The Project Gutenberg EBook of Doa Luz, by Juan Valera

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Title: Doa Luz

Author: Juan Valera

Release Date: December 17, 2005 [EBook #17338]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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Doa Luz

Por

Juan Valera

Biblioteca Perojo

Paris

1897




A la seora condesa de Gomar


Estando en casa de V., en una noche del verano pasado, cont la sencilla
historia de Doa Luz. Hallola V. bien, gracias sin duda a la indulgencia
con que me mira, y me anim para que la escribiese. Promet escribirla y
dedicrsela a V.; acept V. la promesa, y hoy con el mayor gusto la
cumplo. Lo que me desazona es el corto valer del don en s o su ningn
valer, si se atiende al de la persona a quien le dedico, por su talento
y belleza tan general y justamente encomiada. Sea, con todo, mi
dedicatoria muestra, aunque pobre, del respetuoso cario que V. me
inspira.

Por lo dems, aunque la novela no divierta, creo yo que vale algo por
las muy graves y severas lecciones que contiene.

Pongo a un lado las mil y quinientas que cualquier agudo crtico puede
sacar si se empea en elogiarme y lucirse, y me limito a la leccin que
se da, no ya slo a los frailes, que al fin pocos hay en Espaa ahora,
sino por extensin a todo caballero cortesano, viejo o algo machucho,
que se enamora con amor vicioso.

El desastrado caso del P. Enrique deber servir de escarmiento y grabar
en la mente del cortesano viejo, como moraleja principal, aquellas
advertencias divinas con que el ilustre Micer Pietro Bembo hermosea y
corona el libro de _El cortesano_.

Estas advertencias dicen en resumen que el cortesano enderece su deseo
a la hermosura sola, y cuanto ms pueda la contemple en ella misma
simple y pura, y dentro en la imaginacin la forme separada de toda
materia, y formndola as la haga amiga y familiar de su alma, y all la
goce, y consigo la tenga das y noches en todo tiempo y lugar sin miedo
de jams perdella, acordndose siempre de que el cuerpo es cosa muy
diferente de la hermosura, y que, no solamente no la acrecienta, mas que
le apoca su perdicin. Desta manera ser nuestro cortesano viejo fuera
de todas aquellas miserias y fatigas que suelen casi siempre sentir los
mozos, y as no sentir celos, ni sospechas, ni desabrimientos, ni iras,
ni desesperaciones, ni otras mil locuras llenas de rabia, con las cuales
muchas veces llegan los enamorados locos a tanto desatino que aun a s
mismos quitan la vida: como sucedi al P. Enrique, volviendo a mi
cuento. Al cual Padre le hubiera estado mejor valerse de este amor como
de escala para subir a ms alto grado. Porque, considerando la
estrecheza de estar siempre ocupado en contemplar la hermosura de un
cuerpo solo, debi sentir deseo de ensancharse algo y de salir de
trmino tan angosto, y para ello debi tambin juntar en su mente muchas
hermosuras, y, reducindolas a una sola, formar aquella que sobre toda
la naturaleza se extiende y derrama.

Sabido es, por ltimo, que, por cima de este concepto universal de la
hermosura, hay otra excelsa, increada y de la que todas proceden. Si el
amor llega a columbrarla, de qu no se olvida? Y entonces (y toda sta
es doctrina de micer Pietro Bembo), se abrasa el alma en aquella llama,
simbolizada y prefigurada en la enorme pira, donde se quem Hrcules,
despus de todos sus trabajos, all en la cumbre del monte Oeta, o se
remonta y traspone en el ardiente carro, en que Elas abandon la tierra
y se fue volando a los cielos.

Yo, seora, con el peso de los aos, que ya me molesta bastante, y con
no pocas saludables desilusiones, voy propendiendo, aunque pecador, a
subir por este ltimo camino. Y si bien en mis novelas se notan an
resabios y aficiones de hombre mundano, ya hay en ellas como seales de
que me llaman a s otras voces muy distintas de las del mundo.

Con esto, acaso perder en amenidad lo que escribo, pero ganar en
utilidad. Ahora que est en moda lo docente, dgame V. con franqueza si
mi novela no ensea algo cuando esto ensea.

Dele V., pues, su aprobacin; acptela y defindala ya que le pertenece;
y crame su devoto servidor y amigo,

JUAN VALERA.




-I-

El Marqus y su administrador


No todas las historias que yo refiero han de ocurrir en Villabermeja.
Hoy he de contar una muy interesante ocurrida, pocos aos ha, en otro
lugar cercano, que llamaremos Villafra, reservando para mayores cosas
su verdadero nombre. Por lo dems, entre Villabermeja y Villafra no se
da diferencia muy notable; pues, si bien Villabermeja posee un santo
patrono ms milagroso, Villafra goza de trmino ms rico, de ms
poblacin, de mejores casas, y de ms pudientes hacendados.

Entre stos descollaba el Sr. D. Acisclo, as llamado desde que cumpli
cuarenta y cinco aos, y que sucesivamente haba sido antes, hasta la
edad de veintiocho a treinta, Acisclillo y to Acisclo despus. El don
vino y se antepuso, por ltimo, al Acisclo, en virtud del tono y de la
importancia que aquel seor acert a darse con los muchos dineros que
honrada y laboriosamente haba sabido adquirir.

Su buena fama trascenda por toda la provincia. No le estimaban slo
como a persona que tiene el rin bien cubierto, y que no se dejara
ahorcar por dos o tres milloncejos de reales, sino que era preconizado
como sujeto muy cabal, formalsimo en sus tratos y seguro hasta la pared
de enfrente, y como tan recto, devoto de Mara Santsima y temeroso de
Dios, que casi, casi estaba en olor de santidad, a pesar de las malas
lenguas, que no faltan nunca.

Lo cierto es que D. Acisclo haba sabido conciliar su medro con la
probidad y la justicia. Haba sido administrador del marqus de
Villafra, durante veinte aos lo menos, y se haba compuesto de manera
que todos los bienes del marquesado haban ido poco a poco pasando de
las manos de su seora a sus manos ms giles y guardosas.

Este pase o dislocacin se haba realizado natural y legtimamente. Don
Acisclo no tena culpa ninguna de que el marqus hubiese sido
despilfarrado y perdulario; y ms que por culpa poda y deba contarse
por mrito que l fuese ingenioso, ahorrativo y aprovechadsimo.

Siempre se condujo con la mayor lealtad en la administracin. El marqus
de Villafra habitaba en Madrid, donde gastaba mucho. Tena necesidad de
dinero. Enviaba a pedir. No haba. Y entonces se apelaba a varios
recursos, de algunos de los cuales hablar aqu en breves palabras.

Mandaba el marqus, que, para reunirle dos mil duros, se vendiese vino,
aunque fuese malbaratndole: dando, por ejemplo, el fino y potable como
de quema.

Don Acisclo era muy estrecho y escrupuloso de conciencia, y se pona a
buscar con afn a alguien que se llevase el vino por su justo valor;
pero no le hallaba. Nadie daba por cada arroba sino seis o siete reales
menos de lo que vala. Entonces D. Acisclo se sacrificaba; allegaba el
dinero, se le enviaba al marqus, y tomaba el vino para s por una
peseta menos en cada arroba. De esta suerte ganaba l, haciendo ganar al
marqus tres reales en arroba por la parte ms corta. Luego echaba D.
Acisclo en madera el mencionado vino, y al cabo de un ao, le pona tan
exquisito, que venda cada arroba por siete u ocho pesetas ms de lo que
le haba costado.

En otras ocasiones, peda el marqus, corriendo, mil duritos para salir
de un apuro. Tmalos de un comerciante de Mlaga--escriba a D.
Acisclo--, prometiendo pagarlos en aceite dentro de dos meses, que ser
la cosecha.

Don Acisclo buscaba al punto en Mlaga comerciante que se allanase a dar
el dinero, y resultaba que nadie quera darle sino cobrndose en aceite,
dos meses o poco ms despus, y tomando la arroba de dicho lquido a dos
reales menos del precio corriente. sta era una usura monstruosa; era
una usura de ms del 30 por 100 al ao. Don Acisclo se afliga, pona el
grito en el cielo, caa enfermo por la pesadumbre que le daban los
apuros del marqus, y al fin reincida en sacrificarse, tomando l mismo
el lquido por un real menos de su precio corriente, y aprontando el
dinero, del cual no vena a sacar sino a razn de 20 por 100 al ao. As
haca ganar al marqus otro 10 por 100.

Con el trigo suceda lo propio. El marqus mandaba que le vendiesen el
trigo dos o tres meses antes de la cosecha. No se hallaba quien le
pagase con anticipacin sino con tres reales de descuento por fanega.
Entonces D. Acisclo proporcionaba el dinero, y se quedaba con el trigo
por dos reales menos, pero haciendo ganar al marqus un real en fanega.

El marqus gustaba de tener una reata de ocho hermosos mulos, los cuales
se hubieran comido una barbaridad de cebada, sin trabajar para el
marqus sino cuatro meses a lo ms cada ao; pero D. Acisclo se serva
de los mulos para los acarreos y trficos, y as se ahorraba l de pagar
mulero y mulos, y haca que el marqus ahorrase sobre seis meses de
piensos.

Las tierras del marqus estaban muy necesitadas de abono. Don Acisclo
adquiri para s no pocas ovejas y cabras, las cuales, a trueque de
algunas hierbas intiles y tal vez nocivas y de algunos retoos bajos y
viciosos, abonaban bien los mejores olivares del marqus.

Necesitaba el marqus ms dinero; era menester tomarle prestado; no
haba quien le diese a menos del 15 por 100. Don Acisclo hallaba a un
pariente o a un amigo suyo que le daba al 12. As haca ganar al marqus
un tres por ciento anual sobre la cantidad recibida.

En resolucin, y por el estilo mencionado, rindiendo cuentas
exactsimas, y demostrando matemticamente que haca ganar al marqus
tres o cuatro mil duros al ao con administrar tan fiel y celosamente
sus bienes, D. Acisclo vino a quedarse con casi todos ellos.

Su seora, sitiado por hambre, tuvo entonces que abandonar la corte, y
se retir a hacer penitencia en Villafra, donde muri, al ao de estar,
de unas calenturas malignas, que infundieron en su sangre la falta de
metales y la sobra de bilis.

Todo el caudal del marqus, a su muerte, podra producir, a lo sumo,
16.000 rs. al ao.

Estoy tan escamado con los crticos profundos que no atino a resolver y
declarar si el marqus era tonto o discreto. En Madrid haba sido el
marqus el encanto de la sociedad, y haba pasado por la discrecin en
persona. Y, sin embargo, el marqus se haba quedado pobre. Tal vez
consista esto en que haya dos gneros de tontera: la tontera de accin
y la tontera de palabra, las cuales estn en razn inversa en cada ser
humano. El que no dice tonteras las hace: el que no las hace las dice.
Cuando alguien hace y dice siempre tonteras, ya es tonto de capirote y
goza de tontera absoluta, total, una y toda, como se expresaran los
filsofos.

Por dicha no es esto lo comn: lo comn es ser tonto a medias. Cuando
alguien gasta en palabras su discrecin, enamora a las gentes y hace las
delicias de las tertulias; pero, consumida toda su discrecin en objetos
de lujo, slo tontera le queda para los negocios que debieran
importarle. Y, por el contrario, todos o casi todos los que consumen su
discrecin en hacer su negocio, son insufribles de tontos o de zafios
hasta que le hacen, si bien, luego que le han hecho, vuelven a brillar
con su discrecin en los discursos y conversaciones, o bien porque ya no
tienen que emplearla en lo til y la derivan hacia lo agradable, o bien
por el prestigio seductor de que los circundan su xito y su buena
fortuna.

As me explico yo que el marqus, que buen poso haya, pasase siempre por
discreto en la corte, y en su lugar por incapaz de sacramento.

Razn tenan en su lugar, dir quien me lea. Si el marqus no hubiera
sido tonto, hubiera conocido que D. Acisclo le saqueaba y hubiera mudado
de administrador. A esto importa contestar lo que el marqus contestaba,
pues no falt nunca quien le hiciese dichas reflexiones. Yo no trato
aqu de sostener que el marqus tena razn: me limito a repetir lo que
l deca. Deca, pues, que en veinte leguas a la redonda, tomando a
Villafra por centro del crculo o redondel, no haba ms honrado y
virtuoso varn que su administrador: que el ahorro de cuatro mil duros
al ao que D. Acisclo se jactaba de haberle hecho era de la ms rigurosa
exactitud; y que por consiguiente todava le sala deudor, en los veinte
aos que haba administrado sus bienes, de algo ms de 80.000 duros.
Otro administrador cualquiera hubiera acabado con el marqus en diez
aos. El marqus, por lo tanto, crea deber a D. Acisclo diez aos de
buena y alegre vida. Otro administrador cualquiera no hubiera hecho los
adelantos por la mitad menos, y se hubiera enriquecido ms pronto, y no
hubiera arruinado a su seor con tantos miramientos, con tanta suavidad
y pausa, y con tan severa conciencia. El propio D. Acisclo crea, all
en el fondo de su alma, aunque rara vez se jactaba de ello por su
extremada modestia, que haba sido para con el marqus un dechado de
fieles servidores. As es que, en el ao que vivi el marqus en
Villafra, ya arruinado, D. Acisclo le sermone bien sobre su
despilfarro e imprevisin, y el marqus le oy siempre con respeto y
hasta compungido a veces.

Con estos sermones y consejos pstumos, con una amistad llena de
veneracin, que D. Acisclo mostr siempre al marqus, ms an cuando
pobre que cuando rico, y con los cuidados con que le atendi en los
ltimos das de su vida, sin que ni remotamente entrase en todo ello la
menor idea de desagravio, pues pensaba haberle favorecido y no ofendido,
don Acisclo se elev a considerable altura moral e intelectual en el
nimo del marqus, quien al morir le dej confiada la joya ms hermosa
que an posea en este mundo.

Era esta joya una nia que acababa de cumplir quince aos cuando muri
el marqus. Haba sido educada por un aya inglesa que haba sido
menester despedir por falta de dinero antes de venir a Villafra; pero
ya la nia hablaba ingls y francs con perfeccin y estaba muy
instruida.

En el lugar haba acertado a hacerse querer de todas las gentes, en
especial de los pobres, aunque ella tambin lo era y poco poda
favorecerlos.

Hurfana de madre desde que tena dos aos, haba quedado sola en el
mundo al morir el marqus. ste, que jams haba sido casado, haba
tenido aquella hija en una mujer oscura, pero le haba dado su nombre y
la haba legitimado.

Don Acisclo, muerto el marqus, tuvo grande empeo en adelantar el
dinero para la transmisin del ttulo a la seorita; pero sta lo supo,
y se opuso del modo ms resuelto. Aunque de tan corta edad, pens y dijo
con discrecin que hasta era ridculo ser marquesa con tan poco dinero
como tena. Don Acisclo insisti en sacar el ttulo, pero la nia se
opuso cada vez con ms ahnco. Quedose, pues, sin ttulo. Todos en el
lugar dejaron de llamarla la marquesita, como la llamaban en vida de su
padre, y la llamaron doa Luz, que era su nombre de pila.

Doa Luz, como buena hija, lament y llor mucho la muerte del marqus;
pero su humilde y cristiana resignacin era grande.

Con el tiempo qued doa Luz tranquila y consolada. Viva en casa de D.
Acisclo. Conoca su triste situacin, y no se atormentaba por ello. Se
dira que haba olvidado Madrid. Estaba conforme en pasar en Villafra
la vida entera.




-II-

Antecedentes y pormenores indispensables aunque enojosos


Desde la muerte del marqus haban transcurrido doce aos.

Doa Luz tena veintisiete y estaba hermossima: mucho mejor que de
quince.

Su buen natural, rectamente encaminado en su niez y en su adolescencia
por las lecciones del aya, no la haba abandonado nunca. Doa Luz, sin
sibaritismo, con la severidad de quien cumple un deber, haba cuidado, y
segua cuidando en el lugar, de su alma y de su cuerpo.

Con el mismo esmero con que procuraba no manchar su inteligencia ni su
voluntad con ideas o con afectos indignos, atenda a la material
limpieza y al honesto adorno de su persona. Doa Luz era en todo la
pulcritud personificada.

Tal vez por instinto, sin darse cuenta de ello, o al menos no dejndolo
sentir ni recelar, se miraba y se complaca ms en este que podemos
llamar aseo moral y corpreo, por lo mismo que se vea circundada de
gente algo ruda y no muy limpia ni de cuerpo ni de alma, y como si
tuviese el temor de contaminarse.

Era tan circunspecta, que jams dejaba traslucir este temor; y tan hbil
sin arte, que nadie la acusaba de desdeosa. Aunque no se bajaba al
nivel de nadie, por una dulce, franca y generosa simpata, procuraba
elevar a las gentes a su nivel. As haba logrado infundir respeto y no
odio: y las seoras y seoritas del lugar, en vez de tomarla por blanco
de sus stiras, solan tomarla por modelo, con lo cual los usos,
costumbres y trato social, se haban mejorado bastante.

Los mozos eran ms reverentes con las mujeres, y algunas de stas
imitaban ya a doa Luz, no sin maa, en modales y compostura y hasta en
el primor y atildamiento con que ella tena los muebles y alhajas de su
tocador, salita y alcoba.

En el momento en que nos ponemos ahora con la imaginacin, doa Luz era
un sol que estaba en el zenit. Gallarda y esbelta, tena toda la
amplitud, robustez y majestad, que son compatibles con la elegancia de
formas de una doncella llena de distincin aristocrtica. La salud
brillaba en sus frescas y sonrosadas mejillas; la calma, en su cndida y
tersa frente, coronada de rubios rizos; la serenidad del espritu, en
sus ojos azules, donde cierto fulgor apacible de caridad y de
sentimientos piadosos suavizaba el ingnito orgullo.

Madrugadora, activa, acostumbrada a dar largos paseos, y a estar en casa
empleada en algo til, la ligereza y el bro de su cuerpo corran
parejas con su beldad y con su gracia. Cuando quera, bailaba como una
slfide; en el andar airoso, semejaba a la divina cazadora de Delos, y
montaba a caballo como la reina de las amazonas.

No se negaba a asistir a los bailes, tertulias y otras fiestas que en el
lugar se daban. Haba ido a las ferias de los lugares cercanos y a
algunas romeras, y no esquivaba la conversacin de las gentes, aunque
con tan juicioso y bien templado decoro, que atinaba a desechar la
familiaridad excesiva, sin ofender al vidrioso y sin alentar al audaz y
confiado.

Esto, en vez de perjudicarle, aumentaba y extenda su buen crdito.

Cuando doa Luz iba por la calle, con Juana, su anciana criada, o cuando
iba a la iglesia, grave, silenciosa, vestida toda de negro, con basquia
y mantilla, decan algunos mozos estudiantes, que haba en el lugar, y
que entendan ms hondamente que los dems de esttica y de otras
doctrinas de amor y poesa, que doa Luz pareca una garza real, una
emperatriz, una herona de leyendas y de cuentos fantsticos; algo de
peregrino y de fuera de lo que se usa; el hada Paraban; la ms egregia
de las hures.

A pesar del respeto, algunos no acertaban a contenerse. Este deca:
Viva el salero! Aqul: Alabado sea Dios que tan hermosa la ha
criado! Otro: Ah va la gloria vivita! y as por el estilo. En
ocasiones, por ltimo, no falt quien se propasase a tender la paosa a
modo de alfombra o a tirar el sombrero calas a sus plantas para que
ella le hollara y pisoteara.

Pero, caso estupendo! en medio de todo este entusiasmo, doa Luz no
tena ni haba tenido novio: no hablaba ni haba hablado con nadie por
la reja. Lo que s haba tenido era multitud de pretendientes, sin que
ella hubiese dado esperanzas a ninguno. Los jvenes ms ricos de algunas
leguas en contorno la consideraban ya como inexpugnable fortaleza. La
esperanza, con todo, no se pierde jams. Los hombres, en esto de
conquistas amorosas, nos las prometemos, a menudo, felices. As es que,
si los del lugar estaban ya sosegados y desengaados, no faltaban an
forasteros, con tal de que fuesen sujetos de cierto fuste, que se
alborotasen al ver a doa Luz, y propusiesen, all en sus adentros,
conseguir lo que otros no haban conseguido; pero pronto tambin se
desengaaban.

Con esta adoracin resuelta, con este prurito de ser correspondidos, se
haban hallado muchos, o simultnea o sucesivamente. Ninguno haba
llegado a explicaciones. Doa Luz se supo componer de suerte que no se
haba visto nunca en la dura necesidad de dar formales calabazas, ni de
excitar el resentimiento que esto trae consigo. Era difcil hablar a
solas con ella. Era difcil hacer llegar a sus manos carta o billete
amoroso. Y si bien, merced a algunas viejas audaces, que donde quiera
las hay de sobra, doa Luz haba recibido papelitos en prosa y hasta en
verso, constantemente los haba devuelto sin abrir. En vista de estos y
de otros desdenes, todos los enamorados desistan al fin de sus
propsitos, sin motivo y hasta sin pretexto de queja.

Y no poda haberla, porque doa Luz callaba toda razn ofensiva. No se
senta inclinada al matrimonio. No amaba. Nadie manda en su corazn.
Tales eran sus razones.

Alguien podra sospechar pero no probar su invencible repugnancia a todo
lo vulgar y plebeyo, y el horror que de ella se apoderaba a la sola idea
de poder un da tener un hijo que llevase su ilustre apellido en pos de
otro apellido oscuro y rstico de algn ricacho villano.

En suma: doa Luz, si no tena esperanzas de casarse a su gusto, tampoco
tena o dejaba traslucir el menor deseo. Todo era en ella frialdad
tranquila y contentamiento suave. En balde, el peor pensado de los
hombres se atrevera a buscar en sus actos, en sus palabras, en sus
ademanes y gesto, la ms leve seal de que estuviese despechada.

Doa Luz no lo estaba en realidad. Haba tomado enrgicamente su partido
y haba trazado de antemano la senda de su vivir. Las frases burlonas de
_quedarse para ta_ o _para vestir imgenes_ no hacan mella en su firme
y acerado corazn, ni podan violentarla ni inclinarla a aceptar marido
con el solo fin de no llegar a solterona.

Varias parientas ricas, que tena doa Luz en Sevilla y en Madrid, la
haban invitado a que se fuera a vivir con ellas: pero, o bien porque
as fuese en verdad, o porque doa Luz lo sospechaba, las invitaciones
haban sido ms que de corazn por cumplimiento. Adems, doa Luz se
consideraba muy pobre para su clase, y no quera ser gravosa, ni vivir a
expensas de otros y en una especie de dependencia prxima a la
servidumbre. Haba, pues, rehusado todas las invitaciones. Su plan era
vivir y morir oscuramente en Villafra.

La misma impureza de su origen, el vicio de su nacimiento, la humilde
condicin de su desconocida madre, obraban por reaccin en su nimo y
casi convertan su orgullo en fiereza. Para limpiar aquella mancha
original, quera ser doa Luz mucho ms limpia y mucho ms pura.

No quera pordiosear ni deber nada a nadie.

Conservaba sin vender su casa solariega del lugar con sus antiguos
muebles y dos criados. Si no viva en ella, pensaba vivir ms tarde, o
bien porque don Acisclo podra faltar, o bien porque ya, entrada ella en
aos, nadie podra extraar que viviese sola.

Entretanto, viva doa Luz en el casern de don Acisclo, donde tena
holgada e independiente habitacin, y donde haba trado, para
adornarla, sus ms bonitos y preciosos muebles y sus libros mejores.

En pago de esta hospitalidad, haca aceptar a don Acisclo, por ms que
ste se haba resistido, ms de la mitad de sus rentas, o sea 8.000
reales al ao. Con lo restante, como era econmica y arreglada, tena lo
suficiente para vestirse, comprar algunos libros nuevos y hacer
limosnas.

El nico lujo, el nico regalo de doa Luz, era un magnfico caballo
negro, en el cual sola ella salir a paseo con D. Acisclo o con un
criado llamado Toms, que haba envejecido en el servicio de su padre.

Don Acisclo estaba viudo haca muchsimo tiempo. Tena dos hijos y tres
hijas, todos casados y con casa aparte, de modo que, en la soledad
anchurosa de aquel inmenso casern, doa Luz y D. Acisclo se daban mutua
compaa.

Rayaba ya D. Acisclo en los setenta aos; pero estaba recio y bien de
salud. Iba derecho como un huso; era hombre gil y enjuto de carnes; y,
si no saba ms que leer y escribir medianamente y las cuatro reglas, y
si jams haba ledo un libro, tena gran despejo natural, aunque burdo.
Jams haba turbado su conciencia con sutilezas morales. As es que no
le remorda, como hemos dicho, de haber contribuido a la ruina del
marqus. Si se haba aprovechado de ella mejor le pareca que hubiese
sido l que no otro. Mucho le hubiera dolido ver en manos extraas el
caudal de su amo. Poseale, por lo tanto, de buena fe, con justo ttulo,
y hasta con y por cierto sentimiento de veneracin a la memoria del
difunto ilustre poseedor.

Esta veneracin se extenda, o mejor dicho, se extremaba y llegaba a su
colmo, sin afectacin ni servilismo, cuando se trataba de la seorita
doa Luz, en quien, fascinado el viejo, crea descubrir a un ser cuyos
arcanos pensamientos, mviles y resortes de accin, apenas entrevea; a
una criatura rara e inusitada, de otra casta muy diferente de la suya, y
con la cual, sin embargo, coma de diario y tena la honra de compartir
la vivienda.




-III-

De otras menudencias que la escrupulosidad del narrador no permite que
pasen en silencio


Constaba esta vivienda, como la de muchos otros ricos hacendados de
Andaluca, de dos casas contiguas, en comunicacin: la de los amos y la
que se llama siempre casa de campo, aunque est en el centro de la
poblacin.

La casa de los amos no tena ms habitantes que D. Acisclo en un
extremo, y doa Luz en otro, con su vieja criada Juana, que dorma en un
cuarto al lado del de su seora.

Haba un gran comedor, otro comedor pequeo para diario y varios salones
de respeto, que no se abran sino en las ocasiones solemnes, y donde,
entre otras preciosidades, D. Acisclo, sus hijos, hijas, yernos y
nueras, todos resplandecan retratados al leo, de tamao ms que
natural, y casi de cuerpo entero, por un pintor ambulante que acert a
pasar por Villafra, y que llev una onza de oro por cada retrato.
Verdad es que D. Acisclo le agasaj y trat a cuerpo de rey, sentndole
a su mesa todo el tiempo que tard en pintarlos, lo cual fue obra de
cinco meses, y luego, al partir, le hizo presente de mil chucheras,
como, por ejemplo, de un pipotillo con aguardiente de doble ans, de
orejones secos y de alfajores y pionate. Los retratos lo merecan por
lo parecidos. No les faltaba ms que hablar. Las blondas que figuraban
en los de las damas, estaban algo confusas al principio; pero, cediendo
a las quejas de las damas susodichas, el pintor lo arregl con ingenioso
artificio. Unt en albayalde un pedazo de tul, le aplic al sitio del
cuadro, ya seco, donde la blonda estaba representada, y result un
efecto maravilloso, porque hasta los agujeritos de la blonda se vean y
aun podan contarse.

Todo esto era en el piso principal, donde haba dos chimeneas, que all
llaman francesas, y que no se encendieron sino cuando vino el obispo, en
pleno invierno, y por poco se ahoga S. S. I. con el humo que se arm.
Pero en cambio haba una magnfica cocina de seores, con chimenea de
campana, de muchsimo tiro, donde arda siempre, durante la estacin
fra, abundante lea de olivo y de encina y rica pasta de orujo; donde
rara vez se guisaba; y donde los seores se calentaban muy a su sabor.
En esta cocina adornaban las paredes varias jaulas de perdices, puestas
sobre repisas, escopetas y otras armas, y algunas cabezas de ciervos,
lobos, zorros, tejones y garduas, muertos por D. Acisclo.

En el piso bajo haba casi tanta habitacin como en el principal; y, si
se contaba con el patio con toldo, haba ms. All se viva durante el
verano. En toda estacin estaba all el despacho de D. Acisclo, donde
este activo labrador y ganadero trataba con chalanes, corredores,
rabadanes, aperadores, capataces y caseros: entendindose por caseros,
no el terror de los inquilinos morosos, como en Madrid, sino los que
cuidan y guardan las caseras o viviendas de cada finca rstica.

En el piso bajo, en la sala de ms aparato y autoridad, que se llamaba
la cuadra, porque era cuadrada, haba tambin algo que daba lustre a
aquella casa. Es de saber que en no pocos pueblos de Andaluca hay
multitud de imgenes benditas, que se sacan en procesin en las grandes
festividades, y singularmente en Semana Santa. El nmero de estas
imgenes suele hacer que no quepan bien en los templos, por lo cual
muchas estn depositadas en casas particulares hasta el nico da del
ao en que han de salir en procesin. D. Acisclo tena en la cuadra baja
una de estas imgenes, de cuya cofrada era hermano mayor; pero no era
una imagen de tres al cuarto, sino la ms complicada que se conoca y la
de mayor empeo y coste, ya que en realidad no rezaba con ella aquel
decir proverbial de:

Santirulitos bonitos, baratos, Ni comen, ni beben, ni gastan zapatos.

Aquella imagen o representacin coma y beba, o mejor dicho, cenaba:
era nada menos que la _Cena_.

Cristo y los doce apstoles de bulto estaban sentados a la mesa; Cristo
echaba la bendicin, San Juan se dorma sobre el hombro de su Divino
Maestro, y el fesimo y traicionero Judas, con enmaraado pelo rojo,
meta la mano en el plato del centro, porque es sabido que no tena
pizca de educacin.

El Jueves Santo sala en procesin la Cena, y el Mircoles Santo por la
noche estaba expuesta en la cuadra a la veneracin de los fieles,
quienes con tal motivo tenan entrada franca en la casa, lo cual se
llamaba y se llama an _visitar las insignias_, y apenas quedaba en el
lugar quien no las visitase en la vspera de la respectiva procesin. Y
esto si contar con los forasteros.

La mesa en que Cristo y los apstoles estaban sentados, era bastante
capaz, y, en tan solemnes das, se cubra con preciosos manteles
alemaniscos y se adornaba con mil lindezas, flores, viandas, dulces y
frutas. Aunque no haba en la mesa _de cuanto Dios cri_, como afirmaba
la gente del pueblo con encarecimiento desmedido, era innegable que
haba objetos raros y costosos: uvas de corazn de cabrito como acabadas
de coger y que por milagro se haban conservado, claveles y tempranas
rosas de olor en grandes pias, ramos de violetas y camelias, etc., etc.
Las paredes de la sala donde estaba la Cena se tapizaban de damasco
carmes; sobre el damasco se colgaban lindas y antiguas cornucopias con
muchas velas de cera ardiendo, y tambin en la sala haba verdes
plantas, y canarios en jaulas, y una enorme cruz negra de madera, con
adornos y remates de plata fina, asida a la pared por fuertes alcayatas.
Era la cruz que D. Acisclo, cuando mozo, haba llevado al hombro en las
procesiones durante muchos aos, porque haba sido y era an _hermano de
cruz_, aunque jubilado, y an se vesta de _nazareno_, para ir en la
procesin como hermano mayor delante de la Cena, con una tnica de rica
seda morada que haba costado un dineral; pero entonces no llevaba la
cruz, sino una prtiga reluciente, signo de autoridad y mando. Su hijo
primognito iba delante con el estandarte de la cofrada.

El gasto de la fiesta era grande, porque D. Acisclo costeaba toda la
cera que llevaban ardiendo los que con sendas velas seguan su insignia,
y en la noche del Jueves Santo, terminada ya la procesin, daba de cenar
a todos los cofrades, que eran muchos, agasajndolos y hartndolos con
potaje de habas, cornetillas picantes, cazn en ajo de pollo, bacalao
con tomates o en albndigas, a veces hasta _serafines_ fritos, pues,
aunque parezca extrao, _serafines_ se llaman en aquel pas los
boquerones, y de postres deliciosos pestios y vino aejo. Pagaba adems
con rumbo generoso a los cuarenta o cincuenta ganapanes que haban
llevado en hombros las andas, y en las andas la mesa, con Cristo,
Apstoles y _cuanto Dios cri_; empresa titnica, de la cual no pocos
quedaban derrengados y con feroces ampollas, a pesar de las
almohadillas.

Aquella noche echaba D. Acisclo el bodegn por la ventana.

La gente menuda fumaba a su costa los mejores _coraceros_ que haba en
el estanco, y el seoro tomaba chocolate con hojaldres, empanadas,
hornazos, tortas de varias clases, como por ejemplo, de polvorn y de
aceite, y roscos de vino y de huevo.

En cualquier da y a cualquier hora se mostraba en todo que D. Acisclo
era esplndido y acaudalado.

El patio de la casa era anchuroso y enlosado de mrmol. En su centro
luca una taza de mrmol tambin, donde caa el agua clara de un copioso
y alto surtidor. En torno de la fuente se vean muchas macetas con
flores y hierbas olorosas, y alrededor arriates con bojes, que formaban
bolas y pirmides, y rosales de enredadera, jazmines y naranjos, que
revestan el muro y trepaban por cima de los balcones del piso
principal, tejiendo una capa o manto de flores, frutos y verdura, y
embalsamando el ambiente, ya con el olor del azahar, ya con el ms leve
aroma de jazmines y de mosquetas.

De este patio, as como de un jardn ms extenso, con honores de huerta,
que haba a espaldas de la casa, cuidaba doa Luz con esmero. Hasta
haca venir flores y plantas, que jams se haban conocido en Villafra,
y sola aclimatarlas.

De nada ms cuidaba doa Luz, no por desidia, sino porque, segn deca
D. Acisclo, se obstinaba en sostener que estaba como de husped, y no
quera meterse en camisn de once varas.

Quien lo gobernaba todo, la verdadera directora y ama de llaves, era la
Sra. Petra, de edad de cincuenta aos muy cumplidos. Ella entenda en el
gasto diario, vigilaba la cocina y tena las llaves de la despensa, de
la repostera, de la candiotera, de las cuatro bodegas de vino, aceite,
aguardiente y vinagre, y de los desvanes o graneros, donde siempre haba
trigo, cebada, arvejones, yeros, matalahga y otras semillas.

A las inmediatas rdenes de la Sra. Petra haba cuatro criadas: dos,
zagalonas an, duras en el trabajo, de apretadas carnes y msculos de
acero, las cuales eran de las que llaman por all _de cuerpo de casa_,
esto es, que servan para fregar, aljofifar, enjalbegar y tenerlo todo
_saltandito_ de limpio; otra, ya ms granada, aunque moza tambin, que
cosa, zurca y planchaba la ropa, y otra que guisaba los ms castizos y
sabrosos guisotes de la tierra, y que saba hacer almbares, cuajados,
pastelillos, arrope y gachas de mosto.

Toda esta tropa femenina habitaba y dorma en el piso principal de la
casa de campo, donde tambin tenan habitacin el aperador, su mujer y
sus cuatro chiquillos; pero stos, tan apartados, que no se vean ni se
entendan sino cuando el amo llamaba.

Haba, por ltimo un mozo, que dorma junto a la caballeriza y cuidaba
de ella, de los patios y corrales.

Tal era la servidumbre domstica, por decirlo as. Pero ya se entiende
que los jornaleros, el mulero, los caseros, los viadores, los
pisadores, los del molino y la dems gente que se empleaba en las faenas
agrcolas, iban y venan y haca estancia en la casa de campo, donde
haba anchura sobrada, y alambique, lagar, alfarje y prensas para la
aceituna y la uva.

Resultaba, pues, como ya queda apuntado, que en la casa de los amos slo
vivan D. Acisclo, doa Luz y su criada Juana.

Toms, el antiguo criado del marqus, viva en la casa solariega con un
mozuelo que le ayudaba a cuidarla y a cuidar tambin el hermoso caballo
negro de la seorita.

En la casa haba dos mesas: una a la que se sentaban D. Acisclo y doa
Luz y algn convidado si le haba; otra para la _familia_ (en los
pueblos andaluces se sigue llamando _familia_ a los criados), y en dicha
mesa se sentaban la seora Petra presidiendo, las dos mozas de _cuerpo
de casa_, la costurera y planchadora, la cocinera, el mozo de la
caballeriza, Toms y su ayudante, y la Juana, doncella de la seorita
doa Luz.

El aperador y los suyos hacan rancho aparte y tenan una cocinilla
moruna donde guisaba la aperadora.

Esto no impeda que ella, o alguno de sus hijos, o todos, incluso el
aperador, aunque no hijo, sino padre, estuviesen convidados con
frecuencia a la mesa de la familia, a la cual se sentaban asimismo el
mulero y otros cuando estaban en el lugar, y a la cual la seora Petra y
la Juana se atribuan el derecho, y no se descuidaban en ejercerle, de
hacer las invitaciones que se les antojaban.

Tal era la casa en que durante doce aos haba vivido doa Luz, y tal la
gente de que estaba rodeada en mayo de 1860.




-IV-

Los amigos ntimos de doa Luz


Doa Luz, dadas las circunstancias en que se hallaba y las condiciones
de su carcter, no poda menos de vivir como viva.

El orgullo es malo sin duda.

Cunto mejor y ms cristiana no es la humildad? En el orgullo hay mucho
de egosmo, mientras que la humildad es toda devocin y abandono. Y sin
embargo, cmo negar que un orgullo bien dirigido es causa a veces de
altas virtudes y de honrada conducta?

Sea como sea, no debemos ocultar que nuestra herona era muy orgullosa.

Quien esto escribe no tiene manas o predilecciones aristocrticas. Al
contrario, siempre se ha obstinado en creer que no vale menos la gente
de los lugares que la ms encopetada de la corte. _Mutatis mutandis_,
todo le parece lo mismo: la mujer del alcalde es igual a una emperatriz
o reina, la del escribano equivale a la duquesa ms en moda en Madrid, y
el majo Fulanito se le antoja ms brioso, y gallardo, buen jinete,
seductor, afable y ameno, que el ms perfecto _dandy_ de cuantos ha
conocido.

Pero, mirndolo bien, esto no es espritu democrtico discreto, sino
negro y desconsolador pesimismo. La democracia optimista y sana
consiste, sin duda, en creer que la mejor educacin desde la primera
infancia, el buen ejemplo y nombre de padres y abuelos, la obligacin de
no deshonrar ni deslustrar este buen nombre y el vivir en medio ms
urbano y culto, deben ser escuela e incentivo eficaz para ser virtuosos
o discretos, o seductores, o dignos o todo a la vez. En igualdad de
ndole y de luces intelectuales debe, por consiguiente, valer mucho ms
quien posee los dichos exteriores requisitos que aquel que no los posee:
en igualdad de condiciones internas, la hija de un marqus, por ejemplo,
aun cuando sea bastarda, debe conducirse mejor que la hija de un
pelafustn. De entender lo contrario por espritu democrtico, se
seguira que lo que debemos desear es la igualdad bajando y no subiendo:
la nivelacin en la ignorancia, la abyeccin y la miseria, y no la
nivelacin y elevacin posibles, en todos aquellos medios, en toda
aquella acumulacin de recursos hecha por las pasadas generaciones, a
fin de que con su auxilio sigamos ascendiendo hacia el bien, hacia la
luz y hacia la belleza.

Yo comprendo como veneranda y punto menos que santa, aunque vaya por
caminos extraviados, la intencin del demagogo, demcrata y hasta
socialista, que pugne por dar a todos los hombres educacin liberal,
recursos y cuantos elementos gozan los llamados aristcratas, si es que
estos elementos valen, no slo para gozar, sino para ser mejores; pero
si slo valen para gozar y ser ms dbiles, corrompidos y ruines, no me
explico la democracia progresista, sino la democracia de Rousseau, que
procura retrotraer a la humanidad al estado salvaje.

De cualquier modo que sea, conste que yo no defiendo aqu esta o aquella
opinin. No es lo que escribo un tratado de filosofa poltica. No
intento tampoco presentar a doa Luz como un dechado de excelencias,
sino presentarla tal como ella fue.

Doa Luz senta profundamente la dignidad humana, pero supona que lo
claro y distinto de este sentimiento, que haba en ella ms que en otras
personas, no dependa slo de un don natural y gratuito, sino de una
educacin superior a la de la generalidad, y mucho ms esmerada. Esto,
ms bien que orgullo, parece modestia. Ella crea tener un ideal de s
propia que haba ido realizando y como trayendo fuera, merced sin duda a
su misma energa, pero auxiliada de circunstancias dichosas e iniciales
que deba a la Providencia, y en que no todos, sino pocos, se hallan. Se
juzgaba, pues, como favorecida por Dios, y por lo mismo con ms
obligaciones que cumplir. Por cada favor divino, una obligacin sagrada.
Tena talento, estaba obligada a cultivarle; era bella y fuerte,
necesitaba conservar su fuerza y su hermosura; haba recibido un nombre
ilustre, y, ya que no acertase a ilustrarle ms, no deba mancharle.

Aunque ella se considerara igual por naturaleza a los dems seres
humanos, los juzgaba a todos marchando en busca de mayor bien y de
superior altura ms luminosa y serena. Si ella, aun cuando fuese por un
capricho de la suerte, iba delante y se hallaba ms cerca de la cumbre,
su filantropa no poda extenderse a ms que a dar la mano a los que
estuviesen en condiciones de trepar hasta donde estaba ella, y no a
aquellos que estaban tan bajos o tan hundidos en el lodo, que en vez de
alzarlos, se dejara ella arrastrar cayendo en el lodo tambin.

Ya hemos indicado que el orgullo de doa Luz se velaba y envolva en el
ms discreto disimulo; y esto no slo por prudencia y por inters
propio, sino por vivo sentimiento de caridad. Nada le dola tanto como
humillar al prjimo. Si tal vez se complaca en lucir alguna habilidad,
alguna buena prenda de su espritu, algn primor o elegancia de su
persona, era con los capaces de sentir el estmulo de imitarla o alzarse
hasta ella; no por el prurito de excitar estril admiracin o envidia
dolorosa.

Doa Luz, por lo mismo que tena tanto orgullo, no tena chispa de
vanidad. Gustaba en todo de pagar con usura lo que reciba. No anhelaba
que la amasen ms de lo que poda amar ella. La coquetera era, pues,
para doa Luz un vicio ignorado y casi incomprensible. Su fallo, la
propia sentencia que ella dictaba acerca de cualquiera calidad, acto o
virtud de su persona, la lisonjeaba y complaca mil veces ms que todo
el aplauso de cuantos la rodeaban. As es que slo quera agradar de
puro bondadosa: por donde resultaban en ella una naturalidad, una
modestia y un olvido aparente de su propio mrito, que encantaban y
pasmaban.

Otras mujeres estn anhelando siempre inspirar pasiones; doa Luz hua
de inspirarlas; y, aplicando un pronto desengao, las mataba en todo
corazn antes de que naciesen. Para qu ser amada si no haba de amar a
quien la amase? En amor, lo mismo que en amistad, doa Luz deseaba dar
el doble. Y no pudiendo amar en Villafra, haba poco a poco apartado de
s a todos los mozos del lugar, y haba elegido sus amigos ntimos entre
los viejos.

