que as nombraban al
clrigo erudito, y aadi que ya haba reconocido en el otro seor
sacerdote al benfico D. Romualdo.

Ya le he dicho tambin--agreg Mayoral--, que es usted criada de una
seora que vive en la calle Imperial, y prometi informarse de su
comportamiento antes de recomendarla....

Poco ms dijo, y Benina lleg al mayor grado de confusin y vrtigo de
su mente, pues el sacerdote alto y guapetn que poco antes viera,
concordaba con el que ella, a fuerza de mencionarlo y describirlo en un
mentir sistemtico, tena fijo en su caletre. Ganas sinti de correr por
la Cava Baja, a ver si le encontraba, para decirle: Sr. D. Romualdo,
perdneme _si le he inventado_. Yo cre que no haba mal en esto. Lo
hice porque la seora no me descubriera que salgo todos los das a pedir
limosna para mantenerla. Y si esto de _aparecerse_ usted ahora con
cuerpo y vida de persona es castigo mo, perdneme Dios, que no lo
volver a hacer. O es usted otro D. Romualdo? Para que yo salga de esta
duda que me atormenta, hgame el favor de decirme si tiene una sobrina
bizca, y una hermana que se llama Doa Josefa, y si le han propuesto
para Obispo, como se merece, y ojal fuera verdad. Dgame si es usted el
mo, mi D. Romualdo, u otro, que yo no s de dnde puede haber salido, y
dgame tambin qu demontres tiene que hablar con la seora, y si va a
darle las quejas porque yo he tenido el atrevimiento de _inventarle_.

Esto le habra dicho, si encontrdole hubiera; pero no hubo tal
encuentro, ni tales palabras fueron pronunciadas. Volviose a casa muy
triste, y ya no se apart de su mente la idea de que el benfico
sacerdote alcarreo no era invencin suya, de que todo lo que soamos
tiene su existencia propia, y de que las mentiras entraan verdades.
Pasaron dos das en esta situacin, sin ms novedad que un crecimiento
horroroso de las dificultades econmicas. Con tanto pordiosear maana y
tarde, nunca le sala la cuenta; no haba ya ningn nacido que le fiara
valor de un real; la _Pitusa_ amenazola con _dar parte_ si no le devolva
en breve trmino sus alhajas. Faltbale ya la energa, y sus grandes
nimos flaqueaban; perda la fe en la Providencia, y formaba opinin
poco lisonjera de la caridad humana; todas sus diligencias y correras
para procurarse dinero, no le dieron ms resultado que un duro que le
prest por pocos das Juliana, la mujer de Antoito. La limosna no
bastaba ni con mucho; en vano se privaba ella hasta de su ordinario
alimento, para disimular en casa la escasez; en vano iba con las
alpargatas rotas, magullndose los pies. La economa, la sordidez misma,
eran ineficaces: no haba ms remedio que sucumbir y caer diciendo:
Llegu hasta donde pude: lo dems hgalo Dios, si quiere.

Un sbado por la tarde se colmaron sus desdichas con un inesperado y
triste incidente. Sali a pedir en San Justo: Almudena haca lo mismo en
la calle del Sacramento. Estrenose ella con diez cntimos, inaudito
golpe de suerte, que consider de buen augurio. Pero cun grande era su
error, al fiarse de estas golosinas que nos arroja el destino adverso
para atraernos y herirnos ms cmodamente! Al poco rato del feliz
estreno, se apareci un individuo de la ronda secreta que, empujndola
con mal modo, le dijo: Ea, buena mujer, eche usted a andar para
adelante... Y vivo, vivo...

--Qu dice?...

--Que se calle y ande...

--Pero a dnde me lleva?

--Cllese usted, que le tiene ms cuenta... Hala! a San Bernardino.

--Pero qu mal hago yo... seor?

--Est usted pidiendo!... No le dije a usted ayer que el seor
Gobernador no quiere que se pida en esta calle?

--Pues mantngame el seor Gobernador, que yo de hambre no he de morirme,
por Cristo... Vaya con el hombre!...

--Calle usted, _so borracha_!... Andando digo!

--Que no me empuje!... Yo no soy _criminala_... Yo tengo familia,
conozco quin me abone... Ea, que no voy a donde usted quiere
llevarme....

Se arrim a la pared; pero el fiero polizonte la despeg del arrimo con
un empujn violentsimo. Acercronse dos de Orden pblico, a los cuales
el de la ronda mand que la llevaran a San Bernardino, juntamente con
toda la dems pobretera de ambos sexos que en la tal calle y callejones
adyacentes encontraran. An trat Benina de ganar la voluntad de los
guardias, mostrndose sumisa en su viva afliccin. Suplic, llor
amargamente; mas lgrimas y ruegos fueron intiles. Adelante, siempre
adelante, llevando a retaguardia al ciego africano, que en cuanto se
enter de que la _recogan_, se fue hacia los del Orden, pidindoles que
a l tambin le echasen la red, y al mismo infierno le llevaran, con tal
que no le separasen de ella. Presin grande hubo de hacer sobre su
espritu la desgraciada mujer para resignarse a tan atroz desventura...
Ser llevada a un recogimiento de mendigos callejeros como son
conducidos a la crcel los rateros y malhechores! Verse imposibilitada
de acudir a su casa a la hora de costumbre, y de atender al cuidado de
su ama y amiga! Cuando consideraba que Doa Paca y Frasquito no tendran
qu comer aquella noche, su dolor llegaba al frenes: hubiera embestido
a los corchetes para deshacerse de ellos, si fuerzas tuviera contra dos
hombres. Apartar no poda del pensamiento la consternacin de su seora
infeliz, cuando viera que pasaban horas, horas... y la Nina sin parecer.
Jess, Virgen Santsima! Qu iba a pasar en aquella casa? Cuando no se
hunde el mundo por sucesos tales, seguro es que no se hundir jams...
Ms all de las Caballerizas trat nuevamente de enternecer con razones
y lamentos el corazn de sus guardianes. Pero ellos cumplan una orden
del jefe, y si no la cumplan, mediano rspice les echaran. Almudena
callaba, andando agarradito a la falda de Benina, y no pareca
disgustado de la recogida y conduccin al depsito de mendicidad.

Si lloraba la pobre postulante, no lloraba menos el cielo, concordando
con ella en sombra tristeza, pues la llovizna que a caer empez en el
momento de la recogida, fue creciendo hasta ser copiosa lluvia, que la
puso perdida de pies a cabeza. Las ropas de uno y otro mendigo
chorreaban; el sombrero hongo de Almudena pareca la pieza superior de
la fuente de los Tritones: poco le faltaba ya para tener verdn. El
calzado ligero de Benina, destrozado por el mucho andar de aquellos
das, se iba quedando a pedazos en los charcos y barrizales en que se
meta. Cuando llegaron a San Bernardino, pensaba la anciana que mejor
estara descalza. _Amri_--le dijo Almudena cuando traspasaban la triste
puerta del Asilo Municipal--, no _yorar_ ti... Aqu bien _tigo migo_...
No _yorar_ ti... _contentado_ m... Dar sopa, dar pan nosotras....

En su desolacin, no quiso Benina contestarle. De buena gana le habra
dado un palo. Cmo haba de hacerse cargo aquel vagabundo de la razn
con que la infeliz mujer se quejaba de su suerte? Quin, sino ella,
comprendera el desamparo de su seora, de su amiga, de su hermana, y la
noche de ansiedad que pasara, ignorante de lo que pasaba? Y si le
hacan el favor de soltarla al da siguiente, con qu razones, con qu
mentiras explicara su larga ausencia, su desaparicin sbita? Qu
poda decir, ni qu invento sacar de su fecunda imaginacin? Nada, nada:
lo mejor sera desechar todo embuste, revelando el secreto de su
mendicidad, nada vergonzosa por cierto. Pero bien poda suceder que Doa
Francisca no lo creyese, y que se quebrantara el lazo de amistad que
desde tan antiguo las una; y si la seora se enojaba de veras,
arrojndola de su lado, Nina se morira de pena, porque no poda vivir
sin Doa Paca, a quien amaba por sus buenas cualidades y casi casi por
sus defectos. En fin, despus de pensar en todo esto, y cuando la
metieron en una gran sala, ahogada y ftida, donde haba ya como un
medio centenar de ancianos de ambos sexos, concluy por echarse en los
brazos amorosos de la resignacin, dicindose: Sea lo que Dios quiera.
Cuando vuelva a casa dir la verdad; y si la seora est viva para
cuando yo llegue y no quiere creerme, que no me crea; y si se enfada,
que se enfade; y si me despide, que me despida; y si me muero, que me
muera.




XXXII


Aunque Nina no lo pensara y dijera, bien se comprender que el
desasosiego y consternacin de Doa Paca en aquella triste noche
superaron a cuanto pudiera manifestar el narrador. A medida que avanzaba
el tiempo, sin que la criada volviese al hogar, creca la angustia del
ama, quien, si al principio ech de menos a su compaera por la falta
que en el orden material haca, pronto se inquiet ms, pensando en la
desgracia que habra podido ocurrirle: cogida de coche, verbigracia, o
muerte repentina en la calle. Procuraba el bueno de Frasquito
tranquilizarla, pero intilmente. Y el desteido viejo tena que
callarse cuando su paisana le deca: Pero si nunca ha pasado esto;
nunca, querido Ponte! Ni una sola vez ha faltado de casa en tantsimos
aos.

Surgieron dificultades graves para cenar formalmente, y nada se
adelantaba con que las chiquillas de la cordonera se brindasen oficiosas
a sustituir a la criada ausente. Verdad que Doa Paca perdi en absoluto
el apetito, y lo mismo, o poco menos, le pasaba a su husped. Pero como
no haba ms remedio que tomar algo para sostener las fuerzas, ambos se
propinaron un huevo batido en vino y unos pedacitos de pan. De dormir,
no se hable. La seora contaba las horas, medias y cuartos de la noche
por los relojes de la vecindad, y no haca ms que medir el pasillo de
punta a punta, atenta a los ruidos de la escalera. Ponte no quiso ser
menos: la galantera le obligaba a no acostarse mientras su amiga y
protectora estuviese en vela, y para conciliar las obligaciones de
caballero con su fatiga de convaleciente, descabez un par de sueecitos
en una silla. Para esto hubo de adoptar postura violenta, haciendo
almohada de sus brazos, cruzados sobre el respaldo, y al dormirse se le
qued colgando la cabeza, de lo que le sobrevino un tremendo tortcolis
a la maana siguiente.

Al amanecer de Dios, vencida del cansancio Doa Paca, se qued dormidita
en un silln. Hablaba en sueos, y su cuerpo se sacuda de rato en rato
con estremecimientos nerviosos. Despert sobresaltada, creyendo que
haba ladrones en la casa, y el da claro, con el vaco de la ausencia
de Nina, le result ms triste y solitario que la noche. Segn
Frasquito, que en esto pensaba cuerdamente, ningn rastro pareca ms
seguro que informarse de los seores en cuya casa serva Benina de
asistenta. Ya lo haba pensado tambin su paisana la tarde anterior;
pero como ignoraba el nmero de la casa de D. Romualdo en la calle de la
Greda, no se determinaron a emprender las averiguaciones. Por la maana,
habindose brindado el portero a inquirir el paradero de la extraviada
sirviente, se le mand con el encargo, y a la hora volvi diciendo que
en ninguna portera de tal calle daban razn.

Y a todas estas, no haba en la casa ms que algn resto de cocido del
da anterior, casi avinagrado ya, y mendrugos de pan duro. Gracias que
los vecinos, enterados del conflicto tan grave, ofrecieron a la ilustre
viuda algunos vveres: este, sopas de ajo; aquel, bacalao frito; el
otro, un huevo y media botella de pelen. No haba ms remedio que
alimentarse, haciendo de tripas corazn, porque la naturaleza no espera:
es forzoso vivir, aunque el alma se oponga, encariada con su amiga la
muerte. Pasaban lentas las horas del da, y tanto Ponte como su paisana
no podan apartar su atencin de todo ruido de pasos que sonaba en la
escalera. Pero tantos desengaos sufrieron, que, al fin, rendidos y sin
esperanza, se sentaron uno frente a otro, silenciosos, con reposo y
gravedad de esfinges, y mirndose confirieron tcitamente la solucin
del enigma a la divina voluntad. Ya se sabra el paradero de Nina, o los
motivos de su ausencia, cuando Dios se dignara darlos a conocer por los
medios y caminos a que nunca alcanza nuestra previsin.

Las doce seran ya, cuando son un fuerte campanillazo. La dama rondea
y el galn de Algeciras saltaron, cual muecos de goma, en sus
respectivos asientos. No, no es ella--dijo Doa Paca con gran
desaliento--. Nina no llama as.

Y como quisiese Frasquito salir a la puerta le detuvo ella con una
observacin muy en su punto: No salga usted, Ponte, que podra ser uno
de esos gansos de la tienda que vienen a darme un mal rato. Que abra la
nia. Celedonia, corre a abrir, y entrate bien: si es alguno que nos
trae noticias de Nina, que pase. Si es alguien de la tienda, le dices
que no estoy.

Corri la chiquilla, y volvi desalada al instante diciendo: Seora, D.
Romualdo.

Efecto de gran intensidad emocional, que casi era terrorfica. Ponte dio
varias vueltas de peonza sobre un pie, y Doa Paca se levant y volvi
a caer en el silln como unas diez veces, diciendo: Que pase... Ahora
sabremos... Dios mo, D. Romualdo en casa!... A la salita, Celedonia, a
la salita... Me echar la falda negra... Y no me he peinado... Con qu
facha le recibo!... Que pase, nia... Mi falda negra.

Entre el algecireo y la chiquilla la vistieron de mala manera, y con la
prisa le ponan la ropa del revs. La seora se impacientaba,
llamndoles torpes y dando pataditas. Por fin se arregl de cualquier
modo, pasose un peine por el pelo, y dando tumbos se fue a la salita
donde aguardaba el sacerdote, en pie, mirando las fotografas de
personas de la familia, nica decoracin de la mezquina y pobre
estancia.

Dispnseme usted, Sr. D. Romualdo--dijo la viuda de Zapata, que de la
emocin no poda tenerse en pie, y hubo de arrojarse en una silla,
despus de besar la mano al sacerdote--. Gracias a Dios que puedo
manifestar a usted mi gratitud por su inagotable bondad.

--Es mi obligacin, seora...--repuso el clrigo un tanto sorprendido--, y
nada tiene usted que agradecerme.

--Y dgame ahora, por Dios--agreg la seora, con tanto miedo de or una
mala noticia, que apenas hablar poda--; dgamelo pronto. Qu ha sido de
mi pobre Nina?.

Son este nombre en el odo del buen sacerdote como el de una perrita
que a la seora se le haba perdido.

No parece?...--le dijo por decir algo.

--Pero usted no sabe...? Ay, ay! Es que ha ocurrido una desgracia, y
quiere ocultrmelo, por caridad.

Prorrumpi en acerbo llanto la infeliz dama, y el clrigo permaneca
perplejo y mudo. Seora, por piedad, no se aflija usted... Ser, o no
ser lo que usted supone.

--Nina, Nina de mi alma!

--Es persona de su familia, de su intimidad? Explqueme...

--Si el Sr. D. Romualdo no quiere decirme la verdad por no aumentar mi
tribulacin, yo se lo agradezco infinito... Pero vale ms saber... O es
que quiere darme la noticia poquito a poco, para que me impresione
menos?...

--Seora ma--dijo el sacerdote con impaciente franqueza, vido de aclarar
las cosas--. Yo no le traigo a usted noticias buenas ni malas de la
persona por quien llora, ni s qu persona es esa, ni en qu se funda
usted para creer que yo...

--Dispnseme, Sr. D. Romualdo. Pens que la Benina, mi criada, mi amiga y
compaera ms bien, haba sufrido algn grave accidente en su casa de
usted, o al salir de ella, o en la calle, y...

--Qu ms?... Sin duda, seora Doa Francisca Jurez, hay en esto un
error que yo debo desvanecer, diciendo a usted mi nombre: Romualdo
Cedrn. He desempeado durante veinte aos el arciprestazgo de Santa
Mara de Ronda, y vengo a manifestar a usted, por encargo expreso de los
dems testamentarios, la ltima voluntad del que fue mi amigo del alma,
Rafael Garca de los Antrines, que Dios tenga en su santa gloria.

Si Doa Paca viera que se abra la tierra y salan de ella escuadrones
de diablos, y que por arriba el cielo se descuajaraba, echando de s
legiones de ngeles, y unos y otros se juntaban formando una inmensa
falange gloriosa y bufonesca, no se quedara ms atnita y confusa.
Testamento, herencia! Lo que deca el clrigo era verdad, o una
ridcula, despiadada burla? Y el tal sujeto era persona real, o imagen
fingida en la mente enferma de la dama infeliz? La lengua se le peg al
paladar, y miraba a D. Romualdo con aterrados ojos.

No es para que usted se asuste, seora. Al contrario: yo tengo la
satisfaccin de comunicar a Doa Francisca Jurez el trmino de sus
sufrimientos. El Seor, que ha probado sin duda ya con creces su
conformidad y resignacin, quiere premiar ahora estas virtudes,
sacndola a usted de la tristsima situacin en que ha vivido tantos
aos.

A doa Paca le caa un hilo de lgrimas de cada ojo, y no acertaba a
proferir palabra. Cul sera su emocin, cules su sorpresa y jbilo,
que se borr de su mente la imagen de Benina, como si la ausencia y
prdida de esta fuese suceso ocurrido muchos aos antes!

