The Project Gutenberg EBook of Recuerdos Del Tiempo Viejo, by Jos Zorrilla

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Title: Recuerdos Del Tiempo Viejo

Author: Jos Zorrilla

Release Date: October 16, 2016 [EBook #53294]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK RECUERDOS DEL TIEMPO VIEJO ***




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  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.




                               RECUERDOS

                                  DEL

                             TIEMPO VIEJO

                                  POR

                           D. JOS ZORRILLA.


                              BARCELONA.


              IMPRENTA DE LOS SUCESORES DE RAMIREZ Y C.^A
                   Pasaje de Escudillers, nmero 4.

                                 1880.




Este libro no necesitaba prlogo: la carta del seor Velarde, con la
cual va honrado, y la primera mia, contestacion  ella, justifican la
publicacion en _El Imparcial_ de los artculos cuya coleccion forma
el texto de este volmen; y el motivo de coleccionarlos en l, es la
demanda que de su coleccion me han hecho los amigos que me leen y los
libreros que me venden.

Y que no se me ofenda ningun librero, ni se me engalle ningun Acadmico
por esta frase: porque se dice que se lee y que se vende  Quevedo
  Valera cuando se leen y se venden sus obras: lo mismo me sucede
 m; unos me leen y otros me venden; y si los que me venden no me
vendieran, no me leerian los que me leen, y yo publico este libro por
agradecimiento  los unos y  los otros.

La razon y la escusa de lo que en l de m mismo digo, van tambien
alegadas en su relato; pero de las circunstancias en que le he escrito
y del motivo de imprimirle dividido en dos partes y no en Madrid sin
en Barcelona, me conviene, aunque necesario no sea, decir cuatro
palabras; siquiera no encuentren cuatro lectores  quienes lermelas
interese, ni media docena que en lermelas se complazcan.

Un 27 de Junio,  las siete de la maana, entr la muerte calladamente
en mi casa, y dispers con su guadaa una familia, para cuya reunion
habia yo trabajado mucho tiempo y agotado mis ahorros. En el inmenso
y legtimo duelo en que aquella muerte dejaba sumida mi casa, en cuyo
escondido hogar me habia ya sumido modestamente _ vivir en el olvido
y  morir en paz con Dios_, quedbame por solo recurso y por ltima
esperanza el resto de las dos veces mermada pension, que en 1871 me
habia concedido el Gobierno, cuyo ministro de Estado era el Excmo. Sr.
D. Cristino Martos; pero llegado el ocho de Julio, y transcurrido el
nueve, y pasado el diez, y visto que la libranza en que de Roma debia
venir mi mensualidad vencida no venia, telegrafi  mi apoderado en la
capital del Orbe Cristiano, preguntndole por ella. Ay de m! con mi
telegrama se cruz la carta suya, en que me participaba que por causa
de economas inexcusables en la Administracion de los Lugares Pos
espaoles en Italia, mi comision habia sido suprimida: en consecuencia
y ajustadas por l mis cuentas con aquella piadosa Administracion, me
remitia los ltimos sesenta y cinco duros que me restaban que cobrar
hasta la fecha de la supresion de mi sueldo.

Quedme yo con la libranza delante de los ojos, el verano delante de
m y detrs de m los siete individuos de mi familia; y el ministro
de Estado en los baos, y el de Fomento en sus haciendas, y el Sr.
Cnovas mi amparador en Cotterets, y en Francia mi pao de lgrimas el
Capitan General Jovellar; quien en tales casos molesta por m  todos
los ministros, y no pierde ocasion ni perdona empeo por sacarme del
mio. La moda, que deja  Madrid desierto durante el verano, me dejaba
 m en Madrid como en medio del Sahara: la tierra bajo mis pis, el
cielo sobre mi cabeza, mi esperanza en Dios, y Dios tras el velo azul
del aire; que es impenetrable cortinaje del pabellon que le guarda de
las miradas de los hombres. Cmo pas yo aquellos tres meses?

No puedo hacer al tiempo volver atrs: no puedo quitarme de encima ni
uno solo de mis sesenta y cuatro aos: no puedo hacer volver  mis
manos el capital pagado por las deudas de mi herencia paterna, ni lo
por m gastado en vivir bien  mal: no puedo rescindir los contratos de
venta de mi _Don Juan_ ni de mi _Zapatero y el Rey_, escritos cuando
la ley de propiedad no existia: esta ley no tiene efecto retroactivo
ni protege mi propiedad por lesion enorme: y no puedo pedir limosna en
Espaa, sin ponindome al pecho un cartel que diga: este es el autor
de _Don Juan Tenorio_, que mantiene en la primera quincena de Noviembre
todos los teatros de verso de Espaa y Amrica;--pero para esto seria
preciso que yo esplicase cmo el autor de tal obra podia pedir limosna;
cosa muy fcil de esplicar, pero muy difcil de comprender.

Antes de pedirla escrib  mis editores de Barcelona, los Sres.
Montaner y Simon, dndoles cuenta de la suspension de mi sueldo
y pidindoles trabajo en su casa. Los Sres. Montaner y Simon me
contestaron que los editores no tenian en su casa trabajo digno
de m: pero que los amigos me enviaban adjunta una letra contra su
corresponsal. El Arzobispo de Valencia, de cuya ciudad soy hijo
adoptivo, parti conmigo la limosna de sus pobres; el empresario
del Teatro Espaol me ofreci una cantidad que jams pude cobrar en
contadura; y al volver  Madrid el Sr. Conde de Toreno, ministro de
Fomento, me present en su antecmara, en la cual no me detuvo ni
un minuto. Expsele en dos palabras mi posicion: asombrse de ella,
confesndome que estaba muy ljos de imaginrsela tal; y prometindome
exponerla en consejo de ministros, en la primera ocasion, me di cita
para el dia siguiente en el gabinete del seor Crdenas, Subsecretario,
con quien iba inmediatamente  consultar un medio de venir en mi
auxilio. Al dia siguiente el Sr. Crdenas, con una delicadeza y un
tacto que no podr jams olvidar, me dijo: que el seor Conde de
Toreno, sabiendo que para continuar ciertos trabajos legendarios en que
me ocupaba, necesitaria hacer algun viaje  alguna biblioteca  archivo
de provincia, me daba por su mano una pequeez para ayuda de gastos, y
puso en la mia un bono de dos mil pesetas contra el Tesoro.

Pero mintras todas estas cosas pasaban, habia pasado otra, principal
engendradora, orgen y causa ms inmediatos de la confeccion de lo
en este libro compaginado. El Sr. D. Federico Balart,  quien suelo
pedir opinion y consejos sobre mis obras ntes de publicarlas, y 
quien voy ahora muchas veces  distraer de una mortal pesadumbre con mi
escntrica conversacion y mis ideas estrafalarias, habia ido  hablar
en mi favor al propietario de _El Imparcial_. El Excmo. Sr. D. Eduardo
Gasset y Artime me abri su casa, sus brazos y las columnas del _Lnes_
de su peridico, pagndome mis artculos en ms de lo que valen; el
Sr. Ortega Munilla, Director de los _Lnes_, me hizo la distincion de
colocrmelos inmediatamente despues de su semanal revista, y en la
redaccion de _El Imparcial_ encontr una nueva familia, que acept mi
compaa con cario tan afectuoso y tan respetuosa cordialidad, que me
hicieron subir  los ojos dos lgrimas de gratitud, que no pudieron ya
sostener las ralas hebras que me restan de mis ntes espesas pestaas.

Mintras, gracias al Sr. Gasset y Artime, volvia  contar con el pan
cotidiano, pas al ministerio de Estado el seor Conde de Toreno,
volvi del extranjero el Sr. Presidente del Consejo de ministros, y
falleci el del Congreso, Adelardo Lopez de Ayala.--Pocos dias despues
del entierro de ste, el Sr. Cnovas del Castillo, cuya casa he tenido
siempre abierta y cuya amistad nunca se ha desmentido, me envi una
carta para el ministro de Estado;  cuya presentacion el Sr. Conde de
Toreno me dijo: por el correo de hoy va  Roma la rden de continuar
pagando  V. su sueldo; pero tengo el sentimiento de haber tenido que
mermar de l doce mil reales, porque las economas ya hechas en la
Administracion de los Lugares Pos, no me han permitido devolverle los
treinta y seis mil reales que ntes cobraba.--Recib con gratitud lo
que se me daba, y me volv  mi casa, no ya como ntes resuelto

     vivir en el olvido
    y  morir en paz con Dios,

como mi edad y la conveniencia de retirarme ya de la arena literaria me
lo exigian, sin decidido por necesidad  luchar otra vez con la vida
y  morir sobre el trabajo;  lo que parece que me condenan mis viejos
pecados y las nuevas economas de los Lugares Pos. Ya varias veces en
algunos peridicos, que no s por qu me son hostiles, se me ha echado
en cara el _no saber retirarme  tiempo_; pero no me han dicho  dnde;
puesto que saben que no puedo retirarme  un monasterio. Ya me habia
yo retirado  mi casa, y hacia ya ao y medio que rehusaba presentarme
hasta en el ateneo, donde tntas consideraciones se me han tenido y
tntos aplausos se me han prodigado: pero al retirarme el gobierno
el sueldo con que nicamente podia retirarme como se me aconsejaba,
tuve yo por mejor consejo volver al trabajo y vivir honradamente de l
mintras con l sustentarme pueda, que dejarme morir de inanicion y de
pesadumbre por dar gusto  los ya no le tienen de que viva yo entre la
gente, porque conceptan que sesenta y cuatro aos son demasiada larga
vida para un hombre  quien aun hay algunos que estiman y aplauden.

Pero juguemos limpio y hablemos claro por ltima vez. Yo no he pedido
amparo al gobierno para mi vejez alegando mrito alguno en mis obras,
ni yo he dicho  la nacion ni al gobierno que tuviesen _obligacion_
de ampararme: no: pero he propuesto esta cuestion.--Mis obras, que
son tan malas como afortunadas, han enriquecido  muchos, y mi _Don
Juan_ mantiene en el mes de Octubre todos los teatros de Espaa y las
Amricas Espaolas, es justo que el que mantiene  tantos muera en el
hospital  en el manicomio, por haber producido su _Don Juan_ en tiempo
en que aun no existia la ley de propiedad literaria?

Y el gobierno ante quien espuse esta cuestion me subvencion sobre los
fondos de los Lugares Pos espaoles en Roma, y mi subvencion tiene el
carcter piadoso y de limosna con el que yo la ped, sin que por ello
me crea ni deshonrado ni humillado: y mintras con ella he vivido,
en lugar de echarme  dormir sobre mis doradas pajas, he entregado
concluido en 1873  los editores Montaner y Simon mi leyenda del Cid
que consta de diez y nueve mil versos, y mi leyenda de los Tenorios
que tiene ocho mil; y hoy cuando lo que de mi subvencion me resta no
me basta por la posicion en que mi reputacion me coloca, recojo los
ltimos destellos de mi decadente ingenio, los ltimos alientos de
mis cansados pulmones, y los ltimos tomos de honra y de bro que en
el corazon me restan, y me arrojo otra vez en los brazos del trabajo,
en vez de arrojarme por el balcon,  en el fango de la holgazanera
 quejarme de la nacion y de sus gobiernos,  quienes no alcanza ni
obligacion ni responsabilidad alguna en la posicion en que me han
colocado mis circunstancias personales y mis negocios de familia.

Dme, pues, al trabajo, y entr en el del periodismo; que es el ms
rudo por ser el ms perentorio y asduo, el ms expuesto  la crtica y
el ms coartado y riesgoso por la estrechez de la ley de imprenta, que
suele tener que regir en nuestro inquieto pas; y siguiendo  medias
por no poderlo seguir por entero el consejo de los que retirarme me
aconsejaban, me retir al segundo recinto del alczar de las Bellas
Letras, descend de sus salones de su piso principal  su piso bajo
con puerta y vistas al patio; es decir, que me retir del gremio de
los poetas y renunciando  la poesa, me desped del pblico de Madrid
en un romance cuyos versos son los ltimos que he escrito, no volv 
presentarme como versificador ni como lector en acto alguno pblico y
anunci que iba  escribir en prosa; comenzando  devanarme los sesos
en discurrir cmo servir con mi prosa los intereses del Sr. Gasset y
Artime, y algun manjar no indigesto  los suscritores de _El Imparcial_.

La primera carta del bravo Velarde me di pi para contar lo pasado
en el cementerio al borde de la tumba de Larra: y por este recuerdo,
como quien tira de un hilo de una madeja enredada, fu yo tirando de
mis pobres recuerdos del tiempo viejo, hasta formar con ellos el mal
devanado ovillo de lo contenido en este libro.--Viejo  ignorante, no
supe escribir ms que mis personales memorias: los lectores de _El
Imparcial_, tal vez sorprendidos de leerme en prosa, tal vez pagados de
la anticuada construccion de la mia, y acaso ms que de lo que yo en
ella decia, de la ingenuidad algo infantil con que yo lo iba diciendo,
encontraron entretenidos mis artculos del TIEMPO VIEJO: unos porque
refrescaban los suyos, y otros porque no habiendo alcanzado la poca de
que en ellos hablo,  lo que en ellos traigo  cuento ignoraban,  lo
habian oido contar de muy diferente modo.

Como quiera que fuere, mintras los publicaba en el peridico, recib
varias cartas, unas annimas y otras firmadas, en las cuales algunos me
aconsejaban que coleccionase mis artculos; y el Sr. Gasset y Artime,
renunciando generosamente en mi favor sus derechos  la propiedad
de mi por l tan bien pagado trabajo, me otorg omnmoda y perptua
facultad para hacer de l lo que ms me conviniera.--El Sr. Ortega
Munilla se ofreci espontneamente  ayudarme en tal publicacion y se
ocupaba ya de sus preliminares pormenores, cuando ocurrieron  la par
su desastrada caida del caballo y mi impensado viaje  Barcelona: cuyos
dos imprevistos acontecimientos me obligan  publicar este libro en la
capital del Principado y no en la coronada villa.

Pero por qu? A qu vine yo  Barcelona por siete dias y por qu me
quedo en ella por siete meses?

En uno y medio que en ella llevo no he tenido tiempo hasta hoy de
hacerme tal pregunta, y voy  ver si averiguo alguna razon que me sirva
de respuesta.

A pesar de mi necesidad de descanso, de la tenacidad con que h cerca
de dos aos que rehuso toda invitacion  presentarme en pblico, y 
pesar, en fin, de mi deseo de complacer  los que me dicen retrese
V., es decir, qutese V. de en medio, aun hay algunos que recordando
mis mejores aos y olvidando los transcurridos, me buscan y me
solicitan con la vana ilusion de que aun puedo, como en otro tiempo,
cooperar en beneficio de sus empresas; y el pas en donde por m se
conservan mas ilusiones y simpatas es en Catalua y sobre todo en
Barcelona. As que el 27 de Octubre prximo pasado el empresario y el
director de la compaa de verso del teatro Principal de esta ciudad
me ofrecieron una indemnizacion por gastos de viaje, si emprendia
uno para enderezar y poner derecho sobre la escena  mi buen _Don
Juan Tenorio_; quien no s por qu no queria tenerse este ao muy en
equilibrio. Tenia yo que abocarme con mis editores Montaner y Simon,
para tratar de poner tambien en pi de imprenta  mi valiente Burgals
Rodrigo Diaz, que agarrado al pupitre de mis editores, parece que
tampoco quiere dejarse meter en prensa; y con la esperanza de matar dos
pjaros de una pedrada, acept la proposicion del viaje  Barcelona;
pero mintras la libranza del empresario llegaba  Madrid, y ciertos
asuntos de mi jven amigo el pintor Padr, que debia de acompaarme, se
allanaban, se perdieron cuarenta y ocho horas y llegu yo tarde para
enderezar  mi rebelde y voluntarioso _Don Juan_, y an no he tenido
tiempo para tener cinco minutos de conversacion con mis editores del
Cid; porque el pueblo Barcelons, que no me habia olvidado en los once
aos que he pasado ausente de Catalua, que se acordaba de que en
Barcelona habia yo tenido casa, y me habia _re_casado en su parroquia
de Santa Ana, y le habia leido muchos versos y me habia dado muchas
fiestas, en las cuales habia yo procurado derramar toda la espansiva
alegra de mi corazon de muchacho y toda la poesa de mi desordenada
imaginacion de loco, creyendo que para m el tiempo no habia pasado
y que no habian pasado por l ni por m los once aos transcurridos,
se empe en pedirme, como quien pide peras al olmo, que hiciera y le
dijera lo que para l habia hecho y dicho cuando, con once aos mnos,
an tenia once partes de aliento ms. Ech  un lado  mi pobre _Don
Juan_, y ponindome en lugar suyo sobre la escena, oy mi palabra ronca
con la cariosa atencion de una madre que escucha la respiracion de su
hijo que duerme; me colm de aplausos, me coron de flores, no me dej
ni dormir ni trabajar  fuerza de obsequios y convites; sus peridicos
publicaron mi retrato, las sociedades literarias se apoderaron de m
y enfloraron el teatro catalan para escucharme; el Ateneo me di una
velada y una primorosa medalla, y los Sucesores de Ramirez pusieron 
mi disposicion su magnfico establecimiento tipogrfico; y esta vuelta
mia  Catalua fu la vuelta del hijo prdigo al paterno hogar, y el
pueblo Barcelons me dijo: Sorrilla, parla, enrahona: ets  casa
teva; y cay en gracia cuanto hice y dije, y se me abrieron todas las
puertas y me recibieron como  hermano en todas las familias: y h aqu
cmo y por qu se imprimen en Barcelona estos mis RECUERDOS DEL TIEMPO
VIEJO.

En ellos repito y amplifico lo que en este prlogo apunto: ni se hasta
dnde con ellos ir  parar, ni me detendr en mi marcha el temor
de encontrarme al fin de ella cara  cara con mis contemporneos,
despues de haberme juzgado  m mismo y  los que conmigo abrieron
las puertas  la revolucion poltica y literaria del primer tercio de
nuestra centuria. La ingenuidad infantil y la sincera buena f con
que hasta aqu los he escrito, creo que garantizan mi leal veracidad
para el porvenir: pero una vez que Dios prolonga mi vida hasta los
actuales y corrientes dias,  ellos pertenezco an y en ellos voy 
vivir y de ellos voy  hablar y en ellos voy  meter mi baza y voy
por ellos  trabajar como trabaj por los pasados; y espero en Dios
que este trabajo no me deshonrar, porque fio en la justicia de mi
pueblo espaol que me rodear del respeto  que siempre ha considerado
acreedor  quien envejece y muere sobre el trabajo, por no sucumbir 
la miseria y deshonrarse en la haraganera vergonzosa de los ingenios
vergonzantes por holgazanes.

Para no hacer de estos recuerdos un libro demasiado voluminoso, y en
tan pequeos caractres impreso que resulte tan difcil como enojoso
de leer y de tener en las manos, lo he dividido en dos tomos pequeos.
No teniendo adems la vanidad de creer que este miserable y prosico
engendro mio, sea para m la gallina de los huevos de oro, y deseando
saber el nmero de ejemplares que necesito para mis lectores, y por
el pedido del primero regular la tirada del segundo, suplico  mis
suscriptores que hagan la suscripcion al segundo al recibir  comprar
el primero, en el recibo que le acompaa.

El tomo II llevar un apndice nuevo en verso y prosa; y toda la obra
corregida y ampliada como permite el libro y no admite el peridico, va
dedicada al mas moderno y al mejor y mas bravo de mis amigos.




                   _Al Egregio Poeta_


                           DON JOS VELARDE


             _en prenda de amistad y agradecimiento_.

                                         _Jos Zorrilla._

  Barcelona 1. de Enero de 1881.




I.

EL POETA ZORRILLA.


Era la tarde del 15 de Febrero de 1837. En el cementerio de la puerta
de Fuencarral, un numeroso concurso se apiaba en derredor de un jven
desconocido, delgado, plido, de larga cabellera y expresivos ojos,
que, acongojado y convulso, leia, ante un fretro adornado con una
corona de laurel, una sentida poesa.

El concurso lo formaba todo el Madrid artstico; el fretro encerraba
el cadver de Larra; el poeta era Zorrilla.

Aquella tarde fria y nebulosa fu solemne; vi la conjuncion de dos
crepsculos. Un sol se alzaba en el oriente de la literatura al
hundirse otro sol en el ocaso.

A los desgarradores acentos de La noche buena del poeta, de Fgaro,
ltimo canto del cisne moribundo, cuyos ecos an extremecian el aire,
se unieron los acordes del arpa de Zorrilla, primeros cantos de la
alondra al alba.

Espaa, al perder al ms grande de sus crticos, encontr al ms
popular de sus poetas.

Desde aquel dia, la Fama fatigada va dando  todos los vientos el
nombre del vate inmortal. Desde aquel dia, sus estrofas sublimes
palpitan en todos los labios, y, como la voz divina, despiertan la
inspiracion en el alma de la juventud y la lanzan  la vida del arte.

Poeta formado de las entraas de su pueblo, sus ideas, sus
sentimientos, aunque universales por lo que tienen de humanos, son ante
todo espaoles; tnto que al vibrar su lira nos parece escuchar el
acento de la patria.

Vrio y mltiple en sus concepciones y en la manera de expresarlas,
ora arrebatado, elocuente y profundo, ora tierno, sencillo y vulgar,
siempre ameno, siempre inesperado, siempre poeta, pulsa todas las
cuerdas y se reviste como Proto de todas las formas para llegar 
todos los corazones.

Tiene su poesa algo de la ola que se hace espuma, de la luz que se
quiebra en colores, de la flor que se disuelve en aroma, algo, en fin,
de lo bello, inmaterializndose para confundirse en lo infinito; y es,
que as como la larva ha de trocarse en mariposa para volar, la poesa
ha de espiritualizarse para subir al cielo, que es su patria verdadera.

Hay una poesa que jams envejece, que no puede morir, que halla eco en
todas las almas y hace latir al unsono todos los corazones; lenguaje
universal que entienden el nio y el viejo, el ignorante y el sabio, y
es la poesa de la naturaleza.

Y la naturaleza es la musa de Zorrilla, le da sus colores, le presta
sus armonas y encarna en sus versos que nos repiten los gemidos del
lago, las endechas del ruiseor, los extremecimientos del trueno, y
nos pintan la nube que se tornasola, la espuma que bulle y el rbol que
florece.

Zorrilla ha sido anatematizado por los retricos que jams han previsto
 los poetas ni los han comprendido, precindose de las medianas que
siguen sus reglas y odiando al gnio que las deshace. Sigui cantando
el poeta y cayeron en el olvido las odas ampulosas, frias y limadas, y
surgi la poesa del sentimiento y se ensancharon los horizontes del
arte.

Siempre la misma lucha entre el sabio y el poeta, y siempre el poeta
vencedor!

Las murallas que guardan lo desconocido son de cristal para el gnio
que penetra en el fondo de lo insondable. La obra del sabio es
perfectible, la del gnio perfecta; aquel aprecia los pormenores, ste
abarca el conjunto; el uno halla, el otro crea; el sabio, para meditar,
se inclina hcia la tierra; el poeta, cuando canta, mira al cielo; y
es que el uno no va ms all de lo humano, y el otro se remonta  lo
divino.

Zorrilla venci. Hoy todos le respetan. Ni la envidia le muerde, pues
ni arrastrndose puede escalar la montaa de laureles que le sirve de
pedestal.

Y cmo no respetarle, si las doradas ilusiones, los dulces recuerdos
y los sueos juveniles de nuestras dos ltimas generaciones estn
iluminados por el fuego de la inspiracion del gran poeta? S; sus
versos fueron lo primero que balbucearon despues de las plegarias
maternales; y aquellas impresiones, como el troquel en el metal, han
dejado un sello imborrable en las almas.

Poeta de la tradicion,  su mgico acento, los hroes castellanos se
alzan de sus sepulcros de piedra apercibidos al combate; desfila la
comunidad por el clustro sombro de la gtica abada, salmodiando
sus preces al rayo misterioso de la luna; aparece el castillo feudal
entre los riscos y breas de la montaa; se coronan de arqueros las
almenas, suspira la hermosa castellana al escuchar la enamorada trova;
baja rechinando el puente levadizo para dar hospitalidad al peregrino,
y el terrible seor de horca y cuchillo apresta su mesnada  se
lanza venablo en mano, azuzando la jaura por el bosque enmaraado
persiguiendo al colmilludo jabal. Ahora surgen la tapada, el rodrigon
ceudo, la duea mediadora y el doncel galanteador; ahora se acuchillan
en la tortuosa callejuela dos rondadores de una misma dama,  la luz
mortecina de un retablo,  bien se puebla de crmenes y harenes la vega
granadina, y resuenan en el Generalife los ecos de la zambra, y el
sarraceno corre la plvora, y, como sol entre nubes, asoma al calado
ajimez la hermossima sultana exclareciendo el dia con la luz de sus
ojos.

Qu poder el del gnio! En vano curiosos eruditos  historiadores
concienzudos se afanan en dar  conocer el verdadero carcter de D.
Pedro de Castilla, en probar la muerte del rey D. Sebastian en el
inhospitalario suelo de Africa, y en negar la vida borrascosa de
Maara,  sea de D. Juan Tenorio.

Quines les han de creer? Para el pueblo, para todo el mundo, no hay
ms D. Pedro de Castilla que el del _Zapatero y el Rey_, ni otro D.
Sebastian que el de _Traidor, inconfeso y mrtir_, y D. Juan Tenorio
fu sevillano y mat al Comendador, y am  D. Ins, y cen con los
muertos y se fu  la gloria; porque no ha habido, ni hay, ni habr
jams verdades ms creidas, ms amadas y ms libres del olvido que las
creaciones del gnio.

Las obras de Zorrilla vivirn siempre. El fuego de la inspiracion, que
algunos creen fuego ftuo, es como la lava que se endurece y adquiere
la consistencia del bronce para resistir al tiempo. A ms, que la
mano del Cristo de la Vega, al desclavarse para jurar, decret la
inmortalidad de nuestro poeta.

Cmo premia la patria los merecimientos de su exclarecido hijo?

Hoy que la edad le agobia y el trabajo le fatiga, le ha retirado la
modesta asignacion con que vivia y lo ha abandonado  la miseria, sin
duda para que cia  un tiempo  sus sienes la corona de laurel de la
poesa y la de espinas del martirio.

                                                 Jos VELARDE.




II.

AL JVEN POETA

D. JOS VELARDE.


Lleg  mis manos con retraso, porque vivo en el retiro de mi hogar,
por donde acaba de pasar la muerte, el artculo que me dedic V. en el
nmero de _El Imparcial_, del lunes 29 de Setiembre; y he andado dos
dias perplejo y caviloso, sin poder hallar cmo darme por entendido de
lo que de m dice V. en l. Corriendo empero, el tiempo, temiendo por
una parte que mi silencio le parezca descortesa, y no queriendo por
otra dar motivo  que el pblico crea que, hinchado de vanidad, acepto,
como buena y corriente moneda, todas las extremadas excelencias que 
mis versos atribuye, me resuelvo  dar  V. simplemente las gracias
en cuatro palabras; que cuanto ms le parezcan vulgares, ms han de
parecerle sinceras.

Yo soy, Sr. Velarde, lo nico que he podido ser: lo nico que Dios ha
querido que sea: un poeta espaol, hijo ignorante y desatalentado
de la naturaleza, que ha cantado  su patria, como ha podido; como
los pjaros cantan en la selva, como susurran las abejas al elaborar
sus panales; yo no me he jactado nunca de haber hecho mas, y  mi
presentacion en el Ateneo el ao pasado, lo dije en esta quintilla de
mi _Canto del Fnix_:

      Lo que hice, lo que dije, todo ese laberinto
    de versos que concentran la esencia de mi sr,
    de Dios son obra: un estro no pude haber distinto:
    yo obr y habl sintiendo y hablando por instinto:
    ni supe hacer ms que eso, ni pude ms hacer.

Esta mi poesa del _Canto del Fnix_ es una respuesta anticipada que
yo d  los primores con que V. en su artculo tan cariosamente me
obsequia; y como s que V. la sabe de memoria, no necesito aadir una
palabra ms; V. que va hoy  la cabeza de aquella  quien yo llam

    estirpe generosa de la prognie nueva,

creyndome ya en el caso en que yo me ponia en la penltima estrofa de
mi _Canto del Fnix_, que dice:

      Y si las tempestades que el porvenir amasa
    en mi pas me obligan  mendigar mi pan,
    no dejes que en l nadie las puertas de su casa
    empedernido cierre,  esquivo diga--Pasa!--
    al que mat  D. Pedro, al que salv  D. Juan,

salt V. el primero  la arena  romper la primera lanza en pr del
viejo, en quien V. ve un gigante  travs del prisma del entusiasmo
con que le mira. Gracias, mil gracias, Sr. Velarde: ya sabia yo que la
juventud literaria de la generacion que  la mia sigue, no habia de
abandonar nunca al poeta que no ha inculcado ms que amor  la patria,
y respeto  las creencias y  las tradiciones de sus padres.

No puedo, sin embargo, permitir  su entusiasmo juvenil, que atribuya 
la patria el abandono en que deja mi vejez la supresion de un sueldo,
que  cargo de los Lugares Pos Espaoles de Roma se me concedi, para
llevar  cabo mi legendario del Cid y de otras obras que me ha oido V.
leer en el salon del Ateneo. No, Sr. Velarde, no: la patria no tiene
nada que ver en esto; y nadie mnos que yo tendria razon para quejarse
de su patria, porque las economas necesarias en el presupuesto del
Ministerio de Estado hayan alcanzado hasta mi ya mermada pension; la
cual, si sola no podria sacar de ningun apuro  la administracion de
los Lugares Pos Espaoles de Roma, tal vez unida  las dems economas
hechas en Julio ltimo pueda contribuir  alguna obra perentoriamente
necesaria para el decoro nacional. _Suum cuique_, y dejemos  la patria
en el buen lugar que en este caso la corresponde.

Qu es la patria? La tierra; la nacion, el lugar en que se nace. Y
como la nacion la forman los habitantes de la tierra, la patria vive y
se expresa por la vida y las acciones de los ciudadanos de cada nacion.
Y cmo ha tratado su patria al poeta Zorrilla? Como no ha tratado
nunca  ningun poeta, incluso al fnix de los ingenios Lope de Vega;
quien tal vez debi parte de la gloria y los obsequios que su poca
le tribut  su favor en la corte y al carcter que le imprimia su
dignidad sacerdotal. Yo no pertenezco  ninguna clase de la sociedad,
porque los poetas no estamos clasificados en ninguna categora social;
no he pertenecido jams  ningun partido poltico,  ninguna Academia,
ni  ningun Instituto que haya podido alcanzarme favor con poder
alguno, y por consiguiente, nadie ha tenido inters en aplaudirme ni en
adularme.

Yo me ausent de mi patria en 1847 por razones que  nadie importan: me
fu el 55  Amrica por pesares y desventuras, que nadie sabr hasta
despues de mi muerte, con la esperanza de que la fiebre amarilla, la
viruela negra  cualquiera otra enfermedad de cualquier color acabaran
oscuramente conmigo en aquellas remotas regiones. No quiso Dios que
all muriera. Su proteccion visible me salv de los naufragios, de las
pestes y de las guerras civiles; y cuando volv en 1866  mi patria,
cmo me recibi Espaa? Como su padre amoroso al hijo prdigo, como su
santa familia  Lzaro el resucitado, como Roma  los triunfadores, 
quienes coronaba en el Capitolio. Barcelona y Tarragona me obsequiaron
con regatas y fiestas de noche y dia; la Universidad de Zaragoza renov
por m una solemnidad que slo habia dedicado  los reyes de Aragon;
Brgos y Valladolid me alfombraron de flores mi camino, y un altar de
la parroquia en que fu bautizado est desde entnces cubierto con cien
coronas, para las cuales no conceb mejor depsito. Valencia, despues
de haberse vuelto loca por m, como una muchacha atolondrada que se
enamora de un viejo, me hizo su hijo adoptivo, y yo la escribir un
libro con el cual espero probarla mi gratitud. Granada se desbord en
entusiasmo en honor mio en 1846  la sola promesa de escribirla mi an
no concluido poema; y an se recuerda all una representacion de _Don
Juan Tenorio_, al fin de la cual el beneficiado Pepe Calvo, padre de
Rafael, la empresa y yo, convidando al pblico  la mesa  que habia
venido la esttua del Comendador, hicimos al capitan general, al
gobernador de la Alhambra y  las hermosas granadinas comer todos los
dulces y beber todo el Champagne que habia en la ciudad. Amanecia ya,
y ni autoridades ni pueblo se daban cuenta de que nadie estaba en su
juicio ni en su lugar.

Madrid, declarado en estado de sitio, y prohibida en l la reunion
pblica de ms de cinco personas, reuni cuatro mil, para acompaarme
 mi casa desde la estacion, una maana de Octubre de 1866. No pasa un
mes de Noviembre en que no haga en mi favor alguna ruidosa demostracion
en alguna representacion de mi _Don Juan_: y el Ateneo, en fin,
tomndome bajo su amparo, ha abierto conmigo  la poesa sus salones,
en los cuales no habian penetrado an ms que las ciencias. En resmen,
mi patria, representada por la sociedad, no ha podido hacer ms en
Espaa por un poeta,  quien indudablemente estima en ms de lo que
vale, slo porque su poesa es la expresion del carcter nacional y de
las ptrias tradiciones.

Cuando en 1859 la muerte le priv en la Habana de un compaero, y
destruyendo su fortuna con la de Cipriano de las Cagigas, el Capitan
general de la Isla, D. Jos de la Concha, le colm de atenciones y de
consuelos, y el banquero D. Manuel Calvo le aloj esplndidamente en su
tranquilo y salubre cafetal; procurndole en l la soledad necesaria
para el trabajo, y salvndole la vida y el honor con los cuidados de su
amistad.

El poeta Zorrilla, que es el que ms debe  su patria, representada por
la sociedad de su poca, es el que mnos puede quejarse de ella, si la
considera representada por su Gobierno.

Cuando en 1871 le pidi su proteccion para emprender su _Leyenda del
Cid_, obra de largo aliento, con la cual queria corresponder  la
excesiva reputacion que por sus poco importantes trabajos se le habia
acordado, el Sr. D. Cristino Martos, Ministro de Estado entnces, le
di una comision de archivos y bibliotecas en Italia; pretexto tan
visible como honroso para acordarle una pension, que no podia tener
nombre y carcter absoluto de tal, por no haber antecedentes de que
se hubiera pensionado en Espaa  ningun poeta; y acompaada de una
gentilsima carta autgrafa, le envi la credencial de la Gran Cruz de
Crlos III, que constituia su persona en una alta dignidad, y de cuya
Excelencia nadie se ha acordado nunca; porque  nadie se le ocurre en
Espaa que el poeta Zorrilla sea ms ni mnos que el poeta Zorrilla,
cuya larga intimidad con el pblico autoriza ya  todo el mundo para
tutearle y llamarle Pepe.

Hoy, que las perentorias economas de los Lugares Pos de Roma me
obligaron  pedir amparo al seor Ministro de Fomento, escudndose con
una carta del Capitan general Jovellar, que honra  Zorrilla con su
amistad desde que se conocieron, cmo ha recibido  Zorrilla el Sr.
Conde de Toreno? Hijo de aquel ilustrado repblico, que fu gloria del
Parlamento y honra de las letras, di al poeta cuanto tenia facultades
de dar, mintras discurria medio mejor de asegurar su porvenir; y el
Sr. Crdenas allan ante sus pasos todos los difciles que hay que dar
en las oficinas del Ministerio de Hacienda para el cobro de su interina
subvencion.

Los editores de Barcelona, Montaner y Simon, se apresuraron  ofrecer
los servicios de su amistad; un ilustre prelado parti con l la
limosna de los pobres de su dicesis, y V. mismo, Sr. Velarde, 
la cabeza de la juventud literaria de Madrid, inici _algo_ que le
agradece en el alma y que no olvidar jams el viejo poeta desheredado.

Empieza V. su artculo por un recuerdo de la tarde del 15 de Febrero
de 1837: un lunes le dir  V. de aquel dia lo que nadie sabe: y entre
tanto, conste que cree que seria un loco y un ingrato si se quejara
ni exigiera ms de su patria; pero que no teme que Espaa deje morir
sin pan al viejo matador del rey D. Pedro, al loco salvador de D. Juan
Tenorio, su agradecido autor el poeta,

                                                Jos ZORRILLA.




III.


    _Sr. D. Jos Velarde_:

Ofrec  V., mi carioso amigo y generoso encomiador, decirle algo del
15 de Febrero de 1837, y no se me cuece el pan por cumplirle  V. mi
oferta; no slo para que V. sepa  qu atenerse sobre lo acontecido
en aquel dia y especialmente en aquella tarde, al viejo y asendereado
poeta,  quien V. hoy tnto encomia, sino para disipar la neblina
de cuentos y de pormenores absurdos en que los narradores vulgares,
los chistosos de oficio y los amigos indiscretos  pretenciosos han
rodeado despues la verdad de lo que en aquel dia sucedi. La gente
meridional, y sobre todo los espaoles, tenemos la pretension de ser
todos buenos narradores; y cuando algo se nos cuenta, no lo repetimos
jams sin aadir cada cual algo de su cosecha: con cuya mana resulta
que el hecho ms sencillo, al pasar por unas cuantas bocas, queda tan
desfigurado, que pueden contrselo como nuevo al primero que lo relat,
sin que ste reconozca ya lo relatado por l, en la dcima relacion del
hecho, que en vez del suyo, corre de boca en boca.

Y hay otra circunstancia peor en este modo de narrar, inherente
tambien  nuestro pas; y es, que la mayor parte de los que, aadiendo
pormenores  la narracion de los hechos, convierten al fin las ms
sencillas verdades en absurdas y fantsticas mentiras, llegan  creerse
estas de buena f; y pueden jurar que han sido de ellas parte 
testigos, alucinados por su fantasa meridional, que les hace preferir
 la deseada verdad la fbula ms fantstica  inverosmil.

H aqu por qu, mi buen amigo Sr. Velarde, quisiera yo contar  V.
algunas cosas de aquel buen tiempo viejo, que no est an tan ljos de
nosotros que de l no vivan presenciales testigos, pero  quines el
afan de ponderar,  de darse personal importancia, ha hecho desfigurar
de tal manera las cosas que en l pasaron, que hay quien hoy me cuenta
 m de m mismo lo que jams pas, ni pudo pasar por m; y yo callo
y escucho, convencido de lo intil que seria intentar convencerle de
que yo, y no l, soy quien debe saber la verdad; pero vamos al 15 de
Febrero de 1837.

Permtame V. que le recuerde  vuela pluma los ensayos por que pas,
ntes de representar mi papel en la escena del cementerio.

Metime mi padre  los nueve aos en el Real Seminario de Nobles,
establecido por los jesuitas en el edificio que es hoy, en la calle
del Duque de Alba, cuartel de la Guardia civil, y trasladado en 1828
al que hoy es hospital militar, en la calle de la Princesa. Tengo
para m que la idea de los buenos padres de la Compaa de Jess,
al establecer un colegio tan lujoso y tan privilegiado, para entrar
en el cual era preciso hacer pruebas de nobleza, fu la de tener
ms tarde por discpulos  los hijos de todas las familias nobles,
importantes  influyentes de Espaa; como quiera que fuese, hallme
yo all condiscpulo de los primeros ttulos de Castilla, y recib
una educacion muy superior  la que hasta entnces solian recibir los
jvenes de la clase media; mi padre era el primero de mi familia que,
saliendo de nuestro modesto solar de Torquemada, habia por sus estudios
llegado  un honroso puesto en la alta magistratura.

En aquel colegio comenc yo  tomar la mala costumbre de descuidar lo
principal por cuidarme de lo accesorio: y negligente en los estudios
srios de la filosofa y las ciencias exactas, me apliqu al dibujo,
 la esgrima y  las bellas letras, leyendo  escondidas  Walter
Scott,  Fenimore Cooper y  Chateaubriand, y cometiendo en fin  los
doce aos mi primer delito de escribir versos. Celebrronmelos los
jesuitas y fomentaron mi inclinacion; dme yo  recitarlos, imitando 
los actores  quienes veia en el teatro, cuando alguna vez iba al del
Prncipe, que presidian entnces los alcaldes de casa y corte, cuya
toga vestia mi padre; hceme clebre en los exmenes y actos pblicos
del Seminario, y llegu  ser galan en el teatro en que se celebraban
estos, y se ejecutaban unas comedias del teatro antiguo, refundidas
por los jesuitas; en las cuales, atendiendo  la moral, los amantes se
transformaban en hermanos, y con cuyo sistema resultaba un galimatas
de moralidad que hacia sonreir al malicioso Fernando VII y fruncir
el entrecejo  su hermano el infante D. Crlos, que asistian alguna
vez  nuestras funciones de Navidad. Don Crlos enviaba  sus hijos 
nuestras aulas y  cumplir con la iglesia en nuestra capilla;  la cual
habia enviado Su Santidad Gregorio XVI su bendicion y los cuerpos de
cera de dos santos jvenes mrtires, degollados en Roma en tiempos de
no recuerdo qu mnstruo imperial, cuyas figuras degolladas me daban 
m tal miedo, que no pas jams de noche por delante de la capilla en
cuyos altares laterales yacian.

Sali mi padre desterrado de Madrid y Sitios Reales el 1832, y yo
del Seminario el 33. Muri  poco el Rey Don Fernando VII. Sopl la
revolucion; encendise la guerra civil, envime mi padre desde su
destierro de Lerma  estudiar leyes  la Universidad de Toledo, donde
siguiendo mi mismo sistema del Seminario, en vez de asistir asduamente
 la Universidad, me d  dibujar los peascos de la Vrgen del Valle,
el castillo de San Servando y los puentes del Tajo; y vagando dia y
noche como encantado por aquellas calles moriscas, aquellas sinagogas y
aquellas mezquitas convertidas en templos, en vez de llenarme la cabeza
de definiciones de Heinecio y de Vinnio, incrust en mi imaginacion los
gticos rosetones y las preciosas cresteras de la Catedral y de San
Juan de los Reyes, entre las leyendas de la torre de D. Rodrigo, de
los palacios de Galiana y del Cristo de la Vega,  quien debo hoy mi
reputacion de poeta legendario.

Mi tio, el prebendado  cuya casa me habia enviado mi padre, que
habia creido recibir en ella  un pajecillo que le ayudara  misa
y le acompaara al coro llevndole el paraguas y el breviario, se
escandaliz de que yo leyera  Vctor Hugo;  quien l confundia,
sin que lograra yo sacrselo de la cabeza, con Hugo de San Vctor,
expositor de Sagrada teologa, de quien l suponia que los franceses
habrian encontrado algunos versos inditos; tom muy  mal mi amistad
con algunos estudiantes de la alta sociedad de Madrid, que como Pedro
Madrazo eran condiscpulos mios de colegio, y concluy por escribir
 mi padre que yo no era ms que un botarate, que ms _iba para
pinta-monas_ que para abogado, segun los papelotes que llenaba de
piedras, de torres y de inscripciones ya en posesion de los buhos y
cubiertas de telaraas.

No pluguieron mucho  mi padre los informes del prebendado toledano; y
al ao siguiente me envi  continuar mis estudios  Valladolid, bajo
la inspeccion de un procurador de aquella Chancillera, y la proteccion
del Rector de la Universidad, el ilustrado D. Manuel Tarancon, Obispo
despues de Crdoba y muerto Arzobispo de Sevilla. Hcelo yo all mucho
peor que en Toledo; y evocando mis recuerdos de nio en la ciudad donde
habia nacido, y encontrndome otra vez  Pedro Madrazo en aquella
Universidad, continu dndome  estudiar piedras, ruinas y tradiciones,
ayudado por los peridicos y publicaciones literarias que recibia de
Madrid Pedro Madrazo; cuya casa era entnces emporio del arte, donde
brillaban ya los cuadros de su hermano Federico, y donde Ochoa tenia la
redaccion de _El Artista_, el primer peridico literario  ilustrado de
Espaa.

Atraqume, pues, de Casimire de la Vigne, de Vctor Hugo, de Espronceda
y de Alejandro Dumas, de Chateaubriand y de Juan de Mena, y del
Romancero y de Jorge Manrique, y no pude digerir cuatro pginas del
Heinecio, ni de las Pandectas: en vista de lo cual, el procurador 
quien por l estaba encargado, escribi  mi padre punto ms de lo
escrito por el prebendado: esto es, que yo no era ms que un holgazan
vagabundo, que me andaba por los cementerios  media noche como un
vampiro, que me dejaba crecer el pelo como un cosaco, y que era, en
fin, amigo de los hijos de los que no lo habian sido nunca de mi
padre, como Miguel de los Santos Alvarez. Parece que su padre y el mio,
ambos abogados relatores en otro tiempo de la Chancillera, realista
mi padre y liberal el de Alvarez, no se habian mirado nunca de buen
ojo. Los hijos, inconscientes y ajenos de las divisiones de los padres,
nos amamos de mozos, y an somos amigos en la vejez: cuestion de los
tiempos y de los caractres.

Enojse mi padre, y con razon, con las noticias del bilioso procurador;
gan yo curso por favor del Sr. Tarancon, y djome mi padre, al
enviarme por tercera vez  la Universidad de Valladolid: t tienes
traza de ser un tonto toda tu vida, y si no te gradas este ao de
bachiller  clustro pleno, te pongo unas polainas y te envio  cavar
tus vias de Torquemada. Era mi padre muy hombre para hacer tal con
su hijo; pero ya era yo hombre perdido para los estudios srios:
odiaba  Justiniano y se me daba una higa de todos los doctores _in
utroque_ de todas las Universidades de Espaa: adoraba en sueos
 Garca Gutierrez,  Hartzenbusch y  Espronceda; y ver una obra
mia impresa, y apretar la mano de amigo  estos ilustres poetas, me
parecia destino de ms prez que el de llegar  ser un Floridablanca;
_el demonio_ de la poesa estaba ya posesionado de todo mi sr; y
con disgusto de Tarancon y estupefaccion del procurador, anunci
redondamente que as me graduaria yo  clustro pleno aquel ao, como
que volaran bueyes. Metironme, pues, en una galera, que iba para
Lerma,  cargo del mayoral: pens yo en el camino que mi vida en mi
casa no iba  serme muy agradable; y sin pensar insensato! en la
amargura y desesperacion en que iba  sumir  mi desterrada familia, en
un descuido del conductor, ech  lomos de una yegua, que no era mia y
que por aquellos campos pastaba, y me volv  Valladolid por el valle
de Esgueba, que era otro camino del que la galera habia traido.

Sirvime mucho la equitacion que en el colegio me ensearon, porque
la yegua era reacia y antojadiza; mas no me convenia en modo alguno
dejarla volverse  la querencia de su establo, y entr sobre ella en
Valladolid al anochecer, donde la vend: y acomodndome en otra galera
que para Madrid al amanecer salia, me desembanast  los tres dias en
la calle de Alcal, y me perd  la ventura por las de esta coronada
villa, huyendo de mis santos deberes y en pos de mis locas esperanzas,
ahogando la voz de mi conciencia, y escuchando y siguiendo la de mi
desatinada locura.

Mi familia, no creyndome capaz de la resolucion de abandonar para
siempre mi casa paterna, me busc por las de mis parientes de las
provincias de Brgos y de Palencia, donde suponia que me habria
guarecido; y habiendo yo hecho mi fuga dndome por hijo de un artista
italiano, gracias  mis principios de dibujo y  la lengua italiana que
me era familiar, tard mucho en dar con mi rastro. Presentme yo  mis
amigos y condiscpulos de Madrid; pero pronto tuve que esquivarme de
los duques de Villahermosa y de los Madrazo, que recibieron cartas de
mi padre, y que en vista de mi tenaz resistencia  volver  mi hogar,
no creyeron prudente insistir con quien tan obstinadamente rechazaba
sus amistosas amonestaciones.

Entnces.... ay de m! busqu y contraje otras amistades; unas de las
que no quiero volver  acordarme, otras de las que jams me olvidar;
como la de Manuel Assas, con quien gan algunos pocos reales enviando
mis dibujos de la torre de Fuensaldaa y otros, con artculos
arqueolgicos escritos por Assas en francs, al _Museo de las familias_
de Pars, y la de Jacinto Salas y Quiroga: poeta ya casi olvidado, que
cont con mi pluma en donde quiera que lleg  meter los puntos de la
suya. Entnces prediqu en las mesas del caf Nuevo una poltica de
locos, que hizo reir sin hacer afortunadamente proslitos; y entnces
escrib en un peridico que solo dur dos meses, al cabo de los cuales
di la polica tras de sus redactores, con el objeto de encargarles de
hacer un viaje  Filipinas por cuenta del ministerio de la Gobernacion.
V yo la justicia, por el balcon, entrar por la puerta principal que
bajo l estaba; y montando en la baranda de otro que se abria sobre un
patio de una vecina casa, por la parte posterior de la de la redaccion,
ca diestra y silenciosamente  cuatro pis sobre sus enyerbadas
losas; emboqu un callejon oscuro que ante m se abria, y justificando
mi apellido, me escurr por l hasta la calle opuesta de la manzana;
enfil tranquilamente la de Peregrinos, sub la de Postas, mirando
atentamente las tiendas como si tuviera letras que cobrar en alguna de
ellas; y de recodo en recodo, y de callejon en pasadizo, d conmigo en
la de la Esgrima, y en ella de manos  boca con un gitano  quien habia
salvado de ser fusilado dos aos hacia en la tierra de Aranda. Vle y
conocime; preguntme y respondle; comprendime  media palabra, y
llevndome  un cuarto del nm. 30 y... tantos, trenzme la melena,
colorme el semblante, y endosndome unas calzoneras y una chaqueta
de pana, con un sombrero con ms falda que una dolorosa de procesion,
y una faja ms ancha que la del Zodaco, me sac entre los de su
cuadrilla por la puerta y puente de Toledo; sirvindome de infalible
sea gitanesca mi trenzada melena, que, riza y suelta, servia de sea
personal  los que me buscaban, de parte de mi familia, para volverme
 mi casa, y de rden del gobernador de las tres ppp, D. Pio Pita
Pizarro,  los que pretendian enviarme  saber lo que en Filipinas
ocurria. Pas una revolucion  los pocos dias con la desastrosa
muerte del general Quesada en Hortaleza; pas... lo que pasa en las
revoluciones, un juicio final en cuarenta y ocho horas; y al cabo de
diez dias torn yo  pasar destrenzado y desteido por la Puerta de
Toledo, y volv  vivir  salto de mata, y  dormir en casa de un
cestero, que de portero habamos tenido en la redaccion de marras... y
as me cogi en Madrid el dia 12 de febrero de 1837, anterior con tres
al del entierro de Larra, cuyos pormenores quedarn para una siguiente
carta,  la cual sirve de preliminar esta de su afectsimo y agradecido
amigo.




IV.


Comienzo  apercibirme, mi buen amigo Sr. Velarde, de que es ms
difcil de lo que cre la tarea que me he impuesto ahora, y de que
hemos andado poco acertados en dar publicidad  estas mis cartas.
Aglomranse en mi memoria, segun las voy escribiendo, tntos
pormenores, imposibles de suprimir si he de hacerme comprender;
pasbanme tntas y tles cosas, y pasaba yo por tales y tan estrechos
pasos y pasadizos en los dias de la muerte y del entierro de Larra,
que me temo que ni la benevolencia del director y de la redaccion de
_El Imparcial_ para conmigo, ni la paciencia de sus lectores quieran
pasarme el importuno relato de tan ntimos y personales recuerdos.
Mas como quiera que ya es tarde para volverme atrs, voy  pasar  la
carrera por sobre todos estos tan resbaladizos pasos;  imponindome
esta tarea como una penitencia pblica, ser claro y sincero en mi
narracion, para que mi claridad y sinceridad prueben  lo mnos lealtad
y modestia: probando que en la altura  que me ha elevado el favor
pblico, no he perdido nunca de vista ni la nada en que yo nac, ni el
polvo de que aquel me levant.

Sigo, pues, adelante con mis recuerdos.

Habase venido  Madrid, siguiendo mi mal ejemplo, mi grande amigo
Miguel de los Santos Alvarez, en cuya casa pas la noche que en
Valladolid me detuve en mi fuga de la mia paterna, y nico confidente
de los secretos de mi corazon. Llevaba yo en ste dos afanes y dos
esperanzas, que en un solo afan y en una esperanza sola se confundian:
mi primer amor  una mujer, y la esperanza de conseguirla, y el amor
 mi padre y la esperanza de sepultar su enojo bajo una montaa de
laureles. Soaba yo con una fama y una gloria tles, que obligaran
 aquella mujer y  mi padre  tenderme sus brazos  un tiempo,
asombrados y deslumbrados por el resplandor de mi nombrada. Quin no
delira  los diez y nueve aos?

Alvarez estaba en Madrid con consentimiento de su familia hacia muy
pocos dias, y yo pasaba las noches en la bohardilla de mi pobre
cestero, las maanas en el hospedaje de Alvarez, el centro de los dias
en la Biblioteca Nacional, y las tardes y primeras horas de la noche
vagando con Alvarez por las calles de la corte, como golondrinas nuevas
que buscan por vez primera sitio en que colgar su nido en una tierra
desconocida.

Y aconteci que entre las personas con quienes un dia tropezamos en
la Biblioteca, acert  ser una la de un italiano al servicio del
infante D. Sebastian, llamado Joaquin Massard, quien con un su hermano
Federico andaba bien admitido por las tertulias y reuniones, que
con su canto y alegre carcter amenizaban: el Joaquin y el Federico
poseian dos deliciosas voces, de tenor el uno y de bartono el otro.
Abordnos Joaquin Massard, que por Pedro Madrazo nos conocia, y nos di
de repente la noticia de que Larra se habia suicidado al anochecer
del dia anterior. Dejnos estupefactos semejante noticia, y asombrle
 l que ignorsemos lo que todo Madrid sabia,  invitnos  ir con
l  ver el cadver de Larra depositado en la bveda de Santiago.
Aceptamos y fuimos. Massard conocia  todo el mundo y tenia entrada en
todas partes. Bajamos  la bveda, contemplamos al muerto,  quien yo
veia por primera vez,  todo nuestro despacio, admirndonos la casi
imperceptible huella que habia dejado junto  su oreja derecha la bala
que le di muerte; cortle Alvarez un mechon de cabellos y volvmonos 
la Biblioteca, bajo la impresion indefinible que dejaban en nosotros la
vista de tal cadver y el relato de tal suceso.

Aqu tengo que advertir  V., mi querido Velarde, que no volvamos
 la Biblioteca por nuestro afan de estudiar, sin porque siendo el
hospedaje de Alvarez y la bohardilla de mi cestero estancias muy poco
agradables para pasar el dia, y estando la Biblioteca muy bien esterada
y caldeada, pasbamos en ella todas las horas que estaba abierta, como
hidalgos poco acomodados, en el abrigado alczar de un opulento amigo
que generosamente  los suyos lo franqueara.

