The Project Gutenberg EBook of Eneida; v.1 de 2, by Publio Virgilio Marn

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Title: Eneida; v.1 de 2

Author: Publio Virgilio Marn

Translator: Miguel Antonio Caro

Release Date: February 25, 2020 [EBook #61508]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ENEIDA; V.1 DE 2 ***




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(Biblioteca Nacional de Espaa. )









                                ENEIDA.




                          BIBLIOTECA CLSICA

                                TOMO IX

                                ENEIDA

                                  POR

                         PUBLIO VIRGILIO MARON

                   TRADUCCIN EN VERSOS CASTELLANOS

                                  POR

                          MIGUEL ANTONIO CARO

                                TOMO I

                                MADRID
                    LIBRERA DE PERLADO, PEZ Y C.
                        Sucesores de Hernando.
                      Calle del Arenal, nm. 11.

                                 1905




                             ES PROPIEDAD

         Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.




                                  LA

                          ACADEMIA ESPAOLA,

                      EN PRENDA DE AGRADECIMIENTO

                       Y TESTIMONIO DE ADHESIN,

                         MIGUEL ANTONIO CARO.




                         VIRGILIO EN AMRICA.

     ENEIDA DE VIRGILIO.--(Libros I y IV), traduccin en octavas, por D.
     Fermn de la Puente y Apezechea, de la Academia Espaola.--Madrid,
     1874.

     OBRAS DE VIRGILIO, traducidas en versos castellanos con una
     introduccin y notas, por Miguel Antonio Caro. Tomos I y
     II.--Bogot, 1873.


         I.

Podra formarse un precioso volumen, titulado _Virgilio en Amrica_,
reuniendo las traducciones  imitaciones en lengua castellana que del
gran poeta latino han ensayado varios humanistas hijos del Nuevo Mundo.
Estamos ciertos de la superioridad que este trabajo alcanzara si se
llegara  realizar y se pusiera en cotejo con la recopilacin, erudita
pero escasa de buena crtica, formada en el ltimo tercio del siglo
XVIII por el laborioso D. Gregorio Mayns y Cscar.

Los trabajos reunidos por este humanista europeo, comenzando por las
Gergicas del maestro Juan de Guzmn, discpulo del Brocense, y
acabando por la Eneida de Hernando de Velasco, poco tienen de amenos y
de virgilianos, si exceptuamos algunas imitaciones felicsimas del dulce
Luis de Len.

La reciente y meritoria traduccin del Sr. Ochoa est, como todos saben,
escrita en prosa; y antes del de ste no ha llegado  nuestros odos,
incluyendo  Iriarte, el nombre de traductor alguno peninsular,
reconocido como intrprete notable del pico latino. Mientras tanto, en
esta misma _Revista_ hemos tenido la agradable oportunidad de consignar
los ensayos maestros de D. Juan C. Varela y de D. Ventura de la Vega, en
los cuales se trasunta el ms exquisito sentimiento de las bellezas del
original, que trasladaron  versos castellanos en forma y lenguaje
intachables.

Vamos ahora  comunicar  nuestros lectores nuevas pruebas de la aptitud
de los literatos sudamericanos para aclimatar en el terreno de las
lenguas vivas, desafiando las trabas de las combinaciones mtricas ms
ajustadas, el espritu, las ideas, los sentimientos de los poetas de la
antigedad clsica. Y, como vivimos los americanos en completo divorcio
intelectual unos de otros, ignorando comnmente aquello que cada seccin
del continente conquista y cosecha  favor de la civilizacin y de la
honra de la patria comun, creemos hacernos gratos  los argentinos,
revelndoles el secreto de dos bellas y serias traducciones de la obra
virgiliana completa, que aparecen en este momento, debidas  la
erudicin y al estro de un neogranadino y de un mejicano: _Arcades ambo
..._

Llmase este ltimo D. Fermn de la Puente y Apezechea, miembro de la
Academia Espaola. Para estimar el mrito de la traduccin de los libros
I y IV de la _Eneida_, que hasta ahora son los nicos que ha dado  luz
este seor, tenemos que referirnos al anlisis que de ellos hace, en un
artculo crtico, otro americano bien conceptuado en Espaa como hombre
de letras y de buen gusto, el Sr. D. Jos Antonio Calcao, venezolano
avecindado  la sazn en las cercanas de Liverpool.

El crtico ha sometido la obra del mejicano  una prueba dura, pero
eficaz y decisiva. Cuando se nos viene  las manos, dice el Sr.
Calcao, la traduccin de un autor clsico, no podemos prescindir de ir
 ver, antes que todo, cmo han sido vertidos aquellos pasajes que, si
hemos hecho particular estudio del texto, tenemos en la memoria.
Trayendo  la suya el mismo crtico los pasajes ms clebres de los
mencionados libros de la _Eneida_, ya por sentenciosos, ya por
patticos, ya por la belleza rtmica,  por la propiedad de las
onomatopeyas, parangona el original con la versin, resultando que en la
mayor parte de los casos sale airoso el traductor y sin ofensa el poeta
original. No es esto corto elogio para el Sr. Apezechea. En cuanto al
mrito de la versificacin, el crtico le es favorable hasta el
entusiasmo, exclamando al cerrar la lectura de los cantos traducidos:
Qu octavas, qu octavas hay en ellos! Cmo honra su autor  nuestra
Amrica!

El Sr. Calcao justifica su ponderativo elogio copiando algunos trozos
de la traduccin mejicana. Despechada la tiernsima y orgullosa Dido al
verse abandonada por Eneas, dirgele el enrgico apstrofe que anda en
la memoria de todos:

_Nec tibi diva parens, generis nec Dardanus auctor, perfide ..._

      No! No es tu madre, prfido, una diosa;
    Ni tus padres de Drdano manaron:
    Del Cucaso en la entraa cavernosa
    Entre sus duros riscos te engendraron,
    Las tigres de la Hircania pavorosa
    A sus pechos, cruel, te amamantaron;
    Ya, por qu disimulo? por qu tardo?
    A qu mayores males ya me aguardo?

      Por ventura gimi por mi gemido?
    Torn  verme la vista vacilante?
    Le vi llorar con lgrimas vencido?
    Sinti piedad de su infeliz amante?
    Qu ms he de decir? Y han consentido
    Juno as y Jove  la maldad triunfante!
    Dnde hallar piedad, dnde consuelo?
    Ya no hay fe ni en la tierra ni en el cielo!

      Desnudo te lanz la mar,  inerte
    Sobre mis playas te acog rendida:
    Part loca contigo reino y suerte;
    Tu flota repar rota y perdida:
    Yo libert  los tuyos de la muerte;
    Y ay de m! (que ardo en furias encendida!)
    Hoy Apolo ... el orculo te gua:
    Un mensajero Jpiter te enva.

      Por cierto!  eso los dioses atendiendo
    Estn ... ese cuidado los agita?
    Yo no s lo que has dicho ... ni te entiendo,
    Mas respuesta ninguna necesita.
    Ve, marcha  Italia! Por el mar horrendo
    Ese tu nuevo reino solicita.
    Yo espero (si piedad hay en el cielo)
    Que los escollos vengarn mi duelo.

      A Dido entonces llamars turbado;
    Yo en negros fuegos seguirte ausente;
    Y cuando el alma deje el cuerpo helado,
    Sombra doquier, te aterrar presente:
    Tu pena entonces sufrirs, malvado,
    Y hasta en el centro del Averno ardiente
    Yo lo oir, y  mis manos la noticia
    La misma fama llevar propicia.

Veamos ahora de qu manera ha trasladado tambin  octavas castellanas
este mismo apstrofe el poeta neogranadino[A]:

       *       *       *       *       *

Indudablemente que la ventaja la lleva Caro sobre Puente y Apezechea,
como traductor de este desahogo magistral del amor burlado de una mujer.
El granadino se mueve con mayor desenvoltura, y sabe envolver y amoldar
mejor que el mejicano, en la masa dcil de sus tersos endecaslabos,
los pormenores de la irona, del dolor, de la rabia de la cartaginense.
Para entender el primero es necesario hacer algn esfuerzo, mientras que
el segundo es transparente y armonioso, y disimula la fatiga de la
tarea, complaciendo al lector. La libertad en la versificacin de Caro
va  par con la que emplea para interpretar las imgenes del poeta
latino: vuela con el pensamiento de ste; no se arrastra calcando sus
expresiones. As, por ejemplo, el _Sequar atris ignibus absens_ del
hemistiquio de Virgilio, nos parece ms potica y exactamente
interpretado en este verso:

      --Dido abandonada
    Con tea hermosa aterrar tu mente,

que no en ste del mejicano, aunque tenga el mrito de ser ms literal:

    Yo en negros fuegos seguirte ausente.

El ttulo del presente artculo nos autoriza para poner al lado de estas
dos traducciones una imitacin del mismo pasaje del libro IV de la
_Eneida_, tomada de la tragedia _Dido_ de nuestro compatriota D. Juan C.
Varela. Este poeta ha dramatizado el episodio virgiliano, poniendo  los
dos amantes uno frente al otro en la escena. Ha aceptado los caracteres
tales como fueron concebidos por el gran pico, y su mrito se reduce 
la exactitud con que el futuro fundador de Roma y la reina de Cartago
sienten y se expresan en castellano bajo la inspiracin de Virgilio. A
veces las imitaciones son ms ajustadas al espritu de los originales
que las traducciones al pie de la letra, especialmente cuando se trata
de los autores clsicos. Pocas odas castellanas se hallan ms
impregnadas del color horaciano que la de Fray Luis de Len, titulada
_Profeca del Tajo_. Varela, deteniendo especialmente su atencin en el
libro de la _Eneida_, que puede llamarse el libro del amor en este
magnfico poema, mostr sinceramente el temperamento de la musa que le
inspiraba, la sensibilidad de su alma y la analoga de su genio con el
del maestro predilecto de sus estudios. Pero escuchemos sus versos en la
boca de Dido:

      Pero yo, dnde voy? Cmo pretendo
    Con llanto dbil ablandar la pea
    De que es formado el corazn de un monstruo?
    Mis lgrimas qu valen?... nada ... aumentan
    El triunfo del malvado, y engredo,
    Contempla mi dolor y lo desprecia.
    Se le oye algn suspiro? Algn sollozo
    Interrumpe su hablar? Quiere que crea
    Que lo violenta un dios; como si fuesen
    Los dioses como Dido, que no piensan
    En nada ms que en l; como si un hombre,
    Un hombre solo interesar pudiera
    A los que en lo alto de su gloria miran
    Como nada los cielos y la tierra.
    Un dios!... Blasfemo!... Parte, parte, inicuo;
    La ambicin es tu dios: te llama, vuela
    Donde ella te arrebata, mientras Dido
    Morir de dolor: s, pero tiembla,
    Tiembla cuando en el mar el rayo, el viento,
    Y los escollos que mi costa cercan,
    Y amotinadas las bramantes olas,
    En venganza de Dido se conmuevan.

      Me llamars entonces, pero entonces
    Morirs desodo..................


         II.

Volvamos al traductor neogranadino.

Slo conocamos del Sr. D. Miguel Antonio Caro el ttulo con que public
sus poesas lricas en un volumen en 8. el ao 1866 en Bogot, y la
fama de su apellido en las letras de un pas natal. Los Caros descienden
de un gaditano nacido  la mitad justa del siglo XVIII, conocido en
Bogot como magistrado y como literato, y especialmente por su aficin 
la literatura clsica, de que di muestras anotando el _Arte potica_ de
Horacio. Su descendencia conserva, segn parece, como religin del
hogar, la inclinacin del ilustre abuelo, atestigundolo la traduccin
de que tratamos. Es de advertir que en aquella repblica de vida
agitada, tanto  ms que la nuestra, y en donde los ensayos de las
formas ms peregrinas de gobierno democrtico vertieron torrentes de
sangre generosa, y en donde la novedad  este respecto lleg  rayar en
el delirio, jams declin el amor  la bella literatura, ni se rompi el
nudo que une  la antigua con la moderna. All hubo siempre quien
recordara con hechos repetidos el consorcio indisoluble que hasta por
razn del idioma debe existir entre las letras latinas y las
contemporneas. Y de aqu, probablemente, nace tambin el esmero con que
en Nueva Granada se defiende contra las invasiones extranjeras y los
malos usos locales la integridad de la lengua heredada. Mirar por la
lengua, dice un bogotano, vale para nosotros tanto como cuidar los
recuerdos de nuestros mayores, las tradiciones de nuestro pueblo y las
glorias de nuestros hroes; y cuando varios pueblos gozan del beneficio
de un idioma comn, propender  su uniformidad es avigorar sus simpatas
y relaciones, hacer de ellos un solo pueblo[B].

Nuestro traductor de Virgilio piensa  este respecto como su
compatriota,  punto que al leer sus excelentes versos, nos sentimos
transportados al afamado siglo de oro de la literatura castellana.
Campea en ellos un respeto llevado hasta el arcasmo por las formas
sintxicas y los vocablos predilectos de Herrera y de Len--achaque
perdonable y aun meritorio al trasladar al castellano la obra de un
antiguo, porque as parece la imitacin ms cercana al original. Pero si
las producciones de D. Jos Eusebio Caro y de otros vates granadinos no
nos convencieran que esta excesiva devocin  la gramtica de nuestros
abuelos en nada perjudica  los arranques audaces del patriotismo
republicano ni  la libertad de las ideas, estaramos distantes de
recomendar como modelo  los sudamericanos el proceder seguido por los
Seores D. Miguel Antonio Caro y D. Rufino Jos Cuervo[C]............

La gramtica va hoy por el mismo camino por donde huye avergonzada la
retrica. Las cuestiones de propiedad del lenguaje no deben resolverse,
no, segn Salv y Martnez Lpez, sino segn la reflexin propia y el
instinto de lo bello y exacto adquirido con el cultivo libre de las
facultades del espritu. A la formacin de las lenguas ha precedido una
lgica severa, una ley de armona que slo sabrn hallar y respetar los
que discurran bien y tengan el sentimiento de lo bello. Mientras un
pueblo eduque su sazn, goce con la armona de los sonidos, exija de las
formas las condiciones de la belleza y lo comprenda tanto en la
Naturaleza como en el Arte, no haya miedo de que ese pueblo desfigure,
abastardee ni afee la expresin escrita de la cultura intelectual que ha
alcanzado por medio de una educacin general literaria y cientfica.
Aqu est encerrado el secreto de la decadencia  vitalidad de las
lenguas. Ellas progresan, se estacionan  retrogradan, segn la
actividad de la nacin que las habla.

       *       *       *       *       *

Horacio deca  sus discpulos: slo escribir con propiedad quien apele
 la razn como fuente y raz de todo conocimiento. El estudio de los
filsofos os dar  conocer el fundamento de las ciencias y de las cosas
naturales, y una vez conocidas, las palabras os fluirn espontneamente
 vuestros labios para expresaros con claridad.

    _Scribendi recte sapere est et principium et fons._

Se equivocara quien hiciera torcidas y desfavorables aplicaciones de lo
que dejamos dicho sin detener la pluma, al estilo y lenguaje del
distinguido traductor neogranadino. Es el Sr. Caro un excelente
humanista, un literato entendido, y al emprender su ardua tarea, saba
bien el peso que echaba sobre sus hombros, robustos  fe.

No es completo el ejemplar que poseemos de su obra; pero leyendo el
suplemento al primer volumen de ella, advertimos que ha tratado en la
introduccin, desconocida para nosotros, de la filosofa y del estilo
del clsico que vierte  nuestra lengua, mostrando as la seriedad de
sus estudios y la altura del punto de vista desde donde se encara al
mayor telogo, al mayor erudito, al mayor sabedor de las cosas romanas,
entre cuantos talentos ilustraron el siglo de Augusto. Virgilio fu el
pontfice y el heraldo de su poca, el luminoso arco iris agorero de la
paz por que anhelaba el mundo romano, atnito con el fragor de la cada
del Egipto y del podero oriental. En su famosa gloga IV parece que
hubiera vislumbrado ms all del Imperio, el comienzo de la era de la
idea, de la redencin del esclavo, de la igualdad  confraternidad de
los hombres, ante un Dios paternal y nico, en nada parecido  los
dioses materiales adorados antes de l. Amigo de las labores del campo,
resuma en s, por su observacin propia, el conocimiento de todos los
fenmenos de la Naturaleza que hasta entonces haba podido adivinar la
ciencia. Era un coloso intelectual con quien slo puede compararse en
los tiempos modernos su discpulo Dante Alighieri. Inteligencias de esta
naturaleza no puede mirarlas hito  hito sino el verdadero talento
amamantado con predileccin al seno de las musas.

A ms del sabio y del inspirado hay que considerar en el cisne de Mantua
al hombre de propsitos elevados, de corazn bondadoso, de hondsimos
sentimientos, brotados  raudales en ondas sonoras y benficas, en las
cuales se espejea la luz de una imaginacin casta como la de los astros.
As, pues, Virgilio requiere ser sentido y comprendido  la vez por sus
intrpretes, porque su oro se compone de la liga de la razn con la
sensibilidad, de la invencin potica con el saber lentamente adquirido.
Por esta razn alguna vez se ha credo que la _Eneida_ del gran poeta
no deba verterse  los idiomas vivos, respetndola como  las armas de
Rolando por falta de bros para esgrimirlas. Y tal vez sea acertada esta
opinin, porque si trasladada del viejo suelo latino aquella sublime
epopeya  las lenguas de formacin reciente, hubiera de conservar tan
slo su estructura material y relatarnos descoloridas las proezas de los
hroes que en ella hacen papel, poco  nada ganaran los profanos que
buscan en el maestro afamado ejemplos de la verdadera y perpetua belleza
literaria.

Esta belleza de la obra de Virgilio se manifiesta como un perfume, como
vislumbre apacible, como rumor armonioso que acompaa al lector, no slo
en el palacio de Dido, en las fiestas y en las alegras de Eneas y de
sus compaeros, sino tambin cuando presencia la catstrofe final del
porfiado asedio de Troya, las iras de Neptuno, los desastres de las
batallas y las intrigas del Olimpo. Cerradas las pginas, el corazn se
encuentra satisfecho y mejorado si padeca, la mente ennoblecida, el
instinto literario menos expuesto  caer en trivialidades y en bajezas.

Tales son, expresadas con generalidades, las impresiones que causa en el
nimo del lector esa realidad indefinible que se llama estilo
virgiliano. De esta impresin moral que supo grabar el mantuano es de
la que convendra hacer partcipe al mayor nmero posible de lectores
por medio de las vulgarizaciones de la _Eneida_, trasuntando en ellas,
antes que todo, su estilo, porque ste es el alma misma de Virgilio, la
ms bella y humana del mundo pagano.

Guiados por este criterio, hemos ledo las glogas, las Gergicas y
cuatro de los libros de la _Eneida_ traducidos hasta ahora por el Sr.
Caro. Delante de un trabajo que requiere aliento y fuerzas poco comunes
para emprenderle, la crtica debe mostrarse circunspecta y fundada, so
pena de cometer, ms que una ligereza, una mala accin. Nos guardaremos
de incurrir en ella, limitndonos  sealar, segn nuestro entender,
algunas de las brillantes cualidades de que  cada momento da pruebas el
literato neogranadino: _re perennius_ ser, sin duda, el monumento que
erigir en nombre de las letras americanas si lleva  cabo su empresa,
ya tan adelantada.

El Sr. Caro es felicsimo en muchos pasos de las Gergicas, en las
cuales se encierra la ciencia y la experiencia agrcola de los romanos,
embellecidas con los encantos del sentimiento y de la imaginacin. En
nuestro concepto, es sta la obra de Virgilio ms ardua para los
traductores, y al mismo tiempo la que de preferencia debiera ponerse
desde temprano en manos de los discpulos de Humanidades en las escuelas
americanas. Un arado fu el cetro de Cincinato, y debe ser el
instrumento con que los hijos de las repblicas prefieran labrar su
fortuna. El autor de la _Agricultura de la zona trrida_ hizo con sus
admirables versos un valioso presente intelectual y econmico  la
juventud americana, tentndola  admirar y aprovechar los pinges
tesoros de los variados climas en que habita, al mismo tiempo que con
mano maestra le mostraba cmo el espritu de las letras clsicas puede
animar, embellecindolas, las producciones de la moderna literatura. La
obra incompleta de Bello pudo convertirse en las Gergicas sudamericanas
si hubiera tenido imitadores, inspirados, como el iniciador, en un
pensamiento de patriotismo y de civilizacin  un tiempo.

La agricultura es la generosa nodriza del hombre, y nadie mejor que
Virgilio la ha idealizado en versos que jams perecern por mucho que
los aleje el tiempo: oigmosle en la traduccin neogranadina:

      Al hombre urgiendo, la escasez le educa,
    Y el trabajo tenaz todo lo allana.
    Ceres, sabia maestra,  los mortales
    El seno de la tierra  abrir indujo
    Cuando faltaron en las sacras selvas
    Bellotas y madroos, y Dodona
    El sustento habitual neg cansada.
    Creci en esmeros el cultivo, en cuanto
    Funesta  las espigas la impa nubla
    Y hrrido  los sembrados sobrevino
    El torpe cardo. Y ya la mies fallece:
    Que la spera maleza en torno crece,
    Y el abrojo la invade y el espino;
    Oprimen ya el esplndido sembrado
    Triste cizaa, estriles avenas.
    T, pues, como afanado
    Las gramas no persigas
    Con incansable rastro; si no alejas
    Con ruidos las aves enemigas;
    Si hiriendo ociosas ramas,
    El asombrado campo no despejas,
    Ni con voto eficaz la pluvia llamas,
    Triste! con sesgos ojos de vecina
    Heredad mirars la parva enhiesta,
    Y tu hambre en la floresta
    Aliviar la sacudida encina.

Ni uno solo de los prolijos detalles con que pinta Virgilio la lucha del
labrador con la Naturaleza ha escapado  la sagacidad del traductor: no
crecern las mieses sino se extirpan  tiempo el cardo y las importunas
caas, si no se espantan las aves atradas por el apetito del grano. La
pereza condenara al labrador  contemplar con tristeza la cosecha
abundante del vecino y  alimentarse con el inspido y grosero fruto de
las encinas.

    _Heu! magnum alterius frustra spectabis acervum,_
    _Concussaque famem in silvis solabere quercui_

La agricultura fu considerada por los antiguos como el arte que ensea
al hombre  apropiarse por el trabajo y la industria, no slo los dones
de Ceres, sino cuantos distribuye Cibeles, uno de cuyos atributos es la
llave con que abre y cierra, segn las estaciones, los tesoros de la
Naturaleza, y gobernando los leones que conducen su carro, dice
simblicamente que nada hay tan feroz  indmito que no se someta  la
amorosa paciencia de la maternal agricultura. Si nuestro menguado cdigo
rural hubiera tenido presente el gran cdigo rural de Virgilio, de
cierto que las laboriosas abejas, dulcemente cantadas y acariciadas en
las _Gergicas_, no habran sido desterradas  muchas leguas de los
escasos plantos y sembrados de nuestros incultos campos. Los animales
tiles atraen de preferencia la atencin de Virgilio, hacindonos amar
al buey paciente,  su hembra de ubres generosas,  la oveja que se
despoja de su velln para vestirnos, al caballo que se asocia  nuestros
viriles placeres,  nuestras hazaas de valor y arrastra la carroza
elegante del rico como la reja del arado del humilde labriego.

Las llanuras colombianas como las argentinas son propicias  la noble
raza del caballo. En ellas, ha dicho Buffn, es donde debe estudiarse al
potro en toda su belleza y libertad, al caballo que, segn el mismo
naturalista, es la ms gloriosa conquista del poder inteligente del
hombre. El americano nace contemplando el caballo, y ensaya sus primeras
fuerzas manejndole por la brida; en l atraviesa el desierto, vadea los
ros, y sobre sus lomos y ancas conduce  su querida y  sus hijos al
poblado  al nuevo techo que ha construdo de totora  la margen de la
laguna lejana. El caballo es para el llanero y el gaucho el personaje
principal de sus idilios en accin  de sus yaravs y cielitos,
acompaados de la guitarra. A esta intimidad entre el nobilsimo bruto y
el hombre americano atribumos el acierto con que el traductor bogotano
ha interpretado el siguiente pasaje del libro III de las _Gergicas_.

      No menos diligencia
    A la eleccin de los caballos debes.
    T, desde tierna edad  los que fes
    El incremento de la raza, aplica
    Laboriosa atencin. El potro nuevo
    De estirpe generosa,
    Gallardo ya campea.
    Y en noble porte y numerosos pasos
    Las blandas coyunturas ejercita:
    Toma la delantera en el camino,
    A la crespa corriente vado tienta,
    A puente ignoto avnzase el primero,
    Ni de estrpitos vanos se intimida.
    La cerviz tiene erguida,
    Aguda la cabeza, el vientre breve,
    Grupa redonda, el pecho
    Con msculos soberbios que le abultan.
    Noble es el rucio azul, noble el castao,
    De blancos y melados desconfo.
    Con qu ingnito bro
    El pisador lozano
    Sale del puesto y sosegar no sabe
    Si armas de lejos resonar ha odo!
    Las orejas aguza, se estremece,
    El encendido aliento
    Por la abierta nariz bramando arroja;
    El cabello sacude aborrascado,
    Le esparce al diestro lado;
    Y doble mueve la dorsal espina,
    Y recios cascos sobre el suelo asienta
    Que batido  comps hueco retumba.
    Sofrenado de Plux Amcleo
    Tal Claro soberbio braveaba,
    La copia de trotones
    Que Marte unci, tal era; tales fueron,
    Ya de griegos poetas celebrados,
    Los del caro veloz del grande Aquiles;
    Y Saturno agilsimo la hermosa
    Crin derramando sobre el cuello equino,
    As tambin, al asomar su esposa,
    Hiri, rpido huyendo,
    El alto Pelion con relincho agudo.

      Al que as contemplaste
    Animoso corcel, cuando agobiado
    Por las enfermedades,  vencido
    Le vieres de la edad, ponle  cubierto,
    Y da  su honrada senitud descanso.
    Para enlaces de Venus
    Fro el caballo viejo, afn estril
    Apura en ellos, y tal vez se llega
    A la amorosa lid, se enciende en vano,
    Cual sin fuerza en la paja un alto fuego.
    Observa de antemano
    Los bros y la edad de cada potro,
    Su raza y vocacin discierne luego;
    Mira si causa en l y en qu manera,
    La ignominia dolor, celo la gloria.
    No has visto cuando en rpida carrera
    Parten de la barrera
    A cubrir el palenque mulos carros?
    Mancebos en la faz muestran bizarros
    El ansia de vencer, mientras el pecho
    La duda palpitante les devora,
    Con retorcido ltigo aguijando,
    Tendido el cuerpo van, suelta la brida;
    En frvido volar arden las ruedas;
    Y ora se inclinan, y ora
    Parecen remontarse arrebatados
    En vuelo areo  superior esfera.
    No hay descanso, no hay paz. La arena roja
    En nubes se levanta:
    Fogoso al delantero el de atrs moja
    Con la espuma que arroja;
    Tanto es el pundonor, la ambicin tanta!

Estos versos, fuerza es confesarlo, no se parecen en nada  los que
generalmente nos regala la musa sudamericana, libertina, indmita, sin
ms consejero que el odo,  veces mal educado y excesivamente
democrtico en el estilo, en la elocucin y en las formas sintxicas,
casi siempre cortadas al talle de la prosa. Si muchos han de saborearlos
y deleitarse con ellos, no faltarn quienes los hallen desabridos al
paladar, obscuros  la inteligencia y aun speros para ledos
corrientemente. Pero nosotros, que nos declaramos pertenecer  los
primeros, es decir,  los admiradores de la noble versificacin del Sr.
Caro, entendemos que el verso debe tener tambin poesa en su
estructura, y participar, hasta en la ordenacin de las palabras, del
juego de la imaginacin, que es la primera de las facultades
distintivas del poeta. El verso debe pasar por delante de la vista como
el diamante bruido, destellando luz por cada una de sus facetas; ondear
como airosa culebra  como la corriente de las aguas, y sorprender por
la novedosa variedad de sus movimientos, para que, como la msica  la
letra, acompae armoniosamente los giros originales  inspirados del
pensamiento. Desdase sin razn esta parte material de la
versificacin, y ni se reflexiona sobre ella, ni se estudian sus
condiciones, como si no constituyera parte del arte de escribir en
verso, del mismo modo que es en el pintor la distribucin de los tonos
del colorido, y las gradaciones de la modulacin en el msico. Hay
idiomas en que la frase en el verso sigue la misma lnea recta que en la
prosa, y toda la poesa consiste en ellos en el fondo  en la substancia
de la idea. Pero el castellano no es de este nmero. En la prosa misma
es garboso, lujoso, erguido, y exige de quienes lo usen en verso y con
intenciones de poetas, que levanten y acenten esas cualidades, defectos
 virtudes de su ndole, segn quiera juzgarlos el juicio humano,
generalmente vario y voluminoso.

En el caso presente existe una razn ms para que los versos que quedan
copiados merezcan la aprobacin de las personas instrudas y de buen
gusto, por cuanto traducen al ms encumbrado y ms delicadamente noble y
pulcro de los poetas latinos, en quien brilla la tersura de la palabra y
el pudor de la imagen. Sienta bien  su intrprete el dejo clsico, la
solemnidad antigua, de que tan discretamente hace uso, logrando
acercarse, cuanto es posible  un moderno,  semejante original.

                                              JUAN MARA GUTIRREZ.

(_Revista del Ro de la Plata_, nmero correspondiente al 1. de Febrero
de 1875.)




         ENEIDA.




      _(Yo aquel que ya con flauta campesina_
    _Libre de afanes modul canciones,_
    _Y dejando la selva peregrina,_
    _Causa fu que con ricas producciones_
    _Satisficiese la regin vecina_
    _De exigente cultor las ambiciones_
    _--Obra grata  la gente labradora--_
    _Los horrores de Marte canto ahora)_




         ENEIDA.




         LIBRO PRIMERO.


         I.

      Canto asunto marcial; al hroe canto
    Que, de Troya lanzado,  Italia vino;
    Que ora en mar, ora en tierra, sufri tanto
    De Juno rencorosa y del destino;
    Que en guerras lugo padeci quebranto,
    Conquistador en el pas latino,
    Hasta fundar, en fin, con alto ejemplo,
    Muro  sus armas, y  sus dioses templo.


         II.

      De all trajo su sr el trono albano,
    Su nombre el pueblo  quien el orbe admira
    Roma de all su cetro soberano.....
    Mas t  mi osado verso, Musa, inspira!
    Abre de estos sucesos el arcano;
    Qu ofensa suscit la excelsa ira
    Que  la errante virtud sigue y quebranta?
    Cupo en celestes pechos furia tanta?


         III.

      En frente, aunque  distancia, de la riba
    Donde el Tibre en el mar su onda derrama,
    Tiria de orgen, opulenta, altiva,
    Alzse la ciudad que Juno ama.
    Ms que  Smos la Diosa vengativa
    La am: Cartago la ciudad se llama:
    En ella la armadura pavorosa,
    El carro en ella estuvo de la Diosa.


         IV.

      Y ya anhelaba Juno y pretendia
    Hacer del orbe  esta ciudad seora
    Si consintiese el hado. Oido habia
    Que, corriendo los tiempos, en mal hora
    Para alczares tirios, se alzara
    De troyana raz, dominadora
    Nacion potente, en los combates fiera;
    Que as lo urdido por las Parcas era.


         V.

      Eso la Diosa recelaba; y lugo
    De irritantes recuerdos ocupada,
    Ella no olvida que  vengar al Griego
    Fu la primera en desnudar la espada:
    Del troyano pastor el fallo ciego;
    Su ofendida beldad, la raza odiada,
    El alto honor  Ganimdes hecho,
    Memorias son para afligir su pecho.


         VI.

      Por eso avienta  trminos distantes
    Del talo confin,  los que  vida
    Dej incendio voraz, salvados ntes
    Del acero de Aqules homicida.
    Por largos aos sobre el ponto errantes,
    Cerrando el paso  su virtud sufrida
    El hado vengador dnde no asoma?
    Fu empresa colosal fundar  Roma!


         VII.

      Haciendo nueva tentativa ahora,
    De la orilla zarpando siciliana,
    Ya  la vela se daban; ya la prora
    Cortando iba veloz la espuma cana.
    Mas la llaga cruel que la devora
    Guardaba fresca la deidad tirana
    En el fondo del alma; y sin testigo
    As comienza  razonar consigo:


         VIII.

      Y ser que vencida retroceda
    En la intentada empresa? y que al troyano
    Aborrecido prncipe no pueda
    Ljos tener del lmite italiano?
    Conque adverso el destino me lo veda?
    Plas un dia, del insulto insano
    Tan slo de yax ofendida, airada,
    No hundi  los Griegos y abras su armada?


         IX.

      Ella misma del cerco nebuloso
    Vibr de Jove la veloz centella,
    Y alter de los mares el reposo
    Y dispers los navegantes; ella
    En torbellino sbito, furioso,
    Arrebatando al infeliz, lo estrella,
    Cuando un abierto el pecho llameaba,
    Contra un agrio peon, y all le clava.


         X.

      Y yo, que entre los Nmenes campeo
    De los Nmenes todos soberana;
    Yo, que los altos ttulos poseo
    De consorte de Jpiter y hermana,
    Ya tantos aos h que en lid me empleo
    Con solo un pueblo, y mi insistencia es vana!
    Y habr de hoy ms quien me venere? alguno
    Que humilde ofrende en el altar de Juno?


         XI.

      Tal medita la Diosa, y sus sollozos
    Ahogando en su furor,  Eolia vuela,
    Region nublada en lbregos embozos,
    Region que aborta la hrrida procela:
    Eolo all en inmensos calabozos
    Las roncas tempestades encarcela
    Y los batalladores aquilones,
    Y hace pesar su imperio en sus prisiones.


         XII.

      Ellos dentro la hueca pesadumbre
    Ruedan bramando, amenazando estrago;
    l, cetro en mano, sobre la alta cumbre,
    Resuelve en aire el comprimido amago,
    Que si aquella legion de servidumbre
    Salir lograse, por el ter vago
    La tierra, el mar, el mbito profundo
    Rauda barriera aniquilando el mundo.


         XIII.

      El alto Jove recelando eso,
    Al ejrcito areo abri esta sima,
    Y ah en tinieblas le envolvi, y el peso
    De altsimos collados le ech encima;
    Y un rey impuso al elemento opreso
    Que con tacto severo, ya reprima,
    Ya d medida libertad. Ahora
    Juno ante l llega, y su favor implora:


         XIV.

      olo,  quien el Rey de cielo y tierra
    Calmar concede y sublevar los mares,
    Oye: aquel pueblo  quien jur la guerra,
    Surca el Tirreno, y sus vencidos lares
    Lleva, y su imperio,  Italia. Desencierra,
    olo, tus alados auxiliares,
    Y envalos con mpetus violentos
    A romper naves y  esparcir fragmentos.


         XV.

      Catorce Ninfas srvenme doncellas,
    De hermosura dotadas milagrosa;
    La que en encantos sobresale entre ellas,
    Deyopeya gentil, ser tu esposa:
    Eternas gozars sus gracias bellas;
    Yo te la doy, porque de prole hermosa
    Afortunado fundador te haga;
    Y as el favor mi gratitud te paga.


         XVI.

      olo reverente la responde:
    Reina, escudria cuanto ansiar pudieres,
    D cuanto oculta voluntad esconde,
    Pues son tus voluntades mis deberes.
    De ti no fuesen ddivas, de dnde
    Mi cetro, mi privanza, mis poderes?
    T en las mesas olmpicas me sientas;
    Rey por ti soy de rayos y tormentas!


         XVII.

      Dice; y la hueca mole con el cuento
    Hiere del cetro, y la voltea  un lado;
    Y al ver el ancha puerta, cada viento
    Quiere salir primero alborotado;
    Y Noto  un tiempo, y Euro, y turbulento
    Abrego con borrascas, monte y prado
    Corren, barren el suelo, al mar se entregan,
    Y ondas abultan que la playa anegan.


         XVIII.

      Y remueven el ponto, el ponto gime;
    Y silban cuerdas y la gente clama;
    Roba las formas y la luz suprime
    La oscuridad que en torno se derrama;
    Noche tremenda el horizonte oprime;
    El ter cruza intermitente llama;
    Truena el polo, y suspenso el navegante
    La pompa del terror tiene delante.


         XIX.

      En este instante de la muerte el hielo
    Siente Enas que embarga sus sentidos,
    Y entrambas manos extendiendo al cielo,
    Clama con voz ahogada entre gemidos:
    Dichosos, ay, los que en el patrio suelo,
    Al pi del alto muro, en liza heridos,
    A vista de sus padres espiraron,
    Y all cual buenos su mision finaron!


         XX.

      Oh t entre aquivos hroes el primero,
    Diomdes esforzado! qu impa suerte
    Me neg bajo el filo de tu acero
    En los campos de Troya hallar la muerte?
    Do al mpetu de Aqules Hctor fiero
    Cay; do el grande Sarpedon; do inerte
    Tanto noble adalid, rota armadura,
    El Simois vuelca en su corriente oscura!


         XXI.

      Cllale aqu borrasca bramadora
    Que hosca en las velas da, la onda agiganta;
    Quibranse remos, turcese la prora,
    La onda el costado del bajel quebranta:
    lzase el agua en cimas, y  deshora
    Rmpese: quin en vago se levanta;
    Quin la ola henderse ve que lo encadena,
    Y ve el fondo mostrarse, hervir la arena.


         XXII.

      Noto tres buques  su cargo toma
    Y en adustos escollos los estrella
    (Cuya espalda  flor de agua inmensa asoma,
    Y _ara_ el nauta la nombra, y huye de ella).
    Sobre otros tres rugiente se desploma
    Euro (escena de horror!), los atropella,
    Y dales, entre puntas destrozados,
    Tumba de arena en los hirvientes vados.


         XXIII.

      Al bajel que  los Licios aportaba,
    El mismo en que el leal Orntes iba,
    Sbito hiere en popa una ola brava
    Descargada con mpetu de arriba.
    Enas el embate viendo estaba
    Que de un vuelco el piloto al mar derriba,
    Tres vueltas da el bajel, la angustia crece,
    Y el vrtice lo traga, y desaparece.


         XXIV.

      Vense dispersos que en lo inmenso nadan;
    Maderos y reliquias de combates,
    Y troyanas riquezas sobrenadan.
    De Ilioneo, aunque fuerte,  los embates
    La nave ya, y las de Abas se anonadan,
    Del viejo Altes y el valiente Actes;
    Que, hondas las grietas, desligado el bro,
    Abren su seno al elemento impo.


         XXV.

      En tanto los rumores, los bramidos,
    La inmensa agitacion Neptuno siente;
    Siente los hondos stanos movidos,
    Y alza alarmado la serena frente
    Por cima de las ondas. Esparcidos
    Los buques ve de la troyana gente,
    Por todas partes maltratada y rota,
    Que el cielo la acribilla, el mar la azota.


         XXVI.

      Ni ya de Juno se ocult al hermano,
    Industrioso el rencor que horrores trama;
    Y al punto con acento soberano
    Al Cfiro y al Euro  cuentas llama;
    Y as, les dice, os ciega orgullo vano?
    Ya hunds los cielos sin mi vnia, y brama
    El agua en cerros que encrespais gigantes;
    Guay!... Mas el mar apacigemos ntes.


         XXVII.

      Huid, vientos! huid avergonzados;
    Ni espereis de piedad segunda muestra;
    Y  vuestro Rey decidle que los hados
    No el tridente pusieron en su diestra:
    Los reinos de la mar son mis estados!
    Riscos l tiene all, guarida vuestra;
    Que respetoso  ajenos elementos,
    Reine guardian de encadenados vientos!


         XXVIII.

      Dice; nubes disuelve, el sol desnuda,
    Y pone en paz las olas que batallan:
    Cimotoe y Triton de roca aguda
    Los mseros navos desencallan;
    Con su tridente l mismo les ayuda,
    Las sirtes abre, y cielos y aguas callan;
    Y por cima del mar, que apnas riza,
    En levsimo carro se desliza.


         XXIX.

      Quin vi tal vez con la rabiosa ira
    Que la plebe en motin ruge y revienta?
    Teas, guijarros por el aire tira;
    La fuerza del enojo armas inventa:
    Mas si  un prcer piadoso alzarse mira,
    Se contiene, se acalla, escucha atenta;
    Sola esa voz los nimos ablanda,
    Lleva la paz, y la obediencia manda.


         XXX.

      Neptuno as de una mirada enfrena
    Del pilago insolente los furores,
    Y gira por la atmsfera serena
    Dciles sus caballos voladores.
    Entre tanto, de la spera faena
    Cansados los troyanos viadores,
    A las vecinas, lbicas orillas
    Vuelven prudentes las cascadas quillas.


         XXXI.

      Vese all en una cmoda ensenada
    Formando puerto, una isla:  sus costados
    Del pilago se rompe la oleada.
    Y rota, entra  morir por ambos lados.
    Guardando opuestos mulos la entrada,
    Dos peones, remate de collados,
    Torvos se empinan: plcidas,  solas,
    Tindense al pi las sombreadas olas.


         XXXII.

      Lugo, al entrar, divsase eminente,
    Del sol quebrando el trmulo destello,
    Hrrido bosque, y negro, y grande; en frente
    Cncava pea cierra un antro bello.
    Y all hay bancos de piedra; all una fuente
    De agua dulce; es de Ninfas gruta aquello!
    No aqu el cansado esquife ata la amarra;
    No del ncora el garfio el fondo agarra.


         XXXIII.

      Saca Enas, en suma,  salvamento
    Siete naves. La gente, que desea
    De la tierra el materno acogimiento,
    Salta al csped que el cfiro recrea,
    Y all  los miembros hmidos da asiento.
    Actes hiere el pedernal; chispea;
    Hoja menuda allega, adusta rama,
    Y, el fmes atizando, arde la llama.


         XXXIV.

      Mojados sacan las cansadas manos
    El dn de Cres y su tren; y aprestan
    Piedras all para moler los granos
    Que en seco extienden y que al fuego tuestan.
    Sube Enas  un pico, y los lejanos
    Horizontes registra, por si enhiestan
    Las popas de Caco all su arreo,
     bien sus velas el bajel de Anteo;


         XXXV.

       ya  remo avanzando los navos
    Frigios parecen,  el de Cpis. Nada
    Por los ecureos lmites vacos
    Descubre  su esperanza su mirada.
    Mas tres ciervos divisa que baldos
    Recorren la ribera: la manada,
    Al sabroso pacer vagando atenta,
    Por ac y por all los sigue lenta.


         XXXVI.

      El arco y leves flechas, al instante,
    Armas del fiel Actes, arrebata
    Enas; y  los tres que van delante
    Con orgullosa cornamenta, mata;
    A tiros lugo el escuadron restante
    Entre el frondoso bosque desbarata;
    Ni desiste hasta ver de los venados
    Siete grandes por tierra derribados.


         XXXVII.

      As el nmero iguala al de bajeles;
    Al puerto vuelve, do el botn divida
    Entre sus tristes compaeros fieles;
    Y con vino, de aqul que  su partida
    De las riberas sculas, toneles
    Bondoso Acstes les hinchi, convida;
    Y cura consolar los corazones
    El obsequio apoyando con razones:


         XXXVIII.

      Antiguos compaeros! sabedores
    ntes de ahora de aventuras tales:
    Ya visteis acabar otros mayo es,
    Dios dar fin  los presentes males.
    De Scila atroz escollos ladradores:
    De impios Ciclopes playas funerales:
    Qu no habeis arrastrado? Alzad la frente,
    Y ahogue su pena el corazon valiente!


         XXXIX.

      Desgracias de hoy, maana son memorias
    Que despiertan secretas simpatas:
    Senda de rudas pruebas transitorias
    Nos lleva al Lacio y sus riberas pias:
    Renacern nuestras antiguas glorias;
    Sufrid, guardos para mejores dias!
    Dice; rie esperanzas, y hondamente
    Sella el fiero dolor que el alma siente.


         XL.

      Presta la gente  aderezar la caza
    Pieles arranca, entraas desaloja;
    Quin la carne, que  miembros apedaza,
    Fija en el asador, tremente y roja;
    Quin da en la orilla  las calderas plaza,
    Y fuego allega; y ya en el musgo y hoja
    Cobran tendidos el vigor postrado
    Con vino aejo y nutridor bocado.


         XLI.

      Calla el hambre; y locuaz la fantasa
    Recuerda  los ausentes: teme; alienta;
    Y ya salvos, ya en la ltima agona,
    Ya sordos al clamor los representa.
    Consigo Enas, de la suerte impa
    Del animoso Orntes se lamenta,
    Y de Amico, y de Licio, y de hroe tanto;
    Del grande Gias y del gran Cloanto.


         XLII.

      Tarde era ya, cuando del alto cielo
    Oteando el olmpico monarca,
    Tierras y costas, el tendido suelo,
    Y el mar de velas erizado, abarca
    De una mirada, que con vivo anhelo
    Fij, en fin, en la lbica comarca;
    Y, los ojos brillando humedecidos,
    Vnus as le hablaba con gemidos:


         XLIII.

      Padre y seor de dioses y mortales;
    Rey, cuyo brazo con el rayo aterra!
    Oh! mira al hado, tras acerbos males,
    Cul  mi Enas y  los Teucros cierra,
    No del pas que guarda, los umbrales,
    Mas los ngulos todos de la tierra!
    Para sufrir contrariedad tan fuerte,
    Con qu crmen pudieron ofenderte?


         XLIV.

      T prometiste que de aqu, algun dia--
    Lo recuerdas?--de _aqu_, de la troyana
    Estirpe restaurada, se alzaria
    Reina del mundo la nacion romana.
    Qu nuevo plan la ejecucion desva?
    Yo usaba con las dichas del maana,
    Del ayer y sus ruinas consolarme;
    Mas vemos hoy que el hado se desarme?


