The Project Gutenberg EBook of El crimen y el castigo, by Fyodor Dostoyevsky

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Title: El crimen y el castigo

Author: Fyodor Dostoyevsky

Translator: Pedro Pedraza y Paez

Release Date: April 16, 2020 [EBook #61851]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CRIMEN Y EL CASTIGO ***




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  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.

  Ilustraciones han sido eliminadas.




                     BIBLIOTECA DE GRANDES NOVELAS


                           FEDOR DOSTOIEVSKY


                                  EL
                          CRIMEN Y EL CASTIGO


                             TRADUCCIN DE
                         PEDRO PEDRAZA Y PAEZ


                             [Ilustracin]


                               BARCELONA
                         RAMN SOPENA, EDITOR
                           PROVENZA, 93 A 97




                                                   Derechos reservados.


    Ramn Sopena, impresor y editor, Provenza, 93 a 97.--Barcelona




EL CRIMEN Y EL CASTIGO




PRIMERA PARTE




I

Una tarde muy calurosa de principios de julio, sali del cuartito que
ocupaba, junto al techo de una gran casa de cinco pisos, un joven, que,
lentamente y con aire irresoluto, se dirigi hacia el puente de K***.

Tuvo suerte, al bajar la escalera, de no encontrarse a su patrona
que habitaba en el piso cuarto, y cuya cocina, que tena la puerta
constantemente sin cerrar, daba a la escalera. Cuando sala el joven,
haba de pasar forzosamente bajo el fuego del enemigo, y cada vez que
esto ocurra experimentaba aqul una molesta sensacin de temor que,
humillndole, le haca fruncir el entrecejo. Tena una deuda no pequea
con su patrona y le daba vergenza el encontrarla.

No quiere esto decir que la desgracia le intimidase o abatiese; nada
de eso; pero la verdad era que, desde haca algn tiempo, se hallaba
en cierto estado de irritacin nerviosa, rayano con la hipocondra.
A fuerza de aislarse y de encerrarse en s mismo, acab por huir, no
solamente de su patrona, sino de toda relacin con sus semejantes.

La pobreza le aniquilaba y, sin embargo, dej de ser sensible a sus
efectos. Haba renunciado completamente a sus ocupaciones cotidianas y,
en el fondo, se burlaba de su patrona y de las medidas que sta pudiera
tomar en contra suya. Pero el verse detenido por ella en la escalera,
el or las tonteras que pudiera dirigirle, el sufrir reclamaciones,
amenazas, lamentos y verse obligado a responder con pretextos y
mentiras, eran para l cosas insoportables. No; era preferible no ser
visto de nadie, y deslizarse como un felino por la escalera.

Esta vez l mismo se asombr, cuando estuvo en la calle, del temor de
encontrar a su acreedora.

Debo asustarme de semejantes simplezas cuando proyecto un golpe tan
atrevido?--se deca, riendo de un modo extrao--. S... el hombre lo
tiene todo entre las manos y lo deja que se le escape en sus propias
narices tan slo a causa de su holgazanera... Es un axioma... Me
gustara saber qu es lo que le da ms miedo a la gente... Creo que
temen, sobre todo, lo que les saca de sus costumbres habituales... Pero
hablo demasiado... Tal vez por el hbito adquirido de monologar con
exceso no hago nada... Verdad es que con la misma razn podra decir
que es a causa de no hacer nada por lo que hablo tanto. Un mes completo
hace que he tomado la costumbre de monologar acurrucado durante das
enteros en un rincn, con el espritu ocupado con mil quimeras. Veamos:
por qu me doy esta carrera? Soy capaz de _eso_? Es serio _eso_?
No, de ningn modo; patraas que entretienen mi imaginacin, puras
fantasas.

Haca en la calle un calor sofocante. La multitud, la vista de la cal,
de los ladrillos, de los andamios y esta fetidez especial, tan conocida
de los habitantes de San Petersburgo que no pueden alquilar una casa
de campo durante el verano, todo contribua a irritar cada vez ms los
nervios del joven. El insoportable olor de las tabernas y figones, muy
numerosos en aquellas partes de la ciudad, y los borrachos que a cada
paso se encontraba, aunque aquel era da laborable, acabaron por dar al
cuadro un repugnante colorido.

Hubo un momento en que los finos rasgos de la fisonoma de nuestro
hroe expresaron amargo disgusto. Digamos con este motivo que no
careca de ventajas fsicas; era alto, enjuto y bien formado; tena el
cabello castao y hermosos ojos de color azul obscuro. Poco despus
cay en profunda abstraccin o ms bien en una especie de sopor
intelectual. Andaba sin reparar en los objetos que encontraba al paso
y sin querer reparar en ellos. De vez en cuando murmuraba algunas
palabras; porque, como l reconoca poco antes, tena por costumbre el
monologar. En aquel momento ech de ver que se embrollaban sus ideas, y
que estaba muy dbil: puede decirse que haba pasado dos das sin comer.

Iba tan miserablemente vestido, que otro que no hubiera sido l habra
tenido escrpulos para salir en pleno da con semejantes andrajos. A
decir verdad, en aquel barrio se poda ir de cualquier modo. En los
alrededores del Mercado del Heno, en esas calles del centro de San
Petersburgo habitadas en su mayora por obreros, a nadie asombra la ms
rara indumentaria. Pero tan arrogante desdn exista en el alma del
joven, que, a pesar de su vergenza, algunas veces cndida, no le daba
ninguna de ostentar en la calle sus harapos.

Otra cosa hubiera sido de tropezar alguno de sus amigos o antiguos
camaradas, de cuyo encuentro hua siempre... Sin embargo, se detuvo de
pronto al notar, merced a esas palabras pronunciadas con voz burlona,
que atraa la atencin de los paseantes: Ah, eh! un sombrero alemn.
El que acababa de lanzar esta exclamacin era un borracho a quien
conducan, no sabemos dnde ni por qu, en una gran carreta.

Con un movimiento convulsivo, el aludido se quit el sombrero y se
puso a examinarlo. Era el tal sombrero de copa alta, comprado en casa
de Zimmerman, pero ya muy estropeado, rado, agujereado, cubierto de
abolladuras y de manchas, sin alas: en una palabra, horrible. A pesar
de todo, lejos de mostrarse herido en su amor propio, el poseedor de
aquella especie de gorro experiment ms inquietud que humillacin.

--Ya me lo figuraba yo!--murmur en su turbacin--; lo haba
presentido! Pero lo peor es que en una miseria como la ma, una
tontera insignificante puede echar a perder el negocio. S; este
sombrero produce demasiado efecto, y el efecto nace precisamente de
que es ridculo. Para llevar estos harapos es indispensable usar
gorra. Mejor que este mamarracho ser una boina vieja. No hay quien
lleve semejantes sombreros; de seguro que ste llama la atencin a una
versta[1] de distancia. Despus lo recordaran y podra ser un indicio;
lo importante es no llamar la atencin de nadie... Las cosas pequeas
tienen siempre importancia; por ellas suele ser por las que uno se
pierde.

       [1] Es la milla rusa, que equivale poco ms o menos a un
       kilmetro.

No tena que ir muy lejos; saba la distancia exacta que separaba su
casa del sitio adonde se diriga; setecientos pasos justos. Los haba
contado cuando su proyecto no era ms que un vago sueo. En aquella
poca no crea que llegase el da en que se trocara lo imaginado en
accin; se limitaba a acariciar en su mente una idea espantosa y
seductora a la vez; pero desde aquel tiempo, un mes haca, comenzaba
a considerar las cosas de otro modo. Aunque en todos sus soliloquios
se reprochase su falta de energa y su irresolucin, habase ido, sin
embargo, habituando poco a poco e involuntariamente, en cierto modo, a
mirar como posible la realizacin de su sueo, no obstante continuar
dudando de s mismo. En aquel momento iba a hacer el _ensayo general_
de su empresa, y a cada paso aumentaba su agitacin.

Con el corazn desfallecido y el cuerpo agitado por nervioso temblor,
se aproxim a una inmensa casa que daba de un lado al canal y del
otro a la calle... Este edificio, dividido en multitud de cuartitos
de alquiler, tena por inquilinos industriales de todas las clases,
sastres, cerrajeros, cocineras, alemanes de diferentes categoras,
mujeres pblicas y humildes empleados, etc. Un continuo hormiguero
entraba y sala por las dos puertas. Tres o cuatro _dvorniks_[2]
prestaban sus servicios en esta casa. Con gran satisfaccin suya, el
joven no encontr a nadie. Despus de haber pasado el umbral sin ser
notado, tom por la escalera de la derecha.

       [2] Porteros.

Conoca ya esta escalera angosta y tenebrosa cuya obscuridad no le
desagradaba, pues as no eran de temer las miradas curiosas. Si ahora
tiemblo, qu ser cuando venga en serio?, no pudo menos de pensar
cuando llegaba al cuarto piso. All le cerraron el paso antiguos
soldados convertidos en mozos de cuerda; mudaban los muebles de uno de
los cuartos, ocupado, el joven lo saba, por un funcionario alemn y su
familia.

--Gracias a la marcha del alemn, no habr durante algn tiempo en ese
rellano otro inquilino que la vieja. Esto es bueno saberlo... por lo
que pueda suceder.

As pens, y tir del llamador de la casa de la vieja. Dbilmente son
la campanilla, como si fuese de hojalata y no de cobre. Tales son en
esas casas las campanillas de todos los pisos.

Sin duda haba olvidado este detalle; aquel sonido particular debi de
traerle repentinamente a la memoria algn recuerdo, porque el joven
se estremeci y se alteraron sus nervios. Al cabo de un instante se
entreabri la puerta, y, por la estrecha abertura, la duea de la casa
examin al recin venido con manifiesta desconfianza; brillaban sus
ojillos como dos puntos luminosos en la obscuridad, pero al advertir
que haba gente en el descansillo se tranquiliz y abri por completo
la puerta. El joven entr en un sombro recibimiento, dividido en dos
por un tabique, tras del cual estaba la cocina. En pie delante del
joven, la vieja callaba interrogndole con la vista. Era una mujer de
sesenta aos, pequeuela y delgada, de nariz puntiaguda y de mirada
maliciosa.

Tena la cabeza descubierta, y los cabellos, que comenzaban a
encanecer, relucan untados de aceite. Llevaba puesto al cuello, que
era largo y delgado como la pata de una gallina, una tira de franela,
y, a pesar del calor, habase echado sobre los hombros un abrigo
apolillado y amarillento. La vieja tosa a menudo. Debi de mirarla el
joven de un modo singular, porque los ojos de la anciana recobraron
bruscamente su expresin de desconfianza.

--Raskolnikoff, estudiante. Estuve aqu, en esta casa, hace un mes--se
apresur a decir el joven, medio inclinndose, porque haba pensado que
lo mejor era mostrarse afable.

--S, lo recuerdo, lo recuerdo--respondi la vieja, que no cesaba de
mirarle con recelo.

--Pues bien... Vengo otra vez por un asuntillo del mismo
gnero--continu Raskolnikoff algo desconcertado y sorprendido de la
desconfianza que inspiraba.

Quiz esta mujer ha sido siempre lo mismo; pero la otra vez no lo ech
de ver--pens el joven desagradablemente impresionado.

La vieja permaneci algn tiempo silenciosa como si reflexionase. Luego
seal la puerta de la sala a su visitante, y le dijo hacindose a un
lado para dejarle pasar delante de ella.

--Entre usted.

La salita en la cual fu introducido el joven, tena tapizadas las
paredes de color amarillo; en las ventanas, con cortinas de muselina,
haba tiestos de geranios; el sol poniente arrojaba sobre aquello
viva claridad. Sin embargo, _entonces_ brillaba el sol de la misma
manera!--dijo Raskolnikoff para su coleto y dirigi rpidamente
una mirada en torno suyo, para darse cuenta de todos los objetos y
grabarlos en la memoria. En la habitacin no haba nada de particular.
Los muebles, de madera amarilla, eran muy viejos: un sof con gran
respaldo vuelto, una mesa de forma oval frente a frente del sof, un
lavabo y un espejo entre las dos ventanas, sillas a lo largo de las
paredes, dos o tres grabados, sin valor, que representaban seoritas
alemanas con pjaros en las manos; a esto se reduca el mobiliario.

En un rincn, delante de una pequea imagen, arda una lmpara; tanto
los muebles como el suelo relucan de puro limpios.

Es Isabel la que arregla todo esto--pens el joven.

En toda la habitacin no se vea un grano de polvo.

Es preciso venir a las casas de estas malas viejas viudas para
ver tanta limpieza--continu monologando Raskolnikoff, y mir con
curiosidad la cortina de indiana que ocultaba la puerta correspondiente
a otra salita; en esta ltima, en la que jams haba entrado, estaban
la cama y la cmoda de la vieja.

--Qu quiere usted?--pregunt secamente la duea de la casa, que,
habiendo seguido a su visitante, se coloc frente a l para examinarle
de cerca.

--He venido a empear una cosa. Vala usted.

Y sac del bolsillo un reloj de plata viejo y aplastado, que tena
grabado en la tapa un globo. La cadena era de acero.

--Aun no me ha devuelto usted la cantidad que le tengo prestada;
anteayer cumpli el plazo.

--Le pagar an el inters del otro mes; tenga un poco de paciencia.

--Conste, amiguito, que puedo esperar, si quiero, o vender el objeto
empeado, si se me antoja...

--Qu me da por este reloj, Alena Ivanovna?

--Lo que trae aqu es una miseria; esto no vale nada. La otra vez le di
a usted dos billetes pequeos por un anillo que se puede comprar nuevo
en la joyera por rublo y medio.

--Dme usted cuatro rublos y lo desempear. Perteneci a mi padre.
Pronto recibir dinero.

--Rublo y medio, y he de cobrar el inters por adelantado.

--Rublo y medio!--exclam el joven.

--Acepta usted, s o no?

Y dicho esto, la mujer alarg el reloj al visitante. Este lo tom e
iba a retirarse, irritado, cuando reflexion que la prestamista era su
ltimo recurso; adems, haba ido all para otra cosa.

--Venga el dinero!--dijo con tono brutal.

La vieja busc las llaves en el bolsillo y entr en la habitacin
contigua. Cuando el joven se qued solo en la sala, se puso a escuchar,
entregndose a diversos clculos. A poco oy cmo la usurera abra la
cmoda.

Debe ser el cajn de arriba--supuso Raskolnikoff--; ahora s que
lleva las llaves en el bolsillo derecho, y que estn todas reunidas
en una anilla de acero... Una de ellas es tres veces ms gruesa
que las otras, y tiene las guardas dentadas; esa llave no es de la
cmoda, seguramente. Por lo tanto, debe haber alguna caja o alguna
arca de hierro... Es curioso. Las llaves de las arcas de hierro son
generalmente de esa forma... Pero qu innoble es todo esto!...

Volvi a entrar la vieja.

--Mire usted: como cobro una grivna[3] al mes por cada rublo, y
empea usted el reloj en rublo y medio le desquito 15 kopeks y queda
satisfecho el inters por adelantado. Adems, como usted me suplica que
espere otro mes para devolverme los dos rublos que le tengo prestados,
me debe usted por este concepto 20 kopeks, que, unidos a los 15 que le
desquito, componen 35. Tengo, pues, que darle a usted un rublo y 15
kopeks. Aqu estn.

       [3] Moneda de diez kopeks equivalente a cuatro cntimos de
       franco. El rublo, que vale unos cuatro francos, se divide en
       diez kopeks.

--Cmo! De modo que no me da usted ahora ms que un rublo y 15 kopeks?

--Nada ms tengo que darle a usted.

Tom el joven el dinero sin discutir. Miraba a la vieja sin darse prisa
a marcharse. Pareca tener intencin de hacer algo; pero no saba con
precisin lo que deseaba...

--Es posible, Alena Ivanovna, que venga pronto con otra cosa... Una
cigarrera... de plata... muy bonita... en cuanto me la devuelva un
amigo a quien se la he prestado.

Dijo estas palabras con manifiesto embarazo.

--Pues bien, entonces hablaremos.

--Adis... Sigue usted viviendo sola, sin que su hermana le haga
compaa?--pregunt con el tono ms indiferente que le fu posible en
el momento en que entraba en la antesala.

--Y qu le importa a usted mi hermana?

--Es verdad, se lo preguntaba a usted por decir algo... Adis, Alena
Ivanovna.

Raskolnikoff sali muy alterado; al bajar la escalera se detuvo muchas
veces como rendido por sus emociones.

Dios mo, cmo subleva el corazn todo esto!--exclam cuando lleg a
la calle--. Es posible, es posible que yo...!

No, es una tontera, un absurdo--aadi resueltamente--. Y ha podido
ocurrrseme tan espantosa idea? He de ser yo capaz de tal infamia?
Esto es odioso, innoble, repugnante!... Y por espacio de un mes
entero yo...?

Para expresar la agitacin que senta, eran impotentes las
exclamaciones y palabras. La sensacin de inmenso disgusto que comenz
a oprimirle poco antes cuando se encaminaba a casa de la vieja,
alcanzaba ahora intensidad tan grande que el joven no saba cmo
substraerse a semejante suplicio... Caminaba por la acera como un
borracho, sin reparar en los transeuntes y tropezndose con ellos. En
la calle siguiente volvi a recobrar nimos y, mirando en torno suyo,
advirti que estaba cerca de una taberna; una escalera situada al nivel
de la acera daba entrada a la cueva del establecimiento. Raskolnikoff
vi salir en aquel instante a dos borrachos que se apoyaban el uno en
el otro, injurindose recprocamente.

Vacil el joven un instante, y despus baj la escalera. Nunca haba
entrado en una taberna; pero en aquel momento senta vahdos, le
atormentaba ardiente sed. Tena ganas de beber cerveza fresca, y
atribua su debilidad a lo vaco del estmago. Despus de sentarse en
un rincn, sombro y sucio, ante una mesita mugrienta, pidi cerveza y
bebi el primer vaso con avidez.

Al punto sinti un gran alivio y se esclarecieron sus ideas.

Todo esto es absurdo--se dijo ya confortado--. No haba motivo para
turbarse. Es sencillamente efecto de un mal fsico; con un vaso de
cerveza y un bizcocho habra recobrado la fuerza de mi inteligencia,
la precisin de mis ideas, el vigor de mis resoluciones! Oh, qu
insignificante es todo ello!

A pesar de tan desdeosa conclusin, estaba contento, como si se viese
libre de un peso enorme, y diriga miradas amistosas a las personas
presentes. Pero al mismo tiempo sospech que fuese ficticio aquel
retorno a la energa.

Quedaba muy poca gente en la taberna; despus de los dos borrachos,
sali una banda de cinco msicos, y el establecimiento qued
silencioso; no haba en l ms que tres personas: un individuo algo
ebrio, cuyo exterior indicaba un hombre de la clase media, estaba
sentado delante de una botella de cerveza. Cerca de l, tendido en el
banco, dormitaba un sujeto alto y grueso, de barba blanca, vestido con
un largo levitn, y en completo estado de embriaguez.

De cuando en cuando pareca despertarse bruscamente; se pona a hacer
sonar los dedos, apartando los brazos y moviendo rpidamente el busto,
sin levantarse del banco sobre el cual estaba echado. Tales gestos y
ademanes servan de acompaamiento a una cancin necia, de la que el
hombre se esforzaba para recordar los versos:

    Durante un ao entero
    yo he acariciado.
    Du-ran-te un a-o en-te-ro
    yo he a-ca-ri-cia-do
    a mi mujer.

O esta otra:

    En la Podiatcheshaa.
    He encontrado a mi vieja...

Nadie haca caso de la alegra de aquel melmano. Su mismo compaero
escuchaba todos aquellos gorjeos en silencio y haciendo muecas de
disgusto. El tercer consumidor pareca un antiguo funcionario. Sentado
aparte se llevaba de vez en cuando el vaso a los labios, mirando en
derredor suyo; pareca que tambin l era presa de cierta agitacin.


II

Raskolnikoff no estaba habituado a la multitud, y, conforme hemos
dicho, desde haca algn tiempo evitaba las compaas de sus
semejantes; pero de repente se sinti atrado hacia los hombres.
Cualquiera hubiera dicho que se operaba en l una especie de revolucin
y que el instinto de sociabilidad recobraba sus derechos. Entregado
durante un mes completo a los sueos morbosos que la soledad engendra,
tan fatigado estaba nuestro hroe de su aislamiento, que deseaba
encontrarse, aunque no fuese ms que un minuto, en un ambiente humano.
As, pues, por innoble que fuese aquella taberna, se sent ante una de
las mesas con verdadero placer.

El dueo del establecimiento estaba en otra habitacin; pero sala y
entraba frecuentemente en la sala. Desde el umbral, sus hermosas botas
de altas y rojas vueltas atraan inmediatamente las miradas; llevaba un
_paddiovka_ y un chaleco de raso negro horriblemente manchado de grasa
y no tena corbata; la cara pareca untada de aceite. Tras el mostrador
se hallaba un mozo de catorce aos, y otro ms joven serva a los
parroquianos. Expuestas en el aparador haba varias vituallas, trozos
de cohombro, galleta negra y bacalao cortado en pedazos; todo exhalaba
olor a rancio. El calor era tan insoportable y la atmsfera estaba tan
cargada de vapores alcohlicos, que pareca imposible pasar en aquella
sala cinco minutos sin emborracharse.

Ocurre a veces que nos encontramos con desconocidos que nos interesan
por completo a primera vista, antes de cruzar una palabra con ellos.
Esto fu lo que sucedi a Raskolnikoff respecto al individuo que tena
el aspecto de un antiguo funcionario. Ms tarde, al acordarse de esta
primera impresin, el joven la atribuy a un presentimiento. No quitaba
los ojos del desconocido, sin duda porque este ltimo no dejaba tampoco
de mirarle, y pareca muy deseoso de trabar conversacin con l. A
los dems consumidores, y aun al mismo tabernero, los miraba con aire
impertinente y altanero; eran, evidentemente, personas que estaban por
debajo de l en condicin social y en educacin para que se dignase
dirigirles la palabra.

Aquel hombre, que haba pasado ya de los cincuenta aos, era de
mediana estatura y de complexin robusta. La cabeza, en gran parte
calva, no conservaba ms que algunos cabellos grises. El rostro largo,
amarillo o casi verde, denunciaba hbitos de incontinencia; bajo los
gruesos prpados brillaban unos ojillos rojizos, muy vivaces. Lo que
ms impresionaba en su fisonoma era la mirada en que la llama de la
inteligencia y del entusiasmo se alternaba con no s qu expresin de
locura. Este personaje llevaba sobretodo negro, viejo, todo desgarrado,
y no gustndole, sin duda, llevarle abierto, lo abrochaba correctamente
con el nico botn que el sobretodo tena. El chaleco, de _nanquin_,
dejaba ver la pechera de la camisa rota y llena de manchas. La ausencia
de barba denunciaba en l al funcionario; pero deba haberse afeitado
en una poca bastante remota, porque le azuleaban las mejillas con un
pelo muy espeso. Notbase en sus maneras cierta gravedad burocrtica;
pero, en aquel momento, pareca conmovido. Se revolva los cabellos,
y, de tiempo en tiempo, apoyaba los codos en la mesa pringosa, sin
temor a mancharse las mangas agujereadas, y reclinaba la cabeza en las
dos manos. Por ltimo, comenz a decir en voz alta y firme, mirando a
Raskolnikoff.

--Ser una indiscrecin por mi parte, seor, hablar con usted?
Porque es lo cierto que, a pesar de la sencillez de su traje, mi
experiencia distingue en usted un hombre muy bien educado y no un
asiduo parroquiano de taberna. Siempre he dado mucha importancia a
la educacin, unida, por supuesto, a las cualidades del corazn.
Pertenezco al _Tchin_[4]. Permtame usted que me presente: Simn
Ivanovitch Marmeladoff, consejero titular. Me es lcito preguntarle si
ha pertenecido usted a la administracin?

       [4] As llaman en Rusia a todos los que pertenecen de una
       manera u otra a la administracin pblica y constituyen como
       una casta especial.

--No, yo soy estudiante--respondi el joven sorprendido de aquel corts
lenguaje, y, sin embargo, molesto al ver que un desconocido le diriga
la palabra a quema ropa.

Aunque se hallaba en su cuarto de hora de sociabilidad, sinti en aquel
momento que se le despertara el mal humor que sola experimentar cuando
un extrao trataba de ponerse en relaciones con l.

--De modo que es usted estudiante, o lo sigue siendo?--repuso
vivamente el funcionario--; es precisamente lo que yo pensaba. Tengo
olfato, seor, un olfato muy fino, gracias a mi larga experiencia!

Se llev el dedo a la frente, indicando con este gesto la opinin que
tena de su capacidad cerebral.

--Pero, dispnseme... no ha terminado usted realmente sus estudios?

Se levant, tom su vaso y fu a sentarse al lado del joven. A pesar de
estar ebrio, hablaba distintamente y sin gran incoherencia. Al verle
arrojarse sobre Raskolnikoff como sobre una presa, se hubiera podido
suponer que l tambin, desde haca un mes, no haba despegado los
labios ni para decir esta boca es ma.

--Seor--declar con cierta solemnidad--, la pobreza no es un vicio,
seguramente, de la misma manera que la embriaguez no es una virtud.
Pero la indigencia, seor, la indigencia es un vicio de los peores. En
la pobreza conserva uno el orgullo nativo de sus sentimientos; en la
indigencia no se conserva nada, ni siquiera se le echa a uno a palos
de la sociedad humana, sino a escobazos, que son ms humillantes. Y
hacen bien, porque el indigente est dispuesto a envilecerse y esto es
lo que explica la taberna. Seor, hace un mes que Lebeziatnikoff peg
a mi mujer. Y dgame, pegar a mi mujer no es herirme a m en el punto
ms sensible? Me comprende usted? Permtame que le haga otra pregunta,
oh! por simple curiosidad: Ha pasado usted alguna noche en el Neva en
los barcos de heno?

--No, jams--contest Raskolnikoff--; por qu me lo pregunta usted?

--Pues bien, para m ser hoy la quinta vez que dormir all.

Llen el vaso, lo apur y se qued pensativo. En efecto, en su traje
y en sus cabellos se vean algunas briznas de heno. A juzgar por las
apariencias, lo menos haca cinco das que no se haba desnudado ni
lavado la cara. Sus gruesas y rojas manos, con las uas de luto,
estaban tambin extremadamente sucias.

La sala entera le escuchaba, aunque, a decir verdad, con bastante
despreocupacin. Los mozos se rean detrs del mostrador. El tabernero
haba bajado tambin, sin duda para or a aquel hombre original.
Sentado a cierta distancia bostezaba con aire importante. Evidentemente
Marmeladoff era conocido desde haca algn tiempo en la casa. Segn
todas las probabilidades, deba su notoriedad a la costumbre de hablar
en la taberna con todos los parroquianos que se ponan a su alcance.
Tal costumbre se convierte en una necesidad para ciertos borrachos,
principalmente para aquellos que son tratados con dureza por esposas
poco tolerantes; tratan de adquirir en la taberna con sus compaeros de
orga la consideracin que no encuentran en sus hogares.

--Por vida de...!--dijo en voz fuerte el tabernero--. Por qu no
trabajas, por qu no vas a la oficina, puesto que eres empleado?

--Por qu no trabajo, seor?--sigui diciendo Marmeladoff, encarndose
exclusivamente con Raskolnikoff, como si ste le hubiera dirigido la
pregunta--. Por qu no trabajo? Cree usted que mi inutilidad no me
disgusta? Cuando, hace un mes, Lebeziatnikoff maltrat a mi mujer con
sus propias manos, mientras yo asista, ebrio y medio muerto, a tal
escena, cree usted que yo no sufra? Permtame usted, joven; le ha
ocurrido a usted... hum!... le ha ocurrido solicitar un prstamo sin
esperanza?

--S... Es decir, qu entiende usted por eso de sin esperanza?

--Quiero decir, sabiendo perfectamente de antemano que no le darn a
usted nada. Por ejemplo, usted tiene la certidumbre de que tal hombre,
tal ciudadano bien intencionado, no le prestara un kopek; porque,
dgame usted, a qu santo haba de prestrselo, sabiendo que usted no
ha de devolvrselo? Por piedad? Ese Lebeziatnikoff es partidario de
las nuevas ideas y aseguraba el otro da que la compasin, en nuestra
poca, est prohibida hasta por la ciencia, y que tal es la doctrina
reinante en Inglaterra, en donde florece la economa poltica. Cmo,
repito, ese hombre habr de prestarle a usted dinero? Est usted seguro
de que no se lo prestar, y, sin embargo, se dirige usted a...

--Para qu ir en ese caso?--interrumpi Raskolnikoff.

--Pues porque es preciso ir a alguna parte; porque no hay otra salida
y llega un tiempo en que el hombre se decide, de buena o mala gana,
a tomar cualquier senda. Cuando mi hija nica se fu a inscribir
en la polica tuve que ir tambin con ella (porque mi hija tiene
cartilla)--aadi entre parntesis, mirando al joven con expresin de
inquietud--. Le advierto a usted que esto me tiene sin cuidado--se
apresur a decir con aparente flema, en tanto que los mozos, detrs del
mostrador, y hasta el mismo tabernero sonrean--. Poco me importa!
No me inquietan los movimientos de cabeza, porque estas cosas son
conocidas de todo el mundo y no hay secreto que no se descubra; no es
con desprecio sino con resignacin, como yo acepto mi suerte. Sea!
_Ecce Homo!_ Permtame, joven, que le pregunte si puede usted, o,
mejor dicho, si se atrevera usted, fijando los ojos en m, a afirmar
que no soy un cerdo.

El joven no respondi.

El orador esper con aire digno a que terminasen las risas provocadas
por sus ltimas palabras. Despus aadi:

--Es verdad; yo soy un cerdo; pero ella es una seora. Llevo impreso
el sello de la bestia! Pero Catalina Ivanovna, mi esposa, es una
persona bien educada, hija de un oficial superior. Concedo que soy un
bufn empedernido; pero mi mujer tiene un gran corazn, sentimientos
elevados, instruccin... y, sin embargo... Oh! Si tuviese piedad de
m! Seores, seores, todos los hombres tienen necesidad de encontrar
piedad en alguna parte! Pero Catalina Ivanovna, a pesar de su grandeza
de alma, es injusta... Pues bien, con tal de que yo llegue a comprender
que cuando me tira de los cabellos, lo hace, en rigor, por inters
hacia m... (No me avergenzo de confesarlo: me tira de los cabellos,
joven)--insisti, creciendo en dignidad al or nuevas carcajadas--.
Sin embargo, Dios mo, aunque no fuese ms que una vez... pero no, no;
dejemos esto; es intil hablar de ello... Ni una sola vez he obtenido
lo que deseaba; ni una sola vez se ha tenido compasin de m... pero
tal es mi carcter; soy un verdadero bruto...

--Lo creo--dijo bostezando el tabernero.

Marmeladoff di un puetazo en la mesa.

--Tal es mi carcter; querr usted creer, querr usted creer, seor,
que me he bebido hasta sus medias? No digo sus zapatos, porque esto
se comprendera, hasta cierto punto; pero son sus medias, sus medias,
las que yo me he bebido. Sus medias! me he bebido tambin su paoleta
de pelo de cabra, un regalo que le haban hecho; un objeto que posea
antes de casarse conmigo y que era de su propiedad y no de la ma.
Habitamos en un cuarto muy fro; este invierno mi mujer ha pescado un
catarro y tose y escupe sangre. Tenemos tres hijos pequeos, y Catalina
Ivanovna trabaja de la noche a la maana. Hace colada y limpia la casa,
porque desde muy joven est acostumbrada a la limpieza. Por desgracia,
tiene el pecho delicado, cierta predisposicin a la tisis que me
preocupa. No lo siento, por ventura? Cuando ms bebo, ms lo siento.
Es para sentir y sufrir ms por lo que me entrego a la bebida; bebo
porque quiero sufrir doblemente!

E inclin la cabeza sobre la mesa con aire de desesperacin.

--Joven--continu en seguida incorporndose--, me parece leer en su
semblante cierto disgusto. Desde que entr usted me ha parecido
advertirlo, y por eso le he dirigido inmediatamente la palabra. Si le
cuento la historia de mi vida no es para ofrecerme a la burla de esos
ociosos, que, por otra parte, estn enterados de todo, no; es porque
busco la simpata de un hombre bien educado. Sepa usted, pues, que
mi mujer ha sido educada en una pensin aristocrtica de provincia,
y que a su salida del establecimiento bail en chal delante del
gobernador y de los otros personajes oficiales; tan contenta estaba
por haber obtenido una medalla de oro y un diploma. La medalla... la
hemos vendido hace ya mucho tiempo, hum!... En cuanto al diploma, lo
conserva mi esposa en un cofre y ltimamente aun lo mostraba al ama
de nuestra casa. Aunque est a matar con ella, a mi mujer le gusta
ostentar ante los ojos de cualquiera sus xitos pasados. No se lo echo
en cara, porque su nica alegra ahora es acordarse de los hermosos
das de otro tiempo. Todo lo dems se ha desvanecido! S, s; tiene un
alma ardiente, orgullosa, intratable. Ella friega el suelo, come pan
negro; pero no permite que se le escatimen ciertas consideraciones. As
es, que no ha tolerado la grosera de Lebeziatnikoff, y cuando, para
vengarse de haber sido despedido, este ltimo le puso la mano encima,
mi mujer tuvo que guardar cama, sintiendo ms el insulto hecho a su
dignidad que el dolor de los golpes recibidos.

Cuando me cas con ella era viuda, con tres nios pequeos. Haba
estado casada en primeras nupcias con un oficial de infantera, con
quien huy de casa de sus padres; amaba extremadamente a su marido;
pero ste se di al juego, tuvo que entendrselas con la justicia, y
muri. En los ltimos tiempos pegaba a su mujer. S de buena tinta
que no era cariosa con l, lo que no le impide ahora llorar por el
difunto y establecer continuamente comparaciones entre l y mi persona,
comparaciones poco lisonjeras para mi amor propio. Pero no me quejo;
ms bien me complace que se imagine haber sido feliz en otro tiempo.

Despus de la muerte de su marido se encontr sola con tres hijos
pequeos, en un distrito lejano y salvaje, donde la encontr yo. Su
miseria era tal, que yo, que de eso he visto tanto, no me siento con
fuerzas para describirla. Todos sus parientes la haban abandonado; por
otra parte, su orgullo le hubiera impedido siempre implorar la piedad
de aquellas personas. Entonces, seor, entonces, yo, que era viudo
tambin, y que tena de mi matrimonio una hija de catorce aos, ofrec
mi mano a aquella pobre mujer; tanta pena me daba verla sufrir.

Instruda, bien educada, de buena familia, consinti, sin embargo,
en casarse conmigo. Esto puede dar a usted una idea de la miseria en
que la pobre vivira. Acogi mi proposicin llorando, sollozando y
retorcindose las manos, pero la acogi, porque no tena dnde ir.

Comprende usted, comprende usted lo que significan estas palabras:
No tener ya adnde ir? Usted no lo comprende todava!

Durante un ao entero cumpl mi deber honrada y santamente, y sin
probar una gota de esto (seal con el dedo la media botella que tena
delante); porque no carezco de sentimientos. Pero nada adelant. A
poco perda mi empleo y no por falta ma; reformas administrativas
determinaban la supresin del que desempeaba, y entonces fu cuando
me di a la bebida... Ahora ocupamos una habitacin en casa de Amalia
Ludvigovna Lippevechzel; pero ignoro con qu le pagamos y de qu
vivimos. Hay all muchos inquilinos adems de nosotros; es una ratonera
aquella casa... hum!... S... Durante este tiempo, creci la hija que
yo tena de mi primera mujer. No quiero hablar de lo que su madrastra
la ha hecho sufrir.

Aunque de sentimientos nobilsimos, Catalina Ivanovna es una mujer
irascible e incapaz de contenerse en los arrebatos de su clera... S,
vamos, es intil hablar de esto! Como puede usted comprender, Sonia no
ha recibido una gran instruccin. Hace cuatro aos trat de ensearle
Geografa e Historia Universal; pero como yo no he estado nunca fuerte
en estas materias, y como adems no tena a mi disposicin un buen
manual, no hizo grandes progresos en sus estudios: nos detuvimos en
Ciro, rey de Persia. Ms tarde, cuando lleg a la edad adulta, ley
algunas novelas. Lebeziatnikoff le prest hace poco la _Fisiologa
de Ludwig_. Conoce usted esa obra? Mi hija la ha encontrado muy
interesante y aun nos ha ledo muchos pasajes en alta voz. A eso se
limita toda su cultura.

Ahora, seor, apelo a su sinceridad. Cree usted en conciencia que una
joven pobre, pero honrada, pueda vivir de su trabajo? Como no tenga una
habilidad especial, ganar 15 kopeks al da, y para llegar a esa cifra
tendr necesidad de no perder un solo minuto. Pero qu digo! Sonia
hizo media docena de camisas de holanda, para el consejero de Estado
Ivan Ivanovitch Klopstok; usted habr odo hablar de l; pues bien, no
slo est esperando an que se le paguen, sino que la pusieron a la
puerta llenndola de injurias, so pretexto de que no haba tomado bien
la medida del cuello.

En tanto los nios se mueren de hambre, Catalina Ivanovna se
pasea por la habitacin retorcindose las manos, mientras en sus
mejillas aparecen las manchas rojizas, propias de su enfermedad.
Holgazana--deca a mi hija--, no te da vergenza de vivir sin hacer
nada? Bebes, comes, tienes lumbre. Y yo pregunto ahora: Qu es lo que
la pobre muchacha podra beber y comer cuando en tres das los nios no
haban visto siquiera un mendrugo de pan? Yo estaba en aquel momento
acostado... Vamos, hay que decirlo todo, borracho; pero o que mi Sonia
responda tmidamente con su voz dulce (la pobrecita es rubia, con una
carita siempre plida y resignada): Pero, Catalina Ivanovna, por qu
me dice usted esas cosas?

Tengo que aadir que ya por tres veces Dara Frantzovna, una mala
mujer muy conocida de la polica, le haba hecho insinuaciones en
nombre del propietario de la casa. Vaya--dijo irnicamente Catalina
Ivanovna--, vaya un tesoro para guardarlo con tanto cuidado. Pero no
la acuse usted. No tena conciencia de lo que deca; estaba agitada,
enferma, vea llorar a sus hijos hambrientos, y lo que deca era ms
bien para molestar a Sonia que para excitarla a que se entregara al
vicio... Catalina Ivanovna es as; cuando oye llorar a sus hijos les
pega, aunque sabe que lloran de hambre. Eran entonces las cinco y o
que Sonia se levantaba, se pona el chal y sala del cuarto.

A las ocho volvi. Al llegar, se fu derecha a Catalina Ivanovna,
y, silenciosamente, sin proferir palabra, deposit treinta rublos de
plata delante de mi mujer. Hecho eso, tom nuestro gran pauelo verde
(un pauelo que sirve para toda la familia), se envolvi la cabeza
y se ech en la cama con la cara vuelta hacia la pared; un continuo
temblor agitaba sus hombros y su cuerpo... yo continuaba en el mismo
estado... En aquel momento, joven, vi a Catalina Ivanovna que, tambin
silenciosamente, se arrodillaba junto al lecho de Sonia.

Pas toda la noche de rodillas, besando los pies de mi hija y
rehusando levantarse. Despus, las dos se durmieron juntas en los
brazos una de la otra... las dos!... las dos!... s; y yo continuaba
lo mismo, sumido en la embriaguez.

Se call Marmeladoff, como si la voz le hubiera faltado; luego llen la
copa, la vaci y sigui, despus de un corto silencio:

--Desde entonces, seor, a consecuencia de una circunstancia
desgraciada, y con motivo de cierta denuncia de personas perversas
(Dara Frantzovna tuvo parte principal en este negocio porque quera
vengarse de una supuesta falta de respeto), desde entonces mi hija
Sonia[5] Semenovna fu inscrita en el registro de polica y se vi
obligada a dejarnos. Amalia Ludvigovna se ha mostrado inflexible en
este punto, sin tener en cuenta que ella misma, en cierto modo, haba
favorecido las intrigas de Dara Frantzovna.

       [5] Sonia es la frmula familiar de Sofa, y Sonetchka
       diminuto carioso del mismo nombre.

Lebeziatnikoff se ha unido a ella... hum! y con motivo de lo de Sonia
fu la cuestin que Catalina Ivanovna tuvo con l. En un principio
estuvo muy solcito con Sonetchka; pero de repente se sinti herido
en su amor propio. Cmo un hombre de corazn--dijo--ha de habitar
en la misma casa que semejante desdichada? Catalina Ivanovna tom
partido por Sonia, y la disputa acab en golpes... En la actualidad
mi hija viene a menudo a vernos a la cada de la tarde, y ayuda con
lo que puede a mi mujer. Vive en casa de Kapernumoff, un sastre cojo
y tartamudo. Sus hijos, que son varios, tartamudean como l, y hasta
su mujer tiene no s qu defecto en la lengua... Todos comen y duermen
en la misma sala; pero a Sonia le han cedido una habitacin, separada
de la de sus huspedes por un tabique... hum! s... Son personas
muy pobres y tartamudas... Bueno... Una maana me levant, me puse
mis harapos, elev las manos al cielo y me fu a ver a Su Excelencia
Ivan Afanasievitch. Le conoce usted? No? Pues entonces no conoce a
un santo varn... Es una vela... pero una vela que arde delante del
altar del Seor. Mi historia, que Su Excelencia se dign or hasta el
fin, le hizo saltar las lgrimas. Vamos, Simn Ivanovitch--me dijo--,
has defraudado una vez mis esperanzas, pero vuelvo a tomarte, bajo
mi exclusiva responsabilidad personal. As se expres, aadiendo:
Procura acordarte de lo pasado, para no reincidir, y retrate. Bes
el polvo de sus botas, mentalmente, por supuesto, porque Su Excelencia
no hubiera permitido que se las besase de veras; es un hombre muy
penetrado de las ideas modernas y no le gustan semejantes homenajes.
Pero, Dios mo, cmo se me festej cuando anunci en casa que tena un
destino!

De nuevo la emocin oblig a Marmeladoff a detenerse. En aquel momento
invadi la taberna un grupo de individuos ya a medios pelos. A la
puerta del establecimiento sonaba un organillo, y la voz dbil de un
chiquillo cantaba la _Petite Ferme_.

La atmsfera de la sala era pesadsima. El tabernero y los mozos
se apresuraban a servir a los recin llegados. Sin reparar en este
incidente, Marmeladoff continu su relato; el funcionario era cada vez
ms expansivo a causa de los progresos de su borrachera. El recuerdo de
su reciente reposicin iluminaba como un rayo de alegra su semblante.
Raskolnikoff no perda ni una slaba de sus palabras.

--Han transcurrido cinco semanas, seor, desde que Catalina Ivanovna
y Sonetchka supieron la grata noticia. Le aseguro a usted que me
encontraba como transportado al paraso. Antes no haca ms que
abrumarme con palabrotas como estas: Acustate, bruto! Mas desde
aquel momento andaba de puntillas y haca callar a los pequeos,
dicindoles: Chis! Pap viene cansado del trabajo! Antes de ir a la
oficina me daban caf con crema, pero no crea, crema verdadera, eh?
No s de dnde pudieron sacar el dinero, 11 rublos y 50 kopeks, a fin
de arreglarme la ropa. Lo cierto es que ellas me pulieron de pies a
cabeza; tuve botas, chaleco de magnfico hilo y uniforme, todo en muy
buen uso: les cost 11 rublos y medio. Seis das ha, cuando entregu
ntegros mis honorarios, 23 rublos y 40 kopeks, mi mujer me acarici en
la mejilla, dicindome: vaya un pez que ests hecho! Naturalmente,
esto ocurri cuando estbamos solos. Dgame usted si no es encantador...

Marmeladoff se interrumpi, trat de sonrer; pero sbito temblor agit
su barba. Domin, sin embargo, en seguida, su emocin. Raskolnikoff
no saba qu pensar de aquel borracho, que vagaba al azar desde haca
cinco das, durmiendo en los barcos de pesca, y, a pesar de todo,
sintiendo por su familia profundo cario. El joven le escuchaba con
la mayor atencin, pero experimentando cierta sensacin de malestar.
Estaba enojado consigo mismo por haber entrado en la taberna.

--Seor, seor!--dijo el funcionario disculpndose--, quiz halle
usted, como los dems, risible todo lo que le cuento; acaso le estoy
fastidiando refirindole estos tontos y miserables pormenores de mi
existencia domstica; mas para m no crea usted que son divertidos,
porque le aseguro que siento todas estas cosas... Durante aquel da
maldito hice proyectos encantadores; pens en el medio de organizar
nuestra vida, de vestir a los nios, de procurar reposo a mi mujer,
de sacar del fango a mi hija nica. Oh, cuntos planes formaba!
Pues bien, seor (Marmeladoff empez a temblar de repente; levant
la cabeza y mir a la cara a su interlocutor), el mismo da, cinco
hace hoy, despus de haber acariciado todos estos sueos, rob, como
un ladrn nocturno, la llave a mi mujer y tom del bal todo lo que
quedaba del dinero que yo haba llevado. Cunto haba? No lo recuerdo.
Mrenme todos: hace cinco das que abandon mi casa; no se sabe en
ella qu es de m; he perdido mi empleo, he dejado mi uniforme en una
taberna y me han dado este traje en su lugar... Todo, todo ha acabado...

Marmeladoff se di un puetazo en la frente, rechin los dientes y
cerrando los ojos se puso de codos en la mesa... Al cabo de un momento
cambi bruscamente la expresin de su rostro, mir a Raskolnikoff con
afectado cinismo y dijo rindose:

--He estado hoy en casa de Sonia; he ido a pedirle dinero para beber!
Je, je, je!

--Y te lo ha dado!--grit, rindose, uno de los parroquianos que
formaba parte del grupo recin llegado a la taberna.

--Con su dinero he pagado esta media botella--repuso Marmeladoff
dirigindose exclusivamente a nuestro joven--. Sonia fu a buscar
treinta kopeks y me los entreg; era cuanto tena; lo he visto con
mis propios ojos. No me dijo nada; se limit a mirarme en silencio,
una mirada que no pertenece a la tierra, una mirada como deben tener
los ngeles que lloran sobre los pecados de los hombres pero no los
condenan. Qu triste es que no le reprendan a uno! Treinta kopeks,
s, que de seguro necesitaba. Qu me dice usted, querido seor?
Ahora tiene ella que ir bien arreglada. La elegancia y los afeites,
indispensables en su oficio, cuestan dinero; lo comprender usted; hay
que tener pomada, enaguas almidonadas, lindas botitas que hagan bonito
el pie para lucirlo al saltar los charcos. Comprende usted, comprende
usted la importancia de esta limpieza y elegancia? Pues bien, yo,
su padre, segn la Naturaleza, ha ido a pedirle esos treinta kopeks
para bebrmelos. Y me los bebo! Ya estn bebidos... vamos, quin ha
de tener compasin de un hombre como yo? Ahora, seor, puede usted
compadecerme? Hable usted, seor: tiene usted piedad de m? S o no?
Je, je, je!

Iba a servirse nuevamente, pero ech de ver que la media botella estaba
vaca.

--Por qu se ha de tener lstima de ti?--grit el tabernero.

Estallaron risas mezcladas con injurias. Los que no haban odo las
palabras del ex funcionario, formaban coro con los otros, solamente al
ver su catadura.

Marmeladoff, como si no hubiese esperado otra cosa que la interpelacin
del tabernero, para soltar el torrente de su elocuencia, se levant
vivamente y, con el brazo extendido hacia delante, replic con
exaltacin:

--Por qu tener compasin de m! Por qu tener compasin de m! Es
verdad, no se me debe compadecer! Hay que crucificarme, ponerme en
la cruz, no tenerme lstima! Crucifcame, juez, pero, al hacerlo,
ten piedad de m! As ir yo mismo al suplicio, porque no tengo sed
de alegra, sino de dolor y de lgrimas. Piensas t, tendero, que tu
media botella me ha proporcionado placer? Buscaba la tristeza, tristeza
y lgrimas en el fondo de este frasco, y la he encontrado y saboreado.
Pero Aquel que ha tenido piedad de todos los hombres, Aquel que todo lo
comprende, tendr piedad de nosotros; El es el nico juez, El vendr
el ltimo da y preguntar: Dnde est la hija que has sacrificado
por una madrastra odiosa y tsica y por nios que no eran sus hermanos?
Dnde est la joven que ha tenido piedad terrestre y no ha vuelto con
horror las espaldas a este crapuloso borracho? Y El dir entonces:
Ven, yo te he perdonado una vez... yo te he perdonado ya una vez...
ahora, todos tus pecados te son perdonados, porque has amado mucho...
Y El perdonar a mi Sonia, la perdonar, yo lo s, lo he sentido en
mi corazn cuando estaba en su casa.... Todos sern juzgados por El
y El perdonar a todos, a los buenos y a los malos, a los sabios y a
los pacficos... y cuando haya acabado con ellos, nos tocar la vez
a nosotros. Acercaos tambin, nos dir El; acercaos vosotros los
borrachos, acercaos los cobardes, acercaos los impdicos, y nos
aproximaremos todos sin temor y El nos dir: Sois unos cochinos!
Tenis sobre vosotros la marca de la bestia, pero venid tambin!
Y los sabios, los inteligentes dirn: Seor, por qu recibes T a
stos? Y El responder: Yo los recibo oh sabios! porque ninguno de
ellos se ha credo digno de este favor... Y El nos abrir los brazos y
nosotros nos precipitaremos en ellos... y nos desharemos en lgrimas...
y comprenderemos... s, entonces todo ser comprendido por todo el
mundo, y Catalina Ivanovna tambin comprender... Seor, vnganos el tu
reino.

Falto de fuerzas, se dej caer en el banco sin mirar a nadie, como si
desde largo rato se hubiese olvidado del lugar en que se hallaba y de
las personas que le rodeaban, y qued absorto en la visin de fantasmas
de ultratumba. Sus palabras produjeron cierta impresin; durante un
momento ces el barullo; pero bien pronto volvieron a estallar las
risas, mezcladas con invectivas:

--Muy bien hablado!

--Grun!

--Charlatn!

--Burcrata!

--Vmonos, seor--dijo bruscamente Marmeladoff, levantando la cabeza
y dirigindose a Raskolnikoff--; condzcame usted al patio de la casa
Kozel... Ya es tiempo de que vuelva al lado de mi mujer.

Rato haca ya que el joven deseaba irse y se le haba ocurrido ofrecer
el apoyo de su brazo a Marmeladoff. Este ltimo tena las piernas aun
menos firmes que la voz; de modo que iba casi colgado del brazo de su
compaero. La distancia que tenan que recorrer era de doscientos o
trescientos pasos. A medida que el borracho se acercaba a su domicilio,
pareca ms inquieto y preocupado.

--No es precisamente de Catalina Ivanovna de quien tengo yo ahora
miedo--balbuceaba conmovido--. Ya s que empezar por tirarme de los
cabellos; pero, qu me importa? Me alegro que me tire de ellos. No,
no es eso lo que me espanta; lo que yo temo son sus ojos, s, sus
ojos... Temo tambin las manchas rojas de sus mejillas, y me da miedo
adems su respiracin. Has notado cmo respiran los que padecen esa
enfermedad... cuando experimentan una emocin violenta? Temo las
lgrimas de los chicos... porque si Sonia no les ha llevado algo de
comer, no s cmo se las habrn arreglado... no lo s. A los golpes
no les tengo miedo... sabe, en efecto, que, lejos de hacerme sufrir,
esos golpes son un gozo para m... Casi no puedo pasar sin ello... S,
es mejor que me pegue, que alivie de ese modo el corazn... ms vale
as; pero he ah la casa Kozel. El propietario es un cerrajero alemn,
hombre rico... Acompeme!...

Despus de haber atravesado el patio se pusieron a subir al cuarto
piso. Eran cerca de las once, y, aunque propiamente hablando no haba
an anochecido en San Petersburgo, a medida que suban ms obscura
encontraban la escalera; en lo alto la obscuridad era completa.

La puertecilla ahumada que daba al descansillo estaba abierta; un cabo
de vela alumbraba una pobrsima pieza de diez pasos de largo. Esta
pieza, que desde el umbral se vea por completo, estaba en el mayor
desorden. Haba por todos lados ropas de nios. Una sbana agujereada,
extendida de manera conveniente, ocultaba uno de los rincones, el
ms distante de la puerta; detrs de este biombo improvisado, haba,
probablemente, una cama. Todo el mobiliario consista en dos sillas y
un sof de gutapercha, que tena delante una mesa vieja, de madera de
pino, sin barnizar y sin tapete. Encima de la mesa, en un candelero
de hierro se consuma el cabo de vela que medio alumbraba la pieza.
Marmeladoff dorma en el pasillo. La puerta que comunicaba con los
otros cuartos alquilados de Amalia Ludvigovna estaba entreabierta, y
se oa ruido de voces; sin duda, en aquel momento jugaban a cartas y
tomaban te los inquilinos. Se perciban ms de lo necesario sus gritos,
sus carcajadas y sus palabras, por extremo libres y atrevidas.

Raskolnikoff reconoci en seguida a Catalina Ivanovna. Era una mujer
flaca, bastante alta y bien formada, pero de aspecto muy enfermizo.
Conservaba an hermosos cabellos de color castao y, como haba dicho
Marmeladoff, sus mejillas tenan manchas rojizas. Con los labios
secos, oprimase el pecho con ambas manos, y se paseaba de un lado a
otro de la misrrima habitacin. Su respiracin era corta y desigual;
los ojos le brillaban febrilmente y tena la mirada dura e inmvil.
Iluminada por la luz moribunda del cabo de vela, su rostro de tsica
produca penosa impresin. A Raskolnikoff le pareci que Catalina
Ivanovna no deba tener arriba de treinta aos; era, en efecto, mucho
ms joven que su marido... No advirti la llegada de los dos hombres;
pareca que no conservaba la facultad de ver ni la de or.

Haca en la habitacin un calor sofocante, y suban de la escalera
emanaciones infectas; sin embargo, a Catalina Ivanovna no se le haba
ocurrido abrir la ventana, ni cerrar la puerta. La del interior,
solamente entornada, dejaba paso a una espesa humareda de tabaco, que
haca toser a la enferma; pero ella no se cuidaba de tal cosa.

La nia ms pequea, de seis aos, dorma en el suelo con la cabeza
apoyada en el sof; el varoncito, un ao mayor que la pequeuela,
temblaba llorando en un rincn; probablemente acababan de pegarle. La
mayor, una muchachilla de nueve aos, delgada y crecidita, llevaba una
camisa toda rota, y echado sobre los hombros desnudos un viejo _burnus_
seoril que se le deba haber hecho dos aos antes, porque al presente
no le llegaba ms que hasta las rodillas.

En pie, en un rincn al lado de su hermanito, haba pasado el brazo,
largo y delgado como una cerilla, alrededor del cuello del nio y le
hablaba muy quedo, sin duda para hacerle callar. Sus grandes ojos,
obscuros, abiertos por el terror, parecan an mayores en aquella
carita descarnada. Marmeladoff, en vez de entrar en el aposento, se
arrodill en la puerta; pero invit a pasar a Raskolnikoff. La mujer,
al ver un desconocido, se detuvo distradamente ante l, tratando de
explicarse su presencia. Qu se le ha perdido aqu a ese hombre?--se
preguntaba. Pero en seguida supuso que el desconocido se diriga a
casa de algn otro inquilino, puesto que el cuarto de Marmeladoff era
un sitio de paso. As, pues, desentendindose de aquel extrao, se
preparaba a abrir la puerta de comunicacin, cuando de repente lanz un
grito: acababa de ver a su marido de rodillas en el umbral.

--Ah! Al fin vuelves?--dijo, con voz en que vibrara la clera--.
Infame! Monstruo! A ver, qu dinero llevas en los bolsillos? Qu
traje es ste? Qu has hecho del tuyo? Qu es del dinero? Habla!

Se apresur a registrarle. Lejos de oponer resistencia, Marmeladoff
apart ambos brazos para facilitar el registro de los bolsillos. No
llevaba encima ni un solo kopek.

--Dnde est el dinero?--gritaba su esposa--. Oh Dios mo! Es
posible que se lo haya bebido todo? Doce rublos que haba en el
cofre!...

Acometida de un acceso de rabia agarr a su marido por los cabellos y
lo arrastr violentamente a la sala. No se desminti la paciencia de
Marmeladoff: el hombre sigui dcilmente a su mujer arrastrndose de
rodillas tras de ella.

--Si me da gusto, si no es un dolor para m!--gritaba, dirigindose
a su acompaante, mientras Catalina Ivanovna le zarandeaba con fuerza
la cabeza; una de las veces le hizo dar con la frente un porrazo en el
suelo.

La nia, que dorma, se despert, y se ech a llorar. El muchacho,
de pie en uno de los ngulos de la habitacin, no pudo soportar
este espectculo, empez a temblar y a dar gritos y se lanz hacia
su hermana; el espanto casi le produjo convulsiones. La nia mayor
temblaba como la hoja en el rbol.

--Se lo ha bebido todo; se lo ha bebido todo!--vociferaba Catalina
Ivanovna en el colmo de la desesperacin--. Ni siquiera conserva el
traje!... Y tienen hambre, tienen hambre!--repeta retorcindose
las manos y sealando a los nios--. Oh vida tres veces maldita!
Y a usted cmo no le da vergenza de venir aqu al salir de la
taberna?--aadi volvindose bruscamente hacia Raskolnikoff--. Has
estado all bebiendo con l, no es eso? Has estado all bebiendo con
l?... Vete, vete!...

El joven no esper a que se lo repitiesen, y se retiraba sin decir
una palabra, en el momento que la puerta interior se abra de par en
par y aparecan en el umbral muchos curiosos de mirada desvergonzada
y burlona. Llevaban todos el gorro y fumaban unos en pipa y otros
cigarrillos. Vestan los unos trajes de dormir, e iban otros tan
ligeros de ropa que rayaba en la indecencia; algunos no haban dejado
los naipes para salir. Lo que ms les diverta era or a Marmeladoff,
arrastrado por los cabellos, gritar que aquello le daba gusto.

Empezaban ya los inquilinos a invadir la habitacin, cuando de repente
se oy una voz irritada; era Amalia Ludvigovna en persona que,
abrindose paso a travs del grupo, vena para restablecer el orden a
su manera. Por centsima vez manifest a la pobre mujer que tena que
dejar el cuarto al da siguiente.

Como es de suponer, esta despedida fu dada en trminos insultantes.
Raskolnikoff llevaba encima el resto del rublo que haba cambiado en la
taberna. Antes de salir tom del bolsillo un puado de cobres y, sin
ser visto, puso las monedas en la repisa de la ventana; pero antes de
bajar la escalera se arrepinti de su generosidad, y poco falt para
que subiese de nuevo a casa de Marmeladoff.

--Valiente tontera he hecho!--pensaba--. Ellos cuentan con Sonia,
pero yo no cuento con nadie--. Reflexion, sin embargo, que no poda
recobrar su dinero y que aunque pudiese, no lo hara. Despus de esta
reflexin prosigui su camino--. Le hace falta pomada a Sonia--continu
dicindose con burlona sonrisa, andando ya por la calle--. La elegancia
cuesta dinero... Hum! Segn se ve Sonia no ha sido muy afortunada hoy.
La caza del hombre es como la caza de los animales silvestres; se corre
el peligro de volverse uno a casa de vaco. De seguro que maana lo
pasaran mal sin mi dinero... Ah! S, Sonia! La verdad es que han
encontrado en ella buena vaca de leche!... Y se aprovechan bien. Esto
no les preocupaba nada; se han acostumbrado ya a ello. Al principio
lloriquearon un poco; despus se han habituado. El hombre es cobarde y
se hace a todo!

Raskolnikoff se qued pensativo.

--Pues bien; si he mentido--exclam--, si el hombre no es
necesariamente un cobarde, debe atropellar todos los temores y todos
los prejuicios que le detienen!


III

Tarde era cuando al da siguiente se despert tras de un sueo agitado
que no le devolvi las fuerzas y aument, de consiguiente, su mal
humor. Pase su mirada por el aposento con ojos irritados. Aquel
cuartito, de seis pies de largo, ofreca un aspecto muy lastimoso con
el empapelado amarillento lleno de polvo y destrozado; adems era tan
bajo, que un hombre de elevada estatura corra peligro de chocar con el
techo. El mobiliario estaba en armona con el local; tres sillas viejas
ms o menos desvencijadas; en un rincn, una mesa de madera pintada, en
la cual haba libros y cuadernos cubiertos de polvo, prueba evidente de
que no se haba puesto mano en ellos durante mucho tiempo, y en fin, un
grande y fesimo sof, cuya tela estaba hecha pedazos.

Este sof, que ocupaba casi la mitad de la habitacin, serva de
lecho a Raskolnikoff. El joven se acostaba a menudo all vestido y
sin mantas; se echaba encima, a guisa de colcha, su viejo capote de
estudiante, y converta en almohada un cojn pequeo, bajo el cual
pona, para levantarlo, toda su ropa, limpia o sucia. Delante del sof
haba una mesita.

La misantropa de Raskolnikoff armonizaba muy bien con el desaseo de
su tugurio. Senta tal aversin a todo rostro humano, que solamente el
ver la criada encargada de asear el cuarto la exasperaba. Suele ocurrir
esto a algunos monmanos preocupados por una idea fija.

Quince das haca que la patrona haba cortado los vveres a su pupilo
y a ste no se le haba ocurrido tener una explicacin con ella.

En cuanto a Anastasia, cocinera y nica sirvienta de la casa, no le
molestaba ver al pupilo en aquella disposicin de nimo, puesto que as
ste daba menos que hacer; haba cesado por completo de arreglar el
cuarto de Raskolnikoff y de sacudir el polvo. A lo sumo, vena una vez
cada ocho das a dar una escobada. En el momento de entrar la criada el
joven despert.

--Levntate. Qu te pasa para dormir as? Son las nueve; te traigo te,
quieres una taza? Huy qu cara! Pareces un cadver!

El inquilino abri los ojos, se desperez y, reconociendo a Anastasia,
le pregunt, haciendo un penoso esfuerzo para levantarse.

--Me lo enva la patrona?

--No hay cuidado que se le ocurra semejante cosa.

La sirvienta coloc delante del joven su propia tetera y puso en la
mesa dos terroncitos de azcar morena.

--Anastasia, toma este dinero--dijo Raskolnikoff sacando del bolsillo
unas monedas de cobre (tambin se haba acostado vestido)--, y haz el
favor de ir a buscarme un panecillo blanco. Psate por la salchichera
y trete un poco de embutido barato.

--En seguida te traer el panecillo; pero en lugar de salchicha, no
sera mejor que tomases un poco de _chatchi_? Se hizo ayer y est muy
rico. Te guard un poco... pero como te retiraste tan tarde... Est muy
bueno.

Fu a buscar el _chatchi_, y cuando Raskolnikoff se puso a comer, la
sirvienta se sent a su lado, en el sof, y empez a charlar como lo
que era, como una campesina.

--Praskovia Pavlona quiere dar parte a la polica.

El rostro del joven se alter.

--A la polica! Por qu?

--Porque no le pagas ni quieres irte. Ah tienes el por qu.

--Demonio, no me faltaba ms que esto!--dijo entre dientes--. No
podra hacerlo en peor hora para m... Esa mujer es tonta--aadi en
alta voz--. Ir a verla y le hablar.

--Como tonta, lo es ella y lo soy yo. Pero t, que eres inteligente,
por qu te ests as tendido como un asno? Cmo es que no tienes
nunca dinero? Segn he odo decir, antes dabas lecciones. Por qu
ahora no haces nada?

--S que hago--respondi secamente y como a pesar suyo Raskolnikoff.

--Qu es lo que haces?

--Cierto trabajo...

--Qu trabajo?

--Medito--respondi seriamente despus de una pausa.

Anastasia se ech a rer.

Tena el carcter alegre; pero cuando se rea, era con risa estrepitosa
que sacuda todo su cuerpo y acababa por hacerle dao.

--Y el pensar te proporciona mucho dinero?--pregunt cuando pudo
hablar.

--No se puede ir a dar lecciones cuando no tiene uno botas que ponerse.
Adems, desprecio ese dinero.

--Quizs algn da te pese.

--Para lo que se gana dando lecciones... Qu se puede hacer con unos
cuantos kopeks?--sigui diciendo con tono agrio y dirigindose ms bien
a s mismo que a su interlocutora.

--De modo que deseas adquirir de golpe la fortuna?

Raskolnikoff la mir con aire extrao, y guard silencio durante
algunos momentos.

--S, una fortuna--dijo luego con energa.

--Sabes que me das miedo? Eres terrible! Voy a buscarte el panecillo?

--Como quieras.

--Oh, se me olvidaba! Han trado una carta para ti.

--Una carta para m! De quin?

--No s de quien; le he dado al cartero tres kopeks de mi bolsillo. He
hecho bien, no es cierto?

--Trela, por amor de Dios, trela!--exclam Raskolnikoff muy
agitado--. Seor!

Un minuto despus la carta estaba en sus manos.

No se haba engaado; era de su madre, y traa el sello del gobierno
de R... Al recibirla, no pudo menos de palidecer; haca largo tiempo
que no tena noticias de los suyos; otra cosa, adems, le oprima
violentamente el corazn en aquel momento.

--Anastasia, haz el favor de irte; ah tienes tus tres kopeks; pero,
por amor de Dios!, vete en seguida.

La carta temblaba en sus manos; no quera abrirla en presencia de
Anastasia, y esper, para comenzar la lectura, a que la criada se
marchase. Cuando se qued solo, llev vivamente el papel a sus labios
y lo bes. Despus se puso a contemplar atentamente la direccin
reconociendo los caracteres trazados por una mano querida: era la
letra fina e inclinada de su madre, la cual habale enseado a leer y
escribir. Vacilaba como si experimentase cierto temor. Al fin rompi el
sobre, la carta era muy larga: dos hojas de papel comercial escritas
por ambos lados.

  Mi querido Rodia--decale su madre--. Dos meses ha que no te
  escribo, y esto me hace sufrir hasta el punto de quitarme el sueo.
  Pero, verdad que t me perdonas mi silencio involuntario? T sabes
  cunto te quiero. Dunia y yo no tenemos a nadie ms que a ti en el
  mundo; t lo eres todo para nosotras, nuestra esperanza, nuestra
  felicidad en el porvenir. No puedes imaginarte lo que he sufrido
  al saber que, al cabo de muchos meses, has tenido que dejar la
  Universidad, por carecer de medios de existencia, y que no tenas
  ni lecciones, ni recursos de ninguna especie.

  Cmo ayudarte con mis ciento veinte rublos de pensin al ao!
  Los quince rublos que te mand hace cuatro meses, se los ped
  prestados, como sabes, a un comerciante de nuestra ciudad, a
  Anastasio Ivanovitch Vakrutchin. Es un hombre excelente y un amigo
  de tu padre. Pero habindole dado poderes para cobrar mi pensin a
  mi nombre, no poda mandarte nada ms antes de que se reembolsara
  de lo que me haba prestado.

  Ahora, gracias a Dios, creo que podr enviarte algn dinero;
  por lo dems, me apresuro a decirte que estamos en el caso de
  felicitarnos por nuestra fortuna. En primer lugar, una cosa que
  de seguro te sorprender: tu hermana vive conmigo desde hace seis
  semanas y ya no se separar de mi lado. Pobre hija ma! al fin
  acabaron sus tormentos; pero procedamos con orden, pues quiero que
  sepas cmo ha pasado todo y lo que hasta aqu te habamos ocultado.

  Hace dos meses me escribas que habas odo hablar de la
  triste situacin en que se hallaba Dunia respecto a la familia
  Svidrigailoff y me pedas noticias sobre este asunto. Qu poda
  responderte yo? Si te hubiese puesto al corriente de los hechos,
  lo habras dejado todo para venir aqu, aunque hubiera sido a
  pie, porque con tu carcter y tus sentimientos no habras dejado
  que insultasen a tu hermana. Yo estaba desesperada; pero qu
  hacer? Tampoco conoca entonces toda la verdad. Lo malo era que
  Dunetchka[6], que entr el ao ltimo como institutriz en esta
  casa, haba recibido adelantados cien rublos, que haba de pagar
  por medio de un descuento mensual sobre sus honorarios; por esta
  razn ha tenido que desempear su cargo hasta la extincin de la
  deuda.

       [6] Diminutivo carioso de Dunia.

  Esta cantidad (ahora puedo ya decrtelo, querido Rodia) se haba
  pedido para enviarte los sesenta rublos que tanto necesitabas, y
  que recibiste el ao pasado. Te engaamos entonces escribindote
  que aquel dinero provena de antiguas economas reunidas por
  Dunetchka. No era verdad; ahora te lo confieso; porque Dios ha
  permitido que las cosas tomen repentinamente mejor rumbo y tambin
  para que sepas lo mucho que te quiere Dunia y el hermoso corazn
  que tiene.

  El hecho es que el seor Svidrigailoff comenz por mostrarse
  grosero con ella; en la mesa no cesaba de molestarla con
  descortesas y sarcasmos... mas, para qu extenderme en penosos
  pormenores, que no serviran ms que para irritarte intilmente,
  puesto que todo ello ha pasado ya? En suma, aunque tratada con
  muchos miramientos y bondad por Marfa Petrovna, la mujer de
  Svidrigailoff, y por las otras personas de la casa, Dunetchka
  sufra mucho, sobre todo cuando Svidrigailoff, que ha adquirido en
  el regimiento la costumbre de beber, estaba bajo la influencia de
  Baco. Menos mal si todo se hubiera limitado a esto... Pero figrate
  t que, bajo apariencias de desprecio hacia tu hermana, este
  insensato ocultaba una verdadera pasin por Dunia.

  Al fin se quit la mscara; quiero decir, que hizo a Dunetchka
  proposiciones deshonrosas: trat de seducirla con diversas
  promesas declarndole que estaba dispuesto a abandonar su familia
  e irse a vivir con Dunia en otra ciudad o en el extranjero.
  Figrate los sufrimientos de tu pobre hermana! No solamente la
  cuestin pecuniaria, de la cual te he hablado, le impeda dejar
  inmediatamente el empleo, sino que adems tema, procediendo de
  este modo, despertar las sospechas de Marfa Petrovna e introducir
  la discordia en la familia.

  El desenlace lleg de improviso. Marfa Petrovna sorprendi
  inopinadamente a su marido en el jardn, en el momento en que
  aqul, con sus instancias, asediaba a Dunia, y entendiendo mal
  la situacin, atribuy todo lo que suceda a la pobre muchacha.
  Hubo entre ellos una escena terrible. La seora Svidrigailoff
  no quiso avenirse a razones; estuvo gritando durante una hora
  contra su supuesta rival; se olvid de s misma, hasta pegarla, y,
  finalmente, la envi a mi casa en la carreta de un campesino, sin
  dejarle tiempo aun para hacer la maleta.

  Todos los objetos de Dunia, ropa blanca, vestidos, etc., fueron
  metidos revueltos en la telega[7]. Llova a cntaros, y, despus
  de haber sufrido aquellos insultos, tuvo Dunia que caminar diez y
  siete verstas en compaa de un _mujik_[8], en un carro sin toldo.
  Considera ahora qu haba de escribirte, en contestacin a la
  carta tuya de hace dos meses. Estaba desesperada; no me atreva
  a decirte la verdad, porque te habra causado una pena hondsima
  e irritado sobremanera. Adems, Dunia me lo haba prohibido.
  Escribirte para llenar mi carta de futesas, te aseguro que era cosa
  que no me senta capaz de hacer, teniendo como tena el corazn
  angustiado. A continuacin de este suceso, fuimos durante un mes
  largo la comidilla del pueblo, hasta el extremo de que Dunia y yo
  no podamos ir a la iglesia sin or lo que, al pasar nosotras,
  murmuraba la gente con aire despreciativo.

       [7] Carreta de aldeano.

       [8] Campesino siervo.

  Todo ello por culpa de Marfa Petrovna, la cual haba ido difamando
  a Dunia por todas partes. Conoca a mucha gente en el pueblo, y
  durante ese mes vena aqu diariamente. Como adems es un poco
  charlatana y le gusta tanto hablar mal de su marido, pronto propal
  la historia, no slo por el pueblo, sino por todo el distrito. Mi
  salud no resisti; pero Dunetchka se mostr ms fuerte: lejos de
  abatirse ante la calumnia, ella era quien me consolaba esforzndose
  en darme valor. Si la hubieses visto! Es un ngel!

  La misericordia divina ha puesto fin a nuestros infortunios. El
  seor Svidrigailoff reflexion, sin duda, y compadecido de la
  joven a quien hubo antes de comprometer, puso ante los ojos de
  Marfa Petrovna pruebas convincentes de la inocencia de Dunia.
  Svidrigailoff conservaba una carta que, antes de la escena del
  jardn, mi hija se vi obligada a escribirle, rehusndole una cita
  que l le haba pedido. En esta carta Dunia le echaba en cara la
  indignidad de su conducta respecto a su mujer, le recordaba sus
  deberes de padre y esposo y, por ltimo, le haca ver la vileza de
  perseguir a una joven desgraciada y sin defensa.

  Con esto no le qued duda alguna a Marfa Petrovna de la inocencia
  de Dunetchka. Al da siguiente, que era domingo, vino a nuestra
  casa, y despus de contrselo todo, abraz a Dunia y le pidi
  perdn llorando. Despus recorri el pueblo, casa por casa, y en
  todas partes rindi esplndido homenaje a la honradez de Dunetchka
  y a la nobleza de sus sentimientos y conducta. No contentndose
  con esto, enseaba a todo el mundo y lea en alta voz la carta
  autgrafa de Dunia a Svidrigailoff; hizo adems sacar de ella
  muchas copias (lo que ya me parece excesivo). Como ves, ha
  rehabilitado por completo a Dunetchka, mientras el marido de Marfa
  Petrovna sale de esta aventura cubierto de imborrable deshonor. No
  puedo menos de compadecer a ese loco, tan severamente castigado.

  Has de saber, Rodia, que se ha presentado para tu hermana un
  partido, y que ella ha dado su consentimiento, cosa que me
  apresuro a comunicarte. T nos perdonars a Dunia y a m el haber
  tomado esta resolucin sin consultarte, cuando sepas que el asunto
  no admita dilaciones y que era imposible esperar, para responder,
  a que t nos contestaras. Por otra parte, no estando aqu, no
  podas juzgar con conocimiento de causa.

  Te dir cmo ha pasado todo. El novio, Pedro Petrovitch Ludjin,
  un consejero de la Corte de Apelacin, es pariente lejano de
  Marfa Petrovna, la cual se ha tomado mucho inters por nosotros
  en esta ocasin. Ella fu quien le present en nuestra casa. Le
  recibimos convenientemente, tom caf con nosotras, y al otro da
  nos escribi una carta muy corts pidindonos la mano de tu hermana
  y solicitando una respuesta pronta y categrica. Es un hombre muy
  atareado; est en vsperas de regresar a San Petersburgo, de manera
  que no puede perder tiempo.

  Naturalmente, nos quedamos asombradas, puesto que no esperbamos
  un cambio tan brusco en nuestra situacin. Un da entero hemos
  estado examinando el caso tu hermana y yo. Pedro Petrovitch est en
  buena posicin; desempea dos cargos y posee ya una considerable
  fortuna. Tiene, es cierto, cuarenta y cinco aos; pero su aspecto
  es agradable y puede gustar a las mujeres. Es un hombre muy
  bueno; a m me parece un poco fro y altanero. Sin embargo, estas
  apariencias pueden ser engaosas.

  Ya ests advertido, querido Rodia; cuando le veas en San
  Petersburgo, lo que suceder pronto, no le juzgues con demasiada
  ligereza, ni le condenes, sin apelacin, como tienes por costumbre,
  si por acaso a primera vista te inspira poca simpata. Te digo
  esto por decrtelo, porque, en rigor, estoy persuadida de que te
  producir buena impresin. Adems, por regla general, para conocer
  a cualquiera es menester haberle tratado largo tiempo y observdole
  con cuidado; de lo contrario se incurre en errores que luego se
  rectifican difcilmente.

  Pero en lo tocante a Pedro Petrovitch, todo hace creer que es una
  persona muy respetable; ya en su primera visita nos ha manifestado
  que est por lo positivo. Sin embargo, ha dicho, son sus propias
  palabras: Participo en gran parte de las ideas de las generaciones
  modernas y soy enemigo de todos los prejuicios. Habl mucho ms
  porque, segn parece, es un tanto vanidoso y le enamoran sus
  frases; pero esto, en realidad, no constituye un grave defecto.

  Yo, es claro, no he comprendido gran cosa de lo que ha hablado,
  por lo cual me limitar a comunicarte la opinin de Dunia: Aunque
  de escasa instruccin--me ha dicho--, es inteligente, y parece
  bueno. Conoces el carcter de tu hermana, Rodia; es una joven
  valerosa, sensata, paciente y magnnima, aunque su corazn sea muy
  apasionado como he podido comprobar. De seguro que no se trata ni
  por parte de l ni de ella de un matrimonio por amor: pero Dunia
  no es tan slo una muchacha inteligente, su alma es de nobleza
  angelical, su marido procurar hacerla feliz, y ella considerar
  como un deber el corresponderle.

  Hombre de buen entendimiento Pedro Petrovitch, debe comprender que
  la felicidad de su esposa ser la mejor garanta de la suya. Por
  ejemplo, me ha parecido un poco seco; pero esto, sin duda, depende
  de su franqueza. En su segunda visita, cuando ya habamos admitido
  su demanda, nos ha dicho que, aun antes de conocer a Dunia, estaba
  resuelto a no casarse ms que con una joven honrada pero sin dote,
  y que supiese qu es la pobreza. Segn l, el hombre no debe
  sentirse obligado a su esposa; vale ms que ella vea en su marido
  un bienhechor.

  No son estas precisamente sus palabras; reconozco que se ha
  explicado en trminos ms delicados; pero yo slo recuerdo el
  sentido de sus frases. Por lo dems, ha hablado sin premeditacin;
  evidentemente la frase, se le ha escapado sin intencin, y aun ha
  tratado de atenuar su crudeza. Sin embargo, he encontrado un poco
  dura su manera de expresarse, y as se lo he dicho a Dunia. Pero
  ella me ha contestado, con algo de mal humor, que las palabras no
  son ms que palabras, y que, en ltimo trmino, lo que l opina
  es justo. Durante la noche que ha precedido a su determinacin,
  Dunetchka no ha podido conciliar el sueo. Creyndome dormida se
  levant de la cama para pasearse arriba y abajo de la alcoba. Por
  ltimo, se puso de rodillas y, despus de una larga y ferviente
  plegaria ante la imagen, me declar al da siguiente por la maana
  que haba tomado su resolucin.

  Te he dicho ya que Pedro Petrovitch deba regresar inmediatamente
  a San Petersburgo, donde le llamaban graves intereses y donde
  quiere abrir su estudio de abogado. Desde hace tiempo se ocupa en
  asuntos de abogaca; acaba de ganar una causa importante, y su
  viaje a San Petersburgo es motivado por un negocio de inters que
  se debe tratar en el Senado. En estas condiciones, hijo mo, est
  en camino de servirte mucho, y Dunia y yo hemos pensado que podrs,
  bajo sus auspicios, comenzar tu futura carrera. Ah, si esto se
  realizase!

  Tan ventajoso sera para ti, que habra que atribuirlo a un favor
  especial de la divina Providencia.

  Dunia no piensa en otra cosa. Hemos hecho ya alguna indicacin
  a Pedro Petrovitch, que se ha expresado con cierta reserva: Sin
  duda, ha dicho, como yo tengo necesidad de un secretario, mejor
  le confiara este puesto a un pariente que a un extrao, con tal
  de que sea capaz de desempearlo. Figrate si sers t capaz!
  A m me ha parecido que teme que tus estudios universitarios te
  impidan ocuparte en su bufete. Por esta vez la conversacin no
  ha pasado adelante; pero Dunia no tiene otra cosa en la cabeza;
  su imaginacin, ya exaltada, te ve trabajando bajo la direccin
  de Pedro Petrovitch, y hasta asociado a sus negocios, tanto ms,
  cuanto que sigues la misma carrera suya; yo pienso lo mismo que
  ella, y sus proyectos para tu porvenir me parecen muy realizables.

  A pesar de la respuesta evasiva de Pedro Petrovitch, la cual se
  comprende perfectamente, puesto que no te conoce, Dunia cuenta con
  su legtima influencia de esposa para arreglarlo todo en armona
  con nuestros comunes deseos. Huelga decir que hemos procurado dar a
  entender a Pedro Petrovitch que t podras ser, andando el tiempo,
  su socio. Es un hombre positivo, y acaso no hubiese mirado con
  buenos ojos lo que hasta ahora slo le habr parecido un sueo.

  Quiero tambin decirte una cosa, querido Rodia. Por ciertas
  razones, que nada tienen que ver con Pedro Petrovitch, y que quiz
  no sean ms que rarezas de vieja, creo que despus de la boda debo
  seguir en mi casa, en vez de irme a vivir con ellos. No dudo que
  Pedro Petrovitch ser bastante atento y delicado para instarme a
  que no me separe de mi hija; si hasta ahora no me lo ha insinuado,
  es sin duda porque cree que no se ha de hablar de una cosa que cae
  por su peso; pero yo tengo intencin de rehusar.

  Si es posible, me establecer cerca de vosotros, porque te
  advierto, querido Rodia, que he guardado lo mejor para el final.
  Has de saber, hijo mo, que de aqu a poco tiempo nos veremos,
  y podremos abrazarnos despus de tres aos de separacin. Est
  decidido que Dunia y yo vayamos a San Petersburgo. Cundo? No lo
  s a punto fijo; pero ser bien pronto, quiz dentro de ocho das.
  Todo depende de Pedro Petrovitch, que nos enviar sus instrucciones
  cuando haya arreglado sus asuntos en sa y apresurado la boda. A
  ser posible desea que el matrimonio se efecte el carnaval, o a ms
  tardar, despus de la cuaresma de la Asuncin. Oh, con qu alegra
  te estrechar entre mis brazos!

  Dunia est enajenada de jbilo ante la idea de volver a verte;
  y me ha dicho una vez bromeando que, aunque no fuese ms que
  por esto, se casara de buena gana con Pedro Petrovitch. Es un
  ngel! No aade nada a esta carta, porque tendra, segn ella,
  demasiadas cosas que contarte, y, siendo esto as, no vale la
  pena de escribirte unas cuantas lneas. Me encarga que te enve
  cariossimos recuerdos de su parte. Aunque estamos en vsperas
  de reunirnos, pienso, sin embargo, remitirte todo el dinero que
  pueda. En cuanto se ha sabido que Dunetchka iba a casarse con Pedro
  Petrovitch, nuestro crdito ha aumentado de un modo considerable,
  y s, a ciencia cierta, que Anastasio Ivanovitch est dispuesto a
  adelantarme sobre mi pensin hasta 70 rublos.

  Te mandar, pues, dentro de unos das 25 o 30 rublos. Te mandara
  de buena gana mayor cantidad si no temiese que llegara a faltarme
  dinero para el viaje. Es verdad que Pedro Petrovitch tiene la
  bondad de encargarse de una parte de nuestros gastos de viaje; a
  sus expensas nos van a proporcionar un gran cajn para empaquetar
  nuestros efectos; pero nosotros tenemos que pagar nuestros
  billetes, hasta San Petersburgo, y no es cosa de que lleguemos a
  esa capital sin ningn kopek.

  Dunia y yo lo hemos calculado todo; el viaje no nos saldr muy
  caro. Desde nuestra casa al tren no hay ms que noventa verstas, y
  hemos ajustado con un campesino, conocido nuestro, que nos lleve en
  su carro a la estacin; en seguida nos meteremos muy satisfechas en
  un coche de tercera. En resumen: despus de echar mis cuentas, son
  30 rublos, y no 25, los que voy a tener el placer de remitirte.

  Ahora, mi querido Rodia, te abrazo, esperando nuestra prxima
  entrevista, y te envo mi bendicin maternal. Quiere mucho a Dunia,
  a tu hermana. Oh Rodia!, sabe que te quiere infinitamente ms que
  a s misma; pgala con el mismo afecto. Ella es un ngel, y t
  lo eres todo para nosotras, toda nuestra esperanza, toda nuestra
  futura felicidad. Con tal que t seas dichoso, lo seremos nosotras.

  Adis, o ms bien, hasta la vista. Te beso mil veces.

  Tuya hasta la muerte.

Durante la lectura de esta carta se le saltaron varias veces las
lgrimas al joven; pero cuando la hubo terminado se dibuj en su
rostro, plido y convulsivo, una amarga sonrisa. Apoyando la cabeza
sobre su nauseabundo cojn, permaneci pensativo durante largo tiempo.
Latale el corazn con fuerza y sus ideas se confundan. Por ltimo,
se sinti como sofocado en aquel cuartucho amarillento que pareca un
armario o un bal. Su ser fsico y moral tena necesidad de espacio.

Tom el sombrero y sali, sin temor esta vez a encontrar a nadie en
la escalera. No pensaba en la patrona. Se dirigi hacia la plaza de
Basilio Ostroff por la perspectiva V***. Andaba rpidamente como el
que tiene que atender a muchos negocios importantes a la vez; pero,
segn costumbre, no se fijaba en nadie, murmuraba para s y aun
_monologueaba_ en alta voz, lo que asombraba a los paseantes. Algunos
lo crean borracho.


IV

La carta de su madre le haba impresionado extraordinariamente; pero
el asunto principal de ella no le hizo vacilar ni un momento. Desde
el primer instante, aun antes de acabar de leerla, tena tomada ya su
resolucin.

En tanto que yo viva no se celebrar este matrimonio; que se vaya al
diablo el seor Ludjin.

La cosa est bien clara!--murmuraba sonriendo, con aire de triunfo
como si tuviese la clave de lo sucedido--. No, madre; no, Dunia! no
lograris engaarme!... Y todava se disculpan de no haberme pedido mi
opinin, y por haber resuelto el asunto sin m! Ya lo creo, suponen
que no es posible romper la unin proyectada! Eso ya lo veremos! Y
qu razn es la que alegan? Pedro Petrovitch es un hombre tan ocupado,
que slo puede casarse a toda prisa.

No, Dunetchka, no; lo adivino todo. S lo que queras comunicarme,
s tambin lo que pensabas durante toda la noche que has pasado
pasendote por tu habitacin o rezando a Nuestra Seora de Kazn, cuya
imagen est en la alcoba de nuestra madre. Qu penosa es la subida
del Glgota!... Oh!... Est bien combinado; te casas con un hombre de
negocios, muy prctico y que posee ya un capital (lo cual es de tenerse
muy en cuenta), que tiene dos empleos y que participa, segn mam,
de las ideas de las modernas generaciones. Dunetchka misma observa
que le parece bueno; ese _parece_ es muy significativo! Bajo la fe
de una apariencia, Dunetchka va a casarse con l... Admirable!...
Admirable!...

Me gustara saber por qu mi madre ha hablado en su carta de las
generaciones modernas. Es sencillamente para caracterizar el
personaje, o ha sido con objeto de captar mis simpatas para el seor
Ludjin? Vaya una estratagema! Hay una circunstancia que deseara
esclarecer. Hasta qu punto han sido francas, durante el da y la
noche que precedieron a la resolucin de Dunetchka? Hubo entre ellas
una explicacin formal, o se comprendieron mutuamente sin tener casi
necesidad de cambiar sus ideas? A juzgar por la carta, me inclinara
ms bien hacia esta ltima suposicin: mi madre le ha encontrado un
poco seco, y en su candidez, ha comunicado su observacin a Dunia. Pero
sta, naturalmente, se ha enfadado y respondi de _mal humor_.

Lo comprendo! desde el momento en que la decisin estaba tomada, no
haba que volver sobre ella; la advertencia de mi madre era, por lo
menos, intil. Y por qu me escribe dicindome: quiere a Dunia, oh
Rodia!, porque ella te quiere ms que a s misma? Le remordera la
conciencia por haber sacrificado su hija a su hijo? T eres nuestra
felicidad en el porvenir, t lo eres todo para nosotras. Oh madre
ma!...

Por instantes aumentaba la indignacin de Raskolnikoff, y si entonces
hubiera encontrado al seor Ludjin, probablemente le habra matado.

--Es verdad--continu, siguiendo el vuelo de los pensamientos que le
hervan en la cabeza--; es verdad que, para conocer a cualquiera, es
preciso haberle tratado largamente y observdole con cuidado. Pero
el seor Ludjin no es difcil de descifrar! Ante todo, es un hombre
de negocios y _parece_ bueno. Aquello de quiero proporcionaros un
gran cajn es verdaderamente chusco. Cmo dudar, en vista de este
rasgo tan rumboso, de su bondad? Su futura y su suegra van a ponerse
en camino en el carro de un campesino sin ms defensa contra la lluvia
que un mal toldo... Qu importa! el trayecto hasta la estacin no
es ms que de noventa verstas; en seguida entraremos en un coche de
tercera, para recorrer mil verstas; tiene razn; es preciso cortar el
traje segn la tela; pero usted, seor Ludjin, en qu piensa usted?
Vamos a ver, no se trata de su futura esposa? Y cmo puede usted
ignorar que para emprender semejante viaje tiene la madre que tomar
un prstamo sobre su pensin? Sin duda, con el espritu mercantil que
usted posee, ha considerado que esta boda es un negocio a medias, y
que, por consiguiente, cada asociado debe suministrar la parte que le
corresponde; pero usted ha arrimado demasiado el ascua a su sardina; no
hay paridad entre lo que cuesta un cajn y lo que cuesta el viaje.

Es que no se hacen cargo de estas cosas, o que fingen no verlo?
Lo cierto es que parecen contentas. Sin embargo, qu frutos pueden
esperarse de tales flores? Lo que me irrita en ese extrao sujeto, es
ms la tacaera que su proceder: el amante da seal de lo que ser el
marido. Y mam, que tira el dinero por la ventana, con qu llegar a
San Petersburgo? Con tres rublos o tres billetitos, como deca aquella
vieja... Hum! Con qu recursos cuenta para vivir aqu? Por ciertos
indicios, ha comprendido que despus del matrimonio no podr vivir con
Dunia. Alguna palabra se le ha _escapado_ a ese amable seor, que ha
sido sin duda un rayo de luz para mi madre, aunque ella se esfuerce en
cerrar los ojos a la evidencia.

Tengo intencin de rehusar--me dice--; pero entonces, con qu medios
de existencia cuenta? Con los 120 rublos de pensin, de los cuales
ser preciso descontar la suma prestada por Anastasio Ivanovitch? All
en nuestro pueblo, mi pobre madre se quema los ojos haciendo toquillas
de punto de lana y bordando mangas. Pero este trabajo no le da ms que
20 rublos al ao. Luego, a pesar de todo, pone su esperanza en los
sentimientos generosos del seor Ludjin. Me instar a que no me separe
de mi hija. S, fate!

Pase por mam; ella es as; es su modo de ser; pero, y Dunia?

Es posible que no comprenda a ese hombre. Y consiente en casarse con
l! Yo s que ama mil veces ms la libertad de su alma que el bienestar
material. Antes que renunciar a ella, comera pan negro con un sorbo
de agua; no la dara por todo el Slesvig-Holstein, cuanto ms por el
seor Ludjin. No, la Dunia que yo conozco no es capaz de eso, y de
seguro no ha cambiado. Qu quiere decir entonces? Penoso es vivir en
casa de los Svidrigailoff, andar rondando de provincia en provincia,
pasar toda la vida dando lecciones que producen al ao 200 rublos;
eso es muy duro, ciertamente; sin embargo, yo s que mi hermana ira
a trabajar a casa de un plantador de Amrica o a la de un alemn de
Lituania, antes que envilecerse, encadenando por puro inters personal
su existencia a la de un hombre a quien no estima y con quien no tiene
nada de comn. Cargado de oro puro y de diamantes podra estar el seor
Ludjin, y mi hermana no consentira en ser la manceba legtima de ese
hombre. Y siendo esto as, por qu se ha resuelto a casarse? Cul es
la clave de este enigma? La cosa es bastante clara; para procurarse a
s misma una posicin, ni siquiera para librarse de la muerte, no se
vendera jams; pero lo hace por un ser querido, adorado. Esta es la
explicacin de todo el misterio: se vende por su madre, se vende por
su hermano. Y lo vende todo! Eso es, violentemos nuestro sentimiento
moral, pongamos en pblico mercado nuestra libertad, nuestro reposo,
nuestra misma conciencia, todo, todo... Perezca nuestra vida, con
tal de que los seres queridos sean felices! Hagamos ms todava,
imitemos la casustica sutil de los jesutas, transijamos con nuestros
escrpulos y persuadmonos de que es preciso proceder de este modo, que
la excelencia del fin justifica los medios. Ved aqu cmo somos... esto
es claro como la luz. Es evidente que en el primer trmino se encuentra
Rodin Romanovitch Raskolnikoff. Hay que asegurarle la felicidad,
suministrarle medios para terminar sus estudios universitarios, que
llegue a ser el socio de Ludjin, que alcance, si es posible, la
fortuna, el renombre y la gloria. Y la madre? Ella no ve ms que a su
hijo, a su primognito. Cmo no ha de sacrificar su hija a este hijo,
objeto de sus predilecciones? Corazones tiernos, pero injustos!

Oh! es la suerte de Sonetchka la que aceptis... Sonetchka
Marmeladoff, la eterna Sonetchka, que durar tanto como el mundo.
Habis medido bien las dos la extensin de vuestro sacrificio? Sabes
t, Dunetchka, hermana ma, que vivir con el seor Ludjin es ponerse al
nivel de Sonetchka? En este matrimonio no puede haber amor, escribe
mi madre. Pues bien, si no puede haber amor ni estimacin, sino, por
el contrario, disgusto, repulsin y alejamiento, en qu se diferencia
este enlace del concubinato o de la prostitucin? Ms disculpable sera
an Sonetchka, puesto que ella se ha vendido no para procurarse el
bienestar, sino porque vea la miseria y el hambre, el hambre verdadera
llamar a la puerta de su casa.

Y si llega el momento de que el peso sea superior a vuestras fuerzas,
si os arrepents de lo que habis hecho, qu dolores, qu de
maldiciones, qu de lgrimas secretamente vertidas, porque vosotras
no sois como Marfa Petrovna! Qu sera de vuestra madre cuando viese
ciertas cosas que yo preveo? Ahora est inquieta, atormentada, pero,
qu ser cuando vea las cosas tal como son en realidad? Y yo? Por
qu habis pensado en m? Yo no acepto tu sacrificio, Dunetchka, no lo
acepto. Mientras yo viva, no se celebrar esa boda.

Se detuvo, quedndose como ensimismado.

--Que no se celebrar! Qu puedes hacer t para impedirlo? Oponer tu
_veto_? Con qu derecho podras hacerlo? Qu podras ofrecer por tu
parte? Les prometeras consagrarles toda tu vida, todo tu porvenir,
_cuando hayas terminado tus estudios_ y encontrado una colocacin? Eso
es lo futuro, y aqu se trata de hacer algo por el presente. Y qu es
lo que ahora haces? Arruinarlas! Obligas a una a pedir prestado sobre
una pensin y a la otra a solicitar un anticipo, sobre su sueldo, a
los Svidrigailoff! So pretexto de que puedes llegar a ser millonario,
pretendes disponer despticamente de su suerte; pero, puedes, en la
actualidad, atender a sus necesidades? Tal vez podrs hacerlo cuando
hayan transcurrido diez aos; pero entonces tu madre habrse quedado
ciega a fuerza de trabajar y llorar, y las privaciones habrn destrudo
su salud. Y tu hermana? Vamos, Rodin, recapacita sobre los peligros
que las amenazan durante estos diez aos.

Experimentaba cierto punzante placer al hacerse estas dolorosas
preguntas que, en rigor, no eran nuevas para l. Desde haca tiempo le
atormentaban incesantemente exigindole con imperio respuestas que l
no encontraba. La carta de su madre acababa de herirle como un rayo.
Comprenda que era pasado ya el tiempo de las lamentaciones estriles,
que no trataba ya de razonar sino de hacer algo inmediatamente, costase
lo que costase; era preciso tomar una resolucin cualquiera.

--O renunciar a la vida--exclam--aceptando el destino tal cual es,
sofocando en mi alma todas mis aspiraciones, abdicando definitivamente
mi derecho a ser, a vivir, a amar!

Rodin se acord de repente de las palabras dichas el da antes
por Marmeladoff: Comprende usted, comprende usted, seor, lo que
significa esta frase: No tener ya adnde ir?

Acababa de presentarse ante su espritu un pensamiento que tambin se
le haba ocurrido la vspera, y se estremeci. No era el retorno de
este pensamiento lo que le haca temblar, pues ya saba que haba de
volver y lo esperaba, sino que esta idea no era exactamente igual a la
de la vspera y consista la diferencia en lo siguiente: lo que un mes
antes, y aun el da antes, no era ms que un sueo, surga entonces
bajo una nueva forma espantosa, desconocida. El joven tena conciencia
de este cambio... Senta como un zumbido en el cerebro y una nube le
cubra los ojos.

Se apresur a mirar en torno suyo, como si buscase algo. Senta ganas
de sentarse, y lo que buscaba era un banco. Se encontraba entonces en
la avenida de K***. A cien pasos de distancia, en efecto, haba un
banco. Apresur el paso cuanto pudo, pero durante el breve trayecto le
ocurri un incidente, que durante algunos momentos, ocup por completo
su atencin. En tanto que miraba hacia el banco, repar en una mujer
que caminaba a veinte pasos de l. Al pronto no puso ms atencin en
ella que en los diferentes objetos que encontr al paso. Le ocurra
muchas veces volver a su casa sin acordarse del camino recorrido.
Andaba de ordinario sin ver nada. Pero en aquella mujer se notaba
algo tan extrao a primera vista, que Raskolnikoff no pudo menos de
advertirlo.

Poco a poco, a la sorpresa sucedi una curiosidad, contra la cual
trat al pronto de luchar, pero que acab por ser ms fuerte que su
voluntad. Le entr de repente el deseo de saber qu era lo que haba
de extrao en la mujer aquella. Segn todas las apariencias, deba ser
muy joven. A pesar del calor, iba sin nada en la cabeza, sin sombrilla
y sin guantes, moviendo los brazos de una manera ridcula. Llevaba al
cuello un paolito pequeo y un vestido ligero, de seda, puesto de una
manera singular, mal abrochado y desgarrado por detrs, cerca de la
cintura. Un pedazo flotaba a derecha e izquierda. Para colmo de rareza,
la joven, muy poco firme, andaba haciendo eses. Este recuerdo acab de
excitar toda la curiosidad de Raskolnikoff, el cual se reuni con la
joven en el momento que sta llegaba al banco. La muchacha se tendi
ms bien que se sent, puso la cabeza en el respaldo y cerr los ojos
como una persona quebrantada por la fatiga. Al examinarla, comprendi
Raskolnikoff que estaba embriagada, y la cosa le pareci tan extraa,
que no poda dar crdito a sus propios ojos. Tena ante l una carita
casi infantil que apenas representaba diez y seis aos, quiz solamente
quince. Aquella cara, rodeada de cabellos rubios, era muy linda pero
estaba como arrebatada y un poco hinchada. Pareca que la joven no
tena conciencia de sus actos. Estaba con las piernas cruzadas una
sobre la otra en actitud muy poco decorosa, y todos los indicios hacan
suponer que no se daba cuenta del lugar donde se hallaba.

Raskolnikoff no se sentaba ni quera irse, y permaneca en pie frente
a ella, sin saber qu resolver. Era ms de la una y haca un calor
insoportable; as es que la avenida, que a otras horas suele estar
muy concurrida, estaba casi desierta. Sin embargo, a quince pasos de
distancia se mantena apartado, en la cuneta del paseo, un seor que
evidentemente deseaba aproximarse a la joven con ciertas intenciones.
Tambin, sin duda, la haba visto de lejos y pustose a seguirla; pero
la presencia de Raskolnikoff le embarazaba. Echaba, disimuladamente,
es verdad, miradas irritadas a este ltimo y esperaba con impaciencia
el momento en que aquel descamisado le cediese el puesto. Nada ms
claro. El tal caballero, vestido muy elegantemente, era de unos treinta
aos, grueso, fuerte, de tez rojiza, de labios rosados y fino bigote.
Raskolnikoff, invadido de violenta clera, y deseoso de insultarle, se
apart un instante de la joven y se aproxim al seor.

--Eh, Svidrigailoff!--exclam el joven apretando los puos y riendo
sardnicamente, lo que haca que los labios se le cubriesen de espuma.

El elegante frunci las cejas, y su fisonoma tom un aspecto de
altanero estupor.

--Qu significa esto?--continu con un tono despreciativo.

--Esto significa que es preciso que se vaya con la msica a otra parte.

--Cmo te atreves, canalla...?

Y levant el bastn; pero Raskolnikoff, con los puos cerrados, se
lanz sobre el grueso seor, sin pensar que ste habra dado fcilmente
cuenta de dos adversarios como l. Mas en aquel momento alguien
asi por detrs a Raskolnikoff: era un guardia que acert a pasar
casualmente junto a ellos.

--Calma, seores; no se peguen ustedes en la va pblica! Qu le
pasa a usted? Quin es usted?--pregunt severamente a Raskolnikoff,
fijndose en su miserable aspecto.

Raskolnikoff mir con atencin a quien le hablaba. El guardia, con
sus bigotes blancos, tena cara de soldado veterano; pareca, adems,
inteligente.

--De usted precisamente tena necesidad--dijo el joven, y agarr por el
brazo al guardia--. Soy un antiguo estudiante; me llamo Raskolnikoff.
Usted puede tambin orlo--aadi, dirigindose al caballero--; venga
usted conmigo--y, sin soltar al guardia, le llev hasta el banco--.
Mire usted, esa joven se halla en completo estado de embriaguez; hace
un momento se paseaba por la avenida; es difcil averiguar su posicin
social; pero no parece mujer de vida alegre. Lo ms probable es que la
hayan emborrachado, y abusado de ella despus... Comprende usted?...
Luego, ebria como estaba, la han echado a la calle. Vea usted los
jirones que tiene el traje; repare usted cmo lo lleva puesto; esta
joven no se ha vestido por s misma, la han vestido manos inexpertas,
seguramente manos de hombre. Fjese usted. Este buen seor, con quien
quera agarrarme hace un momento, a quien no conozco, a quien veo por
primera vez, advirtiendo que esta muchacha est ebria y que no tiene
conciencia de nada, ha querido aprovecharse de su estado para llevarla
Dios sabe adnde. Est usted seguro de que no le engao; he visto
cmo la miraba y la segua; pero como mi presencia le estropeaba la
combinacin esperaba que me marchase... Vea usted cmo se ha separado
de nosotros, y con qu aire de importancia hace un cigarrillo... Cmo
libraremos a esta joven de sus insidias? De qu modo hacer que se
vuelva a su casa? Piense usted un poco en esto...

El guardia se hizo cargo inmediatamente de la situacin y se puso a
reflexionar. No haba duda respecto a las intenciones del caballero,
pero quedaba la muchacha. El soldado se inclin hacia ella para
examinarla de cerca, y en su semblante se dibuj verdadera compasin.

--Ah, qu desgracia!--dijo moviendo la cabeza--. Es todava una nia.
De seguro se la ha tendido un lazo. Escuche, seorita; dnde vive
usted?

La joven levant pesadamente los prpados y mir a los dos hombres con
expresin imbcil e hizo un gesto como para rechazarlos.

Raskolnikoff sac del bolsillo veinte kopeks.

--Tome usted--dijo al guardia--: tome usted un coche y llvela a su
casa. Slo falta que nos d su direccin.

--Seorita, eh, seorita!--dijo de nuevo el guardia, despus de tomar
el dinero--. Voy a buscar un coche, y yo mismo la conducir a usted a
su casa. Adnde hay que llevarla? Dnde vive usted?

--Oh Dios mo!... Me prenden!--murmur la joven con el mismo
movimiento de antes.

--Ah! Qu ignominia! Qu infamia!--dijo el soldado, sintiendo a la
vez piedad e indignacin--. Vaya un apuro!--aadi dirigindose a
Raskolnikoff, a quien mir de nuevo de pies a cabeza.

Aquel desharrapado tan dispuesto a dar dinero, le pareca enigmtico.

--La ha encontrado usted muy lejos de aqu?--pregunt.

--Ya le he dicho que iba delante de m, por la avenida, tambalendose.
Apenas lleg a este banco, se dej caer en l.

--Ah! Qu infamias se cometen en el mundo, seor! Tan joven... y
borracha! La han engaado, de seguro! Tiene la ropa desgarrada!...
Oh, cunto vicio hay en el da!... Quiz sean sus padres nobles
arruinados. Hay tantos ahora! Parece una seorita de buena familia.

Acaso el guardia era padre de hijas bien educadas, a las cuales pidiera
tomarse por muchachas de buena familia.

--Lo esencial--dijo Raskolnikoff--es impedir que caiga en las manos
de ese hombre. De fijo que el bribn no ha desistido de su propsito.
All sigue!

Al decir estas palabras, el joven levant la voz e indic con un
ademn al caballero. Este, al or lo que de l se deca, hizo ademn
de enfadarse; pero despus, pensndolo mejor, se limit a lanzar a
su enemigo una mirada despreciativa y se alej otros diez pasos,
detenindose de nuevo.

--No, no se saldr con la suya ese seor--respondi con aire pensativo
el guardia--; si dijese dnde vive... pero no sabindolo... Seorita,
eh! seorita--aadi dirigindose otra vez a la joven.

De repente, la muchacha abri los ojos y mir atentamente, como si
un rayo de luz iluminase su espritu. Se levant y ech a andar en
direccin opuesta a la que haba llevado.

--Vaya con los sinvergenzas! qu manera de asediar a una!--dijo
extendiendo de nuevo el brazo como para apartar a alguien.

Iba de prisa; pero con paso siempre poco seguro. El elegante se puso a
seguirla, aunque por el otro lado del paseo, sin perderla de vista.

--Est usted tranquilo; repito que no se saldr con la suya--dijo
resueltamente el guardia, y parti en seguimiento de la joven--. Ah!
cunto vicio hay ahora!--repiti, exhalando un suspiro.

En aquel momento debi operarse un cambio tan completo como repentino
en el nimo de Raskolnikoff, porque dirigindose al guardia grit:

--Escuche usted.

El interpelado se volvi.

--Djela usted! Por qu se ha de mezclar usted en esto? que se
divierta (y sealaba al elegante) si quiere! A usted, qu ms le da?

El soldado no comprendi este lenguaje, y mir asombrado a
Raskolnikoff, que se ech a rer.

--Ea!--dijo el guardia agitando el brazo.

Despus se alej detrs del seor elegante y de la muchacha.
Probablemente habra tomado a Raskolnikoff por un loco o por algo peor.

--Se me ha llevado mis veinte kopeks--dijo ste con clera cuando se
qued solo--. Luego el otro le dar tambin dinero, le abandonar la
muchacha y asunto concludo... Qu idea me ha dado a m de echrmelas
de bienhechor! Puedo yo acaso ayudar a nadie? Tengo derecho a ello?
Que las gentes se devoren unas a otras, qu debe importarme? Y por
qu me he permitido regalarle los veinte kopeks? Acaso eran mos?

A pesar de sus extraas palabras, tena el corazn angustiado. Se sent
como anonadado en el banco. Sus pensamientos eran incoherentes. Le
molestaba en aquel momento pensar en nada. Hubiera querido dormirse
profundamente, olvidarlo todo, despertarse despus y comenzar una nueva
vida.

--Pobrecilla!--dijo contemplando el sitio donde poco antes haba
estado sentada la joven--. Cuando vuelva en s llorar; su madre sabr
su aventura. Primero la zarandear; despus la dar latigazos para
aadir la humillacin a su dolor, y quiz la echar de casa... Y aun
cuando no la eche, cualquier Dara Frantzovna husmear la casa y la
pobre muchacha ir rodando de una parte a otra hasta que entre en el
hospital, lo que no tardar en suceder (siempre pasa lo mismo a las
muchachas que hacen a escondidas esa vida, porque tienen madres muy
honradas). Una vez curada, volver a las andadas; despus otra vez
al hospital... las tabernas... y otra vez al hospital... Al cabo de
dos o tres aos de esta vida, a los diez y ocho o a los diez y nueve
aos, ser un andrajo. A cuntas que han comenzado como sta, he
visto acabar del mismo modo! Pero, bah! Es necesario, se dice, que
as suceda; es un tanto por ciento anual, una prima de seguro pblico
que debe ser pagada... para garantizar el reposo de las otras. Un
tanto por ciento! Qu lindas frases! encierran algo cientfico que
tranquiliza! Cuando se dice tanto por ciento, no hay ms que hablar;
ya no hay para qu preocuparse. Con otro nombre la cosa nos preocupara
ms... Quin sabe si Dunetchka no est comprendida en el tanto por
ciento del ao prximo, o quizs en el de este mismo ao?

Pero, a dnde me propona ir?--pens de repente--. Es extrao. Al
salir de casa tena un propsito. Al acabar de leer la carta sal...

Ah, s! Ya me acuerdo. Iba a la plaza de Basilio Ostroff, a casa de
Razumikin. Mas, para qu? Cmo se me ha ocurrido la idea de visitar a
Razumikin?

No se comprenda l mismo. Razumikin era un condiscpulo suyo de
Universidad. Es de advertir que, cuando Raskolnikoff asista a las
clases de Derecho viva muy aislado; no iba a casa de ninguno de
sus condiscpulos, ni reciba sus visitas. Estos, por su parte, le
correspondan del mismo modo. Jams tomaba parte ni en las reuniones
ni en las bromas de los estudiantes. Se le estimaba por su ejemplar
aplicacin; era muy pobre, muy orgulloso y muy reservado; sus
compaeros crean que Raskolnikoff los miraba desdeosamente como
si fueran chiquillos, o por lo menos seres muy inferiores a l en
conocimientos, en ideas y en desarrollo intelectual.

No obstante, intim bastante con Razumikin, o mejor dicho, se mostr
con l de carcter menos cerrado que con los otros. Verdad es que
el genio franco e irreflexivo de Razumikin inspiraba irresistible
confianza. Era este joven en extremo alegre, expansivo y bueno hasta la
candidez, lo que no impeda que tuviese otras cualidades serias. Sus
compaeros ms inteligentes reconocan su mrito y todos le apreciaban.
No tena pelo de tonto, aunque pareciese imbcil. A primera vista,
llamaba su atencin por sus cabellos negros, su rostro siempre mal
afeitado, su alta estatura y su excesiva delgadez.

Calavera en ocasiones, se le tena por un Hrcules. Una noche que
recorra las calles de San Petersburgo en compaa de algunos amigos,
ech a rodar de un solo puetazo a un guardia municipal que tena
dos archines y doce vechoks[9]. Poda hacer los mayores excesos de
bebida, y observaba, cuando se lo propona, la ms estricta sobriedad.
Si a veces cometa inexcusables locuras, proceda otras con cordura
ejemplar. Lo ms notable del carcter de Razumikin era que jams se
descorazonaba ni se dejaba abatir por las contrariedades. Viva en
una guardilla, soportando los horrores del fro y del hambre, sin
que por ello perdiera un momento su buen humor. Muy pobre, reducido
a procurarse lo necesario para su subsistencia, encontraba medio de
ganarse, bien o mal, la vida, porque era sobradamente despreocupado y
conoca una porcin de sitios en que le era posible encontrar dinero,
por supuesto, trabajando.

       [9] Aproximadamente 1,88 metros.

Pas todo un invierno sin fuego; aseguraba que ste le agradaba
sobremanera porque se duerme mejor cuando se tiene fro. Ultimamente
haba tenido que dejar la Universidad por falta de recursos; pero
confiaba en reanudar en breve sus estudios y tampoco se descuidaba en
mejorar su situacin pecuniaria.

Raskolnikoff no haba estado en su casa desde haca cuatro meses, y
Razumikin ignoraba dnde viva su amigo. Se haban cruzado en la calle
dos meses antes; pero Raskolnikoff se pas a la otra acera para no ser
visto por Razumikin. Este reconoci a Raskolnikoff; pero, no queriendo
molestarle, fingi que no le vea.


V

--En efecto, no hace mucho que me propona ir a casa de Razumikin a
fin de suplicarle que me proporcionase algunas lecciones o cualquier
otro trabajo...--se deca Raskolnikoff--. Pero ahora, de qu ha de
servirme? supongamos que puede proporcionarme alguna leccin; hasta
quiero suponer tambin que hallndose en fondos se quede sin un kopek
siquiera para facilitarme medios con que comprar unas botas y el traje
decente que necesita un pasante... Bueno, y despus? Qu hago yo con
unas cuantas piataks[10]? Qu resuelvo con ellos? Bah! sera una
necedad ir a casa de Razumikin.

       [10] La piatak es una moneda de cinco kopeks, equivalente a
       unos cuatro centavos.

La razn de saber por qu se diriga entonces a casa de su amigo le
causaba tormento mayor de lo que a s mismo se confesaba; ansiaba dar
algn sentido siniestro a esta marcha, en apariencia la ms sencilla
del mundo.

--Es posible que en mi situacin haya puesto mis esperanzas todas en
Razumikin? Esperaba yo realmente de l remedio?--se preguntaba con
estupor.

Reflexionaba, se frotaba la frente, y de repente, despus de haber
puesto algn tiempo su espritu en tortura, brot en su cerebro una
extraa idea:

--S, ir a casa de Razumikin; pero no ahora; ir a verle al da
siguiente, cuando _aquello_ est hecho y mis negocios tengan otro
aspecto...

Apenas hubo pronunciado aquellas palabras, experiment una brusca
conmocin.

--Cuando _aquello_ est hecho!--exclam con un sobresalto que le hizo
levantarse del banco en que estaba sentado--. Suceder _eso_? Ser
posible?

Dej el banco y se alej con apresurado paso. Su primer movimiento
fu el de dirigirse a su domicilio; mas, para qu? Volver a aquel
aposento en que acababa de pasar ms de un mes premeditando todo
_aquello_! Al saltarle este pensamiento, se sinti disgustado y se
puso a marchar a la ventura. Su temblor nervioso tom un carcter
febril. Se estremeci convulsivamente y, a pesar de la elevacin de la
temperatura, tena fro. Casi a su pesar, cediendo a una especie de
necesidad interior, se esforzaba en fijar su atencin en los diversos
objetos que encontraba, para librarse de la obsesin de una idea que le
trastornaba. En vano trataba de distraerse; a cada instante caa en su
preocupacin. Cuando levantaba la cabeza diriga sus miradas en torno
suyo, y olvidaba durante un minuto lo que vena pensando y aun el lugar
donde se encontraba. De este modo fu como atraves toda la plaza de
Basilio Ostroff, desemboc en el pequeo Neva, pas el puente y lleg a
las islas. El verdor y la frescura regocijaron sus ojos, acostumbrados
al polvo, a la cal, a los montones de arena y de escombros. All nada
de ahogo, de exhalaciones metficas, ni de tabernas.

Pero pronto perdieron estas sensaciones nuevas su encanto y dieron
lugar a una gran inquietud. A veces el joven se detena delante de
alguna quinta que surga coquetonamente en medio de una vegetacin
riente, miraba por la verja y vea en las terrazas y balcones mujeres
elegantemente vestidas o nios que correteaban por los jardines. Se
fijaba principalmente en las flores; era lo que atraa ms sus miradas.
De tiempo en tiempo pasaban al lado de l caballeros y amazonas y
soberbios carruajes; los segua con los ojos curiosos y los olvidaba
antes de que lo hubiese perdido de vista.

Se detuvo para contar el dinero que llevaba en el bolsillo, y se
encontr dueo, aproximadamente, de treinta kopeks. He dado veinte al
guardia y tres a Anastasia por la carta--pens--; por consiguiente,
son cuarenta y tres o cincuenta kopeks los que dej ayer en casa de
Marmeladoff.

Haba tenido motivo para comprobar el estado de su hacienda; pero un
instante despus ya no se acordaba de la razn por la cual sac el
dinero del bolsillo. A poco rato se acord de comer, al pasar delante
de un fign: su estmago se lo recordaba.

Entr en la taberna, se ech al cuerpo una copa de aguardiente y
tom un bocado. El poco de aguardiente que acababa de tomar le hizo
inmediatamente efecto; le pesaban las piernas y le di sueo. Quiso
volverse a su casa, pero al llegar a Petrovsky Ostroff comprendi que
no poda dar un paso ms. Dej, pues, el camino, penetr en el soto y
se ech en la hierba, durmindose en seguida.

Cuando se est algo enfermo, los sueos suelen distinguirse por su
relieve extraordinario y por su asombrosa semejanza con la realidad.
El cuadro es a veces monstruoso; pero la _mise en scne_ y todo lo que
pertenece a la _representacin_, son, sin embargo, tan verosmiles, los
detalles tan minuciosos, y ofrecen por lo imprevisto una combinacin
tan ingeniosa, que el soador, aunque sea un artista como Pushkin o
Turgueneff, sera incapaz, despierto, de inventarlos tan bien. Estos
sueos morbosos dejan siempre un gran recuerdo, y afectan profundamente
el organismo, ya quebrantado, del individuo.

Raskolnikoff tuvo un sueo horrible. Se vea nio en la pequea
ciudad en que viva entonces con su familia. Era un da festivo, y al
anochecer, se paseaba _extramuros_ acompaado de su padre. El tiempo
era gris, la atmsfera pesada; los lugares exactamente tales como su
memoria los recordaba; en su sueo advirti ms de un detalle de que
despierto no se acordaba. Vea todo el pueblo; en los alrededores ni
un solo sauce blanco; all, muy lejos, en el confn del horizonte,
un bosquecillo formaba una mancha negra. A algunos pasos del ltimo
jardn del pueblo haba una gran taberna, delante de la cual no poda
pasar con su padre ni una sola vez sin experimentar una desagradable
impresin y un sentimiento de miedo. Siempre estaba llena de multitud
de personas que charlaban, rean, se injuriaban, se pegaban o cantaban
con voz ronca cosas repugnantes; por los alrededores siempre se vean
hombres borrachos. Al aproximarse Rodin se arrimaba a su padre y
temblaba de pies a cabeza. El camino que conduca a la taberna estaba
lleno de polvo negro. A trescientos pasos de all, este camino formaba
un recodo y daba vuelta al cementerio de la ciudad. En medio del
cementerio se alzaba una iglesia de piedra, cubierta de una cpula
verde, adonde iba el nio dos veces al ao a or misa con su padre
y su madre cuando se celebraba el funeral por el eterno descanso de
su abuela, muerta haca mucho tiempo, y a quien no haba conocido.
Llevaban un pastel de arroz con una cruz encima hecha con pasas. El
nio amaba esta iglesia, con sus viejas imgenes, en su mayor parte
desprovistas de adornos, y su anciano capelln de cabeza temblona. Al
lado de la piedra que marcaba el sitio donde reposaban los restos de
la anciana, haba una tumba pequea, la del hermano mayor de Rodin,
muerto a los seis meses. Tampoco le haba conocido, pero se le haba
dicho que haba tenido un hermanito; as es que cada vez que visitaba
el cementerio, haca piadosamente la seal de la cruz encima de la
tumba pequea, e inclinndose con respeto la besaba.

He aqu ahora su sueo: va con su padre por el camino del campo santo;
pasan delante de la taberna; l va asido de la mano de su padre y
dirige miradas tenebrosas a la odiosa casa, donde reina mayor animacin
que de costumbre. Hay all muchedumbre de campesinas y de mujeres
de la clase media, vestidas con sus trajes domingueros, acompaadas
de sus maridos y de la hez del pueblo. Todos estn ebrios y todos
cantan. Delante de la puerta de la taberna hay una de esas enormes
carretas que se emplean de ordinario para el transporte de mercancas
y toneles de vino, a las que se suelen enganchar vigorosos caballos de
gruesas patas y largas crines. A Raskolnikoff le diverta contemplar
aquellos robustos animales que arrastraban pesos enormes sin la
menor fatiga. Pero ahora a esa pesada carreta estaba enganchado un
caballejo flaqusimo, uno de esos esculidos rocines que los _mujiks_
acostumbran enganchar a grandes carros de madera o de heno y a los que
muelen a palos, llegando hasta pegarles en los ojos y en los befos
cuando las pobres bestias hacen esfuerzos para arrastrar el vehculo
atascado. Este espectculo, visto varias veces por Raskolnikoff, le
llenaba los ojos de lgrimas, y su madre, en tales casos, le apartaba
siempre de la ventana. De repente se promueve un gran alboroto; de la
taberna salen gritando, cantando y tocando la guitarra varios _mujiks_
completamente ebrios; llevan blusas rojas y azules, y los capottes
echados negligentemente sobre los hombros.

--Subid, subid todos!--grita todava un hombre, de robusto cuello y de
rostro carnoso, color de zanahoria--. Os llevo a todos, subid!

Estas palabras provocan risas y exclamaciones.

Hacer el camino con semejante penco!

--Has perdido el juicio, Mikolka; a quin se le ocurre enganchar ese
jamelgo a semejante carro?

--De seguro que este rocn tiene ms de veinte aos.

--Subid, os llevo a todos--grita de nuevo Mikolka, subiendo al primer
carro, y, ponindose de pie en el pescante del vehculo, aferra las
riendas--. El caballo bayo se lo llev Madviei y este animalucho,
amigos mos, es una condenacin para m, debera matarlo: no gana lo
que come. Os digo que subis, ya veris cmo lo hago galopar. Vaya si
galopar!

Y al decir esto, toma el ltigo, gozoso con la idea de fustigar al
pobre jaco.

--Ea, subamos, puesto que dice que vamos a ir al galope!--dijeron,
burlndose, los del grupo.

--Apuesto a que hace diez aos que no galopa.

--Buena marcha llevar!

--No tengis miedo, amigos mos; tomad cada uno una vara, y duro!

--Eso, eso, se le arrear!

Trepan todos al carro de Mikolka riendo y burlndose. Han subido ya
seis hombres y queda sitio todava. Con los que han montado va una
gruesa campesina, de rostro rubicundo, vestida con un traje de algodn
rojo, en la cabeza una especie de gorro adornado con abalorios y va
partiendo avellanas y se re de tiempo en tiempo. Tambin se re la
gente que rodea el carro, y en efecto, cmo no rerse ante la idea de
que semejante penco lleve al galope a tantas personas? Dos de los que
estn en el carro toman ltigos para ayudar a Mikolka.

--Andando!--grita este ltimo.

El caballo tira con todas sus fuerzas; pero, lejos de galopar, apenas
si puede avanzar un paso: patalea, gime y encoge los lomos bajo los
golpes copiosos como el granizo que los tres ltigos le descargan.
Redoblan las risas en el carro y en el grupo; pero Mikolka se incomoda
y golpea al jaco con ms fuerza como si, en efecto, esperase hacerle
galopar.

--Dejadme subir a m tambin, amigos mos--grita entre los espectadores
un joven que arde en deseos de mezclarse con la alegre pandilla.

--Sube--respondi Mikolka--. Subid todos, que yo le har correr.

Y sigue, sigue golpeando, y en su furor no sabe ya con qu pegarle al
animal.

--Pap, pap--dice el nio a su padre--, qu estn haciendo? Pegan al
pobre caballejo!

--Vamos, vamos--dice el padre--; son borrachos que se divierten a su
modo. Imbciles! No les hagas caso.

Quiere llevrselo; pero Rodin se desprende de las manos paternales, y
sin hacer caso de nada se acerca corriendo al caballo. El desgraciado
cuadrpedo no puede ya ms. Resuella fatigosamente, trata de tirar, y
poco falta para que no se caiga.

--Pegadle, pegadle hasta que reviente!--alla Mikolka--. Eso es lo que
hay que hacer. Yo os ayudar.

--T no eres cristiano, sino lobo!--grita un viejo del grupo.

--A quin se le ocurre que un animalejo tan pequeo pueda arrastrar un
armatoste como ste?--grita otro.

--Bribn!--vocifera un tercero.

--No es tuyo, es mo; hago lo que quiero. Subid an! Es preciso que
galope!

De repente la voz de Mikolka queda ahogada por las carcajadas de la
gente; el animal, atormentado por los palos, acaba por perder la
paciencia, y a pesar de su debilidad, empieza a tirar coces. Hasta el
mismo viejo se echa a rer. Y haba, en efecto, motivos de risa: un
caballo que no puede sostenerse en pie y que, sin embargo, cocea!

Dos campesinos se destacan del grupo, y armados de ltigos la emprenden
a palos con el animal. Uno por la derecha y otro por la izquierda.

--Dadle en los morros, en los ojos, s, en los ojos!--vociferaba
Mikolka.

--Una cancin, amigos!--grita uno del corro, e inmediatamente toda la
pandilla entona una cancin soez al son de una pandereta.

La campesina sigue partiendo avellanas y se re.

Rodin se acerca al caballo y ve que le pegan en los ojos, s, en los
ojos! El nio llora; se le subleva el corazn y corren sus lgrimas.
Uno de los verdugos le toca el rostro con el ltigo, pero l no lo
siente. Se retuerce las manos y grita. Despus se dirige al viejo de
la barba y cabellos blancos, que mueve la cabeza y condena aquellas
demasas.

Una mujer toma al nio de la mano y quiere apartarlo de esta escena;
pero l se escapa y corre otra vez hacia el caballo. Este, ya casi sin
fuerzas, intenta an cocear.

--Ah, maldito!--exclama Mikolka, deja el ltigo, se baja, toma del
fondo del carro un largo y pesado garrote y lo blande con fuerza con
las dos manos sobre el pobre caballo.

--Lo va a matar!--gritaban en derredor suyo.

--Lo matar!

--Es mo!--grita Mikolka, y el garrote, manejado por dos brazos
vigorosos, cae con estrpito sobre el lomo del animal.

--Fustgalo! Por qu te detienes?--gritan varias voces en el grupo.

De nuevo el garrote se levanta y cae sobre el espinazo de la pobre
bestia. Bajo la violencia del golpe, el caballejo est a punto de
caerse. Sin embargo, hace un supremo esfuerzo con todas las fuerzas
que le quedan; tira, tira en diversos sentidos para escapar de aquel
suplicio, mas por todas partes encuentra los seis ltigos de sus
perseguidores. Mikolka una vez y otra vez golpea a su vctima con el
garrote. Est furioso por no poder matarlo de un solo golpe.

--No quiere morir!--gritan los del grupo.

--No le queda mucho de vida!--observa uno de los que contemplan
regocijados el brbaro espectculo--. Se acerca su ltimo momento.

--Dale con un hacha; es el medio de acabar con l--apunta un tercero.

--Dejadme--dice Mikolka, y suelta el garrote; busca de nuevo en el
carro, y toma una barra de hierro--. Fuera!--grita, y asesta un
violento golpe al pobre caballo.

El penco se tambalea; quiere an tirar, pero un segundo golpe
con la barra le tiende en el suelo, como si le hubiesen cortado
instantneamente los cuatro miembros.

--Acabemos!--alla Mikolka, que, fuera de s, salta del carro.

Algunos mocetones, rojos y avinados, agarran cada cual lo que tienen
ms a mano, ltigos, palos, el garrote, y corren al caballo expirante.
Mikolka, en pie, al lado de la bestia, la golpea sin cesar con la barra
de hierro. El caballo extiende la cabeza y muere.

--Ha muerto!--gritan en el grupo.

--Por qu no quera galopar?

--Era mo!--grit Mikolka, teniendo siempre en la mano la barra.

Tena los ojos inyectados de sangre. Pareca enfurecido porque la
muerte le hubiese quitado su vctima.

--La verdad! T no eres cristiano!--gritan indignados algunos
asistentes.

El pobre nio est fuera de s. Dando voces se abre paso por entre
el grupo que rodea al caballo, levanta la cabeza ensangrentada del
cadver, le besa en el hocico y en los ojos... Despus, en un repentino
arrebato de clera, cierra los puos y se arroja sobre Mikolka. En
aquel momento su padre, que desde hace un rato le buscaba, lo encuentra
al fin y le aparta de la gente.

--Vmonos, vmonos!--le dijo--. Volvamos a casa.

--Pap! por qu han matado al pobre caballo?--solloza el nio; pero
le falta la respiracin; de su garganta salen roncos sonidos.

--Son barbaridades de gente ebria! Nada tenemos que ver con
ellos!--dice el padre.

Rodin le oprime entre sus brazos; pero siente tal fatiga... quiere
respirar, grita, y se despierta.

Raskolnikoff se despert jadeando, con el cuerpo hmedo y los cabellos
empapados de sudor; se sent bajo un rbol y respir con fuerza.

--Gracias a Dios, no ha sido ms que un sueo!--dijo--. Cmo! Ir a
tener fiebre? No sera extrao, despus de un sueo tan horroroso.

Tena quebrantados los miembros, y el alma llena de obscuridad y de
confusin. Apoy los codos en las rodillas y dej caer la cabeza entre
las manos.

--Dios mo!--exclam--. Ser posible, en efecto, que yo tome un
hacha y parta el crneo de aquella mujer?... Ser posible que yo ande
por encima de sangre tibia y viscosa, que fuerce la cerradura, robe y
me oculte, temblando, ensangrentado, con el hacha?... Seor! Ser
posible?

Al decir esto temblaba como la hoja en el rbol.

--Pero, por qu pienso en esas cosas?--continu con profunda
sorpresa--. Veamos; s muy bien que no soy capaz de ello; por qu,
pues, me atormenta esa idea? Ayer, ayer ya, cuando fu a hacer el
_ensayo_, comprend perfectamente que _aquello_ era superior a mis
fuerzas. De dnde procede que siga dando vueltas a la misma idea?
Ayer, al bajar la escalera, iba diciendo que era innoble, odioso,
repugnante... Solamente pensar en tal cosa me aterraba.

No, no me atrever; esto es superior a mis fuerzas. Aunque todos mis
razonamientos no dejasen lugar a duda, aunque todas las conclusiones a
que he llegado durante un mes fuesen claras como el da, exactas como
la Aritmtica, no podra decidirme a dar este paso. No soy capaz! Por
qu pues, por qu ahora...?

Se levant, mir en torno suyo, como si se sorprendiese de estar all,
y se encamin hacia el puente T***. Estaba plido y le brillaban los
ojos. Todo su ser mostraba decaimiento; pero comenzaba a respirar con
ms libertad. Se senta ya libre del horrible peso que durante largo
tiempo le haba oprimido, y su alma recobraba la paz.

--Seor!--exclam--; mustrame mi camino y renunciar a este designio
maldito!

Al atravesar el puente mir tranquilamente el ro, y contempl la
resplandeciente puesta de sol. A pesar de su debilidad, no se senta
cansado. Se hubiera dicho que acababa de recobrar repentinamente la
salud de su espritu. Ahora es libre. Estaba roto el encanto. Haba
cesado de influir sobre l el horrible maleficio.

Ms tarde, Raskolnikoff se acord, minuto por minuto, del empleo de su
tiempo durante aquellos das de crisis; entre otras circunstancias,
vena a menudo a su pensamiento una que, aun cuando en rigor no tena
nada de extraordinario, le preocupaba como una especie de terror
supersticioso, a causa de la accin decisiva que haba ejercido sobre
su destino.

He aqu el hecho que constitua para l siempre un enigma. Por qu
cuando cansado, exhausto, hubiera debido, como era natural, volver a su
casa por el camino ms corto y ms directo, se le haba ocurrido pasar
por el Mercado de Heno en donde nada, absolutamente nada le llamaba?
Verdad era que este rodeo no alargaba mucho su camino; pero resultaba
completamente intil. Se le haba ocurrido mil veces volverse a su casa
sin fijarse en el itinerario recorrido.

--Pero por qu, pues--se preguntaba siempre--, por qu aquel encuentro
tan importante, tan decisivo para m, al mismo tiempo tan fortuito,
que tuve en el Mercado del Heno (adonde no tena para qu ir), se
verific en el momento mismo en que, dadas las disposiciones en que
me encontraba, haba de tener para m las ms graves y terribles
consecuencias?

Tentado estaba de ver en esta fatal coincidencia el efecto de una
predestinacin.

Cerca eran de las nueve cuando el joven lleg al Mercado del Heno. Los
tenderos cerraban sus establecimientos; los vendedores ambulantes se
preparaban, lo mismo que los tratantes, a volver a su casa. Obreros
y desharrapados de toda especie bullan en los alrededores de los
bodegones y tabernas que en el Mercado del Heno ocupaban el piso bajo
de la mayor parte de los edificios. Esta plaza y los _pereuloks_[11]
de sus inmediaciones eran los lugares que Raskolnikoff frecuentaba
de mejor gana cuando sala sin saber adnde ir. All, en efecto, sus
harapos no llamaban la atencin a nadie y poda, l como cualquiera,
pasearse vestido como tuviera por conveniente. En la esquina del
_pereulok_ de K***, un mercader que, como los dems, se dispona a
volver a su casa, hablaba con su mujer y con una conocida que acababa
de aproximarse a ellos. Esta ltima era Isabel Ivanovna, hermana de
Alena Ivanovna, la usurera en cuya casa Raskolnikoff haba entrado la
vspera a empear su reloj y a hacer el _ensayo_.

       [11] Pasaje.

De tiempo atrs saba algo acerca de esta Isabel; ella tambin le
conoca. Era alta y desgarbada solterona de treinta y cinco aos,
tmida, dulce y casi idiota. Temblaba ante su hermana, que la trataba
como esclava, la haca trabajar da y noche y hasta le pegaba.

En aquel momento su fisonoma expresaba indecisin, en tanto que en
pie, con un paquete en la mano, escuchaba atentamente lo que le decan
el vendedor y su mujer.

Estos hablaban de algo importante, a juzgar por el calor que ponan en
sus palabras.

Cuando Raskolnikoff vi de repente a Isabel, experiment una sensacin
extraa parecida a profunda sorpresa, aunque este encuentro no tuviese
nada de asombroso.

--Es preciso que est usted aqu para tratar del negocio, Isabel
Ivanovna--dijo con fuerza el vendedor--. Venga usted maana de seis a
siete. Tambin vendrn los otros.

--Maana?--dijo vacilante Isabel, que pareca temerosa de decidirse.

--Tiene usted miedo a Alena Ivanovna?--dijo vivamente la vendedora,
que era una mujerona enrgica--. No la perder de vista, porque usted
es como una nia. Ser posible que se deje usted dominar hasta
ese punto por una persona que no es, despus de todo, ms que su
hermanastra?

--No diga usted ahora nada a Alena Ivanovna--dijo el marido--. Se lo
aconsejo; venga usted a casa sin consultarla. Se trata de un negocio
ventajoso; su hermana se convencer de ello en seguida.

--De modo que tengo que venir?

--Maana entre seis y siete vendrn tambin los dems; es preciso que
est usted presente para decidir el asunto.

--Le ofreceremos una taza de te--aadi la vendedora.

--Est bien, vendr--respondi Isabel pensativa, y se dispuso a
marcharse.

Raskolnikoff haba pasado ya del grupo formado por las tres personas
y no oy ms. Haba prudentemente acortado el paso, esforzndose por
no perder palabra de la conversacin. A la sorpresa del primer momento
haba sucedido en l un vivo terror. Una casualidad imprevista le
acababa de dar a conocer que al da siguiente, a las siete de la tarde,
Isabel, la hermana, la nica compaera de la vieja, estara fuera, y
que, por lo tanto, al da siguiente, a las siete en punto, la vieja _se
encontrara sola en su casa_.

El joven estaba a algunos pasos de su domicilio. Entr en su casa como
si lo hubiesen condenado a muerte. No pens en nada, ni estaba en
disposicin de pensar; sinti sbitamente en todo su ser que no tena
ni voluntad, ni libre albedro, y que todo estaba definitivamente
resuelto. Ciertamente, hubiera podido esperar aos enteros sin una
ocasin favorable, aun tratando de hacerla nacer como aquella que
acababa de ofrecrsele. En todo caso le habra sido difcil saber
la vspera a ciencia cierta y sin correr el menor riesgo, sin
comprometerse con preguntas imprudentes, que maana a tal hora, tal
vieja, a quien l quera matar, estara sola en su casa.


VI

Raskolnikoff supo despus por qu el vendedor y su mujer haban
invitado a Isabel a venir a su casa. La cosa era sencillsima: una
familia extranjera que, encontrndose muy apurada, quera deshacerse de
algunos efectos, que consistan en vestidos y en ropa interior usada de
mujer. Estas personas deseaban ponerse en relacin con la vendedora.
Isabel ejerca este oficio, y tena una numerosa clientela, porque era
muy formal y deca siempre el ltimo precio. Con ella no haba regateo;
en general hablaba poco, y, como hemos dicho, era muy tmida.

Desde haca algn tiempo Raskolnikoff se haba hecho supersticioso
y, por consiguiente, cuando reflexionaba, sobre todo este asunto,
se inclinaba siempre a ver en l la accin de causas extraas y
misteriosas. El invierno ltimo, un estudiante conocido suyo,
Pokorieff, a punto de volverse a Kharkoff, le haba dado, al
despedirse, la direccin de la vieja Alena Ivanovna, para caso de que
tuviera necesidad de algn prstamo sobre prendas. Pas mucho tiempo
sin ir a casa de la vieja, porque el producto de sus lecciones le
permita ir viviendo. Seis semanas antes de los acontecimientos que
vamos refiriendo, se acord de las seas; posea dos objetos por los
cuales poda prestrsele algo: un reloj de plata que conservaba de su
padre, y un anillo pequeo de oro con tres piedrecitas rojas, que su
hermana le haba dado como recuerdo en el momento de separarse.

