The Project Gutenberg EBook of El Tesoro de Gastn, by Emilia Pardo Bazn

This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
whatsoever.  You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
www.gutenberg.org.  If you are not located in the United States, you'll have
to check the laws of the country where you are located before using this ebook.

Title: El Tesoro de Gastn

Author: Emilia Pardo Bazn

Illustrator: Jos Passos

Release Date: May 26, 2017 [EBook #54791]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL TESORO DE GASTN ***




Produced by Carlos Coln, Nahum Maso i Carcases, Josep
Cols Canals, University of Toronto and the Online
Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
file was produced from images generously made available
by The Internet Archive)






                        Notas del Transcriptor

  Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

  Los errores obvios de puntuacin y de imprenta han sido corregidos.

  Las pginas en blanco presentes en el original han sido eliminadas en
  la versin electrnica.

  El texto en cursiva se indica con _guin bajo_.

  El texto en letra versalita (versalilla) ha sido sustituido por
  maysculas.

                   *       *       *       *       *




                      COLECCIN ELZEVIR ILUSTRADA

                             VOLUMEN SEXTO


                          El Tesoro de Gastn




                      Coleccin Elzevir Ilustrada


                         VOLMENES PUBLICADOS

 I.--M. HERNNDEZ VILLAESCUSA.--_Oro oculto_, novela.

 II.--VITAL AZA.--_Bagatelas_, poesas.

 III.--ALFONSO PREZ NIEVA.--_gata_, novela.

 IV.--NILO MARA FABRA.--_Presente y futuro._ Nuevos cuentos.

 V.--FEDERICO URRECHA.--_Agua pasada._ (Cuentos, bocetos y semblanzas).

 VI.--EMILIA PARDO BAZN.--_El Tesoro de Gastn_, novela.


                               EN PRENSA

 M. MORERA Y GALICIA.--_Poesas_, con un prlogo de Antonio de Valbuena.

 ENRIQUE R. DE SAAVEDRA, DUQUE DE RIVAS.--_Cuadros de la fantasa y de
 la vida real._


                            EN PREPARACIN

 JUAN GUALBERTO LPEZ VALDEMORO, CONDE DE LAS NAVAS.--_El Procurador
 Yerbabuena_, novela.

 ANTONIO DE VALBUENA.--_Santificar las fiestas_, cuentos.

 CARLOS FRONTAURA.--_El cura, el maestro y el alcalde._

 MIGUEL RAMOS CARRIN.--_Zarzamora_, novela.


                              Y OTROS DE

 ALTAMIRA (RAFAEL).
 AZA (VITAL).
 BECERRO DE BENGOA (RICARDO).
 LINIERS (SANTIAGO).
 MARINA (JUAN).
 OLLER (NARCISO).
 PREZ ZIGA (JUAN).
 THEBUSSEM (DR.)
 VALERA (JUAN), ETC., ETC.




                         _Emilia Pardo Bazn_


                                  El

                           Tesoro de Gastn

                               _Novela_

                           Ilustraciones de

                              JOSE PASSOS


                      Con licencia del Ordinario

                             [Ilustracin]

                               BARCELONA

                          JUAN GILI, LIBRERO

                           223, CORTES, 223

                              MDCCCXCVII




                             ES PROPIEDAD




                             [Ilustracin]




                                   I

                              La llegada


Cuando se baj en la estacin del Norte, harto molido,  pesar de haber
pasado la noche en _wagon-lit_, Gastn de Landrey llam  un mozo,
como pudiera hacer el ms burgus de los viajeros, y le confi su
maleta de mano, su estuche, sus mantas y el taln de su equipaje. Qu
remedio, si de esta vez no traa ayuda de cmara! Otra mortificacin
no pequea fu el tener que subirse  un coche de punto, dndole las
seas: Ferraz, 20... Siempre, al volver de Pars, le haba esperado,
reluciente de limpieza, la fina berlinilla propia, en la cual se
recostaba sin hablar palabra, porque ya saba el cochero que  tal hora
el seorito slo  casa poda ir, para lavarse, desayunarse y acostarse
hasta las seis de la tarde lo menos...

En fin, qu remedio! Hay que tomar el tiempo como viene, y el tiempo
vena para Gastn muy calamitoso. Mientras el simn, con desapacible
retemblido de vidrios, daba la breve carrera, Gastn pensaba en mil
cosas nada gratas ni alegres. El cansancio fsico luchaba con la
zozobra y la preocupacin, mitigndolas. Slo despus de refugiado
en su linda _garonnire_; slo despus de hacer chorrear sobre las
espaldas la enorme esponja siria, de mudarse la ropa interior y de
sorber el par de huevos pasados y la taza de t ruso que le present
Telma, su nica sirviente actual, excelente mujer que le haba conocido
tamao; slo en el momento, generalmente tan sabroso, de estirarse
entre blancas sbanas despus de un largo viaje, decidise Gastn 
mirar cara  cara el presente y el porvenir.

Agitse en la cama y se volvi impaciente, porque divisaba un horizonte
oscuro, cerrado, gris como un da de lluvia. Arruinado, lo estaba; pero
apenas poda comprender la causa del desastre. Que haba gastado mucho,
era cierto; que desde la muerte de su madre llevaba vida bulliciosa,
descuidada y esplndida, tampoco caba negarlo. Sin embargo, echando
cuentas, (tarea  que no sola dedicarse Gastn), no se justificaba,
por lo derrochado hasta entonces, tan completa ruina. El caudal de
la casa de Landrey, casi doblado por la sabia economa y la firme
administracin de aquella madre incomparable, daba tela para mucho ms.
Seis aos! Disolverse en seis aos, como la sal en el agua, un caudal
que rentaba de quince  diez y siete mil duros!

Acudan  la memoria de Gastn, claras y terminantes, las palabras de
su madre, pronunciadas en una conferencia que se verific cosa de dos
meses antes de la desgracia.

--Tonn,--haba dicho cariosamente la dama,--yo estoy bastante
enfermucha; no te asustes, no te aflijas, querido, que todos hemos de
morir algn da, y lo que importa es que sea muy  bien con Dios; lo
dems... ya se ir arreglando! Siento dejarte hurfano en minora,
pero pronto llegars  la mayor edad, y as que dispongas de lo
tuyo, acurdate de dos cosas, hijo... Que ni hay poco que no baste
ni mucho que no se gaste, y... que no debemos ser ricos... slo...
para hacer nuestro capricho, olvidndonos de los pobres y del alma!
Quedan aumentadas las rentas... gracias  que no he fiado  nadie lo
que pude hacer yo misma... y eso que soy una mujer, una ignorantona,
una infeliz! T, que eres hombre, y que recibes doblado el capital,
puedes acrecentarlo, sin prescindir de... de que hay deberes, para un
caballero sobre todo!... y de que la fortuna se nos da en depsito, 
fin de que la administremos honradamente!... Verdad, Tonn, que vas 
pensar en esto que te he dicho... as... as que no estemos... juntos?
Dame un beso... Ay!... Cuidado, que por ah anda la pupa!

Y Gastn, de pronto, sinti como los ojos se le humedecan, acordndose
de que el ay! de su madre haba delatado, por primera vez, la horrible
enfermedad cuidadosamente oculta, el zaratn en el seno.

Poco despus la operaban, y no tardaba en sucumbir  una hemorragia
violenta... y Gastn vea  su madre tan plida, tendida en el
abierto atad, y recordaba das de llanto, de no poder acostumbrarse
 la orfandad,  la soledad absoluta... Despus, con la movilidad
de los aos juveniles, vena el consuelo, y con la mayor edad, el
gozo de verse dueo de sus acciones y de su hacienda, libre, mozo,
opulento! Dando una vuelta repentina en la cama, lo mismo que si el
colchn tuviese abrojos, Gastn volva  rumiar la sorpresa de haber
despabilado tan pronto la herencia de sus mayores.

--Si no es posible humanamente!--calculaba.--Si no me cabe en la
cabeza! Vamos  ver; yo no soy un vicioso; no he jugado sino por
entretenimiento; no he tenido de esos entusiasmos por mujeres pagadas,
en que se consumen millones sin sentir. Qu hice, en resumidas
cuentas? Vivir con anchura; pasarme largas temporadas en el extranjero,
sobre todo en el delicioso Pars; comer y fumar regaladamente;
divertirme como joven que soy; pagar sin regatear buenos cocheros y
caballos de pura raza, cuentas de sastre y de tapicero, de joyero y
de camisero, de hotel, de _restaurant_... Todo ello, aunque se cobre
por las setenas, no absorbera ni la tercera parte de mi caudal... oh,
eso que no me lo nieguen. Aunque me lo prediquen frailes descalzos!
Me sucede lo que  la persona que ha dejado en un cajn una suma de
dinero, no sabe cunto, pero volviendo  abrir el cajn nota que hace
menos bulto, y dice: Gatuperio...

Aqu Gastn suspir, abraz la almohada buscando frescura para las
mejillas, y pens entrever, como filtrado por las cerradas maderas de
las ventanas, un rayito de luz.

--El caso es que yo fu bien prudente. De imprevisor nadie podr
tacharme.  quin mejor haba de confiar mis negocios, y la gestin y
administracin de mis bienes, que  don Jernimo Uasn? Un viejo tan
experto, con tal fama de seriedad y honradez en los negocios; y adems,
de una condicin encantadora; nunca le peda yo con urgencia dinero,
que  vuelta de correo no me lo girase sin objecin alguna... En lo que
no tiene disculpa don Jernimo, es en no haberme avisado de que mis
gastos eran excesivos; de que  ese paso me quedaba como el gallo de
Morn...

Al hacer reflexin tan sensata, por primera vez el incauto mozo sinti
algo que podra llamarse la mordedura de la sospecha y el aguijn del
reconcomio. Evoc el recuerdo de la cara de don Jernimo y se le figur
advertir en ella rasgos del tipo hebreo, la nariz aguilea, de presa,
la boca voraz, los ojos cautelosos y vidos... Las palabras de su madre
resonaron de nuevo en su corazn olvidadizo: No he fiado  nadie lo
que pude hacer yo misma...

                             [Ilustracin]

Al cabo se durmi.  las seis, obedeciendo rdenes, Telma vino 
despertarle de un sueo agitado, lleno de pesadillas; arreglse 
escape, y  las siete menos cuarto conferenciaba con don Jernimo. Ms
de una hora dur la entrevista, de la cual sali Gastn con la sangre
encendida de clera y el espritu impregnado de amargura. La venda
se haba roto sbitamente y Gastn vea,-- buena hora!--que aquel
tunante de apoderado general era el verdadero autor de su ruina.

 preguntas, reconvenciones y quejas, slo haba respondido don
Jernimo con hipcrita y melosa sonrisilla, que provocaba  chafarle de
una puada los morros.

--Qu quera usted que hiciese?--silbaba el culebrn.--Pues no
estaba usted pidiendo fondos y fondos  cada instante? Pues no era
usted mayor de edad, dueo de sus acciones y sabedor de  cunto
ascendan sus rentas? Usted, desde Pars, libranza va y libranza viene,
y Jernimo Uasn teniendo que dejarle  usted bien, y que buscar y
desenterrar las cantidades aunque fuese en el profundo infierno...
Bien me agradece usted los apuros que he pasado, las sofoquinas,
las vergenzas, s, seor! que vergenza y muy grande es,  mis
aos, andar solicitando  prestamistas y aguantando feos! Todo lo he
hecho, por ser usted hijo de los seores de Landrey, que tanto me
apreciaban... Ahora conozco que me pas de tonto, que deb cerrarme 
la banda y contestarle  usted cuando me peda monises: otro talla,
seor mo...

--Pero usted bien vea que yo me quedaba pobre,--exclamaba Gastn con
indignacin apenas reprimida,--y debiera usted, como persona de ms
experiencia, aconsejarme, llamarme la atencin, advertirme... Yo le d
 usted poder ilimitado... Yo tena depositada mi confianza en usted.

--S, s, advertir! Bonito recibimiento me esperaba! Ya s yo lo que
son jvenes contrariados en sus antojos... Y adems, don Gastoncito,
quin me deca  m que al echar as la casa por la ventana, no
preparaba usted una gran boda? Hay en Pars seoritas de la colonia
americana, que apalean el oro... Es preciso respetar muchsimo,
muchsimo la libertad de cada uno! y lamentara toda mi vida que por m
fuese usted  perder la colocacin brillante que se merece...

--Tngame Dios de su mano,--pens Gastn al escuchar esta nueva
insolencia, y conociendo que se le suba  la cabeza la ira, y las
manos se le crispaban ansiosas de abofetear al judo.

Al fin, con violento esfuerzo sobre s mismo, revolviendo
trabajosamente la lengua en la boca seca y llena de hiel, pronunci:

--Bien, cortemos discusiones, que  nada conducen; al grano... Me
queda algo, lo preciso para comer?

Vacil un instante don Jernimo, y afect un golpe de tos, ruidosa y
como asmtica, antes de responder, fingiendo fatiga:

--Mire usted, lo que es eso... hasta que... bruum! hasta que... yo...
reconozca... y liquide... bruum!... los crditos... y se proceda... 
la venta de... de las fincas hipotecadas... es imposible decir si el...
bruum! pasivo... supera al activo... Acaso tengamos dficit... pero
bruum! ej... ej... no ser muy grande...

--Es decir,--pregunt Gastn con temblor de labios,--que an podr
suceder que despus de venderlo todo... deba dinero?

--Ej, ej... calculo que una futesa...

No quiso oir ms Gastn. Tomando su sombrero, despidise con una frase
bronca, y abandon el nido del ave de rapia  quien tarde vea el pico
y las garras. En el recibimiento, mientras recoga sombrero y bastn,
no pudo menos de fijarse, con penosa y estril lucidez, en detalles que
le sorprendieron: un soberbio mueble de antesala tallado, un rico tapiz
antiguo, una alfombra nueva y densa como velln de cordero, un retrato,
escuela de Pantoja, una lmpara de muy buen gusto. Pareca la entrada
de una casa seorial, y al acordarse de que antao don Jernimo se
honraba con alfombra de cordelillo y sillas de Vitoria, Gastn se trat
 s mismo de majadero, no sin reprimirse para no emprenderla  palos
con los muebles y con el dueo en especial...

Volvi  su morada  pie, devorando la pesadumbre, queriendo
sobreponerse  ella, y sin conseguirlo. Telma, solcita, le haba
preparado una comida de sus platos predilectos; pero no estaba la
Magdalena para tafetanes, ni Gastn para apreciar debidamente el mrito
del pur de alcachofas, los langostinos en pirmide y las costilletas
de cordero delicadamente rebozadas en salsa bechamela.

--Hija, es preciso que me vaya acostumbrando  las lentejas y al pan
seco,--respondi con un humorstico alarde cuando la vieja criada,
llevndose la fuente, preguntaba con inquietud, si era que ya tena
perdida la mano.

Y la fiel servidora, antes de cruzar la puerta, clav en su amo una
mirada perruna  inteligente, una mirada que se condola...

Vestido el frac, despus de comer, Gastn dedic la noche  intentar
ver  dos  tres personas de quienes esperaba consejo y auxilio.
 ninguna encontr en casa, y sera caso raro que lo contrario
acaeciese en Madrid, donde la noche se consagra  crculos, teatros y
sociedades. Rendido, harto de dar tumbos en el alquiln, se recogi
 las doce y media. Una gran desolacin, un pesimismo mortal le
agobiaban, ponindole  dos dedos de la desesperacin furiosa. Sin
duda que al siguiente da le sera fcil encontrar en casa, amables y
sonrientes,  sus noctmbulos amigos; pero qu sacara de ellos? 
lo sumo... buenas palabras... Ni Daroca, el bolsista; ni el flamante
marqus de Casa-Planell, el riqusimo banquero; ni Daz Carpio, el
actual subsecretario de Hacienda; ni mucho menos el gomoso Carlitos
Lanzafuerte, iban  abrir la bolsa y ponerla  disposicin del
_tronado_!... (Tan feo nombre se daba  s propio Gastn).

                             [Ilustracin]

Al dejar Telma sobre la mesa de noche la bebida usual, la copa de agua
azucarada con gotas de cognac y limn, mientras Gastn, inerte, yaca
en la meridiana, esperando  que se retirase la criada para empezar 
desnudarse, sta dijo no sin cierta timidez, el recelo de los criados
que ven  sus amos muy tristes:

--Seorito... anteayer mand  preguntar por usted la seora
Comendadora. No sabe? Su ta, la del convento... Que si haba vuelto
ya de Francia... y que deseaba verle... Que cuando viniese, por Dios no
dejase de ir, sin tardanza ninguna...

--Bien, bien!--contest l impaciente.

As que apag la buja y se tendi en la cama, la arcaica figura de
la Comendadora se alz en la oscuridad. Abandonado de todos Gastn, un
instinto le impulsaba  buscar arrimo y consuelo,  desear comunicarse
con alguien que le compadeciese y le amase de veras. Y su ta abuela,
la Comendadora, era la nica parienta cercana que tena en el mundo.

                             [Ilustracin]




                                  II

                            La Comendadora


Como no le dejasen dormir sus melanclicos pensamientos, Gastn se
levant temprano, se visti con diligencia, y subiendo democrticamente
al tranva, se dej llevar hasta muy cerca del convento de las
Comendadoras, que se eleva sombro, dominado por su vasta iglesia, en
una calle de las ms solitarias del antiguo Madrid. Las Comendadoras
no tienen reja. Mano  mano,  guisa de seglares damas--y bien nobles
que lo son--reciben  sus visitas en un locutorio bajo, amplio,
esterado, encalado, cuyas paredes adornan cuadros religiosos anegados
en betn, y que amueblaban canaps de paja con respaldo de lira, y
braseros claveteados--un saln de principios del siglo.--Paseando
febrilmente esper Gastn  su ta. La portera le haba dicho que
doa Catalina--as se llamaba la Comendadora--estaba en el coro, y
que tardara cosa de unos veinte minutos. No traigo prisa, gracias,
contest el mozo: pero, solo ya, meda el locutorio con rpidas
pisadas. Desde que se haba levantado y salido  la calle, batallaba
con la idea de que todo lo de su ruina era un mal sueo. Una casa
tan vieja, tan slida como la casa de Landrey, venirse  tierra por
artimaas de un usurero maldito! No; no poda ser que l, Gastn de
Landrey, con sus propias manos acostumbradas  calzar guantes, con su
propia cabeza hecha  las esencias y  los lavatorios del peluquero,
tuviese que trabajar y discurrir como el resto de los mortales,  fin
de ganarse el pan de cada da... La vida iba  continuar, rauda y
disipada; la nica vida posible, la _vida_ en el sentido parisiense del
vocablo.

Al pensar esto, una oleada de esperanza inund  Gastn, esperanza
venida no saba de dnde, tal vez de la tranquilidad del locutorio, del
aristocrtico silencio del convento, donde deban de ser inmutables
todas las cosas.

Cuando se hallaba ms engolfado en sus sueos, abrise la puerta
lateral, gruesa hoja de encina, y apareci en el hueco, inmvil y muda,
la Comendadora, la misma doa Catalina de Landrey y Castro, con las
tocas negras, el blanco escapulario, y en el pecho la roja herldica
cruz. Adelantndose vivamente, Gastn corri  abrazar  su ta, 
sostenerla,  traerla en vilo hasta la silla baja, situada cerca de la
reja que daba  la calle, el sitio donde solan conversar otras veces;
pero la anciana murmur suplicante:

--Al jardn... al jardn... all hace sol... all no tendremos fro!

No senta Gastn ni pizca de fro en el locutorio: entrado el mes de
Mayo, la temperatura era suave y radiante la maana. No obstante,
asinti sonriendo y quiso coger  la anciana por el talle.

--No, voy delante,--exclam ella.

Lentamente, deslizndose como una sombra, precedi  Gastn por dos
 tres pasillos y antesalas, hasta llegar  una carcomida puerta
cuyo picaporte alz. Al pisar el umbral del jardn, Gastn se par
deslumbrado.

No era el jardn muy grande: serva de patio al convento, y en su
centro, por todo adorno, tena un pozo con brocal, el humilde pozo de
Castilla. Cuatro cuarterones simtricos, recortados en forma circular
 fin de dejar sitio al pozo y holgura para sacar agua, formaban el
sencillo trazado del jardn monstico. Slo que estos arriates, con
exclusin absoluta de toda otra flor  planta, estaban materialmente
tapizados de pies de azucena floridos. Era una espesura de azucenas.
Y bajo la sbana de oro que el sol tenda generosamente, la nvea
blancura de las flores, su apretada abundancia, su esbeltez, su
elegante forma casta y mstica, halagaban los ojos y embriagaban
dulcemente el corazn. Era un jardn mariano, cultivado nicamente por
amor  la Virgen, para poder cubrir su altar de ramilletes simblicos,
en el gracioso culto llamado de las flores de Mayo;  ms bien era
otro altar que brotaba de la tierra seca y desnuda, por virtud del
riego continuo de unas manos piadosas, enamoradas de Mara.

                             [Ilustracin]

En un ngulo del jardn daba todava la sombra, y sobre un banco de
ladrillo se sent la Comendadora pausadamente, convidando  su sobrino
 que la imitase. La claridad que baaba el jardn caa sobre el
rostro de doa Catalina, patentizando la labor de los aos; estrago
no diremos, porque en medio de su carcter de vetustez, bajo el
severo contorno de la toca, aquel rostro tena an lneas de belleza
pasada, vestigios de algo que debi de ser escultural. Parecan las
majestuosas facciones modeladas en esa cera amarillenta, resquebrajada,
de los cirios viejos y muy secos; la boca no era ms que una lnea
plida, dilatada por una sonrisa misteriosa; las cejas y las pestaas,
encanecidas, sombreaban de un modo fatdico los ojos, donde persista
una vida extraordinaria, una especie de magnetismo. Los clavaba en
Gastn con tal fuerza, con insistencia tal, que el mozo por un instante
crey  la Comendadora enterada de su ruina, y calcul para s, algo
impaciente:

--Menudo sermn me espera. Agarrarse.

Recordaba Gastn que, cuando de nio sola venir al convento, le daba
mucha lstima su ta la Comendadora. Siempre metida entre aquellas
cuatro paredes, siempre arrebujada en aquellos austeros paos!
Despus, ya hombre y capaz de entender, haba sabido la historia de
doa Catalina, y la lstima creci. Doa Catalina era hija de don
Martn de Landrey, uno de los nobles que en la lucha entre espaoles
y franceses por la independencia, inficionados de volterianismo y de
lo que llamaban entonces _ideas nuevas_, abrazaron el partido del
invasor. Es de advertir que los Landrey descendan en lnea recta de un
caballero bretn venido con Beltrn Duguescln  Claqun  favorecer 
don Enrique de Trastamara, que cas con espaola, que no quiso volver
 Bretaa cuando la vi incorporada  la corona francesa, y  quien el
fratricida estim y colm de _mercedes_, otorgndole bienes y feudos
en la tierra gallega, tan semejante  la vieja Armrica, sealada
por su fidelidad  don Pedro, y en la cual le convena al bastardo
arraigar  sus partidarios. En cierto modo, don Martn de Landrey
obedeca al atavismo cuando se afrancesaba; mas no lo creyeron as sus
deudos ni menos doa Catalina, que era entonces una criatura, pero que
se daba cuenta de todo. Dbil y enfermiza ya, pudo tanto en ella el
disgusto de ver  su padre, en quien adoraba, sealado con el dedo y
despreciado y maltratado cuando por fin sali de Espaa el intruso,
que contrajo un raro padecimiento nervioso, convulsiones seguidas
de profundos sncopes. Su hermano,--el abuelo de Gastn,--ardiente
patriota y espaol acrrimo, haba reido con don Martn por diferencia
de opiniones, y viva en Madrid, en casa de un to suyo, el marqus
de Lanzafuerte, algo favorito de Fernando VII; y Catalina se encerr
con su padre, en el desmantelado castillo de Landrey, por huir de la
malevolencia y la antipata que en Compostela, lo mismo que en la
corte, despertaba el afrancesado.

                             [Ilustracin]

Vivieron all padre  hija largos aos en hosca soledad, ella siempre
enferma, l tambin achacoso, y cada da ms misantrpico y saturado
de hiel, y cuando vino la ltima hora de don Martn, la hija sufri el
horrible dolor de ver morir al padre como un rprobo, rechazando con
mil pretextos toda clase de auxilios espirituales, y ya, por ltimo,
amenazando con coger las pistolas que tena  la cabecera y hacer un
ejemplo si un cura pasaba el umbral!--As que hubo cerrado los ojos
al infeliz, doa Catalina, en vez de caer al suelo presa de uno de
sus accesos acostumbrados, se mostr casi impasible; vel el cadver,
atendi al entierro, encarg misas, muchas misas, y se estuvo cerca de
un mes encerrada en las habitaciones del difunto, registrando cmodas
y armarios, poniendo en orden documentos y papeles. Una noche, los
labriegos y pescadores de la costa donde se asienta el castillo de
Landrey, vieron con sorpresa un gran resplandor rojo, y si al pronto
creyeron que haba incendio, no tardaron en comprender que era una
descomunal hoguera encendida en mitad del patio de honor. Delante
de la hoguera estaba doa Catalina de pie, mandando la maniobra, y
dos criados traan en cestos libros y manuscritos, despedazaban los
volmenes y los arrojaban  la hoguera, atizando y cebando su llama
con provisin de lea y ramaje seco, para que devorase pronto aquel
frrago.--Gastn haba odo referir  su madre que all se abrasaron
las obras de bastantes franchutes de la cscara amarga, y muchos
papelotes que probaban las ntimas conexiones de don Martn de Landrey
con la masonera espaola, su afiliacin  la secta y el alto grado
que en ella posea... La quemazn dur hasta el amanecer, y slo al
blanquear la luz del alba las almenas de las torres se retir doa
Catalina lentamente, despus de cerciorarse, removiendo con un palo la
ya moribunda hoguera, de que all slo quedaban cenizas. Pocos das
despus de este suceso, doa Catalina, dejndolo todo bien arreglado
y habiendo repartido entre los pobres labriegos cuantiosas limosnas
y perdonado, por cuenta de su legtima, deudas y atrasos de pagos de
rentas, sali hacia Madrid, donde la reclamaba su hermano don Felipe de
Landrey. Llevaba en su compaa doa Catalina  una nia de unos tres
aos de edad, hurfana de madre, hija del mayordomo, que no era sino
Telma, la actual sirviente de Gastn.

