The Project Gutenberg EBook of Los exploradores espaoles del siglo XVI, by 
Charles F. Lummis

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Title: Los exploradores espaoles del siglo XVI

Author: Charles F. Lummis

Translator: Arturo Cuys

Release Date: April 2, 2020 [EBook #61739]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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[Illustration: CHARLES F. LUMMIS]

  Los
  Exploradores espaoles
  del Siglo XVI

  VINDICACIN DE LA ACCIN COLONIZADORA
  ESPAOLA EN AMRICA

  OBRA ESCRITA EN INGLS POR

  CHARLES F. LUMMIS

  VERSIN CASTELLANA CON DATOS
  BIOGRFICOS DEL AUTOR POR

  ARTURO CUYS

  QUINTA EDICION

  [Illustration: logo]

  CASA EDITORIAL ARALUCE

  CORTES, NM. 392 :: BARCELONA

  1922




  ES PROPIEDAD DEL EDITOR.

  QUEDA HECHO EL DEPSITO QUE MARCA
  LA LEY.

  RESERVADOS LOS DERECHOS DE TRADUCCIN
  Y REPRODUCCIN.

  COPYRIGHT, 1916, BY R. DE S. N. ARALUCE




  Al distinguido ingeniero

  D. Juan C. Cebrin

  de cuyo amor a Espaa, acrisolado durante su larga residencia en
  los Estados Unidos, son prueba evidente la generosidad y largueza
  con que ha contribuido a la diseminacin de obras de cultura en
  ambos paises, sin otro objetivo que el de procurar el adelanto
  y enaltecer el nombre de nuestra Patria, dedican la versin y
  publicacin de esta obra como pblico testimonio de gratitud, sus
  leales amigos y admiradores,

  Ramn de S. N. Araluce           Arturo Cuys




Nota biogrfica acerca del autor

  Antes de empezar la lectura de un libro,
  procura saber algo tocante a la personalidad
  del autor.                        DAVID PRYDE


Este libro es una gallarda reivindicacin de Espaa y de sus mtodos de
colonizacin en el Nuevo Mundo. Avalora y encarece esta reivindicacin
el ser obra espontnea, desinteresada, y por ende imparcial, de un
ilustrado escritor norteamericano, y fruto de sus estudios,
investigaciones y concienzudos juicios. Basta leer el Prefacio de su
libro, para poder apreciar el mvil que le impuls a escribirlo y la
sinceridad y entusiasmo que puso en su labor.

Es natural que los hechos y proezas de los exploradores espaoles
despertasen el inters y la admiracin de un hombre como Mr. Lummis,
cuya vida ha sido una continua serie de pasmosos esfuerzos, trabajos y
penalidades, que le han obligado a luchar con obstculos al parecer
insuperables, y que slo por el vigor de su naturaleza y por la indmita
fuerza de su voluntad ha sabido vencer y dominar.

Una biografa detallada de este hombre extraordinario parecera ms bien
una leyenda o una novela, que la historia real y verdadera de una
viviente personalidad. Algunos tendrn por increble la realizacin de
todo cuanto ha emprendido y llevado a cabo Mr. Lummis en 56 aos de
vida. Pero ah estn sus obras y sus xitos y la fortuna que ha sabido
labrarse a fuerza de trabajo y perseverancia, que lo evidencian y lo
acreditan.

Naci Mr. Charles Fletcher Lummis en Lynn, poblacin fabril del Estado
de Massachusetts, el da primero de marzo de 1859. Estudi y se gradu a
los 22 aos, en la Universidad de Harvard, cercana a Boston, y public
entonces un librito de poesas, impreso sobre corteza de lamo raspada
por sus manos hasta dejarla como hojas de papel fino.

Al ao siguiente trasladse a Oho, donde public _The Scioto Gazette_,
y movido por su espritu aventurero, emprendi en septiembre de 1883 una
marcha a pie desde Oho hasta California, llegado a Los Angeles despus
de recorrer 5,642 kilmetros en 147 das.

Fu admitido como redactor del _Daily Times_ de Los Angeles al da
siguiente de su llegada, y ms tarde logr ser uno de los propietarios
del peridico.

Pero el trabajo intenso y excesivo que sostuvo durante cuatro aos fu
causa de un ataque de hemipleja que le paraliz todo el lado izquierdo
y le priv del habla. Entonces se traslad a Nuevo Mjico con la firme
voluntad de reponerse, y all estuvo cuatro aos entre los indgenas,
los cuales aprovech para estudiar sus costumbres y tradiciones y sus
cantos populares y para aprender dos de sus idiomas.

En un libro interesantsimo, titulado _My friend Will_, en que el amigo
Will, representa su voluntad, describe Mr. Lummis los novelescos
incidentes relacionados con el proceso de su curacin, que fu completa,
recobrando el habla as como el movimiento y la agilidad de sus miembros
por efecto de una vida ruda y montaraz y de la tenacidad de su
propsito. Posteriormente ha sufrido y podido vencer otros dos ataques,
que en una persona de otro temple hubieran tenido fatal desenlace. Hace
algunos aos qued ciego; pero ha vuelto a recobrar la vista despus de
mucho tiempo.

No obstante estos padecimientos fsicos y el dolor moral que le caus la
prdida de su quinto hijo, Amado, la labor de Mr. Lummis en los campos
de la literatura, de la exploracin y de la investigacin, ha sido
intensa y fecunda.

Asociado con Mr. A. F. Bandelier, el cual ha aplicado mtodos
cientficos al estudio de la historia, emprendieron los dos juntos una
expedicin etnolgica e histrica, recorriendo Tejas, Colorado, Utah,
Arizona y California en los Estados Unidos, y despus Mjico, la Amrica
Central, Per y Bolivia, visitando los parajes donde se desarrollaron
los principales hechos de los exploradores y colonizadores espaoles.

He recorrido--dice l mismo en una carta--unos dos millones de millas
de Hispano-Amrica, no como turista, sino como un hijo del pas; con
cartas oficiales de recomendacin para diversos Gobiernos y ponindome
en relaciones con ellos; pero familiarizndome al propio tiempo con
gente de todas las clases sociales; puesto que un pas se compone de
todas ellas, desde los mendigos y los peones hasta los hombres de
ciencias y los gobernantes. Y he tenido la suerte de conocer y tratar a
todas esas clases.

Lo cual es garanta del profundo conocimiento que ha adquirido Mr.
Lummis respecto del asunto de que trata este libro.

De regreso a Los Angeles en 1894, funda y dirige dos peridicos, y
construye su casa de piedra con sus propias manos, ayudado de algunos
indios.

Desde entonces, ha recibido ttulos de varias Universidades; ha sido
fundador y presidente de sociedades para educar a los indios, para
conservar los monumentos histricos de California; fundador y secretario
de la Sociedad de Arqueologa del Sudoeste; miembro vitalicio del
Instituto Arqueolgico de Amrica, y miembro activo y honorario de
muchas otras sociedades.

En el ao 1907 fund en Los Angeles el _Southwest Museum_, al cual ha
hecho donacin de su copiosa biblioteca particular, la ms rica en
libros referentes a la Amrica espaola, y de su coleccin de objetos
arqueolgicos hispano-americanos, que se vala en ms de cien mil
dlares.

Adems de muchos artculos para la Enciclopedia Britnica, la Americana,
y diversas revistas y peridicos, ha publicado 15 obras, entre ellas:
Villagran's New Mxico Benavides Memorial of 1630 y uno referente a
la Repblica de Mjico bajo el gobierno del general Porfirio Daz.

Por ltimo este notable americanista, explorador, arquelogo,
historiador, novelista, periodista y fundador de Sociedades y museos, ha
tenido tiempo para investigar las costumbres de los indios; ha traducido
sus canciones al ingls; las ha puesto en notacin de msica, y desde
hace 15 aos se ocupa en compilar para un Diccionario Enciclopdico,
cuantos datos biogrficos, geogrficos, histricos, etnolgicos y
arqueolgicos acerca de Amrica se hallan en libros y documentos
publicados desde el descubrimiento del Nuevo Mundo hasta 1850. Ser una
obra monumental, cuya publicacin se propone costear y dirigir, con
ayuda de varios competentes redactores.

Mucho deber Amrica a ese infatigable y filantrpico historigrafo;
pero no menos le debe Espaa por la noble defensa y la justa y
entusistica loa que ha hecho de los hroes espaoles que descubrieron y
exploraron aquel mundo. Reconociendo esta deuda, el Gobierno espaol ha
tenido a bien manifestar su alto aprecio de la labor de Mr. Lummis,
agracindole con la encomienda de Isabel la Catlica.

  A. C.


Los conceptos que en este libro se exponen han entrado ya a ocupar su
sitio en la literatura histrica; pero forman una base enteramente nueva
para una obra de carcter popular. Por ser nueva, tal vez aquellos que
no han seguido del todo la marcha reciente de la investigacin
cientfica, pongan en duda su exactitud. Puedo afirmar que las
apreciaciones y los asertos que se hacen en este libro son rigurosamente
exactos y que yo estoy dispuesto a defenderlos desde el punto de vista
de la ciencia histrica.

Y digo esto no tan slo por razn del aprecio personal en que tengo al
autor, sino muy especialmente en vista del mrito de su obra y del valor
que tiene para los jvenes de la presente y de futuras generaciones.

  AD. F. BANDELIER.




PREFACIO


Porque creo que todo joven sajn-americano ama la justicia y admira el
herosmo tanto como yo, me he decidido a escribir este libro. La razn
de que no hayamos hecho justicia a los exploradores espaoles es,
sencillamente, porque hemos sido mal informados. Su historia no tiene
paralelo; pero nuestros libros de texto no han reconocido esa verdad, si
bien ahora ya no se atreven a disputarla. Gracias a la nueva escuela de
historia americana vamos ya aprendiendo esa verdad, que se gozar en
conocer todo americano de sentimientos varoniles. En este pas de
hombres libres y valientes, el prejuicio de la raza, la ms supina de
todas las ignorancias humanas, debe desaparecer. Debemos respetar la
virilidad ms que el nacionalismo, y admirarla por lo que vale
dondequiera que la hallemos; y la hallaremos en todas partes. Los hechos
que levantan a la humanidad no provienen de una sola raza. Podemos haber
nacido dondequiera--esto es un mero accidente--; mas para llegar a ser
hroes, debemos crecer por medios que no son accidentes ni
provincialismos, sino por la propia naturaleza y para gloria de la
humanidad.

Amamos la valenta, y la exploracin de las Amricas por los espaoles
fu la ms grande, la ms larga y la ms maravillosa serie de valientes
proezas que registra la historia. En mis mocedades no le era posible a
un muchacho anglosajn aprender esa verdad; aun hoy es sumamente
difcil, dado que sea posible. Convencido de que es intil la tarea de
buscar en uno o en todos los libros de texto ingleses, una pintura
exacta de los hroes espaoles del Nuevo Mundo, me hice el propsito de
que ningn otro joven americano amante del herosmo y de la justicia,
tuviese necesidad de andar a tientas en la obscuridad como a m me ha
sucedido; pero no habr de agradecerme a m, tanto como al amigo de
ambos, A. F. Bandelier, maestro de la nueva escuela[1], los siguientes
atisbos de los hechos ms interesantes de la historia. Sin la luz que
este aventajado discpulo del gran Humboldt ha derramado con su
erudicin sobre los primeros tiempos de Amrica, no hubiera sido posible
escribir este libro, ni hubiese podido escribirlo yo, sin su personal y
generosa ayuda.

  C. F. L.




LOS

EXPLORADORES ESPAOLES

DEL SIGLO XVI




I

LA NACIN EXPLORADORA


Es ya un hecho reconocido por la historia que los piratas escandinavos
haban descubierto y hecho algunas expediciones a la Amrica del Norte
mucho antes que pusiera su planta en ella Cristbal Coln. El
historiador que hoy considere aquel descubrimiento de los escandinavos
como un mito, o como algo incierto, demuestra no haber ledo nunca las
Sagas. Vinieron aquellos hombres del Norte, y hasta acamparon en el
Nuevo Mundo antes del ao 1000; pero no hicieron ms que acampar; no
construyeron pueblos, y realmente nada aadieron a los conocimientos del
mundo; nada hicieron para merecer el ttulo de exploradores. El honor de
dar Amrica al mundo pertenece a Espaa; no solamente el honor del
descubrimiento, sino el de una exploracin que dur varios siglos y que
ninguna otra nacin ha igualado en regin alguna. Es una historia que
fascina, y, sin embargo, nuestros historiadores no le han hecho hasta
ahora sino escasa justicia. La historia fundada sobre principios
verdaderos era una ciencia desconocida hasta hace cosa de un siglo; y la
opinin pblica fu ofuscada durante mucho tiempo por los estrechos
juicios y falsas deducciones de historiadores que slo estudian en los
libros. Algunos de estos hombres han sido no tan slo escritores
ntegros, sino tambin amenos; pero su misma popularidad ha servido para
difundir ms sus errores. Su poca ha pasado, y principia a brillar una
nueva luz. Ningn hombre estudioso se atreve ya a citar a Prescott o a
Irving o a ningn otro de sus secuaces, como autoridades de la historia;
hoy slo se les considera como brillantes noveladores y nada ms. Es
menester que alguien haga tan populares las verdades de la historia de
Amrica como lo han sido las fbulas, y tal vez pase mucho tiempo antes
de que salga un Prescott sin equivocaciones; entre tanto, yo quisiera
ayudar a los jvenes americanos a penetrarse de las verdades en que se
basarn de aqu en adelante las historias. Este libro no es una
historia; es sencillamente un hito que marca el verdadero punto de
vista, la idea amplia, y tomndolo como punto de partida, los que tengan
inters en ello podrn con ms seguridad llevar adelante la
investigacin de los detalles, mientras que aquellos que no puedan
proseguir sus estudios, poseern siquiera un conocimiento general del
captulo ms romntico y ms repleto de valientes proezas que contiene
la historia de Amrica.

No se nos ha enseado a apreciar lo asombroso que ha sido el que una
nacin mereciese una parte tan grande del honor de descubrir Amrica; y,
sin embargo, cuando lo estudiamos a fondo, es en extremo sorprendente.
Haba un Viejo Mundo grande y civilizado: de repente se hall un Nuevo
Mundo, el ms importante y pasmoso descubrimiento que registran los
anales de la Humanidad. Era lgico suponer que la magnitud de ese
acontecimiento conmovera por igual la inteligencia de todas las
naciones civilizadas, y que todas ellas se lanzaran con el mismo empeo
a sacar provecho de lo mucho que entraaba ese descubrimiento en
beneficio del gnero humano. Pero en realidad no fu as. Hablando en
general, el espritu de empresa de toda Europa se concentr en una
nacin, que no era por cierto la ms rica o la ms fuerte.

A una nacin le cupo en realidad la gloria de descubrir y explorar la
Amrica, de cambiar las nociones geogrficas del mundo y de acaparar los
conocimientos y los negocios por espacio de siglo y medio. Y esa nacin
fu Espaa.

Un genovs, es cierto, fu el descubridor de Amrica; pero vino en
calidad de espaol; vino de Espaa por obra de la fe y del dinero de
espaoles; en buques espaoles y con marineros espaoles, y de las
tierras descubiertas tom posesin en nombre de Espaa.

Imaginad qu reino tendran entonces Fernando e Isabel, adems de su
pequeo jardn de Europa: medio mundo desconocido, en el cual viven hoy
una veintena de naciones civilizadas, y en cuya inmensa superficie, la
ms nueva y la ms grande de las naciones no es sino un pedazo. Qu
vrtigo se hubiera apoderado de Coln si hubiese podido entrever la
inconcebible planta cuyas semillas, por nadie adivinadas, tena en sus
manos aquella hermosa maana de octubre de 1492!

Tambin fu Espaa la que envi un florentino de nacimiento, a quien un
impresor alemn hizo padrino de medio mundo, que no tenemos seguridad
que l conociese; pero que estamos seguros de que no debiera llevar su
nombre. Llamar Amrica a este continente en honor de Amrigo Vespucci
fu una injusticia, hija de la ignorancia, que ahora nos parece
ridcula; pero de todos modos, tambin fu Espaa la que envi el varn
cuyo nombre lleva el Nuevo Mundo.

Poco ms hizo Coln que descubrir la Amrica, lo cual es ciertamente
bastante gloria para un hombre. Pero en la valerosa nacin que hizo
posible el descubrimiento, no faltaron hroes que llevasen a cabo la
labor que con l se iniciaba. Ocurri ese hecho un siglo antes de que
los anglosajones pareciesen despertar y darse cuenta de que realmente
_exista_ un nuevo mundo; durante ese siglo la flor de Espaa realiz
maravillosos hechos. Ella fu la nica nacin de Europa que no dorma.
Sus exploradores, vestidos de malla, recorrieron Mjico y Per, se
apoderaron de sus incalculables riquezas e hicieron de aquellos reinos
partes integrantes de Espaa. Corts haba conquistado y estaba
colonizando un pas salvaje doce veces ms extenso que Inglaterra,
muchos aos antes que la primera expedicin de gente inglesa hubiese
siquiera visto la costa donde iba a fundar colonias en el Nuevo Mundo, y
Pizarro realiz an ms importantes obras. Ponce de Len haba tomado
posesin en nombre de Espaa de lo que es ahora uno de los Estados de
nuestra Repblica, una generacin antes de que los sajones pisasen
aquella comarca. Aquel primer viandante por la Amrica del Norte, Alvaro
Nez Cabeza de Vaca, haba hecho a pie un recorrido incomparable a
travs del continente, desde la Florida al Golfo de California, medio
siglo antes de que nuestros antepasados sentasen la planta en nuestro
pas. Jamestown, la primera poblacin inglesa en la Amrica del Norte,
no se fund hasta 1607, y ya por entonces estaban los espaoles
permanentemente establecidos en la Florida y Nuevo Mjico, y eran dueos
absolutos de un vasto territorio ms al Sur. Haban ya descubierto,
conquistado y casi colonizado la parte _interior_ de Amrica, desde el
nordeste de Kansas hasta Buenos Aires, y desde el Atlntico al Pacfico.
La mitad de los Estados Unidos, todo Mjico, Yucatn, la Amrica
Central, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Per, Chile, Nueva
Granada y adems un extenso territorio, perteneca a Espaa cuando
Inglaterra adquiri unas cuantas hectreas en la costa de Amrica ms
prxima. No hay palabras con qu expresar la enorme preponderancia de
Espaa sobre todas las dems naciones en la exploracin del Nuevo Mundo.
Espaoles fueron los primeros que vieron y sondearon el mayor de los
golfos; espaoles los que descubrieron los dos ros ms caudalosos;
espaoles los que por vez primera vieron el ocano Pacfico; espaoles
los primeros que supieron que haba dos continentes en Amrica;
espaoles los primeros que dieron la vuelta al mundo. Eran espaoles los
que se abrieron camino hasta las interiores lejanas reconditeces de
nuestro propio pas y de las tierras que ms al Sur se hallaban, y los
que fundaron sus ciudades miles de millas tierra adentro, mucho antes
que el primer anglosajn desembarcase en nuestro suelo. Aquel temprano
anhelo espaol de _explorar_ era verdaderamente sobrehumano. Pensar que
un pobre teniente espaol con veinte soldados atraves un inefable
desierto y contempl la ms grande maravilla natural de Amrica o del
mundo--el gran Can del Colorado--nada menos que tres centurias antes
de que lo viesen ojos norteamericanos! Y lo mismo suceda desde el
Colorado hasta el Cabo de Hornos. El heroico, intrpido y temerario
Balboa realiz aquella terrible caminata a travs del Istmo, y descubri
el ocano Pacfico y construy en sus playas los primeros buques que se
hicieron en Amrica, y surc con ellos aquel mar desconocido, y haba
muerto ms de medio siglo antes de que Drake y Hawkins pusieran en l
los ojos!

La falta de recursos de Inglaterra, la desmoralizacin que sigui a las
guerras de las Rosas, as como las disensiones religiosas, fueron las
causas principales de su apata de entonces. Cuando sus hijos llegaron
por fin al borde occidental del Nuevo Mundo, dejaron de s buena
memoria; pero nunca tuvieron que afrontar tantas y tan inconcebibles
penalidades y tan continuos peligros como los espaoles. La comarca que
conquistaron era bastante salvaje, es cierto; pero era frtil, tena
extensos bosques, mucha agua y mucha caza; mientras que la que dominaron
los espaoles era el desierto ms terrible que jams hombre alguno, ni
antes ni despus, ha logrado conquistar, y estaba poblado por una hueste
de tribus salvajes, las cuales no podan compararse con los pequeos
guerreros del rey Felipe[2], como no cabe comparacin entre una zorra
y una pantera. Los apaches y los araucanos no hubieran sido tal vez
peores que los otros indios si se hubiesen trasladado a Massachusetts;
pero en su spero pas eran los salvajes ms furibundos con que haban
tropezado los europeos. Si en la regin oriental dur un siglo la guerra
con los indios, tres siglos y medio pelearon en el sudoeste los
espaoles. En una colonia espaola (Bolivia) perecieron a manos de los
naturales, en una carnicera, tantos como habitantes tena la ciudad de
Nueva York cuando empez la guerra de la independencia. Si los indios de
levante hubiesen dado muerte a veintids mil colonos en una horrible
matanza, como hicieron con los espaoles los indios de Sorata, hasta muy
entrado el siglo XIX no hubieran podido las diezmadas colonias de
Norteamrica desatar los lazos que las unan a la madre patria y
constituirse en nacin independiente.

Cuando sepa el lector que el mejor libro de texto ingls ni siquiera
menciona el nombre del primer navegante que di la vuelta al mundo (que
fu un espaol), ni del explorador que descubri el Brasil (otro
espaol), ni del que descubri California (espaol tambin), ni los
espaoles que descubrieron y formaron colonias en lo que es ahora los
Estados Unidos, y que se encuentran en dicho libro omisiones tan
palmarias, y cien narraciones histricas tan falsas como inexcusables
son las omisiones, comprender que ha llegado ya el tiempo de que
hagamos ms justicia de la que hicieron nuestros padres a un asunto que
debiera ser del mayor inters para todos los verdaderos americanos.

No solamente fueron los espaoles los primeros conquistadores del Nuevo
Mundo y sus primeros colonizadores, sino tambin sus primeros
civilizadores. Ellos construyeron las primeras ciudades, abrieron las
primeras iglesias, escuelas y universidades; montaron las primeras
imprentas y publicaron los primeros libros; escribieron los primeros
diccionarios, historias y geografas, y trajeron los primeros
misioneros; y antes de que en Nueva Inglaterra hubiese un verdadero
peridico, ya ellos haban hecho un ensayo en Mjico y en el siglo
XVII!

Una de las cosas ms asombrosas de los exploradores espaoles--casi tan
notable como la misma exploracin--es el espritu humanitario y
progresivo que desde el principio hasta el fin caracteriz sus
instituciones. Algunas historias que han perdurado, pintan a esa heroica
nacin como cruel para los indios; pero la verdad es que la conducta de
Espaa en este particular debiera avergonzarnos. La legislacin espaola
referente a los indios de todas partes era incomparablemente ms
extensa, ms comprensiva, ms sistemtica, y ms humanitaria que la de
la Gran Bretaa, la de las colonias y la de los Estados Unidos todas
juntas. Aquellos primeros maestros ensearon la lengua espaola y la
religin cristiana a mil indgenas por cada uno de los que nosotros
aleccionamos en idioma y religin. Ha habido en Amrica escuelas
espaolas para indios desde el ao 1524. All por 1575--casi un siglo
antes de que hubiese una imprenta en la Amrica inglesa--se haban
impreso en la ciudad de Mjico muchos libros en _doce_ diferentes
dialectos indios, siendo as que en nuestra historia slo podemos
presentar la Biblia india de John Eliot; y tres universidades espaolas
tenan casi un siglo de existencia cuando se fund la de Harvard.
Sorprende por el nmero la proporcin de hombres educados en colegios
que haba entre los exploradores; la inteligencia y el herosmo corran
parejas en los comienzos de colonizacin del Nuevo Mundo.




II

GEOGRAFA EMBROLLADA


La menor de las dificultades que se presentaban a los descubridores del
Nuevo Mundo era el tremendo viaje que haba que hacer entonces para
llegar a l. Si las tres mil millas de mar desconocido hubiese sido el
principal obstculo, hubiralo vencido la civilizacin algunos siglos
antes. Fueron la ignorancia humana, ms honda que el Atlntico, y el
fanatismo, ms tempestuoso que sus olas, los que cerraron por tanto
tiempo el horizonte del occidente de Europa. A no ser por estas causas,
el mismo Coln hubiera descubierto la Amrica diez aos antes; es ms,
Amrica no hubiera tenido que esperar tantos siglos a que Coln la
descubriese. Es realmente curioso que la mitad ms rica del planeta
jugase al escondite durante tanto tiempo con la civilizacin; y que la
hallasen, al fin, por una mera casualidad, los que buscaban otra cosa
muy distinta. Si hubiese esperado Amrica a ser descubierta por alguien
que fuese en busca de un nuevo continente, quiz estuviese aguardando
todava.

A pesar de que, mucho antes que Coln, varios navegantes vagabundos de
media docena de distintas razas haban ya llegado al Nuevo Mundo, lo
cierto es que no dejaron huellas en Amrica, ni aportaron provecho
alguno a la civilizacin; y Europa, aun hallndose al borde del ms
grande de los descubrimientos y de los ms importantes sucesos de la
historia, ni siquiera lo so. El mismo Coln no tena la menor idea de
la existencia de Amrica. Sabe el lector lo que iba a buscar al
occidente? _Asia._

Las investigaciones hechas de algunos aos a esta parte, han modificado
grandemente nuestro juicio acerca de Coln. La tendencia de la
generacin pasada, era convertirlo en un semidis, en una figura
histrica sin tacha, en un sr perfecto, todo nobleza. Esto es absurdo;
porque Coln no era ms que un hombre, y todos los hombres, por grandes
que sean, no llegan nunca a la perfeccin. La generacin actual tiende
a lo contrario, esto es, a quitarle toda cualidad heroica y hacer de l
un pirata impune y un despreciable instrumento de la suerte; a tal
extremo, que muy pronto no va a quedar nada de Coln. Esto es igualmente
injusto y poco cientfico. En su terreno era Coln un grande hombre, a
pesar de sus defectos, y distaba mucho de ser un ente despreciable. Para
comprenderle, debemos antes tener un conocimiento general de la poca en
que viva. Para apreciar hasta qu punto fu inventor de la gran idea,
debemos principiar por investigar cules eran entonces las ideas que
predominaban en el mundo, y cunto contribuyeron a ayudarle o a
estorbarle.

En aquella edad remota, la geografa era una cosa curiossima: entonces
un mapa-mundi era algo que muy pocos de nosotros podramos ahora
descifrar; porque todos los sabios del orbe saban de la topografa del
mundo menos de lo que sabe hoy un colegial de ocho aos. Se haba
convenido finalmente en que el mundo no era plano, sino esfrico; por
ms que aun ese conocimiento fundamental era reciente; pero ningn sr
viviente saba de qu estaba compuesta la mitad del globo. Hacia el
occidente de Europa se extenda el Mar de las Tinieblas, y ms all de
una pequea zona, nadie saba lo que era o lo que contena. No se
conoca an la desviacin de la aguja. Todo era en gran parte
suposiciones y tanteos. Las inseguras embarcaciones de entonces, no
osaban aventurarse sin ver tierra, porque no tenan nada seguro que las
guiase para volver; y causa risa saber que una de las razones por que no
se atrevan a arriesgarse mar afuera, era el temor de llegar
inadvertidamente ms all del lmite del Ocano, y de que el buque y la
tripulacin cayesen en el vaco! Aun cuando saban que el mundo era
esfrico, todava no se soaba en la ley de gravitacin; y se supona
que, si uno avanzaba demasiado lejos por la superficie de la esfera,
corra el peligro de lanzarse al espacio.

No obstante, era general la creencia de que haba tierra en aquel mar
desconocido. Esa idea fu creciendo durante ms de mil aos, puesto que,
en el siglo II de la era cristiana, empez a creerse que haba islas ms
all de Europa. En tiempo de Coln, los cartgrafos ponan generalmente
en sus burdos mapas algunas islas, que colocaban al azar en el Mar de
las Tinieblas.

Ms all de ese enjambre de islas, se supona que se hallaba la costa
oriental de Asia, y eso a no muy grande distancia porque el verdadero
tamao del globo se calculaba que era una tercera parte menor del que
tiene realmente. La geografa estaba entonces en mantillas; pero atraa
la atencin y motivaba el estudio de muchsimos hombres afanosos de
saber, y que eran muy ilustrados para su poca. Cada uno de ellos
trazaba un mapa segn las suposiciones que le inspiraban sus estudios, y
as resultaban los mapas muy distintos unos de otros.

En una cosa estaban todos conformes: _en que haba tierra hacia
occidente_. Algunos decan que unas pocas islas; otros que millares de
islas; pero todos convenan en que haba tierra. As, Coln no invent
la idea; sta era general antes de que l naciera. La cuestin no
estriba en saber si haba un Nuevo Mundo: sino en determinar si era
posible o practicable el llegar hasta l, sin caer en el abismo, o sin
encontrar otros peligros ms horrendos. La gente deca que _No_; Coln
dijo que _S_; y ese es su ttulo de gloria. El no invent la teora,
pero supo llevarla a la prctica; y aun lo que realiz materialmente, es
menos notable que la fe que le sostuvo. No tuvo necesidad de ensearle a
Europa que haba un nuevo pas; pero s le hizo creer que poda llegar
hasta l; y esa fe en s mismo y su tenaz valor en hacer que otros
tuviesen fe en l, fu el rasgo ms grande de su carcter. Requiri
menos valenta el hacer la prueba final, que convencer al pblico de que
no era una temeridad el intentarla.

Cristbal Coln, como se le llamaba en su tiempo, naci en Gnova
(Italia), y fueron sus padres Domenico Colombo, cardador de lana, y
Susana Fontanarossa. No se conoce con certeza el ao de su nacimiento,
pero vi probablemente la luz en 1446. Nada sabemos de su infancia, y
muy poco de su vida de joven, aunque es seguro que era activo, arrojado
y muy estudioso. Dicen que su padre le envi por algn tiempo a la
Universidad de Pava; pero sus estudios escolsticos no pudieron durar
mucho tiempo. El mismo Coln nos dice que fu a navegar a los catorce
aos. En su calidad de marino, le fu fcil continuar los estudios que
ms le interesaban, como la geografa y otros anlogos. Los detalles de
sus primeros viajes son muy escasos; pero parece cosa cierta que naveg
y toc en Inglaterra, Islandia, Guinea y Grecia, con lo cual se
consideraba entonces haber viajado ms que hoy dando la vuelta al mundo;
con este vasto conocimiento de hombres y de tierras, iba adquiriendo
acerca de la navegacin, la astronoma y la geografa, todo el saber que
era posible en aquel tiempo.

Es interesante la conjetura de cmo y cundo concibi Coln un proyecto
de tan estupenda importancia. No debi ser sin duda, sino siendo ya un
hombre maduro y de experiencia, no tan slo como experto navegante, sino
por su conocimiento de lo que haban hecho otros marinos. Haca ms de
un siglo que se haban descubierto las islas de Madera y las Azores. El
prncipe Enrique, el Navegante (gran patrocinador de las primeras
exploraciones), enviaba dotaciones por la costa occidental del Africa;
pues a la sazn ni siquiera se saba lo que era la parte ms baja de ese
continente. Esas expediciones sirvieron de gran ayuda a Coln y
contribuyeron a ensanchar los conocimientos del mundo. Tambin es casi
seguro que, cuando estuvo en Islandia, debi de oir algo acerca de los
piratas escandinavos que haban estado en Amrica. Dondequiera que
fuese, su mente perspicaz hallaba algn nuevo aliento, directo o
indirecto, para la gran resolucin que casi inconscientemente se iba
formando en su cerebro.

Por el ao de 1473 Coln anduvo errante hasta Portugal; y all hizo
conocimientos que influyeron en su porvenir. Con el tiempo contrajo
matrimonio con Felipa Moiz, que fu la madre de su hijo y cronista
Diego. Hay mucha incertidumbre respecto de su vida conyugal, y no se
sabe si fu modelo de esposos o todo lo contrario. Por sus propias
cartas se viene en conocimiento de que tuvo otros hijos, adems de
Diego; pero no se poseen ms noticias acerca de ellos. Parece ser que su
esposa era hija de un capitn de barco a quien llamaban el Navegante,
y cuyos servicios fueron premiados nombrndole primer gobernador de la
recin descubierta isla de Porto Santo, cerca de las de Madera. Como la
cosa ms natural del mundo, fu Coln a visitar a su intrpido suegro; y
tal vez fuese durante su estancia en Porto Santo cuando empez a dar
forma a su colosal pensamiento.

Tratndose de un hombre como aquel genovs que buscaba un mundo, una
resolucin como esa, una vez formada, sera como flecha de pas: muy
difcil de arrancar. Desde aquel da no tuvo descanso. La idea capital
de su vida fu ir hacia Occidente! Hacia el Asia!, y empez a
trabajar para llevarla a cabo. Se asegura que, con intencin patritica,
se apresur a ir a su pas natal para hacerle la primera oferta de sus
servicios. Pero Gnova no iba en busca de nuevos mundos, y rehus el
ofrecimiento. Entonces expuso sus planes a Juan II de Portugal. Al rey
Juan le encant la idea; pero un consejo de sus hombres ms sabios le
asegur que el plan era ridculamente temerario. Pero despus envi una
expedicin secreta, la que, una vez perdida la tierra de vista, se
descorazon y regres sin resultado. Cuando Coln tuvo conocimiento de
esta traicin, se indign de tal modo que sali inmediatamente para
Espaa e interes all a varios nobles, y por ltimo a los mismos reyes,
en sus audaces esperanzas. Pero despus de tres aos de profunda
deliberacin, una junta de gegrafos y astrnomos decidi que su plan
era absurdo e irrealizable; no era posible llegar hasta las islas.
Descorazonado, Coln sali para Francia; pero por suerte se detuvo en un
monasterio de Andaluca, donde logr interesar al guardin, Juan Prez
de Marchena. Este monje haba sido confesor de la reina, y, gracias a su
urgente intercesin, los reyes al fin llamaron a Coln, el cual regres
a la Corte. Sus planes se haban agrandado de tal modo en su cerebro,
que estaba casi desequilibrado, y pareca olvidar que sus
descubrimientos eran slo una esperanza y no un hecho positivo. Tena,
sin duda alguna, valor y perseverancia; pero en aquella ocasin
hubiramos querido verle un poco ms modesto. Cuando el rey le pregunt
en qu condiciones emprendera el viaje, contestle: Que se me nombre
almirante antes de partir; que se me haga virrey de todas las tierras
que descubra, y que se me d una dcima parte de todas las ganancias.
Desmedidas pretensiones, a la verdad, las que tena el pobre hijo de un
cardador de Gnova para con el excelso rey de Espaa!

Fernando rechaz en el acto esa atrevida exigencia; y en enero de 1492,
Coln se hallaba camino de Francia para probar all fortuna, cuando le
alcanz un mensajero que le hizo regresar a la Corte. Muy grande es
nuestra deuda para con la buena reina Isabel, pues gracias a su gran
inters personal, tuvo Coln la oportunidad de descubrir el Nuevo Mundo.
Cuando todos los hombres de ciencia, fruncan el entrecejo, y los ricos
negaban su apoyo, la inquebrantable fe de una mujer--ayudada por la
Iglesia--salv la Historia.

En pro y en contra de esa gran reina mucho se ha escrito, igualmente
falto de razn. Algunos han querido hacer de ella una santa
inmaculada--tarea sumamente difcil tratndose de un sr humano--, y
otros la pintan como una mujer codiciosa, mercenaria y de ningn modo
admirable. Ambos extremos son igualmente ilgicos y falsos; pero el
ltimo es el ms injusto. La verdad es que todos los caracteres tienen
ms de una fase, y lo mismo en la Historia que en la vida real, hay
comparativamente pocas figuras que se puedan santificar o condenar en
absoluto. Isabel no era un ngel; era una mujer, y tenia sus debilidades
como todas las mujeres. Pero era una mujer notable, una gran mujer, que
merece nuestro respeto al par que nuestra gratitud. Puede afrontar la
comparacin de su carcter con el de la Buena Reina Elisabet, y ha
dejado un nombre mucho ms grande en la Historia. No fu la srdida
ambicin ni la codicia lo que le hizo prestar odos al descubridor de
mundos. Fu la fe, la simpata y la intuicin de una mujer, que tantas
veces ha cambiado el curso de la historia y dado pie a las proezas de
tantos hroes, quienes hubieran muerto desconocidos si hubiesen confiado
en la ms lenta, ms fra y ms interesada simpata de los hombres.

Isabel tuvo la iniciativa, y asumi la responsabilidad. Tena un reino
propio, y su real esposo Fernando no crey prudente embarcar las
fortunas de Aragn en tan descabellada empresa: bien poda ella sufragar
los gastos con cargo al reino de Castilla. Parece que Fernando lo vea
con indiferencia; pero su reina rubia y de ojos azules, cuyo rostro
gentil ocultaba un gran valor y determinacin, la acogi con entusiasmo.
Se le concedieron al genovs las condiciones que impona, y el 17 de
abril de 1492, firmaron Sus Majestades y Coln uno de los documentos ms
importantes en que se ha puesto la pluma. Si el lector pudiese ver ese
precioso convenio, probablemente no adivinara de quin es el autgrafo
que est al pie, porque el jeroglfico de la firma de Coln, pondra hoy
en grande aprieto al interventor de una casa de banca. La substancia de
este famoso contrato era como sigue:

1. Que Coln y sus herederos tuviesen por siempre el cargo de
almirante en todas las tierras que l llegase a descubrir.

2. Que l sera virrey y gobernador general en dichas tierras, con voz
en el nombramiento de sus gobernadores subalternos.

3. Que reservase para s una dcima parte de todo el oro, la plata,
las perlas y dems tesoros que adquiriese.

4. Que l y su lugarteniente fuesen los nicos jueces, junto con el
gran almirante de Castilla, en los asuntos comerciales del Nuevo Mundo.

5. Que tendra el privilegio de contribuir con una octava parte a
los gastos de cualquiera otra expedicin que se enviase a las nuevas
tierras, con derecho a percibir entonces una octava parte de los
beneficios.

Es lstima que la conducta de Coln en Espaa no estuviese libre de una
doblez que redundaba en su descrdito. Entr al servicio de Espaa el
dia 20 de enero de 1486. El 5 de mayo de 1487, los reyes de Espaa le
dieron tres mil maravedises por un servicio secreto hecho a Sus
Majestades; y durante el mismo ao recibi ocho mil maravedises ms. Y,
no obstante, despus de esto ofreci secretamente sus servicios al rey
de Portugal, el cual en 1488 le escribi a Coln una carta ofrecindole
la libertad del reino, a cambio de las exploraciones que hiciese _en
favor de Portugal_. Pero esto no se llev a cabo.

Es ms fcil que el lector tenga noticias respecto al viaje, aquel
viaje, que dur unos cuantos meses, pero cuya realizacin le cost al
valeroso genovs cerca de 20 aos de desaliento y de oposicin. Fueron
esos aos de incesante lucha para convertir al mundo a su insondable
sapiencia, lo que mostr el carcter de Coln ms claramente que todo lo
que hizo despus que el mundo crey en l.

Habindose vencido por fin las dificultades de obtener el consentimiento
y el permiso oficial, no quedaba otro obstculo que el de organizar la
expedicin. Esto era un asunto serio: pocos estaban dispuestos a
embarcarse en una empresa tan loca como aquella se reputaba. Finalmente,
a falta de voluntarios, hubo que llevar una tripulacin por orden de la
Corona; y con su nao, la Santa Mara y sus dos carabelas, la Nia y
la Pinta, tripuladas por hombres renuentes, estuvo al fin listo para
hacerse a la mar el descubridor de un mundo.




III

COLN EL DESCUBRIDOR


Sali Coln del puerto de Palos, el viernes 3 de agosto de 1492, a las 8
de la maana, con 120 espaoles a su mando. Ya sabe el lector cmo l y
su valiente camarada Pinzn alentaron el decado espritu de su
marinera, y cmo en la maana del 12 de octubre vislumbraron por fin la
tierra. No era el continente de Amrica--que Coln no lleg a ver hasta
cerca de 8 aos ms tarde--, sino la isla de Watling. Fu ese viaje el
ms largo que haba hecho hombre alguno hacia el occidente, e ilustraba
de un modo muy caracterstico la suma de conocimientos a que haba
llegado la humanidad. Cuando los viajeros observaron las desviaciones de
la aguja magntica, decidieron que lo que se desviaba no era la aguja,
sino la estrella polar. Tena tal vez Coln tantos conocimientos como
cualquier otro gegrafo de su poca; pero lleg a la conclusin de que
la causa de ciertos fenmenos deba de ser el estar navegando sobre _una
corcova de la tierra_. Esto se hizo ms evidente en el viaje que realiz
despus al Orinoco, cuando hall una corcova todava mayor y dedujo que
el mundo deba tener la forma de una pera. Es interesante notar que, a
no ser por un cambio accidental de su derrota, los viajeros hubieran
encontrado la corriente del golfo que les hubiera llevado hacia el
norte, en cuyo caso la parte que hoy ocupan los Estados Unidos hubiera
sido el primer campo de la conquista de Espaa.

El primer hombre blanco que vi la tierra del Nuevo Mundo, fu un simple
marinero llamado Rodrigo de Triana, si bien el mismo Coln haba
divisado una luz la noche anterior. Aun cuando es probable--como ver el
lector ms adelante--que Cabot viese el continente de Amrica antes que
Coln (en 1497), fu Coln quien descubri el Nuevo Mundo, tom posesin
de l como gobernador en nombre de Espaa, y hasta fund en l las
primeras colonias europeas, construyendo y poblando con 43 hombres un
pueblo que bautiz con el nombre de la Navidad, en la isla de Santo
Domingo (o Espaola como l la llamaba), en diciembre de 1492. Adems,
si Coln no hubiese antes descubierto el Nuevo Mundo, Cabot nunca
hubiera navegado.

Los exploradores fueron de isla en isla, encontrando en ellas muchas
cosas notables. En Cuba, donde llegaron el 26 de octubre, descubrieron
el tabaco, que no era conocido en los pases civilizados, as como la
desconocida batata. Estos dos productos, de cuyo valor no supo darse
cuenta ninguno de los primeros exploradores, deban ser factores ms
importantes en los mercados monetarios y en las comodidades del mundo,
que todos los tesoros de mayor brillo. Tambin la hamaca y su nombre
fueron conocidos por personas civilizadas despus de ese primer viaje.

En marzo de 1493, despus de un terrible viaje de regreso, Coln se
hall de nuevo en Espaa, comunicando la portentosa nueva a Fernando e
Isabel, a quienes mostr sus trofeos de oro, algodn, pjaros de vistoso
plumaje, plantas y animales raros, y hombres ms extraos todava,
puesto que llev nueve indios, que fueron los primeros americanos que se
trasladaron a Europa. Agradecido su pas adoptivo, confiri a Coln toda
clase de honores. Debi de ser un hermoso espectculo el que presentaba
aquel alto, fornido, tostado y encanecido nuevo grande de Espaa,
montando a caballo junto al rey, y con esplendor casi regio, ante la
asombrada Corte.

La grave y graciosa reina mostraba gran inters por los descubrimientos
realizados y mucho entusiasmo para disponer otros nuevos. El Nuevo Mundo
era un potente atractivo, para su inteligencia y su corazn de mujer; y
en cuanto a los aborgenes, lleg a enfrascarse en muy meditados planes
para su bienandanza. Despus que Coln prob que se poda navegar de un
lado a otro del mundo sin caer en el espacio fuera del borde, se
presentaron muchos imitadores[3]. Haba llevado a cabo la obra de un
genio, hall el camino, y haba terminado su gran misin. Si se hubiese
detenido all, hubiera dejado un nombre ms excelso, pues en todo lo
que hizo despus no demostr tener aptitudes.

Organizse a toda prisa una segunda expedicin, y el 25 de septiembre de
1493 sali Coln de nuevo, llevando esta vez mil quinientos espaoles en
diez y siete buques, con animales y utensilios para colonizar su Nuevo
Mundo. Y entonces, con estrictas rdenes de la Corona de cristianizar a
los indios y de darles siempre buenos tratos, Coln llev consigo los
doce primeros misioneros que fueron a Amrica. El asombroso cuidado
maternal de Espaa por las almas y los cuerpos de los salvajes que por
tanto tiempo disputaron su entrada en el Nuevo Mundo, empez temprano y
nunca disminuy. Ninguna otra nacin traz ni llev a cabo un rgimen
de las Indias tan noble como el que ha mantenido Espaa en sus
posesiones occidentales por espacio de cuatro siglos.

El segundo viaje se realiz luchando con mil y mil dificultades. Algunos
de los buques eran inservibles y hacan agua, teniendo las tripulaciones
que achicarlos continuamente.

Coln desembarc por segunda vez en el Nuevo Mundo el 3 de noviembre de
1493, en la isla de la Dominica. Su colonia de La Navidad haba sido
destruda, y en diciembre fund la ciudad de Isabela. En enero de 1494
construy all la primera iglesia que se erigi en el Nuevo Mundo.
Durante esa misma estancia construy tambin el primer camino.

Conforme antes hemos dicho, los primeros viajes a Amrica no eran tan
difciles como el obtener los medios para realizarlos; y los riesgos del
mar no eran nada comparados con los que existan despus de llegar a
tierra. Entonces fu cuando Coln experiment los disgustos que
obscurecieron el resto de su vida gloriosa. Si grande fu su genio como
explorador, como colonizador fu un fracasado; y aun cuando fund las
primeras cuatro ciudades del Nuevo Mundo, slo sirvieron para su mal.
Sus colonos de Isabela no tardaron en amotinarse, y San Toms, que fund
en Hait, no le di mejor resultado. Las penalidades de sus continuas
exploraciones en las Antillas alteraron su salud, y estuvo enfermo en
Isabela cerca de medio ao. A no ser por su audaz y diestro hermano
Bartolom, de quien tan poco se sabe, no se hubieran tenido tantas
noticias de Coln.

En 1495, la Corona, justamente disgustada por la ineptitud del primer
virrey del Nuevo Mundo, envi a Juan Aguado con la comisin de
inspeccionar lo que all ocurra. Esto era ms de lo que Coln poda
tolerar, y dejando a Bartolom como Adelantado (rango que ahora no tiene
equivalente y que era el de un oficial que mandaba en jefe una
expedicin de descubridores), Coln se apresur a regresar a Espaa y a
sincerarse con sus soberanos. Volviendo a Amrica tan pronto como le fu
posible, descubri por fin el continente de la Amrica del Sur, el da
primero de agosto de 1498; pero crey en un principio que era una isla,
y le puso el nombre de Zeta. Sin embargo, muy pronto lleg a la
desembocadura del Orinoco, cuya caudalosa corriente le hizo deducir que
regaba un continente.

Sintindose enfermo, volvi a Isabela, y all se encontr con que los
colonos se haban rebelado contra Bartolom. Coln aplac a los
amotinados, envindolos a Espaa con unos cuantos esclavos, acto que no
le honra y que slo puede disculpar la poca en que viva. La buena
reina Isabel se indign de tal modo al saber esta barbaridad, que orden
que se pusiese en libertad a los pobres indios, y envi a Francisco de
Bobadilla, el cual aprehendi a Coln y a sus dos hermanos el ao 1500
en la Espaola, y los embarc, encadenados, para la Pennsula. No tard
Coln en rehabilitarse con la Corona, y Bobadilla fu depuesto; pero con
eso termin el virreinato de Coln en el Nuevo Mundo. En 1502 emprendi
su cuarto viaje; descubri la Martinica y otras islas, y en 1503 fund
su cuarta colonia, a la que di el nombre de Beln. Pero la desgracia se
le vena encima. Despus de ms de un ao de penalidades y trastornos,
regres a Espaa, y all muri el 20 de mayo de 1506.

En Valladolid se di sepultura a los restos del descubridor de un mundo;
pero varias veces fueron trasladados a distintos lugares. Se dice que
estn ahora sepultados en una capilla de la catedral de la Habana, al
lado de los de su hijo Diego; pero no puede tenerse certeza de esto.
Tampoco la hay para negar que tan preciosa reliquia se conservarse e
inhumase en la isla de Santo Domingo, adonde realmente fueron conducidos
desde Espaa. De todos modos, se hallan en el Nuevo Mundo, descansando
finalmente en paz en el seno de la Amrica que descubri.

No era Coln ni un hombre perfecto ni un tunante; aun cuando se le ha
presentado bajo ambos aspectos. Era un hombre notable, y, teniendo en
cuenta su poca y su profesin, era un hombre bueno. A la fe del genio,
reuna una maravillosa energa y tenacidad, y gracias a su testarudez
pudo llevar a cabo una idea que ahora nos parece naturalsima, pero que
entonces todo el mundo consideraba absurda. Mientras se limit a la
profesin a que se haba dedicado y en la que probablemente ni tena
entonces quien le igualase, sus hechos fueron portentosos. Pero cuando,
despus de medio siglo de navegante, de repente se convirti en virrey,
vino a ser como el proverbial marino en tierra: se perdi por
completo. En el desempeo de su nuevo cargo, fu poco prctico, tozudo y
hasta perjudicial a la colonizacin del Nuevo Mundo. Se ha dado en la
flor de acusar a los reyes de Espaa de baja ingratitud para con Coln;
pero esto es injusto. La culpa la tuvo l con sus propios actos, que
hicieron necesarias y justas las rigurosas medidas de la Corona. No era
buen administrador, ni tena elevados principios morales, sin los cuales
ningn gobernante puede ganar prestigio. Sus fracasos no eran debidos a
bellaquera, sino a ciertas debilidades y a su ineptitud en general para
el desempeo de su nuevo cargo, al cual, a sus aos, le era difcil
adaptarse.

Hay muchos retratos de Coln, pero probablemente ninguno se le parece.
En su tiempo era desconocida la fotografa, y no sabemos que ninguno de
sus retratos se tomase del natural. Todos los que se conocen, con una
sola excepcin, se hicieron despus de su muerte, y todos de memoria o
ajustndose a descripciones de su semblante. Se le representa alto e
imponente, de aspecto severo, ojos grises, nariz aguilea, mejillas
coloradas y pecosas y pelo cano, y gustaba de llevar el hbito gris de
los misioneros franciscanos. Han quedado algunas de sus cartas
originales, con su notable autgrafo, y un dibujo que se le atribuye.




IV

HACIENDO GEOGRAFA


Mientras Coln navegaba de un lado a otro del Ocano, entre el Viejo y
el Nuevo Mundo descubierto por l, y construa ciudades y daba nombre a
futuras naciones, Inglaterra pareca casi dispuesta a meter baza. Europa
entera sintise pronto conmovida por las extraas noticias procedentes
de Espaa. Movise entonces Inglaterra, valindose de un veneciano
conocido por el nombre de Sebastin Cabot. El da 5 de marzo de
1496--cuatro aos despus del descubrimiento de Coln,--Enrique VII de
Inglaterra expidi una patente a Juan Gabote, ciudadano de Venecia y
sus tres hijos, autorizndoles para navegar hacia occidente en un viaje
de exploracin. Juan y su hijo Sebastin salieron de Bristol en 1497, y
al nacer el da 24 de junio del mismo ao vieron el continente de
Amrica,--probablemente la costa de Nueva Escocia;--pero nada ms
hicieron. Despus de su regreso a Inglaterra, muri el viejo Cabot. En
mayo de 1498 emprendi Sebastin su segundo viaje, que probablemente le
llev a la Baha de Hudson y unos cuantos centenares de millas costa
abajo. Hay pocas probabilidades en favor de la hiptesis de que llegase
a ver parte alguna de lo que es hoy los Estados Unidos. Navegaba errante
por los mares del Norte, de tal modo, que los 300 colonos que se llev,
perecieron de fro en el mes de julio.

Inglaterra no trat muy bien a su primer explorador, y en 1512 entr
Cabot al servicio, ms grato, de Espaa. En 1517 sali para las
posesiones espaolas de las Antillas, y en ese viaje le acompa un
ingls llamado Toms Pert. En agosto de 1526 volvi a salir Cabot con
otra expedicin espaola, con rumbo al Pacfico, ya descubierto por un
hroe espaol; pero se amotinaron sus oficiales y se vi obligado a
abandonar la empresa. Explor el Ro de la Plata en una extensin de mil
millas, aproximadamente; construy un fuerte en una de las bocas del
Paran, y explor parte de dicho ro y del Paraguay, pues la Amrica del
Sur haba sido posesin espaola durante casi una generacin. De all
regres a Espaa, y ms tarde a Inglaterra, donde muri, por el ao de
1557.

Se han perdido todos los mapas imperfectos que hizo Cabot del Nuevo
Mundo, a excepcin de uno que se conserva en Francia; y no ha quedado de
ese navegante documento alguno. Cabot era un verdadero explorador y debe
inclursele en la lista de los primeros de Amrica; pero como uno, cuyo
trabajo fu infructuoso y sin consecuencias, y que vi el Nuevo Mundo,
pero no hizo en l nada practico. Era hombre de gran valor y de tenaz
perseverancia, y se le recordar siempre como descubridor de Terranova y
del extremo superior del Continente norteamericano.