Raskolnikoff se decidi a llevar la sortija a casa de Alena Ivanovna.
Desde el primer momento, y antes de que l supiera nada de particular
acerca de ella, la vieja le inspir una violenta aversin. Despus de
haber recibido el dinero entr en un mal _taklir_[12] que encontr al
paso. All pidi te, se sent y psose a reflexionar. Una idea extraa,
todava en estado embrionario en su espritu, le ocupaba por completo.

       [12] Cafetucho.

Ante una mesa vecina a la suya, un estudiante, a quien no se acordaba
de haber visto jams, estaba sentado con un oficial.

Los dos jvenes acababan de jugar al billar y se disponan ahora a
tomar el te. De repente, Raskolnikoff oy al estudiante que daba al
oficial la direccin de Alena Ivanovna, viuda de un secretario de
colegio y prestamista sobre prendas.

Esto slo pareci ya un poco extrao a nuestro hroe: se hablaba de una
persona de cuya casa acababa l de salir. Sin duda, todo ello era pura
casualidad; pero en aquel momento hallbase bajo una impresin que no
poda dominar, y he aqu que, precisamente en aquel momento, alguien
vena a fortificar en l esta impresin. El estudiante comunicaba, en
efecto, a su amigo, diversos pormenores acerca de Alena Ivanovna.

--Es un famoso recurso--deca--; siempre hay medio de procurarse dinero
en su casa. Rica como un judo, puede prestar cinco mil rublos de una
vez, y, sin embargo, acepta objetos que no valen ms que un rublo. Es
una providencia para muchos de nosotros. Pero, qu horrible arpa!

Se puso a contar que era mala, caprichosa; que no conceda siquiera
veinticuatro horas de prrroga, y que toda prenda no retirada en el
da fijo, era irrevocablemente perdida por el deudor; prestaba sobre
un objeto la cuarta parte de su valor y cobraba el cinco y el seis
por ciento de inters mensual, etc. El estudiante, que estaba en vena
de hablar hasta por los codos, aadi que esta horrible vieja era
pequeuela, lo que no le impeda pegar a menudo y tener en completa
dependencia a su hermana Isabel, que meda, por lo menos, dos archines
y ocho verchoks de estatura.

--Es un fenmeno!--exclam, y se ech a rer.

La conversacin recay en seguida sobre Isabel.

El estudiante hablaba de ella con marcado placer y siempre sonriendo.
El oficial escuchaba a su amigo con mucho inters y le suplic que le
enviase a aquella Isabel para que le repasase la ropa.

Raskolnikoff no perdi una palabra de esta conversacin y supo de esta
suerte una multitud de cosas. Ms joven que Alena Ivanovna, de la
cual no era ms que media hermana, Isabel tena treinta y cinco aos
y trabajaba da y noche para la vieja. Adems de los quehaceres de la
cocina, era lavandera, haca labores de costura, que luego venda, iba
a fregar los suelos a las casas, y todo lo que ganaba se lo entregaba a
su hermanastra. No se atreva a aceptar ningn encargo ni trabajo sin
consultar a la usurera, la cual, como Isabel saba muy bien, haba
otorgado ya testamento en el cual no dejaba a su hermana ms que el
mobiliario. Deseosa de tener a perpetuidad sufragios por el eterno
descanso de su alma, dejaba toda su fortuna a un monasterio. Isabel
perteneca a la clase media y no al _tchin_. Era una estantigua, con
pies muy grandes y calzados siempre con anchos zapatos; pero, por otra
parte, iba limpia como una patena. Lo que particularmente asombraba y
haca rer al estudiante, era que Isabel estaba siempre en cinta.

--Pero no dices que es un monstruo?--preguntle el oficial.

--Realmente, es demasiado triguea; parece un soldado vestido de
mujer; pero de eso a que sea un monstruo, hay mucha diferencia. Su
fisonoma revela tanta bondad y tienen sus ojos una expresin tan
simptica que... La prueba es que ella agrada a muchas personas. Es
tan tranquila, tan dulce, tan paciente, tiene un carcter tan bueno y,
adems, su sonrisa es tan bondadosa...

--Ests enamorado de ella?--interrogle, sonriendo, el oficial.

--Hombre, tanto como eso, no; pero me gusta, precisamente por lo rara
que es. En cambio, a esa maldita vieja te aseguro que la matara y la
despojara de todo lo que posee sin escrpulo de conciencia--aadi
vivamente el estudiante.

El oficial lanz una carcajada; pero Raskolnikoff se estremeci. Las
palabras que oa encontraban extrao eco en sus propios pensamientos.

--Vamos a ver--prosigui el estudiante--. Hace un momento me burlaba,
pero ahora hablo en serio. Fjate: de un lado una vieja enfermiza,
necia, un ser que no es til a nadie, y que, por el contrario,
perjudica a muchos, que no sabe ella misma por qu vive y que morir
maana de muerte natural. Comprendes?

--Comprendo--repuso el oficial mirando atentamente a su interlocutor.

--Prosigo. Del otro lado, fuerzas jvenes, frescas, que se quebrantan,
se pierden, faltas de sostn, y esto a millares, por todas partes. Cien
mil obras tiles se podran acometer o mejorar con el dinero legado
por esa vieja a un monasterio; centenares de existencias, millones
quiz, puestas en el buen camino; docenas de familias salvadas de la
miseria, de la disolucin, de la ruina, del vicio, de los hospitales...
y todo ello con el dinero de esa mujer. Si se la matase y se destinase
su fortuna al bien de la humanidad, crees t que el crimen, si eso
fuese un crimen, no estara largamente compensado por millares de
buenas acciones? Por una sola vida, millares de vidas arrancadas a
la perdicin; por una persona suprimida, cien personas devueltas a
la existencia. Se trata de una cuestin aritmtica. Qu pesa en las
balanzas sociales la vida de una vieja necia y mala? Poco ms que la
vida de una hormiga o de un escarabajo; me atrevo a decir que menos,
porque esta vieja es una criatura perversa. Hace poco, en un acceso de
rabia, mordi un dedo a Isabel, y en poco estuvo que no se lo cortase
con los dientes.

--Cierto que es indigna de vivir--respondi el oficial--; pero qu
quieres? la Naturaleza...

--Amigo mo, a la Naturaleza se la corrige, se la endereza; de lo
contrario, viviramos enterrados en prejuicios, no habra un solo
grande hombre. Se habla del deber, de la conciencia. No quiero decir
que est mal, pero, qu sentido damos a estas palabras? Escucha, voy a
plantearte otra cuestin.

--No, chico, ahora me toca a m. Te voy a preguntar una cosa.

--Conforme.

--Vers: t ests ahora perorando con gran elocuencia; pero, dime:
Mataras t, con tus propias manos, a esa vieja?

--Claro que no! pero yo considero esto desde el punto de vista de la
justicia... No se trata de m...

--Pues bien, amigo mo, quieres saber mi opinin? Vas a orlo: Puesto
que no te decidiras a matarla, opino que la cosa no es justa. Vamos a
echar otra partida.

Raskolnikoff era presa de una agitacin extraordinaria. En rigor,
esta conversacin no tena nada de asombroso. Muchas veces haba odo
a los jvenes cambiar entre s anlogas ideas; lo nico que difera
era el tema; mas, por qu el estudiante expresaba precisamente los
mismos pensamientos que en aquel instante bullan en el cerebro de
Raskolnikoff? Y por qu casualidad ste, al salir de la casa de la
vieja, oa hablar de ella? Tal coincidencia le pareci extraa: estaba
escrito que esta insignificante conversacin de caf tuviese en su
destino decisiva influencia.

       *       *       *       *       *

Al volver a su domicilio, se dej caer en el sof y permaneci sentado
en l, sin moverse, durante una hora entera. La obscuridad era
completa; en la habitacin no haba ni vela, ni Raskolnikoff pens
que era necesaria. No hubiera podido precisar si en esta hora haba
pensado algo. Por ltimo, le entraron escalofros febriles, y pens con
satisfaccin que poda echarse del todo en el sof... No tard en caer
en pesado y profundo sueo.

Durmi mucho ms tiempo que de costumbre y sin soar. A Anastasia,
que entr en su habitacin al da siguiente a las diez, le cost gran
trabajo despertarle. La criada le traa pan, y, como la vspera, algo
del te que ella acostumbraba a tomar.

--Aun no se ha levantado!--exclam indignada--. Es posible dormir as?

Raskolnikoff se incorpor con dificultad. Le dola la cabeza. Se puso
en pie, di una vuelta por la habitacin y despus se dej caer de
nuevo en el sof.

--Otra vez!--grit Anastasia--. Ests malo?

El joven no respondi.

--Quieres tomar te?

--Ms tarde--contest penosamente, y luego cerr los ojos y se volvi
del lado de la pared.

Anastasia, en pie, cerca de l, le contempl durante algn tiempo.

--Indudablemente est enfermo--dijo antes de retirarse.

A las dos volvi con la sopa. Encontr a Raskolnikoff acostado an en
el sof. No haba probado el te. La criada se incomod y se puso a
sacudir con fuerza al joven.

--Qu te pasa para dormir tanto?--gru, mirndole con desprecio.

Raskolnikoff se incorpor, pero no respondi una palabra ni levant los
ojos del suelo.

--Ests malo o no lo ests?

Esta pregunta no obtuvo ms respuesta que la primera.

--Deberas salir--dijo ella despus de una pausa--. El aire libre te
sentara bien. Vas a comer, no es verdad?

--Ms tarde--respondi con voz dbil--; vete!--y la despidi con un
ademn.

La criada se detuvo un momento, mir compasivamente al joven y se
march.

Al cabo de algunos minutos, Raskolnikoff levant los ojos, examin
detenidamente el te y la sopa, y se puso a comer.

Tom tres o cuatro cucharadas sin apetito, casi maquinalmente. El
dolor de cabeza se le haba calmado algo, y cuando hubo terminado su
frugal comida se ech de nuevo en el sof; pero, aunque no pudo dormir,
permaneci inmvil, con la cara hundida en la almohada. La imaginacin
le presentaba, sucedindose sin cesar, los cuadros ms extraos.
Figurbase a veces estar en Africa; formaba parte de una caravana
detenida en un oasis; altas palmeras rodeaban el campamento; los
camellos reposaban de sus fatigas; los viajeros se disponan a comer.
El, por su parte, apagaba la sed en el chorro de una cristalina fuente;
el agua azulada y deliciosamente fresca dejaba ver en el fondo del
riachuelo piedrezuelas de diversos colores y arenas de dorados reflejos.

De repente hiri sus odos el sonido de la campana de un reloj; aquel
ruido le hizo temblar, y, adquiriendo nuevamente el sentimiento de
la realidad, se levant de un salto, despus de mirar a la ventana y
calcular la hora que podra ser. Anduvo en seguida de puntillas, se
aproxim a la puerta, la abri suavemente y se puso a escuchar.

El corazn le lata con violencia. La escalera estaba silenciosa,
pareca que todo dorma en la casa.

--Cmo me he dejado vencer en el momento decisivo? Cmo desde ayer
no he hecho nada, ni preparado nada?--se preguntaba a s mismo, no
comprendiendo su negligencia; y, sin embargo, eran quiz las seis las
que acababan de dar.

A su inercia y entorpecimiento sigui bruscamente febril y
extraordinaria actividad. Por otra parte, los preparativos no exigan
mucho tiempo. Haca esfuerzos para pensar en todo y no olvidarse de
nada, y su corazn lata con tal fuerza que dificultaba la respiracin.
Primero tena que hacer un nudo corredizo, y adaptarlo a su gabn;
aquello era cosa de un minuto; busc en la ropa que tena debajo de
la almohada una camisa vieja, sucia e inservible. Despus, con trozos
arrancados a esta camisa, hizo una especie de trenza de un verchot de
ancha y ocho de larga. La dobl en dos partes, se quit el gabn de
verano, que era de una espesa y fuerte tela de algodn (nico sobretodo
que posea), y se puso a coser interiormente, bajo el sobaco izquierdo,
los dos extremos de la trenza. Al ejecutar este trabajo, le temblaban
las manos; pero le qued tan bien, que cuando volvi a ponerse el gabn
no se vea el cosido por la parte de afuera. Se haba proporcionado
mucho tiempo antes la aguja y el hilo, y no tuvo ms que sacar ambas
cosas del cajn de su mesa.

En cuanto al nudo corredizo para colgar el hacha, se le haba ocurrido
un medio muy ingenioso, ya ideado quince das antes. Ir por la calle
con un hacha en la mano, era imposible; por otra parte, ocultar el arma
bajo el gabn, le obligaba a llevar continuamente la mano debajo, y
esto podra llamar la atencin, en tanto que con el nudo corredizo le
bastaba poner en l el hierro del hacha, y quedaba suspendida bajo el
sobaco todo el tiempo de la marcha, sin peligro de que cayera. Poda
tambin impedir que se moviese sin ms que oprimir la extremidad del
mango con la mano metida en el bolsillo del gabn. Este era muy ancho,
un verdadero saco, y la maniobra no podra ser advertida.

Hecho esto, Raskolnikoff meti el brazo bajo la otomana e introduciendo
los dedos en una hendidura del suelo, sac de aquel escondrijo
el objeto empeable de que haba tenido cuidado de proveerse con
anticipacin. Este objeto no era ms que una tableta de madera
acepillada, del tamao que suelen tener las cigarreras de plata. En
uno de sus paseos el joven haba encontrado por casualidad este trozo
de madera en el corral de un taller de carpintera. Tom, adems, una
plaquita de hierro delgada y pulimentada, pero de menos dimensiones,
que haba encontrado tambin en la calle, y despus de juntar una cosa
con la otra (la tabla y la placa), las at fuertemente con un hilo, y
lo envolvi todo en un trozo de papel blanco.

Este paquetito, al cual el joven haba tratado de dar un aspecto todo
lo elegante que le fu posible, qued atado de manera que era muy
difcil desatarlo.

Por tal medio se ocupara momentneamente la atencin de la vieja;
mientras sta estuviese procurando deshacer el nudo, Raskolnikoff
podra elegir el momento oportuno. Haba juntado con la tabla la placa
de hierro para que el supuesto objeto de empeo pesase ms, a fin de
que en el primer momento, por lo menos, la usurera no sospechase que se
le peda dinero a cambio de un pedazo de madera. Apenas Raskolnikoff
acababa de guardarse el hacha en el bolsillo, cuando oy una voz que le
deca en la escalera:

--Ya hace mucho que han dado las seis.

--Dios mo! Mucho?

Se dirigi a la puerta, aplic el odo y se puso a bajar los treinta
escalones sin hacer ms ruido que un gato. Quedaba lo ms importante:
ir a la cocina a recoger el hacha con que se haba determinado a
cometer el crimen. Ya haca tiempo que tena pensado valerse de un
hacha. Haba en su casa una especie de hoz, pero este instrumento
no le inspiraba confianza, y adems desconfiaba de su destreza para
manejarla; as fu que se decidi definitivamente por el hacha.
Advirtamos a propsito de esto una particularidad singular; a medida
que sus resoluciones tomaban un carcter determinado, ms absurdas y
horribles le parecan al joven. A pesar de la lucha desesperada que se
libraba en su interior, no llegaba a admitir ni por un solo instante
que acabara por no poner en ejecucin su sanguinario proyecto.

Si todos los obstculos hubieran sido vencidos, todas las dudas
disipadas, todas las dificultades allanadas, probablemente habra
renunciado a su designio por absurdo, monstruoso e imposible. Pero
le quedaba todava multitud de puntos que esclarecer y de problemas
que resolver. Lo de hacerse con el hacha no inquietaba en modo alguno
a Raskolnikoff, porque esto era muy fcil. Anastasia no estaba casi
nunca por la tarde en casa; acostumbraba salir para chismorrear con sus
amigas o en las tiendas, y ste sola ser el motivo de las reprimendas
de su ama.

No haba ms que entrar cautelosamente en la cocina cuando llegase el
momento oportuno, tomar el hacha y ponerla en el mismo sitio una hora
despus cuando todo hubiese terminado.

Dudaba, empero, que saliese todo a medida de sus deseos.

--Supongamos--pensaba el joven--que dentro de una hora, cuando yo
vuelva a dejar el hacha, haya regresado Anastasia. Naturalmente, en
tal caso tendr que aguardar para entrar en la cocina a que salga la
criada; pero y si durante este tiempo echa de menos el hacha y se
pone a buscarla? Si no la encuentra refunfuar, y quin sabe! armar
un alboroto en la casa. Esto sera una circunstancia que podra ser
funesta.

Sin embargo, no quera pensar en tales pormenores; adems, no tena
tiempo para ello. Se preocupaba de lo ms importante, decidido a
desdear lo accesorio hasta que hubiese tomado una determinacin sobre
lo esencial. Esto ltimo, empero, le pareca irrealizable. No poda
imaginar que en un momento dado cesara de pensar, se levantara e
ira all derechamente... Aun en su reciente _ensayo_ (es decir, en la
visita que haba hecho para tantear el terreno), haba faltado poco
para que el joven hubiese ensayado seriamente. Actor sin conviccin, no
pudo sostener su papel y huy indignado contra s mismo.

No obstante, desde el punto de vista moral, la cuestin estaba
resuelta. La casustica del joven, afilada como una navaja de afeitar,
haba cortado todas las objeciones; pero no encontrndolas en su mente
se esforzaba en buscarlas fuera. Hubirase dicho que, arrastrado por
una potencia ciega, irresistible, sobrehumana, trataba desesperadamente
de encontrar un punto fijo a que agarrarse. Los imprevistos accidentes
de la vspera influan sobre l de una manera automtica del mismo modo
que el hombre a quien el engranaje de la rueda de una mquina le agarra
una parte de su traje acaba por ser despedazado por la misma mquina.

La primera cuestin que le preocupaba sobremanera y en la cual haba
pensado muchas veces, era esta: por qu se descubren tan fcilmente
todos los crmenes y por qu se encuentran con tanta facilidad las
huellas de casi todos los culpables?

Poco a poco lleg a diversas conclusiones muy curiosas. Segn l la
principal razn del hecho consista menos en la imposibilidad material
de ocultar el crimen que en la personalidad misma del criminal. Este
ltimo experimentaba en el momento de cometer el delito una diminucin
de la voluntad y de la inteligencia; por esta razn sola proceder con
aturdimiento infantil, con ligereza fenomenal, precisamente cuando la
circunspeccin y la prudencia le eran ms necesarias.

Raskolnikoff comparaba este eclipse del juicio y este desfallecimiento
de la voluntad, a una afeccin morbosa que se desarrolla por grados,
que llega al mximum de intensidad poco antes de la perpetracin del
crimen, que subsista en la misma forma durante la comisin de l y aun
algunos momentos despus (ms o menos tiempo segn los individuos) para
cesar luego como cesan todas las enfermedades. Un punto no esclarecido
era el de saber si la enfermedad determina el crimen o si el crimen,
por su naturaleza propia, va acompaado siempre de algn fenmeno
morboso; pero el joven no se senta capaz de resolver esta cuestin.

Razonando de esta manera lleg a persuadirse de que l personalmente
estaba al abrigo de semejantes trastornos morales, y de que conservara
la plenitud de su inteligencia y de su voluntad, durante la empresa,
sencillamente porque su empresa no era un crimen... No referiremos
la serie de argumentos que le haban conducido a esta ltima
conclusin. Nos limitamos a decir que en sus preocupaciones, al lado
prctico, las dificultades puramente materiales de ejecucin, quedaban
en el segundo trmino. Que conserve yo mi presencia de espritu, mi
fuerza de voluntad, y cuando llegue el momento triunfar de todos los
obstculos... Pero no pona manos a la obra. Menos que nunca crea
en la persistencia final de sus resoluciones, y al sonar la hora se
despert como de un sueo.

No estaba an al pie de la escalera cuando una circunstancia
insignificante vino a desconcertarle. Llegado al descansillo en que
estaba el cuarto de su patrona, encontr, como siempre, abierta de par
en par la puerta de la cocina, y mir discretamente: estando ausente
Anastasia, no era posible que estuviese all la patrona? Y aunque
no se hallase en la cocina, tendra bien cerrada la puerta de su
habitacin? No podra verle cuando entrase por el hacha? Era necesario
cerciorarse. Pero, cul no sera su estupor al ver que Anastasia,
contra su costumbre, estaba en la cocina! Ms todava: que andaba muy
atareada, sacando ropa del cesto y tendindola en unas cuerdas. Al
aparecer el joven, la criada, interrumpiendo su trabajo, se volvi
hacia l y no dej de mirarle hasta que se hubo alejado.

Raskolnikoff volvi los ojos y pas como si no se hubiera fijado
en nada; pero aqulla era cosa concluda: no tena hacha. Esta
circunstancia fu para l un golpe terrible.

--De dnde haba sacado yo--pensaba al bajar los ltimos peldaos de
la escalera--que precisamente en este momento haba salido Anastasia?
Por qu se me habr metido tal cosa en la cabeza?

Sentase como aplastado, como anonadado. Su despecho le impulsaba a
burlarse de s mismo. Herva en todo su ser una clera salvaje.

Se detuvo indeciso en la puerta cochera; vagar por las calles, salir
sin objeto, no le apeteca; pero aun le era ms desagradable volver
a subir. Y pensar que he perdido para siempre tan buena ocasin!,
murmur enfrente del cuarto del _dvornik_, cuarto que estaba tambin
abierto.

De repente se ech a temblar. En la garita del portero, a dos pasos de
Raskolnikoff, debajo del banco, brillaba un hacha... El joven mir en
derredor suyo. Nadie. Se aproxim suavemente al chiribitil, baj dos
escaloncitos y llam con voz dbil al _dvornik_: Vamos, no est en su
casa; pero no debe de andar lejos, porque no ha cerrado la puerta.
De pronto, como un rayo, se lanz hacia el hacha y la sac de debajo
del banco donde estaba entre dos troncos. En seguida pas el arma
por el nudo corredizo, se meti las manos en los bolsillos y sali.
Nadie le vi. No es la inteligencia la que me ayuda, es el diablo,
pens, sonrindose de un modo extrao. Aquella casualidad contribuy
poderosamente a darle valor.

Caminaba lenta, gravemente, temeroso de despertar sospechas. Apenas
miraba a los transeuntes a fin de atraer lo menos posible la atencin.
De repente pens en su sombrero. Dios mo! Anteayer tena dinero y
hubiera podido comprarme una gorra! Del fondo de su alma brot una
imprecacin. Una ojeada que por casualidad dirigi a una tienda donde
haba un reloj colgado de la pared, le hizo saber que eran ya las siete
y diez. Urga el tiempo, y, sin embargo, tena que dar un rodeo para
que no se le viese llegar de aquel lado a la casa.

Entretanto se verificaba en l un extrao fenmeno; en contra de lo
que se figuraba, no senta miedo alguno; as, en vez de preocuparse
por el crimen que se dispona a cometer, otros sentimientos ajenos a
su empresa ocupaban su espritu. Al pasar por delante del jardn de
Jussupoff pensaba que sera conveniente establecer en todas las plazas
pblicas fuentes monumentales que refrescasen la atmsfera. Luego, por
una serie de transiciones insensibles, comenz a fantasear que si al
jardn de Verano se le diese toda la extensin del campo de Marte y se
le aadiese el jardn del palacio Miguel, San Petersburgo ganara con
ello higinica y artsticamente considerado.

Del mismo modo, sin duda, las personas que son conducidas al suplicio
se fijan en todos los objetos que encuentran en el camino. Se le
ocurri esta idea; pero se apresur a desecharla. En tanto se aproxim:
vi la casa, vi la puerta. De repente oy que un reloj daba una sola
campanada. Cmo! Sern ya las siete y media? Imposible! Ese reloj
adelanta.

Tambin esta vez la casualidad sirvi a Raskolnikoff. Como si lo
hubiera hecho a propsito, en el momento mismo en que llegaba frente a
la casa, entraba por la puerta cochera una enorme carreta cargada de
heno. El joven pudo franquear el umbral sin ser visto, deslizndose por
el espacio que quedaba entre la carreta y la pared. Cuando estuvo en
el patio, tom rpidamente por la derecha. Del otro lado de la carreta
disputaban algunos hombres. Raskolnikoff les oa gritar pero ninguno se
fij en l ni l por su parte encontr a nadie. Muchas de las ventanas
que daban a aquel inmenso patio cuadrado estaban abiertas: sin embargo,
no levant la cabeza. Su primer movimiento fu ganar la escalera de la
vieja que era la de la derecha.

Conteniendo la respiracin y con la mano apoyada en el corazn para
comprimir sus latidos, se puso a subir los peldaos, cerciorndose
antes de que el hacha estaba bien sujeta por el nudo corredizo. A cada
minuto se paraba a escuchar; pero la escalera estaba completamente
desierta y todas las puertas cerradas. En el segundo piso haba un
cuarto desalquilado, que estaba abierto, y en donde trabajaban algunos
pintores; pero stos no vieron a Raskolnikoff, que se detuvo un
instante para reflexionar, y luego continu subiendo. Mejor hubiera
sido que no estuviesen; pero por encima de ellos, hay todava dos
pisos.

Lleg al cuarto piso sin encontrarse con nadie, y se hall ante la
puerta de Alena Ivanovna, donde volvi a detenerse para reflexionar.
El cuarto de enfrente estaba desocupado. En el tercero, la habitacin
situada precisamente por debajo de la de la vieja, se hallaba tambin
vaca, segn todas las apariencias: la tarjeta que antes haba en la
puerta, no estaba: los inquilinos se haban ido... Raskolnikoff se
ahogaba. Vacil un momento. No sera mejor que me fuera? Pero sin
responder a esa pregunta, se puso a escuchar; no oy ningn ruido en
casa de la vieja; en la escalera el mismo silencio. Despus de haber
estado escuchando largo rato, el joven ech una mirada en torno suyo y
tent nuevamente su hacha. No estar demasiado plido?--pens--. No
se notar mi agitacin? Esa mujer es muy desconfiada. Debiera esperar a
que se calmase mi emocin.

Pero, lejos de calmarse, eran cada vez ms violentas las pulsaciones
del corazn del joven. No pudo contenerse ms, y extendiendo lentamente
la mano hacia el cordn de la campanilla, tir de l. Al cabo de medio
minuto llam de nuevo, con ms fuerza. Ninguna respuesta; llamar
violentamente hubiera sido intil y hasta imprudente. La vieja de
seguro estaba en su casa; pero como era desconfiada, deba serlo ms en
este momento en que se encontraba sola. Raskolnikoff conoca en parte
las costumbres de Alena Ivanovna. De nuevo aplic el odo a la puerta.
Su excitacin desarrollaba en l una agudeza particular de sensaciones
(lo que en general es difcil de admitir), o en rigor el ruido era
fcilmente perceptible.

Sea como fuere, le pareci or que una mano se apoyaba con precaucin
en la cerradura, escuchaba, esforzndose por disimular su presencia.
No queriendo parecer que se ocultaba, el joven llam por tercera vez
pero suavemente para no denunciar su impaciencia. Aquel instante dej
a Raskolnikoff un recuerdo imborrable. Cuando despus pensaba en ello,
no acertaba a explicarse cmo haba podido desplegar tanta astucia
precisamente en el momento en que su emocin era tal que le quitaba el
uso de sus facultades intelectuales y fsicas. Al cabo de un instante
oy que descorran el cerrojo.


VII

Lo mismo que en su visita anterior, Raskolnikoff vi entreabrirse la
puerta lentamente y por la estrecha abertura dos ojos muy brillantes
que se fijaban en l con expresin de desconfianza. Entonces le
abandon su sangre fra y cometi una falta que hubiera podido dar al
traste con todo.

Temiendo que Alena Ivanovna tuviese miedo de encontrarse sola con
un visitante de aspecto poco tranquilizador, tir de la puerta con
violencia hacia s para que la vieja no procurase cerrarla. La usurera
no intent siquiera hacerlo, pero no quit la mano de la cerradura,
de manera que falt poco para que cayera de bruces en el descansillo,
hacia donde se abra la puerta. Como Alena Ivanovna permaneca de pie
en el umbral para no dejar el paso libre, el joven avanz hacia ella.
Aterrada la vieja di un salto hacia atrs; pero no pudo pronunciar una
palabra y mir a Raskolnikoff abriendo los ojos desmesuradamente.

--Buenas tardes, Alena Ivanovna--dijo l con el tono ms natural
que pudo; pero en vano trataba de fingir; su voz era entrecortada y
temblorosa--; traigo un objeto, pero entremos: para examinarlo hay que
verlo a la luz...

Y sin esperar a que se le dijera que pasase, penetr en la habitacin.
La vieja se le acerc vivamente; ya se le haba desanudado la lengua.

--Seor!... Qu quiere usted, quin es usted, qu se le ofrece?

--Vamos, Alena Ivanovna!; usted me conoce muy bien... Raskolnikoff;
tenga usted paciencia. Vengo a empear esta alhaja de la que le habl
el otro da--y le alarg el paquete.

Alena Ivanovna iba a examinarlo, cuando de repente cambi de idea,
y levantando los ojos dirigi una mirada penetrante, irritada y
desconfiada sobre aquel importuno que se le meta en casa con tan poca
ceremonia. Raskolnikoff hasta crey advertir cierta especie de burla en
los ojos de la vieja, como si sta lo hubiese adivinado todo. Se daba
cuenta el joven de que perda la serenidad, de que tena casi miedo, de
que si aquella muda investigacin se prolongaba medio minuto, iba, sin
duda, a echar a correr.

--Por qu me mira usted de ese modo, como si no me conociese?--dijo
irritndose a su vez--. Si usted quiere eso, lo toma, si no, lo deja;
ir a otra parte con ello; es intil que me haga usted perder el tiempo.

Se le escaparon estas palabras sin que las hubiera premeditado.

El lenguaje resuelto del visitante tranquiliz a la usurera.

--Qu prisa hay, _batuchka_? Qu es eso?--pregunt mirando el paquete.

--Una cigarrera de plata; ya se lo dije a usted la otra tarde.

La vieja extendi la mano.

--Qu plido est usted! Est usted malo, _batuchka_?

--Tengo fiebre--respondi con voz brusca--. Cmo no he de estar
plido?... Cuando uno no tiene que comer...--acab de decir, no sin
esfuerzo--, le abandonan las fuerzas de nuevo.

La respuesta pareca verosmil; la vieja tom el paquete.

--Qu es esto?--pregunt por segunda vez, y tanteando el peso de la
prenda, mir fijamente a su interlocutor.

--Una petaca de plata... mrela usted.

--Cualquiera dira que no es plata... Oh, cmo la han atado!

En tanto que Alena Ivanovna haca esfuerzos por desatar el hilo, se
haba aproximado a la luz. (Todas las ventanas estaban cerradas, a
pesar del calor sofocante que haca.) En esta posicin daba la espalda
a Raskolnikoff, y durante algunos segundos no se ocup en l. El joven
se desabroch el gabn y separ el hacha del nudo corredizo; pero
sin sacarla todava, se limit a tenerla con la mano derecha debajo
del sobretodo. Senta una terrible debilidad en todos sus miembros.
Comprenda que cada instante que pasaba su debilidad iba en aumento;
tema que se le escapase el hacha de la mano, y le pareca que todo le
daba vueltas en su derredor.

--Pero qu hay aqu dentro?--grit colricamente Alena Ivanovna, e
hizo un movimiento en direccin a Raskolnikoff.

No haba tiempo que perder. Sac el joven el hacha de debajo del gabn,
la levant con las dos manos casi maquinalmente, porque no tena
fuerzas, y la dej caer sobre la cabeza de la vieja. De repente, en
cuanto hubo dado el golpe, sinti Raskolnikoff que recobraba toda su
energa fsica.

Alena Ivanovna, como de costumbre, no llevaba nada en la cabeza.
Sus cabellos, grises y escasos, y, como siempre, untados de aceite,
recogalos, formando trenzas en la nuca con un trozo de peineta de
cuerno. El golpe di precisamente en la coronilla, a lo cual contribuy
la escasa estatura de la vctima. La usurera lanz un grito dbil y
cay desplomada teniendo, sin embargo, todava fuerzas para llevarse
los brazos a la cabeza. En una de las manos conservaba la prenda.
Entonces Raskolnikoff que, como hemos dicho, haba recobrado todo su
vigor, asest dos nuevos hachazos en el occipucio de la vieja. La
sangre brot a chorros y el cuerpo qued exnime. El joven se ech
hacia atrs y en cuanto vi a la anciana sin movimiento se inclin para
mirarla: estaba muerta; los ojos, desmesuradamente abiertos, parecan
salirse de las rbitas, y las convulsiones de la agona daban a su
rostro la expresin de una horrible mueca.

El asesino dej el hacha en el suelo e inmediatamente se puso a
registrar el cadver, tomando todo gnero de precauciones para no
mancharse de sangre. Se acordaba de haber visto la ltima vez a Alena
Ivanovna buscar las llaves en el bolsillo derecho de su vestido. Se
hallaba en plena posesin de su inteligencia. No experimentaba ni
aturdimiento ni vrtigos; pero seguan temblndole las manos. Ms
tarde record que haba sido muy prudente, y que haba puesto mucho
cuidado en no mancharse. No tard en encontrar las llaves. Como el da
anterior, estaban todas reunidas en una anilla de acero.

Despus de haberse apoderado de ellas, Raskolnikoff entr en la alcoba.
Era sta muy pequea, y haba en ella un estante lleno de imgenes
piadosa; en el otro lado una gran cama muy limpia con una colcha de
seda almohadillada y hecha de pedazos cosidos. En la otra pared una
cmoda. Cosa extraa; apenas hubo comenzado el joven a servirse de
las llaves para abrir este mueble, le recorri todo el cuerpo un
escalofro. Estuvo tentado de renunciar a todo y marcharse; pero esta
idea dur slo un momento; era demasiado tarde para retroceder.

Hasta lleg a sonrerse de haber podido pensarlo, cuando, de repente,
sinti una terrible inquietud: Si por acaso la vieja no estuviera
muerta y recobrase el sentido? Dejando las llaves en la cmoda, acudi
vivamente cerca del cuerpo, tom el hacha y se dispuso a dar otro golpe
a su vctima; pero el arma, ya levantada, no cay; no haba duda de
que Alena Ivanovna estaba muerta. Inclinndose de nuevo sobre ella
para examinarla ms de cerca, Raskolnikoff se convenci de que la
mujer tena el crneo partido. En el sucio se haba formado un lago de
sangre. Viendo de improviso que la vieja tena un cordn al cuello, el
joven tir de l violentamente; pero el cordn ensangrentado era recio
y no se rompi.

El asesino trat entonces de quitrselo, haciendo que se deslizase
a lo largo del cuerpo; pero no fu ms afortunado en esta segunda
tentativa; el cordn encontr un obstculo y no pasaba. Impaciente
Raskolnikoff, blandi el hacha, pronto a descargarla sobre el cadver
para cortar con el mismo golpe aquel maldito cordn. Sin embargo, no
pudo resolverse a proceder con aquella brutalidad. Al cabo, despus de
dos minutos de esfuerzos que le pusieron rojas las manos, logr cortar
el cordn con el filo del hacha, sin herir el cuerpo de la muerta.
Como haba supuesto, lo que la vieja llevaba al cuello era una bolsa.
Tambin estaban sujetas al cordn una medallita esmaltada y dos cruces,
la una de madera de ciprs, la otra de cobre. La bolsa, grasienta (un
saquito de piel de camello), estaba completamente llena. Raskolnikoff
se la meti en el bolsillo sin mirar lo que contena; arroj las cruces
sobre el pecho de la vieja, y tomando el hacha volvi a entrar con ella
apresuradamente en la alcoba.

La impaciencia le devoraba, y puso mano a la obra de desvalijamiento;
pero sus tentativas para abrir la cmoda eran infructuosas, no tanto
por el temblor de las manos, como por sus continuas torpezas. Vea,
por ejemplo, que tal llave no era de la cerradura y se obstinaba, sin
embargo, en hacerla entrar.

De pronto se acord de una conjetura que haba hecho en su anterior
visita: aquella gruesa llave que estaba con las otras pequeas en la
anilla de acero, deba de ser no de la cmoda, sino de alguna caja en
que acaso la vieja tena encerrados todos sus valores. Sin ocuparse
ms en la cmoda, mir bajo la cama, sabiendo que los viejos tienen
la costumbre de ocultar en ese sitio sus tesoros. En efecto, haba
all un cofre de poco ms de una archina de largo y cubierto de cuero
rojo. La llave dentellada entraba perfectamente en la cerradura. Cuando
Raskolnikoff levant la tapa, vi colocados sobre un trapo blanco
un abrigo forrado de piel de liebre con guarnicin roja, debajo del
abrigo una falda de seda y despus un chal; el fondo pareca contener
solamente trapos. El joven comenz por secarse las manos ensangrentadas
en la guarnicin roja. Sobre lo rojo, la sangre se conocer menos. De
pronto pareci como que volva en s: Seor! Me habr vuelto loco?,
murmur con terror.

Pero apenas empez a registrar aquellas ropas, cuando de debajo de la
piel se desliz un reloj de oro. En vista de esto, revolvi de arriba
abajo el contenido del cofre. Entre los vestidos se hallaban objetos
de oro, sin duda depositados como empeos, en manos de la usurera,
brazaletes, cadenas, pendientes, alfileres de corbata, etc.; los unos
encerrados en sus estuches, los otros anudados con una cinta en un
pedazo de peridico doblado en dos partes.

Raskolnikoff no vacil; meti mano a todas estas alhajas y se llen los
bolsillos del pantaln y del gabn sin abrir los estuches ni deshacer
los paquetes; pero de pronto fu interrumpido en esta maniobra. En
la habitacin donde estaba la vieja sonaron pasos. Se detuvo helado
de terror. Pero el ruido haba cesado, el joven empezaba a creer que
haba sido engaado por una alucinacin de su odo, cuando de sbito
percibi, distintamente, un ligero grito o ms bien un gemido dbil y
entrecortado. Al cabo de uno o dos minutos, todo volvi a quedar en un
silencio de muerte. Raskolnikoff, sentado en el suelo cerca del cofre,
esperaba respirando apenas. De repente di un salto, tom el hacha y se
lanz fuera de la alcoba.

En medio de la sala, Isabel, con un gran bulto en las manos,
contemplaba aterrorizada el cadver de su hermana, y, plida como la
cera, pareca no tener fuerzas para gritar ante la brusca aparicin del
asesino. Comenz a temblar, trat de levantar el brazo, de abrir la
boca; pero no pudo dar ni un grito, y andando hacia atrs lentamente
con la mirada fija en Raskolnikoff, fu a refugiarse en un rincn de
la sala. La pobre mujer hizo esto sin gritar, como si le faltase el
aliento. El asesino se lanz sobre ella con el hacha levantada; los
labios de la infeliz tomaron la expresin lastimera que suelen tomar
los de los nios pequeos cuando estn espantados.

Tal horror senta la desdichada, que aunque vi que el hacha se
levantaba sobre ella, no pens ni aun en defender la cara, llevndose
las manos a la cabeza con un movimiento maquinal que sugiere en
semejantes casos el instinto de conservacin. Apenas si levant el
brazo izquierdo extendindolo lentamente en direccin del agresor, que
descarg sobre Isabel un golpe terrible. El hierro del hacha penetr
en el crneo, hendi toda la parte superior de la frente y lleg casi
hasta el occipucio: Isabel cay rgida, muerta. Sin saber lo que haca,
Raskolnikoff tom el paquete que la vctima tena en la mano; despus
lo tir y sali al recibimiento.

Estaba aterrado a causa de aquel nuevo asesinato que no haba sido
premeditado por l. Quera desaparecer cuanto antes. Si hubiese
podido darse mejor cuenta de las cosas; si hubiese calculado todas las
dificultades de su posicin, si la hubiera previsto tan desesperada,
tan horrible, tan absurda, como era; si hubiera comprendido bien los
obstculos que quedaban por vencer, quiz los crmenes que tendra
que perpetrar para huir de aquella casa y entrar en la suya...
probablemente habra renunciado a la lucha para correr a denunciarse,
y no por cobarda, sino por horror de lo que haba hecho. Esta
impresin le iba dominando. Por nada del mundo se habra aproximado a
la caja ni entrado en la alcoba.

Poco a poco, sin embargo, comenzaron a surgir en su espritu otros
pensamientos, y cay en una especie de delirio. Por momentos el asesino
pareca olvidarse de s mismo, o ms bien, de olvidar lo principal,
para fijarse en lo insignificante. Una mirada dirigida a la cocina le
hizo descubrir un cubo medio lleno de agua, y se le ocurri lavarse
las manos y limpiar el hacha. A causa de la sangre tena pegajosas
las manos. Despus de haber metido el hierro del arma en el agua,
tom un pedazo de jabn que haba en el poyo de la ventana y comenz
a refregarse las manos. Cuando se las hubo lavado, enjug el hierro
del hacha y en seguida emple tres minutos en jabonar el mango, para
hacer desaparecer las salpicaduras de sangre. Despus lo sec todo con
un pao de cocina que estaba colgado en una cuerda. Hecho esto, se
aproxim a la ventana, con objeto de examinar atenta y detenidamente el
hacha. Las huellas acusadoras haban desaparecido; pero el mango estaba
hmedo. Raskolnikoff ocult cuidadosamente el arma bajo su gabn,
colocndola en el nudo corredizo; despus hizo una inspeccin minuciosa
de sus vestidos con todo el cuidado que le permita la dbil luz que
iluminaba la cocina. A primera vista el pantaln y el gabn no tenan
nada de sospechoso; pero en los zapatos observ algunas manchas. El
joven las limpi con un trapo humedecido en agua.

No obstante, estas precauciones no le tranquilizaban ms que a medias,
porque vea mal y comprenda que podan pasarse inadvertidas algunas
manchas. Permaneci irresoluto en medio de la sala bajo la influencia
de un pensamiento sombro y angustioso: el pensamiento de que se volva
loco, de que en aquel momento era incapaz de tomar una determinacin ni
de velar por su seguridad y de que su manera de proceder no era la que
convena en las circunstancias presentes...

--Dios mo, debo irme; irme en seguida!--murmur y se lanz al
recibimiento, en donde le esperaba un susto mayor de los que hasta
entonces haba experimentado. Se qued inmvil, no atrevindose a
dar crdito a sus ojos: la puerta del cuarto, la puerta exterior que
daba al descansillo, la misma en que l haba llamado haca poco,
por la cual haba entrado, estaba abierta: hasta este momento haba
permanecido entreabierta: acaso por precaucin, la vieja, ni haba dado
vuelta a la llave ni echado el cerrojo. Pero Dios mo! el joven haba
visto en seguida a Isabel. Cmo no se le ocurri que la vendedora
haba entrado por la puerta? No haba podido penetrar en el cuarto a
travs de la pared.

Cerr la puerta y ech el cerrojo.

--Pero no; no es eso lo que debo hacer. Es menester partir, huir
inmediatamente.

Descorri el cerrojo, y despus de haber abierto la puerta, se puso a
escuchar largo rato en la escalera. Abajo, probablemente en la puerta
cochera, dos voces ruidosas se insultaban. Esper pacientemente. Por
ltimo, callaron las voces; los dos alborotadores se haban ido cada
cual por su lado. Iba ya el joven a salir cuando en el piso inferior
se abri con estrpito una puerta y alguien empez a bajar tarareando
una cancin. Qu les pasaba a esta gente para armar tanto ruido? Cerr
de nuevo la puerta, esperando otra vez dentro del cuarto. Finalmente
se restableci el silencio; pero en el instante en que Raskolnikoff se
dispona a bajar, percibi un nuevo rumor.

Eran pasos todava distantes, que resonaban en los primeros peldaos
de la escalera; sin embargo, en cuanto empez a orlos, adivin la
verdad--: Vienen _aqu_, al cuarto piso, a casa de la vieja.

De dnde provena aquel presentimiento? Qu tena de significativo el
ruido de aquellos pasos? Eran pesados, regulares, y ms bien lentos que
ligeros...

--Ya _l_ ha llegado al primer piso... se le oye cada vez mejor...
resuella como un asmtico... ya llega al tercer piso... aqu!

Y Raskolnikoff experiment sbitamente una parlisis general, como
ocurre en una pesadilla cuando uno se cree perseguido por varios
enemigos: estn a punto de alcanzaros, os van a matar y os quedis como
clavados en el suelo imposibilitados de moveros.

El desconocido comenzaba a subir el tramo del cuarto piso.

Raskolnikoff, a quien el espanto haba tenido inmvil en el
descansillo, pudo, por ltimo, sacudir su estupor y entrando
apresuradamente en el cuarto cerr la puerta y corri el cerrojo,
teniendo cuidado de hacer el menor ruido posible. El instinto, ms bien
que el razonamiento, le gui en estas circunstancias.

Armse despus del hacha, se arrim a la puerta y se puso a escuchar,
sin atreverse a esperar siquiera. Ya el visitante estaba en el
descansillo.

No haba entre los dos hombres ms que el espesor de una tabla. El
desconocido se encontraba frente a frente de Raskolnikoff en la
situacin en que ste se haba encontrado respecto de la vieja.

El visitante respir varias veces con fatiga.

Debe ser grueso y alto, pens el joven, apretando con la mano el
mango del hacha. Todo aquello pareca un sueo. Al cabo de un momento,
el visitante di un fuerte campanillazo. Crey percibir cierto ruido en
la sala. Durante algunos segundos escuch atentamente; llam despus
de nuevo, esper todava un poco, y de pronto, perdida la paciencia,
se puso a sacudir la puerta con todas sus fuerzas. Raskolnikoff
contemplaba con terror el cerrojo que temblaba en su ajuste; tema
verlo saltar de un momento a otro. Pens sujetar el cerrojo con la
mano; pero el hombre hubiera podido desconfiar. La cabeza comenzaba
a rsele de nuevo. Estoy perdido!, se dijo; sin embargo, recobr
sbitamente nimos, cuando el desconocido rompi el silencio.

--Estarn durmiendo o las habrn estrangulado? Malditas
mujeres!--murmuraba en voz baja el visitante--. Eh, Alena Ivanovna,
vieja bruja! Isabel Ivanovna, belleza indescriptible! Abrid!

Exasperado, llam diez veces seguidas todo lo ms fuerte que pudo. Sin
duda aquel hombre tena confianza en la casa y dictaba en ella la ley.

As pensaba Raskolnikoff cuando, de improviso, sonaron en la escalera
pasos ligeros y rpidos. Era, sin duda, otro que suba al cuarto piso.
El joven no se enter al pronto de la llegada del recin venido.

--Es posible que no haya nadie?--dijo una voz sonora y alegre,
dirigindose al primer visitante, que continuaba tirando de la
campanilla--. Buenas tardes, Koch!

Por el timbre de la voz comprendi Raskolnikoff que era un jovenzuelo.

--El demonio lo sabe; poco ha faltado para que haya saltado la
cerradura!--respondi Koch--; pero usted, cmo me conoce?

--Vaya una pregunta! No le gan a usted anteayer en el caf Gambrinus
tres partidas seguidas de billar?

--Ah!

--De modo que no estn? Es extrao, y adems estpido. A dnde habr
ido la vieja? Tena que hablarle.

--Yo tambin.

--De modo que no hay ms remedio que marcharse? Qu hacer? Y yo que
vena a pedirle dinero prestado!--exclam el joven.

--En efecto; no hay ms remedio que marcharse. Pero no comprendo por
qu no est la bruja en casa habindome dado una cita. Pues hay una
buena caminata de aqu a mi casa! Y a dnde demonios habr ido? Esta
bruja no se mueve en todo el ao, puede decirse que echa races en su
casa, tiene malas las piernas... y de repente se va de parranda!

--Podamos preguntarle al portero.

--Para qu?

--Toma! para saber a dnde ha ido y cundo volver.

--Hum... preguntar!... pero si no sale nunca!--y tir del cordn de
la campanilla--. Vaya, es intil, hay que marcharse!

--Espere usted!--grit de repente el joven--. Fjese, vea usted cmo
resiste la puerta cuando se tira de ella.

--Y qu?

--Esto prueba que no est cerrada con llave, sino con cerrojo. Mire
usted, mire usted cmo suena!

--Y qu?

--Pero no comprende usted todava? Eso prueba que una, por lo menos,
est en casa. Si las dos hubieran salido, habran cerrado la puerta por
fuera con llave, y claro es que no hubieran podido echar el cerrojo por
dentro. Repare usted el ruido que hace. Es evidente que para pasar el
cerrojo tiene que estar en casa. Comprende usted? De modo, que estn
dentro y no quieren abrir.

--Pues es verdad!--exclam Koch asombrado--. De manera que estn ah?

Y se puso a sacudir furiosamente la puerta.

--No siga usted--dijo el joven--; aqu pasa algo extraordinario...
Usted ha llamado... ha sacudido la puerta con todas sus fuerzas y ellas
no abren; luego, o estn desmayadas o..

--Qu?

--Hay que llamar al _dvornik_ para que las despierte.

--Buena idea!

Los dos empezaron a bajar.

--Espere usted, qudese aqu; ir yo a buscar al _dvornik_.

--Para qu me he de quedar?

--Oh! Quin sabe lo que puede ocurrir?

--Est bien.

--Ver usted; yo me dispongo a ser juez de instruccin. Aqu hay algo
que no est claro; esto es evidente, evidentsimo.

Y as diciendo el joven baj de cuatro en cuatro los peldaos de la
escalera.

Cuando se qued solo, Koch llam otra vez, pero suavemente; despus
se puso con aire distrado a empujar el botn de la cerradura para
cerciorarse de que la puerta estaba cerrada nada ms que con cerrojo.
Luego, resoplando como un fuelle, se baj para mirar por el ojo de la
llave, pero sta estaba puesta por dentro, de modo que no pudo ver nada.

En pie, del otro lado de la puerta, estaba Raskolnikoff con el hacha
en la mano y dispuesto a deshacer el crneo al primero que osara
asomar la cabeza. Ms de una vez, oyendo a los dos curiosos hurgar
en la puerta y concertarse entre s, estuvo a punto de acabar de una
vez y de interpelarlos, pero sin abrir. Por momentos senta deseos de
injuriarlos, de insultarlos, de abrir la puerta para hacerles entrar y
matarlos a ambos. Mejor ser que acabe cuanto antes--pensaba.

--Qu diablo! No sube nadie!--se dijo Koch, comenzando a perder la
paciencia--. Qu diablo!--volvi a decir, y fastidiado de esperar
abandon su puesto para bajar en busca del joven.

Poco a poco dej de orse el ruido de sus botas, que resonaban
pesadamente en la escalera.

--Qu hacer, Dios mo, qu hacer?

Raskolnikoff descorri el cerrojo y entreabri la puerta. Tranquilizado
por el silencio que reinaba en la casa, y, por otra parte, incapaz de
reflexionar en aquel momento, sali, cerr detrs de s lo mejor que
pudo, y empez a bajar la escalera.

Haba descendido ya muchos escalones, cuando se produjo abajo un gran
estrpito. Dnde ocultarse? No haba medio de esconderse en ninguna
parte, y volvi a subir apresuradamente.

--Eh, pardiez, espera, aguarda!

El que lanzaba estas voces acababa de salir de un cuarto situado en los
pisos inferiores y bajaba a saltos gritando:

--Mitka! Mitka! Mitka! El demonio se lleve a ese loco!

La distancia no permiti or ms. El hombre que profera aquellas
exclamaciones estaba ya lejos de la casa. El silencio se restableci;
pero apenas haba cesado esta alarma cuando le sucedi otra. Varios
individuos que hablaban entre s en voz alta suban tumultuosamente la
escalera. Eran tres o cuatro. Raskolnikoff reconoci la voz chillona
del joven estudiante.

--Son ellos--se dijo, y sin procurar ya escapar, se fu derechamente
a su encuentro--. Ocurra lo que quiera--aadi. Si me detienen, todo
ha terminado; y si me dejan escapar, tambin, porque se acordarn de
haberme visto en la escalera.

Iba ya a reunirse con ellos, pues slo les separaba un piso, cuando
de repente vi la salvacin. A pocos escalones delante de l, a la
derecha, haba un cuarto desalquilado, completamente abierto, el mismo
donde trabajaban los pintores; pero, como si lo hubieran hecho adrede,
stos acababan de dejarlo.

Eran, sin duda, los que un momento antes haban salido vociferando. Se
vea que la pintura estaba todava fresca; en medio de la sala haban
dejado los obreros sus tiles, una cubeta, un cacharro con color y
una brocha. En un abrir y cerrar de ojos Raskolnikoff se escurri en
el cuarto desalquilado y se arrim cuanto pudo a la pared. Ya era
tiempo: sus perseguidores llegaban al descansillo; pero, sin detenerse,
subieron al cuarto piso, hablando ruidosamente. Despus de cerciorarse
de que se haban alejado un poco, el asesino sali de puntillas y
descendi precipitadamente. Nadie en la escalera, nadie en el patio.
Atraves rpidamente el umbral, y una vez en la calle dobl la esquina
de la izquierda.

Comprenda perfectamente que los que le buscaban haban llegado
en aquel momento a la puerta del cuarto de la vieja, quedndose
estupefactos al verla abierta.

--Indudablemente estn examinando los cadveres--se deca--; sin duda
les bastar un minuto para adivinar que el asesino ha logrado escapar;
sospecharn, quiz, que se ha escondido en el cuarto desalquilado del
segundo piso cuando ellos suban al de la usurera.

Pero, a pesar de hacerse estas reflexiones, no se atreva a apresurar
el paso, aunque estaba an lejos de la primera esquina.

--Si me deslizara en un portal, en alguna calle extraviada y esperase
all un momento? No, malo. Si fuese a arrojar el hacha a cualquier
parte? si tomara un coche? Malo, malo!

Al cabo se ofreci ante sus ojos un _pereulok_ y se meti en l ms
muerto que vivo. All estaba casi en salvo; as lo comprendi. Era
difcil que las sospechas recayeran sobre l. Por otra parte, era fcil
no llamar la atencin en medio de los paseantes; pero de tal manera
aquellas angustias le haban debilitado, que apenas poda sostenerse en
pie. Por la cara le corran gruesas gotas de sudor y tena empapado el
cuello.

--Buena la has tomado!--le grit, al desembocar el canal, uno que le
crey borracho.

No se daba cuenta de nada; cuanto ms andaba, ms se obscurecan sus
ideas. No obstante, cuando lleg al muelle del Neva, se asust de
ver tan poca gente, y temiendo que reparasen en l en un lugar tan
solitario, se volvi otra vez al _pereulok_; y aunque apenas tena
fuerzas para andar, di un largo rodeo para volver a su domicilio.

Al franquear el umbral no haba recobrado an su presencia de espritu;
a lo menos, hasta que lleg a mitad de la escalera no se acord de que
llevaba todava el hacha. La cuestin que tena que resolver era muy
grave: se trataba de dejar el hacha donde la haba tomado, sin llamar
en lo ms mnimo la atencin. Si hubiera estado ms tranquilo habra
comprendido, de seguro, que en vez de dejar el arma en su antiguo
puesto, hubiera sido mucho mejor deshacerse de ella arrojndola en
cualquier corral. Sin embargo, todo le result a maravilla: la puerta
del _dvornik_ estaba cerrada, pero sin llave, lo cual haca suponer
que el portero no se haba ausentado; pero Raskolnikoff, incapaz en
aquel instante de discurrir ni de combinar un plan, se fu derecho a la
puerta y la abri. Si el portero le hubiese preguntado: Qu quiere
usted?, quiz el joven le habra entregado sencillamente el hacha;
pero esta vez, como la anterior, el _dvornik_ haba salido, lo que di
facilidad a Raskolnikoff para colocar el hacha debajo del banco, en el
sitio donde la haba encontrado. En seguida subi la escalera y lleg
a su habitacin sin tropezarse con nadie: la puerta del cuarto de la
patrona estaba cerrada. Cuando entr en su aposento se ech vestido
en el divn, y aunque no se durmi, qued en estado inconsciente.
Si hubiese entrado alguien en su habitacin, habrase levantado
bruscamente gritando despavorido. Mil ideas distintas le hormigueaban
en el cerebro.




SEGUNDA PARTE


I

Raskolnikoff estuvo mucho tiempo acostado. A veces sala de su
somnolencia y observaba que la noche estaba muy avanzada; pero no se
le ocurra la idea de levantarse. Luego not que empezaba a amanecer.
Echado boca arriba en el sof, no haba podido recobrarse de la especie
de letargo en que se hallaba sumido. De pronto oy gritos terribles y
desesperados que sonaban en la calle: eran las mismas voces que daba
todas las noches a las dos, bajo sus ventanas, la gente que sala de
las tabernas.

Aquel ruido le despert.

--Ah, son borrachos!--pens--. Las dos--y sinti un brusco sobresalto,
como si le hubiesen levantado con violencia del sof--. Cmo! Las dos
ya!--Se sent en el divn y lo record todo.

En el primer momento crey que se volva loco. Senta mucho fro, que
proceda, sin duda, de la fiebre que le haba asaltado durante el
sueo. Ahora tiritaba de tal modo que le castaeteaban los dientes.
Abri la puerta y se puso a escuchar; todo dorma en la casa. Ech
una mirada sobre su persona y en derredor suyo. Cmo, el da antes,
al entrar en su habitacin, se le olvid de cerrar la puerta con
el pestillo? Por qu se haba echado en el sof, no solamente sin
desnudarse, sino hasta con el sombrero puesto? Este haba rodado por
el suelo. Si alguno entrase aqu, qu pensara? De seguro me creera
borracho; pero...

Se acerc a la ventana. Era ya da claro. El joven se examin de
pies a cabeza para ver si tena alguna mancha en la ropa; pero no se
poda fiar de una inspeccin hecha de aquel modo; siempre temblando,
se desnud y mir de nuevo su ropa con el mayor cuidado. Por exceso
de precaucin repiti este examen tres veces seguidas. No descubri
nada, excepto algunas gotas de sangre coagulada en la parte baja del
pantaln, cuyos bordes estaban rotos y deshilachados. Tom un cuchillo,
y doblando los bordes de aquella prenda hizo dos tiras. De repente se
acord de que la bolsa y los objetos que haba tomado del cofre de la
vieja seguan en sus bolsillos. No haba pensado en sacarlos ni en
ocultarlos en cualquier parte. No se le ocurri tampoco momentos antes
cuando examinaba su ropa. Si parece imposible!

En un abrir y cerrar de ojos se vaci los bolsillos y puso su contenido
sobre la mesa. Despus de haberlos registrado bien, a fin de asegurarse
de que no quedaba nada en ellos, lo llev todo a un rincn del cuarto.
En aquel sitio, la tapicera destrozada se destacaba de la pared, y
all fu, bajo el papel, donde meti las alhajas y la bolsa.

--As, ni visto ni conocido--pens con alegra, medio incorporndose;
y, mirando como atontado el ngulo en que la tapicera estaba
desgarrada, bostezaba ms an.

De pronto, el terror agit sus miembros.

--Dios mo!--murmur con desesperacin--. Qu es lo que me pasa?
Est eso bien oculto? Es as como se esconden estas cosas?

A la verdad, no era aqul el botn de que haba esperado apoderarse; su
intento era apropiarse del dinero de la vieja; as es que la necesidad
de ocultar las alhajas le pillaba desprevenido.

--Pero ahora tengo yo motivos para alegrarme?--se deca--. Es ste el
modo de ocultar lo robado? Creo que me abandona la razn.

Falto de fuerzas, extenuado, se sent en el divn, acometido de fuerte
temblor.

Maquinalmente tom un gabn viejo de invierno hecho jirones, que se
encontraba en una silla, y se tap con l; le invadi inmediatamente un
sueo mezclado de delirio y perdi la conciencia de s mismo.

Cinco minutos despus se despert sobresaltado, y su primer movimiento
fu examinar de nuevo sus vestidos.

--Cmo he podido volver a dormirme sin haber hecho nada?; el nudo
corredizo est en el sitio en que yo lo cos. Y no haber pensado en
ello! Semejante pieza de conviccin!

Arranc la venda de tela, la redujo a trozos pequeos y los confundi
con la ropa que tena debajo de la almohada.

--Me parece que estos trapos no pueden en caso ninguno despertar
sospechas; por lo menos as lo creo--repeta en pie, en medio de la
sala, con una atencin que el esfuerzo haca dolorosa, y miraba en
derredor suyo para cerciorarse de que no haba olvidado nada.

Le atormentaba cruelmente el convencimiento de que todo, la razn,
hasta la ms elemental prudencia, le abandonaba.

--Cmo! Comienza ya el castigo? S, s... as es, en efecto.

Los hilachos que haba cortado del pantaln estaban en el suelo en
medio de la sala, expuestos a la vista del primero que llegase.

--Pero dnde tengo yo la cabeza?--exclam como anonadado.

Entonces le asalt una idea extraa; pens que su traje estaba todo
ensangrentado, y que, a causa de la debilidad de sus facultades, no se
haba enterado de las manchas.

De repente se acord de que la bolsa estaba tambin manchada de sangre.

Debe de haberse manchado el bolsillo, porque la bolsa estaba hmeda
cuando la guard.

En seguida di la vuelta al bolsillo, y en efecto, encontr manchas en
el forro.

--La razn no me ha abandonado por completo; soy capaz todava de
reflexionar, puesto que he podido hacer esta observacin--pens gozoso,
lanzando un suspiro de satisfaccin--; todo ello ha sido un instante de
fiebre que me ha privado momentneamente del juicio.

Arranc inmediatamente todo el forro del bolsillo izquierdo del
pantaln. En aquel momento un rayo de sol fu a dar en la punta
de la bota izquierda: al joven le pareci que haba all indicios
reveladores. Se descalz.

--En efecto, son indicios! Toda la punta de la bota est llena de
sangre. Sin duda puse imprudentemente el pie en aquel charco... Pero
qu hacer ahora de tales cosas? Cmo deshacerme de esta bota, de estos
trapajos y del forro del bolsillo?

Estaba en pie en medio de la sala, teniendo en la mano aquellos objetos
que le denunciaban y le comprometan.

--Si los echase en la chimenea... Pero precisamente donde registrarn
primero ser en la chimenea. Si los quemase... pero con qu? No tengo
ni cerillas. Es mejor tirarlo todo en cualquier parte. S, lo mejor
ser tirarlo--repeta sentndose nuevamente en el divn--; pero en
seguida, sin prdida de tiempo.

Mas en vez de ejecutar esta resolucin dej caer la cabeza en las
manos; empez de nuevo el temblor, pero transido de fro se envolvi
en su gabn de invierno. Durante muchas horas, esta misma idea estuvo
presente en su espritu: Es preciso arrojar esto cuanto antes en
cualquier parte. Varias veces se agit bajo el gabn, quiso levantarse
y no pudo conseguirlo. Al cabo de un rato, varios golpes violentos
dados a la puerta le sacaron de su abstraccin. Era Anastasia quien
llamaba.

--Abre si no te has muerto!--grit la criada--. Se pasa la vida
durmiendo, tendido como un perro! S, como un perro! Abreme, te
digo; son ya las diez dadas!

--Puede que no est--dijo una voz de hombre.

--Es la voz del _dvornik_...--se dijo Raskolnikoff, y temblando se
sent en el sof.

Le lata el corazn hasta hacerle dao.

--Por qu habr cerrado la puerta con el pestillo?--dijo Anastasia--.
Se cree, sin duda, un bicho raro y teme acaso que alguien se lo lleve.
Abre, despirtate...

--Qu querrn? Por qu habr subido el _dvornik_? Todo se ha
descubierto. Debo resistir o abrir desde luego? Malditos sean!

Se medio incorpor, inclinse hacia adelante y quit el picaporte. La
habitacin era tan pequea, que el joven poda abrir la puerta sin
levantarse del sof. Anastasia y el _dvornik_ aparecieron en el umbral.
La criada contempl a Raskolnikoff con extraeza. Por su parte el joven
mir con audacia desesperada al portero, que silenciosamente le alarg
un papel ceniciento plegado en dos partes y sellado con cera basta.

--Es una citacin. Procede de la comisara--dijo el _dvornik_.

--De qu comisara?

--De cul ha de ser! De la de polica.

--Se me llama ante la polica?... Por qu?

--Cmo he de saberlo yo? Se le llama a usted, pues obedezca y punto en
boca.

El portero examin atentamente al inquilino, despus mir en derredor
suyo y se dispuso a retirarse.

--Parece que ests peor--observ Anastasia, que no separaba los ojos de
Raskolnikoff.

El _dvornik_ volvi la cabeza.

--Desde ayer tiene fiebre--aadi la criada.

El joven no respondi, segua con el pliego en la mano sin abrirlo.

--Qudate acostado--prosigui la sirvienta compadecida de l al ver
que se dispona a levantarse--. Ests enfermo, no vayas. No es cosa
urgente. Qu tienes en las manos?

El joven mir: tena en la derecha las tiras del pantaln, la bota, y
el forro de bolsillo. Se haba dormido con aquellos objetos. Ms tarde,
tratando de explicarse el hecho, se acord de que medio despierto,
en un acceso febril, apret fuertemente todo aquello contra su pecho
quedndose luego dormido sin aflojar los dedos.

--Ha tomado esos andrajos y se duerme con ellos como si fueran un
tesoro!...

Al decir estas palabras, Anastasia se retorca con la risa nerviosa que
le era habitual.

Raskolnikoff ocult rpidamente bajo su abrigo todo lo que tena en
las manos y fij una penetrante mirada en la criada. Aunque no se
encontraba en estado de reflexionar, comprenda que no se busca as a
un hombre cuando se intenta prenderle. Pero la polica?

--Tomars te?, quieres que te lo traiga? Queda algo...

--No, voy all, voy en seguida--balbuce.

--Pero podrs bajar la escalera?

--Quiero ir.

--All t.

Anastasia sali detrs del _dvornik_. Raskolnikoff se puso en seguida
a examinar a la luz la bota y las tiras. Hay manchas, pero no son muy
visibles; el barro y el roce han hecho desaparecer el color. El que no
sospeche no advertir nada; por consiguiente, Anastasia, desde el sitio
donde estaba, no ha podido notar nada, gracias a Dios!

Despus, con mano temblorosa, abri el pliego y comenz a leer; pero
tuvo que leerlo varias veces antes de darse cuenta del contenido. Era
una citacin redactada en la forma ordinaria. El comisario de polica
del distrito invitaba a Raskolnikoff a presentarse en su oficina a las
nueve y media de aquel mismo da.

--Para qu se me cita? Yo no tengo que ver nada con la polica... Y
hoy precisamente!--se dijo, presa de la ms viva ansiedad--. Seor,
haced que esto acabe lo ms pronto posible!

En el momento en que iba a arrodillarse para rezar, se ech a rer, no
de la oracin, sino de s mismo, y empez a vestirse rpidamente.

--Voy yo mismo a meterme en la boca del lobo... Pues bien, tanto peor,
me es igual... me pondr esta bota... La verdad es que, gracias al
polvo de la calle, se advertirn menos las manchas.

Pero apenas se la hubo calzado se la quit de repente con temor y
disgusto. Despus reflexion que no tena otra y se la volvi a poner
rindose otra vez.

--Todo esto es circunstancial, todo relativo; lo nico que puede haber
son conjeturas, suposiciones y nada ms.

Esta idea, a la cual se aferraba con conviccin, no le impeda temblar.

--Vamos! Ya estoy calzado; he acabado por hacerlo.

Al abatimiento siga la hilaridad.

--No, esto es superior a mis fuerzas... las piernas se me doblan...
Esto es miedo!

Le dola la cabeza a causa del calor.

--Es un lazo que se me tiende, lo s. Se valen de la astucia
para atraerme, y cuando est all descubrirn de repente sus
bateras--continuaba dicindose al tiempo que se aproximaba a la
escalera--. Lo peor es que estoy como loco y puedo cometer alguna
tontera.

Ya en la escalera pens que los objetos robados en casa de la usurera
estaban mal ocultos en el sitio que los haba puesto.

--Quiz me llamen con objeto de hacer un registro durante mi ausencia.

Pero tan desesperado estaba, aceptaba su perdicin, por decir as, con
tal cinismo, que esta preocupacin le detuvo apenas un minuto.

--Con tal de que se acabe pronto!

Al llegar a la esquina de la calle que haba doblado la vspera,
dirigi furtivamente una mirada inquieta a _la casa_; pero al punto
volvi la vista.

--Si me interrogan quiz confiese--pensaba al aproximarse a la oficina.

Desde poco tiempo antes, estaba instalada la comisara en el cuarto
piso de una casa situada a corta distancia de la de Raskolnikoff. Antes
de que la polica se hubiese trasladado a este nuevo local, el joven
haba sido llamado por ella; pero entonces se trataba de una cosa sin
importancia, y de esto haba transcurrido ya mucho tiempo. Al entrar
en el patio vi a un _mujick_ con un libro en la mano, que bajaba una
escalera situada a la derecha.

--Debe de ser un _dvornik_; por consiguiente, es aqu donde se
encuentra la oficina.

Subi al azar; no quera preguntar a nadie.

--Entrar, me pondr de rodillas y lo confesar todo--pensaba mientras
suba al cuarto piso.

La escalera era estrecha, empinada y rezumaba por todas partes agua
sucia. En los cuatro pisos las cocinas de todos los cuartos daban a la
escalera y estaban abiertas de par en par casi todo el da, lo cual
haca que el calor fuera sofocante. Suban y bajaban los _dvorniks_ con
sus cuadernos debajo del brazo, varios agentes de polica e individuos
de uno u otro sexo, que sin duda tenan asuntos en la oficina. La
puerta de la comisara estaba tambin abierta de par en par.

Raskolnikoff entr y se detuvo en la antesala donde esperaban algunos
_mujicks_. All, como en la escalera, el calor era asfixiante. Adems,
el local, recientemente pintado, exhalaba un olor a aceite de linaza
que daba nuseas. Despus de una corta espera decidise a entrar en el
departamento contiguo, compuesto de una serie de habitaciones pequeas
y bajas. El joven estaba cada vez ms impaciente por saber a qu
atenerse. Nadie haca caso de l. En la segunda habitacin trabajaban
varios escribientes, vestidos poco ms o menos como l estaba. Todos
tenan extrao aspecto. Raskolnikoff se dirigi a uno de ellos.

--Qu se le ofrece?

El joven mostr la citacin enviada por la comisara.

--Es usted estudiante?--pregunt el escribiente despus de haber
ojeado el papel.

--S, antiguo estudiante.

El empleado examin a su interlocutor sin ninguna curiosidad. Era un
hombre de cabellos rizados que pareca dominado por una idea fija.

--De ste nada he de saber, porque todo le es igual--pens Raskolnikoff.

--Dirjase usted al jefe de la Cancillera--aadi el escribiente
sealando con la mano la ltima dependencia.

Raskolnikoff entr en ella. Aquel despacho, el cuarto, era estrecho y
estaba lleno de gente que vesta algo mejor que las otras personas que
acababa de ver. Entre ellas haba dos seoras. Una, vestida de luto,
denotaba pobreza. Sentada delante del jefe de la Cancillera escriba
lo que este funcionario le dictaba.

La otra seora tena formas exuberantes, la cara roja, un
tocado elegante y llevaba en el pecho un broche de dimensiones
extraordinarias. Permaneca en pie, un poco separada, en actitud
expectante.

Raskolnikoff entreg el papel al jefe de la Cancillera, el cual ech
sobre l una rpida ojeada y dijo:

--Espere usted un poco--y sigui dictando a la seora de luto.

El joven respir con ms libertad.

--Indudablemente no se me llama para _aquello_. Poco a poco recobraba
valor; por lo menos haca todo lo posible para recobrarlo.

--La menor tontera, la ms pequea imprudencia, puede perderme...
es un mal que no haya aire aqu--aadi--; se ahoga uno y mi razn
vacila...

Senta un malestar indefinible en todo su ser, y tema que le faltara
la serenidad en presencia de aquel funcionario. Trataba de buscar
algn objeto en que fijar su atencin, pero no poda conseguirlo. Toda
su atencin estaba concentrada en el jefe de la Cancillera; haca
esfuerzos para descifrar la fisonoma de este empleado. Era un joven
de veintids aos, cuyo rostro, moreno y mvil, representaba ms edad;
vesta con la elegancia peculiar del lechuguino y llevaba el pelo
partido con una raya artsticamente hecha. Ostentaba en las manos, muy
cuidadas, muchas sortijas y le serpenteaba por el chaleco una cadena
de oro. Dijo a un extranjero que se encontraba all dos palabrejas en
francs y se qued tan satisfecho.

--Tome usted asiento, Luisa Ivanovna--dijo a la seora lujosa, que
permaneca en pie, sin atreverse a sentarse, aunque tena una silla al
lado.

--_Itch danke_--respondi la seora sentndose y ahuecando con un
ligero roce sus faldas impregnadas de perfume.

Desplegado en derredor de la silla su traje de seda azul claro,
guarnecido de encajes blancos, ocupaba ms de la mitad del despacho;
pero a la seora pareca que le daba vergenza oler tan bien y ocupar
tanto sitio. Sonrea de una manera a la vez temblorosa y descarada;
sin embargo, era visible su inquietud. Una vez terminado su asunto, la
seora de luto se levant. En aquel momento entr haciendo ruido un
oficial de modales muy desenvueltos, que puso sobre la mesa su gorra
galoneada y se sent en una butaca.

Al verle, la seora lujosamente vestida se levant con prontitud e
inclinse con mucho respeto ante el oficial, pero ste no hizo el menor
caso de ella y la mujer no se atrevi a volver a sentarse.

Era este personaje el ayudante del comisario de polica; tena largos
bigotes rojizos y retorcidos y facciones extremadamente finas, pero
no expresivas y que denotaban cierta impudencia. Mir a Raskolnikoff
de reojo y con algo de indignacin; porque aunque era muy modesto el
aspecto de nuestro hroe, su actitud contrastaba con la pobreza de su
traje. Olvidando toda prudencia, el joven sostuvo tan atrevidamente la
mirada del oficial, que ste se ofendi.

--Qu se te ofrece?--dijo, asombrado, sin duda, al ver que semejante
desharrapado no bajaba los ojos ante su centelleante mirada.

--Se me ha hecho venir... He sido citado--balbuci Raskolnikoff.

--Es el estudiante a quien se le reclama el pago de una deuda--se
apresur a decir el jefe de la Cancillera, dejando por un momento sus
papelotes--. Entrese usted--y present un cuaderno a Raskolnikoff
sealndole una parte de lo escrito--. Lea usted.

--Dinero? Qu dinero?--pens el joven sorprendido y alegre al mismo
tiempo--. De modo que no es por aquello por lo que me han hecho venir
aqu?

Experimentaba un alivio inmenso, inexpresable...

--A qu hora, seor mo, se le ha mandado a usted venir?--le pregunt
el ayudante, cuyo mal humor iba en aumento--. Se le cita a usted a las
nueve y son ms de las once.

--Me han entregado ese papel hace un cuarto de hora--replic vivamente
Raskolnikoff, invadido tambin de repentina clera, a la cual se
abandonaba con placer--; estoy enfermo, tengo fiebre, y sin embargo,
aqu me tienen ustedes.

--No grite usted!

--No grito, hablo con naturalidad; usted es quien levanta la voz. Soy
estudiante y no permito que se me hable de este modo.

Esta respuesta irrit de tal manera al oficial, que en el primer
momento no pudo articular ni una sola frase, dejando en cambio escapar
de sus labios sonidos inarticulados. De repente di un salto en su
asiento y dijo:

--Cllese usted! Est usted en la sala de audiencia! no sea usted
insolente!

--Tambin lo est usted--replic Raskolnikoff con violencia--, y no
contento con gritar, est usted fumando; por consiguiente, nos falta
usted a todos al respeto.

Pronunci estas palabras con indecible satisfaccin.

El jefe de la Cancillera miraba sonriendo a los dos interlocutores. El
fogoso ayudante se qued con la boca abierta.

--Eso no le importa a usted--respondi levantando an ms la voz a
fin de ocultar su cortedad--; preste la declaracin que se le pide.
Dgaselo usted, Alejandro Grigorievitch. Hay queja contra usted, porque
no paga sus deudas. He aqu un viejo zorro!

Raskolnikoff no le escuchaba; haba tomado vivamente el papel,
impaciente para descubrir la clave de este enigma. Lo ley, una, dos
veces, sin comprender nada.

--Qu es esto?--pregunt al jefe de la Cancillera.

--Es un documento en que se le reclama el pago de una deuda: tiene
usted que saldarlo con todas las costas, o declarar por escrito en qu
fecha podr usted pagar. Es preciso, al mismo tiempo, que se comprometa
usted a no abandonar la capital y a no vender ni ocultar lo que usted
posea, hasta que haya liquidado su deuda. En cuanto al acreedor, es
libre de vender los bienes de usted y tratarle segn el rigor de las
leyes.

--Si no debo nada a nadie!

--Eso no es cuenta nuestra. Se nos presenta una letra de cambio,
protestada, de ciento quince rublos, que usted firm hace nueve meses a
la seora Zarnitzin, viuda de un asesor de colegio, letra que la viuda
Zarnitzin ha traspasado al consejero Tchebaroff, y hemos llamado a
usted para tomarle declaracin.

--Pero desde el momento que se trata de mi patrona...

--Qu importa que sea la patrona de usted?

El jefe de la Cancillera contemplaba con cierta sonrisa de indulgente
piedad, y al mismo tiempo de triunfo, a aquel novato que iba a aprender
a sus expensas el procedimiento que suele emplearse con los deudores.
Pero qu le importa ahora a Raskolnikoff la letra de cambio? La
reclamacin de su patrona le tena sin cuidado. Vala aquello la pena
de inquietarse ni de fijar siquiera la atencin en semejantes futesas?
Estaba all leyendo, escuchando, respondiendo algunas veces, pero todo
ello lo haca maquinalmente. La felicidad de sentirse a salvo, la
satisfaccin de haber escapado a un peligro inminente, llenaba en aquel
momento todo su ser.

En aquel instante habanse desvanecido todas sus preocupaciones y
cuidados; fu para Raskolnikoff un momento de alegra absoluta,
inmediata, puramente instintiva.

De improviso estall una tempestad en el despacho de la comisara.
El ayudante, que no haba podido digerir an la afrenta hecha a su
prestigio y a su amor propio, buscaba evidentemente el desquite; as
es que se puso a apostrofar rudamente a la lujosa seora que, desde
la entrada del oficial, no cesaba de mirarle, sonriendo con estpida
sonrisa.

--Y di t, bribona--grit el ayudante (la seora de luto se haba
retirado ya)--, qu es lo que ha sucedido en tu casa la noche pasada?
Otra vez escandalizando al barrio! Siempre rias y borracheras!
Ests empeada en dar con tus huesos en la crcel! Te he advertido ya
diez veces, y a la undcima va la vencida. Eres incorregible y se me
agota la paciencia!

El mismo Raskolnikoff dej caer el papel que tena en las manos y
mir con asombro a la elegante seora que era tratada con tan poca
consideracin. No tard, empero, en comprender de lo que se trataba,
y prest atencin a aquella escena que le diverta hasta el punto que
tena que hacer sobrehumanos esfuerzos para no soltar el trapo a rer.

--Ilia Petrovitch--comenz a decir el jefe de la Cancillera; pero
comprendiendo en seguida que su intervencin en aquel momento sera
inoportuna, se detuvo.

Saba por experiencia que cuando el fogoso oficial se disparaba nada
poda contenerlo.

En cuanto a la seora, la tempestad que se haba desencadenado sobre
su cabeza le hizo temblar en el primer momento; pero, cosa extraa,
a medida que aumentaban los insultos a ella dirigidos, tomaba una
expresin ms amable y pona ms seduccin en las sonrisas y en
las miradas en que envolva al terrible ayudante. Haca continuas
reverencias y esperaba que se la dejase hablar.

--En mi casa no hay escndalos ni rias, ni borracheras, seor
capitn--se apresur a decir en cuanto le permitieron meter baza (se
expresaba en ruso pero con marcado acento alemn)--. No, seor, no
hubo ningn escndalo. Aquel hombre entr en mi casa ebrio, pidi tres
botellas y en seguida se puso a tocar el piano con los pies, cosa que,
como usted comprende, no se haba de permitir en una casa como la
ma. No contento con esto, rompi las cuerdas. Le hice observar que
no era aquel el modo conveniente de conducirse; pero l, sin hacer
caso, tom una botella y comenz a pegar a todos. Llam a Carlos, el
_dvornick_, y peg a Carlos una bofetada; lo mismo hizo con Enriqueta,
y tampoco yo escap a sus bofetones. Es innoble portarse de esa manera
en una casa respetable, seor capitn. Pido socorro, y el hombre se
acerca a la ventana que da al canal y se pone a gritar como un loco.
No es eso vergonzoso? Le parece a usted que est bien asomarse a la
ventana y ponerse a imitar el gruido del cerdo? Carlos tir de l por
detrs para quitarle de la ventana, y a fuerza de tirar, es verdad, le
desgarr el gabn, y ahora reclama quince rublos en indemnizacin del
dao causado a su ropa. Le entregu de mi propio bolsillo cinco rublos,
seor capitn. Ese visitante mal educado, seor capitn, es el que ha
armado todo el escndalo.

--Ea, basta! Te tengo dicho y vuelvo a repetir...

--Ilia Petrovitch!--volvi a decir en tono significativo el jefe de la
Cancillera.

El oficial ech sobre l una rpida mirada y le vi mover ligeramente
la cabeza.

--Pues bien, en lo que a ti se refiere, escucha mi ltima palabra,
respetable Luisa Ivanovna: si en lo sucesivo vuelve a armarse otro
escndalo en tu respetable casa, te meto en chirona, como se dice
en estilo elevado. Me entiendes? Ahora, lrgate cuanto antes, y no
olvides que te tengo echada la vista. Mucho ojo!

Con exagerada amabilidad, Luisa Ivanovna salud a un lado y otro;
pero en tanto que se diriga a la puerta andando hacia atrs haciendo
reverencias, di un golpe con la espalda a un apuesto oficial de rostro
fresco y abierto y de magnficas patillas rubias muy espesas y bien
cuidadas. Era el comisario de polica Nikodim Fomitch en persona. Luisa
Ivanovna se apresur a inclinarse hasta el suelo y sali del despacho
dando saltitos.

--Siempre el trueno, la tempestad, el rayo, los relmpagos, la tromba,
el huracn!--dijo, en tono amistoso, el recin llegado, dirigindose a
su ayudante--. Se te ha alborotado la bilis y, como de costumbre, te
has disparado. Te he odo desde la escalera.

--Y quin no se sulfura con lo que pasa?--repuso negligentemente
Ilia Petrovitch, trasladndose con sus papeles a otra mesa--. Ese
caballerito, ese estudiante, o, mejor dicho, ex estudiante, que no paga
sus deudas, que firma letras de cambio y rehusa dejar su habitacin, es
citado ante el comisario y se escandaliza porque enciendo un cigarro
en su presencia. Antes de advertir que se le falta al respeto, debera
respetarse ms a s mismo. Ah le tiene usted, mrele. A la vista est.
Le parece a usted que su aspecto puede inspirar consideracin alguna?

--Pobreza no es vicio, amigo mo--replic Nikodim Fomitch--. Sabemos
perfectamente que la plvora se inflama con facilidad. Sin duda le
habr chocado a usted algo de su manera de ser y usted tampoco ha
podido contenerse--prosigui, volvindose hacia Raskolnikoff--; pero
se ha equivocado usted: el seor oficial es un hombre excelente, se lo
aseguro; tiene un carcter arrebatado, se excita, se exalta, pero en
cuanto se le pasa el mal humor es un corazn de oro. En el regimiento
le llambamos el oficial plvora...

--Qu regimiento aqul!--exclam Ilia Fomitch lisonjeado por las
delicadas adulaciones de su superior, pero todava enfurruado.

Raskolnikoff quiso sbitamente decir algo muy agradable para todos.

--Perdneme usted, capitn--comenz a decir en tono melifluo,
dirigindose a Nikodim Fomitch--. Pngase usted en mi lugar. Estoy
pronto a darle mis excusas a este seor, si es que por mi parte he
cometido alguna falta. Soy un estudiante enfermo, pobre, agobiado por
la miseria; he tenido que dejar la Universidad, porque carezco de
medios de subsistencia, pero voy a recibir dinero... Mi madre y mi
hermana viven en la provincia de***. Me envan fondos, y pagar. Mi
patrona es una buena mujer; pero como desde hace cuatro meses no doy
lecciones, no le pago y se incomoda y hasta rehusa darme de comer. La
verdad es que no comprendo... Ahora exige que yo le pague esa letra de
cambio; pero cmo podr hacerlo? Juzgue usted por s mismo.

--Eso no es de mi incumbencia--observ de nuevo el jefe de la
Cancillera.

--Es verdad; pero permtanme ustedes que les explique--...replic
Raskolnikoff, dirigindose siempre a Nikodim Fomitch y no a su
interruptor, procurando atraer tambin la atencin de Ilia Petrovitch,
aunque ste afectase desdeosamente no escucharle, como si estuviera
absorto en sus papeles--. Permtanme ustedes que les diga que vivo en
casa de esa mujer desde que vine de mi pas, y que entonces... por
qu no he de decirlo?... me compromet a casarme con su hija; hice mi
promesa verbalmente... Era una muchacha joven, me gustaba, aunque no
estuviese enamorado de ella... En una palabra: soy joven, mi patrona me
abri crdito... Hice una vida... Vamos, he sido algo ligero.

--No se le pide a usted que entre en esos pormenores ntimos, que no
tenemos tiempo de escuchar--interrumpi groseramente Ilia Petrovitch;
pero Raskolnikoff prosigui con calor, aunque le costaba mucho trabajo
hablar.

--Permtanme ustedes, sin embargo, que les cuente cmo han pasado las
cosas, aunque comprenda que es completamente intil que lo refiera a
ustedes. Hace un ao, la seorita de que he hablado, muri del tifus;
yo segua a pupilo en casa de la seora Zarnitzin, y cuando mi patrona
se traslad a la casa en que hoy vive, me dijo amistosamente que tena
confianza en m; pero que, sin embargo, deseaba que le firmase un
pagar de ciento quince rublos, cantidad en que calculaba el importe
de mi deuda. Me asegur que, una vez en posesin de ese documento,
continuara concedindome tanto crdito como me fuese necesario, y que
jams, jams (tales fueron sus propias palabras), sacara a relucir ese
documento. Y ahora que he perdido mis lecciones, ahora que no tengo
un pedazo de pan que llevarme a la boca, me exige el pago de esa suma!
Qu les parece a ustedes?

--Todos esos pormenores patticos no nos interesan--replic con
insolencia Ilia Petrovitch--. Tiene usted que prestar la declaracin
y firmar el compromiso que se le pide. En cuanto a la historia de sus
amores y a todos esos trgicos lugares comunes, nada tenemos que ver
con ellos.

--Oh, qu cruel eres!--murmur Nikodim Fomitch, que se haba sentado
delante de su escritorio y se ocupaba en firmar papelotes. Pareca
avergonzado.

--Escriba usted--dijo a Raskolnikoff el jefe de la Cancillera.

--Qu es lo que tengo que escribir?--pregunt el joven brutalmente.

--Lo que yo le dicte.

Raskolnikoff crey advertir, que, despus de su confesin, el jefe de
la Cancillera le trataba con mayor desprecio; pero, cosa extraa! se
senta indiferente a la opinin que poda tenerse de l, cambio que se
haba apoderado en su espritu instantneamente.

Si hubiese podido reflexionar un poco, habrase asombrado de que un
minuto antes hubiera podido hablar de aquel modo con los funcionarios
de polica y aun obligarles a or sus confidencias. Ahora, por el
contrario, si en lugar de estar lleno de agentes el despacho se hubiese
ocupado de repente con sus ms queridos amigos, no habra encontrado
probablemente una sola palabra corts que decirles; de tal manera se
haba vaciado su corazn.

Experimentaba la dolorosa impresin de un inmenso aislamiento; no
era la confusin de haber hecho a Ilia Petrovitch testigo de sus
expansiones, ni tampoco era la insolencia del oficial lo que haba
producido tal revolucin en su alma. Oh! Qu le importaba su propia
bajeza? Qu le importaban las altaneras de los oficiales, los
pagars, los despachos de polica, etc., etc.? Si en aquel momento lo
hubiesen condenado a ser quemado vivo, ni siquiera hubiese pestaeado.
Apenas habra odo su sentencia hasta el fin.

Se realizaba en l un fenmeno completamente nuevo, sin precedentes
hasta entonces. Comprenda, o ms bien, cosa cien veces peor, senta
que en lo sucesivo estara separado para siempre de la comunin humana,
que toda expansin sentimental como la que haba tenido un momento
antes, ms todava, que toda la conversacin le estaba prohibida, no
slo con los empleados de la comisara, sino hasta con los parientes
ms prximos. Jams haba experimentado sensacin tan cruel.

El jefe de la Cancillera comenz a dictarle la frmula de la
declaracin acostumbrada en tales casos: No puedo pagar, liquidar mi
deuda en tal fecha, no saldr de la ciudad, ni har cesin de lo que
poseo, etc.

--No puede usted escribir, le tiembla la mano--dijo el jefe de la
Cancillera mirando con curiosidad a Raskolnikoff--. Est usted
enfermo?

--S; se me va la cabeza. Siga usted.

--Ya est todo; firme usted.

El jefe de la Cancillera tom el papel y se dirigi a otros visitantes.

Raskolnikoff dej la pluma, pero en lugar de irse se puso de codos en
la mesa y apoy la cabeza en las manos. Parecale que le hincaban un
clavo en el cerebro. En aquel momento record los dos asesinatos que
haba cometido y se le ocurri la extraa idea de acercarse a Nikodim
Fomitch, y contarle el crimen hasta en sus nfimos detalles y llevarle
en seguida a su casa y mostrarle los objetos ocultos en el agujero de
la tapicera. De tal modo se apoder esta idea de su espritu, que
hasta lleg a levantarse para ponerlo en prctica.

--No sera mejor reflexionar un instante?--pens--. No, ms vale
dejarse llevar de la inspiracin, sacudir lo ms pronto posible esta
carga.

Pero, de repente, se qued como clavado en su sitio: entre Nikodim
Fomitch e Ilia Petrovitch, se acababa de entablar una conversacin
animada que llegaba hasta los odos de Raskolnikoff.

--No es posible! soltarn a los dos por falta de pruebas. Si hubiesen
cometido ellos el delito, habran llamado al _dvornick_ para
denunciarse a s mismos? Se puede considerar esto como un ardid? No,
eso hubiera sido demasiada astucia. Adems, los dos _dvorniks_ y una
vecina vieron al estudiante Pestriakoff cerca de la puerta cochera
en el momento en que ste iba a entrar en la casa. Le acompaaban
tres amigos que le dejaron en la puerta, y stos, antes de alejarse
le oyeron preguntar a los _dvorniks_ dnde viva la vieja. Hubiera
hecho tal pregunta de haber ido con el propsito de cometer un doble
asesinato? Kosch, por su parte, estuvo durante media hora en casa del
platero del piso bajo antes de subir a casa de la pobre vieja Alena
Ivanovna; eran justamente las ocho menos cuarto cuando subi a las
habitaciones de las vctimas. Adems, se ha de tener en cuenta...

--Perdone usted; hay en sus declaraciones algo que no se explica.
Afirman que llamaron y que la puerta estaba cerrada; tres minutos
despus, cuando volvieron con el _dvornik_, estaba abierta.

--Ah est el _busilis_; es indudable que el asesino se encontraba en
el cuarto de la vieja cuando ellos llegaron; y que haba echado el
cerrojo: de seguro que no se habra escapado a no cometer Kosch la
simpleza de bajar en busca del _dvornik_. Sin duda el asesino aprovech
ese momento para deslizarse por la escalera dejndolos con un palmo de
narices. Kosch no cesa de santiguarse diciendo: Si llego a quedarme
all, de fijo sale de repente el criminal y me mata de un hachazo!
Quiere mandar que canten un _Te Deum_. Je, je, je!

--Y nadie vi al asesino?

--Cmo haban de verle si aquella casa es el arca de No?--dijo el
jefe de la Cancillera, que escuchaba desde su puesto la conversacin.

--La cosa es clara, la cosa es clara--repiti vivamente Nikodim Fomitch.

--Antes digo yo que es muy obscura--repiti Ilia Petrovitch.

Raskolnikoff tom su sombrero y se dirigi a la puerta; pero al llegar
a ella cay desvanecido. Cuando recobr el sentido, estaba sentado en
una silla. Uno le sostena por la derecha; otro, por la izquierda, le
ofreca un vaso amarillo, lleno de un licor tambin amarillo. Nikodim
Fomitch, en pie, delante del joven, le miraba atentamente. Raskolnikoff
se levant.

--Est usted enfermo?--le pregunt con tono bastante seco el comisario
de polica.

--Hace poco, cuando extendi su declaracin, apenas poda sostener la
pluma--dijo el jefe de la Cancillera volviendo a sentarse delante de
su escritorio y ponindose de nuevo a examinar sus papelotes.

--Hace mucho tiempo que est usted malo?--dijo desde su sitio Ilia
Petrovitch.

--Desde ayer--balbuci el joven.

--Ayer sali usted de casa?

--S.

--A qu hora?

--Entre siete y ocho de la tarde.

--Y a dnde fu usted?

--A la calle.

Breve y compendioso, plido como la cera, Raskolnikoff di
nerviosamente las anteriores respuestas, sin bajar sus inflamados ojos
ante la mirada del oficial.

--Puede apenas tenerse en pie, y t...--empez a decir Nikodim Fomitch.

--No importa--respondi enigmticamente Ilia Petrovitch.

El comisario de polica quiso replicar algo; pero al dirigir los ojos
al jefe de la Cancillera, encontr la mirada del funcionario fija en
l y guard silencio.

--Est bien--dijo Ilia Petrovitch--; puede usted retirarse.

Raskolnikoff sali, pero aun no estaba en la sala inmediata cuando
ya haban reanudado su conversacin los dos funcionarios de polica
con mayor animacin y viveza. Por encima de todas las otras voces se
elevaba la de Nikodim Fomitch como preguntando...

En la calle, el joven recobr todos sus nimos.

--Sin duda van a hacer una indagatoria, una indagatoria sin prdida
de tiempo--repeta, dirigindose a buen paso hacia su casa--. Los
bribones! Sospechan!

Volvi a asaltarle el terror.


II

--Y si hubiesen empezado ya la indagatoria? Si al entrar los
encontrase en mi casa? He aqu mi habitacin. Todo est en orden, nadie
ha venido. Anastasia tampoco ha tocado nada. Pero, Seor, cmo he
podido dejar todos aquellos objetos en semejante escondite?

Corri al rincn, e introduciendo la mano bajo la tapicera, sac las
alhajas, que en junto eran ocho.

Dos estuches contenan pendientes o algo parecido, no saba qu; haba
adems cuatro estuches pequeos de piel. Envuelta en un trozo de
peridico una cadena de reloj; en otro papel un objeto que deba de ser
una condecoracin. Raskolnikoff se meti todo aquello en los bolsillos
procurando que no hiciese mucho bulto; tom tambin la bolsa y sali,
dejando la puerta abierta de par en par.

Andaba con paso rpido y firme, y aunque se senta quebrantado, no le
falt la serenidad. Tema que se le persiguiese, y que antes de media
hora, de quince minutos quiz, se abriese un sumario contra l; por
consiguiente era preciso que desaparecieran en seguida las piezas de
conviccin. Deba despachar cuanto antes, aprovechando la poca fuerza y
sangre fra que le quedaba... Pero a dnde ir?

Esta cuestin estaba ya resuelta tiempo haca. Lo tirar todo al
canal, y con ello ir tambin mi secreto al agua. As lo haba
decidido la noche precedente en los momentos de delirio, durante los
cuales muchas veces sinti impulsos de levantarse y de ir a arrojarlo
todo en seguida. Mas no era de fcil ejecucin este proyecto.

Durante media hora, o acaso ms, anduvo vagando a lo largo del canal
Catalina, examinando, a medida que llegaba a ellas, las diversas
escaleras que terminaban al borde del agua. Desgraciadamente, siempre
se opona algn obstculo a la realizacin de su proyecto; aqu un
barco de lavanderas, all lanchas amarradas a la orilla. Por otra
parte, el muelle estaba lleno de paseantes, que no hubieran podido
menos de notar un hecho tan inslito; no era posible, sin infundir
sospechas, descender expresamente hasta el nivel de la corriente para
arrojar un objeto al canal. Y si, como era de suponer, los estuches
sobrenadaban en vez de desaparecer bajo el agua? Cualquiera de los
paseantes los vera. Aun sin que esto ocurriese, Raskolnikoff crea
que era objeto de la atencin general; le pareca que todo el mundo se
ocupaba en l.

Por ltimo, el joven pens que quiz sera lo mejor tirar todos
aquellos objetos al Neva: en sus orillas era menos numerosa la
concurrencia, menor el peligro de llamar la atencin, y, consideracin
importante, estara ms lejos de su barrio.

--En qu consiste--se pregunt, con asombro Raskolnikoff--, que desde
hace media hora vago ansiosamente por lugares peligrosos para m? Estas
objeciones que ahora me hago, no pude hacrmelas antes? Si he perdido
media hora en un proyecto tan sensato, es sin duda porque tom mi
resolucin en un momento de delirio.

Sentase singularmente distrado y olvidadizo. Decididamente era
preciso apresurarse.

Se dirigi al Neva por la perspectiva de V***; pero, conforme iba
andando, se le ocurri otra idea.

--Para qu ir al Neva? Por qu arrojar estos objetos al agua? No
sera mejor ir a cualquier parte, muy lejos, a una isla, por ejemplo?
Buscara un paraje solitario, un bosque, y enterrara las joyas al
pie de un rbol, teniendo cuidado de sealarlo bien, a fin de poder
reconocerlo ms tarde.

Aunque comprenda que no se encontraba en estado de tomar una
determinacin juiciosa, le pareci prctica su ltima idea, y resolvi
llevarla a cabo.

Pero la casualidad lo dispuso de otro modo. Al desembocar, por la
perspectiva V***, en la plaza, Raskolnikoff advirti a la izquierda la
entrada de un corral rodeado por todas partes de altas paredes y cuyo
suelo estaba cubierto de polvo negro. En el fondo haba un cobertizo
que perteneca, sin duda, a un taller cualquiera.

No viendo a nadie en el corral, Raskolnikoff franque el umbral, y
despus de haber mirado atentamente en derredor suyo, pens que ningn
otro lugar ofrecera ms facilidades para la realizacin de su plan.
Precisamente, al pie del muro, o ms bien de la valla de madera que
lindaba con la calle, haba adosada una piedra enorme, sin labrar, que
lo menos pesara sesenta libras.

Del otro lado de la cerca estaba la acera y el joven oa las voces de
los transeuntes, siempre bastante numerosos en este sitio; pero desde
fuera nadie poda verle; para ello hubiera sido necesario penetrar
en el corral, cosa que, a la verdad, nada tena de imposible. Por
consiguiente, le convena apresurarse.

Se inclin sobre la piedra; la aferr con ambas manos por arriba, y,
reuniendo todas sus fuerzas, consigui darle vuelta. El suelo ocupado
por el sillar estaba algo hundido; ech en el agujero todo lo que
llevaba en los bolsillos, y coloc la bolsa encima de las alhajas; sin
embargo, el agujero no qued completamente lleno. En seguida levant
la piedra y consigui colocarla en el mismo sitio en que estaba antes;
lo ms que poda advertirse, fijndose mucho, era que estaba un poco
removida; pero apison con el pie la tierra alrededor de los bordes y
nada poda notarse.

Hecho esto, se dirigi a la plaza. Como poco antes en el despacho de
polica, se apoder de l por un momento una alegra intensa, casi
imposible de soportar.

--Las piezas de conviccin estn enterradas. A quin se le podra
ocurrir la idea de ir a buscarlas bajo aquella piedra? Est, sin duda,
ah desde que se construy la casa inmediata y Dios sabe cundo la
quitarn. Y aun cuando alguien las encontrase, quin podra sospechar
que soy yo el que las ha ocultado? Todo acab! No hay pruebas!

Y se ech a rer. S, se acord ms tarde que haba atravesado la plaza
riendo con risa nerviosa, muda y prolongada. Pero cuando lleg a la
avenida de K*** su hilaridad ces sbitamente.

Todos sus pensamientos giraban alrededor de otro principal, de cuya
importancia se daba l exacta cuenta. Comprenda que por la primera
vez, despus de dos meses, se encontraba en presencia de esta cuestin.

--Vaya al diablo todo ello!--se dijo en un repentino acceso de
clera--. Ea, el baile ha comenzado y es preciso danzar! Malhaya sea
la nueva vida! Qu tonto es todo esto, Seor!... Cunto he mentido
y cuntas bajezas he tenido que cometer hoy! Cuntas vergonzosas
tonteras para captarme poco ha la benevolencia de ese estpido Ilia
Petrovitch! Pero qu me importa? Me burlo de todos ellos y de mis
simplezas! No se trata de esto! No, en modo alguno!

Se detuvo de repente, despistado, absorbido por una nueva cuestin
hasta entonces inesperada y excesivamente simple.

--Si realmente has obrado en este asunto como hombre inteligente y
no como un imbcil; si tenas trazado un fin y lo has perseguido
derechamente, cmo se explica que no hayas mirado siquiera lo que
contena la bolsa? Cmo ignoras todava lo que te ha aprovechado un
acto, por el cual no has temido arrostrar peligros e infamias? No
queras, hace un momento, arrojar al agua esas alhajas y esa bolsa, a
las cuales apenas si has echado una ojeada? Qu significa esto?

Al llegar al muelle del pequeo Neva, en la plaza de Basilio Ostroff,
se detuvo cerca del puente.

--Qu es esto? No parece sino que las piernas me han conducido por
s mismas al alojamiento de Razumikin. La misma historia que el otro
da! Es curioso!... Marchaba sin objeto, y el azar me conduce aqu. No
importa. No deca yo anteayer que ira a verle al da siguiente del
golpe? Pues bien, voy a verle. No podr hacer ahora yo ni una visita?

Y subi al quinto piso en que viva su amigo.

Estaba ste en una habitacin muy reducida y se dispona a escribir; l
mismo abri la puerta; los dos jvenes no se haban visto desde haca
cuatro meses. Envuelto en una bata toda desgarrada y mugrienta, en
zapatillas y sin calcetines, con los cabellos enmaraados, Razumikin
estaba sin afeitar y sin lavar. En su rostro se pint el ms vivo
estupor.

--Caramba! T por aqu?--exclam, mirndole de pies a cabeza,
e interrumpindose empez a silbar--. Es posible que tan mal
vayan los negocios? La verdad es que aventajas en elegancia a este
servidor--continu despus de haber echado una ojeada sobre los harapos
de su compaero--. Vamos, sintate, pues observo que ests cansado.

Cuando Raskolnikoff se hubo dejado caer en un divn ms estropeado que
el suyo, Razumikin se hizo cargo de la tristeza de su amigo.

--Sabes que ests enfermo de verdad?

Quiso tomarle el pulso, pero Raskolnikoff apart vivamente la mano.

--Es intil--dijo--. He venido porque... no tengo lecciones... y
quisiera... Pero qu necesidad tengo yo de lecciones?

--Sabes una cosa? Que ests disparatando--observ Razumikin mirando
atentamente a su amigo.

--No, no disparato--repuso levantndose Raskolnikoff.

Cuando suba a casa de Razumikin no haba pensado en que iba a
encontrarse frente a frente con su compaero. Una entrevista, con
quienquiera que fuese, le repugnaba, y rebosando de hiel, estaba a
punto de estallar de clera contra s mismo desde que hubo franqueado
el umbral de Razumikin.

--Adis!--dijo bruscamente, y se dirigi hacia la puerta.

--Pero, ven ac, hombre! Cuidado que eres raro!

--Es intil--replic el otro, retirando la mano que su amigo le haba
tomado.

--Entonces, por qu has venido? Has perdido la cabeza? Esto es casi
una ofensa y no te dejar marchar.

--Pues bien, escucha. He venido a tu casa porque no conozco a nadie ms
que a ti que pueda ayudarme a comenzar... Pero ahora veo que no me hace
falta nada, entiendes?, absolutamente nada... No tengo necesidad de
los servicios ni de las simpatas de nadie; me basto a m mismo. Que
me dejen en paz es lo que deseo!

--Pero ven ac, loco de atar! Tendrs que escucharme mal que te
pese. Tampoco yo tengo lecciones, ni las quiero; pero en cambio he
descubierto un editor, Kheruvimoff, que, en su gnero, es toda una
leccin. No lo cambiara por cinco lecciones en casas de comerciantes.
Publica libritos sobre ciencias naturales, que se pelea la gente por
comprarlos. El toque est en encontrar los ttulos. T solas decir
que yo era tonto; pues ah tienes, hay quien es ms tonto que yo. Mi
editor, que no conoce siquiera el silabario, se ha puesto al tono del
da. Por supuesto que yo le animo... Aqu tienes estas dos hojas y
media de una revista alemana; me parecen de la charlatanera ms necia
que puedas imaginarte. El autor estudia la cuestin de averiguar si
la mujer es un hombre, y claro est, se decide por la afirmacin y la
demuestra de una manera incontestable. Estoy traduciendo este folleto
para Kheruvimoff, que lo juzga de actualidad ahora que tan en boga
est la cuestin feminista. Publicaremos seis hojas con las dos hojas
y media del original alemn, le pondremos un ttulo rimbombante que
ocupar media pgina, y lo venderemos a cincuenta kopeks. Ser un
xito! La traduccin se me paga a razn de seis rublos por hoja, lo que
hace un total de quince rublos; he cobrado seis por adelantado. Vamos a
ver, quieres traducir la segunda hoja? Si quieres, toma el original,
pluma y papel, todo ello corre de cuenta del Estado, y permteme que te
ofrezca tres rublos. Como yo he recibido seis, por la primera y segunda
hoja, te corresponden tres, y cobrars otros tantos cuando hayas
terminado la traduccin. No me lo agradezcas. En cuanto te he visto
he pensado en utilizarte. En primer lugar, yo no estoy muy fuerte en
ortografa y adems conozco muy superficialmente el alemn; de modo que
a menudo todo lo que escribo es de mi cosecha. Me consuelo con la idea
de que de ese modo aado bellezas al texto; pero, quin sabe? quiz me
hago ilusiones. Vamos a ver, aceptas?

Raskolnikoff tom en silencio las hojas del folleto alemn y los tres
rublos y sali sin decir palabra. Razumikin le sigui con una mirada de
asombro; pero apenas Raskolnikoff hubo llegado a la primera esquina,
volvi sobre sus pasos, subi a casa de su amigo, deposit en la mesa
las pginas del folleto y los tres rublos y sali de nuevo sin despegar
los labios.

--T ests loco!--vocifer Razumikin, ya colrico--. Qu comedia
ests representando? Me haces salir de mis casillas! A qu demonios
has venido?

--No tengo necesidad de traducciones--murmur Raskolnikoff empezando ya
a bajar la escalera.

--Entonces, de qu tienes necesidad?--le grit Razumikin desde el
rellano de su puerta.

El otro, callado, sigui bajando.

--Dime siquiera dnde vives.

Tampoco esta pregunta obtuvo respuesta.

--Ea! vete a frer esprragos!

Raskolnikoff estaba ya en la calle.

El joven lleg a su casa al anochecer, sin que pudiera recordar por
dnde haba ido. Temblando como un caballo fatigado se desnud, se ech
en el divn y despus de haberse cubierto con el sobretodo se qued
dormido...

Era ya completa la obscuridad cuando le despert un estrpito horrible.
Qu escena tan espantosa deba desarrollarse cerca de l! Eran
gritos, gemidos, rechinar de dientes, lgrimas, golpes, injurias como
nunca haba odo. Asustado, se sent en el lecho; su terror creca
por momentos, porque a cada instante el ruido de los porrazos, las
quejas, los insultos, llegaban ms distintamente a sus odos. Con
extraordinaria sorpresa reconoci la voz de su patrona.

La pobre mujer gema, suplicaba con tono doliente. Imposible
comprender lo que deca, pero sin duda suplicaba que no le pegasen ms!
La estaban maltratando implacablemente en la escalera. El hombre brutal
que le pegaba gritaba de tal modo, con voz sibilante entrecortada
por la clera, que sus palabras eran ininteligibles. De repente,
Raskolnikoff empez a temblar como la hoja en el rbol; acababa de
reconocer aquella voz; era la de Ilia Petrovitch.

--Ilia Petrovitch ha venido y est pegando a la patrona! Le da
puntapis y coscorrones contra los peldaos de la escalera! Es seguro,
no me engao; el ruido de los golpes, los gritos de la vctima lo
indican bien a las claras, dicen lo que est pasando; pero, por qu?
El mundo est revuelto.

De todos los pisos acudan a la escalera; se oan voces y
exclamaciones. La gente suba, las puertas se abran violentamente o se
cerraban con estrpito.

--Pero, qu pasa? Cmo es posible...?--deca creyendo seriamente que
la locura tomaba posesin de su cerebro.

Mas no, perciba distintamente aquellos ruidos...

--Si es as, van a venir a mi casa, porque todo ello seguramente es por
lo de ayer... Oh Seor!

Intent echar el picaporte, pero no tuvo fuerzas para levantar el
brazo; por otra parte, comprenda que de nada le servira cerrar la
puerta; el terror le helaba el alma...

Al cabo de diez minutos ces poco a poco el estrpito: la patrona
gema, Ilia Petrovitch continuaba vomitando injurias y amenazas.
Finalmente, se call tambin y no se oy ms.

--Se haba marchado? S. Tambin se va la patrona; todava llora, pero
la puerta de su habitacin se cierra violentamente... Los inquilinos
dejan la escalera para retirarse a sus respectivos cuartos; lanzan
exclamaciones; se llaman unos a otros; tan pronto gritan como hablan
en voz baja. Deban de ser muchos... Han tenido que acudir todos los
vecinos. Pero, Dios mo, es todo esto posible? Por qu, por qu ha
venido aqu ese hombre?

Raskolnikoff se dej caer sin fuerzas en el divn, pero ya no pudo
dormir; durante media hora se sinti acometido de un espanto como
nunca lo haba sentido. De pronto, viva luz ilumin su estancia.
Anastasia entraba con una buja y un plato de sopa. La criada le mir
atentamente, y convencida de que no dorma, coloc la luz sobre la mesa
y fu poniendo en sta, pan, sal, un plato y una cuchara.

--Creo que no has comido desde ayer. Andas vagando por esas calles de
Dios a pesar de la fiebre...

--Anastasia, por qu han pegado a la patrona?

La criada le mir fijamente.

--Que han pegado a la patrona?

--Hace poco... cosa de media hora. Ilia Petrovitch, el ayudante del
comisario de polica le ha pegado, en la escalera... Por qu la ha
maltratado de este modo? Por qu ha venido?

Anastasia frunci el entrecejo, y sin decir palabra contempl durante
largo rato al pupilo. Ante aquella mirada inquisitiva el joven se qued
turbado.

--Anastasia, por qu no me contestas?--pregunt tmida y dbilmente.

--Es la sangre--murmur la sirvienta como hablando consigo misma.

--La sangre!... Qu sangre?--balbuci Raskolnikoff ponindose ms
plido an de lo que estaba y andando hacia atrs hasta la pared.

Anastasia continuaba observndole sin despegar los labios.

--Nadie ha pegado a la patrona--dijo, al fin, con sequedad.

El joven la mir, respirando apenas.

--Si lo he odo... Si no dorma... Estaba sentado en el divn--repuso
con voz ms temblorosa an--. He escuchado durante largo rato... Ha
venido el ayudante de polica. Ha salido la gente de todos los cuartos
a la escalera...

--Nadie ha venido. Es la sangre la que grita en ti. Cuando no tiene
salida se cuaja y uno delira, tiene alucinaciones... Vas a comer?

El joven no respondi, y Anastasia, sin salir de la habitacin, le
miraba con ojos furiosos.

--Dame agua.

La sirvienta baj, y dos minutos despus volva a subir con un jarro
lleno de agua. A partir de este momento se interrumpieron los recuerdos
de Raskolnikoff. Se acordaba nicamente de que haba bebido un buche de
agua fra desmayndose en seguida.


III

Sin embargo, todo el tiempo que dur su enfermedad, nunca estuvo
privado por completo del sentido: hallbase en un estado febril
semi-inconsciente y sola delirar. Ms tarde se acord de muchas cosas:
ora le pareca que varios individuos estaban reunidos en torno suyo;
queran apoderarse de l y llevarle a alguna parte, y con este motivo
disputaban vivamente; ora se vea de repente solo en su habitacin;
todo el mundo se haba marchado, tenan miedo de l. De vez en cuando
la puerta se abra, y le miraban disimuladamente, le amenazaban, rean
y se consultaban, y l se pona colrico, se daba cuenta a menudo de
la presencia de Anastasia a su cabecera; vea tambin a un hombre
que deba de serle muy conocido, pero, quin era? Jams consegua
dar un nombre a aquella figura, y esto le entristeca hasta el punto
de arrancarle lgrimas. A veces se figuraba que estaba en cama haca
un mes; en otros momentos le pareca que todos los incidentes de su
enfermedad haban ocurrido en un solo da; pero _aquello_, _aquello_
lo haba olvidado por completo. Cierto que a cada instante pensaba
que se haba olvidado de algo de que hubiera debido acordarse, y se
atormentaba, haca penosos esfuerzos de memoria, gema, se pona
furioso o senta un terror invencible. Entonces se incorporaba en su
lecho, quera huir, pero alguien le retena a la fuerza. Estas crisis
le debilitaban y terminaban en un desvanecimiento. Al fin recobr por
completo el uso de sus sentidos.

Eran las diez de la maana. Cuando haca buen tiempo, el sol entraba
en la habitacin a esa hora, proyectando una ancha faja de luz por el
muro de la derecha alumbrando el rincn prximo a la puerta. Anastasia
se hallaba delante del lecho del enfermo, acompaada de un individuo a
quien l no conoca, y que le observaba con mucha curiosidad. Era un
joven de barba naciente, vestido con un caftn, y que pareca ser un
_artelchtchit_[13].

       [13] Miembro de una sociedad de obreros o de empleados.

Por la puerta entreabierta miraba la patrona. Raskolnikoff se incorpor
un poco.

--Quin es, Anastasia?--pregunt, sealando al joven.

--Ha vuelto en s!--dijo la criada.

--Ha vuelto en s!--repiti el _artelchtchit_.

Al or estas palabras, la patrona cerr la puerta y desapareci. A
causa de su timidez, evitaba siempre entrevistas y explicaciones.
Aquella mujer, que contaba ya cuarenta aos, tena cejas y ojos negros,
curvas muy pronunciadas, y el conjunto de su persona resultaba bastante
agradable. Buena como suelen ser las personas gruesas y perezosas, era,
adems, excesivamente pudorosa.

--Quin es usted?--pregunt Raskolnikoff dirigindose al
_artelchtchit_.

En aquel momento se abri la puerta, dando paso a Razumikin, que
penetr en la habitacin, inclinndose un poco a causa de su alta
estatura.

--Vaya un camarote de barco!--exclam al entrar--. Siempre doy con la
cabeza en el techo. Y a esto se llama una habitacin! Vamos, amigo
mo, has recobrado ya el sentido, segn me acaban de decir!

--S, ha recobrado el sentido--repiti como un eco el dependiente,
sonrindose.

--Quin es usted?--interrog bruscamente Razumikin--. Yo me llamo
Razumikin, soy estudiante, hijo de noble familia; el seor es amigo
mo. Vamos, ahora dgame usted quin es!

--Estoy empleado en casa del comerciante Chelopaief, y vengo aqu para
cierto asunto...

--Sintese usted en esta silla--dijo Razumikin ocupando l otra
al lado opuesto de la mesa--. Has hecho muy bien en recobrar el
conocimiento--aadi, volvindose hacia Raskolnikoff--. Cuatro das
hace, puede decirse, que no has comido ni bebido nada; apenas tomabas
un poco de te, que te daban a cucharaditas. He trado aqu dos veces a
Zosimoff. Te acuerdas de Zosimoff? Te ha examinado muy atentamente,
y ha dicho que no tenas nada. Afirma que tu enfermedad es una simple
debilidad nerviosa, resultado de la mala alimentacin, pero no reviste
gravedad ninguna.

--Es famoso ese Zosimoff! Hace curas asombrosas! Pero no quiero
abusar de su tiempo--aadi Razumikin, dirigindose de nuevo al
empleado--. Quiere usted decirnos el motivo de su visita? Advierte,
Rodia, que es la segunda vez que vienen ya de esa casa; pero no fu el
seor el que vino. Quin es el que estuvo el otro da?

--El que vino anteayer fu Alejo Semenovitch, tambin empleado de la
casa.

--Tiene la lengua ms expedita que usted, verdad?

--S. Es un hombre de ms capacidad.

--Modestia digna de elogio! Vamos, siga usted.

--Pues bien; por orden de la madre de usted, Anastasio Ivanovitch
Vakruchin, de quien, sin duda, habr odo hablar ms de una vez, enva
a usted dinero que nuestra casa tiene el encargo de entregarle--dijo
el empleado encarndose ya directamente con Raskolnikoff--. Si posee
usted la cdula de reconocimiento, hgase usted cargo de estos treinta
y cinco rublos que Semenovitch ha recibido para usted de Anastasio
Ivanovitch, por orden de su madre. Ha debido usted tener aviso del
envo de esa cantidad.

--S; me acuerdo... Vakruchin...--dijo Raskolnikoff, procurando hacer
memoria.

--Quiere usted firmarme el recibo?

--S, va a firmar. Tiene usted ah su libro?--dijo Razumikin.

--S, aqu est.

--Dmelo usted. Vamos, Rodia; un esfuerzo, trata de incorporarte. Yo te
sostendr; toma la pluma, y pon aqu tu nombre; en nuestros tiempos, el
dinero es la miel de la humanidad.

--Yo no tengo necesidad de dinero--dijo Raskolnikoff, rechazando la
pluma.

--Cmo! Que no tienes necesidad de dinero?

--No firmo.

--Pero si tienes que dar un recibo!

--No tengo necesidad de dinero.

--No tienes necesidad de dinero?--repiti Razumikin--. Amigo mo,
faltas a la verdad, doy fe. No se impaciente usted, se lo ruego; no
sabe lo que dice... Est todava en el pas de los sueos... Cierto
es, sin embargo, que suele ocurrirle lo mismo cuando est despierto...
Usted es un hombre de buen sentido; le llevaremos la mano y firmar.
Vamos, aydeme usted.

--No; puedo volver otra vez.

--De ningn modo. Por qu se ha de molestar? Usted es un hombre
razonable... Ea, Raskolnikoff, no detengas por ms tiempo a este
seor... ya ves que te espera.

Y Razumikin se dispuso a llevar la mano a Raskolnikoff.

--Deja; lo har yo solo--dijo ste.

Tom la pluma, y firm en el libro. El dependiente entreg el dinero y
se march.

--Bravo! Y ahora, amigo mo, quieres comer?

--S--respondi Raskolnikoff.

--Hay sopa?

--Algo queda de ayer--respondi Anastasia que no haba salido de la
habitacin durante toda esta escena.

--Sopa de arroz con patatas?

--S.

--Estaba seguro de ello. Ve a buscar la sopa, y danos tambin te.

--Bueno.

Raskolnikoff miraba a su amigo con profunda sorpresa y terror estpido.
Resolvi callarse y esperar.

--Me parece que no deliro--pensaba--; todo esto es muy real.

Al cabo de diez minutos Anastasia volva con la sopa y anunci que
servira despus el te. Trajo tambin dos cucharas, dos platos y el
servicio correspondiente de mesa: sal, mostaza para tomarla con la
carne, etc.; nunca haba estado tan bien puesta la mesa desde haca
largo tiempo; hasta el mantel era limpio.

--Anastasia--dijo Razumikin--, Praskovia Pavlovna no hara mal en
enviarnos un par de botellas de cerveza. Asegrale que no quedar ni
gota.

--De nada te privas--murmur la criada y fu a hacer el encargo.

El enfermo continuaba observndolo todo con inquieta atencin.
Razumikin se sent a su lado en el divn. Con la gracia de un oso
sostena, apoyada en el brazo izquierdo, la cabeza de Raskolnikoff, que
no tena ninguna necesidad de este auxilio, y con la mano derecha le
llevaba a la boca cucharadas de sopa, despus de soplarlas muchas veces
para que su amigo no se quemase al tragarlas, a pesar de que la sopa
estaba bastante fra. Raskolnikoff tom con avidez tres cucharadas;
pero Razumikin suspendi bruscamente la comida de su amigo, declarando
que para tomarla era preciso consultar con Zosimoff.

En aquel momento entr Anastasia llevando las dos botellas de cerveza.

--Quieres te?

--S.

--Ve en seguida a buscar te, Anastasia, porque en lo tocante a esta
infusin, opino que no hace falta el permiso de la Facultad. Aqu est
la cerveza.

Se volvi a sentar en su silla, se acerc la sopera y la carne y se
puso a devorar con tanto apetito como si no hubiese comido en tres das.

--Ahora, amigo Rodia, como todos los das en esta casa--murmur con la
boca llena--. Praskovia, tu amable patrona, me trata a cuerpo de rey;
me tiene mucha consideracin, y, es claro, yo me dejo querer. Para
qu protestar? Aqu est Anastasia con el te. Es lista esta muchacha.
Anastasia, quieres cerveza?

--Te burlas de m?

--Pero un poco de te s tomars?

--Eso s.

--Srvete, o ms bien, no, espera; yo te servir. Sintate a la mesa.

Haciendo de anfitrin, llen sucesivamente dos tazas, despus dej
su almuerzo y fu a sentarse otra vez en el sof. Lo mismo que
cuando la sopa, Razumikin emple todo gnero de atenciones delicadas
para que Raskolnikoff tomara el te. Este ltimo se dejaba mimar sin
decir palabra, aunque se senta en estado de permanecer sentado en
el divn sin el auxilio de nadie, de tener en la mano la taza y la
cuchara y hasta de andar; pero con cierto maquiavelismo extrao y casi
instintivo, se haba decidido sbitamente a fingirse dbil y simular
cierta imbecilidad, teniendo, sin embargo, los ojos y los odos en
acecho. Al cabo, su disgusto fu ms fuerte que su resolucin; despus
de haber tomado diez cucharadas de te, el enfermo apart la cabeza con
un brusco movimiento, rechaz caprichosamente la cuchara y se dej caer
sobre la almohada. Esta palabra no era ya una metfora. Raskolnikoff
tena ahora bajo la cabeza una buena almohada de plumas, con una funda
muy limpia. Este detalle habalo advertido el joven y no dejaba de
preocuparle.

--Es preciso que Praskovia nos enve conserva de frambuesa para
preparar la bebida a Raskolnikoff--dijo Razumikin volviendo a sentarse
en su sitio y reanudando su interrumpido almuerzo.

--Y dnde va a buscar la frambuesa?--pregunt Anastasia que, teniendo
el platillo entre sus dedos separados, tomaba sorbos de te al travs
del azcar.

--Querida, tu ama la comprar en una tienda. T no sabes, Rodia: ha
pasado aqu toda una historia. Cuando te escapaste de mi casa como
un ladrn sin decirme dnde vivas, me incomod tanto, que resolv
encontrarte para tomar de ti una venganza ejemplar. Aquel mismo da
me puse en campaa. Lo que tuve que correr y preguntar! Se me haban
olvidado tus nuevas seas, por la sencilla razn de que no las haba
sabido nunca. En cuanto a tu antiguo alojamiento, slo me acordaba de
que habitabas en los Cinco Rincones, en casa de Kharlamoff. Me lanc
sobre esta pista, descubr la casa de Kharlamoff, que no es la casa de
Kharlamoff sino la de Bukh. Y ah tienes cmo se embrolla uno con los
nombres propios. Estaba furioso; al da siguiente, fu a la oficina de
Direcciones, sin confiar nada en el resultado de esta diligencia. Pues
bien, figrate mi asombro cuando en dos minutos me dieron la indicacin
de tu domicilio. Ests inscrito all.

--Que estoy inscrito?

--Ya lo creo! Y, sin embargo, no pudieron dar las seas del general
Kobeleff a uno que las peda. Apenas llegu aqu cuando me enter de
todos tus asuntos, s, amigo mo, de todos. Lo s todo; Anastasia te lo
dir: he trabado conocimiento con Nikodim Fomitch; he sido presentado
a Ilia Petrovitch, he entrado en relaciones con el _dvornik_, con
Alejandro Grigorievitch Zametoff, jefe de la Cancillera, y, en fin,
con la misma Pashenka; se ha sido el golpe final. Pregntaselo a
Anastasia.

--Por fuerza la has embrujado--murmur la criada con una sonrisa
maliciosa.

--Fu una lstima, querido amigo, que desde el principio no te
entendieses con ella. No debas haber procedido de este modo con
Pashenka. Tiene un carcter muy extrao... pero ya hablaremos otro da
de su carcter. Dime, qu hiciste para que te cortase los vveres?
y eso del pagar? Por fuerza estabas loco cuando lo firmaste. Y el
proyecto de matrimonio cuando viva su hija Natalia Egorovna!... Estoy
al corriente de todo. Pero veo que toco una cuerda muy delicada y que
soy un burro. Perdname. Mas, a propsito de tonteras, no te parece
que Praskovia Pavlovna es menos tonta de lo que a primera vista parece?

--S--balbuce, mirndole de reojo, Raskolnikoff.

No comprenda que hubiera sido mejor seguir la conversacin.

--Verdad que s?--exclam Razumikin--. No es una mujer muy
inteligente? Es un tipo muy original. Te aseguro, querido Rodia, que
no la entiendo. Ha entrado ya en los cuarenta y no confiesa ms que
treinta y seis... Cosa que puede hacer sin temor a que la desmientan.
Te aseguro que slo puedo juzgarla desde el punto de vista intelectual,
porque nuestras relaciones son las ms singulares que puedes
imaginarte. Repito que no la entiendo. Volviendo a nuestro asunto, ha
sabido que dejaste de ir a la Universidad y que ests sin lecciones
ni vestidos. Adems, desde la muerte de su hija no haba motivo para
que te considerase como de su familia; en tales condiciones le ha
asaltado cierta inquietud. T, por tu parte, en lugar de conservar con
ella las relaciones de otro tiempo, vivas retirado en tu rincn, y,
naturalmente, quera que te marchases. Pensaba desde haca tiempo en
eso; pero como le habas firmado un pagar, asegurndole, adems, que
tu madre pagara...

--He cometido una bajeza al decirle tal cosa... Mi madre est en la
miseria. Yo menta para que me siguiesen dando hospedaje y comida--dijo
Raskolnikoff con voz entrecortada y vibrante.

--Tenas razn al hablar como hablaste; pero la intervencin de
Tchebaroff, curial y hombre de negocios, lo ha echado todo a rodar.
Si no hubiera sido por ste, Pashenka no hubiera emprendido nada
contra ti. Es demasiado tmida para hacer eso. En cambio, el hombre
de negocios no es tmido y en seguida ha entablado la demanda. El
firmante de la letra es persona solvente? Respuesta: s, porque su
madre, aunque no posee ms que una pensin de ciento veinticinco
rublos, se quedara sin comer con tal de sacar a Rodin de semejante
apuro, y tiene adems una hermana que se vendera como esclava por
su hermano. El seor Tchebaroff se ha fundado en este clculo. Por
qu te agitas? Adivino, amigo mo, lo que ests pensando; no tenas
inconveniente en refugiarte en el seno de Pashenka cuando poda ver
en ti un futuro yerno; pero, ay!, en tanto que el hombre honrado
y sensible se abandona a las confidencias, el hombre de negocios
las recoge y hace su agosto. En suma; le entreg la letra a ese
Tchebaroff, que no se ha andado por las ramas. Cuando lo supe, quise,
para la tranquilidad de mi conciencia, tratar tambin al hombre de
negocios por la electricidad; pero, entretanto, se ha establecido
perfecta armona entre Pashenka y yo, y he suspendido el procedimiento
respondiendo de tu deuda. Te enteras, amigo mo? He salido fiador
por ti. He hecho venir a Tchebaroff, se le ha tapado la boca con diez
rublos y ha devuelto el papel que tengo el honor de presentarte. Ahora,
no eres ms que un deudor bajo tu palabra. Tmalo.

--Eres t a quien no conoca cuando deliraba?--pregunt Raskolnikoff,
despus de una pausa.

--S, y aun mi presencia te ha ocasionado alguna crisis violenta, sobre
todo cuando he venido con Zametoff.

--Zametoff! El jefe de la Cancillera?... Por qu lo has trado?...

Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff cambiaba de posicin y fij
los ojos en Razumikin.

--Qu te pasa? Por qu te alteras? Deseaba conocerte y quiso venir
porque habamos hablado mucho de ti. Cmo, de otra manera, hubiera
sabido yo tantas cosas acerca de ti? Es un buen muchacho, amigo mo;
maravilloso, claro que en su gnero; ahora somos amigos; nos vemos
todos los das porque acabo de transportar mis penates a ese barrio.
Aun no lo sabas? Me he mudado recientemente. He ido dos veces con l
a casa de Luisa. Te acuerdas de Luisa? Luisa Ivanovna...

--He disparatado mucho durante mi delirio?

--Ya lo creo. No te lo puedes imaginar.

--Qu es lo que deca?

--Que qu decas? Ya se sabe lo que puede decir un hombre que no est
en sus cabales... Pero no estamos aqu para perder el tiempo, sino para
ocuparnos en nuestros asuntos.

Y as diciendo se levant tomando su gorra.

--Qu es lo que deca?

--Quieres que te lo cuente? Temes haber dejado escapar algn secreto?
tranquilzate; de tus labios no ha salido ninguna palabra acerca de la
cuestin, pero has hablado mucho de un _bulldog_, de pendientes, de
cadenas de reloj, de la isla de Krestovsky, de un _dvornik_... qu s
yo! Nikodim Fomitch e Ilia Petrovitch, el ayudante, salan a relucir
en tu delirio. Adems hablabas mucho de una de tus botas, no cesabas
de decir llorando: dmela! Zametoff la estuvo buscando por todos
los rincones, y cuando encontr esa alhaja, no tuvo inconveniente en
tomarla con sus blancas manos cubiertas de sortijas y tan perfumadas...
Entonces fu cuando te calmaste, no soltndola durante veinticuatro
horas. Imposible quitrtela. Aun debe estar ah, debajo de la
colcha. Tambin pedas las tiras del pantaln, y con qu lgrimas!
Hubiramos deseado saber qu inters tenan para ti esas tiras; pero no
entendamos ni una sola de tus palabras. Ahora vamos a nuestro asunto.
Aqu tienes treinta y cinco rublos; tomo diez y dentro de dos horas
volver y te dar cuenta del empleo que habr hecho de ellos. De paso
entrar en casa de Zosimoff; ya debera estar aqu, porque son las once
dadas. Durante mi ausencia, cuida t, Anastasia, de que a ste no le
falte nada y procura prepararle algo para beber... Ahora voy a dar por
m mismo instrucciones a Pashenka. Hasta la vista.

--La llama Pashenka! Habrse visto un bribn como se?--dijo la
sirvienta cuando el joven, girando sobre sus talones, abandon el
cuarto, y saliendo tambin ella, se puso a escuchar detrs de la
puerta; pero al cabo de un instante no pudo permanecer all y descendi
muy apresuradamente, deseosa de saber qu hablaba Razumikin con la
patrona. Era evidente que Anastasia senta verdadera admiracin por el
estudiante.

Apenas la criada haba cerrado la puerta, el enfermo, echando a un lado
la colcha, salt del lecho como loco. Haba esperado con impaciencia
febril para poner mano a la obra. A qu obra? Era el caso que, en
aquel instante, no se acordaba de nada. Seor! Dime solamente una
cosa! Lo saben todo, o aun lo ignoran? Quiz ya estn enterados,
pero fingen ignorarlo, porque me ven enfermo. Esperarn a que est
restablecido para quitarse la mscara: me dirn entonces que lo saban
todo desde hace largo tiempo... Pero, qu es lo que tengo que hacer
ahora? Si era una cosa urgente... la he olvidado y pensaba en ella hace
un minuto.

Estaba en pie en medio de la habitacin, presa de dolorosa perplejidad.
Se acerc a la puerta, la abri y aplic el odo; mas, para qu? De
repente pareci que recobraba la memoria; acudi al rincn en que la
tapicera estaba desgarrada, introdujo la mano en el agujero y lo
escudri. Mas no era tampoco aquello de lo que quera acordarse; abri
la estufa y estuvo escarbando las cenizas; los bordes cortados del
pantaln y el forro del bolsillo se encontraban all, conforme los ech
antes el joven; de modo que nadie haba hurgado en la estufa. Se acord
entonces de la bota, de la que le haba hablado Razumikin. La bota
estaba en el sof, bajo la colcha, pero, desde el crimen haba sufrido
tantos frotamientos y manchdose con tanto lodo, que sin duda Zametoff
no haba podido notar nada.

--Bah!... Zametoff!... La oficina de polica! Pero, por qu se
me cita a esa oficina? Dnde est la citacin?... Ah, s, estoy
confundido! Fu el otro da cuando se me hizo ir; examin entonces
tambin la bota; pero ahora, ahora he estado enfermo. Mas, por qu
ha venido aqu Zametoff? Por qu lo ha trado Razumikin?--murmuraba
Raskolnikoff, sentndose fatigado en el sof--. Qu pasa? Estoy
delirando, o veo las cosas como son? Me parece que no sueo. Oh! ahora
recuerdo... Es preciso partir, partir en seguida; no hay ms remedio
que alejarse. Pero a dnde ir? Y dnde est mi ropa? No tengo botas.
Se las han llevado o las han escondido. Ah! Comprendo. Aqu est mi
gabn. No se han fijado en l. Dinero aqu, sobre la mesa! Gracias
a Dios! La letra de cambio aqu tambin... Voy a tomarlo y a salir.
Alquilar otro cuarto y no me encontrarn... Pero, y la oficina de
Direcciones? Acabarn por descubrirme... S... Razumikin sabr dar
conmigo. Mejor ser expatriarme, irme lejos, a Amrica: all me reir
de ellos. Tengo que llevarme la letra de cambio... Me servir. Que ms
necesito? Me creen enfermo, piensan que no me encuentro en estado de
andar, ja, ja! He ledo en sus ojos que lo saben todo. No tengo ms
que bajar la escalera. Pero, y si la casa estuviese vigilada, si abajo
me encontrase con los agentes de polica?... Qu es esto?... Te...?
Tambin ha quedado algo de cerveza. Esto me refrescar.

Tom la botella que aun contena lo bastante para llenar un gran vaso
y lo vaci de un trago con verdadero placer, porque tena ardiendo el
estmago. Pero un minuto despus prodjole la cerveza zumbidos en las
sienes y un ligero escalofro no del todo desagradable en la espina
dorsal. Se acost y tap con la colcha. Sus ideas vagas e incoherentes
se embrollaban cada vez ms. Bien pronto sinti gran pesadez en los
prpados, apoy con placer la cabeza en la almohada, se tap muy bien
con la blanca colcha que haba reemplazado y su harapiento gabn y se
qued profundamente dormido.

Se despert al or ruido de pasos y vi a Razumikin que acababa de
abrir la puerta, pero que dudaba si penetrar o no en la habitacin y
permaneca de pie en el umbral.

Raskolnikoff se levant vivamente y mir a su amigo con la expresin de
un hombre que trata de recordar algo.

--Puesto que no duermes, aqu me tienes. Anastasia, sube el
paquete--grit Razumikin a la criada que estaba abajo--; voy a darte
mis cuentas.

--Qu hora es?--pregunt el enfermo, dirigiendo en torno suyo una
mirada inquieta.

--Buena siesta, amigo mo! Van a dar las seis y eran las doce cuando
te dormiste. As, tu sueo ha durado seis horas.

--Seor! Cmo he podido dormir tanto rato!

--De qu te quejas? Este sueo te sentar bien. Tenas algn negocio
urgente? Una cita quizs? Ahora todo el tiempo nos pertenece. Tres
horas hace que esperaba a que te despertases. Dos veces he entrado y
t duerme que duerme. Otras dos veces he estado en casa de Zametoff;
haba salido; pero no importa, vendr. Adems he tenido que ocuparme
en mis asuntos. He cambiado hoy de domicilio y he mudado todos mis
trastos, incluso mi to, porque te advierto que tengo al presente a un
to en mi casa... Pero basta, volvamos a nuestro asunto. Trae ac el
paquete, Anastasia. Vamos en seguida a... Ante todo, cmo ests?

--Me siento bien, ya no estoy enfermo. Hace mucho tiempo que ests
aqu, Razumikin?

--Acabo de decirte que he estado tres horas esperando a que te
despertases.

--No hablo de ahora sino de antes.

--Cmo de antes?

--Desde cundo vienes a esta casa?

--Ya te lo dije otra vez. No te acuerdas?

Raskolnikoff hizo un llamamiento a su memoria. Se le presentaban los
incidentes de aquel da como si los hubiera soado, y viendo que en
vano pretenda recordar, interrog con una mirada a Razumikin.

--Hum!--dijo ste--; lo has olvidado. Ya me haca yo cargo de que, la
otra vez, no estabas en tu juicio. Ahora el sueo te ha sentado bien.
Tienes mucho mejor cara. Ya recobrars la memoria. Ahora, mira, querido
amigo--y se puso a deshacer el paquete, que era evidentemente el objeto
de todas sus preocupaciones--. Esto, amigo mo, es lo que ms me
interesaba. Hay que hacer de ti un hombre. Vamos a ver! Comencemos por
arriba. Ves esta gorra?--dijo, sacando del envoltorio una muy decente,
aunque ordinaria y de poco valor--. Me dejas que te la pruebe?