En Madrid quisieron divertir y festejar  Catalina; adems de su
hermano tena dilatada parentela de primos y primas, porque una hermana
de su bisabuelo se haba casado con el duque de Ambas Castillas, y otra
con el de Lanzafuerte, dejando ambos numerosa y masculina prole, que
se enlaz luego  otras familias de muy alta alcurnia. Catalina aleg
el riguroso luto para no concurrir  distracciones ni  saraos, y el
da en que se cumpli un ao justo de la muerte de su padre, anunci
el decidido propsito de entrar en las Comendadoras. Era libre y duea
de sus acciones, y nadie poda oponerse  su deseo, con tal resolucin
manifestado. No obstante, don Felipe se opuso, y aleg el peligro de
la salud; con aquel terrible mal nervioso, aquellos desvanecimientos y
accesos convulsivos era prudente, era ni siquiera cristiano encerrarse
en un convento? Doa Catalina respondi que la Iglesia haba arreglado
las cosas tan bien, que existan conventos para todos los estados de
salud; que las Comendadoras no hacan vida penitente, sino recoleta
y regular, y que ella estaba segura de resistir bien la prueba. Y en
efecto, no slo la resisti, sino que dentro del convento su organismo
dbil y quebrantado se templ hasta adquirir el vigor del acero; el
equilibrio se estableci, la paz rein en su antes combatido espritu,
y poco  poco la cara triste y los nublados ojos de doa Catalina se
convirtieron en la hermosa faz y las serenas pupilas de la que todos
dieron en nombrar la monja guapa.

--Desde que tu ta Catalina pronunci los votos, revivi,--decale 
Gastn su madre.--La pobre se conoce que haba ofrecido este sacrificio
por los pecados de don Martn. Ella cumpli lo que tena el deber de
cumplir, y nada aprovecha tanto al alma y al cuerpo.

 pesar de la afirmacin de su madre, Gastn recordaba que no haba
cesado de compadecer  su ta Catalina, de considerarla una vctima
inmolada  preocupaciones, una vida tronchada en flor, una especie de
fantasma sentenciado  desaparecer del mundo. Para l, entregado al
desorden y tropelas de la voluntad, la regla en el vivir constitua
una esclavitud, y cualquier valla cruel tirana. No hay ms, doa
Catalina le daba lstima! Y por qu en aquel instante,  aquella hora
virginal de la pura y radiante maanita, en aquel jardn monstico
todo paz, donde slo se escuchaba el vuelo de algn abejorro, donde
las azucenas abran tmidamente sus clices de raso blanco y vertan
en silencio su pomo fragante, Gastn, en vez de compadecer  doa
Catalina, adverta que la envidiaba? S, no lo poda dudar; envidiaba
 la Comendadora, como envidia el marinero, desde su esquife que las
olas hacen crujir y van  tragarse pronto, al pobre ermitao que bebe
de la apacible fuente antes de la oracin... Era hermoso haber vivido
sin tacha; haber realizado lo que creemos bueno y justo; haber dado
testimonio de su fe ante los hombres, y haber llegado casi  los
noventa aos con aquella sonrisa misteriosa, no la de la esfinge, sino
la de la santa que ya entrev la bienaventuranza celeste...

--Aqu estaremos mejor,--pronunci con cascada voz la Comendadora,
interrumpiendo los calendarios de su sobrino.--Importa muchsimo que
no nos oiga nadie... nadie!...  estas horas no aparecen monjas por
aqu... Lo que te voy  decir es slo para t... me entiendes? Para
t... t eres el nico nieto varn de mi hermano Felipe... y ya no
queda en este mundo ms personas que t y yo llevando directamente el
apellido de Landrey...

Gastn se estremeci. Acababa de presentir que no iba  escuchar de
labios de su ta el obligado sermn al sobrino manirroto. Conoca el
culto de doa Catalina por el apellido de la familia, nica debilidad
mundana que siempre se not en la ejemplar reclusa, que no haba cesado
ni un da de enterarse de los nacimientos, bodas, muertes, malandanzas
y bienandanzas de sus sobrinos. La Comendadora no era verosmil que
conociese el estado de la hacienda de Gastn, y por consiguiente,
lo que iba  dejar salir de su hundida boca de sibila agorera, la
revelacin anunciada, slo poda referirse al pasado,  ese _ayer_ de
todas las familias, ms romntico en las nobles, en quienes se enlaza
estrechamente con la historia.

                             [Ilustracin]




                                  III

                             La revelacin


--Qu miedo he pasado de morirme antes que t volvieses de ese
Pars!--exclam la anciana subrayando con tedio el nombre de la capital
francesa.--Lo que he rezado  santa Rita para que me conservase la
vida unos das ms!

--Pero, ta, si est usted para vivir cien aos!--afirm Gastn
chanceramente.

Doa Catalina clav en el rostro de su sobrino los negrsimos ojos, lo
nico que sobreviva en su semblante momificado, con extraordinaria
expresin, sobrehumana casi.

-- la lmpara se le acaba el aceite,--dijo en voz sorda,--pero la
misericordia divina no ha permitido que la muerte me sorprenda. S de
cierto que se acerca la hora...

--Vamos, tiita, aprensiones... Me ha de enterrar usted  m y pedir
para que me admitan en la gloria,--insisti el sobrino.

--No lo digas  nadie, hijo mo,--prosigui la reclusa sin
atenderle.--Slo  t y al confesor lo descubrir!... Como te estoy
viendo... he visto... he visto  don Martn de Landrey, tu bisabuelo...
mi padre!

Estremecise Gastn. En aquel jardn embalsamado, entre los vitales
efluvios que derramaba el sol ascendiendo  su zenit, sinti pasar el
soplo fro del _ms all_, un hlito del otro mundo.

--Si vieses qu mal color tena!--continu doa Catalina tiritando
como si las frescas azucenas de Mayo fuesen copos de nieve.--Lo mismo
que cuando lo deposit en la caja... Y una cara de sufrir!... Virgen
Santsima, Madre de los afligidos, perdn para l... y para todos los
pecadores!

La cabeza agobiada de la Comendadora cay sobre el pecho, y Gastn,
cariosamente, slo acert  murmurar:

--Ta... no habr sido... una figuracin de usted?... Hay as...
momentos en que desvariamos!...

--No! Era l en persona... Podra yo desconocerle! Podra confundir
con cualquier ruido su voz, que me dijo... en un tono tan triste...
como si las palabras saliesen de la pared!... Catalina... te
espero... hasta luego, Catalina!...

Hizo una pausa, y Gastn vi humedecerse ligeramente las ridas pupilas
de la dama, que mova los labios, rezando para s, sin articular.
Gastn, quebrantado an del viaje y de las penosas impresiones
recientes, notaba un vrtigo que atribua al olor subido de las flores,
ms aromosas cuanto ms calentaba el sol. No quera Gastn reconocer
que,  pesar suyo, le impresionaban las palabras de la Comendadora.

De pronto doa Catalina se enderez, ya tranquila y al parecer olvidada
de sus temores.

--Natural es morir, hijo mo,--declar serenamente.--Otros eran
jvenes y se han ido primero. Eso s que asusta. Ya no hay ms Landrey
que t.  m la tierra me llama, despus de ochenta y ocho aos y cinco
meses que estoy en el mundo. T ahora empiezas la jornada... Cmo te
pareces  tu abuelo, al pobre Felipe!... Qu bien has hecho en venir
aprisa!...

--En cuanto me avis Telma. Ayer mismo llegu  Madrid... Ya ve usted,
ni veinticuatro horas...

Algo que remedaba una sonrisa y era ms bien fnebre mueca, anim el
semblante amojamado de la Comendadora.

--Acrcate ms, hijo del alma... Ya apenas tengo voz; no puedo
esforzarme... Si me paro, no te asustes... Me falta resuello... Soy muy
viejecita... Adems, tengo fro... Mira, mira... Helada estoy.

La diestra glacial de la Comendadora cay sobre la de Gastn, que
sinti impulsos de retirarla, pero se contuvo. Parecale advertir
el contacto de un cadver: tal estaba de inerte y seca  la vez
aquella mano que haba debido de ser bella y que conservaba an las
proporciones y el delicado dibujo de una mano patricia.

                             [Ilustracin]

--Eres buen cristiano?--pregunt de improviso doa Catalina.

--Bueno no s; cristiano s,--respondi no sin extraeza Gastn.

--Es que si eres... de esos... que slo creen en la materia...
entonces... aunque te llames Landrey... yo... no tengo nada que
decirte!...--Crees firmemente en Dios, que nos perdona... que nos ha
redimido?... Crees,  no crees? No mientas... Un Landrey no miente...
sera mucha vergenza! Sera propio de un villano!

--Creo en Dios,--murmur Gastn sonriendo del  su parecer pueril
interrogatorio.

--Y en la Virgen?

--Y en la Virgen,--afirm el mozo con calor involuntario, ms conmovido
ya de lo que aparentaba.

Doa Catalina cruz las manos como transportada de gozo. Despus, sin
transicin, exclam, fijando en Gastn sus vividos ojos:

--Has estado alguna vez en nuestro castillo de Landrey, cerca de la
Puebla de Beirana?

--Nunca, querida ta,--declar Gastn desorientado y algo confuso.--Y
eso que siempre me daba curiosidad. Debe de ser una antigualla
preciosa... es decir, con carcter... de eso precisamente, de
antigualla. Pero ya sabe usted lo que sucede: se forman planes, se
fantasea el viaje... y hoy por esto y maana por aquello... se queda
todo en proyecto, y corren das, y meses, y aos... Nada, que no he
visto Landrey.

--Mal hecho... Lo mismo hicieron tu padre y tu abuelito... yo no se
lo aprob! Aquel es nuestro solar, el sitio en que se respeta nuestro
nombre, el sitio en que ramos como reyes! Los seores de Landrey!
Eso era decir algo! El que fund el castillo y los seoros,--por
cierto que se llamaba como t, Gastn de Landrey,--fu de los que
vinieron  ayudar  don Enrique... Me lo cont mil veces mi padre,
que eso s, era estudiossimo... El estudio es cosa buena cuando no
nos aparta de Dios!... Por qu deca yo esto?... Ah! S, s... Aquel
Landrey  Landroi era ya un caballero muy noble... sus abuelos haban
estado en las Cruzadas, con San Luis... El caso es ser grande en el
cielo... pero en fin, los que desde hace siglos...

Detvose la Comendadora, fatigada sin duda, y Gastn, que callaba por
respeto, empez  creer que estaba perdiendo el tiempo lastimosamente.

--La pobrecilla ya chochea...--pens,--y se le va el santo al cielo...
Incoherencias, alucinacin... Cerca de noventa aos y el claustro!...
Querr que restaure  Landrey y junte all mesnadas y alce pendn y
caldera... Y cmo revela el orgullo nobiliario, su flaco, en pugna con
la humildad cristiana! Si supiese que el ltimo Landrey va  carecer
de lo ms preciso!

--Mi hermano,--continu la Comendadora,--pudo titular, y prefiri ser
Landrey  secas... Hay condes y duques nuevos, pero los Landrey son
todos viejos... Ah! Ya recuerdo, ya s... Hablbamos del castillo.
Digo, no; hablbamos de tu bisabuelo, de mi padre... que Dios le haya
perdonado!--y el acento de doa Catalina se quebr en un sollozo.--El
pobre!... esto pas la noche antes de morir... porque muri en Landrey,
en el cuarto de _la parra_, que tiene pintada una, al temple... Pues
me llam... as, en voz alta... Catalina! Aqu estoy. Me oyes
bien? S, seor, diga lo que quiera. Acrcate, santita... (me
llamaba _santita_ por cario y por chiste). As que yo fallezca,
registrars mis papeles... y quemars lo que deba quemarse... No
tenga miedo... Pero cuidado!... En el mueble de concha, unas
cartas... las quemas sin leerlas! Lo que usted mande, seor...
Hay tambin en el mismo mueble... atiende! una caja de plata, de
resorte... y dentro dos papeles doblados y enrollados... de mi letra...
Esos s que los lees... y los guardas... y te guas por ellos para
encontrar el tesoro!...

--El tesoro!...--repiti Gastn fascinado por la palabra mgica que su
ta acababa de pronunciar.

--As dijo: el tesoro... Y me acuerdo bien, que me cogi la mano y
me la apret mucho, mucho, y aadi... vers! Es para t sola... es
tu dote... Te prohibo que le ds nada  Felipe... ni un maraved! 
Felipe no... Es mi enemigo: me ha tratado como  un perro... s que
me ha llamado _traidor_... Me cree renegado, apestado y maldito... T
aqu, encerrada en estas paredes conmigo en lo mejor de tu edad...
 cada cual su recompensa... Felipe, el mayorazgo, se lo lleva casi
todo... T tienes una legtima corta... Ms rica t que l! Para t
el tesoro!...

Guard silencio otra vez la Comendadora, exhausta por el esfuerzo, pero
sus ojos centelleaban. Gastn no saba lo que le pasaba: el olor de las
azucenas le atravesaba como un clavo las sienes, y su corazn lata de
esperanza: en aquel momento daba por cuerda y muy cuerda  la monja.
sta, con dolorido acento, articul despacito:

--Al otro da muri...

--Y la caja?--exclam aturdidamente el mozo.

--Ah!... La caja... Es verdad, hijo, es verdad... No, no creas que
la perd... All estaba como _l_ dijo, en el mueble de concha...
junto  las cartas... que olan  esencias... y las quem... Qu bien
ardieron! Como yesca!

--Pero... la cajita... con sus misteriosos papeles dentro...

--La recog... No faltaba ms!... Aqu la tengo... Espera... espera.

Y con un movimiento que parecera cmico  quien no fuese capaz
de estimar lo que representaba de dignidad y de pudor y de vida
inmaculada, la Comendadora se volvi hacia la pared, se alz el
escapulario y se registr el seno con una mano que la vejez haca
insegura... Gastn, ansioso, disimulaba la impaciencia y la curiosidad.
Vuelta de cara ya la seora, present  su sobrino un objeto oblongo,
una cajita de plata algo mayor que una tabaquera y finamente cincelada
al estilo de Luis XV; cazadores con tricornio y damiselas con peinado
de erizn acosaban  un ciervo entre el follaje de un bosquecillo.
Gastn tendi la mano vivamente, pero doa Catalina le contuvo
sonriendo con alarde de malicia casi infantil.

--El resorte... Sino ni t ni diez como t la abrs...

                             [Ilustracin]

Y apoyando de cierta manera la ua del seco pulgar en la charnela de
la caja, alzse lentamente la tapa, y Gastn pudo ver en el dorado
fondo, enrollado, un papel amarillento. La monja casi rea, gozosa y
triunfante.

--Eh? Ya lo ves, ah lo tienes... Sesenta y pico de aos hace que lo
conservo... Ni un solo da se ha separado de m...

--Pero, ta,--observ enajenado Gastn, que sin poder contenerse se
entregaba  frvidas ilusiones,--si posea usted esto, por qu no
busc el tesoro?  es que ya lo ha buscado usted? No entiendo...

--No, no, yo no lo he buscado... Dios no quiso que lo buscase... Por
cosas que... que yo me s... desde que me falt mi padre... ofrec ser
monja... y para eso no necesitaba grandes riquezas! Mi padre haba
prohibido que el tesoro fuese de Felipe... Pude drselo  los pobres...
sino que... no s si Dios me castigar por esto... la verdad, tengo
un delirio por el nombre de la familia... es falta de humildad, lo
conozco... Quera que ese tesoro se lo llevase un Landrey!...

Y volviendo  apoderarse de la mano convulsa de Gastn, aadi bajo,
casi al odo del mozo:

--T puedes hacer que Dios me perdone esta debilidad... Eres cristiano,
hijo mo... Usa del tesoro, no como pagano, sino como cristiano...
Las riquezas son un depsito... No abuses, no derroches, reparte con
los infelices... y acurdate tambin del alma... de la tuya... de la
ma... y sobre todo de la de mi pobre padre!... Esto ltimo no te
lo encargo, que te lo mando... lo oyes? Te lo mando con un pie en la
sepultura...

--Prometo  usted hacer lo que desea,--declar Gastn subyugado, lleno
de fe en el tesoro.

Y tomando la cajita, apresurse  desenrollar el papel que contena,
con ansia de leerlo. Antes de que lo hiciese, record de sbito y
exclam:

--Mire usted, ta, que usted habl de dos papeles... y aqu hay uno,
uno no ms.

Indescriptible expresin de pena cavilosa oscureci el mirar de
doa Catalina. Su cabeza tuvo un temblequeteo senil y sus manos se
enclavijaron, como si pidiese misericordia.

--Yo, yo destru el otro!--gimi desconsolada.

--Usted? Por qu?... Lo destruy usted  propsito? Qu era?

--Era el que ms vala... Era el plano!...

--El plano!--repiti Gastn.--Un plano del castillo, sin duda?

--Del castillo y de sus alrededores... Con tinta azul, y sealcitas de
puntos encarnados... Hecho por _l_ mismo... Si tena una cabeza, un
saber de todo!

--Pero y cmo destruy usted ese documento... cmo fu?...

--Porque... Vers!... Yo, en el mundo, padeca sncopes... y unas
congojas... as como convulsiones... Cuando me encerr sola  quemar
aquellas cartas... las de las esencias! mientras ardan, abr la caja
esta de plata... saqu los papeles... los estuve mirando... Y ctate
que de improviso me da el ataque... no quiero llamar, porque las cartas
no las deba ver nadie... lo pas all, sin auxilio... caigo junto
al fuego... el plano enrollado rueda  la chimenea... y gracias 
Nuestra Seora, que no ard yo... pero se me tostaron las suelas de los
zapatos! Milagrosamente me salv.

--Y el otro papel... no el plano...  ver qu dice?--exclam Gastn
sin acertar  reprimir su impaciencia.

Y desenrollando el papelito, vi que slo contena escritas en muy
clara letra, estos renglones:

Hallars lo que buscares, si guiado por el Norte sigues el camino
de los antiguos en peligro de muerte. Las piedras viejas son las ms
preciosas, y el que se humille se ensalzar.

                             [Ilustracin]

--No sabe usted qu significa esto?...--interrog el mozo, que
encontr el texto, ms que oscuro, negro como boca de lobo.

--No, hijo mo... Con el plano, de seguro se entenda... Yo no hice
nada, y ahora mi cabeza... Ya ves... Los aos!... Pero en Landrey lo
entenders perfectamente, t que eres muchacho y listo... Guarda esa
cajita gurdala! y vte, que es cerca de medioda, se acaba la hora de
locutorio, y vendrn  llamarme... Y si cumples lo que me ofreciste...
Dios te bendiga!...

Doa Catalina alarg sus brazos flacos y cogi la bonita cabeza
pelicastaa de Gastn, pegando el rostro  la blanca frente juvenil del
ltimo de su linaje. Un hielo mortal serpente por las venas del mozo;
pens que acababa de besarle un fantasma sin labios.

                             [Ilustracin]




                                  IV

                               Gusanillo


Sali Gastn del convento fluctuando entre la conviccin y el
escepticismo. Su conviccin era involuntaria; pero su incredulidad,
sostenida por el amor propio cifrado en no _caer de inocente_, no
se fundaba nicamente en lo enigmtico del texto del papel y en la
destruccin del plano, sino en lo inverosmil de que existiese nada
menos que un tesoro, soterrado de un modo tan novelesco, en un sitio
tan romntico y llegando tan  punto para salvar de la ruina  la casa
de Landrey. Vamos, si tena que ser  la fuerza una paparrucha, una
quimera nacida en el pobre meollo de una monja alelada!  pesar de
la caja, que apretaba contra su pecho,--y que instintivamente en el
tranva cubri con ambas manos, por defenderla de algn rata,--Gastn
tema ser ridculo ante s propio, si prestaba fe absoluta  la
historia. Lo que ms influye en que nos parezcan _irreales_ los
sucesos, es la comparacin con un medio en el cual esos sucesos no
encajan. Vena Gastn de Pars, saturado de aquel ambiente positivo
y prosaico, sin ms aspiracin que el goce material del momento
presente, y la Comendadora, siempre con la vista fija en lo pasado y
en lo porvenir, tomando la tierra como trnsito, existiendo nicamente
para expiar las culpas de su padre y para evocar las memorias de su
raza, era como figura de cuadro  de tapiz, algo artstico, singular 
interesante sin duda, pero tan fuera de la realidad como los santos de
piedra de los viejos prticos...

--La chifladura se pega,--cavilaba el mozo,--y si estoy con la buena
seora una horita ms, nada! que me creo lo del tesoro  pies
juntillas.

Sin embargo, Gastn notaba cierta calentura, esa fiebre ligera que
acompaa  los accesos de esperanza violenta y repentina. Pas el
da vagando por Madrid, sin decidirse  ver  nadie, y se acost
temprano, como hombre que tiene mucho que conferir consigo mismo.
Durmise pronto pesadamente, y so cosas raras; vise descendiendo
 un negro subterrneo por torcida escalera de caracol; delante de
l, guindole, iba un espectro con hbito monstico, que llevaba en
sus manos descarnadas--manos de esqueleto--una linterna, la consabida
linterna sorda de las novelas y de los dramas espeluznantes. El
espectro, al deslizarse por los peldaos de la hmeda y resbaladiza
escalera, produca un medroso ruido de choque de huesos, y los pliegues
del hbito, al pegarse al cuerpo, diseaban planos sin carne y palillos
mondos y lirondos. La luz de la linterna, al caer sobre la pared,
dejaba ver fungosas vegetaciones,  inmundos insectos, asustados,
correteaban en busca de los rincones oscuros. Bajaban y bajaban, sin
encontrar nunca el trmino de aquella escalera horrible, que sin duda
se perda en las entraas del planeta, buscando su centro. Gastn
anhelaba de cansancio, pero el espectro segua bajando cada vez ms
aprisa, y era preciso ir tras l hasta el mismsimo averno. All abajo,
en la sombra profundidad ltima, Gastn divisaba un punto rojo, y
 medida que descendan, el punto se agrandaba, cunda, acabando
por ser la boca de un horno gigantesco, en que arda--temeroso
espectculo!--un monigote con chupa y casaca, un pelele de principios
del siglo, retorcindose entre las llamas sin consumirse... Y el
espectro, de pie ante el horno, sollozaba:

--Agua bendita! Agua bendita! Trae agua bendita, Gastn!...

En este punto del sueo despert el mozo. Notaba una sed devoradora, y
tendi la mano, cogiendo la copa sobre la mesa de noche. Cuando beba
con ansia, la puerta se abri, penetr Telma lo mismo que un rehilete,
abri atropelladamente las ventanas por donde entr la luz del da y
se plant delante de la cama, exclamando en voz que entrecortaba el
llanto:

--Seorito... Seorito... La seora Comendadora...

--Qu... qu ocurre?

--Ay, seorito!... Acaban de traer el recado! Esta noche...

--Ha muerto, verdad?--pregunt el mozo que reciba la noticia en
aquel instante, sin la menor sorpresa, como si se tratase de un hecho
previsto.

--S, seor... Ay, Jess! Seorita querida ma, que era como
mi madre! Santa de mi alma!--exclam Telma, derramando lgrimas
abundantes.

--Voy ahora mismo al convento...--declar Gastn, mientras sala la
criada, sofocada de pena.

Y en efecto, ni una hora tard el sobrino de doa Catalina en pisar
nuevamente el locutorio del convento: slo que de esta vez le recibi
la abadesa, dama cincuentona, gruesa, afable y de porte seoril,
con ribetes mundanos, porque antes de vestir el noble hbito, doa
Francisca de Borja Mascareas y Quevedo haba frecuentado ms los
salones que las iglesias, y de su conversin se habl bastante,
atribuyndola  rudos desengaos,  como deca ella en su gracioso y
expresivo lenguaje,  _bofetones en el alma_. Lo que refiri la abadesa
 Gastn fu lo que era de suponer sobre el caso, ni impensado ni
sorprendente, del fallecimiento de una monja tan anciana:

                             [Ilustracin]

--Muy viejecita, muy viejecita era la pobre... Ya nos temamos lo que
ocurri, y cada noche que se recoga, decamos:--Se levantar la
madre Catalina?--As es que dorma  su lado una lega, por precaucin,
y gracias  tal medida no careci de auxilios en sus ltimos momentos.
Pudo recibir,--y no fu pequeo consuelo para ella y para todas
nosotras,--el Vitico y la Extrema. Alabado sea el Seor! Muri con
una paz... Estaba contentsima de haberle visto  usted... Eso me
lo deca ayer tarde. Y sabe usted que desde hace unos quince das
andaba con el tema de que se acercaba su ltimo instante? Era un
presentimiento, sin duda...

--Pero de qu muri?--pregunt Gastn afanoso.--Porque estaba tan
bien, ayer, tan locuaz, tan entera!

-- esa edad! De muerte natural... de acabrsele la cuerda al reloj!
Nada, un ataquillo de asma, que para una persona joven sera cuestin
de toser y carraspear un poco... Pero ella no tena fuerzas para mondar
la garganta, y la menor cosa ps! una flemita! basta para ahogar  un
anciano... No somos nada... una miseria! Al volver la cabeza as...
se acaba todo, alegra, ilusiones, proyectos, gustos y disgustos...
Asustara si lo penssemos bien.

--No puedo verla?--pregunt Gastn, que senta el pecho oprimido y el
corazn en un puo.

--Est de cuerpo presente, en su cama, y las celdas son clausura... No,
no es posible... Y es lstima, porque si viese usted qu natural se
ha quedado! Hasta parece joven... El funeral se cantar ahora, dentro
de poco, en la iglesia, y bajarn el atad ya cerrado: y esta tarde se
dar sepultura al cadver. Deseara usted conservar algn recuerdo de
su ta? Puedo darle  usted el rosario que usaba, con las medallitas...

--Mil gracias, seora,--contest Gastn inclinndose.--Poseo un
recuerdo de la ta Catalina, que ella misma, en previsin de la
desgracia, me entreg ayer.

Y como la abadesa le mirase con cierta curiosidad, Gastn aadi
sencillamente:

--Una tabaquerita de plata... Pero si ustedes creen que no tengo
derecho  conservarla, estoy pronto  devolverla.