Despus de Cabot, Inglaterra durmi una siesta de ms de medio siglo.
Cuando se despabil, se encontr con que los despiertos hijos de Espaa
se haban esparcido por la mitad del Nuevo Mundo, y que hasta Francia y
Portugal la haban dejado rezagada. Cabot, que no era ingls, fu el
primer explorador que envi Inglaterra; y a ste siguieron Drake y
Hawkins, y ms tarde los capitanes Amadas y Barlow, con lapsos de
setenta y cinco y ochenta y siete aos respectivamente, durante los
cuales una gran parte de los dos continentes haba sido descubierta,
explorada y poblada por otras naciones, de las que decididamente iba
Espaa a la cabeza. Coln, el primer explorador que envi Espaa, no era
espaol; pero con su primer descubrimiento se inici una corriente tan
impetuosa y tan constante de exploradores nacidos en Espaa, que en cien
aos hicieron ms en Amrica que todas las otras naciones de Europa
juntas en los primeros trescientos aos. Cabot vi, pero nada hizo; y
tres cuartos de siglo despus Sir John Hawkins y Sir Francis Drake--de
quienes hacen las viejas historias grandes elogios, pero que se
enriquecieron vendiendo infelices africanos como esclavos y con sus
pirateras contra buques y ciudades indefensas de las colonias de
Espaa, con las que Inglaterra se hallaba en paz,--vieron los Antillas y
el Pacfico, cuando haca ms de medio siglo que eran posesiones
espaolas. Drake fu el primer ingls que pas por el Estrecho de
Magallanes, y lo hizo sesenta aos despus que aquel heroico portugus
lo descubriera y bautizara con su sangre y su vida. Drake fu
probablemente el primero que vi la tierra que hoy llamamos Oregn,
nico descubrimiento que hizo de alguna importancia. _Tom posesin_ de
Oregn para Inglaterra, con el nombre de Nueva Albin; pero la vieja
Albin jams fund all colonia alguna.

Sir John Hawkins, pariente de Drake, fu como ste un marino
distinguido; pero no un verdadero descubridor ni explorador. Ninguno de
los dos explor o coloniz el Nuevo Mundo, y ninguno tampoco dej en la
historia de ste ms honda impresin que si nunca hubieran nacido. Drake
llev a Inglaterra las primeras patatas; pero no se so siquiera en la
importancia de tal descubrimiento hasta mucho tiempo despus, y eso por
otros hombres.

Los capitanes Amadas y Barlow, en 1584, vieron la costa en el Cabo
Hatteras y la isla de Roanoke, y se alejaron de ella sin resultado
permanente. Al siguiente ao, Sir Richard Grenville descubri el Cabo
Fear, y de ah no pas. Siguieron las famosas, pero pequeas
expediciones de Sir Walter Raleigh a Virginia, al Orinoco y a Nueva
Guinea, y los menos importantes viajes de John Davis al Noroeste, en
1585-87.

No debemos tampoco olvidar los infructuosos viajes del valiente Martn
Frobisher a la Groenlandia, en 1576-81. No hubo ms exploraciones de
Inglaterra en Amrica hasta el siglo XVII. En 1602, el capitn Gosnold
coste casi todo el litoral del Atlntico, particularmente alrededor del
Cabo Cod; y hasta cinco aos ms tarde no empez la ocupacin del Nuevo
Mundo por Inglaterra. La primera colonia inglesa que hizo gran papel en
la historia--como no lo hizo Jamestown--fu la de los Padres Peregrinos,
en 1602; y esos no vinieron con el objeto de inaugurar un mundo nuevo,
sino para huir de la intolerancia del viejo. En realidad, como ha hecho
notar Mr. Winsor, los sajones no tuvieron gran inters por Amrica sino
cuando empezaron a comprender que ofreca oportunidades al _comercio_.

Pero, si volvemos los ojos a Espaa, cunto no hizo en los cien aos
que pasaron despus de Coln y antes del desembarco de los fugitivos
ingleses en Plymouth Rock! En 1499 Vicente Yez de Pinzn, compaero de
Coln, descubri la costa del Brasil y reclam dicho pas en nombre de
Espaa; pero no dej all colonia alguna. Hizo sus descubrimientos cerca
de las bocas del Amazonas y del Orinoco, y fu el primer europeo que vi
el mayor ro del mundo. Al ao siguiente, Pedro Alvarez Cabral,
portugus, fu arrojado a la costa del Brasil por una tormenta; tom
posesin en nombre de Portugal y fund all una colonia.

En cuanto a Amrico Vespucio, el insignificante aventurero, cuya fama de
tal modo eclipsa sus hechos, son en extremo dudosas sus pretensiones por
lo que toca a Amrica. Vespucio naci en Florencia, en 1451, y era un
hombre instrudo, pues su padre ejerca de notario y tena un to
dominico que le ense humanidades. Fu dependiente de la gran casa de
los Mdicis, y hallndose a su servicio, lo enviaron a Espaa en 1490.
Estando all, entr al empleo del comerciante que equip la segunda
expedicin de Coln, el cual era un florentino llamado Juanoto Berardi.
Cuando ste muri, en 1495, dej sin terminar una contrata para equipar
doce buques para la Corona; y se encarg a Vespucio que llevase a cabo
la contrata. No hay razn alguna para creer que acompaase a Coln en su
primero, ni en su segundo viaje. Segn su propio relato, sali de Cdiz
el da 10 de mayo de 1497, en una expedicin espaola, y lleg al
continente de Amrica diez y ocho das antes de que lo viese Cabot. Es
ridculo el supuesto de algunas enciclopedias de que Vespucio
probablemente se remont por el norte hasta el cabo Hatteras. Hay
pruebas innegables de que nunca vi ni una pulgada del Nuevo Mundo al
norte del Ecuador. Volviendo a Espaa a fines de 1498, se embarc de
nuevo el 16 de mayo de 1499, en compaa de Ojeda, con rumbo a Santo
Domingo, y en ese viaje emple unos diez y ocho meses. Sali de Lisboa
en su tercer viaje, el 10 de mayo de 1501, con destino al Brasil. No es
cierto, aun cuando lo digan las enciclopedias, que descubriese y diese
nombre a la baha de Ro Janeiro: ambos honores pertenecen a Cabral,
verdadero descubridor y explorador del Brasil y hombre de mucha ms
importancia histrica que Vespucio. El cuarto viaje de este ltimo le
llev a Lisboa, el 10 de junio de 1503, a Baha, y de all a Cabo Fro,
donde construy un pequeo fuerte. En 1504 regres a Portugal, y al ao
siguiente a Espaa, donde muri en 1512.

La historia de estos viajes no tiene ms fundamento que el propio relato
de Vespucio, el cual no merece entero crdito. Es probable que no se
hiciese a la mar en todo el ao 1497, y es del todo cierto que no tuvo
la menor participacin en los verdaderos descubrimientos del Nuevo
Mundo.

El nombre de Amrica lo invent y aplic por primera vez en 1507 un
mal informado impresor alemn, llamado Waldzeemller, a cuyo poder
llegaron los documentos de Vespucio. La historia est llena de
injusticias; pero nunca se ha cometido otra mayor que ese bautismo de
Amrica. Con igual razn hubiera podido llamrsela Valdzeemllera. El
primer mapa del Nuevo Mundo lo hizo el espaol Juan de la Cosa, en
1500[4], y ese mapa le parecera hoy muy raro a cualquier chico de la
escuela. La primera geografa de Amrica, que data de 1517, se debe a
Enciso, un espaol.

Es grato pasar de un hombre harto ponderado y de hechos muy dudosos, a
esos verdaderos pero casi desconocidos hroes portugueses que se
llamaron Gaspar y Miguel Corte-Real. Gaspar sali de Lisboa el ao
1500, y descubri y di nombre a Labrador. En 1501 se embarc de nuevo
en Portugal para el mar Artico, y no se le volvi a ver. Despus de
esperar un ao, su hermano Miguel dirigi una expedicin para
rescatarlo; pero tambin l pereci, con todos sus hombres, entre los
tmpanos del mar del Norte. Un tercer hermano quiso salir en busca de
los perdidos exploradores; pero se lo prohibi el rey, quien envi una
expedicin de dos buques para salvarlos: sin embargo, no se hall la
menor huella de los valientes Corte-Reales ni de ninguno de sus hombres.

Tales fueron las exploraciones de Amrica hasta fines de la primera
dcada del siglo XVI: una serie de viajes atrevidos y peligrosos (de los
cuales slo hemos mencionado los ms notables de la gran invasin
espaola), que dieron como resultante el establecimiento de unas cuantas
colonias efmeras pero importantes nicamente como un atisbo por las
puertas del Nuevo Mundo. Las verdaderas penalidades y peligros, la
verdadera exploracin y conquista de las Amricas, comenzaron con la
dcada de 1510 a 1520: principio de una centuria de exploraciones y
conquistas tales como jams vi el mundo antes, ni ha vuelto a ver
despus. Espaa lo hizo todo, salvo las heroicas pero comparativamente
pequeas hazaas de Portugal en la Amrica del Sur, entre los sitios
conquistados por Espaa. El siglo XVI, en lo que afecta al Nuevo Mundo,
no tiene paralelo en la historia militar, y produjo, o mejor dicho,
desarroll hombres tales que en sus proezas sobrepujaron en alto grado a
cuantos conquistadores vinieron despus. Nuestra parte del hemisferio
jams ha dado a la historia unos captulos de conquista tan
sorprendentes como los que grabaron, en los formidables y selvticos
desiertos del sur, Corts, Pizarro, Valdivia y Quesada, los ms grandes
dominadores de la Amrica salvaje.

Hubo por lo menos otros cien hroes espaoles en aquella poca,
desconocidos de la fama y enterrados en la obscuridad hasta que la
verdadera historia les d su bien ganada gloria. No hay motivo para
creer que esos hroes olvidados fuesen ms _capaces_ de realizar grandes
hazaas que nuestros Israel Putnams, Ethan Allens, Francis Marions y
Daniel Boones; pero _hicieron_ cosas mucho ms grandes, espoleados por
una mayor necesidad y en el momento perentorio. He dicho un centenar;
pero realmente la lista es demasiado larga para ni siquiera catalogarla
aqu; y el ocuparnos de sus ms grandes cofrades, nos dar materia
suficiente para llenar este libro. Ninguna otra nacin madre, di jams
a luz cien Stanleys y cuatro Julios Csares en un siglo; pero eso es una
parte de lo que hizo Espaa para el Nuevo Mundo. Pizarro, Corts,
Valdivia y Quesada tienen derecho a ser llamados los Csares del Nuevo
Mundo, y ninguna de las conquistas, en la historia de Amrica, puede
compararse con las que ellos llevaron a cabo. Es sumamente difcil decir
cul de los cuatro fu el ms grande; si bien para el historiador slo
hay una respuesta posible. La eleccin est, por de contado, entre
Corts y Pizarro, y durante mucho tiempo se ha hecho con error. Corts
fu el primero en el orden cronolgico, y sus hechos se realizaron ms
cerca de nuestro pas. Era un hombre muy ilustrado en su poca y, como
Csar, tena la ventaja de saber escribir su propia biografa; mientras
que su primo lejano Pizarro, no saba leer ni escribir y firmaba con una
cruz; notable contraste con la firma bien trazada y elegante, en aquella
poca, de Hernn Corts. Pero Pizarro, que desde un principio tuvo la
desventaja de su falta de instruccin; que se vi obligado a luchar con
penalidades y obstculos infinitamente mayores que Corts, y supo
conquistar un territorio tan grande como el de ste con una tercera
parte de hombres, mucho ms violentos y rebeldes, fu, sin duda alguna,
el ms grande de los espaoles que fueron a Amrica, y a la vez el ms
grande de los dominadores del Nuevo Mundo. Por esta razn, y porque ha
sido tratado con tan supina injusticia, he escogido su maravillosa
carrera, que se relatar ms adelante, como ejemplo del supremo herosmo
de los primeros exploradores espaoles.

Pero, si bien Pizarro fu el ms grande, los cuatro citados son dignos
de ser considerados como los Csares de Amrica.

Lo cierto es que aquel grande hombre, pequeo y calvo, de la antigua
Roma, que llena con sus hechos las pginas de la historia antigua,
ninguna proeza llev a cabo que superase las de cada uno de esos cuatro
hroes espaoles, los cuales, con unos pocos compatriotas harapientos en
vez de las frreas legiones romanas, conquistaron cada uno un
inconcebible desierto, tan salvaje como el que hall Csar, y cinco
veces mayor. La opinin popular hizo durante mucho tiempo una gran
injusticia a esos y otros de los conquistadores espaoles,
empequeeciendo sus hechos militares por causa de la gran superioridad
de sus armas sobre los indgenas, y acusndoles de crueles y despiadados
en la exterminacin de los aborgenes. La luz clara y fra de la
verdadera historia nos los presenta de un modo muy distinto. En primer
lugar, la ventaja de las armas apenas era otra cosa que una superioridad
moral en inspirar el terror al principio entre los naturales, puesto que
las tristemente toscas e ineficaces armas de fuego de aquella poca,
apenas eran ms peligrosas que los arcos y las flechas que se les
oponan. Su eficacia no tena mucho mayor alcance que las flechas, y
eran diez veces ms lentas en sus disparos. En cuanto a las pesadas y
generalmente dilapidadas armaduras de los espaoles y de sus caballos,
no protegan del todo a unos ni a otros contra las flechas de cabeza de
gata de los indgenas, y colocaban al hombre y al bruto en desventaja
para luchar con sus giles enemigos en un lance extremo, adems de ser
una carga muy pesada con el calor de los trpicos. La artillera de
aquellos tiempos era casi tan intil como los ridculos arcabuces. En
cuanto a su comportamiento con los indgenas, hay que reconocer que los
que resistieron a los espaoles fueron tratados con muchsima menos
crueldad que los que se hallaron en el camino de otros colonizadores
europeos. Los espaoles no exterminaron _ninguna_ nacin aborgena--como
exterminaron docenas de ellas nuestros antepasados[5]--y, adems, cada
primera y necesaria leccin sangrienta iba seguida de una educacin y
de cuidados humanitarios. Lo cierto es que la poblacin india de las que
fueron posesiones espaolas en Amrica, es hoy mayor de lo que era en
tiempo de la conquista, y este asombroso contraste de condiciones y la
leccin que encierra respecto del contraste de los mtodos, es la mejor
contestacin a los que han pervertido la historia.

Sin embargo, antes de hablar de los grandes conquistadores, debemos
bosquejar la vida aventurera y el fin trgico del descubridor del ocano
Pacfico, Vasco Nez de Balboa.

En uno de los ms hermosos poemas escritos en lengua inglesa, se lee:

    Como el bravo Corts, cuando con ojos de guila
  Contemplaba al Pacfico, mientras sus hombres
  Mirbanse absortos en raras conjeturas,
  Silenciosos todos sobre un pico de Darin.

Pero Keats se equivoc. No fu Corts el primero que vi el Pacfico,
sino Balboa, y cinco aos antes de que Corts sentase la planta en el
continente de Amrica.

Naci Balboa en la provincia de Extremadura, en 1475. Embarcse, con
Bastidas, con rumbo al Nuevo Mundo en 1501, y entonces vi Darin; pero
se estableci en la isla Espaola. Nueve aos despus se traslad con
Enciso a Darin, y all permaneci. La vida en el Nuevo Mundo era
entonces muy turbulenta, y los primeros aos de la de Balboa fueron muy
movidos; pero tenemos que pasarlos por alto. Pronto hubo disturbios en
la colonia de Darin. Enciso fu depuesto y llevado a Espaa como
prisionero, y Balboa tom el mando. A su llegada a Espaa, Enciso ech
toda la culpa a Balboa, y consigui que el rey condenara a ste por el
delito de alta traicin. Al saber esto, determin Balboa dar un golpe
maestro cuya resonancia le granjease de nuevo el favor del rey. Haba
odo a los indgenas hablar de otro ocano y del Per--los que no haban
visto todava ojos europeos,--y se hizo el propsito de hallarlos. En
septiembre de 1513, se embarc para Coyba con 190 hombres, y desde aquel
punto, con slo 90 que le siguieron, atraves a pie el istmo hasta
llegar al Pacfico, realizando uno de los viajes ms horribles que puede
imaginarse, por su longitud. Fu el 26 de septiembre de 1513 el da en
que, desde la cima de una sierra, los harapientos y ensangrentados
hroes contemplaron la inmensidad azul del mar del Sur, que no se llam
Pacfico hasta mucho tiempo despus. Bajaron a la costa, y Balboa,
vadeando el nuevo ocano hasta la rodilla; blandiendo en alto su espada
con la mano derecha, y con la izquierda el invicto pendn de Castilla,
tom posesin solemne de aquel mar en nombre del rey de Espaa.

Los exploradores regresaron a Darin en 18 de enero de 1514, y Balboa
envi a Espaa una relacin de su gran descubrimiento.

Pero Pedro Arias de Avila haba ya salido de la madre patria para
substituirle. Al fin la nueva de la proeza de Balboa lleg a
conocimiento del rey, el cual le perdon y le nombr Adelantado; y algn
tiempo despus cas el descubridor con la hija de Pedro Arias. Siempre
con grandes planes, Balboa condujo el material necesario a travs del
istmo con muchsimo trabajo, y en las playas del azul Pacfico construy
dos bergantines, que fueron los primeros buques que se hicieron en las
Amricas. Con stos tom posesin de las islas de las Perlas, y despus
sali en busca del Per; pero tuvo que retroceder por la fuerza de las
tormentas, que pusieron un fin desastroso a su empresa. Su suegro,
celoso del brillante porvenir de Balboa le llam a Darin, engandolo
con un mensaje traicionero; y le prendi y lo hizo ejecutar pblicamente
el ao 1517, acusndolo falsamente de alta traicin. Tena Balboa todo
el temple de un gran explorador, y a no ser por la infame accin de
Avila, es probable que hubiese alcanzado ms altos honores. Su valor era
pura audacia, y su energa incansable; pero fu imprudente y descuidado
en su actitud con respecto a la Corona.




V

CAPTULO DE LA CONQUISTA


Mientras el descubridor del mayor de los ocanos estaba an tratando de
averiguar sus lejanos misterios, un guapo, atltico y gallardo joven
espaol, que estaba destinado a hacer mucho ms ruido en la historia,
empezaba a dar que hablar desde los umbrales de Amrica, de cuyos reinos
centrales deba ser ms tarde el conquistador.

Hernando Corts perteneca a una noble y empobrecida familia espaola, y
naci en Extremadura diez aos despus que Balboa. A la edad de 14 aos
lo enviaron a estudiar leyes a la ciudad de Salamanca; pero el espritu
aventurero del hombre se manifestaba con fuerza en el endeble muchacho,
y a los dos aos sali de aquel centro y se fu a su hogar con la
determinacin de entregarse a una vida errabunda. No se hablaba de otra
cosa que de Coln y de su Nuevo Mundo, y qu joven arriscado poda
quedarse entonces en Espaa para bucear en enmohecidos libros de leyes?
Ciertamente no era de esos el impertrrito Hernando.

Accidentes imprevistos impidironle acompaar dos expediciones para las
cuales se haba preparado; pero al fin, en 1504, se hizo a la vela con
rumbo a Santo Domingo, nueva colonia de Espaa, en la que prest tan
buenos servicios, que el comandante Ovando le ascendi varias veces,
alcanzando la fama de ser un soldado modelo. En 1511 acompa a
Velzquez a Cuba, y fu nombrado alcalde de Santiago, donde gan nuevo
prestigio por su valor y firmeza en circunstancias muy crticas. Entre
tanto, Francisco Hernndez de Crdoba, descubridor de Yucatn, hroe del
que debemos limitarnos a hacer esta breve mencin, haba anunciado su
importante descubrimiento. Un ao despus, Grijalba, teniente de
Velzquez, haba seguido el derrotero de Crdoba, remontndose ms al
norte, hasta que por fin descubri Mjico. No hizo, sin embargo,
esfuerzo alguno para conquistar o colonizar la nueva tierra, lo cual
indign tanto a Velzquez, que degrad a Grijalba y confi la conquista
a Corts.

El ambicioso joven se embarc en Santiago de Cuba el 18 de noviembre de
1518, con menos de 700 hombres y 12 pequeos caones de los llamados
falconetes. Apenas se haba alejado del puerto, Velzquez se arrepinti
de haberle dado tan buena ocasin de distinguirse, y en seguida envi
fuerza para arrestarlo y conducirlo a su presencia. Pero Corts era el
dolo de su pequeo ejrcito y, seguro de su afecto, se resisti a los
emisarios de Velzquez y se mantuvo firme en su empresa. Desembarc en
la costa de Mjico el 4 de marzo de 1519, cerca de lo que es hoy la
ciudad de Veracruz, que l fund y fu la primera ciudad europea en el
continente de Amrica al sur de Mjico.

El desembarco de los espaoles caus tanta sensacin como causara hoy
la llegada a Nueva York de un ejrcito procedente del planeta Marte.

Los aterrorizados indgenas[6] no haban visto nunca un caballo (porque
fueron los espaoles los primeros que llevaron al Nuevo Mundo caballos,
carneros y otros animales domsticos), y juzgaron que aquellos extraos
y plidos recin venidos, que iban sentados en bestias de cuatro patas y
llevaban camisas de hierro y palos que despedan truenos, sin duda
deban de ser dioses.

All se exalt la imaginacin de los aventureros con ureas leyendas de
Montezuma, mito que no enga a Corts ms paladinamente de lo que ha
engaado a algunos historiadores modernos, quienes parecen no saber
distinguir entre lo que _oy_ Corts y lo que _hall_ en realidad. Le
dijeron que Montezuma--cuyo nombre propiamente es Moctezuma, o bien
Motecuzoma, que significa Nuestro Airado Jefe,--era Emperador de
Mjico, y que treinta Reyes, llamados _caciques_, eran sus vasallos;
que posea incalculables riquezas y un poder absoluto, y que su morada
resplandeca entre oro y piedras preciosas. Hasta algunos amenos
historiadores han cado en el desatino de aceptar como verdaderas estas
imposibles leyendas. Nunca ha habido en Mjico ms que dos emperadores:
Agustn de Itrbide y el infortunado Maximiliano; ambos en el siglo XIX.
Moctezuma no fu emperador, ni siquiera rey de Mjico. La organizacin
social y poltica de los antiguos mejicanos era exactamente igual a la
de los indios llamados Pueblo de Nuevo Mjico en la poca actual: una
democracia militar, con una poderosa y complicada organizacin
religiosa, que ejerce su poder detrs del trono. Moctezuma era
simplemente el Tlacatcutle, o sea el jefe guerrero de los Nahuatl (que
as se llamaban los antiguos mejicanos), y no era ni el supremo ni el
nico ejecutivo. De su ignominioso fin puede fcilmente deducirse cun
poca era su importancia[7].

Cuando hubo fundado Veracruz, Corts se hizo elegir gobernador y capitn
general (que era el ms alto grado militar) de aquel nuevo pas; y
despus de quemar sus naves, como el famoso general griego, para hacer
imposible la retirada, empez su marcha a travs del imponente desierto
que se extenda ante su vista.

Entonces fu cuando Corts empez a dar muestras del genio militar que
le coloc a mayor altura que los dems exploradores de Amrica,
excepcin hecha de Pizarro. Con slo un puado de hombres, pues haba
dejado parte de sus fuerzas en Veracruz al mando de su teniente
Escalante, en una tierra desconocida, poblada de enemigos poderosos e
indmitos, de poco le hubiera servido el valor y la fuerza bruta. Pero,
con una diplomacia tan rara como brillante, descubri los puntos dbiles
de la organizacin de los indios; foment la divisin que causaban los
celos entre las tribus; hizo aliados suyos de los que secreta o
abiertamente se oponan a la federacin de tribus de Moctezuma--liga
algo parecida a las Seis Naciones de nuestra propia historia,--y de
este modo redujo en gran manera las fuerzas que tena que combatir.
Despus de derrotar a las tribus de Tlaxcala y Cholula, Corts lleg por
fin a la extraa ciudad lacustre de Mjico, con su escasa tropa espaola
engrosada con 6,000 aliados indios. Moctezuma lo recibi con gran
ceremonia; pero sin duda con intencin traicionera. Mientras l
obsequiaba a sus visitantes en una gran casa de adobe--no un palacio,
como dicen las historias, porque no haba ningn palacio en Mjico,--uno
de los subjefes de su liga atac la pequea guarnicin de Escalante en
Veracruz, y mat a varios espaoles, incluso al mismo Escalante. La
cabeza del teniente espaol fu enviada a la ciudad de Mjico, porque
los indios que vivan al sur de lo que es hoy los Estados Unidos, no se
contentaban con quitar el cuero cabelludo a un enemigo, sino que le
cortaban la cabeza. Esto fu un terrible desastre, no tanto por la
prdida de unos cuantos hombres, sino porque demostraba a los indios
(que era lo que queran probar los mensajeros) que los espaoles no eran
dioses inmortales, sino que se les poda matar como a los dems hombres.

Cuando Corts se enter de la triste nueva, vi en el acto el peligro
que corra, y di un golpe audaz para salvarse. Ya haba hecho
fortificar de un modo seguro el edificio de adobe en que estaban
acuartelados los espaoles, y entonces, yendo de noche con sus oficiales
a la casa del jefe guerrero, se apoder de Moctezuma y amenaz matarle
si no entregaba en el acto los indios que haban atacado a Veracruz.
Moctezuma los entreg y Corts los hizo quemar en pblico. Esto fu un
acto cruel; pero era sin duda necesario para causar una viva impresin a
los indgenas, so pena de ser aniquilados por ellos. No hay apologa
posible para esa barbaridad; sin embargo, es justo medir a Corts por el
rasero de aquel tiempo, y entonces reinaba la crueldad en todo el mundo.

Al llegar aqu, es divertido leer en algunos pretenciosos libros de
texto que Corts hizo encadenar a Moctezuma y le oblig a pagar un
rescate de seiscientos mil marcos de oro puro y una inmensa cantidad de
piedras preciosas. Esto se halla de acuerdo con las fbulas imposibles
que llevaron engaosamente a tantos exploradores a la desilusin y la
muerte, y es una buena muestra del brillo de oro con que algunos
historiadores, igualmente crdulos, rodean a la naciente Amrica.
Moctezuma no compr su rescate; jams volvi a gozar de libertad, y no
pag cantidad alguna en oro; en cuanto a piedras preciosas, tal vez
tuviese unos pocos granates y turquesas verdes de escaso valor, y quiz
hasta alguna esmeralda, pero nada ms.

En este momento crtico de su carrera, Corts se vi amenazado desde
otro punto. Llegle la noticia de que Pnfilo de Narvez, de quien nos
ocuparemos ms adelante, haba desembarcado con 800 hombres, con el
objeto de arrestar a Corts para llevrselo prisionero por su
desobediencia a Velzquez. Pero aqu se mostr de nuevo el genio del
conquistador de Mjico, y lo salv. Marchando contra Narvez con 140
hombres, lo hizo prisionero; alist bajo su bandera a los 800 que haban
venido a arrestarle, y apresuradamente regres a la ciudad de Mjico.

All encontr que de da en da se pona la situacin ms amenazadora.
Alvarado, a quien haba confiado el mando, provoc al parecer un
conflicto atacando un baile de los indios. Por cruel que esto parezca, y
como tal se ha censurado, no fu ms que una necesidad militar,
reconocida as por todos los que realmente conocen a los aborgenes, aun
en nuestros das. Los historiadores de gabinete han descrito a los
espaoles como si hubiesen sorprendido villanamente un _festival_ del
pas; pero esto es simplemente por ignorancia del asunto. Una danza
india _no es_ un festival; es, generalmente, y lo era en aquel caso, un
macabro ensayo de matanza. Un indio nunca baila por diversin, y a
menudo sus bailes tienen ms grave intento que el de divertir a otros.
En una palabra, Alvarado, viendo que los indios se dedicaban a un baile
que evidentemente no era otra cosa que el preludio supersticioso de una
carnicera, quiso arrestar a los hechizadores y a otros jefes del
cotarro. Si lo hubiese logrado, nada habra sucedido, al menos por
algn tiempo. Pero los indios eran demasiado numerosos para su pequea
fuerza, y los belicosos cabecillas pudieron escaparse.

Cuando regres Corts con sus 800 hombres, tan raramente reclutados, se
encontr con que la ciudad haba cambiado de aspecto, y que sus hombres
estaban sitiados en sus cuarteles. Los indios dejaron tranquilamente que
Corts entrase en la trampa, y despus la cerraron de modo que no haba
escapatoria. All estaban unos cuantos centenares de espaoles
encerrados en su prisin, y los cuatro canales, que eran las nicas vas
para llegar a ella (porque la ciudad de Mjico era entonces una Venecia
americana), estaban atestados de muchos millares de enemigos.

El indio rara vez se excusa por un fracaso; y los Nahuatl haban ya
elegido un nuevo capitn de guerra, llamado Cuitlahutzin, para
reemplazar al inepto Moctezuma. Este continuaba prisionero, y cuando los
espaoles le hicieron salir a la azotea para que hablase en favor suyo,
la furiosa muchedumbre de indios lo mat a pedradas. Entonces, al mando
de su nuevo caudillo, atacaron a los espaoles con tal furia, que ni los
toscos falconetes, ni los ms toscos fusiles de chispa, fueron parte a
resistirlos, y no tuvieron los espaoles ms remedio que abrirse paso a
lo largo de uno de los canales, en una ltima y desesperada lucha por la
vida. El principio de aquella retirada de seis das, fu una de las
pginas ms dolorosas que la historia de Amrica. Aquella fu la NOCHE
TRISTE, tan celebrada en los romances y relatos espaoles. Los sucesos
de tan terrible noche, robaron para siempre la dicha de muchos hogares
de la madre Patria, y las burbujas de sangre que cubrieron el lago
Tezcuco, llevaron el luto y el dolor a muchos amantes corazones. En
aquellas pocas horribles horas, perecieron dos terceras partes de los
conquistadores, y los enloquecidos indios persiguieron a los heridos
supervivientes por encima de ms de 800 cadveres espaoles.

Despus de una terrible retirada de seis das, ocurri la importante
batalla en los llanos de Otumba, donde se vieron los espaoles
enteramente cercados; pero se abrieron paso tras una desesperada lucha
cuerpo a cuerpo, que realmente decidi la suerte de Mjico. Corts
march a Tlaxcala, levant un ejrcito de indios que eran hostiles a la
federacin, y con su ayuda puso sitio a aquella ciudad. Dur el asedio
setenta y tres das, y fu el ms notable que registra la historia de
toda la Amrica. Ocurran todos los das luchas sangrientas. Los indios
se defendieron con denuedo; pero al fin el genio de Corts triunf, y el
da 13 de agosto de 1521, entr victorioso en la segunda de las grandes
ciudades del Nuevo Mundo.

Estas asombrosas proezas de Corts, aqu tan brevemente esbozadas,
despertaron en Espaa una admiracin sin lmites, haciendo que la Corona
condonase su insubordinacin a Velzquez. Las quejas de ste fueron
desodas y Carlos V nombr a Corts gobernador y capitn general de
Mjico, adems de hacerle marqus del Valle de Oaxaca y otorgarle una
considerable pensin.

Investido y seguro con esta alta autoridad, Corts sofoc un complot
contra l, y mand ejecutar al nuevo caudillo y a muchos de los
caciques, que no eran potentados, sino oficiales religioso-militares,
cuyo ascendiente sobre las supersticiones de los indios les hacan
peligrosos.

Pero Corts, cuyo genio brillaba ms cuanto ms insuperables parecan
las dificultades y peligros que se le presentaban, tropez en lo que ha
causado la cada de muchos: el xito. Al contrario de su analfabeto,
pero ms noble y ms grande primo Pizarro, la prosperidad le da y le
hizo perder la cabeza y el corazn. A pesar de los juicios poco
estudiados de algunos historiadores, Corts no fu un conquistador
cruel. No tan slo era un gran genio militar, sino que trataba con mucha
clemencia a los indios, y era muy querido de ellos. La llamada
carnicera de Cholula, no fu una mancha en su carrera, como algunos han
pretendido. La verdad, reivindicada al fin por la historia exacta, es
como sigue: Los indios lo haban atrado traidoramente a una trampa, so
pretexto de amistad. Era ya demasiado tarde para una retirada, cuando
averigu que los indgenas intentaban atacarle. Y al ver el peligro que
corra, no hall ms que una escapatoria, esto es, sorprender a los que
intentaban sorprenderle; caer sobre ellos antes de que estuviesen listos
para caer sobre l; y esto es precisamente lo que hizo. Lo de Cholula es
simplemente el caso del que fu por lana y sali trasquilado.

No, Corts no era cruel con los indios; pero, tan pronto como vi
asegurado su poder, se hizo un tirano cruel para sus propios
compatriotas, un traidor a sus amigos y hasta a su propio rey, y lo que
es peor, un desalmado asesino. Hay pruebas evidentes de que hizo
desaparecer a varias personas que cerraban el paso a su desmedida
ambicin; y la infamia que colm la medida fu el mal trato que di a su
esposa. Tuvo Corts mucho tiempo por amante a la hermosa india Malinche;
pero, despus que conquist a Mjico, su legtima esposa fu a dicho
pas para compartir con l su fortuna. Mas el amor que le profesaba no
era tan grande como su ambicin, y ella se lo estorbaba. Por fin, se la
hall una maana estrangulada en su lecho.

Obcecado por su ambicin, proyect rebelarse abiertamente contra Espaa
y declararse emperador de Mjico. La Corona husme este lindo plan, y
envi emisarios que se incautaron de sus bienes, hicieron prisioneros a
sus hombres y se dispusieron a desbaratar sus planes secretos. Corts se
apresur audazmente a volver a Espaa, donde se present a su soberano
con gran esplendor. Carlos V le dispens buena acogida, y le condecor
con la ilustre orden de Santiago, patrn de Espaa. Pero su estrella
estaba ya declinando, y aun cuando se le permiti volver a Mjico,
aparentemente con el mismo poder, desde entonces fu vigilado y nada
hizo ya que pudiese compararse con sus primeros y portentosos hechos.
Habase vuelto muy poco escrupuloso, en extremo vengativo y sobradamente
peligroso para dejarle en plena autoridad, y al cabo de pocos aos se
vi obligada la Corona a nombrar un virrey para desempear el gobierno
civil de Mjico, dejando a Corts solamente el mando militar, con el
permiso de hacer nuevas conquistas. En el ao 1536, Corts descubri la
Baja California, y explor parte de su golfo. Al fin, disgustado por su
posicin inferior, donde antes haba sido supremo, volvi a Espaa,
donde el rey le recibi muy framente. En 1541 acompa a su soberano a
Argel como agregado, y se port bizarramente en aquellas guerras. Sin
embargo, al regresar de nuevo a Espaa se vi abandonado. Se cuenta que
un da en que Carlos V iba a un acto de ceremonia, Corts mont en el
estribo de la regia carroza, resuelto a que se le oyera.

--Quin sois?--pregunt el rey malhumorado.

--Soy--replic el altivo conquistador de Mjico,--un hombre que ha
dado a V. M. ms provincias que ciudades le dejaron sus abuelos.

Sea o no verdad esta ancdota, ilustra grficamente la arrogancia y los
servicios de Corts. Faltbale el modesto equilibrio de la grandeza
verdaderamente grande, como le faltaba a Coln. La presuncin de uno y
otro, no hubiera sido posible para aquel hombre ms grande que ambos: el
discreto Pizarro.

Al fin, disgustado, Corts se retir de la Corte, y el da 2 de
diciembre de 1554, el hombre que haba sido el primero en abrir el
interior de Amrica al mundo, falleci cerca de Sevilla.

Algunos exploradores hubo en la Amrica del Sur cuyas proezas fueron tan
asombrosas como las de Corts en Mjico. La conquista de los dos
continentes fu casi contempornea, e igualmente notable por el ms
elevado genio militar, el ms impertrrito valor, y por haber salvado
peligros espantosos y penalidades que eran casi sobrehumanas.

Francisco Pizarro, el analfabeto pero invencible conquistador del Per,
tena 15 aos ms que su bizarro primo Corts, y naci en la misma
provincia de Espaa. Empezse a hablar de l en Amrica en el ao 1510.
Desde 1524 a 1532, estuvo haciendo esfuerzos sobrehumanos para llegar a
la desconocida y aurfera tierra del Per, venciendo obstculos que ni
siquiera Coln los haba encontrado iguales, y arrostrando peligros y
penalidades mayores que los que sufrieron Csar y Napolen. Desde 1532
hasta su muerte, acaecida en 1541, ocupse en conquistar y explorar
aquel enorme pas, y fundar una nueva nacin entre sus feroces tribus,
luchando no slo con numerosas hordas de indios, sino tambin con
hombres desalmados de su squito, a manos de los cuales pereci
traidoramente. Pizarro hall y domin el pas ms rico de Nuevo Mundo,
y, no obstante sus incomparables sufrimientos, vi realizados, ms que
ninguno de los otros conquistadores, los sueos dorados que todos
perseguan. Probablemente ninguna otra conquista, en la historia del
mundo, produjo tan rpida y deslumbradora riqueza, y ciertamente ninguna
se compr ms cara en punto a penalidades y herosmo. Algunos
historiadores ignorantes de los hechos reales, y obcecados por el
prejuicio, han tratado muy injustamente la conquista de Pizarro; pero
esa historia maravillosa, cuyos detalles relataremos ms adelante, est
depurndose y ponindose en su lugar, como uno de los hechos ms
estupendos y atrevidos de la Historia. Es la de un hroe a quien todos
los verdaderos americanos, jvenes o viejos, harn justicia de buen
grado. Por mucho tiempo se nos ha presentado a Pizarro como un
conquistador sanguinario y cruel, como un hombre egosta, inmoral y
peligroso; pero bajo la clara y verdadera luz de la historia de los
hechos, destaca ahora como uno de los ms grandes hombres, hijos de su
propio esfuerzo, y que, considerando las circunstancias que le rodearon,
merece el mayor respeto y admiracin por la figura que de s mismo supo
labrar. La conquista del Per no caus ni con mucho tanto derramamiento
de sangre como la sujecin final de las tribus indias de Virginia.
Escasamente hizo tantas vctimas de peruanos como la guerra del rey
Philip[8] y fu mucho menos sanguinaria, porque era ms abierta y
honrosa que cualquiera de las conquistas de Inglaterra en la India
Oriental. En el Per, los ms cruentos sucesos ocurrieron despus de la
conquista, cuando los espaoles empezaron a pelear unos contra otros, y
entonces Pizarro no fu el agresor, sino la vctima. Todo se debi a la
traicin de sus propios aliados, de los hombres a quienes haba
procurado fama y fortuna. Sus conquistas se extendieron en una comarca
tan vasta como los Estados de California, Oregn y una gran parte del de
Washington, o como nuestro litoral desde Nueva Escocia a Port Royal y
200 millas tierra adentro, y en una tierra donde haba abundantes indios
mejor organizados y ms adelantados del hemisferio Occidental; y esto lo
llevo a cabo con menos de 300 hombres harapientos y desgarbados. A tal
grandeza lleg el pobre, ignorante y desvalido porquero de Trujillo! Fu
uno de los grandes capitanes que han existido, y casi tan noble como
organizador y como ejecutivo de un nuevo imperio, que fu el primero en
la costa del Pacfico de la Amrica del Sur.

Pedro de Valdivia, conquistador de Chile, someti aquel vasto territorio
de los crueles araucanos con un ejrcito de doscientos hombres.
Estableci la primera colonia en Chile en 1540, y en el mes de febrero
siguiente fund la actual ciudad de Santiago de Chile. De sus largas y
encarnizadas guerras con los araucanos no hablaremos aqu por falta de
espacio. Fu muerto por los indgenas el da 3 de diciembre de 1553, con
casi todos sus hombres, despus de una desesperada e indescriptible
lucha.

No tenemos aqu bastante espacio para relatar los portentosos hechos que
ocurrieron en el continente del sur o en la parte inferior de la Amrica
del Norte: la conquista de Nicaragua, por Gil Gonzlez Dvila, en 1523;
la conquista de Guatemala, por Pedro de Alvarado, en 1524; la de
Yucatn, por Francisco de Montijo, que empez en 1526; la de Nueva
Granada, por Gonzalo Jimnez de Quesada, en 1536; las conquistas y
exploracin de Bolivia, del Amazonas y del Orinoco (hasta cuyas
cataratas haban penetrado los espaoles en 1530, con casi sobrehumanos
esfuerzos); las incomparables guerras con los araucanos en Chile (por
espacio de dos siglos), con los tarrahumares en Chihuahua, con los
tepehuenes en Durango y los indmitos yaquis en el noroeste de Mjico
las proezas del capitn Martn de Hurdaile (el Daniel Boone de Sinaloa
y Sonora), y de centenares de otros desconocidos espaoles, que hubieran
alcanzado renombre universal, si hubiesen sabido de ellos los
trompeteros de la fama.




VI

LA VUELTA ALREDEDOR DEL MUNDO


Antes de que Corts conquistase a Mjico, o que Pizarro y Valdivia
viesen las tierras con las que deban asociar sus nombres para siempre,
otros espaoles--menos conquistadores, pero tan grandes exploradores
como ellos--cambiaban rpidamente la geografa del Nuevo Mundo. Tambin
Francia se haba despertado un poco; y en el ao 1500 su bizarro hijo,
el capitn Gonneville, se haba embarcado. Pero entre l y el siguiente
explorador, que fu un florentino pagado por los franceses, hubo un
lapso de veinticuatro aos; y en ese tiempo Espaa llev a cabo cuatro
importantsimos hechos.

Fernao Magalhaes, a quien conocemos con el nombre de Fernando
Magallanes, naci en Portugal el ao de 1470; y al llegar a su viril
edad adopt la vida de marino, a la cual le inclinaba su carcter
aventurero. En el Viejo Mundo no se hablaba ms que del Nuevo, y
Magallanes anhelaba explorar las Amricas. Por haberle tratado muy
desabridamente el rey de Portugal, se alist bajo la bandera de Espaa,
donde se reconoci su talento. Sali de la Pennsula, al mando de una
expedicin espaola, el 10 de agosto de 1519, y navegando ms al sur de
lo que fueran otros marinos, descubri el Cabo de Hornos y el estrecho
que lleva su nombre. El hado no le permiti llevar ms lejos sus
descubrimientos, ni recoger el galardn de los que realizara, pues
durante ese viaje (en 1521) fu descuartizado por los indgenas de una
de las islas Molucas. Su heroico lugarteniente, Juan Sebastin de
Elcano, tom entonces el mando y continu el viaje hasta dar la vuelta
al globo por vez primera en la historia. Cuando regres a Espaa, la
Corona premi sus brillantes hechos y le di, entre otros honores, un
escudo que tena por blasn un globo y el lema _tu primus circumdedisti
me_ (t fuiste el primero en dar la vuelta en torno mo).

Juan Ponce de Len, descubridor de la Florida, primer Estado de nuestra
Unin que vieron los europeos, fu un explorador tan desgraciado como
Magallanes; porque vino a la Tierra de las flores, atrado por el
fantstico mito de una fuente de perenne juventud, tan slo para ser
vctima de los indios que la habitaban. Ponce de Len naci en San
Servs (Espaa), en el ltimo tercio del siglo XV. Conquist la isla de
Puerto Rico, y embarcndose en 1512 en busca de la Florida, de la que
tena noticia por los indios, descubri la nueva tierra el mismo ao, y
tom posesin de ella en nombre de Espaa. Se le di el ttulo de
Adelantado de la Florida, y en el ao 1521 volvi con tres buques para
conquistar su nuevo pas; pero fu mortalmente herido en una lucha con
los indios, muriendo al regresar a Cuba. Fu uno de los bravos espaoles
que acompaaron a Coln en su segundo viaje a Amrica, en 1493.

Mucho ms que Ponce de Len hizo Hernando de Soto en la Florida. Este
valiente conquistador naci en Extremadura, hacia el ao 1495. Pedro
Arias de Avila tom afecto a su joven y perspicaz pariente, le ayud a
obtener una educacin universitaria, y en el ao 1519 lo llev consigo
en su expedicin a Darin. Soto gan prestigio en el Nuevo Mundo, y
lleg a ser considerado como un oficial prudente y valeroso. En 1528
mand una expedicin para explorar la costa de Guatemala y Yucatn; en
1523 llev un refuerzo de 300 hombres para ayudar a Pizarro en la
conquista del Per. En aquella aurfera tierra, Soto obtuvo grandes
riquezas, y el pobre soldado que desembarcara en Amrica sin ms que su
espada y su escudo, volvi a Espaa con lo que entonces se consideraba
una enorme fortuna. All se cas con una hija de su protector Avila, y
de este modo fu cuado del descubridor del Pacfico, Balboa. Soto
prest una parte de su fcilmente adquirida fortuna al emperador Carlos,
que con las constantes guerras haba agotado el erario, y Carlos lo
envi como gobernador de Cuba y Adelantado de la nueva provincia de la
Florida. En 1538 se hizo a la mar con un ejrcito de seiscientos hombres
muy bien equipados, grupo de aventureros atrados a la bandera de su
famoso compatriota por el deseo de hacer descubrimientos y hallar oro.
La expedicin desembarc en la Florida, en la baha del Espritu Santo,
en mayo de 1539, y volvi a tomar posesin de aquel ignoto desierto en
nombre de Espaa.

Pero el brillante xito que alcanz Soto en los montes del Per, pareci
abandonarle del todo en los pantanos de la Florida. Es digno de notarse
que casi todos los exploradores que hicieron maravillas en la Amrica
del Sur, fracasaron cuando llevaban sus operaciones al continente del
norte. Era tan completamente distinta la geografa fsica de ambos, que
despus de acostumbrarse a las necesidades del uno, el explorador
pareca incapaz de adaptarse a las condiciones opuestas del otro.

Soto y sus hombres anduvieron errantes por la parte meridional de lo que
es hoy Estados Unidos, por espacio de cuatro mortales aos. Es probable
que en sus viajes pasasen por los actuales Estados de la Florida,
Georgia, Arkansas, Misisip, Alabama, Luisiana y la parte nordeste de
Tejas. En 1541 llegaron al ro Misisip, y fueron ellos los primeros
europeos que vieron el padre de las aguas (en algn punto de su
corriente excepto en su boca) un siglo y cuarto antes de que lo viesen
los heroicos franceses Marquette y La Salle. Aquel invierno lo pasaron a
lo largo del Washita, y al principio del verano de 1542, cuando
regresaba Misisip abajo, muri el valiente Soto, depositndose su
cadver en el lecho del copioso ro que l haba descubierto, doscientos
aos antes de que lo viese ningn norteamericano. Sus hombres,
maltrechos y descorazonados, pasaron all un terrible invierno, y en
1543, al mando del teniente Moscoso, construyeron unos toscos buques, y
bajaron en ellos por el ro Misisip hasta el golfo en diez y nueve
das, realizando la primera navegacin que se llev a cabo en nuestra
parte de Amrica. Desde la desembocadura fueron costeando hacia
Occidente, y al fin llegaron a Pnuco (Mjico), despus de cinco aos de
penalidades y sufrimientos tales como jams los experiment ningn
explorador sajn en las Amricas. Cerca de un siglo y medio despus que
el desgarbado ejrcito de hombres famlicos de Soto tomara posesin de
Luisiana en nombre de Espaa, pas aquel territorio a poder de los
franceses, y a Francia lo compr los Estados Unidos al cabo de ms de un
siglo.

De modo que cuando Verazzano, el florentino enviado por Francia, lleg a
Amrica, en 1524, coste el Atlntico desde un punto de La Carolina del
Sur hasta Terranova, y public una breve descripcin de lo que haba
visto, ya Espaa haba dado la vuelta al mundo; haba llegado al extremo
sur de Amrica, conquistando un vasto territorio y descubierto ms de
media docena de nuestros actuales Estados, despus de la ltima visita
de un francs a Amrica. Por lo que toca a Inglaterra, era casi tan
desconocida en esta parte del mundo como si nunca hubiese existido.

Despus de Ponce de Len y antes que Soto, Francisco de Garay,
conquistador de Tampico, visit la Florida en 1518. Fu con el objeto de
dominar aquel pas; pero fracas y muri poco despus en Mjico, siendo
probable que fuese envenenado por orden de Corts. Dej an menos
recuerdo de lo que hizo en la Florida que Ponce de Len, y pertenece al
nmero de exploradores espaoles que, aun siendo verdaderos hroes,
llevaron a cabo hechos de poca resonancia; y stos fueron demasiado
numerosos para hacer ni siquiera una lista de ellos.

En 1527 sali de Espaa la expedicin ms desastrosa que se envi al
Nuevo Mundo; expedicin notable nicamente por dos cosas, fu tal vez la
ms desgraciada de que hay historia, y condujo al hombre que supo ser el
primero en cruzar el Continente americano, el cual hizo verdaderamente
una de las ms asombrosas marchas a pie que se han realizado desde que
el mundo es mundo. Pnfilo de Narvez, que tan vergonzosamente fracas
cuando fu a arrestar a Corts, mandaba la expedicin con autoridad para
conquistar la Florida, y su tesorero era Alvaro Nez Cabeza de Vaca. En
1528 desembarc esa compaa en la Florida, y empez desde luego una
serie de horrores que ponen los pelos de punta. Los naufragios, los
indgenas y el hambre causaron tal destrozo en la malhadada compaa,
que cuando en 1529 los pieles rojas hicieron esclavos a Cabeza de Vaca y
tres de sus compaeros, eran stos los nicos supervivientes de la
expedicin.

Vaca y sus compaeros anduvieron al azar desde la Florida hasta el Golfo
de California, sufriendo increbles peligros y tormentos, y llegando
all despus de andar errantes durante ms de 8 aos. El herosmo de
Cabeza de Vaca recibi su galardn. El rey le hizo gobernador del
Paraguay en 1540; pero result tan inepto para este cargo como lo fu
Coln para el de virrey, y no tard en volver cargado de cadenas a
Espaa, donde muri.

Pero la relacin que public de cuanto vi en ese pasmoso viaje (porque
Vaca era un hombre educado y dej dos libros muy interesantes y
valiosos), hizo que sus compatriotas se determinasen a comenzar con
empeo la exploracin y colonizacin de lo que es hoy los Estados
Unidos, a construir las primeras ciudades, y a labrar las primeras
granjas en el pas, que ha llegado a ser la nacin ms vasta del mundo.

Los treinta aos que siguieron a la conquista de Mjico por Corts,
vieron un cambio asombroso en el Nuevo Mundo. En esos aos ocurrieron
maravillas. Brillantes descubrimientos, exploraciones sin igual,
intrpidas conquistas y colonizaciones heroicas se siguieron unas a
otras con vertiginosa rapidez; y, a excepcin de las bizarras pero
escasas proezas de los portugueses en la Amrica del Sur, Espaa fu la
nica que llev a cabo esos hechos. Desde Kansas hasta el Cabo de Hornos
era todo una vasta posesin espaola, salvo algunas partes del Brasil,
donde el hroe portugus Cabral haba sentado la planta en nombre de su
pas. Se construyeron centenares de poblaciones espaolas; escuelas,
universidades, imprentas, libros e iglesias espaolas empezaban su obra
de ilustracin en los ignotos continentes de Amrica, y los incansables
secuaces de Santiago marchaban siempre adelante. La Amrica,
particularmente Mjico, era rpidamente colonizada por los espaoles. El
desarrollo de las colonias donde haba recursos para mantener una
poblacin creciente era muy notable en relacin a aquellos tiempos. La
ciudad de Puebla, por ejemplo, en el Estado mejicano del mismo nombre,
se fund en 1532 y empez con treinta y tres colonos, y en 1678 tena
80,000 habitantes, que son veinte mil ms de los que tena la ciudad de
Nueva York ciento veintids aos despus.




VII

ESPAA EN LOS ESTADOS UNIDOS


Corts era todava capitn general cuando lleg Cabeza de Vaca a las
colonias espaolas, despus de su correra de ocho aos, portador de
noticias de pases extranjeros situados ms al norte; pero Antonio de
Mendoza era virrey de Mjico y superior a Corts en jerarqua, y entre
l y el conquistador traicionero haba interminables disensiones. Corts
trabajaba para s mismo; Mendoza, para Espaa.

A medida que en Mjico se hacan ms espesas las colonias espaolas, la
atencin de los inquietos exploradores de mundos empez a dirigirse
hacia los misterios del vasto y desconocido pas situado ms al norte.
Las cosas raras que Vaca haba visto, y las ms raras an de que haba
odo hablar, no podan menos de excitar la curiosidad de los intrpidos
aventureros a quienes las contaba. Lo cierto es que antes de un ao de
haber llegado a Mjico el primer viajero transcontinental, haban
descubierto sus compatriotas dos ms de nuestros actuales Estados como
resultado directo de sus narraciones. Y ahora llegamos a uno de los
hombres ms calumniados de todos: Fray Marcos de Nizza, descubridor de
Arizona y Nuevo Mjico.

Fray Marcos era natural de la provincia de Niza, que formaba entonces
parte de Saboya, y debi llegar a Amrica por el ao 1531. Acompa a
Pizarro al Per, y de all volvi finalmente a Mjico. Fu el primero en
explorar las tierras desconocidas de que Vaca haba odo a los indios
contar cosas tan estupendas, aun cuando l no las haba visto: las
Siete Ciudades de Cibola, llenas de oro, y otras innumerables
maravillas. Fray Marcos sali a pie de Culiacn (Sinaloa, borde
occidental de Mjico) en la primavera de 1539, con el negro Estebanico,
que fu uno de los compaeros de Vaca, y unos cuantos indios. Un hermano
lego, Honorato, que sali con l, pronto cay enfermo y no continu el
viaje. Ahora bien; esa fu una verdadera exploracin espaola, un buen
ejemplo de centenares de ellas: aquel denodado sacerdote, sin armas,
con una veintena de hombres que no inspiraban confianza, emprendi una
marcha de un ao, a travs de un desierto, donde, aun en estos das de
ferrocarriles y carreteras, caminos y aguas alumbradas, hay hombres que
mueren todos los aos de sed, sin contar los millares que perecen a
manos de los indios. Pero esas pequeeces slo servan para abrir el
apetito de los espaoles, y Fray Marcos sigui sufriendo el cansancio
del camino hasta que, a principios de junio de 1539, lleg por fin a las
Siete Ciudades de Cibola. Estas se hallaban al extremo occidental de
Nuevo Mjico, cerca del actual y extrao pueblo indio de Zui, que es
todo lo que queda de aquellas famosas ciudades, y est hoy casi lo mismo
que como lo vi aquel heroico sacerdote hace trescientos cincuenta aos.
Al pie del pasmoso risco de Toyallahnah, la sagrada montaa de los
truenos de Zui, el negro Estebanico fu muerto por los indios, y Fray
Marcos se libr de igual suerte por haberse retirado a tiempo. Obtuvo
cuantos informes pudo acerca de las extraas y elevadas poblaciones que
divis, y regres a Mjico con grandes noticias. Se le ha acusado de
haber dado informes errneos y exagerados; pero si sus crticos no
hubiesen sido tan desconocedores de la calidad, de los indios y de sus
tradiciones, no hubieran hablado de esta suerte. Las afirmaciones de
Fray Marcos eran absolutamente verdicas.