Comprendo--prosigui el buen sacerdote enderezando su cuerpo y
aproximando el silln para tocar con su mano el brazo de Doa
Francisca--, comprendo su trastorno... No se pasa bruscamente del
infortunio al bienestar, sin sentir una fuerte sacudida. Lo contrario
sera peor... Y puesto que se trata de cosa importante, que debe ocupar
con preferencia su atencin, hablemos de ello, seora ma, dejando para
despus ese otro asunto que la inquieta... No debe usted afanarse tanto
por su criada o amiga... Ya parecer!.

Esta frase llev de nuevo al espritu de Doa Paca la idea de Nina y el
sentimiento de su misteriosa desaparicin. Notando en el _ya parecer_
de D. Romualdo una intencin benvola y optimista, dio en creer que el
buen seor, despus que despachase el asunto principal, le hablara del
caso de la anciana, que sin duda no era de suma gravedad. Pronto la
mente de la seora con rpido giro de veleta torn a la idea de la
herencia, y a ella se agarr, dejando lo dems en el olvido; y
observando el presbtero su ansiedad de informes, se apresur a
satisfacerla.

--Pues ya sabr usted que el pobre Rafael pas a mejor vida el 11 de
Febrero...

--No lo saba, no, seor. Dios le haya dado su descanso... ay!

--Era un santo. Su nico error fue abominar del matrimonio, despreciando
los excelentes partidos que sus amigos le proponamos. Los ltimos aos
vivi en un cortijo llamado las _Higueras de Jurez_...

--Lo conozco. Esa finca fue de mi abuelo.

--Justamente: de D. Alejandro Jurez... Bueno: pues Rafael contrajo en
las _Higueras_ la afeccin del hgado que le llev al sepulcro a los
cincuenta y cinco aos de edad. Lstima de mocetn, casi tan alto como
yo, seora, con una musculatura no menos vigorosa que la ma, y un pecho
como el de un toro, y aquel rostro rebosando vida!...

--Ay!...

--En nuestras caceras del jabal y del venado, nunca consegu cansarle.
Su amor propio era ms fuerte que su complexin fortsima. Desafiaba los
chubascos, el hambre y la sed... Pues vea usted aquel roble quebrarse
como una caa. A los pocos meses de caer enfermo se le podan contar los
huesos al travs de la piel... se fue consumiendo, consumiendo...

--Ay!...

--Y con qu resignacin llevaba su mal, y qu bien se prepar para la
muerte, mirndola como una sentencia de Dios, contra la cual no debe
haber protesta, sino ms bien una conformidad alegre! Pobre Rafael, qu
pedazo de ngel!...

--Ay!...

--Yo no viva ya en Ronda, porque tena intereses en mi pueblo que me
obligaron a fijar mi residencia en Madrid. Pero cuando supe la gravedad
del amigo queridsimo, me plant all... Un mes le acompa y asist...
Qu pena!... Muri en mis brazos.

--Ay!....

Estos ayes eran suspiros que a Doa Paca se le salan del alma, como
pajaritos que escapan de una jaula abierta por los cuatro costados. Con
noble sinceridad, sin dejar de acariciar en su pensamiento la probable
herencia, se asociaba al duelo de D. Romualdo por el generoso soltern
rondeo.

En fin, seora ma: muri como catlico ferviente, despus de otorgar
testamento...

--Ay!...

--En el cual deja el tercio de sus bienes a su sobrina en segundo grado,
Clemencia Sopelana, sabe usted? la esposa de D. Rodrigo del Quintanar,
hermano del Marqus de Guadalerce. Los otros dos tercios los destina,
parte a una fundacin piadosa, parte a mejorar la situacin de algunos
de sus parientes que, por desgracias de familia, malos negocios u otras
adversidades y contratiempos, han venido a menos. Hallndose usted y sus
hijos en este caso, claro est que son de los ms favorecidos, y...

--Ay!... Al fin Dios ha querido que yo no me muera sin ver el trmino de
esta miseria ignominiosa. Bendito sea una y mil veces el que da y quita
los males, el Justiciero, el Misericordioso, el Santo de los
Santos!....

Con tal efusin rompi en llanto la desdichada Doa Francisca, cruzando
las manos y ponindose de hinojos, que el buen sacerdote, temeroso de
que tanta sensibilidad acabase en una pataleta, sali a la puerta, dando
palmadas, para que viniese alguien a quien pedir un vaso de agua.




XXXIII


Acudi el propio Frasquito con el socorro del agua, y D. Romualdo, en
cuanto la seora bebi y se repuso de su emocin, dijo al desmedrado
caballero: Si no me equivoco, tengo el honor de hablar con D. Francisco
Ponte Delgado... natural de Algeciras... Por muchos aos. Es usted
primo en tercer grado de Rafael Antrines, de cuyo fallecimiento tendr
noticia?

--Falleci?... Ay, no lo saba!--replic Ponte muy cortado--. Pobre
Rafaelito! Cuando yo estuve en Ronda el ao 56, poco antes de la cada
de Espartero, l era un nio, tamao as. Despus nos vimos en Madrid
dos o tres veces... l sola venir a pasar aqu temporadas de otoo; iba
mucho al Real, y era amigo de los Ustriz; trabajaba por Ros Rosas en
las elecciones, y por los Ros Acua... Oh, pobre Rafael! Excelente
amigo, hombre sencillo y afectuoso, gran cazador!... Congenibamos en
todo, menos en una cosa: l era muy campesino, muy amante de la vida
rstica, y yo detesto el campo y los arbolitos. Siempre fui hombre de
poblaciones, de grandes poblaciones...

--Sintese usted aqu--le dijo D. Romualdo, dando tan fuerte palmetazo en
un viejo silln de muelles, que de l se levant espesa nube de polvo.

Un momento despus, habase enterado el galn fiambre de su
participacin en la herencia del primo Rafael, quedndose en tal manera
turulato, que hubo de beberse, para evitar un soponcio, toda el agua que
dejara Doa Francisca.

No estar de ms sealar ahora la perfecta concordancia entre la persona
del sacerdote y su apellido Cedrn, pues por la estatura, la robustez y
hasta por el color poda ser comparado a un corpulento cedro; que entre
rboles y hombres, mirando los caracteres de unos y otros, tambin hay
concomitancias y parentescos. Talludo es el cedro, y adems, bello,
noble, de madera un tanto quebradiza, pero grata y olorosa. Pues del
mismo modo era D. Romualdo: grandn, fornido, atezado, y al propio
tiempo excelente persona, de intachable conducta en lo eclesistico,
cazador, hombre de mundo en el grado que puede serlo un cura, de
apacible genio, de palabra persuasiva, tolerante con las flaquezas
humanas, caritativo, misericordioso, en suma, con los procedimientos
metdicos y el buen arreglo que tan bien se avenan con su desahogada
posicin. Vesta con pulcritud, sin alardes de elegancia; fumaba sin
tasa buenos puros, y coma y beba todo lo que demandaba el
sostenimiento de tan fuerte osamenta y de musculatura tan recia. Enormes
pies y manos correspondan a su corpulencia. Sus facciones bastas y
abultadas no carecan de hermosura, por la proporcin y buen dibujo;
hermosura de mascarn escultrico, miguel-angelesco, para decorar una
imposta, mnsula o el centro de una cartela, echando de la boca
guirnaldas y festones.

Entrando en pormenores, que los herederos de Rafael anhelaban conocer,
Cedrn les dio noticias prolijas del testamento, que tanto Doa Paca
como Ponte oyeron con la religiosa atencin que fcilmente se supone.
Eran testamentarios, adems del Sr. Cedrn, D. Sandalio Maturana y el
Marqus de Guadalerce. En la parte que a las dos personas all presentes
interesaba, dispona Rafael lo siguiente: a Obdulia y a Antoito, hijos
de su primo Antonio Zapata, les dejaba el cortijo de Almoraima, pero
slo en usufructo. Los testamentarios les entregaran el producto de
aquella finca, que dividida en dos mitades pasara a los herederos del
Antonio y de la Obdulia, al fallecimiento de estos. A Doa Francisca y a
Ponte les asignaba pensin vitalicia, como a otros muchos parientes, con
la renta de ttulos de la Deuda, que constituan una de las principales
riquezas del testador.

Oyendo estas cosas, Frasquito se atusaba sobre la oreja los ahuecados
mechones de su melena, sin darse un segundo de reposo. Doa Francisca,
en verdad, no saba lo que le pasaba: crea soar. En un acceso de
febril jbilo, sali al pasillo gritando: Nina, Nina, ven y
entrate!... Ya somos ricas!... digo, ya no somos pobres!....

Pronto acudi a su mente el recuerdo de la desaparicin de su criada, y
volviendo al lado de Cedrn, le dijo entre sollozos: Perdneme; ya no
me acordaba de que he perdido a la compaera de mi vida...

--Ya parecer--repiti el clrigo, y tambin Frasquito, como un eco:

--Ya parecer.

--Si se hubiera muerto--indic Doa Francisca--, creo que la intensidad de
mi alegra la hara resucitar.

--Ya hablaremos de esa seora--dijo Cedrn--. Antes acabe de enterarse de
lo que tanto le interesa. Los testamentarios, atentos a que usted, lo
mismo que el seor, se hallan en situacin muy precaria, por causas que
no quiero examinar ahora, ni hay para qu, han decidido... para eso y
para mucho ms les autoriza el testador, dndoles facultades
omnmodas... han decidido, mientras se pone en regla todo lo
concerniente al testamento, liquidacin para el pago de derechos reales,
_etctera_, _etctera_... han decidido, digo....

Doa Paca y Frasquito, de tanto contener el aliento, hallbanse ya
prximos a la asfixia.

Han decidido, mejor dicho, decidieron o decidimos... de esto hace dos
meses... sealar a ustedes la cantidad mensual de cincuenta duros como
asignacin provisional, o si se quiere anticipo, hasta que determinemos
la cifra exacta de la pensin. Est comprendido?

--S, seor; s, seor... comprendido, perfectamente comprendido--clamaron
los dos al unsono.

--Antes hubieran uno y otro recibido este jicarazo--dijo el clrigo--; pero
me ha costado un trabajo enorme averiguar dnde residan. Creo que he
preguntado a medio Madrid... y por fin... No ha sido poca suerte
encontrar juntas en esta casa a las dos _piezas_, perdonen el trmino de
caza, que vengo persiguiendo como un azacn desde hace tantos das.

Doa Paca le bes la mano derecha, y Frasquito Ponte la izquierda. Ambos
lagrimeaban.

Dos meses de pensin han devengado ustedes ya, y ahora nos pondremos de
acuerdo para las formalidades que han de llenarse, a fin de que uno y
otro perciban desde luego....

Lleg a creer Ponte que haca una rpida ascensin en globo, y se agarr
con fuerza a los brazos del silln, como el aeronauta a los bordes de la
barquilla.

Estamos a sus rdenes--manifest Doa Francisca en alta voz; y para s--:
Esto no puede ser; esto es un sueo.

La idea de que no pudiera Nina enterarse de tanta felicidad, enturbi la
que en aquel momento inundaba su alma. A este pensamiento hubo de
responder, por misteriosa concatenacin, el de Ponte Delgado, que dijo:
Lstima que Nina, ese ngel, no est presente!... Pero no debemos
suponer que le haya pasado ningn accidente grave. Verdad, Sr. D.
Romualdo? Ello habr sido...

--Me dice el corazn que est buena y sana, que volver hoy...--declar
Doa Paca con ardiente optimismo, viendo todas las cosas envueltas en
rosado celaje--. Por cierto que... Perdone usted, seor mo: hay tal
confusin en mi pobre cabeza... Deca que... Al anunciarse el seor D.
Romualdo en mi casa, yo cre, fijndome slo en el nombre, que era usted
el dignsimo sacerdote en cuya casa es asistenta mi Benina. Me
equivoco?

--Creo que s.

--Es propio de las grandes almas caritativas esconderse, negar su propia
personalidad, para de este modo huir del agradecimiento y de la
publicidad de sus virtudes... Vamos a cuentas, Sr. D. Romualdo, y hgame
el favor de no hacer misterio de sus grandes virtudes. Es cierto que
por la fama de estas le proponen para obispo?

--A m!... No ha llegado a m noticia.

--Es usted de Guadalajara o su provincia?

--S, seora.

--Tiene usted una sobrina llamada Doa Patros?

--No, seora.

--Dice usted la misa en San Sebastin?

--No, seora: la digo en San Andrs.

--Y tampoco es cierto que hace das le regalaron a usted un conejo de
campo?...

--Podra ser... ja, ja... pero no recuerdo...

--Sea como fuere, Sr. D. Romualdo, usted me asegura que no conoce a mi
Benina.

--Creo... vamos, no puedo asegurar que me es desconocida, seora ma.
Antjaseme que la he visto.

--Oh! bien deca yo que... Sr. de Cedrn, qu alegra me da!

--Tenga usted calma. Veamos: esa Benina es una mujer vestida de negro,
as como de sesenta aos, con una verruga en la frente?...

--La misma, la misma, Sr. D. Romualdo: muy modosita, algo vivaracha, a
pesar de su edad.

--Ms seas: pide limosna, y anda por ah con un ciego africano llamado
Almudena.

--Jess!--exclam con estupefaccin y susto Doa Paca--. Eso no, vlgame
Dios! eso no... Veo que no la conoce usted.

Y con una mirada puso por testigo a Frasquito de la veracidad de su
denegacin. Mir tambin Ponte al clrigo, despus a la seora,
atormentado por ciertas dudas que inquietaron su conciencia. Benina es
un ngel--se permiti decir tmidamente--. Pida o no pida limosna, y esto
yo no lo s, es un ngel, palabra de honor.

--Quite usted all!... Pedir mi Benina... y andar por esas calles con
un ciego!...

--Moro, por ms seas--indic D. Romualdo.

--Yo debo manifestar--dijo Ponte con honrada sinceridad--, que no hace
muchos das, pasando yo por la Plaza del Progreso, la vi sentada al pie
de la estatua, en compaa de un mendigo ciego, que por el tipo me
pareci... oriundo del Riff.

El aturdimiento, el vrtigo mental de Doa Paca fueron tan grandes, que
su alegra se troc sbitamente en tristeza, y dio en creer que cuanto
decan all era ilusin de sus odos; ficticios los seres con quienes
hablaba, y mentira todo, empezando por la herencia. Tema un despertar
lgubre. Cerrando los ojos, se dijo: Dios mo, scame de tan terrible
duda; arrncame esta idea!... Es esto mentira, es esto verdad? Yo
heredera de Rafaelito Antrines; yo con medios de vivir!... Nina
pidiendo limosna; Nina con un riffeo!...

--Bueno--exclam al fin con sbito arranque--. Pues viva Nina, y viva con
su moro, y con toda la morera de Argel, y vala yo, y vuelva a casa,
aunque se traiga al africano metido en la cesta.

Echose a rer D. Romualdo, y explicando el cundo y cmo de conocer a
Benina, dijo que por un amigo suyo, coadjutor en San Andrs, clrigo de
mucha ilustracin y humanista muy aprovechado, que picaba en las lenguas
orientales, haba conocido al rabe Almudena. Con l vio a una mujer que
le acompaaba, de la cual le dijeron que a una seora viuda serva,
andaluza por ms seas, habitante en la calle Imperial. No pude menos
de relacionar estas referencias con la seora Doa Francisca Jurez, a
quien yo no haba tenido el gusto de ver todava, y hoy, al or a usted
lamentarse de la desaparicin de su criada, pens y dije para m: Si la
mujer que se ha perdido es la que yo creo, busquemos el caldero y
encontraremos la soga; busquemos al moro, y encontraremos a la odalisca;
digo, a esa que llaman ustedes...

--Benigna de Casia... de Casia, s, seor, de donde viene la broma de que
es parienta de Santa Rita.

Aadi el Sr. de Cedrn que, no por sus merecimientos, sino por la
confianza con que le distinguan los fundadores del Asilo de ancianos y
ancianas de _la Misericordia_, era patrono y mayordomo mayor del mismo;
y como a l se dirigan las solicitudes de ingreso, no daba un paso por
la calle sin que le acometieran mendigos importunos, y se vea
continuamente asediado de recomendaciones y tarjetazos pidiendo la
admisin. Podramos creer--aadi--, que es nuestro pas inmensa gusanera
de pobres, y que debemos hacer de la nacin un Asilo sin fin, donde
quepamos todos, desde el primero al ltimo. Al paso que vamos, pronto
seremos el ms grande Hospicio de Europa... He recordado esto, porque mi
amigo Mayoral, el cleriguito aficionado a letras orientales, me habl de
recoger en nuestro Asilo a la compaera de Almudena.

--Yo le suplico a usted, mi Sr. D. Romualdo--dijo Doa Francisca
enteramente trastornada ya--, que no crea nada de eso; que no haga ningn
caso de las Beninas figuradas que puedan salir por ah, y se atenga a la
propia y legtima Nina; a la que va de asistenta a su casa de usted
todas las maanas, recibiendo all tantos beneficios, como los he
recibido yo por conducto de ella. Esta es la verdadera; esta la que
hemos de buscar y encontraremos con la ayuda del Sr. de Cedrn y de su
digna hermana Doa Josefa, y de su sobrina Doa Patros... Usted me
negar que la conoce, por hacer un misterio de su virtud y santidad;
pero esto no le vale, no seor. A m me consta que es usted santo, y que
no quiere que le descubran sus secretos de caridad sublime; y como me
consta, lo digo. Busquemos, pues, a Nina, y cuando a mi compaa vuelva,
gritaremos las dos: Santo, santo, santo!.