Si era dulce en su trato con todos, usaba tan estudiada cortesa, que
sin que la tildasen de soberbia, evitaba la intimidad con todos, menos
con cuatro sujetos.

El primero era D. Miguel, cura de la parroquia, anciano excelente aunque
de cortsimos alcances, con quien se confesaba todos los meses, a quien
daba sus ahorrillos para que los repartiese en limosnas a los
necesitados, y con quien a menudo jugaba al tute. El corazn y la mente
de doa Luz eran para el pobre cura el libro de los siete sellos. En
esta oscuridad, y siendo adems D. Miguel poco entusiasta, quera con
moderacin a doa Luz; pero la quera con toda la fuerza de alma de que
l poda disponer para el cario, que era poqusima. Doa Luz, en
cambio, idolatraba al cura de cierta manera. Se complaca en aquella
transparencia, en aquella nitidez, en aquella bendita vaciedad de su
espritu, y le mimaba y agasajaba como a un nio pequeuelo. Por medio
de un contrabandista que iba y vena con telas de algodn, haca traer
de Lisboa para D. Miguel el rap ms selecto; y, procurando que no le
hiciesen mal, le enviaba confites, bizcochos y otras golosinas, a que el
cura era muy aficionado.

Otro ntimo de ms importancia, era el mdico D. Anselmo. Y digo de ms
importancia, por lo que l vala, no porque doa Luz le necesitase. La
salud de doa Luz era insolente de buena. Ni un dolor de cabeza nunca.

D. Anselmo era un hombre despejadsimo, y no slo hbil e instruido en
su profesin, sino de variada lectura y de singular facilidad de
palabra. No se extrae que con tales dotes fuese mdico en un lugar. O
la fortuna no le haba sonredo, o su genio indmito y arisco se haba
opuesto a que se encumbrase. Lo cierto es que, siendo persona de valer,
se haba resignado a vivir y ejercer su facultad en Villafra.

Doa Luz tena encantado a D. Anselmo y D. Anselmo a doa Luz. Para esto
haba diversas causas. Ahora que estn en moda los _schemas_, podremos
representar los espritus del mdico y de la seorita, como dos esferas
muy excntricas, pero tocndose y compenetrndose por un lado, donde
formaban sendos casquetes unidos por la base; algo idntico a la
humanidad en el _schema_ del ser, a la _lenteja_ que los krausistas han
hecho tan famosa. D. Anselmo y doa Luz tenan, pues, una lenteja
espiritual mancomunada, donde se entendan a maravilla, quedando el
resto de la esfera de cada uno desconocida e inexplorada por el otro.
As es que jams llegaban a saberse de memoria; escollo en que suelen
dar los entendimientos afines, y que a la larga engendra fastidio y
desvo.

Siempre tenan estos dos amigos campo en que hacer incursiones y
descubrimientos, tratando de penetrar o penetrando el uno en la mente
del otro. Nunca se hartaban de hablar, y su conversacin era una eterna
disputa. Doa Luz era creyente y espiritualista con su poco de
misticismo; D. Anselmo, positivista feroz. D. Anselmo era adems un
parlanchn de siete suelas, y nada le encantaba ms que el que le
oyesen. Slo se reposaban ambos en sus discusiones cuando jugaban al
ajedrez. Solan jugar uno o dos juegos diarios.

Don Anselmo, contara ya sesenta aos de edad. Estaba viudo como D.
Acisclo, y tena una hija de veinte, morenilla muy agraciada, pequea de
cuerpo, soltera an, y llamada doa Manolita, alias _la culebrosa_. La
llamaban as por su extraordinaria viveza y movilidad. Afirmaban en el
pueblo que estaba hecha y como amasada de rabillos de lagartijas. Deca
y haca a cada momento doscientos mil graciosos disparates, aunque todos
inocentes y nada comprometidos, por lo cual la apellidaban tambin _el
trueno_; pero realmente no era trueno, sino tempestad de risas, de
bromas alegres y de regocijados discursos, porque era no menos picotera
que su padre. Por lo dems, el fondo de doa Manolita no poda ser ms
excelente. Era leal, afectuosa sin malicia y sin envidia, de agudo
ingenio, y ms juiciosa y reflexiva en lo importante de lo que prometa
su exterior y superficial aturdimiento.

Como doa Luz era grave y mesurada, doa Manolita le serva como para
completar sus modos de ser. Por esto, sin duda, y por las otras
cualidades de que hemos hablado, doa Luz hizo de ella su compaera.
Doa Manolita era la nica persona a quien doa Luz tuteaba en
Villafra. An no se confiaba en ella con total abandono, porque doa
Luz era muy reservada; pero de da en da iba ganando ms doa Manolita
en su corazn. Juntas salan a pie de paseo, juntas iban a la iglesia, y
juntas tenan costumbre de sentarse en las tertulias. Doa Manolita
remedaba a doa Luz en vestido y peinado, y la segua o acuda adonde la
llamaba. Deca doa Manolita que era ella para doa Luz lo que para los
galanes de las comedias de capa y espada el lacayo gracioso; y
recordando que en varias comedias de las mejores este lacayo se llamaba
Polilla, deca a doa Luz: Hija, yo soy tu Polilla.

Respecto a D. Acisclo, pensaba doa Luz como su padre, y no guardaba al
antiguo administrador la ms ligera inquinia, porque se hubiese alzado
con casi todo el caudal de sus mayores. Si el marqus se haba empeado
en arruinarse, qu pecaba en ello D. Acisclo? Con cierta moral
alambicada, que don Acisclo no poda conocer, acaso hubiera salvado los
intereses del marqus, acaso hubiera hecho durar otros cuantos aos ms
el esplendor de la casa; pero pedir esto por aquellos lugares era pedir
cotufas en el golfo. Bastaba, pues, a doa Luz, para estar profundamente
agradecida a D. Acisclo, la firme persuasin que abrigaba, de que con
otro cualquier administrador de por all, la ruina de su padre hubiera
sido diez aos ms pronto, y ella no se hubiera criado como una dama
elegante, en el seno del bienestar, con aya inglesa, y con todos los
cuidados debidos. Sabe Dios cmo se hubiera criado y lo que hubiera sido
de ella si el marqus se arruina y muere de berrenchn, dejndola
hurfana de edad de cinco aos y no de quince.

Doa Luz gustaba adems de D. Acisclo. Simpatizaba con su actividad, con
su amor al trabajo y con otras virtudes que en l resplandecan.

Por el buen parecer, doa Luz haba vivido, sin el menor conato de irse
a su casa, en la casa de don Acisclo, hasta que cumpli veintids aos.
Desde entonces en adelante, intent varias veces irse a vivir sola a su
casa; pero D. Acisclo la retena suave y cariosamente. Dbale a
entender que sera una tristeza quedar solo, despus de haberse
acostumbrado a su compaa, y apelaba tambin, algo grotescamente, a qu
dirn, sosteniendo que doa Luz era muchacha y que no deba campar por
sus respetos como vieja solterona, que buena y severa que fuese, si
viva sola, haban de decir que era _una vaca sin cencerro_.

Doa Luz, lejos de ofenderse, se rea de esta comparacin poco galante,
y segua viviendo en la casa del antiguo administrador.

Por otra parte, la independencia de doa Luz era perfecta.

Tres o cuatro cuartos le pertenecan exclusivamente en la casa, y
estaban amueblados con el gusto ms primoroso. En ellos no entraban de
diario sino los cuatro amigos ntimos ya referidos: Juana la criada; una
de las de _cuerpo de casa_, que haca la limpieza bajo la inspeccin de
Juana, a fin de que no rompiese algn objeto de arte o mueble delicado;
y, por ltimo, otros tres seres, que eran tambin semi--ntimos de doa
Luz, y que completaban o cerraban su crculo familiar. Eran estos tres
seres Toms el criado antiguo, y ya su escudero y acompaante, cuando
ella sala a caballo; el to Blas, aperador de la seorita, con quien se
entenda para cuidar sus bienes, que ella misma administraba y que iban
mejorando hasta el punto de que le producan cerca de 20.000 rs. en
algunos aos de buena cosecha; y el galgo Palomo, blanco, gigantesco en
su clase, y de terrible genio para quien se le antojaba a l que
molestaba u ofenda a su ama, con la cual era todo blandura, docilidad y
mansedumbre.

A ms de esta sociedad cotidiana, no se negaba doa Luz a asistir a
otras de ms ancha base. Los hijos, hijas, nueras y yernos de D.
Acisclo, con crecida y numerosa prole, sus consuegros y consuegras,
compadres y comadres, formaban una caterva con quien era menester
alternar. Todos ellos eran insignificantes y poco divertidos; no eran ni
malos ni buenos, y doa Luz haca milagros de diplomacia para no
tratarlos mucho y no enojarlos tampoco.

En los das de cumpleaos y del santo de cada individuo de la familia de
D. Acisclo, haba comida patriarcal en la casa, y mucho jaleo de baile.
Doa Luz no se excusaba de asistir a tales funciones, y casi siempre
acertaba a dejar prendados a todos de su amabilidad y alegra.




-V-

La amistad de doa Manolita


La vida de doa Luz era, no obstante, tan regular, tan montona, tan sin
accidentes que diferenciasen unos das de otros das, que haban pasado
los aos, y en la memoria de ella eran como sueo fugaz, donde todo
estaba confundido.

Esto tiene para cualquiera el hechizo de la paz. Para doa Luz an tena
mayor hechizo.

Cuanto agitaba su mente con pensamientos, o su voluntad con deseos o
pasiones, era extrao al mundo que la rodeaba: proceda de un mundo
ideal, donde no hay espacio ni tiempo. As es que, si bien doa Luz, no
distinguindose en esto de los dems mortales, no pensaba ni senta todo
a la vez, como las causas de su pensar y de su sentir ms hondo no
tenan punto sealado en nuestro planeta, ni momento marcado en la
cronologa, los efectos se sustraan tambin a las leyes de la sucesin
y del lugar y pareca que se daban en una eternidad inmvil.

Me pesar de no ser claro y tratar de explicarme con ms llaneza,
aunque peque de difuso. Doa Luz no era una soadora mstica; distaba
infinito de vivir en continuo arrobo; vea, comprenda y apreciaba
cuanto ocurra en torno de ella en el mundo real; pero los lances y
sucesos de Villafra la interesaban menos, aunque los vea de cerca, que
los lances y sucesos que las historias y novelas relataban, que la
poesa acertaba a presentarle o que ella misma fantaseaba en ocasiones.
No tena tampoco doa Luz un corazn de cal y canto, sino un corazn muy
compasivo y afectuoso; se dola de los males y desgracias del prjimo,
procuraba remediarlos, los consolaba a veces, y en esto consuma parte
de su actividad. Pero como su actividad era grande, y se dilataba muy
ms all de los lmites de Villafra y aun se prolongaba de un modo
infinito, vena a resultar que lo ms ntimo y esencial de su vida, lo
que ms la afectaba no estaba en Villafra, y, por consiguiente, no
estaba en ninguna parte. Por esto, sin ser ella soadora, viva como
soando.

Por mucho que anhelemos ponderar la ternura de alguien, no iremos hasta
afirmar que se marcan las ms importantes pocas de su existencia por el
da en que muri de viruelas el hijo del vecino de enfrente, o por la
noche en que se prendi fuego el cortijo del labrador con quien se ha
conversado alguna vez al ir de paseo o al salir de la iglesia. Para
marcar dichas pocas, son necesarios casos que toquen ms ntimamente a
nuestro propio ser. Para doa Luz no haba poca de este orden desde la
muerte de su padre. Verdad es que, muy al contrario de la generalidad de
las mujeres, daba ella poco valer a multitud de cosas con que otras
llenan la memoria, sin descuidar ni borrar los pormenores al parecer ms
insignificantes.

En nada, en mi sentir, se seala ms que en esto el espritu femenino.
Yo confieso que me quedo embobado oyendo referir a las mujeres sucesos,
lances o conversaciones. No hay menudencia que echen en olvido. Y dijo
ste... y relatan todo lo que dijo. Y contest el otro... y no olvidan
palabra de lo que contest. Y luego replic el de ms all... y tampoco
se queda traspapelada una letra sola de la rplica. Imagina el oyente
que levantan acta circunstanciada y fiel de cuanto presencian y oyen. No
as doa Luz. Doa Luz haca caso de muy pocos sucesos.

Lo que ms la entusiasmaba, deleitaba o conmova, lo mismo era de hoy
que de ayer, lo mismo de un ao ms tarde que de un ao ms temprano: la
vuelta de la primavera, un cielo lleno de estrellas, la luz de la luna,
el alba, el olor y la belleza de las flores, la msica, los versos y
cosas as que son de siempre.

Hasta las relaciones amistosas de doa Luz con el mdico, con el cura y
con D. Acisclo, eran invariables: estaban siempre en el mismo ser, sin
crecer ni menguar.

Slo en las relaciones con doa Manolita hubo variacin, aumentando la
intensidad en el afecto.

Partamos, pues, del instante en que crece y llega a su colmo esta
amistad entre doa Luz y doa Manolita.

Era una maana de mayo. Ya hemos dicho que doa Luz madrugaba. Tambin
madrugaba la hija del mdico. A las siete de la maana vino a ver a su
amiga, y penetr en su saloncito, donde tena entrada libre.

Si cualquier hombre del mundo, conocedor de la vida de Madrid o de otra
capital de Europa, y conocedor del modo de vivir de nuestros lugares de
Andaluca, hubiera entrado all, se hubiera sorprendido agradablemente y
hubiera dudado de lo que vean sus ojos.

El saloncito de doa Luz tena todo el _confort_, toda la elegancia de
un saloncito de una dama madrilea de las ms _comm'il faut_, a par de
ciertas singularidades poticas del campo y de la aldea.

Dos ventanas daban al huerto, donde se vean acacias, lamos negros,
flores, rboles frutales, tambin en flor entonces, y brillante verdura.
Dentro del saloncito haba asimismo plantas y flores en vasos de
porcelana. Una jaula grande encerraba multitud de pjaros que alegraban
la estancia con sus trinos y gorjeos. Tena doa Luz dos primorosos
escritorios antiguos, con cajoncitos y columnitas, llenos de
incrustaciones de marfil, bano y ncar; cmodos sillones y sofs; una
chimenea _francesa_ mejor construida que las otras que haba en la casa;
espejos, cuadros bonitos y un armario lleno de libros lujosamente
encuadernados.

Sobre su mesa de escribir se pareca el mejor cuadro, o al menos el que
doa Luz estimaba ms. Figuraba varios atributos y emblemas de la
Pasin; clavos, corona de espinas, escalera, gallo y lanza de Longinos;
en el centro la cruz, y en torno de la cruz muchas flores lindamente
pintadas. No era, con todo, esta pintura lo que daba a los ojos de doa
Luz tanto precio a aquel objeto; era lo que la pintura encubra. Se
tocaba un resorte, se apartaba la pintura que hemos descrito, como si
fuese una puerta, y dejbase ver otro cuadro de muy superior mrito; un
cuadro horrible y bello a la vez. Era la figura de Cristo, de medio
cuerpo, de admirable beldad y de un trabajo delicadsimo y prolijo. Las
barbas y los cabellos se podan contar. La regularidad y noble simetra
de todas las facciones infundan amor y respeto; pero las angustias del
patbulo, los horrores de la agona, los tormentos todos estaban
marcados en aquella cara flaca y macilenta, y en aquel pecho y en aquel
costado herido por la lanza. Era un Cristo muerto: la hendidura lvida
del clavo atravesaba su diestra que reposaba sobre el descarnado pecho;
las llagas enconadas de las espinas, vertiendo sangre an, se vean en
sus sienes; la boca entreabierta; amoratados los labios; los prpados
cados, aunque no cerrados del todo, dejaban ver sus ojos vidriosos y
fijos. El pintor haba acertado a unir, con inspiracin monstruosa, la
imagen de una criatura prxima a disolverse, y la forma sobrehumana que
el mismo Dios haba tomado.

Unos inteligentes atribuan aquel cuadro al divino Morales; otros haban
dicho que era de un discpulo de Morales y no del propio maestro. De
cualquier modo, el cuadro haba estado vinculado en la casa y era una de
las pocas alhajas de algn valer que el marqus no haba vendido.

El cuadro era tal que una mujer ms delicada, menos briosa que doa Luz,
ni le tendra en su cuarto ni le mirara con tanta frecuencia. El amor a
la divina representacin de Cristo se hubiera combinado con el miedo y
con una compasin tremenda que tal vez la hubieran hecho caer en
convulsiones, o producido en ella ataques de nervios y hasta delirio.
Pero doa Luz era muy singular y hallaba extrao deleite en la larga
contemplacin de aquel cuadro, donde se cifraban el ms alto misterio y
los dos ms opuestos extremos de valer de la humana naturaleza: toda la
beatificacin, toda la hermosura, todo el celeste resplandor de que es
capaz nuestra carne, unida a un alma pura, y siendo templo y morada del
Eterno, y los dolores, a la vez, y las miserias, y los padecimientos
lastimosos y la corrupcin nauseabunda de esa carne misma.

Doa Luz hall este espantoso cuadro prudentemente cubierto por el otro,
y as le conserv, trayndole de la casa solariega a su habitacin en
casa de D. Acisclo. A casi nadie se le mostraba; pero ella, que tena
muy rara condicin y muy contrarias propensiones en el espritu activo e
infatigable, tal vez despus de trotar y galopar y dar saltos peligrosos
en su caballo negro, durante dos o tres horas; tal vez despus de haber
limpiado, baado y frotado con complacencia su hermoso cuerpo, que del
valiente ejercicio haba vuelto cubierto de sudor; rebosando ella salud,
en todo el bro de la mocedad y en todo el florecimiento de la belleza
plstica, se senta llena de mpetus ascticos, y abriendo su cuadro, le
contemplaba largo tiempo, y las lgrimas acudan a sus ojos, y acudan a
sus rojos labios plegarias inefables que ella murmuraba y apenas
articulaba.

Aquella maana no haba en doa Luz ascetismo ninguno, o por lo menos,
no haba acudido an el ascetismo. Estaba doa Luz vestida con una linda
bata, y los cabellos rubios, no peinados an, recogidos en red sutil.
Recostada lnguidamente en una butaca, lea, ya en este, ya en otro, de
dos libros que tena al lado. Eran Caldern y Alfredo de Musset. Doa
Luz andaba estudiando y comparando cmo aquellos dos autores haban
puesto en accin dramtica la misma sentencia: _No hay burlas con el
amor_ y _On ne badine pas avec l'amour_.

No la impulsaba a este estudio la mera aficin especulativa a la crtica
literaria, sino un caso prctico, que haca poco ms de dos meses que se
haba presentado y que le interesaba bastante.

Pepe Geto, hijo de un rico labrador de Villafra, de edad de treinta
aos, era el hombre ms grave, mesurado y formal que se conoca en toda
la provincia. Las locuras y regocijos algo descompuestos de doa
Manolita le chocaban de un modo atroz y siempre los estaba censurando.
Haba llegado a decir que si doa Manolita fuese algo de l, mujer, por
ejemplo, le haba de sacar del cuerpo los rabillos de lagartijas, aunque
fuese menester emplear una buena vara de mimbre. Doa Manolita, en
cambio, que lo haba sabido todo, deca que Pepe Geto tena mucho
jarabe de pico; que era hombre culto hasta cierto punto y que jams
empleara la vara con las mujeres; y que, si llegase a ser marido de
ella, en vez de pegarle, se dejara pegar y sera el modelo de los
gurruminos. Aada la hija del mdico que la exagerada gravedad, sobre
todo en los mozos, se confunde con la tontera, y que, o ella haba de
poder poco, o haba de sacarle a Pepe Geto la gravedad, como quien saca
los diablos de un endemoniado, y que, si no era tonto, haba de volverle
loco, obligndole a hacer mil locuras.

Tambin estas amenazas llegaron a noticia de Pepe Geto, de donde
result, que donde quiera que se vean l y ella, se amenazaban de
nuevo, y l la reprenda de desenvuelta y alborotada, y ella se rea de
la seriedad de l y le calificaba de tonto. El furor y el encono de
ambos crecieron de tal suerte, que ya no les bastaban para desahogarse
los encuentros casuales, y solan buscarse para mover disputa y reir y
tratarse muy mal. Estas rias terminaban, por lo comn, con que dijese
Pepe Geto:--Si yo tuviera la desgracia de ser marido de usted, ya la
metera en costura--, y con que doa Manolita respondiese:--Pues si yo
incurriese en el desatino de ser mujer de hombre tan fastidioso, o le
haba de poner ms alegre que unas sonajas, o me haba de borrar el
nombre que tengo.

Tomaron Pepe Geto y doa Manolita tal aficin a los denuestos,
improperios y pendencias, que cada da las armaban tres o cuatro veces.

Esto haba hecho pensar a doa Luz, porque quera bien a doa Manolita,
y con esta ocasin lea las citadas comedias, despus de haber reledo
otra de Shakespeare, donde se trataba el mismo asunto de manera ms
magistral.

Absorta en dicha lectura se hallaba doa Luz, cuando, como ya hemos
dicho, entr a verla doa Manolita.

Se besaron, se abrazaron, se dieron los ms cordiales buenos das, y
luego habl la hija del mdico:

--Hija ma, t eres la primera que ha de saberlo. Lo sabrs antes que mi
padre. Gran novedad! Mis peleas con Pepe Geto han dejado de ser
escaramuzas. La ira de ambos ha llegado a su colmo. Nos hemos
comprometido en un duelo a muerte.

--Qu me quieres significar?--dijo doa Luz.

--Quiero significar--replic su amiga--, que para ver si yo le vuelvo
loco o si l me vuelve juiciosa, hemos resuelto casarnos. Verdad es que
l se da por vencido por el momento, y dice que, pues se casa conmigo,
no debe de estar en su juicio cabal, y que ya, sin casarnos, le he
ganado la partida y la apuesta; pero, por lo mismo, aade que desea
casarse para vengarse y desquitarse. Yo le contesto aquello de _no
siento que mi hijo pierda, sino que se quiera desquitar_, y le aseguro
que saldr con las manos en la cabeza si sigue jugando, y le amenazo con
que su derrota ser mayor cuando est casado; pero el insolente,
atrevido, no me cobra miedo, y cierra los ojos, y arremete, y se casa.
Hoy mismo, con ms denuedo que el Cid Campeador, ir a pedir a mi seor
padre esta blanca mano, que tomar la rienda y le obligar a salir de su
paso de mula de cannigo y a brincar y a estar ms avispado que tu
hermoso caballo negro.

Doa Luz, que no poda disimular sus sentimientos, los cuales se
mostraban en su rostro como las blancas piedrecillas a travs del agua
transparente y mansa de un lago, ms bien dej ver pesar que alegra, al
saber la nueva, ya prevista por ella, del casamiento de su amiga.

--Cmo es eso?--prosigui esta ltima--. Te aflige que yo me case?
Sientes el modo informal? No lo comprendes bien, inocentona? No caes
en que ese brbaro, egoistn, de Pepe Geto, presume, y no sin razn, de
ser un real mozo, y todo el furor que ha tenido y tiene an contra m,
estriba en que anhelaba que yo me hubiese enamorado de l por lo triste
y por lo serio, y me hubiese puesto a suspirar y a llorar, sin pensar
ms que en l y no en divertirme? No ves que l se ha enamorado y que
su rabia es que no me cree tan enamorada ni tan capaz de enamorarme,
porque no hago pucheros y no aburro con lgrimas y sublimidades? Y no
calculas, por ltimo, que yo le quiero tambin? Si no, me casara? Ya
casada, vencido el natural encogimiento que debo guardar, le demostrar
mi ternura, y le har ver que hay un tesoro de ella en mi alma, aunque
escondido entre burlas y alegras; y cuando vea el tesoro, y le goce, y
conozca que es suyo, y mejor que cuanto poda l soar, ha de conocer
que no es mi corazn de corcho sino de almbar y jalea, y se ha de poner
como jalea y como almbar, y ha de bailar y rer de gusto, declarando y
confesando que se compaginan bien los regocijos con el verdadero amor, y
las risas con la ventura ms seria y ms grave en el fondo.

Doa Luz, sonriendo y suspirando a la vez, contest entonces:

--No era la preocupacin por tu suerte la causa de mi tristeza: era mi
egosmo que al cabo lograr vencer. Presiento que vas a ser dichosa y
esto me alegra; pero tengo celos por tu amistad. Por qu no confesarlo?
La nica persona a quien poco a poco he ido confiando mi corazn y dando
todo mi cario, eres t. T, lo reconozco, me pagabas con usura; pero
ahora vas a tener marido; pronto, quiz, tendrs hijos, y toda tu alma
ser para ellos. Esta pobre hurfana, sola en el mundo, quedar
abandonada y sin un alma que la comprenda y que la ame.

Doa Manolita, abrazando tiernamente a doa Luz, contest con estas
palabras:

--Aunque no tuviese yo mil razones para alegrarme de mi boda, me
alegrara, porque te ha excitado a declararme hoy tu amistad del modo
ms explcito y como nunca lo habas hecho. Estoy contenta y llena de
orgullo de que tanto me estimes para amiga. No temas t que ni Pepe
Geto, ni los Getillos que puedan salir a relucir en lo venidero, te
roben aquella gran parte del alma con que te amo. Pues qu, imaginas t
que el compartimiento, rincn o sitio de mi alma donde est el amor de
esposa y madre, se ha llenado o se va llenando ahora y que antes estaba
vaco? Crees t que este amor no exista en m antes de amar a Pepe
Geto? Vaya si exista. Lo que tiene es que entonces el novio o el
marido, a quien yo le consagraba, era soado, hecho a pedir de boca,
relleno de perfecciones. Los chiquillos, que me finga y me finjo an,
son unos querubines. Por mucho que valga Pepe Geto, pierde cuidado que
no valdr, ni con cien leguas de distancia, el marido que yo so. Y en
cuanto a los chiquillos, ser ms notable la diferencia, porque los que
tenga, si los tengo, como espero y deseo, no han de ser impecables y
celestiales como los imaginados, sino llorones, traviesos, sucios y
tercos, y me han de armar al da mil perreras, y han de tener entre
ellos mil cachetinas; todo lo cual me har no quererlos tanto. Infiero
yo de lo dicho que, casada ya y con hijos, te he de querer ms que de
soltera, si sigues querindome t. Aunque t te cases, dejars de
quererme?

--Nunca dejar de quererte--respondi doa Luz--. Yo no me casar nunca.

Esta ltima afirmacin excit mucho la curiosidad y el inters de doa
Manolita, y como la intimidad y la confianza haban llegado a su apogeo,
produjeron varias confidencias y revelaciones por parte de doa Luz, en
un coloquio que por su importancia merece captulo aparte.




-VI-

Confidencias de doa Luz


La hija del mdico provoc las confidencias, diciendo a doa Luz:

--Y por qu no has de casarte nunca? No te lo niego: yo conozco que es
difcil, pero no imposible. Es difcil porque no hay en estos pueblos
novio para ti, y porque t no has de ir en busca de novio a las grandes
ciudades. No est en tu condicin ni en tu carcter ir a buscar
colocacin, bajo el amparo de alguna ta, que ya has desdeado, o sola e
independiente, ahora que eres mayor de edad.

--Intil es que yo te conteste--dijo doa Luz--: t misma contestas a la
pregunta. Nuestra amistad, con todo, debe quedar hoy completa. Deseo
poner en ella el sello de la verdad, no teniendo secretos para ti y
abrindote mi corazn. No he de recelar ni que me tengas por vana, ni
que me rebajes en tu concepto: he de mostrarme a ti tal como soy. Te
confesar lo que a nadie he confesado. Ese rincn, ese pedazo de alma,
donde dices t que tenas amor para marido e hijos, aun antes de
tenerlos, le tengo yo tambin en el alma ma; pero un orgullo que no se
funda en razones, una repugnancia nacida de la manera con que he sido
educada, se opone a que yo me case....

--Con otro Pepe Geto, por ejemplo--interrumpi doa Manolita.

--Pepe Geto es honrado, bueno, inteligente, es ms rico que yo--replic
doa Luz--. Yo sera una necia si le desdease, fundando en algo mi
desdn: pero esto no se razona, se siente, y es lo cierto que nadie, en
las condiciones de Pepe Geto, y estando en su juicio, me querr para
mujer propia, as como yo no le querr a l para marido. Entindase que
hablo dentro de la vida ordinaria, sin nada de novela. Tal podra ser
esta, que, no ya un hombre como Pepe Geto, sino el ltimo gan pusiese
los ojos en m con razonable esperanza de lograrme, y yo cediese y fuese
suya, no ya siendo hija de un marqus arruinado, sino siendo millonaria
y princesa. Por dicha o por desgracia ma, o no hay de esos seres con
prendas y excelencias superiores a su clase, lo cual probara, en suma,
que los hombres, por naturaleza, son ms iguales de lo que se cree, y
que tales prendas y excelencias son creadas por artificio, o, si hay de
esos seres, no estn reservados para m, o yo carezco de imaginacin
para fingir en alguien, aunque no existan, todos aquellos primores que
habran de enamorarme. As, pues, la energa de amor est en m como
dormida; pero no ha muerto. No permita Dios que mate yo en m facultad
alguna de las que el mismo Dios me ha dado. Duerma el amor en mi seno. A
mi razn serena y fra toca velar para que no le despierte sino quien
deba. Pero, hija ma, nadie acude a despertarle, y me temo que sea
eterno su sueo.

--Vamos, yo me arrepiento de una tontera que he dicho--exclam doa
Manolita--. Qu tendra de feo ni de malo que t fueses y te mostrases
donde conviene para que haya quien con ttulos bastantes acuda a
despertar a ese precioso amor dormido? Casi se me antoja que no slo
tienes derecho, sino que ests en la obligacin de hacerlo. No es justo
que tanta hermosura (cuidado si eres bonita!), no es lcito que tanta
distincin y elegancia queden sepultadas en este lugar. Es cruel que tan
lindo amor se consuma durmiendo, envejezca, y acaso, acaso, tenga el
infortunio de que se le apolillen las alas. De seguro que hay mil
galanes por ah, por esos mundos, que caeran rendidos a tus plantas, si
llegasen a verte. De seguro que habr uno entre ellos a quien t debes
amar. Pero cmo han de adivinar que ests aqu? Por qu has de jugar
con ellos al escondite?

--En primer lugar, porque, a fin de buscar poesa, no he de empezar yo
destruyendo la poesa. El amor no ha de buscarse; ha de aparecer, ha de
surgir de un modo providencial. Se busca fortuna, se buscan aventuras,
se buscan negocios, y t lo has dicho, se busca colocacin; pero amor no
se busca. Adems, adnde ir yo que no est ms fuera de mi sitio, ms
aislada que en Villafra? Dnde me presentar que no sea mirada como
una aventurera? Casi estoy fuera de toda clase social. Mis parientes me
humillaran si me fuese con ellos. Si me fuese sola, diran todos como
D. Acisclo, que yo era una _vaca sin cencerro_. Pudiera ser marquesa y
no lo soy ni quiero serlo, porque es ridculo el ttulo sin las rentas
convenientes. Aqu, donde todos me conocen, soy la seorita doa Luz, la
marquesita que conserva an su casa solariega, y que se ha ganado la
estimacin y el respeto, porque nadie ignora su vida desde hace doce
aos. Por esos mundos sera yo una doa Luz algo misteriosa, de quien
cada cual imaginara mil horrores. Empezaran por afirmar una verdad,
para inventar y poner sobre ella milln y medio de embustes. La verdad
sera que soy hija de un marqus calavera y arruinado, y de una tal
Antonia Gutirrez, soltera y costurera, con quien mi padre tuvo amores.
Creme: en parte alguna estoy mejor que aqu, aunque no me enamore ni me
case nunca. Y por qu no enamorarme? Por qu el amor ha de estar
siempre dormido? Yo me inclino a creer que no hay varios amores, cada
cual para su objeto, sino que el amor es uno; y aunque cambie el objeto,
no cambia el amor. Si es as, como yo lo deseo, mi amor despertar y se
emplear todo en la hermosura del cielo, en Dios que le ha criado, en
las flores, en la poesa, y quin sabe si hasta en la ciencia, dado que
en mi estrecho cerebro de mujer quepan sus grandes verdades, sus oscuros
misterios y sus temerosos problemas.

--Nada s contestarte--dijo doa Manolita--. Veo que en mucho de lo que
dices tienes razn; pero ya que te confas en m y me haces ver lo ms
escondido del alma, scame de una curiosidad: explcame, si puedes,
ciertas cosas que me parecen rarsimas en tu existencia. Por imprevisor,
por descuidado que fuese tu padre, por pocos amigos y relaciones que
tuviese en el mundo, no tuvo a nadie a quien dejarte confiada sino a D.
Acisclo? T misma, habiendo vivido en Madrid hasta la edad de catorce
aos, no dejaste all alguna amiga? No dejaste all a nadie que se
interesara por ti?

--El descuido y la imprevisin de mi padre no podan ser mayores. Harto
lo ha probado su ruina; pero adems, bastar con que yo, enlazando los
rotos recuerdos de mi niez, te cuente mi modo de vivir en Madrid, para
que entiendas que lo mejor, quiz lo nico que pudo hacer mi padre, fue
dejarme confiada a D. Acisclo. Hasta que cumpl cinco aos, viv en casa
de una seora, que pareca medianamente acomodada, y que se llamaba doa
Francisca. He cavilado despus si aquella seora sera mi verdadera
madre; pero, s me trataba bien y hasta con mimo y regalo, se conoca o
se deba conocer, juzgando yo por el confuso recuerdo, que yo le era
extraa. Me tena en su casa por favor. No era casada. Iba a visitarla
con frecuencia un caballero guapo, amigo de mi padre. Mi padre iba a
verme; a veces solo, a veces con el caballero. La seora muri, y mi
padre entonces me llev consigo a su casa, y ya no me confi a nadie. A
los pocos meses de estar con mi padre, donde me cuidaba una criada
anciana, vino de Inglaterra el aya que mi padre encarg para m y que ha
estado conmigo hasta pocos das antes de que mi padre y yo vinisemos a
Villafra.

Doa Manolita, que era la mejor muchacha del mundo, y que amaba y
admiraba a doa Luz, muy satisfecha de las confidencias que le haca, y
muy curiosa de saberlo todo, escuchaba sin pestaear, sentada enfrente
de su amiga.

Esta prosigui:

--Mi aya era el deber personificado; pero, como el deber, sin calor, sin
entusiasmo y sin afecto. Casi estoy por afirmar que no me bes nunca,
que nunca me hizo una caricia. En cambio me ense cuanto ella saba, y
mi padre me consideraba como un portento precoz, como una sabia
pequeuela.

La vida de mi padre, aunque yo entonces no lo comprenda, comprendo
ahora que era disipadsima, y todo lo contrario de ejemplar. Jugaba,
cortejaba, estaba fuera de casa hasta las tres o las cuatro de la
maana. Yo era como su refugio, como el medio de su purificacin, como
su consuelo santo en los momentos de abatimiento y de tristeza. Me
llamaba a su cuarto, y ya solo conmigo, me deca ternuras, me besaba y
lloraba a veces. Como yo era tan nia, ni poda averiguar por m, ni
tratar de saber de l la causa de sus pesares.

Varias veces me hizo tambin ir a su cuarto en ocasin en que no estaba
solo, sino con una mujer hermosa y elegante, aunque vestida con
descuido, y esta mujer me celebraba de bonita y graciosa, y me haca mil
carios.

--Esa mujer sera tu madre--interrumpi doa Manolita.

--As lo hubiera pensado yo tambin--prosigui doa Luz--, si esa mujer
hubiera sido siempre la misma; pero fueron varias. Todas se recataban de
la gente; estaban all con cierto misterio, y nunca el aya las vio. A m
misma cuando fui grandecita, cuando cumpl nueve aos, jams volvi mi
padre a ensearme a ninguna de dichas mujeres, que, por la impresin que
me dejaron, se me figuraba que haban de ser seoras y no gente vulgar.
Mi padre era un galn caballero y agradaba mucho a las damas. Entonces
nada infera yo de esto; pero ms tarde he inferido la inverosimilitud
de que fuese yo en realidad hija de una Antonia Gutirrez, costurera.
No podra mi padre haber procurado esta madre postiza para legitimarme,
sin comprometer a alguna dama? Aun en vida de mi padre, a pesar de mi
corta edad, pens alguna vez en esto; pero jams me atrev, ni
indirectamente, a preguntar nada a mi padre sobre el particular. l
esquivaba la conversacin, si por acaso recaa sobre mi supuesta o
verdadera madre Antonia Gutirrez. Despus de muerto, y despus de haber
cumplido yo veinte aos, he buscado con empeo algo que me d luz entre
sus papeles. l rasgaba todas las cartas de cierto inters, porque era
descuidado y tema dejarlas en cualquier parte y que las leyesen. Lo que
he encontrado, pues, era insignificante: ni un retrato ni una palabra
escrita. Slo, sobre su mismo cuerpo, se hall este medalln de oro, sin
cifra ni signo alguno.

Doa Luz sac de su propio seno el medalln de que hablaba.

--Desde entonces llevo el medalln en mi seno, como memoria de mi padre.
Dentro, mira (y abrindole, ense el contenido a doa Manolita), mira a
travs de este cristal; hay un rizo de pelo ms rubio an que el mo.
Ser de Antonia Gutirrez, ser de cualquiera otra mujer que fuese mi
madre, o ser de alguna enamorada de mi padre, que nada tiene que ver
conmigo? Quin ha de saberlo? Los dos criados antiguos que conservo son
listos ambos; pero ambos entraron en casa con mucha posterioridad a mi
nacimiento, y de fijo no saben nada. Juana vino a servirme cuando tena
yo diez aos. Tres aos despus entr Toms de ayuda de cmara de mi
padre.

--Y no sabes de ningn lance singular de la vida del marqus--pregunt
doa Manolita--, por donde se aclare algo el misterio de tu nacimiento?

--Hay, en efecto, en la vida de mi padre un lance singular; lance
ocurrido a los dos aos de haber nacido yo: pero lance tan misterioso
que por l nada se aclara. Podra o no podra tener dicho lance alguna
relacin con la culpa a que debo el ser.

--Y qu fue ese lance, si puedo saberlo?

--Mi padre recibi una maana una visita, a quien nadie vio, porque mi
padre mismo abri la puerta. Los criados no podan extraar esto. l
sola recibir visitas as, abriendo l mismo, y encerrndose con ellas.
Aquella maana, a la media hora de haber recibido la visita, llamaron
desde el cuarto de mi padre con fuertes campanillazos. La puerta del
cuarto estaba abierta. La visita haba desaparecido. Y los criados
hallaron sobre la alfombra una espada sangrienta, y a mi padre tendido
tambin, con otra espada empuada, y el pecho atravesado por una herida
mortal. Dicen que fue milagro de la ciencia el que se librase de la
muerte. Jams se pudo averiguar quin, ni por qu le haba herido. Mi
padre se limit siempre a decir que no buscasen al culpado, que la
herida haba sido en buena lid. Raro duelo, en verdad, sin padrinos, sin
testigos, sin nadie que haya sabido jams de l sino aquel doloroso
resultado.

--Todo esto me hace presumir--dijo doa Manolita--que eres hija de una
gran seora.

--No s--contest doa Luz--. Legalmente soy hija de Antonia Gutirrez,
libre cuando se uni con mi padre. Ms vale esto que deber la vida a un
adulterio. Ah! mejor es que mi padre no me haya revelado nada. Cmo
haba de haber manchado mi mente limpia, a los quince aos, con
impurezas y delitos? Harto perturbada estaba ya mi mente con la
vergonzosa catstrofe de Madrid antes de refugiarnos en este lugar. Hubo
que vender los muebles que all tenamos para acabar de pagar a los
usureros y acreedores. Mi padre se vino aqu humillado y melanclico, y
a poco muri. Con quin queras que hubiese vuelto yo a Madrid? Qu
papel iba a hacer en Madrid la marquesita arruinada y bastarda? Lo mejor
que pude hacer es lo que he hecho, quedarme aqu para siempre.

De este modo confi doa Luz todos sus secretos a la hija del mdico.

La amistad de ambas jvenes se estrech desde entonces, y en adelante
todo se lo confiaron.

El casamiento de doa Manolita se hizo por la posta. Un mes despus de
haber dado parte a su amiga estaba ya casada.

Su pronstico de que su casamiento no enfriara la amistad con doa Luz
se cumpli a la letra. Doa Manolita era gran profetisa.

Tambin se cumpli cuanto con relacin a Pepe Geto haba ella
pronosticado. Ni hubo vara de mimbre, ni ella entr ms en costura que
cuando estaba soltera; pero en cambio, Pepe Geto se rea como un loco,
sobre todo con los chistes de su mujer, que le hacan mucha gracia, y
con sus risas que tenan para l mucho de agradablemente contagioso.

Para doa Luz pasaron entre tanto los meses, sin otra novedad que el
cambio alternado y regular de las estaciones. Pas la primavera, pas el
verano, y lleg el mes de Octubre, estacin de la vendimia.

Algo muy importante tendra que decir D. Acisclo a doa Luz, cuando una
maana, estando ya vendimiando, entr a verla y a hablarla no menos
matinalmente que doa Manolita haba entrado meses antes.

El correo llegaba a Villafra a altas horas de la noche y se reparta al
amanecer.

Don Acisclo traa una carta ya abierta en la mano, y la agitaba con
vivas muestras de satisfaccin y de jbilo.




-VII-

El Padre Enrique


--Qu hay? Qu dice esa carta? Qu grata novedad contiene? D.
Acisclo, le ha cado a V. la lotera?--pregunt doa Luz.

--Mejor que eso, hija, mejor que eso--contest el interrogado--. Lee t
misma y entrate--y entreg la carta a doa Luz.

Esta, antes de leer, conoci la letra y vio la firma que deca:
Enrique. Era de un sobrino, hijo de una hermana que D. Acisclo haba
tenido, el cual sobrino era fraile dominico, residente en Filipinas.

Casi todos los que se hacen ricos niegan el acaso, la fortuna, el hado o
la suerte: stos les parecen vanos nombres, detrs de los cuales
procuran ocultarse la pereza, el despilfarro, el desorden y la tontera.
De aqu que se tengan por las personas ms prudentes, ms razonables,
ms ingeniosas y ms sabias de la tierra. Y puede que les sobre razn.
Yo no lo niego ni lo afirmo. Digo slo que D. Acisclo era as. Estaba
muy contento de s propio e imaginaba que no haba merecimiento mayor
que el suyo. Toda otra gloria se le antojaba inferior y de menos
quilates. Sin embargo, una gloria con algo de sobrenatural y de
ultramundano, si no en los medios en el fin, y adquirida por individuo
de su familia, no pareca a D. Acisclo de corto valer tampoco; y tal era
la gloria de su sobrino el P. Enrique; gloria que en cierto modo se
reflejaba en l y en toda la parentela. Era, casi a par de los dineros
adquiridos, timbre de nobleza para su casa.