--Santo Dios!--dijo cortesmente la abadesa.--Hizo divinamente; que
usted la disfrute mil aos. Le quera  usted mucho, y bien puede
usted rogar por ella, aunque creo piadosamente que es ella la que debe
interceder por nosotros.

--Ojal que de aqu  un ao les regale yo  ustedes en compensacin
de la tabaquera, una Santa Catalina de plata maciza!--aadi
Gastn.--Si algo la ocurre  usted que mandarme... Esta tarde misma
necesito salir para una finca que tengo all en Galicia, en la Puebla
de Beirana...  no ser que necesiten ustedes ordenarme cualquier cosa
relativa al entierro de la ta, que entonces...

--Que Santa Catalina le d  usted feliz viaje,--contest la abadesa
sonriendo, mientras el mozo besaba respetuosamente la manga de su
hbito.

                             [Ilustracin]

Al salir del locutorio Gastn entr en la iglesia. Empezaban los
preparativos del funeral y se alzaba en el centro el tmulo, vestido de
paos negros orlados de galones de oro apagado y mustio. El monaguillo
arreglaba las hachas en los grandes hacheros.  poco bajaron la caja
forrada de pao negro tambin y el sacristn ayud  colocarla sobre el
catafalco. Cuatro  seis caballeros de la Orden, avisados temprano,
mal despiertos an, iban acomodndose en los bancos de la nave. Uno de
ellos, el conde del Sacrovalle, divis  Gastn apoyado en un pilar,
y le llam con la mano, brindndole sitio en el banco,  la cabecera.
Encendidos los altos cirios, cuya llama amarilla chisporroteaba
vivamente, poblse el altar de sacerdotes con negras vestiduras, y
en el coro aparecieron las siluetas de las monjas, visibles tras el
espeso enrejillado de madera. El rgano empez  quejarse, acompaando
las voces de los sacerdotes que clara y ahincadamente entonaban las
plegarias y las invocaciones graves, tan humanas en su terror, del
Oficio de difuntos. Gastn esconda la cara en el pauelo. Senta
como si unos dientes sutiles y agudos se le hincasen dentro, muy
adentro,  su parecer ms all del corazn, en un lugar que, por lo
recndito y lo sensible, deba de ser el pice de la conciencia. No
poda Gastn atribuir tal efecto al dolor de haber perdido  doa
Catalina: si es cierto que la quera bien, poco lugar ocupaba en su
vida; ningn vaco le dejaba la Comendadora: sus muchos aos hacan
de su muerte algo previsto, que no arrancaba lgrimas. No: lo que
senta Gastn era un torcedor ntimo, una clera secreta contra s
propio, esa sensacin oscura que lentamente se condensa para formar
el sentimiento de la responsabilidad moral. Era la detestacin de
nosotros mismos, la censura,--ms que ninguna severa,--que hacemos de
nuestros propios actos; era el juez interior que tantas veces duerme,
pero que cuando sacude la modorra nos registra el alma y nos condena
sin defensa ni apelacin, porque tiene las pruebas, la evidencia en
la mano... Del enlutado atad, Gastn crea que se elevaba una voz,
preguntando:--Eres cristiano?--Y que el juez, el rgido juez de negra
toca, responda:--Como si no lo fueses... Lo has sido en el nombre,
pero en los hechos? Cundo te has acordado t de Dios? Cundo has
pensado en el prjimo? En qu y cmo has dilapidado tu hacienda? Buen
comer, regalo, deleites, ociosidad... Y qu ms hicieras si fueses
pagano? Eras cristiano cuando al salir de una cena desordenada, en una
noche fra, por no desabrocharte el gabn de pieles no dabas limosna?
Eras cristiano, ni aun caballero, cuando por un qutame all esas
pajas, en aquella solitaria encrucijada del bosque de Bolonia, le
abras la cabeza  tu mejor amigo? Eras cristiano, ni aun caballero,
cuando con tu derecha apretabas la mano del duque de Argentn, mientras
en tu izquierda cruja un diminuto billetito de su esposa? Eras
cristiano cuando?...--La lista fu larga, y Gastn segua con el
pauelo sobre el rostro, escuchando al inflexible juez.--Y todava
te indignas porque, aprovechando tus horas de culto  los dolos, un
bribn te ha robado la bolsa! Para lo bien que t la empleabas... Y
todava sers capaz de desenterrar el tesoro de Landrey, y darle el
mismo paso, iguales despachaderas que  la hacienda que te dej tu
madre! Ay de t, si con tal objeto descubres ese tesoro! No s yo
acaso que ayer, al soar con l, pensabas en nuevos goces, en nuevas
locuras?...--Y aqu el invisible juez tomaba forma humana: era doa
Catalina, del color de la cera, con los prpados cerrados, la nariz
afilada, la boca sin labios, las manos en los puros huesos, toda ella
de una catadura tan espantable y temerosa, que Gastn quitaba el
pauelo y miraba al atad con ojos de loco...

                             [Ilustracin]

Entretanto resonaban los sublimes acentos del _Dies ir_, y el viejo
conde del Sacrovalle deca al derrengado marqus del Altocueto:

--Sabe usted que noto al sobrino muy afligido? Tiene buenos
sentimientos ese muchacho...

La misma noche, en el tren correo, salieron Telma y Gastn hacia el
Noroeste, con rumbo al castillo de Landrey.




                                   V

                                Landrey


De tres maneras tuvieron que viajar Gastn y su leal servidora
antes de sentar el pie en el castillo: al dejar el tren, tomaron la
diligencia que por una carretera provincial descuidada conduce 
la Puebla de Beirana, y antes de llegar  la Puebla alquilaron dos
peludos y trasijados rocines con su espolique y bagajero, para el
trozo sin camino practicable que conduce  las torres. Al pronto, en
aquella hora del crepsculo, Gastn no distingui, de su casa solar,
sino una masa informe, un hacinamiento de construcciones pintorescas
destacndose sobre el fondo de un celaje verde claro, ms bien que
azul, realzado al poniente por una franja de oro plido, blanco casi.
Armado de una vara de mimbre cortada en un seto, Gastn arreaba  su
fementida cabalgadura, cuyos cascos golpeaban duramente la calzada
de piedras, desasentada ya  invadida por las hierbas, que conduca 
la alta puerta del patio de honor, flanqueada por cubos  tamboretes,
y superada por gallardo escudo con penachos de hiedra. La decoracin
entrevista parecile grandiosa. Al mismo tiempo, sintiendo que le
lastimaba la grosera albarda del jaco, se acord de sus lindos _poneys_
de Pars, hoy vendidos, y pens con melancola que probablemente
nunca le sera dable oprimir el lomo de otro animal tan fino y tan
ardiente como _Digby_, hijo del famoso _Douglas I_ y de la yegua rabe
_Zelmira_, trada de Argel por el coronel de spahis La Morlire... El
_hombre viejo_, el civilizado epicreo, renaca ya, sin querer.

                             [Ilustracin]

Ocurrisele, adems, que iba  pasar una noche de perros, y varios das
y noches no ms agradables, porque el tal castillote deba de estar
incivil, despus de tantos aos que no se habitaba. El mayordomo, de
quien slo saba Gastn que se llamaba don Cipriano Lourido, y que era
alcalde de la Puebla, si bien no haba sido avisado de la llegada
del amo, una cama, al menos, se la podra ofrecer. Con esta confianza
empuj la cancilla de troncos sin labrar que sustitua al portn
bardado de hierro, y penetr en el patio, llamando  gritos por alguno.
Telma, apendose gilmente, comenz  gritar tambin. El spero ladrido
de un perro fu la nica respuesta. La puerta del castillo estaba
cerrada  piedra y lodo. Por fin,  una ventana con reja se asom un
rostro lleno de arrugas, y una vejezuela pregunt con hostil acento:

--Quin anda por ah?

Telma, en dialecto, respondi, no menos enojada:

--Es el amo, el seorito, el dueo de esta casa, y si no abrs pronto,
veris lo que os sucede.

La bruja desapareci, y por diez minutos no se oy nada; dirase que
era un castillo encantado. Entonces el bagajero, rascndose la cabeza
con sorna, di su parecer:

--Convendra que el seorito bajase  aposentarse en la Puebla, porque
don Cipriano Lourido haba ms de cuatro aos que no viva en el
castillo; como que tena en la plaza una casa muy magnfica... All, en
el castillo, slo estaban unos caseros, puestos por Lourido mismo...
Era dudoso que abriesen  tales horas.--Y por qu no me dijiste eso
cuando me baj de la diligencia, pavisoso?--exclam Gastn.

--Seorito... porque no me preguntaban...!--repuso el bagajero con
gran flema.

Iba el castellano de Landrey  montar en clera, cuando corrieron
unos rechinantes cerrojos, abrise la puerta, y el casero, receloso y
humilde, apareci murmurando:

--Buenas noches nos d Dios...

 la luz de una mala candileja de petrleo, subi Gastn la escalera de
piedra que conduca  un piso alto. Eran aposentos vastsimos, salones
ms bien, con desconchadas pinturas al temple y restos de un mobiliario
que debi de ser suntuoso, pero que se caa  pedazos, destrudo por
el abandono y la humedad. En algunas partes el techo se encontraba
agujereado, y el chorreo de las goteras haba podrido el piso, cuyos
carcomidos tablones cedan bajo el pie. Notbanse tambin sitios
vacos donde haban existido muebles, y tablas arrancadas, quin sabe
si para cebar el fuego en una noche de invierno. Telma, recorriendo
todas las habitaciones mientras Gastn comprobaba estos detalles,
volvi despavorida: no haba sbanas, no haba manteles, no haba
comida, no haba lea, no haba nada, nada, y all era imposible vivir!

--Una noche se pasa de cualquier modo, mujer, y maana Dios
dir,--respondi el mozo haciendo de tripas corazn.--An tenemos
fiambres del viaje, y hay media botella de ponche sueco. Dormir
envuelto en mis mantas, y t te arreglars con tus mantones.
Paciencia...

--Yo, si lo siento, es por el seorito,--contest la criada.--Lo que
es por m... Ay, seorito! este castillo pone miedo  cualquiera.
Cuando sal de aqu tena yo dos aos; me llev consigo doa Catalina,
que me quera mucho, y despus qued con don Felipe, su abuelo de
usted, que en paz descanse... No s cmo estara esto en vida de don
Martn. Pero siendo ya muchachona, vine  asistir  mi padre cuando
muri, y me acuerdo muy bien de que aqu no faltaba cosa ninguna: ni
el mueble de seda, ni las camas con adornitos de metal, ni la blancura
en los armarios, ni los relojes riqusimos, que los trajera don Martn
de Inglaterra... Mi padre lo cuidaba todo, y daba gloria ver estas
habitaciones. Pues no ha pasado tanto tiempo, treinta y tantos aos!
Dnde va la riqueza que aqu haba? El casero dice que  l se lo
entregaron as...

                             [Ilustracin]

No hizo objeciones Gastn, y aunque arda en deseos de registrar su
morada, comprendiendo que sin luz sera imposible, resolvi despachar
el ala de pollo y la terrina de hgado trufado que an le quedaba,
y enrollando al cuerpo la manta, se tendi sobre un canap Imperio,
desvencijado, ratonado y con hernias de pelote.

Ya se deja entender que dormira medianamente, y que no fu menester
que le despertase el vigilante gallo.  la primera luz matutina se puso
en pie molido como cibera, y sacudindose y esperezndose, examin
mejor la sala donde haba pasado la noche, encontrndola, si cabe,
ms maltratada y lastimosa. Sin embargo, una nota alegre y fresca le
regocij; era una golondrina, que entrando por la ventana sin vidrios,
exhal un pito al huir asustada de la presencia de un ser humano.

Al pronto Gastn, sorprendido, ni recordaba por qu estaba all, en
aquel desmantelado saln. Record de sbito, y la idea del tesoro se
le figur entonces un gracioso disparate, inspirado en una novela
del gnero de Ana Radcliffe.--Haber venido aqu por eso!--pens,
embromndose  s mismo. La verdad es que no era por eso slo; tambin
hua de la trapisonda de sus asuntos en Madrid, de las caras compasivas
 desdeosas que suelen ver los tronados; hua de los compromisos, del
veraneo en Biarritz  en Blgica, en el suntuoso _chteau_ moderno
de la Casa-Planell, de todo lo que antes formaba su placer y su
costumbre... Volva  Landrey,  la casa de la familia, arrojado por
la tempestad.--Sin embargo, el tesoro haba sido la estrella de su
peregrinacin... El tesoro! Llam risueo  Telma, y sacando de la
cartera algunos billetes,--porque el da de la marcha haba mal vendido
 la _Pimiento_, corredora de alhajas, diez alfileres de corbata
primorosos, entre ellos el de la _lgrima negra_, perla muy rara que
perteneci  Sara Bernhardt,--dijo perentoriamente:

--Hoy mismo traers de la Puebla lo necesario para t y para m... Ropa
blanca sobre todo... Buscars un carpintero y un albail... ah! y un
vidriero... Hay que poner habitables dos dormitorios, un comedor y la
cocina... Despus veremos...

--Beba el seorito esta leche,--suplic ella presentndosela en
grosero cuenco de barro.

Gastn la bebi de bonsima gana, y Telma aadi:

--Si viese cmo escondan la vaca y regateaban la ordeadura los
bribones de los caseros! Se la he sacado  tirones...

--Pgales, pgales su leche!

--Valientes pillos! Como si no fuesen del seorito los prados y el
dinero de la aparcera y el establo y todo!--refunfu Telma saliendo
con aire belicoso, dispuesta  volver patas arriba la Puebla en un
santiamn.

Emprendi Gastn la exploracin del interior de su residencia, y volvi
 comprobar su estado lamentable. Lo que ms le llam la atencin fu
que, aparte de la accin del tiempo y del abandono, haba sitios en que
colaboraba con ellos la mano del hombre. En los techos, sobre todo,
notbanse huellas de vandalismo; las vigas arrancadas y el pontonaje
descubierto. Varios salones, amueblados antao, carecan de mobiliario,
no quedndoles ms que algunas sillas cojas, ordinarias, que jams
debieron de pertenecerles. Y, cosa ms singular an, en las paredes,
donde no era posible que el edificio hubiese sufrido tanto,  raz del
piso, notbanse grandes espacios que sin duda se haban desmoronado,
cuidadosamente recompuestos con recebo y llano muy recientes.

Buscando la escalera por donde penetraron la noche anterior, Gastn
sali al vasto zagun, y de all al patio, deseoso de dar un vistazo 
la parte exterior del castillo. En la tupida vegetacin que alfombraba
el patio, slo blanqueaba un sendero, abierto por el paso de la gente.
La fachada que caa  este patio era la del cuerpo de edificio donde
haba dormido Gastn; fachada relativamente moderna, de mediados del
siglo XVIII, que decoraba una portada con columnas corintias y un
escudo barroco con casco y cimera de plumaje enroscado.

                             [Ilustracin]

--Este es,--pens Gastn,--el Pazo, construdo por mi tatarabuelo, 
quien deba de parecerle, y con razn, muy incmodo el castillo.

 la derecha alzbase una tapia, la del huerto, cuyos manzanos y
perales sobresalan del caballete, y  la izquierda una recia poterna
abovedada daba acceso al recinto del castillo. Faltaba la puerta, y
Gastn se meti libremente en el recinto donde, como guerrero smbolo
de gloria, creca denso matorral de laureles, rbol que vive  gusto
entre las piedras. Desviando aquella maleza aromtica y trepando por
una brecha del derrudo parapeto, lleg Gastn al segundo recinto, y
rodendolo se hall al pie de la blasonada puerta de medio punto, de
bien cortadas dovelas. Era la torre del Homenaje, todava erguida y
almenada, y que dominaba al conjunto propiamente llamado el castillo,
obra que en el fino ajuste de sus piedras y en la solidez y elegancia
de sus proporciones, as como en el diseo ojival de sus ventanas,
proclamaba  voces ser construccin del siglo XV, poca de esplendor
para los seores de Landrey, ya entonces bien arraigados en el pas, y
siempre protegidos de los reyes de la casa de Trastamara. Prolongbase
el recinto fortificado hasta mucho ms all de la torre, y formaba
una especie de arrecife sobre el valle, indicando cunta tuvo que ser
la resistencia y podero de aquel castillo, frecuentemente amenazado
en las guerras de Portugal y en las luchas intestinas que sealaron
el advenimiento al trono de la primera Isabel, en perjuicio de doa
Juana, la _Beltraneja_. Parte del recinto, el que gozaba del medioda,
se haba utilizado para construir el Pazo y plantar el huerto; en
otra parte se cosechaba maz; pero todo un lado, el que dominaba el
ro, encontrbase lo mismo que en tiempo de los Landrey belicosos;
derrudos paredones, zarzales, y hasta robles ya corpulentos obstruan
los baluartes  los cuales el ro serva de inexpugnable foso natural.
En la parte ms saliente de la especie de pennsula que formaba el
conjunto del castillo, Gastn se detuvo al pie de otra torre,  por
mejor decir, de las cuatro paredes ya en parte desmoronadas de un alto
y angosto torren, erguido y majestuoso, negruzco y cayndose de vejez
con saeteras y pocas y estrechas ventanas,  todas luces muy anterior
al castillo. Aquel era el verdadero solar, la primitiva madriguera
del compaero de Beltrn Claqun, del hijodalgo bretn que vino 
hacer casta en tierra espaola; y Gastn, penetrado de cierto respeto
inexplicable, se par al pie de la torre, cuya puerta, muy baja,
obstrua un montn de piedras.

                             [Ilustracin]




                                  VI

                               El Norte


En esta exploracin del conjunto de Landrey se le haba pasado la
maana  Gastn, pues era vasto el circuito, las construcciones muchas,
y el mozo, imbudo y guiado sin advertirlo por la secreta ilusin del
tesoro, se detena involuntariamente ms de lo razonable  reconocer la
configuracin de una muralla,  la direccin de un pasadizo. Despierto
el apetito con el aire puro, volvise  casa  esperar  Telma, que de
all  poco apareci por la calzada seguida de un borrico cargado de
trastos y de dos fornidos gaanes portadores de varios bultos y los.
No se desde Gastn de ayudar  la descarga, hecha la cual, Telma
se di prisa  aderezarle algo que comiese, dejando para despus el
acomodo del ajuar.

--Seorito,--advirti Telma alzados los manteles,--casi no he gastado
nada, porque no encontr dnde comprar ropa ni colchones. Todo viene
prestado; y sabe quin nos lo presta? El caifs de Lourido! Del lobo
un pelo. Me sali al encuentro, hecho pura jalea, y tumba conque el
seorito no deba venir sin avisarle, y vuelta conque fuese  parar
en su casa, donde hay todas las comodidades, y que aqu el seorito
no puede vivir. Y ah tiene, que los colchones son de don Cipriano,
y las mantas de don Cipriano, y el quinqu de don Cipriano, y slo
pude comprar el mineral, los platos, las ollas y las sartenes... Para
eso, don Cipriano me obsequi con un paquete de caf molido, y unos
dulces... Si levantase la cabeza doa Catalina y viese al seor de
Landrey obsequiado por Lourido, que lleg  casa en pernetas--bien me
acuerdo--y que la primer noche le hizo mi padre fregar con estropajo
la cara, porque daba asco de tanta roa! Si traa el hombre
cazcarrias del ao que se las pidiesen!

--Telma,--pregunt Gastn interrumpindola,--t que has vivido mucho
tiempo en esta casa, explcame... Aqu hay una torre muy vieja, muy
vieja. La recuerdas habitada alguna vez?

--Dice esa tan negra, tan fea, que le llaman de la Reina
mora?--respondi Telma rindose.

--De la Reina mora?--repiti Gastn sorprendido.

--No saba que tiene ese nombre? Verdad que como el seorito no ha
estado aqu nunca... Esa torre, seorito, es la abuela de todas, la
que dicen que se edific primero, hace una barbaridad de aos. Y
tambin cuentan... pero quin da crdito  mentiras? que en esa torre
estuvo presa una mora, muy guapsima, una reina de all entre ellos,
que la trajo de la guerra un seor de Landrey; y que la mora se puso
muy triste de verse as emparedada, y se qued seca, seca, hasta que
se muri, y que la enterraron con unas alhajas que tena magnficas,
collares y pulseras, y pendientes y muchas preciosidades, all mismo
debajo de la torre, en una cueva atroz que no se sabe  dnde va 
parar... como que anda diez leguas arreo por debajo de la montaa!
Cuentos, cuentos!--aadi Telma echndola de espritu fuerte.

Oa Gastn con palpitante inters. La popular conseja, enlazada en
su imaginacin  los datos autnticos que l solo conoca en el
mundo, le causaba una excitacin indescriptible. En su exploracin
matinal no haba dejado de orientarse y de advertir que la caduca y
semidesmoronada torre caa al Norte con tal precisin como si fuese
la aguja imantada y Landrey un inmenso navo. Recordaba las palabras
del manuscrito, que se haba aprendido de memoria: Hallars lo que
buscares, si guiado por el Norte...  hacer su gusto, inmediatamente
se volvera  la torre, para seguir registrando, ya con doblada
insistencia, sus piedras reveladoras; pero se lo estorb una visita
intempestiva, la del seor Lourido en persona, que apendose de una
redonda y bien cuidada yegecilla castaa, suba las escaleras todo lo
apresuradamente que su obesidad permita. La adversidad haba empezado
ya  adiestrar  Gastn, y el instinto le dict recibir al apoderado
con muestras de cordialidad y contento, lo mismo que si estuviese
encantado de sus buenos oficios y hubiese hallado  Landrey en el
estado ms floreciente.

                             [Ilustracin]

-- ste es preciso verle venir,--pens mientras observaba con atencin
la cara de don Cipriano, tosca y vulgar, colorada y morena, pero con
rasgos de incomparable astucia y disimulo en los diminutos y recelosos
ojuelos, en la arremangada nariz y en la voraz y blanqusima dentadura,
que conservaba intacta  los cincuenta y cinco aos.

Don Cipriano vena, claro es,  saludar al seorito;  dolerse de que
no le hubiese prevenido de su llegada, en cuyo caso le esperara en la
estacin, y le traera mejor montado y atendido, no  Landrey, sino
 la Puebla, porque estarse en Landrey era una locura, y el seorito
no deba tardar nada en bajar  residir en casa de don Cipriano, donde
podran muy en paz tratar de los asuntos--y Lourido recalcaba la
palabra, dndole especial significacin.

--Mil gracias,--dijo Gastn con cortesa;--pero yo he venido para
vivir en Landrey. Me dola que este castillo estuviese deshabitado,
abandonado...

--Se han hecho en l muchsimas reparaciones, seorito,--contest
precipitadamente el apoderado,--y eso que no haba... (ademn expresivo
de refregar el pulgar contra el ndice). Yo no cesaba de remendar... (y
as diciendo, seal  la pared).

--Ya veo que ah se ha trabajado,--declar Gastn,--pero en cambio, las
vigas de los techos parece que estn arrancadas  propsito...

Dijo estas palabras Gastn en tono chancero, para que no sonasen 
reprensin, y no pudo menos de sorprenderle el efecto que causaron
en Lourido, cuyos ojos cautelosos  inquietos se revolvieron en las
rbitas  estilo de los del ratn cogido en la ratonera y que no sabe
por dnde salir.

--El seorito,--articul al fin con voz turbada,--no sabe lo que es
una casa vieja... All por las tierras donde anduvo el seorito, las
casas son nuevas... Piensa el seorito que las vigas son de hierro?
Los aos pueden mucho... las vigas se caen!...

--Ya lo s,--respondi Gastn diplomticamente.--Comprendo bien que
habr usted tenido que luchar con mil dificultades... No, si no es que
me queje. Al contrario: tengo que darle  usted las gracias por todos
los trastos que hoy me envi. Si no es por usted, no duermo entre
sbanas...

--Crame el seorito,--insisti Lourido ya ms sereno.--Vngase  la
Puebla, y no viva ms entre polilla y _ratas_. En mi choza no carecer
de nada.

--Ya me han dicho que tiene usted la mejor casa del pueblo...--murmur
Gastn,--y se la envidio, pero por ahora quiero estarme entre estas
paredes ruinosas.

--El castillo est cayndose; si el seorito piensa hacer obras,
mrelo bien antes,--indic Lourido;--porque le tiene que costar miles y
miles de pesos... Ya hablaremos de esto, seorito, porque usted ignora
muchas cosas de que yo le puedo enterar, y le conviene, antes de dar
paso ninguno: el que llega de fuera viene con los ojos cerrados: sera
una lstima meterse en trifulcas.

--Ya bajar  la Puebla  tratar de eso con usted,--repuso Gastn,
disimulando la irona,--y crea que sin su acertadsimo y amistoso
consejo no emprender nada. En efecto, estoy  ciegas.

--Me parece que s,--declar perentoriamente el apoderado, cada vez ms
tranquilo, y reventando de importancia.

                             [Ilustracin]

Prolongronse visita y ofrecimientos hasta muy entrada la tarde, y
Gastn, por aquel da, renunci  curiosear sus dominios. Acostse
con las gallinas, y madrug al da siguiente, saliendo cuando la
aurora principiaba  dorar las cimas del hemiciclo de montaas que
por dos lados circunda  Landrey. Si altas razones de discrecin no
nos lo vedasen, aqu vena  pelo especificar dnde se extiende esa
comarca deleitosa; pero sea lcito decir que Landrey est situado
en la falda de una de las sierras en que espiran, entre los cabos
Ortegal y Finisterre, las ltimas ondulaciones, apenas sensibles, de
la cordillera Cantbrica. Gastn, al dirigirse tan de maana  la
torre, llevaba el propsito de trepar hasta su mayor altura y dominar
el panorama completo. No sin trabajo consigui salvar las gruesas
piedras y los escombros hacinados ante la puerta, y muy araado de
manos salt al interior. Era mayor all la ruina. Trozos enteros
de pared, desmoronndose, haban atascado la sala baja, siendo muy
arduo reconocer su forma. Gastn ascendi por los escombros hasta
poner el pie sobre una de las piedras salientes donde se sostena la
escalera y la armazn del piso. Aprovechando este auxilio y las mismas
desigualdades de la pared, y no sin riesgo de caer de cabeza sobre los
derrumbados sillares; cogindose  las plantas parsitas que cedan
bajo su mano, y con una audacia loca, logr llegar  donde aspiraba; 
la ventana del ltimo piso de la torre. Ya en ella, pudo acomodarse con
toda seguridad, pues el hueco de la ventana, con sus dos poyos, formaba
una especie de gabinete, y ofreca asiento seguro su antepecho. El
elegante marco de la esbelta ojiva encerraba un cuadro maravilloso.