Sac en limpio de esta perorata el Sr. de Cedrn que Doa Francisca
Jurez no tena la cabeza buena; y creyendo que las explicaciones y el
contender sobre lo mismo no atenuaran su trastorno, puso punto final en
aquel asunto, y se despidi, quedando en volver al da siguiente para el
examen de papeles, y la entrega, mediante recibo en regla, de las
cantidades devengadas ya por los herederos.

Dur largo rato la despedida, porque tanto Doa Paca como Frasquito
repitieron, en el trnsito desde la salita a la escalera, sus
expresiones de gratitud como unas cuarenta veces, con igual nmero de
besos, ms bien ms que menos, en la mano del sacerdote. Y cuando
desapareci por las escaleras abajo el gran Cedrn, y se vieron solos de
puerta adentro la dama rondea y el galn de Algeciras, dijo ella:
Frasquito de mi alma, es verdad todo esto?

--Eso mismo iba yo a preguntar a usted... Estaremos soando? Usted qu
cree?

--Yo?... no s... no puedo pensar... Me falta la inteligencia, me falta
la memoria, me falta el juicio, me falta Nina.

--A m tambin me falta algo... No s discurrir.

--Nos habremos vuelto tontos o locos?...

--Lo que yo digo: por qu nos niega D. Romualdo que su sobrina se llama
Patros, que le proponen para Obispo, y que le regalaron un conejo?

--Lo del conejo no lo neg... dispense usted. Dijo que no se acordaba.

--Es verdad... Y si ahora, el D. Romualdo que acabamos de ver nos
resultase un ser figurado, una creacin de la hechicera o de las artes
infernales... vamos, que se nos evaporara y convirtiera en humo,
resultando todo una ilusin, una sombra, un desvaro?...

--Seora, por la Virgen Santsima!

--Y si no volviese ms?

--Si no volviese!... Que no vuelve, que no nos entregar la...
los...!.

Al decir esto, la cara flccida y desmayada del buen Frasquito expresaba
un terror trgico. Se pas la mano por los ojos, y lanzando un graznido,
cay en el silln con un accidente cerebral, semejante al de la noche
lgubre, entre las calles de Irlandeses y Medioda Grande.




XXXIV


Gracias a los cuidados de Doa Paca, asistida de las chicas de la
cordonera, pronto se repuso Ponte de aquella nueva manifestacin de su
mal, y al anochecer, conversando con la dama rondea, convinieron ambos
en que D. Romualdo Cedrn era un ser efectivo, y la herencia una verdad
incuestionable. No obstante, entre la vida y la muerte estuvieron hasta
el siguiente da, en que se les apareci por segunda vez la imagen del
benfico sacerdote, acompaado de un notario, que result antiguo
conocimiento de Doa Francisca Jurez de Zapata. Arreglado el asunto,
previo examen de papeles, en lo que no hubo dificultad, recibieron los
herederos de Rafaelito Antrines, a cuenta de su pensin, cantidad de
billetes de Banco que a entrambos pareci fabulosa, por causa, sin duda,
de la absoluta limpieza de sus respectivas arcas. La posesin del
dinero, acontecimiento inaudito en aquellos tristes aos de su vida,
produjo en Doa Paca un efecto psicolgico muy extrao: se le anubl la
inteligencia; perdi hasta la nocin del tiempo; no encontraba palabras
con qu expresar las ideas, y estas zumbaban en su cabeza como las
moscas cuando se estrellan contra un cristal, queriendo atravesarlo para
pasar de la obscuridad a la luz. Quiso hablar de su Nina, y dijo mil
disparates. Como se oye un rumor de lejanas disputas, de las cuales slo
se perciben slabas y voces sueltas, oa que Frasquito y los otros dos
seores hablaban del asunto; crey entender que la fugitiva parecera,
que ya se haba encontrado el rastro, pero nada ms... Los tres hombres
estaban en pie, el notario junto a Cedrn. Chiquitn y con perfil de
cotorra, pareca un perico que se dispone a encaramarse por el tronco de
un rbol.

Despidironse al fin los amables seores con ofrecimientos y cortesanas
afectuosas, y solos la rondea y el de Algeciras, se entretuvieron,
durante mediano rato, en dar vueltas de una parte a otra de la casa,
entrando sin objeto ni fin alguno, ya en la cocina, ya en el comedor,
para salir al instante, cambiando alguna frase nerviosa cuando uno con
otro se tropezaban. Doa Paca, la verdad sea dicha, senta que se le
aguaba la felicidad por no poder hacer partcipe de ella a su compaera
y sostn en tantos aos de penuria. Ah! Si Nina entrara en aquel
momento, qu gusto tendra su ama en darle la gran sorpresa,
mostrndose primero muy afligida por la falta de cuartos, y ensendole
despus el puado de billetes! Qu cara pondra! Cmo se le alargaran
los dientes! Y qu cosas hara con aquel montn de metlico! Vamos, que
Dios, digan lo que dijeren, no hace nunca las cosas completas. As en lo
malo como en lo bueno, siempre se deja un rabillo, para que lo desuelle
el destino. En las mayores calamidades, permite siempre un suspiro; en
las dichas que su misericordia concede, _se le olvida_ siempre algn
detalle, cuya falta _lo echa todo a perder_.

En uno de aquellos encuentros, de la sala a la cocina y de la cocina a
la alcoba, propuso Ponte a su paisana celebrar el suceso yndose los dos
a comer de fonda. l la convidara gustoso, correspondiendo con tan
corto obsequio a su generosa hospitalidad. Respondi Doa Francisca que
ella no se presentara en sitios pblicos mientras no pudiera hacerlo
con la decencia de ropa que le corresponda; y como su amigo le dijera
que comiendo fuera de casa se ahorraba la molestia de cocinar en la
propia sin ms ayuda que las chiquillas de la cordonera, manifest la
dama que, mientras no volviese Nina, no encendera lumbre, y que todo
cuanto necesitase lo mandara traer de casa de Botn. Por cierto que se
le iba despertando el apetito de manjares buenos y bien condimentados...
Ya era tiempo, Seor! Tantos aos de forzados ayunos, bien merecan que
se cantara el _alleluya!_ de la resurreccin. Ea, Celedonia, ponte tu
falda nueva, que vas a casa de Botn. Te apuntar en un papelito lo que
quiero, para que no te equivoques. Dicho y hecho. Y qu menos haba de
pedir la seora, para hacer boca en aquel da fausto, que dos gallinas
asadas, cuatro pescadillas fritas y un buen trozo de solomillo, con la
ayuda de jamn en dulce, huevo hilado, y acompaamiento de una docena
de bartolillos?... Hala!

No logr la dama, con este anuncio de un reparador banquete, sujetar la
imaginacin y la voluntad de Frasquito, que desde que tom el dinero se
senta devorado por un ansia loca de salir a la calle, de correr, de
volar, pues alas crey que le nacan. Yo, seora, tengo que hacer esta
tarde... Me es imprescindible salir... Adems, necesito que me d un
poco el aire... Siento as como un poco de mareo. Me conviene el
ejercicio, crea usted que me conviene... Tambin me urge mucho avistarme
con mi sastre, aunque no sea ms que para ponerme al tanto de las modas
que ahora corren, y ver de preparar alguna prenda... Soy muy
dificultoso, y tardo mucho en decidirme por esta o la otra tela.

--S, s, vaya a sus diligencias; pero no se corra mucho, y vea en este
suceso feliz, como lo veo yo, una leccin que nos da la Providencia. Por
mi parte, me declaro convencida de lo buenos que son el orden y el
arreglo, y hago propsito firme de apuntar todo, todito lo que gasto.

--Y el ingreso tambin... Lo mismo har yo, es decir, lo he hecho; pero
no me ha valido, crea usted, amiga de mi alma, que no me ha valido.

--Teniendo renta segura, el toque est en acomodar las entradas a las
salidas, y no extralimitarse... Por Dios, querido Ponte, no hagamos
otra vez la barbaridad de rernos del balance y de la... Ahora reconozco
que Trujillo tiene razn.

--Ms balances he hecho yo, seora, que pelos tengo en la cabeza, y
tambin le digo a usted que no me han valido ms que para calentarme la
_dem_.

--Ya que Dios nos ha favorecido, seamos ordenados: yo me atrevera a
rogar a usted que, si no le sirve de molestia y _va de compras_, me
traiga un libro de contabilidad, agenda, o como se llame.

Pues no faltaba ms! No un libro, sino media docena le traera
Frasquito con mil amores; y prometindolo as, se lanz a la calle,
vido de aire, de luz, de ver gente, de recrearse en cosas y personas.
Del tirn, andando maquinalmente, se fue hasta el Paseo de Atocha, sin
darse cuenta de ello. Luego volvi hacia arriba, porque ms le gustaba
verse entre casas que entre rboles. Francamente, los rboles le eran
antipticos, sin duda porque, pasando junto a ellos en horas de
desesperacin, crea que le ofrecan sus ramas para que se ahorcara.
Internndose en las calles sin direccin fija, contemplaba los
escaparates de sastre, con exhibicin de hermosas telas; los de corbatas
y de camisera elegante. No dejaba de echar tambin un vistazo a los
_restaurants_, y en general a todas las tiendas, que en su larga vida de
penuria bochornosa haba mirado con desconsuelo.

Pas en esta vagancia dichosa algunas horas, sin cansancio. Sentase
fuerte, saludable, y hasta robusto. Miraba carioso, o con cierto
airecillo de proteccin, a cuantas mujeres hermosas o aceptables a su
lado pasaban. Un escaparate de perfumera de buen tono le sugiri una
idea feliz: haba echado sus canas al aire de una manera indecorosa, sin
aliarlas y componerlas con el negro disimulo del tinte, y aquella
hermosa tienda le ofreca ocasin de remediar tan grave falta,
inaugurando all la campaa de restauracin de su existencia, que deba
comenzar por la restauracin de su averiado rostro. All cambi, pues,
el primer billete de la _resma_ que le diera D. Romualdo Cedrn; despus
de hacerse presentar diferentes artculos, hizo provisin abundante de
los que crea ms necesarios, y pagando sin regateo, orden que le
llevasen a la casa de Doa Francisca el voluminoso paquete de sus
compras de droguera olorosa y colorante.

Al salir de all, pensaba en la conveniencia de procurarse pronto una
casa de huspedes decente y no muy cara, apropiada a la pensin que
disfrutaba, pues de ningn modo se excedera en sus gastos. A los
dormitorios de Bernarda no volvera ms, como no fuera a pagarle las
siete noches debidas, y a decirle cuatro verdades. Y divagando y
haciendo risueos clculos, lleg la hora en que el estmago empez a
indicarle que no se vive slo de ilusiones. Problema: dnde comera? La
idea de meterse en un _restaurant_ de los buenos fue prontamente
desechada. Imposible presentarse hecho un tipo. Ira, siguiendo la
rutina de sus tiempos miserables, al fign de Boto? Oh, no!... Siempre
le haban visto all teido. Extraaran verle en repentina vejez, lleno
de canas... Por fin, acordndose de que deba al honrado Boto un
piquillo de anteriores comistrajos, crey que deba ir all, y
corresponder con un pago puntual a la confianza del dueo del
establecimiento, dndole la excusa de su grave enfermedad, que bien
claramente en su despintado rostro se pintaba. Encamin sus pasos a la
calle del Ave Mara, y entr un poquillo avergonzado en la taberna,
haciendo como que se sonaba, al atravesar la pieza exterior, para
taparse la cara con el pauelo. Estrecho y ahogado es aquel recinto para
la mucha parroquia que a l concurre, atrada por la baratura y buen
condimento de los guisotes que all se despachan. A la taberna,
propiamente dicha, no muy grande, sigue un pasillo angosto, donde
tambin hay mesa, con su banco pegado a la pared, y luego una estancia
reducida y baja de techo a la cual se sube por dos escalones, con dos
mesas largas a un lado y otro, sin ms espacio entre ambas que el
preciso para que entre y salga el chiquillo que sirve. En esta parte del
establecimiento se pona siempre Ponte, creyndose all ms apartado de
la curiosidad y el fisgoneo de los consumidores, y ocupaba el hueco de
mesa que vea libre, si en efecto lo haba, pues se daban casos de estar
todo completo, y los parroquianos como sardinas en banasta.

Aquella tarde, noche ya, se col Frasquito en el departamento interior
con buena suerte, pues no haba dentro ms que tres personas, y una de
las mesas estaba vaca. Sentose en el rincn, junto a la puerta, sitio
muy recogido, en el cual no era fcil que le vieran desde _el pblico_,
es decir, desde la taberna, y... Otro problema: qu pedira?
Ordinariamente, el aflictivo estado de su peculio le obligaba a
limitarse a un real de guisado, que con pan y vino representaba un gasto
total de cuarenta cntimos, o a igual racin de bacalao en salsa. Uno u
otro condumio, con el pan alto, que aprovechaba hasta la ltima miga,
comindoselo con el caldo y la racioncita de vino, le ofrecan una
alimentacin suficiente y sabrosa. En ciertos das sola cambiar el
guiso por el estofado, y en ocasiones muy contadas, por la pepitoria.
Callos, caracoles, albndigas y otras porqueras, jams las prob.

Bueno: pues aquella noche pidi al chico relacin completa de lo que
haba, y mostrndose indeciso, como persona desganada que no encuentra
manjar bastante incitante para despertar su apetito, se resolvi por la
pepitoria. Le duelen a usted las muelas, Sr. de Ponte?--preguntole el
chico, viendo que no se quitaba el pauelo de la cara.

--S, hijo... un dolor horrible. No me traigas pan alto, sino francs.

Frente a Frasquito se sentaban dos que coman guisado, en un solo plato
grande, racin de dos reales, y ms all, en el ngulo opuesto, un
individuo que despachaba pausada y metdicamente una racin de
caracoles. Era verdaderamente el tal una mquina para comerlos, porque
para cada pieza empleaba de un modo invariable los mismos movimientos de
la boca, de las manos y hasta de los ojos. Coga el molusco, lo sacaba
con un palito, se lo meta en la boca, chupaba despus el agilla
contenida en la cscara, y al hacer esto diriga una mirada rencorosa a
Frasquito Ponte; luego dejaba la cscara vaca y coga otra llena, para
repetir la misma funcin, siempre a comps, con igualdad de gestos y
mohines al sacar el bicho, y al comerlo, con igualdad de miradas: una
de simpata hacia el caracol en el momento de cogerlo; otra de rencor
hacia Frasquito en el momento de chupar.

Pas tiempo, y el hombre aquel, de rostro jimioso y figura mezquina,
continuaba acumulando cscaras vacas en un montoncillo, que creca
conforme mermaba el de las llenas; y Ponte, que le tena delante,
principiaba a inquietarse de las miradas furibundas que como figurilla
mecnica de caja de msica le echaba, a cada vuelta de manubrio, el
comedor de caracoles.




XXXV


Senta Ponte Delgado vivas ganas de pedir explicaciones al tipo aquel
por su mirar impertinente. La causa de este no poda ser otra que la
novedad que Frasquito ofreca al pblico con el despintado de su rostro,
y el buen caballero se deca: Pero qu le importa a nadie que yo me
_arregle_ o deje de _arreglarme_? Yo hago de mi fisonoma lo que me da
la gana, y no estoy obligado a dar gusto a los seores, presentndoles
siempre la misma cara. Con la vieja, lo mismo que con la joven, s yo
hacerme respetar y dejar bien puesto mi decoro. Ya se propona
contraponer al mirar cargantsimo de aquel punto una ojeada de
desprecio, cuando el de los caracoles, vaciado, comido y chupado el
ltimo, y puesta la cscara en su sitio, pag el gasto; se coloc en los
hombros la capa, que se le haba cado; encasquetose la gorrilla, y
levantndose se fue derecho al desteido caballero, y con muy buen modo
le dijo: Sr. de Ponte, perdneme que le haga una pregunta.

Por el tono cordial del individuo, comprendi Frasquito que era un
infeliz, de estos que expresan con el modo de mirar todo lo contrario de
lo que son.

Usted dir...

--Perdneme, Sr. de Ponte... Quera saber, siempre que usted no lo lleve
a mal, si es verdad que Antonio Zapata y su hermana han tenido una
herencia de _tantismos_ millones.

--Hombre, tanto como de millones, no creo... Dir a usted: mi parte en la
herencia, como la que tambin disfruta Doa Francisca Jurez, no pasa de
una pensin, cuya cuanta no sabemos an a punto fijo. Pero podr darle
a usted dentro de poco noticias exactas. Por casualidad es usted
periodista?

--No, seor: soy pintor herldico.

--Ah! Yo cre que era usted de estos que averiguan cosas para ponerlas
en los peridicos.

--Lo que yo pongo es anuncios. Porque como el arte herldico est tan por
los suelos, me dedico al corretaje de reclamos y avisos... Antonio y yo
trabajamos en competencia, y nos hacemos una guerra espantosa. Por eso,
al saber que Zapata es rico, quiero que usted influya con l para que me
traspase sus negocios. Soy viudo y tengo seis hijos.