--No, ahora no, ms tarde--contest Raskolnikoff rechazando a su amigo
con un gesto de impaciencia.

--Tiene que ser ahora mismo, amigo Rodia; t djame a m. Despus
sera demasiado tarde. Adems, la inquietud me tendra en vela toda la
noche, porque he comprado estas prendas al buen tun tun, sin tener la
medida. Te est perfectamente!--exclam con aire de triunfo despus de
haberle probado la gorra--. Cualquiera dira que te la han hecho a la
medida. A que no aciertas, Nastachiuska, lo que me ha costado?--dijo
encarndose con la criada, viendo que su amigo guardaba silencio.

--Dos grivnas?--respondi Anastasia.

--Dos grivnas! Ests loca?--grit Razumikin--. Ahora por dos grivnas
no se podra comprar siquiera tu personita. Ocho grivnas y eso porque
est usada! Vamos a ver ahora el pantaln; te advierto que estoy
orgulloso de l--y present a Raskolnikoff un pantaln de color ceniza
de ligera tela de verano--. Ni un agujero, ni una mancha, y todava
muy llevable, aunque est ya usado. El chaleco es del mismo color que
el pantaln, como lo exige la moda. Por lo dems, estas prendas son
mejores que nuevas, porque con el uso han adquirido suavidad, son ms
flexibles. Soy de parecer, amigo Rodia, de que para andar por el mundo
es preciso arreglarse segn la estacin: las personas razonables no
comen esprragos en el mes de enero; en mis compras, he seguido ese
principio... Como estamos en verano, he comprado un vestido de verano.
Que viene el otoo, te harn falta vestidos de ms abrigo y abandonars
stos... con tanta ms razn, cuanto que de aqu all habrn tenido
tiempo de estropearse... Bueno, a ver si aciertas lo que han costado.
Cunto te parece? Dos rublos y veinticinco kopeks. Ahora hablemos
de las botas. Qu tal? se ve que estn usadas, es verdad, pero
desempearn muy bien su papel durante dos meses; han sido hechas en
el extranjero; eran de un secretario de la embajada britnica que las
vendi la semana pasada y que no las ha llevado ms que seis das; sin
duda andara mal de dinero. Precio: un rublo y cincuenta kopeks: son de
balde.

--Pero acaso no le vengan--observ Anastasia.

--Que no le vendrn? Para qu sirve esto, entonces?--replic
Razumikin, sacando del bolsillo una bota vieja de Raskolnikoff, sucia y
agujereada--. Haba tomado mis precauciones. Todo ello se ha hecho muy
concienzudamente. En cuanto a la ropa blanca ha habido mucho regateo
con la revendedora; en fin, aqu tienes tres camisas con la pechera de
moda. Y ahora recapitulemos: gorra, ocho grivnas; pantaln y chaleco,
dos rublos y veinticinco kopeks; ropa blanca, cinco rublos; botas, un
rublo cincuenta kopeks. Tengo que devolverte cuarenta y cinco kopeks.
Toma, gurdalos; de esta suerte ctate ya emperifollado, porque, segn
mi juicio, tu palet, no solamente puede servir an, sino que conserva
mucha distincin: se ve que ha sido hecho en casa de Charmer; en cuanto
a los calcetines, etc... te dejo el cuidado de que los compres t. Nos
quedan veinticinco rublos y no tienes que inquietarte, ni de Pashenka
ni del pago de inquilinato. Ya te lo he dicho: se te ha abierto un
crdito ilimitado, y ahora es necesario que te mudes de ropa blanca,
porque tu enfermedad est en tu camisa...

--Djame, no quiero--respondi rechazndole Raskolnikoff, cuyo rostro
haba permanecido triste durante el festivo relato de Razumikin.

--Es preciso, amigo mo; por qu me he destalonado yo por esas calles?
Natachiuska, no te la eches de vergonzosa, aydame--y a pesar de la
resistencia de Raskolnikoff, logr mudarle de ropa interior.

El enfermo se dej caer sobre la almohada y no dijo una palabra durante
dos minutos.

--No me dejarn tranquilo?--pensaba--. Y con qu dinero se ha
comprado todo esto?--pregunt en seguida, mirando a la pared.

--Vaya una pregunta! Con qu dinero ha de haber sido? Con el tuyo. Tu
madre te ha enviado por medio de Vakruchin treinta y cinco rublos que
te trajeron hace poco. Lo has olvidado, quiz?

--S, ya me acuerdo--dijo Raskolnikoff despus de haberse quedado
pensativo y sombro.

Razumikin, fruncidas las cejas, le miraba con inquietud. Se abri la
puerta y entr en la habitacin un hombre de alta estatura. Su manera
de presentarse indicaba la costumbre de visitar la casa de Raskolnikoff.

--Zosimoff! Por fin!--grit alegremente Razumikin.


IV

El recin venido era un mocetn de veintisiete aos, alto y grueso,
de rostro un poco abotargado, plido y afeitado cuidadosamente. Tena
el cabello de color rubio, casi blanco y cortado en forma de cepillo.
Usaba lentes y en el ndice de su carnosa mano brillaba un grueso
anillo de oro. Se comprenda que le gustaba usar cmodos vestidos que
no carecan de cierta elegancia. Llevaba un ancho gabn de verano y
pantaln claro. La pechera, los puos y cuello eran irreprochables,
y brillaba sobre su chaleco pesada cadena de oro. Sus modales tenan
algo de lentos y de flemticos, aunque haca esfuerzos para darse aire
de desenvuelto. Por lo dems, a despecho de su cuidado, se adverta
en sus maneras algo de afectacin. Cuantos le conocan le encontraban
insoportable; pero le tenan en grande estima como mdico.

He estado dos veces en tu casa... Lo ests viendo? Ha recobrado ya los
sentidos.

--Ya veo, ya veo; cmo nos sentimos hoy?--pregunt Zosimoff a
Raskolnikoff, mirndole atentamente.

Y al mismo tiempo se sentaba en el extremo del sof, a los pies del
enfermo, esforzndose por encontrar un sitio para su enorme persona.

--Siempre hipocondraco!--continu Razumikin--; hace poco, cuando le
hemos mudado de ropa interior, casi se ha echado a llorar.

--Se comprende, lo mismo hubiera sido mudarle luego; no era necesario
contrariarle... El pulso es excelente, seguimos con un poco de dolor de
cabeza, no es verdad?

--Estoy perfectamente--dijo Raskolnikoff irritado.

Y al pronunciar estas palabras se incorpor de repente en el sof
y brillaron sus ojos. Pero un instante despus se dej caer sobre
la almohada, volvindose del lado de la pared. Zosimoff le miraba
atentamente.

--Muy bien! Nada de particular--dijo con cierta indiferencia--. Has
tomado algo?

Se le dijo lo que haba comido el enfermo y se le pregunt qu poda
drsele.

--Puede tomar lo que quiera, sopa, te... Claro es que quedan prohibidos
los cohombros y las setas; no conviene tampoco que coma carne... aunque
esta advertencia es ociosa.

Cambi una mirada con Razumikin y prosigui:

--Nada de pociones ni medicamentos; maana veremos... Hoy se hubiera
podido... de todos modos est bien.

--Maana por la tarde le sacar a dar un paseo--dijo Razumikin--,
iremos juntos al jardn Yusupoff y despus al Palacio de Cristal.

--Maana sera demasiado pronto; pero un paseto corto... En fin,
maana veremos.

--Lo que siento es que precisamente hoy inauguro mi nueva vivienda, que
est a dos pasos de aqu, y deseara que fuese uno de los nuestros,
aunque tuviese que estar tendido en un sof. Vendrs t?--pregunt
Razumikin al doctor--; lo has prometido, no faltes a tu palabra.

--Bueno, no podr ir hasta bastante tarde. Das un convite?

--Nada de convite! Te, aguardiente, arenques y pastas... Una reunin
de amigos.

--Y quines son tus huspedes?

--Compaeros jvenes y mi to, un viejo que ha venido a no s qu
negocios a San Petersburgo; lleg ayer. Slo nos vemos una vez cada
cinco aos.

--En qu se ocupa?

--En vegetar en un distrito. Es maestro de postas, cobra una
pensioncilla y tiene sesenta y cinco aos. No hablemos ms de l,
aunque le quiero. Estar tambin Porfirio Petrovitch, juez de
instruccin del distrito... un notable jurisconsulto. T le conoces.

--Es tambin pariente tuyo?

--Muy lejano. Mas, por qu arrugas el entrecejo? Crees que porque un
da tuvisteis no s qu disputa ests en el caso de no venir?

--Oh! Me ro de l!

--Es lo ms cuerdo que puedes hacer. Habr tambin estudiantes, un
profesor, un empleado, un msico y un oficial, Zametoff.

--Dime, te lo ruego, lo que t o ste--Zosimoff seal con un
movimiento de cabeza a Raskolnikoff--tenis de comn con ese Zametoff.

--Pues bien, ya que quieres que te lo diga, entre Zametoff y yo hay
algo comn; traemos cierto negocio entre manos.

--Me gustara saber qu negocio es se.

--A propsito del pintor decorador. Trabajamos porque se le ponga en
libertad. Creo que lo conseguiremos. El asunto es perfectamente claro;
nuestra intervencin tiene por nico objeto apresurar el desenlace.

--A qu pintor te refieres?

--No te he hablado ya de l? Ah! es verdad. No te he contado ms que
el principio... Se trata del asesinato de la vieja prestamista sobre
prendas. Pues bien, el pintor fu detenido como autor del doble crimen.

--S, antes que me contaras todo eso ya haba odo yo hablar de esos
asesinatos, y, a decir verdad, la cosa me interesa hasta cierto
punto... He ledo algo en los peridicos.

--Tambin mataron a Isabel--dijo, de pronto Anastasia, dirigindose a
Raskolnikoff.

--Isabel!--murmur el enfermo con voz casi ininteligible.

--S, Isabel, la revendedora. No la conocas? Vena a casa de la
patrona. Por cierto que te hizo una camisa.

Raskolnikoff se volvi del lado de la pared y se puso a contemplar con
gran atencin una de las florecillas blancas de que estaba sembrado
el papel que tapizaba su habitacin. Senta que se le entumecan los
miembros, pero no se atreva a moverse y continuaba con la mirada fija
en la florecilla de papel.

--Luego resultan cargos contra ese pintor?--pregunt Zosimoff
interrumpiendo con manifiesto enojo a la criada, que suspir y guard
silencio.

--S; pero esos cargos, en rigor, no son tales, y eso es precisamente
lo que se trata de demostrar. La polica sigue una pista falsa, como
la sigui al principio cuando sospech de Koch y Pestriakoff. Por poco
inters que se tenga en la cuestin, se siente uno indignado al ver
una sumaria tan neciamente conducida. Pestriakoff vendr probablemente
esta noche a mi casa; y, a propsito, Rodia, t tienes noticia de
ese crimen; ocurri el da antes que cayeras enfermo, la vspera de
tu desmayo en la oficina de polica, precisamente cuando se estaba
hablando de l.

El mdico mir curiosamente a Raskolnikoff.

--Ser preciso que yo no te quite el ojo de encima, Razumikin--le
dijo--; te interesas demasiado por un asunto que no te va ni te viene.

--Es posible, pero no importa. Arrancaremos a ese desgraciado de las
garras de la justicia--exclam Razumikin, descargando un puetazo sobre
la mesa--. Mas no son los errores de esa gente lo que me irritan;
cualquiera se equivoca. Adems, el error es cosa excusable, puesto
que por medio de l se llega a la verdad; no, lo que me molesta es
que estando engaados continan creyndose infalibles. Yo estimo a
Porfirio; pero... Sabes lo que en un principio los ha despistado? La
puerta estaba cerrada; y cuando Koch y Pestriakoff subieron con el
portero estaba abierta: luego Koch y Pestriakoff son los asesinos.
Vaya una lgica que me gastan!

--No te acalores. Los han detenido porque no tenan ms remedio que
detenerlos. Y a propsito, he visto de nuevo a Koch; creo que estaba en
relaciones de negocios con la vieja. Le compraba los objetos empeados
despus del vencimiento?

--S, es un camastrn. Negocia tambin letras de cambio. El mal
rato que ha pasado no me importa un comino. Pero me sublevo contra
los sistemas estpidos de un procedimiento anticuado... Tiempo es
ya de emprender un nuevo camino y de renunciar a viejas rutinas.
Unicamente los datos psicolgicos pueden arrojar luz en estos procesos.
Tenemos hechos, dicen; pero los hechos no son todo; la manera de
interpretarlos contribuye por lo menos en una mitad al xito de un
sumario.

--Sabes t interpretar los hechos?

--Mira, es imposible callarse cuando se siente, cuando se tiene la
ntima conviccin de que se puede contribuir al descubrimiento de la
verdad... Conoces los pormenores de ese asunto?

--Me habas hablado no s qu de un pintor decorador, pero no me has
contado el suceso.

--Pues bien, oye. Dos das despus de cometido el asesinato, por la
maana, en tanto que la polica proceda contra Koch y Pestriakoff,
a pesar de las explicaciones perfectamente categricas dadas por
ellos, surgi un incidente completamente inesperado. Cierto Dutchkin,
campesino que tiene una taberna enfrente de la casa del crimen, llev
a la comisara un estuche que encerraba unos pendientes de oro, y
con tal motivo cont su historia: Anteayer tarde, poco despus de
las ocho (fjate en esta coincidencia), Mikolai, un obrero pintor,
parroquiano de mi establecimiento, fu a suplicarme que le prestase
dos rublos por los pendientes que contena el estuche. A mi pregunta:
Dnde has encontrado esto?, me respondi que en la calle. No le
pregunt ms (es Dutchkin quien habla), y le di un billetito, es decir,
un rublo, porque dije para mis adentros: si no tomo este objeto lo
tomar otro, y mejor es que est en mis manos; si lo reclaman y s
que ha sido robado, ir a entregarlo a la polica. Bien mirado, al
hablar de este modo--prosigui Razumikin--, menta descaradamente;
conozco a ese Dutchkin, es un encubridor, y cuando tom de Mikolai una
alhaja que vala treinta rublos, no tena intencin de entregarla a la
polica. Se decidi a ello bajo la influencia del miedo. Pero dejemos a
Dutchkin continuar su relato: Desde nio conozco a ese campesino que
se llama Mikolai Dementieff; es, como yo, del gobierno de Riazan y del
distrito de Zaraisk. Sin ser un borracho, bebe algunas veces demasiado.
Sabamos que estaban trabajando con Mitrey, que es de su pas. Despus
de haber recibido el billetito, Mikolai apur dos copas, cambi su
rublo para pagar y se march, llevndose el cambio de la moneda. No
vi a Mitrey con l. Al da siguiente, omos decir que haban matado
a hachazos a Alena Ivanovna y a su hermana Isabel Ivanovna. Nosotros
las conocamos y entonces nacieron nuestras sospechas a propsito de
los pendientes, porque sabamos que la vieja prestaba dinero sobre
alhajas. Para aclarar mis dudas, me dirig a casa de las interfectas
hacindome el ignorante, y lo primero que hice fu averiguar si estaba
all Mikolai. Mitrey me dijo que su camarada andaba de picos pardos,
Mikolai entr borracho en su casa por la maana temprano y diez minutos
despus sali de ella. Desde entonces Mitrey no le haba vuelto a ver,
y, como es consiguiente, trabajaba solo. La escalera que conduce a la
habitacin de las vctimas, es tambin la del cuarto en que trabajan
los dos obreros; este cuarto est situado en el segundo piso. Habiendo
sabido esto, no dije palabra a nadie (es Dutchkin el que habla); pero
recog muchas noticias acerca del asesinato y me volv a mi casa
preocupado siempre con la misma duda. Esta maana, a las ocho (es
decir, a las dos horas del crimen, comprendes?), he visto a Mikolai
entrar en mi establecimiento. Estaba algo bebido, pero no del todo
borracho, de modo que poda comprender lo que se le dijera. El hombre
se sent silenciosamente en un banco. Cuando lleg Mikolai no haba
en la taberna ms que un parroquiano que dorma en otro banco; sin
contar, por supuesto, los dos mozos. Has visto a Mitrey?, pregunt a
Mikolai. No, dijo, no le he visto. Y no has ido a trabajar? No he
ido desde anteayer, respondime. En dnde has dormido esta noche?
En las Arenas, en casa de los Kolomensky. Y de dnde has sacado los
pendientes que me trajiste el otro da? Los encontr en la acera,
dijo con aire sospechoso, evitando mirarme. Has odo decir que esa
misma tarde y a la misma hora ha ocurrido algo en el edificio en que
trabajas? No, me contest, nada s. Le cuento todo el suceso, y l
me escucha abriendo desmesuradamente los ojos. De repente, se pone ms
blanco que la pared, toma la gorra y se levanta. Trat entonces de
detenerle. Espera un poco, Mitchka, le digo. Echa otra copa. Al mismo
tiempo hago seas a uno de los mozos para que se ponga delante de la
puerta, mientras yo me aparto del mostrador. Pero adivinando, sin duda,
mis intenciones, se lanza fuera de la casa, echa a correr y desaparece
por una bocacalle. Desde aquel momento no tengo la menor duda de que es
el culpable.

--Ya lo creo!--dijo Zosimoff.

--Espera. Escucha hasta el fin. Naturalmente, la polica se puso a
buscar por todas partes a Mikolai. Detuvo a Dutchkin y Mitrey e hizo
varios registros en sus casas; pero hasta anteayer no se ha logrado
capturar a Mitka, a quien se encontr en una posada del arrabal de***,
en circunstancias bastante raras. Una vez en esa posada, se quit su
cruz que era de plata, la entreg al posadero y pidi un _shkalik_[14]
de aguardiente. Minutos despus, una campesina que acababa de ordear
las vacas, mirando por la rendija del establo, vi al pobre hombre
haciendo preparativos para ahorcarse. Tena hecho un nudo corredizo a
su cinturn, lo haba atado a una viga del techo; y, subido en una pila
de madera, trataba de echarse al cuello la lazada. A los gritos de la
mujer acudi la gente: Vaya un entretenimiento el tuyo! Conducidme,
dijo, a la oficina de polica; lo confesar todo. Se accedi a su
demanda, y con todos los honores debidos a su clase, se le condujo
a la comisara de nuestro barrio, donde se le someti a un detenido
interrogatorio. Quin eres t? Qu edad tienes? Veintids aos,
etc. Pregunta: Mientras estabas trabajando con Mitrey, no vieron
ustedes a nadie en la escalera entre tal y cual hora? Respuesta:
Quiz pas alguien, pero no reparamos. Y no oyeron ustedes nada?
Nada. Y t, Mikolai, no supiste que aquel da y a tal hora haban
asesinado y robado a la vieja y a su hermana? Nada absolutamente
saba de eso; tuve la primera noticia anteayer, en la taberna; me la
di Atanasio Papritch. Y en dnde encontraste los pendientes? En
la calle. Por qu al da siguiente no fuiste a trabajar con Mitrey?
Porque quise holgar. En dnde estuviste? En diferentes sitios.
Por qu escapaste de casa de Dutchkin? Porque tena miedo. De
que tenas miedo? De la justicia. Y por qu tenas miedo de la
justicia no siendo culpable de nada?

       [14] Medida de capacidad equivalente a unos 30 centilitros.

Pues bien, t lo creers o no lo creers, Zosimoff; pero la cuestin
se ha planteado literalmente en los trminos que te he dicho, lo s de
cierto porque se me ha repetido palabra por palabra el interrogatorio.
Eh? qu tal? Qu te parece?

--Pero, en fin, hay pruebas?

--No se trata ahora de pruebas, sino de las preguntas hechas a Mikolai
y de la manera que tiene la gente de polica de entender la naturaleza
humana. Bueno, dejemos esto. Para abreviar: de tal manera atormentaron
a ese infeliz, que acab por confesar que no fu en la calle donde
encontr los pendientes, sino en el cuarto en que trabajaba con Mitrey.
Cmo los has encontrado?, le preguntan. Y l contesta: Mitrey y yo
estuvimos pintando todo el da; eran las ocho e bamos a marcharnos,
cuando Mitrey tom un pincel, me lo pas por la cara y ech a correr,
despus de haberme untado. Me lanc en su persecucin, baj los
escalones de cuatro en cuatro gritando como un loco, y en el momento en
que llegaba abajo con toda la velocidad de mis piernas, di un empujn
al portero y a unos cuantos seores que se encontraban all tambin,
no recuerdo cuntos. Entonces el portero me injuri, otro portero le
hizo coro, la mujer del primer piso sali de la portera, donde se
hallaba, y aadi sus insultos a los que los otros me dirigan. En fin,
un seor, que entraba en la casa con una seora, nos reprendi, a Mitka
y a m, porque estbamos derribados en el suelo delante de la puerta e
impedamos el paso; yo tena asido a Mitka por los cabellos y le pegaba
puetazos. El tambin me tena agarrado por el pelo y me daba cuantos
golpes poda, aunque estaba debajo de m. Hacamos esto sin reir, en
broma, riendo a carcajadas. Luego Mitka logr escapar de mis manos y se
escurri a la calle; yo corr tras l, pero no pude alcanzarle y volv
solo al cuarto en que trabajbamos para recoger los tiles del oficio.
Mientras los arreglaba, esperando a Mitka, pues estaba seguro de que
volvera, vi en un rincn, al lado de la puerta, una cosa envuelta
en un papel. Quit el papel y encontr un estuche que contena unos
pendientes...

--Detrs de la puerta? Estaba detrs de la puerta, detrs de la
puerta?--repiti Raskolnikoff mirando espantado a Razumikin y haciendo
esfuerzos para incorporarse en el sof.

--S. Qu te pasa? Por qu te pones as?--dijo Razumikin, saltando de
su asiento.

--No, no es nada--respondi Raskolnikoff con voz dbil, dejndose caer
de nuevo sobre la almohada y ponindose de cara a la pared.

Rein un silencio de algunos minutos.

--Estaba, sin duda, adormilado--dijo Razumikin, interrogando con la
mirada a Zosimoff, quien hizo con la cabeza un leve movimiento negativo.

--Contina--dijo el doctor--; y despus?

--Ya sabes lo dems. En cuanto tuvo los pendientes no pens ni en sus
tiles del oficio ni en Mitrey; tom la gorra y se fu en seguida a la
taberna de Dutchkin. Como ya te he dicho, hizo que ste le diera un
rublo, dicindole que haba encontrado el estuche en la calle, y en
seguida se fu de holgorio. Mas en lo concerniente al asesinato, su
lenguaje no vara: No s nada, repite constantemente. No tuve noticias
del crimen hasta el da despus. Pero, por qu has desaparecido
durante todo ese tiempo? Porque tema que me vieran. Y por qu
queras ahorcarte? Porque tena miedo. De qu tenas miedo? De
que me procesaran. Esta es la historia. Ahora bien, qu dirs que
sacan en conclusin de todo ello?

--Qu quieres que diga? Existe una presuncin, discutible, quiz, pero
no deja de ser una presuncin. Crees t que deban poner en libertad a
ese pintor decorador?

--S, pero es el caso que estn convencidos de que es el autor del
crimen.

--Vamos a ver, y no te exaltes. Te olvidas de los pendientes. El
mismo da, pocos instantes despus de haberse cometido el crimen,
los pendientes, que sin duda se hallaban en el bal de la vctima,
estaban en manos de Mikolai: has de convenir conmigo en que es preciso
averiguar cmo llegaron a su poder; es ste un punto que el juez
instructor no puede por menos que aclarar.

--Que cmo llegaron a su poder?--exclam Razumikin--. Que cmo
llegaron a su poder? Ante todo, doctor, por tu condicin de mdico
has tenido ocasin de estudiar al hombre y profundizar la naturaleza
humana. Siendo esto as, es posible que no veas cul es la de
ese Mikolai? Cmo no te haces cargo _a priori_ de que todas las
declaraciones prestadas por l en el curso de los interrogatorios son
verdaderas? Los pendientes llegaron a sus manos exactamente como l
dice: tropez con el estuche y lo recogi.

--Verdaderas!... Sin embargo, l mismo ha confesado que minti en su
primera declaracin.

--Escchame, escchame atentamente: el portero, la mujer de ste, Koch.
Pestriakoff, el otro portero, la inquilina del primer piso que se
hallaba a la sazn en la portera, el consejero Krukoff, que en aquel
mismo instante acababa de apearse del coche y entraba en la casa con
una seora del brazo; todos, es decir, ocho o diez testigos, declaran
unnimemente que Mikolai tir a Mitrey al suelo y que, conforme le
tena debajo, le daba puetazos, mientras el otro agarraba a su
compaero del pelo y procuraba devolverle los golpes recibidos. Estaban
tirados delante de la puerta, interceptando el paso; los injurian, y
ellos lo mismo que chiquillos (es la expresin de los testigos),
gritan, se maltratan, lanzan carcajadas y se persiguen en la calle
como dos pilluelos. Comprendes? Ahora fjate en esto: arriba yacen
dos cadveres que no se han enfriado todava, pues estaban calientes
an cuando los descubrieron. Si hubiesen cometido el crimen los dos
obreros o solamente Mikolai, permteme que te pregunte: Se comprende
tal descuido, tal serenidad en personas que acaban de cometer dos
asesinatos seguidos de robo? No existe verdadera incompatibilidad
entre esos gritos, esas risas, esa lucha infantil y el estado de nimo
en que debieran encontrarse los asesinos? Cmo! A los cinco o diez
segundos de haber matado (porque, lo repito, se han encontrado todava
calientes los cadveres), se van sin cerrar la puerta del cuarto en
que yacen sus vctimas, y sabiendo que sube gente al cuarto en donde
se ha perpetrado el delito, retozan en el umbral de la puerta cochera,
y en lugar de huir apresuradamente interceptan el paso, ren, atraen
la atencin de la gente, hasta el punto de que hay diez testigos que
declaran unnimemente!

--Es verdad; eso es extrao; parece imposible; pero...

--No hay _pero_ que valga, amigo mo. Reconozco que los pendientes
encontrados en poder de Mikolai, poco despus de cometido el crimen,
constituyen en contra del pintor un hecho grave, hecho por otra parte,
explicado de manera plausible por el acusado, y en consecuencia,
sujeto a discusin; pero hay que tener tambin en cuenta los hechos
justificativos, tanto ms cuanto que stos estn fuera de discusin.
Desgraciadamente, dado el espritu de nuestras leyes, los magistrados
son incapaces de admitir que un hecho justificativo, fundado en una
pura posibilidad psicolgica, pueda destruir cualesquiera cargos
materiales. No, no los admitirn, por la nica razn de que ha
encontrado el estuche y de que el hombre ha querido ahorcarse, cosa en
que no habra pensado si no hubiese sido culpable. Tal es la cuestin
capital, y por esta razn me exalto. Comprendes?

--S. Veo que te exaltas. Espera un poco. Hay una cosa que me haba
olvidado preguntarte: Qu prueba que el estuche de los pendientes haya
sido robado de casa de la vieja?

--Eso est probado--replic entre dientes Razumikin--. Koch ha
reconocido el objeto y ha indicado la persona que lo haba empeado.
Por su parte, esta ltima persona ha demostrado evidentemente que el
estuche le perteneca.

--Tanto peor. Otra pregunta: No ha visto nadie a Mikolai cuando Koch
y Pestriakoff suban al cuarto piso, y, por consiguiente, no puede
probarse la coartada?

--El hecho es que nadie le ha visto--respondi con tono malhumorado
Razumikin--. Esto es lo que hay de malo. Ni Koch ni Pestriakoff vieron
a los pintores al subir la escalera; por otra parte su testimonio no
significar gran cosa. Vimos--dicen--que el cuarto estaba abierto y
que sin duda haba gente trabajando en l; pero pasamos de largo sin
fijarnos, y no podemos asegurar si en aquel momento haba all o no
obreros.

--De modo que toda la justificacin de Mikolai descansa sobre la risa y
puetazos que cambiaba con su compaero. Bueno, es una prueba en apoyo
de su inocencia; pero permteme que te pregunte cmo te explicas el
hecho: siendo verdadera la versin del acusado, cmo te explicas el
hallazgo de los pendientes?

--Que cmo me lo explico? Qu hay que explicar aqu? La cosa es clara
como la luz meridiana, o a lo menos as se desprende del sumario. El
mismo estuche nos da la clave de lo sucedido. El verdadero culpable
dej caer los pendientes. Estaba arriba cuando Koch y Pestriakoff
empujaban la puerta, y se haba encerrado por dentro con el cerrojo.
Koch cometi la insigne torpeza de bajar; entonces el asesino sali
del cuarto y empez a descender, supuesto que no tena otro medio
de escapar. Ya en la escalera, esquiv las miradas de Koch, de
Pestriakoff y del portero, refugindose en la habitacin del segundo
piso precisamente en el momento en que los obreros acababan de salir.
El criminal se ocult detrs de la puerta en tanto que el portero y
los otros suban a casa de las vctimas; esper a que el ruido de los
pasos cesase de orse y lleg tranquilamente al pie de la escalera
en el instante mismo en que Mitrey y Mikolai salan corriendo a la
calle. Como todo el mundo se haba dispersado, no encontr a nadie en
la puerta cochera. Puede que alguien le haya visto; pero nadie se fij
en l: quin se fija en las personas que entran o salen de una casa?
El estuche debi de carsele del bolsillo cuando estaba detrs de la
puerta, y no lo advirti, porque tena entonces otras muchas cosas en
que pensar. El estuche demuestra claramente que el asesino se ocult en
el cuarto desalquilado del segundo piso... Ah tienes explicado todo el
misterio.

--Ingenioso, amigo mo, muy ingenioso! Ese relato hace honor a tu
imaginacin.

--Pero, por qu? Qu tiene que ver en esto mi imaginacin? Por qu
dices que es ingenioso mi relato?

--Porque todos los detalles estn muy bien calculados y todas las
circunstancias se presentan con demasiada oportunidad... Ni ms ni
menos que en el teatro.

Razumikin iba a protestar de nuevo, cuando la puerta se abri de
repente y los tres jvenes vieron aparecer un visitante a quien ninguno
de los tres conoca.


V

Era ya de cierta edad, majestuoso, de modales acompasados y de
fisonoma reservada y severa. Se detuvo en el umbral dirigiendo
miradas a todas partes con sorpresa que no trataba de disimular y que
era bastante desagradable. Pareca que se preguntaba: A dnde he
venido a meterme? Contemplaba la habitacin estrecha y baja en que
se encontraba con desconfianza y con cierta afectacin de temor. Su
mirada conserv la misma expresin de estupor cuando se pos sobre
Raskolnikoff. El joven, con un traje bastante descuidado, estaba
tendido en su miserable sof, y sin hacer movimiento alguno se puso
a su vez a contemplar al visitante. Despus este ltimo, conservando
su aspecto altanero, examin la inculta barba y los rizados cabellos
de Razumikin, el cual, a su vez, sin moverse de su sitio le segua
mirando con impertinente curiosidad. Durante un minuto rein un
silencio molesto para todos. Finalmente, comprendiendo, sin duda, que
su arrogancia no impona a nadie, el buen seor se humaniz un poco, y
cortsmente, aunque con cierta sequedad, se dirigi a Zosimoff.

--El seor Rodin Romanovitch Raskolnikoff, un joven que es o ha sido
estudiante?--pregunt recalcando cada slaba.

El mdico se levant lentamente y hubiera respondido, si Razumikin,
a quien no iba dirigida la pregunta, no se hubiera apresurado a
contestar.

--Ah est en el sof; pero a usted qu se le ocurre?

El desenfado de estas palabras molest al caballero de aspecto solemne,
que hizo ademn de arrojarse sobre Razumikin, pero se contuvo y
volvise vivamente hacia Zosimoff.

--El seor es Raskolnikoff--dijo negligentemente el doctor, mostrando
al enfermo con un ligero movimiento de cabeza.

Despus bostez casi hasta desquijararse, sac del bolsillo del chaleco
un enorme reloj de oro, lo mir, y lo volvi a guardar.

Raskolnikoff, que continuaba echado boca arriba, no apartaba los
ojos del recin venido; pero ningn pensamiento reflejaba su mirada
despus que hubo dejado de contemplar la florecilla del papel, y su
rostro, excesivamente plido, expres un extraordinario sufrimiento.
Hubirase dicho que el joven acababa de soportar una dolorosa operacin
quirrgica o de ser sometido al tormento. Poco a poco, sin embargo,
la presencia del visitante despert en l creciente inters: primero,
sorpresa; despus, curiosidad, y, finalmente, cierta especie de temor.
Cuando el doctor le seal diciendo: El seor es Raskolnikoff,
nuestro hroe se levant de repente, se sent en el sof, y con voz
dbil y entrecortada, pero que sonaba a desafo, dijo:

--S, yo soy Raskolnikoff. Qu quiere usted?

El seor de aire importante le contempl atentamente y respondi con
tono digno:

--Soy Pedro Petrovitch Ludjin; tengo motivo para creer que mi nombre no
le es del todo desconocido.

Pero Raskolnikoff, que esperaba, sin duda, otra cosa, se content con
mirar a su interlocutor silenciosamente y como si el nombre de Pedro
Petrovitch hubiese sonado por primera vez en sus odos.

--Cmo? Es posible que no haya usted odo hablar de m?--pregunt
Ludjin un tanto desconcertado.

Por toda respuesta Raskolnikoff se ech lentamente sobre la almohada,
se puso las manos bajo la cabeza y fij los ojos en el techo. Ludjin
estaba perplejo. Zosimoff y Razumikin le miraban con curiosidad cada
vez mayor, lo que acab de desconcertarle por completo.

--Pensaba... crea...--balbuci--que una carta puesta en el correo hace
ocho das o acaso quince...

--Oiga usted; por qu permanece ah en la puerta?--interrumpi
bruscamente Razumikin--. Si tiene algo que decir, sintese usted.
Anastasia y usted no caben los dos en el hueco de la puerta. Es
demasiado estrecha. Nastachiuska, aprtate y deja pasar a ese seor.
Entre usted. Aqu hay una silla. Vamos, venga usted.

Apart su silla de la mesa, dej un pequeo espacio libre entre sta y
sus rodillas y esper en una posicin bastante impertinente a que el
visitante se le acercase. Pedro Petrovitch se desliz no sin trabajo
hasta la silla, y, despus de sentarse, mir con aire de desconfianza a
Razumikin.

--Por lo dems, no se incomode usted--dijo el estudiante con voz
fuerte--. Rodia hace cinco das que se encuentra enfermo. Durante
tres ha estado delirando; ahora ha recobrado el conocimiento y hasta
ha comido con apetito; este seor es su mdico, y yo un compaero
de Rodia, antiguo estudiante como l, y hago las veces de enfermero
suyo: no haga usted, pues, caso de nosotros, y hable con l como si no
estuviramos aqu.

--Muchas gracias. Pero mi presencia y mi conversacin, no fatigarn al
enfermo?--pregunt Pedro Petrovitch dirigindose a Zosimoff.

--No, al contrario, as se distraer--respondi con tono indiferente el
mdico y volvi a bostezar.

--Oh! Ha recobrado el uso de sus facultades hace ya un buen rato,
desde esta maana--aadi Razumikin, cuya familiaridad revelaba tan
honrada franqueza, que Pedro Petrovitch comenz a sentirse menos
molesto. Adems, aquel hombre incivil y mal vestido se recomendaba por
su calidad de estudiante.

--Su madre de usted...

--Hum!--exclam estrepitosamente Razumikin.

Ludjin le mir sorprendido

--No, no es nada, una mala costumbre ma; coutine usted.

Ludjin se encogi de hombros y prosigui:

--Su madre de usted tena empezada una carta para usted antes de mi
partida. Llegado aqu, he diferido de intento mi visita algunos das, a
fin de estar bien seguro de que estaba usted perfectamente enterado de
todo. Pero ahora veo con asombro que...

--Ya s, ya s--interrumpi bruscamente Raskolnikoff, cuyo rostro
expres violenta irritacin--. Usted es el futuro...? Est bien, ya lo
s. No hablemos ms de eso.

Este lenguaje algo grosero hiri en lo vivo a Ludjin, pero guard
silencio, preguntndose lo que aquello significaba. La conversacin se
interrumpi momentneamente.

En tanto, Raskolnikoff, que para responderle se haba vuelto un poco
hacia l, se puso a contemplarle con marcada atencin, como si antes
no le hubiese visto o como si le hubiese chocado alguna cosa en el
visitante. Se incorpor para mirarle mejor, y la verdad es que el
exterior de Ludjin ofreca no s qu aspecto particular que justificaba
el apelativo de _futuro_ tan caballerescamente aplicado poco antes a
aquel personaje.

Desde luego se vea, y quiz se vea demasiado, que Pedro Petrovitch
se haba apresurado a aprovechar su estancia en San Petersburgo
para embellecerse, en previsin de la prxima llegada de su
prometida. Esto, en rigor, era disculpable. Tal vez dejaba adivinar la
satisfaccin que senta por haber logrado su propsito; pero tambin
esta debilidad poda ser perdonada a un pretendiente. Iba enteramente
vestido de nuevo, y su elegancia no ofreca a la crtica ms que un
punto flaco: el de que la ropa estaba demasiado flamante y denunciaba
un propsito determinado. De qu respetuosos cuidados rodeaba el
elegante sombrero que acababa de comprar! qu miramientos tena con
sus guantes Jouvin, que no se haba atrevido a calzarse, contentndose
con tenerlos en la mano para muestra! En su traje dominaban los colores
claros. Llevaba una graciosa americana de color caf claro; pantaln
de un color muy delicado y chaleco de la misma tela que el pantaln.
La pechera, cuellos y puos eran muy pulcros y finos, y la corbata
de batista a listas de color de rosa. Pedro Petrovitch, repitmoslo,
presentaba buen aspecto con estos vestidos, pareca mucho ms joven de
lo que era en realidad.

Su rostro muy fresco y no desprovisto de distincin, ostentaba espesas
patillas que hacan resaltar la deslumbrante blancura de una barbilla
cuidadosamente afeitada. Tena pocas canas y su peluquero haba logrado
rizarle el cabello sin ponerle, como casi siempre sucede, la cabeza tan
ridcula como la de un desposado alemn. Si es verdad que en aquella
fisonoma seria y bastante bella haba algo desagradable y antiptico,
era por otras causas. Despus de haber tratado descortsmente al seor
Ludjin, Raskolnikoff sonri burlonamente, apoy otra vez la cabeza
en la almohada y se puso a contemplar el techo. Pero el seor Ludjin
haba resuelto no incomodarse por nada, y fingi no reparar en lo
extrao de aquel recibimiento. Hasta hizo un esfuerzo para reanudar la
conversacin.

--Siento muchsimo encontrar a usted en este estado. Si hubiera sabido
que se hallaba usted enfermo, habra venido antes; pero ya sabe usted,
estoy tan ocupado... Se me ha encargado de un proceso muy importante en
el Senado. Esto sin contar con los preparativos y preocupaciones que
usted adivinar sin duda. Aguardo de un momento a otro a su familia, es
decir, a su madre de usted y a su hermana.

Raskolnikoff quiso decir algo. Su rostro expres cierta agitacin.
Pedro Petrovitch se detuvo un instante; espero, pero viendo que el
joven guardaba silencio continu diciendo:

--De un momento a otro. En previsin de su prxima llegada les he
buscado hospedaje...

--Dnde?--pregunt con voz dbil Raskolnikoff.

--Cerca de aqu, en casa de Bakalieff...

--S, en el _pereulok_ Vosnesenshy--interrumpi Razumikin--; hay dos
pisos amueblados, que los alquila el comerciante Utchin. He estado all.

--En efecto, en esa casa hay dos cuartos para alquilar. Es aquello un
agujero innoblemente sucio y, adems, de muy mala fama. Han ocurrido
all sucesos nada limpios... Ni el mismo diablo sabe la gente que la
habita. Yo mismo presenci all cierta aventura escandalosa. Claro!
Las habitaciones esas cuestan baratas!

--Como usted comprender, yo no poda saber esas cosas, puesto que
acababa de llegar de provincias--replic Ludjin un tanto picado--. De
todos modos, las dos habitaciones que he tomado estn muy limpias, y
como son para tan poco tiempo... Tengo ya apalabrado nuestro futuro
alojamiento--aadi dirigindose a Raskolnikoff--. Lo estn arreglando.
Ahora estoy tambin a pupilo. Vivo a dos pasos de aqu, en casa de la
seora Lippevechzel, en el departamento de un joven amigo mo, Andrs
Semenitch Lebeziatnikoff, que es quien me ha indicado la casa de
Bakalieff.

--Lebeziatnikoff--pronunci lentamente Rodia, como si este nombre le
hubiese recordado alguna cosa.

--S, Andrs Semenitch Lebeziatnikoff, que es empleado en un
ministerio. Usted le conoce?

--S, es decir, no--respondi Raskolnikoff.

--Perdone usted. Su pregunta me ha hecho suponer que no le era
desconocido su nombre. Fu en otro tiempo su tutor; es un joven muy
agradable y que profesa ideas muy avanzadas. Yo trato con gusto a los
jvenes: por ellos se sabe lo que hay de nuevo.

Al acabar de decir estas palabras, Pedro Petrovitch mir a sus oyentes
con la esperanza de encontrar en su fisonoma algn signo de aprobacin.

--Desde qu punto de vista?--pregunt Razumikin.

--Desde un punto de vista muy serio; quiero decir, desde el punto de
vista de la actividad social--respondi Ludjin encantado de que se le
hiciese tal pregunta--. Yo no haba estado en San Petersburgo desde
hace diez aos. Todas estas novedades, todas estas reformas, todas
estas ideas han llegado hasta nosotros los provincianos; mas para verlo
todo claramente, es preciso venir a San Petersburgo. Observando las
nuevas generaciones es como se las conoce mejor. Lo confieso, estoy
contentsimo.

--De qu?

--La pregunta de usted es complicada. Puedo engaarme, pero creo
haber notado puntos de vista ms concretos, un espritu crtico, una
actividad ms razonada.

--Es verdad--dijo negligentemente Zosimoff.

--Verdad que s?--dijo Pedro Petrovitch que recompens al mdico con
una amable mirada--. Convendr usted conmigo--prosigui dirigindose a
Razumikin--en que hay progreso, por lo menos en el orden cientfico y
en el econmico.

--Lugares comunes!

--No, no son lugares comunes. Si a m, por ejemplo, se me dice: Ama a
tus semejantes, y pongo este consejo en prctica, qu resultar?--se
apresur a responder Ludjin con demasiado calor--. Rasgara mi capa y
dara la mitad a mi prjimo, y los dos nos quedaramos medio desnudos.
Como dice el proverbio ruso: Si levantis muchas liebres a la vez,
no cazaris ninguna. La ciencia me ordena no amar a nadie ms que a
m, supuesto que todo en el mundo est fundado en el inters personal.
Si usted no ama ms que a s mismo, har usted de un modo conveniente
sus negocios y su capa quedar entera. Aade la Economa poltica
que cuantas ms fortunas privadas surgen en una sociedad, o en otros
trminos, cuantas ms capas enteras hay, ms slida y felizmente
est organizada esa sociedad. As, pues, al trabajar nicamente
para m, trabajo tambin para todo el mundo; y resulta en ltimo
extremo que mi prjimo recibe un poco ms de la mitad de una capa y
no solamente gracias a las liberalidades privadas e individuales,
sino como consecuencia del progreso general. La idea es sencilla;
desgraciadamente ha necesitado mucho tiempo para hacer su camino y para
triunfar de la quimera y del sueo. Sin embargo, no es preciso, me
parece a m, mucho ingenio para comprender...

--Perdn! pertenezco a la categora de los imbciles--interrumpi
Razumikin--. No se hable ms de eso. Yo tena un objeto al empezar esta
conversacin; pero desde hace tres aos me zumban los odos ya con
toda esta palabrera y con todas estas vulgaridades, y me da vergenza
hablar y aun or hablar de ellas. Naturalmente, usted se ha apresurado
a darnos a conocer sus teoras... Es cosa muy disculpable y no se la
censuro. Solamente deseaba saber quin era usted, porque ya se le
alcanza que en estos tiempos hay una porcin de embaucadores que han
cado sobre los negocios pblicos, y, no buscando ms que su propio
medro, han echado a perder cuanto han tocado con sus manos... y... ea,
basta!

--Seor!--replic Ludjin, herido en lo vivo--, eso es decir que yo
tambin...?

--Oh! de ninguna manera. Cmo haba yo de...? No se hable ms--dijo
Razumikin, y sin hacer caso del visitante reanud con Zosimoff la
conversacin interrumpida con la llegada de Pedro Petrovitch.

Adopt ste el buen acuerdo de aceptar sin protesta la explicacin del
estudiante. Tena, adems, la intencin de irse en seguida.

--Ahora que ya nos conocemos--dijo, dirigindose a Raskolnikoff--,
espero que nuestras relaciones continuarn en cuanto se ponga
usted bueno del todo, y sern cada vez ms ntimas, merced a las
circunstancias que ya conoce... Le deseo un pronto restablecimiento.

Raskolnikoff hizo como si no le hubiera entendido. Pedro Petrovitch se
levant.

--De seguro es uno de sus deudores quien ha matado a la vieja--afirm
Zosimoff.

--Seguramente--repiti Razumikin--. Porfirio no dice lo que piensa,
pero interroga a los que haban empeado alhajas en casa de la usurera.

--Que los interroga?--pregunt con voz fuerte Raskolnikoff.

--S, y qu?

--Nada.

--Y cmo los conoce?--pregunt Zosimoff.

--Koch ha designado alguno; se han encontrado los nombres de otros
muchos en los papeles que envolvan los objetos. En fin, otros se han
presentado en cuanto han tenido noticia del hecho.

--El pillo que ha dado el golpe debe de ser un mozo experimentado. Qu
decisin, que audacia!

--No hay tal cosa--replic Razumikin--. Eso es precisamente lo que te
engaa y lo que engaa a todos. Sostengo que el asesino no es ni hbil
ni experimentado; ese crimen ha sido probablemente el primero que ha
cometido. En la hiptesis de que el criminal fuese un asesino consumado
nada explicara todo un cmulo de inverosimilitudes... Si, por el
contrario, le suponemos novato, habr que admitir que la casualidad
solamente ha sido causa de que pudiera escapar. Quin sabe? Quiz ni
ha previsto los obstculos. Cmo lleva a cabo su empresa? Asesina a
dos personas, toma luego alhajas de diez o veinte rublos, y se llena
con ellas los bolsillos; revuelve el cofre en que la vieja guardaba sus
trapos, no toca el cajn de la cmoda en donde se ha encontrado una
cajita que contena mil quinientos rublos en metlico sin contar los
billetes. No, no ha sabido robar, slo ha sabido matar. Lo repito, es
principiante; se aturdi en el momento de cometer el crimen. Si no le
han detenido ya, debe dar ms gracias al azar que a su destreza.

Pedro Petrovitch iba ya a marcharse, pero antes de salir quiso
pronunciar algunas frases profundas. Deseaba dejar buena impresin, y
la vanidad le priv de tacto.

--Hablan ustedes, sin duda, del asesinato recientemente perpetrado en
la persona de una anciana, viuda de un secretario de colegio?--pregunt
dirigindose a Zosimoff.

--S. Usted ha odo hablar de ese crimen?

--Cmo no? Si se habla de l en todas partes.

--Conoce usted los pormenores?

--No todos; pero este asunto me interesa por la cuestin de carcter
general que plantea. No me refiero al aumento de crmenes en la clase
baja durante estos cinco ltimos aos; dejo a un lado la sucesin no
interrumpida de robos y de incendios. Lo que ms me preocupa es que en
las clases elevadas la criminalidad sigue una progresin en cierto modo
paralela.

--Pero, de qu se preocupa usted?--dijo bruscamente Raskolnikoff--.
Todo eso es el resultado prctico de la teora de ustedes.

--Cmo de nuestra teora?

--Es la deduccin lgica del principio que usted acaba de sentar. Segn
usted, es lcito matar al prjimo.

--Cmo? Yo!--exclam Ludjin.

--No, no es eso--observ Zosimoff.

Raskolnikoff se puso plido y respiraba fatigosamente; cierto
estremecimiento agitaba su labio superior.

--Todo consiste en los justos medios--prosigui con tono altanero Pedro
Petrovitch--; la idea econmica no es an, que yo sepa, una excitacin
al asesinato, y de lo que yo he expuesto al principio...

--Es verdad--salt Raskolnikoff con voz temblorosa de clera--, es
verdad que usted dijo a su futura esposa... cuando acept la peticin
de usted, que lo que ms le agradaba de ella era su pobreza... porque
es mejor casarse con una mujer para dominarla y echarle en cara los
beneficios de que se ha colmado?

--Caballero!--exclam Ludjin--, rugiendo de furor--. Caballero!
Eso es desnaturalizar mi pensamiento! Dispense usted que le diga que
los rumores que han llegado a su conocimiento, o mejor dicho, que han
sido puestos en su conocimiento, no tienen ni sombra de fundamento y
sospecho que... en una palabra... Ese dardo... en una palabra, que su
madre de usted... Ya me haba parecido a m, que, a pesar de sus buenas
cualidades, era un poco exaltada y novelesca; sin embargo, estaba a
mil leguas de imaginar que pudiese desnaturalizar hasta ese punto el
sentido de mis palabras y citarlas alterndolas de tal suerte... En
fin...

--Sabe usted lo que le digo?--grit el joven incorporndose y echando
lumbre por los ojos--. Sabe usted lo que le digo?

--Qu?

Y al decir esta palabra se detuvo Ludjin y esper con aire de desafo.

Hubo algunos momentos de silencio.

--Pues bien, que si usted se permite decir una sola palabra ms de mi
madre, le tiro de cabeza por la ventana.

--Qu te pasa? Qu arrebato es se?--exclam Razumikin.

--Ah! Lo har como lo digo!

Ludjin palideci y se mordi los labios. Se ahogaba de rabia, aunque
haca esfuerzos inauditos para contenerse.

--Escuche usted, caballero--dijo despus de una pausa--. La manera como
usted me recibi cuando entr, no me dej ninguna duda acerca de su
enemistad; sin embargo, he prolongado mi visita por exceso de cortesa.
Hubiera podido perdonar a un enfermo y a un pariente, pero ahora...
jams! jams!

--Yo no estoy enfermo!--grit Raskolnikoff.

--Tanto peor!

--Vyase usted al infierno!

Pero Ludjin no tuvo necesidad de esta invitacin para marcharse. Se
apresur a salir sin mirar a nadie y sin saludar a Zosimoff, que
durante un rato estuvo hacindole seas de que dejase en reposo al
enfermo.

--Ese es el modo de portarse?--dijo Razumikin, moviendo la cabeza.

--Dejadme! Dejadme todos!--exclam colrico Raskolnikoff--. Me
dejaris en paz, verdugos? No tengo miedo de vosotros! No temo a
nadie, a nadie! Ahora, marchaos. Quiero estar solo, solo, solo!

--Vmonos--dijo Zosimoff haciendo una sea con la cabeza a Razumikin.

--Pero, le vamos a dejar as?

--Vmonos!--insisti el mdico.

Razumikin reflexion un instante y se decidi a seguir al doctor, que
ya haba salido.

--Nuestra resistencia a sus deseos le hubiera sido perjudicial--dijo
Zosimoff a su amigo ya en la escalera--. No conviene irritarle.

--Qu le pasa?

--Una sacudida que le sacase de sus preocupaciones le hara mucho
provecho. Alguna idea fija le atormenta... Eso es lo que ms me
inquieta.

--El seor Pedro Petrovitch, tendr algo que ver en esto? Segn la
conversacin que acaban de sostener, parece que ese individuo va a
casarle con una hermana de Rodia, y que nuestro amigo ha recibido una
carta acerca de este asunto muy pocos das antes de su enfermedad.

--El diablo, sin duda, es quien ha trado de visita a ese seor, que ha
podido echarlo todo a perder. Pero, has reparado en que slo una cosa
hace salir al enfermo de su apata y mutismo? Cmo se excita cuando se
habla de ese asesinato!

--S, s, lo he advertido--respondi Razumikin--; presta ms atencin,
se inquieta. Es, sin duda, porque el mismo da que se puso malo le
asustaron en la oficina de polica y se desmay.

--Ya me lo contars circunstanciadamente en otra ocasin, y a mi vez te
dir algo... Me interesa mucho, muchsimo. Dentro de media hora volver
a ver cmo sigue. No es de temer le inflamacin...

--Gracias a ti. Ahora voy a entrar un momento en casa de Pashenka, y
har que le cuide Anastasia.

Cuando se qued solo, Raskolnikoff mir a la criada con impaciencia y
disgusto; pero sta vacilaba antes de irse.

--Tomars ahora el te?--preguntle la sirvienta.

--Ms tarde; quiero dormir. Djame.

El joven se volvi con un movimiento convulsivo hacia la pared, y la
criada sali del aposento.


VI

Pero en cuanto la criada hubo salido, Raskolnikoff se levant, cerr la
puerta con el picaporte y se puso las prendas que Razumikin le haba
llevado. Cosa extraa. De repente se troc en tranquilidad completa el
frenes de antes y el terror pnico que el joven haba sentido en los
ltimos das. Era aquel el primer momento de una tranquilidad extraa
y repentina. Precisos y sin vacilacin los movimientos del joven,
denotaban una resolucin enrgica. Hoy mismo, hoy mismo, murmuraba.
Comprenda, sin embargo, que estaba an dbil; pero la extrema tensin
moral a que deba su calma, le daban seguridad y confianza; no quera
caerse en la calle. Despus de haberse vestido por completo, mir el
dinero colocado sobre la mesa, reflexion un poco y se lo meti en el
bolsillo.

La cantidad suba a veinticinco rublos. Tom tambin todas las monedas
de cobre que quedaban de los diez rublos gastados por Razumikin, abri
suavemente la puerta, sali de su habitacin y baj la escalera. Al
pasar por delante de la cocina, cuya puerta estaba abierta de par en
par, ech una ojeada. Anastasia estaba vuelta de espaldas, ocupada en
soplar el samovar de la patrona y no le vi. Por otra parte, quin
hubiera podido prever esta fuga? Un instante despus estaba en la calle.

Eran las ocho y se haba puesto el sol. Aunque la atmsfera era
sofocante como el da anterior, Raskolnikoff respiraba con avidez el
aire polvoriento emponzoado por las exhalaciones mefticas de la
gran ciudad. Senta algunos ligeros vahdos; sus ojos inflamados, su
rostro delgado y lvido expresaban salvaje energa. No saba dnde ir
ni tampoco le preocupaba; saba solamente que era preciso acabar con
aquella historia; pero de repente y en seguida; que de otro modo no
entrara en su casa. Porque no quera vivir as. Cmo acabar? No lo
saba y haca esfuerzos para desechar esta pregunta que le atormentaba.
Slo comprenda que era menester cambiase todo de una manera o de otra,
cueste lo que cueste, repeta con desesperada resolucin.

Siguiendo una antigua costumbre se dirigi al Mercado del Heno.
Antes de llegar vi en la calzada, frente a una tiendecilla, a un
organillero joven, de cabellos negros, que tocaba una meloda muy
sentimental. El msico acompaaba con su instrumento a una joven de
quince aos, que estaba de pie en la acera. La muchacha, vestida como
una seorita, llevaba crinolina, manteleta, guantes, chal y sombrero
de paja, adornado con una pluma encarnada, todo viejo y arrugado. Con
voz cascada, pero bastante fuerte y agradable, cantaba una romanza,
esperando que en la tienda le diesen un par de kopeks. Dos o tres
personas se haban detenido; Raskolnikoff hizo como ellas, y despus de
haber escuchado un momento, sac del bolsillo un piatak y lo puso en
la mano de la joven. La muchacha cort en seco su canto en la nota ms
alta y conmovedora--. Basta!--grit la cantora a su compaero y ambos
se dirigieron a la tienda de al lado.

--Le gustan a usted las canciones de las calles?--pregunt bruscamente
Raskolnikoff a un transeunte, ya de cierta edad, que haba estado
oyendo a su lado a los msicos callejeros y que pareca un paseante
desocupado.

El interrogado mir con sorpresa al que le diriga esta pregunta.

--Yo--prosigui Raskolnikoff (al verle se hubiera credo que hablaba de
otra cosa que de la msica de las calles)--, yo gusto de or cantar al
comps del organillo, sobre todo en una tarde fra, sombra y hmeda de
otoo, principalmente hmeda, cuando todos los transeuntes tienen cara
verdosa o enfermiza, o mejor an, cuando la nieve cae verticalmente,
sin que el viento le desparrame y cuando las luces brillan al travs de
las nubes...

--Yo no s. Usted me dispense--balbuce el seor, aterrado de la
pregunta y del extrao aspecto de Raskolnikoff y se pas a la otra
acera.

El joven continu su camino y lleg al Mercado del Heno, al sitio mismo
en que das antes cierto tendero y su mujer hablaban con Isabel; pero
no estaban all. Reconociendo el lugar, se detuvo, mir en derredor
suyo y se dirigi a un mozo de camisa roja que bostezaba a la puerta de
un almacn de harinas.

--Es aqu en este rincn, donde cierto tendero y su mujer se ponen a
vender?

--Todo el mundo vende--respondi el mozo, mirando con desdn a
Raskolnikoff.

--Cmo le llaman?

--Le llaman por su nombre.

--T no eres de Zaraisk. De qu provincia eres?

El mozo mir de nuevo a su interlocutor.

--Alteza, nosotros no somos de una provincia, sino de un distrito. Mi
hermano ha partido, y yo me he quedado en la casa, de manera que no s
nada. Perdneme Vuestra Alteza.

--Hay arriba un bodegn?

--Es un _traktir_ y un billar. Hasta princesas van ah... se ve muy
favorecido.

Raskolnikoff se dirigi a otro ngulo de la plaza, en donde haba
un grupo compacto, exclusivamente compuesto de _mujiks_. Se meti
entre la gente, mirando a todas las personas y deseoso de hablar con
todo el mundo. Pero los campesinos no fijaban la atencin en l, y
formando grupos pequeos hablaban en voz alta de sus asuntos. Despus
de un momento de reflexin, dej el Mercado del Heno y se entr en el
_pereulok_.

En otras varias ocasiones haba pasado por esta callejuela, que
forma un recodo y une el mercado con la Sadovia. Desde hace algn
tiempo, gustbale ir a pasear por aquellos sitios, cuando comenzaba
a aburrirse... a fin de aburrirse todava ms. Ahora iba all sin
propsito algo determinado. Se encuentra en esta callejuela una gran
casa, cuya planta baja est ocupada por tabernas y figones de los que
salan continuamente mujeres, sin nada a la cabeza y descuidadamente
vestidas. Se agrupaban en dos o tres sitios de la acera, principalmente
cerca de las escaleras por las que se baja a una especie de cafetines
de mala fama. En uno de ellos, sonaba alegre estrpito: cantaban
dentro, tocaban la guitarra y el ruido se extenda de un extremo a
otro de la calle. La mayor parte de las mujeres se haban reunido en
la puerta de aquel antro; unas estaban sentadas en las escaleras, las
otras en la acera, las otras, en fin, hablaban en pie. Un soldado
borracho, con el cigarrillo en la boca, golpeaba el suelo profiriendo
imprecaciones: hubirase dicho que quera entrar en alguna parte, pero
que no saba dnde. Dos individuos desharrapados se insultaban. Un
hombre completamente ebrio yaca tirado, cuan largo era, en medio de
la calle. Raskolnikoff se detuvo cerca del principal grupo de mujeres.
Hablaban a voces, todas llevaban vestidos de indiana, calzado de piel
de cabra y la cabeza descubierta. Muchas haban pasado ya de los
cuarenta aos; otras no representaban ms de diez y siete. Casi todas
tenan amoratadas las orejas.

Los cantos y el ruido que salan de la zahurda, llamaron la atencin
de Raskolnikoff. En medio de las carcajadas y del barullo, una agria
voz de falsete cantaba al son de una guitarra y una persona danzaba
furiosamente marcando el comps con los tacones. El joven, inclinado
hacia la entrada de la escalera, escuchaba sombro y pensativo.

    _Hombrecito de mi alma_
    _No me pegues sin razn._

cantaba la voz de falsete. Raskolnikoff no hubiera querido perder
palabra de aquella cancin, como si el orla hubiese sido para l cosa
de grandsima importancia.

Si entrase...--pensaba--. Se ren, estn borrachos.

--No entras, buen mozo?--le pregunt una de las mujeres con voz
bastante bien timbrada y que conservaba an cierta frescura.

Era una muchacha joven, y la nica en el grupo que no daba nuseas.

--Oh, bonita muchacha!--respondi el joven levantando la cabeza y
mirndola.

Sonrise la moza, lisonjeada con el requiebro.

--Tambin t eres muy guapo.

--Guapo un tipo semejante!--gru en voz baja otra mujer--; de seguro
que acaba de salir del hospital.

Bruscamente se aproxim un _mujik_, medio ebrio, con el capote
desabrochado y el rostro resplandeciente de maliciosa alegra.

--Parece que son hijas de generales, lo que no les impide ser
chatas--dijo el _mujik_--. Oh, qu hermosuras!

--Entra, puesto que has venido.

--Entrar, preciosa--y descendi al cafetn.

Raskolnikoff hizo ademn de alejarse.

--Escuche usted, _barin_[15]--le grit la joven cuando nuestro hroe
volva ya la espalda.

       [15] Seor.

--Qu?

--Querido _barin_, tendr mucho gusto en pasar una hora con usted; pero
en este momento me siento cortada en su presencia. Dme seis kopeks
para echar un trago, amable caballero.

Raskolnikoff busc en el bolsillo y sac tres piataks.

--Ah! Qu bueno es usted!

--Cmo te llamas?

--Pregunte usted por Duklida.

--Qu desfachatez!--dijo bruscamente una de las mujeres que se
encontraban en el grupo, sealando a Duklida, con un movimiento de
cabeza--. No s cmo hay personas que pidan de ese modo! Yo no me
atrevera jams... Creo que antes me morira de vergenza.

Raskolnikoff sinti curiosidad por ver a la mujer que hablaba de aquel
modo. Era una moza de treinta aos, toda llena de equimosis y el labio
superior hinchado. Haba lanzado su sentencia con toda calma y seriedad.

En dnde he ledo yo--pensaba Raskolnikoff alejndose--, que se
concede no s qu a un condenado a muerte una hora antes de su
ejecucin? Aunque l tuviese que vivir sobre una cima escarpada, en
una roca perdida en medio del Ocano, donde no hubiese ms que el
sitio suficiente para colocar los pies, aunque tuviese que pasar as
toda su existencia, mil aos... una eternidad, derecho en el espacio
de un pie cuadrado, solo en las tinieblas, expuesto a todas las
intemperies... preferira aquella vida a la muerte. Vivir, no importa
cmo, pero vivir. Qu verdad es, Dios mo, qu verdad es! Qu
cobarde es el hombre y qu cobarde tambin aquel que por ello le llama
cobarde!--aadi al cabo de un instante.

Haca largo tiempo que andaba al azar, cuando le llam la atencin la
muestra de un caf: Hola! _El Palacio de Cristal_. Poco ha me habl
de l Razumikin. Pero, qu es lo que yo quiero hacer aqu? Ah! S,
leer. Zosimoff dice que haba ledo en los peridicos...

--Tienen ustedes peridicos?--pregunt entrando en un saln muy
espacioso y bastante bien decorado, donde haba poca gente.

Dos o tres parroquianos tomaban te. En una sala distante, cuatro
personas, sentadas a una mesa, beban _Champagne_. Raskolnikoff crey
reconocer entre ellos a Zametoff, pero la distancia no le permita
distinguirlo bien.

Despus de todo, qu me importa? se dijo.

--Quiere usted aguardiente?--pregunt el mozo.

--Srveme te y treme tambin los peridicos, los de los ltimos cinco
das, te dar buena propina.

--Bueno, aqu tiene usted los de hoy. Quiere usted tambin aguardiente?

Cuando le sirvieron el te y le dieron los peridicos, Raskolnikoff se
puso a buscar.

--Izler. Izler. Los Aztekas. Los Aztekas. Bartola. Mximo. Los Aztekas.
Izler... Oh, qu lo! Ah! Aqu estn los sucesos: una mujer se ha
cado por una escalera... Un comerciante trastornado por el vino. El
incendio de las Arenas. El incendio de la Petersburgskaia. Otra vez el
incendio de la Petersburgskaia. Izler. Izler. Izler. Izler. Mximo...
Ah! Aqu est.

Cuando encontr lo que buscaba, comenz la lectura; danzaban las letras
delante de sus ojos. Pudo, sin embargo, leer los sucesos hasta el
fin y se puso a buscar vidamente los nuevos detalles en los otros
nmeros.

Impaciencia febril le haca temblar las manos conforme ojeaba los
peridicos. De repente se sent a su lado uno. Raskolnikoff mir. Era
Zametoff. Zametoff en persona y con el mismo traje que llevaba en el
despacho de polica con sus sortijas, sus cadenas, los negros cabellos
rizados y llenos de cosmtico, separados elegantemente en medio de la
cabeza, con su elegante chaleco, su levita algo usada y algo arrugada
la camisa.

El jefe de la Cancillera estaba alegre; por lo menos se sonrea con
satisfaccin y franqueza. Por efecto del _Champagne_ que haba bebido,
tena el moreno rostro bastante enrojecido.

--Cmo! Usted aqu?--exclam con asombro y con el tono que hubiera
usado para saludar a un antiguo camarada--. Si ayer mismo Razumikin me
dijo que segua usted sin conocimiento!... Es extrao. He estado en su
casa...

Raskolnikoff no crea que el jefe de la Cancillera vendra a hablar
con l. Apart los peridicos y se volvi hacia Zametoff con una
sonrisa por la cual se transparentaba viva irritacin.

--Me han hablado de su visita--contest--; usted busc mi bota.
Razumikin est loco con usted. Han ido ustedes juntos, segn parece, a
casa de Luisa Ivanovna, a quien usted trat de defender el otro da.
No se acuerda? Usted haca seas al ayudante _Plvora_, y l no haca
caso de sus guios. Sin embargo, no era necesaria mucha penetracin
para comprenderlos. La cosa es clara, eh?

--Es ms charlatn...

--Quin? _Plvora?_

--No, Razumikin...

--Pero usted se lleva la mejor vida, seor Zametoff. Tiene usted
entrada gratuita en lugares encantadores. Quin le ha regalado a usted
el _Champagne_?

--Por qu me lo haban de regalar?

--A ttulo de honorarios. Usted saca partido de todo--dijo con sorna
Raskolnikoff--. No se incomode usted, querido amigo--aadi dando un
golpecito en el hombro a Zametoff--. Lo que le digo a usted es sin
malicia, en broma, como deca, a propsito de los puetazos dados por
l a Mitka, el obrero detenido por el asunto de la vieja.

--Pero, usted cmo sabe eso?

--Lo s quiz mejor que usted.

--Qu original es usted!... Verdaderamente est algo enfermo. Ha hecho
mal en salir...

--Me encuentra usted raro?

--S. Qu es lo que usted lea?

--Peridicos.

--Ha habido estos das muchos incendios.

--No me importan los incendios--repuso Raskolnikoff mirando a Zametoff
con aire singular y con sonrisa burlona--. No, no son los incendios lo
que me interesa--continu guiando los ojos--. Pero confiese usted,
querido joven, que tiene grandes deseos de saber lo que yo lea.

--No, no tengo ninguno; se lo preguntaba a usted por decir algo. Es
que no le puedo preguntar a usted...? Porque siempre...

--Escuche. Usted es un hombre instrudo, letrado, no es cierto?

--He seguido mis estudios en el Gimnasio hasta el sexto curso
inclusive--respondi con cierto orgullo Zametoff.

--Hasta el sexto curso. Ah, pcaro! Tiene buena raya y sortijas. Es un
hombre rico y muy guapo.

Al decir esto, Raskolnikoff se ech a rer en las barbas mismas de su
interlocutor. Este se retir un poco; no ofendido, precisamente, pero
s sorprendido.

--Qu original es usted!--repiti con tono muy serio Zametoff--. Me
parece que sigue usted delirando.

--Que deliro? Te burlas, amiguito... Conque soy original, eh? Es
decir que parezco un bicho raro, eh? raro, verdad? Que excito la
curiosidad?

--S.

--Usted deseaba saber lo que lea, lo que buscaba en los peridicos?
Vea usted cuntos nmeros me han trado. Esto da mucho en que pensar,
no es eso?

--Vamos, diga usted.

--Usted cree haber levantado la liebre.

--Qu liebre?

--Luego se lo dir a usted; ahora, querido amigo, le declaro... o ms
bien, confieso... no, no es eso: presto una declaracin y usted toma
nota de ella. Pues bien, yo declaro que he ledo, que tena curiosidad
de leer, que he buscado y que he encontrado.... (Raskolnikoff gui
los ojos y esper), por eso he venido aqu para saber los detalles
relativos al asesinato de la vieja prestamista.

Al pronunciar estas palabras baj la voz y arrim la cara a la de
Zametoff. Este le mir fijamente sin pestaear y sin apartar la cabeza.
Al jefe de la Cancillera le pareci muy extrao que durante un minuto
se estuviesen mirando sin decir palabra.

--Sabe usted?--continu en voz baja Raskolnikoff sin hacer caso de la
exclamacin de Zametoff--se trata de aquella misma vieja de la cual
se hablaba en el despacho de polica cuando yo me desmay. Comprende
usted ahora?

--Qu quiere decir con eso de comprende usted?--dijo Zametoff casi
asustado.

El rostro inmvil y serio de Raskolnikoff cambi repentinamente de
expresin y se ech a rer de un modo nervioso como si no pudiera
contenerse. Experimentaba idntica sensacin que el da del asesinato
cuando, sitiado en el cuarto de sus vctimas por Koch y Pestriakoff, le
haba dado ganas de insultarlos, provocarlos y rerse de ellos en sus
propias barbas.

--O usted est loco, o...--comenz a decir Zametoff y se detuvo como si
cruzara por su mente una idea repentina.

--O qu? qu iba usted a decir? Acabe la frase.

--No--replic Zametoff--; todo eso es absurdo.

Ambos guardaron silencio. Despus de un sbito acceso de hilaridad,
Raskolnikoff se qued sombro y pensativo.

De codos en la mesa, con la cabeza entre las manos, pareca haber
olvidado por completo la presencia de Zametoff.

--Por qu no toma usted el te?--dijo, al fin ste--. Va a enfriarse.

--Qu?... el te?... Bueno.

Raskolnikoff se llev la taza a los labios, comi un bocado de pan, y
fijando los ojos en Zametoff recobr su fisonoma la expresin burlona
que tena antes y continu tomando el te.

--Los delitos de todo gnero son ahora muy numerosos--apunt
Zametoff--. Precisamente hace poco le en la _Moskovskia Viedomosti_
que haba sido detenida en Moscou una cuadrilla de monederos falsos,
toda una sociedad que se dedicaba a la fabricacin y expendicin de
billetes del Banco.

--Oh! Eso es ya viejo! Hace un mes que lo he ledo!--respondi
flemticamente Raskolnikoff--. De modo que usted supone que son
estafadores?

--Cmo? Cree usted que no lo son?

--Ellos? Chiquillos, novatos infelices, y no estafadores. Se reunen
cincuenta para ese objeto! A quin se le ocurre? En semejante caso,
tres son ya mucho, y aun es menester que cada miembro de la asociacin
est ms seguro de sus asociados que de s mismo. Basta que a uno de
ellos un poco bebido se le escape una palabra, y todo se derrumba. Son
novatos! Envan a personas de las cuales no pueden responder a cambiar
sus billetes en las casas de banca. Es discreto encargar al primero
que se presenta de una comisin semejante? Supongamos que, a pesar
de todo, hayan conseguido su propsito; supongamos que el negocio ha
producido un milln a cada uno de ellos. Helos durante toda la vida en
dependencia los unos de los otros. Mejor es ahorcarse que vivir as.
Pero no han sabido representar su papel: uno de sus agentes se presenta
a este efecto en una oficina, se le entregan cinco mil rublos y sus
manos tiemblan. Cuenta los cuatro primeros miles, el quinto lo guarda
sin recontarlo; tanto deseo tena de escapar. De este modo, despierta
sospechas y todo el negocio se echa a perder por la falta de un solo
imbcil. Esto es verdaderamente inconcebible.

--Que le tiemblan las manos?--replic Zametoff--. Pues me parece muy
natural. En ciertos casos, no es uno dueo de s mismo. Ah tiene
usted, sin ir ms lejos, una prueba reciente. El asesino de esa vieja
debe ser un bribn muy resuelto para no haber vacilado en cometer su
crimen en pleno da y en las condiciones ms peligrosas. Milagro es que
ya no est preso. Pues bien, a pesar de esto, sus manos temblaban: no
ha sabido robar: le ha faltado la serenidad, como los hechos demuestran
claramente.

Aquel lenguaje hiri en lo ms vivo a Raskolnikoff.

--Usted cree? Pues bien, chele usted el guante, descbralo usted
ahora--exclam el joven experimentando maligno placer al mortificar al
jefe de la Cancillera.

--No tenga usted cuidado, se le descubrir.

--Quin? Usted? Usted va a descubrirle? Perder usted el tiempo y
el trabajo. Para ustedes toda la cuestin es saber si un hombre hace o
no hace gastos. Uno que no posea nada tira el dinero por la ventana;
luego es culpable. Ajustndose a esta regla, un chiquillo, si quisiese,
escapara a las investigaciones de ustedes.

--El hecho es que todos se conducen del mismo modo--respondi
Zametoff--. Despus de haber desplegado a menudo mucha habilidad
y astucia en la perpetracin del asesinato, se dejan pescar en la
taberna. Los denuncian sus gastos, no son tan astutos como usted.
Usted, es claro, no ira a la taberna.

Raskolnikoff frunci las cejas y mir fijamente a Zametoff.

--Usted quiere saber cmo obrara yo, en caso semejante?--pregunt con
tono malhumorado.

--S--replic con energa el jefe de la Cancillera.

--Tiene usted mucho empeo?

--S.

--Pues bien, he aqu lo que yo hara--comenz a decir Raskolnikoff,
bajando de repente la voz y aproximando de nuevo la cara a la de su
interlocutor, a quien mir fijamente. Por esta vez no pudo menos de
temblar--. He aqu lo que hara yo. Tomara el dinero y las joyas, y
despus, al salir de la casa, ira, sin un minuto de retraso, a un
paraje cerrado y solitario, a un corral o un huerto, por ejemplo.
Me asegurara antes de que en un rincn de este corral, al lado de
una valla, hubiese una piedra de cuarenta o sesenta libras de peso,
levantara esta piedra, bajo la cual el suelo deba de estar deprimido,
y depositara en el hueco el dinero y las alhajas. Hecho esto volvera
a poner la piedra y me ira. Durante uno, dos, o tres aos, dejara
all los objetos robados, y ya podran ustedes buscarlos.

--Usted est loco--respondi Zametoff.

Sin que podamos decir por qu, pronunci estas palabras en voz baja y
se apart bruscamente de Raskolnikoff. Los ojos de ste relampagueaban.
Haba palidecido de un modo horrible y un temblor convulsivo agitaba
su labio superior. Se inclin lo ms posible hacia el rostro del
funcionario y se puso a mover los labios sin proferir una sola palabra.
As pas medio minuto. Nuestro hroe no se daba cuenta de lo que haca,
pero no poda contenerse. Estaba a punto de escaprsele su espantosa
confesin.

--Y si fuese yo el asesino de la vieja y de Isabel?--dijo de repente;
pero se contuvo ante el sentimiento del peligro.

Zametoff le mir con aire extrao y se puso tan blanco como la
servilleta, en tanto que en su rostro se dibujaba una forzada sonrisa.

--Pero, es eso posible?--dijo con voz que apenas poda ser entendida.

Raskolnikoff fij en l una mirada maliciosa.

--Confiese usted que lo ha credo. A que s? A que lo ha credo usted?

--No, de ninguna manera--se apresur a decir Zametoff--. Usted me ha
asustado para sugerirme esa idea.

--Segn eso, usted no lo cree? Entonces, de qu se pusieron a hablar
el otro da al salir yo de la oficina? Por qu el ayudante _Plvora_
me interrog despus de mi desmayo? Eh! Cunto debo?--grit al mozo
levantndose y tomando la gorra.

--Treinta kopeks--respondi ste, acudiendo a la llamada del
parroquiano.

--Toma, adems, veinte kopeks de propina. Vea usted cunto dinero
tengo--, prosigui, mostrando a Zametoff unos cuantos billetes--: los
ve usted? Rojos, azules, veinticinco rublos. De dnde procede este
dinero? Cmo, adems, tengo ropa nueva? Usted sabe, en efecto, que yo
no tena ni un kopek. Apuesto cualquier cosa a que ha preguntado usted
a mi patrona... Ea! Bastante hemos hablado! Hasta la vista.

Sali tan agitado con cierta extraa sensacin, a la cual se una un
acre placer. Estaba, adems, sombro y terriblemente cansado. Semejaba
su rostro convulsivo el de un hombre que acababa de sufrir un ataque de
apopleja. Poco antes, bajo la accin de sus emociones, senta fuerzas;
pero cuando aquel estimulante hubo cesado, invadale intensa emocin.

Cuando se qued solo, Zametoff permaneci an largo tiempo sentado
en el mismo sitio. El jefe de la Cancillera pareca pensativo.
Raskolnikoff acababa de trastornarle inopinadamente todas sus ideas
sobre cierto punto; estaba despistado.

--Ilia Petrovitch es un imbcil--dijo por ltimo.

Apenas Raskolnikoff abri la puerta de la calle, se encontr frente
a frente en el vestbulo con Razumikin que entraba. A un paso de
distancia los dos jvenes no se haban visto y poco falt para que
chocasen uno contra otro. Durante un momento se midieron con la mirada.
Razumikin se qued atnito; pero de repente brillronle en los ojos
llamaradas verdaderas de clera.

--De modo que has venido aqu?--dijo con voz tonante--. Pues no se
ha escapado de la cama! Y yo que le he buscado hasta debajo del sof!
Hasta el granero se ha revuelto para ver si se daba contigo! Por
causa tuya ha faltado poco para que le pegase a Anastasia... Y vea
usted dnde estaba metido! Qu significa esto, Rodia? Di la verdad.
Confiesa...

--Esto significa que me fastidiis todos horrorosamente y que quiero
estar solo--respondi framente Raskolnikoff.

--Solo, cuando no puedes an ni andar, cuando ests plido como la
cera; cuando te falta el aliento! imbcil! Qu has venido a hacer al
_Palacio de Cristal_? Confisamelo en seguida.

--Djame pasar--replic Raskolnikoff, y trat de alejarse.

Esto acab de poner a Razumikin fuera de s, y asiendo violentamente a
su amigo por el brazo, le dijo:

--Y te atreves a decirme que te deje pasar? Que te deje pasar? Sabes
lo que voy a hacer ahora mismo? A tomarte debajo del brazo, a llevarte
a tu casa, como se lleva un envoltorio y encerrarte all bajo llave.

--Escucha, Razumikin--dijo sin levantar la voz y con tono en la
apariencia muy tranquilo--; qu he de hacer para que comprendas
que no necesito de tus beneficios? Qu mana de hacer bien a las
personas, en contra de su expresa voluntad! Por qu viniste cuando ca
enfermo a instalarte a mi cabecera? Qu sabes t si yo hubiera sido
feliz murindome? No te he manifestado hoy con toda claridad que me
martirizabas, que me eras insoportable? Qu gusto sacas en mortificar
a la gente? Te juro que todo esto impide mi curacin, tenindome en
una irritacin continua. Ya has visto que Zosimoff se march para no
martirizarme. Djame t tambin, por amor de Dios!...

Razumikin se qued un momento pensativo y despus solt el brazo de su
amigo.

--Bueno. Vete, con mil diablos!--dijo con voz que no haba perdido
toda vehemencia.

Pero en cuanto di un paso Raskolnikoff, con extraordinario arrebato
grit Razumikin:

--Espera, escucha! Ya sabes que hoy dar una comida; quiz hayan
llegado ya mis convidados; pero he dejado ya all a mi to para que los
reciba. Si t no fueses un imbcil, un imbcil rematado, un imbcil
incorregible... Escucha, Rodia; reconozco que no te falta inteligencia,
pero eres un imbcil. Digo, pues, que si t no fueses un imbcil,
vendras a pasar la noche en mi casa en vez de estropearte las botas
vagando sin objeto por las calles. Puesto que has salido, mejor es que
aceptes mi invitacin. Har que te suban un cmodo sof. Mis patrones
lo tienen. Tomars una taza de te y estars acompaado. Si no quieres
un sof, te echars en el catre... Al menos estars con nosotros; ir
Zosimoff... vendrs?

--No.

--Pero esto es absurdo--replic vivamente Razumikin--. Qu sabes
t? T no puedes responder a ti mismo; yo tambin he escupido mil
veces sobre la sociedad, y despus de haberme apartado de ella no he
tenido ms remedio que volver a buscarla. Llega un momento en que se
avergenza uno de su misantropa y procura reunirse con los hombres.
Acurdate, en casa de Potchinkoff, tercer piso.

--No ir, Razumikin--contest Raskolnikoff alejndose.

--Apuesto que vendrs; de lo contrario, como si no te conociese--le
grit su amigo--. Espera un poco. Est aqu Zametoff?

--S.

--Te ha visto?

--S.

--Te ha hablado?

--S.

--De qu? Vamos, bueno; no lo digas si no quieres decirlo. Casa de
Potchinkoff, nm. 47, habitacin de Babusckin. Acurdate.

Raskolnikoff lleg a la Sadovia y dobl la esquina. Despus de haberle
seguido con la mirada, Razumikin se decidi a entrar en el caf, pero
en medio de la escalera se detuvo.

--Por vida de...!--continu casi en voz alta--. Habla con lucidez
y como... qu imbcil soy!... Acaso los locos disparatan siempre?
Zosimoff, por lo que a m me parece, tambin teme como yo--y se llev
el dedo a la frente--. Cmo abandonarle ahora? Puede que vaya a
ahogarse!... He hecho una tontera. No hay que vacilar--y ech a correr
en busca de Raskolnikoff.

Pero no pudo encontrarle y le fu forzoso volverse a grandes pasos al
_Palacio de Cristal_ para interrogar cuanto antes a Zametoff.

Raskolnikoff se fu derecho al puente***, y detenindose en medio de
l, se puso a mirar a lo lejos. Desde que hubo dejado a Razumikin, su
debilidad haba aumentado, hasta el punto que solamente a duras penas
pudo llegar a aquel sitio. Hubiera querido sentarse o acostarse en
cualquier parte, aunque fuese en la calle. Inclinado sobre el agua,
contemplaba con mirada distrada los ltimos rayos del sol poniente y
la fila de casas que la noche velaba poco a poco con sus tinieblas.

--Sea, pues--dijo, alejndose del puente y tomando la direccin de la
oficina de polica.

Tena el corazn como vaco: no quera pensar, ni siquiera senta
angustia. Una completa apata haba sucedido a la energa que
experimentara cuando sali de casa resuelto a acabar con todo.

--Despus de todo, lo mismo da una solucin que otra--pensaba avanzando
lentamente por el muelle del canal--. Por lo menos, el desenlace
depende de mi voluntad... Qu fin, sin embargo! Es posible que sea
esto el fin? Confesar o no confesar?... pero si no puedo ms!;
quisiera acostarme o sentarme en alguna parte. Lo que me causa ms
vergenza es la tontera de lo que he hecho. Vamos, es preciso que
esto acabe! Qu ideas tan tontas tiene uno algunas veces!...

Para ir a la comisara, le era preciso seguir todo derecho y tomar por
la segunda calle de la izquierda. Una vez all, estaba a dos pasos
del despacho de polica; pero al llegar al primer recodo se detuvo,
reflexion un instante y entr en el _pereulok_. Despus anduvo sin
rumbo por otras dos calles, sin duda para ganar un minuto y dar tiempo
a sus reflexiones. Andaba con los ojos fijos en tierra. De repente, le
pareca que alguien le murmuraba alguna cosa al odo. Levant la cabeza
y advirti que estaba en la puerta de _aquella casa_. No haba pasado
por all desde el da del crimen.

Cediendo a un deseo tan irresistible como inexplicable, Raskolnikoff
entr en ella, se dirigi a la escalera de la derecha y se dispuso
a subir al cuarto piso. La empinada y estrecha escalera estaba
muy obscura. El joven se detena en cada descansillo y miraba con
curiosidad en torno suyo. En el del primer piso haban puesto un
vidrio en la ventana. Ese vidrio no estaba la otra vez--pens el
joven--. He aqu el segundo piso en que trabajaban Mikolai y Mitrey:
est cerrado y la puerta recin pintada. Sin duda han alquilado la
habitacin... He aqu el tercero... y el cuarto. Aqu es. Tuvo un
momento de vacilacin: la puerta de la casa de la vieja estaba abierta
de par en par. Raskolnikoff oa que hablaban dentro. No haba previsto
aquello; sin embargo, tom en seguida una resolucin: subi los ltimos
escalones y entr.

Varios obreros lo estaban restaurando, lo que caus un asombro grande
a Raskolnikoff. Crey encontrar el cuarto tal como lo haba dejado l;
quiz se figur que yaceran los cadveres en el suelo. Ahora, con gran
sorpresa suya, vi que estaban desnudas las paredes. Se aproxim a la
ventana y se sent en el poyo.

No haba ms que dos obreros, dos jvenes, de los cuales uno era
bastante mayor que el otro. Se ocupaban en cambiar la antigua tapicera
amarilla, que estaba muy usada, por otra blanca sembrada de violetas.
Esta circunstancia (ignoramos por qu) desagrad mucho a Raskolnikoff,
el cual miraba colrico el papel nuevo, como si le contrariasen en
extremo tales variaciones.

Los papelistas se disponan a marcharse, y, sin hacer caso del
visitante, continuaron su conversacin.

Raskolnikoff se levant y pas a la otra habitacin, que contena ante
el cofre, la cama y la cmoda; este gabinete sin muebles le pareci
muy pequeo. La tapicera no haba sido cambiada; se poda sealar
an en el rincn el lugar que ocupaba en otro tiempo el armario de
las sagradas imgenes. Despus de haber satisfecho su curiosidad,
Raskolnikoff volvi a sentarse en el poyo de la ventana.

El mayor de los dos obreros le mir de reojo, y de repente,
dirigindose a l, le dijo:

--Qu hace usted ah?

En vez de responder, Raskolnikoff se levant, fu al descansillo y se
puso a tirar del cordn. Era la misma campanilla, el mismo sonido.
Llam por segunda y tercera vez, aplicando el odo, reconstituyendo
sus recuerdos. La impresin terrible que sintiera ante la puerta de la
vieja se produjo con vivacidad y lucidez crecientes; temblaba a cada
campanillazo y senta a cada golpe un placer cada vez mayor.

--Qu busca usted aqu? quin es usted?--grit el obrero encarndose
con l.

Raskolnikoff volvi a entrar en el cuarto.

--Quiero alquilar una habitacin y he venido a mirar sta--respondi.

--No se va por la noche a ver cuartos, y adems debiera usted haber
subido acompaado del _dvornik_.

--Han fregado el suelo; van a pintarlo?--prosigui Raskolnikoff--. No
hay sangre?

--Cmo sangre?

--Aqu fueron asesinadas la vieja y su hermana; haba un verdadero mar
de sangre.

--Quin eres t?--grit el obrero asustado.

--Yo?

--S.

--Quieres saberlo? Vamos a la comisara y all te lo dir.

Los dos papelistas le miraron estupefactos.

--Ya es hora de marcharnos. Vamos, Aleshka. Hay que cerrar--dijo el de
ms edad a su compaero.

--Pues bien, vamos--replic con tono indiferente Raskolnikoff, y
saliendo l primero, precediendo a los dos operarios, baj lentamente
la escalera--. Eh, _dvornik_!--grit al llegar a la puerta de la calle
donde haba reunidas varias personas mirando pasar a la gente: dos
porteros, un campesino, un ciudadano en traje de casa y algunos otros
individuos.

Raskolnikoff se fu derecho a ellos.

--Qu se le ofrece a usted?--preguntle un portero.

--Has estado en la oficina de polica?

--De all vengo.

--Estn all todava?

--S.

--El ayudante del comisario tambin est?

--Estaba hace un momento. Qu es lo que usted desea?

Raskolnikoff no contest y se qued pensativo.

--Ha venido a ver el cuarto--dijo uno de los operarios.

--Qu cuarto?

--En el que trabajbamos. Por qu se ha lavado la sangre?, nos ha
dicho. Aqu se ha cometido un asesinato y vengo para alquilar el
cuarto. Se puso a tirar de la campanilla. Vamos a la oficina de
polica, aadi despus; all lo dir todo.

El portero, preocupado, contempl a Raskolnikoff frunciendo las cejas.

--Quin es usted?--pregunt, levantando la voz con acento de amenaza.

--Yo soy Rodin Romanovitch Raskolnikoff, antiguo estudiante y vivo
cerca de aqu, en el _pereulok_ inmediato, casa de Chill, departamento
nmero 14. Pregunta al portero; me conoce.

Raskolnikoff dijo todo esto con aire indiferente y tranquilo, mirando
obstinadamente a la calle y sin fijar la vista una sola vez en su
interlocutor.

--Y qu ha venido usted a hacer aqu?

--He venido a ver la casa.

--Y qu se le ha perdido a usted en ella?

--No sera mejor detenerle y conducirle a la comisara?--propuso de
repente el burgus.

Raskolnikoff le mir con atencin por encima del hombro.

--Vamos all--dijo el joven con indiferencia.

--S. Es preciso llevarle a la comisara--sigui diciendo y con mayor
seguridad el burgus--. Cuando ha venido aqu, es que algo le pesa en
la conciencia.

--Dios sabe si estar borracho!--murmur un obrero.

--Pero qu es lo que quieres?--grit de nuevo el portero, que empezaba
a incomodarse de verdad--. Por qu vienes a molestarnos?

--Te da miedo ir a la comisara?--dijo con tono burln Raskolnikoff.

--Por qu he de tener miedo? Sabes que nos ests fastidiando?

--Es un granuja--dijo una campesina.

--Para qu disputar con l?--apunt a su vez el otro portero, un
_mujick_ enorme que llevaba un gabn desabrochado y un manojo de llaves
pendientes de la cintura--. De seguro es un granuja. Ea! Lrgate en
seguida!

Y agarrando a Raskolnikoff por un brazo lo lanz en medio del arroyo.

El joven estuvo a punto de caer al suelo; sin embargo, pudo sostenerse
en pie. Cuando hubo recobrado el equilibrio, mir silenciosamente a
todos los espectadores y se alej silenciosamente.

--Vaya un tipo!--observ un obrero.

--Todo el mundo se ha vuelto ahora muy extravagante--dijo la campesina.

--Lo que usted quiera y mucho ms--aadi el burgus--; pero hubiera
sido conveniente llevarle a la comisara.

--Ir o no ir?--pensaba Raskolnikoff detenindose en medio de una
encrucijada y mirando en torno suyo, como si hubiese estado esperando
un consejo de alguien.

Pero su pregunta no obtuvo respuesta; todo estaba sordo y sin vida,
como las piedras de las calles... De pronto, a doscientos pasos de
l, distingui, a travs de la obscuridad, un grupo de gente del que
partan gritos y palabras animadas... El grupo rodeaba un coche. En el
suelo brillaba una dbil luz.

--Qu pasa ah?

Raskolnikoff volvi a la derecha y fu a mezclarse con la multitud.
Pareca querer aferrarse al menor incidente, y esta pueril
predisposicin le haca sonrer, porque ya haba tomado su partido y
deca para sus adentros:

--De un momento a otro acabar todo esto.


VII

Detenido en medio de la calle haba un elegante coche particular,
tirado por dos sudorosos caballos tordos. En el interior no haba nadie
y el cochero se haba bajado del pescante y sujetaba a los caballos
por el bocado. En torno del carruaje se apiaba la multitud, contenida
por los agentes de polica. Uno de stos tena una linterna pequea
en la mano e inclinado hacia el suelo alumbrado algo que yaca en el
arroyo cerca de las ruedas. Todo el mundo hablaba, gritaba y pareca
consternado; por su parte, el cochero, aturdido, no cesaba de repetir:

--Qu desgracia, Seor! Qu desgracia!

Raskolnikoff se abri paso a fuerza de codazos al travs de los
curiosos y logr ver lo que haba sido causa de que la gente se
reuniese. En medio de la calle yaca ensangrentado y privado del
conocimiento un individuo que acababa de ser atropellado por los
caballos. Aunque estaba muy mal vestido, su aspecto no era el de un
hombre vulgar. Tena el crneo y el rostro cubiertos de horribles
heridas, por las cuales sala la sangre a borbotones. No se trataba de
un incidente sin importancia.

--Dios mo!--deca el cochero--; no he podido impedir esta desgracia.
Si yo hubiese llevado los caballos al galope, o si no lo hubiese visto
y avisado, bueno que se me echase la culpa. Pero no; el coche iba
despacio como todo el mundo ha podido ver. Desgraciadamente, sabido es
que un borracho no se fija en nada... Le veo atravesar la calle una
vez, dos y tres haciendo eses, y le grito: Eh! cuidado! Refreno
los caballos; pero l se va derecho a ellos. Si pareca que lo haca
adrede! Los animales son jvenes y fogosos, se lanzaron... el hombre
grit y sus gritos los excitaron ms... as ha ocurrido esa desgracia.

--S, de ese modo ha pasado--afirm uno que haba sido testigo de la
escena.

--En efecto--dijo otro--; por tres veces le avis el cochero.

--S, por tres veces, todos le hemos odo--aadi uno del grupo.

Por su parte, el cochero no pareca muy inquieto por las consecuencias
de aquel suceso; evidentemente, el propietario del carruaje era un
personaje poderoso que esperaba la llegada de su coche. Esta ltima
circunstancia despertaba la cuidadosa solicitud de los agentes de
polica. Era, sin embargo, preciso llevar al herido al hospital. Nadie
saba su nombre.

Raskolnikoff, a fuerza de dar codazos, logr aproximarse al herido. De
pronto un rayo de luz ilumin el rostro del desgraciado, y el joven lo
reconoci.

--Le reconozco, le reconozco--grit empujando a los que le rodeaban y
colocndose en la primera fila del grupo--; es un antiguo funcionario,
el consejero titular Marmeladoff. Vive aqu cerca, en casa de Kozel...
Pronto! un mdico! yo pago!

Sac dinero del bolsillo y lo mostr a un agente de polica. Revelaba
extraordinaria agitacin.

Los agentes se alegraron de saber quin haba sido el atropellado.
Raskolnikoff di su nombre y direccin e insisti con empeo para
que se transportase el herido a su domicilio. Aunque la vctima del
accidente hubiese sido su padre, no habra mostrado el joven mayor
solicitud.

--Es ah, tres casas ms all donde vive; en la de Kozel, un alemn
rico... Sin duda se retiraba embriagado. Le reconozco... Es un
borracho... Vive ah con su familia, tiene mujer e hijos. Antes de
llevarle al hospital, es menester que le vea un mdico; alguno habr
por aqu cerca; yo pagar lo que sea, lo pagar; su estado exige una
cura inmediata. Si no se le socorre en seguida, morir antes de llegar
al hospital.

Raskolnikoff puso disimuladamente algunas monedas en la mano de un
agente de polica. Por otra parte, lo que el joven le mandaba era
perfectamente lgico, se explicaba bien. Levantaron a Marmeladoff y
algunos voluntarios se ofrecieron a transportarle a su casa. La de
Kozel estaba situada a treinta pasos del lugar en que haba ocurrido el
accidente. Raskolnikoff iba detrs sosteniendo con precaucin la cabeza
del herido, y enseando el camino.

--Aqu, aqu! En la escalera, tened cuidado de que no vaya la cabeza
baja: dad la vuelta... eso es, yo pago. Muchas gracias--murmuraba.

En aquel momento Catalina Ivanovna, como de costumbre, cuando tena un
minuto libre, paseaba de un lado a otro de su reducida sala, yendo de
la ventana a la chimenea y viceversa, con los brazos cruzados sobre el
pecho, charlando sola y tosiendo. Desde algn tiempo hablaba cada vez
de mejor gana con su hija mayor Polenka. Aunque esta nia, de diez aos
de edad, no comprenda an muchas cosas, se daba, sin embargo, cuenta
de la necesidad que su madre tena de ella, de modo que fijaba siempre
sus grandes e inteligentes ojos en Catalina Ivanovna, y en cuanto sta
le diriga la palabra, la nia haca todos los esfuerzos imaginables
para comprender, o, por lo menos, para hacer ver que comprenda.

Ahora Polenka desnudaba a su hermanito que haba estado durante todo
el da enfermo y que iba a acostarse. Esperando a que le quitasen la
camisa para lavarla por la noche, el nio, con aspecto serio, estaba
sentado en una silla silencioso e inmvil y escuchaba, abriendo mucho
los ojos, lo que su mam deca a su hermana. La nia ms pequea, Lida
(Lidotshka), vestida con verdaderos harapos, esperaba a su vez en pie,
cerca de la mampara. La puerta que daba al descansillo estaba abierta,
a fin de que saliera el humo del tabaco que llegaba de la habitacin
contigua, y que, a cada instante, haca toser a la pobre tsica.
Catalina Ivanovna estaba peor desde haca ocho das, y las siniestras
manchas de sus mejillas tenan un color ms vivo que nunca.

--No puedes imaginarte, Polenka--deca pasendose por la habitacin--,
qu alegre y brillante vida era la que hacamos en casa de pap y cun
desgraciados somos todos a causa de este borracho. Pap tena en el
servicio civil un empleo equivalente al grado de coronel. Era casi
gobernador y no le faltaba ms que un paso para llegar a este puesto;
as es que todo el mundo le deca: Consideramos a usted ya, Ivan
Mikhailtch, como gobernador.

La interrumpi un golpe de tos.

--Oh condenada vida!

Escupi y se apret el pecho con las manos.

--Est ya el agua? Ea! dame la camisa y las medias, Lida--aadi,
dirigindose a la chiquita--. Esta noche dormirs sin camisa. Pon las
medias al lado... Se lavar todo al mismo tiempo... Y ese borracho
sin venir!... Quisiera lavar tambin su camisa con todo lo dems, para
no tener que fatigarme dos noches seguidas. Seor, Seor!--volvi a
toser--. Otra vez! Eh? Qu es eso?--exclam al ver que el vestbulo
se llenaba de gente, la cual penetraba en la sala con una especie de
fardo--. Qu es eso? Qu es lo que traen? Dios mo!

--Dnde hay que ponerlo?--pregunt un agente de polica mirando en
derredor suyo mientras introducan en la habitacin a Marmeladoff
ensangrentado y exnime.

--En el sof. Extenderle en el sof... La cabeza aqu--indic
Raskolnikoff.

--Es un borracho que ha sido atropellado en la calle--grit uno desde
la puerta.

Catalina Ivanovna, intensamente plida, respiraba con dificultad. La
pequea Lida corri gritando hacia su hermana mayor, y toda temblorosa
la estrech en sus brazos.

Despus de haber ayudado a colocar a Marmeladoff en el sof,
Raskolnikoff se acerc a Catalina Ivanovna.

--Por el amor de Dios, tranquilcese, clmese, no se asuste tanto--dijo
el joven vivamente--. Atravesaba la calle y un coche le ha atropellado;
no se alarme usted, va a recobrar el conocimiento. He mandado que
le traigan aqu. Yo ya he venido a esta casa otra vez. Quiz no se
acuerde usted. Volver en si. Yo pagar...

--No volver en si, no volver en si--dijo con desesperacin Catalina
Ivanovna y se precipit hacia su marido.

Raskolnikoff ech de ver en seguida que esta mujer no era propensa
a desmayos. En un instante coloc una almohada debajo de la cabeza
del herido, cosa en que nadie haba pensado. Catalina Ivanovna se
puso a desnudar a Marmeladoff, a examinar sus heridas y a prodigarle
inteligentes cuidados. La emocin no le quitaba la presencia de nimo;
se olvidaba de s misma, mordase los labios temblorosos y contena en
su pecho los gritos prontos a escaparse.

Durante este tiempo, Raskolnikoff mand por un mdico que viva en la
vecindad.

--He mandado a buscar un mdico--dijo a Catalina Ivanovna--. No se
preocupe usted, yo pagar. No tiene usted agua? Dme una toalla,
una servilleta, cualquier cosa, en seguida. No podemos juzgar de la
gravedad de las heridas... est herido, pero no muerto; convnzase
usted. Ya veremos lo que dice el doctor.

Catalina Ivanovna corri a la ventana; colocada sobre una mala silla
haba una cubeta con agua, preparada para lavar durante la noche la
ropa del marido y de sus hijos. Catalina Ivanovna sola hacer este
lavado nocturno con sus propias manos, dos veces por semana, cuando
no ms a menudo, porque los Marmeladoff haban llegado a tal extremo
de miseria, que les faltaba casi en absoluto ropa para mudarse: cada
miembro de la familia no tena ms camisa que la que llevaba puesta, y
como Catalina Ivanovna no poda sufrir la suciedad, prefera la pobre
tsica, antes que verla reinar en su casa, fatigarse por las noches
lavando la ropa de los suyos, para que ellos la encontrasen limpia y
repasada al da siguiente al despertar.

Obedeciendo a Raskolnikoff, tom la cubeta y se la llev al joven, pero
falt poco para que se cayese con ella. Raskolnikoff logr encontrar
una toalla, la empap de agua y lav con ella el rostro ensangrentado
de Marmeladoff. Catalina Ivanovna, en pie a su lado, respiraba con
dificultad y se apretaba el pecho con las manos.

No hubieran estado de ms para ella los cuidados facultativos.

--Quiz he hecho mal en traer el herido a su casa--pensaba Raskolnikoff.

El guardia no saba qu decidir.

--Polia!--grit Catalina Ivanovna--, ve corriendo a casa de Sonia;
pronto, dile que su padre ha sido atropellado por un coche, que venga
en seguida. Si no la encuentras en casa, se lo dices a los Kapernumoff
para que le den el recado en cuanto vaya. Despchate, Polia; anda,
ponte ese pauelo en la cabeza!

En tanto, la sala se haba llenado de tal modo de gente, que no caba
ya ni un alfiler. Los agentes de polica se retiraron; uno solo se
qued momentneamente y trat de desalojar algo el aposento. Mientras
que ocurra esto, por la puerta de comunicacin interior penetraron en
la sala casi todos los inquilinos de la seora Lippevechzel: primero
se detuvieron en el umbral, pero bien pronto invadieron la habitacin.
Catalina Ivanovna se puso furiosa.

--Deberais al menos dejarle morir en paz--gritaba a los asaltantes--.
Vens aqu como a un espectculo--y se interrumpi para toser--. Y
entris con el sombrero puesto; marchaos, tened por lo menos respeto a
la muerte.

La tos que la ahogaba la impidi seguir; pero su severa admonicin
produjo efecto. Evidentemente, Catalina Ivanovna inspiraba cierto temor.

Los inquilinos fueron unos tras otros desfilando hacia la puerta,
llevndose en sus corazones ese extrao sentimiento de satisfaccin
que hasta los hombres ms compasivos experimentan a la vista de la
desgracia ajena. Despus que hubieron salido se oyeron las voces del
otro lado de la puerta: decan en alta voz que era preciso enviar el
herido al hospital, pues no haba derecho para turbar la tranquilidad
de la casa.

--Ese es el inconveniente de morirse--vocifer Catalina Ivanovna, y ya
se preparaba a desahogar en ellos su indignacin, cuando se abri la
puerta y apareci la seora Lippevechzel en persona.

La patrona acababa de saber la desgracia y vena a restablecer el
orden. Era una alemana intrigante y mal educada.

--Ah, Dios mo!--dijo juntando las manos--, su marido de usted, que
estaba borracho, se ha dejado aplastar por un coche! Hay que llevarle
al hospital, yo soy la propietaria.

--Amalia Ludvigovna, suplico a usted que piense lo que habla--comenz a
decir con tono arrogante Catalina Ivanovna. (Siempre que hablaba a la
patrona empleaba el mismo tono para recordarle la debida compostura;
y aun en aquel momento no pudo resistir a semejante placer.)--Amalia
Ludvigovna.

--Ya se lo he dicho a usted de una vez para siempre, no quiero que se
me llame Amalia Ludvigovna; yo soy Amalia Ivanovna.

--Usted no es Amalia Ivanovna sino Amalia Ludvigovna, y como yo no
pertenezco al grupo de viles aduladores de usted, tal como el seor
Lebeziatnikoff que se est riendo ahora detrs de la puerta. (Ahora se
agarran ji, ji--deca en efecto una voz burlona en la pieza inmediata),
yo la llamar a usted siempre Amalia Ludvigovna, aunque no puedo
comprender por qu le molesta este nombre. Ya ve usted lo que acaba de
ocurrirle a Simn Zakharovitch: est murindose. Suplico a usted que
cierre la puerta y que no deje entrar nadie aqu. Djele, al menos, que
muera en paz. De lo contrario le juro a usted que maana mismo dar
parte al gobernador general. El prncipe me conoce desde mi juventud
y se acuerda muy bien de Simn Zakharovitch, a quien ms de una vez
ha hecho algn favor. Todo el mundo sabe que mi marido tena muchos
amigos y protectores; como se daba cuenta de su desgraciado vicio, ces
de tratarse con ellos por un sentimiento noble de delicadeza; pero
ahora--aadi sealando a Raskolnikoff--hemos encontrado apoyo en este
magnnimo joven que es rico, tiene muy buenas relaciones y es amigo
desde la infancia de Simn Zakharovitch. Tngalo usted presente, Amalia
Ludvigovna.

Todo este discurso fu pronunciado con creciente rapidez, pero la
tos interrumpi la elocuencia de Catalina Ivanovna En aquel momento,
Marmeladoff, volviendo en s, lanz un gemido. Catalina se acerc
solcita a su esposo. Este, sin darse an cuenta de nada, miraba a
Raskolnikoff, en pie a su cabecera. Su respiracin era dbil y penosa,
tena sangre en las comisuras de los labios y la frente empapada en
sudor. No reconociendo a Raskolnikoff le miraba con cierta inquietud.
Catalina Ivanovna fij en el herido una mirada afligida, pero severa.
Despus la pobre mujer rompi a llorar.

--Dios mo! Tiene el pecho aplastado! Cunta sangre!--deca
acongojada--. Hay que quitarle la ropa. Vulvete un poco, si puedes,
Marmeladoff!

Marmeladoff la reconoci.

--Un sacerdote!--dijo con voz ronca.

Catalina Ivanovna se aproxim a la ventana y apoyando la frente en el
marco grit con desesperacin:

--Oh vida, mil veces maldita!

--Un sacerdote!--repiti el moribundo despus de una pausa.

--Silencio!--le grit Catalina Ivanovna.

El herido obedeci y call. Buscaba a su mujer con ojos tmidos y
ansiosos. Catalina fu de nuevo a situarse a su cabecera; Marmeladoff
se tranquiliz, pero no por largo tiempo. De repente vi en el rincn
a la pequea Lida (su predilecta), que temblaba como si le fuese a dar
una convulsin y que le miraba con ojos enormemente abiertos de nio
asombrado.

--Ah, ah!--dijo con gran agitacin sealando a la chiquilla.

Se comprenda que trataba de decir algo.

--Qu?--grit Catalina Ivanovna.

--No tiene calzado!--y sus ojos, como de loco, no se apartaban de los
pies desnudos de la nia.

--Cllate!--replic con tono irritado Catalina Ivanovna--: demasiado
sabes que no tiene calzado...

--Gracias a Dios! Aqu est el mdico!--dijo gozosamente Raskolnikoff.

Entr un viejecillo alemn de modales acompasados, que miraba con
desconfianza en derredor suyo. Se aproxim al herido, le tom el
pulso, examin atentamente la cabeza, y despus, ayudado por Catalina
Ivanovna, desabroch la camisa, toda ensangrentada, y dej el pecho
al descubierto, que estaba magullado; varias costillas de la derecha
rotas, a la izquierda, al lado del corazn, se vea una gran mancha
negruzca y amarillenta marcada por una violenta pisada de caballo. El
doctor frunci el entrecejo. El agente de polica acababa de contarle
que el herido haba sido atropellado en una calle y arrastrado en una
extensin de treinta pasos.

--Es asombroso que est todava vivo--murmur en voz baja el doctor
dirigindose a Raskolnikoff.

--Qu le parece a usted?--pregunt este ltimo.

--Caso perdido.

--No hay esperanza?

--Ninguna. Va a exhalar el ltimo suspiro... Tiene una herida muy
peligrosa en la cabeza. Podra sangrrsele... pero sera intil: morir
de seguro dentro de cinco a seis minutos.

--Sngrele usted, sin embargo.

--Sea; pero le advierto que la sangra no servir absolutamente de nada.

Estando en esto se oy otra vez ruido de pasos. La multitud, que se
agrupaba en el umbral, se abri, y apareci un eclesistico de cabellos
blancos. Traa la Extremauncin para el moribundo. El doctor cedi
el puesto al sacerdote, con el cual cambi una significativa mirada.
Raskolnikoff suplic al mdico que se quedase un momento todava. El
mdico accedi encogindose de hombros.

Todos se apartaron. La confesin dur muy poco tiempo. Marmeladoff
no se hallaba en estado de discurrir. Slo poda lanzar sonidos
entrecortados e ininteligibles. Catalina Ivanovna fu a arrodillarse
en el rincn inmediato a la chimenea, e hizo que se arrodillasen
delante de ella los dos nios. Lidotshka no haca ms que temblar.
El pequeuelo, de rodillas, imitaba los grandes signos de cruz que
haca su madre y se prosternaba dando en el suelo con la frente, lo
que pareca divertirle. Catalina Ivanovna se morda los labios y
contena las lgrimas. Rezaba arreglando al mismo tiempo la camisa del
pequeuelo, sin interrumpir su oracin, y sin levantarse consigui
sacar de la cmoda un pauelo del cuello que ech sobre los hombros
desnudos de la nia. En tanto la puerta de comunicacin haba sido
abierta de nuevo por los curiosos vecinos. En el descansillo haba
tambin aumentado el grupo de espectadores. Se encontraban en l todos
los inquilinos de los diversos pisos; pero sin franquear el umbral de
la estancia. Toda esta escena estaba alumbrada por un cabo de vela.

En aquel momento, Polenka, que haba ido a buscar a su hermana,
atraves vivamente el grupo formado en el corredor y entr, pudiendo
apenas respirar a causa de lo que haba ocurrido. Despus de quitarse
el pauelo, busc con los ojos a su madre, y acercndose a ella le dijo:

--Ah viene; la he encontrado por la calle.

Catalina Ivanovna la hizo arrodillarse a su lado. Sonia se abri
paso tmidamente, y sin ruido, por en medio de la gente. En aquella
habitacin, que era la imagen de la miseria, de la desesperacin y
de la muerte, su entrada repentina produjo extrao efecto. Aunque
muy pobremente vestida, iba muy ataviada con ese aire llamativo que
distingue a las pobres mujerzuelas del arroyo. Al llegar a la entrada
del aposento, la joven se detuvo en el umbral y ech al interior una
mirada de asombro. Pareca que no tena conciencia de nada; no se
cuidaba de su falda de seda, comprada de lance, cuyo color chilln y
cuya cola desmesuradamente larga eran muy impropias de aquel lugar
lo mismo que su inmenso miriaque que ocupaba toda la anchura de la
puerta, sus botas provocadoras, la sombrilla que tena en la mano,
aunque no tuviese necesidad de ella, y, en fin, su ridculo sombrero de
paja, adornado con una pluma brillantemente roja.

Bajo aquel sombrero picarescamente ladeado, se vea una carita
enfermiza, plida y asustada con la boca abierta e inmviles de
terror los ojos. Sonia tena diez y ocho aos, era rubia, bajita y
delgada, pero bastante linda. Llamaban la atencin sus ojos claros.
Tena la mirada fija en el lecho y en el sacerdote. Como Polenka,
estaba sofocada por lo de prisa que haba venido. Por ltimo, algunas
palabras, murmuradas por la gente, llegaron sin duda a sus odos.
Bajando la cabeza franque el umbral y penetr en la sala, pero se
qued cerca de la puerta.

Cuando el moribundo hubo recibido los Santos Sacramentos, su mujer se
acerc a l. Antes de retirarse, el sacerdote crey de su deber dirigir
algunas palabras de consuelo a Catalina Ivanovna.

--Qu va a ser de ellos!--interrumpi la mujer con amargura mostrando
sus hijos.

--Dios es misericordioso; confe usted en el socorro del
Altsimo--replic el eclesistico.

--Misericordioso, s; pero no para nosotros!

--Eso es un pecado, seora, un pecado--observ el sacerdote moviendo la
cabeza.

--Y esto no es un pecado?--replic vivamente Catalina Ivanovna
mostrando al moribundo.

--Los que le han privado involuntariamente de su sostn le ofrecern
quiz una indemnizacin para reparar al menos el perjuicio material.

--Usted no me comprende--replic con tono irritado Catalina Ivanovna--.
De qu hay que indemnizarme si ha sido l mismo que, borracho como
estaba, se ha arrojado a los pies de los caballos? El mi sostn! Si
ha sido siempre para m causa de disgusto! Si se lo beba todo! Si
nos despojaba para ir a gastarse el dinero de la casa en la taberna!
Dios ha hecho bien llevndoselo! Esto es un verdadero alivio para
nosotras!

--Hay que perdonar a un moribundo; esos sentimientos son un pecado,
seora, un gran pecado.

Mientras hablaba con el sacerdote, Catalina Ivanovna no cesaba de
ocuparse del herido: le daba agua, le enjugaba el sudor y la sangre
de su cabeza y arreglaba las almohadas. Las ltimas palabras del
eclesistico la pusieron hecha una furia.

--Eh, _batuchka_! Esas no son ms que palabras! Perdonar! Si hoy no
le hubiesen aplastado los caballos, habra entrado en casa, como de
costumbre, borracho. Como no tiene ms camisa que la que lleva puesta,
hubiera tenido yo que lavrsela mientras l durmiese, as como la ropa
de los nios. Despus hubiera necesitado secarlo todo, para repasarlo
a la madrugada. Tal es el empleo de mis noches. Y me habla usted de
perdn! Adems, le he perdonado.

Un violento acceso de tos le impidi seguir adelante. Escupi en un
pauelo y lo extendi ante los ojos del eclesistico, mientras con
la mano izquierda apretaba dolorosamente su pecho. El pauelo estaba
ensangrentado.

El pope baj la cabeza y no dijo palabra.

Marmeladoff estaba en la agona; no apartaba los ojos de su mujer, que
de nuevo se haba inclinado sobre l. Tena deseos de decirle algo,
trataba de hablar, mova los labios con esfuerzo, pero no consegua
otra cosa que prorrumpir en sonidos inarticulados. Catalina Ivanovna,
comprendiendo que su marido quera pedirle perdn, le grit con tono
imperioso:

--Cllate. Es intil... S lo que quieres decir...

El herido se call, pero en aquel instante sus miradas se dirigieron a
la puerta y vi a Sonia...

Hasta entonces no haba reparado en el rincn sombro en que la joven
se encontraba.

--Quin est all? Quin est all?--dijo de repente con voz ronca y
ahogada mostrando al mismo tiempo con los ojos, que expresaban un gran
terror, la puerta frente a la cual estaba en pie su hija.

Marmeladoff trat de incorporarse.

--Sigue echado! No te muevas!--grit Catalina Ivanovna.

Pero, merced a un esfuerzo sobrehumano, logr sentarse en el sof.
Durante algn tiempo contempl a su hija con aire extrao; pareca no
reconocerla; era tambin la vez primera que la vea en aquel traje.
Tmida, humillada y avergonzada bajo sus oropeles de mujer pblica, la
infeliz esperaba humildemente que se le permitiese dar el ltimo beso
a su padre. De pronto, ste la reconoci y se pint en su rostro un
sufrimiento inmenso.

--Sonia! hija ma!... perdname!--grit.

Quiso tender hacia ella la mano, y perdiendo su punto de apoyo rod
pesadamente por el suelo. Se apresuraron a levantarle y le pusieron en
el sof; pero ya todo era intil. Sonia, casi sin poder sostenerse,
lanz un dbil grito, corri hacia su padre y le bes. El desdichado
expir en los brazos de su hija.

--Ha muerto!--exclam Catalina Ivanovna ante el cadver de su
marido--. Qu hacer ahora? Cmo pagar el entierro? Cmo dar de
comer maana a mis hijos?

Raskolnikoff se aproxim a la viuda.

--Catalina Ivanovna--le dijo--, la semana pasada me cont su marido
toda la vida de usted sin omitir detalle... Puede estar segura de que
me habl de usted con verdadero entusiasmo. Desde aquella tarde, al
ver cunto la estimaba, cunto amaba y honraba a usted, a pesar de
su malhadada debilidad, desde aquella tarde, repito, soy su amigo...
Permtame, pues, que le ayude a cumplir sus ltimos deberes con el
difunto. Aqu tiene usted veinte rublos, y si mi presencia puede serle
de alguna utilidad... Yo vendr a verla a usted muy pronto... Adis!

Y sali precipitadamente de la sala; pero al atravesar el descansillo
encontr entre el grupo de curiosos a Nikodim Fomitch, que haba
tenido noticia del accidente e iba a cumplir con los deberes de su
cargo llenando las formalidades propias del caso. Desde la escena
ocurrida en la oficina de polica, el comisario no haba vuelto a ver a
Raskolnikoff. Sin embargo, le reconoci en seguida.

--Ah! Es usted?--le pregunt.

--Ha muerto--contest Raskolnikoff--. Le han asistido un mdico y un
sacerdote; nada le ha faltado. No moleste usted a la pobre viuda; est
tsica y su nueva desgracia le ser funesta. Consulela usted... S
que usted es un hombre muy bueno--aadi sonriendo y mirando frente a
frente al comisario.

--Est usted manchado de sangre--dijo Nikodim Fomitch, que acababa de
ver algunas manchas recientes en el chaleco de su interlocutor.

--S, me ha cado encima... Estoy empapado en sangre--agreg el joven
con extrao acento; despus, sonrise, salud al comisario con un
movimiento de cabeza y se alej.

Baj la escalera sin apresuramiento. Una especie de fiebre agitaba
todo su ser: senta que una vida potente y nueva brotaba de repente en
l. Poda compararse esta sensacin a la de un condenado a muerte que
recibe a ltima hora el inesperado indulto. En medio de la escalera se
hizo a un lado para dejar pasar al sacerdote que volva a su domicilio.
Lo dos hombres cambiaron un silencioso saludo. Cuando Raskolnikoff
bajaba los ltimos escalones, oy pasos presurosos detrs de s.
Alguien trataba de alcanzarle. En efecto, Polenka corra en pos de l
gritndole:

--Oiga usted, caballero, oiga usted!

Raskolnikoff se volvi. La nia descendi apresuradamente el ltimo
tramo y se detuvo enfrente del joven en un escaln por encima de l.
Un dbil resplandor provena del patio. Raskolnikoff examin el rostro
demacrado de la nia; Polenka le miraba con alegra infantil que haca
resaltar su delicada belleza. Se le haba confiado una misin que,
evidentemente, le agradaba mucho.

--Oiga usted, cmo se llama usted?... Ah! Dnde vive
usted?--pregunt precipitadamente.

Raskolnikoff le puso las manos en los hombros y la contempl con una
especie de felicidad. Por qu experimentaba tal placer mirando a la
nia? Ni l mismo lo saba.

--Quin te manda?

--Mi hermana Sonia--respondi la nia sonriendo an ms alegremente.

--Ya supona yo que venas de parte de tu hermana.

--Sonia me envi primero; pero en seguida mam me dijo: Ve corriendo,
Polenka.

--Quieres mucho a tu hermana Sonia?

--La quiero ms que... a todo el mundo--afirm con singular energa
Polenka, y su sonrisa tom de repente una expresin seria.

--Y a m me querrs?

En lugar de responder la nia, aproxim la cara a la del joven y
present cndidamente la boca para besarle. De repente, con sus
bracitos delgados como cerillas, estrech fuertemente a Raskolnikoff,
e inclinando la cabeza en el hombro del joven se puso a llorar en
silencio.

--Pobre pap!--dijo al cabo de un momento, levantando la cabeza
y enjugndose las lgrimas con la mano--. Ahora no se ven ms que
desgracias--aadi sentenciosamente, con esa gravedad particular que
afectan los nios cuando quieren hablar como las personas mayores.

--Te quera tu pap?

--Quera ms a Lidotshka--respondi en el mismo tono serio (su sonrisa
haba desaparecido),--senta predileccin por ella, porque es la ms
pequea y porque est delicada; siempre le traa cosas. Nos enseaba
a leer; me daba lecciones de gramtica y doctrina--aadi la nia con
dignidad--. Mam no deca nada; pero nosotros sabamos que esto le daba
gusto y pap tambin lo saba. Mam quiere ensearme el francs, porque
ya es tiempo de comenzar mi educacin.

--Sabes rezar?

--Vaya si sabemos! Desde hace mucho tiempo! Yo, como soy la mayor,
rezo sola; Kolia y Lidotshka dicen sus oraciones en voz alta con
mam. Recitan primero las letanas de la Santsima Virgen, luego otra
oracin: Seor! Concede tu perdn y tu bendicin a nuestra hermana
Sonia, y luego: Seor! Concede tu perdn y tu bendicin a nuestro
otro pap, porque no le he dicho a usted que nuestro antiguo pap hace
tiempo que muri; ste era otro; pero nosotros rezamos tambin por el
primero.

--Polenka, me llamo Rodin Romanovitch; nmbrame tambin alguna vez en
tus oraciones: perdona a tu siervo Rodin y nada ms.

--Siempre, siempre rezar por usted--respondi calurosamente la nia; y
echndose a rer, bes de nuevo al joven con ternura.

Raskolnikoff le repiti su nombre, le di las seas y le prometi
volver al otro da sin falta. La nia se separ de l encantada. Eran
las diez dadas cuando sala de la casa.

No le cost trabajo encontrar la habitacin de Razumikin; en casa de
Potchinkoff conocan a su nuevo inquilino y el _dvornik_ indic en
seguida a Raskolnikoff el cuarto de su amigo. Hasta la mitad de la
escalera llegaba la algazara de la reunin que deba ser numerosa y
animada. La puerta estaba abierta y se oa el ruido de las voces.

La estancia de Razumikin era bastante grande; la reunin se compona
de unas quince personas. Raskolnikoff se detuvo en la antesala; detrs
del tabique haba dos grandes samovars, botellas, platos y fuentes
cargados de pastas; dos criados de la patrona se agitaban en medio
de todo aquello. Raskolnikoff hizo que llamasen a Razumikin. Este se
present muy contento. A la primera ojeada se adivinaba que haba
bebido con exceso; y aunque en general a Razumikin le fuese imposible
emborracharse, por esta vez probaba su exterior que no haba podido
contenerse.

--Escucha--comenz a decir Raskolnikoff--, he venido con el solo objeto
de decirte que, en efecto, has ganado la apuesta y que nadie sabe lo
que puede pasar. En cuanto a entrar ah, no; estoy muy dbil; apenas
si puedo tenerme en pie. De modo que, buenas noches, y adis. Maana
psate por mi casa.

--Sabes t lo que voy a hacer? Acompaarte. Segn tu propia confesin,
ests dbil.

--Y tus invitados? Quin es ese hombre de cabello rizado que acaba de
entreabrir la puerta?

--Ese? Quin lo sabe? Debe de ser un amigo de mi to o acaso un seor
cualquiera que ha venido sin invitacin... Los dejar con mi to; es un
hombre inapreciable; siento que no puedas trabar conocimiento con l.
Por lo dems, que el diablo se los lleve. Nada tengo que hacer ahora
con ellos; necesito tomar el aire, de modo que has llegado a propsito,
amigo mo: dos minutos ms tarde, hubiera cado sobre ellos. Dicen
tales majaderas! No puedes imaginarte de qu divagaciones suelen
algunos hombres ser capaces. Digo, si puedes imaginrtelo. Acaso
nosotros no divagamos tambin? Ea! dejmosles decir necedades; no
siempre tendrn ocasin de colocarlas... Espera un momentito; voy a
traer a Zosimoff.

El doctor acudi con extraordinario apresuramiento a ver a
Raskolnikoff. Al echar la vista encima a su cliente se manifest en su
rostro una gran curiosidad que bien pronto se desvaneci.

--Es menester que se acueste usted en seguida--dijo al enfermo--; y
tome un calmante para procurarse un sueo apacible. Aqu tiene usted
esos polvos que yo he preparado hace poco. Los tomar usted?

--Ciertamente--respondi Raskolnikoff.

--Hars bien en acompaarle--dijo Zosimoff dirigindose a Razumikin--;
veremos maana cmo est; hoy no va mal. Ha cambiado mucho en poco
tiempo. Cada da se aprende una cosa nueva.

--Sabes lo que Zosimoff me deca hace un momento por lo bajo?--comenz
a decir con voz pastosa Razumikin, cuando los dos amigos estuvieron en
la calle--. Me recomendaba que hablase contigo en el camino, que te
hiciera hablar y que le contase en seguida tus palabras, porque se le
ha metido entre ceja y ceja que ests loco o que te encuentras a punto
de estarlo. Qu te parece? En primer lugar, t eres tres veces ms
inteligente que l. En segundo lugar, puesto que no ests loco puedes
burlarte de su estpida opinin, y en tercer lugar, ese hombrn, cuya
especialidad es la ciruga, slo tiene en la cabeza, desde hace algn
tiempo, enfermedades mentales; pero la conversacin que has tenido t
hoy con Zametoff, ha modificado por completo sus apreciaciones sobre tu
persona.

--Zametoff te lo ha contado todo?

--Todo y ha hecho muy bien. He comprendido ahora toda la historia
y Zametoff tambin. Vamos! S, en una palabra, Rodia... El hecho
es que... En este momento me encuentro un poco alegre... pero no
importa... El hecho es que aquel pensamiento... Comprendes? Aquel
pensamiento haba nacido, en efecto, en su espritu; es decir, ninguno
de ellos se atreva a formularlo en alta voz, porque era una cosa
demasiado absurda, sobre todo desde que ha sido detenido ese pintor de
brocha gorda, todo se ha desvanecido para siempre. Pero, cmo son tan
imbciles? Aqu para entre nosotros, he tenido un choque con Zametoff;
te suplico que no te des por entendido; he notado que es susceptible.
Ese incidente ocurri en casa de Luisa... Pero actualmente todo est
esclarecido. Fu principalmente ese Ilia Petrovitch quien se fundaba en
tu desvanecimiento en la comisara; pero a l mismo le di vergenza
luego de semejante suposicin; yo s...

Raskolnikoff escuchaba con avidez. Bajo la influencia de la bebida,
Razumikin hablaba sin tino.

--Yo me desvanec entonces porque haca demasiado calor en la sala y
porque el olor de la pintura me trastorn--contest.

--El busca una explicacin, pero no hay otra que la de la pintura:
la inflamacin estaba latente desde haca un mes. Ah est Zosimoff
para decirlo. No puedes figurarte lo confuso que se siente ahora ese
tonto de Zametoff: Yo no valgo--dice--ni lo que el dedo pequeo de
ese hombre. As habla refirindose a ti. Algunas veces tienen buenos
sentimientos; pero la leccin que le has dado hoy en el _Palacio
de Cristal_ es el colmo de la perfeccin: has comenzado por hacer
que tuviese miedo, que temblase. Le hiciste pensar de nuevo en esa
monstruosa tontera, y de repente le has mostrado que te burlabas de
l. Se ha quedado con un palmo de narices! Perfectamente. Ahora est
aplastado, anonadado. Verdaderamente eres un maestro y le haca falta
lo que has hecho. Siento no haber estado all. Zametoff est ahora en
casa y hubiera querido verte. Tambin desea verte Porfirio Petrovitch.

--Ah! Ese tambin? Pero, por qu se me considera como un loco?

--Como un loco precisamente, no. Amigo mo, yo creo que me he ido un
poco de la lengua contigo. Lo que supongo que le ha preocupado ms
que nada es que slo _eso_ te interesa, y ahora comprende por qu te
interesa: conociendo todas las circunstancias... sabiendo qu especie
de enervamiento te ha causado eso y como tal cosa se relaciona con
tu enfermedad... Estoy algo chispo, amigo mo; cuanto puedo decirte
es que l tiene su idea... te lo repito, no suea ms que con sus
enfermedades mentales; no, no tienes por qu inquietarte.

Durante medio minuto ambos guardaron silencio.

--Escucha, Razumikin--dijo Raskolnikoff--. Quiero hablarte con
franqueza: vengo de casa de un muerto; el difunto era un funcionario...
He dado all todo mi dinero... y adems de eso hace un instante he sido
besado por una criatura que, aun cuando yo hubiese matado a alguien...
en una palabra, he visto all tambin a una joven... con una pluma
color de fuego, pero divago; estoy muy dbil, sostenme... Aqu est la
escalera.

--Qu tienes? Qu te pasa?--pregunt Razumikin alarmado.

--La cabeza que me da vueltas; pero esto no es nada; lo malo es que
estoy tan triste... como una mujer. Mira: qu es aquello? mira, mira...

--Qu he de mirar?

--No ves? Hay luz en mi cuarto, no lo ests viendo por la rendija?

Estaban en el ltimo rellano de la escalera, cerca de la puerta de
la patrona, desde donde se poda advertir, que, en efecto, en la
habitacin de Raskolnikoff haba luz.

--Es extrao.

--Estar quiz en ella Anastasia--observ Razumikin.

--No viene nunca a mi cuarto a esa hora. Adems, se acuesta muy
temprano; pero, qu importa? Adis.

--Eh! qu dices? Te acompao, vamos a subir juntos.

--S que subiremos juntos; pero quiero estrecharte la mano y decirte
adis aqu. Vamos, dame la mano. Adis.

--Qu te pasa, Rodia?

--Nada. Subamos y t sers testigo...

Mientras suban la escalera se le ocurri a Razumikin que Zosimoff
tena quizs razn.

--Sin duda le he perturbado el espritu con mi charla--dijo para s.

Cuando se acercaban a la puerta oyeron voces en la habitacin.

--Qu es esto?--exclam Razumikin.

Raskolnikoff tir de la puerta y la abri de par en par, quedndose en
el umbral como petrificado.

Su madre y su hermana, sentadas en el sof, le esperaban haca media
hora.

La aparicin de Raskolnikoff fu saludada con gritos de alegra. Su
madre y su hermana corrieron hacia l; pero el joven qued inmvil, y
casi privado de sentido; haba como helado todo su ser un pensamiento
sbito e insoportable. Ni siquiera tuvo fuerza para abrir los brazos.
Las dos mujeres le estrecharon contra su pecho, le cubrieron de besos,
llorando y riendo al mismo tiempo; Raskolnikoff di un paso, se
tambale y cay desvanecido al suelo.

Alarma, gritos de terror, gemidos. Razumikin, que se haba quedado en
el umbral, se precipit en la sala, tom al enfermo en sus vigorosos
brazos y en un abrir y cerrar de ojos le ech en el divn.

--No es nada, no es nada--dijo a la madre y a la hermana--. Esto es un
desvanecimiento, no tiene importancia. El mdico deca hace un momento
que va mucho mejor, que estaba casi restablecido. Un poco de agua!
Vamos, ya recobra el conocimiento; miren ustedes, ya vuelve en s.

Y al decir esto apretaba con inconsciente rudeza el brazo de Dunia
obligndola a inclinarse sobre el sof para comprobar que, en efecto,
su hermano volva en s.




TERCERA PARTE


I

Raskolnikoff se incorpor y se sent en el divn, e invitando con una
leve sea a Razumikin a que suspendiese el curso de su elocuencia
consoladora, tom la mano a su hermana y a su madre y las contempl
alternativamente durante dos minutos, sin proferir palabra. Haba en
su mirada, impregnada de dolorosa sensibilidad, algo de fijo y de
insensato. Pulkeria Alexandrovna, asustada, se ech a llorar.

Advocia Romanovna estaba plida y le temblaba la mano que tena entre
las de su hermano.

--Vulvete a casa con l--dijo Rodia con voz entrecortada, sealando a
Razumikin--. Maana, maana... todo. Cundo habis llegado?

--Esta noche--respondi Pulkeria Alexandrovna--. El tren traa mucho
retraso. Pero ahora, Rodia, por nada del mundo consentira en separarme
de ti. Pasar la noche a tu lado...

--No me atormentis!--replic Raskolnikoff con cierta irritacin.

--Yo me quedar aqu con l--salt vivamente Razumikin--; no le
dejar ni un minuto, y que se vayan al diablo mis convidados. Que se
incomoden, si quieren. Adems, all est mi to para hacer el papel de
anfitrin.

--Cmo agradecrselo a usted!--empez a decir Pulkeria Alexandrovna,
estrechando de nuevo las manos de Razumikin; pero su hijo le ataj la
palabra.

--No puedo, no puedo...--repiti con tono irritado--; no me atormentis
ms. Basta, idos; no puedo!...

--Retirmonos, mam--indic en voz baja Dunia, inquieta--; salgamos
de la habitacin, por lo menos, un instante; est visto que nuestra
presencia le atormenta.

--Ser posible que no pueda estar un momento con l, despus de tres
aos de separacin?--gimi Pulkeria Alexandrovna.

--Esperad un poco--dijo Raskolnikoff--. Me interrumps y pierdo el hilo
de mis ideas... Habis visto a Ludjin?

--No, Rodia; pero ya tiene noticias de nuestra llegada. Sabemos que
ha tenido la bondad de venir a verte hoy--aadi con cierta timidez
Pulkeria Alexandrovna.

--S. Ha tenido esa bondad... Dunia, le dije a Ludjin que iba a tirarle
por la escalera...

--Qu dices, hijo? Pero, t? T?... No es posible--comenz a decir
la madre asustada; pero una mirada de Dunia le impidi continuar.

Advocia Romanovna, con los ojos fijos en su hermano, esperaba que
ste se explicase con mayor claridad. Informadas de la querella por
Anastasia, que se la haba contado a su manera y segn la entendi, las
dos seoras se encontraban perplejas.

--Dunia--prosigui, haciendo un esfuerzo, Raskolnikoff--, yo me opongo
a ese enlace; por consiguiente, despide maana a Ludjin y que no se
vuelva a hablar ms de l.

--Dios mo!--exclam Pulkeria Alexandrovna.

--Hermano mo, piensa un poco en lo que dices--observ con vehemencia
Dunia; pero en seguida se contuvo--. No te encuentras ahora en tu
estado normal: ests fatigado--aadi con tono carioso.

--Que deliro, no es eso? No... te engaas; quieres casarte con Ludjin
por m, pero yo rehuso ese sacrificio. As, pues, maana le escribes
una carta rompiendo tu compromiso, me la lees a primera hora, la
mandas, y asunto concludo.

--Yo no puedo hacer eso--exclam la joven, un tanto mortificada--. Con
qu derecho...?

--Dunia, t tambin te exaltas. Hasta maana... Pero no ests
viendo?--balbuce la madre con temor, dirigindose a su hija--. Vamos,
vamos; ser lo mejor.

--No sabe lo que se dice--exclam Razumikin con voz que denunciaba
su embriaguez--; de lo contrario, no se permitira... Maana ser
razonable... Hoy, en efecto, ha echado con cajas destempladas a ese
sujeto; el buen seor se ha incomodado. Estuvo aqu perorando en pro de
sus teoras. Despus se march con las orejas gachas.

--De modo que es verdad?--exclam Pulkeria Alexandrovna.

--Hasta maana, hermano--dijo con tono compasivo Dunia--. Vmonos,
mam... Adis, Rodia.

El joven hizo un ltimo esfuerzo para dirigirle algunas palabras.

--Oyeme; no deliro. Ese casamiento sera una infamia. Pase que yo sea
un infame... pero t, t no debes serlo... Basta con uno... Mas, por
miserable que yo sea, renegara de ti, si contrajeses esa unin. O yo,
o Ludjin. Marchaos.

--Pero, has perdido el juicio? Eres un dspota!--grit Razumikin.

Raskolnikoff no respondi; quiz no se hallaba en estado de hacerlo.
Agotadas sus fuerzas, se tendi en el divn, volvindose del lado
de la pared. Advocia Romanovna mir a Razumikin con ojos brillantes
que revelaban curiosidad. El estudiante tembl ante aquella mirada.
Pulkeria Alexandrovna pareca consternada.

--No me resuelvo a irme--murmur trmula, al odo de Razumikin--; me
quedar aqu en cualquier parte... Acompae usted a Dunia.

--Lo echarn ustedes a perder todo--respondi, tambin en voz baja,
Razumikin--. Salgamos, a lo menos, de este cuarto. Anastasia,
almbranos. Juro a ustedes--continu en voz queda cuando estuvieron en
la escalera--que hace poco rato estuvo a punto de pegarnos al mdico y
a m. Figrese usted, al mdico! Por otra parte, es imposible que deje
usted sola a Advocia Romanovna en el cuarto de alquiler que han tomado
ustedes. Si supieran ustedes en qu casita se han alojado! Ese pillo
de Pedro Petrovitch, no poda haber encontrado una ms decente?...
Yo, es cierto, estoy algo chispo, y ah tiene usted por qu son mis
expresiones bastante vivas. No hagan ustedes caso.

--Pues bien--replic Pulkeria Alexandrovna--. Voy a ver a la patrona de
mi hijo y a suplicarle que nos deje pasar la noche en cualquier rincn.
No puedo abandonarle en tal estado, no puedo...