Don Acisclo idolatraba, pues, al P. Enrique, y hablaba de l con
complaciente jactancia, diciendo:

--Aqu servimos para todo; lo mismo para un fregado que para un barrido;
yo quise ser millonario y lo soy; a Enrique le dio por la santidad y an
le hemos de ver en los altares--. Para demostrarlo y hacer probable el
cumplimiento de su vaticinio, D. Acisclo refera a menudo las andanzas
del P. Enrique: de modo que doa Luz le tena por conocido y amigo,
aunque haca cerca de veinte aos que l faltaba del lugar y de Europa.

Todo este tiempo no le haba vivido slo en Manila. Haba estado en
diversas tierras de gentiles, difundiendo la luz del Evangelio; haba
pasado apenas crebles trabajos; haba arrostrado graves peligros, y aun
haba estado dos veces a punto de alcanzar una muerte tan cruel como
gloriosa, no salvando la vida sino despus de sufrir prolongado
martirio.

Referidas estas historias por D. Acisclo, fuerza es confesarlo,
aparecan grotescas en los pormenores. Por dicha, el P. Enrique escriba
a su to tres o cuatro veces al ao, y el to se deleitaba en que doa
Luz le leyese las cartas en alta voz. As conoci doa Luz que el P.
Enrique, a ms de ser valiente hasta el herosmo, y entusiasta y
fervoroso en todos sus actos y misiones apostlicas, era sujeto de claro
ingenio y de singular discrecin y prudencia.

Su constitucin fsica distaba mucho de corresponder a sus bros
espirituales, y, aunque no tena an cuarenta aos, ya en sus ltimas
cartas se quejaba dulcemente de lo quebrantado de su salud, que le
impeda trabajar en empresas activas, y le estorbaba algo en sus
estudios.

La carta recin llegada era muy corta y traa fecha de Cdiz. Doa Luz
ley, y deca as:

Mi querido to: Mis males se agravaron hasta tal extremo en Manila, que
los mdicos decidieron que yo deba venir a Europa a pasar una larga
temporada. Con los aires del pas natal aseguraban que me repondra. Mis
compaeros me echaron de all: hasta el mismo Sr. Arzobispo me mand que
me viniese. No hubo, pues, ms remedio. Sal de Manila y, a Dios
gracias, hice una dichosa navegacin. Tres das ha que estoy en Cdiz,
bastante ms fuerte ya. Pasado maana salgo de aqu en el ferro-carril
para esa villa. Expresiones cariosas a los primos, primas, amigos y
dems parientes, y a su huspeda de V. la seorita doa Luz. Le quiere a
V. mucho y desea abrazarle, su afectsimo sobrino.

Tal era la causa del jbilo de D. Acisclo; iba a abrazar al sobrino
santo, iba a vivir con l, iba a tener el gusto de lucirle en el lugar.

Doa Luz quiso en seguida mudarse a su casa y dejar su habitacin en
casa de D. Acisclo, para que el padre habitase en ella.

Don Acisclo dijo:

--Nada de eso, hija ma. T por nada del mundo te vas de mi casa a vivir
sola en aquel casern. Adems, una mudanza tan precipitada sera un
trastorno. Yo tengo mi plan, y, con tu permiso, le hemos de llevar a
cabo. Enrique s yo que gusta de la soledad para sus estudios y
meditaciones. Permite que vaya a vivir en tu casa. En un momento le
arreglaremos all habitacin conveniente. Tu casa est cerca. Iremos a
cuidarle si cae enfermo en cama, y cuando no, vendr l a almorzar, a
comer y a charlar con nosotros todos los das.

Doa Luz insisti en irse a su casa; pero D. Acisclo sigui oponindose,
y fue menester que doa Luz cediera, ofreciendo gustossima su casa para
que en ella viviese el Padre.

La estacin del ferro-carril est a dos leguas muy largas de Villafra,
y D. Acisclo dispuso que saliesen todos los parientes y amigos a recibir
al Padre con mucha pompa. En efecto, no qued vehculo de que no se
dispusiese. Se emplearon tres calesas, una tartana, propiedad de D.
Acisclo, y dos carros. Fueron de la expedicin los hijos, yernos, hijas,
nueras y nietos de D. Acisclo, el cura, el mdico, doa Luz, doa
Manolita y Pepe Geto, y otras varias personas. Los que no cupieron en
los vehculos de ruedas, fueron a caballo o en burro.

El P. Enrique lleg bien y fue recibido con vivas por aquella turba, en
el andn de la estacin.

En el lugar fue un triunfo su entrada.

Para todos los primos y primas trajo regalos: para ellos puros filipinos
en abundancia; para ellas, o paolones bordados, que llaman en mi tierra
de _espumilla_ y de Manila en Madrid, o abanicos chinescos de los ms
primorosos. Para D. Acisclo trajo armas japonesas, y para doa Luz un
juego de ajedrez de marfil, prolijamente labrado.

El P. Enrique se instal muy cmoda y holgadamente en casa de los
Marqueses de Villafra, donde Toms se ofreci para cuidarle; pero el P.
Enrique traa consigo un criado chino, llamado Ramn, que le cuidaba con
el mayor esmero.




-VIII-

Vida del Padre en el lugar


Pasado el gran acontecimiento de la venida del P. Enrique; luego que no
qued en el pueblo nadie que no le viese, satisfaciendo as la
curiosidad; luego que le oyeron predicar en la parroquia y no hallaron
que sus sermones fuesen ms bonitos que los de otro Padre, sino ms
fciles, ms pedestres, ms sencillos y con menos latines; y luego que
vieron que el P. Enrique ni contaba chascarrillos ni jugaba al billar ni
a la malilla, ni era ms entretenido que otro cualquiera, todo Villafra
entr de nuevo en su estado normal.

Como piedra que cae en estanque profundo, la cual hace muchos crculos y
turba el haz del agua, y luego se desvanecen los crculos y vuelve todo
a su primer reposo sin que nadie se acuerde de la piedra, as sucedi
con el P. Enrique a los tres meses de estar en Villafra.

Verdad es que l procuraba eclipsarse. Si haca obras de caridad hasta
donde sus cortos medios lo consentan, era tan sin estruendo, que nadie
se enteraba; si, movido a ello por compasin o porque lo juzgaba
absolutamente necesario, daba algn consejo, le daba con tal llaneza y
con tan pocos textos y autoridades, que nadie haca caso, y aun haba
quien supusiese que no saba aconsejar por lo fino, acostumbrado a vivir
entre los salvajes all en las Indias.

En suma, el P. Enrique, o no supo o no quiso hacerse popular. Tambin en
l se cumpli la sentencia evanglica: _Nadie es profeta en su patria_;
tambin por l, si es lcito comparar lo pequeo con lo grande, pudo
decirse que _estuvo entre los suyos y los suyos no le conocieron_.

No iba al casino, no frecuentaba la tertulia del boticario, no saba
palabra de poltica, no visitaba a las seoras devotas del lugar, en
fin, se aseguraba ya que no serva para nada.

Deca su misa diaria, y casi siempre estaba encerrado en el casern del
marqus, que as le llamaban, donde andaba de continuo papeleando; esto
es, bregando con libros y papeles, ora escribiendo, ora leyendo cosas
que a nadie le importaban por all.

Como Villafra era pueblo muy liberal y avanzado en ideas, acusaban
muchos al P. Enrique de hipcrita, de carlistn y de _neo_, y en cambio,
los verdaderos _neos_ y carlistones, que tampoco all faltaban, miraban
con desdn al Padre, porque de nada les vala ni con ellos se
espontaneaba, o ms bien, no tena de qu ni sobre qu espontanearse.

Por fortuna era tan dulce el Padre que no poda mover a odio, y tan
silencioso y modesto que no excitaba la envidia. Todo se redujo a que le
olvidasen, vindole; gnero de olvido que ocurre con frecuencia.

Slo en la mayor intimidad, en medio de pocas almas escogidas, y de
alguna que si no lo era se dejaba llevar por el entusiasmo de las otras,
se desanudaba suavemente la lengua del P. Enrique; y las narraciones
amenas, los discursos elevados, los bellos pensamientos y nobles
sentimientos brotaban de sus afluentes labios y penetraban en los
corazones y en la mente del poco numeroso auditorio, aunque mejor sera
decir de sus pocos interlocutores, porque el Padre evitaba, cuanto
poda, monopolizar la palabra y prefera el dilogo en que todos
hablasen.

Sus interlocutores eran doa Luz, doa Manolita, el mdico, Pepe Geto,
el cura alguna vez y don Acisclo siempre.

Cuando vena ms gente en casa de D. Acisclo, aquella franqueza
desapareca, y la conversacin, como por ensalmo y sin poder evitarlo,
bajaba al nivel villafriesco.

Las condiciones de entendimiento y de carcter movan a esto al P.
Enrique, no por altivez, sino por timidez. Con el humilde vulgo, all en
los pueblos ms cercanos a la naturaleza, en donde haba vivido, haba
acertado a explicarse por tan llano y persuasivo estilo que sus palabras
sin arte, santas y sinceras, haban quedado grabadas en los corazones,
llevando el convencimiento a las almas. Con sujetos de letras y
doctrina, o que por gracia, por entusiasmo, por hondo sentir potico y
por elevacin de miras y de ideas, le infundan confianza y le
inspiraban simpatas, su discurso le arrebataba fcil e insensiblemente
a las ms altas regiones; pero con ciertas gentes medianas, que presumen
de cultas, el Padre Enrique se recoga por instinto, senta su carencia
de poder y de influjo, y ni era sencillo, ni era elevado, ni conmova
por la candorosa expresin de los afectos, ni alzaba en pos de s las
inteligencias, tendiendo el vuelo de guila la suya.

Villafra, poblacin muy adelantada, produca este efecto en el P.
Enrique. Nada amilanaba su corazn, ni all tena que temer nada; pero
su entendimiento estaba amilanado y reconoca su carencia de influjo.

No afirmo yo que se establezcan corrientes magnticas; pero, sin decirlo
como verdad, puedo decirlo como imagen; entre sus paisanos y l no haba
corriente magntica alguna. La corriente magntica slo exista entre el
Padre y las pocas personas que hemos nombrado ya, y que, durante todo el
invierno de 1860 a 1861, se reunan, sin faltar apenas una noche, en
torno del hogar de D. Acisclo, en la _cocina de los seores_, que
dejamos descrita.

En esta reunin se charlaba por los codos, y nadie haca tanto gasto de
palabras como doa Manolita, cuyos graciosos disparates movan a risa
hasta al Padre, a pesar de su gravedad. A veces, no obstante, sin buscar
tema, sin el propsito preconcebido de enredar alguna discusin sobre
las ms arduas materias, la discusin vena a enredarse, y entonces don
Acisclo, el cura, Pepe Geto y hasta doa Manolita, callaban y oan, y
hablaban slo el P. Enrique, doa Luz y el mdico D. Anselmo.

Reinaba all la ms amplia libertad de pensamiento; y el mdico, que era
el constante impugnador del P. Enrique, deca cuanto se le antojaba;
pero como todo corazn generoso lleva ingnitamente en su centro la
buena crianza, aunque no se la hayan dado, D. Anselmo, ni aun en la fuga
del ms ardiente disputar, ni en la mayor violencia de sus ataques, se
olvidaba de velar y de mitigar su rudeza con la dulzura de la forma.

A travs de esta forma dulce se mostraba, no obstante, la negacin
radical de toda verdad que no venga a nosotros por la experiencia
sensible. Con fe se puede creer en lo sobrenatural; con imaginacin se
puede crear un mundo trascendente de ideas metafsicas y religiosas. La
razn, en tanto, slo puede saber lo que ella, en virtud de sus propias
leyes, induce del estudio y observacin de los fenmenos que llegan a su
conocimiento por los sentidos. Esto slo es la ciencia: lo dems ser
poesa, o como quiera llamarse. Y el principio de la ciencia para D.
Anselmo era que hay una sustancia infinita, la cual, en virtud de la
inexplicable agitacin y del prurito, que constituye su esencia, produce
variedad de seres, cuya perfeccin relativa, dentro del perodo en que
vivimos, y hasta donde la memoria puede penetrar en lo pasado, y la
prudente previsin en lo porvenir, va siendo cada vez mayor, merced a
cierto proceso ascendente y a cierto desarrollo que nos parece que no
termina. Cmo ello empez y cmo habr de acabar, sostena D. Anselmo
que se ignora y que se ignorar siempre. Era vano, en su sentir,
obstinarse en ver ms all: si antes del principio de esta evolucin
hubo otra; si despus volvern las cosas al reposo y a la muerte, y si
luego se despertarn nuevo prurito y voluntad de los tomos, que los
lleven a agruparse y a crear otro universo, y vidas nuevas, y progreso,
y consciencia, y lo que llaman espritu, y por ltimo, muerte otra vez.
Sobre todo esto, slo podan forjarse teoras y ensueos, lanzndose en
especulaciones aventuradas, ms all de los trminos y linderos hasta
donde la razn nos sigue.

Y lo que D. Anselmo afirmaba de la vida total del mundo, lo afirmaba tan
bien de la vida de cada individuo. Durante dicha vida poda observarse
el desenvolvimiento gradual, hasta que la vida acababa. Pero antes del
nacer y despus del morir, D. Anselmo sostena que no atinaba a ver
nada: eran dos profundidades tenebrosas, dos insondables abismos, en
medio de los cuales se manifestaba la vida. Y las profundidades y los
abismos se hallaban como cubiertos de la sustancia, de la materia, de
esto que afecta nuestros sentidos, que no podemos concebir sin
accidentes y sin formas, que no podemos concebir mudando formas y
accidentes; pero que en lo esencial no puede ser aniquilado por la mente
humana. La nica metafsica ineludible de aquel enemigo de la metafsica
era la eternidad de ese ser indefinido y vago. l era el nico
inmutable. Todo lo dems, esto es, sus apariencias y cambios, pues fuera
de l nada hay, era perpetua mudanza y fluctuacin sin sosiego. Claro
est que de tal ciencia no poda nacer moral alguna, ni deber, ni
responsabilidad, ni libertad de nuestros actos; pero D. Anselmo, que era
excelente sujeto, apenas se atreva a confesar semejante diablura, ni a
s propio, y mucho menos a los dems; y armaba un caramillo de sutilezas
para probar que ramos libres y que debamos ser buenos, y que haba
algo de determinado en que la bondad consista. De aqu que, si sobre
las cuestiones primeras rea con el P. Enrique bravas batallas, en
estos puntos prcticos quedaba siempre derrotado, y se haca un lo, con
aplauso general de todos, y ms an de su hija doa Manolita, quien
termin una vez exclamando:

--Vamos, pap, perdona mi desvergenza filial, pero t no sabes lo que
te pescas.

Verdad es que doa Manolita dio a su padre un par de cariosos besos
para endulzar aquella mortificacin de amor propio.

Hasta hubo ocasin en que D. Anselmo se sinti ms mortificado y vejado.
Entonces el propio P. Enrique tuvo que volver por l, afirmando que el
asunto era difcil y que no merece censura, sino aplauso, el que le
estudia con ahnco y con amor a la verdad, aunque se equivoque: que no
deben rerse los que no saben nadar, ni se echan al agua, de los que por
nadar se aventuran y se ahogan; y que slo yerra el que aspira, y que
slo da cadas mortales el que tiene arranque y valor para encumbrarse y
subir.

De esta suerte, encontr doa Luz un poderoso aliado para sus perpetuas
disputas con el mdico, cuyo inveterado positivismo no ceda jams ni
daba lugar a una conversin, pero cuyo concepto del saber, de la elevada
inteligencia y de la bondad del Padre, era mayor cada da.

Si esto pensaba el adversario y el incrdulo, qu no pensaran los
creyentes, los que profesaban las mismas ideas, aquellos en cuyo favor
el P. Enrique tan hbil y cortsmente peleaba? La veneracin, el
entusiasmo, la admiracin por el P. Enrique, fueron subiendo en todas
aquellas almas, y ms que en ninguna en el alma entusiasta, solitaria y
aislada de doa Luz.

Creale un tesoro de santidad, un dechado de todas las virtudes, y un
pozo inagotable de ciencia. Cuando el Padre hablaba, quedbase ella
suspensa oyndole, y se apartaba de todo y se reconcentraba a fin de no
perder ni un acento y de comprender el ms hondo sentido de su discurso.
Su afn de saber se despert como nunca, comparndose con el Padre y
notando cun ignorante ella era: y, aunque el Padre no haca ostentacin
de su ciencia, ella le excitaba a que hablase, con mil preguntas, a las
que el Padre, por ms que por modestia lo repugnara, tena al fin que
responder.

La vida de las plantas, el movimiento de los astros, el sistema del
mundo, la historia de los pueblos, de sus emigraciones, lenguas,
creencias y leyes, todo era objeto de las preguntas de doa Luz, y a
todo se vea obligado a responder el P. Enrique.

A veces sala doa Luz de paseo con Pepe Geto y doa Manolita, cuya
luna de miel se prolongaba de un modo poco comn, y mientras los esposos
iban de burla o de risa, delante o detrs, y en interminable cuchicheo,
el Padre, que los acompaaba, sostena con doa Luz un coloquio grave,
que a ella le pareca amensimo, instructivo y sublime.

Los mdicos haban amenazado al P. Enrique hasta con la muerte si volva
a Filipinas antes de hallarse completamente repuesto. La permanencia,
pues, del P. Enrique en Villafra, haba de ser de dos o tres aos.

l se haba repuesto mucho, pero estaba an delicado. Aunque era hombre
de cuarenta aos, sus facciones finas y algo aniadas le hacan parecer
ms mozo. Era blanco, si bien tostado el cutis por el sol; los ojos y el
pelo negro; delgado, de mediana estatura, y de hermosa y despejada
frente. Su vida de peregrino y de misionero, hacindole vencer la
debilidad de su constitucin con la energa del alma, haba prestado a
su cuerpo extraordinaria agilidad y soltura.

Las mujeres son curiossimas, y doa Luz lo era ms que las otras
mujeres. Nada excita tanto la curiosidad como cualquier merecimiento o
habilidad que se oculta. Y como el Padre, sin afectacin, por no ser
propio de su estado, porque no gustaba de hacer alarde de cosa alguna,
no se haba mostrado nunca a sus ojos como jinete, doa Luz, sin
malicia, empez primero por cerciorarse de que lo era, de que haba
viajado mucho a caballo en Cochinchina y en la India, y no par luego
hasta que logr salir con l de paseo a caballo en compaa de D.
Acisclo. Doa Luz se compuso de suerte que hizo galopar al Padre y hasta
correr a todo escape, y el Padre galop y corri sin vanagloria de
hacerlo bien, hacindolo perfectamente, y sin dar el menor indicio de
que lo haca por complacencia galante, ni por lucirse, sino cumpliendo
con un deber. Doa Luz se aventur demasiado y estuvo a punto de dar una
peligrosa cada al saltar una zanja. Su caballo no llevaba mpetu
bastante y hubiera cado en ella, si el Padre, conocindolo, no hubiera
llegado en sazn, excitando el caballo con el ltigo, y con el ejemplo,
porque salt primero.

El Padre, despus del salto, con tanta dulzura y cortesa como firmeza,
reprendi por sus locuras a doa Luz; dijo que podra ser motivo de
escndalo el verle correr y saltar de aquel modo; prometi no volver a
salir nunca ms a caballo, y cumpli la promesa.

Esta misma firmeza de voluntad encant a doa Luz, aunque iba contra sus
gustos y caprichos. La paz y serenidad de espritu del Padre la tena
maravillada, y ms an su perspicacia. Juzgbale zahor de corazones.
Todos los defectillos de ella, todas las faltas, conoca doa Luz que el
Padre las notaba, y que se las censuraba con rodeos delicadsimos; sin
dejar por eso de advertir tambin cuanto en el alma de ella haba de
noble y de bueno, elogindolo sin el menor empeo de serle grato por
medio de la lisonja.

Ella, entretanto, miraba en el alma del P. Enrique, y quera verla toda,
como l vea la suya. Y notaba que era clara y transparente, como la mar
que circunda a Andaluca, pero con un fondo de tal hondura, que a pesar
de lo difano del agua y de la mucha luz del cielo que en ella penetra,
iluminndola toda, la vista se desvaneca y se cegaba, y quedaba a
inmensa distancia de los ltimos senos y capas de ondas, hasta donde se
fatigaba por sumergirse y calar.




-IX-

Homila


En vida tan apacible lleg, para doa Luz y para sus compaeros de
tertulia, la primavera de 1861.

Durante la Cuaresma, el P. Enrique predic varias veces, con mediano
xito, no sobrepujando la fama de los otros predicadores con quienes
alternaba. El nmero de los fervientes admiradores del padre apenas se
aumentaba con alguien que no fuese de la intimidad de D. Acisclo.

Aquel ao, por lo mismo que su sobrino estaba en el lugar, D. Acisclo
quiso echar el resto, en el Jueves Santo, y la cena algo profana, a que
dio ocasin la salida en procesin de la Santa Cena, fue oppara y
estruendosa.

Doa Luz estuvo amabilsima con todos, y doa Manolita muy alegre y
chistosa.

No eran stas, sin embargo, las reuniones que agradaban a doa Luz y a
su amiga, sino las poco numerosas, familiares y frecuentes, donde ellas
mismas incitaban a D. Anselmo para que provocase y contradijese al
Padre, obligndole as a hablar sobre puntos de religin o de filosofa.

En no pocas ocasiones, el P. Enrique haba lucido, en sentir de sus
oyentes, una elocuencia conmovedora; pero jams produjo tan honda
impresin en los nimos como la noche del Domingo de Resurreccin.

Incitado D. Anselmo, despus de otros menos importantes ataques, lleg a
decir lo que sigue:

--Todo es hablar de caridad y devocin, pero, bien mirado, no se ve en
vosotros sino egosmo. No es la piedad, no es el amor a vuestros
semejantes quien os mueve, sino el anhelo de la salvacin propia y el
miedo del infierno.

--Alambicando de esa suerte--contest el padre Enrique--, no hay amor,
por desinteresado que sea, cuya raz no est en el amor propio. Las
palabras mismas lo declaran. Qu es la compasin? No es ms que cierta
cualidad, en cuya virtud padece el alma cuando ve padecer a otra como si
ella misma padeciera. Todo sacrificio, por consiguiente, que haga el
alma compasiva, ya del reposo, ya de la vida corporal, ya de la
hacienda, ser considerado como egosmo. El alma compasiva le hace para
librarse de un padecimiento; para que el ajeno dolor no le duela como
propio; para hallar para s la paz y el bien que apetece. Todo acto de
filantropa proviene de compasin: luego proviene del amor propio; luego
nace del egosmo. Lo ms que los filntropos podris decir en vuestro
abono es que vuestro egosmo es un egosmo bien entendido, un egosmo
provechoso para todos.

--Ya lo ven ustedes, seores--replic D. Anselmo--, el Padre, como no
puede ni sabe defenderse, ataca; pero sus razones no tienen fuerza
contra m. Yo no vacilo en concederle que la virtud humana de la
filantropa proviene de la compasin y es por lo tanto egosmo; pero la
virtud divina de la caridad es menos egosmo en su raz y fundamento? A
fin de no padecer viendo padecer a otro, hago yo, por ejemplo, un acto
de filantropa: le hago para ponerme bien conmigo: soy, pues, egosta;
pero el que hace una obra de caridad, por amor de Dios, para ponerse
bien con Dios, de quien toda su dicha depende se muestra acaso menos
interesado? Todava se me antoja que vale ms el filntropo que el
caritativo, porque al cabo es ms noble y ms bella la condicin natural
del alma descreda que siente como propias las penas extraas, y con el
propsito de libertarse de estas penas obra el bien, que la condicin
algo sobrenatural del alma creyente que obra el bien por temor de
castigo o con esperanza de galardn y de premio; y no ya por amor del
ser miserable a quien socorre y ampara, sino por amor del ser poderoso
de quien todo lo espera.

--Censurar que el alma busque siempre su bien, dijo entonces el Padre,
sera tan absurdo como censurar que busquen los graves su centro. Ley es
sta indefectible, donde no hay libertad, donde no cabe ni mrito ni
demrito. La voluntad va derecha a la beatitud, donde slo puede
aquietarse, como la piedra, desprendida de lo alto de la torre, cae sin
detenerse hasta dar en el suelo; como la bala, disparada por certero
tirador, vuela a clavarse en el blanco. Lo importante, lo libre, lo
meritorio est en poner bien la mira, en buscar el supremo bien donde en
realidad reside. Una vez sealado el bien, verdadero o engaoso, quin
no va a l por acto tan voluntario como necesario, ya que amar y
apetecer el bien es la esencia misma de toda voluntad? El amor de s
propio es de necesidad; necesidad de quien ni el mismo Dios se sustrae.

--No niego yo que sea as. Convengo en todo, Padre. Pero dnde est
entonces la libertad, la responsabilidad de nuestros actos? No habr
pecados ni crmenes, sino errores. La inteligencia se engaar y
presentar a la voluntad lo que es malo como bueno.

--As sera, dijo el Padre, si fuese necesario todo error; pero el error
no es necesario siempre. En el error puede haber libertad, y por
consiguiente pecado. A veces las pasiones, que no queremos dominar,
ofuscan el entendimiento y le llevan a que yerre; a veces el don
sobrenatural de la gracia no acude a nosotros porque nos hacemos
indignos de l, y entonces tambin se turba y se engaa el
entendimiento. Pero no creo que disputamos hoy sobre el libre albedro y
la fatalidad, sino sobre si el alma al amar es desinteresada, porque
busca su propio bien, aunque este propio bien estribe en el amor mismo.

--As es--dijo doa Luz.

--Esa es la cuestin de hoy--aadi doa Manolita.

--Figurmonos--prosigui el padre Enrique--, a un enamorado, a un
caballero a la antigua, que por complacer a su dama, y para darle gloria
y contento, padece insufribles trabajos, se expone a los mayores
peligros y lleva a feliz trmino las ms dificultosas aventuras.
Figurmonos que todo esto lo hace por una dama de quien recela con razn
que jams ser amado. Y figurmonos, por ltimo, que todo lo hace por
servirla y sin esperanza de recompensa. Todava segn el modo de
discurrir de D. Anselmo, podremos tildar este amor de interesado, ya que
el alma de aquel caballero halla deleite grandsimo en hacer cuanto hace
por la dama, aunque la dama sea ingrata; o ya que, si no halla deleite,
halla consolacin, considerndose mil veces ms infeliz si nada hiciese
de lo que hace y si no diese de su amor tan valientes y generosas
pruebas. Pero qu mucho si el mismo amor mal pagado suele ser causa de
ventura y de gozo ntimo para el amante que prefiere amar, aun sin
correspondencia, a que se desprenda y aparte el amor de su alma,
dejndola solitaria, seca y vaca? Queda, pues, demostrado as que todo
es egosmo, si bien es fuerza convenir en que hay egosmos sublimes y
merecedores de perpetua alabanza.

--Acepto--replic don Anselmo--, el ejemplo de esa dama y de ese
caballero andante de los buenos tiempos antiguos que el P. Enrique nos
presenta; pero dudo mucho de que el caballero haga sus proezas con la
esperanza de galardn ya perdida. La misma alta opinin en que tiene a
la seora de sus pensamientos le persuade de que no ha de ser ingrata.
El caballero se aventura, pues, y se afana interesadamente, esperando
galardn; pero, supuesto el caso extrao de que no le esperase, ya no
podra equipararse con el cristiano caritativo, en quien jams ha de
suponerse que la esperanza fallezca. En el concepto que tiene de su Dios
va implcita la idea de su bondad, de su omnipotencia y de su justicia,
y en ellas libra la seguridad de la paga. Vuelvo, pues, a mi tema. Toda
virtud mundana ser egosmo; pero lo es ms la caridad, ya que se funda
en firme creencia y en esperanza clara y evidente de que ser
recompensada. A pesar de todo, no desdeara yo esta virtud, y juzgara
soberanamente benficas la esperanza y la fe de que procede, si no
dejara nunca de ser, aunque por fines interesados y egostas, causa de
buenas obras; pero la caridad tiene un camino, cuando se extrema, para
lograr su objeto, no ya sirviendo, sino olvidando, desdeando y
menospreciando al prjimo y a cuantos seres hay en este universo
visible. El alma que se retira dentro de s, que se hunde en el abismo
insondable de su propia esencia, donde se une o cree unirse con su Dios,
qu vale a los hombres? Qu amor les consagra? Qu criatura terrenal
podr existir por cuya suerte se interese? El alma que as se endiosa,
encastillada en su recogimiento soberano, lo desdea todo, menos su
propio centro, donde vive identificada con el eterno amante a quien
adora y de quien recibe bienaventuranza completa.

Con dulzura insinuante y con el reposo debido, a fin de hacerse entender
bien y de poner en sus ideas orden y claridad, contest entonces el P.
Enrique a los argumentos de D. Anselmo; mas, a pesar del dominio que
tena sobre s y sobre su palabra, la emocin que embargaba su nimo
vena a revelarse en su acento, en el brillo de sus ojos y en el
encendido color de sus mejillas, plidas de ordinario. Todo ello
contribua a infundir en el razonamiento que hizo aquella singular
persuasin que cautiva los corazones y somete a blando yugo las ms
soberbias y rebeldes inteligencias.

Cmo reproducir, sin alterarle o sin debilitar su energa y empaar su
esplendor celestial, el sencillo e inspirado discurso que entonces
pronunci el Padre Enrique?

Lo que atine a poner aqu el profano, fro, escptico y pobre narrador
de esta historia, no debe mirarse, cuando ms, sino como informe
bosquejo de lo que dijo aquel hombre entusiasta y creyente. El P.
Enrique dijo as:

--A fin de dar cumplida contestacin a los argumentos de D. Anselmo
sera menester desenvolver ahora las doctrinas todas de una altsima
ciencia. Lo que diga yo, por lo tanto, en breves palabras, no puede
menos de ser desordenado y de pareceros oscuro. Voy a poner en cifra y
resumen lo que requiere, para que se entienda bien, severo mtodo y
reposo. Supongamos, por un instante, que abstrada el alma de todo lo
terreno, en suspensin de potencias y sentidos, en silencio maravilloso
y quietud envidiable, goza del supremo bien, sin salir de esta vida
mortal, y absorta y como hundida en la contemplacin de su Creador, no
cuida ya del prjimo ni de las otras criaturas. Pero antes de alcanzar
tanta dicha, antes de subir a tanta alteza, qu pruebas de bondad no
habr dado el alma? Por qu spera senda no habr tenido que trepar,
activa, atenta y persistente? Para ganarse la voluntad de su Creador
habr hecho obras de misericordia, consolando y amparando a los
infelices y desvalidos, y con sus oraciones y penitencias, humildad y
mansedumbre, habr sido pasmoso ejemplo y provechoso estmulo a todo ser
humano. No se conquista de otra suerte el amor de Dios. No hay otra va
ms cmoda y llana para llegar a l. Claro est, pues, que, aun
suponiendo que el alma es ya intil para las otras almas al llegar a ese
trmino, es utilsima mientras no llega. Y no obstante, cuando el alma
llega, cuando se recoge en su centro, donde Dios mora, y all le conoce
y con l se une, cmo imaginar que por eso se aniquila o se hace
intil? Tal vez, al anegarse en aquel abismo de luz, no ve sino
tinieblas. Tal vez los ojos del alma no pueden resistir tanto
resplandor. Tal vez la inteligencia limitada no comprende aquellas
perfecciones infinitas e inenarrables. Pero si la inteligencia, en el
alma que llega a Dios, no ve ni comprende todo su ser, bstale con
percibir algn atributo para no quedar perdida y aniquilada en su
ventura. Bstele ver a Dios, para ver en Dios el mundo y las criaturas
que le llenan y hermosean, y para verlo todo, por ms cabal y
comprensiva manera que cuando lo vea con slo los sentidos como
apariencias fugitivas que los hieren. El alma ve entonces las cosas
tales como son y no tales como aparecen; las ve, no en su manifestacin
transitoria, sino en su idea pura y eterna; no ya en lucha constante,
desligadas, sin concierto, en guerra de exterminio, sino que las ve
atadas por lazo de amor, subiendo en concorde armona hacia la luz y
hacia el bien, y encaminndose, por atraccin suave y divina, a la
justificacin providencial de todo. Y como el alma ama a Dios y todo
est en Dios, el alma lo ama todo amndole. Y lo ama todo, no ya
interesadamente, como lo amaba antes, sino con desinters, porque quien
tiene a Dios qu ms quiere ni desea? As el alma ama a las criaturas
como Dios las ama, y quiere que todas se vuelvan a Dios y le amen, y que
el tesoro del amor divino sea para todas ellas. Y entonces el amor del
alma, conforme, identificado con la voluntad de Dios, abarca el universo
y cuanta hermosura espiritual y corporal en s contiene. Y lejos de
quedar el alma, al unirse con Dios, inerte y como vaca y sin
conciencia, logra conciencia ms clara y distinta, y arde en amor ms
vivo que todos los amores mundanales. Y no hay excelencia en lo creado,
cuyo valer no estime y pondere en lo justo; ni beldad en quien sin
concupiscencia no se complazca, porque tiene ya hartura y plenitud de
deleites pursimos; ni riquezas que no mire sin codicia, porque est
agraciada y como heredada de los ms preciosos dones; y ama sin celos al
amor que da Dios a las criaturas, por que las comprende en su mente e
imagina que todo el amor que vierte Dios en ellas, le recibe y le guarda
para s propia. De qu sacrificio, de qu obra estupenda de caridad, de
qu proeza de amor, de qu devocin, abnegacin y martirio no ser capaz
el alma unida con Dios, y que se vuelve a las criaturas, y las contempla
en Dios mismo, como si fuesen algo del ser y de la sustancia del objeto
amado? Lejos, pues, de creer que esta unin del alma con Dios la hace
inerte e intil para los dems seres, creo que la habilita y alienta
para tomar en el manantial caudaloso del amor del cielo los torrentes de
caridad que vierte luego en la tierra. Porque, como el Verbo, que es
Dios, dio su vida mortal y humana por la salud de los hombres, el alma,
si se une con Dios, adquiere la virtud divina para arrostrar y sufrir
por los hombres los tormentos y la muerte, imitando a Cristo, que es el
Dios a quien se une.

De esta suerte se expresaba el P. Enrique, hasta donde la torpe pluma y
la lengua pecadora de quien esto escribe consigue remedar su improvisada
homila; ya que, en la sagrada ciencia, que l iba explicando, dijeron
los ms delgados conceptos y aclararon los ms hondos misterios, no los
que en los libros y en el estudio fueron a ilustrarse, sino los que por
experiencia los entendan y por santidad insigne gozaron del favor
divino.

Y mientras que el Padre hablaba, D. Acisclo oa embelesado, aunque no
penetraba el sentido de una sola palabra; y D. Anselmo se deleitaba, sin
creer, como quien saborea la ms bella composicin potica; y doa Luz,
doa Manolita y Pepe Geto, escuchaban con fija atencin y gran fervor
religioso, lisonjendose de que todo lo alcanzaban.

Acaso no lo crey as el Padre, all en lo interior de su pecho, pues
para aclarar y completar lo que haba dicho, aadi de este modo:

--Quiero asimilar vuestra filantropa mundana a un hermoso ro, cuyos
canales y acequias riegan y fertilizan los campos; mientras que el alma,
que se une a Dios por amor, es como el agua que el sol rarifica y
levanta y que sube en vapores al cielo. Ser esta agua menos til que
la del ro? No, porque luego desciende en bienhechora lluvia, ms
fecundante que todo riego artificial, y aun de este mismo riego
artificial es causa mediata, ya que la lluvia, que viene del cielo,
cuaja y forma en la cima de los montes con apretada y cndida nieve las
inexhaustas urnas, de donde brotan y se desatan arroyos y ros en
cristalinos raudales. Presuma, en buena hora, el zafio y rudo
agricultor, cuando riega su campo, que el agua viene de la vecina
montaa, y que se deriva por ocultos caminos del seno de la madre
tierra. Pero habra agua si el cielo no la hubiera depositado all? De
esta suerte, la filantropa, la virtud meramente humana, tiene su
origen, ignorndolo tal vez los mismos que la practican, en la caridad
divina. El amor de Dios sube al cielo; se dira que desprecia este bajo
mundo; pero, al descender de nuevo a la tierra, como el limpio roco de
la aurora, viene transformado en amor acendradsimo del prjimo. En
nuestra verdadera religin no sucede como en algunas falsas, donde el
bien supremo implica el aniquilamiento de la conciencia. Si el discurso
racional no llega al pice de la mente, Dios le adorna y reviste de
prendas sobrenaturales; en vez de destruirle, le da la fe, para que viva
y entienda. Y a veces brota del centro del alma una luz interior que
baa las potencias que hasta el centro no han penetrado, por donde
nuestro ser individual, aun en el xtasis, no se esfuma, ni se
desvanece, ni se desmaya, sino que con ms ser vive, siente, piensa,
conoce y ama. Si para subir al enlace mstico, se desnuda el alma de
todo lo creado, si llega a entender que slo existen Dios y ella, esta
muerte es como la muerte natural, en la cual se desprende el alma de sus
mortales despojos. Y as como el alma ha de revestirse de cuerpo
glorioso, as tambin resucitan todas las potencias que, para llegar al
xtasis divino, tal vez murieron. No, no se pierde el alma de los
msticos cristianos en la esencia suprema, como en el _nirvana_ de los
budistas; no, no cae en sueo eterno, sino que logra la plenitud de la
vida. El ambiente baado y penetrado todo de rayos de sol parece luz de
oro y sol y no aire; y el hierro, que sale candente de la fragua, no es
oscuro y opaco, sino refulgente como el fuego de donde sale; y por igual
manera, en cuanto la comparacin material es posible, el alma que se
uni con Dios parece Dios. Y por ltimo, para el provecho que a los
dems hombres puedan traer estos bienes y regalos de los espritus
contemplativos, quiero aadir una consideracin de gran peso; a saber,
que en ninguna creencia, en ninguna doctrina, se ensalza tanto como en
la nuestra la dignidad humana, el ser del hombre, prescindiendo de su
valer accidental. Los Elseos, los Parasos, los Empreos de otras
religiones slo abren sus puertas a los magnates, a los prncipes, a los
sabios, a los guerreros y a los ilustres; mientras que nuestro cielo es
el cielo de los pobres, de los humildes, de los pacficos y de los
mansos. Y no es esto slo para consolacin, por la esperanza en otra
vida mejor, del desdn de la fortuna y de los trabajos y miserias que en
esta vida tienen que sufrir, sino que ejerce poderoso influjo en lo
presente, y da precio infinito a toda alma humana, como rescatada por
Cristo, e iguala con ms verdad que toda ley democrtica a unos hombres
con otros, y reviste de majestad sagrada, y hace ms que hermanas
nuestras a todas las criaturas, a las ms cuitadas, a las ms viles, a
las ms abyectas y a las ms pecadoras.

Los oyentes del P. Enrique, que aquella noche no eran ms que cuatro,
entendiendo unos ms y otros menos lo que dijo, quedaron todos
encantados de orle. Don Anselmo lleg a confesar que le entraban ganas
de ser cristiano; doa Manolita y su marido se sintieron ms cristianos
que nunca; D. Acisclo hall que su sobrino tena casi tanto
entendimiento como l, si bien aplicado a cosas menos prcticas; y doa
Luz, embelesada, entusiasmada, aadi acaso, con su rica imaginacin
potica, mil quilates de hermosura, de novedad y de profundidad, al
discurso del Padre, del cual no perdi ni una sola clusula,
comprendiendo el ms hondo sentido del conjunto y de cada sentencia.




-X-

Un ilustre candidato


Por tal arte fueron creciendo la aficin de doa Luz al trato del P.
Enrique y la fina amistad que le profesaba.

Como por rpida pendiente, aunque con suave y apenas sentido movimiento,
se inclin su corazn a no desear sino aquellos coloquios con un hombre
en quien hallaba ingenio, discrecin y sublimidad en el pensar y en el
sentir, hasta entonces no descubiertos por ella en ser humano, y de que
slo saba por los libros que haba ledo.

Ningn recelo empaaba la limpieza y seguridad de esta inclinacin, si
tranquila y serena, irresistible y declarada. Doa Luz, en su orgullo,
doa Luz, en el cristal terso e incontaminado de su conciencia, no poda
ver peligro, ya que por leve y remoto que le viese, sera como una
mancha. El ms ligero propsito de precaverse hubiera implicado temor y
sospecha ofensiva. Doa Luz nada sospechaba de s. Nada tampoco
sospechaba del Padre. Le consideraba como a un santo y empez a amarle y
venerarle como aman y veneran a los santos las personas piadosas.

Era tal el candor de doa Luz, que hubiera dicho al Padre los
sentimientos que le inspiraba, si no hubiera temido ofender su modestia
o mostrarse aduladora. Pero aunque nada le deca, harto le daba a
entender su extraordinaria predileccin, atrayndole de continuo, y no
hallndose a placer sino cuando le tena a su lado, le hablaba o le
escuchaba.

El P. Enrique, por su parte, no manifestaba la menor extraeza por los
favores que de doa Luz reciba. Y esto no porque fuese vano y se
figurase que todo le era debido, sino porque no juzgaba nada ms natural
que aquella buena correspondencia.

Era el Padre hombre de muchsimo mundo y de poqusimo mundo, segn esto
se entendiese.

Conoca el corazn en general, y en cuanto est ms cerca de la
naturaleza. Para tratar, dirigir, ganar almas y someter voluntades,
haba sido maravilloso all en los pueblos del extremo Oriente; pero
como haba salido de Espaa muy mozo, y apenas haba vivido en esta
sociedad artificiosa y algo refinada de nuestro siglo, cuya cultura y
usos convencionales se extienden hasta las aldeas, lo vea y estimaba
todo con cierta sencillez selvtica, interpretando las palabras y las
acciones de diverso modo que el vulgo. As es que, si bien notaba, y se
senta lisonjeado al notarlo, que doa Luz haca de l el ms alto
aprecio, ni en ella, ni en l, ni en el pblico, acertaba a descubrir
que pudiese esto ofrecer el menor inconveniente. La aficin de doa Luz
no se diferenciaba a sus ojos de la que le tuvieron estos o aquellos
nefitos indios, chinos o anamitas, salvo en ser la aficin de doa Luz
ms de estimar por la excelencia de la persona que la senta, en quien
el Padre hallaba un sin nmero de brillantes calidades: un espritu
cultivadsimo y capaz de elevarse a las esferas ms encumbradas del
pensamiento y un corazn lleno de afectos tiernos, nobles y puros. De s
propio tampoco recelaba el Padre. Amaba a doa Luz como el maestro ama a
su discpulo; como un alma ama a otra alma, cuando ambas coinciden en
las mismas creencias y opiniones, suben a las mismas alturas, y
especulan y contemplan las mismas ideas.

El P. Enrique se senta atrado por doa Luz con mayor fuerza que por
todas las dems personas que en el lugar conoca, o que antes, fuera del
lugar, haba conocido; pero esto se explicaba de la manera ms razonable
y sin malicia.