Al decir esto, poniendo en su tono tanta sinceridad como hombra de
bien, clavaba en el rostro de su interlocutor una mirada semejante a la
del asesino en el momento de dar el golpe a su vctima. Antes de que
Ponte le contestara, prosigui diciendo: Yo s que usted es amigo de la
familia, y que _habla_ con Doa Obdulia... Y a propsito: Doa Obdulia,
o su seora madre, ahora que son ricas, querrn _sacar ttulo_. Yo que
ellas lo sacara, siendo, como son, de la Grandeza de Espaa. Pues que
no se olvide usted de m, Sr. de Ponte... Aqu tiene mi tarjeta. Yo les
compongo el escudo y el rbol genealgico, y la ejecutoria en letra
antigua, con iniciales en purpurina, a menor precio que se lo hara el
pintor ms pintado. Puede usted juzgar de mi trabajo por los modelos que
tengo en casa.

--Yo no puedo asegurarle a usted--dijo Frasquito dndose mucha
importancia, con un palillo entre los dientes--, que saquen ttulo ni que
no saquen ttulo. Nobleza les sobra para ello por los cuatro costados,
pues as los Jurez, como los Zapatas, y los Delgados y Pontes, son de
lo ms alcurniado de Andaluca.

--Los Pontes tienen una puente snople sobre gules, y cuarteles de azur y
oro...

--Verdad... Por mi parte no pienso sacar ttulo, ni mi herencia es para
tanto... Esas seoras, no s... Obdulia merece ser Duquesa, y lo es por
la figura y el tono, aunque no se decida a ponerse la corona. De
Emperatriz le corresponde, como hay Dios. En fin, yo no me meto... Y
dejando a un lado la herldica, vamos a otra cosa.

En esto, el de los caracoles se haba sentado junto a Frasquito, y con
su mirar siniestro era el terror de los parroquianos que les rodeaban.

Puesto que usted se dedica al corretaje de anuncios, podra indicarme
una buena casa de huspedes?...

--Precisamente hoy _he hecho_ dos... Aqu las tengo en mi cartera
para _Imparcial_ y _Liberal_. Entrese usted... Son de lo bueno:
'habitaciones hermosas, comida a la francesa, cinco platos... treinta
reales'.

--Me convendra ms barata... de catorce o diez y seis reales.

--Tambin las _hago_... Maana podr darle una lista de seis lo menos,
todas de confianza.

Les cort el dilogo la aparicin repentina de Antonio Zapata, que entr
sofocado, metiendo ruido, bromeando a gritos con el dueo del
establecimiento y con varios parroquianos. Subi al cuarto interior, y
tirando sobre la mesa la voluminosa cartera que llevaba, y echndose
atrs el sombrero, se sent junto a Frasquito y el de los caracoles.

Vaya una tarde, caballeros, vaya una tarde!--exclam fatigado; y al
chiquillo que serva le dijo--: No tomo nada. He comido ya... Mi seora
madre nos ha metido en el cuerpo una gallina a mi mujer y a m... y
encima tira de _Champagne_... y tira de bartolillos.

--Chico, quin te tose ahora!...--le dijo el de los caracoles, la palabra
dulce, el mirar terrorfico--. Y es preciso que me des pronto una razn:
me cedes o no me cedes tu negocio?

--Buena se puso mi mujer cuando le propuse no trabajar ms! Cre que me
morda y que me sacaba los ojos. Nada: que seguiremos lo mismo, ella en
su mquina, yo en mis anuncios, porque eso de la herencia no sabemos qu
pateta ser... Amigo Ponte, conoce usted esa finca de la Almoraima?
Cunto nos dar de renta?

--No puedo precisarlo--replic Frasquito--. S que es una magnfica
posesin, con monte, potrero, tierras de sembradura, _ainda mais_, el
mejor puesto de Andaluca para codornices, cuando van a pasar el
Estrecho.

--All nos iremos una temporada... Pero mi mujer, ni _pa Dios_ quiere que
deje yo este oficio de pateta. Aguntate por ahora, Polidura, que con mi
Juliana no se juega: le tengo ms miedo que a una leona con hambre... Y
cuntame, qu has hecho hoy?... Ah! ya no me acordaba: mi madre quiere
comprar una araa...

--Una araa!

--S, hombre, o lmpara colgante para el comedor. Me ha dicho si sabemos
de alguna buena y vistosa, de lance...

--S, s--replic Polidura--. En la almoneda de la calle de Campomanes la
tenemos.

--Otra... Tambin quiere saber si se proporcionarn alfombras de moqueta
y terciopelo en buen uso.

--Eso, en la almoneda de la Plaza de Celenque. Aqu lo tengo: 'Todo el
mobiliario de una casa. Horas, de una a tres. No se admiten prenderos'.

--Mi hermana, que, entre parntesis, se zamp esta tarde media gallina,
lo que quiere es un land de cinco luces...

--Atiza!

--Yo he aconsejado a Obdulia--indic Frasquito con gravedad--, que no
tenga cocheras, que se entienda con un alquilador.

--Claro... Pero no dar _pa_ tanto el cortijo de pateta. Land de cinco
luces! Y que tiren de l las burras de leche del _se_ Jacinto.

Solt la risa Polidura; mas notando que al algecireo le saban mal
aquellas bromas, quiso variar de conversacin al instante. El
desvergonzado Antonio Zapata se permiti decir a Ponte: Con franqueza,
D. Frasco: creo que est usted mejor as.

--Cmo?

--Sin betn. Bonita figura de caballero anciano y respetable. Convnzase
de que con el tinte no consigue usted parecer joven; lo que parece es...
un fretro.

--Querido Antonio--replic Ponte haciendo repulgos con boca y nariz para
disimular su ira, y figurar que segua la broma--, nos gusta a los viejos
espantar a los muchachos para que... para que nos dejen en paz. Los
chicos del da, por querer saberlo todo, no saben nada....

El pobre seor, azarado, no saba qu decir. Sus tonteras
envalentonaron a Zapata, que prosigui mortificndole:

Y ahora que estamos en fondos, amigo Ponte, lo primero que tiene usted
que hacer es jubilar el _sarcfago_.

--Qu?

--El sombrero de copa que tiene usted para los das de fiesta, y que es
de la moda que se gastaba cuando ahorcaron a Riego.

--Qu entiende usted de modas? Estas se renuevan, y las formas de ayer
vuelven a _llevarse_ maana.

--As ser en la ropa; pero en las personas, el que pas, pasado se
queda. No le quedan a usted ms que los _pinreles_. Los juanetes que
deba tener en ellos, se le han subido a la cabeza... S, s... yo digo
que usted piensa con los callos.

Ya le faltaba poco a Frasquito para estallar en ira, y de fijo le
hubiera tirado a la cabeza el plato, el vaso de vino y hasta la mesa, si
Polidura no tratara de atenuar la maleante burla con estas palabras
conciliadoras: Cllate, tonto, que el Sr. de Ponte no ha entrado en
_Villavieja_, y lleva sus aitos mejor que nosotros.

--No es viejo, no... Es de _cuando Fernando VII gastaba paletot_... Pero,
en fin, si se ofende, me callo... Sr. de Ponte, sabe que se le quiere, y
que si gasto estas bromas es por pasar el rato. No haga usted caso,
_maestro_, y hablemos de otra cosa.

--Sus chanzas son un poco impertinentes--dijo Frasquito con dignidad--, y
si quiere, irrespetuosas... Pero es usted un chiquillo, y...

--_Pata!_... Ea, se acab. Voy a preguntarle una cosa, respetable Sr.
de Ponte: en qu emplear usted los primeros cuartos de la pensin?

--En una obra de justicia y de caridad. Le comprar unas botas a Benina
cuando parezca, si parece, y un traje nuevo.

--Pues yo le comprar un vestido de odalisca. Es lo que le cuadra, desde
que se ha dedicado a la vida mora.

--Qu dice usted? Se sabe dnde est ese ngel?

--Ese ngel est en el Pardo, que es el Paraso a donde son llevados los
angelitos que piden limosna sin licencia.

--Bromas de usted.

--Humoradas de la vida, Sr. de Ponte! Yo saba que la Nina se arrimaba a
la puerta de San Sebastin, por pescar algn ochavo... La necesidad es
terrible consejera. Cuando la pobre Nina lo haca!... Pero yo no supe
hasta hoy que anda emparejada con un moro ciego, y que de ah le viene
su perdicin.

--Est usted seguro de lo que dice?

--Lo he visto. A mam no he querido decirle nada, porque no se disguste;
pero... ya estoy al tanto. En una redada que echaron los policas,
cogieron a Nina y al otro, y les zamparon en San Bernardino. De all me
les empaquetaron para el Pardo, de donde me mand Nina un papelito,
dicindome que _haga un empeo_ para que la suelten... Veris lo que
hice esta maana: alquil una bicicleta y me fui al Pardo... Antes que
se me olvide: si sabe mi mujer que he paseado en bicicleta, tendremos
bronca en casa. T, Polidura, ten cuidado de no venderme: ya sabes cmo
las gasta Juliana... Pues sigo: me plant all, y la vi: la pobre est
descalza y con los trapitos en jirones. Da pena verla. El moro es tan
celoso, Dios! que cuando me oy hablar con ella se puso frentico, y me
quiso pegar... '_Galn bunito_--deca--, _m matar galn bunito_'. Por no
escandalizar, no le di un par de morradas...

--Yo no creo que Benina, a sus aos...--indic Frasquito tmidamente.

--Qu ha de hacer usted ms que encontrar muy naturales los pinitos de
los ancianos?

--En fin--dijo Polidura, arrojando todo el furor de su mirada sobre
Antonio--, haz por sacarla. Habr que buscar un empeo en el Gobierno
civil.

--S, s... Gestionemos inmediatamente--propuso Ponte--. Ser todava
Gobernador _Pepe Alcaices_?

--Hombre, por Dios! Quin dice? El Duque de Sexto? Usted se empea en
no pasar del ao de _la Nanita_.

--Si eso es del tiempo de la guerra de frica, Sr. de Ponte, o poco
despus--afirm el de los caracoles--. Yo me acuerdo... cuando la unin
liberal... Era Ministro de la Gobernacin D. Jos Posada Herrera. Yo
estaba en _La Iberia_ con Calvo Asensio, Carlos Rubio y D. Prxedes...
Pues apenas ha llovido desde entonces...

--Sea lo que quiera, seores--aadi Frasquito ponindose en la realidad--,
hay que sacar a Nina...

--Hay que sacarla.

--Con su morito a rastras. Maana mismo ir a ver a un amigo que tengo en
la Delegacin... Pero no se olviden: t, Polidura, ten cuidado y no
_metas la pata_... Si sabe Juliana que alquil la bicicleta, ya tengo
_mquina_ para un semestre.

--Va usted a volver al Pardo?...

--Puede. Y usted, maneja el pedal?

--No lo he probado. En todo caso, yo ira a caballo.

--Anda, anda, y qu calladito se lo tena. Monta usted a la inglesa o a
la espaola?

--Yo no s... Slo s que monto bien. Quiere usted verlo?

--Hombre, s... Vaya, una apuestita: si no se rompe usted la cabeza, pago
el alquiler del caballo.

--Y si usted no se desnuca en la mquina, la pago yo.

--Convenido. Y t, Polidura?

--Yo?... en el coche de San Francisco.

--Pues all los tres. _Sus_ convido a caracoles.

--Yo convido a lo que quieran--dijo Frasquito levantndose--; y si
conseguimos traernos a Nina y al riffeo, convite general.

--El _disloque_....




XXXVI


No se consolaba Doa Paca de la ausencia de Nina, ni aun vindose
rodeada de sus hijos, que fueron a participar de su ventura, y a darle
parte principal de la que ellos saboreaban con la herencia. Con aquel
cambio de impresiones placenteras, fcilmente se transportaba el
espritu de la buena seora al sptimo cielo, donde se le aparecan
risueos horizontes; pero no tardaba en caer en la realidad, sintiendo
el vaco por la falta de su compaera de trabajos. En vano la volandera
imaginacin de Obdulia quera llevrsela, cogida por los cabellos, a dar
volteretas en la regin de lo ideal. Dejbase conducir Doa Francisca,
por su natural aficin a estas correras; pero pronto se volva para
ac, dejando a la otra, desmelenada y jadeante, de nube en nube y de
cielo en cielo. Haba propuesto la _nia_ a su mam vivir juntas, con el
decoro que su posicin les permita. _De hecho_ se separaba de Luquitas,
sealndole una pensin para que viviera; tomaran un hotel con jardn;
se abonaran a dos o tres teatros; buscaran relaciones y amistades de
gente distinguida... Hija, no te corras tanto, que an no sabes lo que
te rentar tu mitad de la Almoraima; y aunque yo, por lo que recuerdo de
esa hermosa finca, calculo que no ser un grano de ans, bueno es que
sepas qu tamao ha de tener la sbana antes de estirar la pierna.

Al decir esto, hablaba la viuda de Zapata con las ideas de la prctica
Nina, que se renovaban en su mente y en ella lucan como las estrellas
en el Cielo. Por de pronto, Obdulia dej su casa de la calle de la
Cabeza, instalndose con su madre, movida del propsito de buscar pronto
vivienda mejor, nuevecita y en sitio alegre, hasta que llegara el da de
sentar sus reales en el hotel que ambicionaba. Aunque ms moderada que
su hija en el prurito de grandezas, sin duda por el vapuleo con que la
domara la implacable experiencia, Doa Paca se iba tambin del seguro, y
creyndose razonable, dejbase vencer de la tentacin de adquirir
superfluidades dispendiosas. Se le haba metido entre ceja y ceja la
compra de una buena lmpara para el comedor, y hasta que viese
satisfecho su capricho, no poda tener sosiego la pobre seora. El
maldito Polidura le proporcion el _negocio_, encajndole un disforme
mamotreto, que apenas caba en la casa, y que, colgado en su sitio,
tocaba en la mesa con sus colgajos de cristal. Como pronto haban de
tener casa de techos altos, esto no era inconveniente. Tambin le hizo
adquirir el de los caracoles unos muebles chapeados de palosanto, y
algunas alfombras buenas, que tuvieron el acierto de no colocar,
extendiendo slo retazos all donde caban, para darse el gusto de pisar
en blando.

Obdulia no cesaba de dar pellizcos al tesoro de su mam para adquirir
tiestos de bonitas plantas, en los prximos puestos de la Plazuela de
Santa Cruz, y en dos das puso la casa que daba gloria verla: los sucios
pasillos se trocaron en vergeles, y la sala en risueo pensil. En
previsin de la vida de hotel, adquiri tambin plantas decorativas de
gran tamao, latanias, palmitos, _ficus_ y helechos arborescentes. Vea
Doa Francisca con gozo la irrupcin del reino vegetal en su triste
morada, y ante tanta belleza, senta emociones propiamente infantiles,
como si al cabo de la vejez volviera a jugar con los nacimientos.
Benditas sean las flores--deca, pasendose por sus encantados
jardines--, que dan alegra a las casas, y bendito sea Dios, que si no
nos permite disfrutar del campo, nos consiente, _por poco dinero_, que
traigamos el campo a casa!.

Todo el da se lo pasaba Obdulia cuidando sus macetas, y tanto las
regaba, que en algn momento falt poco para que se hiciera preciso
atravesar a nado el trayecto desde la salita al comedor. Ponte la
incitaba con sus ponderaciones y aspavientos a seguir comprando flores,
y a convertir su casa en Jardn Botnico, o poco menos. Por cierto que
el primero y segundo da de aquella vida nueva, tuvo que reir Doa Paca
al buen Frasquito, porque siempre que sala se le olvidaba llevarle el
libro de cuentas que le haba encargado. El galn manido se disculpaba
con la muchedumbre de sus ocupaciones, hasta que una tarde entr con
diversos paquetes de compras, y la dama rondea vio entre estos el
libro, del cual se apoder al instante con ganas de inaugurar en l la
cuenta y razn de un porvenir dichoso. Pasar en seguida todo lo que
tengo apuntado en este papelito--dijo--: lo que se trae de casa de Botn,
la araa, las alfombras, varias cosillas... medicamentos... en fin,
todito. Y ahora, hija ma, a ver cmo me das nota clara de tanta y tanta
flor, para apuntarlas _ce_ por _be_, sin que se escape ni una hoja... Pon
mucho cuidado para que salga el balance... Verdad, Frasquito, que tiene
que salir el balance?.

Curiosa, como hembra, no pudo menos de guluzmear en los paquetes que
llev Ponte. A ver qu trae usted ah? Mire que no he de permitirle
tirar el dinero. Veamos: un hongo claro... Bien, me parece muy bien. A
buen gusto nadie le gana. Botas altas... Hombre, qu elegantes! Vaya un
pie: ya querran muchas mujeres... Corbatas: dos, tres... Mira, Obdulia,
qu bonita esta verde con motas amarillas. Un cinturn que parece un
cors--faja. Bueno debe de ser esto para evitar que crezca el vientre...
Y esto qu es?... Ah! espuelas. Pero Frasquito, por Dios, para qu
quiere usted espuelas?

--Ya... es que va a salir a caballo--dijo Obdulia gozosa--. Pasar por
aqu? Ay, qu pena no verle!... Pero a quin se le ocurre vivir en
este cuartucho interior, sin un solo agujero a la calle?

--Cllate, mujer, pediremos a la vecina, Doa Justa, la profesora de
partos, que nos permita pasar y asomarnos cuando el caballero nos ronde
la calle... Ay, pobre Nina, cunto se alegrara tambin de verle!.