Hablaban en el rellano de la escalera correspondiente a la habitacin
de la patrona. Anastasia estaba en el ltimo escaln, con la luz en
la mano. Razumikin se hallaba extraordinariamente animado. Un poco
antes, cuando acompa a Raskolnikoff a su casa, se haba ido de la
lengua como l mismo haba reconocido; pero tena la cabeza fuerte y
despejada, no obstante la excesiva cantidad de vino que acababa de
beber. Ahora estaba sumido en una especie de xtasis, y la influencia
excitante del alcohol obraba doblemente sobre l. Haba tomado a las
dos seoras a cada una por una mano, las arengaba con un lenguaje de
una desenvoltura asombrosa, y, sin duda, para convencerlas mejor,
apoyaba cada una de sus palabras con formidable presin de las falanges
de sus interlocutoras. Al propio tiempo, con el mayor descaro devoraba
con los ojos a Advocia Romanovna.

A veces, vencidas por el dolor, las pobres seoras trataban de separar
sus dedos aprisionados en aquellas manos gruesas y huesosas; pero l
no haca caso, y continuaba apretando sin cuidarse de que les haca
dao. Si le hubieran pedido que se tirase de cabeza por la escalera,
no habra vacilado un segundo en obedecerlas. Pulkeria Alexandrovna se
haca cargo de que Razumikin era muy original, y, sobre todo, de que
tena unos puos terribles; pero, con el pensamiento puesto en su hijo,
cerraba los ojos ante las extraas maneras del joven, que era en aquel
momento una Providencia para ellas.

Por su parte, Advocia Romanovna, aunque participaba de las
preocupaciones de su madre, y no fuese de natural tmido, miraba con
sorpresa y aun con algo de inquietud, las ardientes ojeadas que le
diriga el amigo de su hermano. A no ser por la confianza sin lmites
que los relatos de Anastasia le haban inspirado a propsito de aquel
hombre singular, no hubiera resistido a la tentacin de echar a correr,
llevndose a su madre con ella. Comprenda, empero, tambin que en
aquel momento el joven les haca mucha falta. Esto no obstante, la
joven se sinti tranquila al cabo de diez minutos; cualquiera que fuese
la disposicin de nimo en que se encontraba Razumikin, una de las
propiedades de su carcter era la de revelarse por completo a primera
vista, de suerte que en seguida saba uno a qu atenerse respecto de l.

--Usted no puede solicitar eso de la patrona; sera el colmo de lo
absurdo--contest vivamente a Pulkeria Alexandrovna--. De nada le
valdra ser la madre de Rodin; si usted se queda, va a exasperarle,
y sabe Dios lo que puede ocurrir. Escuchen ustedes lo que yo les
propongo: Anastasia va a quedarse ahora con l, y las acompaar a
ustedes a su casa, porque en San Petersburgo es una imprudencia que
anden dos mujeres solas por las calles. Despus de haber yo acompaado
a ustedes, volver aqu de dos zancadas, y un cuarto de hora despus
doy a ustedes mi palabra de honor de que ir all de nuevo y les
contar todo: cmo est, si duerme, etc. En seguida, escuchen ustedes,
en seguida, echo a correr a mi casa; hay mucha gente en ella. Mis
invitados estn ebrios. Echar el guante a Zosimoff que es el mdico
que asiste a Rodia y se halla ahora en mi casa; pero no est borracho
porque es abstemio; lo llevar a ver el enfermo, y de all a casa de
ustedes. En el espacio de una hora recibirn ustedes, por consiguiente,
noticias de su hijo; primero, por m, y despus, por el mismo doctor,
que es hombre serio. Si Rodia est mal, juro a usted que la traer otra
vez aqu; si est bien se acostar usted. Yo pasar toda la noche en
el vestbulo, l no lo sabr. Har que Zosimoff se acueste en casa de
la patrona, para tenerle a mano, si fuese necesario. Creo que en estos
momentos la presencia del mdico puede ser ms til a Raskolnikoff que
la de usted. Por lo tanto, vamos a su casa. Yo puedo, pero ustedes,
no, no consentira en dar a ustedes posada, porque... porque es tonta.
Si lo quieren ustedes saber, est enamorada de m, tendra celos de
Advocia Romanovna, y de usted tambin; pero, de seguro, de Advocia
Romanovna. Es un carcter muy extrao. Yo tambin soy un imbcil.
Vamos, vengan ustedes. Tienen confianza en m, verdad? La tienen
ustedes? S, o no.

--Vamos, mam--dijo Advocia Romanovna--; lo que promete, lo har
seguramente. A sus cuidados debe mi hermano la vida; y si el doctor
consiente, en efecto, en pasar aqu la noche, qu ms podemos desear?

--Usted me comprende, porque es usted un ngel--dijo Razumikin con
exaltacin--. Vamos, Anastasia, sube en seguida con la luz, y qudate a
su lado. Vuelvo dentro de un cuarto de hora.

Aunque no estuviese completamente convencida, Pulkeria Alexandrovna no
hizo ninguna objecin.

Razumikin tom a cada una de las dos seoras por un brazo y, en parte
de grado, y en parte por fuerza, las oblig a bajar la escalera.

La madre no dejaba de estar inquieta.

Seguramente sabe lo que hace; est bien dispuesto con nosotras; pero,
podremos confiar en sus promesas en el estado en que se encuentra?

El joven adivin aquel pensamiento.

--Ah! Comprendo. Usted me cree bajo la influencia del vino--dijo
andando a grandes pasos por la acera, sin advertir que apenas podan
seguirle las dos seoras--. Esto no significa nada... he bebido como
un bruto; pero no se trata de tal cosa. No es el vino lo que me
embriaga. En cuanto he visto a ustedes, he recibido como un golpe en
la cabeza.... No me hagan ustedes caso, no digo ms que tonteras,
soy indigno de ustedes. En extremo indigno... En cuanto las lleve a
ustedes a su casa, ir al canal que hay aqu cerca y me echar un cubo
de agua por la cabeza. Si supiesen lo que yo las quiero a ustedes...
No se ran, ni se incomoden... Enfdense ustedes con todo el mundo
menos conmigo. Yo soy amigo de Raskolnikoff, y, por consiguiente, de
ustedes. Presenta el ao pasado lo que ahora est sucediendo; hubo un
momento... Pero no, yo no presenta nada de esto, puesto que ustedes,
por decirlo as, han cado del cielo; mas no dormir en toda la
noche... Zosimoff tema hace poco que se volviese loco. He aqu por qu
no conviene irritarle.

--Qu dice usted?--exclam la madre.

--Es posible que el doctor haya dicho eso?--pregunt Advocia Romanovna
asustada.

--Eso ha dicho, pero se engaa, se engaa de medio a medio. Le ha
recetado un medicamento, unos polvos, pero, ya hemos llegado...
Hubieran ustedes hecho mejor en venir maana. Hemos hecho bien
retirndonos. Dentro de una hora Zosimoff vendr a darle a usted
noticias de su salud. No est ebrio; yo tampoco lo estar. Pero, por
qu estoy tan excitado? Me han hecho discurrir tanto esos malditos!
Haba jurado no tomar parte en esas discusiones. Dicen tantas
majaderas! Un poco ms y me agarro con ellos. He dejado all a mi to
para que presida la reunin... Creern ustedes que son partidarios de
la impersonalidad completa? Para ellos el supremo progreso es parecerse
lo menos posible a s mismo. A los rusos nos ha complacido vivir de
ideas ajenas; ya estamos saturados de ellas. Es verdad, es verdad lo
que digo?--grit Razumikin apretando las manos de las dos seoras.

--Oh Dios mo, yo no s!--dijo la pobre Pulkeria Alexandrovna.

--S, s, aunque yo no estoy de acuerdo con ustedes, en lneas
generales--aadi con tono grave Advocia Romanovna.

Apenas acababa de pronunciar estas palabras, cuando lanz un grito de
dolor provocado por un enrgico apretn de manos de Razumikin.

--S? usted, dice que s? Pues bien, usted es, usted es--vocifer
el joven entusiasmado--; usted es una fuente de bondad, de pureza, de
razn y de perfeccin. Dme usted las manos... dme usted tambin la
suya; quiero besar las manos a ustedes. Aqu mismo, en seguida, de
rodillas.

Se arrodill en medio de la calle, que por fortuna estaba desierta en
aquel momento.

--Basta! Por Dios! qu hace usted?--exclam Pulkeria Alexandrovna
alarmada ante la actitud del estudiante.

--Levntese usted, levntese usted!--dijo Dunia, que, aunque se rea,
no dejaba de estar inquieta.

--De ninguna manera, si no me dan ustedes las manos! As. Ahora
continuemos. Soy un desgraciado imbcil indigno de ustedes, y en este
momento trastornado por la bebida... Me avergenzo... Soy indigno de
amar a ustedes... pero inclinarse, prosternarse delante de ustedes,
es el deber de cualquiera que no sea un bruto completo. Por eso me he
prosternado yo... Esta es la casa. Aunque no sea ms que por esto ha
hecho bien Rodia en poner en la calle el otro da a Pedro Petrovitch.
Cmo se ha atrevido a traer a ustedes aqu! Esto es escandaloso.
Saben ustedes qu clase de gente vive aqu? Y usted es su prometida?
S? Pues bien. Despus de esto declaro que su futuro esposo de usted
es un canalla.

--Escuche usted, seor Razumikin--comenz a decir Pulkeria Alexandrovna.

--S, s, tiene usted razn. Yo me he olvidado--dijo excusndose
el joven--, pero... pero usted no puede guardarme rencor por mis
palabras. He hablado as, porque soy franco y no porque... hum!...
sera innoble; en una palabra, no es porque a usted yo... hum!... no
me atrevo a acabar... Pero antes, cuando su visita, hemos comprendido
todos que ese hombre no era de nuestro mundo. Vamos! Basta!,
todo est perdonado. No es cierto que usted me ha perdonado? Ea!
adelante! Conozco este corredor. He estado aqu ya; ah en el nmero
tres hubo una vez un escndalo... Cul es el cuarto de ustedes? Qu
nmero? Ocho? Entonces harn ustedes muy bien encerrndose en su
habitacin por la noche, y no dejando entrar a nadie. Dentro de quince
minutos, traer noticias, y media hora despus me vern ustedes volver
con Zosimoff; escapo.

--Dios mo! Dunetshka, qu va a ocurrir?--dijo ansiosamente Pulkeria
Alexandrovna a su hija.

--Tranquilzate, mam--respondi Dunia, quitndose el chal y el
sombrero--. Dios mismo nos ha enviado a ese seor; aunque venga de una
orga se puede contar con l. Te lo aseguro... y lo que ha hecho por mi
hermano...

--Ah, Dunetchka! Dios sabe si volver! Cmo he podido resolverme
a dejar a Rodia!... Cun de otra manera pensaba encontrarle! Qu
acogida nos ha hecho! Cualquiera dira que le disgustaba nuestra
llegada!

En sus ojos brillaban las lgrimas.

--No, no es eso, mam, no lo has visto bien, ests llorando siempre.
Acaba de sufrir una grave enfermedad y sa es la causa de todo.

--Ah! Esa enfermedad! Qu resultar de todo eso! Cmo te ha
hablado, Dunia!--sigui diciendo la madre, procurando tmidamente
leer en los ojos de la joven, y sintindose casi consolada porque
Dunia tomaba la defensa de su hermano, y por consiguiente, le haba
perdonado--. Bien s que maana ser de otra opinin--aadi, queriendo
hacer hablar a su hija.

--Pues yo estoy cierta de que maana dir lo mismo, respecto de este
asunto...--replic Advocia Romanovna.

La cuestin era tan delicada, que Pulkeria Alexandrovna no se atrevi
a proseguir la conversacin. Dunia fu a besar a su madre. Esta, sin
decir nada, la estrech fuertemente en sus brazos. Despus se sent
y esper con cruel impaciencia la llegada de Razumikin, mirando
tmidamente a su hija, que, pensativa y con los brazos cruzados,
se paseaba de un lado a otro de la habitacin. Era una costumbre
en Advocia Romanovna pasearse as cuando tena una preocupacin, y
en tales casos, su madre se guardaba muy bien de interrumpir sus
reflexiones.

Razumikin, embriagado y enamorndose repentinamente de Advocia
Romanovna, se prestaba ciertamente al ridculo. Sin embargo,
contemplando a la joven, sobre todo ahora que, pensativa y triste, se
paseaba por la habitacin con los brazos cruzados, quiz muchos habran
disculpado al estudiante, sin necesidad de invocar en descargo suyo
la circunstancia atenuante de la embriaguez. El exterior de Advocia
Romanovna mereca atraer la atencin: alta, fuerte, notablemente bien
formada, demostraba en cada uno de sus ademanes una confianza en s
misma que en otra parte no quitaba nada a su gracia y delicadeza. Se
pareca a su hermano, pero de ella poda decirse que era una beldad.
Tena el cabello castao, algo ms claro que los de Rodia; sus ojos,
negros, denotaban orgullo; pero en ocasiones demostraban extraordinaria
bondad. Era plida, pero su palidez no tena nada de enfermizo; su
rostro resplandeca de frescura y de salud. Tena la boca bastante
pequea, y el labio inferior de subido color rojo avanzaba, un poco, lo
mismo que la barbilla. Esta irregularidad, la nica que se notaba en
su hermoso rostro, le daba una expresin particular de firmeza y casi
altanera. Su fisonoma era de ordinario ms bien grave y pensativa
que alegre; pero, qu encanto el de aquella cara habitualmente seria
cuando vena a animarla una risa alegre y juvenil!

Razumikin no haba visto jams nada semejante; era ardiente, sincero,
honrado, un poco candoroso. Adems, fuerte como un caballero antiguo
y entonces exaltado por el vino. En estas condiciones se explica
perfectamente el _coup de foudre_. Adems, quiso la suerte que viese
por primera vez a Dunia en un momento en que la ternura y la alegra
de volver a ver a Raskolnikoff haban en cierto modo transfigurado el
semblante de la joven. La vi, despus, soberbia de indignacin ante
las insolentes rdenes de su hermano y no pudo contenerse.

Por lo dems, haba dicho verdad cuando en su charla de borracho dej
traslucir que la extravagante patrona de Raskolnikoff, Praskovia
Pavlovna, tendra celos, no slo de Advocia Romanovna, sino de la
misma Pulkeria Alexandrovna. Aunque sta tena cuarenta y tres aos,
conservaba restos de su antigua belleza, y pareca adems mucho ms
joven de lo que era en realidad; particularidad que se observa en las
mujeres que han conservado en los linderos de la vejez la claridad
de su espritu, la frescura de las impresiones, el puro y honrado
calor del corazn. Comenzaban ya a blanquearle los cabellos y aun a
faltarle; advertanse ya, desde haca algn tiempo, algunas arrugas en
derredor de los ojos; los cuidados y los disgustos haban demacrado sus
mejillas; mas, a pesar de todo, su rostro era bello. Era el rostro de
Dunia con veinte aos ms y sin lo prominente del labio inferior que
caracterizaba la fisonoma de la joven. Pulkeria Alexandrovna tena
alma sensible; pero sin llegar a la sensiblera. Naturalmente tmida y
dispuesta a ceder, saba, sin embargo, detenerse en el camino de las
concesiones, siempre que su honradez, sus principios y sus convicciones
arraigadas se lo exigan.

A los veinte minutos justos de salir Razumikin, sonaron en la puerta
dos leves golpes: el joven estaba ya de vuelta.

--No entrar, no tengo tiempo--se apresur a decir en cuanto
abrieron--. Duerme como un bienaventurado, su sueo es muy tranquilo,
y quiera Dios que se pase as durmiendo diez horas seguidas. Anastasia
est a su lado; tiene orden de permanecer all hasta que yo vuelva.
Ahora voy a buscar a Zosimoff, vendr a dar a ustedes sus informes, y
en seguida a acostarse, porque bien veo que estn ustedes extenuadas.

Apenas hubo acabado de decir estas palabras, ech a correr por el
corredor.

--Qu joven tan simptico y tan carioso!--exclam Pulkeria
Alexandrovna muy alegre.

--Parece que es de muy buen carcter--contest Dunia, y comenz a
pasearse de nuevo por la habitacin.

Cerca de una hora despus, volvieron a sonar pasos en el corredor y
llamaron de nuevo a la puerta. Ahora las dos mujeres esperaban con
entera confianza el cumplimiento de la promesa que les haba hecho
Razumikin. Volvi ste, en efecto, acompaado de Zosimoff. El mdico no
haba vacilado en dejar inmediatamente el banquete para ir a visitar
a Raskolnikoff; pero no sin trabajo se decidi a ir a casa de las
seoras, porque apenas daba crdito a las palabras de su amigo, que le
pareca haber dejado una parte de su razn en el fondo de los vasos.
Sin embargo, muy pronto se sinti satisfecho y aun halagado en su amor
propio de doctor. Zosimoff comprendi que era, en efecto, escuchado
como un orculo.

Durante diez minutos que dur la visita, logr tranquilizar por
completo a Pulkeria Alexandrovna. Manifest gran inters por el
enfermo, expresndose con reserva y seriedad extremadas como conviene a
un mdico de veintisiete aos en circunstancias graves. No se permiti
la ms leve digresin fuera de su asunto ni manifest el menor deseo
de entablar ms relaciones familiares con sus interlocutoras. Habiendo
advertido desde que entr la belleza de Advocia, se esforzaba en no
prestar ninguna atencin a la joven, dirigindose exclusivamente a
Pulkeria Alexandrovna.

Todo esto le produca un indecible contento interior. En lo
concerniente a Raskolnikoff, declar que le encontraba en un estado
muy satisfactorio. Segn su opinin, la enfermedad de su cliente
dependa, en parte, de las malas condiciones en que ste haba vivido
durante algunos meses; pero era originada tambin por otras causas de
carcter moral. Era, por decirlo as, producto complejo de influencias
mltiples, bien fsicas, bien psicolgicas, tales como preocupaciones,
cuidados, temores, inquietudes, etc. Habiendo advertido, sin
manifestarlo, que Advocia Romanovna le escuchaba con marcada atencin,
Zosimoff desarroll con gusto este tema.

Como Pulkeria Alexandrovna le preguntase con voz tmida e inquieta
si haba advertido algn sntoma de locura en su hijo, Zosimoff
le respondi con calma y franca sonrisa, que se haba exagerado
el alcance de sus palabras, que sin duda, haba echado de ver en
el enfermo una idea fija, algo as como monomana, cuanto que l,
Zosimoff, estudiaba ahora de una manera especial esta rama tan
interesante de la Medicina.

--Pero--aadi--, es menester considerar que hasta hoy el enfermo ha
estado delirando constantemente, y de seguro la llegada de su familia
ser para l una distraccin, contribuir a devolverle las fuerzas y
ejercer sobre l una accin saludable... Si se pueden evitar nuevas
emociones--termin diciendo con tono significativo.

Levantndose despus, y saludando a la vez ceremonioso y cordial,
sali seguido de acciones de gracias, de bendiciones y de efusiones de
reconocimiento. Advocia Romanovna le tendi su linda mano que el mdico
no haba tratado de estrechar. En una palabra, el doctor se retir
encantado de s mismo, y ms encantado todava de su visita.

--Maana hablaremos. Ahora acustense ustedes en seguida; ya es tiempo
de que descansen--orden Razumikin, saliendo con Zosimoff--. Maana a
primera hora vendr a dar a ustedes noticias del enfermo.

--Qu encantadora joven es esta Advocia Romanovna!--observ con acento
sincero Zosimoff cuando ambos estuvieron en la calle.

--Encantadora? Encantadora has dicho?--rugi Razumikin lanzndose
sobre el doctor y agarrndole por el cuello--. Si te atreves... Me
entiendes? Me entiendes?--grit apretndole la garganta y arrojndolo
contra la pared--. Me entiendes?

--Djame. Demonio de borracho!--dijo Zosimoff, tratando de soltarse de
las manos de su amigo.

Cuando Razumikin le solt, mirle fijamente y lanz una carcajada.

El estudiante permaneca en pie delante de l con los brazos cados y
la cara triste.

--Es verdad, soy un bestia--dijo con aire sombro--; pero t tambin lo
eres.

--No, amigo, yo no lo soy. No sueo con tonteras.

Continuaron su camino sin decir una palabra, y nicamente cuando
llegaron cerca de la casa de Raskolnikoff, Razumikin, muy preocupado,
rompi el silencio:

--Escucha--dijo a Zosimoff--, t eres un buen amigo, pero tienes una
variada coleccin de vicios; eres un voluptuoso, un innoble sibarita,
te gusta la comodidad, engordas y de nada te privas. Te digo, pues, que
esto es innoble, porque conduce derechamente a las mayores suciedades.
Siendo, como eres, afeminado, no comprendo de qu manera puedes ser
un buen mdico, y adems un mdico celoso. Duerme sobre colchones de
plumas (un mdico!) y se levanta para ir a visitar a un enfermo! De
aqu a tres aos estaran llamando a tu puerta y no dejaras la cama.
Pero no se trata de esto; lo que yo quiero decirte es lo siguiente:
voy a dormir en la cocina; t pasars la noche en la habitacin de la
patrona (he podido, no sin trabajo, obtener su consentimiento); ser
una ocasin para ti de trabar ntimo conocimiento con ella. No es lo
que t piensas. No hay ni sombra de lo que sospechas.

--Pero si yo no sospecho!

--Es, amigo mo, una criatura pdica, silenciosa, tmida, de una
castidad a toda prueba, y por aadidura, tan sensible, tan tierna...
Lbrame de ella, te lo suplico por todos los diablos. Es muy
agradable... Pero al presente estoy satisfecho. Pido un substituto.

Zosimoff se ech a rer de muy buena gana.

--Se conoce que no eres moderado; no sabes lo que dices. Por qu he de
hacerle la corte?

--Te aseguro que no te costar trabajo conquistar sus gracias. Te basta
con charlar con ella de cualquier cosa, con que te sientes a su lado
y la hables. Adems, eres mdico: empieza por curarla de cualquier
tontera. Te juro que no tendrs de que arrepentirte. Tiene un
clavicordio; yo, como sabes, canto algo. Le he cantado una cancioncilla
rusa: Mis ojos vierten ardientes lgrimas... Le gustan mucho las
melodas sentimentales. Ese fu mi punto de partida; pero t eres un
verdadero profesor de piano, una especie de Rubinstein... Te aseguro
que no te pesar.

--Pero, a qu viene todo eso?

--Por lo visto yo no s explicarme. Mira, os conozco perfectamente
al uno y al otro. No es solamente hoy cuando he pensado en ti. T
acabars de ese modo. Qu te importa que sea ms pronto o ms tarde?
Aqu, amigo mo, tendrs colchn de pluma y algo mejor. Encontrars
el puerto, el refugio; el fin de las agitaciones, tortas excelentes,
sabrosas blinas[16], excelentes pasteles de pescado, el samovar por la
tarde, el calentador por la noche; estars como muerto, y, sin embargo,
vivirs: doble ventaja; pero basta de charla, es hora de acostarse.
Escucha: me sucede a veces despertarme por la noche; en tal caso, ir a
ver cmo sigue Raskolnikoff. Si te sale del corazn, puedes ir a verle
una vez siquiera; y si adviertes en l algo extraordinario, corre a
despertarme. Creo, sin embargo, que no ser menester.

       [16] Especie de galleta.


II

Al da siguiente, a las siete dadas, Razumikin se despert presa de
pensamientos que jams haban turbado su existencia. Se acord de todos
los incidentes de la noche y comprendi que haba experimentado una
impresin muy diferente de cuantas sintiera hasta entonces. Comprenda,
al mismo tiempo, que el sueo que haba acariciado era de todo punto
irrealizable. Aquella quimera le pareci de tal modo absurda, que tuvo
vergenza de pensar en ella. As es que se apresur a pasar a otras
cuestiones ms prcticas, que en cierto modo le haba legado la maldita
jornada precedente.

Lo que ms le entristeca era haberse presentado el da anterior como
un perdido; no solamente le haban visto ebrio sino abusando de las
ventajas que su posicin de bienhechor le daba sobre una joven obligada
a recurrir a l, y sin conocer a punto fijo lo que era el tal seor.
Con qu derecho juzgaba tan temeriamente a Pedro Petrovitch? Quin
le preguntaba su opinin? Adems, una persona como Advocia Romanovna,
poda casarse a gusto con un hombre indigno de ella? Sin duda que
Pedro Petrovitch Ludjin tena algn mrito. Claro es que exista la
cuestin del alojamiento; pero, qu motivos tena Ludjin para saber
lo que era aquella casa? Por otra parte, las dos seoras se albergaban
all provisionalmente, mientras se les preparaba otra vivienda.
Oh, qu miserable era todo aquello! Podra justificarse alegando
su embriaguez? Tan necia excusa le envileca ms. La verdad est en
el vino, y he aqu que, bajo la influencia del vino, haba revelado
toda la verdad, es decir, la bajeza de un corazn vulgarmente celoso.
Le estaba permitido tal sueo a Razumikin? Qu era l comparado
con aquella joven, l, el borracho charlatn y brutal de la vspera?
Qu cosa ms aborrecible y ms ridcula a la vez que la idea de una
aproximacin entre dos seres tan semejantes?

El joven, avergonzado de tan loco pensamiento, se acord de repente de
haber dicho la noche anterior en la escalera que le amaba la patrona y
que sta tendra celos de Advocia Romanovna. Tal recuerdo le llen de
confusin. Era demasiado. Descarg un puetazo sobre el fogn. Se hizo
dao en la mano y rompi un ladrillo.

--No hay duda--murmur al cabo de un rato con profunda humillacin--;
ya est hecho, y no hay medio de borrar tantas torpezas... Intil es
pensar en ellas; me presentar sin decir nada, cumplir silenciosamente
con mi deber y no dar excusas, me callar. Ahora es demasiado tarde y
el mal est hecho.

Puso, sin embargo, particular esmero en arreglarse; no tena ms que un
traje, y aunque hubiese tenido muchos, quizs se hubiera puesto el de
la vspera a fin de no parecer que se haba arreglado ex profeso...
Sin embargo, un abandono cnico hubiese sido de muy mal gusto. No tena
derecho a herir los sentimientos ajenos, sobre todo cuando se trataba
de personas que necesitaban de l y que le haban suplicado que fuese a
verlas; de consiguiente, cepill con gran cuidado la ropa; en cuanto a
la interior, Razumikin no la poda sufrir sucia.

Habiendo encontrado el jabn de Anastasia, se lav concienzudamente
la cabeza, el cuello, y, particularmente, las manos. Despus de
vacilar si se afeitara o no (Praskovia Paulovna posea excelentes
navajas, herencia de su difunto marido Zarnitzin), resolvi la cuestin
negativamente y con cierta brusca irritacin, dijo para s: No, me
quedar como estoy. Se figuraran quiz que me haba afeitado para...
De ninguna manera!

Estos monlogos fueron interrumpidos por la llegada de Zosimoff, el
cual despus de haber pasado la noche en casa de Praskovia Paulovna,
entr un instante en la suya, y vena ahora a visitar al enfermo.
Razumikin le dijo que Raskolnikoff dorma como un lirn; el mdico
prohibi que se le despertara y prometi volver entre diez y once.

--Con tal que est en su cuarto cuando vuelva!--aadi--. Con un
cliente tan dado a las fugas, no se puede contar con l. Sabes si va a
ir a verlas o si vendrn ellas?

--Presumo que vendrn--respondi Razumikin, comprendiendo por qu se le
haca esta pregunta--; tendrn, sin duda, que ocuparse en asuntos de
familia. Yo me ir. T, en calidad de mdico, tienes, naturalmente, ms
derecho que yo.

--Yo no soy confesor. Adems, tengo otras cosas que hacer que no son
escuchar sus secretos; yo tambin me ir.

--Me inquieta una cosa--repuso Razumikin frunciendo el entrecejo--.
Ayer estaba ebrio, y mientras acompaaba aqu a Rodia no pude contener
la lengua: entre otras tonteras, le dije que tema en l una
predisposicin a la locura.

--Lo mismo le dijiste a las seoras.

--S, una majadera. Pgame si quieres, pero aqu, entre nosotros,
sinceramente, cul es tu opinin respecto de mi amigo?

--Qu quieres que te diga? T mismo, cuando me llevaste a su casa,
me lo presentaste, dicindome que era un monomanaco... Ayer le
encontramos algo trastornado, y digo que le encontramos, porque,
aunque yo te acompaaba, fuiste t el que con tu relato acerca del
pintor decorador, provocaste su exaltacin; bonita conversacin para
sostenerla delante de un hombre cuyo trastorno intelectual procede
quiz de ese asunto! Si hubiese tenido yo conocimiento, con toda clase
de pormenores, de la escena ocurrida en la oficina de polica; si
hubiese sabido yo que Raskolnikoff haba sido blanco de las sospechas
de un miserable, desde la primera palabra te hubiera impedido que
hablases. Estos monomanacos convierten el Ocano en una gota de agua;
las aberraciones de su imaginacin se les presentan como realidades...
La mitad de lo que le sucede me lo explico ahora, gracias a lo que
Zametoff nos cont anoche en tu casa. A propsito de este Zametoff, te
dir que me parece un buen muchacho; pero ayer anduvo poco acertado en
decir lo que dijo. Es un terrible charlatn.

--Pero, a quin le ha hablado de eso? A ti y a m.

--Y a Porfirio Petrovitch.

--Y qu importa que se lo haya contado a Porfirio?

--Bueno, ya hablaremos de eso. Tienes alguna influencia con la madre y
la hermana? Harn bien en ser hoy muy circunspectas con Raskolnikoff.

--Se lo dir--respondi con aire contrariado Razumikin.

--Hasta la vista. Da las gracias de mi parte a Praskovia Pavlovna por
su hospitalidad. Se encerr en su habitacin, y aunque le di gritando
las buenas noches al travs de la puerta, no respondi. Sin embargo, a
las siete de la maana ya estaba levantada; he visto en el corredor que
le llevaban el samovar de la cocina... No se ha dignado admitirme a su
presencia.

A las nueve en punto Razumikin llegaba a la casa Bakaleieff. Las
dos seoras le esperaban desde haca bastante tiempo con febril
impaciencia. Se haban levantado antes de las siete. Entr sombro,
salud sin gracia y se hizo cargo amargamente de haberse presentado
as. No haba contado con la huspeda. Pulkeria Alexandrovna corri
inmediatamente a su encuentro, le tom las manos y falt poco para que
se las besase. El joven mir tmidamente a Advocia Romanovna; pero en
lugar de la expresin burlona y de desdn involuntario y mal disimulado
que esperaba encontrar en aquel orgulloso semblante, advirti tal
expresin de reconocimiento y de afectuosa simpata, que su confusin
no reconoci lmites. Le hubiera contrariado menos, de seguro, que
le hubiese acogido con reproches. Por fortuna, tena un asunto de
conversacin perfectamente indicado y se fu a l derecho.

Cuando supo Pulkeria Alexandrovna que su hijo no se haba despertado
an, pero que su estado era satisfactorio, indic que tena necesidad
de conferenciar con Razumikin. La madre y la hija preguntaron en
seguida al joven si haba tomado ya el te y le invitaron a que lo
tomase con ellas, porque haban estado esperando su llegada para
ponerlo en la mesa.

Advocia Romanovna tir de la campanilla y se present un criado mal
vestido; se le orden que trajese el te, y, en efecto, lo sirvi, pero
de una manera tan poco conveniente y tan poco limpia, que las dos
seoras no pudieron menos de sentirse avergonzadas. Razumikin reneg de
semejante zahurda, y despus, acordndose de Ludjin, se call, perdi
la serenidad y experiment vivsimo contento cuando pudo librarse de
aquella situacin embarazosa, merced a la granizada de preguntas que le
dirigi Pulkeria Alexandrovna.

Interrogado a cada instante, estuvo hablando durante tres cuartos
de hora, y cont cuanto saba concerniente a los principales hechos
que haban llenado la vida de Raskolnikoff durante un ao. Como es
de suponer, pas en silencio lo que convena callar, por ejemplo,
la escena de la comisara y sus consecuencias. Las dos seoras le
escuchaban con la boca abierta, y cuando el estudiante crey haberles
dado todos los pormenores que podan interesarlas, aun no se dieron por
satisfechas.

--Dgame, dgame, qu piensa usted?... Ah, usted perdone... no s
todava su nombre!...--dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna.

--Demetrio Prokofitch.

--Demetrio Prokofitch, tengo grandes deseos de saber cmo considera
mi hijo las cosas; o, para expresarme mejor, qu es lo que ama y lo
que aborrece. Sigue siendo tan irritable? Cules son sus deseos, sus
sueos, si usted quiere? Bajo qu influencia particular se encuentra
ahora?

--Qu quiere usted que yo le diga? Conozco a Rodia desde hace diez y
ocho meses; es triste, sombro, orgulloso y altanero. En estos ltimos
tiempos (pero quiz esta predisposicin existiese en l desde antigua
fecha) se ha vuelto suspicaz e hipocondraco. Es bueno y generoso. No
gusta de revelar sus sentimientos, y prefiere ofender con su reserva
a las personas a mostrarse expansivo con ellas. Algunas veces, sin
embargo, no parece tan hipocondraco, sino solamente fro e insensible
hasta la inhumanidad. Dirase que existen en l dos caracteres que
se manifiestan alternativamente. En ciertos momentos es por extremo
taciturno: todo le molesta, todo le desagrada y permanece acurrucado
sin hacer nada. No es burln, aunque su espritu no carece de
causticidad, sino ms bien porque desdea la burla como un pasatiempo
demasiado frvolo. No escucha con atencin lo que se le dice. Jams
se interesa por las cosas que en un momento dado interesan a todo el
mundo. Tiene una alta opinin de s mismo, y yo creo que en esto no
anda del todo equivocado. Qu ms puedo aadir? Creo que la llegada de
ustedes ejercer sobre l una accin muy saludable.

--Ah! Dios lo quiera!--exclam Pulkeria Alexandrovna muy preocupada
por estas revelaciones sobre el carcter de su hijo.

Por ltimo, Razumikin se atrevi a mirar un poco ms detenidamente a
Advocia Romanovna. Mientras hablaba la haba estado examinando, pero
disimuladamente y volviendo en seguida los ojos. Por su parte, la
joven ora se sentaba cerca de la mesa y escuchaba atentamente, ora se
levantaba, y, segn su costumbre, se paseaba por la habitacin con los
brazos cruzados, cerrados los labios y haciendo de cuando en cuando
alguna pregunta sin interrumpir su paseo. Tena tambin la costumbre
de no escuchar hasta el fin lo que se le deca. Llevaba un traje
ligero de tela obscura y una paoleta blanca al cuello. Por diversos
indicios, Razumikin comprendi que las dos mujeres eran muy pobres. Si
Advocia Romanovna hubiese ido vestida como una reina, probablemente
no hubiera intimidado a Razumikin; mas quizs por lo mismo que iba
vestida muy pobremente causaba al joven mucho temor y le haca pesar
con cuidado cada una de sus palabras y cada uno de sus gestos, lo que,
naturalmente, aumentaba la cortedad de un hombre ya poco seguro de s
mismo.

--Nos ha dado usted muchos pormenores curiosos acerca de mi hermano
y los ha dado usted imparcialmente. Est bien. Yo crea que usted le
admiraba--dijo Advocia Romanovna, sonriendo--. Debe de haber alguna
mujer en su existencia--aadi la joven, pensativa.

--No he dicho eso; pero puede que tenga usted razn; sin embargo...

--Qu?

--No ama a nadie; quiz no amar jams--replic Razumikin.

--Es decir, que es incapaz de amar.

--Sabe usted, Advocia Romanovna, que se parece usted mucho a su
hermano bajo todos los aspectos?--dijo aturdidamente el joven.

Despus se acord repentinamente del juicio que acababa de emitir
acerca de Raskolnikoff, se turb y se puso rojo como un cangrejo. Dunia
no pudo por menos que rerse.

--Quiz se engaen ustedes en el modo de juzgar a mi Rodia--apunt
Pulkeria Alexandrovna un poco ofendida--. No me refiero al presente,
Dunetchka; lo que Pedro Petrovitch escribe en esta carta... y lo que
nosotros hemos supuesto, acaso no sea verdadero; pero no puede usted
imaginarse, Demetrio Prokofitch, cun fantstico y caprichoso es. Hasta
cuando tena quince aos su carcter era para m una sorpresa continua.
Aun ahora le creo capaz de hacer locuras tales como no se le ocurriran
a ningn otro hombre... Sin ir ms lejos, sabe usted que hace diez y
ocho meses que estuvo a punto de causar mi muerte, cuando se decidi a
casarse con la hija de esa seora Zarnitzin, su patrona?

--No saba usted nada de esos amores?--pregunt Advocia Romanovna.

--Usted creer--prosigui la madre con animacin--que le conmoveran
mis lgrimas, mis splicas, mi enfermedad, nuestra miseria y el temor
de verme morir? Pues no, seor; completamente tranquilo, sigui sus
planes, sin detenerse ante ninguna consideracin; y, sin embargo, se
puede decir por eso que no nos quiere?

--Nada me ha dicho jams de tal asunto--respondi con reserva
Razumikin--; pero algo he sabido por la seora Zarnitzin, que por
cierto no es muy habladora, y lo que he sabido no deja de ser bastante
extrao.

--Qu es lo que ha sabido usted?--preguntaron a un tiempo las dos
mujeres.

--Oh! A decir verdad, nada de particular. Todo lo que s es que ese
matrimonio, que era ya cosa convenida y que iba a verificarse cuando
la novia muri, desagradaba mucho a la misma seora Zarnitzin... Tengo
entendido, adems, que la joven, no solamente no era bella, sino que
era fea, y, segn se dice, muy... caprichosa. Sin embargo, parece que
no careca de ciertas buenas cualidades, y seguramente las tendra; de
otro modo, cmo comprender...?

--Estoy convencida de que esa joven tena algn mrito--afirm
lacnicamente Advocia Romanovna.

--Que Dios me perdone; pero la verdad es que me alegr de su muerte.
Sin embargo, no s para cul de los dos hubiese sido ms funesto
ese matrimonio--dijo la madre; y luego, tmidamente, tras de varias
vacilaciones y sin apartar los ojos de Dunia, se puso a interrogar
de nuevo a Razumikin acerca de la escena de la vspera entre Rodia y
Ludjin.

Este incidente pareca inquietarla sobre manera...

El joven volvi a referir minuciosamente el altercado de que haba
sido testigo; pero aadiendo que Raskolnikoff insult deliberadamente
a Pedro Petrovitch, y no excus la conducta de su amigo con la
enfermedad que ste padeca.

--Antes de estar malo--dijo--ya lo tena premeditado.

--As lo creo yo tambin--replic Pulkeria Alexandrovna, con la
consternacin pintada en su semblante.

Pero se sorprendi mucho al ver que Razumikin hablaba de Pedro
Petrovitch en trminos convenientes y aun con cierta especie de
consideracin. Esto llam la atencin de Advocia Romanovna.

--De modo que sa es la opinin de usted acerca de Pedro
Petrovitch?--no pudo por menos de preguntar Pulkeria Alexandrovna.

--No puedo tener otra acerca del futuro esposo de esta
seorita--respondi con tono firme y caluroso Razumikin--. Y no es
por vana cortesa por lo que hablo de este modo; lo digo porque...
porque... porque... basta que ese hombre sea la persona que Advocia
Romanovna ha elegido... Si ayer hube de expresarme en tonos injuriosos
respecto de l, fu porque estaba ebrio, y, adems... insensato; s,
insensato; haba perdido la cabeza, estaba completamente loco, y ahora
me da vergenza de...

Se interrumpi ponindose encendido como la grana. Las mejillas de
Advocia Romanovna se colorearon; pero guard silencio. Desde que empez
a hablar de Ludjin, no haba despegado los labios. Privada del apoyo de
su hija, Pulkeria Alexandrovna se encontraba visiblemente cortada.

Al fin tom la palabra, y, con voz vacilante y levantando a cada
momento los ojos hacia Dunia, dijo que en aquel momento le preocupaba
sobre todas las cosas cierta circunstancia.

--Vea usted, Demetrio Prokofitch--comenz a decir--. Debemos de ser
francas con l, Dunetchka.

--Sin duda, mam--respondi, con tono de autoridad Advocia Romanovna.

--Ver usted de lo que se trata--se apresur a decir la madre, como
si el comunicar su disgusto le quitase una montaa del pecho--. Esta
maana, a primera hora, hemos recibido una carta de Pedro Petrovitch,
respondiendo a lo que nosotros habamos escrito ayer, dndole cuenta de
nuestra llegada. Vea usted, deba haber ido a esperarnos a la estacin,
como nos haba prometido; pero en su lugar nos hemos encontrado con un
criado que nos ha conducido hasta aqu, anuncindonos para esta maana
la visita de su amo. Pero ahora, en vez de venir l, nos ha escrito
esta carta... (lo mejor ser que usted mismo la lea); hay en ella un
prrafo que me pone en cuidado. Usted ver en seguida de qu se trata y
me dar francamente su opinin, pues usted, Demetrio Prokofitch, conoce
mejor que nadie el carcter de Rodia, y est en condiciones de poder
aconsejarme. Prevengo a usted que desde el primer momento Dunetshka ha
resuelto la cuestin; pero yo no s qu hacer, y espero que usted...

Razumikin abri la carta, fechada la vspera.

  Seora Pulkeria Alexandrovna: Tengo el honor de manifestar a usted
  que asuntos imprevistos me han impedido ir a esperar a ustedes a
  la estacin; por eso me he hecho representar por un hombre de mi
  confianza. El Senado, donde he de entender en una cuestin, me
  priva del honor de ver a ustedes por la maana; por otra parte,
  no quiero interrumpir la entrevista de usted con su hijo ni la de
  Advocia Romanovna con su hermano. A las ocho en punto de la tarde
  tendr la satisfaccin de saludar a ustedes en su alojamiento.
  Encarecidamente les suplico que me eviten la presencia de Rodin
  Romanovitch, el cual me insult del modo ms grosero en la
  visita que le hice ayer. Aparte de esto, debo tener con usted
  una explicacin personal a propsito de un punto que acaso no
  interpretemos ambos de la misma manera. Tengo el honor de advertir
  a usted anticipadamente que, si a pesar de mi deseo, expresado
  formalmente, encontrase en casa de ustedes a Rodin Romanovitch,
  me ver obligado a retirarme en seguida, y usted solamente podr
  atribuir a s misma la causa de mi determinacin.

  Digo a usted esto teniendo motivos para creer que Rodin
  Romanovitch, que pareca tan enfermo cuando yo le visit, recobr
  la salud dos horas despus, y puede, por consiguiente, ir a casa
  de ustedes. Ayer, en efecto, le vi con mis propios ojos en casa
  de un borracho que acababa de ser atropellado por un coche. So
  pretesto de costear los funerales, di veinticinco rublos a la
  hija del difunto, joven de conducta notoriamente equvoca. Esto me
  ha causado verdadero estupor, porque s con cunta fatiga se ha
  procurado usted ese dinero. Suplico a usted que tenga la bondad
  de presentar mis homenajes ms sinceros a la seorita Advocia
  Romanovna, y permitir que me repita de usted obediente servidor.

                                    PEDRO PETROVITCH LUDJIN.


--Qu hacer ahora, Demetrio Prokofitch?--pregunt Pulkeria
Alexandrovna, a quien casi se le saltaban las lgrimas--. Cmo decirle
a Rodia que venga? Ayer insisti tan vivamente para que se despidiese
a Pedro Petrovitch, y ahora ste pretende que no reciba a mi hijo...
Seguramente que l vendr ex profeso en cuanto sepa esto; y, qu va a
suceder entonces?

--Siga usted el consejo de Advocia Romanovna--respondi tranquilamente
Razumikin.

--Ah, Dios mo!... Ella dice... no puede imaginarse lo que dice; no
acierto a comprender lo que se propone. Segn ella, es mejor, o, ms
bien dicho, es absolutamente indispensable que Rodia venga esta noche
y se encuentre aqu con Pedro Petrovitch... Yo preferira ensearle la
carta a mi hijo, e impedir hbilmente que viniese, y para conseguir tal
objeto contaba con usted... No comprendo a qu borracho muerto ni a qu
joven se refiere esta carta, ni me explico cmo ha dado a esa persona
las ltimas monedas de plata que...

--Que representan para ti tantos sacrificios, mam--interrumpi la
joven.

--Ayer no estaba en su estado normal--dijo con aire pensativo
Razumikin--. Si supiese usted a qu pasatiempos se entreg ayer en
un caf! Por lo dems, ha hecho bien. En efecto, me habl ayer de un
muerto y de una joven mientras que yo le acompaaba a su casa; pero no
comprend ni una palabra... Como ayer estaba yo...

--Lo mejor es, mam, ir a su casa, y yo te aseguro que veremos all lo
que conviene hacer. Qu tarde es ya! Las diez dadas!--observ Dunia,
mirando un magnfico reloj de oro esmaltado, que llevaba suspendido del
cuello por una larga cadena de Venecia y que desentonaba con el resto
de su atavo.

--Un regalo de su prometido--pens Razumikin.

--Es, efectivamente, hora de salir--dijo su madre con apresuramiento--.
Va a pensar que le guardamos rencor por la acogida que nos hizo anoche;
a esa causa atribuir nuestro retraso. Ah, Dios mo!

Hablando as se apresuraba a ponerse el sombrero y la paoleta.

Dunia se preparaba tambin a salir. Sus guantes estaban, adems de
descoloridos, agujereados, lo cual no pas inadvertido a Razumikin; sin
embargo, aquel traje, cuya pobreza saltaba a la vista, daba a las dos
seoras un sello particular de dignidad, como acontece siempre a las
mujeres que saben llevar humildes vestidos.

--Esperen ustedes que me adelante para ver si est despierto--dijo
Razumikin cuando comenzaron a subir las escaleras del domicilio de
Raskolnikoff.

Las seoras le siguieron muy despacio. Cuando llegaron al cuarto
piso, advirtieron que la puerta del departamento de la patrona estaba
abierta, y que por la estrecha abertura las observaban dos ojos negros
y penetrantes. Las miradas se encontraron y la puerta se cerr con tal
estrpito, que Pulkeria Alexandrovna estuvo a punto de lanzar un grito
de espanto.


III

--Va bien, va bien!--exclam alegremente Zosimoff viendo entrar a las
dos mujeres.

El doctor haba llegado diez minutos antes y ocupaba en el sof el
mismo sitio que la vspera. Raskolnikoff, sentado en el otro extremo,
estaba completamente vestido; habase tomado tambin el trabajo de
lavarse y peinarse, cosas ambas que no acostumbraba desde haca algn
tiempo. Aunque con la llegada de Razumikin y de las dos seoras qued
llena la habitacin, Anastasia logr colocarse detrs de ellas, y se
qued para escuchar la conversacin. Efectivamente Raskolnikoff estaba
bien, pero su palidez era extrema y pareca absorto en una triste idea.

Cuando Pulkeria Alexandrovna entr con su hija, Zosimoff advirti con
sorpresa el sentimiento que se revel en la fisonoma del enfermo. En
vez de alegra era una especie de estoicismo resignado; pareca que el
joven haca un llamamiento a todas sus fuerzas para soportar durante
una hora o dos un tormento inevitable. Cuando la conversacin se hubo
entablado, observ tambin el mdico que cada palabra abra como una
herida en el alma de su cliente; pero al mismo tiempo se asombraba
de ver a este ltimo relativamente dueo de s mismo. El monomanaco
frentico de la vspera saba ahora dominarse hasta cierto punto y
disimular sus impresiones.

--S, veo ahora que estoy casi curado--dijo Raskolnikoff, besando a su
madre y a su hermana con una cordialidad que hizo brillar de alegra
el rostro de Pulkeria Alexandrovna--. Y no lo digo como ayer--aadi
dirigindose a Razumikin y estrechndole la mano.

--Tambin yo estoy asombrado de su notable mejora--dijo Zosimoff--. De
aqu a tres o cuatro das, si esto contina, se encontrar como antes,
es decir, como estaba hace uno o dos meses, o quiz tres, porque esta
enfermedad se hallaba latente desde hace tiempo, eh? Confiese ahora
que tena usted alguna parte de culpa--termin con sonrisa reprimida el
doctor, temeroso de irritar al enfermo.

--Es muy posible--replic framente Raskolnikoff.

--Ahora que se puede hablar con usted--prosigui Zosimoff--, quisiera
convencerle de que es necesario apartarse de las causas primeras, a
las cuales hay que atribuir su estado morboso. Si usted hace eso, se
curar; de lo contrario, se agravar su mal. Ignoro cules son estas
causas primeras; pero usted, de seguro, las conoce. Es usted un hombre
inteligente, y, sin duda, se observa a s mismo. Me parece que su salud
se ha alterado desde que sali de la Universidad. Usted no puede estar
sin ocupacin. Le conviene, a mi entender, trabajar, proponerse un
proyecto, y perseguirlo tenazmente.

--S, s, tiene usted razn; volver a la Universidad lo ms pronto
posible, y entonces todo marchar como una seda.

El doctor di sus sabios consejos con la intencin, en parte, de
producir efecto en las seoras. Cuando hubo acabado, mir fijamente a
su cliente, y se qued un poco desconcertado al advertir que el rostro
de ste expresaba franca burla. Sin embargo, Zosimoff se consol bien
pronto de su decepcin, Pulkeria Alexandrovna se apresur a darle las
gracias manifestndole, en particular, su reconocimiento por la visita
que les hizo la noche anterior.

--Cmo! Fu a ver a ustedes anoche?--pregunt Raskolnikoff con voz
inquieta--. De modo que no habis descansado despus de un viaje tan
penoso?

--Si no eran ms que las dos, querido Rodia, y, en casa, Dunia y yo no
nos acostamos nunca antes de esa hora!

--No s cmo darles las gracias--continu Raskolnikoff, que de repente
frunci las cejas y baj la cabeza--. Prescindiendo de la cuestin de
dinero (perdneme usted si hago alusin a ella)--dijo dirigindose a
Zosimoff--, no me explico cmo he podido merecer de usted tal inters.
No lo comprendo, y aun dir que tanta benevolencia me pesa, pues es
ininteligible para m. Ya ve usted que soy franco.

--No se atormente usted--replic Zosimoff afectando rerse--; supngase
usted que es mi primer cliente. Nosotros los mdicos, cuando empezamos,
tomamos tanto cario a nuestros primeros enfermos como si fuesen
nuestros hijos. Algunas veces hasta parecemos enamorados de ellos, y ya
sabe usted que mi clientela no es muy numerosa.

--Y no digo nada de ste--sigui diciendo Raskolnikoff, sealando a
Razumikin--. No he hecho ms que injuriarle y molestarle sin cesar!

--Qu tonteras dices! Segn se ve, ests hoy muy sentimental--exclam
Razumikin.

Si hubiera sido ms perspicaz, habra echado de ver, que, lejos de
estar sentimental, su amigo se encontraba en situacin totalmente
distinta. Pero Advocia Romanovna no se engaaba, y, muy inquieta,
observaba atentamente a su hermano.

--De ti, mam, apenas me atrevo a hablar--dijo Raskolnikoff, que
pareca recitar una leccin aprendida por la maana--; hoy solamente he
podido comprender lo que habrs sufrido ayer esperando que volviera a
casa.

Al decir estas palabras sonri y tendi bruscamente la mano a su
hermana. Este gesto no fu acompaado de ninguna palabra, pero la
sonrisa del joven expresaba un sentimiento verdadero, ahora no finga.
Gozosa y reconocida, Dunia tom la mano que se le tenda y la estrech
con fuerza. Era la primera satisfaccin que le daba despus del
altercado de la vspera. Al ver esta reconciliacin muda y definitiva
del hermano con la hermana, Pulkeria Alexandrovna se puso radiante de
alegra.

Razumikin se agit nerviosamente en su silla.

--Aunque no fuera ms que por esto le querra--murmuraba con su
tendencia a exagerarlo todo--. Son impulsos propios de l.

--Qu bien ha estado!--murmur la madre para s--. Qu nobles
arranques los suyos! Este simple hecho de tender as la mano a su
hermana mirndola con afecto, no es la manera ms franca y ms
delicada de poner fin al rozamiento de ayer?--Ah, Rodia--aadi en voz
alta apresurndose a responder a la observacin de Raskolnikoff--, no
puedes figurarte lo desgraciadas que nos consideramos anoche Donetshka
y yo! Ahora que todo ha pasado y que hemos vuelto a ser felices, puedo
decrtelo. Figrate: en cuanto nos apeamos del tren corrimos aqu para
abrazarte, y esta joven, ah la tienes (buenos das, Anastasia), nos
dijo de repente que habas estado en cama con fiebre, que delirando te
habas escapado y que se te andaba buscando. No puedes imaginarte la
impresin que nos hizo esta noticia.

--S, s... Todo eso es seguramente muy desagradable--murmur
Raskolnikoff; pero di esta respuesta con aire tan distrado, por no
decir indiferente, que Dunia le mir sorprendida.

--Qu es lo que yo quera deciros?--continu esforzndose por
coordinar sus recuerdos--. Ah! S, os suplico a ti, mam, y a ti,
Dunia, que no vayan a creer que no he querido ir a verlas hoy y que he
esperado en casa a que ustedes vinieran.

--Por qu dices eso, Rodia?--exclam Pulkeria Alexandrovna no menos
asombrada que su hija.

--Cualquiera dira que nos responde por simple cortesa--pensaba
Dunia--; hace las paces y pide perdn como si llenase una pura
formalidad o recitase una leccin.

--En cuanto despert quise ir a ver a ustedes, pero no tena ropa que
ponerme; se me olvid decir ayer a Anastasia que lavase la sangre...
Hasta hace un momento no me he podido vestir.

--Sangre? Qu sangre?--pregunt Pulkeria Alexandrovna alarmada.

--No es nada... No hay que asustarse... Ayer, durante mi delirio,
paseando por la calle, me tropec con un hombre que acababa de ser
atropellado. Un funcionario. Por esta razn tena manchado de sangre el
traje.

--Mientras estabas delirando? Si te acuerdas de todo!--interrumpi
Razumikin.

--Es verdad--respondi Raskolnikoff algo inquieto--, me acuerdo de
todo, hasta de los ms insignificantes pormenores; pero mira qu cosa
ms extraa: no logro explicarme por qu he dicho eso, por qu lo he
hecho, por qu he ido a ese sitio.

--Es un fenmeno muy conocido--observ Zosimoff--; se realizan los
actos a veces con una exactitud y con una habilidad extraordinarias;
pero el principio de que emana ese acto se altera en el alienado y
depende de diversas impresiones morbosas.

La palabra alienado hel la sangre a todos; Zosimoff la dej
escapar inadvertidamente, porque estaba absorto en su tema favorito.
Raskolnikoff, que segua meditabundo, pareci no prestar atencin
alguna a las palabras del doctor. En sus plidos labios vagaba una
extraa sonrisa.

--Pero, vamos a ver, ese hombre atropellado...? Te he interrumpido
hace un momento--se apresur a decir a Razumikin.

--Ah, s!--dijo Raskolnikoff como despertando de un sueo--. Me manch
de sangre ayudando a transportarle a su casa... A propsito, mam; hice
ayer una cosa imperdonable. Verdaderamente estaba trastornado. Todo
el dinero que me habas enviado lo di a la viuda para el entierro. La
pobre mujer es bien digna de lstima... Est tsica, le quedan tres
hijos y no tiene con qu alimentarlos... Tiene tambin una hija...
Quiz t hubieses hecho lo mismo que yo si hubieras visto tanta
miseria. Sin embargo, lo reconozco; yo no tena el derecho de hacer
eso, sobre todo sabiendo con cunto trabajo me habis procurado ese
dinero.

--No te preocupes por eso, Rodia; estoy convencida de que todo lo que
t haces est bien hecho--respondi la madre.

--No, no ests muy convencida--replic l procurando sonrerse.

La conversacin qued suspendida durante unos minutos. Palabras,
silencio, reconciliacin, perdn, en todo haba algo de forzado y cada
cual de los presentes lo comprenda.

--No sabes que Marfa Petrovna ha muerto?--dijo de repente Pulkeria
Alexandrovna.

--Qu Marfa Petrovna?

--Marfa Petrovna Svidrigailoff. Te habl extensamente de ella en mi
ltima carta.

--Ah! S, ya me acuerdo... De modo que ha muerto?--dijo el joven con
el estremecimiento propio del hombre que despierta--. Es posible que
haya muerto? Y de qu?

--De repente--se apresur a decir Pulkeria Alexandrovna, alentada a
seguir por la curiosidad que demostraba su hijo--. Muri precisamente
el mismo da que yo te escrib. Segn parece, aquel pcaro de hombre ha
sido la causa de su muerte. Se dice que le peg demasiado.

--Ocurran con frecuencia esas escenas en su casa?--pregunt
Raskolnikoff dirigindose a su hermana.

--No, todo lo contrario; siempre se mostraba muy paciente y hasta
corts en ella. En muchos casos, daba pruebas de demasiada indulgencia,
y esto durante siete aos. Por lo visto le ha faltado, de repente, la
paciencia.

--De modo que no era un hombre tan terrible, puesto que la ha soportado
durante siete aos. Parece que le disculpas, Dunetshka.

La joven frunci el entrecejo.

--S, s, es un hombre terrible. Yo no puedo representrmelo ms
detestable--respondi casi temblando, y se qued pensativa.

--Haba ocurrido esta escena por la maana--continu Pulkeria
Alexandrovna--. Inmediatamente despus Marfa di orden de enganchar,
porque quera ir a la ciudad despus de comer, segn tena por
costumbre en ocasiones semejantes. Segn se dice, comi con mucho
apetito.

--A pesar de los golpes?

--Estaba ya acostumbrada a ellos. Al levantarse de la mesa fu a tomar
el bao para marchar cuanto antes. Se trataba por la hidroterapia; hay
una fuente en su casa y se baaba todos los das. Apenas se meti en el
agua, le di un ataque de apopleja.

--No es extrao--observ Zosimoff.

--Como su marido le haba pegado tanto!

--Qu importa eso?--dijo Advocia Romanovna.

--Hum! Yo no s, mam, por qu me cuentas semejantes tonteras--dijo
Raskolnikoff con sbita irritacin.

--Pero si no saba de qu hablar!--confes cndidamente Alexandrovna.

--Parece que me tenis miedo--observ el joven con amarga sonrisa.

--Es la verdad--respondi Dunia fijando en su hermano una mirada
severa--. Cuando subamos a esta casa, mam ha hecho la seal de la
cruz; tan asustada estaba.

Las facciones del joven se alteraron de tal modo, que pareca que iba a
darle una convulsin.

--Ah! Qu dices, hija? No te incomodes, Rodia, por Dios. Cmo dices
eso, Dunia?--aadi excusndose y cortada Pulkeria Alexandrovna--. En
el tren no he cesado de pensar en la felicidad de verte y de hablar
contigo. Tanta ilusin tena, que se me ha hecho muy corto el camino, y
ahora soy feliz de encontrarme aqu, querido Rodia.

--Basta, mam!--murmur l muy agitado, y sin mirar a su madre le
estrech la mano--; tiempo tenemos de hablar.

Apenas acab de decir estas palabras se turb y se puso plido; de
nuevo senta un fro mortal en el fondo de su alma, de nuevo se
confesaba que acababa de decir una horrible mentira, porque en adelante
no le era permitido hablar sinceramente ni con su madre. Ni con nadie.
La impresin que le produjo este cruel pensamiento fu tan viva que,
olvidando la presencia de sus huspedes, el joven se adelant y se
dirigi a la puerta.

--A dnde vas?--grit Razumikin asindole por un brazo.

Raskolnikoff volvi a sentarse y dirigi en silencio una mirada en
torno suyo. Todos le contemplaban con estupor.

--Qu fastidiosos son ustedes!--grit de repente--. Digan algo. Por
qu estn ah como mudos? Hablen. Las personas no se reunen para estar
calladas.

--Bendito sea Dios! Yo pensaba que iba a darle otro acceso como
ayer--dijo Pulkeria Alexandrovna haciendo la seal de la cruz.

--Qu tienes? Qu te pasa?--pregunt Advocia Romanovna con inquietud.

--Nada; una tontera que me ha venido al pensamiento--y Raskolnikoff se
ech a rer.

--Vamos. Si es una tontera, menos mal; pero yo tema...--murmur
Zosimoff levantndose--. Tengo que dejar a ustedes; procurar dar ms
tarde una vuelta por aqu.

Salud y sali.

--Qu buen hombre!--exclam Pulkeria Alexandrovna.

--S. Es un buen hombre, un hombre de mrito, instrudo,
inteligente...--dijo Raskolnikoff pronunciando estas palabras con
desacostumbrada animacin--. No me acuerdo adnde le he visto antes de
mi enfermedad. Tengo idea de que le conoca... Ese s que es un hombre
excelente!--aadi sealando con un movimiento de cabeza a Razumikin,
el cual acababa de levantarse.

--Es preciso que me vaya...--dijo--. Tengo que hacer.

--Nada tienes que hacer ahora; quieres dejarnos porque se ha marchado
Zosimoff? No, no te vas; pero, qu hora es? las doce? Qu reloj tan
bonito tienes, Dunia! Por qu callan ustedes? No habla nadie ms que
yo...

--Es un regalo de Marfa Petrovna.

--Y ha costado muy caro--aadi Pulkeria.

--Crea que era un obsequio de Ludjin.

--Aun no ha dado nada a Dunetshka.

--Ah, mam! No te acuerdas que estuve enamorado y que quise
casarme?--dijo bruscamente, mirando a su madre, que se qued asombrada
del giro imprevisto que tomaba la conversacin y del tono con que su
hijo le hablaba.

--Ah! s--respondi Pulkeria Alexandrovna, cambiando una mirada con
Dunia y Razumikin.

--Qu te he de decir de esto?; apenas me acuerdo ya. Era una joven
enfermiza y raqutica--continu como absorto y sin levantar los ojos
del suelo--. Le gustaba dar limosna a los pobres y pensaba entrar en
un monasterio. Cierto da se ech a llorar cuando me hablaba de estas
cosas... S, s, bien me acuerdo. Era ms bien fea que guapa. La verdad
es que no s por qu me gust; quiz porque estaba siempre enferma. Si
adems hubiese sido jorobada o coja, me parece que la hubiera querido
ms--aadi sonrindose--. Aquello no tena importancia... Fu una
locura de primavera.

--No, no era solamente una locura de primavera--afirm Dunia con
convencimiento.

Raskolnikoff mir atentamente a su hermana; pero o no oy o no
comprendi las palabras de la joven. Despus, con aire melanclico, se
levant, fu a besar a su madre y volvi a sentarse en su sitio.

--La amas an?--dijo con voz temblorosa Pulkeria Alexandrovna.

--Todava? Hablis de ella? No. Todo eso es para m como una visin
lejana... muy lejana... y desde hace mucho tiempo. Y lo cierto es que
me causa la misma impresin cuanto me rodea.

Raskolnikoff mir atentamente a las dos mujeres.

--Estn ustedes aqu y me parece que me encuentro a mil verstas
de este sitio. Pero, por qu hablamos de estas cosas? Por qu
preguntarme?--aadi con clera; despus, silenciosamente, se puso a
morderse las uas y se qued como ensimismado.

--Qu mal alojamiento tienes, Rodia!; parece un sepulcro--dijo
bruscamente Pulkeria Alexandrovna para interrumpir aquel penoso
silencio--: segura estoy de que esta habitacin es la causa de tu
hipocondra.

--Esta habitacin?--repiti l con aire distrado--. S, ha
contribudo mucho... lo mismo he pensado yo; si supieses, mam, qu
ideas tan extraas acabas de expresar!--aadi de repente con sonrisa
enigmtica.

Apenas poda soportar Raskolnikoff la presencia de aquella madre y de
aquella hermana, de las cuales haba estado separado durante tres aos
y con quienes comprenda que le era imposible toda conversacin. Haba,
sin embargo, una cosa que no admita dilacin; as es que levantndose
pens que aquello deba ser resuelto de una manera o de otra. En tal
momento se sinti feliz de encontrar un medio para salir del paso.

--Ante todo he de pedirte, Dunia--comenz a decir con tono seco--, que
me dispenses por el incidente de ayer; pero creo que es una obligacin
en m recordarte que sostengo los trminos de mi dilema: o Ludjin o yo.
Yo puedo ser un infame; pero t no debes serlo. Basta con uno. Si te
casas con Ludjin ceso de considerarte como a una hermana.

--Hijo mo, hablas como ayer--exclam asustada Pulkeria Alexandrovna--;
por qu te tratas siempre de infame? Yo no puedo soportar que hables
as. Ayer empleabas el mismo lenguaje.

--Hermano mo--respondi Dunia con un tono que no ceda en sequedad
ni en violencia al de Raskolnikoff--, la falta de acuerdo en que nos
encontramos, proviene de un error tuyo. He reflexionado esta noche
y he descubierto en qu consiste. T supones que me sacrifico por
alguien y eso es lo que te engaa. Yo me caso por m misma, porque mi
situacin personal es difcil. Sin duda podr entonces ser ms til a
mis prjimos; pero no es se el motivo principal de mi resolucin.

--Miente--pensaba Raskolnikoff, que de clera se morda las uas--.
Orgullosa! No confiesa que quiere ser mi bienhechora. Oh! los
caracteres bajos! Su amor se parece al odio! Oh, cunto detesto a
todos!

--En una palabra--continu Dunia--, me caso con Pedro Petrovitch,
porque de dos males elija el menor. Tengo intencin de cumplir
lealmente cuanto l espera de m. Por consiguiente no le engao. De
qu te res?

Enrojeci repentinamente la joven y brill en sus ojos un relmpago de
clera.

--Que lo cumplirs todo?--pregunt Raskolnikoff sonriendo con amargura.

--Hasta cierto lmite; por la manera como Pedro Petrovitch ha pedido mi
mano, he comprendido en seguida a lo que debo atenerme. Acaso tenga una
opinin muy alta de s mismo; mas espero que sabr tambin apreciarme.
Por qu sigues rindote?

--Y t, por qu te pones otra vez colorada? Mientes, hermana, t no
puedes estimar a Ludjin: le he visto y he hablado con l. Te casas por
inters; haces en todo caso una bajeza; por lo menos veo con gusto que
sabes ruborizarte.

--No es verdad, yo no miento--grit la joven perdiendo su sangre
fra--. No me casar con l sin estar plenamente convencida de que le
estimo. Felizmente tengo el medio de convencerme de ello en seguida,
y lo que es ms, hoy mismo. Este matrimonio no es una bajeza, como t
dices; pero aunque tuvieses razn, aun cuando yo estuviese convencida
de cometer una bajeza, no sera por tu parte una crueldad hablarme
de ese modo? Por qu exigir un herosmo que t no tienes? Eso es una
tirana, una violencia. Caso de causar algn mal, slo me lo causar a
m misma. Yo no he matado todava a nadie. Por qu me miras as? Por
qu te pones plido? Qu tienes, hermano mo?

--Dios mo, se ha desmayado! Y t has sido la causa!--exclam
Pulkeria Alexandrovna.

--No, no es nada, una tontera... Un ligero mareo... No he llegado a
desmayarme del todo... los desmayos son buenos para vosotras... hum!
s... Qu es lo que yo quera decir? Ah! Cmo te convencers hoy
mismo de que puedes estimar a Ludjin y de que l te aprecia? No es eso
lo que decas hace un momento, o te he entendido yo mal?

--Mam, ensea a mi hermano la carta de Pedro Petrovitch--dijo Dunia.

Pulkeria Alexandrovna present la carta con mano temblorosa.
Raskolnikoff la ley atentamente por dos veces. Todos esperaban algn
acceso de furor. La madre, sobre todo, estaba muy inquieta. Despus de
haberse quedado pensativo un instante, el joven le devolvi la carta.

--No comprendo nada--comenz a decir sin dirigirse a nadie--: pronuncia
discursos, es abogado, muy redicho en su conversacin y escribe como un
hombre sin cultura.

Estas palabras causaron una estupefaccin general. Nadie las esperaba.

--Por lo menos no escribe muy literariamente; aunque su estilo no
sea del todo de un iletrado, maneja la pluma como un hombre de
negocios--aadi Raskolnikoff.

--Pedro Petrovitch no oculta que ha recibido poca instruccin y se
enorgullece de ser hijo de sus obras--dijo Advocia Romanovna un poco
contrariada del tono con que le hablaba su hermano.

--S; tiene motivo para enorgullecerse, no digo lo contrario. Parece
que te ha incomodado porque slo se me ha ocurrido una observacin
frvola a propsito de esta carta, y crees que insisto sobre semejantes
tonteras para molestarte. Nada de eso; en lo que concierne al estilo,
he hecho una observacin que en el caso presente est muy lejos de
carecer de importancia. Esta frase: usted no tendr que quejarse ms
que de s misma, no deja nada que desear en punto a claridad. Adems,
manifiesta la intencin de retirarse sobre la marcha si yo voy a
vuestra casa. Esta amenaza de irse viene a decir que si no obedecis,
os plantar a las dos despus de haberos hecho venir a San Petersburgo.
En qu piensas? Viniendo de Ludjin, estas palabras pueden ofender
tanto como podran ofender si hubiesen sido escritas por ste (seal a
Razumikin), por Zosimoff o por uno de nosotros?

--No--respondi Dunia--; bien me hago cargo de que ha expresado
demasiado ingenuamente su pensamiento y de que quiz no es muy hbil
para servirse de la pluma... Tu observacin es muy juiciosa, hermano
mo. Yo no esperaba...

--Supuesto que escribe como un hombre de negocios, no poda expresarse
de otro modo, y no hay que echarle en cara que se haya mostrado
grosero. Por lo dems, debo quitarte una ilusin: en esta carta hay
una frase que contiene una calumnia contra m, y una calumnia por
cierto bastante vil. Yo di ayer, en efecto, dinero a una viuda tsica
y agobiada por la desgracia, no a pretexto, como ese seor escribe,
de pagar los funerales, sino para pagarlos, y ese dinero se lo di a
la viuda misma y no a la hija del difunto, a esa joven de conducta
notoriamente equvoca a quien vi ayer por primera vez en mi vida.
En todo esto descubro el deseo de pintarme con los ms negros colores
e indisponer a vosotras conmigo. Ha escrito en estilo jurdico, es
decir, que revela muy claramente su objeto y lo persigue sin pretender
disimularlo. Es inteligente, mas, para conducirse con discrecin, no
basta siempre la inteligencia. Todo lo que te he hecho notar pinta al
hombre... y no creo que te aprecie mucho. Lo digo por tu bien, que de
todas veras deseo.

Dunia no respondi; haba tomado su partido y esperaba que llegase la
noche.

--Est bien, Rodia; pero t, qu decides?--preguntle su madre, cuya
inquietud iba en aumento oyendo discutir reposadamente a su hijo como
un hombre de negocios.

--Qu quiero decir?

--Ya ves lo que escribe Pedro Petrovitch; desea que t no vengas a
nuestro alojamiento esta noche, y declara que se ir si te encuentra
all; por eso te pregunto qu piensas hacer.

--Yo no soy quien tiene que decirlo. A ti y a Dunia toca ver si esa
exigencia de Pedro Petrovitch tiene o no algo de mortificante para
vosotras--contest framente Raskolnikoff.

--Dunetshka ha resuelto la cuestin, y yo estoy de perfecto acuerdo con
ella--se apresur a contestar Pulkeria Alexandrovna.

--Creo que es indispensable que asistas a esa entrevista; te
suplico, pues, que no faltes. Vendrs? Suplico a usted tambin que
venga--continu la joven dirigindose a Razumikin--. Mam, me permito
hacer esta invitacin a Demetrio Prokofitch.

--Y lo apruebo, hija ma. Hgase lo que vosotros dispongis--aadi su
madre--. Para m es un alivio, no me gusta fingir ni mentir; lo mejor
es una explicacin franca. Si Pedro Petrovitch se enfada, peor para l.


IV

En aquel momento se abri la puerta sin ruido y entr en la sala una
joven mirando tmidamente en su derredor. Su aparicin caus general
sorpresa y todos los ojos se fijaron en ella con curiosidad. Al pronto
no la conoci Raskolnikoff. Era Sofa Semenovna Marmeladoff. El joven
la haba visto por primera vez el da antes, en unas circunstancias y
en un traje que le dejaron en la memoria una imagen distinta. Ahora era
una joven de aspecto modesto, o ms bien, pobre, de maneras corteses
y reservadas y de expresin tmida. Vesta un traje muy sencillo y
llevaba un sombrero pasado de moda. No conservaba ninguno de los
adornos de la vspera; pero no haba prescindido de la sombrilla. Su
confusin al ver tanta gente que no esperaba encontrar fu tan grande,
que di un paso hacia atrs para retirarse.

--Ah! es usted?--dijo Raskolnikoff en el colmo del asombro, y l
tambin se qued turbado.

Record entonces que la carta de Ludjin, leda un momento antes,
contena alusiones a cierta joven de conducta notoriamente equvoca,
acababa de protestar contra tal calumnia y de declarar que haba visto
a aqulla por primera vez el da anterior, y he aqu que se presentaba
en su casa. En un abrir y cerrar de ojos todos estos pensamientos
atravesaron mezclados por su imaginacin; mas al observar ms
atentamente a la recin llegada, la vi tan abatida por la vergenza,
que sinti hacia ella sbita piedad. En el momento en que, asustada,
iba a retirarse, se verific en l un repentino cambio.

--No esperaba a usted--se apresur a decir invitndola con la mirada
a que se quedase--. Haga usted el favor de tomar asiento. Viene, sin
duda, de parte de Catalina Ivanovna? Permtame usted, ah no, sintese
aqu.

Al entrar Sonia, Razumikin, que estaba sentado cerca de la puerta en
una de las tres sillas que haba en la habitacin, se medio levant
para dejar paso a la joven. El primer impulso de Raskolnikoff fu
indicar a Sonia el extremo del divn que Zosimoff haba ocupado un
momento antes; pero, pensando en que aquel mueble le serva de cama,
mostr a la joven la silla de Razumikin.

--T sintate aqu--dijo a su amigo hacindole sitio a su lado en el
sof.

Sonia se sent casi temblando y mir con timidez a las dos seoras.
Era evidente que ella misma no se daba cuenta de cmo tena la audacia
de sentarse al lado de aquellas personas. Este pensamiento le caus
tal impresin, que se levant bruscamente y se dirigi, confusa, hacia
Raskolnikoff.

--Es cuestin de un minuto. Perdneme usted la molestia--dijo con voz
trmula--. Me enva Catalina Ivanovna. No tena otra persona a quien
mandar... Catalina Ivanovna suplica a usted encarecidamente que asista
maana a los funerales... en San Motrifinio, y que venga despus a
nuestra casa... es decir, a casa de ella a tomar un bocado. Catalina
Ivanovna espera que le conceder este honor.

--Ciertamente... har lo posible por complacerla--balbuci
Raskolnikoff, que se haba incorporado a medias--. Tenga usted la
bondad de volver a sentarse; hgame el favor de concederme dos minutos.

Al mismo tiempo la invitaba con un gesto a tomar asiento. Sonia
obedeci, y despus de dirigir una mirada tmida a las dos seoras,
baj rpidamente los ojos. Las facciones de Raskolnikoff se
contrajeron, coloreronse sus mejillas y sus ojos lanzaron llamas.

--Mam--dijo con voz vibrante--, es Sofa Semenovna Marmeladoff, la
hija del desgraciado funcionario que muri ayer atropellado por un
coche y del cual ya te he hablado.

Pulkeria Alexandrovna mir a Sonia y gui ligeramente los ojos, pues a
pesar del temor que experimentaba delante de su hijo, no pudo negarse
esta satisfaccin. Dunia se volvi hacia la pobre joven y se puso a
examinarla con gravedad. Al orse nombrar por Raskolnikoff, Sonia, cada
vez ms cortada, levant de nuevo los ojos.

--Quera preguntar a usted--prosigui Rodia--qu ha pasado hoy en su
casa, si las han molestado, si les ha causado alguna incomodidad la
polica...

--No; no ha ocurrido nada de particular... La causa de la muerte era
tan evidente... que nos han dejado tranquilas. Slo los inquilinos se
han incomodado.

--Por qu?

--Dicen que el cuerpo est demasiado tiempo en la casa... Como ahora
hace calor, el olor... de modo que hoy se le conducir a la capilla
del cementerio, donde permanecer hasta maana. Al pronto se negaba
Catalina Ivanovna, mas acab por comprender que era preciso someterse.

--De modo que la conduccin del cadver es hoy?

--Catalina Ivanovna espera que nos har usted el obsequio de asistir a
las exequias, y que ir usted despus a la comida fnebre.

--Da una comida?

--Una modesta colacin: me ha encargado dar a usted mil gracias por el
socorro que nos entreg ayer... Sin usted, no hubiramos podido hacer
los gastos del funeral.

Un temblor repentino agit los labios y la barba de la joven; pero
logr dominar su emocin y baj de nuevo los ojos.

Durante este breve dilogo Raskolnikoff la estuvo contemplando
atentamente. Sonia tena el rostro delgado y plido; la nariz y la
barbilla eran algo angulosas y puntiagudas y el conjunto bastante
irregular; no se poda decir que era una beldad; pero, en cambio, sus
ojos eran tan lmpidos, y cuando se animaban comunicaban a su fisonoma
tal expresin de bondad, que atraa irresistiblemente. Adems se
adverta otra particularidad caracterstica en su rostro como en su
persona: representaba mucha menos edad de la que tena, y a pesar de
contar ya diez y ocho aos, se la hubiera tomado por una chiquilla.
Esta circunstancia haca rer al ver algunos de sus movimientos.

--Pero es posible que Catalina Ivanovna pueda atender a esos
gastos con tan escasos recursos? Y todava se propone dar una
colacin?--pregunt Raskolnikoff.

--El fretro ser muy sencillo... Todo se har con mucha modestia, de
suerte que costar muy poco... Catalina y yo hemos calculado el gasto;
despus de pagado todo, quedar algo para dar la colacin... Catalina
Ivanovna tiene mucho inters en darla. No es posible decir nada en
contrario... Adems, esto le sirve de consuelo, y ya sabe usted cmo
est y cmo es ella.

--Comprendo, comprendo... Le ha llamado a usted la atencin mi
cuarto?... Mi madre dice tambin que parece un sepulcro.

--Ayer se desprendi usted de todo por nosotras--respondi Sonia con
voz sorda y rpida, bajando nuevamente los ojos.

Sus labios y su barba volvieron a temblar. Desde su entrada le haba
impresionado la pobreza que reinaba en la habitacin de Raskolnikoff y
las palabras que acababa de pronunciar habansele escapado a su pesar.
Siguise un corts silencio. Las pupilas de Dunia brillaron y la misma
Pulkeria Alexandrovna mir a Sonia con expresin afable.

--Rodia--dijo levantndose--, supongo que comeremos juntos. Vmonos,
Dunetshka... T deberas salir, Rodia, dar un paseto, y, despus de
descansar un poco, venir a casa lo ms pronto posible... Temo haberte
fatigado.

--S, s, ir--se apresur a responder, levantndose tambin...--Tengo
algo que hacer antes.

--Cuidado con irte a comer a otra parte!--exclam Razumikin, mirando
con asombro a Raskolnikoff--. Eso no puedes hacerlo de ninguna manera.

--No, no ir con ustedes, les aseguro que ir... Pero t qudate un
minuto. De momento no tenis necesidad de l, verdad?

--No, puede quedarse por ahora. Le espero, sin embargo, Demetrio
Prokofitch, a comer con nosotras--dijo Pulkeria Alexandrovna.

--Yo tambin se lo ruego, venga usted--aadi Dunia.

Razumikin se inclin radiante de alegra. Durante unos momentos todos
experimentaron un malestar extrao.

--Adis, es decir, hasta muy pronto; no me gusta decir adis... Adis,
Anastasia... vamos, ya se me escap otra vez.

Pulkeria Alexandrovna tena intencin de saludar a Sonia; pero, a
pesar de toda su buena voluntad, no pudo resolverse a ello, y sali
precipitadamente de la habitacin.

No hizo lo mismo Advocia Romanovna, que pareca haber esperado este
momento con impaciencia. Cuando, despus de su madre, pas al lado de
Sonia, hizo a sta un saludo en toda regla. La pobre muchacha se turb,
se inclin con tmido apresuramiento, y en su rostro se manifest una
impresin dolorosa, como si la atencin de Dunia para con ella le
hubiese afectado penosamente.

--Dunia, adis--dijo Raskolnikoff desde el rellano--; dame la mano.

--Ya te la he dado. No te acuerdas?--respondi la joven, volvindose
hacia l con aire afable, aunque se senta contrariada.

--Bueno, dmela otra vez--y estrech de nuevo la mano de su hermana.

Dunia se sonri ruborizndose, y en seguida se apresur a apartar la
mano y sigui a su madre. Tambin ella se senta contenta, sin que
podamos decir por qu.

--Ea! Est bien--exclam Raskolnikoff volviendo al lado de Sonia, que
se haba quedado en el cuarto.

Al mismo tiempo la miraba con aire tranquilo.

La jovencita advirti, con sorpresa, que el semblante de su
interlocutor se haba esclarecido de repente. Durante algunos instantes
Raskolnikoff la mir en silencio. Vena ahora a su memoria lo que
Marmeladoff le haba contado de su hija.

--Oye el asunto de que quera hablarte--prosigui el joven tomando del
brazo a Razumikin y llevndoselo a un ngulo del aposento.

--De modo que puedo decir a Catalina Ivanovna que ir usted?

Al decir esto, Sonia se dispuso a salir.

--Soy con usted en seguida, Sofa Semenovna; nosotros no tenemos
secretos y usted no nos molesta. Tengo que decirle dos palabras.

E interrumpindose bruscamente se dirigi a Razumikin.

--T conoces a se...? Cmo se llama?... Ah, s, ahora caigo! A
Porfirio Petrovitch.

--S, le conozco; es pariente mo. Por qu me lo preguntas?--repuso
Razumikin.

--No me dijiste ayer que instrua esa sumaria... del asesinato?

--S, y qu?--insisti Razumikin sorprendido por el sesgo que tomaba
la conversacin.

--Me dijiste tambin que interrogaba a las personas que han empeado
alhajas en casa de la vieja; y como yo he empeado alguna cosa, que
no merece la pena de que se hable de ella... una sortija que me di
mi hermana cuando vine a San Petersburgo; y un reloj de plata, que
perteneci a mi padre... Esos objetos no valen cinco rublos, pero
tienen para m el valor del recuerdo. Qu debo hacer ahora? No quiero
que se pierdan. Temblando estaba hace un momento, temeroso de que mi
madre quisiera verlo cuando se hablaba del reloj de Dunia. Es la nica
cosa que habamos conservado de mi padre. Si se hubiese perdido, mi
madre tendra un verdadero disgusto, las mujeres! Dime, pues, lo que
debo hacer. Ya s que es necesario prestar una declaracin ante la
polica; pero, no ser mejor que me dirija a Porfirio Petrovitch? Qu
te parece? Me corre prisa arreglar este asunto. Ya vers cmo antes de
comer me preguntar mi madre por el reloj.

--No es a la polica a quien hay que acudir, sino a Porfirio
Petrovitch--exclam Razumikin extremadamente agitado--. Oh, qu
contento estoy! Podemos ir en seguida; vive a dos pasos de aqu; seguro
estoy de que le encontraremos.

--Sea; vamos.

--Se alegrar mucho de conocerte. Le he hablado muchas veces de ti.
Ayer, sin ir ms lejos. Vamos. De modo que t conocas a la vieja?
Ah, todo se explica admirablemente! Ah! s... Sofa Ivanovna.

--Sofa Semenovna--rectific Raskolnikoff, y dirigindose a la joven
aadi--: Mi amigo Razumikin, excelente persona.

--Si usted tiene que salir...--comenz a decir Sonia a quien esta
presentacin haba dejado an ms confusa y que no se atreva a
levantar los ojos para mirar a Razumikin.

--Ea, vamos!--dijo Raskolnikoff--: yo pasar por su casa, Sofa
Semenovna. Dgame sus seas.

Pronunci estas palabras no con cortedad, sino con cierta precipitacin
y evitando las miradas de la joven. Esta di sus seas no sin
ruborizarse. Los tres salieron juntos.

--No cierras la puerta?--pregunt Razumikin mientras bajaban la
escalera.

--Nunca... Dos aos hace que estoy pensando comprar una cerradura.
Felices aquellos que no tienen nada que guardar bajo llave!--aadi
alegremente dirigindose a Sonia.

Se detuvieron en el umbral de la puerta de la calle.

--Usted va por la derecha, Sofa Semenovna? Ah! dgame usted: Cmo
ha podido dar con mi habitacin?

Vease bien claro que lo que deca no era lo que quera decir. No se
cansaba de contemplar los dulces y claros ojos de la joven.

--Pero si di usted sus seas a Polenka!

--Qu Polenka? Ah! S. La nia? Es hermanita de usted? De modo que
le di mis seas?

--Lo haba usted olvidado?

--No... me acuerdo.

--Yo haba odo hablar de usted al difunto... pero no saba su
nombre... ni tampoco l lo saba... Ahora he venido, y como ya conoca
su nombre he preguntado: es aqu donde vive el seor Raskolnikoff?
Adis... Ya le dir a Catalina Ivanovna... Ignoraba que ocupaba usted
un cuarto amueblado...

Muy contenta de poder irse Sonia, se alej con paso rpido sin levantar
la vista. Le faltaba tiempo para llegar a la primera esquina de la
calle a la derecha, a fin de substraerse a las miradas de los jvenes
y reflexionar sin testigos, sobre todos los incidentes de esta visita.
Jams haba experimentado nada semejante; todo un mundo ignorado surga
confusamente en su alma. Record de pronto que Raskolnikoff le haba
manifestado espontneamente su intencin de ir a verla aquel mismo da,
quiz aquella misma maana, tal vez dentro de un momento.

--Ah, ojal no venga hoy!--murmur angustiada--. Dios mo! En mi
casa! En aquella habitacin...! y vera... Dios mo, Dios mo!

Estaba demasiado preocupada para notar que desde su salida de la
casa haba sido seguida por un desconocido. En el momento en que
Raskolnikoff, Razumikin y Sonia se haban detenido en la acera para
hablar breves instantes, la casualidad hizo que aquel seor pasase al
lado de ellos. Las palabras de la joven: He preguntado si vive aqu el
seor Raskolnikoff, llegaron furtivamente a odos del desconocido y le
hicieron estremecerse. Mir disimuladamente a los tres interlocutores
y en particular a Raskolnikoff, a quien Sonia se haba dirigido, y le
examin despus la cara para poder reconocerle en caso de necesidad;
todo esto fu hecho en un abrir y cerrar de ojos y de un modo que
no pudiera infundir sospechas, despus de lo cual el seor se alej
acortando el paso como si hubiera seguido a alguien. Era a Sonia a
quien esperaba; bien pronto la vi despedirse de los dos jvenes y
encaminarse a su casa.

Dnde vive? Yo he visto esta cara en alguna parte. Es menester que lo
averige.

Cuando hubo llegado a la esquina de la calle, pas a la otra acera, se
volvi y advirti que la joven marchaba en la misma direccin que l.
Sonia no se daba cuenta de que la seguan y la observaban. Cuando lleg
a la esquina, la joven la dobl y el desconocido continu siguindola,
andando por la acera opuesta y sin perderla de vista. Al cabo de
cincuenta pasos atraves la calle, alcanz a Sonia y march detrs de
ella a una distancia de cinco pasos.

Era un hombre de unos cincuenta aos; pero muy bien conservado y que
representaba mucha menos edad; era alto, fuerte y algo cargado de
espaldas. Vestido de una manera tan cmoda como elegante y con guantes
nuevos, llevaba en la mano un buen bastn que haca sonar a cada paso
sobre la acera. Todo en su persona delataba un hombre distinguido. Su
ancho rostro era bastante agradable; al mismo tiempo el brillo de su
tez y sus rojos labios no permitan tomarle por un petersburgus. Sus
cabellos muy espesos, eran excesivamente rubios y apenas empezaban a
encanecer; la barba larga, ancha y bien cuidada, tena todava un color
ms claro que sus cabellos. La mirada de sus ojos azules era fra,
seria y fija.

El desconocido tuvo bastante tiempo para observar que la joven iba
distrada y absorta. Al llegar delante de su casa franque el umbral.
El seor que la segua continu detrs de ella un poco asombrado.
Despus de entrar en el zagun, Sonia tom por la escalera de la
derecha que conduca a su habitacin. Bah!--dijo para s el seor, y
subi tambin. Entonces fu cuando la joven advirti la presencia del
desconocido. Lleg al tercer piso, se entr por un corredor y llam
en el nmero nueve, debajo del cual se lea en la puerta estas dos
palabras escritas con tiza: _Kapernumoff, Sastre_. Bah!--repiti el
hombre sorprendido por aquella coincidencia, y llam al lado, en el
nmero ocho. Las dos puertas estaban a seis pasos la una de la otra.

--Usted vive en casa de Kapernumoff?--dijo, rindose, a Sonia--.
Me arregl ayer un chaleco. Yo vivo aqu, cerca de usted, en el
departamento de la seora Gertrudis Karlovna Reslich, qu casualidad!

Sonia le mir con atencin.

--Somos vecinos--continu diciendo con tono alegre--. Llegu ayer a San
Petersburgo. Vamos, hasta que tenga el gusto de volver a verla.

Sonia no respondi.

Se abri la puerta y la joven entr en su cuarto intimidada y
vergonzosa.

       *       *       *       *       *

Razumikin iba muy animado camino de la casa de Porfirio en compaa de
su amigo.

--Perfectamente, querido--repeta muchas veces--. Estoy encantado, lo
que se dice encantado. No saba que tuvieses ninguna cosa empeada en
casa de la vieja y... y... hace mucho tiempo que has estado en su casa?

--Que cundo estuve?--murmur Raskolnikoff, como procurando
recordar--. Me parece que fu la antevspera de su muerte. Por lo
dems, no se trata de desempear ahora esos objetos--se apresur a
decir como si esta cuestin le hubiese vivamente preocupado--. No
tengo ms que un rublo, gracias a las locuras que hice ayer bajo la
influencia de ese maldito delirio.

Y recalc de una manera particular la palabra delirio.

--Vamos, s, s--contest Razumikin respondiendo a un pensamiento que
se le haba ocurrido en aquel instante--. De modo que por eso t...?
La cosa me haba chocado. Ahora me explico por qu no cesabas de hablar
de sortijas, de cadenas de oro y de reloj mientras delirabas. Es claro,
ahora todo me lo explico.

Oh!--pens Raskolnikoff--esa idea se la haba metido en la cabeza;
tengo la prueba: este hombre, que se hara crucificar por m, se
considera ahora feliz al explicarse por qu yo hablaba de sortijas
durante mi delirio. Mi lenguaje ha debido confirmar a todos en sus
sospechas.

--Y qu, le encontraremos?--pregunt en alta voz.

--Ya lo creo que le encontraremos--respondi sin vacilar Razumikin--.
Es un buen muchacho, amigo mo. Un poco desmadejado, es cierto, pero no
dudo de que carezca de buenos modales, no; es por otro concepto por lo
que lo encuentro desmadejado. Lejos de ser tonto, es muy inteligente;
pero tiene un carcter particular... Es incrdulo... escptico, cnico;
le gusta burlarse de sus amigos. A pesar de esto, es fiel al _viejo
juego_, es decir, no admite ms que pruebas materiales... pero sabe su
oficio. El ao ltimo desembroll todo un proceso de asesinato en el
cual faltaban todos los indicios. Tiene tantos deseos de conocerte!

--Y por qu?

--Oh! no es porque... vers. En estos ltimos das, cuando t estabas
malo, hemos tenido ocasin de hablar a menudo de ti... Asista a
nuestras conversaciones, y cuando supo que t eras estudiante de
Derecho y que te habas visto obligado a dejar la Universidad, dijo:
Qu lstima! Yo he deducido de aqu... es decir, yo no me fundo
solamente en esto, sino en otras cosas. Ayer, Zametoff... Oyeme,
Raskolnikoff; cuando ayer te acompaaba estaba borracho y hablaba sin
ton ni son; temo que hayas tomado mis palabras demasiado en serio...

--Qu es lo que me dijiste? Que me tienen por loco? Acaso tengas
razn--respondi Raskolnikoff con sonrisa forzada.

Se callaron. Razumikin estaba radiante de jbilo y Raskolnikoff lo
adverta con clera. Lo que su amigo acababa de decirle acerca del juez
de instruccin no dejaba de inquietarle.

Lo esencial es saber--pens Raskolnikoff--si Porfirio tiene
conocimiento de mi visita ayer a casa de la bruja y de la pregunta que
hice acerca de la sangre. Es preciso, ante todo, que yo compruebe esto.
Es preciso, desde el primer momento, desde mi entrada en su despacho,
que lo lea sobre su rostro; de otro modo, aunque me pierda, ser
sincero.

--Sabes una cosa?--dijo bruscamente dirigindose a Razumikin con
maliciosa sonrisa--. Me parece que desde esta maana ests muy agitado.
No es verdad?

--No, de ninguna manera--respondi Razumikin contrariado.

--No me engao, amigo mo. Hace poco estabas sentado en el borde de una
silla, lo que nunca te ocurre. Pareca que te hallabas sobre pinchos;
te sobresaltabas a cada instante. Tu humor variaba sin cesar. Tan
pronto te ponas colrico, tan pronto dulce como la miel. Hasta te
ruborizabas. Sobre todo, cuando te invitaron a comer, te pusiste del
color de la grana.

--Qu absurdo! Por qu dices eso?

--Sabes que tienes timideces de colegial? Demonio! Te pones otra vez
colorado?

--Eres insoportable!

--Pero, por qu esa confusin, Romeo? Deja hacer; yo lo contar todo
hoy en alguna parte, ja, ja, ja! cmo se va a rer mi madre y otra
persona!

--Escucha, escucha, djate de bromas y diablo!--murmur Razumikin
helado de terror--. Qu le vas a contar? di!... Qu puerco eres!

--Ests hecho una verdadera rosa de primavera. Y si supieses qu bien
te sienta eso! Un Romeo de dos archinas y doce verchok! pero, vamos,
veo que te has lavado hoy y te has cortado las uas! Cunto tiempo te
has estado arreglando? Calle! Si hasta creo que te has dado pomada!
Baja, baja la cabeza, para que te huela!

--Indecente!!!

Raskolnikoff solt la carcajada, y esta hilaridad que el joven, en
apariencia, no poda dominar, duraba an cuando llegaron a casa
de Porfirio Petrovitch. Desde el cuarto podan orse las risas
del visitante en la antesala. Esto era precisamente lo que quera
Raskolnikoff.

--Si dices una palabra, te reviento!--murmur Razumikin furioso,
agarrando por un brazo a su amigo.


V

Raskolnikoff entr en el despacho del juez de instruccin con la
fisonoma de un hombre que hace todo lo posible para estar serio y slo
lo consigue a medias. Detrs de l entr disgustado Razumikin y ms
rojo que un pavo, con el semblante alterado por la clera y por la
vergenza. La figura desgarbada y la cara mohina de este mocetn eran
bastante chuscas para justificar la hilaridad de su compaero. Porfirio
Petrovitch, en pie en medio de la habitacin, interrogaba con la mirada
a los dos visitantes. Raskolnikoff se inclin ante el dueo de la casa,
cambi con l un fuerte apretn de manos y fingi hacer un violento
esfuerzo para ahogar su deseo de rer, mientras que deca su nombre
y clase; acababa de recobrar su sangre fra y de balbucear algunas
palabras, cuando, en medio de la presentacin, sus ojos se encontraron
por casualidad con Razumikin, y entonces no pudo contentarse y su
seriedad se troc en una carcajada, tanto ms ruidosa cuanto ms
comprimida. Razumikin sirvi a maravilla los propsitos de su amigo,
porque aquel desatinado rer le hizo montar en clera, lo que acab de
dar a toda la escena apariencia de franca y natural alegra.

--Ah, bribn!--vocifer con tan violento ademn, que derrib un
veladorcito sobre el cual estaba un vaso que haba contenido te.

--Seores, por qu me echan ustedes a perder el mobiliario? Es un
perjuicio que causan ustedes al Estado--exclam alegremente Porfirio
Petrovitch.

Raskolnikoff se rea con tantas ganas, que durante algunos momentos se
olvid de retirar la mano de la del juez de instruccin; pero hubiera
sido poco natural dejarla ms tiempo; as es que la separ en el
momento oportuno para dar la mayor verosimilitud posible al papel que
representaba.

Razumikin, por su parte, se hallaba ms confuso que al principio, a
causa de haber tirado el velador y roto el vaso. Despus de haber
contemplado con aire sombro las consecuencias de su arrebato, se
dirigi a la ventana, y all, dando la espalda al pblico, se puso
a mirar por ella, mas sin ver nada. Porfirio Petrovitch se rea por
cortesa; pero, evidentemente, aguardaba explicaciones. En un rincn,
sentado en una silla, estaba Zametoff. Al entrar los visitantes se
haba levantado a medias, tratando de sonrer; sin embargo, no pareca
engaado por esta escena, y observaba a Raskolnikoff con curiosidad
particular. Este ltimo no haba esperado encontrar all al polizonte,
y su presencia le caus una desagradable sorpresa.

He ah una cosa con la que no contaba--pens.

--Perdneme usted, se lo suplico--dijo alto, con cortedad fingida,
Raskolnikoff.

--Bah! Me proporcionan ustedes un placer. Han entrado de un modo
tan divertido... Ese no quiere dar los buenos das--aadi Porfirio
Petrovitch, indicando con un movimiento de cabeza a Razumikin.

--No s por qu se ha enfurecido conmigo. Le he dicho solamente en la
calle que se pareca a Romeo... se lo he demostrado... y no ha pasado
ms.

--Imbcil!--grit Razumikin, sin volver la cabeza.

--Ha debido de tener motivos ms graves, para tomar tan a mal una burla
insignificante--observ, riendo, Porfirio Petrovitch.

--Ya pareci el juez de instruccin... Siempre investigador. Todos al
diablo!--replic Razumikin, y echndose a rer y recobrando sbitamente
su buen humor, se acerc a Porfirio Petrovitch--. Basta de tonteras,
y a nuestro asunto. Te presento a mi amigo Rodin Romanovitch
Raskolnikoff, que ha odo hablar mucho de ti y desea conocerte; tiene,
adems, que hablarte de una cosa. Eh, Zametoff! Por qu diantre ests
aqu? De modo que os conocais, y desde cundo?

Qu quiere decir esto?--se pregunt con inquietud Raskolnikoff.

La pregunta de Razumikin pareci molestar algo a Zametoff; sin embargo,
se repuso en seguida.

--Fu ayer, en su casa, cuando nos conocimos--dijo con desenvoltura.

--Vamos! Entonces ha sido la mano de la Providencia la que ha
arreglado todo esto. Figrate, Porfirio, que la semana pasada me haba
manifestado vivos deseos de que te lo presentase; pero, segn se ve, no
habis tenido necesidad de m. Tienes tabaco?

El juez estaba en traje de la maana. Batn de casa, pantuflas en
chancleta y camisa muy limpias. Era hombre de treinta y cinco aos,
ms bien bajo que alto, grueso y ligeramente panzudo. No llevaba
barba ni bigote, y tena los cabellos cortados al rape. Su cabeza,
gruesa y redonda, presentaba una redondez particular en la regin de
la nuca. Su rostro gordinfln tambin redondo y un poco aplastado,
no careca ni de vivacidad ni de alegra, aunque la tez, de un color
amarillento obscuro, estaba lejos de indicar buena salud. Se hubiera
podido encontrar en l hasta cierta candidez, si no hubiera sido
por los ojos que, velados por pestaas casi blancas, parecan estar
siempre guiados, como si hicieran signos de inteligencia a alguien. La
mirada de estos ojos daba un extrao ments al resto de la fisonoma.
A primera vista, el fsico del juez de instruccin ofreca cierta
semejanza con el de un campesino; pero esta ilusin no engaaba por
mucho tiempo al observador inteligente.

En cuanto oy que Raskolnikoff tena que tratar con l de un negocio,
Porfirio Petrovitch le invit a que se sentase en el divn, tomando
l asiento en el otro extremo, y ponindose con gran celo a su
disposicin. De ordinario nos sentimos un poco molestos cuando un
hombre, a quien apenas conocemos, manifiesta una gran curiosidad por
ornos, y nuestra cortedad aumenta cuando el objeto de que vamos a
hablarle es a nuestros propios ojos de poca importancia.

Sin embargo, Raskolnikoff pudo, en cortas y precisas palabras, exponer
su deseo y observar al mismo tiempo, mientras hablaba, a Porfirio
Petrovitch. Este, por su parte, no le quitaba los ojos de encima.
Razumikin, sentado enfrente de l, escuchaba con impaciencia, y sus
miradas iban sin cesar de su amigo al juez de instruccin y viceversa,
cosa que pasaba los linderos de lo natural.

Ese imbcil!--decase interiormente Raskolnikoff.

--Es preciso hacer una declaracin a la polica--respondi con
indiferencia Porfirio Petrovitch--. Expondr usted que, informado de
tal acontecimiento, es decir, de ese asesinato, desea manifestar al
juez de instruccin encargado del proceso, que tales o cuales objetos
le pertenecen a usted, y que quiere desempearlos... Por lo dems, ya
se le escribir a usted.

--Desgraciadamente--replic Raskolnikoff con fingida cortedad--no estoy
en fondos... y mis medios no me permiten desempear esas baratijas...
Ve usted?... Quisiera limitarme a declarar que esos objetos son mos,
y que, en cuanto tenga dinero...

--Eso no importa--replic Porfirio Petrovitch, que acogi framente
esta explicacin financiera--; por lo dems, puede usted, si quiere,
escribirme directamente, declarando que, enterado de lo ocurrido, desea
usted decirme que tales objetos le pertenecen y que...

--Y puedo escribir esa carta en cualquier papel?--interrumpi
Raskolnikoff afectando siempre no preocuparse de otra cosa que del
aspecto pecuniario de la cuestin.

--Oh! en cualquier papel.

Porfirio Petrovitch pronunci estas palabras con aire francamente
burln, haciendo un guio a Raskolnikoff. Por lo menos, el joven
hubiera jurado que aquel movimiento de ojos se diriga a l y que
encubra mal una segunda intencin. Quizs despus de todo se engaaba,
porque aquello dur apenas el espacio de un segundo.

Ese lo sabe--se dijo instantneamente.

--Perdneme usted haberle molestado por tan poca cosa--aadi bastante
desconcertado--. Esos objetos valen en junto cinco rublos, pero tienen
para m especial valor, y confieso que tuve mucha inquietud cuando
supe...

--Por esto te pusiste tan alterado ayer al orme decir a Zosimoff,
que Porfirio Petrovitch interrogaba a los propietarios de los objetos
empeados--recalc con intencin evidente Razumikin.

Era demasiado. Raskolnikoff no pudo contenerse y lanz sobre aquel
inadvertido hablador una mirada relampagueante de clera; mas,
comprendiendo en seguida que acababa de cometer una imprudencia, trat
de repararla.

--Parece que te burlas de m, amigo mo--dijo a Razumikin, con aire
ofendido--. Reconozco que me preocupo, quiz demasiado, de cosas muy
insignificantes a tus ojos; pero esto no es una razn para mirarme como
un hombre egosta y avaro; estas miserias pueden tener valor para m.
Como te deca hace un momento, ese reloj de plata, que apenas vale un
groch, es lo nico que me queda de mi padre. Brlate cuanto quieras,
pero mi madre ha venido a verme--y al decir esto se volvi hacia el
juez--, y si supiese--continu de nuevo dirigindose a Razumikin
poniendo la voz todo lo temblorosa que pudo--, si supiese que no tengo
el reloj, te aseguro que la pobre sentira un nuevo disgusto. Oh, las
mujeres!

--Pero, qu dices? No me has entendido. Has interpretado mal mi
pensamiento--protestaba Razumikin todo acongojado.

--Habr hecho bien? Habr forzado demasiado la nota?--se preguntaba
ansiosamente Raskolnikoff--. Por qu habr dicho yo las mujeres?

--Ah! Ha venido su madre de usted?--pregunt Porfirio Petrovitch.

--S.

--Cundo ha llegado?

--Ayer noche.

El juez de instruccin se qued callado un momento como si reflexionase.

--Los objetos que le pertenecen no hubieran podido extraviarse
jams--repuso con tono tranquilo y fro--. Desde hace tiempo, esperaba
yo la visita de usted.

Al decir esto aproxim vivamente el cenicero a Razumikin que sacuda
implacablemente sobre el tapete su cigarro. Raskolnikoff se estremeci;
pero el juez de instruccin no pareci advertirlo, ocupado como estaba
en preservar el tapete.

--Cmo? Esperabas su visita? De modo que sabas que haba empeado
algunas cosas?

Sin responder, Porfirio Petrovitch se dirigi a Raskolnikoff.

--Las alhajas de usted, una sortija y un reloj, se encontraban en
casa de la vctima envueltas en un pedazo de papel en el cual estaba
completamente legible, escrito con lpiz, el nombre de usted con la
indicacin del da en que se haban empeado esos objetos.

--Qu memoria tiene usted para todas estas cosas!--dijo Raskolnikoff
con sonrisa forzada, procurando sobre todo mirar con serenidad al
juez de instruccin; no pudo, sin embargo, contenerse, y aadi
bruscamente--: digo esto, porque deben de ser muchos, sin duda, los
dueos de objetos empeados y debe de costarle a usted, me parece a m,
mucho trabajo recordarlos a todos... Pero veo, por el contrario, que no
olvida usted ni a uno... y... y...

Estpido! Idiota! qu necesidad tenas de aadir esto?

--Es que casi todos se han dado ya a conocer y usted no se haba
presentado an--respondi Porfirio con un dejo casi imperceptible de
burla.

--No me encontraba muy bien.

--Lo he odo decir. Se me ha dicho que estaba usted muy enfermo.
Todava est usted plido.

--No, no estoy plido... al contrario, me siento muy bien--respondi
Raskolnikoff con tono brutal y violento.

Senta hervir en l una clera que no poda dominar.

El arrebato va a hacerme cometer alguna tontera--pens--. Pero, por
qu me exasperan?

--Que no se senta muy bien, vaya un eufemismo!--exclam Razumikin--.
La verdad es que hasta ayer ha estado casi sin conocimiento. Lo
creeras, Porfirio? Ayer, pudiendo apenas sostenerse sobre las piernas,
aprovechando un momento en que Zosimoff y yo acabbamos de dejarle, se
visti, sali de su casa y estuvo vagando hasta media noche, Dios sabe
por dnde... y estando en completo delirio; puedes imaginarte una cosa
semejante? Es un caso de los ms notables.

--Bah! _En estado completo de delirio?_--dijo Petrovitch con el
movimiento de cabeza propio de los campesinos rusos.

--Es absurdo, verdad? Por lo dems, yo no tengo necesidad de
decirle a usted esto. La conviccin de usted est formada--dej
escapar Raskolnikoff cediendo a un arrebato de clera; pero Porfirio
Petrovitch no pareci fijarse en estas extraas palabras.

--Cmo habas de haber salido t, si no hubieses estado
delirando?--dijo exaltndose Razumikin--. Para qu semejante salida?
Con qu objeto? Y sobre todo, por qu escapar as, ocultndote? Has
de convenir conmigo en que tenas perturbadas tus facultades mentales.
Te lo digo as, muy clarito, ahora que el peligro ha pasado.

--Me haban fastidiado tanto ayer...--dijo Raskolnikoff dirigindose
al juez de instruccin con una sonrisa que pareca un desafo--, y
queriendo librarme de ellos sal para alquilar un cuarto en que no
pudiesen descubrirme; haba tomado para este efecto cierta cantidad.
El seor Zametoff me vi el dinero en la mano; dgame usted, seor
Zametoff, si deliraba yo ayer o si estaba en mi sano juicio. Sea usted
el rbitro de nuestra disputa.

En aquel momento de buena gana hubiera estrangulado al polizonte que le
irritaba por su mutismo y la expresin de su mirada.

--Me pareci que hablaba usted muy sensatamente y con mucha sutileza;
pero le encontr a usted demasiado irascible--declar secamente
Zametoff.

--Y hoy--aadi Porfirio--me ha dicho Nikodim Fomitch que haba
encontrado a usted ayer, a hora muy avanzada de la noche, en casa de un
funcionario que acababa de ser atropellado por un carruaje...

--Eso mismo viene en apoyo de lo que yo deca--dijo Razumikin--. No te
has conducido como un loco en casa de un funcionario? No te despojaste
de todo tu dinero para pagar el entierro? Comprendo que quisieses
socorrer a la viuda; pero podas haberle dado quince rublos, veinte, si
quieres, pero siempre reservndote algo para ti. Por el contrario, lo
diste... te desprendiste de tus veinticinco rublos.

--Pero, qu sabes t? Tal vez he encontrado un tesoro. Ayer estaba yo
en vena de ser generoso... El seor Zametoff, aqu presente, sabe que
he encontrado un tesoro... Pido a ustedes perdn de haberles molestado
durante media hora en mi insubstancial palabrera--prosigui con los
labios temblorosos dirigindose a Porfirio--. He importunado a ustedes,
no es eso?

--Qu dice usted? Todo al contrario; si usted supiese cunto me
interesa y lo curioso que resulta orle... Confieso a usted que estoy
encantado de haber recibido su visita.

--Vamos, danos te! Tenemos el gaznate seco--exclam Razumikin.

--Excelente idea!, pero antes del te querrs tomar algo ms slido,
eh?

--Caracoles! Algo ms slido! A qu esperas?

Porfirio Petrovitch sali para encargar el te.

En el cerebro de Raskolnikoff, hervan multitud de pensamientos. Estaba
por extremo excitado.

--Ni siquiera se toman el trabajo de fingir, no usan muchas
precauciones; este es el punto principal. Puesto que Porfirio no me
conoca, por qu ha hablado de m con Nikodim Fomitch? No se cuidan de
ocultar que husmean mis huellas como tralla de perros. Me escupen en
la cara desfachatadamente!--deca temblando de rabia--. Id derechamente
contra m, pero no juguis conmigo como el gato con el ratn. Eso es
una descortesa, Porfirio Petrovitch, y yo no lo tolero... Me levantar
y os arrojar la verdad a la cara y veris entonces cunto os desprecio.

Respir con ansia y continu pensando:

--Pero si todo esto no existiese ms que en mi imaginacin, si fuese
un espejismo, si hubiese interpretado mal las cosas?... Tratemos de
sostener nuestro feo papel y no vayamos a perdernos como un imbcil por
un arrebato de clera. Quiz les atribuyo intenciones que no tienen.
Sus palabras carecen en rigor de malicia, nada de particular tienen;
pero deben de encerrar una segunda intencin. Por qu Zametoff ha
observado que yo le _habl con mucha sutileza_? por qu me han hablado
con ese tono? S; me han hablado con un tono particular... Cmo todo
esto no le ha chocado a Razumikin? Ese estpido no se entera jams
de nada. Creo que tengo otra vez fiebre. Me hizo Porfirio hace un
poco un guio con los ojos, o acaso me he engaado? No pienso ms que
absurdos; por qu haba de guiarme los ojos? Se proponen irritar mis
nervios para empujarme hasta el fin? todo esto es pura fantasmagora
o saben... Zametoff ha estado insolente; tiempo ha tenido desde ayer
de reflexionar. Ya presuma yo que cambiara de opinin. Est aqu
como en su casa, y eso que ha venido hoy por primera vez. Porfirio no
le trata como a un extrao y hasta se sienta volvindole la espalda.
Estos dos se han hecho amigos y sin duda por mi causa han comenzado
sus relaciones. Seguro estoy de que hablaban de m cuando he llegado.
Tienen noticia de mi visita al cuarto de la vieja? Deseara saberlo...
Cuando he dicho que haba salido para alquilar un cuarto, Porfirio se
ha hecho el desentendido... pero he hecho bien en decirlo; ms tarde me
podr servir; en cuanto al delirio, el juez de instruccin no parece
darle crdito. Sabe perfectamente lo que hice yo aquella noche...
Ignoraba la llegada de mi madre... Y aquella bruja que haba apuntado
con lpiz la fecha del empeo!... No, no, la seguridad que afectis no
me engaa; hasta ahora no tenis hechos; os fundis solamente en vagas
conjeturas. Citadme un hecho, si podis alegar uno solo en contra ma.
La visita que hice a la vieja nada prueba; se puede explicar por un
delirio. Me acuerdo de lo que dije a los dos obreros y al _dvornik_...
Saben que estuve all? No me ir hasta que me cerciore de que lo saben
o no. Por qu he venido? Pero he aqu que ahora me encolerizo y esto
s que es de temer. Ah, qu irritable soy! Despus de todo ms vale
quiz que sea as: sigo representando un papel de enfermo. Parece que
va a interrogarme... Esto me va a hacer vacilar y perder la cabeza.
Por qu he venido?

Todas estas ideas atravesaron su espritu con la rapidez del relmpago.
Al cabo de un instante volvi Porfirio Petrovitch. Pareca de muy buen
humor.

--Ayer, al salir de tu casa, amigo mo, no estaba yo muy bien de
cabeza--comenz a decir dirigindose a Razumikin con una alegra que no
haba demostrado hasta entonces--; pero yo estoy bien. Y qu tal? la
velada fu interesante? Os dej en el momento ms animado. Por quin
qued la victoria?

--Como es natural, por nadie: todos argumentaron a ms y mejor en pro
de sus viejas tesis. Figrate que la discusin versaba ayer sobre lo
siguiente--agreg, volvindose hacia Raskolnikoff--: hay crmenes o no
los hay? Cuntas tonteras dijeron con tal motivo!

--Qu hay en eso de extraordinario? Es una cuestin social que ni
siquiera tiene el mrito de la novedad--respondi distradamente
Raskolnikoff.

--La cuestin no se plante en esos trminos--observ el juez.

--Es verdad, no fu precisamente en esos trminos--repuso Razumikin con
su insistencia de costumbre--. Escucha, Rodia, y dinos tu opinin. Ayer
me hicieron perder la paciencia; te esperaba porque me habas prometido
tu visita. Los socialistas comenzaron por exponer su teora. Sabido es
en qu consiste: el crimen es una protesta contra un orden social mal
organizado; nada ms. Con eso creen haberlo dicho todo; no admiten otro
mvil para los actos criminales; segn ellos, el hombre es lanzado al
crimen nicamente por el ambiente. Es su frase favorita.

--A propsito de crimen y de ambiente--dijo Porfirio Petrovitch,
dirigindose a Raskolnikoff--; recuerdo un trabajo de usted que me
interes vivamente; hablo de su artculo sobre el _Crimen_... no me
acuerdo bien del ttulo. Tuve el gusto de leerlo hace dos meses en _La
Palabra Peridica_.

--Un artculo mo en _La Palabra Peridica_!--exclam Raskolnikoff,
sorprendido--. Recuerdo que, hace seis meses, cuando sal de la
Universidad, escrib un artculo a propsito de un libro; pero lo llev
a _La Palabra Semanal_ y no a _La Palabra Peridica_.

--Pues fu publicado en esta ltima.

--Como _La Palabra Semanal_ suspendi su publicacin, mi artculo no
pudo salir.

--Pero como esa revista se fundi con _La Palabra Peridica_, hace dos
meses que apareci en sta el artculo a que me refiero. No lo saba
usted?

--No.

--Pues bien, puede usted ir a cobrar su importe. Qu raro es usted! Ni
siquiera se entera de lo que directamente le interesa.

--Muy bien, Rodia!--exclam Razumikin--. Tampoco yo lo saba. Hoy
mismo voy a pedir el nmero en el gabinete de lectura. Hace dos meses
que se public? En qu fecha? No importa, lo encontrar. Y qu
callado se lo tena!

--Cmo ha sabido usted que el artculo era mo? Yo no lo haba firmado.

--Lo he sabido recientemente por una mera casualidad. El redactor
jefe es amigo mo, y me descubri el secreto. Ese trabajo me interes
sobremanera.

--Examinaba yo en l, lo recuerdo perfectamente, el estado psicolgico
del delincuente en el momento de cometer el crimen.

--S, y procuraba usted demostrar que en ese momento el criminal es
un enfermo. Me parece una teora muy original; pero no fu sa la
parte de su artculo que ms me interes; me fij especialmente en
un pensamiento que se encontraba en el mismo, y que, por desgracia,
explicaba usted con demasiada concisin. En una palabra, como sin duda
recordar usted, parece que quera dar a entender que existen en la
tierra hombres que pueden, o por mejor decir, que tienen el derecho
absoluto de cometer todo gnero de acciones culpables y criminales;
hombres, en fin, para quienes en cierto modo no rezan las leyes.

Al or esta prfida interpretacin de su pensamiento, Raskolnikoff se
sonri.

--Cmo? Qu? El derecho al crimen? No; lo que quiso decir es que el
criminal se ve impulsado al delito por la influencia irresistible del
ambiente. No es eso?--pregunt Razumikin con inquietud.

--No, no se trata de eso--replic Porfirio--. En dicho artculo se
clasifica a los hombres en ordinarios y extraordinarios. Los primeros
deben vivir en la obediencia y no tienen derecho a violar la ley;
los segundos poseen el derecho de cometer todos los crmenes y de
saltar por encima de todas las leyes, precisamente porque son hombres
extraordinarios: si no me engao, esto es lo que usted dijo.

--Eh! Como? Es imposible que sea eso!--balbuci Razumikin
estupefacto.

Raskolnikoff volvi a sonrer. Haba comprendido en seguida que se
trataba de arrancarle una declaracin de principios, y acordndose de
su artculo no vacil en explicarlo.

--No es eso--comenz a decir con tono sencillo y modesto--. Confieso,
no obstante, que ha reproducido usted con bastante exactitud mi
pensamiento, y hasta, si usted quiere, dir que con mucha exactitud
(pronunci estas ltimas palabras con cierta satisfaccin); lo que
yo no he dicho, como usted me lo hace decir, es que las personas
extraordinarias tengan absoluto derecho para cometer en todo caso
cualesquiera acciones criminales. Supongo que la censura no habra
dejado pasar un artculo concebido en tales trminos. He aqu
sencillamente lo que yo me he permitido decir: el hombre extraordinario
tiene el derecho, no oficialmente, sino por s mismo, de autorizar a
su conciencia a franquear ciertos obstculos; pero slo en el caso en
que se lo exija la realizacin de su idea, la cual puede ser a veces
til a todo el gnero humano. Usted pretende que mi artculo no es
claro y voy a tratar de explicarlo: quiz no me engae al suponer
que tal es el deseo de usted. Segn mi parecer, si los inventos de
Kleper y de Newton, a causa de ciertas circunstancias no hubieran
podido darse a conocer sino mediante el sacrificio de uno, de diez, de
ciento o de un nmero mayor de vidas que hubiesen sido obstculos a
esos descubrimientos, Newton habra tenido el derecho, ms an, habra
tenido el deber de _suprimir_ a esos diez, a esos cien hombres, a fin
de que sus descubrimientos fuesen conocidos por el mundo entero. Esto
no quiere decir, como usted comprender, que Newton tuviese el derecho
de asesinar a quien se le antojase ni de robar a quien le viniese en
gana. En mi artculo insisto, me acuerdo de ello, sobre esta idea, a
saber: que todos los legisladores y guas de la humanidad, comenzando
por los ms antiguos y pasando por Licurgo, Soln y Mahoma hasta
llegar a Napolen, etc., todos sin excepcin han sido delincuentes,
porque en el hecho de dar nuevas leyes han violado las antiguas,
que eran observadas fielmente por la sociedad y transmitidas a las
generaciones futuras; indudablemente no retrocedan ellos ante el
derramamiento de sangre en cuanto les poda ser til. Es tambin de
notar que todos estos bienhechores y guas de la humanidad han sido
terriblemente sanguinarios. Por consiguiente, no slo los grandes
hombres sino todos aquellos que se elevan sobre el nivel comn y
que son capaces de decir alguna cosa nueva, deben, en virtud de su
naturaleza propia, ser necesariamente delincuentes, en mayor o menor
grado, segn los casos. De otro modo, sera imposible salir de la
rutina; y quedarse en ella, es cosa en que no pueden consentir, pues,
a mi manera de ver, su propio deber se lo prohibe. En resumen, ya ve
usted que aqu no hay nada de particular y nuevo en mi artculo. Esto
ha sido dicho e impreso mil veces. En cuanto a mi clasificacin de
personas en ordinarias y extraordinarias, reconozco que es un poco
caprichosa, pero dejo a un lado la cuestin de cifras, a la que doy
poca importancia. Creo nicamente que en el fondo mi pensamiento es
justo. Este pensamiento se resume diciendo que la Naturaleza divide
a los hombres en dos categoras: la una inferior, la de los hombres
ordinarios, cuya sola misin es la de reproducir seres semejantes a
s mismos; la otra, superior, que comprende los hombres que poseen
el don o el talento de hacer or una palabra nueva. Claro es que las
subdivisiones son innumerables; pero las dos categoras presentan
rasgos distintivos bastante determinados. Pertenecen a la primera,
de una manera general, los conservadores, los hombres de orden que
viven en la obediencia y que la aman. En mi opinin estn obligados
a obedecer, porque tal es su destino, y porque esto no tiene nada de
humillante para ellos. El segundo grupo se compone exclusivamente
de hombres que violan la ley o tienden, segn sus medios, a violar;
sus delitos son naturalmente relativos y de una gravedad variable.
La mayor parte reclama la destruccin de lo que es, en nombre de lo
que debe ser. Mas si por su idea deben verter la sangre y pasar por
encima de cadveres, pueden en conciencia hacer ambas cosas en inters
de su idea, por supuesto. En ese sentido, mi artculo reconoca el
derecho al crimen (recuerda usted que nuestro punto de partida ha
sido una cuestin jurdica?). Por otra parte, no hay que inquietarse
mucho; casi siempre la masa les niega ese derecho, los decapita o los
cuelga, y obrando de esta suerte, cumple con mucha justicia su misin
conservadora hasta el da, si bien es verdad que esta misma masa erige
estatuas a los supliciados y los venera alguna que otra vez. El primer
grupo es siempre dueo del presente, el segundo lo es del porvenir. El
uno conserva el mundo y multiplica los habitantes; el otro, mueve al
mundo y lo conduce a su objeto. Estos y aqullos tienen absolutamente
el mismo derecho a la existencia y viva la guerra eterna! Hasta la
nueva Jerusaln, por supuesto...

--De modo que usted cree en la nueva Jerusaln.

--S que creo--respondi enrgicamente Raskolnikoff, que durante su
largo discurso haba tenido los ojos bajos mirando obstinadamente un
punto del tapete.

--Y cree usted en Dios? Perdneme usted esta curiosidad.

--S que creo--repiti el joven mirando a Porfirio.

--Y en la resurreccin de Lzaro?

--S. Por qu me lo pregunta usted?

--Y cree usted al pie de la letra?

--Al pie de la letra.

--Dispense usted que le haga estas preguntas, esto me interesaba; pero,
permtame, vuelvo al asunto de que hablbamos antes; no se ejecuta
siempre a esos hombres extraordinarios; hay algunos, por lo contrario,
que...

--Que triunfan en vida? Oh, s! esto ocurre, y entonces...

--Son ellos los que llevan al suplicio a los otros.

--Cuando es preciso. Y a decir verdad, se es el caso ms frecuente. En
general, la observacin es muy exacta.

--Muchas gracias. Pero, dgame usted, cmo pueden distinguirse los
hombres extraordinarios de los ordinarios? Traen al nacer alguna
seal? Soy de parecer que convendra un poco ms de exactitud, una
limitacin en cierto modo ms clara. Dispense usted esta inquietud
natural en un hombre prctico y bien intencionado; pero, no podran
llevar un traje particular, un emblema cualquiera? Porque, figrese
usted... si se produce una confusin, si un individuo de una categora
se figura que es de otra, y se pone, segn la expresin feliz de usted,
a suprimir todos los obstculos...

--Eso ocurre con mucha frecuencia; esa observacin es ms sutil an que
la primera.

--Muchas gracias.

--No hay de qu darlas. Pero considere usted que el error slo es
posible en la primera categora, es decir, en aquellos que he llamado
quiz con impropiedad hombres ordinarios. No obstante su tendencia
innata a desobedecer, muchos de ellos, por efecto de un juego de la
Naturaleza, se consideran hombres de la vanguardia, demoledores,
y se creen llamados a hacer or la palabra nueva, y esta ilusin
es en ellos muy sincera. Al mismo tiempo no conocen de ordinario a
los verdaderos innovadores y los desprecian como a gentes atrasadas
y sin elevacin de espritu. Pero yo creo que no hay en eso un
verdadero peligro y que no debe usted inquietarse, porque ellos no
van muy lejos; sin duda se podra azotarlos como castigo a su error y
volverlos de nuevo a su puesto; pero de todos modos, no hay necesidad
de molestar al ejecutor: ellos mismos se aplican la disciplina, porque
son personas muy morales y unas veces se prestan los unos a los otros
estos servicios y otras veces se azotan ellos por sus propias manos...
Ocasiones hay en que ellos mismos se imponen diversas penitencias
pblicas, lo que no deja de ser edificante; no debe usted preocuparse
por ellos.

--Vamos! Por esta parte al menos, me ha tranquilizado usted; pero
hay una cosa que todava me preocupa: dgame usted, si le place, hay
muchas personas extraordinarias que tienen el derecho de asesinar a
las otras? Pronto estoy a inclinarme ante ellas; pero si son muchas,
confiese usted que la cosa ser bastante desagradable.

--Tampoco por eso se debe usted inquietar--prosigui en el mismo tono
Raskolnikoff--. En general, nace un nmero muy escaso de hombres con
una idea nueva, ni aun capaces de darse cuenta de lo que es nuevo. Es
evidente que el reparto de los nacimientos en las diversas categoras
y subdivisiones de la especie humana, debe de estar estrictamente
determinado por una ley de la Naturaleza. Claro es que esta ley nos
es desconocida; pero yo creo que existe y que llegar a descubrirse
algn da. Una enorme masa de gente slo ha venido a la tierra para
dar al mundo, despus de largos y misteriosos cruzamientos de razas,
un hombre que, entre mil, poseer alguna independencia; a medida que
va aumentando el grado de independencia no se encuentra ms que un
hombre por cada diez mil, o por cada cien mil (son cifras aproximadas).
Se cuenta un genio entre muchos millones de individuos, y quiz pasan
millares de millones de hombres sobre la tierra, antes de que surja
una de esas altas inteligencias que renuevan la faz del mundo. En una
palabra, yo no he ido a mirar en la retorta en que todo eso se opera;
pero hay, debe de haber una ley fija. En esto no puede existir el azar.

--Pero, qu es eso? Os estis burlando los dos?--grit Razumikin--.
Esto es una comedia. Se estn divirtiendo el uno a costa del otro!
Hablas con formalidad, Rodia?

Sin responderle, Raskolnikoff levant hacia l su rostro plido en
el que se pintaba cierta expresin de sufrimiento. Al observar la
fisonoma tranquila y triste de su amigo, Razumikin encontr extrao el
tono custico, provocador y descorts que haba tomado Porfirio. Luego
dijo:

--S, amigo mo, en efecto, esto es serio... Sin duda tiene razn al
decir que no es nuevo y que se parece a todo lo que hemos odo y ledo
mil veces; pero lo que hay en ello verdaderamente original y que te
pertenece realmente es, siento decirlo, eso del derecho de derramar
sangre que concedes o prohibes, perdname, con tanto fanatismo... He
aqu, por consiguiente, el pensamiento principal de tu artculo. Esa
autorizacin moral de matar es, a mi entender, ms espantosa que lo
sera la autorizacin legal, oficial...

--Exacto, ms espantosa--afirm Porfirio.

--No. La expresin ha ido ms all de tu pensamiento; no es eso lo que
has querido decir; yo leer tu artculo. Sucede, que hablando suele ir
uno ms lejos de lo que se propona. T no puedes pensar tal cosa; yo
lo leer.

--No hay nada de eso en mi artculo; apenas he tocado esa
cuestin--dijo Raskolnikoff.

--S, s--repuso el juez--; ahora comprendo sobre poco ms o menos la
manera que tiene usted de considerar el crimen; pero... perdone usted
mi insistencia. Si un joven se imagina ser un Licurgo o un Mahoma...
futuro, no hay que decir que comenzar por suprimir cuantos obstculos
le impidan cumplir su misin. Este tal me dira: Yo emprendo una larga
campaa, y para una campaa hace falta dinero... Esto supuesto, se
procurara recursos... Ya adivina usted de qu manera...

Al or estas palabras, Zametoff refunfu, no sabemos qu, en su
rincn. Raskolnikoff no le mir siquiera.

--Obligado estoy a reconocer--respondi ste con calma--que, en efecto,
existirn algunos de estos casos. Eso es un lazo que el amor propio
tiende a los vanidosos y a los tontos. Los jvenes, sobre todo, se
dejan cazar con l.

--Lo est usted viendo?

--Y qu? Yo no tengo la culpa: sucede y suceder siempre. Hace
un momento, este amigo nuestro me reprenda por autorizar el
asesinato--aadi sealando a Razumikin--; qu importa? Acaso no
est la sociedad suficientemente protegida por las deportaciones,
las crceles, los jueces de instruccin y los presidios? Por qu
inquietarse? Buscad al ladrn!

--Y si le encontramos?

--Peor para l.

--Por lo menos usted es lgico; pero qu le dira su conciencia?

--Y a usted qu le importa eso?

--Es una cuestin que interesa al sentimiento humano.

--El que tiene conciencia sufre reconociendo su error; se es su
castigo, independientemente del presidio.

--De modo--pregunt Razumikin, frunciendo el entrecejo--, que los
hombres de genio, aquellos a quienes les es concedido el derecho de
matar, no deben experimentar ningn sufrimiento al derramar sangre?

--Qu quiere decir eso de no deben? El sufrimiento no se permite ni
se prohibe. Que sufran si tienen piedad de su vctima... El sufrimiento
acompaa siempre a una conciencia amplia y a un corazn profundo. Los
hombres verdaderamente grandes, deben, me parece a m, experimentar
honda tristeza en la tierra--aadi Raskolnikoff, acometido de sbita
melancola, que formaba contraste con la conversacin precedente.

Levant los ojos, mir a todos los que estaban en la sala con aire
soador, sonri y tom su gorra. Estaba muy tranquilo, con la
comparacin, con la actitud que tena cuando entr, y se daba cuenta de
ello.

Todos se levantaron.

Porfirio Petrovitch volvi a la carga.

--Puede usted injuriarme o incomodarse o no conmigo; pero mi deseo es
ms fuerte que yo y es menester que le dirija todava una pregunta.
Verdaderamente me avergenza abusar de usted de este modo... En tanto
que pienso en esto, y para no olvidarla, quisiera comunicar a usted una
idea que se me ha ocurrido...

--Bueno!... diga usted su idea--respondi Raskolnikoff en pie, plido
y serio, frente al juez de instruccin.

--Ver usted... verdaderamente no s cmo expresarme... es una idea muy
extraa, psicolgica... Al escribir su artculo, es muy probable...
que se considerase usted como uno de esos hombres extraordinarios de
quienes hablaba hace poco... No es as?

--Es muy posible--respondi desdeosamente Raskolnikoff.

Razumikin hizo un movimiento.

--Si eso fuese as, no estara usted decidido, ya para triunfar de
dificultades materiales, ya para facilitar el progreso de la humanidad,
no se decidira usted repito, a franquear el obstculo, por ejemplo...
a matar y a robar?

Al mismo tiempo guiaba el ojo izquierdo y se rea silenciosamente como
antes.

--Si estuviese decidido a eso, no lo dira a usted--replic
Raskolnikoff con acento altanero de desafo.

--Mi pregunta no tena ms objeto que el de una curiosidad literaria;
la he hecho nicamente con el fin de penetrar el sentido del artculo
de usted.

Oh qu lazo tan grosero! Qu malicia prendida con alfileres!--pens
Raskolnikoff con algo de desprecio.

--Permtame usted que le diga--respondi secamente--que yo no me creo
ni un Mahoma, ni un Napolen, ni ningn otro personaje de este gnero:
por consiguiente, no puedo explicarle a usted lo que yo hara si
estuviese en lugar de ellos.

--Quin hay ahora en Rusia que no se crea un Napolen?--dijo con
brusca familiaridad el juez instructor.

Esta vez tambin la entonacin de su voz delataba un segundo fin.

--Ser acaso un futuro Napolen el que ha matado a Alena Ivanovna esta
semana ltima?--salt, de repente, desde su rincn Zametoff.

Sin pronunciar una palabra, Raskolnikoff fij en Porfirio una mirada
fra y penetrante. Las facciones de Razumikin se contrajeron. Un rato
haca ya que pareca dudar de algo. Pase en torno suyo una mirada
irritada. Durante un minuto rein sombro silencio. Raskolnikoff se
dispuso a salir.

--Se marcha usted ya?--dijo cariosamente Porfirio tendiendo la
mano al joven con extrema amabilidad--. Estoy encantado de haberle
conocido. En cuanto a su solicitud, est usted tranquilo. Escriba en
el sentido que le he dicho. O ms vale que venga usted a verme uno de
estos das... maana, por ejemplo. Estar aqu sin falta a las once.
Lo arreglaremos todo y hablaremos un poco... Como usted es uno de los
ltimos que ha estado _all_, podr quiz decirnos algo--aadi en tono
de campesino el juez de instruccin.

--Trata usted de interrogarme en toda regla?--pregunt secamente
Raskolnikoff.

--De ninguna manera. No se trata de tal cosa en este momento. No
me ha comprendido usted. Yo aprovecho todas las ocasiones, y... he
hablado ya con todos los que tenan objetos empeados en casa de la
vctima... Muchos me han suministrado datos interesantes... y como
usted es el ltimo que estuvo... A propsito--exclam con sbita
alegra--, es una suerte que haya pensado... ya se me olvidaba...
(al decir esto se volvi hacia Razumikin); el otro da me mareaba a
propsito de ese Mikolai... pues mira, estoy cierto, convencido de su
inocencia--prosigui dirigindose a Raskolnikoff--. Pero, qu hacer?
Ha sido preciso tambin molestar a Mitka. He aqu lo que yo quera
preguntar a usted: Al subir la escalera de la casa... permtame usted
que se lo pregunte, era entre siete y ocho cuando estuvo all?

--S--respondi, y en seguida sinti haber dado esta respuesta, que no
tena necesidad de dar.

--Bueno. Al subir la escalera entre siete y ocho, no vi usted en el
segundo piso, en un cuarto cuya puerta estaba abierta, no recuerda
usted?, a dos obreros, o por lo menos uno de ellos, que estaba pintando
la habitacin? No repar usted? Eso es muy importante para los dos
obreros.

--Pintores? No, no los vi...--respondi lentamente Raskolnikoff, como
si tratase de recordar.

Durante un segundo, puso en tensin violenta todos los resortes de su
espritu para descubrir con claridad qu lazo ocultaba la pregunta
hecha por el juez de instruccin.

--No, no los vi ni advert tampoco si estaba abierto el
cuarto--continu muy contento de haber descubierto la trampa--; de lo
que s me acuerdo es que del cuarto piso el empleado que viva enfrente
de Alena Ivanovna estaba de mudanza. Lo recuerdo muy bien, porque
tropec con dos soldados que llevaban un sof y tuve necesidad de
arrimarme a la pared... Pero lo que es pintores, no recuerdo haberlos
visto, ni tampoco de si alguna puerta estaba abierta. No, no lo vi...

--Pero qu ests diciendo!--grit de repente Razumikin, que hasta
entonces haba estado como reflexionando--: Si fu el mismo da del
asesinato cuando los pintores trabajaban en ese cuarto y Rodia estuvo
dos das antes en la casa, por qu le haces esa pregunta?

--Calle! pues es verdad, he confundido las fechas--exclam Porfirio
dndose una palmada en la frente--. Qu diablos! este asunto me
hace perder la cabeza--aadi a modo de excusa dirigindose a
Raskolnikoff--. Es tan importante saber si alguno los ha visto en el
cuarto entre siete y ocho, que sin pararme a reflexionar he credo
obtener de usted esta aclaracin... He confundido los das.

--Pues convendra fijarse ms--gru Razumikin.

Estas ltimas palabras fueron dichas en la antesala. Porfirio acompa
amablemente a sus visitantes hasta la puerta. Estos estaban tristes
y sombros cuando salieron de la casa y anduvieron muchos pasos sin
cambiar una palabra. Raskolnikoff respiraba como hombre que acababa de
atravesar por una prueba penosa.


VI

--No lo creo. No puedo creerlo--repeta Razumikin, que haca toda clase
de esfuerzos para rechazar las conclusiones de Raskolnikoff.

Estaban ya cerca de la casa Bakalaieff en donde haca largo tiempo los
esperaban Pulkeria Alexandrovna y Dunia.

En el calor de la discusin, Razumikin se detena a cada instante
en medio de la calle; estaba muy agitado, porque era la primera vez
que los dos jvenes hablaban de _aquello_ sin valerse de palabras
encubiertas.

--No lo creas si no quieres--respondi con fra e indiferente sonrisa
Raskolnikoff--. T, segn tu costumbre, nada has advertido; pero yo, yo
he pesado cada palabra.

--T eres desconfiado; por eso descubres en todas partes segundas
intenciones. Hum!... Reconozco, en efecto, que el tono de Porfirio era
bastante extrao y sobre todo el de ese bribn de Zametoff... Tienes
razn, se adverta en l no s qu... pero cmo puede ser esto?