Quin penetraba mejor que doa Luz el sentido de todos sus discursos?
Quin le segua mejor, quien se le adelantaba a veces en los vuelos y
raptos de imaginacin, cuando pugnaba por levantarse a aquellas regiones
adonde el prosaico razonamiento no llega? Sin duda que doa Luz. Doa
Luz era, pues, para el Padre un ser muy superior a cuanto la rodeaba, y
digno de predileccin decidida. En el agua turbia de un estanque poco
cuidado, en el agua agitada y cenagosa de un torrente, nada se refleja;
mientras que en el haz limpia, tersa y tranquila de un lago de agua
pura, el cielo, los montes, los astros, la luz, las flores y toda la
gala y la pompa del mundo se retratan con tal primor, que el cielo
parece all ms hondo e infinito, y la luz ms clara, y las flores de
color ms vivo, y los montes ms gallardos, y sus perfiles y contornos
ms graciosos y mejor desvanecidos en el sumo ambiente, y la verdura del
prado ms verde y ms fresca. Por lo cual, aun el que no repara en la
hermosura propia del lago y en el encanto que tiene l de por s, tal
vez se recrea en lo que refleja y duplica en su seno, y gusta ms de
mirar todo aquello en el reflejo del lago que en s y tal como es. Y por
estilo semejante, el P. Enrique, que a penas se fijaba en la belleza y
elegancia del cuerpo y rostro de doa Luz, ni en la distincin de sus
modales, ni en el reposado y majestuoso continente de toda su persona,
hunda la mirada a travs de estas prendas corporales y exteriores, y
llegaba al alma, donde resplandeca un mundo de pensamientos, que eran
los suyos propios, pero mil veces ms bellos, reflejados por doa Luz,
que tales como ellos eran.

Casi siempre las conversaciones de doa Luz y del P. Enrique eran en la
tertulia, en presencia de don Acisclo, de D. Anselmo, de Pepe Geto y su
mujer y del seor cura. En ocasiones, no obstante, se encontraron en la
casa a solas los dos, o bien hablaron sin oyentes y sin otros
interlocutores, cuando salan de paseo con Pepe Geto y su mujer, y
stos se adelantaban o se quedaban atrs, embelesados en la interminable
y risuea luna de miel, de que seguan gozando siempre. Entonces, en
estos dilogos a solas, sin reflexionarlo ni l ni ella, sin que fuese
circunspeccin estudiada, lo cual implicara un temor de que ambos se
vean exentos, sino por instintiva, inocente y santa delicadez, por
pudor inconsciente, por recato santsimo del corazn, jams hablaban de
sus propias personas, ni de lo ntimo de las almas, aunque fuese en
general, sino de la pompa exterior del material universo, y de la
armona, riqueza y orden que le adornan, proclamando la bondad, el poder
y la sabidura de quien le sac de la nada.

Ella, sin embargo, haba sabido inducir al Padre, cuando haba
auditorio, a que hablase de s y a que contase sus peregrinaciones. Y el
Padre, si bien con modestia y sobriedad, no haba podido menos de dejar
entrever y de hacer que se estimasen los peligros que haba corrido y
las penalidades y fatigas que con valor heroico haba sobrellevado.

l, en cambio, haba ledo en la frente y en los ojos de doa Luz hasta
sus ms secretos pensamientos y sentimientos. Para esto le serva su
costumbre de observar y estudiar a los hombres, en tantos aos de
predicador, confesor y catequista. Adems, si algo hubiera quedado para
l en cifra, su to D. Acisclo, aunque con trminos groseros, le hubiera
dado la clave, contndole, como le contaba, la vida de doa Luz en el
lugar, su desdn con los galanes, su orgullo y su firme resolucin de no
casarse nunca.

Los hombres, por mucho que se examinen y estudien, por bien que
escudrien hasta los ms escondidos senos de su conciencia, por
severamente que se juzguen, y por muy alerta que estn, suelen con
frecuencia concebir algn plan o proyecto, el cual les deleita y seduce,
envolvindose en tan mgica niebla, que logra ocultarse o velarse y
disfrazarse al juicio, cuando ste interroga para fallar y condenar
acaso, quedando patente y como desnudo a los vidos ojos de la pasin
que le ha creado.

De este modo confuso y como entre nubes forj sin duda el P. Enrique, a
quien el trato de doa Luz encantaba, si no un plan, una ilusin, una
esperanza, algo de un porvenir meramente amistoso, aunque lleno de
ternura. Apenas se daba razn de lo que forjaba, pero ciertamente lo
forjaba. Lo que forjaba era, por otra parte, tan sin asomo de pecado,
que no suscitaba escrpulos. Lo que forjaba era muy sencillo. Doa Luz
era casi seguro que no se casara ya; lo mejor, pues, de su inteligencia
se empleara en comunicar con la del Padre; su voz en hablarle; su odo
en orle; su ms seria preocupacin sera pensar en las cosas del cielo,
segn el mtodo y forma con que l pensaba; su deleite mayor hablar con
l de Dios y del alma y de toda verdad y de toda bondad y hermosura. En
fin, el P. Enrique, sin confesrselo a s mismo, vino poco a poco a
persuadirse de que con su espritu iba como a llenar y compenetrar el
espritu de doa Luz, y not apenas que ella se enseoreaba ya por
entero del espritu de l, aunque con cierta subordinacin y dependencia
de otros sentimientos e ideas de valer muy superior, los cuales
prevalecan sobre aquella nueva y poderosa influencia.

Provino de todo esto una fervorosa amistad, que se alimentaba en el
comercio y comunicacin constante de aquellas dos personas.

En los lugares, ni ms ni menos que en las grandes poblaciones, abundan
las malas lenguas; pero concurran en esta ocasin mil circunstancias
que evitaron que la maledicencia se cebase en tan inocentes relaciones y
las interpretase en sentido avieso.

Las causas principales de que se hable en seguida, dado el motivo o el
pretexto o la apariencia, de toda intriga amorosa, particularmente si no
tiene por fin el matrimonio, no se presentaban aqu. Por lo comn, una
de las causas de que se hable y se murmure es el propio deseo del galn,
quien suele desear que se diga lo que es y aun lo que no es, y a veces
finge que disimula con tan contraria habilidad, que ms bien descubre o
hace sospechar misterios y aun venturas que quiz no ha logrado. Mujeres
hay asimismo no menos aficionadas a que todo se sepa, particularmente
cuando son pretendidas y desdean y burlan a los pretendientes. Y
muchas, cuando los pretendientes son muy estimados y famosos, aun
echando a rodar todo respeto, con tal de hacer rabiar a las abandonadas
rivales, dan, como suele decirse, un cuarto al pregonero, para que
pregone y divulgue su fragilidad y sus amoros.

Nada de esto tena lugar entre el Padre y doa Luz. Antes bien ocurra
lo contrario.

Los mozos del lugar o forasteros que, por ms guapos e importantes,
haban osado aspirar a doa Luz y haban sido rechazados con suavidad
antes de una declaracin que los comprometiese, tenan tan alta opinin
de doa Luz y de ellos mismos, que cada cual imaginaba que era
inexpugnable la que a sus encantos y buenas prendas no se haba rendido.
Cmo creer que gustase de un fraile enfermizo y casi viejo la que haba
sido fra, insensible y desamorada con un mozo galn, robusto y
gallardo? Esto hubiera sido monstruoso.

Las mujeres son, por lo general, las que descubren o inventan las
aventuras, cadas o deslices de sus enemigas; pero doa Luz estaba tan
por cima y tan apartada de toda rivalidad y se haba ganado de tal
suerte el afecto de todos, que nadie le contaba los pasos ni andaba
acechando para ver si daba alguno en falso y acusarla de ello despus.

Por otra parte, doa Manolita, con su charla, su desenvoltura y sus
chistes, era el rgano ms autorizado y resonante de la opinin pblica
en Villafra, y doa Manolita, no ya no habiendo el menor motivo, pero
aunque le hubiese, no hubiera consentido jams en que se dijese nada
contra doa Luz; hubiera ahogado en sus burlas la voz de la murmuracin
ms descocada.

El concepto que del padre tenan en Villafra no se prestaba tampoco a
que sobre el punto de que hablamos se levantasen caramillos. Los ms,
como no le hallaban divertido y como casi no le entendan, le tenan
poco menos que olvidado, aunque si alguna vez se acordaban de l era
para considerarle como un santo, fastidioso, valetudinario y nada ameno.
Hombre de los que no se usan, pajarraco extico y raro, para los
volterianos del lugar, no hubiera sido difcil que alguien le supusiese
conspirando en favor del restablecimiento de la Inquisicin y hasta
comindose los nios crudos; pero a nadie le caba en la cabeza que
pudiese ser galanteador y tener buenas fortunas un seor tan plido,
enclenque, melanclico y asendereado.

Por todo lo expuesto, nadie pona malicia, nadie comentaba de modo
injurioso la intimidad y convivencia de doa Luz y del Padre, quienes,
por otro lado, donde se trataban, se vean, se hablaban y aun se
admiraban inocentemente, con el mayor abandono, era en el seno de la
pequea tertulia, de la cual, nada trascenda, y en la cual todo se
explicaba santsimamente, o mejor dicho, no se explicaba, pues ni para
D. Anselmo y su hija y yerno, ni para D. Acisclo, ni para el cura D.
Miguel, requera aquello la menor explicacin. El cura D. Miguel, sobre
todo, y el Sr. D. Acisclo, cada cual a su manera, vean en doa Luz y en
el Padre dos seres sobrado singulares, las dos terceras partes de cuyos
pensamientos y palabras oan como quien oye msica celestial sin
penetrar lo que significaban. Nada, por lo tanto, ms justo ni ms
preciso que el que los dos se dijesen lo que ellos solos al cabo saban
entender.

Entre tanto, doa Manolita, que era muy observadora y burlona, haba
notado que en el nimo de D. Acisclo se iba dando una radical
transformacin. Doa Manolita haba comunicado sus impresiones a doa
Luz y a Pepe Geto.

Segn dichas impresiones, D. Acisclo estaba cada da ms ancho y
orgulloso de que su tertulia se hubiese hecho tan sabia y pareciese una
Academia de ciencias; pero al mismo tiempo, andaba imaginativo y
ensimismado, hablaba a solas, y se dira que en su mente se agitaba un
enjambre de ideas, las cuales, como las abejas en la colmena, pugnaban
por fabricar, en vez de panal melifluo, alguna resolucin estupenda.

--Qu resolucin querr tomar?--se preguntaba doa Manolita--. Si
habr tocado su corazn el dedo del Altsimo? Si el buen seor,
edificado con las homilas del sobrino, tratar de abrazar la vida
contemplativa y de ser santo tambin?

Pepe Geto y doa Luz se rean de tan inverosmil suposicin; pero la
verdad era que ellos notaban asimismo lo mucho que D. Acisclo cavilaba,
y sentan no pequea curiosidad por conocer el asunto de sus
cavilaciones.

Delante del P. Enrique no osaron interrogar a don Acisclo; pero el Padre
se iba siempre a las diez de la tertulia, porque nunca cenaba, y Pepe
Geto y su mujer se quedaban a cenar todas las noches all. La cena
sola durar hasta las once, y adems casi siempre permanecan de
sobremesa los seores, mientras que cenaban los criados, siendo este el
momento de mayor confianza y alegra.

Varias noches, estando as, ya de sobremesa y no presentes las chicas
que haban servido, doa Manolita tent el vado, a ver si D. Acisclo
declaraba la causa de su preocupacin.

Don Acisclo, aunque negaba que estuviese preocupado, lo daba a conocer
cada vez ms, si bien no confesaba la causa.

Una noche, por ltimo, D. Acisclo se mostr ms preocupado, pero ms
alegre asimismo. Alguna satisfaccin le rebosaba en el pecho y pugnaba
por salir de sus labios.

Doa Manolita lo conoci, y le dijo:

--Vamos, Sr. D. Acisclo; no sea V. malo. No se atormente usted por el
solo gusto de atormentarnos. Si rabia V. por decir lo que le pasa por
qu no lo dice? V. est maquinando alguna novedad que nos va a dejar
aturdidos. La cosa va muy adelantada. Declare V. lo que es para que no
nos coja de susto.

--Ea, Sr. D. Acisclo, declrelo V.--aadi Pepe Geto--. Mi mujer
pretende que V. tiene comezn de ser santo como su sobrino, y que el da
menos pensado traspone V. y nos planta y se larga a Sierra--Morena a
hacer penitencia, metido entre matorrales o en el hueco de algn
peasco.

--Todo menos eso--respondi D. Acisclo--. No me llama Dios por ese
camino, y cualquier otro estado es bueno para servirle.

--Eso es indudable--dijo entonces doa Luz--. Yo no he credo nunca que
a V. le pudiese entrar la mana de imitar a los solitarios penitentes;
pero he pensado, como mis amigos, que usted medita y prepara, desde hace
das, un cambio en su manera de ser y de vivir.

--Estas mujeres son el diablo--contest D. Acisclo--. Nada se les
oculta. Todo lo penetran. No quiero ni puedo ya negarlo. Voy a ser otro
del que he sido hasta aqu. Confieso que la consideracin del mrito de
mi sobrino me ha servido de estmulo.

--No lo deca yo?--exclam doa Manolita--. D. Acisclo, se nos va V. a
ir a la China o a la India a convertir infieles?

--Algo de eso hay--respondi el interrogado--. Infieles voy a convertir,
pero sin salir por ahora de Villafra.

--Y cmo va a ser eso?--dijo doa Luz.

--Muy sencillamente--continu D. Acisclo--. Ya saben ustedes que yo he
sido y soy, dicho sea entre nosotros, desechando la modestia, un hombre
bastante til para mi patria. Yo hago prosperar la agricultura; aumento
la riqueza; doy de comer a los pobres que trabajan; en fin, sirvo de
mucho.

--No es menester que V. se alabe. Quin no confiesa--dijo Pepe Geto--,
que V. es la providencia de Villafra?

--Pues bien; todo eso lo hago con el dinero que he sabido adquirir. Yo
he tenido y tengo capacidad para adquirir dinero. Pero al ver que mi
sobrino ha adquirido ciencia y gloria, he comprendido que el dinero no
me bastaba, y que hay otras cosas que valen tanto casi como el dinero.
La ciencia, por ejemplo. Cmo adquirirla, sin embargo? Ya est duro el
alcacer para zampoas. Ya es tarde para que yo me engolfe en estudios.
Hay otra cosa que me atrae, que me seduce, y no es tarde an para que yo
la adquiera.

--Qu ser? Qu no ser?--murmur doa Manolita.

--Adivnalo, muchacha; lcete; muestra que ves crecer la hierba.

--Confieso que soy tonta: nada adivino. Ya que no aspira usted a sabio
ni a santo, a qu aspira?

--Aspiro al poder. El poder es el complemento del dinero. Quiero ser
hombre poltico, personaje influyente, dueo de este distrito electoral,
derrotando al cacique de la cabeza del distrito, que hoy lo puede aqu
todo.

--Quin le mete a usted en esos ruidos, Sr. D. Acisclo?--dijo entonces
doa Luz.

--Mis convicciones polticas--respondi don Acisclo con suma gravedad.

--Sus convicciones polticas? Me pasma lo que le oigo decir. Pues de
dnde provienen esas convicciones? Yo crea que usted no haba pensado
en poltica en todos los das de su vida.

--Entendmonos--replic D. Acisclo--: en la poltica que sirve de
pretexto o apariencia, es cierto que jams he pensado; pero en la
poltica-verdad pienso siempre.

--Y qu es la poltica-verdad?

--La poltica-verdad es que todos los que formamos la nacin espaola
damos al Gobierno cada ao, por diferentes maneras, ms de la mitad de
lo que la tierra, nuestro trabajo y nuestro caletre producen. El
Gobierno luego, ya en forma de pagas, ya en forma de subvenciones, ya en
otras formas, reparte todo esto entre sus amigos. De esta suerte, lo que
absorbe el Gobierno como contribucin, se derrama de nuevo como benfica
lluvia. No es necedad que yo pague y no cobre? No es bobada que yo
contribuya y no distribuya? No sera ms discreto que yo imitase a Don
Paco, el grande elector de este distrito, que paga diez y saca ochenta?
Pues qu, no tengo yo sobrinos, hijos y ahijados a quienes dar turrn?
Una gran cruz, no me vendra que ni de molde? El tratamiento de
excelencia se me despegara? En vez de pagar mucho, como pago ahora, y
de no recibir nada, como no recibo, no me sentara divinamente pagar
menos, y recibir con usura lo pagado y ms de lo pagado? Pues esto es la
poltica, y por esto quiero meterme en la poltica. Qu digo _quiero
meterme_? Metido estoy ya en ella hasta los codos.

Doa Luz distaba mucho de creer que la poltica fuese lo que por
poltica entenda D. Acisclo: pero, viendo lo convencido que l estaba
de que no era otra cosa, y notando adems que Pepe Geto y su mujer no
distaban mucho de pensar como don Acisclo, no quiso predicar en desierto
ni tratar de convencerlos de que el verdadero concepto de la poltica
era muy diferente. Tambin le choc sobremanera el tortuoso giro de
pensamientos y discursos, por donde la mente de D. Acisclo, partiendo de
las homilas, disertaciones filosfico-cristianas y dems sublimidades
del Padre, haba venido a parar en que deba l ser hombre poltico, a
fin de pagar menos contribucin y de tomar mucha distribucin.

Sobre este ltimo punto no pudo menos de decir doa Luz:

--Aun concediendo, que ya es harto conceder, que la poltica sea como V.
la entiende, todava me pasmo, Sr. D. Acisclo, de que, en virtud de los
razonamientos de su sobrino de V., haya venido V. a sacar como
consecuencia la resolucin de ser poltico y de derrotar a D. Paco,
ponindose en lugar suyo.

--Pues mire V., seorita doa Luz--respondi don Acisclo--, no hay nada
ms llano que el camino de discurrir que yo he seguido. Enrique me ha
dado nimos sin l saberlo. Por l he comprendido que en mi familia hay
bro para todo. l es santo y sabio: hombre terico: yo soy rico. Por
qu no he de ser tambin influyente, a fin de ser el hombre prctico por
completo? No hubo en lo antiguo, en una sola familia, Marta y Mara?
Pues por qu ahora, en otra familia, salvo la diferencia de sexo, no
hemos de ser l Mara y yo Marta; l el contemplativo y yo el activo?

--Bien por D. Acisclo--dijo Pepe Geto.

--Y vaya si tiene razn: ya sabe l dnde le aprieta el zapato--aadi
doa Manolita.

--No, sino pnganme el dedo en la boca--exclam don Acisclo--, y vern
si muerdo o no muerdo. Pues qu, un hombre de mis millones, y con un
sobrino tan notable, ha de estar toda su pcara vida humillado por ese
tunante de D. Paco, a quien da el diputado cuanto pide y ms?

--Nada de eso, Sr. don Acisclo--dijo Pepe Geto, dejndose arrebatar del
entusiasmo--. Es menester sacudir el yugo.

--Muera D. Paco el tirano!--grit doa Manolita riendo.

--Ya se entiende que la muerte ha de ser meramente poltica y no civil
ni natural--interpuso doa Luz.

--Y cmo se va V. a componer para matarle polticamente?--pregunt Pepe
Geto.

--Cmo me voy a componer? Cmo me he compuesto? es lo que debieras
preguntar. Pues qu, me duermo yo en las pajas? Ya lo tengo todo
concertado. El ministro cuenta conmigo. Yo les he probado que no es
natural, sino artificial, el diputado que de aqu enviamos, y, como
ahora est en la oposicin, el Gobierno le derrotar con mi auxilio en
las nuevas elecciones, que sern pronto.

--Y quin es el nuevo candidato del Gobierno?--pregunt doa Manolita.

--Un candidato ilustre, un sujeto de inmenso porvenir, un hroe de la
guerra de frica--dijo don Acisclo muy orondo--. Yo le protejo, yo har
por l prodigios, yo me atraer a los parciales de D. Paco, que se
quedar solo, y mi hombre saldr por inmensa mayora.

--Y cmo se llama su hombre de V.?--dijo Pepe Geto.

--Se llama el brigadier de caballera D. Jaime Pimentel y Moncada,
valiente como el Cid, de noble prosapia, joven y gallardo. Ya le vern
ustedes, ya le vern ustedes, porque pronto vendr a visitar el
distrito.

Con este noticin se puso trmino a la charla, as porque era ya tarde,
como porque los aplausos y vivas de doa Manolita y de Pepe Geto no
consintieron que siguiera adelante aquella noche.




-XI-

Preparativos electorales


El plan de D. Acisclo haba sido meditado pausadamente y en secreto, y
estaba tan bien trazado, combinado y preparado, que no escaseaban las
probabilidades de que se lograse.

La empresa, no obstante, era difcil; casi imposible para cualquiera
otro que no tuviese en aquel distrito la actividad, el poder, el influjo
y el dinero que don Acisclo posea.

Don Paco, el grande elector, era pjaro de cuenta, y contaba con un
diputado-modelo; con un diputado tal, que no es dable que haya como l
una docena al mismo tiempo en toda Espaa.

Segn clculos estadsticos de la mayor exactitud, los sueldos, adehalas
y favores de varias clases, evaluados en metlico, que el diputado
prodigaba a sus fieles del distrito, sacndolo todo del Gobierno,
importaban veinte veces ms que lo que el distrito pagaba de
contribucin directa e indirecta. Suponiendo, por un instante, que todos
los dems diputados fuesen tan hbiles, tan maosos, tan felices y tan
pos como el de que hablamos, el Gobierno tendra que hacer el milagro
de pan y peces, en inmensa escala, o tendra que producir un dficit, al
cabo del ao, de diecinueve veces el valor de todos los recursos y
rentas del Estado, en el ao mismo.

De aqu que haya tan pocos diputados en Espaa como el que don Acisclo
se propona vencer. Era, por excelencia, lo que se llama un diputado
natural.

El diputado, en virtud de continuos desvelos y de un arte maravilloso,
se gana la _naturaleza_ en un distrito, repartiendo a manos llenas los
empleos; y cerca del Gobierno, a ms de su talento y de su importancia
personal, se apoya para sacar los empleos en esa misma devocin que
asegura y prueba que los electores le tienen y en cuya virtud es
diputado natural y goza de distrito suyo y re-suyo.

Aunque el diputado natural est en la oposicin, conserva el distrito
por dos razones. Es la primera porque, si bien los electores le ven
cado, guardan la esperanza de que pronto volver a encumbrarse,
mandarn l y los de su partido, y llovern entonces los favores. Es la
segunda razn, porque, el diputado natural, aun cuando no est en el
poder, logra que muchos de sus ahijados se sostengan en sus empleos, y
hasta suele darlos flamantes, ya porque los fueros de diputado natural
le habilitan para todo, ya porque le sobran amigos en los Ministerios, y
ya porque los mismos ministros, sus contrarios, le atienden y
consideran, esperando la reciprocidad para cuando estn ellos cados.

El diputado, contra quien iba a sublevarse don Acisclo, estaba cado en
aquel momento; pero nadie dudaba de que pronto se volvera a encaramar
en el poder. Habanle dejado cesantes a no pocos de sus ahijados; pero
an quedaban muchos en plena posesin de sus empleos y sueldos. La fama
que el diputado tena de servicial, complaciente y poderoso para _sacar
turrones_, era tan firme que hasta su mismo temporal decaimiento
aumentaba su clientela en vez de mermarla. Los ms astutos y previsores
conocan cun propicia ocasin de ponerse bien con l era servirle
mientras estaba lejos del mando, lo cual da ciertos visos de desinters
a los servicios y es lo que llaman por all, con frase hecha, elegante y
propia de la poesa buclica, _llevar pajitas al nido_. El que no lleva
pajitas al nido rara vez moja la barba en cliz, he odo decir con
frecuencia al personaje ms sentencioso de aquellos lugares.

Presentadas as las cosas, parece una temeridad, un delirio, algo
semejante al propsito que tuvo la serpiente de la fbula de morder la
lima, el plan de D. Acisclo de derrotar a D. Paco y de suplantarle.

Mas no hay que acoquinarse por eso ni por mucho ms. D. Acisclo no se
acoquinaba; tena confianza en su energa propia, y estaba resuelto a
pelear contra D. Paco, cuya tirana se le haba hecho insufrible. Lo que
s haba considerado bien D. Acisclo, como prudente capitn, era lo
colosal y comprometido de su empeo; y a fin de salir airoso, haba
tomado las convenientes precauciones, acumulado medios, buscado alianzas
y allegado fuerzas y recursos de toda laya.

Cada vez que un diputado o el grande elector en su nombre da un empleo,
el agradecimiento no es seguro en quien le recibe, pues ste puede creer
que harto ganado le tiene. En cambio los envidiosos, quejosos y
descontentos, parece como que brotan del seno de la tierra, lo cual es
difcil de evitar, porque por muchos empleos que saque el diputado, no
ha de sacar uno para cada elector. Entre los empleados y agraciados
suele haber tambin quejas y envidias. Fulanito se llev un _turrn_ ms
dulce y suculento que el mo, dice Menganito; y Perenganito exclama que
el destino de Menganito es de mucho _manejo_ y el suyo no lo es, de
donde nace tambin no pequeo encono. El uno, que no es ms que
estanquero, entiende que deba ser _vista_; y el otro, que est de
oficial ambulante de correos, siempre metido en un wagon, suspira por el
alfol de la sal que se dio a un tercero, que dispona en la eleccin de
menos votos que l; y el que tiene como _fiel_ el alfol se juzga
desairado porque no le nombraron guarda-almacn, que esto y mucho ms se
mereca. El puesto de alcalde suele ser muy disputado, y casi siempre se
pican dos o tres porque no lo son. En suma, aunque el diputado y su
_alter-ego_ D. Paco eran casi tan avisados y prudentes como Ulises, a
quien la propia Minerva, descendiendo _ad-hoc_ del Olimpo, inspiraba la
ms severa justicia distributiva para repartir pedazos de buey asado en
los banquetes a los hroes de la _Ilada_, o ya porque repartir
_turrn_es ms arduo que repartir _roastbeef_, o ya porque los electores
de Espaa son ms descontentadizos que los semi-dioses y guerreros
aqueos, ello es que el disgusto cunda y que haba mar de fondo hasta en
la misma capital del distrito.

Nada de esto hubiera valido, todo se hubiera disipado como una nube de
verano, si D. Acisclo, con artes maquiavlicas, no hubiera atizado la
discordia, dndole pbulo con ingeniosos chismes, diestramente
divulgados, y no hubiera en sazn oportuna levantado bandera de
enganche, a cuya sombra se fueron acogiendo y alistando los que se
crean desairados o mal pagados de sus afanes.

De esta suerte vino a formar D. Acisclo una poderosa minora electoral,
cuyo centro y ncleo era Villafra.

Entonces negoci con el Gobierno, y luego que el Gobierno le ofreci su
apoyo, a fin de derrotar al diputado de D. Paco y elegir en lugar suyo
al ya nombrado D. Jaime Pimentel, D. Acisclo se afan por convertir su
minora en mayora, trayendo a s a los neutrales y vacilantes, y
procurando, sobre todo, sacar de sus casillas y lanzar en la lucha a no
pocos que jams quieren votar ni mezclarse en poltica, tal vez porque
no ambicionan empleos.

Entre estos desdeosos, dignos en nuestro sentir de reprobacin, porque
dejan el campo libre a los explotadores, haba en el distrito un hombre
a quien, vencida su inercia, seguira toda una poblacin. La poblacin
era la que ya conocen mis lectores con el nombre de Villabermeja. El
Cincinato electoral, a quien anhelaba mover D. Acisclo, porque con l
daba por indudable el triunfo, era el famoso amigo mo D. Juan Fresco,
de cuyos labios s esta historia, as como otras muchas no menos
ejemplares, que contar en lo venidero, si Dios me concede vida y salud.

Don Juan Fresco estaba en buenas relaciones con D. Acisclo, el cual le
haba sido til y le haba servido en algunos negocios; pero D. Juan
Fresco no se dejaba llevar con facilidad. Don Acisclo haba montado a
caballo e ido a verle a su lugar dos o tres veces. Le haba escrito
adems cuatro o cinco cartas, tratando de convencerle. Nada haba
bastado a quebrantar su resolucin ni a cambiar su inveterada conducta
de no mezclarse en elecciones ni en poltica para nada.

Don Acisclo rabiaba, se entristeca y se desesperaba de esta terquedad.
Con D. Juan Fresco de su lado, su empresa era llana. Sin D. Juan Fresco,
a pesar del auxilio del Gobierno, distaba muchsimo de estar asegurada
la victoria.

Entre tanto, preparado ya todo lo dems y prximas las elecciones, slo
faltaba echar a volar el nombre del candidato, guardado hasta entonces
con el mayor sigilo por D. Acisclo y el Gobierno; pero antes quiso D.
Acisclo probar por ltima vez sus fuerzas persuasivas cerca de D. Juan,
revelndole el nombre del candidato y ponderndole sus prendas y
merecimientos. A este fin le escribi nueva carta, lo ms elocuente que
supo. La contestacin de D. Juan no se hizo aguardar ms de un da, y
fue tan impensadamente satisfactoria para D. Acisclo, que de ella
provino el contento que mostraba cuando se anim doa Manolita a
preguntarle la causa de l, y la facilidad y buen talante con que lo
declar todo a doa Luz, a Pepe Geto y a la mencionada hija del mdico.

La carta de D. Juan Fresco es un documento importante que conservamos en
nuestro poder, y del cual no estar de ms dar aqu traslado.

La carta es como sigue:

Apreciable amigo y dueo: Hasta ahora me he resistido a todas las
splicas de V., por ms que le quiero bien, sin poder remediarlo. Y me
he resistido porque mi modo de ver las cosas es contrario al de V. en
mucho. Ambos somos ms liberales que Riego; ambos somos ms
despreocupados que el autor del _Citador_, libro que V. habr ledo;
ambos somos progresistones de lo ms fino y neto, y a ambos nos hechiza
la igualdad, con tal de que no sea ms que ante la ley, y salvas las
desigualdades, merecidas o arrebatadas por naturaleza, por gracia, por
habilidad o por acaso, de ser unos tontos y otros listos, unos ricos y
otros pobres. Pero por cima de esta consonancia perfecta en que estamos
V. y yo, hay entre nosotros radicales diferencias, las cuales consisten
en que nos hemos forjado muy distinto _ideal_. Entindese por _ideal_,
palabrilla que est muy a la moda, el trmino de las aspiraciones de
cada uno. Su ideal de V. es que haya un gobierno que distribuya cuanto
hay que distribuir, que todo lo arregle, que en todo se entrometa, que
nos ensee lo que hemos de aprender, que nos seale lo que hemos de
adorar, que nos haga caminos, que nos lleve las cartas, que cuide de
nuestra salud temporal y eterna, y hasta que nos mate la langosta y la
filoxera, nos conjure las tempestades, pedriscos, epidemias, epizootias
y sequas, y nos ordene y suministre lluvias a tiempo y cosechas
abundantes. A un Gobierno, a quien tales y tan mltiples encargos se le
confan, es menester habilitarle de muchsimo dinero, que l reparte
despus entre los que han de hacernos felices, dndonos salvacin,
ciencia, riqueza, sanidad, larga vida, agua, medios de locomocin y
cuanto constituye nuestro bienestar y conveniencia. Pero V. dice, y dice
muy bien, desde su punto de vista, por qu no he de ser yo, que no soy
ms bobo que otro cualquiera, quien, si no en todo, en parte, se
encargue de hacer esos prodigios benficos y providenciales, y quien
reciba y reparta a su gusto los ochavos que para hacerlos hay que
largar? De aqu que V. anhele, como quien no dice nada, producir un
diputado, y sobre todo un diputado que influya, que valga y que _saque
turrones_. Yo, en cambio, lo confieso, tengo un ideal, que, al paso que
vamos, no se realizar, si se realiza, hasta dentro de diez o doce
siglos; pero, amigo, es menester ir encaminndose hacia l, aunque sea a
paso de tortuga. Mi ideal es el menos Gobierno posible; casi la negacin
del Gobierno; una anarqua mansa y compatible con el orden; un orden
nacido armnicamente del seno de la sociedad y no de los mandones. No
quiero que nadie me ensee; yo aprender lo que mejor me parezca y me
buscar maestros; ni que nadie me cuide, que yo me cuidar; ni que nadie
me abra caminos, que yo me asociar para abrirlos con quien se me
antoje. S que esto hoy no es posible, pues dicen que no hay iniciativa
individual y que es necesario que el Gobierno tome en todo la
iniciativa, como si el Gobierno no estuviese compuesto de individuos. En
suma, yo no tengo que presentar aqu todas las razones que contra mi
_ideal_ se alegan. De sobra las saben V. y todo el mundo. Lo que deseo
que conste es que, a pesar de todas estas razones, yo estoy enamorado de
mi irrealizable sistema, y considero apostasa trabajar en este otro
archi-gubernamental que hoy priva, sin duda por aquel dicho profundo de
un sabio: La humanidad, considerada en su vida colectiva, no ha nacido
an. Mientras sigue la humanidad nonata, si hemos de mirar las cosas
por el haz y sin penetrar en el fondo, usted tiene razn que le sobra.
Ya que se trata de contribuir y de distribuir, y ya que la contribucin
es forzosa, bueno es apoderarse de ella para hacer la distribucin
luego, mxime si se considera que, segn canta el refrn, quien parte y
reparte se lleva la mejor parte.

Pero cuando se hunde bien la mirada en el centro de este negocio,
concretndonos a un distrito electoral, crame usted, Sr. D. Acisclo,
hasta para lo prctico, y de hoy, sin pensar en maana, vale ms mi
sistema que el de V. Qu se logra con dar empleos a trochi-moche? El
distrito no se enriquece por eso. Los naturales de l que salen
empleados se gastan fuera lo que cobran. Raro es el que vuelve al
distrito a gastarse en l lo que ahorra o garbea. A menudo los tales
ahorros no lucen ni parecen. Se disipan y evaporan como no pocas otras
riquezas mal y fcilmente adquiridas. Los dineros del sacristn cantando
se vienen y cantando se van. El empleado as, por favor electoral,
adquiere hbitos de lujo, desdea la manera rstica y sencilla con que
antes vivi, y se acostumbra a que el reloj gane por l el dinero,
pasando y pasando horas y das. El mal ejemplo inficiona a todos. El
hijo del menestral, el criado de servicio, todo el que sabe leer y
escribir, repugna el trabajo manual, y dice para s: por qu no he de
estar yo tambin empleado? Por qu el diputado no me proporcionar una
bonita colocacin? El que no tiene la menor esperanza de que el diputado
le coloque se llena de envidia y de ira, y se hace flojo y perezoso para
no ser menos que el empleado, de cuya holganza y vida regalona se forja
un concepto exagerado y fantstico. Imagina, sin que nadie se lo quite
de la cabeza, por no conocer sin duda lo de tiempo que se gasta, lo de
papel que se embadurna y lo de afanes que se producen con nuestro
complicado expedienteo, que las horas de oficina transcurren en amenas
plticas, fumando los oficinistas exquisitos puros y regalndose con
frecuentes piscolabis. Y entiende adems que a cada instante se ofrecen
_negocios de mi flor_ a todo oficinista no lerdo, el cual a menudo tiene
algo de que incautarse y al cual no falta de vez en cuando quien le unte
bien la mano. Con tales imaginaciones cmo ir nadie con gusto a cavar
en el tajo y cmo no ha de querer convertir el tajo en un remedo de la
soada, deliciosa y sibartica oficina? Resulta de todo ello que como el
diputado da empleos a los ms activos, giles y despejados, quienes
naturalmente emigran del distrito, slo quedan en l los ms tontos,
torpes y para poco, y stos, agraviados, lastimados en su amor propio, o
desanimados y con poqusimas ganas de trabajar. No hay, por lo tanto, ni
industria ni arte, ni adelantamiento, ni mejora posible. Gracias a la
milagrosa y prdiga proteccin del diputado, el distrito se empobrece,
en vez en enriquecerse, y se transforma en una nidada de holgazanes y de
ineptos. Vea V. por lo que yo, de puro amor al distrito, no quiero darle
diputado hbil, como el que tenemos ahora; no quiero darle diputado que
tanto turrn busque y reparta.

Por dicha, el nombre de su candidato de V. me ha hecho pensar en que,
favorecindole y dando a V. gusto, hago el bien del distrito, segn lo
entiendo yo: le quito de encima la secadora proteccin del diputado
actual, que parece un fabricante de turrones, y le propino y administro
uno que dir a ustedes, en cuanto le elijan, si os vi no me acuerdo, y
no les dar turrn, con lo cual quiz renazca la actividad agrcola, se
creen industrias sanas, y desaparezca la corrupcin que hoy nos pudre.
S, amigo D. Acisclo, yo conozco a D. Jaime Pimentel desde que estuve en
Madrid con mi pobre sobrina Mara y con aquel estrafalario de doctor
Faustino, con quien ella se cas. D. Jaime era amigo de Faustinito. Dios
los cra y ellos se juntan. Aunque en mucho se diferenciaban, en
bastante se parecan. D. Jaime, muy joven entonces, era un verdadero
ninfo. Acicalado, perfumado y siempre de veinticinco alfileres, aunque
bizarro militar, tena ms trazas de Cupido que de Marte. No creo que
tuviese ilusiones, ni que soase, como su amigo el doctor. Don Jaime iba
al grano. Buen mozo, audaz y discreto, haba tenido ya varios xitos
ruidosos con damas elegantes, y tres o cuatro desafos, en los que
siempre haba quedado vencedor. Entonces se pronosticaba a D. Jaime un
brillante porvenir. El pronstico se va cumpliendo. An no debe tener
cuarenta aos y ya es brigadier. Por su cuna y por sus prendas es muy
estimado y querido. Adems de su sueldo, tiene alguna rentilla, que le
da independencia y desahogo. D. Jaime tendr sobre dos mil duros al ao.
Para nada necesita de este distrito. No me explico qu antojo ser el
suyo de salir diputado por aqu, pudiendo salir por donde quiera. Cerca
de este lugar posee unas sesenta aranzadas de olivar, que su padre,
militar como l, compr con dinero ganado al juego. Este es el nico
lazo, que yo sepa, que a este distrito le une. Repito, pues, que no me
explico su empeo en ser nuestro diputado; pero doy por evidente que,
una vez logrado su empeo, nos volver la espalda, nos mandar a paseo,
y no nos dar ni pizca de turrn. Como en esto precisamente consiste mi
sueo dorado, callndome la razn para no espantar a los secuaces de V.,
me decido a ser uno de ellos. Cuente V., pues, conmigo para elegir
diputado a D. Jaime Pimentel, y crame su afectsimo amigo.

Tal era la carta de D. Juan Fresco que tanto alegr el corazn de D.
Acisclo. Lo esencial era que D. Juan apoyase su empresa, fuese por lo
que fuese. Lo que don Acisclo quera era aquella alianza, y poco le
asustaban las enrevesadas razones y fatdicos pronsticos en que se
fundaba y que l se guard bien de confiar a nadie. Slo de cuando en
cuando, si bien haciendo desmedidos encomios de la entereza, discrecin,
honradez y sabidura de D. Juan Fresco, afirmaba D. Acisclo que era un
_ente_.

--Y por qu dice V. que ese D. Juan es un _ente_?--le pregunt una vez
doa Manolita.

--Por qu lo he de decir?--contest don Acisclo--; porque es un _ente_;
porque es el bicho ms raro que he conocido en mi vida.




-XII-

El triunfo


Ente o no _ente_, D. Juan Fresco vali de mucho a D. Acisclo, el cual,
mientras ms esperanzas tena, ms se afanaba y desvelaba porque no se
frustrasen.

Los informes que le haba dado D. Juan acerca de la condicin poco
servicial de D. Jaime Pimentel, no dejaban de mortificarle. Ya, sin
embargo, no haba modo de retroceder, y lo que convena por lo pronto
era derrotar a D. Paco, aunque para ello fuese menester valerse del
candidato menos buscador de _turrones_, ms distrado y peor cultivador
de distritos que hubiese en todo el reino.

Don Acisclo sola echar clculos alegres, y este mismo descuido de su
futuro diputado, que para cualquiera otro hubiera sido un mal, se
mostraba a veces con colores risueos y brillantes a los ojos de su
esperanza ambiciosa.

Si el diputado no hace nada--deca don Acisclo para s--, si no cumple
sus promesas, si no recompensa los afanes de los electores, yo tendr
que volver por ellos, lo cual me dar motivo para entenderme por m
mismo con el Gobernador de la provincia y hasta con el Ministro, y ser
yo aqu real y directamente el amo, sin ese intermedio enojoso del
diputadito. Lo esencial, pues, es lograr la victoria con gran mayora, y
hacer ver que D. Paco es un trasto a mi lado.

A este fin no qued medio que D. Acisclo no emplease.

Las elecciones deban ser en el otoo, y durante el verano vivi D.
Acisclo en una fiebre de actividad. Recorri a caballo todos los pueblos
del distrito, que eran siete, ganando votos para su protegido y quitando
parciales a D. Paco. Hasta a la capital del distrito fue varias veces, y
no sin xito, con el referido objeto.

A no pocos electores de influjo, a quienes D. Paco tena _amarrados_,
los desamarr D. Acisclo, exponiendo gallardamente sus capitales. Por
estar _amarrados_, se entiende en lenguaje electoral de por all, deber
dinero al grande elector. D. Acisclo estuvo rumboso. Lo menos reparti
ocho mil duros al diez por ciento, sin ms garantas que pagars
sencillos, libertando as a gentes amarradas por D. Paco, con escritura
pblica y dinero prestado al quince.

Todo elector de Villafra iba antes a votar a un lugar cercano, porque
en Villafra no haba _mesa_. Don Acisclo consigui que se quitase la
_mesa_ de dicho lugar y que se diese a Villafra, poblacin ms cntrica
y cmoda, segn l demostr.

En Villafra estaba seguro don Acisclo de que _volcara el puchero_ en
favor de D. Jaime.

_Volcar el puchero_ significa poner o colgar todos los votos posibles al
candidato a quien se quiere favorecer. Los votos posibles son los de
cuantos electores estn en las listas, a no hallarse a mil leguas de
distancia o en la sepultura. Y aun ha habido ocasiones en que los
ausentes y hasta los difuntos han votado.

Cuentan las crnicas electorales de aquel distrito que, no bien supo D.
Paco la que D. Acisclo le estaba urdiendo, empez a trabajar en contra,
saliendo del letargo, o mejor diremos del tranquilo y descuidado reposo
en que su confianza y seguridad hasta all le haban tenido. Esto,
naturalmente, hizo que don Acisclo tuviese que redoblar cada vez ms su
actividad. As es que no paraba. Su vida era un tejido incesante de
conferencias, excursiones a este o al otro pueblo, tratos y cartas que
escribir y que leer. Pepe Geto se hizo el ayudante y el secretario de
D. Acisclo, y tambin escriba, viajaba y conferenciaba.

Doa Luz y doa Manolita se hacan compaa mutuamente, abandonadas por
D. Acisclo y Pepe Geto. Y a las dos serva tambin de acompaante el P.
Enrique, nico varn quiz de todo el distrito que no intervena en el
asunto electoral.

El padre haba intervenido slo en los primeros das para tratar de
disuadir a D. Acisclo de que se mezclase en elecciones; pero D. Acisclo
no se dejaba convencer por nadie, y cuando lo reconoci as su sobrino,
se retrajo, se call, y no volvi a dar a entender ni siquiera que saba
en qu maremgnum andaba engolfado su to.