Gastn, al pronto, sinti mareo. La torre, por aquel lado, se fundaba
en escueta roca que descenda al ro, si no tajada, al menos en rpido
declive; natural defensa que no haban desaprovechado los fundadores.
Al fin se seren Gastn, familiarizndose con la altura, y requiri sus
gemelos marinos, de los cuales viajando no se separaba nunca. Gradulos
y se recre en el paisaje. La sierra apenas dibujaba, en lontananza,
sus crestas blandas, de un violeta suave, como el de un collar de
amatistas, y al pie de la torre, el ro, uno de esos ros gallegos
profundos y callados, que ni se secan ni se desbordan, iba ensanchando
su curso hasta desembocar en el mar, formando antes la apacible ra que
baa el arenal de la Puebla, reluciente  los primeros rayos del sol
como polvillo de oro. La lnea del mar era de rosado ncar con vetas
de azul turquesa, y los grandes bosques, en la vertiente, de un verdor
fino, primaveral. Una paz encantadora, una alegra juvenil ascenda de
la naturaleza, que pareca salir de un embalsamado bao de roco.

                             [Ilustracin]

La Puebla la vea Gastn tan distintamente, con su casero blanco de
techos rojos entreabiertos  manera de abanico de cinco varillas--las
nicas cinco calles algo importantes del pueblo--que hubiera podido
contar las casas, como poda contar las lanchas pescadoras que,
izando la airosa vela latina, se desparramaban ya por la opalizada
extensin del mar. La plaza de la Puebla se le meti por los oculares
 Gastn, y vi, en la torre de la humilde iglesia parroquial, el
entrar y salir de los pjaros, y la cuerda de las campanas. Frente 
la iglesia, haciendo esquina con el Ayuntamiento, se alzaba nueva,
flamante, una estupenda casa, horrible grillera de cuatro pisos y
bohardilln, toda reluciente, pintorreada de verde rabioso, con triple
galera de cristales, y encima de la puerta una charolada lpida
de _seguros mutuos_, testimonio de sabia previsin en el dueo...
Cuando el seorito de Landrey tena asestado su anteojo al palacio de
Lourido,--no poda ser menos,--en una de las galeras, muy adornada de
enredaderas, aparecieron dos mujeres, una joven y otra madura, ambas
desgreadas, en faldas y justillo, recin salidas de la cama, porque
se desperezaban an. La joven,  lo que se perciba con ayuda de los
gemelos, era fresca, colorada, blanca, y una copiosa melena rubia,
suelta, flotaba desordenadamente por su cuello y hombros. Es la hija
de don Cipriano, pens Gastn; y por resabios malos, aferr el anteojo
y encandil el mirar. Una mmica expresiva de las dos mujeres indic
que discutan y se enzarzaban; el displicente gesto de la doncella, sus
ademanes y rabotadas, respondan  los airados manoteos de la duea,
asaz puntiaguda de huesos y de muy fea anatoma. De pronto la vieja
agarr un brazo de la joven, y sta, desprendindose como una culebra,
enseando el puo, huy al interior del aposento. La galera qued
desierta...

Vari entonces la direccin del indiscreto anteojo, y torcindolo 
la derecha, admir los manchones de castaos, y ms all los sombros
pinares. De un campanario semioculto entre arboledas, le trajo el
viento el argentino son de la campana tocando  misa. Al herir sus
odos este toque familiar, tan gozoso en el campo, cuya soledad
dulcifica, en el cristal de los gemelos se encuadr una vista nueva,
no observada hasta entonces. Era una quinta con su huerto, cercada por
una tapia de mampostera: la casa no pareca nueva, sino restaurada;
el balconaje de arcos de piedra que tena al frente denunciaba la
reparacin. Por las columnas trepaban rosales floridos, y delante de la
casa, un jardn  la inglesa rodeaba un estanque natural,  diminuto
lago, sombreado por rboles pndulos. Ms lejos, el jardn frutal y
varias dependencias, una era y un hrreo grande, indicaban que all no
se cultivaban slo flores y plantas de adorno. Cuando Gastn notaba
este detalle, de la casa sali corriendo un nio, y tras l un perro
negro, saltando y hacindole fiestas; minutos despus, una mujer
vestida de claro, cubierta la cabeza con anchsimo sombrero de paja, se
reuni al perro y al nio. No era fcil detallar  aquella distancia
las facciones de la dama del jardn; pero que era dama, se conoca 
tiro de ballesta, en los movimientos, en la esbeltez de la silueta, y
hasta en el sombrern, que se quit un instante; entonces Gastn pudo
distinguir que tena el pelo oscuro. La dama asi al nio de la mano,
le halag y se lo llev hacia los rboles, donde el grupo desapareci.

                             [Ilustracin]




                                  VII

                       La torre de la Reina mora


Estas ltimas vistas del anteojo tuvieron la virtud de dejar pensativo
 Gastn. No haba cumplido los treinta, y estaba preparado por su
vida anterior, por la atmsfera de molicie y sensualidad respirada,
 que la mujer, en el hecho de serlo, le causare efecto perturbador.
No era Gastn un vicioso libertino, y esta verdad la llevaba escrita
en la tersura de sus sienes, en la humedad y brillo de sus ojos; pero
como ningn freno moral conoca desde la prdida de su madre; como
 nada serio haba aspirado; como no enderezaba su existencia hacia
ningn fin, el capricho y epicuresmo egosta se haban apoderado de
l, tomando cuerpo en esos juegos y antojos de la imaginacin y de los
sentidos, sueltos como potros brincadores.

Bien registrado el panorama, quiso Gastn bajarse de su observatorio.
El descenso era ms peligroso an que la subida, y dos  tres veces
crey que caera precipitado. Al fin se vi salvo sobre los escombros,
y entonces, olvidado ya de otras fantasas, se dedic  examinar las
ruinas hacinadas. No pudo menos de fijarse en que alguna de las piedras
cadas ofrecan el aspecto, no de haberse desmoronado por la accin del
tiempo, sino de ser arrancadas violentamente. Hasta mostraban aristas
rotas por el hierro. Estas piedras sealadas as ocupaban un ngulo
de la torre, y formaban un montn bastante alto; sin embargo, Gastn,
resueltamente, hizo rodar dos  tres de la cima, y vi con sorpresa
que el montn cubra una puertecilla muy baja. Apart ms piedras,
descansando cuando le fatigaba aquel trabajo rudo, y despus de mucho
bregar, logr descubrir de la puertecilla lo bastante para dar paso
al cuerpo de un hombre. Mal como pudo, por ella se col, encontrndose
en un pasadizo angosto, abovedado, torcido, en declive, y tan bajo
de techo, que Gastn lo segua encorvndose hasta la tierra. Pronto
terminaba el pasadizo, en el primer peldao de una escalera de caracol
de piedra, no menos estrecha y angustiosa.

Bajla Gastn encendiendo fsforos, pues la obscuridad era completa,
y por la direccin de aquel conducto juzg que deba de hallarse 
la izquierda de la torre, hacia el castillo propiamente dicho. Hasta
veintin peldaos cont Gastn, y al concluir de bajarlos, desemboc en
un aposento subterrneo, sin rastros de ventilacin ni de luz, redondo
y abovedado tambin. No poda dudar que fuese un calabozo, el _in
pace_ de la torre feudal. Gastn haba odo hablar de estos _in pace_,
creyendo siempre que slo existan en la imaginacin de los novelistas
y de los arquelogos; y al encontrarse en aquel lugar donde supuso que
haban languidecido los enemigos del poderoso seor de Landrey, se
estremeci profundamente. Repuesto, y encendido otro fsforo, examin
la mazmorra, movido por un inters que ya nada tena de humanitario.
Descubrira all, por felicsima casualidad, el _camino que seguan
los antiguos_, la veta que guiase hasta el filn ureo del tesoro?
Fosforito tras fosforito, Gastn reconoci las paredes y el techo,
que tocaba con la mano. Una vegetacin verdosa, hmeda, resbaladiza,
cubra las piedras, pero no haba en ellas seal de abertura, de reja,
de argolla, ni de ninguna otra particularidad de las que indican una
entrada secreta. Los sillares eran gruesos, slidos, bien trabados,
y el pavimento tampoco presentaba nada de anormal; raso como las
paredes, sin indicio de trampa  sumidero. Golpe Gastn por todos
lados, y no son  hueco. Entonces fatigado ya, con las yemas de los
dedos abrasadas, desanduvo el camino, y sali  ver el sol,  respirar
libremente.

                             [Ilustracin]

Rise de s mismo. Pues no haba entrevisto, en su fantasa, el
tesoro? Sentse en los escombros, y, cogindose la cabeza entre las
manos, concentr el pensamiento en la hiptesis. Todas las fuerzas de
su inteligencia se pusieron en juego, solicitadas por el problema de
que dependa su porvenir.

Exista en realidad el tesoro, no aqu ni all, sino en alguna parte,
oculto, difcil, pero no imposible de encontrar?  era slo delirio de
un moribundo y una reclusa? Y si no deliraban, si en efecto el tesoro
se deposit en algn escondrijo del castillo, no lo haba descubierto
nadie durante los sesenta y pico de aos que la mansin de Landrey
llevaba entregada  manos pecadoras? Aquel don Cipriano Lourido, ave
de rapia cebada en el cuerpo de sus amos, no podra haber olfateado
las enterradas riquezas?

Al ocurrrsele esta probabilidad, Gastn se fij en ella, herido
por un destello luminoso. Record las vigas arrancadas, las paredes
recebadas de nuevo, las piedras de la torre removidas  mano y
amontonadas como para disimular la puerta, y estas seales extraas le
pareci que demostraban con elocuencia la sospecha que germinaba en su
espritu.

--Si Lourido no descubri el tesoro, por lo menos lo ha
buscado,--discurri con lgica.--Ser esa la explicacin de su fortuna
y el cimiento de aquella casa tan maja en la plaza Mayor de la Puebla?

Otra vez repas en la memoria las palabras del papelito amarillento:
Hallars lo que buscares... Con la ayuda del plano quemado por doa
Catalina, deban de ser clarsimos los pocos y enigmticos renglones.
Faltando el plano, un logogrifo. Lourido no tena ni plano, ni el
papelito siquiera.

--Le llevo una ventaja,--dedujo Gastn,--y si no acierto es que ser
doblemente torpe que l.

Volvi  recordar la misteriosa clusula: Si guiado por el Norte
siguieres el camino que seguan los antiguos en peligro de muerte...
Cul poda ser el maldito _camino_? Se golpe la frente Gastn.
Una mina que permitiese  los moradores del castillo, sitiados y no
pudiendo resistir, huir por ignorado subterrneo y salvarse! Una
mina... la mina que las gentes del pas prolongaban diez leguas, y
donde crean sepultada  la Reina mora!

De qu manera encontrara la mina? Por dos sitios poda intentarse; 
desde el castillo mismo,  donde desembocase:  orillas del ro,  en
la montaa. La nica indicacin algo exacta era la de guiado por el
Norte. Al Norte estaba la torre vetusta, y de ella tenan que arrancar
las exploraciones. Sin embargo, el calabozo no ofreca resquicios; la
obra subterrnea del torren mora all.

--Volver con una linterna, un pico y una pala,--pens Gastn, que
lejos de desalentarse, senta crecer su engreimiento.

Engolfado en tales propsitos le sorprendi un ruido  sus espaldas.
Eran dos voces, una infantil, otra muy timbrada, de mujer, que
discutan. Antes que se diese cuenta de nada Gastn, un nio como de
ocho aos salt por las piedras hacinadas en la puerta,  riesgo de
torcerse un pie, y con agilidad vino  caer al lado de Gastn, que le
ampar con los brazos, le sostuvo y le libr de un descalabro cierto.
La mujer exhal un chillido y trep impetuosamente por las primeras
piedras en seguimiento de la criatura, y Gastn corri en su auxilio,
gritando:

--Cuidado, seora... que esas piedras ceden... apyese usted...

Ningn caso hizo la seora del ofrecimiento; ligera como una corza
salv el montn de ruinas, y brinc al otro lado, palpando al nio con
ansiedad. Segura ya de que no se haba hecho dao alguno, volvise 
Gastn diciendo:

--Mil gracias... Si no es por usted, este diablico...!

                             [Ilustracin]

Mirbala Gastn de hito en hito, sorprendido de la aparicin. Tena
delante  una mujer que representaba de veintisis  veintiocho aos,
alta y bien proporcionada, de gentil presencia. Su traje, singular
en aquel rincn del mundo, era el que prescribe la moda  las
excursionistas; una falda de tartn escocs  cuadros verdes y azules,
bastante corta, polainas de pao sujetando fuerte y holgado zapato de
cuero, y gabancillo de alpaca azul, recto y flojo, sobre el cual un
cuello vuelto, de batista sin almidonar, dejaba libre la garganta. Esta
era morena y mrbida, y remataba en una cabeza que no poda llamarse
hermosa, pero s expresiva y agraciada. El sol y el aire haban dorado
la tez, y sus tonos de gata fina aumentaban la luz de los garzos ojos
y la frescura de la boca limpia y grande. El cabello, oscursimo, se
recoga en sencillo rodete bajo el sombrero marinero de paja amarilla,
sin ms adorno que el ala disecada de una paloma. Llevaba la seora
guantes gruesos, de hilo, y  la cintura una escarcela de charol.
Gastn se inclin, se descubri y dijo extremando el rendimiento:

--Ojal fuese verdad que yo hubiese tenido la fortuna de servir 
usted de algo! Soy tan intil, que ni an quiso usted que la ayudase 
salvar las piedras...

--Estoy muy acostumbrada  pasos difciles,--respondi la
excursionista,--y como usted comprender, ah por los pedregales y los
derrumbaderos no siempre se encuentran seores amables que ofrezcan la
mano... Miguel, hijo mo, d, no te has hecho mal?

--Qu mal!--chill el travieso con vocecilla aguda.--Si no necesit
del seor! Salt perfectamente solo...

--Calla, fanfarrn... Si no fuese tu antojo de entrar en la torre de
la Reina mora, no molestbamos  este caballero... Dale las gracias, y
vmonos, que es preciso volver  casita antes que se enfre el caldo...

--Yo no me voy!--replic el chico.--No me voy sin buscar el tesoro!

Atnito se qued Gastn al pronunciar el nio tales palabras.

--El tesoro!--repiti con una emocin que le pona la voz temblona.

--El tesoro de la Reina mora,--explic la dama riendo.--Es usted
forastero? Entonces no tiene nada de particular que no sepa que en esta
torre estuvo cautiva una sultana, y la sepultaron con sus alhajas en
una mina descomunal que hay debajo, y que llega hasta los antpodas...

Gastn sinti fro... En vez de confirmar sus ilusiones, la leyenda,
referida as en chanza, las prestaba color de insensata quimera. La
graciosa boca que se burlaba de la mina, disipaba  la vez los sueos
de oro!

--Nada de eso saba, seora,--dijo disimulando el cuidado,--pero si el
tal tesoro anda por aqu, Miguelito y yo lo encontraremos.

--De fijo!--contest con el mismo aire de buen humor la dama.--En
asocindose...

--Para que Miguelito y yo nos asociemos--insisti, Gastn,--es
preciso que su mam nos autorice  ser amigos; y para que se digne
autorizarnos, que sepa quin es el futuro amigo de Miguelito... Me
llamo Gastn de Landrey.

--De Landrey!--repiti ella con acento de sorpresa y simpata.--Es
usted el dueo del castillo!

--En este momento no,--contest Gastn galantemente.

--Gracias otra vez... Landrey!--murmur la seora como hablndose  s
misma.--Qu bonito nombre! Qu antiguo en este pas! Es la primera
vez que viene usted  su casa?

--S, pero me detendr bastante tiempo.

--Bien hecho! Lo merecen estas pobres piedras tan simpticas y tan
abandonadas. Me alegro en el alma de que est aqu el seor de
Landrey... y celebro que haga amistad con Miguelito, y que desentierren
los capitales de la sultana, que ya habrn criado moho... Como usted no
va  adivinar mi nombre, me presentar, aunque sea incorrecto. Me llamo
Antonia Rojas, viuda de Sarmiento, y vivo en una casita de campo, 
poco ms de un cuarto de legua de aqu. Si en algo podemos servirle...

                             [Ilustracin]

--Conozco la casa. Es ms, la he visto  usted en ella...

--De veras?

--Esta maanita,  cosa de las seis, en el jardn... Miguelito
estaba cerca del estanque, y usted sali de casa; llevaba usted un
traje claro, y un sombrero mayor que ese... Cogi usted de la mano 
Miguelito... Ah! Tambin haba un perrazo negro, muy hermoso...

Ligero rubor se extendi por la morena cara de la viuda, y Gastn
comprendi que pecaba de indiscreto. Sus reflexiones lo eran, de
seguro, pues giraban alrededor de un punto que realmente no tena por
qu importarle:

--Esta mujer que la casualidad me trae aqu, es una persona formal?
Es siquiera lo que se dice una seora?

La fatuidad y la extraeza deban de transparentarse en su cara, porque
la dama, hasta entonces tan franca y corriente, se puso grave, y mir
de soslayo hacia los anteojos marinos de Gastn.

--Estos son los culpables,--dijo aturdidamente el mozo,--y si usted
les guarda rencor, yo se los ofrezco para que los arroje, si gusta, al
ro...

Antonia Rojas levant la mirada, rehus con un gesto digno y afable, y
sin alargar la mano al seor de Landrey, se puso en franqua con pocas
palabras, corteses, pero llenas de reserva y aplomo.

--Me permite usted que la escolte hasta su puerta?--pregunt Gastn
algo contrito.

--Voy siempre sola con mi hijo, y me he encariado con esta
costumbre,--respondi la seora trepando gilmente por las piedras.

--Molestar  usted al presentarla mis respetos?--insisti Gastn.

--Al contrario,--fueron las ltimas palabras de Antonia, que sonri un
instante, de despedida, mientras Miguelito daba  su amigo el beso ms
voluntario; ese beso abierto y confiado de los nios  la gente que les
ha cado en gracia.

                             [Ilustracin]




                                 VIII

                                Lourido


La aventura preocup  Gastn, que se entreg  mil conjeturas
impertinentes acerca de la desconocida excursionista. La curiosidad le
induca  dirigirse aquella misma tarde  la quinta para presentar sus
respetos,--como se dice en la hipcrita jerga del mundo,-- la que
haba visto en la torre. No se atrevi, sin embargo, porque si la mam
de Miguelito era una seora cabal, de hecho tomara por donde quemase
tan inconveniente apresuramiento, y la acogida sera correspondiente
 l. Resolvi, pues, no bajar  la quinta de Antonia Rojas hasta
haberse enterado minuciosamente de la fama, hechos y calidad de aquella
mujer, nico medio que ha encontrado la sociedad para prevenir errores
 inconveniencias. Por este sentir mundano de Gastn, comprender el
lector que ya se haba aquietado el bullir de aquel gusanillo que
empez  roerle el espritu en los funerales de la Comendadora...

Depar la suerte  Gastn los informes que deseaba ms pronto de lo que
pudo imaginar. Vino Telma de la Puebla,  donde haba bajado por mil
frusleras indispensables en toda casa, y trajo un convite de Lourido,
en regla, para el seorito: le aguardaban  comer al da siguiente sin
falta. Como si se tratase de alguna invitacin diplomtica, Gastn
envi temprano un billete aceptando y saludando  la seora y seoritas
de Lourido. Para asistir al convite se acical Gastn... No obstante,
al bajarse de un mal rocn en la plaza; al ver la antiptica morada de
Lourido, con su reluciente lpida de seguros mutuos, slo se acord
de lo positivo; de que all dentro habitaba un hombre con quien tena
pendientes asuntos de inters, y que acaso este hombre se haba
enriquecido desentraando lo que don Martn de Landrey pens dejar
tan oculto. Subi, pues, las escaleras haciendo coraje y cachaza, y
murmurando entre s:

--Qu emboscada me preparar este malsn?

Lourido recibi al seorito bajo palio. Qu honra para l, y para el
seorito Gastn, qu penitencia!... Comer en la pobre choza, l que
estara acostumbrado  no menos que vajilla de plata y servicio de oro,
en mesas de prncipes! Si no dijo esto mismo el Alcalde, la esencia de
su discurso sonaba  cosa parecida.

Gastn afirm que comera divinamente, y entonces vari el registro
Lourido, insistiendo en que no permitira que el seorito se alojase
ms tiempo en tan desmantelada vivienda como Landrey.

--No le digo  usted que no, don Cipriano,--respondi Gastn aceptando
un puro y sentndose en el silln del escritorio del apoderado.--Lo
he pensado bien, y es muy tentador venirse  esta casa confortable;
Landrey parece un hospital robado! Slo que no me decidir mientras
no arreglemos los asuntos. Quisiera hacerme cargo del estado en que se
hallan mis intereses por aqu... Como usted corre con esto... mejor es
para los dos que hablemos de una vez.

--Alabado sea Dios!--respondi el Alcalde de la Puebla revolviendo los
sagaces ojillos.--No hay descanso como tratar las cosas as de _pe_ 
_p_... Con aplazamientos no hacemos nada.

Levantse diciendo esto, y fu  abrir una alacenita de hierro
incrustada en la pared. Traste en ella un rato, y al fin sac en
triunfo voluminoso mazo de papeles, sellados y por sellar; desat el
balduque que lo contena, y esparci sobre la mesa los legajos que
despedan su olor peculiar  polilla y polvo.

--El seorito,--continu,--querr hacerme el favor de repasar estos
documentos, que son los comprobantes de mi administracin desde que el
seorito hered los bienes... Las cuentas del tiempo de su madre, que
en paz descanse, aprobadas las tengo ah. Las otras, tambin, que las
aprob el apoderado general, don Jernimo, con poderes del seorito; de
manera que yo, por mi parte, seguro estoy: mi po es que el seorito
quede contento y tenga satisfaccin de que he cumplido con l y con la
casa; y mientras el seorito no diga: Lourido cumpli, me molesta 
m el flato y no estoy  gusto...

--Dice usted,--interrog Gastn,--que don Jernimo aprob esas cuentas?

--Ao por ao, ah obra su firma redonda como un sol,--contest
Lourido hojeando con viveza los papeles.--Y sepa el seorito que la
casa de Landrey tiene conmigo un crdito... un crditucho... poco,
una cochinada. Ver los comprobantes, ver! Por servir  la casa de
Landrey me veo con el agua al cuello... que  veces me voy  fondo.
Nada! Me compromet, vamos, y busqu el dinero... debajo de tierra.

--Debajo de tierra se encuentra dinero  veces,--replic Gastn
hacindose el distrado, pero espiando la cara del mayordomo,  quien
vi demudarse.--De modo que le debo  usted... cunto?

--Para el seorito muy poco... Para un pobre como Lourido... un
dineral... Bah! todo lo ms sern cuatro  cinco mil duros... Desde
que le administro, seorito, ni se me han satisfecho mis honorarios, ni
los reparos y las obras que ejecut en el castillo, con autorizacin de
don Jernimo...

                             [Ilustracin]

--Reparos y obras?--pregunt Gastn, que empezaba  hervir en
clera.--Pero si est aquello inhabitable!

--Y cmo estara si yo me descuido? Ruinas nada ms. Tuve que
registrar y que afirmar la cimentacin...

--La cimentacin? Esa obra es la ms  propsito para que un edificio
se venga abajo...

Gastn senta que un sudor ligero brotaba en sus sienes. Obras,
registros y reparos le daban malsima espina;  cada paso se le hincaba
ms en la imaginacin el recelo de que Lourido haba descubierto el
tesoro; y una ira sorda, pero furiosa, se alzaba en su alma como el
torbellino de polvo en el desierto. Aquel bandido, aquel buitre cebado
en el cadver de Landrey, engrosado con el espolio de la familia,
quera consumar el robo reclamando todava un dinero que Gastn no
posea ni poda reunir, y exponindole as  la vergenza!

--Adems de las obras,--prosigui Lourido, que no crea sin duda
prudente insistir en tan delicado punto,--hubo que dar labores para
beneficiar las tierras, interponer demandas, sufrir prorrateos,
sostener litigios... y todo lo adelantaba de su bolsillo el presente
maragato. He pasado tragos! Si no fuese que saba que el seorito
dejar no me dejaba descubierto... Porque cada uno necesita de sus
pobrezas, y por falta de esos cuartos estoy yo boqueando, fuera el
alma, como la sardina cuando la sacan del copo...

Realizando un esfuerzo heroico, Gastn se domin.

--Pues por hoy me es imposible satisfacerle  usted esa deuda,--declar
resueltamente.

--El seorito tiene una manera muy fcil de pagar,--indic felinamente
Lourido.--Con me ceder el seorito las tierras de Landrey... que al fin
nada le valen y el seorito ni se fija en ellas... porque el seorito,
ya se ve, anda por Madrid y por Francia y esto poco le interesa... que
es un rincn...

--Las tierras de Landrey!--repiti Gastn sintindose palidecer bajo
la ofensa de la proposicin, pero contenindose porque vea un rastro
de luz y quera seguirlo.

--Ya s que me meto en un perro negocio... slo que, como el seorito
no puede pagar y  m me hacen falta los cuartos, tan cierto como que
somos hombres... por salir los dos de esta mala andadura...

--Las tierras... y el castillo?

Lourido baj los prpados para que no se trasluciese la llama repentina
de sus ojos diminutos, y, colorado de emocin, contest reprimindose:

--Ya se sabe... aunque el castillo no vale un ochavo... pero el que
merque las tierras, el castillo ha de mercar; quien lleva la vaca lleva
la soga...

--Sabe usted,--repuso Gastn,  quien el instinto dict entonces una
conducta salvadora y maquiavlica,--que merece pensarse la proposicin?
Yo realmente no tengo gran empeo en conservar estas paredes ruinosas.
Con todo, darlo as, en pago de una deuda... Mi inters me aconseja, si
es que lo vendo, sacarlo  subasta y el que ms ofrezca... Ya ve usted
slo las rentas...

