The Project Gutenberg EBook of De carne y hueso; cuentos, by Eduardo Zamacois

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Title: De carne y hueso; cuentos

Author: Eduardo Zamacois

Release Date: April 10, 2016 [EBook #51721]
[Last updated: May 7, 2016]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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                           DE CARNE Y HUESO





                           EDUARDO ZAMACOIS

                           DE CARNE Y HUESO

                               (CUENTOS)

                        [Illustration: colofn]

                               BARCELONA

                         CASA EDITORIAL SOPENA

                             Provenza, 95

      Imp. y estereotpia de la casa editorial Sopena.--BARCELONA




INTRODUCCIN


Los astrnomos, al lanzar una mirada escrutadora  las profundidades del
espacio, vieron que la Divinidad se empequeeca y reculaba
indefinidamente ante el poderoso objetivo de los telescopios, como los
histlogos, analizando los elementos atmicos de los tejidos,
desesperaron de poner jams al alcance de sus escalpelos el espritu
humano: los astrnomos dudaron de Dios cuando el telescopio fracas en
el cielo, y los mdicos dudaron del alma cuando el microscopio
descompuso el nervio sin descubrir la X devorante de la vida; y es que
el alma es la eterna quimera del individuo, como Dios es la quimera
irresoluble del Cosmos.

Si es verdad, como dice Moleschott, que la inteligencia es un movimiento
de la materia y que el hombre, como ser pensante, es producto de sus
sentidos; y si es cierto, como afirma Taine, que el pensamiento y la
virtud son productos como el vitriolo y el azcar, qu resta del
espritu, esa inmortal mariposuela voladora que la consoladora filosofa
mstica supone aleteando  travs de las inmensidades siderales, en
busca de su castigo  de su salvacin perdurable, despus del ltimo
convulsivo estertor de la carne agonizante?...

Nada...

El alma no est en el vientre, como suponan los cartesianos, ni en la
sangre, ni en el cerebro, y los que antiguamente se denominaron
fenmenos psquicos, son manifestaciones de la materia; vibraciones
magnticas de la carne omnipotente que ama, que desea, que sufre...

Eso es lo que la ciencia hall en el hombre: huesos que se mueven
obedeciendo  rdenes musculares, y msculos que se contraen bajo el
imperio de los nervios, que vibran sensaciones... Materia, en fin, por
todas partes! Materia que impresiona, materia que vibra, que se contrae
y que obedece con la pasividad de lo inerte...

Y eso son los hombres: figurillas de barro; tristes polichinelas de
carne y hueso, galvanizados unas veces por el amor, que les une; otras
por el odio, que les separa;  por la codicia, que les consume,  por
sus ilusiones  sus desesperanzas... pero rindiendo siempre pleito
vasallaje  la sensacin, el inexplicable resorte propulsor de la vida.

Por eso titulo esta coleccin de artculos, as: De carne y hueso.

En estos cuentos, escritos al correr de la pluma en noches de trabajo
mortal, he procurado describir matices diversos del complicado ramillete
de las pasiones, y siempre, aun en el fondo de lo ms metafsico y
conceptuoso, encontr la huella de la sensacin omnipotente, uniendo al
espritu y  la materia con cadena de eslabones inrompibles. Por todas
partes v lo mismo: huesos, sangre, carne y nervios... Pero el alma, la
feliz mariposuela de la inmortalidad, no la he visto nunca...

Ah!... Y si yo pudiese expresar cunto he sufrido al convencerme de
que slo hay en nosotros carne y huesos...




ODIO MORTAL


--No seas testaruda, Julia, y satisface mi curiosidad sin ambajes ni
plegueras retricas importunas. Por qu tus cartas las secas con
ceniza y no con arenilla azul  roja, que es el color emblemtico de las
pasiones ardientes?...

Ella se encogi de hombros.

--Es un capricho.

--Capricho del cual debes corregirte--repuso Daniel Montoro entre
seriote y risueo;--porque yo hago con tus cartas lo que Werther con las
de Carlota; besarlas... y me hace poqusima gracia mancharme los labios
de ceniza. Por qu ensucias con esa basura los pliegues de tus
billetitos perfumados?...

Hubo un momento de silencio; Julia, apoltronada en su butaca, miraba al
amado sin responder.

--No s cmo explicar ese humorismo de tu temperamento artstico--aadi
l:-- veces creo que con esa ceniza quieres expresar el fuego devorador
de tu cario, que todo lo calcina; otras, que te mofas de tus propios
juramentos espolvoreando ceniza sobre ellos, como significndome, con
ese recato delicioso de las mujeres ladinas, que tu pasin es antojo
vano, fingimiento... humo y cenizas...

--Te engaas; ese capricho mo no obedece  los enrevesados intrngulis
psicolgicos que supones; es... una venganza. T has odiado alguna
vez?...

--Nunca--contest Daniel Montoro, admirado;--imagino que es mucho ms
fcil amar que odiar.

--Tan difcil y tan exquisitamente agradable es lo uno como lo otro.
Amar es vivir en el ser amado, discurriendo con su cerebro, sintiendo
con su carne; en l hallamos lo mejor: las zarzas nos parecen flores,
fausto la miseria y, bajo los mayores rigores de la suerte, nuestra alma
goza paz y quietud dulcsimas... Pero odiar!... Es no poder soportar la
presencia ni el recuerdo torcedor del ser odiado, que nos roba el aire y
empozoa el agua que bebemos... Creme; hay venganzas crueles que
regocijan hasta los tutanos como si fuesen un deleite!...

Movida por la exaltacin de su discurso, se haba incorporado mirando 
su amante con ojos grandes y negros de apasionada; luego aadi, un poco
ms serena:

--No maldigas de esas cenizas con que seco mis cartas, pues envuelven un
amuleto misterioso que asegura la firmeza de mi amor hacia ti...

--No comprendo, habla...

--Y si despus de saber este secreto trgico no me quieres? Me has
sorprendido en uno de esos instantes de femenil debilidad en que no
puedo rehusarte nada. Pero temo hablar y que me desprecies; los que
odian como yo se exponen  ser odiados de igual manera. Mi secreto es
algo satnico, inaudito, casi repugnante... Daniel, amado de mi alma, no
me arranques esta confesin sin antes jurar que me quieres mucho, que me
querrs siempre...

       *       *       *       *       *

Estaban sentados junto  la ventana: ella en una butaca de elevado
respaldar; l  sus pies, sobre una silla baja, medio arrodillado,
acariciando y besando las blancas manos de la adorada.

Era una tarde lluviosa de invierno; por el cielo gris pasaban grandes
masas de nubes exprimiendo una llovizna compacta y menudita que caa sin
ruido; los faroles de la calle, agitados por el viento, lanzaban haces
de luz rojiza que penetraban por la ventana tiendo los objetos de la
habitacin con reflejos sanguinolentos. Las puertas de aquel gabinete
espacioso y bien alfombrado estaban cubiertas por opulentos cortinajes
de terciopelo negro; sobre el fondo obscuro de las paredes rielaban los
cristales de algunos armarios y perfiles marmreos de estatuas que se
bocetaban tmidamente en la penumbra, como espritus livianos de
personas muertas; los clavos dorados de la sillera salpicaban la
obscuridad de puntos metalescentes; sobre la mesa colocada en medio de
la habitacin, un magnfico estuche de oro cincelado, terso y pulido,
pareca brillar con luz propia.

Los cuerpos de Julia y de Daniel Montoro, colocados delante de la luz,
se recortaban sobre el techo con perfiles monstruosos, deformados segn
las leyes de la ptica; cabezas puntiagudas, narices gigantescas, brazos
largos terminados en manos que huan moviendo los dedos, cual si fuesen
araas enormes.

En el comedio de la habitacin, silenciosa y anegada en tinieblas, el
soberbio estuche de oro cincelado brillaba con reflejos glaucos de sol
poniente...

       *       *       *       *       *

--Las cenizas con que seco mis cartas--dijo Julia,--las tengo encerradas
ah, en ese estuche de oro...

Una rfaga misteriosa de viento atraves el gabinete lanzando un quejido
agnico semejante al aleteo de un pjaro nocturno. Julia continu:

--Voy  confesrtelo todo, concisamente y de plano, porque estos
secretos tan ntimos se dicen pronto  no se dicen nunca. Ya sabes que
me cas  los veinte aos, y que  los veintisiete enviud; pero ignoras
cun funesto fu aquel hombre para m. Eso no lo sabe nadie, pues la
sociedad condena  la mujer  honrar el apellido del esposo que la vej
y afrent, como exige al condenado  muerte bese la mano del verdugo que
va  ejecutarle.

Su voz temblaba de emocin y por su semblante plido de hembra nerviosa,
rodaron dos lgrimas.

--Oh, Daniel--aadi, he sufrido tanto... tanto!... Yo, cuando le
conoc, era una nia sin mancilla, con el corazn abierto  todos los
seductores mirajes de la pasin... l aj mi juventud, desvaneci mis
ensueos de opio y sec los fecundos raudales afectivos de mi alma con
sus intransigencias y sus celos de macho brutal; yo serva de dcil
recreo  sus caprichos; siempre me tena encerrada creyendo que iba 
traicionarle; me obligaba  jurar todas las noches que le amaba, que no
le engaara nunca, y como mi carcter altanero se rebela contra
semejantes complacencias, el miserable me maltrataba...

Creo que me quera, pero  su modo; con pasin rabiosa de fiera que me
hizo sufrir infinitamente. El ruido de sus pasos me daba fro de
cuartana: en cuanto llegaba me coga por las muecas para interrogarme:
Quin ha venido? Por qu ests tan peinada?... Miraba debajo de las
camas, detrs de las puertas: me olfateaba los labios, creyendo que
olan  tabaco; examinaba mis dedos para ver si los tena manchados de
tinta... Como recuerdo haberte referido en otras ocasiones, l padeca
ataques epilpticos que le dejaban exnime durante dos y tres das... El
temor de ser enterrado vivo le oblig  recomendarme que, despus de
muerto, le incinerasen... y yo satisfice su deseo...

Daniel Montoro tembl violentamente; acababa de comprender.

--Luego esas cenizas...--murmur.

--S, acertaste, son las suyas... las guardo en ese estuche de oro...

Hubo otra pausa: la cabeza de la joven se dibujaba en el techo de la
habitacin con un perfil quimrico, y otra vez murmur por la estancia
el quejido del viento, tenue como el aleteo de un pjaro herido.

--Por eso le odio tanto--aadi ella incorporndose,--y me vengo del
muerto, ya que mi dbil constitucin de mujer me impidi vengarme del
vivo. Yo le odiaba con ardor sin lmites; no slo aborrec aquellas
manos y aquellos labios groseros que me insultaron, sino que cifr en
cada uno de los miembros de su cuerpo un odio particular: odi sus ojos,
su frente... odi sus cabellos, uno por uno!... Artemisa am tanto 
Mausoleo que se bebi sus cenizas; yo, en cambio, gozo secando con las
cenizas de aquella vil armazn de materia las cartas que te escribo, y
con que t las insultes tambin llevndotelas  los labios...

Luego prosigui:

--Es una venganza cruelsima, superior  cuantas ejecutan los ngeles
precitos en los crculos del infierno dantesco. Si es cierto que tras
esta vida efimera hay otra y que los muertos tienen la capacidad de
espiar  los vivos... la venganza que ahora tomo de l, es digna secuela
del martirio que de l recib. Gozo imaginando que su alma vaga en torno
mo, que se asoma por encima de mi hombro para leer las cartas que te
escribo, que llora entre los pliegues del mosquitero que abriga el lecho
donde me entrego  ti... S, odi todo su cuerpo, miembro por miembro,
tomo por tomo... y ahora el polvo de sus huesos calcinados lo empleo
en secar las cartas donde te cito, llamndote luz de mis ojos...
sangre de mi sangre...

Call,..

Daniel Montoro se puso de pie, horrorizado; ella tambin se levant y
sus dos cuerpos abrazados se recortaron sobre el fondo iluminado de la
ventana.

--No me odies por eso--murmur Julia muy quedo y cubriendo  su amante
bajo una mirada de inextinguible pasin;--la mujer que odia como yo,
tambin sabe amar infinitamente.




AGONIA


Les haba visto juntos muchas veces y siempre me inspiraron esta
curiosidad que enciende la intuicin de los grandes secretos.

_El_, blandengue y ahilado, con los dbiles hombros muy altos, el trax
deprimido, la mirada cobarde de los enfermos de la mdula y la frente
angosta de los tontos sobre quienes la imbecilidad descarg su primer
mazazo. Su mirada era fra; sus ademanes desmaados, sus piernas
caminaban con paso incierto, cual si avanzasen por un terreno hmedo...

_Ella_, su mujer, era alta y hermosa, con esa hermosura mate de los
temperamentos ardientes; el talle largo y esbelto, el semblante
vivificado por la expresin inolvidable de sus ojos: ojos de
calenturienta, con mucho negro y mucha luz en la pupila...

Al principio parecime inverosmil que aquel macho dbil fuese dueo de
hembra tan poderosa: despus fu muy amigo de los dos: l logr
conmoverme con su melanclico empaque de nio enfermo; ella, por el
contrario, me sugestion con sus apasionamientos y sus criminales
ardores de hermosa bestia encelada; terrible como Pandora y, como sta,
fuerte y adorable.

       *       *       *       *       *

--No, no le quiero--me dijo con voz vibrante de rencor;--pocos das
despus de casarnos, ya no le quera. Es insignificante, es dbil, es
vulgar... y mi temperamento salvaje de artista odia lo pequeo. Yo
anhelaba un esposo como Nana-Saib, no un habitante del Liliput...

Me haba recibido en el despacho, para que mi presencia no fuese
sospechosa  la servidumbre, y desde el sitio donde me hallaba vea
claramente su rostro plido iluminado por la luz del quinqu colocado
sobre la mesa.

Yo estaba sentado en un silln; ella delante de m, devorndome con sus
rasgados ojazos negros en los que bulla el turbulento silabario de los
amores ardientes.

--Le odio--continu;-- su lado siento fro, ese fro repulsivo que
inspiran los anfibios; y cuando sus labios me besan  sus manos yertas
me acarician, mi cuerpo vibra como si sobre l se deslizase un
caracol...

Tras un momento de silencio, agreg:

--Di, me crees?

Haba tanta ansiedad en su interrogacin, que depuse toda reserva.

--S, te creo--dije--porque necesito creerte para vivir. Necesito saber
que eres ma en cuerpo y alma, que vives para m, que te engalanas
tanto, para gustarme ms, que soy el amante de tus pesadillas...

Sugestionada por las zozobras que en mi corazn producan los tormentos
del suyo, manifestse tal cual era, revelndome el gran secreto, el
misterio criminal de su existencia de mujer casada; y lo dijo deprisa y
con extraos barboteos, cual si una mano invisible la apretase
fuertemente el cuello.

--Quiero ser tuya completamente--prosigui;--para ello necesito
enviudar... y, creme... enviudar muy pronto...

Y como yo hiciese un gesto de horror, exclam sonriendo con su espantosa
risa adorable de sirena:

--No te figures que soy una de esas criminales adocenadas que emplean el
cuchillo  el veneno. Nunca! yo no soy vulgo!... El beleo por m
empleado no cabe en ninguna frmula qumica; es intangente. _El_ morir
y morir entre mis brazos, sus yertos labios apoyados sobre los mos,
bendicindome... Morir de amor!... Todas las noches, aunque no quiera,
le sirvo una buena dosis de dulce veneno. La muerte viene  pequeas
jornadas, pero viene... y ten por cierto que del tremendo drama no
quedarn rastros...

As habl ella, la adorable fiera sobre cuyo seno iba quedando exange
aquel horriblemente bufo polichinela del matrimonio...

       *       *       *       *       *

Otro da convers con l...

Tan dbil, tan lacio, con sus labios anmicos, su mirada incierta y su
crneo desdibujado de idiota. Me habl de ella.

--Me quiere mucho--dijo;--durante el da, no bien estamos solos, acude 
sentarse sobre mis rodillas, me estrecha la cabeza entre sus manos, me
adormece con las palabras ms suaves, me besuquea en los labios.....
Oh, unos besos muy fuertes, muy duraderos, que si bien me hacen muy
feliz, tambin me causan infinito dao!...

Call para destoser con esa tosecilla seca, entrecortada, de los
tsicos; luego continu:

--Por las noches su cario se exacerba ms an. Ahora, como estoy tan
delicado, no voy al teatro casi nunca; adems, si alguna vez me acomete
el antojo de ir al caf, ella me lo quita de la cabeza. Pues bien; ella
es quien me da el brazo para ir desde el comedor al dormitorio, quien me
desnuda, quien me tibia el lecho acostndose antes que yo... Y ya
ensabanados, con qu esmero me abriga y sube el embozo, echndome los
brazos al cuello y cosindose  mi como nia miedosa!... Ay! Qu
quieres? Reconozco que estos excesos de cario me son fatales, pero ella
me quiere tanto que no sabe reprimirse... y yo tampoco acierto 
regatearla mi amor.

La voz doliente de aquella pobre vctima explicando y disculpando las
crueldades de su verdugo, era altamente conmovedora.

--Y t, la quieres?--pregunt.

--Yo? Con toda mi alma! No tengo padres, ni hijos; mi nico bien es
ella. Si ella me faltase, me morira...

Habl de sus proyectos, de sus ambiciones. En cuanto llegase el verano
ira  baos; luego, si lograba restablecer un poco los descalabros de
su salud, emprendera algn negocio.

--Y esas expediciones, las hars con ella?

--Cmo no--repuso,--si ella es mi cielo y mi tierra... todo?...

Aquellos dilogos no pueden borrarse de mi memoria. La temible
catstrofe no ha ocurrido an, pero puede suceder hoy, maana...
cualquier da. _El_ decae visiblemente; sus piernas se arrastran por el
suelo; sus ojos se cierran, la fiebre estremece sus labios
descoloridos... _Ella_, en cambio, es la hembra alta y poderosa de
siempre, con su rostro marfileo y sus ojos fulgurantes de loca: nunca
le deja y  todas partes le lleva trabado del brazo.

Oh, la quiero mucho, mucho!... Con una de esas pasiones bravas que
slo saben inspirar los malos; mas, no obstante, me repugnan su crimen y
la estpida candidez del mrtir, y me acometen tentaciones de descubrir
 ste el peligro que corre.

Pero, para qu? Es intil; la sentencia que le condena  morir es
irrevocable: sin ella, le matara la pesadumbre; con ella, le matar el
deleite...

Que siga, pues, as.

Es tan dulce morir soando!




AGUAFUERTE


La embarcacin rompa suavemente el agua dejando tras s una estela
brillante como reguero de menudos cristales; las primeras sombras
crepusculares invadan el espacio; sobre el mar inmenso, el lucero
vespertino derramaba su resplandor fro; las olas, que encresp la
caricia del viento, se hundan al llegar junto al frgil esquife que
pasaba sobre ellas como una caricia, amasndolas; las gaviotas huan
enderezando hacia la playa el vuelo.

Federico y Daniel, sentados el uno delante del otro, remaban  comps;
se haban quitado la camisa, y bajo sus elegantes camisetas de seda
temblaban los msculos pectorales, los biceps vigorosos y giles, y toda
su enrgica complexin de aristcratas aficionados  los duros
ejercicios de la gimnasia y de la esgrima.

Desde popa, donde iba llevando las cuerdas del timn, Elisa Dantn
envolva  los dos hombres en una mirada extraa. Representaba veinte
aos: tena el rostro plido y un dejo de vaga pesadumbre embelleca sus
labios; sus ojos negros eran crueles y fros; bajo el talle esbelto, sus
caderas amplias de mujer sensual dibujaban una doble curva firme y
armoniosa.

--Quieres que emprendamos el regreso?--pregunt Federico.

--No--repuso ella,--sigamos; el tiempo es muy hermoso.

El bote continu avanzando hacia alta mar, moviendo sus remos que
hendan las olas sin rudo, como un gigantesco insecto de cuatro patas.
Las costas, ya distantes, recortaban bajo el cielo una silueta negra y
borrosa; las luces palidecan en la niebla rodeadas de un nimbo glauco;
all, los mstiles de los buques anclados formaban una especie de bosque
escueto y triste; las estrellas iban encendindose poco  poco, y su luz
brua la blanca cresta de las olas. Elisa Dantn miraba  los remeros.

Aborreca  Federico, su marido, que la adoraba. Elisa no era
responsable de aquel odio que vanamente procur domear; que los carios
y los desvos son como plantas parsitas que nacen donde quiera, sin
necesidad de que la mano cuidadosa del jardinero las siembre ni agasaje.
Y qu tormento aquel de vivir unida  un hombre cuyo trato iba sindola
insoportable de da en da! Fingindole amor, complaciendo sus deseos,
ofreciendo sus labios  sus besos, acariciando lo que hubiese querido
herir... Y as siempre, una noche y otra, para luego,  la maana
siguiente, volver  representar ante el mundo el papel, tristemente
cmico, de una felicidad perfecta.

--Hay nada ms horrible--pensaba Elisa--que ser amada por un hombre
odiado?

Y hubo, en el callado curso de sus meditaciones, una pausa que pareca
responder al silencio augusto del mar y de los cielos en calma. Daniel
pregunt:

--Elisa... quiere usted que volvamos  tierra?

Ella le mir duramente, con rencor; despus, hablando en voz muy baja,
como soando, repuso:

--No, no... sigamos, sigamos...

La embarcacin continu en lnea recta, rompiendo las olas. A la
izquierda se ergua el faro, con su luz triste, bienhechora como la
sombra de los eucaliptos; ms all estaba el Ocano, negro,
impenetrable, reposando sobre abismos donde nunca penetr el sol. Elisa
Dantn reanud su soliloquio.

S, hay algo peor que ser amada por quien se aborrece--pens,--y es
querer  un ingrato...

Mir  Daniel, tan joven, tan apuesto, tan falaz, que pareca esquivar
el relampagueo de sus ojos mirando  otra parte... Daniel y Federico se
queran como hermanos; le conoci poco despus de su matrimonio; l
regresaba de una larga excursin por Oriente; volva alegre, sediento de
emociones, codicioso de referir las aventuras que corri por aquellos
lejanos pases del sol. Daniel fu enamorndola con atenciones y
palabras: despus la declar su pasin, que ella rechaz indignada; pero
su protesta era tarda; cuando quiso olvidarle ya no pudo y fu suya...
Meses despus Daniel la olvidaba por otra mujer.

Bajo el calor bochornoso de aquella tarde de Junio, Elisa Dantn senta
que todas sus malas pasiones se exasperaban. Vea  Daniel decidor,
impdico, riendo feliz entre los brazos de sus nuevas queridas, y el
odio que encienden los celos nublaba el pensamiento de la desdeada. Por
l traicion  su marido, y burlndose supo aborrecerle; por l aprendi
el camino del adulterio y de la manceba. Y para qu?...

--Le odio tanto como  Federico, acaso ms... pues me quit el consuelo
de ser honrada...

Elisa comprenda que su pobre espritu estaba sometido  las dos grandes
torturas, lmite de todos los sufrimientos pasionales: querer al que
desprecia, odiar al que nos ama... Ella, por tanto, padeca toda suerte
de sufrimientos: el amor que negaba  Federico, nadie lo quera; su
honor era como rosa marchita, cada en un camino; qu podra disculpar
su adulterio?... Una idea que hasta all anduvo vagando por los ms
ocultos escondrijos y desvanes de su pensamiento, surgi de pronto
aterradora, fra, centelleante, como el zig-zag de una arma blanca.

--Y si yo me deshiciese de los dos?

Tembl y procur pensar en otra cosa; pero la idea terrible resurga
tentadora, irresistible... Aquellos hombres estaban  merced suya; en
ella convergieron los voraces apetitos de los dos; aquel deseo poda
convertirse instantneamente en odio; bastaba un gesto... una sola
palabra de sus labios... para precipitar al uno sobre el otro y
obligarles  reir hasta despedazarse, Para qu sufrir? Acaso no vala
la muerte del amante la vida del marido?... Muertos ambos, ella quedaba
libre: la destruccin es santa; no se puede edificar donde hay runas;
la piqueta debe preparar el campo  la paleta y  la plomada... Y tanto
bien, podra alcanzarlo con slo querer!...

Elisa Dantn sonri satisfecha, como reiran los viejos tiranos.
Federico pregunt:

--Volvemos?

Ella repuso distrada:

--Me es indiferente; como queris...

Ellos viraron la embarcacin; Elisa Dantn volvi  pensar:

--Si yo hablase!...

Pronto, antes de una hora, llegaran  tierra; la tierra era para ella
la esclavitud, el disimulo, el secreto martirio de todas sus horas...
Por qu no hablar?

--Una frase... menos an, una palabra... una sola palabra ma...
bastaba...--repiti Elisa.

Miraba  Federico y  Daniel para aumentar el caudal de su odio; evoc
recuerdos crueles: su cada, sus remordimientos, sus celos, su abandono;
recompuso escenas repugnantes... La medida estaba bien colmada; aun
tuvo vagos titubeos; luego habl; fu como una basca...

--Daniel--dijo,--me quieres?...

Y sus ojos soportaron impasibles el choque de las miradas atnitas que
sobre ella lanzaron los dos hombres: los remos quedaron suspendidos en
el aire, goteando.

--Qu deca usted?--pregunt Daniel.

--Oh, no disimules!--repuso la joven, cuyo cuerpo pareca haber
adquirido sbitamente la rigidez de las estatuas; estoy cansada de
fingir; te quiero... y tena ganas de decirlo as... en voz alta.

Federico lanz un grito y se puso de pie.

--Elisa... Elisa!... Qu... qu has dicho?...

Ella, siempre inmvil, replic lentamente, como presa de un vrtigo
tranquilo:

--Bah!... Dije... lo que saben muchos; que Daniel es mi amante...

Este, fuera de s, se haba levantado, murmurando:

--Ah, miserables!... Sin duda urdisteis este plan para asesinarme...

Bajo los nerviosos pies de los dos hombres, la lancha comenz  oscilar
violentamente. Aquel inesperado desbordamiento de clera fu como uno de
esos rayos que durante los calurosos crepsculos estivales rasgan la
extensin del espacio azul.

Federico vacilaba, pasndose por la frente sus manos de remero, morenas
y duras. De pronto exclam, cual si la luz hubiese brotado
repentinamente en su cerebro:

--No, yo no!... Vosotros!... Miserables, vosotros, que me
engabais!...

Abri los brazos precipitndose sobre Daniel, que le esperaba con los
suyos abiertos, y se estrecharon frenticamente, magullndose, con las
caras y los pechos juntos. Elisa Dantn, sin dejar su asiento, les
contemplaba con la mirada impasible de las esfinges. Federico, ms bajo
que su enemigo, tras una finta hbil logr afianzarle por la cintura y
levantarle en alto, pero Daniel le cogi fuertemente el cuello entre los
dientes y pudo desasirse, cayendo de pie: el bote retembl y un golpe de
mar lo salpic de agua.

Sbitamente Elisa tuvo miedo, miedo  que uno de los dos sobreviviese 
la lucha; ella anhelaba la libertad, la dulce libertad absoluta; ni amar
ni ser amada...

Casi ahogado, como en un rugido, Daniel murmur:

--Ven.

Asi  su rival por las piernas y quiso lanzarle por la proa; Federico,
ya en el aire, puso un pie sobre una borda, la embarcacin oscil y
Daniel, perdiendo el equilibrio, cay hacia atrs, en el mar,
arrastrando  Federico. Sobre aquellos dos cuerpos las aguas se cerraron
formando grandes crculos concntricos; un turbin de burbujas ascendi
 la superficie. Elisa Dantn, aterrada de su obra, se haba levantado,
mirando al abismo: transcurrieron pocos segundos... Los dos luchadores
reaparecieron abrazados, mordindose, queriendo arrancarse algunos
instantes de vida que ya no merecan el trabajo de ser defendidos: sus
cabellos mojados colgaban sobre sus frentes; tornaron  hundirse... La
joven esper; las olas seguan pasando unas tras otras, enarcando sus
lomos sobre la tumba recin abierta...

Transcurra el tiempo; la luna ya iba muy alta; Elisa mir  su
alrededor: las barcas pescadoras se hallaban lejos y sus tripulantes
nada podan haber visto; el faro, luciendo en la serenidad de los
cielos, mostraba el camino de la salvacin y de la paz; el pasado, el
horrible ayer, quedaba sepultado all, bajo el misterio impenetrable de
las olas. Satisfecha de s misma y del porvenir, Elisa cogi los remos y
bog lentamente.




LA MUERTA


Aquella caseta de peones camineros fu puesta por orden de la Compaa
al borde de un torrente seco, especie de cicatriz negra y profunda,
abierta por una convulsin geolgica entre dos cerros granticos muy
altos. En verano las agrias laderas de los montes colindantes se cubran
de verdura, y en el fondo de la caada, bajo los jarales, los grillos
cantaban: arriba, en la regin azul, baada por el sol, las guilas
volaban pausadamente sumergiendo su mirada zahor en las
resquebrajaduras del planeta; pero el invierno desnudaba los cerros de
molleja y apagaba el canto de los grillos, y la nieve caa
silenciosamente sobre el cauce del torrente; cauce demasiado profundo,
adonde las sonoras embestidas del viento no llegaban...

All viva Martina, la mujer de Juan, el maquinista, llevando siempre en
la mano el bandern verde que da  los trenes paso franco, y los ojos
fijos en los tneles abiertos en las vertientes de los dos cerros
fronteros...

Por aquellos agujeros, que en invierno aparecan sobre el fondo blanco
del paisaje nevado como las cuencas orbitarias de un enorme esqueleto
soterrado, entraba y sala continuamente, y como  borbotones, un flujo
inagotable de vida que las locomotoras, en su eterno pasar y repasar,
traan y llevaban de hora en hora.

Desde muy lejos, rompiendo el silencio de la angosta caada dormida como
una serpiente bajo la nieve, se oa el afanoso trepidar de los trenes
que atravesaban los tneles. Entonces Martina dejaba su labor, coga el
bandern de seales y acuda  colocarse junto  los rieles. El cerro
vibraba con un estremecimiento sordo, ntimo, como un hervor: era un
gemido gigante de dolor que creca, anunciando un parto monstruoso;
hasta que del fondo del negro agujero, de aquella cuenca orbitaria
perteneciente  un esqueleto ciclpeo perdido, apareca el tren,
avanzando en desaforada carrera: la locomotora, incontrastable y fatal
como el Destino, se acercaba jadeando, arrastrando un largo rosario de
vagones, paseando su panza ardiente sobre las llanuras heladas; y un
minuto despus desapareca por el tnel del lado opuesto, con un
estertor que menguaba, como algo moribundo que se despide hundindose...

La uniformidad de estas impresiones machacaban el espritu de Martina:
los trenes mixtos, con sus series interminables de vagones cerrados, no
la emocionaban; eran coches mudos, sin alma, cargados de objetos
muertos: en cambio, los expresos la impresionaban fuertemente,
entristecindola: por las ventanillas de los coches vea cabezas que la
miraban con curiosidad; cabezas siempre diferentes, que formaban legin
y dejaban en su nimo el recuerdo mareante de las multitudes. Otras
veces, de noche, las ventanillas solan estar vacas; pero en cambio
vea sombras fantsticas que se recortaban sobre los techos iluminados
de los vagones. Una voz estaba segura de haber sorprendido las siluetas
de una mujer y un hombre abrazados.

El tren que Juan conduca, Martina lo esperaba con ms impaciencia. En
cuanto la locomotora sala del tnel, el maquinista echaba el busto
fuera de la plataforma para ver  su esposa desde lejos, y ella rea
feliz. Era una ilusin fantstica, inapresable, de aquelarre.