A nuestra vuelta hallme all con un condiscpulo del colegio, quien
enterado de mi posicion, me di una carta para su hermano D. Antonio
Mara Segovia, propietario y director de _El Mundo_; uno de los
peridicos mejor escritos que en Madrid se han publicado, rebosando de
ingenio y de oportunsima vis cmica. En aquella carta pedia para m
 su hermano, mi condiscpulo, la plaza de un empleado que acababa de
despedirse, dicindole quin yo era, la educacion que habia recibido, y
lo til que yo podia ser, atendida la mdica retribucion del empleo que
para m solicitaba. Mi ambicion era llegar  ser periodista, llegar
 firmar el folletin de un peridico que llegase  manos de mi padre:
tom, pues, la carta de mi condiscpulo, y metindola en la cartera del
capitan Antonio Madera (otro condiscpulo nuestro), la cual no s ya
por qu llevaba yo en el bolsillo, cre meter en ella mi fortuna.

Joaquin Massard, que en todo pensaba y de todo sacaba partido, me dijo
al salir:

--S por Pedro Madrazo que V. hace versos.

--S, seor, le respond.

--Querria V. hacer unos  Larra? repuso entablando su cuestion sin
rodeos; y vindome vacilar, aadi: yo los haria insertar en un
peridico, y tal vez pudieran valer algo. Ocurrime  m lo poco que
me valdrian con mi padre, desterrado y realista, unos versos hechos 
un hombre tan de progreso y de tal manera muerto; y dije  Massard que
yo haria los versos, pero que l los firmaria. Avnose l, y convneme
yo; prometselos para la maana siguiente  las doce en la Biblioteca;
y despidindonos  sus puertas, ech Massard hcia la plazuela del
Cordon donde moraba, y Alvarez y yo por la cuesta de Santo Domingo 
vagar como de costumbre. Pens yo al anochecer en los prometidos versos
y fume temprano al zaquizam, donde mi cestero me albergaba con su
mujer y dos chicos, que eran tres harpas de tres distintas edades.
No me acuerdo si cenamos: pero despues de acostados, metme yo en mi
mechinal, con una vela que  propsito habia comprado.

En aquella casa no se sabia lo que era papel, pluma ni tinta; pero
habia mimbres puestos en tinte azul, y tenia yo en mi bolsillo la
cartera del capitan con su libro de memorias. Hice un kalam de un
mimbre como lo hacen los rabes de un carrizo y tomando por tinta el
tinte azul en que los mimbres se teian.....

H aqu, Sr. Velarde, cmo se hicieron aquellos versos, cuya copia
traslad  un papel en casa de Miguel Alvarez  la maana siguiente, y
part  entregar mi carta al director de _El Mundo_.

Sali  recibirme  una antecmara: presentle la carta, y mintras
la leia, penetraron mis ojos indiscretos en el aposento inmediato,
cuya puerta habia dejado l abierta. Parecime  m la de un paraiso:
una mujer pequea y fina, esbelta y ondulosa como una garza, con una
cabellera como los arcngeles de Guido Reni y con dos ojos lmpidos y
serenos como los de las gacelas, esperaba reclinada en un mueble  que
su marido concluyera con el importuno que habia venido  separarle de
ella. Cuando aquel me dijo, con los ms atentos modales, que sentia
no necesitarme porque acababa de dar  otro la plaza que su hermano
le pedia, me march cabizbajo y cariacontecido, pero convencido
perfectamente de que un hombre que tenia aquella mujer no debia
necesitar de m ni de nadie, y d conmigo en la Biblioteca. No estaba
ya en ella Joaquin Massard, pero me habia dejado una tarjeta, en la que
me decia: Puede V. traerme los versos  casa,  las tres? Comer V.
con nosotros.

A los tres cuartos para las tres ech hcia la plaza del Cordon; los
Massard habian comido  las dos: la hora del entierro, que era la de
las cinco, se habia adelantado  la de las cuatro. Los Massard me
dieron caf; Joaquin recogi mis versos y salimos para Santiago. La
iglesia estaba llena de gente; hallbanse en ella todos los escritores
de Madrid, mnos Espronceda que estaba enfermo. Massard me present
 Garca Gutierrez, que me di la mano y me recibi como se recibe
en tales casos  los desconocidos. Yo me qued con su mano entre las
mias, embelesado ante el autor de _El Trovador_, y creo que iba 
arrodillarme para adorarle, mintras l miraba con asombro mi larga
melena y el ms largo leviton, en que llevaba yo enfundada mi plida y
exgua personalidad.

El repentino y general movimiento de la gente nos separ, avanz el
fretro hcia la puerta; ordense la comitiva; ingirime Joaquin
Massard en la fila derecha, y en dos largusimas de innumerables
enlutados nos dirigimos por la calle Mayor y la de la Montera al
cementerio de la Puerta de Fuencarral.

Mohino y desalentado caminaba yo, poniendo entre los dias nefastos
aquel aciago en que me habian negado una plaza en _El Mundo_, habia
llegado tarde  la mesa, y en que iba, por fin, ayuno,  enterrar
 un hombre, cuyo talento reconocia, pero que no entraba en la
trinidad que yo adoraba, y que componian Espronceda, Garca Gutierrez
y Hartzembusch. Parecame que con aquel muerto iba  enterrarse mi
esperanza, y que nunca iba yo  tener un papel en que enviar impresos
mis delirios  la mujer  quien habia pedido un ao de plazo para
pasar de crislida  mariposa, ni mis versos laureados al padre 
quien con ellos habia esperado glorificar. As, el ms triste de los
que bamos en aquel entierro, marchaba yo en l, envuelto en un _sur
tout_ de Jacinto Salas, llevando bajo l un pantalon de Fernando de la
Vera, un chaleco de abrigo de su primo Pepe Mateos, una gran corbata
de un fachendoso primo mio, y un sombrero y unas botas de no recuerdo
quines; llevando nicamente propios conmigo mis negros pensamientos,
mis negras pesadumbres y mi negra y largusima cabellera.

Llevaba yo, y venianme, sin embargo, todas aquellas ajenas prendas
como si para m hubieran sido hechas; y traidas, pero no maltratadas,
no revelaban que su portador salia con ellas bien cepilladas del alto
zaquizam de mi hospitalario cestero.

Llegamos al cementerio: pusieron en tierra el fretro y  la vista el
cadver; y como se trataba del primer suicida,  quien la revolucion
abria las puertas del campo santo, tratbase de dar  la ceremonia
fnebre la mayor pompa mundana que fuera capaz de prestarla el elemento
lico, como primera protesta contra las viejas preocupaciones que venia
 desenrocar la revolucion. D. Mariano Roca de Togores, que an no era
el marqus de Molins, y que ya figuraba entre la juventud ilustrada,
levant el primero la voz en pr del narrador ameno del Doncel de D.
Enrique, del dramtico creador del enamorado Macas, del hablista
correcto, del inexorable crtico y del desventurado amador. El concurso
inmenso que llenaba el cementerio qued profundamente conmovido con
las palabras del Sr. Roca de Togores, y dej aquel funeral escenario
ante un pblico preparado para la escena imprevista que iba en l
 representarse. Tengo una idea confusa de que hablaron, leyeron y
dijeron versos algunos otros: confundo en este recuerdo al conde de
las Navas,  Pepe Diaz..... no s..... pero era cuestion de prolongar
y dar importancia al acto, que no fu breve. Ibase ya, por fin, 
cerrar la caja, para dar tierra al cadver, cuando Joaquin Massard, que
siempre estaba en todo y no era hombre de perder jams una ocasion, no
atrevindose, sin embargo,  leer mis escritos con su acento italiano,
metise entre los que presidian la ceremonia, advirtiles de que an
habia otros versos que leer, y como me habia llevado por delante,
hzome audazmente llegar hasta la primera fila, psome entre las manos
la desde entnces famosa cartera del capitan, y hallme yo repentina 
inconscientemente  la vera del muerto, y cara  cara con los vivos.

El silencio era absoluto: el pblico, el ms  propsito y el mejor
preparado; la escena solemne y la ocasion sin par. Tenia yo entnces
una voz juvenil, fresca y argentinamente timbrada, y una manera nunca
oida de recitar, y romp  leer..... pero segun iba leyendo aquellos
mis tan mal hilvanados versos, iba leyendo en los semblantes de los
que absortos me rodeaban, el asombro que mi aparicion y mi voz les
causaba. Imaginme que Dios me deparaba aquel extrao escenario, aquel
auditorio tan unsono con mi palabra, y aquella ocasion tan propicia y
excepcional, para que ntes del ao realizase yo mis dos irrealizables
delirios: cre ya imposible que mi padre y mi amada no oyesen la voz de
mi fama, cuyas alas veia yo levantarse desde aquel cementerio, y v el
porvenir luminoso y el cielo abierto..... y se me embarg la voz y se
arrasaron mis ojos en lgrimas..... y Roca de Togores, junto  quien me
hallaba, concluy de leer mis versos; y mintras l leia..... ay de
m! perdnenme el muerto y los vivos que de aquel auditorio queden, yo
ya no los veia; mintras mi pauelo cubria mis ojos, mi espritu habia
ido  llamar  las puertas de una casa de Lerma, donde ya no estaban
mis perseguidos padres, y  los cristales de la ventana de una blanca
alquera escondida entre verdes olmos, en donde ya no estaba tampoco la
que ya me habia vendido.

Feliz aquel cuyo primer amor se malogra! Desventurado aquel cuyo
primer delito es una rebelion contra la autoridad paterna! Al primero
le abre Dios el paraiso terrenal: del segundo no deja que repose la
conciencia.

Cuando volviendo de aquel xtasis, apart el pauelo de mis ojos,
el polvo de Larra habia ya entrado en el seno de la madre tierra: y
la multitud de amigos y conocidos que me abrazaban no tuvieron gran
dificultad en explicar quin era el hijo de un magistrado tan conocido
en Madrid como mi padre.

Pero, sabe V., mi buen Velarde, quin era entnces, lo que valia y
cmo y por quin lleg  ser famoso su agradecido amigo?




V.


La importuna pregunta con que conclu mi artculo-carta del lunes 20 de
Octubre, me obliga  dirigirle  usted esta, mi estimado Sr. Velarde.

Tal vez enoja  V. ya, mi querido poeta, el verse tomado en pluma, que
no puede aqu,  mi ver, decirse en boca, por un viejo impertinente
que se empea en contarle sus necedades de muchacho; pero disimule
usted tal impertinencia, porque tiene slo por mvil mi gratitud  V.
por su artculo del lunes 29 de Setiembre, con el cual motiv V. la
publicacion de estas mis cartas. Usted pertenece al porvenir, y mira
naturalmente hcia adelante; al mirar yo hcia atrs, porque pertenezco
al tiempo viejo, al relatar  V. lo que en l fu, tenga V. presente
que no pretendo servirle  V. de ejemplo, sino de escarmiento; puesto
que viviendo yo hoy persuadido de que el porvenir le guarda  V. un muy
elevado lugar en la repblica de las letras, quisiera yo por la mucha
estima en que le tengo, que las suyas le dieran tanta fama como  m
las mias, pero que le fueran de ms utilidad y provecho. Por eso no ms
voy  decir  V. lo ms sucintamente posible quin era, lo que valia
y cmo y por quin llegu yo  ser tan famoso en aquel viejo tiempo,
cuyos recuerdos me complazco ahora en evocar, no quiera Dios que con
hasto  impaciencia de V. y de los suscritores de _El Imparcial_.

No teman estos, y sea esto advertido de paso, que llene yo sus columnas
con los insignificantes y poco trascendentales sucesos de mi vida.
A m, que no he ocupado jams ningun cargo pblico, que no he sido
ni embajador, ni ministro, ni siquiera individuo de corporacion ni
academia alguna, jams me ha sucedido nada que sea digno de ser sabido,
ni mnos contado: ni me acosa tampoco vanidad tal ni tal comezon de
bombo, que intente no dejar pasar un lunes sin hablar de m mismo,
para que no me olviden mis contemporneos, ni se den los venideros de
calabazadas por mis estupendas fechoras. Para que mis contemporneos
no me olviden, basta ese bravucon inocente y desvergonzado perdonavidas
llamado _D. Juan Tenorio_, que est encargado contra mi voluntad y por
la del pueblo espaol, de no dejarme olvidar en Espaa; y con decir de
este drama mio y del _Zapatero y el Rey_ cmo y por qu fueron escritos
y cmo y por quin fueron y son hoy representados, pienso dar fin 
estos mis recuerdos del tiempo viejo; y siquiera sea con pesadumbre de
algunos, y desengao de muchos, ser tambien con honrado cumplimiento
del deber mio y descargo de mi conciencia.

Contino, pues, mi relato, tomndolo en el mismo cementerio de
Fuencarral, donde lo dej.

Rompiendo por entre los amigos que me abrazaban, los entusiastas que
me felicitaban y los curiosos que absortos me contemplaban, enfundado
en mi gran _surtout_ de Jacinto Salas y circundado por mi flotante
melena, un mancebo plido y aguileo, de resueltos modales y de
atrevida y casi insolente mirada, me asi cariosamente de las manos,
dicindome: Tenga V. la bondad de venirse conmigo, para presentarle
 dos personas que desean conocerle. Segule, y sacndome de aquella
confusion, me hizo subir  una cmoda y elegante carretela, cuyos dos
asientos, uno del fondo y otro de adelante, estaban ocupados por dos
individuos del sexo feo, cuya fisonoma no podia yo ver ya bien, porque
ya era casi de noche. Saludronme y correspondiles; colocronme en
el asiento de honor; colocse mi presentador en frente de m; cerr
el lacayo la portezuela, y  la voz del de mi izquierda, que dijo:
Calle de la Reina, salieron  un resueltsimo trote las dos poderosas
yeguas que nos arrastraban: y, como dicen los mejicanos, de las vidas
arrastradas, la mejor es la del coche, y aquella carretela inglesa
estaba maestramente montada sobre sus muelles. Hablbanme dos, de los
tres con quienes en ella iba, y contestbales yo, sin recordar ya de lo
que hablamos, y sin saber entnces con quines, en la semi-oscuridad
crepuscular.

La direccion dada  la calle de la Reina era  la fonda de Genyes, que
era entnces lo que hoy Fornos y Lhardy; de donde yo deduje que mis
nuevos amigos moraban  comian en ella habitualmente, puesto que el
nombre de la calle habia bastado al cochero para sentar en firme sus
yeguas  la puerta de la fonda. En un gabinete estaba preparada una
mesa con tres cubiertos; aadieron el cuarto para m; desembarazronse
ellos de sus abrigos exteriores, quedndome yo con el mio por razones
que no son del caso; sentmonos  la mesa y presentme mi presentador 
mis comensales. El de mi derecha era Buchental, llegado  Madrid hacia
pocos meses; nuestro anfitrion era un rubio como de cuarenta aos,
de amensima conversacion, con la cual demostraba que habia viajado
mucho, de cuyo nombre no me he podido volver  acordar,  quien no he
vuelto  ver ms, y por quien no tuve despues ocasion de preguntar 
mi resuelto y aguileo presentador: que era ni ms ni mnos que Luis
Gonzalez Brabo, ntes de ser diputado, embajador y ministro. Desde
aquella tarde fu para m Luis, como yo para l fu Pepe; la suya fu
la primera mano en que me apoy para poner mi pi derecho en el primer
escalon del efmero alczar de mi fama: y desde entnces no he tenido
un ms bravo amigo que Gonzalez Brabo. No era por entnces ms que
_tijera_ en no recuerdo qu peridico; pero segun fu ascendiendo por
la escala de la fortuna, se volvi  m desde cada peldao que subia,
 tenderme aquella misma mano con que me sac del cementerio; pero
mi objetivo, como hoy se dice, no era la poltica, y con tanta pena
suya como desden mio, le dej subir solo. Ignoro lo que fu Luis Brabo
social  polticamente considerado, porque he vivido veinte aos fuera
de Espaa y once en Amrica, sin correspondencia con Europa; cuando
volv  Madrid en 1866 era presidente del Consejo de ministros y decian
que tenia la nacion en sus manos; pero para m fu el mismo Luis Brabo,
que me la tendi como en 1837; el primer amigo del poeta Zorrilla.

Aqu dir V., mi querido poeta Velarde: cmo el primero? Pues y
los Villa-Hermosa y los Madrazo, y Assas y Miguel Alvarez y Fernando
de la Vera, sus condiscpulos de Universidad y del Seminario? Y
Joaquin Massard y Roca de Togores cuyas manos tomaron de las de V.
los versos que le abrieron las puertas de la sociedad y le dieron la
nombrada?--Los Villa-Hermosa, los Madrazo, Alvarez y de la Vera, eran
los amigos de mi niez: los del estudiante y del condiscpulo; los
amigos cariosos, casi los hermanos, del mancebo que iba  ser hombre;
la casualidad llev  Massard  la biblioteca y me puso al lado de Roca
de Togores en el cementerio: pero Luis Brabo busc el primero al poeta
y no abandon jams al amigo. La primera obligacion del narrador es
ser verdico: la del hombre bien nacido la de ser justo: la del hombre
noble ser agradecido. Desde la fonda me llev Luis Brabo, orgulloso
de llevarme, al caf del Prncipe, donde hall  Breton,  Ventura, 
Gil y Zrate,  Garca Gutierrez, que me reconoci y con quien trab
pronto amistad; al buen Hartzenbusch,  quien quise desde aquella noche
como  un hermano mayor, y que fu parte y testigo de sucesos ntimos
y posteriores de mi vida, y en fin,  la mayor parte de los que por
entnces figuraban en las letras y en las artes.

No s quin me llev  las diez  casa de Donoso Corts, que an no
era el marqus de Valdegamas: all encontr  Nicomedes Pastor Diaz y
 D. Joaquin Francisco Pacheco, quienes con el conocido jurisconsulto
Perez Hernandez, estaban tratando de publicar su peridico _El
Porvenir_.--Preguntronme mil cosas: examinronme, sin que de ello
me apercibiera, de lo que habia aprendido en el colegio; indagaron
lo que habia leido, lo que me habia propuesto. Yo era un chico, no
cumpl veinte aos hasta cuatro dias despues del de la muerte de Larra:
estaba animado por el xito de aquella tarde y por los plcemes y
aplausos que acababa de recibir en el caf del Prncipe; recitles mi
destartalada composicion A Venecia, el romancillo de unos Gomeles
que corrian por la vega de Granada, y unas redondillas  una duea de
negra toca y mongil morado, que sea dicho de paso y con perdon de mis
admiradores, pero en Dios y en mi nima creo que no sabia yo entnces
lo que era mongil, segun el color morado episcopal de que le te.
Donoso y sus amigos debieron apercibirse de mi poco saber; pero se
fascinaron con las circunstancias fantsticas de mi aparicion, y con
la excentricidad de mi nuevo gnero de poesa y de mi nueva manera
de leer, y me ofrecieron el folletin de _El Porvenir_ con 600 reales
mensuales; nico sueldo que en este peridico se debia de pagar,
porque iban  escribirle sin inters de lucro, en pr de su poltica
comunion.--Dironme  traducir para el peridico uno de los infantiles
cuentos de Hoffmann, y  las doce me llev Pastor Diaz consigo  su
casa.--Pastor Diaz, cuya alma de nio simpatiz con la ignara candidez
de la mia, me entretuvo hasta muy avanzada hora, desde la cual hasta la
de su muerte, me tuvo el ms fraternal cario.

No era ya aquella la de volver  recogerme  la bohardilla del cestero,
y...  pesar del frio, vagu por las calles hasta el nuevo dia,
abrigado interiormente con el champagne y el caf de mi generoso y
desconocido anfitrion, y exteriormente sostenido con la esperanza y las
ilusiones de mis an no cumplidos veinte aos.

No recuerdo ya donde me amaneci; pero  las ocho estaba ya  la
cabecera de la cama de Alvarez, contndole mis venturas del dia
anterior; de las cuales nada sabia, no habindole yo podido buscar
desde que hacia veinte horas me habia separado de l, para ir  llevar
mi carta  _El Mundo_ y mis versos  Massard.--Asombrle primero
lo sucedido; alegrle despues; lloramos, reimos, ayudle  vestir,
y saltamos y cantamos al rededor del chocolate como los indios de
Fenimore Cooper al rededor del postre de la guerra; la patrona crey
que nos habia caido la lotera.

Como si tal nos hubiera acontecido, nos echamos  la calle y comenzamos
 dar fin  los pocos duros que le quedaban  Alvarez; declarmonos los
dos modernos Plades y Orestes; presentle yo  cuantos me presentaron;
presentme l  la que despues fu mi mujer, y cuando llegaron 
nuestras manos mis primeros treinta duros de El Porvenir, de Donoso,
nos creimos dueos del Universo.




VI.


Como el relato de las muchachadas de ambos no entra por nada en la
explicacion de mis preguntas finales en el artculo del lunes ltimo,
voy adelante con mis desatinos personales. Escrib muchos en _El
Porvenir_:  Cervantes y  Calderon, cuantos pudieron ocurrrseme, y
 la luna de enero, donde dije que el cielo era ojo de la eternidad y
la luna su pupila; escrib, en fin, los suficientes para impacientar 
cuantos tenian sentido comun y estudios, y gusto en las bellas letras;
pero Nicomedes y Donoso seguian sostenindome y animndome, y yo segu
asombrando al pblico con la multitud de mis poticos engendros.

Una noche me encontr al volver  mi casa de pupilaje, una carta
de D. Jos Garca Villalta que decia: Muy seor mio: he tomado la
direccion de _El Espaol_, peridico cuyas columnas surta Larra con
sus artculos: pues la muerte se llev al crtico dejndonos al poeta,
entiendo que ste debe de suceder  aquel en la redaccion de _El
Espaol_. Srvase V., pues, pasar por esta su casa, calle de la Reina,
esquina  la de las Torres, para acordar las bases de un contrato.
Suyo, afectsimo, _J. G. de Villalta_.

Era este el autor de _El golpe en vago_, la novela mejor escrita de
las de la coleccion primera del editor Delgado. Tenale yo en mucho
desde que la habia leido, y las relaciones entabladas con el hombre
acrecentaron mi respeto y mi estimacion hcia el escritor. Villalta
era un hombre de mucho mundo y de un profundo conocimiento del corazon
humano: de una constitucion vigorosa, con una cabeza perfectamente
colocada sobre sus hombros; de una fisonoma atractiva y simptica,
con una boca fresca, cuya sonrisa dejaba ver la dentadura ms igual
y limpia del mundo. Su cabellera escasa era rubia y rizada, y no he
podido nunca esplicarme el por qu su busto abultado de contornos me
recordaba el olmpico busto de Neron, pero del Neron poeta y gladiador
en su viaje  Grecia: el Neron que ponia fuego  dos viejos barrios
de Roma para obligar al municipio republicano  construir otro nuevo,
tan suntuoso como la mansion palatina que l junto  lo incendiado
habitaba. Yo tengo  Neron por un emperador muy calumniado; y desde
que he vivido en Roma, estoy convencido de que hizo bien en quemar lo
que quem, para que se construyera lo que se construy; y  este Neron
que yo me figuro, es el Neron  quien me figuraba yo que se parecia
Villalta.

El hecho es que Villalta era todo un hombre: sbrio y diligente, pero
gracioso y amabilsimo; como andaluz de la buena raza, su trato era
fascinador; y en cinco minutos hizo de m lo que le convino en nuestra
primera entrevista; el cuarto en que esta pas influy sin duda en mi
aceptacion. Era una sala grande cuadrada, en cuyas blancas paredes no
tenia Villalta ms adornos que dos espadas de combate, dos sables de
academia de armas y un magnfico par de pistolas. Una grandsima mesa
de despacho cargada de papeles estaba entre l y yo, y por una puerta
entreabierta se veia en el inmediato aposento el bao del que acababa
de salir.

Vi Villalta que no era yo hombre de abandonar  Donoso y  Pastor
Diaz, sin una grave razon, y me di una carta para ellos, en la que
les decia las proposiciones que me habia hecho y las razones que yo le
daba. _El Porvenir_ tenia apenas suscricion, y _El Espaol_ la tenia
numerosa. Si me querian bien, debian dejarle dar  mis versos la ms
lata publicidad, etc.

Ofrecame un sueldo con que no habia yo contado nunca, y que entnces
creo que no sabia contar en moneda efectiva: pagarme aparte las poesas
del nmero de los domingos, que era una revista de mayor tamao; la
colaboracion en el folletin con Espronceda convaleciente ya de una
larga enfermedad, y mi presentacion inmediata en su casa por l en
persona. Espronceda era el dolo de mis creencias literarias. Donoso y
Pastor Diaz me autorizaron abrazndome para abandonarles, y me pas al
campo de Villalta sin traicion ni villana.

Continu en l publicando centenares de versos, entre los cuales habia
algunos chispazos de ingenio que hacian, por efecto de la moda, no
parar mientes en mis infinitos y excntricos disparates. Es verdad
que contribuian  darlos boga las lecturas que de ellos hacia en
los salones del Liceo, en el palacio de los duques de Villahermosa,
quienes, ausentes de Madrid  la sazon, se los habian cedido  aquella
sociedad literaria y artstica. Era el Liceo... Pero ya ha dicho lo
que era en _La Ilustracion_ el ameno _Curioso parlante_ D. Ramon de
Mesonero Romanos; y ante l arra bandera quien en su juventud supo
aprovecharse de su picante y donosa crtica, y hoy se complace en
hallar una ocasion de darle una prueba pblica de consideracion y
respeto. All, en el Liceo, re yo y gan grandes batallas, y cobr
fama de gran lector; all ayud  subir  la tribuna y entrar en la
palestra literaria  Rodriguez Rub, con su precioso romance de la
venta del jaco; all coron una noche  Carolina Conrado y present una
maana  Gertrudis Avellaneda; all... pero lo que sucedi all lo sabe
todo el mundo, y lo que no sepa se lo dir mejor que yo el _Curioso
Parlante_.

Ya se lo ha dicho en _La Ilustracion_ del 22 de Octubre: de all
salieron los que all figuraron despues como ministros, embajadores,
consejeros, senadores, diputados y publicistas, alternando en diversos
bandos y pocas, segun la marcha de los sucesos: y slo Zorrilla y
el que esto escribe se obstinaron en conservar su independencia y su
nombre exclusivamente literario, sin aspirar  su engrandecimiento por
otros caminos; con la circunstancia en pr de Zorrilla de que  m
slo me faltaba la ambicion, y  Zorrilla le faltaban la ambicion y la
fortuna. Esto dice D. Ramon de Mesonero Romanos, y Dios le bendiga
como yo le agradezco que lo haya dicho.

Lo que no dice y le voy  decir yo  V., mi querido Velarde, es cmo
ste  quien llama ilustre, corriendo quijotescamente trs de ideales
fantsticos, no era en la vida social ni en la literaria ms que un
tonto y un ingrato.




VII.


Lenta y perezosa carrera lleva mi correspondencia epistolar con V., mi
querido poeta, interrumpida dos veces por versos que no pudieron mnos
de ser en su lugar publicados: ataendo ambas  asuntos tan perentorios
y tan de actualidad como es el de las inundaciones y el de mi escaso
beneficio[1]. Concluyo, pues, con las noticias que de m me propuse
dar  V. y Dios haga que la gente de hoy vea bajo su verdadero punto
de vista, y tome en su sentido verdadero, lo que de m me resta que
decirle.

       [1] Estas dos composiciones van en el apndice de esta obra.

Una tarde me dijo Villalta: esta noche iremos  casa de Espronceda,
que ya desea ver  V. Figrese usted que un creyente hubiera enviado
por escrito su confesion al Papa, y que S. S. le hubiera contestado:
venga V. esta noche por la absolucion  la penitencia esta fu mi
situacion desde las cuatro de la tarde, hora en que Villalta me anunci
tal visita, hasta las nueve de la noche, hora en que se verific. Yo
creia, yo idolatraba en Espronceda. Si aquel orculo divino  quien yo
iba  consultar desaprobaba mis versos, si aquel dolo  cuyos pis
iba yo  postrarme desdeaba mi homenaje, no tenia ms remedio que irme
 buscar  mi padre  la corte de Oate, y suplicarle contrito que me
matriculase en la Universidad de Vergara.

Villalta ley sonriendo en mi fisonoma lo que pasaba en mi interior,
y me condujo en silencio  la calle de San Miguel, nm. 4. Espronceda
estaba ya convaleciente, pero an tenia que acostarse al anochecer.
Introdjome Villalta en su alcoba, y diciendo sencillamente aqu tiene
V.  Zorrilla, me empuj paternalmente hcia el lecho en que estaba
incorporado Espronceda. Yo, no encontrando una palabra que decir, sent
brotar las lgrimas de mis ojos, los brazos de Espronceda en mi cuello,
sus labios en mi frente, y su voz que decia  Villalta, es un nio.

Hubo un minuto de silencio, del cual no he sabido nunca hacer un poema:
Villalta se despidi y nos dej solos; de la conversacion que sigui...
no me acuerdo ya: al cabo de media hora nos tutebamos Espronceda y
yo, como si hiciera veinte aos que nos conociramos; pero la luz que
estaba en el gabinete no iluminaba la alcoba, en cuya penumbra no habia
yo todava visto  Espronceda; no te veo, le dije; pues trae la
luz, me respondi; y trayendo yo la buja, le contempl por primera
vez, como  la primera querida que me hubiera dado un beso  oscuras.

La cabeza de Espronceda rebosaba carcter y originalidad. Su cara,
plida por la enfermedad, estaba coronada por una cabellera negra,
riza y sedosa, dividida por una raya casi en el medio de la cabeza
y ahuecada por ambos lados sobre dos orejas pequeas y finas, cuyos
lbulos inferiores asomaban entre los rizos. Sus cejas negras, finas
y rectas, doselaban sus ojos lmpidos  inquietos, resguardados como
los del leon por riqusimas pestaas: el perfil de su nariz no era muy
correcto, y su boca desdeosa, cuyo labio inferior era algo aborbonado,
estaba medio oculta en un fino bigote y una perilla unida  la barba,
que se rizaba por ambos lados de la mandbula inferior. Su frente
era espaciosa y sin ms rayas que la que de arriba abajo marcaba el
fruncimiento de las cejas; su mirada era franca, y su risa pronta y
frecuente, no rompia jams en descompuesta carcajada. Su cuello era
vigoroso y sus manos finas, nerviosas y bien cuidadas. A m me pareci
una encarnacion de Pndaro en Atinoo: de tal modo me fascin su belleza
varonil, su conversacion animada y la alta inspiracion de su poesa.
Espronceda sabia ms que la mayor parte de los que despues de l hemos
alcanzado reputacion: discpulo de Lista como Ventura de la Vega y
Escosura, era buen latino y erudito humanista; pero empapado en la
poesa inglesa de Shakespeare, Milton y Pope, era la personificacion
del clasicismo apstata del Olimpo, y lanzado, Luzbel-poeta, en el
infierno insondable y nuevamente abierto del romanticismo.

Espronceda era leal, generoso y bueno: la poltica y los amigos
le dieron un carcter y una reputacion ficticia, que jams le
pertenecieron; y las medianas vulgares le han calumniado despues de su
muerte, hasta atribuirle versos y libros infames, que jams pens en
producir.

A la tercera visita que le hice de dia, me cans de la sociedad de sus
amigos: no porque su conversacion me espantara, sin por que no la
comprendia; vivia yo dado  mi trabajo, y no conocia  nadie de los ni
de las de quines all se hablaba. Una noche entr en su alcoba despues
de las doce: dolores articulares y escasez necesaria de nutricion
tenanle  l desvelado, y  m con pocas ganas de recogerme temprano
la estrechez de mi pupilaje.

--Vengo  esta hora--le dije--porque es en la que no tienes amigos en
tu casa.

--No te gustan mis amigos?

--No.

--Pues hablemos de otra cosa; y me alegro de que tengas libres estas
horas, que son para m las ms insoportables; tardo tnto en conciliar
el sueo!..

Hacia poco que le habia abandonado Teresa: yo ni la conocia, ni aun
tenia por entnces conocimiento de que existiese: yo no conocia de la
vida de Espronceda ms que sus escritos; yo adoraba al poeta, y aun no
conocia del hombre ni siquiera la persona, puesto que no le veia ms
que en el lecho donde le retenia su enfermedad.

Segu pues yendo  visitarle despues de media noche.

Y de aquellas conversaciones  solas con Espronceda s que podria yo
hacer un libro; pero hay libros que no deben ser leidos hasta cuarenta
aos despues de escritos.

Espronceda y yo nos quisimos y nos estimamos siempre; pero nuestras
diversas costumbres, unque no las entibiaron, hicieron mnos
frecuentes nuestras relaciones. Yo desert el primero del cafetin
del teatro del Prncipe, en donde nos juntbamos, y me pas al de
Slito, con los Gil y Zrate, G. Gutierrez y otros,  quienes comenz
 importunar el elemento militar y poltico que se incrust all en el
literario; y con motivo de mi primer matrimonio, del cual Espronceda
no se atrevi  hablarme ms que una vez, comprendi que el nio era
ya hombre; y habiendo ya escrito _El Cristo de la Vega_ y _Margarita
la Tornera_, estim al hombre como un hermano y al poeta como ingenio
privilegiado que l era, y que no tenia nada que envidiar al mozo
atrevido que osaba trepar  tientas al Parnaso.

Encerrme yo en mi casa y segu produciendo libros: Garca Gutierrez me
di la mano para presentarme en la escena,  ms bien me sac  ella en
brazos, en un drama que escribimos juntos, y comenc la vida aislada
y poco social que he llevado siempre. La gimnasia, que necesitaba
mi sietemesina naturaleza, el tiro de pistola, que en tiempos tan
revueltos no era intil estudio, y los paseos  caballo por fuera de
puertas, eran mis perennes entretenimientos; en medio de los cuales
escrib once tomos de versos, de los cuales no he sabido jams cuatro
de memoria.

El Liceo concluy entre tanto, saliendo sus scios ms notables para
las embajadas, los ministerios y los destinos ms importantes de la
nacion: Mesonero Romanos se fu  su casa, cargado de memorias, y yo 
la mia de coronas de papel recogidas en una funcion de obsequio que se
me di, y con un lbum en cuya primera hoja escribi S. M. la Reina D.
Isabel. Tal fu el fin y el fruto que yo saqu del Liceo.

Salustiano Olzaga,  quien habia hecho emigrar mi padre cuando era
superintendente general de polica, y que fu uno de mis mejores
amigos, me ofreci la entrega de mis bienes paternos, que habian sido
secuestrados; pero yo rehus incautarme de ellos, creyendo que pues
habia abandonado mi casa, habia renunciado  mis derechos de hijo...
Olzaga vi que yo era un tonto: mi padre me lo dijo cuando volvi de
su emigracion, y yo lo creo ahora que lo escribo. Mi quijotesco modo
de ver las cosas y mi caballeresco desprendimiento no fu apreciado
por nadie: mi padre me dijo que habia hecho mal en no aprovechar mi
favor en el partido liberal, sacrificio que yo creia muy agradable 
su intransigencia realista; mi extraamiento de la sociedad y mi vida
oscura de diario trabajo, no me procur ms amigos que el pblico;
y como todos no son nadie, no tuve ms amigo que mi trabajo; y como
corriendo los tiempos cambian las aficiones y las predilecciones
sociales, yo gan mucha fama con dos  tres afortunadas obras, y llegu
 la vejez como la cigarra de la fbula. Pero en mis famosas obras se
revela la insensatez del muchacho falto de mundo y de ciencia, exento
de todo sentido prctico, y jams apoyado en principio alguno fijo.

Yo debia mi fama  mis inspiraciones romnticas de Toledo.

Aquella gtica catedral, cuyas esculturas se habian levantado de sus
sepulcros para venir  cruzar por mis romances y mis quintillas;
aquel rgano y aquellas campanas que en ellos habian sonado; aquellos
rosetones, capiteles y doseletes; aquellos clustros catlicos,
aquellas mezquitas moriscas, aquellas sinagogas judas, aquel rio
y aquellos puentes y aquellos alczares que habian dado  mis
_repiqueteados_ y desiguales versos la vistosa apariencia de sus
festonadas labores de imaginera y de crestera, no me habian merecido
ms que el desprecio de su antigedad y la mofa de su perdida grandeza;
y aquel pueblo,  cuyas costumbres,  cuyas tradiciones y  cuyas
consejas debia yo todo el valor de mi poesa lrica y legendaria, no me
mereci ms que el epteto de _imbcil_, en aquella estrofa, padron de
mi infamia:

      Hoy slo tiene el gigantesco nombre,
    parodia con que cubre su vergenza:
    parodia vil en que adivina el hombre
    lo que Toledo la opulenta fu.

      Tiene un templo sumido en una hondura,
    dos puentes y entre ruinas y blasones
    un alczar sentado en una altura
    y _un pueblo imbcil_ que vegeta al pi.

Concibe V. poeta ms necio y ms ingrato, mi querido Velarde? Por
qu llam yo _imbcil_ al pueblo de Toledo? Por que era religioso y
legendario, y pretendia yo echrmelas de incrdulo y de volteriano?
Pues entnces, por qu seguia buscando fama y favor con mi poema de
_Mara_ y con el carcter religioso y creyente de todas mis obras?
Porque el imbcil era yo: y gracias  Dios que me ha dado tiempo,
juicio y valor civil para reconocer y confesar pblicamente en mi vejez
mi juvenil imbecilidad.

En cuanto  mi ingratitud... por ms que me avergence y me humille
tal confesion, no quiero morir sin hacerla. La muerte de Larra fu el
orgen de mis versos leidos en el cementerio. Su cadver llev all
aquel pblico, dispuesto  ver en m un gnio salido del otro mundo
 ste por el hoyo de su sepultura; sin las extraas circunstancias
de su muerte y de su entierro, hubiera yo quedado probablemente en la
oscuridad, y tal vez muerto en la ms abyecta miseria; y apenas me v
famoso, me descolgu diciendo un dia:

      Nac como una planta corrompida
    al borde de la tumba de un malvado, etc.

H aqu un insensato que insulta  un muerto,  quien debe la vida;
que intenta deshonrar la memoria del muerto  quien debe el vivir
honrado y aplaudido. Concibe V., Sr. Velarde, un ente ms ingrato
ni ms imbcil? Pues ese era yo en 1840; mezcla de incredulidad y
supersticion, ejemplar inconcebible de progresista retrgrado, que
ignoraba, por lo visto, hasta la acepcion de las palabras que escribia.

Han transcurrido treinta y nueve aos: nadie ha venido jams  pedirme
cuenta de mis palabras, y aprovecho la primera, aunque tarda,
ocasion que  la pluma se me viene, para dar  quien corresponde una
satisfaccion espontnea y jams por nadie exigida; quiero decir:  los
toledanos de hoy y  los hijos de Larra.

Y en estas ltimas lneas, con las que con V. corto mi correspondencia,
fundo yo ms vanidad, mi querido Velarde, y espero que halle V. ms
motivo de estimacion que en los cuarenta tomos de versos que lleva
escritos el autor de _D. Juan Tenorio_.




VIII.


Abreviemos este relato, sobre el cual deseo pasar como sobre scuas.
Mis memorias son demasiado personales para inspirar inters, y
demasiado ntimas para ser reveladas en vida: temo adems que parezcan
comezon de hablar de m mismo, cuando siento un profundsimo anhelo y
tengo perentoria necesidad de desaparecer de la escena literaria

     vivir en el olvido
    y  morir en paz con Dios.

Corramos, pues, cuatro aos en cuatro lneas. Habame hecho conocer
como poeta lrico y como lector en el Liceo: el editor Delgado me
compraba mis versos coleccionados en tomos, despues de haber sido
publicados en _El Espaol_ y en otros peridicos; pero terminada la
guerra carlista con el convenio de Vergara, emigr mi padre  Francia y
era forzoso procurarle recursos. Acud  mi editor D. Manuel Delgado,
quien  vueltas de largusimas  intiles conversaciones no me dejaba
salir de su casa sin darme lo que le pedia; es decir, jams me lo
di en su casa, sin que me lo envi siempre  la mia  la maana
siguiente del dia en que se lo ped: parecia que necesitaba algunas
horas para despedirse del dinero,  que no queria dejarme ver que
lo tenia en su casa,  que no era dueo de emplearle sin consulta
 permiso prvio de incgnitos asociados. Como quiera que fuere,
comenz  pasarme una mensualidad, de la cual enviaba parte  mi
padre; pero era preciso trabajar mucho; y tan falto de ciencia como
de tiempo, continu produciendo tntas lneas diarias cuantos reales
necesitaba, sin tiempo de pensar ni de corregir las vanalidades que
en ellas decia. Comprendiendo al fin que no era posible repicar y
andar en la procesion, suprim las amistades del caf y las visitas de
cumplimiento; y encerrndome en mi casa cerr su puerta  los ociosos
y  los gorristas; quedndome reducido  la cariosa amistad de Pastor
Diaz,  la proteccion incondicional de Donoso Corts, y  la sociedad
de G. Gutierrez,  quien quise y quiero como  un hermano mayor, y  la
de Fernando de la Vera, el corazon ms leal y ms constante de cuantos
me han acordado su afecto y pasado cariosamente por las desigualdades
de mi carcter.

Aos hemos pasado juntos y aos sin vernos ni escribirnos; al volvernos
 encontrar, Gutierrez desplega la misma sonrisa semi-sria con que
nos despedimos hace treinta aos, y Fernando de la Vera, de prodigiosa
memoria, toma la conversacion donde la dejamos hace veinte. Yo admiro
y saboreo an los versos de G. Gutierrez, aunque ya l no me los
lee, y Fernando de la Vera se admira de haber escrito los suyos, sin
haber tenido jams necesidad de escribirlos. Los Villa-Hermosa habian
desaparecido de Madrid; y cuando yo leia mis versos en las sesiones
del Liceo, en los salones de su palacio, esperaba siempre ver aparecer
por detrs de algun tapiz la severa figura del viejo duque, que me
perdonaba las muchachadas que le enojaron,  la plida hermosura de
la duquesa, que tengo an en las pupilas como la imgen de la duquesa
de quien habla Cervantes,  la faz, en fin, semi-burlona del actual
duque, que venia  decirme: Mira cmo te regocijas en mi casa, como
si estuvieras en la tuya. Los Madrazos se habian dividido en muchas
familias, y Espronceda entre sus ruidosos amigos me llamaba el viejo de
veinticuatro aos.

Pero era preciso vivir, y para vivir era forzoso trabajar. La
casualidad, que es la providencia de los espaoles, y la debilidad
de Garca Gutierrez para conmigo, me abrieron campo ms ancho,
franquendome la escena, cuando ms necesitaba variar y acrecentar mis
medios de accion y de subsistencia.

No recuerdo por qu ni cmo, porque an no conocia el teatro por
dentro, habia quedado Madrid aquel verano sin compaa dramtica
alguna, ni por qu ni cmo andaban por las provincias Matilde, los
Romeas y los empresarios habituales de sus coliseos: el hecho era
que desde fines de Mayo actuaba en el del Prncipe una sociedad
improvisada, bajo un programa tan modesto que no anunciaba ms
pretensiones que la de no dejar al pblico de Madrid sin ningun
espectculo. Componanla Garca Luna, Juan Lomba, Pedro Lopez, Alver,
Brbara y Teodora Lamadrid, la Llorente, la Puerta como graciosa,
Azcona, Monreal y media docena de bailarinas. Luna y la Brbara eran ya
actores de reputacion; Azcona y la Llorente eran resto de las buenas
compaas de Grimaldi: Breton no habia an escrito para Lomba _El
pelo de la dehesa_, y no habia tenido an tiempo Teodora de abordar los
grandes papeles. Una maana de Junio, mircoles ntes de un _Corpus
Christi_, pasaba yo por la calle Mayor, de vuelta de casa de Delgado,
 quien no habia podido ver; acordme de que hacia ms de un mes que
no veia  G. Gutierrez, que habitaba en un piso principal de los
soportales, y me ocurri verle y ver si l me procuraba el dinero que
de Delgado no habia obtenido. Colocaban los operarios del municipio
el toldo para la procesion del dia siguiente; y como yo anduviese por
entnces muy dado  la gimnasia, para fortalecer el brazo izquierdo que
me habia roto de muchacho, y como dos cuerdas del toldo colgasen hasta
la calle, aseguradas en el balcon de G. Gutierrez, trep  su aposento
por tan inusitado camino, encontrndole todava acostado,  pesar de
ser cerca de medio dia. Nuestra conversacion no fu muy larga.

--Qu tienes? Por qu ests an en la cama?

--Porque me aburro: y t, qu traes?

--Mohina por no haber encontrado  Delgado en casa.

--Necesitas dinero?

--Cundo no?

--Pues dos dias hace que estoy yo aqu discurriendo de dnde sacar dos
mil reales.

--Pero, hombre, t, con ofrecer una obra al teatro!..

--No tengo ms que medio acto de un drama.

--Pues yo te ayudar; y haciendo en tres dias tres actos cortos, yo
me encargo de sacarle  Delgado el precio del derecho de impresion,
y t puedes tomar los de representacion de la compaa del Prncipe,
que ver el cielo abierto de tener en Junio un drama del autor del
_Trovador_.

Hice  Gutierrez oferta tal, sin pesar ms que mi buen deseo, y
aceptla l sin pensar en mi inexperiencia del arte dramtico, ni la
distancia que entre l y yo mediaba. Convinimos en que l me escribiria
el plan de su obra y vendria  las cuatro  comer con mi familia, para
repartirnos el trabajo. Hzolo as Gutierrez; leyme las dos primeras
escenas que tenia escritas: tocme  m escribir el acto segundo, y
nos despedimos al anochecer para juntarnos el jueves  las cuatro, 
examinar el trabajo por ambos hecho en la noche. El jueves me trajo dos
escenas ms, y lele yo todo el acto segundo. Asombrle mi trabajo y
esclam:--Demonio! Cmo has hecho eso?--Pues ponindome  trabajar
ayer en cuanto te fuiste, y no habindolo dejado ni para dormir, ni
para almorzar.

Fuse picado, y concluy su primer acto en aquella noche: el viernes
concluimos cada cual la mitad del tercero que le toc: el sbado
lo copi yo, el domingo lo present l al teatro y cobr tres mil
reales, y el lunes cobr yo otros tres mil de Delgado... y no sigui
aburrindose Garca Gutierrez, y envi yo  mi padre dos mensualidades,
y ganosos los actores de complacer al pblico, y ste de recompensarles
su buena voluntad, se represent y se aplaudi el drama _Juan Dndolo_;
en cuyo apellido esdrjulo veneciano cargamos nosotros el acento en su
segunda slaba, por razones que no hay necesidad de aducir: y ctenme
ya autor dramtico por gracia de Garca Gutierrez, que me acept en l
por su colaborador.

Mi innata  inconsciente audacia me arrastr  escribir inmediatamente
mi _Cada cual con su razon_, en cuya comedia atropell la historia,
clavndole  Felipe IV un hijo como una banderilla; pero la limpia y
armoniosa diccion de Brbara Lamadrid, la intencionada representacion
de Garca Luna, el empeo de Lomba, el esmero de Alver en ensayar
como profesor de esgrima el duelo  cuatro con espada y daga del primer
acto, el discreteo galan de algunas escenas, y mi insolente fortuna
sobre todo, hicieron parecer un xito la benevolencia del pblico con
el atrevido mozalvete, autor de aquel afiligranado desatino.

A m que las vendo, me dije: y  los dos meses present mis
_Aventuras de una noche_, comedia en la cual levant un chichon
histrico  don Pedro de Peralta y otro al prncipe de Viana. Al
infantil enredo de esta mi segunda comedia dieron un alto relieve
la Brbara y la Llorente: y  fin de ao d mi primera parte de _El
Zapatero y el Rey_, en cuyo drama hizo Luna maravillas, y yo una
conjuracion de muchachos de colegio, que no hay narices con que
admirar; pero en cuyo argumento hay realmente el grmen de un drama.

Desde aquella noche qued, como un mal mdico con ttulo y facultades
para matar, por el dramaturgo ms flamante de la romntica escuela,
capaz de asesinar y de volver locos en la escena  cuantos reyes
cayeran al alcance de mi pluma. Dios me lo perdone: pero as comenc
yo el primer ao de mi carrera dramtica, con asombro de la crtica,
atropello del buen gusto y comienzo de la descabellada escuela de los
espectros y asesinatos histricos, bautizados con el nombre de dramas
romnticos.

Si entnces hubiera vuelto mi padre de la emigracion, y l con su
jubilacion de consejero de Castilla (que ms tarde le concedi S. M.
la Reina doa Isabel) y yo con el producto de mis leyendas, hubiramos
cuidado de nuestro solar y de nuestras vias, habramos ambos vivido
en paz; habria l muerto tranquilo y sin deudas, y hubirame yo
ahorrado tntos tumbos por el mar y tntos tropezones por la tierra,
acosado por la envidia y por las calumnias de los que codician
una gloria que no es ms que ruido y unas coronas de papel, bajo
cuyas hojas sin svia vienen siempre millones de espinas, que bajan
atravesando el cerebro  clavarse en el corazon de los que en Espaa
llegan  la celebridad literaria.

Pero mi padre, tenaz en sus opiniones, se obstin en no acogerse 
amnista alguna; mi infeliz madre sigui oculta por las montaas, no
queriendo ver ni aprovechar la tolerancia del progreso; y Lomba, al
hacerse empresario del teatro de la Cruz, me ofreci un sueldo mensual
por no escribir para el del Prncipe,  donde volvieron Matilde y
Julian, y ajust  Crlos Latorre con la condicion de que estrenara mi
segunda parte de _El Zapatero y el Rey_, de la cual habia yo hablado,
como consecuencia del ensayo hecho en la primera.

Lomba, actor de ambicion, empresario activo y espritu tan malicioso
como previsor, habiendo crecido en reputacion con la ayuda de las
obras de Breton y de Hartzenbusch, sus amigos casi de infancia, no
desaprovech la doble ocasion, que  la mano se le vino, de interesar
pecuniariamente en su empresa  Fagoaga, director entnces del
Banco, y de ajustar en su compaa  Crlos Latorre;  quien Julian
Romea, su discpulo, habia desdeado, dejndole sin ajuste en la
suya del Prncipe. Latorre era el nico actor trgico heredero de
las tradiciones de Maiquez y educado en la buena escuela francesa de
Talma. Su padre habia sido alto empleado en Hacienda, intendente de una
provincia, en tiempos anteriores; y Crlos, buen ginete, diestro en
las armas y de gallarda y aventajada estatura, habia sido paje del Rey
Jos, y adquirido en Francia una educacion y unos modales que le hacian
modelo sobre la escena. Grimaldi, el director ms inteligente que
han tenido nuestros teatros, habia amoldado sus formas clsicas y su
mmica greco-francesa  las exigencias del teatro moderno, hacindole
representar el capitan Buridan de _Margarita de Borgoa_ de una manera
tan intachable como asombrosa y desacostumbrada en nuestro viejo
teatro. Crlos Latorre no era ya jven, pero no era an de desdear,
sobre todo si se le procuraba un repertorio nuevo, en cuyos nuevos
papeles, obligndole  concluir de perder sus resabios de amaneramiento
francs, se le abriese un nuevo campo en que desplegar sus inmensas
facultades.

Lomba se apresur  ajustarle en su compaa del teatro de la Cruz,
en la renovacion de cuyo escenario y decoracion de cuya sala gast
cerca de cuarenta mil duros; y agregndose al erudito y estudioso galan
Pedro Mate,  la Antera y  la Joaquina Baus, heredera sta de los
papeles del teatro antiguo de la Rita Luna, y hermossima dama de _Lo
cierto por lo dudoso_, y  las dos Lamadrid, Brbara, ya acreditada,
y Teodora, esperanza justa del porvenir, junt una numerosa aunque
algo heterognea compaa, de la cual no supo sacar partido por
dejarse llevar de su vanidad personal y de las miserables rencillas de
bastidores, dividindola en dos y sacrificando una mitad en provecho de
la otra.

Pero es larga materia, y merece nmero aparte.




IX.


Hacia ya tres meses que habia abierto Lomba el teatro de la Cruz,
corregido y aumentado con un espacioso escenario y un nuevo telar que
permitian poner en escena las obras que ms aparato exigiesen; pero
como dueo de su caballo, se habia apeado por las orejas, y no habia
puesto ms que obras, en las cuales como en _El Cardenal y el judo_,
se habian gastado muchos dineros  cambio de algunos silbidos y del
desden y la ausencia del pblico. Julian y Matilde con su compaa
marchaban mintras viento en popa, llevndose con justicia su favor y
sus monedas al teatro del Prncipe. Lomba era un gracioso de buena
ley y un caracterstico de primer rden en especiales papeles; era uno
de los actores ms estudiosos y que ms han hecho olvidar sus defectos
fsicos con el estudio y la observacion. Su figura era un poco informe
por su ninguna esbeltez y flexibilidad; su fisonoma inmvil, de poca
expresion; y sus piernas un si es no es zambas; cualidades personales
que, en lo gracioso y lo caracterstico, le daban el sello especial del
talento, pues se veia que luchando consigo mismo de s mismo triunfaba;
pero le hacian desmerecer en los papeles y con los trajes de galan,
cuya categora tenia afan de asaltar, salindose de la suya, en la
cual algunas veces era una verdadera notabilidad: como en D. Frutos
de _El pelo de la dehesa_, en el Garabito de _La redoma encantada_ y
en el exclaustrado D. Gabriel de _Lo de arriba abajo_. En tal empeo,
y luchando desventajosamente con la competencia del Prncipe, lleg
Lomba en el teatro de la Cruz  las fiestas de Navidad, habiendo
agotado el bolsillo de Fagoaga y la paciencia del pblico.

Crlos Latorre y la parte de la compaa que en su gnero srio le
secundaba, apenas habia trabajado en unos cuantos dramas viejos, de
los cuales estaba ya el pblico hastiado; y si la obra que en Navidad
se estrenara no sacaba  flote la nave de la Cruz del bajo en que
Lomba la habia hecho encallar, tenia las noventa y nueve contra
las ciento de naufragar ntes de Reyes. Todos los autores de alguna
reputacion estaban con Romea: excepto yo, que tenia sealados, pero no
los cobraba, mil quinientos reales mensuales por no escribir para el
Prncipe, y la obligacion de presentar un drama en Setiembre y otro
en Enero. El 21 de Setiembre habia presentado la _Segunda parte del
Zapatero y el Rey_: lleg, empero, el 23 de Diciembre, y se puso en
escena, con grandes esperanzas, una _Degollacion de los inocentes_,
arreglada del francs, y en la cual haca Lomba el papel del _rey
Herodes_. Fagoaga habia consentido en suplir gastos y abonar sueldos
hasta la primera representacion de Noche-buena; pero los inocentes
fueron degollados en silencio en el acto segundo, en medio de cuya
degollina se present Lomba con el flotante manto y el tradicional
timbal de macarrones en la cabeza, con el que solian representar 
Herodes los pintores y escultores de imaginera de la Edad Media; y
el drama continu arrastrndose penosamente hasta su final entre los
aplausos de los amigos de la empresa,  quienes nos interesaba su
porvenir, y la hilaridad del pblico de Noche-buena, que tom en chunga
 Herodes y  sus nios descabezados.