--Habr cambiado de opinin desde ayer.

--No, te engaas. Si tuviesen tan estpida idea, habran, por el
contrario, puesto mucho cuidado en disimularla; habran ocultado su
juego a fin de inspirarte una engaosa confianza, esperando el momento
oportuno para descubrir sus bateras... En la hiptesis en que te
colocas, su manera de proceder hoy sera tan torpe como desvergonzada...

--Si tuviesen pruebas, hablo de pruebas serias o de presunciones un
tanto fundadas, cierto que sin duda se esforzaran en ocultar su juego
con la esperanza de obtener nuevas ventajas sobre m. (Adems, habran
hecho un registro en mi domicilio.) Pero no tienen pruebas, ni una
sola; todo se reduce a conjeturas gratuitas, a suposiciones que no se
apoyan en nada real, y por eso proceden descaradamente. Quiz no haya
en todo ello ms que el despecho de Porfirio, que rabia por no tener
pruebas. Puede tambin que tenga intenciones... Parece inteligente;
acaso haya querido asustarme... Por lo dems, es repugnante ocuparse en
estas cosas. Dejmoslas.

--Es odioso, odioso! Te comprendo. Pero... puesto que tratamos
francamente de este asunto (y creo que hemos hecho bien), no vacilo en
confesarte que desde hace mucho tiempo haba advertido en ellos esa
idea. Cierto que no se atrevan a formularla, que este pensamiento
flotaba en su espritu en el estado de duda vaga; pero demasiado es
ya que hayan podido acogerla, aun bajo tal forma. Y qu es lo que
ha podido despertar en ellos tan abominables sospechas? Si supieras
cunto furor me han hecho sentir! Cmo! Un pobre estudiante agobiado
por la miseria y la hipocondra, en vsperas de enfermedad grave que
exista ya en l; un joven desconfiado, lleno de amor propio, que
tiene la conciencia de su valer, encerrado desde hace seis meses en
su habitacin sin ver a nadie; que se presenta vestido de harapos,
calzado con botas sin suela, ante miserables polizontes, cuya
insolencia soporta, a quien se reclama a quema ropa el pago de una
letra de cambio protestada, en una sala llena de gente y en donde hace
un calor de treinta grados Ramur y cuyo aire est impregnado de olor
insoportable de la pintura reciente... porque el desgraciado se desmaya
al or hablar de una persona en cuya casa ha estado la vspera y porque
adems tiene el estmago vaco... hay motivos para sospechar de l?
En tales condiciones, cmo no haba de desmayarse? Y pensar que
tales suposiciones caen sobre este desmayo! Tal es el punto de partida
de la acusacin. Vyanse al diablo! Comprendo que todo esto te ser
mortificante; pero yo, en tu lugar, Rodia, me reira de ellos en sus
barbas, o mejor an, les lanzara al rostro mi desprecio en forma de
salivazos; de este modo acabara yo con ellos. Valor! Escpeles! Es
vergonzoso!

Se ha despachado, convencido de lo que dice--pens Raskolnikoff.

--Escupirles al rostro!... Es fcil decirlo. Pero maana otro
interrogatorio!--respondi tristemente--; ser menester que yo me
rebaje hasta dar explicaciones. Ya consent ayer en hablar con Zametoff
en el _traktir_.

--Que se vayan al infierno! Ir a casa de Porfirio. Es mi pariente,
y de esta circunstancia me aprovechar para meterle los dedos en la
boca; tendr que hacerme su confesin completa. En cuanto a Zametoff...
Espera!--grit Razumikin, asiendo de repente a su amigo por el
brazo--espera! Divagabas hace poco. Despus de reflexionar, estoy
convencido de que divagabas. En dnde ves la astucia? Dices que la
pregunta relativa a los obreros ocultaba un lazo? Razona un poco. Si t
hubieras hecho _eso_, habras sido tan estpido de decir que habas
visto a los pintores trabajando en el cuarto del segundo piso? Por
el contrario, aunque los hubieses visto, lo habras negado. Quin a
sabiendas hace confesiones que pueden comprometerle?

--Si yo hubiese hecho _tal cosa_, no habra dejado de decir que haba
visto a los obreros--repuso Raskolnikoff, que pareca sostener aquella
conversacin con violento disgusto.

--Para qu decir cosas perjudiciales a los propios intereses?

--Porque solamente los _mujiks_ y las personas ms limitadas lo
niegan todo sistemticamente. Un acusado, por poco inteligente que
sea, confiesa en lo posible todos los hechos materiales cuya vanidad
tratara en vano de destruir; se contrae a explicarlos de otra manera,
modifica su significacin y los presenta bajo un nuevo aspecto. Segn
todas las probabilidades, Porfirio contaba con que yo respondera s;
crea que, para dar mayor verosimilitud a mis confesiones, declarara
haber visto a los obreros, aunque explicando en seguida el hecho en un
sentido favorable a mi causa.

--Pero l hubiera respondido en seguida que la antevspera del crimen
los obreros no estaban all, y que, por consiguiente, t habas estado
en la casa el da mismo del asesinato entre seis y siete.

--Porfirio contaba que yo no tendra tiempo de reflexionar, y con que
obligado a responder de la manera ms verosmil habra olvidado esa
circunstancia: la imposibilidad de la presencia de los obreros en la
casa dos das antes del crimen.

--Pero, cmo olvidarlo?

--Nada ms fcil. Estos pormenores son el escollo de los maliciosos;
respondiendo a ellos es como se da un traspis en los interrogatorios.
Cuanto ms agudo es un hombre, menos sospecha de las preguntas
insignificantes. Porfirio lo sabe. Es mucho ms listo de lo que t
supones.

--Eso quiere decir que es un pillo.

Raskolnikoff no pudo menos de rerse; pero en el mismo instante se
asombr de haber dado la misma explicacin con verdadero placer, l,
que hasta entonces haba seguido la conversacin a regaadientes y
porque no poda menos.

Habr tomado yo gusto a estas cuestiones?--pensaba.

Pero casi al mismo tiempo sintise acometido de sbita inquietud, que
bien pronto lleg a ser intolerable.

Los dos jvenes encontrbanse ya a la puerta de la casa Bakalaieff.

--Entra solo--dijo bruscamente Raskolnikoff--; vuelvo en seguida.

--A dnde vas? Hemos llegado ya?

--Tengo una cosa que hacer... Estar aqu dentro de media hora... T
les dirs...

--Bueno, te acompao.

--Pero has jurado tambin t perseguirme hasta la muerte?

Lanz esta exclamacin con tal acento de furor y con tono tan
desesperado, que Razumikin no se atrevi a insistir. Permaneci un rato
en el umbral siguiendo con mirada sombra a Raskolnikoff, que caminaba
aceleradamente en direccin a su domicilio. Por ltimo, despus de
haber rechinado los dientes apret los puos y prometindose a s mismo
estrujar aquel mismo da a Porfirio como un limn, subi a casa de las
seoras para tranquilizar a Pulkeria Alexandrovna, inquieta ya por tan
largo retraso.

Cuando Raskolnikoff lleg a su casa tena las sienes hmedas de sudor,
y respiraba penosamente. Subi los escalones de cuatro en cuatro, entr
en su habitacin, que haba quedado abierta y la cerr con el pestillo.
En seguida, todo aterrorizado, corri al escondite, meti la mano
bajo la tapicera y explor el agujero en todos sentidos. No habiendo
encontrado nada despus de registrarlo cuidadosamente, se levant y
lanz un suspiro de satisfaccin. Poco antes, en el momento en que se
aproximaba a la casa Bakalaieff, le asalt la idea de que alguno de los
objetos robados habra podido deslizarse en las hendiduras de la pared:
si llegaban a encontrar all una cadena de reloj, un gemelo o algunos
de los papeles que envolvan las alhajas y que tenan anotaciones
escritas por mano de la vieja, qu prueba de conviccin entonces en
contra suya!

Y qued sumido en un vago sueo, mientras apareca en sus labios una
sonrisa extraa y casi estpida. Al cabo tom su gorra y sali sin
ruido de la casa. Baj pensativo la escalera y lleg a la puerta de la
calle.

--Ah lo tiene usted--grit una voz.

El joven levant la cabeza. El portero, en pie en el umbral de su
habitacin, sealaba a Raskolnikoff, mostrndoselo a un hombre de baja
estatura y de aspecto burgus. Este individuo iba vestido con una
especie de _khalat_ y un chaleco; de lejos hubiera podido tomrsele por
un campesino. Llevaba una gorra muy grasienta y andaba muy encorvado.
A juzgar por las arrugas de su marchito rostro, deba de tener ms de
cincuenta aos. Sus ojillos expresaban dureza y disgusto.

--Qu es eso?--pregunt acercndose al _dvornik_.

El burgus le mir de soslayo, lo examin atentamente sin decir una
palabra, volvi la espalda y se alej de la casa.

--Pero, qu significa esto?--grit Raskolnikoff.

--Es un hombre que ha venido aqu a ver si viva un estudiante. Ha
dicho el nombre de usted y ha preguntado qu cuarto ocupaba usted. En
esto ha bajado usted y le he dicho se es y se ha ido.

El _dvornik_ estaba tambin un poco asombrado; pero no con exceso.
Despus de haber reflexionado un poco, entr en su cochitril.

Raskolnikoff se lanz tras de las huellas del burgus. Apenas sali de
la casa tom el otro lado de la calle. El desconocido andaba con paso
lento y regular, los ojos bajos y aire pensativo. El joven hubiera
podido alcanzarle en seguida; pero durante algn tiempo se limit a ir
al mismo paso que l; al fin se coloc a su lado y le mir oblicuamente
el rostro. El burgus lo advirti en seguida, le dirigi una rpida
ojeada y baj los ojos; durante un minuto caminaron juntos de esta
suerte sin decir una palabra.

--Usted ha preguntado por m al _dvornik_...--comenz a decir
Raskolnikoff sin levantar la voz.

El burgus no respondi, ni mir siquiera al que le hablaba. Hubo un
nuevo silencio.

--Usted ha venido a preguntar por m... y ahora se calla. Qu quiere
decir esto?--aadi Raskolnikoff con voz entrecortada: pareca que las
palabras salan con trabajo de sus labios.

Esta vez el burgus levant los ojos y mir al joven con expresin
siniestra.

--Asesino!--dijo bruscamente en voz baja, pero clara y distinta.

Raskolnikoff, que marchaba a su lado, sinti que sus piernas se
doblaban y que un fro estremecimiento le corra por la espalda.
Durante un segundo su corazn desfalleci; despus se puso a latir con
extraordinaria violencia.

Los dos hombres anduvieron cosa de un centenar de pasos, sin proferir
una sola palabra. El burgus no miraba a su compaero.

--Pero qu es lo que usted dice?... quin es un asesino?--balbuce
Raskolnikoff con voz casi ininteligible.

--T eres el asesino--replic el otro recalcando sus palabras con ms
precisin y energa que antes, al mismo tiempo que en sus labios se
dibujaba la sonrisa del odio triunfante y miraba fijamente el plido
rostro de Raskolnikoff, cuyos ojos se haban puesto vidriosos.

Se aproximaban en aquel momento a una encrucijada. El burgus tom por
una calle a la derecha y continu su camino sin volver la vista atrs.

Raskolnikoff le dej alejarse, pero le sigui largo tiempo con la
mirada. Despus de haber andado cincuenta pasos el desconocido se
volvi para observar al joven que continuaba como clavado en el mismo
sitio. La distancia no le permita ver bien; sin embargo, Raskolnikoff
crey advertir que aquel individuo le miraba todava sonriendo con
expresin de odio fro y triunfante.

Helado de espanto, con las piernas temblorosas, volvi como pudo a su
casa y subi a su cuarto. Cuando hubo dejado la gorra sobre la mesa,
permaneci de pie inmvil durante diez minutos. Luego, extenuado, se
ech en el sof y se extendi lnguidamente lanzando un dbil suspiro.
Al cabo de media hora sonaron pasos apresurados, y al mismo tiempo
Raskolnikoff oy la voz de Razumikin; el joven cerr los ojos y se
hizo el dormido. Razumikin abri la puerta y durante algunos minutos
permaneci irresoluto en el umbral. En seguida entr suavemente en la
sala y se aproxim con precaucin al sof.

--No le despiertes! djale dormir tranquilo! Comer ms tarde--dijo
en voz baja Anastasia.

--Tienes razn--respondi Razumikin.

Salieron andando de puntillas y empujaron la puerta. Pas otra media
hora, al cabo de la cual Raskolnikoff abri los ojos, se tendi con
brusco movimiento boca arriba y coloc las manos debajo de la cabeza.

--Quin es, quin es ese hombre salido de debajo de la tierra? Dnde
estaba y qu ha visto? Lo ha visto todo, es indudable. Dnde se
encontraba y desde qu sitio pudo ver aquella escena? Cmo se explica
que no haya dado ms pronto seales de vida? Cmo ha podido ver...?
Es esto posible?--continu Raskolnikoff, presa de un fro glacial--. Y
el encontrar Mikolai el estuche debajo de la puerta, era tambin cosa
que no poda suponerse?

Comprenda que las fuerzas le abandonaban y experimentaba un violento
disgusto de s mismo.

--Yo deba suponer esto!--pens con amarga sonrisa--. Cmo me
he atrevido, conocindome, previendo lo que ocurrira, cmo me he
atrevido a empuar un hacha y a verter sangre? Estaba obligado a saber
de antemano lo que iba a acontecerme... y lo saba!...--murmur
desesperado.

A veces se detena ante este pensamiento.

--No, los hombres extraordinarios no estn hechos como yo: el verdadero
_amo_ a quien le es permitido todo, caonea a Toln, mata en Pars,
olvida un ejrcito en Egipto, pierde medio milln de hombres en la
batalla de Moscou y sale de una situacin embarazosa en Vilna merced a
un retrucano; despus de su muerte, se le erigen estatuas en prueba de
que todo le es permitido. No, esas personas no estn hechas de carne
sino de bronce.

Una idea que se le ocurri de repente le hizo casi rer.

--Napolen, las Pirmides, Waterloo y una vieja criada de un
registrador de colegio, una innoble usurera que tiene un cofre
forrado de piel encarnada bajo la cama!... Cmo digerira Porfirio
Petrovitch semejante comparacin?... La esttica se opone a ello: Por
ventura Napolen se hubiera metido debajo de la cama de una vieja?,
preguntara sin duda. Vaya una tontera!

De tiempo en tiempo senta que casi deliraba; hallbase en estado de
exaltacin febril. Despus continuaba, interrumpindose a cada momento:

--La vieja no significa nada--se deca en un acceso--. Supongamos
que su muerte sea un error; no se trata de ella. La vieja no ha sido
ms que un accidente... yo quera saltar el obstculo lo ms pronto
posible... no es una criatura humana lo que yo he matado, es un
principio. He matado el principio, pero no he sabido pasar por encima!
Me he quedado del lado de ac; no he sabido ms que matar. Y tampoco,
por lo visto, me ha resultado bien esto... un principio! Por qu
hace poco ese estpido de Razumikin atacaba a los socialistas? Son
laboriosos, hombres de negocios, se ocupan en el bienestar de la
humanidad... No, yo no tengo ms que una vida, yo no puedo esperar
la felicidad universal. Yo quiero vivir tambin; de otro modo, mejor
es no existir. Yo no quiero pasar al lado de una madre hambrienta
apretando mi rublo en el bolsillo a pretexto de que un da todo el
mundo ser feliz. Yo llevo, se dice, mi piedra al edificio universal,
y esto basta para poner mi corazn en paz. Ah, ah! por qu os habis
olvidado de m? Puesto que yo no tengo ms que un perodo de tiempo
para vivir, quiero en seguida mi parte de felicidad... yo soy un
gusanillo esttico nada ms, nada ms--aadi riendo de repente como
un loco, y se aferr a esta idea, experimentando un agrio placer al
sondarla en todos sentidos y a darle vueltas por todos los lados--. S,
en efecto, yo soy un gusanillo, por el hecho solo de que medito ahora
sobre la cuestin de averiguar lo que soy. Adems, porque durante un
mes he estado fastidiando a la divina Providencia tomndola sin cesar
por testigo de que yo me decida a esta empresa, no para procurarme
satisfacciones materiales, sino en vista de un objeto grandioso. Ah!
Ah! en tercer lugar, porque en la ejecucin he querido proceder con
toda justicia; entre todos los gusanos he escogido el ms daino, y
al matarle contaba con tomar nada ms que lo preciso para asegurar
mis comienzos en la vida, ni ms ni menos (el resto hubiera ido al
monasterio, al cual haba legado la vieja su fortuna). Ah! Ah!... Soy
definitivamente un gusano--aadi rechinando los dientes--, porque soy
ms vil y ms innoble que el gusano que he matado, y porque _presenta_
que despus de haberlo matado, dira lo que estoy diciendo. Hay algo
comparable con semejante terror? Oh necedad, oh necedad!... Comprendo
al Profeta a caballo, con la cimitarra en la mano! Al lo quiere!
obedece, temblorosa criatura! Tiene razn, tiene razn el Profeta
cuando coloca una tropa al travs de la calle y hiere indistintamente
al justo y al culpable sin dignarse siquiera dar explicaciones!
Obedece, temblorosa criatura, y _gurdate de querer_, porque eso no es
cosa tuya!... Oh, jams! jams perdonara yo a la vieja!

Tena los cabellos empapados en sudor, sus labios secos se agitaban y
su mirada inmvil no se apartaba del techo.

--Cunto amaba yo a mi madre y a mi hermana! De qu procede que
ahora las deteste? S, las detesto, las odio fsicamente, no puedo
soportarlas cerca de m! Hace poco me he acercado a mi madre y la he
besado, bien me acuerdo; abrazarla pensando que si ella supiese...!
Oh, cunto odio ahora a la vieja! Creo que si volviera a la vida
la matara otra vez!... Pobre Isabel!, por qu la llev all la
casualidad? Es extrao, sin embargo, que piense en ella, como si no la
hubiese matado... Isabel! Sonia! Pobres criaturas de ojos azules!...
Por qu no lloran? Por qu no gimen?... Vctimas resignadas, todo lo
aceptan en silencio... Sonia, Sonia, dulce Sonia!

Perdi la conciencia de s mismo y con gran sorpresa advirti que
estaba en la calle. Era ya entrada la noche. Aumentaban las tinieblas,
la luna llena brillaba con resplandor cada vez ms vivo, pero la
atmsfera era sofocante. Haba mucha gente en las calles; los obreros
y los hombres ocupados volvan apresuradamente a sus casas; los otros
se paseaban. Flotaba en la atmsfera olor de cal, de polvo, de agua
cenagosa. Raskolnikoff andaba disgustado y preocupado. Recordaba
perfectamente que haba salido de su casa con algn objeto, que
tena que hacer una cosa urgente; pero cual? La haba olvidado.
Bruscamente advirti que desde la acera de enfrente un hombre le
haca seas con la mano; cruz la calle para juntarse con l, pero,
de repente, este hombre gir sobre sus talones, y, como si tal cosa,
continu su marcha con la cabeza baja, sin volverse, sin parecer que
llamaba a Raskolnikoff. Me habr engaado?--pens este ltimo, y
se puso a seguirle. Antes de haber andado diez pasos, lo reconoci
de improviso y se aterr: era el burgus de antes, encorvado, con el
mismo traje. Raskolnikoff, cuyo corazn lata con fuerza, marchaba a
alguna distancia; entraron en un _pereulok_. El hombre no se volva.
Sabe que le sigo?--se preguntaba Raskolnikoff. El burgus franque
el umbral de una gran casa. Raskolnikoff avanz vivamente hacia la
puerta y se puso a mirar, pensando que quiz aquel misterioso personaje
se volvera para llamarle. En efecto, cuando el burgus estuvo en el
zagun, se volvi bruscamente y pareci llamar con un gesto al joven.
Este se apresur a entrar en la casa; pero cuando estuvo en el patio
no vi al burgus. Presumiendo que aquel hombre habra tomado por la
primera escalera, Raskolnikoff se puso a subir detrs de l. En efecto,
dos pisos ms arriba se oan resonar los pasos lentos y regulares en
los peldaos. Cosa extraa; le pareca reconocer aquella escalera. He
aqu la ventana del primer piso. La luz de la luna misteriosa y triste,
se filtraba al travs del vidrio; he aqu el segundo piso. Bah! Este
es el cuarto en que trabajaban los pintores. Cmo no haba reconocido
en seguida la casa? Los pasos del hombre que le preceda cesaron de
orse. Se ha detenido de seguro u ocultado en alguna parte. He aqu
el tercer piso: subir ms arriba? Qu silencio! Este silencio es
terrible! Sin embargo, sigui subiendo la escalera. Le daba miedo el
rumor de sus propios pasos. Dios mo! Qu obscuro est! El burgus
se ha ocultado seguramente aqu en un rincn. Ah! El cuarto que daba
al rellano estaba abierto de par en par. Raskolnikoff reflexion un
instante; despus entr. Hall la antesala completamente vaca y muy
obscura. El joven pas a la sala marchando de puntillas. La luz de la
luna daba de lleno sobre esta sala y la iluminaba por completo; el
mobiliario no haba cambiado. Raskolnikoff encontr en sus antiguos
puestos las sillas, el espejo, el sof amarillo y los cuadros. Por
la ventana se vea la luna, cuya enorme faz redonda tena un color
cobrizo. Largo tiempo esper en medio de un profundo silencio. De
repente, oy un ruido seco, como el de una tabla que se rompe. Despus
volvi a quedar todo en silencio. Una mosca que se haba despertado fu
volando a chocar contra el vidrio y se puso a zumbar lastimeramente. En
el mismo instante, en un rincn, entre el armarito y la ventana crey
notar que haba un manto de mujer colgado en la pared. Por qu est
este manto aqu?--pens--; antes no estaba. Se aproxim cautelosamente
sospechando que tras de aquel vestido deba de haber alguien oculto.
Apartando con precaucin el manto, vi que haba all una silla, y en
esta silla, en el rincn, estaba la vieja. Estaba doblada y de tal
modo inclinada tena la cabeza, que el joven no pudo ver la cara;
pero comprendi que era Alena Ivanovna. Tiene miedo!--se dijo
Raskolnikoff. Sac suavemente el hacha del nudo corredizo y le di
dos golpes en la coronilla; pero, cosa extraa, la vieja no vacil
bajo los golpes: se hubiera dicho que era de madera. Estupefacto el
joven, se inclin hacia ella para examinarla, pero la vieja baj an
ms la cabeza. Entonces l se inclin hasta el suelo, la mir de abajo
arriba y al ver su rostro se qued espantado: la vieja se rea, s,
rea, con risa silenciosa, haciendo grandes esfuerzos para que no se
la oyese. De repente le pareci a Raskolnikoff que la puerta de la
alcoba estaba abierta y que all tambin se rean y hablaban en voz
baja. Se puso entonces rabioso y comenz a descargar hachazos con toda
su fuerza, sobre la cabeza de la vieja; pero a cada hachazo las risas
y los cuchicheos de la alcoba se oan ms distintamente; en cuanto a
la vieja, se retorca de risa. Quiso huir, mas toda la antesala se
haba llenado de gente; la puerta que daba sobre el descansillo estaba
abierta; en ste y en la escalera haba, desde arriba hasta abajo,
multitud de individuos. Todos miraban, pero sin pronunciar palabra.
Tena encogido el corazn y pareca que se le haban clavado los pies
en el suelo; quiso gritar y se despert.

Respir con fuerza; pero crea que aun estaba soando cuando vi en pie
en el umbral de su puerta, abierta del todo, a un hombre a quien no
conoca y que le miraba con atencin.

Raskolnikoff no haba acabado de abrir los ojos cuando los volvi
a cerrar en seguida. Tendido como estaba boca arriba no se movi.
Esta es la continuacin de mi sueo--pens mientras abra casi
imperceptiblemente los prpados para fijar una tmida mirada en el
desconocido. Este, siempre en el mismo puesto, no cesaba de observarle.
Despus entr, cerr la puerta detrs de s, se aproxim a la mesa, y
despus de haber esperado un minuto, se sent en una silla cerca del
sof. Durante todo este tiempo no haba cesado de mirar a Raskolnikoff.
Luego puso el sombrero en el suelo, a su lado, y apoy ambas manos en
el puo del bastn y la barba en las manos, como el que se prepara a
una larga espera. Por lo que Raskolnikoff haba podido juzgar de l en
una mirada furtiva, aquel hombre no era joven; pareca robusto y tena
la barba espesa, de un color rubio casi blanco.

Pasaron as diez minutos. Era an de da, pero tarde; en la habitacin
reinaba el ms profundo silencio; en la escalera no sonaba tampoco
ruido alguno, no se oa ms que el ruido de un moscardn que al volar
haba chocado contra la ventana. Al fin, esta situacin se hizo
insoportable; Raskolnikoff no pudo ms y se sent de pronto en el sof.

--Vamos, hable usted; qu es lo que quiere?

--Bien saba que su sueo no era ms que una ficcin--respondi el
desconocido con sonrisa tranquila--. Permtame usted que me presente:
Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff...




CUARTA PARTE


I

--Estoy bien despierto?--pens de nuevo Raskolnikoff, mirando
desconfiadamente al inesperado visitante--. Svidrigailoff? No puede
ser de ningn modo!--dijo al cabo en voz alta, no atrevindose a dar
crdito a sus odos.

Esta exclamacin pareci no sorprender a su extrao visitante.

--He venido a casa de usted por dos razones: primera, por conocerle
personalmente, porque desde hace mucho tiempo he odo hablar a menudo y
en trminos muy halagadores de usted; y despus, porque espero que no
me negar su concurso en una empresa que tiene relacin directa con los
intereses de su hermana, Advocia Romanovna. Slo, sin recomendacin, me
costara mucho trabajo ser recibido por ella, puesto que est prevenida
contra m; pero, presentado por usted, la cosa vara.

--Se engaa usted al contar conmigo--replic Raskolnikoff.

--Fu ayer cuando llegaron esas seoras? Permita usted que se lo
pregunte.

Raskolnikoff no contest.

--S, fu ayer, lo s positivamente. Yo llegu anteayer. Escuche usted,
Rodin Romanovitch, lo que tengo que decirle a este propsito; creo
superfluo justificarme; pero permtame que le pregunte: Qu hay, en
rigor, en todo esto de particularmente culpable por mi parte, si se
aprecian las cosas con serenidad y sin prejuicios?

Raskolnikoff continuaba examinndole sin despegar los labios.

--Me dir usted que he perseguido en mi casa a una joven sin defensa
y que la he insultado con proposiciones deshonrosas. (Quiero
adelantarme a la acusacin.) Pero considere usted que soy hombre, _el
nihil humanum_... en una palabra, que soy susceptible de ceder a un
arrebato, de enamorarme, cosa independiente de la voluntad. De esta
manera todo se explicar del modo ms natural del mundo. La cuestin
estriba en esto: Soy un monstruo o una vctima? Ciertamente soy
una vctima. Cuando yo propona a mi adorada que huyera conmigo a
Amrica o a Suiza, abrigaba respecto a esa persona los ms respetuosos
sentimientos y pensaba en asegurar nuestra comn felicidad... La razn
es la esclava de la pasin; yo he sido el principalmente perjudicado.

--No se trata, en modo alguno, de eso--replic Raskolnikoff con
sequedad--. Tenga usted razn o no, me es usted completamente odioso.
No quiero conocer a usted, y le echo de mi casa. Salga de aqu!...

Svidrigailoff solt una carcajada.

--No hay medio de engaar a usted--dijo con franca alegra--; quera
echrmelas de ingenioso, pero con usted no sirve.

--Todava quiere usted embromarme?

--Bueno, y qu? Qu le sorprende?--repiti su interlocutor, rindose
con toda su alma--; en buena guerra, como dicen los franceses, la
malicia no tiene nada de ilcita... Pero usted no me ha dejado acabar.
Volviendo a lo que hace un momento deca, nada desagradable ha pasado,
sino el incidente del jardn. Marfa Petrovna...

--Se dice tambin que usted ha matado a su esposa--dijo,
interrumpindole brutalmente Raskolnikoff.

--Ah! Ya le han hablado a usted de eso? Realmente nada tiene de
asombroso... Pues bien, respecto a la pregunta que usted me hace,
no s, en verdad, qu decirle, puesto que tengo la conciencia muy
tranquila. No vaya usted a creer que temo las consecuencias; todas las
formalidades de costumbre se han cumplido minuciosamente. El informe
de los mdicos ha demostrado que mi esposa muri de un ataque de
apopleja, producido por un bao tomado inmediatamente despus de una
abundante comida, rociada con una botella de vino; es lo nico que ha
podido descubrirse... Por esa parte nada me inquieta. Muchas veces,
sobre todo cuando vena en el tren, camino de San Petersburgo, me he
preguntado si habra yo contribudo, moralmente, por supuesto, a esa...
desgracia, sea causando la desesperacin de mi mujer, sea de alguna
otra manera semejante; pero he acabado por convencerme de que no ha
habido ni sombra de eso.

Raskolnikoff se ech a rer.

--De modo que esto le divierte...?

--Y usted, de qu se re? Solamente le di dos latigazos sin
importancia que no le dejaron seal alguna... No me tenga usted, se
lo ruego, por un hombre cnico; s muy bien que eso de los latigazos
es una cosa innoble, etc.; pero tampoco ignoro que mis accesos de
brutalidad no desagradaban del todo a Marfa Petrovna. Cuando ocurri
lo de su hermana de usted, mi mujer se fu con el cuento por toda la
ciudad y fastidi a cuantos la conocan por la famosa carta (ya sabr
usted, sin duda, que se la lea a todo el mundo); de modo que los dos
latigazos fueron propinados muy oportunamente.

A Raskolnikoff le dieron intenciones de levantarse, y salir, a fin
de cortar por lo sano la conversacin; pero cierta curiosidad y una
especie de clculo le decidieron a tener un poco de paciencia.

--Le gusta a usted manejar el ltigo?--dijo con aire distrado.

--No mucho--respondi tranquilamente Svidrigailoff--. Casi nunca
habamos reido mi mujer y yo. Vivamos en muy buena armona, y ella
estaba siempre contenta de m. Durante siete aos de vida conyugal,
no me serv del ltigo ms que dos veces (prescindiendo de otra
ocasin que por lo dems fu un caso bastante ambiguo); la primera,
ocurri dos meses despus de nuestro matrimonio, en el momento en que
acabbamos de instalarnos en el campo; la segunda, y ltima, fu en
las circunstancias que recordaba hace un momento. Usted me consideraba
ya como un monstruo, como un retrgrado, como un partidario de la
servidumbre. Ja, ja, ja!

Raskolnikoff estaba convencido de que aquel hombre tena un plan muy
madurado y que todo aquello era fina astucia.

--Debe usted haber pasado muchos das sin hablar con nadie--dijo el
joven.

--Algo de verdad hay en esa suposicin; pero usted se asombra, no es
cierto, de hallarme de tan buen humor?

--Y hasta me parece demasiado bueno...

--Porque no me he formalizado con la grosera de las preguntas
de usted? Y qu? Por qu haba de ofenderme? Como usted me ha
preguntado le he respondido--contest Svidrigailoff con una singular
expresin de franqueza--. En verdad, yo no me intereso, digmoslo
as, por cosa alguna. Ahora, sobre todo, nada me preocupa. Por lo
dems, libre es usted de pensar que abrigo propsitos interesados
para captarme sus simpatas, tanto ms cuanto que tengo ciertas miras
respecto a su hermana, como ya se lo he declarado. Pero, francamente
se lo digo, me fastidio mucho! Sobre todo desde hace tres das, que
tengo intenciones de venir a ver a usted... No se incomode, Rodin
Romanovitch, me pareca usted muy raro. En efecto, advierto en usted
algo extraordinario y ahora principalmente, es decir, no en este mismo
momento, sino desde hace algn tiempo. Vamos, me callo, no frunza usted
el ceo... No soy tan oso como usted cree...

--No lo tengo por oso--dijo Raskolnikoff--; ms an, me parece que es
usted un hombre de muy buena sociedad o, por lo menos, que sabe usted
ser, en llegando la ocasin, _comme il faut_.

--Me tiene sin cuidado la opinin de los dems--contest Svidrigailoff
con tono seco y ligeramente desdeoso--; y adems, por qu no adoptar
las maneras de un hombre mal educado, especialmente en un pas en que
son tan cmodas y, sobre todo, cuando se tiene para ello propensin
natural?--aadi riendo.

Raskolnikoff le miraba sombramente.

--He odo decir que conoce usted a mucha gente--le dijo--. No es usted
lo que se llama un hombre sin relaciones. Siendo esto as, qu viene
usted a hacer a mi casa, si no tiene objeto determinado?

--Es verdad, como usted dice, que tengo aqu muchos
conocimientos--repuso el visitante sin responder a la principal
pregunta que se le haba dirigido--; en los tres das que llevo de
corretear por la capital, me he tropezado con muchos conocidos y creo
que tambin ellos han reparado en m. Visto de una manera conveniente,
y se me clasifica entre los que nadan en la abundancia: la abolicin
de la servidumbre no nos ha arruinado... Sin embargo, no trato de
reanudar mis antiguas relaciones, porque me eran ya insoportables.
Estoy aqu desde anteayer y no he querido ver a nadie. No; es menester
que la gente de los crculos y los parroquianos del restaurant Dugsand
se priven de mi presencia. Por otra parte, qu placer hay en hacer
trampas en el juego?

--Ah! Hace usted trampas en el juego?

--Claro est! Hace ocho aos formbamos una verdadera sociedad
(hombres _comme il faut_, capitalistas y poetas), que pasbamos el
tiempo jugando a las cartas y haciendo todas las trampas que podamos.
Ha observado usted que en Rusia las personas de buen tono son todas
tramposas? Pero en aquella poca, un griego de Niejin, a quien deba
ya 70.000 rublos, me hizo encarcelar por deudas. Entonces se present
Marfa Petrovna y mediante 30.000 rublos que ella pag a mi acreedor,
obtuvo mi libertad. Entonces nos unimos en legtimo matrimonio, y mi
esposa se apresur a llevarme a sus posesiones para ocultarme all como
un tesoro. Tena cinco aos ms que yo y me quera mucho. Durante siete
aos no me he movido de la aldea. Advierto a usted que toda su vida mi
seora guard, a ttulo de precaucin contra m, la letra de cambio
que me haba hecho firmar el griego y que ella rescat valindose de
un testaferro; si hubiera tratado de sacudir el yugo, me habra metido
bonitamente en la crcel. A pesar de todo su afecto hacia m, no
hubiera vacilado un momento; en las mujeres se observan contradicciones
como sta.

--Si no le hubiera tenido as agarrado, la habra dejado usted
plantada?

--No s qu responderle. Ese documento no me inquietaba mucho. No
deseaba ir a ninguna parte. Dos veces la misma Marfa Petrovna, viendo
que me aburra, me anim a hacer un viaje por el extranjero. Pero yo
haba visitado ya a Europa y me haba aburrido horriblemente. All,
sin duda, solicitan la admiracin los grandes espectculos de la
Naturaleza; pero mientras contemplamos un amanecer, el mar, la baha de
Npoles... sentimos tristeza y hasta tedio sin saber por qu. No es
mejor estar entre nosotros? Aqu, por lo menos, se acusa a los dems de
todo y se justifica uno a sus propios ojos. Ahora hara de buena gana
una expedicin al Polo rtico, porque el vino, que era mi solo recurso,
ha acabado por disgustarme. No quiero ya beber; he abusado de ello.
Pero se dice que hay una ascensin aerosttica el domingo en el jardn
Jussupoff. Berg intenta, segn parece, emprender un gran viaje areo y
consiente en admitir algunos pasajeros mediante cierto precio... No es
verdad?

--Desea usted ir en globo?

--Yo? No... s...--murmur Svidrigailoff, que se haba quedado
pensativo.

Qu clase de hombre es ste?, se preguntaba Raskolnikoff.

--No, la letra de cambio no me inquietaba--dijo Svidrigailoff--. Por mi
gusto permaneca en la aldea. Har prximamente un ao, Marfa Petrovna,
con motivo de mi santo, me devolvi el papel acompaado de una cantidad
importante a ttulo de regalo. Tena mucho dinero. Ya ves, Arcadio
Ivanovitch, qu confianza me inspiras, me dijo. Le aseguro a usted que
se expresaba as. No lo cree usted? He de decirle que yo cumpla muy
bien mis deberes de propietario rural; era muy conocido en el pas.
Adems, para entretener mis ocios, encargaba libros. Al principio, mi
mujer aprobaba mi aficin a la lectura; pero ms tarde lleg a temer
que me fatigase mi excesiva aplicacin.

--Dispense usted--replic molestado Raskolnikoff--; djese de todo
eso, y dgame, si quiere, el motivo de su visita, tengo prisa y voy a
salir...

--Bueno: Su hermana de usted, Advocia Romanovna, va a casarse con
Pedro Petrovitch Ludjin?

--Ruego a usted que deje a mi hermana a un lado en esta entrevista
y que no pronuncie su nombre. Me asombra que se atreva usted a
pronunciarlo en mi presencia.

--Cmo no nombrarla, si he venido precisamente para hablar a usted de
ella?

--Est bien; haga usted el favor de terminar cuanto antes.

--Ese seor Ludjin es algo pariente mo, por parte de mi difunta
esposa. Estoy seguro de que usted tiene ya formada opinin acerca de
l si es que le ha visto, aunque no haya sido ms que media hora, o
si le ha hablado a usted de l alguna persona digna de crdito. No
es un partido conveniente para Advocia Romanovna. Estoy convencido
de que su hermana de usted se sacrifica de una manera tan magnnima
como inconsiderada; se inmola por... su familia. Despus de lo que he
sabido respecto a usted, pensaba que vera con gusto la ruptura de ese
matrimonio, siempre que no perjudicase a los intereses de su hermana.
Ahora que le conozco personalmente, no tengo ninguna duda sobre el
particular.

--Por parte de usted eso es muy cndido; perdone usted, quera decir
muy desvergonzado--replic Raskolnikoff.

--Segn eso, Rodin Romanovitch, me supone usted miras interesadas.
Est tranquilo: si yo trabajase para m ocultara mejor el juego; no
soy tan imbcil. Voy a este propsito a descubrirle una particularidad
psicolgica. Hace poco me acusaba de haber amado a su hermana de usted,
diciendo que haba sido yo su vctima. Pues bien, al presente no siento
ningn amor por ella, de tal modo que me asombro de haber estado
seriamente enamorado...

--Era un capricho de un hombre desocupado y vicioso...

--En efecto, soy un hombre desocupado y vicioso. Por otra parte, su
hermana de usted posee mrito bastante para impresionar a un libertino
como yo; pero todo ello era fuego fatuo, lo veo claramente ahora.

--Y desde cundo lo ha advertido usted?

--Ya lo sospechaba hace algn tiempo y me he convencido definitivamente
de ello ayer, casi en el momento de llegar a San Petersburgo. Pero en
Moscou todava estaba decidido a obtener la mano de Advocia Romanovna y
a disputrsela como rival al seor Ludjin.

--Perdone usted que le interrumpa. No podra abreviar y decirme en
seguida el objeto de su visita? Le repito que tengo prisa, que he de
hacer varias cosas...

--Con mucho gusto. Determinado ahora a emprender cierto viaje, quisiera
antes arreglar varios asuntos. Mis hijos estn en casa de su ta,
son ricos y no me necesitan para nada. Por otra parte, comprende
usted que pueda representar yo como es debido el papel de padre? No
he tomado ms dinero que el que Marfa Petrovna me regal hace un
ao; ese dinero me basta. Dispnseme usted, voy al grano. Antes de
ponerme en camino quiero acabar con el seor Ludjin. No es que le
deteste precisamente; pero l ha sido la causa de mi ltima rencilla
con mi mujer; me incomod cuando supe que ella haba concertado ese
matrimonio. Ahora me dirijo a usted para poder llegar a presencia
de Advocia Romanovna; usted puede, si le parece, asistir a nuestra
entrevista. En primer lugar deseara poner ante los ojos de su hermana
todos los inconvenientes que resultaran para ella de su enlace con
Ludjin. Le suplicara despus que me perdonase por los disgustos que
le he causado, y le pedira permiso para ofrecerle 10.000 rublos, lo
que la indemnizara de una ruptura con el seor Ludjin, ruptura que,
estoy seguro de ello, no repugnara a su hermana de usted si viera la
posibilidad de realizarla.

--Est usted loco, rematadamente loco!--exclam Raskolnikoff con ms
sorpresa que clera--. Cmo se atreve a hablar de esa manera?

--Saba perfectamente que iba usted a ponerse hecho una furia; pero
comenzar hacindole observar que, aun no siendo rico, puedo disponer,
sin embargo, de esos 10.000 rublos; quiero decir, que no los necesito.
Si Advocia Romanovna no los acepta, sabe Dios el estpido empleo
que les dara. En segundo lugar, mi conciencia est completamente
tranquila; en mi ofrecimiento no entra para nada el clculo; cranlo
o no lo crean, el porvenir se lo demostrar a usted y a Advocia
Romanovna. En resumen, he molestado excesivamente a su honradsima
hermana de usted; he experimentado un sincero pesar por lo ocurrido,
y anso no reparar por una compensacin pecuniaria las contrariedades
que le he ocasionado, sino hacerle un servicio insignificante, para
que no se diga que slo la he hecho mal. Si mi ofrecimiento ocultase
alguna segunda intencin, no lo hara tan francamente y no me limitara
a ofrecer 10.000 rublos, cuando le ofrec mucho ms hace cinco semanas.
Por otra parte, yo pienso casarme con una joven dentro de poco, as
que no puede sospecharse que yo quiera seducir a Advocia Romanovna.
En suma, dir a usted que si se casa con el seor Ludjin, Advocia
Romanovna recibir esa misma cantidad, slo que por otro conducto...
No se incomode, seor Raskolnikoff; juzgue usted las cosas con calma y
sangre fra.

Svidrigailoff haba pronunciado estas palabras con extraordinaria calma.

--Suplico a usted que no siga--repuso Raskolnikoff--; la proposicin de
usted es una insolencia imperdonable.

--No hay tal cosa. Segn eso, el hombre en este mundo slo puede hacer
mal a sus semejantes; en cambio no tiene derecho a hacer el menor bien.
Las conveniencias sociales se oponen a ello. Eso es absurdo. Si yo, por
ejemplo, muriese y dejase en mi testamento esa cantidad a su hermana de
usted, la rehusara?

--Es muy probable.

--No hablemos ms. Sea como quiera, suplico a usted que transmita mi
demanda a Advocia Romanovna.

--No lo har.

--En ese caso ser necesario, Rodin Romanovitch, que yo trate de
encontrarme frente a frente con ella, lo que no podr hacer sin
inquietarla.

--Y si yo le comunico su pretensin, no har usted nada por verla?

--No s qu contestarle; deseo vivamente hablar con ella aunque sea
nada ms que una vez.

--No lo espere usted.

--Tanto peor. Por lo dems, usted no me conoce. Quiz se establezcan
entre nosotros relaciones amistosas.

--Usted cree...?

--Por qu no?--dijo sonriendo Svidrigailoff, y levantndose tom el
sombrero--; no es que yo quiera imponerme a usted; aunque he venido
aqu, no confiaba demasiado... Esta maana me choc...

--Dnde me ha visto usted esta maana?--pregunt Raskolnikoff con
inquietud.

--Le he visto por casualidad. Me parece que somos dos frutos del mismo
rbol.

--Est bien; permtame usted que le pregunte si piensa usted emprender
pronto ese viaje.

--Qu viaje?

--El de que me ha hablado hace un momento.

--He hablado de un viaje? Ah! S, en efecto!... Si supiese usted
qu cuestin acaba de plantearme!--aadi con amarga sonrisa--, quiz
en lugar de hacer ese viaje me casar. Se est negociando un matrimonio
para m.

--Aqu?

--S.

--No ha perdido usted el tiempo desde su llegada a San Petersburgo.

--Ea! Hasta la vista!... Ah! se me olvidaba. Diga usted a su hermana
que Marfa Petrovna le ha legado 3.000 rublos. Es la pura verdad. Mi
mujer hizo testamento en mi presencia ocho das antes de su muerte. De
aqu a dos o tres semanas, Advocia Romanovna podr entrar en posesin
de ese legado.

--Eso es verdad?

--S; puede usted comunicrselo. Servidor. Vivo muy cerca de aqu.

Al salir Svidrigailoff se cruz en el umbral con Razumikin.


II

Eran las ocho. Los dos jvenes salieron en seguida en direccin a la
casa de Bakalaieff, deseosos de llegar antes que Ludjin.

--Quin es se que sala al entrar yo en tu cuarto?--pregunt
Razumikin cuando estuvieron en la calle.

--Svidrigailoff, el propietario en cuya casa estuvo mi hermana de
institutriz y de donde tuvo que salir porque el dueo la requera de
amores. Marfa Petrovna, la mujer de ese seor, la puso a la puerta.
Ms tarde, esa misma Marfa Petrovna pidi perdn a Dunia. Esa seora
ha muerto repentinamente hace pocos das; de ella hablaba mi madre
esta tarde. No s por qu me da mucho miedo ese hombre. Es un tipo muy
original y, por aadidura, ha tomado una firme resolucin. Cualquiera
dira que sabe algo... Ha llegado a San Petersburgo en cuanto se
celebraron los funerales de su mujer... Es preciso proteger a Dunia
contra l. Eso es lo que yo quera decirte, entiendes?

--Protegerla! Qu puede hacer contra Advocia Romanovna? Te agradezco
que me hayas dicho eso... La protegeremos, puedes estar tranquilo...
Dnde vive?

--No lo s.

--Por qu no se lo has preguntado? Pero no importa, yo le encontrar.

--Le has visto?--pregunt Raskolnikoff despus de una pausa.

--S, le he examinado de pies a cabeza y te aseguro que no se me
despintar.

--No le confundirs con otro? Le has visto distintamente?--insisti
Raskolnikoff.

--Ya lo creo! Me acuerdo de su cara y le conocera entre mil. Soy buen
fisonomista.

Se callaron de nuevo.

--Hum!--exclam Raskolnikoff--. Me parece que soy vctima de alguna
alucinacin.

--Por qu dices eso?

--He aqu--prosigui Raskolnikoff con una mueca que tenda a ser
sonrisa--, que decs que estoy loco y voy creyendo que es verdad...

--Vamos, djate de tonteras y escucha lo que he hecho--interrumpi
Razumikin--. Entr en tu cuarto y te encontr durmiendo. En seguida
comimos, despus de lo cual fu a ver a Porfirio Petrovitch. Zametoff
estaba todava en su casa. Quise hablar en debida forma y no fu
afortunado en mi exordio. No acertaba a entrar en materia; pareca que
no entenda, pero me demostraban, por otra parte, la mayor flema. Llev
a Porfirio cerca de una ventana y me puse a hablarle; pero tampoco
estuve muy feliz. El miraba de un lado y yo de otro. Por ltimo,
le aproxim el puo a las narices y le dije que le iba a reventar.
Porfirio se content con mirarme en silencio. Yo escup y me march.
Ya lo sabes todo. Esto es muy tonto. Con Zametoff no cambi ni una
palabra. Me daba a los diablos por mi estpida conducta; pero me he
consolado con una reflexin; al bajar la escalera me dije: Vale la
pena que t y yo nos preocupemos de ese modo? Si algn peligro te
amenazase sera otra cosa; pero, qu tienes t que temer? No eres
culpable; luego no debes inquietarte de lo que piensen ellos. Ms tarde
nos burlaremos de su necedad. Qu vergenza ser para ellos el haberse
equivocado tan groseramente! No te preocupes; ya les sentaremos la
mano; mas por el momento, limitmonos a rer de sus tonteras.

--Es verdad--respondi Raskolnikoff--. Pero qu dirs t
maana?--aadi para si.

Cosa extraa! Hasta entonces no se le haba ocurrido ni una vez
preguntarse: Qu pensar Razumikin cuando sepa que soy culpable? Al
ocurrrsele esta idea mir fijamente a su amigo. El relato de su visita
a Porfirio le haba interesado muy poco; otras cosas le preocupaban en
aquel momento.

En el corredor encontraron a Ludjin que haba llegado a las ocho en
punto; pero haba perdido algn tiempo en buscar el nmero; de modo
que los tres entraron juntos sin mirarse ni saludarse. Los jvenes
se presentaron los primeros. Pedro Petrovitch, siempre fiel a las
conveniencias, se detuvo un momento en la antesala para quitarse el
gabn. Pulkeria Alexandrovna se dirigi en seguida a l. Dunia y
Raskolnikoff se estrecharon la mano.

Al entrar, Pedro Petrovitch salud a las seoras de manera bastante
corts, aunque con gravedad extremada. Pareca, sin embargo, algo
desconcertado. Pulkeria Alexandrovna, que estaba tambin algo molesta,
se apresur a hacer sentar a todo el mundo alrededor de la mesa, donde
estaba colocado el samovar. Dunia y Ludjin tomaron asiento uno frente
al otro, en los dos extremos de la mesa. Razumikin y Raskolnikoff se
sentaron tambin al frente de la mesa: el primero, al lado de Ludjin;
el segundo, cerca de su hermana.

Hubo un instante de silencio. Pedro Petrovitch sac pausadamente un
pauelo de batista perfumado y se son. Sus maneras eran, sin duda, las
de un hombre benvolo, pero un poco herido en su dignidad y firmemente
resuelto a exigir explicaciones. En la antesala, en el momento de
quitarse el gabn, se preguntaba si no sera el castigo para las dos
seoritas retirarse inmediatamente. Sin embargo, no haba ejecutado esa
idea, porque le gustaban las situaciones claras; as, pues, exista
un punto que permaneca oculto para l; puesto que se haba desairado
abiertamente su prohibicin, deba de haber algn motivo para ello.
Mejor era tirar adelante, poner las cosas en claro; siempre habra
tiempo de aplicar el castigo, y ste no por ser retrasado sera menos
seguro.

--Me alegrar que el viaje de usted haya sido feliz--dijo por cortesa
a Pulkeria Alexandrovna.

--S que lo ha sido, gracias a Dios.

--Me alegro mucho. Y Advocia Romanovna, se ha fatigado?

--Yo soy joven y fuerte, no me fatigo; mas para mam este viaje ha sido
muy penoso--respondi Dunia.

--Qu quiere usted? Nuestros caminos provinciales son muy largos.
Rusia es grande... A pesar de mis deseos, no pude ir a recibir a
ustedes. Espero, sin embargo, que no se habrn visto en ningn apuro.

--Oh! Por el contrario, Pedro Petrovitch; nos hemos encontrado en una
situacin muy difcil--dijo con una entonacin particular Pulkeria
Alexandrovna--; y si Dios no nos hubiese deparado ayer a Demetrio
Prokofitch, no s qu hubiera sido de nosotras. Permita usted que le
presente a nuestro salvador Demetrio Prokofitch Razumikin.

--Ah! S, ayer tuve el placer...--balbuce Ludjin echando una oblicua
y malvola mirada al joven; despus frunci el entrecejo y call.

Pedro Petrovitch era una de esas personas que se esfuerzan por ser
amables y vivaces en sociedad, pero que bajo la influencia de cualquier
contrariedad pierden sbitamente la serenidad, hasta el punto de
parecer ms bien sacos de harina que despejados caballeros. El silencio
volvi a reinar de nuevo; Raskolnikoff se encerraba en un obstinado
mutismo. Advocia Romanovna juzgaba que no haba llegado para ella el
momento de hablar. Razumikin nada tena que decir, de modo que Pulkeria
Alexandrovna se vi en la necesidad penosa de reanudar otra vez la
conversacin.

--Sabe usted que Marfa Petrovna ha muerto?--dijo.

--Me lo comunicaron, y puedo, adems, decir a ustedes que
inmediatamente despus del entierro de su mujer, Arcadio Ivanovitch
Svidrigailoff se ha venido a San Petersburgo. S de buena tinta esa
noticia.

--En San Petersburgo? Aqu?--pregunt alarmada Dunia, y cambi una
mirada con su madre.

--Precisamente, y debe suponerse que ha venido con alguna intencin; la
precipitacin de su partida y el conjunto de circunstancias precedentes
lo hacen creer as.

--Seor! Es posible que, hasta aqu venga a acosar a
Dunetshka?--exclam Pulkeria Alexandrovna.

--Me parece que ni la una ni la otra deben ustedes inquietarse mucho
de su presencia en San Petersburgo, en el caso, por supuesto, de que
ustedes quieran evitar toda especie de relaciones; por mi parte estar
con ojo avizor y sabr pronto dnde se hospeda.

--Ay! Pedro Petrovitch, usted no puede imaginarse hasta qu punto me
ha asustado--repuso Pulkeria Alexandrovna--. Slo le he visto dos veces
y me pareci terrible. Segura estoy de que ha causado la muerte de la
pobre Marfa Petrovna.

--Las noticias exactas no autorizan a suponer tal cosa. Por lo dems,
no niego que su mal proceder no haya podido, en cierto modo y en
cierta medida, apresurar el curso natural de las cosas. En cuanto a
la conducta y en general a la caracterstica moral del personaje,
estoy de acuerdo con usted. Ignoro si ahora es rico y lo que su mujer
ha podido dejarle: lo sabr dentro de poco. Lo que tengo por cierto
es que, encontrndose aqu en San Petersburgo, no tardar en volver
a su antigua vida, aunque tenga muy pocos medios pecuniarios. Es el
hombre ms perdido, vicioso y depravado que existe. Tengo motivos para
creer que Marfa Petrovna, la cual tuvo la desgracia de enamorarse de
l y que pag sus deudas hace ocho aos, le ha sido til tambin en
algn otro sentido. A fuerza de gestiones y sacrificios logr que se
diese carpetazo a una causa criminal que poda haber dado en Siberia
con el seor Svidrigailoff. Se trataba nada menos que de un asesinato
cometido en condiciones particularmente espantosas y, por decirlo as,
fantsticas. Tal es ese hombre, si ustedes deseaban saberlo.

--Ah, seor!--exclam Pulkeria Alexandrovna.

Raskolnikoff escuchaba atentamente.

--Usted habla, dice, segn datos ciertos?--pregunt con tono severo
Dunia.

--Me limito a repetir lo que o de labios mismos de Marfa Petrovna.
Hay que advertir que, desde el punto de vista jurdico, este asunto
es muy obscuro. En aquel tiempo habitaba aqu, y parece que vive
todava, cierta extranjera llamada Reslich que prestaba dinero con
mdico inters y ejerca otros diversos oficios. Entre esta mujer
y Svidrigailoff existan, desde haca largo tiempo, relaciones tan
ntimas como misteriosas. Viva con ella una parienta lejana, una
sobrina, joven de quince aos o de catorce, que era sordomuda. La
Reslich no poda sufrir a esta muchacha: le echaba en cara cada pedazo
de pan que la pobre coma y la maltrataba con inaudita crueldad. Un da
se encontr a la infeliz muchacha ahorcada en el granero. La sumaria
acostumbrada di por resultado una comprobacin de suicidio, y todo
pareca haber terminado aqu, cuando la polica recibi aviso de que
la joven haba sido violada por Svidrigailoff. En verdad, todo esto
era obscuro. La denuncia emanaba de otra alemana, mujer de notoria
inmoralidad y cuyo testimonio no poda ser de gran crdito. En una
palabra: no hubo proceso. Marfa Petrovna se puso en campaa, prodig
el dinero y logr echar tierra al asunto; pero no dejaron de correr
con aquel motivo los ms graves rumores acerca de Svidrigailoff. En el
tiempo en que usted estuvo en su casa, Advocia Romanovna, habr odo
contar, sin duda, la historia de su criado Philipo, muerto a causa de
los malos tratamientos de su amo. Esto ocurri hace seis aos, cuando
aun exista la servidumbre.

--O decir, por el contrario, que ese Philipo se haba ahorcado.

--Perfectamente; pero se vi reducido, o por mejor decir, impulsado
a darse la muerte por las brutalidades incesantes y los malos
tratamientos sistemticos de su amo.

--Lo ignoraba--respondi secamente Dunia--. O, s, contar acerca
de eso una historia muy extraa. Parece que el tal Philipo era un
hipocondraco, una especie de criado filsofo. Sus compaeros decan
que la lectura le haba turbado el entendimiento, y, a creerlos, se
haba ahorcado para huir, no de los golpes, sino de las burlas del
seor Svidrigailoff. Le vi tratar muy humanamente a sus servidores y
era muy amado de ellos, aunque le imputaban, en efecto, la muerte de
Philipo.

--Veo, Advocia Romanovna, que tiende usted a justificarle--repuso
Ludjin con una sonrisa agridulce--. Verdad es que le tengo por hombre
muy hbil para insinuarse en el corazn de las seoras. La pobre Marfa
Petrovna, que acaba de morir en circunstancias muy extraas, es una
lamentable prueba de ello. Yo slo trato de advertrselo a usted y a su
mam en previsin de las tentativas que de seguro no dejar de renovar.
Por otra parte, estoy firmemente convencido de que ese hombre acabar
en la prisin por deudas. Marfa Petrovna pensaba demasiado en el
porvenir de sus hijos para tener el propsito de asegurar a su marido
una parte importante de su fortuna. Es de suponer que le habr dejado
lo suficiente para vivir con decorosa modestia; pero con sus costumbres
disipadas se lo comer todo antes de un ao.

--Suplico a usted que no hablemos ms de Svidrigailoff. Eso me es
desagradable--dijo Dunia.

--Ha estado en mi casa hace un rato--dijo bruscamente Raskolnikoff, que
hasta entonces no haba despegado los labios.

Todos se volvieron hacia l con exclamaciones de sorpresa; hasta el
mismo Pedro Petrovitch se qued algo pasmado.

--Hace media hora, mientras yo dorma, entr en mi cuarto, y despus de
despertarme se present l mismo. Estaba bastante contento y alegre;
espera que yo he de hacerme amigo suyo, y, entre otras cosas, solicita
una entrevista contigo para decirte que Marfa Petrovna, ocho das
antes de su muerte, te haba dejado en su testamento tres mil rublos,
cantidad que recibirs en breve plazo.

--Alabado sea Dios!--exclam Pulkeria Alexandrovna, e hizo la seal de
la cruz--. Reza por ella, Dunia, reza!

--El hecho es exacto--no pudo menos de afirmar Ludjin.

--Y despus?--pregunt vivamente Dunia.

--Despus me dijo que no era rico, que toda su fortuna pasaba a sus
hijos, los cuales estn ahora en casa de su ta. Tambin me cont
que se hospedaba cerca de mi casa; dnde?, no lo s; no se lo he
preguntado.

--Qu otra cosa tiene que decir a Dunia?--pregunt con inquietud
Pulkeria Alexandrovna--. Te lo ha dicho?

--S.

--Y qu?

--Lo dir luego.

Despus de esta respuesta, Raskolnikoff se puso a tomar el te.

Pedro Petrovitch mir el reloj.

--Un negocio urgente me obliga a dejar a ustedes, y de este modo no
interrumpir su conferencia--aadi un poco molesto, y al decir estas
palabras se levant.

--Qudese usted, Pedro Petrovitch--dijo Dunia--. Usted tena intencin
de dedicarnos la velada. Adems, nos ha escrito dicindonos que deseaba
tener una explicacin con mam.

--Es verdad, Advocia Romanovna--respondi con tono punzante Pedro
Petrovitch, que se sent a medias, conservando el sombrero en la
mano--; deseaba, en efecto, tener una explicacin con su madre y con
usted, sobre algunos puntos de suma gravedad. Pero como su hermano no
puede explicarse delante de m acerca de ciertas proposiciones hechas
por Svidrigailoff, yo no quiero ni puedo explicarme ante una tercera
persona... sobre ciertos puntos de extrema importancia. Por otra parte,
ya haba expresado en trminos formales mi deseo, que no se ha tenido
en cuenta.

Las facciones de Ludjin tomaron una expresin dura y altanera.

--Ha pedido usted, en efecto, que mi hermano no asistiese a nuestra
entrevista, y si l no ha accedido a su deseo, ha sido nicamente
cediendo a mis instancias. Usted nos ha escrito que haba sido
insultado por nuestro hermano, y yo creo que debe de haber en esto
alguna mala inteligencia y que tienen ustedes que reconciliarse. Si
verdaderamente Rodia le ha ofendido a usted, debe darle sus excusas, y
lo har.

Al or estas palabras, Pedro Petrovitch se sinti menos dispuesto que
nunca a hacer concesiones.

--A pesar de toda la buena voluntad del mundo, Advocia Romanovna,
es imposible olvidar ciertas injurias. En todo hay un lmite que es
peligroso traspasar, porque una vez que se franquea, no se puede
retroceder.

--Ah! deseche usted esa vana susceptibilidad, Pedro
Petrovitch--interrumpi Dunia con voz conmovida--. Sea el hombre
inteligente y noble que yo siempre he visto en usted y que quiero ver
en adelante. Le he hecho a usted una gran promesa. Soy la esposa futura
de usted. Confe en m en este asunto y crea que puedo juzgar con
imparcialidad. El papel de rbitro que me atribuyo en este momento es
una promesa tan grande para mi hermano como para usted. Cuando hoy,
despus de la carta de usted, le he suplicado que asistiera a nuestra
entrevista, no le dije cules eran mis intenciones. Comprenda usted que
si rehusan reconciliarse me ver forzada a optar por uno excluyendo
al otro. De tal modo se encuentra planteada la cuestin a causa de
ustedes dos. No quiero ni debo engaarme en mi eleccin: para usted es
preciso que rompa con mi hermano; para mi hermano es preciso que rompa
con usted. Menester es que est cierta de los sentimientos de ustedes.
Ahora deseo saber, de una parte, si tengo en Rodia un hermano; de otra,
si tengo en usted un marido que me ama y me estima.

--Advocia Romanovna--repuso Ludjin amostazado--: su lenguaje da lugar
a interpretaciones diversas; es ms, lo encuentro ofensivo, en vista
de la situacin que tengo el honor de ocupar respecto de usted.
Prescindiendo de lo que hay de mortificante para m al verme colocado
al mismo nivel que un... orgulloso joven, parece que usted admite como
posible la ruptura del matrimonio convenido entre nosotros. Dice usted
que tiene que elegir entre su hermano y yo; por esto mismo se ve lo
poco que significo a los ojos de usted... No puedo aceptar tal cosa,
dadas nuestras relaciones y dados nuestros compromisos recprocos.

--Cmo!--exclam Dunia enrojeciendo vivamente--. Conque pongo el
inters de usted en la balanza con todo lo que yo amo ms en la vida, y
se queja de significar poco a mis ojos?

Raskolnikoff se sonri sarcsticamente. Razumikin hizo una mueca; pero
la respuesta de la joven no calm a Ludjin, que a cada instante se
pona ms pedante e intratable.

--El amor por el esposo, por el futuro compaero de la vida, debe
estar por encima del amor fraternal--declar sentenciosamente--; en
todo caso yo no puedo admitir que se me coloque en la misma lnea...
Aunque haya dicho hace un momento que no quera ni poda explicarme en
presencia de su hermano acerca del principal objeto de mi visita, hay
un punto de suma gravedad para m que deseara esclarecer en seguida
con su seora madre. Su hijo de usted--continu dirigindose a Pulkeria
Alexandrovna--, ayer, delante del seor Razumikin, no es ste el
apellido de usted?, dispnseme si he olvidado su nombre--dijo a ste
hacindole un amable saludo--, me ha ofendido, alterando una frase
pronunciada por m el da que tom caf en casa de ustedes. Dije yo
que, en mi concepto, una joven pobre y ya experimentada en la desgracia
ofreca a un marido ms garantas de moralidad y dicha conyugal que una
persona que hubiese vivido siempre en la abundancia. Su hijo de usted,
con deliberado propsito, ha dado significado odioso a mis palabras y
presumo que se ha fundado para ello en alguna carta de usted. Sera
una gran satisfaccin para m si usted me probase que estaba engaado.
Dgame con exactitud en qu trminos ha reproducido mi pensamiento al
escribir al seor Raskolnikoff.

--Ya no me acuerdo--respondi algo confusa Pulkeria Alexandrovna--;
le manifest el pensamiento de usted, tal como lo haba comprendido.
Ignoro cmo ha repetido Rodia mi frase. Puede que haya forzado mis
trminos...

--No ha podido hacerlo ms que inspirndose en lo que usted haya
escrito.

--Pedro Petrovitch--replic con dignidad Pulkeria Alexandrovna--, la
prueba de que Dunia y yo no hemos tomado a mala parte las palabras de
usted, es que estamos aqu.

--Bien, mam!--aprob la joven.

--De modo que soy yo el equivocado?--dijo resentido Ludjin.

--Ve usted, Pedro Petrovitch? Acusa usted a Rodia sin tener en cuenta
que en su carta de hoy le atribuye usted un hecho falso--prosigui
Pulkeria Alexandrovna, muy animada por la aprobacin que acababa de
manifestarle su hija.

--No me acuerdo de haber escrito nada falso.

--Segn la carta de usted--declar con tono spero Raskolnikoff sin
volverse hacia Ludjin--, el dinero que entregu ayer a la viuda de un
hombre atropellado por un coche se lo haba dado a su hija (a quien
vea entonces por primera vez). Usted ha escrito eso con la intencin,
sin duda, de indisponerme con mi familia, y para conseguirlo mejor, ha
calificado de la manera ms innoble la conducta de una joven a quien
usted no conoca. Esto es una baja difamacin.

--Perdone usted, seor--respondi Ludjin temblando de clera--. Si en
mi carta me he extendido en lo que a usted se refiere, ha sido porque
su madre de usted y su hermana me suplicaron que les dijese cmo haba
encontrado a usted y qu impresin me haba usted producido. Por otra
parte, le desafo a que seale una sola lnea mentirosa en el pasaje en
que usted alude. Negar usted, en efecto, que ha dado su dinero? Y en
cuanto a la desgraciada familia de que se trata, se atrevera usted a
responder de la honradez de todos sus miembros?

--Toda la honradez de usted no vale lo que el dedo meique de la pobre
joven a quien arroja usted la primera piedra.

--De modo que no vacilar usted en ponerla en contacto con su madre y
su hermana?

--Si lo desea usted saber, le dir que ya lo he hecho. La he invitado a
tomar asiento al lado de mi madre y de Dunia.

--Rodia!--exclam Pulkeria Alexandrovna.

Dunia se ruboriz, Razumikin frunci el ceo y Ludjin se sonri
despreciativamente.

--Juzgue usted misma, Advocia Romanovna, si el acuerdo es posible.
Supongo que esto es un asunto terminado del cual no hay ms que hablar.
Me retiro para no interrumpir por ms tiempo esta reunin de familia.

Se levant y tom el sombrero.

--Pero permtanme ustedes que les diga antes de irme que deseo no
verme expuesto en lo sucesivo a semejantes encuentros. Es a usted
particularmente, mi distinguida Pulkeria Alexandrovna, a quien dirijo
esta splica; tanto ms, cuanto que mi carta era para usted y no para
otras personas.

Pulkeria Alexandrovna se sinti un tanto irritada.

--Cree usted que es nuestro amo, Pedro Petrovitch? Dunia le ha dicho
ya por qu no ha sido satisfecho su deseo; mi hija no tena ms que
buenas intenciones. Pero, en verdad, usted me escribe en un estilo muy
imperioso, y menester es que miremos sus deseos como una orden. Dir
a usted, por el contrario, que ahora, sobre todo, debe tratarnos con
consideraciones y miramientos, puesto que la confianza en usted nos ha
hecho dejarlo todo para venir aqu, y, por consiguiente, nos tiene ya a
su disposicin.

--Eso no es del todo exacto, Pulkeria Alexandrovna; sobre todo, desde
el momento que conoce usted el legado hecho por Marfa Petrovna a
Advocia Romanovna. Estos tres mil rublos llegan muy a punto, segn
parece, a juzgar por el nuevo tono que toma usted conmigo--aadi
agriamente Ludjin.

--Esa observacin hara suponer que usted haba especulado sobre
nuestra miseria--observ Dunia con voz irritada.

--Ahora, por lo menos, no puedo especular con ella. Y sobre todo, no
quiero impedir que oiga usted las proposiciones secretas que Arcadio
Ivanovitch Svidrigailoff ha encargado, para que se las transmita, a su
hermano de usted. Por lo que veo, esas proposiciones tienen para usted
una importancia capital y quiz tambin muy agradable.

--Ah! Dios mo!--exclam Pulkeria Alexandrovna.

Razumikin se agitaba impacientemente en su silla.

--No te avergenza, hermana?--pregunt Raskolnikoff.

--S--respondi la joven--. Pedro Petrovitch, salga usted!--aadi
plida de clera.

Este ltimo no esperaba semejante desenlace. Era demasiado presumido
y contaba con su fuerza y con la impotencia de sus vctimas. En aquel
momento no daba crdito a sus odos.

--Advocia Romanovna--dijo plido y con los labios temblorosos--, si
salgo ahora tenga usted por cierto que ya no volver jams. Reflexione
usted. Yo no tengo ms que una palabra.

--Qu impudencia!--exclam Dunia saltando de su asiento--. Pero si lo
que quiero es perderle de vista para siempre!

--Cmo? Eso dice usted?--vocifer Ludjin, tanto ms desconcertado
cuanto que hasta el ltimo minuto haba credo imposible semejante
ruptura--. Ah! Es as? Sabe usted, Advocia Romanovna, que yo podra
protestar?

--Con qu derecho le habla usted as?--dijo con vehemencia Pulkeria
Alexandrovna--. De qu tiene usted que protestar? Cules son sus
derechos? S, sus derechos. Ira yo a dar a mi Dunia a un hombre como
usted? Vyase en seguida y djenos tranquilas! En qu estbamos
pensando, sobre todo yo, para consentir en una cosa tan indigna?

--Sin embargo, Pulkeria Alexandrovna--replic Pedro Petrovitch
exasperado--, ustedes me han comprometido, dando una palabra que ahora
retiran... y, por ltimo, esto... esto... me ha ocasionado gastos.

La ltima recriminacin estaba tan dentro del carcter de Ludjin, que
Raskolnikoff, a pesar del furor que senta, no pudo orla sin soltar la
carcajada; pero no le sucedi lo mismo a Pulkeria Alexandrovna.

--Gastos? Gastos?--replic violentamente--. Se trata acaso del cajn
que usted nos ha mandado? Pero si usted ha obtenido su transporte
gratuito! Y pretende usted que le hemos comprometido? Se pueden
invertir los papeles hasta ese punto? Nosotras somos las que estamos a
merced de usted, y no usted a la nuestra.

--Basta, mam, basta, te lo suplico!--dijo Advocia Romanovna--. Pedro
Petrovitch, tenga usted la bondad de marcharse.

--S, me voy. Una palabra solamente--respondi casi fuera de s--. Su
mam de usted parece haber olvidado completamente que ped su mano
cuando corran acerca de usted muy malos rumores en toda la comarca. Al
desafiar por usted la opinin pblica, y al restablecer su reputacin,
tena derecho a esperar que me lo agradecera usted; pero esto me
hace caer la venda de los ojos, y veo que mi conducta ha sido muy
inconsiderada y que quiz he cometido un gran error despreciando la voz
pblica...

--Pero este hombre quiere que le rompan la cabeza!--exclam Razumikin,
que se haba levantado para castigar al insolente.

--Es usted un malvado--aadi Dunia.

--Ni una palabra, ni un gesto--agreg vivamente Raskolnikoff,
deteniendo a Razumikin; y aproximando luego su cara a la de Ludjin, le
dijo en voz baja, pero perfectamente clara--: Vyase usted! Ni una
palabra ms! De lo contrario...

Pedro Petrovitch, con el rostro plido y contrado por la clera,
le mir durante algunos segundos; despus gir sobre sus talones,
y desapareci, llevndose en el corazn un odio mortal contra
Raskolnikoff, a quien imputaba solamente su desgracia. Mientras
descenda la escalera, se imaginaba, empero, que no estaba perdido sin
remedio, y que no tena nada de imposible una reconciliacin con las
seoras.


III

Durante cinco minutos todos estuvieron muy alegres; su satisfaccin
les haca rer estrepitosamente. Slo Dunia palideca de vez en cuando
al recuerdo de la escena precedente. Pero de todos, el ms gozoso era
Razumikin. Aunque no se atreva abiertamente a manifestar su contento,
ste se delataba, a pesar suyo, en el temblor febril de toda su
persona. Ahora tena el derecho de dar su vida por las dos seoras, y
de consagrarse a su servicio. Ocultaba, sin embargo, estos pensamientos
en lo ms profundo de s mismo, y tema dar alas a su imaginacin. En
cuanto a Raskolnikoff, inmvil y hurao, no tomaba parte en la alegra
general; pareca que su espritu estaba en otra parte... Despus de
haber insistido tanto porque se rompiese con Ludjin, hubirase dicho
que esa ruptura, ya consumada, le tena sin cuidado. Dunia no pudo
menos de pensar que su hermano estaba an enojado con ella, y Pulkeria
Alexandrovna le miraba con inquietud.

--Qu es lo que te ha dicho Svidrigailoff?--pregunt la joven,
acercndose a su hermano.

--Ah! S, s--dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna.

Raskolnikoff levant la cabeza.

--Est decidido a regalarte diez mil rublos, y desea verte, pero en mi
presencia.

--Verle? Jams!--grit Pulkeria Alexandrovna--. Cmo se atreve a
ofrecerle dinero?

Raskolnikoff refiri entonces con bastante sequedad su entrevista con
Svidrigailoff.

A Dunia le preocuparon extraordinariamente las proposiciones de
Svidrigailoff, y qued largo tiempo pensativa.

--Algn terrible designio ha concebido--murmur para s, casi temblando.

Raskolnikoff advirti este terror excesivo.

--Creo que tendr ocasin de verle ms de una vez--dijo a su hermana.

--Encontraremos sus huellas--exclam enrgicamente Razumikin--. Yo lo
descubrir. No le perder de vista, ya que Raskolnikoff me lo permite.
El mismo me lo ha dicho hace poco: Vela por mi hermana. Consiente
usted, Advocia Romanovna?

Dunia sonri y tendi la mano al joven; pero segua preocupada.
Pulkeria Alexandrovna le dirigi una tmida mirada. Tambin es cierto
que le haban tranquilizado notablemente los tres mil rublos. Un cuarto
de hora despus se hablaba con animacin. El mismo Raskolnikoff, aunque
silencioso, prest durante algn tiempo odo a lo que se deca. La voz
cantante la llevaba Razumikin.

--Por qu, pregunto a ustedes, por qu irse?--gritaba convencido--.
Qu van ustedes a hacer en aquel pueblucho? Lo que principalmente hay
que procurar aqu es que todos ustedes estn juntos, puesto que se
han de menester los unos a los otros. No; no deben separarse. Vamos,
qudense ustedes siquiera un tiempo. Acptenme ustedes como amigo y
como asociado, y les aseguro que emprenderemos un excelente negocio.
Escchenme ustedes. Voy a explicarles minuciosamente mi proyecto. Se
me ocurri la idea esta maana, cuando aun no se saba nada... He aqu
de qu se trata: Yo tengo un to; se lo presentar a ustedes; es un
viejo muy campechano y muy respetable. Este to posee un capital de
mil rublos, que no sabe qu hacer de ellos, porque cobra una pensin
que basta a sus necesidades. Desde hace dos aos no cesa de ofrecerme
esta suma al seis por ciento de inters. Bien comprendo que es un medio
de que se vale para ayudarme. El ao ltimo, yo no tena necesidad de
dinero; pero al presente slo esperaba que llegase el buen viejo para
decirle que aceptaba. A los mil rublos de mi to juntan ustedes mil ms
y ya est formada la asociacin.

--Qu negocio vamos a emprender?

Entonces Razumikin se puso a desarrollar su proyecto. Segn l, la
mayor parte de los libreros y editores rusos hacen malos negocios
porque conocen mal su oficio; pero con buenas obras se poda ganar
dinero. El joven, que llevaba ya dos aos trabajando para diversas
libreras, estaba al corriente del asunto y conoca bastante bien tres
lenguas europeas. Seis das antes le dijo, es cierto, a Raskolnikoff,
que no saba bien el alemn; pero habl de ese modo para decidir
a su amigo a que colaborase con l en una traduccin que poda
proporcionarle algunos rublos. Raskolnikoff no se dej engaar por
aquella mentira.

--Por qu, pues, hemos de despreciar un buen negocio, cuando poseemos
uno de los medios de accin ms esenciales, el dinero?--continu,
animndose, Razumikin--. Claro es que habr que trabajar mucho;
pero trabajaremos, pondremos todos manos a la obra. Usted, Advocia
Romanovna, yo, Rodia... Hay publicaciones que producen al presente
excelentes rendimientos! Tendremos, sobre todo, la ventaja de conocer
lo que conviene traducir. Seremos a la vez traductores, editores y
profesores. Ahora puedo ser til, porque tengo experiencia. Hace
dos aos que no salgo de casa de los libreros, y s todas las
triquiuelas del oficio; crean ustedes que lo que propongo no es obra
de romanos. Cuando se ofrece la ocasin de ganar algn dinero, por
qu no aprovecharla? Podra citar dos o tres libros extranjeros cuya
publicacin sera una mina de oro. Si se lo indicase a uno de nuestros
editores, nada ms que por esto debera yo cobrar quinientos rublos;
pero no lo soy tanto. Por otra parte, capaces seran los imbciles
de vacilar. En cuanto a la parte material de la empresa, impresin,
papel, venta, me encargan ustedes a m; eso lo entiendo. Comenzaremos
modestamente; poco a poco iremos ampliando el negocio, y en todo caso,
seguro estoy de que conseguiremos los dos objetos.

A Dunia le brillaban los ojos.

--Lo que usted propone--dijo--me gusta mucho, Demetrio Prokofitch.

--Yo, es claro, no entiendo nada de eso--aadi Pulkeria
Alexandrovna--. Sin duda, conviene. Nosotras tenemos que permanecer
aqu por algn tiempo--dijo mirando a Raskolnikoff.

--Qu piensas t de esto, hermano?--pregunt Dunia.

--Encuentro su idea excelente--respondi el joven--. Cierto es que
no se improvisa de un da a otro una gran librera; pero hay cinco o
seis libros cuyo buen xito no me ofrece duda y son los mejores para
comenzar. Conozco uno, sobre todo, que de seguro se vendera. Adems,
podis tener confianza completa en la capacidad de Razumikin; sabe lo
que se hace... Por lo dems, tiempo tenis de hablar de esto.

--Bravo!--grit Razumikin--. Ahora, escuchen ustedes: hay aqu, en
esta misma casa, un departamento completamente distinto e independiente
del local en que se encuentran estas habitaciones; no cuesta caro y
est amueblado... tres piezas pequeas; aconsejo a ustedes que lo
alquilen. Estarn all muy bien; tanto ms, cuanto que podrn ustedes
vivir todos juntos; por supuesto, con Rodia... Pero, a dnde vas,
hombre?

--Cmo! te vas ya?--pregunt con inquietud Pulkeria Alexandrovna.

--En un momento como ste?--grit Razumikin.

Dunia mir a su hermano con sorpresa y desconfianza. El joven tena la
gorra en la mano, y se preparaba a salir.

--Cualquiera dira que se trataba de una separacin eterna--exclam con
aire extrao.

Sonrea; pero con qu risa!

--Despus de todo, quin sabe? Acaso sea sta la ltima vez que nos
vemos--aadi de repente.

Estas palabras brotaron espontneamente de sus labios.

--Pero, qu te pasa?--dijo ansiosamente la madre--. A dnde vas,
Rodia?--le pregunt dando a su pregunta un acento particular.

--Tengo que irme--respondi el joven.

Su voz era vacilante; pero su plido rostro expresaba una firme
resolucin.

--Quera deciros al venir aqu... Quera deciros a ti, mam, y a ti,
Dunia, que debemos separarnos por algn tiempo. No me siento bien;
tengo necesidad de reposo... Volver ms tarde. Volver cuando me
sea posible. Guardar vuestro recuerdo, os amar... Dejadme, dejadme
solo... Era esa mi intencin... Mi resolucin era irrevocable...
Ocrrame lo que quiera, perdido o no, deseo estar solo. Olvidadme
completamente. Esto es lo mejor... No procuris tener noticias mas...
cuando sea menester, yo vendr a vuestra casa u os llamar. Quiz se
arregle todo; pero hasta que esto suceda, si me amis, renunciad a
verme... De otro modo, os odiar... comprendo que os odiar... Adis!

--Dios mo! Dios mo!--gimi Pulkeria Alexandrovna.

De las dos mujeres, as como de Razumikin, se apoder un espanto
terrible.

--Rodia, Rodia! Reconcliate con nosotras! S lo que siempre
fuiste!--gritaba la pobre madre.

Raskolnikoff se dirigi lentamente hacia la puerta, pero al llegar a
ella se le acerc Dunia.

--Hermano mo! Cmo puedes portarte as con nuestra madre?--murmur
la joven, cuya mirada llameaba de indignacin.

Raskolnikoff hizo un esfuerzo para volver los ojos hacia ella.

--No es nada--musit como hombre que no tiene plena conciencia de lo
que dice, y sali de la sala.

--Egosta! Corazn duro y sin piedad!--grit Dunia.

--No es egosta; es un demente! Est loco! Le digo a usted que est
loco! Es posible que usted no lo haya visto? Usted es la que no
tiene piedad en este caso!--murmur Razumikin, inclinndose al odo de
la joven, cuya mano estrech con fuerza--. Vuelvo en seguida--dijo a
Pulkeria Alexandrovna, que estaba desvanecida, y se lanz fuera del
cuarto.

Raskolnikoff le esperaba en el corredor.

--Saba que correras detrs de m--dijo--. Vulvete con ellas, y no
las dejes... Acompalas tambin maana... y siempre. Yo... yo volver
quiz... si hay medio... Adis.

Iba a alejarse sin dar la mano a Razumikin.

--Pero a dnde vas?--balbuce este ltimo asombrado--. Qu tienes?
Cmo procedes de ese modo?

Raskolnikoff se detuvo de nuevo.

--Una vez para todas: no me interrogues ms; nada he de responderte.
No vuelvo a mi casa. Quiz venga alguna vez aqu. Djame... Pero a
ellas... _no las dejes_. Me comprendes?

El corredor estaba obscuro; ambos amigos se encontraban cerca de
una lmpara. Durante un minuto se miraron en silencio. Razumikin se
acord toda su vida de este minuto. La mirada fija e inflamante de
Raskolnikoff pareca que intentaba penetrar hasta el fondo de su alma.
De repente Razumikin se estremeci y se puso plido como un cadver.
Acababa de comprender la horrible verdad.

--Comprendes ahora?--dijo de repente Raskolnikoff, cuyas facciones se
alteraron horriblemente--. Vuelve al lado de ellas--aadi, y con paso
rpido sali de la casa.

Intil es describir la escena que se desarroll a la entrada de
Razumikin en el cuarto de Pulkeria Alexandrovna. Como se comprende
fcilmente, el joven puso todo su cuidado en tranquilizar a las dos
seoras. Les asegur que Rodia, como estaba enfermo, necesitaba de
reposo; les jur que no dejara de ir a verlas, que le veran todos
los das, que tena una preocupacin constante, que era preciso no
irritarle; prometi velar por su amigo, confiarle a los cuidados de un
buen mdico, del mejor, y si era necesario, llamara a consulta a los
prncipes de la ciencia...

En una palabra, a partir de este da, Razumikin sera para ellas un
hijo y un hermano.


IV

Raskolnikoff se dirigi derechamente al domicilio de Sonia.

La casa, de tres pisos, era un edificio viejo pintado de verde. El
joven encontr, no sin trabajo, al _dvornik_, y obtuvo de l vagas
indicaciones acerca del cuarto del sastre Kapernumoff. Despus de haber
descubierto en un rincn del patio la entrada de una escalera estrecha
y sombra, subi al segundo piso y sigui la galera que daba frente
al patio. Mientras andaba en la obscuridad, se preguntaba por dnde se
poda entrar en casa de Kapernumoff. De pronto se abri una puerta a
tres pasos de l, y el joven tom una de las hojas con un movimiento
maquinal.

--Quin hay aqu?--pregunt una voz de mujer.

--Soy yo. Vengo a ver a usted--replic Raskolnikoff, y penetr en una
antesalita.

All, sobre una mala mesa, haba una vela, colocada en un estropeado
candelero de cobre.

--Es usted! Dios mo!--dijo dbilmente Sonia, que pareca no tener
fuerzas para moverse de su sitio.

--Es ste su cuarto?--y Raskolnikoff entr vivamente en la sala,
haciendo esfuerzos para no mirar a la joven.

Al cabo de un minuto, Sonia se le acerc y permaneci en pie delante
de l, presa de una agitacin inexplicable. Esta inesperada visita la
turbaba y aun le daba miedo. De pronto su plido rostro se colore y
se le llenaron los ojos de lgrimas. Experimentaba una gran angustia,
con la cual se mezclaba cierta dulzura. Raskolnikoff se volvi con
un rpido movimiento, y se sent en una silla cerca de una mesa. En
un abrir y cerrar de ojos pudo inventariar todo lo que haba en la
estancia.

Esta sala grande, pero excesivamente baja, era la nica alquilada
por los Kapernumoff. En el muro de la izquierda haba una puerta que
comunicaba con la vivienda del sastre; del lado opuesto, en la pared
de la derecha, haba otra puerta, siempre cerrada: perteneca a otro
alojamiento. El cuarto de Sonia pareca un cobertizo cuadriltero muy
irregular, cuya forma le daba un aspecto monstruoso. La pared, con
tres ventanas que daban al canal, la cortaba oblicuamente, formando
as un ngulo extremadamente agudo, en el fondo del cual nada se vea,
a causa de la dbil luz de la vela. Por el contrario, el otro ngulo
era desmesuradamente obtuso. Esta gran sala apenas tena muebles: en
el rincn de la derecha estaba la cama; entre la cama y la puerta, una
silla; del mismo lado, y precisamente enfrente del alojamiento vecino,
una mesa de madera blanca cubierta con un tapete azul, y al lado de
ella dos sillas de junco. En la pared opuesta, cerca del ngulo agudo,
haba adosada una cmoda de madera sin barnizar que pareca perdida en
el vaco. A esto se reduca todo el mobiliario. El papel, amarillento
y viejo, tena color obscuro en todos los rincones, efecto probable de
la humedad y del humo del carbn. Todo aquel local denotaba pobreza: ni
siquiera haba cortinas en la cama.

Sonia miraba en silencio al visitante, que examinaba la habitacin tan
atentamente y de un modo tan despreocupado, que al fin la hizo temblar,
como si se hallase delante del rbitro de su destino.

--Vengo a casa de usted por ltima vez--dijo tristemente Raskolnikoff
como si se olvidase que era aqulla la primera que visitaba a la
joven--. Quizs no nos volveremos a ver.

--Va usted a marcharse?

--No s... maana, todo...

--De modo que no ir usted maana a casa de Catalina Ivanovna?--dijo
Sonia con voz temblorosa.

--No s. Maana por la maana todo... No se trata de eso. He venido
para decirle dos palabras.

Levant su mirada soadora, y advirti de repente que l estaba sentado
mientras que ella permaneca derecha.

--Por qu est usted en pie? Sintese--dijo con voz dulce y
acariciadora.

La joven obedeci. Durante un minuto, Raskolnikoff la contempl con
ojos benvolos y casi enternecidos.

--Qu delgada est usted! Qu mano la suya! Se ve la luz al travs
de ella! Los dedos parecen los de una muerta!

Le tom la mano.

Sonia se sonri dbilmente.

--Siempre he sido as--dijo.

--Tambin cuando viva usted en casa de sus padres?

--S.

--Es claro--dijo bruscamente.

Operse de nuevo un repentino cambio en la expresin de su rostro y en
el sonido de su voz.

Despus dirigi una nueva mirada en derredor suyo.

--Vive usted en casa de Kapernumoff?

--S.

--Viven ah, detrs de esa puerta?

--S. Su habitacin es completamente igual a sta.

--No tienen ms que una sala para todos?

--Nada ms.

--Yo, en una habitacin como sta, tendra miedo por la noche--observ
el joven con aire sombro.

--Mis patrones son buenas personas, muy amables--respondi Sonia, que
pareca no haber recobrado an su presencia de espritu--, y todo el
mobiliario les pertenece. Son muy buenos. Sus hijos vienen muy a menudo
a verme; los pobrecitos son tartamudos.

--Son tartamudos?

--S; el padre es tartamudo, y, adems, cojo. La madre tambin. No es
precisamente que tartamudee; pero tiene un defecto en la lengua. Es una
mujer muy buena. Kapernumoff es un antiguo siervo. Tiene siete hijos.
El mayor es el que tartamudea; los otros son enfermizos, pero hablan
claro.

--Lo saba.

--Que lo saba usted?--exclam Sonia sorprendida.

--Su padre de usted me lo cont hace tiempo. Supe por l toda la
historia de usted. Me refiri que usted sali un da a las seis; que
volvi a entrar a las ocho dadas, y que Catalina Ivanovna se puso de
rodillas delante de la cama de usted.

Sonia se turb.

--Creo haberle visto hoy--dijo titubeando.

--A quin?

--A mi padre. Yo estaba en la calle; en la esquina cerca de casa, entre
nueve y diez. Pareca andar delante de m. Hubiera jurado que era l.
Quise ir a decrselo a Catalina Ivanovna, pero...

--Paseaba usted?

--S...--murmur Sonia, bajando, avergonzada, los ojos.

--Catalina Ivanovna sola pegarla cuando estaba usted en casa de su
padre?

--Oh, no! Cmo dice usted eso? No--exclam la joven mirando a
Raskolnikoff con cierto espanto.

--De modo que usted la quiere?

--Cmo no?--repuso Sonia con voz lenta y plaidera. Despus junt
bruscamente las manos con expresin de piedad--. Ah, si usted...!
Si usted la conociese! Es lo mismo que una nia. Tiene el juicio
extraviado por la desgracia. Pero es tan inteligente! Es tan buena y
generosa! Ah, si usted supiera!

Sonia dijo estas palabras con un acento casi desesperado. Su agitacin
era extraa; se acongojaba, se retorca las manos. Sus plidas mejillas
se haban coloreado de nuevo y sus ojos revelaban un gran sufrimiento.
Evidentemente acababa de herrsele una cuerda sensible y no poda menos
de hablar, de disculpar a Catalina Ivanovna. De repente se manifest en
todos los rasgos de su fisonoma una expresin de piedad, por decirlo
as, insaciable.

--Pegarme ella! Qu dice usted, seor? Pegarme ella!... Y, aun
cuando me hubiera pegado, qu? si usted supiese! Es tan desgraciada,
y, adems, est enferma!... Busca la justicia... Es pura... cree que
en todo puede reinar la justicia, y clama por ella... La maltratara
usted, y ella no hara nada de injusto.

--Y usted, qu va a hacer?

Sonia le interrog con la mirada.

--Ahora han quedado a cargo de usted. Cierto que antes era lo mismo; el
que ha muerto sola pedirle a usted dinero para ir a gastrselo a la
taberna; pero ahora, qu es lo que va a ocurrir?

--No s--respondi la joven tristemente.

--Van a quedarse donde estn?

--No s. Deben a la patrona, y creo que sta ha dicho hoy mismo que
quera ponerlas en la calle. Mi madrastra, por su parte, dice que no ha
de permanecer un momento ms en aquella casa.

--En qu funda esa seguridad? Piensa vivir a costa de usted?

--Oh, no! no diga usted eso! Entre nosotras no hay mo ni tuyo;
nuestros intereses son los mismos--replic vivamente Sonia, cuya
irritacin en aquel instante se pareca a la inofensiva clera de un
pajarillo--. Por otra parte, qu va a ser de ella?--aadi, animndose
cada vez ms--. Cunto ha llorado hoy! Tiene perturbado el juicio,
no lo ha notado usted? Tan pronto se preocupa febrilmente por lo
que ha de hacer maana, a fin de que todo est bien, la comida y lo
dems, como se retuerce las manos, escupe sangre, llora y se golpea,
desesperada, la cabeza contra la pared. En seguida se consuela, pone
su esperanza en usted, dice que ser usted su sostn, habla de pedir
dinero prestado en cualquier parte y de volverse a su ciudad natal
conmigo. All, dice, fundar un pensionado de seoritas de la nobleza y
me confiar la direccin de su establecimiento. Una vida completamente
nueva, una vida feliz comenzar para nosotras, me dice besndome.
Estos pensamientos la consuelan. Tiene tanta fe en sus quimeras!
Piensa usted que se la puede contradecir? Ha pasado todo el da de
hoy lavando y arreglando el cuarto hasta que, rendida, se tuvo que
echar en la cama. Luego fuimos de tiendas juntas; queramos comprar
calzado a Poletchka y a Lena, porque sus zapatos estn inservibles.
Desgraciadamente no tenamos bastante dinero; se necesitaba mucho, y
haba elegido unos tan bonitos! Porque tiene muy buen gusto. Usted
no sabe...! Se ech a llorar all en la tienda, delante del zapatero,
porque no le alcanzaba el dinero... Ah, qu triste era aquello!

--Vamos, se comprende despus de esto que usted viva as--dijo
Raskolnikoff con amarga sonrisa.

--Y usted, no tiene piedad de ella?--exclam Sonia--. Usted mismo, lo
s, se ha despojado por ella de sus ltimos recursos, y, sin embargo,
no ha visto usted nada. Si lo hubiera visto todo! Dios mo! Cuntas
veces, cuntas veces la he hecho llorar! La semana ltima, sin ir ms
lejos, ocho das antes de la muerte de mi padre... Oh! Cunto me ha
hecho sufrir durante todo el da este recuerdo!

Sonia se retorca las manos; tan dolorosos le eran estos pensamientos.

--Ha sido usted dura con ella?

--S; yo, yo. Fu a verla--continu llorando--y mi padre me dijo:
Sonia, me duele algo la cabeza... Leme algo, ah tienes un libro.
Era un volumen perteneciente a Andrs Semenitch Lebeziatnikoff, el
cual sola prestarnos libros muy divertidos. Tengo que marcharme,
le respond yo. No tena ganas de leer. Haba entrado en la casa para
ensear a Catalina Ivanovna una compra que acababa de hacer. Isabel,
la revendedora, me haba trado unos cuellos y unos puos muy bonitos,
con ramos, casi nuevos. Me costaron muy baratos. A Catalina Ivanovna
le gustaron mucho; se los prob, mirndose al espejo, y los encontr
preciosos. Dmelos, Sonia; anda, dmelos, me dijo. No los necesitaba
para nada, pero ella es as: se acuerda siempre de los tiempos felices
de su juventud. Se contempla al espejo, y eso que no tiene ni vestidos
ni nada desde hace no s cuntos aos. Por lo dems, nunca pide nada a
nadie, porque es orgullosa, y antes que pedir dara cuanto posee; sin
embargo, me pidi los cuellos casi llorando. A m me costaba trabajo
drselos. Para qu los quiere usted?, le dije. S, de ese modo le
habl. No deb decirle tal cosa. Me mir con aire tan afligido, que
daba pena verla... y no era por los cuellos por lo que se entristeca,
no; lo que la afligi fu mi negativa... Ah, si yo pudiese ahora
retirar todo lo dicho, hacer que todas aquellas palabras no hubieran
sido pronunciadas!... Oh, s! Pero le estoy contando a usted lo que no
le interesa.

--Conoca usted a la revendedora Isabel?

--S... La conoca usted tambin?--pregunt Sonia un poco asombrada.

--Catalina Ivanovna est tsica en el ltimo grado; morir pronto--dijo
Raskolnikoff despus de una pausa, sin responder a la pregunta.

--Oh, no, no!

Y Sonia, inconsciente de lo que haca, tom las dos manos del joven,
como si la suerte de Catalina Ivanovna hubiese dependido de l.

--Sera mejor que se muriese.

--No, no sera mejor. Qu haba de serlo!

--Y los nios? Qu va a hacer usted de ellos, puesto que no puede
tenerlos a su lado?

--Oh, no s!--exclam con acento angustiado la joven, apretndose la
cabeza con las manos.

Era evidente que a menudo la haba preocupado este pensamiento.

--Supongamos que Catalina Ivanovna viva todava algn tiempo; pero
puede usted caer enferma, y cuando la conduzcan al hospital, qu
suceder entonces?--prosigui implacablemente Raskolnikoff.

--Ah! Qu dice usted? Qu dice usted?

El espanto demud por completo el rostro de Sonia.

--Cree usted que es imposible?--repuso l con sonrisa sarcstica--.
Supongo que no est usted asegurada contra las enfermedades. Qu ser
entonces de ellos? Toda la familia se encontrar en el arroyo; la madre
pedir limosna, tosiendo y dando con la cabeza en las paredes, como
hoy; los nios llorarn, Catalina Ivanovna caer en medio de la calle,
la llevarn al puesto de polica y de all al hospital, y los nios
quedarn sin amparo.

--Oh, no! Dios no permitir semejante horror!--exclam Sonia con voz
ahogada.

Hasta entonces haba escuchado en silencio, con los ojos fijos en
Raskolnikoff y las manos juntas como en muda plegaria para conjurar la
desgracia que el joven predeca.

Raskolnikoff se levant y se puso a pasear por la habitacin. Pas un
minuto. Sonia segua en pie con los brazos cados y la cabeza baja
presa de atroz sufrimiento.

--Y usted no puede hacer economas, ahorrar algn dinero para cuando
lleguen los das tristes?--pregunt detenindose delante de ella.

--No--murmur Sonia.

--No, naturalmente. Pero lo ha procurado usted?--aadi con cierta
irona.

--S.

--Y no lo ha conseguido? Es claro, s, se comprende. Intil es
preguntarlo.

Y volvi a pasearse por la habitacin.

--Y... no gana usted dinero todos los das?--pregunt al cabo de otro
minuto de silencio.

Sonia se turb ms que nunca y sus mejillas se arrebolaron.

--No--respondi en voz baja haciendo un violento esfuerzo.

--La suerte de Poletchka ser, indudablemente, la misma de usted--dijo
el joven bruscamente.

--No, no; eso es imposible!--exclam Sonia, herida en el corazn por
aquellas palabras como por una pualada--. Dios... Dios no permitir
semejante abominacin.

--Otras permite.

--No, Dios la proteger--repiti enfticamente Sonia.

--Y si no hay Dios?--replic con acento de odio Raskolnikoff, y se
ech a rer mirando a la muchacha.

La fisonoma de Sonia cambi repentinamente de expresin. Se le
contrajeron los msculos y fij en su interlocutor una mirada preada
de reproches; quiso hablar, pero no pudo articular palabra y rompi en
sollozos, tapndose la cara con las manos.

--Dice usted que Catalina Ivanovna tiene el juicio perturbado? Y el de
usted lo est tambin--dijo Raskolnikoff despus de una pausa.

Pasaron cinco minutos. El joven continuaba paseando por la estancia
sin hablar ni mirar a Sonia. Al fin se acerc a ella; tena los ojos
brillantes y los labios temblorosos; puso ambas manos sobre los
hombros de la joven, fij su ardiente mirada en ella, e inclinndose,
de repente, le bes los pies. Sonia se ech atrs aterrada, como si
estuviese delante de un loco. La fisonoma de Raskolnikoff en aquel
momento pareca, en efecto, la de un demente.

--Qu hace usted? A m!--balbuci Sonia palideciendo y con el corazn
dolorosamente oprimido.

El joven se levant en seguida.

--No es ante ti ante quien yo me prosterno, sino ante todo el
sufrimiento humano--dijo con extrao acento, y fu a ponerse de codos
en la ventana--. Escucha--prosigui, acercndose a ella un momento
despus--; hace poco le he dicho a un insolente que no vala lo que tu
dedo meique y que yo haba hecho a mi hermana el honor de sentarse a
tu lado.

--Ah! Cmo ha podido usted decir eso? y delante de ella!--exclam
Sonia asombrada--. Sentarse a mi lado un honor! Pero si yo soy una
mujer deshonrada!... Ah! Por qu ha dicho usted eso!

--Al hablar as, no pensaba ni en tu deshonor, ni en tus faltas,
sino en tus sufrimientos. Sin duda eres culpable--continu diciendo
Raskolnikoff con emocin creciente--; pero lo eres, sobre todo, por
haberte inmolado intilmente. Comprendo perfectamente que eres muy
desgraciada: vivir en ese fango que t detestas y saber al mismo tiempo
(puesto que no puedes hacerte ilusiones sobre el particular) que tu
sacrificio no sirve de nada y que no aprovechar a nadie... Pero
dime--aadi exaltndose cada vez ms--, cmo con las delicadezas de
tu alma te resignas a semejante oprobio? Sera mejor arrojarse al agua
y acabar de una vez!

--Y qu sera de ellos?--pregunt dbilmente Sonia, levantando hasta
l su mirada de mrtir; pero al propio tiempo no pareca en modo alguno
asombrada del consejo que se le daba.

Raskolnikoff la contempl con singular curiosidad. Esa sola mirada se
lo explic todo. Sin duda la joven haba pensado muchas veces en el
suicidio; muchas tambin, quiz, en el exceso de su desesperacin,
haba pensado en acabar de una vez, y de tal manera y tan seriamente se
preocup con la misma idea, que al presente no experimentaba ninguna
sorpresa al or tal solucin. No advirti, sin embargo, la crueldad
que encerraban estas palabras; escapsele tambin el sentido de los
reproches del joven. Como ya se habr comprendido, el punto de vista
desde el cual consideraba l su deshonor era para ella letra muerta, y
esto lo ech de ver Raskolnikoff. Se haca cargo de cmo la torturaba
la idea de su situacin infamante, y se preguntaba qu haba podido
impedir que acabase con su vida. La nica respuesta a tal pregunta era
el cario de Sonia por aquellos pequeuelos y por Catalina Ivanovna,
la desgraciada tsica y medio loca que se golpeaba la cabeza contra
las paredes. Sin embargo, era evidente para l que la joven, con su
carcter y educacin, no poda permanecer as definidamente. Vea
claramente que el caso de Sonia era un fenmeno social excepcional;
pero esto, en rigor, era una razn de ms para que la vergenza la
hubiese matado desde su entrada en un camino del cual deba alejarla
todo su pasado de honradez, tanto como su cultura intelectual,
relativamente elevada. Qu era, pues, lo que la sostena? Era
inclinacin al vicio? No, su cuerpo nicamente se haba entregado a
aquella vida, el vicio no haba penetrado en su alma; as lo comprenda
Raskolnikoff, que lea como en libro abierto en el corazn de la joven.

Su suerte est echada, pensaba. Tiene delante de s el canal, el
manicomio o el embrutecimiento.

Ms que nada le repugnaba admitir la ltima probabilidad; pero su
escepticismo le llevaba a considerarla como la ms segura.

Habr de suceder as?, se preguntaba. Es posible que esta
criatura, que conserva todava la pureza del alma, acabe por hundirse
deliberadamente en el fango? Ha puesto ya los pies en l, y si hasta
el presente ha podido soportar semejante vida, es porque para ella
el vicio ha perdido ya su aspecto repugnante? No, no; es imposible,
exclam para s, como antes haba exclamado Sonia. No, lo que hasta
este momento la ha impedido arrojarse al canal, es el temor de cometer
un pecado y el inters que tiene por _ellos_. Si aun no se ha vuelto
loca... pero quin dice que no lo est? Posee, acaso, todas sus
facultades? Razonara una persona de juicio sano como ella razona? Se
puede afrontar la propia perdicin con esa tranquilidad y sin prestar
odos a consejos o advertencias? Es un milagro lo que espera? S, sin
duda. No son todos estos signos de enajenacin mental?

Se detena obstinadamente en esta idea: Sonia loca! Esta perspectiva
le desagradaba menos que cualquiera otra, y pensando en tales cosas se
puso a examinar atentamente a la joven. De pronto le pregunt:

--De modo que ruegas mucho a Dios?

Ella callaba; en pie, a su lado, el joven esperaba una respuesta.

--Qu sera de m sin Dios?--dijo en voz baja, pero enrgica, y
dirigiendo a Raskolnikoff una rpida mirada de sus ojos brillantes, le
estrech la mano con fuerza.

Vamos, pens l, no me engaaba.

--Pero, qu es lo que Dios hace por ti?--pregunt, deseoso de
esclarecer por completo sus dudas.

Sonia permaneci silenciosa, como si no hubiera podido responder; se le
dilataba el pecho con la emocin.

--Calle usted, no me lo pregunte! No tiene usted derecho!--exclam,
mirndole con clera.

Eso es, s; eso es, pens el joven.

--El lo hace todo--murmur Sonia rpidamente, bajando los ojos al suelo.

Ya est encontrada la explicacin, afirm mentalmente Raskolnikoff
y mir a la joven con vida curiosidad. Experimentaba una sensacin
nueva, extraa, casi dolorosa, contemplando aquella carita plida,
angulosa, delgada, con aquellos ojos tan azules y tan dulces que
podan lanzar tales llamas y expresar una expresin tan vehemente, y
aquel cuerpecito tembloroso de indignacin y de clera; todo aquello
le pareca cada vez ms extrao, casi fantstico. Est loca! Est
loca!, repeta para s.

Haba un libro sobre la cmoda. Raskolnikoff habase fijado en l
varias veces durante sus idas y venidas por la habitacin. Al fin lo
tom para examinarlo. Era una traduccin rusa del Nuevo Testamento.

--Quin te ha dado esto?--pregunt a Sonia desde el otro lado de la
habitacin.

La joven, que no se haba movido de su sitio, avanz un paso y dijo:

--Me lo han prestado.

--Quin?

--Isabel; se lo ped yo.

Isabel? Es extrao!, pens l.

Todo en casa de Sonia tomaba a sus ojos un aspecto ms extraordinario.
Se aproxim a la luz con el libro y se puso a hojearlo.

--En qu parte habla de Lzaro?--pregunt bruscamente.

Sonia, con los ojos obstinadamente fijos en el suelo, guard silencio.
Se haba separado un poco de la mesa.

--Dnde est la resurreccin de Lzaro? Bscame ese pasaje, Sonia.

La joven mir con el rabillo del ojo a su interlocutor.

--No est ah... Est en el cuarto Evangelio--dijo secamente sin
moverse de su sitio.

--Busca ese pasaje y lemelo--dijo, y despus se sent, apoy los
codos en la mesa y la cabeza en la mano, y mirando de travs con aire
sombro, se dispuso a escuchar.

Sonia vacil al pronto dudando aproximarse a la mesa. El extrao deseo
manifestado por Raskolnikoff le pareca poco sincero. Sin embargo, tom
el libro.

--Acaso no lo ha ledo usted nunca?--pregunt, mirando al joven de
soslayo.

--S... en mi niez.

--No lo ha odo usted en la iglesia?

--Yo no voy a la iglesia. Y t, vas a menudo?

--No--balbuci Sonia.

Raskolnikoff sonri.

--Comprendo... Entonces no asistirs maana a las exequias de tu padre?

--S; la semana pasada estuve en la iglesia. Asist a una misa de
_Requiem_.

--Por quin?

--Por Isabel; la mataron a hachazos.

Los nervios de Raskolnikoff estaban cada vez ms irritados y la cabeza
se le iba.

--Tratabas a Isabel?

--S... Era buena, vena a mi casa... pero pocas veces, porque no era
libre. Leamos juntas y hablbamos. Ahora goza de la vista de Dios.

Raskolnikoff se qued pensativo. Qu significaban las misteriosas
confidencias de dos idiotas como Sonia e Isabel?

Aqu voy a volverme loco yo tambin. En esta habitacin se respira la
locura--pens--. Lee!--grit de repente con acento irritado.

Sonia segua vacilando. Le lata con fuerza el corazn y pareca que
le daba miedo leer. Raskolnikoff mir con expresin casi dolorosa a la
pobre loca.

--Qu le importa a usted eso si usted no cree?--murmur con voz
ahogada.

--Quiero que leas--insisti l--; bien le leas a Isabel...

Sonia abri el libro y busc el pasaje. Le temblaban las manos y las
palabras se le atravesaban en la garganta. Dos veces Sonia trat de
leer y no pudo articular la primera slaba.

Un hombre llamado Lzaro, de Bethania, estaba enfermo, profiri al
fin, haciendo un esfuerzo; pero de repente, a la tercera palabra, su
voz se hizo sibilante y se rompi como una cuerda demasiado tensa.
Faltaba el aliento a su pecho oprimido.

Raskolnikoff se explicaba, en parte, la vacilacin de Sonia
para obedecerle, y a medida que comprenda mejor, reclamaba ms
imperiosamente la lectura; comprenda cunto costaba a la joven
descubrirle, en cierto modo, su interior. Evidentemente no poda,
sin embargo, resolverse a hacer a un extrao la confidencia de los
sentimientos que desde su adolescencia quiz la haban sostenido, que
fueron, sin duda, su vitico moral, cuando entre un padre borracho y
una madrastra loca por la desgracia, en medio de los nios hambrientos,
no oa ms que reproches y clamores injuriosos. Vea todo esto; pero
vea tambin que, a pesar de su repugnancia, tena gran deseo de leer,
sobre todo para l, ocurriese lo que quisiera. Los ojos de la joven
y la agitacin que senta, se lo dieron a conocer a Raskolnikoff...
Por un violento esfuerzo sobre s misma, Sonia domin el espasmo que
le apretaba la garganta, y continu leyendo el undcimo captulo del
evangelio de San Juan, y lleg al versculo 19.

Muchos judos haban venido a Marta y a Mara a consolarlas de la
muerte de su hermano. Entonces Marta, como oy que Jess vena, sali
a su encuentro; pero Mara se estuvo en casa y Marta dijo a Jess--:
Seor, si hubieses estado aqu no fuera muerto mi hermano; mas yo s
ahora que todo lo que pidieres de Dios te dar Dios.

La joven hizo aqu una pausa para triunfar de la emocin que haca
temblar de nuevo su voz...

Dcele Jess--: Tu hermano resucitar. Marta dijo--: Yo s que
resucitar en la resurreccin en el da postrero. Dcele Jess: _Yo
soy la resurreccin y la vida_; el que crea en M, aunque est muerto,
vivir; y todo aquel que vive y cree en M, no morir eternamente.
Crees t en esto? Ella le dijo:

(Aunque apenas poda respirar, Sonia levant la voz, como si al leer
las palabras de Marta hiciese ella misma su profesin de fe.)

S, Seor; yo creo que T eres el Cristo, el Hijo de Dios que has
venido al mundo.

Sonia se interrumpi, levant los ojos hasta l; pero los baj en
seguida y prosigui la lectura. Raskolnikoff escuchaba sin pestaear,
apoyado de codos sobre la mesa y mirando de lado. La joven continu
leyendo hasta el versculo 32.

Mas Mara como vino donde estaba Jess, vindole derribse a sus
pies y le dijo--: Seor, si T hubieras estado aqu no fuera muerto
mi hermano. Jess entonces como que la vi llorando y que los judos
que haban venido con ella lloraban tambin, se conmovi en espritu y
turbse y dijo--: Dnde le pusisteis? Ellos le respondieron--: Seor,
ven y vers. Y llor Jess. Y los judos dijeron entonces--: Mirad cmo
le amaba; y algunos dijeron--: No poda ste, que abri los ojos al
ciego, hacer que ste no muriese?

Raskolnikoff se volvi hacia ella y todo agitado la mir. S, era,
efectivamente, lo que l haba pensado. La joven estaba temblorosa y
acometida de verdadera fiebre. Raskolnikoff lo haba previsto. Sonia se
aproximaba al milagroso relato y se apoderaba de ella un sentimiento
de triunfo. Su voz, fortalecida por la alegra, tena sonoridades
metlicas. Las lneas se confundan ante sus ojos ofuscados; pero saba
de memoria este pasaje. En el ltimo versculo, no poda ste, que
abri los ojos al ciego... baj la voz dando un acento apasionado a la
duda, al reproche de aquellos judos incrdulos y ciegos, que un minuto
despus iban, como heridos del rayo, a caer de rodillas sollozando y
creyendo... Y l, l que es tambin un ciego, incrdulo; l tambin,
dentro de un instante, oir, creer; s... s... en seguida... ahora
mismo..., pensaba Sonia agitada por esta alegre confianza.

Jess, conmovindose otra vez en s mismo, vino al sepulcro; era una
cueva la cual tena una piedra encima. Dice Jess--: Quitad la piedra.
Marta, hermana del muerto, le dice--: Seor, hiede ya, que es de cuatro
das.

Sonia subray la palabra cuatro.

Jess la respondi--: No te he dicho que si crees vers la gloria de
Dios? Entonces quitaron la piedra de donde el muerto haba sido puesto,
y Jess, alzando los ojos al cielo, dijo en voz alta--: Padre mo,
gracias te doy porque me has odo; yo saba que siempre me oyes, mas
por causa de la compaa que est alrededor lo dije, para que crean que
me has enviado! Y habiendo dicho estas palabras, exclam a gran voz--:
Lzaro, ven fuera! y el que haba muerto sali (al leer estas lneas
Sonia temblaba como si hubiese sido testigo del milagro), con las manos
atadas con vendas y el rostro envuelto en un sudario. Y dijo Jess--:
Desatadle y dejadle ir.

_Entonces, muchos de los judos que haban venido a Mara y haban
visto lo que Jess acababa de hacer, creyeron en El._

La joven no ley ms; le hubiera sido imposible; cerr el libro y se
levant.

--Esto es todo lo que se refiere a la resurreccin de Lzaro--dijo en
voz baja y nerviosa sin volverse a Raskolnikoff.

Pareca que temiese encontrar su mirada. Su temor febril duraba
todava. El cabo de vela, que estaba para consumirse, alumbraba
vagamente aquel cuartucho en que un asesino y una mujer pblica
acababan de leer juntos el Santo Libro. De repente Raskolnikoff se
levant y se acerc a Sonia.

--He venido para hablarte de una cosa--dijo en alta voz, frunciendo el
entrecejo.

La joven levant los ojos hasta l y vi que su mirada, de una dureza
particular, expresaba una resolucin feroz.

--Hoy--prosigui--, he renunciado a todo gnero de relaciones con mi
madre y con mi hermana. Ya no volver ms a mi casa. La ruptura entre
los mos y yo est ya consumada.

--Por qu?--pregunt asombrada Sonia.

Su encuentro poco antes con Pulkeria Alexandrovna y Dunia, le haba
dejado una impresin extraordinaria, aunque obscura para ella. Al
or la noticia de que el joven haba roto con su familia, sinti una
especie de terror.

--Ahora no tengo en el mundo ms que a ti--respondi l--. Partamos
juntos. He venido a proponrtelo. T y yo somos malditos; partamos
juntos.

Le relampagueaban los ojos.

Parece que est loco, pens a su vez Sonia.

--A dnde iremos?--pregunt espantada, e involuntariamente se
interrumpi.

--Cmo he de saberlo? Unicamente s que el camino y el fin de l, son
los mismos para ti y para m; de eso estoy seguro.

Sonia le mir sin comprender. Una sola idea se desprenda claramente
para ella de las palabras de Raskolnikoff: que era inmensamente
desgraciado.

--Nadie te comprender si t le hablas--prosigui l--; pero yo te he
comprendido. T me eres necesaria; por eso he venido.

--No comprendo...--balbuci Sonia.

--Ya comprenders ms tarde. Acaso t no has procedido como yo? T
tambin ests por encima de la regla... Has tenido ese valor. Has
alzado la mano sobre ti, has destrudo una vida, la tuya. Hubieras
podido vivir para un espritu, para la razn, y acabars en el Mercado
del Heno; pero t no podrs soportarlo, y si te quedas sola perders la
razn y yo tambin la perder. Ahora ya ests como loca. Es preciso,
pues, que marchemos juntos; que sigamos el mismo camino. Partamos.

--Por qu? Por qu dice usted eso?--repuso Sonia extraamente turbada
por tal lenguaje.

--Por qu? Porque t no puedes quedarte aqu! Es menester razonar
seriamente y ver las cosas bajo su verdadero aspecto, en vez de llorar
como un nio y de confiarlo todo a Dios. Qu ocurrir, te pregunto yo
ahora, si maana se te conduce al hospital? Catalina Ivanovna, casi
loca y tsica, morir pronto. Qu ser de sus hijos? La perdicin de
Poletchka, no es cosa segura?

--Qu hacer, pues? Qu hacer?--repiti llorando Sonia y retorcindose
las manos.

--Qu hacer? Hay que levar el ancla de una vez para ir adelante,
ocurra lo que quiera. No comprendes? Ms tarde comprenders... La
libertad y el poder, pero sobre todo el poder, reinan sobre todas las
criaturas temblorosas, sobre todo el hormiguero. He ah el objeto.
Acurdate de esto. Ese es el testamento que te dejo. Quiz te hablo por
ltima vez. Si no vengo maana lo sabrs todo, y entonces acurdate de
lo que te digo. Ms tarde, dentro de algunos aos, con la experiencia
de la vida, comprenders acaso lo que significan mis palabras. Si vengo
maana, te dir quin es el que ha matado a Isabel.

--Pero, es que usted sabe quin la ha matado?--pregunt la joven
helada de espanto.

--Lo s y lo dir... pero a ti, a ti sola. Te he elegido. No vendr a
pedirte perdn sino simplemente a decrtelo. Hace mucho tiempo que te
he elegido; desde el momento que tu padre me habl de ti; viviendo an
Isabel se me ocurri esta idea. Adis. No me des la mano. Hasta maana.

Raskolnikoff sali, dejando a Sonia la impresin de que estaba loco;
pero ella estaba tambin como loca y se daba cuenta de su estado; se le
iba la cabeza.

--Seor, cmo sabe quin ha matado a Isabel? Qu significan sus
palabras? Qu extrao es!

Sin embargo, no tuvo la menor sospecha de la verdad.

--Oh! Debe de ser inmensamente desgraciado! Se ha separado de su
madre y de su hermana; por qu? qu ha podido pasarle? Cules son
sus intenciones? Qu es lo que me ha dicho? Me ha besado el pie
dicindome (s, de ese modo se ha expresado), que no poda vivir sin
m... Oh Seor!

Detrs de la puerta que permaneca siempre cerrada, haba una
habitacin sin ocupar, desde haca largo tiempo, que perteneca a la
casa de Gertrudis Karlovna Reslich. Esta habitacin se alquilaba, como
lo indicaban un rtulo colocado en el exterior de la puerta grande
y los albaranes colocados en las ventanas que daban al canal. Sonia
saba que no viva nadie all. Pero, durante toda la escena precedente,
el seor Svidrigailoff, oculto detrs de la puerta, no haba perdido
slaba de la conversacin. Cuando Raskolnikoff hubo salido, el
inquilino de la seora Reslich reflexion un momento; despus volvi
a entrar sin ruido en su habitacin, que estaba contigua a la pieza
desalquilada, tom una silla y fu a colocarla junto a la puerta. Lo
que acababa de or le interesaba en el ms alto grado; as es que
llevaba aquella silla para poder escuchar la conversacin prometida
para el da siguiente, sin verse obligado a permanecer de pie durante
una hora por lo menos.


V

Cuando al da siguiente, a las once en punto, Raskolnikoff se present
en casa del juez de instruccin, se asombr de haber tenido que hacer
antesala tanto tiempo. Segn sus presunciones, debiera habrsele
recibido en seguida; sin embargo, pasaron diez minutos antes de ver
a Porfirio Petrovitch. En la sala de entrada, en que esper primero,
varias personas iban y venan sin parecer que reparasen en l. En la
habitacin siguiente, que se asemejaba a una Cancillera, trabajaban
algunos escribientes y saltaba a la vista que ninguno de ellos
sospechaba en lo ms mnimo lo que pudiera ser Raskolnikoff.

El joven mir en su derredor con desconfianza. Habra all algn
esbirro, algn _Argos_ misterioso encargado de vigilarle, y en el caso
oportuno impedir su fuga? Nada de esto descubra; los escribientes
estaban todos ocupados en sus tareas y los otros no hacan el menor
caso de l. El visitante se iba tranquilizando.

--Si, en efecto, aquel misterioso personaje de ayer, aquel espectro
salido de debajo de la tierra, lo supiese todo y lo hubiese visto todo,
me dejaran tanto tiempo libre? No me hubieran detenido ya, en vez de
esperar que viniese aqu por mi propia voluntad? Siendo esto as, o ese
hombre no ha hecho ninguna revelacin contra m, o... sencillamente no
sabe nada y no ha visto nada... Y, en rigor, cmo hubiera podido ver?
Por consiguiente, he debido estar alucinado, y lo que ayer me ocurri
no fu ms que una ilusin de mi imaginacin enferma.

Cada vez encontraba ms verosmil esta explicacin, que ya el da antes
se le haba ocurrido cuando ms inquieto estaba.

Reflexionando en todo esto y preparndose para una nueva lucha,
Raskolnikoff advirti de repente que estaba temblando y hasta se
indign ante el pensamiento de que lo que le haca temblar era el miedo
de una entrevista con el odioso Porfirio Petrovitch. Lo ms terrible
para l era encontrarse de nuevo en presencia de aquel hombre; le
odiaba terriblemente y hasta tema venderse a causa de aquel odio. Se
apresur a entrar con aire fro y tranquilo, y se prometi hablar lo
menos posible, estar siempre alerta y dominar, en fin, a toda costa, su
temperamento irascible. Pensando en tales cosas, fu introducido en el
despacho de Porfirio Petrovitch.

Encontrbase ste solo en su gabinete. Esta habitacin, de no muchas
dimensiones, contena una gran mesa colocada frente a un divn forrado
de hule, un escritorio, un armario colocado en un rincn y varias
sillas; todo este mobiliario, suministrado por el Estado, era de madera
amarilla. En la pared del fondo haba una puerta cerrada, lo que haca
suponer que haba otras habitaciones detrs del tabique.

En cuanto Porfirio Petrovitch vi que Raskolnikoff entraba en su
gabinete, fu a cerrar la puerta por la cual acababa de entrar el
joven, y ambos quedaron frente a frente. El juez de instruccin
dispens a su visitante una acogida en la apariencia por extremo
risuea y afable. Al cabo de algunos minutos advirti Raskolnikoff
ciertos movimientos que revelaban ligera contrariedad en el magistrado;
pareca que acababa de interrumprsele en alguna ocupacin clandestina.

--Ah, respetabilsimo! Ya est usted aqu... en nuestros
dominios--comenz a decir Porfirio Petrovitch tendindole ambas
manos--. Vamos, sintese usted, _batuchka_. Pero quiz no le guste a
usted que se le llame respetabilsimo y al mismo tiempo _batuchka_,
_tout court_. No lo tome usted a mal; no es una familiaridad
excesiva... Sintese... aqu, en el divn.

Raskolnikoff se sent, sin apartar los ojos del juez de instruccin.

Estas palabras en nuestros dominios, estas excusas por su
familiaridad, la expresin francesa _tout court_... qu quiere decir
todo esto? Me ha alargado las manos sin darme ninguna; las ha retirado
a tiempo, pens Raskolnikoff con desconfianza.

Ambos se observaban; pero cuando se encontraban sus miradas, apartaban
el uno del otro los ojos con la rapidez del relmpago.

--He venido a traer este papel... con motivo del reloj... Tome usted.
Est bien as, o hay que escribir otro?

--Qu? Qu papel? Ah, s!... No se preocupe usted; est
bien!--respondi con precipitacin Porfirio, que pronunci estas
palabras aun antes de haber examinado el papel, y despus, cuando hubo
echado una rpida mirada sobre el documento, aadi--: S, est bien;
basta con esto--continu, hablando siempre de prisa, y deposit el
papel sobre la mesa.

Un minuto despus lo guard en el escritorio, hablando de otra cosa.

--Me parece que ayer me manifest usted deseos de interrogarme... en
debida forma, a propsito de mis relaciones con la... vctima.

Vamos, para qu habr dicho yo _me parece_?, pens de repente
Raskolnikoff. Qu importa esa frase? Por qu me he de inquietar yo
por ella?, aadi mentalmente y casi al mismo tiempo.

Por el solo hecho de encontrarse en presencia de Porfirio, con quien
apenas haba cambiado dos palabras, su desconfianza tomaba enormes
proporciones, y advirti sbitamente que esta disposicin de nimo era
demasiado peligrosa; su agitacin y la exaltacin de sus nervios iban
en aumento.

Malo, malo; se me va a escapar alguna tontera.

--S, s; no se inquiete usted, tenemos tiempo, tenemos tiempo--murmur
Porfirio Petrovitch, que sin intencin alguna aparente iba y vena por
la habitacin, aproximndose, ya a la ventana, ya al escritorio, para
acercarse en seguida a la mesa.

Algunas veces evitaba las recelosas miradas de Raskolnikoff; otras se
detena bruscamente y miraba a su interlocutor cara a cara.

Era un espectculo verdaderamente extrao el que ofreca en tal momento
aquel hombrecillo grueso y redondo, que se mova como una pelota
lanzada de una pared a otra.

--No hay prisa, no hay prisa. Fuma usted? Tome un cigarrillo--continu
ofreciendo un paquete al visitante--. Le recibo aqu, sabe usted?;
pero mi habitacin est ah, detrs de ese tabique... Es el Estado
quien me la suministra... yo estoy aqu provisionalmente, porque hay
muchos arreglos que hacer en mi vivienda. Ahora todo est arreglado o
poco menos... Sabe usted que es una gran cosa que el Estado le d a
uno casa? No le parece a usted?

--S, una gran cosa--respondi Raskolnikoff mirndole con aire burln.

--Una gran cosa... una gran cosa...--repiti ocupado en otra parte--.
S, una gran cosa!--volvi a decir bruscamente con voz casi tonante,
detenindose a dos pasos de Raskolnikoff, a quien mir de repente.

La incesante y necia repeticin de esta frase: Una habitacin
suministrada por el Estado es una gran cosa, contrastaba por su
vacuidad con la mirada seria, profunda, enigmtica, que el juez fijaba
ahora en su visitante.

La clera de Raskolnikoff no le impidi dirigir al juez de instruccin
un desafo burln y bastante imprudente.

--Sabe usted--comenz a decir, mirndole casi con insolencia y
complacindose en ello--, que es, segn creo, una regla jurdica, un
principio para todos los jueces de instruccin, ponerse a hablar de
cosas insignificantes o de una cosa seria, pero ajena a la cuestin,
a fin de animar a aquellos a quienes interrogan, o ms bien a fin de
distraerlos aletargando su prudencia, y despus, bruscamente, de
improviso, descargarles en medio de la coronilla la ms peligrosa
pregunta? No es as? No es una costumbre religiosamente observada en
la profesin de usted?

--De modo que usted supone que si le he hablado tantas veces de la
casa que me da el Estado, ha sido para...?

Al decir esto, Porfirio Petrovitch gui los ojos y di a su cara,
por un instante, cierta expresin de alegra maliciosa, se borraron
las leves arrugas de su frente, se le pusieron los ojos todava
ms pequeos de lo que eran, se dilataron sus facciones, y mirando
fijamente a Raskolnikoff, se ech a rer de un modo nervioso y
prolongado, que agit toda su persona. El joven se ech a rer tambin,
aunque haciendo un violento esfuerzo. La hilaridad de Porfirio
Petrovitch redobl de tal modo, que el rostro del juez de instruccin
se puso de color carmes. Raskolnikoff experiment entonces un disgusto
que le hizo olvidar toda prudencia; ces de rer, frunci el entrecejo,
y durante todo el tiempo en que sigui riendo Porfirio con aquella
alegra que pareca un poco fingida, clav en l unas miradas preadas
de odio. El juez, por su parte, se cuidaba muy poco del descontento de
Raskolnikoff. Esta ltima circunstancia di mucho que pensar al joven;
crey comprender que su llegada no haba interrumpido lo ms mnimo al
juez de instruccin; era, por el contrario, l, Raskolnikoff, el que
haba cado en una trampa. Evidentemente haba all algn lazo, alguna
emboscada que l no conoca; la mina estaba cargada quiz, e iba a
reventar de un momento a otro.

Yndose derecho al asunto, se levant y tom su gorra.

--Porfirio Petrovitch--dijo con tono resuelto, pero en el que
se descubra bastante irritacin--, ayer manifest usted el
deseo de hacerme sufrir un interrogatorio. (Subray la palabra
_interrogatorio_.) He venido a ponerme a disposicin de usted; si tiene
preguntas que dirigirme, pregnteme usted, si no, permtame que me
retire. No puedo perder el tiempo aqu; tengo otra cosa que hacer. He
de asistir al entierro de ese funcionario que ha sido atropellado por
un coche y de quien ha odo usted hablar...--aadi, y en seguida se
arrepinti de haber dicho esta frase--. Despus--prosigui con clera
creciente--, todo eso me fastidia, entiende usted? hace mucho tiempo
que dura todo esto, y en parte ha sido causa de mi enfermedad... En una
palabra--continu con voz cada vez ms irritada porque comprenda que
la frase acerca de su enfermedad era an ms inoportuna que la otra--,
en una palabra, o me interroga usted, o permita que me marche ahora
mismo... Pero si usted me interroga, que sea en la forma establecida
por el procedimiento legal; de otro modo no se lo permitir a usted, y
hasta entonces, adis, puesto que por el momento nada tenemos que hacer
juntos.

--Seor! Pero, qu est usted diciendo? Acerca de qu he de
interrogar a usted?--replic el juez de instruccin, que ces
instantneamente de rer--; no se inquiete usted, se lo suplico.

Incit a Raskolnikoff a que se sentara, en tanto que l iba y vena de
un lado a otro de la habitacin.

--Tenemos tiempo, tenemos tiempo, y todo eso carece de importancia.
Por el contrario, estoy tan contento de que haya usted venido a
nuestra casa... Recibo a usted como a un visitante... En cuanto a ese
maldito rer, _batuchka_ Rodin Romanovitch, perdneme usted... soy
muy nervioso y me ha hecho mucha gracia la agudeza de la observacin
de usted; a veces, le aseguro que me pongo a saltar como una pelota de
goma y estoy as durante media hora... Me gusta rer. Mi temperamento
me hace temer una apopleja. Pero sintese usted, por qu sigue en
pie?... Se lo ruego, _batuchka_, de lo contrario creer que est usted
enfadado.

Raskolnikoff, con el entrecejo fruncido, se callaba, escuchaba y
observaba; sin embargo, se sent.

--Por lo que a m toca, _batuchka_ Rodin Romanovitch, dir a usted
una cosa que servir para explicarle mi carcter--repuso Porfirio
Petrovitch, que continuaba yendo y viniendo por la habitacin, y
segua evitando el cruzar la mirada con la del joven--. Yo vivo solo,
sabe usted? No voy a ninguna parte; soy desconocido. Aada usted que
estoy en la decadencia ya acabado... y... ha advertido usted, Rodin
Romanovitch, que entre nosotros, es decir, en Rusia, y sobre todo en
nuestros crculos de San Petersburgo, cuando se encuentran dos hombres
inteligentes que no se conocen an bien, pero que recprocamente se
estiman, como usted y yo, por ejemplo, en este momento, no pueden
decirse una palabra durante media hora y permanecen como petrificados,
el uno frente al otro? Todo el mundo tiene materia de conversacin; las
seoras, la gente de mundo, las personas de alta sociedad... en todos
estos ambientes hay de qu hablar, es de rigor; pero las personas de la
clase media, como nosotros, son huraas y taciturnas. De qu procede
esto, _batuchka_? No tenemos nosotros intereses sociales, o es que
somos demasiado honrados para engaarnos unos a otros? No lo s. Vamos
a ver, cul es su opinin? Pero deje la gorra; cualquiera dira que
desea usted irse, y eso me causa pena... yo, por el contrario, tengo
tanto gusto...

Raskolnikoff dej su gorra. No sala de su mutismo, y con las cejas
fruncidas segua oyendo la vana charla de Porfirio.

Sin duda dice todas estas tonteras para distraer mi atencin.

--No le ofrezco a usted caf, porque ste no es lugar para ello; pero,
no ser posible pasar cinco minutos con un amigo para procurarle una
distraccin?--prosigui el inagotable Porfirio--. Ya sabe usted cuntas
son las obligaciones del servicio. No se enoje usted, _batuchka_,
porque siga pasendome; perdneme usted, sentira mucho molestarle;
pero me es tan necesario el movimiento!... Estoy siempre sentado y es
para m un verdadero placer poder pasearme durante cinco minutos...
padezco de hemorroides. He tenido siempre intencin de tratarme por la
gimnasia; el trapecio es, se dice, muy provechoso para los consejeros
del Estado, y aun para los consejeros ntimos. En nuestros das,
la gimnstica ha venido a ser una verdadera ciencia... En cuanto a
los deberes de nuestro cargo, a estos interrogatorios y todo este
formalismo, usted mismo, _batuchka_, hablaba hace poco... Sabe usted,
en efecto, _batuchka_ Rodin Romanovitch, que estos interrogatorios
despistan ms al magistrado que al reo?... Usted lo ha hecho notar
hace un momento, con tanto ingenio como exactitud. (Raskolnikoff no
haba hecho semejante observacin.) Se embrolla uno, pierde el hilo.
En cuanto a nuestras costumbres jurdicas, estoy plenamente de acuerdo
con usted. Cul es, dice usted, el acusado, aunque sea el ms obtuso
_mujik_, que ignore que ha de comenzarse por hacrsele preguntas
extraas para aletargarle, segn la feliz expresin de usted, a fin de
asestarle despus, bruscamente, un hachazo en medio de la coronilla
(sirvindome de la feliz metfora de usted)? Je, je! De modo que ha
pensado que hablndole de la habitacin, yo trataba... je, je! Es
usted muy custico... vamos, ya no insisto. Ah! S, una palabra llama
a otra; los pensamientos se atraen mutuamente. Hace un momento hablaba
usted de la forma en lo que concierne al magistrado. Pero, qu es la
forma? Ya sabe usted que, en muchos casos, una simple conversacin
amistosa conduce ms seguramente a ciertos resultados. La forma no
desaparecer jams, permtame usted que se lo asegure; pero qu es, en
el fondo, la forma? No se puede obligar al juez de instruccin a que
la traiga siempre a cuestas. La necesidad del investigador es, en su
gnero, un arte liberal o alguna cosa por el estilo. Je, je!

Porfirio Petrovitch se detuvo un instante para tomar aliento. Hablaba
sin interrupcin, tan pronto diciendo tonteras, como deslizando, en
medio de estas necedades, frasecillas enigmticas, despus de las
cuales comenzaba de nuevo con sus trivialidades. Su paseo ahora por la
habitacin se pareca a una carrera; mova sus gruesas piernas cada vez
con ms viveza y continuaba con los ojos bajos, la mano derecha metida
en el bolsillo, en tanto que con la izquierda haca incesantemente
ademanes que no tenan ninguna relacin con sus palabras. Raskolnikoff
advirti, o crey advertir, que al ir y venir por la habitacin, el
juez se haba detenido dos veces cerca de la puerta como para escuchar
un instante... Sin duda espera algo.

--Tiene usted completa razn--sigui diciendo alegremente Porfirio,
mirando al joven con una candidez que puso a ste en nueva
desconfianza--; nuestras costumbres jurdicas merecen, en efecto, las
burlas ingeniosas de usted. Je, je! Estos procedimientos, inspirados,
segn se pretende, por una profunda psicologa, son muy ridculos y
aun a menudo estriles. Volviendo de nuevo a la forma: Supongamos que
yo me encargo de la instruccin de un proceso; yo s, o ms bien creo
saber, que el culpable es cierto seor... No estaba usted siguiendo la
carrera de Derecho, Rodin Romanovitch?

--S; la estudiaba.