--Adis!

--Adis!

La velocidad del tren no permita otro saludo ms expresivo, y Juan
llegaba y se iba como una sombra: al principio pareca ser l quien
arrastraba y rega la marcha de los vagones; luego dirase que el tren
le empujaba... Y Martina, alta, fuerte, con su rostro moreno y sus
grandes ojos pensativos de murciana, le vea alejarse permaneciendo
inmvil como una estatua de bronce, en medio de la nieve.

Aquel sempiterno tragn de trenes en marcha, aquel ir y venir de
individuos avanzando siempre, ms all, ms all, hacia el horizonte,
aquellas siluetas de amantes que se abrazaban sobre los blandos asientos
de los vagones reservados, despertaron en la guardava el deseo de lo
desconocido, de lo lejano, del misterio que las leyes castigan... Y
pens que ella no mereca vivir as, sepultada en el fondo de aquel
torrente, siguiendo en verano el vuelo sereno de las guilas baadas por
el sol, recibiendo sobre sus hombros en invierno los copos de nieve
desprendidos del cielo gris.

Y por eso, una noche de soledad y de supremo aburrimiento, Martina oy
embelesada las palabras de Pedro, el fogonero que acompaaba  Juan en
sus viajes, y que siempre, al pasar, la arrojaba desde el _tamdem_ una
mirada de hambriento deseo. Pedro la ponder su amor, aquel amor
criminal que haba de hallar satisfaccin cumplida cuando ella se
determinara  fugarse, siguindole  una ciudad lejana... Y Martina le
crey y le quiso...

Desdo aquel da el exprs tuvo para ella un doble encanto: cuando Juan
la saludaba, Pedro saludaba tambin, y su alma se estremeca con
inquieto gozo viendo sobre el atezado semblante del fogonero, sus
dientes que desnudaba la risa; aquellos dientes agudos y blancos que la
haban mordido...

Pasaron muchos meses, y el ansiado da de la emancipacin y de la fuga
no llegaba; Pedro, aburrido de la guardava, dejaba de verla alegando
motivos y ocupaciones que nunca tuvo, y tan evidentes fueron las pruebas
de su ingratitud, que Martina lleg  comprender...

Un remordimiento ntimo, creciente, devorador, como la carrera
trepidante de los trenes bajo el tnel, se apoder de la abandonada.
Hasta all la haba servido de consuelo la conciencia de su virtud; pero
al saberse burlada se apreci ms sola, ms triste, ms insignificante
que nunca, como bagazo humano despreciable arrojado junto  la va por
aquellas multitudes honradas que llevan los trenes.

Con la llegada del exprs siempre vena el saludo de Juan, que la miraba
echando el cuerpo fuera del tandem:

--Adis!

--Adis!...

Pedro ya no saludaba, sonrea... con esa sonrisilla burlona con que
suelen corresponder los hombres al saludo de las mujeres que engaaron.

Vindose sola, completamente sola, con la soledad de los astros muertos
que ruedan por el vaco, reconocindose despreciada del amante  indigna
del esposo, atormentada por la voz de su conciencia que murmuraba 
todas horas en sus odos un reproche interminable, atrada
siniestramente por la perspectiva de los trenes que se acercaban
ofrecindola un medio instantneo de liberacin y de descanso, Martina
pens morir.

Y lo hizo como lo pens.

Fu una tarde,  la puesta del sol. De pie, junto  la va, con el
bandern verde en la mano, la joven escuchaba el lejano fragor de trueno
del exprs. Ella, que conoca muy bien todos los ruidos, saba que el
tren iba pasando un puente, situado ms all del cerro; luego comprendi
que haba entrado en la montaa; el estrpito, que al principio tornse
sordo y como opaco, fu creciendo, ms, ms... hasta convertirse en
alarido formidable. La guardava, inmvil, inconsciente como una
sonmbula, esperaba, los ojos fijos en el tnel, que mostraba su bocaza
negra sobre el fondo blanco del monte nevado. De pronto apareci la
locomotora. Juan, segn costumbre, asomaba la cabeza para saludar.
Martina le mir y mir al cielo, despidindose; luego, instantneamente,
se arroj de bruces sobre los rieles, tapndose los odos para no oir...
y el tren pas...

       *       *       *       *       *

Una cruz de piedra indica el sitio donde muri la guardava. Alguien
dijo que se haba suicidado por celos y que su marido fu un mal hombre.
Los maquinistas, cuando pasan por aquel sitio, se descubren siempre.




DISCRETEOS


JACINTA.--Te aseguro que Enrique me gusta. Es bueno, es rico... es
amable...

ADRIANA.--Oh, gustarte, gustarte!... Eso es muy vago, porque no hay
hombre que sea absolutamente antiptico.

J.--Es verdad.

A.--Te gusta Enrique como  m me agrada Luis: un poco.

J.--No, mucho.

A.--Ea, pues mucho. Pero entre querer mucho y querer locamente, hay un
pantano, donde naufragan las mejores ilusiones de la juventud soadora.
Antes de resolvernos  vivir con un hombre toda la vida, debamos
cerciorarnos de si le amamos con toda el alma.

J.--Dices bien.

A.--Mira que renunciar  la humanidad masculina por un esposo que, dos
 tres aos despus de la boda, puede parecernos el ms insignificante
de los hombres!...

J.--Es absurdo.

A.--Es horrible entregar toda nuestra hermosura  un feo sin talento.

J.--S, horrible y ridculo. No obstante, importa casarse. El mundo es
vulgar, hipcrita... y conviene sacrificarse al buen parecer y
satisfacernos con una modesta mediana.

A.--Luego, no quieres  Enrique?

J.--Oh!... S le quiero.

A.--Un poco?

J.-Como t  Luis.

A.--Y como quieren  sus novios las tres cuartas partes de las mujeres
que se casan. Porque ya conocers algunos hombres mejores que tu futuro
esposo...

J.--Conozco muchos!

A.--Yo, tambin: casi estaba por decir que mi novio es de los muchachos
menos simpticos que me han cortejado. Pero, en fin; urge decidirse y
nosotras somos dos mujercitas discretas que saben poner los puntos sobre
las es y arreglar su porvenir. Enrique y Luis tienen sobre los dems
hombres la inmensa ventaja de ser galanes propicios al casorio. Cun
lejos estn ellos de presumir que al otorgarles nuestra mano consumamos
una venta! Porque, fjate: la inacabable comedia del amor convierte  la
sociedad en un gran mercado: los hombres compran; las mujeres se venden.
Todas nos vendemos, todas... Las meretrices, por dinero; las honradas,
por una bendicin...

J.--Eres muy mordaz.

A.--No, soy muy justa. Nosotras, que dada nuestra posicin social no
osaramos tener un amante, nos entregamos sin protesta  cualquier
advenedizo que se case, cedindole cuanto poseemos  trueque de su
apellido. Comprendes?... El matrimonio es el mercado donde se tasan y
se venden las mujeres honradas.

J.--_(Con tristeza)_ Es cierto.

A.--Y lo ms famoso es que nosotras somos las principales autoras de
nuestra desgracia: nacimos cobardes, tenemos demasiada prisa en
casarnos, temiendo quedar solteras, y en vez de luchar por rendir la
voluntad de esos calaveras contumaces que tanto gustan, nos abandonamos
framente entre los brazos de cualquier individuo adocenado que se case.
Queremos ser felices en seguida, sin combate, sin afanes, y la felicidad
que no cuesta trabajos y lgrimas, no puede ser larga ni valedera.
Pongamos un ejemplo. T seras dichosa con Juanito Pantoja?

J.--Oh! ya lo creo.

A.--Lo reune todo: la gentileza, la donosura de entendimiento, la
verbosidad apasionada de los hombres ardientes. Podr mentir cuando
habla de amor, seguramente miente... pero, qu bien lo hace!... Es el
suyo un embuste bellsimo que vale una realidad.

J.--_(Reflexiva.)_ Cierta noche me dijo que se mora por m.

A.--Tambin  m me jur algo igual. Es un hombre encantador, que se
muere por todas. Confieso que me agrada infinitamente ms que Luis.

J.--Toma!... Y tambin vale mucho ms que Enrique.

A.--Ah tienes. Comprendo que una mujer resbale y caiga con hombres como
Juanito Pantoja; pero no concibo que ninguna se pierda ni por Enrique ni
por Luis.

J.--Yo tampoco.

A.--Cualquier novio sirve para marido?

J.--Cualquiera.

A.--Pero qu pocos novios merecen ascender  la categora de amantes!

_(Pausa)_.

J.--Pantoja es un conversador irresistible.

A.--S: cunto habla y qu bien lo dice todo!

J.--La mujer que logre rendirle ser feliz.

A.--Oh, s!... Muy dichosa!...

J.--Debo de ser altamente halagador eso de poder decir: mi marido es el
ms gentil, el ms valiente, el ms ingenioso, el ms seductor de los
hombres... Y en sus mocedades fu una mala cabeza, un gran perdido, que
burl  muchas incautas y que yo slo pude rendir...

A. _(Suspirando)_.--S... la fbula de doa Ins inocente, rindiendo al
Tenorio libertino, es el bello ideal de todas nosotras. Y pensar que
dentro de algunos meses nos casaremos con Enrique y con Luis!...

_(Las dos amigas permanecen pensativas, acariciando mentalmente la dulce
quimera de su felicidad fugitiva.) _ J.--Aunque estoy cierta de que
Pantoja es un botarate, creo que siempre me saluda con especial cario.

A.--Y  m.

J.--Recuerdo que su declaracin la formul en trminos tan apasionados,
tan vehementes...

A.--A m tambin me dijo algo que no he olvidado... _(Pensativa.)_

_(Pausa)_.

J.--_(De pronto.)_ Vaya, vaya... Juanito es un hombre diablico que slo
sirve para amante.

A.--Y en esos galanes tan seductores, tan apuestos, que slo sirven para
amantes...

J.--No hay que pensar.

A.--Es lo mejor.

J.--_(Riendo.)_ Hasta despus que estemos casadas.




GLUCK, EL INIMITABLE


--Desengate, pobre Gluck, yo no puedo deslumbrarme con las
hiperblicas ofertas de un hombre vulgar... La mujer que, como yo,
levanta nueve arrobas con los dientes, no se apasiona por ningn
calzafraque sin corazn. El dueo y seor de mi albedro ser ms fuerte
que yo, ms valiente que yo.

--Adriana!--murmur el payaso ruborizndose.

--No me supliques... tus splicas me exasperan rebajndote  mis ojos,
porque toda splica reboza una debilidad. De los tres menguados que ms
decididos parecis  molestarme con vuestras serenatas de amor, no
quiero  ninguno. Nemo, el domador de leones, es valiente, pero tiene
menos fuerza que yo y su apocamiento me disgusta... Parece un nio
atrevido  quien podemos vapulear  teln alzado, si nos molesta. Los
brazos de Alsini, el rey del trapecio, reconozco que son ms vigorosos
que los mos, pero Alsini es una bestia de carga, sumisa y cobarde. Le
desprecio... En cuanto  ti, que pasaste la vida diciendo chistes, y que
no tienes la fuerza del uno, ni diste muestras de atesorar la bravura
del otro... A ti, mi pobre Gluck no quiero juzgarte... Adis.

As habl Adriana Carmezza, la orgullosa italiana que reciba sobre las
espaldas una bala de can de treinta kilos arrojada desde una gran
altura, y levantaba nueve arrobas entre sus dientecillos de osezno,
pequeines y blancos. Y Gluck, _el Inimitable_, permaneci de pie, los
brazos cruzados sobre su robusto pechazo de atleta y los ojos muy
abiertos, para no llorar.

Hasta los cuartos de los artistas llegaban los murmullos amenazadores
del pblico que iba invadiendo las galeras: aquella noche Adriana
Carmezza celebraba su beneficio y, como en obsequio  la beneficiada la
empresa organiz un programa magnfico, la concurrencia era enorme.
Cuando resonaron los primeros acordes de la orquesta, los artistas
refluyeron hasta el callejn que conduca  la pista: la representacin
iba  empezar...

El nico que, abstrado en sus imaginaciones, permaneca ajeno  todo
aquel movimiento, era el payaso Gluck; Gluck el Inimitable... Estaba
disfrazado de salvaje, la cabeza adornada por un vistoso penacho de
plumas, las caderas ceidas con un faldelln salpicado de relucientes
lentejuelas, y las piernas y los brazos embadurnados de negro y
adornados con sendos anillos de oro... Inmvil, fuerte y mudo, como un
picacho basltico.

Casi todos los artistas que por all pasaban, maravillados de su
actitud, le dirigan alguna burleta  le daban en el hombro un amistoso
golpecito.

--En qu piensas, Gluck?... Gluck, qu tienes?

Y Gluck, el Inimitable, les miraba sin responder. Luego, cuando vi
pasar al atltico Alsini balancendose sobre sus membrudas piernas de
jayn, y  Nemo, aquel hroe que haba puesto el pie sobre el lomo de
tantos leones amansados, el payaso sinti que los celos le mordan el
corazn y que sus mejillas echaban fuego. Despus pas Adriana.

--Adis, Gluck--dijo.

En aquel momento el pblico aplauda un ejercicio y todos los acrbatas
se agolparon en un extremo del corredor, junto  la pista. Gluck y
Adriana se hallaban en la sombra, tras unos bastidores. Ella vesta de
negro: sobre el escote del corpio se insinuaba el seno opulento y de
marmreas dureza y blancura; el cuello era grueso, el rostro expresivo,
con una belleza varonil de amazona espartana; los ojos alegres y
dominadores. El payaso se acerc  ella y cogindola fuertemente por una
mueca, la atrajo hacia s.

--Adriana--repiti,--Adriana... quireme!...

Lo dijo de golpe, sin prembulos, con ese laconismo brutal de las
pasiones supremas; laconismo que daba severidad y valimiento  su
sencillo disfraz de salvaje. Ella sonri desdeosa.

--Otra vez?

--Cmo no... si eres mi vida, si cuando te alejas de m parece que me
arrancan el alma!... Adriana, dame una esperanza y no consigas con esos
desvos que sea clebre esta noche de tu beneficio!... Adriana, que me
pierdes!...

Ella, irritada por la orden que envolva aquella splica, le rechaz
vigorosamente.

--No!--dijo.

El payaso exhal un grito agnico y llevse ambas manos  la cabeza con
ademn de trgica desesperacin; pero Adriana, furiosa, no satisfecha
con desesperanzarle, le insultaba.

--No me satisfaces!... Eres cobarde, eres dbil. Los fuertes no
mendigan lo que pueden obtener por sus puos, y t suplicas... Lo
comprendes ahora? Me repugnas; me repugnas y te odio. Vete, vete, que no
me sirves...

Sus palabras caan como mazos de batn sobre la cabeza de Gluck, que
gema sordamente. Despus, cuando ya le juzg bastante castigado y
maltrecho, di media vuelta y se alej titubeando aquellas caderas
amplias y firmes que parecan destinadas  engendrar una raza superior;
Gluck, el Inimitable, qued apoyado contra la pared, la cabeza sobre el
pecho y flaquendole las piernas, en la actitud de un salvaje herido.

Momentos despus, cuando Adriana Carmezza sala  la pista pagando con
sonrisas amables los aplausos del pblico, Nemo y Alsini reaparecieron,
trayendo cada uno de ellos un gran ramo de flores. Al verles, volvi 
resonar en los odos de Gluck el apstrofe de Adriana: Vete, que no me
sirves... y, enloquecido, les cerr el paso.

--Para quin son esas flores?--exclam con voz que el coraje tremolaba
siniestramente:

--Para Adriana--repuso Nemo sin inmutarse.

Los tres hombres se miraron saudamente: todos se odiaban desde que el
Destino permiti que una misma mujer sirviese de norte  sus deseos, y
en aquel momento casi se holgaron de tener un pretexto  qu asirse para
dar vado  su antiguo rencor. Estaban en un carrejo obscuro abierto
entre dos bastidores altos....

--A esa mujer--dijo Gluck,--nadie la obsequia ms que yo.

--Quita, payaso--contest Nemo subrayando la frase con daina intencin.

Pero Gluck, el Inimitable, se precipit sobre l y arrebatndole el ramo
de flores lo arroj al suelo, despedazado.

--Al que d un paso--grit,--le parto el alma!!

Ni Nemo, el domador de leones, ni Alsini, podan luchar con Gluck,
porque al primero le faltaba la fuerza y al segundo el valor; mas en
aquel momento la furiosa acometividad del payaso les indujo  unirse en
formidable alianza.

--Retrate, bruto--dijo Nemo.

--Atrs!--agreg Alsini  quien vigorizaba el esfuerzo temerario del
domador.

Pero Gluck, fuera de s, arremetiles sin contestar; su primer golpe fu
para Nemo, el segundo para Alsini; dos puetazos de titn celoso que
resonaron con un sordo crujido de huesos. Entonces comenz una lucha
terrible: Nemo haba cado al suelo, pero levantse enseguida y
arremeti al payaso; ste lade el cuerpo hurtando un golpe de su rival,
contest con otro y Nemo volvi  caer... Mientras, Alsini descargaba
sobre la cabeza de Gluck su brazo de hierro. Era una lucha de colosos;
la lucha formidable por la _posesin de la hembra_, de que habl Darwin.

Y entretanto, sofocando el seco estallido de aquellos golpes furibundos,
llegaban hasta los combatientes, como rfagas huracanadas de entusiasmo,
los aplausos con que el pblico premiaba los ejercicios de Adriana
Carmezza.

En momentos tales, Gluck el Inimitable, se revolva con la agilidad y el
denuedo del jabal que hace frente  la jaura. Unas veces se agachaba
prestamente para coger  su enemigo por la cintura y voltearle;  se
recreca para herir desde arriba,  brincaba para evitar un golpe,
mientras su brazo, aquel brazo vengativo, negro y musculoso como el de
un cclope, giraba infatigable, machacando crneos. Enardecido hasta el
paroxismo por el furor de la pelea, Gluck el Inimitable vala por
ciento: segn los casos, ciaba, se cubra, se retrepaba, defendindose 
atacando, pero siempre incansable y terco, magullando  sus enemigos con
recios golpes, y exasperndoles y aturdindoles con denuestos. Cada
puada, era un tiro; cada insulto, un salivazo.

De pronto Alsini y Nemo coincidieron en sus ataques y Gluck vacil: por
la nariz y por los odos derramaba borbotones de sangre. En aquel
momento Alsini cogi un martillo; Nemo un pual; Gluck un formn.

Entonces la lucha fu breve: al primer choque Alsini rod por tierra,
moribundo, y Nemo y Gluck quedaron solos, retndose con la mirada:

--Sobra uno de los dos!--murmuraba el payaso;--uno, uno!...

--T!--repuso Nemo.

Y se acometieron: Gluck par la cuchillada de su rival con el brazo;
Nemo la par con el corazn, y cay muerto.

Horrorizado de s mismo, Gluck el Inimitable, ech  correr; iba con los
ojos fuera de las rbitas, anhelante de fatiga, chorreando sangre, y
aquellos hilillos rojizos se coagulaban formando sobre su pecho y sus
hombros desnudos, extraos arabescos. Al llegar al corredor, todos los
artistas que por all andaban retrocedieron espantados, mientras Gluck
les miraba estpidamente, buscando un rostro que no hallaba. En aquel
momento reapareci Adriana, que volva de la pista sonriente y cargada
de flores: Gluck, al verla, corri hacia ella lanzando un grito de macho
vencedor. Adriana palideci hasta la lividez, y bajo la acrbata viril
que levantaba nueve arrobas con los dientes, reapareci la hembra, dulce
y tmida.

--Slo ma!...--exclamo Gluck;--ms valiente que Nemo, ms fuerte que
Alsini!...

Y repiti varias veces:

--Slo ma!...

Despus, sujetando  Adriana fuertemente por las muecas, murmur con
ese acento de rencorosa satisfaccin del hombre que puede vengarse
devolviendo ojo por ojo.

--Ahora, dime; sirvo?...




La herencia de un gran hombre


Ella le amaba mucho, locamente, con ese cario sumiso, idoltrico, que
las mujeres sencillas profesan  los hombres de genio.

El matrimonio fu para Luisa una negacin de s misma; Pablo la
empequeeca y eclipsaba como el sol obscurece el brillo de los planetas
que de l reciben luz y calor: cuantas personas visitaban su casa
preguntaban por l... de ella nadie se acordaba: ella slo era la mujer
del gran hombre, una cifra sin valor, una compaera fiel que, despus de
introducir  los visitantes en el despacho de su marido, se retiraba
discretamente cerrando la puerta. Y, sin embargo, aquella negacin,
aquel olvido, constituan, sus mayores orgullos, parecindola que su
infinitesimal pequeez era lo que mejor acreditaba la pasmosa altitud y
endiosamiento del esposo.

Tan idoltrico fu aquel amor, que Luisa nunca sinti su pobreza; pues
conviene advertir que su marido era muy pobre, con pobreza tan supina,
tan solemne, como su mismo genio. Pablo tena humorismos de loco: 
veces el dinero que guardaba para gastos indispensables lo inverta en
comprar un cuadro  cualquier otro objeto artstico, pero intil;  bien
regalaba  su mujer un traje de seda, sin acordarse de que no tena
zapatos. Mas  pesar de estos desequilibrios que solan ponerles en
extremados aprietos, Luisa era feliz, con esa felicidad rotunda de los
espritus cndidos.

As vivieron hasta que Pablo public un artculo violentsimo contra
cierto crtico que le haba censurado rudamente: aquel artculo provoc
otros varios, y todos un desafo en el que Pablo recibi una estocada
mortal.

Luisa, de pronto, se encontr viuda y sin otro cario que el de un hijo
pequeo. La muerte de Pablo fu tan repentina que ni siquiera tuvo el
consuelo de poder llorarle; su pena no la arranc ni un solo grito y sus
lgrimas corrieron por dentro mientras sus ojos permanecan tristes y
enjutos: fu un dolor mudo como el de los pajarillos  quienes el
vendaval dej sin nido en la poca mejor de sus amores.

Al principio la joven fu lanzada en el torbellino de una existencia
febril que no daba espacio  la reflexin: en pocos das recibi
centenares de telegramas que haba de contestar inmediatamente, y
hallse solicitada y perseguida por individuos que acudan  darla el
psame, y por periodistas que deseaban publicar el retrato y la
biografa del ilustre finado: los actores la hablaban del ltimo drama
que estaban ensayando; los editores de la ltima novela: todos queran
algo, todos pedan algo... y Luisa les vea pasar creyendo que aquella
grave y ceremoniosa procesin de sombras enlutadas, no concluira nunca.

Esta solicitud, no obstante, fu disminuyendo, la casa del gran artista
iba sumindose en el silencio ttrico de las cosas olvidadas, y al fin
Luisa se encontr sola en un hogar pobrsimo cuya frialdad y desnudez no
haba reparado hasta entonces.

As permaneci varios meses: por la maana le enseaba  leer  su hijo
en una novela de su padre, y leyendo aquellas pginas que ella vi
escribir, lloraba copiosamente; por las tardes permaneca brazo sobre
brazo, no sabiendo cmo emplearse ni qu hacer para conjurar la miseria.

Ella haba vivido tan ajena  toda suerte de negocios y Pablo dej sus
asuntos tan embrollados, que la joven no pudo cobrar nada de los libros
ni de los dramas de su marido: los editores decan que ninguna de
aquellas obras estaba registrada y el abogado que se ofreci  poner en
claro todo aquel laberinto, empez exigiendo algunos centenares de
pesetas para sufragio de los primeros gastos.

Luisa, acobardada, renunci  todo y vendi algunos manuscritos de Pablo
para seguir viviendo; y entretanto, el prestigio del gran hombre muerto
menguaba mucho ms de lo que Luisa crea.

Lleg momento en que la pobre viuda, vendidos todos sus muebles y
empeadas todas sus alhajas, cay en una situacin precaria. En la
cajita donde guardaba sus secretillos de esposa feliz, conservaba
todava un artculo de Pablo: el ltimo artculo!

Luisa dud mucho antes de resolverse  vender aquel manojito de queridas
cuartillas: era un cuento muy bonito, muy tierno, que haba ledo muchas
veces. Pero era preciso decidirse y se decidi, constreida por el
apremio brutal de la necesidad.

Aquella misma noche, vestida con un modesto trajecillo negro y llevando
 su hijo de la mano, la viuda se encamin  la redaccin del peridico
que su marido dirigi algunos aos y, durante el trayecto, pensaba en
aquellas cuartillas que oprima nerviosamente contra su seno dolorido,
dndolas un romntico adis, apasionado y mudo. Cuando suba las
escaleras de la redaccin, un ordenanza le sali al encuentro.

--El seor director?--pregunt Luisa.

Est ocupado.

--Dgale que la viuda de don Pablo de Tal..... desea verle.

El ordenanza se fu y luego reapareci murmurando:

--Pase usted.

Luisa penetr en un despacho decorado con elegante sobriedad: la
sillera era de cuero, el piso estaba alfombrado y los huecos de las
ventanas disimulados por densos cortinajes de color obscuro. Ante una
mesa haba un individuo que escriba febrilmente, con el plido
semblante baado en la penumbra melanclica de un quinqu con pantalla
verde. Al ver  Luisa, aquel caballero se levant con afectada solicitud
y la ofreci una silla. Despus hablaron un poco del ilustre muerto; los
ojos de Luisa se humedecieron; su interlocutor tambin pareci muy
conmovido; luego la invit  que explicara el objeto de su visita...

--Le traigo  usted un artculo.

--Un artculo?

--S, seor; de Pablo...

--Para qu?

Luisa se detuvo dolorosamente, sorprendida por la pregunta del que fu
antiguo compaero de su marido.

--Por si lo quiere usted--repuso tras una breve pausa;--no puedo cobrar
nada de lo que empresarios y editores me deben, y ahora tengo
compromisos...

Sus mejillas echaban fuego; no poda hablar.

--Oh!... Comprendo; pero, ahora, un artculo de Pablo... no tiene
oportunidad... Si hubiera sido cuando l muri!...

Luisa rompi  llorar.

--Tiene usted razn--murmur;--pero ste es su ltimo artculo, el
ltimo... y yo no quera venderlo.

--Vaya, no se aflija usted, aquello pas... Siento que el peridico no
pueda pagar lo mucho que valdrn esas cuartillas; pero, en fin, cunto
quiere usted?

Lo que ella deseaba era concluir pronto y escapar de all; el precio ya
no la importaba.

--Pondremos... cuarenta pesetas?

--Bien, bien...

Aquello era un suplicio inacabable; una especie de limosna que la
ofrecan bajo recibo... Despus, mientras sala de la redaccin,
escuchando el argentino tintineo de las monedas que llevaba en el
bolsillo, pensaba en la bancarrota suprema de todas sus ilusiones. Qu
quedaba de los ruidosos triunfos de Pablo? De tantos aplausos, de tantas
brillantes polmicas, de tantos ensueos ambiciosos, qu qued?... Sus
amigos le haban olvidado; sus discpulos ya no le respetaban: era un
maestro enterrado, un dolo cado...

--Dnde fu aquel mundo de doradas quimeras?--pensaba Luisa;--qu
resta de todo aquel glorioso podero que me deslumbr?...

Y las monedas recin cobradas, tintineando en su faltriquera, parecan
responder:

--Cuarenta pesetas; la herencia de un gran hombre...




A OBSCURAS


Mercedes, una amiga que ignoraba los lazos de cario habidos, desde muy
antiguo, entre la hermosa cortesana y el clebre poeta, les present
mutuamente.

--Don Pedro Equis... Antonia, mi mejor amiga.

Ella y l se inclinaron ceremoniosos, aparentando no conocerse,
sintiendo que aquella inocente superchera les hermanaba en la penumbra
del disimulo.

Sentronse en el mismo sof, cuidando inconscientemente de que sus
rodillas no tropezasen, distrayendo sus miradas con los cuadros de
alegres y pujantes colorines, las plantas y los disecados pajarillos que
adornaban las paredes y ngulos del saloncito. Mercedes dijo
jovialmente:

--Pues, s: aqu tienes  mi amigo don Pedro, el gran cantor de los
amores, cuyos versos no hay hombre, medianamente ilustrado que, en los
momentos de borrachera sentimental, no sepa repetir de memoria.

--As es.

--Bien recuerdo--prosigui Mercedes riendo por la franqueza de la mujer
que sabe tener la boca bonita--que cierto actor, conocido de todos, me
sedujo recitndome versos de nuestro poeta.

...Y el poeta, escuchando la evocacin de aquellas deliciosas locuras,
sonrea melanclico, reconociendo que la misin de los pobres artistas
que de nada disfrutan y que todo lo cantan, es triste como la de los
sacerdotes, obligados  bendecir los placeres de un amor vedado  ellos
eternamente. Mercedes, que sali un instante, volvi mostrando un
telegrama que acababan de traer y la forzaba  marchar  la calle.

--Quedan ustedes en su casa--dijo;--empero no dudo sabrn ser juiciosos
y tratarse con respeto.

Al verse solos, Antonia y el poeta volvieron los ojos al pasado.

--Te acuerdas?

--Cmo no!--repuso ella;--y quin pensara que bamos  tropezamos
aqu, despus de tanto tiempo?...

Ms de quince aos fueron pasados desde entonces, y, en la neblina de la
distancia, el recuerdo de aquellos amores castos, nacidos en edad
demasiado temprana, pintaba un ramalazo de alegre y suave color.

--He cambiado mucho?--pregunt l.

Ella no hubiese querido disgustarle, pero la realidad se impona con tal
fuerza, que su generoso sentimiento qued vencido.

--Bastante--murmur.

Aunque colocada en los linderos ltimos de la segunda juventud, se
conservaba hermosa y por todo extremo fresca y deseable, habiendo pasado
la vida por ella como la brisa sobre las flores, sin marchitarla; para
l, en cambio, la exstencia fu huracn fortsimo que apag la lumbre
de sus ojos y ar su frente y quebrant los resortes de la ya
desgobernada voluntad. Y aquel desvalimiento lo revelaban el arco
desilusionado de sus labios y su mirada fra, como la de los viejos que
presenciaron la desaparicin de todo lo amado.

--Aquellos tiempos--exclam Pedro cerrando los ojos para mejor rendir su
espritu al dulce columpio del recuerdo,--forman en mi memoria una
acuarela de sencilla composicin y regocijados tonos.

Antonia suspir.

--A pesar de los aos transcurridos--dijo,--no he podido olvidarte y,
siempre que lea tu nombre, el ayer renaca...

Le contemplaba atentamente, dolindose de hallarle tan viejo, tan cado,
tan feo... con su calvo crneo limado por el insomnio, su semblante que
marchit el hasto, sus labios cansados de besar y de mentir pasiones...

Dos das despus, en la misma casa, tornaron  verse; y tras aquel
encuentro vino una cita, y luego otra... Citas honestas de amigos, de
verdaderos amigos, que hallan, charlando juntos, sabroso pasatiempo.

--Cmo estoy?--preguntaba ella.

--Mejor que antes, ms mujer, ms hecha: dirase que los aos te
perfeccionaron, trazando curvas, puliendo angulosidades, corrigiendo, en
fin, gallardamente, lo que la impaciente juventud dej mal concludo.

Mientras el poeta hablaba, la gentil cortesana se estremeca mordida por
un capricho; raro capricho que iba definindose, sojuzgando su nimo
bajo una fuerza invasora incontestable. Sin saberlo, adoraba  Pedro; le
admiraba, hubiese querido pasar la vida pendiente de sus labios
elocuentes... y pertenecerle, para ahuyentar sus penas.