--Ay! El seorito se va  llevar chasco!... Cuando uno quiere vender
es cuando nadie compra... No crea el seorito que _Roschil_ le dara
ms que el presente maragato... Si el seorito piensa que es poco...
porque no diga que no guardo consideracin  la casa!... un par de
miles de duritos ms... y eso que me ahorco, me ahorco!

Gastn iba, sin duda,  responder, cuando sonaron  la puerta voces de
mujeres jvenes. Pap, pap, decan en dos tonos diferentes, el uno
afectadamente fino y zalamero, el otro natural y carioso.--Entrar,
nias... Hicieron irrupcin en el despacho, y Gastn se levant y
salud hasta los pies  las dos seoritas del Alcalde. En la primera,
la del pomposo vestido azul con cintajos amarillos, la del crespo moo,
la de la enharinada tez, reconoci Gastn  la que se desperezaba
tan de maana en la galera, y pens que era lstima que se hubiese
tomado el trabajo de componerse, porque era realmente guapa y lozana,
y el ridculo adorno la echaba  pique.--Si me permitiese pasar un
plumero por esa cara bonita emplastada de polvos de arroz...--La otra
muchacha, modestamente vestida de hbito del Carmen, era de exigua
estatura y cara macilenta, y cojeaba mucho, apoyndose en una muleta
corta.

--Esta se llama Florita,--dijo Lourido, presentando  la enharinada con
mal encubierto orgullo.--Y sta, Concha,--aadi sealando  la de la
muleta.--La pobrecilla padece...

--Pero no he perdido el buen humor,--declar espontneamente la coja,
riendo con ingenua amabilidad.

Media hora despus, Gastn ocupaba, en la mesa de don Cipriano, el
puesto que los anfitriones juzgaron de honor;--entre las dos muchachas,
y frente al ama de la casa,  quien el seorito de Landrey haba visto
con conatos de pegar y araar  la rubia Flora, y que en el festn se
esforzaba por demostrar una inverosmil dulzura melosa, desmentida por
un rostro avinagrado y enjuto.--Abusando de los diminutivos, llamaba
 sus hijas _Floritia_ y _Conchitia_; hablaba sin cesar, hasta
causar mareo, de lo inferior de su comida y del gran sacrificio que
haca Gastn en aceptarla, as como de los mritos y habilidades de
sus nias, sobre todo de Flora. Gastn supuso que la coja era uno de
esos seres que las familias indelicadas sacrifican, posponindolos
siempre  otros ms guapos y sanos; y sin querer se interes por la
muchacha, ocupndose de ella ms que de Florita, que estaba colorada
de despecho. Su deseo de atraer la atencin del seorito era tan
visible, que le serva, le ofreca aceitunas y dulces, y ella misma
quiso ponerle el azcar en el caf,  lo cual la animaban expresivas
ojeadas de su madre y densas carcajaditas de su padre, que olvidado,
al parecer, de asuntos, deudas y adquisiciones, se mostraba hecho un
almbar con Gastn.

                             [Ilustracin]

Al travs de los incidentes de la comida, Gastn no perda de vista ni
un instante  su desconocida de la torre de la Reina mora. No saba
cmo traer la conversacin hacia ella, y al fin lo hizo por el medio
ms elemental, diciendo con indiferencia aparente:

--Conocen ustedes  una seora de Rojas, que tiene un nio muy
travieso? Ayer les he encontrado visitando la parte ms arruinada de mi
pobre castillo...

Como tocadas por una corriente elctrica, saltaron Flora y su madre.

--Vamos, ya se le meti  usted por los ojos la viudita!--dijo la
esposa de Lourido en tono de compadecer  Gastn.--Eso era de ene!

--No,--protest Gastn sin empeo,--me parece que esa seora no contaba
con mi presencia. El chiquillo se entr corriendo en la torre, donde yo
estaba...

--Ay! el chiquillo!--intervino Flora remedando irnicamente el acento
de Gastn.--S, s... al chiquillo le tiene ella bien enseado!

--Mujer!--exclam Concha sublevada.--No s cmo dices eso! Es de mala
conciencia pensar ciertas cosas.

--Pero ustedes creen,--dijo Gastn aparentando candidez,--que fueron 
la torre slo para encontrarme?

Hubo un duo de risas malignas; Concha se qued seria.

--Vaya, aunque es usted de Madr, parece bien inocente,--declar la
mam, con dejos de hiel en la voz.--Los hombres... ninguno ve ciertas
cosas, por ms _de_ que salten as  los ojos.--Y al decir esto la
alcaldesa agitaba sus dedos esqueletados.

--Adems,--continu Flora quitndole la palabra  su madre,--la viuda
es muy larga, muy trucha! Engaa  Licurgo con aquella marcialidad y
aquel qu se me da  m que gasta.

--Vamos... es una mujer de mala conducta?--interrog Gastn como si le
convenciesen.

--No, seor! grit Concha, sin poderse contener.--Hace las caridades
que puede y va  la iglesia, que yo lo veo!... mucho ms que otras!...

--No le haga caso  esta _papulita_,--advirti la madre tragndose con
los ojos al testigo benvolo.--sta, como no hace ms que rezar y oir
misas, piensa que todos son santos de palo... Y la de Rojas es una
santa _mocarda_. De mala conducta... puede que ahora no sea, pero el
diablo sabe lo que hizo en vida del marido, cuando rodaba all en el
extranjero, que mismamente parecan el judo errante!... As dieron el
trueno gordo, que ella triunf y gast como una emperatriz, y entonces
l, desesperado ya el pobrecillo, qu quera que hiciese? Se mat...

--Se suicid el marido de esa seora?--pregunt Gastn esta vez
impresionado.

--Ya lo creo!--grit la duea triunfante.--Dos tiros se peg en la
barba y en el cielo de la boca... Ya ve usted qu principios tendr
ella, que anda por ah como si tal cosa, alegre...

--Despus de seis aos!--advirti Concha.--Pues bien triste y bien
enferma estuvo! El bruto y el mal cristiano fu l; ella no. Queran
que tambin se matase?

--Para m el marido hizo la accin porque descubrira algn enredo de
la mujer,--declar la seora de Lourido.

--Y por otra parte, no tenan ya sobre qu caerse muertos,--agreg
Lourido.--Ella est miserable como las araas.

--Miserable, s,--contest Flora,--pero tan romntica como siempre.
Unos trajes y unos sombreros! No s si ese modo de vestir ser
elegante... Raro parece. Y las faldas tan rabicortas! Qu descaro!

--Pero, mujer, si es para andar por el monte,--arguy la defensora,
impaciente y acalorada.--Haba de llevar cola? Si yo no fuese coja,
me vesta como ella!

--Estaras bonita! Que te aproveche;  m la de Rojas me parece un
guardia civil...

Aqu llegaban de la discusin cuando entr un galancete, el juez
municipal, muy rizado  hierro y muy soplado de cuello y puos,
declarado aspirante de Flora; y Gastn aprovech el momento para
cambiar de conversacin, porque ya saba cunto le importaba. Con esto
pasaron del comedor  la sala de recibir, en cuya consola se ostentaba
un soberbio reloj de mrmol y bronce y dos candelabros del ms puro
estilo Imperio.

--Os reconozco,--pens el seorito de Landrey,--os reconozco, reliquias
de mi casa, testimonio de la rapacidad de este buitre... Ahora quiere
que lo principal siga  lo accesorio, y se propone que el castillo haga
compaa al reloj...

Distrjole de estos pensamientos Flora, preguntndole si tocaba el
piano, slo para buscar chchara y que rabiase de celos aparte el juez
municipal; y Gastn, que era sujeto abonado, se prest admirablemente
al juego.

                             [Ilustracin]




                                  IX

                              Iniciacin


Con ms impaciencia que antes deseaba Gastn el momento de saludar 
Antonia Rojas, que ya tena para l los alicientes del misterio; y
parecindole que al tercer da no es incorrecto visitar  una seora
que lo permite, escogi las primeras horas de la tarde y se ech 
adivinar el camino, por no buscar gua que le condujese.

Sin gran trabajo se orient y lleg al pie de la tapia, encontrando de
par en par la verja que cerraba el portn. No era cosa de meterse como
Pedro por su casa, y al mismo tiempo no vea  nadie, cuando de entre
un macizo de flores sali disparado el nio, tendindole los brazos y
el corazn en ellos.

--Vaya, por fin vienes!--chillaba la voz aguda y fresqusima.--Pero
cunto tardaste! Yo quera ir ayer  buscar contigo el tesoro... y no
me dej mam. Qu gusto! He de ensearte mis cabritas... Otelo, no
ladres, tonto... es gente conocida...--aadi halagando al perrazo
negro, que obedeciendo  la intimacin de buena acogida, mene la
poblada cola y apoy las patas en los hombros de su amo.

--Est visible tu mam?

--Ya lo creo! Vnte,--chill Miguelito.

Y saltando  la pata coja, precedi  Gastn, que se dej llevar.

Atravesaron el jardn, y despus el zagun de la casa, claro y adornado
con jarrones de loza y plantas de invernadero; salieron  un patio
cuadrangular, rodeado de edificios nuevos que parecan dependencias,
y en uno de ellos, del cual sala humo, entr Miguelito seguido de
Gastn. La luz que penetraba en el vasto cobertizo por una serie de
altas ventanas, alumbr un espectculo original.

En medio del cobertizo, cerca de una cocina baja donde borboritaba
enorme caldero, y al pie de un tonel que despeda espeso vaho, estaba
Antonia ataviada de un modo bien diferente que el da en que Gastn la
haba conocido. Una falda de percal claro y un cuerpo de manga corta,
resguardados por cumplido delantal de _oxford_  rayas blanco y cereza;
un paolito de seda roja atado  la curra, con la gracia picante de un
tocado criollo, componan el traje de la seora. Los brazos, morenos y
de un modelado suave y vigoroso  la vez, se agitaban sobre el tonel
humeante, derramando en l el contenido de un frasco de cristal. Una
moza aseada y robusta, enarbolando la pala, esperaba el momento de
revolver la leja; porque, fuerza es decirlo, aquella decoracin no era
ms que fondo para la humilde operacin casera de colar la ropa...

Gastn esperaba un chillido, una protesta, una ojeada de clera al
nio. Qued chasqueado. Lo que hizo Antonia, al darse cuenta de la
sorpresa, fu reir espontneamente...

--No nos pidamos perdones, seor de Landrey,--dijo sin
alterarse,--porque sera cuento de nunca acabar. Por mi parte est
usted perdonado. Miguelito, mira, hijo mo, ya sabes que  las visitas
se las lleva  la sala.

-- ste no!--declar Miguel.--ste no es visita, que es mi amigo... y
le llevo  ver las cabras...

--S, las cabras y mam!...--aadi Antonia plcidamente.--Espreme
usted en la sala...  en el jardn... Hasta dentro de un instante!

Gastn obedeci de mala gana. La viuda, encendida, con el pauelo
picaresco y el traje de mecnica, le haba parecido de perlas;
mejor cien veces que en la torre. Por su gusto reemplazara  la
moza de pala, ayudando  revolver la ropa en el tonel. No hubo ms
remedio que dejarse llevar otra vez por Miguelito, y admirar los
brincos de dos chivitas blancas, prisioneras en el traspatio, al pie
del hrreo,--porque no dejaban cosa  vida en la huerta ni en el
jardn.--Al cabo dieron fondo en una sala baja,  la cual se acceda
por el zagun, y donde muebles modernos y antiguos, cuadros viejos y
grabados ingleses, un soberbio piano de cola, producan un conjunto
familiar, de tonos ntimos y artsticos  la vez. En los jarrones
haba flores frescas, y en el centro de la sala un acuario de saln,
de reducidas dimensiones, muy bien cuidado, estaba lleno de pececillos
y curiosos moluscos y zofitos, que Miguelito ense con orgullo  su
amigo.

                             [Ilustracin]

--Yo he de ser marino, como mi abuelito,--declar la criatura,--y ya
s lo que hay en el fondo del mar... Estos pescaditos venan en la
red, sabes? y mam y yo vamos  ver cmo la sacan... y recogemos lo
ms bonito. Nos divertimos tanto! Mira, mira, ese es el erizo... Qu
espinas, eh? No se le puede poner la mano... Oye, ese bicho se llama
caballo de mar... Qu raro! Fjate en la concha _vieira_... sa la
trae Santiago Apstol en la esclavina...

Entretenido con la charla del chico, no dejaba Gastn de aguardar con
impaciencia  Antonia, que tard bien poco en presentarse, sin pauelo
ni delantal y de mangas largas, pero en traje no menos sencillo y
campestre que el otro. Excusse Gastn lamentando haber presenciado 
interrumpido su faena, y ella respondi con llaneza y sinceridad:

--No tiene nada de molesto que le vean  uno enfaenado. Crea usted que,
por otra parte, si yo pudiese prescindir de trabajar, tal vez me dejase
tentar de la pereza; pero Miguel y yo viviramos muy mal. No soy rica
y me gustan las cosas refinadas, de limpieza y de cuidado: qu voy
 hacer, sino presenciar  ejecutar en persona? Aqu dejan  la ropa,
al lavarla, un color moreno poco simptico: con mis qumicas logro que
salga muy blanca. La costumbre y no la virtud me va aficionando ya 
estos trajines,  por lo menos, no se me hacen cuesta arriba como al
principio. No hay mejor que tomar con buen nimo las labores y las
obligaciones; se hace uno amigo de ellas.

--Necesitara algunas lecciones de usted para aprender esa filosofa,
que bien la necesito,--dijo Gastn.

--Esa filosofa, como usted la llama,--respondi Antonia
festivamente,--tiene uno que ensersela  s mismo...

--No existe maestra?--pregunt con intencin el seorito de Landrey.

--S, seor; conozco una maestra de eso...--murmur Antonia, cuyo
movible rostro cambi de expresin y se nubl.--Una maestra muy dura...
La desgracia!...

--Entonces ya puedo yo ser discpulo,--declar Gastn, con asomos de
melancola.

Hubo un momento de silencio: el giro confidencial del dilogo
desagradaba sin duda  Antonia. Miguelito salv la situacin cogiendo
 su madre de la mano y empendose en que haba de ver Gastn la casa
y el jardn en sus menores detalles. Antonia, sonriendo, declar al
levantarse para cumplir el capricho del nio:

--As como as, este _paseo del propietario_ es inevitable... El
trago, de una vez. No le perdonaremos  usted ni las lechugas ni las
zanahorias.

                             [Ilustracin]

Recorrieron, en efecto, la casa, el jardn, el huerto y las
dependencias. Era la casa, irregular en su forma, muy cmoda y
desahogada interiormente, y por el aseo y el orden pareca uno de esos
primorosos _cottages_ de las inmediaciones de Londres, en los cuales
se vive  gusto, y cada hora del da acarrea un goce honesto y sano,
del cuerpo  de la inteligencia. Las habitaciones revelaban en su
distribucin un sentido especial de la realidad, de las necesidades que
imponen una vida solitaria y la educacin de un nio: y Gastn vi con
inters el cuarto de estudio, sus mapas, sus libros de estampas, sus
cajas de geometra, sus cuadernos, todo sin manchas ni hojas rotas,
todo regularizado, como pudiera estarlo en un colegio bien entendido.
Nada faltaba en la mansin: ni la bibliotequita, bien surtida de libros
tiles y recreativos y de obras clsicas espaolas; ni la despensa,
provista de conservas y dulces caseros; ni el frutero, donde todava
amarilleaban las manzanas de la ltima cosecha: y Gastn, acordndose
de su desmantelado castillo, apreci mejor la gracia y la intimidad
modesta de la casa de Antonia. Del huerto se haba sacado tambin todo
el partido imaginable: los cuadros de legumbres parecan canastillas
de flores, por lo bien cuidados y dispuestos; los rboles revelaban
una poda inteligente; y el establo, que albergaba dos vacas con sus
ternerillos, no se vea menos limpio ni barrido que la sala. Entre
las dependencias descubri Gastn una diminuta lechera, forrada de
azulejos, digna de Holanda por lo exquisitamente pulcro de sus tazones,
jarros y tanques de metal: y como la elogiase calurosamente, Antonia se
par y dijo con entusiasmo:

--Ah! Es que esta lechera me ayuda  vivir... es una rentita que no
descuido yo ni un minuto! De diez  doce reales diarios limpios saco de
estas paredes... y en el campo doce reales levantan en peso... No se
ra usted! El seor de Landrey se re de esta aldeana!

--No me ro... La envidio  usted, por el contrario. Pero cmo diablos
saca usted eso de una lechera?

--Hago quesos, y los envo  Madrid... Sin sospechar que venan de
tan cerca de la casa de usted puede que los haya usted probado. No
me permiten,--y eso mortifica mi vanidad, lo confieso,--ponerles el
rtulo que me gustara: Quinta de Sadorio, impreso con molde...
Quieren hacerlos pasar por el famoso _fromage suisse_, y lo logran;
y como ganan, porque yo se los vendo baratos, y no hay derechos de
aduanas, tengo clientela segura... No doy abasto  los pedidos, y
me parece que pronto tendr que ensanchar mi comercio, comprando un
pradito ms...

De sorpresa en sorpresa iba Gastn. Era aquella la mujer calificada
en la Puebla de _romntica_, y que se le haba aparecido en traje de
excursionista en la torre de la Reina mora? Haba clculo en tanto
aparato de laboriosidad y economa? Es humanamente posible fingir
un gnero de vida y unas costumbres como las de Antonia Rojas? Sin
querer, las intenciones y propsitos de Gastn respecto  la viuda,
iban modificndose; si al pronto la tuvo por fcil presa, ahora, con el
naciente respeto, la juzgaba torre alta  inaccesible. Terminaron la
visita de la propiedad, y salieron  reposar  una terraza cerca del
estanque, donde encontraron servida ligera colacin: t con leche,
hasta media docena de quesitos, y un plato de fresas: para otra fruta
era temprano: Antonia sirvi el t y prepar las _rties_ untadas con
miel de abeja, que trascenda  flores de campo y romero; y como Gastn
se mostrase confuso y agradecido del obsequio, Miguel explic que era
la misma merienda de todas las tardes...

--No, hijo mo,--advirti su madre,--los quesos son un extraordinario,
para que este seor los pruebe. Lo otro s: es un lujo que nos damos el
de tomar un t ingls de primera: me lo envan unos amigos que tengo,
cnsules en Plymouth. Lo dems... caserito. La leche, de mis vacas; la
miel, de mis abejas; las fresas, de las platabandas que hay debajo de
los rosales... cuyas rosas se lucen en ese vasito de China...

--Seora,--murmur Gastn, saboreando con delicia la infusin
perfumada,--yo no soy adulador, pero crea usted que este t tan
elegante, este servicio tan delicado, me parece un sueo que me lo
ofrezcan  un cuarto de hora de Landrey. No he tomado en mi vida
ninguno que tan bien me supiese...

--Era de suponer que dira usted eso,--respondi maliciosamente la
viuda.

--Qu, no lo cree usted? Pues no acostumbro hacer madrigales al t,
seora... Lo que ms me admira es que tenga usted estos servidores
ptimos...  invisibles, porque nos lo hemos encontrado todo aqu como
trado por mano de las hadas.

--Dios mo! Qu bueno es usted! Tengo los mismos servidores que
todo el mundo... Dos muchachas,  quienes he ido enseando lo ms
elemental... Pero hago que, cuando estoy sola, me sirvan con los
mismos requisitos que si estuviese alguien de fuera (lo cual aqu no
suele suceder), y por eso, sin que me haya escabullido para mandarlo,
usted ve una servilleta planchada y unas cucharas que relucen... Gran
misterio! Lo que no me explico es que nadie proceda de otro modo;
es ms cmodo as... Soy muy comodona; no vaya usted  suponer lo
contrario!

Gastn se senta, sin comprender por qu, feliz. Sabale  gloria la
refaccin, y el aire perfumado de esencias de flor que baaba sus
sienes, le refrescaba el espritu. Hubiese querido prolongar aquella
visita una semana; tan bien se hallaba en el jardn de Antonia. La
conversacin, desvindose ya de los temas de la vida prctica, rod
sobre mil asuntos diversos: se habl de viajes, de msica y hasta de
arquitectura,  propsito de Landrey. Antonia ensalzaba el castillo
propiamente dicho, el que era posterior  la torre de la Reina mora, y
no comprenda que Gastn hubiese permitido tocar, en ausencia suya, 
tan hermosas y slidas piedras.

                             [Ilustracin]

--Estaban firmes, ms firmes que las del Pazo, que es muy
posterior,--exclam.--Han hurgado all por todas partes, y sin que se
explique la razn. Cmo ha dado usted licencia?

--No la he dado realmente, seora... Esa es una historia de que
hablaremos,--contest Gastn, confirmado en sus sospechas por estas
preguntas de Antonia.--Pero deseo que un da visite usted conmigo 
Landrey y veamos esos trabajos.

Cuando sali Gastn de Sadorio, la luna brillaba en el firmamento, y
en su corazn luca un rayito de sol alegre y dulce. Las madreselvas,
desde los zarzales, le enviaban aromas penetrantes y deliciosos; el
aire era tibio, el camino potico y silencioso, y la ltima caricia de
Miguel calentaba an las mejillas del seorito. Al llegar  Landrey, no
pudo menos de preguntarse  s propio con sorpresa:

--Estar enamorado?  son efectos del lugar, la hora, las
circunstancias?... Lo cierto es que no cabe pasar tarde ms bonita que
sta!

                             [Ilustracin]




                                   X

                             La consejera


Aunque la discrecin ponga coto  ciertos impulsos, extrao sera que
no triunfasen de ella en un mozo como Gastn, poco acostumbrado  la
disciplina moral,--que muchas veces consiste en vivir  contrapelo
del gusto.--Cautivado por Antonia Rojas, Gastn deseaba verla  cada
instante, y la misma levadura de respeto y de admiracin involuntaria
que se mezclaba  otros sentimientos menos ordenados y pacficos, le
induca  creer que no era peligrosa la frecuencia del trato con la
viuda, ni las reiteradas visitas  Sadorio. Fu primero cada tres
das, despus cada dos, por ltimo, diariamente. Antonia no le
esperaba: jams la encontr ni vagando por el jardn, ni tocando el
piano, ni sentada lnguidamente en un cenador, ni cortando flores con
la larga tijera que para este oficio llevaba pendiente de la cintura.
Siempre la sorprendi  dirigiendo la preparacin de unos apetitosos
calamares en conserva,  poniendo en madurero la cosecha de tomates
tempranos,  haciendo que trasquilasen el melonar,  desnatando leche,
 cortando blusas para Miguelito: ocupaciones nada sentimentales, y
que no autorizaban ningn potico desmn. Ocurri con aquellas visitas
un fenmeno, aflictivo para el ya prendado Gastn: y fu que en las
primeras, Antonia le recibi expansiva y afable; en las segundas,
reservada y corts; y cuando las menude, empez  mostrarse seca, fra
y hasta incivil, pues le dejaba solo con Miguelito las horas muertas,
y se marchaba  sus quehaceres. El nio, en cambio, estaba cada da
ms afectuoso con su amigo, y le abrumaba  caricias,  preguntas
y atenciones, all  su inocente estilo. No sabiendo Gastn qu
discurrir para complacer  su nico partidario en la casa, ide buscar
un caballito pequeo, barato y manso, que compr en la Puebla, y que
trajo  Sadorio, con objeto de dar lecciones de equitacin  Miguel.
La idea produjo embriaguez de dicha en la criatura; pero Antonia,
terminada la primera leccin, llam  Gastn  la sala, y en frases
bien escogidas para no herirle, y firmes bastante para reprimirle, le
dijo claramente que sus visitas continuas no eran convenientes, ni
admisibles sus regalos. Y como l mostrase gran pesadumbre, Antonia
dulcific la voz y aadi:

--Usted debe comprender que, en esta soledad, es muy grata la compaa;
usted debe comprender que yo ni soy insociable, ni tengo tantas
distracciones que me estorbe la que usted me proporciona con su amable
trato. Pero no le hago  usted tan poco perspicaz que no se d cuenta
del efecto que sus visitas diarias han de causar en el pblico.

--Hay aqu pblico, Antonia?--pregunt Gastn con irona.

--Lo hay en todas partes. ste es reducido y de gente sencilla, pero
por lo mismo se les debe buen ejemplo, hasta en las apariencias; sobre
todo, cuando la realidad es honrada y clara, y slo honrada y clara
puede ser. S, amigo Landrey! Yo quiero que me estimen de veras mis
criaditas, la Colasa y la Minga... entre otras razones, porque he de
vivir con ellas muchos aos!

 su pesar ri Gastn el gracejo de la seora, y doblando la cabeza,
murmur:

--Antonia, yo deseo de todas veras obedecer  usted... y ya se sabe
que la obedecer... pero igame usted, puesto que tengo la suerte de
que me hable usted con esta franqueza tan noble... que prefiero 
la seriedad de ayer. La conozco  usted de hace un instante, puede
decirse, y me he acostumbrado  su amistad de usted tan pronto y de
una manera tan extraa, que la necesito lo mismo que se necesita el
aire para respirar. No frunza usted el ceito: mire que no la estoy
cortejando; le juro que no se trata de eso! Es que me encuentro en
circunstancias especialsimas de mi vida, en los momentos penosos en
que es preciso que alguien nos atienda y nos d un buen consejo; es
que me hallo completamente solo, aisladsimo, desorientado, y que,
probablemente, voy  cometer mil desatinos si me falta una persona
buena, que vea mejor que yo cuestiones de que penden mi fortuna y
mi porvenir. La casualidad me ha puesto en contacto con usted, que
casualmente es tambin el nico ser humano capaz de inspirarme una
confianza absoluta, incondicional; porque tiene usted un juicio y un
carcter...

--Bien, al caso,--interrumpi Antonia atajando la alabanza.--Si se
trata de prestarle  usted servicio... es diferente... Aqu estoy.

--Pues acepte usted por algn tiempo el papel de confidente y consejera
ma.

--Aceptado,--declar la viuda sin vacilar.--Yo ser su confidente y
consejera. Eso no implica que usted venga aqu  menudo. Vendr usted
una vez por semana...  menos, si no es preciso.

--Me resigno,--suspir Gastn.--Vendr los sbados, como los
empleados...  los domingos... como el lavandero.