         XLV.

      No; que se ensaa cada vez ms crudo!
    Trmino  tanto mal dars al cabo,
    Grande y buen rey? Con invisible escudo,
    Del Adria entrando por el golfo bravo,
    Al rion mismo de Liburnia pudo
    Antnor penetrar, y del Timavo
    Las cabezas venci; de argiva hueste
    Salvado en ntes por favor celeste.


         XLVI.

      Y en aquella region donde desata,
    Los cerros atronando, mar rugiente
    Por siete bocas su raudal de plata,
    Y los campos inunda en su corriente,
    All  Padua fund: morada grata
    En ella, y patrio nombre di  su gente,
    Y de Troya las armas; y tranquilo
    Baj  dormir en sepulcral asilo.


         XLVII.

      Y  nosotros, tus hijos,  quien silla
    Previenes celestial, se nos traiciona?
    Y anegadas las naves, oh mancilla!
    Porque de _lguien_ el odio lo ambiciona,
    Tocar nos vedas la latina orilla?
    As nos vuelves la imperial corona?
    O premio es ste de virtudes digno?
    Oyla el Padre, y sonri benigno;


         XLVIII.

      Y con la faz la besa con que el cielo
    Serenar suele en tempestad oscura;
    Y Calma, dice, Citerea, el duelo;
    De los tuyos el hado eterno dura.
    Vers alzarse  coronar tu anhelo
    La ciudad de Lavinio:  etrea altura
    Tu heroico Enas subirs un dia;--
    Ni nuevo plan la ejecucion desva.


         XLIX.

      l (pues voy  tu pecho, un mal seguro,
    A revelar recnditos arcanos)
    l har guerra larga; el cuello duro
    Domar de los pueblos italianos;
    Dar  los suyos circundante muro,
    Y fundar costumbres. Tres veranos
    Contar de los Rtulos triunfante;
    Y tres inviernos le vern reinante.


         L.

      Y su hijo Ascanio, que festivo y tierno
    Con renombre de Yulo se engalana,
    (Ilo nombrse en el solar paterno
    Cuando alzaba Ilon la frente ufana),
    Treinta aos llenar con su gobierno
    Mes  mes; y la sede soberana
    Mudando de Lavinio, har  Alba Longa
    Robusta en fuerzas que al asalto oponga.


         LI.

      De manos de la hectrea dinasta
    No habr en tres siglos quien el cetro aparte:
    Ilia, real sacerdotisa, un dia
    Hijos gemelos parir de Marte:
    Con la piel de la loba que los cria
    Ya al mayor miro ufano; baluarte
    Alzar eterno, y porque al mundo asombre,
    Rmulo  su nacion dar su nombre.


         LII.

      Y trmino, ni linde, ni parada
    Fijo al poder de Roma: eterno sea!
    Juno misma, que alarma exasperada
    Cuanto baa la mar y el sol rodea;
    Con nuevo acuerdo,  la nacion togada
    Que al mundo, acerca el hado, seorea,
    Vendr por fin en proteger conmigo;
    Y as se cumplir cual yo lo digo.


         LIII.

      Y siglo traer el tiempo en que cadenas
    D la casa de Asraco  la argiva;
    A Ptia vencer; ver  Micnas,
    Si ntes gloriosa, ya  sus pis cautiva.
    Tan noble sangre llevar en las venas
    Julio--por nombre que de atras deriva;
    Csar--con gloria que hasta el cielo alcanza
    l, cuyo imperio sobre el mar se avanza.


         LIV.

      Y t, segura de contrario insulto,
    Cargado con despojos de Orente
    Le cogers en el Olimpo; y culto
    Le dar el hombre en votos afluente.
    Y, sosegado el militar tumulto,
    La frrea edad se tornar clemente:
    Fe anciana reinar y amor divino,
    Y en union fraternal Remo y Quirino.


         LV.

      Y por fin con estrechas cerraduras
    Y de hierro cargadas, de la Guerra
    Cegadas quedarn las puertas duras:
    El malvado Furor, que all se encierra,
    Sentado sobre rotas armaduras,
    Con las manos atras, que el bronce aferra
    De cien cadenas, lanzar bramidos,
    Los dientes rechinando enrojecidos.


         LVI.

      Dice, y al punto del Olimpo enva
    Al algero dios hijo de Maya,
    Que  allanar  los nufragos la via
    Y el muro de Cartago  abrirles vaya;
    Pues de Dido recela, que podria
    Alejarlos tal vez de aquella playa
    Si los altos designios ignorase.
    Oyele el nuncio, y por el ter vase.


         LVII.

      Y la pluma batiendo fugitiva
    En la region inmensa, por do hiende,
    Presto  las costas lbicas arriba,
    Y  cumplir el mandato slo atiende:
    Y ya los Penos su rudez nativa,
    Por l, remiten; y ante todo enciende
    En Dido un vago y tierno sentimiento,
    Prenda de hospitalario acogimiento.


         LVIII.

      Enas, que la noche pas entera
    Cavilando, un no bien la luz celeste
    Mira nacer al mundo placentera,
    Ya ansioso sale  ver qu clima es ste
    Do el viento le ha arrojado: si hombre  fiera
    Habita en l, segun le ve de agreste:
    Todo saberlo, averiguarlo intenta,
    Y  los suyos tornar  darles cuenta.


         LIX.

      La flota deja so el peon antiguo
    Que las aguas socavan sin estruendo,
    Y de las corvas selvas al abrigo
    Con sombra en torno de negror horrendo:
    Slo  Actes llevndose consigo,
    Cada cual ancha pica entra blandiendo:
    Ya en medio el bosque, Vnus de sorpresa
    Vestida de espartana se atraviesa.


         LX.

      Por su aire y armas lo parece;  nueva
    Harplice gentil, que de vencida
    A sus caballos en su esfuerzo lleva
    Y al Euro alado en su veloz corrida:
    Cual puesto al hombro  cazadores prueba,
    Cuelga el arco; el cabello al aura olvida;
    Y deja la rodilla ver desnuda
    Do undosos pliegues lazo breve anuda.


         LXI.

      Hola! mancebos, dceles la Diosa:
    A una de mis hermanas por ventura
    Visto habeis por ah, que vagarosa
    Lleva aljaba, y pintada vestidura
    De piel de lince?  que tal vez acosa
    A un jabal soberbio en la espesura
    Con agudo clamor? Tal Vnus dijo;
    Y de Vnus as respondi el hijo:


         LXII.

      En verdad no hemos visto aquella hermana
    Tuya,  quien buscas, ni sabemos de ella.
    Mas cul te nombrar? nos es cosa humana
    Lo que suena tu voz, tu faz destella.
    Eres alguna Ninfa? eres Dana?
    Yo diosa te presumo, y fausta estrella,
    Quienquier fueres, mi labio te saluda:
    Oh! da propicia  nufragos tu ayuda!


         LXIII.

      Y por piedad, qu clima es ste, dnos,
     qu zona del mundo, qu campaa;
    Que sin saber ni gentes ni caminos,
    Vamos perdidos en region extraa
    A donde, infortunados peregrinos,
    De olas y vientos nos lanz la saa;
    Y, grata  recibidos beneficios,
    Mi mano har en tus aras sacrificios.


         LXIV.

      No merezco ese honor, Vnus contesta:
    Siempre de Tirias fu, si os maravilla,
    De aljaba ornadas vaguear, cual sta,
    Con borcegu purpreo  la rodilla.
    Pnico imperio aqu se os manifiesta,
    Pueblos fenicios, de Agenor la villa;
    Empero, esta region parte fronteras
    Con las tribus del Africa altaneras.


         LXV.

      De Tiro vino huyendo del hermano,
    La que reina hoy aqu, por nombre Dido.--
    El largo drama  desflorar me allano:--
    Esta tuvo  Siqueo por marido,
    Rico en tierras cual no otro comarcano;
    Con vivo amor de la infeliz querido;
    A quien, bella con gracias virginales,
    La uni el padre en primeros esponsales.


         LXVI.

      Su hermano en Tiro entnces dominaba,
    Pigmalon, el ms feroz malvado:
    Enemistad entre los dos se traba,
    Y l  Siqueo, ante el altar sagrado,
    Sacrlego y traidor  hierro acaba,
    Y tambien de codicia estimulado;
    Y  la sencilla enamorada hermana
    Oculta el crmen de su diestra insana.


         LXVII.

      Y con ficciones la entretiene en duda,
    Y su amor de esperanzas alimenta;
    Cuando en sueos por fin  la vuda
    De Siqueo insepulto se presenta
    La sombra misma, alzando la faz muda
    Con ttrico misterio macilenta;
    Y el ara le seala enrojecida,
    El pecho abierto y la profunda herida.


         LXVIII.

      Y el arcano espantoso que contrista
    Y un rincon recataba, muestra entero;
    Y la excita  buscar con planta lista
    Ms humano pas, clima extranjero:
    Para ayuda de viaje, abre  su vista
    En stano ignorado, de dinero
    Antiguo y vasto acopio. Conmovida
    Dido despierta  apercibir la huida.


         LXIX.

      Busca auxiliares; llegan  porfa
    Quines que temen del cruel tirano,
    Quines que odian la infame tirana;
    Apaan, cargan de oro las que  mano
    Naves dispuestas por ventura habia;
    Y ya cruza los campos de Oceano
    De Pigmalion avaro la riqueza;
    Y una dbil mujer va  la cabeza.


         LXX.

      Y aqu al sitio pararon do ahora vese
    Muralla colosal; do se levanta
    La fortaleza de Cartago: en ese
    Sitio compraron tanta tierra cuanta
    La piel de un buey en derredor cogiese;--
    De _Brisa_ el nombre la aventura canta.--
    Mas quines sois? de dnde vuestra flota,
      dnde encaminaba la derrota?


         LXXI.

      Enas respondindola, doliente
    La voz arranca, y con suspiro dice:
    Diosa! si de su orgen al presente
    La serie de mis lances infelice
    Narro  tu corazon condescendiente,
    Primero que mi labio finalice,
    Su luz robando al mundo y su alegra
    Habr su giro completado el dia.


         LXXII.

      De Troya procedentes (si ya sabes
    Lo que fu un tiempo la ciudad que digo),
    Tras largas vueltas y fatigas graves
    Golpe de airados vientos enemigo
    Lanz sobre estas costas nuestras naves.
    Yo soy el pio Enas, que conmigo
    Voy llevando doquier, del mar por medio,
    Dioses salvados de voraz asedio.


         LXXIII.

      Enas, en las clicas esferas
    Famoso ya; que por el mundo ando
    De la Italia por patria, las riberas,
    Y el linaje de Jpiter buscando:
    Confi al frigio mar veinte galeras,
    El camino mi madre sealando,
    Yo su enseanza celestial siguiendo;
    Qu hallmos? bravo mar y Euro tremendo.


         LXXIV.

      Y h aqu con siete buques mal librados,
    Llego al cabo, ignorado, desvalido,
    Del frica  correr los despoblados,
    Ya del Asia y Europa repelido! ...
    Mas aqu, con afectos reavivados,
    Vnus interrumpile en su gemido:
    T, quienquier seas, que  Cartago vienes,
    Las simpatas de los Dioses tienes.


         LXXV.

      Ellos dan que los hlitos vitales
    Respires para bien: feliz sendero
    De la reina te lleva  los umbrales:
    Vendrn  puerto nave y marinero,
    Vueltos en su favor los vendavales;
    Y si no falta el arte del agero
    En que hubieron mis padres de instruirme,
    No dudes t lo que mi labio afirme.


         LXXVI.

      V esos cisnes, en nmero de doce,
    Del ter, donde Jpiter la asila,
    A darles caza el guila veloce
    Se lanz por la atmsfera tranquila:
    De alegre libertad vueltos al goce,
    Mralos descender en larga fila;
    Ya del campo se aduean los primeros,
    Ya  flor de tierra asoman los postreros.


         LXXVII.

      Cual el cielo cubrieron en bandada,
    Y baten ora las festivas aves
    La ala ruidosa, y cantan su llegada;
    Tal la flor de los tuyos, tal tus naves
    O entran al puerto,  llegan ya  la entrada
    Con vela abierta y cfiros saves.
    T sigue en tanto; y por do aquesta via
    Conducindote va, los pasos guia.


         LXXVIII.

      Tal Vnus dice; y vulvese, y el cuello
    Con el matiz le brilla de la rosa;
    Y partindose en ondas, el cabello
    Mana esencia de cielo deliciosa:
    Cae la veste  los pis, sublime sello;
    Y, andando, ser mostr de vras diosa.
    El hroe, al descubrir su madre en ella,
    Clamando sigue la fugace huella:


         LXXIX.

      Y as burlado una vez ms me dejas,
    Oh madre mia! con falaz semblanza,
    T tambien, t cruel? Y as te alejas
    Sin que hablemos con dulce confianza
    Ni estrechemos las manos? Tal sus quejas
    Al aire da, y  la ciudad se avanza;
    Y ella, esparciendo opaca niebla en tanto,
    Los cie en torno de nubloso manto.


         LXXX.

      Y as los cubre porque nadie pueda
    Ni verlos ni ofenderlos en mal hora,
    Ni curioso se cruce en la vereda
    Con sus preguntas  tejer demora;
    Y por los aires se remonta, y leda
    Vuela al templo de Pfos, donde mora,
    Do aras ciento en su honor mezclan olores
    De arabio incienso ardiente y tiernas flores.


         LXXXI.

      Ellos con planta intrncanse ligera
    Por do advierte la senda, y la colina
    Coronan ya, que  la ciudad frontera,
    De lleno all sus cpulas domina.
    Enas con asombro considera
    La fbrica estupenda y peregrina
    Do un tiempo fueron chozas; y suspenso,
    Puertas ve, y calles, y el bullicio inmenso.


         LXXXII.

      No descansan los Tirios:  se empleen
    En alzar el alczar y dirijan
    El giro  la muralla, y acarreen
    Gruesos cantos  empuje;  puesto elijan
    Para casa, y con zanja le rodeen:
    Sobre traza soberbia sitio fijan
    Propio al legislador, al magistrado,
    Y al augusto recinto del Senado.


         LXXXIII.

      Quines, formando un muelle, cavan fosas;
    Quines, para un teatro, anchos solados
    Extienden, y columnas prodigiosas
    Cortan, adorno  escnicos tablados.
    Tales, en suma, suelen oficiosas
    Ir las abejas por floridos prados
    Cuando sacan al sol adultas crias
    De estacion bella en los primeros dias;


         LXXXIV.

      Tales la miel fabrican rica; y llena
    Las celdillas al cabo el nctar blando;
    Y ya salen de paz, la carga ajena
    A recibir ufanas; ya cerrando
    En trabado escuadron, de la colmena
    Los znganos alejan, torpe bando:
    Con afan vario la labor se enciende,
    Y  tomillo vivaz la miel trasciende.


         LXXXV.

      Qu gran dicha  unos hombres se depara
    Que alzarse ven el suspirado muro!
    Dice Enas  tiempo que repara
    En las altas techumbres; y seguro,
    Gracias, oh maravilla!  que la ampara
    Contino en derredor celaje oscuro,
    Entra por la ciudad con paso listo;
    Anda entre todos, y de nadie es visto.


         LXXXVI.

      Antiguo bosque de frescor ameno
    Habia en medio  la imperial Cartago:
    Lanzados ya los Tirios  su seno
    De ondas y vientos por furioso amago,
    Hallaron en las capas del terreno
    De un corcel la cabeza, don presago
    Que all Juno les puso de victoria,
    Prenda de salvacion, seal de gloria.


         LXXXVII.

      Grata la Reina  auxilios singulares,
    Alzaba all  la Diosa un templo extenso,
    Que  la vez ilustraba sus altares
    Con favor sacro y con devoto incienso:
    Escalonado el atrio entre pilares
    Y trabes bronceadas, daba ascenso
    A la alta puerta de metal bruido
    Que el quicio oprime, y gira con rido.


         LXXXVIII.

      En este bosque el hroe al pecho laso
    Hall aliento,  sus penas lenitivo,
    Y alta leccion de que en adverso caso
    Hay siempre de esperanza algun motivo;
    Pues, ya en el templo suntuoso, al paso
    Que todo lo registra pensativo,
    Y aguardando  la Reina, all en su mente
    Mide el poder de la ciudad naciente;


         LXXXIX.

      Mintras nota  un plan mismo convertidas
    Manos de artistas y el primor del arte,
    Por rden halla en cuadros repartidas
    Leyendas de Ilon, lances de Marte,
    Que al orbe ocupan ya. Ve  los Atridas,
    Ve  Pramo,  igual  cada parte
    Aqules en los rayos de su ira;
    Prase aqu, y con lgrimas suspira;


         XC.

      Actes! qu region, de nuestra fama
    No hay ya en el mundo,  nuestros hechos, llena?
    Mira  Pramo: aqu la gloria llama
    Al que all injusta adversidad condena:
    El sentimiento aqu llantos derrama,
    Y aqu se siente en la desgracia ajena!
    Animo, pues; nuestro renombre claro
    Presta esperanzas de feliz reparo.


         XCI.

      Dice, y con mil recuerdos embebece
    En la inerte pintura los sentidos,
    Y mudo llanto el rostro le humedece;
    Que en ella, muro afuera, en lid tejidos,
    Ya la troyana juventud parece,
    Que  los Griegos acosa despavoridos;
    Ya  los Frigios, Aqules, que bizarro
    Con plumaje gentil vuela en su carro.


         XCII.

      Reconoce con lgrimas, tras eso,
    Las tiendas, con sus lonas cual de nieve,
    Que Diomdes tal, vendido Reso
    Del primer sueo en el regazo aleve:
    All el cruel en sanguinario exceso
    Huelga; y medroso de que alguno pruebe
    Pastos de Troya  en el Janto beba,
    Los caballos indmitos se lleva.


         XCIII.

      Trilo en pos viene: juvenil locura
    Ha hecho que fuerzas inferiores mida
    Con Aqules: perdida la armadura,
    Derribado de espaldas, de la brida
    Traba, que al vacuo carro le asegura:
    Tiran los potros en veloz corrida;
    Arrastra el cuello y cabellera suelta,
    Y el polvo fcil marca el asta vuelta.


         XCIV.

      Ms all al templo de Minerva, en tanto,
    Teucras matronas  ofrecerle llegan,
    Por vencer su rigor, un regio manto:
    El tendido cabello al aire entregan;
    Hieren el seno en muestra de quebranto
    Las palmas; los humildes ojos ruegan:
    Sorda la Diosa  la oracion prolija,
    Torvas miradas en el suelo fija.


         XCV.

      Enas adelante  Aqules halla
    Volviendo,  trueco de oro, el insepulto
    Cadver que en redor de la muralla
    Tres veces arrastr con fiero insulto:
    Hondo gemido de su pecho estalla
    El muerto amigo viendo all de bulto,
    Y el carro vencedor y los despojos,
    E inerme suplicando el Rey de hinojos.


         XCVI.

      l mismo en noble puesto all campea
    Par del negro Memnon, que con su banda
    De Oriente, cierra. Al fin Pentesilea
    Las huestes amaznicas comanda
    De corvo escudo: el cngulo rodea
    Aureo so el pecho descubierto; y anda
    Furiosa entre los gruesos escuadrones,
    Y hembra y todo, armas hace con varones.


         XCVII.

      Mintras con viva admiracion encuentra
    Tales cuadros el hroe, y cada asunto
    Le detiene, y la vista reconcentra
    Lugo y la admiracion toda en un punto;
    Dido, la hermosa Dido al templo entra,
    La cual doquiera penetrando, junto
    Con damas de copiosa comitiva,
    La labor colosal risuea activa.


         XCVIII.

      Tal del Eurtas por la vega umbra
     ya del Cinto por el halda amena,
    Gentil Dana leves coros guia
    Y la aljaba pendiente al hombro suena.
    Ninfas en torno agrpanse  porfa,
    Y  todas ella en majestad serena
    Se aventaja al andar: delicia vaga
    El seno de Latona oculta halaga.


         XCIX.

      Ya  las puertas la Reina se presenta
    De do la Diosa estableci morada,
    Y en el trono magnfico se asienta
    Que el mbito promedia de la arcada:
    Rodanla sus guardias: ella, atenta,
    En dar la ley y hacer la paz se agrada;
    Y ya  cada uno igual la carga mide,
    Ya, echando suertes, la labor divide.


         C.

      Mas entre inmensa multitud, que en esto
    Ansiosa al paso acude, al templo santo
    Ha columbrado Enas que Sergesto
    Y Anteo viene, con el gran Cloanto,
    Y otros que oscuro el brego interpuesto
    Lanz  playas distintas. Con espanto
    Entremezclado de alborozo vivo,
    Ven los dos del embozo el fausto arribo.


         CI.

      Y aunque las manos estrechar anhelan,
    Mas lo raro del caso los detiene,
    Y en la cncava nube se cautelan,
    Do  los que llegan atender conviene,
    Que d surgieron digan,  qu apelan,
    Pues embajada forman en que viene
    De cada nave un noble personaje,
    Y audiencia al paso claman y hospedaje.


         CII.

      Como entraron, y el real asentimiento
    Logrado hubieron de que alguno hable,
    Salve, oh Reina! empez con grave acento
    Ilioneo, entre todos venerable:
    T,  quien fundar concede ilustre asiento
    Jove, y justa regir gente intratable,
    Hijos de Troya ves, ya h largos aos
    Agitados en pilagos extraos.


         CIII.

      Hoy de incendio amenaza gente osada
    Nuestros bajeles: tu poder lo impida!
    De un pueblo religioso te apada
    Que con su historia tu amistad convida!
    No  hacer riza venimos por la espada
    En comarca  tu imperio sometida,
    No  la costa  volver con rica presa;
    Ni es de vencidos tan soberbia empresa.


         CIV.

      Hay de antiguo un pas, con apellido
    De Hesperia por los Griegos sealado,
    Pueblo en trances de guerra asaz temido,
    Tierra asaz grata  la labor de arado:
    Fu primero de Enotrios poseido;
    Y hora Italia se nombra, por dictado
    De famoso caudillo procedente,
    Si ya constante tradicion no miente.


         CV.

      Bogaban para all nuestros navos
    Cuando Oron, que cleras desata,
    Surge infausto del mar, y entre bajos
    Con subitneo golpe nos maltrata;
    Y servido  placar de austros impos,
    Entre espuma y fragor nos arrebata
    Por todo el mar. Muy pocos, cuasi  nado
    Habemos  tus costas arribado.


         CVI.

      Mas qu raza cruel, seora, es sta?
    No rige ley que su barbarie elida?
    Que un no bien nos divisa,  lid dispuesta,
    Conjrase  estorbarnos la acogida
    Que  nufrago infeliz la arena presta.
    Oh! si  hombre no temeis que cuenta os pida,
    Que hay Dioses recordad que nunca mueren,
    Y premian la virtud y al crmen hieren!


         CVII.

      Rey nuestro fu, de prncipes modelo,
    Enas, que otro igual no vi la tierra,
    Quier en la paz por su piadoso celo,
    Quier por su brazo poderoso en guerra.
    Que si un aura vital le otorga el Cielo,
    Si hado adusto en tinieblas no le encierra,
    Acabse el temor, y  ti en agrado
    Vendr, fio, el favor anticipado.


         CVIII.

      Mas oye: en la poblada, en la guerrera
    Comarca siciliana poseemos
    De Acstes el favor, que en ella impera.
    Y troyana es su sangre. Que arrimemos
    Nuestros restos, consiente,  la ribera,
    Y en tus bosques cortar tablaje y remos,
    Y  Italia iremos, nuestro Rey al frente,
    Si salva el hado vuelve nuestra gente.


         CIX.

      Mas si ya feneci nuestra ventura;
    Si ya, oh amado Rey de los Troyanos!
    Te dan lbicas olas sepultura,
    Ni  Ascanio logran nuestros votos vanos;
    Buscaremos siquier mansion segura
    Navegando  los trminos sicanos,
    De do ya nuestra flota el vuelo alzara,
    Que all Acstes bondoso nos ampara.


         CX.

      Dice, y todos barbotan de consuno
    Oscura frase que el asenso explica;
    Y con modestia y dignidad en uno
    La culta Reina al orador replica:
    Troyanos! desterrad el que importuno
    Vago recelo el alma os mortifica:
    Mis fronteras guardar por fuerza debo;
    Dura es mi situacion, y el reino es nuevo.


         CXI.

      Mas quin no sabe  Troya y sus varones?
    No de tantas virtudes el tesoro,
    Los nombres de tan nobles campeones,
    Ni ya esa guerra gigantesca ignoro:
    No solemos los Penos corazones
    Tan incultos llevar; ni al carro de oro
    Sus caballos el Sol tan ljos ata
    De una ciudad que vuestra gloria acata.


         CXII.

      Quier vuestro anhelo la region prefiera
    De Hesperia, y campos que Saturno escuda;
    Quier la de rice os llame lisonjera,
    A do el favor de Acstes os acuda;
    Doquiera ir presumais, ireis doquiera
    Seguros con mi amparo y con mi ayuda.
    O hacer mansion conmigo os acomoda?
    Esta ciudad que fundo, es vuestra toda.


         CXIII.

      Meted la flota: un mismo tratamiento
    Tendr el Teucro en Cartago y el de Tiro.
    Y oh si arribase con el propio viento
    El hroe que nombr vuestro suspiro!
    Pues yo dar  emisarios mandamiento
    Que exploren la comarca en largo giro,
    Por si, nufrago Enas, mueve acaso,
     en selva  en poblado, incierto el paso.


         CXIV.

      De la arenga tocados, rato habia
    Los de la nube ansiaban salir fuera;
    Y,  Enas vuelto, Actes le decia:
    Falta el que hundirse viste en la onda fiera;
    Cmplese en lo demas la profeca,
    Hijo de Vnus, que tu madre hiciera:
    Qu aguardas? Suelta en esto se evapora
    La opaca nube en la aura brilladora.


         CXV.

      Y el hroe apareci, de luz cercado,
    A un Dios en aire y en miembros semejante;
    Pues le habia su madre aderezado
    La copia de cabellos arrogante;
    Ba sus ojos de inefable agrado,
    Y di luz rsea al juvenil semblante,
    Bien cual brue el marfil,  mrmol pario
     argento engasta en oro el lapidario.


         CXVI.

      Ved salvo al que buscais; yo soy Enas!
    Dice; y  Dido se convierte lugo:
    T, sensible mujer, dichosa seas,
    Sensible  nuestra historia,  nuestro ruego;
    Que reino y casa  nufragos franqueas,
    De la espada reliquias y del fuego,
    Juguetes de la mar, de la fortuna,
    Ya sin arrimo ni esperanza alguna!


         CXVII.

      Seora,  tu largueza,  tu hidalgua
    Corresponder nosotros mal podremos,
    Ni cuantos restos de la patria mia
    Errantes van del orbe en los extremos.
    Mas si hay Dioses que ven con simpata
    La virtud; si un justicia conocemos;
    Si el tribunal de la conciencia es algo,
    El Cielo premiar tu porte hidalgo!


         CXVIII.

      Oh feliz hora en que la luz primera
    Viste del cielo! oh ilustres genitores!
    Mintras amen del monte la ladera
    Las sombras; mintras corran bramadores
    Los rios  la mar; mintras la esfera
    Alimente sus trmulos fulgores,
    Durar tu alabanza y tu memoria:
    Doquier yo aliente, vivir tu gloria.


         CXIX.

      Dice; y adelantndose del puesto
    Las manos da regocijado: en tanto
    Que una ofrece  Ilioneo, otra  Seresto,
    Y al gran Gias de ah, y al gran Cloanto,
    Y  todos  la vez. Dido de presto
    Enmudeci de admiracion y encanto:
    Al presentarse el hroe, con su brillo;
    Lugo, al abrir los labios, con oillo.


         CXX.

      Recobrada, expres razones tales:
    Oh! qu impa mano perseguirte osa
    Al traves de contrarios temporales?
    Quin, ilustre mortal, hijo de Diosa,
     estas playas te impele inhospitales?
    No eres t  quien de Anquses Cipria hermosa,
    Del frigio Smois en el valle ameno,
    Concibi grata en su amoroso seno?


         CXXI.

      Recuerdo  Teucro, que en Sidon venido,
    Trocaba con destierro el patrio clima,
    Ya de mi padre Belo protegido,
    Que imperaba triunfante en Chipre opima.
    Troya y Grecia de entnces en mi oido
    Sonaron con tu nombre. En alta estima
    El tena  los tuyos, si contrario,
    Y un de Troya alabse originario.


         CXXII.

      Mas venid lugo  mi real morada,
    Mancebos! Cual vosotros combatida
    De ruda suerte y vria, al fin cansada,
    Donde agora os la doy, logr acogida
    De mis propias desgracias enseada
    Miro por los que sufren condolida.
    Dice; y honrando  la Piedad divina,
    Con el hroe  palacio se encamina.


         CXXIII.

      Y prvido tendiendo el pensamiento
     los que quedan en la playa, enva
    Veinte toros all, por bastimento,
    Cien gruesos cuerpos de cerdosa cria,
    Y cien ovejas y corderos ciento;
    Y el dn de alegre Dios, por granjera;
    En tanto que el palacio se adereza
    Con vario alarde de imperial riqueza.


         CXXIV.

      Ya en el seno interior del edificio
    Previnese el opparo convite:
    Lucen vestes, do el clsico artificio
    Con la soberbia prpura compite;
    Brilla de plata slido servicio,
    Y copas de oro, do el buril repite
    Desde era inmemorial las patrias glorias,
    Y los Reyes en serie, y sus historias.


         CXXV.

      En este medio Enas (no tolera
    Amor, pecho de padre sosegado)
    A Actes manda que en veloz carrera
    Lleve  Ascanio el obsequio, y  su lado
    Venga Ascanio;--que Ascanio cobra entera
    La ternura del padre y su cuidado,--
    Y traiga cuanta rica prenda y joya
    A los escombros se arranc de Troya.


         CXXVI.

      Acurdale la veste de oro llena,
    Con slidas figuras y labores,
    Y el rico velo de la argiva Elena
    Que de amarillo acanto esmaltan flores;
    El mesmo que ella, de rubor ajena,
    Volando en pos de ilcitos amores,
    Dn de Leda su madre peregrino,
    Trujo de Grecia cuando  Troya vino.


         CXXVII.

      Reliquias con que  par venir dispone
    El noble cetro que regir solia,
    Hija mayor de Pramo, Ilione,
    Y el collar de menuda pedrera,
    Y el diadema do el oro se compone
    Con finas perlas en igual porfa.
    Actes, que cumplir el cargo anhela,
    Camino de las naves corre, vuela.


         CXXVIII.

      Nuevas trazas en tanto Citerea,
    Nueva industria medita: que Cupido
    Tome de Ascanio la figura, idea,
    Y que, atenta al obsequio, obsequie  Dido;
    Con que tocada de un incendio sea
    Que el corazon le invada inadvertido;
    Ca ese mixto hospedaje bajo un techo
    Teme, y dos amistades en un pecho.


         CXXIX.

      Y,  su idea presente sin desvo
    Juno cruel que la robara el sueo,
    T  quien debo mi fuerza y seoro,
    Dice, humilde apelando  Amor risueo:
    T, el nico que ves, dulce hijo mio,
    Libre y seguro de mi Padre el ceo
    Que de Titanes quebrant el arrojo!
    Merced vengo  pedir, y  t me acojo.


         CXXX.

      Enas sabes t cunto ha sufrido;
    Cul Juno en oprimirle atroz persiste,
    De todo viento en todo mar barrido;
    Que un de l conmigo hermano te doliste:
    Husped agora la sidonia Dido
    Con regio halago liberal le asiste;
    Mas temo que  inclinarse en contra empiece
    Hospedaje que  Juno  par se ofrece.


         CXXXI.

      Que no su odiosidad tern arrendada
    En tan ardua ocasion. Y as primero
    Poner de Dido al corazon celada
    Y de mi llama rodealle quiero;
    Porque otra inspiracion no la disuada,
    Y, con afecto al cabo verdadero
    Asida  Enas, de mi lado quede:
    Oye cul finjo que lograrse puede.


         CXXXII.

      El infante real la voz de Enas
    Va  seguir, y de Actes las pisadas,
    A Cartago llevando las preseas
    De Troya, al fuego y  la mar ganadas.
    Porque l nada presuma, y de l no seas
    Turbado de la Reina en las moradas,
    A Citera   Idalia llevarle,
    Do sacra oscuridad su sueo cele.


         CXXXIII.

      Toma esta noche su figura, y lazo,
    Nio en disfraz de nio,  armar v  Dido:
    Que ella habr de acogerte en su regazo
    Gozosa entre los brndis y el rido;
    Y t  vueltas podrs del blando abrazo,
    En la miel de sus sculos, Cupido,
    Depositar la punta que  su seno
    Oculto del amor lleve el veneno.


         CXXXIV.

      Manso  la tierna madre Amor da oidos,
    Y marcha,  Ascanio igual, depuesta el ala;
    Mintras de Ascanio Vnus los sentidos
    Con plcido sopor vence y regala;
    Y abrigado en su seno,  los erguidos
    Idalios bosques llvale, do exhala
    Su aroma, y con sus sombras le guarece
    El blando almoraduj que all florece.


         CXXXV.

      En tanto de Cartago en seguimiento,
    Obediente de Vnus al mandado,
    Cupido va con dones opulento,
    Con el favor de Actes bien hallado.
    Cuando llegado hubieron, fu el momento
    En que en el centro de grandioso estrado
    Dido en cojines recamados de oro
    Se reclinaba con gentil decoro.


         CXXXVI.

      Enas, que tras ella se avecina,
    Entra, y con l la juventud troyana,
    Que en rden se desparte, y se reclina
    En muelles lechos de soberbia grana.
    Agua da para manos cristalina
    La servidumbre, y de suave lana
    Toallas brinda, y de la rubia Dea
    El dn en canastillos acarrea.


         CXXXVII.

      Cincuenta esclavas dentro, los manjares,
    Puestas en fila, en sazonar se emplean,
    Y con incienso en propiciar los Lares;
    Copas ministran, viandas acarrean
    Otras cien, y en la edad cien mozos pares.
    Entran, llamados, Tirios que pasean
    Densos en los alegres corredores,
    Y los lechos ocupan de colores.


         CXXXVIII.

      Admiran de los dones la hermosura,
    Admiran al garzon, su faz que brilla,
    Y de su falsa labia la dulzura;
    Ven la urea veste, el oro que amarilla
    La flor de acanto con primor figura:
    Mas Dido en especial se maravilla,
    Y de gozar no acaba;--ella, ay! no suea
    Que  un abismo, gozando, se despea!


         CXXXIX.

      Y en el nio y los dones se recrea,
    Los mira, y cuanto mira, eso se inflama.
    Qu hace el rapaz? Al cuello se rodea
    Del hroe, que en su error hijo le llama;
    Mas lugo que feliz le lisonjea,
    Djale en paz, y con su activa llama
    Va  Dido, que en su error, nio inocente
    Jovial le invita con risuea frente.


         CXL.

      Ay! ya al seno le estrecha dulce y blanda,
    Y es un gran Dios lo que en su seno anida!
    De la Reina en el seno, lo que manda
    La gran Diosa, su madre, Amor no olvida:
    De Siqueo la imgen veneranda
    Sin sentir borra, y sin sentir convida
    Con nuevo halago  nueva lid  un alma
    Que retirada h tiempo vive en calma.


         CXLI.

      Hubo el primer banquete terminado,
    Y la mesa se sirve de licores,
    Y festejan el vino regalado
    Los hondos vasos adornando en flores.
    Cien araas del ureo artesonado
    Penden: crecen sonando los clamores;
    Y las hachas con luces triunfadoras
    Quitan el campo  las nocturnas horas.


         CXLII.

      En este instante la sidonia Dido
    La copa demand que usar solia
    Belo, y que en rden desde all traido
    Cada progenitor usado habia:
    Copa del oro sustentada, unido
    Con finas piedras en igual porfa;
    Y de vino la llena, y al momento
    Calla el concurso  su palabra atento:


         CXLIII.

      Jpiter! si ya diste  los humanos
    De la hospitalidad el sacro fuero,
    Haz este dia  Tirios y  Troyanos
    Grato por siempre y de felice agero!
    Lo aplaudan nuestros nietos ms lejanos:
    Benigna Juno y Baco placentero
    Lo honren presentes; y en gozoso grito,
    Tirios,  saludarlo ahora os invito.


         CXLIV.

      Dice; y sobre la mesa el nctar liba
    Que generoso desbordaba, y lugo
    La taza al labio toca fugitiva:
    La alarga  Bcias con seal de ruego;
    Toma, empnala l con nsia viva,
    Y el espumoso vino agota ciego:
    Alzan todos los prceres sus copas,
    Y el canto empieza del crinado Ypas.


         CXLV.

      El cual describe con laud divino
    Lo que Atlas le ense por gran fortuna:
    Cmo el sol desfallece en su camino;
    Por qu altera su faz la mvil luna;
    Dende la bestia de los campos vino;
    Cul fu del hombre la primera cuna;
    Qu fuente al mundo suministra el agua;
    D est de los relmpagos la fragua.


         CXLVI.

      Canta eso mismo  Arturo, las dos Osas,
    Y las Hadas tristes; el arcano
    Que las noches alarga perezosas;
    Por qu los soles del invierno cano
    Con ruedas se despean presurosas
    A baarse en el lquido Oceano.
    Cesa; y acogen su cantar sonoro
    Tirios y Teucros aplaudiendo en coro.


         CXLVII.

      Y vuela el tiempo en plticas sabrosas,
    Y Dido, platicando, amor apura;
    Mil cosas sobre Pramo, y mil cosas
    A preguntar sobre Hctor se apresura:
    Ya qu huestes trujera pavorosas
    El hijo de la Aurora, oir procura;
    Ya la historia saber de los gentiles
    Potros de Reso,  el poder de Aqules.


         CXLVIII.

      Que en fin, exclama, por ventura mia
    Desde el principio en relatar vinieses
    Los pasos de la griega alevosa,
    Husped, y vuestras glorias y reveses!
    Tambien tus viajes entender querria,
    Ya que contemplas los estivos meses
    Tornar sptima vez desde que yerras
    Mares cruzando y extranjeras tierras.




         LIBRO SEGUNDO.


         I.

      Todos callan; y Enas, que cautiva
    De todos la atencion, desde alto lecho
    Comienza: Oh Reina! mandas que reviva
    Inefable dolor mi herido pecho;
    Que cmo  manos de la hueste aquva
    El troyano poder cay deshecho
    Recuerde: horrores que podr pintarte,
    De ello testigo y no pequea parte.


         II.

      Mas quin, ya que secuaz de Ulses fuera,
    Si  tan largo dolor velos levanto,
    Qu Mirmidon, qu Dlope lo oyera
    Sin dar,  su pesar, tributo en llanto?
    Acercndose al fin de su carrera
    H aqu la hmeda Noche rueda en tanto,
    Y extinguiendo en la mar sus luces bellas
    A descanso convidan las estrellas.


         III.

      Mas pues tu noble corazon consiente
    En ser de este dolor particionero;
    Pues mandas que de Prgamo te cuente
    El afan congojoso postrimero
    En breve narracion; aunque se siente
    Horrorizado el nimo, y del fiero
    Espectculo aparta la memoria,
    Principiar la miseranda historia.


         IV.

      Yacian con el cerco prolongado
    Rotos los jefes de la hueste aquea,
    Maltrechos siempre del adverso hado;
    Cuando Minerva en su favor emplea
    Artificio sagaz. Por su mandado
    Hueca mole fabrican gigantes
    Que gran caballo al parecer figura,
    De recia tablazon y contextura.


         V.

      Simulan y propalan que se eleva
    Por voto  Plas hecho, de tranquilo
    Viaje en demanda: por doquier la nueva
    Mentirosa se esparce; y en sigilo,
    Echadas suertes entre gente  prueba,
    A ocupar suben el oscuro asilo
    Del vasto seno y cncavos costados,
    Provistos de sus armas los llamados.


         VI.

      Frontera  Troya Tnedos se ostenta,
    Que otro tiempo goz de nombrada:
    Isla famosa, frtil, opulenta
    Durante la troyana monarqua:
    En su abandono y soledad presenta
    Hora  las naves prfida baha:
    A sombra de sus costas sin testigo
    Los bajeles ensea el enemigo.


         VII.

      Pensamos que, la vela dada al viento,
    Bogando irian por la mar serena
    Para la patria: el largo abatimiento
    La ciudad de sus hijos enajena:
    Las puertas abre; al griego acampamento
    Rpida corre de alborozo llena
    La multitud, y visitar le agrada
    Yermo el campo, la playa abandonada.


         VIII.

      Aqu los batallones del furioso,
    Del fuerte Aqules; acull su tienda:
    All tomaban plcido reposo,
    Ac trabmos spera contienda.
    As van discurriendo; y el coloso
    Infausto, reputado por ofrenda
    A la casta Minerva, hace que, muda
    De asombro, turba inmensa en ruedo acuda,


         IX.

      Fuese traicion,  que la adversa suerte
    Para entnces el golpe reservase,
    Timtes clama que la mole al fuerte
    Se lleve al punto, y las murallas pase.
    Cpis, empero, que el peligro advierte,
    Aconseja con otros que la abrase
    Fuego voraz, y la vecina onda,
    El sospechoso dn trague y esconda;


         X.

       que el oscuro seno se barrene
    Para indagar lo que en el fondo encela.
    Indecisa la turba se mantiene.
    En esto de la excelsa ciudadela
    Con numerosa muchedumbre viene
    Laoconte, al campo arrebatado vuela,
    Y, Oh desgraciados! desde ljos grita:
    Qu demencia  la muerte os precipita?


         XI.

      Pensais que el enemigo nuestra tierra
    Dej? Fiais en sus mentidos dones?
    Cun poco  Ulses conoceis?  encierra
    Esta fbrica aquivos campeones,
    O artificiosa mquina de guerra
    Es: nuestra situacion y habitaciones
    Por cima intentan registrar del muro,
    Para lugo caer sobre seguro.


         XII.

      Ello, hay engao. Oh Teucros, confianza
    Negad  ese caballo! Como quiera,
    Yo temo de los Griegos la asechanza
    A vuelta de sus dones traicionera.
    Dijo; y desembraz fornida lanza
    Hcia un lado del cncavo; certera
    Vuela, clvase, vibra: conmovido
    Di el seno cavernoso hondo bramido.


         XIII.

      Ay!  no ser por la fortuna impa
    Que nos robaba libertad y acierto,
    Laoconte en su furor logrado habria
    Que pusisemos lugo en descubierto,
    Hendiendo la armazon, la alevosa.
    Aun hoy tu alczar descollara yerto,
    Oh Patria! al filo de traidora espada
    No cayera tu pompa derribada!


         XIV.

      Frigios pastores con tumulto y grita,
    Atras ambas las manos, prisionero
    Traen ante el Rey un mozo. Audaz medita
    Abrir el muro con ardid artero
    A los suyos; ni el nimo le quita
    El peligro de infame paradero;
    Resuelto  todo, el prfido se hizo
    Con aquellos pastores topadizo.


         XV.

      La multitud aglpase, y denuesta
    Al prisionero que curiosa mira.
    (Reina, las artes de los Griegos de esta
    Traicion colige; su maldad admira.)
    Inerme se detiene, manifiesta
    Medrosa turbacion: los ojos gira
    La turba rodeando que le oprime,
    Abre los labios, y temblando gime:


         XVI.

      Cielos!  dnde me arrojais? qu puerto
    Queda ya  mi infortunio? La cadena
    Del Griego  quebrantar un bien no acierto,
    Y ya el Troyano  muerte me condena.
    Compone  su gemido el desconcierto
    La multitud, el mpetu serena,
    Y con instancia  declarar le mueve
    Patria, linaje, y la intencion que lleve.


         XVII.

      Ttulos aguardamos con que abone
    Palabras de cautivo. Reparado
    De la sorpresa, el impostor repone:
    Rey! la verdad confesar de grado:
    No  mi labio veraz candado pone,
    Aunque adverso me fuere, el resultado:
    Yo Griego soy, no ocultar mi cuna;
    Me hizo infeliz, no falso, la fortuna.


         XVIII.

      Quiz en conversacion por accidente,
    De Palamdes, generosa rama
    Del linaje de Belo floreciente,
    Lleg  tu oido el claro nombre y fama.
    Porque la guerra no aprob, demente
    Llamle el pueblo, y con indigna trama
    Trjole al hierro de la muerte: ahora
    Inmaculado le confiesa y llora.


         XIX.

      Mi padre, escasa el arca de dinero,
    Guerrero aventurme, y al cuidado
    De aquel varon fime, compaero
    Antiguo nuestro y prximo allegado.
    Tommos de esta playa el derrotero
    Muy al principio. Prosper el Estado
    Mintras honrarle y atenderle supo,
    Y parte  m de su esplendor me cupo.


         XX.

      Mas el trmino vi de mi contento
    Cuando de sus manejos el astuto
    Itacense, el infame acabamiento
    De Palamdes recogi por fruto.
    Notorio el caso fu. Yo en aislamiento
    Dime  vivir y en miserable luto:
    Pensaba siempre en mi inocente amigo,
    Y eterna indignacion iba conmigo.


         XXI.

      Ni pudiendo tener contino  raya,
    Demente ya, mi clera sombra,
    Clam, jur que si  la amada playa
    Tornase vencedor, me vengaria.
    Odios que Ulses en silencio ensaya
    Hubo de acarrearme la osada
    De mis palabras: sin enmienda aquello
    Vino  poner  mi desgracia el sello.


         XXII.

