The Project Gutenberg EBook of Los pescadores de Trpang, by Emilio Salgari

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Title: Los pescadores de Trpang

Author: Emilio Salgari

Release Date: June 28, 2011 [EBook #36546]

Language: Spanish

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BIBLIOTECA CALLEJA




EMILIO SALGARI

LOS PESCADORES
DE "TRPANG"

VERSIN DIRECTA DEL ITALIANO

[Illustration]

CASA EDITORIAL CALLEJA
MADRID
1916




ES PROPIEDAD.
DERECHOS RESERVADOS

Imp. de "Alrededor del Mundo".
Madrid.




LOS PESCADORES
DE "TRPANG"




I.--LA COSTA AUSTRALIANA


A principios de abril de 1850 iba costeando la regin occidental de la
tierra de Carpentaria, perteneciente al continente de Australia, una de
las esbeltas naves chinas llamadas juncos. Tienen estos barcos alta
arboladura, con grandes velas de estera, y la proa alta y redondeada.
Los dos grandes escobenes para las cadenas de las anclas que llevan a
proa, y que por las pinturas que los adornan semejan ojos, dan a esas
naves aspecto de monstruos marinos. El junco navegaba despacio y con
grandes precauciones.

Treinta hombres de crneos rapados y largas trenzas en la nuca, piel
amarilla, ojos oblicuos, medio desnudos varios de ellos y otros vestidos
con anchas tnicas y calzones, tambin anchos, de tela floreada, estaban
alineados en la borda de la nave, con las cuerdas de maniobras entre las
manos, dispuestos a orientar las velas a la primera orden.

De pie en el castillo de proa un hombre de alta estatura, facciones
enrgicas, piel bronceada y vestido a la europea, examinaba atentamente
la costa australiana con un poderoso anteojo. Podra tener unos
cuarenta aos, y pareca ser el comandante de aquella tripulacin de
chinos. Detrs de l dos jvenes de diez y seis y veinte aos,
respectivamente, de piel blanca como la de los europeos, pero no atezada
como la que suele distinguir a la gente de mar, parecan esperar con
cierta ansiedad el resultado de la minuciosa observacin que estaba
practicando el del anteojo.

--Ves algo?--le pregunt al poco rato el ms joven de ellos.

--No, sobrino--contest ste--. No se ve ni un ser viviente.

--Estamos cerca de la baha?

--La tenemos seis millas delante de nosotros, Hans.

--Ests seguro de no engaarte, to?

--Un hombre de mar como yo equivocarse?... Vine aqu el ao ltimo a
pescar el _trpang_, y no he olvidado la baha.

--Y por qu observas tan minuciosamente la costa?

--Porque me va en ello la piel, y, sobre todo, la vuestra, sobrinos
mos.

--Qu temes?

--Esa es tierra de salvajes, Hans. Ahora seguramente no hay nadie en la
playa; pero de un momento a otro puede cubrirse de australianos.

--Odian quizs a los hombres blancos?

--No distinguen de razas: blancos, negros, amarillos, rojos o
aceitunados, todos son manjares apetecibles para ellos.

--Comen hombres esos salvajes?

--Como nosotros comemos gallinas.

--Qu brutos!

--Tienen hambre, Hans. Su tierra nada produce; no hay animales en ella,
o son escassimos, y tienen que apencar con todo para comer.

--Pero nosotros somos muchos, to.

--Muchos!...

--Y tenemos fusiles y dos lantacas[1].

--Cuentas con los chinos, Hans?... Buena tripulacin de conejos!... A
los primeros disparos se esconderan en la estiba!

--Es que no veo tan fcil asaltar un barco.

--Y cuando tengamos que saltar en tierra para colocar la caldera?

--La caldera?

--Ah, s! Olvidaba que vosotros no sabis an lo que es la pesca del
_trpang_. Todava sois marinos de agua dulce.

--To!...--exclamaron los dos jvenes en tono de reproche.

--Pero pronto seris verdaderos marinos qu diablo! No se improvisan en
un da los lobos de mar.

--Es cierto.

--Eh, Van-Horn! gobierna hacia aquella punta. La ves?--grit el
comandante.

Un viejo marinero, de barba blanca, piel bronceada y curtida por el sol
y los vientos de los mares tropicales, y que empuaba la caa del timn,
dijo:

--La veo, Capitn. Aunque tengo sesenta aos, an conservo la vista.

El junco, que segua costeando lentamente la aguda pennsula que se
extiende entre el mar de Coral y el golfo de Carpentaria, y que se
prolonga por los bajofondos del estrecho de Torres, puso la proa hacia
un promontorio peascoso, que pareca proteger una profunda ensenada.

Aquella costa, que el comandante segua examinando con gran atencin,
pareca desierta. Se prolongaba hacia el Este con profundas escarpaduras
y peas enormes que parecan descansar sobre los escollos coralinos casi
a flor de agua. No se descubra vegetacin alguna en aquellas playas;
pero a lo lejos se vean algunos grupos de los rboles llamados
_eucaliptos rostrados_, verdaderos gigantes vegetales, pues suelen
alcanzar hasta ciento cincuenta metros de altura; pero que no dan sombra
alguna, porque sus largas hojas obscuras se presentan siempre de canto
al sol.

El Capitn no pareca estar muy seguro de la aparente tranquilidad que
reinaba en aquellas playas, y de cuando en cuando escuchaba con
atencin, como si quisiera percibir algn otro rumor que el de las olas
al estrellarse en los escollos.

La misma tripulacin china pareca inquieta y miraba con desconfianza
hacia la costa, como si temiese algn grave peligro.

En pocos minutos el junco, que navegaba ahora con gran velocidad, pues
se haba levantado un recio brisote del Oeste, dobl la punta peascosa
que el Capitn haba indicado, y entr en una gran baha rodeada de
escollos coralferos, y cuyas mrgenes descendan dulcemente hasta el
mar.

--Es aqu?--preguntaron los dos jvenes.

--S--respondi el Capitn, que en aquel momento tena puesta toda su
atencin en el agua de la baha--. Aqu hay una verdadera fortuna para
nosotros y para el armador del junco.

--Abunda aqu el _trpang_?--pregunt el mayor de los dos muchachos.

--S, Cornelio: haremos una pesca abundantsima en pocas semanas.

--Estoy impaciente por ver cmo se hace esa pesca.

--Y llegars t tambin a ser un hbil pescador y...

Un grito estridente que vena de la playa le cort la palabra.

--_Cooo-mooo-eee!_

--Mil truenos!--exclam el Capitn, arrugando la frente--. El instinto
no me engaaba!

--Es el grito de los _trpang_?--pregunt Hans.

--Los _trpang_ no gritan.

--Es, acaso, algn otro animal?--dijo Cornelio.

--Peor todava. Es el grito de alarma de los australianos.

--Pues yo no los veo.

--No importa; ellos nos han visto--dijo el Capitn, que se haba quedado
pensativo.

--Y temes que nos ataquen?

--Ahora, no; pero temo por los chinos. Como sepan que hay australianos
canbales en la playa, no querrn desembarcar.

--Capitn Van-Stael, habis odo?--dijo el viejo marino que haba
entregado a un chino la caa del timn.

--S, viejo mo; pero no renunciar a la pesca. La baha est llena de
_trpang_, y no quiero perder una carga que puede valernos veinte mil
duros.

En seguida, enderezndose sobre el castillo de proa, grit:

--Abajo las anclas y las velas!

En aquel momento se oy salir de entre las escolleras de la playa el
mismo grito de antes.

--_Cooo-mooo-eee!_

--Todava!--exclam el Capitn--. Es una amenaza, o estos tunos
tratan slo de asustar a mis hombres?

--Es un grito de llamada, Capitn--dijo el viejo Van-Horn.

--Habr alguna tribu acampada por estos contornos?

--Ya sabis que en la temporada de la pesca estos salvajes acuden a la
costa con la esperanza de proporcionarse carne humana. El ao ltimo las
tripulaciones de tres juncos fueron devoradas por los salvajes del cabo
York.

--Lo s, Van-Horn. He visto los restos de uno de aquellos juncos en las
playas de la isla Edward Pellews; pero nosotros no vamos a tener miedo
de los australianos.

--Estad, sin embargo, sobre aviso, Capitn. Ya sabis que son capaces de
cortar las maromas y de romper las cadenas de las anclas para que
vayamos a embarrancar en las escolleras.

--Estaremos atentos, Van-Horn. Entre tanto, que carguen las lantacas y
suban a cubierta los fusiles para proteger a nuestros pescadores.

En tanto que hablaban, la tripulacin china haba echado las dos anclas
de proa y una pequea de popa para afirmar mejor el buque, y despus
procedi a enrollar las velas de los palos mayor y trinquete.

--Apresurmonos--dijo el Capitn a la tripulacin--. Si todo marcha
bien, dentro de tres semanas habremos completado nuestra carga, y
dentro de seis estaremos de vuelta en Lia-King...

       *       *       *       *       *

El Hai-Nan, que as se llamaba el junco, haba salido un mes antes de
Timor, isla de las Molucas, para la pesca del _trpang_, bajo el mando
del Capitn Van-Stael, holands de Batavia. En otros tiempos Van-Stael,
que gozaba fama de valiente hombre de mar, haba navegado por su cuenta
y en nave propia, dedicndose a la pesca del _trpang_; pero a los
cuarenta aos, cuando ya se crea suficientemente rico para acabar su
vida entre comodidades en alguna ciudad del Extremo Oriente, tuvo la
desgracia de arruinarse.

Una noche tempestuosa su buque naufrag en el mar de Coral, junto a la
costa australiana, y de los veinte hombres que componan la tripulacin,
slo l y el viejo Van-Horn pudieron salvarse en un madero. No se
desanim por aquella desgracia, aunque fu para l un desastre. Se
senta con fuerzas todava para rehacer su fortuna; y vuelto a Timor,
ofreci sus servicios a un rico negociante de _trpang_, el chino
Lia-King, el cual, sabiendo con qu experto y hbil marino trataba, no
dud en confiarle el mando de uno de sus mejores juncos.

Van-Stael, aunque nunca haba tenido gran confianza en aquellos barcos
de construccin china, muy poco seguros para los malos tiempos, parti
para la costa septentrional de la Australia, y en pocas semanas
complet su carga de aquellos coriceos moluscos, que son tan apreciados
en los mercados chinos y malayos.

Aunque en aquella primera campaa de pesca haba realizado muy buenas
ganancias, al principiar la nueva estacin volvi a hacerse a la mar,
llevando esta vez consigo a sus dos sobrinos, hurfanos desde haca
varios aos, y a los cuales pensaba llevar consigo en todos sus viajes
para hacer de ellos dos buenos marinos.

Los dos jvenes, hijos de un valiente capitn, muerto en las costas de
Borneo en un encuentro con los piratas del sultn de Varanni, aceptaron
con entusiasmo la proposicin de su to, por ms que no ignoraban los
peligros de la pesca del _trpang_, no porque estos moluscos estn
dotados de armas defensivas, sino por los parajes en que hay que
pescarlos, poblados todos ellos de salvajes antropfagos.

Eran entrambos bien jvenes, como ya hemos dicho--Hans de diez y seis
aos y Cornelio de veinte--; pero el capitn Van-Stael poda estar
seguro de su valor, porque acostumbrados a andar por las espesas selvas
de Timor persiguiendo animales salvajes, y a navegar por los peligrosos
mares de las Molucas, eran hombres para todo.

Queda, pues, explicado cmo aquel junco, con tripulacin china mandada
por europeos, haba anclado en aquella profunda baha de la costa de
Carpentaria, donde tanto abundan los _trpang_.




II.--LOS PESCADORES DE TRPANG


No hay pueblo ms extravagante que el chino para comer. Es
aficionadsimo a las agallas de pez-perro en salsa encarnada, a los
nidos de golondrinas marinas, que tienen una substancia gelatinosa, pero
inspida[2], a las lombrices saladas, a los renacuajos, a las ratas
saladas, a los perros y, sobre todo, al _trpang_.