Entnces record la empresa que yo habia cumplido mi contrato, y que
mi rey D. Pedro descansaba en el archivo, y pregunt si habria medio
de ponerle en escena con la rapidez que exigian las circunstancias, y
como tabla de salvacion del _Naufragio de la Medusa_, que habia tambien
naufragado ntes del degollador Tetrarca Hierosolimita.

El pintor-maquinista Aranda, que era amigo mio, habia armado y pintado
en ratos perdidos, y con _palitos y tronchitos_, como se dice en
lenguaje de bastidores, las decoraciones de mi drama: Latorre, Noren,
Mate y la Teodora habian estudiado sus papeles, por no tener cosa mejor
en que pasar su tiempo; de modo que con un poco de la buena voluntad 
que obliga la necesidad con su cara de hereje, el rey D. Pedro podia
presentarse al pblico con tres ensayos y el paso de papeles. Pero
habia la dificultad de que el papel del zapatero requeria un primer
actor, y Latorre y Mate se habian ya encargado de los del rey D. Pedro
y del infante Don Enrique. Yo me fu derecho  Lomba, por consejo de
Crlos Latorre, y le dije: que el papel de zapatero era el principal
del drama, puesto que se titulaba _El Zapatero y el Rey_, y no _El Rey
y el Zapatero_; que los maldicientes malquerientes de la empresa, y
nuestros enemigos naturales (que eran los del teatro del Prncipe),
decian que no se atreveria nunca  presentarse en escena con Crlos
Latorre, y que por eso habia dividido en dos la compaa; que yo habia
escrito el papel de Blas expresamente para l, y que finalmente, el
nico modo de salvar el teatro y mi pobre drama, que trs de tantos
tumbos y naufragios se iba  hacer  la mar, necesitaba al capitan del
buque para cuidar del timon.

Lomba,  vencido por mis razones,  viendo que el papel era de aplauso
seguro, aunque el drama no gustara, cay en el lazo, acept el papel,
se activaron los ensayos y lleg el momento de redactar el cartel.
Aqu era ella. Qu nombre iria en l delante? El de Crlos  el
suyo? Las vanidades del teatro son ms incapaces de transaccion que
las de D. Alvaro de Luna y del conde-duque de Olivares: Crlos cedi,
en obsequio  m; pero me costaba la transaccion ms tal vez de lo que
valia el drama: se me impuso la condicion de que habia de consentir que
se anunciase con mi nombre; cosa inusitada hasta entnces, y un muy
rara vez usada hoy en dia. Negume yo  semejante innovacion, alegando
que era un alarde de vanidad que iba  atraer indudablemente una silba
sobre mi obra, y que mi nombre puesto en los anuncios desde la primera
representacion, era un cartel de desafo, cuyo guante arrojaba la
empresa y cuyo campeon inmolado iba  ser el pobre autor en cuyo nombre
lo arrojaba. Sostuvo la empresa su opinion, alegando que, en el estado
en que se hallaba el teatro, slo mi nombre atraeria gente  la primera
representacion, y que era una falsa modestia el encubrir mi nombre,
porque  quin se podria ocultar que habria escrito la segunda parte
el mismo que habia escrito la primera? Yo, entre la espada y la pared,
pospuse mi derecho al bien de la empresa; y una maana apareci el
cartel anunciando la primera representacion de la _segunda parte_ de
_El Zapatero y el Rey_, por D. Jos Zorrilla: y el nombre del poeta
ms pequeo que habia en Espaa, apareci en las letras ms grandes que
en cartel de teatros hasta entnces se habian impreso.

Result lo que yo habia previsto: todos los poetas, periodistas
y escritores de Madrid,--excepto Hartzenbusch y Leopoldo Augusto
de Cueto, hoy marqus de Valmar, que me sostuvieron y ampararon
siempre, y el Curioso Parlante, que no s si habia ido ms que  la
inauguracion del teatro de la Cruz,--se dieron de ojo para preparar la
ms estrepitosa caida  mi forzada vanidad: las caas se me volvieron
lanzas, y mis mejores amigos tornaron la espalda al orgulloso chicuelo
que decia al firmar el cartel--aqu estoy yo!--fic Blas y punto
redondo.--Apech yo con la desventaja de la lucha y me resolv  morir
en brava lid, como el gladiador  quien decia digitum porgo el pueblo
de los circos de Roma. La empresa y los actores tomaron despechados 
pechos llevar el drama adelante, y la noche del ensayo general estaba
el teatro ms lleno que lo iba  estar la de la primera representacion.
Una multitud _de amigos_ fu  estudiar las situaciones dbiles, y las
escenas difciles y atacables de mi obra, para herirla  golpe seguro y
en sitio mortal.

Era esta una escena del acto tercero. Pedro Mate, actor cuidadoso,
idlatra de su arte y enamorado de mi drama por la amistad que me
tenia, se habia encargado del ingrato papel de D. Enrique; y encariado
con l se habia hecho, no solamente un costoso traje, sin una sombra
de fino alambre y bien engomada gasa, moldeada sobre su mismo cuerpo,
para que apareciese en el lugar en que mi acotacion la reclamaba.
Aquella sombra era una maravilla de trabajo y de parecido: era un
Pedro Mate, un infante D. Enrique flotante y transparente como una
aparicion de vapor ceniciento: era una sombra del rey bastardo de un
efecto maravilloso; pero cuanto ms ligera, fantstica y asombrosa
era aquella sombra, era tanto ms difcil de manejar. Puesto sobre el
fondo crdeno de la piedra de la torre de Montiel al lado de Mate, daba
frio y parecia fantasma desprendida del mismo D. Enrique; pero como
Mate la habia ideado y confeccionado sobre mi acotacion que dice: La
sombra de D. Enrique... _aparece en lo alto del torreon, bajando poco
 poco hasta colocarse en frente del rey_. Mate la habia registrado
en dos alambres paralelos en plano inclinado; pero por ms exactamente
paralelos y perfectamente aceitados que estuviesen, la figura de
gasa cabeceaba al moverse, y bajaba tambalendose como borracha,
convirtiendo la aparicion temerosa en ridculo maniqu. Aadile Mate
peso en la cabeza y pataleaba como un ahorcado; psosele  los pis
y cabezeaba como los gigantones de Brgos: cuanto ms ensaybamos la
presentacion de la sombra, ms mala sombra tenia para el drama y para
la empresa: y  las tres de la madrugada desocuparon los amigos y los
curiosos el teatro dicindonos: hasta maana.

Crlos Latorre, despues de arrancar de clera con las uas una media
caa dorada de la embocadura, se fu  su casa renegando de la
empresa, del drama, del autor y de la hora en que se ajust en aquel
desventurado teatro; y en l nos quedamos solos, Lomba pasendose por
detrs de los torreones de carton de Montiel, el maquinista Aranda por
delante con intenciones de quemarlos, el pintor Esquivel en una butaca
de proscenio hilvanando una retahila de interjecciones de Andaluca, y
yo respaldado en la embocadura sin poder digerir aquel hasta maana
con que los amigos me habian emplazado tan sin merecerlo.

Aranda, que como una zorra cogida en trampa, daba vueltas por el
proscenio, sin hallar salida para una idea en la confusion en que
sentia entrampado su pensamiento, trab un pi en un aparato de
quinqus, porttil, volclo rompiendo los tubos y vertiendo el aceite
sobre un forillo que por tierra estaba, y al mismo tiempo que solt
alto y redondo uno de los votos que Esquivel ensartaba por lo bajo, se
levant ste exclamando--ya est!--y trepando  la escena, empez 
extender el aceite por la tela del forrillo, mintras acudamos Lomba
y yo  ver el estropicio de Aranda y la untura que Esquivel seguia
dando al lienzo sin cesar de repetir: Ya est, hombres, ya est! De
repente comprendimos el ya est de Esquivel por lo que ste hizo;
tomme de la mano Lomba, y sacndome del teatro y dejando en l 
los dos pintores, nos despedimos todos hasta maana, y al cruzar
la plazuela de Santa Ana para irme con el alba que ya lucia,  mi
casa, nm. 5 de la plaza de Matute, lanc al aire con todo el de mis
pulmones, aquel hasta maana! que no habia podido digerir.




X.


Lleg, en fin, aquel maana, que en los teatros es siempre noche. El
despacho del de la Cruz estaba cerrado, porque todas sus localidades
estaban ya vendidas. El alumbrante habia ya encendido los quinqus
de los pasillos; los actores pedian ya luz para sus cuartos, y los
comparsas se probaban los arrequives que mejor convenian  sus tan
desconocidas como necesarias personalidades. Los comparsas son en
el teatro y en la poltica de Espaa lo ms arriesgado y difcil de
presentar.

Tenia yo por contrata el derecho de ocupar el palco bajo del proscenio
de la izquierda en todas las funciones, excepto en las de beneficio:
generosidad que hasta entnces no habia costado nada  la empresa,
porque apenas habia tenido diez entradas llenas, fuera de los estrenos:
mi familia entraba en el teatro por la plaza del Angel, y al palco
por el escenario; con cuya costumbre slo los actores me veian en el
teatro,  donde no iba yo nunca  hacerme ver, sino  estudiar desde el
fondo escondido del palco lo que en escena pasaba, y el trabajo de los
actores para quienes me habia comprometido  escribir. Aquella noche
ocup mi familia el palco cuando an estaba  oscuras la sala, dentro
de cuyo escenario por todas partes hacia miedo; yo sub al cuarto de
Crlos Latorre.

Estaba solo con Agustin, el ayuda de cmara que le vestia,  quien
hallo an en la portera de un teatro, y  quien doy la mano como si
fuera un antiguo camarada de glorias y fatigas: no h muchas semanas
me hizo venir las lgrimas  los ojos recordando  su amo  quien
adoraba; y eso que dice el refran que no hay hombre grande para su
ayuda de cmara, pero este refran es francs, y en Espaa falso por
consiguiente. Crlos se vestia cabizbajo, y la primera palabra que me
dijo: fu tengo miedo.--Yo le tengo siempre, le contest; aunque
nunca lo manifiesto.--Y yo que le esperaba  V. para que me diera
valor! repuso:  lo cual, cerrando la puerta y mandando al ayuda de
cmara que no dejara entrar  nadie, le dije: Hablemos cuatro minutos:
y si despues de lo que le diga no se siente V. con ms valor que
Paredes en Cerignola, no ser por culpa mia.

Crlos era un hombron de cerca de seis pis de estatura y podia
tenerme en sus rodillas como  una criatura de seis aos. Habia
conocido  mi padre, superintendente general de polica; le habia
debido algunas atenciones en los difciles tiempos en que mandaba en
Madrid y presidia los teatros; le habia Crlos prestado armas y trajes
para que yo hiciera comedias en el Seminario de Nobles, y habia yo
empezado  declamar tomando  ste por modelo: pero por una de esas
revoluciones naturales en el progreso del tiempo, habame ste colocado
en la situacion de tenerle que hacer observaciones y darle consejos;
que, en honor de la verdad, escuch y sigui con la conviccion de
que eran dados con la ms sincera franqueza y la ms fraternal buena
f. Durante dos semanas nos habamos encerrado en su estudio, l y
yo slos, y all me habia hecho leerle y releerle su papel y decirle
sobre su desempeo todo cuanto pudo ocurrrseme. l, el primer trgico
de Espaa, sin sucesor todava, la primera reputacion en la escena,
escuch con atencion mis reflexiones y se convenci por ellas de que
su aversion  los versos octoslabos y al gnero de nuestro teatro
antiguo era injusta: de que su declamacion de los endecaslabos del
Edipo conservaba an cierto dejo francs, que slo le haria perder
la recitacion de los versos de arte menor, y de que las redondillas
de mi rey D. Pedro, escritas por un lector y teniendo los alientos
estudiadamente colocados para que el actor aprovechara sin fatiga los
efectos de sus palabras, le debian de presentar ante el pblico, bajo
una nueva faz y como un actor nuevo en el teatro Espaol, sin las
reminiscencias del francs, que era el nico defecto que el pblico
alguna vez le encontraba. Todo esto habia yo dicho  mis veinticuatro
aos  aquel coloso de nuestra escena, que iba  presentarse aquella
noche en el papel del rey D. Pedro, transformado en otro actor
diferente del hasta entnces conocido por gracia y poder de un
muchachuelo atrabiliario, que se habia atrevido  decir la verdad  un
hombre de verdadero talento y de verdadera conciencia artstica.

Cuando aquel gigante se qued solo en su cuarto con aquel chico, h
aqu lo que ste le dijo  aquel:

Dice el vulgo, mi querido Crlos, que este teatro es un panteon donde
Lomba ha reunido una coleccion de mmias, que un chico loco est
empeado en galvanizar. Usted es una de estas supuestas mmias, y yo
el loco galvanizador; pero yo, que le quiero  V. con toda mi alma,
y que espero que su voz de V. llegue con las palabras de mi rey D.
Pedro hasta los oidos de mi padre, emigrado en Burdeos, necesito que
resucite usted, aunque me deje en la oscuridad de la fosa de que usted
se alce. Jugamos esta noche V. y yo el todo por el todo; pero, aunque
se hundan el autor y el drama, es forzoso que el actor se levante;
nuestro pblico tiene an en s el grmen del entusiasmo revolucionario
de la poca, y el personaje que va V.  representar ser siempre
popular en Espaa. Vamos  tener adems un poderoso auxiliar en Mr. de
Salvandy, el embajador francs, que ha pedido ya sus pasaportes y un
palco para asistir inconsciente  la representacion; ya ver usted
la que se arma cuando salga Beltran Claquin.--Crlos Latorre brinc,
oyendo esto, de la silla en que estaba sentado, y yo segu dicindole:
con que haga usted cuenta que representa V.  Sanson, y asegrese
bien de las columnas; aunque no le darn  V. tiempo de derribar el
templo.--Mucho me temo que me le den, me dijo no muy confortado por
mis palabras.--Qu diablos! repuse yo, si se le dan  V. sepltese con
todos los filisteos. Yo me voy  mi palco.--Pero, y la sombra, que
ni siquiera he visto? me dijo vindome tomar la puerta.--Fese V. en
Aranda, que tiene ya luz con que producirla, le respond, escapndome
por el escenario.

Cuando entr en mi proscenio, ya habia empezado la sinfona y el teatro
estaba lleno. Nunca he tenido ms miedo, ni ms resolucion de provocar
 la fortuna. A los tres cuartos para las nueve se alz el telon; el
frio del escenario entr en mi palco, sin que yo le dejara entrar en mi
corazon. Se oy el primer acto en el ms sepulcral silencio; cay el
telon sin un aplauso, pero yo conoc que la impresion que dejaba no me
era desfavorable.

Crlos comprendi que necesitaba todo su bro y su talento para
atraerse  un pblico tan mal prevenido, y al levantarse el telon
para el acto segundo, encabez su papel con uno de esos pormenores
que slo saben dar  los suyos los cmicos como Crlos Latorre. El
rey don Pedro se presenta de incgnito en el primer acto de mi obra:
al presentarse Crlos en el segundo, present la figura del rey como
un modelo de estatuaria; apoyado el brazo izquierdo en el respaldo
de su sillon blasonado de castillos y leones, y el derecho en una
enorme espada de dos manos. Vestia un jubon grana con dos leones y dos
castillos cruzados, bordados en el pecho; un calzon de pi, anteado y
ajustado, sin una arruga, borcegues grana bordados y con acicates de
oro, y gola y puos de encaje blancos; tocando su cabeza con un ancho
aro de metal, que as podia tomarse por birrete como por corona; de
debajo de la cual, asomando sobre la frente el pelo cortado en redondo
y cayendo por ambos lados las dos guedejas rubias, encuadraban un
rostro copiado del busto del sepulcro del rey D. Pedro en Santo Domingo
el Real. Era Crlos Latorre un hombre de notables proporciones y
correccion de formas: sus piernas y sus brazos, clsicamente modelados,
daban movimiento  su figura con la regularidad acadmica de las de
los relieves y modelos de la estatuaria griega: siempre sobre s, en
reposo y en movimiento, estaba siempre en escena; y ni el aplauso ni
la desaprobacion le hacian jams salirse del cuadro ni descomponerse
en l. Al empezar el acto segundo, su figura semi-colosal, vestida
de ante y de grana, se destacaba sobre el fondo pardo de un telon
que representaba un muro de vieja fbrica, reposando perfectamente
sobre su centro de gravedad, ligeramente escorzada y en actitud tan
intachable como natural; y as permaneci inmvil, hasta que el pblico
aplaudi tan bello recuerdo plstico del rey caballero  quien iba 
representar; y no rompi  hablar hasta que el general aplauso espir
en el silencio de la atencion: parecia que all comenzaba el drama. El
gigante habia tenido en cuenta el consejo del muchacho pigmeo, y el
actor habia ganado para s al pblico que tan hosco se mostraba con el
autor.

En la escena endecaslaba con Juan Pascual despleg Crlos todas sus
poderosas facultades orales y toda la clsica maestra de su dominio
de la escena; la cual estaba estudiada con tan minucioso cuidado, que
tenian marcado su sitio los pis de los comparsas, los de Juan Pascual
y los suyos para la escena penltima; y al decir al conspirador que si
el cielo se desplomara sobre su cabeza le veria caer sin inclinarla,
rugi como un leon estremeciendo al auditorio; y al barrer, despues de
un gallardsimo molinete de su tremendo mandoble, las once espadas de
los conjurados, al tiempo que el antiguo zapatero Blas abria tras l
la puerta de salvacion, el pblico entero se levant en pr del rey
que tan bien se servia de sus armas, y aplaudi entusiasta la promesa
de su vuelta para el acto siguiente. El actor habia ganado la primera
jugada de una partida de tres. El rey habia derrotado el ala derecha
del enemigo: el pblico no habia visto jams un combate tan bien
ensayado en los teatros de Madrid, y pedia el autor! que no parecia.
Alzse el telon sobre Crlos Latorre; y cuando ste, dirigiendo la
vista  mi palco me dirigia una mirada de indefinible satisfaccion,
esperando que yo saltase  la escena para compartir con l un triunfo
que era solamente suyo, oy con asombro  Felipe Reyes, _autor de la
compaa_, decir: Seores, el nombre del autor est en el cartel y el
Sr. Zorrilla en su palco; pero suplica al pblico que no insista en su
presentacion, porque tiene mucho miedo al tercer acto.

El pblico de entnces entraba en el teatro  ver la representacion
y se embebecia con lo que en ella pasaba; entendi que mi miedo era
natural y no insisti en llamar al autor; pero continu aplaudiendo,
ayudado de _mis amigos_ que me tenian aplazado y me esperaban en el
acto tercero.

Levantse el telon para ste. Era la primera vez que se veia la escena
sin bastidores: Aranda, malogrado  incomparable escengrafo, present
la terraza de la torre de Montiel dos pis mas alta que el nivel
del escenario; de modo que parecia que los cuatro torreones que la
flanqueaban surgian verdaderamente del foso, y que los personajes se
asomaban  las almenas; desde las cuales se veian en magistralmente
calculada perspectiva las blancas y diminutas tiendas del lejano
campamento del Bastardo, destacndose todo sobre un telon circular
de cielo y veladuras cenicientas, representacion admirable de la
atmsfera nebulosa de una noche de luna de invierno. El pendon morado
de Castilla, clavado en medio de la terraza en un pedestal de piedra,
se mecia por dos hilos imperceptibles, como si el aire lo agitra, y
el aire entraba verdaderamente en la sala por el escenario, desmontado
y abierto hasta la plaza del Angel. La silueta fina de la Teodora,
cuya pequea y graciosa cabeza, tocada con sus ricas trenzas negras,
se dibujaba sobre el blanquecino celaje, animaba aquel cuadro sombro,
cuya ilusion era completa. Crlos y Lumbreras yacian absortos en
profunda meditacion en los dos ngulos del fondo, de espaldas al
pblico, que aplaudi largo rato, y el pintor continuaba el triunfo
del actor. Teodora di  sus breves escenas una melancola tan
potica, Lomba al suyo una resignacion tan adustamente resuelta, y
prepararon tan maestramente la escena fantstica del fatalismo bajo el
cual se iba  presentar el rey D. Pedro, que cuando ste se levant,
el pblico estaba profundamente identificado con aquella absurda
y fantstica situacion. Oyse en silencio todo el acto; colocse
Lumbreras (Men-Rodriguez de Sanbria) sobre el torreon del fondo de
la izquierda, y sali el rey con la lmpara del judo. Crlos, al
colocarla sobre el pedestal, me ech una mirada que queria decir: Y la
sombra! Yo permanec impasible para no turbarle, y empez su monlogo
con el temblor del miedo que tenia  la sombra, y que hizo, por lo
mismo que era un miedo real, un efecto maravillosamente pavoroso en
los espectadores. _Brot la llama!_ dijo el rey D. Pedro, y apareci
detrs de l, cenicienta, callada  inmoble, la sombra transparente de
D. Enrique sobre el oscuro torreon: asombrse Crlos de verla tan al
contrario de como la esperaba; identificse con su papel, crecindose
hasta la fiebre que se llama inspiracion: y cmo dijo aquel actor
aquellas palabras, cmo solt aquella carcajada histrica y cmo cay
rindose y extremeciendo al pblico de miedo y de placer, ni yo puedo
decirlo, ni concebirlo nadie que no lo haya visto.

El pblico y el huracan entraron en el teatro: mis amigos ahullaban
de placer de haber sido vencidos; Aranda y Crlos Latorre habian
convertido en xito colosal el atrevido desatino de un muchacho, y la
empresa habia parado con l  la fortuna en el despacho de billetes
de su arrinconado teatro. Cuando Lumbreras anunci _el farol!_ y
se apercibi ste del tamao de una nuez sobre la mirmidnica tienda
de Duglesquin, ya nadie escuch la salida del rey. Crlos, rendido y
anheloso, volvi  la escena con Teodora, Noren y Lumbreras  recibir
los aplausos del pblico,  cuyos gritos de el autor! volvi 
presentarse Felipe Reyes y  decir medio espantado: que yo tenia ms
miedo al cuarto acto que al tercero.

El por entnces teniente coronel Juan Prim, que no me conocia ms
que por haberme encontrado vrias veces en el tiro de pistola, y que
se habia apercibido del elemento hostil que yo tenia en la sala,
aplaudia de pi en su luneta, dispuesto  sostenerme  todo trance,
comprendiendo todo el riesgo de mi negativa.

Crlos me envi  decir que no estirase tanto la cuerda que la
rompiese. Yo habia ensayado mi obra  conciencia: sabia cmo iban
 hacer la escena de la tienda Crlos y Mate, y fiaba adems en la
presencia del embajador francs en la de D. Pedro con Beltran de
Claquin. Esper, pues, el acto cuarto sin moverme del fondo de mi
proscenio, y mi clculo no sali fallido.

La tienda del acto cuarto estaba tan bien preparada por Aranda como la
torre de Montiel: Crlos dijo sus redondillas  los franceses con un
bro tan despechado, hizo una transicion tan maestra como inesperada en
la que empieza _s_, _si vosotros, seores_,  hicieron por fin la suya
l y Mate con tal verdad, que slo pudo serlo ms la realidad de la de
Montiel.

Al cerrarse la tienda sobre la lucha de los dos hermanos, el pblico
qued en el mas profundo silencio; pero la salida de Mate plido, sin
casco, desgreado y saltadas las hebillas de la armadura, arranc
un aplauso igual al de la presentacion del rey D. Pedro en el acto
segundo. Mate, casi tan alto como Crlos, pero flaco y herido de la
tsis de que muri, se present trmulo del cansancio y del miedo de
la lucha, recordando la siniestra fantasma aparecida en el torreon, y
di  su papel una poesa y unos tamaos que no habia sabido darle el
autor. Cuando l concluia su parlamento, cubria yo con mi capa y su
manto  Crlos Latorre; que, tendido en la tienda, esperaba jadeante
de cansancio y de emocion  que el infante mostrase  Blas Perez su
cadver. Cuando nos presentamos todos al pblico, me tenia de la mano
como con unas tenazas: y cuando caido el telon por ltima vez, me cogi
en brazos para besarme, cre que me deshaca al decirme las nicas
y curiosas palabras con que acert  expresarme su pensamiento, que
fueron: diablo de chiquitin! y me dej en tierra.

As se ensay y se puso en escena la segunda parte de _El Zapatero
y el Rey_, el ao 41  42, no lo recuerdo con exactitud: tal era la
fraternidad que entnces reinaba entre autores y actores; tal era
el cario y entusiasmo del pblico por los de entnces, y tan poco
consistentes sus ojerizas y enemistades, que el menor xito las vencia,
y el soplo vital de la lealtad las disipaba.

Un pormenor digno de no ser olvidado. Llevaba ya _El Zapatero y el Rey_
treinta y tantas representaciones que habian producido sobre veinte mil
duros, estaban ya pagados hasta los espabiladores, y aun no le habia
ocurrido  la empresa que me debia seis meses de sueldo y el precio del
drama con que se habia salvado. Siempre en Espaa ha sido considerado
el trabajo del ingenio como la hacienda del perdido y la tnica de
Cristo, de las cuales todo el mundo tiene derecho  hacer tiras y
capirotes.

Hasta que el viejo juez Valdeosera se present una noche  intervenir
la entrada, no cayeron en la cuenta Salas y Lomba de que no podamos
los poetas vivir del aire, y se apresuraron  darme paga cumplida con
intereses y sincera satisfaccion, y era que realmente, con la ms
cndida impremeditacion, se habian olvidado recogiendo los huevos de
oro del que les habia traido la gallina que los ponia.




XI.

_De cmo se escribieron y representaron algunas de mis obras
dramticas._

SANCHO GARCA.--EL CABALLO DEL REY DON SANCHO.


Continuaba la competencia de los teatros del Prncipe y de la Cruz,
dirigidos por Romea y Lomba, y continuaba yo comprometido  escribir
slo para el de la Cruz, mintras en su compaa conservara su
empresario  Crlos Latorre y  Brbara Lamadrid; yo era, pues, el
nico poeta que no ponia los pis en el saloncito de Julian Romea,
porque yo no he vuelto jams la cara  lo que una vez he dado la
espalda. No era yo, empero, un enemigo de quien se pudieran temer
traiciones ni bastardas; es decir, guerra baja ni encubierta de
crticas acerbas y de intrigas de bastidores: yo tenia mi entrada en
el Prncipe,  cuyas lunetas iba  aplaudir  Julian y  Matilde, pero
no escribia para ellos; era su amigo personal y su enemigo artstico;
era el aliado leal de Lomba, y le ayudaba  dar sus batallas llevando
 mi lado  Brbara Lamadrid y  Crlos Latorre, con cuyos dos atletas
le d algunas victorias no muy fcilmente conseguidas, algunos puados
de duros y algunas noches de sueo tranquilo. Pero la lucha era tan
ruda como continuada: dur cinco aos. En ellos nos di Hartzenbusch
su _D. Alfonso el Casto_ y su _Doa Menca_, una porcion de primorosos
juguetes en prosa y verso, y las dos mgias _La redoma_ y_ Los polvos_:
dinos Garca Gutierrez el _Simon Bocanegra_, que vale mucho ms
de lo en que se le aprecia, y defendi su teatro el mismo Lomba,
metindose  autor con el arreglo de _Lo de arriba abajo_, que alcanz
un xito fabuloso. Tenamos adems unos auxiliares asduos en Doncel
y Valladares, que escribian  destajo para la actriz ms preciosa
y simptica que en muchos aos se ha presentado en las tablas: la
Juanita Perez, quien con Guzman en _No ms muchachos_ y en _El pilluelo
de Pars_, habia hecho las delicias del pblico desde muy nia. La
Juana Perez era de tan pequea como proporcionada personalidad; con
una cabeza jugosa, rica en cabellos, de contornos pursimos, de
facciones menudas y mviles y ojos vivsimos; su voz y su sonrisa
eran encantadoras, y se sostenia por un prodigio de equilibrio en dos
pis de inconcebible pequeez, sirvindose de dos tan flexibles como
diminutas manos. Cantaba muy decorosa y seorilmente unas canciones
picarescas que rebosaban malicia; y vestida de muchacho hacia reir
hasta  los mascarones dorados de la embocadura, y hubiera sido capaz
de hacer condenarse  la ms austera comunidad de cartujos.

La Juana Perez, cuya gracia infantil prolong en ella el juvenil
atractivo hasta la edad madura, no pas jams en las tablas de los diez
y siete aos; y fu, mintras las pis, el encanto y la desesperacion
del sexo feo de aquel tiempo, que la vi pasar ante sus ojos como
la _fe aux miettes_ del cuento de Charles Nodier. Auxilironnos
poderosamente el primer ao las dos esplndidas figuras de las hermanas
Baus, Teresa y Joaquina; madre esta ltima de nuestro primer dramtico
moderno Tamayo y Baus, y heredera y continuadora de la buena tradicion
del teatro antiguo de Mayquez y Carretero. Pero ni la tenacidad
atrevida de Lomba, ni el talisman de la gracia de la Juana Perez,
ni nuestra avanzada de buenas mozas como las Baus, y la retaguardia
de buenas actrices como la Brbara, la Teodora y la Sampelayo, nos
bastaban para contrarestar la insolente fortuna de Julian Romea, la
justa y creciente boga de Matilde, que hechizaba  los espectadores,
y la infatigable fecundidad de Ventura de la Vega, que les daba cada
quince dias, convertido en juguete valioso  en ingeniossima comedia,
un miserable engendro francs; en cuyo arreglo desperdiciaba cien
veces ms talento del que hubiera necesitado para crear diez piezas
originales. Julian y Matilde contaban sus quincenas por triunfos, y
 los de _La rueda de la fortuna_, de Rub, al _Murete y vers_ y 
las trescientas obras de Breton, y  _Otra casa con dos puertas_, de
Ventura, no tenamos nosotros que oponer ms que las repeticiones del
_D. Alfonso el Casto_, _Simon Bocanegra_ y _D. Menca_, y las mgias
de Hartzenbusch, con los arreglos de dramas de espectculo que se
elaboraba Lomba, asociado  Tirado y Coll,  impelidos los tres por el
fecundsimo Olona.

Mi _Rey D. Pedro_, mi _Sancho Garca_, mi _Excomulgado_, mi
_Mejor razon la espada_, mi _Rey loco_ y mi _Alcalde Ronquillo_,
contribuyeron  nuestro sostn, gracias al concienzudo estudio, 
la inusitada perfeccion de detalles y  la perptua atencion con
que me los representaban Crlos Latorre y Brbara Lamadrid; quienes
encariados con el muchacho desatalentado que para ellos los escribia,
considerndole como  un hijo mal criado  quien se le mima por sus
mismas calaveradas y  quien se adora por las pesadumbres que nos
da, me sufrian mis exigencias, se amoldaban  mis caprichos y se
doblegaban  mi voluntad, de modo, que en la representacion de mis
obras no parecian los mismos que en las de los dems, y los dems se
quejaban de ellos, y con razon; pero no habia culpa en nadie. Crlos
Latorre habia conocido  mi padre,  quien debi atenciones extraas
 aquella _ominosa dcada_; Crlos Latorre, de estatura y fuerzas
colosales, me sentaba  veces en sus rodillas como  sus propios
hijos, y me preguntaba cmo yo habia imaginado tal  cual escena que
para l acababa yo de escribir: l me contradecia con su experiencia
y me revelaba los secretos de su personalidad en la escena, y daba
forma prctica y plstica  la informe poesa de mis fantsticas
concepciones: estudibamos ambos, l en m y yo en l los papeles, en
los cuales identificbamos los dos distintos talentos, con los cuales
nos habia dotado  ambos la naturaleza, y... no necesito decir ms para
que se comprenda cmo hacia Crlos mis obras, como un padre las de su
hijo; yo era todo para el actor, y el actor era todo para m.

Con Brbara Lamadrid, mujer y mujer honestsima  intachable, mi papel
era ms difcil, mi amistad y mi intimidad necesitaban otras formas;
pero, actriz adherida  Crlos, compaera obligada en la escena de
aquella figura colosal, _dama_ imprescindible de aquel _galan_ en mis
dramas, necesitaba el mismo estudio, la misma inoculacion de mis ideas
innovadoras y revolucionarias en el teatro, y yo la trataba como  una
hermana menor,  quien unas veces se la acaricia y otras se la rie;
yo la decia sin reparo cuanto se me ocurria; la hacia repetir diez
veces una misma cosa, no la dejaba pasar la ms mnima negligencia,
la ensayaba sus papeles como  una chiquilla de primer ao de
Conservatorio; y  veces se enojaba conmigo como si verdaderamente lo
fuese, hasta llorar como una chiquilla, y  veces me obedecia resignada
como  un loco  quien se obedece por compasion; pero convencida al
fin de mi sinceridad, del respeto que su talento me inspiraba, y de
la seguridad con que contaba yo siempre con ella para el xito de mis
obras, hacia en ellas lo que en _Sancho Garca_, lo que es lamentable
que no pueda quedar estereotipado para ser comprendido por los que no
lo ven. Desventura inmensa del actor cuyo trabajo se pierde con el
ruido de su voz y desaparece trs del telon!

En la escena con Hissem y el judo revel la fascinacion que la
supersticion ejercia en el alma enamorada de la mujer; tradujo tan
vigorosamente el poder de una pasion tarda en una mujer adulta, que
traspas al pblico la fascinacion del personaje, suprema prueba del
talento de una actriz. En las escenas sexta y stima del acto tercero
se hizo escuchar con una atencion que sofocaba al espectador, que
no queria ni respirar. Brbara tenia mucho miedo al monlogo: en el
segundo entreacto me habia suplicado que se le aligerara, y Crlos
y yo no habamos querido: Brbara acometi su monlogo desesperada,
conducida por delante por el inteligente apuntador, y acosada por su
izquierda por m que estaba dentro de la embocadura, en el palco bajo
del proscenio. Crlos y yo la habamos dicho que si no arrancaba tres
aplausos nutridos en el monlogo, la declararamos intil para nuestras
obras; y comenz con un temblor casi convulsivo, y lleg en el ms
profundo silencio hasta el verso vigsimo cuarto; pero en los cuatro
siguientes, al expresar la lucha del amor de madre con el amor de la
mujer, y al decir

    Hijo mio... ay de m! me acuerdo tarde,

hizo una transicion tan magistral, bajando una octava entera despues
de un grito desgarrador, que el pblico estall en un aplauso que
extremeci el coliseo. Crecise con l la actriz; entr en la fiebre
de la inspiracion; hizo lo imposible de relatar; y cuando exclam
concluyendo, con el acento profundo y las cncavas inflexiones del de
la ms criminal desesperacion,

    para uno de los dos guarda esa copa,
    de la callada eternidad la llave!

qued Brbara inmvil, trmula, inconsciente de lo que habia hecho,
ajena y sin corresponder con la ms mnima inclinacion de cabeza 
los aplausos frenticos, que tuvo que interrumpir Crlos Latorre
presentndose  continuar la representacion, sacando  Brbara de su
absorcion con el Madre mia! de su salida.

As hacian Crlos y Brbara _Sancho Garca_. An vive: pregntenselo
mis lectores  Brbara, y que diga ella cuntos malos ratos la d
con el ensayo y cuntas noches insomnes la hice pasar con el estudio
de mis papeles; cuntas lgrimas la hice derramar y cuntas veces la
hice detestar su suerte de actriz; pero que diga tambien si tuvo nunca
amigo ms leal ni aplausos y ovaciones como las de mi _Sancho Garca_.
Hoy siento orgullo con tal recuerdo, y me congratulo de poderla dar
este testimonio de mi gratitud treinta y ocho aos despues de aquella
representacion.

Lomba, por su parte, lo invent y lo intent todo en aquellos cuatro
aos para sostener nuestro teatro de la Cruz enfrente del afortunado
del Prncipe. A su iniciativa se debi que Basili, Salas, Ojeda y
Azcona echaran los fundamentos de la Zarzuela con la escena de _La
pendencia_ y _El sacristan de San Lorenzo_, y otras parodias de
_Norma_, _Luca_ y _Lucrecia_, en las cuales despunt Caltaazor, y
concluy por presentar _La lmpara maravillosa_, baile maravillosamente
decorado por Aranda y Avrial, ejecutado por la familia Bartholomin,
cuya primera pareja, Bartholomin-Montplaisir, fu reforzada con un
cuerpo de baile de andaluzas y aragonesas; de cuyos cuerpos se han
perdido los moldes, y de cuyas modeladuras no quiero acordarme, por
no quitar tres meses de sueo  los que no las vieron con aquellos
vestidos, que no eran ms que un pretesto para salir en cueros.

En el verano del 40  del 41, ntes de que estas hures hicieran un
infierno del teatro de la Cruz, reclam Lomba de m una comedia de
espectculo, en ausencia de Crlos Latorre, que veraneaba por las
provincias. Los actores srios y jvenes se habian ido con Crlos, y el
trabajo cmico de Lomba, no acomodndose con el mio patibulario, no
sabia yo cmo salir de aquel compromiso ineludible, segun mi contrato
con la empresa. Apurbame Lomba, y devanbame yo los sesos trs del
argumento por l pedido, sin que l aflojara un punto en su demanda y
sin que yo me atreviera  decirle que no ramos el uno para el otro.
Acosbale  l tal vez la secreta comezon de abordar el drama en
ausencia de Crlos, y pesbame  m tener que escribir para otro que
no fuera aquel nico modelo del galan clsico del drama romntico;
costaba mucho  mi lealtad lo que tal vez podia parecer una traicion
 Crlos Latorre, y Dios me perdone mi mal juicio! pero tengo para m
que Lomba tenia la mala intencion de hacrmela cometer. Impacientbase
Lomba y desesperbame yo de no dar con un asunto  propsito, lo que
ya le parecia, vista mi anterior fecundidad, no querer escribir para
l, cuando una tarde, obligado  trabajar un caballo que yo tenia
entablado hacia ya muchos dias, salia yo en l por la calle del Bao
para bajar al Prado por la Carrera de San Jernimo. Era el caballo
regalo de un mi pariente, Protasio Zorrilla, y andaluz, de la ganadera
de Mazpule, negro, de grande alzada, muy ancho de encuentros, muy
engallado y rico de cabos, y llevbale yo con mucho cuidado, mintras
por el empedrado marchaba, por temor de que se me alborotase. Cabeceaba
y braceaba el animal contentsimo de respirar el aire libre, cuando, al
doblar la esquina, o exclamar  uno de tres chulos que se pararon 
contemplar mi cabalgadura: Pues mi t que es idea dejar  un animal
tan hermoso andar sin ginete.

La verdad era que siendo yo tan pequeo, no pasaban mis pis del
vientre del caballo; y visto de frente, no se veia mi persona detrs
de su engallada cabeza y de sus ondosas y abundantes crines. Por mas
que fuera poco halagea para mi amor propio la chusca observacion de
aquellos manolos, el de montar tan hermosa bestia me hizo dar en la
vanidad de lucirla sobre la escena, y ocurrrseme la idea de escribir
para ello mi comedia _El caballo del rey D. Sancho_. Rumi el asunto
durante mi paseo, registr la historia del Padre Mariana de vuelta 
mi casa, y fume  las nueve  proponer  Lomba el argumento de mi
comedia, advirtindole que debia de concluir en un torneo, en cuyo
palenque debia l de presentarse armado de punta en blanco, ginete
sobre mi andaluz caparazonado y enfrontalado.

Acept la idea de la comedia, plgole la del torneo final y halagle
la de ser en l ginete y vencedor. Puse manos  mi obra aquella misma
noche, y dla completa en veinte y dos dias. El seor duque de Osuna,
hermano y antecesor del actual,  quien me present y cuya benevolencia
me gan el conde de las Navas, puso  mi disposicion su armera, de la
cual tom cuantos arneses y armas necesit para el torneo de mi drama,
cuya ltima decoracion del palenque trs de la tienda real mont Aranda
con un lujo y una novedad inusitadas.

Passe de papeles mi drama; ensayse cuidadosamente y conforme  un
guion, que los directores de escena hacen hoy muy mal en no hacer, y
lleg el momento de ensear su papel  mi caballo. Metle yo mismo una
maana por la puerta de la plaza del Angel, desde la cual subian los
carros de decoraciones y trastos por una suave y slida rampa hasta el
escenario: subi tranquilo el animal por aquella, pero al pisar aqul,
comenz  encapotarse y  bufar receloso, y al dar luz  la batera
del proscenio, no hubo modo de sujetarle y mnos de encubertarle con
el caparazon de acero. Lomba anunci que ni el Sursum-Corda le haria
montar jams tan rebelde bestia, y estbamos  punto de desistir de la
representacion, cuando el buen doctor Avils nos ofreci un caballo
isabelino, de tan soberbia estampa como extraordinaria docilidad, que
aguant la armadura de guerra, la batera de luces y en sus lomos 
Lomba, que no era, sea dicho en paz, un muy gallardo ginete.

La primera representacion de este drama fu tal vez la ms perfecta
que tuvo lugar en aquel teatro: Lomba se creci hasta lo increible: 
hizo, como director de escena, el prodigio de presentar trescientos
comparsas tan bien ensayados y unidos, que se hicieron aplaudir en un
palenque de inesperado efecto; y Brbara Lamadrid, para quien fueron
los honores de la noche, llev  cabo su papel con una lgica, una
dignidad tales, que al perdonar al pueblo desde la hoguera y  su hijo
en el final, oy en la sala los ms justos y nutridos aplausos que
habian atronado la del teatro de la Cruz.

Pero aquel drama no pudo quedar de repertorio; hubo que devolver las
armaduras al seor duque de Osuna y el caballo al doctor Avils, y...
ni mereci los honores de la crtica, ni ningun empresario se ha vuelto
 acordar de l, ni yo, que de l me acuerdo en este artculo, recuerdo
ya lo que en l pasa. En cambio, al fin de aquel mismo ao se escribi
otro que todo el mundo conoce, que no hay aficionado que no haya hecho
con gusto y aplauso, de cuyo orgen se han propalado las ms absurdas
suposiciones, que me ha valido tanta fama como al mismo _D. Juan
Tenorio_, y en cuya representacion no han dado jams pi con bola ms
que los tres actores que, bajo mi direccion, lo estrenaron: Latorre,
Pizarroso y Lumbreras; hablo de _El pual del godo_, del cual me voy 
ocupar en el siguiente nmero.




XII.

EL PUAL DEL GODO.


I.

Acababa de estrenarse Sancho Garca y espiraba el tercero dia de
Diciembre de 1842. Trabajaba yo aprovechando la luz que comenzaba 
cambiarse en crepsculo, cuando un avisador del teatro me trajo un
billete de Lomba, en el cual me suplicaba que no dejara de ir  la
representacion de aquella noche, porque deseaba tener conmigo una
entrevista de diez minutos.

Ya Lomba,  imitacion de Romea, tenia una antecmara en la cual se
reunian sus autores favoritos y sus amigos ntimos, como los de Julian
en el saloncito del teatro del Prncipe. De aquel venian algunos
que escribian para ambos teatros, y que como Hartzenbusch y Garca
Gutierrez no formaban pandillaje; porque su talento, formalidad y
reputacion, les habian ya colocado muy encima de todo mezquino espritu
de partido. Yo no iba nunca al saloncito del Prncipe  iba poco 
la antecmara de Lomba, pero asistia contnuamente  mi palco de
proscenio para estudiar mis actores, y bajaba en los entreactos 
saludar  Crlos Latorre y  la Brbara, las noches que trabajaban.
Aquella era de Lomba; en el primer entreacto me aboqu con l en su
cuarto y trabamos inmediatamente conversacion, presentes Hartzenbusch,
Toms Rub, Isidoro Gil y no recuerdo quines ms. H aqu en resmen
nuestro dilogo:

_Lomba._--La empresa espera de V. un sealado servicio.

_Yo._--Debo servirla segun mi contrato y segun mis fuerzas.

_Lomba._--Sabe V. que es costumbre que las funciones de Noche-Buena
sean beneficio de la compaa, repartindose sus productos  prorrata
entre todos sus actores y empleados segun su clase.

Aguc yo el oido sintiendo abrir una trampa en la que se trataba de
hacerme caer, y continu Lomba dicindome:

Sabe V. que Crlos Latorre no toma nunca parte en las funciones de
Navidad, so pretesto de que en el gnero cmico de estas alegres
representaciones no cabe el suyo trgico; de modo que cobra y se pasea
desde Navidad  Reyes. Queremos que comparta este ao con nosotros el
trabajo de tales dias, y no hay ms que un medio con el cual se avenga,
y es, que se le escriba una pieza nueva, y la empresa ha pensado en V.

_Yo._--Estamos  13, y por breve que sea el trabajo...

_Lomba._--Deberia estar concluido el 17; copiado y repartido, el 18;
estudiado, el 19 y el 20; ensayado el 21 y 22, y representado el 24.

_Yo._--Imposible: me faltan tres escenas y copiar el tercer acto de la
segunda obra, que debo entregar  ustedes ntes de ao nuevo; si la
interrumpo no la concluyo; no puedo, pues, ocuparme de nada ms hasta
el 17, y ya no es tiempo.

_Lomba._--No quiere V. servir  la empresa por no contrariar  su
amigo.--(Lomba partia siempre del principio de que yo era mejor amigo
de Crlos que suyo.)

_Yo._--Mi obligacion es primero que mi amistad.

_Lomba._--Su excusa de V. nos prueba lo contrario.

_Yo._--Voy  hacer  V. una propuesta que le asegure de mi buena
f. Concluir mi trabajo el 16: en su noche volver aqu; y si para
entnces el Sr. Hartzenbusch se ocupa de encontrarme un argumento para
un drama en un acto, yo me comprometo  escribirlo el 17 y presentarlo
el 18.

_Lomba._--Propuesta evasiva: con decir que el argumento que  V. se le
d no es de su gusto....

_Yo._--El Sr. Hartzenbusch sabe el respeto en que le tengo, y todos
Vds. saben que sigo sus consejos y acepto sus correcciones como de mi
superior y maestro. He buscado al Sr. Hartzenbusch en dos situaciones
difciles de mi vida; sabe todos los secretos de mi casa, es en ella
como mi hermano mayor, y lo que l me diga que haga, eso har yo, como
mejor hacerlo sepa.

_Lomba._--Se conoce que ha estudiado V. con los jesuitas: sus palabras
de V. son tan suaves como escurridizas. Si no quiere V. no hablemos ms.

_Yo._--Mi ltima proposicion. Traiga V. aqu el 16 por la noche un
ejemplar de la historia del P. Mariana; le abriremos por tres partes,
desde la poca de los godos hasta la de Felipe IV: leeremos tres
hojas de cada corte en sus hojas hecho; y si en las nueve que leamos
tropezamos con algo que nos d luz para un asunto dramtico, lo
amasaremos entre todos, yo lo escribir como Dios me d  entender, y
el jesuita Mariana abonar la f del discpulo de los jesuitas del
Seminario de Nobles.

_Lomba._--Propuesta aceptada.

_Yo._--Pues hasta el 16  las siete.

En tal dia y en tal hora, concluido mi trabajo, volv  presentarme
en el teatro de la Cruz, donde Hartzenbusch, Rub y algunos otros de
quienes no me acuerdo, me esperaban con Lomba, que tenia sobre la
mesa una _Historia de Espaa_. Metimos tres tarjetas por tres pginas
distintas, y en el primer corte tropezamos, en el captulo XXIII del
libro stimo, estas palabras sobre el fin de la batalla de Guadalete
y muerte del rey D. Rodrigo: Verdad es que, como doscientos aos
adelante, en cierto templo de Portugal, en la ciudad de Viseo, se hall
una piedra con un letrero en latin, que vuelto en romance dice:

AQUI REPOSA RODRIGO, ULTIMO REY DE LOS GODOS.

Por donde se entiende que, salido de la batalla, huy  las partes de
Portugal.

Al llegar aqu, dije yo: Basta: un embrion de drama se presenta 
mi imaginacion. Con qu actores y con qu actrices cuento? Necesito
 Crlos,  Brbara y  lo mnos dos actores ms. Y mintras esto
decia, me rodaban por el cerebro las imgenes de Pelayo, don Rodrigo,
Florinda y el conde D. Julian.--Lomba dijo: Imposible disponer de
Brbara.--Pues Teodora, repuse yo.--Tampoco; la cuesta mucho
estudiar, replic Lomba.--Pues Juanita Perez, ni la Boldun, no me
sirven para mi idea, repuse.--Pues compngase usted como pueda,
exclam por fin Lomba: tiene V.  Crlos,  Pizarroso y  Lumbreras:
_los tres de V._ Van  levantar el telon y no quiero faltar  mi
salida. En qu quedamos? Es V. hombre de sostener su palabra?

Picme el amor propio el tonillo provocativo de Lomba, y sin
reflexionar, tom mi sombrero y dije saliendo tras l de su cuarto:
Maana  estas horas quedan Vds. citados para leer aqu un drama en un
acto.--Buenas noches.

--Apostado? me grit Lomba dirigindose  los bastidores.

--Apostado: me darn Vds. de cenar en casa de Prspero; respond yo
echndome fuera de ellos por la puerta de la plaza del Angel.

Poco trecho mediaba de all  mi casa, nm. 5 de la de Matute: poco
tiempo tuve para amasar mi plan, pero tampoco tenia minuto que perder.
Me encerr en mi despacho: ped una taza de caf bien fuerte, d
rden de no interrumpirme hasta que yo llamara, y empec  escribir
en un cuadernillo de papel la acotacion de mi drama. Cabaa, noche,
relmpagos y truenos lejanos.--Escena primera. Yo no sabia  quin
iba  presentar ni lo que iba  pasar en ella: pero puesto que iba
 desarrollarse en una cabaa, debia por lguien estar habitada:
ocurrime un eremita,  quien bautic con el nombre de Romano por
no perder tiempo en buscarle otro; y como lo ms natural era que
un ermitao se encomendase  Dios en aquella tormenta que habia yo
desencadenado en torno suyo, mi monje Romano se puso  encomendarse 
Dios, mintras yo me encomendaba  todas las nueve musas para que me
inspiraran el modo de dar un paso adelante. Pens que si el monje y yo
no nos encomendbamos bien  nuestros dioses respectivos, corria el
riesgo de meterme, empezando mal, en un pantano de banalidades del que
no pudieran sacarme ni todos los godos que huyeron de Guadalete, ni
todos los moros que  sus mrgenes les derrotaron.

Llevaba ya el monje rezando treinta y seis versos, y era preciso que
dijera algo que preparara la aparicion de otro personaje; que era claro
que si andaba por el monte  aquellas horas y con aquel temporal, debia
de poner en cuidado al que abria la escena en la cabaa. Decidme por
fin  atajar la palabra  mi monje romano y escrib: Escena segunda.
_Sale Theudia_: y sali Theudia; mas como no sabia yo an quin era
aquel Theudia, le saqu embozado, y me pregunt  m mismo: Quin
ser este Sr. Theudia,  quien tampoco podia tener embozado mucho
tiempo en una capa, que no me d cuenta de si usaban  no los godos?
era preciso empero desembozarle, y l se encarg de decirme quin era:
un caballero; por lo cual, y por su nombre, y por su traje, tenia
necesariamente que ser un godo; quien trabndose de palabras con aquel
monje que en la choza estaba, me fu dando con los pormenores que en
ellas daba, la forma del plan que me bullia informe en el cerebro;
de modo que andando entre Theudia, el ermitao y yo  ciegas y 
tientas con unos cuantos recuerdos histricos y unas cuantas ficciones
legendarias de mi fantasa, cuando al fin de aquella larga escena
segunda escrib yo: Escena tercera. _El ermitao_, _Theudia_, _Don
Rodrigo_, ya comenzaba  ver un poco ms claro en la trama embrollada
de mi improvisado trabajo, y el cielo se me abri en cuanto me v con
Crlos Latorre en las tablas; porque mintras l estuviera en ellas,
era lo mismo que si en sus cien brazos me tuviera  m el gigante
Briareo; porque estaba ya acostumbrado  ver  Crlos sacarme con bien
de los atolladeros en que hasta all me habia metido, y  l conmigo le
habia arrastrado mi juvenil  inconsiderada osada.

En cuanto me hall, pues, con Crlos, fiado en l, me desembarac del
monje como mejor me ocurri, y me engolf en los endecaslabos: cuando
yo los escribia para Crlos Latorre en mis dramas, ya no veia yo en
mi escena al personaje que para l creaba, sin  l que lo habia de
representar, con aquella figura tan gallarda y correctamente delineada,
con aquella accion y aquellos movimientos, y aquella gesticulacion
tan teatrales, tan artsticos, tan plsticos, nunca distraido, jams
descuidado; dominando la escena, dando movimiento, vida y accion 
los dems actores que le secundaban: as que al entrar yo en los
endecaslabos de la escena cuarta, me despach  mi gusto haciendo
decir  D. Rodrigo cuanto se me ocurri, sin curarme del cansancio que
iba  procurar  un actor, que por fuerte que fuese era ya un hombre
de ms de sesenta aos con un papel que sostenia solo todo mi drama;
mas la inspiracion habia ya desplegado todas sus alas, y no vacil
en aadirle el fatigossimo monlogo de la escena V para preparar la
salida del conde D. Julian. Aqu me amaneci: tom chocolate y le lo
escrito; parecime largo y asombrme de tal longitud, pero no habia
tiempo de corregir; presentia que me iba  cansar, y temiendo no
concluir para las siete, acomet la escena del conde con D. Rodrigo,
que me cost ms que todo lo llevado  cabo, y me falt la luz del dia
cuando escribia:

    Escucha, pues, oh rey Rodrigo
     cunto llega mi rencor contigo!

No me habia acostado, no habia comido, no podia ms y se acercaba
la hora de la lectura. Me lav, tom otra taza de caf con leche,
enroll mi manuscrito y me person con l en el teatro de la Cruz.
Leyse; asombrme yo y asombrronse los que me escucharon; abrazme
Hartzenbusch, y frotbase ya Lomba las manos pensando en que la
funcion de Navidad trabajaria Crlos, cuando ste dijo con la mayor
tranquilidad: Seores, yo no tengo conciencia para poner esto en
escena en cuatro dias; esta obra es de la ms difcil representacion,
y yo me comprometo  hacer de ella un xito para la empresa, si se me
da tiempo para ponerla con el esmero que requiere; mintras que si la
hacemos el 24 vamos de seguro  tirar por la ventana el dinero de la
empresa y la obra es la reputacion del Sr. Zorrilla.