      De entnces ms, calumnias el aleve
    Ide nuevas: comenz rumores
    Vagos  propalar entre la plebe;
    Ni pudo sosegar en los terrores
    Con que el crmen persigue, hasta que en breve
    Con Clcas, el augur,  sus rencores ...
    Mas  qu, derramando el pensamiento,
    As os fatigo, y mi dolor aumento?


         XXIII.

      Ya os dije, Griego soy: qu ms indicio,
    Si  todos nos nivela vuestra saa?
    Ea, pues: consumad el sacrificio!
    Bien los de Atreo os pagarn la hazaa;
    Su triunfo, el Itacense. El artificio
    No vemos con que  fuer de Griego engaa;
    Antes le instamos  explicarlo todo.
    Con fina astucia y misterioso modo,


         XXIV.

      Los Griegos, sigue, no una vez la prora
    Volver pensaron, y soltar la clava,
    Del asedio cansados. En mal hora
    Tornbalos  puerto la onda brava
    Y el ala de los vientos bramadora.
    Mas esa estatua al ver, que en pi se alzaba,
    Con ira nueva y general tronido
    Reson el cielo en llamas encendido.


         XXV.

      Eurpilo, que hicimos acudiera
    Al apolneo orculo, tornando
    Trajo esta, en solucion, voz lastimera:
    _Griegos: los vientos aplacasteis, cuando_
    _Marchabais  Ilon la vez primera,_
    _En el ara una vrgen inmolando:_
    _Si en la vuelta anhelais propicia calma,_
    _Sangre verted, sacrificad un alma._


         XXVI.

      La voz  oidos de las gentes vino
    Moviendo al corazon mortal recelo;
    Todos el rigor tiemblan del destino;
    Cuaja  todos la sangre torpe hielo.
    En tal crsis  Clcas adivino
    Saca Ulses con mpetu y anhelo,
    Y de la hueste aqujale en presencia
    A interpretar la funeral sentencia.


         XXVII.

      Ya de aquel pecho de piedad desnudo
    Sondando muchos el ardid secreto,
    Me auguraban mal fin. Diez dias mudo
    Difiri Clcas el fatal decreto.
    Cediendo al cabo al clamoreo agudo,
    Y  la mente ajustando del inquieto
    Instigador el fallo, lo pronuncia:
    Yo la vctima soy; mi nombre anuncia.


         XXVIII.

      Place  todos; y el golpe que temia
    Cada uno enntes en su mal, en cuanto
    Sobre un triste desciende, en alegra
    Pblica trueca el general quebranto.
    Ya se acercaba el tenebroso dia
    De la degollacion: con gozo, en tanto,
    La salsamola alistan, y disponen
    Fnebres vendas que mi sien coronen.


         XXIX.

      Libertme, es verdad, de la atadura;
    Y de un pantano entre la juncia y cieno
    Logr ocultarme con la noche oscura,
    Aguardando partiesen, si sereno
    Lo comportaba el mar por mi ventura.
    Mas la esperanza huy de ver el seno
    Antiguo de la patria, y  mi lado
    El hijo dulce, el padre deseado.


         XXX.

      Ellos, blanco al furor de mis tiranos,
    Por m habrn de lastar en roja pira!
    Por los dioses del cielo soberanos
    Que apartan la verdad de la mentira,
    Por la noble lealtad, si ya en humanos
    Pechos cupo lealtad, la suerte mira
    No merecida, oh Rey! que en mi se ceba;
    Tanto infortunio  compasion te mueva!


         XXXI.

      La piedad que con lgrimas demanda,
    Con lgrimas le dan los corazones.
    Abogamos por l. Al punto manda
    Que los lazos le suelten y prisiones
    El Rey, y as le dice con voz blanda:
    Olvida ya las brbaras legiones,
    Mancebo, y sus malvados procederes:
    De hoy ms, quienquier t seas, nuestro eres.


         XXXII.

      Mas la verdad declara sin rebozo:
    Quin invent esta mole? Con qu intento?
    Mquina amenazante de destrozo
    Es?  bien religioso monumento?
    Dice el buen Rey; y el atrevido mozo
    Mostrado,  usanza griega, al fingimiento,
    Exclama as, las manos desatadas
    Volviendo al cielo, y hmidas miradas:


         XXXIII.

      Astros eternos! Dioses que castigos
    Al dolo reservais! Cuchilla! velo!
    Aras del sacrificio! sed testigos
    Del derecho cabal con que cancelo
    Antiguos pactos: odio  los que amigos
    Pude llamar; sus crmenes revelo!
    Mas oh! si en m tu salvacion se apoya,
    Gurdate fiel  tus promesas, Troya!


         XXXIV.

      Los Griegos de Minerva en el robusto
    Auxilio descansaron confiados
    Hasta que el hijo de Tideo injusto
    Y fraguador Ulses de atentados,
    Su estatua milagrosa al templo augusto
    Se aunaron  robar; y, degollados
    Los guardias del castillo, con sangrienta
    Mano asieron de la alba vestimenta.


         XXXV.

      Cay miedo en los nimos: su ayuda
    Cambi la Diosa en no dudoso amago;
    Que, al campo apnas se llev, ceuda
    Los ojos clava con fulgor aciago;
    Raro prodigio! humor amargo suda,
    Y del suelo tres veces se alza en vago,
    El escudo flamgero delante,
    Y el asta blandeando retemblante.


         XXXVI.

      Incontinente Clcas determina
    Que el sitio los guerreros abandonen;
    Diz que en vano de Troya la rina,
    Por bien que la expugnaren, presuponen,
    Si, tornando  cruzar la onda marina,
    En Argos los auspicios no reponen,
     la Diosa aplacando en sus desvos
    Que cuidaron llevar en los navos.


         XXXVII.

       Micnas ahora encaminados
    (De Clcas los auspicios tal declaran),
    Prevenidos mejor y apertrechados,
    La vuelta  dar de asalto se preparan,
    Mas ntes que partiesen, avisados,
    En igual de la que mpios enojaran
    Robada estatua, edificaron sta
    Para purgar la violacion funesta.


         XXXVIII.

      Plgole  Clcas, adems, que fuese
    De trabes poderosas guarnecida
    Y que las nubes con la frente hiriese,
    Porque su peso y altitud impida
    Que por las puertas quepa, y atraviese
    Las murallas, no avenga que presida
    A la ciudad, del Paladion vuda,
    Y con la antigua proteccion la acuda.


         XXXIX.

      Que si este dn violais--el agorero
    Pronostica (primero se convierta
    En quiebra suya el malhadado agero!)--
    Troya vencida quedar y desierta:
    Qu es Troya? el Asia! Triunfareis, empero,
    Si le internareis, la muralla abierta,
    Y  las aguas de Grecia vuestras proras
    Irn, andando el tiempo, vencedoras!


         XL.

      As en un punto entre sus lloros viles,
    Caza Sinon con prfidos amaos
    En red de muerte  los que el grande Aqules,
    Ni el hijo de Tideo, ni diez aos
    De terca opugnacion, ni naves miles
    Pudieron domear. Tras sus engaos,
    Con espanto de todos repentino,
    Oye el paso cruel que sobrevino.


         XLI.

      Sacerdote por suerte designado
     honrar al Dios del hmedo elemento,
    Era Laoconte: ante el altar sagrado
    Degollbale un toro corpulento.
    Sbito  la sazon venir  nado
    Vemos (de horror estremecerme siento),
    De la nsula vecina procedentes,
    Por sobre el mar tranquilo dos serpientes.


         XLII.

      El pecho entrambas enhestando iguales,
    Con encarnada cresta gallardean,
    Y en ruedas, al andar, descomunales
    El largo cuerpo sobre el ponto arquean:
    Rotos gimen los lquidos cristales
    Por do hienden: abordan ya y campean,
    La vista en sangre y rayos encendida:
    Todos huimos, la color perdida.


         XLIII.

      Lamindose las bocas sibilantes
    Con la vibrante lengua, van derecho
    Para Laoconte: mas sus hijos ntes,
    Tiernos gemelos, en abrazo estrecho
    Aferran, y sus miembros palpitantes
    Apedazan, devoran. Pecho  pecho
    Y meneando la aguzada hoja,
    Encima el genitor se les arroja.


         XLIV.

      Vano auxilio! arduo afan! Ellas le abrazan
    Con doble, firme vuelta la cintura;
    Los escamados lomos le relazan
     la garganta, y  mayor altura
    Sobrealzando las crestas, amenazan.
    Con ambas manos l entre la impura
    Ponzoa que las nfulas le afea,
    Por sacudir los udos forcejea.


         XLV.

      Descoyuntado al fin, y cual pudiera
    El toro que del ara huyendo herido,
    De hacha insegura libertado hubiera
    Su manchada cerviz, en alarido
    Rompe horrible. Las sierpes de carrera
    Parten al templo de Minerva, y nido
    A los pis de la Diosa encrudecida
    Hallan seguro bajo el ancha egida.


         XLVI.

      Nuevo motivo de terror asalta
    Los nimos, que el miedo seorea;
    Supone el vulgo que Laoconte, al alta
    Estatua encaminando el asta rea,
    Mereci el golpe que sigui  su falta;
    Que el caballo se interne, clamorea,
    Y que  la Diosa con devotas preces
    Se persuada  poner sus altiveces.


         XLVII.

      Presto aportillan el adarve: toma
    Movimiento el coloso: iguales giran
    Ruedas que al pi le ajustan: con maroma
    Atando el cuello,  competencia tiran.
    Ya grave de armas sobre el muro asoma:
    Todos con nsia  la labor conspiran:
    Garzones y doncellas entre tanto
    Alzan en torno religioso canto.


         XLVIII.

      Ya entra bamboneando,  tu firmeza
    Cierta amenaza, oh Troya! oh patria! estancia
    Antigua de altos Dioses! fortaleza
    Do vi un pueblo estrellarse su arrogancia!
    Sigue, y tres veces al umbral tropieza
    Con ronco sn que retumb  distancia;
    Mas insta el vulgo en su porfa loca,
    Y al fin en el alczar le coloca.


         XLIX.

      Vanamente Casandra entusiasmada
    Esforzando la voz--su voz divina,
    Por castigo de un Dios menospreciada--
    Grandes calamidades vaticina.
    Ay! sus anuncios estimando en nada,
    Al borde ya de la comun rina,
    Nosotros slo en decorar pensamos
    Templos y altares con festivos ramos.


         L.

      Gira mintras la esfera, y vase alzando
    La noche de las ondas, el desvelo
    Y fraudes enemigos ocultando
    En espantoso horror, la tierra, el cielo.
    Yacen mudos los Teucros: sueo blando
    Ac y all los encadena. A vuelo
    Torna entre tanto la pelasga flota
    A las sabidas playas la derrota.


         LI.

      A sordas con la luna y el sosiego
    De la noche, que muda las arropa,
    Marchan las naves ya, que ha dado el fuego,
    Concertada seal, la rgia popa.
    Sinon,  quien, en dao nuestro ciego
    El hado guia, la escondida tropa
    Acude  libertar, y la honda cava
    Abre que tenebrosa los guardaba.


         LII.

      Y por cables que lanzan de ligero,
    Desgundanse de la hrrida guarida
    Estnelo, Tisandro, Ulses fiero,
    Tornando  respirar aura de vida:
    Menelao; Macaon, que fu el primero,
    Y Acamante y Toante de seguida,
    Y Neoptlemo audaz el de Peleo,
    Y el trazador del artificio, Epeo.


         LIII.

       entrar la muchedumbre se acelera
    En la ciudad, que yace en sueo y vino,
    Y matando las guardias, carnicera,
    Y las puertas abriendo, da camino
    Y se une  los que abordan. Tiempo era
    En que el sueo primero, dn divino,
    Los cuerpos sosegando fatigados
    Envuelve en manso olvido los cuidados.


         LIV.

      En medio del silencio,  la imprevista,
    Reputndolo yo por caso cierto,
    Hctor en sueos mustrase  mi vista,
    De polvo vil y amarillez cubierto:
    Mustia la faz, que el nimo contrista,
    Mustia y llorosa; y, cual despues de muerto
    Y arrastrado por rpidos bridones,
    Taladrados los pis de correones.


         LV.

      Cun trocado de aqul que  nuestros ojos
    Resplandeci tras recias embestidas,
     de Aqules trujese los despojos
    O incendiase las naves combatidas!
    Yerta barba; cuajados los manojos
    Del pelo en sangre; vivas las heridas
    Que en torno recibi de la muralla;--
    Y aqu en sueos mi voz en llanto estalla:


         LVI.

      Gran Hctor, que de gloria y de consuelo
    Astro por siempre  los Troyanos fuiste!
    De cul remoto y olvidado suelo
    Tornas al fin  nuestra playa triste?
    Y tras fatiga tanta, estrago, duelo,
    Hoy de nuevo tu brazo nos asiste?
    Mas por qu herido as? Tu faz serena
    Por qu se cubre de sangrienta arena?


         LVII.

      Nada contesta: con mortal gemido
    Vuela! huye! exclama: el Griego se apodera
    De la ciudad: incendio embravecido
    Estalla: Troya se desploma entera!
    Mucho  la patria y al monarca ha sido
    Sacrificado: si algo la valiera,
    Salvrala este brazo: en su agona,
    Su culto, hijo de Vnus, te confa.


         LVIII.

      Mansion busca  sus Dioses tutelares
    Que fundars, y grande, finalmente,
    Audaz cruzando procelosos mares.
    Y mintras habla entrgame impaciente
    La alma Vesta que arranca  los altares,
    Y los velos y el fuego indeficiente.
    Por la ciudad en tanto se extendia
    El estruendo confuso y vocera.


         LIX.

      Y aunque distante de la puerta Escea
    Yacia de mi padre la morada,
    Opaca de un jardin que la rodea,
    De la invasora muchedumbre armada
    Llega sordo el rumor; mi sien golpea;
    Salto veloz, el nima azorada,
    Y  la azotea trepo, y al rido
    Que crece ms y ms, tiendo el oido.


         LX.

      Tal cuando en mieses subitnea llama,
    Soplando el Austro, enfurecida prende;
     bien si desbordado se derrama
    Y valles, surcos y sembrados hiende
    Bravo raudal, y en remolinos brama
    Arboles arrastrando que desprende;
    Sobre un peon, de la tormenta aquella
    Testigo inmvil el pastor descuella.


         LXI.

      Bien  mis ojos lo que en torno pasa,
    Bien la aviesa traicion se patentiza.
    Con estampido el gran palacio arrasa
    De Defobo, el fuego, y se encarniza
    Sin detenerse, en la contigua casa
    De Ucalegonte, y de su luz rojiza
    Parece arder abierto el mar Sigeo:
    Suenan trompetas, cunde el clamoreo.


         LXII.

      Echo mano  las armas alterado,
    Y  discurrir no acierto  mi albedro:
    Al alczar volar con un puado
    De compaeros, en confuso anso;
    Mal ciego de furor, desatentado
    En manos de la muerte la honra fio;--
    Cuando al Otrida, del altar febeo
    Ministro en el alczar, llegar veo.


         LXIII.

      l los Dioses vencidos, casi  vuelo,
    Trae, y sacros adjuntos que  la saa
    Hurt enemiga su piadoso celo;
    Y un nieto pequeuelo le acompaa.
    Panto! al verle clam con vivo anhelo:
    Habla! qu pide adversidad tamaa?
    En dnde haremos la defensa? en dnde?
    Dando un hondo gemido me responde:


         LXIV.

      La hora que los hados previnieron
    Lleg de asolacion! Jove inclemente
    Trastorna la balanza! Fueron, fueron
    Troya, su gloria, su esplendor potente!
    Todo los enemigos lo invadieron:
    Del caballo intramuros eminente
    Griegos brotan armados: triunfante
    Sinon propaga el fuego devorante.


         LXV.

      Por las ya francas puertas  oleadas
    Cuantos vinieron de la gran Micnas
    Tantos que entran parece: estn tomadas
    Las avenidas: de reposo ajenas
    Amenazan fulgentes sus espadas:
    La primer guarnicion ensaya apnas
    Al tropel oponerse que la embiste,
    Y en ciega ria desigual resiste.


         LXVI.

      Ardo  su voz: el corazon me inflama
    No s cul Dios  aliento sobrehumano:
    Do la ira impele, do el rumor me llama
    Corro el hierro  arrostrar y el fuego insano.
     la luz vaporosa que derrama
    La blanca luna, de fito el anciano,
    De Hpanis, de Dmas y Rifeo,
    Que se me allegan, los semblantes veo.


         LXVII.

      Corebo, el hijo de Migdon, partido
    Tom tambien, y se nos puso al lado:
    Estaba en Ilon recien venido,
    Con pasion de Casandra enamorado;
    Y de Pramo yerno prometido,
    Su espada nos brind como alado.
    Ay! cun diverso su destino fuera
    Si  la inspirada profetisa oyera!


         LXVIII.

      Yo as  todos les dije en el momento
    Que en rden los vi puestos de pelea:
    Mancebos de alma grande, que de aliento
    Heroico, pero estril, se rodea!
    Si seguir pretendeis mi osado intento,
    Igualad el peligro con la idea:
    Los Dioses que este reino custodiaran
    Hoy altares y templos desamparan.


         LXIX.

       una ciudad, oh pechos denodados,
    Acorreis que en pavesas se convierte:
    La muerte, pues, busquemos, y arrojados
    Entre enemigos, generosa muerte;
    Quien con el cielo lucha y con los hados
    Slo desnudo de esperanza es fuerte!
    As exaltado les habl, y mi acento
    Su denuedo redobla y su ardimiento.


         LXX.

      Cual del hambre al furor lobos rapaces,
    Mintras que los cachorros por su vuelta
    Anhelan, seca la garganta, audaces
    Corren en sombras la campaa envuelta;
    Por medio de los hierros y las haces
    Enemigas as la planta suelta,
    De la muerte lanzados al encuentro
    Tocamos ya de la ciudad al centro.


         LXXI.

      La noche mintras con su negro manto
    Nos cobijaba. Oh noche de tormentos!
    Quin podr darte el merecido llanto
     el nmero decir de tus lamentos?
    La alta, antigua ciudad, de lauro tanto
    Coronada, flaquea en sus cimientos!
    Por calles, plazas, templos invadidos,
    Cadveres se ven yacer tendidos.


         LXXII.

      Mas no toda la sangre que se vierte
    Sangre es troyana. Amenazante aviva
    Tal vez el ntes abatido; inerte
    El vencedor en tanto se derriba.
    Igual  entrambas partes la mpia suerte
    Terror, desolacion sembrando iba
    Por ac y por all: la muerte toma
    Miles semblantes, y doquier se asoma.


         LXXIII.

      Al paso Andrgeo nos sali el primero
    Con gente mucha entre la sombra espesa,
    Y creyndonos suyos, delantero,
    Amigos, dice, qu indolencia es sa?
    Apresurad! Cuando Ilon entero
    Es ya ceniza y dividida presa
    Al mpetu feliz de nuestras tropas,
    Vos apnas dejais las altas popas?


         LXXIV.

      Haber caido entre enemiga gente
    Nuestra respuesta advirtele indecisa,
    Y cortando el discurso de repente,
    Arredra el pi con azorada prisa;
    Bien cual trmulo salta el que serpiente
    Inesperada entre malezas pisa,
    Que se le vuelve enfurecida de ello
    Y enhiesta ensancha el azulino cuello.


         LXXV.

      Andrgeo as despavorido huia;
    Y  su tropa nosotros con denuedo
    Cargmos, que el lugar desconocia,
    Y  ms temblaba en vergonzoso miedo:
    Cargmosla, y en ellos  porfa
    Matar pudimos. Animoso y ledo
    Al aura de fortuna lisonjera,
    Corebo razon de esta manera:


         LXXVI.

      Bien la fortuna apunta, amigos; ea!
    El camino sigamos que seala:
    Con los Griegos cambiemos de librea;
    En mal del enemigo, quin no iguala
    Fuerza y astucia? El mismo armas provea!
    Dice, y cie el estoque argivo, y cala
    El almete de Andrgeo penachudo,
    Y ornado de blason prende el escudo.


         LXXVII.

      Rifeo le imit; ni hacerlo dudan
    Dmas al punto y los demas presentes:
    Todos en armaduras propias mudan
    Los trofeos magnficos recientes.
    As ajenos auspicios nos escudan
    Y oscuro el aire:  su favor frecuentes
    Choques de paso aventurando  tiento,
    Despemos al Orco almas sin cuento.


         LXXVIII.

      Cules en tanto, de peligro ajenos,
    Merced de presta fuga, en la ribera
    Se acogen  las naves: cules llenos
    De vil temor, del monstruo de madera
    En los profundos conocidos senos
    Trepan  guarecerse. Mas qu espera
    El mortal infeliz,  en qu confa,
    Si al brazo de los Dioses desafa?


         LXXIX.

      H aqu entre speras puntas, falleciente,
    Casandra, hija de Pramo, iba envuelta:
    Del sagrario de Plas por furente
    Ciego invasor arrebatada: suelta
    La cabellera; al cielo vanamente
    Con vivsimo ardor los ojos vuelta ...
    Los ojos, ay, que las hermosas manos
    Con cadena oprimieron los villanos!


         LXXX.

      No tal sufri Corebo arrebatado,
    Y entre el tumulto, de morir sediento,
    Precipitse: en escuadron cerrado
    Seguimos los demas su movimiento.
    Mas, ay dolor! los nuestros del terrado
    Del templo, observan en fatal momento
    Nuestro arreo y crestones, y en su engao
    Presto nos hacen lastimoso dao.


         LXXXI.

      Como vientos algeros que en roto
    Torbellino se encuentran frente  frente,
    Y Zfiro combate, y Euro, y Noto,
    --Euro, que en sus bridones del Oriente
    Va ufano;--y gime estremecido el soto,
    Y, de espumas cubierto el gran tridente,
    Nereo en su furor no da reposo,
    Y mueve desde el fondo el mar undoso:


         LXXXII.

      As brama, con fiera arremetida
    Correspondiendo  nuestro audaz embate
    Caterva que  vengar salta ofendida
    De la doncella el sbito rescate:
    Ayax violento, y uno y otro Atrida,
    Y los Dlopes todos. En combate
    Entran tambien los que esparcido habia
    Por la oscura ciudad nuestra artera.


         LXXXIII.

      Tornan stos  hallarnos cara  cara,
    Y el habla que nos oyen diferente
    El disfraz de las armas les declara.
    Al nmero sucumbe, en fin, mi gente.
    Peneleo  Corebo al pi del ara
    Inmol de la Diosa armipotente;
    Ay! de los suyos recibiendo heridas
    Rinden Dmas  Hpanis las vidas.


         LXXXIV.

      Ni tu piedad ni el apolneo velo
    Te hurtaron, Panto,  la enemiga hueste;
    Y el justo, el santo del troyano suelo,
    Rifeo, cae, sin que amparo preste
    A su virtud (misterio grande!) el Cielo.
    Conmigo fito y Plias quedan: ste
    Mal herido de Ulses, tardo el paso;
    Esotro por la edad de fuerza escaso.


         LXXXV.

      Con ellos en forzosa retirada
    Abandon la desigual porfa.
    Oh pira extrema de mi Patria amada,
    Sacras cenizas de la gente mia!
    Testigos sed que en la infeliz jornada
    Tanto arrostr cuanto arrostrar debia,
    Y,  consentirlo el fallo de la suerte,
    Ganara por mi mano honrosa muerte.


         LXXXVI.

      Torcemos al estruendo sin tardanza
    Al palacio del Rey, do tan horrenda
    Refriega hallamos, cual si aquella estanza
    Fuese el nico campo  la contienda;
    Tal era el bro y la marcial pujanza!
    As en masa  los Griegos estupenda
    Precipitarse vemos, y la entrada
    Asediar bajo densa empavesada!


         LXXXVII.

      De un lado y otro el edificio ascienden.
    Por pilares y escalas; con los brazos,
    El escudo al izquierdo, se defienden
    De pedradas sin cuento y saetazos;
    Suelto el derecho, en el remate prenden
    Del edificio altsimo. En pedazos
    En tanto los troyanos campeones
    Las techumbres derruecan y bastiones.


         LXXXVIII.

      De tales armas su defensa fian,
    ureas trabes lanzando en su despecho
    Que de antiguos monarcas dado habian
    Noble decoro al admirado techo.
    Otros abajo  resguardar se alan
    Las puertas, y tras ellas en estrecho
    Grupo, pual en mano, se aglomeran,
    Y apercibidos la avenida esperan.


         LXXXIX.

      Al palacio escalado se convierte
    Mi atencion toda: diligente acudo
    A esforzar  quienquier se desconcierte
    Y alientos dar contra el asalto crudo.
    Un portillo hubo atras, que  buena suerte
    Al ciego sitiador hurtarse pudo;
    Tras l los tramos del palacio unia
    Trnsito oscuro, oculta galera.


         XC.

      Por all sola Andrmaca en su duelo,
    Cuando un cetro empuaba el Rey anciano,
    Ir solia  sus suegros, y al abuelo
    Llevaba el hijo tierno de la mano.
    A entrar por all mismo ahora yo vuelo;
    Calo el postigo, y la eminencia gano,
    Do abajo (vano ardor!) los Teucros echan
    Cuanto  la mano ven, cuanto destechan.


         XCI.

       plomo all con la pared se erguia
    Excelsa torre en la region del viento,
    Que toda la ciudad mandaba un dia
    Y la enemiga armada y campamento.
    Por do fcil de herir aparecia
    Batmosla en redor: del alto asiento
    Al combinado impulso desprendida,
    Cede, y precipitamos su caida.


         XCII.

      Ella rodando con fragoso estruendo
    En fragmentos veloz se despedaza,
    Y abajo mplio escuadron tapa cayendo,
    Que otro, cual ola sbita, reemplaza.
    Sigue sin tregua el combatir tremendo:
    Ya ante el mismo vestbulo amenaza
    Pirro animoso, en el umbral primero,
    Con metlica luz radiante y fiero;


         XCIII.

      Cual dragon que aterido, soterrado,
    De venenosas hierbas se sustenta,
    Mas de nuevo arrendose, en el prado
    Sale  campar cuando el calor le alienta:
    Voluble el lomo en roscas arrollado
    Miles colores con la luz ostenta;
    Al sol mirando, el cuello al aire libra,
    Y la trisulca lengua hrrido vibra.


         XCIV.

      Automedonte, que de Aqules fuera
    Auriga, ora escudero, y Perifante
    Corpulento acomete, y la guerrera
    Esciria juventud, y  un mismo instante
    Llama arrojan que al aire va ligera:
    Pirro, hacha en mano, abcase adelante,
    Quiciales estremece, vigas raja,
    Y las ferradas puertas desencaja.


         XCV.

      Las trabes  su empuje crujen, ruedan;
    Enorme boqueron dan los tablones,
    Ni cosa abrigan que ocultarle puedan
    Dentro los vastos atrios y salones:
    De los antiguos soberanos quedan
    Francas y descubiertas las mansiones,
    Y afuera comparecen los soldados
    Que las puertas guardaban atropados.


         XCVI.

      Oh cunta turbacion adentro! oh cunto
    Terror! Los huecos artesones llena
    Femenil alarido, ronco planto,
    Grita confusa y vria al cielo suena.
    Cruzan matronas con afan y espanto
    Las anchas salas que el rumor atruena,
    Y las colunas  abrazar se arrojan,
    Las besan, y en sus lgrimas las mojan.


         XCVII.

      Mas Pirro igual al padre se adelanta.
    Qu arma, qu brazo atajar el pujante
    Hierro esgrimido con braveza tanta?
    Postes ni cerraduras son bastante;
    Ferrada maza  golpes los quebranta.
    Plaza abre  fuerza:  quien le va delante
    Atierra, y su cohorte furibunda
    A la redonda el edificio inunda.


         XCVIII.

      As de altiva cumbre se desata
    De pronto hinchado un espumoso rio,
    Y oleadas horrsonas dilata
    Hundiendo el malecon, creciendo en bro;
    Y establos y ganados arrebata
    Impetoso. Yo, yo vi al impo
    Cebarse airado en el estrago horrendo;
    Vi  los Atridas el umbral cubriendo.


         XCIX.

      Vi  Hcuba y sus hijas, sus amores
    Vi  Pramo, del ara en el sagrado,
    El fuego que adoraron sus mayores
    Matar en sangre suya mal su grado;
    Vi los cincuenta lechos, que de flores
    Habia la esperanza engalanado
    En pro del trono, y las soberbias puertas
    De oro y rico botin rodar cubiertas.


         C.

      Griegos el campo ocupan que un da el fuego.
    --Mas ya ansiosa querrs, augusta Dido,
    De Pramo saber. Pramo, lugo
    Que de las puertas oye el estallido,
    Y encima siente al desbordado Griego,
    Cie al endeble cuerpo envejecido
    Intil hierro y olvidada malla,
    Y aguija  perecer en la batalla.


         CI.

      Al raso en medio del palacio habia
    Ancho altar, y por cima un lauro anciano
    Asombrando  los Lares, descogia
    Denso follaje de verdor lozano.
    Hcuba en la marmrea gradera
    Con sus hijas los Dioses cie en vano,
    Bien cual palomas que en bandada avienta
    El repentino sn de la tormenta.


         CII.

      Como  recursos el Monarca apele
    Ya ajenos  su edad, Qu desvaro,
    Hcuba clama,  perdicion te impele?
    Hoy de mi Hctor la fuerza y podero
    Fuera en vano; pues qu ese brazo imbele
    Har en el caso extremo? Esposo mio,
    Vn: este altar refugio  todos sea,
    O  todos juntos sucumbir nos vea.


         CIII.

      Dice;  su lado le reduce, y puesto
    Sobre las losas  ocupar le obliga.
    Desacordado y jadeante, en sto,
    Poltes, de ellos hijo,  quien hostiga
    Pirro desaforado, el pi, tan presto
    Como lo sufre su mortal fatiga,
    Por los vacos atrios acelera,
    Y seala con sangre su carrera.


         CIV.

      Ya con la pica por detras le toca,
    Ya entre las manos el cruel le mira,
    Cuando en faz de sus padres desemboca,
    Y dando en tierra ensangrentado espira.
    El venerable viejo,  quien provoca
    El duro lance  generosa ira,
    No en lo sumo del riesgo el labio sella,
    Mas respetos y amagos atropella:


         CV.

      Si justo el cielo de los hombres cura
    Darnos, dice, por tamaa ofensa,
    A m venganza  colmo; larga y dura
    A t la merecida recompensa!
    Poner te place al padre en angostura
    De ver caido al hijo sin defensa,
    Y no acatando encanecidas sienes
    A darle en rostro con su sangre vienes.


         CVI.

      Calla de hijo de Aqules el dictado,
    Que le desmiente tu cobarde encono:
    l supo dar la mano al que postrado
    Mir  sus pis en msero abandono;
    Tornme el hijo muerto, que enterrado
    Fuese en fnebre pompa, y  mi trono
    Me concedi volver. Dijo, y con tardo
    Aliento el Rey de all soltle un dardo

         CVII.

      Que rebotado al punto con sonido
    Ronco, al tocar el defendido acero,
    Qued en el centro del broquel prendido.
    Pirro repuso con sarcasmo fiero:
    S, v  mi padre, y que su ejemplo olvide
    Dle; que de su sangre degenero;
    Que oprobio eterno de mi porte espere;
    Eso y ms dile; y por ahora muere!


         CVIII.

      Y diciendo y haciendo, el inhumano
    Al mismo altar impvido arrastraba
    Al noble Rey, que, trmulo de anciano,
    En la sangre del hijo resbalaba:
    Le ase del pelo con la izquierda mano,
    Y con la diestra  su placer le clava
    Hasta el pomo la daga en el costado,
    Flgida en alto habindola vibrado.


         CIX.

      Tal rod su corona refulgente;
    Tal vino  ver su antigua fortaleza
    Humo y polvo tornarse de repente,
    Aqul que al esplendor de su grandeza
    Mir  cien pueblos inclinar la frente!
    Su cuerpo, tronco informe, la cabeza
    Cercenada por brbara cuchilla,
    Yace sin nombre en solitaria orilla.


         CX.

      Horror profundo all por vez primera
    Sobrecogime, viendo la agona
    Penosa de mi Rey, y la manera
    Como el postrero anhlito rendia.
    Mi padre, que cuanto l anciano era,
    Delante me fingi la fantasa:
    La dulce esposa, el hijo tierno,  rudo
    Ultraje abandonados sin escudo.


         CXI.

      Por ver con quines cuento, en torno paso
    Las miradas;  nadie ya diviso:
    Dieron unos al fuego el cuerpo laso,
    Arrojronse otros de alto piso.
    As todo otendolo de paso,
    Al claror de las llamas, de improviso
    Observo un bulto en el umbral de Vesta;--
    Erase Elena en lo escondido puesta.


         CXII.

      Esa ahora  las aras acogida,
    Furia que al mundo le naci ominosa,
    De Troyanos y Griegos maldecida,
    De Griegos y Troyanos temerosa,
    Salvar tentaba la infelice vida
    Huspeda ingrata, amancillada esposa;
    Matar pens la infame advenediza
    Por vengar de la Patria la ceniza:


         CXIII.

      Cmo? habr de salvarse la menguada
    Rastrndose en oscuros escondrijos?
    Y en Micnas y Esparta har su entrada
    Reina ella entre marciales regocijos,
    De troyanos esclavos acatada
    Tornando  ver esposo, padres, hijos?
    Y Troya en bravas llamas consumida?
    Y triunfante el acero regicida?


         CXIV.

      Y para esto tornada ardiente lago
    Tantas veces la playa en sangre nuestra?
    Oh! no! que si en matar una hembra, no hago
    De varonil valor gloriosa muestra,
    Dar  tal monstruo el merecido pago
    Hazaa es justa y digna de mi diestra:
    No ya sedienta al envainar mi espada,
    Ms de una sombra dejar vengada!


         CXV.

      Rugia yo con voz tempestosa
    Cuando esplndida toda de hermosura,
    Me apareci mi madre bondadosa
    Radiante entre la sombra de luz pura,
    Con el encanto y majestad de Diosa
    Con que se muestra en la celeste altura;
    Sbito el vengador brazo me toca,
    Y abre entre aromas la purprea boca:


         CXVI.

      Clmate, hijo! tus palabras mide:
    Tu pecho hirviente su mpetu reporte!
    D, ser justo que el rencor te olvide
    De la familia nuestra, y no te importe
    Saber si el genitor,  quien impide
    Vejez cansada, el hijo, la consorte
    Vivos estn? No ves que los circunda
    La multitud que la ciudad inunda?


         CXVII.

      Por m, el hierro su sangre no devora;
    Por m, el fuego sus huesos no calcina.
    Y  qu la faz baldonas seductora
    De esa Lacedemonia que abomina
    Tu corazon? Y  Pris  deshora
    Por qu oprobias? No tiene la rina
    De Troya la opulenta humano orgen:
    Airados Dioses son quienes la afligen.


         CXVIII.

      Es fuerza superior la que derriba
    Sus altos techos. Si cejar te duele,
    Yo esa que lenta en derredor te priva
    De luz, har que de tus ojos vuele,
    Hmida, opaca niebla, y la cautiva
    Vista dilates. Quin, vers, demuele
    Aquestos muros, y al materno aviso
    La frente inclinars grato y sumiso.


         CXIX.

      All, do envuelto en polvo el humo ondea,
    Y en pi no hay mole ya ni canto alguno,
    La ciudad en su asiento bambalea
    A golpes del tridente que Neptuno
    Sacude. Ac sobre la puerta Escea
    Ante todos sauda avanza Juno,
    Y audaz, cubierta de acerada escama,
    La amiga tropa de las naves llama.


         CXX.

      Torna, torna  mirar: Plas cruenta
    Ya los altos alczares domina.
    Y envuelta en nimbo centelloso, ostenta
    La terrible cabeza serpentina.
    A los Dnaos el Padre mismo alienta,
    El Padre universal, y en la divina
    Legion contra tu Patria iras enciende.
    Tu el hierro envaina, pues; la fuga emprende.


         CXXI.

      Nada temas: tu planta ir segura
    De la paterna casa  los umbrales;
    Contigo soy! Y bajo sombra oscura
    Encubrise, al decir palabras tales.
    Entnces la terrfica figura
    Vi de adversas deidades colosales;
    La hoguera vi donde Ilon se abrasa;
    Y Troya conmovida por su basa,


         CXXII.

      Cual viejo fresno que la ufana frente
    Seorease sobre el monte enntes,
    Y hora en redor la campesina gente
    Le diese al tronco hachazos incesantes;
    Que la alta copa temerosamente
    Estremece  los golpes resonantes,
    Y amenaza, y restalla, y de la cumbre
    Desploma con fragor su pesadumbre.


         CXXIII.

      Desciendo, en fin; mis pis mi madre guia;
    Campo las armas dan, receja el fuego.
    Mas no bien de la antigua casa mia
     los umbrales anhelante llego,
    Mi padre, ay! el primero  quien queria
    Fuera llevarme, nigase  mi ruego
    Pues sobre tantas ruinas apellida
    Vil el destierro y msera la vida:


         CXXIV.

      Huid los que en lozana primavera
    Corazon abrigais esperanzado:
    No as el Cielo mi nido destruyera
    Si fuese mi existencia de su agrado!
    Qu aguarda el que la Patria ya  extranjera
    Cadena vi doblarse? demasiado
    Sobrevivo al estrago de los mios;
    Oh! dadme el adios ltimo, y partos!


         CXXV.

      Avara del botin, condolecida
    De mi miseria, el fin dar que aguardo
    Alguna mano  mi cansada vida;
    Ni por falta de tumba me acobardo.
    A mi intil vejez, aborrecida
    De los Dioses, el trmino retardo
    Desde que plugo al brazo omnipotente
    Lanzarme un rayo y aturdir mi mente.


         CXXVI.

      Mi padre as tendido en tierra dijo;
    Y vanamente en lgrimas baados
    Yo, mi Creusa, mi inocente hijo,
    Todos le suplicamos apiados
    No as mal tanto consumase, fijo
    En afrontar los inminentes hados;
    Mas l, sordo al solcito lamento,
    Mantinese en su puesto y firme intento.


         CXXVII.

      Torno  las armas, y el arnes requiero,
    Y  morir batallando me preparo;
    Ni ms alivio  mi dolor espero,
    Ni otra salida, ni mejor reparo.
    Oh padre mio! en mi dolor profiero;
    Y pudiste idear que en desamparo
    Te abandonase por salvarme? Agravios
    Vierten cual ste paternales labios?


         CXXVIII.

      Si es que completa asolacion previene
    A Troya el Cielo en su insaciable enojo,
    Si la medida quieres que se llene
    Con nuestros restos, cumplirs tu antojo
    Ya vendr Pirro; franco el paso tiene:
    Pirro con sangre del Monarca rojo,
    De cuyo brazo matador no ampara
    Ni al hijo el padre, ni al anciano el ara.


         CXXIX.

      Y  sto slo me sacas, alma Dea,
    Salvo por medio del adverso bando?
    A que testigo en mis hogares sea,
    No ya en la lid, de su rencor infando?
    A que, uno entre la sangre de otro, vea
    Hijo, padre y esposa agonizando?
    Al arma! al arma! La postrera hora
    Llama al vencido, amigos, vengadora!


         CXXX.

      Tornar dejadme  la ardua lid! Mi diestra
    Renovar el conflicto: al fin, vengada
    Corra, si ha de correr, la sangre nuestra.
    Dije,  la cinta acomod la espada,
    Y el escudo embrazando  la siniestra,
    Ya iba  salir, cuando mi esposa amada
    Se echa  mis pis en el umbral de hinojos,
    Y nuestro dulce hijo alza  mis ojos.


         CXXXI.

      Si es morir lo que atentas, me decia,
    Todos iremos  morir contigo;
    Mas si un tu brazo de las armas fia,
    Primero es que defiendas este abrigo.
    Cmo! tu hijo, tu padre, la que un dia
    Buena esposa llamaste, al enemigo
    As vas  entregar? Tal su desgracia
    Gime; el eco en los mbitos se espacia.


         CXXXII.

      Sbita maravilla sorprendente
    De todos lugo las miradas llama:
    En medio del abrazo y el doliente
    Coloquio paternal, brota una llama
    De Ascanio en la corona, y por su frente
    E ilesos rizos mansa se derrama:
    Quin, al verle, el cabello le sacude;
    Quin ya con agua, en su temor, le acude.


         CXXXIII.

      Mas mi padre con plcida alegra
    El rostro augusto eleva; ambas las manos
    Tiende, y al cielo esta plegaria enva:
    Omnipotente Jpiter, si humanos
    Ruegos te mueven  clemencia pia,
    Una mirada compasiva dnos!
    Si merecemos proteccion, propicio
    Snos, y sella el venturoso auspicio.


         CXXXIV.

       estas voces en sbita estampida
    Tron  la izquierda; y por el vago cielo
    Rpida estrella de esplendor vestida
    Hendi  la noche el nebuloso velo:
    Llegaba hcia nosotros, cuando al Ida,
    Alumbrando el camino, tuerce el vuelo;
    Su luengo sulco blanda luz seala,
    Y humo sulfreo al esconderse exhala.


         CXXXV.

      Convncese mi padre, se levanta,
    Da gracias  los Nmenes, y adora
    La luz divina. Gobernad mi planta,
    Dice: no ms suscitar demora.--
    Y oh patrios Dioses! vuestra mano santa
    Reconozco que  Troya cubre ahora:
    Mi familia guardad, guardad mi nieto!
    Partamos, hijo; la Deidad respeto.


         CXXXVI.

      Mas ya el calor sofoca; ya se escucha
    Ms y ms cerca el fuego turbulento
    Que con los muros y edificios lucha
    Su furor avivando y movimiento.
    Sube en mis hombros, padre:  fe que mucha
    No ha de serles la carga: en todo evento,
    Uno sea el peligro  entrambos; una,
    O piadosa  adversa, la fortuna.


         CXXXVII.

      Ascanio venga de su padre al lado;
    T, Creusa, seguir mis huellas cuida;
    Y todos en los nimos grabado
    Tened lo que os encargo en esta huida:
    Bien sabeis, servidores, de un collado
    Que est de la ciudad  la salida,
    Do de Cres ruinoso un templo antiguo
    A un vetusto cipres yace contiguo:


         CXXXVIII.

      Cipres que nuestros padres reverentes
    Honraron siempre en sus felices dias;--
    All nos juntaremos, diligentes
    Sendereando por diversas vias.--
    Toma, oh padre! los Dioses: yo de ardientes
    Refriegas salgo; si las manos mias
    Pusiese en ellos, en corriente clara
    No lustradas an, los profanara.


         CXXXIX.

      Callo; y encima del comun vestido,
    Con una piel bermeja leonina
    Los anchos hombros encubrirme cuido,
    Y al grato peso mi cerviz se inclina.
    El tierno Ascanio, de mi mano asido,
    Conmigo  paso desigual camina:
    Quedse atras mi esposa: opaca niebla
    En torno nuestro los espacios puebla.


         CXL.

      Mas yo que en la ciudad momentos ntes
    No tem de la lid el alto estruendo,
    No las armas, no griegos batallantes
    Remolinados en tropel horrendo,
    Ahora al sonar las auras oscilantes,
    Al ms leve rido me suspendo,
    No temeroso por la vida mia,
    S por mi dulce carga y compaa.


         CXLI.

      Parecame ya llegar seguro
    Al deseado fin, cuando repente
    Cual de veloces pis que el suelo duro
    Batiesen, sordo estrpito se siente;
    Y mi padre mirando de lo oscuro,
    Hijo, dice, huye, hijo; asoma gente:
    Desva; el temeroso centelleo
    De las rodelas y corazas veo.


         CXLII.

      Ah! en tanto que mi pi medroso excusa
    Por ignoradas vueltas el camino,
    No s qu nvido Dios mi ya confusa
    Razon de lleno  desquiciarme vino:
    No supe ms qu fu de mi Creusa;
    Si la detuvo mi cruel destino,
    Si err la via,  se sent cansada;--
    De entnces ms,  mi clamor negada.


         CXLIII.

      Ni la ech mnos hasta haber llegado
    Todos los mios, con turbada huella,
    Al templo antiguo y salvador collado:
    Reunmonos; faltaba sola ella!
    Faltaba  su hijo, en lgrimas baado;
    Faltaba  m, que en spera querella,
    Oh entre males tamaos mal supremo!
    De hombres y Dioses con furor blasfemo.


         CXLIV.

      Hijo, y padre, y penates encomiendo,
    Puestos y ocultos en profundo valle,
    A mis amigos: despechado emprendo
    La ciudad recorrer hasta que halle
    La infelice consorte; y no temiendo
    Volver  abrirme entre enemigos calle,
    Me cio de la flgida armadura,
    Y entrgome al dolor y  la ventura.


         CXLV.

      Llego primero al murallon oscuro,
    Puerta y umbral por do pasado habia;
    Esfurzome  mirar, y mal seguro
    Sigo por rastros una y otra via.
    Horror, silencio en el desierto muro
    Slo hallar pude.  la morada mia
    Acudo, por si all mi compaera
    Tal vez, tal vez la planta dirigiera.


         CXLVI.

      Mas de los enemigos mi morada
    Presa era ya: la llama devorante
    Por el brego rpido aventada,
    Crece, sube, revulvese ondeante.
    Enderezo al alczar, y en la entrada
    Del sagrario de Juno (en lo restante
    Abandonada ya la ciudadela),
    Hacen Fnix y Ulses centinela:


         CXLVII.

      De los templos tornados en pavesas
    Custodian el esplndido tesoro,
    Vestes sacerdotales, sacras mesas,
    Macizos vasos de luciente oro.
    Vanse en torno de las ricas presas
    Nios sumidos en confuso lloro,
    Mustias las madres que el dolor embarga,
    Cautiva muchedumbre en rueda larga.


         CXLVIII.