Explic Ponte Delgado su inopinado renacer a la vida hpica, por el
compromiso en que se vea de ir al Pardo en excursin de recreo con
varios amigos, _de la mejor sociedad_. l solo iba a caballo; los dems,
a pie o en bicicleta. De las distintas clases de _sport_ o _deportes_
hablaron un rato con grande animacin, hasta que les interrumpi la
entrada de Juliana, la mujer de Antonio, que desde la noticia de la
herencia frecuentaba el trato de su suegra y cuada. Era mujer garbosa,
simptica, viva de genio, de tez blanca y magnfico pelo negro, peinado
con arte. Cubra su cuerpo con mantn alfombrado, y la cabeza con
pauelo de seda de cuarteles chillones; calzaba preciosas botinas, y sus
bajos denotaban limpieza y un buen avo de ropa. Pero esto es el
Retiro, o la Alameda de Osuna?--dijo al ver el enorme follaje de arbustos
y flores--. A qu viene tanta _vegetacin_?

--Caprichos de Obdulia--replic Doa Paca, que se senta dominada por el
carcter, ya enrgico, ya bromista, de su graciosa nuera--. Esta
monomana de hacer de mi casa un bosque, me est costando un dineral.

--Doa Paca--le dijo su nuera cogindola sola en el comedor--, no sea usted
tan dbil de natural, y djese guiar por m, que no he de engaarla. Si
hace caso de las bobadas de Obdulia, pronto se ver usted tan perdida
como antes, porque no hay pensin que baste cuando falta el arreglo. Yo
suprimira el bosque y las fieras... dgolo por ese orangutn mal
_pintao_ que han trado ustedes a casa, y que deben poner en la calle
ms pronto que la vista.

--El pobre Ponte se va maana a su casa de huspedes.

--Djese llevar por m, que entiendo del gobierno de una casa... Y no me
salga con la matraca del librito de llevar cuentas. La persona que tiene
el arreglo en su cabeza, no necesita apuntar nada. Yo no s hacer un
nmero, y ya ve cmo me las compongo. Siga mi consejo: mdese a un
cuarto baratito, y viva como una pensionista de circunstancias, sin
echar humos ni ponerse a farolear. Haga lo que yo, que me estoy donde
estaba, y no dejar mi trabajo hasta que no vea claro eso de la
herencia, y me entere de lo que da de s el cortijo. Qutele a su hija
de la cabeza lo del hotel si no quieren verse por puertas, y tome una
criada que les guise, y ataje el chorro de dinero que se va todos los
das a la tienda de Botn.

Conforme con estas ideas se mostraba Doa Francisca, asintiendo a todo,
sin atreverse a contradecirla ni a oponer una sola objecin a tan
juiciosos consejos. Sentase oprimida bajo la autoridad que las ideas de
Juliana revelaban con slo expresarse, y ni la ribeteadora se daba
cuenta de su influjo gobernante, ni la suegra de la pasividad con que se
someta. Era el eterno predominio de la voluntad sobre el capricho, y de
la razn sobre la insensatez.

Esperando que vuelva Nina--indic tmidamente la seora--, he pedido a
Botn...

--No piense usted ms en la Nina, Doa Paca, ni cuente con ella aunque
la encontremos, que ya lo voy dudando. Es muy buena, pero ya est
caduca, mayormente, y no le sirve a usted para nada. Adems, quin nos
dice que quiere volver, si sabemos que por su voluntad se ha ido? Le
gusta andar de pingo, y no har usted carrera de ella como la prive de
estarse la mitad del da tomando medida a las calles.

Para no perder ripio, insisti Juliana en la recomendacin que ya haba
hecho a su suegra de una buena criada para todo. Era su prima Hilaria,
joven, fuerte, limpia y hacendosa... y de fiel no se dijera. Ya vera
pronto la _diferiencia_ entre la honradez de Hilaria y las rapias de
otras.

Ay!... Pero es muy buena la Nina--exclam Doa Paca, rebullndose bajo
las garras de la ribeteadora, para defender a su amiga.

--Muy buena, s, y debemos socorrerla... No faltaba ms... darle de
comer... Pero crame, Doa Paca, no har usted nada de provecho sin mi
prima. Y para que no dude ms, y se quite quebraderos de cabeza, esta
misma tarde, anochecido, se la mando.

--Bueno, hija, que venga, y se encargar de la casa... Y a propsito:
aqu hay una gallina asada que se va a perder. Ya me indigesta tanta
gallina. Quieres llevrtela?

--Cmo no? Venga.

--Tambin quedaron cuatro chuletas. Ponte ha comido fuera.

--Vengan.

--Te lo mando con Hilaria?

--No, que me lo llevo yo misma. Vamos a ver cmo me arreglo. Lo pongo
todo en un plato, y el plato en una servilleta... as; agarro mis cuatro
puntas...

--Y este pedazo de pastel?... Es riqusimo.

--Lo envuelvo en un peridico, y hala, que es tarde! Y toda esta fruta,
para qu la quiere? Pues apenas ha trado manzanas y naranjas... Deme
ac... las pongo en mi pauelo...

--Vas a ir cargada como un burro.

--No importa... A lo que estamos, tuerta! Maana vendr por aqu, a ver
cmo anda esto, y a decirle a usted lo que tiene que hacer... Pero,
cuidadito, que no salgamos con echarse en el surco y volver a las
andadas. Porque si mi seora suegra se tuerce en cuanto yo vuelva la
espalda, y empieza a derrochar y hacer disparates...

--No, no, hija... Qu cosas tienes!

--Claro, que si se me dice tanto as, yo no me meto en nada. Con su pan
se lo coma, y cada palo aguante su vela. Pero yo quiero que usted tenga
_conduta_ y no pase malos ratos, ni se vea, como hasta ahora, entre las
uas de los usureros.

--Ay, si cuanto dices es la pura razn! T s que sabes, t s que
vales, Juliana. Cierto que tienes el geniecillo un poco fuerte; pero
quin no ha de alabrtelo, si con ese _ten con ten_ has domado a mi
Antonio? De un perdido has hecho un hombre de bien.

--Porque no me achico; porque desde el primer da le administr el
bautismo de los cinco mandamientos; porque le chillo en cuanto le veo
cerdear un poco; porque le hago andar derecho como un huso, y me tiene
ms miedo que los ladrones a la Guardia civil.

--Y cmo te quiere!

--Es natural. Se hace una querer del marido, enjaretndose los calzones
como me los enjareto yo... As se gobiernan las casas chicas y las
grandes, seora, y el mundo.

--Qu salero tienes!

--Alguna sal me ha puesto Dios, sobre todo en la mollera. Ya lo ir usted
conociendo. Ea, que me marcho. Tengo que hacer en casa.

Mientras esto hablaban suegra y nuera, en la salita Obdulia y Ponte
departan acerca de aquella, diciendo la _nia_ que jams perdonara a
su hermano haber trado a la familia una persona tan ordinaria como
Juliana, que deca _diferiencia_, _petril_ y otras barbaridades. No
haran nunca buenas migas. Al despedirse, Juliana dio besos a Obdulia, y
a Frasquito un apretn de manos, ofrecindose a plancharle las
camisolas, al precio corriente, y a _volverle_ la ropa, por lo mismo o
menos de lo que le llevara el sastre ms barato. Adems, tambin saba
ella cortar _para hombre_; y si quera probarlo, encargrale un traje,
que de fijo no saldra menos elegante que el que le hicieran los
cortadores de portal que a l le vestan. Toda la ropa de su Antonio se
la haca ella, y que dijeran si andaba mal el chico... a ver! Pues a su
to Bonifacio le haba hecho una americana que estren para ir al pueblo
(Cadalso de los Vidrios) el da del Santo, y tanto gust all la prenda,
que se la pidi prestada el alcalde para cortar otra por ella. Dio las
gracias Ponte, mostrndose escptico, con galantera, en lo concerniente
a las aptitudes de las seoras para la confeccin de ropa masculina, y
la despidieron todos en la puerta, ayudndola a cargarse los diversos
bultos, atadijos y paquetes que gozosa llevaba.




XXXVII


No queriendo ser Obdulia inferior a su cuada, ni aparecer en la casa
con menos autoridad y mangoneo que la intrusa chulita, dijo a su madre
que no podran arreglarse decorosamente con una criada _para todo_, y
pues Juliana impuso la cocinera, ella impona la doncella... as!
Discutieron un rato, y tales razones dio la nia en apoyo de la nueva
funcionaria, que no tuvo ms remedio Doa Francisca que reconocer su
necesidad. S, s: cmo se haban de pasar sin doncella? Para
desempear cargo tan importante, haba elegido ya Obdulia a una muchacha
finsima educada en el servicio de casas grandes, y que se hallaba libre
a la sazn, viviendo con la familia del dorador y adornista de la
Empresa fnebre. Llambase Daniela, era una preciosidad por la figura, y
un portento de actividad hacendosa. En fin, que Doa Paca, con tal
pintura, deseaba que fuese pronto la doncella fina para recrearse en el
servicio que le haba de prestar.

Por la noche lleg Hilaria, que se inaugur dando a Doa Francisca un
recado de Juliana, el cual pareca ms bien una orden. Deca su prima
que no pensara la seora en hacer ms compras, y que cuando notase la
falta de alguna cosa necesaria, le avisase a ella, que saba como nadie
tratar el gnero, y _sacarlo_ bueno y arreglado. tem: que reservase la
seora la mitad lo menos del dinero de la pensin, para ir desempeando
las infinitas prendas de ropa y objetos diversos que estaban en
_Pescola_, dando la preferencia a las papeletas cuyo vencimiento
estuviese al caer, y as en pocos meses podra recobrar sin fin de cosas
de mucha utilidad. Celebr Doa Paca la feliz advertencia de Juliana,
que era la previsin misma, y ofreci seguirla puntualmente, o ms bien
obedecerla. Como tena la cabeza tan mareada, efecto de los inauditos
acontecimientos de aquellos das, de la ausencia de Benina, y por qu
no decirlo? del olor de las flores que embalsamaban la casa, no le haba
pasado por las mientes el revisar las resmas de papeletas que en varios
cartapacios guardaba como oro en pao. Pero ya lo hara, s seora, ya
lo hara... y si Juliana quera encargarse de comisin tan fastidiosa
como el desempear, mejor que mejor. Contest la nueva cocinera que lo
mismo serva ella para el caso que su prima, y acto continuo empez a
disponer la cena, que fue muy del gusto de Doa Paca y de Obdulia.

Al da siguiente se agreg a la familia la doncella; y tan necesarios
crean hija y madre sus servicios, que ambas se maravillaban de haber
vivido tanto tiempo sin echarlos de menos. El xito de Daniela el primer
da fue, pues, tan franco y notorio como el de Hilaria. Todo lo haca
bien, con arte y presteza, adivinando los gustos y deseos de las seoras
para satisfacerlos al instante. Y qu buenos modos, qu dulce agrado,
qu humildad y ganas de complacer! Dirase que una y otra joven
trabajaban desafiadas y en competencia, apostando a cul conquistara
ms pronto la voluntad de sus amas. Doa Francisca estaba en sus
glorias, y lo nico que la afliga era la estrechez de la habitacin, en
la cual las cuatro mujeres apenas podan revolverse.

Juliana, la verdad sea dicha, no vio con buenos ojos la entrada de la
doncella, que maldita la falta que haca; pero por no chocar tan pronto,
no dijo nada, reservndose el propsito de plantarla en la calle cuando
se consolidase un poco ms el dominio que haba empezado a ejercer. En
otras materias aconsej y llev a la prctica disposiciones tan
atinadas, que la misma Obdulia hubo de reconocerla como maestra en arte
de gobierno. Ocupbanse adems en buscarles casa; pero con tales
condiciones de comodidad, ventilacin y baratura la quera, que no era
fcil decidirse hasta no revolver bien todo Madrid. Claro es que
Frasquito ya se haba ido con viento fresco a su casa de pupilos
(Concepcin Jernima, 37), y tan contento el hombre. No tena Doa Paca
habitacin para l, y aun acomodarle en el pasillo habra sido difcil,
por estar lleno de plantas tropicales y alpestres; adems, no era
pertinente ni decoroso que un seor reputado por elegante y algo
calavera, viviese en compaa de cuatro mujeres solas, tres de las
cuales eran jvenes y bonitas. Fiel a la estimacin que a Doa Francisca
deba, la visitaba Ponte diariamente maana y tarde, y un sbado anunci
para el siguiente domingo la excursin al Pardo, en que se propona
reverdecer sus aficiones y habilidades caballerescas.

Con qu placer y curiosidad salieron las cuatro al balcn prestado del
vecino para ver al jinete! Pas muy gallardo y tieso en un caballote
grandsimo, y salud y dio varias vueltas, parando el caballo y haciendo
mil moneras. Agitaba Obdulia su pauelo, y Doa Paca, en la efusin de
su amistoso cario, no pudo menos de gritarle desde arriba: Por Dios,
Frasquito, tenga mucho cuidado con esa bestia, no vaya a tirarle al
suelo y a darnos un disgusto.

Pic espuelas el diestro jinete, trotando hacia la calle de Toledo para
tomar la de Segovia y seguir por la Ronda hasta incorporarse con sus
amigos en la Puerta de San Vicente. Cuatro jvenes de buen humor
formaban con Antonio Zapata la partida de ciclistas en aquella excursin
alegre, y en cuanto divisaron a Ponte y su gigantesca cabalgadura,
saludronle con vtores y cuchufletas. Antes de partir en direccin a la
Puerta de Hierro, hablaron Frasquito y Zapata del asunto que
principalmente les reuna, diciendo este que al fin, con no pocas
dificultades, haba conseguido la orden para que fuesen puestos en
libertad Benina y su moro. Partieron gozosos, y a lo largo de la
carretera empez el _match_ entre el jinete del caballo de carne y los
del de hierro, animndose y provocndose recprocamente con alegres
voces e imprecaciones familiares. Uno de los ciclistas, que era campen
laureado, iba y vena, adelantndose a los otros, y todos corran ms
veloces que el jamelgo de Frasquito, quien tena buen cuidado de no
hacer locuras, mantenindose en un paso y trote moderados.

Nada les ocurri en el viaje de ida. Reunidos all con Polidura y otros
amigos pedestres, que haban salido con la fresca, almorzaron gozosos,
pagando por mitad, segn convenio, Frasquito y Antonio; visitaron
rpidamente el recogimiento de pobres, sacaron a los cautivos, y a la
tarde se volvieron a Madrid, echando por delante a Benina y Almudena. No
quiso Dios que la vuelta fuese tan feliz como la ida, porque uno de los
ciclistas, llamado, y no por mal nombre, _Pedro Minio_, de la piel del
diablo, haba empinado el codo ms de la cuenta en el almuerzo, y dio en
hacer gracias con la mquina, metindose y sacndose por angosturas
peligrosas, hasta que en uno de aquellos pasos fue a estrellarse contra
un rbol, y se estrope una mano y un pie, quedndose inutilizado para
continuar _pedaleando_. No pararon aqu las desdichas, y ms ac de la
Puerta de Hierro, ya cerca de los Viveros, el corcel de Frasquito, que
sin duda estaba ya cargado del vertiginoso girar con que las bicicletas
pasaban y repasaban delante de sus ojos, sintindose adems mal
gobernado, quiso emanciparse de un jinete ridculo y fastidioso. Pasaron
unas carretas de bueyes con carga de retama y carrasca para los hornos
de Madrid, y ya fuera que se espantase el jaco, ya que fingiera el
espanto, ello es que empez a dar botes y ms botes, hasta que logr
despedir hacia las nubes a su elegante caballero. Cay el pobre Ponte
como un saco medio vaco, y en el suelo se qued inmvil, hasta que
acudieron sus amigos a levantarle. Herida no tena, y por fortuna
tampoco sufri golpe de cuidado en la cabeza, porque conservaba su
conocimiento, y en cuanto le pusieron en pie empez a dar voces, rojo
como un pavo, apostrofando al carretero que, segn l, haba tenido la
culpa del _siniestro_. Aprovechando la confusin, el caballo, ansioso de
libertad, escap desbocado hacia Madrid, sin dejarse coger de los
transentes que lo intentaron, y en pocos minutos Zapata y sus amigos le
perdieron de vista.

Ya haban traspuesto Benina y Almudena, en su tarda andadura, la lnea
de los Viveros, cuando la anciana vio pasar veloz como el viento, el
jamelgo de Ponte, y comprendi lo que haba pasado. Ya se lo tema ella,
porque no estaba Frasquito para tales bromas, ni su edad le consenta
tan ridculos alardes de presuncin. Mas no quiso detenerse a saber lo
cierto del lance, porque anhelaba llegar pronto a Madrid para que
descansase Almudena, que sufra de calenturas y se hallaba extenuado.
Paso a paso avanzaron en su camino, y en la Puerta de San Vicente, ya
cerca de anochecido, sentronse a descansar, esperando ver pasar a los
expedicionarios con la vctima en una parihuela. Pero no vindoles en
ms de media hora que all estuvieron, continuaron su camino por la
Virgen del Puerto, con nimo de subir a la calle Imperial por la de
Segovia. En lastimoso estado iban los dos: Benina descalza, desgarrada y
sucia la negra ropa; el moro envejecido, la cara verde y macilenta; uno
y otro revelando en sus demacrados rostros el hambre que haban
padecido, la opresin y tristeza del forzado encierro en lo que ms
parece mazmorra que hospicio.