Convinieron todos en la exactitud de lo alegado por Latorre; masc
Lomba de travs el puro que en la boca tenia y... se dej _El pual
del godo_ para despues de las fiestas; y tampoco aquel ao trabaj en
ellas Crlos Latorre.

As se escribi _El pual del godo_. Cmo lo puso en escena aquel
irreemplazable trgico?

La representacion para el prximo lunes.




XIII.

EL PUAL DEL GODO.


II.

Durante las fiestas de Navidad ocupse Crlos Latorre del estudio de
aquel repentino aborto de mi irreflexivo ingenio, que habia yo escrito
y leido en veinticuatro horas y bautizado con el ttulo de _El pual
del godo_: y durante aquellos quince dias, habia yo tenido tiempo para
reflexionar sobre lo que habia hecho.

Debo yo  Dios una cualidad por la cual le estoy profundamente
agradecido; pero por la cual es probable que no sea nunca respetado
en mi patria: la de no dejarme alucinar por los aplausos, y no creer
por ellos que mis obras son el non plus ultra de la perfeccion: como
yo s mejor que nadie cmo y por qu las he escrito, no tengo vanidad
en ellas; y no solamente veo sus grandes defectos, sin que tampoco
me ofende su crtica, por ms que muchas veces me las haya acerba,
personal y agresivamente flagelado.

Desde que el 17 por la noche le en el teatro de la Cruz lo que en
aquel dia y la noche anterior habia escrito, habia yo comprendido que
aquel _Pual del godo_, forjado en el breve tiempo y del modo que llevo
dicho, escribindolo ntes de pensarlo, crendolo y dndole forma
segun escribindolo iba, y findome al escribirlo en que era Crlos
quien lo debia de representar en cuatro dias, adolecia de gravsimos
defectos, que hacian dificilsima su representacion. Yo habia escrito
sin juicio, sin correccion y sin poder pararme  leer lo que escribia,
por miedo de perder los minutos que para concluir  tiempo mi trabajo
podian faltarme; por consiguiente, mis personajes no decian en las
cuatro primeras escenas lo que debian para hacer comprender la accion
 los espectadores, sin lo que yo me iba diciendo  m mismo para
comprender mi pensamiento, que no se trababa y desarrollaba en mi
imaginacion, sino ya en el papel por los puntos de mi pluma; la cual no
podia volverse  borrar una redondilla, sin perder sus cuatro versos y
los cuatro minutos empleados en escribirlos, no en pensarlos, porque
para pensar no tenia ni se me habia concedido tiempo. As en la escena
IV endecaslaba, parece que Theudia y D. Rodrigo se quieren desquitar
de lo que no han hablado desde la desastrosa jornada del Guadalete.
Fiado yo en Crlos Latorre, que contaba de una manera cuyos pormenores
concienzudamente estudiados en voz, posiciones, accion y fisonoma
avasallaban la atencion del auditorio constante y crecientemente,
puse en boca de D. Rodrigo aquella fantstica historia del monje;
figurndome conforme la iba escribiendo cmo me la iba  poner en
accion aquel amigo gigante, que en sus brazos me levant y  quien debo
la poca reputacion que como autor dramtico he obtenido.

Y en verdad que, con sinceridad revelndoselo hoy al pblico despues de
treinta y ocho aos, hasta que hice decir  la vision del bosque en la
narracion de D. Rodrigo, que

    l,  quien deshonr tu incontinencia,
    vendr de crmen y vergenza lleno
    con tu mismo pual  hender tu seno,

maldito si sabia yo an en lo que habia de parar todo aquello, que no
era todava ms que la exposicion. Hasta que brot del dilogo aquel
bienaventurado pual, mi mal perjeado trabajo no tenia ni accion,
ni final, ni ttulo: desde all el drama lo es, y camin desde all
resueltamente  la escena VI, que es lo nico que en l tiene un valor
real y un inters verdadero.

Cuando nos reunimos por primera vez en el gabinete octgono de su casa
de la plaza de Santa Ana Crlos y yo, para tratar del reparto y ensayo
de mi drameja, me dijo Crlos: La espontaneidad con que ha escrito
usted _esto_, la exuberancia de versificacion en sus escenas acumulada,
hacen difcil su representacion. Yo no quiero que corrija V. ni suprima
una sola palabra; quitaria V.  su obra su originalidad; quiero hacerla
tal como est; pero quiero que mis actores, conmigo, aseguren el
xito de su estreno con el mismo lujo de pormenores de que V. la ha
colmado, y con tanto exceso de estudio para representarla cuanto  V.
le ha faltado para escribirla. Esccheme V., y vamos  ver si yo he
comprendido bien su pensamiento.

Latorre y yo tenamos siempre esta conferencia preliminar, en la cual
exponamos mtuamente nuestra manera de ver la accion de la obra que
bamos  poner en escena: yo le decia cmo la habia yo concebido,
y l me decia cmo pensaba desarrollarla. Sigui, pues, Crlos
dicindome: D. Rodrigo es en _El pual del godo_ un rey acosado por
dos grandes pasiones: la supersticion del godo de su edad tosca, y la
profunda melancola que en su corazon ha engendrado el vencimiento.
La concentracion en s mismo y la distraccion perptua en que sus
pensamientos le tienen absorbido son las seales externas del carcter
de esta figura. No es eso?

--Exactamente.

--El conde D. Julian es un mal hombre: por ms que la ofensa que
ha recibido le da derechos para mucho, l va tras de una venganza
insaciable, en la cual no ha dudado envolver  toda la nacion de su
ofensor. La aspereza violenta, la ira traidora de la hiena, y la marcha
oblcua del lobo, son los caractres exteriores de esta figura, que se
mueve en el cuadro inquieta, torva y siniestra, como amenaza viviente.
No es as?

--Exactamente.

--Theudia es... su Sancho Montero y su Blas de usted en _Sancho Garca_
y _El Zapatero y el Rey_:  Lumbreras le viene como pintado el papel de
Theudia, y daremos el del conde  Pizarroso.

Y se envi  estos actores su respectivo papel.

Lumbreras era entnces un mozo de buena estatura, de franca fisonoma,
de varoniles maneras, bien proporcionado de piernas y brazos, y de
fresca y bien timbrada voz; pero era algo tartamudo, aunque no se
apercibia en escena este defecto, que vencia el estudio y el cuidado.
Lumbreras tenia el grmen de un buen actor srio; habia estrenado
con justo aplauso el papel del moro Hissem en _Sancho Garca_; y en
la escuela y compaa de Latorre le secundaba dignamente bajo su
direccion.

Pizarroso era un actor de angulosas formas, de voz spera y
_garrasposa_, pero de buena estatura y fisonoma, de fcil comprension,
de buena voluntad para el estudio, muy cuidadoso en el vestir, y secuaz
ciego y adorador idlatra de Crlos Latorre, entre cuyas manos era
materia dctil como actor til y aceptable.

Con estos elementos y diez dias de estudio, ensayamos otros diez _El
pual del godo_ y levantamos el telon sobre el interior sombro de
una fantstica cabaa, pintada por Aranda para mi drama en miniatura,
en una noche en que la poltica traia un poco inquietos los nimos, y
la atmsfera tan cerrada en nubes como aquella en incertidumbres; una
noche, en suma, muy mala para dar nada nuevo  un pblico que no sabia
lo que queria ni lo que recelaba, dispuesto  descargar su inquietud
sobre el primero que se la excitara, anheloso por distraerse, pero
inseguro de hallar quien le distrajera.

Ante este pblico se levant el telon del teatro de la Cruz sobre la
cabaa de mi monje Romano, quien empez aquella larga plegaria, de la
cual no habia querido Crlos que suprimiera un verso. Nunca he tenido
yo ms miedo: tenia cario  mi tan mal forjado _Pual_, y temia
que mi triunfo de veinticuatro horas se convirtiera en veinticuatro
minutos en vergonzosa derrota. Presentse Lumbreras, y se present
bien: franco, sencillo y respetuoso con el monje, pidile de cenar con
mucha naturalidad, comi como sbrio que dijo ser, observ al ermitao
como hombre que est sobre s, pero con la tranquila serenidad de un
valiente, y llev en fin  cabo la escena, dndola la flexibilidad,
el movimiento y el lujo de pormenores de que Crlos habia previsto la
necesidad. El pblico la oy en el ms desanimador silencio.

Sali al fin Crlos, cabizbajo, distraido, sombro y brusco, llenando
la escena del misterio del carcter del personaje que representaba,
y  los primeros versos se capt la atencion de los espectadores, y
al sentarse empujando  Theudia y dicindole: Haceos, buen hombre,
atrs... yo respir en mi palco, porque v que todo el mundo queria ya
ver lo que iba  pasar.

Crlos no tenia par para estas escenas: no dej enfriar la atencion
un solo instante; y cuando, slo ya con Theudia, entr en los
endecaslabos, se le escuchaba con religioso silencio, y sofocbanse
por no toser los  quienes traia resfriados aquella hmeda frialdad del
Enero de 43.

Crlos revel tnto miedo, tnta esperanza, tnta supersticion, tal
lucha interior de pasiones oyendo las noticias de Theudia, que entr
en la narracion de su cuento tan vaga y tan fantsticamente, que al
concluirle diciendo

    Dijo: y por entre la niebla arrebatado
    huy el fantasma y me dej aterrado,

estall un general aplauso: era que el pblico expresaba as el placer
de que Crlos le hubiera dejado respirar: Lumbreras pic y despert
el amor propio, y el valor del rey vencido con una intencion tan bien
marcada; Crlos olfate y oy el aura militar del campamento y el
clarin que extremecia  los corceles con una accion tan dramtica y
levantada, y con una amplitud de aliento tan vigorosa, que la sala
estall en aquel bravo, Latorre! que era slo para l y que l slo
sabia arrancar. La partida estaba ganada: y preparada de este modo la
salida del conde D. Julian, rpido, perfectamente  tiempo y entre
el fulgor de un relmpago, se present por el fondo Pizarroso, torvo,
sombro, hosco  insolente, envuelto en una parda y corta anguarina,
con una larga y estrecha caperuza amarilla, que le cortaba la espalda
de arriba  abajo. Fuse directamente  la lumbre, que estaba  la
derecha, y picando con intachable precision el dilogo de entrada,
Crlos con supersticiosa desconfianza y Pizarroso con agresivo mal
humor, lleg ste al rstico banquillo que junto  la lumbre estaba, y
diciendo

    D. Julian.  Tiene algo que cenar?

    D. Rodrigo.                       Nada.

    D. Julian.                             Pues basta;
                la cuestion por mi parte ha dado fondo,

engnchase la borla de su capucha en un clavo del banquillo, vulcase
ste y da fondo Pizarroso, sentndose  plomo sobre el tablado.

Aqu hubiera acabado hoy el drama; pero h aqu el pblico y los
actores de aquel tiempo viejo: el pblico ahog en un chist!
general la natural hilaridad que iba  romper; Crlos, en lugar de
decir: desatento vens donde os alojan, dijo en voz muy clara y
con un altanero desenfado: desatentado entrais donde os alojan, y
aprovechando Pizarroso aquel dudoso instante, incorporse enderezando
el banquillo, asentle sobre sus pis con un furioso golpe, y sentse
tranquilamente, como si lo sucedido estuviera acotado en su papel.
Crlos, en una posicion de supremo desden y de suprema dignidad, se
qued contemplndole de travs y en silencio, hasta que el pblico
rompi en un aplauso universal; y continu la escena en una suprema
lucha de los actores por la honra del autor. La conclusion fu tan
rpida y precisamente ejecutada por el hachazo de Lumbreras, y
aconterada por Crlos con la octava final con tal sentimiento y bro,
que el aplauso final se prolong muchos minutos. _El pual del godo_
obtuvo el xito que se oblig  darle Crlos Latorre, si se nos
concedia tiempo para ponerle en escena como l habia concebido que
debia ponerse.

As se hacian y as se escuchaban las obras dramticas desde 1832 
1843.




XIV.

INTERRUPCION.

Sr. Director de _Los Lunes de El Imparcial_:


Mi querido amigo: Siento mucho no poder enviar  V. original de
mis _Recuerdos del tiempo viejo_ para el nmero de maana: pero la
primavera que Dios prematuramente nos ha enviado esta semana  los que
en Madrid vivimos, ha hecho fermentar en mi viejo corazon el espritu
vagabundo y holgazan de todo buen espaol en la estacion primaveral.
Confieso  V., y sin que tal confesion me pese  me ruborice, que no he
hecho ms en toda la transcurrida semana que pasear al sol mi pellejo,
que con el frio comenzaba ya  apergaminarse, conversar con dos amigos
tan viejos como yo, del tiempo que no volver, y vagar por las calles
de Madrid como un gorrion nuevo recien escapado del nido, que no piensa
en volver  l mintras luzca el sol sobre el horizonte.

En esta ociosa vagancia me ha cogido el sbado, mi querido Munilla,
sin haber escrito ni acordarme de escribir una palabra del artculo de
maana: as que, mi _Pual del godo_ pendiente se est como qued en
nuestro nmero del 1. de Marzo, y no lo volver  coger hasta el del
lunes 15: y para bien sea; porque un pual en manos de un viejo loco,
puede acarrear  cualquiera un susto, si no un disgusto. Yo quisiera
sincerar mi falta dando  V. alguna razon que de ella con V. me
disculpara: pero, la verdad es que no la tengo: si le escribiera  V.
en verso, ya inventaria yo alguna mentira, por excusa; pero escribiendo
en prosa, debo decir la verdad como hombre honrado.

El lunes, satisfecho de haber publicado y cobrado mi artculo, me sal
al sol  expaciar el nimo y  descansar del trabajo hecho. Los martes
son malos dias para empezar negocio ni labor alguna: el mircoles me
volv  salir al sol para prepararme  oir por la noche en el Ateneo
al Sr. Moreno Nieto;  quien voy yo siempre  escuchar con tanto
asombro como respeto, porque sabe tantas cosas que yo no s, y las
dice de una manera tan de mi gusto, que le escucho arrobado, y me
pesa siempre de que concluya de exponer aquellos sus tan bien hilados
discursos, tan lgicamente hilvanados en tan primorosas frases. El
jueves continu pasendome al sol, para rumiar lo oido al Sr. Moreno
Nieto; y  las siete y media (costumbre mia de los jueves) me sent 
la mesa de la condesa de Guaqu, quien siendo hija de mi condiscpulo
el duque de Villahermosa, es al mismo tiempo hermana del ngel rubio
encargado por Dios de abrir las puertas de la aurora y de derramar
la luz y la alegra sobre la tierra. Recibe conmigo  su mesa los
jueves esta gentilsima seora al prodigio de memoria, de erudicion
y de precocidad, el jven Menendez Pelayo, al infatigable Grilo, que
nos recita sus versos, los mios y los de todos los poetas que conoce;
 Pepe Esperanza, quien me hace concebir la de escuchar el celeste
concierto del Paraiso, cuando l pone las manos en el piano, y otros
renombrados ingenios y conocidsimos personajes, de quienes no cito 
V. los nombres, porque no le parezca que trato de darme ms importancia
de la escasa que mis versos me han adquirido, ms por el ajeno favor
que por su mrito propio. Puede V. comprender que no tendria perdon
de Dios, si empleara los viernes en otra cosa que en saborear los
recuerdos en prosa y verso del salon de aquella condesa Crmen, con la
cual no tienen flor comparable ninguno de los Crmenes escalonados en
el valle de los Avellanos de la morisca Granada.

Del viernes ya pens emplear la noche en escribir mi artculo; pero
fatalmente para V., los viernes ha dado en reunir en su casa la seora
de Malpica  algunos amigos suyos, entre los cuales me cuenta; y ay,
seor Director de _Los Lunes de El Imparcial_! recibe esta seora con
tal cario y con tan buen gusto en una tan elegante morada, y van 
casa de esta seora dos nias morenas, que cantan como dos ngeles,
dos rubias que tocan como dos serafines, y otras dos de tez apionada
y cabello castao que tocan y cantan como dos Santas Cecilias... en
fin, de aquella casa se sale con pesar  las cuatro de la maana; y el
sbado hay que pasarlo en soar con aquellas tres parejas de muchachas,
que le dejan  uno en los oidos para veinticuatro horas el eco de todas
las harpas de Sion, y de los gorjeos de todos los ruiseores de los
bosques de la Alhambra.

La tarde del sbado, cuando ya iba disipndose la especie de embriaguez
en que envuelven el espritu de los poetas, aunque seamos viejos, el
recuerdo de tnta poesa, tnta msica y tntos serafines con forma
humana... ella bajando y yo subiendo, tropec en la calle de la
Montera con la marquesa de D. H., que es la ms mona de todas las
marquesas de los reinos unidos y desunidos de Europa; una malaguea
que tiene una mata de rayos de sol por cabellos, un puado de azucenas
por cara, dos pedazos de cielo por ojos y dos ramilletes de jazmines
por manos; y que me di justsimas quejas, y que la d merecidsimas
satisfacciones, y que me ofreci el perdon suyo y el de su esposo, y
que la promet enmienda, y que me fu  mi casa entre la niebla del
crepsculo, mareado y andando  tientas con el recuerdo de sus palabras
y la imgen de su hermosura.

Envi  mi familia al teatro de Apolo, y dejando el estreno de la
comedia _Angel_ por oir  Blasco, me dirig al Ateneo.

Pero Blasco es ms vagabundo que yo, y  las diez nos dijo el
secretario que Blasco no daba su lectura aquella noche. Un poco
despechado de aquel chasco que con su ausencia me pegaba Blasco, ech
hcia el teatro de Apolo, desesperanzado de acabar la semana tan
potica y armoniosamente como la habia pasado, puesto que daban una
comedia en prosa para m desconocida: _Lo positivo_.

A ms de la mitad iba ya la representacion del acto segundo, cuando
ocup yo mi butaca de primera fila; ignoraba el argumento y dbame
apenas cuenta de lo que en la escena sucedia, cuando la Hijosa, que en
ella estaba sola, dej un peridico en que habia leido y tom una carta
que tenia delante por leer. Despleg poco  poco el papel de aquella
carta y comenz su lectura con una indiferencia que cambi en atencion,
y que fu pasando de sta al inters, y de ste al sentimiento, y luego
 la ternura, y v con mis gemelos que las lgrimas brotaban de los
ojos de la actriz, y sent las mias anublarme los cristales  cuyo
travs la contemplaba, y o por fin estallar un aplauso universal, y
solt mis anteojos para aplaudir su final de acto, cuya ejecucion hacia
mucho tiempo que no habia yo visto par.

En el tercero despleg Pepita Hijosa un lujo de pormenores, un estudio
de detalles tan minucioso, un cuadro tan acabado de cmica coquetera,
manifest tal seguridad y franqueza, tal posesion de la escena, que
envidi la fortuna del Sr. Tamayo  Estvanez,  como quiera llamarse
el acadmico autor de aquella comedia, en la cual se me revelaban 
un mismo tiempo el ms prctico de nuestros autores, y una actriz
incomparable para el estudio de sus papeles.

Puede un gran poeta desarrollar en ricos versos  en castiza prosa, un
gran pensamiento, y dar cima  una gran creacion; pero el mejor poeta
no puede hacer ms que escribir sus palabras; y si el actor no da 
cada una de las de su papel una intencion, una inflexion, un movimiento
y una vitalidad competentes, de la palabra no resulta ms que un
sonido sin vibracion, que excita seca, plida y fria la idea en ella
expresada. En lo que yo v de _Lo Positivo_, el poeta ha confeccionado
sus palabras y sus escenas como maestro, pero la Hijosa da  su palabra
el movimiento, el relieve y la vida del sentimiento del arte.

Yo no conocia, amigo Munilla,  esta actriz que ha hecho su reputacion
durante mis treinta aos de ausencia de Espaa, y como todava su
acento me resuena dentro del tmpano, su figura y su juego escnico
me bailan an en las pupilas, y el recuerdo de la actriz me turba la
memoria, no tengo ni tiempo ni nimo para escribir el artculo de
maana.

Compngase Vd., pues, como pueda; que yo voy  probar si durmiendo doce
horas seguidas, puedo desembarazarme de la deliciosa pesadilla que me
producen en vigilia las encantadoras imgenes de las nueve bienhechoras
hadas, con quienes he tenido la fortuna de tropezar en la semana que
acab ayer. Si Dios me da otras cuatro como sta, el premio grande de
la lotera en la quinta, y la gloria despues de la muerte... reclame
usted, seor Munilla, reclame usted ante todos tribunales humanos y en
el divino, porque no habr justicia ni en la tierra ni en el cielo.

Suyo afectsimo...

       *       *       *       *       *

Los redactores de _El Imparcial_ no quisieron dejar pasar el nmero
de aquel lunes sin artculo mio, y sustituyndole con mi anterior
epstola, le completaron con la siguiente nota y los subsiguientes
versos: todo lo cual dejo yo en este lugar interrumpiendo mis recuerdos
como ellos lo intercalaron en los _Lunes_ de su peridico.

       *       *       *       *       *

Mal satisfechos con esta carta del Sr. Zorrilla, corrimos  su
casa, pero no le hallamos en ella. Registramos osados su pupitre, y
encontrando en l el borrador de las siguientes octavas, las publicamos
 continuacion de su carta, en lugar del artculo que hoy no contaba
darnos.

      Dios te ha dado, Valenciana,
    la beldad de las hures;
    en tu faz, cuando sonries
    se abre el cielo y se ve  Dios;
    quien al darte en carne humana
    modelada tu hermosura,
    dijo: ah va esa criatura,
    y como esa no hago dos.

      Y eres nica por eso:
    Yo cre que era mi Rosa
    la primera y ms hermosa
    en el mbito espaol;
    pero  t, prez y embeleso,
    luz y gloria de Valencia,
    te cre la Omnipotencia
    sola y sin par, como el sol.

      En tus ojos nace el dia,
    que ajimeces son del cielo
    por los cuales manda al suelo
    de Valencia Dios la luz.
    Ha supuesto Andaluca
    que era Vnus sevillana...
    no lo creas, Valenciana;
    err vano el andaluz.

      Al matar el cristianismo
     la Vnus de Cithres,
    se asi  t Cupido, y eres
    quien le lleva de s en ps;
    si hizo  aquella el paganismo
    de la espuma de los mares,
    de capullos de azahares
    y de luz te hizo  t Dios.

      T eres Vnus, Valenciana;
    tu hermosura es ms perfecta
    que la helnica, romana,
    bizantina y oriental:
    t eres la obra ms correcta
    de las manos de aquel nmen
    que es la cifra y el resmen
    de lo bello y lo ideal.

      Y contigo, almo trasunto
    de aquel grmen de hermosura,
    de sin par modeladura
    en su inmensa creacion,
    no tiene el ms leve punto
    de adhesion comparativa
    criatura alguna viva
    en belleza y perfeccion.

      No cre naturaleza
    ningun tipo de hermosura
    que no fuera  tu belleza
    algun rasgo  demandar;
    te pidi el cisne blancura,
    el armio tu limpieza,
    el halcon tu gentileza
    y el antlope tu andar.

      Tienes ojos de paloma
    y hebras de sol por pestaas;
    Dios te ha puesto en las entraas
    los efluvios del rosal:
    y respiras los aromas
    que desprende en las montaas
    de sus troncos y sus gomas
    el calor primaveral.

      Tu cabeza toca airosa
    tu abundante cabellera,
    como al cedro y la palmera
    su ramaje secular:
    de las hondas de tus rizos
    la espiral es ms graciosa
    que los arcos movedizos
    de las ondas de la mar.

      Tu cintura, ms esbelta
    que los vstagos del mimbre,
    hace el paso que se cimbre
    de tu andar de garza real;
    y tu leve falda suelta
    flota en torno de tu talle,
    cual la niebla que en el valle
    alza el sol matutinal.

      Ms sutilmente no liba
    colibr de cien colores
    en el cliz de las flores
    el roco que en l ve;
    ms ingrvida no estriba
    la ligera mariposa
    en las hojas de una rosa,
    que al andar pisa tu pi.

      De tus labios la sonrisa
    como un alba se desprende
    que por la atmsfera extiende
    viva luz y ura vital,
    y tu aliento es una brisa
    que del cielo baja al suelo
    por tus labios, que del cielo
    son las puertas de coral.

      Son ms dulces tus palabras
    que la miel de las abejas;
    el olor que trs t dejas
    aventaja al del clavel:
    y tu amor, con el que labras
    mi ventura, reasume
    la dulzura y el perfume
    de la flor y de la miel.

      T eres Vnus, Valenciana:
    tus dos labios carmeses
    al abrir cuando sonries
    se abre el cielo y se ve  Dios;
    quien al darte en carne humana
    modelada tu hermosura,
    dijo: ah va esa criatura:
    mas como esa no har dos.




XV.

EL PUAL DEL GODO.

III.


Ganme esta obrita ms favor con el vulgo  hzose pronto ms popular
y famosa que cuantas escritas llevaba, por la circunstancia de que,
no necesitndose dama para su representacion, la pusieron en escena
todos los aficionados en liceos, casinos y dems sociedades ms 
mnos literarias que por entnces comenzaron  surgir; y permtame
el lector que con vanidad le recuerde que s de cierto que miles de
personas, que han sido y son hoy conocidos personajes, han hecho el
papel de alguno de los cuatro de mi _Pual del godo_: y no h muchas
noches dieron una dedada de miel  mi amor propio mi paisano Nuez de
Arce, Sells y otros que valen y son hoy ms de lo que yo antao valia
y era, revelndome alegremente que habian de estudiantes representado
 Theudia y  D. Rodrigo, y el primero aadi que an sabia de memoria
toda mi rpidamente abortada composicion; lo cual, sea dicho en paz
y en gracia de Dios, me congratula con aquel pequeo aborto de mi
ingenio y casi me enorgullece de haberlo escrito.

Y la ocasion me viene como de molde, para exponer aqu mi opinion sobre
las representaciones de los aficionados, en los ms  mnos caseros
teatros de sociedades ms  mnos pblicas  privadas. Cuando invitado
un conocido autor  la representacion de una de sus obras en uno de
estos teatros, le dicen durante  despues de ella: _Cunto habr V.
sufrido vindose as ejecutado!_ ni los que tal le dicen son justos,
ni l lo fuera pensando tal. Yo por mi parte no slo asisto sin pena
 estas ejecuciones, sin que es la sola ocasion en que escucho mis
versos sin hasto. Los aficionados suelen ser muchachos de quienes
an no se sabe el porvenir, que estudian sus papeles con afan, los
representan con entusiasmo, y se encarian con el autor; de quien se
acuerdan contnuamente y con quien contraen esa amistad leal, noble
y desinteresada, que se basa en la fruicion espiritual de la lectura
y del estudio de una obra que nos procura aplausos y favor, siquiera
sea de amigos. Tal vez un muchacho  quien el porvenir guarda una
faja de general  un sillon presidencial de un Parlamento  en una
Academia, representa delante de la nia que ha de ser su mujer,  de
la mujer que ha de ser su gloria  su condenacion. Tal vez alguno,
con la representacion del papel de Theudia  del conde D. Julian,
ha conseguido el amor de su Florinda, y uno y otro han bendecido y
conservado por ello toda su vida una amistad por l ignorada al viejo
autor del _Pual del godo_. En estos teatros y en estos actores de
aficion todo es disculpable, en atencion  la buena f con que todo se
hace: en ellos suelen presentarse individuos que fcilmente llegarian 
buenos actores, si en serlo pusiesen empeo  de serlo se vieran en la
necesidad. Yo soy tal vez el viejo que tiene ms amigos jvenes: soy el
poeta que goza de ms popularidad entre la juventud escolar de Espaa:
y no por mi ciencia, de la cual dan mis escritos bien pobre y escasa
muestra, sin por las octavas de D. Rodrigo y el dilogo de ste con D.
Julian, de los cuales hay apenas estudiante que no tenga en su memoria
algunos de sus versos  algunas hojas parsitas de los mios entre las
de sus libros de asignatura.

Los actores de provincia son tambien dignos de la indulgencia de los
autores; porque la variedad diaria que en sus representaciones exige
un pblico escaso que nunca vara, no les da tiempo de estudiar ni de
ensayar convenientemente las obras; pero basta de esto, que es tratado
aparte de mis recuerdos viejos: ya volver sobre ello cuando llegue el
turno  mis impresiones del tiempo actual; y tornemos y demos fin  las
de _El pual del godo_ con una ancdota poco conocida.

Habia en Mjico cuando vivia yo en aquel paraiso, que debi ser para
m y no quiso Dios que fuera limbo del olvido un Casino espaol,
prdigamente sostenido, en cuyos salones se daban algunas esplndidas
fiestas; una de ellas, la imprescindible, se verificaba el dia
onomstico de la Reina Isabel,  quien, como  la persona que entnces
representaba la patria, envibamos un saludo los expatriados de
Espaa. Era yo el encargado de hacer una lectura en aquellas noches,
que concluia siempre con el viva  Espaa, al cual contestaban los
mejicanos y espaoles en aquellos salones reunidos.

Un ao, queriendo el Casino hacerme un obsequio por lo que parecia
trabajo y era en un espaol obligacion de buen ciudadano, dispuso que
en una de estas fiestas se representase mi _Pual del godo_ y se me
ofreciese una corona.

Colocronme, para honrarme, en un grande y magnfico sillon, en el
cual resaltaba ms mi exgua personalidad,  la derecha de la orquesta
y de cara al pblico: ejecutse mi pobre drama lo mejor que se pudo
y mejor de lo que se esperaba; dironme mi corona, aplaudironme
mucho, y despues de una exquisita cena aconterada con muchos brndis,
metironme, tras de muchos abrazos y plcemes, en mi coche y... buenas
noches.

Al dia siguiente un peridico mejicano, no muy afecto  los espaoles
pero redactado por gente ingeniossima, daba cuenta de la fiesta,
la representacion, mi coronacion y la cena final en los trminos
ms halageos para la riqueza, la esplendidez y el patriotismo de
los scios del Casino; pero concluia con este cuentecillo: Sin que
salgamos garantes de la verdad del hecho, se cuenta que entre el
poeta Zorrilla y un amigo nuestro y suyo, que no habia asistido  la
funcion del Casino y que se acerc  saludarle al bajar aquel del coche
 la puerta de su casa, se cruz el siguiente dilogo, que result
improvisada redondilla:

    El amigo.  Qu tal lo hicieron los godos?

    El poeta.   Hombre!... lo han hecho tan mal,
                que buscaba yo el pual
                para matarlos  todos.

En cuyo cuentecillo quedbamos mal todos los espaoles de Mjico: los
del Casino por haber hecho mal mi drama, y yo por hacerlo peor con
ellos en semejante epgrama.

Ni es mio, ni en aquella ocasion pudiera habrseme ocurrido; pero me
le ha recordado la ltima representacion que he visto en Madrid de mi
pobre _Pual del godo_.




XVI.

LOS DOS VIREYES.

          _Suum cuique._


Este drama est ya olvidado del pblico de Madrid, y apenas si se
representa alguna vez en provincias, afortunadamente para mi honra.

De l se ocup la crtica muy somera aunque muy griamente, y tuvo
razon: es la ms miserable rapsodia representada en el teatro moderno;
y si andando el tiempo algun curioso biblimano  algun crtico
investigador tropezaran con ella en algun juicio retrospectivo,
seguramente exclamarian con asombro: Cmo diablos fu posible que
aquel poeta escribiera esto!

Y no puedo negar que lo escrib, y es lo peor que al afirmarlo no
me avergenzo de haberlo escrito; materialmente escrito, porque
el argumento, la forma y las escenas en prosa, no son mios: estn
rastreramente cogidos y literalmente copiadas de una mala novelucha de
un autor italiano engerto en francs,  quien todo Pars literario y
artstico ha conocido, pero cuya reputacion no ha llegado  Espaa:
la novelucha se titulaba _El virey de Npoles_, y su autor se llamaba
Pietro Angelo Fiorentino.

Cmo lleg  mis manos esta novela? Quin me puso en mientes
transformarla en drama, copiando en l servilmente los amanerados
dilogos de su falso relato y sin curarme de corregir sus errores
histricos, ni de dar  mis personajes otro carcter ms acusado y
dramtico, ms verdadero y ms espaol?

Es una historia que debia de quedar para contada despues de mi muerte;
pero que se me antoja contar en vida, porque nada hay en ella que no
abone mi lealtad de amigo y mi buena f de hombre honrado; porque
no quiero que piense ninguno de los que en mi tiempo viven que temo
abordar en mis RECUERDOS DEL TIEMPO VIEJO ninguna cuestion personal
sobre el pasado que no vieron, y porque no quiero cargar para el
porvenir con culpas que no fueron mias. En cuanto  mi reputacion
literaria, confieso que no me trae con mucho cuidado; porque slo la
posteridad depura y acrisola lo que vale la fama adquirida en vida por
un autor de loca fortuna  de gran favor entre los profesores de bombo;
y tengo yo para m, aunque pese  los pocos amigos que me quedan,
que ms me va  honrar despues de mi muerte, la sinceridad con que
reconozco la escasa valia y los defectos de mis obras, que el haberlas
escrito; y digo sinceridad, por no atreverme  decir modestia; virtud
que creo que no existe ya en Espaa y que es un capital que... quien lo
pone lo pierde: sabiendo lo cual, aunque lo tuviera no lo pondria yo.

No quiero, sin embargo, que mis amigos renieguen de m, tomando mi
sinceridad por hipocresa; y voy  decirles de paso, y un  peligro
de que en vez de hipcrita me crean vanaglorioso, que tengo cierta
conciencia de m mismo, teniendo por bien hecho y por valioso algo
de lo por m hecho: mi _Cristo de la Vega_, mi _Capitan Montoya_ y
mi _Margarita la tornera_, son tres leyendas muy imitadas, pero no
corregidas un por otro poeta mejor narrador,  ms legendario y
tradicional; y Dios y el tiempo nuevo me perdonen mi pretension de
creer que me dan derecho  tenerme por legendario buen narrador. Por
poeta dramtico no me tuve jams, y slo puedo presentar sin vergenza
los dos primeros actos de _Traidor, inconfeso y mrtir_ y la segunda
mitad del tercero y primera del cuarto de _El Zapatero y el Rey_; lo
cual no es tnto que sirva para bravear, ni tan poco que me humille y
me cierre las puertas del teatro; y en cuanto  mis poesas lricas...
ay de m! no son ms que hojarasca; y en ellas hay muchas hojillas
verdes y algunas florecillas frescas, pero cuando el tiempo seque tal
hojarasca, poca sombra dar  mi fama el follaje que deje su soplo en
las pobres ramas del laurel de mi gloria.

Volvamos  la historia de mis Dos vireyes.

Habia en 1838 y 39 una tienda de gorras en la Puerta del Sol, cuya
duea, honradsima mujer, tenia un hermano menor que de ella dependia
y que era taqugrafo de las Crtes. Alto, desgarbado, de pesados
movimientos, modales vulgares y saltones ojos, era en su exterior
el tipo de la honradez, y en sus caractersticas manifestaciones la
expresion de la buena f.

No recuerdo cmo, ni por quin, tropez y comenz  juntarse conmigo;
pero ello es que par en ser mi inseparable sombra, y que no pasaba
dia que no pasara conmigo y en mi casa las horas que su ocupacion de
taqugrafo le dejaba libres. Alababa todo lo que yo hacia, celebraba
todas mis escentricidades de poeta y mis nieras de muchacho; y como
si en mi cronista se hubiese constituido, propalaba y encomiaba por
donde quiera mis hechos y mis dichos, clasificndolos todos entre los
ms chistosos y originales del mundo; lo cual contribuia ms que  mi
buena fama  procurarle  l la de mi nico amigo, confidente nico de
los secretos del muchacho que iba hacindose popular.

Llevaba yo por entnces, como he llevado siempre, una vida aislada,
que me ha obligado  llevar el trabajo necesario  mi subsistencia y
mi poca simpata por las banalidades que forman base de la vida social
de Madrid. Las visitas intiles, las relaciones superficiales y los
convites sin cario, han sido cosas que no he aceptado jams en mis
costumbres: y he preferido siempre para mis alegras y expansiones el
interior modesto de mi pobre hogar, al suntuoso salon y la oppara
mesa del opulento y millonario anfitrion. Mi idea fija era hacer
famoso el nombre de mi padre, para que ste, volvindome  abrir
sus brazos, me volviera  recibir para morir juntos en nuestra casa
solariega de Castilla; nica ambicion mia y nico bien que Dios no ha
querido concederme. Bajo esta idea hu siempre de la sociedad poltica
y rechac el favor y la proteccion de los gobiernos,  quienes no
pudo ligarme nunca compromiso alguno personal; mi padre era realista,
tuvo que irse con el infante D. Crlos Mara Isidro  las Provincias
Vascongadas y que emigrar  Francia un mes ntes del convenio de
Vergara; y puse mi empeo en probarle, que la fama que yo habia dado
 su apellido, la debia slo al trabajo y al favor del pueblo, no 
haber vendido mi pluma  un partido contrario  sus opiniones; y sin
cuya revolucion no hubiera yo, sin embargo, tenido una prensa en que
publicar los versos que me hicieron popular.

Pasbame, pues, la vida en mi casa dado  mi asduo trabajo, del cual
descansaba y me distraia en el tiro de pistola y en el circo de la
plaza del Rey; mis dos nicos vicios, porque en vicio les constituia
mi diaria presencia en el tiro y en el circo, donde constantemente me
acompaaba _X_ el taqugrafo, tosco eslabon humano que con la humana
sociedad me encadenaba. _X_ no tiraba; juzgaba de los tiros, convenia
las apuestas, aplaudia los triunfos, y tomaba parte muy principal
en los almuerzos en que las ganancias se invertian. Mr. Arnaud, el
propietario del tiro, tenia para su establecimiento el reclamo de
nuestra fama, y en el actor Monreal, en D. Juan Valleras y en m,
tres seguros mantenedores de las apuestas que l con extranjeros
generalmente entablaba, y que el bueno de _X_ con l organizaba y
llevaba  cabo; almorzando siempre, como rbitro y adltere mio, con
los vencidos y los vencedores.

No puedo resistir al deseo de consagrar aqu cuatro renglones al
recuerdo de aquellos viejos compaeros de mis juveniles aficiones.

Monreal era un actor inimitable en lo que entnces se llamaba papeles
de traidor: era un segundo sin primero y un tirador de pistola de
primera fuerza; pero habia que fiarle en las apuestas los primeros
tiros; porque era tan orgulloso, que el primero perdido le hacia perder
la serenidad  impulsos del amor propio que le devoraba. Juanito
Valleras era un gaditano de 24 aos, fino y esbelto como un galgo
ingls, caballeroso y leal hasta el recorte de las uas, andaluz hasta
la mdula de los huesos, y tan incapaz de hacer una villana como de
soltar una gracia agresiva ni de mal tono. Era el primer tirador de
entnces; tiraba por vanidad, y daba siempre la mitad del valor de cada
tiro al francs Arnaud, porque no se convalachara con ningun tirador
paisano suyo para desigualar la carga  las ventajas de las apuestas.
Con Valleras y conmigo llevaba Arnaud el 50 por 100 de cuanto en ellas
se atravesaba; y el tiro de apuesta de Valleras eran nueve balas
colgadas  nueve distintas alturas, que debian casarse con las de nueve
tiros sin interrupcion; y rara vez le faltaba una por casar. De su
hidalgua es prueba irrechazable el hecho siguiente:

El francs Arnaud andaba siempre  caza de ingleses con quienes
empearnos en apuestas de tiro, y di una vez con unos que nos
invitaron al del encargado de negocios de Dinamarca, que le tenia
precioso en su jardin de la casa de la calle del Barquillo, residencia
de su embajada. Los ingleses lo eran de pura raza, y nos recibieron
como gentes de la mejor sociedad, prvia la ms irrecusable
presentacion. Tiraban con unas magnficas pistolas belgas, tres
pulgadas ms largas que las nuestras: fironse  la suerte todas las
condiciones, y toc  cada cual el derecho de usar de sus propias
armas. Durante los preliminares, Monreal y _X_ fijaron su atencion en
un ingls viejo, que sentado  la cabeza del tiro tenia un groom de
pi  su espalda y un gran saco  sus pis: era sin duda un maniaco
apostador.--Ojo al saco! dijo por lo bajo _X_;--y una mirada furtiva
de Mr. Arnaud nos prob  Valleras y  m que el francs habia tramado
aquella conjuracion contra el saco del ingls. Toc  los de Albion
tirar los primeros; pusieron por primer blanco un huevo  treinta
pasos: tir el primer ingls,  hizo blanco: tir el segundo con igual
acierto; y hecho lo mismo por el tercero, nos toc nuestro turno  los
espaoles. Valleras permaneci impasible, apoyada la mano derecha en el
pilar de la barandilla, para tener la mueca libre de sangre y el pulso
tranquilo; pero invitado por uno de los ingleses  hacer su tiro, dijo
tranquilamente: Mis compaeros y yo no hacemos ese tiro.

Mr. Arnaud se mordi los labios, yo sent palidecer mis mejillas, y
los ingleses echaron sobre nosotros una mirada de compasion acompaada
de una sonrisa, en la cual su esmerada educacion no lleg  marcar
el desprecio. Valleras, sacando un puado de monedas de  ochenta
reales isabelinas y recientemente acuadas, mand al criado poner una
en el blanco apoyada en el tapon de corcho tendido. Tom su pistola,
y pasndosela  Monreal para el primer tiro, dijo  los ingleses:
Nuestro tiro no pasa nunca de este tamao. El blanco se veia mal,
porque no era blanco sin amarillo, y  treinta pasos slo lo veia un
ojo de tirador; tir Monreal y quit la moneda; puso el criado otra, y
Valleras me pas la pistola con que l tiraba; puse yo mi alma en mi
dedo ndice,  hice blanco; Valleras dijo: Yo no tiro eso: cuelgue
V. mis nueve balas. Valleras hizo su tiro; los ingleses saludaron
respetuosamente, y el del saco se le entreg al groom, que desapareci
con l. La apuesta par en un refresco y en un puado de monedas que
Valleras y los ingleses dieron  Mr. Arnaud; y cuando  la maana
siguiente, al volvernos  reunir en el tiro de ste, argia  Valleras
por no haberse dejado ganar los primeros tiros para engrosar las
puestas, Valleras contest con su desenfado andaluz: Mr. Arnaud, si V.
habia pensado que nuestro blanco fuese el saco del ingls, hizo V. mal
en pensar en nosotros para sostener tal apuesta.

Valleras muri dos aos despues, de una afeccion pulmonar; Monreal
se meti una noche la bala de su ltimo tiro en el cerebro... y yo
abandon el tiro, cuando mis compaeros abandonaron el mundo.

Al montar Ignacio Boix su librera en la calle de Carretas, dando 
este ramo de comercio una forma y un impulso hasta entnces inusitado
en Espaa, _X_ se ingiri en su casa como administrador, ya con ciertas
pretensiones literarias, como amigo y conjunto inseparable mio: Boix
acept la literatura de _X_ bajo su palabra: dise ste  escribir
algunos artculos en _El Pensamiento_, semanario que Boix fund: ganse
_X_ la confianza de ste como habia ganado la mia, y Boix le comision
para ir  establecer en Cuba y Mjico dos sucursales de su casa de
Madrid.

H aqu el talento y la historia de las medianas que saben no
desperdiciar la sombra de la ms pequea hoja que puede drsela: _X_
empez por adherirse  la pequesima sombra que mi pequesima persona
comenzaba  proyectar: cobijse despues  la sombra de mi casa: recogi
como reliquias todos los borradores de mis manuscritos y todos los ms
ntimos pormenores de mi vida; y, al cabo de dos aos, sali para Cuba,
agente de la primera casa de librera, con mejor porvenir que yo, y
con el manuscrito indito de mi leyenda de _El capitan Montoya_, de
la cual hizo cuatro ediciones en la Habana y Mjico, acompandola de
una biografa del autor _su grande amigo_, cuyo nombre iba con el suyo
en la primera pgina, viva representacion de mi personalidad: segundo
yo en aquellos pases, que no pensaba yo entnces visitar despues de
l, ni _X_ pensaba que yo en ellos habia de hallar ms tarde la huella
de sus pasos. Volvi  Madrid en 1842, trjome grandes noticias de
mi gran fama por aquellos pases y del xito fabuloso de mi _Capitan
Montoya_; pero ni  l le ocurri darme, ni  m pedrsela, cuenta de
lo que sus cuatro ediciones habian producido. Entre amigos...

Entre tanto habia yo tenido un poco de fortuna en el teatro con mi
_Cada cual con su razon_ y las dos partes de _El Zapatero y el Rey_, y
_X_ me habia dado  leer aquella novelilla de Pietro Angelo Fiorentino,
que habia traducido y publicado _all_ en compaa de mi _Capitan
Montoya_ y bajo las mismas bases de lucro para Pietro Angelo que para
m. Celebrme mi bienandanza teatral: y anudando naturalmente su
antigua intimidad conmigo, sigui acompandome  los ensayos en el
escenario y  mi mujer en mi palco en las representaciones... y un dia
me pregunt que qu me parecia _su_ novela de _El virey de Npoles_...
y otro dia que si se podria hacer de ella un drama... y una noche
que si yo querria transformar en drama su novela, y por fin que si,
escribindola en verso y prosa, querria yo aprovechar los dilogos de
la novela, y ponindolos  nombre suyo, ponerle  l al par del mio
como autor dramtico: _cosa_ que  l le daria una grande importancia
con su principal Boix, etc., etc.

Por qu no habia yo de ayudar  hacerse hombre  un tan buen amigo?
Me habia acompaado dos  tres aos cinco  seis horas diarias, y dia
y noche en las pocas de enfermedades y pesadumbres: habia empezado su
carrera de escritor poniendo en las nubes mis versos y en boca de todos
la prosa de mi vida... emprend la transformacion de la novela _El
Virey de Npoles_ en el drama _Los dos vireyes_; pero por ms empeo
que puse en semejante trabajo, le conclu convencido de que habia
salido como no podia mnos de salir una obra malamente confeccionada,
muy desigualmente escrita y de xito dudossimo.

Llam  _X_ y le dije que en mi cualidad de buen amigo y de hombre
leal, mi conciencia me obligaba  advertirle que _Los dos vireyes_
era un tiro que iba  salir para l por la culata; y que al silbarme
el pblico por primera vez, no faltaria  quien le ocurriera que
escribiendo solo me habia hecho aplaudir, y que la asociacion con _X_
me habia atraido la primera silba; y en fin, que aquel seguro mal
xito, en vez de procurarle reputacion y de abrirle la escena, le iba 
desacreditar y  cerrrsela para siempre.

Pareci _X_ convencido de mis razones: y como la temporada cmica
iba ya muy avanzada, la obra estaba prometida y yo obligado  dar la
tercera del ao, segun mi contrato, determinamos presentarla bajo
mi solo nombre, y que corriera yo solo el riesgo de un desaire casi
seguro del pblico y de una justa rechifla de la crtica por semejante
rapsodia.

Entregu mi obra  Lomba: recomendsela  Crlos, ponindole en los
pormenores de su historia: prometime Crlos, con el paternal cario
que me tenia, ponerla en escena con tnto ms esmero cuanto mnos
probabilidades de xito presentaba: y pretestando yo no poder esquivar
por ms tiempo el compromiso de ir  pasar la Semana Santa con el duque
de Rivas, part  Sevilla, huyendo de la primera representacion de
aquellos _Dos vireyes_, con cuyo azaroso porvenir dej cargados  Mate
y Crlos Latorre, dicindome al meterme en la diligencia: ojos que no
ven, corazon que no siente.

Y qu recuerdo tan fresco, tan juvenil, tan potico, es el de aquel
viaje y el de la estancia en la casa y con la familia de aquel tan
gran poeta y tan grande amigo como fu mio, aquel  quien yo llamaba
mi ngel,  quien la posteridad llama duque de Rivas, y cuya memoria
vive an por la amistad en mi corazon, y en Espaa por el _Don Alvaro_,
que est todava en pi sobre la escena en que hace cuarenta aos que
apareci!

Desde que Juanito Donoso y Nicomedes Pastor Diaz primero y Villalta
despues, me habian dado trabajo en sus peridicos, no habia yo dejado
pasar una semana sin publicar una  dos composiciones por lo mnos:
en tres aos habia de ellas coleccionado ocho tomos mi primer editor
Delgado. Desde que Garca Gutierrez me habia abierto la escena,
asocindome  l en el _Juan Dndolo_, habia yo presentado seis dramas,
benvolamente acogidos por el pblico, que tuvo sin duda en cuenta
al aplaudrmelos mi poca edad y mi constante trabajo: tenia yo mucha
priesa de meter ruido que llegara  los oidos de mi padre, emigrado en
Francia, y no me remuerde la conciencia de haber desperdiciado aquel
tiempo viejo. Era la primera vez que cogia yo un mes y un puado de
onzas para mi solaz. Mi miedo al xito de mis _Dos vireyes_, pedia 
Dios alas para huir de Madrid: y el editor D. Manuel Delgado, que era
el nico que sabia lo que yo valia en dinero, que me gru siempre,
pero no me neg jams el que le ped, me di el susodicho puado de
onzas, para sustituir con un asiento en la diligencia las alas que
Dios no ha concedido  ningun poeta al lado de los homplatos. Dime
Lomba una docena ms de aquellas graves y amarillas monedas que por
atrasos de mi sueldo me era en deber, y otra docena Boix por adelanto
y seguridad de mi primer tomo de leyendas: dej las dos docenas 
mi familia; y con el primer puado en el bolsillo, me acomod en la
berlina, que despues hemos llamado _coup_, de la diligencia que 
las tres de una maana de marzo arrancaba para Sevilla, de la calle de
Alcal.

Llevaba por compaeros  D. Juan Jstiz, noble mozo habanero, de tan
mala salud como buena educacion, y tan sobrado de rentas como falto de
humor para gastarlas;  quien acompaaba Lorenzo Allo, otro habanero de
tan buen humor y tan buena salud como poco amigo de guardar su dinero,
con quien habia trabado yo amistad en el tiro de Mr. Arnaud y en el
gimnasio del conde de Villalobos.

Era este Lorenzo Allo el mejor amigo y el ms agradable compaero del
mundo: tan enjuto como rcio, era nervioso hasta tener trmulas las
manos,  pesar de lo cual tomaba caf cuatro veces al dia; y usando en
anteojos de oro unos cristales de muy bajo nmero, alternaba con los
primeros tiradores; sin que me haya podido yo dar cuenta de cmo veia
el blanco, ni de cmo sujetaba  inmovilizaba sus nervios para hacer
finsimos tiros. Tename una sincera amistad y sabia de memoria muchos
versos mios: dbame tan buenos consejos como malos ejemplos; y tan
diestro boxeador como mediano humanista, estaba siempre dispuesto 
saltar un ojo de un puetazo  quien no le concediera sin discusion que
era yo el primer poeta de ambos mundos. Cuidaba de m en el gimnasio
como si fuera yo de cristal, y de mi honra como si fuera la suya, 
hijo yo de su mismo padre.

Jstiz y yo le hicimos administrador de ambos durante el viaje y le
entregamos nuestros dineros: aquel para no tener el trabajo de pensar
en ellos, y yo para ahorrarme el de contarlos: negocio que era por
entnces no poco peliagudo en Espaa, con los ocho cuartos y medio de
sus reales, los ciento setenta de sus duros, los trescientos veinte
reales de sus onzas, las tres onzas y _dos duros_ de sus mil reales,
etc.; de modo que la ms mnima cuenta tenia siempre ms picos que una
custodia.

La noche estaba fria, lejano el amanecer, y los tres viajeros de la
berlina que habamos acudido con tiempo por no habernos acostado,
estbamos en nuestros puestos desde que empezaron los mozos  cargar el
carruaje, durmiendo tranquilamente bien embozados en nuestras capas. La
empresa era nueva, y en competencia con la antigua: el conductor ocup
el pescante y al dar las tres en el Buen Suceso, di una voz y tendi
su fusta  los caballos, que nos arrebataron entre el ruido de sus
herrados cascos y de sus agujereados cascabeles.

La nueva empresa habia montado  la francesa sus tiros, sustituyendo
al antiguo rosario de mulas, enfrenadas slo las dos del tronco y las
seis restantes encomendadas  un muchacho ginete en el mingo delantero,
un tiro de seis buenos caballos todos embridados; dos en la lanza y
cuatro en balancin. Aquellas nuevas diligencias, carruajes de slo
berlina y rotonda, eran unas especies de sillas de posta; y eran 
las antiguas galeras y diligencias lo que hoy son  aquellas sillas
de posta las locomotoras y trenes de los ferro-carriles; pero aquel
ruido de los cascabeles, aquel perptuo vocero con que  sus caballos
animaban los mayorales, aquellos zagales dicharacheros que enganchaban
y recogian los tiros en las remudas, aquellos venteros y maestros de
postas, aquellas hosteras en donde se hacian los altos y las comidas,
conservaban el carcter jaranero y alegre de nuestra patria y la tierra
por donde viajbamos los espaoles; y se veia el pas, y se bromeaba
con las paisanas; y sea dicho en paz, no tenia tantas ventajas para
los intereses materiales, pero tenia ms poesa que el actual nuestro
modo de viajar del tiempo viejo. Los caballos daban cierto decoro de
caballeros  los viajantes; y no todo el mundo podia permitirse el lujo
de viajar en berlina de una silla-correo, que corria por el centro de
la calzada, pasando al vulgo de los viandantes; la mquina lo arrastra
todo, y los caballos arrastraban la flor de lo arrastrado, y bien lo
decia el refran: de las vidas arrastradas... la del coche.

El en cuyo _coup_ bamos Allo, Jstiz y yo par en Ocaa para
almorzar. Sin que Allo y yo hubiramos bajado los cristiles, ni
hablado con los viajeros del segundo compartimento en las postas
pasadas, por respeto al descanso de Jstiz, que iba convaleciente de
larga enfermedad, con fuentes abiertas en los brazos y encomendado 
nuestra amistad por su cariosa familia. Pero al apearme en Ocaa,
unos brazos poderosos me arrebataron del estribo, y al depositarme en
tierra me decia la voz vigorosa del individuo  quien aquellos fornidos
brazos correspondian:--Aqu t, Pepe?--Era Paco Elipe, diputado
bullicioso, poeta un poco excntrico, pero no despreciable, hacendado
manchego y amigo leal, de quien ya apenas hace nadie memoria; pero de
la de quien voy  traer algunos recuerdos  estos mios de aquel viejo
tiempo.--Quin es tan descorts ni tan ingrato que no se pare  dar
un apreton de manos al viejo amigo,  quien encuentra por acaso en el
viaje de la vida? Y qu son estos recuerdos ms que un viaje de vuelta
por el casi borrado rastro del florido camino de mi juventud?