                             [Ilustracin]

--He dicho que tal vez menos...--repiti Antonia
risuea.--Probablemente le sealar  usted un turno quincenal. En fin,
eso depender de la consulta que usted quiere dirigirme. No s de qu
ndole ser... Para que vea usted que empiezo complacindole: maana se
viene usted  comer aqu, y, de sobremesa, me comunica esas historias
de que, segn afirma, penden su porvenir y su fortuna. Yo necesitar,
de seguro, reflexionar, porque  fuer de gallega tengo el trasacuerdo
mejor que el acuerdo. As es que, despus de la confidencia, no
vuelve usted... en diez das. Pero antes de que me honre usted con su
confianza,  mi vez tengo yo el deber de enterarle  usted bien de
quin soy, porque usted me conoce de poco ac, y las referencias que
haya podido oir de m quizs no brillen por la ms rigurosa exactitud.

--Tiene usted sus partidarios y sus detractores, Antonia; y entre los
primeros se cuenta una cojita muy simptica, hija de mi mayordomo
Lourido.

--Pobre Concha!--murmur afectuosamente Antonia.--Criatura ms
angelical! La resignacin con que sufre,--porque est enfermsima,--le
ganar un lugar sealado all donde muchos soberbios y poderosos
quisieran conseguirlo...

Y, pensativa, la viuda apart la mirada del rostro de Gastn.

--Espero su historia de usted, Antonia, para que se aumente mi
afecto,--indic el seor de Landrey, respetuosamente.

--Quin sabe? Tengo de qu acusarme, como va usted  ver...--Soy
ferrolana, y mi padre, don Federico de Rojas, era marino. Lo mucho
que haba viajado, y su talento natural, hicieron de l, si no un
sabio, por lo menos un hombre instruidsimo. Por muerte de mi madre
reconcentr en m todo su cario, y me ense ciertas cosas que no
suelen aprender las muchachas, por ejemplo, botnica  historia
natural; de ah sali mi aficin  recoger esos bichos raros que ve
usted en el acuario, y lo mucho que me divierten mi huerto y mi jardn,
y mis correras por la montaa para formar herbarios... Un armario
grande he llenado de cartones--Tena yo diez y ocho aos cuando en un
baile  bordo me conoci y me pretendi don Luis Sarmiento, que era
joven, rico, muy bien nacido; que reuna, en fin, las condiciones que
suean los padres para los novios de sus hijas. No hubo oposicin; me
cas, y al ao naci Miguelito. Mi esposo era, adems de todo lo que he
dicho, una persona excelente: caballero, pundonoroso y de muy alegre
humor: slo que sus padres no se haban cuidado de ensearle la vida
real. Haba gastado ya mucho de soltero, y por complacerme y recrearme,
se lanz  mayores dispendios despus de casado: me llev  viajar
por toda Europa, con un lujo que ahora conozco que era insensato; me
compr joyas y trajes; montamos trenes, y vivimos en Madrid anchamente,
protegiendo artistas y adquiriendo lienzos y esculturas, como si
nuestra renta fuese quince  veinte veces ms pinge de lo que en
realidad era. Aqu debo yo acusarme de mis yerros: en vez de contener
 mi esposo, gozaba como una loca de aquellos esplendores y placeres,
porque tengo un instinto de fausto y de arte que no parezco sino una
Cleopatra... y para llegar  hacer la leja con mis propias manos ha
sido menester que la adversidad me haya zorregado con unas disciplinas
muy recias! Pronto pas lo que tena que pasar: mi marido se vi
ahogado de deudas, de hipotecas y de rditos usurarios; lleg un da en
que no pudo cumplir ni pagar  nadie, y entonces...--Aqu los garzos y
rientes ojos de Antonia se vidriaron de lgrimas,--entonces... cometi
un atentado...

--Me lo han dicho,--se apresur  interrumpir Gastn, viendo el
trabajo que le costaba  Antonia tocar aquel punto.

--Ojal,--prosigui ella,--me hubiese dicho la verdad de nuestra
posicin! El mismo cario que me tena le oblig  callar... No se
sinti con valor para confesarme que nos encontrbamos arruinados
y que nuestro hijo sera pobre. Si Dios le inspirase tal rasgo
de sinceridad,--por eso no negar jams  nadie el consuelo de
una confidencia,--yo, con todo mi cario, le hubiese confortado,
persuadindole de la verdad: de que an podamos vivir... tan felices!
Haramos lo que hice despus: vender todo, desprendernos de todo,
cumplir con los acreedores, y retirarnos aqu en paz. La desgracia
le ofusc y le hizo olvidar que era cristiano, jefe de una familia,
padre de un hijo  quien deba el ejemplo de la resignacin y de la
fortaleza... Nada me dijo; no se fi de m, me cerr su corazn... no
me mir como amiga... Y sabe usted por qu? Por culpa ma: porque l
no poda ver en m ms que  una muchachuela sin seso, aturdida con las
galas, las diversiones y los goces del mundo y de la riqueza... Ya ve
usted cmo no me falta de qu acusarme!

                             [Ilustracin]

Suspir hondamente la viuda; y recobrndose y secndose los ojos con el
pauelo, prosigui:

--Un solo consuelo tuve, y si no es por l, creo que aquella
catstrofe, en vez de costarme la salud por algunos aos, me cuesta en
el acto la vida.

--Su hijo de usted?--dijo echndose  adivinar Gastn.

--Eso no es consuelo, eso es _yo misma_,--respondi Antonia.--No;
el consuelo y bien grande! fu que mi esposo vivi an tres horas
despus del atentado... y no perdi el conocimiento... y tanto le
rogu, y tanto le bes la cara y las manos en esas tres horas... que se
arrepinti... se confes... y muri absuelto!

El silencio que sigui  estas palabras tuvo algo de magntico:
parecile  Gastn que acababa de descubrir el alma de Antonia,--fuerte,
porque era creyente.--Sus ojos, iluminados de fervoroso entusiasmo,
hicieron bajar al suelo los de la dama.

--Despus,--dijo precipitadamente,  fin de cortar aquella corriente
sbita,--me v envuelta en mil dificultades para desenredar la
pequesima hacienda que le quedaba  mi hijo. Vend mis alhajas, mis
encajes, hasta mis vestidos y abrigos de pieles y terciopelo; vend
los coches, los cuadros, los barros, los tapices y los muebles, y por
supuesto, la plata y las vajillas; cuanto era de lujo se vendi, creo
que malbaratado, pero en tales naufragios siempre sucede as: hay que
darle su parte de botn al mar. Yo recordaba que esta casa de Sadorio
haba sido reparada y aumentada por orden de mi marido, que tena
cario  las paredes que le haban visto nacer: y aqu me refugi y
aqu vivo desde entonces, aprovechando la baratura del pas y los
recursos de economa domstica que proporcionan el huerto y los prados.
Miguel se cra robusto, y yo disfruto comodidades que tal vez no posea
en mis pocas de derroche. Lo duda usted? En Madrid no tenamos
bosques, ni extensos jardines, ni flores frescas  toda hora, ni el
pescado del mar  la sartn... Sepa usted que hasta economizo... Vaya!
Junto unos ahorrillos para cuando Miguel tenga que ir  seguir carrera
y yo me vea precisada  acompaarle; lo cual har para que no se
desaliente  se corrompa... Ese da que tendr que dejar  Sadorio...
me parece que lo sentir mucho. Me he acostumbrado  esta libertad y 
esta calma... Fcilmente sacaramos de aqu una moraleja por el estilo
de las mximas que escriba Miguelito en sus primeras planas, despus
de los palotes: Amando el deber lo convertimos en placer. Ya sabe
usted mi vulgar historia...

                             [Ilustracin]




                                  XI

                              El consejo


Profundamente impresionado sali de Sadorio aquella tarde Gastn; y
con ser pocas las horas que faltaban para volver  ver  Antonia,
parecieron muchas  su impaciencia. Antes de lo que crea, sin embargo,
logr la vista de su amiga. Era domingo, y como Gastn bajase  la
Puebla  misa mayor, all estaba arrodillada la viuda, pero ni volvi
la cabeza: asista al santo sacrificio con una compostura no afectada,
y  su lado, Miguel--extraa novedad!--tambin permaneca quieto y
atento, hecho un santito,--aunque con un azogue tal en las piernas,
que al acabarse la misa y salir al atrio, peg ms de una docena de
saltos: pareca haberse vuelto loco.

Florita, que haba avizorado  Gastn en la iglesia, enganchle
 la salida, y mientras coqueteaba con l  su estilo lugareo,
desaparecieron Antonia y Miguel. Despepitbanse la esposa y la hija
del Alcalde:--Por qu no se quedaba Gastn  comer con ellos? Dnde
se meta, que andaba tan oculto? Qu tal substancia tena la miel de
Sadorio? Le haban picado las abejas, que estaba tan seriote?--Trabajo
le cost zafarse de aquellas obsequiosas interlocutoras, pretextando
ocupaciones muy urgentes, y no sin prometer que el lunes vendra.

--As como as,--pens,--Antonia, despus del da de hoy, va 
desterrarme por una temporada...

 paso apresurado, como el que sigue la estela de su deseo, tom el
camino de Sadorio; y ya cerca de la quinta, comprendi que no deba
presentarse antes de la hora sealada, las dos, y entretuvo el tiempo
como pudo, entrando en casa de una labradora y pidiendo un vaso de
leche. Se lo sirvieron fresco y espumante, pues estaba la vaca en
el establo, por ser domingo y no haber quin la llevase de maana al
pasto; y Gastn tir de la lengua  la vejezuela que ordeaba la vaca
y presentaba el cuenco rebosante,--averiguando con pueril alegra que
era una protegida de Antonia.--Aquel invierno, la vieja, haba estado
tan en los ltimos,--eran sus palabras,--que ya tena encima los Santos
Oleos, as Dios me favorezca! y si no es por el caldito que todos los
das mandaban de Sadorio y los remedios que pag la seorita en la
botica de la Puebla, no lo contara...--Con esta pltica gustosa para
Gastn, fu acercndose el momento de presentarse en la quinta, y all
corri, dejando por el cuenco de la leche un duro en la mano sarmentosa
de la vejezuela parlanchina... que le hart de bendiciones.

Recibironle, Antonia con cordialidad, Miguel con arrebatado cario, y
se sentaron los tres  una mesa cuyo primor consista en el decorado de
flores naturales y en el brillo de la loza y del cristal, y en que slo
tentaban el apetito los manjares por su frescura y grata sencillez.
Las ostras de la Puebla, regadas con el limn cogido en el huerto; el
pastel de liebre cazada en los vecinos montes; la gallina cebada en el
corral casero; la densa conserva de membrillo, sabiamente fabricada por
Colasa, compusieron el banquete. El caf salieron  tomarlo al ameno
sitio de costumbre; y como Miguelito, jugando con Otelo, se alejase 
ratos, Gastn aprovech la ocasin propicia, y refiri  Antonia, muy
despacio, su historia entera. Nada omiti, ni las ltimas advertencias
de su madre, ni la disipacin de los primeros aos, ni la ruina, ni
la doblez del maldito Uasn, ni la revelacin de doa Catalina de
Landrey, ni la conseja del tesoro, ni las recientes inquietudes y las
reclamaciones inicuas de don Cipriano Lourido... Antonia escuchaba
atentamente, y de vez en cuando, si no encontraba bastante clara la
narracin, interrumpa con preguntas concretas,  que Gastn responda
sinceramente, procurando no alterar los hechos ni la realidad de sus
sentimientos en lo ms mnimo. La necesidad de expansin y de desahogo
que senta le desataba la lengua y le mova  acusarse  s propio,
parecindole como si viese su imagen moral reflejada en un lmpido
espejo, y una fuerza superior le impulsase  describir minuciosamente
los defectos y tachas de aquella imagen. Al terminar, Antonia qued un
rato callada: reflexionaba, y su rostro generalmente alegre tena una
expresin de gravedad en armona con las funciones de juez de un alma
que se dispona  ejercer.

--Antonia,--exclam con ahinco Gastn, vindola permanecer silenciosa
y meditabunda,--hable usted; no tenga reparo en calificarme segn le
plazca, ni en echar por tierra mis ilusiones respecto al imaginario
tesoro.  todo estoy preparado, y casi me har usted un bien acabando
de extirparme esperanzas quimricas. Trteme usted, Antonia, al menos
hoy... como  un hermano. En cambio del sueo del tesoro me dar usted
otro sueo ms bonito cien veces: soar que se interesa usted por m:
ya ve si salgo ganando.

--No se enojar usted porque me exprese con franqueza?--pregunt la
consejera sonriendo.

--Mil veces no... _Al contrario_, como me dijo usted la primera vez que
la v y la pregunt si la importunara mi visita.

--Pues lo que saco en limpio de su historia es que es usted responsable
de la mitad ms una de las desdichas que le han sucedido hasta hoy. El
perder  su madre de usted fu desgracia; el arruinarse, culpa.

                             [Ilustracin]

--Lo reconozco. Prosiga usted; reprndame.

--S que debo reprenderle, y en trminos muy severos, porque, amigo
Gastn, hay ruinas de ruinas. El que emprende algo til; el que
invierte con buen fin su capital y tiene la desgracia de no acertar
y de perderlo; el que por reveses impensados se queda pobre, merece
lstima. Usted no est en ese caso: lo ha derrochado todo de la manera
ms frvola y ms sin substancia, y para mayor dolor, dando escndalo
al mundo y mal ejemplo  sus amigos y  sus servidores. Tena usted
un caudal que manejar y un nombre antiguo  ilustre que sostener; el
caudal lo ha dedicado usted  insulseces y  torpezas, y el nombre lo
ha dejado usted  merced de los Louridos, hoy protectores del seor de
Landrey. Ya ve si la tribulacin es merecida.

Por preparado que se encontrase Gastn  oir cosas desagradables, y por
grande que fuese el prestigio de Antonia para decrselas, sinti un
bochorno mortificante y un deseo de apologa.

--Es cierto, Antonia; pero recuerde usted, para no juzgarme tan
duramente, que  no haber encontrado en mi camino  dos bribones que me
depar la suerte, despus de todo, no estara hoy sino algo mermada mi
hacienda.

Frunci Antonia el ceo, y su cara adquiri expresin todava ms
severa y triste.

--No le disculpa  usted eso. Antes me parece que le acusa ms. Sobre
disipador, ha sido usted neciamente confiado. No ha querido usted
molestarse ni en saber  quin entregaba sus intereses y consagrar
 vigilarlos ni una hora de las que perda en sus vacos goces. Los
bribones nacen espontneamente al lado de los abandonados como usted.
Si no le hubiesen pelado  usted Uasn y Lourido, le pelaran otros
que se llamaran de otra manera: diferencia nica. Y no me diga usted
que le falt buen consejo, Gastn... porque lo tuvo usted tan bueno,
que no cabe otro mejor; y  no haberse usted olvidado de las palabras
de su madre, de que la fortuna se nos da como en depsito... hoy sera
usted un hombre feliz, rico y con la conciencia tranquila; sera
usted... igalo bien, Gastn, porque esta frase me parece que lo dice
todo... un _administrador de Dios_... que es lo que hay que ser, y lo
dems, patarata!

Radiante luz penetraba en el espritu de Gastn, que casi senta
impulsos de arrodillarse y de herirse el pecho con el puo cerrado.
Poda todo aquello mortificarle un poco, pero... qu gran verdad
encerraba! Antonia, perspicaz al fin como mujer, not muy bien el
efecto de la homila, y se dilat su rostro.

--Si aspira usted  restaurar la riqueza de Landrey para volver 
tirarla por el balcn, no tengo fe en los consejos que le voy  dar:
recaer usted en la miseria, y quin sabe si en la deshonra. Antes de
rehacer el caudal, que es cosa externa, rehgase usted por dentro: me
parece lo ms urgente. Si se ha de cambiar su porvenir, cambie usted,
transfrmese en otro hombre...

--Creo que tiene usted razn, Antonia,--exclam el seor de Landrey
con entusiasmo.--Conozco que he sido... un trasto; francamente! Deseo
regenerarme... pero no podr si usted no me ayuda. Estoy muy solo:
nadie me quiere;  nadie le importa de m... Esto no lo haba notado
hasta hoy; viva en un vrtigo, y aturdido no comprenda el vaco de
mi alma. Ahora conozco que me falta sostn y calor... Si usted no me
tiende la mano, Antonia, usted que es tan fuerte, tan derecha, tan
valiente... no har nada; me echar al surco.

La viuda de Sarmiento se encendi de emocin; pero fu como el paso
fugaz de una nube roja sobre un tranquilo cielo. Pesando sus palabras,
cuya importancia conoca, respondi serenamente:

--Si entiende por tender la mano lo que estoy haciendo... ya la
tiene usted tendida. Pero de esa puerta afuera,--y seal  la de la
verja,--es usted el que tiene que valerse. No es usted hombre? No
ha de poder un hombre recoger sus fuerzas y su voluntad y cumplir un
propsito? Si yo no fuera mujer, me asociara  usted para trabajar
juntos en la restauracin de Landrey; hasta me divertira la empresa.
Su delicadeza de usted debe hacerle comprender que no puedo en esta
ocasin olvidar la reserva propia de las faldas. Ni aun como consultora
me gustara que, en lo sucesivo, acudiese usted  m. Le queda  usted
trazada una lnea de conducta,  mucho me engao,  puede seguirla
solo. Qu, no ser usted capaz de remediarse? Porque entonces...

--Y esa lnea de conducta?--murmur l con tierna sumisin.

--Ya lo sabe usted; volverse del revs como un guante. Era usted
gastador y ha de ser econmico; era usted confiado, y ha de ser
receloso; era usted dormiln, y ha de ser madrugador; era usted
perezoso, y ha de ser activo; era usted un vago, y ha de trabajar diez
horas diarias, papelear, hacer nmeros, sepultarse en las cuentas hasta
el cogote... No ha de fiar usted  nadie sus asuntos, y no ha de perder
ni un da en caprichos. El venir aqu es capricho tambin. Pase hoy,
porque hablamos de cosas serias; mas si le ocurre jugar al picadero con
Miguelito, yo no he de prestarme  ello. Usted ya no es dueo de un
minuto!

--Pero, Antonia,--objet Gastn con humorismo,--lo que me aconseja
usted estara en carcter si yo tuviese an millones que administrar.
Los que me despojaron me quitaron esas ansias.  fe que bien libre me
encuentro.

--Ese es el error,--exclam Antonia--No hay semejante ruina. Lo que
han hecho es embrollarle de mala manera sus asuntos; desean comrsele
hasta los huesos; pero apostara lo que no tengo  que si usted se
lo propone, los desembrolla. Usted mismo reconoce que no ha podido
gastar, de ningn modo, lo que le da por invertido el peje de Uasn.
Si se cruza usted de brazos, claro es que acabarn por llevrselo todo.
Quiere oir lo que yo hara en su caso?

--Como que he de acatar  ciegas lo que usted disponga,--declar
Gastn, que se senta revivir.

--Pues halague usted  Lourido; dle  entender que conseguir cuanto
desee; y nicamente pdale luz para desenredar lo de Madrid. Srvase
de un bribn contra otro bribn. Esto es lcito, y como no se trata de
hacer ninguna picarda... Lourido es hombre que oye crecer la hierba;
posee gran aptitud para los negocios; en otro campo que la Puebla,
tendramos en l  uno de esos reyes de la banca, que sudan oro.
Utilice usted  Lourido para meter al de Madrid en cintura. Estudie
con Lourido el problema, y cuando se empape bien en las doctrinas de
ese maestro, (para el caso presente es que ni de encargo), haga usted
la maleta y vyase  Madrid  empezar  devanar el ovillo. Despus de
poner orden all, puede dedicarse  lo de aqu.  Landrey, hoy por hoy,
debe usted mirarlo como cosa secundaria.

-- todo esto, Antonia,--interrog Gastn que haba bebido vidamente
las palabras de la viuda,--no me dice usted nada de... lo principal.

-- qu llama usted lo principal?

--Al tesoro.

--Lo principal el tesoro? Ay Dios mo! Me temo que desde hace media
hora estoy predicando en desierto.

--Cree usted que el tesoro es una patraa? Dgalo en seguida... y no
pensar en l ms.

--Mi opinin,--respondi Antonia pausadamente,--es que el tesoro
existe.

--Ah!--grit Gastn, viendo ya relucir el oro y fulgurar las pedreras.

--Que existe... y que no debe usted buscarlo!

--Cmo es eso?--interrog Gastn sorprendidsimo, aunque iba
acostumbrndose  la originalidad de su consejera y amiga.

--Ver... Primero le dir por qu supongo que existe el tesoro. No cabe
ni dudar que exista cuando su bisabuelo de usted escribi el documento
y traz el plano encerrado en la caja de plata. Un padre no engaa 
su hija querida desde el lecho de muerte. El relato de doa Catalina
tampoco es quimera de su imaginacin debilitada por la edad: lo que
le cont  usted est de acuerdo con lo que sabe Telma y consta por
tradicin,--la quema de papeles, el desafecto de don Martn  su hijo,
su preferencia por la hija que le acompaaba.--Desde que eso sucedi
han pasado sesenta aos, y ha estado el castillo en poder de mayordomos
y caseros. Ninguno de ellos se ha hecho millonario ni ha derrochado
caudales: luego ninguno ha descubierto el tesoro...

--Y Lourido?--interrumpi Gastn.

--Ya llegamos  Lourido... Verdad que pasa aqu por rico, y lo es hasta
cierto punto, porque chup como una sanguijuela los bienes de la casa
y prest  rditos, y compr  desprecio explotando  los infelices;
pero as y todo, la riqueza de Lourido es riqueza de aldea, la hemos
visto crecer y sabemos de dnde procede: si hubiese encontrado el
tesoro prosperara de golpe, y se marchara de aqu, porque su mujer y
su hija Flora rabian por volar  otras esferas... Tampoco Lourido ha
encontrado el tesoro, aunque bien lo busc!...

                             [Ilustracin]

--Que lo ha buscado?--pregunt Gastn estremecindose al ver
confirmadas sus sospechas.

--Ya lo creo... Yo trato poco  lo que aqu se llama _seoro_, pero
hablo muchsimo con los aldeanos... y ellos,  su manera, todo lo
husmean y todo lo saben. En esta comarca, el secreto del tesoro es un
secreto  voces. Lourido ha practicado varias excavaciones ocultamente,
y las gentes piensan que lo que busca son las joyas que la Reina mora
llev al sepulcro. Me he redo de esas joyas y de la credulidad de los
labriegos mil veces, porque no saba lo que usted acaba de confiarme.
Hoy comprendo que Lourido tena olfato. Que por ahora nada consigui
encontrar, me lo prueba adems otra razn: el empeo que demuestra en
hacerse con el castillo de Landrey. Dueo del castillo, lo arrasar y
no parar hasta acertar con el tesoro, que le trae loco de codicia.

--Bien, Antonia; todo eso est divinamente deducido, lo que no parece
es la razn de que yo no realice, en uso de mi derecho, lo que no
consigui Lourido,--exclam Gastn respirando.

--La razn... Ay! y qu empedernido est usted; qu difcil va  ser
que usted se enmiende!--declar la viuda con pena y hasta con cierto
tedio, que mortific  su amigo.--La razn es que el tesoro supone
para usted lo desconocido y lo fantstico, el golpe de varilla de las
comedias de magia, la suerte que nos coge dormiditos y nos echa encima
los bienes como podra echarnos un cubo de agua... Valiente gracia
hara usted si descubriendo el tesoro repusiese su caudal! Valiente
hombrada! Despus de todo, el caudal es lo que menos importa. Su alma
de usted, su conducta, su regeneracin por el trabajo y por una vida
que no redunde en dao y en perversin de usted mismo y tambin de los
dems, es aqu lo que interesa, al menos  mi parecer... y habamos
quedado en que yo era el juez de este litigio...  se vuelve usted
atrs?

--No,--respondi Gastn enrgicamente, con involuntario esfuerzo.--
usted me encomiendo, y se me figura que he comprendido bien sus
indicaciones y que las voy  seguir de tal manera... que usted misma se
admirar.

--Quiralo Dios! Pues, siendo as, el tesoro,--lo repito,--significa
para usted algo insano, una especie de lotera con que cuenta para
remediar males que caus su imprevisin y su vida loca. Si aspira 
que yo le estime... dejar en paz el tesoro. Esas cosas que se deben
al azar, se agradecen cuando el azar quiere envirnoslas, pero no se
buscan; buscarlas sera seguir las huellas de Lourido... y usted no ha
de proponerse tal modelo.

Gastn call. Sentase subyugado por aquella mujer animosa, en quien
tena que reconocer la superioridad del criterio y la firmeza de la
voluntad. Este sentimiento iba acompaado, preciso es reconocerlo, de
cierta humillacin. No poda dudar que Antonia manifestaba ideas dignas
de un hombre, y que todo aquello debera l haberlo discurrido antes,
en vez de dormirse al arrullo del goce y en el seno de la pereza y la
indolencia.

--Qu leccin me est dando!--pensaba.--Parece que veo en un espejo
la cara del ser ms intil de la tierra! Pero yo le demostrar
 Antonia que tambin, cuando llega el caso, s dominar las
circunstancias! Y  fe que he de averiguar si la que me administra
estos sabios consejos tiene en ese cuerpo tan sano y tan hermoso algo
que se parezca  un corazn... Porque hasta hoy, al menos para m, se
me figura que no existe en Antonia tal vscera.

Mientras la ingratitud y la fatuidad dictaban al mal convertido Gastn
semejantes reflexiones, Antonia, como si quisiese confirmar la opinin
de su amigo acerca de su despego  insensibilidad, aadi:

--Ya he dicho  usted cuanto se me alcanza acerca de su situacin
actual. Si usted es capaz de penetrarse bien de todo ello, no necesita
que insista; y si no... cuanto yo porfiase sera machacar en hierro
fro. Creo que usted no gustar de machaqueras. Adems,  un hombre
de la edad de usted... no se le lleva de la mano. Si quiere hacerme 
su vez un favor, evitar que mi nombre ande en lenguas, dejar de venir
definitivamente. La malicia grosera de las aldeas no s si es ms
terrible que la malicia sutil  ingeniosa de los pueblos grandes. Si
usted es sincero conmigo, me confesar que tiene motivos para darme en
esto la razn.