No poda apartar la Nina de su pensamiento la imagen de Doa Paca, ni
cesaba de figurarse, ya de un modo, ya de otro, el acogimiento que en su
casa tendra. A ratos esperaba ser recibida con jbilo; a ratos tema
encontrar a Doa Francisca furiosa por el aquel de haber ella pedido
limosna, y, sobre todo, por andar con un moro. Pero nada pona tanta
confusin y barullo en su mente como la idea de las novedades que haba
de encontrar en la familia, segn Antonio con vagas referencias le
dijera al salir del Pardo. Doa Paca, y l, y Obdulia eran ricos!
Cmo? Ello fue cosa sbita, trada de la noche a la maana por D.
Romualdo... Vaya con Don Romualdo! Le haba inventado ella, y de los
senos obscuros de la invencin sala persona de verdad, haciendo
milagros, trayendo riquezas, y convirtiendo en realidades los soados
dones del Rey _Samdai_ Quia! Esto no poda ser. Nina desconfiaba,
creyendo que todo era broma del guasn de Antoito, y que en vez de
encontrar a Doa Francisca nadando en la abundancia, la encontrara
ahogndose, como siempre, en un mar de trampas y miserias.




XXXVIII


Temblorosa lleg a la calle Imperial, y habiendo mandado al moro que se
arrimara a la pared y la esperase all, mientras ella suba y se
enteraba de si poda o no alojarle en la que fue su casa, le dijo
Almudena: No _bandonar_ t m, _amri_.

--Pero ests loco? Abandonarte yo ahora que ests malito, y los dos
andamos tan de capa cada? No pienses tal desatino, y agurdame. Te
pondr ah enfrente, a la entrada de la calle de la Lechuga.

--No _n'gaar_ t m? _Golver_ ti _pronta_?

--En seguidita que vea lo que ocurre por arriba, y si est de buen temple
mi Doa Paca.

Subi Nina sin aliento, y con gran ansiedad tir de la campanilla.
Primera sorpresa: le abri la puerta una mujer desconocida, jovenzuela,
de tipito elegante, con su delantal muy pulcro. Benina crea soar. Sin
duda los demonios haban levantado en peso la casa para cargar con ella,
dejando en su lugar otra que pareca la misma y era muy diferente. Entr
la prfuga sin preguntar, con no poco asombro de Daniela, que al pronto
no la conoci. Pero qu significaban, qu eran, de dnde haban salido
aquellos jardines, que formaban como alameda de preciosos arbustos desde
la puerta, en todo lo largo del pasillo? Benina se restregaba los ojos,
creyendo hallarse an bajo la accin de las estpidas somnolencias del
Pardo, en las ftidas y asfixiantes cuadras. No, no; no era aquella su
casa, no poda ser, y lo confirmaba la aparicin de otra figura
desconocida, como de cocinera fina, bien puesta, de semblante
altanero... Y mirando al comedor, cuya puerta al extremo del pasillo se
abra, vio... Santo Dios, qu maravilla, qu cosa...! Era sueo? No,
no, que bien segura estaba de verlo con los ojos corporales. Encima de
la mesa, pero sin tocar a ella, como suspendido en el aire, haba _un
montn_ de piedras preciosas, con diferentes brillos, luces y matices,
encarnadas unas, azules o verdes otras. Jess, qu preciosidad! Acaso
Doa Paca, ms hbil que ella, haba efectuado el conjuro del rey
_Samdai_, pidindole y obteniendo de l las carretadas de diamantes y
zafiros? Antes de que pudiera comprender que todo aquel centellear de
vidrios proceda de los colgajos de la lmpara del comedor, iluminados
por una vela que acababa de encender Doa Paca para revisar los
cuchillos que de la casa de prstamos acababa de traerle Juliana,
apareci esta en la puerta del comedor, y cortando el paso a la pobre
vieja, le dijo entre risuea y desabrida:

--Hola, Nina, t por aqu? Has parecido ya? Cremos que te habas ido
al Congo... No pases, no entres; qudate ah, que nos vas a poner
perdidos los suelos, lavados de esta tarde... Bonita vienes!... Quita
all esas patas, mujer, que manchas los baldosines...

--En dnde est la seora?--dijo Nina, volviendo a mirar los diamantes y
esmeraldas, y dudando ya que fueran efectivos.

--La seora est aqu... Pero te dice que no pases, porque vendrs llena
de miseria....

En aquel momento apareci por otro lado la seorita Obdulia, chillando:
Nina, bien venida seas; pero antes de que entres en casa, hay que
fumigarte y ponerte en la colada... No, no te arrimes a m. Tantos das
entre pobres inmundos!... Ves qu bonito est todo?.

Avanz Juliana hacia ella sonriendo; pero al travs de la sonrisa, hubo
de vislumbrar Nina la autoridad que la ribeteadora haba sabido
conquistar all, y se dijo: Esta es la que ahora manda. Bien se le
conoce el despotismo. A las arrogancias revestidas de benevolencia con
que la acogi la tirana, respondi Nina que no se ira sin ver a su
seora.

Mujer, entra, entra--murmur desde el fondo del comedor, con voz ahogada
por los sollozos la seora Doa Francisca Jurez.

Mantenindose en la puerta, le contest Benina con voz entera: Aqu
estoy, seora, y como dicen que mancho los baldosines, no quiero pasar;
digo que no paso... Me han sucedido cosas que no le quiero contar por no
afligirla... Llevronme presa, he pasado hambres... he padecido
vergenzas, malos tratos... Yo no haca ms que pensar en la seora, y
en si tendra tambin hambre, y si estara desamparada.

--No, no, Nina: desde que te fuiste, mira qu casualidad! entr la
suerte en mi casa... Parece un milagro, verdad? Te acuerdas de lo que
hablbamos, aburriditas en esta soledad, ay! en aquellas noches de
miseria y sufrimientos? Pues el milagro es una verdad, hija, y ya puedes
comprender que nos lo ha hecho tu Don Romualdo, ese bendito, ese
arcngel, que en su modestia no quiere confesar los beneficios que t y
yo le debemos... y niega sus mritos y virtudes... y dice que no tiene
por sobrina a Doa Patros... y que no le han propuesto para Obispo...
Pero es l, es l, porque no puede haber otro, no, no puede haberlo, que
realice estas maravillas.

Nina no contest slaba, y arrimndose a la puerta, sollozaba.

Yo de buena gana te recibira otra vez aqu--afirm Doa Francisca, a
cuyo lado, en la sombra, se puso Juliana, sugirindole por lo bajo lo
que haba de decir--; pero no cabemos en casa, y estamos aqu muy
incmodas... Ya sabes que te quiero, que tu compaa me agrada ms que
ninguna... pero... ya ves... Maana estaremos de mudanza, y se te har
un hueco en la nueva casa... Qu dices? Tienes algo que decirme? Hija,
no te quejars: ten presente que te fuiste de mala manera, dejndome sin
una miga de pan en casa, sola, abandonada... Vaya con la Nina!
Francamente, tu conducta merece que yo sea un poquito severa contigo...
Y para que todo hable en contra tuya, olvidaste los sanos principios que
siempre te ense, largndote por esos mundos en compaa de un
morazo... Sabe Dios qu casta de pjaro ser ese, y con qu sortilegios
habr conseguido hacerte olvidar las buenas costumbres. Dime,
confisamelo todo: le has dejado ya?

--No, seora.

--Le has trado contigo?

--S, seora. Abajo est esperndome.

--Como eres as, capaz te creo de todo... hasta de trarmele a casa!

--A casa le traa, porque est enfermo, y no le voy a dejar en medio de
la calle--replic Benina con firme acento.

--Ya s que eres buena, y que a veces tu bondad te ciega y no miras por
el decoro.

--Nada tiene que ver el decoro con esto, ni yo falto porque vaya con
Almudena, que es un pobrecito. l me quiere a m... y yo le miro como un
hijo.

La ingenuidad con que expresaba Nina su pensamiento no lleg a penetrar
en el alma de Doa Paca, que sin moverse de su asiento, y con los
cuchillos en la falda, prosigui dicindole:

No hay otra como t para componer las cosas, y retocar tus faltas hasta
conseguir que parezcan perfecciones; pero yo te quiero, Nina; reconozco
tus buenas cualidades, y no te abandonar nunca.

--Gracias, seora, muchas gracias.

--No te faltar qu comer, ni cama en qu dormir. Me has servido, me has
acompaado, me has sostenido en mi adversidad. Eres buena, buensima;
pero no abuses, hija; no me digas que venas a casa con el moro _de los
dtiles_, porque creer que te has vuelto loca.

--A casa le traa, s, seora, como traje a Frasquito Ponte, por
caridad... Si hubo misericordia con el otro, por qu no ha de haberla
con este? O es que la caridad es una para el caballero de levita, y
otra para el pobre desnudo? Yo no lo entiendo as, yo no distingo... Por
eso le traa; y si a l no le admite, ser lo mismo que si a m no me
admitiera.

--A ti siempre... digo, siempre no... quiero decir... es que no tenemos
hueco en casa... Somos cuatro mujeres, ya ves... Volvers maana?
Coloca a ese desdichado en una buena fonda... no, qu disparate! en el
Hospital... No tienes ms que dirigirte a D. Romualdo... Dile de mi
parte que yo le recomiendo... que lo mire como cosa ma... ay, no s lo
que digo!... como cosa tuya, y tan tuya... En fin, hija, t vers...
Puede que os alberguen en la casa del Sr. de Cedrn, que debe ser muy
grande... t me has dicho que es un casetn enorme que parece un
convento... Yo, bien lo sabes, como criatura imperfecta, no tengo la
virtud en el grado heroico que se necesita para alternar con la
pobretera sucia y apestosa... No, hija, no: es cuestin de estmago y
de nervios... De asco me morira, bien lo sabes. Pues digo, con la
miseria que traers sobre ti!... Yo te quiero, Nina; pero ya conoces mi
estmago... Veo una mota en la comida, y ya me revuelvo toda, y estoy
mala tres das... Llvate tu ropa, si quieres mudarte... Juliana te dar
lo que necesites... Oyes lo que te digo? Por qu callas? Ya, ya te
entiendo. Te haces la humilde para disimular mejor tu soberbia... Todo
te lo perdono; ya sabes que te quiero, que soy buena para ti... En fin,
t me conoces... Qu dices?

--Nada, seora, no he dicho nada, ni tengo nada que decir--murmur Nina
entre dos suspiros hondos--. Qudese con Dios.

--Pero no te irs enojada conmigo--aadi con trmula voz Doa Paca,
siguindola a distancia en su lenta marcha por el pasillo.

--No, seora... ya sabe que yo no me enfado...--replic la anciana
mirndola ms compasiva que enojada--. Adis, adis.

Obdulia condujo a su madre al comedor dicindole: Pobre Nina!... Se
va. Pues mira, a m me habra gustado ver a ese moro Muza y hablar con
l... Esta Juliana, que en todo quiere meterse!....

Atontada por crueles dudas que desconcertaban su espritu, Doa
Francisca no pudo expresar ninguna idea, y sigui revisando los
cubiertos desempeados. En tanto, Juliana, conduciendo a la Nina hasta
la puerta con suave opresin de su mano en la espalda de la mendiga, la
despidi con estas afectuosas palabras: No se apure, _se_ Benina, que
nada ha de faltarle... Le perdono el duro que le prest la semana
pasada, no se acuerda?

--Seora Juliana, s que me acuerdo. Gracias.

--Pues bien: tome adems este otro duro para que se acomode esta noche...
Vyase maana por casa, que all encontrar su ropa...

--Seora Juliana, Dios se lo pague.

--En ninguna parte estar usted mejor que en la _Misericordia_, y si
quiere, yo misma le hablar a D. Romualdo, si a usted le da vergenza.
Doa Paca y yo la recomendaremos... Porque mi seora madre poltica ha
puesto en m toda su confianza, y me ha dado su dinero para que se lo
guarde... y le gobierne la casa, y le _suministre_ cuanto pueda
necesitar. Mucho tiene que agradecer a Dios por haber cado en estas
manos...

--Buenas manos son, seora Juliana.

--Vaya por casa, y le dir lo que tiene que hacer.

--Puede que yo lo sepa sin necesidad de que usted me lo diga.

--Eso usted ver... Si no quiere ir por casa...

--Ir.

--Pues, _se_ Benina, hasta maana.

--Seora Juliana, servidora de usted.

Baj de prisa los gastados escalones, ansiosa de verse pronto en la
calle. Cuando lleg junto al ciego, que en lugar prximo le esperaba, la
pena inmensa que oprima el corazn de la pobre anciana revent en un
llorar ardiente, angustioso, y golpendose la frente con el puo
cerrado, exclam: Ingrata, ingrata, ingrata!

--No _yorar_ ti, _amri_--le dijo el ciego carioso, con habla sollozante--.
Seora tuya mala ser, t _ngela_.

--Qu ingratitud, Seor!... Oh mundo... oh miseria!... Afrenta de Dios
es hacer bien...

--_Dir_ nosotros _luejos_... _dirnos_, _amri_... _Dispreciar_ ti _mondo_
malo.

--Dios ve los corazones de todos; el mo tambin lo ve... Valo, Seor de
los cielos y la tierra, valo pronto.




XXXIX


Dicho lo que antecede, se limpi las lgrimas con mano temblorosa, y
pens en tomar las resoluciones de orden prctico que las circunstancias
exigan.

_Dirnos_, _dirnos_--replic Almudena cogindola del brazo.

--A dnde?--dijo Nina con aturdimiento--. Ah! lo primero a casa de D.
Romualdo.

Y al pronunciar este nombre se qued un instante lela, enteramente
idiota.

--_R'maldo_ mentira--declar el ciego.

--S, s, invencin ma fue. El que ha llevado tantas riquezas a la
seora ser otro, algn D. Romualdo de pega... hechura del demonio...
No, no, el de pega es el mo... No s, no s. Vmonos, Almudena.
Pensemos en que t ests malo, que necesitas pasar la noche bien
abrigadito. La _se_ Juliana, que es la que ahora corta el queso en la
casa de mi seora, y todo lo suministra... en buen hora sea... me ha
dado este duro. Te llevar a los palacios de Bernarda, y maana
veremos.

--Maana, _dir_ nosotros _Hierusalaim_.

--A dnde has dicho? A Jerusaln? Y dnde est eso? Vaya, que querer
llevarme a ese punto, como si fuera, un suponer, Jetafe o Carabanchel de
Abajo!

--_Luejos_, _luejos_... t casar _migo_ y ser _tigo migo_ uno. _Dirnos_
Marsella por caminos pidiendo... En Marsella _vapora_... pim, pam...
Jaffa... _Hierusalaim!_... Casarnos por _arreligin_ tuya, por
_arreligin_ ma... _quierer_ t... _Veder_ t _sepolcro_; entrar
t _S'nagoga_ rezar _Adonai_...

--Esprate, hijo, ten un poco de calma, y no me marees con las
invenciones de tu cabeza _deliriosa_. Lo primero es que te pongas bueno.

--M estar bueno... m no _c'lentura_ ya... m _contentada_. T _viener
migo_ siempre, por _mondo_ grande, _caminas mochas_, _libertanza_, mar,
_terra_, _legra mocha_...

--Muy bonito; pero ahora caigo en la cuenta de que t y yo tenemos
hambre, y entraremos a cenar en cualquier taberna. Si te parece, aqu en
la Cava Baja...

--_Onde quierer_ t, yo _quierer_....

Cenaron con relativo contento, y Almudena no cesaba de ponderar las
delicias de irse juntitos a Jerusaln, pidiendo limosna por tierra y por
mar, sin prisa, sin cuidados. Tardaran meses, medio ao quizs; pero al
fin daran con sus cuerpos en la Palestina, aunque la emprendiesen por
la va terrestre hasta Constantinopla. Pues no haba pocos pases
bonitos que recorrer! Objetaba Nina que ella tena ya los huesos duros
para correra tan larga, y el africano, no sabiendo ya cmo convencerla,
le deca: _Ispania terra n'gratituda_... _Correr luejos_, _juyando de
n'gratos_ ellos.

En cuanto cenaron se recogieron en casa de Bernarda, dormitorios de
abajo, a dos reales cama. Muy tranquilo estuvo Almudena toda la noche,
sin poder coger el sueo, delirando con el viajecito a Jerusaln; y
Benina, por ver de calmarle, mostrbase dispuesta a emprender tan larga
peregrinacin. Inquieto y dolorido, cual si la cama fuera de zarzas
punzadoras, Mordejai no haca ms que volverse de un lado para otro,
quejndose de ardores en la piel y de picazones molestsimas, las cuales
no eran motivadas, dicha sea la verdad, por cosa alguna tocante a la
miseria que se combate con polvos insecticidas. Ello provena quizs de
un extrao giro que la fiebre tomaba, y que se manifest a la maana
siguiente en un rojo sarpullo en brazos y piernas. El infeliz se rascaba
con desesperacin, y Benina le llev a la calle, con la esperanza de que
el aire libre y el ejercicio le serviran de alivio. Despus de vagar
pidiendo, por no perder la costumbre, fueron a la calle de San Carlos, y
subi Benina a ver a Juliana, que all le tena su ropa, y se la dio en
un lo, dicindole que mientras gestionaban para que fuese recogida en
la _Misericordia_, se albergara en cualquier casa barata, con o sin el
_hombre_, aunque mejor le estaba, para su decoro, dejarse de compaa y
tratos tan indecentes. Aadi que en cuanto se limpiara bien de toda la
inmundicia que haba trado del Pardo, poda ir a visitar a Doa Paca,
que gozosa la recibira; pero que no pensase en volver a su lado, porque
los hijos se oponan a ello, atentos a que su mam estuviese bien
servida, y _suministrada_ con regularidad. Con todo se mostr conforme
la buena mujer, que en ello vea una voluntad superior incontrastable.