      All sin fruto y por doquier demando
    El bien perdido: una vez y otra al viento
    Su nombre doy, los mbitos llenando
    Con la cascada voz de mi lamento.
    As por las sombras calles ando
    En su busca con ciego desatiento,
    Cuando al paso atravisase y me nombra,
    Plido, alto fantasma;--era su sombra.


         CXLIX.

      Timblame el corazon, se me eneriza
    El cabello, la sangre se me hiela:
    Mas ella hablando as me tranquiliza
    Y futuros destinos me revela:
    Por qu tu corazon se martiriza,
      d tu loca fantasa vuela?
    Templa el furor: no temerario oses
    Al imperio oponerte de los Dioses.


         CL.

      Vencer no pienses mi eternal reposo,
    No contigo llevarme  otra ribera:
    Vdalo _aqul_ que todopoderoso
    En las sedes olmpicas impera.
    Vasto mar que surcar, amado esposo,
    Largo destierro que cumplir te espera;
    Mucho errars; empero, finalmente,
    Llegars  las playas de Occidente:


         CLI.

      A Hesperia, patria de nclitos varones,
    A donde ameno y dilatado ondea
    El lidio Tibre, que en besar los dones
    De sus frtiles ribas se recrea.
    Ancho imperio, magnficos blasones,
    Rgia consorte encontrars; ni sea
    Mi memoria  tu pecho dolorosa:
    Harto has llorado  tu apartada esposa.


         CLII.

      Que no  la nuera de la cipria Diva,
    La hija del frigio Rey, reduce el hado
    A sierva humilde de matrona aquiva:
    No ir  ver, no, del vencedor airado
    Soberbios techos msera cautiva!
    La madre de los Dioses  su lado
    Me acoge. Adios! por nuestro Ascanio vela;
    Amale siempre, y tu dolor consuela!


         CLIII.

      Yo que la oia en lgrimas deshecho,
    Mil cosas fu  decir, cuando en sombros
    Celajes se encubri. Tres veces le echo
    Al cuello los amantes brazos mios,
    Y tres veces, oh pena! los estrecho
    Contra el burlado corazon vacos,
    Desvanecida  mi anheloso empeo
    Cual humo vano  fbrica de un sueo.


         CLIV.

      La noche termin con mi porfa,
    Y torn. Con porttiles haberes
    Notable multitud llegado habia,
    Ausente yo, cabe el altar de Cres.
    Apelldanme todos jefe y guia:
    Contigo, dicen,  doquier esperes
    Ay! alejarnos del confin troyano,
    Rostro haremos al lbrego Oceano.


         CLV.

      All varones y hembras, nios, viejos,
    Y larga y miserable muchedumbre.
    Y ya anunciaban plidos reflejos
    Al sol, del Ida sobre la ardua cumbre.
    Ocupadas las puertas  lo ljos,
    Huye de auxilio la postrer vislumbre:
    Cedo  la suerte:  recibir me inclino
    Mi padre, y  los montes me encamino.




         LIBRO TERCERO.


         I.

      Despues que el Cielo la inculpada gente
    De Pramo y troyana monarqua
    Derrib en tierra, y la ciudad potente
    En crculos de humo perecia;
    Tambien por alta inspiracion presente,
    Mas sin saber por dnde el hado guia
    O d hemos de parar, labramos pinos
    Que  otras playas nos lleven peregrinos.


         II.

      ramos cabe Antandro congregados
    Al pi de Ida, y no bien pint el esto,
    Manda mi padre en brazos de los hados
    Soltar velas del viento al albedro.
    Con llanto el puerto dejo, y los amados
    Campos do Troya fu; y  la onda fio
    Mi pueblo, y prole, y Dioses tutelares,
    Y empizome  engolfar en altos mares.


         III.

      Cae por all un pas que Marte ampara
    Y el austero Licurgo rigi un dia;
    Extensas tierras son que el Trace ara,
    A quien ley de hospedaje nos unia;
    Y vironse sus Dioses en un ara
    Con los Dioses de Troya en compaa
    Cuando imperio feliz fuimos: ahora
    All arribamos con humilde prora.


         IV.

      Fund en su corva orilla la primera
    Ciudad, y  sus colonos apellido,
    En mi memoria, Enadas; mas era
    Infausto el punto. Mal correspondido,
    A mi madre la Diosa de Citera,
    Y  los electos Nmenes convido;
    Y en balde un toro albo, como  solo
    Rey de los Dioses, al Saturnio inmolo.


         V.

      Era all un cerro, y en su cima habia
    De puntas erizado un mirto: atento
    La ara  vestir de verde lozana,
    Acudo, y ramas arrancar intento.
    Mintras races desvolver porfa
    Mi mano (oh singular, oh atroz portento!)
    Brotar contemplo de las ramas rotas
    Sangre que el suelo empapa en negras gotas.


         VI.

      De espanto helado el corazon flaquea;
    Mas recobrado tiro de otra rama
    Por descubrir lo que el prodigio sea,
    Y otra vez sangre el vstago derrama.
    Confuso, dando de una en otra idea,
    Ya  Marte invoco que  los Getas ama,
    Ya  las huspedas Ninfas de la selva
    Porque el signo de horror fausto se vuelva.


         VII.

      Con esta mira y con esfuerzo nuevo
    Tercera rama desraigar decido;
    Mas cuando, hincada la rodilla, pruebo
    Su rigor  vencer, siento un sonido
    (No s si ose decir,  callar debo):
    Una voz funeral hiere mi oido:
    Ay! por qu, Enas, las entraas mias
    Rompes? No manches ms tus manos pias!


         VIII.

      Hijo yo fu de la nacion troya,
    Y al que ya conociste ofendes muerto?
    Esa sangre no es de rboles do mana!
    Ah! que de esta region huyas te advierto,
    Aurvora region, playa inhumana!
    Yo Polidoro soy: yace cubierto
    Mi cuerpo aqu de flechas homicidas,
    Ahora en speras ramas convertidas.


         IX.

      Adolorido, absorto me suspendo,
    Sin voz, yerto el cabello. Polidoro!
    El mismo ay!  quien Pramo, sintiendo
    Vacilar en su mano el cetro de oro
    Al amago de ejrcito tremendo,
    Fi en secreto esplndido tesoro,
    Y  que ajeno creciese  la desgracia,
    A cargo le envi del Rey de Tracia.


         X.

      Mas el perverso prncipe, copiando
    En su porte mudanzas de la suerte,
    Triunfante al ver de Agamemnon el bando
    En contra del caido se convierte;
    Y todo fuero con furor nefando
    Atropella, y al msero da muerte,
    Y le asalta el caudal. Qu de maldades,
    Sacrlega sed de oro, no persuades?


         XI.

      Vuelto en m del espanto que me hiela
    Hablo  mi padre, y  los jefes junto,
    Lo que voz misteriosa me revela
    Narro, y el parecer comun pregunto.
    Todos proponen darnos  la vela
    Y aquel sitio de horror dejar al punto;
    No sin que al desdichado compatricio
    Pagado hayamos el postrer oficio.


         XII.

      Tmulo, pues, alzmosle de arena,
    Y  los manes dos aras que guarnecen
    Cipres y tristes fajas; la melena
    Sueltan matronas que en redor parecen.
    Altos vasos que  leche tibia llena,
     sangre consagrada, all se ofrecen:
    La tumba al alma errante da acogida,
    Y clamamos la eterna despedida.


         XIII.

      As las sacras ceremonias, graves
    Cumplido habiendo,  la seal primera
    Que el Austro da con hlitos suaves
    De que onda masa nuestra flota espera,
    Corremos  la mar: sacan las naves
    Mis compaeros, cubren la ribera;
    Cruzamos ya los lquidos desiertos,
    Y atras irse miramos playas, puertos.


         XIV.

      All en mitad de los Egeos mares
    Hay una isla entre todas la ms grata,
    Que, Nmenes por siempre tutelares,
    A Dris bella y  Neptuno acata:
    Ella un tiempo rondaba los lugares
    Convecinos; ya errante el mar no trata:
    Apolo entre las Cclades fijla,
    Y all inmvil contrasta viento y ola.


         XV.

      All abordamos, y el dichoso abrigo
    Gozamos con que el puerto nos convida;
    Mintras de Apolo la ciudad bendigo,
    A darnos sale el Rey franca acogida.
    Anio en mi padre abraza  un viejo amigo;
    Anio,  quien, porque al par que le apellida
    Ministro un Dios, un pueblo Rey le nombra,
    Con la nfula el laurel la sien le asombra.


         XVI.

      Yo al templo secular devoto llego:
    Buen Dios! exclam, trmino seguro
    D  nuestro error,  nuestro afan sosiego,
    D fundar feliz prole y propio muro!
    Nueva Troya lo llames,  del fuego
    Hurtados restos y de Aqules duro,
    Salva el tesoro, t, que va conmigo;
    D, cul norte, cul voz, cul rumbo sigo?


         XVII.

      Seal d, en fin, y  nuestra mente enva
    Tu inspiracion. Call, y en tal momento
    Ya el prtico, ya el lauro se movia,
    Y el monte en torno retembl en su asiento.
    El velo que la trpo de cubria
    Gimi, abrise el sagrario: al pavimento
    Inclinamos las frentes confundidos,
    Y sacra voz hiri nuestros oidos:


         XVIII.

      Fuertes Troyanos! ved que la fortuna
    Hinchado el seno de la patria os muestra
    Que  vuestra raza foment en la cuna;
    Buscad, buscad la antigua madre vuestra!
    Id; all Enas, sin mudanza alguna,
    Cimentar su casa, y de su diestra
    El cetro heredarn sobre las gentes
    Hijos, nietos, lejanos descendientes.


         XIX.

      Habl Apolo; y llen los corazones,
    Amargada por dudas, la alegra,
    Pues D aquellas estn patrias regiones?
    Preguntbamos todos  porfa.
    Mi padre ya de viejas tradiciones
    Recuerdos en su mente revolvia:
    Oid, nobles! prorumpe; yo el secreto,
     vuestras esperanzas interpreto.


         XX.

      Hay una isla en el mar, Creta nombrada,
    Cuna ya nuestra, con su monte Ida,
    Cuna tambien de Jpiter sagrada,
    De cien ricas ciudades guarnecida.
    Troc el gran Teucro esa feliz morada
    Con la retea costa:  su venida
    Ni all  Prgamo hall, ni hall poblados,
    Sino hombres por los valles derramados.


         XXI.

      l, si stas que aprend no son infieles
    Memorias, los cimientos socales
    De Troya ech, y el culto de Cibles
    Trajo, con sus misterios y atabales,
    Los carros con leones por corceles,
    Los bosques sacros, y un en nombre iguales.
    Partamos! el orculo dichoso
    All nos llama,  la region de Gnoso.


         XXII.

      Ni estamos ljos de su orilla grata;
    Tres luces gastaremos. Falta slo
    Que aplaquen dones al que el mar maltrata,
    Que amparo preste el que serena el polo.
    Dice, y en la ara sendos toros mata
    A Neptuno y  t, divino Apolo;
    Sendas ovejas al Invierno negra,
    Blanca  Favonio que la mar alegra.


         XXIII.

      La voz se esparce que del patrio suelo
    Proscrito Idomeneo huido habia,
    Que  huspedes librando de recelo,
    Creta sus puertas solitaria abria.
    Y as  Ortigia dejando, hendiendo  vuelo
    El mar,  Nxos bquica y sombra
    Costeando vencemos,  Oleros,
    Verde Donisa y albicante Pros.


         XXIV.

      Entrambos por las Cclades ligeros
    Y el mar corremos de islas esparcido,
    Y emlanse, al pasar, mis compaeros
    Con clamores y nutico ruido;
    A Creta!  Creta! gritan vocingleros;
    A nuestra patria,  nuestro antiguo nido!
    E hirindonos en popa aura serena,
    Al fin tocamos la anhelada arena.


         XXV.

      Fund una villa, mi dorado sueo,
    Que Prgamo llam: del nombre ufanos
    A los colonos miro, y los empeo
    A alzar el muro y  arraigarse hermanos.
    Yace en la enjuta orilla el hueco leo:
    Yo dicto comun ley, reparto llanos;
    Y  cultivar se entregan los mancebos
    Nuevos lazos de amor y campos nuevos.


         XXVI.

      H aqu, el aire infestando de repente,
    El contagio cruel sacude el ala;
    Infausto nuncio de estacion doliente,
    Los arboredos y sembrados tala:
    La vida va arrastrando falleciente
    Quien ya el aliento ltimo no exhala:
    El Can ardiente estrago sordo hace;
    Marchito el lustre de los campos yace.


         XXVII.

      Y, sustento negando yermo el suelo,
    Mi padre del orculo divino
    Manda que vamos  implorar consuelo
    Tornando  abrirnos por el mar camino:
    Que cul trmino, diga, al mustio duelo
    De este pueblo reserva peregrino;
    A quin habemos de acudir;  dnde
    Enderezar el rumbo corresponde.


         XXVIII.

      Era alta noche y muda: en mi retiro
    Yacia yo, la mente aletargada,
    Cuando delante  los Penates miro
    Que hurt al incendio en la fatal jornada.
    Por mis ventanas, en su errante giro
    Lograba  la sazon la luna entrada,
    Y del brillo baados macilento
    Ellos me hablaban con benigno acento:


         XXIX.

      No temas, me decian; pues de parte
    De Apolo, que oficioso nos enva,
    Los destinos venimos  anunciarte
    Que l, volviendo t all, te anunciaria.
    Tu brazo nos salv de adverso Marte,
    Librnos tu piedad de llama impa;
    Hemos seguido tu fortuna, y fieles
    Navegamos contigo en tus bajeles.


         XXX.

      En grato premio  tu favor, maana
    Al cielo hemos de alzar tus descendientes;
    Mas hoy,  esa ciudad que soberana
    Herencia haremos de invencibles gentes
    (Que esto es tuyo, no nuestro), el paso allana:
    Lo hars, si en largo viaje no consientes
    Reposo: asiento muda: el Dios profeta
    No te brind con descansar en Creta.


         XXXI.

      Hay de antiguo un pas, con apellido
    De Hesperia por los Griegos sealado,
    Pueblo en trances de guerra asaz temido,
    Tierra asaz grata  la labor de arado.
    Fu primero de Enotrios poseido,
    Y hoy Italia se nombra, por dictado
    De famoso caudillo procedente,
    Si ya constante tradicion no miente.


         XXXII.

      sta, sta es nuestra patria verdadera!
    Que all Drdano y Yasio nacimiento
    Tuvieron; aquel Drdano, primera
    Cepa de nuestra raza. T contento
    V, y de ello al viejo genitor entera
    Por cierto. Y de Corito en seguimiento
    A los ausonios trminos navega.
    Mansion en Dicte Jpiter te niega.


         XXXIII.

      Como esto v y o (no en sueos vanos
    Eran; que bien las sienes discernia
    Veladas, y los rostros soberanos,
    Y un baaba en sudor mi frente fria),
    Salto del lecho atnito: las manos
    Extiendo suplicante; ofrezco pia
    Libacion en mi hogar: de ah contento
    Corro  mi padre, y la vision le cuento.


         XXXIV.

      Del doble orgen la falacia siente
    l, y confiesa que sufrido habia
    Con la antigua seal error reciente:
    Hijo, as hablaba,  quien la suerte impa
    Burla cruel! Casandra solamente
    Hizo de estos sucesos profeca;
    Y  menudo se oy, recuerdo ahora,
    _Hesperia! Italia!_ de su voz sonora.


         XXXV.

      Mas quin iba  pensar que  Hesperia iria
    Nuestra gente jams? Ni quin pudiera
    A Casandra creer? Hoy, hoy nos guia
    Voz infalible que partir impera!
    Tal dijo, y aplaudimos  porfa.
    Quedan algunos en la infiel ribera;
    Y el ncora levando y la esperanza
    El hueco leo al pilago se lanza.


         XXXVI.

      Cuando ya nos hubimos engolfado,
    Y entre agua y cielo, al fin, no vemos cosa
    Sino el cielo y el agua, azul nublado
    Sobre mi nave slido se posa
    De lobreguez y tempestad cargado.
    Con tristes amenazas espantosa
    La ecurea inmensidad se entenebrece,
    Esfurzanse huracanes, la onda crece.


         XXXVII.

      Tristes! que arrebatndonos el viento
    en la vasta extension,  golpe duro,
    Relmpagos cruzando el firmamento,
    Ciegos erramos sobre el ponto oscuro.
    Todo es horror el hmedo elemento:
    Es dia? es noche? el mismo Palinuro
    Nada distingue; en negro torbellino
    Sacudido del rumbo, perdi el tino.


         XXXVIII.

      Ya tres dias llevbamos enteros
    Y tres noches  oscuras, desmandados,
    Cuando ljos notamos placenteros
    Visos de tierra, y asomar collados,
    Y humo al cielo subir. Los marineros
    Las antenas calando arrebatados,
    Asen del remo, y al batir contino
    Cubren de espuma el lquido camino.


         XXXIX.

      Al suyo las Estrfades, del seno
    Librados de las ondas, nos invitan:
    nsulas son que con renombre heleno
    En el vasto mar Jonio se acreditan.
    All, all la terrfica Celeno
    Y las arpas de su casta habitan,
    Del tiempo en que de Fneo y sus moradas
    Las alej el temor, nunca saciadas.


         XL.

      Arpas, horda atroz, monstruos furiales!
    Generacion igual jams vi el mundo,
    Ni peste ms cruel  los mortales
    Envi el cielo ni abort el profundo:
    Alado el cuerpo, rostros virginales;
    Arroja el seno vil vestigio inmundo;
    Corvas manos y pis, garfios rapantes;
    Plidos siempre de hambre los semblantes.


         XLI.

      un no bien nuestra flota anclado habia,
    Cuando notamos por all ganados
    Vacunos y lanares ir sin guia
    Ledos paciendo en abundosos prados.
    Hicimos en la grey carnicera;
    Brindamos con los fciles bocados
    A los Dioses,  Jpiter; y  priesa
    Aderezamos la campestre mesa.


         XLII.

      Ya el manjar suculento en sillas blandas
    De cspedes gustbamos. En sto
    Dejan sus montes las areas bandas
    Con ala resonante y salto presto;
    Nos rapan de revuelo las viandas;
    Todo lo manchan con su aliento infesto;
    Y fuera de ofender vista y olfato,
    El viento hieren con aullido ingrato.


         XLIII.

      De ah en el hueco de un peon antigo
    Otra vez el banquete cauto extiendo,
    De corvas selvas al repuesto abrigo
    Con sombra en torno de negror horrendo.
    Ya ponia en el ara el fuego amigo,
    Y otra vez de cien partes con estruendo
    Baja improviso el escuadron nefando,
    Y royendo revuela y escarbando.


         XLIV.

      Al arma llamo; en la soez canalla
    Hacer estrago, en cuanto vuelva, ordeno:
    Y ocultamos  intento de batalla
    Entre las hojas y el verdor ameno
    Cuchillas y broqueles. Todo calla ...
    Mas ya que por la orilla vi Miseno
    Que acuden en tropel, de una alta roca
    Do atalayaba, su bocina toca.


         XLV.

      Corremos  la sea, en lid no usada
    La impa raza  extirpar del mar salida;
    Mas vano esfuerzo! que lesion la espada
    No hace en las plumas, ni en el cuerpo herida.
    Infectan cuanto muerden de pasada,
    Y hedor esparcen en su impune huida;
    Y una de ellas, Celeno, en yerta altura
    Infausta as con voz siniestra augura:


         XLVI.

      Vinisteis  matar nuestros rebaos,
    Hijos de Laomedon! manos impas!
    Y en guerra, de sus patrios aledaos
    Quereis lanzar, sin culpa,  las Arpas!
    Pues oid y temblad horribles daos!
    Catad lo que os anuncio en profecas
    La mayor de las Furias: trasmitilo
    A Febo Jove, y  Celeno Apolo.


         XLVII.

      Buscais  Italia con errante quilla,
    Y cierto que con vientos aplacados
    Ireis  Italia, y cobrareis la orilla
    Que os disputan benvolos los hados;
    Mas no podreis la deseada villa
    Ceir, sin que  expiar desaguisados
    Con fuerza ntes os mueva el hambre aciaga
    Tal, que un las mesas devorar os haga.


         XLVIII.

      Dijo, y al bosque aleteando vuela.
     influjo de su voz mis compaeros,
    A quien la sangre de terror se hiela,
    Con el bro deponen los aceros.
    Ya con votos, con splicas se apela
    A pedir paz y  deshacer ageros,
    Ora malvadas y aves ominosas
    Sean aquellas,  terribles Diosas.


         XLIX.

      Y vuelto Anquses hcia el mar, las manos
    Extiende, y con solemnes sacrificios
    Los Nmenes invoca soberanos:
    Dioses! clama, torced tales auspicios!
    Dioses! tales anuncios haced vanos!
    A un pueblo justo defended propicios!
    Dice, y cables soltar en el momento
    Manda, y las lonas descoger al viento.


         L.

      Cumplise lo mandado; y ya hincha el Noto
    Las velas que  sus soplos confiamos;
    Merced suya, y en manos del piloto,
    Entre espumosas ondas navegamos:
    Zacinto se aparece, ameno soto,
    En medio de la mar: Duliquio, Smos;
    Ardua y fragosa Nritos se ostenta,
    taca con escollos fraudulenta.


         LI.

      Huimos de ellos, y del patrio clima
    De Ulses maldecimos. Adelante
    Lucates yergue su nublosa cima,
    Apolo hace temblar al navegante.
    All torcemos: fatigada arrima
    A la humilde ciudad la flota errante;
    Ya  proa el marinero anclas arroja;
    Ociosos cascos la ribera aloja.


         LII.

      En no soado asilo aras enciendo
    Do mis votos  Jpiter desato;
    Y en tierra de Accio, celebrar emprendo
    Juegos de Frigia. El patrio pugilato
    Todos, desnudo el cuerpo, el cuerpo ungiendo,
    Renuevan con ardor. Recuerdo es grato
    Haber vencido riesgos y fatigas
    Entre tantas ciudades enemigas.


         LIII.

      El sol  la sazon su aal carrera
    Concluia, y con hlitos glaciales
    El cierzo aborregaba la onda fiera.
    Fij  un poste, del templo  los umbrales,
    Combo escudo que el grande Abas trajera,
    Y del caso en memoria, letras tales:
    MONUMENTO GANADO  LAS AQUEAS
    TRIUNFANTES HUESTES: CONSAGRLO ENAS.


         LIV.

      Llam al remo; y dejamos, con suspiro
    Del batido oleaje, las arenas;
    Pronto las cumbres de Feacia miro,
    Y trnanse  esconder, vistas apnas.
    Llegamos al Caonio puerto,  Epiro
    Costeando, y pedimos las almenas
    Excelsas de Butroto. Aqu una nueva
    Dichosa hallamos que increible eleva.


         LV.

      Oigo que en griego territorio impera
    Heleno, hijo de Pramo, debido
    A ser de la vuda y heredera
    De Pirro, nieto de aco, marido;
    Que as el antiguo rango recupera
    Andrmaca. Turbado, conmovido,
    De amor llevado, de ansiedades lleno,
    La playa dejo y flota, y voy  Heleno.


         LVI.

      H aqu con sacros funerales dones,
    ntes de la ciudad, en selva umbra,
    Cabe un fingido Smois, libaciones
    Al caro polvo Andrmaca ofrecia;
    Y los manes con tristes oraciones
    A la tumba llamaba, que vaca
    De verde csped,  Hctor dedicara,
    Y una, motivo al llanto, doble ara.


         LVII.

      Tal Andrmaca estaba en el instante
    En que, subiendo yo por el camino,
    A m propio y las armas delirante
    Vi de Troya; y del caso peregrino
    Pasmada al punto queda: vacilante,
    Perdi el rostro el color, la planta el tino;
    Y solo  obra de tiempo el labio mudo
    Articular sueltas palabras pudo:


         LVIII.

      Que en fin te miro en corporal figura?
    Hijo de Vnus! mensajero cierto
    Me apareces? un gozas la aura pura?...
    Ah! y Hctor dnde est, si ya eres muerto?
    Esto dijo llorando, y la espesura
    Llenaba su clamor. Su desconcierto
    Febril, dejme sin respuesta; al cabo
    Mal breves frases anheloso trabo:


         LIX.

      No dudes; palpas realidades. Vivo,
    Y  cien peligros arroj mi vida;
    Mas vme: salvo  tu presencia arribo.
     Ah! y de tan gran varon destituida,
    Pobre mujer! te vuelve el hado esquivo
    Algo de tu ventura merecida?
    T, la Andrmaca de Hctor venturosa,
    Yaces an avasallada esposa?


         LX.

      Ella el rostro inclinando, recobrada,
    Con voz sumisa su dolor expresa:
    Oh entre todas nosotras fortunada
    T, inocente beldad, jven princesa,
    Que al pi del patrio muro, por la espada
    Fuiste  morir sobre enemiga huesa!
    Que ni suertes sacaste  tu despecho,
    Ni de amo vencedor serviste al lecho!


         LXI.

      No as la que incendiados sus hogares,
    Sufri  un duro jayan, de raza altiva
    Sufri el rigor, y por remotos mares
    Anduvo errante, y concibi cautiva!
    Y despues que prob tantos azares,
    El tirano raptor en llama viva
    Por Hermone ardi, nieta de Leda,
    Y  Esparta corre do en su amor se enreda.


         LXII.

      Entnces  un esclavo di su esclava;
    Cedime  Heleno. Orstes que veia
    Quitrsele su esposa, se abrasaba
    De amor, de ardor furial, de rabia impa;
    Y ante el paterno altar  hierro acaba
    Desprevenido  su rival un dia;
    Con que Heleno, de siervo que ntes era,
    Cobr aquestas regiones en que impera.


         LXIII.

      l de entonces  sus campos y poblados
    Apropi de Caonia el apellido,
    En honor de Caon; y en los collados
    Que ves, segundo Prgamo se ha erguido
    Y ese nuevo Ilon. Mas d, qu hados
    Favorables de guia te han servido?
    Qu aura feliz, cul misteriosa fuerza
    Causa es que ac tu nave el rumbo tuerza?


         LXIV.

      Qu se hizo Ascanio? vive an? Y aquella
    Que en la noche fatal ...? Destino impo!
    Pobre nio, recuerdos guarda de ella?
    Le anima  la virtud, al patrio bro,
    Ver cul dejan de s brillante huella
    Enas, su buen padre, Hctor su tio?
    As hablaba llorando, y vanamente
    Corria de sus lgrimas la fuente.


         LXV.

      Heleno, que hcia all bajando vino
    Con gran cortejo, nos conoce en tanto,
    Y  la ciudad nos guia, y de camino
    Nos habla con palabras y con llanto.
    Yo, andando, reconozco  adivino
    Nueva Troya, otro Prgamo, otro Janto,
    Bien que aqul breve y pobre aquste sea,
    Y abrazo en mi ilusion la puerta Escea.


         LXVI.

      Cual propia, en la ciudad mis compaeros
    Entran: prticos que amplios los reciban
    Les abre Heleno, y de ellos los primeros
    En fuentes, tazas de oro, comen, liban;
    Llenas copas empinan placenteros,
    Y resuena el salon. As se iban
    Corriendo un dia y otro. El soplo austrino
    Ya hinchaba, voceando, el vago lino.


         LXVII.

      ntes, empero, de soltar las naves,
    Yo  Heleno interpel con tales voces:
    T que de Febo los misterios sabes,
    Y sus lauros y trpodes conoces;
    T que entiendes los astros, y las aves
    Con su canto augural y alas veloces;
    Troyano vate, intrprete del Cielo,
    Con alta inspiracion calma mi anhelo!


         LXVIII.

      Profecas, orculos, deidades
    Trzanme rumbo de asechanza ajeno,
    Sealando repuestas heredades,
    Nombrando  Italia. Sola ya Celeno
    Cruda hambre anuncia, acerbas novedades;
    Arpa atroz! aviso de horror lleno!
    T, cul riesgo evitar me importa, y cmo,
    D, amagos frustro y contratiempos domo?


         LXIX.

      l toros ntes, como el rito manda,
    Inmola; desci la venda pia;
    El favor de los Nmenes demanda,
    Y por la mano hcia el altar me guia.
    Oh Febo! en tu presencia veneranda
    Temor yo entnces y temblor sentia,
    Cuando comienza, sacerdote sabio,
    Heleno  hablar con inspirado labio:


         LXX.

      Hijo de Vnus! no del prez receles
    Que te anuncian auspicios celestiales:
    Tal es la voluntad de Jove, y fieles
    Tal la necesidad, tus hados tales.
    Empero, porque rueden tus bajeles
    En tu navegacion ahorrando males,
    Y firme gozo al aferrar te quepa,
    Tus destinos, de hoy ms, tu mente sepa.


         LXXI.

      Cosas hay que decillas Juno, es cierto,
    O sabellas tal vez las Parcas vedan;
    Mas yo entre mucho lo esencial te advierto
    Y anuncios doy que aprovecharte puedan.
    Ante todo,  esa Italia, vega y puerto
    Que  tu corto entender cercanos quedan,
    Aun de t la separan,  fe mia,
    Largo espacio interpuesto y larga via.


         LXXII.

      Y  fe que el remo blandear se vea
    Del mar Trinacrio y Tusco en los cristales,
    Y la nsula de Circe, hija de Ea
    Visites, y los lagos infernales,
    Tiempo ntes que de t fundado sea
    Estable muro. Agora las seales
    Escucha de la tierra prometida,
    Y en la memoria conservarlas cuida.


         LXXIII.

      Cuando oculto raudal con planta lenta
    Rondando fueres caviloso un dia,
    Si all una hembra de cerdo corpulenta
    Al mrgen ves entre robleda umbra,
    Con treinta lechoncillos que alimenta,
    Alba, en torno  sus ubres la alba cria,
    Esa es la sea: all podrs, te auguro,
    De afanes tantos descansar seguro.


         LXXIV.

      Ni el pronstico tiembles de comeros
    Hasta las mesas: os oir benino
    Apolo, y  cumplirse los ageros
    Vendrn sin dao por mejor camino.
    Mas de la tala costa  do con fieros
    Tumbos va  desbravarse el mar vecino,
    Huye, que todas por ah moradas
    Son, de prfidos Griegos habitadas.


         LXXV.

      Fundada por los Locros aparece
    Naricio all: con militar arreo
    Los campos Salentinos, que enaltece
    Procedente de Licto Idomeneo:
    All humilde Petilia,  quien guarnece
    Filocttes, caudillo melibeo:
    Huye en suma y traspuestos esos mares,
    Grato, saltando en tierra, eleva altares.


         LXXVI.

      El voto entnces cumplirs, la frente
    Cubriendo en torno de purpreo velo,
    No sea que ante el fuego sacro, ardiente
    En honor de los Nmenes del Cielo,
    Hostil presencia, sbito accidente
    Al rito dae. Con piadoso celo
    Guardad esta costumbre los Troyanos;
    La guarden vuestros nietos ms lejanos!


         LXXVII.

      Ya que al confin te impela siciliano
    El viento, y de Peloro el paso estrecho
    Ms ancho mires cuanto ms cercano,
    Entnces rodeando largo trecho
    El rumbo sigue hcia la izquierda mano;
    Trata el siniestro lado, huye el derecho;
    Y v en ese pasaje t y pondera
    Cul la avanzada edad todo lo altera.


         LXXVIII.

      Eran en uno entrambos continentes;
    Mas vino el mar con mpetu y rina
    Y con sus olas separ rugientes
    De la scula costa la vecina.
    Opnense de entnces diferentes,
    Y opresa en el canal la onda marina,
    Tal vez muros, tal vez frtil campaa,
    Ac y all con sus espumas baa.


         LXXIX.

      El paso asedian, por el diestro lado
    Scila, Carbdis en la parte opuesta:
    Tres veces en su abismo exacerbado
    Las aguas con hervor se sorbe sta,
    Y escpelas al Cielo de contado;
    Mintras de oscura cavidad repuesta
    Saca por tiempos la ancha boca aciaga
    Scila entre escollos y los buques traga.


         LXXX.

      Es humano su aspecto, y peregrino
    Le lava un seno de mujer la ola;
    Monstruo en el resto ostntase marino,
    Vientre de lobo y de delfin la cola.
    Doblar prefiere el cabo de Paquino
    En tarda vuelta,  ver una vez sola
    Al encorvado semipez horrendo,
    Con sus canes cerleos y alto estruendo.


         LXXXI.

      T, si fias de Heleno, hijo de Diosa!
    Si de Apolo el orculo obedeces
    Que Heleno anuncia, un yeme: una cosa
    Te intimo y te encarezco una y mil veces:
    Que hbil de Juno triunfes poderosa
    Con votos y con dones y con preces:
    Triunfante has de ir, porque seguro vayas
    Las sculas dejando,  talas playas.


         LXXXII.

      Vers, llegando  Cmas, los sagrados
    Lagos, y Averno que entre bosques suena;
    Y cantando una maga ocultos hados
    En hueca roca, de entusiasmo llena:
    Nombres sta y carcteres grabados
    En hojas tiene; lo que grava ordena;
    Y el antro aquel las misteriosas notas
    Guarda, cada una en su lugar, inmotas.


         LXXXIII.

      El rden luce en la mansion tranquila;
    Mas si gira la puerta, y cala el viento
    Y entre las hojas frgiles oscila,
    Que caducas esparce con su aliento,
    Ni sus versos recuerda la Sibila,
    Ni  adornar torna el cncavo aposento
    Con las reliquias; y si ansioso vino,
    Maldiciente se aleja el peregrino.


         LXXXIV.

      Guarte no all te asuste til demora:
    Ten calma, aunque los tuyos te den prisa,
    Aunque el rumbo marcando bullidora
    Haga fuerza  los mstiles la brisa;
    Ten calma, y los orculos implora,
    Acude  consultar la profetisa,
    Que persuadida de tus ruegos ella
    Cantar los semblantes de tu estrella.


         LXXXV.

      Y los pueblos, y gentes venideras
    De Italia te dir, guerras futuras;
    Y de llevar te ensear maneras,
    O tal vez de eludir fatigas duras;
    Caminos te abrir, si la veneras,
    Y prsperas har tus aventuras ...
    No me es lcito ms. V ahora, y constante,
    A Troya al Cielo tu virtud levante.


         LXXXVI.

      Tonos usando de amistad saves,
    As consejos dbame prudentes
    El vate; y que llevasen  las naves
    Mand lugo magnficos presentes:
    Aureos adornos los hicieran graves
    Y de elefante elaborados dientes:
    Y de plata riquezas amontona,
    Y vasos nos regala de Dodona.


         LXXXVII.

      Y de triples metales fabricada
    Y de anillos de oro guarnecida,
    Una cota me da, y una celada
    Con esplndido airon enriquecida,
    De Pirro enntes armadura usada:
    Ni dones l para mi padre olvida.
    De caballos, de guias, de remeros
    Nos abastece y suministra aceros.


         LXXXVIII.

      Manda mi padre que  zarpar se aliste
    La escuadra al espirar del fresco viento;
    Cuando el profeta  quien Apolo asiste
    Hblale as con obsequioso acento:
    Anquses! t que digno hallado fuiste
    Del tlamo de Vnus opulento!
    T, objeto caro  la bondad divina,
    Salvo dos veces de comun rina!


         LXXXIX.

      H ah del mar Italia se levanta!
    V arrebatarla de tu flota al vuelo!...
    Ten; que allende, al olor de gloria tanta,
    Ha de rondar paciente vuestro anhelo;
    De Ausonia la region que Apolo canta,
    Aun ljos cae. Te defienda el Cielo,
    Padre feliz por la filial ternura!
    Basta: el Austro os convida, y ya murmura.


         XC.

      Andrmaca  su vez, baada en lloro,
    Una ausencia eternal viendo cercana,
    Ropas presenta recamadas de oro
    Y una clmide  Ascanio da troyana;
    De ornadas telas de sutil tesoro
    Empieza  desvolver la pompa ufana,
    Y, Guarda estas labores de mis manos,
    Dice, excusando cumplimientos vanos:


         XCI.

      Acurdete la veste que te cio
    De Andrmaca el amor, de Hctor esposa!
    Postrer dn de los tuyos lleva, oh nio,
    T, nica imgen de mi prenda hermosa!
    En ti me representa mi cario
    Sus ojos, su ademan, su habla amorosa:
    Hoy podria vivir; hoy si viviera,
    A par contigo florecer le viera!


         XCII.

      Yo gimiendo les daba adioses tales:
    Oh! dichosos quedad, pues la fortuna
    Fijasteis! Arrostramos temporales
    Nosotros: vos no hendeis ola importuna
    Ni  playas vais que os huyan desleales!
    La paz se os concedi. De un Janto y una
    Troya gozais que hicieron vuestras manos:
    As auspicios la quepan ms humanos!


         XCIII.

      As los Griegos la atalayen mnos!
    Si al Tibre arribo y campos comarcanos
    Que hace del Tibre la corriente amenos,
    Y alzo el muro que espero  mis Troyanos,
    Lacio y Epiro, de recuerdos llenos,
    Slo una Troya compondrn hermanos:
    Tales el Cielo cumpla nuestros votos;
    Tal gocen nuestros nietos ms remotos!


         XCIV.

      De all hcia los Ceraunios, desde donde
    Puede  Italia pasarse sin fatiga,
    Navegmos. En tanto, el sol se esconde,
    Y la sombra los montes cubre amiga.
    Ya en tierra,  qu remeros corresponde
    Velar, hacemos que la suerte diga;
    Solaz cobramos en orilla grata,
    Y manso el sueo nuestros miembros ata.


         XCV.

      La noche un no mediaba su carrera
    De las horas llevada, y Palinuro
    Ya se alza, y  la brisa ms ligera
    Oidos tiende entre el silencio oscuro:
    De una ojeada al rodear la esfera,
    Ve en paz los astros declinar; ve  Arturo,
    Y las Hadas tristes y las Osas,
    Y ureo con armas Oron lumbrosas.


         XCVI.

      Visto en el cielo plcidas seales,
    Nos di la suya de hcia el mar sonora;
    A cuya voz movemos los reales,
    Y velas descogemos  la hora.
    Hendamos los lquidos cristales;
    Rsea los astros ahuyent la Aurora,
    Y al teir de su luz los horizontes,
    H aqu avistamos nebulosos montes.


         XCVII.

      Italia ljos honda aparecia;
    Italia! Actes exclam el primero,
    Y todos repitieron  porfa
    El saludo de Italia! placentero.
    Colma Anquses de vino, en su alegra,
    Un alto vaso que adorn primero
    De hojas festivas, y en la popa erguido
    Con preces tales domin el rido:


         XCVIII.

      Oh grandes Dioses de la mar y el suelo!
    Arbitros de los vientos! Dad que aprisa
    Avancen nuestras naves en su vuelo;
    Merced hacednos de oportuna brisa!
    Y el aura, anticipndose  su anhelo,
    Arreciaba amorosa. Se divisa
    Cercano arrimo; y de Minerva un templo
    En yerta cumbre descollar contemplo.


         XCIX.

      El velmen cogiendo incontinente
    Damos fondo  las proras. Arqueado
    El puerto  impulsos de oriental corriente,
    Le oculta y cie natural vallado.
    Yertos escollos gurdanle de frente
    Que azota encanecido el mar salado;
    Y como  entrar el leo se aproxima,
    Semeja huir la consagrada cima.


         C.

      Cuatro potros vi all, primer agero,
    Nveos rozando la menuda grama;
    A cuya vista, Oh suelo forastero!
    Tu hospedaje es de guerra, Anquses clama:
    Guerras ama el corcel; nuncio es guerrero!
    Mas tambien el corcel los juegos ama;
    Tiempo h que, dcil copia, carros tira;
    El presagio,  esta cuenta, paz respira.


         CI.

      Plas, la diosa de armas resonantes,
    Fu,  quien gracias rendimos, la primera
    Que all Troyanos hosped triunfantes:
    Con la prpura frigia, en su ribera,
    Cubrimos ante el ara los semblantes;
    Y, lo que Heleno tanto encareciera,
    Con pompa rital  Juno argiva
    Hicimos sacrificio y rogativa.


         CII.

      Todo en rden cumplido, el mar convida;
    Torcemos la asta  la vestida entena,
    Y la costa dejamos, por guarida
    De aleves Griegos, de asechanzas llena.
    El golfo de Tarento vi en seguida;
    Fundo de Hrcules ya, si no condena
    La verdad  la fama. Preeminente,
    Sacra Lacinia se aparece en frente.


         CIII.

      Y ya asoma Caulonia, y Scilaceo
    Que nufraga infam reliquia tanta;
    Y ya el sculo Etna ljos veo
    Que, al parecer, de la onda se levanta;
    Y oigo roto en la playa el clamoreo
    Del mar que en peas su furor quebranta;
    Enrscase la espuma, y el arena
    Arrebatada en remolino suena.


         CIV.

      Y mi padre gritaba: sta es, sin duda,
    Carbdis abismosa, y stos, stos
    Los arrecifes, amenaza aguda!
    Que Heleno ya nos anunci funestos.
    Ea! cada uno con el remo acuda
    Tanto riesgo  evitar! Acuden prestos;
    Palinuro, el primero,  izquierda vira,
    Y gimiendo la proa en la onda gira.


         CV.

      Y todos,  poder de brazo y viento,
     izquierda tuercen. Sbita oleada
    Acrcanos, erguida, al firmamento,
    Y lugo  los abismos, aplanada.
    Se oye tres veces el hervor violento
    De la riscosa cncava morada,
    Y tres veces la espuma se alborota,
    Y una pluma del agua el aire azota.


         CVI.

      El sol ya declinaba hcia su ocaso,
    El aura tenue falleciendo iba,
     incierto el rumbo y el aliento escaso,
    Dimos de los Ciclopes en la riba.
    Sereno el puerto se dilata, y paso
    Niega  asaltos del mar la rada esquiva;
    Mas no ljos de all con torva saa
    Etna ruge atronando la campaa.


         CVII.

      Ya pez negra y cenizas albicantes
    Etna, en turbion de nubes, fuera bota,
    Y en globos que carcomen vacilantes
    El brillo sideral, incendios brota;
    Ya peascos alanza fulminantes,
    Toscos fragmentos de su entraa rota,
    Y lava arracimada,  sn de trueno,
    Y sordo hierve el cavernoso seno.


         CVIII.

      Del rayo  mdias calcinado, es fama
    Que Enclado padece en la honda sima:
    Deja  veces por grietas ver la llama
    Etna descomunal sentado encima;
    Y cuando, preso en la insufrible cama,
    A ladearse el rprobo se anima,
    Trinacria toda retemblar parece,
    Y envuelto en humo el Cielo se oscurece.


         CIX.

      Sobrecogidos de pavor pasmos
    La noche bajo amago tan tremendo,
    En hueca selva de tejidos ramos,
    Ignorantes la causa del estruendo;
    Que ni brillar un astro divisamos,
    Ni el ter nos ba, su luz cerniendo,
    Mas la noche con sombras importuna
    En triste nimbo arreboz la luna.


         CX.

      Ya se alzaba  anunciar un nuevo dia
    El matinal lucero en orente,
    Y ahuyentando tras l la niebla fria
    Risuea el alba color el ambiente;
    Cuando un bulto que humano parecia,
    Cadavrico aspecto, aire doliente,
    Saliendo de los bosques ms cercanos,
    Tiende  la playa las inermes manos.


         CXI.

      Faz de dolor y gesto de gemido,
    Ostentaba su rostro extenado:
    Grifos su barba; andrajos su vestido,
    Con espinas sujeto de pescado.
    Vuelta, el caso cruel mi gente vido,
    Y qued absorta. En lo demas, soldado
    Haber sido de aquellos parecia
    Que envi Grecia contra Troya un dia.


         CXII.

      l, como arreos columbr troyanos,
    Parse, dando de terror seales;
    Vuela lugo  la orilla, y en insanos
    Lloros prorumpe y en palabras tales:
    Por los Dioses del Cielo soberanos,
    Por esta santa luz y auras vitales,
    Oid, hijos de Troya, mi gemido:
    Arrancadme  esta playa; es cuanto pido!


         CXIII.

      Yo la verdad confesar de grado:
    Griego hice ya contra Ilon campaa:
    Si perdon no os merece mi pecado,
    Fin poner presto  adversidad tamaa.
    Ea! heridme, matadme; destrozado
    Al mar lanzadme  sosegar su saa!
    Pues del hado el rigor quiere que muera,
    A manos de hombres morir siquiera.


         CXIV.

      Habla, y nuestras rodillas adherido
    Abraza, de rodillas derribado:
    Movmosle  que diga su apellido,
    Su linaje, y mudanzas de su estado.
    Call breves momentos, y dolido
    Mi padre Anquses, con benigno agrado
    La diestra ilustre tiende al magro jven,
    Y aade muestras que el temor le roben.


         CXV.

      Yo Aquemnides soy, dijo sincero
    El afan serenando que le aterra:
    Fu del msero Ulses compaero,
    A Itaca tuve por nativa tierra.
    Mi padre, escasa el arca de dinero,
    Me aventur  los lances de la guerra:
    Llambase Adamasto. Ah, siempre el hado
    Me mantuviese de mi padre al lado!


         CXVI.

      Mintras huir de esta mpia costa emprende
    H aqu mi gente me dej en olvido,
    En un antro que lbrego se extiende
    De manjares sangrientos esparcido:
    El antro de un Ciclope. El monstruo hiende
    (Oh, qu monstruo cien veces maldecido!)
    Las nubes, si la frente alza espantosa;
    Y nadie hablarle ni un mirarle osa.


         CXVII.

      Crudos devora  cuantos tristes caza.
    Tendido en medio al antro donde espa,
    Con la mano feroz con que atenaza
    Asir dos de los nuestros vile un dia:
    A golpe en un peon los despedaza;
    El umbral de la sangre se mecia;
    Vi humor los miembros destilar, y ardiente
    Tremer la carne al dar diente con diente.