A ste le molestaba ya bastante la flojera y falta de formalidad del
candidato. El candidato haba prometido visitar el distrito; las
elecciones se venan encima, y el tal D. Jaime no llegaba. Su contrario
estaba, ya instalado en casa de D. Paco, prometiendo empleos para cuando
volviese al poder, que sera pronto, vendiendo proteccin, y
conquistando voluntades.

Don Jaime, entre tanto, no slo no vena, sino que apenas s se dignaba
escribir, salvo a D. Acisclo, y esto de tarde en tarde y por estilo
lacnico y seco.

Pero fuese como fuese, el lance estaba ya empeado; para D. Acisclo era
cuestin de amor propio; y aunque D. Jaime hubiera sido el mismo diablo,
D. Acisclo hubiera echado el resto por sacarle triunfante.

En suma, para no cansar ms a mis lectores, acabar por decir que don
Acisclo recogi al fin el premio de sus fatigas.

Las elecciones llegaron, y D. Acisclo venci en las elecciones. Don
Jaime Pimentel sali diputado por una gran mayora.

Algunos quieren dar a entender que D. Acisclo hizo mil tramoyas y
falsedades; pero nada se pudo probar, y por consiguiente no debemos
creerlo.

Don Jaime Pimentel, sin abandonar la corte, sin escribir apenas carta
alguna, con el mayor sosiego, tuvo el gusto de recibir su acta, casi
limpia, pues slo llevaba dos protestas insignificantes y mal fundadas.

El jbilo de D. Acisclo fue grande despus de la victoria. Qu lauro el
suyo! Qu muestra de poder la que acababa de dar! Con un candidato
invisible, descuidado, flojo; con un enemigo tan fuerte, tan nico, tan
modelo y tan fnix entre los representantes del pueblo, haba logrado
vencer, y vencer por una gran mayora. Despus de admirarse de su propia
capacidad para la poltica, slo se reconoca deudor a D. Juan Fresco y
a la copiosa turba de bermejinos que le siguieron en el da de la
eleccin como a caudillo respetado.

Durante todo este largo perodo electoral, las relaciones amistosas de
doa Luz y del P. Enrique se fueron estrechando ms cada da. Hasta doa
Manolita, dejndose llevar del entusiasmo de su marido, o bien
compartindole, no haba pensado ms que en las elecciones.

Doa Luz y el padre eran sin duda las dos nicas personas de cierta
posicin en todo el distrito, que no haban pensado en ste ni en el
otro candidato, y que no se haban afanado por el triunfo de cualquiera
de ellos.

En medio de aquella agitacin poltica, haban hallado retraimiento
dulcsimo en la misma casa de quien la promova; y all eran las
plticas suaves y encumbradas, y las conversaciones amenas, en que
siempre aprenda algo doa Luz, en que siempre hallaba nuevas
excelencias en el entendimiento y en el corazn del padre, y en que el
padre, a su vez, no dejaba nunca de pasmarse del despejo, de la agudeza,
de la notable discrecin, de la fantasa potica y de la sensibilidad
exquisita de su bella interlocutora.

Don Anselmo haba terciado en los debates, aunque ya no tanto, por
haberle tenido tambin D. Acisclo muy interesado en las elecciones. Y el
cura don Miguel haba seguido yendo con constancia a la tertulia, si
bien los dilogos sabios del Padre y de doa Luz le magnetizaban y
embelesaban de tal suerte, que a los pocos minutos de empezar a orlos,
sola quedarse profundamente dormido, acompandolos y animndolos a
veces con una msica de ronquidos interminables y sonoros.

Resultaba de todo ello que la nica persona, que era en verdad constante
e inteligente testigo del mutuo afecto y de los ntimos coloquios de
doa Luz y del Padre, era doa Manolita. Yo no quiero hacer a sta, ni a
ninguno de mis hroes, mejor de lo que son o de lo que fueron. Doa
Manolita no era una paloma sin hiel; y no porque odiase a alguien, sino
porque no dejaba de tener malicia. Ms bien se poda tildar a doa
Manolita de tenerla. Ms bien se la poda acusar de que, sin envidia ni
encono, y slo por amor al arte, gustaba algo de la murmuracin, y
segua demasiado, como regla para sus juicios, aquella terrible
sentencia de _piensa mal y acertars_. Sin embargo, merced a la
veneracin cariosa que doa Luz le infunda, ella interpretaba siempre
por el lado ms benvolo todos sus actos y discursos. Por esto, aunque a
la perspicacia de doa Manolita no pudo ocultarse largo tiempo aquella
inclinacin irresistible de dos almas, doa Manolita no dej nunca de
hacer justicia a doa Luz, y reconoci y declar, all en el fondo de su
pecho, que en el de su amiga no haba la ms leve intencin de perturbar
el nimo del Padre ni de atraerle con coqueteras culpadas.

El respeto y el cario de la hija del mdico al P. Enrique eran grandes
tambin; pero no tanto que le impidiesen por completo todo fallo algo
contrario sobre su conducta. Doa Manolita, pues, sin pensar que doa
Luz hubiese dado para ello ni ocasin ni motivo, empez a sospechar que
el Padre, ms o menos confusa y vagamente, estaba enamorado. Por respeto
a su amiga, y porque en los lugares no anda la gente con sutilezas
etreas o pasadas por alambique, y porque con decir ella algo hubiera
dado pie para que se aadiese mucho, doa Manolita ni a su padre confi
el resultado de sus observaciones. Slo le confi a Pepe Geto, a quien
nada ocultaba; pero exigindole el ms profundo sigilo.

La gravedad de doa Luz y del Padre cortaba los vuelos a todas las
audacias de doa Manolita, quien jams se propas a dirigir al Padre, ni
en broma y con rodeos y perfrasis, la indirecta ms oscura sobre la
pasin que en l imaginaba. Doa Manolita sigui, no obstante,
observando. Pepe Geto observ tambin. Ambos esposos se comunicaban
luego lo que haban observado. De esta suerte venan los dos a
corroborarse en la idea de que el Padre, quiz sin saberlo, amaba a doa
Luz por estilo mstico y sutil, y que doa Luz se dejaba adorar sin
presumir ningn trmino disgustoso, sin reflexionar en toda la
trascendencia que aquella adoracin podra tener, y sin ver en ella ms
que una amistad tierna, sencilla e impecable, como la que ella profesaba
al convaleciente y potico misionero.

Ocurri en esto un suceso que no se esperaba ya. De pronto, y cuando D.
Acisclo se haba resignado a que su diputado fuese invisible para el
distrito, ste le escribi anuncindole que inmediatamente vena a
visitarle. El primer pueblo en que se presentara haba de ser
Villafra, desde donde, a caballo, y con la pompa correspondiente, haba
de pasar a recorrer y visitar los otros pueblos.

Don Acisclo se alegr mucho de esta venida, que iba a darle la mayor
importancia; pero tuvo que afanarse para disponer bien las cosas, a fin
de hacer a D. Jaime Pimentel una brillante recepcin. Para hospedarle
con decoro y hasta con lujo, acudi a doa Luz pidindole las mejores
habitaciones de su casa solariega, no ocupadas por su sobrino; y para
ofrecer a D. Jaime un buen caballo en que montar e ir de pueblo en
pueblo, acudi asimismo a doa Luz, pidindole prestado su hermoso
caballo negro. Doa Luz tuvo que acceder a todo.

La vspera del da en que deba llegar D. Jaime, todos estaban
alborotados en el lugar con la gran fiesta de la recepcin que iba a
haber. Hasta doa Manolita estaba ms alegre que lo de costumbre y muy
parlanchina. En la tertulia diaria slo asistan ella, doa Luz y el
Padre, porque los dems andaban an ocupados en los preparativos de la
fiesta, o descansando del ajetreo de aquel da.

Entonces tuvo doa Manolita una ocurrencia algo maliciosa, y que, en su
sentir, haba de darle mucha luz en sus investigaciones. Por qu no
haba de embromar a doa Luz, pronosticando que D. Jaime, de quien la
fama deca maravillosos encomios, y que era libre y soltero, iba a
enamorarse de ella, apenas la viese, con el gustoso asombro de hallar en
una villa pequea tan completo dechado de elegancia, distincin y
hermosura? Por qu, al embromar as a doa Luz, con algo que la
halagara, no haba de dar solapadamente una broma bastante pesada al
Padre, cuyo amor, enmaraado y turbio en el centro de la conciencia, se
vendra a aclarar con el reactivo de los celos? Doa Manolita, al dar la
broma, mirara al Padre, a ver si se inmutaba o si permaneca impasible,
en apariencia al menos.

Como lo pens, lo hizo. Doa Manolita dijo a doa Luz que D. Jaime iba a
prendarse de ella, apenas la viese; que D. Jaime no poda sospechar que,
en un lugar tan arrinconado como Villafra, estuviese oculto tanto
tesoro; y que, a su ver, era evidente el amor futuro de D. Jaime.

--Qu forastero--prosigui--, no se ha enamorado de ti, de cuantos han
venido a Villafra, jvenes, libres y en estado de merecer? Prepara,
pues, el almbar con que sueles propinar las calabazas, si es que
tambin piensas drselas a ste. Pero, quin sabe? El pretendiente, que
ya columbro, no es rstico, ni lugareo, como los que has tenido hasta
ahora. Dicen que es la flor y nata de los elegantes de Madrid, y adems
un bizarro militar y un hombre de gran porvenir y de extraordinario
talento. Sers tan fiera que tambin le desdees?

Doa Luz, sin enojarse, antes bien algo lisonjeada, contest negando la
validez del pronstico, y asegurando, con modestia un poco fingida, que
don Jaime, acostumbrado a ver en la corte tantas bellas mujeres, no
reparara en ella ni le hara caso.

--Adems--dijo doa Luz--, no haya miedo de que me pretenda ese
caballero. Yo no soy lo que se llama un buen partido. Para l se
necesita una rica heredera, que d alas a su ambicin, y no una seorita
pobre que le encadene y le sirva de rmora y estorbo. Creme, Manuela;
ya te lo he dicho mil veces: yo no me casar nunca... ni quiero casarme.
No hablemos de esas tonteras, ni en broma.

Doa Manolita, durante estas frases que entre su amiga y ella se
cruzaban, mir de soslayo al Padre y crey ver que se haba puesto ms
plido que de costumbre. Por lo dems el Padre permaneci silencioso, y
no dio su parecer ni sobre el enamoramiento posible de D. Jaime, ni
sobre el constante propsito de doa Luz de permanecer soltera.

A las diez se retir a su casa, y las dos amigas quedaron solas.

Alentada entonces doa Manolita con lo bien que su primera broma haba
sido tolerada, y tal vez agradecida como lisonja, en el fondo del alma
de la hija del marqus, cay en la tentacin de aventurarse a dar otra
broma bastante menos ligera.

Sin reflexionarlo mucho, dijo, pues, de este modo:

--Ay! Hija! Me arrepiento de haberte dicho lo de D. Jaime.

--Y por qu te arrepientes?--pregunt con sencillez doa Luz--. Yo no
creo probable que ese caballero cortesano se enamore de m, en tres o
cuatro das que ha de estar por aqu; pero como ni eso es imposible, ni
me ofende el que t, estimndome en ms de lo que merezco, me vaticines
tal triunfo, no tienes para qu arrepentirte, a no ser por el temor de
exaltar demasiado mi amor propio.

--No es ese temor--replic la hija del mdico--, lo que me induce al
arrepentimiento, sino el temor de haber lastimado un corazn sensible,
de haberle hecho una profunda herida.

--No te comprendo--dijo doa Luz--; qu quieres dar a entender? Qu
corazn sensible es ese?

--El del P. Enrique--respondi en mala hora doa Manolita.

Doa Luz se puso roja como la grana. Toda la sangre de su cuerpo se
dira que se le subi a la cabeza. Todo el orgullo de su casta se agolp
y amonton en su corazn. No vio ms que ridiculez indigna en que la
creyesen objeto de la pasin de un fraile. Ella crea que un fraile la
poda admirar por su talento, estimar por sus virtudes, venerar por su
conducta intachable, y gustar de su trato y conversacin, y complacerse
en ser su amigo; pero enamorarse de ella le pareca tan absurdo, tan
contrario a todas las conveniencias y leyes sociales y religiosas, tan
monstruosamente feo y chocante, que no quera, ni poda, ni deba
sospecharlo en persona del juicio, de la circunspeccin y hasta de la
santidad que en el P. Enrique notaba. Doa Luz mir, pues, como una
malicia villana y ruin el pensamiento de doa Manolita, y como una
insolencia la expresin de dicho pensamiento por medio de la palabra.

--Lo que acabas de proferir--exclam con la voz balbuciente de clera--,
es un insulto, es una dura acusacin contra el P. Enrique y contra m.
Ni el padre delira, ni yo le he dado ocasin para que delire. A fin de
que mi limpia fama est al abrigo de la maledicencia, me he encerrado en
este lugar, me he apartado casi de todo trato humano, he huido de la
juventud, mientras he sido joven; sindolo todava, como lo soy, no he
admitido en mi intimidad sino a viejos de sesenta aos como tu padre, el
cura y don Acisclo, y nada de esto me ha valido. Porque yo, de cerca de
treinta aos, me he abandonado, me he confiado con gusto, lo declaro
francamente, en la amistad honrada de un siervo de Dios, probado en mil
fatigas, quebrantado por ellas, lleno de ciencia y de virtud, no se
concibe esta amistad, no se explica este trato, sino por motivos viles e
impuros. Y no son los rsticos del lugar, no son los que no me conocen,
sino mi mejor amiga la que me sospecha y me injuria.

La pobre doa Manolita se qued aterrada: se compungi, y al cabo se le
saltaron las lgrimas.

--Pero, mujer--dijo--; no te enojes por amor de Dios. Yo, sin duda, me
he explicado mal. Yo no digo que sea impuro el amor del Padre....

--Qu disparates son los tuyos?--interrumpi doa Luz--. Qu extravo
de ideas? Qu necias distinciones pretendes hacer? Cmo cohonestar el
amor de un fraile a una doncella honrada? Tal amor es impuro siempre; es
infame; es sacrlego.

Viendo doa Manolita que no haba manera de remediar su torpeza, y
apuradsima de haber irritado tanto a doa Luz, a quien quera de todo
corazn, no pronunci una sola palabra ms; pero llor y solloz como si
le hubiese sobrevenido la ms cruel desgracia.

Entonces doa Luz, que tena buen fondo, a pesar de su soberbia, sinti
que haba estado dura y spera en demasa, y pidi perdn a doa
Manolita, besndola y poco menos que llorando tambin.

Las dos amigas vinieron a quedar de resultas mucho ms amigas que antes.
Doa Luz se convenci de que doa Manolita no haba tenido intencin de
deslustrar en lo ms mnimo la pureza de sus relaciones amistosas con el
P. Enrique; y doa Manolita hizo por convencerse y hasta se convenci
por el momento de que el P. Enrique, ni siquiera como Dante am a
Beatriz, como Petrarca am a Laura, o como don Quijote am a Dulcinea,
era capaz de amar a doa Luz; porque, siendo l un fraile y ella una
seorita muy bien educada y honestsima, tal amor, por alambicado,
espiritual e incorpreo que fuese, tena un no s qu de indecorosamente
plebeyo y de grotescamente pecaminoso que con la condicin de su bella y
soberbia amiga se ajustaba muy mal.

No bien acabadas de hacer las paces, lleg don Acisclo con Pepe Geto,
quienes no advirtieron las huellas de la pasada tempestad. Cenaron los
cuatro en amistosa compaa, y con buen apetito, y se fueron luego a
dormir.

Al da siguiente se celebr con pompa y estruendo la entrada triunfal de
D. Jaime en Villafra. Cuantos tenan caballo, y no pocos que slo
tenan mulo o burro, fueron de madrugada a recibirle en la estacin, con
D. Acisclo al frente, y a eso de las once volvieron todos con el
diputado, caballero ste en el hermoso caballo negro de doa Luz.

A las puertas del lugar salieron los muchachos y los hombres de a pie a
recibir la lucida cabalgata, y todos entraron por aquellas calles al son
de las campanas que se haban echado a vuelo, entre vivas y
aclamaciones, y atronando el aire a tiros de cuantas escopetas estaban
servibles en Villafra.




-XIII-

Crisis


Despus de haber rechazado con tan cruel desabrimiento las palabras de
doa Manolita y despus de hechas las paces, doa Luz pens a sus solas
en el valor y motivo de aquellas palabras; y, como si una claridad nueva
y extraa iluminase los ms oscuros laberintos de su cerebro, crey
percibir la verdad de todo y reconoci que su amiga tena algunos visos
de razn al decir lo que dijo.

Doa Luz se haba enojado quiz porque su propia conciencia,
aprovechndose de las palabras de doa Manolita, haba formulado una
acusacin mucho ms severa. Qu diferencia radical e importante se da
entre la amistad ms tierna y exclusiva, entre la predileccin ms
marcada de un hombre por una mujer y de una mujer por un hombre, ninguno
de los dos viejo an, y el amor ms puro, ms platnico y ms sublime?
Doa Luz se pona a s misma esta cuestin; y, no acertando a resolverla
sino en el sentido de que no se da diferencia, o que, si se da, apenas
es perceptible y se quiebra de puro sutil, decida que no era absurdo ni
insolencia suponer y afirmar que estuviese enamorado de ella el P.
Enrique. El Padre, encadenado por el respeto, teniendo en cuenta su
estado, sus votos y su posicin, se haba guardado bien de manifestar su
cario de un modo que hiciese sospechar ni remotamente que no era
legtimo y sin tacha; pero, sin duda, que en el fondo de su alma le
senta.

Luego que doa Luz dejaba esto como sentado y evidente, se preguntaba
tambin: Y yo qu he hecho para inspirar esta pasin? Qu culpa
adquiero de que l me ame? Hasta qu punto he dado y sigo dando pbulo
a su afecto?. La contestacin que doa Luz se daba era contradictoria y
confusa. Ora se condenaba; ora se absolva. Se condenaba al reconocer
que ella haba disimulado mucho menos que l la complacencia con que le
oa, el contento que su vista le causaba, el deleite que su conversacin
le traa siempre, y que ella por instinto irreflexivo, pero depravado,
gustaba de parecer hermosa y elegante a todos, y particularmente a las
personas a quienes quera, entre las cuales no poda menos de incluir al
Padre.

Otra serie de consideraciones acuda luego a su mente para absolverla.
Pues qu, no era lcito amar la ciencia, la virtud y el ingenio que en
el Padre resplandecan? Qu mal haba en mostrarlo? Y en cuanto al
esmero en el adorno de su persona, qu ley divina ni humana poda
imponerle la obligacin de ocultar las prendas que el cielo le haba
dado y de no lucirlas hasta donde esto es compatible con el ms rgido
decoro? De esta suerte se absolva doa Luz; pero, prosiguiendo en sus
cavilaciones, aada en su pensamiento: Y si yo supongo que l me ama,
por qu no ha de suponer l que le amo yo? Si yo no tengo motivo para
suponerlo, si es mi vanidad quien lo supone, bien puede l ser tan
vanidoso como yo y suponerlo del mismo modo. Y si yo lo supongo con
motivo el motivo que yo le he dado para que haga suposicin idntica es
menor acaso?. Doa Luz tena entonces que confesarse que, atendidas la
natural reserva que deben tener las mujeres, y la modestia y timidez con
que deben velar y mitigar los movimientos e inclinaciones del corazn,
ella haba dado mayor motivo al Padre para que l la creyese enamorada
que el que l le haba dado a ella para que de su parte lo creyese.

El proverbio dice que _quien prueba mucho no prueba nada_, y esto
ocurra a doa Luz no bien demostraba que, no slo el Padre estaba
enamorado de ella, sino que ella estaba enamorada del Padre. Se
examinaba el alma, se interrogaba el corazn, y como le respondan que
no amaban al Padre, volva a creer que slo su presuncin poda hacerle
imaginar que el Padre la amase a ella. Lo nico que, despus de tantos
rodeos, sacaba en claro doa Luz era que en aquella convivencia e
intimidad afectuosa y en aquellos coloquios tan sabios de ella con l,
haba algo de ocasionado a perversas interpretaciones, algo de mal
gusto, algo de pedantesco y lugareo a la vez, que la pareca cmico, y
cuya ridiculez se atenuaba slo pensando que su vida en un lugar no
poda llevarla a menos necio extravo.

Doa Luz resolvi, pues, ser ms cauta y menos expansiva en lo venidero,
y no menudear tanto las discusiones filosficas y teolgicas, y las
confianzas y el trato con el venerable sobrino del antiguo administrador
de su casa.

Si no hay--conclua ella--mutua y peligrosa inclinacin en nuestras
almas, pudiera suponerse, y esto me ofendera, y si la hay, como la
inclinacin sera por todos estilos abominable, conviene cortarla de
raz.

En cualquiera de ambos supuestos, reconoci doa Luz la necesidad de
cambiar de conducta; la conveniencia, valindonos de una frase espaola,
algo anticuada, pero grfica, de _poner su descuido en reparo_.

La llegada a Villafra del triunfante y flamante diputado D. Jaime
Pimentel y Moncada coincidi casi con esta prudentsima, aunque algo
tarda resolucin.

Doa Luz, acompaada de su benigna amiga, estaba en una ventana baja,
aguardando la aparicin de la pompa y del triunfo, que se anunciaba ya
por el resonar de los tiros y de los vivas.

Don Jaime, cabalgando en medio de D. Acisclo y Pepe Geto, precedido de
una turba de muchachos y de hombres a pie, y seguido de buen golpe de
gente a caballo y aun de ms gente pedestre, se mostr al cabo a los
ojos de nuestra herona.

La fama no haba mentido. Era D. Jaime todo un galn caballero. Montaba
con gracia y firmeza. Aunque tena cerca de cuarenta aos, pareca que
apenas tena treinta. Su traje sencillo dejaba ver, en los pormenores
todos, la elegancia y el buen gusto.

La cabalgata se par a la puerta de D. Acisclo, y ste, seguido de su
ahijado y husped, se hall pronto en la sala, donde aguardaban doa Luz
y doa Manolita.

--Aqu tiene V. a nuestro diputado el Sr. D. Jaime--dijo D. Acisclo,
presentndole a doa Luz--; y luego aadi, dirigindose a D. Jaime:

--La seorita doa Luz, hija del difunto marqus de Villafra.

El recuerdo lejano y confuso de la alta sociedad madrilea, que doa Luz
no haba hecho sino entrever haca ms de doce aos, la idea vaga de un
medio ms culto y ms aristocrtico, las formas y el ser soados de
damas y galanes, sus usos, discreteos, aventuras y amoros, tales cuales
ella los haba fantaseado o columbrado, sin llegarlos a ver ni a gozar,
obligada, en la aurora de su vida, a retirarse a un pueblo pequeo, todo
acudi de sbito a la mente de doa Luz, al mirar a D. Jaime Pimentel,
al notar la soltura y naturalidad de sus distinguidos modales, y al or
su acento y las pocas y atinadas palabras que le dirigi, las cuales ni
pecaron de fras y secas, ni se extremaron por lo galantes, sino que se
encerraron dentro de los lmites de la ms respetuosa discrecin. Porque
no era el inferior quien sinti doa Luz que le hablaba, ni el cortesano
insolente tampoco, cuya superioridad se revela al travs de su fingida
cortesa, sino el hombre de la misma clase que ella, que habla como
igual, pero con las atenciones delicadas que a una seora principal se
deben siempre. Doa Luz lo comprendi as, se complaci en ello, y lo
agradeci todo. Harto advirti el tono diverso que emple don Jaime, al
hablar con doa Manolita, no bien a ella tambin le presentaron.

Dos das estuvo D. Jaime en Villafra, al cabo de los cuales fue
menester proseguir la comenzada tarea de visitar todos los lugares del
distrito.

Durante estos dos das, D. Acisclo despleg la ms prodigiosa
magnificencia. Tuvo, por decirlo as, mesa de Estado. Toda su parentela,
el mdico, su hija y su yerno, y el cura D. Miguel, almorzaron, comieron
y hasta cenaron con l y con el agasajado D. Jaime. ste se sent
siempre a la derecha de doa Luz, y tuvo siempre a doa Manolita del
otro lado.

Petra, el ama de llaves, hizo milagros en aquellos dos das. Qu pavos
rellenos, qu cocido con morcilla, chorizo, embuchados y morcones, qu
tortillas con esprragos trigueros, qu platazos de pepitoria, qu
menestras de cardos, morrillas y guisantes, qu jamn con huevos
hilados, qu tortas maimones, y qu deliciosas alboronas, picantes
salmorejos, frescos gazpachos y ensaladas, y variados arropes y
almbares, no condiment o present en la mesa de su amo?

Los cinco mejores msicos del lugar vinieron por la noche con sus
acordes y sonoros instrumentos, y se bail en la cuadra alta, porque la
baja estaba como santificada por la Santa Cena.

Don Jaime bail rigodn con doa Manolita y con una de las hijas de D.
Acisclo; y con doa Luz, no slo bail rigodn, sino tambin vals.

Con doa Luz estuvo muy fino y amable, y doa Luz asimismo lo estuvo con
l.

Los chistes urbanos, las anecdotillas picantes, sin rayar en libres, las
pinturas de las intrigas y lances de Madrid, referidos con ligereza y
primor por don Jaime, divirtieron mucho a doa Luz y la hicieron rer;
cosa que le agrad y pasm, porque no era fcil para la risa. Siempre
que la conversacin era general, cuanto deca D. Jaime encantaba al
auditorio, y todos le aplaudan. Y doa Luz notaba que D. Jaime, sin ser
vulgar, tena el arte de hacerse comprender de los que lo eran, y que
con sus discursos nadie se quedaba en ayunas, como con las reconditeces
y los encumbramientos del Padre, el cual no dej de asistir a todo esto,
pero muy eclipsado y confundido entre la turba multa.

En los apartes, D. Jaime hizo mil cumplimientos a doa Luz. Como
vulgarmente se dice, le ech muchsimas flores; pero, con tal arte, que
la ms presumida no hubiera credo al orlas que eran nacidas de amor,
ni negado tampoco resueltamente que de amor naciesen, porque iban
enlazadas con miramientos tales que acaso se hubiera podido interpretar
por temor de ofender lo que las contena dentro de ciertos lmites. La
franqueza graciosa con que don Jaime deca piropos a doa Manolita,
haca resaltar todo el mrito y todo el lisonjero significado de aquella
circunspeccin con que celebraba la hermosura y dems excelencias de la
aristocrtica hija del marqus de Villafra. En suma, los dos das
pasaron como un soplo; D. Jaime se fue a recorrer el distrito con D.
Acisclo y Pepe Geto; y las dos amigas se quedaron como antes,
acompaadas slo, en las horas de la comida y de la tertulia, del P.
Enrique y a veces del cura y de D. Anselmo.

Cuando doa Manolita se vio a solas con su amiga, recordando que la
broma de unos supuestos amores con D. Jaime no la haba ofendido, no
pudo resistir a embromarla de nuevo sobre el mismo tema. Y as,
hallndose las dos, con todo sosiego, en la salita de doa Luz, la
maana misma de la partida de D. Jaime, dijo la hija del mdico a la
hija del marqus:

--Vamos, confiesa que nuestro diputado no te parece saco de paja.

--No me parece sino muy bien--respondi doa Luz--. Decir otra cosa
sera hipcrita falsedad. Es elegante, discreto, buen mozo y muy amable.

--Si tan buena es la impresin que en ti ha hecho--repuso doa
Manolita--, creo que debes lisonjearte y estar muy contenta, porque l
no apartaba un punto los ojos de ti y se conoca que te miraba y
admiraba con entusiasmo.

--No te burles, Manuela.

--No me burlo. Tengo por cierto lo que te digo.

--Tu deseo de que yo haga conquistas y la buena opinin que de m tienes
te llevan a soar con todo eso.

--Y las dulzuras y los requiebros que te ha dicho en voz baja, pues por
el gesto y el ademn y el brillo de los ojos se mostraba que te los
deca, son sueos mos tambin?

--No; no son sueos. Cmo negarte que D. Jaime me ha requebrado? Pero,
si bien lo ha hecho con un respeto y un tino que le honran (y no de otra
suerte lo hubiera sufrido yo), no ha dejado ver verdadero inters por
m, ni un solo momento. Sus palabras expresaban estimacin, denotaban
ingenio cortesano, estaban llenas de lisonja, pero no haba en ellas un
tomo de sentimiento. Ni poda haberle. Pues qu, el amor brota de
repente, en la vida real? Eso se queda para los dramas, donde es
menester que la accin corra a todo correr y que los hechos se condensen
y acumulen en pocas horas y palabras.

--Hija ma, en la vida real, lo mismo que en los dramas, no es tan
inverosmil _dar flechazo_. En mujer de tus rarsimas prendas es menos
inverosmil todava. Yo estoy segura de ello: t has dado flechazo a D.
Jaime.

--_Dar flechazo_ tiene tan indeterminada significacin que no s qu
responderte. Si por _dar flechazo_ quieres significar que he parecido
bien a D. Jaime, y que hasta se ha sorprendido un poco (y perdona que
haga patente contigo mi vanidad) de hallar en esta villa a una mujer
que, trasladada de sbito a un saln de la corte, estara en l como en
su centro, no disto mucho de creer que le he dado flechazo. Pero desde
esto a infundir un verdadero cario, hay mil leguas de distancia, y ni
me alucino, ni deseo siquiera que D. Jaime haya andado ni ande esas mil
leguas en cuarenta y ocho horas, que hace slo desde que me conoce y
trata.

--Y por qu no ha de andar o por qu no ha de haber andado ya esas mil
leguas?

--Porque es harto difcil y porque a nada conducira. Mira, Manuela,
qu no te declarar yo? Confieso que he pensado en la posibilidad de
ese amor; pero le he desechado como locura. D. Jaime es ambicioso, y
apenas tiene para l slo con su sueldo y sus rentas. En m no podra
poner la voluntad sino para casarse conmigo. Y qu puedo yo llevarle?
Mis bienes, cuidados por m, estando yo aqu sobre ellos, producen
20.000 rs. el ao que ms: si me fuese de aqu, no me produciran 10.000
rs., o administrados o en arrendamiento. Mi boda con D. Jaime sera como
grillos con que l atara sus pies; sera para l una carga muy pesada.
Claro es, pues, que D. Jaime, aunque por acaso se sintiese inclinado a
amarme, que lo dudo, desechara de s el amor como una tentacin insana;
como un disparate funesto.

--Luego t--interrumpi doa Manolita--, no concibes que te quieran sino
por clculo. No te entiendo. Lo que lisonjea y enamora es que la quieran
a una, aunque sea pobre, y no por ser rica.

--De acuerdo--contest doa Luz--. Yo no s si amara a D. Jaime, si l
me amase; pero de seguro que no le amara, si yo fuese rica y llegase yo
a sospechar que por hacer un negocio l me amaba. Ve ah por qu no me
casar nunca. Rica yo, recelara siempre que no me amaban por m, y
pobre, recelo que no me amen hasta el extremo de que se sacrifiquen
amndome. Como no me case con algn seorito de estos lugares, para
quien slo puedo ser un partido proporcionado, en que ni l se
sacrifique, ni yo sea para l un dote y no una amada compaera de toda
la vida, no veo novio adecuado para m en el mundo. Mi nico amor ser
este....

Y alzndose de su asiento, en uno de aquellos arrebatos ascticos que de
vez en cuando tena, abri doa Luz su famoso cuadro del admirable
Cristo muerto y puso sus rojos y frescos labios sobre los labios lvidos
de la tremenda imagen.

Doa Manolita haba ya visto el cuadro otras varias veces, pero nunca le
hizo ms honda impresin que en aquel momento; cuando se unieron la
lozana de la mocedad, la exuberancia de la vida y la hermosura briosa
de doa Luz con tal fiel trasunto del dolor y de la muerte.

Esta y otras conversaciones que tuvo doa Luz con su amiga, y los
propios monlogos y los constantes pensamientos que la asaltaban, fueron
acrecentando en el alma de la soberbia dama un recelo que sublevaba su
orgullo, y contra el cual trat de armarse de todos los bros de su
pecho.

Don Jaime iba a volver. Don Jaime, despus de la visita a todos los
lugares, iba a pasar otros tres das en aquel pueblo. Incurrira doa
Luz en la debilidad de prendarse algo, de inclinarse un poco, y en
balde, al diputado? Slo de imaginarlo, de presentar en su mente la
remota hiptesis, doa Luz se pona encendida como la grana y se llenaba
de vergenza como si la ultrajasen con el desprecio.

Propuso, pues, en su corazn estar serena y fra a los halagos de D.
Jaime cuando volviese; y olvidando, con este nuevo peligro, el que poda
haber en los dilogos ntimos, en las disertaciones sabias y en la
atencin y en la emocin con que oa al P. Enrique, volvi con ms
ternura amistosa que nunca a buscar la conversacin del Padre, a
deleitarse en ella, y a dar seales inequvocas de la predileccin con
que le miraba.

Pronto se pas de este modo una semana entera, al cabo de la cual, con
no menor pompa y estruendo, volvi a Villafra el ilustre diputado D.
Jaime, acompaado de D. Acisclo y de Pepe Geto.

En la casa de D. Acisclo se renovaron las comilonas, las fiestas
esplndidas y todo el lujo de que ya se haba hecho gala la primera vez.




-XIV-

Solucin de la crisis


Segua D. Jaime observando siempre la misma conducta respecto a doa
Luz. Sus atenciones no podan ser ms delicadas ni ms respetuosos sus
requiebros. En alguna ocasin crey advertir doa Luz que D. Jaime se
animaba demasiado, pero el orgullo de ella acuda al punto a refrenar la
lengua del galanteador, para lo cual bastaba un leve gesto de
impaciencia o de disgusto o una mirada severa.

As se pasaron dos das de los tres que D. Jaime tena que estar en
Villafra, y amaneci el da tercero y ltimo. A la madrugada siguiente
D. Jaime deba salir para Madrid. Eran las ocho y doa Luz estaba ya
levantada y vestida como para ir a la calle. Aquel da, con ms
sentimientos religiosos que de ordinario, antes de ir a la iglesia
adonde pensaba ir y or misa, abri el cuadro del Cristo, se arrodill
delante de l y se puso a rezar con devocin grandsima.

Haba dicho a su doncella que no entrase hasta que ella llamara. Doa
Luz se crea completamente sola.

En aquella soledad y excitada por el rezo, quin sabe qu ideas
melanclicas atravesaron por su mente, ni qu amarga ternura hiri su
corazn; ello es que exhal un profundo suspiro y dos gruesas lgrimas
brotaron de sus hermosos ojos y se deslizaron por sus frescas y
sonrosadas mejillas.

La hija del mdico, nica persona que poda penetrar hasta all sin
permiso de nadie, haba entrado, sin que doa Luz, embebecida en sus
devociones, notase su presencia.

Doa Manolita contempl, pues, a todo su sabor el ferviente rezo de su
amiga y la efusin de suspiros y de lgrimas con que hubo de terminarle.
Entonces, sin detenerse ms, se arroj en sus brazos y enjug con besos
las lgrimas que humedecan su rostro.

--Qu es esto? Por qu lloras as?--dijo doa Manolita.

Y sin contestar a la pregunta, pregunt a su vez doa Luz.

--Cmo te has entrado hasta aqu? Qu te trae a verme tan de maana?
Por qu me has sorprendido?

--Perdona que te haya sorprendido; perdona que haya interrumpido tus
oraciones. Ya sabes t que yo no madrugo para ti sino cuando tengo que
comunicar contigo algo de muy importante. Quiz desde el da en que te
di parte de mi proyectada boda con Pepe Geto, no he usado hasta hoy de
la licencia que tengo de venir aqu de maana.

--As es la verdad, pero yo no me quejo de que vengas. Yo me alegro de
que hayas venido. Lo que hago es extraarlo, por lo mismo que de maana
no vienes nunca. Qu nueva, pues, no menos importante que el anuncio de
tu boda, puede hoy moverte a visitarme tan temprano?

--Vengo aqu de embajadora: te traigo un recado que arde en un candil.

--De quin es el recado?

--Del Sr. D. Jaime Pimentel--dijo doa Manolita.

--El rubor color el semblante de doa Luz, quien no acert a disimular
con su amiga ntima el contento y la satisfaccin de amor propio que
aquello le causaba.

--Qu recado, qu embajada me traes? Es alguna burla tuya, o de D.
Jaime Pimentel?

--Nada de burla. Esto va de veras y muy de veras. Don Jaime te idolatra.

--Y por qu no me lo ha declarado? Tan tmidos son en el da los
caballeros cortesanos que no se atreven a declararse ellos mismos?

--No le culpes. Don Jaime no peca ciertamente por timidez. l lo explica
todo de un modo satisfactorio. Dice que una declaracin directa de su
parte requera mucho ms tiempo; no poda ser tan brusca y repentina.
Era menester espiar la ocasin, preparar tu nimo sin valerse de
precipitados galanteos que tu severidad rechaza, y en tres das, por
bien que l los aprovechara, no caban tantos trmites y preparaciones.
Por esto me ha buscado a m. Anoche, al salir de tu casa, me acompa
hasta la ma, y tuvo conmigo una larga conferencia. Bien te lo haba yo
pronosticado. Le diste flechazo. Est loco de amor por ti, y me pide que
por l interceda.

--Qu delirio es ese?--exclam doa Luz--. Lo ha reflexionado D.
Jaime? Sabe que con un corazn como el mo no se juega? Ha pensado
bien que yo no puedo ser objeto de un capricho efmero, sino de una
pasin que decida del porvenir de la vida toda?

--Si D. Jaime no lo supiera, no hubiera acudido a m. Si no hubiese
formado un propsito para toda la vida, propsito cuya realizacin de ti
slo depende, no vendra yo a hablarte en su nombre.

--Sabe D. Jaime que soy pobrsima?

--Conoce con exactitud los bienes que posees.

--Es singular--dijo doa Luz--. Te lo confieso: yo tena de m misma y
de los hombres mucha peor opinin. No me senta capaz de inspirar amor
tan desinteresado a quien la ambicin seduce y sonre, halaga la
fortuna, y quieren y miman en Madrid, a lo que aseguran, las ms altivas
y bellas mujeres. No pensaba yo tampoco que as, de repente, pudiese
enamorarse un hombre con tal desinters.

--Pues no lo dudes: don Jaime te ama de esa manera. Dime t si le
correspondes.

--No s qu contestar. Mi gratitud es inmensa. Antes de la gratitud,
antes de que hubiese motivo para tenerla, por qu ocultrtelo? la
elegancia de don Jaime, su discrecin, su fama de valeroso soldado, la
noble gallarda de su persona, todo me inclinaba a quererle bien y
mucho; pero el recelo de no ser amada sublevaba mi orgullo, y mi orgullo
ha hecho cuanto es posible para ahogar esta inclinacin naciente.

--Y ahora que sabes ya lo bien pagada que es tu inclinacin, qu
sientes?, qu piensas de D. Jaime?

--Siento y pienso... que no debo dar en seguida un s de que tal vez no
haga l mucho aprecio si con tal facilidad le obtiene. Adems, no basta
ser amada. Es menester pensar en el trmino de estos amores.

--Hija ma! Qu otro trmino pueden tener sino el de que os case el
cura?

--Es cierto; y eso precisamente me obliga a meditar mucho. Yo soy muy
rara de carcter. No quiero que nadie me ame por conveniencia, y me
repugna tambin que alguien imagine que la conveniencia influye en el
amor mo. Si yo me casase con D. Jaime, pobre como soy, no podra
alguien imaginar que me excitaban a este enlace el afn de salir de
Villafra e ir a Madrid, la posicin del novio, sus grandes esperanzas,
y hasta las mismas ventajas materiales de que ya goza? l, por otra
parte, no es rico para nuestra clase, y preveo los apuros, las
dificultades econmicas, la horrible prosa del hogar domstico, sin
recursos suficientes. Esto me arredra. Y no me arredra por m, si
atiendo slo al bienestar material, sino porque me sonrojo de pensar que
pueda yo ser causa de que un hombre viva lleno de ahogos. Si l se
quedase conmigo aqu, me sacrificara su ambicin, su carrera, su
porvenir. Si l me llevase a Madrid en su compaa, viviramos muy mal,
hara yo acaso muy triste figura en las sociedades que l frecuenta, y
quin sabe si esto le movera a que dejase de amarme? quin sabe si
cansado de m acabara hasta por cobrarme odio?

--Veo que alambicas demasiado y te complaces en atormentarte y en crear
obstculos para lo que ms deseas.

--Y quin te afirma que lo deseo? Yo misma lo ignoro; tengo mis dudas:
no veo claro en el fondo de mi alma. Ser la vanidad satisfecha, ser
el pueril contento de verme querida de persona de tanto valer, lo que me
induce a pensar que yo tambin la quiero? Qu es amor? Es amor esto
que siento en mi alma y que me lleva hacia ese hombre? Mira, Manuela,
por qu no decrtelo todo? Todo esto es tenebroso y confuso. Hay otro
hombre de cuyos labios estoy pendiente cuando habla, cuyo talento me
asombra, cuya superioridad intelectual me subyuga, cuyas virtudes me
llenan de maravilla y de entusiasmo, cuyo fondo de bondad altsima
percibo claramente all en las profundidades de su corazn, y ya sabes
mi enojo, mi repugnancia a que se piense que ni un solo instante puedan
confundirse con algo parecido al amor los sentimientos que ese hombre me
inspira y que yo le inspiro sin duda. Con D. Jaime ocurre lo contrario;
apenas le conozco; no s si es bueno o si es malo; su entendimiento me
parece de menos quilates, y sin embargo, me siento arrastrada hacia l.
Amo acaso en l el amor que muestra y que tanto me lisonjea? Lo que en
el otro me repugna, lo que mata el amor es slo el respeto a las leyes
que le prohben?

--No te comprendo--interrumpi doa Manolita--. Ya no eres tan criatura
que no sepas lo que es amor, ni atines a descubrirle en tu pecho. No es
brioso, bello, valiente, pulcro y discretsimo D. Jaime? No es libre?
No te ama? No te da pruebas de amor, decidido, como est y como me ha
dicho, a casarse contigo? No es un caballero bien nacido y honrado?
Pues entonces a qu todas esas quintaesencias y maraas sutiles con que
te devanas los sesos? Dile que s; male; csate con l y vers cun
dichosa eres. Da esperanzas al menos de que le amars, si no quieres dar
un s completo y redondo desde el principio. Con estas esperanzas, l lo
promete, no se ir a Madrid y permanecer en Villafra. Buscar un
pretexto plausible para no irse. Dir que se queda para comprar quince
aranzadas de olivar, que lindan con las suyas, y para cuya compra est
ya en tratos.

--Lo que me aconsejas es vulgar; perdona mi crudeza de expresin: es
feo. Yo no debo dar esperanzas de una cosa de que yo misma no est
segura. Y si estoy ya segura de ello, es artificio ridculo ocultarlo y
dar esperanzas, e ir descubriendo poco a poco mi corazn. Si no amo a D.
Jaime, no debo engaarle con esperanzas inciertas. Pretndame l y trate
de conquistar mi voluntad y de rendirme, sin que yo le aliente con
esperanzas. Y si le amo, debo ser franca y decrselo luego, ya que me
ama l. Aunque d poca estimacin a un s tan fcil y tan pronto, debo
darle ese s.