--Pues bien, he aqu un ejemplo que podr servirle a usted ms
adelante; no vaya a creer que trato de echrmelas de profesor con
usted; no permita Dios que pretenda yo ensear una cosa a un hombre que
trata en los peridicos las cuestiones de criminalidad; no, me tomo
solamente la libertad de citarle un hecho a ttulo de ejemplo. Supongo,
pues, que he credo descubrir al culpable; dgame usted ahora: haba
de inquietarle prematuramente, aunque poseyera pruebas contra l? Acaso
a otro que no tuviese el mismo carcter, le hara detener en seguida;
pero a ste, por qu no dejarle que se pasee un poco por la ciudad?
Je, je! No, veo que usted no me comprende bien; voy a explicarme ms
claramente. Si, por ejemplo, me apresuro a dictar un auto de prisin
contra l, merced a este solo hecho le suministro, por decirlo as,
un punto de apoyo moral. Je, je! Se re usted? (Raskolnikoff no
pensaba en rerse; tena los labios apretados y no apartaba su ardiente
mirada de los ojos de Porfirio Petrovitch.) Sin embargo, as se hace,
porque las personas son muy diversas, aunque, desgraciadamente, el
procedimiento sea el mismo para todas. Pero desde el momento que tiene
usted pruebas, podr decirme usted, para qu todas esas precauciones?
Ah, Dios mo! _Batuchka_, sabe usted lo que son pruebas? Las tres
cuartas partes de las veces, las pruebas son armas de dos filos, y,
yo, juez de instruccin, soy hombre y, por consiguiente, sujeto a
error. As, pues, quisiera dar a mis investigaciones el rigor absoluto
de una demostracin matemtica y deseara que mis conclusiones fuesen
tan claras, tan indiscutibles, como dos y dos son cuatro. De modo que
si yo hago detener a ese seor antes del tiempo oportuno, estando
bien convencido de que es _l_, me privo de los medios ulteriores de
establecer su culpabilidad. Y por qu? Pues porque le doy, en cierto
modo, una situacin definida; al ponerle en la crcel le tranquilizo,
le coloco en su verdadero equilibrio psicolgico; entonces se me
escapa, se repliega sobre s mismo, y comprende que es un detenido. Si
por el contrario, dejo perfectamente tranquilo al presunto culpable, si
no le detengo y si no le inquieto, pero a todas horas est preocupado
de que lo s todo, de que no le pierdo de vista ni de da ni de noche,
de que es objeto por mi parte de una infatigable vigilancia, qu es lo
que suceder en semejantes condiciones? Que infaliblemente se sentir
acometido del vrtigo, vendr l mismo a mi casa, me suministrar
buen nmero de armas contra l, y me pondr en el caso de dar a las
conclusiones de mi investigacin un carcter de evidencia matemtica
que no carece de encantos. Si este procedimiento puede dar resultados
eficaces con un _mujik_ inculto, es tambin muy eficaz cuando se
trata de un hombre muy ilustrado, inteligente, y en cierto modo
distinguido. Porque lo importante, mi querido amigo, es adivinar en qu
sentido est desarrollado un hombre. Supongamos que se trata de uno
inteligente, pero que tiene nervios, nervios que estn excitados, que
son enfermizos... Y la bilis! La bilis que no se tiene en cuenta, qu
papel, sin embargo, tan importante desempea en todas esas personas! Se
lo repito a usted: hay en esto una verdadera mina de indicios. Qu me
importa que se pasee en libertad por la ciudad? Puedo dejarle gozar un
poco ms, seguro de que la presa no se me escapar. Y, en efecto, a
dnde podra ir? Al extranjero? Un polaco huira al extranjero, pero
l no; tanto ms, que yo le vigilo, y tengo, por consiguiente, tomadas
mis medidas. Se retirar al interior del pas? All habitan _mujiks_
groseros, rusos primitivos, desprovistos de civilizacin; este hombre
ilustrado querr mejor estar preso que vivir en tal ambiente. Je, je!
Por otra parte, esto no significa nada todava; es lo accesorio, el
lado exterior de la cuestin. No huir, no solamente porque no sabra
dnde ir, sino porque, y sobre todo, me pertenece psicolgicamente.
Je, je, je! Qu le parece a usted de esta expresin? En virtud de
una ley natural, no huir, aunque pueda hacerlo. Ha visto usted la
mariposa delante de la luz? Pues bien: l dar sin cesar vueltas
en derredor mo, como ese insecto en torno de la llama. Para l no
tendr goces la libertad, cada vez estar ms inquieto, cada vez ms
trastornado; si le doy tiempo, se entregar a actos tales que su
culpabilidad aparecer clara como dos y dos son cuatro... y siempre,
siempre, dar vueltas en derredor mo, describiendo crculos cada vez
ms pequeos, hasta que, por ltimo, paf! se meter l mismo en la
boca y me lo tragar. Es esto muy divertido. Je, je, je! No le parece
a usted?

Raskolnikoff guardaba silencio. Plido e inmvil, continuaba observando
el rostro de Porfirio con un penoso esfuerzo de atencin.

La leccin es buena--pensaba aterrado--; no es, como ayer, el gato
jugando con el ratn. Sin duda, al hablarme as, no es solamente por
placer de mostrarme su fuerza; es demasiado inteligente para eso. Debe
de tener otro objeto. Cul es? Bah! amigo mo, cuanto dices es para
asustarme. No tienes pruebas, y el hombre de ayer no existe. Tratas
sencillamente de desconcertarme, quieres encolerizarme y dar el gran
golpe cuando me veas en ese estado; pero te engaas; pierdes el tiempo
y la saliva. Mas, por qu hablas con palabras encubiertas? Cuentas
con la excitacin de mi sistema nervioso... No, amiguito, no suceder
lo que t piensas; sea lo que quiera lo que hayas preparado... Ahora
veremos qu lazo me tiendes.

Y se dispuso animosamente a afrontar la terrible catstrofe que
prevea. De vez en cuando senta deseos de lanzarse sobre Porfirio y
de estrangularle sobre la marcha. Desde su entrada en el despacho del
juez de instruccin, su principal temor era el de no poder dominar su
clera. Senta los latidos violentos del corazn, se le secaban los
labios y le brotaba espuma de ellos. Resolvi, sin embargo, callarse
comprendiendo que, en su posicin, el silencio era la mejor tctica.
De esta suerte, en efecto, no slo no se comprometera, sino que
quiz conseguira irritar a su enemigo y arrancarle alguna palabra
imprudente. Por lo menos, tal era la esperanza de Raskolnikoff.

--No, bien veo que usted no lo cree. Supone usted que me
burlo--prosigui Porfirio, que cada vez estaba ms alegre sin dejar
su risita, y haba reanudado sus paseos por la sala--. Tal vez tenga
usted razn; me ha dado Dios una cara que despierta en los que me
ven ideas cmicas; soy un bufn; pero perdone usted el lenguaje de
un viejo: usted, Rodin Romanovitch, est en la flor de la juventud,
y, como todos los de su edad, aprecia sobre todo la inteligencia
humana. La agudeza del ingenio y las deducciones abstractas de la
razn le seducen. Volviendo al _caso particular_ del que venamos
hablando, dir a usted que es preciso contar con la realidad, con la
naturaleza. Es una cosa muy importante. Oh! Cmo triunfa muchas veces
de la habilidad! Escuche usted a un viejo! Hablo seriamente, Rodin
Romanovitch--al pronunciar estas palabras, el juez, que escasamente
tena treinta y cinco aos, pareca, en efecto, que haba envejecido
de improviso; en su persona y hasta en su voz habase producido una
repentina metamorfosis--. Adems, yo soy muy franco... Qu le parece
a usted? soy o no soy franco? Creo que no se puede ser ms; le confo
a usted todas estas cosas sin pedirle nada en cambio. Je, je, je!
Pues bien--continu--: la agudeza de ingenio es, en mi opinin, una
cosa excelente; es, por decirlo as, el ornamento de la naturaleza, el
consuelo de la vida, y con ella solamente parece que se puede echar la
zancadilla a un pobre juez de instruccin, que, por otra parte, suele
ser engaado por su propia imaginacin, porque, en resumidas cuentas,
es hombre. Pero la naturaleza viene en ayuda del pobre juez. En esto es
en lo que no piensa la juventud, fiando demasiado en su inteligencia,
la juventud que salta por encima de todos los obstculos, como dijo
usted ayer de una manera tan fina e ingeniosa. En el _caso particular_
de que tratamos, el culpable, yo lo admito, mentir de una manera
asombrosa; pero cuando crea que no tiene ms que recoger el fruto de su
habilidad, paf! se desmayar en el sitio mismo en que tal accidente
ha de ser objeto de mayores comentarios. Supongamos que puede explicar
su desmayo por hallarse enfermo, por la atmsfera sofocante de la
sala; eso no obstante, nacern sospechas. Ha mentido de una manera
asombrosa; pero no ha sabido tomar precauciones contra la naturaleza.
Ah tiene usted dnde est el verdadero lazo. Otra vez, impulsado por
su carcter burln, se divertir embromando a alguno que sospecha,
y, como por juego, fingir ser el criminal a quien busca la polica;
pero entrar demasiado bien en el nimo de su modelo, representar su
fingida comedia con _demasiada naturalidad_, y ste ser otro indicio.
De momento, su interlocutor podr ser juguete de lo que dice; pero, si
este ltimo no es un zoquete, rectificar al siguiente da. Nuestro
hombre se comprometer a cada instante, qu digo! vendr por s mismo
donde no ha sido llamado, se explayar con palabras imprudentes, se
extender en alegoras cuyo sentido no se escapar a nadie... Je, je,
je! Hasta preguntar por qu no se le ha detenido an. Je, je, je!
Y esto puede ocurrir a un hombre muy suspicaz, a un psiclogo, a un
literato. No hay espejo tan transparente como la naturaleza! basta
con contemplarla... pero, por qu se pone usted tan plido, Rodin
Romanovitch? Quiz hace demasiado calor. Quiere usted que abra la
ventana?

--No se moleste usted, se lo ruego--contest Raskolnikoff, echndose a
rer.

El juez se detuvo enfrente de l, esper un momento, y, de repente,
solt tambin una carcajada. Raskolnikoff, cuya hilaridad habase
calmado sbitamente, se levant.

--Porfirio Petrovitch--dijo con voz ruda y fuerte, y mantenindose con
dificultad en pie, a causa del temblor de sus piernas--, no tengo duda:
usted sospecha que yo he asesinado a esa vieja y a su hermana Isabel.
Por mi parte le declaro que estoy ya hasta la coronilla. Si usted cree
que tiene el derecho de perseguirme o de hacerme detener, persgame
usted y mtame en la crcel; pero no permito que se burle nadie de m,
ni de que se me martirice.

De pronto comenzaron a temblarle los labios, sus ojos despidieron
llamas, y su voz, hasta entonces contenida, alcanz el diapasn ms
elevado.

--No lo permito!--grit bruscamente, y di un vigoroso puetazo sobre
la mesa--. Lo ha odo usted, Porfirio Petrovitch? No lo permito!

--Ah! Dios mo! Pero qu le pasa a usted?--dijo el juez de
instruccin en apariencia muy inquieto--. _Batuchka_! Rodin
Romanovitch, amigo mo, qu est usted diciendo?

--No lo permito!--repiti Raskolnikoff.

--_Batuchka_, un poco ms bajo! Van a orle. Vendrn, y, entonces,
qu diremos? Piense usted un poco en ello--murmur como asustado
Porfirio Petrovitch, que haba acercado su cara a la del visitante.

--No lo permito! No lo permito!--prosigui maquinalmente
Raskolnikoff; pero hablaba bajando el tono, de modo que slo poda ser
odo por Porfirio.

Este corri a abrir la ventana.

--Es menester airear la sala. Por qu no bebe usted un poco de agua,
querido amigo? Eso no es ms que un acceso sin importancia.

Se diriga ya a la puerta para dar rdenes a un criado, cuando vi en
un rincn una jarra de agua.

--Beba usted, _batuchka_!--murmur, aproximndose vivamente al joven
con una jarra--. Esto le sentar a usted muy bien.

El susto, y aun la misma solicitud de Porfirio Petrovitch, parecan tan
poco fingidos, que Raskolnikoff se call y se puso a examinarle con
ttrica curiosidad; pero rehus el agua que se le ofreca.

--Rodin Romanovitch! querido amigo! Si usted contina as, va a
volverse loco, se lo aseguro! Beba usted, beba usted, aunque sea un
sorbo.

Y le puso casi a la fuerza el vaso en la mano. Maquinalmente,
Raskolnikoff se lo llev a los labios; pero de repente mud de
parecer, y lo dej con disgusto sobre la mesa.

--Eso no ha sido ms que un acceso insignificante. Tanto har usted,
mi querido amigo, que acabar por recaer de nuevo--observ con tono
afectuoso el juez de instruccin, que pareca muy afectado--. Seor,
pero es posible que se cuide usted tan poco? Lo mismo pas con
Demetrio Prokofitch, que estuvo ayer en mi casa. Reconozco que tengo
el genio custico, que mi carcter es horrible... pero, seor! qu
significacin se da a mis inofensivas salidas? Vino ayer despus de
la visita de usted; bamos a ponernos a comer y empez a hablar. Me
content con apartar los brazos: Ah Dios mo!... Fu usted quien lo
envi, verdad? Sintese usted; _batuchka_; sintese usted, por el
amor de Cristo!

--No, no le mand yo; pero saba que estaba en casa de usted y por qu
haca esa visita--respondi sarcsticamente Raskolnikoff.

--Usted lo saba?

--S. Qu deduce usted de eso?

--Deduzco, _batuchka_, que conozco, adems, otros muchos hechos y
excursiones de usted; estoy informado de todo. S que a la cada de
la tarde fu usted a alquilar el _cuarto_; que se puso a tirar del
cordn de la campanilla; que hizo una pregunta acerca de la sangre, y
que el aspecto de usted asombr a los obreros y a los _dvorniks_. Oh!
comprendo la situacin moral en que usted se encontraba entonces; pero
no es menos cierto que todos estos trastornos acabarn por volverle
loco. En el alma de usted hierve una noble indignacin; tiene usted
motivos para quejarse de su destino, en primer trmino, y en segundo,
de la polica. Va usted tambin de aqu para all forzando, en cierto
modo, a la gente para que formule en voz alta sus acusaciones. Estas
chismografas estpidas le son insoportables, y quiere usted acabar
con todo ello. No es as? No he adivinado alguno de los sentimientos
a que usted obedece? Pero el caso es que no se contenta usted con
devanarse los sesos, sino que hace perder tambin la cabeza al pobre
Razumikin, y es verdaderamente una lstima volver loco a tan buen
muchacho. Su misma bondad le expone ms que a cualquier otro a sufrir
el contagio de la enfermedad de usted... Cuando usted se calme,
_batuchka_, yo le contar... Pero, sintese, por el amor de Cristo! Se
lo suplico. Recobre sus nimos; est usted trastornado; sintese.

Raskolnikoff se sent. Un temblor febril agitaba todo su cuerpo.
Escuchaba con sorpresa profunda a Porfirio, que le prodigaba
demostraciones de amistad; pero no daba ningn crdito a las palabras
del juez de instruccin, aunque senta una propensin extraa a
creerlas. Le haba impresionado mucho el or a Porfirio hablarle de su
visita al cuarto de la vieja. Cmo sabe esto, y por qu me lo cuenta
l mismo?, pensaba el joven.

--S, se ha producido en nuestra tctica judiciaria un caso psicolgico
casi anlogo, un caso morboso--continu Porfirio--. Un hombre se acus
de un homicidio que no haba cometido. Cont una historia completa,
una alucinacin de que l haba sido juguete; y su relato era tan
verosmil, pareca tan de acuerdo con los hechos, que desafiaba toda
contradiccin. Cmo explicarse esto? Sin haber intervenido en l,
este individuo haba sido, en parte, causa de un asesinato. Cuando
supo que l haba, sin saberlo, facilitado el crimen, se sobrecogi de
tal manera, que su razn se alter e imagin que l era el verdadero
criminal. Al fin y a la postre, el Senado examin la causa y descubri
que el desgraciado era inocente. Sin el Senado, qu hubiera sido
de este pobre diablo? He aqu lo que se arriesga, _batuchka_. Puede
uno convertirse en monomanaco cuando va por la noche a tirar de los
cordones de las campanillas y a hacer preguntas acerca de la sangre. En
el ejercicio de mi profesin, he tenido ocasin de estudiar toda esta
psicologa. Es se de que hablo un atractivo semejante al que impulsa
a un hombre a tirarse por una ventana de lo alto de una torre... Usted
est enfermo, Rodin Romanovitch, y hace mal en descuidar tanto su
enfermedad. Debiera usted consultar un mdico experimentado, en vez de
hacerse asistir por ese gordinfln de Zosimoff. Todo esto es en usted
el efecto del delirio...

Durante un instante, Raskolnikoff crey ver que todos los objetos
daban vueltas en derredor suyo. Es posible que siga mintiendo en
este momento?, se preguntaba; y esforzbase para desechar esta idea,
presintiendo el exceso de rabia loca a que poda impulsarle.

--Yo no deliraba. Me encontraba en el pleno uso de mi razn--grit,
en tanto que pona su espritu en tortura para comprender el juego de
Porfirio--. Era dueo de todas mis facultades, entiende usted?

--S; comprendo, comprendo. Ya me dijo usted ayer que no deliraba,
e insisti particularmente sobre este punto. Comprendo todo lo que
puede usted decir. Je, je!... Pero permtame usted que someta a su
juicio una observacin, querido Rodin Romanovitch: Si en efecto, fuese
usted el culpable, o hubiese tomado parte en ese maldito asunto, yo le
pregunto: hubiera sostenido que haba hecho usted todas esas cosas, no
delirando, sino con plena conciencia de sus actos? Supongo que habra
usted hecho todo lo contrario. Si creyese usted que su causa estaba
prejuzgada, debera precisamente sostener con tenacidad que obr bajo
la influencia del delirio; no es as?

El tono de la pregunta haca sospechar que se le tenda un lazo.
Al pronunciar estas ltimas palabras, el juez se inclin hacia
Raskolnikoff. Este se recost en el divn y mir silenciosamente en la
cara a su interlocutor.

--Y lo mismo digo respecto de la visita del seor Razumikin. Si usted
fuese culpable, debera decir que nuestro amigo vino a mi casa por su
propia iniciativa, y ocultar que haba dado este paso por instigacin
de usted. Por el contrario, lejos de ocultarlo, asegura que fu usted
quien lo mand.

Raskolnikoff no haba afirmado nada de esto, y sinti, al orlo, un
escalofro en la espina dorsal.

--Usted sigue mintiendo--dijo con voz lenta y dbil, esbozando una
sonrisa--. Quiere usted suponer que lee en mi interior y que sabe de
antemano todas las respuestas--continu, comprendiendo que ya no pesaba
sus palabras como deba--; usted quiere meterme miedo... o simplemente
burlarse de m.

Hablando de este modo, Raskolnikoff no cesaba de mirar fijamente
al juez de instruccin. De repente brillaron de nuevo en sus ojos
relmpagos de clera violenta.

--No hace usted ms que mentir--grit--. Sabe usted perfectamente que
la mejor tctica para un culpable es confesar lo que no le es posible
tener oculto. Yo no le creo a usted.

--Qu listo es usted para ver las cosas!--dijo Porfirio sonrindose--.
Pero en este asunto, _batuchka_, est engaado; es el efecto de la
monomana. Ah! Conque usted no me cree? Pues yo le digo que me crea
un poco, y me arreglar de manera que acabe por creerme del todo;
porque yo le quiero a usted sinceramente, y le miro con singular
inters.

Los labios de Raskolnikoff comenzaron a temblar.

--S; yo le quiero a usted--prosigui Porfirio asiendo amistosamente el
brazo del joven por algo ms arriba del codo--; vuelvo a repetrselo a
usted: cudese su enfermedad. Adems, la familia de usted se encuentra
ahora en San Petersburgo; piense algo en ella. Debera usted hacer
la felicidad de sus parientes y, por el contrario, slo les acarrea
inquietudes.

--Y a usted, qu le importa? Cmo sabe usted eso? Por qu se mezcla
en mis asuntos? De modo que usted me vigila, y adems, me lo dice?

--Pero, _batuchka_. Si es usted mismo quien me lo ha contado! No
advierte que, en su agitacin, habla usted espontneamente de sus
asuntos a m y a los dems. Ayer Razumikin me comunic tambin muchas
particularidades interesantes acerca de usted. Iba a decirle que,
a pesar de todo su genio, ha perdido la vista exacta de las cosas,
a consecuencia de su carcter suspicaz. Vea usted, el incidente
del cordn de la campanilla. Ese es un hecho precioso, un hecho
inapreciable para un magistrado observador; yo se lo entrego a usted
cndidamente; yo, juez de instruccin. Y esto, no le abre a usted los
ojos? Pero si yo le creyera culpable, hubiera procedido de esa suerte?
En tal caso, mi lnea de conducta estaba perfectamente trazada: hubiera
debido, por el contrario, desviar la atencin de usted hacia otro
punto. Despus, bruscamente, le hubiera asestado, segn la expresin
de usted, sobre la coronilla, la siguiente pregunta: Qu fu usted a
hacer a tal hora de la noche al domicilio de la vctima? Por qu tir
usted del cordn de la campanilla? Por qu hizo usted preguntas acerca
de la sangre? Por qu aturdi usted a los _dvorniks_ pidiendo que le
condujesen a la oficina de polica? De esta manera hubiera procedido
si hubiese tenido alguna sospecha acerca de usted. Hubiera debido
someter a usted a un interrogatorio en regla, ordenar una investigacin
y detenerle. Puesto que he obrado de otro modo, es seal evidente de
que no sospecho de usted. Ha perdido el sentido exacto de las cosas, y
est ciego, se lo repito.

Raskolnikoff temblaba, lo cual pudo fcilmente advertir Porfirio
Petrovitch.

--Sigue usted mintiendo--vocifer el joven--. No s cules son sus
intenciones; pero estoy cierto de que miente... Hace poco no hablaba
usted en ese sentido y sobre ello no me hago ilusiones... Miente usted.

--Que miento?--replic Porfirio con apariencias de vivacidad. Por lo
dems, el juez de instruccin conservaba su aspecto jovial, y pareca
no dar importancia alguna a la opinin que Raskolnikoff pudiera tener
de l--. Que miento? Pero usted no recuerda cmo acabo de tratarle?
Yo, juez de instruccin, le he sugerido los argumentos psicolgicos
que usted poda emplear: La enfermedad, el delirio, los sufrimientos
del amor propio, la hipocondra, la afrenta recibida en el despacho de
polica, etc. No es as? Je, je, je! Verdad es, dicho sea de paso,
que estos medios de defensa no siempre dan el resultado apetecido;
son armas de dos filos y podra cortarse el que las empleara. Si
usted dice: Yo estaba enfermo, yo deliraba, no saba lo que haca,
no me acuerdo de nada, podr respondrsele: Todo eso est muy bien,
_batuchka_, pero, cmo es que el delirio toma siempre en usted el
mismo carcter? Debera manifestarse en otras formas, verdad? Je,
je, je!

Raskolnikoff se levant, y mirndole despreciativamente, dijo:

--En resumen: quiero saber de una manera concreta si sospecha usted
o no de m. Hable usted, Porfirio Petrovitch. Explquese usted sin
ambages ni rodeos; y en seguida, al instante.

--Ah, Dios mo! Se parece usted a los nios que piden la luna--replic
Porfirio siempre con su tono zumbn--. Qu necesidad tiene usted de
saber nada, si se le deja a usted perfectamente tranquilo? Por qu se
altera de ese modo? Por qu viene a mi casa cuando nadie le llama?
Cules son las razones de usted? Je, je, je!

--Le repito--grit Raskolnikoff furioso--que ya no me es posible
soportar...

--Qu? La incertidumbre?--interrumpi el juez de instruccin.

--No me exaspere usted ms... No quiero, digo a usted que no
quiero... no puedo ni quiero... oye usted?--grit con voz de trueno
Raskolnikoff, descargando un nuevo puetazo sobre la mesa.

--Ms bajo, ms bajo; van a orle a usted, se lo advierto seriamente.
Tenga cuidado--murmur Porfirio.

El juez de instruccin no tena ya aquel aire de campesino que
comunicaba a su rostro cierta candidez; frunca las cejas, hablaba como
amo y estaba a punto de quitarse la careta; pero esta nueva actitud no
dur ms que un instante. Aunque al punto Raskolnikoff se entreg a un
arrebato de clera, sin embargo, cosa extraa, esta vez, como antes,
aunque estaba en el colmo de la exasperacin, obedeci la orden de
bajar la voz; comprenda, adems, que no poda menos de hacerlo, y este
pensamiento contribuy a aumentar su irritacin.

--No me dejar martirizar--murmur--; detngame usted, regstreme, haga
cuantas investigaciones quiera; pero proceda usted en debida forma, y
no juegue conmigo. No tenga usted la audacia...

--No se inquiete usted por la forma--interrumpi Porfirio con su acento
sardnico, mientras contemplaba a Raskolnikoff con cierto jbilo--; es
familiarmente, _batuchka_, como amigo, como he invitado a usted a que
viniera a verme.

--No quiero la amistad de usted; la desprecio. Entiende usted? Y ahora
tomo la gorra y me voy. Usted dir si tiene intencin de detenerme.

En el momento en que se acercaba a la puerta, Porfirio Petrovitch le
asi de nuevo del brazo, por un poco ms arriba del codo.

--No quiere usted que le d una pequea sorpresa?--dijo, riendo, el
juez de instruccin, que cada vez pareca ms burln, lo que acab de
poner a Raskolnikoff fuera de s.

--Qu pequea sorpresa? Qu quiere usted decir?--pregunt el joven,
detenindose de repente y mirando con inquietud a Porfirio.

--Una pequea sorpresa que hay detrs de esa puerta. Je, je, je!--y
mostraba con un dedo la puerta cerrada que daba acceso a su habitacin,
situada detrs del tabique--. Yo mismo la he cerrado con llave para que
no se vaya.

--Qu es? qu es? Qu hay?

Raskolnikoff se acerc a la puerta; quiso abrirla, pero no pudo.

--Est cerrada. He aqu la llave--y diciendo esto, el juez de
instruccin sac la llave del bolsillo y se la ense al joven.

--Mientes! Sigues mintiendo!--aull ste, que ya no era dueo de
s--. Mientes, maldito pulchinela!

Al mismo tiempo hizo ademn de arrojarse sobre Porfirio, el cual se
retir hacia la puerta, pero sin demostrar ningn temor.

--Lo comprendo todo!--vocifer Raskolnikoff--. Mientes, mientes para
que yo me venda!...

--Pero, por qu ha de venderse usted? Vea en qu estado se encuentra,
Rodin Romanovitch! No grite, o llamo.

--Mientes, no hay nada! Llama a tu gente! Sabas que estaba enfermo y
has querido exasperarme, ponerme en el disparador para arrancarme una
confesin; se era tu objeto. Exhibe tus pruebas. Te he comprendido.
No tienes pruebas; no tienes ms que suposiciones, las conjeturas de
Zametoff. Conocas mi carcter y has querido exasperarme, a fin de
hacer en seguida que se presentaran bruscamente los popes y delegados.
Los esperas, eh? A quin esperas? A ellos? Hazlos entrar.

--Qu habla usted de delegados, _batuchka_? Vaya unas ideas! La misma
forma para emplear el mismo lenguaje de usted, no permite proceder de
este modo; usted conoce el procedimiento, mi querido amigo... pero
ser observada la forma, usted lo ver--murmur Porfirio, que se haba
puesto a escuchar junto a la puerta.

Sonaba, en efecto, cierto ruido en la pieza contigua.

--Ah! Vienen?--grit Raskolnikoff--. Los has enviado a buscar?
Habas contado... Pues bien, introdcelos a todos, delegados y
testigos; haz entrar a quien quieras. Estoy pronto.

Pero entonces ocurri un incidente muy extrao, tan fuera del curso
ordinario de las cosas, que sin duda Raskolnikoff ni Porfirio
Petrovitch hubieran podido preverlo.


VI

He aqu el recuerdo que esta escena dej en el espritu de Raskolnikoff:

El ruido que sonaba en la habitacin inmediata aument de repente, y la
puerta se entreabri.

--Qu es eso?--grit Porfirio Petrovitch encolerizado.

No hubo respuesta; pero la causa del ruido se dejaba adivinar en parte:
alguna persona quera penetrar en el despacho del juez y trataban de
impedrselo.

--Qu es lo que sucede?--repiti Porfirio.

--Es el procesado Mikolai, que ha sido conducido aqu.

--No tengo necesidad de l. No quiero verle; llevadle. Esperad un poco.
Por qu le han trado? Qu desorden!--murmur Porfirio lanzndose
hacia la puerta.

--El es quien...--replic la misma voz; y se detuvo de repente.

Durante dos minutos se oy el ruido de una lucha entre dos hombres;
despus, uno de ellos rechaz al otro con fuerza, y penetr bruscamente
en el despacho.

El recin venido tena un aspecto muy extrao. Pareca no ver a nadie.
En sus ojos llameantes se lea una firme resolucin, y al propio tiempo
su rostro estaba lvido como el de un condenado a quien se conduce al
cadalso. Temblbanle ligeramente los labios, exanges.

Era un hombre muy joven todava, delgado, de mediana estatura y vestido
como un obrero. Tena el cabello cortado al rape y sus facciones eran
finas y angulosas. El que acababa de ser rechazado por l, se lanz en
persecucin suya dentro del gabinete y le agarr por un brazo: era un
gendarme. Mikolai logr de nuevo soltarse.

En el umbral se agruparon muchos curiosos, algunos de los cuales tenan
vivos deseos de entrar. Todo ello haba pasado en menos tiempo del que
se tarda en referirlo.

--Vete! Es todava pronto; espera a que se te llame... Por qu te
han trado tan pronto?--pregunt Porfirio Petrovitch tan irritado como
sorprendido; pero de repente Mikolai se puso de rodillas.

--Qu haces?--grit el juez de instruccin cada vez ms asombrado.

--Perdn! Soy culpable! Yo soy el asesino!--dijo bruscamente
Mikolai, con voz bastante fuerte, a pesar de la emocin que le ahogaba.

Pasaron diez segundos en un silencio profundo como si todos los
asistentes hubiesen sido acometidos de un ataque de catalepsia.
El gendarme no trat de sujetar de nuevo al preso, y dirigindose
maquinalmente hacia la puerta, se qued inmvil en el umbral.

--Qu ests diciendo?--exclam Porfirio Petrovitch cuando el asombro
le permiti hablar.

--Yo soy el asesino...--repiti de nuevo Mikolai.

--Cmo? Qu? Que t has asesinado...?

El juez de instruccin estaba visiblemente desconcertado. El preso
tard un instante en responder.

--Yo he asesinado... a hachazos... a Alena Ivanovna y a su hermana
Isabel Ivanovna. Estaba trastornado--aadi bruscamente.

Se call, pero continuaba de rodillas. Despus de haber odo esta
respuesta, Porfirio Petrovitch pareci reflexionar profundamente, y
luego, con un ademn violento, mand a los testigos que se retirasen.
Estos obedecieron al punto y la puerta volvi a cerrarse.

Raskolnikoff, en pie, contemplaba a Mikolai con aire extrao. Durante
algunos instantes las miradas del juez de instruccin fueron del
detenido al visitante y viceversa. Despus se dirigi a Mikolai sin
tratar de disimular su clera.

--Espera a que se te interrogue antes de decirme que estabas
trastornado. Yo no te preguntaba eso. Habla ahora: Has matado...?

--Yo soy el asesino... lo confieso--respondi Mikolai.

--Oh? Con qu arma has matado?

--Con una hacha. La llevaba prevenida.

--Eh, qu apresuramiento! Solo?

Mikolai no comprendi la pregunta.

--No tienes cmplices?

--No. Mitka es inocente. No ha tomado la menor parte en el crimen.

--No te apresures tanto para disculpar a Mitka. Acaso te he preguntado
acerca de l?... Sin embargo, cmo se explica que los _dvorniks_ os
hayan visto bajar corriendo la escalera?

--Corr adrede detrs de Mitka porque de ese modo pens evitar
sospechas--respondi el preso.

--Est bien. Basta--grit Porfirio encolerizado--; no dice la
verdad--murmur en seguida como aparte, y de pronto sus ojos se
encontraron con los de Raskolnikoff, cuya presencia haba evidentemente
olvidado durante este dilogo con Mikolai.

Al fijarse en su visitante pareci que se turbaba el juez de
instruccin y dirigindose a l le dijo:

--Rodin Romanovitch, _batuchka_, perdneme usted, se lo suplico...
Nada tiene usted que hacer aqu... yo mismo... ya ve qu sorpresa...

Tom al joven por el brazo y le seal la puerta.

--Segn se ve, no esperaba usted tal cosa--observ Raskolnikoff.

Naturalmente, lo que acababa de suceder era para l un enigma. Sin
embargo, haba recobrado en gran parte su serenidad.

--Tampoco usted lo esperaba, _batuchka_. Vea usted cmo le tiembla la
mano. Je, je, je!

--Tambin est usted temblando, Porfirio Petrovitch--observ
Raskolnikoff.

--Es verdad... no esperaba esto...

Se encontraban ya en el umbral de la puerta. El juez de instruccin
tena prisa porque se marchase el joven.

--De modo que no me ensea usted la pequea sorpresa que me tena
preparada?--pregunt ste bruscamente.

--Apenas si tiene fuerzas para hablar y ya se muestra irnico, je, je,
je! Ea, hasta la vista!

--Creo que sera ms propio decir _adis!_

--Ser lo que Dios quiera--balbuce Porfirio con risa forzada.

Al atravesar la Cancillera, Raskolnikoff advirti que muchos de los
empleados le miraban fijamente. En la antesala reconoci en medio de la
gente a los _dvorniks_ de _aquella casa_, a los que haba propuesto la
tarde de la extraa visita que le condujesen a la comisara de polica.
Pareca que estaban esperando all algo, pero apenas hubo llegado
al rellano de la escalera, cuando oy de nuevo la voz de Porfirio
Petrovitch. El joven se volvi y vi al juez de instruccin que, todo
sofocado, acuda a llamarle.

--Una palabra todava, Rodin Romanovitch. Dios sabe lo que pasar en
este asunto; pero, para la cuestin de forma, tengo que pedirle a usted
algunos datos, de modo que nos volveremos a ver de seguro.

Porfirio se detuvo sonriendo delante del joven.

--De seguro--repiti.

Pareca que iba a decir alguna otra cosa; pero nada aadi.

--Perdone usted mi proceder de antes, Porfirio Petrovitch... Me he
alterado un poco--comenz a decir Raskolnikoff, que haba recobrado ya
toda su serenidad y senta grandes deseos de burlarse del magistrado.

--Bah! Eso no tiene importancia--replic el juez con tono casi
jovial--. Tambin yo tengo un carcter insoportable, lo reconozco. Ya
nos veremos; si Dios quiere, nos veremos a menudo.

--Y entonces nos conoceremos a fondo--repuso Raskolnikoff.

--Muy a fondo--repiti como un eco Porfirio Petrovitch, y guiando un
ojo, mir con mucha gravedad a su interlocutor--. Y ahora va usted a
comer a una fiesta?

--A un entierro.

--Ah! Est bien. Tenga usted cuidado de su salud.

--Por mi parte, no s qu votos hacer por usted--respondi
Raskolnikoff, y comenz a bajar la escalera; pero de repente se volvi
hacia Porfirio--. Ah! Le deseo a usted de todo corazn mejor xito del
que ha conseguido hasta ahora, vea usted, sin embargo, qu cmicas son
sus funciones.

Al or estas palabras, el juez de instruccin, que se dispona a volver
a su despacho, aguz el odo.

--Qu es lo que tienen de cmicas?--pregunt.

--Mucho. Ah tiene a ese pobre Mikolai; cunto ha debido usted
atormentarle! Cunto lo habr usted fatigado para arrancarle su
confesin! Da y noche, sin duda, le habr usted repetido en todos
los tonos: T eres el asesino, t eres el asesino! Le habr usted
perseguido sin tregua, segn su mtodo psicolgico, y ahora, cuando
l se reconoce culpable, usted empieza con la cantata en otro tono
de Mientes! T no eres el asesino! No puedes serlo, no dices la
verdad! Pues bien, despus de esto, no tengo derecho para encontrar
cmicas las funciones de usted?

--Je, je, je! De modo que ha reparado usted que hace poco rato he
hecho observar a Mikolai que no deca la verdad?

--Cmo no haba de observarlo?

--Je, je, je! Tiene usted mucho ingenio; nada se le escapa. Adems, le
da a usted por lo chistoso. Posee usted la cuerda humorstica. Je, je,
je! Ese era, segn dicen, el rasgo distintivo de Cogol.

--S, de Cogol.

--En efecto, de Cogol, Hasta la vista!...

--Hasta la vista.

El joven se fu directamente a su casa. Cuando lleg a su domicilio,
se ech en el divn y durante un cuarto de hora intent ordenar algn
tanto sus ideas, que eran muy confusas. No trat siquiera de explicarse
la conducta de Mikolai, comprendiendo que haba all un misterio cuya
clave buscara en vano por el momento. Por lo dems, no se haca
ilusiones sobre las consecuencias probables del incidente. No tardara
en comprenderse que eran mentirosas las confesiones del obrero, y
entonces las sospechas recaeran de nuevo sobre l. Pero, en tanto, era
libre y poda tomar sus medidas en previsin del peligro que juzgaba
inminente.

Hasta qu punto, empero, estaba amenazado? La situacin comenzaba
a esclarecerse. El joven temblaba an al acordarse de su reciente
entrevista con el juez de instruccin. No poda penetrar todas las
intenciones de Porfirio, pero lo que adivinaba era ms que suficiente
para hacerle comprender de qu terrible peligro acababa de escapar. Un
poco ms y se hubiera perdido sin remedio. Conociendo la irritabilidad
nerviosa de su visitante, el juez se haba apoyado slidamente
sobre este dato, y haba descubierto con exceso de atrevimiento su
juego; pero jugaba sobre seguro. Ciertamente, Raskolnikoff se haba
comprometido demasiado; sin embargo, las imprudencias de que l se
acusaba no constituan todava una prueba en contra suya: esto no tena
ms que un carcter relativo. No se engaaba, sin embargo, al pensar
as? Cul era el proyecto de Porfirio? Habra ste maquinado algo
aquel da, y si tena preparado un golpe, en qu consista ste? Sin la
aparicin inesperada de Mikolai, cmo hubiera acabado esta entrevista?

Raskolnikoff estaba sentado en el sof con los codos apoyados en
las rodillas y la cabeza en las manos. Un temblor nervioso agitaba
todo su cuerpo. Al fin se levant, tom la gorra y despus de haber
reflexionado un momento, se dirigi hacia la puerta.

--Por hoy, al menos--se dijo--, no tengo nada que temer.

De repente experiment una especie de alegra y se le ocurri la idea
de dirigirse lo ms pronto posible a casa de Catalina Ivanovna. Ya era
tarde para asistir al entierro, pero llegara a tiempo para comer y
all vera a Sonia. Se detuvo, reflexion, y en sus labios se dibuj
una triste sonrisa.

Hoy! Hoy!--repiti--. S, hoy mismo. Es preciso.

En el momento en que se diriga a la puerta, sta se abri por s
misma. El joven retrocedi espantado viendo aparecer al enigmtico
personaje de la vspera, _al hombre salido de debajo de la tierra_.

El recin venido se detuvo en el umbral, y despus de haber mirado
silenciosamente a Raskolnikoff, di un paso en la habitacin. Vesta
exactamente como el da anterior, pero su rostro no era el mismo.

--Qu quiere usted?--pregunt Raskolnikoff plido como un muerto.

El hombre, en vez de responder, se inclin casi hasta el suelo. Por lo
menos le toc con el anillo que llevaba en la mano derecha.

--Quin es usted?--pregunt Raskolnikoff.

--Pido a usted perdn--dijo el hombre en voz baja.

--De qu?

--De mis malos pensamientos.

Los dos hombres se miraron.

--Estaba ciego de ira. Cuando usted fu el otro da, teniendo, sin
duda, la razn perturbada por la bebida, hizo preguntas acerca de la
sangre y pidi a los _dvorniks_ que lo condujesen a la oficina de
polica, vi con disgusto que no hacan caso de las palabras de usted,
tomndole por un borracho; esto me contrari de tal modo, que no pude
dormir; pero me acordaba de las seas de usted y vine ayer aqu...

--Fu usted quien vino?--interrumpi Raskolnikoff.

Comenzaba a comprender.

--S; yo le he insultado a usted.

--Estaba usted en aquella casa?

--S, me encontraba junto a la puerta cochera cuando la visita de
usted. Lo ha olvidado usted? Vivo all desde hace mucho tiempo. Soy
peletero...

Raskolnikoff se acord sbitamente de toda la escena de la antevspera.
En efecto: independientemente de los _dvorniks_ haba en la puerta
cochera muchas personas, hombres y mujeres. Uno de ellos haba
propuesto que se le condujese a la comisara de polica. No poda
acordarse del rostro del que emiti esta idea; tampoco le reconoci
en este momento; pero s se acordaba de haberle respondido algo y de
haberse vuelto a mirarle.

As se explicaba de la manera ms sencilla del mundo el terrible
misterio de la vspera. Y bajo la impresin de la inquietud que le
causaba una circunstancia tan insignificante, haba estado a punto de
perderse! Aquel hombre no poda contar nada sino que Raskolnikoff se
present a alquilar el cuarto de la vieja y que pregunt acerca de la
sangre. Aparte de esta excursin de un _enfermo en delirio_, salvo esa
_psicologa de dos filos_, Porfirio no saba nada. No tena ningn
hecho, nada positivo. Por consiguiente--pensaba el joven--, si no
surgen nuevos cargos (y no surgirn, estoy seguro de ello), qu pueden
hacerme? Aunque me detuvieran, cmo demostraran definitivamente mi
culpabilidad?

Otra conclusin se desprenda para Raskolnikoff de las palabras de su
visitante: haca muy pocas horas que Porfirio tuvo noticia de su visita
al cuarto de la vctima.

--Usted le ha dicho hoy a Porfirio que estuve yo all?--pregunt el
joven asaltado por sbita idea.

--A qu Porfirio?

--Al juez de instruccin.

--Yo se lo he dicho. Como los _dvorniks_ no haban ido, fu yo.

--Hoy?

--Llegu un minuto antes que usted; lo he odo todo y s que le ha
hecho pasar a usted un mal rato.

--Dnde? Qu? Cundo?

--Yo estaba all, en la pieza contigua a su gabinete, en donde he
permanecido todo el tiempo que ha durado la entrevista.

--Cmo? De modo que era usted la sorpresa? Cmo ha sido eso?
Cuntemelo usted todo, se lo ruego.

--Viendo--dijo el menestral--que los _dvorniks_ rehusaban avisar a la
polica, a pretexto de que era demasiado tarde y de que encontraran
la oficina cerrada, experiment una viva contrariedad y resolv
enterarme por m mismo; al da siguiente, es decir, ayer, tom datos
y me he presentado al juez de instruccin. La primera vez que estuve
en la oficina no se encontraba all; volv una hora despus y no fu
recibido; en fin, la ltima vez se me hizo entrar. Cont punto por
punto cuanto haba pasado; al orme el juez saltaba en la habitacin y
se daba golpes en el pecho diciendo: De ese modo cumpls, bribones,
con vuestra obligacin? Si yo hubiese sabido esto antes, le hubiera
hecho buscar por la gendarmera. En seguida sali precipitadamente,
llam a no s quin y estuvo hablando con l en un rincn; se dirigi
otra vez a m y se puso de nuevo a interrogarme, profiriendo fuertes
imprecaciones. No le he ocultado nada; le he dicho que usted no
se atrevi a contestar a mis palabras de ayer y que no me haba
reconocido. Continuaba dndose golpes en el pecho, vociferando y
saltando por la habitacin. Entonces le anunciaron a usted. Retrese
detrs del tabique--me dijo dndome una silla--, y estse ah sin
chistar, oiga lo que oiga; puede que le interrogue otra vez. Despus
cerr la puerta. Cuando condujeron a Mikolai, despidi a usted y me
hizo salir a m. Tendr an que interrogarle, me dijo.

--Pregunt a Mikolai delante de ti?

--Yo sal inmediatamente despus de usted, y entonces fu cuando
comenz el interrogatorio de Mikolai.

Terminado su relato, el menestral se inclin de nuevo hasta el suelo.

--Perdneme usted por mi denuncia y por el error en que he incurrido.

--Que Dios te perdone!--respondi Raskolnikoff.

Nada de inculpaciones precisas, nada ms que pruebas de dos filos,
pens Raskolnikoff renaciendo a la esperanza, y sali de la habitacin.
Todava podemos luchar, se dijo con sonrisa colrica, mientras bajaba
la escalera.

Estaba irritado contra s mismo y sentase humillado.




QUINTA PARTE


I

Al da siguiente de aquel otro fatal en que Pedro Petrovitch tuvo su
explicacin con las seoras de Raskolnikoff, las ideas de aqul se
esclarecieron y con extremo disgusto suyo le fu forzoso reconocer que
la ruptura, en la cual no haba querido creer el da antes, era un
hecho consumado. La negra serpiente del amor propio herido le estuvo
mordiendo el corazn durante toda la noche. Al saltar de la cama, el
primer movimiento de Pedro Petrovitch fu irse a mirar al espejo,
temiendo que durante la noche le hubiese invadido la ictericia. Por
fortuna esta aprensin no era fundada. Al contemplar su rostro plido
y distinguido, lleg hasta a consolarse por breves instantes ante la
idea de que no le costara trabajo reemplazar a Dunia y quin sabe si
ventajosamente. Pero no tard en desechar esta esperanza quimrica y
lanz un fuerte salivazo, lo que hizo sonrer burlonamente a su joven
amigo y compaero de habitacin, Andrs Semenovitch Lebeziatnikoff.

Pedro Petrovitch advirti ese mudo sarcasmo y lo puso en la cuenta de
su amigo, cuenta que estaba ya bastante cargada, y redobl su clera
despus que hubo reflexionado que no deba hablar de esta historia a
Andrs Semenovitch. Fu la segunda tontera que el arrebato le hizo
cometer el da anterior: haba cedido a la necesidad de desahogar el
exceso de su irritacin.

Durante toda la maana la suerte se ensa en perseguir a Ludjin. En el
mismo Senado, el negocio en que se ocupaba le reservaba un disgusto.
Lo que le molestaba ms que nada era la imposibilidad de hacer entrar
en razn al propietario de la nueva casa que haba alquilado en
vista de su prximo enlace. Este individuo, alemn de origen, era un
antiguo obrero a quien la fortuna haba sonredo; no aceptaba ninguna
transaccin y reclamaba el pago entero del alquiler estipulado en
el contrato, aun cuando Pedro Petrovitch le devolva el cuarto casi
restaurado.

El tapicero no se mostraba ms complaciente que el propietario, y
pretenda quedarse hasta con el ltimo rublo de la seal recibida
por la venta de un mobiliario de que Pedro Petrovitch aun no se
haba hecho cargo. Va a ser menester que me case para recuperar
los muebles, deca rechinando los dientes el desgraciado Ludjin.
Una ltima esperanza atravesaba su alma. Era posible que aquel mal
no tuviera remedio? Tena clavado en el corazn, como una espina,
el recuerdo de los encantos de Dunia. Fu para l aquello un trago
muy amargo, y si hubiera podido, con un simple deseo, hacer morir a
Raskolnikoff, de seguro que Pedro Petrovitch habra matado al joven
inmediatamente.

Otra tontera de mi parte ha sido no darles dinero, pensaba mientras
volva entristecido a casa de Lebeziatnikoff. Por qu he sido yo
tan judo? Fu un mal clculo!... Dejndolas momentneamente en la
estrechez, yo crea prepararlas a que vieran en m una providencia,
y he aqu que se me deslizan entre los dedos!... No, no. Si yo les
hubiera dado mil quinientos rublos, por ejemplo, para que comprasen
la canastilla en el Almacn Ingls, mi conducta hubiera sido a la vez
ms noble y ms hbil y no me habran dejado tan fcilmente. Dados
sus principios, se hubieran credo, sin duda, obligadas a devolverme
regalos y dinero; esta resolucin les hubiera sido penosa y difcil,
habra sido para ellas cuestin de conciencia. Cmo atreverse entonces
a poner as a la puerta a un hombre que se haba mostrado tan generoso,
y tan delicado?... He hecho una tontera.

Pedro Petrovitch volvi de nuevo a rechinar los dientes y se trat de
imbcil, en su fuero interno, por supuesto. Al llegar a esta conclusin
llev a su alojamiento mucho peor humor y disgusto que sacara de
l. Sin embargo, atrajo su curiosidad hasta cierto punto el barullo
producido en casa de Catalina Ivanovna, a causa de los preparativos de
la comida. Ya haba odo hablar la vspera de este banquete; es ms,
recordaba que le haban invitado; pero sus ocupaciones personales le
hicieron que lo olvidara.

En ausencia de Catalina Ivanovna (que a la sazn se hallaba en el
cementerio), la seora Lippevechzel andaba atareada alrededor de la
mesa, que ya estaba puesta. Hablando con la patrona, Pedro Petrovitch
supo que se trataba de una verdadera comida de gala, a la que estaban
invitados casi todos los vecinos de la casa, y entre ellos muchos que
no haban conocido siquiera al difunto. El propio Andrs Semenovitch
recibi la invitacin correspondiente, a pesar de estar reido con
Catalina Ivanovna. En fin, se tendra mucho gusto en que Pedro
Petrovitch honrase aquella comida con su presencia, puesto que era,
entre todos los inquilinos, el personaje ms importante. La viuda de
Marmeladoff, olvidando todos sus resentimientos con la patrona, haba
invitado tambin a Amalia Ivanovna, la cual se ocupaba, en aquellos
momentos, con ntima satisfaccin, en los preparativos de la comida.
Adems, la seora Lippevechzel habase vestido de ceremonia, y aunque
su traje era de duelo, se comprenda que su duea senta vivo placer en
exhibir sus galas. Enterado de todos estos pormenores, Pedro Petrovitch
tuvo una idea y entr pensativo en su habitacin, o mejor dicho, en la
de Andrs Semenovitch Lebeziatnikoff: acababa de saber que Raskolnikoff
figuraba en el nmero de los invitados.

Aquel da Andrs Semenovitch haba pasado toda la maana en su
cuarto. Entre este individuo y Ludjin existan extraas relaciones
perfectamente explicables. Pedro Petrovitch le odiaba y le despreciaba
en grado superlativo casi desde el mismo da que fu a su casa a
pedirle hospitalidad; adems, pareca tenerle en poco.

Al llegar a San Petersburgo, Ludjin fu a casa de Lebeziatnikoff,
en primer lugar y sobre todo por economa, pero tambin por otro
motivo. En su provincia haba odo hablar de Andrs Semenovitch, su
antiguo pupilo, como de uno de los progresistas jvenes ms avanzados
de la capital y como hombre que ocupaba puesto visible en ciertos
crculos ya legendarios. Esta circunstancia tena mucho valor para
Pedro Petrovitch, el cual desde haca tiempo experimentaba un vago
temor respecto a estos crculos poderosos que lo saban todo, que no
respetaban a nadie y hacan la guerra a todo el mundo.

Huelga aadir que la distancia no le permita tener nocin exacta de
estas cosas. Como tantos otros, haba odo decir que existan en San
Petersburgo progresistas, nihilistas, enderezadores de entuertos,
etctera; pero en su espritu, como en el de otras muchas personas,
estas palabras tenan una significacin exagerada. Lo que tema
principalmente eran las informaciones dirigidas contra tal o cual
individuo por el partido revolucionario. Ciertos recuerdos que se
remontaban a los primeros tiempos de su carrera, no contribuan poco a
fortificar en su nimo aquel temor, muy vivo ya desde que acariciaba el
sueo de establecerse en San Petersburgo.

Dos personajes de una categora bastante elevada y que protegieron los
comienzos de su carrera, fueron objeto de los ataques de los radicales,
que llevaron, empero, las de perder. He aqu porque desde su llegada
a la capital, Pedro Petrovitch trataba de enterarse de dnde soplaba
el viento, para, en caso de necesidad, granjearse las simpatas de
_nuestras jvenes generaciones_. Contaba con Andrs Semenovitch para
que le ayudase. La conversacin de Ludjin cuando visit a Raskolnikoff
nos ha demostrado ya que haba conseguido apropiarse en parte la
fraseologa de los reformadores.

Andrs Semenovitch estaba empleado en un Ministerio. Pequeo,
desmedrado, escrofuloso, tena el cabello de un rubio casi blanco y
llevaba patillas en forma de chuletas con las cuales estaba orgulloso;
casi siempre tena malos los ojos. Aunque en el fondo era una bella
persona, mostraba en su lenguaje una presuncin a menudo rayana con la
temeridad, lo que haca extrao contraste con su aspecto enfermizo.
Se le consideraba, por lo dems, como uno de los inquilinos _comme il
faut_ porque no se embriagaba y pagaba con puntualidad su pupilaje.
Aparte de estos mritos, Andrs Semenovitch era en realidad bastante
necio. Un arrebato irreflexivo le llev a afiliarse bajo la bandera del
progreso: era uno de esos numerosos incautos que se enamoran de las
ideas de moda y desacreditan con sus majaderas una causa a la cual se
han unido sinceramente.

No obstante su buen carcter, Lebeziatnikoff acab por encontrar
insoportable a su husped y antiguo tutor. Pedro Petrovitch, por
su parte, correspondale con la misma antipata. A despecho de su
simplicidad, Andrs Semenovitch comenzaba a advertir que en el fondo
Pedro Petrovitch le despreciaba y que con este hombre no se poda ir
a ninguna parte. Trat de exponerle el sistema de Fourier y el de
Darwin; pero Ludjin, que en un principio se content con escucharle
burlonamente, no se privaba ahora de decir palabras mortificantes
a su joven catequista. Lo cierto es que Ludjin acab por creer
que Lebeziatnikoff era no solamente un imbcil, sino un charlatn
desprovisto de toda importancia en su propio partido. Su funcin
especial era la _propaganda_, y todava no deba de estar muy ducho en
ella, porque vacilaba a menudo en sus explicaciones. Decididamente,
qu tena que temer Ludjin de semejante sujeto?

Notemos de paso que desde su instalacin en casa de Andrs Semenovitch
(sobre todo en los primeros das), Pedro Petrovitch aceptaba con
placer, o por lo menos sin protesta, los cumplimientos muy extraos
de su husped cuando ste, por ejemplo, le manifestaba un gran celo
por el establecimiento de una nueva _commune_ en la calle de los
Burgueses, y cuando le deca: Es usted demasiado inteligente para
enfadarse si su mujer toma un amante un mes despus de su matrimonio;
un hombre ilustrado como usted no bautizar a sus hijos, etc., etc.
Pedro Petrovitch no pestaeaba al or que le hablaban de tal modo; tan
agradables le eran los elogios, fuesen como fuesen.

Haba negociado algunos ttulos por la maana, y ahora, sentado
delante de la mesa, recontaba la suma que acababa de recibir. Andrs
Semenovitch casi nunca tena dinero y se paseaba por la habitacin
afectando no mirar aquellos fajos de billetes de Banco sino con
despreciativa indiferencia. Ludjin no crea que aquel desdn fuera
sincero. Por su parte, Lebeziatnikoff adivinaba, no sin disgusto, el
pensamiento escptico de su husped y pensaba que ste se haba puesto
a contar el dinero para humillarle y recordarle la distancia que la
fortuna haba establecido entre ambos.

Ahora Pedro Petrovitch estaba mucho peor dispuesto y desatento que
nunca. Aunque Lebeziatnikoff desarrollaba su tema favorito, el
_comunismo_, el hombre de negocios slo se interrumpa para hacer de
vez en cuando alguna observacin burlona y descorts. Pero Andrs
Semenovitch segua imperturbable. El mal humor de Ludjin se explicaba
a sus ojos por el despecho de un enamorado a quien acababan de
dejar compuesto y sin novia. Tambin intent buscar este motivo de
conversacin con objeto de consolar a su respetable amigo.

--Parece que se prepara una comida de duelo en casa de esa...
viuda--dijo a quema ropa Ludjin interrumpiendo a Lebeziatnikoff en el
punto ms interesante de su peroracin.

--No lo saba usted, acaso? Ya le habl ayer de eso, y le expuse
mi opinin sobre tales costumbres... Segn tengo entendido, le han
invitado a usted. Ayer mismo habl usted con ella.

--Jams hubiera credo que la miseria en que se encuentra permitiese a
esa imbcil gastar en una comida todo el dinero que le entreg ese otro
imbcil de Raskolnikoff. Ahora, al entrar, me he quedado estupefacto
viendo todos esos preparativos, todos esos vinos... Ha invitado a
muchas personas; el diablo sabr por qu--continu Pedro Petrovitch,
que pareca haber provocado con intencin deliberada aquella
conversacin--. Qu? Dice usted que me ha invitado?--aadi de
repente, levantando la cabeza--. Cundo ha sido eso? No lo recuerdo.
De todas maneras, no pienso ir. Qu tengo que hacer all? No la
conozco ms que por haber hablado un minuto con ella ayer; le dije que
como viuda de empleado podra obtener un subsidio. Me habr invitado
por eso?

--Tampoco yo tengo intencin de asistir--repuso Lebeziatnikoff.

--Pues no faltaba ms! Despus de haberle pegado, natural es que tenga
usted escrpulo de ir a sentarse a su mesa.

--A quin he pegado yo? De quin habla usted?--pregunt
Lebeziatnikoff turbado y encendido como la grana.

--Hablo de Catalina Ivanovna, a quien peg usted har cosa de un mes.
Lo supe ayer; sas son sus convicciones!... Vaya una manera de
resolver el problema feminista!

Despus de esta salida, que pareci haberle aliviado un poco el
corazn, Ludjin se puso a contar de nuevo su dinero.

--Eso es una barbaridad y una calumnia--replic vivamente
Lebeziatnikoff, a quien desagradaba que le recordasen aquel suceso--.
Las cosas no pasaron de ese modo; lo que le han contado a usted es
completamente falso. En las circunstancias a que usted alude yo no hice
ms que defenderme. Fu Catalina Ivanovna la que se lanz sobre m para
araarme... Me arranc una de las patillas. Creo que todo hombre tiene
derecho a defenderse. Por otra parte, soy enemigo de la violencia, de
dondequiera que proceda, y eso por principio, porque la violencia tiene
su origen en el despotismo. Qu iba a hacer yo? Haba de dejar que
esa seora me maltratase a su gusto? Me limit a rechazar una agresin.

--Je, je, je!--continu en son de burla Ludjin.

--Usted me busca querella porque est de mal humor; pero eso no
significa nada ni tiene relacin alguna con la cuestin feminista.
Precisamente yo me he hecho a m mismo este razonamiento: admitiendo
que la mujer es igual al hombre en todo, aun en la fuerza (cosa que
se comienza ya a sostener), debe existir tambin la igualdad en esto.
Claro es que he reflexionado inmediatamente que, en rigor, no hay
motivo para que se plantee esta cuestin, porque en la sociedad futura
no habr ocasiones de querellas, y, por consiguiente, nadie pasar a
vas de hecho... Es, por lo tanto, absurdo hablar de la igualdad en la
lucha. No soy tan tonto... Aunque por lo dems haya rias... es decir,
que ms tarde no las habr, aunque por el momento las haya todava.
Ah, diablo, con usted, uno se hace un lo! No, no es eso lo que me
impide aceptar la invitacin de Catalina Ivanovna! Si no voy a comer a
su casa, es sencillamente por cuestin de principios, por no sancionar
con mi presencia la estpida costumbre de las comidas de duelo. Por lo
dems, yo podra rerme de eso e ir... Desgraciadamente no habr all
_popes_; si los hubiese, le aseguro a usted que ira.

--De modo que se sentara usted a su mesa para insultar la
hospitalidad de esa mujer?

--No para insultarla, sino para protestar; y esto con un objeto til.
Yo puedo indirectamente ayudar a la propaganda civilizadora, que es el
deber de todo hombre. Quiz se realiza esta tarea tanto mejor cuanto
menos formalismo se emplea en ella. Puedo sembrar la idea, el grano...
De ese grano nacer un hecho. Cree usted que obrando as se falta a
las conveniencias? Al pronto se molestan; pero comprenden al punto que
se les presta un gran servicio...

--Vamos, bueno!--interrumpi Pedro Petrovitch--. Pero, dgame usted
ahora, conoce usted a la hija del difunto, a esa muchacha flacucha?
Es verdad lo que de ella se dice?

--S, seor; y qu? Segn mi opinin, es decir, segn mi conviccin
personal, su situacin es la situacin normal de la mujer. Por qu
no? Es decir, distingamos. En la sociedad actual, sin duda, ese gnero
de vida no es normal, porque es forzado; pero en la sociedad futura
ser perfectamente normal, porque ser libre. Aun ahora mismo tiene
el derecho de hacer lo que hace. Era desgraciada, por qu no ha de
disponer de lo que es su capital? En la sociedad futura el capital no
tendr razn de ser; pero el papel de la mujer galante tendr otro
sentido y ser regulado de una manera racional. En cuanto a Sofa
Semenovna, yo, en el tiempo presente, considero sus actos como una
enrgica protesta contra la organizacin de la sociedad, y a causa
precisamente de eso, la estimo profundamente; dir ms, la contemplo
con regocijo.

--Sin embargo, me han contado que usted la oblig a abandonar esta casa.

Lebeziatnikoff se incomod.

--Eso es tambin una mentira!--replic enrgicamente--. No ha habido
tal cosa. Catalina Ivanovna ha contado esa historia de un modo inexacto
porque no la ha comprendido. Yo no he solicitado jams los favores
de Sofa Semenovna; me limitaba pura y simplemente a desenvolver su
espritu, sin ninguna segunda intencin personal, esforzndome por
despertar en ella el sentimiento de protesta... No he procurado otra
cosa; ella es la que ha comprendido que no poda permanecer aqu.

--La ha invitado usted a formar parte de la _commune_?

--S, actualmente me esfuerzo para atraerla a la _commune_. Slo que
ella estar en otras condiciones que aqu. De qu se re usted?
Queremos fundar nuestra _commune_ sobre bases mucho ms amplias que las
precedentes. Vamos ms lejos que nuestros precursores; negamos muchas
cosas. Si Dobroliuboff y Bielinsky saliesen de sus tumbas, me tendran
por adversario. En tanto, contino desarrollando a Sofa Semenovna. Es
una bella, una bellsima naturaleza.

--Y usted se aprovecha de esa bella naturaleza? Je, je, je!

--No, de ninguna manera; todo lo contrario.

--Lo contrario?--dijo Ludjin--. Je, je, je!

--Puede usted creerme. Por qu haba de ocultrselo a usted? Al
contrario, hay una cosa que me asombra: conmigo parece cortada; tiene
como cierto tmido pudor.

--Y, es claro, usted la desarrolla. Je, je, je!... Usted le demuestra
que todos esos pudores son estpidos.

--No hay tal cosa, no hay tal cosa. Oh, qu sentido tan grosero y tan
tonto, permita que se lo diga, da usted a la palabra desarrollo! Oh
Dios mo; qu poco avanzado est usted todava! Usted no comprende
nada! Nosotros buscamos la libertad de la mujer, y usted slo piensa
en bagatelas. Dejando a un lado el pudor y la castidad femeninos, que
no hacen al caso, yo admito perfectamente su reserva respecto de m,
puesto que en ello no hace otra cosa que ejercer su libertad y usar
de su derecho. Seguramente si me dijese ella misma yo te quiero,
me alegrara mucho, porque esa mujer me gusta en extremo; pero en
la situacin presente nadie se ha mostrado jams ms corts y ms
conveniente con ella que yo; nadie ha hecho ms justicia a su mrito...
Yo aguardo, espero: eso es todo.

--Por qu no le hace usted un regalito? Apuesto a que no ha pensado en
eso.

--No comprende usted nada, ya se lo he dicho. Sin duda su situacin
autoriza en cierto modo sus sarcasmos; pero la cuestin es otra. Usted
no tiene ms que desprecios para ella. Fundndose en un hecho que le
parece deshonroso, rehusa usted considerar con humanidad a una criatura
humana. Usted no sabe qu naturaleza es la suya.

--Dgame--replic Ludjin--, podra usted... o por mejor decir, est
usted bastante relacionado con esa joven para suplicar que venga aqu
un instante? Deben de haber vuelto ya del cementerio. Me parece que
las he odo subir la escalera. Quisiera hablar un instante con la
muchacha.

--Para qu?--pregunt asombrado Andrs Semenovitch.

--Es menester que le hable. Tengo que irme de aqu hoy o maana, y
necesito decirle una cosa. Puede usted asistir a nuestra conferencia, y
aun creo que ser mejor que asista. De lo contrario, sabe Dios lo que
usted pensara!

--No pensara nada... Mi pregunta no tena importancia. Si tiene usted
algo que decirle nada es ms fcil que hacerla venir. Voy a buscarla en
seguida, y est seguro de que no le molestar.

Efectivamente; cinco minutos despus, Lebeziatnikoff condujo a Sonia.
La joven lleg extremadamente sorprendida y avergonzada. En semejantes
circunstancias era siempre muy tmida. Las nuevas caras le causaban
temor. Era esto como una impresin de su infancia, y la edad haba
aumentado su salvajez... Pedro Petrovitch se mostr corts y benvolo.
Al recibir l, hombre serio y respetable, a una muchacha tan joven y
en cierto sentido tan interesante, se crey obligado a acogerla con
un ligero tinte de jovial familiaridad. Se apresur a tranquilizarla
y la invit a que tomase asiento frente a l. Sonia se sent y mir
sucesivamente a Lebeziatnikoff y el dinero colocado sobre la mesa.
Despus, de repente, sus ojos se fijaron en Pedro Petrovitch y no
pudieron apartarse de l; hubirase dicho que sufra una especie de
fascinacin. Lebeziatnikoff se dirigi a la puerta. Ludjin se levant,
hizo sea a Sonia para que se sentase, y detuvo a Andrs Semenovitch en
el momento en que ste iba a salir.

--Raskolnikoff est ah? Ha venido?--le pregunt en voz baja.

--Raskolnikoff? S. Y qu? S, est ah. Acaba de llegar. Le he
visto... Y qu?

--En ese caso suplico a usted encarecidamente que se quede aqu y no
me deje a solas con esta... seorita. El negocio de que se trata es
insignificante, pero sabe Dios qu conjeturas podran hacerse. No
quiero que Raskolnikoff vaya a creer... Comprende usted por qu digo
esto?

--S, comprendo, comprendo--respondi Lebeziatnikoff--. Est usted en
su derecho. Sin duda, en mi conviccin personal, los temores de usted
son muy exagerados, pero... no importa, est usted en su derecho.
Bueno, me quedar. Voy a ponerme cerca de la ventana. No les molestar;
en mi opinin, est usted en su derecho.

Pedro Petrovitch volvi a sentarse enfrente de Sonia, y la contempl
atentamente. Despus su rostro tom una expresin muy grave, casi
severa, como si indicase: No vaya usted a figurarse, seorita, cosas
que no son. Sonia perdi por completo su serenidad.

--Ante todo suplico a usted, Sonia Semenovna, que presente mis excusas
a su respetable mam. Supongo que no me engao al expresarme as.
Catalina Ivanovna hace con usted veces de madre, no es verdad?--dijo
Pedro Petrovitch con tono muy serio, pero a la vez bastante amable.

Evidentemente sus intenciones eran muy amistosas.

--S, en efecto: hace conmigo veces de madre--se apresur a responder
la pobre Sonia.

--Pues bien, dgale usted cunto siento que circunstancias
independientes de mi voluntad me impidan aceptar su amable invitacin.

--Voy a decrselo--y Sonia se levant en seguida.

--No es eso todo--continu Pedro Petrovitch sonriendo al ver la
candidez de la joven y su ignorancia de las costumbres sociales--;
usted apenas me conoce, Sonia Semenovna; comprender que, por un motivo
tan ftil y que slo me interesa a m, no me hubiera permitido molestar
a una persona como usted. Tengo otro objeto.

A una seal de su interlocutor Sonia se apresur a sentarse. Los
billetes de Banco multicolores, colocados sobre la mesa, se ofrecieron
de nuevo ante su vista, pero volvi vivamente los ojos y los fij en
Pedro Petrovitch; mirar el dinero ajeno le pareca cosa por extremo
inconveniente, sobre todo en su posicin. La joven repar cosa tras
cosa: primero, en los lentes de montura de oro que Pedro Petrovitch
tena en la mano izquierda; despus, en el grueso anillo adornado con
una piedra amarilla que el funcionario llevaba en el dedo del corazn;
por ltimo, no sabiendo qu hacer de sus ojos, los fij en el rostro
mismo de Ludjin. Este, despus de haber guardado silencio durante
algunos instantes, prosigui:

--Ayer me bast cambiar dos palabras con la desgraciada Catalina
Ivanovna, para comprender que esa seora se encuentra en un estado
antinatural, por decirlo as...

--S, antinatural--repiti dcilmente Sonia.

--O, para hablar ms sencilla e inteligiblemente, que se halla enferma.

--S, ms sencillamente, ms intel... S, est enferma...

--Cierto. Por un sentimiento de humanidad y, digmoslo as, de
compasin, quisiera, por mi parte, serle til, previendo que
inevitablemente va a encontrarse en una situacin muy triste. Ahora,
segn parece, esa familia no tiene en el mundo otro apoyo que usted.

Sonia se levant bruscamente.

--Permtame que le pregunte: no le ha dicho usted que podra cobrar
una pensin? Ayer me cont que usted se haba encargado de hacer que se
la concediesen. Es eso cierto?

--No, no hay tal cosa. Me limit a decirle que, como viuda de un
funcionario muerto en el servicio, podra obtener un recurso temporal
si contaba con recomendaciones. Mas parece que, lejos de haber servido
bastante tiempo para disfrutar de los derechos pasivos, su padre no
estaba en el servicio cuando muri. En una palabra: siempre se puede
esperar; pero la esperanza es muy poco fundada, porque, en rigor, no
existe derecho alguno a pensin; al contrario... Ah, soaba con una
pensin! Oh, esa seora lo cree todo posible!

--S, soaba en una pensin. Es crdula y buena, y su bondad hace
que d crdito a todo. Y... y... su espritu es... s... Dispnsela
usted--dijo Sonia, que se levant de nuevo para marcharse.

--Permtame usted, tengo todava que decirle algo ms.

--Ms an?--balbuce la joven.

--Sintese usted.

Sonia, toda confusa, se sent por tercera vez.

--Vindola en tal situacin, con hijos pequeos, quisiera, como ya le
he dicho, serle til en la medida de mis medios; comprndame usted
bien: en la medida de mis medios nada ms. Se podra, por ejemplo,
organizar, en beneficio suyo, una subscripcin, una tmbola... o una
cosa anloga, como suelen hacer en caso semejante las personas que
desean ayudar, bien sea a los parientes, bien a los extraos. Esto es
una cosa posible.

--S, eso est bien... pero ella. Dios...--murmur Sonia, con los ojos
fijos en Pedro Petrovitch.

--Se podra; pero ya hablaremos de esto ms tarde, es decir, se podra
comenzar hoy mismo. Nos veremos esta noche, hablaremos y echaremos,
por decirlo as, los fundamentos. Venga usted aqu a las siete.
Supongo que Andrs Semenovitch no tendr inconveniente en asistir a
nuestra conferencia, pero... hay un punto que debe de ser previa y
cuidadosamente examinado. Por esta razn me he tomado la libertad de
molestarle suplicndole que viniese. Segn mi opinin, no conviene
entregar en sus propias manos el dinero a Catalina Ivanovna; es ms,
sera peligroso entregrselo; basta como prueba la comida de hoy. No
tiene zapatos; no sabe si dentro de dos das tendr un pedazo de pan
que llevarse a la boca, y compra ron Jamaica, vino de Madera y caf. Lo
he visto al pasar. Maana toda la familia volver a estar a cargo de
usted, y tendr usted que buscarle hasta el ltimo pedazo de pan. Por
lo tanto, soy de opinin que debe de organizarse la suscripcin sin que
se entere la desgraciada viuda, y que usted sola sea la que maneje el
dinero. Qu le parece a usted?

--No s. Es solamente hoy cuando ella... Esto no ocurre ms que una
vez en la vida... Quera honrar la memoria del difunto... pero es muy
inteligente. Por lo dems, ser lo que usted quiera; yo le quedar a
usted muy... muy... todas ellas sern... y Dios... y los hurfanos...

Sonia no acab y se ech a llorar.

--De modo que es cosa convenida. Ahora dgnese usted aceptar, para la
parienta de usted, esta suma, que representa mi suscripcin personal.
Deseo vivamente que mi nombre no se pronuncie para nada. Siento mucho
que, teniendo yo tambin apuros pecuniarios, no pueda hacer ms.

Y Pedro Petrovitch alarg a Sonia un billete de diez rublos, despus de
haberlo desplegado cuidadosamente.

La joven recibi el billete ruborizndose, balbuce algunas palabras
ininteligibles y se apresur a despedirse. Pedro Petrovitch la acompa
hasta la puerta. Al cabo la joven sali de la habitacin y entr en la
de Catalina Ivanovna extraordinariamente agitada.

Durante toda esta escena, Andrs Semenovitch, no queriendo interrumpir
la conversacin, permaneci cerca de la ventana. En cuanto sali Sonia,
se acerc a Pedro Petrovitch y le tendi solemnemente la mano.

--Lo he odo y lo he visto todo--dijo subrayando intencionadamente
la ltima palabra--. Eso es noble, es humano, quiero decir, porque
no admito la palabra noble. Usted ha querido evitar las gracias, lo
he visto; y aunque, a decir verdad, soy por principio enemigo de la
beneficencia privada, que, lejos de extirpar radicalmente la miseria,
favorece sus progresos, no puedo menos de reconocer que he visto con
gusto el acto de usted. S, s, eso me complace.

--Lo que he hecho no vale nada--murmur Ludjin un poco cortado, y mir
a Lebeziatnikoff con particular atencin.

--S, vale, s vale. Un hombre que, no obstante hallarse bajo la
impresin de una afrenta recibida, es capaz todava de interesarse
por la desgracia ajena, aunque proceda en contra de la sana economa
social, no es por eso menos digno de estima. No esperaba yo semejante
cosa de usted, Pedro Petrovitch... Oh, qu infludo est usted por sus
antiguas ideas! Por qu turbarse tanto por el asunto de ayer?--exclam
Andrs Semenovitch, que experimentaba un retroceso de viva simpata
hacia Pedro Petrovitch--. Qu necesidad tiene usted de casarse, de
casarse _legalmente_, mi noble y muy querido Pedro Petrovitch? Qu le
importa a usted la unin _legal_? Pgueme usted, si quiere; pero yo
me regocijo del fracaso de sus relaciones, contento de pensar que es
usted libre, que no est usted perdido por la humanidad... Ya ve si soy
franco.

--Me inclino al matrimonio legal, porque no quiero llevar... nada en la
frente ni educar hijos de los cuales yo no sea el padre, como ocurre
con vuestros matrimonios libres--respondi, por decir alguna cosa,
Pedro Petrovitch.

Estaba pensativo, y apenas prestaba atencin a las palabras que deca.

--Los hijos? Usted hace alusin a los hijos?--dijo Andrs
Semenovitch, animndose de repente como un caballo en batalla cuando
oye el sonido del clarn--; los hijos son una cuestin social que
ser resuelta ulteriormente. Muchos hasta lo niegan sin restriccin,
como todo lo que concierne a la familia. Hablaremos de los hijos ms
tarde. Ahora ocupmonos de lo otro. Le confieso a usted que es sa
mi debilidad. Esa palabra baja y grosera, puesta en circulacin por
Putskin, para sealar a los maridos engaados, no figurar en los
diccionarios del porvenir. En resumen: qu viene a ser eso? Oh,
ridculo espanto! Qu cosa tan insignificante! Por el contrario, en
el matrimonio libre, el peligro que usted teme no existir. Eso no es
ms que la consecuencia natural, y, por decirlo as, el correctivo del
matrimonio legal, la protesta contra un lazo indisoluble; desde este
punto de vista no tiene nada de humillante... Y si, por acaso, lo que
es absurdo, contrajese yo un matrimonio legal, sera para m un encanto
llevar _eso_ a que tiene usted tanto miedo. Yo le dira entonces a mi
mujer: Hasta el presente, querida ma, slo haba sentido amor por ti:
pero ahora te estimo, porque has sabido protestar. Se re usted? Ah!
Es porque no tiene fuerzas para romper con los prejuicios. Comprendo
que con la unin legtima sea desagradable ser engaado; pero se es
el efecto miserable de una situacin que desagrada a los dos esposos.
Cuando _eso_ se yergue sobre nuestra frente como en el matrimonio
libre, entonces no existe. Cesan de tener significacin y dejan de
llevar el nombre que se les da. Antes bien, la mujer de usted le prueba
por ello que le estima, puesto que le cree incapaz de poner obstculo a
su felicidad, y demasiado ilustrado es usted para querer vengarse de
un rival. En verdad, pienso muchas veces que, si llegase a estar casado
(libre o legtimamente, importa poco), y mi mujer tardase en tomar un
amante, yo, por m mismo, se lo proporcionara. Querida ma (le dira
entonces), te amo; pero deseo, sobre todo, que me estimes. Tengo o no
tengo razn?

Estas palabras apenas hicieron sonrer a Pedro Petrovitch. Su
pensamiento estaba en otra parte y se restregaba las manos muy
preocupado. Andrs Semenovitch haba de acordarse ms tarde de la
preocupacin de su amigo.


II

Difcil sera decir con exactitud cmo haba nacido en el cerebro
desequilibrado de Catalina Ivanovna la idea de aquella insensata
comida. Gast, en efecto, en dicho banquete ms de la mitad del dinero
que le haba dado Raskolnikoff para las exequias de Marmeladoff. Tal
vez se crea obligada a honrar convenientemente la memoria de su
marido, a fin de demostrar a todos los inquilinos, y especialmente
a Amalia Ivanovna, que el difunto vala tanto como ellos, si era
que no vala ms. Quiz obedeca a ese orgullo de los pobres que en
determinadas circunstancias de la vida, como bautizo, matrimonio,
entierro, etc., los impulsa a sacrificar sus ltimos recursos con el
solo objeto de hacer las cosas tan bien como los otros. Permitido
es suponer que, en el momento mismo en que se vea reducida a la ms
extremada miseria, Catalina Ivanovna quera mostrar a toda aquella
gentuza, no solamente que ella saba vivir y recibir, sino que,
hija de un coronel, educada en una casa noble y aristocrtica, no
haba nacido para fregar el suelo con sus propias manos y lavar por la
noche la ropa de sus hijos.

Las botellas de vino no eran ni muy numerosas ni de marcas muy
variadas; faltaba el Madera. Pedro Petrovitch haba exagerado. Sin
embargo, haba aguardiente, ron, Oporto, todo de inferior calidad, pero
en abundancia. El _men_, preparado en la cocina de Amalia Ivanovna,
comprenda, adems del _kutia_, tres o cuatro platos, principalmente
_blines_; adems, estaban preparados dos samovars para los convidados
que quisieran tomar te o ponche despus de la comida. Catalina Ivanovna
se ocup por si misma en las compras, con ayuda de un inquilino de la
casa, un polaco famlico, que habitaba, sabe Dios en qu condiciones,
en casa de la seora Lippevechzel.

Desde el primer momento este pobre hombre se puso a disposicin de la
viuda, y durante treinta y seis horas no dej de hacer recados con celo
que, por otra parte, el bueno del polaco no perda ripio para hacerlo
notar. A cada instante, por la menor futesa, todo presuroso y atareado
acuda a pedir instrucciones a la viuda Marmeladoff. Despus de haber
declarado que sin la solicitud de este hombre servicial y magnnimo,
no hubiera sabido qu hacer, Catalina Ivanovna acab por encontrarlo
absolutamente insoportable. Era propio de su carcter entusiasmarse
de repente por cualquiera; le vea con los colores ms brillantes y
le atribua mil mritos que slo existan en su imaginacin, pero en
los cuales crea con toda buena fe. Despus al entusiasmo suceda
bruscamente la desilusin, y entonces se desataba en injurias contra
aquel a quien pocas horas antes haba colmado de excesivas alabanzas.

Amalia Ivanovna tom tambin sbita importancia a los ojos de
Catalina Ivanovna; sta deleg en ella, cuando se fu al entierro,
todos sus poderes, y la seora Lippevechzel se mostr digna de esta
confianza. Ella fu, en efecto, quien se encarg de preparar la mesa
y de suministrar el servicio de la misma. Claro es que la vajilla,
los vasos, las tazas, los tenedores, los cuchillos, prestados por
los diversos inquilinos, mostraban en su rica variedad sus diversos
orgenes; pero en aquel momento cada cosa estaba en su puesto. Cuando
volvi a la casa mortuoria, Catalina Ivanovna pudo advertir una
expresin de triunfo en el rostro de la patrona. Orgullosa de haber
cumplido tan bien su misin, aqulla se pavoneaba con su traje de duelo
completamente nuevo, y su gorrito adornado con lazos. Este orgullo,
por legtimo que fuese, no agrad a la viuda: Como si verdaderamente
no se hubiera podido poner la mesa sin Amalia Ivanovna! El gorrito con
sus lazos flamantes tambin le disgust: Vaya con la tonta alemana
esta que no hace ms que estorbar!... Se ha dignado, por bondad de
alma! Habrse visto! En casa del padre de Catalina Ivanovna, que
era coronel, haba algunas veces cuarenta personas a comer, y no se
hubiera recibido ni aun para el servicio, a una Amalia Ivanovna, o,
mejor dicho, Ludvigovna. La viuda de Marmeladoff no quiso manifestar
entonces sus sentimientos; pero se prometi no quedarse con esta
impertinencia en el cuerpo.

Otra circunstancia contribuy tambin a irritar a Catalina Ivanovna: a
excepcin del polaco que fu hasta el cementerio, casi ninguno de los
invitados acompa el cadver hasta su ltima morada; por el contrario,
cuando se trat de sentarse a la mesa, se vi llegar todo lo que haba
de ms pobre y de menos recomendable entre los inquilinos; algunos
se presentaron en traje ms que descuidado. Los que estaban un poco
limpios se haban dado palabra para no venir comenzando por Ludjin, el
ms distinguido de todos ellos. Sin embargo, el da anterior, por la
noche, Catalina Ivanovna haba cantado las excelencias de l a todo el
mundo, es decir, a la patrona, a Poletchka, a Sonia y al polaco. Era,
segn aseguraban, un hombre muy noble y muy bueno; adems de esto, era
inmensamente rico y estaba muy bien relacionado. Afirmaba que haba
sido amigo de su primer marido, y frecuentado tambin en otro tiempo la
casa de su padre. Aseguraba, adems, que haba prometido emplear toda
su influencia para conseguirle una pensin importante.

Raskolnikoff se present cuando acababan de llegar del cementerio.
Catalina Ivanovna qued encantada al verle, en primer lugar, porque, de
todas las personas presentes, era el nico hombre culto (lo present a
todos los invitados, diciendo que dentro de dos aos sera catedrtico
de la Universidad de San Petersburgo), y adems, por haberse excusado
respetuosamente de no haber podido, a pesar de sus deseos, asistir a
las exequias. La viuda se apresur a hacerle sentar a su izquierda,
teniendo ya a Amalia Ivanovna sentada a su derecha, y entabl a media
voz con el joven una conversacin tan seguida como se lo permitan sus
deberes de duea de casa.

Su enfermedad haba tomado desde haca dos das un carcter ms
alarmante que nunca, y la tos, que le desgarraba el pecho, le impeda a
menudo terminar las frases. Sin embargo, se consideraba feliz por tener
a quien confiar la indignacin que experimentaba ante aquel concurso de
figuras grotescas. Al principio, su clera se manifestaba en las burlas
que diriga a los invitados y, sobre todo, a la propietaria.

--Todo ello es por culpa de esa imbcil. Ya sabe usted de quin
hablo--y Catalina Ivanovna mostr con un movimiento de cabeza a la
patrona--. Mrela usted cmo abre los ojos; adivina que hablamos de
ella; pero no puede comprender lo que decimos; ah tiene usted por
qu pone esos ojos de besugo. Ah, qu coqueta!... Ja, ja, ja! Qu
idea le ha dado de ponerse ese bonete? Ja, ja, ja! Quiere hacer
creer a todo el mundo que me honra mucho sentndose a mi mesa. Le
haba suplicado que invitase a las personas ms distinguidas, y con
preferencia a aquellas que haban conocido al difunto, y mire usted
qu coleccin de desharrapados y de perdidos ha reclutado. Fjese
usted: aqul no se ha lavado, da asco; y esos desgraciados polacos?...
Ah, ah! Je, je, je! Aqu nadie los conoce, y yo los veo por primera
vez. Dgame usted: Por qu han venido? Ah estn como una ristra de
cebollas. Eh!--grit a uno de ellos--. Ha tomado usted _blines_? Tome
usted ms; beba usted cerveza. Quiere usted aguardiente? Mire, mire,
se ha levantado para saludarme. Son, sin duda, pobres diablos muertos
de hambre. Todo les es igual con tal de comer. Por lo menos no hacen
ruido; pero yo estoy temblando por los cubiertos de la patrona--dijo
casi en voz alta, dirigindose a Amalia Ivanovna--. Si por acaso roban
sus cucharas, le prevengo que yo de nada respondo.

Despus de esta satisfaccin dada a sus sentimientos, volvindose hacia
Raskolnikoff, dijo, burlndose y mostrando a la patrona:

--Ah, ah, ah! No entiende una palabra; ah se est con la boca
abierta. Fjese usted; es una verdadera lechuza; una lechuza con lazos
de colores. Ja, ja, ja!

La risa acab con un acceso de tos que dur cinco minutos, se llev
el pauelo a los labios y despus se lo ense silenciosamente a
Raskolnikoff: estaba manchado de sangre. Gotas de sudor perlaban su
frente; sus pmulos se coloreaban de rojo, y cada vez respiraba con
mayor dificultad; sin embargo, continu hablando en voz baja con
animacin extraordinaria.

--Le haban confiado el encargo muy delicado, es verdad, de invitar a
esa seora y a su hija. Ya sabe usted a quienes me refiero. Era preciso
proceder en esto con bastante tacto... Pues bien, se ha arreglado de
modo que esa imbcil forastera, esa provinciana, que ha venido aqu a
solicitar una pensin como viuda de un mayor, y que, de la maana a la
noche, anda recorriendo las Cancilleras con dos dedos de colorete en
la cara, y eso que tiene cincuenta aos muy corridos... esa remilgada
ha rehusado mi invitacin, sin excusarse siquiera, como la ms vulgar
cortesa exige en un caso como ste. No acierto a explicarme cmo es
que no haya venido tampoco Pedro Petrovitch. Pero, dnde est Sonia?
qu es de ella? Ah! Ah est. Dnde te habas metido, Sonia? Es
extrao que en un da como ste hayas sido tan poco exacta. Rodin
Romanovitch, djela usted colocarse a su lado, se es tu sitio, Sonia;
toma lo que quieras. Te recomiendo el _kabial_, est bueno. Ahora te
traern las _blines_. No se ha dado de ellas a los nios? Que no se
os olvide, Poletchka. Vamos, est bien. S formal, Lena; y t, Kolia,
deja quietecitas las piernas. Eso es; as debe de estar un nio bien
educado. Y qu me cuentas, Sonetchka?

Sonia se apresur a decir a su madrastra las excusas de Pedro
Petrovitch, esforzndose en hablar alto para que todos pudieran
orle. No contenta con reproducir las frmulas corteses de que
Ludjin se haba servido, procur por su parte amplificarlas. Pedro
Petrovitch--aadi--le haba encargado decir a Catalina Ivanovna que
vendra tan pronto como le fuese posible, para hablar de _negocios_ y
entenderse con ella acerca de la marcha que deba seguir ulteriormente,
etctera, etc.

Sonia saba que con esto tranquilizara a su madrastra, y, sobre
todo, que halagara su amor propio. La joven se sent al lado de
Raskolnikoff, a quien salud apresuradamente echndole una rpida y
curiosa mirada; pero durante el resto de la comida evit mirarle y aun
dirigirle la palabra. Pareca distrada, aunque tena los ojos fijos
en el rostro de Catalina Ivanovna para adivinar sus deseos. Despus de
haber escuchado con complacencia el relato de Sonia, la viuda pregunt
con aire de importancia por la salud de Pedro Petrovitch; en seguida,
sin inquietarse demasiado de que pudieran orla los invitados, hizo
observar a Raskolnikoff que un hombre tan respetable y distinguido
hubiese estado fuera de su centro en semejante reunin. Se explicaba
que no hubiese venido, a pesar de las antiguas relaciones que le unan
a su familia.

--He aqu por qu, Rodin Romanovitch, agradezco tanto que no haya
usted desdeado mi hospitalidad; por lo dems--aadi--, convencida
estoy de que solamente la amistad de usted con mi pobre difunto es lo
que ha decidido a cumplirme su palabra.

Raskolnikoff escuchaba en silencio. Se encontraba a disgusto.
Unicamente por cortesa y consideracin a Catalina Ivanovna probaba la
comida, que la propia viuda le acercaba a la boca.

El joven tena los ojos fijos en Sonia. Esta, cada vez ms pensativa,
segua con inquietud los progresos de la exasperacin de su madrastra,
que haba comenzado a burlarse de sus huspedes, presintiendo que la
comida acabara mal, porque, entre otras cosas, Sonia saba que era
ella la causa principal de que las dos provincianas hubieran rehusado
la invitacin. Amalia Ivanovna habale dicho que cuando fu a invitar
a las dos seoras, la madre, muy resentida, haba exclamado que cmo
podra permitir ella que su hija se sentase al lado de aquella...
_seorita_. Sospechaba la joven que su madrastra tena ya noticia
de aquel insulto. Esta injuria a Sonia era para Catalina Ivanovna
peor que una afrenta hecha a ella, a sus hijos, o a la memoria de su
padre; era un mortal ultraje. Sonia adivinaba que a Catalina Ivanovna
slo le importaba en aquel momento probar a aquellas imbciles que
ambas eran... Precisamente un convidado, sentado en el otro extremo
de la mesa, di a Sonia un plato, con dos corazones de migas de pan
atravesados por una flecha. Catalina Ivanovna declar en seguida, con
voz sonora, que el autor de aquella burla era, de seguro, un asno
borracho.

Acto seguido anunci su propsito de retirarse en cuanto hubiera
obtenido una pensin, a fundar en T***, su ciudad natal, una casa de
educacin para hijas de nobles. De repente mostr aquel certificado
del cual haba hablado Marmeladoff cuando su encuentro con Rodia en
la taberna. En las circunstancias presentes, tal documento deba
establecer el derecho de Catalina Ivanovna a abrir un pensionado; pero
lo haba sacado con objeto de confundir a las dos presumidas, y si
stas hubiesen aceptado su invitacin, les hubiera demostrado con
pruebas convincentes, que la hija de un coronel, la descendiente de
una familia noble y aristocrtica, vala mucho ms que las buscadoras
de aventuras, cuyo nmero aumenta cada da. El certificado di pronto
la vuelta en derredor de la mesa; los convidados, ya a medios pelos,
se lo pasaban de mano en mano, sin que Catalina Ivanovna se opusiese
a ello, porque aquel papel la designaba, con todas sus letras, como
hija de un consejero de Corte, lo que la autorizaba, aproximadamente, a
considerarse como hija de un coronel.

Extendise despus la viuda en enumerar los encantos de la existencia
feliz y tranquila que se prometa pasar en T***. Buscara el concurso
de los profesores del Gimnasio, entre los cuales se encontraba un
anciano respetable, el seor Mangot, que le haba enseado en otros
tiempos el francs; este seor no vacilara en dar lecciones en su
pensionado, y sera mdico en sus honorarios. Por ltimo, anunci la
intencin de llevarse a Sonia a T*** y de confiarle la direccin de su
establecimiento. Al or estas palabras, uno de los comensales se ech a
rer.

Catalina Ivanovna fingi no haberlo odo, pero levantando la voz
dijo que Sonia Semenovna posea cuantas cualidades son menester para
secundarla en su tarea. Despus de haber elogiado la dulzura de la
joven, su paciencia, su abnegacin, su cultura intelectual y su nobleza
de sentimientos, le di suavemente unos golpecitos en la mejilla y la
bes dos veces seguidas con efusin. Sonia se ruboriz, y Catalina
Ivanovna prorrumpi en llanto.

--Tengo los nervios muy excitados--dijo como para excusarse--y estoy
muy fatigada. La comida ha acabado, se va a servir el te.

Amalia Ivanovna, muy contrariada por no haber podido meter baza en la
conversacin precedente, eligi aquel momento para aventurar una nueva
tentativa, e hizo observar muy juiciosamente a la futura directora
de un pensionado, que debera conceder mucha atencin a la ropa
interior de las pensionistas e impedir que leyeran novelas durante
la noche. El cansancio y la irritacin hacan a Catalina Ivanovna
poco tolerante; as es que tom muy a mal aquellos sabios consejos; a
creerla a ella, la patrona no entenda una palabra de lo que estaba
hablando. En un pensionado de seoritas nobles, el cuidado de la ropa
blanca corresponda a la mujer encargada de ese servicio, y no a la
directora del establecimiento. En cuanto a la observacin relativa a la
lectura de las novelas, era sencillamente una inconveniencia. Catalina
Ivanovna suplicaba a la patrona que callase.

En lugar de acceder a esta splica, Amalia Ivanovna respondi con
acritud que no haba hablado ms que por su bien; que haba tenido
siempre las mejores intenciones, y que, desde haca largo tiempo,
Catalina Ivanovna no le pagaba un kopek.

--Miente usted hablando de buenas intenciones!--replic la viuda--.
Ayer, sin ir ms lejos, cuando mi esposo estaba de cuerpo presente,
vino usted a armar un escndalo a propsito de mis atrasos, y por causa
suya no han venido ciertas seoras...

Al or esto la patrona observ con mucha lgica que ella haba
invitado a aquellas seoras, pero no haban venido porque eran nobles
y no podan ir a casa de una seora que no lo era. A lo cual su
interlocutora contest que una cocinera no tena criterio para juzgar
de la verdadera nobleza.

Herida Amalia Ivanovna en lo vivo replic que su _vater_[17] era un
hombre muy importante en Berln que se paseaba constantemente con
las manos en los bolsillos y haca siempre puf! puf! Para dar una
idea ms exacta de su _vater_, la seora Lippevechzel se levant, se
meti las manos en los bolsillos e inflando los carrillos se puso a
imitar el ruido de un fuelle de fragua. Aquello provoc una carcajada
general entre los inquilinos que, con la esperanza de una batalla
entre las dos mujeres, se complacan en azuzar a Amalia Ivanovna. La
viuda de Marmeladoff, no pudiendo contenerse ms, declar en voz muy
alta que Amalia Ivanovna quiz no haba tenido nunca _vater_, que era
sencillamente una finlandesa de San Petersburgo, que haba debido ser
en otro tiempo cocinera, o tal vez algo ms bajo. Respuesta furiosa
de la patrona: Acaso era Catalina Ivanovna la que no haba tenido
_vater_. En cuanto a ella, su padre era un berlins que usaba levitas
muy largas y que haca constantemente puf! puf! Catalina Ivanovna
respondi con tono despreciativo que su nacimiento era conocido de
todo el mundo, y que aquel mismo certificado honorfico en caracteres
impresos, la designaba como hija de un coronel, y que, en cambio,
Amalia Ivanovna (en el supuesto de que hubiese tenido padre conocido),
deba ser hija de algn vendedor de leche finlands; pero, segn todas
las apariencias, era hospiciana, puesto que no saba an cul era su
nombre patronmico, si se llamaba Amalia Ivanovna o Amalia Ludvigovna.
La patrona, fuera de s, grit, dando puetazos sobre la mesa, que
ella era Ivanovna y no Ludvigovna; que su padre se llamaba Juan, y
que haba sido alcalde, cosa que no fu nunca el padre de Catalina
Ivanovna. Al or tales palabras se levant sta, y con voz tranquila,
desmentida por la palidez de su rostro y por la agitacin de su pecho,
dijo:

       [17] Padre, en alemn.

--Si usted se atreve otra vez a poner en parangn a su miserable
_vater_ con mi padre, le arranco el gorro y lo pisoteo.

Amalia Ivanovna, ante su amenaza, empez a correr por la habitacin,
gritando con todas sus fuerzas que ella era la propietaria y que
Catalina Ivanovna se marchara de su casa al instante. Despus se
apresur a recoger los cubiertos de plata que estaban sobre la mesa. A
esto sigui una confusin y un barullo indescriptible; los chiquillos
se echaron a llorar; Sonia se abalanz a su madrastra para impedir que
hiciese un disparate, pero como Amalia Ivanovna hubiese lanzado en alta
voz una alusin a la _cartilla amarilla_, Catalina Ivanovna rechaz a
la joven y se fu derecha a la patrona, decidida a arrancarle el moo.

Mas en aquel momento se abri la puerta y apareci Pedro Petrovitch
Ludjin.

El funcionario dirigi una mirada severa a todos los presentes y
Catalina Ivanovna corri hacia l.


III

--Pedro Petrovitch!--grit--. Protjame usted! Haga comprender a
esta imbcil que no tiene derecho para hablar as a una seora noble
y desgraciada; que eso no est permitido. Me quejar al gobernador
general... y esa mujer tendr que responder ante l de lo que ha dicho.
En nombre de la hospitalidad que usted recibi de mi padre, venga en
ayuda de mis hurfanos.

--Permtame usted, seora... permtame usted--dijo Pedro Petrovitch
apartando con un ademn a la solicitante--. Como usted sabe muy bien,
no he tenido el honor de conocer a su padre... Permtame usted, seora
(uno de los comensales se ech a rer ruidosamente); no pienso tomar
parte en las continuas reyertas de usted con Amalia Ivanovna...
Vengo aqu por un asunto personal... Deseo tener inmediatamente una
explicacin con su hijastra de usted, Sonia... Semenovna... no es se
su nombre? Permtame usted que entre...

Y apartndose de Catalina Ivanovna, Pedro Petrovitch se dirigi al
rincn de la sala en que se encontraba Sonia.

La viuda se qued como clavada en su sitio. No poda comprender que
Pedro Petrovitch negase haber sido husped de su padre. Aquella
hospitalidad, que no exista ms que en su imaginacin, se haba
convertido para ella en artculo de fe. Lo que principalmente la
impresion, fu el tono seco, altanero, y hasta amenazador de Ludjin.
Al aparecer este ltimo se restableci el silencio poco a poco. El
pulcro y severo traje del hombre de leyes formaba contraste con la
sordidez de los dems inquilinos de Amalia Ivanovna. Cada uno de ellos
se daba cuenta de que slo un motivo de gravedad excepcional poda
explicar la presencia de aquel personaje en semejante sitio; todos,
pues, esperaban que pasase algo. Raskolnikoff, que estaba sentado al
lado de Sonia, se levant para dejar acercarse a Pedro Petrovitch, y
ste pareci no reparar en el joven.

Un instante despus apareci Lebeziatnikoff; pero en lugar de entrar
en la habitacin permaneci en el umbral escuchando con curiosidad sin
acertar a comprender al pronto de qu se trataba.

--Perdnenme ustedes que turbe su reunin; pero me veo obligado a
ello por un asunto de bastante importancia--dijo Pedro Petrovitch sin
dirigirse a nadie en particular--; en cuanto a m, me agrada poder
explicarme delante de una reunin numerosa. Amalia Ivanovna, ruego
a usted que, como propietaria de esta casa, preste atencin a la
conferencia que voy a celebrar con Sonia Semenovna.

Despus, dirigindose a la joven que estaba extremadamente plida y
bastante sorprendida, aadi:

--Sonia Semenovna, inmediatamente despus de la visita de usted, he
echado de menos un billete de Banco de cien rublos, que haba sobre una
mesa de la habitacin de mi amigo Andrs Semenovitch Lebeziatnikoff.
Si usted sabe lo que ha sido de ese billete y me lo dice, doy a usted,
en presencia de todas estas personas, mi palabra de honor de que este
asunto no tendr consecuencias; en caso contrario, me ver obligado a
recurrir a medidas muy serias, y entonces... no tendr usted que echar
la culpa a nadie sino a s misma.

Un profundo silencio sigui a estas palabras. Hasta los nios cesaron
de llorar. Sonia, mortalmente plida, miraba a Ludjin sin acertar
a responder. Pareca no haber comprendido an. As pasaron algunos
segundos.

--Vamos, qu responde usted?--pregunt Pedro Petrovitch, mirando
atentamente a la joven.

--Yo no s... no s nada--dijo al cabo con voz dbil.

--No? Usted no sabe nada?--pregunt Ludjin, y dej pasar nuevamente
algunos segundos.

En seguida aadi con tono severo:

--Piense usted en lo que le digo, seorita; reflexione usted; quiero
darle tiempo bastante. Si no estuviese completamente seguro de mi
afirmacin, me guardara muy mucho de lanzar contra usted una acusacin
tan grave. Tengo demasiada experiencia en los negocios para exponerme
a una querella por difamacin. Esta maana he ido a negociar unos
ttulos, que representaban un valor nominal de 3.000 rublos. De vuelta
en mi alojamiento, me he puesto a contar el dinero; Andrs Semenovitch
es testigo. Despus de haber contado dos mil trescientos rublos, los he
guardado en una cartera que he metido en el bolsillo del pecho de la
levita. Quedaban sobre la mesa unos quinientos rublos en billetes de
Banco, entre los cuales haba tres de cien rublos cada uno. Entonces
fu cuando, a invitacin ma, vino usted a nuestro cuarto, y durante
todo el tiempo de su visita ha estado usted extraordinariamente
agitada. Por tres veces se ha levantado usted para salir, aun cuando
nuestra conversacin no haba terminado an. Andrs Semenovitch puede
dar fe de todo esto.

Usted no negar, as por lo menos lo creo, que la he hecho llamar por
Andrs Semenovitch con objeto de ocuparme con usted en la situacin
desgraciada de su madrastra (a cuya casa no poda venir yo a comer),
y de la forma de socorrerla por medio de subscripcin, lotera, o
cosa parecida. Usted me di las gracias con las lgrimas en los ojos.
(Entro en todos estos pormenores, para probarle que no he olvidado
ninguna circunstancia.) Inmediatamente he tomado de encima de la mesa
un billete de diez rublos, y se lo he entregado a usted como primer
recurso para su madrastra. Andrs Semenovitch lo ha visto todo. Despus
la he acompaado hasta la puerta, y usted se ha retirado con la misma
agitacin que antes.

Cuando usted sali del cuarto, he estado hablando durante diez
minutos, aproximadamente, con Andrs Semenovitch. Por ltimo l se
march y yo me acerqu a la mesa para guardar el resto del dinero,
viendo entonces, con gran sorpresa, que me faltaba un billete de
cien rublos. Ahora juzgue usted. Yo no puedo sospechar de Andrs
Semenovitch, ni siquiera concebir semejante idea. No puedo tampoco
engaarme en mis cuentas, porque, un momento antes de que usted
entrara, acababa de comprobarlas. Comprender usted que acordndome
de su agitacin, de su prontitud en salir y de que tuvo usted durante
algn tiempo las manos sobre la mesa, y considerando, finalmente, la
posicin social de usted, he debido, a despecho de mi propia voluntad,
dar acogida a una sospecha, cruel, sin duda, pero legtima.

Por convencido que me halle de la culpabilidad de usted, repito que s
a lo que me expongo dirigindole esta acusacin. Sin embargo, no vacilo
en formularla, sobre todo, seorita, por su negra ingratitud. Cmo? La
mando llamar a usted porque me intereso por su infortunada madrastra y
por sus hermanitos; le doy un billete de diez rublos y me recompensa
usted de esa manera! No! Eso no est bien! Le hace falta una leccin
que le sirva de escarmiento para lo sucesivo. Reflexione usted; se lo
propongo amistosamente, porque en este momento es lo mejor que puedo
hacer en su favor. De lo contrario, ser inflexible. Vamos, confiese
usted.

--Yo nada he tomado--murmur Sonia espantada--; usted me ha dado diez
rublos; aqu estn, tmelos, se los devuelvo.

La joven sac el pauelo del bolsillo, deshizo un nudo, tom el billete
de diez rublos, que estaba all guardado, y se lo alarg a Ludjin.

--De modo que insiste usted en negar el robo de esos cien
rublos?--dijo en tono de reproche Ludjin, sin tomar el billete.

Sonia dirigi una mirada en torno suyo, y en todos los rostros de las
personas que la rodeaban sorprendi una expresin severa, irritada o
burlona. La joven mir a Raskolnikoff. Este, en pie, apoyado contra la
pared, tena los brazos cruzados y sus ojos llameantes fijos en ella.

--Seor, seor!--gimi la muchacha.

--Amalia Ivanovna, ser menester llamar a la polica; por lo tanto,
suplico a usted humildemente que haga subir al _dvornik_--dijo Ludjin
con voz dulce y hasta cariosa.

--_Gott der barmherzig!_ Bien saba yo que sta era una
ladrona!--exclam la seora Lippevechzel palmoteando.

--Usted lo saba?--repuso Pedro Petrovitch--; eso quiere decir
que ya ciertos hechos anteriores autorizan a usted a deducir esta
consecuencia. Suplico a usted, dignsima Amalia Ivanovna, que no olvide
las palabras que acaba de pronunciar. Por lo dems, hay testigos.

En todos lados se hablaba ruidosamente.

--Cmo?--exclam Catalina Ivanovna, saliendo de repente de su estupor,
y con rpido movimiento se precipit hacia Ludjin--. Cmo? La acusa
usted de robo? A ella? A Sonia? Oh, cobarde!

Despus se aproxim vivamente a la joven y la estrech entre sus brazos
descarnados.

--Cmo, Sonia, has podido aceptar diez rublos de l? Oh, tonta!
Dmelos! Dame en seguida ese dinero! As!

Catalina tom el billete de manos de Sonia, lo arrug entre sus dedos
y se lo tir a Ludjin a la cara. El papel, hecho una pelota, alcanz a
Pedro Petrovitch y rod en seguida por el suelo. Amalia Ivanovna se
apresur a levantarlo. El hombre de negocios se incomod.

--Contengan ustedes a esa loca.

En aquel momento acudieron muchas personas, que se colocaron en el
umbral, al lado de Lebeziatnikoff. Entre ellas estaban las dos seoras
provincianas.

--Loca dices? Me tratas de loca, imbcil?--vocifer Catalina
Ivanovna--. T, t eres un imbcil, un vil agente de negocios, un
hombre bajo! Sonia! Sonia haber robado dinero? Sonia una ladrona?
Pero si ella te dara ms que vale ese dinero, imbcil!--y la viuda
rompi a rer de un modo nervioso--. Han visto ustedes a este
imbcil?--aadi, yendo de uno a otro inquilino y mostrando a Ludjin a
cada uno de ellos.

De repente vi a Amalia Ivanovna, y su clera no tuvo lmites.

--Cmo, t tambin, choricera? T tambin, infame prusiana, dices
que Sonia es una ladrona? Ah! Pero esto es posible? Si no ha salido
de la habitacin! Al venir de tu casa granuja! se puso a la mesa
con nosotros; todos la han visto al lado de Rodin Romanovitch...
registradla. Puesto que no ha ido a ninguna parte, tendr el dinero
encima. Busca, busca, busca! Pero si no lo encuentras, querido,
tendrs que responder de tu conducta! Me quejar al emperador, al zar
misericordioso! Hoy mismo ir a arrojarme a sus pies! Soy hurfana;
me dejarn entrar! Crees que no me recibir? Te engaas! Obtendr una
audiencia. Porque Sonia es tan dulce pensabas que no tenas nada que
temer? T contabas con su timidez, verdad? Pero si ella es tmida,
yo, amigo mo, yo no tengo miedo a nada, y as tus clculos caen por
tierra! Busca! Vamos, despchate!

Y al decir esto, Catalina Ivanovna agarraba a Ludjin por un brazo y le
empujaba hacia donde estaba Sonia.

--Si estoy pronto, si no deseo otra cosa... pero, tranquilcese usted,
seora, clmese usted--balbuceaba el funcionario.--Ya veo que no tiene
usted miedo. Esto debera hacerse en la oficina de polica. Por lo
dems, hay aqu un nmero ms que suficiente de testigos... S, yo
estoy pronto... no obstante, es muy delicado para un hombre... a causa
de su sexo... Si Amalia Ivanovna quisiese prestar su concurso... Sin
embargo, no es as como se hacen estas cosas.

--Hgala usted registrar por quien quiera!--grit Catalina Ivanovna--.
Sonia, ensale los bolsillos. Mira, mira, monstruo, ve cmo estn
vacos! Aqu no hay ms que un pauelo; mira, nada ms que un pauelo,
puedes convencerte de ello! Ahora el otro bolsillo. Ves? ves?

No contenta con vaciar los bolsillos de Sonia, Catalina los volvi,
uno despus del otro, de dentro afuera. Pero en el momento en que
pona al descubierto el forro del bolsillo derecho, se escap de l
un papelillo, que, describiendo una parbola en el aire, fu a caer a
los pies de Ludjin. Todos lo vieron; muchos lanzaron un grito. Pedro
Petrovitch se baj, tom el billete con los dedos y lo despleg _coram
populo_. Era un billete de cien rublos, doblado en ocho partes. Pedro
Petrovitch lo ense a todos para que no existiese ninguna duda sobre
la culpabilidad de Sonia.

--Ladrona, fuera de aqu! La polica, la polica!--aull Amalia
Ivanovna--. Es preciso que la lleven a Siberia! A la calle!

De todas partes brotaban exclamaciones. Raskolnikoff, silencioso, no
cesaba de mirar a Sonia ms que para echar de vez en cuando una mirada
rpida sobre Ludjin. La joven, inmvil en su sitio, pareca ms bien
atontada que sorprendida; de repente enrojeci y se cubri el rostro
con las manos.

--No! Yo no soy! Yo no he robado nada! Yo no s nada!--grit con
voz desgarradora y se precipit hacia Catalina Ivanovna, que abri los
brazos como un asilo inviolable para la desgraciada criatura.

--Sonia, Sonia! No lo creo; te digo que no lo creo!--repeta Catalina
Ivanovna, rebelde a la evidencia. (Estas palabras iban acompaadas
de mil caricias; besaba a la joven, le tomaba las manos, la meca
en sus brazos como a un nio.)--T haber robado nada! pero qu
personas ms estpidas! Oh seor! Sois tontos, tontos!--gritaba a
los circunstantes--. No sabis lo que es esta criatura! Robar ella!
Ella, que vendera su ltimo vestido; ella, que ira descalza antes
que dejarnos sin recursos; antes que tuvierais necesidad de ellos!
As, as es...! Ha llegado hasta tomar cartilla, porque mis hijos se
moran de hambre... se vendi por nosotros! Ah, mi pobre difunto; mi
pobre difunto! Dios mo, Dios mo! Pero, defendedla vosotros todos,
en vez de estar impasibles! Usted, Rodin Romanovitch, por qu no la
defiende? Usted tambin la cree culpable? Todos vosotros juntos, no
valis lo que el dedo meique de ella! Dios mo, defindela t!

Las lgrimas, las splicas, la desesperacin de la pobre Catalina
Ivanovna parecieron causar una gran impresin en el pblico. Aquel
rostro de tsica, aquellos labios secos, aquella voz ahogada,
expresaban un sentimiento tan doloroso, que era difcil no sentirse
conmovido ante tanta desolacin. Pedro Petrovitch volvi en seguida a
expresar los ms dulces sentimientos.

--Seora, seora!--dijo con solemnidad--. Este negocio no concierne a
usted en lo ms mnimo. Nadie piensa en acusarla de culpabilidad; usted
misma es la que ha sacado los bolsillos y ha descubierto el objeto
robado; basta esto para demostrar la completa inocencia de usted. Estoy
dispuesto a mostrarme indulgente con un acto a que Sonia Semenovna ha
podido ser impulsada por la miseria. Pero, por qu se niega usted a
confesar, seorita? Teme la deshonra? Era ste su primer hurto? Lo
hizo usted trastornada? La cosa se comprende, se comprende muy bien;
vea usted, sin embargo, a lo que se expona. Seores--dijo dirigindose
a todos los presentes, mudos por un sentimiento de piedad--: Estoy
pronto a perdonar, a pesar de las injurias que se me han dirigido.

Despus aadi:

--Seorita, que la humillacin de hoy le sirva a usted de leccin para
el porvenir; no dar parte; las cosas no pasarn de aqu.

Pedro Petrovitch dirigi una mirada de reojo a Raskolnikoff; sus ojos
se encontraron; los del joven despedan llamas. En cuanto a Catalina
Ivanovna, pareca no haber odo nada y continuaba abrazando a Sonia con
una especie de frenes. A ejemplo de su madre, los nios estrechaban
entre sus bracitos a la joven; Poletchka, sin comprender lo que pasaba,
sollozaba a ms no poder, con su linda carita apoyada en el hombro de
Sonia. De repente, en el umbral de la puerta una voz sonora exclam:

--Qu villana!

Pedro Petrovitch se volvi vivamente.

--Qu villana!--repiti Lebeziatnikoff mirando fijamente a Ludjin.

Este ltimo se estremeci. Todos lo advirtieron (luego se acordaron de
esta circunstancia). Lebeziatnikoff entr en la sala.

--Y usted se ha atrevido a invocar mi testimonio?--dijo aproximndose
a Pedro Petrovitch.

--Qu significa esto? De qu habla usted, Andrs
Semenovitch?--pregunt Ludjin.

--Esto significa que usted es un... calumniador. Ya tiene usted
explicado el sentido de mis palabra--replic arrebatadamente
Lebeziatnikoff.

Estaba extremadamente colrico y fijaba en Pedro Petrovitch sus ojillos
enfermizos, que tenan dura e indignada expresin. Raskolnikoff
escuchaba ansiosamente con la mirada fija en el rostro del joven
socialista.

Hubo una pausa. En el primer momento, Pedro Petrovitch qued casi
desconcertado.

--Es a m a quien...?--murmur--. Pero qu dice usted? Est usted en
su juicio?

--S. Estoy en mi juicio, y usted es un... mal hombre. Ah! Qu
infamia! Lo he odo todo, y si no he hablado antes, es porque quera
comprender bien; hay algunas cosas que... lo confieso, no me las
explico. Me gustara saber por qu ha hecho usted esto.

--Pero qu es lo que yo he hecho? Acabar de hablar enigmticamente?
Usted est borracho!

--Hombre ruin! Si alguno de nosotros est borracho, es usted. Yo jams
bebo aguardiente, porque esto es contrario a mis principios. Figrense
ustedes que es l, l mismo quien, con sus propias manos ha dejado el
billete de cien rublos a Sonia Semenovna; yo lo he visto; yo he sido
testigo de ello, y lo declarar bajo la fe de mi juramento. Es l,
l--repeta Lebeziatnikoff dirigindose a todos y a cada uno.

--Est usted loco? S, o no? Mentecato!--replic violentamente
Ludjin--. Ella misma aqu, hace un momento, ha afirmado, en presencia
de usted y de todo el mundo, que no haba recibido ms que diez
rublos... Cmo es, pues, posible que yo le haya dado ms dinero?

--Yo lo he visto--repiti con energa Andrs Semenovitch--; y aunque
esto pugna a mis principios, estoy dispuesto a prestar juramento
ante la justicia; le he visto a usted deslizar ese dinero con mucho
disimulo. Slo que he sido tan tonto, que he credo que hablaba usted
por generosidad. Cuando usted le deca adis en el umbral de la puerta
y le ofreca usted la mano derecha, le introdujo disimuladamente en el
bolsillo el papel que tena en la izquierda. Yo lo he visto, yo lo he
visto.

Ludjin palideci.

--Qu es lo que est usted mintiendo?--replic insolentemente--.
Estando al lado de la ventana, cmo poda usted ver eso del billete?
Vaya, como est usted mal de la vista, ha sido usted objeto de una
ilusin.

--No, yo no he visto visiones. A pesar de la distancia, lo he visto
todo muy bien. Desde la ventana, en efecto, era difcil distinguir
el billete, en eso tiene usted razn; mas a causa de esa misma
circunstancia, s que era precisamente un billete de cien rublos.
Cuando usted di diez a Sonia Semenovna, yo estaba cerca de la mesa
y vi a usted tomar al mismo tiempo un billete de cien rublos. No he
podido olvidar este detalle, porque en aquel momento se me ocurri una
idea. Despus de haber plegado el billete, lo guard usted en el hueco
de la mano, y cuando se levant se pas el papel de la mano derecha a
la izquierda, y estuvo a punto de dejarlo caer. Me he acordado porque
se me ocurri la misma idea, a saber: que usted quera obligar a Sonia
Semenovna sin que yo me enterara; pero no puede usted imaginarse con
qu atencin he observado sus gestos y ademanes. As es que he visto
meter el billete en el bolsillo de la joven. Lo he visto, lo he visto,
y lo repetir donde sea necesario bajo la fe del juramento.

Lebeziatnikoff estaba casi sofocado por la indignacin. De todos lados
se entrecruzaban exclamaciones diversas. La mayor parte expresaban
estupor; pero algunas eran proferidas en son de amenaza. Todos rodearon
a Pedro Petrovitch. Catalina Ivanovna se lanz hacia Lebeziatnikoff.

--Andrs Semenovitch! Yo no le conoca a usted! Usted la defiende;
solamente usted se pone de parte de ella! Dios le enva a usted
en socorro de la hurfana! Andrs Semenovitch, mi querido amigo,
_batuchka_!

Y Catalina Ivanovna, sin casi tener conciencia de lo que haca, cay de
rodillas delante del joven.

--Esas son tonteras!--vocifer Ludjin arrebatado por la clera--.
No dice usted ms que necedades! Yo he olvidado; me he acordado: me
acuerdo; me olvido. Qu significa todo esto? De modo que si fuera
verdad lo que usted dice, yo le habra deslizado a propsito esos cien
rublos en el bolsillo. Con qu objeto? Qu tengo yo de comn con
esa...?

--Por qu? Eso es lo que no comprendo; me limito a referir el hecho
tal como ha pasado, sin pretender explicarlo, y, dentro de esos
lmites, garantizo su exactitud... Tampoco me engao, malvado, as como
me acuerdo de haberme hecho esta misma pregunta en el momento en que
felicitaba a usted estrechndole la mano. Me preguntaba por qu razn
haba usted hecho ese regalo en forma clandestina. Quiz, me dije, ha
querido ocultarme su buena accin, sabiendo que yo, en virtud de mis
principios, soy enemigo de la caridad privada y la considero como un
vano paliativo. He pensado despus que trataba de dar una sorpresa a
Sonia Semenovna. Hay, en efecto, personas que se complacen en dar a
sus beneficios el sabor de lo imprevisto. En seguida se me ocurri
otra idea: que la intencin de usted era poner a prueba a la joven;
que usted quera saber si, cuando ella encontrara en el bolsillo
esos cien rublos, vendra a darle las gracias, o acaso quera usted
substraerse a su reconocimiento, siguiendo el precepto de que la mano
derecha debe ignorar... En una palabra, Dios sabe las suposiciones que
se me ocurrieron. La conducta de usted me preocupaba de tal modo, que
me propona reflexionar ms tarde sobre ella detenidamente. Adems,
hubiera credo faltar a la delicadeza, dando a entender que conoca su
secreto. Pensando en estas cosas me asalt un temor. Sonia Semenovna,
ignorando la generosidad de usted, poda perder el billete de Banco.
He aqu por qu me he decidido a venir: porque quera llamarla aparte
y decirle que le haban puesto cien rublos en el bolsillo; pero antes
he entrado en casa de las seoras Kobyliatnikoff, para entregarles un
_Tratado general sobre el mtodo positivo_, y recomendarles el artculo
de Piderit (el de Vagner no carece de valor). Un momento despus he
llegado aqu y he sido testigo de esta escena. Ahora bien: es posible
que yo hubiera podido pensar en todo esto y hacerme todos estos
razonamientos, si no le hubiera visto a usted deslizar los cien rublos
en el bolsillo de Sonia Semenovna?

Cuando Andrs Semenovitch termin su discurso, no poda ya ms y
tena el rostro baado de sudor. Ah! Aun en ruso le costaba trabajo
expresarse convenientemente, aunque, por lo dems, no conoca ningn
otro idioma. Este esfuerzo oratorio le haba agotado. Sus palabras
produjeron, sin embargo, extraordinario efecto. El acento de sinceridad
con que las haba pronunciado llev el convencimiento al alma de todos
los oyentes. Pedro Petrovitch comprendi que perda terreno.

--Qu me importan a m las tonteras que se le han ocurrido a
usted!--exclam--; eso no es una prueba. Ha podido usted soar cuantas
necedades quiera. Le digo que miente. Miente usted, y adems me
calumnia para satisfacer sus rencores! La verdad es que usted me odia
porque me he puesto enfrente del radicalismo impo, de las doctrinas
antisociales que usted sostiene.

Pero, lejos de redundar en favor de Pedro Petrovitch, provoc violentos
murmullos en su derredor.

--Ah! Eso es todo lo que se le ocurre responder? No es muy fuerte su
argumento--replic Lebeziatnikoff--. Llame a la polica; prestar mi
juramento! Una sola cosa queda obscura para m: el motivo que le ha
impulsado a cometer una accin tan baja. Oh miserable, cobarde!

Raskolnikoff avanz, separndose del grupo.

--Yo puedo explicar su conducta, y si es menester, tambin prestar
juramento--dijo con voz firme.

A primera vista, la tranquila seguridad del joven prob al pblico
que conoca a fondo el asunto, y que aquel embrollo estaba a punto de
llegar a su desenlace.

--Ahora lo comprendo todo--prosigui Raskolnikoff dirigindose a
Lebeziatnikoff--. Desde el principio de este accidente haba sospechado
detrs de esto alguna innoble intriga. Se fundaban mis sospechas en
ciertas circunstancias solamente de m conocidas, y que voy a revelar,
porque presentan las cosas en su verdadero aspecto. Usted, Andrs
Semenovitch, ha iluminado perfectamente mi espritu; suplico a ustedes
que me escuchen. Ese seor--continu, designando con un gesto a Pedro
Petrovitch--, ha pedido recientemente la mano de mi hermana Advocia
Romanovna Raskolnikoff. Llegado hace poco a San Petersburgo, vino
a verme anteayer; pero ya en nuestra primera entrevista tuvimos un
choque y le ech a la calle, como pueden declarar dos personas que
estaban presentes. Ese hombre es muy malo... Anteayer ignoraba yo que
viviese con usted, Andrs Semenovitch. Gracias a esta circunstancia,
anteayer, es decir, el da mismo de nuestra cuestin, se encontr
presente aqu en el momento en que, como amigo del difunto Marmeladoff,
le di un poco de dinero a su viuda Catalina Ivanovna para atender a
los gastos de los funerales de su marido. Inmediatamente escribi a mi
madre dicindole que yo haba dado mi dinero, no a Catalina Ivanovna,
sino a Sonia Semenovna, calificando al mismo tiempo a esa joven con
los ms ultrajantes adjetivos y dando a entender que yo tena con
ella relaciones ntimas. Su objeto, como comprendern ustedes, era
enemistarme con mi familia, insinundole que yo gasto en disipaciones
el dinero de que ella se priva para atender a mis necesidades. Ayer
noche, en una entrevista con mi madre y mi hermana, entrevista a la
cual asista l, he restablecido la verdad de los hechos que este
seor haba desnaturalizado. El dinero--dije--se lo di a Catalina
Ivanovna para pagar el entierro de su marido, y no a Sonia Semenovna
a quien aquel da haba hablado por primera vez. Furioso al ver que
sus calumnias no obtenan el resultado apetecido, insult groseramente
a mi madre y a mi hermana. Siguise un rompimiento definitivo y se le
ech a la calle. Todo ello pas anoche. Reflexionen ustedes ahora y
comprendern qu inters le guiaba, en las circunstancias presentes,
a inculpar a Sonia Semenovna si lograba hacer pasar a esta joven
por ladrona, y resultaba culpable a los ojos de mi madre y de mi
hermana, puesto que no tena temor en comprometer a sta ponindola en
relaciones con una ladrona; l, por el contrario, al atacarme a m,
sala a la defensa de mi hermana, su futura esposa. En una palabra,
ste era para l un medio de enemistarme con los mos y de congraciarse
con ellos. Con el mismo golpe se vengaba tambin de m, pensando que me
intereso vivamente por el honor y la tranquilidad de Sonia Semenovna.
Tal es el clculo que ha hecho, y de este modo es como me explico yo su
conducta.

Raskolnikoff termin su discurso, frecuentemente interrumpido por
las exclamaciones del pblico, que no perda una sola frase. Pero, a
despecho de las interrupciones, su palabra conserv hasta el fin una
calma, una seguridad y una claridad imperturbables. Su voz vibrante,
su acento convencido y su rostro severo, conmovieron profundamente al
auditorio.

--S, s; eso es--se apresur a reconocer Lebeziatnikoff--, debe usted
tener razn, porque en el momento mismo en que entr Sonia Semenovna en
nuestro cuarto, me pregunt si haba visto a usted y si estaba entre
los convidados de su madrastra, llevndome aparte para preguntrmelo en
voz baja. Tena, pues, necesidad de que estuviese usted aqu. S, eso
es.

Ludjin, mortalmente plido, permaneca silencioso y sonrea con aire
despreciativo. Pareca buscar un medio de salir airosamente de aquel
trance. Quiz de buena gana hubiera hurtado el cuerpo en seguida; pero
en aquel momento la retirada era casi imposible: irse equivala a
reconocer implcitamente las acusaciones que se le dirigan y confesar
que haba calumniado a Sonia Semenovna.

Por otra parte, la actitud de los circunstantes no era nada
tranquilizadora. La mayora de ellos estaban borrachos. Esta escena
atrajo a la habitacin un nmero considerable de inquilinos que no
haban comido en casa de la viuda. Los polacos, muy excitados, no
cesaban de proferir en sus lenguas mil amenazas contra Pedro Petrovitch.

Sonia escuchaba atentamente, pero no daba seales de haber recobrado
su presencia de nimo; pareca que acababa de volver de un desmayo. No
apartaba los ojos de Raskolnikoff, comprendiendo que en l estaba todo
su apoyo. Catalina Ivanovna sufra atrozmente: cada vez que respiraba
se escapaba de su pecho un ronco sonido.

La figura ms estpida era la de Amalia Ivanovna, que tena aspecto de
no comprender nada, y con la boca abierta miraba como alelada. Tan slo
vea que Pedro Petrovitch estaba metido en grave aprieto. Raskolnikoff
quiso tomar de nuevo la palabra, pero tuvo que renunciar a ello a causa
de que la gritera no hubiera permitido que le oyeran. De todas partes
llovan injurias y amenazas sobre Ludjin, en derredor del cual se
haba formado un corro tan hostil como compacto. El hombre de negocios
sac fuerzas de flaqueza, y hacindose cargo de que la partida estaba
definitivamente perdida, busc recursos en la osada.

--Permtanme ustedes, seores, permtanme ustedes, no me cerquen
de este modo; djenme pasar--dijo, tratando de abrirse paso al
travs del grupo que le rodeaba--. Aseguro a ustedes que es intil
tratar de intimidarme con amenazas. No me asusto por tan poca
cosa. Por el contrario, ustedes deben temblar por el amparo con que
encubren un delito. El robo est ms que probado, y yo presentar
la correspondiente denuncia contra la autora y sus encubridores.
Los jueces son personas ilustradas y no borrachos, y recusarn el
testimonio de dos impos, de dos revolucionarios declarados que me
acusan por un acto de venganza personal, como ellos han cometido la
necedad de afirmar. S, permtanme ustedes.

--No quiero respirar el mismo aire que usted, y le suplico que deje mi
cuarto; todo ha acabado entre nosotros--dijo Lebeziatnikoff--. Cuando
pienso que desde hace quince das vengo sudando sangre y agua para
exponerle...!

--Antes de ahora, Andrs Semenovitch, le he anunciado yo mismo mi
partida, precisamente cuando haca usted instancias para retenerme;
ahora me limito a decirle que es usted un imbcil. Le deseo que se cure
de los ojos y del entendimiento. Permitan ustedes, seores.

Logr abrirse paso; pero uno de los circunstantes, creyendo que las
injurias no eran castigo suficiente, tom un vaso de la mesa y lo
lanz con todas sus fuerzas contra Pedro Petrovitch. Por desgracia, el
proyectil alcanz a Amalia Ivanovna, que se puso a dar gritos horribles.

Al lanzar el vaso, el agresor perdi el equilibrio y cay pesadamente
bajo la mesa. Ludjin entr en el cuarto de Lebeziatnikoff, y una hora
despus dej la casa.

Naturalmente tmida, Sonia saba ya antes de esta aventura que su
situacin la expona a todo gnero de ataques, y que cualquiera poda
ultrajarla casi impunemente. Sin embargo, hasta entonces haba esperado
desarmar la malevolencia de los dems, a fuerza de circunspeccin, de
humildad y de dulzura con todos y cada uno; pero hasta esta ilusin se
disipaba. Tena, sin duda, bastante paciencia para sufrir an esto con
resignacin y casi sin murmurar; pero en aquel momento la decepcin era
demasiado cruel. Aunque su inocencia hubiese triunfado de la calumnia,
y aun cuando su primer terror hubiera pasado, al darse cuenta de lo
ocurrido se le oprimi dolorosamente el corazn ante el pensamiento
de su abandono y de su soledad en la vida. La joven tuvo una crisis
nerviosa, y, no pudiendo contenerse ms, sali apresuradamente de la
sala y ech a correr a su casa. Su partida fu poco despus de la de
Ludjin.

El vasazo recibido por Amalia Ivanovna produjo hilaridad general; pero
la patrona tom muy a mal la cosa y revolvi su clera contra Catalina
Ivanovna, la cual, vencida por el sufrimiento, haba tenido que echarse
en su cama.

--Fuera de aqu! En seguida! Ea! A la calle!

Mientras pronunciaba estas palabras con voz irritada, la seora
Lippevechzel tomaba todos los objetos pertenecientes a su inquilina
y los arrojaba en un montn en medio de la sala. Quebrantada, casi
desfallecida, la pobre Catalina Ivanovna salt de la cama y se lanz
sobre la patrona. Pero la lucha era demasiado desigual, y a Amalia
Ivanovna no le cost gran trabajo rechazar este asalto.

--Cmo! No es bastante haber calumniado a Sonia, y esta mujer se
revuelve ahora contra m? El da en que han enterrado a mi marido me
expulsa; despus de haber recibido mi hospitalidad, me arroja a la
calle con mis hijos? Pero, a dnde voy a ir yo?--sollozaba la infeliz
mujer--. Seor!--exclam de repente con los ojos centelleantes--. Es
posible que no haya justicia? A quin defenders T, Dios mo, si no
nos defiendes a nosotras, pobres hurfanas? Pero ya veremos. Jueces
y tribunales hay en la tierra; recurrir a ellos; espere un poco,
criatura ma. Poletchka, qudate con los nios; yo volver pronto. Si
os echan, esperadme en la calle. Veremos si hay justicia en la tierra!

Catalina Ivanovna se puso en la cabeza aquel mismo pauelo verde de que
habl Marmeladoff en la taberna, y despus, hendiendo la multitud ebria
y ruidosa de los inquilinos, que continuaban llenando la sala, con el
rostro inundado de lgrimas baj a la calle resuelta a ir, costase lo
que costase, a buscar justicia en cualquier parte.

Poletchka, espantada, estrech entre sus brazos a su hermano y a su
hermana, y los tres nios, acurrucados en el rincn inmediato al
cofre, esperaron temblando la vuelta de su madre.

Amalia Ivanovna, semejante a una furia, iba y vena por la habitacin
aullando de rabia y arrojando al suelo cuanto le vena a las manos.

Entre los inquilinos, unos comentaban el acontecimiento, otros
disputaban, algunos entonaban canciones...

Ya es tiempo de que me vaya--pens Raskolnikoff--. Veremos, Sonia
Semenovna, qu es lo que piensas ahora.

Y se encamin a casa de la joven.


IV

Aunque Raskolnikoff tena sus preocupaciones y disgustos, haba
defendido valientemente la causa de la joven Sonia contra Ludjin.
Aparte del inters que le inspiraba la joven, haba aprovechado con
gusto, despus de los tormentos de por la maana, la impresin de
sacudir impresiones que se le hacan insoportables. Por otro lado,
su prxima entrevista con Sonia le preocupaba y aun le aterraba por
momentos. Tena que revelarle que haba matado a Isabel, y presintiendo
todo lo que esta confesin tendra de penosa, se esforzaba por apartar
de ella el pensamiento.

Cuando al salir de casa de Catalina Ivanovna, haba exclamado:
Veremos, Sonia Semenovna, lo que piensas ahora, era el combatiente
animado por la lucha, excitado an por su victoria sobre Ludjin, el que
haba pronunciado aquella frase de desafo; pero, cosa singular, cuando
lleg a la casa de Kapernumoff, su seguridad le abandon de repente,
dejando el puesto al temor. Se detuvo indeciso ante la puerta y se
pregunt: Ser preciso decir que he matado a Isabel? La pregunta
era extraa, porque en el momento en que l se la haca comprenda la
imposibilidad, no solamente de no hacer esta confesin, sino aun la de
diferirla un minuto.

No saba por qu era imposible; nicamente lo senta y estaba como
aplastado por esta dolorosa conciencia de su debilidad ante la
necesidad. Para ahorrarse nuevos tormentos, se apresur a abrir la
puerta, y antes de franquear el umbral mir a Sonia. La joven estaba
sentada, con los codos apoyados en la mesita y el rostro oculto entre
las manos. Al ver a Raskolnikoff se levant en seguida y fu a su
encuentro, como si lo hubiese esperado.

--Qu habra sido de m sin usted?--dijo vivamente, en tanto que le
haca pasar a la sala.

Pareca que entonces no pensaba ms que en el servicio que le haba
prestado el joven, y tena prisa de darle las gracias. Despus esper.

Raskolnikoff se aproxim a la mesa y se sent en la silla que la
joven acababa de dejar. Sonia permaneci en pie, a dos pasos de l,
exactamente como el da anterior.

--Habr usted observado--dijo advirtiendo que le temblaba la voz--que
la acusacin no tena otro fundamento que la posicin social de usted y
las costumbres que ella implica. Lo ha comprendido usted as?

El rostro de Sonia se ensombreci.

--No me hable usted como ayer, le suplico que no vuelva a empezar. He
sufrido ya bastante...

Se apresur a sonrer, temiendo que el reproche ofendiese al visitante.

--Hace un momento he venido a casa como una loca. Qu pasa all ahora?
Yo quera volver, pero supona que vendra usted.

Raskolnikoff le cont que Amalia Ivanovna acababa de echar de casa a
los Marmeladoff, y que Catalina Ivanovna haba ido a buscar justicia a
cualquier parte.

--Ah, Dios mo!--exclam Sonia--. Vamos en seguida!--y tom
apresuradamente su manteleta.

--Siempre lo mismo!--replic Raskolnikoff contrariado--. Usted no
piensa ms que en ellos. Qudese usted un momento conmigo.

--Pero... Catalina Ivanovna...

--Catalina Ivanovna vendr aqu, no tenga usted duda--respondi con
tono de enfado el joven--. Culpa de usted ser si no la encuentra.

Sentse Sonia, presa de cruel perplejidad. Raskolnikoff, con los ojos
bajos, reflexionaba.

--Hoy Ludjin quera, simplemente, desacreditarla a usted; lo
concedo--dijo sin mirar a Sonia--; s, le hubiera convenido meterla a
usted en la crcel, y si no hubiramos estado all Lebeziatnikoff y yo,
lo habra hecho. No es as?

--S--dijo la joven con voz dbil--. S--repiti maquinalmente,
distrada de la conversacin a causa de la inquietud que experimentaba.

--Poda, en efecto, no haber estado yo all, y si Lebeziatnikoff se
encontr fu por casualidad.

Sonia guard silencio.

--Si la hubieran llevado a usted a la crcel, qu habra sucedido? Se
acuerda usted de lo que dije ayer?

Sonia continu callada, y el joven esper un momento su respuesta.

--Pensaba que iba usted a exclamar: Ah, no hable usted de eso!
No siga usted!--repuso Raskolnikoff con risa un poco forzada--.
Vamos, no dice usted nada?--pregunt al cabo de un minuto--. Ser
preciso que sostenga yo solo la conversacin. Ah tiene usted;
tendra curiosidad por saber cmo resolvera usted una cuestin,
segn dice Lebeziatnikoff (comenzaba a ser visible su turbacin). No;
hablo seriamente. Suponga usted, Sonia, que estuviese enterada de
antemano de todos los proyectos de Ludjin; que usted supiese que estos
proyectos iban encaminados a asegurar la prdida de Catalina Ivanovna
y de sus hijos, sin contar la de usted (porque usted no hace caso de
s misma para nada). Suponga usted, por consiguiente, que Poletchka
fuese condenada a una existencia como la de usted; siendo esto as, si
dependiese de usted hacer que pereciese Ludjin, o lo que es lo mismo,
salvar a Catalina Ivanovna y su familia, o dejar vivo a Ludjin para que
cumpliese sus infames designios; contsteme, por cul de las dos cosas
se decidira usted?

Sonia le mir con inquietud; bajo estas palabras pronunciadas con voz
vacilante, adivinaba algn pensamiento recndito.

--Podra yo esperarme alguna pregunta por el estilo?--dijo la joven
interrogndole con los ojos.

--Es posible; pero conteste: por quin se decidira usted?

--Qu inters tiene usted en saber lo que hara en un caso que no
puede presentarse?--exclam Sonia con repugnancia.

--De modo que dejara vivir a Ludjin y que cometiese tales infamias?
No tiene usted valor para decirlo con franqueza.

--No conozco los secretos de la divina Providencia... por qu me
pregunta usted lo que hara en un caso imposible? A qu vienen esas
vanas preguntas? Cmo la existencia de un hombre puede depender de mi
voluntad? Quin me erige a m rbitro de la vida y la muerte de las
personas?

--En el momento en que se hace intervenir a la divina Providencia, no
hay ms que hablar--replic con tono agrio Raskolnikoff.

--Dgame usted lo que tenga que decirme!--exclam Sonia angustiada--.
Otra vez con palabras encubiertas?... Ha venido usted slo a
atormentarme?

No pudo contenerse y se puso a llorar. Durante cinco minutos el joven
la contempl con expresin sombra.

--Tienes razn, Sonia--dijo en voz baja.

Se haba operado en l un brusco cambio; su fingida serenidad, el tono
spero que afectaba haca un momento, haba desaparecido de pronto.
Ahora, apenas se le oa.

--Te dije ayer que no vendra a pedir perdn, y casi con excusas he
comenzado mi entrevista. Al hablarte de Ludjin me acusaba, Sonia.

Quiso sonrer; pero, por ms que hizo, su fisonoma permaneci triste.
Baj la cabeza y se cubri la cara con las manos. De repente crey
advertir que detestaba a Sonia. Sorprendido y hasta aterrado por tan
extrao descubrimiento, levant sbitamente la cabeza y contempl de
hito en hito a la joven. Esta fijaba en l una mirada ansiosa, en la
cual haba amor. El odio desapareci instantneamente del corazn de
Raskolnikoff. No era eso, habase engaado sobre la naturaleza de sus
sentimientos; aquello slo significaba que haba llegado el minuto
fatal.