Paco Elipe fu scio del Liceo y escribi de todo, en verso y en
prosa; y empezando por un drama en compaa de Romero Larraaga,
titulado _La Vieja del Candilejo_, cuyo plan est no ms preparado y
versificado limpia y galanamente: escribi otros ms, y tuvo sus xitos
y sus aplausos y su reputacion no inmerecidos y fu uno de los que,
con quienes empezbamos  hombrear, arrim el hombro para empujar el
carro del progreso de aquella poca. Recto y tenaz, y de vigorossimo
carcter, hacia y decia las cosas de muy original y personalsima
manera. Un dia cerraba con lacre una carta, y echndose por descuido
una gota de l encendida en un dedo, en lugar de sacudrsela dijo,
conservando el dedo inmvil: Bruto Paco; para que no seas torpe otra
vez! Y dej apagarse el lacre en la carne. Una noche sorteamos en el
Liceo varios argumentos para una improvisacion, entre varios poetas, y
tocle  Elipe el de la _Noche-Buena_.

El tiempo dado para el trabajo de la improvisacion era el de una
hora, al fin de la cual comenzaba la lectura de las composiciones en
la tribuna; lleg su turno  Elipe, y en medio de muchas redondillas
facilsimas, en que describia todo el tumulto que traen consigo los
panderos, zambombas y el jaleo de aquella noche de la Misa de Gallo,
solt con la mayor formalidad la semiblasfemia de esta cuarteta:

      Y aunque la ilacion se quiebre,
    lo que no apruebo y resisto
    es el mal gusto de Cristo
    de nacer en un pesebre.

Y continu su descripcion de la _Noche-Buena_ con tanta
imperturbabilidad suya como estupefaccion del auditorio.

Fu el amigo ms consecuente de Jos Fernandez de la Vega, el fundador
del Liceo, mal recompensado por todos los  quienes hizo hombres con el
establecimiento de tan nica y brillante sociedad. El Gobierno no supo
dar  Vega ms que el Gobierno de una provincia de tercer rden; y Paco
Elipe fu el ms fiel amigo de aquel  quien tantos faltaron.

Pero de Paco Elipe har ms larga y justa mencion ms adelante, porque
espero en Dios que me dar tiempo de hacerle una visita en su palacio
solariego de Manzanares: y ocasion de hallar en l materia para ms
curioso relato.

Con este mi tercer compaero de viaje almorc en Ocaa, en un parador
nuevo, en una mesa muy limpia y enflorada, servida por dos buenas mozas
de diez y ocho y veinte aos, de triguea tez, boca sensual y risuea,
grandes, negros y retozones ojos, moo de picaporte con zorongo de
largos cabos, y robustez muy mal disimulada en sus ceidos corpios, y
sus estrechos y cortos guarda-pieses.

El conductor nos present  los postres un libro en blanco, en cuyas
hojas rogaba la empresa  los viajeros que anotasen las faltas de
servicio para corregirlas. Elipe y yo acusamos en ellas, y en unas
quintillas, al posadero de hacer servir su mesa por aquellas dos
muchachas, que embelesaban  los viandantes para que no comiesen ms
que ojeadas y sonrisas, productoras para ellas de dobles propinas y de
vanas esperanzas para los comensales; y pedamos  la empresa que, 
suprimiese aquellas dos muchachas,  que cambiando las horas de salida
de sus carruajes, dispusiera que los viajeros no almorzaran, sin que
cenaran y pernoctaran en aquel parador de Ocaa.

       *       *       *       *       *

El 1. de Abril  las siete de la maana nos apeamos de la diligencia
en Sevilla, caf del Turco, calle de la Sierpe. Salia yo  ver la
tierra por primera vez; y como el pjaro que deja por primera vez
el nido apenas emplumado, y goza de la luz, la vida y la libertad,
desempolvando sus plumas entre el fresco csped y las primeras
margaritas, y se baa en el brillante ajfar y las lquidas perlas de
las gotas de agua que desparrama el Guadalquivir en sus siempre verdes
orillas, me sal por la Puerta del Arenal  ver el puente, y el rio, y
la Torre del Oro, y  respirar aquel ambiente perfumado de azahar, y 
baarme en aquella luz, reflejo dorado de la del Paraiso;  pasar, en
fin, una maana de muchacho que hace novillos.

Y fu aquel uno de los pocos dias que en mi vida cuento como felices,
y cuya dicha tuvo fin y colmo en mi nocturna presentacion en casa del
egregio poeta, del carioso amigo, del entretenidsimo conversador, y
del nunca olvidado autor del _Moro expsito_ y del _Don Alvaro_.

El recuerdo de la amistad, de la casa y de la familia del duque de
Rivas es una isla de arribada en el revuelto mar de mi existencia, un
oasis frondoso en el arenal desierto de mis estriles aspiraciones,
una tienda de reposo en el pedregal por donde ha hecho peregrinar mi
inutilidad viviente, mi improductiva  improvisora poesa. La casa del
duque en Sevilla es en mis recuerdos un nido de ruiseores, donde fu 
albergarse una noche de primavera una golondrina desanidada.




XVII.

      Gran tierra es Andaluca!
    La gente all alegre toma
    la vida efmera  broma,
    y hace bien, por vida mia.

      Quien  Sevilla no vi
    no vi nunca maravilla;
    ni quiso irse de Sevilla
    nadie que en Sevilla entr.

      Ver Npoles y morir!
    dicen los napolitanos.
    Y dicen los sevillanos:
    Ver Sevilla, y  vivir!


Esto digo yo de Sevilla en _La leyenda de los Tenorios_, y esto hice
cuando fu  aquella ciudad sin ms objeto que  ver  Sevilla y 
vivir. No existian an en Espaa las academias y los profesores de
_bombo_, ni _La Correspondencia_ anunciaba la salida de Madrid de don
Fulanito y doa Menganita, ni nos habian hecho cardenales, tratndonos
de _Eminencias_,  los que por algo comenzbamos  distinguirnos los
que an no se distinguian por su profesion de _bombistas_; ni habanse
an establecido las sociedades y comisiones de aplausos mtuos que
anuncien, calificndolo de acontecimiento, la partida, la llegada 
el resfriado de cualquier mediana  nulidad,  quien cuatro amigos,
si no ella misma, dan importancia mintras se lee el nmero en que se
da  se la da bombo: as que pude yo pasearme por Sevilla con Allo
y Jstiz sin riesgo de hacerme enemigos todos los liceos, ateneos y
teatros caseros, cuyas invitaciones rehusara, y cuya sancion necesita
hoy todo hombre notable para pasar por donde pasa, como moneda
resellada, en cada provincia. Algunos curiosos iban  ver cmo era
el autor de _El Zapatero y el Rey_ cuando entraba  salia en el caf
del Turco, donde se hospedaba; y el tal autor salia  entraba en su
alojamiento, y gozaba de aquel sol y aspiraba aquel aroma de azahar
que llena los paseos y las alamedas, y visitaba aquellos viejos y
moriscos edificios, por y entre los cuales anduvo el rey, tan popular
como mal juzgado todava, de su drama _El Zapatero y el Rey_. Hacia, en
fin, la vida que en Sevilla se hacia: la del pjaro, como dije en mi
nmero anterior; picotear los capullos de las rosas y de los azahares,
cantar y esponjarse  la sombra y entre las hojas de los naranjos y las
magnolias, y vagar de barrio en barrio, como los pjaros de rama en
rama, hasta la hora de acogerse al nido de los ruiseores, que era la
casa del duque de Rivas.

En ella duraban algunas caseras costumbres de nuestras nobles familias
de los siglos del Renacimiento. La del duque se reunia en las primeras
horas de la noche en torno de una gran mesa; donde, presididas por la
duquesa, trabajaban sus hijas en alguna labor, y leian  dibujaban
sus hijos,  escuchaban todos al duque, que les leia  recitaba
algunos de sus caractersticos romances,  algunas de las consejas
por l recientemente desenterradas de bajo alguna piedra mal segura
del rincon de una callejuela de Sevilla. El duque leia sus versos
con un entusiasmo, un tono y una gesticulacion esencialmente suyos y
completamente originales; y acompaaban su voz el murmullo del aire en
las hojas y del agua en las fuentes del jardin, sobre el cual se abrian
los dos balcones de aquella estancia. El carioso respeto y la cordial
 infantil admiracion de su numerosa familia para con el padre y el
poeta, era la cualidad caracterstica, el fondo tpico de aquel cuadro
de interior, en cuya atmsfera se respiraba la ms sincera alegra y la
ms tranquila felicidad. Aquellas cabezas juveniles de las muchachas,
en cuyos ojuelos retozones chispeaba la curiosidad reprimida y en cuyos
labios retozaba la maliciosa sonrisa; las inteligentes fisonomas de
los muchachos, Enrique reflexivo y Alvaro bullicioso; aquellos lbums,
grabados y caballetes abiertos siempre,  siempre cargados de algun
trabajo no concluido; aquellos retratos de los hijos, pintados por el
padre; aquel piano siempre abierto, y aquellos tres salones seguidos,
en donde siempre habia murmullo de msica  de poesa, y cuyo silencio
era el sn del agua y los rboles del jardin, daban  aquella casa un
carcter especial, nico y tpico, que me hizo calificarla de nido
de ruiseores, y cuya paz fu yo  interrumpir con el desordenado
turbion de versos de mi leyenda de _La cabeza de plata_, de la cual iba
escribiendo el ltimo captulo durante aquel viaje. Habia en aquella
leyenda (que el fin se public bajo el ttulo del _Talisman_, y de la
cual ya nadie probablemente se acuerda), un enamoradsimo Genaro, 
quien vuelve loco la cabeza de una hermosa Valentina, cortada por un
brbaro y celoso tutor, cuya historia no sabia yo  punto fijo cmo
concluir, pero que entusiasm  la duquesa, complaci al duque por lo
que me queria, y encant  las muchachas por lo romntica y apasionada.

Pasemos pronto por tan gratos como personales recuerdos: la muerte nos
quit de delante aquel dolo  quien adorbamos, gloria de Espaa,
cuyos versos hemos aplaudido no ha muchos meses en el teatro en su
_Don Alvaro_; y no quiero que su recuerdo parezca en estos mios como
motivo de alabanza propia, ni como afan de propio engrandecimiento  la
sombra suya, ni como halagea adulacion  los hijos vivos del amigo
muerto; de cuya viva estimacion vivo seguro, por los puros recuerdos de
aquellos dichosos dias y de aquellas deliciosas noches.

Obligbame  pasar  Cdiz un asunto de familia; y librndome  fuerza
de voluntad del encanto con que en Sevilla me retenia la sociedad del
duque, me embarqu con mis compaeros en un vapor que descendia el
Guadalquivir. No habia yo visto el mar; y para no verle prosicamente
desde una playa, me ech  lomos de aquella serpiente de plata,
que deshace las mviles escamas de sus dulces ondas en las amargas
profundidades del que rodea y arrulla aquel canastillo de plata, que
se llama Cdiz. Ni de esta ciudad ni de la de Sevilla dir una palabra
ms; porque ni hay ya nada que de ambas en prosa y verso no se haya
dicho, ni estos recuerdos son memorias histricas, ni relacion de
impresiones de viaje, que obligan  seguir lgica y consiguientemente
una narracion; sin la consignacion de mis ideas en un papel, segun en
mi imaginacion desordenadamente se van presentando. Est ya convenido
que el autor del _Zapatero y el Rey_ y de _Margarita la Tornera_ es un
poeta... bueno  malo, grande  pequeo: pero cmo fu poeta? Cules
fueron los grmenes de su inspiracion? Qu influencia han tenido en
sus escritos las vicisitudes de su vida? Qu hay en la suya ntima,
puesto que no la tiene pblica no habiendo sido nunca ms que poeta?
Esto es lo que l solo puede decir, y esto es lo que exponen estos sus
Recuerdos del tiempo viejo, tan desprovistos de inters como de rden,
por ser personales y desligados de toda adherencia con la poltica, el
progreso, la vida, y en una palabra, de la generacion en que ha vivido,
como una planta parsita sin raices que  su tierra la sujetaran.

Poseia en Cdiz una persona de mi familia una de las pocas huertas, que
reverdecen en el escaso terreno de su puerta de tierra.

Ni la duea de aquella posesion conocia su finca, ni jams habia estado
muy clara la historia de ella; habasela cedido un pariente suyo en
cambio de unos terrenos en Ultramar; y tasada sin duda en ms de lo
que valia, no redituaba lo que de su capitalizacion podia esperarse.
Habia habido en ella en otro tiempo un establecimiento industrial,
cuyo abandonado edificio  intiles utensilios habian ido vendindose
cuando la ocasion se habia presentado. Tenala entnces en arriendo un
signor Domnico Maggiorotti, genovs  livorns, de una honradez sin
tacha, el cual daba cuentas cuando se le pedian, descontando siempre
algo por gastos hechos en recomposiciones absolutamente necesarias,
como reconstruccion de tapias y renovacion de puertas. De vez en cuando
habia hablado de calderas viejas y de tiles ya intiles de hierro,
que all arrinconados existian, cuya venta le habian propuesto y para
cuya enajenacion pedia permiso; disele siempre la propietaria, y el
livorns tuvo siempre  su disposicion el precio de lo vendido. Las
cuentas del ao anterior estaban con l todava pendientes, y por
el mes de Febrero del que corria habia pedido permiso para vender la
piedra de una especie de estanques  secaderos de cera; que cerera
aseguraba que habia sido el arruinado establecimiento industrial de la
finca. De la aclaracion de estos hechos y del cobro de la renta del
ltimo ao iba yo encargado, con legal poder y mplias facultades de su
propietaria.

Fume una tarde con Allo  la huerta del Maggiorotti, quien, segun
costumbre de su pas, se llamaba abreviadamente Mnico, y  quien
entre las gentes vulgares con quienes trataba, llamaban unos el seor
Mnico y otros el tio Mnico; no alcanzando la abreviatura del nombre
italiano. Dimos en la huerta, y topamos en ella con el signor Mnico
Maggiorotti; que era efectivamente mayor en aos y en estatura que Allo
y yo juntos, y uno de los mayores hombres con quienes yo he tropezado
en mi vida. Tenia, segun nos dijo, setenta y dos aos, y segun vimos
cerca de seis pis de alto, con una cabellera y unas patillas como
la nieve, unas cejas crecidsimas, bajo las cuales relampagueaban
dos ojazos de un azul pardo y de una admirable limpidez; una tez
curtida como si hubiese pasado mucho tiempo expuesto  los aires
del mar; una boca grande de perptua sonrisa y guarnecida an de su
completa dentadura, y unos hombros, unos brazos y unas manos fornidos,
musculares y encallecidas, como de quien debia de haber pasado largos
aos en rudo y continuado ejercicio.--Saludle yo afablemente; djele
quin era, y exhible mis credenciales; tendime l su diestra llevando
la zurda al sombrero, y mintras por poco no me desmonta las catorce
coyunturas de mi mano entre las de la suya, me dijo con una voz como de
contramaestre hecho  mandar la maniobra entre la tempestad:--Maana
 las diez le llevar  usted  su casa ocho mil reales, y los seis
mil trescientos restantes, el dia 30,  la misma hora: porque no
habindome usted avisado de su venida, no le tengo juntos los catorce
mil trescientos del total de su cuenta.

Ocurriseme decirle que  m, como el ms jven, correspondia ir 
su casa; y contestme, frunciendo ms el entrecejo, y mirndome como
quien necesita seis como yo para almorzar:--Si tiene V. empeo de
ir  mi casa, vaya; pero yo no hago ningun trato en mi casa, sin
en los _Montaeses_ que tengo en frente de ella, y ante un jarro de
manzanilla, como tal vez no es costumbre entre los seoritos de Madrid,
y yo pago siempre.

Acept, tom en mi cartera las seas de la casa y despedmonos hasta
las diez de la maana siguiente. Allo y yo convinimos en que aquel
viejo tenia trazas de haber sido tallado sobre el modelo del Laoconte,
y de ser un hombre tan formal como poco hecho  sufrir cosquillas.

--Parece que no tiene muchas ganas de recibirte en su casa--me dijo
Allo.

--Y no s por qu las tengo yo de meter en ella las narices,--le dije
yo; y nos fuimos  buscar  Jstiz, para ir  la pera.

Al dia siguiente, exacto como un suizo, me present  las diez en casa
del signor Mnico, que la tenia en una calleja cerca de la muralla y
en frente de una tienda de montaeses;  la cual se entraba por un
patinillo cercado de un emparrado, bajo cuyos vstagos se veian cinco
 seis mesillas, con sus correspondientes bancos, stos y aquellas
clavados, que no asentados en el suelo.

La casa del signor Mnico Maggiorotti tenia su parte habitable en el
piso principal, que, sostenido sobre dos postes, gravitaba entero
sobre ellos y las paredes maestras de un gran portalon, todo lleno
en derredor de bien apilados sacos de lana, en la cual comerciaba su
propietario. Enclavada en la pared de la izquierda, pendiente, estrecha
y de un solo tramo, una escalera de madera con su pasamano remataba en
una puerta de maciza encina, nico paso al piso superior; y en vez de
postigo en ella abierto, se abria en la pared derecha un ventanillo,
que dominaba el portalon, y desde cuyo ventanillo, un hombre armado
de una escopeta de dos tiros  de un par de pistolas, podia defender
la subida y la entrada de una docena de asaltantes, que caerian
infaliblemente uno tras otro ntes de que ninguno lograse forzar la
puerta. Mil suposiciones,  cual ms absurdas, forj mi imaginacion
de poeta y mi juvenil inesperiencia sobre las riquezas, la avaricia
y el misterio de la vida del signor Mnico  la vista de aquellos
sacos de lana, que representaban un buen par de sacos de duros, y de
aquella colocacion de postigo y escalera, que delataban muy calculadas
precauciones.

Y todos estos supuestos me los hice yo como autor acostumbrado 
preparar la escena de mis dramas, y como manitico tirador que no
veia por donde quiera ms que escenarios  tiros de pistola; mintras
el corpulento signor Mnico venia  presentarme su mano de Titn,
abandonando un saco de lana sobre el cual dormitaba  echaba cuentas
 mi llegada. Saludmonos, y atajando tiempo y cumplidos, el viejo
italiano, con su vigoroso acento, pero en un tono carioso y dulcsimo,
aunque imperativo, pronunci, llamndola, el ms bello nombre de mujer
que habia yo oido nunca.

--_Stella!_--dijo, y  su voz asom al ventanillo una cabeza
rubia, que respondi con una voz de indefinible dulzura: Eccomi,
nonno.--Troverai un sacco con un p di danaro sulla tavola: portalo
colla vesta:--repuso Maggiorotti, y, unos momentos despues abrise la
puerta y descendi, con el saco y la chaqueta por l pedidos, la ms
deliciosa y potica criatura. Era una muchacha diez y ochena, blanca
como una perla, rubia como un querubin y ligera como una corza. Traia
el cabello recogido en dos trenzas sobre los hombros, con dos ligeros
rizos flotantes sobre las sienes, un corpio de terciopelo negro
abrochado hasta el cuello con botones de plata, y un delantal blanco
encima de una falda gris; por bajo cuyos ribetes se la veia bajar sobre
dos piececitos inconcebibles, metidos dentro de dos escarpines de
charol con hebillitas de plata. _Stella_ la habia llamado su abuelo, y
 m me pareci, en efecto, la estrella de la maana.

Not el viejo la impresion que en m hacia la presencia de aquella
criatura, y dicindola: son qui alla bottega col signore, la
despidi. Saludnos ella, y, al desaparecer en lo alto de la escalera,
me sac maese Mnico de su portalon, dicindome: es mi nieta; segule
yo, sospechando si podia ser un ngel  quien aquel viejo demonio debia
de haber arrancado las alas, y nos metimos uno tras otro en el patio de
la tienda de los montaeses.

Va  ser ms fcil de comprender para mis lectores que para m de
relatar, la escena de mis cuentas con el signor Mnico Maggiorotti;
porque la forma y consecuencias de tal escena son tan comunes y
vulgares, como extrao y fantstico su fondo. El hecho en resmen,
por ms empacho que confesarlo me cueste, fu que el signor Mnico,
bebedor consuetudinario, enterr en el fondo de un jarro de manzanilla
la razon de un muchacho, para quien era exceso lo que para aquel
costumbre; la manera visible con que se efectu este entierro, fu la
de ingerir una  una en el estmago las aceitunas de un plato, y otra
 otra las caas en que Mnico vaciaba el contenido del jarro; cuya
vulgar operacion vieron sin curiosidad ni extraeza los propietarios
del local que detrs del mostrador estaban; pero su fondo, es decir,
la intencion del signor Mnico y el pensamiento mio, es lo de todos
un ignorado, y lo que voy en breves palabras  revelar; si acierto
con las frases  propsito para escribir tan vulgar como fantstica
situacion. Comenz el corpulento administrador por enterarme, entre
las dos primeras aceitunas y las dos primeras y an inofensivas caas,
de las partidas de cargo y data de su cuenta, y de la que  favor de
mi poderdante resultaba; vaci en seguida el saquillo que le habia
entregado su nieta, y apil con la destreza y rapidez del ms ducho
banquero de cabecera, primero las monedas de oro, despues los pesos,
y en fin, las pesetas, que componian la suma que me correspondia:
cuatro mil reales en onzas y cuatro mil en plata; hizo rollos primero
del oro, despues de los duros y de las pesetas; hzome guardar los
primeros en los bolsillos del pecho de mi levita y en los del chaleco;
metime los de las pesetas en los del pantalon, y haciendo un lio de
los de los duros en mi pauelo, lo coloc dentro de la comba que mi
brazo izquierdo trazaba sobre la mesa,  introducindome la cuenta en
el bolsillo del relj y guardando l mi recibo en su cartera y sta en
el inmenso bolsillo de su chaqueton de pana, dijo: ahora emprendmosla
con el manzanilla.

Pero todo esto que l hizo y que yo le dej hacer, lo hizo l con la
calma, el aplomo y la prevision de quien sabia lo que iba  suceder, no
queriendo que sucediera nada que fuera en perjuicio de su honradez de
buen administrador y de pagador exacto.

Bebamos y hablbamos del estado de la huerta, de lo que yo hacia en
Madrid, y de lo que pensaba hacer en adelante; de lo que l habia
hecho en Gnova y en algunas otras partes del mundo por tierra y mar.
De mi manera de vivir debi comprender l muy poco, por ser para l
los versos despreciable capital y mezquino gnero de comercio; y de
lo que l habia hecho no comprendia yo tampoco mucho; porque adems
de que me lo contaba por terceras partes, en dialecto genovs, en
italiano y en espaol, formulaba su narracion con tales circunloquios y
digresiones, que tan pronto llevaba mi atencion por el mar, en un buque
que iba y volvia  no recuerdo qu puntos de Amrica; como por entre
los fardos, las cuentas y las disputas de una casa de trfico en un
puerto del Mediterrneo; ya me hablaba de los granaderos de Npoles y
de una campaa de Italia, ya de un barco pirata y de encuentros con los
contrabandistas de la montaa; ya de una casa tranquila y pintoresca
de la campia de Livorno, cuyo interior tenian hecho un cielo una hija
y tres nietas como pintadas por Rafael: ya de una especie de gnio
siniestro de su familia que habia enterrado vivas  todas aquellas
mujeres... y yo le escuchaba mirndole,  travs del manzanilla sin
duda, ya soldado, ya pirata, contrabandista, comerciante, padre, marido
y abuelo de aquellos sres, que, tan hermosos como desventurados,
pasaban todos por delante de m, y saludndome bajo la forma de aquella
_Stella_, que acababa de aparecer y desaparecrseme en el portalon de
la extraa casa de maese Mnico Maggiorotti.

Esta era mi idea fija, y la nica clara que en el turbio cristal de
mi mente se dibujaba; en cuanto el ms mnimo intervalo de aspiracion
 reposo del viejo Mnico me lo permitia, intercalaba yo mi eterna
pregunta--_y Stella?_-- la cual oponia l tenazmente su eterna
respuesta--mi nieta: mi ltima nieta--y continuaba bebiendo y
hablando, y yo contemplando su enorme boca, ya jurando en genovs, ya
dilatndose en homricas carcajadas; y sentame fascinado por aquellos
dos ojos que brillaban inquietos y chispeantes bajo el toldo blanco de
sus nunca recortadas cejas. A veces enjugaba una lgrima con un pauelo
de algodon, que sacaba y metia rpida y facilsimamente de un bolsillo,
en el cual cabria con comodidad una pieza entera de doce pauelos; y 
veces dando un formidable puetazo sobre la desvencijada mesa, hacia
saltar en ella el jarro, las caas y mis rollos de duros envueltos
y anudados en mi pauelo de batista, sobre el cual ponia l su mano
como nico objeto de que habia que cuidar, diciendo mi scusi...
ma... y miraba al cielo cerrando el puo. Yo, asegurando tambien
por instinto mi dinero, aprovechaba aquel respiro para dirigirle mi
eterna pregunta--_y Stella?_--y l exclam al fin levantndose y
apabullndose de travs su sombrero hasta las orejas:--Dio santo!
Stella... Stella!--Sventurata! Condamnata  morte comme tutte le
altre!

Habia yo llegado  aquel perodo en que el mundo baila y gira en torno
del mal bebedor, y al levantarse el signor Mnico, quise tambien
ponerme derecho; pero al levantarme comprend que mis pis no podian
cmodamente con mi cabeza. Dime el brazo maese Mnico; metime el
pauelo de duros en el bolsillo izquierdo de atrs de mi levita; y
arrollando este bolsillo en el faldon correspondiente, me lo coloc
bajo el brazo izquierdo, y dicindome en su galimatas:--Niente,
niente: en diez minutos se pasa todo: tenga firme el brazo, ed avanti
sempre: questo vino non  che fummo.

Me sac  la calle, me acompa no s hasta dnde; y yo, sintiendo
reirse y danzar al rededor mio la gente, la muralla, los rboles,
las fuentes y las casas, llegu  la mia, y d conmigo y con mi
dinero en brazos de Jstiz, que casi lloraba, y de Allo que reia
como si l fuera el borracho. Yo, con una lengua que me pesaba seis
arrobas, acert  decir--ah traigo ocho mil reales... acustenme...
y djenme dormir--me dej desnudar, y ni v cundo me dejaban solo,
ni sent cmo me cerraban puertas y ventanas; y en la lobreguez de
aquel vergonzoso y forzado sueo de mi primera embriaguez, no surgi
luminosa, ni siquiera por un instante, la pura y potica imgen de
aquella Stella fotografiada en mis pupilas y en mi cerebro, desde que
apareci en el ltimo peldao de la empinada escalera del portalon de
maese Mnico.--Tnto rebaja y embrutece tan innoble vicio al hombre
inspirado por la ms espiritual y fantstica poesa!

No recuerdo si despert  me despertaron: pero anochecia cuando abr
los ojos, y me hall entre el melanclico Jstiz y el siempre alegre
Allo: interrogbanme ellos y respondales yo: pero, ni me atrevia, ni
podia explicarles lo que todava no se acusaba bien definido en mi
confusa memoria; excepto la de Stella, que, como la de los Magos, fu
lo primero que brot claro del caos espirituoso que an envolvia mis
enmaraados recuerdos.

Allo, hombre de sentido prctico, concluy por declarar que lo que
sacaba en limpio de mi inconexo relato era, que el viejo italiano, fiel
 las costumbres del pas, habia hecho beber ms de lo que podia al
que no la tenia de beber en ayunas; pero que no habia motivo alguno de
queja, ni acusacion en l de torcido intento, puesto que los ocho mil
reales estaban completos y su cuenta exacta y sin tacha. Que aceitunas
y manzanilla era una nutricion andaluza insuficiente, aunque excesiva
para un castellano viejo; y que lo ms acertado y perentorio era
sentarnos  la mesa, y que yo echara un buen lastre en mi estmago,
deslabazado por un vino chacharero y poco arropado, como la gente
ligera de ropa de la caliente Andaluca.

Sentmonos, pues,  la ya preparada mesa, que alegr Allo con su
conversacion un poco verde, que escuch Jstiz con su atildada
compostura, y las _dos hijas de la casa_, sin darse por entendidas de
lo hablado, en atencion  una noble botella de Sillery que destapon
y las sirvi Allo en sn de prxima despedida; pues segun anunci,
debamos embarcarnos para Mlaga  la siguiente noche.

Y no s por qu  tal anuncio se me oprimi el corazon.

Com poco, bebieron Allo y las muchachas, y  instancias del impaciente
Jstiz, que no queria perder la salida de Salvatori en _Los Puritanos_,
ocupamos nuestras lunetas (hoy butacas) en el teatro. Una de las
mayores desventuras con que castiga Dios  un hombre es la de crearle
poeta; es peor que si le creara bizco: todo lo ve de travs, y en
cambio de los imaginarios goces con que embelesa su espritu, le
estrava en el mundo real y le condena  vivir fuera de su poca y
extrao generalmente  sus contemporneos. _Los Puritanos_ son para
m la ms deliciosa partitura de la escuela italiana; no tienen una
nota de desperdicio, y yo he sabido de memoria msica y letra,  pesar
de que el libreto del conde Peppoli es indigno de aquella sentida
inspiracion de Vincenzo Bellini. Pues bien; yo escuch aquella noche
_Los Puritanos_ como quien oye llover: no me d cuenta de nada de lo
que en escena pasaba; y desde que el primer coro cant:

      La luna, il sol, _le stelle_
    le tenebre, il folgor
    dan laude al Creator
    in lor' favelle,

yo no pens ni me fij en ms que en el recuerdo de la plida nieta de
Mnico Maggiorotti, como si fuera la tiple que por la escena se movia:
al llamarla el bajo _l'angelica sua Elvira_ cre que se equivocaba,
y al oir al tenor juzgarla _tremante ed spirante_, los ojos se me
arrasaron en lgrimas. Qu desventura la de nacer poeta! Qu tenia
yo con la nieta de maese Mnico? Sentia por ella desgraciadamente
una de esas pasiones que nacen, crecen, se desarrollan y hacen feliz
 infeliz  un hombre en cinco minutos? Nada mnos que eso: era una
impresion potica, un misterioso castillo en el aire, forjado sobre
la vulgarsima historia de un tratante en lanas italiano que tenia
una nieta que se llamaba Stella; era que acababa yo de compaginar el
asunto italiano de mis _Dos vireyes_, cuyo xito me tenia inquieto, y
aquella inquietud, unida al recuerdo de lo que en aquel drama pasa 
la enamorada Anunciata, me hacia esperar de Stella una heroina de un
cuento, fin de la historia de la representacion de mi drama; era, en
fin, la curiosidad, el sueo, el delirio de un poeta, que no ha visto
nunca la vida tal como es, ni las personas vivas sin como personajes:
era una muchacha rubia, vista  travs de una copa de manzanilla, vino
chacharero y poco arropado, como decia Lorenzo Allo.

Antes de acostarnos, acordaron ste y Jstiz nuestra partida para
Mlaga: declarles yo mi resolucion de quedarme: tenia que cobrar el 30
los 6,000 reales de mi crdito con maese Mnico. Allo se ech  reir:
Jstiz me mir tristemente. Allo me dijo: el italiano es hombre formal;
lo mismo te pagar el 30 que el 10, que estaremos de vuelta.

--No, repuse; quiero concluir mi _Cabeza de plata_.

--Otra cabeza rubia es la que ha barajado el seso de la tuya.

--Idos: me quedo.

--Pues nos iremos: qudate; pero volveremos por t, y _velis
nolis_, aunque haya que romper alguna cabeza, t volvers  Madrid
conmigo--dijo Allo--y nos acostamos.

Allo y Jstiz partieron  Mlaga  la noche siguiente: en la maana
del otro dia cambi yo de alojamiento: me ofendia la sonrisa perptua
de aquellas dos muchachas morenas y alegres que me habian visto volver
de travs, abrazado con el pauelo de duros de Mnico: me disgustaban
los ojos negros, los rizos negros y las formas redondas de aquellas dos
andaluzas: yo soaba rubio, veia rubio, adoraba lo blanco, lo esbelto y
lo ligero; lo robusto, lo redondo, me parecia materia bruta: lo blanco,
flexible y delicado, espritu y corazon; lo andaluz, carne y prosa; lo
italiano arte y poesa.

Me instal en el hotel del Correo, donde no habia ms husped que un
ingls, y cuyo camarero era italiano. Pseme  concluir mi _Cabeza de
plata_, para podrsela leer completa  la duquesa de Rivas, que habia
quedado curiosa da saber su conclusion, que ignoraba yo todava  mi
paso por Sevilla.

Ped al camarero noticias de Maggiorotti una noche.

--E un ogro, me respondi; non riceve nessun italiano in casa sua.

--Conocette Stella?--le pregunt.

--Chi! Stella? Una vecchia brutta?

--Va via, grand' imbecile!--le dije despidindole furioso.--Una
vecchia brutta Stella!... il Sole.

Marchse el pobre hombre sin comprenderme... y quedme yo tan asombrado
como l de lo dicho.

Quin era Stella? Qu tenia para m? Que Dios me habia hecho nacer
poeta y que habia dicho de ella maese Mnico: Sventurata! condamnata
 morte comme tutte!

Y todos nacemos condenados  muerte; sin que los poetas vivimos como
sonmbulos, y corriendo siempre tras de fantasmas.

El ingls, nico husped del Hotel del Correo cuando yo tom en l
aposento, era el compaero ms  propsito para m en aquella ocasion.
Taciturno gastrnomo, recorria todos los pases del mundo para estudiar
la cocina nacional de cada uno. Comia, callaba, digeria y dormia:
escribia yo, pues, sin ruido, visitas ni estorbos, y descansaba slo
algunas horas de la noche. La luna en creciente tendia sobre la antigua
Gades el rico manto de su luz de plata, y vagaba yo por sus limpias
calles y sus ya arboladas plazas,  la luz melanclica del astro
potico de la noche, como lo que he sido siempre, como una sombra de
otro mundo y un habitante de otra region perdido sobre la tierra.

Vagabundo nocturno de profesion, conozco todos los ruidos, las sombras
y las luces nocturnas: s cuntas formas toma la sombra de los rboles
y de las casas, segun la luna las traza, las prolonga  las recoge,
desde que sale hasta que se pone. S los infinitos ngulos y tringulos
que trazan los hierros de los faroles, los brazos de las cruces y
las siluetas de las chimeneas; conozco todos los cuadros de luz que
estampan sobre el oscuro y hmedo empedrado los balcones alumbrados
de las casas en que se vela  se baila, de las puertas que se abren
para despedir  los contertulios  la luz de buja, farol  linterna;
todos los huecos de sombra de los postigos abiertos y cerrados con
precaucion y  oscuras para recibir  despedir  los amantes; todos
los rumores de las pisadas que se acercan  se alejan con resolucion 
con miedo, de las del adltero escurridizo ante la hora de la vuelta
del marido; del jugador ganancioso y del hijo de familia retrasado;
del ratero y de la buscona, del centinela y del mdico; mis leyendas
estn llenas de esas noches, y yo tengo ciertas pretensiones de ser un
poeta nocturno, rico de nocturna y pormenorizada observacion; todas mis
comedias y dramas comienzan de noche y de noche se han concluido; y en
aquellas de Cdiz concluian mis nocturnos paseos en una plazuela sobre
la muralla derruida, por encima de cuyas desencajadas piedras metia el
mar los hirvientes y desgarrados pedazos de encaje de la espuma de sus
encrespadas olas;  travs de cuyo rumor temeroso y del salino vapor en
que el aire convertia la ola que en los peascos se estrellaba, adoraba
yo  Dios y aspiraba la poesa que ha extendido sobre los mares para el
poeta creyente.

El mar es para m el grande espejo en que se pinta la faz de Dios,
y mil veces he deseado tener por tumba su inmenso y mvil panteon de
lquido cristal. Dos veces he naufragado, y el mar me ha devuelto vivo
 la tierra. Qu mausoleo ms magnfico que el mar! A quien naufraga
y muere en alta mar, le da Dios la muerte ms dulce y sin agona; una
impresion rapidsima de inmersion en un bao, un zumbido de oidos
semejante  una lejana msica, un resplandor fosfrico que deslumbra
las pupilas... y el alma sale del cuerpo y entra en la eternidad.
Buenas noches! Aquel cuerpo y aquel alma se ahorran todo lo doloroso
y lo ridculo de que la sociedad rodea al que se muere; el pesar
verdadero de los que le aman, la hipcrita comedia del dolor de los
que le heredan, los falsos consuelos de los que estn deseando que
espire pronto, ofendidos de su superioridad  envidiosos de su gloria;
el entierro oficial, si es un personaje  una celebridad; el olvido
inmediato tras de las ceremonias, y la profanacion, en fin, de su tumba
por la posteridad, encomendada por Dios de castigar al orgulloso que
olvida que le dijo al crearle: _Pulvis es et in pulverem reverteris_.

Yo adoro el mar, y cuando el frio, la soledad, la reflexion y la
necesidad de continuar mi trabajo me arrancaban de aquel boquete de
murallon roto, por donde yo miraba el de Cdiz en aquellas noches, me
volvia  mi hospedaje del Correo, pasando por el callejon en que se
alzaba sombra y casi aislada la casa de maese Mnico Maggiorotti. En
su esquina del Medioda veia siempre iluminado por dentro el postigo de
una ventana. Quin velaba all? Hacia all las prosicas cuentas de
sus sacos de lana  de cuartos maese Mnico,  mecian all  la luz de
una lamparilla los sueos de la esperanza, el espritu virginal de la
hermosa nieta del misterioso italiano? Todas las noches volvia  mi
alojamiento sin haberlo averiguado, y volvia  trabajar en mi _Cabeza
de plata_, bailndome perptuamente delante de los ojos la rubia de
Stella; y el recuerdo de su potica imgen bajaba y subia perptuamente
por la escalera del portalon, empotrada en mi cerebro, mintras con
ella distraido avanzaba lentamente en mi trabajo y esperaba impaciente
el dia 30.

El veinte y ocho recib una carta de Crlos Latorre, en la cual me
decia: Se levant el telon sobre el primer acto de _Los dos vireyes_
con entrada llena. Mate llev con aplomo sus escenas en verso, y el
pblico las escuch con agrado: oy sin repugnancia las en prosa,
gracias al cuidado que pusieron todos los actores, y concluy Azcona
caracterizando con mucha inteligencia su final, que se aplaudi: no me
lo esperaba, y comenc  respirar.

Al empezar el acto segundo, el viento habia cambiado y el mar hacia
oleaje. Durante el entreacto, un criado incgnito habia repartido al
pblico, y no al buen tun, tun, sin entre la gente de letras de las
lunetas (hoy butacas), quince  veinte ejemplares de la novela _El
virey de Npoles_, de Pietro Angelo Fiorentino; los cuales tenian una
nota con lpiz que decia los dilogos que Zorrilla ha copiado en su
drama van marcados al mrgen. Los posesores de aquellos librillos
se los mostraban y pasaban riendo  los curiosos que se los pedian:
los palcos, las galeras y el pueblo pedian silencio: los actores no
comprendian tal inquietud en las lunetas, pero no se desconcertaron.
Concluyeron al fin las nueve escenas en prosa; qued Mate slo en
escena, y el pblico respet su respetable personalidad;  hiriendo
sus oidos las octavillas italianas, comenz  hacer silencio; y Mate
le aprovech para decrselas tan vigorosa  intencionadamente, que al
concluirlas arranc el primer aplauso de la noche. La cancion de Basili
hizo un efecto inesperado; y Mate se llev la sala con la redondilla:

    con un cordel  la gola
    y un crucifijo en la mano,
    cantar har  ese villano
    su postrera barcarola,

y con un segundo aplauso prepar mi salida. Excuso ponderar  V. lo que
hicimos ambos en el resto del acto: cumplimos con los deberes de la
amistad.

En el entreacto segundo nos enteramos de la villana de _X_, que era
quien indudablemente habia enviado al teatro los ejemplares de la
novela; yo me apresur  dar la clave del ataque traidor de que era V.
objeto; y la empresa y los actores resolvimos defender el final del
drama con todo el empeo de que hombres y mujeres furamos capaces;
pero _los amigos_ de fuera trabajaban en contra con los librejos; la
escena en prosa y los endecaslabos pasaron apenas difcilmente; y ya
temia yo una catstrofe para el final, cuando nos salv lo que temamos
que nos perdiera: el virey encerrado en el balconcillo despues de la
escena VI, en la cual logr arrancar un aplauso y hacerme escuchar.
Mate estuvo impagable en aquella desairada posicion; rebosando
orgullo, rencor y sed de venganza, hizo aborrecible el personaje que
representaba, y al volvrsele las tornas, las galeras y la ignominia
ahogaron  las lunetas, y dimos el nombre del autor, y hoy damos
tranquilamente la cuarta representacion. Duerma V. tranquilo, y
permtame V. que le prevenga para el porvenir con aquellas palabras de
Fabiani en _La familia del boticario: Buenos amigos tienes, Benito;_
y cuente V. con este que le querr siempre.

No me sent tan mal como me asombr la incomprensible partida mulata de
_X_, porque me revelaba ms estupidez que malas entraas; puesto que,
mero traductor de la novela de que me habia hecho _sacar_ el drama,
quien tenia derecho en resmen  aparear su nombre con el mio no era
l, sin Pietro Angelo Fiorentino-- quien yo habia robado por darle
gusto.

Tal es la historia de mi miserable rapsodia _Los dos vireyes_, y tal la
de su primera representacion; de la cual no he hablado jams  _X_, ni
l ha podido nunca apercibirse de que yo le estimaba en lo que valia:
sobre mis hombros no pudo, empero, volver  poner los pis. As vivimos
en estos tiempos y en esta sociedad, en que las medianas se atreven 
todo, y  todo tal vez alcanzan, mnos  engaar  la posteridad.

El 30  las diez trepaba yo, que no subia por la empinada escalera del
portalon de maese Mnico; pues no hallndole en l, quise ver si podia
forzar el paso al, segun fama, impenetrable _sancta sanctorum_ de su
misterioso hogar. Sub rpida y llam ruidosamente  la puerta en que
la insegura escalera finalizaba, y al tiempo que por el ventanillo
acechador asomaba una curiosa cabeza de mujer, me franqueaba la entrada
el mismo maese Mnico, por la barreada puerta, ante m abierta de par
en par.

El genovs, en chaleco, pantalon y babuchas, me recibi con algo
encapotado ceo y melanclica sonrisa; en los cuales mi extraviada
preocupacion y mi fantstico espritu se empeaban en ver algo
misterioso y siniestro: quise yo motivar mi presencia, pero l ataj
mis escusas diciendo:

--Son las diez, y es la hora. Trae V. el recibo?

--S, seor.

--Pues los seis mil estn contados: y conducindome  travs de una
antesala y un comedor, tan limpia como modestamente amueblados, 
una especie de despacho, me mostr sobre la parte alta y plana de su
pupitre los trescientos duros en pilas de  veinte y cinco. Mostrle
mi recibo firmado y comenc  hacer rollos de  cincuenta, en los ocho
pedazos en que cort un peridico que me alarg.

Callaba yo haciendo, no muy diestramente, mis rollos, y callaba l
esperando distraido  que yo concluyera de hacerlos; tal vez se reia en
su interior de m por la poca costumbre de manejar dineros que mi poca
destreza le revelaba; pero mi indiscrecion de muchacho sin mundo y mi
irresistible curiosidad me hicieron al fin prorumpir en la pregunta que
hacia diez dias tenia en mis labios:--y _Stella_?

Sent la mirada de Mnico sobre mi faz, y la busqu con la mia,
resuelto  todo: entre las blancas pestaas de sus hundidos ojos
percib dos lgrimas, que no dej rodar por sus curtidas mejillas,
enjugndolas ntes con el reverso de su mano.

--Stella?--dijo, como si su voz fuera en su respuesta el eco de mi
pregunta.--Quiere V. verla?

--Si V. me lo permite...

--Por qu no? Acabe V. de recoger su dinero; no he podido procurarle 
V. oro, porque...

Interrumpise sin acabar de darme su razon; conclu yo de liar mi sexto
rollo, y mintras ataba los seis en mi pauelo, complet nciamente mi
pensamiento, formulndole en esta menguada frase:

--Stella es una preciosa criatura, cuya vista regocija los ojos, cuya
voz arrulla los oidos.

--Desventurada!--exclam el viejo;-- la pi sventurata creatura del
mondo! Non pu essere sposa, ne madre, ne padrona di s stessa!--Y
abriendo ante m una puerta, me mostr en un gabinete cariosamente
lleno de cuanto puede necesitar la coquetera mujeril, y en un lecho,
que no exhalaba ms que virginales emanaciones, ni excitaba ms
que castas ideas, la plida Stella, cuya cabeza, doblada sobre las
almohadas, tenia los ojos abiertos y fijos en espantosa inmovilidad.

Sin poderme contener, exclam:--Muerta!--Y Mnico, ponindome
bruscamente la mano en la boca, me dijo al oido:--silencio: oye, est
en catalepsia!--y cogindome por el brazo, sacme del aposento.

Iba yo estupefacto  pronunciar un vulgar _mi scusi_; pero el
infortunado maese Mnico me le ataj con otro, que en su boca y en
su situacion result sublime de abnegacion y sentimiento, y sigui
dicindome:

--Es la ltima de tres hermanas; un infame, castigado por Dios con
esa enfermedad, se cas con mi hija: sus dos mayores han muerto  los
21 aos; ella de pesadumbre; l...  manos de la venganza; yo les he
enterrado  todos; no me queda ms que Stella: si me sobrevive...
qu vida tan horrible la espera! Si se me muere... qu soledad!...
_Misero me!_

Yo habia escrito ya muchas comedias, pero no tenia an aplomo en el
teatro del mundo. Mudo  inmvil, no sabia ni consolarle ni despedirme.
La vieja que se habia asomado al ventanillo, presentndose en la
antesala, dirigi  maese Mnico algunas palabras, que no comprend:
ste me abri la puerta de la escalera, y yo descend por ella abrazado
con mi dinero, y me sal de aquella casa, ms brio con la emocion y
el desencanto que la primera vez con el manzanilla.

Llegu al Hotel del Correo y hall una carta que me habia traido de
Madrid el del dia anterior; mi mujer se habia roto un brazo al salir
 oscuras del teatro del Prncipe; Julian Romea habia cuidado de ella
en los primeros instantes, la habia conducido  casa con el doctor
Codorni, y me suplicaban ambos que regresara inmediatamente  Madrid.

H aqu la historia de mis _Dos vireyes_ y de la primera salida del
Quijote de los poetas,  hacer por el mundo real la vida fantstica de
los pjaros y de los locos.

Qu logr en ella el hombre? Dos pesadumbres, dos desengaos y la
vergenza de una embriaguez; tres espinas en el corazon; pero qued
en la imaginacion del poeta legendario este tan delicioso como triste
recuerdo del tiempo viejo: la imgen de Stella.




XVIII.

CUATRO PALABRAS SOBRE MI DON JUAN TENORIO.


Corria la temporada cmica del 43 al 44: Crlos Latorre habia
trabajado en Barcelona, y Lomba solo sostenido el teatro de la Cruz
con su compaa, para la cual habia yo escrito aquel ao tres obras
dramticas: _El Molino de Guadalajara_, drama estrambtico y fatalista,
en el cual Lomba hizo un tartamudo de mi cosecha: papel erizado de
dificultades intiles, que l super con una paciencia y un estudio que
no sabr yo nunca ponderar ni agradecer, y cuyo tercer acto hicieron
l, la Juana Perez, Azcona y Lumbreras de una manera inimitable; que
fu lo que hizo el xito de aquella mi extravagante elucubracion,
forjada con tan heterogneos elementos.

La Juanita, disfrazada de sobrino del molinero, cantando la cancion de
Iradier para dormir  Azcona, arranc aplausos hasta de las bambalinas;
pero repito que el xito de esta obra se debi al esmero con que los
actores la representaron, y al gasto con que la empresa la decor;
pagando adems las palomas, los versos y las flores que sus amigos, y
no el pblico, me arrojaron la primera noche. Lomba no se descuidaba,
y era preciso que las obras que yo para l escribia no tuvieran xito
inferior  las de Latorre.

_La mejor razon la espada_, refundicion  rapsodia de _Las travesuras
de Pantoja_, fu otro de mis triunfos de aquel ao; pero no hay para
qu alabarme por l, puesto que lo que en aquella obra vale algo es de
Moreto, y no mio.

En Febrero del 44 volvi Crlos Latorre  Madrid, y necesitaba una
obra nueva: correspondame de derecho aprontrsela, pero yo no tenia
nada pensado y urgia el tiempo: el teatro debia cerrarse en Abril.
No recuerdo quin me indic el pensamiento de una refundicion del
_Burlador de Sevilla_,  si yo mismo, animado por el poco trabajo
que me habia costado la de _Las travesuras de Pantoja_, d en esta
idea registrando la coleccion de las comedias de Moreto; el hecho es
que, sin ms datos ni ms estudio que _El burlador de Sevilla_, de
aquel ingenioso fraile y su mala refundicion de Sols, que era la
que hasta entnces se habia representado bajo el ttulo de _No hay
plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague_  _El convidado de
piedra_, me obligu yo  escribir en veinte dias un _Don Juan_ de mi
confeccion. Tan ignorante como atrevido, la emprend yo con aquel
magnfico argumento, sin conocer ni _Le festin de Pierre_, de Molire,
ni el precioso libreto del abate Da Ponte, ni nada, en fin, de lo que
en Alemania, Francia  Italia habia escrito sobre la inmensa idea
del libertinaje sacrlego personificado en un hombre: Don Juan. Sin
darme, pues, cuenta del arrojo  que me iba  lanzar ni de la empresa
que iba  acometer; sin conocimiento alguno del mundo ni del corazon
humano; sin estudios sociales ni literarios para tratar tan vasto
como peregrino argumento; fiado slo en mi intuicion de poeta y en mi
facultad de versificar, empec mi _Don Juan_ en una noche de insomnio,
por la escena de los ovillejos del segundo acto entre D. Juan y la
criada de doa Ana de Pantoja. Ya por aqu entraba yo en la senda de
amaneramiento y mal gusto de que adolece mucha parte de mi obra; porque
el ovillejo,  sptima real, es la ms forzada y falsa metrificacion
que conozco: pero afortunadamente para m, el pblico, incurriendo
despues en mi mismo mal gusto y amaneramiento, se ha pagado de esta
escena y de estos ovillejos, como yo cuando los hice  oscuras y de
memoria en una hora de insomnio. Escriblos  la maana siguiente para
que no se me olvidaran y engarzarlos donde me cupieran; y preparando
el cuaderno que iba  contener mi _Don Juan_, puse en su primera hoja
la acotacion de la primera escena, poco ms  mnos como habia hecho
en _El pual del godo_, sin saber  punto fijo lo que iba  pasar ni
entre quines iba  desarrollarse la exposicion. Mi plan en globo,
era conservar la mujer burlada de Moreto, y hacer novicia  la hija
del Comendador,  quien mi D. Juan debia sacar del convento, para
que hubiese escalamiento, profanacion, sacrilegio y todas las dems
puntadas de semejante zurcido. Mi primer cuidado fu el ms inocente,
el ms vulgar, el ms necesario  un autor novel: el de presentar  mi
protagonista,  quien puse enmascarado y escribiendo, en una hostera y
en una noche de Carnaval; es decir, en el lugar y el tiempo que creia
peores un colegial que todava no habia visto el mundo ms que por
un agujero; y para calificar  mi personaje, lo ms pronto posible,
como temiendo que se me escapara, se me ocurri aquella hoy famosa
redondilla:

      Cul gritan esos malditos!
    pero mal rayo me parta
    si en acabando mi carta
    no pagan caros sus gritos.

La verdad sea dicha en paz y en gracia de Dios; pero al escribir esta
cuarteta, ms era yo quien la decia que mi personaje D. Juan; porque
yo todava no sabia qu hacer con l, ni lo qu ni  quin escribia:
as que comenc  hacer hablar  los otros dos personajes que habia
colocado en escena, slo porque lgicamente lo requeria la situacion:
el dueo de la hostera, y el criado del que en ella habia yo metido 
escribir.

La prueba ms palpable de que hablaba yo en ella y no D. Juan, es que
los personajes que en escena esperaban, ms  m que  l, eran Ciutti,
el criado italiano que Jstiz, Allo y yo habamos tenido en el caf
del Turco de Sevilla, y Girlamo Buttarelli, el hostelero que me habia
hospedado el ao 42 en la calle del Crmen, cuya casa iban  derribar,
y cuya visita habia yo recibido el dia anterior. Ciutti era un
pillete, muy listo, que todo se lo encontraba hecho,  quien nunca se
encontraba en su sitio al primer llamamiento, y  quien otro camarero
iba inmediatamente  buscar fuera del caf  una de dos casas de la
vecindad, en una de las cuales se vendia vino ms  mnos adulterado,
y en otra carne ms  mnos fresca. Ciutti,  quien hizo clebre mi
drama, logr fortuna, segun me han dicho, y se volvi  Italia.

Buttarelli era el ms honrado hostelero de la villa del Oso: su padre
Benedetto vino  Espaa en los ltimos aos del reinado de Crlos III,
y se estableci en aquella hoy derribada casa de la calle del Crmen,
cuya hostera llevaba el nombre de la Vrgen de esta advocacion,
y en donde yo conoc ya viejo  su hijo Girlamo, el hostelero de
mi _Don Juan_. Era clebre por unas chuletas esparrilladas, las ms
grandes, jugosas y baratas que en Madrid se han comido, y tenia
vanidad Buttarelli en la inconcebible prontitud con que las servia.
Tenian las tales chuletas no pocos aficionados; y con ellas y con unos
_tortellini_ napolitanos se sostenia el establecimiento. Viv yo seis
meses alojado en el piso segundo de su hostera, tratado  cuerpo de
rey por un duro diario, y all tuve por comensales  Nicomedes Pastor
Diaz y  su hermano Felipe,  Garca Gutierrez,  Eugenio Moreno Lopez
y  otros muchos  quienes gustaban los _tortellini_ y las chuletas de
Buttarelli. Este buen viejo, desanidado de su vieja casa, muri tan
pobre como honrado y desconocido, y de l no queda ms que el recuerdo
que yo me complazco en consagrarle en estos mios de aquel tiempo viejo.

Por lo dicho se comprende fcilmente que no podia salir buena una obra
tan mal pensada; pero no quiero decir aqu lo que de ella pienso,
porque tengo determinado decirlo en un libro que se titula _Don Juan
Tenorio ante la conciencia de su autor_, publicado  fines de un mes de
Octubre, para que el pblico tenga presente mi opinion al asistir en
Noviembre  sus obligadas representaciones; en nuestro pas nadie se
acuerda en el mes de Octubre de lo dicho en el mes de Mayo.

Har sin embargo brevsimas observaciones sobre mis ms pasaderos
descuidos, para probar tan slo la ligereza imprevisora y la falta de
reflexion con que mi obra est escrita.