--Soy en todo de tu opinin. Dale ese s: que le oiga de tu boca y ser
el ms feliz de los mortales.

--Y cundo? Y de qu suerte? No: no le digas nada. Tengo vergenza.
Cllate; cllate por piedad. Que se vaya y me deje tranquila en mi
retiro.

--Ea, mujer, no seas desatinada. Cmo se ha de ir sin contestacin,
despus del paso que ha dado?

--Y qu le contesto, si no s qu contestarle? No crees t que va a
arrepentirse no bien le diga que s? Crees t que me ama de veras, con
todo el ser de su vida como yo necesito ser amada; como yo le amara si
me amase?

--Vaya si lo creo. Sus palabras infunden la creencia en el entendimiento
ms inclinado a dudar. yele, y quedars convencida. Quiero atreverme a
decrtelo. Por Dios, Luz, no te enojes. No he sabido resistir a sus
ruegos. Le he trado en mi compaa. Est aguardando en la cuadra alta.
Voy a llamarle volando.

Antes de que doa Luz consintiese, su amiga, ligera como una corza,
haba salido en busca del diputado brigadier.

Doa Luz no saba lo que le pasaba. Estaba agitadsima. Era la primera
vez que se iba a ver a solas con un joven enamorado, en aquel pdico
retiro, donde haba vivido los ms floridos aos de su juventud. Todos
los vagos ensueos de amor, todas las palabras dulces, todos los regalos
del alma se ofrecieron de repente a su fantasa, no ya cifrados en un
ser ideal y areo, creacin imaginaria, sino aplicados y consagrados al
amor de una persona real y llena de vida, cuyas excelentes prendas se
complaca en reconocer y cuyo afecto hacia ella adulaba su orgullo.

La sombra melanclica del P. Enrique cruz por su mente,
entristecindola. Mir la imagen del Cristo muerto y se le antoj que se
pareca al P. Enrique. Era de da claro. Entraba el sol por la ventana,
y sin embargo, sinti cierto temblor al mirar el Cristo. Acudi a l
precipitadamente y le cubri con el otro cuadro.

Como para apartar de s toda imagen ttrica se mir entonces al espejo.
Se vio hermosa, gallarda, toda lozana, juventud y elegancia, y hall
natural, casi forzoso, que D. Jaime la amase.

Despus pens de nuevo en el P. Enrique, pero de otra manera. El mismo
amor de ella hacia D. Jaime aclarara lo que en su inclinacin hacia el
Padre poda haber de ocasionado a dudosas interpretaciones. Esto la
impulsaba a creerse y a sentirse enamorada de D. Jaime. Amando a D.
Jaime desaparecera a sus ojos todo lo que hubiera podido tener de raro
su amistad con el misionero. Lo ridculo que en aquellas relaciones
haba credo entrever a veces desapareca ya, y todo se explicaba.

Esta serie de pensamientos pas en un instante por el alma de doa Luz.
Un instante no ms fue lo que tard D. Jaime en aparecer a la puerta del
saloncito que doa Manolita haba dejado abierta.

No tuvo D. Jaime que hablar palabra para obtener el permiso de entrar en
el saloncito. Ella le aguardaba; ella le vio venir y le recibi sin
cumplimientos ni ceremonia.

Doa Manolita se qued fuera y D. Jaime entr solo.

Lleg precipitadamente donde doa Luz estaba de pie; hinc en tierra
ambas rodillas, y dijo con acento conmovido:

--Ya lo sabe V. De V. depende mi dicha o mi desdicha. Aqu aguardo mi
sentencia.

Todo discurso ms prolijo hubiera sido absurdo en aquella ocasin; toda
arte vana; toda precaucin chocante.

La puerta del saloncito haba quedado de par en par y D. Jaime estaba de
rodillas a los pies de doa Luz. Se dira que se acababa de entregar a
discrecin, que todo por su parte estaba dicho, y que a ella tocaba slo
hablar e imponer condiciones.

El orgullo de doa Luz se senta vivamente lisonjeado. Aquel _dandy_,
aquel valiente, aquel hombre de porvenir y de carrera, estaba all
postrado ante su hermosura, sin ms resorte para tanto rendimiento que
el repentino y ardiente amor que ella haba sabido inspirarle.

Doa Luz enmudeci: no acert a decir palabra alguna; pero en su rostro,
donde no caba el disimulo y donde se reflejaban todos sus sentimientos,
se pintaban el jbilo, la emocin afectuosa y la agradable sorpresa.

Como tal vez las nieves detienen y con la misma detencin prestan ms
bro a la virtud germinal de la primavera, la cual aparece de sbito y
da razn de s cubriendo los rboles de verdura y los campos de flores,
as el anhelo de amar y todo el ser apasionado del virgen corazn de
nuestra herona despertaron de repente, reprimidos hasta entonces por la
prudencia, y como dormidos hasta los veintiocho aos. Doa Luz sinti
nacer en su espritu la primavera de la vida; oy cantar las aves; vio,
como en espejo mgico, el paraso; aspir el perfume embriagador de
rosas hadadas, y pens que se extendan por su seno el calor suave y la
luz dorada de un sol ideal, iluminando y vivificando un mundo bellsimo,
recin creado y oculto en su alma.

Temi luego que tan rica creacin se desvaneciese, que se disipase como
si fuera soada, y exclam al fin con extrao candor:

--No me engaa V.? Es cierto? V. me ama?

--Con todo mi corazn--contest D. Jaime tomando la linda mano de doa
Luz y estampando en ella un beso.

--No sea V. loco. Levntese V.--dijo doa Luz, retirando con suavidad su
mano de entre las de don Jaime.

--No me levantar--replic ste--, hasta saber si usted me corresponde.

--D. Jaime, por Dios, qu quiere V. que yo le diga? Yo no s si le amo
a V.: pero si el contento que me causa el creerme amada y el temor de
perder esta creencia son sntomas de amor, me parece que le amo.

Doa Luz se sonroj como nunca al pronunciar tales palabras, y D. Jaime
se levant mostrando en su semblante la gratitud y la alegra que la
confesin de doa Luz le causaba.

Despus dijo:

--Deseche V. todo temor, y conserve la creencia de que la amar siempre,
y de que mi amor hacia V. slo puede compararse con el respeto y la
profunda admiracin que V. merece.

Llegadas a ese punto las explicaciones, y yendo por camino tan llano,
todo qued tcitamente concertado en aquella entrevista, que dur
poqusimo.

Doa Luz estaba turbada y confusa, pero la majestad severa de su rostro
y ademanes hubiera contenido al amador ms audaz.

Don Jaime se crey amado, y ni siquiera con otro beso en la mano de doa
Luz se atrevi a manifestar que amaba a su vez, y que estaba agradecido.

En suma, dado el modo de ser de doa Luz, y despus de declarado de
ambas partes el amor, no haba trmite, ni coloquio tierno a solas, ni
dilacin que valiera. Las bodas tenan que venir a escape.

Doa Luz era harto vehemente para hablar con serenidad y con frialdad de
otro cualquiera asunto, y a solas, con el hombre a quien casi acababa de
decir: te amo; y era tan casta y tan pura, que helaba todo deseo y
mataba toda esperanza de obtener de ella la ms inocente anticipada
caricia o de adelantarse a hacerla sin exponerse a su enojo.

De aqu el grande embarazo en que se vieron doa Luz y su amante apenas
se dijeron que se queran. Doa Luz, sobre todo, no saba qu hacer. Se
senta avergonzada de lo que haba dicho, quera huir de las miradas de
aquel hombre, y no se resolva a huir, temerosa de que su fuga pareciese
artificio o ridcula puerilidad impropia de una mujer de veintiocho
aos.

Por fortuna, doa Manolita presinti por instinto aquella situacin
difcil, y libert de ella pronto a su amiga, presentndose otra vez en
el saloncito.

Ya, ms tarde, durante el almuerzo, en medio de los convidados, a la
vista de D. Acisclo y del P. Enrique, y despus de haberse serenado y
repuesto de la primera emocin, doa Luz habl a D. Jaime con reposo; le
hall dispuesto a todo, y como ella no tena padre ni madre a quien
consultar, ni l tampoco los tena, ambos determinaron casarse sin ruido
ni aparato, y lo ms pronto posible.

A fin de no dar parte en seguida, sin que nadie extraase la
prolongacin de su estancia en aquel lugar, D. Jaime dijo que se quedaba
una semana ms para ver si compraba el olivar que tena en tratos.




-XV-

Primera traza de un idilio matrimonial


Difcil es tener nada oculto en un pueblo pequeo. Todo se sabe en
seguida, aun cuando importe que no se sepa. La proyectada boda de D.
Jaime y de doa Luz, que nada importaba que se supiese, no es de
extraar, pues, que llegara al punto a noticia de todos en Villafra.

La detencin de D. Jaime se atribuy desde luego a su verdadero motivo,
y nadie juzg sino pretexto lo de la compra del olivar.

Aquel caso de amor fulminante y sobre todo aquel tan improvisado
consorcio, dieron muchsimo que decir, comentar y murmurar.

En los lugares andaluces, nada hay que pasme tanto como una boda
repentina. Por all todo suele hacerse con mucha pausa. En parte alguna
es menos aceptable el refrn ingls de que _el tiempo es dinero_. En
parte alguna se emplea con ms frecuencia y en la vida prctica la frase
castiza y archi-espaola de _hacer tiempo_; esto es, de perderle, de
gastarle, sin que nos pese y aburra su andar lento, infinito y callado.
Pero donde ms se extrema en Andaluca el _hacer tiempo_ es en los
noviazgos. Contribuye a esto, por un lado, la prudencia que,
reconociendo lo grave y trascendental del matrimonio, nos aconseja de
continuo: _antes que te cases, mira lo que haces_. Y contribuye mucho
ms, por otro lado, que este _mirar lo que se hace_ es sumamente
divertido; es el mejor modo de matar o de hacer tiempo; es una grata
ocupacin, que se proporciona quien no tiene ninguna, y que no bien se
casa se queda sin ella.

De aqu, sin duda, los interminables noviazgos de mi tierra, en los
cuales adems se dan los ms bellos ejemplos de firme constancia que
pueden registrar las historias de amor. Noviazgos hay que empiezan
cuando el novio est con el dmine aprendiendo latn, pasan a travs de
las humanidades, de las leyes o de la medicina, y no terminan en boda
hasta que el novio es juez de primera instancia o mdico titular.
Durante todo este tiempo, los novios se escriben cuando estn ausentes;
y cuando estn en el mismo pueblo, se ven en misa por la maana, se
vuelven a ver dos o tres veces ms durante el da, suelen pelar la pava
durante la siesta, vuelven a verse por la tarde en el paseo, van a la
misma tertulia desde las ocho a las once de la noche, y ya, despus de
cenar, reinciden en verse y en hablarse por la reja, y hay noches en que
se quedan pelando la pava otra vez, y mascando hierro, hasta que
despunta en Oriente la aurora de los dedos de rosa.

En comprobacin de esto se cuenta de cierto novio antequerano, que al
fin tuvo que casarse a los ocho aos de ser novio; y que, no bien se
cas, se mostraba afligidsimo por no saber qu hacer de su tiempo. De
otro novio, natural de Carcabuey, he odo yo tambin contar, como
testimonio de lo arraigada que est la idea de que el matrimonio exige
mucha calma antes de llevarle a cabo, que su futura suegra, considerando
que su hija llevaba ya trece aos de hablar con aquel novio, sin que
llegase l a pedirla, y que ella se iba ajando y marchitando un poco, se
resolvi a preguntar al novio qu intenciones traa. Y habindose armado
de resolucin y hecho la pregunta, el novio contest muy sorprendido y
un s es no es contrariado:--Vlgame Dios, seora! Es esto pualada de
pcaro?

Prevaleciendo y aun privando en Villafra tan sanas doctrinas acerca de
la longevidad de los noviazgos, ya se har cargo el lector del asombro
que producira aquel arrebato, aquella impremeditacin con que doa Luz
se decidi.

--Esto es un escopetazo--deca uno.

--Vamos--deca otro--, todo se comprende bien: si ella aseguraba que no
pensaba en casarse, era por vanistorio, porque desdeaba a los
lugareos; pero, apenas lleg por aqu un currutaco de la corte, cay
sobre l y le atrap, como la araa atrapa a la mosca.

Los pretendientes desdeados, que antes lo llevaban todo con
resignacin, dando por supuesto que los consolaba, que los desdenes de
doa Luz nacan de su amor a Dios y al cielo, cuando supieron que doa
Luz gustaba tanto de la tierra y de otro hombre como ellos, no la
perdonaron tampoco, y censuraron su ligereza.

--Se ha echado en brazos del primer venido--exclamaban--, sin amor, sin
estimacin, porque ni el amor ni la estimacin nacen tan de sbito. La
ha seducido el afn de ir a brillar en los Madriles.

Hasta la gitana buolera que se pona a frer y a vender sus buuelos en
la esquina de la casa de don Acisclo, gitana muy sentenciosa, llamada la
Filigrana, ms clebre por sus sentencias que el mismsimo Pedro
Lombardo, dijo en tono irnico:

--Doa Luz es una perla oriental, y la perla no repara en el pescador,
ni en si vale o no vale; lo que pretende es que la pesque y la lleve a
lucir en el Olen del Oclaye.

No pocas de tales murmuraciones llegaron a los odos de doa Luz; pero
no hacan mella en su corazn. Nada de lo que encerraban en s hallaba
eco en su limpia y tranquila conciencia. Doa Luz era mujer y tena alma
y senta necesidad de amor. Su amor, sin objeto visible y humano, haba
estado como aletargado hasta entonces. Un objeto digno se ofreci al fin
a sus ojos, y doa Luz le consagr al punto todo su amor. Cada da, cada
hora que pasaba, afirmaba ms a doa Luz en la creencia de que don Jaime
lo mereca. El mismo amor de D. Jaime, la decisin con que le haba
ofrecido su mano, a ella, desvalida, hurfana y pobre, era la garanta
mejor y ms segura.

En cuanto a que ella se casaba por deseo de ir a figurar en Madrid, doa
Luz rea desdeosamente al orlo. Doa Luz tena resuelto no ir a Madrid
mientras pudiera no ir: quedarse en Villafra viviendo en su casa
solariega; tener all su centro, su cuartel general, su nido; cuidar
desde all de sus bienes e irlos mejorando y aumentando; ahogar en su
alma toda propensin celosa; y, no ya consentir, sino impulsar a su
marido a que fuese l solo a la capital, a brillar en el Congreso de
Diputados, en las luchas polticas y en los negocios militares. Doa Luz
quera imitar en esto a Vitoria Colonna, y esperar a su hroe, a su sol,
a su amante, cuando viniese a reposar en aquel rstico asilo, que el
amor de ella haba de colmar de hechizos y de deleite. No quera, en
suma, ser para l carga gravosa en Madrid, sino descanso, refugio,
consolacin santa y dulce, en aquella aldea.

En sus amorosos coloquios con D. Jaime, doa Luz desenvolva todo su
plan. Quera para l gloria, poder, influjo en la corte, y esto
entreverado de una serie de idilios en Villafra, donde ella haba de
aguardarle, como Armida benfica, cada vez que viniese l a reposar en
sus brazos, cubierto de frescos laureles. Don Jaime pugnaba porque doa
Luz haba de ir a Madrid con l; pero doa Luz lo repugnaba con tamaa
obstinacin, que D. Jaime tuvo que transigir, concertando que por lo
pronto, esto es, mientras no fuesen ambos mucho ms ricos, doa Luz
continuara residiendo en Villafra.

Todo esto era tan potico que de fijo que el lector, pues lo sabe, no ha
de censurar a doa Luz como la censuraban las gentes de su lugar, sino,
en todo caso, por lo contrario: por sobrado rara y soberbia; porque
prefera vivir muchos meses del ao separada de su marido a ser en
Madrid causa perpetua de dificultades prosaicas y econmicas, bastantes
a dar muerte al amor ms robusto.

Doa Luz, trazado as con firmeza y por su propia mano el porvenir de su
vida, no vea en su alma sino motivos de satisfaccin y de contento. Su
ser ntimo floreca. El dulce anhelo de ser esposa y madre la conmova
con presentimientos de inefable ternura. Una claridad interior iluminaba
su mente, beatificndola; y pareca que, trasminando a lo exterior,
irradiaba en su semblante y prestaba a su hermossimo cuerpo mayor
beldad que nunca. As como los campos se cubren de lozana al llegar la
primavera, as como el cielo se tie de prpura y oro cuando el sol va a
salir, as doa Luz se mostraba entonces ms gallarda y refulgente.

Su alegra era tan noble, tan generosa y tan confiada, y la expresin
divina que esta alegra prestaba a su figura gentil era de tal suerte
simptica, que la censura quedaba desarmada al cabo, y al mirarla,
tenan que bendecirla todos los hombres.

En su nimo era casi todo luminoso y alegre. Slo quedaba, all en lo
ms hondo, un pequeo rincn, donde no penetraba bien la luz, y donde,
de cierta manera confusa, haba como un germen, como una semilla apenas
perceptible de disgusto y de intranquilidad. Doa Luz, sin darse bien
cuenta de ello, por instinto salvador, trataba de arrancar aquella
semilla, de ahogar aquel germen, a fin de que no brotase de l la hierba
ponzoosa.

Doa Luz pensaba en sus anmalas relaciones con el P. Enrique; en
aquella amistad vivsima, en aquel afecto que siempre le haba mostrado.
Claro est que para doa Luz aquello no poda tener ni remotamente nada
de comn con el amor. Mas, por lo mismo, su afecto hacia el Padre deba
permanecer, y las demostraciones de este afecto no deban cesar ni
mitigarse, so pena de que ella se inclinara a creer que eran de la
propia esencia que lo que daba de su alma al esposo futuro; que haba
procedido como veleidosa e inconstante; que haba puesto en uno, no lo
libre, lo intacto, lo jams dado a nadie, que atesoraba solcito su
corazn, sino algo o mucho de lo que haba antes dado a otro y
quitdoselo luego.

As, pues, doa Luz se esforz, aunque en balde, por estar como siempre
de afable y cariosa con el P. Enrique. Y, como viese que no poda, como
viese que del tocarse su alma con la del Padre, ya por la palabra, ya
por la mirada, cuando antes pareca que brotaban calor y magntica
lumbre, entonces se formaba hielo, se lo explic suponiendo que no hay
bro ni vigor en los corazones humanos para varios afectos, y que, donde
uno impera, los otros caen y desmayan, aunque sean de muy distinta
condicin y naturaleza.

El alma del Padre continuaba siempre para doa Luz clara, difana e
impenetrable, como la mar profunda que cie y abraza las costas
andaluzas. El sol atraviesa muchas capas de agua y todo lo llena de
claridad; pero, all en lo ms hondo, se pierde y ofusca la mirada,
entre iris, reflejos, tornasoles y relmpagos argentinos, y nada se
distingue con exactitud y fijeza. El Padre no haba cambiado, en
apariencia al menos. La misma serenidad, la misma dulzura de siempre. No
se alteraba su voz al hablar de D. Jaime ni con D. Jaime. Al hablar con
doa Luz, mostraba el Padre la antigua afectuosa benevolencia. Ni una
palabra donde ni remotamente se sintiese una punta de irona, de pique o
de despecho.

O el Padre tiene sobre s propio un dominio inverosmil--pensaba doa
Luz--, o no me ha amado jams. Sera de ver que la sospecha de Manuela,
que yo o como injuria llena de maliciosa villana, hubiese sido en el
fondo una creacin ridcula de mi vanidad, que, profundizando bien el
asunto, me halagaba en vez de enojarme. No; no cabe duda: el bueno del
P. Enrique me estima; me tiene en alto concepto, merced a su mucha
indulgencia; me quiere como a prjimo predilecto; pero todo lo dems es
sueo absurdo; es presumida imaginacin ma. Y ms vale as.

Y al terminar doa Luz con estas palabras, suspiraba para desahogarse,
como quien se quita grave peso de encima.

En otras ocasiones, ansiosa de descargar ms an su conciencia, de
declinar toda responsabilidad, aunque por los raciocinios anteriores se
haba demostrado a s propia que no tena nada de disgustoso de que
salir responsable, doa Luz iba esfumando en su memoria todos los
favores que haba hecho al Padre; iba quitando todo valer y
significacin a las muestras de afecto que le haba dado; y lo iba
reduciendo todo a las mezquinas proporciones de una amistad fra y
severa, como la que puede y debe mediar entre un discpulo y un maestro,
ahuyentando de s o borrando cualquier enojoso recuerdo, falso en su
sentir, hasta de la menor coquetera inconsciente, por parte de ella.

Entre tanto, pasaban los das y se aproximaba el de la boda, que haba
de ser sin ningn aparato.

Don Acisclo y Pepe Geto, no obstante, haban hecho un corto viaje a
Sevilla para comprar regalos a la novia, cada cual segn sus facultades.

El de D. Acisclo fue magnfico. Consista en unos pendientes y en un
broche de brillantes, que le costaron dos mil duros. El de Pepe Geto
fue un brazalete que le cost diez mil reales.

Don Jaime haba encargado a Madrid algunas galas y joyas, que deban
llegar de un da a otro.

Don Jaime mostraba viva impaciencia; pareca enamoradsimo, y trataba de
apresurar la boda.

Mientras ms se acercaba el suspirado da, ms tiernos estaban los
novios; sus coloquios ntimos eran interminables: juntos salan a
caballo, doa Luz en el suyo, y D. Jaime en otro bastante bueno y
bonito, de la propiedad de D. Acisclo; y tambin iban de paseo a pie, en
compaa de doa Manolita, muy ufana de haber sido la mediadora en
aquella feliz alianza.

El P. Enrique iba siempre a comer en casa de D. Acisclo, pero alegando
que tena que escribir o que estudiar, se quedaba a almorzar en su casa,
donde su criado Ramn le preparaba y serva un frugal desayuno.

Tambin de la tertulia de por la noche, o ya se retiraba ms temprano
que de costumbre, o ya se retraa el Padre: pero esto no era de
extraar.

Don Acisclo y Pepe Geto le dieron el ejemplo. Ciertamente que la
conversacin en voz baja de los novios y su involuntaria abstraccin de
todos los circunstantes no convidaban a otra cosa.

El mdico D. Anselmo iba y vena, permaneciendo poco tiempo en la
reunin. Ya no disputaba ni sacaba a relucir sus filosofas, porque doa
Luz no prestaba atencin a nada que no fuese D. Jaime.

Resultaba, pues, que la tertulia, tan bulliciosa antes, se hallaba casi
siempre en cuadro.

Don Acisclo, D. Anselmo, Pepe Geto y el Padre se escabullan; y
quedaban solos los novios, en su eterno palique, como deca doa
Manolita; sta, que se resignaba con gusto a hacer el papel de duea; el
galgo Palomo, que se echaba a los pies de D. Jaime, a quien haba tomado
mucho cario por conocer instintivamente el mucho que le tena su ama; y
a veces el cura D. Miguel, a quien los cuchicheos de los amantes
producan idntico efecto que los gritos y discursos de los filsofos,
dejndole gratamente dormido, y soando quiz en el gran papel que le
tocaba hacer en aquel drama regocijado, cuando echase a los novios las
bendiciones.

Hurfanos ambos novios de padre y madre, y decididos a que la boda se
celebrase sin dar parte a nadie y sin ruido, lo concertaron todo tan
deprisa que ya no les faltaba sino cuatro das para verse casados,
exentos del cuidado de convidar a nadie de Madrid, y de llamar a amigos
o a parientes para que asistiesen a la boda en aquel lugar.

Al mismo D. Acisclo, agradecindole mucho su regalo suntuoso, y las
intenciones que tena de convidar a toda su parentela, y de dar una
comilona y un baile, le suplic doa Luz que no hiciese nada; que ella
quera casarse, ya que no en secreto, en silencio.

--A cencerros tapados--dijo D. Acisclo, que era muy aficionado a usar en
sentido metafrico la palabra _cencerro_.

--Eso es: a cencerros tapados--contest doa Luz.




-XVI-

Meditaciones


El P. Enrique, segn hemos apuntado anteriormente, no estaba ocioso: no
limitaba la actividad de su vida a hablar en la tertulia de D. Acisclo.

En la soledad de su cuarto se pasaba horas y horas leyendo y
escribiendo.

Como era modestsimo, no esperaba hacer algo que, dado al pblico, fuese
de gran utilidad, y sin embargo escriba una obra extensa de la que no
levantaba mano. Era una apologa o nueva defensa del Cristianismo contra
los ataques de los ms flamantes filosficos pantestas, positivistas y
materialistas.

El singular y simptico candor del Padre se revelaba en cada frase de
este notable escrito. Se dira que todo l era, ms que un libro de
polmica, un monlogo, o mejor dicho un dilogo, en que alternaban dos
voces de la misma alma. Su entendimiento fro, calculador, apartado de
la fe, propona cuantos argumentos, ya metafsicos, ya histricos, ya
tomados de las ciencias de observacin, pueden presentarse contra la
revelacin sobrenatural, contra la vida inmortal del espritu y aun
contra Dios mismo. Y su entendimiento tambin, ilustrado de mayor luz y
acompaado y fortalecido por la fe, responda a los argumentos
susodichos, aquietndose con la victoria.

All nada haba de afectado ni de convencional. Era el ser del Padre,
que se retrataba fielmente. Se dira que su fe, encerrada en interior y
fuerte alczar, peleaba contra el humano discurso, que no quera
destruirla, pero que haca cuantos esfuerzos son conducentes para ello,
a fin de verla salir vencedora y triunfante de estos esfuerzos mismos.

Desde la venida del diputado D. Jaime, el Padre iba cada da
detenindose menos en casa de su to, y por consiguiente quedando ms
tiempo en su estancia solitaria.

La obra, con todo, no cunda ni adelantaba por eso. Antes bien, el padre
escriba en ella menos que nunca. Se sentaba en su bufete; se colocaba
delante el libro en blanco, donde iba vertiendo sus ideas conforme se le
ocurran, salvo el ponerlas ms tarde en orden segn un plan sabio y
bien meditado; tomaba la pluma por ltimo; pero todo era en balde. No se
presentaba nada claro y concreto que decir. Un mar de pensamientos y de
sentimientos se agitaba en su espritu, como si viniese sobre ellos el
ms violento huracn, barajndolo y revolvindolo todo, por donde, en
vez de una creacin armnica, brotaba el caos tenebroso.

De esta suerte, despus de soltar la pluma, los codos sobre la mesa, la
diestra en la mejilla, se pasaba el Padre largas horas sin escribir y
sin hacer nada. Otras veces andaba por el cuarto a largos pasos. Otras
se echaba en un silln y se cubra el rostro con las manos. Jams se
haba sentido tan inactivo, tan incapaz y tan infecundo.

Un da cerr con despecho el volumen en que iba escribiendo sus apuntes,
y se puso a escribir en hojas sueltas. La inspiracin entonces vino sin
duda en su auxilio. La pluma corri precipitada como si el torrente de
ideas que tena que verter le imprimiera un movimiento extraordinario.

Por qu raro hechizo hallaba el Padre esta facilidad para escribir en
hojas sueltas, cuando tan premioso estaba para escribir en el libro? El
hechizo no estaba en el libro ni en las hojas sueltas, sino en el
asunto.

El Padre se acababa de decidir a escribir sobre otro, que singularmente
le importaba, que le preocupaba haca tiempo, que pesaba sobre l, y del
que era menester desahogarse. Por esto la pluma corra.

El padre estaba fijando en el papel lo ms recndito de su alma.

No basta--escriba--, oh mi Dios!, que yo me confiese contigo. Qu
tinieblas no penetras T con tu claridad? En qu abismo no se hunde tu
mirada? T lo sabes todo. Nada tengo que decirte. Slo debo pedirte
perdn. Pero el peso de este misterio de mi alma me abruma, mientras sin
tomar forma, sin revestirse de la palabra, vive en mi centro,
conocindole t solo. Es indudable: aun prescindiendo de la virtud
sagrada del sacramento, la confesin es un manantial de consuelos; es,
cuando menos, un alivio. Confesar a alguien nuestra pena, nuestra
humillacin o nuestro pecado, es compartirlo todo con l. Pero a qu
semejante mo podra yo confesarme? Los amigos, los sabios directores de
mi conciencia, aquellos en quienes yo me confiaba, estn muy lejos, all
en los mares e islas del extremo Oriente. Es verdad que todo sacerdote
sentado en el tribunal de la penitencia, investido por Dios mismo de la
facultad de sentenciar y de absolver, recibe por gracia lo que a veces
por naturaleza no ha recibido: bastante lucidez de espritu para
comprenderlo todo. Y sin embargo, yo no me decido a confesarme con este
excelente y benigno D. Miguel. Qu le voy a decir? Tengo algo de
terminante y de bien calificado? Hay infraccin clara de los
mandamientos divinos que constituya mi culpa? Mi culpa es grave,
gravsima, y no obstante, yo no puedo declarrsela a D. Miguel sin
referir pormenores, sin aludir a personas, sin comprometer a alguien a
quien no tengo derecho a comprometer. Yo puedo echarme a los pies de
este buen sacerdote, y decirle que soy soberbio, envidioso, impuro, y
pedirle que me castigue y luego me perdone; pero lo ntimo de mi falta
quedar por confesar: es por mil razones inenarrable para l.

Es por esto mi confesin imposible? En cierto modo, yo puedo aliviarme
del peso que me fatiga, sacndole fuera de mi alma, encadenndole en la
palabra escrita, aunque nadie la lea. La palabra es don divino, y posee,
entre mil otras virtudes, una admirable energa consoladora. Lo que se
fija y encierra en letras, queda all como preso y atado, y no lastima y
destroza tanto el corazn como lo que persiste en l inefable e informe.
Adems, para conocerme mejor, para ver mi mal, conviene presentrmele de
una manera distinta. El aspecto exterior, nuestro semblante, cmo verle
sin que en un espejo se refleje? As el alma, as las heridas que en
ella hay, aunque duelan, aunque aflijan, no se comprenden, no se
perciben por completo, cuando quedan confusas en el fondo del alma
misma, y no se expresan y declaran en el lenguaje humano. Quiero, pues,
estudiarme con valor, romper o desatar la venda o compresa que las
cubre, y catar yo mismo mis heridas.

Obra de Dios es la hermosura. Mas no acusemos a Dios del uso que puede
darse a su obra. Fabrica el alfarero un vaso primoroso, y no es
responsable del veneno que luego se deposita en l y que tal vez apura
hasta las heces nuestro sediento labio.

Ella es hermosa de alma y de cuerpo. Sus ojos, azules como el cielo, no
revelan sino ideas y sentimientos llenos de limpia honestidad. No puedo
acusarla de la menor provocacin, ni siquiera instintiva y por ella
ignorada. Ni refleccin traidora, ni ciego instinto hubo jams en ella
de perderme. Y esto fue la causa de mi perdicin. Contra los efectos de
aquella refleccin o de aquel instinto de sobra hubiera yo acertado a
precaverme. Ni siquiera hubiera yo tenido que tomar precaucin alguna.
Conocido el intento, patente a mis ojos el engao, me hubiera disgustado
en lugar de atraerme. Su propia inocencia, su candidez pursima ha sido,
pues, como agudo pual con que ella ha traspasado mi corazn. Creyndome
ella todo de Dios, poseedor de sus favores, vidente de sus perfecciones,
regalado y deleitado con sus dulzuras, ni pudo recelar extravo, ni
quiso presumir con soberbia que por ella hubiera yo de olvidarme de
Dios. Por eso me mostr la beldad interior de su alma en toda la
desnudez inocente y casta de quien nada teme. Me abri su corazn, y me
dej entrar en lo ntimo de su conciencia, y yo me embriagu con su
aroma.

Un plan astuto, hbilmente forjado por mi pasin, madur en mi
pensamiento, mostrndose como exento de pecado. Para forjar este plan,
me apoy en las condiciones de su carcter y en las circunstancias de
que la rodeaba la ciega fortuna. A quin haba de amar ella en estos
lugares? Si hasta los veintiocho aos haba vivido sin prendarse de
hombre alguno no era probable, casi evidente, que vivira ya de la
misma manera el resto de su vida? Todo aquel bro de voluntad, todo
aquel tesoro de amor que yo descubra en su pecho, todos aquellos
pensamientos elevados y generosos que agitaban su mente, todas aquellas
aspiraciones sin nombre, infinitas, divinas, que germinaban en su
espritu, en perenne primavera ideal, todas aquellas flores celestiales,
nacidas en el huerto sellado de su fantasa y cultivadas con esmero por
su recto juicio, propenso por naturaleza, educacin y gracia, a lo santo
y puro a quin haba ella de dedicarlos y consagrarlos? A Dios, y nada
ms que a Dios, pens yo. Pero, con intencin egosta, confesndola
apenas, concert luego conmigo mismo en ser yo el medio por donde tanto
bien volviese a Dios, de donde haba provenido.

Quin sino yo poda comprenderla en este lugar, entre gente zafia y
villana? Quin ordenar y aclarar sus vagos ensueos? Quin interpretar
los enigmas? Quin sealarle el blanco adonde importaba dirigir
oraciones y suspiros, para que no fuesen como mal disparadas saetas que
se pierden en el aire y acaban por dar en tierra, sin llegar a herir
dicho blanco? Quin acabar de abrir a su razn, ansiosa de verdad, el
recinto misterioso de las ms sublimes doctrinas? Quin declararla el
por qu y el cmo de las cosas, hasta donde es posible saberlo? Quin
servir de gua a su espritu en sus vuelos audaces, cuando suba por
cima de todo lo natural y creado, anhelante de tocar a la inaccesible,
eterna e inexhausta fuente de donde mana? En suma, yo me lisonje de ser
su maestro, su amigo, el depositario de sus ideas, el que oyese,
moderase y avivase o templase a su placer las palpitaciones profundas de
su corazn entusiasta. Todo el raudal de amor que de l brotaba y que
iba a ti, Dios mo, no, jams pens en robrtele y guardarle para m;
pero pens con egosmo en abrir cauce en mi espritu a aquel claro,
impetuoso y cristalino torrente, a fin de que llegara por l a su
centro. Nunca so con ser el trmino de la carrera del raudal, sino con
ser el camino por donde sus limpias ondas se fueran derivando,
hermoseando el camino al paso, y reflejando en l el cielo sereno y
todas las galas de la tierra, con ms primor en el reflejo y con mil
veces mayor hechizo que en la realidad misma.

Qu bien me has castigado, Dios mo! Qu bien me has castigado! Pero
si en el castigo venero y acato tu justicia, te doy gracias por tu
misericordia. Qu no mereca yo por mi delito? Mi indigno clculo ha
sido desbaratado; mi insano sofisma se ha vuelto contra m: yo mismo he
quedado envuelto en la red cautelosa que haba tendido.

Harto lo reconozco ahora. La concupiscencia del espritu es la peor de
las concupiscencias. Repugna por anti-natural. No la atena la
consideracin de que nuestra sangre est viciada. No es vicio, en quien
el vigor y la salud del cuerpo, si no hermosean, mitigan la fealdad. Es
pecado pasado por alambique: extracto, esencia, refinamiento espantoso
de lascivia.

Y cmo estaba yo tan ciego para no verlo y horrorizarme? Yo lo crea
todo etreo, santsimo, limpsimo. Hasta ha habido instantes de
obcecacin, en que la he culpado, en que la he tildado de inconsecuente,
de falsa, de perjura, de infiel.... Cielos santos! Qu frenes fue el
mo! Ella no me prometi nada; ella no se lig conmigo por lazo alguno.
Ella me amaba antes como ahora me ama. No, no ha habido mudanza en ella.
Si ella hubiera visto antes lo que yo tena en el pecho, no hubiera sido
menester que llegase D. Jaime para que se apartase de m con horror. Yo
mismo no lo vea antes. Ahora lo veo y me horrorizo. Abominables
sentencias, infames propsitos, conjuros del infierno, estaban grabados
en mi pecho, como en lmina de bronce, pero con tinta invisible, que
slo el reactivo de los celos ha hecho patente para mi vergenza.

El cielo ha humillado mi soberbia. Yo me estimaba en ms, en muchsimo
ms de lo que soy. Mis trabajos, mis penitencias, mis largas y
peligrosas peregrinaciones y misiones se me figuraba que haban ganado
para m el favor del cielo; que haban revestido este pecho mortal de un
escudo, de una coraza diamantina, que me haba hecho invulnerable. Yo
so que haba ahogado en el inmenso pilago del amor divino todos los
otros amores terrenales y caducos. Yo me figur que ya no podra amar
nada, ni a nadie, sino por el amor de Dios. Cre que toda beldad
perecedera, que toda bondad de las criaturas, que toda gracia, que toda
luz, no sera a mis ojos sino reflejo dbil y fro de la beldad, de la
bondad, de la gracia y de la luz eternas, cuyos fulgores imaginaba
entrever, en cuyas llamas me complaca en sentir ardiendo mi corazn.
Cmo me adulaba el espritu tentador a fin de hacerme caer! Cun
astutamente me engaaba! Cun ciega confianza fue la ma al principio!
As como hbil jardinero, si descubre entre malezas una planta
nobilsima, la lleva a su jardn y la cultiva con afn para que todo
vicio contrado entre las malezas acabe, y para que, merced a su cuidado
prospere la planta y d al fin lindas y aromticas flores y sabrosos
frutos; as yo, al hallar la bella alma de esta mujer, henchido de
fatuidad, me propuse mejorarla, hermosearla ms, purificarla de todo
defecto y hacerla florecer y fructificar abundosamente en virtudes,
conocimientos y perfecciones. Esto es lo que a las claras me sugera el
infierno; esto es lo que slo me confesaba yo a m propio; pero, all en
el fondo de mi contaminado espritu bullan otras ideas, hervan otros
propsitos, como nido de vboras cubierto de hierbas medicinales. Hoy
slo me incumbe alabar a Dios por el desengao, y agradecer a don Jaime
que, apartando esas hierbas, haya inquietado a las vboras en su nido y
haya hecho que yo las vea y las sienta y procure arrojarlas de mi pecho,
aunque para ello sea menester hacerle pedazos.

Dios mo, Dios mo, si ests en mi alma, si no la has abandonado, acude
a mi voz y consulame y perdname. Qu vale ella, qu vale toda su
hermosura, toda la lozana de su mocedad, toda la noble altivez de su
mirada, todo el ritmo de su forma, toda la gracia de sus movimientos, si
acierto a volver de nuevo mi mente y mi voluntad hacia ti, en quien no
hay excelencia, beldad y gracia que no se cifren y resuman?

Por qu pusiste, Dios mo, esta sed inextinguible de amor en el centro
del alma? Sin duda para que en lo divino se hartara. Pero, bien lo sabes
t: yo te he buscado en el centro del alma, y, si por dicha te hall,
fue slo entre tinieblas, vago, indeterminado, confuso. As te he amado
sobre todas las cosas. As me he abrazado estrechamente contigo. Yo he
credo ver la gloria y esplendor de tus atributos, y te he amado y
alabado.... Por qu, pues, no me mostraste con nitidez tu beldad, en la
pura idea, all en lo hondo del pensamiento mo? Por qu esta beldad,
reflejo tuyo, ha hecho su aparicin deslumbradora, lejos de ti y fuera
de m, hiriendo lo profundo de mi ser, no de un modo inmediato y
espiritual, sino por medio de los sentidos groseros?

Perdname, Seor. Mil blasfemias brotan de mi pluma. El pecador
indigno, que debe dar estrecha cuenta de sus acciones, quiere mover
pleito a tu bondad y apelar de tu justicia. Pero t sabes cunto
padezco, y me compadeces y tal vez me perdonas. T llenabas antes mi
alma. La vi, me alucin, y ella llen mi alma en el lugar tuyo. Hoy,
cuando ella me abandona, el vaco, el abismo y la soledad que siento me
aterran.

Pensamientos impos nacen en m. Veo patente la inmensidad, la
omnipotencia del amor, nico fin de la vida. A ti mismo, slo con amor y
por amor se llega; pero la duda me desespera y atribula. Dudo de que
pueda mi ser finito satisfacer su amor enlazndose a un ser infinito,
que ni cabe en su entendimiento ni su razn comprende. El amor aspira a
Dios; pero cmo alcanzarle? La fe me da alas para llegar hasta ti; pero
tengo perdida la esperanza, y las alas se rompen. Dej de tender el
vuelo hacia ti. Quise confundir mi alma con la de ella, para que unidas
fusemos ambas almas en busca tuya. Y ella me ha dejado. Mi alma est
sola, en la tenebrosa regin del ter, en el vaco insondable y fro,
sin astro que le d luz ni calor, lejos de todos los soles, ms lejos
an de donde t moras. Dios mo, Dios mo, qu ser de mi alma?

Hubo en mi afecto por esta mujer una serenidad y una limpieza harto
engaosas. Me la fing etrea, fantstica; intangible, como deben ser
los ngeles; inasequible, durante la vida mortal, como es el cielo. Hoy,
cuando pienso que va a caer en brazos de un hombre, en balde lucho por
apartar de m las imgenes que mi fantasa me traza y presenta. Antes
crea admirarla con un sentimiento a manera del sentimiento del arte,
desinteresado, exento de fin y de utilidad y de deleite, que en l no
estuviera. Y hoy veo que sus labios piden besos y los van a dar, y que
todo su gallardo cuerpo no est slo destinado a la especulativa
contemplacin, con la inmvil e impasible tranquilidad de la estatua,
sino a que el alma enamorada palpite y se estremezca en todo l
hacindole mil veces ms bello y deseable.

Dios mo! Qu envidia! Qu ira! Qu tempestad de malas pasiones
conmueve mi corazn! Por qu no acabas con mi infame y miserable vida?
Ay!... la muerte... la muerte... antes de que llegue el da en que se
casen.

El escritor tranquilo y crtico procura poner y cuando tiene habilidad
pone en sus escritos lo mejor de su alma.

All se mira l luego, y se deleita mirando su interior belleza. Por el
contrario, el escritor apasionado se alivia escribiendo, como si lanzase
fuera de s la ponzoa que le corroe y mata.

Escritor de esta ltima clase, en la presente ocasin, el P. Enrique
deposit en el papel, con el desorden que hemos visto, sus ms negros y
envenenados pensamientos. Hizo luego un violento esfuerzo sobre s, y se
qued relativa y aparentemente tranquilo.

Tena colgado de la pared un Cristo de marfil, clavado en una cruz de
bano, y de rodillas ante l, rez y pidi perdn de sus pecados y de
las blasfemias y maldades que acababa de escribir a fin de libertarse de
ellas y de no volver a pensar en ellas, si era posible. El Padre peda a
Dios un milagro: olvidarla, dejar de amarla, que Dios hiciese de suerte
que l viniese a entender que no era a doa Luz a quien haba amado,
sino a un fantasma parecido a doa Luz, cuyo bulto nebuloso se sustraa
a todo abrazo corporal, cuyo corazn no lata ms vivo al sentirse
estrechado por otro, cuyos labios no besaban ni cedan comprimidos por
los besos de otros labios, y cuyos pies, en suma, no tocaban este bajo
suelo.