Cuando el buen padre hizo su relacin, bien se puede asegurar que todos
aguzaron el odo en Nueva Espaa, nombre que entonces se daba a Mjico,
y en cuanto fu posible organizar una expedicin armada, sali para las
Siete Ciudades de Cibola, sirvindola de gua el mismo Fray Marcos. De
dicha expedicin hablaremos en breve. Fray Marcos la acompa hasta
llegar a Zui, y entonces regres a Mjico, baldado por el reumatismo,
del cual nunca lleg a curarse. Muri en el convento de la ciudad de
Mjico, en 25 de marzo de 1558.

El hombre a quien Fray Marcos condujo a las Siete Ciudades de Cibola fu
el ms grande explorador que jams pis el continente del norte, si
bien sus exploraciones slo le produjeron desastres y amarguras. Nos
referimos a Francisco Vzquez de Coronado, natural de Salamanca
(Espaa). Coronado era joven, ambicioso y tena ya renombre. Era
gobernador de la provincia mejicana de Nueva Galicia, cuando supo la
noticia referente a las Siete Ciudades. Mendoza, contra la fuerte
oposicin de Corts, decidi efectuar una expedicin, que librara al
pas de unos cuantos centenares de audaces y jvenes espadachines
espaoles que estaban reidos con la paz, y al mismo tiempo a fin de
conquistar nuevos pases para la Corona. En consecuencia, puso a
Coronado al frente de un grupo de unos doscientos cincuenta espaoles,
para que fuesen a colonizar las tierras descubiertas por Fray Marcos,
con estrictas rdenes de no volver jams.

Coronado sali de Culiacn con su pequeo ejrcito en los albores de
1540. Guiados por el incansable sacerdote, llegaron a Zui en julio, y
tomaron el pueblo despus de una lucha feroz, con lo cual terminaron
entonces las hostilidades. Desde all envi Coronado pequeas
expediciones a los extraos pueblos de Moqui, construdos sobre riscos
(en la parte nordeste de Arizona), el gran Can del Colorado y al
pueblo de Gemez, situado al norte de Nuevo Mjico. Durante aquel
invierno traslad todas sus fuerzas a Tiguex, donde se encuentra ahora
la linda aldea Nuevo-Mejicana de Bernalillo en el Ro Grande, y all
empe una seria y poco digna guerra con los indios pueblos de Tigua.

All fu donde oy hablar del ureo mito que le tent, hacindole pasar
tan duras penalidades, y que caus despus la muerte a muchos centenares
de hombres: la fbula de Quivira. Esta, segn le aseguraban los indios
de las vastas llanuras, era una ciudad toda de oro puro. En la primavera
de 1541, Coronado y sus hombres salieron en busca de Quivira y marcharon
a travs de aquellas tremendas sabanas, hasta el centro de nuestro
actual territorio indio. All, viendo que haba sido engaado, Coronado
hizo retroceder su ejrcito a Tiguex, y l, con 30 hombres, sigui
adelante y atraves el ro Arkansas hasta llegar al extremo nordeste de
Kansas, esto es, a tres cuartas partes de la distancia que media entre
el Golfo de California y Nueva York, y mucho ms si se tiene en cuenta
los rodeos que dieron.

Encontr all la tribu de los quiviras, salvajes nmadas que se
dedicaban a la caza del bfalo, pero no tenan oro, ni saban dnde se
hallaba. Coronado regres por fin a Bernalillo, despus de un lapso de
tres meses de incesantes marchas y horribles sufrimientos. Poco despus
de su vuelta, una cada del caballo puso su vida en grave peligro. Pas
la crisis; pero su salud qued quebrantada, y descorazonado por sus
dolencias fsicas y por las infructferas contrariedades de la
inhospitalaria tierra que se propusiera colonizar abandon el proyecto
de poblar Nuevo Mjico y en el verano de 1542 regres a Mjico con sus
hombres. Su desobediencia al virrey, por haber abandonado su empresa, le
hizo caer en disfavor, y pas el resto de su vida en relativa
obscuridad.

Triste final fu ese para el hombre notable que descubriera tantos miles
de millas del sediento sudoeste, casi tres siglos antes de que lo viese
ninguno de nuestros paisanos; para aquel soldado bien nacido, instrudo
y denodado, y que fu el dolo de su tropa. Como explorador no tiene
rival; pero como colonizador fracas por completo. Habase criado en la
ciudad y no era montaraz; y acostumbrado solamente a vivir en Jalisco y
las regiones de Mjico situadas junto al Golfo de California, no conoca
los terribles desiertos de Arizona y Nuevo Mjico y no pudo acomodarse a
aquel medio ambiente. Hasta medio siglo despus que lleg un espaol
nacido en la frontera de aquellas tierras ridas, no pudo colonizarse
Nuevo Mjico con feliz xito.

Mientras el descubridor del territorio indio y de Kansas iba en
persecucin de un mito de oro a travs de las solitarias llanuras, sus
compatriotas haban hallado y estaban explorando otro de nuestros
Estados: nuestro dorado jardn de California. Hernando de Alarcn, en
1540, naveg por el ro Colorado hasta una gran distancia del Golfo,
probablemente hasta Great Bend, y en 1543 Juan Rodrguez Cabrillo
explor la costa californiana del Pacfico, hasta llegar a cien millas
al norte del sitio donde tres siglos ms tarde deba fundarse la ciudad
de San Francisco.

Despus de los desalentadores descubrimientos de Coronado, los
espaoles, durante muchos aos, consagraron muy poca atencin a Nuevo
Mjico. Bastante haba que hacer en la Nueva Espaa para tener ocupada
por algn tiempo la indmita energa espaola en la civilizacin de su
nuevo imperio! Fray Pedro de Gante haba fundado en Mjico, en 1524, las
primeras escuelas del Nuevo Mundo, y desde entonces todas las iglesias y
conventos, en la Amrica espaola, tenan adjunta una escuela de indios.
En 1524 no haba entre los innumerables millares de indios de Mjico uno
solo que supiese lo que eran letras; pero veinte aos despus eran
tantos los que haban aprendido a leer y escribir, que el obispo
Zumrraga hizo imprimir para ellos un libro en su propio idioma. En 1543
haba hasta escuelas industriales para aquellos indios. Ese buen obispo
Zumrraga fu tambin el que trajo la primera prensa al Nuevo Mundo, en
1536. Se mont en la ciudad de Mjico y pronto empez a trabajar
activamente. El libro ms antiguo impreso en Amrica que hoy existe,
sali de dicha prensa en 1539. La mayora de los primeros libros que
all se imprimieron, tenan por objeto hacer inteligibles los dialectos
indios; medida de humanitaria educacin que no ha sabido copiar ninguna
otra nacin colonizadora en el Nuevo Mundo. La primera msica que se
imprimi en Amrica, sali tambin de la misma prensa en 1548.

Lo ms notable de todo, y que demuestra la actitud educadora de los
espaoles en los nuevos continentes, fu un resultado enteramente
singular. No solamente su actividad intelectual cre entre ellos mismos
una constelacin de eminentes escritores, sino que, al cabo de pocos
aos, haba una escuela de importantes _autores indios_. Sera una
prdida irreparable para el conocimiento de la verdadera historia de
Amrica, la de las crnicas de escritores indios tales como Tezozomoc,
Camargo y Pomar, en Mjico; Juan de Santa Cruz, Pachacuti Yamqui
Salcamayhua, en el Per, y muchos otros. Y qu ganancia no hubiera
tenido la ciencia si _nosotros_ nos hubisemos tomado la pena de educar
a nuestros aborgenes para que se prestasen tan til ayuda a s mismos y
a los conocimientos humanos!

En todas las dems tareas intelectuales que conoca entonces el mundo,
los hijos de Espaa realizaban en Amrica notables progresos. En
geografa, en historia natural, en fsica y qumica y en otras ciencias,
fueron en nuestros pases los primeros, como lo haban sido en sus
descubrimientos y exploraciones. Es un hecho pasmoso que, en poca tan
lejana como el ao 1579, se hizo en pblico una autopsia del cadver de
un indio en la Universidad de Mjico para indagar la naturaleza de una
epidemia que entonces causaba estragos en Nueva Espaa. Es dudoso que en
aquella poca hubiesen llegado tan lejos en la misma ciudad de Londres.
Y en libros de aquel perodo, que existen todava, hallamos proyectos de
armas de repeticin, y hasta una inequvoca indicacin del telfono. La
primera prensa no lleg a las colonias inglesas de Amrica hasta 1638!
Cerca de cien aos a la zaga de Mjico! En todo el mundo tardaron en
aparecer los peridicos; el primero autntico de que hay noticia en la
historia, se public en Alemania en 1615. En Inglaterra apareci el
primero en 1622, y las colonias norteamericanas no tuvieron uno hasta
1704. El Mercurio Volante, folleto que daba noticias, se publicaba en
la ciudad de Mjico antes del ao 1693.

Cuando las malas nuevas de Coronado se haban en gran parte olvidado,
empez otra incursin espaola hacia Nuevo Mjico y Arizona. Entre tanto
haban ocurrido en la Florida importantes acontecimientos. Los muchos
fracasos padecidos en ese desgraciado pas, no desalentaron a los
espaoles en su empeo de colonizarlo. Por ltimo, en 1560, se
estableci all de un modo permanente Avils de Menndez, espaol muy
cruel, el cual, no obstante, tuvo el honor de fundar y dar nombre a la
ciudad ms antigua de los Estados Unidos--San Agustn,--en 1560.
Menndez encontr una pequea colonia de hugonotes franceses que se
haban desviado hasta all el ao antes al mando de Ribault, a los que
l hizo prisioneros y los ahorc, ponindoles un cartel en que deca que
haban sido ejecutados no por ser franceses, sino por herejes. Dos
aos despus, la expedicin francesa de Dominique de Gourges se apoder
de los tres fuertes espaoles que all se haban construdo, y ahorc a
los colonos, no por ser espaoles, sino por asesinos; lo cual no dej
de ser una venganza muy ingeniosa como rplica; pero muy censurable por
el hecho. En 1586 Sir Francis Drake, a cuyas aficiones pirticas hemos
aludido ya, destruy la floreciente colonia de San Agustn, que se
volvi a construir en seguida. En 1763 Espaa cedi la Florida a la Gran
Bretaa, en cambio de la Habana, de que Albemarle habase apoderado un
ao antes.

Tambin es interesante el hecho de que los espaoles estuvieron en
Virgina cerca de 30 aos antes de que Sir Walter Raleigh intentase
establecer all una colonia, y medio siglo largo antes de la visita de
John Smith. Ya en 1556, la baha de Chesapeake era conocida de los
espaoles con el nombre de Baha de Santa Mara, y se haba enviado
all, para colonizar el pas, una expedicin que fracas.

En 1581 tres misioneros espaoles, Fray Agustn Rodrguez, Fray
Francisco Lpez y Fray Juan de Santa Mara, salieron de Santa Brbara
(Chihuahua, Mjico) con una escolta de nueve soldados espaoles al mando
de Francisco Snchez Chamuscado. Anduvieron trabajosamente a lo largo
del Ro Grande hasta donde se encuentra ahora Bernalillo, o sea en una
marcha de unas mil millas. All quedaron los misioneros para ensear la
doctrina, mientras los soldados exploraban el pas hasta Zui, y
entonces regresaron a Santa Brbara. Chamuscado muri en el camino. En
cuanto a los valientes misioneros que quedaron atrs en el desierto, no
tardaron en ser mrtires, Fray Santa Mara fu muerto por los indios
cerca de San Pedro, mientras realizaba una penosa caminata, solo y a
pie, para volver a Mjico aquel otoo. Fray Rodrguez y Fray Lpez
fueron asesinados por su traicionero rebao en Puaray, en diciembre de
1581.

Al ao siguiente, Antonio de Espejo, opulento hijo de Crdoba, sali de
Santa Brbara (Chihuahua), con catorce hombres, para afrontar los
desiertos y los salvajes de Nuevo Mjico. Anduvo Ro Grande arriba hasta
un poco ms all de donde ahora se halla Alburquerque, sin que le
hiciesen resistencia los indios de la tribu Pueblo. Visit sus ciudades
de Za, Jenez, la empinada Acoma, Zui y la lejana Moqui, y se intern
bastante en la parte norte de Arizona. Volviendo al Ro Grande, visit
el pueblo de Pecos, baj por el ro del mismo nombre a Tejas, y de all
cruz de nuevo a Santa Brbara. Tena la intencin de volver a colonizar
Nuevo Mjico; pero su muerte (ocurrida probablemente en 1585) desbarat
su plan, y el nico resultado importante de su gigantesca jornada, fu
una adicin a los conocimientos geogrficos de su poca. En 1590, Gaspar
Castao de Sosa, teniente gobernador de Nuevo Len, estaba tan ansioso
de explorar Nuevo Mjico, que organiz una expedicin sin pedir permiso
al virrey. Subi por el ro Pecos y cruz hasta el Ro Grande; pero en
el pueblo de Santo Domingo fu arrestado por el capitn Morlette, que
haba ido desde Mjico con ese solo objeto, y conducido a su destino con
cadenas.

Juan de Oate, colonizador de Nuevo Mjico y fundador de la segunda
ciudad situada dentro de los lmites de los Estados Unidos, como tambin
de otra ciudad que es la segunda en antigedad en el mismo pas, naci
en Zacatecas (Mjico). Su familia, procedente de Vizcaya, haba
descubierto en 1548 y posea a la sazn algunas de las minas ms ricas
del mundo: las de Zacatecas. Pero, no obstante haber nacido de una
familia que nadaba en oro, Oate deseaba ser explorador. La Corona
rehus equipar nuevas expediciones para el norte, que tantos desengaos
ofreca, y por el ao 1595 Oate hizo un contrato con el virrey de Nueva
Espaa para colonizar Nuevo Mjico por su cuenta. Hizo todos los
preparativos y equip una costosa expedicin. Justamente entonces fu
nombrado otro virrey, el cual le tuvo esperando en Mjico con todos sus
hombres por espacio de dos aos, antes de darle el permiso necesario
para emprender la marcha. Por fin, a principios de 1597, sali con su
expedicin, la cual le cost el equivalente de un milln de dlares
antes de salir de viaje. Llev consigo cuatrocientos colonos, incluso
doscientos soldados, con mujeres y nios, y reses vacunas y lanares.
Despus de tomar posesin de Nuevo Mjico el 30 de mayo de 1598, march
Ro Grande arriba hasta donde se halla hoy la aldehuela Chamita, al
norte de Santa Fe y all fund, en septiembre de aquel ao, San Gabriel
de los Espaoles, segunda ciudad establecida en los Estados Unidos.

Oate fu notable no tan slo por su xito en colonizar un pas tan
adusto como era aqul, sino tambin como explorador. Reconoci todo el
pas; viaj hasta Acoma, y sofoc una rebelin de los indios, y en el
ao 1600 efectu una expedicin hasta la misma Nebraska. En 1604, con
treinta hombres, march desde San Gabriel y a travs de aquel rido
desierto hasta el Golfo de California, regresando a San Gabriel en abril
de 1605. Por entonces los ingleses no se haban internado en Amrica ms
que a cuarenta o cincuenta millas de la costa del Atlntico.

En 1605 Oate fund la ciudad de Santa Fe, de San Francisco, respecto de
cuya antigedad se han escrito muchas fbulas inverosmiles. La ciudad
ha llegado a celebrar el 333. aniversario de su fundacin, veinte aos
antes de cumplir los tres siglos.

En 1606 Oate hizo otra expedicin a tierras lejanas del nordeste; pero
de ella no se sabe casi nada, y en 1608 fu substitudo por Pedro de
Peralta, segundo gobernador de Nuevo Mjico.

Oate era de mediana edad cuando realiz estos notables hechos. Nacido
en la frontera, avezado a los desiertos, dotado de gran tenacidad,
sangre fra y conocimiento de la guerra de frontera, era el hombre a
propsito para establecer con xito las primeras importantes colonias en
los Estados Unidos, en los lugares ms difciles y peligrosos.




VIII

DOS CONTINENTES DOMINADOS


Tal era, pues, la situacin del Nuevo Mundo al empezar el siglo XVIII.
Espaa, despus de descubrir las Amricas, en poco ms de cien aos de
incesante exploracin y conquista, haba logrado arraigar y estaba
civilizando ambos pases. Haba construdo en el Nuevo Mundo centenares
de ciudades, cuyos extremos distaban ms de cinco mil millas, con todas
las ventajas de la civilizacin que entonces se conocan, y dos ciudades
en lo que es ahora los Estados Unidos, habiendo penetrado los espaoles
en veinte de dichos Estados. Francia haba hecho unas pocas cautelosas
expediciones, que no produjeron ningn fruto, y Portugal haba fundado
unas cuantas poblaciones de poca importancia en la Amrica del Sur.
Inglaterra haba permanecido durante todo el siglo en una magistral
inaccin, y entre el Cabo de Hornos y el Polo Norte no haba ni una mala
casuca inglesa, ni un solo hijo de Inglaterra.

El que en tiempos posteriores haya cambiado por completo la situacin;
el que Espaa (mayormente porque se desangr por una conquista tan
enorme que ni aun hoy podra nacin alguna dar los hombres o el dinero
necesarios para poner la empresa al nivel del progreso mundial) no haya
vuelto a recobrar su antiguo podero y est ahora inactiva en
comparacin con la joven y gigantesca nacin que ha crecido desde
entonces en el imperio que ella inici, no exime a la historia de
Amrica del deber de hacerle justicia por su pasado. Si no hubiese
existido Espaa hace 400 aos, no existiran hoy los Estados Unidos.
Para todo verdadero americano es el de su pas un relato que fascina,
porque todo el que lleva ese nombre, admira el herosmo y es amante de
la justicia, y antes que nada le interesa conocer la verdad respecto de
su patria.

Por los aos de 1680, el valle del Ro Grande, en Nuevo Mjico, estaba
salpicado de caseros espaoles desde Santa Cruz hasta ms all de
Socorro, o sea en una extensin de 200 millas, y haba tambin colonias
en el valle de Taos hacia el extremo norte del territorio. Desde 1600 a
1680 se haban hecho numerosas expediciones a travs del sudoeste,
penetrando hasta el mortfero Llano Estacado. El herosmo con que se
conserv por tanto tiempo el sudoeste, no fu menos maravilloso que la
exploracin que lo descubri. La vida de los colonos era una lucha
diaria con la avara Naturaleza--porque Nuevo Mjico nunca fu
feraz--teniendo, adems, que afrontar mortales peligros. Durante tres
siglos fueron incesantemente hostilizados por los terribles apaches, y
hasta 1680 no les dejaron en paz los conatos de insurreccin de los
indios pueblos, quienes vivan entre ellos y los rodeaban. Las
afirmaciones de los historiadores de gabinete, de que los espaoles
esclavizaron a los pueblos o a otros indios de Nuevo Mjico; de que les
obligaban a escoger entre el cristianismo y la muerte; que les forzaban
a trabajar en las minas, y otras cosas por el estilo, son enteramente
inexactas. Todo el rgimen de Espaa para con los indios del Nuevo Mundo
fu de humanidad y de justicia, de educacin y de persuasin moral, y
aun cuando hubo, como es natural, algunos individuos que violaron las
estrictas leyes de su pas respecto al trato de los indios, recibieron
por ello el condigno castigo.

Sin embargo, la mera presencia de extranjeros en su tierra, fu bastante
para sublevar la naturaleza celosa de los indios, y en 1680 estall, sin
causa alguna, entre los pieles rojas de Pueblo Rebelin, un complot para
hacer una matanza. Haba entonces en el territorio mil quinientos
espaoles, que vivan en Santa Fe y en granjas o caseros dispersos,
pues haca tiempo que Chamita haba sido abandonada.

Treinta y cuatro ciudades de la tribu Pueblo tomaron parte en la
rebelin, bajo la direccin de un peligroso indio Tehua, llamado Pop.
Emisarios secretos haban ido de pueblo en pueblo, y la matanza de
espaoles se efectu simultneamente en todo el territorio. En ese 10 de
agosto de 1680, de triste recordacin, ms de cuatrocientos espaoles
fueron asesinados, incluso veintiuno de los bondadosos misioneros que,
desarmados y solos, se haban esparcido por aquel desierto con el objeto
de salvar las almas e iluminar las inteligencias de los naturales.

Antonio de Otermn, que era entonces gobernador y capitn general de
Nuevo Mjico, fu atacado en su capital de Santa Fe por un ejrcito de
indios muy numeroso. Los 120 soldados espaoles que estaban encerrados
en su pequea ciudad de adobe, pronto se hallaron en la imposibilidad de
resistir por ms tiempo al enjambre de sitiadores, y despus de una
semana de desesperada defensa, hicieron una salida y se abrieron paso
hasta ponerse a salvo, llevndose consigo sus mujeres y sus hijos. Se
retiraron despus Ro Grande abajo, evitando una emboscada que les
haban preparado los indios en Sandia; llegaron al pueblo de Isleta,
doce millas ms abajo de la antigua ciudad de Alburquerque, sanos y
salvos; pero la aldea estaba desierta y los espaoles se vieron
obligados a continuar su huda hacia El Paso (Tejas), que no era
entonces ms que una misin espaola para los indios.

En 1681 el gobernador Otermn hizo una incursin hacia el norte hasta el
pueblo de Cochit, veinticinco millas al oeste de Santa Fe, en la margen
del Ro Grande; pero los indios hostiles le obligaron a retirarse de
nuevo a El Paso. En 1687, Pedro Reneros Posada llev a cabo otra
arremetida en Nuevo Mjico y tom el pueblo roqueo de Santa Ana,
despus de un brillante y sangriento asalto. Pero tambin tuvo que
retirarse. En 1688, Domingo Gironza Petriz de Cruzate, el ms bizarro
soldado de Nuevo Mjico, realiz una expedicin en la que tom por
asalto el pueblo de Za, hecho todava ms notable que el de Posada, y a
su vez se retir a El Paso.

Por ltimo, el conquistador definitivo de Nuevo Mjico, Diego de Vargas,
lleg en 1692. Marchando a Santa Fe, y de all hasta el fin de Moqui,
con slo ochenta y nueve hombres, visit todos los pueblos de la
provincia, sin encontrar oposicin por parte de los indios, los cuales
haban sido completamente acobardados por Cruzate. Volviendo a El Paso,
regres a Nuevo Mjico en 1693, esta vez con unos ciento cincuenta
soldados y unos cuantos colonos. Entonces estaban los indios preparados
y le hicieron la ms sangrienta recepcin de que hay memoria en Nuevo
Mjico. Se levantaron primero en Santa Fe, y tuvo que asaltar esa
ciudad, que logr tomar despus de dos das de lucha. Luego comenz el
sitio de Mesa Negra de San Ildefonso, el cual se prolong durante nueve
meses. Los indios haban trasladado su aldea a la cima de aquel
Gibraltar de Nuevo Mjico, y all resistieron cuatro atrevidos asaltos,
hasta que por fin se vieron obligados a rendirse.

Entre tanto Vargas haba asaltado la inexpugnable ciudadela de San Diego
Viejo y el saliente risco de San Diego de Gemez, dos proezas que con el
asalto del Peol de Mistrol (Jalisco, Mjico) y el de la ingente roca de
Acoma, pueden considerarse como los dos asaltos ms maravillosos en toda
la historia de Amrica. La toma de Quebec no puede compararse con ellos.

Estas costosas lecciones tuvieron a los indios quietos hasta 1696, en
que de nuevo se levantaron. Esta rebelin no fu tan formidable como la
primera; pero ocasion otro derramamiento de sangre en Nuevo Mjico, y
slo pudo sofocarse despus de una lucha de tres meses. Ya los espaoles
eran dueos de la situacin; y la dominacin de esa revuelta puso fin a
todos los disturbios de los indios pueblos, los cuales subsisten hasta
hoy entre nosotros casi en el mismo nmero de entonces, aun cuando con
menos ciudades, como una raza quieta, pacfica, cristianizada, de
labradores industriosos, que son monumentos vivos del humanitarismo y la
enseanza moral de sus conquistadores.

Luego vino el ltimo siglo, una lgubre centuria de incesante hostilidad
por parte de los apaches, navajos y comaches, y alguna que otra vez por
los utes; hostilidad que apenas haba cesado hace diez aos. Las
guerras con los indios eran tan constantes; tan innumerables las
exploraciones [como esa asombrosa tentativa para abrir un camino desde
San Antonio de Bjar (Tejas) a Monterrey de California] que el herosmo
individual de aquellos hombres se pierde en su pasmosa multitud.

Hace ms de dos siglos los espaoles exploraron Tejas, y no tardaron en
establecerse all. Hubo algunas pequeas expediciones; pero la primera
de alguna magnitud fu la de Alonso de Len, gobernador del Estado
mejicano de Coahuila, que hizo extensas exploraciones en Tejas en 1689.
Al principio del siglo pasado haba varios poblados y presidios
espaoles en lo que ms de cien aos despus deba ser el ms vasto de
los Estados Unidos.

La colonizacin espaola de Colorado no fu muy extensa, y no tenan
ciudades al norte del ro Arkansas; pero hasta en poblar dicho Estado
nos precedieron de medio siglo, como se adelantaron varios siglos en
descubrirlo.

En California los espaoles fueron muy activos. Durante largo tiempo
hicieron varias expediciones sin resultado. Entonces fueron los
franciscanos, en 1769, a la baha de San Diego; desembarcaron en la
desierta playa, donde se yergue hoy un hotel americano que ha costado un
milln de dlares, y en el acto empezaron a educar a los indios, a
plantar olivares y viedos y a construir las imponentes iglesias tan
admirablemente descritas por el autor de Ramona[9], las cuales
perdurarn sin duda como monumentos de una fe sublime hasta mucho
despus que la raza que las alz desaparezca de la haz de la tierra.

California tuvo una larga serie de gobernadores espaoles antes de
adquirir nosotros aquel Estado-jardn de los Estados, y el ltimo de
ellos fu el valiente, el corts, el amable anciano Po Pico, que
falleci hace poco. Los espaoles descubrieron all oro hace siglos, y
lo explotaron diez aos antes de que un norteamericano soase en los
preciosos depsitos que haban de influir tanto en la civilizacin, y
con otros diez aos de antelacin, hallaron los ricos placeres de
Nuevo Mjico.

En Arizona, el padre Francisco Eusebio Kuehne (a quien otros llaman
Quino), jesuta austriaco de nacimiento, pero bajo auspicios espaoles,
fu el primero en establecer las misiones del ro Gila, desde 1689 hasta
1717, ao en que muri. Hizo lo menos cuatro terribles jornadas a pie
desde Sonora al Gila, y baj por este ro hasta su afluencia con el
Colorado. Sera sumamente interesante, si lo permitiese el espacio,
seguir paso a paso las andanzas y proezas de los misioneros espaoles,
esos exploradores pacficos de Amrica que han dejado tan profundas
huellas en todo el sudoeste. Su celo y su herosmo eran infinitos. No
haba desierto bastante terrible para ellos; no haba peligro asaz
espantoso. Solos, inermes, atravesaron las tierras ms inhospitalarias e
hicieron frente a los salvajes ms sanguinarios; dejando en las vidas de
los indios un monumento ms soberbio que el que han dejado los
exploradores armados y los ejrcitos conquistadores.

Lo que antecede es un sucinto sumario de las primeras exploraciones de
Amrica, las nicas que se hicieron durante ms de un siglo, y las ms
asombrosas durante otra centuria. En cuanto a la grande y maravillosa
obra que al fin han realizado los de nuestra sangre, no tan slo en
conquistar parte de un continente, sino en formar una poderosa nacin,
no necesita el lector que yo le ayude a comprenderla, puesto que ya est
debidamente consignada en la historia. El transcribir todas las
heroicidades de los exploradores, llenara no ya este libro, sino toda
una biblioteca. He credo ms conveniente, en vista del extenso campo
que ofrecen, hacer un breve bosquejo como el que hecho queda, y luego
ilustrarlo agregando, con detalles, unos pocos ejemplos elegidos de
entre un gran nmero de hechos heroicos. He indicado ya cuantas
conquistas y exploraciones y peligros se llevaron a cabo, y ahora voy a
exponer en breves pginas, una muestra de lo que realmente eran las
conquistas y exploraciones y la fortaleza de los espaoles.




II

Los primeros caminantes en Amrica




I

EL PRIMER CAMINANTE EN AMRICA


Las proezas de un explorador son de las ms importantes, como son
tambin de las ms fascinadoras que presentan los herosmos humanos. Las
cualidades fsicas y mentales necesarias para su labor, son raras y
admirables. Ha de reunir muchas condiciones y sobresalir en cada una de
ellas; ha de ser el hombre completo que se propuso hacer la Naturaleza.
No necesita su cuerpo ser tan fuerte como el de Sansn, ni su mente como
la de Napolen, ni tener un corazn mayor que todos los hombres. Pero
necesita que su cuerpo, su mente y su corazn sean los de un hombre
fuerte. Apenas hay otra profesin en que cada msculo, por decirlo as,
de su triple naturaleza, se ponga ms constantemente o ms
equilibradamente en juego.

Es un hecho curioso que algunos de los ms grandes descubrimientos son
debidos al azar. Muchos de los ms importantes que registra la historia
de la humanidad, se deben a hombres que no buscaban la gran verdad que
descubrieron. La ciencia es el resultado no tan slo del estudio, sino
de inapreciables accidentes; y esto mismo puede decirse de la historia.
Ofrece un estudio interesante de por s, la influencia que felices
equivocaciones y fortuitos sucesos tuvieran en la civilizacin.

En las exploraciones, como en los inventos, algunos de los xitos se
deben a un mero accidente. Algunas de las exploraciones ms valiosas
fueron realizadas por hombres que no tenan ms idea de ser exploradores
que de inventar un ferrocarril hasta la luna, y es un hecho curioso que
la primera exploracin del interior de Amrica y las dos jornadas ms
portentosas que en ella se hicieron, no slo fueron accidentes, sino
desdichas y contrariedades que coronaron los esfuerzos de hombres que
esperaban hallar algo muy distinto.

Las exploraciones, ya sean intencionadas o involuntarias, no slo han
producido grandes resultados para la civilizacin, sino que, adems, han
sido causa de los hechos ms heroicos de la humanidad. Particularmente
Amrica ha sido quiz el campo donde se han llevado a cabo las ms
grandes y asombrosas jornadas; pero los dos hombres que hicieron las ms
pasmosas que se han realizado en toda la Amrica, nos son casi
desconocidos. Son hroes cuyos nombres suenan como si fuesen griego para
la gran mayora de los norteamericanos, no obstante ser hombres a los
que precisamente los norteamericanos debieran considerar con profundo
inters y admiracin. Esos hroes fueron Alvaro Nez Cabeza de Vaca, el
primero que viaj en Amrica, y Andrs Docampo, el que recorri en este
Continente la mayor distancia.

En un mundo tan grande, tan viejo y tan lleno de hechos memorables como
este en que vivimos, es sumamente difcil poder decir de cualquier
hombre que fu el ms grande de todos, en tal o cual cosa, y aun
tratndose de marchas a pie, ha habido tantas y tan notables, que hasta
desconocemos algunas de las ms pasmosas. Como exploradores, ni Vaca ni
Docampo rayaron a gran altura, por ms que las exploraciones del ltimo
no son de despreciar y las de Vaca fueron muy importantes. Pero, como
proezas de resistencia fsica, las jornadas de estos olvidados hroes
puede afirmarse con toda seguridad que no tienen paralelo en la
historia. Fueron las marchas ms estupendas que ha podido hacer hombre
alguno. Ambos las realizaron en Amrica, y la mayor parte de sus
caminatas las hicieron en lo que es hoy los Estados Unidos.

Cabeza de Vaca fu realmente el primer europeo que penetr en lo que era
entonces el obscuro continente de Norteamrica, como fu el primero
que lo _cruz_ siglos antes que otro cualquiera. Sus nueve aos de
marchas a pie, sin armas, desnudo, hambriento, entre fieras y hombres
ms fieros todava, sin otra escolta que tres camaradas tan malhadados
como l, ofrecieron al mundo la primera visin del interior de los
Estados Unidos y dieron pie a algunos de los hechos ms excitantes y
trascendentales que se relacionan con su temprana historia. Casi un
siglo antes de que los Padres Peregrinos estableciesen su noble
comunidad en la costa de Massachusetts; setenta y cinco aos antes de
que se instalase el primer poblado ingls en el Nuevo Mundo, y ms de
una generacin antes de que hubiese un solo colono de la raza caucsica
de cualquier nacin dentro del rea que hoy ocupan los Estados Unidos,
Cabeza de Vaca y sus desharrapados acompaantes atravesaron penosamente
este pas desconocido.

Mucho tiempo ha pasado desde aquellos das! Enrique VIII era a la sazn
rey de Inglaterra, y desde entonces han ocupado aquel trono diez y seis
monarcas[10]. Elisabet, la reina virgen, no haba nacido cuando Cabeza
de Vaca emprendi su tremenda jornada, y no empez a reinar hasta veinte
aos despus que l terminara. Ocurri el hecho cincuenta aos antes de
que naciese el capitn John Smith, fundador de Virginia; una generacin
antes del nacimiento de Shakespeare, y dos y media generaciones antes de
Milton Henry Hudson, el famoso explorador que ha dado nombre a uno de
nuestros principales ros, no haba nacido todava. El mismo Coln haca
menos de veinticinco aos que haba muerto, y al conquistador de Mjico
slo le quedaban diez y siete aos de vida. Hasta sesenta aos despus
no supo el mundo lo que era un peridico, y los mejores gegrafos
todava crean posible el navegar a travs de Amrica para llegar al
Asia. No haba entonces un hombre blanco en Amrica ms al norte de la
mitad de Mjico, ni se haba internado ninguno doscientas millas en este
desierto continental, del cual se saba casi menos de lo que hoy sabemos
de la luna.

El nombre de Cabeza de Vaca nos parece a nosotros muy raro por lo que
literalmente significa. Pero este curioso apellido era muy honroso en
Espaa y representaba un noble timbre. Fu ganado en la batalla de las
Navas de Tolosa en el siglo XIII, uno de los combates decisivos en todos
aquellos siglos de guerra con los moros. El abuelo de Alvaro fu tambin
un hombre notable, puesto que conquist las islas Canarias.

Naci Alvaro en Jerez de la Frontera a fines del siglo XV. Muy poco
sabemos de los primeros aos de su vida, excepto que haba ganado ya
algn renombre cuando en 1527, siendo ya un hombre maduro, vino al Nuevo
Mundo. En dicho ao le hallamos embarcndose en Espaa como tesorero y
alguacil mayor de la expedicin de 600 hombres con que Pnfilo de
Narvez trat de conquistar y colonizar Florida, que descubriera Ponce
de Len diez aos antes.

Llegaron a Santo Domingo, y de all salieron para Cuba. El Viernes Santo
de 1528, diez meses despus de haber salido de Espaa, llegaron a la
Florida, y desembarcaron en el punto que hoy se llama baha de Tampa.
Tomando solemne posesin de aquel pas en nombre de Espaa, salieron a
explorar y conquistar aquel desierto. En Santo Domingo ya los haban
diezmado un naufragio y varias deserciones, de modo que, de los
primitivos 600 hombres, slo quedaron trescientos cuarenta y cinco.
Apenas haban llegado a la Florida, empezaron a caer sobre ellos las ms
terribles desgracias, y cada da empeoraba su situacin. Estaban casi
desprovistos de subsistencias; los indios hostiles les rodeaban por
todos lados, y los innumerables ros, lagos y pantanos hacan su marcha
difcil y peligrosa. El pequeo ejrcito iba disminuyendo rpidamente
por la guerra y el hambre, y entre los supervivientes producanse
motines con frecuencia. Tan debilitados se hallaban, que no pudieron
siquiera regresar a sus buques. Luchando por fin para llegar al punto
ms cercano de la costa, muy al oeste de la baha de Tampa, decidieron
que su nica salvacin estaba en construir barcos para ir costeando
hasta las colonias espaolas de Mjico. Con mucho trabajo lograron
construir cinco toscos buques, y los infelices se lanzaron a navegar
hacia poniente, costeando el golfo. Fuertes tormentas separaron los
barcos, que naufragaron uno tras otro. Muchos de los infortunados
aventureros perecieron ahogados,--Narvez entre ellos--y muchos que
fueron arrojados sobre una costa inhospitalaria, perecieron igualmente
por los rigores de la intemperie y del hambre. Los supervivientes se
vieron obligados a alimentarse con los cadveres de sus compaeros. De
los cinco barcos, tres se haban ido a pique con todos los tripulantes;
de los ochenta hombres que se salvaron del naufragio, slo quince
sobrevivieron. Todas sus armas y sus ropas estaban en el fondo del
golfo.

Los supervivientes arribaron a la isla del Mal Hado. No sabemos de la
situacin de esa isla sino que estaba al oeste de la boca del Misisip.
Sus barcos haban cruzado la caudalosa corriente donde desemboca en el
golfo, y ellos fueron los primeros europeos que vieron esa parte del
Padre de las Aguas. Los indios de la isla, que no tenan otros alimentos
que races, bayas y pescado, trataron a sus infelices huspedes tan
generosamente como pudieron, y Cabeza de Vaca habla de ellos con mucho
agradecimiento.

En la primavera, los trece compaeros que le quedaron, determinaron
escaparse. Cabeza de Vaca estaba demasiado enfermo para andar, y lo
abandonaron a su suerte. Otros dos enfermos, Oviedo y Alaniz, tambin se
quedaron, y no tard en perecer el ltimo de ellos. Se hall, pues,
Cabeza de Vaca en una lamentable situacin. Hecho un verdadero
esqueleto, casi imposibilitado de moverse, abandonado por sus amigos y a
la merced de los salvajes, no es extrao, como l nos dice, que se le
cayese el alma a los pies. Pero era uno de esos hombres que no cejan en
su empresa. Un espritu fuerte sostena aquel pobre cuerpo dbil y
demacrado; y cuando el tiempo fu ms favorable, Cabeza de Vaca recuper
lentamente la salud.

Cerca de seis aos estuvo viviendo una vida enteramente solitaria,
pasando de una tribu de indios a otra, unas veces como esclavo y otras
como un despreciable paria. Oviedo huy a la vista de algn peligro, y
no volvi a saberse de l; Cabeza de Vaca lo afront y sali con vida.
No cabe la menor duda de que sus sufrimientos eran casi insoportables.
Hasta cuando no era vctima de algn trato brutal, se le miraba como un
estorbo, como un intil intruso, entre pobres indgenas que vivan del
modo ms miserable y precario. El hecho de no haberle quitado la vida,
habla en favor de los sentimientos humanitarios de stos.

Los trece que escaparon, tuvieron peor suerte. Cayeron en manos de
indios crueles, y todos fueron muertos, excepto tres, a quienes se
reserv el duro hado de la esclavitud. Estos tres fueron Andrs
Dorantes, natural de Bjar; Alonso del Castillo Maldonado, natural de
Salamanca, y el negro Estebanico, que naci en Azamor (Africa). Estos
tres y Cabeza de Vaca fueron todo el remanente de los valerosos
cuatrocientos cincuenta hombres (entre los que no se cuentan los que
desertaron en Santo Domingo) que salieron tan esperanzados de Espaa en
1527, para conquistar un rincn del Nuevo Mundo; cuatro sombras
desnudas, atormentadas, temblorosas; y aun stos vivan separados, si
bien de vez en cuando saban el uno del otro e hicieron varias
tentativas para juntarse. Hasta septiembre de 1534 (cerca de siete aos
despus), no lograron reunirse Dorantes, Castillo, Estebanico y Cabeza
de Vaca; y el sitio donde tuvieron esta dicha fu por la parte oriental
de Tejas, al oeste del ro Sabina.

Pero los seis aos de soledad y de inefables sufrimientos de Cabeza de
Vaca no fueron vanos; porque sin saberlo hall la llave de la seguridad,
y entre todos aquellos horrores, y sin soar en su significado, tropez
con la extraa e interesante clave que deba salvarles a todos. Sin eso,
los cuatro hubieran perecido en el desierto y nunca hubiera tenido el
mundo conocimiento de su fin.

Mientras se hallaban en la isla del Mal Hado, se les hizo una
proposicin que pareca el colmo de la ridiculez. En aquella isla--dice
Cabeza de Vaca,--queran hacernos doctores, sin examinarnos ni pedirnos
nuestros diplomas, porque ellos mismos curan las enfermedades soplando
al enfermo. Con ese soplo y con sus manos le libran de la enfermedad, y
queran que nosotros hicisemos lo mismo para que les fusemos de
alguna utilidad. Al oir esto nos remos, dicindoles que se burlaban, y
que nosotros no sabamos curar, por lo cual nos privaron de todo
alimento hasta que hicisemos lo que queran. Y viendo nuestra
terquedad, me dijo un indio que yo no les comprenda; pues no era
necesario que nadie supiese cmo se hace, porque las mismas piedras y
otras cosas de la Naturaleza tienen propiedad de curar, y que nosotros,
por ser hombres, debamos ciertamente tener mayor poder.

Esto que dijo el indio viejo, era muy caracterstico y daba la clave de
las notables supersticiones de la raza. Pero, por supuesto, los
espaoles an no lo entendan.

Luego, los indgenas se trasladaron al Continente. Vivan siempre en la
ms abyecta pobreza, y muchos de ellos murieron de hambre y por efecto
de los rigores de su miserable existencia. Durante tres meses del ao
slo tenan mariscos y agua muy mala; y en otras pocas nicamente
bayas y otras plantas, y se pasaban el ao yendo de aqu para all en
busca de ese escaso y poco substancioso alimento.

Es de celebrar el que Cabeza fuese completamente intil a los indios.
Como guerrero no les serva, porque en su estado de debilitamiento no
poda ni siquiera manejar el arco. Como cazador, tambin era inservible,
porque, como l mismo dice, le era imposible seguir el rastro de los
animales. No poda ayudarles a llevar agua o lea ni en otras faenas
por el estilo, porque era hombre, y sus amos indios no podan consentir
que un hombre hiciese el trabajo de una mujer. As es que, entre
aquellos hambrientos nmadas, un hombre que en nada poda ayudarles y a
quien tenan que alimentar, constitua una carga pesada, y fu milagro
que no le quitasen la vida. En estas circunstancias, Cabeza empez a
caminar de un sitio a otro. Sus indiferentes amos no prestaban atencin
a sus movimientos, y gradualmente fu haciendo ms largos viajes hacia
el norte y a lo largo de la costa. Con el tiempo cogi una oportunidad
de hacer trfico, al cual le animaron los indios, contentos al fin de
que su elefante blanco fuese til para algo. De las tribus del norte
les trajo pieles y almagre (tierra roja indispensable para embadurnarse
la cara los indgenas), hojuelas de pedernal para hacer cabezas de
flecha, juncos fuertes para astiles de las mismas y borlas de pelo de
gamo teidas de rojo. Estos objetos los cambiaba fcilmente entre las
tribus de la costa por conchas y cuentas de madreperla y otros por el
estilo, los cuales, a su vez, tenan demanda entre sus parroquianos del
norte.

Por causa de sus constantes guerras, no podan los indios aventurarse a
salir de sus propios terrenos; as es que aquel negociante intermediario
era para ellos una conveniencia, que sostenan. Por lo que a l toca,
aun cuando la vida que llevaba era de grandes sufrimientos, iba
constantemente adquiriendo conocimientos, que haban de serle sumamente
tiles para su acariciado plan de volver al mundo. En esas expediciones
solitarias de su comercio, recorri a pie miles de millas por un
desierto sin caminos, de manera que la suma de sus viajes fu mucho
mayor que la de cualquiera de sus compaeros de fatigas.

En una de esas largas y terribles marchas le ocurri a Cabeza de Vaca un
incidente sumamente interesante. Fu el primer europeo que vi el gran
bisonte norteamericano, el bfalo, cuya raza casi se ha extinguido en
los ltimos diez aos, pero que en otro tiempo vagaba por las llanuras
en grandes manadas. Los vi y comi su carne en la regin del ro
Colorado de Tejas, y nos ha dejado una descripcin de esas vacas con
joroba. Ninguno de sus compaeros lleg a ver una, porque cuando los
cuatro espaoles viajaron despus juntos, pasaron por el sur del pas de
los bfalos.

Entre tanto, como he dicho ya, el desventurado y casi desnudo
traficante, se vi obligado a ejercer las funciones de mdico. El no
comprenda de cunto poda servirle esta involuntaria profesin; al
principio se vi forzado a adoptarla, y despus la sigui no por gusto,
sino para librarse de desazones. No serva para otra cosa ms que para
mdico. Haba aprendido el tratamiento peculiar de los magos
aborgenes; pero no sus ideas fundamentales. Los indios todava
consideran la enfermedad como una posesin del espritu; y la idea
que tienen de la medicina no es tanto el curar la enfermedad, como el
exorcizar los malos espritus que la causan.

Esto se hace, aun hoy da, por medio de la prestidigitacin y de un
galimatas. El mdico indio chupaba la parte enferma y pretenda extraer
una piedra o una espina que se supona era la causa de la dolencia, y
as el paciente quedaba curado. Cabeza de Vaca empez a practicar
medicina a la manera de los indios, y l mismo dice: He probado este
sistema y daba buen resultado.

Cuando los cuatro errabundos se juntaron por fin, despus de su larga
separacin--durante la cual haban sufrido indecibles horrores--Cabeza
tena, aunque de un modo muy vago, un rayo de esperanza. Su primer
proyecto fu escaparse de sus amos. Diez meses tardaron en llevarlo a
cabo, y entre tanto grandes fueron sus apuros, como lo haban sido
constantemente por muchos aos. A veces se alimentaban con una racin
diaria de dos puados de guisantes silvestres y un poco de agua. Cabeza
refiere que consider como una merced de la providencia que le
permitiesen raspar pieles para los indios, pues guardaba cuidadosamente
las raspaduras, que le servan de alimento muchos das. No tenan ni
ropa ni lugar donde guarecerse, y la constante exposicin al calor y al
fro y los millares de espinas que tena la vegetacin de aquel pas,
les hacan soltar la piel como si fuesen culebras.

Por fin, en el mes de agosto de 1535, los cuatro compaeros de
sufrimiento se escaparon a una tribu llamada de los avavares. Entonces
empez para ellos una nueva carrera. A fin de que sus camaradas no
fuesen tan intiles como l haba sido, Cabeza de Vaca les instruy en
las artes de los mdicos indios, y los cuatro empezaron a poner en
prctica su nueva profesin. A los ensalmos y encantamientos que de
ordinario empleaban los indios, aquellos humildes cristianos aadan
fervientes oraciones al verdadero Dios. Era una especie de curacin por
medio de la fe del siglo XVI; y naturalmente entre aquellos enfermos
supersticiosos era muy eficaz. Aquellos aficionados pero sinceros
doctores, con una humildad edificante, atribuan sus numerosas curas
enteramente a la intervencin divina; pero empezaron a darse cuenta de
que esto poda influir grandemente en hacer cambiar su suerte. De
errabundos, desnudos, hambrientos, despreciables mendigos y esclavos de
salvajes brutales que eran, se convirtieron de repente en personajes
notables, pobres y dolientes todava como eran todos sus enfermos; pero
pobres de gran poder. No hay cuento de hadas tan novelesco como la
carrera que de all en adelante realizaron aquellos hombres pobres y
valerosos, caminando dolorosamente a travs de un continente, como amos
y bienhechores de aquella hueste de salvajes.

Yendo con toda suerte de penalidades de tribu en tribu, lenta y
sufridamente cruzaron los exorcistas blancos el territorio de Tejas,
hasta llegar cerca del actual Nuevo Mjico. Los historiadores de
gabinete vienen repitiendo que entraron en Nuevo Mjico y llegaron hacia
el norte, hasta donde hoy se asienta Santa Fe. Pero la moderna
investigacin cientfica ha comprobado de un modo absoluto que, saliendo
de Tejas, pasaron por Chihuahua y Sonora y jams vieron ni una pulgada
de Nuevo Mjico.

En cada nueva tribu los espaoles se detenan algn tiempo para curar a
los enfermos. En todas partes eran tratados con la mayor consideracin
que podan demostrarles sus mseros huspedes y hasta con religiosa
reverencia. Su progreso es una leccin objetiva muy valiosa, pues
demuestra cmo se forman algunos mitos indios: primero es el afortunado
exorcista que, a su muerte o al marcharse, se recuerda como un hroe;
despus se le venera como un semidis y, por ltimo, como una divinidad.

En los Estados mejicanos hallaron primero agricultores indios que vivan
en chozas de csped y ramas y cultivaban judas y calabazas. Estos eran
los jovas, que constituan una rama de los pimas. De las decenas de
tribus que visitaron en nuestros actuales Estados del Sur, ni una sola
ha sido identificada. Eran miserables criaturas errantes que hace mucho
tiempo desaparecieron de la tierra. Pero en la Sierra Madre de Mjico
encontraron indios ms inteligentes, cuya raza subsiste todava. All
vieron que los hombres iban desnudos, mientras que las mujeres
mostrbanse muy honestas en el vestir, usando tnicas de algodn que
ellas mismas tejan, con medias mangas y una falda hasta la rodilla, y
por encima otra falda de gamuza curtida que llegaba hasta el suelo y se
amarraba por delante con unas correas. Lavaban su ropa con una raz
saponfera llamada _amole_, que usan igualmente los indios y los
mejicanos en toda la regin del sudoeste. Aquellas gentes dieron a
Cabeza de Vaca algunas turquesas y cinco cabezas de fecha labrada, cada
una de una sola esmeralda.

En esta aldea del sudoeste de Sonora permanecieron los espaoles tres
das, alimentndose de corazones de gamo, por lo cual la llamaron
Pueblo de los corazones.

A una jornada de all tropezaron con un indio que llevaba en su collar
la hebilla de un tahal y un clavo de herradura; y sintieron palpitar su
corazn al ver, despus de ocho aos de andar errantes, estas seales de
la proximidad de los europeos. El indio les dijo que unos hombres de
barbas largas como ellos haban venido del cielo y hecho la guerra a su
gente.

Los espaoles entraban entonces en Sinaloa y se hallaron en una tierra
frtil regada por varios ros. Los indios tenan un miedo cerval porque
dos brbaros de una clase que era muy rara entre los conquistadores
espaoles (y que me complazco en decir que fueron castigados por
quebrantar las estrictas leyes de Espaa), estaban tratando de coger
esclavos. Los soldados se haban marchado; pero Cabeza de Vaca y
Estebanico, con once indios, les siguieron rpidamente la pista y al da
siguiente alcanzaron a cuatro espaoles, quienes les condujeron a su
pillastre capitn, Diego de Alcaraz. Mucho le cost a este oficial dar
crdito al asombroso relato que le hizo aquel hombre desharrapado, roto,
hirsuto y estrafalario; pero despus templse su frialdad y extendi un
certificado de la fecha y condicin en que se le haba presentado
Cabeza de Vaca y entonces envi a buscar a Dorantes y Castillo. Cinco
das despus llegaron stos, acompaados de varios centenares de indios.

Alcaraz y su socio en crmenes, Cebreros, queran esclavizar a aquellos
aborgenes; pero Cabeza de Vaca, sin parar mientes en el peligro que
corra, se opuso, indignado, a este infame proyecto, y al fin oblig a
aquellos villanos a que lo abandonasen. Los indios se salvaron; pero, en
medio de la alegra que les produjo el volver al mundo, los caminantes
espaoles se separaron con verdadera pena de aquellos buenos y sencillos
amigos. Despus de unos cuantos das de pesado viaje, llegaron a
Culiacn, sobre el primero de mayo de 1536, y all fueron calurosamente
recibidos por el malogrado hroe Melchor Daz. Este condujo al ignoto
norte una de las primeras expediciones (1539), y en 1540, durante una
segunda expedicin a California, a travs de una parte de Arizona, fu
muerto accidentalmente.

Despus de un corto descanso los viandantes salieron para Compostela,
que era entonces la poblacin principal de la provincia de Nueva
Galicia, pequea jornada de trescientas millas a travs de una tierra en
que pululaban indios hostiles. Por fin llegaron a la ciudad de Mjico
sanos y salvos, y fueron all recibidos con grandes honores. Pero
tardaron mucho tiempo en acostumbrarse a los alimentos y a la ropa de la
gente civilizada.

El negro se qued en Mjico. Cabeza de Vaca, Castillo y Dorantes se
embarcaron para Espaa el 10 de abril de 1537 y llegaron en agosto. El
hroe principal nunca volvi a la Amrica del Norte; pero se dice que
Dorantes estuvo all al siguiente ao. Las noticias que dieron de lo que
haban visto y de los extraos pases situados ms al norte, de que
haban odo hablar, hicieron que se enviasen las notables expediciones
que condujeron al descubrimiento de Arizona, Nuevo Mjico, el Territorio
Indio, Kansas y Colorado, y la construccin de las primeras ciudades
europeas dentro de los Estados Unidos. Estebanico tom parte, con Fray
Marcos, en el descubrimiento de Nuevo Mjico, y fu asesinado por los
indios.

Cabeza de Vaca, como premio por su incomparable marcha de mucho ms de
diez mil millas en una tierra desconocida, fu nombrado gobernador de
Paraguay en 1540. No tena condiciones para ese cargo, y regres a
Espaa, bajo una acusacin ignominiosa. Que no fu culpable, sin
embargo, sino ms bien la vctima de las circunstancias, lo indica el
hecho de que fu rehabilitado y se le asign una pensin de dos mil
ducados. Muri en Sevilla a una edad avanzada.