         CXVIII.

      No tal Ulses soport; ni en ese
    Trance  su fama desminti su pecho;
    Mas aguard  que el monstruo se rindiese
    De manjares y vino satisfecho:
    Rindise al fin, doblando el cuello, y fuse
    Adurmiendo en la cueva, su amplio lecho;
    Y su boca brotaba entre rumores,
    Trozos de vianda, y de licor vapores.


         CXIX.

       los Dioses llamando en nuestra ayuda,
    Sorteado el peligro,  un mismo instante
    Corremos en redor, y una asta aguda
    Clavamos en el ojo del gigante:
    Ojo, al metal que  Argivos combo escuda,
    O al gran disco de Febo semejante;
    Ojo nico, bajo hosca ruga oculto;--
    Y as vengmos su brutal insulto.


         CXX.

      Huid, tristes, huid! todo os conjura!
    Cortad los cables sin perder momento;
    Pues como ese, que agora por ventura
    Ordea, consolando su tormento,
    Su grey lanosa en su caverna oscura,
    Como ese horrendo Polifemo, hay ciento,
    Y en magna procesion la prole infanda
    Ronda esta costa, y por los montes anda.


         CXXI.

      Ya por tercera vez brillar he visto
    Las fases de la luna renovadas,
    Desde que en esta soledad existo
    Y  las fieras disputo sus moradas.
    Cauto los monstruos de una pea avisto,
    Y su voz tiemblo y tiemblo sus pisadas;
    Y zonzas nutren mi existencia acerba
    Silvestres bayas y arrancada hierba.


         CXXII.

      Vi llegar vuestra flota  esta ribera,
    Mintras miradas de ansiedad dirijo
    Cuan en ljos logro; y fuese lo que fuera,
    Palpitando vol de regocijo.
    Ya, ya estoy libre de esta raza fiera:
    Ahora matadme si quereis! Tal dijo;
    Y ya un bulto, un no bien de hablar acaba,
    En los vecinos montes descollaba.


         CXXIII.

      Obeso Polifemo se movia
    En medio del langero ganado,
    Y  la usada ribera el paso guia:
    Gran monstruo, informe, atroz, de luz privado!
    Hcenle sus ovejas compaa,
    Consuelo solo de su adverso estado,
    Srvele de baston desnudo un pino,
    Y con resuelto pi cata el camino.


         CXXIV.

      Llega  la playa de su ruta al cabo;
    Y al mar entrando, con sus ondas lava
    Del ojo, herido del ardiente clavo,
    La sangre que grumosa chorreaba.
    Crujir los dientes le hace el dolor bravo
    Que el mal renueva y el enojo agrava;
    Y ms y ms se interna en la agua, y sta
    Le moja apnas la cintura enhiesta.


         CXXV.

      Temblando, y  par nuestro recibido
    El que, eso visto, la verdad decia,
    Las amarras soltamos sin rido,
    Y el mar los remos barren  porfa.
    Sinti el gigante, y se volvi al sonido;
    Mas vi que con el brazo no podia
    Tocarnos ya, ni competir tampoco
    Con las jnicas ondas, de ira loco.


         CXXVI.

      Gimi entnces: el ponto se estremece
    Al inmenso clamor, el viento zumba;
    Italia toda retemblar parece;
    Etna en sus hornos cncavos retumba.
    Y de montes y selvas se aparece,
    Al sn de alarma, la feroz balumba
    De los otros Ciclopes, que se ordenan
    En largas filas, y las playas llenan.


         CXXVII.

      Yo los vi, yo, los tneos hermanos,
    En pi, con sendos ojos imponentes,
    Junta horrenda! mirndonos insanos,
    Al cielo alzadas las soberbias frentes.
    Tales inmoble ostentan los ancianos
    Cipreses y los robles eminentes
    Cima piramidal  copa vana,
    En los bosques de Jove  de Dana.


         CXXVIII.

      Con el vivo temor que nos aguija,
    Al sacudir el cable, al dar la vela,
    Torcemos  do el viento nos dirija,
    Y  do el viento sopl, la nave vuela.
    Mas porque no el azote nos aflija
    Entre Scila y Carbdis, que revela
    La voz de Heleno, que  evitarlo exhorta,
    Volver y el rumbo enderezar importa.


         CXXIX.

      Breas en tanto de la estrecha boca
    De Peloro enviado, nos ampara.
    El Pantgias pasamos, que entre roca
    Viva desagua; el seno de Megara,
    Y Tapso humilde. Nuestra quilla toca
    En sitios que Aquemnides declara;
    Que en rumbo inverso los corri primero,
    Ya del msero Ulses compaero.


         CXXX.

      Hay en el golfo siciliano, en frente
    Del undoso Plemirio, una isla bella,
    Y quiso ya la primitiva gente
    Con el nombre de Ortigia noble hacella.
    Fama es que Alfeo de lide, latente
    Vino y errante bajo el mar  ella;
    Y ya unido, Aretusa!  tus raudales
    Vuela ufano  los sculos cristales.


         CXXXI.

      Habiendo all los Nmenes honrado.
    Y el campo atras dejado peregrino
    Que el Heloro fecunda remansado,
    Los salientes peascos de Paquino
    Raemos. Ljos aparece el vado
    Que un Dios ved moviesen Camarino;
    Y el gran pueblo de Gela, y su campaa,
    A quien di nombre el rio que lo baa.


         CXXXII.

      Tierra de nobles potros afamada,
    Acragas en seguida se presenta,
    Y de ljos fij nuestra mirada
    El ancho muro de que est opulenta.
    Selnos, la de palmas coronada,
    Ya atras te quedas: la onda fraudulenta
    Del rocalloso Lilibeo corto,
    Y  Drpano ay, llorosa playa! aporto.


         CXXXIII.

      Tras tanto afan, en extranjero suelo,
    El hado  Anquses me rob tirano;
    Era en mis penas mi nico consuelo,
    l daba aliento  mi cansada mano.
    Oh padre bondadoso! oh acerbo duelo!
    De cuntos riesgos escapaste en vano!
    No me anunci, entre tanto mal, Heleno
    Desgracia tal, ni la cruel Celeno!


         CXXXIV.

      Meta de viajes, causa de gemidos
    En Drpano encontr. De ah del viento
    Vinimos por el pilago impelidos,
    Merced de un Dios,  vuestro ilustre asiento.--
    Tal sucesos del Cielo dirigidos
    Narraba el hroe al auditorio atento,
    Contratiempos, errores y peleas:
    Call, en fin, y descanso tom Enas.




         LIBRO CUARTO


         I.

      Herida en breve de dolencia aciaga,
    Pbulo da la Reina en cada hora
    Al placer mismo de enconar la llaga,
    Y de fuego secreto se devora:
    Del hroe, su valor, su alcurnia, halaga
    El pensamiento, y de su voz sonora
    El eco, y de su faz guarda el trasunto;
    Y tregua el vivo afan no sufre un punto.


         II.

      Hmida el alba sonri, y el dia
    Con luz roja entre nieblas despuntaba,
    Cuando  su amante hermana el paso guia
    Dido, y con ella as coloquio traba:
    Qu sueo tentador, querida mia,
    El sueo fu que de agitarme acaba?
    Mas este husped que tenemos, dme,
    Cul corazon habr que no le estime?


         III.

      Qu bro  su alma y brazo no acompaa?
    Cul se pinta en su frente su destino!
    Yo, si mis ojos la ilusion no engaa,
    Que desciende de Dioses adivino;
    Pues torpe miedo que el semblante empaa,
    Siempre delata al corazon mezquino;
    Y l, tras tanto conflicto y prueba tanta,
    Qu de combates concluidos canta!


         IV.

      Eterno, irrevocable es mi desvo
    De un nuevo enlace al criminal deseo;
    Que mi esperanza en flor y el amor mio
    Yacen con las cenizas de Siqueo.
    Mas si  mis ojos sin fulgor sombro
    Pudiese arder la antorcha de Himeneo,
    Slo de este hroe la gentil presencia
    Capaz fuera  vencer mi resistencia.


         V.

      Confesrtelo quiero: desde el dia
    Que el domstico altar fu enrojecido
    Por la venganza del hermano impa
    Con la inocente sangre del marido,
    Slo aqueste extranjero  simpata
    Ha logrado moverme, y su latido
    Volver al corazon, que ya se inflama;
    El calor siento de la extinta llama.


         VI.

      Mas hindase y seplteme en su seno
    La tierra; el padre del Olimpo santo
    Me precipite al retumbar del trueno
    En la mansion de noche eterna y llanto,
    Si es oh pudor! que mi deber no lleno,
    Si tu sagrado cdigo quebranto.
    Pues de todo mi amor hice  l promesa,
    Amar debo su sombra, honrar su huesa!


         VII.

      Dice; y baa en sus lgrimas, vencida,
    El seno amigo. Respondile Ana:
    T,  quien ms amo que mi propia vida,
    Qu, pasars la juventud lozana
    Sin coger flores con que amor convida,
    Sin lograr frutos de que amor se ufana?
    Piensas que de los vivos los cuidados
    Van el sueo  inquietar de los finados?


         VIII.

      Fuese as, qu les debes? No hubo amante,
    Ni hoy en esta nacion, ni ntes en Tiro,
    Que tu pecho ablandase de diamante:
     Yrbas desdeaste, y el suspiro
    De tantos de que al frica arrogante,
    Claros guerreros, alabarse miro.
    Mas  tu amor y utilidad te opones?
    Oye  ese amor y mira  estas regiones.


         IX.

      Las gtulas ciudades aguerridas
    De una parte amenazan al Estado;
    Ves all los indmitos Numidas,
    La Sirte inhospital: por otro lado
    Los Barceos errantes y homicidas,
    El rido desierto y abrasado;
    Y lo que ha de venir de Tiro sabes?
    Qu, si el airado hermano apresta naves?


         X.

      Fu de los Dioses voluntad, no dudo,
    Favor de Juno, que en tu bien se esmera,
    Que frigios buques tras embate rudo
    Saludasen al fin nuestra ribera.
    Qu no promete tan dichoso nudo?
    Con la troyana juventud guerrera
    Cunto en gloria y poder la patria gana!
    Qu gran nacion la que vers maana!


         XI.

      En tanto  la Deidad en los altares
    Inclina en tu favor con sacrificios,
    Mintras al extranjero en tus hogares
    Obligas con benvolos oficios.
    Causas proponle de aguardar: los mares
    Agitados de vientos impropicios,
    La flota inhbil para alzar el vuelo,
    El pluvioso Oron y ambiguo el cielo.


         XII.

      Ana habl as; y el reprimido fuego
    Torna de Dido en llamas encendidas,
    Y en esperanzas del amor ms ciego
    Las timideces de pudor nacidas.
    Juntas, altares visitando, el ruego
    Cantan de paz, y ovejas escogidas
    Ofrecen, segun rito,  Febo,  Cres
    Que leyes da, y al Dios de los placeres


         XIII.

      Ms que  todos  Juno, la que enlaza
    Cuellos de amantes con feliz cadena,
    La Reina acude, y si ofrecerle traza
    Blanca novilla, que inmolar ordena,
    Entre uno y otro cuerno ella la taza
    De sagrado licor derrama llena;
    Y si, ornado el altar, favores pide,
    La sacra ceremonia ella preside.


         XIV.

      Torna  iniciar con cada nueva aurora
    Nueva fiesta. Con labios anhelantes
    Su destino en las vctimas explora
    Consultando las fibras palpitantes.
    La ciencia del augur oh cunto ignora!
    Ni cul rito san pechos amantes?
    Consume fuego halagador la vida,
    Fresca recata el corazon su herida.


         XV.

      Tal la Reina abrasada incierta gira:
    As tambien en la selvosa Creta
    Algun vago pastor de ljos tira
    A cierva incauta rpida saeta;
    El, que clav el arpon tal vez no mira;
    Ella en bosques y valles huye inquieta,
    Y en vano huyendo de librarse trata,
    Que va con ella el dardo que la mata.


         XVI.

      Y ya  Enas  ver los muros guia
    Y primores le ensea por do viene;
    Empezados proyectos le confa,
    Va  hablar tal vez, y al pronto se detiene;
    O ya en festines, en cayendo el dia,
    Con preguntas, cual ntes, le entretiene;
    Que lances torne  referir le agrada,
    Y torna  oirle, de su voz colgada.


         XVII.

      Tambien  veces la infeliz, hallando
    El semblante del hroe en su semblante,
    Estrecha  Ascanio contra el seno blando,
    Por si engaado Amor duerme un instante.
    Y cuando todos se retiran, cuando
    Su mvil faz,  trechos radante,
    Con velo funeral cubre la luna
    Y se hunden las estrellas una  una;


         XVIII.

      Cuando todo  los vivos aconseja
    Tomar descanso, en la desierta sala
    Pasea sus congojas, y honda queja,
    Consigo  solas, de su pecho exhala;
     en el lecho tal vez caer se deja
    Que ocup en el festin, y se regala
    Con el amado, que al amado ausente
    Presente le ve all; le oye, le siente.


         XIX.

      Suspensa en tanto la comun tarea,
    Ni en ejercicios de armas se solaza
    La juventud, ni en concluir se emplea
    Nadie ya el puerto, ni en murar la plaza:
    No se alza ms la torre gigantea;
    Inconcluso, rinas amenaza
    Todo el muro, y la mquina que osa
    Hasta el cielo empinarse, asombra ociosa.


         XX.

      La hija de Saturno, la que al lado
    Reina de Jove, ha visto  la infelice;
    Ve que al amor inmola ya el cuidado
    De su fama, y  Vnus llega, y dice:
    Rica presa hijo y madre habeis logrado
    Que una mujer la planta en red deslice
    Que dos Dioses le armaron de concierto,
    Es gran conquista y memorable, cierto!


         XXI.

      Mal pudiera ignorar que sospechosas
    T de Cartago las mansiones hallas;
    Yo s que en tus recelos no reposas
    Cuando ves de Cartago las murallas.
    Mas no habr fin  tan acerbas cosas?
    Siempre hemos de reir duras batallas?
    Justo es ya que finquemos, si te place,
    Eterna paz en venturoso enlace.


         XXII.

      Cuanto pudo halagar tu fantasa,
    Todo lo tienes  sabor cumplido:
    Dido muere de amor: la llama impa
    Cala y consume el corazon de Dido.
    Que esta nacion rijamos tuya y mia
    Con igual potestad, es lo que pido:
    Dido al Troyano obedecer se vea;
    Dote fiada  ti Cartago sea.


         XXIII.

      Vnus, cual si no hubiese en sus razones
    La mira penetrado traicionera
    De llevar  las lbicas regiones
    El reinado feliz que  Italia espera,
    Acojo, respondi lo que propones;
    Que en vez de ello altercar, demencia fuera:
    Falta slo que el vnculo que dices
    Efectos logre, cual prevs, felices.


         XXIV.

      Yo, yo temo del Hado los arcanos;
    Ni decir s si Jpiter se paga
    De que, unindose Tirios y Troyanos,
    Solo un pueblo la union de entrambos haga.
    Mas t los pensamientos soberanos
    Del mismo Jove suplicante indaga;
    Que es derecho de esposa; y de consuno
    Obraremos despues. Respondi Juno:


         XXV.

      Falo  mi prudencia, que lo aplaza
    Para su tiempo. A lo que est primero
    Por el pronto atendamos: con qu traza
    Lograremos el fin, decirte quiero.
    Salir han concertado al monte  caza
    Dido y Enas: que saldrn espero
    Cuando el sol tienda desde la alta cumbre
    Los primeros destellos de su lumbre.


         XXVI.

      Yo, en viendo las garzotas de colores
    Agitarse, y que empiezan la espesura
    Con cuerdas  ceir los cazadores,
    Recia borrasca mover en la altura,
    El cielo en torno asordar  rumores,
    Granizo lanzar de nube oscura;
    Dispersos corrern, y  todos lados
    Con ciega sombra toparn cerrados.


         XXVII.

      Dido y el Rey de la troyana gente
    En una gruta entnces  deseo
    Reparo buscarn: ser presente,
    Y har, si tu favor cordial poseo,
    Que  consorcio se obliguen permanente,
    Y el juramento sellar Himeneo.
    Tal su ardid Juno expone  Vnus; y sta
    Sonrisa de adhesion di por respuesta.


         XXVIII.

      Aurora en tanto de la mar salia
    Hermosa: y redes ya de claros hilos
    La alegre multitud trae  porfa,
    Y lonas, y venablos de anchos filos:
    A la vez llegan con sagaz jaura
    A caballo los giles Masilos;
    Y  Dido, que en la rgia alcoba un tarda,
    Region florida en el umbral aguarda.


         XXIX.

      Soberbio de oro y grana, el campo huella,
    Y espumoso un bridon tasca el bocado:
    Ya ella sale  montarle, y va con ella
    El juvenil cortejo alborozado.
    Su clmide purprea franja bella
    Pinta; es ureo el carcaj que lleva al lado;
    La veste cie en ureo broche; en oro
    Coge de sus cabellos el tesoro.


         XXX.

      Asoma ya la juventud troyana;
    Gozoso llega Ascanio, Enas llega
    Radiante de hermosura soberana,
    Y las bandas, cual prncipe, congrega.
    No en gentileza  majestad le gana
    Apolo, cuando hurtndose  la vega
    Del Janto,   la Licia envuelta en hielos,
    Fiestas instaura en la materna Dlos:


         XXXI.

      Honran al Dios, su altar ciendo santo,
    Y Cretenses y Dropes en coro,
    Y abigarrados Agatirsos, canto
    Mezclando y danzas en tropel sonoro;
    El de Cinto en las cumbres vaga en tanto;
    Orna el suelto cabello,  par del oro,
    Con tiernas hojas de gentil guirnalda,
    Y los dardos retiemblan  la espalda.


         XXXII.

      Cuando al monte llegaron y al sagrado
    De hojosos laberintos,  deshora
    Del risco descolgndose empinado
    Ven la silvestre cabra trepadora.
    Mueve  los ciervos sbito cuidado,
    Y la manada al campo voladora
    Cruza; nube de polvo en torno crece,
    Y los montes dejando, desparece.


         XXXIII.

      Ascanio revolviendo va  doquiera
    Su brioso caballo por el llano,
    Y ya  los unos en veloz carrera,
    Ora  los otros se adelanta ufano.
    Entre inermes rebaos, aplaudiera
    Un jabal espumoso haber  mano,
    Y ruega que del spero boscaje
    Algun rojo leon al campo baje.


         XXXIV.

      H aqu el cielo amenaza, yense truenos,
    Sigue granizo y tempestad oscura;
    Y, Tirios y Troyanos de afan llenos,
    Cada cual por su lado huir procura:
    Ni de Vnus al nieto acosa mnos
    El cielo: albergues van por la llanura
    Buscando: de las sierras eminentes
    Se despean las aguas  torrentes.


         XXXV.

      Iba el troyano capitan con Dido,
    Y  una gruta se acogen  deseo:
    Presagia la alma Tierra con rido,
    Y Juno, al rito atenta, el himeneo:
    El cielo en los misterios instruido,
    Alumbr con siniestro centelleo;
    Las Ninfas  que el monte da moradas,
    Gimieron en las cumbres elevadas.


         XXXVI.

      Oh raz de infortunio, hora funesta!
    No alimenta en su amor furtiva llama
    La Reina ya, ni miramiento presta
    A lo que honor  la opinion reclama:
    Por velo da  su culpa manifiesta
    Nombre de matrimonio. Y ya la Fama
    Por cuantas villas Africa numera
    Canta con voz los hechos pregonera.


         XXXVII.

      Fama aquella malvada se apellida
    Que es veloz como igual no ha visto el cielo,
    En su movilidad est su vida,
    Y le crecen las fuerzas con el vuelo:
    En los primeros pasos va encogida;
    Lugo se alza ambiciosa: por el suelo
    Humildemente rateando empieza;
    Lugo esconde en las nubes la cabeza.


         XXXVIII.

      Llena de ardor contra los Dioses, creo,
    La Tierra hubo  la Fama hija postrera,
    Pstuma hermana  Enclado y  Ceo,
    Agil de miembros y de pis ligera.
    Cuantas plumas, enorme monstruo y feo,
    Ciendo al cuerpo va, quin tal creyera?
    Tantos debajo oculta ojos despiertos,
    Tantas bocas y oidos siempre abiertos.


         XXXIX.

      Estridente en la sombra mueve el ala
    De noche, y entre tierra y cielo vuela;
    Nunca el sueo sus prpados regala!
    De dia, misterioso centinela,
    En techo  torre altsima se instala,
    Y asombro dando  las ciudades, vela,
    Y con ardor igual, doquier que gira,
    Divulga la verdad y la mentira.


         XL.

      Lo mismo ahora, ufana, diligente.
    Mezcla verdades y ficciones vanas,
    Y esparcindolas vuela entre la gente
    Corriendo las provincias comarcanas:
    Que ha arribado, de Troya procedente,
    Enas  las playas africanas;
    Que le acoge, y consiente en ser su esposa,
    La soberana de Cartago hermosa;


         XLI.

      Ms: que olvidando pblicos cuidados.
    En la red del placer entretenidos,
    Gozan los dias del invierno helados,
    Por amor, lo que duren, encendidos:
    La mpia Diosa por campos y poblados
    Va esto poniendo en bocas y en oidos,
    Y al rey Yrbas torciendo, llega en breve,
    Le inflama el alma, y  furor le mueve.


         XLII.

      Rob  la ninfa Garamanta un dia
    Jove Amon; de stos hijo Yrbas era;
    El cual cien templos dedicado habia,
    En los vastos dominios en que impera,
    A su padre, y cien aras, donde ardia
    Velador fuego que morir no espera:
    El suelo en sangre vctimas coloran;
    Tiernas guirnaldas el dintel decoran.


         XLIII.

      El rumor revolviendo que le aqueja
    Yrbas all, entre estatuas tutelares,
    Gime alzando las palmas; ni se aleja
    Sin fatigar con ruegos los altares:
    Oh Jove omnipotente,  quien festeja
    Con obsequios del Dios de los lagares
    La gente maura en recamados lechos!
    Ves, d, la iniquidad de humanos pechos?


         XLIV.

      Ves?  cuando  las nubes rompe el seno
    El fuego, y tiembla el hombre, asombro es vano?
    No es voz de tu furor el ronco trueno?
    Ciegos salen los rayos de tu mano?
    Vino aqu errante una mujer: terreno
    Compr para ciudad pequea: un llano
    La d que cultivado la abastase;
    A su dominacion yo ech la base.


         XLV.

      Y ella ayer desechme por marido;
    Ah! y ella un husped hoy sienta  su lado!
    Y ste que unge el cabello y va servido
    De eunucos, nuevo Pris, y el tocado
    Meonio cie, en vergonzoso olvido,
    Gozando libre est de un bien robado;
    Y yo, que en darte culto no reposo,
    Llevo infeliz renombre de dichoso!


         XLVI.

      Tal, asido al altar, Yrbas gemia;
    Y oyendo el Padre su clamor prolijo
    Vi la copia de amantes que yacia
    En torpes lazos, y  Mercurio dijo:
    yeme, y cruza la region vaca;
    Los cfiros te ayuden, vuela, hijo;
    V al Rey troyano que en Cartago olvida
    Mansiones do Fortuna le convida.


         XLVII.

      Que no as, le dirs, su madre hermosa
    Me le ofreci; ni para fin tan triste,
    Cuando la muerte entre la lid le acosa,
    Una vez y otra  remediarle asiste;
    Mas para que su raza glorosa
    Restaure, y ntre  Italia, y la conquiste
    Henchida de poder, hirviente en guerra,
    Y leyes dicte al orbe de la tierra!


         XLVIII.

      Que si no le da impulsos la memoria
    De sus altos destinos, ni se afana
    Por ceirse el laurel de la victoria,
    Dbele  Ascanio la ciudad romana.
    Y querr  un hijo defraudar su gloria?
     qu entre gente  su mision profana
    Proyecta? Por lo suyo no suspira?
    Ni all los campos de Lavinio mira?


         XLIX.

      T v; intmale, pues, mi mandamiento:
    Yo mando, en conclusion, se haga  la vela!
    Dijo;  su voz el mensajero atento,
    Cumplir el cargo presuroso anhela;
    Y la sandalia calza en el momento,
    La urea sandalia con que alado vuela
    Cual soplo de los cfiros, lo mismo
    Sobre la tierra y sobre undoso abismo.


         L.

      Cobra en seguida el Dios su caduceo:
    Con l las sombras plidas evoca
    Que yacen en el Orco, y al Leteo
    Lleva tambien las nimas: provoca
    Y disipa los sueos  deseo;
    Los mustios ojos abre si los toca:
    Con l nublados trata, auras domina;
    Y ya volando  Atlante se avecina.


         LI.

      El cual con pinos hrrida levanta,
    Y de hoscas nubes guarnecida ostenta
    Su anciana frente, estriba en firme planta,
    Y el alto cielo sobre s sustenta:
    Nieve arropa sus hombros; se quebranta
    En sus flancos rugiendo la tormenta,
    Y  trechos en arroyos se desliza
    El bronco hielo que su barba eriza.


         LII.

      All el cilenio Dios descanso toma;
    Paz da  las alas que al igual batia,
    Y luego al mar con fuerza se desploma;
    Y cual ave que al pez la gruta espa
    Y en las playas, rasando el alga, asoma,
    Tal  las costas lbicas vena,
    Distante en breve del materno abuelo,
    Entre agua y tierra el Dios  salto y vuelo.


         LIII.

      No bien chozas toc su planta alada
    Muros trazando y casas al caudillo
    Troyano ve, cuya ceida espada
    Puntas de jaspe esmaltan de amarillo,
    Y  quien clmide en prpura baada
    Los hombros cubre con ardiente brillo:
    Obsequios de la rica soberana
    Que con oro sutil bord la grana.


         LIV.

      Fu uno verle y ponrsele delante:
    T  echar las bases de Cartago atento?
    T ornando esta ciudad, postrado amante?
    T de tus hados sordo al llamamiento:
    Pues dme--que de Olimpo radiante
    Me enva  ti por sobre el raudo viento
    El que el mundo gobierna y las esferas--
    Qu es lo que en Libia descuidado esperas?


         LV.

      Que si no te da impulsos la memoria
    De tus altos destinos, ni te afanas
    Por ceirte el laurel de la victoria,
    Mira  Ascanio crecer: las italianas
    Comarcas son su herencia; all su gloria
    De un hijo hars las esperanzas vanas?...
    Call, y la vista deslumbrada deja,
    Y cual sombra en el aire huye y se aleja.


         LVI.

      Qued Enas absorto, hspido el pelo,
    Hecha un nudo la voz en la garganta.
    Ya en dejar piensa aquel amado suelo,
    Que la divina inspiracion le espanta.
    Mas duro trance! amargo desconsuelo!
    Ir  anunciar que el ncora levanta
    A aquella que por l de amor fallece!...
    Cmo, no sabe, ni por dnde empiece.


         LVII.

      Propnese mil cosas, y cuan presto
    Se fija en una,  esotra vuelve en tanto;
    Vacila: al fin resuelve, y  Sergesto
    Y  Mnesteo convoca, y  Cloanto:
    Que hagan, les manda, sin rumor apresto
    De embarcaciones; que su gente  canto
    Reunan de zarpar; armas prevengan,
    Y sus intentos bajo sello tengan.


         LVIII.

      Que l entre tanto con mesura y tiento--
    Pues la esplndida Dido nada sabe,
    Ni espera que en eterno alejamiento
    Aquel tan grande amor tan presto acabe--
    Para hablarle, buscando ir momento
    El ms propicio, y modo el ms save:
    Esta es su voluntad. Todos aprueban,
    Y alegres el mandato  cabo llevan.


         LIX.

      Cmo engaar  un corazon que ama?
    Ella todo lo sabe, lo adivina;
    Fu quien primero descubri la trama,
    Y, un en horas serenas, de rina
    Amagos presinti. Qu ms? La Fama
    Sus ocultos recelos amotina,
    Maligna susurrando que aparejan
    Naves los Teucros; que  Cartago dejan.


         LX.

      Fuera de tino la soberbia amante
    Corre por la ciudad, como se agita
    En las rgias solemnes la bacante
    Cuando oye en torno la vinosa grita.
    Y los tirsos descubre, y resonante
    A sus misterios Citeron la invita:
    Tal va la Reina, y tal sin ms recato
    Vuela  afrentar al amador ingrato.


         LXI.

      Disimular oh prfido! esperaste
    Tu malvada intencion, tu felona?
    Y tu nave en mi puerto imaginaste
    Que en silencio las velas soltaria?
    Cosa no habr que  disuadirte baste?
    Ni mi amor, ni la fe jurada un dia?
    Ni reparar en Dido sin ventura,
    Que por ti morir de muerte dura?


         LXII.

      Y que en lo crudo de hibernales meses
    Quieras de presto aderezar tu flota!
    Que tanto en levar ferro te intereses
    Cuando ms Aquilon la espuma azota!
    Dme, cruel, si en lejana vieses
    No extraos campos, no ciudad ignota,
    Mas renaciente  Troya,  tus hogares
    Cruzando irias procelosos mares?


         LXIII.

      Huyes de m! Mas nuestra union te pido
    Que recuerdes; y este nico tesoro
    Que reserv, mi corazon herido,
    Mrale aqu, y las lgrimas que lloro!
    Si algo te merec, si hallaste en Dido
    Algo de amable, tu clemencia imploro!
    Mi trono hundirse ves sin sentimiento?
    Ah! si un vale rogar, muda de intento!


         LXIV.

      Nmades reyes, gentes confinantes
    Me odian por ti; mi pueblo me desama;
    Por ti inmol el pudor, y la que ntes
    Me alzaba  las estrellas, limpia fama.
    Oh husped! en mis ltimos instantes
    Me abandonas; y  quin? Mi voz te llama
    Husped; fuiste mi esposo. Mas qu tardo?
    Al extranjero  al hermano aguardo?


         LXV.

      Yrbas feroz, que mi persona aprese?
    Pigmalon, que mi nacion arrase?
    Oh! si ntes de esa fuga al mnos de ese
    Amor alguna prenda me quedase:
    Un tierno Enas que en mi hogar corriese
    Que en su rostro infantil tu faz copiase!
    No tan desamparada me veria;
    No fuera tan cruel tu accion impa!


         LXVI.

      l, que de Jove, mintras ella hablaba,
    Guarda en su mente el mandamiento impreso,
    Fijos los ojos en el suelo clava,
    Mudo resiste del dolor al peso.
    Mi gratitud tu esplendidez alaba,
    Esto al fin dijo apnas; y confieso
    Que si arguyes oh Reina! con mercedes,
    Muchas y grandes recordarme puedes.


         LXVII.

      Yo llevar al recuerdo de esos dones
    La imgen tuya dulcemente unida,
    Mintras guarde mis propias tradiciones,
    Mintras mi pecho aliente aura de vida.
    Mas oye, en la cuestion, breves razones:
    No pensaba ocultarte mi partida,
    Ni de union conyugal te hice promesa;
    No as te engaes: mi mision no es sa.


         LXVIII.

      No ves que si el destino me otorgara
    Guiar las cosas, reparando males,
    Ya hubiera visto por mi patria cara?
    Podria de sus hroes los mortales
    Restos honrar; al golpe de mi vara
    Se alzaran sus alczares reales,
    Y poderosa, como en ntes era,
    Troya de sus cenizas renaciera!


         LXIX.

      Mas ay! la voz de orculo divino
    Fuerza mi voluntad, Febo me guia;
    Navegar para Italia es mi destino,
    Ya ste es mi amor, y esta es la patria mia!
    Cual hoy Troyano  Ausonia me encamino,
    Tiria  Cartago t viniste un dia;
    Ya en paz la riges: en igual manera
    Buscarlos, do reinar, zona extranjera.


         LXX.

      Mi padre Anquses, cuando en alto vuelo
    La noche entolda el orbe de la tierra
    Y brillan las estrellas por el cielo,
    En sueos me habla, y su actitud me aterra:
    Mi hijo Ascanio me es causa de desvelo,
    Y en l mirando, el corazon se cierra;
    Que aqu, distante del confin hesperio,
    Yo le defraudo el prometido imperio.


         LXXI.

      No h mucho el nuncio de los Dioses vino;
    Por vida de ambos que le vi te juro,
    Enviado por Jpiter, camino
    Por los aires abrir, y entrar el muro:
    Estoy mirando su esplendor divino;
    Oyendo estoy su mandamiento duro!
    No me des ms, no ms te des tormento;
    Llvanme  Italia, y con dolor me ausento!


         LXXII.

      Mintras hablaba, fiera y desdeosa
    Con ardiente inquietud ella le mira;
    Mirndole en silencio, ira rebosa,
    Y lugo  voces se desata en ira:
    No fu tu madre, prfido! una Diosa,
    Que desciendes de Drdano es mentira;
    Cucaso te engendr entre hrridos lechos,
    Hircana tigre te cri  sus pechos!


         LXXIII.

      Ya qu hay que disfrazar? qu ms espero?
    Ve llorando  su amante, y se contrista?
    Le merec una lgrima, un ligero
    Signo de compasin? volvi la vista?
    Cielos! Qu agravio acusar primero?
    Cul Dios habr que  vindicarme asista?
    Ni Juno ya, ni Jove, oh desengao!
    Con justa indignacin miran mi dao.


         LXXIV.

      Oh justicia! oh lealtad! nombres vacos!
    Yo nufrago, desnudo, falleciente
    Le recog, le abr los reinos mios,
    El imperio con l part demente!
    Yo los restos salv de sus navos,
    Yo libr de morir su triste gente!...
    A dnde me despea el pensamiento?
    Llevada de furor, arder me siento!


         LXXV.

      Y ahora la voz de orculo divino
    Fuerza su voluntad! Febo le guia!
    Ni h mucho el nuncio de los Dioses vino,
    Y es heraldo que Jpiter le enva!
    Y en los aires abrindose camino
    Le trae la rden fatal! Quin pensaria
    Que hubiesen de alterar cuidados tales
    La alta paz de los Dioses inmortales!


         LXXVI.

      Nada te objeto, ni partir te impido:
    V, y por medio del mar, en seguimiento
    Camina de ese imperio prometido;
    Busca esa Italia con favor del viento!
    Mas si justas deidades, fementido,
    Algo pueden, te juro que el tormento
    Hallars, entre escollos, que mereces,
    Y  Dido por su nombre all mil veces


         LXXVII.

      Invocars; y Dido abandonada,
    Con tea humosa aterrar tu mente;
    Y cuando  manos de la muerte helada
    Salga del cuerpo esta nima doliente,
    Yo, vengadora sombra,  tu mirada
    En todas partes estar presente!
    Tu crmen pagars; sabrse, oirlo:
    Eso en el Orco ir  acallar mi duelo!


         LXXVIII.

      Ella sbito aqu la voz detiene,
    Y huye la luz odiosa con gemido;
    El, que  oponer razones se previene,
    Queda atnito, absorto, atontecido.
    Y h aqu un grupo de esclavas la sostiene
    En brazos; y la llevan sin sentido
    Al tlamo, de mrmoles labrado,
    Y la reclinan sobre el regio estrado.


         LXXIX.

      Cierto que con palabras de dulzura
    El religioso prncipe quisiera
    Mitigar de la triste la amargura
    Y el dolor suavizar que la exaspera.
    Gime l de corazon su desventura,
    Que amor le oprime con angustia fiera;
    Todo, empero, lo vence, y determina
    Recto cumplir la voluntad divina.


         LXXX.

      Ya  revistar su armada acude al puerto,
    Y ya las altas popas de la orilla
    Los Troyanos alanzan de concierto;
    Flota liviana la embreada quilla.
    Remos y tablas da, de hoja cubierto,
    Tronco informe, un no bien la hacha le humilla;
    Y en este afan por coronar la empresa,
    Salen de la ciudad todos de priesa.


         LXXXI.

      Tal las hormigas prvidas saquean
    Riquezas que en sus antros acumulan;
    Y, en la hierba cruzndose, negrean,
    Y en senda angosta, por do van, pululan:
    Unas  empuje granos acarrean,
    Otras,  la que tarda ora estimulan,
    Corrigen ora  la que pierde el tino;
    Con tanta agitacion hierve el camino.


         LXXXII.

      Tu pobre corazon qu sentiria!
    Cun grande hubo de ser, Dido, tu pena,
    Cuando hirviente la playa en lejana
    Atalayabas desde la alta almena!
    Qu, al sentir la confusa vocera
    Con que al mar asordaba la faena!...
    T  qu un alma no obligas, amor ciego?
    Por ti ella al lloro vuelve, y vuelve al ruego.


         LXXXIII.

      Con interpuestas splicas ensaya
    Ir  amansar rebeldes sentimientos;
    Que morir no es prudente sin que haya
    Esforzado los ltimos intentos:
    Ay, Ana! ves bullir toda la playa?
    Mralos: corren, vuelan; ya contentos
    Las popas adornaron de coronas;
    Ya convidan al cfiro sus lonas.


         LXXXIV.

      Yo que pude esperar dolor tan fiero
    Lo sabr soportar, hermana mia.
    Este nico favor te pido, empero:
    Pues te preciaba en tanto, y ser solia
    El prfido contigo verdadero,
    Y t hallabas sazon de entrarle y via,
    Anda, y doblar con splicas procura
    Esa cerviz cual de enemigo dura.


         LXXXV.

      Que no con Griegos, le dirs, la guerra
    Jur en ulide, naves  hacer riza
    No envi  Troya, no mov la tierra
    Que cubre de su padre la ceniza.
    Pues por qu oidos  mi llanto cierra?
    Qu huye azorado as? Quin le hostiliza?
    Buen viento espere y que la mar se ablande:
    Es gracia, y la postrera que demande.


         LXXXVI.

      No ya que vuelva por la fe de esposo
    Ni  ese Lacio renuncie tan querido,
    Que le costara asaz, pedirle oso,
    Tiempo (nada le cuesta) es cuanto pido!
    Tregua al dolor, momentos de reposo
    D, en que el pecho  sufrir se avece herido!
    Esto ruego; s, hermana, compasiva;
    Haz esto, y soy tu esclava mintras viva.


         LXXXVII.

      Tal la triste con lgrimas decia;
    Tal  Enas con lgrimas la hermana
    Habla, y vuelve, y retorna, y su porfa
    (No hay con l argir) fatiga es vana;
    Que ni por llantos su intencion vara,
    Ni  ruegos ya su voluntad se allana;
    Rigor del hado: al penetrar su oido
    Embota un Dios la fuerza del gemido.


         LXXXVIII.

      Cual recio, antiguo roble  quien trabada
    Legion de vientos en el Alpe embiste;
    Braman; cruje la rama atormentada
    Y de hoja el suelo en derredor se viste;
    Mas l, asido de peascos, nada
    Teme, y  opuestos mpetus resiste,
    Y el cielo con su copa hiriendo altiva,
    Con raz honda en el Averno estriba;


         LXXXIX.

      l as de querellas golpeado,
    Cuando su angustia divertir no pueda
    Tenaz resiste de constancia armado;
    Intil llanto de los ojos rueda.
    Mas Dido,  quien temblar hace su hado,
    Morir quiere que el cielo la conceda;
    Ni la bveda esplndida celeste
    Torna  mirar sin que pesar le cueste.


         XC.

      Fortuna, que en su dao se encruelece,
    Porque su infausto fin seguro sea
    Hace que  tiempo que devota ofrece
    Dones en la ara do el incienso humea,
    Note el agua lustral que se ennegrece
    Y en sangre el vino corromperse vea.
    Oh vista horrible! Atnita, confusa,
    un  su hermana declararlo excusa.


         XCI.

      Dedicado  Siqueo un templo habia,
    Todo de mrmol, al palacio adjunto:
    Ella le ama, ella le honra, y le atava
    Con velos blancos como nieve, junto
    Con tiernas ramas. En la noche umbra
    Parecile que el cnyuge difunto
    La llama, del oscuro monumento
    Con misteriosa voz, con hondo acento.


         XCII.

      Oy  un buho tambien que se lamenta
    Solitario en los altos torreones
    Con lloroso clamor; su duelo aumenta
    El recuerdo de aciagas predicciones.
    Enas mismo en sueos la atormenta;
    Y por largo camino, por regiones
    Aridas, siempre sola, peregrina,
    Ir buscando  los suyos se imagina.


         XCIII.

      Tal las huestes de Eumnides Penteo
    Y dos soles, dos Tbas mira insano;
    Tal Orstes con ciego devaneo
    Comparece en la escena huyendo en vano:
    Con fuego y sierpes tras el hijo reo
    Arma una sombra la terrible mano,
    Y vengadoras Furias las entradas
    Sitian del templo, en el umbral sentadas.


         XCIV.

      El dolor la ha vencido; la despea
    El furor: el partido extremo abraza;
    Y en su mente los trmites disea,
    Acuerda el modo, y el momento aplaza.
    Su intento oculta, y con la faz risuea
    Dice  la triste hermana: Hall la traza
    Como al ingrato  reducir acierte,
     de l mi atado corazon liberte.


         XCV.

      Me des la enhorabuena, hermana, espero;
    Mas oye el caso. En el pas lejano
    Que ve del sol el resplandor postrero
    Y el lmite final del Oceano,
    All demora el ltimo lindero
    Que posee atezado el Africano;
    All el cielo con fuego rutilante
    Rueda en los hombros del eterno Atlante.


         XCVI.

      Hija de esos incgnitos confines,
    Con fuerte encanto vindicarme fia
    Negra maga que el templo y los jardines
    Guard de las Hesprides un dia:
    Ella daba sustento  los mastines,
    Y el rbol milagroso defendia,
    Y de amapola soporosa, y blanda
    Miel, esparcia la eficaz vanda.


         XCVII.

      Que ardores hiela con sus cantos jura,
    Y da al helado fuego en que se queme;
    Ataja los torrentes, y en la altura
    Suspenso el astro sus hechizos teme;
    Sombras evoca entre la noche oscura,
    Y oirs bajo sus pis cul muje y treme
    La tierra; y cul, vers, los fresnos bajan,
    Que al conjuro, del monte se descuajan.


         XCVIII.

      T, en lo interior, si mi salud deseas,
    Alza al raso una hoguera sin testigo
    (Salo el Cielo, y t, mi bien, lo seas,
    Que  usar de esta arte  mi pesar me obligo).
    La espada que dej pendiente Enas,
    El lecho que en mi mal nos fuera amigo,
    Ponlo all todo; la adivina aguarda
    Que no quede reliquia sin que arda.


         XCIX.

      En sus labios aqu se hel la risa,
    Y ocupa el rostro palidez funesta;
    Mas ay! en balde en su silencio avisa
    Que un nuevo estilo funerario apresta;
    Ana ciega un no en Dido aquel divisa
    Mental furor; ni la imagina expuesta
     golpe ms cruel, dolor ms crudo
    Que en muerte del marido estarlo pudo.


         C.

      Y as ignorante la infeliz jornada
    Va  preparar. La Reina, en cuanto mira
    Al cielo descubierto levantada
    En el patio interior la triste pira,
    Con leos resinosos solidada
    Y con rajas de roble, en torno gira
    Tendiendo hojosa amenidad, y al muro
    Guirnaldas cuelga de verdor oscuro.


         CI.

      Y sobre el lecho, con fingido intento
    La efigie y armas del traidor coloca:
    En torno hay aras: con horrible acento
    La hechicera, en cabello, al Cielo toca;
    Y deidades all tres veces ciento,
    Y al negro Caos y al Erebo invoca,
    Y, vrgen en tres fases conocida,
    En tres formas  Hcate apellida.


         CII.

      Con aguas ya que del Averno el cieno
    Mustias figuran, libacion se hizo;
    Y allganse, cargados de veneno,
    La hierba pubescente, el tallo rizo
    Que de la luna al esplendor sereno
    Cort segur de cobre; y el hechizo
    Que, hurtado  la cerviz de potro tierno,
    Falto dejle del amor materno.


         CIII.

      Dido misma la sal ofrenda y trigo,
    Un pi descalzo, desceido el manto,
     invoca  las estrellas, por testigo
    Tomando de su fin al Cielo santo:
    Ellas su historia saben, y si amigo
    Hubo algun Dios  quien moviese el llanto
    De amantes mal pagados, se pide
    Vea en su causa y de vengarla cuide.


         CIV.

      Era la noche: al medio del camino
    Iban los astros por el alto Cielo;
    Calla el bosque y el pilago marino;
    Yacen los brutos que sustenta el suelo:
    Ni en breas ni por lago cristalino
    Se ve de ave esmaltada salto  vuelo:
    Todo est en calma, y todo mal se olvida;
    Naturaleza yace adormecida.


         CV.

      Slo Dido sus penas no adormece;
    No se hizo el sueo para angustia tanta
    Ni sus ojos ni su alma favorece
    Muda la noche con su sombra santa:
    Amor entre su pecho se embravece
    Y nuevas olas sin cesar levanta;
    Y de ellas combatida, de esta suerte
    Torna consigo  disputar su muerte:


         CVI.

      Qu he de hacer? Oh tormentos inhumanos!
    Buscar mis antiguos amadores?
    Ir humilde  los reyes comarcanos?
    Yo pis su esperanza y sus amores!
    Seguir, triste sierva,  los Troyanos?
    Harto gratos han sido  mis favores!
    Ni  bordo su altivez me sufriria?
    Qu, un no he probado bien la alevosa


         CVII.

      De esa de Laomedonte infame raza?
    Sola ir tras su pompa?  con los mios
    Volar armada en pos  darles caza?
    Mas si  stos de sus trminos nato.
    Arranqu  viva fuerza, con qu traza
    Los mover  tornar  los navos?
    No, no; mi salvacion la muerte sea;
    Calle  hierro el dolor de una alma rea!


         CVIII.