Puede decirse que desde muchos siglos antes de que los navegantes
europeos conocieran la existencia de la Australia, iban barcos chinos a
las playas septentrionales de ese continente y a las costas de la Nueva
Guinea a pescar ese extrao molusco. Imprtasele en enormes cantidades
en el Celeste Imperio; pero an son pequeas para satisfacer la demanda:
tanta es la aficin que le tienen los chinos. En ningn banquete chino
falta ese manjar, que bien puede calificarse de nacional. Los provechos
que rinde su pesca han excitado el espritu mercantil de los europeos, y
se dedican muchos a ella. As como hay pescadores de arenques, de
ballenas y de focas, hay pescadores de _trpang_, los cuales todos los
aos, en la estacin propicia, llegan desde los puertos ms lejanos
hasta las aguas del estrecho de Torres, del mar de Coral o del golfo de
Carpentaria.

Aunque muchos de esos buques no vuelven ms a su pas o vuelven con las
tripulaciones diezmadas, el negocio se sostiene por lo lucrativo que es.
Saben los que lo explotan que los salvajes estn dispuestos a aprovechar
la primer tempestad para cortar las cuerdas y cadenas de los barcos y
hacer que se estrellen en los arrecifes; saben tambin que si caen en
sus manos acaban su vida guisados en salsa verde, y, sin embargo, van
all a pescar, porque los chinos pagan muy caros esos moluscos. Pronto
los conoceremos.

Pero volvamos a nuestra nave, cuya tripulacin, a pesar del grito de los
australianos, que an resonaba en el espacio como una fnebre amenaza,
se preparaban a la pesca.

La nave estaba fuertemente anclada, como ya hemos dicho. Haba puesto la
proa mirando a la boca de la baha, dispuesta, en caso de peligro, a
abandonar aquellos parajes. El capitn Van-Stael haba hecho botar al
agua una gran chalupa, y se haba embarcado en ella en compaa del
viejo Van-Horn, de Hans y de Cornelio.

Inclinado hacia el mar, se haba puesto a observar el agua con gran
atencin, explorando el fondo de la baha, que se distingua
perfectamente.

--Tenemos siete brazas de agua--les dijo con aire satisfecho--. Nuestros
pescadores no tendrn que fatigarse mucho.

--Pero dnde est el _trpang_?--pregunt Hans.

--El fondo est lleno de ellos. No ves nada entre la arena y las algas?

--Me parece distinguir unos rollos que se mueven.

--Pues esos son las _olutarias_, o, si te parece mejor, los _trpang_
que pescaremos.

--Y son de los mejores, Capitn--dijo Van-Horn--. Mire usted los
_bankolungan_, ms al fondo los _kikisan_, los _talifan_, y ms all se
perciben los _murrang_.

--Que los chinos pagan muy caros, viejo mo--dijo el Capitn--. Hay aqu
una verdadera fortuna que pescar.

--Nos dirs, al fin, lo que son esas _olutarias_?--pregunt Hans.

--S, muchacho--respondi el Capitn--. Anda, Van-Horn, haz que bajen
los pescadores.

Diez chinos medio desnudos, que llevaban al cinto largos cuchillos
ligeramente curvados para defenderse, en caso de necesidad, de los
peces-perros, que abundan en aquellas aguas y que son tan aficionados a
la carne humana como los antropfagos de la costa septentrional de la
Australia, bajaron a la chalupa a una orden del viejo marinero,
llevando en la mano izquierda una especie de red capaz de contener
muchas _olutarias_.

--Ea! Manos a la obra sin perder tiempo!--dijo el Capitn despus de
haber examinado la entrada de la baha para convencerse de que no haba
peces-perros en ella.

Los diez pescadores, escogidos entre los mejores nadadores y buzos de la
tripulacin, se echaron a una al agua.

Los dos jvenes, inclinados al borde de la chalupa, seguan con gran
curiosidad las maniobras de los valientes pescadores. El agua de la
baha, tranquila y transparente como un cristal, les permita distinguir
perfectamente a aquellos hombres, que procedan con gran rapidez
cogiendo moluscos, que iban echando en la red.

Bien pronto uno de ellos, pasado medio minuto, sali a la superficie con
la red llena hasta rebosar, la cual entreg al viejo Van-Horn, que la
vaci en el fondo de la chalupa. Aquella primera redada consista en
diez _olutarias_.

--Qu moluscos son stos?--preguntaron Hans y Cornelio, que se haban
agachado para observar mejor.

--Los _trpang_--dijo el Capitn--; y de los mejores, muchachos.

--Parecen cilindros rugosos--dijo Cornelio.

--S; pero con tentculos--aadi Hans.

El Capitn tom en la mano uno de aquellos moluscos y se lo ense a sus
sobrinos. Este extrao habitante del mar pareca, en efecto, un
cilindro, provisto, en una de sus extremidades, de un crculo de
tentculos plumosos; pero careca de cabeza y de ojos, y su boca era una
especie de agujero.

Tena doce o quince pulgadas de largo, y su piel, que pareca muy
resistente, mostraba a lo largo del cuerpo cavidades muy singulares,
pues tan pronto se dejaban ver como se ocultaban.

--Es una _olutaria bankolungan_--dijo el Capitn--. Es una especie muy
apreciada, y que los chinos pagan bastante cara.

--Y cul es la conformacin de esos moluscos? No les veo ni cabezas ni
ojos.

--No tienen cabeza ni ojos, Cornelio. Tampoco tienen odo ni olfato,
pues les faltan los rganos de esos sentidos. Su cuerpo es un verdadero
saco, envuelto en msculos muy fuertes, duros y resistentes, y parece no
tener otra funcin que la de comer o, mejor dicho, devorar.

Viven en grandes familias en el fondo de aguas claras y tranquilas, y se
arrastran como serpientes, apoyndose en las esponjas que suelen rodear
sus cuerpos, y se nutren de algas marinas y de otros moluscos. Suelen
tragarse hasta las arenas, piedrecillas y trozos de coral.

--Qu estmagos!--exclam Hans--. Deben tener un aparato digestivo
poderossimo.

--Su estmago es un tubo que les ocupa todo el cuerpo de punta a punta.
En uno de los extremos de ese tubo tienen la boca. Por ella les entra el
alimento, el cual recorre todo el tubo interior, y sale por el extremo
opuesto sin detenerse.

--Y esos tentculos que les rodean la boca de qu les sirven?

--Para agarrar las algas, piedras y dems objetos que se comen.

--Me parece que a ste le faltan algunos.

--Es verdad, Hans. Los peces atacan a las _olutarias_ y suelen
comrseles los tentculos si no consiguen retirarlos a tiempo; pero aun
en ese caso no pierden para siempre los tentculos, pues se les
reproducen al cabo de cierto tiempo. Toma ahora esta _bankolungan_, que
an vive, y apritala un poco entre tus manos.

El joven hizo lo que su to le indicaba, y vi contraerse el molusco
hasta reducirse a una especie de bola y lanzar primero un chorro de agua
y despus una materia obscura, que se le extendi por los bordes de la
boca.

--Son los intestinos del molusco--dijo el Capitn anticipndose a
contestar a la pregunta que iba a hacerle su sobrino--. Su contraccin
muscular es tan fuerte, que le hace expeler las vsceras.

--Si yo arrojase ahora al agua esta _olutaria_, podra vivir?

--S; y vivira aunque le arrancaras los intestinos, pues no tardaran
en reproducrsele.

--Qu animal tan extrao!--exclamaron los dos jvenes en el colmo de la
sorpresa.

--Pues esto es ms extrao todava--dijo el Capitn recogiendo otra
_olutaria_, de cuya boca sala un pececillo de pocos centmetros de
largo, vivo todava.

--Tal vez un pez que no ha podido digerir?--pregunt Cornelio.

--No; es el compaero de la _olutaria_--respondi el Capitn.

--No te comprendo.

--Me explicar mejor. Estos pececillos, no se sabe an por qu motivo,
viven en el vientre de estos moluscos. Les entran por la boca y se les
pasean por dentro como si estuvieran en su casa.

--Y la _olutaria_ los tolera?

--Desde luego que s, pues con su poderosa contraccin muscular podra
expelerlos fcilmente, y, por el contrario, los deja en paz, como si la
visita le fuera agradable.

--Es maravilloso!--exclam Hans--. Y ahora dime, querido to: son tan
excelentes como dicen los chinos estos moluscos?

--Tienen un sabor parecido a los calamares; pero son muy duros, y para
comerlos se necesitan muy buenos dientes, porque son elsticos como la
goma. A los chinos, malayos y cochinchinos les gustan muchsimo; pero
nosotros los europeos preferimos otros pescados ms finos y sabrosos.

--Y se paga caro el _trpang_?

--Carsimo, Cornelio. La calidad mejor se paga en los mercados chinos de
veinte a treinta y cinco pesos el _pikul_[3]. Los hay de calidad
inferior, que se pagan entre seis y diez pesos.

--Debe de ser muy buen negocio para los pescadores.

--No siempre, Hans, porque las _olutarias_, lo mismo que las ballenas,
van ya escaseando. En estas islas, que antes eran riqusimas en
moluscos, hay ya muchos menos, por la incesante pesca que de ellos se
hace. Es una verdadera guerra de exterminio, especialmente por parte de
los barcos europeos y americanos.

Hasta hace algunos aos las islas Likana eran clebres por la abundancia
del _trpang_ en sus aguas; pero desde que un capitn americano pesc
durante el ao 1845 doscientos sesenta y cinco pikules, y el capitn
Muyne casi otro tanto en 1847, las _olutarias_ desaparecieron de
aquellas playas.

Y basta por ahora, sobrinos mos. Hagamos disponer la otra chalupa, y
vamos a colocar las calderas.

--Las calderas?--exclam Cornelio--. Qu intentas hacer?

--Son necesarias para la preparacin del _trpang_.

--Y los salvajes?--pregunt Hans--. Nos dejarn tranquilos?

--No has odo hace poco un grito?

--Supongo que no se atrevern a acercarse. Al menos as lo espero por
ahora. Saben que los hombres blancos poseen armas de fuego, y les tienen
miedo. Eh, Van-Horn! Haz que boten al agua la segunda chalupa.

El viejo marinero, que haba vuelto a bordo del junco, se apresur a
obedecer. La embarcacin, que estaba guindada de los pescantes de popa,
fu botada al mar y la ocuparon diez chinos armados de fusiles.

--Ahora las calderas y el combustible--orden Van-Horn, que tambin se
haba embarcado en ella.

Dos pailas de metal, de un metro de dimetro y de treinta y cinco a
cuarenta centmetros de profundidad, grandes espumaderas, unos cuantos
arpones y gran cantidad de lea fueron embarcados en la chalupa.

--Est cargada la lantaca?--pregunt el Capitn.

--De metralla--respondi el viejo--. Si a los salvajes les entran deseos
de molestarnos, los saludaremos con una buena rociada.

--Vamos, muchachos!--dijo Van-Stael a sus sobrinos.

Embarcaron todos en la otra chalupa, los chinos empuaron los remos y se
dirigieron a tierra.

En pocos minutos llegaron a la playa, sorteando las peligrosas
escolleras que rodean la costa, contra las cuales se rompe el oleaje con
roncos mugidos, produciendo gran resaca.

--Alto!--dijo Van-Stael antes de que la chalupa tocase en la orilla.

Se subi al banco de proa y mir detenidamente hacia la playa, erizada
de rocas enormes, que se alzaban en forma de anfiteatro. A pesar del
grito que haban odo poco antes, no se vea ninguna criatura humana ni
se perciba rumor alguno sospechoso. Solamente una bandada de cacatas,
esplndidas aves de plumas purpreas y blancas que ostentan en la cabeza
un penacho inclinado hacia atrs, revoloteaban entre las ramas de un
pequeo _black-wood_ (rbol de madera negra) que creca desmedradamente
entre la arena.

--Hay novedad?--pregunt Van-Horn.

--Ninguna, viejo mo. Desembarquemos.

La chalupa se acerc a la playa hasta tocar en la arena.