Pero ntes de todo voy  responder  algunas objeciones  que da lugar
la severidad de mis juicios. No hablo con la crtica racional, sin con
la malevolencia, la envidia y la necedad, que no dejarn de decir:

1. Que insulto al pblico criticando y dando por mediana una obra que
aplaude hace treinta y seis aos.--No.

2. Que soy ingrato y mal espaol, despreciando la reputacion fabulosa
que por mi _Don Juan_ me ha acordado.--Tampoco.

3. Que de lo que con mi crtica trato, es de perjudicar  mis editores
y  las empresas, porque no me dan parte de los productos de mis
obras.--Mucho mnos.

A lo primero, respondo que mi _Don Juan_, tal como est, tiene
condiciones para merecer el favor de que goza; pero al cabo de treinta
aos es natural que un autor reconozca los defectos de una obra, lo
cual no implica ni sombra de pensamiento injurioso para el pblico
que la aplaude, reconociendo como l sus defectos: es decir la parte
inteligente del pblico, porque el vulgo no es nunca juez competente ni
aceptable ni aceptado en materias literarias.

A lo segundo, que el no ser vanidoso, no es ser ingrato, y el
aceptar con modestia lo que me corresponda solamente de gloria por
lo bueno de mi obra, no es despreciar mi popularidad, sin aceptarla
con justa medida en lo que vale. Y aqu me ocurre una observacion,
y es, que si un vanidoso hubiera en mi lugar escrito mi _Don Juan
Tenorio_ y alcanzado el xito colosal que yo con el mio, hubiera sido
probablemente necesario echarle de Espaa  encerrarle en un manicomio;
porque hubiera querido ser ministro de Hacienda, gobernador de Cuba y
tener esttuas en vida.

Y  lo tercero, que en lugar de intentar accion alguna retroactiva
contra mis editores, poseedores legales de la propiedad de mi _Don
Juan_ en poca en que an no existia la ley de propiedad literaria,
en vez de dirigirme contra ellos, al ver que Dios alargaba mi vida ms
de lo que yo esperaba, me dirig francamente al Gobierno, dicindole:
Mi _Don Juan_ produce un puado de miles de duros anuales  sus
editores, y mantengo con l en la primera quincena de Noviembre  todas
las compaas de verso en Espaa; pero como tu ley no tiene efecto
retroactivo, no por el mrito de mi obra, sin por lo que  los dems
produce, no me dejes morir en el hospital  en el manicomio.

El Gobierno, teniendo por razonable mi demanda, me di pan y con l me
he contentado.

Pero reclamo el derecho de ver y reconocer los defectos de mi obra;
Revilla y otros crticos juiciosos los han indicado ya, con la opinion
de que deben corregirse y de que su autor est, no slo en el derecho,
sin en la obligacion de refundirla. Mi obra tiene una excelencia que
la har durar largo tiempo sobre la escena, un gnio tutelar en cuyas
alas se elevar sobre los dems Tenorios; la creacion de mi doa Ins
cristiana: los dems Don Juanes son obras paganas; sus mujeres son
hijas de Vnus y de Baco y hermanas de Priapo; mi doa Ins es la hija
de Eva ntes de salir del Paraso; las paganas van desnudas, coronadas
de flores y brias de lujuria, y mi doa Ins, flor y emblema del
amor casto, viste un hbito y lleva al pecho la cruz de una Orden de
caballera. Quien no tiene carcter, quien tiene defectos enormes,
quien mancha mi obra es D. Juan; quien la sostiene, quien la aquilata,
la ilumina y la da relieve es doa Ins; yo tengo orgullo en ser el
creador de doa Ins y pena por no haber sabido crear  D. Juan. El
pueblo aplaude  ste y le rie sus gracias, como su familia aplaudiria
las de un calavera mal criado; pero aplaude  doa Ins, porque ve
tras ella un destello de la doble luz que Dios ha encendido en el alma
del poeta: la inteligencia y la f. D. Juan desatina siempre, doa Ins
encauza siempre las escenas que l desborda.

Desde la primera escena, ya no sabe D. Juan lo que se dice; sus
primeras palabras son:

      Ciutti... este pliego
    ir dentro del orario
    en que reza doa Ins
     sus manos  parar.

Hombre, no! en el orario en que rezar, cuando usted se lo regale;
pero no en el que no reza an, porque an no se lo ha dado Vd. As
est mi D. Juan en toda la primera parte de mi drama, y son en ella
tan inconcebibles como imperdonables sus equivocaciones hasta en las
horas. El primer acto comienza  las ocho; pasa todo: prenden  D. Juan
y  D. Luis; cuentan cmo se han arreglado para salir de su prision:
preparan don Juan y Ciutti la traicion contra D. Luis, y concluye el
acto segundo diciendo D. Juan:

      A las nueve en el convento,
     las diez en esta calle.

Relj en mano, y habia uno en la embocadura del teatro en que se
estren, son las nueve y tres cuartos; dando de barato que en el
entreacto haya podido pasar lo que pasa. Estas horas de doscientos
minutos son exclusivamente propias del relj de mi D. Juan. En el
tercer acto se oye el toque de nimas; yo tengo en mis dramas una
debilidad por el toque de nimas; olvido siempre que en aquellas pocas
se contaba el tiempo por las horas cannicas; y cuando necesito marcar
la hora en la escena, oigo siempre campanas, pero no s dnde, y
pregunto qu hora es  las nimas del purgatorio. La unidad de tiempo
est _maravillosamente_ observada en los cuatro actos de la primera
parte de mi _D. Juan_, y tiene dos circunstancias especialsimas; la
primera es milagrosa, que la accion pasa en mucho mnos tiempo del que
absoluta y materialmente necesita; la segunda, que ni mis personajes ni
el pblico saben nunca qu hora es.

En el final, D. Juan trae  los talones toda la sociedad representada
en el novio de la mujer por engao desflorada, en el padre de la hija
robada y en la justicia humana, que corren gritando justicia y venganza
trs el seductor, el robador y el sacrlego: en aquella situacion est
el drama; por el amor de doa Ins, va  matar  su padre y  D. Luis,
y tiene preparada su fuga y el rapto en un buque de que habla Ciutti;
pues bien, en esta situacion altamente dramtica, aquel enamorado que
por su pasion ha atropellado y est dispuesto  atropellar cuanto hay
respetable y sagrado en el mundo, cuando l sabe muy bien que no van 
poder permanecer all cinco minutos, no se le ocurre hablar  su amada
ms que de lo bien que se est all donde se huelen las flores, se oye
la cancion del pescador y los gorjeos de los ruiseores, en aquellas
dcimas tan famosas como fuera de lugar: doa Ins las encarrila
desarrollando  tiempo su amor potico y su bien delineado carcter, en
las redondillas mejores que han salido de mi pluma.

De la desatinada ocurrencia mia de colocar en tan dramtica situacion
tan floridas dcimas, resulta que no ha habido ni hay actor que haya
acertado ni pueda acertar  decirlas bien. El pblico, que se las
sabe de memoria, le espera en ellas como el de un circo  un clown que
va  dar el doble salto mortal: si el actor, verdadero y concienzudo
artista, las quiere dar la suavidad, la ternura, la flexibilidad y el
cario que sus suaves, cariosas y rebuscadas palabras exigen... ay de
m! como aquellas dcimas no fueron por m escritas acendrndolas en el
crisol del sentimiento, sin exhalndolas en un delirio de mi fantasa,
resulta su expresion falsa y descolorida por culpa nicamente mia; que
me entretuve en meter  la paloma y  la gacela, y  las estrellas
y  los azahares en aquel duo de arrullos de trtolas, en lugar de
probar en unos versos ardientes, vigorosos y apasionados la verdad de
aquel amor profundo, nico, que celeste  satnico, salva  condena;
obligando  Dios  hacer aquellas famosas maravillas que constituyen la
segunda parte de mi _D. Juan_.

Si el actor, pasando sobre su conciencia y haciendo caso omiso de la
del autor y de su deber de imponerse al vulgo, por dar gusto  ste y
arrancar un aplauso, las declama  gritos y sombrerazos como se hace
hoy por nuestros ms roncos y aplaudidos actores... el aplauso estalla,
es verdad; pero  quin pertenece? Al actor, no; porque al exponerse
 arrojar por la boca los pulmones arroja con ellos al sentido comun
por encima de la batera del proscenio, en cambio del aplauso de los
engaados espectadores: al poeta, tampoco; porque aquellas palmadas
resultan poco mnos que bofetadas para l,  quien jams pudo
ocurrrsele que tuvieran que ahullarse y berrearse unas dcimas tan
artificiosas y tan mal traidas, pero forjadas con los ms poticos
pensamientos y expresadas con las ms suaves, armnicas y cariosas
palabras.

Qu quiero yo decir con esto? Que los actores no saben representar
mi _D. Juan Tenorio_? No: quiero decir que _en mala situacion no hay
actor bueno_; que obra mia es aquella situacion mala; y que yo, que no
transijo con mi conciencia al juzgar mis obras, no transijo con los
actores que transigen con la suya en las mias.

Intento yo, como se ha supuesto, al decir la verdad sobre mi _D.
Juan_, y al hablar con tal ingenuidad de m mismo, desacreditar mi obra
y conspirar contra su representacion y xito anuales, por el intil
y villano placer de perjudicar  mis editores y  los empresarios y
actores, porque la propiedad de mi obra no me pertenece?

Estpida  malvola suposicion. _D. Juan Tenorio_, que produce miles
de duros y seis dias de diversion anual en toda Espaa y las Amricas
espaolas, no me produce  m un solo real; pero, me produce ms que 
ningun actor, empresario, librero  especulador: porque la aparicion
anual de mi _D. Juan_ sobre la escena, constituye  su autor su fnix
que renace todos los aos. _D. Juan_ no me deja ni envejecer ni morir:
_D. Juan_ me centuplica anualmente la popularidad y el cario que por
l me tiene el pueblo espaol: por l soy el poeta ms conocido hasta
en los pueblos ms pequeos de Espaa y por l solo no puedo ya en ella
morir en la miseria ni en el olvido: mi drama _D. Juan Tenorio_ es al
mismo tiempo mi ttulo de nobleza y mi patente de pobre de solemnidad:
cuando ya no pueda absolutamente trabajar y tenga que pedir limosna, mi
_D. Juan_ har de m un Belisario de la poesa: y podr sin deshonra
decir  la puerta de los teatros: dad vuestro bolo al autor de _D.
Juan Tenorio_, porque no pasar delante de m un espaol que no nos
conozca   m   l.

Cmo, pues, he de anhelar yo desprestigiar, ni desterrar del teatro
 mi venturoso desvergonzado _Don Juan_, que es el sr de mi sr y la
nica esperanza de mi porvenir?

Pero qu intereses ataca, qu amor propio ofende el modesto
conocimiento de s mismo que el autor del tal _D. Juan_ manifiesta al
juzgar su obra, cuando ha tenido treinta y tres aos para estudiarla?
cuando, _velis nolis_, le han hecho presenciar ochenta veces su
representacion, durante la cual,  no haber sido de piedra como su
esttua del Comendador, tiene forzosamente que haberla visto y hchose
cargo de cmo pasa lo que en ella sucede?

Seria posible, aunque para m inconcebible seria, que se ofendiera la
crtica de que yo,  mis sesenta y cuatro aos, al ajustar cuentas con
mi conciencia, dijera de mi _D. Juan_ lo que ella  por consideracion
al autor  por no atreverse  ir contra la corriente de la opinion,
no ha dicho en los mismos treinta y tres aos? Es imposible; la
crtica tiene que ser hidalga y leal en Espaa, como lo es su pueblo,
y no puede tornarse nunca en injusta, corrigiendo slo al autor, no
concedindole ni permitindole nada, ni un reconocer y corregir sus
defectos, sin corregir el mal gusto, cuando estrava los juicios del
pblico y el arte de los actores, ocasionando los escesos y faltas de
las empresas: todo lo cual constituye lo que se llama el teatro: que no
es slo la palabra escrita del poeta.

Dejmoslo aqu. Con todo lo dicho y lo que por decir me queda, no
he pretendido ms que alegar el derecho y la obligacion que tengo
de ser modesto confesando mis defectos y errores, para que ni mis
contemporneos que me aplauden, ni la posteridad si de m se acuerda,
tengan motivo dado por m en que apoyarse, para creer que yo vivo
hinchado y esponjado como el pavon y sueo conmigo mismo cuando duermo,
por la vanidad de ser quien soy, y de haber hecho y escrito lo que he
escrito y hecho.

Y si hay alguno que me envidia el ser autor del _Don Juan_, ojal
pudiera yo traspasrselo para que gozara en mi lugar las consecuencias
de haberlo escrito!

La veracidad de mi opinion sobre esta obra la expres muy claramente
y de todo corazon en las ltimas redondillas de las que le en un
beneficio que con l me di Ducazcal en el teatro Espaol el ao
pasado, que inserto aqu para concluir, y por creer que aqu tienen su
legtimo puesto y lugar.

      En los aos que han corrido
    desde que yo le escrib,
    mintras que yo envejec
    mi _Don Juan_ no ha envejecido:

      Y fama tal por l gozo
    que se cree,  lo que parece,
    porque _Don Juan_ no envejece,
    que yo he de ser siempre mozo:

      Y hoy el bravo Ducazcal
    os anuncia en su cartel
    que he de hacer aqu un papel,
    que tengo que hacer ya mal.

      Yo no soy ya lo que fu:
    y viendo cun poco soy,
    dejo  los que ms son hoy
    pasar delante de m;

      Pues por Dios, que por ms brava
    que sea mi condicion,
    la fiebre rinde al leon,
    la gota la piedra cava.

      An latir mis brios siento:
    pero es ya vana porfa,
    no puedo ya la voz mia
    pedirle otra vez al viento:

      Y  quien me lo quiere oir,
    digo aos h por do quier,
    que pierdo el sr de mi sr
    y que me siento morir;

      Pero nadie me hace caso
    por ms que hablo  voz en grito,
    porque este _Don Juan_ maldito
    por do quier me sale al paso;

      Y ni me deja vivir
    en el rincon de mi hogar,
    ni deja un ao pasar
    sin dar de m qu decir.

      Yo me apoco dia  dia,
    y este bocon andaluz,
     quien yo saqu  la luz
    sin saber lo que me hacia,

      me viste con su oropel
    y  luz me saca consigo;
    por ms que  voces le digo
    que ir no puedo  par con l.

      Mas tnto favor os debo
    por l, que en verdad me obliga
     que algo esta noche os diga
    de este insolente mancebo.

      Oid... es una leyenda
    muy difcil de contar,
    porque tiene algo  la par
    de ridcula y de horrenda:

      una historia ntima mia.
    Yo era en Espaa querido
    y mimado y aplaudido...
    y me hu de Espaa un dia.

      Vivia  ciegas y err:
    y una noche andando  oscuras
    tropec en dos sepulturas,
    y de Dios desesper.

      Emigr: me d  la mar;
    y esperando en el olvido
    una muerte hallar sin ruido,
    en Amrica fu  dar.

      No llevando all negocio
    ni esperanza  qu atender,
    al tiempo dej correr
    en la oscuridad y el cio.

      Once aos anduve all
    vagando por los desiertos,
    contndome con los muertos
    y sin dar razon de m.

      Los indios semi-salvajes
    me veian con asombro
    ir con mi arcabuz al hombro
    por tan agrestes parajes;

      y yo en saber me gozaba
    que nadie que me veia
    all, quin era sabia
    el que por all vagaba;

      y esper que de aquel modo
    de m y de mi poesa
    como yo se olvidaria
     la fin el mundo todo.

      Mi nombre, pues, con intento
    de dejar perder, y en suma
    sin papel, tinta, ni pluma,
    ni libros ya en mi aposento,

      bebia en mi soledad
    de mis pesares las heces:
    mas tenia que ir  veces
    del desierto  la ciudad.

      Vivo el cuerpo, el alma inerte,
     caballo y solo, iba
    como una fantasma viva,
    sin buscar ni huir la muerte.

      Y hago aqu esta narracion
    porque sirva lo que digo
     mis hechos de castigo,
    y  modo de confesion.

      Sobre m  un anochecer
    un nublado se deshizo,
    y entre el agua y el granizo
    me dej una hacienda ver.

      Ech  escape y me acog
    de la casa entre la gente,
    como franca lo consiente
    la hospitalidad all.

      Celebrbase una fiesta:
    que en aquel pas no hay dia
    que en hacienda  ranchera
    no tengan una dispuesta;

      y son fiestas extremadas
    all por su mismo exceso,
    de las hembras embeleso,
    de los hombres emboscadas.

      Y  no ser de mi leyenda
    por no cortar la ilacion,
    hiciera aqu descripcion
    de una fiesta en una hacienda,

      donde nadie tiene empacho
    de usar  gusto de todo;
    porque son fiestas  modo
    de las bodas de Camacho.

      All acuden sin convite
    buhoneros, comerciantes
    y cirqueros ambulantes;
    sin que  nadie se le quite

      de entrar en corro el derecho,
    de gastar de los abastos,
    ni de colocar sus trastos
    donde quiera que halle trecho.

      Jams se apaga el hogar,
    jams el servicio cesa;
    siempre est puesta la mesa
    para comer y jugar.

      Por salas y corredores
    se oye el son  todas horas
    de carcajadas sonoras,
    de onzas y de tenedores.

      Todo es peleas de gallos,
    toros, lazos, herraderos,
    manganas y coleaderos
    y carreras de caballos;

      Y al fin de un dia de broma
    que nada en Europa iguala,
    todo el mundo entra en la sala
    y sitio en el baile toma.

      Entr  hice lo que todos:
    y cuando cre que al sueo
    se iban  dar, d yo al dueo
    gracias por sus buenos modos:

      mas mi caballo al pedir,
    asindome por la mano,
    me dijo el buen campirano
    soltando el trapo  reir:

      Y  quin hay que se le antoje
    dejar ahora tal jolgorio?
    Vamos, venga ust  la troje
    y ver el _Don Juan Tenorio_.

      Y  m que lo habia escrito
    en la troje me metia;
    y all al paso me salia
    mi audaz andaluz precito.

      Mas ay de m, cul sali!
    Lo hacia un indio Otom
    en jerga que el diablo urdi;
    tal fu mi _Don Juan_ all,
    que ni yo le conoc
    ni  conocer me d yo.

      Tal es la gloria mortal,
    y  quien Dios se la confiere
    si librarse de ella quiere
    se la torna Dios en mal.

      A m no me la torn,
    porque por mi buena suerte,
    del olvido y de la muerte
    do quier _Don Juan_ me salv.

      Dios no quiso all de m!
    y de mi patria el olvido
    temiendo, como habia ido,
     mi patria me volv.

      Feliz malogrado afan!
    al volver de tierra extraa,
    me hall que habia en Espaa
    vivido por m _Don Juan_.

      Comprend en su plenitud
    de Dios la suma clemencia:
    _Don Juan_ habia en mi ausencia
    borrado mi ingratitud.

      Mnstruo sin par de fortuna,
    mintras yo de Espaa huia,
    en Espaa me ponia
    en los cuernos de la luna.

      Y ni fuerza ni razon
    han podido derribar
    tal dolo del altar
    que le ha alzado la opinion.

      Pero hablemos con franqueza
    hoy que todo coadyuva
    para que aqu se me suba
     m el humo  la cabeza:

      Desvergonzado galan
    siempre atropella por todo
    y de atajarle no hay modo,
    qu tiene, pues, mi _Don Juan_?

      Del fondo de un monasterio
    donde le encontr empolvado,
    yo le plant remozado
    en mitad de un cementerio:

      Y obra de un chico atrevido
    que atusaba apenas bozo,
    os parece tan buen mozo
    porque est tan bien vestido.

      Pero sus hechos estn
    en pugna con la razon:
    para tal reputacion
    qu tiene, pues, mi _Don Juan_?

      Un secreto con que gana
    la prez entre los don Juanes:
    el freno de sus desmanes:
    que Doa Ins es cristiana.

      Tiene que es de nuestra tierra
    el tipo tradicional;
    tiene todo el bien y el mal
    que el gnio espaol encierra.

      Que hijo de la tradicion,
    es impo y es creyente,
    es baladron y es valiente,
    y tiene buen corazon.

      Tiene que es diestro y es zurdo,
    que no cree en Dios y le invoca,
    que lleva el alma en la boca,
    y que es lgico y absurdo.

      Con defectos tan notorios
    vivir aqu diez mil soles;
    pues todos los espaoles
    nos la echamos de Tenorios.

      Y si en el pueblo le hall
    y en espaol le escrib
    y su autor el pueblo fu...
    Por qu me aplauds  m?

Dejmoslo aqu hasta que veamos  mi D. Juan ante la conciencia de su
autor, que tambien veremos  los actores ante mi _Don Juan_.




XIX.

(PARNTESIS.)


I.

Mi campaa teatral habia durado cuatro aos: del 40 al 45. Fiel  mi
bandera, no me habia yo pasado jams al enemigo, combatiendo siempre
en primera fila; y en aquellos cuatro aos, porque en la temporada
del 41 al 42 no escrib nada por lo que adelante dir, habia yo dado
 la empresa Lomba veinte y dos obras escnicas, desde _Cada cual
con su razon_ hasta _D. Juan Tenorio_[2]. Ninguna de ellas habia sido
silbada, ni retirada del cartel sin cinco representaciones; y habian
quedado del repertorio de Latorre, con xito completo, _El Zapatero
y el Rey_, _Sancho Garca_, _El rey loco_, _El pual del godo_,
_El alcalde Ronquillo_ y el _D. Juan_: Lomba repetia en el suyo el
_Cada cual con su razon_ y _La mejor razon la espada_. La empresa
del teatro del Prncipe no me habia visto jams en el saloncito de
Julian Romea, ni para sus afortunados actores habia yo en los cuatro
aos escrito un slo verso; siendo el nico escritor que sigui
constante la inconstante suerte de la empresa de la Cruz, y escribiendo
exclusivamente para Lomba y Latorre.

       [2] _Cada cual con su razon_; _Lealtad de una mujer_; primera
       y segunda parte de _El Zapatero y el Rey_; _El eco del
       torrente_; _Los dos vireyes_; _El molino de Guadalajara_;
       _Un ao y un dia_; _Apoteosis de Calderon_; _Sancho Garca_;
       _El caballo del rey D. Sancho_; _La mejor razon la espada_;
       _El pual del godo_; _La oliva y el laurel_; _Sofronia_;
       _La Creacion y el Diluvio_; _El rey loco_; _La reina y los
       favoritos_; _La copa de marfil_; _El alcalde Ronquillo_; _D.
       Juan Tenorio_.

Por qu? Lo dir ms adelante al recordar cmo, por qu y para quin
escrib el _Traidor, inconfeso y mrtir_; ntes y por hoy tengo
necesidad de decir algo de las vicisitudes por que habian pasado los
teatros de verso, durante los cinco aos de la revolucion literaria, de
la cual fu entnces hijo mimado y hoy todava viviente recordador.

Porque estos mis desordenados Recuerdos del tiempo viejo son una
madeja de quebradizos y rotos hilos, de cuyos cabos voy tirando al
azar segun los voy devanando en el desigual ovillo de mis artculos de
_El Imparcial_; y en ste veo que es preciso que d  mis lectores,
si tengo algunos, un cabo conductor y alguna luz que les guie por
el laberntico relato de mis entradas y salidas por las puertas y
escenarios de los teatros de la Cruz y del Prncipe. Mis Recuerdos
no son, desventuradamente para m, una obra de cronolgica ilacion,
de continuidad lgica y progresiva de bien enlazados sucesos, y de
uniforme estilo, como las curiosas Memorias de un setenton, del Sr.
de Mesonero Romanos;  quien aprovecho esta ocasion para dar gracias
por el carioso recuerdo que en ellas hace de m, y para rendirle el
homenaje debido al ms fcil de nuestros prosistas, al ms ameno y
castizo de nuestros narradores, al ms corts de nuestros crticos, y
al ms exacto pintor de nuestras costumbres. Mis Recuerdos no pueden,
ni intentan competir con sus Memorias; y cuando hoy se reducen  libro
con una ms ordenada forma, an no pueden parangonarse con aquellas;
elegante y ltima, pero genuina produccion del vigoroso ingenio del
Curioso parlante, en cuya curiosa personalidad prolonga Dios la luz de
la inteligencia para gloria y contentamiento de la presente generacion.

Hecha esta salvedad y cumplido este deber, vuelvo la vista atrs y
retrocedo cuatro aos, para entrar por preparado camino en el quinto y
ltimo de mis recuerdos teatrales.

La temporada cmica del 38 al 39, por no s qu circunstancias
fortuitas  premeditadas, iba  pasar sin que hubiese compaa en
los teatros de Madrid. Lomba, asociado con Luna, Pedro Lopez, las
Lamadrid y otros se presentaron en poca avanzada, con las ms
sinceras protestas de modestia,  llenar como mejor pudiesen aquel
vaco. Estimselo el pblico, y qued constituida en compaa aquella
sociedad, para la temporada del 39 al 40. _La redoma encantada_ fu
para ella la gallina de los huevos de oro, y en aquel ao cmico
present yo mis tres primeras comedias, segun van marcadas en la nota
correspondiente  este prrafo. Con la cooperacion del infatigable
Breton, de Garca Gutierrez, Olona, y otros autores, el ao fu un
negocio, y  la temporada siguiente (la de 40 al 41) vino  tomar
parte en l Julian Romea con Matilde y su compaa. Romea, Salas y
Lomba tomaron ambos teatros, y habiendo yo comprometido mi palabra con
Crlos Latorre de escribir para l la segunda parte del Rey D. Pedro,
cuya primera habia estrenado Luna, pero no habiendo querido Romea
escriturar  Latorre, prefer no escribir para el teatro  faltar  la
palabra empeada  ste.

No dur mucho la union de Julian con Lomba; y como por aquel tiempo
transformara en teatro su circo Colmenares, que del de la plaza del Rey
era propietario, Lomba, que habia tomado el viejo coliseo de la Cruz
patrocinado por el banquero Fagoaga, director del Banco, estren el del
Circo en el verano con Crlos Latorre, mintras se hacia de nuevo el de
la Cruz. La empresa Colmenares, que era adinerada y emprendedora, hizo
competencia  los dos teatros y  las dos compaas del Prncipe y de
la Cruz, primero con grandes pantomimas y despues con pera y baile:
del 42 al 43.

Lomba, que disponia de no escasos fondos y que era hombre de no
cortos alcances, se volvi  unir con Romea contra el enemigo comun;
y conservando independientes sus dos compaas de verso, fueron
coempresarios para dos nuevas de baile y de pera, que alternaron en
sus dos teatros. La Lema (que cas despues con Ventura de la Vega),
La Tossi (mujer luego de Lorenzo Milans) y la Vill ganaron all con
justicia la reputacion de primeras cantantes; y Salas en _Chiara di
Rossemberg_ se hizo el primer caricato espaol; sosteniendo el baile
la pareja Bartholomin, con su padre de director, Aranda de pintor,
otra pareja italiana y un par de docenas de coristas aragonesas
y valencianas, que se las tuvieron ten con ten  la Petit y  la
Guy-Sthefan y  las andaluzas del circo.


II.

Del 43 al 44, Lomba solo, sin Romea, pero con Matilde, Guzman,
Latorre, Sobrado, Pizarroso, Azcona, las Lamadrid y la Sampelayo,
sostuvo la competencia contra las compaas del Circo con la mejor de
verso que tal vez se ha reunido, y una de pera de _primo cartello_
(hasta el 45) con Moriani, Guasco y otros clebres cantantes. En estos
dos aos se pusieron en escena en la Cruz _La lmpara maravillosa_,
fantstica y maravillosamente decorada por Aranda, _El triunfo
de la Cruz_ y _La Encantadora_, y en el Prncipe _La Slfide_ y
_Hernan-Corts_, varios dramas de Hartzenbusch y Garca Gutierrez,
el _Don Alfonso el Casto_ y la _Doa Menca_, el _Alfonso Munio_ y
_El Prncipe de Viana_, de Gertrudis Avellaneda, y muchas comedias de
Breton, que dieron prez al arte escnico y dinero  la administracion.
El Circo, al fin, amparado por Narvaez, Salamanca y otros personajes de
valia, se llev la atencion con la competencia de la Fuoco y la Guy, 
quienes se presentaban gigantescos ramos de flores conducidos en brazos
de servidores con librea, en azafates y jarrones de plata y porcelana
de china, y hasta en un carro que apenas cabia por la calle del centro
de las butacas.

Yo no s lo que el arte gan con aquel frenes y aquellos delirios;
pero el pblico se hart de gritar por uno  otro partido, y de
divertirse con las excntricas locuras de ambos; y se vieron en
la escena de los tres teatros las ms costosas decoraciones, los
ms lujosos trajes, las ms cortas y transparentes enaguas, y las
bailarinas ms correctamente empernadas y de ms ricas formas de los
cuatro reinos de Andaluca y de la antigua coronilla de Aragon.

Por fin perdimos nosotros los de la Cruz, que estuvimos  pique de
ser crucificados. En Diciembre del 45 Lomba tuvo que prescindir de
Crlos Latorre, que se fu  Granada, y yo  mi casa  contentarme con
saber que en Granada se aplaudia  Crlos; sin el cual abri Lomba el
teatro del Instituto, con Caltaazor, las hermanas Flores, la Pmias,
la Carrasco, la Concha Ruiz, Lumbreras, etc. En esta temporada, y ntes
de abandonar la Cruz, se hicieron las zarzuelas _El Sacristan de San
Lorenzo_, _La Venganza de Alifonso_ y _La pradera del Canal_, parodias
de la _Lucia_ y la _Lucrecia_, escritas por Azcona, el ms inteligente
y entendido de nuestros actores de entnces, excepto Pedro Mate:
cuadros de costumbres concienzudamente estudiados y con maravillosa
exactitud copiados del natural.

En Junio del 46 fu yo  Francia, de donde regres en Enero el 47,
por el fallecimiento de mi madre:  mi vuelta hall instalada en el
Instituto la compaa andaluza de Calvo y Dardalla, donde estos dos
actores representaban de una manera tan incomparable como encantadora
_Los celos del tio Macaco_ y _La flor de la canela_. Pepe Calvo, padre
de Rafael, hacia un tio Macaco tan indescriptible y caracterstico, un
gitano tan picaresco y atruhanado, tan anguloso, descaderado y zancudo,
que no le produjeron ms espirrabao ni Triana en Sevilla, ni el Perchel
en Mlaga.

Del 48 al 49. El Ayuntamiento se encarg del teatro y se fund el
Espaol, con una compaa completa compuesta de Romea, Valero, Arjona,
Matilde, Brbara, Teodora y Osorio, etc. Catalina no acept su puesto
en ella por razones personales, y Carceller con un asociado tom para
Catalina el viejo teatro de Variedades, con la Manuela Ramos, la Juana
Samaniego, Juan Catalina, Corts el buen gracioso, Manuel Gimenez y
otros. Al fin de temporada contrataron  Salas, Adela Latorre, al tenor
Gonzalez, etc., con quienes pasaron al teatro de los Basilios, mintras
que Harpa, propietario de Variedades, remodernaba su sala y escenario,
dejndolos como estaban an el ao pasado de 79.

Y aqu acaban mis recuerdos de los teatros que conoc ntes de mi
expatriacion, y salvas algunas inexactitudes de fechas, y alguna
confusion de ajuste de actores, esta es la historia de los teatros de
Madrid desde el 40 al 49: tan ligeramente apuntada como lo permite el
ligero espritu de estos recuerdos  vuela pluma, y tan en confuso
cuadro como se conservan amontonados en mi turbia memoria todos
aquellos empresarios tan activos y batalladores, todos aquellos actores
tan bien vestidos y todas aquellas bailarinas tan bien desnudas.

Plidas, dispersas y mviles siluetas, recuerdos desperdigados de la
memoria del muchacho, que an bailan en sueos una diablica danza
Macabra por el ya frio, desierto y nebuloso campo de la imaginacion del
viejo poeta.


III.

Y aqu abre mi memoria un oasis fresco, umbroso y apacible en el rido
y enmaraado desierto de mis recuerdos; en l se levanta y por l
corre, y su abrasada atmsfera templa y ora una brisa vital, salubre
y perfumada que envia mi corazon amante  mi descarriada fantasa.
Por qu no he de sentarme  reposar un punto  la sombra de este
oasis? Por qu no he de aspirar esta brisa  la luz del nico rayo
de esperanza que ilumina la lbrega y tempestuosa atmsfera de mis
recuerdos, y el turbio y estril arenal de mi intil existencia? Qu
son estos mis Recuerdos del tiempo viejo ms que las aspiraciones
ntimas de mi alma, los suspiros de mi corazon y los latidos de mi
conciencia? Surja, pues, de las aguas azules del pintoresco lago de la
poesa el vapor puro de los suspiros del alma; revlese el hombre en la
faz del poeta, y vase el corazon de aquel  travs de las cuerdas de
la lira de ste.

Por aquel tiempo vino  Madrid mi pobre madre,  quien yo no habia
visto y de quien nada habia sabido desde aquella desventurada noche en
que abandon mi paterno hogar.

Dos figuras bellsimas, dos imgenes tan queridas como nunca olvidadas,
resaltan en este cuadro de mis recuerdos: la de mi madre y la de Paco
Luis de Vallejo, corregidor de Lerma en 1835,  quien dediqu mi _D.
Juan Tenorio_ en 1844. Volvamos un instante la vista al mes de Julio de
1835 para posarla despues en el de 1844.

A la llegada  Madrid de la Reina Mara Cristina, era mi padre
superintendente general de polica del reino: el duque de San Crlos y
Arjona, que para traerle hasta tan importante puesto le habian hecho
pasar por la Chancillera de Valladolid, la Audiencia de Sevilla y la
Sala de Alcaldes de casa y corte, se le habian propuesto  Fernando
VII como un partidario fiel de la causa realista, como un ntegro
magistrado y un hombre de carcter enrgico,  propsito para limpiar
 Madrid de los ladrones y vagos que pululaban en 1827 por las mal
empedradas calles y peor alumbrados callejones de la villa y corte
de entnces, de la cual dan tan exacta idea las Memorias de Mesonero
Romanos. Al instalarse mi padre en la superintendencia, en la casa de
la calle del Prncipe que hoy habita el duque de Santoa, tenia ya
montada una polica, que acab en cuarenta dias con todos los ladrones,
de la manera que tal vez dir en algun artculo posterior. Bstame, por
hoy, indicar el principio tan brbaro como exacto de que su justicia
partia, y era este: Los sres humanos, que faltos de educacion moral
y religiosa, y viviendo en guerra con la sociedad, creen que el robo
es una profesion, y el asesinato necesario para cometer y encubrir el
robo, no tienen ms que un miedo: el de la muerte. En consecuencia
de cuyo principio, y conociendo el modo lento y embrollado con que la
justicia ha solido caminar siempre en Espaa, anunci que los ladrones
quedaban sujetos  una comision militar, asesorada por un alcalde de
casa y corte y un escribano del crmen; instalse la tal comision;
y ladron cogido, ladron ahorcado. Brbaro era tal vez el principio,
pero necesario y eficaz fu el procedimiento; los nicos tres aos
que Madrid ha estado completamente libre de ladrones _de profesion_,
fueron los de 28, 29 y 30. Otro dia hablaremos de esto: no manchemos
hoy con tan repugnantes memorias la pursima de mi madre y la alegre y
caballeresca del apuesto _garon_ corregidor de Lerma, Paco Vallejo.

Mi padre fu el primer dignatario de la situacion realista depuesto
por la influencia liberal de la Reina Cristina: cay como los vencidos
que capitulan, y sali con armas y bagajes: las condiciones de su
destitucion no fueron ms que la de salir de Madrid y sitios reales
en el trmino de ocho dias. Fu, pues,  refugiarse  un pueblecillo
de la provincia de Brgos, en donde un hermano de mi madre era cabeza
de una numerosa familia, y  cuyo otro hermano, capellan de aquel
pueblo, habia nombrado cannigo de la colegiata de Lerma el duque del
Infantado, patrono de aquella iglesia y heredero del duque de Lerma, su
fundador. El clera del 34, que introdujo la muerte y la division en la
familia, nos oblig  abandonar aquel pueblecillo tan pequeo, oculto
y desconocido, que su nombre no se halla en los mapas; y mintras yo
pasaba las temporadas del curso escolar en las Universidades de Toledo
y Valladolid, mis padres vivian en un tranquilo destierro en casa de mi
tio el cannigo de Lerma. All fu de corregidor mi inolvidable Vallejo.

Su llegada fu un acontecimiento para el partido que iba  gobernar, y
un justo motivo de sobresalto para mi padre; quien no habiendo aprobado
el levantamiento carlista, en cuyo xito no creia, habia rechazado las
sugestiones de los amigos y de los agentes del levantamiento, resuelto
 no mezclarse en l por voluntad propia; pero hombre importante y
conocido de la pasada situacion, no podia mnos de ser sospechoso al
nuevo gobierno, y se di tal vez por perdido al ver llegar  Lerma
un corregidor modelado en un molde tan distinto del en que l habia
concebido que debian vaciarse los corregidores. Paco Vallejo era un
mozo de veintisiete aos, que vestia con elegancia, que marchaba con
soltura, que fumaba ricos habanos que de Madrid le remitian, que bebia
Jerez, y, cosa inconcebible para mi padre! que se present  tomar
posesion de su corregimiento con el uniforme de nacional de caballera
de Madrid, con el chac en la cabeza, el baston en la derecha y el
sable  la cintura. Paco Vallejo era uno de los calaveras de buen
tono de aquella edad de calaveras, que volvieron del revs  Espaa
como un sastre la manga de una levita,  la cual hay que poner forros
nuevos: un Don Juan de la clase media, que podia presentarse y bravear
en el salon ms aristocrtico: un abogado jven lleno de audacia y de
talento, tan agudo de ingenio como seductor de modales,  quien era
preciso tener un par de aos en un corregimiento para hacerle llegar 
una toga en la audiencia de la Habana: y  quien mi padre y yo tuvimos
la fortuna de que nos enviara  Lerma D. Cludio Anton de Luzuriaga.

Cuando Vallejo lleg  Lerma, acababa yo de volver, concluido el curso
de la Universidad de Valladolid. Dimos uno con otro, l bajando y yo
subiendo la calle Mayor; llam yo su atencion por mi traje y porte
ms cortesano del de la gente del pas: encarse conmigo, plantmele
yo delante cedindole la derecha, pero sin bajar mis ojos  su
investigadora mirada, y preguntme:--Quin es V., caballerito, que no
tiene trazas de ser de esta tierra?

Declin yo mi nombre y el de mi padre, y esper, sombrero en mano, 
que tomara mi filiacion en unos instantes de silencio y bajo el poder
de una escrutadora mirada, ante la cual no cre conveniente bajar la
mia.

--Est bien--me dijo, concluido su exmen--tendr mucho gusto en
conocer al padre de tal hijo. Dnde le ha educado  V. su seor padre?

--En el Real Seminario de nobles de Madrid--respond.

--Hola! es V. discpulo de los jesuitas?

--S, seor; pero no les hago mucho honor, porque he sido siempre muy
desaplicado.

--No habr sido en la ctedra de la lengua castellana.

--Ni en la de otras.

--Conoce V. muchas lenguas extranjeras?

--Tengo rudimentos de tres y rompo en ellas la conversacion.

--Espero tener ocasion de hablar con V. en alguna; tal vez en las tres.

--Estoy  la disposicion de usa.

--Y mi corregimiento  la de su seor padre: hagselo V. presente de mi
parte.

Sigui su camino el corregidor, y apret yo el paso hcia mi casa para
advertir  mi padre de que creia que acababa de cometer una torpeza,
que podia muy bien habernos puesto en mal con el miliciano corregidor.

Frunci mi padre el entrecejo escuchando mi narracion, pero no despleg
sus labios, y ntes de anochecer fu  visitar  Vallejo, dejando  mi
madre y  su hermano el cannigo en angustiosa incertidumbre; era para
ellos evidente que yo habia traido  mi padre la rden de presentarse
inmediatamente ante aquella extraa autoridad.

Al volver mi padre de su visita, respondi  la interrogadora mirada de
mi madre con estas palabras:--Es un hombre atentsimo y no temo doblez
en l; pero no puedo comprender sus intenciones.

Yo no puedo visitar  V.; me ha dicho al despedirme; pero enveme V.
 su hijo: no s comer solo, soy algo hablador y me ha parecido que
su hijo de V. no tiene pelos en la lengua.--Dios ponga tiento en
ella! exclam mi padre volvindose  m. Maana irs al alojamiento
de ese botarate, y sereis dos: si te invita  comer, acepta; pero no
bebas. Habla poco, si puedes, y escucha bien lo que te diga, porque
probablemente te lo dir para que me lo repitas.

Maldita la gracia que me hizo la posicion en que el nuevo corregidor
me colocaba entre l y mi padre: pero despues de una noche no muy
tranquila para ninguno de los tres que componamos la familia,  las
cuatro en punto de la tarde pasaba yo un poco receloso los umbrales de
la casa en que se alojaba D. Francisco Luis de Vallejo,  quien desde
aquella tarde consagr un cario fraternal y un agradecimiento que no
se extinguir sin con la vida.

Llegu hasta el aposento del corregidor sin tropezar con portero ni
alguacil, pues habian ya pasado las horas del despacho; y como, aunque
no las llevaba todas conmigo, no queria yo que miedo ni empacho en m
conociera, d resueltamente dos golpes en la puerta con los nudillos,
y al adelante con que desde dentro me autorizaban  penetrar en
aquel _sancta sanctorum_ de la justicia lermea, me present con
tanta resolucion aparente como desconfianza real ante la primera
autoridad del partido. Leia Vallejo, tendido en un sillon de cuero,
un libro encuadernado en vetusto y amarillento pergamino; los pis
tenia con botas y espuelas puestos en dos sillas y el codo izquierdo
en la esquina de una mesa de pis salomnicos, que sobre su tablero
sustentaban por el momento, y en vez de legajos de papel sellado, un
gran plato de nueces frescas, muy pulcramente peladas, y un pichel de
aquella agradable bebida compuesta de limonada y vino que se llamaba
sangra en aquel tiempo viejo, y con la cual templaba el corregidor
el ardiente efecto del oleoso fruto del nogal. Solt el libro y
levantse para recibirme;  hzolo con tan atractivos modales y con tan
afectuosas palabras, que al cabo de media hora, uno en frente de otro,
dbamos cuenta de la ltima nuez y de la gota postrera de sangra, en
medio de la ms alegre conversacion de estudiantes y de la ms franca y
espontnea amistad de muchachos.

Esta rpida  inconcebible union de dos tan distintos individuos,
la habia operado en pocos minutos el libro que Vallejo leia: las
coplas del marqus de Santillana y de Jorge Manrique, manuscritas y
encuadernadas en la edicion gtica de Sevilla de las trescientas de
Juan de Mena.

Si en lugar de escribir estos recuerdos en las columnas de un peridico
los escribiese en las pginas de un libro, llenarian algunas los
pormenores de esta escena. Paco Vallejo era originalsimo en sus
opiniones, excntrico en sus ideas, y tan picante como ameno en su
conversacion. Venia de la corte impregnado en el espritu de todos
los grmenes polticos, econmicos, artsticos y literarios de la
revolucion.

Era un ndice vivo de cuantos libros y peridicos iban publicados en
aquella primera, modesta y recelosa libertad de imprenta; sabia de
memoria las principales escenas del _Edipo_, de Martinez de la Rosa;
del _Macas_, de Larra; de la _Marcela_, de Breton, y los chistes, de
Ventura, y los _Cantos_ de Espronceda, que acababa Ochoa de publicar
en _El Artista_, y podia decir al dedillo la historia de todas las
cantantes, desde la Albini, la Cesari y la Lorenzani, y de todas las
bailarinas, desde la Sichero y la Volet; recitme veinte canciones
italianas, para m desconocidas, y encantme con la de Zanotti, que
lleva por estribillo aquel famoso _oh giuramenti predda de' venti!_
Rectele yo mi _Duea de la negra toca_ y mi _Canto de Elvira_, con
los versos  una Catalina, la moza ms garrida que por entnces vivia
en Lerma; pidime y dle noticias y narrle lo que de las muchachas
de la comarca se susurraba; djome y djele, contle y contme tantos
versos tan ingeniosos como subidos de color, y tantas historias tan
gratas de recordar como imposibles de repetir; y cuando la duea de la
casa se decidi  avisarnos que la sopa estaba en la mesa, as nos
acordbamos, como por los cerros de Ubeda, ni l de que era corregidor,
ni yo de que era el hijo de mi padre.

Aquellas tan frescas como excitantes nueces nos habian hecho acabar
con el pichel de sangra; y aunque el vinillo grio de Lerma, segun
decia mi tio el cannigo, no era bueno ms que para echar lavativas 
galgos, nos habia abierto tanto el apetito como alegrado el corazon y
calentado la cabeza--borrando los diez aos de diferencia que entre
mis diez y siete y los veintisiete del corregidor mediaban. Comimos
como dos condiscpulos que  hallarse juntos volvieran tras diez aos
de separacion, y ramos  los postres tan amigos y tan iguales como si
de veras condiscpulos hubiramos sido desde la escuela de primeras
letras. Y as llegamos  las nueve de la noche, y o yo con asombro,
y casi con espanto, las campanas de la Colegiata, que tocaban  las
Animas: era la primera vez que tal hora me cogia fuera de la casa de
mi padre, era la en que se rezaba el rosario en ella, y era yo el
encargado de guiarle.

Conoci Vallejo que algo me angustiaba; preguntme qu, y revelselo
yo: entnces, tomando una de las dos luces que habian alumbrado nuestro
festin, y volviendo  llevarme al aposento en donde le hall, escribi
una carta de media pgina  mi padre; llam al alguacil de renda y
le mand que  mi casa me acompaara; dime por despedida lo escrito
cerrado en un sobre, y djome al oido: d  tu padre que queme ese
papel en cuanto le lea, y que no deje de enviar  su hijo de cuando en
cuando  comer con el corregidor.

Entr yo en mi casa con los carrillos muy encendidos y los ojos muy
alegres: aguardbame ya impaciente mi familia, y recibime mi padre
con el ceo un poco fruncido y en un silencio muy poco  propsito
para infundirme nimo; pero yo, sin decir palabra ni darle tiempo de
pronunciar una, psele en las manos la carta de Vallejo, con lo cual
obligndole  fijar su atencion en la misiva, logr que la apartara del
portador.

Ley mi padre y quedse un punto suspenso, contemplando lo escrito como
si no lo comprendiera; y aprovechando la posicion en que, inclinado
hcia adelante, tenia la carta y la cabeza cerca de la luz, djele al
oido como Vallejo me lo habia dicho: Que queme V. ese papel en cuanto
le lea.

Quit mi padre sus ojos del papel para fijarlos en los mios, y
preguntme: Te lo ha leido l  t?

No, contest con la firmeza de quien decia verdad; y en silencio mi
padre quem el papel, quedando de l no ms que el pico, por el cual
entre su pulgar y su ndice lo tuvo mintras ardi. Tir despues del
cordon de la campanilla y mand que sirvieran la cena: T habrs
comido muy tarde, me dijo: nosotros hemos rezado ya el rosario, y
tendrs ganas de acostarte: toma tu luz, y te dejaremos en tu cuarto;
y mintras todos bajaban al comedor, que estaba en el entresuelo, me
dijo mi padre al dejarme en mi dormitorio, que tenia su puerta en el
arranque de la escalera:

Maana irs  decir  Vallejo lo que me has visto hacer con su carta
y le dars las gracias, y aadiendo entre dientes y como quien habla
consigo mismo: si tuviera la cabeza tan sana como el corazon..! me
cerr la puerta y me acost tan satisfecho de haber salido tan bien
librado como curioso de saber lo que decia aquella carta, que tan bien
me habia escudado del justo mal humor de mi padre.

Vallejo tenia suficiente juicio para no fiar al chico lo que corriera
riesgo de su insensata locuacidad: el corregidor fu con el padre un
caballero de la tabla redonda y un muchacho desatalentado con el hijo
futuro autor del _Tenorio_, y nico sr con quien el noble calavera
madrileo,  quien debia aquel drama ser dedicado, podia tener afinidad
en aquel pas.

El corregidor liberal, el apuesto y caballeroso garzon, arriesg su
favor y su empleo por amparar al magistrado en desgracia y fu el
primero que augur al hijo un porvenir tan brillante como intil para
uno y otro.

Ocho aos despues, supe por mi madre que la carta de Vallejo, que de
su parte llev yo  mi padre, decia: Traigo rden de vigilar  V. y
de no dejarle respirar, pero puede V. dormir tranquilo mintras yo sea
corregidor de Lerma; y cuando tenga V. que _emprender algun viaje_,
avsemelo V. con tiempo para que pueda usted partir sin despedirse de
m, mintras est yo de expedicion por mi nsula Barataria; pero no
deje usted de enviarme al chico; que tendr siempre tan buen lugar en
mi mesa, como creo que le tiene en el porvenir que abre en Espaa  las
letras la revolucion que se desarrolla.

Oh, bueno y leal Paco Vallejo! Pocos meses despues tenias que consolar
 mi pobre madre y desvanecer las sospechas del receloso y severo juez,
que tal vez creyeron por un momento que podias tener parte con tus
consejos en el crmen con que el hijo se abri las puertas del porvenir
famoso que t le habias predicho, y que slo vali al padre,  la madre
y al hijo pesadumbres y desengaos.

Mi madre, harta de vivir escondida en un pueblucho de una sierra, en
donde nieva desde Noviembre hasta Febrero, y en el cual, incomunicada
y sin noticias del mundo, habia vivido cinco aos sin saber lo que en
el mundo pasaba, vino por fin  llamar  las puertas de la casa del
hijo ingrato, cuyo amor filial creia extinguido por la vanidad de unos
triunfos que no la habian producido ms que ruido y coronas de papel
dorado. Un viejo eclesistico, que la habia servido de protector,
se present al hijo con la desconfianza de un catlico que tuviera
necesidad del amparo de un hereje; que era, y es an lo que se cree en
algunos pueblos de Castilla de los que usamos perilla y bigote; pero
no bien el anciano sacerdote comenz  tantear los sentimientos del
hijo, cuando ste se ech en sus brazos deshecho en lgrimas, clamando
ansioso por abrazar  su infeliz madre; trajmosla  nuestra casa,
y una nueva luz, una nueva vida y una nueva inspiracion entraron en
ella. Habia yo vivido poqusimo tiempo con mi madre;  los ocho aos
me habia metido mi padre en un colegio de Sevilla;  los diez me puso
en el de nobles de Madrid, y slo dos veranos, durante las vacaciones
del 34 y 35, habamos vivido bajo el mismo techo, pero entre el miedo
y los pesares del destierro y en la escasez de expansiva confianza de
los que se conocen mal y no se aprecian bien; resultado inevitable de
la educacion fuera de la familia: se pierde uno para sta tanto cuanto
se gana para la sociedad; yo me gan para el mundo y me perd para mi
familia, no nos tratamos y no nos conocimos. Vino, pues, mi madre 
mi casa, y yo no sabia ser su hijo; la trataba como  hija mia. Yo la
mimaba, yo la peinaba, yo la dormia; sentia que no fuese una nia de
tres aos, para poderla tener todo el dia sobre mis rodillas y velarla
de noche el sueo, colocada en mis brazos su cabeza. A la luz de sus
ojos, al calor de su cario, al influjo de su presencia, produje yo en
tres meses los tres tomos de mis _Cantos del Trovador_; y un libro del
P. Nierenberg, en que ella leia, me sugiri la idea de mi _Margarita la
tornera_; y en aquel D. Juan que tan mal estudia en la Universidad,

      Sintindose el alma seca
    de hablar de legislacion
    y con la mala intencion
    de quemar la biblioteca,

y que vuelve por fin despechado y pobre  aquella casita solitaria, hay
algo de mi historia y de la de mi casa; y en aquel altar enflorado,
y en aquella despedida de la monjita en el altar arrinconado del
clustro, y en aquella narracion rebosando f sincera, inspiracion
juvenil, frescura de selva vrgen, y aroma de rosas de Mayo y poesa
nacional y cristiana, est encerrado el espritu religioso de mi devota
madre; est derramada  manos llenas la esencia del amor filial, la
poesa del corazon amante del hijo que escribi aquellos versos ante
la sonrisa de la madre adorada... y por eso es _Margarita la tornera_
la nica produccion que me ha conquistado el derecho de llamarme poeta
legendario, y creo que el poeta que la escribi no merece ser olvidado
en su patria; y cuando veo que la fama eleva en sus alas  otros
poetas contemporneos, no tengo envidia de sus merecidos triunfos ni
de las justas alabanzas de sus modernas obras, y me digo  m mismo
callandito, sin orgullo, modestamente, pero con conciencia de m mismo:
yo tambien soy poeta; yo tambien he escrito mi _Margarita la tornera_.

Pero, qu diablos importan todos estos recuerdos ntimos y personales
 los lectores de _El Imparcial_? Mi pobre madre, que tenia mucho
miedo  mi padre, se fu de mi casa... y muri sin que yo la volviera 
ver; mi _Margarita la tornera_, inspirada por la presencia de mi madre,
es el sudario en que puedo envolver mi memoria pstuma para que se
conserve ms tiempo sobre la tierra; puede servirme de confesion  la
hora de mi muerte, si la Providencia me hace morir inconfeso, y quin
sabe si podr abonarme ante el tribunal de Dios, cuando mi alma sea por
l llamada  juicio!

Paco Vallejo volvi de la Habana, y yo le dediqu mi _D. Juan Tenorio_,
para que su nombre viviera con el mio unos cuantos dias ms despues de
nuestra muerte; que es lo mnos que en nombre mio y de mi padre debo 
la memoria del amigo leal y del caballeroso amparador.

Volvamos ahora al teatro, para el cual habia dejado de escribir de los
de Madrid en ausencia de Crlos Latorre; y veamos cmo y por qu fu
mi _Traidor, inconfeso y mrtir_, el nico drama que yo escrib para
Julian Romea, y el nico que estoy satisfecho de haber escrito.




XX.

DE CMO SE ESCRIBI Y SE REPRESENT

_Traidor, inconfeso y mrtir._


Siete aos de asduo trabajo habian atraido sobre m la atencion del
pblico; llevaba ya escritas veinte obras dramticas, ms  mnos
aplaudidas, pero ninguna rechazada, y tres  cuatro que eran ya de
repertorio en todos los teatros de Espaa; ocho tomos de versos, que
habian merecido el honor de la reimpresion, y los tres de los _Cantos
del Trovador_, publicados por Ignacio Boix, habian hecho mi nombre
popular, y mi exhibicion contnua como lector en los salones del
palacio de Villahermosa, donde se instal primero y resucit despues el
_Liceo_, habian puesto en evidencia mi exgua personalidad.