--Es cierto, Antonia,--contest noblemente el seorito de Landrey.--An
hoy  la salida de misa, unas bocas pecadoras... Pero, en ltimo
trmino,--aadi dejndose llevar del atractivo poderoso que sobre
l ejerca Antonia,--qu nos importa? Quin tiene derecho 
fiscalizarnos? No somos libres?

--Nadie es libre...--tartamude Antonia, cuya voz temblaba,--y usted
menos que nadie. Tiene usted que levantar su casa y su apellido!  esa
tarea, dedique usted todo el tiempo, toda la energa de que sea capaz.
Venir aqu es una distraccin como otra cualquiera. No conviene que
usted se distraiga... Y por ltimo, yo deseo que no venga... y usted
debe respetar mi deseo.

--Lo respetar, Antonia; se lo prometo, ya lo ver,--contest l con un
tono que pareca fro, y no era sino el velo de un despecho profundo y
doloroso.

La tarde ltima que Gastn pasaba en el jardn de la quinta se acab
tristemente. Antonia se esforzaba por reanimar la conversacin, pero
el seorito de Landrey se haba encerrado en un mutismo displicente.
Cuando se retir, apenas estrech la mano de su consejera;  Miguelito,
en cambio, le apret contra el corazn y le bes arrebatadamente en los
ojos.




                                  XII

                         Tctica y estrategia


Gastn cumpli su promesa de ir  comer al da siguiente con la familia
de Lourido; acogironle al pronto con cierta hostilidad, pero la escena
cambi, aun no bien el seorito de Landrey, sentado  la izquierda
de Florita, arm con la muchacha una escaramuza de coqueteos, tan
marcados, que extraaron  Concha y regocijaron al Alcalde y  la
Alcaldesa. Saltaba  los ojos: el seorito cortejaba  la nia! Y qu
bien se insinuaba, y cmo saba asestar los tiros, y de qu expresivo
modo manifestaba la impresin producida por la belleza de Flora! sta,
de puro engreda, no tocaba  los platos: y Concha, con su buen humor
invencible, la solt esta pulla en seco:

--Qu santo es hoy, Flora? Como veo que ayunas al traspaso...

No por eso recobr el apetito la interpelada; tal era su embeleso al
recibir las ojeadas incendiarias y las atenciones constantes de Gastn,
que al servirla, al bromear con ella, adoptaba lnguidas actitudes
de galn deseoso de disimular su inclinacin y que no lo consigue.
Sofocada bajo la espesa capa de polvos de arroz, Flora comparaba al
juez municipal con aquel apuesto y arrogante caballero, cuyos modales
respiraban distincin y desenfado gracioso, cuya ropa trascenda 
no s qu perfume tenue y fino, y que era adems _el seorito_, el
dueo de Landrey, el personaje ms eminente que haba encontrado en
su camino, un ser distinto de los otros... Tambin al Alcalde le
chispeaban los ratoniles ojillos. No era _aquello, aquello_ mismo, lo
que l se haba atrevido  soar, un da en que recontaba su ya orondo
peculio... pero como se suea el golpe ms inesperado de la suerte,
que puede venir y sin embargo, juraramos que no vendr? Florita
seora de Landrey! Qu diablo! Para eso ha exprimido el padre el
limn del prstamo; para eso ha bebido el sudor de los braceros y las
lgrimas de los hurfanos y las viudas; para eso sabe hacer que, en
el plazo de un ao, una onza se doble y arroje  la partida del haber
treinta y dos duros!

Al terminarse la comida, Flora di seales de querer arrastrar 
Gastn  la senda de perdicin del piano; pero el seorito de Landrey,
como quien realiza un esfuerzo, rog  Lourido que le concediese una
entrevista, para hablar de negocios. Encerrronse en el despacho, y
Gastn, con abandono lleno de confianza, enter  don Cipriano de lo
que le suceda.

--Al encontrarme, don Cipriano, con que le debo  usted cinco mil
duros...  tal vez ms... quisiera pagrselos inmediatamente, bien lo
sabe Dios, pero si no saco  subasta las tierras y el castillo, lo cual
dice usted que sera un desacierto...

--Un _sin pies_!--exclam el usurero, que crea decir _un ciempis_.

--Bueno, si yo lo creo tambin...--declar Gastn con ingenuidad.--Pero
repito que,  no cometer ese _sin pies_... no s cmo arreglarme.
Resulta que, en Madrid, mis asuntos estn peor que aqu todava. Se
me figura que no ha tenido acierto mi apoderado, el seor de Uasn,
sujeto por otra parte honradsimo... y que me ha metido en un lo muy
gordo. Y como usted es tan inteligente, vengo  consultarle... Quiere
usted enterarse de este legajo?

Contena el legajo los estados de cuenta y los comprobantes remitidos
por Uasn para su revisin y aprobacin, y que el seorito de Landrey
haba recibido en uno de los ltimos correos, acompaados de una carta
muy melosa, en que el buitre solicitaba que se le devolviesen cuanto
antes legalizados y en forma, al objeto de aplacar  los acreedores,
que estn venenosos. Lourido, con rapidez febril, tom aquel mazo de
papeles, y empez  examinarlo hoja por hoja, apasionadamente.

--Si quisiera usted enterarse despacio...--dijo con indiferencia
Gastn,--la verdad... como me aburre todo esto de los negocios...
preferira que usted se batiese ah con esos mamotretos... y yo me
volvera  la sala... He dejado  sus hijas con la palabra en la
boca!... Antes de subir  Landrey, volver  ver qu ha sacado usted en
limpio...

                             [Ilustracin]

Y con el aire del que consigue sacudirse una mosca, corri  la sala,
mientras Lourido se restregaba las manos de gozo...

Cuando Gastn, al anochecer, se present otra vez en el despacho,
Lourido le acogi con una explosin de indignacin exagerada y de
satisfaccin irnica; y riendo y gruendo  la vez, exclam:

--No es mal punto filipino el apoderado general! Honradsimo... s,
buena honradez nos d Dios! Yo ya me lo haba tragado, por cosas
que me pasaron con l; pero no cre que gastase tanta _envilantez_!
Amaados le ha puesto los asuntos, seorito... amaados! Ni una madeja
dada al gato...

--De modo que... estoy arruinado sin remedio?--pregunt Gastn.

--Qui! Me chupo yo el dedo? Si me deja estudiar este protocolo
unas horitas ms... le dir cmo ha de hacer para empezar  salir del
pantano. Las cosas es menester darlas cinco vueltas. Al principio todo
parece el mundo universal, y despus resulta una _cunca_ de mijo menudo.

--Ver usted,--dijo Gastn con el mismo abandono.-- m ya se me
haba ocurrido que aqu poda haber mcula... slo que no saba
cmo defenderme. Y, la verdad: _hoy_ sentira quedar pobre; estoy
cansadsimo de la vida de soltero, y deseo establecerme aqu, en este
pas tan precioso, en esa casa vieja de Landrey, que usted sostuvo y
yo quisiera arreglar... Una mujer sencilla, una joven linda y honesta,
ajena  los engaos y  las locuras de la corte...--aadi como absorto
y hablndose  s mismo.--Pero casarse sin tener pan!... No. Lo que
har, si no puedo salvar nada de mi hacienda, ser irme  cualquier
parte con un destino que me den mis amigos de Madrid...

--Jess, seorito! Djeme  m, guese por m, que le aseguro que
hemos de salir avante... Esta noche me peleo con los papeles, y maana
venga aqu, que le dir...

--Pensaba venir de todos modos, porque sus hijas de usted quieren que
demos un paseo y que nos embarquemos  pescar _panchos_...--respondi
Gastn con alegra descuidada, propia de un muchacho de diez y seis
aos  lo sumo.

Al retirarse Gastn, conferenci la familia Lourido,--excepto Concha, 
quien despidieron  su cuarto por sospechosa y recalcitrante.--Result
de la conferencia, que la Alcaldesa, y sobre todo, como era natural,
Florita, haban notado en el dueo de Landrey seales del ms fino
enamoramiento; lo cual, junto  las palabras que se le haban escapado
en el despacho de Lourido, calent las cabezas, y di tela para
fantasmagoras del porvenir. Sin embargo, ni Flora ni su madre podan
ver en aquellas risueas perspectivas lo que vea don Cipriano; el
tesoro enterrado en las fundaciones de Landrey, y cuya bsqueda y
descubrimiento seran lcitos ya y podran realizarse sin temor,
cuando se hiciesen  nombre del amo, pero el amo casado con la hija
del mayordomo... As aquella misteriosa riqueza soterrada y oculta en
las entraas de piedra de Landrey actuaba sobre la mente de cuantos
sospechaban su existencia, y guiaba sus determinaciones, segn la
calidad respectiva de las almas, impulsando  Antonia  aconsejar el
desprendimiento, y  Lourido  abrazar la causa de Gastn y luchar
desde lejos, oponiendo su penetracin y socarronera galaica  las
artimaas de Uasn...

                             [Ilustracin]

Transcurrieron varios das, durante los cuales Lourido papele mucho y
celebr varias conferencias con Gastn, informndose de pormenores que
importaban  los asuntos pendientes. En esta primer campaa demostr
Lourido una perspicacia, un instinto para los negocios, que asombraron
al seorito; en otro _medio_, aquel usurero de aldea se hombreara
con los negociantes que subyugan una plaza comercial y hacen brotar
millones donde sientan la planta; adems, haba en l la aptitud
innata de una raza cautelosa, de una tierra en que todos saben derecho
y son capaces de retorcer el argumento al abogado ms sutil.--Mientras
el mayordomo iba poniendo en claro los intrincados negocios de Gastn,
ste, afectando un desdn olmpico hacia la cuestin de inters,
aprovechaba las ocasiones de escaparse  charlar con las muchachas,
es decir, con Florita, de quien era ya declarado galn; y cada da
inventaban paseos y correras por los montes y la playa, partidas de
pesca  meriendas en algn soto, que hacan retorcerse de celos al
juez municipal, antes preferido y hoy desdeado adorador de la linda
rubia. En la Puebla no se hablaba de otra cosa ms que de los amoros
del seorito de Landrey con la hija de su mayordomo, creyndose muy
prxima una boda que  nadie sorprenda, dada la fabulosa riqueza que
las exageraciones lugareas atribuan  Lourido. Slo Telma, con esa
libertad de expresin que adquieren los criados antiguos, echaba de
vez en cuando  su amo indirectas transparentes y muy agrias.--Qu
hubiese dicho la seora Comendadora si ve  su sobrino arrimarse 
aquella casta cochina de Lourido, que haba entrado en el castillo con
andrajos, en pernetas, y ahora estaba gordo  fuerza de chupar el jugo
 sus amos!

 estas salidas de la vieja criada contestaba Gastn con risas y
bromas, y alguna vez con abrazos expansivos y fuertes, pues haba
llegado, en aquella soledad,  cobrar intenso cario  Telma, dando
todo su valor  la abnegacin incondicional de un ser cuya vida haba
absorbido por completo la casa de Landrey, sin que pidiese  esta
casa ms de lo que pide la hiedra al muro: adherirse.--Entre las
muchas ideas nuevas que iban abrindose paso en el cerebro de Gastn,
figuraba la del derecho de toda criatura humana; y Telma, que antes
era para l algo como un _objeto_ que se haba acostumbrado  ver,
convertase en _persona_. Siempre la haba tratado con dulzura, y ahora
la respetaba... interiormente, con un respeto piadoso; y el da en que
lleg  esta altura cristiana y moral--respetar  su criada--Gastn
sinti una alegra secreta, y subindose  la torre de la Reina mora,
asest el anteojo al jardn de Antonia, y vi en l  Miguelito
jugando con Otelo.--La viuda no apareci; estara retirada, de seguro
trabajando.

Lourido entretanto llegaba  dominar la cuestin encomendada  su
tacto y  sus luces. Como el explorador que penetra en una selva y
va cortando con el hacha lo que se opone  su paso, abrase camino 
travs de los obstculos hacinados por Uasn. Aislando cuestiones,
poda afirmar ya que con los datos existentes, y mucha energa,
Uasn no tendra ms remedio que vomitar lo que haba querido
zamparse; la casa de Landrey, descalabrada, pero viva. Era preciso
sacrificar ms de una tercera parte, y las otras dos saldran  flote,
gravadas con algunos crditos  hipotecas que no sera difcil ir
descargando...--El seorito encontrara quin le prestase dinero
en mejores condiciones!--exclamaba fervorosamente Lourido, dando 
entender, en frases que queran ser reticentes y veladas, pero ms
claras que tela de cedazo, lo que poda esperar Gastn elevado  la
categora de yerno suyo, y cuando el liberar la hacienda de Landrey
fuere salvar el patrimonio de los descendientes de don Cipriano...

                             [Ilustracin]

Gastn lo aprobaba todo, aunque enterndose menudamente: nunca
discpulo pregunt ms, ni escuch con mayor atencin  un maestro.
Como si sufriese el ascendiente de la inteligencia y el contagio de la
actividad del Alcalde, poco  poco haba ido tomando la costumbre de
trabajar con l primero una hora, luego hasta tres, sin prescindir por
eso de las expediciones y los correteos  pie y en pollino, acompaando
 Florita. En las horas de despacho ahondaba en lo que le importaba
mucho, pertrechndose  fin de realizar el indispensable y urgente
viaje  Madrid, en que deba consultarse con un abogado de fama y
pelear con Uasn cuerpo  cuerpo. Don Cipriano le amaestraba, le pona
los puntos sobre las ies, le haca fijarse especialmente en las mil
vueltas que jurdicamente cabe dar  una misma cuestin. Las cataratas
se le caan al seorito de Landrey. No slo iba viendo la explotacin
de que era vctima, sino el tejido fuerte y maoso de la red en que
le envolvan, y el modo de romper las mallas y sacar fuera la cabeza
para respirar y las manos para concluir de rasgar la odiosa prisin. Y
constitua la nota cmica la indignacin de Lourido al demostrar las
arterias y habilidades de Uasn. Sus exclamaciones podran traducirse
de esta manera:

--Lstima no habrseme ocurrido esa treta  m! Buen golpe para que
lo diese el presente maragato!

Cuando Gastn se crey impuesto en todo lo necesario, dej  Telma
guardando el castillo y sali hacia Madrid, donde esperaba no perder
tiempo. Florita, desde su marcha, guard un retraimiento absoluto;
economiz ms de una fanega de harina, por lo que dej de empolvarse;
otorg treguas  su hermoso pelo rubio, no martirizndolo con las
tenacillas; afloj tres dedos el cors; se di tono anticipado de
viudita noble, y hasta se prest  acompaar  la iglesia, muy de velo
 la cara,  su hermana Concha, organizadora de una esplndida novena,
con gozos,  la Patrona de la Puebla. All tuvo el gusto de mirar con
fisga  Antonia Rojas, que concurra  la novena todas las tardes y que
apareca algo descolorida y menos animada que de costumbre.

                             [Ilustracin]




                                 XIII

                             El aro de oro


Poco ms de un mes estuvo en Madrid Gastn, y la tarde en que regres,
al ver  Telma que haba salido  esperarle, la abraz con tanto
cario, que la vieja sirviente se deshizo en llanto. El seorito vena
muy diferente: qu formal, qu aplomado, qu hombre!

Al otro da de la llegada, Gastn empez  dar rdenes para arreglar
las habitaciones del castillo y reparar lo que era ms urgente que se
reparase. Los muebles de comodidad, las ropas, el ajuar todo, llegaran
en breve por el ferrocarril: Gastn levantaba su apeadero de Madrid
y se traa el mobiliario: adems haba adquirido muchas cosas, no de
lujo, pero necesarias. Albailes y carpinteros empezaron  arreglar
los techos y pisos del Pazo y de la capilla, cerrada desde tiempo
inmemorial, en cuyo magnfico retablo barroco anidaban las palomas y
las golondrinas, y en cuyo plpito se guareca una tribu de ratones.

Corri una semana, y como Gastn no hubiese bajado  la Puebla, ni
dado seales de existir para la familia de don Cipriano, Florita, que
se engalanaba todos los das intilmente, tuvo un ataque de nervios
y un soponcio, y el Alcalde, caballero en su yegua, subi lleno de
inquietud la calzada pedregosa. Recibile Gastn con afabilidad,
celebr que se le hubiese ocurrido venir, y le obsequi con vino y
bizcochos; despus se encerraron los dos en el aposento que el seorito
de Landrey empezaba  utilizar para despacho, instalando en l estantes
con libros y papeles y una mesa ministro. La encerrona dur ms de dos
horas, y al cabo de ellas sali Lourido en un estado digno de lstima:
desemblantado, mortecino de ojos, gacho de orejas, hasta tembln de
manos; y Telma, que corri  ordenar que le trajesen la yegua  la
puerta del Pazo y le tuviesen el estribo, not que dos  tres veces
volva la cabeza el Alcalde y miraba atrs crispando los puos, como el
que quiere comerse con la vista y el deseo  algo   alguien...

                             [Ilustracin]

Dos das despus--era domingo--Miguelito, que se entretena en botar
al agua una lucida escuadrilla de barcos de papel en el piln de la
fuente, sinti que unas manos se le apoyaban sobre los ojos, y una voz
le deca:

--Quin soy?

--Gastn, Gastn!--chill el nio desprendindose y volando hacia la
casa.--Mam! Est aqu Gastn!

Antonia Rojas tard poco en aparecer: Gastn la salud con efusiva
alegra, y la mir  la cara fija, larga y tiernamente, encontrndola
desmejorada y delgada, como persona que ha sufrido.

--Ha estado usted enferma?--pregunt afanosamente el seorito de
Landrey, dirigindose al sitio donde acostumbraban charlar,  los
asientos cerca de la fuente.

--Enferma, no...--respondi dbilmente Antonia, que sin embargo hablaba
con voz quebrantada y tena apagada la claridad de sus hermosos ojos y
el antes vivo carmn de su encendida boca.--Es un poco de debilidad,
 yo qu s... En resumen, nada. Vamos  ver, hbleme usted de sus
asuntos... Vuelve usted de Madrid... Supongo que ha arreglado algo...
No habr perdido el tiempo...

--Antonia, Antonia!--respondi Gastn que pareca enajenado.--S, lo
he perdido... He perdido todo el tiempo que transcurri entre este
da y aquel en que usted me desterr de su casa... He perdido todo el
tiempo que no pas cerca de usted..., pero he de enmendarme vive el
cielo! y ahora ser preciso que usted me permita estar  su lado...
por... por largos aos... Quiere usted?

La palidez de Antonia se convirti en un rubor vivsimo; cay sobre sus
ojos garzos la cortina sedosa de sus prpados, y slo la agitacin de
su seno respondi  la apasionada pregunta del seorito de Landrey.

Rehacindose al fin, pudo articular no sin mucha confusin y vergenza:

--No entiendo... De qu se trata? No creo que pague mi amistad con
una ofensa ni con una chanza de mal gusto!

--De qu se trata? De que si antes me alej usted por evitar que
nuestra amistad escandalizase  estas buenas gentes, hay un medio de
que mi presencia aqu, en vez de escandalizar, edifique! De que todos
la comprendan, la aprueben y la envidien quizs!... Antonia, cunto
tiempo hace que sabe usted lo que ahora est oyendo!

La viuda, con poderoso esfuerzo, se serenaba completamente. Sin
necesidad de poner la mano sobre el corazn, haba aquietado sus
latidos mediante uno de esos actos de voluntad, cuyo secreto poseen
las naturalezas enrgicas y resignadas  la vez. Su animosa y franca
sonrisa volvi  jugar en la boca expansiva y grande y en los ojos
garzos que se fijaron tranquilamente en los de Gastn, candentes de
entusiasmo y de bro juvenil. Y revelando en su voz calma y dignidad,
contest despacio:

--Hace tiempo que s que usted... ha visto en m algo ms...  algo
menos que una amiga... y por eso le rogu que no menudease las visitas,
y, ltimamente... es decir, mucho antes del viaje... que las suprimiese
por completo. Aun cuando usted no demostrase... tanta complacencia
en venir, le hubiese rogado lo mismo, por mil razones de prudencia.
Pero... despus de que usted,  ruegos mos, se alej de aqu... han
sucedido muchas cosas!

-- usted, Antonia?--interrog Gastn con ansiedad.

-- m, no. Yo he seguido mi vida de siempre.  usted...

--Es cierto,--declar l tranquilizado.--Mi suerte ha cambiado por
completo de faz, y  usted lo debo, Antonia del alma! Me crea pobre,
arruinado, hasta cargado con deudas mayores que mi haber... y gracias
 sus discretos consejos,  sus sabias lecciones, me encuentro dueo
de gran parte de ese caudal que juzgaba perdido, y lo que es mejor,
libre de trampas y ahogos, sin depender de nadie para nada. Esto slo
ya sera deber  usted un beneficio inmenso... Pues falta lo mejor,
el mayor bien que usted me ha dispensado! Yo era un hombre intil,
un ocioso vividor, que si no tena los instintos del vicio, haba
adquirido los hbitos de disipacin que conducen  l insensiblemente.
Usted me ha despertado, me ha iluminado y me ha hecho reflexionar sobre
mi propio destino. Me he visto y me he avergonzado de verme. Me he
comparado con usted y me he sonrojado de quererla valiendo tan poco. Me
he propuesto merecerla  usted cambiando de vida y de costumbres. Hoy
podra volver  mis antiguas maas; con lo que he salvado del naufragio
tengo para reingresar en las filas de la vagancia elegante. En vez de
hacerlo, me vengo  Landrey  restaurar la vieja casa de mi familia,
no por vanidad, sino para conseguir, ayudado de usted, practicar el
consejo de mi madre, y ser solamente depositario de mi riqueza...

                             [Ilustracin]

Escuchaba Antonia con la mirada brillante, los labios entreabiertos
como para beber el man de aquellas deliciosas palabras: su expresin
era de felicidad profunda, incontrastable. Sin embargo, un pensamiento
que cruz por sus ojos los oscureci repentinamente. Afirmando con
trabajo la voz que la emocin enronqueca, pregunt:

--Cmo ha salvado usted su hacienda? Deseo saberlo. De qu medios se
ha valido usted para poner  Lourido suave como un guante?

Algo confuso, Gastn se prepar  entonar el _mea culpa_.

--Antonia, voy  ser con usted enteramente leal... porque ya la
considero  usted como  mi propia conciencia... Cuando la ped su
parecer y usted me traz con tanto acierto mi lnea de conducta, al
pronto me sent un poco chafado... s, chafado, es la verdad... viendo
que una mujer me daba tal leccin... Puede ser que este mal sentimiento
no durase un minuto, si usted no me ordena,  rengln seguido, que
no aportase por aqu... Esta orden, cuyas razones comprendo! hiri
mi amor propio: yo crea que usted deba sentir algo por m, aunque
slo fuese una amistad tierna... y tanta entereza y tanta frialdad me
irritaron... En fin, sal de aqu contrariado y con ganas de hacer 
usted sufrir en su vanidad de mujer... para averiguar si me quera un
poco... Ya ve si hay en m fondo de tontera y de malos instintos!...
Me propuse que usted rabiase... y al mismo tiempo... que me tuviese
por listo y por mozo de muchas camndulas! No se re usted? Pues lo
cuento para que se ra, no para que se contriste...

--No me puedo reir,--murmur Antonia.

--Bastante castigo me impone usted con eso... Abreviando: me met
en casa de Lourido maana y tarde, y mientras el padre empezaba 
desenredar las trapisondas de all, y me impona de cmo era fcil
salir de la trampa en que haba cado, la hija... se figur... se
persuadi de que...

--De que usted se casaba con ella!--prorrumpi Antonia como  su pesar
y no acertando  reprimirse.--Y lo pens todo el pas, y se di por
hecha la boda...

--Antonia,--afirm Gastn seriamente,--mi falta no es tan grande
como usted supone!... Ahora conozco que no proced con entera
caballerosidad, y que no todos los medios son buenos para empleados;
indudablemente, si Lourido no se imaginase que yo pretenda  su hija,
no se tomara el inters extraordinario que se tom en arreglar mis
asuntos...

--Est usted cierto de ello. Usted tuvo la triste habilidad de engaar
 ese bribn y tambin  su hija,  una mujer... Ah est un consejo
que yo no le haba dado.

--Es usted severa y cruel!... Antonia, puede usted creerme bajo
palabra de honor; no he dicho jams  Flora una palabra ni de amores,
ni de casamiento. Lisonjas, bromas, piropos, tonteras, acompaarla,
s; otra cosa, no ciertamente. Esa familia, desde el punto y hora en
que me vi y supo mi ruina, que para ellos era todava prosperidad,
so que me casase con Flora, y su obcecacin se explica; todo lo
convirtieron en substancia.--Reconociendo que estaba en deuda con don
Cipriano de las enseanzas que me di y de la labor fina que hizo para
romper la telaraa de Uasn, le he firmado en un barbecho sus cuentas,
que en menor escala eran dignas de las del otro, una gazapera! y en el
acto de firmarlas, como he enajenado fincas y tengo dinero disponible,
le he pagado duro sobre duro los seis mil que se lleva de _bbilis_...
Adems, pienso enviar  Concha un relicario y  Flora un bonito
brazalete... que no es el de esponsales, porque ese... ese, aqu lo
tengo! y le pido  usted que sea buena y lo acepte en seguida en
prueba de que me perdona!

Con un movimiento gracioso, Antonia rechaz el delgado aro de oro en
que se engastaba una gruesa perla, y contest tratando de disimular lo
vivo de sus sentimientos:

--Gastn, no hay resolucin impremeditada que no se llore despus...
Deme usted tiempo de reflexionar, y de reflexionar  solas,
consultndome  m misma... Algn castigo merece la travesura de usted
con Flora... Le impongo ocho das de extraamiento. Vuelva usted el
domingo que viene...

                             [Ilustracin]

--Qu barbaridad!--grit Gastn.--Ocho das! Antonia, no voy  tener
paciencia... Por qu me sujeta usted  tal cuarentena, si se ha
conmovido usted al verme entrar en el jardn? Se ha conmovido usted!
Lo he visto! Y nada; como es usted una cabeza de hierro, no valdr que
yo pida misericordia...

--No valdra,--respondi Antonia dulcemente.--Es preciso que conozca
usted bien mis defectos, y se convenza de mi testarudez. As no ir
engaado.

--Pero me voy  aburrir mucho,--declar Gastn.

--La gente sensata y laboriosa no se aburre jams,--dijo sonriendo ella.