--Su alma es hermosa--pensaba Antonia, exaltndose.

Mas inmediatamente despus, la voz implacable de su buen sentido,
responda:

--Pero es tan feo!... Tan feo!...

Y para escucharle, miraba al suelo, hallando grato aquel apartamiento de
la realidad desconsoladora.

...Fu otra tarde en aquel mismo coquetn saloncillo. Pedro callaba,
considerando imposible la reconquista de su antigua amada, que
languideca en el silencio; silencio augusto, cargado de recuerdos que
desbordaban su amor. Mercedes haba salido.

--Por qu ese mutismo?--pregunt Antonia.

--Qu puedo decir?... Ests tan lejos de m! Tan lejos!...

--Oh!... No lo creas. Vivo muy cerca de ti, tan cerca como antes, acaso
ms vecina que nunca... Porque mi espritu, instrudo por la
experiencia, comprende mejor los raros mritos del tuyo. Hblame...
hblame!

--De qu?

--Ah, no s!... No sabra decrtelo... Pero, habla... la correccin de
tu discurso y tu voz, que nubl la tristeza, aturden mi razn
dulcemente, como el vaho aromoso de los pebeteros. S, por lo ms
santo... no me niegues el favor de escucharte. Hblame de amor... evoca
lo pretrito; jura, como slo t sabes hacerlo, que no me has olvidado
todava... Habla!

Y l habl... friamente al principio, como viejo actor que representa;
despus con fuego, sintiendo caldearse sus nervios bajo la viril
sacudida de su propia inspiracin.

--Antonia... te acuerdas?...

Hablaba cogindola las manos, envolvindola en una mirada ardiente,
dejando que su aliento acariciase la frente de la amada. Y
reconocindose elocuente, se entregaba contento  este juego de gestos y
de palabras, con la doble alegra del amante y del artista que espera
ser aplaudido. Y prosegua:

--En vano intentas sustraerte  ti misma; me quieres, lo s, me
consta... Si as no fuese,  qu esa turbacin? A qu ese humillar la
cabeza y bajar los ojos?... Oyeme, soy yo... tu Pedro... quien te llama;
soy tu pasado, tu juventud primera, que vuelven conmigo.

Ella balbuceaba, entregndose al hechizo de la ficcin.

--Pedro mo!... Pedro!...

--Antonia, mi Antonia... adorada de mi alma... Es posible que despus
de separacin tan dilatada, volvamos  estar juntos?... Hace mucho
tiempo, jur amarte, y mi fe cumpli lo jurado sin que ni la distancia
ni los frvolos placeres mundanos quebrantasen el hierro fortsimo de mi
juramento. Te conoc siendo nia, nos amamos: yo entonces ganaba lo
suficiente para no morir, pero estudiaba sin desmayos, sabiendo que el
estudio y el trabajo son las nicas carabelas que pueden conducirnos
derechamente  las playas de la dicha, y en aquellas playas remotas t
esperabas.

Trastornada por el fuego de esta romntica peroracin, la joven abri
los ojos que hasta all tuvo cerrados, queriendo gustar la contemplacin
del hombre que tantas y tan lindas cosas deca, y no pudo; vi su frente
sombra que arrugaron los aos, su boca triste, su tez marchita, su
cuerpo encorvado, sus ojos sin luz... Y no pudo!... El beso se hel en
sus labios y volvi  cerrar los ojos. Era tan feo!...

--Lo pasado ha vuelto... oh, Antonia!... No dejes que esta felicidad
torne al pasado otra vez.

Ella, sintiendo que en la obscuridad su ilusin renaca, contestaba, sin
abrir los prpados, mecindose nuevamente en la msica de aquel
fingimiento adormecedor:

--Pedro mo, yo te amo, pero mi historia, sembrada de errores,
imposibilita nuestra unin; yo soy una desgraciada; t, en cambio,
puedes ser feliz an.

--Yo! Yo dichoso!... Sin t?... Nunca. Ahora mi nombre llena tu
memoria y esa conviccin, acaso presuntuosa, me consuela. Pero ms
adelante, cuando nos separemos, cuando no te vea, cuando la casualidad
que acaba de unirnos no exista... y mi recuerdo vaya empequeecindose
en tu espritu con el tiempo, como la imagen de todo lo que pasa, de
todo lo que huye... Entonces, quin se acordar de m... del
vencido?...

--Me sofocas como sofocan las pesadillas.

Contest sin abrir los ojos, parecindola que en aquella obscuridad la
voz cariosa del poeta vena de muy lejos. Pedro prosigui:

--Es el ayer, que te ahoga. T pasars tambin, Antonia, y tu ocaso ser
muy triste...

--Sigue, sigue!...

--Ser muy triste; y entonces, quin te amparar? Quin podr
consolarte del bien perdido?... Mientras que, viviendo juntos, no
padeceras el tormento de la soledad, y tus ltimos aos seran dulces y
tibios como los crepsculos estivales...

Hubo otra pausa. Antonia, con la cabeza cada hacia atrs y los hermosos
ojos cerrados, pregunt:

--Quieres apagar la luz?

--Para qu?...--repuso el poeta.

Y sin sospechar la triste razn que justificaba el capricho de su amiga,
dijo:

--Estamos mejor as.

Luego continu:

--Nos veo viejecitos, examinando juntos y sin pena el panorama de lo
vivido, confortando con mi aliento tus manos trmulas, espantando con
mis besos los pesares de tu vieja frente... Antonia, mi Antonia!...

La emocin ahog la voz de su garganta. Ella murmur:

--Apaga la luz.

--No... necesito verte... djame...

--Pedro...

--Eres tan hermosa!... Ven, ms cerca, as... tus manos en mis manos...
nuestros pechos muy juntos, ms...

--Oh, adorado mo!... Qu dulzura, qu persuacin la de tus
palabras!...

Iba  abrir los prpados, pero record con miedo las trazas lamentables
de su amador, y volvi  cerrarlos.

--Antonia--el poeta repeta,--me quieres?

Como eco de la callada habitacin, la joven contest:

--Mucho.

--Con toda tu alma?

--S... con toda mi alma.

--Oh, placer!... Dilo, dilo otra vez para consuelo mio... Reptelo muy
alto!...

--Te quiero... te quiero... Y nada me consolar de los aos que viv
sin amarte!

Otra vez sus ojos se abrian, posedos del ansia de mirar, pero se
contuvo. Pedro, murmuraba:

--Ven...

Ella sinti sobre la fresa de sus labios, los labios calenturientos del
poeta, y su aliento, clido como el jadeo de las fieras. Entonces se
levant y sin entreabrir los cerrados prpados, se dirigi  tientas
hacia la mesa y apag el quinqu; la habitacin qued  obscuras, en las
tinieblas los objetos perdieron su forma; el hechizo de la conversacin
estaba salvado.

--Qu haces?--pregunt Pedro sorprendido.

Ella repuso:

--Acercarme  t...




LA OCASIN

(Cuento representable)

ESCENA PRIMERA


(=Gabinete bien amueblado, con divn, marquesitas, etc. Al fondo, la
puerta del dormitorio. A la izquierda del actor, otra puerta. A la
derecha, una ventana. Es de noche.=)


CASTA.--(=En traje de calle y asomando la cabeza por la puerta de la
izquierda, que estar entornada=). Granuja, granuja!... Poca
vergenza!... (=Pausa, como si alguien contestase  sus palabras desde
dentro.=) Qu dices? (=Pausa.=) Me tiene sin cuidado! (=Gritando furiosa.=)
Puedes venir cuando gustes,  no venir... me es indiferente. Si quieres,
pasa la noche donde pasaste la de ayer, y la otra... y la otra!...
(=Cerrando la puerta, como temiendo que su amenaza llegue  odos del
esposo, que se va.=) Pero no te admires, si, en llegando _la ocasin_...
hago lo que tenga por conveniente. Eso es, ni ms ni menos: lo que me d
la gana, mi real gana; aquello que ordene mi gusto... (=se quita el
sombrero y va y vuelve por el escenario, dando seales de agitacin y
despecho vivisimos.)= Linda conducta la de mi esposo!... Est cincuenta
y tantas horas sin venir por aqu, metido... sabe Dios dnde!... Y hoy
reaparece, despus de almorzar, con las manos y los dientes muy limpios
y su cara de Pascua, repitindome la viejsima historia del amigo que,
saliendo del teatro, enferm repentinamente, y  quien fu necesario
subir  un coche, llevarle  su casa, meterle entre colchas, darle
tisanas... etctera. Yo fing dar crdito  todo aquel hilvanamiento de
burdas mentiras, y repuse:--Bueno, quieres llevarme esta noche al
teatro?--Por qu no?--dijo. Mi seor marido es un caballero que no
tiene palabra mala ni hecho bueno. Como le conozco, insist.--Conque,
me llevars?--S, mujer.--De verdad?--De verdad.--No vendrs  ltima
hora con alguna de las tuyas?... Cmo se puso el muy hipcrita! Qu
protestas, qu extremos de cario!... Era preciso creerle. Total: me
dej convencida y se march. Es que las mujeres nacimos tontas!...
(=Pausa.=) Por eso, mucho antes de cenar ya estaba yo vestida. Y dan las
siete de la tarde, y las ocho... y Mariano sin venir! (=Pausa.=) Cen
sola, con el alma dada  todos los diablos, comprendiendo que, al fin,
me quedara compuesta y en casa. As fu!... A los postres reapareci
mi seor; volva para buscar dinero y decirme que tena un asunto
urgente... un negocio de minas... No quiero recordarlo! (=Furiosa.=)
Pillo, granujn!... Si supiera que otros adoran lo que l
desprecia!... Su amigo Ricardo, por ejemplo, me corteja desde que empez
el verano: y es tan dulce, tan insinuante, tan delicado... tan
guapo!... (=Suena un timbre.=) Cmo! Gente  estas horas? (=Pausa.=)
Quin ser?...


ESCENA II

CASTA, LUEGO SUSANA


SUSANA.--(=Desde fuera.=) Se puede?

CASTA.--Adelante.

S.--Cmo?... Ests sola?

C.--S.

S.--Yo que no me atreva  entrar, temiendo hallarte!...

C.--Dnde?

S.--En brazos del esposo.

C.--No me hables de Mariano.

S.--Est en casa?

C.--No.

S.--Me alegro! Cundo vendr?

C.--Ni el diablo lo sabe. Maana... pasado... Ni me importa!...

S.--Mejor. Entonces...

C.--Qu?

S.--Vente conmigo.

C.--Chiquilla!

S.--Vente.

C.--Dnde?

S.--A la Bombilla.

C.--A la Bombilla! (=Horrorizada.=)

S.--S.

C.--Solas?

S.--Qui!

C.--Con quin?

S.--Con mi amigo; ya le conoces... Federico...

C.--Ests loca?

S.--S, loca; loca y borracha, pero no de vino, sino de alegra, de
ilusin, de juventud!...

C.--Y tu marido?

S.--En Puente-Viesco, desde ayer, curndose el rema. Vamos, qu
piensas?... Federico aguarda en la esquina.

C.--Imposible, no voy.

S.--Por qu? Quin iba  enterarse?

C.--(=Pensativa y dudosa.=) Nadie...

S.--Entonces....

O.--Dudo, tengo miedo.

S.--A quin?

C.--No s.

S.--No ests vestida?

C.--S.

S.--Pues, necia... sgueme. A qu esperas?

C.--Sin embargo...

S.--Qu?

C.--Bonito papel representara yo en vuestro do de amor!

S.--Psch!... Regular... (=Re.=)

C.--Si yo tuviese...

S.--Un amigo?

C.--Eso es...

S.--Naturalmente; un amigo! Lo que tantas veces te aconsej que debes
procurarte!... Porque, mira: con los hombres debe hacerse lo que con los
trajes: hay uno nuevo, para salir de da, ir al teatro, exhibirse en
pblico... este es el marido. El amante es el traje modesto conque
salimos de noche, por calles solitarias...  al campo, para tendernos
libremente sobre la hierba..!

C.--(=pensativa.=) Si Ricardito supiera!...

S.--(=con gran inters.=) Oye,  propsito: qu hay de eso?

C.--Nada nuevo.

S.--Te escribe?

C.--Todos los das... y me sigue... y no me deja  sol ni  sombra.

S.-Y t?

C.--Desdendole.

S.--Y tu marido?

C.--Como los maridos de Bocaccio: en la higuera.

S.--Pobre Ricardo!

C.--Si leyeses su ltima carta...

S.--(=Con alegra.=) A ver,  ver!...

C.--(=Sacando un papel del seno.=) Lee; me llama su cielo...

S.--(=leyendo, pero sin coger la carta.=) Y... su vida... Y te pide una
cita...

C.--S.

S.--Pobrecillo!

C.--Mira, cmo se despide: Te beso en los labios...

S.--(=Leyendo.=) En la nuca...

C.--(=Leyendo.=) Donde t quieras..

S.--Excelente muchacho!

C.--Te parece?

S.--Yo le proteger.

=Pausa. Las dos interlocutores meditan.=

S.--Conque, vienes?

C.--No me atrevo.

S.--Cobarde.

C.--No, no soy cobarde... pero, reconoce que la cada de las mujeres
depende, ms que del deseo...

S.--S, de la ocasin.

C.--T lo digiste.

S.--Del cuarto de hora...

C.--Y esa ocasin, ese cuarto de hora, faltan... faltando Ricardo.

S.--(=Resignndose.=) Bien; entonces, adis, no quiero perder ms tiempo.

C.--(=Besndola.=) Adis, que seas muy feliz.

S.--Lo ser; no lo dudes.

C.--Yo en cambio...

S.--Encerrada y sola... y condenada  marido perpetuo. Adis, fesima,
adis... (=Vse: Casta la acompaa. La escena queda un instante sola.=)


ESCENA III

CASTA

(=Cerrando la puerta con llave.=)


Cuando la ocasin no llega todo falta. Mi esposo me abandona, mi amiga
se marcha tambin tras su alegra... Bueno va!... Me acostar; qu
remedio? (=Empieza  desnudarse poco  poco y hasta donde las buenas
costumbres consientan.=) Hace calor, el ambiente perfumado de este
gabinete es asfixiante... asfixiante como un abrazo muy estrecho. Uf,
me ahogo!... Todo me habla de amor: el silencio... los muebles... el
lecho mullido donde dormir sola... Abrir la ventana (=Pausa.=) Oh, qu
noche tan hermosa! Cunta paz en la tierra! En los cielos... cunta
electricidad y cunta luz!... Desfallezco; algo misterioso me besa sobre
los labios. (=Asomndose  la ventana.=) Qu es eso?... Una orquesta
ambulante; slo faltaba la msica para concluir de trastornarme!...
(=Dentro algunos violines ejecutan un vals.=) Ah, ese vals!... (=En
xtasis.=) Lo he bailado tantas veces siendo soltera, cuando era
inocente... cuando soaba... Me veo girando por los salones, la cabeza
cada hacia atrs y sintiendo sobre los riones la presin de un brazo
enamorado... Oh, aquellos tiempos! (=Contina desnudndose.=) La msica,
llamando  mis recuerdos, trastorna mi espritu; el calor muerde mis
nervios y mi carne. Amado!... Dnde est?... Estas noches hmedas de
Septiembre roban al cielo tantas vrgenes!... (=Pausa.=) Hace pocos
momentos deca que faltaba la ocasin y, no obstante, el cuarto de hora
de los supremos vencimientos, est aqu; la hora azul del pecado, es
sta. (=Pausa. Cesa la msica. Luego suena un timbre; llaman  la puerta.
Casta despertando de su embelesamiento.=) Quin va? Quin es?...

Voz.--(=Desde fuera.=) Abra usted, seora.

C.--(=Aterrada.=) Voy!... (=Aparte.=) Qu es esto?... Voy!... (_Siempre
aparte._) Qu pasa por m?... Voy, voy!...

(=Se viste apresuradamente una bata y abre.=)


ESCENA IV

CASTA Y SU DONCELLA


DONCELLA.--El seorito Ricardo... est ah.

CASTA.--Ricardo! (=Retrocede asustada.=)

D.--S.

C.--Cmo?

D.--Quiere hablar con usted.

C.--A estas horas!

D.--Los hombres enamorados son terribles, est loco por usted... y como
yo le dije que el seor no vendra hasta maana... (=Re mirando al
pblico.=)

C.--Ah, est bien!... Te vendiste al ladrn...

D.--(=Humilde.=) Seora...

C.--Desde este momento quedas despedida.

D.--(=Sonriendo.=) Creo que la seora cambiar de opinin hablando con el
seorito Ricardo.

C.--Miserable! (=Exaltndose.=)

D.--Lo dije sin intencin... (=Humilde y burlona.=)

C.--(=Cayendo desfallecida sobre el divn.=) Todo se conjura contra
m!... El desprecio de mi marido, los consejos de Susana... mi
desnudez... la msica, el calor hmedo de esta noche diablica...

D.--El seorito Ricardo espera.

C.--Ay de m!... Qu me sucede?... Qu siento?

D.--Qu le digo?

C.--El destino le trae y yo no puedo luchar contra lo invencible.

D.--Seora?

C.--Aguarda. (=Pausa.=)

D.--Es que...

C.--Un momento!... (=Suplicante.=)

D.--(_Mirando hacia la puerta._) El seorito Ricardo...?

C.--Espera...

D.--Qu le digo? (=Apremiante.=)

(=Pausa.=)

C.--(=Como desvanecida.=) Me muero...

D.--Qu le digo?

(=Pausa.=)

C.--(=Suspirando.=) Que pase...

TELN




LA HIJA DEL SOL


Lo mismo la alborotada juventud, tan fcil  la hiprbole, como las
envidiosas mujeres, inclinadas  discutir y morder el ajeno mrito,
coincidan en proclamar  Carmen, la gitana, como el tipo femenino ms
perfecto de la pujante flamenquera sevillana.

Carmen naci en el campo: era hija de segadores y su madre la di  luz
una tarde de Agosto, tumbada entre los altos trigales, bajo el ancho
espacio azul, abrasador y deslumbrador como la entrada de una fragua: de
pronto reson en los mbitos de la planicie adormecida por el bochorno
de la siesta, un grito, el grito selvtico que lanzan las hembras cuando
el ltimo desgarro las convierte en madres; y naci Carmen... El viento
de aquella tarde, un viento clido como un bostezo del desierto, agit
los negros cabellos de la nia y la luz que caa  raudales tost sus
mejillas y su frente... Desde entonces,  Carmen la llamaron la _Hija
del Sol_.

Todo en ella, efectivamente, concurra  mantener la exactitud y
legitimidad de aquel apodo: su talle esbelto y gil, su cuello grueso,
su tez cobriza, su cabeza algo grande, su boca de carnosos y encendidos
labios, amargados por el gesto, casi doloroso, de sed, que contrae la
boca insaciable de los libertinos; y luego su carcter... su carcter
reconcentrado,  veces sumiso, con sumisiones de esclava, indomable y
fiero  ratos, pero siempre taciturno y perezoso, de mujer oriental;
mujeres supersticiosas y ardientes que adoran al Sol.

Carmen profesaba al astro magnfico un culto idoltrico, casi sensual,
de fetiquista. En la germinacin y desarrollo de esta pasin debi de
influir, amn de su idiosincrasia andaluza, la novela de su nacimiento,
aquel nacer pintoresco, consumado durante las abrasadas horas de una
tarde estival, en medio de la vasta planicie, convertida, bajo los rayos
del sol, en inmensa charca de fuego y de luz... Las primeras sombras
crepusculares ponan en su nimo nostalgia y miedo inexplicables: se
acostaba temprano para no ver la luna, la eterna muerta, tan triste, tan
plida, velando con su resplandor fro el reposo inquietante de las
tumbas y de las ruinas; y madrugaba con el sol, que iba  sorprenderla
en su lecho, espantando sus malos ensueos, derramando por sus venas una
briosa corriente de vida. Los das de verano iba con sus padres  la
siega, y all, echada al pie de un rbol   la sombra de un bardal,
abismaba sus ojos en el paisaje. Los pajarillos haban enmudecido, las
cigarras, borrachas de calor, callaban bajo el rastrojo; la atmsfera
arda, el suelo exhalaba por sus poros un vaho abrasador, irrespirable,
las golondrinas que intentaron atravesar volando la planicie, cayeron
asfixiadas; en los confines del horizonte, tierra y cielo, borrados en
la misma catarata luminosa, simulaban un incendio con oleadas de oro y
nubes de prpura; perdidos entre el trigo, con las recias espaldas y las
frentes cubiertos de sudor, los segadores, estimulados por el orgulloso
prurito de no quedarse retrasados en la faena, trabajaban sin descanso.

Carmen, sumida en un emperezamiento invencible, miraba al cielo,
cegndose bajo aquella intenssima reverberacin solar. El mismo sol,
que tanto excitaba con sus ardores la carne de la virgen gitana,
reprima con su luz la explosin de sus pasiones: Carmen, que senta en
la obscuridad los vergonzosos bostezos del pecado, hubiera tenido
empacho de desnudarse ante una ventana abierta: el sol, brillando
majestuoso en el cenit de los espacios, represaba sus malos deseos y
fortaleca su voluntad y su virtud, y  l volva los entornados ojos en
las horas azules de dulce y peligroso quebranto, como las vrgenes
frgiles, al ir  perderse, miran el retrato de su padre colgado  la
cabecera del lecho fatal, como pidindole ayuda  perdn. No, ella no
sera mala, mientras hubiese Sol!...

       *       *       *       *       *

Antoico el gitano, un mercader de potros que gozaba de gran fortuna y
prestigio en las ferias de Sevilla y Mairena, haba puesto estrecho
cerco  la virtud de Carmen; persiguindola en la iglesia los domingos
por la maana, durante la misa; por las noches, rondando su reja, al pie
de la cual su musa triste de amador desdeado entonaba sentidos
cantares; y en la siega, sentndose junto  Carmen, que le oa
distrada, mirando  los segadores cuyas cabezas oscilaban entre las
doradas mieses como puntos negros.

Segn el mozo extremaba sus agasajos, la joven fortaleca su
resistencia, y hubo entre ambos disputas y luchas terribles, de las
cuales la virtud de Carmen libr inclume. El, porfiaba, sin darse por
vencido.

--Por qu me desprecias?--deca.

--Djame--replicaba Carmen,--me aburres y te cansas en vano. Yo no puedo
amarte; haba de querer... y no podra!... Hay algo en m que te
rechaza, que no transige contigo, aunque fueses el mejor de los
hombres... Una especie de hipo, que te echa fuera de mi alma...

El, herido en su pasin y en su orgullo, replicaba:

--T caers. Esto, al fin, ha de ser como yo quiera...

Ella, segura de si misma, rea provocndole al combate. Para qu
temerle?... De noche, la defendan los mismos hierros de su reja; de
da, la guardaba su padre, el Sol...

Una tarde, Carmen y Antonio se encontraron en uno de los callejones ms
solitarios y excntricos del barrio, delante de una tiendecilla de
vinos.

--Oye--dijo l,--aceptas una caita de manzanilla?

--No--repuso ella,--djame en paz.

Entonces l la cogi por los sobacos y en volandas la meti en la
taberna y luego en una habitacin interior, donde un lecho, con
sobrecama roja, pareca esperar... El ambiente del dormitorio era fro;
las paredes, resquebrajadas por la humedad, ofrecan grandes manchas
verduzcas; por la ventana penetraban los ltimos reflejos crepusculares.

--Ya estamos solos--exclam Antonio cerrando la puerta;--por fin!...

En sus labios vagaba la risa petulante y procaz de los triunfadores; su
manos ardan; sus ojos voraces de gitano llameaban en la sombra...
Carmen no supo defenderse; un fro mortal helaba su sangre; no poda
respirar; la obscuridad de aquel cuarto siniestro gravitaba sobre sus
prpados obligndola  cerrarlos; sus brazos permanecieron inactivos,
sus piernas flaquearon y ech la cabeza hacia atrs, entregando su
garganta al deseo... Fu una cada inconsciente en cuyo lamentable
desenlace la noche ejerci poderosa y decisiva tercera.

De aquella casa sali Carmen como de un letargo, y cuando ms tarde supo
que iba  ser madre, se rindi  su suerte, aceptando al hombre que
hasta all nunca haba logrado poseerla pacficamente, sino por sorpresa
y  zarpazos, como se aman las fieras. Obligada  vivir en un cuarto
interior con su hija y sin otro recreo que el cuidado de las flores que
adornaban los hierros de su ventana, la joven tornse ms huraa, ms
triste, segn el odio hacia su amante aumentaba. Aquel hombre se lo
haba quitado todo: el cario de sus padres, la estimacin de s misma,
su belleza sin mcula, su libertad; y adems la haba robado el Sol,
aquel dios resplandeciente que abrasaba su sangre y anegaba sus pupilas
en luz, ensendola el culto  la Naturaleza y  la vida... Pensando en
esto y comparando su salvaje independencia de antao con su montona
existencia actual, Carmen, la gitana, lloraba hilo  hilo lgrimas
ardientes que agrandaron sus ojos. S, odiaba  Antonio, funesto para
ella como la sombra del manzanillo; y le aborreca con ese
aborrecimiento intenso que no retrocede ante el crimen!...

       *       *       *       *       *

Fu otra tarde: una tarde de Agosto.

Carmen y Antonio haban merendado en el campo; su hija les acompaaba.
El almuerzo fu alegre; los tres comieron mucho y bebieron copiosamente;
luego Antonio, mareado por los vapores de la digestin y del vino,
tumbse en el suelo y con la cabesa apoyada sobre el regazo de la joven
se qued dormido. Carmen, inmvil, contemplaba el horizonte con ojos
pensativos: el aire quemaba, la tierra arda, del cielo azul caan sobre
los campos oleadas mareantes de fuego;  un lado aparecan altos
ribazos coronados de chumberas, luego una carretera que se alejaba
blanqueando como un reguero de ceniza, y ms all planicies inacabables
sembradas de trigo, con sus gavillas de segadores que avanzaban
desplegados en ala, cual nufragos perdidos en un lago de oro lquido...
En medio del campo, dominada por el silencio augusto de la siesta y
mordida por los besos ardientes del Sol, Carmen senta renacer sus
orgullosas energas de antao; su sangre herva, crispando sus dedos, y
una borrachera extraa, borrachera orientalesca de calor y de luz,
turbaba su cerebro. Instintivamente mir  Antonio, el hombre que la
haba arrebatado tanto bien y que yaca dormido sobre sus rodillas, 
merced suya, y sus miradas repararon con criminal ensaamiento en su
cuello grueso y sanguneo, de violador.

Aquello pas y Carmen torn  fijarse en los pintorescos ribazos ceidos
de chumberas siempre verdes, y en los campos de trigo, con sus gavillas
de segadores... Pero la tentacin homicida volva, cada vez ms terrible
y pujante... Antonio roncaba tranquilo; el calor haba congestionado sus
mejillas; bajo la piel se acentuaban las venas repletas de sangre...
Oh, aquel hombre las haba causado,  ella y  su hija, un dao
infinito!... Por l estaban as, alejadas del mundo, sin cario de
madre, sin blanduras de abuela, condenadas  vivir perpetuamente en la
sombra... Y Carmen pens que la muerte de Antonio sera la felicidad
recobrada, la liberacin definitiva...

Un ltimo sacudimiento de su conciencia la oblig  levantar los ojos;
en aquel momento sus pupilas, nidal de malos pensamientos, parecan ms
negras, ms duras... Carmen prosigui acariciando el cuello de su amante
con una mirada fra y sutil como el filo de una daga. Era imposible
resistir la implacable tentacin. A la borrachera del vino se aunaba la
del sol... Y el sol hablaba, empujndola al crimen.

Mtale!...--deca;--l te rob cuanto de ms hermoso tenas,
regalndote,  cambio de tu sacrificio, una hija que habr de
avergonzarse de ti eternamente. Mtale antes de que despierte y te
vuelva  su crcel! Recuerda aquella habitacin obscura que jams
mereci el beneficio de mis rayos; aquellas paredes que agriet la
humedad, aquel lecho donde tiritas de fro... Mata! S fuerte como yo,
inspirador de todos los herosmos, afrodisaco despertador de todas las
voluptuosidades, anda, no vaciles; sigue los consejos de tu padre el
Sol... Mata  ese hombre!...

Carmen, estremecindose, mir  su alrededor: no haba nadie; la
soledad, encubridora de los grandes crmenes, tambin la empujaba. Por
qu no recobrar su hermosa libertad perdida?... A veces, una vena que se
corta es una cadena que se quiebra...

Por entre la faja de Antonio asomaba tentador el mango de un cuchillo.
Carmen quiso apartar de l los ojos, y ya no pudo; miraba, alargando el
cuello, y su mano derecha se crispaba, calculando la violencia del
golpe...

En aquel instante la nia, como instrumento elegido por el Destino para
precipitar la venganza de la madre, cogi el mango del cuchillo y la
hoja sali de la vaina, con relampagueo deslumbrador. Aquel zig-zag
trgico, arrancado al acero por el sol, ceg  Carmen, y el gitano rod
por el suelo, pasando sin estremecimiento de un sueo  otro. Qued
tumbado boca arriba, mirando al Sol que le haba matado. La tierra,
sedienta, empap su sangre...




IDOLOS CAIDOS


Era de noche. Nos hallbamos en una espaciosa habitacin, con los altos
techos envigados segn antigua costumbre provinciana, las ventanas
hurfanas de visillos, cortinajes y dems vistosos paramentos del buen
tono, y las paredes sin otro adorno que algunos clavos de donde pendan
varias viejas prendas de vestir con esa gravedad soolienta de las cosas
inertes.

Mi amigo estaba acostado en una cama, yo en otra, y ambos conversbamos
pausadamente esperando la sorpresa del sueo. Sobre un taburete
chisporroteaba la mortecina luz de una lamparilla de aceite; toda la
casa yaca en el silencio solemne que envuelve  los pueblos pequeos, y
nicamente revoltijeando en el mbito del dormitorio vibraba el pertinaz
y amenazador zumbido de algunos mosquitos hambrientos.

--Pues, maana--dijo Joaqun,--antes de que el sol caliente, iremos 
_El Robledal_, que es de los mejores y ms pintorescos cortijos que
posee mi cuado por estas cercanas: luego visitaremos la iglesia, que
tiene una capillita gtica muy notable; y si estamos de humor y la
tarde da de s para tanto, subiremos  Pea-Ramiro, cerro elevadsimo
desde cuya cumbre se abarca un grandioso panorama: al fondo del valle,
el pueblecito, con su centenar de casitas blancas parecidas  un rebao
de ovejas; despus el riachuelo de Guadelzar, en cuyo cauce blanquea un
chorrito de plata lquida, semejante al hilillo baboso que hubiera
dejado al pasar por all un caracol gigantesco; y ms all, en los
brumosos confines del paisaje, un largo rosario de montaas, enderezando
al cielo sus panzas ciclpeas coronadas de nieve...

--Y despus, por la noche?

--Por la noche--repuso,--iremos  casa de Higinio, un muchacho
comerciante que puntea la guitarra y con quien suelen reunirse algunas
mozas vecinas y tres  cuatro de los chicos ms galanes y mejor
templados del pueblo.

Aadi interrumpindose para requerir la almohada y colocarse mejor:

--Hombre!... A quien deseo presentarte es al to Baltasar, el tipo ms
notable de la provincia. Es un viejo muy corrido que en sus mocedades
fu pendenciero temible y sempiterno y afortunado cortejador de
doncellas; un don Juan rural, caballeresco y galn  su modo. Naci aqu
y de estos contornos nunca sali si no fu para el presidio de
Cartagena,  donde le llevaron por dar muerte  un marido que quiso
meterse  mdico de su honra...