      T, hermana, t  mis llantos indulgente,
    Mrgen diste  tan grande pesadumbre,
    T doblaste al amor mi dcil frente!...
    Yo que pude, ejerciendo la costumbre
    De la bestia del campo independiente,
    Libre vagar de acerba servidumbre!...
    Muere, infiel de tu esposo  la ceniza!...
    Querellndose as, Dido agoniza.


         CIX.

      En tanto Enas, todo ya dispuesto,
    Ajeno l mismo de temor, dormido
    Quedse en la alta popa: al Dios en esto
    Torna  mirar, que en las murallas vido:
    Con la propia actitud, la voz, el gesto
    Viene, en todo  Mercurio parecido;
    Aureo cabello y juvenil belleza
    Ornan sus blandas formas, y as empieza:


         CX.

      En mal punto en sus brazos te entretiene
    El sueo, hijo de Vnus! Alza y mira,
    Torna el dao  mirar que sobreviene,
    Y oye  Favonio que oportuno espira!
    Los lazos sabes t que ella previene?
    Fragua es su pecho de furente ira;
    Y ya, de perecer determinada,
    Nada respeta, ni le espanta nada.


         CXI.

      Y no ser que por el ponto vueles
    Ganando estos momentos? Guay si esperas
     la luz de la aurora! Hachas crueles
    Arder vers, y levantarse hogueras,
    Y en la mar encontrarse los bajeles,
    Y ocupar el incendio las riberas!
    Acude, iza la vela, corta el cable!
    Sr vario es la mujer siempre y mudable.


         CXII.

      Dijo; y si ntes radioso, se incorpora
    En las lbregas sombras. El durmiente
    Con la total oscuridad se azora,
    Abre los ojos y lzase impaciente.
    Ss, clama, compaeros!  la hora
    Acorred  los bancos! No consiente
    Tardanzas la ocasion: las velas pronto
    Dad  los vientos, y la flota al ponto!


         CXIII.

      Otra vez de los reinos celestiales
    Esto nos manda santo mensajero:
    Quienquier seas oh Nmen! con triunfales
    Aplausos otra vez el fausto agero
    Seguimos de tu voz. As seales
    El deseado rumbo al marinero!
    As hagas por el Cielo que nos rian
    Las lumbres bellas que al errante guian!


         CXIV.

      Dice; y vuela, y la amarra del navo
    Corta de un tajo de fulmnea espada;
    A su ejemplo,  su impulso, el mismo bro
    A los pechos de todos se traslada.
    Ya arrancan, ya se llevan; ya vaco
    Qued el playon: debajo de la armada
    La mar se oculta, y al batir contino
    Cubren de espuma el lquido camino.


         CXV.

      El ureo lecho de Titon la aurora
    Tmida deja, entre celajes raya,
    Y ya su lumbre, que horizontes dora,
    Ve la Reina infeliz de la atalaya;
    Ve la armada alejarse voladora
    Con las velas parejas; ve la playa
    Desamparada, y el desnudo puerto,
    Y todo siente estar mudo y desierto.


         CXVI.

      Y el tierno pecho ofende y los cabellos:
    Y esos advenedizos mi esperanza
    Burlarn, dice, con erguidos cuellos?
    Impune al ponto el prfido se lanza?
    No corre en armas mi ciudad  ellos?
    Naves no parten  tomar venganza?
    Id, hachas menead, asid los remos!
    Soltad las velas! por el mar volemos!


         CXVII.

      Qu digo? Dnde estoy? Qu desvaro
    Trastorna mi razon? Dido infelice!
    Ya el peso sientes de tu sino impo!
    Cuando partija de mi cetro hice,
    Convino este furor; ya, ya es tardo!
    Traidor! Y lugo de l que va se dice
    Con los patrios Penates; que de escombros
    Salvo al anciano padre sac en hombros!


         CXVIII.

      Ah! sus cuerpos hacer trozos sin cuento
    Pude, y de ellos sembrar la onda brava!
    Matar al hijo, y el manjar sangriento
    Pude al padre servir; quin lo impedia?
    Peligro, cul? Morir era mi intento!
    Yo  sus tiendas llevara llama impa;
    Yo al padre, al hijo,  todos, muerte fiera!
    Yo los matara all; lugo, muriera!


         CXIX.

      Sol, cuya luz los mbitos visita,
    T que todo descubres, nada ignoras!
    Juno, que viste mi amorosa cuita
    Nacer, y hoy mides mis finales horas!
    Hcate,  quien en calle tripartita
    Claman de noche! Furias vengadoras!
    Oh Dioses, cuantos veis mi afan postrero!
    Yo imploro compasion, justicia espero!


         CXX.

      Mi ruego od: si firme persevera
    El hado que  ese infame lleva  puerto;
    Si en esto Jove su querer no altera,
    Que el fijado confin le aguarde cierto;
    Mas tribu audaz contrstele siquiera,
    Y en peligro se mire y desconcierto,
    Y parta, el corazon vuelto pedazos,
    Del dulce nido y los filiales brazos.


         CXXI.

      Y vague, auxilios mendigando; y vea
    Cmo  los suyos la fortuna humilla;
    Ni el reino goce y calma que desea
    Paz ajustando,  su valor mancilla.
    Herido sin sazon de muerte sea!
    Yazga insepulto en solitaria orilla!
    Esto, oh Nmenes! pido; ved en ello:
    Yo mi demanda con mi sangre sello.


         CXXII.

      Vosotros, cual leales corazones,
    Tirios, haced de vuestros odios prueba
    Sobre esa raza en cien generaciones,
    Y honra tan grande mi ceniza os deba.
    Nunca amistad entre las dos naciones;
    No haya quien pactos de concordia mueva;
    Mas nacer sobre mi tumba, fio,
    Quien aplaque la sed del furor mio.


         CXXIII.

      lzate, vengador amenazante,
    Acelera los tiempos; y ahora, y lugo,
    Tu sombra por do vayan los espante;
    Arrllalos feroz  sangre y fuego.
    Y muro contra muro se levante;
    Y un mar contra otro mar se ensae ciego;
    Y pueblo contra pueblo alce la frente;
    Y guerra eterna mi rencor sustente!


         CXXIV.

      Dice; y buscando al nima salida,
     todas partes la atencion convierte;
    Y de Siqueo  la nutriz convida
    Al misterio, que encubre, de su muerte:
    (De Siqueo; la suya, reducida
    Yace h tiempo en la patria  polvo inerte)
    Barce, mi fiel nodriza, vuela exclama:
    V, y al sacro festin mi hermana llama.


         CXXV.

      Con agua rocindose primero,
    Que traiga, d, las vctimas, y ofrenda
    Cual pide la expiacion: as la espero;
    Y t cie  la sien piadosa venda.
    Ya celebrar la ceremonia quiero
    Que  Pluton ofrec: mi pena horrenda
    Hoy debe de acabar; que de ese injusto
    Hoy tiro al fuego el ominoso busto.


         CXXVI.

      Dice; y mover esotra el paso intenta
    Con senil priesa. Mas la audaz amante,
    Terrible con la idea que apacienta,
    Temblorosa la faz, la vista errante,
    Torva en el ceo, en el mirar sangrienta,
    Jaspeado de visos el semblante,
    Plida de la muerte ya cercana
    Vuela al recinto funeral insana.


         CXXVII.

      La alta hoguera con fiero desenfado
    Monta; la espada desnud con ira
    (Dn no  tal ministerio destinado);
    Mas cuando el lecho y los vestidos mira,
    Memorias, ay! de tiempo fortunado,
    Reprtase y con lgrimas suspira;
    Y arranca as, postrndose en el lecho,
    Los ltimos sollozos de su pecho:


         CXXVIII.

      Oh dulces prendas con mejor fortuna!
    Dulces por siempre cuando Dios queria!
    Mi espritu os entrego, y mi importuna
    Memoria cese con la vida mia!
    La senda anduve que emprend en la cuna;
    Viv las horas que vivir debia:
    Hoy, fin logrando  mseros afanes,
    Van  otro mundo mis augustos manes.


         CXXIX.

      Fund yo una ciudad, ciudad preclara,
    Murallas propias coron mi mano;
    Vengu la sombra del esposo cara;
    Yo tom enmienda del malvado hermano.
    Feliz, harto feliz si no tocara
    Mis costas, nada ms, bajel troyano!
    Y aqu,  par que en el lecho el rostro imprime,
    Morir inulta? mas muramos! gime.


         CXXX.

      As  la eternidad partir me agrada!
    El Drdano este fuego  ver acierte
    Volviendo de la mar una mirada,
    Y el triste agero lleve de mi muerte!
    Dijo; y, herida en esto, derribada,
    La mano en sangre tinta, el hierro fuerte
    Manando sangre las doncellas notan,
    Y el palacio  gemidos alborotan.


         CXXXI.

      Ya la Fama fatdicos rumores
    Va furiosa esparciendo en giro vago;
    Todo es lamento y llantos y clamores;
    Todo es alarma de espantoso estrago.
    Parece cual si entrasen vencedores
    La antigua Tiro  la imperial Cartago,
    O que incendio voraz llamas crueles
    Tendiese por los altos capiteles.


         CXXXII.

      Oye el caso la hermana, y rostro y pecho
    Desesperada hiere en modo rudo;
    Al lgubre lugar vuela derecho,
    Y  Dido llama con lamento agudo:
    Y esto significaba el ara, el lecho!
    Esto intentabas! Y ofenderte pudo
    Que te hiciese en la muerte compaa!
    T me engaabas, ah! yo te creia!


         CXXXIII.

      Por que no me invitaste,  ley de hermanos?
    Contigo  un tiempo con placer muriera!
    No que hora abandonada ... Y por mis manos
    Yo propia, ay infeliz! alc esta hoguera!
    Yo invocaba  los Dioses soberanos
    Porque, espirando t, yo ljos fuera!
    Te perd; me perd: Pueblo, Senado,
    Patria, todo lo hund! Nada ha quedado!


         CXXXIV.

      Agua traed y lavar la herida;
    Yo sus heridas lavar ... Si errante
    Vaga en su labio un hlito de vida,
    Yo le recoja con mi labio amante!
    Ya en el estrado fnebre subida
    Tal dice, y  la hermana agonizante
    Ella al seno fomenta entre gemidos,
    Ella aplica  la sangre sus vestidos.


         CXXXV.

      Los mustios ojos con fatiga vana
    Trata de alzar la moribunda Dido:
    Fltanle ya las fuerzas; sangre mana
    Del pecho abierto con cruel sonido.
    El codo apoya, y por alzar se afana
    Tres veces, y tres veces sin sentido
    Cae sobre el lecho. Con errante vista
    Busca la luz, y al verla se contrista.


         CXXXVI.

      La excelsa Juno de mirar se duele
    El largo padecer, la ardua agona,
    Y porque  desatar vnculos vuele
    Que un detienen el alma,  ris enva.
    Ah! loco amor  perecer te impele,
    No el hado; ste, infeliz, no era tu dia!
    Proserpina tu rubia cabellera
    Aun no ha cortado, ni Pluton te espera.


         CXXXVII.

      Vuela ris vaporosa, y en su vuelo
    Brillan las plumas con el sol enfrente;
    Y posndose encima: Manda el Cielo
    Que esta ofrenda  Pluton quite  tu frente;
    Alma, sl fuera! dice; el rizo pelo
    Corta aqu con la diestra, y juntamente
    El calor cesa que en el seno mora
    Y la vida en los aires se evapora.




         LIBRO QUINTO.


         I.

      Ya salvo Enas con sus naves hiende,
    Merced del Aquilon, la mar oscura,
    Y tornando  mirar, su vista ofende
    La dejada ciudad, que arde y fulgura:
    La causa no se ve; mas quin no entiende
    Cunto puede en mujer venganza dura
    Y obstinada pasion? Y as el viajero
    Terror concibe de funesto agero.


         II.

      Despues que ya se hubieron engolfado,
    Y entre agua, al fin, y cielo no ven cosa
    Sino el cielo y el agua, azul nublado
    Sobre las naves slido se posa
    De lobreguez y tempestad cargado:
    Con tristes amenazas espantosa
    La ecurea inmensidad se entenebrece;
    Esfurzanse huracanes, la onda crece.


         III.

      Y en alta popa el plido piloto,
    Qu oscuridad, exclama, el polo llena!
    Cunto mal nos previenes no remoto,
    Oh gran padre Neptuno! Y lugo ordena
    Los aparejos recoger; al Noto
    Torcida vuelve la crujiente antena,
    Y haciendo al remador nuevo conjuro,
    Prosigue as gimiendo Palinuro:


         IV.

      Oh magnnimo Enas! oh rey mio!
    No, si me enviase celestial consuelo
    El mismo Jove, saludar confo
    A Italia nunca con aqueste cielo.
    No ves cmo del vspero sombro
    Los vientos se alzan, y en contrario vuelo
    Vienen furiosos  estrellarse, y cmo
    Condensa el aire cerrazon de plomo?


         V.

      No es dado resistir ni ir adelante:
    Lidiemos no con fuerza, mas con maa,
    Cediendo  la Fortuna, que constante
    Ruta nos marca  nuestro rumbo extraa:
    Erice fraternal no est distante,
    Si ya el catado cielo no me engaa;
    Y as pronto, al torcer, ser que veas
    El sculo confin. Respondi Enas:


         VI.

      Ya he visto al temporal que nos maltrata,
    Eso pedir, y resistir t en vano:
    Rodeos tienta,  la Fortuna acata,
    Y miremos al trmino sicano.
    Y habria tierra para m ms grata
    Que la en que reina Acstes, nuestro hermano,
    Y el caro genitor llorando yace?
    All mi escuadra guarecer me place.


         VII.

      Vir el piloto: cfiros que implora
    Hinchen los lienzos, y la flota vuela:
    Ya rauda hendiendo por el mar la prora
    Al puerto arriba por que el nauta anhela.
    Y  abordar acertaron  la hora
    En que amiga vi Acstes ser la vela
    Que desde alto peon ljos divisa,
    Y al puerto, alborozado, baja aprisa.


         VIII.

       l,  quien Ninfa concibi troyana
    Que el dios Crimiso request de amores,
    Tornar  ver los huspedes le ufana
    Que ama fiel en amor de sus mayores.
    Hrrido anda con piel de osa africana,
    Pertrechado de dardos voladores;
    Y en pompa agreste y rstico atavo
    Hospedaje les brinda franco y pio.


         IX.

      Enas, convocando el pueblo entero,
    En un collado hablles eminente
    Del nuevo dia al esplendor primero:
    Oh dardania nacion! oh diva gente!
    Desde que al padre  quien deidad venero
    Sepultamos aqu, y ara doliente
    Pusimos en su honor, si no me engao
    Cabal su curso ha concluido un ao.


         X.

      ste es el dia, y stos los lugares:
    Triste, qusolo Dios, y sacro dia
    Que yo solemne, levantando altares,
    Do quier me hallase, all celebraria;
    Que  ya me viese en los argivos mares,
    Ya en las gtulas sirtes, ya en la impa
    Micenas,  cautivo  expulsado,
    Siempre honraria al genitor llorado.


         XI.

      Hnos hoy las cenizas paternales
     honrar dispuestos en amigo suelo,
    Traidos  rendir obsequios tales
    No sin visible ordenacion del Cielo.
    Honradlas, pues; pedid vientos iguales,
    Y que l, fundada la ciudad que anhelo,
    En templo que en su honor alzado sea
    Votos aales renovar nos vea.


         XII.

      Acstes, que de Teucro se glora,
    Por cada nao dos bueyes os da ahora:
    Vengan  este festin en compaa
    Nuestros Penates con los que l adora;
    Que despues, si con rayos de alegra
    Ciere al orbe la novena aurora,
    Por m  vosotros cual primeras fiestas
    Regatas en la mar sern propuestas.


         XIII.

      El que en la lucha, en la veloz carrera
     al duro cesto  competir se atreve,
    El que con mano  disparar certera
    El dardo agudo y la saeta leve,
    Concurran  la lid que los espera,
    Y quien ganare el premio, se le lleve.
    Orad en tanto, compaeros mios,
    Y de hoja en derredor la sien cubros.


         XIV.

      Calla; el materno mirto orna su frente:
    Lo imita Helimo, y en su edad florida
    Ascanio, y en la suya decadente
    Acstes, y otros y otros en seguida.
    Va l al sepulcro entre infinita gente,
    Y por sacra costumbre establecida,
    Sangunea libacion en taza doble
    Ofrece, y fresca leche, y nctar noble.


         XV.

      Y lugo el ara de purpreas rosas
    Esparce en torno con su propia mano;
    Y Salve, oh padre! clama, y vos, preciosas
    Cenizas  mi amor vueltas en vano!
    Salve, oh nima y sombra milagrosas!
    No te di, oh padre, el Cielo soberano
    Llegar  Italia y cabe el Tibre amigo
    La anunciada heredad gozar conmigo!


         XVI.

      Tersa, en esta sazon, salir se mira
    Del fondo sepulcral sierpe que ondea
    Y en siete roscas de alongada espira
    Con manso halago el tmulo rodea:
    Cerleas manchas, al compas que gira,
    Desvuelve, con que el lomo se hermosea,
    Y semejan las puntas de la escama
    Aureos destellos y matiz de llama.


         XVII.

      Tal, mirndola el sol, ris destella
    Y de luz entre nublos se matiza.
    Visto el hroe la sierpe, el labio sella
    Absorto; mas recelos tranquiliza,
    Que inocente entre pulcras tazas ella,
    Gustando los manjares, se desliza,
    Y en domstico giro placentero
    Torna  ocultarse do sali primero.


         XVIII.

       genio tutelar de Anquses fuere
    La sierpe,  nmen que el lugar ampara,
    Enas fausto augurio de ello infiere
    Y con nuevo fervor dones repara:
    Dos ovejas, segun usanza, hiere,
    Dos cerdos, dos novillos ante el ara,
    Novillos de negral cerviz; al paso
    Que nctar liba en espumante vaso.


         XIX.

      Con esto de las lbregas regiones
    Salvos los manes de su padre evoca;
    Y, todos imitando sus acciones,
    Hace cada uno lo que hacer le toca:
    Quin acude al altar con oblaciones,
     en rden  la lumbre ollas coloca;
    Quin en la hierba vctimas destriza,
    Quin tuesta entraas  la llama atiza.


         XX.

      Ya los caballos de Faeton lozanos
    Traen sereno el deseado dia:
    Con el nombre de Acstes, montes, llanos
    El anuncio feliz corrido habia;
    Y as acuden los pueblos comarcanos
    En tropel rebosante de alegra,
    Ya  ver los espectculos propuestos,
    Ya el prez tambien  disputar dispuestos.


         XXI.

      En medio el circo ilumin la aurora
    Copia de premios  los ojos grata;
    El verde ramo y palma triunfadora,
    Preciado honor del que mejor combata:
    Y armas, trpodes, vestes que decora
    Purpreo ardor, talentos de oro y plata;
    Y de alto sitio sbito la trompa
    Manda sonando que la lid se rompa.


         XXII.

      Y  par la rompen con igual arreo
    Cuatro naves selectas en la armada:
    Con remeros briosos, por Mnesteo
    Va la rpida Priste gobernada
    (Mnesteo,  quien despues talo veo,
    Del cual, oh Memio! descender te agrada):
    Guias toma  su cargo la Quimera,
    Que ciudad, ms que nave, se creyera:


         XXIII.

      En triple rden de remos  sta mueve
    Con gran vigor la juventud troyana:
    Sergesto generoso ( quien le debe
    La gente Sergia su renombre ufana)
    El gran Centauro  dirigir se atreve:
    Cloanto ( quien por tronco la romana
    Familia de Cluento reconoce)
    La Scila azul turqu monta veloce.


         XXIV.

      Hay distante en el mar un risco, enfrente
    De las riberas que la espuma baa:
    Cuando el Cielo se entolda, el mar furente
    Concentra all su bramadora saa:
    Mas  erguirse el peon torna imponente
    Cuando duerme la lquida campaa,
    Y da en flanco espacioso al gil mergo
    Para enjugarse al sol plcido albergo.


         XXV.

      All una meta de frondosa encina
    Enas pone,  donde el nauta vaya
    A doblar la carrera, y si lo atina,
    En bajel vencedor torne  la playa.
    La suerte  los caudillos determina
    Puesto; cada uno en alta popa raya
    Por la vestida prpura y el oro,
    Y  lo ljos esplende su tesoro.


         XXVI.

      Baados con aceite reluciente
    Las desnudas espaldas, y ceidos
    Con ramaje de lamo la frente,
    Al banco acuden los demas, fornidos;
    Y, la mano en los remos impaciente,
    Y atentos al anuncio los oidos,
    Codicia de loor, sed de combate
    Les hinche el corazon, que duda y late.


         XXVII.

      El clarin reson; y en un momento
    Todos del puesto arrancan  porfa:
    Retiembla el mar, retumba el firmamento
    Con el nutico estruendo y gritera:
    Abren los brazos al batir violento
    Surcos iguales y espumosa via,
    Y  un tiempo remos y tridentes proras
    Las aguas por doquier rompen sonoras.


         XXVIII.

      No en el estadio as se precipita
    Carro de dos corceles que se arroja
    La palma  arrebatar, ni tal se agita
    El conductor que la tardanza enoja;
    El cual el volador tiro concita
    Sacudiendo sobre l la brida floja;
    Blande el azote, y  blandirlo atento,
    Parece, de encorvado, ir por el viento.


         XXIX.

      Clamores suenan por el bosque umbro
    De grupos en el triunfo interesados;
    Vuelve herida la playa el vocero,
    Y le vuelven en ecos los collados.
    Entre gente y rumor Gias con bro
    Hendi el primero los salobres vados;
    Cloanto  par, mejor en remos, viene,
    Bien que el peso la nave le detiene.


         XXX.

      Priste y Centauro en pos  una se lanzan,
    Y cada cual adelantarse espera:
    Alternativamente ora se alcanzan
    Cuando alguna tom la delantera;
    Ora las proas ateniendo, avanzan
    Con larga quilla en rpida carrera;
    Ya al escollo llegando iban, en suma,
    Resuelto el ponto en albicante espuma.


         XXXI.

      H aqu entre todos victorioso Gias
    A su piloto reprendiendo, exclama:
    Por qu  derecha desviar porfas?
    Torna, Mentes, do el honor nos llama:
    Las otras por el mar rueden baldas;
    Nuestra nave el peon deja que lama!
    Tal dice; mas temiendo mpio bajo
    Tuerce hcia el mar Mentes el navo.


         XXXII.

      Y otra vez Gias con furor le intima:
    Torna, Mentes,  la izquierda! En esto
    Siente  Cloanto que le viene encima
    Y  ganarle de mano acude presto:
    Ya  las rocas sonantes se aproxima
    Entre ellas y l lanzndose interpuesto,
    Y  ambos atras dejndolos de pronto,
    En bajel triunfador boga en el ponto.


         XXXIII.

      Al mancebo en la faz saltle el lloro,
    Y hasta los huesos le mordi la ira:
    Ni oye la voz del personal decoro
    Ni de los suyos la salud ya mira;
    Mas de alta popa al pilago sonoro
    Brusco  Mentes de cabeza tira;
    Y activo en su lugar, exhorta, empea,
    Y, rigiendo el timon, va hcia la pea.


         XXXIV.

      Mentes, de los aos abatido,
    Salir apnas del abismo pudo;
    Y sacudiendo el hmedo vestido
    Trepa  secarse en el peon desnudo.
    Ri la juventud cuando le vido
    Hundirse de cabeza al golpe rudo;
    Bregar lugo, y despues que brega y nada,
    Revesar la onda que trag salada.


         XXXV.

      Viendo  Gias, Mnesteo la esperanza
    Cobra de rebasarle. Al par rebosa
    Sergesto en ella, y, el primero, alanza
    Su nave hcia el peasco presurosa:
    Esta, mitad  su rival se avanza,
    Mitad la Priste su costado acosa;
    Y en fuerza del peligro y del deseo,
    Recorriendo el bajel habl Mnesteo:


         XXXVI.

      Soldados de Hctor, que la patria mia
    Mir  mi lado en la final pelea!
    Como en las sirtes gtulas fu un dia,
    En este lance vuestro aliento sea;
    Cual ya en el jonio mar, vuestra osada,
    O en las rpidas ondas de Malea.
    Ni aspiro  ser primero. Oh, si pudiese ...
    No;  quien lo di Neptuno, el triunfo es de se!


         XXXVII.

      Mas no el pudor postreros ir consiente;
    Lo que honor manda, compaeros, pido.
    Calla; saca,  su voz, vigor su gente;
    Cruje la popa al golpe repetido;
    Huye la mar; anhlito frecuente
    Brotan las secas fauces con sonido;
    Los cuerpos dobla agitacion extraa,
    Y abundante sudor sus miembros baa.


         XXXVIII.

      H aqu vencer les di sbito caso;
    Y fu as que forzando espacio estrecho,
    Meti Sergesto el imprudente vaso
    Entre las peas  encallar derecho:
    La roca retembl con el fracaso;
    Se oy el remo crujir cuasi deshecho
    En puntas de coral, do sin defensa
    Entr la proa y se aferr suspensa.


         XXXIX.

      Los marinos con alto clamoreo
    Hacen si al pronto yertos, de ferrados
    Chuzos y picas oportuno empleo
    Por desclavar los remos quebrantados.
    Gozoso en tanto,  buen remar, Mnesteo,
    Propicios ya los vientos y los hados,
    Tiende el rumbo  do el pilago declina,
    Y raudo y libre por el mar camina.


         XL.

      Cual vuela por el campo, alborotada
    Con el pavor de sbito estallido,
    La paloma que tiene en la albarrada
    Su dulce imperio y su amoroso nido;
    Bate sobre su rstica morada
    Las plumas, al salir, con recio ruido,
    Y despues remontndose en el cielo
    Las alas tiende en silencioso vuelo:


         XLI.

      As la Priste, que fatiga tanta
    Tomaba forcejando la postrera,
    Con mpetu espontneo se levanta
    Y huyendo por las ondas va ligera.
    Lo primero,  Sergesto se adelanta
    Con su nave entre escollos prisionera,
    Y all haciendo le deja vanos votos
    E ideando volar con remos rotos.


         XLII.

      Tras Gias sigue, y  su nao pujante,
    Falta ya de piloto, desafa:
    Vence; slo Cloanto va delante;
    Y vuela en pos, creciendo su osada:
    Redblase la grita estimulante
    De los espectadores, que  porfa
    Roncos aplauden su feliz carrera,
    Y los ecos en torno hinchen la esfera.


         XLIII.

      Los unos, que triunfantes se creyeran,
    Ya en riesgo el triunfo, coronarlo ansan:
    Incompleto, la palma no quisieran;
    Completo, por la palma moririan:
    Los otros eso mismo osan y esperan;
    Porque triunfando van, triunfar confan,
    Y pudieran juntndose ambas proras
    Partir el premio  un tiempo vencedoras.


         XLIV.

      Mas  orar atin de esta manera
    Cloanto, ambas las manos extendiendo:
    Oh Nmenes que el pilago venera,
    Cuyos dominios con mi nave hiendo!
    Si el triunfo me cumpls, en la ribera
    Un blanco toro en vuestro honor ofrendo;
    Tirar sus entraas  estos mares,
    Y nctar baar vuestros altares.


         XLV.

      Dijo; y  par oy de Forco anciano
    La vrgen Panopea sus acentos;
    Y el coro de Nereidas soberano
    Condolise en sus huecos aposentos:
    Movi la nao Portumno con su mano,
    Y fugaz como soplo de los vientos,
    Y no mnos veloz que alada flecha,
    El hondo puerto penetr derecha.


         XLVI.

      Los combatientes por sus nombres llama
    Enas, y sus triunfos galardona;
    A voz de heraldo resonante aclama
    Vencedor  Cloanto, y le corona:
    Cie, en suma,  su sien la verde rama;
    Y  cada nave tres becerros dona,
    Y que lleven les da vino abundante,
    O una pieza de plata  su talante.


         XLVII.

      Y  cada jefe aade su presea:
    Clmide urea al principal ofrece,
    De prpura ceida melibea
    Que en doble orla gira y la guarnece:
    Retejido en el fondo la hermosea
    De Ida el regio garzn, que all aparece
    La espesura cruzando nemorosa,
    Y leves ciervos con el dardo acosa.


         XLVIII.

      Figrase all mismo en el momento
    En que robado, al parecer, anhela:
    La armgera de Jove al firmamento
    Le arrebata feroz, y encima vuela:
    Muestra uas corvas la ave por el viento;
    Viejos que hacen al nio centinela,
    Tienden palmas al aire; el aire mudo
    Hieren los canes con furor agudo.


         XLIX.

      Loriga de oro y triple y fina malla
    Relucia en los dones del trofeo:
    Usla ya en los campos de batalla,
    Campos que riega el Smois, Demoleo:
    Mal consiguen en hombros sustentalla
    Dos esclavos, Sagris y Fegeo;
    Y as y todo, el jayan con ella un dia
    Fugitivos Troyanos perseguia.


         L.

      Y en campos la gan que el Smois riega
    Enas ya, cabe Ilon divino;
    Y ahora la otorga al que segundo llega,
    Arma al par y ornamento peregrino.
    Dos calderas, despues, de bronce entrega,
    Tercer presente  quien tercero vino;
    Y dos vasos de argento, muestra rara,
    Que el cincel de figuras abultara.


         LI.

      Ya iban todos premiados, con diadema
    De prpura ceidos, placenteros;
    Cuando Sergesto, que su industria extrema,
    Salir logr de los escollos fieros:
    Con una banda escueta afana y rema,
    Quebrantados costado y marineros;
    Y en medio de la befa que le humilla,
    Pide el tardo bajel la ingrata orilla.


         LII.

      Tal sesga sierpe, en el camino hollada
    De veloz rueda,  por viador, que herida
    La deja, y medio muerta, de pedrada,
    El cuerpo tuerce por lograr salida;
    Con lengua ardiente, con feroz mirada
    Yrguese, en parte, rebosando vida,
    Y, en parte, de dolor se arrastra llena,
    Y en sus propios anillos se encadena.


         LIII.

      Mas la nave que en remos flaqueaba,
    Las velas descogiendo  puerto viene.
    Enas de Sergesto el arte alaba
    Con que gente y bajel salvar obtiene,
    Y le da el galardon: era una esclava
    De Creta oriunda, que por nombre tiene
    Foloe; en artes de Minerva, diestra;
    Al seno puestos dos infantes muestra.


         LIV.

      As acabada la naval porfa,
    A un sitio ameno de hierbosos prados
    Enas se adelanta: en torno habia
    Corvas selvas, umbrferos collados:
    Del valle el fondo en crculo se ampla;
    Teatro natural forman sus lados;
    Y all la multitud vuela contenta,
    Y en medio el Rey con majestad se asienta.


         LV.

      Y con premios invita lisonjeros
     competir en rpida corrida:
    Teucros, Sicanos,  su voz ligeros
    Saltan  par  do el honor convida.
    Van Euralo y Niso los primeros:
    Radiante el uno en juventud florida,
    Insigne el otro por su casta llama;
    Bello Euralo es; Niso le ama.


         LVI.

      Vino, sangre de Pramo, Dores;
    Y Patron lugo y Salio juntamente
    Aquste de tegeos genitores,
    Esotro de Acarnania procedente.
    Compaeros de Acstes, cazadores,
    Mancebos de gallardo continente,
    Van Helimo y Panpes en seguida;
    Y otros de nombre que la fama olvida.


         LVII.

      Al campo, adolescentes, os convido,
    El Rey dijo  la gente congregada;
    Y  promesa gustosa dad oido:
    Nadie sin dn saldr de la estacada.
    H aqu dos dardos de metal buido,
    Cretenses, y de argento nelada
    Una hacha de dos filos: ved en esto
    El comun premio  cada cual propuesto.


         LVIII.

      Al ms aventajado combatiente
    Darse encima, amn de la corona,
    Un noble potro con jaez luciente:
    Al segundo, una aljaba de amazona,
    Provista, y de ureo tahal pendiente
    Que gruesa perla cual boton tachona:
    Al tercero, este hermoso yelmo argivo;
    Y los tres ceirn ramas de olivo.


         LIX.

      Dijo, y puestos eligen; y al instante
    Que seal de partir di la trompeta,
    Cual rfagas de viento resonante
    De la raya mirando huyen la meta.
    Niso, fuerte y veloz, sale adelante
    Como alado relmpago  saeta;
    Corre Salio despues, distante empero;
    Euralo, lo mismo, va tercero.


         LX.

      Sigue  Euralo Helimo en su carrera;
     Helimo pi con pi sigue Dores;
    Ya, ya al hombro le hostiga, y si se abriera
    Ms campo  sus intrpidos furores,
    Del que ltimo volaba el lauro fuera
     en balanza quedaran los honores.
    Ya el trmino llegando iban en suma,
    Y el esfuerzo los msculos abruma.


         LXI.

      H aqu casi triunfante (infausto caso!)
    En verde grama que la suerte quiso
    Hubiese matizado humor escaso
    De inmolados becerros, pis Niso:
    Tratara en vano de afianzar el paso
    Titubeante en suelo hmedo y liso;
    Llega veloz, veloz resbala, y todo
    Tinto en sangre qued, y envuelto en lodo.


         LXII.

      No all Niso olvid su amistad bella;
    Mas lzase en el prfido terreno;
    Salio sguele incauto, se atropella,
    Y yndose de pis rueda en el cieno.
    Euralo veloz como centella
    Adelante de todos, de ardor lleno,
    Entre aplausos sin nmero se lanza,
    Y, merced de amistad, el lauro alcanza.


         LXIII.

      Llega Helimo despues, y en fin Dores.
    Salio  engao se llama, visto aquello;
    Pide el prez, y  la flor de espectadores
    Con su aplauso da en cara  voz en cuello.
    A Euralo protegen, sin clamores,
    Virtud llena de gracia en rostro bello,
    Virtud que encanta y pundonor que llora,
    Y el sufragio de un pueblo que le adora.


         LXIV.

      Favorcenle  par altas razones
    Que hace Dores, que su palma espera:
    Palma, si Salio de los grandes dones
    Ninguno ha de llevar, suya y postrera.
    Y dijo Eneas: No temais, garzones:
    El rden de los premios nadie altera;
    Ni vuestros fueros mi amistad lesiona
    Si al valor desgraciado galardona.


         LXV.

      Y una piel de leon da  Salio, armada
    Con ureas garras y hrridas guedejas.
    Niso entnces habl con voz turbada:
    Si ese honor  vencidos aparejas
    Y tanto un contratiempo te apada,
    Para Niso, seor, qu premio dejas?
    Mio es el triunfo, si la suerte esquiva
    Que  Salio hiri despues, no me derriba.


         LXVI.

      Habla, y del golpe el afeante signo
    Muestra, hablando, en el cuerpo y triste cara.
    Oyle el Rey y sonri benigno,
    Y un rico escudo le orden llevara:
    Fue ste del mozo egregio premio digno:
    Lo hizo Didameon con arte rara,
    Y al templo de Neptuno do pendia,
    Argivo brazo lo arrancara un dia.


         LXVII.

      Ces la competencia de esta suerte;
    Y Enas sealando frreo guante:
    Ahora, dijo, el que se sienta fuerte,
    Ceido el puo indmito levante.
    Lucio novillo al que  vencer acierte,
    Con cintas y oro el asta rutilante,
    Dar por galardon: gentil celada,
    Por consuelo, al vencido, y una espada.


         LXVIII.

      Con murmullo del vulgo circunstante,
    Lleno Dres alzse de ufana:
    l solo, en Troya,  Pris arrogante
    A contrastar lidiando se atrevia;
    Y l solo  Btes, triunfador gigante,
    Que, de orgen bebricio, pretendia
    Llevar sangre de Amico, invicto en guerra,
    Cabe el tmulo de Hctor ech  tierra.


         LXIX.

      Tanto como en la fnebre palestra
    Soberbio entnces levantarse pudo
    Cuando dej al jayan sola su diestra
    Tendido en la sangrienta arena y mudo.
    Soberbio ahora se levanta, y muestra
    Los hombros fornidsimos desnudo;
    Y un brazo y otro vigoroso extiende,
    Y los aires azota por do hiende.


         LXX.

      En medio del innmero gento
    Otro igual campeon se busca en vano:
    Nadie  aceptar se atreve el desafo,
    Nadie del cesto  rodear la mano.
    El, sin par,  su juicio, en podero,
    Saluda  Enas y prosigue ufano
    Sin que en mudo homenaje instantes pierda.
    De una asta asiendo al toro con la izquierda:


         LXXI.

      Qu ms quieres que aguarde, hijo de Diosa?
    El dn se me adjudique, pues ninguno
    Su fuerza con mis fuerzas medir osa.
    Los Teucros barbotaban de consuno
    Apoyando la splica orgullosa.
    Con ruego en tanto Acstes importuno
    Reprende, incita  Entelo, que  su lado
    Yace en el verde csped reclinado:


         LXXII.

      Tu nombre de valiente entre valientes
    Qu sirve, Entelo, sin tan buenos dones
    Con tanta calma en paz llevar consientes?
    Hoy de Erice divino y sus lecciones
    No es deber patrio que el honor sustentes?
    La fama que asombraba estas regiones
    A dnde se oscurece? Qu se han hecho
    Los despojos pendientes de tu techo?


         LXXIII.

      Entelo respondi: No son extraos
    Valor y amor de gloria al pecho mio;
    Mas siento ya de la vejez los daos,
    Mis miembros cie ya rgido frio.
    Yo si hoy tuviese el que en mis verdes aos,
    Cual le goza ese audaz, ardiente bro,
    No el premio disputara, s la palma;
    Que ocupe el premio vil, lo llevo en calma.


         LXXIV.

      Habl Entelo; y volviendo por sus fueros,
    Se alza, y dos cestos en el campo lanza
    Con que rice ostentara en golpes fieros
    Con los ligados brazos su pujanza.
    Ven los siete boyunos recios cueros
    Graves de plomo y hierro  herclea usanza,
    Y todos se imaginan con asombro
    Del buey la talla, y del atleta el hombro.


         LXXV.

      Ms que de paso el mismo Dres ca;
    Y mudo con la mano el grande Enas
    El enorme volmen revolvia
    De los gruesos anillos y correas,
    Y djole el anciano: Qu sera
    Si de Hrcules las armas giganteas
    Hubieses visto, y la espantosa hazaa
    Que hizo estas playas funeral campaa?


         LXXVI.

      Fu hijo rice, cual t, de Vnus, y esos
    Los correones son que usaba en lides:
    Esparcidos los ves de sangre y sesos?
    Los mismos son con que par ante Alcdes;
    Y yo tambien con vigorosos huesos
    Los bland contra fuertes adalides
    Guando un ljos la edad miraba ingrata
    Que ambas mis sienes esmalt de plata.


         LXXVII.

      Y  Dres retorciendo la mirada:
    Mas si rehuyes, campeon troyano,
    Prosigue; si  tu Rey piadoso agrada,
    Y al mio, que combate por mi mano,
    Fuerzas equiparar en la estacada,
    Gustoso  justos trminos me allano:
    Ea! las armas de rice te cedo;
    Las troyanas depon, y pon el miedo.


         LXXVIII.

      un bien no lo hubo dicho, se adelanta,
    Y del doble ropaje se desnuda,
    Y en pecho, brazos, msculos, espanta
    Ver su nerviosa robustez membruda:
    Ya, en medio el campo, colosal se planta;
    Y dando Enas trmino  la duda,
    Trae de iguales cestos sendos pares,
    Y  Entelo de ellos arma y arma  Dres,


         LXXIX.

      Y en simultneo arranque de osada
    Ya ste en puntas de pis y aqul se adreza;
    Los brazos uno y otro al aire enva,
    Cautelosa hcia atras la alta cabeza:
    Trbanse por las manos;  porfa
    Crecen amagos, y la lucha empieza
    Entre el pgil que mueve gil la planta
    Y el jayan que disforme se levanta.


         LXXX.

      Va el jven en su edad esperanzado;
    Fia el viejo en su mole, aunque flaquean
    Las rodillas y el cuerpo treme helado;
    Y ambos con vano afan tiran, golpean:
    Hirense aprisa al cncavo costado:
    Ronco el pecho resuella: menudean
    Por orejas y sienes las puadas:
    Las mandbulas crujen martilladas.


         LXXXI.

      Firme est Entelo; mas con pronta vista
    Ve por do heridas, ladeando, ahorre;
    El otro el campo mide, y por do embista
    Entradas busca,  embestir acorre:
    Tal tropa audaz, de mquinas provista,
    Soberbio muro  enriscada torre
    Que medite arruinar, asalta, embiste;
    Torna  atacar, y el torreon resiste.


         LXXXII.

      El brazo Entelo, amenazando estrago,
    Alza descomunal; mas ve de arriba
    Venir, Dres, con tiempo, el fiero amago,
    Y hurta el cuerpo veloz y el golpe esquiva:
    Hiri el furioso combatiente en vago,
    Y enorme por su peso se derriba,
    Cual rueda hueco pino, dando espanto,
    En bosques de Ida  cumbres de Erimanto.


         LXXXIII.

      Levntanse ambos campos con rido,
    Y un grito al cielo lanzan simultneo:
    Acude Acstes, vindole caido,
    A ayudar al amigo y coetneo:
    Surge l sin quiebra de nimo  sentido;
    Antes fuego de clera espontneo
    Arde en su pecho, el pundonor le pica,
    Y el probado valor fuerzas duplica.


         LXXXIV.

      Y ya en rpida fuga, impetoso,
    Tirando golpes de una y otra mano,
    Sin parada, sin vado, sin reposo,
    Persigue  Dres por el ancho llano;
    Cual turbion que los techos fragoroso
    Azota con granizo, el hroe insano
    Hiere  ciegas con furia borrascosa,
    Y  Dres acomete, envuelve, acosa.


         LXXXV.

      No sufre Enas que adelante siga
    La encarnizada obstinacion de Entelo,
    Y del campo, ya muerto de fatiga
    Saca  Dres con voces de consuelo:
    Demente estabas? Ah, infeliz! te hostiga
    No humana fuerza, pero el mismo Cielo;
    Cedes  un Dios; rendirte no te pese.
    Dijo; y manda su voz que la lid cese.


         LXXXVI.

      En torno del vencido en ese instante
    Llega fiel uno y otro camarada,
    Y, flacas sus rodillas, vacilante
    La cabeza, la boca ensangrentada
    Y el ornato dental roto y nadante,
    Llvanle al puerto. Morron y espada
    Reciben advertidos, y se alejan,
    Y el toro al vencedor y el lauro dejan.


         LXXXVII.

      El cual del lauro y con su toro ufano,
    Ved, pues, ahora, y ponderad, decia,
    Oh hijo de Diosa! oh ejrcito troyano!
    Cul en mi juventud la fuerza mia
    Hubo de ser, y Dres de mi mano
    Cul muerte,  no salvarle, probaria.
    Dijo, y plantse del novillo enfrente,
    En alto puesto el brazo prepotente;


         LXXXVIII.

      Y  plomo entre ambos cuernos, guarnecida
    La mano descarg cual duro hierro:
    Hndese el crneo, y trmulo, sin vida,
    En tierra con su mole da el becerro.
    Salve, Erice inmortal! clam en seguida:
    Puestas las armas, con que triunfos cierro,
    Ms bien que la de Dres, en memoria,
    Yo d y consagro esta nima  tu gloria.


         LXXXIX.

      Lugo al juego del arco el Rey troyano
    Invita, y premios pone. De la nave
    Que Seresto gobierna, con su mano
    Va l mismo y fuerte arbola el mstil grave;
    Y algera paloma al aire vano
    En el tope suspende (atada el ave
    A una cuerda, la cuerda al mstil fija)
    A donde el tiro el flechador dirija.


         XC.

      Llegan de ellos; y un casco que reciba
    Las suertes, traen en medio. La primera,
    La de Hipocon, el de Hrtaco, con viva
    Aclamacion del vulgo, salt fuera.
    Coronado la sien de verde oliva,
    Reciente prez de la naval carrera,
    Oy, en segundo trmino, Mnesteo
    Grato sonar su nombre  su deseo.


         XCI.

      Tocle  Euriton salir tercero:
    Hermano tuyo, oh Pndaro divino,
    (T que al campo de Aquivos, el primero,
    Lanzaste, compelido del destino,
    El dardo de discordia mensajero!)
    Del fondo del almete al aire vino,
    Postrer nombre, el de Acstes, que ahora ufano
    En lid de mozos  terciar va anciano.


         XCII.

      Todos con brazo en arco arman pujante,
    Y sacan primas flechas del aljaba:
    Ante todas, del nervio rechinante
    Arranc la que el de Hrtaco ajustaba:
    Hiere el viento, y al mstil que delante
    Mira, parte veloz, y en el se clava:
    Al golpe tembl el palo; alas agita
    Medrosa el ave, y el concurso grita.


         XCIII.

      Tendi el arco avanzndose forzudo
    Mnesteo, vuelto  lo alto ojos y flecha;
    Mas no tanto que al ave hiriese, pudo
    La frrea punta encaminar derecha:
    Rompi empero la cuerda y lneo nudo;
    Y libre el pi de la atadura estrecha,
    La paloma veloz sacude el vuelo
    Entre nubes plomizas por el Cielo.


         XCIV.

      Euriton, ya el arco apercibido,
    Tir, invocando  Pndaro en su ayuda,
    Al ave que de nublo opaco vido
    Salir aleteando, flecha aguda:
    Alcanzla en su vuelo envanecido;
    Ella el hincado astil trayendo muda,
    Dejando por all la dulce vida,
    Al suelo vino en msera cada.


         XCV.

      Solo Acstes quedaba, ya baldo,
    Y la palma perdida y la esperanza;
    Mas del brazo ostentando el arte y bro
    Y del arco sonante la pujanza,
    Vuelta la faz al mbito vaco,
    Apunta en vago, la saeta lanza,
    Y ocasiona, no entonces entendido,
    Milagro areo de infeliz sentido.