--Pues  lo menos,--implor Gastn viendo al nio que se acercaba dando
vueltas  una cuerda que haca restallar como un ltigo,--hgame usted
un favor muy grande... Enveme maana  Miguelito  pasar conmigo el
da... Le prometo  usted que no le mimar ni le levantar de cascos...
Le dar de comer cosas sanas... Cuidar mucho de que no se rompa la
cabeza en los escombros... me promete envirmele?

--Bien, ir Miguelito... No me le vuelva loco...--exclam festivamente
la madre.

                             [Ilustracin]




                                  XIV

                               Miguelito


Loco ya, pero de contento, lleg el nio  Landrey  cosa de las
once, acompaado de Colasa, encargada tambin de recogerle antes del
anochecer, y  quien Gastn hizo extensivo el convite, encomendando
 Telma que la obsequiase cumplidamente.  medio da se sirvi el
almuerzo, y Miguelito, estimulado por la caminata y la novedad, lo
encontr todo de ngeles; fu preciso que Gastn le contuviese, para
que el festn no parase en clico. Despus de comer recorrieron las
habitaciones del Pazo y las ruinas del castillo, sin olvidar la
vetusta torre en que se conocieron, y donde Gastn, en un arranque de
sensibilidad, bes al nio subindole en brazos; mas como las tardes de
verano son largas, y Gastn deseaba que su convidado no se aburriese un
minuto, preguntle:

--Qu quieres hacer ahora? Quieres pasear? Quieres que volvamos 
casa,  ver las estampas del lbum?

--Quera,--declar misteriosamente Miguel,--buscar el nido de la
comadreja. S dnde est, y mam no me deja volver all, porque las
piedras resbalan mucho.

--Es junto al ro?

--En el mismo ro... T no tienes miedo, eh?

--No, mi vida... Y t, yendo conmigo, tampoco lo tendrs?

--Buena gana! Sin t no lo tengo... figrate los dos! Mira, llevemos
palos... las piedras resbalan,--repiti Miguel, que en realidad senta
una especie de terror atractivo al pensar en el resbaladero.

Preparronse  la expedicin, y Gastn guard en el bolsillo pastas y
un vaso, para merendar y refrigerarse  orillas del ro. Echaron 
andar con buen nimo, pero ni uno ni otro saban el camino, y al primer
chicuelo aldeano que encontraron le comprometieron  que sirviese de
gua para llevarles al sitio, llamado, segn informes de Miguel, _o
Paso da cova_,--el Paso de la cueva.--El muchacho, que se dedicaba 
apacentar unas mansas vaquitas, se ofreci  ponerles en direccin del
ro, volvindose despus, por no separarse del ganado. Orientles en
efecto, y Gastn comprendi que ya no necesitaba ms, pues la bajada
al ro no ofreca dificultad seria, y una vez en la orilla, todo se
reduca  seguir derecho, hasta llegar al resbaladero famoso.

No era difcil la bajada al ro, en el sentido de que se vea por donde
realizarla; mas lo empinado y agrio del monte haca el sendero casi
impracticable: equivala  despearse cabeza abajo, y la seca rama
de los pinos, llamada en el pas _espinallo_, aumentaba el riesgo,
haciendo resbaladiza la estrecha vereda, buena slo para las cabras,
si all las hubiese, que no las hay. Miguelito rea  carcajadas,
agarrndose  Gastn que le sostena cuidadosamente; y la risa se
convirti en convulsin cuando el seorito de Landrey, en uno de los
sitios ms peliagudos, cay de espaldas, sentado, y se levant todo
cubierto de _espinallo_, sacudindose y exagerando la queja, para que
el chico exagerase la alegra...

Cuando llegaron  la margen del ro, no por eso fu la empresa menos
ardua. Al contrario: por all no haba camino practicable, ni estrecho
ni ancho, ni malo ni bueno, y era preciso saltar por cima de agudos
pedruscos,  abrirse paso difcilmente entre carrascas y aliagas
que picaban las piernas. En algunos sitios, lo tajado de la orilla
y la estrechez del lugar en donde con gran trabajo se poda sentar
la planta, ocasionaban verdadero peligro, y Gastn, temeroso de una
desgracia, tomaba  Miguelito en brazos y le obligaba,  pesar de
su resistencia,  dejarse conducir fuera del atolladero. El chico
protestaba, jurando que por all haba pasado l con su madre, los dos
 pie, y divinamente. Llegaron  un sitio tan propio para romperse
las vrtebras, que Gastn senta impulsos de desandar lo andado y
enviar enhoramala la expedicin y el _Paso da cova_, donde, despus de
todo, no habra ms que unas lajas resbaladizas como si de jabn las
untasen; pero el chico era tan resuelto defensor de que se terminase
la hazaa gloriosamente, y Gastn se senta ya tan padrazo, que no
hubo remedio sino salvar, medio  gatas, el sitio empecatado, del cual
salieron con las manos araadas y sangrientas. Al verse fuera del
apuro, Gastn, respirando, mir alrededor,  hizo un movimiento de
sorpresa, notando algo como involuntario y oscuro estremecimiento de
todo su ser.

Hallbanse en un lugar donde, ensanchndose de pronto el lveo del
ro, disminuye en profundidad y es vadeable, caso raro en los ros de
Galicia. El agua clara y tranquila descubre el lecho de arena, y baa
suavemente un trozo de pradera natural, tendido  ambos lados del
escarpe del monte.  la otra margen, Gastn vea el principio de un
sendero, no pendiente y agrio como el que haban seguido para bajar,
sino asaz cmodo y practicable, que se perda entre los pinares de la
montaa. Pero lo que ms impresionaba al seorito de Landrey, era
notar que,  sus espaldas, sobre una ladera escarpadsima, casi cortada
 pico, descollaba una torre que conoci: era la de la _Reina mora_.
Estaban debajo del vetusto torren, tan  plomo con l, que una piedra
lanzada de las ventanas hubiese podido caerles sobre la cabeza; y sin
embargo, por aquel lado la torre era absolutamente inaccesible: querer
subir por el tajo  pico sera como intentar asirse  una lisa pared de
acero. Los que sitiasen  Landrey no era posible ni que intentasen el
asalto del torren por donde cae al ro.

Por qu se destac en el espritu de Gastn esta idea con extremada
lucidez? Por qu la recibi como se recibe  un husped que
afanosamente esperamos? Al pronto ni lo supo l mismo. Un aturdimiento
singular, especie de mareo del entendimiento, le dominaba; y como entre
sueos, al travs del zumbido de la sangre agolpndose  sus sienes,
oa la voz del nio.

--Aqu es,--deca.--Qu bonito, eh? Pero no hay resbaladero, sabes?
porque hoy el ro va ms crecido y cubre las lajas... que son atroces
de lisas... Dijo mam cuando estuvimos aqu, que esas lajas no las puso
Dios, sino que las coloc la gente para cruzar  pie enjuto, y que
deben de tener mil aos, por lo gastadsimas que estn... Vn, anda!
que te ensear el _Paso da cova_ y el nidal de la comadreja...

                             [Ilustracin]

No eran ya las sienes; era el corazn, era todo el cuerpo de Gastn
lo que se agitaba como saturado de azogue... La idea inicial haba
sido llamada por las otras, que acudieron con la rapidez propia de
su inmaterialidad; y agrupndose como un haz de rayos lumnicos,
produjeron la claridad viva que en aquel instante deslumbraba y
enloqueca al seorito de Landrey... Las palabras del manuscrito de
don Martn rodaban por su cerebro  guisa de olas encrespadas: Si
guiado por el Norte siguieres el camino de los antiguos en peligro de
muerte... All, all estaba el camino de los antiguos; por all los
defensores de Landrey podan no slo bajar  la corriente  surtirse
de agua, sino escapar, desvanecerse como el humo cuando les amenazasen
los sitiadores, cruzando el ro por las lajas colocadas  mano, y
perdindose en el sendero del otro lado de la montaa cubierto de
robles y pinos... La mina, la mina! El tesoro!

--Vn, te ensear donde he visto esconderse la comadreja,--repeta el
nio, tirando de la mano  Gastn, que embobado se dej arrastrar.

Orientse Miguelito con ese acierto topogrfico que distingue  los
nios, cuya retentiva fresca no pierde un detalle, y empez  desviar
los brezos y los renuevos de roble que revestan la base del escarpe,
descubriendo un sitio en que slo su mirada avizor podra adivinar
la boca de una cueva,--orificio angosto, cegado por desplomes de
tierra y piedras, entre las cuales surga recia y lozana vegetacin,
disimulando perfectamente la entrada y haciendo hasta dudoso que tal
abertura fuese otra cosa sino madriguera de los tejones y las _martas_,
abundantes en aquel pas.--Pero Gastn no dudaba; era la boca de la
mina militar del castillo de Landrey, y la emocin le empapaba las
sienes en sudor helado y le haca temblar las piernas...

                             [Ilustracin]

Call: no era posible confiar tal secreto  Miguelito. Cuando, ya
anochecido, habiendo regresado los dos  Landrey, lo entreg  Colasa
que se propona, vindole muerto de sueo y de cansancio, llevarle
 cuestas hasta Sadorio, Gastn, al despedirse del chico, le di un
abrazo largo, largo, vehemente, y entre dientes murmur, al estrecharle:

--Criatura, que Dios te bendiga!

Aquella noche no durmi Gastn; literalmente no concili el sueo
cinco minutos; y sin embargo, una especie de fiebre le caus raras
alucinaciones. Cerrando los ojos se represent  la Comendadora con
sus hbitos y  don Martn, con su casaca y su calzn corto, que
armados de antorchas le alumbraban por las vueltas y recovecos de
medroso subterrneo... Al amanecer, ya estaba pidiendo  Telma un
ligero desayuno, provisin de fiambres y las herramientas de los
albailes, que stos solan dejar en un cesto de esparto, por no
llevarlas y traerlas todos los das; adems se surti de una azada,
una pala y de un guadao para segar la maleza. Encarg  Telma el
sigilo y que diese  los albailes dinero en pago de sus herramientas,
que supondran perdidas, y con paso gil, baj como la vspera, sin
que esta vez las asperezas y escabrosidades del sendero le pareciesen
tantas;  por decir toda la verdad, sin que su enajenamiento le diese
lugar  reparar en ellas. Descenda como desciende la piedra, por su
propio impulso y sin percibir los obstculos que la podran detener. En
media hora recorri el trayecto que el da anterior les haba costado 
Miguelito y  l, adoptando mil precauciones, cerca de una.--Al verse
ante la boca de la cueva, detvose y reflexion.

 dnde poda conducir la mina? Sin duda  las fundaciones de la
torre, en que Gastn, guiado por el Norte, esperaba encontrar el
tesoro. Mas Gastn recordaba que debajo de la torre haba realizado un
registro intil, hallando una especie de mazmorra subterrnea, en que
ni las paredes sonaban  hueco, ni se vean rastros de comunicacin,
puerta, escalera, ni argolla alguna. Ira la mina  perderse en el
seno de la montaa? Sera mina siquiera?

Con una especie de rabia, con fuerzas que centuplicaba la ardiente
curiosidad, Gastn puso manos  la obra. Empez por cortar y raer la
maleza, descubriendo el orificio de la cueva; y despus, con ayuda de
la pala, desobstruyndolo de la tierra que se hacinaba ante l. De vez
en cuando miraba en derredor, por si le observaba alguien. El sitio
estaba completamente solitario.

Tema el seorito de Landrey encontrar piedras que sus fuerzas no
alcanzasen  remover, y vi con jbilo que era tierra endurecida,
mezclada al grijo del lecho del ro, lo nico que dificultaba  un
hombre la entrada en la gruta. Esta conviccin le anim, y pronto
consigui despejar la boca, y descubrir un conducto que, en vez
de bajar, suba en ngulo. Encendiendo su linterna, y aferrando la
piqueta, Gastn ascendi por el conducto; sus rodillas tropezaban en
las desigualdades de la mina--ya no poda dudar que lo era--y una
alimaa pas rozando con sus piernas, en fuga loca, sin que pudiese
distinguir si era el bicho algn tejn  slo una gruesa rata. Not
luego que se ensanchaba la mina y mostrbase cada vez ms suave su
declive, y no avanz sino examinando las paredes, que nada ofrecan de
particular: parecan de barro, y las impregnaba una humedad ligera. No
haba ni rastro de esa vegetacin fungosa que algunas cuevas poseen:
y  medida que Gastn adelantaba, el ambiente se haca ms seco. Como
quince minutos habra caminado Gastn, cuando de pronto la cueva ces:
una pared de arcilla la terminaba.

Si la tal pared se hubiese desplomado sobre l, no sentira impresin
ms fuerte y abrumadora. Quedse de hielo, abierta la boca, dilatados
los ojos. Al fin, procurando rehacerse, pase la linterna por la pared
de alto  bajo. Su corazn salt impetuoso; el barro, resquebrajado 
trechos, cubra un muro de piedra.

                             [Ilustracin]

Dej la linterna en el suelo y atac el muro, con la piqueta, mostrando
un vigor digno de un demoledor profesional. Era el muro recio, pero no
como de sillera, ni siquiera de cantos muy gruesos;  pocas embestidas
comenz  desmoronarse, y metiendo por el hueco la linterna, Gastn
vi una especie de sala redonda, parecidsima  la que conoca, y esto
le hizo temblar. Si estara echando abajo una pared para encentrarse,
burlado y desesperado, al pie de la torre de la Reina mora, en el
sitio donde ya le constaba que no exista rastro de tesoro? Tal idea
le hizo desmayar, y se sent sobre los escombros. Record entonces
que tena en el bolsillo carne fiambre y un frasco de vino generoso;
repar sus fuerzas con bocado y trago, y sin ms, arremeti otra
vez contra el muro. Cayeron los escombros; fu la abertura capaz de
dejar poso al cuerpo de Gastn, y se enjaret por ella con esfuerzo,
saltando linterna en mano dentro de una mazmorra circular, toda
revestida de piedra, sin escalera ni acceso  ninguna parte... No
era la ya conocida! Era otra, situada, de fijo, bajo las fundaciones
de la torre! En el techo, enorme argolla emporlonada en una losa; en
el suelo, nada, la tierra; y en la pared cielo santo! una especie de
hornacina tapiada con cal... El escondrijo.




                                  XV

                               El tesoro


Antes de atacar con la piqueta la hornacina, Gastn ech mano al frasco
y volvi  beber un trago copioso. Crea tener brasas en la garganta
y en el pecho, y se senta desfallecer. La embriaguez del triunfo
presentido le abrumaba; no era la codicia, no era la sed de riquezas lo
que le causaba tal vrtigo; era el misterio romancesco y la dramtica
historia del tesoro, cuyo valor acaso no equivaldra  lo que la
imaginacin fantaseaba.

                             [Ilustracin]

La piqueta retumb al fin embistiendo contra la pared. Sus sordos
golpes fueron arrancando el yeso ennegrecido, la dura mezcla que
trababa los pedruscos de la mampostera.  cada fragmento que se
derrumbaba, creca el anhelo de Gastn. Abierto un boquete, apareci un
hueco, y en l algo confuso... bultos informes; la luz, introducida,
descubri que eran, no cofrecillos de sndalo con herrajes de pulido
acero, ni arquillas de cedro incrustadas de ncar, segn corresponda
 las joyas de la Reina mora, sino buenamente panzudas ollas de barro
vidriado, de las que en el pas se venden  dos reales... Si haba
all riquezas, no las soterr ninguna beldad musulmana, que las hubiese
recibido en ddiva  prenda de amor de algn emir granad; don Martn
de Landrey, el de aciaga memoria, al escoger tal sitio para ocultar
su dinero y evitar que pasase  manos odiadas, haba cedido sin duda
 la sugestin de la leyenda, y tal vez al curiosear los subterrneos
buscando las perlas de Golconda y el oro del Darro de la sultana,
concibi la idea de resguardar all por poco tiempo el caudal destinado
 la hija amada y predilecta,-- la piadosa Antgona que consolaba su
ceguera moral.

Con golpes convulsivos Gastn ensanch el boquete; cay de sbito un
gran trozo, y parecieron descubiertas las enormes ollas. Eran hasta
seis, y pesaban ms que plomo. Llenas hasta el borde, cuatro de ellas
estaban hidrpicas de onzas, de esas hermosas peluconas de Carlos III
y Carlos IV, que ya se tienen por rareza en los tiempos actuales.
Dos contenan artsticas joyas de diamantes y brillantes montadas en
plata,--collares, tembleques, piochas, broches, arracadas, hebillas,
diademas, peinetas, ramos, y hasta un pjaro de esa mezclada pedrera
llamada ensaladilla por los joyeros, en que se combinan los rubes
plidos, los topacios, las esmeraldas claras y la lluvia de las _bellas
rosas_,  diamantitos menudos como chispas de luz. La envoltura de
barro grosero de una de las ollas encerraba,--como el cuerpo humano,
deleznable, el alma inmortal,--una coleccin de ricos sartales de
perlas, y dos abanicos del finsimo gusto Mara Antonieta, de varillaje
de oro incrustado de camafeos.

Al pronto, le di vueltas la cabeza  Gastn; tema que las ollas se
deshiciesen en polvo y la fantstica riqueza se evaporase. Se llev
las manos  las sienes; respir; y cuando empezaba  recobrar el
aplomo, not que la vela de la linterna se extingua; un momento ms
y se quedaba  oscuras. Slo tuvo tiempo para recoger una olla, la
que contena perlas y abanicos, y salir  escape de la mazmorra y de
la cueva. Al verse al aire libre, al sol,  orillas del ro, comenz
 persuadirse de que no soaba. All tena parte de su hallazgo...
Por prudencia volvi  obstruir el orificio, colocando la tierra y las
ramas de modo que no se advirtiese diferencia; y abrazado  su olla,
subi  Landrey con alas en los pies. Telma crey que el seorito
desvariaba,--y desvariaba algo, en efecto,--cuando peda otra vela y un
saco de lona. Al anochecer, Gastn, en cuatro viajes, haba subido el
contenido de las ollas cerrndolo en un recio cofre; pero sus fuerzas
se agotaban, y una calentura que crey originada por la violenta fatiga
le postr en el lecho. Telma, llena de inquietud, se instal  su
cabecera; le sirvi infusiones, y vel su sueo agitado por angustiosas
pesadillas, en que pronunciaba palabras truncadas y frases enteras que
parecan de un criminal. Como que se trataba de riquezas, de prisin,
de subterrneo!... La luz de la maana trajo  Gastn algn alivio,
pero encontrbase tan quebrantado, que le fu imposible levantarse; y
por la tarde el recargo se present otra vez, acompaado de sudor y
del mismo delirio congojoso. No cambi al da siguiente el estado del
enfermo; y Telma, conocedora de los males que en el pas se padecan,
comprendi que se trataba de calenturas cuotidianas, de las que suele
causar el detenerse largo tiempo  orillas del ro, sobre todo en las
horas de la tarde y con el cuerpo sudoroso, y anunci su resolucin de
bajar  la Puebla y traer al mdico, experto en recetar quinina para
esta clase de achaques.

--No llames al mdico,--orden con debilitada voz Gastn.--Vete 
Sadorio y dle  la seora de Sarmiento...  doa Antonia Rojas... que
no estoy bueno... y que la suplico que venga  cuidarme.

--Seorito!--objet Telma asustada y creyendo que su amo deliraba an.

--Obedece, Telma... Estoy en mi juicio... Que venga... As que venga,
sanar... Ya lo vers... Anda, Telma... Anda, abuelita querida.

Este nombre carioso tena la virtud de poner  Telma como un guante.
Sin replicar, llev  la quinta el extrao recado. Y qu grande su
admiracin al ver que Antonia, apenas lo escuch, se encasquet el
sombrerillo marinero, cogi de la mano  Miguelito, y ech  andar ms
ligera que una corza!

                             [Ilustracin]

Al entrar Antonia sola en la habitacin del enfermo, se incorpor en
la cama el seorito de Landrey; tendi la mano abrasada al encuentro
de otra mano fresca y trmula, y mirando  su amiga,  su futura
esposa, sac de debajo de la almohada las sartas de perlas y las
enrosc  la mueca de la dama. sta miraba con sorpresa la joya, y su
ceo se frunca ya desaprobando el regalo, que crea una intempestiva
prodigalidad de Gastn; pero el enfermo, en voz baja, la dijo unas
cuantas palabras que la hicieron retroceder de asombro.

--Ah est, en ese cofre,--repeta Gastn.--Deseo que todo, todo, se lo
lleve usted en seguida  su casa. Pertenece  Miguelito, que es quien
por inspiracin de algn ngel lo ha descubierto. Ya comprender usted
que si la llam, para esto era; mi mal no ofrece cuidado, y usted se
volver ahora mismo  Sadorio, no quiero que los malsines puedan glosar
su presencia de usted aqu. Lo nico que me reservo son las joyas de
familia... Quiero que usted las posea y las santifique.

--Gastn,--articul Antonia dulcemente,--me ir, pero promtame usted
que vendr el mdico y que atender usted  su salud como si yo aqu
estuviese. Del tesoro no hablemos; ya sabe usted que soy firme en mis
resoluciones, y no lo aceptaramos nunca ni Miguel ni yo; pertenece 
la casa de Landrey. Respetemos la voluntad de los que fueron. No se
olvide usted... de lo que nunca olvid doa Catalina; el alma de don
Martn pide sufragios... Me encargo de recordarle  usted esa pobre
alma en pena.

--Vendr usted maana?

--Y pasado, y todos los das, mientras usted no se ponga bien...

--Ya estoy mucho mejor,--declar Gastn reanimado y sin soltar la mano
empeada en desasirse.

                             [Ilustracin]

--Pues cordura... y  descansar, y  tomar lo que disponga el mdico...
y  sanar pronto... Y  tener presente quien enva estas riquezas... Es
nuestro Amo... s, Gastn; somos sus administradores... Yo no lo saba,
pero me lo ha enseado la desgracia.

--Y  m el amor,--respondi apasionadamente el seorito de
Landrey.--Por todas partes se puede ir  Roma... Y ahora... que entre
el chiquillo; le quiero tanto como... como  su mam!

                          [Ilustracin: Fin]




                                ndice


              I. La llegada,                        5

              II. La Comendadora,                  21

              III. La revelacin,                  37

              IV. Gusanillo,                       53

              V. Landrey,                          67

              VI. El Norte,                        81

              VII. La torre de la Reina mora,      97

              VIII. Lourido,                      113

              IX. Iniciacin,                     131

              X. La consejera,                    147

              XI. El consejo,                     161

              XII. Tctica y estrategia,          181

              XIII. El aro de oro,                197

              XIV. Miguelito,                     211

              XV. El tesoro,                      227

                             [Ilustracin]




                             ESTE LIBRO SE
                    ACAB DE IMPRIMIR EN BARCELONA
                EN EL ESTABLECIMIENTO TIPO-LITOGRFICO
                         DE ESPASA Y COMPAA,
                             EL 15 DE MAYO
                                DE 1897





End of Project Gutenberg's El Tesoro de Gastn, by Emilia Pardo Bazn

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL TESORO DE GASTN ***

***** This file should be named 54791-8.txt or 54791-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        http://www.gutenberg.org/5/4/7/9/54791/

Produced by Carlos Coln, Nahum Maso i Carcases, Josep
Cols Canals, University of Toronto and the Online
Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
file was produced from images generously made available
by The Internet Archive)

Updated editions will replace the previous one--the old editions will
be renamed.

Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
law means that no one owns a United States copyright in these works,
so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United
States without permission and without paying copyright
royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part
of this license, apply to copying and distributing Project
Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm
concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark,
and may not be used if you charge for the eBooks, unless you receive
specific permission. If you do not charge anything for copies of this
eBook, complying with the rules is very easy. You may use this eBook
for nearly any purpose such as creation of derivative works, reports,
performances and research. They may be modified and printed and given
away--you may do practically ANYTHING in the United States with eBooks
not protected by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the
trademark license, especially commercial redistribution.

START: FULL LICENSE

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full
Project Gutenberg-tm License available with this file or online at
www.gutenberg.org/license.

Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project
Gutenberg-tm electronic works

1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or
destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your
possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound
by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the
person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph
1.E.8.

1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement. See
paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this
agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm
electronic works. See paragraph 1.E below.

1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
works in the collection are in the public domain in the United
States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
United States and you are located in the United States, we do not
claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
displaying or creating derivative works based on the work as long as
all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting
free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm
works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily
comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when
you share it without charge with others.

1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
in a constant state of change. If you are outside the United States,
check the laws of your country in addition to the terms of this
agreement before downloading, copying, displaying, performing,
distributing or creating derivative works based on this work or any
other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no
representations concerning the copyright status of any work in any
country outside the United States.

1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear
prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work
on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the
phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed,
performed, viewed, copied or distributed:

  This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
  most other parts of the world at no cost and with almost no
  restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
  under the terms of the Project Gutenberg License included with this
  eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the
  United States, you'll have to check the laws of the country where you
  are located before using this ebook.

1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is
derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
contain a notice indicating that it is posted with permission of the
copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
the United States without paying any fees or charges. If you are
redistributing or providing access to a work with the phrase "Project
Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply
either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm
trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works
posted with the permission of the copyright holder found at the
beginning of this work.

1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
any word processing or hypertext form. However, if you provide access
to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format
other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official
version posted on the official Project Gutenberg-tm web site
(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain
Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the
full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works
provided that

* You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
  the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
  you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
  to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has
  agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
  Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
  within 60 days following each date on which you prepare (or are
  legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
  payments should be clearly marked as such and sent to the Project
  Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
  Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg
  Literary Archive Foundation."

* You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
  you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
  does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
  License. You must require such a user to return or destroy all
  copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
  all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm
  works.

* You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
  any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
  electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
  receipt of the work.

* You comply with all other terms of this agreement for free
  distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than
are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
Project Gutenberg Trademark LLC, the owner of the Project Gutenberg-tm
trademark. Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
electronic works, and the medium on which they may be stored, may
contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
cannot be read by your equipment.

1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from. If you
received the work on a physical medium, you must return the medium
with your written explanation. The person or entity that provided you
with the defective work may elect to provide a replacement copy in
lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
or entity providing it to you may choose to give you a second
opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
without further opportunities to fix the problem.

1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of
damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
violates the law of the state applicable to this agreement, the
agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
remaining provisions.

1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org



Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.