Joaqun, vencido por el sueo, articulaba lenta y trabajosamente; yo,
empezanado por aquel inseguro balbuceo, cerr los ojos. Luego exclam
haciendo esfuerzos para no dormirme:

--Es raro que ese Baltasar haya llegado  viejo!

--Por qu?

--Porque... lo que el adagio ensea: el buen vino y los hombres guapos,
duran poco...

Pronuncibamos las palabras lentamente y separando unas slabas de
otras: era una conversacin lnguida, incoherente, como un dilogo de
sonmbulos.

--Pues, por esta vez, fall el refrn... porque Baltasar fu de los
majos que tosi ms fuerte entre los barateros de mejor resuello. Una
noche, y esta ancdota te servir para conocer la calidad y buen temple
de su nimo... detuvo l solo, trabuco en mano y por apuesta,  la
diligencia de Almera.

No dijo ms,  si continu yo no le o, rindindome al sopor que me
infundieron la tarda exposicin de aquellos romancescos disparates y el
rtmico sonsonete de los mosquitos volanderos.

       *       *       *       *       *

Al da siguiente me levant tarde; y como Joaqun se hubiese marchado de
jira con varios amigos y yo no tuviera otro asunto de ms bulto y
provecho en qu emplearme, sal  dar un paseo por el pueblo.

En un villorrio tan incivil y menguado como aquel, la presencia de un
forastero es motivo poderoso de curiosidad y de fisgoneo; por todas
partes vea chiquillos que se quedaban embelesados y boquiabiertos
mirndome pasar, cual si yo fuese un ente raro oriundo de lejanos
planetas, y ojos femeninos que me avizoraban por entre las hendiduras de
las persianas; y tanto lleg  molestarme aquella impoltica curiosidad,
y tan feo me pareci el lugar con sus retorcidos callejones
desempedrados y su pobrsimo casero, que renunci al paseo. Di, pues,
media vuelta, y aventurndome por un angosto pasadizo abierto entre los
bardales de dos huertas, anduve un buen trecho y llegu  la plaza:
triste, polvorienta, rodeada de casuchas irregulares, con la iglesia 
un lado y una fuentecilla  la que prestaban sombra escasa algunos
arbolillos. Permanec inmvil largo rato, examinando el aspecto de aquel
paraje que reconcentraba las vidas comercial, religiosa y hasta elegante
de la poblacin, puesto que all concurran  coquetear por las tardes
los muchachos y mocitas casaderas.

Eran las doce; el sol caa perpendicularmente, y aquellos torrentes de
luz cenital, sumados  la intensa reverberacin del suelo, producan una
especie de peplo luminoso que esfumaba el contorno de los objetos; un
remusgo clido agitaba los toldos multicolores extendidos sobre la
puerta de algunas tiendas, y la torre de la iglesia, altiva y robusta
como el torren aspillerado de un castillo medioeval, proyectaba sobre
el suelo polvoriento una sombra gigante. Sentado en un poyo junto  la
fuentecilla, haba un viejo, al cual gritaban y silbaban hasta una
docena de deslenguados arrapiezos.

--Que baile el to Baltasar!--gritaban aquellos indgenas.

--No!, que no baile...--decan otros,--es mejor que cante...

Y entonces todos empezaron  pedir rtmicamente y con cierta cadencia:

--Que cante el to Baltasar, que cante, que cante!...

Algunos individuos, sentados en el suelo y  la hila de las paredes,
atisbaban la escena sonriendo; el to Baltasar, por su parte, nicamente
amenazaba  los chicuelos ms atrevidos que se le acercaban demasiado y
con la poca caritativa intencin de colgarle algn ahimelollevas.
Sofocado por el calor y deseando ver la capillita gtica de que Joaqun
me haba hablado, cruc la plaza en derechura  la iglesia. Al pasar
junto  la fuentecilla, molestado por el gritero de los chicos, no pude
abstenerme de espantarles  voces y de repartir varios pescozones entre
los ms indmitos.

--Djeles usted estar, seorito, pues no me incomodan!--exclam el
viejo.

Volvme para mirar  quien tan mal agradeca mi proteccin y ayuda, y
era un hombre setentn, con grandes patillas cortadas segn la usanza de
la clsica flamenquera y majeza andaluzas: los ojos nobles y fieros, la
boca desdeosa, la nariz aguilea y enrgica, el busto de complexin
elegante y recia... y comprend hallarme delante del clebre Baltasar,
de quien tantas lindezas refera mi amigo.

--Celebro conocerle dije entonces;--aunque recin llegado aqu, ya me
han dicho mucho bien de usted. Si la fama no miente, usted fu, all en
sus mocedades, un buen gallo...

--Hombre... s, seor--repuso con esa modesta mansedumbre de los hroes
encanecidos;--cuando lleva uno en las venas mucha sangre y muy caliente,
comete muchas tonteras.

--Y ahora?

--Ahora?... Qu quiere usted que haga, ms que tomar el sol  la
sombra, segn la estacin?

Los chicos se haban retirado y nos contemplaban desde lejos. Baltasar y
yo continuamos charlando, cautivndome l por sus espontneas
caballerosidad y bizarra.

--Ogao estoy mandado retirar por intil--deca;--pues los gallos sin
pico ni espolones no sirven para el reidero ni para el corral... Pero
antes... ja, ja!... antes no hubo en toda la provincia otro majo que
cantase ms alto que yo...

Segn hablaba, los recuerdos iban exaltando las energas de su espritu
y tena frases y gestos autoritarios que recordaban sus ya lejanos
extremos de sultn dictador... Y haba algo solemne en el ocaso de aquel
dolo cado.

Luego Baltasar, como quien va  decir un gran secreto, psose de pie
acortando la distancia que nos separaba.

--Yo, seorito--aadi bajando la voz,--he sido el cogollito y la espuma
de esta tierra... el esposo de todas las mujeres bonitas y el coco de
todos los maridos... A ellas las quiero, pobrecitas, por agradecimiento,
porque fueron buenas para m; pero  ellos les desprecio,  todos, por
cobardes y por... Comprende usted?... Los muy... cuando ramos jvenes,
no tenan coraje para desafiarme y yo les afrentaba  mi antojo; si eran
solteros, les quitaba la novia; si casados, les robaba la mujer... Y
ellos, nada, tragando hieles... Ahora parecen vengarse de m echndome
sus hijos para que me chillen y atormenten; no me enfado, no puedo
enfadarme, porque la voz de la sangre... sabe usted, seorito?... Entre
esos nios habr tantos hijos mos, tantos!...

Mir  Baltasar, el antiguo recluso de Cartagena, admirando aquella
frase tan obscena en la forma y que envolva, no obstante, un dulce
sentimiento paternal. Aquella frase era para la humanidad una pualada
terrible; una pualada de presidiario!




LA ABUELA


La abuela Francisca se quit los gafas, resta las lgrimas que arranc
de sus ojos el penoso esfuerzo de una lectura demasiado larga, y el
peridico resbal de sus rodillas al suelo. Aquel peridico relataba los
ltimos momentos de _Pelo-Rojo_: una bailarina que haba muerto en su
hotel de Pars debiendo trescientos mil francos, y por la que cierto
marqus millonario dej,  sus hijos sin pan.

--Para esas mujeres es el mundo!--pens la abuela Francisca.

Discurra as, melanclicamente, junto  la ventana, sobre cuyos
cristales la lluvia rimaba su cancin, la dulce cancin hermana del
sueo: la habitacin estaba  obscuras, sin otra luz que el pobrsimo
resplandor crepuscular que caa del cielo; todo callaba en aquel
gabinete apercibido ya  los rigores del invierno; con su suelo
alfombrado y sus cortinajes de pesado terciopelo, cerrando el paso al
fro. All lejos, en las profundidades de la casa, resonaban el chirrido
alegre del aceite que herva en las sartenes, y el ruido de platos y
voces infantiles...

Quin hubiera credo que en el corazn de aquel confortable hogar
burgus y tras la santa y castsima frente de la abuela Francisca, la
muerte de _Pelo-Rojo_ despertara un recuerdo tenaz?...

Y, no obstante, as era: Francisca, ligando los datos biogrficos que de
la bailarina aparecieron desperdigados por la prensa, durante aquellos
das, imaginaba conocer su historia exactamente: la vea saliendo de
Espaa, llegando  Pars, donde las locuras de un sportman, que se mat
por ella la pusieron en moda; y luego en Londres, disputando  las
cortesanas inglesas el oro de sus amantes; despus en Monte-Carlo y
Niza, donde corri el Carnaval con una carroza cuajada de rosas
valencianas... Y ms tarde, en Pars otra vez, siempre prdiga,
caprichosa, indcil, dejando las comodidades de su hotel por los
estudios de Montmartre. A _Pelo-Rojo_ la conocan en todas las
delegaciones: se embriagaba y rea con otras mujeres; adoraba  los
hombres de arrestos que no saben amenazar sin herir; la gran pasin de
su juventud fu Luis, un pintor de mucho talento que la pegaba porpelo
todo y que una noche la castig dejndola dormir en la escalera de su
taller.

--Y que hombres ricos y de talento pierdan el seso por mujeres
as!--murmur la anciana.

En su honrado pensamiento, monstruosidad semejante no hallaba cabida y,
sin embargo, reconoca que en el viejo mundo pagano, como en el nuestro,
la juventud, la felicidad y el dinero, siempre fueron satlites de la
diosa Locura. Tan hermosa como _Pelo-Rojo_ fu ella, la abuela
Francisca, cuarenta aos antes, y  querer... Pero no se atrevi; era
buena y el ejemplo de su madre, primero, y la educacin de su hija,
despus, apartaron de su voluntad todo deshonesto impulso.

Tan cuerdo discurrir no impeda que la anciana sintiese un desvo
secreto, una especie de inexplicable envidia hacia la aventurera que
haba fallecido, casi repentinamente, bajo una bata de encajes y en un
hotel suntuoso que el talento de algunos y el dinero de muchos,
convirtieron en museo... Porque  esas grandes perdidas, enemigas
adoradas de todo el mundo, se las solicita, se las aplaude, se las
adula; mientras que de las mujeres honradas, que vivieron para el hogar,
quin se acuerda?...

All adentro, en los profundos de la casa, el aceite chirriaba
bullicioso sobre las cacerolas puestas al fuego, y las criadas
aderezaban la mesa, dejando chocar los platos unos contra otros; en los
cristales de la ventana, la lluvia repeta su serenata de ensueo; en el
piso inferior, acompaando los acordes de un piano, varias voces
infantiles cantaban:

    Mambr se fu  la guerra,
    mire usted, mire usted qu pena...

Eran las nias que haban vuelto del colegio y jugaban felices,
esperando la cena, con la despreocupacin de la inocencia que ignora ser
el pan de cada da algo muy triste, porque se gana difcilmente... La
cancin volva, trepando haca los cuartos superiores de la casa,
invadindola, alegre y pujante:

    Mambr se fu  la guerra,
    no s cuando vendr...

Por la imaginacin de la abuela Francisca, pasaron en incongruente
aquelarre las remembranzas de su juventud, ya muy lejana. Se vi nia,
yendo al colegio con un aya inglesa que la llamaba seorita;
levantndose en invierno muy tarde, corriendo feliz tras su aro en las
luminosas maanas primaverales, bajo la bveda esmerldica que tejieron
las hojas tempranas de los rboles en flor... Luego record su primer
vestido largo, su primer novio, su matrimonio que, trayndola una hija,
la llen de cuidados; cuidados que alejaron su niez, empujndola all,
muy lejos...

La vida de la abuela Francisca fu algo callado, perfectamente uniforme,
sin notas alegres ni brochazos de color, como esos paisajes
septentrionales dormidos y borrados bajo la niebla. Su matrimonio con
don Alejandro fu su primera decepcin, porque aquellas relaciones no
trajeron luchas novelescas, ni lgrimas, ni traza alguna de esos
accidentes que, mortificando el nimo, embellecen la vida; sino que todo
ello fu deslizndose suavemente, con la mansedumbre de las aguas que
corren bajo tierra. Despus llegaron esos innmeros quehaceres de la
existencia conyugal, donde la mujer, aunque pasiva, se asocia  todos
los combates del marido, y luego la educacin de su hija, cada da mayor
y ms hermosa, segn la vida de la pobre madre iba retirndose.

Slo un hecho sencillo pintaba un oasis riente en el horrible desierto
de aquellos cuarenta aos.

Fu una tarde, despus del almuerzo; su hija haba ido al colegio, don
Alejandro  sus quehaceres; las criadas tambin haban salido. Francisca
cruzaba el recibimiento cuando llamaron  la puerta de la escalera; la
joven abri: era Enrique, el amigo y consocio de don Alejandro.

--Mi esposo no est--dijo Francisca.

--Ya lo saba--repuso Enrique.

--Ah!

--S, lo saba; por eso he venido!

Aquella contestacin extraa desconcert  Francisca, que adivinaba en
Enrique un enemigo. Este, tras un breve prembulo, declar  la joven su
amor loco, hincndose de rodillas ante ella, cubriendo de besos
ardientes sus lindas manos.

--La adoro  usted!--repeta.

Sus labios se cubran de espuma; sus ojos llameaban; estaba hermoso y
repugnante  la vez. Pero Francisca permaneci impasible, y hubo tal
tristeza en sus palabras y tanta dignidad en su repulsa, que Enrique,
humillado y corrido, sali de la habitacin  reculones y huy, sin
atreverse  levantar los ojos. No pas ms.

Esta aventura era el nico recuerdo pintoresco, y, cabe decirlo?... la
nica alegra de la abuela Francisca.

Durante muchos aos record la escena: el saln cuadrangular, con su
piano y su sillera de yute obscuro; y  Enrique de rodillas,
devorndola con los ojos, mientras ella, orgullosa como una reina, le
indicaba la puerta con un gesto fro... Recordaba estos pormenores
porque aquella declaracin fu la sola bocanada de pasin impetuosa,
desbordante, genuinamente criminal, que el vicio lanz sobre ella; la
nica vez que se reconoci hembra, hembra deseable, apetecible, con ese
apetito pujante que allana los hogares, que conduce al asesinato y  la
bancarrota y al suicidio... y que ha sido, una vez por lo menos, el
ideal de la mujer ms santa.

Recordando  Enrique, la abuela comprenda las salvajes pasiones que
_Pelo-Rojo_ encendi, y dolase secretamente de que su destino hubiera
sido tan obscuro y diferente del de la clebre bailarina. Mas  qu
evocar aquello tan distante, tan empujado por el tiempo hacia los
remotos linderos de lo irremediablemente perdido?

En el piso de abajo, los nios cantaban  voz en cuello la epopeya del
guerrero Mambr:

    No s cuando vendr...

La abuela Francisca pensaba:

--Para las perdidas del arroyo son las alegras tumultuosas, las
aventuras, la popularidad, el lujo... para las honradas, la soledad
aburrida del hogar, la paz, el silencio... _Pelo-Rojo_ muri joven: y
qu?... Acaso hay en toda mi vida los placeres que ella amontonaba en
una siesta?...

Las cenas en fondas y parajes de dudoso prestigio; los bailes de
mscaras, esos viajes improvisados que parecen fugas... todo cruz su
cerebro en confusa visin cinematogrfica; y por primera vez, despus de
haber consagrado toda su vida al bien, crey sentir que hay en los
hogares honrados y en la virtud algo seco que ahoga.

Pasaban los minutos; la habitacin, con sus cortinajes y su severo
mobiliario, naufragaba en la sombra; la lluvia repeta sobre el zinc de
la ventana su cancin de ensueo. De pronto se abri una puerta,
recortando en la alfombra del gabinete un rectngulo luminoso, y dos
nias de ocho  diez aos penetraron corriendo, dejando flotar sobre sus
hombros, llenos de gracia, sus cabellos rubios como el oro y limpios y
brillantes como el sol.

--Abuela, abuela!--gritaron alegremente:--la cena est en la mesa! A
cenar!...

--Ya voy... ya voy--murmur la anciana estremecindose.

Hablaba sin abrir los prpados.

--Tienes sueo, abuela?--pregunt una de las nias.

Y la otra aadi imperativa:

--Corre, ven con nosotras; anda!... No te duermas, abuela!... Ven;
luego nos contars un cuento.

La abuela Francisca se dej llevar; en el comedor la esperaban, como
siempre, su yerno, su hija, don Alejandro; todos tranquilos, sentados
alrededor de la mesa bajo la luz inmvil y blanca del quinqu. La
anciana ocup su asiento. Don Alejandro pregunt:

--Tienes los ojos enrojecidos...

Y su hija agreg, llena de inters:

--Has llorado, mam?... Tienes pena? Ests mala? Di, qu te pasa?

Hubo varios momentos de expectacin, durante los cuales las cucharas
quedaron suspendidas entre el plato y la boca. Pero la abuela Francisca
hizo un gesto negativo y empez  comer, venciendo valerosamente el
apretado nudo que el dolor la echaba al cuello. Prefiri callar; cmo
explicar su pena? Quin hubiera podido comprender la tragedia que
estaba desencadenndose bajo la nieve de sus cabellos?...

Aquel incidente se olvid; la sopa estaba muy buena, el vino llenaba las
copas, las nias, de rodillas en sus asientos, rean. La abuela
Francisca pensaba, tragndose sus lgrimas:

--No haber sido mala!... Ni una vez!...




ENTRE ELLAS


=Mariana: treinta y cuatro aos; viuda.--Luisa: dieciocho aos; soltera.
Aparecen sentadas en dos cmodos silloncitos enanos y con los pies sobre
los morillos de la chimenea encendida.=

MARIANA.--A todas las mujeres nos sucede lo mismo. Primero luchamos por
conquistar un novio, luego batallamos por enloquecerle y rendirle 
nuestro talante; las inquietudes que nos atormentaron durante el
noviazgo se recrudecen la semana anterior  la boda y despus...

(=Pausa.=)

LUISA.--Despus?

M.--Qu s yo!... Dirase que la misma intensidad de las emociones
relaja la tonicidad de los nervios y apenas comprendemos lo que sucede.

L.--Pero, es cierto que el matrimonio es la triaca del veneno del amor?

M.--Oh! Quin sabe!... A veces parece que queremos al marido ms que
al novio: otras dirase que el cario muere  manos de la costumbre.

(=Pausa.=)

L.--Dime; qu secretos, qu misterios, qu locuras hay en la intimidad
del matrimonio?

(=Mariana re burlona.=)

L.--(=Amostazndose.=) Bah! Te res de mi pregunta?

M.--S, me ro... Cmo no?

L.--Ninguna de mis amigas casadas quiso decrmelo.

M.--Naturalmente! La mujer, al contrario del hombre, es gran avara de
sensaciones; sin duda porque en los lances del amor desempea un papel
pasivo, y esta pasividad implica cada, vencimiento, vergenza...

L.--No comprendo.

M.--Cmo as?... Todo ello es bien claro. Daniel, por ejemplo, no ha
intentado besarte la mano?

L.--S.

M.--Pues si l reclam ese pequeo favor y t se lo concediste, creme;
la vencida fuiste t. Conque imagina que muy pronto te unirs  l, esto
es, le pertenecers completamente; no tendrs derecho  regatearle tus
caricias, ni  poner coto  sus exigencias; y el marido ya no querr
besarte la punta de tus dedos enguantados, sino que te estrechar entre
sus brazos y dispondr de ti  su antojo... y t le dejars hacer...
Quin ser la vencida? No lo dudes. En el mundo slo hay vencedores y
vencidos, y el Destino quiso que el ltimo papel lo representsemos
nosotras.

(=Nueva pausa, durante la cual la joven se frota las manos
nerviosamente.=)

M.--En qu piensas?

L.--En todo eso... Es extrao! Voy  casarme y no experimento regocijo
intenso.

M.--No quieres  Daniel?

L.--S, pero...

M.--Cmo! Es posible que ese hombre ya tenga peros para ti?

L.--Te dir... si acierto  explicar mi pensamiento. Le encuentro
tmido, demasiado respetuoso, comedido en demasa...

M.--Ya... Te gustara verle ms animoso, hablndote con ms calor,
propasndose, tal vez,  darte un abrazo sin pedirte consejo...

L.--Mariana!

M.--Fuera hipocresas... estamos solas.

L.--Pues bien, s... El dice que me quiere mucho, que me adora, que est
loco por m... No le creo; quien est loco, hace locuras... y l, cuando
estuvo  solas conmigo, no las hizo...

M.--(=Suspirando.=) Tampoco mi marido.

L.--S? Y tal vez pensabas entonces como yo pienso ahora.

M.--Lo mismo. (=Con tristeza.=)

L.--(=Con arrebato.=) No comprendo que un hombre pueda respetar tanto  la
mujer  quien ama... No lo comprendo! En nuestras largas
conversaciones, Daniel dice que mis ojos le emborrachan, que mi cario
es sol de su alma, que soy su ilusin nica... Pero advierto que est
ms pendiente de quienes nos ven que de mi persona; la cancin de su
amor me la recita demasiado bien, con ampulosidades gongorinas que
aburren, con atildamientos acadmicos que empachan... Habla, en fin, esa
oratoria fra y correcta de los salones; no el lenguaje atropellado,
incorrecto y ardiente que,  mi entender, debe hablarse en las alcobas.

M.--Luisa!

L.--Qu, te asusto?

M.--Soy viuda y no puedo asustarme de nada, pero... sabes demasiado.

L.--Nada s, pues nada he aprendido: todo esto lo adivino, lo
presiento... Por eso me disgusta Daniel.

M.--Haces mal: Daniel te respeta porque es hombre educado, incapaz de
abusar...

L.--(=Interrumpindola y con despecho=.) Malhaya la educacin que hiela
el alma; malhaya el respeto que mata el cario!...

M:--Pobre soadora!

L.--S, dices bien, pobre de mi!... Porque es muy difcil la felicidad
en brazos de un marido as. El hombre que yo imaginaba cuando empec 
sentir los primeros cosquilleos del sentimiento, era muy distinto. Nunca
pens en que fuese rubio, ni moreno, ni guapo, ni feo... me era
indiferente; slo me preocupaba su carcter, su alma... Yo queria un
corazn de fuego; un hombre que se mirase en mis ojos, que bebiese la
vida en mis labios, que tuviese todos los desplantes y los brutales
arrebatos de los temperamentos ardientes, y que me amase mucho, mucho...
Me imaginaba hablando con l y le vea sumiso, sin atreverse, casi, 
poner sus deseos en m... Y tambin me le representaba enloquecido,
atropellando miramientos, cogindome entre sus brazos y sin curarse de
nadie...

M.--Luisa, Luisa... si te oyese Daniel!...

L.--Y qu?... Entonces me conocera y tal vez cambiase...

M.--(=Con hipocresa.=) Debemos hacernos respetar.

L.--Convenido; pero concede tambin que los hombres no deben pujar su
respeto tan lejos; porque si ellos lo hacen todo, qu haremos
nosotras?... Si ellos no suplican, ni atacan, cmo podremos
defendernos? Dime, es cierto que no hay nada tan aburrido, tan
estpido, como un hombre siempre respetuoso?

(=Daniel y el anciano vizconde de Marimn se acercan lentamente al saln
donde estn Luisa y Mariana.=)

DANIEL.--Luisa es una mujer excepcional.

VIZCONDE.--Seguramente.

D.--Cndida, sin la menor idea del amor...

V.--No afirmara yo tanto.

D.--Usted es un escptico sistemtico.

V.--Usted un nio sin experiencia...

D.--Bah! tengo bastante mando para saber que Luisa me ama con frenes.

V.--En qu lo conoce usted?

D.--En sus ojos, que no mienten.

V.--Eso es todo?

D.--En sus miradas.

V.--Nada ms?

D.--Qu ms puede conceder una mujer inocente?

V.--Una mujer inocente... conforme; pero una mujer enamorada... suele
otorgar muchsimo ms.

(=Entran en el saln.=)

D.--Hola, seoras mias! De qu hablaban ustedes?

M.--De msica.

L.--De perfumes de flores... Yo le deca  Mariana que la mejor esencia
es el Chipre... Ella prefiere la violeta de Parma.

V.--(=Al pao.=) Eh? Qu tal? La msica... los perfumes... las flores...
los enemigos capitales de la virtud.

D.--(=Contestando al vizconde, pero dirigindose  las damas.=) Con que
charlando de perfumes, de flores y de msica? Qu candor!... No
hablaran de otra cosa los ngeles!...




GERMINAL


Los seminaristas llegaron al bosquecillo de cuatro en fondo, y
repentinamente, obedeciendo  una voz del ayo  dmine que les conduca,
rompieron filas, dndose  correr como corzos, los unos en seguimiento
de los otros,  improvisando divertimientos varios, segn sus edades y
aficiones. Unos empezaron  jugar al toro y  piola; los ms juiciosos
buscaron el brazo de un amigo con quien repasar las ltimas lecciones 
discutir algn punto difcil y obscuro de Teodicea.

El da declinaba; era una tarde de Junio, hermosa y ardiente; sobre los
viciosos herbazales matizados de margaritas, amapolas y otras
florecillas silvestres, los rayos del sol poniente, filtrndose  travs
del follaje, dibujaban crculos luminosos que temblequeaban con
indecisos aleteos de abeja; el aire era perfumado y tbio; los insectos,
agazapados en las resquebrajaduras del suelo, entonaban la somnfera
cantinela de sus litros; del cielo azul caa una catarata bochornosa de
calor; las plantas trepadoras parecan asirse voluptuosamente al tronco
de los rboles y por sus tallos flexibles la savia suba como una oleada
irrefrenable de vida... Todo era paz, contento y vigor en aquella
naturaleza  quien los lbricos cosquilleos primaverales despertaban, y
haba algo elocuente en el contraste ofrecido por aquel paisaje
desbordante de calor y de luz, y el fnebre grupo de seminaristas
ensotanados, con sus rostros plidos y sus lnguidos ojos de
convalecientes corriendo de un lado  otro, obedeciendo  la odiosa
ordenanza que lo mismo prescriba sus horas de aplicacin que sus ratos
de divertimiento; blandengues, melanclicos, semejantes  pajarillos
enfermos que saltasen sobre la hierba...

Echado en el suelo, Pedro meditaba con la _Imitacin de Cristo_ sobre
las rodillas. Estaba triste, como avergonzado de su traje y de su
destino en medio de aquella naturaleza prepotente que se desbordaba con
sus perfumes, sus matices y sus entraas rebosando zumos prolficos.

La semana anterior, yendo de pasea Pedro vi el rostro de una mujer que
le atisbaba por entre unas persianas, y desde entonces el seminarista no
pudo sustraerse al hechizo de aquel semblante expresivo, con su nariz
aguilea, sus labios burlones y sus ojos negros y tranquilos de hebrea:
en todas partes la vea, turbando el casto reposo de sus noches,
reflejndose en la superficie de los espejos, modelndose sobre las
figuras geomtricas de sus libros de estudio... Y por eso el joven,
sintiendo rota la cristiana ecuanimidad de su espritu, se di con
redoblado ardor al estudio, al ayuno y  las meditaciones piadosas,
abstrayndose en la lectura de Kempis, ese talentoso visionario que
tantas voluntades ha roto.

Aquella tarde, mientras sus compaeros jugaban, Pedro, tumbado en el
suelo como un filsofo peripattico, lea y meditaba. Kempis deca:

El que busca algo fuera de Dios y la salvacin de su alma, slo hallar
tribulacin y dolor. No puede vivir mucho tiempo en paz quien no procura
ser el menor y el ms sujeto  todos...

Conque importa ser pequeo y sumiso y esclavo de las ajenas voluntades
si queremos ser acreedores  la redencin perdurable?... Conque nada
positivo hay fuera de Dios; y la gloria, el amor y los placeres que la
belleza y el dinero allegan son tentaciones nefandas, de las cuales, los
puros de corazn, deben apartar prestamente los no mancillados ojos...

Bajo el soberbio manto azul del cielo, la tierra, flagelada por los
fecundantes abrazos del sol, entonaba un germinal glorioso; el viento
arrastraba los acres perfumes de las florecillas silvestres; las
enredaderas cean el tronco de los rboles con aficin lbrica; los
insectos encelados cantaban un epitalamio bajo la hierba; entre el
follaje, los pajarillos se picoteaban pensando en sus nidos...

Pedro, inmvil, permaneca con los ojos muy abiertos, viendo imaginarios
rostros femeninos que le guiaban desde lejos, sintiendo que la brisa
escarabajeaba su piel, precipitando el curso de su sangre, musitando en
sus odos las ardientes estrofas del eterno poema de los deseos...

--Entonces, para qu nac?--pensaba el seminarista.

Se reconoca humillado dentro de su sotana, que le condenaba 
esterilidad perpetua, y nunca le parecieron ms tristes y ms dignos de
lstima sus compaeros, corriendo entre el verde vestidos de negro...

Maquinalmente torn  coger el libro que sobre las rodillas tena, lo
abri por cualquiera parte, y ley:

Oh torpeza y dureza del corazn humano, que solamente piensa lo
presente, sin cuidado de lo porvenir!..

Y ms adelante:

Cuando fuese de maana, piensa que no llegars  la noche; y cuando
fuese de noche, no te oses prometer la maana...

--Para qu nacimos?--decase Pedro,--es posible que esta juventud y
esta sangre bullente que hormiguea por mis miembros, y todas estas
varoniles energas deben languidecer en el tedio y emplearse nicamente
en la contemplacin de la muerte?... Para que viajar, si el mundo es un
lugar de condenacin que el espritu infernal llen de trampantojos y
asechanzas?... Para qu anhelar la gloria, si todo es humo y de nuestro
paso por el mundo no quedar recuerdo? Para qu amar, si nuestra carne
est maldita y Dios castiga por toda una eternidad en nuestros hijos la
falta imborrable de nuestros primeros padres?...

El sol declinaba rpidamente y las sombras crepusculares iban invadiendo
los campos: la brisa susurraba entre el follaje, los insectos se
perseguan bajo la hierba; all lejos, un ruiseor entonaba la cancin
de sus amores...

--No--murmur Pedro con voz sorda,--Kempis tiene razn; el mundo es
malo, pues siempre,  despecho de todas las ficciones, la muerte
concluye triunfando de la vida...

A despecho de estas ascticas reflexiones, Pedro continuaba absorto,
viendo un rostro plido de mujer que le sonrea desde lejos...

De pronto aparecieron,  corta distancia de all, un hombre y una mujer
joven y muy bella; caminaban lentamente, cogidos del brazo y tan cosidos
el uno al otro, que casi se besaban hablando. Pedro se incorpor
bruscamente, avergonzado, sintiendo que toda su sangre aflua  sus
mejillas. Los amantes iban acercndose; ella hizo un esguince burlesco,
indefinible, sealando  los seminaristas; l dijo algo y ambos se
echaron  reir. Pedro baj los ojos...

En su imaginacin continu viendo  los dos amantes: l, joven,
caminando con la orgullosa petulancia de los mozalbetes que van
acompaados de una mujer guapa; ella vestida con un trajecillo claro,
bajo el cual se vislumbraban las curvas opulentas de su cuerpo,
nalgueando con impdica majestad, mostrando una doble hilera de blancos
dientecillos entre dos labios rojos que la felicidad de vivir
entreabra... Luego oy Pedro el ruido cadencioso de sus pies que
avanzaban resbalando sobre la menuda arenilla del camino... Y el
seminarista, sin saber por qu, baj la cabeza con esa vergonzosa
tribulacin que deben de sentir los eunucos ante las mujeres hermosas.
Al pasar junto  l, Pedro oy que la joven murmuraba:

--Qu triste est!... Pobrecillo!...