II

EL MAS INTREPIDO CAMINANTE


El estudiante ms familiarizado con la historia, se queda atnito a cada
paso ante el relato de las jornadas de los exploradores espaoles. Aun
cuando no hubiesen hecho otra cosa en el Nuevo Mundo, sus largas marchas
por s solas seran suficientes para darles fama. En ninguna otra parte
se ha sabido jams de tantos y tan largos viajes por semejantes
desiertos. Para comprender esas jornadas de millares de millas, que
hacan aquellos hroes, ya solos o en pequeas partidas, tiene uno que
conocer el pas que atravesaron y saber algo de los tiempos en que esos
hechos se llevaron a cabo. Los cronistas espaoles de aquel tiempo no
insisten al hablar de las dificultades y peligros que encontraban: es
lstima que, siquiera por vanagloria, no se extendieran en el relato de
aquellos obstculos. Pero, por lacnicas que sean las narraciones sobre
tales puntos, desprndese de ellas que encontraron grandes obstculos y
tuvieron que vencerlos; y aun hoy da, despus que tres centurias y
media han hecho ms habitable aquel desierto que cubra medio mundo; que
han domeado a sus naturales; que lo han llenado de cmodas estaciones;
que lo han cruzado con fciles caminos y le han quitado el noventa por
ciento de sus terrores, encontraranse pocos hombres lo bastante
atrevidos para emprender las tremendas jornadas que aquellos bravos
hroes consideraban como tareas diarias. El nico hecho casi comparable
con las caminatas de los espaoles por el Nuevo Mundo, es la historia de
los argonautas de California, en 1849, los cuales atravesaron las
extensas llanuras con el ms notable movimiento de poblacin que refiere
la historia; pero aun ese incidente fu mezquino en cuanto a superficie,
penalidades, peligros y fortaleza, comparado con los viajes de los
exploradores espaoles. Las jornadas de mil millas a travs de los
desiertos o de las ms fatales todava selvas tropicales, fueron
demasiado numerosas para ni siquiera catalogarlas. Una cosa es seguir
una senda, y otra penetrar en un pramo sin senda alguna. Una cosa es ir
en larga caravana de carromatos bien armados, y otra muy distinta
marchar en pequeas partidas, a pie o en pencos cansados. Una jornada
desde un punto conocido a otro punto conocido tambin--ambos dentro del
mundo civilizado, aun cuando entre los dos se extiendan tierras
desiertas,--es muy distinta de una jornada que se emprende desde un
punto, a travs de tierras ignotas, a otro punto ignorado, siendo la
salida, el trayecto y el trmino cosas del azar y la ventura, sin guas
ni jalones que marquen el camino. Lejos de m la idea de rebajar el
herosmo de nuestros argonautas. Dejaron en la historia una pgina de la
que puede estar orgulloso cualquier pueblo; pero no llegaron nunca a
igualar las proezas de similares hroes de otra nacionalidad y de otra
poca.

El recorrido de Alvaro Nez Cabeza de Vaca, el primer caminante de
Norteamrica, qued eclipsado por la proeza del infeliz y olvidado
soldado Andrs Docampo. Cabeza de Vaca anduvo mucho ms de diez mil
millas; pero Docampo pas de veinte mil, y sufriendo igualmente
terribles penalidades. Las exploraciones de Cabeza fueron mucho ms
valiosas para el mundo; no obstante, ninguno de los dos sali con
intenciones de explorar. Pero Docampo hizo su terrible marcha a pie,
voluntariamente y con un fin heroico, que tuvo a la postre un enorme
resultado; mientras que la empresa de Cabeza fu simplemente el herosmo
de un hombre muy singular para librarse de la desgracia. Las andanzas de
Docampo duraron nueve aos; y aun cuando no dej libro alguno relatando
sus observaciones, como lo hizo Cabeza, el esqueleto de su historia que
nos ha quedado es sumamente sugestivo y caracterstico de aquella poca,
y refiere otros herosmos, adems del de aquel bravo soldado.

Cuando Coronado fu por primera vez a Nuevo Mjico, en 1540, llev
cuatro misioneros con su pequeo ejrcito. Fray Marcos pronto volvi a
Mjico desde Zui por causa de sus dolencias, Fray Juan de la Cruz
emprendi con empeo su obra de misionero entre los indios pueblos; y
cuando Coronado y su partida abandonaron el territorio, insisti en
quedarse con sus atezados catecmenos de Tiguex (Bernalillo). Era ya muy
viejo y estaba seguro de que su vida acabara en cuanto se fuesen sus
paisanos, y, en efecto, as aconteci. Fu asesinado por los indios
sobre el 25 de noviembre de 1542.

El hermano lego Fray Luis Descalona, tambin muy anciano, escogi como
parroquia el pueblo de Tshiquite (Pecos) y se qued all despus que se
fueron los espaoles. Construyse una pequea choza fuera de la gran
ciudad fortificada de los indios, y all enseaba a los que queran
oirle, y cuidaba un pequeo rebao de carneros, resto de los que llevara
Coronado y que fueron los primeros que entraron en los actuales Estados
Unidos. Los indios llegaron a quererle sinceramente, excepto los
exorcistas, que le odiaban por su influencia; por fin stos lo
asesinaron y se comieron los carneros.

Fray Juan de Padilla, el ms joven de los cuatro misioneros y el primero
que sufri el martirio en tierra de Kansas, era natural de Andaluca y
hombre de gran energa, tanto fsica como mental. Tampoco hizo mal papel
como andariego, y nuestros andarines profesionales quedaran
estupefactos si tuviesen que recorrer por el desierto los millares de
millas que recorri aquel incansable apstol de los indios en el
desierto sudoeste. Haba desempeado muy importantes cargos en Mjico,
pero abandon gustoso sus honores para convertirse en un pobre misionero
entre los salvajes del ignoto norte. Habiendo acompaado la partida de
Coronado desde Mjico a las Siete Ciudades de Cibola, a travs de los
desiertos, Fray Padilla se traslad a Moqui con Pedro de Tobar y su
partida de veinte hombres. Despus, retrocediendo a Zui, no tard en
salir de nuevo con Hernando de Alvarado y veinte hombres, para recorrer
otras mil millas. Fu en esta expedicin, uno de los primeros europeos
que pudieron contemplar la elevada ciudad de Acoma, el Ro Grande dentro
de lo que es hoy Nuevo Mjico y el gran pueblo de Pecos.

En la primavera de 1541, cuando un puado de hombres se haba reunido en
Bernalillo, y Coronado sali en busca del fatal mito ureo de Quivira,
Fray Padilla le acompa. En esa marcha de ciento cuatro das por las
ridas llanuras, antes de llegar a las Quiviras, al nordeste de Kansas,
sufrieron los exploradores muchas torturas por falta de agua y a veces
de alimento. El traicionero gua que llevaban les enga, y anduvieron
errabundos mucho tiempo en un crculo, cubriendo una larga distancia,
probablemente de ms de mil quinientas millas. Los expedicionarios iban
a caballo, pero en aquellos das los humildes _padres_ iban a pie. No
hallando ms que contrariedades, los exploradores retrocedieron hacia
Bernalillo, aunque por un camino ms corto, y Fray Padilla fu con
ellos.

Pero ya el hroe haba determinado que su campo de accin deba estar
entre aquellos indios, sioux y otros hostiles, errantes y que convivan
con los bfalos en las llanuras; as es que cuando los espaoles
evacuaron Nuevo Mjico, l se qued. Con l estaban el soldado Andrs
Docampo, dos jvenes mejicanos de Michoacn, Lucas y Sebastin, llamados
los Donados, y unos cuantos jvenes indios mejicanos. En el otoo de
1542, esa pequea partida sali de Bernalillo para emprender una marcha
de mil millas. Andrs era el nico que iba montado; el misionero y los
jvenes indios marchaban penosamente a pie por aquel desierto arenoso.
Pasaron por la poblacin de Pecos; de all atravesaron un rincn de lo
que es hoy Colorado y el gran Estado de Kansas en casi toda su longitud.
Por fin, despus de una larga y fatigosa marcha, llegaron a las aldeas
de los indios quiviras, donde hallaron albergue provisional. Coronado
haba plantado una cruz de gran tamao en una de esas aldeas, y all
estableci su misin Fray Padilla. Con el tiempo los indios hostiles
fueron deponiendo su recelo y le amaron como a un padre. Por ltimo
decidi trasladarse a otra tribu nmada, donde pareca que era ms
necesaria su presencia. Fu un paso muy peligroso; porque no tan slo
podan aquellos desconocidos recibirle con intencin homicida, sino que
corra igual riesgo al abandonar su presente rebao. Los indios,
supersticiosos, no se avenan a perder a tan gran exorcista como crean
que era Fray Juan, y menos a que sus enemigos se aprovechasen de sus
servicios, pues todas aquellas tribus errantes se hacan la guerra unas
a otras. No obstante, Fray Padilla resolvi irse, y se fu con su
pequeo cortejo. A un da de jornada de las aldeas de los quiviras,
tropezaron con una partida de indios en son de guerra. Al verles
acercarse, el buen padre pens, ante todo, en salvar a sus compaeros.
Andrs tena an su caballo, y los muchachos eran veloces corredores.

--Hud, hijos mos!--grit Fray Juan.--Salvaos, porque no podis
ayudarme y nada ganaramos con morir todos juntos. Corred!

Al principio rehusaron; pero el misionero insisti, y como nada podan
contra los indgenas, por fin obedecieron y apelaron a la fuga. Esto, a
primera vista, no parece muy heroico; pero les disculpa la consideracin
de lo que eran aquellos tiempos. No tan slo era gente humilde,
acostumbrada a obedecer a los buenos padres, sino que haba otro y ms
poderoso motivo para que procediesen como lo hicieron. En aquellos das
de fervorosa fe, se consideraba el martirio no solamente como un
herosmo, sino como una profeca: crease que indicaba nuevos triunfos
para el cristianismo, y era un deber llevar la noticia y propagarla por
el mundo. Si ellos se hubiesen quedado y hubiesen perecido con el
padre--y a buen seguro que sus fieles secuaces no lo teman
fsicamente,--la leccin y la gloria de su martirio se hubiesen perdido
para la humanidad.

Fray Juan se arrodill en la vasta llanura y encomend su alma a Dios; y
mientras oraba, los indios le atravesaron con sus flechas. Cavaron luego
una fosa y echaron el cadver del primer mrtir de Kansas, colocando en
aquel sitio un gran montn de tierra. Esto ocurri en el ao 1542.

Andrs Docampo y los muchachos pudieron escapar entonces; pero no
tardaron en caer prisioneros de otros indios, que los tuvieron diez
meses como esclavos. Les pegaban y mataban de hambre, obligndoles a
hacer las labores ms pesadas y ms viles. Por fin, despus de trazar
muchos planes y de varias tentativas infructuosas, lograron escapar de
sus brbaros amos. Luego anduvieron a pie y errantes durante ocho aos,
solos y sin armas, de un lado para otro, en aquellas llanuras secas e
inhospitalarias, sufriendo increbles privaciones y peligros. Por
ltimo, despus de aquellos millares de millas que lastimaron sus pies,
todava anduvieron hasta la ciudad mejicana de Tampico, situada en el
gran golfo. Fueron all recibidos como muertos resucitados. No conocemos
los detalles de tan horrenda e incomparable jornada; pero est
comprobada en la historia. Durante nueve aos aquellos infelices fueron
recorriendo los desiertos a pie y dando mil vueltas, empezando al
nordeste de Kansas, para ir a terminar el sur de Mjico.

Sebastin muri poco despus de su llegada al Estado mejicano de
Culiacn; las penalidades del viaje haban sido demasiado excesivas aun
para un cuerpo tan joven y fuerte como el suyo. Su hermano Lucas se hizo
misionero entre los indios de Zacatecas y continu su trabajo entre
ellos durante muchos aos, muriendo al fin a una edad muy avanzada. En
cuanto al valiente soldado Docampo, poco despus de haber vuelto al
mundo civilizado, desapareci, sin que se supiese ms de l. Tal vez se
llegue a descubrir algunos antiguos documentos espaoles que arrojen
alguna luz sobre el resto de su vida y la suerte que le cupo.




III

LA GUERRA DE LA ROCA


Algunos de los herosmos y penalidades ms caractersticos de los
exploradores en nuestro dominio, ocurrieron alrededor de la asombrosa
roca Acoma, la extraa ciudad empinada de los Pueblos Queres. Todas las
ciudades de los indios Pueblos estaban construdas en sitios
fortificados por la Naturaleza, lo cual era necesario en aquellos
tiempos, puesto que estaban rodeadas por hordas, muy superiores en
nmero, de los guerreros ms terribles de que nos habla la historia;
pero Acoma era la ms segura de todas. En medio de un largo valle de
cuatro millas de ancho, bordeado por precipicios casi inaccesibles, se
levanta una elevada roca que remata en una meseta de setenta acres de
superficie[11], y cuyos lados, que tienen trescientos cincuenta y siete
pies ingleses de altura, no slo son perpendiculares, sino que en
algunos puntos se inclinan hacia delante. En su cumbre se alzaba--y se
alza todava--la vertiginosa ciudad de Queres. Las pocas sendas que
conducen a la cima, y en las que un paso en falso puede precipitar a la
vctima a una muerte horrible, despendola desde una altura de
centenares de metros, bordean abruptas y peligrosas hendeduras, desde
cuya parte superior un hombre resuelto, sin otras armas que piedras,
podra casi tener a raya a todo un ejrcito.

La primera vez que los europeos supieron de esa curiosa ciudad area fu
en 1539, cuando a Fray Marcos, descubridor de Nuevo Mjico, la gente de
Cibola le habl de la gran fortaleza roquea de Hkuque, nombre que
ellos daban a Acoma, y que sus habitantes llamaban Ahko. Al ao
siguiente, Coronado la visit con su pequeo ejrcito y nos ha dejado
un exacto relato de sus maravillas. Esos primeros europeos fueron all
bien recibidos, y los supersticiosos habitantes, que nunca haban visto
una barba, ni la cara de un hombre blanco, tomaron a los extranjeros por
dioses. Pero hasta medio siglo despus, no trataron los espaoles de
establecerse all.

Cuando Oate entr en Nuevo Mjico en 1598, no encontr de momento
oposicin alguna, porque su fuerza de cuatrocientos hombres, incluso
doscientos armados, era bastante para atemorizar a los indios. Estos
eran, naturalmente, hostiles a los invasores de su dominio; pero, viendo
que los extranjeros les trataban bien, y temerosos de hacer guerra
abierta a aquellos hombres que llevaban trajes duros y mataban de lejos
con sus bastones de trueno, los pueblos esperaron ver el resultado de la
invasin. Las tribus de los Queres, Tigua y Jemez se sometieron
formalmente al rgimen espaol e hicieron juramento de alianza a la
Corona por medio de sus representantes reunidos en la poblacin de
Guipuy (que ahora se llama Santo Domingo); lo mismo hicieron los Tanos,
Picuries, Tehuas y Taos, en una conferencia parecida, que celebraron en
la poblacin de San Juan, en septiembre de 1598. Al ver su fcil
sumisin, Oate sinti grandes alientos, y decidi visitar personalmente
todos los pueblos principales, para hacerlos ms seguros sbditos de su
soberano. Haba ya fundado la primera ciudad de Nuevo Mjico y la
segunda en los Estados Unidos, San Gabriel de los Espaoles, donde hoy
est Chamita. Antes de salir a esa peligrosa jornada, despach a Juan de
Zaldvar, su edecn, con cincuenta hombres, a explorar las vastas y
desconocidas llanuras que quedaban hacia oriente, para despus seguir l
por el mismo camino.

Oate, con una reducida fuerza, sali de la pequea y solitaria colonia
espaola, que estaba a ms de mil millas de distancia de toda ciudad de
hombres civilizados, el 6 de octubre de 1598. Primero se dirigi a los
pueblos de las grandes llanuras de los lagos salados, al este de las
montaas Manzano, sedienta jornada de ms de doscientas millas.
Volviendo despus al pueblo de Puaray (opuesto al que hoy se llama
Bernalillo) se desvi hacia el oeste. El 27 del mismo mes acamp al pie
de los altos acantilados de Acoma. Los principales de la ciudad bajaron
desde lo alto de la roca, y solemnemente juraron alianza a la Corona de
Espaa. Se les advirti la gran importancia y significacin del paso que
acababan de dar, y que si violaban su juramento seran considerados y
tratados como rebeldes a Su Majestad; pero ellos se comprometieron a ser
fieles vasallos. Trataron a los espaoles muy amistosamente, y varias
veces invitaron al jefe y a sus hombres a visitar la empinada ciudad. En
realidad haban tenido espas en las conferencias celebradas en Santo
Domingo y San Juan, y decidieron que el hombre ms peligroso entre los
invasores era el mismo Oate. Si podan matarle a l, crean que los
dems extranjeros blancos seran fcilmente derrotados.

Pero Oate nada saba de su proyectada traicin, y al da siguiente l y
su puado de hombres, dejando slo una guardia con los caballos,
treparon por una de las peligrosas escaleras de piedra, y se hallaron
en Acoma. Los oficiosos indios los condujeron ac y acull, mostrndoles
las extraas casas de varios pisos de altura y con varias terrazas, los
grandes estanques labrados en la roca y el vertiginoso borde del
precipicio que por todas partes rodeaba aquella ciudad, semejante a un
nido de guila. Finalmente condujeron a los espaoles a un sitio en que
haba una larga escalera de mano, cuyo extremo superior pasaba por una
trampa situada en el techo de una gran casa, que era la _estufa_ o sea
la sagrada cmara del concejo. Los visitantes subieron al techo por una
escalera ms pequea, y los indios trataron de que Oate bajase por la
trampa. Pero el gobernador espaol, observando que en el aposento de
abajo reinaba la obscuridad y sintindose de momento receloso, rehus
bajar; y como estaba rodeado de soldados, los indios no insistieron.
Despus de una corta visita a la poblacin, los espaoles bajaron de la
roca a su campamento, y desde all prosiguieron su larga y peligrosa
jornada a Moqui y Zui. Aquel repentino rasgo de prudencia en la mente
de Oate salv la historia de Nuevo Mjico, porque en aquella estufa se
hallaban apostados algunos guerreros armados. Si hubiese entrado en la
camara, lo hubieran asesinado en el acto; y su muerte hubiera sido la
seal para un ataque a los espaoles, los que hubieran perecido en
aquella lucha desigual.

Volviendo de su viaje de exploracin por aquellas desiertas y mortferas
llanuras, Juan de Zaldvar sali de San Gabriel el 18 de noviembre, para
seguir a su jefe. Slo tena treinta hombres. Llegando al pie de la
ciudad empinada el da 4 de diciembre, fu muy bien acogido por los
acomas, quienes le invitaron a subir y visitar la ciudad. Era Juan tan
bueno como valiente soldado, y conoca las estratagemas de guerra de los
indios; pero por la primera vez en su vida, y fu la ltima, se dej
engaar. Dejando la mitad de su fuerza al pie del risco para guardar el
campamento y los caballos, subi con diez y seis hombres. Haba en la
ciudad tantas maravillas; era la gente tan cordial, que los visitantes
pronto olvidaron toda sospecha que pudieran abrigar, y gradualmente
fueron dispersndose aqu y all para ver las cosas ms notables. No
esperaban sino esto los habitantes, y cuando el jefe de los guerreros
lanz su grito de guerra, hombres, mujeres y nios cogieron piedras y
mazas, arcos y cuchillos de pedernal, y cayeron con furia sobre los
dispersos espaoles. Fu una horrenda y desigual lucha la que contempl
el sol de invierno aquella triste tarde en la ciudad empinada. Aqu y
all, de espalda a la pared de una de aquellas extraas casas, vease un
soldado de faz lvida, desharrapado, cubierto de sangre, blandiendo su
pesado mosquete como si fuese una maza, o dando tajos desesperados con
una espada ineficaz contra la tostada y famlica canalla que le rodeaba,
mientras llovan piedras sobre su calada visera y por todas partes
reciban golpes de clavas y pedernales. No haba ningn cobarde en
aquella malhadada cuadrilla: vendieron caras sus vidas; delante de cada
cual haba tendido un montn de cadveres. Pero uno a uno, aquella ola
de rugientes brbaros ahogaba a cada tremendo y silencioso luchador, y
se desviaba para ir a henchir el mortfero aluvin que envolva a otro.
El mismo Zaldvar fu una de las primeras vctimas, y en aquel desigual
combate murieron otros dos oficiales, seis soldados y dos sirvientes.
Los cinco que sobrevivieron--Juan Tabaro, que era alguacil mayor y
cuatro soldados--pudieron por fin juntarse, y con sobrehumano esfuerzo,
luchando y sangrando por varias heridas, se abrieron paso hasta el borde
del precipicio. Pero sus salvajes enemigos los perseguan, y sintindose
demasiado dbiles para seguir matando hasta llegar a una de las
escaleras del risco, en el paroxismo de su desesperacin, los cinco se
arrojaron desde aquella tremenda altura.

No hay memoria de otro salto tan terrible como el que dieron Tabaro y
sus cuatro compaeros. Aun suponiendo que hubiesen tenido la suerte de
llegar hasta el borde ms bajo de aquel risco, la altura no pudo ser de
menos de _ciento cincuenta pies ingleses!_ y, sin embargo, slo uno de
los cinco se mat en tan inconcebible cada: los cuatro restantes,
atendidos por sus aterrorizados compaeros del campamento, finalmente se
repusieron. Esto parecera increble si no estuviese completamente
comprobado por pruebas histricas. Es probable que cayesen sobre uno de
los montones de blanca arena que el viento haba arremolinado en algunos
sitios al pie del risco.

Afortunadamente los indios victoriosos no atacaron el pequeo
campamento. Los supervivientes tenan an sus caballos, animales
desconocidos de los indgenas, a quien infundan pavor. Durante algunos
das los catorce soldados y sus cuatro semimuertos compaeros, acamparon
bajo el saliente costado del risco, donde estaban a salvo de toda clase
de proyectiles que pudiesen arrojarles desde arriba, pero esperando a
cada momento ser atacados por los naturales. Tenan la seguridad de que
la matanza de sus camaradas no era ms que el preludio de un
levantamiento general de los veinticinco o treinta mil indios Pueblos, y
sin reparar en el peligro que corran, decidieron por fin dividirse en
pequeos grupos y separarse; unos para seguir a su jefe en su jornada
hasta Moqui y avisarle el peligro que le amenazaba; y otros para cruzar
a toda prisa centenares de ridas millas hasta llegar a San Gabriel y
defender a las mujeres y los nios que all haba y a los misioneros que
se haban esparcido entre los indios. Este plan de abnegacin se realizo
felizmente. Los pequeos grupos de tres y de cuatro llevaron la noticia
a sus compatriotas, y a fines del ao 1598 todos los espaoles
supervivientes en Nuevo Mjico se pusieron a salvo en la aldea de San
Gabriel. Estaba la poblacin construda al modo indio, esto es, en forma
cuadrada, y en la plaza central se haban colocado los rudos
pedreros--especie de obuses que lanzaban balas de piedra,--los cuales
defendan las puertas. Sobre las azoteas de las casas de adobe, de tres
pisos, las valerosas mujeres vigilaban de da, y los hombres, con sus
pesados mosquetes, montaban la guardia en las noches de invierno, para
prevenirse contra el esperado ataque. Pero los pueblos quedaron sobre
las armas. Esperaban ver lo que Oate hara con Acoma, antes de tomar
medida alguna contra los extranjeros.

Oate se encontr en un difcil dilema. No se necesita saber ni la mitad
de lo que saba aquel espaol, ya encanecido y sosegado, acerca del
carcter de los indios, para comprender que deba castigar sumariamente
a los rebeldes por la matanza de sus hombres, o abandonar para siempre
su colonia y Nuevo Mjico. Si semejante atropello quedase sin castigo,
los osados Pueblos no dejaran con vida a ningn espaol. Por otra
parte, cmo poda l llegar a conquistar aquella inexpugnable fortaleza
de roca? Tena menos de doscientos hombres, y slo poda destinar parte
de stos para la campaa, pues de lo contrario, los otros pueblos, en su
ausencia, se levantaran y aniquilaran a San Gabriel y sus habitantes.
En Acoma haba trescientos guerreros bien contados, secundados, adems,
por no menos de cien navajos.

Pero no exista otra alternativa. Cuanto ms lo pensaba y consultaba con
sus oficiales, ms claro vea que la nica salvacin estaba en tomar
aquel Gibraltar de Queres, y resolvi llevar a cabo el proyecto. Oate
deseaba dirigir en persona tan atrevida empresa; pero haba uno que
tena ms derecho al desesperado honor que el capitn general, y ese era
el olvidado hroe Vicente de Zaldvar, hermano del asesinado Juan. Era
sargento mayor de aquel pequeo ejrcito, y cuando se present a Oate y
pidi que se le diese el mando de la expedicin contra Acoma, no hubo
medio de rehusarle.

El 12 de enero de 1599, Vicente de Zaldvar sali de San Gabriel a la
cabeza de setenta hombres. Slo unos cuantos de ellos iban armados con
los toscos mosquetes de la poca; la mayora no eran arcabuceros, sino
piqueros, armados nicamente con lanzas y espadas, y llevaban chaquetas
acolchadas o mallas batidas. Un pequeo pedrero, amarrado sobre el lomo
de un caballo, era su nica artillera.

Silenciosa y denodadamente la pequea fuerza emprendi la ardua jornada.
Todos conocan la inexpugnable roca, y pocos acariciaban la esperanza de
volver de aquella misin desesperada; pero a nadie se le ocurri la idea
de retroceder. La tarde del onceno da, la fatigada tropa pas la ltima
meseta y lleg a la vista de Acoma. Los indios, avisados por sus
centinelas, estaban prontos a recibirla. Toda la poblacin, con los
aliados navajos, hallbase en armas en las azoteas y en los riscos
estratgicos. Indgenas desnudos, pintados de negro, saltaban de grieta
en grieta, aullando, desafiando y vomitando insultos contra los
espaoles. Los exorcistas, grotescamente disfrazados, estaban en
pinculos prominentes, tocando sus tambores y lanzando maldiciones y
exorcismos a los vientos, y todo el populacho se una al coro de rugidos
y amenazas.

Zaldvar hizo alto con su pequea partida al pie del risco, acercndose
cuanto pudo hacerlo sin peligro. El indispensable heraldo sali de las
filas, y despus de un toque de trompeta, procedi a leer a voz en
cuello la formal intimacin a rendirse en nombre del rey de Espaa. Por
tres veces vocifer aquella intimacin; pero cada vez apagaron su voz
los gritos y aullidos de los enfurecidos indgenas, y una lluvia de
piedras y flechas cay en peligrosa proximidad. Zaldvar deseaba
conseguir la rendicin de la plaza, pedir que se le entregasen los
cabecillas de la matanza y llevrselos a San Gabriel, para que fueran
oficialmente procesados y castigados, sin causar dao a los dems
habitantes de Acoma; pero los indios, vindose seguros en su natural
fortaleza, se burlaban del misericordioso llamamiento. Era evidente la
necesidad de tomar Acoma por asalto. Los espaoles acamparon sobre la
arena, y haciendo lgubres planes para el da siguiente, pasaron all la
noche, que hizo ms horrenda la baranda de la monstruosa danza de
guerra que celebraban los habitantes de la ciudad.




IV

EL ASALTO A LA EMPINADA CIUDAD


Al romper el alba del da veintids de enero, Zaldvar di la seal para
el ataque, y el cuerpo principal de la fuerza espaola empez a disparar
sus pocos arcabuces y a intentar un asalto desesperado por el extremo
norte de la gran roca, que era por all absolutamente inexpugnable. Los
indios, apiados en el borde de los farallones, despedan una lluvia de
proyectiles, y muchos de los espaoles fueron heridos. Entre tanto, doce
hombres escogidos, que durante la noche se haban ocultado debajo de la
parte saliente del risco, el cual les protega contra el fuego y la
observacin de los indios, trepaban cautelosamente por debajo y
alrededor del precipicio, arrastrando con cuerdas el pedrero. Algunos de
aquellos doce hombres eran arcabuceros y, adems del peso del ridculo
can, llevaban sus pesados arcabuces y su tosca armadura, que no les
ayudaran ciertamente a escalar alturas, cuyo ascenso sera difcil
hasta para un atleta libre de trabas. Continuando su trabajosa tarea sin
ser vistos, tirando uno de otro, y despus del pedrero peas arriba,
llegaron por fin a la cumbre de un alto faralln, separado del gran
risco de Acoma por un angosto pero terrible tajo. Al atardecer tenan ya
el can apuntando hacia la ciudad, y el retumbante disparo, cuando la
bala de piedra fu lanzada sobre Acoma, fu la seal, para la tropa que
estaba al extremo norte de la meseta, de que se haba tomado la primera
posicin estratgica, a la vez que advirti a los indios del peligro que
les amenazaba por otro lado.

Aquella noche, pequeos grupos de espaoles treparon por los grandes
precipicios que cercan ese valle en forma de artesa por oriente y
poniente; talaron pequeos pinos, arrastrando con inmenso trabajo los
troncos peas abajo y a travs del valle, para subirlos al faralln
donde se haban situado los doce hombres con el pedrero. Una docena de
hombres quedaron guardando los caballos al extremo norte de la meseta, y
el resto de la fuerza se junt a los doce arcabuceros, ocultndose en
las grietas del faralln. Al otro lado del tajo, los indios estaban
tendidos en las hendeduras o detrs de las rocas, esperando el ataque.

La madrugada del veintitrs, un piquete de hombres escogidos, a una
seal, salieron corriendo de sus escondites con una toza cargada en
hombros, y con una acertada maniobra la colocaron al otro extremo sobre
el lado opuesto, por encima del abismo. Salieron corriendo los espaoles
y empezaron a desfilar, guardando el equilibrio, por aquel vertiginoso
puente, recibiendo una descarga de piedras y saetas. Haban cruzado ya
varios, cuando uno de ellos, en su excitacin, cogi la cuerda que
estaba amarrada a la toza y arrastr sta detrs de l.

Fu aqul un momento terrible. Eran menos de doce los espaoles que as
quedaron al borde de Acoma, separados de sus compaeros por un
precipicio de centenares de pies de profundidad, y rodeados por
enjambres de indios. Estos, saliendo de su refugio, cayeron al instante
sobre ellos, rodendolos. Mientras el soldado espaol poda mantener a
los indios a distancia, hasta sus toscas armas e ineficaz armadura le
daban cierta ventaja; pero, a tan corto alcance, aquellos mismos arreos
eran un impedimento fatal por su tosquedad y su peso. Pareca entonces
como si fuese a repetirse la anterior matanza de Acoma, y los aislados
espaoles fuesen a ser destrozados; pero en aquel momento crtico, un
hecho de increble valor personal les salv a ellos y a la causa de
Espaa en Nuevo Mjico. Un esbelto, inteligente y joven oficial, un
estudiante que era amigo particular y favorito de Oate, sali del grupo
de los consternados espaoles que se hallaban al otro lado del tajo, y
que no se atrevan a disparar contra los enemigos para no herir a sus
compaeros que estaban mezclados con ellos, y, corriendo como un gamo,
se fu hacia el precipicio. Al llegar al borde, encogi su gil cuerpo,
salt al aire como un pjaro y salv el abismo. Cogiendo en seguida la
toza, con un esfuerzo desesperado la empuj hasta que sus compaeros
pudieron agarrarla desde el otro borde, y por encima del restablecido
puente pasaron los soldados espaoles, salvando la situacin.

Empez entonces una de las ms tremendas luchas cuerpo a cuerpo que
registra la historia de Amrica. Peleando en proporcin de uno contra
diez; mezclados entre una turba de salvajes que daban alaridos y
luchaban con el frenes de la desesperacin; acuchillados con armas
melladas; aturdidos por los golpes de maza; acribillados por las
erizadas flechas; agotados, exhaustos y cubiertos de sangre, Zaldvar y
su puado de hroes se abrieron camino, pulgada a pulgada, paso a paso,
usando sus mosquetes pesados como mazas; hiriendo con sus chafarotes;
parando mortales golpes y arrancando las barbadas flechas de sus
trmulas carnes. Iban avanzando, avanzando siempre; lanzando valerosos
el grito de guerra de Santiago; acorralando a su tenaz enemigo con valor
todava ms tenaz; hasta que al fin los indios, convencidos de que
aquellos no eran enemigos humanos, huyeron a refugiarse en sus casas
semejantes a fortalezas, pudiendo as alentar los espaoles! Otras tres
veces se ley la intimacin a rendirse ante aquellas extraas viviendas
de cerca de mil pies de largo cada una y que parecan tramos de una
gigante escalinata labrada en una sola roca. Aun entonces deseaba
Zaldvar evitar ms derramamiento de sangre y pidi que slo le
entregasen, para castigarlos, los asesinos de su hermano y de sus
compatriotas. Todos los dems que se rindiesen y se hiciesen sbditos
del Rey, nuestro Seor, seran bien tratados. Pero los tercos indios,
como lobos heridos en su madriguera, se mantuvieron parapetados en sus
casas y rehusaron toda proposicin de paz.

El risco fu tomado; pero quedaba an la ciudad. Cada pueblo de los
indios era una verdadera fortaleza, y Zaldvar tuvo que atacar a Acoma
casa por casa, habitacin por habitacin. El pequeo pedrero fu
colocado enfrente de la primera fila de casas, y pronto empez a hacer
disparos con alguna lentitud. Al derrumbarse las paredes de adobe bajo
el constante caoneo de las balas de piedra, slo formaban grandes
barricadas de tierra que ni siquiera podra atravesar nuestra moderna
artillera, y cada casa tena que tomarse separadamente a punta de
espada. Algunas de las casas derrudas se incendiaban con la lumbre de
sus fogones, y no tard en cubrir la ciudad un humo asfixiante, del cual
salan los gritos de las mujeres y de los nios y los provocadores
alaridos de los guerreros. El humanitario Zaldvar hizo cuanto pudo para
salvar a las mujeres y a los nios, con gran peligro de s mismo; pero
muchos perecieron bajo las paredes derrumbadas de sus propias casas.

El terrible asalto dur hasta el medioda del veinticuatro de enero. De
vez en cuando partidas de guerreros realizaban salidas, tratando de
abrirse paso por entre las filas de espaoles. Muchos, en su
desesperacin, se lanzaron desde lo alto del risco, pereciendo
estrellados al pie del mismo. Slo dos indios de los que dieron tan
pasmoso salto sobrevivieron, tan milagrosamente como los cuatro
espaoles de la primera matanza, y tambin como ellos lograron salvarse.

Por fin, al medioda del tercero, los viejos salieron pidiendo
clemencia, y sta les fu concedida en el acto. En el momento en que se
rindieron, se olvid su rebelda y se perdon su traicin. Ya no hubo
necesidad de ms castigo. Los cabecillas que causaron la muerte del
hermano de Zaldvar haban muerto, como tambin casi todos sus aliados
navajos. Fu aquella la lucha ms sangrienta que se ha conocido en Nuevo
Mjico. En aquellos tres das de combate tuvieron los indios quinientos
muertos y muchos heridos, y de los espaoles supervivientes, no hubo uno
que no quedase para toda la vida con horrendas cicatrices como recuerdos
de Acoma. Qued la ciudad tan destrozada que tuvo que construirse de
nuevo, y el infinito trabajo con que los pacientes indios haban subido
a lo alto del risco sobre sus espaldas todas las piedras y la madera y
la arcilla necesarias para construir una ciudad de casas de varios
pisos, para cerca de mil almas, tena que repetirse. Tambin sus
cosechas y todas las provisiones que tenan almacenadas, en obscuros
aposentos de aquellas casas con terrados, haban quedado destrudas y
era necesario reponerlas. En verdad que los de arriba haban enviado
un terrible castigo a aquel pueblo por su traicin a Juan de Zaldvar.

Cuando sus hombres se hubieron recuperado lo bastante de sus heridas,
Vicente de Zaldvar, hroe del asalto ms prodigioso que refiere la
historia, regres victoriosamente a San Gabriel de los Espaoles,
llevando consigo ochenta muchachas de Acoma, que envi a las monjas de
Mjico para que las educasen. Qu gritera debi de armarse en las
murallas de la pequea colonia cuando sus ansiosos atalayas vieron por
fin su pequeo ejrcito de guerreros, plidos y cubiertos de andrajos,
regresar lentamente a sus hogares, caminando sobre la nieve y montados
en flacos jamelgos!

Los dems pueblos, que haban estado en acecho como los gatos,
escondiendo las uas, pero con todos sus msculos prontos a saltar
quedaron paralizados de espanto. Esperaban ver a los espaoles
derrotados, ya que no aplastados, en Acoma, y entonces un rpido
levantamiento de todas las tribus hubiera acabado con todos los
invasores. Pero haba sucedido lo imposible. Ahko, la orgullosa ciudad
encumbrada de los Queres! Ahko, la rodeada de riscos, la inexpugnable,
haba cado en poder de los plidos extranjeros! Sus bravos guerreros
haban perecido; sus fuertes casas eran un montn de humeantes ruinas;
su riqueza se haba perdido; su pueblo estaba casi borrado de la faz de
la tierra! Cmo luchar contra hombres tan poderosos, contra aquellos
extraos brujos a quienes deban proteger los de arriba, pues de otro
modo no podran hacer tan sobrehumanas proezas? Relajados sus encogidos
nervios, el gran gato empez a runrunear como si nunca hubiese soado en
coger ratones. Ya no se pens ms en rebelarse contra los espaoles, y
los indios hasta se esforzaron en aquistarse el favor de aquellos
terribles extranjeros. Le llevaron a Oate la noticia del asalto de
Acoma algunos das antes de que Zaldvar y sus hroes regresasen a la
pequea colonia, y fueron asaz villanos para entregarle dos indios
Queres que, huyendo de aquel espantoso combate, se haban refugiado
entre ellos. En adelante, los pueblos no dieron ya que hacer al
gobernador Oate.

Pero los de Acoma no parecieron tomar la leccin tan a pecho como los
otros. Quedaron demasiado destrozados y quebrantados para pensar en otra
guerra con sus invencibles enemigos; no obstante, mostraron una
implacable hostilidad a los espaoles por espacio de treinta aos, hasta
que fu la ciudad conquistada de nuevo mediante una heroicidad tan
brillante como la de Zaldvar, aunque de muy distinta manera.

En 1629, Fray Juan Ramrez, el apstol de Acoma, sali solo de Santa
Fe para fundar una misin en la encumbrada ciudad de feroces brbaros.
Se le ofreci una escolta de soldados, pero l la rehus y sali a pie,
enteramente solo y sin ms armas que su crucifijo. Recorriendo con
dificultad su penoso y arriesgado camino, lleg al cabo de muchos das
al pie de la gran isla de roca, y empez el ascenso. En cuanto los
indios vieron a una persona extraa, y de la gente que ellos aborrecan,
corrieron hasta el borde del risco y le lanzaron una lluvia de flechas,
algunas de las cuales atravesaron sus hbitos. En aquel momento, una
nia de Acoma, que estaba en el mismo borde de la ingente roca, se
asust al ver la saa de su gente y, perdiendo el equilibrio, se despe
al precipicio. Pero quiso la Providencia que slo cayese unas cuantas
yardas sobre un reborde arenoso cerca de donde estaba Fray Juan, y donde
no podan verlos los indios, quienes supusieron que haba cado hasta la
sima. Fray Juan se acerc a recogerla y la llev sana y salva hasta
arriba, y al ver este aparente milagro, los salvajes quedaron desarmados
y lo recibieron como a un mago. El buen hombre vivi solo en Acoma ms
de veinte aos, amado por los naturales como un padre, y enseando a sus
atezados conversos con tanto xito, que con el tiempo muchos de ellos
saban el catecismo y podan leer y escribir en espaol. Adems, bajo
su direccin y con muchsimo trabajo, construyeron una gran iglesia.
Cuando muri, en 1664, los acomas, que haban sido los indios ms
feroces, llegaron a ser los ms dciles de Nuevo Mjico y los ms
adelantados en civilizacin. Pero pocos aos despus de su muerte,
ocurri el levantamiento de todos los pueblos, y durante las largas y
desastrosas guerras que se siguieron, fu destruda la iglesia y
desaparecieron, en gran parte, los frutos del trabajo del valiente Fray
Juan. En aquella rebelin, Fray Lucas Maldonado, que era entonces
misionero en Acoma, fu asesinado por su rebao el diez o el once de
agosto de 1680. En noviembre de 1692, Acoma se rindi voluntariamente al
reconquistador de Nuevo Mjico, Diego de Vargas. Al cabo de pocos aos,
sin embargo, se rebel de nuevo, y en agosto de 1696, Vargas march
contra la ciudad, pero no pudo asaltarla. Gradualmente los pueblos
fueron viviendo en paz con los humanitarios conquistadores y llegaron a
merecer la benevolencia con que constantemente se les trataba. La misin
fu restablecida en Acoma por el ao 1700, y all se eleva hoy una
enorme iglesia, que es una de las ms interesantes del mundo, dados el
infinito trabajo y la paciencia con que fu construda. La ltima
tentativa de levantamiento de los indios Pueblos ocurri en 1728; pero
en ella no tom parte Acoma.

La curiosa escalera de piedra por la que Fray Juan Ramrez subi la
primera vez a su peligrosa parroquia bajo una lluvia de flechas, todava
la usan los habitantes de Acoma, quienes le han dado el nombre del
camino del Padre.




V

EL SOLDADO POETA


Pero retrocedamos un poco. El joven oficial que di aquel soberbio salto
sobre el tajo de Acoma, que repuso la toza para hacer puente y salv de
este modo la vida a sus camaradas, e indirectamente a todos los
espaoles de Nuevo Mjico, fu el capitn Gaspar Prez de Villagrn. Era
muy culto, haba obtenido el grado de bachiller en una Universidad
espaola, era joven, ambicioso, valiente y un verdadero atleta. Fu un
hroe entre los hroes del Nuevo Mundo, y un cronista a quien mucho debe
la historia. Los seis ejemplares existentes del pequeo y grueso volumen
en pergamino que contiene su histrico poema de treinta y cuatro
heroicos cantos, valen cada uno de ellos muchas veces su peso en oro.
Lstima grande que no haya habido un Villagrn para cada una de las
campaas de los exploradores de Amrica, que nos diese ms detalles de
aquellos sobrehumanos peligros y sufrimientos, pues la mayora de los
cronistas de la poca tratan de esos episodios tan brevemente como
describiramos nosotros un paseo de Nueva York a Brooklyn!

El salto del tajo no fu la nica parte que tom el capitn Villagrn en
el sangriento combate de Acoma, en el invierno de 1598-99. Estuvo a
punto de ser vctima de la primera matanza, en la que Juan de Zaldvar y
sus hombres perecieron, y se escap de aquel lance slo para sufrir
penalidades tan terribles como la muerte.

En el otoo de 1598, cuatro soldados desertaron del pequeo ejrcito de
Oate en San Gabriel y el gobernador envi a Villagrn con tres o cuatro
soldados para arrestarlos. No sabemos lo que dira hoy un _sheriff_ si
le mandasen perseguir a cuatro malhechores en un recorrido de mil
millas por un desierto como aqul y con una fuerza tan pequea. Pero el
capitn Villagrn sigui la pista de los desertores, y despus de
perseguirlos por ms de novecientas millas, les alcanz al sur de
Chihuahua (Mjico). Los desertores hicieron una feroz resistencia. Dos
fueron muertos por los soldados y dos se escaparon. Villagrn dej all
su pequea fuerza y desanduvo solo las peligrosas novecientas millas.
Llegado al pueblo de Puaray, en la margen occidental del Ro Grande,
frente a Bernalillo, supo que su jefe Oate acababa de marchar hacia el
oeste, en su peligroso viaje a Moqui, el cual ya hemos descrito.
Villagrn se volvi en el acto hacia el oeste saliendo solo para seguir
y alcanzar a sus compatriotas. La pista era fcil de seguir, porque los
espaoles tenan los nicos caballos que haba en lo que es hoy los
Estados Unidos; pero aquel solitario caminante que la iba rastreando, se
vi continuamente rodeado de peligros y sufrimientos. Lleg a la vista
de Acoma justamente despus de la matanza de Juan de Zaldvar y del
tremendo salto de los cinco espaoles. Los supervivientes ya se haban
alejado de aquel sitio fatal, y cuando los habitantes vieron a un
espaol que se acercaba solo, bajaron de su ciudadela roquea para
rodearle y darle muerte. Villagrn no tena armas de fuego, sino
nicamente su espada, una daga y un escudo. Aun cuando ignoraba los
terribles sucesos que acababan de ocurrir, le inspir recelos la manera
como los salvajes trataban de envolverle, y aun cuando su caballo
renqueaba por efecto de su larga jornada, lo espole para ponerlo al
galope y luch, abrindose paso por entre el crculo que iban
estrechando los indios. Continu su fuga hasta muy entrada la noche,
describiendo un largo circuito, para no acercarse a la ciudad, y al fin
descendi, exhausto, de su tambin exhausto caballo, y se tendi a
descansar sobre la dura tierra. Cuando despert caa una gran nevada, y
se encontr medio sepultado bajo la fra y blanca nieve. Montando de
nuevo, avanz en la obscuridad para alejarse todo lo posible de Acoma,
antes de que lo denunciase la luz del da. De repente, caballo y jinete
cayeron en un hondo pozo que los indios haban abierto para que
sirviese de trampa, cubrindolo con ramas y tierra. En la cada se mat
el pobre caballo, y Villagrn qued maltrecho y aturdido. Por fin logr
salir del pozo, con gran contento de su fiel perro, que estaba sentado
aullando y tiritando al borde de aqul. El soldado poeta habla muy
tiernamente de aquel mudo compaero de su larga y peligrosa jornada, y
es evidente que lo quera con un cario que slo un hombre valiente
puede profesar y un fiel perro merecer.

Emprendiendo de nuevo la marcha a pie, pronto perdi Villagrn el camino
en aquel desierto sin huellas ni veredas. Durante cuatro das y cuatro
noches anduvo errante, sin un bocado que comer y sin una gota de agua,
pues ya se haba derretido la nieve. Muchos hombres han hecho ms largos
ayunos entre iguales sufrimientos; pero slo los que han experimentado
sed en tierras ridas, pueden tener una remota idea de lo que significa
vivir noventa y seis horas sin agua. Dos das de aquella sed suele ser
fatal a muchos hombres fuertes, y es poco menos que milagroso que
Villagrn pudiese resistirla cuatro das. Por fin, casi muriendo de sed,
con la lengua seca e hinchada, y dura y spera como una lima, salindole
fuera de los dientes, se vi en la triste necesidad de matar a su fiel
perro, lo cual hizo con lgrimas de varonil remordimiento. Llamando al
pobre animal hacia s, lo despach con su espada y ansiosamente apur la
sangre caliente. Esto le di fuerzas para arrastrarse un poco ms, y
cuando ya iba a dejarse caer sobre la arena para morir, divis un
pequeo hoyo en una gran roca, a poca distancia. Arrastrndose
dbilmente hasta llegar all, descubri con jbilo que haba quedado en
la cavidad un poco de agua de nieve. Esparcidos alrededor haba unos
cuantos granos de maz, que le parecieron llovidos del cielo, y los
devor famlicamente.

Haba abandonado ya toda esperanza de alcanzar a su jefe, y decidi
retroceder y andar las terribles doscientas millas que le separaban de
San Gabriel. Pero ya no poda su cuerpo obedecer por ms tiempo a su
heroico espritu, y hubiera perecido miserablemente junto al pequeo
tanque de la roca, a no ser por una extraa casualidad.

Mientras estaba all tendido, sin nimo y sin fuerzas, oy sbitamente
voces que se acercaban. Supuso que los indios haban rastreado su pista,
y se di por perdido, porque se senta demasiado dbil para luchar. Pero
al fin llegaron a su odo acentos espaoles, y aun cuando eran voces
speras y broncas de soldados, con toda seguridad debieron de parecerle
los sonidos ms dulces del mundo. Sucedi que la noche anterior, algunos
de los caballos del campamento de Oate se haban extraviado, y un
pelotn de soldados sali en busca de ellos. Siguiendo sus huellas,
llegaron cerca del sitio donde el capitn Villagrn se hallaba tendido.
Por fortuna le vieron, pues l no poda ni gritar ni correr tras ellos.
Con sumo cuidado levantaron al oficial herido y lo llevaron al
campamento, y all, con los solcitos cuidados de hombres barbudos,
recuper lentamente sus fuerzas y con el tiempo volvi a ser el osado
atleta de otros tiempos. Acompa a Oate en su larga marcha por el
desierto, y pocos meses despus estuvo presente en el asalto de Acoma y
realiz la pasmosa proeza que se cita como una de las heroicidades ms
notables en la historia del Nuevo Mundo.




VI

LOS MISIONEROS EXPLORADORES


Pretender narrar la historia de la exploracin espaola de las Amricas
sin dedicar especial atencin a los misioneros exploradores, sera
hacerles poca justicia y dejar incompleta la historia. En esto, aun ms
que en otras fases, la conquista fu ejemplar. El espaol no tan slo
descubri y conquist, sino que, adems, convirti. Su celo religioso no
le iba en zaga a su valor. Como ha sucedido con todas las naciones que
han entrado en nuevas tierras, y como sucedi con nosotros mismos en la
que ocupamos, su primer paso tuvo que ser la sujecin de los naturales
que se le oponan. Pero no bien hubo castigado a esos feroces indios,
empez a tratarlos con grande y noble clemencia, que aun hoy no se
prodiga y que en aquella cruel poca del mundo era casi desconocida.
Nunca dej sin hogar a los atezados indgenas de Amrica ni los fu
arrollando, ni acorralando delante de l, sino que, por el contrario,
les protegi y asegur por medio de leyes especiales la tranquila
posesin de sus tierras para siempre. Debido a las generosas y firmes
leyes dictadas por Espaa hace tres siglos, nuestros indios ms
interesantes e interesados, los Pueblos gozan hoy completa seguridad
en sus posesiones, mientras que casi todos los dems (que nunca
estuvieron enteramente bajo el dominio de Espaa), han sido de vez en
cuando arrojados de las tierras que nuestro gobierno solemnemente les
haba concedido.

Esa era la ventaja de un rgimen de Indias que no obedeca a la
poltica, sino a los invariables principios de humanidad. Primero se
exiga al indio que fuese obediente a su nuevo gobierno. No se le poda
ensear la obediencia a todas las cosas de una vez; pero deba al menos
abstenerse de matar a sus nuevos vecinos. Tan pronto como aprenda esta
leccin, se le protega en sus derechos sobre su hogar, su familia y
sus bienes. Entonces, y tan rpidamente como podan hacer esa vasta
labor el ejrcito de misioneros que dedicaban su vida a esa peligrosa
tarea, se le educaba en los deberes de ciudadana y de la religin
cristiana. Es casi imposible para nosotros, en estos pacficos tiempos,
comprender lo que significaba convertir entonces medio mundo de indios.
En nuestra parte de Norteamrica nunca ha habido tribus tan terribles
como encontraron los espaoles en Mjico y en otras tierras ms al sur.
Nunca pueblo alguno llev a cabo en ninguna parte tan estupenda labor
como la que realizaron en Amrica los misioneros espaoles. Para empezar
a comprender las dificultades de aquella conversin, debemos primero
leer una horripilante pgina de la historia.

Muchos indios y pueblos salvajes profesan religiones tan distintas de la
nuestra como son sus organizaciones sociales. Pocas tribus hay que
sueen con un Sr Supremo. La mayora de ellos adora muchos dioses;
dioses cuyos atributos son muy parecidos a los del mismo adorador;
dioses tan ignorantes y crueles y traidores como l. Es una cosa
horrenda estudiar esas religiones, y ver qu cualidades tan tenebrosas y
repulsivas puede deificar la ignorancia. Los despiadados dioses de la
India que se supone que se deleitan aplastando a miles de sus fieles
bajo las ruedas del carro Juggernaut, y con el sacrificio de nios al
Ganges y de jvenes viudas a la hoguera, son buena muestra de lo que
puede creer una mente descarriada. Pues bien; los horrores de la India
tenan su paralelo en Amrica. Las religiones de nuestros indios del
norte tenan muchos ritos sorprendentes y terribles; pero eran inocentes
y civilizados si se comparan con los monstruosos que se observaban en
Mjico y la Amrica del Sur. Para comprender algo de lo que tuvieron que
combatir los misioneros espaoles en Amrica, aparte del peligro comn a
todos, echemos una ojeada al estado de cosas en Mjico cuando ellos
llegaron.

Los Naturales, o Aztecas, y otras tribus indias parecidas del antiguo
Mjico, observaban el credo pagano general a todos los indios de
Amrica, con algunos horrores que ellos le aadan. Estaban en un
constante y ciego terror de sus innumerables dioses salvajes, pues para
ellos todo lo que no podan ver y entender, y casi todo lo que vean y
entendan, era una deidad. Lo que no podan concebir era un dios que les
inspirase amor: deba ser siempre algo que les inspirase miedo; pero un
miedo mortal. Todo su objeto en la vida era esquivar los crueles golpes
de una mano invisible; era aplacar algn dios terrible que no poda
amar, pero a quien se poda sobornar para que no causase dao. No podan
imaginar una verdadera creacin, ni que pudiese haber _algo_ sin tener
padre ni madre: las estrellas y las piedras y los vientos y los dioses
tenan que nacer lo mismo que los hombres. Su cielo, si ellos hubiesen
podido entender lo que significa esta palabra, estaba atestado de
dioses, cada uno tan individual y personal como nosotros; con ms poder
que nosotros, pero con las mismas debilidades y pasiones y pecados. En
realidad, haban inventado y arreglado los dioses segn su propia forma
salvaje, dndoles los poderes que deseaban para s mismos; pero eran
incapaces de atribuirles virtudes que no podan comprender. As tambin,
para juzgar lo que podra agradar a sus dioses, se guiaban por lo que a
ellos les placa. Tomar cruenta venganza de sus enemigos; robar y matar,
o recibir tributo para dejar de robar y de matar; vestirse ricamente y
comer bien; estas y otras cosas parecidas, que ellos consideraban como
las ms altas ambiciones personales, crean que de igual modo agradaran
a los de arriba. Y as consagraban la mayor parte de su tiempo y de su
afn en sobornar a esos extraos dioses, que les causaban ms terror que
los indgenas vecinos.