El Capitn, los dos jvenes y el marinero desembarcaron armados de
sendos fusiles, y tras de ellos los chinos conduciendo a tierra la lea,
las pailas, los arpones y las espumaderas.

A corta distancia de la orilla Van-Stael indic dos pequeas
construcciones circulares formadas por pedruscos y que podan servir muy
bien de hogares.

--Los salvajes las han respetado--dijo.

--Qu es eso?--pregunt Hans.

--Los hornillos que construmos el ao pasado. Al trabajo, muchachos!
La otra chalupa va a llegar.

Los chinos cargaron de combustible las hornillas, les prendieron fuego y
despus colocaron encima las dos calderas, llenndolas de agua de mar.

La segunda chalupa, tripulada por los pescadores, lleg en aquel
momento. La pesca haba sido verdaderamente milagrosa, pues la
embarcacin vena tan cargada, que apenas sobresala del agua.

Despus de atracarla a la playa, los veinte chinos se pusieron a
descargarla. En menos de una hora aquellos pescadores haban recogido
cerca de cinco quintales de _olutarias_, pero no todas de una sola
especie.

Entre ellas se vean las preciadas _bankolungan_, de once a quince
pulgadas de largas, con el dorso obscuro, el vientre blanco y una costra
calcrea en ambos costados, cubiertos, adems, de verrugas.

Esta clase se pesca ordinariamente en los bordes interiores de los
bancos de coral, a menos de braza y media de profundidad.

Haba tambin muchas _kichisan_, de treinta centmetros de longitud,
forma ovalada y piel negra recubierta de verrugas; _talifan_, de la
misma longitud poco ms o menos que las anteriores, de color rojo
tostado, con una fila de espinas rojas en el dorso. Son las ms tiernas,
y por ello exigen cuidados especiales para prepararlas.

No faltaban tampoco las _nunang_, que son las ms pequeas de todas, sin
verrugas ni espinas, lisas y con toda la piel negra, pero que son las
ms codiciadas, pagndose en los mercados chinos hasta a treinta y cinco
pesos el pikul. Haba tambin otras de calidad inferior, como los
zapatos, los _lowlovan_, los _balatliman_, los _botan_ y los _hangenan_,
que se venden a seis pesos el pikul.

Todas aquellas _olutarias_ estaban vivas an, y desahogaban su impotente
clera arrojando chorrillos de agua a los marineros, los cuales, sin
hacer el menor caso, las amontonaron junto a los dos hornillos.

El Capitn observaba atentamente el hervor del agua en las calderas.

Se requiere larga prctica y rara habilidad para preparar el _trpang_,
porque basta un punto ms o menos de hervor para echarlo a perder.

El exceso de calor cubre de vejigas a las _olutarias_ y las vuelve
porosas como esponjas, y, por el contrario, la falta de calor suficiente
les hace perder la consistencia, y entonces se pudren e inutilizan en
pocas horas.

--Echad!--exclam al cabo de un rato Van-Stael.

Los chinos arrojaron los moluscos en las calderas. Por algunos instantes
se les vi agitarse y contraerse desesperadamente; despus quedaron
inertes en el fondo del agua, que herva a borbotones.

El Capitn, entre tanto, no apartaba la vista del reloj que haba
sacado, y que tena en la mano.

--Ocho minutos--dijo--; el _trpang_ est a punto.

Los chinos extrajeron los moluscos de las pailas con las espumaderas y
los fueron echando sobre una lona que haban tendido cerca de las
fornallas.

Hans y Cornelio contemplaban atentamente todas aquellas maniobras.

--La cochura est a punto--repiti el Capitn--. Los moluscos tienen el
aspecto de la goma elstica y su piel azulea, seales ambas de que estn
en condiciones de conservarse perfectamente.

--Me han dicho que tambin hay el procedimiento de secarlos al sol--dijo
Cornelio--. Es cierto eso, to?

--S, muchacho, y aadir que los conservados as se pagan ms caros;
pero es operacin demasiado larga, pues requiere veinte das, y nosotros
no disponemos de tanto tiempo. Tambin se les seca al fuego, operacin
ms breve que la de secarlos al sol, pues slo exige cuatro das; pero
esta playa en que estamos....

--_Cooo-mooo-eee!_

Este grito extrao, que ya haban odo antes, sali de pronto de entre
las rocas, interrumpiendo la frase del Capitn.

Casi al mismo tiempo se oy exclamar a Van-Horn:

--Eh, monazo del demonio: en cuanto hagas el menor movimiento, te aso!
Palabra de marinero!




III.--LA PINTURA DE GUERRA DEL SALVAJE


Un negro horrible, que despeda un fuerte olor a amonaco, se haba
presentado de pronto, saliendo de detrs de una escollera que se
prolongaba hacia la orilla septentrional de la baha.

Era de poco ms que mediana estatura; pero tan extraordinariamente
enjuto, que se le podan contar las costillas. Tena el vientre
colgante, y las piernas, completamente desprovistas de carne, parecan
dos bastones forrados de cuero.

Tena cara ms de mono que de hombre; la cabeza, aplastada; la frente,
comprimida; la nariz, chata; las mandbulas, abultadas; las orejas,
largas; los ojos, pequeos y de brillo extrao, y la boca, tan grande,
que le llegaba casi desde una oreja a la otra.

Su piel era de un color negro sucio y estaba toda cubierta de raras
pinturas y tatuajes de muy diversos colores.

Aquel verdadero espantajo se quit de encima la piel de kanguro que le
cubra las espaldas y parte de la lanuda cabeza, y empuando con cmico
ademn una especie de venablo, con la punta de hueso y adornado de un
penacho de plumas, se adelant hacia los pescadores, detenindose a diez
pasos de ellos.

--Qu quiere este animal de antropfago?--dijeron Hans y Cornelio,
mientras los chinos se iban retirando prudentemente hacia las chalupas.

--Querr ordenarnos que nos vayamos--dijo el Capitn--. Estos salvajes
tienen la pretensin de que ningn extranjero venga a pescar a sus
costas; pero este horrible y ridculo ejemplar de la raza australiana se
engaa si cree que vamos a obedecerle.

--Yo me encargo de mandarlo a su tribu de un puntapi--dijo el viejo
marino--. No me asusta el chuzo que lleva en la mano, capitn Stael.

--Veamos antes, seor salvaje--dijo el Capitn, avanzando hacia l--,
qu es lo que pretendes.

El australiano, que se mantena inmvil empuando su chuzo, al ver al
Capitn acercarse, se golpe con la mano izquierda el vientre, que
reson como un tambor.

--Pide de comer--dijo Van-Stael--. No somos fondistas, seor salvaje;
pero si ests en ayunas, puedes comerte esta _olutaria_.

Tom una de la especie llamada _zapatos_, y se la arroj al australiano,
que la pill al vuelo, llevndosela vidamente a la boca.

--Qu apetito!--exclam Hans.

--No hay que maravillarse, sobrino mo. Estos salvajes del continente
australiano estn toda la vida luchando con el hambre, y pasan por
largusimos ayunos.

--Pero no se producen en Australia frutales?

--Slo rboles de goma. Y te advierto que, cultivadas, todas las plantas
de Europa dan aqu fabulosas cosechas; slo que estos salvajes
desprecian la agricultura y slo viven de la caza.

--Y abundan los cuadrpedos y las aves?

--Son muy escasos. Aqu slo se encuentran focas, kanguros, algunos
_casoares_, ms pequeos que los africanos, y bandadas de ciertos perros
salvajes, llamados _dingos_, que son muy difciles de cazar. Es verdad
que el indgena de Australia no es exigente, y se alimenta de asquerosos
reptiles; pero aun stos escasean y no alcanzan para todos. Aade a esto
que son imprevisores, y que jams piensan en el maana. Si cae en sus
manos un kanguro o un _casoar_, se apresuran a asarlo, y lo devoran, sin
dejar ms que los huesos, no preocupndose de si tendrn para comer al
siguiente da.

--Comen, pues, mucho?

--Ah tienes un ejemplo--dijo el Capitn--. La _olutaria_ ha
desaparecido en seis bocados dentro de ese vientre que parece no tener
fondo.

En efecto, el salvaje haba ya devorado el _zapatos_ que el Capitn le
haba arrojado; pero no pareca satisfecho. Al ver el montn de
moluscos, y animado por el primer regalo, se arroj encima, arramblando
con todas las _olutarias_ que pudo; pero Van-Horn, que no lo perda de
vista, lo agarr por una pierna y tir de l, dicindole:

--Quieto, monazo! Suelta eso o te estrangulo!

El australiano, al verse defraudado en sus propsitos, se puso en pie,
con ademn amenazador.

--Pero qu mamarracho eres!--le dijo el marinero riendo.

--Ten cuidado, Van-Horn!--dijo el Capitn--. Estos salvajes son
traidores.

--Le romper el chuzo en las espaldas, seor Van-Stael.

Iba a lanzarse sobre el australiano para desarmarle; pero ste salt
hacia atrs, diciendo en un lenguaje mixto de ingls y de malayo:

--Quieto, hombre blanco! Esta es la tierra de los hijos de
_Mooo-tooo-omj_[4].

--Y yo te digo que si no te vas, te echo a puntapis,
antropfago!--dijo el marinero, levantando el fusil--. Me has
comprendido?

El australiano, que no deba ignorar el efecto de las armas de fuego,
retrocedi precipitadamente, y, plantando con resolucin el chuzo en la
arena, dijo:

--Pronto nos volveremos a ver.

Despus, dando un gran salto, se alej a toda prisa, desapareciendo
detrs de las rocas que rodeaban la baha.

-Que te devoren los perros salvajes!--le grit Van-Horn.

--Volver?--pregunt Cornelio.

--Es probable--respondi el Capitn, que se haba quedado pensativo--.
Ese salvaje procurar jugarnos alguna mala pasada; pero estaremos sobre
aviso, y al primer indicio de peligro nos refugiaremos en el junco.

--Habr alguna tribu por estos contornos?

--Creo que esta costa es demasiado estril para alimentar a una tribu
entera; pero en el interior de la pennsula, los salvajes no deben
faltar.

--Son valientes?

--Cuando los espolea el hambre, s. Han exterminado y devorado las
tripulaciones de algunos barcos. Hay que vigilar mucho y no dejar que
ninguno se acerque sin nuestro permiso.

Los chinos, tranquilizados, emprendieron otra vez la faena de preparar
el _trpang_, mientras los pescadores salieron otra vez en busca de
_olutarias_. Las dos fornallas, cargadas de lea, lanzaban al aire
grandes llamaradas, y el agua de las dos pailas herva sin cesar. Los
moluscos, conforme iban cocindose, eran echados en la lona, la cual
estaba protegida por un toldo, para impedir que el sol echara a perder
la pesca.

Hans y Cornelio, armados de fusiles, registraban las rocas, para
convencerse de que no haba por all ningn otro salvaje, y disparaban
sin cesar contra las bandadas de _cacatas_ blancas, rojas o de color de
rosa plido, matando muchas de ellas. El Capitn, entre tanto, examinaba
los bajos de la baha, para asegurarse mejor de la cantidad y calidad
de las _olutarias_.

Haban pasado dos horas, durante las cuales aportaron los pescadores dos
cargas ms de moluscos, esta vez de la especie ms codiciada, cuando el
salvaje de antes volvi a presentarse.

Vena solo, como la vez anterior, pero horriblemente transformado. Se le
hubiera credo un esqueleto animado de vida, pues se haba pintado con
tierra amarilla, una especie de ocre, sin duda, las costillas y los
huesos.

No iba armado; pero en la mano, pendiente de un bastn, llevaba un trozo
de corteza de rbol, de un color y forma particular.

Los chinos, al ver aquel extrao emblema, palidecieron, murmurando:

--El _wai-waiga_!

--Ah, tunante!--exclam Van-Horn--. Otra vez vuelves?... Eres audaz,
monazo!

--Y se presenta a nosotros con la pintura--dijo el Capitn.

--Y con la corteza del _wai-waiga_--aadi el marinero--. Es una
verdadera declaracin de guerra, seor Van-Stael.