Y sinti que sus prpados se llenaban de lgrimas. Despus levant la
frente para verles marchar. Proseguan su camino indiferentes  cuanto
les rodeaba; ella, titubeando las caderas, feliz bajo la vigorosa
caricia del brazo varonil que la oprima. Aquello era algo muy hermoso;
un poema pasional recitado  travs de los campos; el prlogo de una
posesin, el amor omnipotente que pasaba empujando  sus elegidos hacia
los lugares secretos...

Pedro continuaba persiguindoles con los ojos: la brisa soplaba
mansamente, los pajarillos se arrullaban entre el boscaje, de la tierra
ascenda un vaho afrodisaco que excitaba los nervios. No, Kempis, al
proclamar el triunfo de la muerte, no tuvo razn!

De pronto, Pedro volvi en s: el libro haba resbalado de sus rodillas
y yaca en el suelo; con los ojos abiertos y los dientes apretados
convulsivamente, Pedro, inmvil, yerto y plido como la imagen del
dolor, se retorca las manos con desesperacin, renegando de su destino,
y lloraba... lloraba...




LA CADENA


--Soy fatalista--prosigui Enrique,--y creo que cuanto el Destino
escribi en el libro que rige el porvenir de los hombres y de los
mundos, se cumple aqu abajo, sin que nada, ni aun la misma muerte,
pueda evitarlo...

--Y qu?--pregunt Gabriela, clavando en los ojos del joven los suyos,
penetrantes como la punta de un bistur.

--Que nuestra separacin estaba prevista desde h tiempo en el ndice de
los destinos, y que la hora de la emancipacin ha llegado.

--Sers capaz de abandonarme?

--S.

--Sin dolor?

--No!... Con gran dolor y quebranto gravsimo de mi alma. Pero te
dejo!...

--Para siempre?

Le miraba fijamente, traspasndole con una de esas miradas desesperadas
con que los moribundos se despiden de la luz: l, al principio, sostuvo
aquel mudo escrutinio; luego, desconcertado, baj los ojos. Despus,
haciendo sobre s mismo un gran esfuerzo, murmur:

--S, para siempre...

Ella lanz un grito estridente, cual si la arrancasen  trdigas las
entraas, y se desplom en una silla, echndose de bruces sobre una
mesa, ocultando el rostro entre las manos. Escenas como aquella
ocurrieron muchas veces, pero nunca, hasta entonces, tuvo la visin
neta, desgarradora, de que la separacin iba  cumplirse. El qued en
pie, las manos metidas en los bolsillos, inmvil y rgido dentro de su
gabn abrochado. Hubo un largo silencio. Hasta aquella pobre boardilla
suspendida en el espacio bajo el declive de un tejado, los ruidos de la
calle ascendan confusamente: el viento gemebundeaba en la chimenea; de
las paredes enjalbegadas pendan cromos y viejos retratos de parientes
muertos; sobre la cabeza despeinada de la mujer jadeante de dolor, un
quinqu verta  raudales su luz fra... Todo ello hablaba  la
imaginacin del amador, con la voz dulcemente conmovedora de los
recuerdos: la cmoda, en cuyos cajones las ropas de ella y las suyas
yacieron reunidas varios aos, los retratos de todas aquellas personas
muertas, cuya sencilla historia de gente plebeya l conoca; el ramo de
flores secas suspendido en el ngulo de un espejo y que recordaba un da
feliz... Y revivi las dulces noches de invierno pasadas bajo la luz
serena del quinqu, leyendo el mismo libro de amor con las cabezas
juntas, enajenando sus almas en el mismo deseo... Entre las cuatro
paredes de aquella casa y  trueque del corazn que le dieron, Enrique
reconoca haber dejado el suyo en rehenes; sin embargo, urga destruir
de una vez el vergonzoso pasado, crearse una posicin respetable, echar
los cimientos de un porvenir tranquilo y decoroso: para lograr tanto,
iba  casarse con una linda joven, algo patricia, que le traa en dote
medio milln de pesetas.

--Me voy--repiti Enrique;--hora es ya de romper la cadena que nos une:
devulveme mi retrato y mis cartas.

Gabriela levant la cabeza mirndole con ojos brillantes, inyectados en
sangre, que la rabia y el dolor inmovilizaban.

--Maana te los dar.

--No; ahora mismo!... Los necesito ahora, en el acto.

Reclamaba lo suyo tan perentoriamente, comprendiendo que, si volva, ya
no sabra marcharse: ella, sospechndolo as, procur traerle de nuevo 
su casa, para aprisionarle en el hechizo de aquellas paredes y de
aquellos buenos muebles familiares, y vencerle.

--Temes volver?--pregunt Gabriela.

--Temor? Y  qu?... Adems, no pienso volver. Todo lo que pido puedes
enviarlo  mi casa.

Ella comprendi que la cobarda de su amante le quitaba el ltimo
refugio, la ltima esperanza, y sus ojos se anegaron en lgrimas.

--Bien est--dijo:--todo se har segn tu deseo.

--Pues... adis.

--Adis.

Sin sacar las manos de los bolsillos para despedirse, atraves la
habitacin con paso tcito, hundindose en la obscuridad de una puerta:
ella le sigui con los ojos asombrados del morfimano que asiste al mudo
desfile de un cortejo fantstico... Enrique lleg al recibimiento, abri
la puerta y sali cerrando tras s. Al ruido que hizo la puerta,
contest la abandonada con un grito agudo...

Ya en la calle, Enrique ech  andar camino de su casa: en su
atolondrado pensamiento slo esta idea se agitaba:

Mi pasado ha muerto: ella no me llamar; yo tampoco puedo ir  verla.
Todo ha concludo!...

Y mientras andaba, aquella frase, horriblemente desoladora, volva  sus
labios:

Todo ha concludo!...

Hay una memoria, que los psiclogos llaman sensitiva, en virtud de la
cual, los msculos, obedeciendo el impulso primero de la voluntad, nos
llevan adonde pensamos, aun cuando la cascabelera imaginacin est
preocupada y distrada con otras fantasas. En Enrique, la intensidad de
su preocupacin y de su dolor, borraron hasta las ltimas
manifestaciones de esta memoria orgnica, y concluy por no saber adnde
iba ni por dnde andaba...

--Qu barrios son estos?--pens;--qu vengo  buscar aqu?...

Y, sin embargo, andaba, andaba... con perfecta inconsciencia de tiempo y
de la distancia, arrastrando la cadena que crey rota.

Ya era muy tarde; los transeuntes escaseaban, los tranvas haban dejado
de circular; en los quicios de algunas puertas insinubase la silueta
borrosa de un sereno dormido: al atravesar una plaza desconocida,
Enrique oy la voz de una mujer que venda caf caliente.

--Debe de estar amaneciendo--pens.

Prosigui andando lentamente,  travs de la inmensa ciudad dormida bajo
un manto de nieblas... El recuerdo de Gabriela llenaba su memoria,
enloquecindole: Ella me quiere, yo la adoro... y no obstante... todo
ha concludo entre nosotros!... Todo!...

Empezaba  clarear. De pronto Enrique se hall en una calle que conoca
y delante de una casa que le era muy familiar y muy querida: la casa de
Gabriela: sus piernas, que le condujeron all tantas veces, le haban
llevado una vez ms. Era algo fatal, como el concierto de los astros...
El sereno acudi  abrirle la puerta.

--Buena madrugada, seorito. Hoy se retira usted muy tarde... La
seorita estar impaciente.

Enrique, sin responder, cruz el zagun, subi las escaleras y lleg al
cuarto de Gabriela. Ella, que haba reconocido sus pasos, sali  abrir
sin darle tiempo  llamar: en su semblante la desesperacin y la alegra
pintaban una mscara extraa.

--A qu vienes?--pregunt.

Rendido  la Fatalidad, poderosa como la muerte, Enrique, con la voz
velada de los sonmbulos, repuso:

--No lo ves?... Como siempre... A dormir contigo...




POR UNA ERRATA


Desde muy joven su imaginacin so amores difciles: las novelas del
viejo Lamartine, los versos de _Otello_, las cartas de _Werther_,
deslizaron en la sangre de Julio Riego su ponzoa suicida; cualquiera
mujer le apasionaba con pasin loca que no hubiese dudado ante el
atropello  violacin de lo ms santo; tena el doble anhelo de lo
sublime y de lo raro y envidiaba  Safo ms que  Pan;  Safo amante,
ganando la inmortalidad con la trgica elipse que describiera
arrojndose al mar desde el promontorio Lucades.

--Morir!--pensaba Julio,--qu importa morir, si muriendo perpetuamos
nuestro recuerdo en la memoria del ser desdeoso y adorado?

Tal era su credo: los desaires de la fortuna robustecieron su opinin;
iba cruzando por el mundo como en xtasis, el busto rgido, los ojos
esclavizados en la ilusin paradisaca del supremo amor, alzndose
despreciativamente de hombros bajo la befa de la humanidad miserable que
puede olvidar.

El no saba hacer esto; por nada hubiese cambiado de dolo ni de fe;
antes que destruir su altar, era preferible, acabar, como Sansn, entre
los escombros del templo: slo as lograra la veneracin de aquellos
escogidos que erigieron el amor y la fidelidad en religin. Fortalecido
por este criterio, miraba serenamente al tiempo que todo lo trueca y
desune: l no sera uno de tantos; l morira antes que renegar de su
fe. Qu queris? El romanticismo ha matado ms gente que el arsnico.
La figura de Julio Riego traduca su carcter fielmente: era un tipo
sentimental, delgado, alto y nervioso; el mirar reposado y penetrante,
la frente triste, aguilea la nariz; sus largos cabellos negros se
abullonaban sobre las orejas de su rostro plido, con palidez mortuoria,
como anegado en la aureola de un martirio previsto: su voz calmosa, sin
timbre, como velada por un suspiro que tuviese atravesado en la
garganta, pareca venir de muy lejos  de muy hondo.

Pasados tres  cuatro aos de relaciones ntimas, Julio y Mariana
Paredes rieron. Ella era tiple de zarzuela; un cuerpo hermoso informado
por un espritu sano y fuerte, enamorado del mundo, que gustaba de reir
 carcajadas bajo el alegre Sol, padre de la Vida. Durante los primeros
meses, la melancola de Riego interes su imaginacin; la nostalgia es
misterio, porque toda alma triste parece ocultar algo, y el misterio
atrae: despus continu tolerndole por miedo, temiendo que su desvo le
indujese al suicidio; ms tarde, la callada presencia de aquel espritu
ttrico mordido por todas las Furias de la desconfianza, la
desesperacin y los celos, lleg  serla intolerable y decidi romper
con l. Aquella vez no ocurrira lo que otras; estaba resuelta 
recobrar su libertad antigua; reiran para siempre: sus palabras
tendran autoridad inapelable.

Algo desusado hubo de sugerir  Julio Riego la certidumbre cruel de
quedar despedido irrevocablemente. Fu una maana, poco antes del
almuerzo, tras una noche que ella pas durmiendo tranquila de cara  la
pared, y l con un codo apoyado sobre las almohadas y los ojos, llenos
de lgrimas, de par en par abiertos ante las tinieblas de la alcoba;
alcoba triste como nido roto cado al pie del rbol... Se separaran;
Mariana lo acord as en uso de su voluntad librrima; ella necesitaba
nuevas impresiones, otra vida, otro hombre... En pie cerca de la puerta,
con el sombrero en la mano, dispuesto ya  marcharse, Julio repuso con
su voz enturbiada por la pena:

--No lo tendrs; ese hombre que deseas no ser nunca tuyo. Yo lo
impedir, matndome; no podrs olvidarme; entre l y t dormir todas
las noches mi recuerdo; ante tus ojos, el hilo sangriento que brote de
mi herida correr eternamente.

Mariana Paredes se encogi de hombros; sus vehementes anhelos de tornar
 ser libre endurecan su corazn.

--Puedes hacer tu gusto--murmur;--cada cual obra segn su criterio.

       *       *       *       *       *

Se despidieron: l iba resuelto  matarse; lo haba prometido y los
hombres no deben renegar de su palabra: adems, aquel era el nico medio
de castigar  la ingrata, lanzando sobre su frvolo vivir la noche
ineluctable del remordimiento. Mariana qued tranquila, segura de que
Julio Riego no cumplira su amenaza. Aquella noche, sin embargo, la
joven ley los diarios atentamente, buscando alguna noticia relacionada
con su amante. No hall nada.

--Bien deca yo!--murmur.

Y de pronto sintise un poco triste, humillada y como pesarosa de que
aquel hombre no la hubiese amado lo bastante para matarse por ella.

Pas otro da; Mariana Paredes iba adormecindose en la confianza de la
impunidad; aquella era una historia casi olvidada. Por la noche, de
vuelta del teatro, se acost y cogi un peridico; el sueo comenzaba 
pesar sobre sus prpados; no obstante oje los telegramas, una Crnica
de bastidores, otra de poltica general...

En la seccin de noticias, vi la siguiente:

Ayer se suicid, disparndose un tiro en el pecho, un joven
decentemente vestido, llamado Julio Prez.

No pudo seguir leyendo; el cansancio cerraba sus ojos; el peridico
resbal de la cama al suelo.

No sucedi ms.

Por una errata deslizada en aquel apellido, el sacrificio del pobre
muerto no tendr historia; las noches de Mariana Paredes no tendrn
pesadillas...

Ms vale as!




CREPSCULO


Cae la tarde; un vientecillo suave arrastra por el suelo hmedo las
primeras hojas secas; las lejanas del paisaje desaparecen tras el vaho
neblinoso que enceniza el cielo; los rboles, de donde huye la vida,
levantan sus ramas con desesperado ademn y su gesto simula responder 
la conciencia que tienen de que la muerte llegar fatalmente para ellos
con la paralizacin de la savia; los herbazales que visten los recuestos
tambin estn tristes, amarilleando entre el lodo;  lo largo de las
tapias algunas enredaderas alargan sus ramas escuetas; bajo el espacio
triste la tierra toda se estremece en una convulsin agnica.

PERSONAJES: _Ella_; treinta aos. Avanza rpidamente, mirando  todas
partes con los hermosos ojos muy abiertos por la impaciencia de ver
pronto al amado, que la espera. Viste sombrero redondo de fieltro y un
gabn varonil, con cuello _Imperio_ y doble hilera de botones, que la
llega  los pies: es alta, elegante y lamida de formas como una amazona
inglesa.

_El_: treinta y cuatro aos; gallardo y simptico; su delicado
temperamento de sentimental lo reflejan la mirada distrada de sus ojos,
ensombrecidos por el insomnio; su frente, abrillantada por el nimbo
indefinible de los ensueos; la lnea de sus labios que, habiendo
gustado los amargores de la vida, quedaron algo tristes.

EULALIA.--(=Viendo, de pronto, al galn que entretiene su fastidio
leyendo un peridico.=) Nio, ya estoy aqu...!

FERNANDO.--(=Vivamente emocionado.=) Ah, qu impaciencia tan cruel!... Si
yo estudiase metafsica, para representarme el concepto de eternidad
evocara la duracin de las horas que vivo sin ti.

(=Se dan las manos.=)

E.--(=Mirando  todas partes.=) No hay nadie.

F.--(=Mirando tambin.=) Nadie.

E.--Toma mis labios.

(=Se besan y caminan silenciosos bajo los rboles del paseo. Van cogidos
del brazo, los hombros juntos; sus pies movindose acompasadamente,
imprimen  sus cuerpos enamorados el mismo ritmo.=)

F.--(=Despertando bajo el recuerdo de la realidad, amenazadora siempre.=)
Y tu marido?

E.--En la Audiencia.

F.--Batallando, segn costumbre, por enviar gente  presidio!

E.--No s. Damin es un hombre terrible que, como las cadenas, parece
fabricado exclusivamente para sujetar... para oprimir... Dominar es su
ley; el deber fro y anguloso, su Dios: por vencerlo todo, creo que ha
sofocado el natural amor  s mismo; no se ama!... (=Con volubilidad.=)
Despus de almorzar me fing enferma, para quedarme sola.--Bien--replic
l;--te acompaar. Fu morir; Pasaban las horas lentamente; yo pensaba
en ti, en nuestra cita de esta tarde, que iba  fracasar... Qu
martirio! (=Fernando escucha acariciando entre sus manos una de las
enguantadas manecitas de la joven. Ella contina.=) De pronto sal del
gabinete y momentos despus reaparec diciendo que hallndome mejor,
necesitaba salir.--Dnde?--pregunt mi tirano.--A hacer algunas
compras--repuse;--no hay manteles; adems,  la doncella le promet ayer
una blusa y debo cumplir lo ofrecido.--Mejor sera--contest,--que te
vistieras bien y fueses  visitar  la vizcondesita Matilde, que est
enferma. Debemos cumplir con todo el mundo!... Acept la proposicin
haciendo grandes esfuerzos para disimular mi alegra: aquel era un feliz
pretexto que me facilitaba una hora ms de libertad que dedicarte,
mejor y ms hermosa para m, que un rayo de luz. En un santiamn
me puse mi mejor traje y volv al gabinete; Damin, al verme se
levant.--Vaya--dijo,--hoy, para m, es da de asueto; te acompao.
Cmo rechazarle? Humill la cabeza y ech  andar con la sombra
resignacin del que camina hacia el patbulo. Cuando llegbamos al
recibimiento, vibr el timbre de la escalera; abro la puerta... Era un
ordenanza que traa... no s qu papelotes de la Audiencia! Un asunto
urgentsimo.

F.--La causa de algn desgraciado  quin el Cdigo tendr deseos de
apretar el cuello...

E.--Probablemente. Mas... en fin!... gracias  eso, sea lo que fuere,
estoy aqu. Es una entrevista que tal vez cueste una libertad, cuando no
una cabeza.

(=Vuelven  besarse. Caminan pausadamente, cambiando saludos distrados
con algunos obreros que vuelven del trabajo. En la lnea sinuosa y ms
distante del paisaje aparece Madrid, recortndose bajo el cielo
entristecido por los reflejos crepusculares.=)

F.--Te quiero.

E.--No ms que yo  ti.

F.--(=Enternecido.=) Carne de mi alma!

E.--(=Con arrebato.=) Alma de mi cuerpo!...

F.--Dame tus labios otra vez.

E.--Tmalos. No son tuyos?... A qu me los pides?...

F.--(=Rodendola el talle con un brazo.=) Oh!... qu adormecedora, qu
dulce es la cancin de los amores!... Cmo pesa sobre los prpados, con
qu arpegios de ensueo roza los odos!... Y simultneamente penetra
hasta mis tutanos y calofra mi espalda con la suave caricia del
terciopelo.

E.--Fernando... (=Entorna los prpados y su cabeza mareada por la rara
espuma del contento, busca sobre el hombro del amante un punto de
apoyo.=)

F.--Habla... necesito oirte... d algo... arrllame...

E.--(=Sin abrir los ojos.=) Qu quieres que diga?

     =Sus cuerpos, estrechamente unidos, tropiezan al andar,
     producindoles una  modo de trepidacin carnal que les calofra de
     pies  cabeza. Caminan lnguidamente; dirase que la tierra
     benvola les atrae, incitndoles  caer de rodillas; al llegar 
     cierto paraje solitario, bajo un grupo de rboles, Eulalia y
     Fernando se detienen.=

F.--Quieres?... (=En voz muy baja.=)

E.--Aqu?

F.--S. Sentmonos.

E.--Oh, es imposible!

F.--Por qu?... Estamos solos.

E.--S, pero... y mi traje?

F.--Extender sobre el suelo mi pauelo para que no te manches.

E.--No basta. Y, mira... el piso est enfangado.

F.--(=Pensativo.=) Es cierto.

E.--Seamos juiciosos.

F.--Qu remedio?...

(=Se contemplan mezclando sus alientos, mirndose  los ojos vidamente,
con el vientre y las rodillas y los pies unidos.=)

E.--(=Deseando tranquilizar  su amante.=) Mira, cmo vengo.

(=Le ensea sus botas de tafilete, su magnfico traje de seda color
salmn, su largo gabn de finsimo pao.=)

F.--(=Extasiado.=) Como una reina! (=Pausa.=) Y, sin embargo... perder
estos instantes... es un crimen.

E.--Ya lo s, rey; pero, qu quieres?... La fatalidad...

F.--Me amas?

E.--Ms que  nadie.

F.--Eres muy feliz entre mis brazos?... (=Empujndola.=) Entonces... Qu
importa lo dems?...

E.--(=Resistiendo.=) Pero... no comprendes?... Estamos en un lodazal.

F.--A tu marido le dices que te caiste; un accidente... un coche que
pasaba... cualquiera cosa.

E.--Eso es lo de menos; un pretexto se busca fcilmente.

F.--Entonces...

E.--Es mi traje, mi sombrero, que representan un capital.

F.--(=Alzndose de hombros.=) Qu vale todo eso, comparado con lo
otro?... Un vestido que se mancha  que se rompe, puede ser substitudo;
pero quin recobrar el rato de felicidad que se pierde?

E.--No me vuelvas loca.

F.--Pronto nos separaremos y... quin podr consolarnos maana de la
hora feliz que hoy desaprovechamos?...

E.--(=Languideciendo.=) Djame.

F.--El peinado que se deshace, como el sombrero  el traje que se
ensucian, constituyen pequeas desgracias, fcilmente remediables; pero,
cundo ni dnde rescataremos las dulzuras de un feliz momento
perdido?... Dime; en qu bazar podran los pobres viejos
desencantados, comprar los millares de horas negras en que no amaron?...
Ven, ven... el placer como la alegra, duran poco.

       *       *       *       *       *

Han pasado treinta aos; Fernando ha muerto. Eulalia que, como todos los
viejos, comprende mejor que antes el gran valimiento de la vida,
conserva entre sus ms preciosos recuerdos la imagen de aquella tarde
otoal, hmeda y callada, en que di noventa duros por un rato de amor.
El amor!... Lo que no se compra...




LO HORRIBLE


Beltrn empuj la puerta suavemente y entr: era un mozo membrudo, con
las manos y el rostro atezados por el calor de la fragua; vesta blusa
azul y pantaln de pana; las botas eran de punta cuadrada, grandes y
slidas; tena la mandbula inferior ancha, el cuello grueso; bajo las
cejas, sus ojos duros de perdonavidas miraban con insolencia y desvo.

Al oirle Matilde, su hermana, que pareca meditar junto  la mesa,  la
luz de un quinqu, volvi la cabeza. Beltrn pregunt:

--Quin ha venido?

--Don Jos.

--Don Jos!... Qu quera?

--Nada... saber cmo estaba padre: ni siquiera se sent; no pas de la
puerta.

Beltrn clav en la joven una larga mirada desconfiada y cruel; luego
dijo:

--Y padre?

--Peor; apenas puede respirar.

El mozo levant la cortinilla que cubra una puerta y quedse inmvil,
abismando sus ojos en un dormitorio estrecho y obscuro dentro del cual
resonaba rtmicamente el angustioso jadeo de un hombre que se ahogaba.

--Qu dice el mdico? Tiene esperanzas?

--No. Asegura que recurrimos  l demasiado tarde.

Beltrn se morda los labios; Matilde lloraba en silencio, sin
parpadear, como lloran las mujeres acostumbradas  sufrir: tena el
rostro inteligente y plido, el pelo y los ojos negrsimos: era uno de
esos nerviosos tipos meridionales, esclavos de la impresin y del
momento, en quienes los ngeles del bien y del mal parecen luchar 
brazo partido sobre un puente muy angosto.

--Recet algo?--pregunt el herrero.

--S... mira.

Sac del bolsillo un papel sembrado de signos que Beltrn ley y reley
sin comprender.

--Cunto costarn estas medicinas?

--Unas... cuatro pesetas.

--Cuatro pesetas!...

--De dnde sacarlas, hermano?

Y Matilde miraba  su alrededor; las paredes y los suelos desnudos, la
casa toda, en fin, ahogndose de miseria y dolor bajo el declive rpido
de los techos aboardillados Beltrn mir tambin, murmurando:

--No s, no s...

--Esas medicinas, sin embargo, hay que comprarlas en seguida,  todo
trance.

Aquella receta era para ellos algo santo y precioso, como una promesa.
Pero dnde hallar dinero?... Matilde y Beltrn estaban sin trabajo y la
enfermedad de su padre agot sus pequeos ahorros; en pocas semanas todo
fu saliendo camino de la prendera  de la casa de prstamos; fu una
venta infamante, vergonzosa, triste, como la venta de huesos humanos.

Beltrn alzse de hombros; todas las puertas estaban bien cerradas; la
miseria haba tomado todos los caminos.

--Qu piensas?--exclam Matilde;--se te ocurre algo?

--No... nada... y  ti?

--Tampoco, pero es preciso discurrir... pronto... pronto... padre se
muere!

--Ya lo s... ya lo s... Espera.

Por su memoria desfilaban precipitadamente nombres de vecinos y de
amigos: con ninguno deban contar; eran pobres, tan pobres como ellos, y
los mejores ya les haban socorrido en diferentes ocasiones. El nico
que poda ampararles era don Jos, el propietario, quien, por amor 
Matilde, no les presentaba los recibos de inquilinato desde haca dos
meses. Beltrn conoca aquella pasin; y la vergenza de sus favores,
aceptados por l bajo la presin feroz de la miseria, enrojecan su
frente. Una idea negra, una especie de noche, nublaba el pensamiento de
los hermanos, que vean pasar por entre sombras el hambre y el crimen:
Beltrn y Matilde saban que en los momentos de supremo desamparo los
hombres roban, las mujeres se venden...

La joven, ms franca que su hermano, pregunt:

--Si recurrisemos  don Jos...

Beltrn se acerc  ella temblando violentamente, como potro picado del
tbano.

--Qu has dicho?--grit;--recurrir  don Jos? Qu es eso?... Has
perdido el sentido  perdiste el honor?... La sola idea de que le hayas
insinuado algo me vuelve loco...

La haba cogido por un brazo, apretndoselo entre sus dedos como en un
torno.

Matilde baj sus ojos anegados en lgrimas; en el silencio resonaba el
iscrono jadeo del moribundo; aquella respiracin anhelante de viajero
que va muy cansado. Beltrn callaba, comprendiendo que era necesario
optar entre el presidio y la manceba. De pronto se decidi.

--Bien est!--dijo;--ya s qu he de hacer; venga la receta... no
perdamos tiempo.

--Tardars?--pregunt Matilde.

--No... volver pronto... antes de una hora...

Sali precipitadamente, palpndose debajo de la blusa, cerciorndose de
que la navaja estaba en su sitio.

       *       *       *       *       *

Beltrn anduvo largo rato buscando las calles solitarias; ya no dudaba:
robara, pues era preciso, y hasta se hallaba propicio  hacerlo sin
vergenza ni empacho.

El herrero, recatado en la sombra de una puerta, esper... esper...

Los transentes eran escasos: todas las circunstancias parecan
favorecerle; la calle estaba desierta, los portales cerrados, el sereno
dorma en un punto distante.

Al principio, Beltrn juzgaba la lucha inevitable; el asaltado se
defendera, pedira socorro y sera necesario taparle la boca, arrojarle
al suelo, matarle, tal vez... Luego, segn iba apreciando el valimiento
y legitimidad de los mviles que le arrastraban  perpetrar aquel
despojo, lleg  creer que su conducta era irreprochable y que el primer
caballero  quien se dirigiese, no bien supiera de qu se trataba, se
apresurara  favorecerle: todo aquello se le antojaba  Beltrn tan
natural, tan noble, tan conmovedor...

De pronto apareci un individuo solo, bien vestido; llevaba botas de
charol, iba embozado y caminaba lentamente. Beltrn sali  su
encuentro, cruzando la calle: el desconocido se detuvo y mir al
herrero, desconfiando.

--Caballero--dijo Beltrn, haciendo con la cabeza un leve
saludo;--perdone usted mi atrevimiento... pero... mi padre est
agonizando.

El interpelado, ya repuesto, murmur:

--Dios le ampare, no llevo nada.

Beltrn le mir confuso, y sus mejillas, coloreadas hasta entonces por
la vergenza, palidecieron: haba dicho lo ms grave, lo ms grande, lo
ms terrible que puede confesar un hijo; que su padre se muere... y el
individuo que le oa, lejos de asociarse  su dolor, le escuchaba
impasible, encogindose de hombros... La ira ceg sus ojos.

--No--grit,--yo no pido limosna.

--Entonces?...

--Quiero que me de usted cinco pesetas que necesito para pagar una
receta... Lo quiero... son para salvar  mi padre!

Hablando as, zarandeaba  su interlocutor agarrndole por el embozo; el
agredido, irritado por una exigencia que juzg intolerable, le rechaz
vigorosamente.

--Ladrn!--murmur.

Entonces Beltrn se abalanz sobre su enemigo, procurando derribarle;
mas el otro, que era mozo y valiente, le ech los brazos al cuello,
mientras procuraba sacar un revlver que sin duda llevaba en el bolsillo
trasero del pantaln. Espoleadas por el coraje, las fuerzas de Beltrn
se centuplicaron, y cogiendo al desconocido por la cintura, le arrastr
hacia un callejn vecino.

--Miserable, miserable!--repeta.

El asaltado, vindose perdido, quiso gritar, pero Beltrn le tap la
boca, y, asindole por el cuello, le derrib en tierra: cay de bruces,
los brazos presos bajo los pliegues de la capa. En aquel momento Beltrn
oy ruido de pasos; sin duda venan  prenderle... Qu hacer?... Si
hua, su enemigo correra tras l pidiendo socorro... y se vi atado
codo con codo, y  su padre muerto, y  su hermana, bonita y en la
calle... Fuera de s, requiri la navaja, y asest un golpe  su vctima
en la nuca, despus otro y otro... muchos... para que no hablase; luego
registr precipitadamente los bolsillos de su chaleco, cogi una moneda,
un duro... uno solo!... y ech  correr desalado.

En el fondo de la calle resonaban voces extraas que repetan:

--A ese...  ese!...

Beltrn corri mucho tiempo; cuando penetr en una botica llevaba los
labios lvidos y cubiertos de espuma; el terror y el cansancio de la
lucha y de la fuga, dilataban sus ojos.

--A ver--murmur;--despcheme usted, en seguida... en seguida...

El boticario dej el peridico que estaba leyendo y se acerc al
mostrador tranquilamente.

--Qu es ello?

--Tome usted.

El farmacutico cogi la receta y la ley poco  poco, informndose bien
del nombre de las medicinas.

--Tardar usted en despacharme?--pregunt Beltrn suplicante;--el caso
es gravsimo.

Le aterraba la idea de que le prendiesen antes de ver  su padre.

No--repuso el boticario,--estas medicinas estn hechas.

Marchse y volvi trayendo dos frasquitos.

--Qu valen?--pregunt Beltrn.

--Cuatro pesetas con cincuenta cntimos.

--Cbrese.

Y arroj el duro sobre el mrmol del mostrador.

El boticario cogi la moneda, la mir atentamente, la hizo resbalar
entre sus dedos, volvi  sonarla...

--Este duro--dijo--es falso...




MARCELA


Desde el quicio de su puerta, Juan Antonio avizoraba todas las tardes 
Marcela, que volva de la fuente con el pesado cntaro sobre la cabeza,
erguido el talle, las manos en los cuadriles, aumentando con su corto y
menudo andar el picante titubeo de sus caderas poderosas. Juan Antonio
rea embelesado vindola acercarse: ella pasaba indiferente, plegando
los rojos labios con un depresivo mohn desdeoso, como si las sonrisas
y las ardientes miradas y todo el apasionado embobamiento del mozo no
fuesen otras tantas pruebas de amor quemadas,  guisa de incienso, en
honor de su perfecta gentileza y bizarra; y cuando se alejaba
orgullosa, inaccesible, pisando corto, y diciendo no, no... con las
caderas, los ojos de Juan Antonio chispeaban de rencor, un
estremecimiento doloroso morda su carne, y el pliegue trgico de las
venganzas cortaba su frente.