         XCVI.

      Confirmaron despues con voz tarda
    Adustos vates el infausto agero:
    Y fu as que inflamado discurria
    Entre celajes el volante acero;
    Con fuego seal su etrea via
    Y apagse en los aires; cual lucero
    Que vaga desquiciado por la esfera
    Arrastrando su ardiente cabellera.


         XCVII.

      Al Cielo los medrosos corazones
    Ambos pueblos levantan juntamente;
    Mas no igual con fnebres visiones
    El gran Enas la vision presente;
    Antes sonrie cumulando dones,
    Y  Acstes abrazando, al par rente,
    Aunque grave el semblante, de alegria,
    Lleva, ilustre monarca, le decia:


         XCVIII.

      Lleva esta copa, de labores rica
    (Que del Olimpo el reinador, no en vano
    Con esa aparicion me significa
    El honor que te debo soberano):
    Mi anciano genitor te la dedica;
    Recbela, dn suyo, de mi mano:
    A l el tracio Ciseo ntes la diera
    Insigne prenda de amistad sincera.


         XCIX.

      Dice; y cie  su sien envejecida
    Verde rama, y triunfante le pregona.
    A Euriton, que disputar no cuida,
    Cual pudo, muerta el ave, la corona,
    Premi inferior  Acstes. En seguida
    Al que nudos deshizo galardona;
    Y  aquel con recompensa honra postrera
    Que la flecha en el palo hinc primera.


         C.

      Enas, no el crtamen concluido,
    Llamado habia al de Epito  su lado,
    Tutor del tierno Yulo, y  su oido,
    Fiel  secretos, confi un recado:
    V, corre;  Ascanio d que si instruido
    Tiene y  la carrera adeliado
    Su escuadron de muchachos, ms no tarde,
    Y honre al abuelo con vistoso alarde.


         CI.

      l mismo  la esparcida concurrencia
    Manda dejar los campos escombrados:
    Llegan ya, y con gallarda continencia,
    En caballos del freno bien guados,
    Avanzan de sus padres en presencia
    Nios de hoja menuda coronados;
    Y al verlos desfilar, rumor que halaga
    A un tiempo en ambos pueblos sordo vaga.


         CII.

      Dos de agreste cerezo jabalinas
    Con punta herrada llevan todos ellos:
    Aljaba al hombro, algunos: de oro finas
    Cadenas caen de los ceidos cuellos.
    Desprtense en tres bandas peregrinas,
    Doce en cada una, los garzones bellos;
    Y, en competencia igual de su edad tierna,
    Agil cada una un capitan gobierna.


         CIII.

      Veislo? mandando va su compaa,
    Hijo, Poltes, tuyo, el pequeuelo
    Pramo, que del nombre se glora
    (Cual de l talos nietos) de su abuelo:
    Monta un corcel de los que Tracia cria,
    Gallardo, bicolor, que el duro suelo
    Con alba mano denodado huella,
    Y lleva en la alta frente alba una estrella.


         CIV.

      Por segundo caudillo tis figura,
    Claro abolengo vuestro, Acios romanos:
    Iguales en la edad y la ternura
    Andan Atis y Ascanio cual hermanos.
    Llega ste al fin, primero en la hermosura,
    En un potro de climas africanos:
    A l la cndida Dido ntes lo diera
    Insigne prenda de aficion sincera.


         CV.

      Los demas en sicanos pisadores
    Vienen, del viejo Acstes, cabalgantes,
    Aglpanse en tropel espectadores
    Troyanos, desfilando los infantes;
    Y al ver  stos de antiguos genitores
    Los semblantes copiando en sus semblantes
    Que la esperanza y el temor demudan,
    Con estruendo de aplausos los saludan.


         CVI.

      Lugo que el circo hubieron recorrido
    Tal que viese cada uno al que aguardara,
    El de Epito de ljos un silbido
    Di de repente, y sacudi su vara:
    A galope lanzndose, al chasquido,
    Cada banda, del centro se separa;
    Mas, no bien la segunda sea oida,
    Vuelven, blandiendo el dardo, fcil brida.


         CVII.

      Y  hacer tornando lo que hicieron ntes
    Las cuadrillas se apartan, se avecinan;
    Vueltas dan y revueltas elegantes;
    Giros, tornos, enredan y combinan:
    Y en juegos  combates semejantes,
    Ya dan la espalda; ya  volver atinan,
    Y amagando, venablos abalanzan;
    Ya, hechas las paces, de concierto avanzan.


         CVIII.

      Como hienden delfines la onda fria;
    Nadando, al mar Carpacio, en varios modos;
    Cual maraada, inextricable via
    En la alta Creta con sus mil recodos
    El laberinto prfido teja
    Porque, en calando, se perdiesen todos;
    As los pequeuelos se cruzaban
    Y tal madeja, entrando, huyendo, traban.


         CIX.

      Estas fiestas  imgen de batallas
    Fu Ascanio el que en los campos italianos
    Primero instituy, cuando en murallas
    Ci  Alba Longa y protegi sus llanos:
    Enseados pudieron practicallas
    Los Latinos, y lugo los Albanos:
    Hoy de Troya apellido el juego toma
    Y el escuadron que lo ejercita en Roma.


         CX.

      Nio entnces Ascanio todava,
    Con esotros mozuelos sus iguales
    Al gloroso abuelo estos haca
    Honores, si festivos, funerales:
    Celebraba la alegre compaa
    En los sculos campos juegos tales;
    Mas troc la Fortuna en un instante
    Con torvo ceo el plcido semblante.


         CXI.

      Fu as que en ese medio, rencorosa,
    Mal sanada la llaga que encubria,
    Juno del Cielo  ris vaporosa
    A las naves ilacas enva:
    A la hmida ninfa la gran Diosa
    Impetu aade en la region vaca
    Y del arco la adorna de colores,
    Mintras vuelve en secreto sus dolores.


         CXII.

      Ella parte invisible, vuela aprisa,
    Ve el inmenso concurso, tuerce al puerto;
    Las anchas playas vacilante pisa
    Y todo siente estar mudo y desierto:
    Al fin las damas de Ilon divisa
    Que en cncavo remoto, al mar abierto,
    Honrando  Anquses lgrimas le daban,
    Y en el lbrego mar la vista clavan.


         CXIII.

      Y as, con mustia faz y ojos inmotos,
    Con una voz, la que el dolor les presta,
    Mares cruzamos ya, dicen, ignotos;
    Oh, y cunto de agua por salvar nos resta!
    Por lograr firme asiento elevan votos;
    Hablar de un ms all, pesar les cuesta;
    Y h aqu, mintras derraman sus querellas,
    ris astuta se desliza entre ellas.


         CXIV.

      Veste area y gentil fisonoma
    Poniendo la Deidad, la frente anciana
    De Beroe usurp, que, esposa un dia
    Del ismario Doriclo, andaba ufana
    Con su nombre, su prole y su hidalgua;
    Y, entre ancianas ilustres falsa anciana,
    Qu aguardamos, ah mseras! les dice:
    Pobre generacion! suerte infelice!


         CXV.

      Fortuna impa del acero griego
    Nos reserv para mayores males:
    Cumplidos van, desde que  Troya el fuego
    Devor, siete crculos aales:
    La tierra hemos corrido, el ponto ciego,
    Y medido los cercos siderales;
    Y un vamos por el mar, nao combatida,
    A Italia que burlando nos convida.


         CXVI.

      rice fraternal est presente;
    Aqu Acstes bondoso nos ampara;
    Y podemos en base permanente
    La Patria restaurar. Oh Patria cara!
    Oh Dioses rescatados vanamente!
    Qu! y nunca el patrio muro, nunca un ara
    Troyana hemos de ver, ni un Janto amigo?
    Venid! Las naves incendiad conmigo!


         CXVII.

      Yo en sueos v que antorchas esgrimia
    La sombra ilustre de Casandra fiera,
    Y, A Troya aqu reedificad! decia:
    sta, sta es nuestra patria verdadera.
    No consiente demoras,  fe mia,
    Tan gran vision, ni la ocasion da espera.
    H aqu ofrezco  Neptuno cuatro altares:
    Hachas dnos y ardor, Dios de los mares!


         CXVIII.

      Dice, y de fuego resplandece armada;
    Alza la mano, y de piedad desnudo
    Flamgero tizon lanza  la armada;
    Psmanse todas con asombro mudo.
    Pirgo, entre ellas en aos avanzada,
    Que  la prole de Pramo fu escudo,
    Nodriza  tantos hijos oficiosa,
    No es de Doriclo, dice, no, la esposa;


         CXIX.

      Ni es sr mortal, matronas, lo que veo:
    Notad de insigne majestad seales,
    El porte, de la vista el centelleo,
    Voz divina y fragancias celestiales.
    La retea Beroe su deseo
    De hacer  Anquses honras funerales
    Con nosotras aqu, distante ahora
    (Yo enferma la dej) frustrado llora,


         CXX.

      Ellas perplejas  la flota en tanto
    Revuelven maliciosas las miradas:
    El interpuesto mar les causa espanto,
    Mas las llaman regiones anunciadas.
    Oscilan entre amor y deber santo,
    Cuando ris de repente  sus miradas
    Toma vuelo, y una ala y otra ala,
    Trazando un arco inmenso, abre  iguala.


         CXXI.

      En frenes convierten sus arrojos
    Con la vision esplndida las damas:
    Teas clamando lanzan, y, despojos
    Del consagrado altar, hojas y ramas:
    Van ministros de estrago los manojos;
    Y dando rienda  las voraces llamas
    Remos trepa y esclamos Vulcano,
    Cruje y las gayas popas lame ufano.


         CXXII.

      Llev al anfiteatro y sepultura
    Santa de Anquses, la noticia Eumelo;
    Vuelven lugo  mirar, y en nube oscura
    Ven trmulas pavesas ir al Cielo.
    Tuerce al campo de horror y desventura
    De su alegre carrera Ascanio el vuelo;
    Con vano afan por detenerle, al paso
    Salen sus ayos con aliento escaso.


         CXXIII.

      Y l, Desgraciadas! qu furor extrao,
    Qu error, les dice, os precipita ciego?
    Pensais que  argivos campos haceis dao?
    Oh,  vuestras esperanzas pegais fuego!
    Yo vuestro Ascanio soy: ved si os engao.
    Dice, y el morron, disfraz del juego,
    Deposita  sus plantas, y les muestra
    La faz amiga y la inocente diestra.


         CXXIV.

      En pos de Ascanio presurosos tiran
    Su padre mismo y los demas Troyanos.
    Mas ya las tristes en lo que hacen miran,
    Y  ocultar su vergenza, por los llanos
    Que extiende la ribera, mustias giran
    Huecas peas buscando:  sus hermanos,
    Vueltas en s conocen, y les pesa,
    Libres de Juno, de la aleve empresa.


         CXXV.

      Pero el voraz incendio, un no contento,
    Sus indmitos mpetus no afloja:
    De las hmedas tablas el asiento
    Arde estoposo, y grueso humo arroja:
    Consume las carenas fuego lento:
    Vana es la onda esparcida que las moja,
    Ni hay ya luchar con la arraigada llama,
    Cuando h aqu suplicante el Rey exclama:


         CXXVI.

      Oh Jpiter supremo! Si de humanos
    Males, cual usas, un piedad hoy tienes;
    Si no en uno maldices los Troyanos,
    Esta ltima porcion de nuestros bienes
    Salva de azar cruel, fuegos insanos:
    Mas si  muerte merezco me condenes,
    Destruye de una vez nuestra esperanza,
    Y hndame el rayo aqu de tu venganza!


         CXXVII.

      Rasgado de sus hombros el vestido
    Y ambas las manos extendiendo al Cielo,
    As Enas con frvido alarido,
    O muerte  salvacion pide en su duelo;
    Y un bien no hablara, cuando nublos vido
    Con que el aire oprimir amaga al suelo;
    La esfera en un momento se ennegrece,
    Ronco trueno las cumbres estremece.


         CXXVIII.

      Y ya sin ms tardar, de los collados,
    Acompaados del fragor del viento
    Rios descienden  inundar los prados
    Furiosos con hinchado movimiento:
    Ciego  los buques va medio abrasados,
    Las popas cubre el rpido elemento,
    Y oprimiendo el vapor, que al fin apaga,
    Libra las naves de la peste aciaga.


         CXXIX.

      Cuatro habia el incendio devorado;
    Con cuyo acerbo caso que intimida,
    Enas vacilante, acobardado,
    No sabe por cul rumbo se decida:
    Si en Sicilia su nido asiente, al hado
    Mal sumiso, que ljos le convida,
    O si  Italia persiga, al hado atento;
    Y la duda tenaz le da tormento.


         CXXX.

      Nutes entnces, venerable anciano
    Por la tritonia Plas adivino,
    A quien ella dot con larga mano
    De ingenio insigne y de infalible tino,
    Interrogado respondi, no en vano,
    Ya sobre muestras del furor divino,
    Ya lo que el hado inevitable ordena,
    Y al hroe hablando, su inquietud serena:


         CXXXI.

      Hijo de Diosa! al fin llegar porfa
    Que una vez y otra vez marc tu sno:
    Tenaz luchando un dia y otro dia,
    Vencers los rigores del destino.
    Ah Acstes est que se glora
    De su orgen superno: en tu camino
    Te d su luz, y  su favor sincero
    Los restos fia del estrago fiero.


         CXXXII.

      Quienquier de tu alta empresa lleve enfado,
    Las matronas, cansadas de los mares,
    Los ancianos; en fin, cuanto  tu lado
    Mezquino, flojo, invlido notares,
    Quede todo de Acstes al cuidado:
    Funden ellos aqu muros y altares,
    Y de Acstes merced, de Acesta el nombre
    Al nido que afiancen, grato asombre.


         CXXXIII.

      Alent el sabio al Rey; mas le destroza
    Con nuevas dudas que  su mente inspira.
    Y ya la hmida Noche en su carroza
    Que negra copia de caballos tira,
    Ocupa el firmamento. En esto goza
    Ensueo seductor el hroe, y mira
    La apariencia bajar del padre amado
    Que  hablarle empieza con benigno agrado:


         CXXXIV.

      Hijo, ms caro que mi propia vida
    Mintras las auras respir vitales;
    T,  quien prueba Fortuna encrudecida,
    A partir de Ilon, con tantos males!
    Jove en tu auxilio de enviarme cuida;
    Jove, que de las sedes celestiales
    Del afan se conduele que te aqueja,
    Y el voraz fuego de la flota aleja.


         CXXXV.

      V, y cumple sin temblar las prevenciones
    Que anciano consultor te hace sinceras:
    Flor de mancebos, recios corazones
    Llevar debes de Italia  las riberas:
    All con tus valientes campeones
    Gentes has de postrar duras, guerreras.
    Mas ntes avendr que te regales
    Bajando  las moradas infernales.


         CXXXVI.

      Hars, en pos de m yendo, hijo mio,
    Cruzando el hondo Averno, oficio grato
    Que yo no habito el Trtaro sombro,
    Mas los campos Elseos moro y trato,
    Deliciosa comarca, gremio pio:
    Una maga de pdico recato,
    Si hartas vctimas negras inmolares,
    Te llevar  los msticos lugares.


         CXXXVII.

      Y la prole y ciudad que te destina
    Fortuna, entnces mirars presente.
    Mas ahora, adios: la Noche ya declina
    Y con soplos me acosa el Orente
    De sus potros fogosos, que avecina.
    As hablaba la sombra, y de repente
    Hrtase al hijo y  su amante empeo
    Cual humo vano  fbrica de un sueo.


         CXXXVIII.

      Y l, Por qu de mis brazos se desliza
    Tu imgen? no te curas de mi ruego?
    Huyes? me dejas? clama; y la ceniza
    Resucitando incontinente, el fuego
    Que aletargado dormitaba, atiza:
    Sacra masa y colmado incienso lugo
    Al Dios ofrece que  su pueblo ampara,
    Y humilde  la alma Vesta honra en el ara.


         CXXXIX.

      Consum el sacrificio, y convocados
    Sus amigos, Acstes el primero,
    Repite los orculos sagrados
    De su padre, de Jove mensajero;
    La voluntad pronuncia de los hados
    Y su propia intencion franco y sincero:
    No hay  sus planes quien demoras teja;
    Acstes coronarlos aconseja.


         CXL.

      Madres se alistan que en los nuevos techos
    Fundar asientos de familias deban:
    Qudanse  par cuantos vulgares pechos
    De grandes cosas ambicion no llevan.
    Tostados bancos, mstiles deshechos,
    Vuelan los otros  mudar; renuevan
    Remos, jarcias, con mano diligente;
    Nmero escaso, mas resuelta gente.


         CXLI.

      Marca el troyano Rey con el arado
    De la ciudad el mbito; sortea
    Los solares del campo rodeado
    Para edificios, y esto manda sea
    Troya, y eso Ilon. Alborozado,
    Cordial troyano, Acstes,  la idea
    Del nuevo reino, tribunal y plaza
    Designa, y al Senado fueros traza.


         CXLII.

      Lugo  Vnus Idalia, venerada
    De su pueblo, en el vrtice Ericino
    Dedica, por pacfica morada,
    Un templo de los astros convecino:
    De Anquses al sepulcro hace se aada
    Culto, y ministro, y bosque peregrino;
    Y banquetes ordena, y alegras,
    Y piadosos oficios nueve dias.


         CXLIII.

      Ya llegaba el momento: el Austro insiste
    Convidando  la mar blanda y serena:
    Alzase lloro femenil, y triste
    La corva playa con lamentos suena:
    En el abrazo ltimo resiste
    Amor  desatar dulce cadena:
    Las madres mismas que la mar temian,
    Ni un la osaban nombrar, partir querrian.


         CXLIV.

      Cuantos han de quedarse, en sus fatigas
    Parte al troyano Rey piden ahora:
    El con palabras los consuela amigas,
    Hijos  Acstes los entrega, y llora.
    Manda  las Tempestades enemigas
    Matar una cordera;  rice adora;
    Tres becerros tambien manda le maten,
    Y que en rden los cables se desaten.


         CXLV.

      Yrguese l en la prora, coronado
    De hojas menudas de sagrada oliva:
    Un vaso empua, al pilago salado
    Intestinos arroja, y nctar liba.
    En popa aura terral hiere de grado
    Alejando las naves de la riba;
    Bogan el remo, y al batir contino
    Cubren de espuma el lquido camino.


         CXLVI.

      No halla en tanto  su afan Vnus sosiego;
    Vuela  Neptuno, y El que Juno abriga
    Odio irreconciliable, gime, al ruego,
    Neptuno ilustre,  descender me obliga;
    Que no su ira cruel, su rencor ciego
    Amansan aos ni piedad mitiga,
    Ni lo que ordena el hado  Jove manda
    Su indmita ambicion quiebra ni ablanda.


         CXLVII.

      Eterno es el furor que su alma siente;
    Que no bast  su clera sombra
    Haber talado la ciudad potente
    Que en la ancha Frigia dominaba un dia,
    Ni arrastrar las reliquias de su gente
    Por senda de martirio. Todava
    Al pueblo hundido en perseguir no cesa
    En sus huesos nadantes y pavesa!


         CXLVIII.

      La causa ella sabr de tanta saa:
    Yo s, y las ondas lbicas t mismo
    Viste cmo  manera de montaa
    Encresp amenazando cataclismo;
    De Eolo en el favor fi; se engaa;
    Mas era su intencion cielo y abismo
    En uno confundir; y as la impa
    Insolente tus reinos invadia.


         CXLIX.

      Hoy, qu horror!  las hembras roba el tino,
    Y las naves ardiendo  los Troyanos,
    Fuerza  Enas, cerrndole el camino,
    A dejar en destierro  sus hermanos.
    Haz siquiera que al Tibre laurentino
    Estos ltimos restos lleguen sanos,
    Si ya al muro las Parcas prometido
    No han de negarles; si lo justo pido.


         CL.

      Respondi el Dios que el ponto seorea:
    Pon confianza en el imperio mio,
    Que en mis reinos naciste, Citerea,
    Y ya  Enas mostr mi afecto pio:
    Yo mil veces, por l, si el mar ondea
    Las nubes conjurando  estrago impo,
    Seren la amenaza; y no hice mnos
    En tierra que del pilago en los senos.


         CLI.

      Janto y Smois me saquen verdadero:
    Cuando Aqules con furia impetosa
    Por la espada inmol tanto guerrero
    Que contra el muro de Ilon acosa;
    Cuando, enfrenando su mpetu ligero
    El lveo, que en cadveres rebosa,
    El Janto por las mrgenes gemia
    Ni hallar lograba hcia mis reinos via.


         CLII.

      Yo  tu hijo entnces arranqu  la muerte
    En nube con que entorno le rodeo,
    Vindole mnos bienhadado y fuerte
    Combatir con el hijo de Peleo;
    Ni vacil en librarle de esa suerte
    A pesar del furor de mi deseo,
    Que hundir yo ansiaba la ciudad perjura,
    Ya (mal pecado!) de mi mano hechura.


         CLIII.

      Qu dudas, pues? qu temes por Enas?
    Yo lo mismo que entnces, ahora siento:
    El al puerto de Averno que deseas
    Llegar con su gente  salvamento:
    Habr slo uno que anegarse veas,
    Escogido holocausto. As el aliento
    Neptuno  Vnus vuelve; y ya bizarro
    Con arreos de oro orna su carro.


         CLIV.

      Pone  los brutos el baado freno,
    Dales con fcil mano suelta brida,
    Y por el mar, magnfico y sereno,
    En su carroza va de azul teida:
    Tindese igual sobre el materno seno
    Bajo el eje tonante la onda erguida,
    Y cuanto nublo encapot la esfera
    Su fuga por los aires acelera.


         CLV.

      Acompaan en torno al Dios marino
    Grandes cetos y rpidos tritones;
    Glauco y su coro, y Palemon de Ino,
    Y Forco y sus revueltos escuadrones:
    Hienden  izquierda el reino cristalino
    Las hijas de sus hmidas mansiones:
    Tala all, Cimdoce campea,
    Ttis, Melite, y blanda Panopea.


         CLVI.

      En la mente de Enas indecisa
    Bullen en tanto imgenes amenas:
    Manda arbolar los mstiles aprisa
    Y las velas tender por la entenas:
    No hay, lonas al izar, mano remisa;
    Ya  este lado, ya  aqul las sueltan llenas;
    Tuercen cabos, returcenlos  una;
    Mueve mintras la escuadra aura oportuna.


         CLVII.

      Palinuro adelante firme guia
    La flota, que  su espalda se aglomera:
    Marchan, y  la rden obediente, fia
    Cada nave en la nave delantera.
    Casi la vaporosa Noche habia
    Tocado  la mitad de su carrera;
    Y al pi del remo, de temor seguros,
    Duermen los nautas en los bancos duros.


         CLVIII.

      Dej en esto las clicas regiones
    Ligero un Sueo que las sombras hiende;
    Mudo vuela, y fatdicas visiones
    Trayendo, oh Palinuro!  t desciende:
    Sentado en la alta popa, las facciones
    De Frbas toma, y seducirte emprende:
    Msero! que con voces de dulzura
    Ya el falso diosecillo te conjura:


         CLIX.

      Hijo de Yasio, Palinuro mio!
    Mira cmo resbala blandamente
    Llevado de las ondas el navo;
    Qu propicio que espira el manso ambiente!
    Un rato al soporfero roco
    Inclina ya la fatigada frente;
    Hora es de descansar: duerme sin miedo,
    Que yo en tanto por t velando quedo.


         CLX.

      Alz el otro los prpados apnas
    Y dijo: Lo que vale la semblanza,
    Quieres que olvide yo, de olas serenas?
    Que ponga en monstruo aleve confianza
    Pretendes por ventura? Me encadenas
    Porque entregue mi Rey  la mudanza
    De mar y viento, de quien tantas veces
    Prob las veleidades y dobleces?


         CLXI.

      Dice,  inmvil se afianza, y traba
    Del gobernalle con ahincado empeo;
    Mira  los astros, y en los astros clava
    Los mustios ojos resistiendo al sueo.
    Mas ya una y otra sien le golpeaba
    El Dios con su balsmico beleo
    En las aguas del Lete humedecido,
    Y los ojos le anega en alto olvido.


         CLXII.

      No bien los miembros el sopor le afloja
    Cuando el sueo sobre l se precipita;
    Mas no del gobernalle le despoja
    Ni de su asida posicion le quita,
    Antes al mar con el timon le arroja
    Y un parte de la popa: llama, grita
    Cayendo el triste; nadie oy su acento;
    Y el Dios aleteando huye en el viento.


         CLXIII.

      Segura, empero, prosigui la flota
    Del favor de Neptuno protegida.
    Mas h aqu ya se acerca en su derrota
    A la roca, otro tiempo tan temida,
    De las Sirenas, que la mar azota,
    De albos huesos de nufragos guarida;
    Y ljos con montonos bramidos
    Resuenan los escollos combatidos.


         CLXIV.

      Not Enas entnces que  la armada
    Falta el piloto y perecer podria;
    Y con mano acudiendo acelerada
    La noche toda l mismo el timon gua;
    Y entnces exclam con voz ahogada:
    Pobre amigo! fiaste en demasa
    De cielo bonancible y mar serena;
    Yacers insepulto en triste arena!




         LIBRO SEXTO.


         I.

      As hablaba y lloraba juntamente.
    Ya, riendas dando, por el mar navegan,
    Y  las costas de Cmas (cuya gente
    De Eubea vino) sin tardanza llegan.
    Tornan proas al mar: con tenaz diente
    La ancla fija el bajel, y  tierra apegan
    Las corvas popas, que en la orilla alzadas
    La bordan de colores varadas.


         II.

      Ledos embisten en hesperia tierra:
    Quin hiere el pedernal, que en sus entraas
    De la llama los grmenes encierra;
    Quin penetra las speras montaas
    Y leos corta,  por su seno yerra,
    Intrincada guarida de alimaas,
    Y vuelve, y dando de placer seales
    Ensea los hallados manantiales.


         III.

      Mas Enas piadoso  las alturas
    En que Apolo descuella, se encamina,
    Y las cuevas recnditas, oscuras,
    Busca de la terrfica adivina
    Que, inflamada del Dios, cosas futuras
    En estro rebosando vaticina:
    Veisle? entrando con otros va derecho
    Ora el bosque avernal, ya el ureo techo.


         IV.

      Ddalo de comarcas sanguinosas
    Huyendo, es fama, y del furor de Mnos,
    Fiarse os con alas vagarosas
    A los reinos del aura cristalinos:
    A la region helada de las Osas
    Su vuelo por inslitos caminos
    Tendi, y moviendo las nadantes plumas,
    Fu en el alczar  parar de Cmas.


         V.

      Por vez primera all devuelto al suelo,
    Grato, Apolo, al favor, logr ofrecerte
    Sanas las alas que bog en su vuelo
    Y un templo dedicarte hermoso y fuerte.
    En las puertas, de Andrgeo el fin, el duelo
    Grab de los Cecrpidas, que  muerte
    Siete hijos tributaban cada un ao;
    La urna ciega all est do sale el dao.


         VI.

      En frente, en medio al mar, se representa
    Creta: all lo cruel de sus amores,
    Del toro esclava, Pasifae ostenta;
    Monumento de estpidos furores
    All el biforme Minotauro asienta
    La planta; con sus vueltas, sus errores,
    Incierto entorno el laberinto gira,
    Y  la amante princesa horror inspira.


         VII.

      Cediendo de la triste  la porfa,
    All Ddalo mismo de Teseo
    El paso indocto con el hilo guia:
    caro, y t tambien lograras, creo,
    Insigne asiento en la urea galera;
    Mas de padre el dolor gan al deseo
    Del artfice audaz, que, el brazo alzando,
    Caer dos veces le dej, llorando.


         VIII.

      Enas con su gente asaz tuviera
    En cada cuadro la mirada fija,
    Si, enviado adelante, no volviera
    Turbando Actes su atencion prolija:
    Con Actes, graciosa compaera,
    Defobe lleg, de Glauco hija,
    Intrprete de Apolo y de Dana;
    Que vuelta al Rey de la nacion troyana.


         IX.

      No es sazon de admirar primores tales.
    Le dice: importa que inmolar decidas
    De grey vacuna siete recentales
    Y  par siete ovejuelas escogidas.
    Esto dijo: Troyanos principales
    Van  cumplir las rdenes oidas;
    Y mostrndoles sigue ella el camino
    Al elevado templo Sibilino.


         X.

      Hay en la roca eubea un lado hendido,
    Antro de cien entradas y cien puertas
    Que cien voces arrojan con rido,
    De la oculta Deidad respuestas ciertas.
    Cuando llegaban al umbral temido,
    Tiempo es que el ruego  consultar conviertas
    Tus hados, husped! la doncella exclama;
    H aqu el Dios, h aqu el Dios! mi mente inflama.


         XI.

      Esto la vrgen pronunci en la entrada
    De la inmensa caverna: en ese instante
    Tartamudea, la color mudada,
    Crespo el cabello, atnito el semblante:
    Enfurecida, area, agigantada,
    Hnchale el Dios el seno jadeante,
    Y ya llena del nmen soberano,
    Vibr puro su acento un ms que humano:


         XII.

      Eneas! no ser que al Nmen santo
    Con tus votos y splicas regales?
    No han de abrirse  tus pasos entretanto
    Del pavoroso templo los umbrales.
    Call: los Teucros con glacial espanto
    Oyeron resonar palabras tales,
    Y postrndose el Rey, con hondo acento
    Or as en religioso arrobamiento:


         XIII.

      Febo, que de infortunios y pesares
    De los hijos de Troya te apadas;
    T que al cuerpo del de aco, de Pris
    Las flechas dirigiste enherboladas:
    Salvo, merced es tuya, hend anchos mares
    Que  ceir van regiones apartadas;
    Yo he cruzado las costas africanas;
    Yo las hrridas sirtes vi cercanas.


         XIV.

      Hoy piso en fin el lmite italiano,
    Tierra de promision que ntes huia;
    As el signo malfico troyano
    Haya hasta aqu llegado en su porfa!
    Y oh cuantos con furor visteis insano
    Crecer la gloria de mi patria un dia!
    Dioses todos y diosas! sin enojos
    Volved ya en fin  Troya vuestros ojos!


         XV.

      Y oh t que en siglos ves un no llegados,
    Santa sacerdotisa! (yo no pido
    Imperio no ofrecido por mis hados)
    Da  mis Teucros gozar reposo y nido
    Con los Dioses de Troya fatigados;
    Y  Hcate y  Apolo, agradecido,
    De mrmol fundar templo y altares
    Y fiestas en su honor apolinares.


         XVI.

      T en mi reino tambien ilustre asiento
    Tendrs, y tus sagradas predicciones
    Guardando con solemne acatamiento,
    Tu culto servirn dignos varones.
    Mas oye:  la merced irn del viento
    Tus palabras si en hojas las dispones;
    Canta t misma lo que cierto veas.
    Aqu di fin  su oracion Enas.


         XVII.

      En tanto la Sibila un se subleva
    Por sacudir el nmen que la oprime,
    Y feroz se revuelve en la ancha cueva:
    Fogoso corazon, labio que gime
    El Dios le doma, que sobre ellos lleva
    Hasta grabarla, inspiracion sublime;
    Y dan su voz en ecos las cien puertas
    Todas  un tiempo sin esfuerzo abiertas.


         XVIII.

      Diciendo: Oh t hasta ahora libertado
    De los riesgos del pilago marino,
    Hoy de riesgos de tierra amenazado!
    Vendr tu gente al reino de Lavino
    (No temas, no, que lo revoque el hado);
    Mas tiempo habr que llore porque vino;
    Guerras, speras guerras estoy viendo;
    Miro al Tibre ondear, de sangre horrendo.


         XIX.

      Otro Janto, otro Smois, y otra hogao
    Campaa cual la griega rigurosa
    Vers, que el Lacio cria ya en tu dao
    Otro Aqules feroz hijo de Diosa;
    Ni faltar  tu gente en suelo extrao
    De Juno el odio que jamas reposa;
    Y en tanto, qu ciudades, ni qu playas
    Habr, infeliz, donde  rogar no vayas?


         XX.

      Y otra vez bodas en forneo suelo
    Llorarn los Troyanos; y esa esposa
    Cunto traer de afan! cunto de duelo!
    A ti y  tus vasallos cun costosa!
    T, hasta do el hado sufra, insta en tu anhelo,
    Y logrars, mudanza milagrosa,
    Que ntes que no otra,  prspero destino
    Una griega ciudad te abra camino.


         XXI.

      Tal desde su antro la Sibila fiera,
    Con voz que infunde admiracion y espanto,
    Hechos desvuelve, edades acelera,
    Y en sombras la verdad brilla en su canto;
    Tal de su labio el mpetu modera
    El Dios que el corazon le aguija en tanto;
    Mas serenada al fin su ira espumante,
    A hablarle torna el hroe suplicante:


         XXII.

      un no me has anunciado oh vrgen! nada
     nuevo  imprevisto de mi vida.
    Mas oye: si hay aqu al Averno entrada,
    Si aqu est la laguna tan temida,
    Con sobras de Aqueronte sustentada,
    Concede que un favor solo te pida:
    Mi padre anhelo ver; guia mi planta,
    Y dgnate de abrir la puerta santa.


         XXIII.

      Mi padre! Yo de en medio al enemigo
    Entre llamas y dardos libertlo;
    Yo le puse en mis hombros, y l conmigo
    Fu dndome doquier fuerza y consuelo:
    El fu en mis viajes mi mejor amigo;
    El los rigores de la mar y el cielo
    Con generosas muestras de osada,
    Milagrosa en su edad, llevar solia.


         XXIV.

      Y l, l me persuadi que reverente
    Llegase, y suplicante,  tus umbrales:
    Oh! del padre y del hijo juntamente
    Te apiaden los trabajos inmortales;
    Que t eres, vrgen santa, omnipotente,
    Y de los negros bosques infernales
    La pavorosa Hcate no en vano
    El cetro aterrador puso en tu mano.


         XXV.

      La prenda de su amor el tracio Orfeo,
    Lugo que hondo el Erebo la devora,
    A salvar acert, felice empleo
    Haciendo de su ctara sonora:
    Plux, merced de enrgico deseo,
    Librar logr al hermano  quien adora,
    Y partiendo con l su sr divino
    Pasa y repasa el lbrego camino.


         XXVI.

      Callar de Teseo; del tremendo
    Alcdes callo y su potente maza:
    Yo, yo tambien de Jpiter desciendo!
    Pronuncia el hroe, y al altar se abraza.
    Otra vez la adivina respondiendo,
    Troyano hijo de Anquses, de la raza
    De los supernos Dioses procedente,
    Oyeme, dice, y grbalo en tu mente:


         XXVII.

      Fcil es del Averno la bajada;
    De dia y noche  la region oscura
    Patente est la pavorosa entrada;
    Mas volver y elevarse al aura pura,
    Esa es la parte trabajosa, osada:
    Muy pocos  quien Jove con ternura
    Vi,  que ardiente virtud al Cielo eleva,
    Vencieron, raza de hroes, la ardua prueba.


         XXVIII.

      Cubren selvas espesas y sombras
    El centro del Averno;  la redonda
    Carcomiendo el Cocito ciegas vias
    Con su torpe caudal callado ronda.
    Mas si forzar el Trtaro porfas
    Y dos veces cruzar la estigia onda,
    Si en esto gozas que  otros acobarda,
    Cmo has de comenzar escucha y guarda.


         XXIX.

      En medio de estas selvas donde moro
    Oculto un ramo est que el tallo tierno
    Tiene, y las hojas trmulas, de oro,
    Consagrado  la Juno del Infierno:
    Cierra en su seno el flgido tesoro
    Hojoso un rbol entre el bosque eterno,
    Y de valles en torno guarnecido,
    La amiga lobreguez le hurta al sentido.


         XXX.

      Y nadie ya la subterrnea ruta
    Pudo emprender  do el amor te llama,
    Si ntes no desgaj la rica fruta:
    La hermosa Proserpina esa urea rama
    Apropiada  su gloria la reputa,
    Y es el obsequio que entre todos ama:
    Segado el tallo, el grmen no perece;
    Retoa, y la urea yema amarillece.


         XXXI.

      V, y de alto en torno el rbol investiga
    Con atenta mirada, y avistado,
    All tiende la mano; que si amiga
    La suerte rie, con sensible agrado
    Al punto har que el vstago te siga;
    Pero si adusto te rechaza el hado,
    No habr fuerte segur ni ahincado empeo
    Que el ramo aparte del materno leo.


         XXXII.

      Mas ah! mintras al sacro umbral se inclina
    Tu oido, atento al deseado indulto,
    Un cadver tus tropas contamina;
    Fu tu amigo y le ignoras insepulto:
    A honrarle ovejas negras v y destina;
    Su cuerpo v  librar de odioso insulto;
    Y as, en fin,  estas lbregas moradas
    Bajars, no  vivientes franqueadas.


         XXXIII.

      Ces, y quedse la adivina muda.
    La medrosa caverna el hroe deja;
    Mirando al suelo va, y acerba duda
    Le roe el corazon. Con l se aleja
    Actes, fiel amigo: igual la aguda
    Pena que  Enas, al andar le aqueja:
    Quin ser, cada cual finge y cavila,
    El que muerto nos canta la Sibila?


         XXXIV.

      Hablando, pues, del mal que les espera,
    De dolor y ansiedad el pecho lleno,
    All tirado en la rida ribera
    Cadver infeliz ven  Miseno:
    Miseno, hijo de Eolo,  quien diera
    Natura el arte de excitar al bueno
    A los combates, y el guerrero bando
    Llenar de fuego, su clarin tocando.


         XXXV.

      l, cuando Troya, acompaado habia
     Hctor: los campos l, de Hctor al lado,
    Con su trompa y su lanza recorria
    En la lanza y la trompa ejercitado;
    Despues, cuando de la alma luz del dia
    Hctor fu por Aqules despojado,
    De Enas al mandar el fiel guerrero
    (Partido no inferior) puso su acero.


         XXXVI.

      Mas ahora que insensato en la ribera
    Retaba al sn de cncava bocina
    Al nmen que  emularle se atreviera,
    Envidiando Titon su arte divina
    (Si no miente la fama vocinglera)
    Ahogle en la espumosa onda marina.
    Cercndole los suyos danle en tanto,
    Enas sobre todo, amargo llanto.


         XXXVII.

      Y llorando, el sagrado mandamiento
    A cumplir van, y fnebres altares
    Con rboles  alzar al firmamento:
    Van  una antigua selva, hondos hogares
    De fieras: al herir de hachas violento,
    Los fresnos y los pinos seculares
    Vacilan, los hendibles robles gimen,
    Y los olmos rodando el bosque oprimen.


         XXXVIII.

      A los suyos el hroe, apercibido
    De iguales armas, guia en la faena
    Con la voz y el ejemplo, y con gemido
    Dice, el gran bosque al ver que en torno suena:
    Ya el presagio cruel est cumplido
    En t, amigo infeliz, oh cruda pena!
    As  mis ojos se mostrase ahora
    El rbol que ureos frutos atesora!


         XXXIX.

      As exhala plegarias y querellas,
    Cuando  su vista, sobre el manso viento,
    Llegan iguales dos palomas bellas
    Abatiendo el save movimiento
    A posarse en el csped verde. En ellas
    Mira Enas atnito y atento
    Las mensajeras de su madre, y clama
    Con el acento del que espera y ama:


         XL.

      Oh aves misteriosas! si camino
    Abre el hado, marcadle con el vuelo;
    Id al ramo que en torno peregrino
    Con rica sombra ampara el frtil suelo!
    Y t en esta sazon, felice tino
    Concede, oh madre! y el favor que anhelo.
    Calla; y qu auguren al picar la hierba,
    O  d tiendan las aves, fijo observa.


         XLI.

      Hasta do el ojo va, la copia alada
    Sigue el volar, sigue el volar rastrero;
    Mas asomando  la hedonda entrada
    De Averno, se alza en mpetu ligero:
    Buscan las dos la copa deseada,
    Y  un tiempo ocupan el feliz madero,
    Do entre pardos verdores amarillo
    El ramo desigual muestra su brillo.


         XLII.

      Como en bosques que invierno hel, enverdece
    El visco, y con la prole de que abunda,
    No hija del rbol  que asido crece,
    El tronco protector blondo circunda;
    Tal la rfaga de oro resplandece;
    Tal, herida del aura vagabunda,
    Treme y cruje la lmina divina
    En medio all de la copuda encina.


         XLIII.

      Del ramo inerte el Rey ase impaciente
    Y vuela  la mansion de la adivina.
    Sigue entretanto la llorosa gente
    Tristes honras haciendo en la marina
    A la insensible vctima presente:
    De maderas copiosas en resina,
    Y duros troncos de que rajas llevan,
    Ingente pira desde lugo elevan.


         XLIV.

      Y de mustias guirnaldas guarnecida
    Y de rectos cipreses custodiada,
    De adorno sobrepnenle en seguida
    El limpio arnes y la desnuda espada.
    En calderas de bronce recogida
    Llegan agua  la lumbre aderezada,
    Y ntes de que las llamas lo consuman,
    El cuerpo helado lavan y perfuman.


         XLV.

      Unos, en medio del comun gemido,
    Le extienden sobre el fnebre tablado,
    De su lujosa prpura ceido;
    Otros (penoso ministerio!)  un lado
    Vuelto el rostro, por rito establecido,
    Pegan la antorcha al fretro enlutado:
    Viandas, incienso, aceite rebosante,
    Todo el fuego lo envuelve en un instante.


         XLVI.

      Cuando en pavesas descans la llama,
    Corineo balsmica ambrosa
    En las reliquias clidas derrama,
    Y  una urna de metal los huesos fia:
    De noble olivo consagrada rama
    Blandiendo leve,  los demas roca
    Con lustral aspersion que hace tres veces;
    Llora, y pronuncia las finales preces.


         XLVII.

      El Rey, de gratitud y piedad lleno,
    Manda erigir soberbia sepultura;
    Y, Al tmulo fijar, les dice, ordeno
    Su clarin y su remo y su armadura.
    Se hizo al pi de un peon, que de Miseno
    Recibi el nombre que inmortal le dura.
    Enas  cumplir vuela, tras eso,
    El sagrado mandato en su alma impreso.


         XLVIII.

      Hay en aquel confin una honda sima,
    Vasta caverna de escabrosa roca:
    Negro bosque, que en torno se arracima,
    Guarda, y medroso lago, la gran boca.
    No impune el ave que revuele encima
    El torpe aire con sus alas toca
    Que en columna de ftidos vapores
    Sale  infestar los cercos superiores.


         XLIX.

      Trajo all el Rey de la troyana gente
    Cuatro negros novillos,  quien riega
    Con vino la Sibila la alta frente;
    Entre las astas elegido siega
    Vellon cerdoso, que  la llama ardiente,
    Dn primerizo y breve pasto, entrega;
    Y  Hcate  grandes voces llama, Diosa
    En Cielo y en Averno poderosa.


         L.

      Quin apresta al degello la cuchilla;
    Quin vasos llena en sangre que chorrea:
    Enas mismo con su espada humilla
    Lcia cordera cuya piel negrea,
    Porque la Noche, de furial cuadrilla
    Madre, y su hermana al par, fcil le sea;
    Inmolando despues estril vaca,
    Tu nmen, Proserpina, honra y aplaca.


         LI.

      Nocturnas aras en seguida eleva
    Al Rey estigio: enteras  la llama
    De los novillos las entraas lleva,
    Y encima leo abundante les derrama.
    Y h aqu, ntes de rayar aurora nueva,
    Treme la tierra, su hondo seno brama,
    Oscilan selvas y vecinos cerros,
    Y en la sombra ulular se oyen los perros.


         LII.

      Ya llega la Deidad. Con voz sonora
    Grita la profetisa: Huid, profanos!
    Desamparad la selva; y solo ahora
    Vn t conmigo, oh Rey de los Troyanos!
    Vn, desnuda la espada vencedora,
    Rodeado de alientos sobrehumanos!
    Dijo y hundise:  su furente guia
    Enas con pi intrpido seguia.


         LIII.

      Oh los que de las almas inmortales
    Teneis, Dioses, el cetro y monarqua!
    Cos! Flegeton! Tinieblas sepulcrales!
    Lugares de silencio y noche umbra!
    Concededme salvar vuestros umbrales,
    Y que al orbe revele la voz mia
    Lo que vi, lo que o, cuanto misterio
    Guarda vuestro hondo, funeral imperio!


         LIV.

      Opacos bajo noche alta y desierta,
    Cruzando iban, los dos, reinos vacos
    Que allende yacen de la odiosa puerta:
    Tal en bosques callados y sombros
    Al viajero seala senda incierta
    Maligna luna con sus rayos frios,
    Cuando atristan el Cielo alas nublosas
    Y hosca el color la noche hurta  las cosas.


         LV.

      Ante el mismo vestbulo, manida
    Hicieron las Congojas vengadoras,
    Las Dolencias de faz descolorida,
    Y t, arada Vejez con ellas moras:
    Dolor, Terror, Necesidad raida,
    Hambre, que induce  criminales horas:
    Todos ellos, terrficas figuras,
    Guardan las fauces del Averno oscuras.


         LVI.

      Y el Trabajo, y la Muerte, y compaero
    El Sueo de la Muerte, su impa hermana,
    Vense, avanzando hcia el umbral frontero,
    Y malos Goces de la mente humana:
    De las Furias los tlamos de acero
    All estn, Guerra atroz, Discordia insana:
    Esta (qu horror!) con sanguinosas hebras
    Crina en torno su frente de culebras.


         LVII.