De nuevo ocult su rostro entre las manos y baj la cabeza; palideci,
se levant, y despus de haber mirado a Sonia, fu maquinalmente a
sentarse en el lecho sin proferir palabra.

La impresin de Raskolnikoff era entonces exactamente la misma que
haba experimentado en pie, detrs de la vieja, cuando haba sacado el
hacha del nudo corredizo, diciendo: No hay un instante que perder.

--Qu tiene usted?--pregunt Sonia sobrecogida.

El joven no pudo responder. Haba contado con explicarse en muy otras
condiciones y no comprenda lo que pasaba por l. Sonia se aproxim
suavemente a Raskolnikoff; se sent a su lado en la cama, y esper sin
dejar de mirarlo. El corazn le lata como si fuera a romperse. La
situacin se haca insoportable. Raskolnikoff volvi hacia la joven
su rostro, mortalmente plido, y movi los labios con esfuerzo para
hablar. Sonia estaba aterrada.

--Qu tiene usted?--repiti apartndose un poco de l.

--Nada, Sonia; no te asustes; esto no vale la pena. Verdaderamente,
es una tontera--murmur con aire distrado--. Por qu he venido a
atormentarte?--aadi de repente mirando a su interlocutora--. S, por
qu? No ceso de hacerme esta pregunta.

Se la haba hecho quiz un cuarto de hora antes; pero en aquel momento
era tal su debilidad, que apenas tena conciencia de s mismo; un
temblor continuo agitaba su cuerpo.

--Cunto sufre usted!--dijo la joven conmovida fijando los ojos en l.

--Esto no es nada. He aqu de lo que se trata, Sonia. (Durante dos
segundos sonri tristemente.) Te acuerdas de lo que te dije ayer?

Sonia esperaba inquieta.

--Te dije, al separarme de ti, que quiz te dira adis para siempre;
pero, que si vena hoy, sabras quin fu el que mat a Isabel.

La joven se ech a temblar.

--Pues bien; ya sabes a lo que he venido.

--En efecto--dijo Sonia con voz temblorosa--; eso fu lo que me dijo
usted ayer. Cmo sabe usted eso?--aadi vivamente.

Sonia respiraba trabajosamente y el rostro se le pona cada vez ms
plido.

--Yo lo s.

--Se _le_ ha encontrado?--pregunt tmidamente despus de un minuto de
silencio.

--No, no se _le_ ha encontrado.

Siguise un corto silencio.

--Entonces, cmo lo sabe usted?--pregunt con voz casi ininteligible.

Raskolnikoff se volvi hacia la joven y la mir con una fijeza singular.

--Adivina--dijo.

Sonia se estremeci convulsivamente.

--Por qu me asusta usted de ese modo?--pregunt con sonrisa infantil.

--Si yo lo s es porque estoy ntimamente relacionado con l--repuso
Raskolnikoff, cuya mirada segua fija en la joven, como si no tuviese
fuerza para volver los ojos--. A esa Isabel no quera _l_ matarla; la
mat sin premeditacin... quera asesinar a la vieja cuando estuviese
sola... Fu a su casa; pero, cuando estaba en ella, entr Isabel y la
mat.

A estas palabras sigui un silencio lgubre; durante un minuto
continuaron mirndose.

--De modo que no adivinas?--pregunt bruscamente, con la sensacin de
un hombre que se arroja de lo alto de un campanario.

--No--balbuce Sonia con voz apenas distinta.

--Busca bien.

Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff experiment en el fondo de
s mismo la impresin de fro glacial que le era tan conocida; miraba
a Sonia y de pronto le pareci ver a Isabel cuando la desventurada
se ech atrs ante el asesino, que avanzaba hacia ella con el hacha
levantada. En aquel momento supremo Isabel levant el brazo como
hacen los nios pequeos cuando tienen miedo, y, prontos a echarse a
llorar, fijan una mirada inmvil en el objeto que les espanta. Del
mismo modo el rostro de Sonia expresaba un terror indecible; tambin
ella extendi el brazo hacia adelante, rechazando ligeramente a
Raskolnikoff, y tocndole el pecho con la mano se apart poco a poco de
l, sin cesar de mirarle fijamente. Su terror se comunic al joven, que
se puso a mirarla asustado.

--Lo has adivinado?--murmur por ltimo.

--Dios mo!--exclam Sonia.

Despus se dej caer sin fuerzas sobre el lecho y hundi el rostro
en la almohada. Pero al cabo de un instante se levant con rpido
movimiento, se aproxim a l y tomndole las dos manos que sus deditos
estrecharon como tenazas, le mir largo rato de hito en hito. No se
haba engaado? As lo esperaba, pero apenas hubo fijado los ojos en
su interlocutor, la sospecha que haba atravesado su alma se troc en
certidumbre.

--Basta, Sonia, basta! Evtame ms explicaciones--suplic l con voz
quejumbrosa.

Lo que haba pasado contrariaba todas sus previsiones, porque no era
ciertamente as como pens l hacer la confesin de su crimen.

Sonia pareca que estaba fuera de s. Salt de su lecho y se fu
al centro de la habitacin retorcindose las manos; despus volvi
bruscamente sobre sus pasos y se sent, hombro con hombro, al lado del
joven. De repente se ech a temblar, lanz un grito y, sin saber lo que
haca, cay de rodillas delante de Raskolnikoff.

--Est usted perdido!--exclam con acento desesperado; y levantndose
sbitamente se arroj a su cuello, le bes y le acarici.

Raskolnikoff se separ de ella, y contemplndola con triste sonrisa,
dijo:

--No te comprendo, Sonia. Me abrazas despus de haberte contado eso...
No tienes conciencia de lo que haces.

La joven no oy esta observacin.

--No, no hay en la tierra un hombre ms desgraciado que t--exclam en
un arranque de piedad, y rompi en sollozos.

Raskolnikoff sinti invadida su alma por un sentimiento que desde haca
largo tiempo no haba experimentado. No trat de luchar contra esta
impresin; dos lgrimas brotaron de sus ojos y rodaron silenciosas por
sus mejillas.

--No me abandonars, Sonia?--pregunt con mirada casi suplicante.

--No, no! Jams, jams!--grit--. Te seguir, te seguir a todas
partes. Oh Dios mo!... Oh, qu desgraciada soy!... Por qu? por
qu no te he conocido antes? Por qu no habrs venido...?

--Ya ves que lo he hecho--interrumpi Raskolnikoff.

--Ahora! Oh! Qu podemos hacer ahora?... Juntos! Juntos!--repiti
con una especie de exaltacin y se puso a abrazar al joven--. Ir
contigo a presidio!

Estas ltimas palabras produjeron en Raskolnikoff una sensacin penosa
y apareci en sus labios una sonrisa amarga y casi altanera.

--Es que yo, malditas las ganas que tengo de ir a presidio.

Sonia volvi rpidamente hacia l los ojos. Hasta entonces haba
sentido una inmensa piedad por aquel hombre desgraciado; pero lo que
acababa de decir el joven y el tono con que fu pronunciado, recordaron
bruscamente a Sonia que aquel desgraciado era un asesino. La muchacha
le dirigi una mirada de asombro. No saba an cmo ni por qu haba
llegado a convertirse en criminal. En aquel momento, todas estas
cuestiones se presentaban ante su espritu y de nuevo dud.

El, l un asesino! Es posible?

--Pero esto no es verdad; dnde estoy?--dijo como si despertase de un
terrible sueo--. Cmo, siendo usted lo que es, ha podido resolverse a
hacer eso?... Pero por qu lo ha hecho?

--Por robar. Cesa ya, Sonia--respondi algo contrariado el joven.

La muchacha se qued estupefacta.

--Tenas hambre?--exclam en seguida--. Era para socorrer a tu
madre?... S?

--No, Sonia, no--replic Raskolnikoff bajando la cabeza--. Mi miseria
no era tan grande... Quera, en efecto, ayudar a mi madre... pero no
fu sta la verdadera razn... No me atormentes, Sonia.

--Pero es posible que esto sea verdad?--grit la joven, dando una
palmada--. Es esto posible? Hay medio de creerlo? Ha matado usted
para robar? Usted que se despoja de todo en favor de los pobres!
Ah!... El dinero que usted di a mi madrastra...? Ese dinero...?

--No, Sonia, no!--interrumpi vivamente Raskolnikoff--. Ese dinero no
proceda de _aquello_, tranquilzate; me lo envi mi madre cuando yo
estaba enfermo, por medio de un comerciante, y acababa de recibirlo
cuando lo di... Razumikin lo vi. Ese dinero me perteneca.

Sonia escuchaba perpleja y esforzndose por comprender.

--Por lo dems, en cuanto al dinero de la vieja... yo no s lo que
haba--aadi vacilando--; le quit del cuello una bolsa de piel que
pareca bien repleta... pero no me enter del contenido, sin duda
porque me falt tiempo... Me apoder de varias cosas, gemelos, cadenas
de reloj... Esos objetos, lo mismo que la bolsa, los ocult al da
siguiente bajo una piedra grande en un corral situado en la perspectiva
V***. Todo ello est all todava.

Sonia escuchaba con avidez.

--Pero, por qu no ha tomado usted nada, puesto que mat para
robar?--replic como agarrndose a una ltima y muy vaga esperanza.

--No s... no he decidido an s tomar o no ese dinero--respondi
Raskolnikoff con la misma voz vacilante, y luego sonri--. Qu
historia tan tonta te acabo de contar!

Estar loco?, se pregunt Sonia; pero rechaz en seguida esta idea.
No, all haba alguna otra cosa para ella inexplicable; pero en vano
pona en prensa su mente.

--Sabes lo que quiero decirte, Sonia?--repuso l con voz vibrante--.
Si nicamente la necesidad me hubiese impulsado al asesinato--prosigui
recalcando cada una de sus palabras, y su mirada tena algo de
enigmtico--, yo sera ahora _feliz_. Sbelo. Qu te importa el
motivo, puesto que acabo de confesarte que he obrado mal?--exclam tras
de una corta pausa--. Para qu ese triunfo sobre m? Ah, Sonia! Es
para esto para lo que he venido a tu casa?

La joven quiso hablar, pero se call.

--Ayer te propuse que vivieses conmigo porque yo no tengo a nadie sino
a ti.

--Por que queras que viviese contigo?--pregunt tmidamente Sonia.

--No para robar ni matar, puedes estar tranquila--contest Raskolnikoff
riendo sardnicamente--; nosotros no somos de la misma cepa... Y mira,
acabo de comprender ahora por qu te invit ayer a venir conmigo.
Cuando te diriga esta peticin, no saba cul era su objeto... lo veo
ahora. No tengo nada ms que un deseo: Que no me abandones! No me
dejars, Sonia?

La joven le apret la mano.

--Y por qu? Por qu te he dicho yo esto? por qu te he hecho
esta confesin?--exclam Raskolnikoff al cabo de unos segundos,
mirndole con infinita compasin a la vez que con la desesperacin ms
profunda--. Veo que esperas mis explicaciones, Sonia; pero, qu he de
decirte? Nada comprenderas, y yo no hara otra cosa que afligirte cada
vez ms. Vamos, veo que lloras y que empiezas de nuevo a abrazarme;
por qu me abrazas? Es porque, falto de valor para llevar mi cruz,
me libro as de este peso, cargando con l a otra persona; porque he
buscado en el sufrimiento ajeno un alivio a mis pesares? Y puedes amar
a semejante cobarde?

--Pero no sufres t tambin?--exclam Sonia.

Hubo de nuevo un acceso de sensibilidad.

--Sonia, tengo el corazn enfermo, recapacita... Esto puede explicar
multitud de cosas. Porque soy malo he venido. Hay muchos que no lo
hubiesen hecho; pero yo soy cobarde y miserable. Por qu he venido?
Jams me lo perdonar!

--No, no; has hecho bien en venir--repuso Sonia--. Vale ms que lo sepa
todo; es mucho mejor.

Raskolnikoff la mir con expresin dolorosa.

--He querido ser un Napolen... por eso he matado. Comprendes ahora?

--No--respondi cndidamente Sonia con voz tmida--; pero habla, habla;
lo comprender todo.

--Que lo comprenders? Est bien; ya veremos.

Durante un momento, Raskolnikoff estuvo pensativo recogiendo sus ideas.

--El hecho es que cierto da me hice esta pregunta: Si Napolen,
por ejemplo, hubiese estado en mi lugar, si no hubiese tenido para
comenzar su carrera ni Toln ni Egipto, ni el paso de San Bernardo,
sino que en lugar de estas brillantes empresas se hubiese encontrado
ante la necesidad de cometer un asesinato para asegurar su porvenir,
hubiera renunciado a la idea de matar a una vieja y de robarle tres
mil rublos? Hubiera pensado que tal accin era demasiado innoble y
demasiado criminal? Yo me he devanado durante algn tiempo los sesos
con esta pregunta, y no he podido menos de experimentar un sentimiento
de vergenza, cuando he reconocido, por fin, que no slo no hubiera
vacilado, sino que no hubiese comprendido la posibilidad de una
vacilacin. No teniendo ninguna otra salida no se hubiera andado con
escrpulos. Desde que me hice esta reflexin ya no tena que vacilar;
la autoridad de Napolen me cubra. Encuentras esto risible? Tienes
razn, Sonia.

La joven no tena el menor deseo de rer.

--Hblame con franqueza, sin ejemplos--dijo con voz tmida y apenas
distinta.

Raskolnikoff se volvi hacia ella, la mir con tristeza y le tom las
manos.

--Tienes razn, Sonia. Todo esto es absurdo, carece de sindresis,
no es ms que palabrera... Mira, mi madre, como sabes, est casi
sin recursos. La casualidad quiso que mi hermana recibiese esmerada
educacin y estuviera condenada al oficio de institutriz. Todas sus
esperanzas reposaban exclusivamente sobre m. Entr en la Universidad;
pero, falto de medios, me vi obligado a interrumpir mis estudios.
Supongamos que los hubiese continuado; yendo bien las cosas, hubiera
podido, en diez o quince aos, ser nombrado profesor de Gimnasio o
empleado con mil rublos de sueldo. (Pareca que estaba recitando una
leccin). Pero de aqu a entonces, los cuidados y los disgustos habran
destrudo la salud de mi madre y de mi hermana... quiz les hubiera
ocurrido algo peor. Privarse de todo, dejar a mi madre en la miseria,
sufrir el deshonor de mi hermana... es esto vivir? Y todo ello para
llegar, a qu? Despus de haber visto morir a los mos, podra fundar
una familia, dejando, al morir, a mi mujer y a mis hijos sin un pedazo
de pan. Pues bien, yo me dije que con el dinero de la vieja cesara
de ser una carga para mi madre; que podra volver a entrar en la
Universidad y asegurar un porvenir. Ah lo tienes explicado todo. Claro
que he hecho mal en matar a la vieja... pero, en fin, basta!

Raskolnikoff no tena ya fuerzas, y baj la cabeza como agobiado.

--Oh, no es eso, no es eso!--grit Sonia con voz quejumbrosa--. Esto
no es posible!... No, no; hay alguna otra causa!...

--Supones que hay otra causa! Te engaas, he dicho la verdad.

--La verdad! Oh, Dios mo!

--Despus de todo, Sonia, yo no he matado ms que a un gusano innoble y
malo.

--Ese gusano era una criatura humana!

--Ya lo s que no era un gusano en el sentido literal de la
palabra--replic Raskolnikoff mirndola con singular expresin--. Por
otra parte, lo que digo no tiene sentido comn--aadi--; tienes razn,
Sonia, no es eso, son otros motivos los que me han impulsado. Desde
hace largo tiempo no he hablado con nadie. Esta conversacin me ha dado
dolor de cabeza.

Los ojos le brillaban a causa de la fiebre. El delirio se haba
casi apoderado de l y una sonrisa inquieta erraba en sus labios.
Bajo su aparente animacin se adivinaba verdadero cansancio. Sonia
comprendi cunto sufra. Tambin ella comenzaba a perder la cabeza.
Qu lenguaje tan extrao! Presentar como plausibles semejantes
explicaciones! No acertaba a explicrselo y se retorca las manos en
el acceso de su desesperacin.

--No, Sonia, no es eso--prosigui el joven, levantando de repente la
cabeza; sus ideas haban tomado sbitamente nuevo rumbo y pareca
haber adquirido de repente una nueva energa--; no, no es eso. Cree
ms bien que te amo con locura, que soy envidioso, malo, vengativo, y,
adems, propenso a la demencia... Acabo de decirte que tuve que dejar
la Universidad. Pues bien; quiz hubiera podido seguir asistiendo
a ella. Mi madre habra pagado las matrculas; yo hubiera ganado
con mi trabajo para vestir y comer y habra quizs llegado... Tena
lecciones retribudas con cincuenta kopeks. Razumikin trabaja bien;
pero yo estaba exasperado y no quise. S, estaba _exasperado_, sa es
la palabra. Entonces me met en mi casa como la araa en su rincn.
Ya conoces mi tugurio, has estado en l... Sabes t, Sonia, que el
alma se ahoga en las habitaciones bajas y estrechas? Oh, lo que yo
odiaba ese cuartucho! y, sin embargo, no quera salir de l; me pasaba
all das enteros, sin querer trabajar, no cuidndome ni de comer. Si
Nastachiuska me trae alguna cosa, comer--me deca--; si no, me pasar
sin comer. Estaba muy irritado para pedir nada. Haba renunciado al
estudio y vendido todos mis libros; una pulgada de polvo hay sobre mis
notas y cuadernos. Por la noche no tena luz. Para comprar una vela me
hubiera sido forzoso trabajar y no quera; prefera fantasear acostado
en mi sof. Intil es decirte cules eran mis ocupaciones... Entonces
comenc a pensar... No, no es esto; no cuento las cosas como son. Yo
me preguntaba siempre: Puesto que sabes que los dems son imbciles,
por qu no procuras ser ms inteligente que ellos? Reconoc
entonces, Sonia, que si se esperaba el momento que todo el mundo fuese
inteligente, sera forzoso armarse de muy larga paciencia. Ms tarde me
convenc de que aquel momento no llegara jams; de que los hombres no
cambiaran y de que se perda el tiempo tratando de modificarlos. S,
as es. Es su ley... Yo s ahora, Sonia, que el amo de todos es el que
posee una inteligencia poderosa. Quien se atreve a mucho, tiene razn
a sus ojos; quien los desafa y los desprecia, se impone a su respeto.
Es lo que se ha visto y se ver siempre. Es preciso estar ciego para no
advertirlo.

Mientras hablaba, Raskolnikoff miraba a Sonia; pero no se preocupaba
por saber si ella le comprenda. Era presa de una triste exaltacin.
Desde largo tiempo no haba hablado con nadie. La joven comprendi que
aquel feroz catecismo eran su fe y su ley.

--Entonces me convenc, Sonia--continu acalorndose cada vez ms--, de
que el poder no se toma ms que bajndose. Todo estriba en esto. Desde
el da en que se me present esa verdad clara como el sol, he querido
_atreverme_, y he matado. He tratado de hacer un acto de audacia,
Sonia; tal ha sido el mvil de mi accin.

--Cllese usted! Cllese usted!--exclam la joven fuera de s--. Se
ha alejado usted de Dios, y Dios le ha herido y le ha entregado al
demonio.

--A propsito, Sonia; cuando todas estas ideas venan a visitarme en la
obscuridad de mi cuarto, era el demonio quien me tentaba?

--Cllese usted, no se ra, impo. No se ra; usted nada comprende. Oh
Dios mo, no comprende nada!

--Cllate, Sonia. Ya no me ro. Estoy seguro de que el demonio me ha
impulsado. Cllate, Sonia, cllate--repeta con sombra insistencia--.
Lo s, lo s todo. Cuanto t pudieras decirme, me lo he dicho yo mil
veces cuando estaba acostado en la obscuridad. Qu luchas interiores
he sufrido! Cun insoportables me eran estos sueos, y cmo hubiera
querido librarme de ellos para siempre! Crees t que yo obr como un
aturdido, como un hombre sin seso? No hay tal cosa; no hay tal cosa.
Proced despus de madura reflexin, y eso precisamente es lo que me ha
perdido. Cuando me interrogaba acerca de si tena o no derecho yo al
poder, comprenda muy bien que mi derecho era nulo, por lo mismo que lo
pona en tela de juicio. Cuando me preguntaba si una criatura humana
era un gusano, saba perfectamente que no lo era para m, sino para el
audaz que no se lo hubiese preguntado y hubiese seguido el camino sin
atormentarse el espritu con semejante reflexin. En fin, el solo hecho
de plantearme este problema: hubiera Napolen matado a esa vieja?
basta para demostrarme que yo no era un Napolen. Por ltimo, he
renunciado a buscar justificaciones sutiles. Quise matar dejndome de
toda casustica; matar para m, para m solo. Si he matado, no ha sido
para aliviar el infortunio de mi madre, ni para consagrar al bien de
la humanidad el poder y la riqueza que, a mi juicio, deban ayudarme a
conquistar este asesinato! No, no; todo eso estaba lejos de mi espritu
en aquel momento. El dinero no ha sido para m el principal mvil del
asesinato; otra razn me determin a ello; lo veo ahora claramente.
Comprndeme; si _esto_ estuviese por hacer, quiz no lo intentara;
pero entonces me corra prisa saber si era yo un gusano como los otros,
o un hombre en la verdadera acepcin de la palabra, si tena o no la
fuerza de franquear el obstculo, si era yo una criatura tmida o si
tena el _derecho_...

--El derecho de matar?--exclam Sonia estupefacta.

--Sonia!--dijo el joven con cierta irritacin; tena una respuesta en
la punta de la lengua; pero se abstuvo desdeosamente de formularla--.
No me interrumpas, Sonia. Quera solamente probarte una cosa: que el
diablo me condujo a casa de la vieja, y en seguida me hizo comprender
que yo no tena el derecho de ir all puesto que soy un gusano, ni ms
ni menos que los dems. El demonio se ha burlado de m, y por esa razn
he venido a tu casa. Si yo no fuese un gusano, te habra hecho esta
visita? Escucha: cuando fu a casa de la vieja quera hacer solamente
una _experiencia_...

--Y ha matado usted...! Y ha matado!

--Pero cmo he matado? Es as como se mata? Se hace lo que yo he
hecho cuando se va a asesinar a una persona? Ya te contar alguna vez
los pormenores. Acaso he matado yo a la vieja? No; es a m a quien he
matado, a quien he perdido sin remedio... En cuanto a la vieja... ha
sido asesinada por el demonio, y no por m... Basta, basta, Sonia;
basta! Djame!--exclam con voz desgarradora--. Djame!

Raskolnikoff apoy los codos sobre las rodillas y se oprimi
convulsivamente la cabeza entre las manos.

--Qu sufrimientos!--gimi Sonia.

--Qu hacer ahora? dmelo--pregunt Raskolnikoff levantando la cabeza.

Tena las facciones terriblemente alteradas.

--Qu hacer?--exclam la joven, y se lanz hacia l con ardientes
lgrimas en los ojos, en los cuales brillaba extrao resplandor--.
Levntate (al decir esto tom a Raskolnikoff por el brazo; el joven
se incorpor y mir a Sonia sorprendido); ve en seguida a la prxima
encrucijada; prostrnate y besa la tierra que has contaminado. Despus
inclnate a un lado y a otro, diciendo en alta voz y a todo el mundo:
Yo he matado. Dios entonces te devolver la vida. Irs? Irs?--le
pregunt la joven temblando y apretndole las manos con fuerza
centuplicada, mientras fijaba en l sus ojos llameantes.

La sbita exaltacin de Sonia sumi a Raskolnikoff en un estupor
profundo.

--Quieres que vaya a presidio, Sonia? Es menester que me denuncie?
No es eso?--dijo sombramente.

--Debes aceptar la expiacin y mediante ella redimirte.

--No, no ir a denunciarme, Sonia.

--Y vivir? Cmo vivirs?--replic la joven con fuerza--. Ahora es
posible? Cmo podrs sostener la mirada de tu madre? Oh!, qu ser
de ellas ahora? Pero qu es lo que digo? Has dejado ya a tu madre y
a tu hermana. Por esa razn has roto los lazos que te unan con tu
familia. Oh Dios mo!--exclam--. El comprende todo esto! Cmo estar
fuera de la sociedad humana? Qu va a ser de ti ahora?

--S razonable, Sonia--dijo dulcemente Raskolnikoff--. Por qu he
de ir a presentarme a la polica? Qu he de decir a esa gente?
Todo esto no significa nada... Ellos mismos degellan a millones de
hombres y se ufanan de ello. Son bribones y cobardes, Sonia... No ir.
Qu tendra que decirles? Que he cometido un asesinato, y que, no
atrevindome a aprovecharme del dinero robado, lo he ocultado debajo de
una piedra?--aadi con amarga sonrisa--. Se burlarn de m; me dirn
que soy un imbcil por no haber hecho uso de lo robado; que soy un
imbcil y un cobarde. Ellos, Sonia, no comprendern. Son incapaces de
comprenderme; por qu he de ir a entregarme? No ir, no. S razonable,
Sonia.

--Soportar semejante peso! Y por toda la vida, por toda la vida!

--Ya me acostumbrar--respondi el joven con feroz expresin--.
Escucha--dijo un momento despus--. Basta de lloriqueos; tiempo es
ya de que hablemos formalmente. He venido para decirte que en estos
momentos se me busca y van a detenerme.

--Ah!--exclam Sonia espantada.

--De qu te asustas? No deseas que vaya a presidio? De qu, pues,
te espantas? Solamente que aun no me tienen en su poder. Les he dado
mucho quehacer y al fin de cuentas nada conseguirn. No tienen indicios
positivos. Ayer corr un gran peligro y llegu a creer que todo estaba
terminado. Por hoy se ha evitado el mal. Todas sus pruebas son de
dos filos, es decir, que los cargos formulados contra m, pueden ser
explicados en favor mo. Me comprendes? No me ser difcil hacerlo,
porque he adquirido experiencia. Pero de seguro van a meterme en la
crcel. Sin una circunstancia fortuita, es muy posible que se me
hubiera encerrado ya, y corro peligro de estar preso antes de que
termine el da. Esto no significa nada, Sonia; me detendrn, pero se
vern obligados a soltarme, porque no tienen verdaderas pruebas, y te
doy mi palabra de que no las tendrn. Con simples presunciones, como
son las suyas, no se puede condenar a un hombre. Ea, basta! Quera
solamente prevenirte. En cuanto a mi madre y a mi hermana, me arreglar
de modo que no se inquietarn. Creo que mi hermana est ahora al abrigo
de la miseria; puedo estar tranquilo en lo que se refiere a mi madre...
Ya lo sabes todo. S prudente. Vendrs a verme cuando est preso?

--Oh, s, s!

Estaban sentados uno al lado del otro, tristes y abatidos como
los nufragos arrojados por la tempestad en una playa desierta.
Contemplando a Sonia, comprendi Raskolnikoff cunto le amaba la joven,
y, cosa extraa, aquella ternura inmensa, de la cual se vea objeto,
le caus de repente una impresin dolorosa. Haba ido a casa de Sonia,
pensando que su sola esperanza, su solo refugio, era ella; haba cedido
a la necesidad irresistible de desahogar su pena, y ahora que la joven
le haba dado todo su corazn, se confesaba que era infinitamente ms
desgraciado que antes.

--Sonia--le dijo--, es mejor que no vengas a verme mientras est en la
crcel.

La joven no respondi. Lloraba. Pasaron algunos minutos.

--Llevas alguna cruz encima?--pregunt inopinadamente, como herida de
sbita idea.

Al pronto el joven no comprendi la pregunta.

--No, no la tienes. Pues bien, toma sta, es de madera de ciprs. Yo
tengo otra de cobre, que era de Isabel. Hicimos un cambio, ella me di
una cruz y yo le di una imagen. Quiero llevar ahora la cruz de Isabel y
que t lleves sta. Tmala... es la ma--insisti--. Juntos iremos por
el camino de la expiacin; juntos llevaremos la cruz.

--Dmela--dijo Raskolnikoff para no disgustarla, y extendi la mano;
pero la retir casi en seguida--. Ahora no, Sonia; ms tarde ser
mejor--aadi a manera de concesin.

--S, s, ms tarde--respondi ella con calor--; te la dar en el
momento de la expiacin. Vendrs a mi casa, te la pondr al cuello,
diremos una oracin y partiremos.

En el mismo instante sonaron tres golpes en la puerta.

--Puedo entrar, Sonia Semenovna?--dijo una voz afable y muy conocida.

Sonia, turbada, corri a abrir. El que llamaba no era otro que el seor
Lebeziatnikoff.


V

Andrs Semenovitch tena el rostro demudado.

--Vengo a buscar a usted, Sonia Semenovna... perdneme usted...
Esperaba encontrarle aqu--dijo bruscamente a Raskolnikoff--. Es decir,
nada malo me imaginaba... no vaya usted a creer... pero precisamente
pensaba... Catalina Ivanovna ha vuelto a su cuarto; est loca--dijo
dirigindose de nuevo a Sonia.

La joven lanz un grito.

--Por lo menos as parece. No sabemos qu hacer con ella. La han echado
del sitio adonde haba ido, quiz dndole golpes... As lo hace todo
suponer. Fu despus al despacho del jefe de Simn Zakharitch, y no
lo encontr. Coma en casa de uno de sus colegas. En seguida, querr
usted creerlo? se fu al domicilio del otro general, porfiando que
quera ver al jefe de su difunto esposo, que estaba sentado a la mesa.
Como era natural, la echaron a la calle. Cuentan que la llenaron de
injurias y aun que le tiraron no s qu cosa a la cabeza. Es raro que
no la hayan detenido. Expone ahora todos sus proyectos a todo el mundo,
incluso a Amalia Ivanovna; pero es tanta su agitacin, que no se puede
sacar nada en claro de sus palabras. Ah, s! Dice que como no le queda
ningn recurso, va a dedicarse a tocar el organillo por las calles,
y que sus hijos cantarn y bailarn para solicitar la caridad de los
transeuntes; que todos los das ir a colocarse bajo las ventanas de la
casa del general... Se ver--dice--a los hijos de una familia noble,
pedir limosna por las calles. Pega a los nios y les hace llorar.
Ensea la _Petit Ferme_ a Alena, y al mismo tiempo da lecciones de
baile al nio y a Poletchka... Deshace sus vestidos para improvisar
trajes de saltimbanquis, y, a falta de organillo, quiere llevar una
cubeta para dar golpes en ella... No tolera que se le haga ninguna
observacin... No puede usted imaginarse cmo est.

Lebeziatnikoff hubiese hablado mucho ms; pero Sonia, que le haba
escuchado respirando apenas, tom el sombrero y la manteleta, y se
lanz fuera de la sala, ponindose estas prendas conforme iba andando.
Los dos jvenes salieron detrs de ella.

--Est positivamente loca--dijo Andrs Semenovitch a Raskolnikoff--.
Para no asustar a Sonia he dicho solamente que slo pareca que lo
estaba; pero no hay duda. Creo que suelen formarse tubrculos en el
cerebro de los tsicos; es una lstima que yo no sepa Medicina. He
tratado de convencer a Catalina Ivanovna, pero no hace caso de nadie.

--Le ha hablado usted de tubrculos?

--No, precisamente de tubrculos, no; claro es que no me hubiera
entendido. Pero vea usted lo que yo pienso. Si con el auxilio de
la lgica usted persuade a uno que no tiene motivo para llorar, no
llorar. Esto es claro; por qu haba de continuar llorando?

--Si as fuese, la vida sera muy fcil--respondi Raskolnikoff.

Al llegar cerca de su casa salud a Lebeziatnikoff con un movimiento de
cabeza y subi a su cuarto.

Cuando estuvo en l, Raskolnikoff se dej caer en el sof.

Jams haba experimentado tan terrible sensacin de aislamiento. Senta
de nuevo que quiz, en efecto, detestaba a Sonia, y que la detestaba
despus de haber contribudo a aumentar su desgracia. Por qu haba
ido a hacerla llorar? Qu necesidad tena de emponzoar su vida? Oh
cobarda!

Estar solo--se dijo resueltamente--, y ella no vendr a verme en la
crcel.

Cinco minutos despus levant la cabeza, y una idea que se le ocurri
de repente le hizo sonrer: Quiz sea, en efecto, mejor que vaya a
presidio, pensaba.

Cunto tiempo dur este sueo? No pudo jams recordarlo. Sbitamente
la puerta se abri, dando paso a Advocia Romanovna. La joven le mir
como poco antes haba mirado l a Sonia; despus se aproxim y se sent
en una silla frente a su hermano, en el mismo sitio que la vspera.
Raskolnikoff la mir en silencio sin que en sus ojos se pudiese leer
ninguna idea.

--No te incomodes, hermano mo. Slo voy a estar un minuto--dijo Dunia.

Su fisonoma estaba seria, pero no severa, y su mirada era dulcemente
lmpida.

Raskolnikoff comprendi que la mirada de su hermana era dictada por el
afecto.

--Hermano mo, lo s todo. Demetrio Prokofitch me lo ha contado. Se
te persigue, se te atormenta, eres objeto de sospechas insensatas
como odiosas. Demetrio Prokofitch asegura que nada tienes que temer
y que haces mal en preocuparte hasta ese punto. No soy de su opinin;
me explico perfectamente el desbordamiento de indignacin que se ha
producido en ti y no me sorprendera que tu vida entera se resienta
de ese golpe. Nos ha dejado. No juzgo tu resolucin, no me atrevo
a juzgarla, y te suplico que me perdones los reproches que te he
dirigido. Comprendo que si estuviera en tu lugar hara lo que t haces,
me desterrara del mundo. Yo procurar que mam lo ignore; pero le
hablar sin cesar de ti, y le dir de tu parte que no tardars en ir
a verla. No te inquietes por ella, yo la tranquilizar; pero t, por
tu parte, no le causes disgustos. Ve, aunque no sea ms que una vez.
Considera que es tu madre. Mi solo objeto, al hacerte esta visita, ha
sido el de decirte--acab Advocia Romanovna levantndose--, que si por
casualidad tienes necesidad de m, sea para lo que fuere, soy tuya en
la vida y en la muerte. Llmame, y vendr. Adis.

Volvi la espalda y se dirigi a la puerta.

--Dunia!--dijo Raskolnikoff levantndose y acercndose a su hermana--.
Razumikin, Demetrio Prokofitch, es un hombre excelente.

Dunia se ruboriz.

--Y qu?--pregunt despus de un minuto de espera.

--Es un hombre activo, laborioso y capaz de grandes afectos... Adis,
hermana.

La joven se puso encendida como la grana; pero en seguida sinti cierto
temor.

--Pero es que nos separamos para siempre, hermano? Tus palabras son
una especie de testamento.

--No hagas caso. Adis.

Se alej de ella y se dirigi a la ventana. La joven esper un momento;
le mir con inquietud y se retir conmovida.

No, no era indiferencia lo que experimentaba respecto de su hermana.
Hubo un momento, el nico, en que sinti violentos deseos de
estrecharla entre sus brazos, de despedirse de ella y de confesrselo
todo; no se resolvi, sin embargo, ni aun a tenderle la mano.

Ms tarde se estremeca con este recuerdo y pensara que le he
robado un beso. Y, adems, soportara semejante confesin?--aadi
mentalmente algunos minutos despus--. No, no la soportara; _estas
mujeres_ no saben soportar nada--y su pensamiento se fij en Sonia.

Por la ventana entraba agradable fresco; caa la tarde. Raskolnikoff
tom bruscamente la gorra y sali.

Sin duda no quera ni poda ocuparse de su salud. Pero aquellos
terrores, aquellas angustias continuas, por fuerza haban de tener
consecuencias, y si la fiebre no se haba apoderado de l, era acaso
merced a la fuerza ficticia que le prestaba momentneamente su
agitacin moral.

Se puso a vagar sin objeto. Se haba puesto el sol. Desde haca
algn tiempo, Raskolnikoff experimentaba un sufrimiento que, sin ser
particularmente agudo, se presentaba con carcter de continuidad.
Entrevea largos aos pasados en mortal angustia, la eternidad en el
espacio de un pie cuadrado. De ordinario era por la noche cuando este
pensamiento le preocupaba ms. Con el estpido malestar fsico que
produce la puesta del sol, cmo no hacer tonteras? Ir, no solamente
a casa de Sonia, sino a la de Dunia, murmuraba con voz irritada.

Oy que le llamaban y se volvi. Lebeziatnikoff corra detrs de l.

--He ido a su casa de usted; le buscaba. Ha puesto en ejecucin su
programa. Se ha echado a la calle con sus hijos; a Sonia Semenovna y a
m nos ha costado trabajo encontrarlos. Va dando golpes en una sartn,
haciendo bailar a los nios. Los pobrecillos lloran. Se detienen en las
encrucijadas y a las puertas de las tiendas. Llevan detrs una caterva
de imbciles. Vamos aprisa.

--Y Sonia...?--pregunt con inquietud Rodia, que se apresur a seguir
a Lebeziatnikoff.

--Ha perdido la cabeza. Es decir, no es Sonia Semenovna la que ha
perdido la cabeza, sino Catalina Ivanovna. Por lo dems, puede decirse
lo mismo de la muchacha. En cuanto a Catalina Ivanovna, la locura es
completa. Van a llevarla a la comisara, y calcule usted el efecto que
esto habr de producirle. Estn ahora cerca del canal; al lado del
puente***, no lejos de la casa de Sonia Semenovna. Vamos a llegar en
seguida.

En el canal, a poca distancia del puente, haba un grupo, compuesto
en gran parte de chiquillos y chiquillas. La voz ronca de Catalina
Ivanovna se oa ya en el puente. Verdaderamente el espectculo era lo
bastante extrao para llamar la atencin. Tocada con un mal sombrero
de paja, vestida con su viejo traje, y echado sobre los hombros un
chal de pao, Catalina Ivanovna justificaba plenamente las palabras
de Lebeziatnikoff. Estaba quebrantada, jadeante. Su rostro de tsica
manifestaba ms sufrimiento que nunca (los tsicos, al sol y en la
calle tienen siempre peor cara que en su casa); pero, no obstante su
debilidad, estaba extraordinariamente excitada.

Se lanzaba sobre sus hijos y los zarandeaba con vivacidad. Se ocupaba
all, delante de todo el mundo, en su educacin coreogrfica y musical;
les deca por qu razn era preciso cantar y bailar, y despus,
indignada de verlos tan poco inteligentes, les pegaba furiosamente.
Interrumpa sus ejercicios para dirigirse al pblico; vea en el grupo
un hombre vestido con alguna decencia, y se apresuraba a explicarle a
qu extrema miseria estaban reducidos los hijos de una familia casi
aristocrtica. Si alguno se rea o burlaba de ella, se encaraba al
punto con el insolente y se pona a disputar con l. El caso es que
muchos se burlaban, otros movan la cabeza, y todos miraban a aquella
loca rodeada de nios asustados. Lebeziatnikoff se haba engaado al
hablar de la sartn; por lo menos Raskolnikoff no la vi. Para hacer
el acompaamiento, Catalina Ivanovna llevaba el comps con las manos,
mientras Poletchka cantaba y Alena y Kolia danzaban. Algunas veces
trataba de cantar ella, pero desde la segunda nota interrumpala un
acceso de tos. Entonces se desesperaba, maldeca su enfermedad y no
poda contener las lgrimas.

Lo que sobre todo la pona fuera de s, era el llanto de Alena y Kolia.
Segn dijo Lebeziatnikoff, haba tratado de vestir a sus hijos como se
visten los cantadores callejeros. El chiquillo llevaba en la cabeza
una especie de turbante rojo y blanco, para representar a un turco.
Faltndole tela para hacer un traje a Alena, su madre se haba limitado
a ponerle el gorro de dormir o _chapka_ roja de Marmeladoff. Este gorro
estaba adornado con una pluma blanca de avestruz que haba pertenecido
a la abuela de Catalina, y que sta haba conservado hasta entonces
en su bal como precioso recuerdo de familia. Poletchka llevaba la
ropa de todos los das. No se separaba de su madre, cuya perturbacin
intelectual adivinaba, y mirndola tmidamente trataba de ocultarle
sus lgrimas. La nia estaba espantada al verse all, en la calle, en
medio de aquella multitud. Sonia no se apartaba de Catalina Ivanovna y
le suplicaba llorando que se volviese a su casa; pero Catalina Ivanovna
permaneca inflexible.

--Cllate, Sonia!--vociferaba tosiendo--. No sabes lo que dices; eres
lo mismo que una chiquilla. Ya te he dicho que no vuelvo a casa de
esa borracha alemana. Que todo el mundo, que todo San Petersburgo vea
reducidos a la mendicidad a los hijos de un padre noble que ha servido
lealmente toda su vida y que puede decirse que ha muerto en el servicio.

A Catalina Ivanovna se le haba metido esta idea en la cabeza, y
hubiera sido imposible sacrsela.

--Que ese pillo de general sea testigo de nuestra miseria! Pero
t eres tonta, Sonia. Ya te hemos explotado bastante y no quiero
explotarte ms. Ah, Rodin Romanovitch! es usted?--grit reparando
en el joven, y se lanz hacia l--; haga usted comprender, se lo
suplico, a esa tontuela, que sta es la mejor vida que podamos hacer.
No se da limosna a los que tocan el organillo? No nos costar trabajo
diferenciarnos de ellos. Al primer golpe de vista se reconocer en
nosotros una familia noble cada en la miseria, y ese bribn de general
perder su puesto; ya lo ver usted. Iremos todos los das a ponernos
debajo de sus ventanas; pasar el emperador, y yo me pondr de rodillas
delante de l y le mostrar a mis hijos. Padre, protgenos!,
le dir. El es el padre de los hurfanos; es misericordioso; nos
proteger, ya lo ver usted, y ese infame general... Alena, ponte
derecha; t, Kolia, vas a empezar de nuevo este paso. Por qu ests
lloriqueando? No acabars nunca? Vamos a ver: de qu tienes miedo,
imbcil? Dios mo! Qu hacer con ellos? Si supiese usted, Rodin
Romanovitch, qu cerrados son de mollera! No hay medio de que hagan
nada.

Tena casi las lgrimas en los ojos, lo que no la impeda hablar
incesantemente, mientras mostraba a Raskolnikoff los nios
desconsolados. El joven trat de persuadirla de que se fuese a su
casa, y creyendo interesar su amor propio, le hizo observar que no era
conveniente andar rondando por las calles como los organilleros, siendo
as que se propona abrir un pensionado para las seoritas nobles.

--Un pensionado! Ja, ja, ja! Tiene gracia!--exclam Catalina
Ivanovna a quien despus de rerse le di un violento golpe de tos--;
no, Rodin Romanovitch; ese sueo se ha desvanecido. Todo el mundo nos
ha abandonado y, ese general!... Sabe usted qu le he hecho? Le he
tirado a la cara el tintero que estaba sobre la mesa de la antesala,
al lado del papel en que los visitantes escriben sus nombres. Despus
de haber puesto el mo, he tirado el tintero y echado a correr. Oh,
los cobardes; los cobardes! pero yo me burlo de ellos. Ahora yo
mantendr a mis hijos y no tendr que humillarme ante nadie. Ya la
hemos martirizado bastante--aadi dirigindose a Sonia--. Poletchka,
cunto dinero hemos recogido? Ensamelo. Cmo! En junto dos kopeks?
Ladrones! Nada, nada, y se contentan con seguirnos hacindonos
desgaita... Oiga! De qu se re ese animal? (Sealaba a un hombre
del grupo.) La culpa la tiene Kolia; su torpeza es causa de que se
burlen de nosotros. Qu quieres, Poletchka? Hblame en francs. Te
he dado lecciones; sabes algunas frases... Sin eso, cmo habr de
conocerse que pertenecis a una familia noble, que sois nios bien
educados y no vulgares msicos callejeros? Dejaremos a un lado las
canciones triviales; cantaremos slo nobles romanzas... Ah, s!
Manos a la obra; qu vamos a cantar? Ustedes me interrumpen siempre
y nosotros... vea usted, Rodin Romanovitch, nos hemos detenido aqu
para elegir nuestro repertorio; porque, como usted comprender, esto
nos ha tomado desprevenidos, no tenamos nada preparado y nos hace
falta un ensayo previo. Despus nos dirigiremos a la perspectiva Neusky
donde hay muchas ms personas de la buena sociedad. Se nos echar de
ver inmediatamente. Alena sabe _la Petite Ferme_, slo que _la Petite
Ferme_ comienza a aburrir; por todas partes se oye. Es menester una
cosa ms distinguida. Pues bien, Poletchka, dame una idea, ven en ayuda
de tu madre; yo no tengo memoria... No podramos cantar _El hsar
apoyado en su sable_? No; ser mejor que cantemos en francs _Cinco
sueldos_; os lo he enseado; lo sabis. Como es una cancin francesa,
se ver en seguida que pertenecis a la nobleza, y esto conmover al
pblico. Podremos cantar tambin _Mambr se fu a la guerra_, tanto
ms cuanto que esta cancin es absolutamente infantil y se emplea en
todas las casas aristocrticas para dormir a los nios--. Y dicho esto
comenz a cantar:

    Mambr se fu a la guerra,
    no s cundo vendr;

pero no, es mejor _Cinco sueldos_. Vamos, Kolia, ponte la mano en la
cadera; vamos, pronto. T, Alena, ponte enfrente de l. Poletchka y yo
haremos el acompaamiento:

    Cinco sueldos, cinco sueldos
    para poner nuestra casa.

Poletchka, levntate la ropa, que se te baja de los hombros--advirti
mientras tosa--. Ahora se trata de que os presentis convenientemente
y que mostris la finura de vuestro pie, para que se vea que sois hijos
de un noble. Otro soldado! Eh! qu es lo que quieres?

Un vigilante se abri paso entre la gente, y al mismo tiempo un
seor de unos cincuenta aos y de aspecto grave, que llevaba bajo el
abrigo el uniforme de funcionario, se aproxim tambin al grupo. El
recin llegado, cuyo rostro expresaba sincera compasin, llevaba una
condecoracin, circunstancia que caus gran placer a Catalina Ivanovna,
y no dej de producir bastante buen efecto en el guardia. El seor
condecorado alarg a Catalina Ivanovna un billete de tres rublos.
Al recibir esta ddiva, la pobre loca se inclin con la cortesa
ceremoniosa de una dama del gran mundo.

--Doy a usted las gracias, seor--empez a decir en tono lleno de
dignidad--. Las causas que nos han conducido... Toma el dinero,
Poletchka. Lo ves? Hay hombres generosos y magnnimos, dispuestos a
socorrer a una pobre dama que ha cado en la desgracia. Los hurfanos
que tiene usted delante, seor, son de linaje noble. Puede decirse que
estn emparentados con la ms elevada aristocracia... y ese general
se estaba comiendo un pollo... Ha dado patadas en el suelo porque yo
me permita molestarle. Vuecencia--le he dicho--ha conocido a Simn
Zakharitch, ampare, pues, a sus hurfanos. El da de su entierro, su
hija ha sido calumniada por un malvado... An est ah ese soldado?
Protjame usted--grit, dirigindose al funcionario--; por qu ese
soldado se ensaa conmigo? Se nos ha echado ya de la calle de los
Burgueses. Qu es lo que quieres, imbcil?

--Est prohibido dar escndalo en las calles. Ruego a usted que guarde
ms compostura.

--T s que no tienes compostura. Estoy en el mismo caso que los
organilleros. Djame en paz.

--Los organilleros deben proveerse de un permiso que usted no tiene.
Es usted causa de que la gente forme grupos en las calles. Dnde vive
usted?

--Cmo? Un permiso?--vocifer Catalina Ivanovna--. Acabo de enterrar
a mi marido; no es sta una autorizacin?

--Seora, seora; clmese usted--dijo el funcionario--; venga usted
conmigo. Yo la acompaar. No es el sitio de usted entre esta gente.
Est usted mal.

--Ah, seor, seor; si usted supiese!--exclam Catalina Ivanovna--.
Tenemos que ir a la perspectiva Neusky. Por dnde andas, Sonia?
Tambin est llorando... Pero qu les pasa a ustedes?... Kolia, Lena!
Dnde estis?--dijo con repentina inquietud--; tontos de chiquillos!
Kolia, Lena! Eh dnde se han metido?

Viendo a un guardia que trataba de detenerlos, Kolia y Lena, ya muy
aterrados con la presencia de la multitud y las extravagancias de
su madre, se haban sentido acometidos de un terror loco. La pobre
Catalina Ivanovna, llorando y gimiendo, se lanz en su persecucin;
Sonia y Poletchka corrieron tras de ella.

--Hazlos volver, Sonia; llmalos. Oh, qu hijos tan tontos y tan
ingratos!... Poletchka, alcnzalos; es por vosotros por lo que yo...

Conforme corra tropez en un obstculo y cay.

--Se ha herido! Est baada en sangre!--grit Sonia inclinndose
sobre su madrastra.

No tard en formarse un numeroso grupo alrededor de las mujeres,
Raskolnikoff y Lebeziatnikoff, as como del funcionario y del guardia
entre ellos.

--Retrense ustedes, retrense ustedes--deca sin cesar este ltimo,
tratando de restablecer la circulacin.

Pero examinando a Catalina Ivanovna, se vea claramente que no estaba
herida, como haba temido Sonia, y que la sangre con que haba manchado
el suelo la haba echado por la boca.

--S lo que es esto--murmur el funcionario al odo de los dos
jvenes--. Es efecto de la tisis; la sangre brota de este modo y
produce la asfixia. No hace mucho tiempo he visto un caso parecido; una
de mis parientas ech tambin un jarro de sangre... Qu hacer? Esta
seora se est muriendo.

--Aqu, aqu a mi casa--suplic Sonia--; vivo aqu al lado. La
segunda casa; pronto, pronto. Vayan ustedes por un mdico. Oh Dios
mo!--repeta asustada yendo de un lado para otro.

Gracias a la activa intervencin del funcionario, se arregl este
asunto. El guardia ayud a trasportar a Catalina Ivanovna. Estaba
como muerta cuando se la deposit en la cama de Sonia. Continu la
hemorragia durante algn tiempo; pero, poco a poco, la enferma comenz
a volver en s. En la habitacin entraron, adems, Sonia, Raskolnikoff,
Lebeziatnikoff y el funcionario. El guardia se reuni a ellos despus
de haber dispersado a los curiosos, muchos de los cuales haban
acompaado el triste cortejo hasta la puerta.

Poletchka lleg conduciendo a los dos fugitivos, que temblaban y
lloraban. Tambin acudieron los Kapernumoff, el sastre cojo y tuerto.
Era un tipo extrao, con el pelo y las patillas de pelos tiesos, como
cerdas de puerco; su mujer pareca asustada; pero ste era su aspecto
ordinario. El rostro de los chicos slo expresaba estpida sorpresa.
Entre los presentes apareci rpidamente Svidrigailoff. Ignorando que
viva en esta casa y no acordndose de haberle visto en el grupo,
Raskolnikoff se qued sorprendido de verle all.

Se habl de llamar a un clrigo y a un mdico. El funcionario juzgaba,
en las actuales circunstancias, intiles los recursos de la ciencia, y
as se lo dijo por lo bajo a Raskolnikoff; sin embargo, hizo todo lo
necesario por encontrar un doctor. Kapernumoff en persona se encarg de
ir a buscarlo.

En tanto, Catalina Ivanovna estaba un poco ms tranquila y la
hemorragia haba cesado momentneamente. La infeliz fij una mirada
triste y penetrante en la pobre Sonia, que, plida y, temblorosa, le
enjugaba la frente con un pauelo. Finalmente, la enferma pidi que se
la incorporase, y la sentaron en el lecho, sostenindola de uno y otro
lado.

--En dnde estn los nios?--pregunt con voz dbil--. Los has
trado, Poletchka? Oh, imbciles! Decid, por qu habis echado a
correr?... Oh!

La sangre cubra sus labios abrasados. La enferma mir en derredor suyo.

--Es as como vives, Sonia? Ni una sola vez haba venido aqu... Ha
sido menester lo que ha ocurrido para que me conduzcan a tu casa.

Al decir esto dirigi a la joven una mirada de conmiseracin.

--Te hemos comido viva, Sonia... Poletchka, Lena, Kolia, venid aqu...
Ah los tienes, Sonia, tmalos a todos. Los pongo entre tus manos...
yo, yo ya tengo bastante... el baile ha terminado ya... Soltadme,
dejadme morir en paz!

La obedecieron y la enferma se dej caer sobre la almohada.

--Cmo un clrigo?... Yo no tengo necesidad de l. Tenis acaso,
ganas de tirar un rublo? Ningn pecado pesa sobre mi conciencia... y
aunque los tuviera, Dios debe perdonarme. El sabe lo que yo he sufrido.
Si no me perdona, tanto peor.

Cada vez se confundan ms sus ideas. De cuando en cuando temblaba,
miraba en derredor suyo y reconoca durante un minuto a los que la
rodeaban; pero en seguida volva a apoderarse de ella el delirio.
Respiraba penosamente y se oa como el ruido de un hervor en su
garganta.

--Ya le he dicho Excelencia--gritaba detenindose a cada palabra--;
aquella Amalia Ludvigovna... Ah! Lena, Kolia... la mano en la cadera.
Vivo, vivo! Deslizaos! Llevad el comps con los pies; as, con gracia.

    Du hast Diamanten
    Und Perlen[18]

    Eu hast die schnsten Augen
    Mdchen, was willst du mehr[19]

    Dans une valle du Daghestan
    Que le soleil brle de ses feux...

       [18] Tienes diamantes y perlas.

       [19] Tienes los ms bellos ojos del mundo, qu ms quieres,
       nia?

--Oh! Cmo me gustaba; cmo me gustaba esta romanza, Poletchka!...
Deliraba por ella... Tu padre la cantaba antes de nuestro matrimonio...
Qu das aquellos!... Eso es lo que deberamos cantar... Oh, s!
Cmo era? Se me ha olvidado, recorddmelo en seguida.

Presa de una agitacin extraordinaria pugnaba por incorporarse en el
lecho; al cabo, con voz ronca, cascada, siniestra, comenz, tomando
aliento despus de cada palabra, en tanto que su rostro expresaba un
terror creciente:

    Dans une valle... du Daghestan
    Que le soleil... brle... de ses feux.
    Une balle... dans la poitrine...

De pronto, Catalina Ivanovna rompi a llorar, y, con angustia
conmovedora, exclam:

--Excelencia... proteja a los hurfanos aunque no sea ms que
recordando la hospitalidad que recibi en casa de Simn Zaharitch
Marmeladoff... una casa hasta puede decirse aristocrtica...
Ah!--exclam temblando y como tratando de recordar en dnde se
encontraba.

Mir con angustia a todos los presentes, y, al reparar en Sonia,
pareci sorprendida de verla all.

--Sonia! Sonia!--dijo con voz dulce y tierna--. Sonia querida!
Ests aqu?

La incorporaron de nuevo.

--Basta, todo ha terminado! Ha reventado la bestia!--grit la enferma
con acento de horrible desesperacin y reclin la cabeza en la almohada.

Catalina Ivanovna volvi a caer en profundo sopor pero no fu por mucho
tiempo. Ech hacia atrs su rostro amarillento y descarnado, abri la
boca, extendi convulsivamente las piernas, lanz un suspiro profundo y
expir.

Sonia, ms muerta que viva, se precipit sobre el cadver, lo estrech
entre sus brazos, y apoy la cabeza en el liso pecho de la difunta.
Poletchka se puso, sollozando, a besar los pies de su madre. Kolia y
Lena, demasiado pequeos para comprender lo que haba ocurrido, no por
eso dejaban de tener el sentimiento de una terrible catstrofe. Se
echaron mutuamente los brazos al cuello, y, despus de haberse mirado
fijamente, comenzaron a gritar. Los dos chiquillos estaban an vestidos
de saltimbanquis: el uno tena puesto su turbante; la otra su gorro de
dormir, adornado con la pluma de avestruz.

Por qu casualidad estaba sobre el lecho, al lado de Catalina
Ivanovna, el certificado honorfico? Se hallaba all, sobre la
almohada; Raskolnikoff lo vi. El joven se dirigi a la ventana, y
Lebeziatnikoff se apresur a juntarse con l.

--Ha muerto!--dijo Andrs Semenovitch.

Svidrigailoff se aproxim a ellos.

--Rodin Romanovitch, deseara decirle a usted dos palabras.

Lebeziatnikoff cedi el puesto, y se retir discretamente. Sin embargo,
Svidrigailoff crey conveniente conducir a un rincn a Raskolnikoff, a
quien preocupaban aquellas precauciones.

--De todos estos asuntos, es decir, del entierro y de lo dems, yo me
encargo. Ya sabe que todo esto es cuestin de dinero, y como ya le
he dicho, el que tengo no lo necesito para nada. A esa Poletchka y a
estos dos pequeos los har entrar en un asilo de hurfanos, en donde
estarn bien, e impondr a nombre de cada uno mil quinientos rublos
hasta su mayor edad, para que Sonia Semenovna no tenga que ocuparse en
sus hermanos. En cuanto a esa joven, la retirar del cenagal en que se
halla, porque es una excelente muchacha, no es verdad? Bueno, puede
usted decir a Advocia Romanovna qu empleo he hecho de su dinero.

--Por qu es usted tan generoso?--pregunt Raskolnikoff.

--Qu escptico es usted!--dijo Svidrigailoff--. Le dije que no
necesitaba ese dinero. Pues bien: lo hago por humanidad. No lo cree
usted acaso? Despus de todo--aadi sealando el rincn en que
reposaba la muerta--, esta mujer no es un gusano, como cierta mujer
usurera. Conviene usted en que sera mejor que muriese ella y que
Ludjin viviese para cometer infamias? Sin mi ayuda, Poletchka, por
ejemplo, sera condenada a la misma existencia que su hermana.

Su tono, alegremente malicioso, estaba lleno de reticencias, y cuando
hablaba no apartaba los ojos de Raskolnikoff.

Este ltimo palideci y empez a temblar al or las frases casi
textuales que l mismo haba empleado en su conversacin con Sonia.
As es que se ech bruscamente hacia atrs, y mir a Svidrigailoff con
expresin de asombro.

--Cmo sabe usted eso?--balbuce.

--Porque habito aqu, del otro lado de la pared, en casa de la seora
Reslich, mi antigua patrona y excelente amiga. Soy el vecino de Sonia
Semenovna.

--Usted?

--Yo--continu Svidrigailoff, que se rea a mandbula batiente--. Y le
doy mi palabra, querido Rodin Romanovitch, de que me ha interesado
usted extraordinariamente. Ya le dije que nos encontraramos. Tena el
presentimiento de ello. Pues bien: ya nos hemos encontrado, y usted
ver qu tratable soy. Ya ver usted cmo se puede vivir conmigo.




SEXTA PARTE


I

La situacin de Raskolnikoff era muy extraa; pareca que una especie
de niebla le envolva y aislaba del resto de los hombres. Cuando,
andando el tiempo, se acordaba de este perodo de su vida, adivinaba
que haba debido de perder muchas veces la conciencia de s mismo y que
tal estado de nimo hubo de prolongarse y durar, con ciertos intervalos
lcidos, hasta la catstrofe definitiva. Estaba positivamente
convencido de que haba incurrido en muchos desaciertos: por ejemplo,
el de no haber advertido a menudo la sucesin cronolgica de los
acontecimientos. Por lo menos, cuando ms adelante quiso coordinar sus
recuerdos, fule forzoso recurrir a testimonios extraos para saber
muchas particularidades acerca de s mismo.

Confunda marcadamente los hechos, o consideraba tal incidente como
consecuencia de otro que slo exista en su imaginacin. A veces
sentase dominado por un temor morboso que degeneraba en terror pnico;
pero se acordaba tambin de que haba tenido momentos, horas, y tal
vez das, en los cuales, por el contrario estuvo sumido en una apata
triste slo comparable con la indiferencia de ciertos moribundos.

En general, en este ltimo tiempo, lejos de procurar darse cuenta
exacta de su situacin, haca esfuerzos para no pensar en ella. Algunos
hechos de la vida corriente que no admitan dilacin, se imponan, a
pesar suyo, a su mente; por lo contrario, se complaca en desdear
cuestiones cuyo olvido, en una posicin como la suya, por fuerza haba
de serle fatal.

Tena, sobre todo, miedo a Svidrigailoff. Desde que este ltimo le
haba repetido las palabras por l pronunciadas en casa de Sonia, los
pensamientos de Raskolnikoff tomaron una direccin nueva. Pero aunque
esta complicacin imprevista le inquietaba mucho, el joven no se
apresuraba a poner las cosas en claro. A veces, cuando vagaba por algn
barrio lejano y solitario, o cuando se vea solo sentado a la mesa
de un mal cafetn, sin saber por qu se encontraba all, pensaba en
Svidrigailoff y se prometa tener lo ms pronto posible una explicacin
decisiva con aquel hombre que era para l una constante pesadilla.

Cierto da fu casualmente a pasear por las afueras y se le figur
que haba dado cita a Svidrigailoff en aquel lugar. Otra vez, al
despertarse antes de la aurora, se qued estupefacto al verse tendido
en tierra, en medio de un bosquecillo. Por lo dems, durante los dos o
tres das que siguieron a la muerte de Catalina Ivanovna, Raskolnikoff
encontr dos o tres veces a Svidrigailoff, primero en el cuarto de
Sonia, y despus en el vestbulo, al lado de la escalera, del domicilio
de la joven.

En ambas ocasiones los dos hombres se limitaron a cambiar algunas
palabras muy breves, abstenindose de tocar el punto capital, como
si, por acuerdo tcito, se hubiesen entendido para dejar de lado
momentneamente aquella cuestin. El cadver de Catalina Ivanovna
estaba todava insepulto. Svidrigailoff tomaba las disposiciones
relativas a los funerales. Sonia estaba tambin ocupadsima. En el
ltimo encuentro, Svidrigailoff cont a Rodia que sus gestiones en
favor de los hijos de Catalina Ivanovna haban sido coronadas por el
xito: gracias a la influencia de ciertos personajes amigos suyos,
pudo, segn deca, conseguir la admisin de los tres nios en muy buen
asilo. Los mil quinientos rublos colocados a nombre de ellos no haban
contribudo poco a este resultado, porque se admitan con muchas menos
dificultades a los hurfanos que posean un capitalito que a aquellos
otros que carecan de recursos. Aadi algunas palabras a propsito de
Sonia, prometi pasar uno de aquellos das por casa de Raskolnikoff, y
di a entender que existan ciertos asuntos de los que quera tratar
reservadamente con l. Mientras hablaba Svidrigailoff, no cesaba de
observar a su interlocutor. De repente se call; pero despus pregunt,
bajando la voz:

--Pero, qu le pasa a usted, Rodin Romanovitch? Parece que est
distrado, no escucha, no mira, dirase que no comprende usted lo que
se le habla... Vaya, recobre nimos. Ser preciso que hablemos largo y
tendido... Desgraciadamente estoy tan ocupado con mis asuntos como con
los ajenos... Eh, Rodin Romanovitch!--aadi bruscamente--. A todos
los hombres les hace falta aire, mucho aire, aire ante todo.

Se apart vivamente para dejar pasar a un clrigo y a un sacristn, que
se disponan a subir la escalera. Iban a rezar el oficio de difuntos.
Svidrigailoff haba cuidado de que esta ceremonia se verificase
regularmente dos veces por da. Se alej luego, y Raskolnikoff, tras
un momento de reflexin, sigui al _pope_ a la habitacin de Sonia.
Se qued, empero, en el umbral. El oficio comenz con la tranquila
y triste solemnidad de costumbre. Desde su infancia, Raskolnikoff
experimentaba una especie de terror mstico ante el aparato de la
muerte, y evitaba, siempre que poda, asistir a las _panikhida_.
Adems, sta tena para l un carcter particularmente conmovedor.
Mir a los nios, que estaban arrodillados cerca del atad. Poletchka
lloraba; detrs de ellos, Sonia rezaba, procurando ocultar sus
lgrimas. Durante todos estos das no ha levantado una sola vez los
ojos hasta m, ni me ha dicho una sola palabra, pens Raskolnikoff. El
sol inundaba de viva luz la habitacin, y el humo del incienso suba en
espesas espirales.

El sacerdote recit las preces de ritual: Dale, Seor, el reposo
eterno. Raskolnikoff permaneci all hasta el fin. Al echar la
bendicin y al despedirse, el clrigo dirigi una mirada de extraeza
en derredor suyo. Despus del oficio, Raskolnikoff se acerc a Sonia.
La joven tom las dos manos de Rodia, y reclin la cabeza sobre su
hombro. Aquella demostracin de amistad dej estupefacto al que era
objeto de ella. Cmo? Sonia no manifestaba la menor aversin ni el
menor horror hacia l, ni le temblaban las manos! Aquello era el colmo
de la abnegacin. As por lo menos lo juzg l. La joven no dijo una
palabra. Raskolnikoff le estrech la mano y sali.

Senta un profundo malestar. Si en aquel momento le hubiera sido
posible encontrar en alguna parte la soledad, aunque esta soledad
hubiese de durar toda la vida, se hubiera considerado feliz. Ay! Desde
haca ya algn tiempo, aunque estuviese casi siempre solo, no poda
decirse que estuviese aislado. Le ocurra pasearse fuera de la ciudad o
irse por una carretera adelante. Una vez penetr en lo ms intrincado
de un bosque; pero cuanto ms solitario era el lugar, ms de cerca
senta Raskolnikoff la presencia de un ser invisible, que le irritaba
ms que le asustaba. Apresurbase a volver a la ciudad, se mezclaba con
la multitud, entraba en los cafs y en las tabernas, iba al Tolkutchy o
a la Siennia. All se encontraba ms a gusto y hasta ms solo.

A la cada de la noche se cantaban canciones en cierto cafetn. All
pas una hora entera, escuchndolas con placer; pero en seguida se
apoder de l nuevamente la inquietud; un pensamiento opresor como un
remordimiento empez a torturarle.

Debo estarme aqu oyendo canciones?

Adivinaba que no era aqul su nico cuidado. Haba una cuestin que era
preciso resolver sin tardanza; pero, aunque se impona a su atencin,
no acertaba a darle una forma precisa.

No; es preferible la lucha, tener enfrente a Porfirio o a
Svidrigailoff. S, s, es mejor un adversario cualquiera, un ataque que
rechazar.

Hacindose estas reflexiones sali presuroso del cafetn. De repente,
el pensamiento de su madre y de su hermana le llen de terror. Pas
aquella noche en el bosque de Krestorevesy-Ostroff; se despert antes
de la aurora, temblando de fiebre y se encamin a su casa a donde lleg
muy temprano. Despus de algunas horas de sueo, desapareci la fiebre,
pero se despert tarde: a las dos.

Se acord de que aquel da era el sealado para las exequias de
Catalina Ivanovna, y se felicit de no haber asistido a ellas.
Anastasia le trajo la comida; el joven comi y bebi con mucho apetito,
casi con avidez. Tena la cabeza ms fresca y disfrutaba de una calma
que le era desconocida desde tres das antes. Hubo un instante en que
se asombr de los accesos de terror pnico que haba experimentado.

La puerta se abri y entr Razumikin.

--Ah! Comes, luego no ests malo--dijo el visitante, tomando una silla
y sentndose enfrente de Raskolnikoff.

Estaba muy agitado, y no trataba de ocultarlo. Hablaba con clera
visible pero con apresuramientos, y sin levantar mucho la voz: se
comprenda que su venida era motivada por alguna causa grave.

--Escucha--comenz a decir en tono resuelto--; pienso dejar a todos
ustedes en paz, porque veo claramente que el juego que hacen es
indescifrable para m. No vayas a creer que vengo a interrogarte; no
trato de sacarte las palabras del cuerpo. Aunque t mismo me dijeras
todos tus secretos, me negara a orlos; escupira y me ira. Vengo
con el nico objeto de estudiar personalmente tu estado mental. Hay
personas que te creen loco de remate o en vsperas de estarlo, y te
confieso que me senta inclinado a participar de esa opinin, en
vista de que tu proceder es estpido, bastante feo y completamente
inexplicable. Adems, qu pensar de tu reciente conducta con tu madre
y con tu hermana? Qu hombre, a menos de ser un canalla o un loco, se
hubiera portado con ellas como te has portado t? Luego ests loco.

--Cundo las has visto?

--Ahora mismo. Y t, no las ves? Dime, te lo ruego, dnde has estado
metido todo el da? Tres veces he venido hoy. Desde ayer, tu madre
se encuentra seriamente enferma. Ha querido venir a verte. Advocia
Romanovna se esforz por disuadirla, pero Pulkeria Alexandrovna no
quiso hacer caso de nada... Si est malo, si est perturbado--dijo--,
quin ha de cuidarle sino su madre? Para no dejarla venir sola,
la acompaamos, suplicndole sin cesar que se tranquilizase. Cuando
llegamos, no estabas aqu. Ah, en ese sitio, ha estado sentada por
espacio de diez minutos; nosotros en pie, al lado de ella, callbamos.
Puesto que sale--dijo levantndose--, es seal de que no est enfermo
y de que olvida a su madre; no est bien, por lo tanto, que venga yo a
mendigar las caricias de mi hijo. Se volvi a su casa y se meti en
la cama. Ahora tiene fiebre. Lo comprendo perfectamente--dice--; le
dedica a ella todo el tiempo. Supone que Sonia Semenovna es tu novia
o tu amante. Fu en seguida a casa de esa joven, porque, amigo mo,
me corra prisa comprobar ese punto. Entro, y qu es lo que veo? un
atad, nios que lloran, y a Sonia Semenovna que les prueba trajes de
luto. T no estabas all. Despus de haberte buscado con los ojos, he
dado mis excusas, he salido y he ido a contar a Advocia Romanovna el
resultado de mis pesquisas. Decididamente todo esto nada significa.
Aqu no se trata de ningn amoro; resta, pues, como lo ms probable,
la hiptesis de la locura. He aqu que ahora te encuentro con trazas de
comerte un buey cocido, como si no hubieses tomado nada en cuarenta y
ocho horas. Sin duda, el estar loco no impide comer; pero, aunque t no
me hayas dicho una palabra, no ests loco... pondra por ello la mano
en el fuego. Para m, ste es un punto fuera de discusin. As, pues,
os envo a todos al diablo, en vista de que hay aqu un misterio y de
que no tengo la intencin de romperme la cabeza con vuestros secretos.
He venido solamente para decirte cuatro frescas y aliviarme el corazn.
Por lo dems, yo s lo que tengo que hacer.

--Qu vas a hacer?

--Qu te importa?

--Vas a dedicarte a la bebida?

--Cmo lo has adivinado?

--No es muy difcil adivinarlo.

Razumikin se qued un momento silencioso.

--Has sido siempre muy inteligente, y nunca, nunca has estado
loco--observ luego--. Has dicho la verdad; voy a dedicarme a la
bebida. Adis.

Y di un paso hacia la puerta.

--Anteayer, si mal no recuerdo, he hablado de ti a mi hermana--dijo
Raskolnikoff.

Razumikin se detuvo de repente.

--De m? Dnde has podido verla anteayer?--pregunt, ponindose un
tanto plido. Estaba agitadsimo.

--Vino aqu sola. Se ha sentado en este sitio, y ha hablado conmigo.

--Ella?

--S; ella.

--Y qu le has dicho?... de m, por supuesto.

--Le he dicho que eras un hombre excelente, honrado y laborioso. No le
he dicho que t la amabas, porque lo sabe.

--Que ella lo sabe?

--Claro que s. Le he dicho tambin que, aunque yo me vaya, ocrrame
lo que me ocurra, t debes ser siempre su Providencia. Yo las pongo,
por decirlo as, en tus manos, Razumikin. Te digo esto, porque s
perfectamente que las amas y estoy convencido de la pureza de tus
sentimientos. S tambin que ella puede amarte, si es que ya no te ama.
Decide ahora si debes o no debes darte a la bebida.

--Rodia... Lo ests viendo?... Pues bien... Demonio! Pero t, dnde
vas a ir? Bueno. Desde el momento que todo esto es un secreto, no
hay que hablar de ello; pero yo... yo sabr de qu se trata. Estoy
convencido de que no es una cosa seria, sino tonteras con las cuales
forma monstruos tu imaginacin; t eres un hombre excelente. S, un
hombre excelente.

--Quera aadir: pero me has interrumpido, que tenas razn hace un
momento, cuando declarabas que renunciabas a conocer estos secretos. No
te preocupes. Las cosas se descubrirn a su tiempo, y lo sabrs todo
cuando el momento llegue. Ayer me dijo una persona que al hombre le
haca falta aire, aire, aire. Voy a ir en seguida a preguntarle lo que
quieren decir sus palabras.

Razumikin reflexionaba, y al cabo se le ocurri esta idea:

Es, de seguro, un conspirador poltico y est en vsperas de una
tentativa audaz; no puede ser de otra manera, y Dunia lo sabe, pens
de repente.

--De modo que Advocia Romanovna viene a tu casa--repuso recalcando
cada frase--, y t tratas de ver a alguno que dice que es menester ms
aire? Probable es que la carta haya sido enviada por ese hombre.

--Qu carta?

--Ha recibido una que la ha llenado de inquietud. He querido hablarle
de ti y me ha suplicado que me callase. Despus... despus me dijo que
nos separaramos dentro de breve plazo, y se ha mostrado muy reconocida
conmigo, tras de lo cual se encerr en su cuarto.

--Ha recibido una carta?--pregunt Raskolnikoff intrigado.

--S. No lo sabas?

Los dos permanecieron callados durante un minuto.

--Adis, Rodia, amigo mo... En cierto tiempo... Vamos, adis... Tengo
tambin que irme; por lo que hace a darme a la bebida, no har tal
cosa: es intil.

Sali muy de prisa; pero apenas acababa de cerrar la puerta, cuando
volvi a abrirla de repente, mirando de travs.

--A propsito, te acuerdas de aquel crimen? del asesinato de aquella
vieja? Pues has de saber que se ha descubierto el asesino; l mismo se
ha reconocido culpable, y ha suministrado todas las pruebas necesarias
en apoyo de sus afirmaciones. Es... psmate! uno de aquellos pintores
a los cuales defenda yo con tanto ardor. Querrs creerlo? La
persecucin de los dos obreros, corriendo el uno detrs del otro en la
escalera, mientras suban el _dvornik_ y los dos testigos, los cachetes
que se daban riendo, todo ello no era ms que una treta imaginada para
evitar sospechas. Qu astucia! Qu presencia de nimo en ese tunante!
Parece imposible; pero lo ha explicado todo; ha confesado por completo.
Qu despistado estaba yo! Tengo a ese hombre por el genio del disimulo
y de la astucia. Despus de esto, no hay ya nada de qu asombrarse.
Fuerza es admitir la existencia de semejantes individuos. Si no ha
sostenido su papel hasta el fin, si ha entrado en el camino de las
confesiones, me veo obligado a admitir la verdad de lo que l dice. Y
yo he estado ciego hasta este punto? Y he roto lanzas yo por esos dos
hombres?

--Te ruego que me digas cmo lo has sabido, y por qu te interesa tanto
ese asunto--pregunt Raskolnikoff visiblemente agitado.

--Que por qu me interesa? Vaya una pregunta! En cuanto a la noticia
me la han dado muchas personas, y principalmente Porfirio. El es quien
me lo ha dicho casi todo.

--Porfirio?

--S.

--Y qu es lo que te ha dicho?--pregunt Raskolnikoff inquieto.

--Me lo ha explicado todo a maravilla, procediendo por el mtodo
psicolgico, segn su costumbre.

--Y te lo ha explicado l mismo?

--El mismo; adis. Algo te dir ms adelante. Ahora tengo necesidad
de dejarte... Hubo un tiempo en que llegu a creer... vamos, ya te lo
contar otro da... Qu necesidad tengo de beber ahora? Tus palabras
han bastado para embriagarme. En este momento estoy ebrio, ebrio sin
haber bebido una gota de vino. Adis, hasta muy pronto.

Y sali.

Es un conspirador poltico; s, de seguro, de seguro--acab
definitivamente Razumikin, mientras bajaba la escalera.--Ha
comprometido, sin duda, a su hermana en esta empresa; esta conjetura
es muy probable, dado el carcter de Advocia Romanovna. Han celebrado
entrevistas... Ya me lo haban hecho sospechar ciertas palabras... esas
alusiones... s, eso es. De otro modo, cmo encontrar una explicacin?
Y pudo ocurrrseme? Oh, Dios mo, que cosa haba imaginado! S, haba
formado un juicio temerario, yo soy culpable respecto de l. La otra
noche, en el corredor, al observar su rostro iluminado por la luz de la
lmpara, tuve un minuto de alucinacin. Oh, qu idea tan horrible pude
concebir! Mikolai ha hecho perfectamente en confesar. S, al presente
se explica todo lo pasado: la enfermedad de Rodia, la extraeza de su
conducta, aquel humor sombro o feroz que manifestaba ya cuando era
estudiante... Pero, qu significa esta carta? de dnde procede? Algo
todava hay ah... Yo sospecho... no tendr reposo hasta que halle la
clave de todo esto.

Al pensar en Dunia, sinti que se le helaba el corazn y se qued como
clavado en el suelo. Tuvo que hacer un violento esfuerzo sobre s mismo.

En cuanto se hubo marchado Razumikin, Raskolnikoff se levant y se
acerc a la ventana; luego se pase de un rincn a otro, como si
hubiese olvidado las dimensiones exiguas de su cuartucho. Al fin,
volvi a sentarse en el sof. Un repentino cambio habase operado en
l; tena an que luchar; era un recurso.

S, un recurso; un medio de escapar de su penosa situacin y de
la angustia que padeca desde que vi a Mikolai en el despacho
de Porfirio. Despus de aquel dramtico incidente, en el mismo
da, ocurri la escena en casa de Sonia, escena cuyas peripecias
y desenlaces haban engaado las previsiones de Raskolnikoff. Se
haba mostrado dbil; haba reconocido, de acuerdo con la joven, y
reconocido sinceramente, que no poda llevar solo semejante fardo.
Y Svidrigailoff? Este era un enigma que le inquietaba, pero de otra
manera; exista quiz medio de desembarazarse de Svidrigailoff; pero de
Porfirio era harina de otro costal.

De modo que el mismo Porfirio es el que ha explicado a
Razumikin la culpabilidad de Mikolai procediendo por el mtodo
psicolgico?--continuaba dicindose Raskolnikoff--. De seguro hay aqu
algo de esa maldita psicologa. Porfirio? Cmo Porfirio ha podido
creer durante un solo minuto culpable a Mikolai, despus de la escena
que acababa de pasar entre nosotros, y que no admite ms que _una_
solucin? Durante aquella entrevista, sus palabras, sus gestos, sus
miradas, el sonido de su voz, todo demostraba en l una conviccin
tan invencible que no ha podido quebrantar ninguna de las pretendidas
confesiones de Mikolai.

Hasta el mismo Razumikin comenzaba a dudar. El incidente del corredor
le ha hecho reflexionar, sin duda. Corri a casa de Porfirio; pero,
por qu este ltimo le ha engaado de este modo? Es evidente que no
ha hecho tal cosa sin ningn motivo; debe de tener sus intenciones;
pero, cules son? En verdad, ha pasado ya bastante tiempo desde aquel
da, y no tengo an ni rastro de noticias de Porfirio. Quin sabe, sin
embargo, si ste no ser un mal signo...

Raskolnikoff tom la gorra, y, despus de ligera reflexin, se decidi
a salir. Aquel da, por primera vez, despus de muy largo tiempo, se
senta en plena posesin de sus facultades intelectuales.

Es preciso acabar con Svidrigailoff--pensaba--, y, cueste lo que
cueste, terminar este asunto lo ms pronto posible. Adems, parece que
espera mi visita.

En aquel instante se desbord el odio de tal manera en su corazn,
que, si hubiese podido matar al uno o al otro de aquellos dos seres
detestables, Svidrigailoff o Porfirio, acaso no habra vacilado en
hacerlo.

Mas apenas haba acabado de abrir la puerta, cuando se encontr cara a
cara con Porfirio en persona. El juez de instruccin vena a su casa.
Al pronto Raskolnikoff se qued estupefacto; pero se repuso en seguida.
Cosa extraa: aquella visita, ni le asombr demasiado, ni le caus casi
ningn terror.

Esto es, acaso, el desenlace; mas, por qu ha amortiguado el ruido de
sus pasos? Nada he odo. Quiz estaba escuchando detrs de la puerta.

--No esperaba usted mi visita--dijo alegremente Porfirio Petrovitch--.
Tena desde hace mucho tiempo el propsito de venir a verle y, al pasar
delante de su casa, se me ha ocurrido entrar a saludarle. Iba usted a
salir? No le detendr. Cinco minutos solamente, el tiempo de fumar un
cigarrillo...

--Sintese usted, Porfirio Petrovitch, sintese usted--dijo
Raskolnikoff ofreciendo una silla al visitante, con un aire tan afable
y satisfecho, que l mismo se hubiera sorprendido si hubiese podido
verse.

Haban desaparecido todas las huellas de sus impresiones precedentes.
Acontece a veces que el hombre que por espacio de media hora ha estado
luchando con un ladrn experimentando angustias mortales, no siente
ningn temor cuando el pual del bandido llega a su garganta.

El joven se sent enfrente de Porfirio y fij en l una mirada
tranquila. El juez de instruccin gui los ojos y comenz por encender
un cigarrillo.

Ah! Vamos, habla, habla ya!, le gritaba mentalmente Raskolnikoff.


II

--Oh, estos cigarrillos--dijo por fin Porfirio--son mi muerte, y no
puedo renunciar a ellos! Toso, tengo un principio de irritacin en la
garganta, y, adems, soy asmtico. No hace mucho que me hice visitar
por Botkin, que emplea para examinar un enfermo por lo menos media
hora; despus de haberme reconocido atentamente, y auscultado, etc., me
dijo, entre otras cosas: No le prueba a usted el tabaco; tiene usted
los pulmones dilatados. Est bien; pero, cmo dejar de fumar? cmo
substituir una costumbre? Yo no bebo. Ah tiene usted la desgracia;
je, je, je! Todo es relativo, seor Raskolnikoff.

He aqu otra vez un prembulo que deja traslucir la astucia jurdica,
murmur aparte Raskolnikoff.

Se acord de su reciente entrevista con el juez de instruccin, y aquel
recuerdo aument la clera de que su alma rebosaba.

--Estuve ayer aqu, no lo saba?--continu Porfirio Petrovitch,
paseando la mirada en derredor suyo;--estuve en este mismo cuarto.
Hallme como hoy casualmente en la calle de usted, y se me ocurri
hacerle una visita. La puerta estaba abierta, entr, le esper un
momento, y fu despus, sin decir mi nombre a la criada. No cierra
usted nunca?

La fisonoma de Raskolnikoff se obscureca cada vez ms. Porfirio
Petrovitch adivin, sin duda, lo que Raskolnikoff estaba pensando.

--He venido a explicarme, querido Rodin Romanovitch. Debo a usted una
explicacin--prosigui sonriendo y dando un golpecito en la rodilla del
joven; pero casi al mismo instante tom su cara una expresin seria,
hasta triste, con gran asombro de Raskolnikoff, a quien el juez de
instruccin se mostraba ahora bajo una fase inesperada--. La ltima
vez que nos vimos pas entre nosotros una extraa escena. Quiz he
cometido con usted grandes errores, y lo siento. Recordar usted cmo
nos separamos. Ambos tenamos los nervios muy excitados. Hemos faltado
a las ms elementales conveniencias, y, sin embargo, somos caballeros.

A dnde va a parar?--se preguntaba Raskolnikoff sin apartar los ojos
de Porfirio con inquieta curiosidad.

--He pensado que haramos mejor en adelante en obrar con
sinceridad--repuso el juez de instruccin, bajando un poco los ojos,
como si temiese turbar por esta vez con sus miradas a su vctima--;
no es preciso que se renueven semejantes escenas. El otro da, sin la
entrada de Mikolai no se adnde habran llegado las cosas. Usted es muy
irascible por temperamento, Rodin Romanovitch, y sobre esto me apoy,
porque un hombre muy acalorado deja muchas veces escapar sus secretos.
Si yo pudiese, me deca, arrancar una prueba cualquiera, aunque
fuese la ms insignificante, pero real, tangible, palpable, otra cosa
distinta, en fin, que todas esas inducciones psicolgicas! Tal es el
clculo que haba yo hecho. Algunas veces este mtodo da el resultado
apetecido; pero esto no ocurre siempre, como he tenido ocasin de
comprobar. Me haca muchas ilusiones respecto del carcter de usted.

--Pero usted, por qu me dice todo eso?--balbuce Raskolnikoff, sin
acabar de darse cuenta de la cuestin que se planteaba--. Me creer
acaso inocente?--aadi para s.

--Por qu digo esto? Considero como un deber sagrado explicar a
usted mi conducta, porque le he sometido, y lo reconozco, a una cruel
tortura, y no quiero, Rodin Romanovitch, que me considere como un
monstruo. Voy, pues, para justificarme, a exponer los antecedentes de
este asunto. Al principio circularon rumores acerca de cuyo origen y
naturaleza creo superfluo hablar; intil creo tambin decirle a usted
en qu ocasin se ha mezclado en este asunto la persona de usted. En
cuanto a m, lo que me ha hecho sospechar, es una circunstancia por
otra parte puramente fortuita, de la cual no he dicho una palabra. De
esos rumores y de esas circunstancias accidentales se ha desprendido
para m la misma conclusin. Lo confieso francamente, porque, a decir
verdad, yo he sido el primero que ha puesto su nombre sobre el tapete.
Dejo a un lado las anotaciones de los objetos encontrados en casa de
la vieja. Tal indicio y otros muchos del mismo gnero nada significan.
Estando en esto, tuve ocasin de conocer el incidente ocurrido en el
despacho de polica. Aquella escena me fu referida con todo gnero
de pormenores por alguno que haba desempeado su papel a las mil
maravillas. Pues bien; en tales condiciones, cmo no inclinarse en
cierta direccin? Cien conejos no hacen un caballo; cien presunciones
no hacen una prueba, dice el proverbio ingls; esto tambin es lo
que aconseja la razn; pero, quin puede luchar contra las pasiones?
El juez de instruccin es hombre, y, por consiguiente, apasionado. Me
acord tambin del trabajo que public usted en una Revista. Me haba
gustado mucho como aficionado, por supuesto, aquel primer ensayo de
la juvenil pluma de usted. Se vea all una conviccin sincera y un
entusiasmo ardiente. Aquel artculo debi de ser escrito con mano
febril durante una noche de insomnio. El autor no se detendr aqu,
pens yo al leerlo. Cmo, dgame usted, no relacionar esto con lo
que luego se sigui? La atraccin era irresistible. Ah, seor! Digo
algo? Afirmo al presente lo que esto sea? Me limito a sealar una
reflexin que me hice entonces. Qu es lo que pienso ahora? Nada;
es decir, poco menos que nada. Por el momento, tengo entre las manos
a Mikolai y hay hechos que le acusan... Valientes hechos! Si le digo
todo esto, es para que no d usted torcida interpretacin a mi conducta
del otro da. Por qu, me preguntar usted, no se hizo un registro
en mi casa? Estuve aqu. Je, je! Estuve cuando se hallaba usted
enfermo, no como magistrado, sin carcter oficial. El cuarto de usted,
desde las primeras sospechas, fu registrado minuciosamente, pero sin
resultado. Entonces me dije: Este hombre vendr a mi casa, vendr
l mismo a buscarme, y dentro de muy poco tiempo; si es culpable,
no puede dejar de venir. Otro no vendra, pero ste no faltar. Se
acuerda usted de las palabreras de Razumikin? Le habamos comunicado
de intento nuestras conjeturas, con la esperanza de que l excitara
a usted hasta el punto de hacerle confesar. El seor Zametoff estaba
asombrado de la audacia de usted, y, en efecto, mucha se necesitaba
para decir en pleno caf yo he matado. Era eso verdaderamente cosa
muy arriesgada. Yo le esperaba a usted con impaciencia confiada, y he
aqu que Dios le envi. Con qu fuerza lata mi corazn cuando le vi
a usted presentarse! Vamos a ver, qu necesidad tena usted de ir?
Sin duda recordar tambin que entr rindose a carcajadas. Su risa me
di mucho que pensar; pero si no hubiese estado prevenido, tal vez no
hubiera fijado mi atencin en ello. Y Razumikin! Y qu decir de la
piedra? Se acuerda usted? La piedra bajo la cual estn ocultos los
objetos. Me parece que la estoy viendo desde aqu, no s dnde, en un
huerto. No es de un huerto de lo que usted habl a Zametoff? Despus,
cuando hablamos del artculo de la Revista, cremos ver una segunda
intencin detrs de cada una de las palabras de usted. He aqu cmo,
Rodin Romanovitch, mi conviccin se ha ido formando poco a poco.
Ciertamente esto puede explicarse de otra manera, sola decirme yo, y
aun podra ser que fuese ms natural; convengo en ello. Mejor sera una
prueba, por pequea que fuese. Pero al saber la historia del cordn de
la campanilla, no tuve ya duda alguna; cre poseer la prueba deseada,
y ya no he querido reflexionar ms. En aquel momento hubiera dado de
buena gana mil rublos de mi bolsillo por verle a usted con mis propios
ojos, andando cien pasos, hombro con hombro con un burgus que le haba
llamado a usted asesino, sin que usted se atreviese a responderle.
Cierto; no se debe dar gran importancia a los hechos y gestos de un
enfermo que habla bajo una especie de delirio. Sin embargo, despus
de lo sucedido, cmo ha podido asombrarse usted, Rodin Romanovitch,
de la manera como me he portado? Y por qu, precisamente en aquel
momento, vino usted a mi casa? El mismo diablo, sin duda, le impuls a
usted, y si Mikolai no nos hubiese separado... Se acuerda usted de la
entrada de Mikolai? Aquello fu como un rayo. Cmo lo recib! No hice
el menor caso de sus palabras, como pudo usted advertir. Despus que
usted se march segu interrogndole. Me respondi sobre ciertos puntos
de una manera tan exacta, que me qued asombrado; a pesar de esto, sus
declaraciones no lograron destruir mi incredulidad, y me qued tan
inquebrantable como una roca.

--Razumikin acaba de decirme que estaba usted ya convencido de la
culpabilidad de Mikolai; que usted mismo le haba asegurado que...

Le falt el habla y no pudo continuar.

--Ah, Razumikin!--exclam Porfirio Petrovitch, que pareca satisfecho
de haber odo, al cabo, que sala una observacin de labios de
Raskolnikoff--. Je, je, je! trataba de verme libre de Razumikin, que
vena a mi casa con aires investigadores y que nada tiene que ver en
este negocio. Dejmosle a un lado, si a usted le parece. Quiere usted
saber la idea que tengo yo formada de Mikolai? Ante todo, es como un
nio; aun no ha llegado a su mayor edad. Sin ser precisamente una
naturaleza pusilnime, es impresionable como un artista. No se ra
usted si le caracterizo de ese modo: es cndido, sensible, fantstico.
En su pueblo, canta, baila y narra cuentos, que van a or los
campesinos de las aldeas vecinas. Suele beber hasta perder la razn;
no porque sea, propiamente hablando, lo que se dice un borracho,
sino porque no sabe resistir a la influencia del ejemplo cuando se
halla entre amigos. No comprende que ha cometido un robo apropindose
de un estuche que ha encontrado. Puesto que lo he encontrado en el
suelo, dice, tena perfecto derecho a tomarlo. Segn los vecinos
de Zaraisk, sus paisanos, era devoto hasta la exaltacin: pasaba
las noches rezando y lea sin cesar libros religiosos (los viejos,
los verdaderos). San Petersburgo ha infludo mucho en l, y una vez
aqu, se ha dado al vino y a las mujeres, lo que le ha hecho olvidar
la religin. S que uno de nuestros artistas ha comenzado a darle
lecciones. En esto ocurre ese crimen. El pobre muchacho se asusta, y
se echa una cuerda al cuello. Qu quiere usted? Nuestro pueblo no
puede sacudir de su espritu el prejuicio de que todo hombre buscado
por la polica es hombre condenado. En la prisin, Mikolai ha vuelto
al misticismo de sus primeros aos. Ahora tiene sed de expiacin, y
slo por eso se ha confesado culpable. Mi conviccin en este punto
est basada en ciertos hechos que l mismo no conoce. Por lo dems,
acabar por confesarme toda la verdad. Cree usted que sostendr su
papel hasta el fin? Espere usted un poco, y ya ver cmo rectifica sus
confesiones. Adems, si logra dar sobre ciertos puntos un carcter de
verosimilitud a su declaracin, en cambio sobre otros se encuentra en
completa contradiccin con los hechos, y nada sabe de ellos. No, Rodin
Romanovitch, no; el culpable no es Mikolai. Nos encontraremos frente
a un hecho fantstico y sombro; este crimen tiene la marca del siglo
y lleva hondamente grabado el sello de una poca que hace consistir
toda la vida en buscar la comodidad. El culpable es un ttrico, una
vctima del libro; ha desplegado en su ensayo mucha audacia; pero esta
audacia es de un gnero particular: es la de un hombre que se precipita
desde lo alto de una montaa o de un campanario. Ha olvidado cerrar la
puerta detrs de l y ha matado a dos personas para poner en prctica
una teora. Ha matado y no ha sabido aprovecharse de su dinero; lo que
pudo tomar fu a ocultarlo bajo una piedra. No bastndole las angustias
pasadas en la antesala mientras oa los golpes dados a la puerta y el
sonido repetido de la campanilla, cediendo a una irresistible necesidad
de experimentar la misma emocin, fu ms tarde a visitar el cuarto
vaco y a tirar del cordn de la campanilla. Atribuyamos esto a la
enfermedad, a un semidelirio, bueno; pero he aqu un punto digno de
notarse; ha matado, y no deja de considerarse como un hombre honrado,
desprecia a los dems, y se da aires de ngel plido. No, no se trata
aqu de Mikolai, Rodin Romanovitch. Mikolai no es culpable.

Este golpe era tanto ms inesperado, cuanto que llegaba despus de
la especie de honrosa disculpa dada por el juez de instruccin.
Raskolnikoff se ech a temblar.

--Entonces, quin es el que ha matado?--balbuce con voz entrecortada.

El juez de instruccin se recost en el respaldo de la silla, como
asombrado de semejante pregunta.

--Cmo? Que quin ha matado?--replic, como si no hubiese dado
crdito a sus odos--. Quin ha de ser? Usted, Rodin Romanovitch,
usted es el que ha matado! S, usted!...--aadi en voz baja y en tono
de profundo convencimiento.

Raskolnikoff se levant bruscamente, permaneci en pie algunos
segundos, y despus se sent sin decir una sola palabra. Ligeras
convulsiones agitaban los msculos de su rostro.

--Le tiemblan a usted las manos como el otro da--hizo notar con
inters Porfirio--. Por lo que veo, usted no se ha hecho cargo del
objeto de mi visita, Rodin Romanovitch--prosigui, despus de una
pausa--. De aqu el asombro de usted. He venido precisamente para
decirlo todo y esclarecer la verdad.

--Yo no he matado!--murmur el joven, defendindose como lo hace un
nio sorprendido en falta.

--S, ha sido usted, Rodin Romanovitch; ha sido usted, usted
solo--replic severamente el juez de instruccin.

Ambos se callaron y, cosa extraa, este silencio se prolong por unos
diez minutos.

Apoyado de codos sobre la mesa, Raskolnikoff se meta los dedos entre
el cabello. Porfirio Petrovitch esperaba sin dar seal alguna de
impaciencia. De repente el joven mir despreciativamente al magistrado.

--Vuelve usted a sus antiguas prcticas, Porfirio Petrovitch. Siempre
los mismos procedimientos! Cmo no le fastidian a usted ya?

--No se ocupe usted de mis procedimientos. Otra cosa sera si
estuvisemos en presencia de testigos; pero aqu hablamos a solas. No
he venido para cazarle y prenderle como un pajarito. Que usted confiese
o no, en este momento me es igual. En un caso y en otro, mi conviccin
est formada.

--Si eso es as, por qu ha venido usted?--pregunt con mal gesto
Raskolnikoff--; le repito la pregunta que ya en otra ocasin le hice:
Si me cree usted culpable, por qu no dicta un auto de prisin contra
m?

--Vaya una pregunta! Le responder a usted punto por punto: en primer
lugar, la detencin de usted no me servira para nada.

--Cmo? Que no le servira a usted de nada? Puesto que est
convencido, debera usted...

--Qu importa mi conviccin? Hasta el presente no descansa ms que
sobre nubes. Y para qu haba de poner a usted _en reposo_? Usted
lo comprende, puesto que pide usted que se le detenga. Supongo que
careado con el burgus, usted dira: T, de seguro, estabas bebido.
Quin me ha visto contigo? Te tom sencillamente por lo que eres, por
un borracho. Qu podra yo replicarle entonces, tanto ms, cuanto
que la respuesta de usted sera ms verosmil que la declaracin de
l, que es de pura psicologa, y porque, adems, la apreciacin de
usted sera exacta, puesto que ese hombre es conocido por su aficin
a los licores? Muchas veces le he confesado a usted con franqueza que
toda esta psicologa tiene dos filos, y que, fuera de eso, yo, por el
momento, ninguna prueba tengo contra usted. Claro es que, al cabo, le
detendr, y he venido aqu para avisrselo, y, sin embargo, no vacilo
en manifestarle que eso no me servir de nada. El segundo objeto de mi
venida...

--Cul es?--pregunt Raskolnikoff anhelante.

--... Ya se lo he dicho. Tena que explicarle mi conducta, porque no
quiero pasar a los ojos de usted por un monstruo, y adems, porque,
cralo o no, mis intenciones son muy favorables a usted. En vista,
pues, del inters que yo siento por usted, le propongo francamente vaya
a denunciarse. He venido aqu para darle este consejo. Es el partido
ms ventajoso que puede tomar, ventajoso para usted y para m, que
me vera desembarazado de este asunto. Qu le parece a usted? Soy
bastante franco?

Raskolnikoff reflexion durante un minuto.

--Escuche usted, Porfirio Petrovitch; segn sus propias palabras,
no tiene contra m ms que inducciones psicolgicas y aspira a la
evidencia matemtica. Quin le dice que no se engaa?

--No, Rodin Romanovitch, no me engao. Tengo una prueba, que encontr
el otro da; Dios me la ha enviado.

--Qu prueba es sa?

--No se lo dir a usted; pero, en todo caso, no tengo el derecho de
contemporizar; voy a hacerle detener. Ahora juzgue usted. Cualquier
resolucin que tome actualmente, poco me importa; cuanto le he dicho es
nicamente en inters suyo. La mejor solucin es la que yo le indico:
cralo usted, Rodin Romanovitch.

El joven se sonri con expresin de clera.

--El lenguaje de usted es ms que ridculo: es impudente. Supongamos
que soy culpable (lo que en modo alguno reconozco): por qu he de ir
a denunciarme, puesto que, como dice usted mismo, all, en la crcel,
estara _en reposo_?

--Oh Rodin Romanovitch! No tome usted estas palabras al pie de la
letra. Puede usted encontrar all reposo, y puede no encontrarlo.
Tengo, es cierto, la creencia de que la prisin tranquiliza al
culpable; pero esto no es ms que una teora, y una teora ma
personal. As, pues, soy yo una autoridad para usted? Quin sabe si
en este momento mismo no le oculto alguna cosa! No puede usted exigir
que le entregue todos mis secretos, je, je, je! Lo incontestable es el
provecho que sacar usted haciendo lo que yo le propongo: ir ganando,
puesto que su condena disminuir notablemente. Piense usted un poco en
qu momento vendra a denunciarse: en el que otra persona ha asumido
sobre s la responsabilidad del crimen, embrollando, en cierto modo,
el proceso. Por lo que a m toca, juro ante Dios dejarle a usted en el
tribunal todas las ventajas de su iniciativa. Los jueces ignorarn, se
lo prometo, toda esa psicologa, todas las sospechas recadas sobre
usted y su conducta tendr a los ojos de aquellos magistrados un
carcter absolutamente espontneo. En el crimen de usted no se ver ms
que el resultado de una impulsin fatal, y no otra cosa. Soy un hombre
honrado, Rodin Romanovitch, y mantendr mi palabra.

Raskolnikoff baj la cabeza y reflexion durante largo tiempo; luego
sonrise de nuevo; pero esta vez su sonrisa era dulce y melanclica.

--Qu me importa?--dijo, sin parecer que se daba cuenta de que
su lenguaje equivala casi a una confesin--, qu me importa la
diminucin de pena de que usted me habla? No la necesito para nada.

--Vamos, lo que yo tema--exclam, como a pesar suyo, Porfirio--. Ya me
tema yo que desdeara usted nuestra indulgencia.

Raskolnikoff le mir con expresin grave y triste.

--No desprecie usted la vida--continu el juez de instruccin--.
Todava es muy larga para usted. Cmo? No quiere una diminucin de
pena? A fe que no es usted descontentadizo!

--Qu tendra yo en adelante en perspectiva?

--La vida. Acaso es usted profeta, para saber lo que la vida le
reserva? Busque usted, y encontrar. Quiz Dios esperaba a usted. Por
otra parte, su condena no ser perpetua.

--Obtendr circunstancias atenuantes!...--dijo riendo Raskolnikoff.

--Es quiz, vergenza burguesa lo que le impide a usted confesarse
culpable? Es preciso sobreponerse a eso!

--Eh! Yo me burlo de esa preocupacin!--murmur con tono
despreciativo el joven.

Hizo ademn de levantarse; pero se qued sentado, abatidsimo.

--Es usted desconfiado, y piensa, sin duda, que trato de embaucarle
groseramente; pero, acaso ha vivido usted mucho? qu sabe usted de
la existencia? Ha imaginado usted una teora que ha venido a producir
en la prctica consecuencias cuya falta de originalidad le avergenza
ahora. Ha cometido usted un crimen, es verdad; pero no es usted, ni
con mucho, un criminal irremisiblemente perdido. Cul es mi opinin
acerca de usted? Le considero como uno de esos hombres que se dejaran
arrancar las entraas sonriendo a sus verdugos, con tal solamente de
haber encontrado una fe o un Dios. Pues bien: encuntrelos usted, y
vivir. En primer lugar, tiene usted necesidad, desde hace tiempo,
de cambiar de aire. Adems, el sufrimiento es una buena cosa. Sufra
usted. Quiz Mikolai tiene razn al querer sufrir. Ya s yo que es
usted un escptico, pero sin razonar, abandnese usted a la corriente
de la vida; esta corriente le llevar a alguna parte. A dnde? No se
preocupe usted; ya llegar a alguna orilla. Cul? Lo ignoro, creo
solamente que usted debe vivir todava mucho tiempo. Sin duda, piensa
usted ahora que estoy representando el papel de juez; pero acaso ms
tarde se acuerde usted de mis palabras y saque provecho de ellas; por
eso le hablo as. Todava es una ventaja que no haya usted matado ms
que a una mala vieja. Con otra teora, habra cometido usted una accin
cien mil veces peor. Puede usted aun dar gracias a Dios. Quin puede
saber cules son sus altos designios acerca de usted! Recobre usted su
valor, no retroceda por pusilaminidad ante lo que exige la justicia.
S que usted no me cree; pero con el tiempo volver a tomar gusto a la
vida. Ahora lo que le hace falta solamente es aire, aire, aire.

Raskolnikoff se estremeci.

--Pero, quin es usted--grit--para hacerme esas profecas? Qu
suprema sabidura le permite adivinar mi porvenir?

--Que quin soy? Un hombre acabado, y nada ms. Un hombre sensible
y compasivo, a quien la experiencia ha enseado quizs algo; pero
un hombre completamente acabado. Usted es otra cosa; usted se halla
al principio de la existencia, y esta aventura, quin sabe? quiz
no dejar ninguna huella en la vida de usted. Por qu temer tanto
el cambio que va a experimentar en su situacin? Son acaso las
comodidades de la vida las que usted ha de echar de menos? Se aflige
usted pensando que ha de estar largo tiempo confinado en la obscuridad?
De usted depende que esta obscuridad no sea eterna. Sea usted un sol,
y todo el mundo le ver. Por qu se sonre usted? Piensa que stas
son maniobras de juez de instruccin? Es muy posible, je, je! No le
pido que me crea bajo mi palabra, Rodin Romanovitch; hago mi oficio,
convengo en ello; pero acurdese de lo que le digo. Los acontecimientos
le demostrarn si soy un impostor o un hombre honrado.

--Cundo piensa usted detenerme?

--Puedo dejarle a usted an da y medio o dos das en libertad. Haga
usted sus reflexiones, amigo mo; ruegue usted a Dios que le inspire.
El consejo que le doy es bueno, cralo usted.

--Y si me escapase?--pregunt Raskolnikoff con equvoca sonrisa.

--No se escapar. Un _mujik_ huira: un revolucionario de ahora,
esclavo de pensamiento ajeno, huira tambin, porque tiene un _credo_
ciegamente aceptado para toda la vida; pero usted no cree en su teora.
Qu quedara de ella si huyera usted? Y, por otra parte, puede darse
una existencia ms innoble y penosa que la de un fugitivo? Si huyese
usted, volvera para entregarse espontneamente... _Usted no puede
pasarse sin nosotros!_ Cuando yo le detuviese al cabo de un mes o dos,
pongamos tres, se acordara de mis palabras y confesara. Vendra usted
a parar a esto insensiblemente, casi sin darse cuenta de ello. Ms an,
estoy persuadido de que, despus de haberlo reflexionado usted bien,
se decidir usted a aceptar la expiacin. En este momento no lo cree;
pero ya ver. En efecto, Rodin Romanovitch, el sufrimiento es una gran
cosa. En boca de un hombre que no se priva de nada, este lenguaje puede
parecer ridculo. No importa; hay una idea en el sentimiento. Mikolai
tiene razn. Usted no emprender la fuga, Rodin Romanovitch.

Raskolnikoff se levant y tom la gorra; el juez hizo lo mismo.

--Va usted a pasearse? La tarde ser buena; slo que no hay tormenta.
Sera conveniente, porque refrescara la temperatura.

--Porfirio Petrovitch--dijo el joven con tono seco y breve--, le ruego
que no vaya a figurarse que le he hecho hoy confesiones. Es usted un
hombre extrao, y le he escuchado por pura curiosidad; pero no he
confesado nada... no lo olvide usted.

--Basta, no lo olvidar. Oh, cmo tiembla! No se inquiete usted,
querido: tomo nota de su recomendacin. Pasee usted un poco; pero
no traspase ciertos lmites. En todo caso, tengo un pequeo encargo
que hacer a usted--dijo bajando la voz--; es algo delicado, pero
tiene su importancia: en el caso, poco probable segn mi creencia, de
que durante esas cuarenta y ocho horas le d a usted la humorada de
acabar con su vida (perdneme esta absurda suposicin), deje usted un
billetito, nada ms que dos lneas, indicando el sitio donde est la
piedra; eso ser ms noble. Ea, hasta la vista; que Dios le inspire
buenos pensamientos.

Porfirio se retir, evitando mirar a Raskolnikoff, y ste se acerc
a la ventana y esper con impaciencia el momento en que, segn sus
clculos, el juez de instruccin deba de estar lejos de la casa. En
seguida sali de ella apresuradamente.


III

Tena prisa de ver a Svidrigailoff. Ignoraba qu era lo que poda
esperar de aquel hombre que ejerca sobre l un poder tan misterioso.
Desde que Raskolnikoff se hubo convencido de ello, le devoraba
la inquietud, y al presente no poda retrasar el momento de una
explicacin.

Conforme iba andando le preocupaba, sobre todo, esta sospecha: habr
ido Svidrigailoff a casa de Porfirio?

Pero a lo que l se le alcanzaba, Svidrigailoff no deba haber ido.
Raskolnikoff lo hubiera jurado. Repasando en su mente todas las
circunstancias de las visitas de Porfirio, llegaba siempre a la misma
conclusin negativa. Pero el que Svidrigailoff no hubiese ido an, no
quera decir que no lo hara ms tarde.

Sin embargo, en este punto el joven se inclinaba tambin a creer que
no ira. Por qu? No habra podido aducir las razones en que se
fundaba, y aunque hubiera podido explicrselo, no se habra preocupado
demasiado. Todas estas cosas le atormentaban, y al propio tiempo le
eran casi indiferentes. Cosa extraa, casi increble: por crtica que
fuese su situacin actual, Raskolnikoff no tena, a causa de ella, ms
que una dbil inquietud. Lo que le pona en cuidado era una cuestin
mucho ms importante, que no era aqulla. Experimentaba, adems, un
inmenso cansancio moral, aunque para razonar se hallaba en mucho mejor
estado que los das precedentes.

Despus de tantos combates librados, sera menester an nueva lucha
para triunfar de aquellas miserables dificultades? Convendra, por
ejemplo, ir a poner sitio a Svidrigailoff, ante el temor de que fuese a
casa del juez de instruccin?

Oh, cunto le enervaba todo aquello!

Sin embargo, tena prisa de ver a Arcadio Ivanovitch. Esperaba de
l algo nuevo, un consejo, un medio de salir de su situacin? Los
nufragos se agarran a una paja. Era el destino o el instinto lo que
empujaba a estos hombres uno hacia el otro? Quiz Raskolnikoff daba
este paso sencillamente porque no saba a qu santo encomendarse; tal
vez tena necesidad de alguien que no fuese Svidrigailoff, y tomaba
a este ltimo a falta de otro mejor. Sonia? Para qu haba de ir a
casa de Sonia? Para hacerla llorar ms? Por otra parte, Sonia le daba
espanto. Esta joven era para l el decreto irrevocable, la sentencia
sin apelacin. En aquel momento no se senta con fuerzas para afrontar
la vista de la muchacha. No, era mejor hacer una tentativa acerca de
Svidrigailoff. Se confesaba interiormente que desde haca largo tiempo
Arcadio Ivanovitch le era en cierto modo necesario.

No obstante, qu poda haber de comn entre ellos? Su criminalidad
misma no era motivo para aproximarlos. Aquel hombre le desagradaba
mucho, pues evidentemente era muy disipado y quiz muy malo. Acerca de
l corran siniestras leyendas. Cierto que protega a los hurfanos de
Catalina Ivanovna; pero, saba por qu obraba de este modo? Tratndose
de semejante hombre, haba de temer siempre algn tenebroso designio.

Desde muchos das antes no cesaba de inquietarle otro pensamiento,
aunque el joven, por lo penoso que le era, se esforzase en desecharlo.

Svidrigailoff anda siempre dando vueltas en derredor mo--se deca--;
ha descubierto mi secreto, tuvo intenciones acerca de mi hermana...
quiz las tiene todava. Tratar ahora que posee mi secreto de
emplearlo como arma contra Dunia?

Este pensamiento, que sola preocuparle hasta en sueos, no se
haba presentado jams a su imaginacin con tanta claridad como en
aquel momento en que se diriga al domicilio de Svidrigailoff. Se
le ocurri la idea de decrselo todo a su hermana, lo que cambiara
extraordinariamente la situacin. Pens despus que hara bien en
denunciarse, para prevenir un paso imprudente por parte de Dunia. Y
la carta? Aquella maana Dunia haba recibido una. Quin, en San
Petersburgo, poda escribirle? Acaso Ludjin? En verdad, Razumikin era
buen guardin, pero no saba nada. No debera yo contrselo todo a
Razumikin?--se pregunt Raskolnikoff con alivio de corazn--. En todo
caso, es preciso ver cuanto antes a Svidrigailoff. Gracias a Dios,
los pormenores importan aqu menos que el fondo de la cuestin; pero
si Svidrigailoff tiene la audacia de intentar alguna cosa contra mi
hermana, le matar.

Tena el alma oprimida por un penoso presentimiento. Se detuvo en medio
de la calle y mir en derredor suyo. Qu camino haba tomado? En
dnde estaba? Se encontraba en la perspectiva***, a treinta o cuarenta
pasos del Mercado del Heno, que acababa de atravesar. El piso segundo
de la casa a la izquierda estaba ocupado totalmente por un caf; todas
las ventanas se hallaban abiertas. A juzgar por las cabezas que all
se vean, el caf deba estar lleno de gente. En la sala se cantaba,
se tocaba el violn, el clarinete y el tambor turco; se oan tambin
gritos de mujeres. Sorprendido de verse en aquel sitio, el joven iba
a volver sobre sus pasos, cuando, de pronto, en una de las ventanas
vi a Svidrigailoff con la pipa en la boca, sentado delante de una
mesa de tomar te. Aquella vista le caus asombro mezclado de terror.
Svidrigailoff le contemplaba en silencio y, cosa que asombr an ms
a Raskolnikoff, hizo un movimiento como si tratase de impedir que le
viesen. Por su parte Raskolnikoff fingi no verle, y se puso a mirar
hacia otro lado; pero continuaba siguindole con el rabillo del ojo.
La inquietud le haca latir el corazn. Evidentemente Svidrigailoff
no quera ser visto. Se quit la pipa de la boca y quiso retirarse;
pero al levantarse reconoci, sin duda, que era demasiado tarde.
Repitise sobre poco ms o menos la misma escena que al principio de
la entrevista en la habitacin de Raskolnikoff; cada uno de ellos
saba que era observado por el otro. Una maliciosa sonrisa err en los
labios de Svidrigailoff, el cual prorrumpi, al fin, en una estrepitosa
carcajada.

--Pues bien, entre usted, si quiere; aqu estoy!--grit desde la
ventana.

El joven subi.

Encontr a Svidrigailoff en un gabinete pequeo contiguo a una gran
sala, en la cual haba muchos parroquianos: comerciantes, funcionarios,
y otros estaban tomando te y oyendo a los coristas que hacan un
estruendo espantoso. En una habitacin inmediata se jugaba al billar.
Svidrigailoff tena delante una botella de _Champagne_ empezada y un
vaso medio lleno. Le acompaaban dos msicos callejeros: un organillero
y una cantante. Esta, muchacha de diez y ocho aos, fresca y bien
portada, llevaba un traje a rayas y un sombrero tirols adornado de
cintas. Acompaada por el organillero cantaba con voz de contralto,
bastante fuerte, una cancin trivial en medio del ruido que llegaba de
la otra sala.

--Ea, basta!--dijo Svidrigailoff cuando entr el hermano de Dunia.

La cantante se detuvo en seguida y esper en actitud respetuosa. Antes
tambin, mientras dejaba or sus vulgaridades meldicas, mostraba en su
fisonoma cierta expresin de respeto.

--Eh, Felipe, un vaso!--grit Svidrigailoff.

--No bebo vino--dijo Raskolnikoff.

--Como usted guste. Bebe, Katia. Ahora no tengo necesidad de ti; puedes
retirarte.

Sirvi un gran vaso de vino y le di un billetito de color amarillo.
Katia bebi el vaso de _Champagne_ a pequeos sorbos como suelen
hacerlo las mujeres, y despus de haber tomado el billete, bes la mano
de Svidrigailoff, que acept con aire grave el testimonio de aquel
respeto servil.

Aun no haca ocho das que Arcadio Ivanovitch haba llegado a
San Petersburgo, y ya se le tena por un antiguo parroquiano del
establecimiento.

--Iba a casa de usted--dijo Raskolnikoff, cuando les dejaron solos--;
pero, cmo se explica que atravesando el Mercado del Heno he tomado
por la perspectiva***? Jams paso por aqu. Tomo siempre la derecha al
salir del Mercado. Este no es el camino para ir al domicilio de usted.
Apenas he asomado por esta parte, cuando le he visto... Es extrao!

--Por qu no aade usted que es un milagro?

--Porque quiz no es ms que una casualidad.

--Esa es la salida a que recurren todos--contest riendo
Svidrigailoff--. Aunque en el fondo se crea en el milagro, nadie se
atreve a confesarlo. Usted mismo acaba de decir que esto quiz no es
ms que una casualidad. No puede usted imaginarse, Rodin Romanovitch,
cun poco valor hay aqu para sostener una opinin. No lo digo por
usted, porque s que si tiene una opinin personal, no teme afirmarla;
por eso precisamente ha atrado usted mi curiosidad.

--Slo por eso?

--Me parece que es bastante.

Svidrigailoff se hallaba en un visible estado de excitacin, aunque no
haba bebido ms que un vaso de vino espumoso.

--Creo que cuando usted vino a mi casa ignoraba todava si yo tena o
no eso que llama usted opinin personal--observ Raskolnikoff.

--Entonces era otra cosa. Cada cual tiene su manera de ver; pero, en
cuanto al milagro, dir que quiz ha estado usted durmiendo durante
todos estos das. Yo mismo le di las seas de este caf, y no es
sorprendente que haya usted venido derechamente a l. Le indiqu el
camino que se debe seguir para encontrarme. No se acuerda usted?

--Lo he olvidado--respondi sorprendido Raskolnikoff.

--No lo dudo; por dos veces le he dado estas indicaciones. La direccin
se ha grabado maquinalmente en la memoria de usted, y ella le ha guiado
a su pesar; pero he aqu que se me ocurre una cosa: estoy seguro de
que en San Petersburgo muchas personas andan hablando consigo mismas.
Es una ciudad de semilocos. Si hubiese en ella sabios, mdicos,
jurisconsultos y filsofos, podran hacer curiosos estudios, cada cual
en su especialidad. No hay otro lugar en el mundo en que el alma humana
est sometida a influencias tan sombras y tan extraas; la accin
solamente del clima es ya funesta. Desgraciadamente, San Petersburgo es
el centro administrativo de la nacin, y su carcter debe reflejarse en
toda Rusia. Mas ahora no se trata de eso; quera decirle a usted que
le he visto pasar muchas veces por la calle. Al salir de casa llevaba
usted la cabeza alta; despus de andar veinte pasos la baja usted, y
cruza los brazos detrs de la espalda. Mira usted, pero es evidente
que no ve cosa alguna. Por ltimo, se pone usted a mover los labios
y a hablar consigo mismo; unas veces gesticula, otras declama, otras
se detiene en medio de la calle, durante ms o menos tiempo. Esto, en
rigor, nada significa. Sin embargo, se fijan en usted varias personas,
como yo, y tal cosa no carece de peligros. A m, qu me importa? No
tengo la pretensin de curarle; pero usted, sin duda, me comprende.

--Sabe usted que se me sigue?--pregunt Raskolnikoff fijando en
Svidrigailoff una mirada investigadora.

--No--respondi ste asombrado--; no s nada.

--Bueno, no hablemos de m--murmur Raskolnikoff frunciendo las cejas.

--Est bien. No hablaremos de usted.

--Dgame ms bien si es verdad que por dos veces me ha indicado este
_traktir_ como sitio en que poda encontrarle a usted; por qu, hace
un momento, cuando he levantado los ojos a la ventana, se ha ocultado
usted, tratando de que yo no le viera? Lo he advertido perfectamente.

--Je, je, je! Y por qu el otro da, cuando entr en el cuarto de
usted, se fingi el dormido, aunque estaba despierto? Lo advert muy
bien.

--Poda tener razones... usted lo sabe.

--Y yo, no poda tambin tener razones, aunque usted no las conociese?

Haca un minuto que Raskolnikoff contemplaba atentamente el rostro de
su interlocutor. Aquella cara le causaba siempre un nuevo asombro.
Aunque bella, tena algo que le haca profundamente antiptica. Pareca
una mscara; el color era demasiado fresco, los labios demasiado rojos,
la barba demasiado rubia, los cabellos demasiado espesos, los ojos
demasiado azules y la mirada demasiado fija. Svidrigailoff vesta un
elegante traje de verano y eran irreprochables la blancura y finura de
su camisa. Llevaba en uno de los dedos un gran anillo con una piedra de
valor.

--Entre nosotros no sirven las tergiversaciones--dijo bruscamente el
joven--; aunque est usted en capacidad de hacerme mucho mal, si tiene
deseos de molestarme, quiero hablarle franca y claramente. Sepa usted,
pues, que si sigue con las mismas intenciones acerca de mi hermana, y
si cuenta usted para labrar su objeto con el secreto que ha sorprendido
ltimamente, le matar a usted antes de que me hayan metido en la
crcel. Le doy a usted mi palabra de honor. En segundo lugar, he credo
advertir estos das que deseaba usted tener una entrevista conmigo. Si
algo tiene que comunicarme, despchese, porque el tiempo es precioso, y
quiz bien pronto ser demasiado tarde.

--Qu es lo que corre a usted tanta prisa?--pregunt Svidrigailoff,
mirndole con curiosidad.

--Cada cual tiene sus negocios--dijo Raskolnikoff con aire sombro.

--Acaba usted de invitarme a que sea franco, y a la primera pregunta
rehusa usted responderme--observ Svidrigailoff--. Me supone usted
siempre algunos proyectos. En la posicin de usted, tal cosa se
comprende perfectamente; pero aunque tengo el deseo de vivir en
buena armona con usted, no me tomar la molestia de desengaarle.
Verdaderamente no vale la pena; no tengo nada que decirle.

--Por qu est usted siempre dando vueltas en derredor mo?

--Sencillamente porque es usted un sujeto muy digno de ser observado.
Ha excitado usted mi curiosidad por lo fantstico de su situacin.
Adems, es usted el hermano de una persona que me interesa mucho; ella
me ha hablado de usted varias veces, y su lenguaje me ha hecho pensar
que tiene usted una gran influencia sobre ella. No son bastantes
razones stas? Je, je, je! Por lo dems, lo confieso, la pregunta
es para m compleja, y me es muy difcil responder a ella. Si usted,
por ejemplo, ha venido a buscarme ahora, es, no slo por un negocio,
sino en la esperanza de que yo le diga a usted algo nuevo; no es
verdad? No es verdad?--repiti con sonrisa equvoca Svidrigailoff--.
Pues bien, figrese usted que yo mismo, al volver a San Petersburgo,
esperaba tambin que me dira usted algo nuevo y pensaba en tomar algo
prestado. Vea usted cmo somos nosotros los ricos.

--Tomarme algo prestado? El qu?

--Acaso lo s yo? Ya ve usted en qu miserable _traktir_ me paso
todo el da--repuso Svidrigailoff--; no crea que me divierto; pero
en alguna parte he de pasar el tiempo. Me distraigo con esa pobre
Katia que acaba de salir... Si tuviese la suerte de ser un glotn, un
gastrnomo de club... pero nada de eso; ah tiene usted todo lo que
yo puedo comer (seal con el dedo una mesita colocada en el rincn,
y en ella un plato de hierro galvanizado, que contena los restos de
un mal biftec con patatas). A propsito, ha comido usted? En cuanto
al vino slo bebo _Champagne_, y un vaso me basta para toda la noche.
Si he pedido esa botella hoy, es porque tengo que ir a cierta parte
y he querido de antemano preparar un poco la cabeza. Hace poco me
ocultaba como un colegial, porque tema que la visita de usted fuera
un trastorno para m; pero creo que puedo pasar una hora con usted.
Ahora son las cuatro y media--aadi mirando al reloj--. Querr usted
creer que hay momentos en que me disgusta no ser nada; ni fotgrafo, ni
periodista...? Suele ser muy fastidioso no tener ninguna especialidad.
Ciertamente, pensaba que me dira usted algo nuevo.

--Quin es usted y por qu ha venido aqu?

--Que quin soy? Lo sabe usted; un gentilhombre; he servido dos aos
en Caballera, despus de lo cual me he paseado por San Petersburgo;
ms tarde me cas con Marfa Petrovna, y luego me fu a vivir al campo.
Ah tiene mi biografa.

--Segn parece, es usted jugador.

--Jugador yo? No diga usted eso; diga usted ms bien que soy un tahur.

--Ah! usted hace trampas en el juego?

--S.

--Habr recibido usted alguna vez bofetadas.

--S, alguna que otra. Por qu me pregunta usted eso?

--Pues bien; podra usted batirse en duelo. Eso produce sensaciones.

--No tengo ninguna objecin que hacer a usted. Adems, yo estoy poco
fuerte en discusiones fisiolgicas. Confieso que si he venido aqu, es
slo por las mujeres.

--En seguida de haber enterrado a Marfa Petrovna?

Svidrigailoff se sonri.

--Pues bien, s--respondi con una franqueza desconcertante--. Parece
que le escandaliza lo que le digo.

--Se asombra usted de que me escandalice la disipacin?

--Por qu no haba de seguir mis inclinaciones? Por qu he de
renunciar a las mujeres, puesto que las amo? Eso es una ocupacin.

Raskolnikoff se levant. Sentase a disgusto y se arrepenta de haber
venido. Svidrigailoff le pareca el hombre ms depravado del mundo.

--Eh! Qudese usted un momento; que le traigan te. Vamos, sintese. Le
contar alguna cosa. Quiere que le refiera cmo una mujer emprendi la
tarea de convertirme? Esto ser una respuesta a su primera pregunta,
puesto que se trata de la hermana de usted. Puedo contarlo? Mataremos
el tiempo.

--Sea; mas espero que usted...

--No tenga usted miedo. Aun siendo un hombre tan vicioso, Advocia
Romanovna no puede inspirarme ms que profunda estimacin. Creo haberla
comprendido, y de ello me enorgullezco. Pero, sabe usted que cuando
no se conoce a las personas se corre el riesgo de engaarse? Pues eso
es lo que me ha pasado con su hermana de usted. Llveme el diablo!
por qu es tan hermosa? Yo no tengo la culpa. En una palabra, esto
empez por un capricho de libertino. Es preciso decirle a usted que
Marfa Petrovna me conceda cierta libertad con las campesinas. Acababa
de venir a nuestra casa, procedente de una aldea vecina, una muchacha,
como camarera, llamada Paratcha. Era muy linda, pero tonta de capirote:
sus lgrimas y sus gritos, que alborotaban toda la casa, ocasionaron
un escndalo. Cierto da, despus de comer, Advocia Romanovna me
llam aparte, y mirndome con ojos relampagueantes, _exigi_ de m
que dejase en paz a la pobre Paratcha. Quiz fu la primera vez que
hablamos a solas. Es claro, me apresur a deferir a su demanda. Trat
de parecer conmovido y turbado; en una palabra, represent mi papel a
conciencia. A partir de este momento tuvimos conferencias secretas,
en las cuales me predicaba moral, me suplicaba con las lgrimas en
los ojos que cambiase de vida, s, con las lgrimas en los ojos!
Vea usted hasta dnde llega en algunas jvenes, la pasin por la
propaganda. Por supuesto, yo imputaba todos mis errores al destino;
me consideraba como un hombre privado de luz, y, finalmente, puse en
prctica un medio que no falla jams con las mujeres: la adulacin.
Espero que no se incomodar usted porque le diga que Advocia Romanovna
no fu en un principio insensible a los elogios que yo la prodigaba.
Por desgracia, ech a perder todo el negocio por mi impaciencia y
por mi necedad. Al hablar con ella hubiera debido moderar el brillo
de mis ojos. Su llama le inquiet, y acab por parecerle odiosa. Sin
entrar en detalles, bastar con que le diga a usted, que hubo entre
nosotros un rompimiento. Despus hice nuevas tonteras. Me extend
en groseros sarcasmos a propsito de las misioneras; Paratcha entr
de nuevo en escena y fu seguida de otras muchas. Oh, si hubiese
usted visto entonces, Rodin Romanovitch, qu relmpagos lanzaban los
ojos de su hermana! Le aseguro que hasta en sueos me perseguan sus
miradas. Llegu a no poder soportar el ruido de sus ropas y tem un
ataque de epilepsia. Era de todo punto preciso que me reconciliase con
Advocia Romanovna, y la reconciliacin era imposible. Imagnese usted
lo que hice entonces. A qu grado de estupidez puede llegar el hombre
despechado! No emprenda usted nada en ese estado, Rodin Romanovitch.
Pensando que Advocia Romanovna era una mendiga (perdn, no quera decir
eso; pero la palabra importa poco), que, en fin, viva de su trabajo y
que tena a su cargo a su madre y a usted (ah, caramba! vuelve usted
a fruncir el entrecejo!), me decid a ofrecerle toda mi fortuna (poda
reunir entonces 30.000 rublos), y a proponerla que huyese conmigo a San
Petersburgo. Una vez aqu por supuesto, la habra jurado amor eterno,
etc., etctera. Querr usted creerlo? De tal modo estaba enamorado
de ella en esta poca, que si su hermana de usted me hubiese dicho:
Asesina o envenena a Marfa Petrovna, y csate conmigo, lo hubiera
hecho sin vacilar. Pero todo acab por la catstrofe que usted ya
conoce, y no se puede imaginar cmo me irritara el saber que mi mujer
haba negociado el matrimonio entre Advocia Romanovna y ese embrolln
de Ludjin; porque, bien mirado, tanto hubiera valido para su hermana
de usted aceptar mis ofrecimientos, como dar su mano a un hombre como
se. No es verdad? No es verdad? Advierto que me escucha usted con
mucha atencin... interesante joven...

Svidrigailoff di un violento puetazo sobre la mesa. Estaba sofocado,
y aunque apenas haba bebido dos vasos de _Champagne_, empezaba a dar
seales de embriaguez. Raskolnikoff lo advirti y resolvi aprovecharse
de esta circunstancia para descubrir las intenciones de aquel a quien
consideraba como su ms peligroso enemigo.

--Pues bien, despus de esto, no tengo la menor duda de que usted
ha venido aqu por mi hermana--declar el joven con tanto ms
atrevimiento, cuanto que quera llevar a su interlocutor a los ltimos
extremos.

Svidrigailoff trat de borrar el efecto producido por sus palabras.

--Eh, deje usted! No le he dicho... que su hermana no puede sufrirme?

--Estoy persuadido; pero no se trata de eso.

--Est usted persuadido de que ella no puede sufrirme?--replic
Svidrigailoff guiando los ojos y sonrindose con aire burln--.
Dice usted bien, no me ama. Pero no responda usted jams de lo que
pasa entre un marido y su mujer o entre dos amantes. Hay siempre un
rinconcillo que queda oculto para todo el mundo y slo es conocido de
los interesados. Se atrevera usted a afirmar que Advocia Romanovna me
miraba con repugnancia?

--Ciertas palabras de su relato me prueban que todava tiene usted
infames propsitos acerca de Dunia y que se propone ejecutarlos lo ms
pronto posible.

--Cmo han podido escaprseme tales palabras?--dijo Svidrigailoff
ponindose de repente muy inquieto; pero sin molestarse en lo ms
mnimo por el epteto con que se calificaban sus propsitos.

--Pero en este momento mismo se manifiestan los pensamientos ocultos
de usted. Por qu tiene miedo? De qu nace ese sbito temor que
demuestra?

--Yo, miedo? Miedo de usted? Vamos, hombre! Usted s, amigo, que
debe tener miedo... Por lo dems, estoy borracho, ya lo veo; un poco
ms, y hubiera cometido una tontera. Vyase al diablo el vino! mozo,
agua!

Tom la botella de _Champagne_, y sin andarse con miramientos la tir
por la ventana. Felipe trajo agua.

--Todo esto es absurdo--dijo Svidrigailoff humedeciendo una toalla y
pasndosela por la cara--. Yo puedo, con una palabra, reducir a nada
todas las sospechas de usted. Sabe usted que voy a casarme?

--Ya me lo haba dicho usted.

--Que se lo he dicho? pues me haba olvidado; pero, de todas maneras,
cuando le anunci mi prximo matrimonio, poda hablar de l en forma
dubitativa, pues aun no haba nada de cierto. Ahora es cosa hecha, y
si en este momento no tuviese que hacer, le conducira a casa de mi
futura. Me gustara saber si usted aprueba mi decisin. Ah, caramba,
no cuento ms que con diez minutos! Sin embargo, quiero contarle la
historia de mi matrimonio; es bastante curiosa. Bueno... Quiere usted
irse an?

--No, ahora no le dejo a usted.

--No? Pues adelante, ya lo veremos. Sin duda, yo le ensear a usted
mi futura; pero no ahora, porque tenemos que separarnos muy pronto.
Usted va por la izquierda y yo por la derecha. Ha odo usted hablar
de cierta seora Reslich, en cuya casa estoy actualmente de pupilo?
Pues ella es quien cuida de todo. T te aburres--me deca--, y esto
ser para ti una distraccin momentnea. Yo soy, en efecto, un hombre
melanclico y hurao. Usted cree que soy alegre? Desengese, yo tengo
el humor sombro, pero no hago mal a nadie. Algunas veces me paso tres
das seguidos en un rincn, sin hablar una palabra; por otra parte,
esa bribona de Reslich tiene su plan; cuenta con que me disgustar
pronto con mi mujer, que la echar de mi lado y que ella la lanzar a
la circulacin. S, por ella, que el padre, antiguo funcionario, est
enfermo. Desde hace tres aos no puede valerse de las piernas y no
deja la butaca. La madre es una seora muy inteligente; el hijo est
empleado en provincias y no ayuda lo ms mnimo a sus padres; la hija
mayor est casada y no da seales de vida. Esta pobre gente tiene que
mantener a dos sobrinas de corta edad. La hija menor ha sido retirada
del colegio antes de haber acabado sus estudios; cumplir diez y seis
aos antes de un mes, y sta es la que me destinan... Provisto de estos
datos, me presento a los padres como un propietario viudo, de buena
familia, que est bien relacionado, y que adems tiene buena fortuna.
Mis cincuenta aos no suscitan la ms ligera objecin. Haba que
verme hablando con el pap y la mam. Fu aquello lo ms divertido!
Llega la muchacha, vestida con traje corto, y me saluda, ponindose
del color de la amapola (sin duda haba aprendido la leccin). No
conozco el gusto de usted en punto a rostros femeninos, mas para m,
esos diez y seis aos, esos ojos todava infantiles, esa timidez, esas
lagrimitas pdicas, todo ello tiene ms encanto que la belleza; por
otra parte, la muchacha es muy linda, con sus cabellos claros, sus
ricitos caprichosos, sus labios purpurinos y ligeramente gruesos, unos
senos nacientes... Hemos entablado conocimiento. Dije que asuntos de
familia me obligaban a apresurar mi matrimonio, y al da siguiente,
es decir, anteayer, ramos prometidos. Desde entonces, cuando voy a
verla, la tengo sentada sobre mis rodillas durante todo el tiempo que
dura mi visita y a cada minuto la beso. La chiquilla se pone como la
grana, pero se deja querer. Su mam le ha dado, sin duda, a entender
que un futuro esposo puede permitirse estas libertades. De esta manera
comprendidos los derechos de prometido, no son menos agradables que
los de marido. Puede decirse que la naturaleza y la verdad hablan por
boca de esta nia. He conversado dos veces con ella; la chiquilla no
es tonta del todo; tiene una manera de mirarme disimuladamente, que
incendia todo mi ser... Su fisonoma se parece mucho a la de la Virgen
Sixtina. Ha reparado usted en la expresin fantstica que Rafael supo
dar a esa cabeza de Virgen? Pues algo semejante hay en el rostro de la
joven. Desde el da siguiente de nuestros esponsales, la he llevado
a mi futura regalos por valor de 1.500 rublos: diamantes, perlas, un
neceser de _toilette_ de plata; la carita de la _madonna_ resplandeca.
Ayer no me priv de sentarla sobre mis rodillas, y vi en sus ojos
lgrimas que trataba de ocultar. Nos dejaron solos. Entonces me ech
un brazo al cuello, y besndome, me jur que sera para m una esposa
buena, obediente y fiel; que me hara feliz, que me consagrara todos
los instantes de su vida y que, en cambio, no quera de m ms que
mi cario, nada ms: No tengo necesidad de regalos, me ha dicho.
Or a un ngel de diez y seis aos, con las mejillas coloreadas de un
pudor virginal, que le hace a usted esta declaracin con lgrimas de
entusiasmo en los ojos... Esto es delicioso. Ah, s! le llevar a casa
de mi prometida; pero no puedo ensersela a usted en seguida.

--De modo que esa monstruosa diferencia de edad aguijonea la
sensibilidad de usted? Es posible que piense seriamente en contraer
semejante matrimonio?

--Qu austero moralista!--dijo burlndose Svidrigailoff--. Dnde va
a anidar la virtud! Ja, ja, ja! Sabe usted que me hacen mucha gracia
sus exclamaciones de indignacin?

Llam a Felipe, pag lo que haba tomado y se levant.

--Siento mucho--continu--no poder detenerme ms tiempo con usted; pero
ya volveremos a vernos... Tenga usted un poco de paciencia.

Sali del _traktir_. Raskolnikoff le sigui. La embriaguez de
Svidrigailoff se disipaba a ojos vistas. Frunca el ceo y pareca
muy preocupado, como hombre que est en vsperas de emprender una
cosa muy importante. Desde haca algunos instantes se revelaba en sus
movimientos cierta impaciencia, mientras que su lenguaje se haca
custico y agresivo. Todo ello pareca justificar una vez ms las
aprensiones de Raskolnikoff, el cual resolvi seguir los pasos del
extrao personaje.

Cuando estuvieron en la calle, Svidrigailoff dijo:

--Aqu nos separamos. Usted se va por la derecha y yo por la izquierda,
o al contrario. Adis, amigo mo, hasta la vista.

Y se dirigi hacia el Mercado del Heno.


IV

Raskolnikoff se puso a seguirle.

--Qu significa esto?--pregunt, volvindose, Svidrigailoff--. Creo
haberle dicho a usted...

--Esto significa que estoy decidido a acompaarle.

--Qu?

Los dos se detuvieron, y durante un minuto se midieron con la vista.

--En la semiembriaguez de usted--replic Raskolnikoff--me ha dicho
lo bastante para convencerme de que, lejos de haber renunciado a sus
odiosos proyectos contra mi hermana, le interesan ms que nunca. S que
esta maana mi hermana ha recibido una carta. No ha perdido usted el
tiempo desde su llegada a San Petersburgo! Que en el curso de las idas
y venidas de usted se haya encontrado una mujer, es cosa posible, pero
esto nada significa, y deseo convencerme por m mismo...