Su idea de un dios la expresaban grficamente en los grandes dolos de
piedra que antes abundaban en Mjico, y algunos de los cuales se
conservan todava en los museos. Son, por lo general, de tamao heroico,
y estn labrados con mucho esmero en piedra sumamente dura, pero sus
cuerpos y sus caras son indeciblemente horribles. Un dolo como el del
grotesco Huitzilopochtli era una cosa tan espantosa como no pudo jams
inventarla el ingenio humano; y la misma repulsiva fealdad se ve en
todos los dolos mejicanos.

Se atenda a estos dolos con un cuidado sumamente servil, y se les
vesta con los ornamentos ms costosos que poda procurarse la riqueza
de los indios. Sobre esas grandes pesadillas de piedra se colgaban con
profusin largos collares de turquesas, que era la joya ms preciada de
los aborgenes americanos, y preciosos mantos de brillantes plumas de
pjaros tropicales y conchas de iridiscentes colores. Millares de
hombres dedicaban su vida a cuidar de esas mudas deidades, y se
humillaban y atormentaban de un modo indecible para agradarles.

Pero ni los regalos ni los cuidados eran bastantes. De un dios como esos
haba que temer tambin que traicionase a los amigos. Haba que llevar
ms lejos el soborno. Todo lo que al indio le pareca valioso lo ofreca
a su dios para tenerle propicio, y como la vida humana era la cosa de
ms valor a los ojos del indio, esa era su ofrenda ms importante, y
lleg a ser la ms frecuente. Un indio no consideraba un crimen el
sacrificar una vida para agradar a uno de sus dioses. No tena idea de
recompensa o castigo despus de la muerte, y lleg a considerar el
sacrificio humano como una institucin legtima, moral y hasta divina.
Con el tiempo llegaron a consumarse casi a diario esos sacrificios en
cada uno de los numerosos templos. Era la forma ms estimada del culto:
era tan grande su importancia, que los oficiales o sacerdotes tenan que
pasar por un aprendizaje ms oneroso que cualquier ministro de la
religin cristiana. Slo podan llegar a ocupar ese puesto prometiendo y
manteniendo una incesante y terrible prctica de privaciones y
mutilaciones de su cuerpo.

Se ofrecan vidas humanas no tan slo a uno o dos de los dolos
principales de cada comunidad, sino que cada poblacin tena, adems,
fetiches menores, a los que se haca esta clase de sacrificios en
determinadas ocasiones. Tan arraigada estaba la costumbre del
sacrificio, y se consideraba tan corriente, que cuando Corts lleg a
Cempohual, los indgenas no concibieron otro modo de recibirle con
bastantes honores, y muy cordialmente propusieron ofrendarle sacrificios
humanos. Excusado es decir que Corts rehus con energa esa muestra de
hospitalidad.

Esos ritos se verificaban casi siempre en los teocalis, o montculos
para sacrificios, de los cuales haba uno o ms en cada poblacin india.
Eran grandes montones artificiales de tierra en forma de pirmides
truncadas y recubiertos de piedra. Tenan de cincuenta a doscientos pies
de altura, y algunas veces varios centenares de pies cuadrados en su
base. En la parte superior de la pirmide haba una pequea torre, que
era la obscura capilla donde se encerraba el dolo. La grotesca faz de
la ptrea deidad miraba una piedra cilndrica que tena una cavidad en
forma de tazn en la parte superior, y era el altar o piedra del
sacrificio. Esa piedra era usualmente labrada, algunas veces con muchos
detalles y esmerada mano de obra. El famoso calendario azteca de
piedra que se halla en el museo nacional de Mjico y que en un tiempo
di pie a tan extraas conjeturas, es meramente uno de esos altares para
sacrificios, de poca anterior a Cristbal Coln. Es un ejemplar
notabilsimo de piedra labrada por los indios.

El dolo, las paredes interiores del templo, el piso y el altar estaban
siempre humedecidos con el flido ms precioso de la tierra. En el tazn
ardan en rescoldo corazones humanos. Magos vestidos de negro, con sus
rostros tambin ennegrecidos y con crculos blancos pintados alrededor
de los ojos y de la boca, con los cabellos empapados en sangre, con las
caras cortadas por incesantes mortificaciones, iban continuamente de un
lado para otro, vigilando de da y de noche, siempre listos para las
vctimas que aquella horrenda supersticin llevaba al altar. Solan
elegirse las vctimas de entre los prisioneros de guerra y los esclavos
que, como tributo, cedan las tribus conquistadas; y el contingente era
enorme. A veces en un da sealado se sacrificaban quinientas vctimas
en un solo altar. Se les extenda desnudos sobre la piedra de
sacrificios y se les descuartizaba de una manera demasiado horrible para
describirla aqu. Sus corazones palpitantes se ofrendaban al dolo, y
despus se arrojaban al gran tazn de piedra, mientras que los cuerpos
eran lanzados a puntapis, escaleras abajo, hasta que iban a parar al
pie de la pirmide, donde eran arrebatados por una vida muchedumbre.
Los mejicanos no eran ordinariamente tan canbales, ni gustaban de
serlo, pero devoraban aquellos cuerpos como parte de su repulsiva
religin.

Repugna entrar en ms detalles acerca de esos ritos: bastante queda
dicho para dar una idea de la barrera moral que encontraron los
misioneros espaoles cuando fueron a ensear a tan sanguinarios
indgenas un evangelio que predica el amor y la universal fraternidad de
los hombres. Semejante credo era tan incomprensible para los indios,
como lo sera para nosotros el decirnos que lo negro es blanco: la lucha
para hacrselo comprender fu una de las ms enormes y, al parecer,
imposibles que ha emprendido maestro alguno. Antes de que los misioneros
pudiesen lograr que los indios escuchasen siquiera el catecismo, y mucho
menos entenderlo, tenan que dedicarse a la peligrosa tarea de probar lo
falso que era su paganismo. El indio crea absolutamente en el poder de
su sangriento dios de piedra. Estaba seguro de que si abandonaba su
dolo, le castigara y destruira, y por consiguiente no quera creer
nada contrario a su religin. El misionero no solamente tena que
decirle: Tu dolo es impotente; no puede hacer dao a nadie; no es ms
que una piedra, y si lo pateas no puede castigarte, sino que adems
haba de probarlo. Ningn indio era tan temerario que quisiese hacer el
experimento, y el nuevo maestro tena que demostrarlo l mismo. Por
supuesto que ni siquiera poda hacer esto al principio, porque si
hubiese empezado su labor catequista maltratando a uno de aquellos
grotescos dioses de prfido, los sacerdotes de ste lo hubieran
asesinado en el acto. Pero, cuando los indios vieron al fin que ningn
poder sobrenatural aplastaba al misionero por hablar mal de sus dioses,
ya se haba dado el primer paso. Gradualmente pudo despus tocar el
dolo, y vieron que tambin quedaba ileso. Por ltimo derrumb y rompi
las crueles imgenes, y los atnitos y aterrorizados devotos empezaron a
dudar y a despreciar las cobardes deidades a quienes haban servido de
esclavos, y a las que un extrao poda insultar y maltratar impunemente.
Slo empleando esta ruda lgica, que era la que los envilecidos indios
podan entender, los misioneros espaoles lograron probarles que el
sacrificio humano era un error de los hombres y no la voluntad de los
de arriba. Fu un maravilloso adelanto el extirpar sta, que era la
peor prctica de la religin de los indios, la cual haba arraigado a
travs de varios siglos de constante observancia. Pero los apstoles
espaoles estaban a la altura de su misin, y la infinita fe y el celo y
paciencia con que finalmente abolieron el sacrificio humano en Mjico,
llev gradualmente, paso a paso, a la conversin de los indgenas de un
continente y medio al Cristianismo.




VII

LOS FUNDADORES DE IGLESIAS

EN NUEVO MJICO


Para dar siquiera un bosquejo de la obra realizada por los misioneros
espaoles en ambas Amricas se necesitara llenar varios volmenes. Lo
ms que podemos hacer aqu es tomar como muestra una hoja de tan
fascinador como formidable relato, y para ello describir brevemente lo
que se hizo en una regin que nos es particularmente interesante: la
provincia de Nuevo Mjico. Hubo muchas otras comarcas en que fu preciso
vencer todava mayores obstculos, en que perdieron la vida, sin
quejarse, muchos ms mrtires y en que lucharon desesperadamente ms
generaciones; pero lo mejor ser tomar un modesto ejemplo, especialmente
uno que tanta relacin tiene con nuestra historia nacional.

Nuevo Mjico y Arizona, verdaderos pases de maravillas de los Estados
Unidos, fueron descubiertos, como es sabido, en 1539, por aquel
misionero espaol a quien todos los jvenes americanos debieran recordar
con veneracin: Fray Marcos de Nizza. Hemos bosquejado tambin las
proezas de Fray Ramrez, Fray Padilla y otros misioneros en aquella
inhospitalaria tierra, y se habr podido formar idea de las penalidades
que eran comunes a todos sus cofrades; porque las tremendas jornadas, la
abnegacin en la soledad, el amoroso celo y muy a menudo la muerte cruel
de esos hombres, no eran excepciones, sino ejemplos corrientes de lo que
tena que esperar un apstol en el sudoeste.

En todas partes ha habido misioneros cuyos rebaos fueron tan
desagradecidos y crueles; pero pocos o ninguno que se hallasen en
regiones tan apartadas e inaccesibles. Nuevo Mjico fu por espacio de
trescientos cincuenta aos, y lo es an hoy da, en su mayor parte un
pramo, salpicado de unos pocos pequeos oasis. A la gente de los
Estados del Este, un desierto les parece que ha de estar sumamente
lejos; pero en nuestra regin del Sudoeste hay en la actualidad cientos
de miles de millas cuadradas donde el viajero fcilmente muere de sed y
donde todos los aos hay infelices vctimas de ese horrendo martirio.
Aun ahora pueden hallarse penalidades y peligros en Nuevo Mjico; pero
hubo un tiempo en que fu uno de los ms crueles desiertos imaginables.
Apenas han transcurrido diez aos desde que se puso fin a las guerras y
las hostilidades de los indios, que duraron sin cesar por ms de tres
siglos. Cuando el colono o el misionero espaol sala de Nueva Espaa
para atravesar un desierto de mil millas y sin caminos, con rumbo a
Nuevo Mjico, su vida se hallaba en constante riesgo, y no pasaba un da
en que no se hallase en peligro en aquella provincia salvaje. Si
consegua no morir de sed o de hambre durante el camino; si no pereca a
manos de los despiadados apaches, se instalaba en el vasto erial, tan
lejos de cualquier otro hogar de gente blanca como Chicago lo est de
Boston. Si era misionero, se quedaba, por regla general, solo con un
rebao de centenares de crueles indios; si era soldado o labrador, tena
de doscientos a mil quinientos amigos en una superficie tan extensa como
Nueva Inglaterra, Nueva York, Pensilvania y Oho juntos, en medio de
cien mil cobrizos enemigos, cuyos gritos de guerra era probable que
oyese a cada momento, sin llegar nunca a olvidarlos. Vino pobre y pudo
hacerse rico en aquel rido suelo. Aun al principio del siglo XIX,
cuando alguien empez a tener grandes rebaos de carneros, con
frecuencia quedaban sin una res por una incursin nocturna de apaches o
de navajos.

Esa era la situacin de Nuevo Mjico cuando llegaron los misioneros, y
as poco ms o menos se mantuvo por ms de trescientos aos. Si el
hombre ms ilustrado y optimista del Viejo Mundo hubiese podido ver con
los ojos de la inteligencia aquella tierra infecunda, nunca hubiera
podido soar que no tardara aquel desierto en verse poblado de
iglesias, pero no de pequeas capillas de troncos o de adobe, sino de
edificios de piedra de sillera, cuyas ruinas se ven hoy y son las ms
imponentes de Norteamrica. Pero as fu; ni el desierto ni los indios
pudieron frustrar aquel fervoroso celo.

La primera iglesia alzada en lo que hoy se llama Estados Unidos, fundla
en San Agustn (Florida) Fray Francisco de Pareja, en 1560; pero medio
siglo antes haba ya muchas otras iglesias espaolas en Amrica. Los
varios sacerdotes que Coronado llev consigo a Nuevo Mjico, en 1540,
hicieron muy buena labor catequista; pero pronto fueron muertos por los
indios. La primera iglesia de Nuevo Mjico, segunda en los Estados
Unidos, la fundaron en septiembre de 1598 los diez misioneros que
acompaaron al colonizador Juan de Oate. Fu una pequea capilla,
edificada en San Gabriel de los Espaoles (que ahora se llama Chamita).
San Gabriel qued desierto en 1605, y entonces Oate fund Santa Fe, aun
cuando es probable que todava se utilizase la capilla de vez en cuando.
Con el tiempo, sin embargo, se desmoron. Todava eran visibles en 1680
las ruinas de aquella venerable y antigua iglesia; pero ahora apenas
puede distinguirse. Una de las primeras cosas que se hicieron despus de
establecer la nueva ciudad de Santa Fe, fu, naturalmente, construir una
iglesia, y all, en 1606, se erigi la tercera de los Estados Unidos. No
llen por mucho tiempo las necesidades de la colonia, y en 1622, Fray
Alonso de Benavides, el historiador, puso los cimientos de la iglesia
parroquial de Santa Fe, que se termin en 1627. El templo de San Miguel
en la misma antigua ciudad, se construy despus de 1636. Sus primitivos
muros se conservan todava y forman parte de una iglesia que sirve hoy
da para el culto. Fu parcialmente destruda durante la rebelin de los
pueblos en 1680, y restaurada en 1710. La nueva catedral de Santa Fe
est construda sobre los restos de la ms antigua parroquia.

En 1617, tres aos antes de que desembarcasen los peregrinos en Plymouth
Rock, haba ya once iglesias dedicadas al culto en Nuevo Mjico. Santa
Fe era la nica poblacin espaola; pero haba tambin iglesias en los
peligrosos pueblos indios de Galispeo y Pecos, dos en Jemez (cerca de
cien millas al oeste de Santa Fe y en un terrible desierto), Taos (casi
a igual distancia al norte), San Ildefonso, Santa Clara, Sandia, San
Felipe y Santo Domingo. Era una asombrosa proeza para cada misionero
solitario, porque no tenan apoyo civil ni militar en sus parroquias, el
inducir tan pronto a su brbaro rebao a construir una iglesia de piedra
para adorar all al nuevo Dios blanco. Las iglesias hubieron de
abandonarse en los dos pueblos de Jemez en 1622, por la incesante
hostilidad de los navajos, los cuales desde tiempo inmemorial haban
desolado aquella regin; pero fueron ocupadas de nuevo en 1626. Los
espaoles, por lo que toca a la construccin de hogares, se vieron
limitados, por las imposiciones del desierto, al valle del Ro Grande,
que corre de norte a sur por el centro de Nuevo Mjico. Pero sus
misioneros no reconocieron ese lmite. Donde las colonias no podan
vivir, ellos podan orar y ensear, y muy pronto empezaron a penetrar en
los desiertos que se extienden a gran distancia a ambos lados de aquella
estrecha faja de tierra colonizable. En Zui, muy al oeste del ro, y a
trescientas millas de Santa Fe, los misioneros se haban establecido ya
por el ao 1629. Pronto tuvieron seis iglesias en seis de las Siete
Ciudades de Cibola (poblaciones Zui), de las cuales la situada en
Chynahue todava est admirablemente conservada y en el mismo perodo
se haban establecido doscientas millas ms adentro del desierto, y
construdo all tres iglesias entre las pasmosas ciudades situadas en
los riscos de Moqui.

En la parte baja del Ro Grande notbase igual actividad. En el antiguo
pueblo de San Antonio de Senec, que casi ha desaparecido ya, fund en
1629 una iglesia Fray Antonio de Arqueaga y este hombre valiente fund
otra en el mismo ao en el pueblo de Nuestra Seora del Socorro, hoy
ciudad americana que lleva el nombre de esa virgen. La iglesia del
pueblo de Picuries, que estaba en las lejanas de las montaas del
norte, debi ser construda antes del ao 1632, puesto que en esta fecha
fu enterrado en ella Fray Ascensin de Zrate. La iglesia de Isleta,
que est hacia el centro de Nuevo Mjico, fu construda antes de 1635.
Unas cuantas millas ms arriba de Glorieta, pueden verse, desde las
ventanas de cualquier tren de la lnea de Santa Fe, unas grandes e
imponentes ruinas de adobe, cuyos hermosos paredones suean en aquella
encantadora solana. Es la vieja iglesia del pueblo de Pecos, y aquellas
paredes se erigieron hace doscientos setenta y cinco aos. El pueblo,
que fu en su tiempo el mayor de Nuevo Mjico, qued desierto en 1840, y
su gran plaza cuadrangular, rodeada de casas indias de muchos pisos,
est en completa ruina; pero por encima de sus montones grises
descuellan todava los muros de la vieja iglesia, que se construy antes
de que hubiese un sajn en Nueva Inglaterra. Conforme se ve, el
ladrillo de barro, como algunos llaman despectivamente al adobe, no es
una cosa tan despreciable, si siquiera para arrostrar la intemperie de
los siglos. Haba una iglesia en el pueblo de Namb, por el ao de 1642.
En 1662 Fray Garca de San Francisco fund una iglesia en El Paso del
Norte, en la actual frontera entre Mjico y los Estados Unidos, y esa
era una misin peligrosa, por hallarse a centenares de millas de las
colonias espaolas, tanto del Viejo como del Nuevo Mjico.

Los misioneros tambin cruzaron las montaas del este del Ro Grande, y
establecieron misiones entre los pueblos que vivan al borde de las
grandes llanuras. Fray Jernimo de la Llana fund la hermosa iglesia de
Cuaray, en 1642, y poco despus se erigieron las de Ab, Tenabo y
Tabir, ms conocida ahora, aunque incorrectamente, con el nombre de La
Gran Quivira. Las iglesias de Cuaray, Ab y Cabir son las ruinas ms
grandiosas que hay en los Estados Unidos, y mucho ms hermosas que
muchas que los americanos van a admirar al extranjero. La segunda y
mayor iglesia de Tabir, fu construda entre los aos de 1660 y 1670, y
casi al mismo tiempo y en la misma regin, si bien a muchas millas de
distancia, en el rido desierto, las iglesias de Tajique y Chilil.
Acoma, como es sabido, tena una misin permanente en 1629, y el
misionero construy una iglesia. Adems de todas las citadas, los
pueblos de Za, Santa Ana, Tesuque, Pojoaque, San Juan, San Marcos, San
Lzaro, San Cristbal, Alameda, Santa Cruz y Cochit tenan una iglesia
cada uno por el ao de 1680. Esto da una idea de la eficacia del trabajo
de los misioneros espaoles. Un siglo antes del nacimiento de nuestra
nacin, haban construdo los espaoles, en uno de nuestros territorios,
medio centenar de iglesias permanentes, casi todas de piedra, y casi
todas expresamente para beneficio de los indios. Esa labor de los
misioneros no ha tenido igual en ningn otro punto de los Estados
Unidos, hasta el presente; y en todo el pas no habamos construdo en
aquel tiempo tantas iglesias para nosotros mismos.

Una ojeada a la vida de los misioneros que iban a Nuevo Mjico por
entonces, antes de que hubiese quien predicase en ingls en todo el
hemisferio de occidente, presenta rasgos que fascinan a cuantos admiran
el herosmo solitario, que no necesita ni aplauso ni espectadores para
mantenerse vivo. Ser valiente en campo de batalla y en casos de
excitacin parecida es muy fcil; pero es cosa muy distinta hacer una
heroicidad cuando nadie la presencia y en medio, no tan slo de
peligros, sino de toda clase de penalidades y obstculos.

Los misioneros que iban a Nuevo Mjico tenan que salir, naturalmente,
del Viejo Mjico, y antes que eso, de Espaa. Algunos de esos hombres
tranquilos que vestan el hbito gris, haban hecho ya tan largas
jornadas y afrontado peligros tales, como no los han conocido nunca los
Stanleys de nuestra poca. Tenan que procurarse sus vestiduras y los
ornamentos de la iglesia y pagarse el viaje desde Mjico a Nuevo Mjico,
pues desde un principio se haba organizado un servicio semianual de
expediciones armadas a travs del peligroso desierto que los separaba.
La tarifa era de doscientos sesenta y seis pesos, desembolso muy duro
para un hombre cuyo salario era de ciento cincuenta pesos al ao (no
pasaron los salarios de esta cifra hasta 1665, en que se aumentaron
hasta trescientos treinta pesos, pagaderos cada tres aos). No puede
compararse ese estipendio con el que se da hoy en nuestras iglesias de
moda. Con esa mezquina paga, que era todo lo que poda darle el snodo,
tena que sufragar los gastos de su persona y de la iglesia.

Llegado al Nuevo Mjico despus de una peligrosa jornada (y tanto la
jornada como el territorio ofrecan todava peligros en la presente
generacin), el misionero se diriga primero a Santa Fe. All su
superior no tardaba en designarle una parroquia, y volviendo la espalda
a la pequea colonia de sus compatriotas, el buen fraile recorra a pie
cincuenta, cien, o trescientas millas, segn el caso, hasta llegar a su
nuevo y desconocido puesto. Algunas veces le acompaaban una escolta de
tres o cuatro soldados espaoles; pero a menudo tena que hacer aquel
peligroso recorrido enteramente solo. Sus nuevos feligreses lo reciban
unas veces con una lluvia de flechas y otras con un hosco silencio. El
no poda hablarles, y tampoco ellos a l, y lo primero que tena que
hacer era aprender de aquellos reacios maestros su extraa lengua; mucho
ms difcil de adquirir que el latn, el griego, el francs o el alemn.
Enteramente solo entre ellos, tena que depender de s mismo y de los
favores que de mal grado le haca su rebao para las necesidades de la
vida. Si decidan matarle, le era imposible hacer resistencia. Si
rehusaban darle alimento, tena que morirse de hambre. Si enfermaba o se
imposibilitaba, no tena ms enfermeros ni doctores que aquellos
traicioneros indios. No creo que la historia presente otro cuadro de tan
absoluta soledad, desamparo y desconsuelo como era la vida de aquellos
mrtires desconocidos, y por lo que toca a peligros, no ha habido hombre
alguno que los haya arrostrado mayores.

La manera de atender al mantenimiento de los misioneros era muy
sencilla. Adems del pequeo salario que le pagaba el snodo, el pastor
deba recibir algn auxilio de su parroquia. Esa era una necesidad as
moral como material. Es un principio, reconocido en todas las iglesias,
que el inters que en ellas se toma depende en parte de las ddivas
personales. As, pues, las leyes espaolas exigan de los pueblos la
misma contribucin a la iglesia que la establecida por Moiss. Cada
familia india tena que dar el diezmo y las primicias de los frutos a la
iglesia, como los haban siempre dado a sus caciques paganos. Esto no
era una carga para los indios y mantena el misionero con un modesto
pasar. Por supuesto que los indios no daban un diezmo; al principio
daban lo menos que podan. El alimento que llevaban al padre consista
en maz, judas y calabazas, con slo un poquito de carne, que rara vez
conseguan en la caza, porque pas mucho tiempo antes de que hubiese
manadas de vacas o rebaos de carneros que se la proporcionasen. Tambin
dependa de su insegura congregacin para que le ayudase a cultivar su
pequea huerta; para que le suministrase lea con que calentarse en
aquellas fras alturas, y hasta para que le diese agua, pues no haba
all acueductos ni pozos y era preciso ir a buscar el agua a largas
distancias y traerla en grandes jarras. Teniendo que depender por
completo, para su subsistencia, de gente tan sospechosa, recelosa y
traicionera, el buen hombre con frecuencia deba padecer hambre y fro.
Excusado es decir que no haba tiendas, y si no poda obtener
comestibles de los indios, no tena ms remedio que morirse de hambre.
La lea se hallaba en algunos casos a veinte millas de distancia, como
lo est hoy de Isleta. Y no eran pocas sus tareas. No tan slo tena que
convertir aquellos paganos al cristianismo, sino adems ensearles a
leer y escribir, a cultivar mejor sus tierras y, en general, a trocar su
barbarie por la civilizacin.

Cun difcil era esa labor, apenas puede apreciarlo el estadista
moderno; pero lo que costaba en sangre s lo comprender cualquiera. No
se reduca todo a que de vez en cuando una ingrata congregacin matase a
uno de esos hombres abnegados: eso era casi una costumbre; ni tampoco
que pecasen de ese modo una o dos poblaciones. Los pueblos de Taos,
Picuries, San Ildefonso, Namb, Pojoaque, Tesuque, Pecos, Galisteo, San
Marcos, Santo Domingo, Cochit, San Felipe, Puaray, Jemez, Acoma,
Halona, Hauicu, Ahuatui, Mishongenivi y Oraibe--veinte diferentes
poblaciones--, tarde o temprano asesinaron a sus respectivos misioneros.
Algunos de ellos reincidieron en el crimen varias veces. Hasta el ao
1700, _cuarenta_ de esos pacficos hroes grises haban sido inmolados
por los indios en Nuevo Mjico; dos de ellos por los apaches, y los
dems por sus respectivas congregaciones. De los ltimos, uno fu
envenenado; los otros sufrieron una muerte horrible y cruenta. Todava
en el siglo pasado algunos misioneros fueron misteriosamente envenenados
con tsigos secretos, arte diablico en que los indios eran y son an
muy duchos; y cuando haba muerto el misionero, los indios incendiaban
la iglesia.

Conviene no perder de vista un hecho muy importante. No tan slo
llevaron a cabo esos maestros espaoles una obra de catequesis como no
se ha realizado en parte alguna, sino que, adems, contribuyeron
grandemente a aumentar los conocimientos humanos. Haba entre ellos
algunos de los ms notables historiadores que Amrica ha tenido, y eran
contados entre los hombres ms doctos en todos los ramos del saber,
especialmente en el estudio de las lenguas. No eran meros cronistas,
sino versados en las antigedades del pas, en sus artes y en sus
costumbres: realmente historiadores que slo pueden parangonarse con los
grandes clsicos, Herodoto y Estrabn. La larga y notable lista de
autores misioneros espaoles incluye nombres como Torquemada, Sahagn,
Motolinia, Mendieta y muchos otros; y sus voluminosas obras nos sirven
de grande e indispensable ayuda para el estudio de la verdadera historia
de Amrica.




VIII

EL SALTO DE ALVARADO


Si alguna vez fuese el lector a Mjico,--y espero que pueda ir, pues esa
antigua ciudad, que era ya vieja y populosa cuando naci Coln, est
llena de romntico inters--, le mostrarn, en la Rivera de San Cosme,
el sitio histrico que se designa todava con el nombre de El Salto de
Alvarado. Es ahora una calle ancha y urbanizada, con su tranva, sus
hermosos edificios, animada con el vaivn de gente extraa y contenta,
sin que pueda observarse en aquel sitio nada que recuerde los terrores
de la noche ms cruel que relata la historia de Amrica: la llamada
Noche Triste.

El salto de Alvarado se cuenta entre las proezas ms famosas de la
historia, y el que lo di fu una de las figuras ms notables entre los
exploradores del Nuevo Mundo. En la primera gran conquista se condujo
gallardamente, y con el relato de las hazaas que realiz entonces y
despus, podra componerse una novela fascinadora. Alto, guapo, de
rubios cabellos y encendida tez, joven, vehemente y generoso, valiente
soldado y agradable compaero, era Alvarado el amigo predilecto as de
los espaoles como de los indios. Aun cuando por algn motivo no era
bien quisto de Hernn Corts, constitua su brazo derecho, y durante la
conquista de Mjico estuvo generalmente en los puestos de mayor peligro.
Habase educado en un colegio: escriba con letra grande y clara, lo
cual no era muy comn en aquella poca, y su firma era muy legible. No
era un gran caudillo como Corts, pues su valor daba a veces al traste
con su prudencia; pero, como oficial, en el campo de batalla mostrbase
tan intrpido y denodado como el que ms.

Era el capitn don Pedro de Alvarado natural de Sevilla, y fu al Nuevo
Mundo en el vigor de la edad, no tardando en sealarse en Cuba por su
bizarra. En 1518 acompa a Grijalba en el viaje en que descubri
Mjico, y a su regreso a Cuba fu portador de los pocos tesoros que
ambos haban recogido. Al ao siguiente, cuando Corts embarc para ir a
conquistar aquella nueva y maravillosa tierra, Alvarado le acompa como
teniente. Tom una parte importantsima en todos los brillantes hechos
de aquella romntica aventura. En el momento crtico en que fu
necesario apoderarse del traidor Moctezuma, fueron eficaces la actividad
y cooperacin de Alvarado. Mientras el cacique estuvo en rehenes,
Alvarado tuvo ocasin de tratarle, y su franqueza le capt las simpatas
del guerrero indio. Qued al mando de la pequea guarnicin de Mjico
cuando Corts march en su audaz pero feliz expedicin contra Narvez, y
desempe muy bien aquel delicado cargo. Antes del regreso de Corts,
notronse los sntomas de un levantamiento de los indios con la famosa
danza de guerra. Alvarado se hallaba solo, y tuvo que hacer frente a la
crisis bajo su propia responsabilidad. Pero estuvo a la altura de las
circunstancias. Comprenda muy bien el sangriento designio de la ominosa
danza, como lo conocen cuantos han peleado con los indios, y cul era el
mejor modo de atajarlo. En su infortunada tentativa de apoderarse de los
exorcistas que excitaban al populacho a asesinar a los extranjeros,
Alvarado qued mal herido. No obstante, tom parte en la desesperada
resistencia a los asaltos de los indios, en que fueron heridos casi
todos los espaoles. En aquella terrible lucha para defender su
fortaleza de adobe, as como en las audaces salidas para rechazar las
sitiadoras hordas salvajes, se destacaba siempre la figura del rubio
teniente. Cuando Corts, que haba ya regresado con sus refuerzos, vi
que la situacin en la capital era insostenible y que su nica salvacin
era intentar la retirada de la ciudad lacustre a tierra firme, el puesto
de honor le toc a Alvarado. Haba mil doscientos espaoles y dos mil
aliados tlaxcaltecas, y esta fuerza se dividi en tres mandos. Diriga
la vanguardia Juan Velzquez; la segunda divisin iba a las rdenes de
Corts y la tercera, que deba sostener toda la furia de la persecucin,
la mandaba Alvarado.

Reinaba la mayor inquietud cuando salieron, gateando, los espaoles de
su refugio para escapar por el malecn.

Era una noche lluviosa e intensamente obscura, y con los cascos de los
caballos y las ruedas de su pequeo can cubiertos de trapos para no
hacer ruido, los espaoles avanzaban lo ms cautelosamente posible por
la angosta lengua de tierra que una la ciudad del lago con el
continente.

Este terraplenado viaducto estaba cortado por tres anchos canales, y
para cruzarlos llevaban los soldados un puente porttil. Mas a pesar de
su cautela, no tardaron los indios en darse cuenta de su salida. Apenas
haban abandonado el cuartel y emprendido la marcha por el viaducto,
cuando los toques del monstruoso tambor de guerra, el tlacan huehuetl,
desde la cumbre de la pirmide de los sacrificios, rompieron el silencio
de la noche sonando a sus odos como el toque de agona de sus
esperanzas. Todava infunde terror ese feroz rugido del gigantesco
timbal colocado sobre un trpode, que se usa an y puede oirse a quince
millas de distancia; pero para los espaoles anunciaba su perdicin.
Vieron encenderse varias hogueras en el Teocali, y correr en su
persecucin numerosos enjambres de indgenas.

Corriendo tan aprisa como se lo permitan sus heridas y su impedimenta,
llegaron los espaoles salvos al primer canal. Echaron sobre l su
puente y empezaron a desfilar por ste. Entonces los indios se agruparon
en sus canoas a cada lado del viaducto, y los atacaron con su
caracterstica ferocidad. Los soldados, rodeados por las turbas,
luchaban mientras seguan avanzando. Pero, al cruzar la artillera el
puente, ste se vino abajo, precipitando al agua can, hombres y
caballos, que no se levantaron ms. Entonces empezaron los inenarrables
horrores de la Noche Triste. No haba retirada posible para los
espaoles, quienes se vean atacados por todos lados. Los que venan
detrs, empujaban a los de delante, que no podan detenerse ni siquiera
ante el canal de agua negruzca. En el borde estaban apiados hombres y
caballos en la ms densa obscuridad, y todava venan empujando los de
detrs, hasta que, por ltimo, el canal qued atestado de cadveres, y
los supervivientes tenan que pasar por encima de aquel hacinamiento de
sus muertos. Velzquez, que mandaba la vanguardia, fu herido, y
espaoles y tlaxcaltecas caan como mieses segadas por la hoz. El
segundo canal, lo mismo que ambos lados del viaducto, estaba bloqueado
por canoas, llenas de guerreros salvajes, y all se produjo otra
sangrienta pelea, que dur hasta que aquel boquete qued tambin
atascado con los heridos, teniendo los fugitivos que pasar por un puente
de cadveres para llegar al otro borde del viaducto. Alvarado, luchando
a retaguardia para contener a los indios que les atacaban por el
terrapln, fu el ltimo en cruzar, y antes de que pudiera seguir a sus
camaradas, la corriente, barriendo sbitamente la macabra obstruccin,
dej otra vez despejado el canal. Debajo de Alvarado cay muerto su fiel
caballo; l tambin estaba mal herido; sus compaeros se haban alejado
y el despiadado enemigo lo rodeaba por todas partes. No podemos menos de
recordar al hroe romano...

    aquel hroe tan valiente
    que defendi audaz el puente,
    y a quien dedica la historia
    una pgina de gloria.

La situacin de Alvarado era tan desesperada como la de Horacio Cocles,
y con el mismo varonil denuedo supo colocarse a su altura. Con una
rpida ojeada comprendi que lanzarse al agua sera una muerte segura.
Entonces, mediante un supremo esfuerzo de su vigorosa musculatura,
apoyse en la lanza y salt. La distancia era de diez y ocho pies[12].
Hay memoria de otros saltos bastante ms largos. Nuestro propio
Washington, cuando en su juventud se dedicaba a juegos atlticos, salt
una vez ms de veinte pies tomando carrera. Pero considerando las
circunstancias, la obscuridad, sus heridas y el peso de su armadura, el
prodigioso salto de Alvarado no ha sido quiz sobrepujado por otro
alguno.

Pero Alvarado salt, y el hroe de esa proeza subi tambalendose por la
margen opuesta, hasta ir a reunirse con sus compatriotas.

A partir de aquel momento, los que quedaban siguieron luchando por el
viaducto hasta llegar a tierra firme. Los indios abandonaron por fin la
persecucin, y los espaoles, exhaustos, pudieron respirar y contar los
que se haban salvado. Muy pocos haban quedado con vida. Nada tiene de
extrao, segn dice la leyenda, que su valiente general, acostumbrado
como estaba a reprimir estoicamente sus sentimientos, se sentase bajo el
ciprs que se ensea todava con el nombre de El rbol de la Noche
Triste, y derramase lgrimas viriles al contemplar los lastimosos
restos de su valeroso ejrcito. De los mil doscientos espaoles que
antes tena, ochocientos sesenta perecieron, y de los supervivientes no
haba uno solo que no estuviese herido. Tambin haban muerto dos mil
indios tlaxcaltecas aliados suyos. A no ser porque los indgenas
trataban menos de matar que de aprisionar a los espaoles para darles
una muerte ms horrible con la cuchilla de sacrificar, ni uno solo se
hubiera salvado. Aun as, los supervivientes vieron ms tarde a unos
sesenta de sus camaradas descuartizados sobre el altar del gran Teocali.

Perdise toda la artillera, como tambin todo el tesoro. Ni un grano de
plvora qued en condicin de poder utilizarse, y sus armaduras quedaron
tan abolladas y rotas, que no parecan las mismas. Si los indios les
hubiesen perseguido entonces, los hombres, exhaustos, hubieran sido
fciles vctimas. Pero despus de aquella terrible pelea, tambin
descansaban los indgenas, lo cual permiti que pudiesen escapar los
espaoles. Dirigindose al pueblo amigo de Tlaxcala, dando un rodeo para
escapar de sus enemigos; pero fueron atacados en todos los pueblos
intermedios. La lucha ms desesperada tuvo efecto en las llanuras de
Otumba. Rodeados y acosados por los naturales, los espaoles se
consideraban ya perdidos. Afortunadamente Corts reconoci a uno de los
exorcistas por su rico ropaje, y en una ltima y desesperada carga,
ayudado por Alvarado y otros pocos oficiales, derrib al sujeto de quien
los supersticiosos indios hacen depender el xito de la guerra. Muerto
el mago, sus aterrorizados secuaces cejaron, y de nuevo los espaoles se
vieron libres de las garras de la muerte.

En el sitio de Mjico, que fu el ms sangriento asedio que registra la
historia de Amrica, Alvarado fu quiz la figura ms preeminente
despus de Corts. Este gran general era el cerebro de aquella notable
campaa, y un cerebro de gran vala. No hay nada en la historia que
pueda compararse con su empresa de hacer construir trece bergantines en
Tlaxcala y transportarlos a hombros de sus soldados a ms de cincuenta
millas tierra adentro y por encima de las montaas, para botarlos en el
lago de Mjico a fin de que ayudasen a poner el sitio. Lo que ms se le
parece es el gran hecho de Balboa transportando dos bergantines a travs
del istmo. Las hazaas del gran cartagins Anbal en el sitio de
Tarento, y las del Gran Capitn espaol, Gonzalo de Crdoba, en la
misma plaza, no son comparables en modo alguno con aqullas.

En los setenta y tres das que dur el sitio, era Corts la cabeza y
Alvarado su brazo derecho. El bizarro teniente mandaba la fuerza que
atac por el mismo viaducto por donde se retiraron en la _Noche Triste_.
En una de las batallas le mataron a Corts el caballo que montaba, y los
indios se llevaban arrastrando al conquistador, cuando uno de sus pajes
se abalanz sobre ellos y le salv la vida. En el asalto final y en la
desesperada lucha dentro de la ciudad, Corts iba al frente de una mitad
de los soldados espaoles, y Alvarado mandaba la otra mitad, y ste fu
el que dirigi la toma por asalto del gran Teocali.

Despus de la conquista de Mjico, en que gan tantos laureles, Alvarado
fu enviado por Corts con una pequea fuerza a conquistar Guatemala.
March all por Oaxaca y Tehuantepec, encontrando la resistencia
caracterstica de los indios. Haba en Guatemala tres tribus
principales: los Quich, los Zutuhil y los Caciquel. Los Quich le
hicieron frente en campo abierto, y los derrot. Entonces se rindieron
formalmente, hicieron la paz y le invitaron a visitarles como amigo en
su pueblo de Utatln. Cuando los espaoles estaban seguros en la ciudad
y rodeados por los indios, stos pegaron fuego a las casas y atacaron
ferozmente a sus medio asfixiados huspedes. Despus de un empeado
encuentro, Alvarado los derrot y di muerte a los cabecillas. Las otras
dos tribus se sometieron, y en cosa de un ao Alvarado y su pequea
fuerza haban llevado a cabo la conquista de Guatemala. Los servicios de
aqul fueron recompensados con su nombramiento de gobernador y
Adelantado de la provincia, y fund la ciudad de Guatemala, que en su
tiempo probablemente lleg a ser lo que Mjico era entonces: una ciudad
de quince a veinte mil habitantes indios y mil espaoles.

El gobernador Alvarado se ausentaba con frecuencia de la capital. Haba
que efectuar muchas expediciones por aquel desierto nuevo mundo. Su ms
importante jornada la realiz en 1534, cuando, construyendo sus buques
como de costumbre, sali para el Ecuador y llev a cabo una marcha
dificultosa por el interior, hasta llegar a Quito, donde se encontr en
territorio de Pizarro. Entonces regres a Guatemala sin provecho alguno.

Durante una de sus ausencias prodjose el terrible terremoto que
destruy la ciudad de Guatemala y caus a Alvarado una irreparable
prdida, a la cual nunca se resign. Ms arriba de la ciudad se elevaban
dos grandes volcanes: el Volcn de Agua y el Volcn de Fuego. El Volcn
de Agua estaba extinto y su crter inundado por un lago. El Volcn de
Fuego estaba, y est todava, en erupcin. En aquel memorable temblor de
tierra, el borde de lava del Volcn de Agua qued hendido por la
convulsin, y aquel volumen de agua se precipit como un torrente sobre
la malhadada ciudad. Millares de personas perecieron bajo las paredes
que se derrumbaban y en la impetuosa corriente, y entre los que as se
perdieron, hallbase la esposa de Alvarado, doa Beatriz de la Cueva. Su
muerte caus al valiente soldado un gran desaliento, porque la amaba
tiernamente.

En los tiempos borrascosos que atraves Mjico, despus que Corts hubo
terminado su conquista y empez a malearse en la prosperidad y a ponerse
en evidencia de un modo indigno, el apoyo de Alvarado fu solicitado y
obtenido por el grande y buen virrey Antonio de Mendoza, uno de los
hombres de gobierno ms notables de todas las pocas. No fu eso una
traicin por parte de Alvarado hacia su antiguo jefe, pues Corts haba
traicionado no solamente a la Corona, sino tambin a sus amigos. La
causa de Mendoza era la causa del buen gobierno y de la lealtad.

Se haba hecho necesario domear a los indios hostiles Nayares, quienes
haban causado a los espaoles muchos trastornos en la provincia de
Jalisco, y en esa campaa Alvarado se uni a Mendoza. Los indios se
retiraron a la cima del ingente y, al parecer, inexpugnable risco de
Mixtn, y haba que desalojarlos a toda costa. El asalto de aquella roca
puede compararse con el de Acoma y es uno de los ms desesperados y
brillantes de que hay recuerdo. El virrey mandaba en persona; pero la
verdadera proeza la realizaron Alvarado y un oficial compaero suyo. Al
ir a escalar el risco, Alvarado fu herido en la cabeza por una roca que
dejaron rodar los salvajes, y muri a consecuencia de la herida; pero no
sin ver que sus compaeros alcanzaban una brillante victoria.

El oficial que, despus de Alvarado, merece citarse como hroe del
Mixtn, fu Cristbal de Oate, hombre distinguido por muchos conceptos.
Era un oficial de vala, de espritu activo y diligente, y uno de los
primeros millonarios de Norteamrica, siendo, adems, el padre del
colonizador de Nuevo Mjico, Juan de Oate. El 11 de junio de 1548,
algunos aos despus de la batalla de Mixtn, descubri Oate las ms
ricas minas de plata del continente, las de Zacatecas, en la pelada y
desolada meseta donde se halla ahora la ciudad mejicana de aquel nombre.
Esas grandes venas de arseniato rub y negro y de plata virgen,
formaron los primeros millonarios de Norteamrica, as como la conquista
del Per, hizo los primeros del continente del sur. Las minas de
Zacatecas no eran tan vastas como las que se explotaron en Potos, de
Bolivia, las cuales produjeron, de 1541 a 1664, la inconcebible suma de
641.250,000 pesos en plata; pero las minas de Zacatecas tambin fueron
enormemente productivas. Su corriente de plata fu la primera
realizacin de los ensueos de vasta riqueza en el continente del norte,
y caus un prodigioso cambio comercial en esa parte del Nuevo Mundo. En
la localidad, el descubrimiento redujo el precio de las subsistencias
cerca de un noventa por ciento. Nunca fu Mjico un pas de mucho oro;
pero durante ms de tres siglos ha sido uno de los principales
productores de plata. Lo es an hoy da, si bien su produccin no es tan
crecida como la de los Estados Unidos.

Cristbal de Oate fu, por lo tanto, un hombre muy importante en la
obra del destino. Su bonanza hizo de Mjico un nuevo pas
comercialmente, y supo hacer de sus millones mejor uso que el que se
hace en nuestros das, pues se les emple en la construccin de dos de
las primeras ciudades de los Estados Unidos.




IX

EL VELLOCINO DE ORO


Todos sabemos de aquel extrao vellocino amarillo que, guardado por un
dragn, estaba colgado en el sombreado bosquecillo de Colcos, y de cmo
Jasn y sus argonautas ganaron el premio, despus de muchos peligros y
peripecias. Ahora bien; en nuestro propio Nuevo Mundo hemos tenido un
vellocino de oro ms deslumbrador que aquel que trat de ganar el
mitolgico pupilo del viejo Quirn, pero que nadie lleg a capturar, no
obstante haberlo probado hombres ms valientes que Jasn. Realmente hubo
centenares de Jasones que lucharon ms bravamente y sufrieron mucho
mayores contrariedades, y que, sin embargo, nunca llegaron a conseguir
el premio. Porque el dragn que guardaba el vellocino de oro americano
no era un quimrico perro faldero como el de Jasn, que se tragase una
pcima, y se echase a dormir; era un monstruo mayor que toda la tierra
en que vivan los argonautas y que todos los pases en que viajaron; un
monstruo que todava no ha logrado ningn hombre, ni toda la humanidad,
hacer desaparecer: el mortfero monstruo de los trpicos.

El mito de Jasn es uno de los ms hermosos de la antigedad, y hasta es
ms que bello. Empezamos ahora a comprender la importante influencia que
puede tener un cuento de hadas sobre conocimientos ms serios. Un mito
tiene siempre, en cierta parte, algn fundamento de verdad, y esa oculta
verdad puede ser de un valor perdurable. Estudiar la historia sin fijar
la atencin en los mitos que relata, es prescindir de una preciosa luz
auxiliar que puede iluminar determinados hechos. El progreso humano, en
casi todas sus fases, ha sentido la influencia de este raro pero
poderoso factor. Dnde imagina el lector que estara hoy la qumica, si
la piedra filosofal y otros mitos no hubiesen inducido a los viejos
alquimistas a escudriar los misterios, donde nunca hallaron lo que
buscaban, pero encontraron verdades de la mayor vala para la humanidad?
La geografa en particular, ha debido ms bien a los mitos que a la
invencin escolstica el llegar a ser una ciencia, y el mito de oro ha
sido en todo el mundo el profeta y la inspiracin de los descubrimientos
y el moldeador de la historia.

Nos hemos acostumbrado a considerar a los espaoles como los nicos que
iban en busca de oro, dando a entender que la caza del oro es una
especie de pecado y que ellos eran excesivamente propensos a cometerlo.
Pero no es ese un defecto propio exclusivamente de los espaoles; esa
aficin es comn a toda la humanidad. La nica diferencia est en que
los espaoles hallaron oro, lo que es un pecado bastante grande para
ciertos historiadores, incapaces de considerar _lo que hubieran hecho
los ingleses si hubiesen hallado oro en Amrica desde un principio_.

No creo que nadie niegue que, cuando se descubri oro en las partes ms
distantes de su tierra, el sajn tuvo piernas para llegar hasta ese
metal, y hasta adopt medidas que no eran del todo decorosas para
apoderarse de l; pero nadie es tan imbcil que hable de los das del
49 como de algo que nos deshonre. Hubo ciertamente algunos lamentables
episodios; pero, cuando California conmovi de pronto el continente,
haciendo llegar hasta ella la fuerza de los Estados del Este, abri uno
de los ms valientes, ms importantes y ms sealados captulos de
nuestra historia nacional. Porque el oro no es un pecado: es un artculo
muy necesario, y muy digno siempre que recordemos que es un medio y no
un fin, un instrumento y no un motivo de lucro; punto de sentido comn
econmico que solemos olvidar tan fcilmente en el centro burstil de
Nueva York como en las minas del Oeste.

A esta universal y perfectamente legtima aficin al oro, debemos
principalmente el que se descubriese la Amrica, como en realidad el
haber civilizado muchos otros pases.

La historia cientfica moderna ha demostrado plenamente cun disparatada
y errnea es la idea de que los espaoles tan slo buscaban oro, y nos
ensea de qu manera tan varonil satisfacan las necesidades del cuerpo
y del espritu. Pero el oro era para ellos, como sera hoy mismo para
otros hombres, el principal motivo. La gran diferencia est nicamente
en que el oro no les haca olvidar su religin. Fu un dedo de oro el
que gui a Coln hacia Amrica; a Corts, hacia Mjico; a Pizarro, hacia
el Per; de igual modo que nos gui a nosotros a California, sin lo cual
no hubiera sido hoy uno de nuestros Estados. El oro que se encontr al
principio en el Nuevo Mundo era desgraciadamente poco: antes de la
conquista de Mjico slo ascendi a 500,000 pesos; Corts aument la
cantidad, y Pizarro la hizo subir a una cifra fabulosa y deslumbradora.
Pero lo ms curioso es que el oro que se encontr, no represent, en la
exploracin y civilizacin del Nuevo Mundo, un papel tan importante como
el que se buscaba en vano. El maravilloso mito que representa el
vellocino de oro americano, influy de un modo ms eficaz, en la
geografa y la historia, que las verdaderas e incalculables riquezas del
Per.

De este mito fascinador tiene la gente escaso conocimiento, aun cuando
una corruptela de su nombre anda en boca de todo el mundo. Hablando de
una regin muy rica solemos decir que es otro Eldorado o bien un
Eldorado, error indigno de personas cultas. El verdadero nombre es
Dorado, y El Dorado es una contraccin en espaol de el hombre
dorado, mito que ha dado origen a una serie de proezas, al lado de las
cuales son insignificantes las de Jasn y sus compaeros semidioses.

Como todos esos mitos, ste tuvo en realidad su fundamento. El
vellocino de Colcos era una imagen potica de las minas de oro del
Cucaso; pero realmente existi un hombre dorado. Su historia y los
sucesos a que di pie es un cuento de hadas que tiene la ventaja de ser
verdad. Es un tema sumamente complicado; pero, gracias a que Bandelier
ha descorrido por fin el velo que lo cubra, se puede ahora relatar esa
historia de un modo inteligible, como no se ha vulgarizado antes de
ahora.

Hace algunos aos se hall en una laguna de Siecha, en Nueva Granada, un
curioso y pequeo grupo de estatuas: era un trabajo tosco y antiguo de
los indios, y aun ms precioso por su inters etnolgico que por el
metal de que estaba hecho, que era oro puro. Este raro ejemplar, que
puede verse ahora en un museo de Berln, es una balsa de oro, sobre la
cual estn agrupadas diez figuritas de hombres del mismo metal.
Representa una extraa costumbre que en tiempos prehistricos era
peculiar de los indios de la aldea de Guatavit, en las montaas de
Nueva Granada. Esa costumbre era como sigue: En cierto da uno de los
jefes de la aldea untaba su cuerpo desnudo con una goma, y despus se
espolvoreaba de la cabeza a los pies con oro fino molido. Esa era el
hombre dorado. Entonces lo llevaban sus compaeros en una balsa hasta
el centro del lago que estaba cerca de la aldea, y saltando de la balsa
el hombre dorado, se lavaba su preciosa y extraa envoltura y la
dejaba hundirse hasta el fondo del lago. Esa prctica era un sacrificio
en provecho de la aldea. La tal costumbre ha quedado histricamente
comprobada; pero se haba abandonado ms de treinta aos antes de que se
enterasen de ella los europeos, esto es, los espaoles de Venezuela en
1527. Esa costumbre no haba sido abandonada voluntariamente por la
gente de Guatavit, sino que los belicosos indios Muysca de Bogot
pusieron fin a ella, bajando a dicha aldea y exterminando a casi todos
sus habitantes. Pero el sacrificio fu un hecho, y a tan enorme
distancia y en aquellos das precarios, los espaoles supieron de esa
costumbre como si todava se practicase. La historia del hombre
dorado, que por contraccin se deca eldorado, era demasiado
sorprendente para no causar impresin. Lleg a ser una palabra familiar,
y desde entonces un seuelo para cuantos se acercaban a la costa del
norte de la Amrica del Sur. Nos extraar que la tal conseja (que ya se
haba convertido en un mito en 1527, desde que cesara la costumbre que
le di pie), pudiese subsistir durante 250 aos sin que se refutase por
completo; pero no nos sorprender tanto si tenemos en cuenta que la
Amrica del Sur era entonces un dificultoso y vasto desierto y que aun
hoy contiene muchos misterios que no han sido explorados.

Las primeras tentativas de llegar hasta el hombre dorado, se hicieron
desde la costa de Venezuela. Carlos I de Espaa y V de Alemania, haba
empeado la costa de aquella posesin espaola a la opulenta familia
bvara de los Welsers, concedindoles el derecho de colonizar y
descubrir el interior. En 1529, Ambrosio Dalfinger y Bartolom Seyler
desembarcaron en Coro (Venezuela) con 400 hombres. La historia del
hombre dorado era ya cosa corriente entre los espaoles, y atrado por
ella, Dalfinger se fu tierra adentro para encontrarlo. Era atrozmente
cruel, y su expedicin fu nada menos que una absoluta piratera.
Penetr hasta el ro Magdalena, en Nueva Granada, esparciendo la muerte
y la devastacin por donde quiera que pasaba. Encontr algn oro; pero
su brutalidad hacia los indios fu tan grande y contrastaba de tal modo
con el trato que estaban acostumbrados a recibir de los espaoles, que
los indgenas, exasperados, se rebelaron, y la marcha de aquel nombre no
fu otra cosa que una continua lucha, que dur ms de un ao. El mal
estaba en que los Welsers no tenan ms empeo que encontrar tesoros
para reintegrarse del dinero que haban desembolsado, y no sentan el
verdadero espritu colonizador y cristianizador de los espaoles.
Dalfinger no pudo hallar el hombre dorado, y muri en 1530 de resultas
de una herida que recibi durante la nefanda expedicin.

Su sucesor en el mando de los intereses de los Welsers, Nicols
Federmann, no fu mucho mejor como hombre, ni tuvo mejor fortuna como
explorador. En 1530 march tierra adentro para descubrir el Dorado; pero
desde Coro se dirigi en derechura hacia el Sur, as que no pas por
Nueva Granada. Despus de una terrible marcha por las selvas tropicales,
tuvo que volverse con las manos vacas, en el ao 1531.