      Lleno de aos, con sombras halageo
    Convida un olmo en la mitad; y es fama
    Que acude en derredor del firme leo
    Aerio enjambre que el silencio ama:
    Subsiste asido un mentiroso ensueo
    En cada hoja fugaz de cada rama;
    Y en torno hrridas fieras, monstruos viles
    Tienen cabe las puertas sus cubiles.


         LVIII.

      Centauros hay all; silbante y fiera
    Hidra; Scilas biformes que el mar cria;
    Briareo, el de cien brazos; la Quimera
    Que de llamas armada desafa;
    Con sus hermanas Grgona guerrera,
    Con sus iguales pestilente Arpa,
    Con tres cabezas Geron gigante:
    Quin habr que los mire y no se aspante?


         LIX.

      Sinti Enas pavor: el fuerte acero
    Esgrime osado, y con su punta amaga
    Al escuadron de monstruos, que severo
    Llega delante  revolando vaga:
    Que sombras son sin cuerpo verdadero
    Prudente  tiempo le advirti la maga;
    l,  no detener la voz su bro
    Hiriera ciego el mbito vaco.


         LX.

      Parte de all para Aqueron camino:
    Vasto abismo que en lecho hondo de cieno
    Hierve, y en el Cocito de contino
    El arena descarga de su seno.
    Guardian del territorio convecino,
    El mustio rio y mrgen inameno
    El barquero Caron adusto cuida
    Con ceo horrible y faz descolorida.


         LXI.

      El cual sucia caer al pecho deja
    La blanca barba; es fuego su mirada;
    Culgale de los hombros rota y vieja
    Con un nudo su tnica enlazada;
    Con tardas velas y un varal maneja
    El ferrugneo barco en que traslada
    Los muertos: es su edad, si bien anciana,
    Vejez propia de un Dios, recia y lozana.


         LXII.

      All, nube de imgenes ligera,
    Cuantos dejan del suelo las mansiones
    Vuelan sobre la fnebre ribera:
    Austeras madres; nobles campeones;
    Vrgenes que en su dulce primavera
    Segadas fueron; cndidos garzones
    A quienes ya cabe la alzada pira
    Llor el padre infeliz que arder les mira.


         LXIII.

      Tantos van los espritus y tales
    Como las hojas que en la selva, al hielo
    De los ltimos dias otoales
    Ruedan precipitadas por el suelo;
    O cual, climas buscando ms geniales,
    A traves de la mar en largo vuelo,
    Del tirnico invierno desterradas,
    Huir vemos las aves en bandadas.


         LXIV.

      Y h aqu la turba que lleg primera
    Pasar quiere, ntes que otros, lago allende;
    Con vivo amor de la ulterior ribera
    Esfuerza ruegos y las palmas tiende.
    Caron, de tanta multitud que espera,
    Ya  ste toma, ya  aqul;  nadie atiende;
    Mas  muchos tambien, desventurados!
    Ljos rechaza de los tristes vados.


         LXV.

      Viendo el tropel, Oh vrgen veneranda!
    Dice asombrado Enas;  qu llegan
    A este rio las almas? Qu demanda
    Esa gran multitud? Por qu navegan
    Ledos los unos hcia la otra banda,
    Y stos, exclusos, en dolor se anegan?
    Qu los distingue? di. Y as de prisa
    Respondi la senil sacerdotisa:


         LXVI.

      Hijo de Anquses, semidios troyano!
    El lago Estigio y lbrego Cocito
    Mirando ests, por quien jurar en vano
    Temen los Dioses como gran delito.
    A stos no honr, al morir, piadosa mano,
    Turba doliente en nmero infinito:
    Ese es Caron; trasporta  opuestos lados
    Los que fueron en muerte sepultados.


         LXVII.

      Ni el linde ingrato y aguas murmurantes
    Logran salvar las nimas que vagan
    Desprovistas de honores, sin que ntes
    Enterrados en paz sus huesos yagan;
    O cien aos arreo andando errantes
    Sobre esta zona, su esperanza halagan;
    Y al cabo de ellos admitidas, vuelan
    A ver, en fin, los sitios por que anhelan.


         LXVIII.

      Parse con doliente fantasia
    Enas, y en la gente desechada
    Ve  Leucspis, ve  Oronte, antiguo guia
    Del bajel licio en la troyana armada:
    Con l salieron de Ilon un dia,
    Y bogando  par de l,  su mirada
    Los hundi en crespas ondas Austro impo
    Que al nauta sacudi, volc el navo.


         LXIX.

      H aqu de entre stos viene Palinuro,
    Aquel que en la reciente travesa
    Por el lbico golfo, al mar oscuro
    Cay, cuando en mirar se embebecia
    Los altos astros de temor seguro.
    As que Enas en la niebla umbra
    Reconoci al llorado compaero,
    Tornse  condoler, y habl l primero.


         LXX.

      Cul Dios, le dice, Palinuro amado,
    Ahogndote con mano traicionera
    Te vino  arrebatar de nuestro lado?
    Faltme en cuanto  ti, por vez primera,
    Fiel ntes siempre Apolo  lo anunciado,
    Prometiendo que salvo  la ribera
    Deseada de Italia tocarias:
    Mal coron las esperanzas mias!


         LXXI.

      La sombra respondi: Ni fraudulento
    Fu contigo el orculo divino,
    Oh hijo de Anquses! ni en el mar sediento
    Nmen odioso  sepultarme vino.
    Yendo yo, en vela,  mi deber atento,
    Casual golpe en la popa sobrevino,
    Y en medio de las ondas, sin soltalle,
    Ca con el fiado gobernalle.


         LXXII.

      Y juro por la negra mar, Rey mio,
    Que, perdido el asiento, el timon roto,
    Ms que por m cuid que tu navio,
    Privado de defensa y de piloto,
    Mal pudiese del pilago bravo
    Los golpes contrastar. Violento Noto
    Tres noches borrascosas de ardua brega
    Me arrastr ljos sobre la onda ciega.


         LXXIII.

      Vi las costas de Italia al cuarto dia,
    Encumbrado por hrrida oleada:
    Poco  poco nadaba, y salvo habria
    Hollado, en fin, la playa deseada;
    Mas, triste! como  presa de vala
    Me embiste horda feroz blandiendo espada
    No bien de hmedas ropas agobiado
    Trepaba, uas hincando, agrio collado.


         LXXIV.

      Hoy, desecho del mar, en sus riberas
    Vientos me azotan. Por la luz del cielo
    Y las auras que un gozas placenteras,
    Por tu hijo amado, y por su ilustre abuelo,
    Si  ste das honras que de aqul esperas,
    Tu invicta mano de tan grande duelo
    En el puerto de Velia me redima
    Piadosa arena derramando encima.


         LXXV.

       ya, supuesto que, de Olimpo santo
    Por favor especial, bajado hayas
    A visitar los reinos del espanto
    Y de tu madre encaminado vayas,
    La diestra alarga, si merezco tanto,
    Y arrstrame contigo  opuestas playas,
    Porque al cabo, rendido de fatiga,
    En muerte al mnos reposar consiga.


         LXXVI.

      Y dijo la adivina: Ests demente,
    Oh sombra temeraria? Por ventura
    Querrs el lago Estigio, la corriente
    Pasar de las Eumnides oscura,
    T que no ostentas divinal presente
    Ni gozas en la tierra sepultura?
    Triste! no esperes  poder de ruegos
    Los hados ablandar sordos y ciegos.


         LXXVII.

      Mas escucha mi voz, y tus dolores
    Consuela recordando anuncios tales:
    Habr de ancha region habitadores
    Que, en fuerza de prodigios celestiales,
    Tu sombra aplacarn, darnte honores,
    Te alzarn monumentos sepulcrales;
    Y el sitio, Palinuro, que te guarde
    Har por siglos de tu nombre alarde.


         LXXVIII.

      Al sn de estas palabras, un momento
    Mitig Palinuro su agona,
    Y fuse, revolviendo el pensamiento
    Que un pas de su nombre se glora.
    Ellos siguen en tanto  paso lento.
    Caron su barca  la sazon movia,
    Y de en medio del lago divislos
    La muda selva atravesando solos.


         LXXIX.

      Y en recia voz prorumpe: T, quienquiera
    Que armado invades mis dominios, tente,
    Y qu quieres, d lugo, en mi ribera.
    Aqu en horror profundo eternamente
    Moran los Sueos y la Noche impera:
    No admite el bote estigio alma viviente;
    Ni de atinado, si exent, me loo,
    Ya  Alcdes, ya  Teseo y Piritoo.


         LXXX.

      En su abono, su orgen sobrehumano
    Mostraban, cierto, y generoso bro:
    Ah, y aqul ante el trono del tirano
    Fu el guarda  encadenar del reino umbro,
    Y temblando arrastrle con su mano;
    Y estotros en furioso desvaro
    Por robar nuestra Reina, quin tal osa?
    El tlamo invadieron de la Diosa!


         LXXXI.

      En breves frases respondi prudente
    La inspirada de Anfriso: Insidias viles
    No temas, no, que anide nuestra mente,
    Ni armas contemplas  tu imperio hostiles:
    El encovado can salvo amedrente
    Con eternos baladros sombras miles:
    Hcate, sin temor de agravio impo,
    Casta guarde el umbral del regio tio.


         LXXXII.

      Y es que Enas de Troya,  quien la fama
    En piedad, en valor, no di segundo,
    Tan slo el padre  ver que tanto ama
    Viene al rion del rebo profundo:
    Si eres sordo  tan bello amor, la rama
    Mira en que justas esperanzas fundo.
    Y diciendo y haciendo, el tallo santo
    Sacaba de los pliegues de su manto.


         LXXXIII.

      Al ver, tras largos aos, que ureo brilla
    El dn que misterioso el labio nombra,
    Manso el barquero su altivez humilla,
    Cesa el debate, y con placer se asombra:
    Tuerce el batel cerleo, y  la orilla
    Vuelto ya, do saliera el fondo escombra,
    Las tenues almas arrojando fuera
    Que sentadas bogaban en hilera.


         LXXXIV.

      Recibe, en fin, la cavidad vaca
    Al fuerte husped. Rechinando opreso,
    Ya anchas grietas al agua negra abria
    Flaco el esquife para humano peso.
    Mas el barquero con tenaz porfa
    A par que  la Sibila, al hroe ileso
    Trasporta, y abordando, le enajena
    Sobre ovas verdes y movible arena.


         LXXXV.

      Enfrente  do saltaron, guarecido
    En la ancha gruta en que  placer se extiende,
    El can trifauce con feroz ladrido
    Los mbitos atruena que defiende:
    Vindole que de vboras ceido
    Sacude el cuello y ya en furor se enciende,
    Narctico manjar con miel dorado
    Echa la maga al monstruo espeluznado.


         LXXXVI.

      El cual trag la torta engaadora
    Con triple boca y con voraz garganta,
    Y, largo cuanto el antro donde mora,
    Le abate el sueo. Con ligera planta,
    Aprovechando la oportuna hora,
    A las puertas Enas se adelanta,
    Y traspone volando la ribera
    Deaguas que nadie repasar espera.


         LXXXVII.

      En esto empiezan el comun vagido
    De almas de nios  sentir; las cuales,
    Ljos, muy ljos del save nido,
    Sollozan de ese mundo en los umbrales:
    De tierna infancia en el verdor florido
    Negra un hora  los brazos maternales
    Arrebatlos, y  la luz del Cielo,
    Ay! para hundirlos en acerbo duelo.


         LXXXVIII.

      Estn despues los que, torciendo el fuero,
    Testimonio falaz llev  la muerte;
    Mas no  sus puestos van sin que primero
    Tornen sentencia  dar Justicia y Suerte:
    Mnos preside el tribunal severo;
    La urna aleatoria agita; indaga, advierte,
    Convoca al vulgo que delante calla;
    Pesa los cargos, y las causas falla.


         LXXXIX.

      Arrepentidos yacen, en seguida,
    Los que movidos de tedioso enfado
    Quitarse osaron sin razon la vida.
    Hoy, por volver al mundo, con qu agrado
    Trabajos y pobreza aborrecida
    Subieran  sufrir! Lo veda el hado;
    Cierra el Estigio el paso  sus suspiros
    Con nueve vallas en oblicuos giros.


         XC.

      Tendidos campos se abren lugo, aquellos
    Que la fama _llorosos_ apellida:
    Los que doblaron al amor los cuellos,
    Los que murieron de amorosa herida
    Vienen all; y entre sus mirtos bellos
    El bosque cruzan que les da guarida,
    Por veredas ocultas. Ay! los hieren
    Penas de amor que ni en la muerte mueren.


         XCI.

      Mustranse al hroe entre la selva umbra
    Fedra, Prcris; Erfile doliente,
    Cuyo seno un la llaga descubria
    Que el hijo vengador abri inclemente;
    Evadne, Pasifae, Laodama;
    Cnis, mancebo un tiempo floreciente,
    Y ahora, por decreto del destino,
    Vuelto al sexo primero femenino.


         XCII.

      En medio de ellas la fenicia Dido,
    Su herida un fresca, andaba en la espesura.
    Cuando la hubo al pasar reconocido
    Mal cierto Enas en la sombra oscura,
    Como el que alzarse entre nublados vido
    La luna nueva,  verlo se figura,
    As  hablarle empez con tierno acento
    Y lgrimas que brota el sentimiento:


         XCIII.

      Infeliz Dido! Conque no mentia
    En nuevas que me trajo funerales
    La fama? T empuaste daga impa?
    Yo causa hube de ser de tantos males?
    Mas por todos los astros, Reina mia,
    Te juro, y por los Dioses celestiales,
    Y por estas mansiones justicieras,
    Que part  mi pesar de tus riberas.


         XCIV.

      La frrea voluntad del Cielo santo
    Que  esta abismosa eternidad me enva,
    Lo mismo all, con invencible encanto
    Me arranc de tu lado y compaa.
    Ni pens nunca que  delirio tanto
    Te pudiese arrastrar la ausencia mia.
    Mas ten! vuelve!  quin huyes? Ley severa
    Permite vernos por la vez postrera!


         XCV.

      Tal dice el hroe  la infelice amante,
    Por si en su nimo airado tierno cava
     amansa su mirada centellante;
    Las razones el llanto entrecortaba.
    Mas ella, vuelto el ttrico semblante,
    Torvos los ojos en el suelo clava,
    Y tanto muestra que la voz la toca
    Cual si ya mrmol fuese  firme roca.


         XCVI.

      Y de pronto indignada huye y se esconde
    En la parte del bosque ms espesa,
    Entre acopados rboles, en donde
    Al renovado amor que le profesa,
    Siqueo como de ntes corresponde.
    Enas, de piedad el alma opresa,
    A la sombra sigui por trecho largo
    Llorando para s su lloro amargo.


         XCVII.

      Mas andando el camino,  los postreros
    Campos llegaban cuya igual alfombra
    Van  solas hollando los guerreros
    A quien la fama por sus hechos nombra.
    Entre los capitanes que primeros
    Al paso Enas encontr, la sombra
    Vi del plido Adrastro, vi  Tideo,
    Vi al nclito en la lid Partenopeo.


         XCVIII.

      Vi tambien los Troyanos que segados
    En duras lizas los soberbios cuellos,
    Fueron con llanto de la patria honrados:
    Glauco, Medon, Tersloco; y con ellos
    Los tres hijos de Antnor afamados;
    Y Poliftes, que tus dones bellos
    Honr, Cres;  Ideo, que un rega
    El carro y armas que rigiera un dia.


         XCIX.

      Tantas sombras al ver en larga hilera
    Enas, conocindolas, suspira;
    Mas  izquierda y derecha se aglomera
    La multitud, que con pasion le mira;
    Ni  su curiosidad satisficiera
    Mirarle slo,  detenerle aspira,
    Y mil nimas llegan voladoras
    Con sus preguntas  tejer demoras.


         C.

      Entanto viendo al hroe, y la armadura
    Del hroe, que cruzando centellea
    El vacuo espacio de su estancia oscura,
    Tiemblan los cabos de la gente aquea:
    Tratan unos de huir, cual con pavura
    Ya al mar lo hicieron en campal pelea;
    Gritan otros, y  mdias slo acierta
    Clamor tenue  exhalar la boca abierta.


         CI.

      Sigue; y h aqu, las manos mutiladas,
    Llagado el cuerpo y con la faz hendida,
    Ambas sienes de orejas despojadas,
    Y rota la nariz con torpe herida,
    Defobo se ofrece  sus miradas;
    Y al ver que triste, avergonzado cuida
    De ocultar de su afrenta las seales,
    Hablle en tono amigo y voces tales:


         CII.

      Valeroso Defobo, esperanza
    De Troya, hijo de reyes! Quin fu osado
    En t  ejercer inslita venganza?
    Quin consum tan brbaro atentado?
    O que de combate y de matanza
    Aquella horrenda noche t cansado,
    Sobre enemigos que humill tu acero
    Caido habias  morir postrero.


         CIII.

      Msero amigo! yo en la playa nuestra
    Te alc entnces funreo monumento
    Que un hoy tus armas y tu nombre muestra
    Tres veces te llam con alto acento.
    Mas ay! ni verte pude, ni mi diestra
    En suelo de la patria acogimiento
    Mullir  tu ceniza. Enas dijo;
    Y de Pramo as respondi el hijo:


         CIV.

      T hiciste tu deber; yo estoy pagado
    Y agradecido estoy. Suerte inhumana
    Es la que me hunde en tan horrible estado
    Y el crmen de la prfida Espartana:
    ste, ste es de la prfida el legado!
    Recordars en la alegra insana
    Que pasmos la noche postrimera;
    Quin no ha de recordarlo aunque no quiera


         CV.

      Entnces, cuando el monstruo de madera
    De armas grave los muros dividia,
    Hembras ella ordenaba la primera
    En libre danza y bulliciosa orga;
    Y una antorcha blandiendo traicionera
    Con que iba en torno al coro, falsa guia,
    De la alta torre en nuestro dao ay ciegos!
    Seas haca  los atentos Griegos.


         CVI.

      Yo en mi tlamo infausto, sin cuidado
    Ya al cansancio buscando dulce olvido,
    Ca en brazos de un sueo regalado
    A una plcida muerte parecido.
    Mi noble esposa al punto de mi lado
    Las armas de mi estancia sin rido
    Aleja: de mi lecho  la testera
    Ella mi espada hurt, fiel compaera;


         CVII.

      Las puertas abre, y obsequiosa llama
     Menelao, por si de mal la eximen
    Crmenes nuevos, y la negra fama
    A absolver bastan del antiguo crmen:
    El Elida  par, que ardides trama,
    Acude: salvan de mi alcoba el lmen ...
    Dioses, si justas splicas os mueven,
    Lo que entnces prob los Griegos prueben!


         CVIII.

      Mas  qu me detengo en mis pesares?
    T aqu, es posible? y con vital aliento?
    Juguete de los vientos de los mares
    Vienes,  por divino mandamiento?
    Qu toques de fortuna singulares
    Te traen, el profundo apartamiento
    A visitar de la region sombra
    Que nunca vi la claridad del dia?


         CIX.

      En medio de estas plticas, ligera
    En su rsea cuadriga y gentil vuelo
    La Aurora la mitad de su carrera
    Traspuesto habia por el alto cielo;
    Y acaso el hroe consumido hubiera
    En estril hablar y acerbo duelo
    El plazo volador, si no le echara
    La vrgen con afan su olvido en cara:


         CX.

      Nosotros ay! mintras la noche avanza,
    Gastamos mudo el tiempo en lloro vano!
    La senda aqu se parte, y en balanza
    Est la suerte; de Pluton tirano
    Lleva la diestra  la valiente estanza,
    Y al encantado Elseo:  izquierda mano
    Caen los muros do la gente impa
    En eterno sus crmenes expa.


         CXI.

      Perdon, dice Defobo, si muevo
    Tu enojo, profetisa soberana!
    El nmero fatal que llenar debo
    Torno  llenar doliente sombra y vana.
    T v en paz, gloriossimo renuevo,
    Oh luz, oh prez de la nacion troyana!
    Goza suerte mejor que fu la mia.
    Y as diciendo  su ngulo volvia.


         CXII.

      Torn Enas  ver, y  izquierda mira
    Cerrada una ciudad de triple muro
    Al pi de una alta roca: en torno gira
    Con lenguas Flegeton de fuego puro,
    Y revuelca peascos en su ira:
    Frente, gran puerta, de diamante duro
    Las jambas, cual ni de hombres quebrantada
    Ni un de Dioses lo fuera por la espada.


         CXIII.

      Frrea una torre despreciando el viento
    Avnzase orgullosa: all sentada,
    Ceida un manto de color sangriento
    Guarda insomne Tisfone la entrada.
    Ruido de barras, en aquel momento,
    Y msica de azotes despiadada
    A oirse empieza, y voces de horror llenas,
    Y el pesado arrastrar de las cadenas.


         CXIV.

      Qu gritos de dolor hieren mi oido?
    Dice Enas parndose asombrado:
    Quines llevan all su merecido?
    Cul es ay! su suplicio y su pecado?
    Y la Sibila respondi: No ha sido
    Nunca  justos varones otorgado,
    Magnnimo caudillo, entrar las puertas
    Slo al delito por la pena abiertas.


         CXV.

      Mas yo, cuando los bosques infernales
    Por Hcate guardaba, del espanto
    Vi el reino y sus tormentos eternales:
    Tiene el cetro el cretense Radamanto,
    Que interroga  las almas criminales,
    Castiga sus delitos, y de cuanto
    Ocult hasta la muerte astucia fria,
    A hacer les fuerza confesion tarda.


         CXVI.

      Y, nunca de venganzas satisfecha,
    Con la izquierda azuzando sus serpientes
    Y del ltigo armada la derecha,
    Corre los sentenciados delincuentes
    Tisfone  azotar, y los estrecha,
    Llamando sus hermanas inclementes;
    Y brense  devorarlos, y crujiendo
    Giran las sacras puertas con estruendo.


         CXVII.

      Contempla  la cruel, que all se asienta
    Y el vestbulo guarda de ese mundo:
    Qu, si vieses, abiertas las cincuenta
    Negras fauces, el monstruo sin segundo,
    La Hidra feroz que adentro guarda atenta?
    Lugo el Trtaro se abre, tan profundo
    Al medio de su abismo, cuanto dista
    El alto Olimpo de la humana vista.


         CXVIII.

      All, humilladas las soberbias vidas,
    Los antiguos engendros de la Tierra
    Revulvense en recnditas guaridas
    A donde el rayo su ambicion encierra:
    Vi  par los dos enormes Alidas
    Que el Cielo con sus manos, loca guerra!
    Descargar intentaron, y en su encono
    A Jove mismo derrocar del trono.


         CXIX.

      Vi all tambien yacer, de angustias lleno,
     Salmoneo, por su error insano,
    Que de Jove el relmpago, y el trueno
    Quiso imitar de Olimpo soberano:
    De cuatro brutos gobernando el freno
    Y antorchas sacudiendo con su mano,
    A Elis cruz, y en su triunfal camino
    Culto pedia como  sr divino.


         CXX.

      Fingir quiso el demente (mal pecado!)
    Al sentar de sus potros con rido
    Los cascos, con el bronce golpeado,
    Inimitable luz, sacro estampido:
    Envuelto Jove en lbrego nublado
    Venablo duro le lanz ofendido,
    No humosa tea ni exhalada llama,
    Y  la sima arrojle donde brama.


         CXXI.

      Yugadas nueve all cubriendo yace,
    Alumno de la Tierra creadora,
    Ticio: el hgado eterno le renace,
    Pasto al buitre cruel que le devora,
    No le consume, y sus entraas pace
    Y fiero en lo hondo de su pecho mora:
    Ni el corvo pico en el roer se amansa,
    Ni de brotar la vscera se cansa.


         CXXII.

      Qu, si  Ixon y Piritoo  cuento
    Trajese?  los que roca ven colgante
    Pronta siempre  caer? ureo aposento,
    Regalado festin miran delante;
    Mas la Furia mayor vela de asiento
    Al lado, y como alguno se levante
    Las mesas  tocar, corre, y vocea,
    Y airada amaga con su horrible tea.


         CXXIII.

      All gimiendo estn los que al hermano
    Profesaron, en vida, odio demente;
    Los que hicieron ultraje al padre anciano,
    Los que en fraude envolvieron al clente;
    All los solitarios que, la mano
    Cerrada siempre al msero pariente,
    Sobre el oro enterrado hicieron nido:
    Infame grey en nmero crecido.


         CXXIV.

      Y all aguardan castigo los que amores
    Adlteros pagaron con la vida;
    Los que hicieron traicion  sus seores;
    Los que en guerra se alzaron fratricida:
    No cures de su pena los horrores
    Ni las causas saber de su caida.
    Quin vuelca enorme risco; atado esotro
    Gira en rueda veloz, su eterno potro.


         CXXV.

      Est sentado y en perptuo duelo
    Teseo lo estar.--_Mirad si presta
    La justicia ultrajar, reir del Cielo!_
    Flgias clamando  todos amonesta
    Entre las sombras. El nativo suelo
    Este por oro enajen, funesta
    Tirana elevando: esotro puso
    A precio de la ley uso y desuso.


         CXXVI.

      Y un hubo ya con ciego desatiento
    Quien de su hija el tlamo invadiera.
    Todos formaron criminal intento
    Y corona cieron en su esfera.
    No si cien bocas yo, si lenguas ciento
    Tuviese y frrea voz, contar pudiera
    Las especies sin fin de los delitos,
    Los nombres de las penas infinitos.


         CXXVII.

      As la anciana profetisa habia
    Hablado, y Ss! aade: hora es preciso
    Que el paso abrevies, y por esta via
     cumplir tu deber vayas sumiso:
    Los muros que los Cclopes un dia
    Sacaron de su fragua, all diviso;
    Ya, bajo el arco que se eleva enfrente,
    Las puertas veo de Pluton potente.


         CXXVIII.

      V; obsequios debes al dintel frontero.
    Tal dijo, y con el hroe se adelanta,
    Y el intermedio espacio, y el sendero
    Sin luz, dejan atras con gil planta.
    Acrcanse  las puertas: l primero
    Entra el zaguan; con gotas de agua santa
    Casto los miembros  rociar atiende,
    Y el urea rama en el portal suspende.


         CXXIX.

      Puesto el dn  la Diosa, y alongados
    Del sitio, ya pisaban los amenos
    Jardines y los bosques fortunados
    Donde con grande paz moran los buenos:
    Abrense all sobre inocentes prados
    Tintos en rsea luz cielos serenos;
    Regiones siempre iguales, siempre bellas,
    Tienen su sol y tienen sus estrellas.


         CXXX.

      Aqullos juegan en verjel florido;
    stos combaten en la roja arena;
    Otros saltan en coros, y el sonido
    De sus cantos el nimo enajena:
    El tracio vate, con talar vestido,
    Los siete tonos de su lira suena,
    Moviendo acordes con su voz canora
    Ya el plectro de marfil, los dedos ora.


         CXXXI.

      Brilla de Teucro all la estirpe clara
    Robustez ostentando y lozana:
    Egregios hroes  quien ver tocara
    En siglo ms feliz la luz del dia.
    A Ilo,  Asraco,  Drdano repara
    Autor de la troyana monarqua,
    Enas, y armas ljos ve, y baldos
    Carros que honraron ya marciales bros.


         CXXXII.

      Hincados por el campo ve lanzones,
    Y que arrogantes la verdura pacen
    Por ac y por all sueltos bridones.
    Oh! los que en mundo subterrneo yacen
    No renuncian sus viejas aficiones:
    Armas y carros sus delicias hacen
    Si armas, carros amaron: cuidan fieles,
    Si los criaron ya, rgios corceles.


         CXXXIII.

      Lugo,  izquierda y derecha, ve adelante
    Los que  dulces festines se abandonan
    Tendidos en la hierba verdeante;
    Los que en honor de Apolo himnos entonan
    Intrincando los pasos en fragante
    Bosque,  quien cimas de laurel coronan,
    Donde brota y por selva mplia y risuea
    Erdano soberbio se despea.


         CXXXIV.

      Estn all los que  la patria amaron,
    Y heridas por la patria recibieron;
    All los sacerdotes que guardaron
    Austera castidad mintras vivieron;
    Vates dignos que  Febo interpretaron;
    Maestros que el vivir embellecieron
    Con artes nuevas; los que haciendo bienes
    Vencieron del olvido los desdenes.


         CXXXV.

      Todos stos con nfulas nevadas
    Ceidos van las sienes y cabellos.
    Con los cuales confunde sus pisadas
    La profetisa por sus campos bellos;
    Y volviendo la voz y las miradas
    A Museo ante todos, que alza entre ellos
    Con majestad serena la cabeza
    De muchos rodeado,  hablar empieza:


         CXXXVI.

      Oid, almas felices, ruegos pos;
    Y t, mximo vate, d se esconde
    Anquses, por quien ya los grandes rios
    Cruzamos del Erebo; dnos, dnde?
    Ah! qu sitios repuestos y sombros
    Nos le ocultan? Museo la responde:
    Aqu moramos bajo hojosos techos,
    Y son mrgenes blandas nuestros lechos;


         CXXXVII.

      Frescos prados tratamos por recreo,
    Y  nadie se fij mansion segura;
    Mas pues tanto interes traer os veo,
    Venid conmigo  la vecina altura
    Y camino hallar vuestro deseo.
    Dice; ante ellos los pasos apresura,
    Y horizontes de luz les manifiesta:
    De ah, descienden de la erguida cresta.


         CXXXVIII.

      En un valle cubierto de verdura,
    Anquses, en el fondo, atento via
    Guardadas almas que del aura pura
    Subirn  gozar llegado el dia;
    All en sombra numera su futura
    Cara prole, y mirando se extasa
    La fortuna y valor hereditarios,
    Glorias, triunfos, virtudes, lances varios.


         CXXXIX.

      Y viendo que hcia all se dirigia
    Hollando Enas el gramoso prado,
    Abre Anquses los brazos, de alegra
    Lgrimas vierte y clama enajenado:
    Conque venciste intransitable via,
    Hijo,  fuerza de amor? Conque  mi lado
    Hoy tornas? Es posible que consigo
    Verte, oirte, tocarte, hablar contigo?


         CXL.

      Yo, tiempos computando, aqueste da
    Fausto acercarse vi: cumplise el voto.
    Mas cunta extraa tierra en tu porfa
    Habrs medido, y cunto mar ignoto,
    Y qu de riesgos arrostrado, en via
    De confin tan profundo y tan remoto!
    De los lbicos pueblos, hijo amado,
    Cunto tembl por t funesto hado!


         CXLI.

      Enas contestle en tal manera:
    Tu imgen veneranda, padre mio,
    Siguindome doliente por doquiera,
    Forzme  visitar el reino umbro.
    Ocupan mis bajeles la ribera
    Tirrena. Mas t ahora, con desvo
    No  mi mano, seor, robes la tuya;
    No  mi abrazo filial tu cuello huya.


         CXLII.

      Dice, y llorando, con amante empeo
    Tres veces va  abrazar al padre anciano;
    Cual humo huye la sombra  como sueo
    Y l tres veces aprieta el aire vano.
    Torn  mirar, y un bosque vi risueo
    En un valle repuesto comarcano:
    Grrulo bosque, plcido retiro
    Que manso baa el Lete en blanco giro.


         CXLIII.

      En torno vagan del durmiente rio
    Gentes, pueblos, enjambres voladores,
    Y cual abejas que en sereno esto
    Rondan fugaces peregrinas flores,
    Y  los lirios de cndido atavo
    Asedian, confundiendo sus rumores,
    Tal llenando de estruendo la campia
    La area multitud vuela y se apia.


         CXLIV.

      Maravillado de la extraa escena,
    Medroso Enas  entender aspira
    Qu es aquella corriente tan serena;
    Quin la infinita multitud que gira
     par del rio y sus florestas llena.
    El padre Anquses respondile: Mira:
    Antiguas almas  quien guarda el hado
    Nuevos velos corpreos, nuevo estado,


         CXLV.

      Esas son las que afluyen al Leteo
    Y en raudal bienhechor beben olvido.
    Tiempos hace, hijo amado, que deseo
    Mostrarte mi linaje esclarecido
    En estas sombras que delante veo,
    Porque, absorto en destino tan subido,
    De haber llegado  la que un mal conoces
    Itlica region, conmigo goces.


         CXLVI.

      Mas es creible que al sabido cielo,
    Enas contristado as murmura,
    Alguna alma de aqu remonte el vuelo
    Y  informar torne la materia oscura?
    Msera humanidad! Qu inmenso anhelo
    De vida y goces! qu cruel locura!
    Anquses acudiendo  su sorpresa,
    Ordenadas razones as expresa:


         CLXVII.

      Porque en luz de verdad tu mente aclares,
    Hijo, escucha: En los cielos y en la tierra,
    Y en las lquidas capas de los mares,
    En la alba luna que inconstante yerra
    Y en el sol y en los grandes luminares,
    Espritu eternal dentro se encierra:
    Todo hnchelo l, vago y profundo;
    Alma y centro comun, l mueve el mundo.


         CXLVIII.

      Y en l tiene su orgen el humano,
    Y el bruto, el ave, y cuanto monstruo cria
    En sus senos marmreos Oceano.
    Centella celestial, gnea energa
    Vida  esos sres da, grmen temprano,
    En cuanto no los rinden  porfa,
    El fardo de la carne, los mortales
    rganos y ataduras mundanales.


         CLXIX.

      De ah es que ansian y temen, y  padecen
     envueltos gozan en su crcel dura:
    No ven la luz; ni quedan, si fallecen,
    Limpios del todo de la mancha impura
    De las miserias que al mortal empecen.
    Pobres almas! la sombra en ellas dura
    De usos viles en aos adquiridos
    En su lucha y su union con los sentidos.


         CL.

      Por eso corren del dolor los grados,
    Y vicios propios cada cual expa:
    Hay unas que, purgando sus pecados,
    Expuestas penden en region vaca;
    Otras al fuego  en profundos vados
    Residuos sueltan que la culpa cria:
    Y as los Manes, por diversos modos,
    Merecida pasion sufrimos todos.


         CLI.

      Al Elseo de ah se nos enva,
    Y pocos alcanzamos los amenos
    Campos de llena paz y alma alegra;
    Que no se ganan por ventura,  mnos
    Que (cediendo  la edad, llegado el dia,
    El postrer resto de hbitos terrenos)
    El alma, redimida  la materia,
    Torne  ser mente pura y lumbre aeria.


         CLII.

      Consumados mil aos, al Leteo
    Almas acuden en tropel nutrido:
    Arrstralas un Dios, porque el deseo
    Nazca en ellas, envuelto en alto olvido,
    De volver  vestir corpreo arreo,
    De subir  habitar terreno nido.
    Tal dice, y lleva al hroe y la Sibila
    Entre el ruidoso pueblo que desfila.


         CLIII.

      Y porque logre, al avanzar la hilera,
    Ver de frente lo digno de memoria,
    Le conduce  un collado, y, Considera,
    Hijo, le dice, la sublime gloria
    Que  la raza de Drdano le espera;
    Oye los claros nombres que en la historia
    Nos guarda Italia; entre futuras gentes
    Mira pasar tus dignos descendientes.


         CLIV.

      Ese, de asta de paz y augusto porte,
    Que  la luz va por suerte el ms cercano,
    Ser el primero que  la vida aporte,
    Con sangre mixta y con renombre albano:
    Mira, es Silvio: Lavinia tu consorte
    A luz darle, de tu amor, ya anciano,
    Pstumo dn: le criar su madre
    Rey en las selvas, y de reyes padre.


         CLV.

      De ah en Italia empezar el reinado
    De Troya. Honor de la Troyana gente,
    Prcas lugo aparece, y  su lado
    A Cpis ves y  Numitor presente;
    Y al otro Silvio,  quien tu nombre aado,
    Enas, ya en virtudes eminente,
    Ya en armas, si reinare en Alba un dia:
    Qu mancebos! qu heroica bizarra!


         CLVI.

      Contempla aqusos cuya sien serena
    Asombra en derredor cvica encina:
    Cules de ellos  Gabia y  Fidena
    Te alzarn, y la villa Nomentina;
    Y de ellos cules una y otra almena
    Fundarn sobre montes Colatina,
    Y  Pomecio y  Inuo,  Bole y Cora;
    Nombre  campos darn sin nombre ahora.


         CLVII.

      V  Rmulo, hijo de Ilia, descendiente
    De Troya, hijo de Marte, que al abuelo
    Sigue; y mira ondear sobre su frente
    Crestones dobles con gallardo vuelo:
    Marca el padre en su noble continente
    Su propia, alta mision. Por l al cielo
    Levantar la frente pensadora
    Roma, del orbe militar seora.


         CLVIII.

      La cual de siete alczares murada,
    Con viriles renuevos en que abunda
    Rie, como en su carro alborozada
    De Berecinto la Deidad fecunda
    Por las frigias ciudades torreada
    Va, y su prole celeste la circunda:
    Cien nietos que amamanta y que la adoran;
    Todos son Dioses y entre Dioses moran.


         CLIX.

      Los ojos torna:  tu nacion atento
    Contempla en Roma;  Csar mira; advierte
    Los racimos de Yulo tu sarmiento,
    Que  luz cabal predestin la suerte.
    ste es, ste es el que una vez y ciento
    Oiste  altos anuncios prometerte,
    Csar Augusto, hijo de un Dios, que al mundo
    El ureo siglo volver fecundo.


         CLX.

      l  Italia honrar con tales dones
    Cual ya Saturno; y llevar su imperio
    Del Indo y Garamanta  las naciones,
    Su valor fatigando al hemisferio;
    Y abrirnse  su paso las regiones
    Que allende el Sol se embozan en misterio,
     do el cielo con astros rutilante
    Rueda en los hombros del eterno Atlante.


         CLXI.

      Ya ven los Caspios reinos su venida,
    Por anuncios, con nimo intranquilo;
    Ya la tierra Metica trepida,
    Sus siete brazos estremece el Nilo.
    Tigres guiando con pampnea brida
    Y de Nisa impeliendo, excelso asilo,
    Su carro victorioso, Baco empero
    Llegar no pudo  ese ltimo lindero.


         CLXII.

      No corri Alcdes mismo espacio tanto,
    Aunque prendi con rpida saeta
    La cierva pis-de-bronce, y de Erimanto
    Impuso paces en la selva inquieta,
    Y el lerneo confin cubri de espanto.
    Y dudamos vencer adversa meta
    Nuestra gloria ensanchando? Harn temores
    Que no hollemos la Ausonia triunfadores?


         CLXIII.

      Quin es aqul que coronado asoma
    De insigne oliva, y que con propia mano
    Ya sobre s sacras ofrendas toma?
    Su barba anuncia y su cabello cano
    Al primer rey-legislador de Roma,
    Que de su humilde Cres, aldeano,
    Y de su hogar, desnudo, imperio grande
    Saldr  regir cuando el deber lo mande.


         CLXIV.

      Tulo va en pos, que mover  pelea,
    La paz quebrando,  ejrcitos vecinos
    Ya al prez no usados que el valor granjea;
    Y Anco despues, que un hoy en sus caminos
    El aura popular vano desea.
    O quieres ver los prncipes Tarquinos,
    De Bruto vengador el alma fiera
    Y los fasces que al pueblo recupera?


         CLXV.

      Bruto duras segures el primero
    Cobrar, y el honor del consulado;
    Y al ver que nuevo plan traman guerrero,
    El, de la bella libertad prendado,
    Muerte  sus hijos mandar severo.
    En l vencieron (padre infortunado!),
    Cualquier fallo que espere  su memoria,
    Amor de patria y ambicion de gloria.


         CLXVI.

      Brillar Decios y Drusos v lejanos;
    Torcuato, que levanta el hacha impa;
    Camilo, que del triunfo, con romanos
    Rescatados pendones, se glora.
    Esas dos almas que cual dos hermanos
    En sombra armadas ves, rayando el dia
    Qu guerra no se harn? Cunto de estragos!
    Qu grandes huestes y sangrientos lagos!


         CLXVII.

      De los Alpes el suegro se abalanza;
    Convoca sus legiones de Orente
    El enojado yerno  la venganza.
    Hijos! no hirais el seno  la inocente
    Patria! no eterniceis brbara usanza!
    T, el primero, de Olimpo procedente,
    Oh sangre mia, de rencores libre,
    No ya esa arma cruel tu mano vibre!


         CLXVIII.

      Aqul, cuando  Corinto  su talante
    Haya tratado y al orgullo aquivo,
    Al Capitolio correr triunfante;
    ste, el pas de Agamemnon nativo
    Subyugar, y en Prses arrogante
    Ver  un nieto de Aqules fugitivo:
    Tales desquites  Ilon reserva
    Y al profanado templo de Minerva.


         CLXIX.

      No al gran Caton olvidar, no  Coso;
    Ni ya  los Gracos, ni  los dos Scipiones,
    Relmpagos de guerra, pavoroso
    Apellido  las lbicas regiones.
    Fabricio, en tu pobreza poderoso,
    Salve! y t, el oro en rsticos terrones
    Esparciendo, oh Serrano! Salve, oh Fabios!
    No, aunque cansado, os callarn mis labios.


         CLXX.

      Mximo, con tardanzas t prudentes
    Salvars la Nacion. Y esto adivino:
    Otros con ms primor vultos vivientes
    Harn de bronce duro  mrmol fino;
    Oradores habr ms elocuentes;
    Sabios podrn con ms seguro tino
    El cielo escudriar y las estrellas,
    Y los cercos medir y el poder de ellas;--


         CLXXI.

      T, Romano, regir debes el mundo;
    Esto, y paces dictar, te asigna el hado,
    Humillando al soberbio, al iracundo,
    Levantando al rendido, al desgraciado.
    Habla Anquses, y atindenle en profundo
    Silencio. Ved, aade, sealado
    Con opimos despojos  Marcelo,
    Que alza entre todos vencedor su vuelo.


         CLXXII.

      En mar revuelta armado caballero
    Librar al pueblo de infeliz destino,
    Venciendo al Galo, al Peno, y el tercero
    Ser que ofrenda igual cuelgue  Quirino.
    Viendo Enas que aqul por compaero
    Trae  un jven de aspecto peregrino
    Y brillante armadura, mas la frente
    Mustia casi, ojos bajos, faz doliente;


         CLXXIII.

      Y quin es el doncel, oh padre! exclama,
    Que le sigue en amiga competencia?
    Hijo suyo ser,  acaso rama
    Remota de su ilustre descendencia?
    Qu sn de crte en torno se derrama?
    Cun parecido en la marcial presencia!
    Mas ay! que en torno de su frente vaga
    Odiosa noche con su sombra aciaga!


         CLXXIV.

      Con lgrimas Anquses respondia:
    Quieres anticipar de los Romanos
    El eterno dolor? Fortuna un dia
    Ese jven mostrando  los humanos
    Tornarle  ocultar en sombra impa.
    Tal vez, tal vez, oh Dioses soberanos,
    Si este dn inmortal nos franqueara,
    El trance vuestra diestra recelara!


         CLXXV.

      Del Campo Marcio  la romana plaza
    Cuntos gemidos herirn los cielos!
    Y si ya tu onda su sepulcro abraza,
    Qu, oh Tibre, no vers de acerbos duelos?
    Ningun mancebo de troyana raza
    Tanto alzar, como l, de los abuelos
    Latinos la esperanza; hijo ms bueno
    Nunca otro criars, Roma,  tu seno.


         CLXXVI.

      Oh tipo de fe antigua y piedad rara!
    Oh, qu brazo invencible en lid guerrera!
    Ninguno, si viviese, le retara
    Impune,  ya  pi firme combatiera
     caballo brioso espoleara.
    Mas qu suerte llorosa no le espera?
    Ah! lograses trocar males por bienes!
    T un Marcelo sers, sombra que vienes:


         CLXXVII.

      Azucenas me dad con mano larga;
    Que,  ilustre nieto fciles honores,
    Cortos alivios de esparanza amarga,
    Quiero esparcir sobre su frente flores.
    Dice, y la voz en lgrimas se embarga.
    Tal los campos hollando encantadores
    En que benigna luz mgica oscila,
    Mranlo todo el hroe y la Sibila.


         CLXXVIII.

      Y lugo que hubo el padre al hijo atento
    Aventuras y sitios explicado,
    Avivando en su pecho el patrio aliento
    Y ambicion santa de futuro estado,
    Nuevas guerras le anuncia, de Laurento
    Pueblos y muros do le cita el hado:
    Y maneras le ensea como eluda
    Ya caso extrao, ya fatiga ruda.


         CLXXIX.

      All en confines de misterio eterno
    El Sueo volador tiene dos puertas,
    Una de albo marfil, otra de cuerno,
    A ensueos varios  la vez abiertas.
    Transitan la primera, del Averno
    Fbricas de ilusion, sombras inciertas;
    Las visiones  imgenes reales
    Cruzan de la segunda los umbrales.


         CLXXX.

      Yendo hablando los tres, h aqu despide
    Anquses  los dos por el abierto
    Prtico de marfil. Enas mide
    Arrancando de all, camino cierto
    Hcia amigos y naves, y decide
    Ir tierra  tierra de Cayeta al puerto.
    Ya, por fin, proa afuera ncoras tiran;
    Las popas en la costa alzar se miran.


FIN DEL TOMO PRIMERO.


NOTAS:

[A] Aqu transcribe el crtico, de la traduccin de la _Eneida_ por el
         Sr. Caro, cinco actavas (LXXII  LXXVII),
que el lector puede ver en este tomo  la pg. 172.

[B] _Apuntaciones crticas sobre el lenguaje bogotano_, por Rufino
Jos Cuervo. Bogot, 1867-1872. Un v. in 8., de 527 pginas.--(De
esta obra ha salido  luz en este ao en Bogot, una 3. edicin,
considerablemente aumentada.)--_El Editor._

[C] Aqu sigue discurriendo el crtico sobre las transformaciones que
en su concepto debe experimentar el castellano en Amrica. Suprimimos
esta parte como no pertinente al asunto. _El Editor_.








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