Como quiera que fuese, o ya por dolor de que no cupiera en lo probable
tan raro milagro, o ya por fervor religioso que suavizaba sus amargas
penas, el P. Enrique verti dos lgrimas que bajaron con lentitud por
sus mejillas descarnadas.

Despus, como hombre acostumbrado a vencerse, con gran dominio sobre s,
y en extremo vergonzoso de todo acto que ofendiese la dignidad de su
persona, el Padre se calm, compuso su semblante, procur darle la
expresin habitual, y empez desde entonces a trabajar para aparecer
impasible y sereno hasta el mismo instante en que doa Luz y D. Jaime se
diesen el s al pie del altar y recibiesen la bendicin del sacramento
que para siempre haba de unirlos.

Lo escrito en las hojas sueltas lo guard el Padre dentro del libro de
la nueva apologa, y lo encerr bajo llave en el cajn de su bufete.




-XVII-

La boda


Don Jaime, entre tanto, haba trado para la novia un hermoso traje, y
collar y pendientes y broche muy ricos de diamantes y perlas. Doa Luz
no pudo menos de reprenderle por esto. Tild su excesiva generosidad de
desatino, de imprevisin y de censurable despilfarro. Ella misma sinti
como remordimientos de ser causa de aquel gasto ruinoso; pero los
remordimientos de doa Luz iban mezclados con una dulzura grandsima, al
reconocer ella en aquel gasto la ms irrefragable prueba de amor. Las
censuras severas, que su buen juicio le dictaba, salan de sus labios
neutralizadas ya por la sonrisa y por la blanda languidez del acento con
que las profera, y acababan de perder todo su valor, convirtindose en
apasionadas muestras de gratitud, merced a las miradas cariosas con que
las acompaaban sus ojos.

Doa Luz distaba mucho de ser vana, y distaba ms an de ser codiciosa.
No la mova el inters; no la deslumbraba el brillo del oro y de la
pedrera. Lo que la encantaba era la locura misma que D. Jaime haca por
ella, el desprendimiento generoso y el sacrificio desmedido que
representaba aquel regalo, en proporcin a la fortuna de D. Jaime.

El regalo, pues, si ya no hubiese estado doa Luz tan prendada, hubiera
acabado de enamorar y seducir su corazn.

Doa Luz, que se crea dotada de un instinto infalible para adivinar por
el rostro la ndole de las personas, haba fallado desde luego que D.
Jaime era franco y generoso. El regalo la corrobor en su buen concepto.

Don Acisclo, cauteloso y prudente, no bien haba sabido que doa Luz
trataba de casarse, aunque conoca con certeza el nacimiento, la
posicin y los bienes de D. Jaime, propuso a doa Luz que l pedira
informes acerca de la conducta del novio. En sentir de D. Acisclo, era
menester saber si en Madrid haba dejado relaciones amorosas, si era
jugador o calavera, si tena algn hijo natural y otros pormenores por
el estilo.

Doa Luz contest que le indignaba tal espionaje; que su amor a don
Jaime era la mayor garanta del valor de D. Jaime: que si ella dudase de
l no le amara; y que amndole, ella misma se ultrajaba, dudando de l.

Don Acisclo oy estas y otras razones que le parecieron enrevesados y
absurdos tiquis-miquis; no hizo de ellos el menor caso; y escribi y
pidi informes a varios sujetos muy conocedores de todo en Madrid. Los
sujetos respondieron concordes que D. Jaime era un varn discreta y
altamente morigerado; que no tena ni haba tenido relaciones que le
comprometiesen; que no jugaba, o que si jugaba, no perda; y, en cuanto
a los hijos, que lo nico que podan asegurar es que no habra ninguno
que pidiese a don Jaime que le reconociera por tal, dndole su nombre,
pues ya ellos, si existan, tendran el suyo cada uno.

Se guard muy bien D. Acisclo, aunque palurdo, de referir a doa Luz, en
todas sus cnicas menudencias, el resultado de sus investigaciones; pero
no quiso ocultarle que las haba hecho, y, lleno de jbilo, se complaci
en declarar a doa Luz que casi haba venido a averiguar que D. Jaime
era un dechado de virtudes.

Lleg, por fin, el da en que se celebr la boda sin el menor aparato.
El cura D. Miguel cas a doa Luz y a D. Jaime. Slo fueron testigos o
se hallaron presentes D. Anselmo, Pepe Geto y su mujer, don Acisclo y
dos de sus hijos, un ntimo amigo de don Jaime, venido para ello de la
corte, coronel de caballera, y llamado D. Antonio Miranda, y los
criados de la casa de D. Acisclo.

El P. Enrique fue tambin testigo de la boda. Su fuerza de voluntad
triunf de todos los obstculos. Estuvo impenetrable. Nadie hubiera
podido sospechar que aquel tranquilo y alegre testigo de la boda era el
mismo que haba escrito, pocos das antes, las apasionadas palabras que
ya hemos ledo.

El P. Enrique no se olvid de nada. Habl a doa Luz con el mismo afecto
de siempre y a D. Jaime con la ms amable cordialidad.

No quiso tampoco ser menos que Pepe Geto y doa Manolita, dejando de
hacer un presente. Sus medios no alcanzaban para comprar joyas, ni l
las posea; pero conservaba an, a pesar del regalo hecho a D. Acisclo
cuando vino de Filipinas, varias armas japonesas, chinescas e indias,
con las cuales se poda formar una bella panoplia, y un extrao dolo de
bronce que representaba al dios Siva. Este fue el presente que hizo el
padre Enrique a don Jaime para que adornase su despacho.

El P. Enrique se haba venido a vivir en casa de su to la vspera de la
boda, dejando libre la casa de doa Luz, donde sta se fue a vivir con
su marido en cuanto se cas.

La luna de miel empez entonces para doa Luz, no menos dulce y ms por
lo sublime que la de su amiga doa Manolita. Con el trato y la
convivencia, lejos de menguar la estimacin que tena ella a don Jaime,
se aument de continuo, descubriendo doa Luz en su marido o creyendo
descubrir nuevas prendas de entendimiento y de carcter.

Sea efecto de la educacin o de la naturaleza, lo cierto es que mientras
al hombre, por lo general, le enoja saber que su mujer, su novia o su
querida ha tenido otros amores, a la mujer le encanta y enamora ms
saber que su marido o su amante los tuvo. Y esto por recatada que ella
sea y por celosa que se muestre. En una mujer son las prendas que ms
las honran la honestidad y el recato; en un hombre el entendimiento y el
valor. De aqu que hasta la doncella ms religiosa y moral, lejos de
mostrar repugnancia por su futuro cuando entrev que ha sido hombre de
las que llaman ahora _buenas fortunas_, se entusiasma, se encapricha o
se apasiona ms por l.

Las tales _buenas fortunas_ dan testimonio para ella del mrito del
galn que tan amado ha sido; prestan mayor valor a que el galn se haya
enamorado de ella, pues que la ha preferido entre muchas a quienes poda
rendir o tena ya rendidas; y hasta parece como que da a ella una misin
alta y moralizadora y lisonjera, a saber: la de apartar a su amante, en
virtud de superiores y ms puros atractivos, de la senda algo extraviada
que antes segua, de darle la jubilacin en su empleo de seductor y de
travieso, y de convertirle en inofensivo, sosegado y juicioso padre de
familia.

La buena educacin, las leyes rgidas del decoro, las que se designan
con el nombre o frase francesa de _conveniencias sociales_, no
consienten que un galn se jacte de sus pasadas conquistas ante la mujer
honrada a quien pretende o a quien ya enamora y posee; pero estas
conquistas, no reveladas por l y sabidas por ella, contribuyen
extraordinariamente a que el amor de ella suba de punto. El haber sido
feliz en amores es y ha sido siempre para el hombre el medio ms eficaz
de seduccin. Y esto desde los tiempos heroicos y primitivos hasta
nuestros das.

Cuando las citadas conveniencias sociales no lo vedaban, los galanes
empleaban siempre, como recurso para rendir y cautivar corazones, el
recuento de sus felices amoros ya pasados. Homero, que lo saba o lo
adivinaba todo, nos refiere que hallndose Jpiter en el Grgaro, que es
el ms alto pico del Ida, Juno fue a verle con el cinturn de Venus
oculto, en el cual cinturn estn los hechizos todos del amor, que roban
la prudencia a los varones ms circunspectos y razonables. Jpiter,
pues, al ver a Juno, se dej vencer por la fuerza de aquellos hechizos;
la requiri de amores con la mayor vehemencia; y no encontr modo mejor
de someterla a su propsito y deseo que el de citarle todas sus
travesuras y lances galantes, asegurando que en ninguno de ellos, ni con
Dnae, ni con Leda, ni con Europa, ni con las dems princesas y ninfas
que haba seducido, se haba sentido nunca tan _emocionado_, permtaseme
la palabrota, como en aquella ocasin. Nada, en efecto, poda lisonjear
ms a Juno que el que Jpiter la dijese que ella tena mayor poder que
las otras para _emocionarle_.

Algo de esto, ya que el corazn es el mismo siempre, se realizaba en el
de doa Luz, sin necesidad de que D. Jaime trajese a cuento sus pasadas
conquistas, imitando la desvergenza patriarcal del hijo de Saturno.

Doa Luz saba que D. Jaime haba sido adorado en Madrid; y, al verle
tan prendado, tan rendido y tan amoroso y humilde, se llenaba de
orgullosa complacencia, juzgndose mil veces ms amada que todas sus
antiguas rivales. Para completar su satisfaccin, haca adems doa Luz
un deslinde crtico, acerca de este negocio, que rara vez dejan de hacer
las mujeres de su condicin y en sus circunstancias. El amor de D. Jaime
por las otras mujeres haba sido profano y pecaminoso; el que a ella
tena era virtuoso y santo; para las otras haba nacido de capricho, de
vanidad, de extravo juvenil o de otras pasiones ilegtimas; para ella
naca el amor de D. Jaime del manantial ms elevado y puro del alma, el
cual, con su benfica corriente, iba purificando el corazn de su amigo,
borrando de l toda huella y toda mancha de las pasadas culpas y
dejndole ms limpio que el oro. Toda esta santificacin y limpieza
ntima era obra poco menos que milagrosa y sobrehumana del amor de doa
Luz y del fuego purificante de sus ojos.

Apenas hay mujer, por cndida que sea, que se atreva a decir a nadie
esto que aqu se apunta; pero las ms de ellas, cuando se encuentran en
la posicin de doa Luz, lo sienten y lo creen a pies-juntillas, aunque
se lo callan por temor de las burlas irreverentes de incrdulos y
bellacos.

Dimanaba de todo algo como embriaguez de felicidad para doa Luz. Su D.
Jaime parecale un Dios; pero un Dios que la adoraba a ella y que haba
de vivir siempre rendido a sus plantas.

De aqu que doa Luz aniquilase y como embebiese su voluntad en la de D.
Jaime, cediendo a todo lo que l deseaba.

Doa Luz cedi en el empeo de quedarse a vivir en Villafra y consinti
al cabo en seguir a Madrid a su amigo.

Lisonjeada adems y avergonzada de los ricos presentes que l le haba
hecho, quiso tambin hacerle uno, y entreg a su marido 30.000 reales
que haba ahorrado, a pesar de las muchas limosnas y obras de caridad
que haca. Con estos 30.000 rs. que D. Jaime, por ms que se resisti,
tuvo que aceptar para no ofenderla, a ms de gastar parte en amueblar la
casa, dispuso doa Luz que le sacase D. Jaime en Madrid su ttulo de
marquesa. Lo que nunca haba querido cuando soltera lo quiso ahora para
que su marido fuese marqus, y ella como que le sellase con su propio
ttulo y sello, juzgando que as le hara ms suyo.

Don Jaime, que hasta entonces haba vivido en Madrid modestamente en un
cuartito de soltero, no quera llevar a su mujer a una fonda, ni
alojarla mal al principio; y, de acuerdo con doa Luz, resolvi ir a
Madrid solo, pues adems le llamaban del Congreso con urgencia; poner
casa, si bien con economa, como doa Luz llena de juicio se lo
recomendaba; y, luego que la tuviese puesta, volver por doa Luz a
Villafra.

Este plan era ms de doa Luz que de D. Jaime. Mucho le pesaba tener que
separarse de su marido, aunque fuese por muy breve tiempo; pero tena
grande encanto para ella el que D. Jaime mismo preparase a su gusto la
casa en que haba de recibirla, y donde ella se propona vivir con
modestia y sin frecuentar paseos, teatros y tertulias, para no ser
gravosa gastando. Y no menos la encantaba, no por ella, que en esto no
tena vanidad, sino por su marido, el que, cuando ella apareciese en
Madrid, estuviese el ttulo sacado, y la pudiesen llamar seora
marquesa.

En suma, a los doce das de casados, durante los cuales, ciega doa Luz
para cuanto la rodeaba, apenas vio ni habl ms que a D. Jaime, ste,
colmado de abrazos y de caricias, tratando de enjugar las tiernas
lgrimas que derramaba doa Luz, y mostrndose l mismo muy conmovido,
sali de Villafra para Madrid, dejando a doa Luz sola en su vetusto y
noble casern, donde, segn queda ya indicado, haba ella hecho
trasladar todos los muebles, primores y libros, que en casa de D.
Acisclo haban adornado su habitacin antes de la boda.




-XVIII-

Glorioso trnsito


Con la ausencia de D. Jaime, que no deba prolongarse ms de un mes,
qued doa Luz algo melanclica, si bien de dulce melancola; pero con
el espritu ms libre y sereno para volver a sus antiguos amigos, en los
ratos en que a solas no se recreaba con el recuerdo del dueo ausente.

Doa Luz haba vivido como en xtasis, y ahora volva en s, y no slo
pensaba en su amor y saboreaba toda su ventura, retrotrayndola
reposadamente a la imaginacin, sino que senta, segn suelen sentir las
personas todas que se juzgan felices, la necesidad de expansin y el
prurito de estar amable, como si quisiera hacerse perdonar el bien que
posea; bien, que, por ser tan poco y tan raro en la tierra, siempre
parece que a costa de alguien se disfruta.

Ello es que la tertulia de casa de D. Acisclo volvi a renacer,
trasladndose a casa de doa Luz.

Los ntimos asistan a ella todas las noches; a saber, don Acisclo, D.
Anselmo, el cura, Pepe Geto, su mujer y el P. Enrique.

La pasada animacin renaci tambin con la tertulia. Don Anselmo,
excitado, volvi a desenvolver sus doctrinas de positivismo, y el Padre,
cediendo a las instancias de doa Luz y de su amiga, volvi a discutir
con su acostumbrada dulzura, tranquilidad y sosiego.

El P. Enrique ni estaba ms plido, ni ms flaco, ni ms cado que
antes. En su voz no se notaba jams la menor alteracin; nada de
violento ni de atormentado en sus ademanes ni en su gesto.

Doa Luz sola mirarle, y aun examinarle, con inquietud y disimulo; y no
descubriendo el menor sntoma de la pasin que algunas veces haba
supuesto en l, se sosegaba y alegraba, desechando todo recelo, si bien
con una sutilsima y apenas perceptible mortificacin de amor propio. Se
dira que doa Luz procuraba taparse los odos interiores del alma, y
que, a pesar de esto, oa a veces una voz honda, delgada y penetrante,
que la zahera, diciendo:

Es posible que hayas sido tan vana que hayas imaginado que te amaba
este bendito siervo de Dios? No es ridculo que te hayas atormentado de
puro presuntuosa, calculando los estragos de un mal involuntario que
suponas haber hecho? No temes que el diablo se ra de ti, y que Dios
tambin se ra, si en Dios cabe risa, cuando miren en lo interior de tu
conciencia y vean cunto te halagaba, a la par que te asustaba, la fatua
invencin de que ibas a matar de amor y de celos a este pobre fraile?
Mira qu impasible est. Desengate: l piensa en sus devociones, en
sus libros, en sus estudios, en las obras que escribe, y nada se le
importa de que ests casada o de que ests soltera. Buen castillo de
humo levant tu orgullo! Curiosa leyenda de amores romnticos y
desesperados forjaste all en tus adentros!.

Doa Luz, al or esta malvada voz, que era sin duda voz del infierno,
tena miedo a que le pesara de que el amor del P. Enrique y sus celos y
su desesperacin fuesen ilusorios.

Por dicha, doa Luz era buena, y era adems enrgica y briosa de
voluntad, y pronto impona silencio a la voz y apaciguaba en su pecho la
turbacin y alboroto que la voz causaba.

Lo ms sano y lo ms razonable era dar por seguro que el Padre no haba
pensado en ella jams sino como se piensa en un prjimo predilecto, y
que de esto deba ella alegrarse de corazn, y que de esto se alegraba.

Doa Luz, pues, quiso que en lo exterior, en sus relaciones con el
Padre, en sus conversaciones y trato con l, no se introdujese novedad.
Toda novedad le pareca acusadora de que antes haba habido un
sentimiento ilcito que ella haba extirpado de su alma, y que, si an
exista en la del padre, era ms ilcito y feo.

Pudo tanto en doa Luz esta idea, que casi extrem ms que nunca sus
muestras de cario y predileccin hacia el P. Enrique. Le tomaba la
mano, le miraba con indecible ternura, le sonrea embelesada, le
aplauda como sentencias punto menos que divinas todas sus frases, y
buscaba su conversacin y se hechizaba con ella.

El Padre tena el don raro y funesto de ver en el fondo de los
corazones, y vea en el de doa Luz, y ya, advertido por el desengao,
conoca el ningn valor amoroso que todas aquellas demostraciones
tenan. Pero as la dulzura de las demostraciones como el pensamiento de
su pertinaz y mal pagado amor le destrozaban el pecho.

Qu sabemos si esto proceda de soberbia o de virtud cristiana o de
ambas cosas a la vez, ya que en el espritu del hombre se mezclan y
combinan a veces los buenos y los malos instintos, y combaten ngeles
buenos y malos, movidos por encontradas razones, y conspirando, no
obstante, al mismo fin? Lo cierto es, que ni en una queja, ni en un
suspiro, ni en una mirada, ni en una palabra, por sutilmente que
quisiera interpretarse, revel jams el Padre Enrique, ni dej entrever
a los curiosos y vidos ojos de doa Luz la tempestad oculta en el
centro de su alma.

No acudir a la tertulia como hasta all haba acudido, e irse del lugar
o a Filipinas o a otro pas cualquiera, apenas doa Luz casada,
parecale al padre msera flaqueza y confesin pblica de su pasin
criminal. Imaginaba que, retrayndose de todo o fugndose, iba a dar
escndalo, iba a hacer creer lo que hasta all nadie tal vez haba
credo. El padre tena vergenza de que nadie, vivo l, llegase a
adivinar su profano amor; pero de nadie tena ms vergenza que de doa
Luz.

Muera yo, Dios mo, muera yo--deca--, antes de que ella sepa que la he
amado, que todava la amo.

Para lograr esto, el Padre empe consigo mismo la lucha ms atroz. Era
menester ms dominio sobre la natural condicin para vencer en esta
lucha que el del esparciata que sin verter una lgrima y sin lanzar un
quejido se dej desgarrar el cuerpo por las uas de una fiera. Ni enojo,
ni envidia, ni celos, ni amor se propuso mostrar el P. Enrique, sino
amistad finsima e inalterable como siempre. Y lo consigui de tal modo,
que doa Luz acab por desechar toda sospecha de que el Padre la hubiese
amado nunca. Entonces le juzg muerto para cuantos afectos vienen a
nuestro ser por los sentidos; le crey inaccesible a cuanto no pasa
directamente de Dios al espritu. As explicaba mejor, dejando a salvo
su vanidad, que el Padre no la hubiese amado.

Entenda tambin doa Luz que all en su pensamiento haba ofendido al
Padre, imaginndosele enamorado. Y as por desagravio, como por la
superior admiracin que su impasibilidad le causaba, como por el
convencimiento ms firme cada vez de que no habra de enamorarle,
hiciera lo que hiciera, se dej llevar de su aficin a prodigarle
finezas y a darle las pruebas ms lisonjeras de amistad profundsima.

El espritu es fuerte y lo sufre todo; pero nuestro cuerpo es dbil, y
el espritu que encerrado en l acomete empresas inhumanas, superiores a
las fuerzas del cuerpo, acaba por matarle.

All en su mocedad, cuando estaba sano y robusto, el Padre haba hecho
grandes penitencias y haba sido duro y terrible con su pobre cuerpo.
Ms tarde, fatigado y quebrantadsimo por sus trabajos, cedi al consejo
y mandato de mdicos y confesores, y se cuid y no abus. La idea de que
los excesos de la vida asctica eran como un lento y doloroso suicidio y
de que rayaba en perversin el deformar y destruir en nosotros la ms
hermosa obra del Todopoderoso, este ser y esta forma de que el alma se
reviste en la tierra, y que las mismas Sagradas Escrituras llaman templo
del Espritu Santo, haba acudido a la mente del Padre, movindole a
desistir de materiales mortificaciones.

El Padre desde entonces cuidaba de su cuerpo como cuida el esclavo de
una prenda, de una mquina que su seor le confa, a fin de que
sirvindose de ella haga que la hacienda prospere. Lo que este modo de
pensar pudiese tener de orgulloso lo disipaba el Padre, concediendo en
su mente que en absoluto Dios no necesitaba de l para nada; que su ser
no vala ms que el de otro hombre cualquiera; pero que Dios le haba
creado para algo y no para que se destruyese, ya que destruirse era
infringir una ley divina, turbar o querer turbar el armnico conjunto de
las cosas, y distraer violentamente una fuerza viva del punto de accin
que la naturaleza le ha marcado.

Cediendo a todas estas consideraciones, el P. Enrique miraba por su
salud y por su vida, sujetndose a un rgimen ordenado y bueno.

No se hera materialmente, no se atormentaba largo tiempo haca con
ayunos, con cilicios y con vigilias forzadas; pero en este combate
misterioso en que se aventur, en este silencio y disimulo, en esta
aparente impasibilidad que adopt, en esta dominacin tirnica con que
su espritu angustiado quiso imponer e impuso al cuerpo que no dejase
traslucir su dolor ni en ayes, ni en llanto, ni en una contraccin
siquiera de los msculos del rostro, ide el padre, tal vez sin querer,
el ms espantoso de los martirios, verdadera venganza, rudo castigo de
su culpa, si culpa hubo.

El atleta en la fuga de los ms briosos ejercicios, el guerrero mientras
rie la ms brava batalla, sostenidos por el entusiasmo y por la
excitacin nerviosa, no sienten su cansancio ni llegan a postrarse. La
postracin no sobreviene sino despus del triunfo. El soldado de Maratn
no cay muerto hasta que dio a los atenienses la nueva de la victoria.
No de otra suerte el P. Enrique sostena maravillosamente su papel,
mientras que estaba en presencia de doa Luz o en presencia de otra
persona cualquiera. Pero en el retiro de su cuarto, como si se aflojasen
los resortes que tenan sus nervios en perpetua tensin, sola caer
desfallecido. Mal ahogados suspiros brotaban de su pecho, en el cual
senta opresin dolorosa; tena vrtigos, la vista se le nublaba, se le
dorman los dedos o notaba en ellos calambres e inslito fro; las
imgenes y especies que guardaba su memoria se revolvan en confusin;
le dola la cabeza y hasta se le trababa la lengua y tartamudeaba cuando
hablaba con Ramn, su criado.

Repetidos ataques de este gnero tuvo el P. Enrique, siempre en la
soledad de su estancia. El Padre tena algunos conocimientos mdicos, y
l mismo se curaba con auxilio de su criado. Ya se haca poner
sinapismos, ya dar fuertes fricciones, ya se aplicaba a la nariz cierta
hierba, por cuya virtud provocaba una ligera emisin de sangre, ya se
cubra la cabeza con un lienzo mojado en agua fra.

Cuando se aliviaba de su mal no dejaba nunca de decir a Ramn:

--Esto no ha sido nada. Cllate y no digas a nadie que he estado
enfermo.

--Bien est, mi amo; contestaba el criado.

As las cosas, en una maana, que era la del da dcimo despus de la
partida de D. Jaime, el Padre Enrique tuvo un ataque ms fuerte que los
anteriores.

Aquella noche, segn cont despus Ramn, el padre no haba podido
dormir: haba estado agitadsimo. Ramn le haba sentido andar a grandes
pasos por el cuarto. Haba acudido de puntillas para que no se enojase
de que le espiara, y le haba visto escribir. Despus haba vuelto a
notar que andaba en el cuarto. El padre se durmi, por ltimo, pero con
un sueo que asust bastante a su fiel criado; sueo fatigoso,
acompaado de un ronquido o silbo a manera de estertor. Su rostro estaba
demudado y ms plido y ojeroso que ordinariamente.

Ramn, con todo, tal respeto tena a las rdenes que su amo le daba, que
no se atrevi a llamar al mdico. Tampoco se atrevi a despertar al
Padre.

Este despert por s, pero su despertar fue tremendo. Tena inmviles
los msculos de la cara; paralizada la lengua que no poda pronunciar
palabra alguna; la mirada incierta, y las extremidades del cuerpo
rgidas y fras como el mrmol.

Ramn, desolado y lleno de terror, acudi en busca de D. Anselmo y llam
a D. Acisclo para que acompaase a su sobrino.

Don Anselmo vino pronto, y apenas vio e inspeccion al enfermo, mostr
en su semblante consternado el cuidado que le inspiraba.

--Sea V. franco, D. Anselmo--dijo don Acisclo--: qu tiene mi sobrino?

--Es un caso muy grave--contest tristemente el doctor.

--Cmo es posible? Quin lo creyera--replic don Acisclo--, cuando
ayer estaba tan bueno?

--Usted no lo crey porque no vea el mal que interiormente le mataba.
Su sobrino de V. es harto sufrido y sabe disimular. Ojal no hubiera
disimulado tanto y hubiramos podido llegar a tiempo!

--Qu, entiende V. que no es tiempo ya?

--Seor D. Acisclo, usted quiere de corazn a su sobrino; pero usted es
valeroso y entero de alma. Para qu rodeos? Menester es que lo sepa V.
todo. El Padre se halla en el mayor peligro.

--Qu enfermedad es la suya?

--Una enfermedad ms rara que en los robustos y sanguneos, en los
flacos y entecos, y, por lo mismo, en stos mucho ms peligrosa. Quizs
asiduos trabajos intelectuales, atroces disgustos, prolongadas vigilias,
la agitacin del alma duramente refrenada y el fuego comprimido de las
pasiones, obran misteriosamente en nuestro organismo y promueven esta
explosin: el corazn se hincha, adquiere una fuerza enfermiza e
irregular, y de repente inunda el cerebro de sangre.

--Qu quiere V. significar con todo eso?

--Quiero significar que su sobrino de usted tiene una apoplega
fulminante.

Don Acisclo, que amaba a su sobrino, que le consideraba como el
complemento de la gloria de su familia, de la que l era el otro
complemento, tuvo un sincero y hondo dolor, y estimul con splicas y
lamentos el celo del mdico.

No necesitaba ste de estmulos. Deseaba volver la salud al Padre; pero
conoca que su situacin era desesperada, que slo un milagro poda
salvarle, y l no crea en milagros. Humanamente, entre tanto, hizo
cuanto pudo y supo. No quiso sangrar al enfermo porque le encontraba
dbil en demasa, pero le dio los medicamentos ms enrgicos y conocidos
para estos casos.

A fin de evitar o hacer que cediese la inflamacin de las membranas de
la cabeza, le puso un custico en la espalda junto a la nuca, y se vali
de revulsivos para llamar la sangre y el calor a las extremidades.

Todo, no obstante, fue en vano.

La noticia de la enfermedad del Padre corri en seguida por el lugar y
lleg a los odos de doa Luz, quien vino al instante a verle.

Quin sabe los extraos y tristes pensamientos que atormentaban a doa
Luz, cuando entr en el cuarto donde el padre estaba en cama; en el
cuarto mismo que ella haba ocupado hasta que se cas y donde haba
dormido durante ms de doce aos?

Silenciosa y grave lleg doa Luz hasta la cabecera. All, con la cabeza
levantada y sostenida por varias almohadas, estaba el Padre sin dar
seal alguna de conocimiento. Los ojos como dormidos, entornados los
prpados, muda la lengua. Tal vez senta, vea y comprenda an; pero no
tena medio de comunicar sus impresiones por carencia de fuerza
muscular.

Largo rato le mir doa Luz sin pronunciar palabra. Al fin rompi en
amargo lloro. Se sent luego en una silla en el ms oscuro rincn de la
alcoba, y permaneci callada y llorando, y procur que olvidasen su
presencia all.

Con la agitacin de los tres asistentes del enfermo, hubo un momento en
que dejaron sola con l a doa Luz.

Ella se alz entonces de su asiento, y volvi a mirarle con fijeza, con
obstinacin, con atraccin invencible, como el viajero cuando va por el
borde de un precipicio mira el abismo que le atrae, y ansa ver lo que
hay en lo ms hondo y tenebroso de su seno.

Las lgrimas de doa Luz brotaron con mayor abundancia entonces. Crey,
como nunca, con ms vehemencia que nunca, que aquel hombre y su Cristo
muerto se parecan. Imagin, o vio en efecto, que el Padre, inmvil,
senta y comprenda all en su interior, y que la miraba haciendo un
esfuerzo para dominar an, con el bro de la voluntad, los nervios y
msculos inertes que ya no le obedecan. Entendi, por ltimo, que la
mirada del enfermo era suplicante, amorosa, tristemente dulce. Por un
impulso irresistible, hondamente conmovida, casi sin darse cuenta, sin
reflexionar y sin vacilar tambin, como no vacila ni reflexiona lo que
se mueve impulsado por una fuerza fatal, doa Luz acerc suavemente el
rostro al del Padre, y puso los labios en su frente macilenta, y luego
en sus dormidos prpados, y luego en su boca, ya contrada, y los bes
con devocin fervorosa, como quien besa reliquias.

No pudo ms doa Luz. Exhal un ay! agudo y cay desmayada en el suelo.
El padre sigui inmvil como estaba antes.

Don Anselmo, D. Acisclo y Ramn acudieron en seguida.

--Qu disparate!--dijo don Anselmo--. Cmo hemos dejado aqu sola a
esta seora? Esta seora es muy vehemente, y no conviene que est aqu.
Adems, el enfermo necesita soledad.

Doa Luz se recobr a poco, y sin resistirse a las ltimas palabras de
D. Anselmo, que pudo or y entendi bien, sali del cuarto del Padre.

Tres horas despus el P. Enrique haba dejado de existir.

Raro es el ser humano cuya memoria sobrevive largos aos a la muerte. El
tiempo acaba con el duelo, la tierra consume el cadver y el olvido
devora los recuerdos. Pero siempre o casi siempre, a poco de morir,
sobreviene para todo hombre el momento de mayor indulgencia, afecto y
estimacin que le concede el mundo. Los que no se percataban del vivo
por insignificante, piensan en l cuando muerto, pues con morir hace lo
ms digno de conmemoracin de su vida; _realiza su esencia_, como dicen
los filsofos a la moda: los que le envidiaban deponen la envidia; los
que le odiaban el odio; los que estaban hartos de verle se alegran
interiormente con que ya no le vern, y para desagraviarle de esta
alegra, y evitar que venga por la noche, en pena, a tirarles de los
pies, hacen de l los mayores encomios; todos sus defectos desaparecen
por lo pronto, como si se hundiesen en el sepulcro, y slo se ven sus
perfecciones; en resolucin, el muerto se reconcilia murindose con casi
todo el gnero humano, por lo mismo que se va y deja siempre algo que
heredar: cuando no quintas y palacios, un puesto al sol para pedir
limosna.

Sea como sea, con la muerte del Padre, de quien, salvo la tertulia,
nadie haca ya caso en Villafra, hubo en todo el lugar una
recrudescencia de cario y de entusiasmo hacia l. Se dieron a admirarle
y a celebrarle mil veces ms que en el da de su llegada. Por lo mismo
que apenas le haban tratado, la imaginacin vulgar pudo inventar y
fantasear a su antojo. Se ponderaron sus virtudes. Se sacaron a relucir
muchas obras de misericordia que en efecto haba hecho. Se bord la
sencilla historia de su muerte con mil pormenores que tocaban en lo
maravilloso. Hubo beatas que supusieron que el mismo Padre haba
anunciado con exactitud el da y la hora de su glorioso trnsito, y no
pocas acreditaron que haba muerto en olor de santidad y que don Acisclo
deba tratar de canonizarle, enviando a Roma con este fin un expediente
bien claveteado.

Algunas personas incrdulas del lugar queran dar a entender que todo
esto se deca para adular a don Acisclo, el cual lament de verdad la
muerte del sobrino y le elogi en todos los tonos que l poda emplear.

Por lo dems, incrdulos y crdulos, ora por hacer coro a D. Acisclo,
ora porque as lo sintiesen, todos convenan en que el muerto haba sido
lo que se llama un bello sujeto, lleno de discrecin y de bondad, y
hasta santo, entendiendo cada cual la santidad a su manera.

Nadie, sin embargo, llor con ms ternura, tuvo ms honda pena por la
muerte del P. Enrique que la persona que tena o crea tener indicios de
que l no haba sido santo del todo. Doa Luz durante los primeros das
estuvo desolada.

Acrecentaban su pena singulares cavilaciones. Por una parte cierto
orgullo, cuando volva a creer que ella le haba infundido una pasin
homicida, y luego el horror que le causaba dicho orgullo; por otra parte
la confusa sospecha y el vago remordimiento de que ella por instinto
abominable, aunque sin reflexin, haba provocado y hecho nacer aquel
extravo en alma antes tan tranquila y dichosa; y por ltimo la duda de
que todo fuese sueo de su vanidad. No poda doa Luz haberse forjado
una novela? Qu le haba dicho el Padre para que le creyese enamorado?
Se haba muerto de amor o de apopleja? La romntica, la sentimental
era ella, que le haba besado locamente cuando expiraba.

Si habr sido yo la liviana, la sandia y la extravagante? Si habr
estado enamorada del fraile, que no pensaba en m sino con inocente y
sencillo afecto paternal?.

Al cavilar as doa Luz se llenaba de vergenza y temblaba como una
azogada y se enojaba contra s misma, juzgndose delincuente, loca y
hasta infiel.

Mientras pasaba esto en el nimo de doa Luz, don Acisclo reparti entre
sus hijos o guard para s los pocos y pobres objetos que el Padre haba
dejado, y que ms haban de conservar como sagrada memoria que por el
escaso valer que tuviesen.

En esta particin reserv D. Acisclo para doa Luz los pocos libros que
el fraile posea.

No ignoraba D. Acisclo que el padre estaba escribiendo una obra y hasta
pens en que podra l darla a la estampa, aunque hubiese quedado
incompleta. Busc, pues, el manuscrito, le hall, y considerando que las
dos nicas personas capaces de entender en el lugar aquello que l
llamaba una _monserga_ eran D. Anselmo y doa Luz, y que D. Anselmo por
ser impo no apreciara tan bien la _monserga_ como doa Luz, que era
creyente, no titube en llevar el manuscrito a doa Luz, sin abrir
siquiera sus pginas, porque le estorbaba lo negro, como no fuesen
cuentas en que l saliera ganando y con alcances a su favor.

Doa Luz recibi con veneracin el manuscrito del Padre, y no bien D.
Acisclo la dej sola, le abri con ansiosa curiosidad y se puso a
leerle. En su impaciencia hojeaba y recorra todas las pginas,
devorando al vuelo su contenido, procurando comprender el conjunto, y
dejando para despus el leerlo todo con detenimiento.

A poco de hojear, dio doa Luz con las hojas sueltas. Su vista se fij
en ellas. El corazn le dijo que algo de muy interesante encerraban.

Entonces las ley con pausa, con interrupciones, con muy frecuentes
interrupciones, porque el llanto se agolpaba en sus ojos y la cegaba y
no le consenta que leyese.

En cada una de estas inevitables interrupciones, en voz baja como si
temiera ser oda, con las palabras entrecortadas por los sollozos,
exclamaba doa Luz:

--Era cierto. Era cierto. Me amaba, Dios mo! Cunto, cunto me amaba!

A lo ltimo, ms all y despus de lo que conocemos, la vspera de su
muerte, el P. Enrique haba escrito lo que sigue, que tambin ley doa
Luz:

Estas pginas, si no las rasgo o las quemo, irn indefectiblemente,
despus de morir yo, a las hermosas manos de ella. Ya entonces no me
avergonzar de que ella sepa mi amor. Perdona, Dios mo, mi nueva culpa.
Quiero que ella le sepa. En qu el saberlo podr turbar la dicha y la
paz de su noble vida? Ella me ha amado, ella me ama como un ngel ama a
un santo, y yo la he amado como un hombre ama a una mujer. Sera yo
hipcrita si no le revelase que no merezco su amor angelical; que yo la
amaba como ama un pecador. Es menester para mi eterno reposo que ella me
perdone por haber convertido en veneno el blsamo y su afecto inocente
en incentivo vicioso; por haber alimentado con la pursima luz de sus
ojos este fuego del infierno que me abrasa y que mancha lo limpio de su
imagen que llevo grabada en el alma. A pesar tuyo, Dios mo, a pesar
tuyo y en contra tuya, la llevo grabada con rasgos indelebles. Todo el
bro de mi voluntad, toda la fuerza del cielo, todas las penas del
infierno no podrn arrancarla de all. Doa Luz y el amor de doa Luz
viven vida inmortal en mi espritu.

Al terminar la lectura, el dolor de doa Luz se hizo ms agudo; las
lgrimas acudieron ms abundantes a sus ojos; los sollozos pareca que
iban a ahogarla; pero, como luce el iris entre las nubes negras, una
dulce sonrisa de triunfo y de gratitud por aquel amor, que slo perdn
solicitaba, brill en los rojos y frescos labios de la gentil seora.




-XIX-

La embajada de D. Gregorio


La tristeza de doa Luz, pasados algunos das, tuvo ms de dulce que de
amarga: aunque no dejaba de ser tristeza, estaba mitigada por la
satisfaccin que senta doa Luz de haber inspirado tan viva simpata;
por la declaracin, hecha por el mismo Padre, de que ella no haba sido
coqueta, y por la absolucin, que ella misma se daba, despus de hacer
un examen de conciencia muy rigoroso.

Doa Luz no tena la culpa de aquel amor que agradeca, ni de aquella
muerte que lamentaba.

Su amistad, admiracin y veneracin al Padre no podan haber sido
mayores.

Si el Padre le hubiera inspirado otro ms vivo sentimiento, ella hubiera
pecado contra Dios, contra el mundo, contra su honra y contra su decoro.

En cambio, su amor a D. Jaime era legtimo, correcto, conforme a la
clase y posicin de ella, y fundado, por ltimo, en causas no menos
poticas que el amor que por el P. Enrique, si hubiese sido lcito,
hubiera ella podido sentir.

A fin de fortalecer y magnificar las causas poticas del amor que tena
a D. Jaime, doa Luz estim muy alto el de D. Jaime hacia ella. Su
desinters era evidente. l hubiera hallado a cientos los partidos
mejores en Madrid. Hubiera tenido con facilidad mujer con ttulo y con
rentas, a poco que la hubiera buscado. Don Jaime haba sin duda
desdeado por ella las ms brillantes bodas. Luego la adoraba don Jaime.
Y D. Jaime, elegantsimo, de noble familia, lleno de porvenir, honrado y
respetado ya como hbil capitn y soldado valeroso, poda enorgullecer a
cualquiera mujer a quien diese su nombre y su mano. D. Jaime, adems,
era joven an, gallardo y arrogante de figura, discreto y ameno. Las
cartas que escriba doa Luz desde Madrid mostraban bien su amor por lo
tiernas y cariosas, y su ingenio y su chiste, por lo bien escritas y
por las gracias y lances que contenan.

Doa Luz, pues, en vista de todo lo expuesto, convino consigo misma en
que estaba enamoradsima de su marido, en que tena razn para estarlo y
para haberse casado con l, y en que su amistosa ternura por el Padre y
las lgrimas que verta por su muerte, y hasta los besos que le haba
dado, eran de orden tan distinto, que en nada se oponan ni alteraban,
ni modificaban en un pice, ni aflojaban en un solo punto el lazo
amoroso y matrimonial que a D. Jaime la ligaba.

Pocos das faltaban ya para que D. Jaime volviese por ella. Ya haba l
tomado casa a propsito, y casi la tena amueblada. Ya haba sacado el
ttulo. Ya podan ambos esposos llamarse los marqueses de Villafra. D.
Jaime iba a llegar dentro de aquella misma semana, y era ya mircoles.

Doa Luz estaba en su cuarto, acababa de volver de misa, y haba rezado
con fervor por el alma del P. Enrique, en quien de continuo y tierna y
melanclicamente pensaba, cuando entr Juana, la doncella, y dijo:

--Seora, un forastero quiere hablar con usa.

--Su nombre?

--Don Gregorio Salinas.

--No le conozco. Qu facha tiene?

--Ms bien buena que mala. Viene muy decentemente vestido, aunque de
viaje. Se conoce que acaba de llegar. Es chiquitn, regordete, colorado
como una remolacha, y se sonre como si estuviese contento. Est, sin
embargo, de luto.

--Mira, Juana, yo no tengo gana de recibir visitas. Dile que me duele la
cabeza, que vuelva otra vez si tiene algo importante que decirme, que
hoy no recibo.

Juana sali a dar el recado, y volvi en seguida con una carta que puso
en manos de doa Luz.

--Don Gregorio Salinas--dijo Juana--, me acaba de entregar esta carta,
asegurando que ser admitido en cuanto usa la lea. Dice que la carta es
su credencial.

Doa Luz, no bien tom la carta y mir el sobrescrito, se qued
maravillada. Reconoci la letra de su padre.

La abri precipitadamente, y mir la firma. Era de su padre tambin.

Ley enseguida la fecha y vio que la carta estaba escrita haca ms de
quince aos.

La carta era lacnica. No contena ms que estas palabras:

Querida hija: El portador de esta carta ser don Gregorio Salinas,
escribano de Madrid, persona de toda mi confianza. Da entero crdito a
cuanto te diga; yele y atindele; y acepta y recibe sin el menor
escrpulo lo que te ofrezca y entregue.

--Que pase adelante ese caballero--dijo doa Luz.

Juana fue a buscarle, y D. Gregorio entr en la salita en que doa Luz
estaba.

Despus de los cumplimientos de costumbre, sentados doa Luz y su hasta
entonces desconocido husped en cmodas butacas, habl ste, con reposo
y como quien tiene mucho que decir, de la manera siguiente:

--Ya sabe usa que me llamo Gregorio Salinas. Ahora soy escribano y no
estoy mal de bienes de fortuna. Hace ventiocho aos era yo un pobre
estudiante, sin una peseta en el bolsillo; pero, en cambio, ni estaba
gordo, ni tena canas, ni calva, ni arrugas, y las gentes afirmaban,
perdone usa la inmodestia con que lo recuerdo, que era yo un bonito
muchacho, listo y gracioso. Nada tiene de extrao, por consiguiente, que
se enamorase de m una mujer del sobresaliente mrito de mi Joaquina.
Esta Joaquina es mi esposa, para servir a usa. Quiere mucho a usa y le
manda conmigo mil respetuosas y cariosas expresiones.