Desde este punto empieza a derivar, cronolgicamente, una de las
curiosas ramificaciones y variaciones de este fecundo mito. Fu al
principio un hecho, durante treinta aos una fbula, y ahora, despus de
tres aos, comenz a ser un errante fuego fatuo, que saltaba de un punto
a otro y poco a poco se iba enredando con otros mitos. La primera
variacin data de la tentativa para descubrir el origen del Orinoco, ese
gran ro que se supona que slo poda emanar de algn gran lago. En
1530, Antonio Sedeo sali de Espaa con una expedicin para explorar el
Orinoco. Lleg al Golfo de Paria y construy un fuerte, con intencin de
continuar desde all sus exploraciones. Mientras pona su proyecto en
obra, Diego de Ordaz, antiguo camarada de Corts, haba obtenido en
Espaa una concesin para colonizar el distrito que se llamaba entonces
Maran, y era un territorio vagamente definido, que comprenda
Venezuela, Guayana y el norte del Brasil. Sali de Espaa en 1531, lleg
al Orinoco y se remont por el ro hasta las cataratas. Entonces tuvo
que volverse, despus de dos aos de tratar en vano de vencer todos los
obstculos que se le presentaron. Pero en esta expedicin oy decir que
el Orinoco tena su origen en un gran lago, y que el camino que a ese
lago conduca, pasaba por una provincia llamada Meta que, segn se
deca, era fabulosamente rica en oro. Segn el historiador Bandelier,
que es autoridad en la materia, no cabe duda que la riqueza que se
atribua a Meta era slo un eco del cuento del Dorado, que haba llegado
hasta las tribus del bajo Orinoco.

A Ordaz le sigui en 1534 Jernimo Dortal, el cual intent llegar a
Meta, pero fracas por completo. Estas tentativas realizadas desde
Venezuela, segn demuestra Bandelier, localizaron por fin el sitio del
Dorado, limitndolo a la parte noroeste del continente. Se le haba
buscado en otros puntos sin encontrarlo, y de ah se dedujo que deba de
estar en el nico sitio no explorado: la elevada meseta de Nueva
Granada.

Despus de muchas infortunadas tentativas, que no es del caso relatar
aqu, Gonzalo Ximnez de Quesada conquist por fin la meseta de Nueva
Granada, en 1536-38. Este bravo soldado subi por el ro Magdalena con
una fuerza de seiscientos veinte infantes y ochenta y cinco jinetes. De
stos, slo llegaron vivos a la meseta ciento ochenta, al principio del
ao 1537. Se encontr con los indios Muysca, que vivan en aldeas
permanentes y posean oro y esmeraldas. Le resistieron con su
caracterstica tenacidad; pero las tribus fueron vencidas una tras otra,
y Quesada fu el conquistador de Nueva Granada.

El botn que se repartieron los conquistadores ascendi a 246,976 _pesos
de oro_--que valdran ahora 1.250,000 duros,--y 1,815 esmeraldas,
algunas de gran tamao y de mucho valor. Hallaron el verdadero sitio del
hombre dorado, y hasta visitaron Guatavit, cuyos habitantes opusieron
una feroz resistencia; pero claro est que no hallaron al hombre,
porque ya haba desaparecido la famosa costumbre.

Apenas haba Quesada completado su gran conquista, cuando le sorprendi
la llegada de otras dos expediciones espaolas, que fueron atradas al
mismo sitio por el mito del Dorado.

Diriga una de ellas Federmann, el cual haba penetrado en Bogot desde
la costa de Venezuela en aquella su segunda expedicin, que fu una
marcha terrible. Al mismo tiempo, y sin saberlo el uno del otro,
Sebastin de Belalczar haba salido de Quito en busca del hombre
dorado. El cuento del cacique cubierto de oro haba llegado hasta el
corazn del Ecuador, y los relatos de los indios indujeron a Belalczar
a ir en busca del sitio en que se hallaba. Los tres jefes hicieron un
convenio en virtud del cual Quesada qued nico dueo del pas que haba
conquistado, y Federmann y Belalczar regresaron a sus puestos
respectivos.

Mientras Federmann andaba a la caza del mito, un sucesor suyo haba ya
llegado a Coro. Era el intrpido alemn conocido por George de Speyer,
pero cuyo verdadero nombre, descubierto por Bandelier, era George
Hormuth. Al llegar a Coro, en 1535, no solamente oy hablar del Dorado,
sino tambin de que haba carneros domesticados hacia el sudoeste, esto
es, en direccin del Per. Siguiendo estas vagas indicaciones, sali con
aquel rumbo; pero tropez con tan enormes dificultades para llegar al
paso de la montaa que le dijeron los indios que conduca a la tierra
del Dorado, que se desvi hacia las vastas y terribles selvas tropicales
del alto Orinoco. All oy hablar de Meta, y siguiendo aquel mito,
penetr hasta un grado del Ecuador. Durante veintisiete meses l y sus
acompaantes espaoles anduvieron errabundos por la enmaraada y
pantanosa manigua que hay entre el Orinoco y el ro Amazonas. Tropezaron
con muy numerosas y belicosas tribus, de las cuales la ms notable era
la de los Uaupes. No hallaron oro; pero en todas partes oyeron contar la
fbula de un gran lago relacionado con el oro. De los ciento noventa
hombres que salieron en esta expedicin, slo regresaron ciento treinta,
y de stos slo unos cincuenta tenan fuerzas para llevar armas. Tan
indescriptible y penoso viaje dur tres aos. El resultado de sus
horrores, fu desviar la atencin de los exploradores del verdadero
sitio del Dorado y encaminarles hacia las selvas del ro Amazonas, en la
empresa quimrica de buscar un mito que tena mucho de geogrfico. En
otras palabras, prepar la exploracin de la parte norte del Brasil.

Poco despus de George de Speyer, y sin tener la menor relacin con
l, Francisco Pizarro, conquistador del Per, haba dado impulso a la
exploracin del Amazonas desde el lado Pacfico del continente. En 1538,
desconfiando de Belalczar, envi a su hermano Gonzalo Pizarro a Quito,
para reemplazar a su sospechoso teniente. Al siguiente ao, Gonzalo supo
que el rbol de la canela abundaba en los bosques de la vertiente
oriental de los Andes, y que todava ms lejos moraban poderosas tribus
indias ricas en oro. Quiere decir que, mientras el mito original y
verdadero del Dorado haba llegado a Quito desde el norte, el mito de
Meta, que era un eco de aqul, haba llegado tambin all desde el este.
Puesto que Belalczar haba ido al antiguo y verdadero lugar del Dorado,
y no haba encontrado a ese individuo, se supona que su domicilio deba
hallarse en algn otro punto, es decir, al este, en vez del norte, de
Quito. Gonzalo emprendi su desastrosa expedicin a las selvas
orientales con doscientos veinte hombres. En los dos aos que dur la
tremebunda jornada, perecieron todos los caballos, como tambin sus
compaeros indios, y los pocos espaoles que llegaron vivos al Per, en
1541, tenan la salud completamente quebrantada. Se encontr el rbol de
la canela; pero no el hombre dorado. Uno de los tenientes de Gonzalo,
Francisco de Orellana, habase adelantado por la parte superior del
Amazonas, con cincuenta hombres, en un bote desvencijado. No pudieron
los dos grupos volver a juntarse, y Orellana finalmente se dej
arrastrar por la corriente hasta la desembocadura del Amazonas, en medio
de indecibles sufrimientos. Flotando mar adentro en el Atlntico,
llegaron por ltimo a la isla de Cubagua, el 11 de septiembre de 1541.
Esta expedicin fu la primera que trajo al mundo informes fidedignos
respecto del tamao y naturaleza del mayor ro de la tierra, y tambin
di a dicho ro el nombre que hoy lleva. Encontraron tribus indias cuyas
mujeres luchaban al lado de los hombres, y por esta razn le llamaron
ro de las Amazonas.

En 1543, Hernn Prez Quesada, hermano del conquistador, penetr en las
regiones que haba visitado George de Speyer. Fu all desde Bogot,
por haber odo tergiversado el mito de Meta; pero slo encontr miseria,
hambre, enfermedades e indgenas hostiles en los diez y seis terribles
meses que anduvo errante por el desierto.

Entre tanto se haban convencido en Espaa de que la concesin de
Venezuela a los prestamistas alemanes era un fracaso. El rgimen de los
Welsers slo dao causaba. No obstante, se resolvi hacer el ltimo
esfuerzo, y Philip Von Hutten, joven y valiente caballero alemn, sali
de Coro, en agosto de 1541, a la caza del mito de oro, el cual por aquel
tiempo haba llegado ya hasta el sur de las Amazonas. Durante diez y
ocho meses anduvo vagando en un crculo, y entonces, oyendo decir que
haba una tribu poderosa y rica en oro, llamada de los Omaguas, se lanz
hacia el sur, cruzando el Ecuador con su fuerza de cuarenta hombres.
Encontr a los Omaguas; fu derrotado por ellos y herido, y al fin pudo
llegar a Venezuela despus de pasar por muchos sufrimientos durante ms
de tres aos en las ms impenetrables selvas y los dilatados pantanos de
los trpicos. A su regreso fu asesinado, y as termin la dominacin
alemana en Venezuela.

El hecho de que los Omaguas pudieran derrotar a una compaa espaola en
batalla a campo abierto, di a aquella tribu una gran reputacin. Siendo
tan fuertes en nmero y en valenta, era natural suponer que tambin
fuesen ricos en metales, aun cuando no se haba visto de ello muestra
alguna.

Arrojado de su cuna, el mito del hombre dorado, se haba convertido en
un fantasma errante. Habase perdido de vista su primitiva forma, y de
un hombre dorado se haba transformado, poco a poco, en una tribu de
oro. Se confundieron y combinaron el Dorado y Meta, siguiendo el curioso
pero caracterstico curso de los mitos. Primero, un hecho notable;
despus el relato de un hecho que ha dejado de existir; luego, el eco
lejano de ese cuento enteramente despojado de los hechos fundamentales
y, por ltimo, un enredo y maraa general del hecho; la leyenda y el eco
formando un nuevo mito, difcil de reconocer.

Este mito vagabundo y variable atrajo poderosamente la atencin, en
1550, en la provincia del Per. En aquel ao varios centenares de indios
de la regin central del Amazonas, esto es, del corazn del norte del
Brasil, se refugiaron en las colonias espaolas de la parte oriental del
Per. Haban sido arrojados de sus habitaciones por la hostilidad de las
tribus vecinas, y no llegaron al Per sino despus de muchos aos de
penosas y azarosas marchas.

Dieron noticias exageradas de la riqueza e importancia de los Omaguas, y
esos cuentos fueron credos con avidez. Sin embargo, no estaba entonces
el Per en condiciones de emprender una nueva conquista, y slo diez
aos despus de la llegada de aquellos indios refugiados, se dieron
algunos pasos acerca de este asunto. El primer virrey del Per, el bueno
y gran Antonio de Mendoza, que del virreinato de Mjico haba sido
ascendido a esta ms alta dignidad, vi en aquellas noticias la
oportunidad de tomar una sabia medida. Haba librado a Mjico de unos
cuantos centenares de hombres levantiscos que eran una amenaza para el
buen gobierno, envindolos a la caza del ureo fantasma de Quivira,
aquella notable expedicin de Coronado que fu tan importante para la
historia de los Estados Unidos. Entonces hall en su nueva provincia un
peligro anlogo pero mucho peor, y para librar al Per de gente maleante
y peligrosa, Mendoza organiz la famosa expedicin de Pedro de Ursua.
Fu el cuerpo ms numeroso que se reuni en la Amrica del Sur para una
empresa de esta clase en el siglo XVI; pero se compona de los peores y
ms feroces elementos que jams hubo en las colonias espaolas. Las
fuerzas de Ursua se concentraron en las mrgenes del alto Amazonas, y el
da 1. de julio, el primer bergantn zarp y tom ro abajo. El cuerpo
principal de la expedicin sigui en otros bergantines el 26 de
septiembre.

Era aquella regin una inmensa selva tropical, enteramente desierta.
Pronto se hizo evidente que sus esperanzas de oro nunca llegaran a
realizarse, y empez el descontento a manifestarse de un modo
sangriento. En aquella turba de malhechores que virtualmente haba
desterrado el sabio virrey para purificar el Per, no era de esperar que
reinase la armona. No hallndose ya diseminados entre buenos ciudadanos
que pudiesen reprimir sus desmanes, sino unidos en descarada pillera,
no tardaron, con su conducta, en reproducir la fbula de los gatos de
Kilkenny[13]. Su viaje fu una orga imposible de describir.

Entre aquellos pillastres haba uno de condicin peculiar; un sujeto
deforme, pero muy ambicioso, el cual tena motivos para no desear volver
al Per. Llambase Lope de Aguirre. Viendo que el objeto de la
expedicin no poda menos de fracasar, empez a formar un plan
diablico. Si no podan hallar oro de la manera que esperaban, por qu
no buscarlo de otro modo? En una palabra, concibi el plan audaz de
hacer traicin a Espaa y a todos y fundar un nuevo imperio. Para
llevarlo a cabo comprendi que era necesario deshacerse de los jefes de
la expedicin, los cuales podran tener escrpulos de ser traidores a su
patria. As, mientras los bergantines flotaban ro abajo, fueron teatro
de una serie de atroces tragedias. Primero fu asesinado el comandante
Ursua, y en su lugar pusieron a un joven noble, muy disoluto, llamado
Fernando de Guzmn. En el acto fu elevado a la dignidad de prncipe, y
ese fu el primer paso de su manifiesta traicin.

Luego fu asesinado Guzmn, como tambin la infame Ins de Atienza,
mujer que tom parte vergonzosa en aquella trama, y el jorobado Aguirre
se hizo jefe y tirano. Patentizse su traicin, y desde aquel momento
mand la expedicin, no como oficial espaol, sino como rebelde y
pirata. Mientras haca rumbo al Atlntico, traz planes de espantosa
magnitud y audacia. Proyect navegar hasta el Golfo de Mjico,
desembarcar en el istmo, apoderarse de Panam y de all navegar hasta el
Per, en donde dara muerte a todos los que se le opusiesen y
establecera un imperio bajo su dominio.

Pero un curioso accidente desbarat todos sus planes. En vez de llegar a
la desembocadura del Amazonas, la flotilla deriv hacia la izquierda,
internndose en sus labernticas revueltas, y fueron a parar al ro
Negro. Las lentas corrientes les impidieron descubrir su error, y
siguiendo adelante hasta el Casiquiare, y desde all penetraron en el
Orinoco. El da 1. de julio de 1561 (un ao justo estuvieron navegando
por el laberinto y todos los das se sealaron con asesinatos a diestro
y siniestro), los malvados llegaron al Ocano Atlntico, pero por la
desembocadura del Orinoco, y no, como ellos esperaban, por la del
Amazonas. Diez y siete das despus avistaron la isla de Margarita,
donde haba un puesto espaol. A traicin se apoderaron de la isla y
proclamaron su independencia de Espaa.

Con este acto se provey Aguirre de dinero y de algunas municiones; pero
le faltaban buques para hacer un viaje por mar. Trat de apoderarse de
un gran bajel que conduca a Venezuela al provincial Montesinos,
misionero dominico; pero su traicin se vi frustrada, y se di la
alarma al continente. Furioso por su fracaso aquel monstruo descuartiz
a los oficiales reales de Margarita. Se desconcert as su plan de
llegar a Panam; pero al fin logr apresar un buque ms pequeo, con el
cual pudo desembarcar en la costa de Venezuela, en el mes de agosto de
1561. Su correra por el continente dej una estela de crmenes y de
rapia. La gente, atacada por sorpresa y no pudiendo oponer una
resistencia inmediata a aquel malvado, hua cuando l se acercaba. Las
autoridades enviaron a pedir ayuda hasta Nueva Granada, y toda la parte
norte de la Amrica del Sur estaba aterrorizada.

Aguirre continu sin oposicin hasta llegar a Barquisimeto. Hall aquel
pueblo desierto; pero pronto lleg el edecn Diego de Paredes, con una
fuerza leal que haba reunido precipitadamente. Al mismo tiempo,
Quesada, conquistador de Nueva Granada, se apresuraba a marchar contra
el traidor con cuantas fuerzas poda allegar. Aguirre se hall sitiado
en Barquisimeto, y sus parciales empezaron a desertar. Finalmente,
vindose casi solo, Aguirre mat a su hija (que haba participado en
todas aquellas terribles correras) y se rindi. El comandante espaol
no quera ejecutar al architraidor; pero los mismos secuaces de Aguirre
insistieron en que se le diese muerte, y lo lograron.

Hicironse posteriormente otras muchas tentativas para descubrir el
hombre dorado, pero fueron de poca importancia, excepto la que realiz
Sir Walter Raleigh en 1595. Solamente lleg hasta el Salto Coroni, es
decir, que no pudo llevar a cabo una empresa tan grande siquiera como la
de Ordaz; pero volvi a Inglaterra con estupendos relatos de un gran
lago interior y de ricas naciones. Haba confundido la leyenda del
Dorado con noticias de los Incas del Per, lo cual prueba que los
espaoles no eran los nicos que comulgaban con ruedas de molino. A la
verdad, tanto los exploradores ingleses como los de otras naciones,
fueron igualmente crdulos y sintieron la propia ansia de llegar hasta
el oro fabuloso. El mito del gran lago, el lago de Parime, fu
absorbiendo gradualmente el mito del hombre dorado. La tradicin
histrica se fundi y perdi en la fbula geogrfica. Unicamente en las
selvas orientales del Per reapareci el Dorado al principio del siglo
XVIII; pero como una ficcin tergiversada y sin fundamento. Mas el lago
Parime permaneci en los mapas y en las descripciones geogrficas. Es
una curiosa coincidencia que donde se crea existan las tribus de oro
de Meta, se hayan descubierto recientemente las minas de oro de Guayana,
que han sido motivo de disputa entre Inglaterra y Venezuela. Es cierto
que Meta era tan slo un mito; pero hasta ese mito fu de utilidad.

La fbula del lago de Parime, el cual por mucho tiempo se crey que era
un gran lago que tena detrs grandes cordilleras de montaas de plata,
la desbarat por completo Humboldt a principios del siglo XIX. Demostr
que no haba tal gran lago, ni tales montaas de plata. Las anchas
sabanas del Orinoco, cuando se inundaban en la estacin de las lluvias,
se crey que eran un lago, y el fondo de plata era sencillamente el
reflejo de los rayos solares en los picos de roca miccea.

Con las investigaciones de Humboldt desapareci la ms curiosa y
fantstica leyenda de la Historia. Ningn otro mito o tradicin de la
Amrica del Norte o de la del Sur lleg a ejercer tan poderosa
influencia en el curso de los descubrimientos geogrficos; ningn otro
puso a prueba el esfuerzo humano de un modo tan pasmoso, y ninguno
ilustr con tanta brillantez la incomparable tenacidad y la abnegacin
inherentes al carcter espaol. Para la mayora de nosotros es una nueva
pero una verdadera y comprobada leccin, que esa nacin meridional, ms
impulsiva e impetuosa que las del norte, era tambin ms paciente y ms
sufrida.

Muri el mito; pero no haba existido en vano. Antes de que fuese
desmentido, haba dado pie a la exploracin del Amazonas, del Orinoco,
de toda la parte del Brasil situada al norte del Amazonas, de toda
Venezuela, de toda Nueva Granada y del este del Ecuador. Una mirada al
mapa nos revelar lo que esto significa; y es que el hombre dorado
hizo que conociese el mundo la geografa de la Amrica del Sur que se
extiende al norte de la lnea ecuatorial.




III

Exploradores ejemplares




I

EL PORQUERIZO DE TRUJILLO


All por los aos de 1471 a 1478 (no estamos seguros de la fecha
exacta), naci un infortunado chico en la ciudad de Trujillo, provincia
de Extremadura (Espaa). Era hijo ilegtimo del coronel Gonzalo Pizarro,
el cual se haba distinguido en las guerras de Italia y de Navarra. Pero
su parentesco no le fu de provecho alguno. El nio bastardo nunca tuvo
hogar; hasta se dice que fu abandonado como expsito en el atrio de una
iglesia. Creci y se hizo hombre en la ignorancia y la pobreza ms
abyecta, sin escuela y sin que nadie cuidase de l, y teniendo que
procurarse por s solo la subsistencia. Unicamente poda dedicarse a las
ms bajas faenas; pero parece que en ellas pona sus cinco sentidos.
Cmo los muchachos de la vecindad se hubieran redo y mofado si alguien
les hubiese dicho: Ese rapaz sucio y harapiento que guarda puercos en
los encinares de Extremadura, ser un da un grande hombre, en un nuevo
mundo que nadie ha visto todava; ser un soldado ms famoso que nuestro
Gran Capitn, y repartir ms oro que el Rey, nuestro Seor! Y no
hubiese podido reprochrseles sus burlas. El hombre ms sabio de Europa
en aquella poca tampoco habra dado crdito a tal profeca; porque, a
la verdad, era la cosa ms improbable del mundo.

Pero el mozuelo que saba guardar fielmente los puercos cuando no haba
cosa mejor que hacer, poda dedicarse a cosas ms grandes cuando stas
se le ofrecan, y salir igualmente airoso de ellas. Afortunadamente para
l, surgi muy a tiempo el Nuevo Mundo. A no ser por Coln, hubiera sido
hasta su muerte un porquerizo, y hubiese perdido la Historia una de sus
ms gallardas figuras, as como otras muchas a quienes el aventurero
genovs abri las puertas de la inmortalidad. Para miles de hombres tan
incomprendidos por s mismos como por los dems, no haba entonces en la
vida sino una abyecta obscuridad en la atestada, ignorante y empobrecida
Europa. Cuando Espaa hall de repente nuevas tierras allende los mares,
caus el hecho un despertar de la humanidad como no se haba visto ni
volver a verse nunca. Se hall, literalmente hablando, un nuevo mundo,
y con ello se cre casi una nueva gente. No slo se aprovecharon de tan
maravillosa novedad los grandes hombres y los de preclaro ingenio; el
ms pobre e ignorante poda entonces elevarse y crecer hasta desarrollar
toda la estatura del hombre que dentro de l haba. Fu, en realidad, el
gran principio de la libertad del hombre; la primera apertura de la
puerta de la igualdad; la primera semilla de las naciones libres como la
nuestra. El Viejo Mundo era el campo de los ricos y los favorecidos;
pero Amrica era ya lo que tiene el orgullo de ser hoy: la gran
oportunidad para el pobre. Y es un hecho muy notable que casi todos los
que se hicieron una gran nombrada en Amrica, fueron no los grandes que
a ella vinieron, sino los hombres obscuros que aqu se aquistaron la
admiracin de un mundo que antes ni siquiera conoca su nombre. De todos
stos y de todos los otros, fu Pizarro el ms grande explorador. El
engrandecimiento del mismo Napolen no fu un triunfo tan sorprendente
de la fuerza de voluntad y del genio sobre todos los obstculos, ni
moralmente ms digno de alabanza.

No sabemos en qu ao Francisco Pizarro, el porquerizo de Trujillo,
lleg a Amrica; pero s que empez a ser hombre de importancia en 1510.
En dicho ao se hallaba ya en la isla Espaola y acompa a Ojeda en su
desastrosa expedicin a Urab en el continente. All se mostr tan
valeroso y prudente, que Ojeda le dej encargado de la malhadada colonia
de San Sebastin mientras l regresaba a la Espaola en busca de
auxilios. Esta primera responsabilidad que recay sobre Pizarro, estaba
preada de peligros y sufrimientos; pero nuestro ex porquerizo se
mantuvo a la altura de la situacin, y comenz a desarrollarse en l
aquel raro y paciente herosmo que ms tarde deba sostenerle durante
los aos ms terribles que haya vivido conquistador alguno. Dos meses
estuvo esperando en aquel sitio mortfero, hasta que perecieron tantos,
que los sobrevivientes pudieron al fin salvarse apretujndose en el
nico bote que tenan.

Entonces Pizarro se uni con Balboa y particip de aquella penosa marcha
a travs del istmo y del brillante honor del descubrimiento del
Pacfico. Cuando la intrpida carrera de Balboa tuvo un fin repentino y
sangriento, Pizarro pas al mando de Pedro Arias Dvila, el cual le
envi a varias expediciones de poca importancia. En 1515 cruz de nuevo
el istmo, y probablemente oy hablar de un modo vago del Per. Pero no
tena dinero ni influencia para lanzarse por s solo a una aventura.
Acompa al gobernador Dvila cuando ste se traslad a Panam y se
acredit en varias pequeas expediciones. Pero a la edad de cincuenta
aos era todava pobre y desconocido; no era ms que un humilde
ranchero que viva cerca de Panam. En aquel pestilente y despoblado
istmo, pocas oportunidades se le ofrecan para resarcirse de la prdida
de su juventud. No haba aprendido a leer ni a escribir y, la verdad sea
dicha, eso nunca lleg a aprenderlo; pero es evidente que haba
aprendido cosas ms importantes, y haba desarrollado una virilidad que
poda servirle para hacer frente a cualquier contingencia.

En 1522, Pascual de Andagoya hizo un pequeo viaje desde Panam por la
costa del Pacfico; pero no fu ms all de donde haba llegado Balboa
algunos aos antes. Su fracaso, sin embargo, llam de nuevo la atencin
hacia los pases desconocidos situados ms al sur, y Pizarro arda en
deseos de explorarlos. La mente del hombre que haba sido porquerizo fu
la nica que supo comprender la importancia de aquellas regiones que
esperaban ser descubiertas; su valor, el nico que poda afrontar los
obstculos que para lograrlo existan. Al fin hall dos hombres prestos
a escuchar sus planes y a ayudarle a realizarlos. Estos fueron Diego de
Almagro y Hernando de Luque. Almagro era un soldado de fortuna, un
expsito como Pizarro, pero mejor educado y de alguna ms edad.
Fsicamente era un hombre valeroso, aunque no tena el elevado valor
moral ni la influencia moral de Pizarro. Era, por todos conceptos, un
hombre de ms baja estofa; ms bien lo que poda esperarse de ambos por
su nacimiento, que no ese carcter fenomenal del hombre que demostr
hallarse tan en su centro en las cortes y las conquistas, como guardando
cerdos en su tierra. No slo poda Pizarro acomodarse fcilmente a
cualquier rango de fortuna, sino que en l no hacan mella ni el poder
ni la pobreza. Era hombre de rectos principios, esclavo de su palabra,
inflexible, heroico, y no obstante prudente y humanitario, generoso,
justo y siempre leal; cualidades todas en que muy por debajo de l
estaba Almagro.

Luque era un sacerdote, vicario en Panam. Era un hombre sabio y bueno,
a quien mucho debieron los dos soldados. Slo tenan stos gran valor y
fuertes brazos para la expedicin, y l tuvo que aprontar los medios.
Hzolo con dinero que obtuvo del licenciado Espinosa, jurisconsulto. Era
necesario, como en todas las provincias espaolas, el consentimiento del
gobernador, y aunque Dvila no pareca aprobar la expedicin, se obtuvo
su permiso con la promesa de darle una participacin en los beneficios,
aun cuando no tena que contribuir a los gastos. Se le di el mando a
Pizarro, y salieron en noviembre de 1524, con un centenar de hombres.
Almagro se qued para seguirles tan pronto como pudiera, con la
esperanza de reclutar ms gente en la pequea colonia.

Despus de costear alguna distancia hacia el sur, Pizarro hizo un
desembarco. Era aquel un sitio inhospitalario. Los exploradores se
hallaron en un inmenso pantano tropical, donde era imposible avanzar a
causa de las cinagas y de la espesa manigua. Los miasmas que emanaban
de aquel cenagal, eran un enemigo cruel e intangible. Nubes de venenosos
insectos se cernan sobre ellos. Pensar que las moscas sean un peligro
para la vida parecer extrao a los que slo conocen las zonas templadas
pero en algunas partes de los trpicos hay insectos ms terribles que
los lobos. Desde la marisma, los espaoles, exhaustos, lograron
difcilmente abrirse paso hasta unos montes, cuyas aguzadas rocas (que
probablemente eran de lava) les cortaban los pies hasta los huesos. Y
nada encontraron para consolarles y alentarles; todo era un desierto sin
aliciente alguno. Con trabajo retrocedieron hasta su tosco bergantn,
aplanados bajo un sol tropical, y se embarcaron de nuevo.
Aprovisionndose de agua y de madera, continuaron su rumbo hacia el sur.
Entonces sobrevinieron fuertes tormentas que duraron diez das. Lanzado
de una a otra parte por las olas, su desvencijado barco estuvo a punto
de hacerse pedazos. Escase el agua, y en cuanto a alimento, tuvieron
que contentarse con dos mazorcas de maz diarias cada uno. Tan pronto
como el tiempo se lo permiti, procuraron desembarcar, pero se hallaron
de nuevo en una selva tupida e impenetrable. Aquellas extraas, inmensas
selvas de los trpicos (selvas tan grandes como toda Europa), son la
parte ms ingrata de la Naturaleza: el inmenso mar y las desiertas
llanuras no son tan solitarias ni tan mortferas como ellas. Arboles
gigantescos, algunos de ellos de mucho ms de cien pies de
circunferencia, crecen apiados y altsimos, sumidos en eterna
lobreguez, enlazados sus enormes troncos con espesas enredaderas de tal
modo que forman, no ya un bosque, sino una impenetrable muralla. Para
dar un paso hay que abrirse camino con el hacha. Grandes y repugnantes
serpientes y enormes saurios viven all, y en aquel aire caliente y
hmedo se esconde un enemigo ms mortal que la boa, el caimn o la
vbora: la pestilencia tropical.

No eran canijos aquellos hombres; pero en tan terribles desiertos pronto
perdieron toda esperanza. Empezaron a maldecir a Pizarro por haberles
llevado a tan miserable muerte, y clamoreaban porque les volviese a
Panam. Pero eso slo serva para contrastar la diferencia que haba
entre hombres que eran valerosos fsicamente y un hombre de valor moral
como Pizarro. No tuvo ste la menor idea de abandonar la empresa; sin
embargo, como sus hombres estaban dispuestos a amotinarse, era preciso
hacer algo, y tuvo una idea brillante; uno de los primeros chispazos de
aquel genio que se desarroll de modo tan notable ante el peligro y la
necesidad. Alentaba a sus subordinados mientras trataba de desbaratar su
motn. Encarg a Montenegro, uno de sus oficiales, que se fuese en el
bergantn con la mitad del pequeo ejrcito a la Isla de las Perlas en
busca de provisiones. Esto fu parte a que no se abandonase la
expedicin. Pizarro y sus cincuenta hombres no podan volverse a Panam,
porque no tenan buque; y Montenegro y sus acompaantes no podan dejar
de volver con algunos auxilios. Pero fu muy doloroso aquel comps de
espera. Durante seis semanas, aquellos famlicos espaoles anduvieron
perdidos por la cinaga, cuya salida no podan hallar. No encontraban
all alimento alguno, excepto los mariscos que recogan y algunas bayas,
entre las cuales las haba venenosas y que causaban muchos dolores a los
que las coman. Pizarro participaba de las penalidades de sus hombres
con bondadosa abnegacin, compartiendo alimentos con el ms pobre
soldado y trabajando como los dems, siempre animndoles con el ejemplo
y con sus buenas palabras. Ms de veinte hombres, casi la mitad de aquel
grupo, murieron a consecuencia de sus privaciones, y los que
sobrevivieron perdieron toda esperanza, excepto el esforzado jefe.
Cuando estaban ya a punto de desfallecer, una luz lejana que vieron
brillar a travs de la selva les di valor, y abrindose camino hacia
ella, llegaron por fin a un campo abierto donde haba una aldea india,
cuyas provisiones de maz y de cocos salvaron a los extenuados
espaoles. Tenan aquellos indios unos cuantos toscos adornos de oro y
dijeron que hacia el sur haba un pas muy rico en este metal.

Por fin, Montenegro regres con su buque y algunas provisiones al puerto
del Hambre, como le llamaron los espaoles. Tambin l haba sufrido
mucho a causa de las tormentas, que le retrasaron en su viaje. Unidos
los dos grupos, navegaron hacia el sur y pronto llegaron a una costa ms
abierta, donde encontraron otra aldea de indios. Los habitantes haban
huido; pero los exploradores hallaron alimentos y algunos ornamentos de
oro. Quedaron horrorizados, sin embargo, al descubrir que se hallaban
entre canbales, puesto que vieron piernas y brazos humanos que se
estaban asando en las hogueras. Determinaron hacerse a la mar en medio
de una tormenta, antes que quedarse en un lugar tan repulsivo. Al llegar
a un promontorio, que bautizaron con el nombre de Punta Quemada,
tuvieron que desembarcar de nuevo, porque su pobre barco estaba tan
quebrantado que haba peligro de que se fuese a pique. Mientras Pizarro
acampaba en una ranchera abandonada, envi a Montenegro con una pequea
fuerza a hacer exploraciones tierra adentro. Haba penetrado el teniente
unas cuantas millas, cuando cay en una emboscada que le tendieron los
indgenas, y tres de sus hombres fueron muertos. Los espaoles no tenan
ni siquiera mosquetes; pero con espada y ballesta lucharon
desesperadamente y por fin rechazaron a sus atezados enemigos. Los
indios, viendo all frustrado su propsito, regresaron a marchas
forzadas a su aldea, y por serles familiares las veredas llegaron antes
que Montenegro y le atacaron sbitamente. Pizarro, con su pequea
fuerza, sali a su encuentro, y empez una lucha feroz, pero desigual.
Estaban los espaoles en gran minora, y su situacin era desesperada.
En la primera descarga de flechas del enemigo, Pizarro recibi _siete
heridas_, hecho que por s solo basta para demostrar la escasa ventaja
que la armadura de los espaoles les daba sobre los indios, mientras que
era una carga muy pesada bajo el calor de los trpicos y entre enemigos
tan giles. Los espaoles tuvieron que cejar, y al retroceder, Pizarro
resbal y cay. Los indios, reconociendo fcilmente que era el jefe,
dirigieron todos sus esfuerzos contra l, y varios de ellos se lanzaron
sobre el guerrero cado y ensangrentado, pero Pizarro se levant y
haciendo un supremo esfuerzo, tumb a dos de ellos y mantuvo a los otros
a distancia, hasta que vinieron sus hombres en su ayuda. Entonces acudi
Montenegro y atac por detrs a los indios, vindose pronto los
espaoles dueos del campo. Pero les haba costado muy caro, y el jefe
comprendi claramente que no poda permanecer en aquella tierra salvaje
con tan pequea fuerza. Pens, por lo tanto, en ir a buscar refuerzos.

Embarcse de nuevo para volver a Chicam, y permaneciendo all con la
mayora de sus hombres, cuidando de que no tuviesen ocasin de desertar,
envi a Nicols de Ribera, con el oro que haban recogido y un informe
detallado de sus hechos, al gobernador Dvila, de Panam.

Entre tanto, Almagro, despus de muchas demoras, haba salido de Panam
en otro buque y con sesenta hombres para seguir a Pizarro. Encontr la
pista por los rboles que Pizarro haba marcado en varios puntos, segn
lo convenido. Desembarc en Punta Quemada, y all le recibieron los
indios de un modo hostil. Llegaba Almagro con la sangre ardiente y carg
contra ellos con denuedo. En esa accin, una javelina de los indios le
produjo tan grave herida en la cabeza que, despus de unos das de
intenso sufrimiento, perdi uno de sus ojos. Pero, no obstante esa gran
desgracia, continu impertrrito su viaje. La gran resistencia fsica de
aquel hombre era su cualidad ms admirable. Poda arrostrar el peligro y
el dolor bravamente; pero pocos das despus demostr que careca de
valor moral. En el Ro San Juan, la soledad y la incertidumbre fueron
demasiado para Almagro, y se volvi hacia Panam. Afortunadamente supo
que su capitn estaba en Chicam, y all se junt con l. Pizarro no
pensaba en abandonar la empresa, y de tal modo influy en Almagro, el
cual slo necesitaba ser dirigido para estar pronto a cualquier hazaa,
que los dos se juraron solemnemente llegar hasta el fin de su viaje o
morir como hombres en la empresa. Pizarro le envi a Panam en busca de
auxilios, y l se qued alentando a sus hombres en el pestfero Chicam.

El gobernador Dvila, hombre nada emprendedor y poco dado a la
administracin, estaba a la sazn de muy mal humor para que le pidiesen
ayuda. Uno de sus subordinados en Nicaragua mereca ser castigado segn
l crea, y su fuerza no era suficiente para el caso. Se arrepenta
amargamente de haber permitido a Pizarro irse con cien hombres, que
ahora le seran muy tiles, y rehus ayudar a la expedicin y hasta
permitir que continuase. Luque, cuyo cargo y carcter le daban
influencia en la pequea colonia, finalmente persuadi al pusilnime
gobernador a que no estorbase la expedicin. Hasta en eso mostr Dvila
su codicia. Como precio de su consentimiento oficial, sin el cual no
poda hacerse el viaje, exigi el pago de mil pesos de oro, renunciando
todo su derecho a los beneficios de la expedicin, que estaba seguro que
seran casi nulos. Un peso de oro vala entonces mucho ms de lo que
vale ahora. En aquellos das era dicho metal mucho ms escaso que en la
actualidad, y, por consiguiente, era mayor su vala. Con un peso oro
poda entonces comprarse una cantidad de cosas cinco veces mayor que
ahora, de modo que lo que se llamaba un duro, y pesaba un duro, tena
realmente el valor de cinco duros. Por consiguiente, el dinero que
exiga Dvila como soborno, equivala a cinco mil duros.

Afortunadamente, por aquel tiempo Dvila fu substitudo por otro
gobernador de Panam, don Pedro de los Ros, el cual no puso obstculos
al gran proyecto. Con fecha 10 de marzo de 1526, hicieron un nuevo
contrato Pizarro, Almagro y Luque. El buen vicario haba hecho un
anticipo de cien mil pesos en barras de oro para la expedicin, y tena
que percibir una tercera parte de todos los beneficios. Pero en realidad
la mayor parte de ese dinero proceda del licenciado Espinosa, y por
medio de un contrato privado se estipul que la participacin que
corresponda a Luque se entregara al licenciado. Se compraron y
abastecieron con provisiones dos nuevos buques, mayores y mejores que el
estropeado bergantn que haba construdo Nez de Balboa. El pequeo
ejrcito se engros con reclutas hasta reunir 160 hombres, y tambin se
adquirieron unos cuantos caballos, quedando equipada y lista la segunda
expedicin.




II

EL HOMBRE IMPERTERRITO


Con una fuerza tan insuficiente, aunque mucho ms numerosa que antes,
Pizarro y Almagro se embarcaron de nuevo para llevar a cabo su peligrosa
empresa. El piloto era Bartolom Ruiz, valiente y leal andaluz y buen
marino. El tiempo se presentaba mejor, y los aventureros iban muy
esperanzados. Despus de navegar unos cuantos das, llegaron al ro San
Juan, que era el punto ms lejano de aquella costa a que haba llegado
europeo alguno: se recordar que fu el punto donde Almagro se
descorazon y volvi hacia atrs. All hallaron ms soldados indios y un
poco de oro; pero tambin all la inmensidad y aspereza del desierto se
hizo ms evidente. Nos es muy difcil concebir, en esta poca de
comodidades, cun _perdidos_ se hallaban aquellos exploradores. No haba
entonces en todo el mundo un hombre de raza blanca que supiese lo que
haba ms all del sitio adonde haban llegado los aventureros
espaoles; y para sentir aliento y valor es necesario saber con certeza
que existe algn objetivo en el punto a que nos encaminamos. Podemos
comprender lo que por ellos pasara, si nos imaginamos un grupo de
muchachos, valerosos pero indoctos, conducidos con los ojos vendados a
una distancia de mil millas, y abandonados en un desierto selvtico y
enteramente desconocido.

All hizo alto Pizarro con parte de sus hombres, y envi a Almagro a
Panam con uno de los buques en busca de reclutas, y al piloto Ruiz con
el otro buque a explorar la costa ms al sur. Ruiz coste hasta llegar a
la Punta de Pasado, y fu el primer hombre blanco que cruz la lnea
ecuatorial en el Pacfico, lo cual no es menguado honor. Encontr un
pas de ms promisin, y vi pasar una balsa grande con velas de tela de
algodn, en la cual iban varios indios. Tenan espejos (probablemente
de vidrio volcnico, como era comn entre los aborgenes del Sur) con
marcos de plata, y adornos de plata y de oro, adems de gneros notables
en que haba entretejidas figuras de animales, pjaros y peces. El
recorrido dur varias semanas, y Ruiz lleg a San Juan muy
oportunamente. Pizarro y su gente sufrieron horribles penalidades.
Haban hecho un gallardo esfuerzo para penetrar tierra adentro; pero no
les fu posible salir de la horrenda selva tropical cuyos rboles
llegaban hasta el cielo. La espesa manigua no era tan solitaria como la
de las otras selvas en que haban estado. Haba multitud de charloteros
loros y brillantes monos, alrededor de los rboles se enroscaban
perezosas boas, y dormitaban los caimanes junto a empantanadas lagunas.
Muchos de los espaoles perecieron, vctimas de aquellos horripilantes y
raros reptiles: algunos murieron hechos pulpa, estrujados por las
potentes roscas de las serpientes, y otros fueron triturados entre las
mandbulas de los escamosos saurios. Muchos ms fueron muertos por los
indios que estaban en acecho: en una sola arremetida, catorce de aquella
menguante partida fueron asesinados por los naturales que rodeaban su
embarrancada canoa. Agotronse tambin sus provisiones, y los que
quedaron con vida se estaban muriendo de hambre cuando lleg Ruiz con
escasos auxilios, pero con noticias alentadoras. Pronto lleg tambin
Almagro, con provisiones y un refuerzo de ochenta hombres.

Toda la expedicin se hizo de nuevo a la vela con rumbo al Sur. Pero en
seguida se desencadenaron persistentes tormentas. Despus de indecibles
sufrimientos, los exploradores volvieron la proa hacia la isla del
Gallo, donde permanecieron dos semanas para reparar sus desmantelados
buques y sus cuerpos, igualmente quebrantados. Despus se embarcaron
otra vez, dirigindose a mares ignotos. El paisaje iba presentando
gradualmente mejor aspecto. Los paldicos bosques tropicales ya no se
extendan hasta la orilla del mar. Entre los boscajes de banos y
caobos, haba de vez en cuando algunos claros, con campos rsticamente
cultivados, y tambin poblados indios de bastante extensin. En aquella
regin haba placeres aurferos y criaderos de esmeraldas, y los
indgenas tenan valiosos ornamentos. Los espaoles desembarcaron, pero
fueron acometidos por un nmero muy superior de indios, y slo pudieron
librarse de ellos de una manera muy curiosa. En la desigual batalla los
espaoles se vieron acorralados, cuando uno de ellos cay de su caballo,
y ese pequeo incidente puso en fuga el enjambre de indgenas. Algunos
historiadores han ridiculizado la idea de que semejante minucia pudiese
producir aquel efecto; pero esto es debido a la ignorancia de los
hechos. Hay que tener presente que aquellos indios nunca haban visto un
caballo. Tomaron al jinete espaol y su cabalgadura por un animal
grande, raro y asaz terrible por s solo: trasunto del antiguo mito
griego de los Centauros, este incidente muestra el modo cmo naci aquel
mito. Pero, luego la gran bestia desconocida se dividi en dos partes,
que podan obrar con entera independencia la una de la otra, y esto era
demasiado para aquellos supersticiosos indios, todos los cuales huyeron
despavoridos. Los espaoles salieron escapados hacia sus buques y dieron
gracias al cielo por su extraa liberacin.

Pero esta escapada milagrosa les demostr ms claramente la
insuficiencia de aquel puado de hombres para luchar contra las hordas
de indios. Necesitaban ms refuerzos, y otra vez se embarcaron hacia la
isla del Gallo, donde esperara Pizarro mientras Almagro iba a Panam en
solicitud de auxilios. Obsrvese cmo Pizarro siempre tomaba para s la
carga ms pesada y ms penosa y daba la ms fcil a su consocio. Siempre
era Almagro el que se enviaba a las comodidades que ofreca la
civilizacin, mientras que el esforzado jefe soportaba la espera, el
peligro y el sufrimiento. El mayor obstculo que se presentaba entonces
consista en los mismos soldados, aun teniendo en cuenta los mortales
peligros y enormes privaciones que deban sufrir. Pero los peligros y
las privaciones de por fuera son ms llevaderos que la traicin y el
descontento por dentro. A cada paso Pizarro tena que _sostener_
moralmente a sus hombres. Sentanse constantemente descorazonados (y
ciertamente tenan motivo para estarlo); y en tal estado de nimo se
hallaban dispuestos a cualquier acto de violencia, y de ningn modo a
seguir adelante. As es que Pizarro tena constantemente que esforzar su
voluntad y su valor no solamente para l mismo, que sufra tan
cruelmente como el ltimo, sino para todos. Era como uno de esos
espritus vigorosos que vemos algunas veces sosteniendo un cuerpo medio
muerto, cuerpo que mucho antes se hubiera ya disgregado de un espritu
menos intrpido.

Los hombres se haban amotinado de nuevo, y a pesar del animoso ejemplo
y de los esfuerzos de Pizarro, estuvieron a punto de hacer fracasar toda
la empresa. Por conducto de Almagro enviaron a la esposa del gobernador
un ovillo de algodn como muestra de los productos del pas; pero en
este al parecer inocuo regalo, los cobardes haban escondido una carta
en la cual declaraban que Pizarro les conduca a la muerte, y
amonestaban a otros que no le siguiesen. Un verso rampln, colocado al
final, deca que Pizarro era un carnicero que esperaba ms carne, y que
Almagro haba ido a Panam a recoger ovejas para llevarlas al matadero.

La carta lleg a manos del gobernador Los Ros, el cual se indign mucho
al leerla. Envi al cordobs Tafur con dos buques a la isla del Gallo a
recoger a todos los espaoles que all estaban, y estorbar as una
expedicin cuya importancia no era su mente capaz de comprender. Pizarro
y sus hombres sufran terriblemente, siempre calados por las tormentas y
casi muertos de hambre. Cuando lleg Tafur, todos menos Pizarro lo
acogieron como un salvador y queran volverse con l en el acto. Pero el
capitn no cej. Con su daga traz una raya sobre la arena y mirando a
sus hombres de hito en hito les dijo: Camaradas y amigos: de aquel lado
est la muerte, las privaciones, el hambre, la desnudez, las
tempestades; de este lado est la comodidad y la molicie. Desde este
lado vais a Panam a ser pobres; del otro lado vais al Per a ser
ricos. El que sea valiente castellano, que escoja lo preferible.

Al decir esto cruz la raya, pasndose al sur. Ruiz, el bravo piloto
andaluz, cruz tambin detrs de l; lo mismo hizo Pedro de Canda, el
griego, y uno tras otro once hroes ms, cuyos nombres merecen ser
recordados por cuantos aman la lealtad y el valor. Eran Cristbal de
Peralta, Domingo de Soria Luce, Nicols de Ribera, Francisco de Cullar,
Alonso de Molina, Pedro Alcn, Garca de Jerez, Antn de Carrin, Alonso
Briceo, Martn de Paz y Juan de la Torre.

El ruin Tafur slo vi en este acto de herosmo una desobediencia al
gobernador, y no quiso dejarles uno de sus buques. Con dificultad se le
pudo inducir a que les abandonase algunas provisiones, siquiera para
impedir que se murieran, y con sus cobardes pasajeros se volvi a
Panam, dejando a los catorce solos en su pequea isla del desconocido
mar Pacfico.

Tuvo nunca el lector conocimiento de un herosmo ms grande? Solos,
aprisionados por el gran mar, con muy pocos alimentos, sin buques, sin
ropa, casi sin armas, haba all catorce hombres, empeados todava en
conquistar un pas salvaje tan grande como toda Europa! Hasta el parcial
historiador Prescott admite que en todos los anales de la caballera no
se encuentra nada que la aventaje.

La isla del Gallo se hizo inhabitable, y Pizarro y sus hombres
construyeron una frgil balsa y en ella navegaron setenta y cinco millas
hacia el norte, hasta llegar a la isla de Gorgona. Esa era tierra ms
alta y en ella haba madera, y los exploradores construyeron chozas para
resguardarse de las tormentas. Sufrieron grandemente por el hambre, por
la intemperie y por causa de los bichos venenosos, que les martirizaban
cruelmente. Pizarro reuna a su gente a diario para hacer sus
devociones, y todos los das daban gracias a Dios por conservarles la
vida y le pedan que no los desamparase. Pizarro fu siempre un hombre
devoto, y nunca haca acto alguno sin invocar la gracia divina, ni se
olvidaba nunca de dar gracias a Dios por los xitos que alcanzaba. As
lo hizo hasta el fin, y aun en sus postrimeras traz con los dedos la
cruz, que tanto reverenciaba.

Durante siete inenarrables meses, los catorce hombres abandonados
esperaron y sufrieron en su solitario arrecife. Tafur lleg salvo a
Panam, y di cuenta de haberse negado aquellos hombres a volver con l.
El gobernador Los Ros se irrit ms todava y rehus prestar auxilio a
los obstinados nufragos. Pero Luque, recordndole que las rdenes que
haba recibido de la Corona eran que ayudase a Pizarro, al fin indujo al
tacao gobernador a que permitiese enviarles un buque con casi los
suficientes marineros para tripularlo y un pequeo acopio de
provisiones. Pero con el buque se enviaron rdenes terminantes a Pizarro
de volver y presentarse en el trmino de seis meses, ocurriera lo que
ocurriese. Los que fueron a rescatarlos hallaron a los catorce valientes
en la isla de Gorgona; y Pizarro pudo al fin continuar su viaje con unos
cuantos marineros y un ejrcito de _once_. Dos de los catorce estaban
tan enfermos que tuvieron que quedar en la isla al cuidado de indios
amigos, y con el corazn apenado sus camaradas se despidieron de ellos.

Pizarro hizo rumbo al sur. Pronto traspusieron el punto ms lejano a que
haba llegado europeo alguno--Punta de Pasado, que era el lmite de las
exploraciones de Ruiz,--y se hallaron de nuevo en mares desconocidos.
Despus de navegar veinte das, entraron en el Golfo de Guayaquil
(Ecuador), y anclaron en la baha de Tmbez. Delante de ellos vieron una
gran ciudad india con casas permanentes. La baha azul estaba salpicada
de balsas con velas indias, y en las lejanas del fondo vean elevarse
los gigantescos picos de los Andes. Podemos imaginarnos la impresin que
debi causar a los espaoles la primera vista de aquellas montaas, que
tenan ms de veinte mil pies ingleses de altura.

Los indios salieron en sus balsas a contemplar a los maravillosos
extranjeros, y vindose tratados con la mayor bondad y consideracin,
pronto perdieron el miedo. Los espaoles recibieron regalos de pollos,
cerdos y baratijas; les trajeron pltanos, maz, boniatos, pias, cocos,
caza y pescado. Puede asegurarse que estos obsequios fueron sumamente
apreciados por los rudos exploradores, despus de tantos meses de pasar
hambre. Los indios llevaron tambin a bordo varias llamas, que son los
cuadrpedos caractersticos y ms valiosos de la Amrica del Sur. El
ameno, aunque mal informado historiador que ha contribudo ms que otro
hombre alguno en los Estados Unidos a propagar una interesante, pero
absolutamente falsa idea del Per, dice que la llama es el carnero
peruano; pero es tan carnero como la jirafa. La llama es el camello
sudamericano, un verdadero camello, aunque pequeo. Es el animal de
carga cuyo andar lento y seguro y cuyo paciente lomo han permitido al
hombre transitar por un pas tan montaoso que en algunos sitios son
inservibles los caballos. Adems de hacer las veces de acmila, es
productor de materia textil: de l se saca el pelo que sirve para tejer
las prendas de ropa que usa el pueblo. Haba tres clases ms de
camellos: la vicua, el guanaco y la alpaca, todos pequeos y todos
apreciados por su pelo, el cual para gneros finos es superior a la lana
de los mejores carneros. Los peruanos domesticaron la llama en grandes
rebaos e hicieron de ese cuadrpedo su auxiliar ms importante. Eran
los nicos aborgenes en las dos Amricas que tenan un animal de carga
antes de llegar los europeos, excepto los apaches de las llanuras y los
esquimales, los cuales utilizaban los perros y los trineos.

En Tmbez, Alonso de Molina fu enviado a tierra para ver la ciudad.
Volvi con tan sorprendentes informes de templos dorados y grandes
fortalezas, que Pizarro no le di crdito y envi a Pedro de Canda.
Este griego, natural de la isla de Canda, era hombre importante en el
pequeo grupo de espaoles. En todas partes eran entonces los griegos
considerados como un pueblo versado en las todava misteriosas armas, y
toda Europa respetaba a los que haban inventado el fuego griego, ese
maravilloso agente que arda por debajo del agua y que nadie sabe
fabricar hoy da. Los griegos eran generalmente conocidos como
pirotcnicos, y eran muy solicitados como maestros de artillera.

Pedro de Canda baj a tierra con su armadura y su arcabuz, causando con
ambas cosas el pasmo de los habitantes; y cuando puso una tabla como
blanco y de un balazo la hizo astillas, quedaron sobrecogidos por aquel
extrao ruido y por el resultado. Canda di informes tan encomisticos
como los de Molina, y los harapientos espaoles empezaron a creer que al
fin iban a realizarse sus dorados ensueos, y con esto cobraron nuevo
aliento. Pizarro rehus delicadamente aceptar los regalos de oro, plata
y perlas que le ofrecieron los aterrorizados indgenas, y de nuevo
volvi la proa hacia el Sur, navegando hasta cerca del 9 de latitud.
Entonces, considerando que ya haba visto bastante para justificar su
vuelta en busca de refuerzos, se dirigi a Panam. Alonso de Molina y un
compaero se quedaron en Tmbez a peticin suya, por gustarles mucho
aquella tierra. En su lugar llevse Pizarro dos jvenes indios para que
aprendiesen la lengua espaola. Uno de ellos a quien dieron el nombre de
Felipillo, jug ms tarde un papel importante pero ignominioso. Los
navegantes se detuvieron en la isla de Gorgona para recoger a sus dos
camaradas que quedaron enfermos. El uno haba muerto, pero el otro se
uni de buen grado a sus compaeros. Y as, con sus doce hombres,
Pizarro volvi a Panam, despus de diez y ocho meses de ausencia,
habiendo amontonado en ese lapso de tiempo todos los sufrimientos y
todos los horrores de una vida entera.