Una tarde, Juan Antonio, no pudiendo dominar las furiosas acometidas de
su pasin, sali del pueblo y fu  sentarse junto  unos bardales por
donde Marcela sola pasar de vuelta de la fuente. La conversacin fu
breve, decisiva, como las conversaciones que preparan los duelos 
muerte. Ella empez diciendo que no le quera y que jams podra
traicionar  Fermn, su esposo,  quien estaba unida por los vnculos
del cario y del deber; Fermn era su Dios, su rey;  l se lo deba
todo: la casa que habitaba, las ropas que cubran su cuerpo...

Y agreg:

--Y ahora quis deshacer el lecho que yo toas las maanas tiendo y
mullo pa l? Y quis gozar del cuerpo que l viste y alimenta y agasaja
con to lo que tiene?... Vamos, Juan Antonio, que no me conoces!... No
slo no te quiero, sino que te odio... ya ves!... Que eres mu chico, mu
ruin... sabes?... y que tis el alma mu fra, cuando no entiendes lo
que digo...

Poco  poco,  tropezones, sofocado por la pasin que le extrangulaba,
Juan Antonio procur explicar sus celos y los tormentos de aquellas
luchas ntimas que fueron enajenndole hasta obligarle  exigir de
Marcela una explicacin definitiva. El no era malo, ni ruin, ni tena
aquella frialdad de corazn que ella tan injustamente le reprochaba.

--Mi nica desgracia consiste--dijo--en haberte conoco mu tarde, cuando
tu libertad y tu corazn y tu cuerpo amadsimo, eran de otro...

Ella le escuchaba impasible, frunciendo el sobrecejo con aire aburrido.
Luego repuso, dando media vuelta y ponindose otra vez en jarras,
dispuesta  marchar.

--To es intil, Juan Antonio; yo no quiero, y no hay poderes en el
mundo capaces de torcer mi voluntad... Y no me persigas, no me aburras;
porque si la gente advierte tu cario y da en murmurar, soy capaz de
contrselo to  Fermn, pues antes que deshonrao, quieo verle andando
camino de la horca  del presidio. No digo ms.

       *       *       *       *       *

Las primeras horas de aquella noche las pas Juan Antonio entre los
matorrales de un altozano, desde donde se atalayaba un extenso paisaje.
La luna trepaba hacia el cenit anegando las silenciosas extensiones
siderales con los efluvios de su luz plateada: una paz augusta descenda
del cielo sobre los campos dormidos; en el valle blanqueaban las casas
del pueblo, con sus paredes irregulares y sus ventanas, por algunas de
las cuales se filtraba un hilillo de luz; varios caminos vecinales
seguan direcciones diversas, retorcindose como sarmientos  travs de
los campos de labranza, subiendo, bajando, segn los altibajos del
terreno; y cerrando el horizonte, casi perdidos en las sombras de la
noche, ondulaba una larga serie de cerros, con sus panzas enormes y sus
altsimas crestas, semejantes  abortos monstruosos de una quimera
geolgica.

Juan Antonio, casi echado en el suelo, no apartaba los ojos de la casa
de Marcela, situada mucho ms all, junto al ro. Un proyecto diablico
le haba conducido all. Fermn, que era guardabosque, sala de ojeo
todas las noches entre doce y una de la madrugada, y aquella ocasin era
la por Juan Antonio espiada para deslizarse sin peligro hasta Marcela;
las consecuencias anexas al logro de sus propsitos, no le interesaban.
Durante largo rato permaneci inmvil, mirando, mirando... con la mirada
angustiosa y fija de los que murieron ahogados. Luego se estremeci,
oyendo resonar en la serena extensin de los campos las doce campanadas
de un reloj lejano.

Entretanto Fermn, sentado sobre un viejo taburete, se calzaba sus
recias botas de campo, disponindose  salir.

Marcela le observaba desde el lecho con ojos que el sueo va cerrando.

--Te vas?--pregunt.

--S.

--No tardes mucho... la noche est fra.

--Ya lo s. No har ms que llegar al cementerio y volver.

Se haba ceido la cartuchera; despus embozse en una manta, se cal su
ancho sombrero de guardabosque y sali tercindose el fusil  la
bandolera. La llave de su hogar la dej, segn costumbre, junto al
quicio, debajo de la puerta, en previsin de que Marcela quisiera salir
hallndose l ausente; y esta circunstancia era la que haba de
facilitar  Juan Antonio el triunfo de sus deseos.

Marcela se haba quedado profundamente dormida; de pronto sinti que
abran la puerta y entre sueos supuso que era su marido quien volva:
luego oy unos pasos quedos que se acercaban y entreabri los prpados;
la obscuridad era completa y torn  cerrar los ojos.

--Fermn... murmur.

El lecho cruja: Marcela, medio despierta, repiti balbuceando sin
miedo.

--Eres... t?...

Al sentir que unos brazos la estrechaban por el talle, agreg.

--Qu fro vienes!...

El repetido contacto de unos labios que opriman los suyos y la presin
de unas manos que la sobajeaban con ansia brutal, concluyeron de
despertarla.

--Fermn, Fermn!...

Entonces sinti que la dejaban; alguien salt del lecho y resonaron los
pasos precipitados, inseguros, de un hombre que hua. Marcela se
incorpor en la cama, impulsada por un presentimiento horrible.

--Juan Antonio!--grit.

Y se ratific en esta creencia al oir que el fugitivo deslizaba
suavemente la llave bajo la puerta, como para borrar con aquella
precaucin el rastro de su delito.

Largo rato Marcela permaneci alelada, temblando de rabia y de miedo;
despus sinti que abran la puerta.

--Fermn... eres t?--pregunt.

--S, yo soy...

Mientras l se desnudaba, ella aadi:

--Has venido antes?

--Cundo?

--Despus de marcharte.

--No. Por qu lo preguntas?

--Por nada; me haba parecido...

Al da siguiente, domingo, Marcela y Juan Antonio se encontraron en la
iglesia, junto  la pila del agua bendita: ella le mir de hito en hito,
los ojos retadores, como desafindole  hablar; l se acerc con aire
insolente y satisfecho, murmurando:

--Me encontraste fro anoche?...

Marcela no pudo responderle y se march llorando. Aquel da y los
sucesivos los pas acongojadsima, no sabiendo si devorar su humillacin
 pedir  su esposo el justo castigo de tamaa ofensa; unas veces
pensaba vengarse por s misma, dando la muerte como ella haba recibido
la deshonra,  traicin; otras tema que lenguas extraas enterasen de
lo ocurrido  Fermn, y que ste, interpretando mal el silencio de su
mujer, juzgase criminal complacencia lo que fu sorpresa y
forzamiento...

Al fin opt por confesarse  su marido, refirindoselo todo... todo!...
Pues como ella deca: antes que en ridculo, quieo verle andando camino
de la horca  del presidio...

       *       *       *       *       *

Aquella tarde Fermn y Juan Antonio se vieron en un claro del bosque.

--Estaba esperndote--dijo Fermn.

--Pa qu?

--No lo presumes? No est dicindotelo ese corazn que quieo
arrancarte  mordiscos?...

Fermn era gil, fuerte y ms alto que su enemigo, pero Juan Antonio era
recio de cuerpo y tena hombros cuadrados y brazos membrudos. Los dos
hombres se miraron friamente, midindose con los ojos, buscando un sitio
en donde herir: luego, simultneamente, sin detenerse  sobreexcitar su
enojo con vanas palabras, se arremetieron. Durante algunos momentos
lucharon rabiosamente, sin que las piernas de ninguno de ellos
flaqueasen; luego se separaron y antes de que Juan Antonio pudiese
hurtar el golpe, Fermn se abalanzaba sobre l, traspasndole el cuello
con una faca. El mozo gir sobre s mismo, di algunos pasos vacilantes,
y cay al suelo de bruces, muerto...

Fermn, fuera de s, ech  correr hacia su casa: Marcela; al verle
entrar demudado y con las manos teidas de sangre, lanz un grito y
corri  su encuentro, mirndole con ojos donde haba una pregunta
desesperada.

--S--repuso el guardabosque:--le he matao.

Y aadi extendiendo el brazo con gesto trgico:

--All est; all le tienes, fro... Ms fro que nunca!... Fro pa
siempre!...




EL BUEN PARECER


La noticia circul rpidamente por los cafs y las tertulias que cmicos
y autores forman en los saloncillos de los teatros.

A Felisa _la Loba_ la haban matado. Los testigos de la escena
aseguraban haber visto  Felisa bajar de un coche en la calle Peligros,
delante de Fornos; entonces brot del hueco de una puerta la sombra de
un hombre que, sin duda, estuvo en acecho, esperndola, y que
instantneamente se arroj sobre ella; la joven lanz un grito y cay
hacia atrs, abriendo los brazos: el matador huy velozmente, revelando
en la fuga la audacia y el vigor sobrehumanos que demostr en la
agresin, y segundos despus los que le vieron herir slo percibieron su
silueta cobarde esfumndose como un capricho antropomrfico en las
sombras de la noche bajo la rojiza luz incierta de los faroles...

Desde luego se trataba de un crimen pasional. Al principio creyse que
el asesino era un organillero; luego, por lo que varias amigas de
Felisa dijeron, se supo que era un estudiante...

Enrique y _la Loba_ se conocieron en el arroyo una noche de invierno muy
cruda, muy triste, en que el aburrimiento de ella y la melancola y
desamparo de l los sugiri, simultneamente, el capricho de pernoctar
juntos; ella le quiso porque se pareca  un amante que la dej por
otra: l porque estaba muy solo, muy pobre, y en las horas de
desvalimiento los temperamentos sentimentales padecen, ms que el
hambre, la necesidad de la mujer que abriga, que consuela, hablando de
recuerdos dulces y frvolos... Ella era una chula, una verdadera hembra,
apasionada y brava, enamorada de la fuerza y del valor masculino, de
los machos crudos que parecen ir por el mundo caminando siempre de cara
al presidio: l, mesurado en las palabras y firme en la accin, era
tambin un valiente persuadido de que cuando dos hombres rien, uno de
ellos, el ms dbil, tiene pena la vida.

--T seras capaz de pegarme en la cara?--sola preguntarle Felisa.

--No--contestaba Enrique;--en la cara note pegar nunca; si alguna vez
me engaases te rompera el corazn. A las mujeres, los hombres de honor
no deben pegarlas ms que una vez...

Pero Felisa no cuid de tales amenazas y le enga: y el estudiante, que
haba puesto en aquella mujer toda su alma, cumpli lo ofrecido...

Y all qued _la Loba_, tumbada en el arroyo, inmvil. Los ojos
cerrados, mostrando entre sus labios entreabiertos los dientes menudos y
blancos que crisp la agona, y por los pliegues de su pauelo manchado
de sangre, aquella garganta blanca y mrbida que se haba ofrecido al
deseo tantas veces...

A ltima hora, en los corrillos del Casino de Madrid, La Pea y otros
Crculos aristocrticos, los padres de la patria, los generales
retirados, los prncipes de la banca, los valetudinarios representantes
de las familias ms nobles, comentaban en voz baja, con aire indiferente
y cansado, la trgica muerte de Felisa.

El intenso calor de las estufas de gas quedaba preso en los poros de las
alfombras; sobre la superficie inmvil de los espejos, las lmparas
elctricas vertan luz lechosa; alrededor de las mesas de tresillo,
junto  la chimenea adornada por un reloj de bronce,  reclinados
perezosamente sobre los divanes, los concurrentes habituales del Crculo
comentaban el crimen; y lo hacan poco  poco, con lentitud hipcrita,
entre grandes bocanadas de humo.

--Ha odo usted hablar, marqus, del crimen de esta noche?--preguntaba
el veterano general X.

--No; los peridicos nada dicen. Adems, no leo la crnica de sucesos;
es una seccin repugnante.

--Los peridicos no relatan el hecho porque ste ocurri entre ocho y
nueve de la noche.

--Ah!... Se refiere usted al crimen de la calle de Peligros?

--S.

--Algo o decir. Creo que la vctima fu una muchacha de vida airada...

--Eso me contaron tambin... no s donde--aadi el vizconde Z.

Otros dos graves caballeros que ostentaban en el ojal de sus levitas una
cinta roja, hicieron un vago signo afirmativo, demostrando hallarse al
tanto de lo ocurrido.

Bajo la luz fra de las lamparillas elctricas, sobre el respaldo rojo
de los divanes, aquellas cinco cabezas envejecidas por el tiempo y las
luchas asoladoras de la ambicin y del vicio, formaban un cenculo
extrao de caretas fnebres.

--Y quin era esa desdichada?--pregunt K. al marqus.

--Felisa.

--Felisa?... No recuerdo!

--S... una moza alta, no mal parecida...  quien llamaban _la Loba_...

--Pero usted la conoca, marqus?--interrog el general.

Y todos los circunstantes, sorprendidos, miraron al marqus, cuya vida
de orgas no era un misterio para nadie.

--No--repuso el interpelado;--yo no la conoc; supondrn ustedes que mi
posicin me prohibe tratar  cierta clase de mujeres... Pero he odo
hablar mucho de ella  mi primo Claudio, que fu un gran libertino.

--Dicen que era muy guapa.

--Mucho!

--Morena?

--Creo que s; tena los ojos expresivos, la boca un poquito grande,
pero de labios frescos y rojos.

--Acierta usted!... Ahora recuerdo haberla visto varias veces.

--Si es la que sospecho, tambin la conoca yo, as... de vista.

Siguieron hablando, procurando recomponer entre todos la terrible
escena. Uno de ellos pregunt:

--Y quin es el criminal?

--Dicen que un organillero.

--A m me han asegurado que el matador fu un estudiante.

--Le prendieron?

--No.

El vizconde de N., que pasaba por la calle de Peligros  tiempo que el
asesino hua, aadi  la informacin interesantes detalles. El matador
era un muchacho de regular estatura, decentemente vestido; representaba
tener veinticuatro aos.

--Pobre inocente!...--exclamaron varios;-- quin se le ocurre
perderse por una mujer as?...

Hasta el saloncillo alfombrado, caldeado por las estufas de gas, el
recuerdo de aquel hombre huyendo  travs de la noche y de la pobre
muerta con sus carnes yertas anegadas en sangre, penetr como una
corriente de aire fro...

       *       *       *       *       *

Era una tarde de invierno; sobre las orillas del Manzanares la noche
derramaba tristeza infinita, los rboles enderezaban sus ramas escuetas
hacia el cielo gris; por una parte, cerrando el horizonte, aparecan la
Puerta de Toledo y Madrid, con sus millares de cpulas y de tejados
perdidos bajo la niebla; en el silencio de los campos, como voz
misteriosa de aquella naturaleza agonizante, resonaban las vibraciones
lentas de una campana.

A la izquierda del puente, junto  un camino hmedo por donde los
chirriones pasan dejando surcos profundos, est el Depsito de
cadveres: una casita blanca muy triste, con paredes renegridas por el
polvo y la lluvia, que huelen  muerto.

Aquella tarde, casi  la misma hora, llegaron al Depsito dos coches con
portezuelas blasonadas; despus, otros dos, luego otro... Y de aquellos
vehculos bajaban caballeros graves, metidos en largas levitas
abrochadas: el general X., el vizconde Z. y el barn K...

--Usted por aqu... don Juan!

--Y usted, don Luis!... Qu casualidad!

--Hola, general!

--Viene usted  ver  la pobre Felisa?

--S... la curiosidad...

--Pues, entremos.

--Pase usted.

--No, usted.

--Oh, muchas gracias; es igual!...

Y, con el sombrero en la mano, todos aquellos viejos libertinos,
hipcritas, iban entrando, andando de puntillas, alargando el cuello,
reconcentrando una mirada estpida de terror sobre aquel cuerpo que
haban ungido con sus besos, recordando con cierta vergenza que toda
aquella pobre carne haba pasado bajo sus labios...

Felisa, echada boca arriba sobre una mesa de mrmol, mostrando su cuello
ensangrentado, pareca escucharles. La luz que caa de un alto ventanal,
baaba su rostro lvido, proyectando sobre la pared hmeda, cubierta de
verdina, un perfil inmvil...




REMORDIMIENTO


--Saldrs esta noche?--pregunt Matilde secamente.

--S--repuso Adolfo Latorre con aire distrado;--debo ir al Crculo;
necesitamos elegir nuevo presidente y varios amigos presentarn mi
candidatura...

--Y luego, dnde vas?

--Al caf.

--Y despus?

--Qu s yo!

La conversacin desmayaba. Matilde, despechada y celosa, mir  su
amante de hito en hito, queriendo ofenderle, deseando reir; y Adolfo,
en virtud de misteriosos magnetismos, senta la intencin agresiva de
aquellas miradas. l tambin experimentaba deseos de disputar, por pasar
el rato. Hay momentos en que los amantes antiguos no tienen nada nuevo
que decirse, y el mutismo y las miradas interrogadoras del uno, parecen
acusaciones dirigidas  la discrecin y cario del otro; entonces
conviene hablar para romper el encanto siniestro del silencio: en amor
hay silencios ms ofensivos que una bofetada.

Estaban concluyendo de cenar; la criada acababa de marcharse despus de
servir el caf; la lmpara suspendida en el comedio de la habitacin
recortaba un crculo luminoso sobre la mesa, con sus botellas de vino 
medio vaciar, sus platos sucios y sus copas que los labios mancharon de
grasa. Adolfo y Matilde continuaron hablando, excitndose mutuamente 
la pelea, poniendo cada vez ms acrimonia y torcida intencin en sus
palabras: con la diferencia que ella disputaba de buena fe, y l
frvolamente, por decir algo y no aburrirse.

--Por qu--pregunt Matilde,--cuando salgas del Crculo no vuelves
aqu?

--Porque saldr muy tarde y  esas horas no hay tranvas. Supongo que no
querrs traerme  pie...

--Hace dos aos venas todas las noches, sin que la distancia, ni el
fro, ni la nieve, te importasen un ardite.

--T lo has dicho!--exclam Latorre riendo;--hace dos aos!

Ella levant la cabeza bruscamente; sus mejillas palidecieron hasta la
lividez; en sus ojos grandes y negros chispeaba el rencor. Adolfo
Latorre sostuvo impasible aquella mirada, lancinante y fra como un
saetazo. De pronto la joven, obedeciendo  un indomable movimiento
impulsivo de todos sus nervios, se levant, derribando su taza de caf.

--Segn eso--grit,--creo que debemos concluir.

Estaba erguida, con una mano apoyada sobre la mesa y el ceo adusto, en
la actitud de una reina absoluta que da rdenes. Adolfo, molestado por
aquella acometividad, repuso framente:

--Como gustes.

--No te importa reir conmigo?

--S, me importa... y hasta lo siento. Pero no olvides que, cuando ms,
lo siento tanto como t.

--Qu quieres decir?

--Que si tienes valor para despedirme... cmo han de faltarme bros
para dejarte?

--Acaso no tardes en arrepentirte de haber hablado as.

--Oh!, si no retiras tus desdenes, yo... crelo!... no retiro los
mos.

Matilde sinti que el dolor y la ira arrasaban sus ojos en lgrimas y
di media vuelta para marcharse.

--Adis--dijo.

--Adis--repuso Latorre;--hasta cundo?

Ella tuvo un momento de vacilacin: luego murmur:

--Hasta nunca.

Y se fu.

Adolfo permaneci inmvil, estrujando nerviosamente una servilleta entre
sus manos, reconociendo que las palabras de Matilde haban mortificado
bastante su amor propio de hombre que se cree muy querido. Despus se
levant, sali del comedor y fu al recibimiento en busca de su
sombrero. Al pasar por delante del dormitorio de Matilde, oy llorar 
sta. La puerta de la habitacin estaba cerrada; Adolfo acerc los
labios  la cerradura.

--Me voy...--dijo.--Quieres que hagamos las paces?...

Ella replic colrica, dando firmeza  su, voz:

--No, hemos concludo. Vete!

--Para siempre?

--S, para siempre... Adis!...

--T lo quisiste!--repuso Latorre;--acaso no pueda vivir sin ti, pero,
no importa; adis... hasta nunca!...

Despus mientras bajaba la escalera encendiendo un cigarrillo con aire
tranquilo, pens:

--Bah, cosas de mujeres! Estoy seguro de que maana viene  buscarme
para que almorcemos juntos...

Aquella noche de Agosto la pas Adolfo Latorre muy alegremente: primero
en los jardines del Buen Retiro, despus en Fornos, cenando con amigos
de buen humor. Volvi  su casa  las tres de la madrugada. Entretanto
la pobre Matilde, transida de dolor, le haba escrito una carta que
empezaba diciendo:

Perdona mis arrebatos; estoy loca, no puedo vivir sin ti...

Al llegar  su casa, Adolfo Latorre se puso en mangas de camisa y sali
al balcn: el calor era sofocante; bajo un cielo acribillado de
estrellas, Madrid dorma el sueo letrgico de las noches estivales: en
el fondo de la calle que avanzaba en zig-zag, algunos faroles
parpadeaban, ejerciendo sobre Latorre atraccin siniestra. Era
inexplicable el hechizo que tenan las piedras del regajo, vistas desde
la altura de aquel piso tercero. Adolfo, algo mareado por los vapores de
la cena, permaneca acodado sobre la barandilla del balcn, 
inconscientemente iba adelantando el busto ms y ms... como atrado por
un imn diablico. De pronto perdi el equilibrio y cay al espacio,
haciendo una contorsin trgica. Su cuerpo fu  estrellarse sobre las
piedras de la acera con un ruido seco; el sereno y algunos transentes
que acudieron  socorrerle le hallaron inmvil, con el crneo
deshecho...

Al da siguiente los peridicos publicaron el sangriento fin de Adolfo
Latorre bajo el epgrafe: El suicidio de anoche. Para el pblico aquella
noticia no tena importancia y la olvid pronto; Latorre era uno de
tantos desdichados que se suicidan sin decir por qu...

La desesperacin, en cambio, de Matilde, no tuvo limites.

--Yo le mat!...--pens.

Un remordimiento sombro embarg su alma; horrorizada de s misma
renunci al mundo, visti de luto y gast su hacienda en obras
caritativas.

Pasaron veinte aos.

Un da los guardas del cementerio la encontraron muerta, sobre la tumba
de Adolfo Latorre, con un ramito de flores en la mano...




NOCHE


La locomotora lanz un silbido autoritario y el tren ech  rodar
cachazudamente, estremecindose con un sacudimiento lento y suave, como
un desperezo; luego aceler su marcha, los coches pasaron veloces unos
tras otros, con sus ventanillas iluminadas, por las cuales se abocetaban
perfiles borrosos de viajeros, y al fin el expreso desapareci en su
vuelta del camino derramando esa tristeza indefinible que deja tras s
todo lo que huye...

All lejos, sepultada en la inmensidad tenebrosa de la noche, quedaba la
estacin con sus cuatro paredes renegridas por el humo de las mquinas,
su flaca techumbre de pizarra y su miserable andn de apeadero
provinciano, iluminado por una linterna colgada junto  un reloj.

Dentro, en el saloncillo destinado  la carga y descarga de los
equipajes, haba un hombre y una mujer. Ella, acurrucada contra el muro,
entre un maletn de viaje y un lo de ropas, permaneca inmvil, el
rostro inclinado sobre el pecho, procurando conciliar el sueo: l,
menos fatigado  ms impaciente, paseaba de un extremo  otro, con las
manos metidas en los bolsillos de un viejo gabn que casi le llegaba 
los talones. Al otro extremo del saln, un empleado dormitaba embozado
en su bufanda. Fuera resonaban los silbidos del viento y el murmujeo de
los rboles que agitaban en la sombra sus ramas escuetas.

De pronto el individuo del gabn interrumpi sus paseos parndose
delante de la mujer que dorma.

--Sabe usted--dijo-- qu hora pasa la diligencia para Almera?

Ella levant la cabeza: era una vieja con un semblante que acaso fu
hermoso, pero que los aos estropearon, dejndolo marchito y enjuto como
un bagazo.

--Creo--repuso--que sale de aqu  las cinco. La diligencia que yo he de
tomar parte  la misma hora.

El no contest y reanud su paseo, andando  largas zancadas, pisando
recio para ahuyentar el fro que le atera los pies. Era un viejo de
mediana estatura, con rostro simptico y un continente imperativo y
desembarazado de gran seor, que parecan protestar de la horrible
estrechez que acusaban la raridad y el mal pelaje de sus vestidos.

Pasaron algunos minutos y el desconocido torn  prender la hebra con la
viajera. Hablaban lentamente, como  la fuerza, cual si de todos los
males que sufran el de la conversacin fuese el menor. El iba 
Lucainena de las Torres; ella  Lubrn.

--De dnde viene usted?--pregunt la vieja.

--De Buenos Aires.

--All he vivido yo algunos aos... Ahora vengo de Madrid... He viajado
mucho...

--Yo, tambin.

Hablando, hablando, vinieron en conocimiento de que la suerte les haba
llevado casi por los mismos derroteros: los dos estuvieron en Pars, en
Londres y en Amrica... y aquellas coincidencias provocaron entre ellos
una repentina corriente simptica.

--En la fecha  que usted se refiere--deca l--yo trabajaba en el
teatro Espaol con don Jos Roldn.

Ella lanz un grito de sorpresa.

--Cmo!--exclam--usted conoca  Pepe?

--Muchsimo; fu mi maestro.

--Y  Rosario Molina?

--Tambin. Pobrecita!... Muri estando yo en Pars...

La viajera se haba levantado y miraba  su interlocutor azorada.

--Claro es--dijo tras una breve pausa,--que si conoci usted  Rosario,
conocera tambin  su ntimo amigo Daniel Santana, el pintor...

--Cmo no?...--interrumpi el anciano admirado de que aquella vieja tan
mal trada por la suerte le hablase de tantas personalidades
ilustres;--Daniel y yo nos quisimos como hermanos...

Contemplronse perplejos, agradecindose el inesperado bienestar y suave
contento que mtuamente se proporcionaban.

--Indudablemente--exclam ella,--nosotros nos conocemos; usted se
llama...

--Mariano Guzmn.

--Mariano Guzmn!--repiti la anciana cruzando las manos;--oh, s!...
Hemos hablado muchas veces en el estudio de Daniel... Mas... cmo
conocerle  usted despus de tantos aos?

Le miraba maravillndose de encontrarle en aquel sitio y tan viejo, con
su gabn rado y salpicado de manchas, sus zapatos desgobernados y su
rostro de hombre muy vivido, macilento y triste... El la observaba
tambin adivinando sus pensamientos.

--Y usted--pregunt--quin es?...

--Elisa Marcial, la modelo que tuvo Daniel para sus cuadros _Safo_ y
_Venus dormida_, premiados con medalla de oro en la Exposicin de
Pars...

Posedo de verdadera emocin, Mariano Guzmn se aproxim  su
interlocutora para examinarla mejor.

--Elisa, Elisa!--repeta;--ah, que cambiada est usted!... Usted es
la mujer ms hermosa que he conocido!...

Hablando as la cogi familiarmente por los hombros, admirado de verla
tan vieja, con su frente rugosa, sus ojos hundidos y su semblante
alargado y marchito por el sufrimiento...

--No hable usted, Mariano--repuso ella en voz baja,--de mi antigua
belleza, ya que ahora slo soy la caricatura lamentable de lo que fu:
los aos crueles trocaron mi gentileza en fealdad, mis ilusiones en
desencantos, y en miseria mi fastuosa opulencia de otros tiempos.
Oh!... de Elisa Marcial ya no resta nada, nada... Ni el recuerdo!

El viejo actor alz los hombros.

--Ni un recuerdo!--murmur;--dice usted bien... Tampoco se acuerda
nadie de m!...

Continuaron hablando, repitiendo nombres de camaradas muertos y evocando
sus efmeros triunfos de viejos dolos abandonados.

Sin hogar, sin familia, sin otra esperanza que la de hallar en sus
pueblos algn pariente que les amparase hasta que viniese para su
desvalida vejez la hora del eterno descanso, olvidaban su porvenir
hambriento y desnudo para mejor evocar aquel pasado luminoso, tan frtil
en aventuras y en ilusiones, que llenaba su vida.

Mariano Guzmn, cuyo nombre figur en las pginas ms brillantes de
nuestro teatro, era una especie de dios cado. Hubo un tiempo en que la
fortuna le acarici y encumbr como  hijo predilecto; los mejores
dramas fueron estrenados por l; los actores imitaban sus actitudes, su
voz, sus gestos, y rindi  muchas mujeres prendadas de su gallarda
apostura y altos merecimientos artsticos... Despus, la estrella de sus
aventuras empez  eclipsarse: vinieron los disgustos con compaeros
poderosos que le envidiaban, las malas contratas, las excursiones
provincianas que tanto gastan y achabacanan  los buenos artistas, los
viajes  Amrica, los amores desgraciados que exprimen el alma...
Insensiblemente fu quedndose sin figura, sin memoria y sin voz; ya no
hallaba aquellas exaltaciones trgicas, aquellos gestos sublimes conque
antao venca la silenciosa hostilidad de las muchedumbres; su genio
declinaba. Cuando regres  Madrid, el pblico no quiso reconocerle y
tuvo que marcharse. Desde entonces, la vida fu para Mariano Guzmn el
descenso humillante de un Calvario interminable; siempre rodando de un
lado  otro, siempre bajando; hoy un poquito, maana un poco ms... Y al
fin, cansado de tan largo combate, sin dinero, sin hijos, volva al
miserable pueblecillo de donde cincuenta aos antes le sac su ambicin,
con la vaga esperanza de hallar un hermano labrador  quien nunca haba
escrito...

Mientras el anciano hablaba, su interlocutora haca con la cabeza signos
melanclicos de asentimiento.

Ella tambin haba luchado y contribudo eficazmente  la elaboracin de
muchas preclaras reputaciones artsticas.

Elisa Marcial fu una de las mujeres ms hermosas de su poca: la copia
de los cuadros que su guapeza inspir se vendieron  millares, y no hubo
aficionado para quien el cuerpo de la clebre modelo tuviese secretos:
arrogante y esbelta como la Duval, de Grome; voluptuosa y sensual como
aquella Adriana, que el genio de Rall ha legado desnuda  la
posteridad: con sus hombros redondos, sus pechos duros de virgen
salvaje, su talle anillado y sus caderas amplias y mrbidas de mujer
ardiente... Elisa recorri las principales ciudades europeas, luego fu
 Amrica, en brazos de un millonario brasileo, y cuando regres 
Madrid, muchos aos despus, comprendi que la brillante novela de sus
triunfos terminaba.

Haba menos luz en sus ojos cansados, menos frescura en sus labios,
menos gallarda en su cuerpo. Varios de sus amantes eran muertos; otros
la trataban con cierto aire de compasiva proteccin, como  una vieja
amiga con quien slo puede hablarse de lo pasado; algunos, cuando la
encontraban en la calle, miraban  otra parte, esquivando el trabajo
intil de saludar  una mujer fea...

--El tiempo--agreg Elisa Marcial--haba dispersado la alegre comparsa
de mis amigos y era intil querer reconquistarles. En ese Madrid,
testigo de mis triunfos gloriosos, quise morir; pero la miseria no me
permite satisfacer este ltimo capricho y regreso  mi pueblo, donde me
espera una sobrina de quien guardo algunas cartas...