--Mil gracias--dijo doa Luz, interrumpiendo a don Gregorio--. Deje V.
el tratamiento y llmeme de usted, y perdneme adems si le digo con
franqueza que aligere su cuento porque me muero de curiosidad.

--Tenga V. calma, seora marquesa; tenga V. calma. Yo le prometo no ser
prolijo ni enojoso. Ir al grano. No crea usted que nada de lo que digo
es a humo de pajas. Todo se necesita para que V. se entere.

--Vamos, siga V., y le repito que perdone mi interrupcin.

--Pues, como iba diciendo--prosigui D. Gregorio--, mi esposa es ahora
una matronaza fresca y guapetona todava, si bien los aos no pasan en
balde. Cinco hijos me ha dado como cinco soles. Todos estn a las
rdenes de V., seora marquesa. En aquel entonces, cuando el noviazgo,
era mi Joaquina una moza de lo ms selecto que se paseaba por Madrid, y
serva de doncella a cierta dama de las ms encopetadas, cuya privanza
tena por completo y todos cuyos secretos ms ntimos posea.

--Y cmo se llamaba esa dama?

--La Exma. Sra. Condesa de Fajalauza.

Doa Luz, como quien oye un nombre que por vez primera suena en sus
odos, se encogi de hombros y se call. D. Gregorio sigui hablando:

--Mucho debemos mi esposa y yo a esta seora. Ella nos cas, ella nos
protegi, y ella nos dio los medios conducentes para llegar al punto de
bienestar y prosperidad a que hemos llegado. Dios se lo pague y se lo
aumente de gloria. Bien se lo merece, porque, al fin, si alguna falta
cometi, tuvo en este pcaro mundo su purgatorio. La Condesa estaba
casada con el seor ms terrible que se ha conocido en nuestros das.
Todos le temblaban, empezando por su mujer. Haba tenido varios lances
de los que llaman de honor, y pesaban tres muertes y varias heridas
sobre su conciencia. Tena fama de tan diestro, que se le crea capaz de
matar de un pistoletazo un mosquito que pasase volando a cincuenta varas
de distancia, y de atravesar de una estocada al propio diablo que se
pusiese a reir con l. Adase a esto que el Conde era celoso como un
turco, y no porque amase mucho a la Condesa, sino por otros motivos. La
pobrecita Condesa no le haba dado ninguno durante ocho aos de
matrimonio. Aquella seora era una santa; muy sufrida, muy prudente y
muy buena cristiana.

Doa Luz empez a dar visibles muestras de interesarse en la narracin.
Don Gregorio sigui diciendo:

--La Condesa aport al matrimonio cuantiosos bienes. Malas lenguas han
dado en propalar que el Conde, al casarse con ella, no tuvo en cuenta
sino su negocio. Nada de amor. La condesa se cas casi nia, excitada a
ello por su madre, y sin comprender toda la trascendencia de aquel paso.
A poco muri su madre, y la hurfana, sin hermanos ni parientes
prximos, se vio sola en el mundo, frente a frente de aquel tirano, que
ms debiera llamarse tal que no esposo y compaero.

No tena la Condesa razn alguna para amar ni respetar a su marido; pero
amaba la limpieza de su fama, y tema a Dios y veneraba los preceptos
morales y religiosos. Nada, como he dicho, hubo que censurar en ella en
los primeros ocho aos de matrimonio. Vivi resignada como una mrtir.
Ni siquiera tuvo el consuelo y el refugio que tienen otras mujeres,
consagrando su corazn al amor maternal. El maldito enlace fue estril.
Los condes de Fajalauza no tuvieron hijos.

Un asunto de grande inters reclam por aquel tiempo la presencia del
Conde en Lima. No convena confiar a nadie el asunto que all tena y
que importaba una suma archi-respetable. La condesa se hallaba muy
delicada de salud y no poda acompaar a su marido en tan larga
navegacin. El Conde, despus de muchas vacilaciones, resolvi ir solo.
Fue, pues, y estuvo en el Per cerca de ao y medio.

Durante la ausencia del Conde no se present la Condesa en reuniones ni
en teatros; vivi bastante retirada, pero no faltaron galanes y
pretendientes que procurasen hacerse amar de ella. La Condesa los
desde a todos. Hubo uno, sin embargo, dotado de prendas tan raras y
brillantes, tan enamorado o fingiendo con tanto arte que lo estaba, tan
discreto, buen mozo y seductor, que acert a cautivar el alma de la
desdichada Condesa. Contribuy mucho a este resultado, como sucede
siempre, la fama de conquistador que ya tena el galn. Nada puede tanto
con las mujeres como el considerar que aquel que las pretende desdea
por su amor el de otras mujeres a la moda, jvenes, hermosas, ricas y
distinguidas.

En suma, y como quiera que ello sea, la Condesa am al galn, y fue tal
su pasin que se dej vencer a pesar de sus severos principios.

Estas relaciones estuvieron envueltas en el misterio ms impenetrable.
Slo mi Joaquina tuvo noticia de ellas. La Condesa era una mujer
singular. Arrastrada por la violencia irresistible de su afecto, vea a
solas a su amigo, y luego lloraba como la Magdalena, rezaba, abominaba
de s misma como si se creyese el ser ms abyecto y vil, y desesperaba
hasta de que Dios la perdonase.

En esta refriega espiritual, entre la culpa y el arrepentimiento, estuvo
ella hasta que volvi su marido.

El secreto haba sido tal, que nadie haba dicho ni sospechado lo ms
mnimo.

El Conde, a pesar de todo, era suspicaz y receloso, y sospech algo
desde el da de su vuelta. Tal vez la agitacin de su mujer; la
repugnancia en que ella troc la frialdad con que antes le reciba;
algunas palabras, algunos suspiros, algn ay! delator que le oy en
sueos, bastaron a ponerle sobre la pista.

Una noche, mientras dorma la condesa, su marido se apoder de la llave
del escritorio de su mujer y registr detenidamente cuanto en l
encerraba. La Condesa haba cometido la imprudencia de conservar las
primeras cartas que le escribi su amante y el Conde pudo leerlas. Por
dicha, estas cartas no probaban la completa complicidad de la Condesa.
Hasta poda ella haberlas conservado, no por amor a quien las escribi,
sino por vanidad y como testimonio de haber sido tan amada. Las cartas
bastaron, no obstante, para que el Conde tuviera escenas espantosas con
su mujer. Si las cartas le hubiesen probado su culpa, el Conde la
hubiera asesinado. Como las cartas no eran ms que un indicio, el Conde
se limit a atormentar a su mujer y a desconfiar de ella y a vigilarla.
Con un pretexto plausible se trajo a vivir en su casa a una hermana
solterona que tena, la cual era una furia del infierno. Esta mujer fue
desde entonces la espa, la acompaante, la duea, la negra sombra de la
Condesa.

En cuanto al galn, cuyo nombre descubri el conde por las cartas,
tambin las cartas le costaron caras. El Conde, a fin de que nadie se
enterase y procurase inquirir el motivo, busc al galn y le oblig a
reir con l a la espada, sin ninguno de los trmites y formalidades del
duelo. El galn qued mortalmente herido en su propia casa, y slo por
un milagro de la ciruga pudo salvar la existencia.

--Saba ese lance de mi padre--dijo doa Luz--, pero ignoraba quien fue
su adversario y la causa del lance. Prosiga V., Sr. D. Gregorio.

--Ya que sabe V. que el galn era el seor Marqus, su padre de V.,
seguir este relato designndole con su nombre. Si alguna frase se me
escapa que pueda lastimar, aunque sea levemente, la memoria del seor
Marqus, doy a V. desde luego un milln de excusas.

Doa Luz hizo un gesto y movi la cabeza como si quisiera indicar que
las excusas estaban aceptadas de antemano.

D. Gregorio continu:

--El terror que le inspiraba su marido, la vigilancia del argos con
faldas que tena en su cuada y su propio arrepentimiento, hicieron que
la Condesa no volviese a ver en secreto al Marqus. Este desech de su
alma, con el andar del tiempo, amor tan peligroso y ya imposible o casi
imposible de satisfacer, y se distrajo con ms fciles amores.

Todo lazo se hubiera roto, toda relacin y comunicacin entre el Marqus
y la Condesa hubieran dejado de ser para siempre, si el cielo no hubiera
dispuesto que quedase un recuerdo vivo del amor y de la culpa de ambos;
un ser que los una y por cuyo destino y porvenir ambos deban velar
igualmente.

--Y mi madre--exclam entonces doa Luz--, no pudo nunca volver a verme
desde que volvi de Lima su marido?

--Pudo volver a ver a V. de lejos, pero nunca abrazarla ni besarla ni
hablarla. Su pensamiento, sin embargo, estaba siempre con V.

--Infeliz madre ma!

--La Condesa saba de V. por mi Joaquina. Por mi Joaquina se entenda
tambin con el Conde en todo aquello que a V. importaba, nico asunto
que ya se trataba entre el Marqus y la Condesa.

Usted, seora Marquesa, vivi primero en mi casa, cuidada por mi
Joaquina. Nuestra costurera, una tal Antonia Gutirrez, que haba tenido
un desliz y cuyo hijo haba muerto, fue nodriza de V. Despus muri
tambin la costurera, y yo arregl de modo, con la venia de los
parientes de la chica, que V. pasase por su hija, a fin de hacer la
legitimacin. En todo esto, por conducto de mi Joaquina, intervena la
seora Condesa, que estaba hasta cierto punto contenta al considerar que
V. iba a llevar el nombre y el ttulo del Marqus y a heredar sus
bienes.

A poco de volver el Conde a Madrid y despus del duelo, nos entr a
todos mucho terror de que el Conde llegase a entender que exista V. y
quin V. era; y el Marqus, no bien se restableci de la herida, la sac
a V. de mi casa con harto dolor nuestro y mayor an de la Condesa, y
puso a V. en casa de una seora de situacin algo equvoca. Mientras
estuvo V. en aquella casa, la Condesa estuvo muy incmoda. Slo soseg
cuando a puras splicas suyas, interpuestas por Joaquina, el Marqus se
la llev a V. a su casa, primero bajo el cuidado de una buena mujer, y
ms tarde con un aya inglesa, la cual vino porque la condesa se empe
en que viniese.

El Marqus, entre tanto, lejos de sentar con los aos, no haca el menor
caso de aquellos sabios refranes que dicen: _--quien quisiere ser mucho
tiempo viejo, comincelo presto, y el viejo que se cura cien aos dura_.
Lejos de rezar con l estos refranes, ms bien poda aplicrsele aquel
otro, y perdone V. seora Marquesa que se le aplique, pero casi lo pide
a voces la narracin: _mientras ms viejo ms pellejo_. Pretendo
significar con esto que el seor Marqus, en vez de enmendarse con la
edad, se hizo ms cortejante, jugador y amigo de jaleos de toda laya, lo
cual mortificaba mucho a la seora Condesa. El amor, por el cual ella
haba sacrificado tanto, honra, reposo y bienestar, slo haba sido para
el Marqus un episodio, una aventura, un lance ms o menos agradable o
divertido, entre los muchos de su vida. Esto dola en extremo y
atormentaba a la Condesa. Pero haba otra consideracin que le dola
ms, que la tena llena de sobresalto, y que, agravndose cada da,
lleg a ser para la Condesa un tormento continuo.

El Marqus caminaba precipitadamente a su total ruina: estaba empeado
hasta los ojos; la usura consuma ya lo mejor de sus rentas. Era seguro
que el Marqus acabara su vida en la miseria. Qu sera entonces de su
hija doa Luz, hurfana, sin amparo y sin recursos?

Lo peor era que la Condesa no poda socorrer a su hija mientras su
marido viviese. Antes de que el Conde hubiese tenido el ms leve indicio
de su culpa, la Condesa haba gozado de un asomo de independencia y
libertad. Despus la Condesa, ms que esposa, vino a ser esclava. Un
grito, una palabra dura, un gesto amenazador de su marido bastaban a
aterrarla.

El Conde, a ms de ser celoso, era avaro, y la Condesa no poda disponer
de un real sin dar estrecha cuenta de todo, justificando la inversin
hasta de la ms pequea suma.

La viveza cruel de su imaginacin le representaba del modo ms exagerado
el infortunio que presenta. Soaba que su hija estaba en la desnudez,
sin hogar, humillada y empleada en los ms viles menesteres, y ella
nadando en la opulencia y sin poder acudir en su auxilio.

Cmo darle algo sin que lo supiese el Conde? Y con saberlo el Conde,
sabra su delito y su oprobio, y se presentara como juez severo e
irritado, y con una sola palabra de desprecio la matara.

La Condesa, atormentada por su conciencia a par que anonadada por el
miedo que tena al Conde, deseaba la muerte para descansar, y sin
embargo, ansiaba vivir, y singularmente sobrevivir a su marido.

Mientras l viviese, la Condesa conoca que no tendra valor para hacer
nada en favor de su hija. Ni por donacin, ni por testamento, en la hora
de su muerte, hallaba medio para compartir con la que era su propia
sangre o para legarle al menos bienes que eran suyos y no del tirano que
la atormentaba.

La Condesa, pues, se someti a la voluntad del Altsimo y esper
tranquila, y esforzndose por no desearla, la muerte de su marido, antes
que la suya llegase. Para el caso de que as sucediera, form la firme
resolucin de dejar por testamento a los parientes de su marido, en
fincas y alhajas, todo aquello en cuya adquisicin y dominio pudiera
suponer la conciencia ms escrupulosa que el Conde haba sido parte;
dejar algunas mandas importantes a personas que la hubiesen servido
bien, como, por ejemplo, a mi Joaquina; y el remanente de sus bienes, en
fondos pblicos todos, cuyos ttulos estaban y estn an en varios
Bancos y casas de comercio, dejrselo por entero a su hija.

El Marqus supo por Joaquina esta resolucin de la Condesa; y, cuando
acosado por los acreedores, embargado y vendido cuanto posea a fin de
pagar sus deudas, tuvo que retirarse a este lugar, me dej escrita la
carta que he hecho entregar a V. para que me sirviera de introduccin.
La carta, hasta que ocurriese el caso hipottico que se prevea, haba
de estar en mi poder sin que nadie lo supiese. Y as ha estado la carta.

Muerto el Marqus, no existan en el mundo sino tres personas sabedoras
del propsito de la Condesa de dejar a V. por heredera.

--Y quines eran esas tres personas?--pregunt doa Luz con el mayor
inters.

--La misma Condesa, mi mujer, que es sigilosa hasta lo sumo, y un
servidor de V., seora Marquesa.

--Y nadie ms?

--Nadie ms.

--Est V. seguro?

--Lo estoy.

Don Gregorio continu luego su narracin en estos trminos:

--El cielo quiso que se cumplieran, no dir los deseos, los planes de
nuestra bienhechora. El Conde muri hace poco ms de mes y medio. Cosa
de milagro parece el que la Condesa, tan padecida y acabada como se
hallaba, pudiese sobrevivirle. La fuerza de voluntad vale mucho. La
Condesa sobrevivi, se dira que expresamente para cumplir su resolucin
y morir tambin luego.

--Ha muerto mi madre?--exclam doa Luz con lgrimas en los ojos.

--Ha muerto.

--Y sin llamarme a s, sin verme, sin darme un abrazo!...

--La Condesa lo ansiaba, pero al propio tiempo lo tema. Se avergonzaba
de llamar a s a quien al presentarse como madre tena que declarar su
culpa, y, ella lo deca, su deshonra. Dudaba de que una hija, a quien,
fuese por lo que fuese, ni haba criado, ni visto, ni acariciado nunca,
la pudiese querer. Recelaba hallar frialdad, tibieza al menos, en su
hija. No crea en la misteriosa fuerza de la sangre. En ella s, porque
saba que su Luz viva, porque la haba estado amando durante tantos
aos; pero en su Luz, a quien se le revelase de repente que tena madre
en Madrid, qu cario sbito, qu ternura poda esperar? Esto, al
menos, pensaba la seora Condesa. Y sobre todo, por lo mismo que amaba a
su hija, tena vergenza, le causaba sonrojo la idea slo de presentarse
a ella. El qu dirn, el temor de que la gente se enterase, era tambin
rmora de su deseo. Por ltimo, la Condesa, a poco de muerto su esposo,
cay en cama con una grave enfermedad, y apenas tuvo tiempo para tomar
sus disposiciones y cumplir lo prometido. Despus vivi algunas semanas,
pero trastornada, sin pleno conocimiento ni memoria de las cosas y de
las personas. Luego muri.

Doa Luz dio muestras de verdadero dolor y de emocin profunda. Don
Gregorio permaneci algunos minutos en silencio religioso, y respetando
aquel tributo de pena dado por una hija a la memoria de una mujer, a la
cual (si bien no la haba conocido) deba la vida.

Despus dijo D. Gregorio, tomando ya la entonacin fra del hombre de
negocios:

--Seora Marquesa, yo soy albacea de la difunta y fideicomisario con
expreso fideicomiso en favor de usted. Todo est ya en regla, porque yo
no me duermo. Todo se va ordenando del modo ms a propsito para que se
hable, se comente y se murmure lo menos posible. Las mandas estn
repartidas; mi mujer ha tomado una linda suma: los parientes del Marqus
han recibido joyas, dinero y fincas. Queda an por entregar lo mejor de
la herencia. Tengo en mi poder los papeles y documentos que acreditarn
a V. como propietaria de los fondos pblicos que tena la Condesa en
diferentes casas de banco de Pars, Londres y Francfort. Todo ello
importa no recuerdo cunto en valor nominal, pero en efectivo asciende a
la friolera de diez y siete millones de reales velln y un piquillo.
Cuando la seora Marquesa guste, le har la entrega y se enterar de
todo por menudo.

--Seor D. Gregorio, ya V. sabr que estoy casada. Aguardaremos a que
venga mi marido para aceptar la herencia. l se entregar de todo como
dueo y seor. Dentro de tres o cuatro das vendr de Madrid. Entre
tanto, esta casa es bastante grande para que V. se hospede en ella.

El Sr. D. Gregorio Salinas acept la invitacin, juzgndose muy honrado,
y traslad a un cuarto, que le prepararon en el casern de doa Luz, la
maleta que haba dejado en la detestable posada del lugar.

Doa Luz, en tanto, aunque triste por la muerte de su madre y por la
historia melanclica que haba odo contar, ceda a la flaca condicin
humana, y se alegraba de verse tan rica. Y lo que ms la complaca era
pensar en todos aquellos millones como en un esplndido presente, poco
menos que llovido del cielo, que ella iba a hacer a su D. Jaime, cual
merecido premio del amor desinteresadsimo con que l le haba dado su
mano y su nombre.




-XX-

La carta misteriosa


La llegada de un forastero, con especialidad si el forastero gasta
levita y _colmena_, esto es, sombrero de copa alta, es siempre un
acontecimiento extraordinario en todo lugar de tierra adentro en
Andaluca. La curiosidad se excita vivamente, y no hay nadie que no
pregunte: A qu habr venido por aqu este seor?.

Esto preguntaban los _villafrianos_ o _villafriescos_ apenas vieron a D.
Gregorio. Y la curiosidad se decupl, o poco menos, cuando se supo que
el tal don Gregorio haba ido a albergarse en casa de doa Luz.

A ms de la curiosidad, siempre se despiertan en las poblaciones
pequeas otros sentimientos ms nobles con la llegada de cualquier
forastero: el de la sociabilidad y el de la cortesa.

Los seores del pueblo se apresuran a visitar al forastero y a ponerse a
sus rdenes; y as lo hicieron con D. Gregorio los principales magnates
o prceres de Villafra.

Claro est que la visita, aunque por cortesa se haga, no es menester
que se encierre dentro de los lmites de la mera cortesa. _Lo corts no
quita lo valiente_; y, por lo tanto, se dirigen al recin venido cuantas
preguntas importan para indagar quin es, a qu viene y qu se propone.

En cambio, se suele informar al forastero, aunque nada pregunte, de
cuanto ocurre en el lugar, exagerando por fachenda la riqueza y
prosperidad de sus habitantes.

De esto ltimo estaban muy curados y escarmentados en Villafra, porque
haca poco tiempo que haban recibido una dursima leccin.

Vino al pueblo cierto forastero, que en el camino trab conocimiento con
el hijo de uno de los ms pudientes hacendados, el cual tambin vena de
viaje. Este seorito llev al forastero de visita en casa de su padre,
que era el que ms escupa por el colmillo en Villafra en punto a
hablar de onzas de oro, y a ponderar la abundancia y grandeza con que
viva. A las pocas preguntas del forastero, el hacendado le dijo todo lo
rico que era, triplicando sus facultades. Tena un alambique que andaba
durante cuatro meses, y le dijo que tena dos que andaban todo el ao, y
con frecuencia de da y de noche. Tena un molino aceitero con una
prensa hidrulica, y le asegur que tena tres con otras tantas prensas.
Haba cogido cinco mil arrobas de vino, y le dijo que haba cogido doce
mil. Haba molido dos mil fanegas de aceituna, y le asegur que eran
seis mil y pico las que haba molido. No queriendo quedarse muy atrs,
los otros hacendados ponderaron tambin al forastero sus provechos,
cosechas e industrias. El forastero se lleg a persuadir de que estaba
en Jauja, y entonces descubri que era un inspector del Gobierno, que
vena a ver las ocultaciones de riqueza que haba en los pueblos, sobre
todo en lo tocante a subsidio industrial.

El pnico en Villafra fue espantoso. El comisionado dijo que se vea en
la dura necesidad de poner en noticia de la superioridad los tesoros que
all se ocultaban; y aterrados los mayores contribuyentes, se reunieron
al punto en las Casas Consistoriales, y, llamando al comisionado, le
rogaron que no los perdiese; que eran pobrsimos, y mentira y vanidad
las tres quintas partes de lo que haban confesado poseer. El
comisionado contest que tal vez habra alguna exageracin jactanciosa,
pero que, en verdad, eran ms ricos e industriosos que lo que constaba
de una manera oficial, y que l tena que enterarse bien de todo para
dar su informe, cumpliendo religiosamente con su deber. Los seores
contribuyentes le suplicaron que no se metiese en tales barahndas, que
se iba a calentar demasiado la cabeza, y nadie se lo haba de agradecer;
y, al fin, para acabar de convencerle, echaron entre todos una manga y
le dieron ocho mil realetes, como ayuda de costas y consuelo en los
trabajos de su peregrinacin, con lo cual se fue bendito de Dios con la
msica o dgase con la estadstica a otra parte.

Desde que tuvo lugar esta ocurrencia, la gente de Villafra haba
depuesto la jactancia y se complaca en ser humilde. La franqueza y la
sinceridad les parecan asimismo prendas muy necias y que nunca deben
emplearse con los curiosos, comprendiendo toda la prctica sabidura del
proverbio que dice: _A quien quiere saber, mentiras en l_.

Proceda de aqu la prudente desconfianza y el hbil disimulo con que
los villafriescos hablaban con todo forastero; mas esto no impeda que
procurasen saber de l cuanto haba que saber.

No fue necesario mucho ingenio para mover a don Gregorio a que dijese el
objeto de su viaje. Ya no haba en esto secreto alguno, y D. Gregorio lo
dijo todo.

El pasmo y la estupefaccin se extendieron al instante por todos los
mbitos de Villafra, con la nueva de que doa Luz era millonaria:
heredera de una fortuna enorme.

Para D. Acisclo fue la sorpresa no inferior a la de todos su
compatricios.

Nada distaba ms de su mente que la herencia de doa Luz; pero D.
Acisclo saba y aguardaba la venida de D. Gregorio, aunque ignorando a
qu vena.

Poco antes de morir el Marqus, teniendo an a la cabecera de la cama al
cura D. Miguel, con quien acababa de confesarse, haba hecho venir a su
presencia al bueno de don Acisclo; y a solas con l y con el cura,
exigi de D. Acisclo, bajo juramento de guardar el ms profundo secreto,
que cumplira a su tiempo una comisin que iba a darle.

Don Acisclo prometi y jur ser muy sigiloso, y el Marqus dijo al cura
que abriese un cajn de su bufete, donde encontrara una carta cerrada y
sellada, que deca en el sobrescrito: _A mi hija Luz_.

El cura encontr luego la carta, y entonces, exigiendo tambin del cura
que no hablase de aquella carta con nadie, considerndola como secreto
de confesin, el Marqus le recomend que la custodiase y no la
entregase sino a D. Acisclo, el cual no haba de pedrsela hasta que
viniese a Villafra un seor llamado D. Gregorio Salinas, o hasta que
pasasen dos meses de la muerte de una seora que viva en Madrid,
llamada la Condesa de Fajalauza. Para esto, D. Acisclo deba tener con
cautela y discrecin a algn sujeto en Madrid encargado de avisarle
cuando muriese la Condesa, y no bien cumplida cualquiera de las dos
condiciones, D. Acisclo haba de tomar la carta y llevrsela a doa Luz.
Caso del fallecimiento del cura, la carta deba pasar a poder de D.
Acisclo, y caso de fallecer ste, l mismo deba designar a persona que
le sustituyera en el encargo de entregar la carta misteriosa.

Don Acisclo tena, aunque envuelta en el debido respeto, tan mala
opinin del juicio de su pobre y arruinado amo, que, a pesar de toda la
solemnidad de lo que le encargaba, no quiso darle importancia alguna, y
lo que menos le pas por la cabeza fue que aquella carta pudiese tener
relacin con algo que se pareciese a dinero. Don Acisclo dio por
evidente que tal carta sera una nueva tontera del Marqus.

Sin embargo, segn queda dicho ya varias veces, don Acisclo era un varn
recto y temeroso de Dios; jams faltaba a la probidad ni a la justicia,
tratando de conciliarlas con su medro; y cumpla fielmente los encargos
cuando el cumplirlos costaba poco o nada.

As fue que guard el secreto de la carta durante aos y aos, y tuvo
siempre encomendado a un amigo de Madrid que le notificase la muerte de
la Condesa.

Ya haca ms de dos semanas que D. Acisclo haba recibido noticia de
dicha muerte, y estaba aguardando el trmino de los dos meses o la
venida de don Gregorio.

Esta, como hemos visto, ocurri mucho antes de que dicho trmino se
cumpliera.

Don Acisclo fue, pues, a pedir la carta al cura don Miguel, quien se la
entreg sin dificultad, visto que las condiciones se haban cumplido.

Don Acisclo, sabedor ya de los muchos millones que heredaba doa Luz, y
comprendiendo a las claras que la carta haba de tener relacin con los
tales millones, lejos de despreciarla, la consider como importantsima
y trascendente, y se apresur a llevarla a la persona a quien iba
dirigida.

Mientras la carta permaneci cerrada en manos ya de D. Acisclo, y sin
llegar a las de doa Luz, aunque transcurri poqusimo tiempo, D.
Acisclo le tuvo de sobra para cavilar y forjar una risuea hiptesis
acerca de su contenido.

El Marqus, aunque al morir dejaba a su hija muy nia an, no lo
bastante para que no conociese su soberbia, y como tambin conoca que
la dejaba pobrsima, haba de haber presumido que su hija se quedara
soltera. Cmo, pues, iba doa Luz a manejarse con tantos millones, sin
tener a su lado a un hombre entendido y de toda confianza? Y quin, en
la mente del Marqus, poda ser este hombre sino el propio D. Acisclo,
que con tanta habilidad y lealtad haba administrado sus bienes? D.
Acisclo tuvo, pues, por cierto que el contenido de la carta era
recomendar a doa Luz con el mayor encarecimiento que hiciese de l su
nuevo administrador.

Ya saba D. Acisclo, por boca de D. Gregorio, que los millones de doa
Luz estaban en fondos pblicos extranjeros, y que ganaban a lo ms un
seis o un siete por ciento anual. Esto le tena indignado. Como buen
espaol y buen catlico, se dola de que explotasen aquel hermoso
capital, pagando tan mezquinos rditos, gentes de _extranjis_, herejes o
judos de seguro. Cunto mejor empleado no estara aquel dinero en
Espaa, y sobre todo en Villafra y los pueblos cercanos? Era
indispensable traer a Espaa aquel dinero. Don Acisclo, con arreglo a
sus doctrinas de hacer ganar a su amo ganando l, trazaba ya el plan
econmico para el manejo de los millones. En vez del seis o del siete,
hara ganar a doa Luz el nueve o el diez por ciento sobre el capital;
tres por ciento de ventaja; pero, como l hallara modo de colocar el
dinero al doce y hasta al quince, sobre buenas hipotecas o con escritura
de depsito o con otros medios conminatorios para la seguridad, por
aquello de que _el miedo guarda la via_, D. Acisclo se vea ya
convertido en algo como director de un banco hipotecario, de un
artilugio ingenioso, de una bomba absorbente, para quedarse con todas
las tierras y ochavos de la provincia, haciendo ganar a doa Luz
muchsimo ms de lo que su capital antes ganaba.

Don Jaime era desprendido, se ocupaba en cosas de ambicin y de poltica
y no en negocios de dinero; el dinero le importaba poco, pues se haba
casado con doa Luz siendo ella pobre; y sin duda encontrara muy
razonable que D. Acisclo administrase los millones e hiciese con ellos
la felicidad de Villafra, fomentando su industria y su agricultura.

Revolviendo en su mente estos alegres pensamientos, lleg D. Acisclo a
casa de doa Luz, entr en su cuarto y acert a encontrarla sola como
deseaba.

Despus de felicitar a doa Luz porque Dios haba mejorado sus horas de
modo tan estupendo e imprevisto, refiri el encargo que tena y las
circunstancias y solemnidades que hubo cuando se le hicieron.

--Venga esa carta de mi padre--dijo doa Luz con visible emocin.

Don Acisclo entreg la carta.

Ella rompi el sello, la sac del sobre, y sin decir una palabra ms se
puso a leer.

No ira mediada an la lectura, cuando doa Luz, que comenz a leer
sentada, se puso de pie manifestando intranquilidad.

Don Acisclo, que lo observaba todo, recel algo malo al ver aquello, y
dijo para s:

Diantre! Este marqus tena el don de errar. Si se habr compuesto de
suerte que todo lo de la herencia venga a deshacerse como la sal en el
agua? Si encargar a su hija que traspase los millones a otro sujeto?.

Mientras que D. Acisclo cavilaba, doa Luz, suspendida por un instante
la lectura, cavilaba tambin.

Una sonrisa arque suavemente los labios de doa Luz. Era el resultado
de sus cavilaciones. Don Acisclo lo tuvo por buen agero.

Despus doa Luz sigui leyendo la carta.

La sonrisa se fue acentuando cada vez ms. Al cabo vino a convertirse en
risa algo burlona.

Es curioso--pens don Acisclo--. Con qu chistes se descolgar ahora
su pap, a los doce o trece aos de muerto, para que ella se ra tan
fuera de sazn?.

En esto, doa Luz acab de leer la carta. Volvi a cavilar en silencio,
que D. Acisclo no se atrevi a interrumpir, y volvi a rerse un si es
no es descompuestamente.

Como doa Luz era la compostura personificada, D. Acisclo se aturdi con
tan inslita risa.

Hubo un instante en que cruz por el pensamiento de D. Acisclo que doa
Luz se rea sin duda de que su padre le recomendase que le tomara a l
por administrador. Don Acisclo se enoj y se enfurru un poco.

Doa Luz, sin embargo, en vez de enmendarse, sigui riendo, y termin
por prorrumpir en sonoras carcajadas.

--Qu pasa? Qu hay de tan gracioso para rer as?--dijo D. Acisclo.

Doa Luz no contest, y ri con ms violencia.

Su risa vino a tener muy alarmantes condiciones. Se conoca que era ya
independiente de su voluntad: nerviosa, insana.

Ella se haba guardado la carta en el seno.

Lo que pensaba, lo que infera de la carta era lo que la haca rer.

Por ltimo, D. Acisclo, viendo que la risa continuaba, empez a
asustarse.

El rostro de doa Luz se trastorn. Un paroxismo histrico bien marcado
se apoder de ella.

Los sollozos se mezclaron pronto con la risa, y por ltimo, doa Luz
cay al suelo como desplomada, y all se agit en fuertes convulsiones.

Don Acisclo toc entonces la campanilla, llam a voces a la gente de
casa, y acudieron D. Gregorio, Juana, Toms y otros criados.

Todos se aterraron.

Las convulsiones seguan.

Juana mand llamar al mdico D. Anselmo.

Este, con los recursos de su arte, y obrando tambin la naturaleza,
logr volver la calma a doa Luz, la cual qued muy postrada.

Don Acisclo y todos los all presentes se quedaron con el deseo de
averiguar la causa moral, como sin duda la hubo, de aquel ataque
repentino, tan ajeno a la robustez y condicin sana de la marquesa de
Villafra.

Doa Manolita vino a ver a la enferma, y doa Luz tampoco le confi
nada.




Conclusin

Haban pasado cuatro meses desde que ocurri el ya referido ataque.


En este tiempo haban sucedido cosas singularsimas, que nadie acertaba
a explicar en Villafra.

Al da siguiente del ataque haba llegado D. Jaime, a quien llamaremos
el Marqus, pues ya lo era.

El Marqus acept y recogi la magnfica herencia de doa Luz.

Don Gregorio se volvi a Madrid en seguida.

Todo esto era naturalsimo. Lo que no lo era, porque vena a contrariar
planes anteriores, conocidos ya de todos, era que el Marqus, en vez de
llevarse a doa Luz a la corte, se volvi solo a los cuatro das de
estar en el lugar, y se dej en l a doa Luz, bastante delicada e
indispuesta.

Los que vieron partir al Marqus aseguraban que llevaba el rostro muy
fosco, y que pareca estar de un humor de todos los diablos.

Doa Luz, desde la partida del Marqus, haba estado encerrada siempre.
Ni para ir a misa sala a la calle. Estaba enferma o pretextaba estarlo.

As se pasaron, segn queda dicho, cuatro largos meses.

No haba ya tertulia.

Doa Luz slo reciba a D. Anselmo, a quien ni como a mdico consultaba
cosa alguna, y a doa Manolita, con quien esquivaba toda conversacin
sobre su marido, sobre su herencia y sobre la repentina enfermedad que
ella haba padecido.

La ndole de doa Luz pareca muy cambiada.

Andaba siempre melanclica y taciturna.

Doa Manolita notaba, cuando iba a verla, que tena los ojos fatigados y
rojos de llorar. A veces, doa Luz no poda reprimir el llanto, y en
presencia de doa Manolita lloraba.

Durante algn tiempo, la tristeza de doa Luz haba sido sombra,
reconcentrada y feroz. Su amiga ntima no se haba atrevido a
preguntarle la menor cosa ni a quejarse de su silencio.

En los das, no obstante, a que hemos trado nuestra narracin, la
tristeza de doa Luz se modific visiblemente. Se hizo ms tierna y ms
expansiva.

Doa Luz no se limitaba a recibir a su amiga cuando sta iba a verla,
sino que a menudo la mandaba llamar.

Lloraba, suspiraba ms, pero estaba menos sombra. A veces cruzaba una
dulce sonrisa por entre sus lgrimas, como rayo de sol entre nubes.

Una maana, por ltimo, doa Luz escribi a doa Manolita el siguiente
billete:

Querida amiga ma: No puedo callar ms tiempo. Mi infortunio me ahoga,
me mata, y quiero vivir. Soy muy desgraciada y hay una esperanza que me
sonre. Necesito conservar la vida. Temo que este oculto dolor me
asesine. Es menester que te le confiese; que me desahogue contigo; que
tu compasin y tu amistad me salven. Ven a verme al punto. Te quiere tu
Luz.

No hay que decir que doa Manolita estuvo a los pocos minutos en el
cuarto de doa Luz, la cual se ech en sus brazos, llorando con mucha
ternura y besndola y llamndola su nico consuelo.

--Todo lo vas a saber--le dijo--. Me morira si no me consolase
dicindotelo. T eres buena y sigilosa. Prometes callarte?

--Lo prometo--contest la hija del mdico.

--Ni a Pepe Geto, entiendes? Ni a Pepe Geto dirs nada.

--No dir nada ni a Pepe Geto.

--Pues bien--exclam doa Luz en voz muy baja, pero con extraordinaria
vehemencia--, la causa de mi mal es que he descubierto, a los quince
das de casada, que el hombre que yo imagin tan noble, tan generoso,
tan enamorado de m, tan digno en todos conceptos de que yo le amara, y
a quien di mi corazn y mi mano, y a quien entregu mi ser y mi vida, es
un miserable sin alma.

--Ests loca, Luz? Qu motivos tienes para decir palabras tan
espantosas?

--Qu motivos tengo? Mi padre, sin querer, me lo ha revelado todo en la
carta que me entreg D. Acisclo. Fue notable exceso de precaucin!

Y doa Luz empez a rer con la risa nerviosa que tuvo cuando el ataque.

--Vamos, clmate, vida ma. Clmate y habla con reposo--dijo doa
Manolita.

Doa Luz logr tranquilizarse y continu hablando:

--Por temor de que, en el caso de que la condesa de Fajalauza me dejase
por heredera, D. Gregorio no cumpliese bien su comisin, mi padre, que
toda su vida fue descuidadsimo, quiso en esta sola ocasin pecar de
cuidadoso. Mi padre confi, quiz tambin por vanidad, toda la historia
de sus amores a un antiguo amigo suyo, le entreg papeles que podan
obligar y comprometer a D. Gregorio, si ste no se conduca bien como
fideicomisario, y le encarg que lo callase y reservase todo como no
fuera menester descubrirlo en su da. Para el caso de que muriese este
amigo de mi padre antes de la muerte de la Condesa, tuvo autorizacin
dicho amigo de confiar a su hijo el secreto y de transmitirle la
comisin. Dicho amigo se llamaba D. Diego Pimentel. Su hijo es mi marido
D. Jaime. Muchos aos haca que l saba que yo poda ser poderosa, pero
no le bast conocer la posibilidad. Necesit de la certidumbre para
enamorarse de m. Sin la certidumbre, jams le hubiera yo dado
_flechazo_. Te acuerdas cuando t me decas que le haba yo dado
_flechazo_? Ya sabes cul fue la flecha de oro de que se vali amor para
hacer tamao prodigio. Don Jaime no tuvo necesidad de verme para
sentirse atravesado de la flecha. Ya la traa en el corazn cuando vino
de Madrid, con pretexto de visitar a sus electores. Ya saba l la
muerte del Conde y que la Condesa estaba moribunda. Mientras viva el
Conde, mientras la condesa pudo morir antes de que el Conde muriese, se
guard bien don Jaime de enamorarse de m. Mira, pues, en lo que viene a
parar todo el poema de amor que yo haba compuesto. El amor
desinteresadsimo que en don Jaime me enamor, fue un clculo seguro de
alzarse sin trabajo con diez y siete millones. Don Jaime calcul bien, y
no quiso aventurar nada. Me ha engaado vilmente, porque tampoco crey
tan precavido a mi padre para que me hubiese escrito la carta que me
entreg D. Acisclo. Don Jaime presuma qu digo presuma? juzgaba tener
seguridad de que yo no sabra jams que l estaba en el secreto de mi
herencia. Ahora mi amor se ha convertido en odio y en desprecio. Y no le
desprecio y le odio a l slo, sino tambin al amor liviano que logr
inspirarme. Por qu me enamor de l? Por qu ced tan pronto? Por
vanidad de creerme amada; por ligereza; por deslumbrarme como una
rstica lugarea de sus cortesanas elegancias. Apenas vale el amor que
le tuve un quilate ms que el amor que l finga tenerme. No; no se
fund mi amor en la estimacin de las prendas de su alma que yo
desconoca, sino en vana soberbia satisfecha, y en ciegos instintos, en
groseros estmulos acaso, al verle gallardo y bello de cuerpo. Me
avergenzo de haber sido suya, y de la inclinacin que me llev a ser
suya. La estancia en que le recib en mis brazos, despus de las
bendiciones nupciales, me causa ahora rubor, como al afrentado le causa
rubor el sitio en que sufri la afrenta. La explicacin que tuve con l,
cuando l volvi de Madrid y yo le rechac al ir l a abrazarme, fue
horrible... horrible.... Sus infames disculpas, sus burlas cnicas
cuando le arranqu la mscara, el desdn con que me dijo que yo no saba
vivir y que me haba forjado del mundo una idea fantstica, y la
insolencia con que acab por calificarme de loca y de insensata, me han
afirmado en mi decidido propsito de una eterna separacin. Al morir a
manos del desengao este amor efmero, al convertirse en hiel esta
liviandad legalizada y consagrada que me ech en brazos de D. Jaime, ha
revivido en m otro amor espiritual y con objeto digno; otro amor, de
que yo neciamente me sonrojaba; otro amor que he querido ahogar, que he
querido ocultarme a m propia, y que ahora reaparece inmaculado y puro,
aunque sin esperanza en esta vida. Por esto he deseado la muerte. Qu
diferencia, Manuela! Aqul... no lo sabes?... aqul muri de amor por
m. Para ste soy un juguete, medio de poseer una fortuna. Este no
comprende siquiera el amor. Le escarnece. Me ha llamado necia y
disparatada porque me pesaba de que no me amase de amor cuando se cas
conmigo; porque le dije que ha profanado y envilecido mi amor
hacindomele sentir sin l sentirle. Te parece todo esto pequeo motivo
para mi desesperacin?

Doa Manolita estaba atolondrada, llena de dolor al ver tan infeliz a su
amiga, pero sin saber qu decirle.

Doa Manolita suspiraba, acariciaba a doa Luz, la miraba compasiva, la
escuchaba muy atenta, y se callaba.

Por ltimo, se le ocurri decir:

--Pero qu desesperacin es la tuya? No ponas en tu billete que
deseabas la vida? No me hablabas de una esperanza?

--S: la tengo--contest doa Luz--. Por ella, slo por ella no me he
muerto.

Y asiendo doa Luz ambas manos de doa Manolita, las puso sobre su
regazo, retenindolas all por algunos instantes.

--Lo has sentido? Lo has sentido?--exclam entonces doa Luz--. Salta
en mi seno. Vive en mis entraas. Yo vivir por l y para l. No quiero
creer que una material impresin haya dejado aqu la imagen del hombre
que desprecio. Mi espritu concibe este ser. Mi pensamiento y mi
voluntad, durante largos meses, le han prestado y le prestarn forma, y
le han dado y le darn alma semejante a la de aquel que me la dio toda.
En los besos que estamp en su noble rostro, cuando mora, hubo ms
verdadero amor que en todos los abrazos que al otro prodigu alucinada.

De esta suerte, doa Luz hizo a su amiga sus ms ntimas confidencias.

Hasta hoy, doa Luz cumple su propsito.

No ha vuelto, y bien se puede afirmar que no volver nunca, a reunirse
con D. Jaime.

Doa Luz sigue viviendo en Villafra, muy retirada de todo trato y
conversacin.

Mientras su marido brilla sobremanera en la corte, ella cuida de un hijo
muy hermoso y muy inteligente que Dios le ha dado, y cuyo nombre de pila
es Enrique.




FIN





End of the Project Gutenberg EBook of Doa Luz, by Juan Valera

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DOA LUZ ***

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