III

GANANDO TERRENO


Al gobernador Los Ros no le impresion el herosmo de aquel pequeo
grupo, y rehus prestarle auxilio. Su situacin pareca desesperada;
pero el jefe no se amilan. Determin ir l mismo a Espaa y dirigirse
personalmente al Rey. Esta me parece a m que fu una de sus ms
notables empresas. Aquel hombre, cuya niez se desliz entre cerdos, y
que en su edad viril guard rebaos de hombres rudos y mucho ms
peligrosos; que nada saba de libros ni de etiquetas cortesanas,
presentndose confiada, pero modestamente en la deslumbradora y rgida
corte de Espaa, mostraba otra faceta de su alto valor. Era lo mismo que
si un deshollinador de Londres fuese maana a pedir audiencia y mercedes
a la Reina Victoria[14].

Pero Pizarro supo salir de aqulla, como de todas las otras crisis de su
vida, de una manera honrosa. Estaba todava sin ropa y sin un maraved;
pero Luque hizo una colecta para l de mil quinientos ducados, y en la
primavera del ao 1528 embarc Pizarro para Espaa. Llev consigo a
Pedro de Canda y algunos peruanos, con varias llamas, telas
primorosamente tejidas por los indios y algunas joyas y vasijas de oro y
plata para corroborar su relato. Lleg a Sevilla durante el verano, y
fu en el acto encerrado en un calabozo por Enciso, en virtud de una
cruel y antigua ley que por mucho tiempo prevaleci en todos los pases
civilizados, que permita encarcelar por deudas. La historia de sus
hechos no tard en divulgarse, y por orden de la Corona fu puesto en
libertad y llamado a la Corte. De pie ante el arrogante Carlos V, el
analfabeto soldado cont su historia con tanta modestia, de un modo tan
varonil y con tal claridad, que el emperador derram lgrimas al oir el
relato de tan horribles sufrimientos y se entusiasm ante tan heroica
entereza.

El rey estaba a punto de embarcarse para Italia en una misin
importante; pero, ganado ya su corazn, dej a Pizarro muy recomendado
al Consejo de las Indias para que ste le ayudase en su empresa. Aquella
docta pero grave corporacin se mova lentamente, como suelen moverse
los hombres que slo han aprendido en libros y con teoras, y la
dilacin era peligrosa. Por fin la reina intervino en el asunto, y el
veintisis de julio de 1529 firm de su propia y regia mano el precioso
documento que hizo posible una de las ms grandes y ms brillantes
conquistas que registra la historia de la humanidad. Amrica debe mucho
a las animosas reinas de Espaa, lo mismo que a sus reyes. Recordamos lo
que hizo Isabel para el descubrimiento del Nuevo Mundo, y ahora la
esposa de Carlos V contribuy de una manera igualmente honrosa al ms
interesante pasaje de la historia de Amrica.

La capitulacin o contrato en que dos personalidades tan diferentes y
distantes figuran al lado una de la otra,--la primera firmando con letra
clara: _Yo la Reina_, y el otro poniendo debajo: _Francisco (X)
Pizarro_, fu la base de la fortuna de este ltimo. El hombre que fuera
vctima de la mofa y del abandono de espritus mezquinos, que
constantemente frustraran su ms acariciada esperanza, se haba ahora
aquistado el inters y el apoyo de sus soberanos, y obtenido de ellos la
promesa de un magnfico galardn; y seguros estamos de que un hombre de
su calibre tena ms lejos de su pensamiento ese galardn que la
posibilidad de realizar su soado descubrimiento. Haba tenido que
atraerse auxiliares con el cebo de doradas esperanzas; y era natural y
justo que, al cabo de cincuenta aos de pobreza y privaciones, pensase
tambin un poco en procurar para s un tanto de comodidad y de riqueza.
Pero no ha habido ni podr haber hombre alguno que, por mera avaricia,
lleve a cabo las proezas que realiz Pizarro. Semejantes xitos slo
pueden alcanzarlos los grandes espritus que persiguen los ms altos
ideales, y ciertamente la principal ambicin de Pizarro era conseguir
algo ms noble y perdurable que el oro.

El contrato con la Corona concedi a Francisco Pizarro el derecho de
fundar y establecer un imperio espaol en el pas de Nueva Castilla, que
tal fu el nombre que se di al Per. Se le otorgaba permiso para
explorar, conquistar, pacificar y colonizar las tierras desde Santiago
hasta un punto distante doscientas leguas al sur, y de esa vasta y
desconocida nueva provincia sera gobernador y capitn general, que era
el ms elevado cargo militar. Se le daba, adems, los ttulos de
Adelantado y Alguacil mayor de por vida, con un sueldo anual de 725,000
maravedises. A Almagro se le nombraba comandante de Tmbez, con una
renta anual de 300,000 maravedises y el rango de hidalgo. El buen Padre
Luque fu nombrado obispo de Tmbez y protector de los indios con mil
ducados anuales. A Ruiz se le di el ttulo de gran piloto de los mares
del Sur; Canda fu nombrado comandante de artillera, y a los otros que
tan bizarramente permanecieron al lado de Pizarro en la isla solitaria,
se les concedi el ttulo de hidalgos.

A cambio de estas mercedes se le exigi a Pizarro la promesa de observar
las generosas leyes espaolas para el gobierno, proteccin y educacin
de los indios, y que llevara con l sacerdotes expresamente para
convertir los naturales al cristianismo. Tena adems que reunir una
fuerza de doscientos cincuenta hombres en seis meses, y equiparlos bien,
contando con un pequeo auxilio de la Corona; y dentro de los seis meses
de su llegada a Panam, deba salir con la expedicin para el Per.
Tambin se le hizo caballero de la orden de Santiago, y elevado as de
repente a la altiva nobleza de Espaa, se le permiti aadir las armas
reales a las de los Pizarros, con otros timbres conmemorativos de sus
proezas: una ciudad india, con un buque en la baha y el pequeo camello
del Per. Esto era un sorprendente y significativo cmulo de honores,
muy difciles de comprender para los que slo estamos habituados a las
instituciones republicanas. Borr para siempre la mancilla del
nacimiento de Pizarro y le di un sitio esclarecido. Fu eso tanto ms
importante, por cuanto demostraba que la Corona reconoca de este modo
el rango de Pizarro en la conquista de Amrica. Corts nunca gan y
nunca recibi tal distincin.

Esta divisin de honores di pie a muy serios disgustos. Almagro jams
perdon a Pizarro su mayor exaltamiento, y le acus de haber procurado
lo mejor para s, egosta y traicioneramente. Algunos historiadores se
han puesto de parte de Almagro; pero tenemos fundados motivos para creer
que Pizarro obr con rectitud e integridad. Como l mismo expuso, hizo
cuantos esfuerzos pudo para inducir a la Corona a conceder los mismos
honores a Almagro; pero la Corona se neg a ello. Mas, aun sin tener en
cuenta la palabra de Pizarro, era una medida poltica muy prudente que
la Corona rehusase esa peticin. En cualquier parte, la coexistencia de
dos jefes constituye siempre un peligro, y Espaa haba ya tenido en tal
sentido una experiencia demasiado amarga en Amrica, para dar lugar a
una repeticin. Dispuesta estaba a conceder todos los honores y dar
estmulos a los brazos; pero deba haber solamente una cabeza, y
ciertamente cualquiera que se fije en la diferencia mental y moral que
haba entre los dos hombres y en lo que fueron sus acciones y los
resultados, antes y despus de la regia concesin, admitir que la
Corona de Espaa hizo favor a Almagro en su estimacin y le di
ciertamente cuanto l vala. En todo el contrato se transparentan los
esfuerzos de Pizarro en favor de su socio, el ingrato y despus traidor
Almagro, y eso lo corrobora plenamente la prolongada paciencia y la
clemencia de Pizarro para con su vulgar, innoble y cada vez ms
empecatado camarada. No era Pizarro de esos hombres a quienes la fortuna
les trastorna la cabeza. Ni lo aplastaba la adversidad, ni, lo que es
ms raro todava, le embriagaba el xito ms brillante, en lo cual se
elevaba a mayor altura que Napolen, que era ms grande como genio, pero
menos noble como hombre. Elevado de una abyecta y prolongada pobreza al
ms alto pinculo de la riqueza y de la fama, Pizarro fu siempre el
mismo hombre tranquilo, modesto, prudente, heroico, temeroso de Dios y
agradecido a sus beneficios. El xito slo contribuy a hacer ms vil la
naturaleza de Almagro, y su fin fu ignominioso.

Despus de firmar su contrato con la Corona, Pizarro sinti anhelo de
visitar los lugares en que transcurriera su niez. Aun cuando sta fuera
infelicsima, senta una varonil satisfaccin en volver a contemplar
aquellos lugares. Y el harapiento rapaz que dejara sus cerdos en
Trujillo, volvi all siendo un hroe ennoblecido, de cabello cano y de
fama imperecedera. No creo que fuese all por un alarde de vanagloria
ante los que pudieran recordarle. Esto no era propio del carcter de
Pizarro, el cual nunca di muestras de vanidad ni de orgullo. Era
liberal, modesto, generoso, como el valiente Crook, el ms grande y el
mejor de nuestros conquistadores de los indios, el cual nunca estaba ms
a gusto que cuando andaba entre sus tropas sin que en su uniforme ni en
sus maneras se pudiese ver que era un mayor general del ejrcito de los
Estados Unidos y no un pobre _scout_ o cazador. No; lo que llev a
Pizarro a Trujillo fu lo que haba en l de hombre, o tal vez un rasgo
del nio que siempre queda en estos grandes corazones. Por supuesto, el
pueblo se regocij honrando al hroe de ese cuento fantstico, que tal
parece la historia de sus hechos. Pero con seguridad que el bizarro
general se alegraba de evadirse algunas veces de sus visitas, para ir a
recorrer las lomas donde haba guardado cerdos muchos aos antes, y a
contemplar los mismos rboles y riachuelos, y tal vez a otro harapiento
e ignorante muchacho pastoreando bulliciosos puercos. Bien pudo haberse
pellizcado para cerciorarse de que realmente estaba despierto; de que
aquel rapaz que vea all a lo lejos no era l, Francisco Pizarro,
vestido de harapos en medio de sus cerdos, y de que aquel caballero
canoso, afamado, que tanto haba viajado y tantos honores recibido, no
era un sueo, como tampoco los aos que haban transcurrido. Y era l
hombre capaz, sintindose despierto, de ir a sentarse sobre el csped
junto al desharrapado porquerizo y decirle bondadosamente: Cmo vamos,
amigo? Y cuando el asombrado y asustado mozuelo balbucease o tratase de
huir del primer gran personaje que le haba dirigido la palabra, Pizarro
le hablara con tanto cario y le contara cosas tan maravillosas, que
el pobre rapaz le mirara con esa adoracin al hroe que es uno de los
ms puros y ms alentadores impulsos de nuestra naturaleza, pensando si
podra l llegar a ser algn da un personaje como aquel arrogante
caballero que tranquilamente le haba dicho: S, hijo mo; yo tambin
guard puercos en este sitio. Cuanto ms pienso en ello, por lo que
sabemos de Pizarro, ms seguro estoy de que realmente fu a visitar los
antiguos pastos y los cerdos y los ignorantes porqueros, y de que habl
con ellos sencilla y afablemente, y que les impresionara de tal modo,
que resolvieron hacer algo mejor de lo que haciendo estaban.

Pero el inters que en todas partes se atraa Pizarro no trajo reclutas
a su bandera tan a prisa como l deseaba. Muchos preferan admirar al
hroe, que llegar a ser hroes a costa de semejantes padecimientos.
Entre los que le siguieron estaban sus hermanos Hernando, Gonzalo y
Juan, que deban figurar de un modo preeminente en el Nuevo Mundo, si
bien hasta entonces nunca se haba odo mentar sus nombres, Hernando, el
mayor de los cuatro, era el nico hijo legtimo y recibi mucho mejor
educacin. Pero era tambin el peor, y como no profesaba los principios
estrictos de Francisco, termin de un modo lastimoso. Juan era una
figura simptica, y se distingui por su carcter varonil y su valor;
muri prematuramente. Gonzalo era un verdadero caballero andante,
intrpido, liberal y caballeroso, y lleg a ser tan querido en el Nuevo
Mundo por los soldados que le seguan, como por los indios que
conquistaba. Hizo una de las marchas ms increbles de que hay memoria,
y probablemente hubiera adquirido gran fama, si la muerte de su hermano
y gua Francisco no le hubiese hecho caer en manos de malos consejeros
como el pcaro Carvajal, quienes llevndole por mal camino le empujaron
hacia su ruina. Pero, si bien los hermanos no eran malvados, ni
cobardes, ni tontos, ninguno poda compararse con Francisco. Era ste
uno de los raros ejemplares que se han hallado esparcidos y muy
distanciados por el camino del mundo. Posea no tan slo las cualidades
de los hroes y que, por fortuna, son muy comunes, sino tambin la
intuicin y la certera finalidad del genio. Con menos perspicacia que
Napolen, porque era menos instrudo, pero tan grande como l en su
decisin, y ms grande que l por sus principios, fu uno de los hombres
ms insignes de todas las edades.

Pero, volviendo a nuestro relato, pasaron los seis meses, y todava le
faltaba completar los doscientos cincuenta voluntarios que necesitaba.
El Consejo estaba a punto de revistar el contingente; pero Pizarro, por
temor de que, atenindose estrictamente a la letra de la ley, pudiese
aqul impedirle la consumacin de sus grandes planes simplemente por la
falta de unos cuantos hombres, y desesperado al pensar en una nueva
demora, no quiso aguardar el permiso oficial para salir, sino que solt
amarras y se hizo a la mar secretamente en enero de 1530. No fu
realmente correcta semejante determinacin; pero estaba convencido de
que mucho se arriesgaba por un mero tecnicismo y de que l cumpla con
el espritu ya que no con la letra de la ley. Es evidente que la Corona
lo comprendi tambin as, puesto que ni se le mand a buscar ni se le
impuso un castigo. Despus de un viaje pesado lleg salvo a Santa Mara.
All sus nuevos soldados se asustaron al saber que iban a encontrar
grandes serpientes y caimanes, y un gran nmero de los ms pusilnimes
desert. Tambin Almagro levant un clamoreo, diciendo que Pizarro le
haba robado los honores que le correspondan; pero Luque y Espinosa
pacificaron a los revoltosos, ayudados por el espritu generoso de
Pizarro. Este convino en nombrar a Almagro Adelantado y en pedir a la
Corona que confirmase el nombramiento. Tambin prometi mirar por l
antes que por sus propios hermanos.

Al comenzar enero de 1531, Francisco Pizarro sali de Panam en su
tercero y ltimo viaje hacia el sur. Tena en sus tres buques ciento
ochenta hombres y veintisiete caballos. No era, en verdad, un ejrcito
imponente para explorar y conquistar un gran pas; pero fu todo lo que
pudo reunir, y Pizarro estaba empeado en hacer la prueba. Llev a cabo
la verdadera conquista del Per con un puado de rudos hroes; pero de
todos modos lo hubiera intentado, y es muy posible que hubiese salido
airoso de la ardua empresa aun cuando no hubiese tenido ms que
cincuenta soldados; porque, despus de todo, l fu quien conquist el
Per, ms que sus ciento ochenta hombres. Almagro qued otra vez en
Panam tratando de reclutar voluntarios.

Pizarro intentaba navegar en derechura a Tmbez y all efectuar el
desembarco; pero las tormentas hicieron retroceder los frgiles buques,
y se vi obligado a cambiar de plan. Despus de navegar trece das,
desembarc en la baha de San Mateo, y condujo a sus hombres por tierra
mientras los buques iban costeando hacia el sur. Fu aquella una marcha
sumamente difcil en tan inhospitalaria costa, y apenas podan los
hombres avanzar dando tumbos. Pero Pizarro les serva de gua y les
animaba con palabras y con su ejemplo. Como en otras ocasiones y en
todas partes, tena esta vez que _llevar_ a su gente. Sin duda tenan
tan buenas piernas como l, aun cuando debi ser Pizarro de constitucin
muy robusta; pero hay un msculo mental que es ms duro y ms resistente
y que ha sostenido a muchos cuerpos vacilantes: el msculo del arrojo. Y
el arrojo de Pizarro no ha sido sobrepujado en el mundo. Casi puede
decirse que tena que llevar a su ejrcito sobre los hombros.

Aun cuando la regin era selvtica, tena riqueza mineral. Segn dice
Pedro Pizarro, historiador del siglo XVI y pariente de Francisco, ste
recogi doscientos mil castellanos[15] de oro, que envi a Panam en
sus buques para que hablasen por l. Era la clase de argumento que los
rudos aventureros del istmo podan entender, y l confiaba que su lgica
amarilla le atrajese voluntarios. Pero, mientras los buques realizaban
esa importante misin, el pequeo ejrcito sufra lo indecible caminando
penosamente por la costa. Las movedizas arenas, el calor tropical, el
peso de sus armas y de la armadura, eran casi insoportables. Estall una
extraa y horrible peste, y muchos perecieron. El pas se hizo ms y ms
inhabitable, y de nuevo perdieron toda esperanza aquellos pacientes
soldados. En Puerto Viejo se les juntaron treinta hombres al mando de
Sebastin de Belalczar, el cual despus se distingui yendo a caza de
aquella urea mariposa que tantos persiguieron hasta morir y nadie lleg
a alcanzar: el mito del Dorado. Avanzando siempre, Pizarro cruz por fin
la isla de Pun, para dar descanso a sus desgarbados hombres y
prepararlos para la conquista. Los indios de la isla intentaron
traicionarlos, y cuando sus cabecillas fueron presos y castigados, todo
el enjambre de naturales cay ferozmente sobre el campamento de los
espaoles. Fu una lucha muy desigual; pero al fin el valor y la
disciplina pudieron ms que la fuerza bruta, y los indios fueron
derrotados. Muchos espaoles quedaron heridos, entre ellos Hernando
Pizarro, el cual recibi una herida de venablo de mal cariz en una
pierna. Pero los indios no les dieron punto de reposo y les hostilizaban
constantemente, apoderndose de los que se desviaban y teniendo al
campamento en continua alarma. Entonces lleg oportunamente un refuerzo
de cien hombres, con unos cuantos caballos al mando de Hernando de Soto,
el heroico pero infortunado jefe que ms tarde explor el Misisip.

Con este refuerzo, Pizarro cruz de nuevo al continente sobre unas
balsas. Los indios le disputaron el paso, mataron a tres hombres en una
de las balsas y desprendieron otra balsa, aprisionando a los soldados
que en ella iban. Hernando Pizarro haba ya desembarcado, y aun cuando
se interpona un peligroso lodazal, espole su caballo, que lo atraves
hundindose hasta los ijares, y seguido de unos cuantos compaeros,
rescat a los prisioneros que estaban en peligro.

Entrando en Tmbez, los espaoles hallaron aquella linda poblacin
desguarnecida y desierta. Alonso de Medina y su compaero haban
desaparecido, y nunca se supo la suerte que corrieron. Pizarro dej all
una pequea fuerza, y en mayo de 1532 march tierra adentro, enviando a
Soto con un pequeo destacamento a explorar la base de los gigantescos
Andes. Desde su primer desembarco, Pizarro impuso la ms estricta
disciplina. Sus soldados deban dar a los indios buen trato, so pena de
los ms severos castigos. No deban ni siquiera entrar en un hogar
indio, y si se atrevan a desobedecer este mandato eran rgidamente
castigados. Este rgimen liberal y bondadoso para con los indios lo
adopt Pizarro desde un principio, y lo mantuvo con firmeza.

Despus de emplear tres o cuatro semanas en exploraciones, Pizarro
escogi un sitio en el valle de Tangara y fund all la ciudad de San
Miguel. Construy una iglesia, un almacn, una sala de justicia, un
fuerte y varias viviendas, y organiz un gobierno. El oro que haba
recogido lo envi a Panam, y esper varias semanas a que llegasen
voluntarios. Pero no lleg ninguno, y era evidente que tena que
abandonar la conquista del Per, o emprenderla con el puado de hombres
que le seguan. No le tom a Pizarro mucho tiempo el decidirse por una
de las dos alternativas. Dejando cincuenta soldados al mando de Antonio
Navarro para guarnecer San Miguel, y dictando rigurosas leyes para la
proteccin de los indios, march Pizarro el 24 de septiembre de 1532 al
interior de aquel vasto y desconocido pas.




IV

EL PER TAL COMO ERA


Ahora que hemos seguido a Pizarro hasta el Per; ahora que va a
conquistar la tierra maravillosa que tan incomparables contrariedades y
sufrimientos le cost encontrar, debemos detenernos un momento para
decir cmo era aquel pas. Esto es tanto ms necesario, cuanto que se
han propalado por el mundo tan falsos y tan disparatados relatos acerca
del Imperio del Per y del Reino de los Incas y otras sandeces por
el estilo. Para comprender lo que fu la conquista tenemos que saber
antes lo que haba que conquistar, y para ello es necesario esbozar en
pocas palabras la pintura del Per, tal como nos la han dado con su
autoridad algunos historiadores grotescamente equivocados, y decir
despus cmo era realmente el Per, segn se ha demostrado gracias a
modernas investigaciones.

Nos han contado que el Per era un gran imperio, rico, populoso y
civilizado, gobernado por una larga serie de reyes, que se llamaban
Incas; que tena dinastas y nobleza; trono y corona y corte; que sus
reyes conquistaban vastos territorios y civilizaban a los vecinos
salvajes que conquistaban, por medio de sabias leyes y de escuelas y de
otros instrumentos de economa poltica; que tenan caminos militares
mucho mejores que los que construyeron los romanos, de mil millas de
longitud y con prodigioso pavimento y varios puentes; que aquella
portentosa raza crea en un Sr Supremo; que el rey y todos los que
tenan sangre real en sus venas eran inconmensurablemente superiores al
comn del pueblo, pero que eran bondadosos, justos, paternales e
ilustrados; que haba regios palacios en todas partes; que tenan
canales de cuatrocientas o quinientas millas de largo, y ferias
regionales y representaciones teatrales de tragedias y comedias; que
tallaban esmeraldas con herramientas de bronce, arte que es hoy
desconocido; que el gobierno verificaba censos y educaba a las masas; y
que, as como la poltica de los aborgenes de Mjico era la poltica
del odio, la de los reyes Incas era una poltica de amor y de suavidad.
Sobre todo, se nos ha hablado mucho del largo linaje de monarcas incas,
la familia real cuyo ltimo rey, Huayna Capac, muri poco antes de la
llegada de los espaoles. Se le representaba repartiendo el trono entre
sus hijos Atahualpa y Huascar, quienes pronto pelearon y empezaron la
guerra cruel y fraticida con ejrcitos y otros procedimientos de pueblos
civilizados. Entonces, se nos dice, lleg Pizarro y se aprovech de esa
guerra intestina; azuz a un hermano contra el otro, y as pudo al fin
conquistar el imperio.

Todo esto, con otras mil cosas igualmente ridculas, inexactas e
imposibles, es parte de uno de los romances histricos ms fascinadores
pero ms errneos que se ha escrito. Nunca hubiera salido de pluma
alguna si entonces se hubiese conocido la hermosa y exacta ciencia de la
etnologa. Esa idea del Per que por tanto tiempo ha prevalecido, se
basaba en la ms supina ignorancia de aquel pas, y, sobre todo, de los
indios de todas partes. Porque hay que recordar que aquellos
sorprendentes seres, cuyo imaginado gobierno deja tamaita a cualquiera
nacin civilizada y moderna, _no eran ms que indios_. No quiero decir
con esto que los indios no sean hombres con todas las emociones,
sentimientos y derechos de los hombres, derechos que ojal hubisemos
protegido nosotros con tan honroso cuidado como lo hizo Espaa. Pero los
indios del Norte y los del Sur de Amrica se parecen mucho en su
organizacin social, religiosa y poltica, y son muy distintos de
nosotros. Los peruanos ciertamente estaban algo ms adelantados que
cualesquiera otros indios de Amrica; pero de todos modos eran indios.
No tenan una idea correcta de un Sr Supremo, sino que adoraban una
deslumbradora multitud de dioses y de dolos. No tenan rey, ni trono,
ni dinasta, ni sangre real, ni nada que fuese regio. Todas estas cosas
eran an ms imposibles entre los indios de lo que seran ahora en
nuestra propia repblica. No haba, ni poda haber, siquiera una nacin.
La vida de los indios es esencialmente de tribus. No solamente no puede
haber un rey entre ellos, ni nada que se parezca a un rey, sino que ni
conocen lo que es herencia, a no ser como algo de que conviene
precaverse. El jefe (y ni siquiera reconocen un jefe supremo) no puede
transmitir su autoridad a su hijo ni a otro individuo alguno. El sucesor
lo elige el concejo de oficiales encargados de ello. Donde no hay reyes
no puede haber palacios, y no los haba en el Per. En cuanto a ferias y
escuelas y otras cosas por el estilo, son tan inexactas como imposibles.
No haba Corte, ni Corona, ni nobleza, ni censos, ni teatros, ni nada
que remotamente indicase que haba habido algo de todo eso; y por lo que
hace a los incas, no eran reyes, ni siquiera gobernantes, sino
simplemente _una tribu de indios_. Eran los nicos de esta raza en ambas
Amricas que saban fundir, y esto les permita hacer toscos ornamentos
e imgenes de oro y plata; as es que su pas era el ms rico del Nuevo
Mundo, y realmente hacan alarde de un notable aunque barbrico
esplendor. Los templos de sus ciegos dioses brillaban con ornamentos de
oro, y los indios se adornaban con profusin de metales preciosos, as
como nuestros navajos y pueblos en Nuevo Mjico y Arizona aun hoy llevan
libras y ms libras de adornos de plata. Tambin hacan herramientas de
bronce, algunas de las cuales eran de muy buen temple; pero eso no era
un arte, sino tan slo un accidente. Nunca se hallaban dos de sus
utensilios que tuviesen la misma aleacin; el artfice indio lo haca al
buen tuntn, y por cada herramienta que le sala bien por casualidad,
tena que desechar muchas por malas.

Eran los incas una de las tribus peruanas, dbiles al principio y muy
asendereados por sus vecinos. Al fin, arrojados de sus antiguos lares,
dieron con un valle que era una fortaleza natural. All construyeron la
ciudad de Cuzco (pues construan ciudades lo mismo que nuestros indios
pueblos, slo que las suyas eran mejores). Entonces, cuando hubieron
fortificado los dos o tres pasos por donde nicamente poda llegarse a
aquella hondonada de los Andes, se consideraron seguros. Sus vecinos ya
no podan penetrar all para matarles y robarles. Con el tiempo llegaron
a ser numerosos y confiados, y como todos los dems indios (y algunos
blancos), entonces empezaron a salir a matar y robar a sus vecinos. En
esto se daban muy buena maa, porque tenan un lugar seguro adonde
retirarse, y, sobre todo, porque sus pequeos camellos podan
transportarles subsistencias para permanecer algn tiempo fuera de su
escondrijo. Haban domesticado la llama, lo cual no haba hecho ninguna
de las tribus vecinas, excepto los aymaros, y esto di a los incas una
enorme ventaja. Podan salir de su seguro valle en gran nmero, con
provisiones para un mes o ms, y sorprender alguna aldea. Si eran
batidos, se escondan por las montaas, viviendo con las municiones de
su recua y hostilizando y atacando constantemente a los aldeanos hasta
aburrirles. Vemos, pues, el gran servicio que el pequeo camello prest
a los incas. Les permiti hacer la guerra de un modo que hasta entonces
no lo hicieran los otros indios de Amrica. Con esta ventaja y de este
modo esta tribu guerrera haba llevado a cabo lo que pudiramos llamar
una conquista sobre una extensa comarca. Las otras tribus vieron que
les tena ms cuenta cejar al fin y pagar a los incas para que las
dejasen tranquilas. Estos construyeron almacenes en cada uno de tales
sitios, y pusieron un oficial en todos ellos, para la cobranza del
tributo impuesto a la tribu conquistada. Esas tribus nunca se mezclaron.
No podan entrar en Cuzco, y los incas no iban a vivir entre ellos. No
constituan, pues, una nacin, sino un conglomerado de tribus indias
sujetas por el miedo a una tribu ms fuerte.

La organizacin de los incas era, hablando en general, igual a la de
cualquier otra tribu india. El oficial ms preeminente en semejante
tribu era, naturalmente, el que tena a su cargo la direccin de los
combates, esto es, el jefe de los guerreros. Era el que mandaba en la
guerra; pero en los otros ramos del gobierno distaba de ser el nico o
el hombre de ms alto rango. Y eso es sencillamente lo que fueron Huayna
Capac y todos esos fabulosos reyes incas; capitanes guerreros con la
misma influencia que tienen varios capitanes de guerra indios que
conozco personalmente en Nuevo Mjico.

Los hijos de Huayna Capac eran tambin capitanes guerreros indios, y
nada ms; con la particularidad de que eran jefes guerreros de distintas
tribus, rivales y enemigas. Atahualpa baj desde Quita con sus guerreros
indios y tuvo varios combates, haciendo finalmente prisionero a Huascar,
a quien encerr en el fuerte indio de Jauja.

As se hallaban las cosas cuando Pizarro se dirigi al interior. Y para
que no se confunda el lector con la asercin de que los historiadores
espaoles explicaban de distintos modos la situacin del Per, conviene
hacer otra aclaracin. Los cronistas espaoles ni decan ms mentiras ni
cometan ms equivocaciones que nuestros propios exploradores que
vinieron ms tarde y escribieron con seriedad acerca del _rey_ indio
Philip, del _rey_ indio Powhatan y de la _princesa_ india Pocahontas. La
etnologa era entonces una ciencia desconocida. Ninguno de aquellos
antiguos escritores comprenda la organizacin caracterstica de los
indios. Vean un hombre ignorante, desnudo, supersticioso, que mandaba a
sus ignorantes secuaces y era persona de autoridad, y le llamaron rey
porque no saban qu otro nombre darle. Lo mismo hicieron los espaoles.
En aquella poca no tena el mundo ms que una pequea regla para medir
los gobiernos y las organizaciones; y por muy ridculas que nos parezcan
sus medidas, no era posible entonces medir mejor. No; las equivocaciones
de los cronistas espaoles eran tan sinceras y tan ignorantes como las
en que incurriera Prescott tres siglos despus, y a la verdad, no eran
tan absurdas.

El Per, sin embargo, era un pas muy prodigioso para haber sido formado
por simples indios desprovistos hasta de una organizacin o un espritu
nacional, que es el primer requisito para formar nacin. Sus ciudades
eran importantes, y en su construccin notbase bastante pericia; las
granjas eran mejores que las de nuestros pueblos, porque eran all
indgenas la patata y otras plantas alimenticias entonces desconocidas
en nuestra regin del sudoeste, y estaban regadas por el mismo sistema
de irrigacin que era comn a todas las tribus sedentarias. Eran los
nicos indios que se dedicaban al pastoreo, y sus grandes rebaos de
llamas eran un importante venero de riqueza; mientras que los gneros de
lana de camello que ellos mismos tejan, no desdeaban usarlos las
empingorotadas damas espaolas. Y sobre todo, sus toscos hornos de
fundicin les permitan presentar cierta pompa deslumbradora, que no era
de esperar entre indios americanos; la verdad, nos causara sorpresa
entrar en las iglesias de cualquier ciudad del mundo y hallarlas tan
esplendentes con placas, imgenes y netos de oro, como eran algunos de
sus barbricos templos. No podemos afirmar que nunca hiciesen
sacrificios humanos; pero esos horrendos ritos eran raros y no podan
compararse con los horrores que a diario llevbanse a cabo en Mjico. En
los sacrificios ordinarios, la llama era la vctima.

Hacia la fortaleza de esa extraordinaria tribu india, se diriga Pizarro
al frente de su escasa tropa.




V

LA CONQUISTA DEL PER


Positivamente ningn ejrcito sali jams a luchar con tan
desproporcionadas desventajas. Contra innumerables miles de peruanos,
tena Pizarro ciento setenta y siete hombres. De stos, slo sesenta y
siete iban montados. En toda la fuerza no haba ms que tres caones; y
slo veinte hombres tenan siquiera ballestas; todos los dems iban
armados de espadas, dagas y lanzas. Linda hueste, en verdad, para
conquistar lo que era un imperio en vastedad, ya que no en organizacin!

A los cinco das de marcha desde San Miguel, Pizarro hizo alto para
descansar. All not seales de descontento entre su gente, y adopt un
remedio caracterstico de su genio. Haciendo formar a sus hombres, les
habl en trminos amistosos. Djoles que deseaba que San Miguel
estuviese mejor defendido, pues era muy pequea la guarnicin que all
haba quedado. Si algunos de los presentes preferan no seguir adelante,
ni afrontar los peligros desconocidos que hallaran tierra adentro,
quedaban en libertad de retroceder para reforzar la guarnicin de San
Miguel, donde tendran derecho a las mismas mercedes de terreno que los
otros, adems de participar en los beneficios de la conquista.

Fu una medida audaz y, sin embargo, prudente. Cuatro infantes y cinco
jinetes dijeron que se volveran a San Miguel; y, en efecto, se
volvieron, mientras que ciento sesenta y ocho leales siguieron adelante,
prometiendo de nuevo seguir a su intrpido jefe hasta el fin.

Soto, que haba estado explorando por espacio de ocho das, volvi
entonces acompaado de un mensajero que enviaba el capitn guerrero de
los indios, Atahualpa. Traa el indio presentes, e invit a los
espaoles a visitar a Atahualpa, que estaba acampado con sus brazos en
Cajamarca. Felipillo, el joven indio de Tmbez, que fu a Espaa con
Pizarro para aprender el espaol, prest ahora til servicio como
intrprete, y por su mediacin pudieron los espaoles conversar con los
incas. Pizarro trat al mensajero con su acostumbrada afabilidad, y lo
despidi con regalos, marchando despus peas arriba en direccin de
Cajamarca. Uno de los indios declar que Atahualpa trataba simplemente
de atraer a los espaoles a su fortaleza para destruirlos sin tomarse el
trabajo de salir a su encuentro, lo cual era verdad; y otro indio
declar que el jefe inca tena a su mando una fuerza que no bajaba de
cincuenta mil hombres. Pero sin arredrarse, Pizarro envi un indio
adelante para hacer un reconocimiento, y sigui marchando por los
temibles pasos de la cordillera, alentando a sus hombres con una de sus
caractersticas arengas. Djoles:

Tened todos nimo y valor para hacer lo que espero de vosotros y lo que
deben hacer todos los buenos espaoles, y no os alarmis por la multitud
que dicen tiene el enemigo ni por el nmero reducido en que estamos los
cristianos. Que aunque fusemos menos y el ejrcito contrario fuese ms
numeroso, la ayuda de Dios es mayor todava; y en la hora de la
necesidad El ayuda y favorece a los suyos, para desconcertar y humillar
el orgullo de los infieles, y atraerles al conocimiento de nuestra Santa
Fe.

Al oir este animoso discurso, los hombres gritaron que le seguiran
adondequiera que les llevase. Pizarro se puso al frente con cuarenta
jinetes y sesenta infantes, dejando a su hermano Hernando que hiciese
alto con los hombres restantes hasta nueva orden. No era juego de nios
el trepar por aquellos terribles pasos. Los jinetes tuvieron que
desmontar, y aun as, con dificultad podan llevar sus caballos por
aquellas alturas. Los angostos senderos serpenteaban por debajo de
salientes riscos y bordeaban sombras quebradas, estrechas hendeduras de
millares de pies de profundidad, en las que el resalto que formaba la
roca tena apenas el ancho suficiente para arrastrarse por l.
Dominaban el paso dos imponentes fuertes de piedra; pero afortunadamente
estaban abandonados. Si los hubiese ocupado el enemigo, estaban perdidos
los espaoles; pero Atahualpa quiso dejarles penetrar en su trampa, en
la confianza de que una vez dentro los aplastara fcilmente. Cuando
llegaron los espaoles a lo alto del paso, mandaron a buscar a Hernando,
el cual subi con su gente. Lleg entonces un mensajero de Atahualpa con
regalo de llamas, y casi al mismo tiempo volvi el espa indio que envi
Pizarro y reiter que Atahualpa intentaba traicionarles. El mensajero
peruano explic de un modo plausible los movimientos sospechosos que
haba relatado el espa. Su explicacin distaba de ser satisfactoria;
pero Pizarro era demasiado listo para mostrar su desconfianza. Slo
podan salvarse aparentando tranquilidad.

Los espaoles sufrieron mucho fro al doblar aquella empinada sierra, y
hasta la misma bajada por la vertiente oriental de la cordillera se les
hizo sumamente dificultosa. Al sptimo da llegaron a la vista de
Cajamarca situada en su lindo valle ovalado, que era una hondonada de
gran extensin. A lo lejos y a un lado estaba el campamento del jefe
guerrero inca y de su ejrcito, que cubra una vasta superficie. El da
15 de noviembre de 1532, los espaoles entraron en la ciudad. Hallbase
enteramente desierta, lo cual era de muy ominoso agero. Pizarro hizo
alto en la gran plaza cuadrada o comunal, y envi a Soto y Hernando
Pizarro con treinta y cinco jinetes al campo de Atahualpa para pedirle
una entrevista. Hallaron al jefe inca rodeado de una pompa que les
pasm; y no menos les impresion el nmero abrumador de guerreros que
vieron en el campamento. A su solicitud contest Atahualpa que aquel da
estaba guardando ayuno por ser da sagrado (lo cual ya era una
circunstancia sospechosa); pero que al da siguiente visitara a los
espaoles en la ciudad. Ocupad las casas de la plaza, les dijo, y no
entris en ninguna otra. Aquellas son para el uso de todos. Cuando yo
vaya, dar rdenes acerca de lo que hay que hacer.

Los peruanos, que nunca haban visto un caballo, quedaron atnitos al
contemplar aquellos extranjeros montados, y aun ms se encantaron cuando
Soto, que era un gran caballista, mostr su habilidad con algunas
proezas, no por vano alarde, sino porque era de mucha importancia el
causar impresin a aquellos innumerables brbaros con las peligrosas
habilidades de los extranjeros.

Los acontecimientos del da siguiente merecen especial mencin, puesto
que ellos y sus consecuencias directas han dado pie a la injusta
imputacin que se ha hecho a Pizarro de ser un hombre cruel. Los
_verdaderos_ hechos le justifican plenamente.

En la maana del 16 de noviembre, despus de una noche de gran ansiedad,
los espaoles se levantaron al despuntar el alba. Entonces vieron
claramente que se haban metido en la trampa, y que haba una
probabilidad contra ciento de que pudiesen salir de all. Su espa indio
haba sido veraz en sus avisos. All estaban, acorralados en la ciudad,
ciento setenta y ocho hombres, y a poca distancia haba innumerables
millares de indios. Pero, y esto era peor todava, vieron que les haban
cortado la retirada; porque durante la noche Atahualpa haba situado una
gran fuerza entre ellos y el paso por donde haban entrado. Estaban,
pues, en una situacin enteramente desesperada: no poda salvarles ms
que un milagro. Pero el milagro estaba a mano: era Pizarro.

Por una de las sabias disposiciones de la naturaleza, las mentes mejor
equiparadas piensan mejor y ms rpidamente cuando ms necesitan pensar
a prisa y bien. En el momento supremo todos los pensamientos que se
amontonan y confunden en el excitado cerebro, parece como si se
apartasen de repente para dejar un claro por donde un gran pensamiento
pueda saltar, como el corredor que llega a la meta, o bien como el rayo
que hiende el aire manso, mientras su fuego se precipita abriendose
paso. Las personas ms inteligentes tienen a veces ese relampagueo
mental, y cuando se puede confiar en que ha de aparecer o iluminar al
instante las crisis ms obscuras, es la intuicin del genio. Eso es
precisamente lo que hizo de Napolen todo un Napolen, y de Pizarro
todo un Pizarro.

Haba necesidad de formular con maravillosa rapidez un pensamiento que
fuese casi sobrehumano. Cmo podan vencerse aquellas terribles
desventajas? Ah! Pizarro di con ello. El no saba, como sabemos ahora,
las razones supersticiosas que hacan que los indios reverenciasen tanto
a Atahualpa; pero s saba que exista esa influencia. Algo de lo que
Pizarro era para los espaoles, era para los peruanos su capitn
guerrero; no tan slo era su jefe militar, sino que literalmente era en
s toda una hueste. Pues bien; si l poda hacer prisionero a aquel
cacique traidor, esto hara disminuir muchas de las desventajas; en
realidad equivaldra de un modo incruento a quitar a los enemigos
algunos millares de hombres. Adems, Atahualpa quedara en rehn para
responder de la paz de su tribu. Y como nico medio de salvacin,
Pizarro resolvi aprisionar al cacique.

Empez en el acto a hacer preparativos para este brillante golpe
estratgico. La caballera, dividida en dos grupos, mandados por
Hernando de Soto y Hernando Pizarro, se ocult en dos espaciosos
zaguanes que daban a la plaza. En un tercer zagun se coloc la
infantera, y Pizarro, con veinte hombres, ocup una posicin en otro
punto ventajoso. Pedro de Canda, con la artillera--dos pequeos
falconetes,--se haba situado en lo alto de un fuerte edificio. Pizarro
dirigi entonces a sus soldados una fervorosa arenga, y despus de una
rogativa a Dios para que les amparase y librase de todo mal, la pequea
fuerza esper al enemigo.

Casi haba transcurrido el da cuando Atahualpa entr en la ciudad
sentado en una silla de oro que llevaban en hombros sus servidores.
Haba prometido hacerles una visita amistosa e ir desarmado; pero era de
notar que aquella visita amistosa la hizo acompaado de un squito de
varios miles de atlticos guerreros. Ostensiblemente iban desarmados;
pero debajo de sus mantos llevaban ocultos arcos, machetes y mazas.
Atahualpa no pudo resistir a la curiosidad, aun cuando habase mostrado
indiferente. Aquella nueva clase de hombres era demasiado interesante
para exterminarlos en el acto. Quera verlos ms, y as fu a ellos;
pero sumamente confiado, como pudiera estarlo un nio cruel con una
mosca. Observara por un rato sus aleteos y zumbidos, y cuando se
cansase de ellos no tena ms que extender el pulgar y aplastar la mosca
sobre el vidrio de la ventana. Pero no contaba Atahualpa con la
huspeda. Ciento setenta cuerpos espaoles podan ser fcilmente
aplastados; pero no cuando los animaba un espritu como el de su jefe.

Aun en aquel instante estaba Pizarro dispuesto a adoptar procedimientos
pacficos. El bueno de Fray Vicente de Valverde, capelln del pequeo
ejrcito, se adelant a recibir a Atahualpa. Hacan un raro contraste el
modesto misionero con su hbito gris y su manoseada Biblia en la mano,
frente al astuto indio sentado en su trono de oro, cubierto de adornos
del mismo metal y con un collar de esmeraldas. El padre Valverde le
dirigi la palabra. Le dijo que venan como servidores de un poderoso
rey y del verdadero Dios. Venan como amigos, y todo lo que pedan era
que el cacique abandonase sus dolos y adorase a Dios, y aceptase al rey
de Espaa como aliado suyo y no como soberano.

Atahualpa, despus de examinar curiosamente la Biblia (pues por de
contado no haba visto antes libro alguno), la dej caer y contest al
misionero con brevedad y casi con insolencia. Las exhortaciones del
padre Valverde slo contribuyeron a irritar al indio, y sus palabras y
su gesto se volvieron ms amenazadores. Atahualpa mostr el deseo de ver
la espada de uno de los espaoles, y ste se la ense. Entonces quiso
l desenvainarla; pero el soldado, con mucha prudencia, se lo impidi.
El padre Valverde no recomend entonces una matanza, como se le ha
imputado; solamente inform a Pizarro del fracaso de sus esfuerzos
conciliatorios. Haba llegado la hora. Atahualpa poda dar el golpe en
cualquier momento, y si l era el primero en darlo, no haba esperanza
alguna para los espaoles. Su nica salvacin estaba en adelantrsele y
coger por sorpresa a los que sorprenderles queran. Pizarro hizo una
seal con su trena a Canda, y el ridculo caoncito de la azotea
retumb de uno a otro extremo de la plaza. No hiri a nadie, ni fu esa
la intencin al dispararlo, sino nicamente aterrorizar a los indios,
que nunca haban odo un caonazo, y dar la seal a los espaoles. La
exactitud del relato que han hecho algunos historiadores de cmo el
humo de la artillera llen la plaza de nubes sulfurosas, que cegaron a
los peruanos y esparcieron una densa lobreguez, puede juzgarse teniendo
presente que toda esa mortfera nube deba salir de los caoncetes que
se transportaban a lomo de caballo por aquellas montaas, y de tres
viejos fusiles de chispa. Sin embargo, de este ridculo modo se han
descrito muchos de los incidentes de la conquista.

No menos falsas y disparatadas son las descripciones corrientes de la
matanza que sigui. Los espaoles salieron todos al oir la seal,
cayeron sobre los indios y finalmente los desalojaron de la plaza. Nos
resistimos a creer que murieron dos mil, pues calculando cuntos indios
puede matar un hombre con una espada o un mosquete o una ballesta en
media hora de lucha a todo correr, y multiplicando ese factor por ciento
sesenta y ocho, veremos que no es de dos mil, sino de doscientos, el
nmero ms probable de los muertos en Cajamarca.

El principal empeo de los espaoles no era precisamente matar, sino
rechazar a los otros indios y hacer prisionero a Atahualpa. Pizarro
haba dado severas rdenes de no causar dao al cacique. No quera
matarle, sino nicamente retenerlo vivo en rehenes, para que respondiera
de la conducta pacfica de su tribu. La guardia de corps del jefe indio
hizo una fuerte resistencia, y un espaol, en su excitacin, lanz a
Atahualpa un arma arrojadiza. De un salto Pizarro se puso delante y
recibi la herida en un brazo, salvando as la vida al cacique. Por fin
se apoderaron de Atahualpa, ileso, y le encerraron en uno de los
edificios bajo la vigilancia de una fuerte guardia. El confes,--con una
de esas bravatas caractersticas de los indios, cuya costumbre
tradicional es demostrar su valor ofendiendo al que los hace
prisioneros,--que les haba dejado entrar en la ciudad, sintindose
seguro por su ms numerosa fuerza, con el fin de hacer esclavos a los
que mejor le cuadrase y dar muerte a los otros. Pudo haber aadido que
si el astuto de su padre estuviese vivo, esto no hubiera ocurrido. El
experto Huayna Capac no habra dejado que los espaoles entrasen en la
ciudad, sino que los hubiera enredado y aniquilado en los speros
vericuetos de la montaa. Pero Atahualpa, ms presuntuoso y menos
prudente, asumi un riesgo innecesario, y ahora se hallaba prisionero,
con su ejrcito derrotado. Como vulgarmente se dice, fu por lana y
sali trasquilado.

El distinguido cautivo fu tratado con la mayor consideracin y cuidado.
Slo era prisionero por cuanto no poda salir; pero en las espaciosas y
alegres habitaciones que se le asignaron tena todas las comodidades que
apetecer poda. Su familia viva con l; coma en su propia vajilla los
mejores alimentos que podan obtenerse, y se le complaca en todos sus
deseos, excepto el de salir para llamar a los indios a las armas. El
Padre Valverde y el mismo Pizarro trabajaron con empeo para convertir a
Atahualpa al cristianismo, explicndole la impotencia y la maldad de sus
dolos, y el amor y bondad del verdadero Dios en cuanto les era posible
hacrselo entender a un indio, para quien naturalmente un Dios cristiano
era incomprensible. No tard Atahualpa en reconocer la inutilidad de sus
dioses, y declar francamente que no eran ms que unos embusteros.
Huayna Capac les haba consultado, y le dijeron que todava vivira
mucho tiempo; no obstante, Huayna Capac muri en breve. El mismo
Atahualpa haba ido a preguntar al orculo si deba atacar a los
espaoles: el orculo contest que s, y que fcilmente les subyugara.
No es de extraar que el cacique hubiese perdido la fe en los que hacan
semejantes predicciones.

Los espaoles recogieron muchas llamas, una considerable cantidad de
oro, y un gran acopio de preciosos vestidos de algodn y de pelo de
camello. No se les hostig ms, pues los indios sin su reconocido
caudillo se hallaban ms perdidos de lo que estara un ejrcito
civilizado sin sus jefes, puesto que el cacique indio est investido de
un carcter sacerdotal lo mismo que militar, y su cacique estaba
prisionero.

Por fin Atahualpa, ansioso de volver a capitanear sus fuerzas a toda
costa, hizo una proposicin tan estupenda, que los espaoles a duras
penas podan dar crdito a sus odos. Si le dejaban en libertad,
ofreciles llenar de oro la habitacin en que se hallaba prisionero,
hasta la altura a que alcanzase con la mano, y otro aposento menor lo
llenara igualmente de plata. La pieza que deba llenarse con vasijas y
objetos de oro (no haba nada macizo como lingotes), dcese que tena
veintids pies de largo por diez y siete de ancho; a la altura que marc
el cacique con la mano en la pared era de nueve pies sobre el nivel del
suelo.




VI

EL RESCATE DE ORO


No cabe dudar que Pizarro acept esta proposicin de buena fe. El
carcter del hombre, su religin, las leyes de Espaa y los indicios
justificados que nos ofrece su habitual conducta, nos inducen a creer
que tena efectivamente la intencin de poner en libertad a Atahualpa en
cuanto se pagase su rescate. Pero circunstancias posteriores, que l no
pudo evitar y por las que no debe culprsele, le obligaron a proceder de
otra manera.

Los mensajeros de Atahualpa se diseminaron por el Per a fin de reunir
el oro y la plata necesarios para el rescate. Entre tanto Huascar, el
cual se recordar que estaba prisionero en manos de la gente de
Atahualpa, al enterarse del arreglo propuesto, envi un mensaje a los
espaoles exponiendo su cuita y reclamando sus derechos. Pizarro di
rdenes de que fuese conducido a Cajamarca para que expusiese all su
pretensin. El nico modo de averiguar cul de los dos jefes rivales
tena razn, era carearlos y pesar sus respectivas pretensiones. Pero
esto no le convena a Atahualpa. Antes de que Huascar pudiese ser
llevado a Cajamarca, fu asesinado por sus guardianes indios, que eran
hechura de Atahualpa, y, segn opinin general, por orden del mismo
Atahualpa.

El oro y la plata para el rescate fu llegando poco a poco.
Histricamente no cabe dudar cul era el plan de Atahualpa en aquel
arreglo. Lo que haca era simplemente ganar tiempo; hacer que los
espaoles esperasen y esperasen, hasta que l tuviese reunidas sus
fuerzas para rescatarle, y entonces acabar con los invasores. De esto
empezaron a darse cuenta los espaoles. Por tentador que fuese el cebo
de oro, sospecharon que detrs de l haba una trampa. No tardaron en
confirmarse sus sospechas. Empezaron a enterarse de que se reunan
secretamente las fuerzas indias. Las noticias eran cada vez ms
ominosas, y ni siquiera el oro que llegaba todos los das y que a veces
representaba un valor de 50,000 pesos, les cegaba hasta el punto de no
ver el creciente peligro que corran.

Era preciso conocer la situacin mejor de lo que podan, estando
encerrados en Cajamarca, y al efecto se encarg a Hernando Pizarro que
fuese con un pequeo destacamento a explorar por Guamachucho, y despus
por Pachacamac, distante trescientas millas. Fu aquel un reconocimiento
difcil y peligroso, pero en extremo interesante. Su marcha por la
meseta de la cordillera fu sumamente penosa. El relato de grandes vas
militares, no pasaba de ser un mito, aun cuando mucho se haba hecho
para mejorar las trochas; algo muy parecido al modo primitivo de los
pueblos de Nuevo Mjico, slo que en mayor escala. Las mejores, sin
embargo, slo tuvieron por objeto arreglar las veredas para las pisadas
firmes de las llamas; pero con gran dificultad se poda arrastrar y
empujar los caballos espaoles por los trechos ms escabrosos. Lo que
muy especialmente llam la atencin de los espaoles, fueron los toscos
pero seguros puentes colgantes de vstagos con que los indios salvaban
angostas pero terribles quebradas; mas aun esos oscilantes pasos eran
difciles de cruzar para los caballos.

Despus de algunas semanas de penoso viaje el destacamento lleg a
Pachacamac sin encontrar oposicin alguna. Su famoso templo haba sido
despojado de sus tesoros; pero su renombrado dios--un grotesco dolo de
madera--all quedaba. Los espaoles derrocaron y destruyeron aquel
fetiche pagano, y despus purificaron el templo y erigieron en l un
gran crucifijo, para dedicarlo al verdadero Dios. Explicaron a los
indgenas, lo mejor que pudieron, lo que era el cristianismo, y
procuraron inducirles a convertirse.

All supieron que Chalicuchima, uno de los jefes de guerra subalternos
de Atahualpa, estaba en Jauja con una gran fuerza, y Hernando decidi ir
a visitarle. Los caballos se hallaban en mal estado para tan dura
jornada, pues se haban desgastado sus herraduras en la reciente
marcha, y el herrarlos all era un problema, porque no haba hierro en
el Per. Pero Hernando sali del apuro con un peregrino recurso. Si no
haba hierro, haba en cambio plata en abundancia, y al cabo de poco
tiempo los caballos espaoles llevaban herraduras de ese precioso metal
y estaban en disposicin de marchar a Jauja. Era una jornada difcil;
pero vala la pena de hacerla. Chalicuchima decidi espontneamente ir
con los espaoles a Cajamarca para consultar con su jefe Atahualpa. En
realidad, era justamente lo que l deseaba. Una entrevista personal les
permitira determinar el mejor medio de librarse de aquellos misteriosos
extranjeros. Por consiguiente, los aventureros espaoles y el astuto
subjefe llegaron por fin juntos a Cajamarca.