--Pero qu significa esa lgubre pintura?--pregunt Cornelio.

--Es su atavo de guerra--respondi el Capitn.

--Y ese trozo de corteza de rbol?

--Una declaracin de hostilidad. Es una corteza de _wai-waiga_, o sea de
un rbol venenoso, llamado por ellos rbol mortal.

--Y ese pillo se atreve a presentarse solo? Ah, to; voy a agarrarlo
de una oreja y a llevarle a bordo del junco!

El joven iba a poner en prctica su amenaza; pero el Capitn le detuvo.

--Djame a m, Cornelio--le dijo--. De seguro no est solo, y detrs de
esas rocas puede esconderse una tribu. T, Van-Horn, rene a los chinos
junto a las chalupas, y vosotros, sobrinos, a la lantaca.

Mientras la tripulacin se retiraba precipitadamente hacia la playa,
para estar pronta a embarcarse, el Capitn, con el fusil cargado en la
mano, se acerc al salvaje, que le miraba insolentemente, como si
estuviera seguro de s propio.

--Qu quieres?--le pregunt, empleando el mismo lenguaje de que el
antropfago se haba antes servido.

--Que los hombres blancos dejen la costa que pertenece a los hijos de
_Mooo-tooo-omj_--respondi el australiano.

--Nosotros no matamos ni tus kanguros, ni tus casoares, ni tus
_warrangas_ (perros salvajes)--dijo Van-Stael--. El _trpang_ ni t ni
tus compatriotas sabis pescarlo, y adems el mar no te pertenece.

--Entonces la tribu de los Wawamas te dar batalla.

--Y eres t quien lo dice?

--Yo, jefe de la tribu de los _Moo-wiamos_.

--Pues, toma, canalla!

Van-Stael, de una guantada, que reson como un latigazo, arroj al suelo
al antropfago. Despus, agarrndole fuertemente por los brazos, le
arrastr hacia las chalupas.

--Ata a este hombre y llvale a bordo del junco--dijo, dirigindose a
Van-Horn--. Lo tendremos prisionero hasta que acabe la pesca, y as le
impediremos noticiar a su tribu que nos ha declarado la guerra.

--Lo atar con quince metros de cuerda muy fuerte--dijo el marinero--.
Veremos si es capaz de escaparse de la cala.

Contrariamente a sus instintos, el antropfago no opuso la menor
resistencia; pero sus pequeos ojos negros lanzaban extraos relmpagos.
Se dej atar sin pronunciar una slaba y transportar a bordo del junco
por los chinos, que volvieron a la pesca del _trpang_.

--Y no nos traer esto complicaciones, to?--pregunt Hans.

--Es probable que sus sbditos le busquen, pues se trata de un jefe;
pero tal vez ignoran que nosotros estamos aqu, y pueden llevar sus
indagaciones por otro lado--respondi el Capitn--. Adems, no
permaneceremos mucho tiempo en esta baha si la pesca sigue siendo tan
abundante.

--Conoces algn otro sitio abundante en _olutarias_?

--En las islas de Eduard Pellew hay muchas, y ms tarde pasaremos por
ellas para completar el cargamento.

--Y, por otra parte--arguy Cornelio--, si los salvajes vienen a
molestarnos, nos defenderemos.

--Bien, muchacho!--le dijo, sonriendo, el Capitn--. Eres un hombre
valiente.

--Y yo no me quedar atrs, y pelear a tu lado--dijo Hans, empinndose
para parecer ms alto.

--Ya s que eres un hombrecito que no conoce el miedo--respondi
Van-Stael--. Un da seris dos valientes y hbiles marinos. Ahora,
sobrinos, prosigamos nuestra faena. Es preciso atender cuidadosamente a
la preparacin del _trpang_, o estos indolentes chinos nos lo echaran
a perder.

La chalupa de los pescadores volva otra vez a la orilla, cargada de
moluscos.

En aquella baha, que era muy abundante en algas y en peces, haba tal
profusin de _olutarias_, que los pescadores apenas tenan ms que hacer
que bajarse para recogerlas, pues casi todas las especies viven a pocos
pies de profundidad.

Aquella primera jornada fu tan feliz, que de seguro haba producido ms
de 500 pesos, suma considerable habido en cuenta el poco trabajo
invertido en ganarlos.

Van-Stael no poda estar ms satisfecho. Si la campaa segua como haba
comenzado, en pocas semanas poda dejar aquellas peligrosas playas,
llevndose un cargamento casi completo.

No pudindose transportar los moluscos a bordo, pues tenan que estar
algn tiempo al aire libre para que se secaran antes de amontonarlos en
el sollado, se armaron tiendas en la playa para refugio de los hombres
de guardia.

Los chinos, que teman una irrupcin de compatriotas del prisionero, se
resistan al principio, prefiriendo dormir en el junco, donde estaban
seguros; pero el Capitn hizo que desembarcaran las dos lantacas, y les
prometi adems que los acompaaran l mismo, uno de sus sobrinos y el
viejo Van-Horn, con lo cual les persuadi a quedarse.

Van-Stael y el marinero, que no estaban muy tranquilos, pues saban que
los australianos aguardan a la noche para atacar, hicieron fortificar
el campamento con una cerca de piedras y fragmentos de coral, y
dispusieron que el junco se acercara a la playa para poder embarcarse en
caso de peligro.

Aquellas precauciones resultaron, por fortuna, intiles. La primera
noche que pasaron en las playas del continente australiano transcurri
en calma, a pesar de las amenazas del antropfago.

Slo los lgubres aullidos de los dingos turbaron el silencio que
reinaba en el campamento.




IV.--LOS AUSTRALIANOS


Haban pasado cinco das. Ningn suceso extraordinario haba venido a
turbar los trabajos de la tripulacin del junco; la pesca segua siendo
abundante, y pareca que aquella baha, desconocida de los otros
pescadores, era inagotable, pues los moluscos seguan siendo
abundantsimos, a pesar de la persecucin de que eran objeto.

Las dos fornallas no haban parado de trabajar un solo momento, y
verdaderas toneladas de _olutarias_ haban pasado ya por las calderas.
Estaban repletas de pesca todas las tiendas, y hasta cerca de las
escolleras se alzaban enormes montones, prontos a ser cargados.

Para nada los haban molestados los salvajes hasta entonces, ni haban
dado siquiera seales de vida.

El Capitn y los dos jvenes, para tranquilizar ms a los chinos, que no
acababan de perder el miedo, haban explorado un largo trecho de la
costa, sin descubrir a ningn australiano. Van-Horn se intern unas
cuantas leguas en la pennsula, en una excursin que hizo, y slo hall
bandadas de cacatas y de papagayos o huellas de algn que otro kanguro
o casoar.

Sin duda, el jefe de la tribu de los _Warrames_ haba tratado de
asustarles con una baladronada. Era posible que la tribu slo existiera
en su imaginacin o, por lo menos, que estuviera muy lejos.

As lo suponan el Capitn y sus compaeros, por ms que el prisionero,
que segua en la estiba atado fuertemente de pies y manos, se obstinase
en hacer creer lo contrario, amenazndoles con que sus sbditos
exterminaran a toda la tripulacin.

La sexta noche, cuando ya todos estaban seguros de no ser importunados,
ocurri un suceso inesperado, que les inquiet sobremanera.

Mientras los pescadores descansaban tranquilamente en las tiendas, los
hombres de guardia, que velaban alrededor de las fornallas,
distinguieron, hacia las tres de la maana, una luz en una altura, como
a tres millas de la costa.

No estaba fija ni presentaba constantemente igual aspecto, sino que
cambiaba de posicin y de dimensiones, ora agrandndose
desmesuradamente, ora achicndose hasta desaparecer casi.

Alarmronse los chinos, que desde cinco das antes estaban intranquilos,
temindose un asalto. Todos se pusieron al momento en pie, y hubo unos
cuantos que se apresuraron a acercarse a las chalupas, que estaban
atadas en la playa.

El Capitn y Cornelio, que dorman en una tienda, mientras Hans y
Van-Horn se haban quedado en el junco, fueron bien pronto advertidos
del hecho.

--Se tratar de una seal?--pregunt el joven.

--Me lo temo, Cornelio--respondi el Capitn, que miraba con atencin
aquel fuego.

--Dirigida a quin?

--Sin duda a alguna tribu.

--Y no ser a nuestro prisionero? Ellos tal vez ignoran que est en
nuestras manos.

--Tu idea no me parece infundada.

--Se dispondrn a atacarnos?

--Quin sabe! Oyes t algo?

--No, to.

--Tienes miedo?

--Miedo?... No, to!...

--Toma el fusil, y vamos a ver.

--Vas a ir hasta all?

--No; pero quiero explorar los contornos para asegurarme de que no hay
nadie y tranquilizar a nuestros chinos. Si estos cobardes se amedrentan
nos estropearn nuestro negocio de la pesca.

--Y Van-Horn?

--Se quedar aqu con Hans, para evitar que los chinos huyan.

--Vamos, to; mi fusil est cargado.

Van-Stael mand avisar al viejo Van-Horn lo que ocurra y luego se
encamin a las rocas que circundaban la baha, seguido del joven, que no
daba las menores muestras de miedo.

Habase puesto la luna haca algunas horas, y la noche estaba
obscursima; pero el misterioso fuego, que segua brillando en la
altura, bastaba para guiarles, sin temor de extraviarse.

Avanzando cautelosamente para no caer en alguna emboscada, el Capitn y
Cornelio llegaron bien pronto al pie de las primeras rocas, y las
escalaron con no poco trabajo, por ser muy escarpadas. Echaron una
ojeada desde la cima a la vertiente opuesta. Extendase ante ellos un
pequeo llano ligeramente ondulado, con algunos grupos de rboles
esparcidos ac y all. Como a dos millas hacia el Este comenzaba otra
vez a levantarse el terreno, formando como un semicrculo en torno del
llano.

Segua vindose el fuego en la cima ms alta. En aquel momento era
extenso y muy vivo, pareciendo que lo producan rboles o malezas
ardiendo.

--Ves algo?--pregunt el Capitn al joven.

--Me parece distinguir hombres movindose ante aquella cortina de
llamas--respondi Cornelio.

--Yo tambin percibo sombras obscuras que se mueven.

--Sern salvajes o monos?

--En Australia no hay monos, y adems estos animales no saben encender
fuego. Oyes algo?

--Los gritos de los _warrangal_ solamente.

--Intentarn acaso asustarnos estos salvajes?--dijo Van-Stael--. Pues
buen chasco se llevan si piensan que vamos a marcharnos de aqu antes de
acabar la campaa de la pesca! Porque si nos atacan estoy decidido a
hacerles frente.

--Qu hacemos ahora, to?

--Seguir adelante. Es preciso demostrarles a estos canbales que no les
tenemos miedo.

--Estoy dispuesto a seguirte.

--Te advierto que tal vez tengamos que disparar los fusiles.

--Ya sabes que soy buen tirador.

--Lo s; eres el ms hbil de todos nosotros. Vamos, querido sobrino!

Bajaron por la pendiente opuesta a la que haban subido. Cornelio, ms
gil y diestro que el Capitn, iba delante, buscando los pasos ms
fciles a travs de las peas y saltando de una en otra sin vacilar.

Cuando hubieron llegado al llano se detuvieron, mirando atentamente en
torno suyo; pero no vieron nada sospechoso. Extendase all un lagunato,
cuyas orillas estaban cubiertas de _mulghe_, csped fortsimo que suele
alcanzar hasta quince pies de altura, y de _marras_, o madres de las
lianas, como tambin se las llama por su desmesurado tamao.

--No sigas, Cornelio--dijo el Capitn--. Entre estas plantas pueden
esconderse salvajes.

--Pero haran algn ruido, y yo no oigo nada, to.

--Es que me parece haber visto moverse aquel _lys_ real.

--Qu es eso?

--Hablo de aquella planta que se eleva a unos veinticinco pies de
altura.