Pero  pesar de que del teatro y del _Liceo_ habian salido todos mis
compaeros  diputados, gobernadores, ministros plenipotenciarios, y
los ms modestos  bibliotecarios, cuando mnos, yo me habia quedado
_poeta  secas_, esquivo  la sociedad, extrao  la poltica y sin
influencia con los gobiernos.

El ltimo ao de la brillante y efmera existencia del _Liceo_, su
Junta directiva, agradecida, segun dijo,  lo que con mi constante
trabajo habia contribuido al lucimiento de sus sesiones y  los
disgustos que me habian ocasionado sus juegos florales, en los que yo
habia sido juez, presidente, y yo no recuerdo que ms, acord que se
diese una funcion en obsequio mio, y se represent por los scios mi
_Cada cual con su razon_, y se me coloc en preferente sitio en un
gran sillon, en el cual se notaba ms mi pequeez, y se me ofrecieron
una magnfica corona y un rico lbum, cuya primera hoja habia escrito
y firmado S. M. la Reina doa Isabel II; y cargado de papeles y de
flores, y ensordecido por los aplausos, me volv  mi piso tercero de
la plazuela de Matute, agradecido y contento, pero no desvanecido por
el humo aromado y embriagador de la gloria mundana, y volv al dia
siguiente  ser el poeta del dia anterior, y  vivir al dia con el
producto de mis leyendas. Por qu?

Habia algo en mi vida por lo cual se me mostraran esquivos los
gobiernos y la sociedad de aquel _tiempo viejo_? No: yo era quien,
esquivo  la sociedad y  los gobernantes, me encastill en mi hogar
domstico  vivir con los legendarios personajes de mi fantstica
poesa: yo era el poeta del tiempo viejo; y fiado solamente en el
pueblo, y esperando mi recompensa de un solo hombre, desde todo lo
que de aquel hombre no viniera; y la fortuna loca llam mil veces  las
puertas de mi casa; y yo la cerr mis puertas y mis ventanas, dejndola
pasar como si no la oyese y derramar sobre otros las venturas que para
m destinadas traia. Ya hablaremos tal vez ms de esto en el ltimo
captulo de estos RECUERDOS.

El exceso del trabajo, la profunda y perptua inquietud que me roia el
corazon, y las malas aguas que el municipio hacia beber por aquellos
tiempos  los habitantes de Madrid, me procuraban todos los veranos una
debilidad de estmago y una inflamacion de las vsceras abdominales,
que el bueno del Dr. Codornu, mdico del regente Espartero, queria
curarme  fuerza de sanguijuelas, custicos y dems excesos de la
ciencia, que est hace siglos empeada en atacar al enfermo para
librarle de la enfermedad. Entre la mia y mi mdico el Dr. Codornu,
que me queria como  sus propios hijos, me tenian en cama hacia ya
cuarenta dias, al fin de los cuales vino una noche  verme Julian
Romea. En ocasion de los juegos florales del _Liceo_, y en otra que
 nadie importa, le habia yo probado mi amistad, y no podia Julian
dudar de ella. Pero era una extraa amistad la mia con Julian: no iba
jams  su teatro del Prncipe ms que para aplaudirle  l y  su
mujer; pero jams subia  su cuarto ni al de Matilde, ni habia nunca
escrito un verso para ellos. Crlos Latorre andaba por las provincias,
y yo escribia libros, pero no comedias. Y el teatro de Julian habia
encadenado  la fortuna en su vestbulo, y la fama hacia resonar
perptuamente su bocina desde el balcon del saloncillo en el cual tenia
Romea su corte y su cuarto de vestir, y todos los poetas iban  quemar
incienso en aquella sucursal del Parnaso y en aquel peristilo del
templo de la gloria.

Yo he sido siempre tenaz en mis opiniones, porque siempre son stas
hijas legtimas de mis convicciones, y las mias y las de Julian
estaban en completa contradiccion en el teatro. Que yo era su amigo,
no podia dudarlo un hombre por quien no habia vacilado en arriesgar mi
reputacion y mi pellejo; que admiraba al actor no podia tampoco dudarlo
el que por m se veia constantemente aplaudido; pero ni el amigo ni el
actor venian al poeta ms que en la ocasion extrema; y Julian vino 
verme _in extremis_, porque despues de cuarenta dias de cama, un poeta
tan dbil y tan chiquito como yo, debia de hallarse casi _in artculo
mortis_. Hallme efectivamente Julian reducido  lo que de m habian
dejado las sanguijuelas de Codornu envuelto en los trapos de sus
cataplasmas; pero con el ojo siempre avizor y el espritu vivo dentro
de la frgil carne--es decir, de la piel y los huesos, porque mi escasa
carne se la habian ya comido las sanguijuelas y la calentura.--Abrazme
Romea y enterse cariosamente de mi situacion; distrajo la melanclica
influencia de la enfermedad y del aislamiento con el relato de la
crnica no muy edificativa de bastidores; ponderme la boga de su amigo
el Dr. Larios, quien segun l, hacia maravillas, y dejndome alegre
y esperanzado, se despidi hasta el dia siguiente. A las once de la
maana de este volvi con el Dr. Larios, quien me desenterr de entre
la infinidad de trapos en que Codornu me tenia sepultado; metironme
entre l y Julian en un bao, y  los dos dias, limpio y renovado,
me llevaron en un coche al Pardo; donde con el cambio de aguas y de
temperatura, las emanaciones salubres del arbolado y la proximidad
del otoo, reto en m la salud y la fuerza; y un dia me dijo Romea,
trayendo  la realidad mi pasado y mi porvenir: Por qu no me
escribes un drama? Matilde y yo lo haramos con el alma.--Pensar
en ello, le respond; y si en estos dias de convalecencia doy con un
argumento  propsito para t, te lo consultar y har lo que sepa.
Pero...

--Pero qu?--me pregunt receloso Julian.

--Nada--repuse;--ya hablaremos.--No me atrev  darle ms
explicaciones sobre aquel pero que se me habia escapado.

Convalec y caz, y me repuse, y volv  Madrid. Mi editor Delgado
habia ya muerto: Boix, sin ideas ni rumbo fijo en el comercio de
libros, no me habia hecho trato alguno en que poder fiar, y Julian
habia dado  mi mujer, prohibindola que me lo dijera, seis mil reales
que habian subvenido  los gastos de mi enfermedad. Era forzoso
trabajar: el editor Gullon se me habia ofrecido en lugar del difunto
Delgado, y no podia rehusar  Romea una obra que l y un nuevo
editor me pedian  un tiempo. Pens en un argumento, en el cual sin
salirme de mi terrorfico romanticismo, pudiera colocar un personaje
caracterstico adecuado  la escuela exclusiva y al gnero personal de
representacion de Romea; y habindome procurado Salustiano Olzaga la
causa original de _El pastelero de Madrigal_, amas, amold y emprend
mi _Traidor, inconfeso y mrtir_. Tenia yo desde que era estudiante un
inmenso cario  este personaje tradicional, y siempre habia pensado
hacer de l una leyenda; pero el _Ni Rey ni Roque_ de Escosura habia
puesto una insuperable valla ante mi pensamiento. Al ocurrrseme hacer
del Rey Don Sebastian y del pastelero de Madrigal uno slo, conceb
que aquel personaje legendario podia transformarse en otro altamente
dramtico y profundamente misterioso.

Estudi su historia y su tradicion, dorm y so con la accion y
sus personajes, y cuando la v clara en mi imaginacion comenc 
tenderla sobre el papel: y aquella es mi nica obra dramtica pensada,
coordinada y _hecha_, segun las reglas del arte: sus dos primeros actos
estn _confeccionados_ maestramente, y tengo para m que por ellos
tengo derecho  que mi nombre figure entre los de los dramticos de mi
siglo.

Mintras yo viva no faltar quien me alabe; pero tampoco quien acuse
mejor los defectos y la incompletez de sus obras. Vyase lo uno por
lo otro; y sea dicho en paz de los que no reconocen en las suyas los
defectos de que carecen las mias.

En cuanto tuve escritos mis dos primeros actos, los copi y los cos,
seguro de no tener que variar nada en ellos para concluir el drama:
llam  Julian y se los le; escuchmelos atentamente, asombrle su
forma, enamorse del carcter del protagonista, que para l destinaba;
expliqule cmo pensaba desarrollar el tercer acto, y prometselo
concluido para la semana siguiente. Entregule los dos primeros para
que mandara sacar los papeles, y djome al partir, llevndoselos en el
bolsillo:

--Creo, Pepe, que es lo mejor que has hecho.

--Yo tambien lo creo--le respond--pero...

--Pero qu?

--Nada, nada--le dije--sin atreverme todava  revelarle mi
pensamiento. Mirme un momento sin comprenderme, llevse los dos actos,
desconfiando por el pero de que yo concluyera la obra, y yo la
emprend con el tercer acto, del cual no levant mano hasta darle fin.
Volv  llamarle, y torn Julian  mi despacho; lele la conclusion,
pagse mucho de su papel, y pagume yo no poco de que fuera tan de su
gusto mi trabajo: entregusele grandemente satisfecho de lo escrito,
y dispusse l  llevrselo con gran contentamiento y muy lisonjeras
esperanzas; pero... detvele yo, concluyendo nuestra entrevista con
este dilogo:

_Yo._--Vas convencido de que he hecho en conciencia todo lo que he
podido?

_Julian._--Completamente; y puedes t quedarlo de que en la
representacion haremos cuanto podamos: y si de mi empeo slo
dependiera el xito...

_Yo._--Perdona que te ataje; pero el xito de este drama no ser grande.

_Julian._--Por qu?

_Yo._--Porque t y yo, como actor y poeta, no somos el uno para el
otro. No te amostaces. Crees,  no, que yo soy tu amigo?

_Julian._--Aunque no tuviera ms pruebas de tu amistad que esta obra
que ya est en mi poder, no podria racionalmente dudarlo.

_Yo._--Pues bien, por ser tan tu amigo, te debo la verdad. Creo que no
has de salir airoso del papel de Don Sebastian.

Romea era orgulloso y tenia en su talento disculpa suficiente para
serlo: al oir estas palabras, un de su mejor amigo, frunci el
entrecejo y encapot con l su mirada.--Escucha,--segu yo dicindole,
sin darme por entendido de su gesto ni de su cambiado color--escucha:
t crees que la verdad de la naturaleza cabe seca, real y desnuda en
el campo del arte, ms claro, en la escena: yo creo que en la escena
no cabe ms que la verdad artstica. Desde el momento en que hay
que convenir en que la luz de la batera es la del sol; en que la
decoracion es el palacio  la prision del rey Don Sebastian; en que
el jubon, el traje y hasta la camisa del actor son los del personaje
que representa, no puede haber en medio de todas estas verdades
convencionales del arte y dentro del vestido de la creacion potica,
un hombre real, una verdad positiva de la naturaleza, sin otra
verdad convencional y artstica; un personaje dramtico, detrs y
dentro del cual desaparezca la fisonoma, el nombre, el recuerdo, la
personalidad, en fin, del actor.

--Y qu?--me dijo desabrida y desdeosamente Julian.

--Que t eres el actor inimitable de la verdad de la naturaleza:
que t has creado la comedia de levita, que se ha dado en llamar de
costumbres: que puedes presentarte, y te presentas  veces en escena,
conforme te apeas del caballo de vuelta del Prado, sin ms que quitarte
el polvo y sin polvos ni colorete en el rostro: pero en estas escenas
copiadas de nuestra vida de hoy, dialogadas por personajes que son 
veces copias de personas conocidas, que entre nosotros andan, que con
nosotros viven y hablan, t que con ellos vives y que eres de ellos
conocido, no estorbas y no pareces intruso. T eres Julian Romea y
puedes serlo en la comedia actual: pero el drama es un cuadro, es un
paisaje, cuyas veladuras, que son el tiempo y la distancia, se entonan
de una manera ideal y potica, en cuyo campo jura y se tira  los
ojos la verdad de la naturaleza, la realidad de una personalidad: yo
necesito un personaje para el papel de mi rey D. Sebastian.

--Y le tendrs, Pepe, le tendrs:--esclam Julian.--Qu diablos de
autores! A vosotros os toca escribir y  nosotros representar.

--Eso, eso quiero; que representes, no que te presentes.

--Pepe, Pepe! _Suum cuique._ Porque t alucinas  tus oyentes cuando
lees tus versos, y porque yo mismo te he dado  leer los mios en el
_Liceo_, para que me los luzcas, no creas que sabes mejor que yo lo que
es la escena, sobre la cual estoy desde que me despunt la barba.

--Y ests en ella con derechos de rey: porque eres uno de los de
nuestra escena: pero...

--Djate de peros, y fate en m--y parti Julian con el fin de mi
drama en la mano: y se ensay con cuidado, y los actores se encariaron
con sus papeles, y  los pocos dias,  las ocho de la noche de un
viernes, para el beneficio de la incomparable Matilde, se alz el telon
sobre la primera escena de mi _Traidor, inconfeso y mrtir_.

Ni la crtica hostil de eruditos apasionados, ni la mordacidad
atrevida de medianas envidiosas, me han negado que esta obra me
da derecho  tenerme por autor dramtico, y el tiempo y la opinion
pblica han sancionado esta pretenciosa vanidad mia. La exposicion de
este drama est _confeccionada_ con todas las reglas del arte, y la
presentacion del protagonista preparada con intencionada habilidad. El
papel de Aurora estaba confiado  Matilde; yo, seguro de que Julian
iba  dejar plida la figura del rey D. Sebastian, de que no iba 
pasar de Espinosa el pastelero, de que iba  seguir su fatal sistema
de presentar en el drama la verdad de la naturaleza en lugar de la
del arte, y de que iba, en fin,  representar un rey D. Sebastian
de levita; y como encariado y casi fanatizado yo con mi personaje
fantstico, habia, prescindiendo  sabiendas de la verdad de la
historia por la poesa de la tradicion, hecho del pastelero de Madrigal
y del rey portugus una sola personalidad potica, necesitaba que la
exuberancia del arte diese relieve  las medias tintas de la verdad
de la naturaleza, que la luz de la poesa esclareciera y relevara la
sombra que la maciza figura de la verdad iba  proyectar en el paisaje
fantstico de la ficcion: y pens en Matilde, la actriz ms potica,
sentimental y apasionada que hemos conocido en nuestro moderno teatro
Espaol.

Yo tenia, y espero que se haya comprendido por lo que llevo dicho, mi
razon de no escribir para Julian; pero debia satisfaccion  Matilde
por no haber escrito para ella, que era la gloria, el sostn y la
fortuna del teatro del Prncipe y de los autores que para l escribian.
Matilde era la gracia, el sentimiento y la poesa personificadas
sobre la escena; su voz de contralto, un poco _parda_, no vibraba
con el sonido agudo, seco y metlico del tiple estridente, ni con el
cortante y forzado _sfogatto_ del soprano, sin con el suave, duradero
y pastoso sn de la cuerda estirada que vuelve  su natural tension,
exhalando la nota natural de la armona en su vibracion encerrada. El
arco del violin de Paganini, al pasar por sus cuerdas para dar el tono
 la orquesta, despertaba la atencion del auditorio con un atractivo
magntico que parecia que hacia estremecer y ondular las llamas de
las candilejas: y la voz de Matilde tenia esta afinidad con el violin
de Paganini: al romper  hablar se apoderaba de la atencion del
pblico, heria las fibras del corazon al mismo tiempo que el aparato
auditivo, y el pblico era esclavo de su voz, y la seguia por y hasta
donde ella queria llevarle, con una pureza de pronunciacion que hacia
percibir cada slaba con valor propio, y la diferencia entre la _c_
y la _z_, y la doble _s_ final y primera de dos palabras unidas que
en _s_ concluyeran y empezaran. Matilde no se habia dejado seducir ni
contaminar con el exagerado y revolucionario lirismo de la lectura y
recitacion salmodiada, que Espronceda y yo dimos  nuestros versos,
no; Matilde recitaba sencilla, clara y naturalmente, saliendo de su
boca los perodos y estrofas como esculpidas en lminas invisibles de
sonoro cristal, y los versos y las palabras como perlas arrojadas en un
plato de oro.

Matilde hizo y dijo la escena XI del acto primero con la flexibilidad,
el primor de pormenores y el raudal de gracia y de sentimiento de
que apenas habrn podido dar idea  mis lectores mis antecedentes
frases; y al retirarse acompaada de un aplauso general, dej completa
la exposicion, prevenido al pblico en favor de la obra y enflorada
con una guirnalda de poesa la puerta del fondo, por la cual iba 
presentarse el misterioso protagonista.

Por ella sali  escena Julian, perfectamente vestido, pintado y con
su papel concienzudamente estudiado: pero sali Julian; present y
no represent su personaje. Si yo hubiera podido evocar y resucitar
al verdadero juez Santillana, hubirase vuelto  apoderar de aquel
verdadero Espinosa, confundindole con el que l hizo ahorcar; pero
para el pblico tenia algo de la sombra; le faltaba voz, movimiento,
fisonoma, relieve, poesa. Julian hizo sus escenas del primer acto
con el capitan y con el alcalde con una exactitud, con un aplomo,
con una verdad intachables para los palcos de proscenio y las dos
primeras filas de butacas: la sala no pudo apreciar su perfecto trabajo
escnico; y al caer el telon, no se oyeron mas que algunas palmadas
sin consecuencia. Qued en el pblico el recuerdo de Matilde y la
curiosidad que habia excitado la exposicion.

En el segundo acto, un nuevo actor vino en refuerzo de Matilde:
Barroso. Era ste un mozo sevillano, de los que vinieron  inocular
en la corte la svia andaluza de los Pachechos, los Saavedras y los
Perez Hernandez con Bermudez de Castro, Tassara, Sartorius y otros
buenos ingenios, cuyos hechos y escritos contribuyeron honrosamente
al progreso literario y poltico de aquella poca. Antonio Barroso
era poeta; pero habindose presentado en el teatro privado del Liceo
con Ventura, Marrac, el marqus de Palomares y dems scios de la
seccion de declamacion, concluy por consagrar al teatro su talento
nada vulgar,  consecuencia de los aplausos all obtenidos y de la
buena acogida que de Romea obtuvo. A Barroso habia yo, pues, confiado
el ingrato y difcil papel del Alcalde Santillana; tan ganoso yo al
drsele de probarle mi amistad y la estima en que le tenia, como l
de abordar, estudiar y probarse en un carcter que podia colocarle en
muy buen punto de partida para su carrera dramtica, y muy alto en
la consideracion del pblico si acertaba  desempearle con xito.
Era Barroso un mancebo de buena estatura, cenceo y nervioso, de
cabeza pequea y rubia, pero de aguileo perfil y lmpidos ojos y
correctamente colocada sobre los hombros.

Suelto de modales, como hombre bien educado, de buena memoria y
comprension perspicaz como sevillano y confiado en el porvenir por esa
esperanza inconsciente que hace atrevido  todo talento meridional,
Barroso estudi, prepar y visti su papel con tal esmero, que se
identific con el personaje que representaba. Con su toga y su golilla,
sus vuelillos de encaje y su junco con cabos de plata, encuadr tan
poticamente su figura severa y su carcter odioso en contraposicion
del sencillo y virginal del de la Matilde, que desde su primera escena
resalt como sombra negra  infernal de aquella blanca y celeste
aparicion, entre cuyas dos figuras iba  pasar desde la hostera
al patbulo aquel otro vago, misterioso y casi indeciso fantasma
del perptuamente acusado y jams reconocido soberano pastelero de
Madrigal.

Barroso en la escena VI secund y sirvi de apoyo  Julian con la
atencion perptua de su maestra ejecucion; desarroll tan  tiempo y
alternativamente su doble carcter de juez y de reo con el marqus
de Tavira y con Espinosa, que preparada magistralmente la escena XI
endecaslaba, pudo desplegar en ella Matilde toda la ternura de su
corazon, toda la poesa de su amor recndito, y toda la grandeza de
su incondicional abnegacion; en un juego escnico tan infantil como
apasionado, con un acento de castsima ingenuidad, con una declamacion
tan impregnada de sentimiento y unas inflexiones de voz tan meldicas,
tan suaves y tan variadas, que encant, enterneci, fascin y exalt
al pblico, arrancndome  m las lgrimas:  m, poeta entusiasta y
satisfecho, que escuchaba por primera vez mis versos de su boca, como
si estuviera oyendo arrullar  una paloma enamorada de un ruiseor. El
arte de Matilde reverber con tal intensidad, rebos tan profusamente
sobre la verdad de Romea, que envuelta y arrebatada en la poesa de
Aurora, concluy la escena en universal aplauso.

En el acto tercero, Barroso tom creces tan imprevistas ante la
seguridad de su xito y la esperanza de su porvenir, que comenz desde
la primera  dominar la escena con su atencion nunca distraida, su
figura siempre en cuadro, su exactitud en las entradas, su creciente
juego escnico segun sus pasiones; la supersticion, el miedo y la ira
se iban desarrollando y apoderndose de su espritu. La escena stima
entre Aurora y Santillana no tiene descripcion; el recuerdo de una
ribera donde yo cogia

    yerbezuelas y conchas, del rugiente
    mar que sus ondas sin cesar mecia,
    de un monasterio triste y solitario
    fundado al pi de un monte, y vagamente
    la memoria de un templo, con su coro
    enverjado, sus techos con pinturas,
    su altar lleno de flores, su sagrario
    iluminado con mecheros de oro;
    el recuerdo tambien, porque la daban
    miedo aquellas inmviles figuras
    de mrmol que tendidas reposaban
    encima de sus anchas sepulturas,

es preciso habrsele visto y oido hacer y decir  Matilde; la creciente
angustia del juez ante el tremendo exclarecedor relato de la ingnua y
enamorada doncella... es preciso habrsela visto representar  Barroso
en la noche del estreno; pero la escena novena volvi, no  enfriar,
pero s  descolorar la representacion.

Lo misterioso de la historia, lo terrorfico de la situacion, la calma
herica del rey mrtir, la indecisa concentracion de las pasiones del
juez, la inconsciencia de la realidad de la hija y de la amante, dieron
por un momento  la verdad el dominio sobre la poesa y parti en
silencio al patbulo el incgnito  innominado protagonista. Qued el
teatro y el pblico en el silencio de la espectacion, y yo, en la duda
del xito y ms convencido que nunca de que la verdad de la naturaleza
no es la verdad del arte. Esta volvi  surgir en la escena al recobrar
Aurora sus sentidos. Matilde, con la mirada extraviada, los movimientos
inciertos, la voz perdida an en la cavidad de la garganta, sin que el
aliento pudiera an extraerla de los pulmones, pregunt:

    Qu sucede? ay de m! los pensamientos
    no acierto  combinar en mi cabeza.
    Y Gabriel?

y empez  buscar  Gabriel y  sentir por la ventana el rumor de la
plaza, y vi y escuch, pero no concibi lo que oia ni lo que miraba,
pero se lo hizo comprender al espectador y le estremeci. All va! A
dnde se le llevan sin ella? qu palos son aquellos? qu le ponen
al cuello? es una soga! Una nube sangrienta la ofusca la mente. Un
sacerdote! y comprendiendo de repente, grita vuelta  Santillana:

    pero vos, miserable! que sois hombre,
    gritad conmigo...

y el juez vencido invoca el nombre del rey; pero el grito, el aullido,
el estertor, todo junto, que constituy la exclamacion de Matilde _ay!
es ya tarde!_ no son para escritos.

Lo ms  tiempo, lo mejor, que ha hecho y ha dicho Florencio en su vida
es el decir  Santillana:

    Tomad: sepamos la verdad postrera,

y obligarle  tomar y abrir el relicario que encerraba el secreto del
rey Don Sebastian.

Lo mejor que hizo Matilde en _Traidor, inconfeso y mrtir_, fu el
final. Al reconocer el retrato de su madre y al rechazar  su padre...
estuvo sublime de dolor y de ira:

      Tu hija!--Esto tan slo me faltaba!
    T, para que su muerte te perdone,
    me llamas hija tuya... mas te engaas,
    nada hay en m que tu maldad abone,
    para t solo hay dio en mis entraas.

Aqu acababa el drama: el mal gusto del tiempo me arrastr  prolongar
con veintiseis versos ms tan repugnante escena: slo Matilde pudo
hacerla pasar.

El telon cay en un momento de silencio, que se cambi en un espontneo
y general aplauso. El autor y los actores fuimos llamados al proscenio:
Julian sonrea, Matilde no podia respirar, Barroso estaba convulso como
si fuese  sufrir un ataque de nervios... de m no s lo que era...
Pero gust el drama?

Sus siguientes representaciones dieron el mismo resultado cada noche:
Romea le retir  los pocos dias del cartel, y no se volvi  hacer ms
en el teatro del Prncipe.

Andando el tiempo, Catalina, separndose de Julian, form compaa y
ajust  Matilde; y habindose llevado con ella la mayor parte del
repertorio de Julian, Catalina hizo su presentacion con mi _Traidor,
inconfeso y mrtir_. Qu xito el del pastelero! Mi drama se hizo
en todas las provincias, y en todas las Amricas, y an es hoy de
repertorio en todos los teatros, mnos en los de Madrid; y he visto
actores muy medianos y sin pretensiones y hasta de teatros caseros que
siempre se han hecho aplaudir en el papel del rey D. Sebastian.

Yo estoy muy pagado de ser autor de esta obra mia, y Matilde la ha dado
 conocer en todos los pases en que se habla la lengua castellana,
gracias  Catalina.

Bendita Matilde! Desde la noche de su estreno data el cario fraternal
y la gratitud, que la tengo y la tendr siempre.

_Post scriptum._--Pobre Barroso! Vctima de la medicacion  grandes
dsis, muri de repente una tarde en el teatro, saturado de yodo y
otras drogas de este jaez. En un ensayo exhal repentinamente un
profundsimo gemido: di luego un gran grito y dijo: me muero! y
una repentina parlisis comenz  apoderarse de su cuerpo, comenzando
por los pis. No hubo tiempo ms que para conducirle  la habitacion y
cama del portero, donde recibi la Extrema-Uncion, y espir contando
_cmo se moria_: ya se me ha muerto el brazo derecho, exclamaba: ya
se me muere el corazon... lo ltimo que pareci vivo en l fueron los
ojos, cuyos prpados no quisieron cerrarse. Desde la representacion del
_Traidor inconfeso y mrtir_, dej de escribir para el teatro.




XXI.


Aqu debian tener fin estos Recuerdos mios. Lo que va  seguir, no
deberia tal vez ser publicado hasta despues de mi muerte; pertenece,
ms que  mis Recuerdos del tiempo viejo,  mis memorias pstumas:
es exclusiva y personalmente mio, es historia ntima de mi corazon:
va acaso  ser enojoso para mis lectores de _El Imparcial_, y no va
seguramente  interesar ms que  dos docenas de viejos como yo, que 
aquellos tiempos hayan como yo sobrevivido: y no va por fin  despertar
en ellos ms que un sentimiento ficticio, efmero, _artstico_, si se
me permite esta calificacion, como el que nos inspira la accion de un
drama sentimental mintras  la representacion asistimos. Lo que va
 seguir es una pgina de la leyenda de mi alma: soy yo en ella el
protagonista; y soy yo tan poca cosa para hablar tnto de m mismo!

Una razon me abona sin embargo: hace cuarenta y tres aos que se habla
de m en Espaa: quines me celebran y quines me critican; algunos me
calumnian, muchos me envidian y pocos saben lo que de m dicen, y pocos
dejan de juzgarme sin pasion, porque ya nadie me conoce  travs de
tnto como se ha supuesto y se ha dicho del vagabundo autor de _D. Juan
Tenorio_.

Los meridionales, y ms que ningunos los espaoles (y ms entre estos
los andaluces), tenemos la cualidad y la pretension de ser narradores
y narradores chistosos: no podemos repetir una historia, un cuento, un
sucedido, un dato cualquiera, sin aadirle algo de nuestra cosecha; as
que, al salir de la boca del quinto narrador, ya no conoce la historia
 el suceso narrado, ni el que la invent ni al que le sucedi; y como
cada cual sostiene las aadiduras y variaciones por l intercaladas en
el relato,  impugna  contradice las de los dems, todo copo de nieve
llega  ser una bola, todo grano de arena un monte, toda historia una
novela y todo cuento una mentira; por lo cual, no creo yo nunca nada
del mal que se dice, ni de lo malo que se cree de las mujeres ni de
los hombres notables: al contrario, comienzo siempre  simpatizar con
toda mujer de quien se habla mal y con todo hombre conocido  quien se
critica; porque estoy convencido de que tnto ms de bueno deben de
tener, cuanto ms de malo les aplica y atribuye la maledicencia.

De la mujer especialmente tengo yo mis ideas particulares.

      Hay sobre la mujer mil pareceres;
    all va el mio aunque parezca raro:
    yo am toda mi vida  las mujeres;
    entendmonos bien y hablemos claro:
    ms que por torpe grmen de placeres
    me es el amor de las mujeres caro,
    porque ellas son, por ms que digan otros,
    muchsimo mejores que nosotros.

      Se ha hecho moda hablar de ellas con desprecio;
    yo de hablar de ellas bien tengo mana;
    al que habla de ellas mal tengo por necio,
    falto de corazon y cortesa.
    No objeto para m de menosprecio
    son, sin manantial de poesa:
    no obr conmigo mal jams ninguna,
    y debo ms de un bien  ms de una.

      Desde la vrgen que en los clustros ora
    hasta la vil, impdica ramera
    que, enfangada en el vicio,  cada hora
     s se infama y  su raza entera,
    toda mujer que deshonrada llora,
    toda la que en dolor se desespera,
    de su duelo  su infamia, no os asombre,
    la ocasion  el orgen es un hombre.

Y apuntada de paso esta opinion mia con respecto  las mujeres, sigo
adelante con las que respecto  m mismo voy aduciendo: y no creo que
voy muy descarriado al creerme con derecho  decir algo de m mismo,
despues de haber oido y tolerado sin chistar por espacio de cuarenta y
tres aos, cuanto amigos y enemigos, chismosos y desocupados y vulgo,
en fin, que nunca sabe donde tocan las campanas que oye, han dicho y
escrito de m; de m, pobre insensato que nunca supe contentar  nadie,
ni acert con nadie  quedar bien, y  quien Dios acord lo nico bueno
que de nada en Espaa sirve: la modestia de reconocerse y la humildad
de no aspirar  nada; no creyndome para nada con aptitud, por haberme
pasado la juventud concentrado en m mismo, aspirando slo  conseguir
un ideal que slo dentro de m mismo albergaba mi esperanza, y en
la soledad de mi alma nicamente creca, como una palma estril sin
compaera, condenada  secarse sin fruto en el desierto de mi intil
existencia.

Voy, pues,  alargar con unos captulos ms estos Recuerdos, y  decir
de m mismo y de mi casa lo que yo slo s; porque por mucho que de m
sepan, por observacion y por induccion, los curiosos, los crticos, los
murmuradores y los entremetidos, slo los necios podrn disputarme el
derecho de saber mejor que yo lo que por muchos aos he guardado entre
pecho y espalda, y la idea que mi pensamiento en palabras jams ha
formulado.

Pero vayamos ya adelante con mi historia, echando  un lado digresiones
y zarandajas.

Era jefe poltico de Madrid el Sr. D. Antonio Benavides, y secretario
Pepe Rojas, pariente mio por parte de mi primera mujer. Hacia ya
muchos meses que mi infeliz madre habitaba en casa de una vieja prima
de mi padre, viuda, bien acomodada, que habia vivido largos aos en
una ciudad de Francia, que por entnces vivia sola en Madrid, porque
se habia extraado de la nica hija que de su nico matrimonio habia
tenido, porque aquella hija habia contraido uno de esos que se llaman
de amor con un hombre tan honrado y laborioso como falto de bienes de
fortuna. Aquella tia segunda mia, que habia hecho cierto papel en el
tiempo de Fernando VII, y la vida del gran mundo en la buena sociedad
de su tiempo, no habia perdonado jams  su hija, que vivia en Toledo
en donde yo la conoc, tan honrada como pobre y tan contenta con su
mala suerte cuanto serlo la permitia el largo abandono y el tenaz
olvido de su madre orgullosa  descorazonada.

Parece que en mi familia los cabezas de ella han mantenido el principio
de la autoridad paterna en toda la rigidez absoluta del derecho romano,
y no han sabido nunca transigir con el tiempo, ni contemporizar con
las circunstancias, ni perdonar la desobediencia, ni otorgar olvido
al extravo juvenil, ni tener en cuenta la fuerza de la pasion, ni la
ceguedad del error de sus hijos. Mi prima de Toledo tenia una hija
preciosa  quien habia bautizado con el potico nombre de Esperanza: la
chica era  los catorce aos una preciosa criatura, cifra expresiva de
la esperanza de su pobre madre; pero su abuela no alberg nunca bajo su
techo  su tan hermosa como inocente nieta...  ignoro lo que de sta
y de sus padres ha sido despues del fallecimiento de mi tia. Con ella
vivia mi madre en provincia, cuando mi pariente Pepe Rojas me envi con
un guardia civil una carta anuncindome que el Excmo. Sr. Benavides, su
jefe, deseaba que me avistara con l en su gabinete, de nueve  diez de
la noche, para un asunto que me concernia.

Alarm  la gente de mi casa aquella cita con puntas de rden; pero
como nunca me habia yo mezclado en la poltica, acud sin inquietud al
gabinete del jefe poltico, que era por otra parte lo ms poltico y
bien educado del mundo, muy deferente como muy ilustrado con la gente
de letras, y especialmente benvolo conmigo.

La cuestion era tan sencilla y prevista en su fondo como inesperada
y extraa en su forma; mi padre, despues de seis aos de emigracion,
en vista de que casi todos los de su partido, acogindose  las
amnistas, habian regresado  sus ptrios hogares, y de que S. M. la
Reina D. Isabel II reinaba tranquilamente en Espaa, reconocida por
todas las potencias de Europa, se convenci de que su constante y leal
adhesion  la causa del Pretendiente no le serviria ms que para morir
intilmente, sin provecho suyo ni ajeno, en tierra extranjera, y se
decidi  enviar al Gobierno una representacion solicitando el permiso
de volver  Espaa.

Pero esta representacion se dirigia  S. M. la Reina, empezando con
estas palabras: Seora: puesto que V. M. reina ya de hecho, D. Jos
Zorrilla Caballero, alcalde de casa y corte, consejero, etc., etc., lo
cual parecia significar que el que aquella representacion firmaba no
reconocia Reina de derecho  D. Isabel. El jefe poltico, por encargo
del Consejo de ministros, me llamaba para que yo dijese si era la firma
de mi padre la de aquel documento: y ante mi afirmativa respuesta, no
dijo ms aquella grave autoridad que estas palabras: En ese caso... y
encogindose de hombros, dobl el papel en que me mostr la firma.

Despues de una breve conferencia, en la cual la discrecion del Sr.
Benavides correspondi con la reserva que  m me convenia guardar
en aquel caso por respeto  mi padre, me despidi con muy corteses
palabras, y yo me apresur  ir  tranquilizar  mi mujer; en Espaa no
las tiene nadie consigo cuando tiene que habrselas con la autoridad.

Yo fu quien no pude tranquilizarme ni conciliar el sueo en toda
la noche. La forma en que venia la representacion de mi padre habia
levantado en mi corazon una tempestad de inquietudes, en mi imaginacion
un volcan de preocupaciones y una tupida niebla de dudas en el campo
de mi esperanza. Tenia yo entnces f en muchas cosas en que hoy ya
no creo, y quedbame an un amigo en cuyos consejos esperar podia, en
cuyo amparo debia fiar y en cuyos brazos podia esconder mi cabeza para
derramar mis lgrimas. Era este el docto  ilustre prelado D. Manuel
Joaquin de Tarancon, recientemente preconizado obispo de Crdoba, y que
moraba entnces en la corte y en la calle de la Union por ser senador
del reino. El Sr. Tarancon, condiscpulo de mi padre,  quien ste
tenia en muy alta estima y que  m me profesaba un cario paternal,
habia sido mi catedrtico y mi confesor.

Habia gozado con los xitos de mis obras, como si verdaderamente mi
padre hubiera sido; me habia ilustrado con sus consejos, me habia
corregido con sus observaciones, y tenia una sincera satisfaccion de
haber llegado  ver poeta celebrado al estudiantuelo de quien habia
cuidado en la universidad, y al chiquitin  quien habia visto romper
 hablar en los brazos de su madre, en la intimidad y al calor del
hogar paterno. An tengo en mis pupilas la imgen venerable de aquel
sabio, tan hombre de mundo como poco mundano, revestido de su morado
hbito episcopal, con su pectoral y su anillo de esmeraldas, que
me contemplaba con los ojos arrasados en lgrimas, pasando por mis
abundosos cabellos sus aristocrticas manos, y derramando con sus
santas palabras la luz de la esperanza sobre las tenebrosas dudas de mi
alma. Dios tenga la suya en la mansion eterna de las de los justos!

Entre mis recuerdos del tiempo viejo su memoria es el ms precioso,
y su figura es la ms augusta  imponente que esculpida en la mia
conservan mi gratitud y mi veneracion.

Por l supe pocos dias ms tarde que el Gobierno habia enviado  mi
padre autorizacion para volver al suelo ptrio, reconocindole ntes
sus ttulos y gerarqua, considerando sus aos de emigracion como
pasados al servicio de la Reina, y sealndole veinte mil y pico de
reales de jubilacion que le correspondian por su categora en la alta
magistratura. Debia todo esto mi padre, no slo  la influencia de mi
reputacion literaria, sin  la eficaz proteccion con que le ayudaba
un conocido personaje, que an vive y conserva su influencia en los
negocios polticos de nuestro pas; pero  quien yo nunca he tratado,
de quien no s si se ha ocupado jams de m, ni si ha leido una letra
mia, ni si personalmente me conoce. Un dia me dijo Tarancon: Prepara
en tu casa un aposento para tu padre, que vendr la semana prxima.

Mi mujer se ocup con miedo y alegra del mueblaje y decoracion del
alojamiento de aquel tan esperado y temido husped, y anduve yo ocho
dias casi insomne y ayuno por su venida; y anduvo mi mujer inquieta y
avizorada, como si la llegada de mi padre debiera ser la aparicion de
la sombra de Bancuo en el drama de Shakespeare.

Diez dias despues recib un billete en que me decia el obispo Tarancon:
Maana llega tu padre; pero no vayas t  esperarle ni  recibirle;
debe de ver y hablar  otra persona ntes que  t; yo le tendr un dia
en mi casa y te le llevar  la tuya. Y todo se hizo como Tarancon
lo dispuso; y l llev  mi padre  su casa, y estuvo y habl en ella
con l  solas veinticuatro horas; al cabo de las cuales entr con el
venerable prelado el ex-superintendente general de polica del Rey D.
Fernando VII, en casa de su hijo, el autor de _Don Juan Tenorio_.

Mi padre era el ltimo eslabon entero de la rota cadena de la poca
realista, la cifra viviente, el recuerdo personificado del formulista
absolutismo, el buen estudiante ergotista de las Universidades de
sotana y manteo, el doctor en ambos derechos por el clustro de la
de Valladolid; convencido desde su niez de que slo el estudio del
derecho, la teologa y los cnones podia producir hombres, y de que
slo la toga y la golilla podian darles representacion, dignidad y
posicion social. Yo era el primero y dbil eslabon de la nueva poca
literaria, el atropellador desaforado de la tradicion y de las reglas
clsicas, el fuego ftuo, leve  inquieto, personificacion de la
escuela del romanticismo revolucionario: mi padre, cansado pero no
rendido, iba  perderse en la sombra de lo pasado, y yo sin medir la
inmensidad desconocida en que iba  arrojarme, fiaba en mis nacientes
alas para cruzar el espacio luminoso del porvenir. El padre y el hijo,
el ltimo y el primer eslabon de los dos pedazos de la rota cadena, se
enlazaron en un abrazo, se fundieron al fuego del natural cario, y
brillaron por un momento unidos y soldados, esmerilados y limpios por
las lgrimas ardientes que vertian por sus ojos sus corazones prensados
y exprimidos por un placer inexplicable.

Yo no he tenido hermanos: mi padre me separ de s  los nueve aos
para meterme en un colegio, y habamos vivido juntos muy poco tiempo:
l no habia modificado su cario ni sus derechos paternales en la
gradacion del trato de su hijo nio, adolescente, mancebo y al fin
hombre; me encontraba nio como cuando de nueve aos me separ de s; y
viejo robusto y de elevada estatura, me levant en sus brazos como si
todava no hubiera pasado de aquellos nueve aos  que su cario y sus
recuerdos paternales se remontaban. Al volver  dejarme en el suelo,
dijo mi padre contemplndome, no s an con qu sentimiento:--Qu
chiquitin te has quedado!--El obispo Tarancon, que enjugaba sus
lgrimas sin rebozo, le dijo:--Chiquitin es; pero se ha colocado  tal
luz que ya te cobija con su sombra.--No s lo que pens mi padre, que
no respondi  la halagea alusion del prelado. Mi mujer le mostr y
condujo  su habitacion: el buen obispo de Crdoba nos dej en ella
muy satisfecho, y quedlo no poco mi padre de hallar en mi casa la
paz domstica, y el tranquilo bienestar de la mediana  quien nada
falta ni nada sobra. Hall en su cuarto muchas coronas, cuyas fechas
y dedicatorias ley con mucha atencion, y sin atreverse en largo
espacio  volverse  m, para no dejarme ver la emocion que le causaban
aquellos emblemas poticos de la efmera gloria de su hijo. As comenz
la breve temporada de la vida de familia que con nosotros hizo.
Comimos, sali l en carruaje  sus visitas y volvi  las diez y media
de la noche. A las once anunci su necesidad de recogerse: le ayud
 desnudarse, le acost... y no me da vergenza consignarlo: cuando
le tuve acostado, me sent en su cama, le d mil besos, le hice mil
carios, le dije mil nieras; le trat como habria tratado  mi pobre
madre, acaricindole y mimndole como cuando yo tenia seis aos. Rise
l y enternecise, y djome en fin despidindome:--Eres un chiquillo y
no tienes formalidad. Le arregl la ropa, le coloqu la pantalla en la
lamparilla, y dndole las buenas noches con el ltimo beso... le dej
solo con sus pensamientos.

No habamos hablado de nada: nada nos habamos dicho: ni una palabra
del pasado, ni una alusion al porvenir, ni una observacion sobre lo
presente. Qu pensaba de m mi padre? Que me habia quedado chiquito y
que no tenia formalidad: esto era lo nico que su lengua habia dicho,
pero su corazon habia tambien hablado por la emocion y las lgrimas
delatoras de sus sentimientos de padre: su corazon habia respondido al
llamamiento del mio, y el hijo estaba ya seguro de que tenia padre.
Pero quin iba  dominar maana en su nimo, el corazon  la cabeza?
Quin se iba  revelar definitivamente, el padre  el magistrado? Yo
dorm mal, y esta cuestion me tuvo insomne  inquieto toda la noche.

A la maana siguiente, despues del desayuno, entabl  solas conmigo el
dilogo, sobre palabra ms  mnos, de esta manera.

--Necesito algo de algun ministro; cmo ests t con este Gobierno?

--Yo estoy bien con todos.

--Tengo una pretension en el negociado de Instruccion pblica.

--El director es D. Antonio Gil y Zrate y el ministro Nicomedes Pastor
Diaz.

--Segun el prlogo que puso  tu primer libro, si no le has hecho
alguna botaratada, debe de ser muy tu amigo.

--Es como si fuera mi hermano mayor: tan indulgente y tan carioso, que
si hubiera cometido la torpeza  tenido la desgracia de jugarle alguna
mala pasada, no se hubiera dado por entendido de ella  me la hubiera
perdonado. Donoso Corts, D. Joaquin Francisco Pacheco y Pastor Diaz me
han servido de padres en ausencia de V.

--Buenos amigos tienes, si sabes conservarlos. Cundo podr ver 
Pastor Diaz?

--Hoy mismo,  la una, en el ministerio. No ser la primera vez que
hable V. con l.

--Te ha dicho?...

--Todo: que le debe  V. tal vez la vida.

--Es posible: su situacion era dificilsima. Venia yo de comisario
rgio con la expedicion carlista que entr en Segovia. Creamos
encontrarte all con l.

--Yo esparc la voz de que me encerraba en el alczar, pero me volv 
Madrid.

--Te hubiramos visto con gusto.

--Yo no le hubiera tenido en ir  Oate  hacer versos  Crlos V y 
San Luis Gonzaga. No hubieran tenido el xito de los que he escrito en
Madrid.

--Es verdad: Nicomedes se vi obligado  esconderse en un horno; yo lo
supe y me aloj en la casa en que estaba. En un momento en que soldados
revoltosos podian haber dado con l y cometer cualquier tropela, me
sent yo  la boca del horno y entabl con l conversacion  travs de
la tapa que le cerraba y que l sostenia por dentro. Le dije quin era
y le pregunt por t. Cuando tocaron bota-silla, no abandon aquella
casa hasta que las tropas comenzaron  salir de la poblacion, y le dije
el camino que bamos  tomar para que echara por el opuesto.

--As me lo ha contado l.

--Me holgar de conocerle, porque no pudimos vernos entnces.

--Pues hoy se vern Vds.

Sal yo  la imprenta de Boix, donde tenia en prensa una leyenda, sali
mi padre  hacer ciertas compras, y  la una nos presentamos en el
edificio de la calle de Torija, donde estaban por entnces las oficinas
del ministerio de Fomento.

A mi presentacion abri el portero la mampara del despacho
de Nicomedes, y anuncindome, me abri paso. Hallbase all
accidentalmente Patricio de la Escosura, que acababa de ser nombrado
jefe poltico de Madrid; solt al verme el baston y el sombrero que en
la mano tenia, y pasndome el brazo por la cintura, me hizo dar una
vuelta de l suspendido: no tuve yo ms que el tiempo necesario para
decirle al oido: mi padre, ni l necesit ms para volverme  dejar
en pi, y dirigindose  aquel que tras m habia entrado, le dijo,
tendindole la mano: A nuevos tiempos nuevas costumbres, Sr. Zorrilla:
hoy son as recibidos los poetas, y donde quiera que vaya V. con su
hijo ver lo mismo.

--Ya veo--respondi mi padre--que mi hijo es el ms afortunado
tarambana de Madrid.

Presentles yo unos  otros, mi padre  Nicomedes y Escosura  mi
padre: record ste al de aquel don Jernimo de la Escosura, director
de la fbrica de tabacos en su tiempo; y unos con otros corteses, y
unos con otros cumplidos, despidise Patricio y quedamos mi padre y yo
 solas con Pastor Diaz.

Hablaron en secreto mi padre y l: pidi ste  poco su carruaje y
parti con mi padre, previnindome que si me cansaba de esperar me
fuera  mis quehaceres, que l se encargaba de mi padre; y yo, despues
de aguardar largo tiempo su vuelta en el despacho de Gil y Zrate,
volv  mi casa, donde el carruaje de Pastor Diaz habia conducido  mi
padre.

--Qu tal?--le dije.--Ha quedado V. contento de Nicomedes?

--Jams fu pretendiente mejor servido que yo. Dentro de cuatro dias
puedo irme  cuidar de la hacienda de Torquemada, con todos mis
negocios despachados en Madrid.

--Tan pronto piensa V. dejarnos?

--No es Madrid ya para m. Sus casas son muy estrechas: tenemos casi un
palacio all: hay adems que recepar y acodar las vias, que abonar
las tierras y reponer las huertas, de todo lo cual no te has ocupado t.

--Yo al abandonar  V. renunci  todos mis derechos: por qu no me
envi V. rden y poderes legales?

--Olzaga te los ofreci, y levantar el secuestro.

--Pero yo se lo hice  V. avisar: por qu no determin V.?

--Eres hijo nico y heredero forzoso: todo el mundo te hubiera dado la
razon.

--Yo no he contado con nadie en el mundo ms que con V.: todo lo que
he hecho, por V. ha sido y no he pensado ms que en V. Si yo me he
hecho aplaudir y me he hecho querer, no ha sido mas que para esperar y
preparar su vuelta de V.; no he tenido ms ambicion que la de volver 
los brazos y al cario de mi padre, y morir con l en la tranquilidad
del hogar paterno.

--Has sido un tonto. Con la fama que has adquirido, con los amigos que
tienes, hoy debias de ser cuando mnos subsecretario de Pastor Diaz.

--Usted era carlista y opt por la emigracion: no cre decoro del hijo
no ser nada en el gobierno que no habia aceptado el padre; he rechazado
todo cuanto se me ha ofrecido: todos los literatos estn empleados
mnos yo: hoy puede V. haber visto que no es por falta de favor.

--Por eso te he dicho que eras un tonto.

--Pero si yo he hecho milagros por V... Me he hecho aplaudir por la
milicia nacional en dramas absolutistas como los del rey Don Pedro
y Don Sancho: he hecho leer y comprar mis poesas religiosas  la
generacion que degoll los frailes, vendi su conventos, y quit las
campanas de las iglesias: he dado un impulso casi reaccionario  la
poesa de mi tiempo; no he cantado ms que la tradicion y el pasado:
no he escrito una sola letra al progreso ni  los adelantos de la
revolucion, no hay en mis libros ni una sola aspiracion al porvenir.
Yo me he hecho as famoso, yo, hijo de la revolucion, arrastrado por
mi carcter hcia el progreso, porque no he tenido ms ambicion, ms
objeto, ms gloria que parecer hijo de mi padre y probar el respeto en
que le tengo...

--Bah, bah! Quijotadas.

--Ay, padre! Cuando perdamos los espaoles lo que tenemos de Quijotes,
en qu vendremos  parar?

--Lope de Vega y Calderon eran telogos ntes de poetas: Melendez
Valds fu como yo oidor de la Chancillera: todava es tiempo;
eres muy jven: mtete un ao  estudiar, y con cuatro  cinco mil
reales y los amigos que tienes, puedes doctorarte en Toledo; y siendo
jurisconsulto puedes serlo todo. Yo me voy para Torquemada: all debe
de ir tu madre, y no quiero que se encuentre sola sin m entre aquellos
pardillos, maestros de gramtica parda.

Una nube negra que pas por mi cerebro entristeci mi alma, envolviendo
en lgrimas mi pasado y en tinieblas mi porvenir.

Aquella noche me fu  casa de Tarancon y le dije: he perdido todo lo
hecho: mi padre, el nico por quien todo lo hice, es el nico que en
nada lo estima.

Tarancon lo comprendi todo: me abraz y sobre su morada tnica
episcopal dej correr las lgrimas ms amargas que han abrasado mis
prpados. Tarancon no era hombre de intentar consolar con palabras
banales una pesadumbre que no podia tener momentneo consuelo.

--Yo me arreglar con tu padre--me dijo despues de largo silencio.--T
emprende alguna obra de importancia que necesite estudios, atencion y
tiempo. Tenamos convenido en escribir juntos un libro de la Vrgen;
esto halagaria mucho  tu padre y enloqueceria  tu madre de alegra;
pero yo no tengo ya tiempo para meterme en tal trabajo. Me has hablado
de Granada. Emprende tu poema morisco y empieza por ir  localizarte en
la ciudad de Boabdil. Si no tienes dinero, cuenta con mi bolsillo; no
est muy lleno, pero entrars  la par con los pobres de mi dicesis.
Deja  tu padre irse  Torquemada, y...  Granada t! Fia en Dios y
cuenta conmigo.

Y mi padre se fu  Castilla, y yo empec  pensar en Granada. Pero,
qu importa todo esto  los lectores de _El Imparcial_? Todas estas
_memorias ntimas_ figurarian tal vez muy bien en las mias _pstumas_:
vivo yo an, pueden ser tachadas de pretenciosa  insoportable vanidad:
pero ya he tirado del primer hilo y voy  deshacer todo el ovillo.




XXII.


Burdeos es una gran ciudad, magnfica, slida, monumental, con grandes
puentes, bien arbolados paseos, soberbios templos; amplios mercados
y suntuosos teatros; asiento del primer arzobispado de Francia, es,
como si dijramos, el Toledo de allende los Pirineos; cuajado de
Seminarios y de colegios, semillero de toda clase de plantas clericales
ms  mnos parsitas, ms  mnos productivas. Por el tiempo de
que voy hablando hacian un principal papel en fiestas y procesiones
los hermanos de la doctrina y _los ignorantins_, en uno de cuyos
establecimientos hacia dos  tres aos que se habia ventilado el
ruidoso proceso del Frre Liotard, con el cual ya no me acuerdo lo que
pas.

Como yo no era hombre de poltica ni de administracion, ni de ciencia,
no me ocup de ms en Burdeos que de sus templos, como cristiano,
y de sus teatros, como poeta. Encontraba poqusima gente por las
calles, no mucha por los paseos y casi ninguna en el teatro, al cual
sostenian solamente los transeuntes, los forasteros, y, sobre todo, los
espaoles, puesto que habia muchos all emigrados  all establecidos,
y todos los que de Espaa iban  veranear  Pars se detenan por
costumbre en la capital de la Gironda. Hallbame yo en Burdeos  todo
mi gusto: era la primera vez que podia yo separar mi personalidad de mi
malhadada reputacion y andar libre como cualquier ciudadano pacfico,
metindome por todas partes  fisgarlo todo, sin llamar la atencion ni
ser responsable de nada.

As v yo  Burdeos, as recog varios asuntos de leyendas que no s si
llegar  escribir, y as averig la razon de las perptuas quiebras
del teatro por falta de pblico.

Los bordeleses han tenido siempre (y con justicia) la pretension de que
su ciudad es la primera de Francia, el pequeo Pars, y han aspirado
 ser tenidos por _sprits-forts_, libres pensadores y espadachines;
y con respecto  esta ltima cualidad, tiene una justa reputacion
y un riqusimo legendario la escuela de armas de Burdeos; pero las
bordolesas son, por lo general, devotas. El clero francs sabe que las
dos palancas con que se mueve el mundo son las mujeres y el dinero, y
por entnces los confesores no absolvian  las confesadas cuyos maridos
leian _El Constitucional_ y los peridicos liberales, tronando siempre
contra la inmoralidad del teatro. Donde no van las mujeres no vamos
los hombres; no iban las bordelesas al teatro, con que  pesar de la
subvencion de que goza siempre _el grande_ de Burdeos, sus empresas se
arruinaban  mitad de temporada todos los aos.

Adems, el gran teatro de aquella ciudad tiene lo que los franceses
llaman _guignon_ y nosotros _mala sombra_. All se rompi por entnces
una pierna Mademoiselle Angelin, una bailarina rubia de diez y siete
aos, que era ya una estrella luminosa en el cielo del arte de
Terpscore. All tuvo Borelly que matar  pualadas en presencia del
pblico  su tigre real de Bengala, porque ste tenia ya entre sus
dientes la pantorrilla izquierda del domador: quien al levantarse
lanzando un cao de sangre de una arteria rota, tuvo tiempo, ntes de
perder el sentido, de decir  los espectadores  modo de satisfaccion:
Seores, ya habia gustado mi sangre, y  l  yo.