No era mala persona Juliana; dominante, eso s, vida de mostrar las
grandes dotes de gobierno que le haba dado Dios, mujer que no soltaba a
dos tirones la presa cada en sus manos. Pero no careca de amor al
prjimo, se compadeca de Benina, y habindole dicho esta que el moro la
esperaba en la calle, quiso verle y juzgarle por sus propios ojos. Que
la traza del pobre africano le pareci lastimosa, se conoci en el gesto
que hizo, en la cara que puso, y en el acento con que dijo: Ya le
conoca yo a este, de verle pedir en la calle del Duque de Alba. Es buen
punto, y muy enamorado. Verdad, Sr. Almudena, que le gustan a usted las
chicas?

--Gustar m _B'nina_, _amri_...

--Ajaj... Pobre Benina, no se le ha sentado mala mosca! Si lo hace por
caridad, de veras digo que es usted una santa.

--El pobrecito est enfermo, y no puede valerse.

Y como el morito, acometido de violentsimas picazones en brazos y
pecho, hiciera garras de sus dedos para rascarse con gana, la
ribeteadora se acerc para mirarle los brazos, que haba desnudado de la
manga. Lo que tiene este hombre--dijo con espanto--es lepra... Jess,
qu lepra, _sea_ Benina! He visto otro caso: un pobre, del Moro
tambin, mendigo l, de Orn l, que peda en Puerta Cerrada, junto al
taller de mi padrastro. Y se puso tan perdido, que no haba cristiano
que se le acercara, y ni en los santos Hospitales le queran recibir...

Picar, picar _mocha_--era lo nico que Almudena deca, pasando las uas
desde el hombro a la mano, como se pasara un peine por la madeja.

Disimulando su asco, por no lastimar a la infeliz pareja, Juliana dijo a
Nina: Pues no le ha cado a usted mala incumbencia con este tipo! Mire
que esa sarna se pega. Buena se va usted a poner, s seora; buena,
bonita y barata... O es usted ms boba que el que as la manteca, o no
s lo que es usted.

Con miradas no ms expres Nina su lstima del pobre ciego, su decisin
de no abandonarle, y su conformidad con todas las calamidades que
quisiera enviarle Dios. Y en esto, Antonio Zapata, que a su casa volva,
vio a su mujer en el grupo; llegose a ella presuroso, y enterado de lo
que hablaban, aconsej a Benina que llevara al moro a la consulta de
enfermedades dermatolgicas en San Juan de Dios.

Ms cuenta le tiene--afirm Juliana--mandarle para su tierra.

--_Luejos_, _luejos_--dijo Almudena--. _Dir_ nos _Hierusalaim_.

--No est mal. 'De Madrid a Jerusaln, o la familia del to Maroma...'.
Bueno, bueno. A otra cosa, mujercita ma, no pegues y escucha. No he
podido hacer tus encargos, porque... te digo que no pegues.

--Porque te has ido al billar, granuja... Sube, sube, y ajustaremos
cuentas.

--No subo porque tengo que volver a los carros de pateta.

--Qu dices, granuja?

--Que no va el carro grande por menos de cuarenta reales, y como me
mandaste que no pasase de treinta...

--Tendr yo que verlo. Estos hombres no sirven mas que de estorbo,
verdad, Nina?

--Verdad. Y qu es? Se muda la seora?

--S, mujer; pero ya no podr ser hasta maana, porque este marido tonto
que me ha dado Dios, sali antes de las ocho a tomar la casa y avisar el
carro, y ya ve usted a qu hora se descuelga por aqu, con todo ese
cuajo, sin haber hecho nada.

--Bastante he corrido, chica: A las nueve entraba yo en casa de mam con
el contrato para que lo firmara. Ya ves si ganbamos tiempo. Pero t
sabes el que he perdido con Frasquito Ponte, que nos ha dado una tabarra
tremenda? Como que tuvimos que llevarle a su casa Polidura y yo con
grandsimo trabajo. Dios, cmo est el hombre, y qu barullo tiene en
la cabeza desde el batacazo de ayer!.

Igualmente interesadas Benina y Juliana en la buena o mala suerte del
hijo de Algeciras, oyeron atentas lo que Antonio les refiri de las
consecuencias funestsimas de la cada del jinete en el camino del
Pardo. Cuando le vieron en tierra, despedido por el jaco, pensaron todos
que en aquel crtico instante haba terminado la existencia mortal del
pobre caballero. Pero al levantarle, recobr Frasquito, como quien
resucita, el movimiento y la palabra, y asegurando no haber recibido
golpe en la cabeza, que era lo ms delicado, y palpndose en distintas
partes del crneo, les dijo: Nada, nada, seores, tquenme y no
hallarn el ms ligero chichn. De brazos y piernas, si al principio
pareci haber salido con suerte, pues hueso roto seguramente no tena, a
poco de echar a andar cojeaba horrorosamente de la pierna izquierda,
efecto, sin duda, del violento choque contra el suelo. Pero lo ms
extrao fue que, al ser puesto en pie, rompi en una charla incoherente,
impetuosa, roja la cara como un tomate, vibrante y entrecortada la
lengua. Llevronle a su casa en coche, creyendo que un reposo absoluto
le restablecera; frotronle todo el cuerpo con rnica, le acostaron, se
fueron... Pero el maldito, segn les dijo despus la patrona, no bien se
qued solo, vistiose precipitadamente, y echndose a la calle se fue a
casa de Boto, y all estuvo hasta muy tarde, _metindose con todo el
mundo_, y provocando con destempladas insolencias a los pacficos
parroquianos. Tan contrario era esto al natural plcido de Frasquito, y
a su timidez y buena educacin, que seguramente haba perturbacin
cerebral grave, por causa del batacazo. No se sabe dnde pas el resto
de la noche: se cree que estuvo alborotando en las calles de Medioda
Grande y Chica. Ello es que a poco de llegar Antonio y Polidura a la
casa de Doa Francisca, entr Frasquito muy alborotado, el rostro
encendido, brillantes los ojos, y con gran sorpresa y consternacin de
las seoras, empez a soltar de su boca, un poco torcida, atroces
disparates. Combinando la maa con la fuerza, pudieron sacarle de all y
volverle a su casa, donde le dejaron, encargando a la patrona que le
sujetara si poda, y que hiciera por darle de comer. Entre otras
tenacidades monomaniacas, tena la de que su honor le demandaba pedir
explicaciones al moro por el inaudito agravio de suponer, de afirmar en
pblico que l, Frasquito, haca la corte a Benina. Ms de veinte veces
se arranc hacia la calle de Medioda Grande, procurando ver al Sr. de
Almudena, decidido a entregarle su tarjeta; pero el africano escurra el
bulto y no se dejaba ver por ninguna parte. Claro: se haba ido a su
tierra, huyendo de la furia de Ponte... pero l estaba decidido a no
parar hasta descubrirle, y obligarle a cumplir como caballero, aunque se
escondiese en el ltimo rincn del Atlas.

Si _venier_ m _galn bunito_--dijo el moro riendo tan estrepitosamente,
que los extremos de su boca se le enganchaban en las orejas--, dar m l
_pats mochas_.

--Pobre D. Frasquito... cuitado, alma de Dios!--exclam Nina cruzando las
manos--. Yo me tema que parara en esto...

--Valiente estantigua!--dijo la Juliana--. Y a nosotros qu nos importa
que ese viejo pintado se chifle o no se chifle? Sabis lo que os digo?
Pues que todo eso proviene de las drogas que se pone en la cara, lo cual
que son venenosas y atacan al sentido. Ea, no perdamos el tiempo.
Antonio, vulvete a la calle Imperial, diles que preparen todo, y yo ir
_al carro_ a ver si lo arreglo para esta tarde. Nina, vete con Dios, y
cuidado no se te pegue... sabes? Ay, hija, se te pegar, por mucho
aseo que tengas! Ves? ya empiezas a sufrir las consecuencias del mal
paso... por no hacer caso de m. Doa Paca me dijo que te permitiera ir
all. Quiere verte: pobre seora! Yo le di mi conformidad, y hoy
pensaba llevarte conmigo... pero ya no me atrevo, hija, ya no me atrevo.
Habiendo de por medio esta pestilencia, no puedes rozarte... Yo haba
determinado que fueras todos los das a recoger la comida sobrante en
casa de la que fue tu ama.

--Y ya no...?

--S, s: la comida es tuya... pero... vers lo que debes hacer... te
llegas al portal a la hora que yo te fije, y mi prima Hilaria te la
bajar y te la dar... acercndose a ti lo menos que pueda... Ya
comprendes... cada una tiene su escrpulo... No todos los estmagos son
como el tuyo, Nina, a prueba de bomba... con que...

--Comprendo... seora Juliana. Qudese con Dios.




XL


Las adversidades se estrellaban ya en el corazn de Benina, como las
vagas olas en el robusto cantil. Rompanse con estruendo, se quebraban,
se deshacan en blancas espumas, y nada ms. Rechazada por la familia
que haba sustentado en das tristsimos de miseria y dolores sin
cuento, no tard en rehacerse de la profunda turbacin que ingratitud
tan notoria le produjo; su conciencia le dio inefables consuelos: mir
la vida desde la altura en que su desprecio de la humana vanidad la
pona; vio en ridcula pequeez a los seres que la rodeaban, y su
espritu se hizo fuerte y grande. Haba alcanzado glorioso triunfo;
sentase victoriosa, despus de haber perdido la batalla en el terreno
material. Mas las satisfacciones ntimas de la victoria no la privaron
de su don de gobierno, y atenta a las cosas materiales, acudi, al poco
rato de apartarse de Juliana, a resolver lo ms urgente en lo que a la
vida corporal de ambos se refera. Era indispensable buscar albergue;
despus tratara de curar a Mordejai de su sarna o lo que fuese, pues
abandonarle en tan lastimoso estado no lo hara por nada de este mundo,
aunque ella se viera contagiada del asqueroso mal. Dirigiose con l a
Santa Casilda, y hallando desocupado el cuartito que antes ocup el moro
con la Petra, lo tom. Felizmente, la borracha se haba ido con Diega a
vivir en la Cava de San Miguel, detrs de la Escalerilla. Instalados en
aquel escondrijo, que no careca de comodidades, lo primero que hizo la
anciana alcarrea fue traer agua, toda el agua que pudo, y lavarse bien
y jabonarse el cuerpo; costumbre antigua en ella, que siempre que poda
practicaba en casa de Doa Francisca. Luego se visti de limpio. El
bienestar que el aseo y la frescura daban a su cuerpo, se confunda en
cierto modo con el descanso de su conciencia, en la cual tambin senta
algo como absoluta limpieza y frescor confortante.

Dedicose luego al arreglo de la casa, y con el poquito dinero que tena
hizo su compra, y le prepar a Mordejai una buena comida. Pensaba
llevarlo a la consulta al da siguiente, y as se lo dijo, mostrndose
el ciego conforme en todo con lo que la voluntad de ella quisiese
determinar. Mientras coman, le entretuvo y alent con esperanzas y
palabras dulces, ofrecindole ir, como l deseaba, a Jerusaln o un
poquito ms all, en cuanto recobrara la salud. Mientras no se le
quitara el sarpullo, no haba que pensar en viajes. Se estaran quietos,
l en casa, ella saliendo a pedir sola todos los das para ver de sacar
con qu vivir, que seguramente Dios no les dejara morir de hambre. Tan
contento se puso el ciego con el plan concebido y propuesto por su
inteligente amiga, y con sus afectuosas expresiones, que rompi a cantar
la melopea arbiga que ya le oy Benina en el vertedero; pero como al
huir de la pedrea haba perdido el guitarrillo, no pudo acompaarse del
son de aquel tosco instrumento. Despus propuso a su compaera que
echase el sahumerio, y ella lo hizo de buena gana, pues el humazo
saneaba y aromatizaba la pobre habitacin.

Salieron al da siguiente para la consulta; pero como les designaran
para esta una hora de la tarde, entretuvieron la primera mitad del da
pordioseando en varias calles, siempre con mucho cuidado de los
guindillas, por no caer nuevamente en poder de los que echan el lazo a
los mendigos, cual si fueran perros, para llevarlos al depsito, donde
como a perros les tratan. Debe decirse que el ingrato proceder de Doa
Paca no despertaba en Nina odio ni mala voluntad, y que la conformidad
de esta con la ingratitud no le quitaba las ganas de ver a la infeliz
seora, a quien entraablemente quera, como compaera de amarguras en
tantos aos. Ansiaba verla, aunque fuese de lejos, y llevada de esta
querencia, se lleg a la calle de la Lechuga para atisbar a distancia
discreta si la familia estaba en vas de mudanza, o se haba mudado ya.
Qu a tiempo lleg! Hallbase en la puerta el carro, y los mozos metan
trastos en l con la brbara presteza que emplean en esta operacin.
Desde su atalaya reconoci Benina los muebles decrpitos, derrengados, y
no pudo reprimir su emocin al verlos. Eran casi suyos, parte de su
existencia, y en ellos vea, como en un espejo, la imagen de sus penas y
alegras; pensaba que si se acercase, los pobres trastos haban de
decirle algo, o que lloraran con ella. Pero lo que la impresion
vivamente fue ver salir por el portal a Doa Paca y a Obdulia, con
Polidura y Juliana, como si se fueran a la casa nueva, mientras las
criadas elegantes se quedaban en la antigua, disponiendo la recogida y
transporte de las menudencias, y de toda la morralla casera.

Turbada y confusa, Nina se escondi en un portal, para ver sin ser
vista. Qu desmejorada encontr a Doa Francisca! Llevaba un vestido
nuevo; pero de tan nefanda hechura, como cortado y cosido de prisa, que
pareca la pobre seora vestida de limosna. Cubra su cabeza con un
manto, y Obdulia ostentaba un sombrerote con disformes ringorrangos y
plumas. Andaba Doa Paca lentamente, la vista fija en el suelo,
abrumada, melanclica, como si la llevaran entre guardias civiles. La
_nia_ rea, charlando con Polidura. Detrs iba Juliana _arrendolos_ a
todos, y mandndoles que fueran de prisa por el camino que les marcaba.
No le faltaba ms que el palo para parecerse a los que en vsperas de
Navidad conducen por las calles las manadas de pavos. Cmo se clareaba
el despotismo hasta en sus menores movimientos! Doa Paca era la res
humilde que va a donde la llevan, aunque sea al matadero; Juliana el
pastor que gua y conduce. Desaparecieron en la Plaza Mayor, por la
calle de Botoneras... Benina dio algunos pasos para ver el triste
ganado, y cuando lo perdi de vista, se limpi las lgrimas que
inundaban su rostro.

Pobre seora ma!--dijo al ciego en cuanto se reuni con l--. La quiero
como hermana, porque juntas hemos pasado muchas penas. Yo era todo para
ella, y ella todo para m. Me perdonaba mis faltas, y yo le perdonaba
las suyas... Qu triste va, quizs pensando en lo mal que se ha portado
con la Nina! Parece que est peor del rema, por lo que cojea, y su cara
es de no haber comido en cuatro das. Yo la traa en palmitas, yo la
engaaba con buena sombra, ocultndole nuestra miseria, y poniendo mi
cara en vergenza por darle de comer conforme a lo que era su gusto y
costumbre... En fin, lo pasado, como dijo el otro, pas. Vmonos,
Almudena, vmonos de aqu, y quiera Dios que te pongas bueno pronto para
tomar el caminito a Jerusaln, que no me asusta ya por lejos. Andando,
andando, hijo, se llega de una parte del mundo a otra, y si por un lado
sacamos el provecho de tomar el aire y de ver cosas nuevas, por otro
sacamos la certeza de que todo es lo mismo, y que las partes del mundo
son, un suponer, como el mundo en junto; quiere decirse, que en donde
quiera que vivan los hombres, o verbigracia, mujeres, habr ingratitud,
egosmo, y unos que manden a los otros y les cojan la voluntad. Por lo
que debemos hacer lo que nos manda la conciencia, y dejar que se peleen
aquellos por un hueso, como los perros; los otros por un juguete, como
los nios, o estos por mangonear, como los mayores, y no reir con
nadie, y tomar lo que Dios nos ponga delante, como los pjaros...
Vmonos hacia el Hospital, y no te pongas triste.

--M no triste--dijo Almudena--; estar _tigo contentado_... t saber como
Dios cosas _tudas_, y yo _quirier_ ti como _ngela bunita_... Y si no
_quierer_ t casar _migo_, ser t _madra_ ma, y yo nio tuyo _bunito_.

--Bueno, hombre; me parece muy bien.

--Y t _com_ palmera _D'sierto granda_, _bunita_; t _com zucena
branca_... _llirio t_... M _dicier_ ti _amri_: alma ma.