Cornelio mir en la direccin indicada, y a los primeros resplandores
del alba descubri, a treinta pasos de un grupo de _mulghe_, una alta
vara, terminada en una flor de esplndido aterciopelado, que deba de
tener por lo menos un metro de dimetro.

Aunque no soplaba la menor rfaga de aire, aquella flor oscilaba como si
alguien la moviera o acabara de moverla.

--Es verdad, to--le dijo, armando rpidamente el fusil--. Algn salvaje
ha pasado por all.

--Es muy probable que nos espen, Cornelio.

--Ir a registrar los _mulghe_.

--Ests loco, sobrino mo? Quieres que te claven una azagaya en el
pecho o que te aplasten el crneo con el _bomerang_?

--Qu es eso del _bomerang_?

--Es un proyectil que no falla nunca cuando es un australiano el que lo
maneja. Consiste en una estaca ligeramente curvada, que se lanza a brazo
y que va volteando por el aire. Los australianos la manejan con singular
destreza y no dejan de atinar nunca a bastantes pasos de distancia.
Quizs tengamos ocasin de conocer esa arma arrojadiza... Pero...
Calla!... Esto s que es raro!

--Qu ves?

--Mira hacia aquel matorral.

--Ya lo veo.

--Lo haba antes?

--La verdad, no he puesto la bastante atencin para poder asegurar nada;
pero, tienes razn, creo que no lo haba.

--Pues yo estoy seguro de que en el lugar que ahora ocupa no haba antes
absolutamente nada.

--Y es posible que en pocos instantes haya crecido esa hierba? Nunca
podr creerlo.

--Pues te repito que antes no haba nada en ese terreno.

--Nos ocultar alguna desagradable sorpresa?

--Mucho me lo temo, Cornelio.

El matorral de que hablaban estaba formado por veinte o treinta matojos
puestos en fila, y distaba menos de cien pasos de ellos.

--Pues yo, to, voy pronto a aclarar ese misterio.

Y avanzando con el fusil amartillado hacia el matorral, observ con
asombro que iba retrocediendo, de manera que lo tena siempre a igual
distancia delante de s. Era un engao de la vista o aquellas plantas
estaban dotadas de movimiento?

El joven, en el colmo de la sorpresa, apret el paso; pero la distancia
no disminua, sino que ms bien aumentaba.

--To!--exclam--. Estas matas huyen!

--Lo veo--respondi el Capitn, que le haba seguido y que tampoco poda
ocultar su sorpresa.

--Conoces t plantas que anden?

--No las conozco.

--Ni yo tampoco, ni tengo noticia de que los naturalistas hayan
encontrado plantas con patas.

--Y qu deduces de eso?

Iba el Capitn a responder, cuando dos bultos se levantaron bruscamente
a pocos pasos de aquellas plantas y emprendieron rpida carrera hacia la
llanura; pero a saltos, como si fueran ranas gigantescas.

--Una pareja de kanguros!--exclam Cornelio.

Apunt rpidamente a los dos animales, que se alejaban velocsimamente;
pero Van-Stael le baj el brazo, dicindole:

--Deja tranquilos a los kanguros, que tienes necesidad de tus balas para
otros enemigos ms temibles.

--Qu quieres decir?

--Que los australianos estn delante de nosotros.

--Dnde? Yo no los veo.

--Detrs de las matas que andan.

--Oh!

--S, Cornelio. Esos tunos, para alejarnos de nuestro campamento, o tal
vez para que caigamos en una emboscada, han arrancado esas plantas y las
tienen en las manos con una habilidad sorprendente. No es un recurso
nuevo para esta gente, ahora que me acuerdo.

--Ser verdaderamente as, to?

--S, muchacho, y si fuera de da podras convencerte.

--Canallas!

--Pero nosotros no seremos tan tontos que les sigamos hasta aquella
altura. Apostara cualquier cosa a que en aquel bosque de eucaliptos
est escondida la tribu entera, dispuesta a echrsenos encima.

--Sabrn que tenemos prisionero a su jefe?

--Desde luego lo sospechan. Con que, vamos, Cornelio; enva una bala a
esos hierbajos.

El joven, que era un valiente tirador y que quera demostrar a su to
que no tena miedo de los salvajes, no se dej repetir la orden. Apunt
rpidamente e hizo fuego.

El montn de hierba ms cercano cay en tierra, pues el proyectil haba
hecho blanco. Al mismo tiempo cayeron los otros matojos; pero quedaron
en pie los quince indgenas que los sostenan. Trataron de acercrseles
con sus hachas de piedra en la mano y dando saltos como monos; pero
Van-Stael no les dej tiempo para que llegaran hasta ellos.

Una lluvia de balines cay sobre aquel grupo de hombres. No haca falta
ms para ponerles en fuga. Todos huyeron a la desesperada en direccin
al bosque, dando alaridos.

--Me equivocaba?--pregunt el Capitn.

--No, to--dijo Cornelio.

--Espero que esta leccin les bastar por ahora.

--Y despus? Crees que volvern?

--Sobre esto tengo mis dudas. Me inclino a creer que una de estas noches
los tendremos encima, Cornelio. Conozco a los australianos y s que son
testarudos; pero nos encontrarn dispuestos a recibirlos, y no nos
dejaremos sorprender. Volvamos, valiente muchacho. Van-Horn y Hans
estarn intranquilos.

No era prudente seguir explorando aquella llanura, en la cual podan
exponerse a caer en alguna emboscada. Ya saban que los australianos los
haban descubierto, y que deban estar muy sobre aviso para no ser
sorprendidos.

Seguros de que no les seguiran, al menos por el momento, pues los
indgenas del Continente slo acostumbran atacar de noche, volvieron a
escalar las rocas y bajaron despus al campamento.

Con gran sorpresa vieron que los trabajos no haban empezado an, por
ms que ya el sol haba salido. Los pescadores se haban retirado hacia
las chalupas y discutan acaloradamente. Los preparadores del _trpang_
an no haban encendido las fornallas y sostenan viva discusin con el
viejo marinero, el cual de vez en cuando daba alguna que otra puada en
la rapada cabeza a los hombres amarillos.

--Qu pasa aqu?--pregunt Van-Stael desde lejos, arrugando el ceo.

--Habrn asaltado los indgenas el campamento?--dijo Cornelio.

--No puede ser: habramos odo los tiros.

Acercronse rpidamente y se dirigieron al grupo que formaban los
preparadores, los cuales parecan estar en rebelda contra Van-Horn y
Hans.

--Qu significa este tumulto?--grit Van-Stael, detenindose entre la
turba furibunda--. Por qu no se trabaja?

--Porque no quieren seguir aqu ms tiempo, Capitn--dijo Van-Horn--.
Dicen que no estn dispuestos a dejarse comer por los australianos en
beneficio nuestro y del armador y consignatario del junco.

--Os sublevis, pues, por miedo?

--Queremos irnos de aqu, Capitn--dijo un chino que llevaba una trenza
de un metro de larga--. Queremos abandonar esta costa, en la cual los
salvajes abundan tanto como las peonas en nuestros jardines.

--Y yo deseo llevar mis huesos a mi patria, antes de que los dejen
limpios de carne estos salvajes--dijo otro.

--S; todos queremos marcharnos de aqu--aadieron los dems.

--Y yo--dijo Van-Stael, irguindose y mostrando sus manos
callosas--estoy sintiendo ganas de ataros a los quince por las trenzas y
abandonaros en la baha, Pillos!... Ah! Tenis miedo, conejos del
Celeste Imperio?... Mil truenos!... Yo no os he contratado para que
deis un viaje de placer alrededor del mundo, seores mos... Van-Horn,
sujeta a este cobarde que dice que quiere abandonar esta costa, y mtelo
en la barra por tres das!... Y vosotros al trabajo, o, palabra de
marino, os hago sentir lo que pesan mis manos!... Yo me entender con
los salvajes! Vosotros, a vuestra obligacin, y vivo!




V.--EL ASALTO NOCTURNO


Van-Stael era un marino valiente y un hombre de gran energa, y la
tripulacin no lo ignoraba. Profundo conocedor de los hombres de raza
amarilla, saba que la ms pequea debilidad de su parte podra serle
funesta, comprometiendo el xito de la empresa que tan felizmente haban
comenzado.

Su actitud resuelta produjo excelente efecto en la tripulacin,
turbulenta por naturaleza, pero tambin muy cobarde. Los pescadores
fueron los primeros en ponerse al trabajo, imitndoles los preparadores,
los cuales encendieron las fornallas; pero ni unos ni otros trabajaban
con la diligencia de los das precedentes.

El miedo los tena cohibidos, y a no ser por la persuasin en que
estaban de no ser Van-Stael hombre que pasara por movimiento mal hecho,
no habran tardado en refugiarse en el junco, abandonando el _trpang_
que se oreaba bajo los toldos.

A pesar de la activa vigilancia del Capitn, del Piloto y de los dos
jvenes, cambiaban entre ellos rpidas palabras, sealando la altura
donde haban visto brillar el fuego misterioso, y echaban ojeadas
temerosas a las peas que rodeaban la baha, como si temieran ver
aparecer de improviso a los salvajes.

Tampoco estaban muy tranquilos el Capitn y sus compaeros. Presentan
algo grave. Teman que los salvajes estuvieran preparando algn furioso
asalto nocturno. Aunque nada sospechoso se viera ni se oyera en la
llanura, haba muchos indicios de que los salvajes tramaban algn plan.

Hacia el Medioda haban visto muchas bandadas de aves salir volando de
los bosques de eucaliptos y dirigirse hacia el Norte. Eran papagayos del
tamao de trtolas, con las plumas amarillas, verdes y azules,
pertenecientes a la especie de los _trichoglosses_; _chiorias-alba_,
especie de palomas algo mayores que las nuestras y con el plumaje
blanquecino; _milvus_, de plumas rizadas, blancas y negras; _cacatas_ y
palomas magnficas, del tamao de faisanes y con las plumas del pecho
azules, con reflejos metlicos, y las del dorso verdes obscuras, con
reflejos dorados.

Si estos pjaros abandonaban aquellos bosques en tan gran nmero deba
de ser por algn grave motivo. La presencia de unos cuantos salvajes no
habra bastado para espantarlos.

Ms tarde, el Capitn y Cornelio, que se haban encaramado en lo alto de
una roca para observar la llanura, vieron salir de aquellos bosques
muchos _warangales_ huyendo hacia el Sur.

Los perros salvajes, llamados _dingos_, se parecen ms a las zorras que
a los lobos. Son fuertes y fieros, y cuando estn reunidos no le temen
al hombre. Si huan era, sin duda, porque no se tenan all por seguros.

A la cada de la tarde, algunos _casoares_, grandes aves que tienen, a
veces, hasta cinco pies de alto y cuyas alas estn reducidas a una
especie de muones, que no les permite volar, huyeron a todo correr por
la llanura.

--Querido Cornelio--dijo el Capitn bastante inquieto--, creo que se nos
prepara una mala noche.

--Temes un asalto?

--S, hijo mo.

--Somos cuarenta, to querido.

--Por lo que se ve, sigues contando con los chinos. A los primeros
disparos huirn a las chalupas, y nos dejarn solos.

--Es que tenemos dos lantacas a bordo, y podramos desembarcarlas.

--Es verdad; pero no bastarn para rechazar a esa canalla.

--Temes que sean muchos?

--En las costas meridionales de Australia quedan pocos indgenas, porque
los colonos ingleses han ido acabando poco a poco con todos ellos; pero
aqu en las septentrionales los hay todava en gran nmero, y podramos
tener que vrnoslas con cuatrocientos o quinientos hombres.

--Un verdadero ejrcito para nosotros, que ni siquiera podemos contar
con los chinos. La cosa se pone seria, to.

--S, Cornelio.

--Refugimonos en el junco. Me han dicho que los salvajes australianos
no tienen canoas.

--Es verdad; pero y nuestro _trpang_? Si se dan cuenta de que hemos
abandonado la playa, saquearn el campamento, y en pocas horas
perderemos el trabajo de siete das, y con l muchos miles de pesos,
pues ya tenemos recogida una verdadera fortuna en moluscos.