No dijo ms y aquellos dos nufragos ilustres  quien el espantoso
vendaval de la vida arrojaba sobre la misma playa, se contemplaron en
silencio; un silencio elocuente, lleno de confesiones. Despus, l
pregunt:

--No tiene usted hijos?

--No.

--Yo tampoco...

Sus amores, como sus triunfos artsticos, fueron estriles. Aquello
pareca una maldicin.

--No nos queda nada--agreg Guzmn;--nada... Ni siquiera un hijo que
nos recuerde!

Permanecieron mudos, pensando en aquel Madrid lejano que aplaudi sus
victorias y encumbramientos, y que al verles viejos les arrojaba lejos
de s. Los escritores pueden holgarse de haber compuesto un libro que
perpete su nombre; pero, qu resta de los actores muertos, y qu de
las modelos  quienes el tiempo priv de encantos?

--Todo ha concludo para nosotros--murmur Guzmn.

--Todo--repiti Elisa!

Hablando as, aquella mujer  quien un millonario brasileo sedujo en
Pars envolvindola en pieles de marta, tiritaba bajo sus viejos
vestidos agujereados. De repente se oy ruido de caballos y de coches
que se acercaban.

--Ah estn las diligencias--dijo el actor,--vmonos.

Y salieron. En la penumbra indecisa del amanecer apareca la carretera
que se alejaba serpeando hacia el horizonte neblinoso. A la izquierda
quedaba la va frrea sepultada entre dos ribazos, semejante al cauce de
un enorme torrente seco. Las diligencias slo se detenan all algunos
instantes, los indispensables para recoger las cartas que hubiese. Los
dos ancianos se contemplaron con angustia, deplorando separarse despus
de haber reverdecido tantos recuerdos. Sin embargo, era preciso.

--Adis, Mariano--dijo ella,--hasta otra vez...

Sus ojos brillaban cubiertos por un velo de lgrimas. El apret
convulsivamente entre sus manos la mano flaca y yerta de su
interlocutora y se alej sin responder, avergonzado de que le viesen
llorar. Cada uno pareca llevarse el pasado del otro. Cuando las
diligencias partieron en opuestas direcciones, los dos viejecitos,
asomados  las ventanillas de sus vehculos, agitaron sus pauelos
dndose el ltimo adis, dejando tras s esa melancola inexplicable de
todo lo que huye...




LO INCONFESABLE


Fu una de esas conversaciones inolvidables, vibrantes, casi trgicas,
que la emocin parece grabar en la memoria  golpe de martillo y de
cincel.

Hablaban de amor; de los que se casan por cario  por inters, de los
hombres que traicionan  sus mujeres, de las esposas que burlan  sus
maridos... Esta ltima variante del dilogo sugestion la atencin de
Luis; su turbulento corazn enamorado y celoso fu exaltndose, y tras
algunas plegueras y circunloquios retricos, que procuraron velar la
salvaje vehemencia de los sentimientos, exclam:

--Dime, t seras capaz de engaarme?

Ella, riendo, le ech los brazos al cuello.

--Yo! Engaarte yo?...--exclam;--has perdido el juicio?...

Luis hizo un gesto vago de hombre experto  quien el mundo ense a
dudar de todo.

--Oh, no te ras!--dijo--la vida ofrece miradas de peligros que una
locuela como t no puede prever, y lazos y aagazas sin nmero... No
creas que pongo puertas  tu virtud... Pero advierte que si
alambicsemos la historia ntima de los mejores matrimonios, acaso
hallsemos en todos algn secreto horrible; un capitulo inconfesable,
una de esas pginas que no pueden leerse sin rubor... No, Fernanda, todo
no se sabe... Hay muchos adulterios que se conocen, pero tambin hay
otros que quedan ignorados perpetuamente, crmenes fortuitos, sin poesa
y sin fecha, cuyo afrentoso secreto baja al sepulcro con los criminales.

Y agreg, anhelando obtener un juramento, una promesa, algo, en fin, que
aquietase aquella roedora comezn de su espritu.

--Responde, Fernanda: si andando los aos la fatalidad te colocase en
una de esas situaciones supremas en que el deber perece  manos de la
fuerza, me lo diras? Tendras valor para decrmelo?...

Hubo una pausa; la joven, cuyo espritu inocente se meca muy lejos de
los siniestros linderos de lo inconfesable, murmur con ese valor
temerario de los nios:

--S, lo dir todo... Por qu no?... Te lo juro.

       *       *       *       *       *

Mucho tiempo despus, Fernanda llegaba al apogeo de su vida y de su
belleza: alta, gruesa y majestuosa como una deidad pagana, con pomposas
caderas desarrolladas por la maternidad y grandes ojos ardientes.

Hasta entonces Fernanda, tanto por cario como por costumbre, no tuvo
secretos para su marido; haba hecho de l su madre, su confesor, hasta
que una vez... conoci lo incomunicable, lo que no puede decirse.

Felipa Godoy, la mejor amiga de Fernanda, tena un amante  quien slo
vea de tarde en tardo y  trueque de innmeros peligros, y necesitaba
una compaera que la sirviese ante su familia de pretexto  escudo de
salidas. Aquel asunto los dos amantes lo discutieron minuciosamente, y
convinieron en que Fernanda era la nica mujer que, por su reserva y
varonil discrecin, poda ayudarles.

--T la confiesas nuestro secreto sin ambajes--dijo l,--y conmuvela
describiendo la inmensidad de nuestro cario, los obstculos que nos
separan, tus sufrimientos... Di tambin que lo nico que solicitamos de
su amistad es que te acompae alguna que otra vez...

Prosigui sonriendo con gesto burln.

--Ms adelante y  fin de que estos paseos no la aburran, buscar algn
muchacho que la acompae.

Felipa Godoy, que conoca la virtud austera y sin mcula de la joven,
protest:

--No digas tonteras, no la conoces; Fernanda es incapaz.

--Oh, quin sabe!...

--Quiere mucho  su marido.

Pero l continu refutando victoriosamente aquellas objeciones: era
preciso ser egosta para triunfar: Fernanda poda cansarse de ayudarles
 reir con ellos, en cuyo caso quedaban  merced suya: convena, por
tanto, tenderla un lazo; as las dos lucharan juntas, movidas por el
mismo inters y el cuerpo de la una garantizara la salud de la otra.

Felipa Godoy empez  ejecutar hbilmente todo aquel plan: refiri  su
amiga los secretos pormenores de su pasin, se apoder de su alma, la
conmovi, la hizo llorar.., y obtuvo cuanto guiso. Fernanda se ofreci
 protegerla: realmente, ella tambin deseaba estudiar por s misma
aquel mundo de los amores criminales que slo conoca de referencias.
Luego vi al amante de Felipa y le pareci simptico y muy galn... Y de
este modo, la inocente casada fu abandonndose por la pendiente
seductora de lo prohibido.

Pocos meses bastaron para que los tres fuesen muy buenos compaeros, y
entre tanto Luis no saba nada, porque Fernanda no quiso amargar
aquellas escapatorias rompiendo el hechizo del misterio.

El desenlace de aquel enredo, preparado con tanta calma y tan
diestramente, lleg de pronto.

--Maana por la tarde--dijo Felipa Godoy  su amiga,--Claudio y yo
merendaremos en la Bombilla; probablemente nos acompaar un amigo suyo
y, como supondrs, me aburrir horrorosamente, Quieres venir?...

Fernanda vacilaba.

--No seas perezosa--insisti Felipa;--reiremos mucho, bailaremos y
luego, al atardecer,  casita. Qu te detiene?

Aquello, en efecto, dicho as, no era grave; Fernanda prometi ir... Y
fu...

Julin, el amigo de Claudio, era muy ladino, habilsimo conversador,
buen bailarn; hablaron mucho, bebieron copiosamente... Desde los
primeros momentos Fernanda sinti que algo invisible agarrotaba sus
manos y sus pies, y empez  perder la confianza en s misma... Se
ahogaba: en aquel gabinetito tan perversamente aparejado para el amor,
no haba bastante aire respirable... A los postres Felipa y Claudio se
besaban sin reserva, y Julin, sentado junto  Fernanda, la hablaba de
amor apasionadamente. Esta, entontecida por los primeros vahos de la
borrachera, se arroj entre los brazos de su amiga:

--Por Dios--deca sollozando,--no me abandones, no me dejes sola, scame
de aqu...

Claudio la mir guiando un ojo picarescamente.

--Qu tienes?--pregunt besndola.

--No s...

--Ests enferma?

--No, pero me ahogo... tengo miedo, mucho miedo de quedarme sola...
Vmonos...

Ella ignoraba que las mejores pginas de las novelas amorosas las
escribe el Destino as, muy deprisa. Luego Fernanda y Julin salieron al
patio,  bailar; el aire clido de aquella tarde de Junio y los rayos
caliginosos del sol, concluyeron de trastornarla. El, entretanto, la
requebraba de amores; ella, con la enloquecida cabeza apoyada en su
hombro, le escuchaba sin comprender...

Cuando volvieron al gabinete, la joven apenas poda moverse; estaba
idiotizada.

--Qudense ustedes aqu--dijo Felipa;--Claudio y yo vamos  bailar...

Fernanda hizo un gesto desesperado, llamando  su amiga; pero Julin
cerr violentamente la puerta y ella qued  merced de aquella bestia
encelada, terrible, que hablaba de amor...

       *       *       *       *       *

No, jams torn  ver al hombre que en un momento de embriaguez la rob
la honra y el sosiego! Pero aunque fu frgil, contra su deseo y la
fuerza disculpaba su cada, Fernanda, batallando  solas con su
remordimiento, no poda disculparse.

Ya no era la misma! Haba ocurrido algo enorme, lo ignorado, lo
inconfesable!... Recordando la promesa que un da hizo de decrselo todo
 su marido, quiso revelarle tambin aquello para dar treguas  su
delirante obsesin, y no pudo; un fro mortal paralizaba su lengua: los
conceptos se cristalizaban en el cerebro... Estaba delante de lo
incomunicable, de lo que no puede decirse, de lo que nadie sabe decir...

Y muchos aos despus, cuando las tres nicas personas poseedoras de
aquel secreto haban muerto, Fernanda, ya vieja, aun no estaba curada de
su remordimiento. La costumbre de fingir la torn pusilnime, suspicaz y
recelosa; tema que algn accidente imprevisto revelase el criminal
misterio de su vida, y cuando su marido la miraba fijamente,  cuando
vea  su hija engalanarse para ir al baile, la pobre madre, condenada
voluntariamente al obscuro papel de hembra pasiva, bajaba los ojos
confusa, avergonzada, murmurando:

--Dios mo... si lo supieran!...




EL AMIGO


Norberto Brito fu paladn esforzado de la libertad: defendila en la
prensa, desde la tribuna y, ms de una vez,  mano armada, blandiendo un
garrote  tremolando una bandera  la cabeza de los motines populares, y
por ella vi confiscados sus bienes y padeci injusticias, destierros,
persecuciones y otros fieros reveses y malandanzas.

A consecuencia de un violentsimo artculo publicado en el tercer nmero
del semanario _El Terremoto_, Norberto Brito fu detenido y llevado en
una cuerda de presos, como salteador de caminos  solapado hurtador de
relojes,  la Crcel Celular de Madrid. Al da siguiente, Paulina, su
mujer, y los ocho amigos que con l fundaron y redactaron _El
Terremoto_, acudieron  verle. Brito ocupaba en el departamento de los
polticos la letra K. Era una celda rectangular, con las paredes
estucadas y un amplio portaln abierto sobre una galera bien soleada
por donde iban y venan, la cabeza baja y las manos cruzadas atrs,
otros dos reclusos; el mobiliario lo componan un lecho y un lavabo de
hierro, una mesita y un slido butacn canongil de elevados brazos y
ancho respaldo.

All estaba Brito, de pie, las manos metidas en los bolsillos del
pantaln:  travs de la ventana abarrotada del locutorio, apareca su
silueta elevada, triste y enjuta; rgido dentro de su largo _chaquet_
como un signo admirativo: los negros cabellos cubran la frente,
llorando sobre el rostro cetrino, aviejado por la desilusin.

Norberto bes las mejillas de su mujer por entre dos barrotes; luego
estrech las manos de sus compaeros, Daniel Bala, Pedro Rico, Jaime,
Antonio... todos estaban all mirndole con ojos dilatados por el
inters y la curiosidad. Los ms ingenuos quisieron consolarle,
exhortndole  tener resignacin y buen nimo.

Brito, afectando cierta insensibilidad artstica, que juzg del mejor
tono, procur demostrarles que jams haba estado _tan_ bien. Para el
hombre vulgar, la prisin es un martirio; para el inteligente, para el
pensador, es un refugio. All, en la paz del siniestro edificio donde
los reclusos viven como los microbios en los poros de los cuerpos
muertos, el espritu puede reconcentrarse, el entendimiento y la
imaginacin se exaltan, se trabaja mucho mejor, se lee con ms
provecho...

--En esta celda--aadi,--prometo escribir dos libros por lo menos.

Aquellas afirmaciones que,  no ser falsas, acusaban un espritu
varonil, inaccesible al dolor, fueron recibidas de distinto modo;
algunos admiraron la fortaleza de Norberto, otros sonrean incrdulos;
Paulina y Pedro Rico escuchaban amablemente, pues de algo necesitaban
hablar, pero sin emocin, sabiendo cunto artificio haba en el fondo de
todo aquello.

A la tarde siguiente, ocurri lo mismo; Brito habl del da de su
excarcelacin como de algo problemtico y remoto; los amigos le
embromaron delicadamente, recordndole su estado de forzosa viudez;
Pedro Rico mir  Paulina mordindose los labios: ella rea impvida:
era una mujer delgada y pequea, con unos ojos glaucos y fros, de una
frialdad cnica. Norberto, manteniendo su empeo de parecer raro y
fuerte, torn  asegurar que jams sospechara la crcel tan hospitalaria
y agradable. Esta escena, con ligersimas variantes, se repeta
diariamente: Brito siempre apareca impasible, movindose tras los
barrotes de la ventana como un pjaro extrao; su cuerpo, sin embargo,
sufra la doble accin debilitante de la quietud y de la sombra, y sus
manos iban resfrindose: las manos, por el contrario, de sus compaeros,
que gozaban la vida de la libertad y del sol, estaban calientes.

La crcel ocupa en el plano de Madrid una situacin excntrica, y los
caminos que  ella conducen, no obstante ser hermosos y bien soleados,
padecen la huella  impresin de algo triste. Lentamente, los amigos de
Norberto comenzaron  cansarse de visitarle todos los das: primero
falt Antonio, quien achacaba su alejamiento  perentorios quehaceres;
luego Jaime...

Ante aquella desercin, Brito, siempre estoico y magnnimo, se cruzaba
de brazos; la humanidad es ingrata.

--Lo raro sera--agregaba parodiando  Heine,--que los amigos nos
acompaasen en la desgracia.

Pas el verano y el otoo iba ya de vencida; el viento era fro, las
nubes encharcaron las calles; la crcel, vista desde arriba, con su
enorme mole obscura, deba de parecer un galpago gigantesco, muerto
sobre el barro.

Los presos polticos pueden ser visitados todas las tardes hasta las
cuatro. Dos redactores de _El Terremoto_ que aun iban diariamente 
cambiar con Brito un apretn de manos, se aburran de aquel dilatado
homenaje amistoso: la celda, con su locutorio atravesado por un largo
banco de vieja gutapercha, lleg  parecerles una oficina donde nada
inesperado ni agradable poda aguardarles. Siempre experimentaban
impresiones idnticas; sus pisadas resonaban bulliciosas bajo la altiva
rotonda de la escalera; los espesos muros trasudaban hielo y pesadumbre;
los empleados de la penitenciara examinaban  los visitantes de extrao
modo como maravillndose de que aun tuvieran valor y constancia para ir
hasta all, aconsejndoles tambin con aquella mirada, que no
sostuvieran tal empeo, pues todo sacrificio era intil.

Arriba, en el locutorio K, las conversaciones no variaban: Brito,
siempre reciba  sus compaeros del mismo modo: en pie, agarrado  los
barrotes de la ventana, aparentando una entereza de nimo que la
flacidez y tristura de su rostro desmentan. A veces hablaban de los
amigos que ya no concurran all tildndoles de ingratos; pero todos,
ntimamente, les envidiaban, admirando su despreocupacin para
emanciparse de aquel vano y enojoso deber social.

Una tarde de Diciembre salan de la crcel Paulina, Daniel y Pedro Rico.

--Qu pocos vamos quedando!--exclam Pedro;--el mal tiempo y la
distancia han reducido los amigos de Norberto  monos de la mitad.

--As es--repuso Daniel.

Luego se despidi, subiendo precipitadamente  un tranva que pasaba.
Paulina y Pedro Rico continuaron andando lentamente, callados, la vista
fija en el suelo, como se sigue  los muertos. Sobre las calles hmedas,
desde el cielo sembrado de nubecillas blancas, un sol de invierno verta
su luz amarilla.

--Estoy triste--dijo ella;--quiere usted acompaarme  dar un paseo?

El repuso estremecindose:

--Vamos por donde usted guste.

La adoraba en silencio; con los ojos se lo dijo muchas veces; ella lo
saba y tambin le amaba. Fu aquel un paseo muy dulce, lleno de
voluptuosidades exquisitas y nuevas. Paulina habl de Norberto: era un
hombre fro que la acarre con su humillante despego disgustos
innmeros; ella necesitaba cario y reverdecer su juventud, procurndose
una pasin, una gran pasin que saciase las ambiciones del codicioso
pensamiento. Pedro asenta acercndose  ella, disfrutando la vecindad
de aquel cuerpo fcil. Tan agradable paseo lo repitieron en los das
sucesivos; las tardes eran tibias, el sol caa  plomo sobre los caminos
poblados de chiquillos y nieras, con delantales blancos. Daniel Bala
haba escrito  Norberto asegurndole hallarse enfermo de cuidado y
rogndole imputase  esto, que no  indiferencia  censurable olvido, su
ausencia y eclipsamiento.

Ella apret ms las ligaduras que ya unan  Pedro Rico con el preso:
Norberto reconoca que su compaero era un hombre de corazn y un
camarada excelente, ya que en el hospital y en la crcel, segn el
adagio, es donde se conocen los amigos buenos. De esto habl con su
mujer varias veces; la joven afirmaba levemente moviendo la cabeza,
pensando que si los otros se marcharon fu porque ella no les retuvo.

Todos los das, al salir de la crcel, Pedro y Paulina, seguros de su
impunidad, paseaban los campo de la Moncloa. Una tarde regresaron 
Madrid casi de noche, y l estaba muy plido y ella muy roja... y con
los cabellos manchados de tierra. La primavera volva; los rboles
comenzaban  cubrirse de brotes nuevos; de pronto, en la lejana del
nebuloso horizonte, apareci la crcel, imponente tras sus altos
murallones de ladrillo.

--All est--murmur la joven.

Rico repuso:

--No mires, djale...

Y siguieron adelante, oprimindose las manos.

Aquel ntimo enredo de amor pas; Norberto Brito nada supo, y cuando
habla de Pedro, la emocin ms sincera nubla su voz.

--Jams olvidar sus favores--dice;--cuando estuve preso, no dej de ir
 verme ni un solo da. Es mi mejor amigo.




EN PRESIDIO


El acusado, sentado en el fatal banquillo por donde pasan los que un
arrebato de codicia  de clera puso fuera de la ley, escuchaba el
terrible informe acusatorio del fiscal con los ojos fijos en la tierra,
que le atraa como reclamando ya la inmediata posesin de aquella pobre
carne condenada al patbulo. Era un mozo de veintiocho  treinta aos,
moreno, con cejas fuertes y pupilas brillantes y sangrientas como
brasas; la cabeza cuadrada y terca, los hombros anchos, las manos cortas
y gruesas de matador que no tiembla al herir...

El fiscal terminaba su discurso pidiendo para Gerardo Lpez la pena
capital. El crimen del acusado era una de esas terribles hazaas que, de
cuando en cuando, rompen la uniformidad de la vida diaria, calofriando
la sociedad con un estremecimiento de horror. La tarde del crimen,
Gerardo lleg  su casa inopinadamente, cuando todos le crean en la
fbrica; la puerta estaba entornada; aquello le sorprendi... Dentro, en
la pequea habitacin que serva simultneamente de gabinete y comedor,
resonaban las confusas voces de un hombre y una mujer. El marido avanz
cautelosamente sobre la punta de los pies, conteniendo el aliento... Al
llegar al trmino del pasillo, reconoci  los que con tanta vehemencia
y misterio discutan: eran su mujer y don Cleto, el casero,  quien
adeudaban tres meses de alquiler: l, sofocado por el torvo deseo carnal
que le oprima la garganta, jadeaba asegurando que todo aquello tendra
fcil arreglo si ella era complaciente... La esposa le rechazaba
enrgicamente, sintiendo que aquella innoble proposicin flagelaba su
rostro como un ltigo. Entonces don Cleto arremeti  la joven
empujndola hacia un sof. Este fu el momento elegido por Gerardo Lpez
para perpetrar su crimen: sin pensar que  la generosidad de su vctima
deba haber dormido bajo techado aquellos tres ltimos meses, cay sobre
ella derribndola al primer mazazo de sus manos hercleas; luego le
cogi por el cuello, arrastrndole, magullando su ensangrentada cabeza
contra los muebles y, finalmente, le mat arrojndole  la calle desde
la altura de un cuarto piso...

El fiscal allegaba y zurca malvolamente cuantos puntos eran ms 
menos hostiles al acusado; pues Gerardo estaba seguro de la fidelidad de
su mujer, sus celos no tenan disculpa ni explicacin legtima: Lpez,
en vez de ceder  la ira, debi limitarse  despedir al casero y
presentar contra l la oportuna denuncia; para algo vivimos en una
sociedad civilizada y bajo el amparo de cdigos sabiamente compuestos...

El abogado defensor comenz su discurso coronndolo con prrafos
brillantes y ampulosos enderezados  conmover la honrada sensibilidad
del Jurado.

Gerardo Lpez no era un criminal, s un hombre de arrestos y de honor:
examin sus antecedentes sin tacha y su existencia metdica, consagrada
al trabajo y al cario de aquella mujer que era todo su bien, su
familia, su consuelo y su esperanza; y luego pintaba con frases cortadas
y duras, como golpes de escoplo, el trgico cuadro de la lucha: al
propietario, crapuloso y obsceno, invocando, para vencer la honrada
resistencia de la pobre obrera, sus ttulos de acreedor, y cayendo
despus bajo los puos de Gerardo Lpez, que defenda lo suyo, la mujer
que era para l deleite y arrimo, compaera santa en sus fieros combates
por el pan, consoladora como un amigo, bondadosa como una madre...

Al llegar cierto momento en que el abogado invocaba el derecho
indiscutible que su defendido tena para hacer lo que hizo sin acordarse
del Cdigo que, como todo lo reglamentado, es muerto y fro, Gerardo
Lpez, fuera de s, le interrumpi para exclamar:

--Sobre todo, antes que hombres civilizados... somos... hombres!

No supo decir otra cosa, pero l se entenda; su defensor tambin le
comprendi y aquella interrupcin le sugiri una improvisacin
elocuente. Gerardo, sin ms luz que la de su buen instinto, haba dado
en el hito: antes que hombres civilizados... somos... hombres; seres
que saben sentir intensamente, y querer hasta el sacrificio heroico y
odiar hasta el crimen; de poco sirven los cdigos cuando la pasin se
revuelve y estalla. En los trances supremos, el instinto independiente y
dominador del macho primitivo despierta; qu hombre, viendo amenazados
el honor  la vida de su madre  de su esposa, podra reprimir el
impulso vengativo de todos sus nervios para invocar framente el socorro
de la ley?...

El fiscal se levant  ratificar; su despiadada inspiracin tuvo
prrafos de terrible y abrumadora elocuencia; el Jurado se declaraba en
su favor; Gerardo Lpez fu condenado  cadena perpetua.

       *       *       *       *       *

Pasaron muchos aos; don Vctor, el fiscal que envi  Gerardo 
presidio, se haba retirado del foro para casarse y dar  los ltimos
aos de su vida algn reposo.

A pesar de sus cincuenta y cuatro aos, don Vctor se conservaba fuerte
y erguido dentro de su levita negra, amplia y larga; viva en un
hotelito, cerca del Hipdromo, en medio de su vasto jardn con callejas
enarenadas y frutales que la primavera cubra de flores; Joaquina, su
mujer, que apenas contaba veinte mayos, pareca adorarle y su temprana
juventud le prometa herederos robustos que, por ciertos indicios
inequvocos, no tardaran en llegar.

Muchas noches don Vctor, sentado ante su mesa de trabajo y rodeado de
estantes atiborrados de libros, recordaba aquel pasado de luchas que iba
alejndose, como algo que se hunde en una noche sin fin;  veces
Joaquina le acompaaba, leyendo una novela bajo la luz del quinqu. Don
Vctor, sumido en delicioso emperezamiento, comparaba su existencia
actual, tranquila y feliz, con las luchas de otros das. A su alrededor,
dormidos en la penumbra de los estantes, reposaban los centenares de
volmenes que guardaban cuanto acerca de las injusticias y derechos
humanos se ha escrito, y en los cuales l aprendi el ingrato arte de
mandar gente  presidio  al patbulo:  ratos, evocando los bizarros
extremos de su verbo brillante y fro como la cuchilla de una
guillotina, le asaltaba el temor de haber sido cruel, y reconstitua
escenas: el reo sentado en el banquillo, con la cabeza cada sobre el
pecho, cual si la oratoria implacable del fiscal le patease el crneo; y
l en pie, empujando saudamente hacia el castigo la conciencia de los
jueces. Pero no; l siempre fu justo; l nada legisl; se haba
circunscripto  ser el representante de la legalidad, la encarnacin del
Cdigo, la voz temerosa de aquellos libros cerrados. S; l fu justo y
bueno: sin esto no se conceba que el Destino recompensase sus afanes
pretritos rodendole ogao de tantos agasajos: aquella mujer joven,
dulce y bonita, aquel hotel que en las noches estivales dorma bajo la
luz blanca de la luna, entre un bosque de frutales y sobre un odorante
tapiz de flores era el condigno premio  sus esfuerzos en pro de la
humanidad honrada.

Y don Vctor crea que su felicidad sera eterna, como el suplicio de
los condenados  cadena perpetua.

Transcurrieron doce aos; el anciano fiscal, embebecido en el cario de
su mujer y la crianza de su hijo nico, no visitaba  sus viejos
compaeros, que tambin le haban olvidado; su antiguo prestigio era
agua pasada.

Un da, al regresar  su hotel  hora desusada, le impresion
dolorosarnente oir en su gabinete un murmullo indefinible de
conversaciones y de risas: don Vctor subi las escaleras de puntillas;
Joaquina hablaba con un hombre  quien el fiscal procur intilmente
reconocer por la voz: don Vctor se deslizaba lo largo del pasillo, y al
llegar  la puerta de su despacho se detuvo y aplic el odo... Oy una
frase amor, luego otra... y sus mejillas ardieron con el incendio de la
vergenza y de la ira. Fuera de si allan la habitacin, babeando,
agitando los brazos, como un oso herido que zarpea. El amante cobarde
huy, saltando por la ventana, Joaquina, abnegada y heroica, protegi su
fuga, colocndose tras l, defendindole con su cuerpo. Don Vctor, se
arroj sobre ella, la derrib al suelo, pate su vientre, sus entraas
traidoras, oprimi su garganta hasta estrangularla. Despus se levant
aturdido, pero satisfecho de s mismo, parecindole respirar mejor, y
pase en torno suyo una mirada estpida, sin comprender el mudo lenguaje
de aquellos centenares de volmenes que le acusaban recordndole que la
venganza de todas las afrentas, como l tantas veces haba dicho, no
estaba nunca entre las manos del ofendido, sino en los tribunales de
justicia... Pero, pasados algunos minutos, don Vctor crey oir aquella
voz que llenaba su juventud, y por primera vez el anciano fiscal tembl,
reconocindose injusto y fri y cruel...

Don Vctor fu preso; sus antiguas relaciones no le favorecieron; el da
de la sentencia el representante de la ley le atac furiosamente y la
defensa fu mala. Don Vctor fu condenado  tres aos de presidio.

La noche en que el viejo fiscal lleg  la penitenciara, le impresion
un semblante moreno, de ojos ardientes y grandes y poderosas cejas, al
que estaba seguro de haber visto otra vez...

--Es usted Gerardo Lpez?--pregunt.

--S, seor.

El antiguo recluso,  su vez, reconoci en aquel viejecillo  quien la
fatalidad pareca haber encorvado repentinamente, al fiscal que le
conden.

--Y usted--dijo,--es don Vctor?...

Don Vctor comprenda entonces lo que jams pudo entender; y las
palabras con que el obscuro presidiario haba querido defenderse
volvieron  su memoria.

--Aqu estamos los dos--exclam el viejo magistrado;--tena usted razn
al decir que, antes que hombres civilizados... somos... hombres. S, fu
injusto con usted; no me guarde por ello rencor. Deme usted la mano...




LA CARTA


La anciana penetr en el despacho caminando gilmente, con paso
infantil, alocado y ligero.

--Esta era la habitacin favorita de mi pobre esposo--dijo;--todo est
segn l lo dej: la mesa de escribir, los estantes cargados de libros
que nadie ha vuelto  manosear desde entonces, la chimenea ante la cual
sola sentarse cuando ya estaba enfermo,  calentarse los pies; el
silln Voltaire donde dorma las siestas, y la panoplia con las espadas
y los floretes que el generoso Ricardo descolg tantas veces para
defender propios y ajenos errores. Oh, no puedo recordar sin pnico
aquellas maanas en que, tras una noche de ausencia, le vea llegar muy
plido y con los puos de la camisa salpicados de sangre!...

En el testero principal de la habitacin, y sobre un divn, haba un
retrato al leo de Ricardo Valds. La ptina del tiempo haba
obscurecido la pintura, y la cabeza, de color terroso, surga del fondo
negro, con su frente ancha, su nariz aguilea, su bigote donjuanesco,
retorcido y largo, como los que cortan el rostro de los guerreros de
Velzquez; los ojos grandes, desencantados y burlones... Aquel retrato
recordaba al turbulento aventurero de antao, procaz, enamorado,
vagabundo, que despus de casarse huy de Madrid poniendo el porvenir de
sus hijos y la felicidad de su mujer  los pies de una bailarina...
Rpidamente pas por mi memoria la silueta de aquel hombre cuya historia
fu unida  la ma durante muchos aos, y luego imagin sus ltimos
momentos terribles de cardaco, pasados all, bajo el rayo de sol que
ahora calentaba intilmente el silln vaco, junto  la esposa que
presenciaba la catstrofe desesperada, jadeante de dolor, despus de
perdonarle todas sus culpas.

--S, fu bueno--dijo Teresa, que sin duda iba leyendo en mis ojos mis
pensamientos;--pobre mo!... Nunca podr absolverme de los
remordimientos que, bien involuntariamente, le caus... Ricardo, con sus
locuras, me atorment mucho, pero tambin mis penas le heran de
soslayo, y estos sufrimientos que al fin le restituyeron  mis brazos,
aceleraron su muerte...

Despus aadi con el atolondrado regocijo del nio que va  ensearnos
una caja de juguetes nuevos:

--Venga usted: aqu, en esta gaveta, conservo varios recuerdos suyos:
retratos, pauelos y una carta... carta deliciosa, que me escribi desde
Pars, poco antes de volver  Espaa, herido ya mortalmente por la
enfermedad que haba de robrmele. Nadie sera capaz de quitarme este
papel; en sus renglones vive el alma de Ricardo,  veces impetuosa,
sentimental  ratos, siempre generosa y noble. Quiere usted leer?...