Esto en el teatro. En los templos las fiestas son tan suntuosas como
concurridas: pero  los catlicos espaoles se nos hacen al principio
muy difciles de aceptar aquella forma mundana y teatral y aquellos
accidentes mercantiles con que los actos sublimes de nuestra religion
se verifican. Yo escrib mis primeras impresiones de Burdeos en una
larga epstola  un condiscpulo mio, cura carlista, de la cual
recuerdo las siguientes lneas, versos tan malos como verdades de 
puo:

      En Francia hay religion, y f y conventos,
    seminarios, colegios, catedrales,
    y todos los cristianos elementos
    de nuestra santa f fundamentales:
    pero todo est hecho  la francesa,
    todo sujeto  reglas comerciales;
    aqu todo se tasa, mide y pesa,
    aqu todo se hace por empresa:
    la gente para orar no se arrodilla
    mas que con una pierna en una silla;
    no se atiende al altar ni al sacerdote;
    las mujeres se plantan por delante
    con mucho faral, mucho volante,
    abultado postizo y largo escote;
    y los hombres detrs, misa durante,
    se distraen en mirarlas el cogote;
    y como nadie en equilibrio posa,
    y es perptuo el rumor y el desacato
    y la desatencion y el movimiento,
    es el pensar en Dios difcil cosa,
    mintras pasa una vieja con un plato
    pidiendo en alta voz sin miramiento
    los cuartos que _la rinde_ cada silla
    en que apoya un cristiano su rodilla.

           *       *       *       *       *

      Atraviesa despues el presbiterio
    con balandrn, sobre-pelliz y estola,
    y sus pasos al plpito dirige
    un pulcro capellan, de quien muy srio
    un monago gentil lleva la cola.
    Hace su adoracion, su texto elige,
    comenta el evangelio de aquel dia,
    y siempre encuentra medio en su homilia
    de echar un par de pullas al gobierno,

       *       *       *       *       *

                              que el infierno
    est abierto ante el siglo refractario,
    que Enrique quinto al fin subir al trono,
    que hay peregrinacion  tal Santuario
    que se sale  tal hora y de tal parte,
    que lleva cada pueblo su estandarte,
    que el precio es un doblon por peregrino,
    incluso todo gasto del camino
    y adems un bonito escapulario;
    pero que en el doblon no entra el rosario,
    porque estos los fabrica por empresa,
    de encina negra y de eucaliptus blanco,
    una juda asociacion inglesa
    que los da  todos precios desde un franco.

      Todo lo cual se anuncia aqu en la iglesia
    como puede anunciarse un electuario
     sus botes azules de magnesia
    mister Bllon en Lndres boticario.
    Ilustrados ya pues sus feligreses
    de lo que en sus negocios les importa
    y  sus espirituales intereses,
    con un responso en homilia corta
    el cura; y ya _pro domo_,  lo que creo,
    d volviendo  apretar el _quibis quobis_
    la vieja con su plato otro paseo.
    Larga el buen cura un _benedico vobis_,
    hace la cruz, se cala el solideo
    y respondiendo el pueblo _ora pro nobis_
    se acaba la funcion y Lus Deo....

           *       *       *       *       *

    con qu como ver puedes por la muestra,
    la religion de Francia no es la nuestra.
    Dios es el mismo, porque Dios es uno;
    mas de adorarle el modo
    ligero asaz y asaz inoportuno,
    es en Francia francs como lo es todo;
    y  un espaol asombran si no irritan
    la irreverencia con que  Dios se trata,
    y el ver cmo sus preces se recitan
    sobre un pi y sobre un codo,
    como banda de grullas que dormitan
    en el invierno al sol sobre una pata;
    pasando en cuenta que se queda ayuno
    de lo que en Francia se le dice  Cristo,
    con una f de bolsa que no acata
    al Seor ms que  medias por lo visto,
    y en un latin francs que cual ninguno
    la habla gentil de Ciceron maltrata:
    todo siempre fu aqu como hoy en dia
    doubl, contrefaon, bisutera.

           *       *       *       *       *

    Nunca as  Dios se adorar en Castilla;
    nuestra f es ms profunda y ms sencilla.

Tal fu mi primera impresion hace treinta y cuatro aos: poeta
creyente, hall de mnos mucho fondo y de sobra mucha forma en la
manifestacion religiosa del catolicismo francs en Burdeos, arzobispado
primado de la nacion vecina: despues he pasado en Burdeos largas
temporadas, y es la ciudad en donde ms tranquilo y ms  gusto he
vivido. Me acostumbr  leer  la puerta de la catedral el anuncio
de la funcion, el nombre del orador que debia de llevar la palabra
en el plpito, los del director y el organista que dirigian la parte
instrumental, y los de las damas y los  las artistas que sostenian
la parte de canto; el objeto piadoso  que la funcion se dedica bajo
el patronato de tales  cuales damas, prelados  corporaciones, y el
precio (generalmente de dos francos) por el cual se puede adquirir
el derecho  ocupar una de las sillas, numeradas  no, que llenan el
templo. Y por qu no?

A nosotros nos choca esta asimilacion de las baslicas  los teatros;
pero es, al mio, un mal modo de ver las cosas: en Francia usa cada cual
libremente del derecho de anuncios y propaganda; y puede que en los
templos y fiestas religiosas francesas haya mnos f, mnos devocion y
mnos fervor, pero hay ms rden que en las nuestras: nosotros entramos
y salimos de las iglesias  codazos, empujones y puetazos; nos
colocamos donde podemos, pisamos  las mujeres que se arrodillan y se
sientan en el suelo, etc.; los franceses entran por una puerta y salen
por otra, y ocupan tranquilamente los puestos que les corresponden,
bajo la direccion de bedeles y pertigueros; que  nosotros nos parecen
ridculos, pero cuyos oficios y trajes estn encarnados en sus
costumbres.

Los franceses han comprendido que la sociedad moderna es un hermoso
lago cuyo fondo es cieno, y tienen cuidado de no revolver jams el
agua, poblando su superficie de blancos y ligeros cisnes entre los
cuales bogan sin remo miles de botecitos sin quilla, que hacen temblar
y rielar el lquido, pero que no levantan oleaje: siembran y plantan
las orillas de jardines y de bosques, y van  sentarse  contemplar el
espectculo social  la sombra de los rboles y entre el perfume de
las macetas.

Nosotros tenemos la maldita mana de revolver el agua y de arrancar
hasta la yerba al rededor del lago, y nos tenemos que estar al sol y
al aire, siempre sedientos, contemplando el agua clida y turbia que
hacemos dificilsima de beber.

H aqu mis impresiones de ayer y hoy en Burdeos. Esta ciudad, cuyo
casco componen miles de edificios tan macizos y suntuosos, y calles
ms anchas y regulares que las de Roma antigua, atestada de recuerdos
y monumentos histricos, aireada por anchos paseos y frescos jardines,
regada por dos soberbios rios, el Garona y la Dordoa, salpicada de
Colegios, Museos, Academias, Bibliotecas  Institutos, conteniendo
veintidos clubs y crculos para todas las clases sociales, diez teatros
y salas de recreo, un hipdromo, nueve peridicos diarios y once lgias
masnicas; mitad catlica, militante y revolucionaria libre pensadora,
la tengo yo comparada  una rica, nobilsima y aristocrtica viuda
legitimista que sonre  la repblica, papista que no llora el perdido
poder temporal de los Papas, que se ha retirado  vivir y  morir
tranquila en sus opulentas posesiones,  cuidar de sus incomparables
viedos y  gozar de sus rentas sin miseria y sin despilfarro, sin
ruinosos vicios y sin pretenciosas virtudes, sin orgullo de la
majestad de su noble raza, pero con la conciencia de la dignidad de su
ilustracion y de su bien heredada opulencia.

H aqu mi juicio sobre Burdeos, donde empec mi poema, y de donde sal
para Pars  estudiar mucho que no sabia, y  adquirir algo que me
hacia falta para llevar  cabo mi incompleta _Granada_.




XXIII.


Pars tiene dos fases: es el manicomio de los ingenios y el paraiso de
los tontos. En el primero forjan sus grandes elucubraciones todos los
grandes locos, que con sus inventos y con sus escritos impulsan hcia
el progreso el movimiento social europeo; y en el segundo pierden su
tiempo, su salud y su dinero, en el turbion de marionetas, charlatanes,
estafadores y mujeres perdidas, que pueblan aquel falso eden  la luz
del gas y al son de las orquestas de Mussard y de Straus, todos los
imbciles que de las cuatro partes del mundo acuden como mariposas 
quemarse en aquel foco de luz infernal.

De Pars salen simultneamente los grmenes de todo lo bueno y de todo
lo malo, sobre todo para nosotros los espaoles; que, sea dicho sin que
nadie se ofenda,  aunque se amosque conmigo la mitad de la nacion,
solemos tomar casi todo lo malo y poqusimo de lo bueno. Llegu yo 
Pars mintras ocupaba el trono francs el rey ciudadano Luis Felipe
de Orleans, de quien sabian trazar la caricatura todos los chicos de
su capital bajo la forma de una pera, cuya rgia representacion se
veia por todas las paredes y siempre de un parecido maravilloso. No
era todava el Pars ensanchado, dorado y mpliamente refundido por el
imperio del tercer Napoleon; era todava su primer teatro la sala de la
rue Lepelletier, y no estaba an cerrada la plaza del Carroussel por la
calle de Rivoli: existian an al frente del Palais-Royal una espesa red
de callejuelas, tan conocidas como mal afamadas, y  su espalda los dos
famosos restaurants de Befour y de los tres hermanos Provenzales, y se
alzaban todava grrulos y chillones, en los boulevares du Temple y de
Beaumarchais, los cien teatrillos ms divertidos del mundo, la Gait,
Follies-Dramatiques, Delassements-comiques, etc., etc.

Asom yo las narices los dos primeros meses al paraiso de los tontos
y, sin dejarme fascinar ni embriagar por sus delicias de contrabando
ni por sus hures sin corazon, me establec  la puerta del manicomio,
haciendo con el editor Baudry un trato poco lucrativo; por el cual
fueron mis versos los primeros que de poeta espaol tuvieron lugar en
su magnfica coleccion. Por un puado de luises y dos carros de libros,
le d el derecho de coleccionar todas las obras por m hasta entnces
escritas, por dos razones que me eran exclusivamente personales;
la primera para que mi padre leyera mi nombre en el catlogo de la
coleccion de los primeros escritores de Europa; y la segunda porque
la extensa venta, el gigantesco anuncio y el renombre universal que
ya tenia la coleccion Baudry, me hicieran conocido como poeta fuera
de mi patria. A pesar de que mi padre, encerrado en nuestro solar de
Castilla, no habia vuelto  darme noticias suyas, esperaba yo que esta
prueba honrosa de aprecio de la librera editorial francesa para su
hijo, le convenceria, por fin, de que no era menester que me doctorara
en Toledo y de que ya no habia razon de cerrarme la casa y los brazos
paternos. En esta esperanza viv en Pars desde Julio a Noviembre,
estudiando y trabajando en mi _Granada_ y dividiendo mi tiempo entre
las bibliotecas y los teatros, esquivo como en Espaa,  la sociedad
banal de las visitas y la chismografa, y un poco en contacto con la
sociedad del arte y de las letras.

La redaccion de _La Revista de Ambos Mundos_ me acogi con simpticos
obsequios, y sus redactores Charles Mazzade, Paulino de Lymerac y
Xavier Durrieux fueron mis amigos y comensales; y por mi influencia
y la de Juan Donoso, que fu despues nuestro embajador, empezaron 
publicarse en aquella importante _Revista_ artculos sobre Espaa,
en los cuales comenzaba  probarse  los franceses que el Africa no
empieza en los Pirineos. Pitre Chevalier, director del _Museo de las
Familias_, se empe en publicar en l mi retrato y mi biografa, y lo
hizo, como francs, sin atender  mis justas y modestas observaciones.
Convirti mis breves notas biogrficas en una fantstica novelilla, y
Mr. Pauquet, el primer dibujante de aquel tiempo, recibi su rden de
retratarme embozado en mi capa espaola y mirando de perfil al cielo,
como un D. Juan Jerezano que espera que se le aparezca su Dulcinea en
el balcon para decirla: por ah te pudras. No era posible que mi
retrato indicara que era de un poeta espaol, si no tenia capa y si no
buscaba con la vista la inspiracion del Espritu Santo; y an le qued
agradecido  que no me pusiera una guitarra en la mano, de lo que creo
que me libr solo su afan de embozarme.

En aquel retrato, correcta y francamente dibujado, y por aquella
biografa, _bizarramente detallada_  la parisienne, no me conoce la
madre que me pari; pero no por eso qued mnos agradecido el espaol
 la buena intencion del francs.

Trs estos necesarios precedentes, pasemos una rpida ojeada por los
ltimos y sombros cuadros de estos mis tristes recuerdos del tiempo
viejo.

Entre los conocimientos que hice y renov por entnces en Pars entre
Dumas padre, Jorge Sand (Mme. du Devant), Alfred de Musset y Teophile
Gautier; entre embajadores, editores, escritores, emigrados, cmicos
y bailarinas; entre Fernando de la Vera, la Rachel, la Rose Chery,
Frederik Lemaitre, Giusseppe Multedo, Zariategui y otros emigrados
liberales y carlistas, italianos y espaoles, se me vino  los brazos
uno de estos, el ms honrado y divertido andaluz que la tierra de
Mara Santsima y la tenacidad carlista echaron  Francia. Era este
D. Fernando Freyre, pariente prximo del general del mismo apellido,
adherido no s muy bien cmo  la corte de Fernando VII, de quien
elegia los caballos y para quien iba  buscar los toros; amigo de los
ganaderos, amparador de los _diestros_, y el primer inspector de la
escuela taurmaca sevillana, institucion de aquel Sr. Rey, que santa
gloria haya.

Fernando Freyre no habia sido nada importante ni influyente, ni en
la corte huraa y recelosa de las camarillas y apostasas polticas
del difunto Rey, ni en la trashumante de D. Crlos Mara Isidro de
Borbon, segundo Crlos V en Oate; pero en ambas habia sido recibido
y estimado por todos, incluso por mi padre, porque tenia uno de los
mejores corazones y uno de los caractres ms alegres y ms iguales del
mundo. Realista por conviccion, no transigi nunca con las modernas
ideas liberales, ni quiso jams acogerse  amnista ni indulto alguno;
pero jams odi, ni esquiv siquiera el saludo,  ningun liberal
emigrado  viajero con quien en tierra extranjera se topara, siendo de
todos los espaoles sinceramente apreciado y noblemente acogido por los
legitimistas franceses. Con apoyo de stos, no temi ni le avergonz
establecer un pequeo y privado depsito de vinos, pasas, caldos y
frutos de Andaluca, que aquellos le compraban; y con los setenta 
noventa duros que este oscuro comercio le producia, vivia modesta y
honradamente en la mejor sociedad de la _legitimidad_ francesa y de la
aristocracia espaola. Establecido ya de aos en Pars, y encargado
por sus amparadores de toda clase de comisiones, era conocido en el
comercio y conocia  Pars, como un _commis-voyageur_  quien comprar
en la tienda  en el taller, puede producir legal y honrosamente un
tanto por ciento ms crecido de utilidad. Por uno de estos encargos
dimos all uno con otro, y por las horas buenas que le debo, me
complazco en consagrarle cariosamente estas lneas en mis recuerdos.

Era ya por entnces hombre de ms de sesenta aos; pero gil, robusto
y colorado, con sus patillas blancas de _boca--jacha_ y su sombrero
sobre la oreja derecha, corria por las calles _recortando_ los coches y
evitndolos apoyndose en la saliente lanza, como quien pone rehiletes
de sobaquillo, porque todo lo hacia y lo hablaba  lo torero y lo
macareno; y asombraba el verle cruzar los _boulevarts_ sin tropezar ni
vacilar entre la multitud de carros, mnibus y coches que de contnuo
los obstruyen. Todo era en l extrao y original; en su negocio
no tenia ms que un empleado, y ste tenia las ms incompatibles
cualidades: era polaco, judo, carlista, fiel y discreto; hablaba un
castellano aprendido en Vizcaya, tan disparatado como el francs que
hablaba Freyre, y entre los dos me decian despropsitos imposibles de
reproducir. Yo llamaba tio  Freyre; y cuando mi familia me dej solo
en Pars, me fu  vivir al hotel de Italia, frente  la Opera-cmica,
en cuyo piso tercero habitaba Freyre un pequeo aposento, compuesto
de sala, gabinete y alcoba, y atestado de botellas y cajas. Cuando mi
trabajo asduo y sus compromisos con sus anfitriones nos dejaban libres
las noches, comamos juntos, y las concluamos en el teatro, en algunos
de los cuales tenia yo entradas libres, como escritor extranjero con
editor en Francia.

Lleg as Noviembre, y ya tenia yo apalabrados contratos para imprimir
mi poema de Granada, y pagbanme ya no escasamente la prosa y los
versos que para sus publicaciones de Amrica me pedian, cuando se
acord Dios de m, como dicen los catlicos, envindome una de esas
desventuras que envenenan y enturbian para toda la vida el manantial
amargo de la memoria.

Pedame de Madrid mi primo P., conscio mio, con Rafael X, una cadena
de relj igual  otra mia, que era una cinta hecha con mil pequesimos
cilindros de oro engarzados y giratorios en una red de ejes, de tan
prolijo trabajo, como maravillosa flexibilidad. Averigu Freyre el
domicilio del obrero que para el platero los trabajaba, y nos acostamos
conviniendo en que  la maana siguiente muy temprano iramos  comprar
  encargar la demandada cadena.

Habanme regalado en Burdeos un _necessaire_ de bano fileteado de
marfil, que garantizado por una guadamacilada funda de cuero, llevaba
yo  la mano y servia en nuestros viajes de escabel  mi mujer. Al
levantarme al dia siguiente, hceme la barba segun costumbre con las
navajas y ante el espejo de aquel _necessaire_, y llamando Freyre  mi
puerta y dndome prisa, porque l la tenia de acudir  sus negocios
despues que al mio, vestme apresuradamente y part con l; dejando las
navajas sobre el velador y el espejo colgado en la escarpia, que para
ello tenia puesta  mi altura en el marco de la vidriera.

Fuimos hasta el final del Faubourg de San Dionisio; hallamos y
compramos el objeto pedido, acompa  Freyre  tres  cuatro puntos
que tenia que recorrer, y volvimos juntos al hotel de Italia.

Pedimos al conserje nuestras llaves, pero la mia no estaba en el
llavero; en vez de dejarla en l al salir, me la habia llevado en el
bolsillo. Al entrar en mi cuarto, exclam Freyre: Mal agero, zobrino:
aqu han andado loz menguez en auzencia nueztra: mira:--y me mostr
el espejo hendido trasversalmente de arriba  abajo.--Reme yo de su
supersticiosa observacion, y llam al camarero; el cual respondi 
mis reclamaciones diciendo, que ni l habia podido _hacer_ mi cuarto,
ni nadie entrar en l, porque yo no habia dejado la llave en la
conserjera.

Mal agero, zobrino, mal agero! Seguia Freyre rezungando entre
dientes, y yo, que no creo ms que en Dios, le hice observar que al
cerrar la puerta de golpe, la vibracion de las vidrieras produjo
probablemente el choque y rotura del espejo; y que teniendo los dueos
de los hoteles dobles llaves por mandato expreso de la polica, tal
vez el no haber yo dejado la mia llam la atencion, abrieron sin
precauciones la puerta y ocasionaron el fracaso.

Freyre trag como pudo mi explicacion; y teniendo ambos el dia libre,
nos fuimos  almorzar  la taberna inglesa de la calle de Richelieu,
con la intencion de ir  las dos al hipdromo del Arco de la Estrella.

Almorzamos tranquilamente, y habiendo encontrado Freyre en el fondo
de una botella de Chambertin, un raudal de andaluza verbosidad y un
tesoro de alegra juvenil, salamos cruzando el patio como estudiantes
que hacen novillos, cuando dimos de manos  boca con un sobrino del
banquero A. B., que en el piso principal de aquella casa tenia su
escritorio establecido. Del cielo me caen Vds.--exclam al vernos--y
me ahorran un viaje. Hace dos dias que tenemos una carta de Espaa para
el Sr. Zorrilla, y  llevrsela iba; por cierto que trae luto y la
apostilla de urgente. Aqu est.

Y presentme la carta, que me hizo palidecer. Era de mi padre
y revelaba en sus cuatro lneas su extrao carcter, y lo ms
dolorosamente extrao de nuestras relaciones.

Decia:

  Pepe, tu pobre madre ha fallecido hoy  las tres de la madrugada;
  t vers si te conviene venir  consolar  tu afligido padre

                                                        Jos.

No puedo decir lo que sent ni lo que hice en aquel momento.

Aquella noche romp mis contratos y retir las palabras dadas  los
editores franceses; y  la maana siguiente, rompiendo con mi porvenir,
emprend mi vuelta  Espaa y al paterno hogar, cuyas puertas me abria
la muerte por la tumba del sr ms querido de mi corazon.

Dej  Freyre llorando en la estacion, y repitiendo lo que desde el
dia anterior le habia oido rezungar muchas veces por lo bajo: S,
dicen bien las gitanas de Triana: que el diablo ez quien invent loz
ezpejoz, y que anda ziempre entre el azogue  zuz criztalez.

Yo part viendo  travs de mi espejo roto el rostro adorado del
cadver de mi madre, cuyo ltimo suspiro no me habia permitido recoger
Dios.




XXIV.


Tenia mi padre gran fuerza de voluntad y absoluto dominio sobre s
mismo; pero no pudo dominar su emocion en el momento de volverme 
ver en su casa y por tan doloroso motivo. Nos abrazamos llorando: l
fu el primero que se repuso y volvi  la prosica realidad de la
vida.--Vienes muy cansado:--me dijo--no agravemos el mal que no tiene
ya remedio. Come y reposa: la naturaleza es un tirano irresistible:
tenemos tnto tiempo como razones para contristarnos; pero en este
instante nuestro dolor est endulzado por la alegra, y no podemos ni
alegrarnos ni condolernos, sin asustarnos de nuestra alegra como de
nuestra pena.

Y era verdad; los recuerdos alegres de la niez que poblaban aquella
casa, la satisfaccion de volver  respirar en aquellos aposentos,
la vista de aquellos muebles tan conocidos, el servicio de aquellos
antiguos criados tan leales, y la presencia, en fin, de mi padre, tan
firme, tan erguido y tan vigoroso, que iba y venia dando  aquellos
las rdenes necesarias, me tenian en un estado de arrobamiento que me
impedia darme cuenta de m mismo; me sentia tan impulsado  llorar
como  reir; y la imgen de mi madre muerta se me ocultaba y casi
desaparecia tras de mi padre vivo. Acompame ste durante un ligero
almuerzo que preparado me tenia; me habl del estado en que habia
hallado sus vias, de las mejoras que habia hecho en el cultivo de los
viedos y de las que necesitaba la casa; ni una palabra de mi madre;
ni la ms leve alusion  mi vida pasada: ni la ms mnima esperanza
para el porvenir. Yo volvia  casa de mi padre, no  la mia; as lo
habia yo entendido, y volvia resuelto  respetar todos los derechos y
 acatar todas las disposiciones de mi padre, sin permitirme la ms
nimia observacion: puesto que al abandonar  mi familia en 1836, habia
yo renunciado  todos mis derechos de hijo y de heredero, dando  mi
padre el de hacer de su hacienda lo que ms  cuenta le viniere, como
si Dios le hubiera quitado por muerte natural el hijo que civilmente
muri, al fugarse del paterno hogar en brazos de su locura. Tal era mi
respeto por mi padre, tales la justicia y las facultades omnmodas con
que yo mismo le habia investido; y si le hubiera dado por ser jugador
y vicioso, yo me hubiera empeado y vendido  Satans por pagar sus
deudas  mantener sus concubinas. Yo no le pedia, al volver  mi casa,
ms que un poco de cario y el perdon de aquellos dramas y leyendas
mias, por los cuales habia tirado por la ventana las Pandectas y las
Novelas de Justiniano.

Y fueron transcurriendo los dias, y fume l llevando  ver las bodegas
y los plantos; y mostrme deseos de adquirir unos solares de casas
quemadas por los franceses, que lindaban con la nuestra por Medioda y
Poniente, con lo cual se la aadiria un amplio jardin cercado, logrando
hacer de ella la mejor y ms cmoda de muchas leguas  la redonda; y
como me diese  entender que las dos cosas que le hacian desistir de
la adquisicion de aquellos solares eran, la primera, que yo no querria
venir  vivir all nunca, y la segunda, que l no estaria ya nunca
sobrado de dineros; porque el laboreo de las fincas y algunos atrasos
contraidos en sus seis aos de emigracion absorberian todas sus rentas,
ofrecle yo la suma de que menester hubiese; asegurndole que mi nica
ambicion era la de vivir all con l y hacerle lo ms agradable posible
aquella mansion, con la cual habia soado siempre, y la cual me habia
siempre imaginado como un oasis de reposo en el desierto de mi vida de
trabajo y de abnegacion.

No cre, me dijo, que tal pensaras; pero si es como dices, voy 
decirte lo que s y pienso: ni los dueos de esos solares, ni nosotros,
que queremos adquirirlos, sabemos bien, ellos lo que van  vender y
nosotros lo que vamos  comprar. Escucha.

Fu yo uno de los jefes del batallon de estudiantes Palentinos
que contra los franceses se levant  fines de 1808. Una noche,
sabiendo que avanzaba una division, nos emboscamos en el puente con
aquella audacia inconsciente que nos hizo hacer lo que  pensarlo y
comprenderlo no hubiramos hecho. Al amanecer apareci una descubierta
de coraceros, que con aquella confianza petulante que perdi  los
franceses de Napoleon en Espaa, entr sin precauciones en el largo y
tortuoso puente de veintiseis ojos, que enlaza las dos riberas del rio
y el camino real con esta villa. La vanguardia venia an muy ljos,
veiamos apenas el polvo que levantaba. Los coraceros y sus caballos
nos sintieron debajo de ellos ntes de haber podido vernos enfrente;
y encabritndose los caballos y empujando nosotros por los pis 
los ginetes, calzados con grandes  inflexibles botas, los arrojamos
al agua desequilibrndoles con el peso de sus cascos y sus corazas.
Algunos de los ltimos, que volvieron grupas, dieron la alarma  los
de la vanguardia; pero cuando llegaron al puente, no hallaron ms que
algunos muertos y apercibieron en el agua algunos ahogados, cuyos
cadveres arrastraba la corriente. Los estudiantes montados en sus
caballos y armados con sus carabinas, entrbamos en el pramo sin temor
de que nos siguiesen.

Pero pegaron fuego  Torquemada; y ese terreno elevado que desde
el balcon ests viendo, cubre los escombros de cinco casas, cuyos
cimientos y primer piso eran de piedra labrada, que nadie ha
desenterrado.

Hay adems cegados cinco pozos de los cinco corrales  cada casa
anejos; y entnces todo castellano que huia al monte, echaba al pozo la
poca plata y alhajas que poseia; no habr ah riquezas, pero s plata y
piedra para indemnizar el desembolso del comprador.

No podia yo permanecer en Torquemada, y al cabo de un mes volv 
Madrid. Acababa de establecerse en la corte la sociedad editorial _La
Publicidad_, de la cual era uno de los directores D. Joaquin Francisco
Pacheco, quien ya he dicho que con Donoso Corts y Pastor Diaz habia
sido mi primer amigo y amparador. Propuse la compra de la propiedad de
mi _Granada_; y en dos mil duros por tomo, cerr y firm el contrato,
debiendo presentar mi manuscrito por medios tomos y cobrar mil duros
por cada mitad.

Empec  enviar dinero  mi padre, que con l compr los solares, pero
no los toc; intactos los hall yo al verano siguiente, cuando invitado
por l fu con mi mujer  hacerle compaa.

Mi padre ofreci  sta las llaves y el gobierno de la casa; yo me
opuse dicindole que su ama de llaves y sus criados eran de su completa
confianza, y que mi mujer y yo no ramos ms que unos huspedes por
aquel verano.

Pagse mi padre y ms su servidumbre de aquella confianza nuestra;
comenc yo  convertir el corral en jardin, y gozaba mi padre vindome
cavar y trasplantar frutales, y abrir arriates para las flores. No
hice yo de aquel corralon de lugar un jardin de Falerina; pero al
mnos vease desde los balcones algo muy diferente del muladar en
que convierten sus corrales los labriegos descuidados de nuestra mal
cuidada Castilla.

Fuimos y volvimos dos veces de Torquemada  Madrid y de Madrid 
Torquemada, y en la corte volv  poner casa por consejo de Tarancon, 
quien su cargo de senador volvi  traer  Madrid.

La sociedad de _La Publicidad_ se extendi mucho y no pudo abarcar
tnto; llevaba yo presentado tomo y medio de mi poema, y habanme dado,
por rden de Pacheco, hasta setenta y dos mil reales; pero husmeando la
liquidacion prxima, y no queriendo que mi manuscrito pasara  manos
desconocidas, suspend la entrega de original, con la intencion de
rescatar la propiedad de mi manuscrito, por una transaccion ventajosa,
cuando la liquidacion llegara.

Extendia entre tanto sus negocios el editor Gullon; y habindome pedido
un libro de la Vrgen, consultado el caso con Tarancon, y fiado en sus
consejos, ofrec  Gullon el poema de Mara en seis meses y en treinta
y dos mil reales; pero siendo Madrid el punto del Universo en que ms
tiempo se pierde y ms holgazanes encuentra con quienes malgastarlo
el hombre que lo necesita, tom en el Pardo y en la Casa de Infantes
un aposento, que empapel y amuebl, y retirme  trabajar en aquella
arbolada y jabalinesca soledad. Pasbame all las semanas enteras: los
sbados me enviaban mi mujer y mi primo los caballos, y venia  pasar 
Madrid los domingos. Escribame poco mi padre, porque tenia gota y mal
pulso y costbale mucho el llevar la pluma; y escribale yo tambien muy
poco, porque estaba muy cansado de tener entre los dedos contnuamente
la mia. Sabia l de m que trabajaba en un libro de la Vrgen; sabia
yo de l que la gota le tenia en descuido de la hacienda que habia
en parte arrendado, y en el endiablado humor en que la podagra pone
 quien la padece; y sabia de ambos el bueno de Tarancon, porque de
ambos se ocupaba y  mi padre escribia, mintras yo algunas veces le
visitaba; y as corri el invierno de 48, preguntando yo  mi padre si
necesitaba de m, y contestndome l que no valia su mal la pena de que
yo interrumpiera mi trabajo.

Conservaba yo roto, y as de l me servia, aquel malhadado espejo de
mi _necessaire_ que se me rompi en Pars, y cuya rotura di tnto
 Freyre que rezungar; pero habindose desprendido uno de los dos
trozos de su cristal por un costado, adherido slo al carton en que
encuadrado estaba por su parte superior, hacase ya tan engorroso como
arriesgado el servicio del tal espejo; y como conservbale yo roto
por mero recuerdo del mal dia en que se rompi y no por supersticioso
empeo, que Dios, en quien solamente  puo cerrado creo, me ha librado
de creer en ageros ni supersticiones de ninguna especie, determin al
fin renovar el espejo, ya que el _necessaire_ era en verdad prenda que
merecia tenerse completa. Vivia yo en las casas de Santa Catalina de
la calle del Prado, y hallbase establecida una fbrica de espejos en
donde hoy lo est el Casino Cervantes; llev mi mujer misma el carton
en que el roto estaba encuadrado, y en l la pusieron otro espejo de la
exacta medida, prometindosele para el lunes: pero no se lo llevaron
hasta el martes. El azogado cristal nuevo encajaba perfectamente en el
hueco para l hecho en el fondo de la tapa del _necessaire_; coloqule
en su lugar, psele encima la almohadilla que le garantizaba contra
choques y movimientos, y cerrado el _necessaire_, forc la tapa para
hacer girar la llave: pero al forzarla, sent crugir algo dentro; el
espejo se habia vuelto  romper; yo habia dejado por debajo del cristal
uno de los pasadores que por arriba le sujetaban.

Resignme  tenerlo roto y me volv  mi escondite del Pardo, y volv
 emprenderla con el libro de la Vrgen. Era un martes. Mi familia no
iba nunca  verme al Pardo; yo la pedia  ella me enviaba los caballos
 un carruaje, pero nunca en dia de entre semana, sin en sbado  en
domingo. El jueves habia yo concluido un captulo; hacia un tiempo
delicioso y sal  hacer ejercicio ntes de comer, en compaa de un
guarda que en tales casos me servia de cicerone. A mi vuelta hall un
coche en el patio de la casa y  mi mujer esperndome en mi aposento.
Volvia yo contento de mi paseo, porque lo estaba de mi trabajo, y
alegremente abrac  mi mujer y  la persona de su familia que la
acompaaba.

La mesa estaba puesta: sentame con apetito, y comenc tranquilamente
 dar cuenta solo de mi pitanza, de que los recien venidos rehusaron
participar, y pas distraido las primeras cucharadas de la caliente
sopa: pero al notar de repente el silencio tan sombro como desusado
de mi familia, asaltme un siniestro presentimiento, y exclam inquieto:

Dios mio! Qu sucede, que vens tan tristes y tan pronto?

--Nada, pero es preciso que vengas con nosotros.

--Por qu?

--Porque... ha llegado una carta de Torquemada...--y al decir esto, mi
buena mujer rompi  llorar sin poderse contener.

No recuerdo si el del espejo roto fu lo que excit en mi mente la
tremenda idea: Ha muerto mi padre!--exclam angustiado.

--No, todava no--se arriesg  decir mi mujer; pero como esto, por
vulgar que sea, es lo primero que suele ocurrir  todo el mundo decir
en casos semejantes... no me qued ya duda de mi desventura, y otra
idea ms tremenda envolvi mi espritu en las tinieblas de otra duda
que sumia mi alma en la ms impa desesperacion.

Mis padres mueren, me dije  m mismo, sin llamarme en su ltima
hora! Dios me deja sobre la tierra sin el ltimo abrazo y sin la
bendicion de mis padres!... Qu le he hecho yo  Dios? Estn malditos
mis pobres versos?

Recog los que llevaba escritos de la Vrgen y me volv  Madrid y 
casa de Tarancon,  quien ya no hall: hacia dos dias que habia salido
para su dicesis.




APNDICE A ESTE TOMO.


Razon suficiente da el prlogo de este libro de mi venida y permanencia
actual en Barcelona: pero por torpe  ingrato deberia tenerme, si
yo cerrara este libro sin dar  sus habitantes las gracias por el
recibimiento que en su ciudad me han hecho, y el hospedaje que en ella
me han dado.

Atemorzame y apcame sin embargo el miedo de no acertar con palabras
que espresen mi gratitud, y pesrame en el alma que, con las que voy 
escribir, pareciese que slo intento darme importancia, y prolongar el
ruido que esta especie de resurreccion mia ha levantado en la capital
de Catalua.

A ella llegu el 30 de Octubre, y su pueblo se aglomer en el
teatro para saludarme; pero con tan cordial cario, con tan franca
espontaneidad, que no en mis oidos sin en mi corazon resonaron los
aplausos que, de pi y vueltos al palco que ocupaba, me dirigieron
los espectadores. Quin era yo, qu habia yo hecho para merecerlos
de Barcelona? An puedo apenas comprenderlo; y las lgrimas, que como
aquella noche anublaron mis ojos, vuelven  enturbiar mi vista ahora
que, con infinito agradecimiento, en estas lneas hago de aquella
escena tal vez inoportuna conmemoracion.

No espero que nadie de m se mofe ni me avergence por mis lgrimas de
gratitud, ni por consignar aqu con la ms sincera los obsequios de que
fu objeto y los nombres de los que me los prodigaron.

El 1. de Noviembre apareci en Madrid, en el nmero 1841 de _El
Globo_, un tan curioso como oportuno y por m no esperado artculo,
prohijado por la redaccion, puesto que aparece de fondo y sin firma, en
el cual me considera como un muerto que sobrevive  su gloria y asiste
 su apotesis desde una butaca del salon de espectculo; Dios mio! si
la redaccion de _El Globo_ me hubiera podido honrar con su compaa en
mi palco del teatro Principal de Barcelona el 30 de Octubre, hubiera
comprendido lo poco que estimo mis obras, pero tambien la escitacion
febril que me producia el placer de recibir aquella ovacion del pblico
de Barcelona. Gracias  quien quiera que aquel original artculo me
escribi en ocasion tan oportuna; gracias  la redaccion que lo acept
por suyo, y gracias (si le hay)  su trs ella escondido  invisible
inspirador.

El _Diario_ literario de avisos de Barcelona, copi este artculo de
_El Globo_ en su nmero del jueves 4; y en el del viernes 5 de _La
Crnica de Catalua_ apareci otro afectuossimo de D. Teodoro Bar,
 quien seria imposible que yo expresara mi reconocimiento por tal
escrito, en frases que  las suyas correspondieran. Bar siente sin
duda por m algo que no se puede comparar ms que con un amor de nio:
con una sencillez infantil, y una fraternal familiaridad se ocupa
de mi faz, de mi traje, de mis costumbres, hasta de mis intereses;
recordando en su artculo que cmo y pago alquiler de casa, y que no
es justo que se me reimpriman mis obras como si fueran propiedad de
todos, impidindome utilizar sus productos, para probarme la inmensa
popularidad que me han adquirido. Bar trata de m, de mis obras, de
mis acciones y hasta de mis sentimientos ntimos y de mis pensamientos
recnditos, con una discrecion, con una delicadeza, con un decoro y con
un respeto, que no fueran mayores si l fuera padre, hijo  hermano del
viejo poeta,  quien honra con el artculo en que le da tan cordial
bienvenida. Yo ocupo, por lo visto, en el alma de Bar un lugar entre
sus creencias: ley de nio mis versos, se familiariz conmigo desde
muy muchacho, aprendi sin duda al mismo tiempo el Catecismo y mis
_Cantos del Trovador_, el Padre nuestro y _El rel_, la Historia de
Espaa y _Margarita la Tornera_, y ahora tiene de m la misma idea que
de los personajes histricos y de las imgenes religiosas, que entran
en nuestro espritu con los primeros rudimentos de nuestra primera
educacion. Y qu voy yo  responder  los artculos de Bar? Cmo
voy yo  corresponder  esta especie de veneracion innata que por
m siente? Con palabras es imposible: no las encuentro; con versos,
ya no puedo, porque ya no los hago: con visitas, con cumplidos, con
banalidades sociales, seria bajarme yo mismo cantando las peteneras
del altar en que Bar me tiene en su corazon colocado; tengo pues que
callar, consagrndole en el mio una silenciosa gratitud.

Alonso del Real, en los lunes de _La Gaceta de Catalua_, hoja
literaria del 25 del mismo mes de Noviembre, me di por un poeta
sin rival, indiscutible, indeclinable, digno y capaz de vivir sin
decadencia ni senectud los aos matusalnicos; la redaccion de _La
Publicidad_, en su nmero del 7, compuso su artculo de fondo con mi
biografa encomistica, y encuadr mi retrato en su primera pgina:
y cmo voy  corresponder  tan benvola acogida? Enviando 
Alonso del Real y  los redactores de _La Publicidad_, y  los de _El
Diluvio_, y del _Diari Catal_ y de _La Ilustracion Catalana_, y _El
Correo Catalan_, mis tarjetas ofrecindoles mi casa y dndoles las
Pscuas y acompandolas con un pavo?--Tengo, pues, que encomendarme
 Dios y al tiempo, que me deparen una ocasion de probarles mi
agradecimiento; y ellos tendrn que darse por contentos y satisfechos
con estas pocas y desaliadas frases.

Pero hay algo ms difcil an de recibir y de aceptar que los escritos
encmios: estos, al cabo, se leen  solas, y los que los han escrito no
ven la cara que al leerlos pone aquel en loor de quien los escribieron.
El Presidente del Ateneo, D. Manuel Angelon, me prepar una velada
literaria: en ella hizo el Presidente de su seccion de literatura, Sr.
Feliu y Codina, mi presentacion al Ateneo en un discurso floridsimo,
durante el cual no sabia yo qu continencia tomar. El poeta D. Enrique
Freixas, me dedic unos endecaslabos, de cuyas ideas soy yo el nico
que no puede hacer mencion: el jven Mata y Maneja, me prob que habia
tomado por un gnero de poesa mis extravos fantsticos y mis delirios
mtricos, en uno tan intrincado que me pareci mio; y por ltimo, el
Ateneo me regal una magnfica medalla de plata, que no pude colocar en
ningun bolsillo por temor de que con su peso me lo desgarrara.

La Sociedad Romea di una funcion en obsequio mio, en el Teatro
Catalan del mismo nombre y me ofreci una corona.

La Sociedad Latorre me dedic otra, y otra la Sociedad Cervantes;
y por fin, dime la de Romea una segunda fiesta, poniendo en escena
mi _Sancho Garca_; en cuya representacion pusieron los actores ms
esmero y dieron  la obra mia ms relieve de los que acostumbran hoy
los que por primeros se consideran; y me inund el escenario de flores
y de laureles.

El Sr. D. Santiago Vilar, en una velada de despedida, me present 
los alumnos de su colegio, como modelo de yo no s cuntas cosas: los
nios pasaron la noche entera en recitar versos mios, lo que probaba
que habian pasado un mes estudindolos y pensando en m; el Sr. Obispo
de Avila me abraz en pblico por los que yo recit; y no s yo lo que
pensar pudieron los espectadores que atestaban aquel salon de aquel
abrazo episcopal, dado con cariosa efusion al poeta ms desatalentado
del siglo. Presentronme en un estuche una joya preciosa, primoroso
ejemplar de cinceladura, en cuyo trabajo de argentera son estremados
los artistas barceloneses; y despues de un refrigerio, necesario para
reponer en los vasos linfticos la saliva gastada en tan prolongada
lectura, salimos de aquella conmovedora fiesta de la niez, presidida
por un ilustre prelado,  deshora de la noche, como viciosos que  su
casa vuelven ruidosamente de madrugada, calmando la inquietud de su
desvelada familia  interrumpiendo el tranquilo sueo de sus honrados
vecinos[3].

       [3] En la lectura de la sociedad Latorre deb el honor de
       que me acompaara al clebre poeta dramtico, sostenedor del
       teatro catalan, D. Federico Soler; quien bajo el seudnimo
       de Serafi Pitarra, hace aos que con prodigiosa fecundidad
       surte de obras originales la catalana escena. De L, de sus
       obras y del teatro Romea, tendr ocasion de ocuparme en mis
       artculos de _El Imparcial_.

A este mes entero de fiestas y regalos, no puede el viejo poeta
corresponder ms que apuntando rpidamente en este apndice lo
sucedido. He protestado mil veces contra mis pblicas exhibiciones;
pero Barcelona como Valencia,  manera de muchachas locas enamoradas
de un viejo, han pedido  gritos mi presentacion en los teatros: he
alegado los sesenta y cuatro aos que me apocan y enronquecen, y
Barcelona me ha dicho: que no; que yo no tengo edad y que canto como
un ruiseor. He tenido que acudir al Dr. Oso para que me azoara la
glotis, y Barcelona ha escuchado como sonora y argentinamente timbrada
mi voz perdida, y ha aplaudido frentica, como si nunca los hubiera
oido, mis versos tan viejos como yo. A esta idea preconcebida,  este
partido tomado,  este cario maternal de Barcelona, qu puedo,
qu debo yo ofrecer en accion de gracias? Dejarme querer, y seguir
trabajando en silencio, y en la duda afanosa de si la posteridad
sancionar los aplausos, la predileccion y el juicio con que Barcelona
me acepta y me recibe en su seno.

Me he limitado, pues,  escribir estas cuatro vulgares pginas; y como
ya no hago versos dos aos hace, y el molde en que los vaciaba est
ya enmohecido y agujereado, no he sabido ms que hilvanar con unos
que hice  Valencia, mi madre adoptiva, y otros que me ha inspirado
mi gratitud  Barcelona, una estrafalaria poesa, que aqu publico
como recuerdo de mi madre y homenaje  la Ciudad Condal. Carece
completamente de mrito literario, y la presento sin pretension alguna:
es slo un ejemplo de lectura, en la cual colocados los alientos y
dilatados sus perodos para ser leida por m, tal vez slo mi arte de
alentar la hace escuchar sin fatiga, y tal vez slo en mi boca tiene
armona su dislocada metrificacion. Creada en el corazon ms que
imaginada en el cerebro, espero que slo con el corazon me la acepten y
me la juzguen Valencia y Barcelona.




BARCELONA Y VALENCIA.

LECTURA HECHA POR EL AUTOR EN BARCELONA.


I.

      Barcelona y Valencia son dos hermanas;
    y reclinadas ambas del mar  orillas
    como dos garzas blancas, son dos sultanas
    que tremolan bandera de soberanas
    sobre ricas ciudades y alegres villas.
    Yo soy husped en ambas bien recibido;
    y en las villas que de ambas son comarcanas,
    voy y vengo  mi antojo, paso  resido:
    y d quier, campesinas  ciudadanas,
     m, poeta viejo de las Castillas,
    al par Barcelonesas y Valencianas,
    desde las pobres hurfanas  las pubillas,
    me reciben alegres y oyen ufanas
    mis romancejos godos y mis coplillas,
    que son mitad muzrabes, mitad cristianas:
    y desde las ms cndidas y ms sencillas
    payesas  las damas ms cortesanas,
    donde  cantar me paro, nias y ancianas,
    oyendo de mis cuentos las maravillas
    sonren al poeta y honran sus canas.

      As que en Barcelona como en Valencia,
    d quier que me preguntan y t quin eres?
    digo con ciertos humos de impertinencia:
    Soy el viejo poeta de las mujeres.
                  Pero en conciencia,
    Qu soy de Barcelona? Qu de Valencia?


    II.

      Yo de los valencianos hijo adoptivo,
    considero  Valencia como  mi madre;
    mas cuando  Barcelona vengo, aqu vivo
    como si aqu tuviera casa mi padre.
    Aqu y all de raza ni de abolengo
    no, sin de cario ttulos tengo;
    all y aqu mis versos en castellano
    me dan fuero y derechos de ciudadano,
    porque  mi vieja musa mora-cristiana
    Catalua y Valencia ven como hermana.

      Mas no es mi vida en ambas muy regalona,
    pues aqu y all vivo como la ardilla
    en inquietud perptua: se me eslabona
    una con otra fiesta; de villa en villa,
    de teatro en teatro se me pregona;
    voy y vengo sin tiempo de tomar silla:
    por d quiera me dicen: _parla! enrahona!_
    yo suelto de mis versos la taravilla,
    y d quier mi presencia fiesta ocasiona:
    porque aqu y all paso por maravilla,
    porque escrib el _Tenorio_, que es quien me abona
    lo mismo en Catalua que por Castilla;
    y aqu, cuando en las calles ven mi persona,
    dicen los _noys_ que pasan:--es en Surrilla,
    lo mismo que si fuera de Barcelona.
                  Mas mi conciencia
                qu cree de Barcelona?
                qu de Valencia?


    III.

      Faro de isla cercado de guardabrisas,
    camarin alfombrado de minutisas,
    ajimez festonado con ramos de oro,
    joyel que de cien reinas guarda el tesoro,
    sultana de pensiles cultivadora,
    latina, provenzala, cristiana y mora,
    Valencia es un compendio de los primores
    con que orn al mundo la Omnipotencia,
    cuna de silfos, nido de amores,
    patria de bardos y trovadores,
    vergel poblado de ruiseores,
                  pomo de esencia,
                  jarron de flores:
                  eso, seores,
                  eso es Valencia.
                  Mas Barcelona
    es la muchacha alegre de la montaa,
    sana, robusta y gil: que, rica obrera,
    de un blason que mancilla servil no empaa
    y un condal nobilsimo fudo heredera,
    tiene al pi de un peasco que la mar baa
    y de un aro de montes trs la barrera,
    un campo con mil torres para cabaa,
    por toldo y guardabrisa la cordillera,
    por taller la ms rica ciudad de Espaa,
    por mercado las plazas de Espaa entera;
    y obrera que de estirpe noble blasona,
    da  la historia de Espaa su prez guerrera,
    el floron ms preciado de su corona,
    el cuartel ms glorioso de su bandera.
    Artesana, que cie condal corona,
    en el taller sin penas trabaja y canta:
    con hilos y alfileres hace primores;
    en un puo de tierra cultiva y planta
    viedos y olivares que, en vez de flores,
    en sus breas y cerros, lomas y alcores
                  diestra escalona,
                  cuida y abona
                  con cien labores:
                  eso, seores,
                  es Barcelona.


    IV.

      Valencia es la florida puerta del cielo,
    el balcon por donde abre la aurora el dia:
    Dios por l de la Espaa bendice el suelo
    y la salud, la gracia y el sol la envia.

      Valencia es un florido pensil modelo,
    mansion de los deleites y la alegra,
     quien sirve de cerca, de espejo y velo,
     sus plantas echada, la mar brava.

      Valencia est debajo del paraso;
    y cuando Dios le priva de su presencia,
    por el balcon del alba, sin su permiso,
    los ngeles se asoman  ver Valencia.

      Valencia es alkatifa de cien colores
    de Dios tendida para una audiencia,
    donde del cielo los moradores
    de Dios derraman en la presencia
                  ramos de flores,
                  pomos de esencia:
                  eso, seores,
                  eso es Valencia.
                  Mas Barcelona.....

      Barcelona es la reina del mar Tyrreno,
    cuyas ondas azules cubre de lona;
    y  los hijos activos que da su seno
    la posesion del mundo dar ambiciona.

      Barcelona es un guila de vuelo altivo,
    fnix que, renaciendo de sus cenizas,
    torna jardin su suelo duro al cultivo
    y en palacios sus viejas casas pajizas.

      Barcelona,  quien nutre vital esceso,
    late con los volantes de sus talleres,
    se remonta en las alas de su progreso,
    brilla con la hermosura de sus mujeres:
    y cuando Dios se ausenta del paraso
    y duerme Barcelona de noche, al peso
    del trabajo rendida, sin su permiso
    baja un ngel por todos  darla un beso.
      Porque del cielo los moradores,
      mintras los mundos Dios inspecciona,
      al noble pueblo que en s amontona
      turbas de pobres trabajadores,
      cuyo trabajo con Dios le abona,
      como  una vrgen limpia de amores
      cuya alma el cuerpo casto abandona,
                  del huerto Ednico
                  con lauro y flores
                  tejen los ngeles
                  una corona:
                  y esa, seores,
                  cae de sus manos
                  en Barcelona.


    V.

      Valencia, ms hermosa, ms cortesana,
    es ms jven, ms libre, ms Moslemina;
    Barcelona es ms hosca, mnos galana,
    ms morena, ms sria, ms Bizantina:
    aqulla ms coqueta, y sta ms llana.


      Valencia afecta  veces ser campesina,
    mas brava con humos de soberana:
    y es una rubia y grcil hur-cristiana,
    que viste por capricho de tunecina.

      Valencia dice  todos que es hortelana,
    y es una neerlandesa plida ondina
    que duerme en una rica concha perlina;
    y del mar en la espuma blanca y liviana
    canta  la arrebolada luz matutina,
    vestida por capricho de valenciana.

      Barcelona es el crter donde fermenta,
    con el hierro fundido y el tufo denso,
    el espritu hermano de la tormenta
    que se pasea, de ellas sin tener cuenta,
    sobre el mvil abismo del mar inmenso.

      Valencia es la Hada nbil de la alegra
    que respira de rosa y mbar esencia;
    la Vnus Afroditis del Medioda,
    de quien ver deja ignuda la gallarda
    de un pudor algo moro la transparencia.

      Barcelona es Minerva ya desarmada;
    cuyo manto, que lame la mar brava
    salpicando de perlas su orla murada,
    lleva en lugar de armios y pedrera
    la greca de su vuelo y cuda bordada
    con rieles y mquinas de ferrova,
    con espolones, hlices y anclas de Armada.

      Valencia, alma grcil y encantadora,
    trova, canta, recita, danza y se espresa
    en voz, accion y gracia tan seductora,
    que atrae, fascina, embriaga, turba, embelesa,
    magnetiza, avasalla, rinde, enamora,
    y en tierra con las almas da por sorpresa.

      Barcelona, valiente, ruda payesa
    con timbres y con fueros de gran seora,
    labra, teje, cultiva, destila, pesa,
    funde, lima, taladra, cincela y dora;
    y ejemplar solo de alta noble condesa
    con corazon de obrera trabajadora,
    con el trabajo nunca de latir cesa:
    y apresurada siempre trs rdua empresa,
    hierve como encendida locomotora:
    cuando se mueve, asombra; cuando anda, pesa:
    respira fuego y humo cual los volcanes,
    y estremece la tierra, como si dentro
    de ella fuera la raza de los titanes
    queriendo de la tierra cambiar el centro.


    VI.

      Barcelona y Valencia son dos hermanas,
    pero una es blanca y rubia y otra morena:
    son por naturaleza dos soberanas;
    pero la una celeste, la otra terrena.
    Valencia es la verstil hija del cielo,
     quien Dios por herencia di un paraso;
    Barcelona, hija de Eva, vive en anhelo
    de tornar por s misma su estril suelo
    en el Edn que el cielo darla no quiso.


    VII.

      Yo idolatro  Valencia por su hermosura,
    su luz, su poesa, la donosura
    de su gente, sus usos, trajes y alios;
    y de un amor primero con la f pura,
    la doy de hijo y amante los dos carios.

      Pero amo  Barcelona por tirana
    de ley inevitable de mi destino:
    Dios conden al trabajo la vida mia;
    morir sobre el trabajo tengo por sino.

      Barcelona trabaja... y  su existencia
    el trabajo da fuerza, pan y alegra:
    que me d cuando espire tumba Valencia,
    pan Barcelona, mintras mi inteligencia
    Dios alumbre y mis ojos la luz del dia.


    VIII.

      Olvidaba que entre ambas hay diferencia:
    no en la tierra, en el cielo; pero os aviso
    que es secreto que  solas fiarme quiso
    el buen ngel que alumbra mi inteligencia.

      La diferencia es esta: pero es preciso
    que Valencia lo ignore; cuando en ausencia
    de Dios se quedan dueos del paraso
    y con la luz del alba, sin su permiso,
    los ngeles se asoman  ver Valencia....
    es porque  Barcelona Dios en persona
    baja en el sol, y absorto de complacencia
    se olvida de los ngeles en Barcelona.


_Esta obra es propiedad de su Autor, el que perseguir ante la ley 
quien la reimprima en todo  en parte sin su consentimiento._





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violates the law of the state applicable to this agreement, the
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trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
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including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org



Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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