Mientras tanto Atahualpa lo haba pasado muy ricamente en manos de sus
aprehensores. Aun cuando stos tenan motivos para desconfiar--y en
efecto desconfiaban--del indio traicionero, no solamente le trataron
humanitariamente, sino con la mayor benevolencia. Viva lujosamente con
su familia y servidumbre y tena mucho trato con los espaoles. Parece
que hicieron cuanto pudieron para ganar su amistad, principio que
inspir siempre la conducta de Pizarro. Los historiadores parciales no
pueden contradecir un hecho significativo. Los indios llegaron a
considerar a Pizarro y a sus dos hermanos Gonzalo y Juan como amigos, y
un indio, que es mucho ms suspicaz y observador que nosotros, es una de
las ltimas personas a quien se puede engaar sobre este punto. Si los
Pizarros hubiesen sido los hombres crueles y despiadados que nos han
pintado algunos escritores predispuestos y mal informados, los
aborgenes hubiesen sido los primeros en notarlo y les hubieran odiado.
El hecho de que los pueblos que conquistaron llegaran a ser sus amigos y
admiradores, es el mejor testimonio de su humanitarismo y su justicia.

Atahualpa hasta aprendi a jugar al ajedrez y a otros juegos europeos, y
aparte de procurarle esos entretenimientos, se puso empeo en hacerle
comprender cada da ms y mejor los principios del cristianismo. A
pesar de todo esto, iba continuamente trabajando en sus hostiles planes.

Hacia ltimos de mayo, los tres emisarios que se envi a Cuzco a buscar
una parte del rescate, volvieron a Cajamarca con un gran tesoro.
Solamente del famoso templo del Sol, les haban dado los indios
setecientas placas de oro, y eso no era sino una parte del tributo de
Cuzco. Los mensajeros trajeron de all doscientas cargas de oro y
veinticinco de plata, llevando cada carga cuatro indios en una especie
de carretilla de mano. Esta enorme contribucin hizo aumentar
considerablemente el tesoro destinado al rescate, si bien no se
consigui con ella llenar el aposento hasta la seal indicada y
convenida. Sin embargo, Pizarro no era un Shylock. El precio del rescate
no estaba completo, pero era bastante, y el hroe hizo que un notario
redactase un documento eximiendo formalmente a Atahualpa de todo pago
ulterior, esto es, dndole recibo y finiquito de la cantidad estipulada.
Pero se vi obligado a aplazar la liberacin del cacique. El asesinato
de Huascar y otros sntomas por el estilo, indicaban que sera una
medida suicida el soltar por entonces a Atahualpa. Aun cuando disfrazaba
sus intenciones, eran stas muy sospechosas, y Pizarro le dijo que era
necesario retenerlo algn tiempo ms en rehenes. Saba muy bien que no
estara seguro dejando libre a Atahualpa, antes de tener una fuerza
mayor para resistir el ataque que sin duda este cacique organizara en
el acto. Conoca el carcter vengativo de los indios algo mejor que
algunos historiadores de biblioteca.

Almagro, entre tanto, haba por fin conseguido salir de Panam con
ciento cincuenta infantes y cincuenta caballos, en tres buques, y
desembarcando en la costa del Per lleg a San Miguel en diciembre de
1532. All se enter con asombro del mgico xito de Pizarro y del botn
de oro, y al punto se puso en comunicacin con l. Al mismo tiempo su
secretario envi a Pizarro una carta traicionera, tratando de crear
enemistad y vender a Almagro. Pero el secretario no conoca al hombre a
quien se diriga, pues Pizarro rechaz la despreciable oferta.
Verdaderamente su conducta para con su poco admirable socio, desde el
principio hasta el fin, fu ms que justa: fu condescendiente, amistosa
y magnnima hasta el extremo. Entonces envi a Almagro la reiteracin de
su amistad, y generosamente le brind una participacin en el campo de
oro que haba sido conquistado con escasa ayuda de su parte. Almagro
lleg a Cajamarca en el mes de febrero de 1533, y fu cordialmente
acogido por su antiguo compaero de armas.

Entonces se reparti el cuantioso rescate, tesoro de que no se registra
igual en la historia. Fu aquel reparto una labor que requera no poca
prudencia y pericia. El tributo no consista en moneda ni lingotes, sino
en placas, vasijas, imgenes y otros objetos que variaban grandemente en
peso y en ley. Tuvo que reducirse y calcularse todo de conformidad con
un tipo regulador. Separronse algunos de los objetos ms notables para
enviarlos a Espaa, y se hizo fundir los otros, en forma de lingotes,
por los artfices indios, quienes emplearon un mes en esa tarea. El
producto fu casi fabuloso. Se valu en 1.326,539 _pesos de oro_, que en
aquella poca valan comercialmente cinco veces lo que pesaban, o sea en
junto unos 6.632,695 pesos. Adems de tan importante cantidad de oro,
haba 51,610 marcos de plata, que al mismo tipo equivalan a 1.135,420
pesos de nuestra moneda.

Los espaoles se haban reunido en la plaza publica de Cajamarca.
Pizarro rog a Dios que le iluminase para repartir aquel tesoro
equitativamente, y empez la distribucin. Ante todo se separ una
quinta parte del peso total con destino al rey de Espaa, de acuerdo con
lo ofrecido por Pizarro en el contrato. Despus de esto, los
conquistadores recibieron sus partes por el orden de su categora.
Pizarro recibi 57,222 pesos de oro y 2,350 marcos de plata, adems de
la silla de oro de Atahualpa, que por su peso vala 25,000 pesos. A su
hermano Hernando le toc 31,089 pesos de oro y 2,350 marcos de plata. A
Soto le correspondi 17,749 pesos de oro y 724 marcos de plata. Haba en
la tropa sesenta jinetes y muchos de ellos recibieron 8,880 pesos de
oro y 362 marcos de plata. De los ciento cinco soldados de infantera,
varios recibieron la misma cantidad que los de caballera, y los dems
una cuarta parte menos. Separse cerca de 100,000 pesos oro para dotar
la primera iglesia del Per, que fu la de San Francisco. Tambin se di
participacin a Almagro y a su gente, as como a los que haban quedado
de guarnicin en San Miguel. Que Pizarro logr hacer un reparto
equitativo lo demuestra el hecho de no haber habido la menor queja, y no
eran sus asociados hombres que se quedasen tranquilos si se creyesen
lesionados o siquiera lo imaginasen. Ni aun sus difamadores han podido
culpar de falta de integridad al valiente conquistador del Per.

Para dar una forma ms grfica al resultado de tan inesperada y
portentosa ganancia, haremos una lista poniendo a cada participacin el
valor equivalente en dlares americanos:

  A la Corona de Espaa   1.553,623 dlares
   Francisco Pizarro       462,623   
   Hernando Pizarro        209,100   
   Soto                    104,628   
   cada jinete              52,364   
   cada infante             26,182   

Todo esto sin contar las fortunas que se repartieron a Almagro y a los
suyos y para la iglesia.

Este es el clculo ms aproximado que puede hacerse del valor de aquel
tesoro. El estudio del muy complicado y variable sistema de monedas de
aquellos tiempos y de sus valores relativos, sera trabajo de toda una
vida; pero las cifras que acabamos de dar son virtualmente exactas. El
clculo de Prescott, que da al _peso de oro_ de aquel tiempo un valor
equivalente a once dlares de hoy, carece enteramente de fundamento:
vala muy cerca de cinco dlares. El marco de plata es mucho ms difcil
de apreciar, y Prescott ni siquiera lo intenta. El marco no era una
moneda, sino un peso, y su valor comercial era entonces de unos
veintids dlares.




VII

TRAICIN Y MUERTE DE ATAHUALPA


Pero en medio de su gozo al ver realizados sus dorados ensueos--y casi
podemos imaginar lo grandes que se sentiran al verse ya ricos, despus
de una vida de pobreza y de sufrimientos,--los espaoles se vieron
bruscamente sorprendidos por menos placenteras realidades. Las
maquinaciones de los indios, de que ya se haba sospechado, ahora no
daban lugar a dudas. De todas partes llegaban noticias de un
levantamiento. Se anunciaba que doscientos mil guerreros de Quito y
treinta mil de los canbales caribes se haban puesto en camino para
caer sobre la pequea fuerza de los espaoles. Rumores de esta clase
siempre suelen ser exagerados; pero entonces tenan probablemente
fundamento. No otra cosa poda esperar quien estuviese tan familiarizado
con el carcter de los indios como lo estaban los espaoles. De todos
modos, nuestro juicio de lo que sobrevino debe guiarse no solamente por
lo que _era_ cierto, sino ms bien por lo que los espaoles _crean_ que
lo era. Ellos tenan motivos para suponer, y no cabe dudar que as lo
suponan, que las maquinaciones de Atahualpa traan una fuerza muy
superior contra ellos, y que su vida estaba en inminente peligro. La
inmensa riqueza que acababan de adquirir les pona an ms intranquilos.
Es una fase curiosa pero comn de la naturaleza humana, que no nos damos
cuenta de la mitad de los muchos peligros ocultos que amenazan nuestra
vida, hasta que hemos adquirido algo que nos hace la vida ms agradable.
A menudo vemos cmo un hombre valiente se vuelve de pronto cauteloso, y
hasta ridculamente medroso, cuando tiene una esposa querida y algn
hijo que cuidar y proteger; y dudo que ningn muchacho travieso haya
llegado a los veinte aos sin que la posesin de algn pequeo tesoro le
haya hecho pensar de momento en las muchas cosas que podran quitarle
el gusto de disfrutarlo. Entonces ve y presiente peligros que antes
nunca se le haba ocurrido suponer.

Los espaoles tenan ciertamente suficientes motivos para temer por su
vida, sin pensar en otra cosa; pero la repentina riqueza, que les
prometa un brillante y bien ganado porvenir, sin duda agudizaba ms sus
aprensiones y les acuciaba a hacer ms desesperados esfuerzos para
salvarse.

No existe ni sombra de un indicio de que Pizarro pensase jams en hacer
traicin a Atahualpa, y hay evidentes seales de todo lo contrario. Pero
ya sus soldados empezaban a exigir lo que pareca necesario para su
proteccin. Crean que Atahualpa les haba traicionado. Haba causado la
muerte de su hermano Huascar, el cual estaba dispuesto a ser amigo de
ellos, con el fin de que aquella alianza le colocase por encima del
poder de su temido rival. Les haba ofrecido como cebo un ureo rescate,
y con sus dilaciones haba ganado tiempo para organizar fuerzas con que
aplastar a los espaoles, y ahora ellos pedan no slo que se le
castigase, sino que se le imposibilitase de seguir conspirando. Nadie
que se hallase en iguales circunstancias poda rebatir esa lgica; ni
aun ahora me parece a m fuera de razn. No tan slo _creyeron_ que su
acusacin era justa, sino que probablemente lo _era_; de todos modos
ellos obraron justamente, segn los informes que tenan. Tal era su
alarma, que se doblaron las guardias, los caballos estaban
constantemente enjaezados y los hombres dorman sobre las armas,
mientras Pizarro haca la ronda todas las noches para cerciorarse de que
todo estaba en disposicin de resistir el ataque que se esperaba de un
momento a otro.

Y sin embargo, en esta crisis el jefe espaol mostr una varonil
renuencia aun a _parecer_ traicionero. Era hombre de palabra, a ms de
ser humanitario, y le repugnaba faltar a su promesa de poner en libertad
a Atahualpa, aun cuando le exima la conducta del mismo Atahualpa, en
completa violacin del espritu del contrato. Pero era imposible
substraerse a la exigencia de su gente: deba mirar por sus vidas como
por la suya propia y, obligado a elegir entre ellos y Atahualpa, no era
dudosa la eleccin. Pizarro se resista; pero su tropa insisti, y no
tuvo ms remedio que ceder. Pero, aun entonces, cuando el enemigo poda
presentarse de un momento a otro, exigi que el prisionero fuese
formalmente juzgado y cuid de que se cumpliese este requisito. El
tribunal declar a Atahualpa convicto de haber instigado el asesinato de
su hermano y de conspirar contra los espaoles, y le conden a ser
ejecutado aquella misma noche. Si se demoraba el cumplimiento de la
sentencia, poda llegar la hueste india a tiempo para rescatar a su
cacique, y eso aumentara grandemente la desventaja en que se hallaban
los espaoles. Por lo tanto aquella noche se le di garrote a Atahualpa
en la plaza de Cajamarca, y al da siguiente recibi sepultura en la
iglesia de San Francisco, tributndole las honras debidas a su alto
rango.

De nuevo se vieron sorprendidos los peruanos, esta vez por la muerte de
Atahualpa. Sin la direccin de su jefe guerrero y perdida la esperanza
de rescatarlo, vacilaron antes de atacar directamente a los espaoles.
Se mantuvieron a una distancia segura incendiando aldeas y escondiendo
oro y otros artculos que pudieran ser tiles al enemigo; as que,
despus de todo, aun cuando se haba conjurado el peligro inmediato con
la ejecucin del cacique, la situacin presentaba todava muy mal cariz.
Pizarro, que no tena de los ttulos peruanos una idea ms exacta que
algunos de nuestros historiadores, con la esperanza de crear un ambiente
de paz, nombr capitn de guerra a Toparca, otro de los hijos de Huayna
Capac; pero este nombramiento no produjo el efecto que persegua.

Decidise entonces emprender larga y ardua expedicin a Cuzco,
residencia y principal ciudad de la tribu inca, de la cual haban odo
referir ureos portentos. A principios de septiembre de 1533, Pizarro y
su ejrcito, engrosado ya con el refuerzo de Almagro hasta unos
cuatrocientos hombres, salieron de Cajamarca. Fu aquella una jornada
preada de dificultades y peligros. Los angostos y empinados senderos
conducan por vertiginosos vericuetos y por puentes colgantes tan
difciles de atravesar como lo fuera una hamaca, y suban por elevadas
peas, donde slo las giles llamas podan hallar huecos en que sentar
las patas. En Jauja les hizo resistencia gran golpe de indios,
atrincherados en la margen opuesta de un torrente recin henchido por
las lluvias. Pero los espaoles atravesaron la corriente y se lanzaron
con tal furia sobre los naturales, que stos no tardaron en ceder.

En aquel lindo valle tuvo Pizarro la idea de fundar una colonia: hizo
all una breve parada y envi a Soto con un destacamento de sesenta
hombres a practicar un reconocimiento. En el acto empez Soto a notar
seales ominosas. Hall aldeas incendiadas y puentes destrudos, de modo
que se hizo sumamente difcil cruzar aquellas terribles quebradas.
Adems, donde haba sido posible, se amontonaron en el camino troncos de
rboles y rocas, impidiendo de ese modo el paso de la caballera. Cerca
de Bilcas tuvo una dura refriega con los indios, y aun cuando salieron
victoriosos los espaoles, perdieron varios hombres. Soto, sin embargo,
sigui resueltamente adelante. Mientras la cansada tropa iba
trabajosamente subiendo por el empinado y sinuoso desfiladero de
Vilcaconga, oyse el aullido de guerra de los indios, y una hueste de
guerreros sali de los escondrijos por detrs de rboles y peascos, y
arremeti furiosamente contra los espaoles. La senda era empinada y
angosta; a duras penas los caballos podan tenerse en pie, y bajo el
empuje de aquel alud de indios, jinetes y caballos fueron rodando cuesta
abajo. Los aborgenes les rodearon como un enjambre de abejas, tratando
de desarzonar a los soldados y hasta agarrndose desesperadamente a las
patas de los caballos, y repartiendo fuertes porrazos con la mayor
agilidad. Un poco ms arriba de la escabrosa senda haba una meseta, y
Soto vi claramente que, a menos de ganar aquella posicin, estaban
perdidos. Con un esfuerzo supremo de msculos y de voluntad, logr
reunir en aquella altura a su pequeo grupo que luchaba con tan tremenda
desventaja, y despus de un breve descanso di una carga contra los
indios; pero no pudo quebrantar aquella horrenda, obscura masa.
Sobrevino la noche, y los espaoles, exhaustos y cubiertos de
sangre--pues pocos hombres y caballos haban salido sin heridas de aquel
espantoso encuentro,--descansaron como pudieron, sin abandonar las
armas. Los indios tenan la seguridad de acabar con ellos al da
siguiente, y los mismos espaoles abrigaban pocas esperanzas de
salvarse. Pero ya muy avanzada la noche oyeron toques de cornetas
espaolas en el paso de abajo, y poco despus abrazaban a sus
inesperados compatriotas y daban gracias a Dios por haberles salvado. Y
era que Pizarro, conocedor de los primeros peligros que encontraron en
su jornada, haba despachado apresuradamente a Almagro con un refuerzo
considerable de caballera para auxiliar a Soto, refuerzo que, haciendo
marchas forzadas, lleg muy oportunamente. Los peruanos, viendo a la
maana siguiente que el enemigo estaba reforzado, no renovaron el
combate y se retiraron a las montaas. Los espaoles se trasladaron a un
sitio ms seguro, y all acamparon para aguardar a Pizarro.

Este no tard en llegar, despus de haber dejado en Jauja el tesoro,
bajo la vigilancia de cuarenta hombres. Pero mucho le preocup el
aspecto de la situacin. Aquellos organizados y audaces ataques del
enemigo, y la sbita muerte de Toparca, de un modo sospechoso, le
indujeron a creer que Chalicuchima, segundo capitn de guerra, les
traicionaba; y probablemente esto era cierto. Cuando Pizarro se hubo
reunido con Almagro, hizo procesar a Chalicuchima; y habindosele
hallado convicto del delito de traicin, fu ejecutado sin demora. No
podemos menos de horrorizarnos ante el procedimiento empleado para su
ejecucin, que fu la hoguera; pero no debemos por eso precipitarnos en
juzgar como cruel al individuo responsable de tal pena. Todos aquellos
actos deben medirse por comparacin y por el espritu que reinaba en
aquella poca. Entonces no consideraba el mundo como una crueldad el
suplicio de la hoguera, y ms de un siglo despus, cuando estaba la
gente mucho ms ilustrada, los cristianos de la Gran Bretaa, de
Francia y de la Nueva Inglaterra no pusieron reparo en que se castigase
algunos delitos con ese suplicio, y seguramente no diremos que nuestros
puritanos antepasados fuesen hombres malvados o crueles. Ahorcaron
brujas y azotaron herejes, no por crueldad, sino por la ciega
supersticin de su tiempo. Ahora nos parece una cosa horrenda; pero
entonces no lo pareca, y no debemos esperar que Pizarro fuese mejor y
ms sabio que los hombres que tenan ventajas que l nunca haba tenido.
Yo ciertamente preferira que no hubiese permitido que Chalicuchima
pereciese en la hoguera; pero tambin quisiera que las repugnantes
pginas de Salem y de la esclavitud pudiesen borrarse de nuestra
historia. Ni en un caso ni en el otro, sin embargo, tildara yo a
Pizarro de monstruo, ni a los puritanos de hombres crueles.

Hallndose en semejante trance, presentse a Pizarro el inca Manco,
ricamente ataviado, y le propuso una alianza. Pretenda ser el legtimo
jefe de guerra, y deseaba que los espaoles como tal le reconociesen. Su
proposicin fu aceptada de buen grado.

Siguiendo adelante, los espaoles cayeron en una emboscada en un
desfiladero; pero rechazaron a sus agresores, y por fin entraron en
Cuzco el 15 de noviembre de 1533. Como ciudad india era la mayor del
nuevo hemisferio, aunque no mucho mayor que el pueblo en Mjico y sus
soberbios edificios y ajuares llenaron de asombro a los espaoles. Se
encontr gran cantidad de oro en cuevas y otros escondrijos. En un sitio
haba varios grandes jarrones de oro, figuras de oro y plata que
representaban llamas y personas, y ropajes recamados con abalorios de
oro y plata. Entre otros tesoros, refiere Pedro Pizarro, testigo
presencial y cronista de aquellos hechos, que se hallaron diez toscas
tablas de plata de veinte pies de largo, un pie de ancho y dos
pulgadas de grueso. La totalidad del botn recogido se valu en 580,000
pesos de oro y 215,000 marcos de plata, o sea un equivalente de
7.600,000 pesos de nuestra moneda.

Pizarro entonces coron a Manco como gobernador del Per, y esto fu muy
del agrado de los indgenas. El buen Padre Valverde fu nombrado obispo
de Cuzco; se estableci una catedral, y los devotos misioneros espaoles
se dedicaron activamente a educar y convertir a los herejes, tarea que
prosiguieron con su acostumbrada eficacia.

Quizquiz, uno de los capitanes de guerra subalterno de Atahualpa y
caudillo de alguna valenta, se mantuvo en abierta rebelin. Almagro,
con unos cuantos jinetes, y Manco con sus secuaces indgenas, salieron
en su persecucin y derrotaron a los rebeldes; pero Quizquiz no se
rindi y fu muerto por su misma gente.

En marzo de 1534, Pedro de Alvarado, el valeroso teniente de Corts, a
quien se haba recompensado por sus servicios en Mjico nombrndole
gobernador de Guatemala, desembarc y se dirigi a Quito, averiguando
despus que perteneca al territorio de Pizarro. Hzose un convenio
entre los dos: se le di a Alvarado una compensacin por su infructuosa
jornada, y se volvi de nuevo a Guatemala.

Dedicse con ahinco Pizarro al desenvolvimiento del pas que haba
conquistado y a poner los cimientos de una nacin. El da 6 de enero de
1535 fund la Ciudad de los Reyes, en el hermoso valle de Rimac. Ese
nombre se cambi poco despus por el de Lima, y Lima, capital del Per,
ha seguido siendo desde entonces. El insigne conquistador empezaba a
mostrar otra faceta de su carcter: su genio como organizador y
administrador. Emprendi con mucha energa la tarea de urbanizar Lima, y
en la direccin de todos los asuntos de su incipiente gobierno mostr
tener mucha previsin y prudencia.

En el nterin, su hermano Hernando haba sido comisionado para ir a
llevar el tesoro a la Corona de Espaa, adonde lleg en enero de 1534.
Adems de la quinta parte que a la Corona corresponda, llev medio
milln de pesos de oro, pertenecientes a los aventureros que haban
preferido gozar su dinero en casa. Hernando caus en Espaa muy
favorable impresin. La Corona confirm todas las mercedes que haba
concedido a Pizarro y extendi su territorio setenta leguas ms al sur;
mientras que a Almagro se le autoriz para conquistar Chile (que se
llamaba entonces Nueva Toledo), empezando al extremo sur del dominio de
Pizarro y hasta doscientas leguas ms all. Hernando fu armado
caballero y se le encomend una expedicin: una de las ms numerosas y
mejor equipadas que haban salido de Espaa. Tuvieron un tiempo horrible
en la travesa hasta el Per, y muchos perecieron durante el viaje.




VIII

DE COMO SE FUND UNA NACIN

SITIO DE CUZCO


Pero, antes de que Hernando llegase al Per, uno de su squito llev
all a Almagro la noticia de su adelantamiento, y esta prosperidad le
hizo perder la cabeza a aquel grosero y poco escrupuloso soldado.
Olvidndose de todos los favores de Pizarro y de que a ste debale
cuanto era, el falso amigo en el acto se impuso como amo y seor de
Cuzco.

Fu esta una vergonzosa ingratitud y bellaquera, y estuvo a punto de
producir una guerra civil entre los espaoles. Pero la lenidad de
Pizarro orill al fin la dificultad, y el da 12 de junio de 1535 los
dos caudillos renovaron su amistoso convenio. March poco despus
Almagro para emprender la conquista de Chile, en la cual fracas, y
Pizarro dedic de nuevo su atencin al desenvolvimiento de su
conquistada provincia.

En los pocos aos de su carrera administrativa obtuvo Pizarro notables
resultados. Fund varias ciudades en la costa, y a una de ellas le di
el nombre de Trujillo, en memoria de su pueblo natal. Sobre todo
deleitse en urbanizar y hermosear su predilecta ciudad de Lima, y en
fomentar el comercio y otros factores necesarios para el
desenvolvimiento de la nueva nacin. Un contraste muy notable pone en
evidencia lo acertadas que eran sus disposiciones. Cuando los espaoles
llegaron por primera vez a Cajamarca, un par de espuelas costaba 250
pesos oro. Unos cuantos aos antes de la muerte de Pizarro, la primera
vaca que se llev al Per se vendi en 10,000 pesos; y dos aos despus
poda comprarse all la mejor vaca en menos de 200. La primera barrica
de vino se vendi en 1,600 pesos; pero tres aos despus se consuma
vino del pas en vez del importado, y poda obtenerse en Lima a un
precio mdico. Lo mismo puede decirse de todo lo dems. Se haba
vendido una espada en 250 pesos; una capa, en 500; un par de zapatos, en
200; un caballo, en 10,000; pero bastaron dos o tres aos de la
sorprendente aptitud administrativa de Pizarro para poner los artculos
de primera necesidad al alcance de todo el mundo. No tan slo foment el
comercio, sino tambin la industria del pas, y desarroll la
agricultura, la minera y las artes mecnicas. En suma, estaba poniendo
en prctica con gran xito el principio general de los espaoles de que
la principal riqueza de un pas no consiste en su oro, o en sus bosques,
o en sus tierras, sino en su _pueblo_. El empeo de los exploradores
espaoles en todas partes, fu educar, cristianizar y civilizar a los
indgenas, a fin de hacerlos dignos ciudadanos de la nueva nacin, en
vez de eliminarlos de la faz de la tierra para poner en su lugar a los
recin llegados, como por regla general ha sucedido con otras conquistas
realizadas por algunas naciones europeas. De vez en cuando hubo
individuos que cometieron errores y hasta crmenes, pero un gran fondo
de sabidura y humanidad caracteriza todo el generoso rgimen de Espaa,
rgimen que impone admiracin a todos los hombres varoniles.

Mientras Pizarro estaba enfrascado en su tarea, Manco se desenmascar.
No es del todo improbable que desde un principio hubiese meditado la
traicin y que se aliase con los espaoles simplemente para tenerlos en
su poder. De todos modos, entonces se escabull, sin provocacin alguna,
para ir a levantar gente con que atacar a los espaoles, creyendo que
podra someterlos mientras se hallaban dispersos trabajando en sus
diversas colonias. Los indios leales avisaron a Juan Pizarro, el cual
captur y aprision a Manco. A la sazn lleg de Espaa Hernando
Pizarro, y Francisco le di el mando de Cuzco. El prfido Manco enga a
Hernando para que le pusiese en libertad, y en el acto comenz a reunir
sus fuerzas. Contra l se envi a Juan con sesenta jinetes, quienes por
fin hallaron en Yucay varios miles de indios mandados por Manco. En un
terrible combate que dur dos das, lograron los espaoles mantenerse
firmes, si bien con muchas prdidas, y entonces se alarmaron con la
noticia que les trajo un mensajero de que los indios haban sitiado a
Cuzco. A marchas forzadas llegaron aquella noche a la ciudad, que
hallaron rodeada por numerosa hueste. Los indios les dejaron entrar, sin
duda en su deseo de tenerlos a todos en la ratonera, y en seguida
atacaron a la malhadada urbe.

Hernando y Juan estaban, pues, encerrados en Cuzco. Tenan menos de
doscientos hombres, mientras que afuera, en las lomas de cerca y de
lejos, lucan las fogatas del enemigo, tan innumerables que parecan un
cielo estrellado. Por la maana temprano, en febrero de 1536, comenz
el ataque. Los indios arrojaron dentro de la ciudad bolas de fuego y
flechas ardiendo, con las cuales lograron pegar fuego a las bardas de
los techos. Los espaoles no podan apagar aquel fuego, que dur varios
das. Del nico modo que pudieron salvarse de perecer quemados o
asfixiados, fu apindose todos en la plaza pblica. Hicieron varias
salidas; pero los indios haban clavado estacas y puesto otros
obstculos, que entorpecan la marcha de los caballos.

No obstante, los espaoles desembarazaron el camino bajo un terrible
fuego y dieron una valiente carga, que fu rechazada con igual valenta.

Eran expertos los indios no tan slo en el manejo del arco, sino tambin
de la reata; as es que con el lazo lograron cazar a muchos espaoles, a
quienes dieron muerte. La carga hizo retroceder un trecho a los
indgenas, pero costndoles esto muy caro a los espaoles, quienes
tuvieron que internarse de nuevo en la ciudad. Mas no se les di punto
de reposo; los indios les acosaron con repetidos ataques, y la situacin
tom muy mal cariz. Francisco Pizarro estaba sitiado en Lima; Jauja
tambin se hallaba bloqueada, y los espaoles, en las pequeas colonias,
haban sido sometidos y asesinados. Sus ensangrentadas cabezas fueron
arrojadas al interior de Cuzco y rodaron a los pies de sus horrorizados
compatriotas. Tan desesperado les pareca el trance en que se hallaban,
que muchos proponan que saliesen todos en masa para abrirse paso a
travs de los indios y ganar la costa; pero Hernando y Juan no quisieron
escucharles.

Sobre el cerro que domina la ciudad de Cuzco estaba la notable fortaleza
inca de Sacsahuaman, que todava existe. Es una obra ciclpea. Por el
lado que mira a la ciudad el casi inexpugnable cerro se hizo
inexpugnable del todo construyendo en l una inmensa muralla de mil
doscientos pies de largo y de mucho espesor. Al otro lado del cerro el
suave declive estaba protegido por dos murallas, levantadas una ms
arriba que la otra, de mil doscientos pies de largo cada una. Las
piedras de esas murallas estaban trabadas con notable pericia y algunas
de ellas medan treinta y ocho pies de largo, diez y ocho de ancho y
seis de grueso. Y lo ms sorprendente era que se haban sacado de una
cantera que se hallaba a doce millas de distancia, y las haban
transportado los indios al sitio en que estaban colocadas. Finalmente,
la cima del cerro estaba defendida por dos grandes torres de piedra.

Esta imponente fortaleza de los aborgenes se hallaba en poder de los
indios y les permita hostigar a los espaoles sitiados de un modo ms
eficaz. Era necesario desalojarlos de aquella posicin. Como medida
preliminar para ver realizada esa ltima esperanza, salieron tres
destacamentos al mando de Gonzalo Pizarro, Gabriel de Rojas y Hernando
Ponce de Len, para echar de all a los indios. La lucha fu
desesperada. Los indios trataron de aplastar a sus enemigos con la
furiosa acometida de su mayor nmero, pero al fin los espaoles
obligaron a la tenaz hueste a ceder el terreno, y se retiraron a la
ciudad.

Para el asalto de la fortaleza de Sacsahuaman se eligi a Juan Pizarro,
y no poda confiarse tan aventurada empresa a ms valiente caballero.
Saliendo de Cuzco a la puesta del sol con su pequea fuerza, Juan di un
rodeo como si fuese a forrajear; pero en cuanto obscureci, di la
vuelta y se dirigi apresuradamente a Sacsahuaman. La gran fortaleza
estaba sumida en la obscuridad y en el silencio. Se haba cerrado su
poterna con grandes piedras, trabadas como las macizas murallas, y el
separarlas sin hacer ruido fu tarea muy difcil para los espaoles.
Cuando al fin pudieron pasar y se hallaron entre las dos gigantescas
murallas, cay sobre ellos una horda de indios. Juan dej la mitad de su
fuerza peleando con ellos y con la otra mitad abri la poterna de la
segunda muralla que haba sido cerrada de igual manera. Cuando los
espaoles lograron apoderarse de la segunda muralla, los indios se
refugiaron en las torres, y se hizo necesario asaltar estas ltimas y
peligrossimas defensas. Los espaoles acometieron con aquel
caracterstico valor que no se renda ante ningn obstculo de la
naturaleza o de los hombres; pero en la primera arremetida sufrieron una
prdida irreparable. El denodado Juan Pizarro haba sido herido en la
quijada, y su yelmo le molestaba tanto la herida, que se lo quit y
dirigi el asalto con la cabeza descubierta; en la lluvia de proyectiles
que arrojaban los indios, una roca le di con fuerza en la cabeza y lo
derrib al suelo. Pero aun tendido agonizante en un charco de sangre,
daba aliento a sus hombres y les acuciaba a seguir adelante, mostrando
hasta el fin su intrepidez espaola. Fu cuidadosamente conducido a
Cuzco, donde se le prodig toda clase de cuidados; pero la fractura de
su crneo no tena remedio, y despus de unos pocos das de agona se
apag para siempre aquella fluctuante vida.

Los indios continuaron dueos de su fortaleza; y, dejando a su hermano
Gonzalo encargado de la defensa de la sitiada Cuzco, Hernando Pizarro
sali con una nueva fuerza a dar un nuevo ataque a las torres de
Sacsahuaman. Fu aqul un asalto furibundo; pero al fin afortunado.
Pronto se apoderaron de una torre; pero en la otra, que era la ms
fuerte, el resultado fu por algn tiempo dudoso. Entre sus defensores
llamaba la atencin un corpulento e impertrrito indio, que arrojaba a
los espaoles por encima de las escalas a medida que trepaban por ellas
para tomar la torre. Su valor llen de admiracin a los soldados. Siendo
ellos mismos unos hroes, saban ver y respetar el herosmo hasta en sus
enemigos. Hernando di rdenes estrictas de que no se lastimase a aquel
indio; haba que sujetarlo, pero no herirle. Colocronse varias escalas
en diferentes lados de la torre, y los espaoles acometieron
simultneamente, mientras Hernando a voces intimaba al indio a que se
rindiese, prometindole que no se le hara dao. Pero aquel Hrcules de
color bazo, vindolo todo perdido, se cubri la cara y la cabeza con el
manto, y se arroj desde lo alto de la torre, quedando muerto en el
acto.

Sacsahuaman cay en poder de los espaoles, aunque con grandes prdidas,
y con ello disminuy materialmente el poder ofensivo de los indgenas.
Hernando dej en la fortaleza una pequea guarnicin y regres a la
ciudad asediada, para sufrir all con sus compaeros las duras
peripecias del sitio. Este dur cinco meses, que fueron cinco meses de
terribles sufrimientos y peligros. Manco y su hueste rodeaban la ciudad,
cuyos habitantes perecan de hambre; caan con mortal furia sobre los
grupos que, impulsados por el hambre, salan en busca de alimento, y
hostilizaban sin cesar a los supervivientes. Todos los colonos espaoles
que vivan fuera de la ciudad fueron asesinados y la situacin iba de
mal en peor.

Francisco Pizarro, sitiado en Lima, haba rechazado a los indios gracias
a las favorables condiciones del pas; pero los naturales andaban
constantemente por los alrededores. Causbanle mucha ansiedad sus
compatriotas de Cuzco, y envi cuatro expediciones sucesivas, que en
junto sumaban cuatrocientos hombres, para prestarles auxilio. Pero stos
fueron sucesivamente sorprendidos en emboscadas en los pasos de las
montaas, y casi todos perecieron. Dcese que en aquella guerra desigual
murieron setecientos espaoles. Algunos de los sitiados pedan que se
les permitiese ir hasta la costa, embarcarse y huir de aquella mortfera
tierra; pero Pizarro no consenta que se le hablase de abandonar a sus
valientes compatriotas de Cuzco, y decidi apoyarlos y salvarlos, o
sufrir la misma suerte. Para quitar a los egostas toda tentacin de
fugarse, despach todos los buques con cartas a los gobernadores de
Panam, Guatemala, Mjico y Nicaragua, explicando la desesperada
situacin en que se hallaban y pidiendo auxilio.

Por fin, en agosto, Manco levant el sitio de Cuzco. Su numerosa hueste
consuma los recursos del pas, y a menos que los habitantes volviesen a
sus plantaciones no tardara en dejarse sentir el hambre. En
consecuencia, envi muchos de los indios a trabajar en sus campos; dej
una considerable fuerza para vigilar y hostilizar a los espaoles y se
retir a uno de sus fuertes con una buena guarnicin. Entonces tuvieron
los espaoles mejor fortuna en sus salidas para forrajear, y pudieron
librarse del hambre; pero los indios que estaban en acecho los atacaban
constantemente, copando hombres y pequeos grupos sin darles respiro. La
hostilidad era tan continua y desastrosa que, para ponerle coto,
concibi Hernando el atrevido plan de apoderarse de Manco, en su propia
fortaleza. Saliendo con ochenta de sus mejores jinetes y alguna
infantera, realiz una marcha larga y tortuosa con la mayor cautela y
sin dar la alarma. Atacando la fortaleza al romper el da, pens tomarla
por sorpresa; pero detrs de aquellas tremendas murallas los indios lo
estaban acechando, y levantndose sbitamente lanzaron sobre los
espaoles una espesa lluvia de proyectiles. Con el valor de la
desesperacin aquel puado de soldados se lanz por tres veces al
asalto; pero tres veces tambin el excesivo nmero de salvajes les
oblig a retroceder. Entonces los indios abrieron las compuertas de las
presas ms altas e inundaron el campo; y los espaoles, diezmados y
ensangrentados se batieron en retirada, perseguidos de cerca por los
regocijados enemigos. En aquella hora terrible, Pizarro fu traicionado
por el hombre que, ms que ningn otro, debi serle leal: por el vulgar
traidor Almagro.




IX

OBRA DE TRAIDORES


Almagro haba penetrado en Chile, sufriendo grandes penalidades al
cruzar las montaas. De nuevo di muestra de cobarda, pues,
descorazonado desde el principio, retrocedi, regresando al Per. Parece
como si hubiese decidido que le sera ms cmodo robar a su camarada y
bienhechor que llevar a cabo por s mismo una conquista, especialmente
sabiendo la situacin en que a la sazn se hallaba Pizarro. Este,
enterado de su regreso, sali a recibirle. Manco atac a los espaoles
en el camino; pero fu rechazado despus de una encarnizada lucha.

A pesar de los sensatos argumentos de Pizarro, Almagro no quiso
abandonar su plan. Insisti en que se le cediese Cuzco, la ciudad
principal, bajo pretexto de que estaba al sur del territorio concedido a
Pizarro; en realidad se hallaba situada dentro de los lmites que a
Pizarro concedi la Corona; pero esto no era bice para un hombre como
l. Por fin se convino en una tregua hasta que una comisin pudiese
medir y demarcar la frontera sur de las tierras de Pizarro. En el
nterin se comprometi Almagro, con un solemne juramento, a tener los
cepos quedos. Pero no era hombre capaz de mantener su juramento ni su
palabra de honor; as fu que, en la obscura y tempestuosa noche del 8
de abril de 1537, se apoder de Cuzco, mat a los centinelas e hizo
prisioneros a Hernando y Gonzalo Pizarro. Iba entonces Alonso de
Alvarado en auxilio de Cuzco con bastante fuerza; pero, traicionado por
uno de sus oficiales, fu hecho prisionero, con todos sus hombres, por
Almagro.

En tan crtica situacin, Pizarro reanimse con la llegada de su antiguo
valedor, el licenciado Espinosa, con doscientos cincuenta hombres y un
cargamento de armas y provisiones que le enviaba su primo Hernn
Corts. Sali con direccin a Cuzco; pero al saber la pasmosa noticia de
la descarada traicin de Almagro, regres a Lima y fortific su pequea
ciudad. Tena verdaderos deseos de evitar un derramamiento de sangre, y
en vez de marchar con un ejrcito a castigar el traidor, envi una
embajada, en la que iba Espinosa, para tratar de traer a Almagro a la
razn y la decencia. Pero aquel vulgar soldado era refractario a todos
los argumentos. No tan slo rehus entregar a Cuzco, sino que con mucha
frescura anunci su determinacin de apoderarse tambin de Lima.
Espinosa muri repentina y oportunamente en el campamento de Almagro, y
Hernando y Gonzalo Pizarro hubieran sido ejecutados, a no ser por los
esfuerzos de Diego de Alvarado (hermano del hroe de la Noche Triste)
el cual evit que Almagro aadiese esta crueldad a sus vergonzosos
actos. Hacia la costa march despus Almagro para fundar un puerto,
dejando a Gonzalo bajo una fuerte guardia en Cuzco y llevndose a
Hernando como prisionero. Mientras construa la ciudad, a la que di su
nombre, Gonzalo Pizarro y Alonso de Alvarado se escaparon y llegaron
sanos y salvos a Lima.

Todava Francisco Pizarro trat de evitar el llegar a las manos con el
hombre que, aun cuando ahora haba sido traidor, fu en otro tiempo su
camarada. Al fin se concert una entrevista, y los dos jefes se
personaron en Mala. Almagro agasaj hipcritamente al hombre a quien
haba traicionado; pero Pizarro era hombre de otra fibra. No deseaba
tener enemistad con su antiguo amigo; pero tampoco poda profesar
amistad a semejante persona. Recibi con digna frialdad la falsa acogida
de Almagro. Acordse someter la cuestin al fallo arbitral de Fray
Francisco de Bobadilla, y que ambos contendientes respetasen su
decisin. El rbitro fall por fin que se enviase un buque a Santiago, y
desde all midiese con direccin al sur para determinar el lmite exacto
de la concesin de Pizarro por aquel lado. Entre tanto, Almagro deba
entregar Cuzco y poner en libertad a Hernando Pizarro. El usurpador
rehus acatar tan equitativo fallo, violando nuevamente todo principio
de honor. Hernando Pizarro estaba en inminente peligro de morir
asesinado, y Francisco, queriendo salvar a su hermano a toda costa,
compr su libertad a cambio de la cesin de Cuzco.

Al fin, agotada ya la paciencia de Pizarro por los repetidos actos de
traicin de Almagro, le di aviso de que haba terminado la tregua, y
emprendi la marcha sobre Cuzco. Almagro hizo cuantos esfuerzos pudo
para defender su robada presa; pero a cada paso le venci la tctica
militar de Pizarro. Adems, estaba minado por una vergonzosa enfermedad,
castigo de su licenciosa vida y tuvo que confiar la campaa a su
teniente Orgez. El da 26 de abril de 1538, los espaoles leales al
mando de Hernando y Gonzalo Pizarro, Alonso de Alvarado y Pedro de
Valdivia, tuvieron un contacto con las fuerzas de Almagro en Las
Salinas. Hernando hizo decir misa, excit a sus hombres exponindoles la
conducta de Almagro y dirigi una carga contra los rebeldes. Siguise
una terrible lucha; pero finalmente Orgez fu muerto, y sus secuaces
no tardaron en ser derrotados. Los espaoles victoriosos se apoderaron
de Cuzco e hicieron prisionero al architraidor. Fu juzgado y convicto
de traicin, pues traicionando a Pizarro haba sido tambin traidor a
Espaa, y se le sentenci a muerte. El hombre que en alguna
circunstancia mostr tener algn valor fsico, fu un cobarde en el
postrer momento. Con la mayor pusilanimidad pidi que le perdonasen la
vida; pero la pena era justa, y Hernando Pizarro rehus revocar la
sentencia. Francisco Pizarro haba salido para Cuzco; pero antes de
llegar, ya Almagro haba sido ejecutado, quedando vengada una de las ms
viles traiciones que registra la historia. A Pizarro le impresion
profundamente la noticia de su ejecucin; pero no pudo menos de
comprender que se haba hecho justicia. Movido de sus naturales
impulsos, Pizarro se hizo llevar a su casa a Diego de Almagro, hijo
ilegtimo del traidor, y le atendi como si fuese su propio hijo.

Hernando Pizarro volvi a Espaa. All se le acus de haber cometido
crueldades, y el Gobierno de Espaa, ms pronto que ningn otro a
castigar delitos de esta clase, le conden a presidio. Durante veinte
aos el encanecido prisionero vivi entre rejas en Medina del Campo; y
cuando sali de all, su perodo de actividad se haba agotado, aun
cuando lleg a vivir cien aos.

La situacin en el Per, si bien mejor con la muerte de Almagro y la
sofocacin de su malvada rebelin, distaba mucho de ofrecer seguridad.
Manco estaba revelando lo que desde entonces se ha considerado como
tctica caracterstica de los indios. Haba visto que el sistema
primitivo de acometer al enemigo en masa para aplastarle bajo el peso
del mayor nmero, se estrellaba contra la disciplina. Por lo tanto
adopt la tctica del hostigamiento y la emboscada; la prctica de matar
por detrs, que nuestros apaches aprendieron del mismo modo. Andaba
siempre atisbando a los espaoles, como un lobo a un rebao, esperando
ocasin de lanzarse sobre ellos cuando estuviesen descuidados, o cuando
unos pocos se hallasen separados del cuerpo principal. Es ese un medio
eficaz de hacer la guerra y el ms difcil de combatir. Muchos de los
espaoles fueron vctimas de l: de una simple redada cogi y mat a
treinta de ellos. Era intil perseguirle: las montaas le ofrecan un
retiro inexpugnable. Como nico medio de librarse de su persecucin,
Pizarro adopt un nuevo procedimiento. En los distritos ms peligrosos
estableci puestos militares; alrededor de estos sitios seguros
crecieron rpidamente algunas ciudades, y as la gente pudo vivir
tranquila. Llegaban emigrantes al pas, y el Per iba formando con ellos
y con los indgenas educados una nacin civilizada. Pizarro import toda
clase de semillas de Europa, y la agricultura fu all una nueva y
adelantada industria.

Adems de este desarrollo de aquella nueva y pequea nacin, Pizarro iba
ensanchando los lmites de las exploraciones y conquistas. A ellas envi
el valiente Pedro de Valdivia, aquel hombre notable que conquist Chile
e hizo all historia, que se hallara llena de espeluznante inters si
tuvisemos aqu espacio para narrarla. Tambin envi a su hermano
Gonzalo como gobernador de Quito, en 1540. Esta expedicin fu uno de
los hechos ms asombrosos y caractersticos de la exploracin de los
espaoles en Amrica, y quisiera disponer de espacio suficiente para
relatar aqu toda su historia. Durante dos aos el caballeroso jefe y su
puado de hombres sufrieron penalidades sobrehumanas. Algunos murieron
helados en las nieves de los Andes; otros, de calor en las desiertas
llanuras, y los dems se internaron en las pantanosas selvas de la parte
superior del ro Amazonas. Un terremoto engull una ciudad india de
centenares de casas ante sus propios ojos. Paso a paso tuvieron que
abrirse camino con sus machetes por las exuberantes selvas tropicales.
Construyeron un pequeo bergantn con indecible trabajo, prestando
Gonzalo su ayuda lo mismo que los dems, y bajaron por el Napo hasta el
Amazonas. Francisco de Orellana y cincuenta hombres no pudieron reunirse
con sus compaeros, y bajaron flotando por el Amazonas hasta el mar,
volviendo a Espaa los supervivientes. Gonzalo tuvo por ltimo que
volver trabajosamente a Quito, jornada que llev a cabo en medio de
incomparables horrores. De los trescientos valientes que tan alegremente
haban salido en 1540 (sin contar los cincuenta de Orellana), entraron
tambalendose en Quito, en junio de 1542, solamente ochenta esqueletos
desharrapados. Esto dar una ligera idea de lo que haban sufrido
aquellos infelices.

Entre tanto una calamidad irreparable cay sobre aquella joven nacin, y
de un golpe villano le arrebat una de sus ms heroicas figuras. Los
viles secuaces que participaron en la traicin de Almagro, haban sido
perdonados y se les trat bien; pero no cambi su carcter y continuaban
conspirando contra el hombre sabio y generoso que les haba dado cuanto
tenan. Hasta Diego de Almagro, a quien Pizarro atendiera tiernamente
como a un hijo, se uni a los conspiradores. El cabecilla se llamaba
Juan de Herrada. El domingo 26 de junio de 1541, aquella partida de
asesinos se abri paso sbitamente y penetr en la casa de Pizarro. Las
personas desarmadas que en ella se hallaban huyeron en busca de
auxilio, y los fieles servidores que opusieron resistencia fueron
asesinados. Pizarro, su hermanastro Martnez de Alcntara y un probado
oficial que se llamaba Francisco de Chaves, tuvieron que afrontar solos
el combate. Como fueron cogidos por sorpresa, Pizarro y Alcntara
trataron de vestirse apresuradamente la armadura, mientras ordenaban a
Chaves que cerrase la puerta. Pero, sin darse cuenta, el soldado la
entreabri para parlamentar con los villanos, y stos le atravesaron con
la espada y a puntapis arrojaron su cadver por la escalera. Alcntara
se lanz a la puerta y luch heroicamente, sin arredrarse por las
numerosas heridas que reciba. Pizarro, echando a un lado la armadura,
que no tuvo tiempo de vestirse, se li una manta al brazo izquierdo para
escudarse, y cogiendo con la otra la buena espada que haba blandido en
tantas luchas desesperadas, salt como un len sobre aquella manada de
lobos. Era ya viejo, y tantos aos de sufrimientos y penalidades le
haban quebrantado. Pero su gran corazn no haba envejecido, y pele
con un valor sobrehumano y con sobrehumana fuerza. Su rpida espada
atraves a los dos que iban delante, y por un momento vacilaron los
traidores. Pero Alcntara haba cado, y turnndose para cansar al
anciano hroe, los cobardes le acosaron sin cesar. Durante algunos
minutos prosigui aquella lucha desigual en el angosto pasillo, cuyo
suelo haca resbaladizo la sangre derramada: un anciano lleno de canas y
de brillantes ojos, contra una veintena de bandidos. Al fin Herrada
cogi en sus brazos a su camarada Narvez y, protegido por aquel escudo
viviente, arremeti contra Pizarro. Este atraves a Narvez con varias
estocadas; pero en el mismo instante uno de aquellos asesinos le hiri
en la garganta. El conquistador del Per vacil y cay, y los
conspiradores hundieron en su cuerpo sus espadas. Pero aun entonces
aquella voluntad de hierro hizo que el cuerpo obedeciese el ltimo
sentimiento de un gran corazn, e invocando a su Redentor, Pizarro moj
un dedo en su propia sangre, traz en el suelo una cruz, doblegse y
besando el sagrado smbolo, expir.

As vivi y as muri el hombre que empez la vida como porquerizo en
Trujillo y la acab como conquistador del Per. Fu el ms grande de los
exploradores; un hombre que de modestos principios se elev ms alto que
nadie; un hombre en quien se ha cebado la maledicencia y la calumnia de
los historiadores apasionados; pero, un hombre a quien la historia, sin
embargo, colocar en una de sus ms altas hornacinas; un hroe a quien
se gozarn algn da en venerar cuantos admiren el herosmo.

Tal fu la conquista del Per. De la historia romntica que all sigui,
nada puedo decir aqu; no puedo, pues, hablar de la lamentable cada del
valiente Gonzalo Pizarro; del notable Pedro de la Gasca; del ascenso del
gran Mendoza al virreinato, ni de cien otros captulos de una historia
que fascina. Slo he querido dar al lector una idea de lo que era
realmente una conquista espaola en punto a superlativo herosmo y
sufrimientos. Fu la de Pizarro la conquista ms grande; pero no son
muchas otras inferiores en herosmo y penalidades, sino nicamente en
genio; y la historia del Per es muy parecida a la historia de las dos
terceras partes del Nuevo Mundo.




NDICE


                                                                 PGINAS
  Dedicatoria                                                          5

  Nota biogrfica acerca del autor                                     7

  Prefacio                                                            13

     I.--La Nacin exploradora                                        15

    II.--Geografa embrollada                                         22

   III.--Coln el descubridor                                         30

    IV.--Haciendo geografa                                           36

     V.--Captulo de la conquista                                     47

    VI.--La vuelta alrededor del Mundo                                59

   VII.--Espaa en los Estados Unidos                                 65

  VIII.--Dos continentes dominados                                    75


  II. LOS PRIMEROS CAMINANTES EN AMRICA

     I.--El primer caminante en Amrica                               85

    II.--El ms intrpido caminante                                   98

   III.--La Guerra de la Roca                                        104

    IV.--El asalto a la empinada ciudad                              112

     V.--El Soldado poeta                                            119

    VI.--Los Misioneros exploradores                                 123

   VII.--Los fundadores de iglesias en Nuevo Mjico                  130

  VIII.--El salto de Alvarado                                        139

    IX.--El Vellocino de Oro                                         148


  III. EXPLORADORES EJEMPLARES

     I.--El porquerizo Trujillo                                      165

    II.--El hombre impertrrito                                      175

   III.--Ganando terreno                                             183

    IV.--El Per tal como era                                        193

     V.--La Conquista del Per                                       199

    VI.--El rescate de oro                                           208

   VII.--Traicin y muerte de Atahualpa                              215

  VIII.--De como se fund una nacin--Sitio de Cuzco                 223

    IX.--Obra de traidores                                           230




NOTAS


[1] Mr. A. F. Bandelier, el ms erudito y mejor documentado de los
historiadores de la Amrica espaola, falleci en Sevilla durante el
verano de 1914, y su viuda ha continuado all, bajo los auspicios de la
Fundacin Carnegie la labor de investigacin en que se ocupaba su
esposo. (N. del T.)

[2] Apodo que se daba a un cacique de los Pieles rojas de Pokanoket,
cuyo nombre indio era Pometacom, el cual en 1676 y al frente de varias
tribus, hizo una guerra feroz y sanguinaria contra las colonias inglesas
de Massachusetts, Plymouth y Connecticut, destruyendo 13 aldeas,
incendiando 600 edificios y matando a 600 colonos. (_Nota del
traductor._)

[3] Como deca el mismo hasta los sastres se volvieron exploradores.

[4] De Santoa, Santander

[5] Los ingleses.

[6] El historiador indio Tezozomoc describe grficamente el pasmo de los
indgenas.

[7] En ste como en otros juicios relativos a la conquista de Mjico, y
de Corts, muy diferentes de los conocidos por nosotros dejamos al autor
toda la responsabilidad del criterio. (_Nota del Editor._)

[8] Vase la nota de la pg. 19.

[9] Helen Hunt Jackson.

[10] Otros dos han empuado el cetro desde que se escribi este
libro.--(_Nota del Traductor._)

[11] El acre es una medida agraria que equivale a 40'47 reas.--_N. del
T._

[12] Cinco metros y medio.--_N. del T._

[13] Segn la fbula, dos gatos cayeron en un pozo de Kilkenny, y se
atacaron uno a otro con tanta ferocidad que solo quedaron los
rabos.--_N. del T._

[14] El autor escribi este libro antes del fallecimiento de esa
soberana--. (_N. del T._)

[15] Moneda del valor de un peso duro.


Nota del transcriptor:

En el original impreso la nota al pie nmero 8 se refiere a una nota de
la pgina 21 que no existe. Se ha cambiado por una referencia a la nota
2, de la pgina 19.





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XVI, by Charles F. Lummis

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the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org/license

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
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terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
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1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

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electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
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1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
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- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
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     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
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     of receipt of the work.

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     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
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written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
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providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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