Y me alargaba un pliego de papel escrito con una tinta que ya pardeaba:
carta dulce y triste, de arrepentimiento y de amor, que haba recibido
muchos besos y sobre la cual se derramaron muchas lgrimas...

Deca as:

                          Pars, Mayo 18...

Pronto har cinco aos que nos separamos, y durante este largo espacio
de tiempo, apenas si se han cruzado entre nosotros una docena de cartas.

Oh ma, ma!... Crees que te he olvidado?...

No!... En medio de mis viajes y del abominable catlogo de mis locuras,
tu recuerdo viva en m inspirndome la dulce confianza de que hay entre
nosotros algo muy grande, indestructible, que nada, ni aun el mismo
Destino, puede romper. Ah!... Por qu no decrtelo, cuando estas
verdades crueles pueden servirte de infinita consolacin?... S, quiero
que lo sepas!... Siempre haba en la voz de mis queridas una inflexin
que recordaba la tuya: sta tena tus ojos, ardientes y melanclicos de
abandonada; aqulla tus cabellos negrsimos, estotra tus labios y tus
dientes; y por las noches, cuando me hallaba  solas en mi lecho despus
de gozar una alegra que siempre tuvo algo de postizo, tu imagen
amadsima volva  mi memoria poco  poco, acaricindome con el suave
perfume de tiempos lejanos, como una de esas sencillas oraciones que
aprendmos siendo nios y que nunca se olvidan... Y aquella oracin
deca que t me amabas tambin, que tus labios y tus brazos siempre
estaban abiertos para m...

Me engaar? Ser posible que el recuerdo de las horas felices que
disfrutamos juntos haya muerto en tu alma? Estoy enfermo, ma; el
corazn me duele mucho; me ahogo... Djame volver  ti!...

Te escribo desde un caf del boulevard; son las diez de la maana y
estoy solo; por la puerta entornada penetran rfagas de aire tibio,
bocanadas alegres, vigorizadoras, de la primavera que vuelve; el sol de
Mayo ha disipado las nubes, convirtiendo el suelo en un charco de ail.

Te quiero, ma!... Este ltimo invierno, con sus das de nieve y sus
bacanales nocturnas, pasadas en los comedores reservados de las fondas,
dej en mi memoria una impresin tristsima: recuerdo las mesas, con sus
manteles salpicados de vino, la silueta de los camareros silenciosos,
que salan llevndose los platos sucios y cerrando la puerta con el pie,
y las figuras de mis amigos: ellas tumbadas sobre los divanes, con los
corpios entreabiertos y los cabellos desrizados, cados sobre la
frente; ellos muy blancos, muy plidos, con esa palidez cadavrica que
agranda los ojos, levantando en alto sus copas de _champagne_, brindando
y riendo, con alegra fnebre de Pierrot... todo ello movindose en el
nimbo gris de las pesadillas.

Pero aqullo pas, la primavera est ah, y con la nueva sangre torna 
circular por mis venas el ardiente deseo de volver  ti: deseo tu alma,
hermana gemela de la ma, y codicio tu cuerpo, que  travs de los aos
y de la distancia, surge otra vez ofrecindome el hechizo de las
ilusiones insaciables.

Ma... deja que te llame as!... Necesito acariciar la esperanza de
volver  retratarme en tus ojos y que stos sabrn mirarme sin tristeza
ni reproches; que tus manos jugarn con mis cabellos, que tus labios
hmedos espantarn de mi frente los malos pensamientos, que sentir
sobre mi rodilla el peso y el dulce calor de tu cuerpo amadsimo; oh,
la muerte no me asustar si, cuando llegue, me encuentra dormido entre
tus brazos!

Adis, ma; perdona el mal que te hice y mame. Tengo sed de ti.

Cerr la carta doblndola por los mismos antiguos dobleces que ya tena,
y se la devolv  Teresa. Ella dijo:

--Separada de mis hijos por la distancia y de mi marido por la muerte,
esta carta constituye mi nica consolacin, la flor de mi juventud, la
voz adormecedora del ayer, el amuleto con que Ricardo borr todo el dao
que me hizo...

Mientras hablaba, los ojos de la pobre anciana brillaban en el fondo de
sus cuencas iluminados por un regocijo extrao; y yo la vea animarse,
sonreir desde el desamparado invierno de su vejez  la lozana juventud
perdida.

--No es cierto--aadi,--que esta carta es muy hermosa?

--S--repuse,--muy hermosa; consrvela usted...

       *       *       *       *       *

Slo yo conozco el secreto de aquella carta que quince aos antes
Ricardo Valds haba escrito delante de m.

Aquella maana Ricardo redact dos cartas; una cariosa y ardiente, para
la bailarina amada de su alma; y otra correcta, fra, plagada de lugares
comunes, para su esposa. Luego incurri en la distraccin, harto
frecuente, de cambiar los sobres. Yo, que haba sorprendido el engao,
se lo advert.

--De todos modos--contest Ricardo sonriendo,--ninguna de las
interesadas hubiese podido sospechar mi equivocacin, pues acostumbro 
no llamarlas nunca por sus nombres...

--En tal caso--exclam--no deshagas el engao; deja que la casualidad
realice sus planes. De todo esto puede resultar un gran bien.

Hubo una pausa.

--Quin sabe!--murmur Ricardo pensativo;--acaso tengas razn!...

Y el trueque qued hecho.

Pobre Teresa! Si ella hubiese sabido...




DECLARACION


Noche primaveral. Sobre el velador hay un elegante quinqu de mrmol,
vestido por amplia pantalla de muselina azul; de las paredes cuelgan
tapices estilo Watteau, con pastores y emperifolladas princesitas que se
enamoran sobre un fondo gris: los muebles son de felpa, bajos y muelles;
sutil esterilla de junco cubre el suelo; en el comedio de la habitacin,
suspendidos del techo por invisibles cabellos rubios, varios pjaros
disecados parecen sostenerse sobre sus alas extendidas; desde el balcn
abierto se abarca un ancho trozo de mar, mar calmoso cuyas olas
fosforean con vago y melanclico cabrilleo bajo la luz lunar. Del
horizonte asciende el gemido inmenso de la marea; suspiro doloroso que
llena el espacio remontndose hasta la regin inaccesible de las
estrellas inmviles.

_Personajes_:

ELISA.--Treinta aos, viuda. Regular estatura, pelo y ojos negrsimos,
labios tristes, frente distrada, ms que reflexiva. Ocupa una mecedora
junto al balcn.

CLAUDIO.--Cuarenta aos; elevada estatura, semblante de Greco, largo y
seco; uno de esos rostros ascticos que las ideas fijas empalidecen. Sus
miradas curiosean el espacio.

ELISA.--En qu piensa usted?

CLAUDIO.--No s... oa...

E.--Qu?

C.--Al mar.

E.--Las olas hablan, no es cierto?

C.--A ratos; esos dilogos que el hombre sostiene con la Naturaleza
dependen del observador, de sus nervios, del momento psicolgico que
atraviese... A veces los pajarillos, el viento, las nubes, dicen cosas
agradables, sin trascendencia, que hacen amable la vida; otras, de noche
especialmente, el mar y los cielos parecen revelarse  nosotros cual si,
temerosos de quedar eternamente ignorados, pretendiesen descubrirnos el
secreto de lo incognoscible, de lo que nunca podr saberse...

E.--Y ahora?... Qu dicen las olas?...

C.--Oh!... Cmo quiere usted que yo reduzca  palabras lo que apenas
cabe en la amplitud de mi pensamiento? El mar y los astros que sobre l
se reflejan, son para m imagen  fiel trasunto del amor, ideal supremo
del espritu. Todos los hombres de imaginacin llevamos un prototipo
femenino que provoca y presido la germinacin de nuestros amores; cada
cual tiene su Julieta, su Beatriz... De dnde surgi esa mujer,
arquetipo fantstico de toda belleza y de toda virtud?... Quin sabe!
Probablemente naci con nosotros, y luego adquiri forma con la lectura
del libro de versos que hojeamos una noche de fiebre,  con el retrato
de la diosa desnuda que vimos en la biblioteca de nuestro padre siendo
nios... Ms tarde, el recuerdo de ese ideal nos acosa, nos sigue 
todas partes y creemos verlo en cuantas mujeres tropezamos, porque 
todas ellas alcanza su luz. Esta es!... Decimos llenos de jbilo y no
sosegamos hasta obtener su amor; y despus, desvanecida la ofuscacin
del primer momento, el alma desolada murmura: No, no era ella!...
Comprende usted? La pasin siempre es nica; slo varia la forma  el
objeto en que dicha pasin se complace, as vemos brillar en todas las
olas la luz del mismo astro; mas como no hay en ellas nada estable ni
slido, su mentiroso cristal vara y la ilusin huye, y con ella la
serena luz robada  los cielos.

E.--De modo que las mujeres son para usted... olas...

C.--Esto es, olas del mar humano; olas poderosas que acarician, que
suelen llevarnos muy lejos y que, como las del Ocano, pueden darnos 
quitarnos la vida.

E.--Olas que pasan...

C.--Que pasan llenndonos de amargura el alma, pues slo reflejan
fugitivamente la luz del astro que nuestra generosa imaginacin colg
muy alto, en la serena regin donde los huracanes pasionales no llegan.
(=Pausa.=)

E.--Pobre Claudio! Usted es un nufrago! (=El la mira sorprendido, ella
prosigue.=) Un nufrago que bracea desesperadamente contra el turbin que
le arrastra.

C.--(=Con tristeza.=) Tal vez!

E.--Qu edad tiene usted?

C.--Ms de cuarenta aos.

E.--Cuarenta aos!... A esa edad todava el corazn y los msculos
conservan su vigor, pero la ilusin y la fe, brjulas  divinos orientes
del espritu ya se han apagado, y el horizonte obscuro es una amenaza,
una promesa siniestra. Si usted hallase un leo, un salvavidas  que
unirse!...

C.--(=Mirndola sorprendido, como despertando de un sueo.=) Ya le he
hallado.

E.--(=Con sbita alegra.=) Es posible?

C.--S.

E.--Quin?

C.--Oh!... (=La mira de modo singular, y luego baja los ojos
avergonzado.=)

E.--(=Tristemente.=) Bah! Para qu saberlo? Esa mujer... ser una de
tantas; reflejo que se extingue, ola que pasa...

C.--No, Elisa; se engaa usted;  mi edad la fantasa, domada por los
desengaos, no forja ilusiones. La mujer de que hablo... es la soada,
el ideal, la estrella que yo coloqu muy alto, all arriba... en el
cielo, donde nos esperan todos los seres queridos que ya han callado...
(=Pausa.=)

E.--Y ella, le quiere  usted?...

C.--(=Vacilando.=) No s.

E.--Nunca la descubri usted su pasin?

C.--Nunca.

E.--Y ella, sabe que usted la ama?

C.--(=Con firmeza.=) S.

E.--Es raro!...

(=Le mira de hito en hito; l desva los ojos, confuso.=)

E.--Hace mucho tiempo que la trata usted?

C.--Dos aos.

E.--Lo mismo que  m!

C.--(=Ruborizndose, temiendo haber dicho demasiado.=) Precisamente.

E.--(=Sondendole astutamente.=) Pues... pasin que tanto se oculta y
recata, no puede ser firme.

C.--Al contrario.

E.--Cmo?

C.--Porque ese amor es una esperanza... mi ltima esperanza!... y el
temor de perderla me aterra. Soy como jugador que malgast un capital,
como padre que perdi muchos hijos: la desgracia me acobarda, el recelo
de que esa ilusin se convierta en desengao y no en realidad, refrena
mi impaciencia: ella es mi ltimo duro, el ltimo hijo que puedo
perder...

E.--(=Pensativa.=) Comprendo su pensamiento. No obstante, yo, en su caso,
no sabra esperar; es tan cruel la incertidumbre!...

(=Pausa. En el silencio el rugido del mar llena los horizontes como eco
apocalptico de una voz lejana.=)

E.--Hable usted, Claudio, sea franco conmigo.

C.--Qu ms puedo decir?

E.--Conozco yo  esa mujer?

C.--(=Titubeando.=) S.

E.--Ah!... Quin es?

C.--Elisa, perdneme usted, no puedo decirlo...

E.--Basta. Cmo es? Se parece  mi?

C.--S... (=Con arrebato.=) Oh s!... Mucho!

E.--Tiene mi estatura?

C.--S.

E.--Y el pelo?

C.--Como usted.

E.--Y los ojos?

C.--Como usted.

E.--(=Fingiendo admirarse.=) Es extrao!... Dijrase que soy yo misma.
(=Pausa. Las mejillas de Claudio echan fuego.=) Y en el carcter tambin
se parece  m?

C.--Tambin.

E.--Su nombre?... (=El la mira suplicante.=) Tiene usted razn!... Haba
olvidado que debo saberlo.

C.--(=Tragando saliva.=) Por ahora no; maana...

E.--Maana, s?

C.--S.

E.--(=Riendo.=) Es usted un hombre original!

C.--No se burle usted de mi cortedad; es que as, de sopetn... no
podra... no sabra decrselo...

E.--Y maana?

C.--Maana... le enviar  usted su retrato.

E.--Ah!... (=Sorprendida.=) Tiene usted su retrato?

C.--No.

E.--Entonces...

C.--Es decir... (=Tartamudeando.=) Es... cmo explicarme?... es un
retrato que... slo usted puede ver.

E.--No comprendo.

C.--Ni yo acierto  expresarme mejor. (=Levantndose.=) Adis. Elisa.

E.--Quedamos, pues, en que maana quedar despejada la incgnita?

C.--(=Con firmeza.=) S.

E.--Palabra de honor?

C.--Palabra de honor.

(=Se despiden estrechndose las manos largamente.)=

Al da siguiente Elisa recibi el retrato prometido. Vena dentro de un
estuche. Era un espejito de mano.




UN CUENTO RARO


Yo diriga, por aquella fecha, un peridico diario de gran circulacin.
Era una madrugada de Enero: me hallaba en mi despacho, escribiendo 
vuela pluma la _ltima hora_. Los suelos estaban alfombrados, los
cortinajes de las ventanas corridos; en el hogar arda un buen fuego de
tuero y encina; el quinqu con pantalla verde puesto sobre mi mesa de
trabajo, proyectaba  su alrededor un cono luminoso: las manecillas de
un grave reloj de bronce colocado en la chimenea, bajo un almanaque de
pared, marcaban las tres de la madrugada.

La puerta del despacho abrise lentamente y un ordenanza anunci la
llegada de un caballero que deseaba hablar conmigo.

--Quin es?--pregunt.

--No s; no quiso decir su nombre. Asegura que necesita verle  usted
para un asunto urgentsimo y de mucha importancia...

--Est bien; que pase.

Permanec mirando impaciente  la puerta, irritndome contra el
desconocido importuno que vena  interrumpir mi trabajo. Luego mi mal
humor ces, trocndose en un sentimiento de curiosidad que haba de ir
en aumento. El recin llegado era un hombre alto, extraordinariamente
delgado, preso en un gabn azul. Representaba cuarenta aos: tena la
frente grande, el rostro enjuto, la barba canosa y mal cuidada, la nariz
aguilea, los labios desencantados y finos; sus ojos miraban con esa
expresin penetrante y fra de los marinos viejos acostumbrados 
interrogar el horizonte...

Saludme con una leve inclinacin de cabeza, y sin ms ambages se acerc
presentndome una docena de cuartillas.

--Tome usted--dijo,--es un cuento, acaso una historia... que acabo de
escribir.

--Un cuento!--repet admirado de que viniesen  ofrecerme  tales horas
un retazo de amena literatura.

--S--aadi mi interlocutor sin inmutarse,--un cuento precioso,
originalsimo, que debe publicarse en el nmero de maana.

--Usted est loco!--exclam riendo, ms sorprendido que irritado de
aquella exigencia;-- hora tan avanzada de la noche los peridicos
diarios slo pueden admitir telegramas y noticias de gran actualidad 
inters general.

--Es que mi cuento tiene actualidad...

--En ese caso...

Alargu la mano y cog las cuartillas que el desconocido continuaba
ofrecindome. Le d aquella contestacin ambigua que  nada me
comprometa, para que se fuese y quedarme tranquilo. El as lo
comprendi, porque repuso:

--Cumplir usted su palabra?...

Y me miraba, registrndome con los ojos el pensamiento. Yo, creyendo
realmente habrmelas con un loco, contest:

--S.

--Lo promete usted por su fe de caballero?

--Lo prometo... siempre que el artculo sea bueno.

--Entonces me voy tranquilo; el artculo es bueno; se publicar...

Di algunos pasos para marcharse; de pronto se detuvo dndose una
palmada en la frente, recordando algo muy importante:

--Mi cuento--dijo,--no est concludo, pero no importa... voy 
terminarlo dentro de un momento; falta slo una cuartilla, la ltima.
Cuartilla que traern, caso de que yo no pudiese volver, antes de media
hora.

Y sin darme tiempo  contestar, salud y sali del despacho como una
sombra, sin ruido.

--Decididamente--pens--ese hombre est loco.

No obstante, cog su artculo y empec  leer. Era un cuento
autobiogrfico muy raro, escrito con estilo enrgico y fcil, salpicado
de incongruencias deslumbrantes, que esclavizaron mi atencin. Lo le
rpidamente, de un tirn. Se trataba de un viejo libertino que, la noche
del ltimo da de Diciembre, haba querido epilogar la larga historia de
sus azarosos amores y romper definitivamente con todo su pasado. Para
ello coloc sobre la mesa de su despacho el baulito donde desde haca
muchos aos, vena guardando los trofeos que de sus diferentes mujeres
iba conquistando; retratos, pelo, guantes, cintas; flores marchitas,
restos melanclicos de primaveras remotas, zapatitos de seda que
recordaban algn baile de mscaras... El desengaado burlador quera
conservar cuanto perteneci  la amada muerta,  la inolvidable, y
romper el resto. De pronto, su mano febril tropez con la arquilla, sta
cay al suelo y los recuerdos de aquellos viejos amores quedaron
confundidos y revueltos en galimatas inexplicable. Cmo descubrir
entre los numerosos rizos de diferentes cabelleras morenas y rubias los
que pertenecieron  la muy amada? Cmo guardar el pelo de una mujer que
no quiso? Cmo tirar al arroyo los cabellos de la que am?... Y el
burlador senta la desesperacin trgica, desgarradora como un zarpazo,
del fantico que ve caer  sus pies y saltar en pedazos una imagen
bendita.

Desde hace tres das--aada el autor del cuento--vivo en una
incertidumbre cruelsima que trastorna el concierto de mis ideas. Dnde
estarn los cabellos de la muerta?... La silueta macabra del suicidio
bailotea ante mis ojos y sonre, mostrndome sobre su semblante de bano
unos dientes muy blancos y unos labios muy rojos, que convidan con el
ltimo beso...

No pude seguir; el regente de la imprenta llegaba pidiendo original.

--Cuntas columnas faltan para completar el nmero?--pregunt.

--Tres.

--Toma ese cuento y que vayan componindolo; falta una cuartilla que ir
en seguida...

Permanec solo, el ceo fruncido bajo la impresin poderosa de aquellas
cuartillas extraas, recordando el semblante lvido y enjuto de su
autor, y sus ojos inmviles que parecan inspeccionar lo definitivo...
Despus volv  la realidad, abismndome en el examen prosaico de los
telegramas que iban llegando. Eran las cuatro de la madrugada. Pas otra
media hora. El regente reapareci pidiendo la ltima cuartilla del
cuento... Me qued perplejo, no sabiendo qu hacer; el desconocido no
haba vuelto; la tirada del peridico iba  retrasarse por una
tontera...

En aquel momento lleg el _reporter_, que vena del Juzgado de guardia
con las ltimas noticias.

--Qu hay?--pregunt.

--Poca cosa; un incendio en la calle de... y el suicidio de un
caballero.

--Un hombre de cuarenta aos, alto, delgado, vestido con un gabn
azul?...

--S; cmo sabe usted?...

Entonces lo comprend todo; yo mismo redact la noticia; aquella
cuartilla era la que faltaba. El hombre raro no me haba engaado: su
cuento estaba hecho.




LA COMEDIANTA


Echado afanosamente sobre la barandilla del palco, con los ojos muy
abiertos y la mirada inmvil del desdichado que siente la angustiosa
atraccin de los abismos, Claudio Roldn espiaba las movimientos de
Matilde, la actriz prodigiosa en quien hallaban eco todas las notas de
la gama sentimental: el cario y el odio, la duda y la fe, los arrebatos
del deseo y el amor reservado y discreto de las vrgenes....

Matilde estaba en la plenitud de sus facultades y en el apogeo de su
belleza. Su voz, clara y dulce, resonaba en el teatro con inflexiones
suaves, resbalando cariciosa sobre la cabeza de los espectadores
atentos; luego, en los recitados, la tiple se metamorfoseaba en
verdadera actriz; el genio hermoseaba sus ojos; una sonrisa dulce, como
promesa de amor, embelleca sus labios; su rostro brillaba bajo el casco
de sus cabellos rizosos y sus ademanes adquiran elegancia y desenfado
encantadores... Y mientras Matilde representaba, Claudio Roldn,
fascinado, iba acercndose  la barandilla del palco, adelantando el
busto, alargando el cuello con un embeleso en que haba algo fatal.

Aquella pasin fu creciendo, ponzoosa y devoradora como un cncer, y
Claudio ya no pudo resistir la tentacin de conocer personalmente 
Matilde. Un actor amigo suyo se ofreci  presentarle, y aquella misma
noche, durante un entreacto, Roldn fu al cuarto de la actriz. Era un
gabinete monsimo, tapizado de azul, sobre cuyas paredes la luz de una
lamparilla elctrica verta suave resplandor nimbado.

La presentacin fu breve y expresiva:

--Aqu tiene usted  Claudio Roldn, escritor de gran corazn, buen
amigo y buen artista...

Claudio encomi la hermosura y el talento de la actriz; ella responda
sonriendo, halagada, entornando los prpados modestamente; y estaba
seductora con sus ojos perversos de mujer muy vivida, que todo lo sabe,
su entrecejo pensativo, su traviesa naricilla de artista y sus labios
finos, alegres y dulces, como un epitalamio...

Aquella primera entrevista sirvi de prlogo  otras muchas, y lo que en
un principio fu aficin discreta y suave, trocse bien pronto en
furioso deseo. Claudio am  Matilde con pasin frentica: am sus ojos
negrsimos, sus labios que,  pesar del fuego calcinante de las
pasiones, se mantenan purpurinos y frescos como los de una virgen que
nunca ha besado; la dulce expresin de su rostro, siempre propicio  la
risa; su cuello oculto bajo la brillante cascada de sus cabellos negros;
su cuerpo prodigioso, ramillete de femeniles hechizos... Claudio am
todo esto en Matilde, y contribuy  fortalecer su pasin la perfecta
identidad moral y fsica que hall entre la actriz y la mujer que
inspir sus primeros amores y que muri llevndose  la tumba la dorada
primera juventud de Claudio Roldn. La presencia de Matilde retrotraa 
la memoria del escritor los aos pasados; volvi  sentirse mozo y 
reconocerse capaz de vencer la corriente fatal de las cosas, tornando 
vivir lo ya vivido, si, como supona, Matilde se prestaba  ayudarle.

Durante varias noches consecutivas, Claudio Roldn fu al cuarto de la
actriz resuelto  descubrir el misterio de su cario; pero nunca se
atrevi, acobardado bajo la mirada zahor de aquella mujer en cuya
historia no se insinuaba el recuerdo de ninguna pasin, y que siempre
pareca recibirle con cierto agasajo desdeoso y burln. Al fin,
convencido de que no saba hablarla, resolvi escribirla: fu una carta
admirable que compendiaba todo un drama de amor. En ella se advertan
contradicciones encantadoras. Temiendo la posibilidad de que la actriz
contestase  su declaracin con una negativa rotunda, el tmido amante
disimulaba el verdadero alcance de sus deseos con una modesta peticin.

Yo, pobre y obscuro, cmo he de abandonarme  la ilusin de llegar 
usted, rica, feliz y envuelta en el nimbo glorioso de sus triunfos
artsticos?... No, Matilde, yo no aspiro  tanto: mis ambiciones se
reducen  conversar con usted algunas horas; no en su cuarto, donde
nunca faltan visitantes importunos que me molestan, sino por ah, 
solas, donde pueda yo dar libre curso al flujo tempestuoso de mis
pensamientos.

No desoiga usted mi ruego, Matilde; usted es artista y los artistas se
deben al pblico; y, pues usted procura agradar y divertir  los
espectadores que acuden al teatro, por qu no haba usted de resignarse
 divertirme  m solo algunos momentos?... Aparte de que usted no ser
para m necio divertimiento ni pasatiempo vano, sino preciossimo rayo
de luz, de cuyo benfico calor quedarn en las yertas lobregueces de mi
vida imperecedero recuerdo...

Continuaba hablando de su melanclica existencia de artista pobre, de
sus ambiciosos ensueos, no realizados an, y agregaba:

Necesito que pasemos una tarde juntos, como si fusemos amantes: yo la
esperar en un coche de alquiler que nos llevar  un caf de los
arrabales. Ya s que tiene usted coche propio, mas no puedo subir  l;
porque ese coche lo compr usted con el dinero que gan divertiendo al
pblico, y estoy celoso de esas rfagas de deseo que palpitan en el
aplauso de las multitudes: creo que en ese vehiculo, sobre cuyos muelles
asientos usted se adormece cuando sale del teatro, yo me ahogara...
Durante esas tres  cuatro horas que su bondad me otorgue, hablar
libremente... es decir, hablaremos; porque tambin necesito que usted me
trate como  un viejo amigo, y nos tutearemos, si su condescendencia
para conmigo llega  tanto... Y si durante esta conversacin soy tan
menguado que no acierte  decir  usted nada que la interese, tiene
usted derecho para despedirme...

Cuando aquella noche Claudio Roldn se present en el cuarto de Matilde,
sta le recibi sonriendo:

--He ledo su carta--dijo;--es usted un hombre original.

--Y accede usted  mi deseo?

--S... por qu no?... Los artistas, como usted advierte muy
discretamente, nos debemos al pblico.

Roldn no supo qu responder, estremecindose de cabeza  pies con un
sacudimiento delicioso, cual si acabase de recibir en la espalda una
ducha de felicidad. Luego, queriendo cerciorarse de que sus odos no le
haban engaado, pregunt:

--Cundo nos vemos?

Ella frunci el lindo entrecejo, dudando.

--Espere usted... Maana, no tengo ensayo; pues... maana mismo.

--Dnde?

--En la plaza del Rey,  las dos de la tarde.

Lo dijo con afabilidad desdeosa, como quien no da importancia  lo que
dice.

Al da siguiente, en efecto, se vieron. El esperaba desde haca largo
rato cuando ella lleg; iba ataviada con elegancia y sencillez, como una
burguesita de buen gusto.

--Esto--dijo, estrechando cordialmente la mano que Claudio le
ofreca,--viene  ser algo as como una funcin de tarde.

El la mir receloso y feliz: despus subieron al coche. Durante el
paseo, Claudio estuvo conversador, apasionado, elocuente...

--T eres--deca,--el ideal que yo persegu tantos aos, y si tuve
relaciones con otras mujeres, fu porque en ellas crea hallarte. Todas
tenan algo tuyo: unas, tus ojos, brillantes y agudos; otras, tu ingenio
picante, de variados recursos,  tu frente pequea, bombeada,
embellecida por el arco pensativo de tus cejas;  tu boca de rojos y
cariosos labios, llenos de piedad,  tus manos, entre cuyos dedos
infantiles algn hechicero puso el difcil secreto de todas las
voluptuosidades... Por eso te quiero tanto, Matilde, porque t sola, con
ser tan pequea, comprendas cuanto de hermoso y adorable mi experiencia
fu hallando en las dems mujeres.

Ella le escuchaba sonriendo, y en la penumbra del coche sus ojos
parpadeaban con expresin indescifrable, desesperante... De pronto
Claudio crey que la actriz le engaaba, y exclam:

--Pero... oyes lo que digo? Es cierto que me quieres?

--S.

--Es cierto que mis palabras despiertan en tu alma un eco simptico?

--S.

La mir de hito en hito, temiendo haberse franqueado tanto con aquella
mujer que nunca haba querido. En el caf, Claudio Roldn estuvo ms
sereno y su conversacin fu menos arrebatada, ms ntima. Hablaba en
voz baja, oprimiendo entre sus manos las manos de la actriz; luego
intent una caricia algo ms atrevida: la joven le contuvo suavemente:

--Ambicioso!--dijo,--no ests contento an?

Claudio la mir con ojos baados en lgrimas de agradecimiento infinito.

--Tienes razn!--murmur;--me has hecho muy feliz; el recuerdo de esta
cita durar lo que dure mi vida...

Qued silencioso, la cabeza cada sobre el respaldo del divn, mirando
al techo.

--Hablemos--dijo Matilde.

--No--repuso Claudio,--mejor estamos as; hay estados de alma
intraducibles, estados que se sienten, pero que no se oyen... Djame...

Ella le mir sonriendo, con risa compasiva. Luego dijo:

--Vmonos?

Roldn levant la cabeza bruscamente, atnito, como quien despierta de
un sueo profundo.

--Ya?--dijo.

--S, son las siete.

El se encogi de hombros.

--Bien--murmur;--como quieras...

Tornaron  subir en el coche, que les esperaba  la puerta del caf, y
Matilde di al cochero las seas de su casa.

--Cundo volveremos  vernos?--pregunt Claudio.

El rostro de la actriz expres una sorpresa perfectamente estudiada.

--Cmo!--dijo;--vernos, como hoy,  solas?

--S.

--Ah, eso... nunca!...

Claudio la mir con ojos inmviles, brillantes; ojos de loco que no
pestaea; sus labios lvidos temblaban. Matilde continu:

--Yo me he limitado  complacerle en todo cuanto usted ha solicitado de
m...

--De suerte que esto ha sido...

--Una comedia.

--Una... comedia!

--S.

Claudio Roldn, anonadado, no supo qu responder. La joven agreg:

--Usted me deca en su carta que los artistas nos debemos al
pblico... y yo, como actriz, acced  su deseo. Usted era para m...
un espectador; un espectador  quien aprecio mucho, y para cuyo recreo
he representado la comedia del amor durante algunas horas.

Y aadi tras una breve pausa:

--Separmonos, Claudio. El teln ha bajado ya; la representacin ha
concludo.

Barcelona.--Noviembre, 1899.

                                  FIN




INDICE


                                                                    Pgs.

Introduccin                                                           5

Odio mortal                                                            7

Agona                                                                13

Aguafuerte                                                            19

La muerta                                                             25

Discreteos                                                            31

Gluck, el inimitable                                                  35

La herencia de un gran hombre                                         41

A obscuras                                                            47

La ocasin                                                            55

La hija del Sol                                                       65

Idolos cados                                                         73

La abuela                                                             79

Entre ellas                                                           87

Germinal                                                              93

La cadena                                                             99

Por una errata                                                       105

Crepsculo                                                           109

Lo horrible                                                          115

Marcela                                                              123

El buen parecer                                                      131

Remordimiento                                                        137

Noche                                                                143

Lo inconfesable                                                      151

El amigo                                                             157

En presidio                                                          163

La carta                                                             171

Declaracin                                                          177

Un cuento raro                                                       183

La comedianta                                                        189





End of Project Gutenberg's De carne y hueso; cuentos, by Eduardo Zamacois

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1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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