Mientras iba la infeliz pareja camino del Hospital, Doa Paca y su
squito, en direccin distinta, se aproximaban a su nueva casa, calle de
Orellana: un tercero limpio, con los papeles y estucos nuevecitos,
buenas luces, ventilacin, cocina excelente, y precio acomodado a las
circunstancias. Pareciole muy bien a Doa Francisca, cuando arriba
lleg, sofocada de la interminable escalera; y si le pareca mal,
cuidaba de no manifestarlo, abdicando en absoluto su voluntad y sus
opiniones. El flexible, ms que flexible, blanducho carcter de la
viuda, se adaptaba al sentir y al pensar de Juliana; y viendo esta que
se le meta entre los dedos aquella miga de pan, haca bolitas con ella.
No respiraba Doa Paca sin permiso de la tirana, quien para los ms
insignificantes actos de la vida, tena no pocas rdenes que dictar a la
infeliz seora. Esta lleg a tenerle un miedo infantil; se senta miga
blanda dentro de la mano de bronce de la ribeteadora, y en verdad que no
era slo miedo, pues con l se mezclaba algo de respeto y admiracin.

Descansaba la dama del ajetreo de aquel da, ya metidos todos los
muebles, trastos y macetas en la nueva casa, y atacada de una
intenssima tristeza que le devoraba el alma, llam a su tirana para
decirle: No me has explicado bien por el camino lo que hablasteis. Qu
historias cuenta Nina de su moro? Es este bien parecido?.

Dio Juliana las explicaciones que su sbdita le peda, sin herir a Nina
ni ponerla en mal lugar, demostrando en esto finsimo tacto.

Y quedasteis... en que no puede venir a verme, por temor a que nos
contagie de esa peste asquerosa. Has hecho bien. Si no es por ti, me
vera expuesta, sabe Dios, a que se nos pegara la pestilencia...
Quedasteis tambin en que recogera las sobras de la comida. Pero esto
no basta, y yo tendra mucho gusto en sealarle una cantidad, por
ejemplo, una peseta diaria. Qu dices?

--Digo que si empezamos con esas bromas, seora Doa Paca, pronto
volveremos a _Pearanda_. No, no: una peseta es una peseta... Bastante
tiene la Nina con dos reales. As lo he pensado, y si usted dispone otra
cosa, yo me lavo las manos.

--Dos reales, dos... t lo has dicho... y basta, s. Sabes t los
milagros que hace Nina con media peseta?.

En esto lleg Daniela muy alarmada, diciendo que llamaba a la puerta
Frasquito; y Obdulia, que por la mirilla le haba visto, opin que no
se abriera, a fin de evitar otro escndalo como el de la calle Imperial.
Pero quin le haba dicho las seas del nuevo domicilio? Sin duda fue
Polidura el sopln, y Juliana hizo juramento de arrancarle una oreja.
Ocurri el contratiempo grave de que mientras Ponte llamaba con nerviosa
furia, decidido a romper la campanilla, subi Hilaria de la calle y
abri con el llavn, y ya no fue posible cortar el paso al intruso, que
se precipit dentro, presentndose ante las asustadas seoras con el
sombrero metido hasta las orejas, blandiendo el bastn, la ropa en gran
detrimento y manchada de tierra y lodo. Se le haba torcido la boca, y
arrastraba penosamente la pierna derecha.

Por Dios, Frasquito--le dijo Doa Paca suplicante--, no nos alborote.
Est usted malo, y debe meterse en cama.

Y sali tambin Obdulia declamando enfticamente: Frasquito: una
persona como usted, tan fina, de buena sociedad, decirnos esas cosas!...
Tenga juicio, vuelva en s.

--Seora y _madama_--dijo Ponte desencasquetndose el sombrero con gran
dificultad--. Caballero soy y me precio de saber tratar con damas
elegantes; pero como de aqu ha salido la absurda especie, yo vengo a
pedir explicaciones. Mi honor lo exige...

--Y qu tenemos que ver nosotras con el honor de usted, so
espantajo?--grit Juliana--. Ea, no es persona decente quien falta a las
seoras! El otro da eran para usted emperatrices, y ahora...

--Y ahora--dijo Ponte temblando ante el enrgico acento de Juliana, como
caa batida del viento--. Y ahora... yo no falto al respeto a las
seoras. Obdulia es una dama; Doa Francisca otra dama. Pero estas
seoras damas... me han calumniado, me han herido en mis sentimientos
ms puros, sosteniendo que yo hice la corte a la Benina... y que la
requer de amores deshonestos, para que por m y conmigo faltase a la
fidelidad que debe al caballero de la Arabia...

--Si nosotras no hemos dicho semejante desatino!

--Todo Madrid lo repite... De aqu, de estos salones sali la indigna
especie. Me acusan de un infame delito: de haber puesto mis ojos en un
ngel, de blancas alas clicas, de pureza inmaculada. Sepan que yo
respeto a los ngeles: si Nina fuese criatura mortal, no la habra
respetado, porque soy hombre... yo he catado rubias y morenas, casadas,
viudas y doncellas, espaolas y parisienses, y ninguna me ha resistido,
porque me lo merezco... belleza permanente que soy... Pero yo no he
seducido ngeles, ni los seducir... Spalo usted, Frasquita; spalo,
Obdulia... la Nina no es de este mundo... la Nina pertenece al cielo...
Vestida de pobre ha pedido limosna para mantenerlas a ustedes y a m...
y a la mujer que eso hace, yo no la seduzco, yo no puedo seducirla, yo
no puedo enamorarla... Mi hermosura es humana, y la de ella divina; mi
rostro esplndido es de carne mortal, y el de ella de celeste luz... No,
no, no la he seducido, no ha sido ma, es de Dios... Y a usted se lo
digo, Curra Jurez, de Ronda; a usted, que ahora no puede moverse, de lo
que le pesa en el cuerpo la ingratitud... Yo, porque soy agradecido, soy
de pluma, y vuelo... ya lo ve... Usted, por ser ingrata, es de plomo, y
se aplasta contra el suelo... ya lo ve....

Consternadas hija y madre, gritaban pidiendo socorro a los vecinos. Pero
Juliana, ms valerosa y expeditiva, no pudiendo sufrir con calma los
impertinentes desvaros del desdichado Ponte, se fue hacia l furiosa,
le cogi por las solapas, y comindoselo con la mirada y la voz le dijo:
Si no se marcha usted pronto de esta casa, so mamarracho, le tiro a
usted por el balcn.

Y seguramente lo habra hecho, si la Hilaria y la Daniela no cogieran al
pobre hijo de Algeciras, ponindole en dos tirones fuera de la puerta.
Presentronse los porteros y algunos vecinos, atrados del alboroto, y
al ver reunida tanta gente, salieron las cuatro mujeres al rellano de la
escalera para explicar que aquel sujeto haba perdido el juicio,
trocndose de la ms atenta y comedida persona del mundo, en la ms
importuna y desvergonzada. Baj Frasquito renqueando hasta la meseta
prxima: all se par, mirando para arriba, y dijo: Ingrata,
ingrrr.... Quiso concluir la palabra, y una violenta contorsin
denunci la inutilidad de sus esfuerzos. De su boca no sali ms que un
bramido ronco, como si mano invisible le estrangulara. Vieron todos que
se le descomponan horrorosamente las facciones, los ojos se le salan
del casco, la boca se aproximaba a una de las orejas... Alz los brazos,
exhal un ay! angustioso, y se desplom de golpe. A la cada de su
cuerpo se estremeci de arriba abajo toda la endeble escalera.

Subironle entre cuatro a la casa para prestarle socorro, que ya no
necesitaba el infeliz. Reconociole Juliana, y secamente dijo: Est ms
muerto que mi abuelo.




Final


Ejemplo de los admirables efectos de la voluntad humana en el gobierno
de las grandes como de las pequeas agrupaciones de seres, era Juliana,
mujer sin principios, que apenas saba leer y escribir, pero que haba
recibido de Naturaleza el don rarsimo de organizar la vida y regir las
acciones de los dems. Si conforme le cay entre las manos la familia de
Zapata le hubiera tocado gobernar familia de ms fuste, o una nsula, o
un estado, habra salido muy airosa. En la nsula de Doa Francisca
estableci con mano firme la normalidad al mes de haber empuado las
riendas, y todos all andaban derechos, y nadie se rebulla ni osaba
poner en tela de juicio sus irrevocables mandatos. Verdad que para
obtener este resultado precioso empleaba el absolutismo puro, el rgimen
de terror; su genio no admita ni aun observaciones tmidas: su ley era
su santsima voluntad; su lgica, el palo.

A los caracteres anmicos de la madre y los hijos no les vena mal este
sistema, ensayado ya con feliz xito en Antonio. Tal dominio lleg a
ejercer sobre Doa Francisca, que la pobre viuda no se atreva ni a
rezar un Padrenuestro sin pedir su venia a la dictadora, y hasta se
adverta que antes de suspirar, como tan a menudo lo haca, la miraba
como para decirle: No llevars a mal que yo suspire un poquito. En
todo era obedecida ciegamente Juliana por su mam poltica, menos en una
cosa. Mandbale que no estuviese siempre triste, y aunque la esclava
responda con frases de acatamiento, bien se echaba de ver que la orden
no se cumpla. Entraba, pues, la viuda de Zapata en la normalidad
prspera de su existencia con la cabeza gacha, los ojos cados, el mirar
vago, perdido en los dibujos de la estera, el cuerpo apoltronado,
encarindose cada da ms con la indolencia, el apetito decadente, el
humor taciturno y desabrido, las ideas negras.

A los quince das de instalarse Doa Francisca en la calle de Orellana,
juzg la mandona que ms eficaz sera su poder y mejor gobernada estara
la familia viviendo todos juntos: general y subalternos. Trasladose,
pues, y all fue metiendo su ajuar humilde, y sus chiquillos, y el ama,
para lo cual antes hizo hueco, echando fuera la mar de tiestos y tibores
de plantas, y poniendo en la calle a Daniela, que en rigor no serva
ms que de estorbo. A sus funciones de gran canciller agreg pronto las
de doncella y peinadora de su suegra y cuada. As todo se quedaba en
casa.

Pero como no hay felicidad completa en este pcaro mundo, al mes, poco
ms o menos, de la mudanza, sealada en las efemrides zapatescas por la
desastrosa muerte de Frasquito Ponte Delgado, empez a resentirse
Juliana de alteraciones muy extraas en su salud. La que por su lozana
robustez haba hecho gala de compararse a las mulas, daba en la tontera
de padecer lo ms contrario a su natural perfectamente equilibrado. Qu
era ello? Embelecos nerviosos y rfagas de histerismo, afecciones de que
Juliana se haba redo ms de una vez, atribuyndolas a remilgos de
mujeres mimosas y a trastornos imaginarios, que, segn ella, curaban los
maridos con _jarabe de fresno_.

Comenz el mal de Juliana por insomnios rebeldes: se levantaba todas las
maanas sin haber pegado los ojos; a los pocos das del insomnio empez
a perder el apetito, y, por fin, al no dormir se agregaron sobresaltos y
angustiosos temores por las noches, y de da una melancola negra,
pesada, fnebre. Lo peor para la familia fue que con estos alifafes
enojosos no se atenuaba el absolutismo gobernante de la tirana, sino
que se agravaba. Antonio le propona sacarla a paseo, y ella a paseo le
mandaba con cien mil pares de demonios. Hzose displicente, y tambin
mal hablada, grosera, insoportable.

Por fin, sus monomanas histricas se condensaron en una sola, en la
idea de que los mellizos no gozaban de buena salud. De nada vala la
evidencia de la extraordinaria robustez de los nios. Con las
precauciones de que les rodeaba, y los cuidados prolijos y minuciosos
que en su conservacin pona, les molestaba, les haca llorar. De noche
arrojbase del lecho asegurando que las criaturas nadaban en sangre,
degolladas por un asesino invisible. Si tosan, era que se ahogaban; si
coman mal, era que les haban envenenado.

Una maana sali precipitadamente, con mantn y pauelo a la cabeza, y
se fue a los barrios del Sur buscando a Benina, con quien tena que
hablar. Y por Dios que no gast pocas horas en encontrarla, porque ya no
viva en Santa Casilda, sino en los quintos infiernos, o sea en la
carretera de Toledo, a mano izquierda del Puente. All la encontr
despus de enfadosas pesquisas, dando vueltas y rodeos por aquellos
extraviados caseros. Viva la anciana con el moro en una casita, que
ms bien pareca choza, situada en los terrenos que dominan la
carretera por el Sur. Almudena iba mejorando de la asquerosa enfermedad
de la piel; pero an se vea su rostro enmascarado de costras
repugnantes: no sala de casa, y la anciana iba todas las maanitas a
ganarse la vida pidiendo en San Andrs. No sorprendi poco a Juliana el
verla en buenas apariencias de salud, y adems alegre, sereno el
espritu, y bien asentado en el cimiento de la conformidad con su
suerte.

Vengo a reir con usted, _se_ Benina--le dijo sentndose en una
piedra, frente a la casucha, junto a la artesa en que la pobre mujer
lavaba, a respetable distancia del ciego, echadito a la sombra--. S,
seora, porque usted qued en ir a recoger la comida sobrante en nuestra
casa, y no ha parecido por all, ni hemos vuelto a verle el pelo.

--Pues le dir, seora Juliana--replic Nina--. Puede creerme que no ha
sido desprecio; no seora, no ha sido desprecio. Es que no lo he
necesitado. Tengo la comida de otra casa, con lo cual y lo que saco nos
basta; y as, bien puede usted drselo a otro pobre, y para su
conciencia es lo mismo... Qu quiere usted saber? Que quin me da la
comida? Veo que le pica la curiosidad. Pues debo esa bendita limosna a
D. Romualdo Cedrn... le he conocido en San Andrs, donde dice la
Misa... S, seora: D. Romualdo, que es un santo, para que lo sepa... Y
ya estoy segura, despus de mucho cavilar, que no es el D. Romualdo que
yo invent, sino otro que se parece a l como se parecen dos gotas de
agua. Inventa unas cosas que luego salen verdad, o las verdades, antes
de ser verdades, un suponer, han sido mentiras muy gordas... Con que ya
lo sabe.

Declar la ribeteadora que se alegraba mucho de lo que oa referir; y
que puesto que Don Romualdo la favoreca, Doa Paca y ella daran sus
sobrantes de comida a otros menesterosos. Pero algo ms tena que
decirle: Yo estoy en deuda con usted, Benina, pues _dispuse_ que mi
madre poltica, a quien gobierno con una hebra de seda, le sealara a
usted dos reales diarios... Como no nos hemos visto por ninguna parte,
no he podido cumplir con usted; pero me pesan, me pesan en la conciencia
los dos reales diarios, y aqu se los traigo en quince pesetas, que
hacen el mes completo, _se_ Benina.

--Pues lo tomo, s seora--dijo Nina gozosa--; que esto no es de
despreciar... Vienen a m estas pesetillas como cadas del cielo, porque
tengo una deuda con la _Pitusa_, calle de Medioda Grande, y lo
arreglamos dndole yo lo que fuera reuniendo, y peseta por duro de
rdito. Con esto llego a la mitad y un poquito ms. Pedradas de estas me
vengan todos los das, seora Juliana. Sabe que se le agradece, y
quiera Dios drselo en salud para s, y para su marido y los nenes.

Con palabra nerviosa, afluente y un tanto hiperblica, asegur la
chulita que no tena salud; que padeca de unos males extraos,
incomprensibles. Pero los llevaba con paciencia, sin cuidarse para nada
de su propia persona. Lo que la inquietaba, lo que haca de su
existencia un atroz suplicio, era la idea de que enfermaran sus nios.
No era idea, no era temor: era seguridad de que Paquito y Antoito caan
malos... se moran sin remedio.

Trat Benina de quitarle de la cabeza tales ideas; pero la otra no se
dio a partido, y despidindose presurosa, tom la vuelta de Madrid.
Grande fue la sorpresa de la anciana y del moro al verla aparecer a la
maana siguiente muy temprano, agitada, trmula, echando lumbre por los
ojos. El dilogo fue breve, y de mucha substancia o miga psicolgica.

Qu te pasa, Juliana?--le pregunt Nina tutendola por primera vez.

--Qu me ha de pasar? Que los nios se me mueren!

--Ay, Dios mo, qu pena! Estn malitos?

--S... digo, no: estn buenos. Pero a m me atormenta la idea de que se
mueren... Ay, Nina de mi alma, no puedo echar esta idea de m! No hago
ms que llorar y llorar... Ya lo ve usted...

--Ya lo veo, s. Pero si es una idea, haz por quitrtela de la cabeza,
mujer.

--A eso vengo, _se_ Benina, porque desde anoche se me ha metido en la
cabeza otra idea: que usted, usted sola, me puede curar.

--Cmo?

--Dicindome que no debo creer que se mueren los nios... mandndome que
no lo crea.

--Yo?...

--Si usted me lo afirma, lo creer, y me curar de esta maldita idea...
Porque... lo digo claro: yo he pecado, yo soy mala...

--Pues, hija, bien fcil es curarte. Yo te digo que tus nios no se
mueren, que tus hijos estn sanos y robustos.

--Ve usted?... La alegra que me da es seal de que usted sabe lo que
dice... Nina, Nina, es usted una santa.

--Yo no soy santa. Pero tus nios estn buenos y no padecen ningn mal...
No llores... y ahora vete a tu casa, y no vuelvas a pecar.

FIN DE LA NOVELA

Madrid, Marzo-Abril de 1897





End of the Project Gutenberg EBook of Misericordia, by Benito Prez Galds

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MISERICORDIA ***

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Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
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Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
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To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
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number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
https://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
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809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at https://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


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