--Y no podramos embarcarlo?

--Es demasiado pronto, y se echara a perder.

--Pues estamos en una cruel disyuntiva, to. Crees que los chinos
dormirn en tierra? Yo tengo mis dudas.

--Les obligar a ello, aunque tenga que emplear la fuerza. Si los
salvajes nos ven en gran nmero, podrn detenerse; pero si slo se
encuentran con nosotros cuatro, no dudarn en asaltar el campamento.
Bajemos, Cornelio.

Haba cerrado la noche, una noche obscura como boca de lobo, pues la
luna se haba ya puesto y el cielo estaba cubierto de grandes
nubarrones, que un viento clido empujaba hacia el golfo de
Carpentaria.

Los chinos haban ya suspendido el trabajo, y despus de cenar se haban
agrupado en la playa, discutiendo animadamente con el Piloto y con Hans.
No queran pasar la noche en tierra, y todos estaban resueltos a
retirarse a bordo del junco.

Cuando el Capitn y Cornelio llegaron al campamento haban ya botado al
agua las chalupas y estaban embarcndose en ellas, a pesar de las
amenazas de Van-Horn.

La llegada de Van-Stael los contuvo.

--Dnde vais?--les pregunt el Capitn amartillando resueltamente el
fusil.

--A bordo--dijeron algunos.

--A bordo, hato de haraganes! Vais a abandonar el _trpang_?
Desembarcad, o al primero que toque un remo lo mato como a un perro!
Aqu nos quedamos nosotros, y aqu os quedaris vosotros tambin.

--Es que los salvajes nos amenazan, seor--dijo un cabo de pescadores.

--Tambin amenazan a mi _trpang_, y no me da la gana de
perderlo--respondi Van-Stael--. A tierra, os repito!...

--Defended vos vuestro _trpang_--dijo una voz.

--Eh, tunante; ven aqu a repetir esas palabras, si te atreves, o deja
al menos que yo te vea la cara!--dijo el Capitn, perdiendo la
paciencia.

Ninguno respondi; pero tampoco ninguno hizo el menor ademn para saltar
en tierra.

--Ah! Os rebelis?--exclam el Capitn--. Van-Horn, Cornelio, Hans,
desembarcad las lantacas, y si estos hombres intentan alejarse, haced
fuego contra las chalupas!

El Piloto y los dos hermanos no se hicieron repetir la orden. Se
agarraron a los bordes de las chalupas y con dos vigorosos empujones las
embarrancaron en la playa, sacando a tierra las dos lantacas.

Los chinos, que tenan ms miedo al Capitn que a los salvajes, bajaron
a tierra, aunque murmurando.

Van-Stael, para animarles un poco, hizo destapar un barrilito de
_sam-sci_, especie de aguardiente de arroz fermentado que se fabrica en
China, y lo distribuy abundantemente entre todos. Si saba hacerse
temer de aquella gente, saba tambin hacerse querer.

--Animo!--les dijo--. No somos tan pocos que nos vayamos a dejar comer
de un bocado por los australianos, y ni las armas, ni la plvora, ni las
balas nos faltan. Mostremos a estos brutos cmo se defienden los hombres
de mar.

Estas animosas palabras produjeron poco efecto en la tripulacin china,
que, en vez de acampar junto a las fornallas y los toldos, se qued en
la playa, para poderse embarcar ms fcilmente. Decididamente, los
holandeses no deban contar para nada con aquellos hombres, ms
dispuestos a huir que a ayudarlos.

Van-Stael tena que resignarse; pero no dej de tomar sus medidas para
defenderse de los antropfagos.

Hizo colocar las dos lantacas en la playa, de manera que batieran los
dos pasos abiertos entre las rocas de la costa y por las cuales podan
desembocar los indgenas. Despus mand traer a tierra un centenar de
botellas vacas, que hizo reducir a cascos, los cuales esparci
alrededor de los toldos de _trpang_. Aquellas puntas agudas y cortantes
eran un serio obstculo para los pies desnudos de los antropfagos.

Terminados aquellos preparativos, esper tranquilamente la acometida del
enemigo, haciendo l la primera guardia en compaa de Hans y de seis
chinos, escogidos entre los mejores. Van-Horn y Cornelio deban
relevarle a media noche.

Esta era obscura y muy a propsito para un asalto. Los silbidos del
viento, al pasar por entre las peas, y el ruido del oleaje al batir en
las escolleras, bastaban para impedir que pudiera sentirse la
aproximacin de un ejrcito de salvajes.

Van-Stael y Hans estaban muy apercibidos y no apartaban la vista de las
peas. De vez en cuando, mientras los chinos, ms espantados que nunca,
permanecan amontonados junto a las tiendas, llegaban hasta los
depsitos de _trpang_, temerosos de que los indgenas los estuvieran
saqueando, o reconocan la playa para asegurarse de que las anclas del
junco seguan slidamente agarradas a los fondos.

Ningn indgena se vea por all, ni la menor sombra humana se dejaba
ver por las escolleras ni por las rocas que rodeaban la baha. Sin duda
los antropfagos no se atrevan an a dar el asalto.

A media noche, Van-Horn y Cornelio, que slo haban dormido con un ojo,
como suele decirse, entraron a hacer la segunda guardia con diez chinos.

--Nada de nuevo, to?--pregunt Cornelio al Capitn.

--Hasta ahora no; pero no os descuidis, pues temo que la noche no pase
sin alarmas.

Entr en la tienda con Hans, que se caa de sueo, y el piloto y
Cornelio se sentaron junto al fuego con los fusiles entre las rodillas.

Media hora llevaran velando cuando oyeron a corta distancia lgubres
aullidos.

--Los _warangales_--dijo Van-Horn, levantndose--. Cmo se atreven a
llegar tanto aqu esos perros salvajes? Qu os parece, seor Cornelio?

--Algn perro hambriento--respondi el joven.

--Hum! No me parece eso.

--Pues qu creis que sea?

--Tal vez una seal.

--Pues a m me han parecido esos aullidos naturales.

--Veis algo?

--No.

En aquel instante se oy de nuevo el aullido, pero ms cercano.

--No es un _warangal_, seor Cornelio--dijo Van-Horn, palideciendo--.
Esto es una seal; no me equivoco.

--Se acercarn los salvajes?--pregunt el joven, levantndose con
rapidez.

--Silencio!

--Habis odo algo?

--Mirad all, junto a las hornillas. Veis algo?

--S, descubro una sombra negra. La noche est obscura; pero la veo
moverse.

--Y yo veo otras sombras bajar por las rocas.

--Es verdad. Ahora veremos.

Cornelio sali del espacio iluminado por el fuego, se ech a tierra y
apunt. Iba ya a disparar, cuando entre los hornillos estallaron gritos
agudos, a los que respondieron otros, cerca de los depsitos de
_trpang_. No eran gritos de guerra o de triunfo, sino alaridos
dolorosos.

--Ah!--exclam Van-Horn--. Los vidrios de las botellas destrozan los
pies de los canbales. Fuego contra ellos!

Se dirigi hacia la lantaca, que tena cerca, y despus de apuntarla
hacia las sombras que se movan, la dispar, cubrindolas de una lluvia
de metralla. Al caonazo siguieron otros siete u ocho disparos de los
chinos de guardia.

Los gritos, de dolor se trocaron en tremendo vocero. Una masa enorme de
cuerpos humanos se precipitaba por las rocas con velocidad vertiginosa:
eran ciento, doscientos, cuatrocientos; porque pareca que no acababan
nunca.

Van-Stael, Hans y los chinos, despertados por el vocero y los disparos,
se pusieron en pie; pero mientras los dos primeros se dirigan hacia los
depsitos de _trpang_, para evitar que fueran saqueados, los chinos
huan en tropel hacia la playa para embarcarse en las chalupas.

--Adelante, muchachos!--haba gritado el Capitn; pero slo siete u
ocho hombres le siguieron.

Eran un puado de hombres contra un ejrcito; pero no caban
vacilaciones en aquellos momentos.

El Capitn y los suyos avanzaron descargando los fusiles contra las
espesas filas de los asaltantes, mientras el piloto, que se haba
quedado solo, disparaba la lantaca, sembrando la muerte con una
granizada de hierro y de plomo.

De pronto, los antropfagos se detuvieron en su formidable asalto. Los
que llegaron primero a los depsitos de _trpang_, al pisar con los pies
desnudos sobre los vidrios, se echaron atrs, dando alaridos. Algunos,
que cayeron entre los pedazos de botellas, que les cortaban las carnes,
se retorcan desesperadamente, regando el terreno de sangre. Los otros,
espantados y no sabiendo de qu peligro se trataba, se detuvieron
tambin vacilantes, hasta que, al fin, optaron por volver las espaldas y
huir hacia las peas.

Una doble descarga de las lantacas y los fusiles apresur su retirada, y
en breve desaparecieron todos por la vertiente opuesta.

--Bravo, valientes muchachos!--grit Van-Stael--. Es una leccin que no
olvidarn en mucho tiempo. A los depsitos de _trpang_, amigos mos!
Veo algunos indgenas moverse por all.

Se lanz hacia las tiendas, entre las cuales se revolcaban algunos
australianos en las ltimas convulsiones de la agona; y cuando estuvo
cerca di un grito de furor.

--Oh!... Miserables!

--Qu pasa, to?--preguntaron Hans y Cornelio, que haban acudido a la
exclamacin de Van-Stael.

--Que estamos arruinados, hijos mos!

--Han saqueado los depsitos?

--Peor que eso. Nos han imposibilitado para pescar ms, pues han robado
las calderas, y no tenemos otras.

--Las calderas!--exclam Cornelio.

--S, sobrino--dijo el Capitn con voz ronca--. Cmo vamos a preparar
en adelante el _trpang_? La estacin de pesca apenas ha comenzado y no
tenemos an ms que la dcima parte de la carga.

--Sigmosles, to!--exclam Cornelio.

--A quines? A los ladrones?

--Y por qu no? Vais a volver a Timor con esas pocas _olutarias_,
mientras podemos pescar diez veces ms?

--Yo opino lo mismo--dijo Hans--. Aprovechemos los momentos para
seguirlos.

--Pero querrn venir con nosotros los chinos?

--No, seor--dijo Van-Horn, acercndose--. Esos cobardes se han
embarcado y se resistirn a volver a tierra.

--Canallas!--exclam el Capitn con ira--. Ahora todo se ha perdido!

--Y qu pueden hacer los australianos con nuestras calderas? Estoy
seguro, Capitn, de que las han abandonado en la llanura, para no cargar
con un peso intil, que les estorbara en su fuga.

--Tal vez tengas razn, mi viejo Horn. Vaya, no perdamos tiempo; y si
los salvajes estn todava a tiro de fusil, tratemos de aligerar su
retirada. Al ser asaltados, quiz abandonen las calderas. Andando; a
escalar las rocas!




VI.--LA ORGA DE LA TRIPULACIN


Era intil pensar en seguir pescando mientras no volvieran a su poder
las pailas para la preparacin del _trpang_. Cierto es que hubieran
podido secar al sol los moluscos; pero esta operacin requera mucho
tiempo, y no podan disponer de l a causa de la hostilidad constante de
los salvajes.

Como haba observado el piloto, no era probable que los australianos
hubieran transportado muy lejos las pailas, tanto por su peso,
relativamente grande, como por su ninguna utilidad para ellos. No
podan, con todo, los pescadores perder el tiempo; porque si los
fugitivos llegaban a los bosques de eucaliptos sin abandonar su presa,
no les quedaba otro recurso al Capitn y los suyos que levar anclas y
desplegar las velas, abandonando aquella baha tan rica en _olutarias_.

Van-Stael se lanz a todo correr por una de las gargantas de las rocas,
seguido del piloto, de Cornelio y de Hans. Aunque aquel paso era spero
y difcil, lo atravesaron en pocos minutos y bajaron a la llanura.

La obscuridad era tan completa, que no podan distinguir los grupos de
canbales, aunque oan muy bien su salvaje clamoreo, alejndose hacia el
Este, en direccin de la colina y el bosque.