Probablemente Raskolnikoff no hubiera sabido decir de qu cosa quera
convencerse.

--Por lo visto, usted quiere que yo llame a la polica?

--Llmela usted.

Se detuvieron de nuevo uno frente al otro. Al fin, el rostro de
Svidrigailoff cambi de expresin. Viendo que su amenaza no intimidaba
en lo ms mnimo a Raskolnikoff, tom de repente un tono ms alegre y
amistoso.

--Qu original es usted! A pesar de la curiosidad bien natural que ha
despertado en m, no he querido hablarle de su asunto. Quera dejarlo
para ocasin ms oportuna; pero, en verdad, es usted capaz de hacer
perder la paciencia a un muerto... Bueno, venga usted conmigo; pero le
advierto que slo entro para tomar algn dinero; en seguida saldr,
montar en un coche y me ir a pasar el resto del da a las Islas...
Qu necesidad tiene usted de seguirme?

--Tengo que hacer en casa de usted; pero no es a su cuarto adonde voy,
sino al de Sofa Semenovna; tengo que disculparme de no haber asistido
a las exequias de su madrastra.

--Como usted quiera; pero Sofa Semenovna no est en casa. Ha ido a
llevar a los tres nios a la casa de una seora anciana a quien yo
conozco hace mucho tiempo y que se halla al frente de muchos asilos. He
proporcionado un gran placer a esa seora remitindole el dinero para
los chiquillos de Catalina Ivanovna, adems de un donativo pecuniario
para sus establecimientos; le he contado, por ltimo, la historia de
Sofa Semenovna, sin omitir ningn detalle. Mi relato ha producido
un efecto indescriptible, y ah tiene usted por qu ha sido invitada
Sofa a dirigirse hoy mismo al hotel X***, en el cual la _barinia_ en
cuestin reside provisionalmente desde su regreso del campo.

--No importa, de todos modos entrar en su casa.

--Haga usted lo que le plazca, pero yo no he de acompaarle. Para
qu? Estoy seguro de que desconfa de m, porque he tenido hasta este
momento la discrecin de evitarle preguntas escabrosas. Adivina usted
a lo que quiero aludir? Apostara cualquier cosa a que mi discrecin
le ha parecido extraordinaria. Sea usted delicado para que se le
recompense de ese modo!...

--Le parece a usted delicado escuchar detrs de las puertas?

--Ja, ja, ja! Ya me sorprenda que no hubiese usted hecho esta
observacin--respondi riendo Svidrigailoff--. Si cree usted que no
est permitido escuchar detrs de las puertas, pero s asesinar a
mujeres indefensas, puede acontecer que los magistrados no sean de ese
parecer, y hara usted bien en marcharse cuanto antes a Amrica. Parta
usted en seguida, joven. Quiz sea todava tiempo. Le hablo con toda
sinceridad. Si necesita usted dinero para el viaje yo se lo dar.

--No pienso en tal cosa--replic desdeosamente Raskolnikoff.

--Lo comprendo. Usted se pregunta si ha obrado con arreglo a la moral,
como un buen hombre y como un buen ciudadano. Debiera haberse planteado
esa cuestin antes, ahora ya es demasiado tarde. Ja, ja! si usted cree
haber cometido un crimen, levntese la tapa de los sesos, no es eso
lo que tiene el propsito de hacer?

--Por lo visto trata usted de exasperarme con la esperanza de que as
le librar de mi presencia.

--Qu original es usted! Pero hemos llegado; tmese el trabajo de
subir la escalera. Ah tiene usted la puerta del cuarto de Sofa
Semenovna. Ve usted? No hay nadie. No lo cree usted? Pregnteselo
a los Kapernumoff, ellos tienen la llave. Aqu est precisamente la
seora Kapernumoff. Eh! (es un poco sorda). Sofa Semenovna ha
salido? A dnde ha ido? Est usted en lo que digo? No est aqu, y
acaso no vendr hasta muy tarde. Vamos, ahora venga usted a mi casa.
No tena usted intencin de hacerme una visita? Henos aqu en mi
cuarto. La seora Reslich est ausente. Esta mujer tiene siempre mil
negocios entre manos; pero es una excelente persona, se lo aseguro;
quiz le sera til si fuese usted ms razonable. Ve usted? Tomo
de mi cmoda un ttulo del 5 por 100 (mire usted cuntos me quedan
todava); voy a convertirlo en metlico. Se ha enterado usted? Nada
tengo que hacer aqu; cierro la cmoda, cierro el cuarto y htenos en
la escalera. Si a usted le parece, tomaremos un coche y nos iremos a
las Islas. No le gusta a usted un paseto en carruaje? Lo ve usted?
Ordeno al cochero que me conduzca a la punta de Elaguin. Rehusa usted?
Se ha cansado usted de acompaarme; vamos, djese usted tentar. Va a
llover; pero, qu importa? Levantaremos la capota.

Svidrigailoff estaba ya en el coche; por muy desconfiado que fuese
Raskolnikoff, pens que no haba peligro inminente; as es que sin
responder una palabra, volvi la espalda y tom la direccin del
Mercado del Heno. Si hubiese vuelto la cabeza, habra podido ver que
Svidrigailoff, despus de haber andado cien pasos en coche, se apeaba
y pagaba al cochero. Pero el joven caminaba sin mirar hacia atrs.
Muy pronto dobl Raskolnikoff la esquina, y, como siempre, cuando se
encontraba solo no tard en caer en profunda abstraccin. Llegado al
puente se detuvo en la balaustrada y fij los ojos en el canal. En pie,
a poca distancia de l, le observaba Advocia Romanovna. Al llegar al
puente pas cerca de ella, pero sin verla. A la vista de su hermano,
Dunia experiment un sentimiento de sorpresa y aun de inquietud;
durante un momento dud si se acercara o no. De pronto ech de ver
que, por la parte del Mercado del Heno, Svidrigailoff se diriga
rpidamente hacia ella.

Este pareca avanzar con prudencia y misterio. No subi al puente, se
qued en la acera, procurando no ser visto por Raskolnikoff. Haca un
rato que haba reparado en Dunia y que le haca seas. La joven crey
comprender que la llamaba, indicndole que procurase que su hermano
no le viera. Dcil a esta invitacin muda, Dunia se alej, sin hacer
ruido, de Raskolnikoff, y se junt con Svidrigailoff.

--Vamos ms de prisa--le dijo por lo bajo este ltimo--. Es preciso que
Rodin Romanovitch ignore nuestra entrevista. Advierto a usted que ha
venido a buscarme, hace poco, a un caf que est cerca de aqu, y que
me ha costado trabajo separarme de l. Sabe que he escrito a usted una
carta y sospecha algo. Indudablemente no es usted quien le ha hablado
de esto; pero si no es usted, quin ha sido, entonces?

--Ya hemos dado vuelta a la esquina--interrumpi Dunia--. Ahora mi
hermano no puede vernos. Advierto a usted que no pasar de aqu en su
compaa. Dgame lo que quiera, que todo puede decirse en medio de la
calle.

--En primer lugar, no es en la va publica donde pueden ni deben
hacerse ciertas confidencias. Adems, usted debe or tambin a Sofa
Semenovna, y en tercer lugar, es preciso que yo le muestre ciertas
pruebas. En fin, si usted no consiente en venir a mi casa, renuncio a
toda explicacin y me retiro ahora mismo. No olvide usted tampoco que
poseo cierto secreto muy curioso que interesa a su querido hermano.

Dunia se detuvo indecisa y dirigi una mirada penetrante a
Svidrigailoff.

--Qu teme usted?--observ tranquilamente ste--. La ciudad no es el
campo, y aun en el campo mismo me ha hecho usted ms dao que yo a
usted.

--Sofa Semenovna est avisada?

--No, no le he dicho una palabra; ni siquiera s si est en su casa.
Creo, sin embargo, que debe de estar, porque hoy se ha verificado el
entierro de su madrastra, y no es de suponer que en un da como ste
haga visitas. Por el momento no quiero hablar de eso a nadie, y hasta
siento, en cierto modo, haberme clareado con usted. En tales casos, la
menor palabra pronunciada a la ligera equivale a una denuncia. Yo vivo
cerca, en esta casa; he aqu nuestro portero; me conoce muy bien. Ve
usted? me saluda. Ve que vengo con una seora; sin duda se ha fijado
ya en la fisonoma de usted. Esta circunstancia debe tranquilizarla
si desconfa de m. Perdneme si le hablo tan crudamente. Vivo aqu,
en un cuarto amueblado; no hay ms que un tabique entre el cuarto
de Semenovna y el mo, y todo el piso est habitado por diferentes
vecinos. Por qu, pues, tiene usted tanto miedo como un nio? Qu
tengo yo de terrible?

Svidrigailoff trat de sonrerse bondadosamente, pero no lo consigui.
Latale el corazn con fuerza y tena oprimido el pecho. Afectaba
levantar la voz para ocultar la agitacin que experimentaba. Precaucin
intil, porque Dunia no adverta en l nada de particular; las ltimas
palabras de su interlocutor haban irritado demasiado a la orgullosa
joven para que pensase en otra cosa que en la herida de su amor propio.

--Aunque s que es usted un hombre sin honor, no le temo. Condzcame
usted--dijo con tono tranquilo que desmenta, es verdad, la extrema
palidez de su semblante.

Svidrigailoff se detuvo delante del cuarto de Sonia.

--Permtame usted que vea si est en la habitacin. No, no est; es una
contrariedad; pero s que vendr dentro de poco. No ha podido salir
ms que para ver a una seora que se interesa por los hurfanos; yo
tambin me he ocupado en ese asunto. Si Sofa Semenovna no ha vuelto
dentro de diez minutos y usted tiene necesidad de hablarle, la enviar
a casa de usted hoy mismo. Este es mi alojamiento; se compone de estas
dos habitaciones. Detrs de esa puerta habita mi patrona, la seora
Reslich. Ahora fjese usted, voy a mostrarle mis principales pruebas.
Mi alcoba tiene esta puerta que conduce a un alojamiento de dos piezas,
el cual est enteramente vaco. Entrese usted; es preciso que tenga un
conocimiento exacto de todos los lugares.

Svidrigailoff ocupaba dos habitaciones bastante grandes. Dunia miraba
en derredor de s con desconfianza; pero no descubra nada sospechoso
ni en los muebles ni en la disposicin del local. No obstante, pudo
advertir que Svidrigailoff habitaba entre dos departamentos en cierto
modo inhabitados. Para llegar hasta el suyo haba que atravesar
dos aposentos, puede decirse que vacos, que formaban parte de
la habitacin de su propietaria. Abriendo la puerta que pona en
comunicacin su alcoba con el departamento no alquilado, Svidrigailoff
mostr este ltimo a Dunia. La joven se detuvo en el umbral, sin
comprender por qu se le invitaba a mirar; pero en seguida le di
Svidrigailoff la explicacin.

--Ve usted esa habitacin grande, la segunda? fjese usted en esa
puerta cerrada con llave. A su lado hay una silla, la nica que se
encuentra en las dos habitaciones. Yo la llev de mi cuarto para
escuchar ms cmodamente. La mesa de Sofa Semenovna est colocada
precisamente detrs de esta puerta. La joven estaba sentada ah y
hablaba con Rodin Romanovitch, mientras que aqu, en una silla,
escuchaba yo su conversacin. He estado sentado en este sitio dos
tardes seguidas, y cada vez dos horas, y as he podido enterarme de
alguna cosa. Qu le parece a usted?

--Que ha sido un espa.

--S. Ahora entraremos en mi cuarto. Aqu no puede uno ni sentarse.

Condujo a Dunia a la habitacin que le serva de sala, y le ofreci un
asiento cerca de la mesa. El se sent a distancia respetuosa; pero le
brillaban los ojos con el mismo fuego que en otro tiempo haba asustado
tanto a la joven. Esta estaba temblando, a pesar de la tranquilidad
que procuraba demostrar, y dirigi en torno suyo otra mirada de
desconfianza. La situacin aislada del alojamiento de Svidrigailoff,
acab por atraer su atencin. Quiso preguntar si, por lo menos, estaba
en casa la patrona; pero su orgullo no le permiti hacer esta pregunta.
Por otra parte, la inquietud relativa a su seguridad personal, no era
nada en comparacin de la otra ansiedad que torturaba su corazn.

--Aqu tiene usted su carta--comenz a decir, depositndola encima
de la mesa--. Lo que usted me ha escrito, es posible? Usted me da a
entender que mi hermano ha cometido un crimen; las insinuaciones de
usted son bien claras; no trate ahora de recurrir a subterfugios. Sepa
usted que antes de sus pretendidas revelaciones he odo hablar de este
cuento absurdo, del cual no creo una palabra; eso es an ms ridculo
que odioso. Conozco estas sospechas e ignoro la causa que las ha hecho
nacer. Usted no puede tener pruebas. Sin embargo, ha prometido darlas;
hable, pues; pero le advierto que no le creo.

Dunia pronunci estas palabras con extrema rapidez, y por un instante
la emocin que experimentaba colore de rojo sus mejillas.

--Si usted no me creyese, hubiese podido resolverse a venir sola a mi
casa? Por qu, pues, ha venido? Por pura curiosidad?

--No me atormente ms y hable, hable usted.

--Hay que convenir que es usted una joven valiente. Crea
verdaderamente que haba usted suplicado al seor Razumikin que la
acompaase; pero he podido convencerme de que no slo no ha venido con
usted, sino de que no la ha seguido a distancia. Es usted una mujer
discreta y valerosa. Ha pensado en Rodin Romanovitch y... Por lo
dems, en usted todo es divino. En lo que concierne a su hermano, qu
he de decirle a usted si acaba de verle? Cmo le encuentra?

--Y es en eso solamente en lo que funda usted su acusacin?

--No; no es en eso precisamente, sino en las propias palabras de Rodin
Romanovitch. Ha venido dos das seguidos a hablar con Sofa Semenovna.
Ya he indicado a usted dnde estuvieron sentados. Lo confes todo a
la joven: es un asesino. Mat a una vieja usurera, en cuya casa haba
empeado algunos objetos. Pocos momentos despus del asesinato, la
hermana de la vctima, una vendedora de ropa blanca llamada Isabel,
entr por casualidad y tambin la mat. Se sirvi para asesinar a
las dos mujeres, de un hacha que llevaba a prevencin. Su propsito
era robar y rob; tom dinero y diversos objetos; eso es lo que,
palabra por palabra, ha contado a Sofa Semenovna. Ella sola conoce el
secreto; pero no es cmplice del asesinato; todo al contrario, al orlo
referir se qued tan espantada como lo est usted ahora. Puede usted
tranquilizarse; no ser ella la que denuncie a su hermano de usted.

--Eso es imposible!--balbuce Dunia, jadeante--; no tena la menor
razn ni el ms pequeo motivo para cometer ese crimen... Eso es una
mentira.

--El robo explica el mvil del asesinato. Su hermano de usted tom
dinero y joyas. Es verdad que, segn su propia confesin, ni del uno ni
de las otras ha sacado el menor provecho, y que hubo de ocultarlo todo
bajo una piedra, en donde est todava; pero esto es porque no se ha
atrevido a utilizarlo.

--Es verosmil que haya robado? Ha podido tener siquiera este
pensamiento?--exclam Dunia levantndose vivamente--. Usted lo conoce?
Le cree usted capaz de ser ladrn?

--Esa categora, Advocia Romanovna, comprende infinito nmero de
variedades. En general, los rateros tienen conciencia de su infamia;
he odo hablar, sin embargo, de un hombre muy noble que desvalij un
correo. Quin sabe si su hermano de usted pensaba cumplir una accin
laudable? Tambin yo, como usted, no hubiera credo esa historia si la
hubiese sabido por un medio indirecto, pero forzoso me es dar crdito
al testimonio de mis odos... A dnde va usted, Advocia Romanovna?

--Voy a ver a Sofa Semenovna--respondi con voz dbil la joven--.
Dnde est la entrada de su cuarto? Puede que ya haya vuelto; quiero
verla en seguida. Es menester que ella...

Advocia Romanovna no pudo acabar, se ahogaba materialmente.

--Segn todas las apariencias, Sofa Semenovna no estar de vuelta
hasta la noche. Su ausencia deba ser muy corta; pero, puesto que no ha
vuelto an, no regresar hasta muy tarde.

--Ah! De ese modo mientes? Ya lo veo, has mentido... no dices ms que
mentiras... no te creo... no te creo--exclam Dunia en un arranque de
clera que la pona fuera de s.

Casi desfallecida, se dej caer sobre una silla que Svidrigailoff se
apresur a acercarle.

--Qu tiene usted, Advocia Romanovna? Tranquilcese; aqu hay agua;
beba usted un poco.

Le ech agua en la cara; la joven tembl y volvi en s.

Esto ha producido efecto--murmuraba Svidrigailoff para s frunciendo
el entrecejo--. Clmese usted, Advocia Romanovna; sepa usted que Rodin
Romanovitch tiene amigos; le salvaremos; le sacaremos de este mal paso.
Quiere usted que le lleve yo mismo al extranjero? Tengo dinero; de
aqu a algunos das habr realizado todo mi haber. En cuanto al crimen,
su hermano de usted har una infinidad de buenas acciones que borrarn
su delito. Quiz llegue a ser todava un grande hombre. Vamos, cmo
est usted? Cmo se siente?

--El miserable! Todava se burla! Djeme usted!

--A dnde quiere usted ir?

--A su lado. En dnde est? Usted lo sabe! por qu est cerrada esa
puerta? Por ella hemos entrado y ahora est cerrada con llave. Cundo
la ha cerrado usted?

--No era necesario que toda la casa nos oyese. En el estado en que
usted se encuentra, para qu quera buscar a su hermano? Quiere usted
causar su perdicin? La conducta de usted le pondr furioso, y l mismo
ir a denunciarse. Sepa usted tambin que se le vigila, y que la menor
imprudencia por parte de usted le ser funesta. Espere un poco. Le he
visto, le he hablado hace un momento; todava puede salvarse. Sintese,
vamos a examinar juntos lo que hay que hacer; para eso la he invitado a
venir a mi casa; pero sintese usted.

Dunia se sent. Svidrigailoff tom asiento cerca de ella.

--Cmo podra usted salvarle? Acaso eso es posible?

--Todo depende de usted--comenz a decir en voz baja.

Brillbanle los ojos, y su emocin era tal, que no poda hablar.

Dunia, aterrada, retir un tanto su silla.

--Una sola palabra de usted y se salva--continu l todo tembloroso--.
Yo, yo le salvar; tengo dinero y amigos. Le har partir inmediatamente
para el extranjero; le proporcionar un pasaporte. Buscar dos: uno
para l y otro para m. Tengo amigos con cuya fidelidad e inteligencia
puedo contar... Quiere usted? Tomar un pasaporte para usted y para su
madre... Qu le importa a usted Razumikin?... Mi amor vale tanto como
el suyo. La amo a usted con toda mi alma... djeme besar el borde de
su vestido... se lo ruego. El ruido que hace su falda me vuelve loco.
Mande usted; ejecutar todas sus rdenes, cualesquiera que sean; har
lo imposible; las creencias de usted sern las mas. Oh, no me mire
usted de ese modo, que me mata!

Comenzaba a delirar. Se hubiera dicho que tena un ataque de
enajenacin mental. Dunia di un salto hacia la puerta y empez a
sacudirla con todas sus fuerzas.

--Abrid, abrid!--grit, creyendo que la oiran fuera--. Abrid! No
hay nadie en esta casa?

Svidrigailoff se levant; haba recobrado ya en parte su sangre fra, y
una sonrisa amarga erraba en sus labios temblorosos.

--No hay nadie aqu--dijo lentamente--. La patrona ha salido y usted se
equivoca al gritar de ese modo; se toma usted un trabajo intil.

--Dnde est la llave? Abre la puerta en seguida, en seguida, infame!

--La he perdido y no puedo encontrarla.

--De modo que esto era un lazo?--grit Dunia plida como una muerta, y
se lanz a un rincn, en donde se parapet tras de una mesita.

Despus se call; pero sin apartar los ojos de su enemigo, espiando
hasta sus ms pequeos movimientos. En pie, frente a ella, en el otro
extremo de la habitacin, Svidrigailoff no se mova de su sitio.
Exteriormente, por lo menos, haba logrado dominarse. No obstante, su
rostro estaba plido y continuaba sonriendo a la joven con aire burln.

--Ha pronunciado usted la palabra lazo, Advocia Romanovna. En efecto,
la he preparado a usted un lazo, y mis medidas estn bien tomadas.
Sofa Semenovna no est en su casa; nos separan cinco piezas del cuarto
de los Kapernumoff. Adems, soy, cuando menos, dos veces ms fuerte que
usted, e independientemente de esto nada tengo que temer, porque si
usted se querella contra m, su hermano est perdido. Por otra parte,
nadie la creer; todas las apariencias arguyen contra una joven que va
sola a la caja de un hombre; y aunque usted se decidiese a sacrificar a
su hermano, nada podra usted probar; son muy difciles las pruebas de
una violacin, Advocia Romanovna.

--Miserable!--dijo la joven en voz baja pero vibrante de indignacin.

--S, miserable; pero advierta usted que yo he razonado sencillamente
desde el punto de vista de su hiptesis. Personalmente opino como
usted, que la violacin es un delito abominable; cuanto he dicho
ha sido para tranquilizar la conciencia de usted en el caso en que
consintiese, de buen grado, en salvar a su hermano como yo se lo he
propuesto. Podr usted decirse a s misma que no ha cedido ms que a
las circunstancias, a la fuerza, si es preciso emplear esta palabra.
Piense que la suerte de su madre y de su hermano est en sus manos.
Ser esclavo de usted durante toda mi vida. Voy a esperar aqu.

Se sent en el divn a ocho pasos de Dunia. La joven conoca muy bien
a Svidrigailoff; no tena la menor duda de que era inquebrantable su
resolucin.

De repente sac del bolsillo un revlver, lo mont y lo coloc sobre la
mesa, al alcance de su mano.

Svidrigailoff lanz un grit de sorpresa e hizo un brusco movimiento
hacia adelante.

--Esas tenemos?--dijo con maligna sonrisa--. La situacin cambia por
completo; usted me simplifica singularmente la tarea; pero, dnde se
ha procurado usted ese revlver? Se lo ha prestado a usted Razumikin?
Calle, si es el mo, lo reconozco! Lo haba buscado en vano... Las
lecciones de tiro que yo tuve el honor de darle en el campo, no habrn
sido intiles.

--Ese revlver no era tuyo, sino de Marfa Petrovna, a quien has matado
t. Asesino! Nada te perteneca en su casa! Yo me apoder de l
cuando comenc a sospechar de lo que eras capaz. Si das un solo paso,
te juro que te mato!

Dunia, exasperada, se dispona a poner en prctica su amenaza, si
llegaba el caso.

--Bueno, y su hermano de usted? Le hago este pregunta por simple
curiosidad--dijo Svidrigailoff, que continuaba en pie en el mismo sitio.

--Dennciale si quieres. No te acerques, o disparo. Has envenenado a tu
mujer, lo s; t tambin eres un asesino.

--Est usted bien segura de que yo he envenenado a Marfa Petrovna?

--S, t mismo me lo diste a entender; t me hablaste de veneno... S
que te lo procuraste... t, t, ciertamente, fuiste, infame.

--Aun cuando eso fuese cierto, lo habra hecho por ti... t habras
sido la causa.

--Mientes; yo te he detestado siempre, siempre!

--Parece que ha olvidado usted, Advocia Romanovna, que en su celo por
convertirme se inclinaba hacia m con lnguidas miradas... yo lea en
los ojos de usted, no se acuerda?, por la noche, al resplandor de la
luna, mientras cantaba el ruiseor.

--Mientes! (la rabia haca brillar las pupilas de Dunia). Mientes,
calumniador!

--Que miento? Est bien. Miento; he mentido; las mujeres no gustan que
se les recuerden ciertas cosillas--repuso sonriendo--. S que tirars,
precioso monstruo; pues bien, anda!

Dunia le apunt, no esperando ms que un movimiento de l para hacer
fuego; el rostro de la joven estaba cubierto de mortal palidez.
Agitbasele el labio inferior, movido por la clera, y llamebanle sus
grandes y negros ojos. Jams la haba visto tan hermosa Svidrigailoff!
Este avanz un paso, son una detonacin, la bala le pas rozando los
cabellos, y fu a incrustarse en la pared, detrs de l. Svidrigailoff
se detuvo.

--Una picadura de abeja--dijo rindose--. Apunta a la cabeza... Qu es
esto? Tengo sangre.

Sac un pauelo del bolsillo para enjugarse la sangre que le corra
a lo largo de la sien derecha. La bala le haba rozado la piel del
crneo. Dunia baj el arma y mir a Svidrigailoff con una especie de
estupor. Pareca no darse cuenta de lo que acababa de hacer.

--Pues bien; ha errado usted el tiro. Dispare otra vez;
espero--prosigui Svidrigailoff, cuya alegra tena algo de
siniestro--; si tarda usted en disparar, tendr tiempo de agarrarla
antes de que pueda usted defenderse.

Temblorosa Dunia, arm rpidamente el revlver y amenaz de nuevo a su
perseguidor.

--Djeme usted!--dijo con desesperacin--; le juro que voy a disparar
otra vez! Le matar!

--A tres pasos, en efecto, es imposible que usted no haga blanco; pero
si no me mata, entonces...

En los brillantes ojos de Svidrigailoff se poda leer el resto de su
pensamiento. Di dos pasos hacia adelante. Dunia dispar: pero fall el
tiro.

--No est bien cargada el arma, no importa, eso puede repararse. Tiene
sta an una cpsula; espero.

En pie, a dos pasos de la joven fijaba en ella una mirada ardiente,
que expresaba indomable resolucin. Dunia comprendi que aquel hombre
morira antes que renunciar a su designio.

Sin duda le matara ahora que estaba solamente a dos pasos de ella.

De repente la joven tir el revlver.

--No quiere usted tirar!--dijo Svidrigailoff asombrado, y respir
libremente.

No era quiz el temor de la muerte el peso ms grave de que senta
aliviada su alma; sin embargo, no hubiera podido explicarse a s mismo
la naturaleza del alivio que experiment.

Se acerc a Dunia y la tom suavemente por el talle. No resisti la
joven; pero, toda temblorosa, le mir con ojos suplicantes. Quiso
hablar l; pero no pudo proferir ningn sonido.

--Sultame!--suplic Dunia.

Al orse tutear con una voz que no era la de antes, Svidrigailoff se
ech a temblar.

--De modo que no me amas?--pregunt en voz baja.

Dunia hizo con la cabeza un signo negativo.

--Y no podrs amarme... nunca...?--continu l con acento desesperado.

--Nunca!--murmur la joven.

Durante pocos instantes se libr una lucha terrible en el alma de
Svidrigailoff. Tena fijos los ojos en la joven con una expresin
indecible. De repente apart el brazo que haba pasado en derredor
del talle de Dunia, y alejndose rpidamente de sta, fu a colocarse
delante de la ventana.

--Ah est la llave--dijo despus de una pausa (la sac del bolsillo
izquierdo del gabn y la coloc detrs de l en la mesa sin volverse
hacia Dunia)--. Tmela usted, y vyase pronto.

Segua mirando obstinadamente por la ventana. Dunia se aproxim a la
mesa para tomar la llave.

--Pronto, pronto!--repiti Svidrigailoff.

No haba cambiado de posicin, no la miraba; pero aquella palabra
pronto haba sido pronunciada de modo tal, que su significacin no
dejaba lugar a dudas.

Dunia tom la llave, di un salto hacia la puerta y sali rpidamente
de la habitacin; un instante despus corra como loca a lo largo del
canal, en la direccin del puente***.

Svidrigailoff permaneci todava tres minutos cerca de la ventana. Al
cabo se volvi con lentitud, dirigi una mirada en derredor suyo, y se
pas la mano por la frente. Sus facciones, desfiguradas por una extraa
sonrisa, expresaban tremenda desesperacin. Al advertir que tena
sangre en la mano, la mir con clera, y luego moj un pao y se lav
la herida. El revlver arrojado por Dunia haba rodado hasta la puerta.
Svidrigailoff lo levant y se puso a examinarlo. Era un revlver
pequeo de tres tiros, de antiguo sistema. Tena an dos cpsulas
vacas y una cargada. Despus de un momento de reflexin, guard el
arma en el bolsillo, tom el sombrero y sali.


V

Hasta las diez de la noche Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff estuvo
recorriendo tabernas y _traktirs_. Habiendo encontrado a Katia le pag
las consumaciones que quiso tomar, y lo mismo al organillero, a los
mozos y a dos dependientes de comercio con los cuales tena extraa
simpata. Haba notado que estos dos jvenes tenan la nariz ladeada,
y que la de uno miraba a la derecha y la del otro a la izquierda.
Finalmente se dej llevar por ellos a un jardn de recreo, donde pag
la entrada a todos. Este establecimiento, que ostentaba pomposamente
el nombre de Waus-Hall, era un caf cantante de nfima clase. Los
dependientes encontraron all algunos colegas y empezaron a reir
con ellos; poco falt para que vinieran a las manos. Svidrigailoff fu
elegido como rbitro. Despus de haber escuchado, durante un cuarto
de hora, las recriminaciones confusas de los contendientes, crey
comprender que uno de ellos haba robado una cosa, que haba vendido
a un judo, pero sin querer dar parte a sus camaradas del producto
de aquella operacin _comercial_. Por ltimo, se averigu que el
objeto robado era una cucharilla de te perteneciente al Waus-Hall. La
cuchara fu reconocida por los mozos del establecimiento, y la cosa
hubiera acabado mal si Svidrigailoff no hubiera indemnizado a los que
se quejaban. Se levant y sali del jardn. Eran las diez. Durante
toda la noche no haba bebido ni una gota de vino. En el Waus-Hall se
haba limitado a pedir te, y eso porque all estaba obligado a hacerse
servir alguna cosa. La temperatura era sofocante, y negras nubes se
amontonaban en el cielo. Prximamente a las diez estall una violenta
tempestad. Svidrigailoff lleg a su casa empapado hasta los huesos. Se
encerr en su cuarto, abri el cajn de su cmoda, sac de l todo el
dinero y desgarr dos o tres papeles. Despus de haberse guardado el
dinero pens en mudarse de ropa; pero, como continuaba lloviendo, juzg
que no vala la pena; tom el sombrero, sali sin cerrar la puerta de
su habitacin, y se dirigi al domicilio de Sonia.

La joven no estaba sola; tena en derredor suyo los cuatro nios de
Kapernumoff, a quienes serva el te. Sonia acogi respetuosamente
al visitante, mir con sorpresa sus vestidos mojados, pero no dijo
una palabra. A la vista de un extrao todos los chiquillos huyeron
asustados.

Svidrigailoff se sent cerca de la mesa e invit a Sonia a que se
sentase cerca de l. La joven se prepar tmidamente a escucharlo.

--Sofa Semenovna--empez a decir--, quiz me vaya a Amrica, y, como
segn todas las probabilidades, nos vemos por ltima vez, he venido a
fin de arreglar algunos asuntos. Ha ido usted esta tarde a casa de
esa seora? S lo que le ha dicho usted; es intil que me lo cuente
(Sofa Semenovna hizo un movimiento de cabeza y se ruboriz). Esa gente
tiene ciertos prejuicios. Por lo que hace a las hermanas de usted y
a su hermano, su suerte est asegurada. El dinero que destinaba yo a
cada uno de ellos, ha sido depositado por m en manos seguras. Aqu
tiene usted los recibos. Ahora, para usted, tome estos tres ttulos
del 5 por 100 que representan una suma de 3.000 rublos. Deseo que esto
quede entre nosotros y que nadie sepa nada de ello. El dinero le es
necesario, Sofa Semenovna, porque no puede usted continuar viviendo de
este modo.

--Ha tenido usted tantas bondades con los hurfanos, con la difunta y
conmigo--balbuce Sonia--, que aunque apenas le haya dado a usted las
gracias no crea usted que...

--Bueno, basta; basta...

--En cuanto a este dinero, Arcadio Ivanovitch, yo se lo agradezco
mucho, pero no lo necesito ahora. No teniendo que pensar ms que en
m, podr ir saliendo; no me considere usted ingrata porque rehuse su
ofrecimiento. Puesto que es usted tan caritativo, este dinero...

--Tmelo usted, Sofa Semenovna, se lo suplico; no me haga usted
objeciones; no tengo tiempo de orlas. Raskolnikoff se encuentra entre
dos alternativas: o pegarse un tiro o ir a Siberia.

Al or estas palabras, Sonia se ech a temblar y mir aterrada a su
interlocutor.

--No se inquiete usted--prosigui Svidrigailoff--. Lo he odo todo de
sus propios labios; no soy hablador y guardar el terrible secreto.
Ha estado usted inspirada aconsejndole que vaya a denunciarse. Es
el mejor partido que puede tomar. Cuando vaya a Siberia, usted le
acompaar, no es eso? En tal caso, tendr usted necesidad de dinero.
Le har a usted falta para l. Comprende ahora? La cantidad que
le ofrezco se la doy a l por mediacin de usted. Adems, usted ha
prometido a Amalia Ivanovna pagar lo que se le debe. Por qu asume
usted siempre, tan ligeramente, semejantes compromisos? La deudora
de esa alemana no era usted, sino Catalina Ivanovna; ha debido usted
enviar al diablo a la alemana; es preciso ms clculo en la vida. Si
maana, o pasado maana, le preguntase alguien por m, no hable de
mi visita, ni diga a nadie que le he dado dinero. Y, ahora, hasta la
vista (se levant). Salude usted de mi parte a Rodin Romanovitch. A
propsito: har usted muy bien, por de pronto, confiando el dinero al
seor Razumikin. Conoce usted al seor Razumikin? Es un buen muchacho.
Llveselo usted maana o... cuando tenga usted ocasin. Pero, de aqu a
entonces, tenga cuidado de que no se lo quiten.

Sonia se haba levantado y fijaba una mirada inquieta en el visitante.
Tena grandes deseos de decir alguna cosa, de hacer alguna pregunta;
pero estaba tan intimidada, que no saba por dnde empezar.

--De modo... de modo... que va usted a ponerse en camino con un tiempo
tan malo?

--Cuando se va a Amrica no se preocupa uno de la lluvia. Adis, mi
querida Sofa Semenovna; viva usted, viva usted largo tiempo; sea usted
til a sus semejantes... d usted mis recuerdos al seor Razumikin;
dgale que Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff le saluda. No se olvide
usted.

Cuando hubo salido Svidrigailoff, Sonia quedse oprimida por un
sentimiento de temor.

La misma noche Svidrigailoff hizo una visita muy singular y muy
inesperada. La lluvia segua cayendo. A las once y veinte minutos se
present, todo calado en casa de los padres de su futura, que ocupaban
un cuartito en Wasili-Ostroff. Tuvo que llamar muchas veces antes de
que le abriesen, y su llegada, a una hora tan intempestiva, caus en el
primer momento gran sorpresa. Creyse al principio que aqulla sera
una humorada de hombre ebrio; pero en seguida hubieron de desechar esta
suposicin, porque, cuando se lo propona, Svidrigailoff tena modales
por extremo seductores. La inteligente madre acerc la butaca del padre
enfermo y entabl la conversacin por medio de diferentes preguntas.
Aquella mujer no iba nunca derecha al asunto; quera, por ejemplo,
saber cundo le agradara celebrar a Arcadio Ivanovitch el matrimonio,
y comenzaba interrogndole curiosamente acerca de Pars y sobre la
_high-life_ parisiense, para conducirle poco a poco a Wasili-Ostroff.

Otras veces, esta maniobra resultaba bastante bien; pero en las
circunstancias presentes, Svidrigailoff se mostr ms impaciente que de
costumbre, y quiso ver inmediatamente a su futura, a pesar de que se le
dijo que estaba ya acostada. Claro es que se apresuraron a satisfacer
su deseo. Svidrigailoff dijo a la joven que un negocio urgente le
obligaba a ausentarse por algn tiempo de San Petersburgo, y que le
traa 15.000 rublos, suplicndole que aceptare aquella bagatela, que
desde largo tiempo antes haba tenido intencin de regalrsela en
vsperas del matrimonio. Apenas si haba relacin lgica entre este
regalo y el anunciado viaje; no pareca que fuese necesaria para ello
una visita nocturna mientras llova torrencialmente. Sin embargo,
por torpes que pudieran ser estas explicaciones, aquella familia
se deshizo, por el contrario, en muestras de gratitud sumamente
calurosas, a las cuales mezcl sus lgrimas la madre. Svidrigailoff se
levant, bes a su prometida, le di suaves golpecitos en la mejilla,
y asegur que estara muy pronto de vuelta. La muchacha le miraba
perpleja; se lea en sus ojos algo ms que una simple curiosidad
infantil. Arcadio Ivanovitch not aquella mirada, bes de nuevo a su
futura, y se retir, pensando con verdadero despecho que su regalo
sera, de seguro, conservado bajo llave por la ms inteligente de las
madres.

A media noche volvi a entrar en la ciudad por el puente de***. Haba
cesado la lluvia; pero el viento soplaba con fuerza. Durante cerca de
media hora, Svidrigailoff anduvo por la vasta perspectiva***, como si
buscase alguna cosa. Poco tiempo antes repar que al lado derecho de
la perspectiva haba un hotel que se llamaba, si la memoria no le era
infiel, hotel Andrinpolis. Al fin lo encontr. Era un gran edificio de
madera, en el cual, a pesar de lo avanzado de la noche, se vea luz.
Entr y pidi habitacin a un criado harapiento que encontr en el
corredor. Despus de echar una mirada sobre Svidrigailoff, el criado
le condujo a un cuartito situado al extremo del corredor, debajo de la
escalera; era el nico disponible.

--Hay te?--pregunt Svidrigailoff.

--Puede hacerse.

--Qu hay adems?

--Carne, aguardiente, entremeses.

--Treme carne y te.

--No quiere usted nada ms?--pregunt con algo de vacilacin el
camarero.

--No.

El hombre harapiento se alej muy contrariado.

Esa casa debe ser alguna otra cosa que un hotel--pens
Svidrigailoff--; pero yo tambin debo tener el aspecto de un hombre que
vuelve de un caf cantante y que ha tenido una aventura en el camino.
Sin embargo, me gustara saber qu clase de gente viene aqu.

Encendi la vela y empez a examinar detenidamente la habitacin. Era
tan estrecha y baja, que un hombre de la estatura de Svidrigailoff
poda apenas estar de pie. El mobiliario se compona de una cama muy
sucia, de una mesa de madera barnizada y de una silla. La tapicera
destrozada estaba tan polvorienta, que con dificultad se adivinaba su
primitivo color. La escalera cortaba diagonalmente el techo, lo que
daba a esta habitacin el aspecto de una buhardilla. Svidrigailoff puso
la buja sobre la mesa, se sent en la cama y se qued pensativo; pero
un incesante ruido que se oa en el cuarto inmediato, acab por atraer
su atencin. Se levant, tom la vela, y fu a mirar por una hendidura
del tabique.

En una habitacin un poco mayor que la suya vi dos individuos, uno en
pie y otro sentado en una silla. El primero estaba en mangas de camisa,
era rojo, y tena el cabello rizado. Reprenda a su compaero con voz
plaidera:

--T no tenas posicin, estabas en la ltima miseria, te he sacado del
fango, y depende de m el dejarte caer otra vez en l.

El amigo a quien se dirigan estas palabras tena el aspecto de un
hombre que quisiese estornudar y no pudiese; de vez en cuando fijaba
una mirada estpida en el orador; no comprenda una palabra de lo
que se le deca; quiz tampoco la entenda el que hablaba. Sobre la
mesa en que la buja estaba a punto de consumirse, haba un jarro de
aguardiente casi vaco, vasos de diversos tamaos, pan, cohombros y
servicio de te. Despus de haber contemplado atentamente este cuadro,
Svidrigailoff dej su observatorio y volvi a sentarse en la cama.

Al traer el te y la carne, el mozo no pudo menos de preguntar de nuevo
si el seor quera otra cosa. Al or una respuesta negativa, se
retir definitivamente. Svidrigailoff se apresur a beber una taza
de te para entonarse; pero le fu imposible comer. La fiebre, que
comenzaba a invadirle, le haba quitado el apetito. Despojse del gabn
y el saco, se envolvi en la colcha, y se acost; estaba quebrantado.

Mejor sera, por esta vez, estar bien--se dijo sonriendo.

La atmsfera era sofocante. La vela alumbraba dbilmente. El viento
zumbaba fuera, se oa el ruido de un ratn y llenaba todo el cuarto
olor de ratones y de cuero. Tendido en el lecho, Svidrigailoff soaba
ms bien que pensaba. Sus ideas se sucedan confusamente, y hubiera
querido fijar en algo su imaginacin.

Debe de haber un jardn bajo la ventana; se percibe rumor de hojas y
de ramas de rboles. Cunto detesto este ruido por la noche en medio
de la tempestad y de las tinieblas!

Se acord de que un momento antes, al pasar junto al parque Petrovsky,
haba experimentado la misma penosa impresin. En seguida pens en el
pequeo Neva, y se estremeci del mismo modo que antes, cuando, de pie
sobre el puente, contemplaba el ro.

En mi vida me ha gustado el agua, ni aun en los paisajes--pens, y de
repente una idea extraa le hizo sonrer.

Me parece que ahora debera burlarme de la esttica de las
comodidades. Sin embargo, heme aqu tan vacilante como el animal que
en parecido caso tiene cuidado de elegir su sitio. Si yo hubiese ido
hace poco a Petrovsky-Ostroff? La verdad es que he tenido miedo al
fro y a la obscuridad... Je, je! Necesito sensaciones agradables...
Pero, por qu no apagar la buja? (la sopl). Mis vecinos estn
acostados--aadi al no ver luz por la hendidura del tabique... Poco a
poco se irgui ante su imaginacin la figura de Dunia, y sbito temblor
agit sus nervios al recuerdo de la entrevista que pocas horas antes
haba tenido con la joven.

No, no pensemos en esto. Cosa extraa, yo no he odiado jams a nadie;
jams tampoco he experimentado vivos deseos de vengarme... esto es mal
signo, mal signo. Jams he sido tampoco ni pendenciero, ni violento; he
aqu otro mal signo. Pero qu promesas he hecho hace poco! Quin sabe
adnde habra llegado!

Se call y apret los dientes. Su imaginacin le mostr a Dunia tal
como la haba visto, cuando, despus de haber dejado el revlver
incapaz en adelante de resistencia, fijaba sobre l una mirada de
espanto. Acordse de la piedad que haba sentido en aquel momento, y de
lo oprimido que tena el corazn.

Vayan al diablo tales ideas!... No pensemos ms en tal cosa!

Iba ya a adormecerse; su temblor febril haba cesado. De pronto le
pareci que por debajo de la colcha corra alguna cosa a lo largo
del brazo y de la pierna. Se estremeci. Caramba! Es sin duda un
ratn! He dejado la carne sobre la mesa. Por temor al fro no quera
destaparse ni levantarse; pero, de repente, un contacto desagradable
le roz el pie. Arroj la colcha, encendi la vela, y temblando se
incorpor en el lecho y no vi nada. Sacudi la colcha y salt un ratn
sobre la sbana. Trat en seguida de pillarlo, pero sin salir del
lecho; el animalito describa zigzags rapidsimos y se deslizaba por
entre los dedos que queran apresarlo. Finalmente, el ratn se meti
debajo de la almohada. Svidrigailoff arroj al suelo la almohada; pero
en el mismo instante sinti que alguna cosa haba saltado sobre l
y que se le paseaba sobre el cuerpo debajo de la camisa. Un temblor
nervioso se apoder de l y se despabil. La obscuridad era completa en
la habitacin; el segua echado en la cama, envuelto en la colcha; el
viento continuaba silbando en el exterior.

Esto es insoportable--se dijo con clera.

Se sent en el borde del lecho; con la espalda vuelta hacia la ventana.

Ms vale no dormir--se dijo.

Por la reja entraba un aire hmedo y fro. Svidrigailoff, sin moverse
de su sitio, atrajo hacia s la colcha y se envolvi en ella. No
encendi la luz; no pensaba ni quera pensar en nada; pero sueos e
ideas incoherentes atravesaban confusos su cerebro. Estaba como sumido
en semi-sueo. Era aquello efecto del fro, de las tinieblas, o del
viento que agitaba los rboles? Lo cierto es que estos desvaros
tomaban un aspecto fantstico. Le pareca estar viendo un riente
paisaje. Era el da de la Trinidad, y haca un tiempo soberbio...
En medio de floridos arriates apareca una elegante quinta de gusto
ingls; plantas trepadoras tapizaban el vestbulo; a los lados de
la escalera, cubierta de una rica alfombra se erguan dos jarrones
chinescos que contenan flores exticas. En las ventanas haba vasos
medio llenos de agua en que hundan sus tallos ramilletes de jacintos
blancos, que se inclinaban esparciendo un perfume embriagador. Aquellos
ramilletes atraan particularmente la atencin de Svidrigailoff,
tanto, que no hubiera querido alejarse de ellos; sin embargo, subi la
escalera y entr en una sala grande y alta; all, como en las ventanas,
como cerca de la puerta que daba a la terraza, y en a terraza misma,
haba flores; por todas partes flores. El pavimento estaba cubierto
de hierbas recientemente segadas y que exhalaban suave olor; por las
ventanas abiertas penetraba en la habitacin una brisa deliciosa, y los
pjaros gorjeaban en los alfizares; pero en medio de la sala, sobre
una mesa cubierta con un mantel de raso blanco, estaba colocado un
fretro. Le rodeaban guirnaldas de flores, y el interior estaba forrado
de seda de Npoles y de encajes blancos; en aquel atad reposaba,
sobre un lecho de flores, una jovencita vestida de blanco. Tena los
ojos cerrados, y cruzados sobre el pecho los brazos, que parecan los
de una estatua de mrmol. Sus cabellos, de color rubio claro, estaban
despeinados y hmedos; ceale la cabeza una corona de rosas. El
perfil severo y ya rgido del rostro pareca tambin de mrmol; pero
la sonrisa de sus labios plidos expresaba tan amarga tristeza, una
desolacin tan grande, que no pareca propia de su edad. Svidrigailoff
conoca a aquella jovencita; cerca de su atad no haba imgenes,
ni cirios encendidos, ni oraciones. La difunta era una suicida; a
los catorce aos tena el corazn herido por un ultraje que haba
destrozado su conciencia infantil, llenado su alma de una inmerecida
vergenza y arrancado de su pecho un grito supremo de desesperacin,
grito ahogado por los mugidos del viento en medio de una hmeda y fra
noche de deshielo.

Svidrigailoff se levant, dej el lecho y se aproxim a la ventana.
Despus de haber buscado a tientas la falleba, abri los cristales,
exponiendo la cara y el cuerpo, apenas protegido por la camisa, al
rigor del viento glacial que penetraba en la estrecha habitacin. Bajo
la ventana deba haber, en efecto, un jardn de recreo; all, sin
duda, durante el da, se cantaban canciones y se serva te en mesitas;
pero ahora todo estaba sumido en las tinieblas, y los objetos se
ofrecan como manchas negras y apenas distintas. Durante cinco minutos,
Svidrigailoff, apoyado de codos en la ventana, trataba de horadar la
obscuridad con la mirada. En el silencio de la noche retumbaron dos
caonazos.

Ah! es una seal! El Neva sube!--pens--. Esta madrugada los
barrios bajos de la ciudad van a inundarse; las ratas se ahogarn en
las cuevas; los inquilinos de los pisos bajos, chorreando de agua y
renegando, tratarn, en medio de la lluvia y del viento, de salvar sus
cachivaches, transportndolos a los pisos superiores... pero, qu hora
es?

En el momento mismo que se haca esta pregunta, un reloj vecino di
tres campanadas.

Dentro de una hora ser de da. Para qu esperar? Voy a salir en
seguida y a dirigirme a la isla Petrovsky.

Cerr la ventana, encendi la vela y se visti; luego, con el candelero
en la mano, sali de la habitacin para ir a despertar al mozo, pagar
la cuenta y dejar en seguida la posada.

Es ste el momento ms favorable; no se puede esperar otro mejor.

Anduvo mucho tiempo por el corredor largo y estrecho; y como no
encontrara a nadie, se puso a llamar en alta voz. De repente, en un
rincn sombro, entre un armario viejo y una puerta, descubri un
objeto extrao, una cosa que pareca viviente. Inclinndose con la
luz, reconoci que aquello era una nia de cinco aos; temblaba y
lloraba. Su ropita estaba empapada como una esponja. La presencia
de Svidrigailoff no pareci asustarla; pero fij en l los ojos con
expresin de insensata sorpresa. Sollozaba a intervalos como suelen
hacerlo los nios que, despus de haber estado llorando largo rato,
comienzan a consolarse. Su rostro era plido y demacrado; estaba
transida de fro; mas, por qu casualidad se encontraba all?
Sin duda se haba ocultado en aquel rincn y no haba dormido en
toda la noche. Svidrigailoff se puso a interrogarla. Animndose de
pronto la nia, comenz, con voz infantil y tartajosa, un relato
interminable, repitiendo a cada instante mam jcara rota.
Crey comprender Svidrigailoff que era aqulla una nia poco amada.
Su madre, probablemente una cocinera del hotel, se entregaba, sin
duda, a la bebida. La nia haba roto una jcara, y temiendo el
castigo haba hudo la noche del da anterior, en medio de la lluvia.
Despus de haber estado mucho tiempo fuera, habra acabado por entrar
furtivamente, ocultndose detrs del armario, pasando all toda la
noche, temblorosa, llorando, asustada de hallarse en la obscuridad,
y ms asustada an ante el temor de que sera cruelmente maltratada,
tanto por la jcara rota, como por la escapatoria. Svidrigailoff la
tom en sus brazos, y habindola depositado en la cama se puso a
desnudarla. La nia no llevaba medias y tena agujereados los zapatos,
tan hmedos como si hubiesen estado metidos toda la noche en un charco.
Despus la desnud, la acost y la envolvi con cuidado en la colcha.
La pequeuela se durmi en seguida, y despus que todo hubo terminado,
Svidrigailoff volvi a caer otra vez en sus pensamientos sombros.

Qu me importa a m eso?--se dijo con un movimiento de clera--.Qu
tontera!

En su irritacin tom la vela y busc al mozo para dejar cuanto antes
el hotel.

Bah! una granujilla!--dijo, lanzando una blasfemia en el instante
en que la puerta se abra; pero se volvi para echar una ltima mirada
sobre la nia, a fin de asegurarse que dorma y cmo dorma. Levant
con precaucin la colcha que ocultaba la cabeza. La chiquilla dorma
con un sueo profundo; haba entrado en calor y sus plidas mejillas se
haban coloreado. Sin embargo, cosa extraa: el encarnado de su tez era
mucho ms vivo que el que se advierte en el estado normal de los nios.

Es el color de la fiebre--pens Svidrigailoff--. Cualquiera dira que
ha bebido.

Sus labios purpurinos parecan arder de repente; el hombre crey
advertir que se movan algo las largas pestaas negras de la pequea
durmiente; bajo los prpados medio cerrados se adivinaban unas pupilas
maliciosas, cnicas, en modo alguno infantiles.

Estar despierta esta chiquilla y fingir dormir?

En efecto, sus labios sonrean, y temblaban como cuando se hacen
esfuerzos para no rer, pero he aqu que cesa de contenerse y prorrumpe
en una carcajada; algo desvergonzado, provocativo, aparece en aquel
rostro que no tiene ya nada de infantil; es la cara de una prostituta,
de una _cocotte_ francesa. Los ojos de la nia se abren; envuelven a
Svidrigailoff en una mirada lasciva y apasionada; le llaman y ren...
Nada ms repugnante que aquella cara de nia cuyas facciones respiraban
lujuria.

Cmo! a los cinco aos?--murmuraba, preso de un verdadero espanto--.
Es posible?

Pero he aqu que vuelve hacia l la cara inflamada, le tiende los
brazos.

Ah, maldita!--exclam con horror Svidrigailoff.

Levanta la mano sobre ella, y en el mismo instante se despierta.

Se encontr acostado en la cama, envuelto en la manta; la vela no
estaba encendida; amaneca.

He tenido una pesadilla.

Al incorporarse advirti con clera que estaba cansado y quebrantado.
Eran cerca de las cinco; Svidrigailoff haba dormido demasiado rato.
Se levant; se puso la ropa, hmeda todava, y notando que tena el
revlver en el bolsillo, lo sac para asegurarse de si las cpsulas
estaban bien colocadas. Despus se sent, y en la primera pgina de su
librito de notas escribi algunas lneas de gruesos caracteres. Despus
de haber reledo lo escrito, se apoy de codos en la mesa y se absorbi
en sus reflexiones. Las moscas se regalaban con la porcin de carne que
haba quedado intacta. Las mir durante largo tiempo y se puso despus
a darles caza. Al fin se asombr de aquella ocupacin, y recobrando de
repente la conciencia de sus actos, sali apresurado de la habitacin:
un instante despus estaba en la calle.

Espesa niebla envolva la ciudad. Svidrigailoff caminaba en direccin
del pequeo Neva. Mientras andaba por el resbaladizo suelo de madera,
vea con la imaginacin la isla Petrovsky, con sus senderos, sus
cspedes, sus rboles y sus bosquecillos... Ni un transeunte, ni un
coche en toda la extensin de la perspectiva. Las casitas amarillas,
con las ventanas cerradas, tenan triste y sucio aspecto. El fro y
la humedad hacan estremecer al madrugador paseante que se distraa
leyendo casi maquinalmente las muestras de las tiendas. Llegado al fin
del piso de madera, a la altura de la gran casa de piedra, vi un perro
muy feo que atravesaba el arroyo apretando la cola entre las piernas.
Un hombre ebrio yaca tendido en la acera. Svidrigailoff mir un
instante al borracho y sigui adelante. A la izquierda se ofreci a la
vista una torre.

Bah!--pens--; he aqu un buen sitio; para qu ir a la isla
Petrovsky? Aqu, a lo menos, la cosa podr ser confirmada por un
testigo.

Sonriendo ante esta idea, tom por la calle***.

All se encontraba el edificio coronado por la torre. Vi apoyado en
la puerta un hombrecillo envuelto en un capote de soldado y con un
gorro turco, quien, al notar que se aproximaba Svidrigailoff, le ech
de reojo una mirada huraa. Su fisonoma tena esa expresin de arisca
tristeza que es la marca secular de todos los israelitas. Los dos
hombres se examinaron un momento en silencio. Al fin le pareci extrao
al funcionario que un individuo que no estaba ebrio se detuviese as, a
tres pasos de l, y le mirase sin decir una palabra.

--Qu quiere usted?--pregunt, siempre arrimado a la puerta.

--Nada, amigo mo; buenos das!--respondi Svidrigailoff.

--Siga usted su camino.

--Voy al extranjero.

--Cmo al extranjero?

--A Amrica.

--A Amrica?

Svidrigailoff sac el revlver y lo mont. El soldado arque las cejas.

--Oiga usted! Este no es sitio de andarse con bromas.

--Por qu no?

--Porque ste no es sitio.

--No importa, amigo mo; el lugar es a propsito. Si te preguntan, di
que me he ido a Amrica.

Apoy el can del revlver sobre la sien derecha.

--Aqu no se puede hacer eso!--replic el soldado abriendo
desmesuradamente los ojos.

Svidrigailoff oprimi el gatillo.


VI

Aquel mismo da, entre seis y siete de la tarde, Raskolnikoff se
dirigi a casa de su madre y de su hermana. Las dos mujeres habitaban
ahora en casa Bakalaieff, en el cuarto de que les haba hablado
Razumikin. Al subir la escalera, Raskolnikoff pareca vacilar an.
Sin embargo, por nada del mundo se hubiera vuelto atrs. Estaba
resuelto a hacer aquella visita. Todava no saben nada--pens--y estn
acostumbradas a ver en m un ser original.

Tena el vestido manchado de lodo y desgarrado; de otra parte, la
fatiga fsica, juntamente con la lucha que se libraba en l desde haca
veinticuatro horas, le haba puesto la cara casi desconocida. El joven
haba pasado la noche en vela. Dios sabe dnde; pero, por lo menos, su
partido estaba tomado.

Llam a la puerta, y su madre sali a abrir. Dunia haba salido, y la
criada no estaba en aquel momento en la casa. Pulkeria Alexandrovna se
qued muda de sorpresa y de alegra; despus, tomando a su hijo por la
mano, le llev a la sala.

--Ah! Ests aqu?--dijo con voz temblorosa a causa de la emocin--.
No te incomodes, Rodia, porque te recibo llorando. Es la felicidad la
que me hace verter lgrimas. Crees que estoy triste? No; estoy alegre,
ya lo ves, me ro, slo que tengo la tonta costumbre de llorar. Desde
la muerte de tu padre, lloro por cualquier cosa. Ah, qu sucio ests!

--Me cay ayer tanta lluvia encima!--comenz a decir Raskolnikoff.

--Deja eso--interrumpi vivamente Pulkeria Alexandrovna--. Piensas que
iba a preguntarte con curiosidad de anciana? Puedes estar tranquilo;
lo comprendo todo; pues ahora estoy algo iniciada en las costumbres
de San Petersburgo y, verdaderamente, veo que aqu la gente tiene ms
inteligencia que en nuestras ciudades. Me he dicho, una vez para todas,
que no debo mezclarme en tus negocios ni pedirte cuentas; mientras
tienes t quizs el espritu preocupado sabe Dios en qu pensamientos,
habra de ir a distraerte con preguntas inoportunas?... Ah, Dios
mo!... Ves, Rodia? Ahora estaba preparndome a leer, por tercera vez,
el artculo que has publicado en una Revista. Demetrio Prokofitch me lo
ha trado. Ha sido para m una verdadera revelacin; desde el primer
momento lo he comprendido todo y he reconocido lo tonta que he sido.
He aqu lo que le preocupa, me he dicho; da vueltas en su cabeza a
ideas nuevas y no gusta que se le aparte de sus reflexiones; todos los
grandes talentos son as. A pesar de la atencin con que yo lo leo,
hay en tu artculo, hijo mo, muchas cosas que no entiendo; pero, como
soy ignorante, no me asombra el no comprenderlo todo.

--Ensamelo, mam.

Raskolnikoff tom el nmero de la Revista, y ech una rpida ojeada
sobre su artculo. Todo autor experimenta siempre un vivo placer al
verse impreso por la primera vez, sobre todo cuando no tiene ms que
veintitrs aos. Aunque presa de las ms crueles angustias, nuestro
hroe no pudo substraerse a esta impresin; pero slo le dur un
instante. Despus de haber ledo algunas lneas, frunci el entrecejo
y sinti que le oprima el corazn terrible sufrimiento. Esta lectura
le trajo de repente a la memoria todas las agitaciones morales de los
ltimos meses; as es que arroj con violenta repulsin el peridico
sobre la mesa.

--Pero, por tonta que yo sea, Rodia--sigui la madre--, puedo, sin
embargo, juzgar que de aqu a poco tiempo ocupars uno de los primeros
puestos, si no el primero, en el mundo de la ciencia. Y se han
atrevido a suponer que estabas loco! Ah! No sabes que se les haba
ocurrido esa idea? Pobre gente! Por lo dems, cmo podran comprender
qu es la inteligencia? Pero decir, sin embargo, que Dunia, s, la
misma Dunia no estaba muy distante de creerlo! Es esto posible? Hace
seis o siete das, Rodia, me acongojaba ver cmo estabas instalado,
vestido, alimentado; pero ahora reconozco que esto era una tontera
ma; en cuanto t quieras, con tu ingenio y tu talento, llegars al
colmo de la fortuna. Por ahora, sin duda, no tratas de eso, sino que te
ocupas en cosas ms importantes...

--Dunia no est aqu, mam?

--No, hijo; sale con mucha frecuencia y me deja sola. Demetrio
Prokofitch tiene la bondad de venir a verme y me habla siempre de ti.
Te ama y te estima, hijo mo. En cuanto a tu hermana, no me quejo
de las pocas consideraciones que me guarda; tiene su carcter, como
yo tengo el mo. Le agrada que ignore sus cosas; all ella. Yo, en
cambio, no tengo nada oculto para mis hijos. Persuadida estoy de que
Dunia es muy inteligente y de que, adems, nos tiene mucho cario a ti
y a m; pero no s en qu ir a parar todo eso. Siento que no pueda
aprovecharse de la visita que me haces. Cuando vuelva le dir: Durante
tu ausencia ha venido tu hermano; dnde estabas t en tanto? T,
Rodia, no me mimes demasiado; ven aqu como puedas, sin desatender
tus negocios; no eres libre; no te molestes; tendr paciencia; me
contentar con saber que me quieres. Leer tus obras; oir hablar de ti
en todas partes, y de vez en cuando recibir tu visita; qu ms puedo
desear? Ya veo que hoy has venido a consolar a tu madre.

Pulkeria Alexandrovna se ech a llorar bruscamente.

--Otra vez! No me hagas caso; estoy loca! Ah, Dios mo! No pienso
nada!--grit levantndose de pronto--. Hay caf, y no te he ofrecido
una taza. Ves qu grande es el egosmo de los viejos? Voy en seguida...

--No vale la pena, mam; voy a irme; no he venido para eso; escchame,
te lo suplico.

Pulkeria Alexandrovna se aproxim tmidamente a su hijo.

--Mam, ocurra lo que ocurra, oigas lo que oigas de m, me amars como
ahora?--pregunt de repente.

Estas palabras brotaron espontneas del fondo de su corazn, aun antes
que hubiera tenido tiempo de medir su alcance.

--Rodia, Rodia! qu tienes? Cmo puedes hacerme esa pregunta? Quin
se atrever jams a hablarme mal de ti? Si alguien se permitiese
semejante cosa, me negara a orle y le arrojara de mi presencia.

--El objeto de mi visita era asegurarte que te he querido siempre,
y ahora me alegro mucho de que estemos t y yo solos, y aun de que
no est aqu Dunia--prosigui con el mismo mpetu--; quiz seas
desgraciada; has de saber que tu hijo te ama ahora ms que a s mismo
y que te equivocaras si pusieses en duda mi ternura. Jams cesar
de quererte... Ea, basta! He credo que deba, ante todo, darte esa
seguridad.

Pulkeria Alexandrovna bes a su hijo, le estrech contra su pecho y
llor silenciosamente.

--No s lo que te pasa, Rodia--dijo--. Hasta ahora, yo haba credo
sencillamente que nuestra presencia te fastidiaba; mas en este momento
me doy cuenta de que te amenaza una gran desgracia y que vives en la
intranquilidad. Ya lo sospechaba, Rodia. Perdname que te hable de
esto; pienso en ello constantemente, hasta cuando duermo. La noche
pasada, tu hermana deliraba y repeta constantemente tu nombre. He odo
algunas palabras; pero no he entendido nada. Desde esta maana hasta el
momento de tu visita, he estado como el reo que espera la ejecucin;
tena no s qu presentimiento. Rodia, Rodia! A dnde vas? Ests a
punto de partir, no es verdad?

--S.

--Lo haba adivinado. Pero, si tienes que partir, yo puedo ir contigo.
Dunia nos acompaar; te quiere mucho. Si es menester, llevaremos
tambin a Sofa Semenovna. Ya lo ves, estoy pronta a aceptarla por
hija. Demetrio Prokofitch nos ayudar en nuestros preparativos para el
viaje... Pero... a dnde vas?

--Adis, mam.

--Cmo! hoy mismo?--exclam, como si se tratase de una separacin
eterna.

--No puedo quedarme. Es absolutamente preciso que te deje.

--Y no puedo ir contigo?...

--No; pero ponte de rodillas y ruega a Dios por m; Dios oir acaso tu
plegaria.

--Ojal me oiga! Te echar mi bendicin. Oh Dios mo!

S, estaba contento de que su hermana no asistiese a aquella
entrevista. Para desahogar su ternura, tena necesidad de estar
a solas, y un testigo cualquiera, aunque hubiera sido Dunia,
hubiese estorbado. Cay a los pies de su madre y los bes. Pulkeria
Alexandrovna y su hijo se abrazaron llorando; la madre no hizo ninguna
pregunta; haba comprendido que el joven atravesaba una crisis terrible
y que su suerte iba a decidirse en seguida.

--Rodia, mi querido primognito!--dijo la madre sollozando--; hete
ahora como eras en tu infancia; de ese modo venas a hacerme caricias
y a darme besos. En otro tiempo, cuando tu padre viva, no tenamos,
en medio de nuestra desgracia, otro consuelo que tu presencia, y
despus que hubo muerto, cuntas veces t y yo hemos llorado sobre
su sepultura abrazados como ahora! S, si lloro desde hace tiempo, es
porque mi corazn maternal tena presentimientos siniestros. La tarde
en que llegamos a San Petersburgo, desde nuestra primera entrevista, tu
cara me lo ha revelado todo; cuando te abr la puerta pens, al verte,
que haba llegado la hora fatal. No te vas en seguida, Rodia?

--No.

--Volvers?

--S, volver.

--Hijo, no te enojes; no me atrevo a preguntarte: Te vas muy lejos?

--Muy lejos.

--Tendrs all un empleo, una posicin?

--Tendr lo que Dios quiera; ruega solamente por m.

Raskolnikoff iba a salir; pero su madre se agarr a l y le mir con
expresin de desesperado dolor.

--Basta, mam!--dijo el joven, que ante aquella angustia desgarradora
senta profundamente haber venido.

--No partes para siempre? No vas a ponerte en camino en seguida?
Vendrs maana?

--S, s; adis.

Al fin logr escapar.

La tarde era calurosa, aunque no sofocante. Por la maana, el tiempo
haba aclarado. Raskolnikoff volvi apresuradamente a su casa. Quera
acabarlo todo antes de la puesta del sol; por el momento, cualquier
encuentro le hubiese sido muy desagradable. Al subir a su cuarto
advirti que Anastasia, ocupada en preparar el te, haba dejado su
tarea para mirarle con curiosidad.

Habr alguien en mi cuarto? Y, a pesar suyo, pens en el odioso
Porfirio; pero, cuando abri la puerta de la habitacin, vi a Dunia.
La joven, pensativa estaba sentada en el sof. Sin duda esperaba a
su hermano haca mucho tiempo. Raskolnikoff se detuvo en el umbral.
Dunia, estremecida, se levant vivamente y le mir con fijeza. En los
ojos de la joven se lea inmensa pesadumbre; una sola mirada prob a
Raskolnikoff que la joven lo saba todo.

--Puedo acercarme a ti, o debo retirarme?--le pregunt con voz trmula.

--He pasado el da esperndote en casa de Sofa Semenovna; pensbamos
verte all.

Raskolnikoff entr en la habitacin, y se dej caer desfallecido en una
silla.

--Me siento dbil, Dunia; estoy muy fatigado, y en este momento, sobre
todo, tendra necesidad de todas mis fuerzas.

Fij en su hermana una mirada de desconfianza.

--Dnde has pasado la ltima noche?

--No me acuerdo bien; quera tomar un partido definitivo, y muchas
veces me he aproximado al Neva; de esto s me acuerdo. Mi intencin
era acabar as; pero... no he podido resolverme...--dijo en voz baja,
tratando de leer en el rostro de Dunia la impresin producida por sus
palabras.

--Alabado sea Dios! Era precisamente lo que temamos Sofa Semenovna y
yo. Crees en la vida? Alabado sea Dios!

Raskolnikoff se sonri amargamente.

--No crea en ella; pero hace un momento he estado en casa de nuestra
madre, y nos hemos abrazado llorando; soy incrdulo, y, sin embargo,
le he pedido que orase por m. Slo Dios sabe lo que sucede en este
momento! Yo mismo no s qu pasa por m.

--Que has estado en casa de nuestra madre? Le has hablado?--exclam
Dunia con espanto--. Es posible que hayas tenido valor para decirle
_aquello_?

--No, yo no se lo he dicho, pero sospecha algo. Te ha odo soar en voz
alta la ltima noche, y creo que ha adivinado la mitad de ese secreto.
He cometido un error al ir a verla; no s por qu lo he hecho, Dunia.
Soy un hombre bajo...

--S; pero un hombre dispuesto a aceptar la expiacin. La aceptars,
verdad?

--Al instante. Para huir de ese deshonor quera ahogarme, Dunia; pero
en el momento en que iba a arrojarme al agua, me he dicho que un hombre
fuerte no debe tener miedo al oprobio. Es esto orgullo, Dunia?

--S, Rodia.

Le brillaron los ojos a Raskolnikoff con una especie de relmpago. Se
consideraba feliz al pensar que haba conservado su orgullo.

--Verdad que no crees que he tenido simplemente miedo al
agua?--pregunt sonriendo con tristeza.

--Oh, Rodia, basta!--respondi la joven, ofendida por tal suposicin.

Ambos guardaron silencio durante diez minutos. Raskolnikoff tena los
ojos bajos. Dunia le miraba con expresin de sufrimiento. De repente el
joven se levant.

--La hora avanza. Hay tiempo de partir. Voy a entregarme; pero no s
por qu lo hago.

Por las mejillas de Dunia corrieron gruesas lgrimas.

--Lloras, hermana ma; pero, puedes tenderme la mano?

--Lo dudabas?

La joven lo estrech contra su pecho.

--Acaso aceptando la expiacin no borras la mitad de tu
crimen?--exclam, al tiempo que abrazaba a su hermano.

--Mi crimen! Qu crimen?--repiti en un acceso de clera--; el
de haber matado a un gusano sucio y malo; a una vieja perversa y
perjudicial a todo el mundo; un vampiro que chupaba la sangre a
los pobres? Tal asesinato deba servir de indulgencia para cuarenta
pecados. No pienso en modo alguno en borrarlo, aunque me griten por
todos lados: crimen! crimen! Ahora que me he decidido a afrontar
voluntariamente ese deshonor, ahora slo es cuando el absurdo de mi
cobarde determinacin se me presenta con toda claridad. Es tan slo por
bajeza y por impotencia por lo que me resuelvo a este acto, a menos que
no sea tambin por inters, como me lo aconsejaba Porfirio.

--Hermano, hermano! qu ests diciendo? No te haces cargo de que has
vertido sangre?--exclam Dunia consternada.

--Y qu? Todo el mundo la vierte--prosigui con vehemencia
creciente--. Siempre ha corrido a torrentes sobre la tierra; las
personas que la derramaron como si fuera _Champagne_ subieron en
seguida al Capitolio y fueron declarados protectores de la humanidad.
Examina las cosas un poco ms cerca para juzgarlas. Tambin trataba
yo de hacer bien a los hombres; centenares, millares de buenas
acciones hubiesen compensando ampliamente aquella nica tontera, o,
mejor dicho, torpeza, porque la idea no era tan tonta como lo parece
ahora. Cuando el xito falta, los designios mejor concertados parecen
estpidos. Yo tan slo trataba de crearme, por medio de aquella
tontera, una situacin independiente, asegurar mis primeros pasos de
la vida, procurarme recursos; despus hubiera levantado el vuelo...
Pero he fracasado, y por eso soy un miserable. Si hubiese logrado mi
objeto, se me hubieran dedicado coronas; al presente no sirvo ms que
para que se me arroje a los perros.

--No se trata de eso. Qu ests diciendo, hermano mo?

--Es cierto, no he procedido segn las reglas de la esttica. No s por
qu ha de ser ms glorioso lanzar bombas sobre una ciudad sitiada, que
asesinar a una persona a hachazos. El temor de la esttica es el primer
signo de la impotencia. Jams lo he comprendido tan bien como ahora, ni
nunca he comprendido menos cul es mi crimen. Nunca he sido ms fuerte
ni he estado ms convencido que en este momento.

Su plido y demudado rostro se haba de repente coloreado. Pero cuando
acababa de proferir esta ltima exclamacin, su mirada se encontr por
casualidad con la de Dunia, y sta le miraba con tanta tristeza, que su
exaltacin cay de repente, no pudiendo menos de pensar que en rigor
haba hecho la desgracia de aquellas dos pobres mujeres.

--Dunia querida: si soy culpable, perdname, aunque no merezca ningn
perdn, si es que realmente soy culpable. Adis; no disputemos, ya es
tiempo de partir. No me sigas, te lo suplico; tengo an una visita que
hacer... Ve al instante a juntarte con nuestra madre, y no te separes
de ella, te lo suplico. Es la ltima peticin que te dirijo. Cuando me
he separado de ella estaba muy inquieta, y temo que no pueda soportar
su desventura: o morir, o se volver loca. Vela por ella. Razumikin no
os abandonar; ya le he hablado... No llores por m; aunque asesino,
tratar de ser todava valeroso y honrado. Quizs oigas hablar de m
alguna vez. No os deshonrar; ya vers; aun he de probar... Ahora,
adis--se apresur a aadir, advirtiendo, mientras haca sus promesas,
una extraa expresin en los ojos de Dunia--. Por qu lloras de ese
modo? No llores; no nos separaremos para siempre... Ah, s! Espera; me
olvidaba...

Tom de la mesa un grueso libro cubierto de polvo. Lo abri y sac una
miniatura, pintada en marfil. Era el retrato de la hija de su patrona,
la joven a quien haba amado. Durante un instante contempl aquel
rostro expresivo y triste. Despus bes el retrato y se lo di a Dunia.

--Muchas veces he hablado de _aquello_ con ella--dijo distradamente--;
hice depositario a su corazn del proyecto que deba tener tan
lamentable resultado. No te alarmes--continu, dirigindose a Dunia--;
ella experiment tanta repugnancia y tanto horror como t; ahora me
alegro de que haya muerto.

Despus, volviendo al objeto principal de sus preocupaciones, dijo:

--Lo esencial ahora es saber si he calculado bien lo que voy a hacer,
y si estoy pronto a aceptar todas las consecuencias. Se asegura que me
es necesaria esta prueba. Es cierto? Qu fuerza moral habr adquirido
cuando salga del presidio, quebrantado por veinte aos de sufrimiento?
Valdr entonces la pena de vivir? Y yo he consentido en sobrellevar
el peso de semejante existencia! Oh! Esta maana, al irme a arrojar al
Neva, he comprendido que era un cobarde.

Al cabo salieron ambos. Durante esta penosa entrevista Dunia haba
estado sostenida solamente por el amor de su hermano. Se separaron en
la calle. Despus de haber marchado unos cuantos pasos, la joven se
volvi para ver por ltima vez a Raskolnikoff. Cuando hubo llegado a
la esquina, el joven se volvi tambin, pero advirtiendo Raskolnikoff
que la mirada de su hermana estaba fija en l, hizo un gesto de
impaciencia, y aun de clera, invitndola a que continuase el camino.
En seguida di vuelta a la esquina.


VII

Comenzaba a caer la noche cuando llegaba a casa de Sonia. Durante la
maana y la tarde, la joven le haba esperado con ansiedad. Por la
maana haba recibido la visita de Dunia. Esta fu a primera hora,
habiendo sabido la vspera por Svidrigailoff que Sofa Semenovna lo
saba todo. No recordaremos minuciosamente la conversacin de las
dos mujeres; limitmonos a decir que lloraron juntas y se hicieron
muy amigas. De esta entrevista sac Dunia, por lo menos, el consuelo
de pensar que no estara solo su hermano. Era Sonia la primera que
haba recibido su confesin; a ella se haba dirigido cuando sinti
la necesidad de confiarse a un ser humano, y ella le acompaara
adondequiera que se le enviase. Sin haber hecho preguntas acerca de
tales propsitos, Advocia Romanovna estaba segura de ello. Consideraba
a Sonia con una especie de veneracin que dejaba a la pobre muchacha
toda confusa, porque se crea indigna de levantar los ojos hasta
Dunia. Despus de su visita a casa de Raskolnikoff, la imagen de la
encantadora joven, que la haba saludado tan graciosamente aquel da,
qued grabada en su alma como una visin nueva, dulcsima, la ms bella
de su vida.

Al fin, Dunia se decidi a ir a esperar a su hermano en el domicilio
de este ltimo, pensando que Raskolnikoff no podra menos de pasar
por all. En cuanto Sonia se qued sola, el pensamiento del suicidio
probable de Raskolnikoff le quit todo reposo. Este era tambin el
temor de Dunia; pero al hablar las dos jvenes se haban dado la una
a la otra todo gnero de razones para tranquilizarse, y lo haban, en
parte, conseguido.

Cuando se separaron, volvi la inquietud a apoderarse de cada una
de ellas. Sonia se acord de que Svidrigailoff le haba dicho:
Raskolnikoff slo tiene la eleccin entre dos alternativas: o ir a
Siberia, o... Adems, conoca el orgullo del joven y su carencia de
sentimientos religiosos. Es posible que se resigne a vivir solamente
por pusilanimidad, por temor a la muerte?--pensaba con desesperacin.
No dudaba ya que el desgraciado hubiese puesto fin a sus das, cuando
Raskolnikoff entr en su cuarto.

La joven dej escapar un grito de alegra; pero, cuando hubo observado
atentamente el rostro de Raskolnikoff, palideci de pronto.

--Vamos, s--dijo riendo Raskolnikoff--. Vengo a buscar tus cruces,
Sonia. T has sido quien me ha impulsado a ir a entregarme; ahora que
voy a hacerlo, de qu tienes miedo?

Sonia le mir con asombro. Aquel tono le pareca extrao. Todo su
cuerpo se estremeci; pero al cabo de un minuto comprendi que aquella
alegra era fingida. Conforme la estaba hablando, Raskolnikoff miraba a
un rincn, y pareca tener miedo de fijar los ojos en ella.

--Ya lo ves, Sonia; he pensado que eso es lo mejor. Hay una
circunstancia... pero esto sera largo de contar, y no tengo tiempo.
Sabes lo que me irrita? Me pone furioso pensar que en un instante me
van a rodear todos esos brutos; que todos me asestarn sus miradas, me
dirigirn estpidas preguntas, a las cuales tendr que responder; me
sealarn con el dedo... No ir a casa de Porfirio; no puedo aguantar
a ese hombre. Prefiero ir a buscar a mi amigo _Plvora_. Lo que va
a sorprenderse ste! Puedo contar de antemano con un excelente xito
de asombro. Pero me convendra tener ms sangre fra. En este ltimo
tiempo me he hecho muy irritable. Lo creers? hace un momento ha
faltado muy poco para que amenazase con el puo a mi hermana, porque se
haba vuelto para verme por ltima vez. Ya ves lo bajo que he cado.
Bueno; dnde estn las cruces?

El joven no pareca que se hallase en su estado normal. Ni poda
permanecer un minuto en su puesto, ni fijar sus pensamientos en
un objeto; sus ideas se sucedan sin transicin; por mejor decir,
deliraba. Le temblaban ligeramente las manos.

Sonia guardaba silencio. Sac de una caja de cruces una de madera de
ciprs y otra de cobre; despus se santigu, y luego de repetir la
misma ceremonia en la persona de Raskolnikoff, le puso al cuello la
cruz de ciprs.

--Es sta una manera de expresar que yo cargo con la cruz? Je, je,
je! Como si empezase a sufrir ahora! La cruz de ciprs es la de los
humildes. La cruz de cobre perteneci a Isabel. T la guardas para ti;
djamela ver. De modo que la llevaba... en aquel momento? Conozco
otros dos o tres objetos de piedad: una cruz de plata y una imagen.
Los ech entonces sobre el pecho de la vieja. Esos son los que debiera
colgarme yo ahora al cuello. Pero no digo ms que tonteras, y olvido
mi asunto. Estoy distrado. He venido, sobre todo, para prevenirte,
a fin de que sepas... Pues bien; esto es todo... no he venido ms
que para eso. (Hum! Crea, sin embargo, que tena que decirle otra
cosa.) Vamos a ver: t misma me has exigido que d este paso. Voy a
entregarme, y tu deseo ser satisfecho. Por qu lloras entonces? T
tambin! Basta, basta! Oh, qu penoso me es todo esto!

Al ver llorar a Sonia, se angusti el corazn del joven. Qu soy yo
para ella?--pensaba--. Por qu se interesa por m tanto como podra
interesarse mi madre o Dunia?

--Haz la seal de la cruz. Di una oracin--suplic con voz temblorosa
la joven.

--Sea. Rezar cuanto quieras y de buena voluntad, Sonia, de buena
voluntad.

El hizo muchos signos de cruz. Ella se puso a la cabeza un pauelo
verde, el mismo, probablemente, de que Marmeladoff haba hablado en la
taberna, y que serva entonces para toda la familia. Tal pensamiento
cruz por la mente de Raskolnikoff; pero se abstuvo de preguntar nada a
este propsito. Comenzaba a advertir que tena distracciones continuas,
y que estaba extremadamente turbado; esto le inquietaba. De repente
advirti que Sonia se preparaba a salir con l.

--Qu haces? A dnde vas? Qudate, qudate!--exclam con risa
irritada y se dirigi a la puerta--. Qu necesidad tengo de ir all
con acompaamiento?

Sonia no insisti. El, ni siquiera le dijo adis; se haba olvidado de
ella, le preocupaba tan slo una idea.

Realmente, est ya hecho todo?--se preguntaba al bajar la escalera--.
No habr medio de volverse atrs, de arreglarlo todo... y de no ir
all?

Sin embargo, sigui su camino, comprendiendo sbitamente que haba
pasado la hora de las vacilaciones. En la calle se acord de que no
haba dicho adis a Sonia, que se haba detenido en medio de la sala,
y de que una orden suya la haba como clavado en el suelo. Se plante
entonces otra cuestin, que desde haca algunos minutos flotaba en su
espritu sin formularse con claridad.

Por qu le he hecho yo esta visita? Le he dicho que vena para
un asunto: qu asunto? Ninguno tena con ella. Para decirle que
iba all? Vaya una necesidad! Para decirle que la amo? Si acabo
de rechazarla como a un perro! En cuanto a su cruz, qu necesidad
tena yo de ella? Oh, qu bajo he cado! No; lo que yo buscaba eran
lgrimas; lo que yo quera era gozar de los desgarramientos de su
corazn. Acaso he buscado, yendo a verla, ganar tiempo, retardar
un momento el instante fatal! Y me he atrevido a soar con altos
destinos! Y me he credo llamado a hacer grandes cosas! Yo, tan vil,
tan miserable, tan cobarde!

Caminaba a lo largo del muelle, y no tena que ir ms lejos; pero
cuando lleg al puente suspendi un instante su marcha, y se dirigi
despus bruscamente hacia el Mercado del Heno.

Sus miradas se fijaban con avidez en la derecha y en la izquierda.
Se esforzaba en examinar cada objeto que encontraba y en nada poda
concentrar su atencin.

Dentro de ocho das, dentro de un mes, volver a pasar por este
puente; un coche celular me llevar yo no s dnde. Con qu ojos
contemplar este canal? Me fijar entonces en esa muestra? Ah est
escrita la palabra _Compaa_. La leer yo entonces como la leo ahora?
Cules sern mis sensaciones y mis pensamientos?... Dios mo, qu
mezquinas son todas estas preocupaciones! Sin duda es curioso esto
en su gnero. Ja, ja, ja! De qu cosas me preocupo! Hago como los
nios: me engao a m mismo, porque, en efecto, debera sonrojarme de
mis pensamientos. Qu barullo! Ese hombretn, un alemn, segn todas
las apariencias, que acaba de empujarme, sabe a quin ha dado con el
codo? Esa mujer, que lleva un nio en la mano y que pide limosna, me
cree, quiz, ms feliz que ella. Casualmente llevo cinco kopeks en el
bolsillo. Tmalos, _matuchka_.

--Dios te lo pague--dijo la mendiga con tono plaidero.

El Mercado del Heno estaba lleno de gente. Esta circunstancia desagrad
mucho a Raskolnikoff; sin embargo, se dirigi al sitio en que la
multitud era ms compacta. Hubiera comprado la soledad a cualquier
precio; pero se daba cuenta de que no podra gozar de ella ni un solo
instante. Al llegar en medio de la plaza, el joven se acord de repente
de las palabras de Sonia: Ve a la encrucijada; besa la tierra que has
manchado con tu delito, y di en voz alta a la faz del mundo: Soy un
asesino!

Al recordarlo, todo su cuerpo se estremeci. Las angustias de los das
anteriores de tal modo haban desecado su alma, que se consider feliz
al encontrarla accesible a una sensacin nueva, y se abandon por
completo a ella. Se apoder de l un enternecimiento dulcsimo y se le
llenaron los ojos de lgrimas.

Se puso de rodillas en medio de la plaza, se inclin hasta el suelo, y
bes con alegra la tierra fangosa. Despus de haberse levantado, se
arrodill de nuevo.

--He ah uno que ha empinado el codo ms de lo regular--exclam un
joven que estaba a su lado.

Esta observacin provoc muchas carcajadas.

--Es un peregrino que va a Jerusaln, amigos mos. Se despide de
sus hijos, de su patria; saluda a todo el mundo, y da el beso de la
despedida al suelo de la capital--aadi un menestral que estaba
ligeramente ebrio.

--Es todava muy joven--dijo un tercero.

--Es un noble--observ gravemente otro.

--En la actualidad, no se distingue a los nobles de los que no lo son.

Vindose objeto de la atencin general, Raskolnikoff perdi un poco de
su serenidad, y las palabras Soy un asesino, que iban quiz a salir
de su boca, expiraron en sus labios. Las exclamaciones y los gestos de
la multitud le dejaron, por otra parte, indiferente, y con mucha calma
se encamin a la comisara de polica. Conforme iba andando, una sola
visin atrajo sus miradas; por lo dems, haba esperado encontrarla en
la calle, y no se asombr.

En el momento en que acababa de prosternarse en el Mercado del Heno
por segunda vez, vi a Sonia a una distancia de cincuenta pasos. La
joven trat de substraerse a las miradas de Raskolnikoff, ocultndose
detrs de una de las barracas de madera que se encuentran en la plaza.
As le acompaaba cuando l suba este calvario! Desde aquel instante,
Raskolnikoff adquiri la conviccin de que Sonia era suya para siempre,
y de que le seguira a todas partes, aunque su destino hubiera de
conducirle al fin del mundo.

Lleg finalmente al sitio fatal. Entr en el zagun con paso bastante
firme. La oficina de polica estaba situada en el tercer piso. Antes
que llegue arriba tengo tiempo de volverme--pensaba el joven. En tanto
que nada haba confesado, se complaca en pensar en que poda cambiar
de resolucin.

Como en su primera visita, encontr la escalera cubierta de suciedad,
impregnada de las exhalaciones que vomitaban las cocinas, abiertas
sobre cada descansillo. Mientras suba, se le doblaban las piernas, y
tuvo que detenerse un instante para tomar aliento, recobrarse un poco,
y preparar su entrada.

Pero, a qu viene eso? Para qu?--se pregunt de repente--. Puesto
que hay que apurar el vaso, poco importa cmo he de beberlo. Ms valdr
cuanto ms amargo sea.

Despus se ofrecieron a su espritu las imgenes de Ilia Petrovitch
y del oficial _Plvora_. Por qu voy a l? No podra dirigirme a
otro? A Nikodim Fomitch, por ejemplo? No sera mejor ir a buscar
al comisario a su domicilio particular, y contrselo todo en una
conversacin privada?... No, no; hablar a _Plvora_, y esto se acabar
ms pronto.

Con el rostro inundado de fro sudor y casi sin darse cuenta de lo que
haca, Raskolnikoff abri la puerta de la comisara. Esta vez no vi en
la antesala ms que a un _dvornik_ y a un hombre del pueblo. El joven
pas a la otra habitacin, donde trabajaban dos escribientes. Zametoff
no estaba all ni Nikodim Fomitch tampoco.

--No hay nadie?--dijo Raskolnikoff, dirigindose a uno de los
empleados.

--Por quin pregunta usted?

--A... a...

--Al or sus palabras, sin ver su rostro, he adivinado la presencia
de un ruso... como se dice en no s qu cuento. Mis respetos--grit
bruscamente una voz conocida.

Raskolnikoff tembl. _Plvora_ estaba delante de l; acababa de salir
de una tercera habitacin. El destino lo ha querido--pens el joven.

--Usted por aqu? Con qu motivo?--exclam Ilia Petrovitch, que
pareca de muy buen humor y muy animado--. Si ha venido por algn
asunto, es an demasiado pronto. Por una casualidad me encuentro
aqu yo... En qu puedo...? Confieso que no le... Cmo, cmo es su
nombre?... Perdneme usted.

--Raskolnikoff.

--Ah! S; Raskolnikoff. Ha podido usted creer que le haba olvidado!
Le suplico que no me crea tan... Rodin Ra... Radionitch, no es eso?

--Rodin Romanovitch.

--S, s; Rodin Radiovitch, Rodin Romanovitch; lo tena en la
punta de la lengua. Confieso a usted que siento sinceramente la
manera que tuvimos de portarnos con usted hace tiempo. Despus me lo
explicaron todo y he sabido que era usted un escritor, un sabio...
He tenido tambin noticia de que empezaba usted la carrera de las
letras. Oh Dios mo! Cul es el literato, cul es el sabio que en
sus comienzos no ha hecho ms o menos la vida de bohemio? Tanto mi
mujer como yo estimamos la literatura; en mi mujer es una pasin.
Es loca por las letras y las artes. Excepto el nacimiento, todo lo
dems puede adquirirse por el talento, el saber, la inteligencia, el
genio. Un sombrero, por ejemplo, qu significa? Un sombrero lo puedo
comprar en casa de Zimmermann; pero lo que abriga el sombrero, eso
no puedo comprarlo. Confieso que quera ir a casa de usted a darle
explicaciones; pero, he pensado que quiz usted... De todos modos, con
estas charlas no le he preguntado el objeto de su visita. Parece que
la familia de usted est ahora en San Petersburgo?

--S, mi madre y mi hermana.

--He tenido el honor y el placer de encontrar a su hermana de usted. Es
una persona tan encantadora como distinguida. Verdaderamente deploro
con toda mi alma el altercado que tuvimos aquel da. En cuanto a
las conjeturas fundadas en el desmayo de usted, se ha reconocido su
falsedad. Comprendo la indignacin de usted. Ahora que su familia vive
en San Petersburgo, va usted, acaso, a cambiar de domicilio?

--No, no por el momento. Haba venido a preguntar... Cre encontrar
aqu a Zametoff.

--Ah! Es verdad. Usted es amigo suyo; lo he odo decir. Pues bien:
Zametoff no est ya con nosotros. S, lo hemos perdido; nos ha dejado
ayer, y antes de su partida ha habido entre l y nosotros un fuerte
altercado. Es un galopn sin consistencia; nada ms. Haba hecho
concebir algunas esperanzas; pero ha tenido la desgracia de frecuentar
el trato de nuestra brillante juventud, y se le ha metido en la
cabeza sufrir exmenes, para poder darse tono y echrselas de sabio.
Hay que advertir que Zametoff no tiene nada de comn con usted, con
usted y con el seor Razumikin. Ustedes han abrazado la carrera de la
ciencia, y los reveses de la fortuna no les arredran. Para ustedes
los atractivos de la vida no valen nada; hacen la existencia austera,
asctica, monacal, del hombre de estudio. Un libro, una pluma detrs de
la oreja, una investigacin cientfica, son cosas que bastan para la
felicidad de ustedes. Yo mismo, hasta cierto punto... Ha ledo usted
la correspondencia de Livingstone?

--No.

--Yo s la he ledo. Ahora el nmero de los nihilistas ha aumentado
considerablemente, lo cual no es asombroso en una poca como la
nuestra. De usted para m... no es usted nihilista? Respndame
francamente.

--No.

--No tenga usted temor de ser franco conmigo, como lo sera consigo
mismo. Una cosa es el servicio y otra cosa... Usted creera que iba
a decir la _amistad_?, pues se engaa. No es la amistad, sino el
sentimiento del hombre y del ciudadano, el sentimiento de la humanidad
y del amor hacia el Omnipotente. Puedo ser un personaje oficial, un
funcionario; pero no por eso debo dejar de sentir en m el hombre
y el ciudadano. Hablaba usted de Zametoff? Pues bien, Zametoff es
un muchacho que copia el _chic_ francs, que da ruido en los sitios
sospechosos cuando ha bebido un vaso de _Champagne_ o de vino del Don.
Ah tiene usted a Zametoff. Quiz he sido un poco vivo con l, pero
si mi indignacin me ha llevado demasiado lejos, tuvo su origen en un
sentimiento elevado: el celo por los intereses del servicio. Por otra
parte, yo poseo un cargo, una posicin, cierta importancia social; soy
casado y padre de familia, y lleno mi deber de hombre y de ciudadano;
en tanto que l, qu es l? Permtame usted que se lo pregunte. Me
dirijo a usted como a un hombre favorecido con los beneficios de la
educacin. Ah tiene usted; las profesoras en partos, por ejemplo, se
han multiplicado de un modo extraordinario.

Raskolnikoff mir al oficial con aire asombrado. Las palabras de
Ilia Petrovitch, que violentamente acababa de levantarse de la mesa,
produjeron en su nimo una impresin que l no se explicaba. Sin
embargo, algo comprenda. En aquel momento preguntaba con los ojos a su
interlocutor e ignoraba cmo acabara todo aquello.

--Hablo de estas jvenes que llevan el cabello corto a lo
Tito--continu el inagotable Ilia Petrovitch--. Yo las llamo profesoras
en partos, y el nombre me parece muy bien aplicado. Je, je! Siguen
cursos de anatoma. Dgame, si me pusiese enfermo, cree usted que me
dejara tratar por una de esas seoritas? Je, je!

Ilia Petrovitch se ech a rer encantado de su chiste.

--Admito la sed de instruccin; pero, no se puede uno instruir sin
dar en semejantes excesos? Por qu ser insolente? Por qu insultar
a nobles personalidades, como lo hace ese necio de Zametoff? Por qu
me ha insultado, le pregunto a usted? Otra epidemia que hace terribles
progresos, es la del suicidio. Se gasta uno todo lo que tiene, y
en seguida se mata. Muchachas, jovenzuelos, viejos. Hemos sabido
ltimamente que un seor recin llegado aqu acaba de poner fin a sus
das. Nil Pavlitch, eh, Nil Pavlitch! cmo se llama el caballero que
se ha matado esta maana en la Petersburgskeria?

--Svidrigailoff--dijo uno que se encontraba en la habitacin inmediata.

Raskolnikoff tembl.

--Svidrigailoff! Svidrigailoff se ha levantado la tapa de los sesos!

--Cmo! Usted conoca a Svidrigailoff?

--S; en efecto, haba venido hace poco. Acababa de perder a su esposa;
era un libertino. Se ha pegado el tiro en condiciones muy escandalosas.
Han encontrado sobre su cadver un librito de notas en que estaban
escritas estas palabras: Muero en posesin de mis facultades; que
no se acuse a nadie de mi muerte. Este hombre tena, segn se dice,
dinero. De qu le conoca usted?

--Yo...? Haba sido mi hermana institutriz en su casa.

--Ah, ah!... Entonces puede usted dar noticias acerca de l. No tena
usted sospechas de su proyecto?

--Le vi ayer. Le encontr bebiendo vino... Nada sospech.

A Raskolnikoff le pareca que tena una montaa sobre el pecho.

--Qu es eso? Se pone usted plido. Est tan cargada la atmsfera de
esta habitacin!

--S; ya es tiempo de que me vaya--balbuce el joven--. Perdneme usted
si le he molestado.

--Nada de eso. Aqu estamos siempre a su disposicin. Me ha causado
gran placer y me complazco en declararlo.

Al pronunciar estas palabras, Ilia Petrovitch tendi la mano al joven.

--Quera solamente... Tena un asunto que tratar con Zametoff.

--Comprendo, comprendo. Tanto gusto en haberle visto.

--Tambin yo lo he tenido... Hasta la vista--dijo Raskolnikoff
sonriendo.

Sali tambalendose. Le daba vueltas la cabeza. Apenas poda tenerse
en pie, y, al bajar la escalera, le fu forzoso apoyarse en la pared
para no caerse. Le pareci que un _dvornik_, que se diriga al despacho
de polica, tropezaba con l al pasar; que un perro ladraba en una
habitacin del primer piso, y que una mujer gritaba para hacer callar
al animal. Llegado al pie de la escalera, entr en el patio. Erguida,
no lejos de la puerta, Sonia, plida como la muerte, le miraba con
asombro. Se detuvo frente a ella. La joven se retorca las manos;
su fisonoma expresaba la ms terrible desesperacin. Al verla,
Raskolnikoff sonri; pero, con qu sonrisa! Un instante despus volva
a entrar en la oficina de polica.

Ilia Petrovitch estaba ojeando unos papeles. Delante de l se hallaba
el mismo _mujik_ que un momento antes haba tropezado con Raskolnikoff
en la escalera.

--Ah! Usted aqu otra vez? Se le ha olvidado algo? Qu le pasa?

Con los labios descoloridos, fija la mirada, Raskolnikoff avanz
lentamente hacia Ilia Petrovitch y, apoyndose con la mano en la mesa
ante la cual estaba sentado el oficial de polica, quiso hablar, pero
no pudo pronunciar ms que sonidos ininteligibles.

--Est usted enfermo? Una silla! Aqu est. Sintese usted. Agua!

Raskolnikoff se dej caer en el asiento que se le ofreca; pero sus
ojos no se apartaban de Ilia Petrovitch, cuyo semblante expresaba
una sorpresa muy desagradable. Durante un minuto ambos se miraron en
silencio. Trajeron agua.

--Yo soy...--empez a decir Raskolnikoff.

--Beba usted.

El joven rechaz con un ademn el vaso que le presentaban, y en voz
baja pero clara, hizo, interrumpindose muchas veces, la siguiente
declaracin:

--_Yo soy quien asesin a hachazos, para robarlas, a la vieja
prestamista y a su hermana Isabel._

Ilia Petrovitch llam; acudieron de todas partes.

Raskolnikoff repiti su confesin.




EPILOGO


I

Siberia. A la orilla de un ro ancho y desierto se levanta una ciudad,
uno de los centros administrativos de Rusia. En la ciudad hay una
fortaleza; en la fortaleza una prisin. En la prisin est, desde hace
nueve meses, Rodin Romanovitch Raskolnikoff, condenado a trabajos
forzados (segunda categora). Cerca de diez y ocho meses han pasado
desde el da que cometi su crimen.

En la instruccin de su proceso no hubo apenas dificultades. El
culpable renov sus confesiones con tanta fuerza como claridad y
precisin, sin confundir las circunstancias, sin suavizar el horror,
sin falsear los hechos, sin olvidar el menor detalle. Hizo una relacin
completa del asesinato, esclareci el misterio del objeto encontrado en
manos de la vieja (se recordar que era un trozo de madera junto con
una placa de hierro), cont cmo haba tomado las llaves del bolsillo
de la vctima, describi estas llaves y describi tambin el asesinato
de Isabel, que hasta entonces haba sido un enigma. Cont cmo Koch
haba venido y llamado a la puerta, y cmo, despus de l, haba
llegado un estudiante. Refiri minuciosamente la conversacin habida
entre los dos hombres; cmo, en seguida, el asesino se haba lanzado a
la escalera y haba odo los gritos de Mikolai y de Milka, ocultndose
en el cuarto vaco y dirigindose despus a su casa. Finalmente, en
cuanto a los objetos robados, manifest que los haba enterrado debajo
de una piedra en un corral que daba a la perspectiva Ascensin. Se
encontraron all, en efecto. En una palabra, todo se esclareci. Lo
que, entre otras cosas, asombraba a los jueces, fu la circunstancia
de que el asesino, en vez de aprovecharse de los objetos robados a
la vctima, fuese a ocultarlos bajo una piedra. Todava comprendan
menos que, no solamente no se acordase de los objetos robados por l,
sino que hasta se engaase acerca de su nmero. Se encontraba, sobre
todo, inverosmil que no hubiera abierto una sola vez la bolsa, y que
ignorase el contenido de ella. (Encerraba sta trescientos diez y siete
rublos y tres monedas de veinte kopeks cada una; a consecuencia de
haber sido enterrados largo tiempo, los billetes se haban deteriorado
considerablemente.) Se procur adivinar por qu nicamente sobre
este punto menta el acusado, cuando en todo lo dems haba dicho
espontneamente la verdad. En fin, algunos, principalmente entre los
psiclogos, admitieron como posible que, en efecto, no hubiera abierto
la bolsa; y que, por consiguiente, se hubiera desembarazado de ella
sin saber lo que contena; pero sacaron asimismo la conclusin de
que el crimen haba sido necesariamente cometido bajo la influencia
de una locura momentnea. El culpable--dijeron--ha cedido a la
monomana morbosa del asesinato y del robo, sin objeto ulterior, sin
clculo interesado. Era aquella ocasin excelente para sostener la
teora moderna de la alienacin temporal, teora con la que se busca
actualmente tan a menudo explicar los actos de ciertos criminales.
Adems, numerosos testigos haban declarado que Raskolnikoff padeca
hipocondra. Estos testigos eran; el doctor Zosimoff, los antiguos
compaeros del acusado, su patrona, los criados, etc. Todo esto
daba muchos fundamentos para pensar que Raskolnikoff no era un
asesino vulgar, un malhechor ordinario, sino que haba alguna otra
cosa en aquel proceso. Con gran despecho de los partidarios de esta
opinin, el culpable no se cuid de defenderse. Interrogado acerca
de los motivos que haban podido inducirle al asesinato y al robo,
declar con brutal franqueza que haba sido impulsado por la miseria.
Esperaba--dijo--encontrar en casa de su vctima lo menos tres mil
rublos, y contaba con esta suma asegurar sus primeros pasos en la
vida; su carcter ligero y bajo, agriado por las privaciones y las
contrariedades, haba hecho de l un asesino. Cuando se le pregunt
por qu haba ido a denunciarse, respondi redondamente que haba
representado la farsa del arrepentimiento. Todo aquello era casi
cnico...

Sin embargo, la sentencia fu menos severa de lo que se hubiera
podido presumir en relacin con el crimen cometido. Quiz caus
buena impresin que el reo, lejos de disculparse, procurase, por el
contrario, empeorar su situacin. Fueron tomadas en consideracin todas
las extraas particularidades de la causa. El estado de enfermedad y
estrechez en que se encontraba el acusado antes de la comisin de su
delito, no dejaba lugar a la menor duda. Como no se haba aprovechado
de los objetos robados, se supuso, o que los remordimientos se lo
haban impedido, o que sus facultades intelectuales no estaban intactas
cuando cometi el hecho. El asesinato, en modo alguno premeditado, de
Isabel, suministr un argumento en apoyo de esta ltima hiptesis: un
hombre comete dos asesinatos, y se olvida al mismo tiempo de que la
puerta est abierta. Por ltimo, haba ido a denunciarse en el momento
en que las falsas confesiones de un fantico de espritu desequilibrado
(Mikolai), acababan de desviar completamente la instruccin, y cuando
la justicia estaba a cien leguas de sospechar quin era el verdadero
culpable. (Porfirio Petrovitch cumpli fielmente su palabra.) Todas
estas circunstancias contribuyeron a suavizar la severidad del
veredicto.

Por otra parte, los debates dieron a conocer muchos hechos en favor del
acusado. Documentos facilitados por el antiguo estudiante Razumikin
demostraron que, estando en la Universidad, Raskolnikoff haba
compartido sus escasos recursos con un compaero pobre y enfermo.
Este ltimo haba muerto, dejando en la miseria a un padre enfermo,
del cual era, desde la edad de trece aos, nico sostn. Raskolnikoff
haba hecho entrar al viejo en un asilo, y ms tarde haba costeado los
gastos de su entierro. El testimonio de la viuda Zarnitzin, fu tambin
muy favorable al acusado. Declar que, en la poca en que habitaba en
los Cinco Rincones con su inquilino, habindose declarado un incendio
una noche en cierta casa, Raskolnikoff, con riesgo de su vida, salv
de las llamas a dos nios pequeos, sufriendo graves quemaduras al
realizar tal acto de valor. Se abri una indagatoria a propsito de
este hecho, y numerosos testigos certificaron la exactitud de l.
En una palabra, el tribunal, teniendo en cuenta las confesiones del
culpable, as como sus buenos antecedentes, le conden tan slo a ocho
aos de trabajos forzados (segunda categora).

Desde la apertura de la vista, la madre de Raskolnikoff estaba mala.
Dunia y Razumikin encontraron medio de alejarla de San Petersburgo
durante todo el tiempo del proceso. Razumikin eligi una ciudad de
la lnea frrea, y a poca distancia de la capital; as poda seguir
asiduamente las audiencias y ver a Advocia Romanovna. La enfermedad
de Pulkeria Alexandrovna era una afeccin nerviosa bastante extraa,
con desarreglo, a lo menos parcial, de las facultades mentales. De
vuelta en su domicilio, despus de la ltima entrevista con su hermano,
Dunia haba encontrado con mucha fiebre a su madre, y con delirio.
Aquella misma noche se puso de acuerdo con Razumikin acerca de lo que
haba de responder cuando Pulkeria Alexandrovna pidiese noticias de
Raskolnikoff; a tal fin inventaron una historia, esto es, que Rodia
haba sido enviado muy lejos a los confines de Rusia, con una misin
que deba reportarle mucho honor y provecho. Pero, con gran sorpresa
de los jvenes, ni entonces, ni despus, la madre les pregunt nada
acerca de este asunto. Ella misma se haba forjado en la imaginacin
una novela, a fin de explicar la brusca desaparicin de su hijo.
Contaba llorando la visita de despedida que ste le haba hecho, con
cuyo motivo daba a entender que ella solamente conoca circunstancias
misteriosas y muy graves; Rodia se vea obligado a ocultarse, porque
tena enemigos muy poderosos; por lo dems, no dudaba de que el
porvenir de su hijo fuese muy brillante, y de que ciertas dificultades
seran vencidas. Aseguraba a Razumikin que, con el tiempo, su hijo
llegara a ser un hombre de Estado: tena prueba de ello en el artculo
que el joven haba escrito, y que denotaba un talento literario
inagotable. Lea sin cesar este artculo, a veces hasta en alta voz;
poda decirse que dorma con l; sin embargo, no preguntaba jams dnde
se encontraba Rodia, aunque el cuidado mismo que se pona para evitar
esta conversacin hubiese podido parecerle sospechoso. El extrao
silencio de Pulkeria Alexandrovna sobre ciertos puntos, acab por
inquietar a Dunia y a Razumikin. Aqulla no se quejaba de que su hijo
no la escribiese, siendo as, que antes, en su ciudad natal, esperaba
con impaciencia suma las cartas de su querido Rodia. Tan inexplicable
era esta ltima circunstancia, que Dunia lleg a alarmarse. A la
joven le ocurri la idea de que su madre tena el presentimiento de
una terrible desgracia ocurrida a Rodia, y de que no se atreva a
preguntar, temerosa de saber todava alguna cosa peor. De todos modos,
Dunia vea muy claramente que su madre tena trastornado el cerebro.

Dos veces, sin embargo, condujo la conversacin de tal manera, que
fu imposible responderle sin indicar en dnde se encontraba Rodia. A
continuacin de las respuestas necesariamente equvocas y difciles que
se le dieron, cay en profunda tristeza; durante muy largo tiempo se le
vi sombra y taciturna como nunca haba estado. Dunia, al cabo, lleg
a advertir que las mentiras y las historias inventadas iban contra su
propsito, y que lo mejor era encerrarse en un silencio absoluto sobre
ciertos puntos; pero lleg a ser cada vez ms evidente para ella que
Pulkeria Alexandrovna sospechaba algo espantoso. Dunia saba fijamente
(su hermano se lo haba contado) que su madre la oy hablar en sueos
la noche siguiente a su entrevista con Svidrigailoff. Las palabras que
en el delirio se le escaparon a la joven, no habran derramado una
luz siniestra en el espritu de la pobre mujer? A menudo, despus de
das, y aun de semanas de continuo mutismo y de lgrimas silenciosas,
se produca en la enferma una especie de exaltacin histrica. Se
pona de repente a hablar alto, sin interrumpirse, de su hijo, de
sus esperanzas y del porvenir... sus imaginaciones eran a veces muy
extraas. Se finga ser de su opinin (quiz no era del todo engaoso
este sentimiento); sin embargo, no cesaba de hablar.

La sentencia fu pronunciada cinco meses despus de la confesin hecha
por el criminal a Ilia Petrovitch. En cuanto fu posible, Razumikin
visit al condenado en la crcel. Sonia le visit tambin. Lleg al
fin el momento de la separacin. Dunia jur a su hermano que esta
separacin no sera eterna; Razumikin se expres del mismo modo. El
animoso joven tena un proyecto firmemente formado en su espritu;
cuando ahorrase algn dinero, durante tres o cuatro aos se trasladara
a Siberia, pas en que tantas riquezas no esperan otra cosa, para ser
puestas en circulacin, que capitales y brazos. All se establecera,
en la ciudad en que estuviese Rodia, y juntos comenzaran una nueva
vida. Todos lloraban al decirse adis. Desde haca algunos das,
Raskolnikoff se mostraba muy preocupado, multiplicaba las preguntas
acerca de su madre, inquietndose continuamente por ella. Esta
excesiva preocupacin de su hermano daba pena a Dunia. Cuando el joven
se hubo enterado con ms detalles del estado enfermizo de Pulkeria
Alexandrovna, se puso extremadamente sombro. Con Sonia estaba siempre
taciturno. Provista del dinero que Svidrigailoff le haba entregado,
la joven se hallaba dispuesta, desde haca mucho tiempo, a acompaar
el convoy de presos de que haba de formar parte Raskolnikoff. Nunca
haba mediado una palabra sobre este particular entre ella y l; pero
ambos saban que sera as. En el momento de la ltima despedida, el
condenado se sonri de un modo extrao al or hablar a su hermana y a
Razumikin del prspero porvenir que se abrira para ellos despus de su
salida del presidio. Prevea que la enfermedad de su madre no tardara
en conducirla al sepulcro.

Dos meses despus, Dunia se cas con Razumikin. Sus bodas fueron
tranquilas y tristes. Entre los invitados se encontraron Porfirio
Petrovitch y Zosimoff. Algn tiempo despus, todo denotaba en Razumikin
una resolucin enrgica. Dunia crea ciegamente que realizara todos
sus designios, y no poda menos de creerlo, porque vea en l una
voluntad de hierro. Comenz por entrar de nuevo en la Universidad a fin
de terminar sus estudios. Los dos esposos elaboraban sin cesar planes
para el porvenir; tenan uno y otra la firme resolucin de emigrar a
Siberia en un plazo de cinco aos. En tanto contaban con que Sonia los
reemplazara cerca del condenado...

Pulkeria Alexandrovna concedi, con alegra, la mano de su hija a
Razumikin; pero despus de este matrimonio, pareci ms triste y
preocupada. Para proporcionarle un momento agradable, Razumikin le
cont la noble conducta de Raskolnikoff, a propsito del estudiante y
de su anciano padre, y le refiri tambin cmo el ao anterior Rodia
haba expuesto la vida para salvar a dos nios que estaban a punto de
perecer en un incendio. Estos relatos exaltaron, hasta el ms alto
grado, el ya turbado espritu de Pulkeria Alexandrovna. Desde entonces
no hablaba ms que de ello, y hasta en la calle refera tales hechos a
los transeuntes, aunque la acompaaba siempre Dunia. En los mnibus,
en los almacenes, en todas partes en donde se encontraba un oyente
benvolo, hablaba de su hijo, del artculo de su hijo, de la caridad
de su hijo con un estudiante, de la valerosa abnegacin de que haba
dado pruebas su hijo en un incendio, etc. Dunia no saba cmo hacerla
callar. Esta morbosa locuacidad no careca de peligros: adems de que
agotaba las fuerzas de la pobre mujer, poda ocurrir que alguno, oyendo
alabar de Raskolnikoff, se pusiese a hablar del proceso. Pulkeria
Alexandrovna averigu las seas de la mujer cuyos hijos haban sido
salvados por el suyo, y quiso resueltamente ir a verlos. Finalmente, su
exaltacin lleg a los ltimos lmites. A veces se echaba de repente a
llorar, y a veces tena accesos de fiebre, durante los cuales deliraba.
Una maana declar redondamente que, segn sus clculos, Rodia deba
volver muy pronto, porque cuando se despidi de ella le haba anunciado
su vuelta en un plazo de nueve meses. Comenz entonces a prepararlo
todo en la casa, en atencin a la prxima llegada de su hijo,
destinndole su propia habitacin; quit el polvo a los muebles, freg
el suelo, cambi las cortinas, etc. Dunia estaba desolada, pero no
deca nada, y hasta ayudaba a su madre en estas diversas ocupaciones.
Despus de un da lleno todo l de locas visiones, de sueos gozosos y
de lgrimas, Pulkeria Alexandrovna se vi acometida de una fiebre alta
y muri al cabo de quince das. Varias palabras pronunciadas por la
enferma durante su delirio, hicieron creer que haba casi adivinado el
terrible secreto que con tanto trabajo trataron de ocultarle.

Por mucho tiempo ignor Raskolnikoff la muerte de su madre, aunque
por mediacin de Sonia recibiese regularmente noticias de su familia.
Cada mes enviaba la joven una carta dirigida a Razumikin, y cada mes
se le responda de San Petersburgo. Las cartas de Sonia parecieron
en un principio, a Dunia y Razumikin, algo secas e insuficientes;
pero ms tarde comprendieron que era imposible escribirlas mejores,
puesto que encontraban en ellas datos completos y precisos acerca de
la situacin de su desgraciado hermano. Sonia describa, de una manera
muy sencilla y muy clara, la existencia de Raskolnikoff en la prisin.
No hablaba de ella ni de sus propias esperanzas ni de sus conjeturas
respecto al porvenir, ni de sus sentimientos personales. En vez de
explicar el estado moral, la vida interior del condenado, se limitaba
a citar hechos, es decir, las mismas palabras pronunciadas por l.
Daba noticias detalladas acerca de su salud, deca qu deseos le haba
manifestado l, qu preguntas le haba dirigido, qu encargos le haba
hecho durante sus entrevistas, etc.

Pero estos datos, por minuciosos que fuesen, no eran, empero, en los
primeros tiempos sobre todo, muy consoladores. Dunia y su marido
supieron, por la correspondencia de Sonia, que su hermano segua
siempre sombro y taciturno. Cuando la joven le comunicaba noticias
recibidas de San Petersburgo, apenas si prestaba atencin; algunas
veces se informaba de su madre, y cuando Sonia, viendo que el preso
adivinaba la verdad, le hizo saber la muerte de Pulkeria Alexandrovna,
observ con gran sorpresa que se haba quedado poco menos que
impasible. Aunque parezca absorto en s mismo y como extrao a todo
lo que le rodea--escriba, entre otras cosas, Sonia--se hace cargo
de su vida nueva, comprende muy bien su situacin; ni espera nada
mejor de aqu a largo tiempo, ni acaricia frvolas esperanzas, ni
experimenta casi ningn asombro en este nuevo medio que tanto difiere
del antiguo... Su salud es satisfactoria. Va al trabajo sin repugnancia
y sin apresuramiento. Es casi indiferente a la comida; pero, excepto
los domingos y los das de fiesta, esta nutricin es tan mala, que ha
consentido en aceptar de m algn dinero para procurrsela todos los
das. En cuanto a lo dems, me suplica que no me inquiete, porque,
segn asegura, le es desagradable que se ocupen de l. En la
crcel--se lea en otra carta--, est instalado con los otros presos;
no he visitado el interior de la fortaleza, pero tengo motivos para
creer que se est all muy mal, muy estrechamente y en condiciones muy
insalubres. Duerme en una cama de campaa, cubierto con una alfombra
de fieltro, y no quiere otro lecho. Si rehusa hacer todo lo que podra
proporcionarle su existencia material menos dura y menos grosera,
no es, en lo ms mnimo, en virtud de sus principios ni de una idea
preconcebida, sino, sencillamente, por apata, por indiferencia. Sonia
confesaba que, al principio, sobre todo, sus visitas, en vez de causar
placer a Raskolnikoff, le producan una especie de irritacin; no sala
de su mutismo ms que para decir groseras a la joven. Ms tarde, es
verdad, dichas visitas haban llegado a ser para l una costumbre, casi
una necesidad, hasta el punto de que haba estado muy triste cuando
una indisposicin de algunos das oblig a Sonia a interrumpirlas. Los
das de fiesta se vean, ya en la puerta de la prisin, ya en el cuerpo
de guardia, a donde se enviaba algunos minutos al prisionero, cuando
la joven le haca llamar. En tiempo ordinario, Sonia iba a buscarle al
trabajo en los talleres, en las tejeras, en los tinglados establecidos
a las orillas del Irtych. En lo tocante a ella, Sonia deca que haba
logrado crearse relaciones en su nueva residencia; que se ocupaba en
coser, y que, no habiendo en la ciudad casi ninguna modista, se haba
hecho una buena clientela. Lo que callaba era que haba atrado sobre
Raskolnikoff el inters de la autoridad, y que, gracias a ella, se le
dispensaba de los trabajos ms penosos, etctera. En fin, Razumikin y
Dunia recibieron aviso de que Raskolnikoff esquivaba a todo el mundo;
que sus compaeros de cadena no le queran; que permaneca silencioso
durante horas enteras, y que, de da en da, su palidez era cada vez
mayor. Dunia haba notado ya cierta inquietud en las ltimas cartas de
Sonia, la cual no tard en escribir diciendo que el condenado haba
cado gravemente enfermo, y que haba sido llevado al hospital de la
prisin...


II

Estaba enfermo desde haca algn tiempo; pero lo que haba quebrantado
sus fuerzas no era ni el horror de la prisin, ni el trabajo, ni la
mala alimentacin, ni la vergenza de tener la cabeza rapada e ir
vestido de harapos. Oh! qu le importaban a l tales tribulaciones
y miserias? Lejos de ello, estaba contento de tener que trabajar. La
fatiga fsica le produca algunas horas de sueo agradable, y, qu
significaba para l el rancho, aquella mala sopa de coles en que sola
encontrar hasta escarabajos? En otro tiempo, siendo estudiante, se
hubiera dado algunas veces por muy contento de tener tal comida. Sus
vestidos eran de abrigo y a propsito para aquel gnero de vida; en
cuanto a la cadena, apenas si senta el peso. Quedaba la humillacin de
tener la cabeza afeitada y llevar el uniforme del presidio; pero, ante
quin habra de ruborizarse? Ante Sonia? La joven tena miedo de l;
cmo haba de ruborizarse ante ella?

Sin embargo, le daba vergenza de la misma Sonia; por esta razn se
mostraba brutal y despreciativo en sus relaciones con la joven. Pero
no proceda esta vergenza ni de su cabeza rapada, ni de su cadena. Su
orgullo haba sido cruelmente herido, y Raskolnikoff estaba enfermo
de esta herida, Oh, qu feliz habra sido si hubiera podido acusarse
a s mismo! Entonces lo hubiera soportado todo, hasta la vergenza
y el deshonor. Pero en vano se examinaba severamente; su conciencia
endurecida no encontraba en su pasado ninguna falta que pudiera
ocasionarle grandes remordimientos. Solamente se echaba en cara haber
fracasado, cosa que poda ocurrir a todo el mundo. Lo que le humillaba,
era verse l, Raskolnikoff, perdido tontamente, sin esperanza de
rehabilitacin, por una sentencia del ciego destino, y deba someterse,
resignarse al absurdo de esa sentencia, si quera encontrar un poco de
calma.

Una inquietud sin objeto y sin fin en el presente, un sacrificio
continuo y estril en el porvenir; esto es lo que le quedaba en la
tierra. Vano consuelo para l decirse que, dentro de ocho aos,
no tendra ms que treinta y dos, y que, en esta edad, podra an
recomenzar la vida. Para qu vivir? Con qu objeto? Con qu fin?
Vivir para existir? En todo momento haba estado pronto a dar su
existencia por una idea, por una esperanza, por un capricho. Haba
hecho siempre poco caso de la existencia pura y sencilla; siempre haba
mirado ms all. Quiz la fuerza slo de los deseos le haba hecho
creer en otro tiempo que era uno de esos hombres a quienes les est
permitido ms que a los otros.

Menos mal si el destino le hubiese enviado el arrepentimiento, el
punzante arrepentimiento que rompe el corazn, que quita el sueo; el
arrepentimiento cuyos tormentos son tales, que el hombre se ahoga o se
ahorca para librarse de ellos. Oh! Los hubiera acogido con felicidad.
Sufrir y llorar es todava vivir; pero no se arrepenta de su crimen.

Por lo menos hubiera podido echarse en cara su tontera, como se haba
reprochado en otro tiempo las acciones estpidas y odiosas que le
haban conducido a presidio. Pero ahora, que en el vagar de la prisin
reflexionaba de nuevo sobre toda su conducta pasada, no la encontraba
tan odiosa ni tan estpida como le haba parecido en otro tiempo.

Es que--pensaba--mi idea era ms tonta que las otras ideas y teoras
que batallan en el mundo desde que el mundo existe? Basta considerar
las cosas desde un punto de vista amplio, independiente, libre de los
prejuicios del da, y, entonces ciertamente, mi idea no parecer tan
extraa. Oh espritus sedicentes, libres de prejuicios, filsofos de
cinco kopeks! por qu os detenis a la mitad del camino?

Y por qu les parece tan fea mi conducta?--se preguntaba--. Por
qu es un crimen? Qu significa la palabra crimen? Mi conciencia
est tranquila. Sin duda he cometido una accin ilcita, he violado
la letra de la ley y he vertido sangre... Pues bien, tomad mi cabeza.
Cierto es que, en este caso, aun los bienhechores de la humanidad, de
aquellos a quienes el poder no ha venido por herencia, sino que se han
apoderado de l a viva fuerza, hubieran debido desde sus comienzos ser
entregados al suplicio. Pero estas personas han ido hasta el fin, y
esto es lo que las justifica, en tanto que yo no he sabido continuar;
por consiguiente, no tena el derecho de comenzar.

Unicamente se reconoca un error: el de haber cometido la debilidad de
ir a denunciarse.

Pero un pensamiento le atormentaba tambin: por qu no se haba
matado? Por qu, ms bien que arrojarse al agua, haba preferido
entregarse a la polica? Es el amor de la vida un sentimiento tan
difcil de vencer? Svidrigailoff, sin embargo, haba triunfado de l.

Se planteaba dolorosamente esta cuestin y no poda comprender que,
cuando enfrente del Neva, pensaba en el suicidio, quiz era que
presenta en s y en sus convicciones un error profundo. No comprenda
que este pensamiento pudiese contener en germen un nuevo concepto de la
vida, que pudiese ser el preludio de una revolucin en su existencia,
la prenda de su resurreccin.

Admita ms bien que haba cedido entonces por cobarda y defecto de
carcter a la fuerza brutal del instinto. El espectculo ofrecido
por sus compaeros de presidio le asombraba. Cmo amaban todos
ellos la vida! Cmo la apreciaban! Pareca a Raskolnikoff que este
sentimiento era ms vivo en el preso que en el hombre libre. Qu
terribles sufrimientos padecan aquellos desgraciados, los vagabundos,
por ejemplo! Era posible que un rayo de sol, un bosque sombro, una
fuente fresca, tuviesen tanto valor a sus ojos? A medida que los fu
estudiando, descubri hechos an ms inexplicables.

En el penal, en el ambiente que le rodeaba, se le escapaban, sin
duda, muchas cosas; adems, no quera fijar su atencin en nada.
Viva, por decirlo as, sin levantar jams los ojos, porque encontraba
insoportable el mirar en su derredor. Pero, a la larga, muchas
circunstancias le chocaron, e involuntariamente comenz a advertir
lo que ni siquiera haba sospechado antes. En general, lo que ms
le asombraba, era el abismo espantoso, infranqueable, que exista
entre l y toda aquella gente. Hubirase dicho que pertenecan l y
ellos a naciones diferentes. Se miraban con desconfianza y hostilidad
recprocas. Saba y comprenda las causas generales de este fenmeno;
pero, hasta entonces, jams las haba supuesto tan fuertes ni tan
profundas. Adems de los criminales de derecho comn, haba en la
fortaleza polacos enviados a Siberia por delitos polticos. Estos
ltimos consideraban como brutos a sus compaeros de cadena, para los
cuales no tenan ms que desprecio; pero Raskolnikoff no participaba
de esta manera de ver; advertase muy bien que, bajo muchos aspectos,
aquellos brutos eran ms inteligentes que los mismos polacos. Haba
all tambin rusos (un antiguo oficial y dos seminaristas), que
despreciaban a la plebe de la prisin. Raskolnikoff adverta igualmente
el error de ellos.

En cuanto a l, no se le amaba, se le esquivaba; hasta se acab por
odiarle; por qu? Lo ignoraba. Los malhechores, cien veces ms
culpables que l, le despreciaban y hacanle objeto de sus burlas; su
crimen era el blanco de sus sarcasmos.

--T, t no eres un _barin_--le decan--. Por qu has asesinado a
hachazos? Eso no es propio de un _barin_.

En la segunda semana de la gran Cuaresma, tuvo que asistir a las
funciones religiosas con todos los de su cuadra. Fu a la iglesia y
or como los otros. Un da, sin que se supiese por qu motivo, sus
compaeros estuvieron a punto de hacerle una mala partida. De repente
se vi asaltado por ellos.

--T eres un ateo.

--T no crees en Dios--gritaban los forzados.

--Hay que matarle.

Jams l les haba hablado ni de Dios, ni de la religin, y, sin
embargo, queran matarle por ateo. Raskolnikoff no les respondi ni una
palabra. Un forzado, en el colmo de la exasperacin, se lanz sobre
l; el joven, tranquilo y silencioso, le esper sin pestaear, sin que
ningn msculo de su rostro temblase. Un cabo de varas se interpuso a
tiempo entre l y el asesino. Un instante ms, y hubiera corrido la
sangre.

Exista otra cuestin que no acertaba a resolver: por qu amaban todos
tanto a Sonia? La joven no trataba de ganarse sus voluntades; no tenan
a menudo ocasin de encontrarla. Slo la vean alguna vez que otra en
los patios o en el taller, cuando vena a pasar algunos minutos al lado
del preso. Sin embargo, todos la conocan. No ignoraban que le haba
seguido; saban cmo viva y dnde estaba alojada. La joven no les daba
dinero, apenas les prestaba, propiamente hablando, servicio alguno;
solamente una vez, por Nochebuena, hizo un regalo a toda la prisin:
pasteles y _kalatschi_[20]; pero, poco a poco, entre ellos y Sonia se
establecieron ciertas relaciones ms ntimas. Escriba, por encargo
de ellos, cartas a sus familias, y las pona en el correo. Cuando sus
parientes venan a la ciudad, era en manos de Sonia en las que, por
recomendacin de los mismos forzados, dejaban los objetos y hasta el
dinero destinado a ellos. Las mujeres y las amantes de los detenidos
la conocan e iban a su casa. Cuando visitaba a Raskolnikoff en el
trabajo, o en medio de sus compaeros, o encontraba un grupo de presos
que se dirigan a la obra, todos se quitaban los gorros y se inclinaban
saludndola:

       [20] Panecillos blancos.

--_Matuchka_, Sofa Semenovna, t eres nuestra tierna y querida
madre--decan aquellos presidiarios brutales a la pequea y dbil
criatura.

Ella les saludaba sonriendo, y a todos les agradaba su sonrisa. Amaban
hasta su manera de andar, y se volvan para seguirla con los ojos
cuando se alejaba. Y qu alabanzas le dirigan! Hasta la elogiaban
por ser pequeita de cuerpo; no saban cmo ensalzarla, y aun la
consultaban en sus enfermedades.

Raskolnikoff pas en el hospital todo el fin de la Cuaresma y la
semana de Pascuas. Al recobrar la salud se acord de los sueos que
haba tenido en su delirio. Le pareca ver el mundo entero asolado
por un azote terrible y sin precedentes, que, viniendo del fondo
de Asia, haba cado sobre Europa. Todos deban perecer, excepto
un nmero reducidsimo de privilegiados. Microbios de una nueva
especie, seres microscpicos, se introducan en los cuerpos humanos.
Pero estos seres estaban dotados de inteligencia y de voluntad. Los
individuos atacados por ellos se ponan al instante locos furiosos.
Sin embargo, cosa extraa! nunca hombre alguno se habra credo
tan sabio, tan seguramente en posesin de la verdad, como se crean
aquellos infortunados. Jams nadie haba tenido ms confianza en
la infalibilidad de sus juicios, en la solidez de sus conclusiones
cientficas y de sus principios morales. Aldeas, ciudades, pueblos
enteros, estaban atacados de este mal y perdan la razn. Estaban
todos agitados y fuera de estado de comprenderse entre ellos. Cada
cual crea poseer solo la verdad, y al observar a sus semejantes se
entristeca, se golpeaba el pecho, lloraba y se retorca las manos. No
podan entenderse acerca del bien y del mal; no se saba qu condenar
ni qu absolver. Los hombres se mataban entre s, bajo la impulsin de
una clera ciega. Se reunan formando grandes ejrcitos; pero una vez
comenzada la campaa, la divisin apareca bruscamente en las tropas,
las filas se rompan, los guerreros se degollaban y se devoraban. En
las ciudades sonaba a todas horas el toque de rebato; mas, para qu
esta alarma? Con qu propsito? Nadie lo saba y todo el mundo estaba
inquieto. Se abandonaban los ms ordinarios oficios, porque cada
cual propona sus ideas, sus reformas, y nadie se pona de acuerdo;
la agricultura estaba abandonada; aqu y all la gente se reuna en
grupos, entendindose para una accin comn y jurando no separarse;
pero un instante despus olvidaban la resolucin que haban tomado, y
comenzaban a acusarse, a pegarse y a matarse. Los incendios y el hambre
contemplaban este triste cuadro. Hombres y cosas, todo pereca. Aquel
azote se extenda ms y ms. Solamente podan salvarse algunos hombres
puros, predestinados a rehacer el gnero humano, a renovar la vida y
a purificar la tierra; pero nadie vea a estos hombres, nadie oa sus
palabras ni su voz.

Aquellos sueos absurdos dejaban en el nimo de Raskolnikoff una
impresin penosa, que tard mucho en borrarse. Lleg la segunda semana
despus de Pascuas; el tiempo era templado, sereno, verdaderamente
primaveral; se abrieron las ventanas del hospital (ventanas enrejadas,
bajo las cuales se paseaba un centinela). Durante toda la enfermedad
de Raskolnikoff, Sonia no haba podido hacerle ms que dos visitas.
Cada vez era preciso pedir una autorizacin, difcil de obtener; pero,
a menudo, sobre todo a la cada de la tarde, se diriga al patio del
hospital, y durante un minuto estaba all mirando a las ventanas. Un
da por la tarde, el recluso, ya casi enteramente curado, se haba
dormido; al despertar se aproxim por casualidad a la reja, y vi a
Sonia que, en pie, cerca de la puerta del hospital, pareca esperar
algo. Al verla sinti como un golpe en el corazn, estremecise
convulsivamente y se alej rpidamente de la ventana. Al da siguiente
Sonia no vino, al otro tampoco. Raskolnikoff advirti que la esperaba
con ansiedad. Finalmente sali del hospital. Cuando volvi a la
prisin, sus compaeros le dijeron que Sonia estaba mala y que no poda
salir de casa.

El joven se inquiet sobremanera, y envi a buscar noticias de la
muchacha. Supo en seguida que la enfermedad no era peligrosa. Por su
parte Sonia, sabiendo que Raskolnikoff se preocupaba tanto de su salud,
le escribi con lpiz una carta, en que le informaba que estaba mucho
mejor, que haba pescado un ligero enfriamiento, y que no tardara en
ir a verle al trabajo. Al leer esta carta, el corazn de Raskolnikoff
lati con violencia.

El da era sereno y templado. A las seis de la maana iba el joven
a trabajar a la orilla del ro, en donde se haba establecido, bajo
cobertizo, un horno de cocer alabastro. Unicamente tres obreros fueron
enviados all. Uno de ellos, acompaado de un capataz, fu a buscar
un instrumento a la fortaleza; otro comenz a calentar el horno.
Raskolnikoff sali del cobertizo, se sent en un banco de madera, y
se puso a contemplar el ro ancho y desierto. Desde la elevada orilla
se descubra una gran extensin de terreno. A lo lejos, del otro lado
de Irtych, resonaban cantos cuyos vagos ecos llegaban a los odos del
presidiario. All, en la inmensa estepa inundada de sol, aparecan como
puntitos negros las tiendas de los nmadas. Aquello era la libertad;
all vivan otros hombres, que no se parecan en nada a los que le
rodeaban; all pareca que el tiempo no haba marchado desde el tiempo
de Abraham y sus rebaos. Raskolnikoff soaba con los ojos fijos en
aquella lejana visin; no pensaba en nada, aunque le oprima una
especie de inquietud.

De repente se encontr en presencia de Sonia; la joven se le aproxim
sin ruido y se sent a su lado. Como empezaba a dejarse sentir el
fresco de la maana, Sonia llevaba su pobre y viejo _burnus_ y su
pauelo verde. Su rostro delgado y plido daba testimonio de su
reciente enfermedad. Al acercarse al preso, se sonri con expresin
amable y alegre, y con la timidez de costumbre le tendi la mano.

Siempre se la ofreca tmidamente y algunas veces no se atreva a
drsela, como si temiese verla rechazada; parecale que ella se la
estrechaba con repugnancia, y siempre tena el aire hurao cuando la
joven se acercaba; a veces, sta no poda obtener de l una palabra.
Haba das en que temblaba ante l y se retiraba profundamente
afligida; pero en esta ocasin se estrecharon durante largo rato las
manos. Raskolnikoff mir rpidamente a Sonia. Nada dijo y baj los
ojos. Estaban solos. El cabo de varas se haba alejado momentneamente.

De pronto, y sin que el presidiario supiese cmo haba ocurrido
aquello, una fuerza irresistible le arroj a los pies de la joven y
llor abrazndole las rodillas. En el primer momento, Sonia, asustada,
se puso intensamente plida, se levant con presteza, y temblorosa mir
a Raskolnikoff; pero a l le bast esta mirada para comprenderlo todo.
En los ojos de la joven pareca resplandecer una felicidad inmensa; no
haba para ella duda de que Raskolnikoff la amaba con amor infinito.
Haba llegado, por fin, este momento...

Quisieron hablar y no pudieron. Tenan lgrimas en los ojos. Ambos
estaban plidos y demacrados; pero sobre sus rostros enfermizos
brillaba ya la aurora de un renacimiento completo. El amor les
regeneraba; el corazn del uno encerraba una inagotable fuente de vida
para el corazn del otro.

Resolvieron esperar, tener paciencia. Les quedaban siete aos que pasar
en Siberia; qu sufrimientos intolerables y qu infinita felicidad
haba de llenar para ellos aquel lapso de tiempo! Pero Raskolnikoff
haba resucitado, lo saba y lo senta en todo su ser, y Sonia no viva
ms que para la vida de su amado.

Por la noche, despus que se hubo recogido a los reclusos, el joven
se acost en su camastro, y pens en ella. Hasta le pareca que aquel
da los presos, sus antiguos enemigos, le haban mirado con otros
ojos. Les haba dirigido primero la palabra y le haban respondido con
afabilidad; se acordaba de esto ahora, le pareca natural. Acaso no
deba cambiar todo?

Pensaba en ella. Se acordaba de los disgustos con que continuamente
la haba atormentado; vea con el pensamiento la carita plida y
delgada de Sonia; pero estos recuerdos eran un remordimiento para l.
Comprenda con qu amor infinito iba a rescatar en adelante lo que
haba sufrido Sonia.

S. Qu significaban para l todas las miserias del pasado? En aquel
primer da gozoso, de vuelta a la vida, todo, aun su crimen y su
condena, y su relegacin a Siberia, todo se le presentaba como un hecho
extrao; casi dudaba de que todo aquello hubiera ocurrido realmente.
Aquella noche se sinti incapaz de reflexionar detenidamente, de
concentrar su atencin en un objeto cualquiera, de resolver una
cuestin con conocimiento de causa; slo tena sensaciones. La vida
haba substitudo en l al razonamiento.

Tena el _Evangelio_ debajo de la almohada y lo tom maquinalmente.
Aquel libro perteneca a Sonia. En l fu donde la joven le haba ledo
la resurreccin de Lzaro. Al principio de su cautividad esperaba una
verdadera persecucin religiosa por parte de la joven. Crea que le
asediara constantemente con el _Evangelio_; pero, con gran asombro
suyo, ni una sola vez hizo recaer la conversacin sobre este punto,
ni una sola vez le ofreci aquel libro; l mismo fu quien lo pidi
poco antes de su enfermedad, y ella se lo trajo sin decir una palabra.
Raskolnikoff hasta entonces no lo haba abierto.

Ahora tampoco lo abri; pero un pensamiento cruz por su mente. Sus
convicciones, pueden ser, al presente, las mas? Puedo, yo, por lo
menos, tener otros sentimientos, otras tendencias que ella?

Durante todo este da Sonia estuvo tambin muy agitada, y por la noche
tuvo una recada en la enfermedad; pero era tan feliz, y aquella
felicidad era para ella una sorpresa tan grande, que casi le causaba
espanto. Siete aos _solamente_! En la embriaguez de las primeras
horas falt poco para que ambos no considerasen estos siete aos como
siete das. Raskolnikoff ignoraba que la nueva vida no le sera dada de
balde y que tendra que conquistarla al precio de penosos esfuerzos.

Pero comienza aqu una segunda historia. La historia de la lenta
renovacin de un hombre, de su regeneracin progresiva, de su paso
gradual de una vida a otra... Esto podra ser el asunto de un nuevo
relato; el que hemos querido ofrecer al lector, est terminado.


                                  FIN





End of Project Gutenberg's El crimen y el castigo, by Fyodor Dostoyevsky

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or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org



Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

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facility: www.gutenberg.org

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including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
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