--No estn a ms de una milla de aqu--dijo el Capitn, despus de
escuchar con atencin un rato.

--Tratan de llegar al bosque--dijo Cornelio.

--Est lejos?--pregunt Van-Horn.

--Seis o siete millas.

--Hay que darse prisa, Capitn. Ya sabis que los australianos son
buenos andarines.

--Tambin nosotros tenemos buenas piernas. Si logramos ponernos a tiro,
les haremos fuego. Adelante, y con cuidado para no caer en emboscadas!

--Y para ver si han abandonado las calderas--aadi Van-Horn.

Siguieron a buen paso, inclinndose hacia el Este; pero los australianos
no se dorman tampoco en su marcha, pues la delantera que les llevaban
no menguaba un pice, a juzgar por el rumor de sus voces.

El Capitn, que no estaba tan gil como los dos jvenes, maldeca de la
ligereza de los salvajes, y Van-Horn segua a duras penas la marcha,
resoplando como una foca.

De pronto, cuando llevaban andadas cerca de dos millas, el viejo piloto
tropez en un cuerpo duro, que despidi un sonido metlico.

El encontrn haba sido tan brusco, que estuvo a punto de caerse; pero
se repuso al momento, y exclam:

--No me haba equivocado!

--Qu has encontrado, viejo?--le pregunt el Capitn.

--Ya os deca yo que no tardaran estos canbales en desembarazarse de
un peso intil. Me ha faltado poco para romperme la cabeza contra una de
nuestras calderas.

--Qu suerte! Estar la otra por estos alrededores?

--Nada extrao sera. Los mismos motivos que han tenido para abandonar
sta tienen que inducirlos a soltar la otra.

--Silencio!--dijo Cornelio.

--Qu hay?

--No oigo ms los gritos de los salvajes, to.

--Habrn ya llegado al bosque?

--Habrn advertido que los seguimos?

--Preferira que volviramos a la playa, ahora que tenemos una caldera.
Podramos muy bien pasarnos sin la otra.

--Oh, oh!--exclam Van-Horn--. A tierra todo el mundo!

Oase en el aire un extrao ruido que se acercaba rpidamente. Los
cuatro holandeses se dejaron caer al suelo, aunque Hans y Cornelio
ignoraban el peligro que les amenazaba.

Poco despus, a pocos pasos de ellos, oyeron un ligero golpe, como si un
cuerpo duro hubiera tocado contra el suelo. Despus volvieron a or un
ruido semejante; pero esta vez alejndose.

--Es un _bomerang_--dijo Van-Stael--. Esos tunos se han dado cuenta de
que los seguimos.

--Es uno de esos palos ligeramente curvados, de que me
hablaste?--pregunt Cornelio.

--S, y hubiera podido rompernos la cabeza a cualquiera de nosotros.

--Me parece que ha vuelto atrs despus de tocar al suelo.

--Ha vuelto a la mano del hombre que lo lanz.

--El _bomerang_?

--S, Cornelio. El _bomerang_, que es sencillamente un palo de unos tres
pies de largo, algo redondo en uno de sus extremos, es un arma
sorprendente; pero que slo los australianos saben manejar. Lo lanzan
hacia adelante, y despus de dar en el punto a que lo dirigen, vuelve a
sus manos, describiendo en el aire una curva parecida a una parbola. Si
tiene ese hecho su razn en la forma especial del _bomerang_, o en la
manera de arrojarlo, o en ambas cosas a la vez, no se sabe a ciencia
cierta.

--Estar muy lejos el salvaje que lo ha lanzado?

--A cincuenta o sesenta pasos. Distingues algo?

--Est tan obscuro, que no se ve a un hombre a quince pasos de
distancia.

--Batmonos en retirada, Capitn--aconsej Van-Horn--. Si se enteran de
que no somos ms que cuatro, se nos echarn encima. No hay tiempo que
perder, porque dentro de media hora empezar a clarear.

--Y qu hacemos con la paila?

--La llevaremos entre nosotros dos. Vuestros sobrinos, que son muy
buenos tiradores, se encargarn de tener a raya a los salvajes.

--Tienes razn, viejo mo. Si el alba nos sorprende lejos del
campamento, estos tunos se nos echarn encima y tendremos que abandonar
la caldera. Hans, Cornelio!: os confiamos nuestra defensa.

--El primero que se acerque demasiado es hombre muerto--dijo Cornelio--.
Mis balas van adonde yo las mando.

--Apresuraos, to--dijo Hans--. Creo percibir sombras negras movindose
a lo lejos.

--Partamos, Van-Horn.

Cargaron entre los dos con la caldera, que pesaba cerca de un quintal, y
se pusieron en marcha, aligerando lo posible el paso, mientras los dos
jvenes, con los fusiles dispuestos, no perdan de vista a los salvajes,
los cuales avanzaban en dispersin para presentar menos blanco a los
tiros enemigos.

Ya no poda caber duda alguna. Advertidos de que los seguan, se
detuvieron, preparndose a un nuevo asalto, pero con gran prudencia,
pues ignoraban la fuerza de sus enemigos. De cuando en cuando, algn
_bomerang_ sonaba en el aire y volva a las manos del que lo haba
arrojado; pero la obscuridad protega a los cuatro holandeses, los
cuales apresuraban su retirada para no ser descubiertos.

No poda tardar en ser de da, y si los australianos llegaban a verlos
era segura su acometida, que slo cuatro hombres, aun armados de fusiles
y resueltos a defenderse, no eran bastantes para resistir.

--Adelante!--repeta Van-Stael, que trataba de adelantar camino--.
Pronto llegaremos al campamento, y, una vez all, podremos refugiarnos
en el junco.

El peso de la caldera les impeda caminar con rapidez; por otra parte,
el terreno, pedregoso y cubierto de malezas, les obligaba a dar rodeos,
hacindoles perder un tiempo precioso.

Estaban ya a mil quinientos pasos de la cadena de peas que limitaban la
baha, cuando los australianos, que hasta entonces los haban seguido
andando a gatas, se pusieron en pie. Se haban ya dado cuenta del
exiguo nmero de sus enemigos y se decidan a asaltarlos?

--Hans! Cornelio!--exclam Van-Stael--. Estad muy prevenidos!

Dos tiros de fusil le respondieron. Los dos valientes jvenes haban
comenzado el fuego, y sus balas debieron de hacer blanco, porque a los
disparos siguieron rabiosos alaridos y gritos de dolor.

--Hud!--grit Van-Stael.

--An no, to--dijo Cornelio--. Tira al centro de las filas, Hans, y no
desperdicies las balas.

--Estn slo a cien pasos, y los veo muy bien, Cornelio.

--Fuego, pues!

Un momento despus resonaron otros dos disparos. Los alaridos de los
australianos les hicieron ver que tambin haban acertado en su
puntera, poniendo a dos enemigos ms fuera de combate.

Los dos jvenes retrocedieron precipitadamente, cargando los fusiles, y
llegaron adonde estaban el Capitn y el piloto, los cuales no haban
abandonado la caldera.

--Estis heridos?--les pregunt Van-Stael.

--No, a Dios gracias--respondieron.

--Poneos fuera del alcance de los _bomerang_. Est lejos la baha?

--Estamos ya muy cerca; pero empieza a clarear. Las estrellas brillan ya
muy poco--dijo Hans.

--Un ltimo esfuerzo, Van-Horn!

--Soy de hierro, Capitn.

--Helos ah!--exclam Cornelio--. A m, Hans!

Los australianos se acercaban a la carrera, dando gritos y blandiendo
sus azagayas de puntas de hueso y sus hachas de piedra verde, sujetas a
los mangos con goma xantorrea, que es solidsima.

A los primeros albores pudo distingurseles fcilmente. Eran como
trescientos o cuatrocientos; todos de mediana estatura y miembros
dbiles, cabezas lanudas y pechos cubiertos de tatuajes. Adornbanse con
collares de dientes de animales y llevaban por toda vestimenta pieles de
kanguro sobre los hombros. Iban pintados imitando esqueletos, como el
jefe de la tribu que estaba preso a bordo del junco.

Guibanlos tres jefes, fciles de reconocer por las plumas de cacata
con que se adornaban la cabeza y por las colas de perro salvaje que
llevaban a la cintura.

Tampoco faltaban entre ellos algunos _malgara docks_, sacerdotes y
mdicos a un tiempo, que tanto curan heridas o enfermedades como
celebran matrimonios.

Aquella turba feroz y hambrienta se dispona a arrojarse sobre los
cuatro blancos, con cuyos cuerpos contaba para darse un banquete; pero
el temor los tena vacilantes.

Cornelio y Hans, parapetados tras de unos pedruscos, hacan fuego sin
cesar, procurando herir a los jefes y a los sacerdotes, mientras su to
y el piloto se alejaban corriendo para llegar pronto a las peas, de
las cuales distaban ya muy poco. Tenan esperanza de llegar pronto a la
orilla del mar si los dos valientes jvenes conseguan retardar el
asalto algunos minutos.

Los australianos, que teman que se les escapara su presa, no cejaban, a
pesar de los incesantes disparos de Hans y de Cornelio.

Adelantbanse, aunque lentamente, blandiendo las azagayas, las hachas y
los _bomerang_, vociferando como locos y prorrumpiendo en aullidos
feroces cada vez que uno de ellos caa a tierra, muerto o herido por un
disparo.

Los dos heroicos jvenes seguan resistiendo, para dar tiempo a su to y
al piloto de llegar a la costa. Peleaban como soldados veteranos,
cargando y descargando sus fusiles sin cesar un punto.

Cuando se vieron dentro del alcance del _bomerang_ fueron retrocediendo
paso a paso hasta ponerse a unos seiscientos de la costa, donde se
apostaron tras de unas peas.

--Que apuntes bien, Hans--dijo Cornelio--. El to y Horn estn ya cerca
de las rocas, y si podemos retardar el avance de los salvajes unos
cuantos minutos, la caldera estar a salvo. Gurdate de los palos
volantes y de las hachas!

--No temas, Cornelio; mis balas no se pierden.

--Fuego!

Otros dos salvajes, que se distinguan por sus desaforados gritos y que
iban delante de los dems, animndolos, cayeron a unos cuatrocientos
pasos de nuestros jvenes. La muerte de aquellos dos hombres, uno de los
cuales era brujo o sacerdote, pareci excitar la furia de los salvajes.

Abandonando toda precaucin, avanzaron como un torrente impetuoso, dando
gritos horribles y arrojando sus azagayas, sus hachas y sus _bomerang_.

No era ya posible detenerlos: para ello hubiera sido preciso un can
cargado de metralla. Cornelio y Hans descargaron una vez ms sus
fusiles, y despus huyeron, confiando su salvacin a sus piernas.

El Capitn y Van-Horn haban ya llegado a las primeras rocas y las
escalaban, empujando la caldera delante de ellos.

--Pronto, muchachos!--grit Van-Stael, al ver a sus sobrinos seguidos
por los canbales.

--No temis, to--le contest Cornelio--; tenemos buenas piernas.

Entre tanto los salvajes, aunque corran a la desesperada, sin dejar de
lanzar sus armas, no lograban alcanzar a los dos jvenes, que corran
como ciervos.

En pocos momentos llegaron a las rocas y las escalaron sin detenerse.

Iban a volverse para disparar otra vez, cuando vieron al Capitn
abandonar la caldera.

--Ests herido, to?--le pregunt Cornelio, corriendo hacia l.

--No! Oyes?... Escucha t tambin, Van-Horn!

Todos aguzaron los odos. Mientras por el lado de tierra seguan
oyndose los gritos salvajes de los australianos, hacia la baha
percibanse risotadas, cantos y gritos proferidos por voces roncas, como
de borrachos.

--Gran Dios!--exclam Van-Horn--. Qu han hecho nuestros chinos?

--Se habrn vuelto locos de miedo?--dijo Cornelio.

--No! Me temo que todos estn borrachos!--murmur el Capitn,
ponindose plido--. En mi camarote haba cinco barriles de
_sciam-sci_. Corramos pronto, amigos, o habr una horrible matanza!

Abandonaron la caldera, que rod hasta la llanura chocando de roca en
roca, y con el corazn oprimido por la angustia y la frente baada en
fro sudor, atravesaron la ltima lnea de rocas y bajaron hacia la
playa.




VII.--LOS DEVORADORES DE CARNE HUMANA


El Capitn no se haba equivocado: en el campamento reinaba el desorden
ms espantoso.

La tripulacin china, que los haba abandonado vilmente en el momento en
que iban a emprender la persecucin de los salvajes para recobrar las
calderas, no estaba a bordo del junco. Todos haban desembarcado, y
estaban dispersos entre las tiendas, los depsitos de _trpang_ y las
hornillas; pero en qu estado!

Aquellos miserables, en vez de prepararse para hacer frente a los
australianos en el caso probable de que volvieran a presentarse, se
haban aprovechado de la ausencia de los blancos para saquear la
despensa del buque y el camarote del comandante.

Olvidando la ms elemental prudencia, todos haban desembarcado,
abandonando el junco, con peligro de que el viento o las corrientes lo
arrojaran contra la costa, y se entregaron a una desenfrenada orga.

Despus de romper los barriles de carne salada y de comerse las
conservas, cuyas cajas se vean esparcidas por el suelo, embistieron con
el _sciam-sci_ del Capitn y se emborracharon por completo.

Unos yacan amontonados; otros seguan bebiendo y cantando con voces
roncas y destempladas; los haba en estado de verdadero delirio, que se
peleaban como fieras, dndose furiosos puetazos en las peladas cabezas,
mientras que otros, que no haban perdido del todo los sentidos, se
entregaban al juego en medio de atronador vocero. El jefe de los
pescadores y el contramaestre, agarrados del brazo, bailaban en torno de
los barriles, declamando versos chinos.

Ninguno de aquellos beodos se acordaba de los salvajes, ni mucho menos
del Capitn y sus compaeros, a quienes daban ya por muertos y asados.
Van-Stael, arrebatado de furor, se lanz en medio de aquella patulea de
borrachos, gritando:

--Miserables! Qu habis hecho?

El jefe de los pescadores se le puso delante, vacilando sobre sus altos
zuecos de planta de fieltro, diciendo:

--Hola! Os crea muerto, Capitn!

--Os habis emborrachado, canallas!--le dijo Van-Stael, amenazndole
con el puo.

--S, s!--aadi el chino, tartamudeando--. Bebed... el _sciam-sci_
es... excelente!... An... queda... Lo juro...

--Pero, desgraciado!; no oyes los gritos de los salvajes?

--Los salvajes!... Ah, s!... Bebamos _sciam-sci_. Bebamos!

--Te van a comer, estpido!... A bordo! A bordo! Miserables!

El chino balance estpidamente la cabeza y comenz otra vez su baile
alrededor de los barriles, acompandose con cnticos. Van-Horn lo ech
a rodar de un tremendo puntapi.

Entre tanto, Hans y Cornelio se haban precipitado hacia los otros para
obligarles a huir en las chalupas; pero aquellos desgraciados ni
atendan a razones ni llegaban a comprender el tremendo peligro en que
estaban. Uno solo, menos ebrio que los dems, se apresur a ganar una de
las chalupas; pero los dems siguieron jugando, bebiendo, cantando o
durmiendo.

--To--dijo Cornelio--; estn todos borrachos perdidos y no es posible
hacerles entrar en razn.

--Oh, miserables--exclam el Capitn, empujando con rabia al maestro y
al cabo de pescadores hacia las barcas--. Esto era cuanto me faltaba!
Pronto, Van-Horn, Hans, Cornelio: coged a estos bribones y echadlos en
las chalupas!

--Tendremos tiempo para eso? Oigo ya muy cerca los gritos de los
australianos--dijo el piloto.

--Tratemos de salvar a los ms que podamos. Pronto, amigos! No
perdamos los minutos, que son preciosos.

Lanzronse los cuatro en medio de aquella turba de borrachos, que no
queran atender a razones, y a puetazos y puntapis condujeron a diez o
doce a la playa, y fueron arrojndolos uno a uno en la chalupa ms
cercana. Varios de ellos, testarudos, como todos los borrachos, se
resistan a embarcarse, tratando de acercarse a los barriles para beber
un ltimo sorbo.

Los cuatro holandeses iban ya a traer a las chalupas a los dems chinos,
cuando los salvajes, que desembocaban ya por las dos gargantas, entraron
en el campamento con mpetu irresistible.

--Hud!--gritaron Van-Stael, Van-Horn y los dos jvenes, echando mano
de las armas.

Los chinos, al or el clamoreo de los canbales y al ver caer sobre
ellos una lluvia de azagayas y _bomerangs_, comprendieron, al fin, el
peligro que les amenazaba, y al punto se les disiparon los vapores de la
borrachera. Por desgracia, era ya demasiado tarde para que pudieran
embarcarse en las chalupas.

Los salvajes los rodearon al momento. El Capitn y sus compaeros haban
tenido tiempo de huir hacia la playa, desde donde rompieron el fuego
contra los indgenas, apuntando especialmente a los jefes y a los
brujos.

Vanos esfuerzos! Los salvajes, a pesar de los estragos que las balas
hacan en ellos, no retrocedan. Los chinos no caan sin defenderse,
luchando desesperadamente a puetazos y puntapis y golpeando a los
canbales con las espumaderas, los arpones, los cuchillos y hasta con
troncos encendidos que sacaban de las fornallas. Trataban a toda costa
de llegar a la playa y ganar las chalupas, donde les esperaban el
Capitn y sus compaeros.

Muchos antropfagos yacan en tierra, muertos o gravemente heridos; pero
los chinos tenan pocas esperanzas de escapar, y no pocos de ellos
haban sido muertos.

Dos veces haba disparado Van-Horn las lantacas, aun a riesgo de herir o
matar a algunos chinos, y dos veces tambin intent Van-Stael abrirse
paso por entre los canbales para socorrer a aquellos desgraciados; pero
todo fu intil.

Al contrario, un centenar de aquellos salvajes intentaron acabar con los
blancos y los chinos que presenciaban aquel furioso combate, y se
dirigieron tumultuosamente a la playa.

No haba que perder un momento. Para los tripulantes que se haban
quedado en tierra no haba ya salvacin posible y los ms de ellos
haban ya perecido. No era prudente exponer a igual suerte a los que se
haban salvado.

--A m, Horn!--grit el Capitn--. A m, Cornelio, Hans! Salvemos a
los hombres que estn en las chalupas!

Manejando los fusiles como mazas, se arrojaron sobre los salvajes,
matando a unos cuantos de ellos y logrando contenerlos por algunos
instantes; pero los salvajes volvan a arremeter, animndose con gritos
feroces.

--Hud!--grit el Capitn a los chinos de una de las chalupas, que
parecan estar medio aturdidos.

En seguida se embarc en la otra, seguido de Horn, Hans, Cornelio y un
joven pescador, que haba logrado abrirse paso hasta ellos a arponazos.

Empuaron los remos y se alejaron a toda prisa, protegidos por los
disparos de los dos jvenes. Los chinos de la otra chalupa trataron de
seguirlos; pero los salvajes lograron agarrarla por una de las bandas
antes de que se alejara de la orilla y la volcaron con todos los
desgraciados que conduca.

--A la lantaca, Horn!--dijo el Capitn con acento desesperado--.
Apunta bien!

Solt Horn el remo; carg rpidamente el caoncito y reg la playa con
una rociada de balines. Siete u ocho antropfagos cayeron; pero los
otros se arrojaron al agua, y agarrando a los chinos por las trenzas y
por los pies, los sacaron a tierra.

Por algunos instantes se oyeron los desesperados gritos de los
amarillos, que a poco fueron sofocados por el espantoso vocero de los
salvajes.

Van-Stael, loco de dolor y de ira, quera volver a tierra para entablar
una lucha suprema y morir o vencer; pero Van-Horn, Hans y Cornelio
impelieron vigorosamente la chalupa hacia el junco.

Todo se haba ya perdido, pues la tripulacin haba sido aniquilada.

Habra sido, pues, una verdadera locura y un sacrificio intil entablar
combate con enemigo tan numeroso.

--Dejadme ir a tierra!--exclamaba el pobre Capitn, mesndose el
cabello--. Dejad que vaya a vengar a mi tripulacin!

--Para haceros matar, seor?--responda el viejo piloto--. No; hemos
hecho todo lo posible por salvarlos, y no debis seguir exponiendo
vuestra vida ni la de vuestros sobrinos.

La chalupa, despus de atravesar la baha, lleg hasta el junco, que
haba sido abandonado por la tripulacin en masa. Subieron al puente,
izaron la chalupa para impedir que los salvajes se apoderasen de ella y
colocaron la lantaca en el castillo, cargndola de metralla.

--Seor--dijo Van-Horn, acercndose al Capitn, que diriga miradas
feroces sobre los salvajes, esparcidos por la playa--. Creo que nada
tenemos ya que hacer en esta baha.

--Qu quieres decir, Horn?

--Que lo mejor sera desplegar velas y hacernos a la mar, antes de que
los salvajes encuentren el medio de intentar el abordaje del junco.

--Y pretendes que abandone a los chinos?

--No habrn dejado uno vivo, seor. Mirad: encienden grandes hogueras en
la playa.

--Es que no debemos dejarles que se los coman tranquilamente, Horn.
Tenemos an una lantaca y nuestros fusiles.

--Y los salvajes se parapetarn detrs de las rocas, ponindose as a
cubierto de nuestras balas.

--Y crees t que los chinos hayan muerto todos? Habr alguno vivo?

--Se le oira gritar o lo veramos. Los canbales estn todos en la
playa y en medio de ellos no veo ms que muertos.

--Es verdad--murmur Van-Stael con amargura--. Los han matado a todos y
me han inutilizado todo el _trpang_. Qu prdida, Van-Horn!

--Nosotros no tenemos la culpa de que se hayan emborrachado nuestros
marineros, seor. Si no se hubieran aprovechado de nuestra ausencia para
abandonarse a sus instintos rapaces, todos estaran vivos y a bordo de
este buque.

--Es verdad. Nosotros lo hubiramos intentado todo por salvarles. Pero
qu dir nuestro armador al vernos regresar sin _olutarias_ y sin
tripulacin?

--Peor caso es el de muchos otros pescadores, que perdieron los buques y
la vida.

--Es cierto, Van-Horn.

--Partamos, seor. Slo somos cinco y los antropfagos son, por lo
menos, cuatrocientos. Si nos abordan estamos perdidos.

--Bueno, pues levemos anclas y a desplegar velas, Van-Horn. No quiero
que mis sobrinos caigan en poder de esos salvajes.

--Seor Hans, seor Cornelio, y t, Lu-Hang--dijo el piloto dirigindose
a los jvenes y al pescador--, ayudadme.

--Levemos el ancla de popa--dijo el Capitn--. El viento sopla del Este,
y pondremos la proa hacia la salida de la baha.

Van-Horn subi al castillo para examinar antes la posicin del ancla;
pero a poco se le vi palidecer y hacer un gesto de furor.

--Capitn!--exclam con voz descompuesta.

--Qu ocurre?--pregunt Van-Stael.

--La cadena est cortada y el ancla perdida.

--Cortada? Imposible! Era muy gruesa y adems bastante slida.

--Tambin ha desaparecido la de proa!--grit Cornelio, que haba subido
tambin al castillo.

Van-Stael se asom a la proa y vi que, en efecto, estaba tambin rota
la cadena de la segunda ancla. Slo haba un pedazo de ella pendiente
del escobn. El ltimo anillo pareca haber sido roto a hachazos.

Van-Stael se acerc al joven pescador chino y sacudindole vigorosamente
le dijo apretando los dientes:

--Canalla! Qu habis hecho durante nuestra ausencia? No os bastaba
con saquear la despensa de los vveres y la de mi camarote, sino que aun
querais que naufragara el buque?

--No, seor--respondi el chino--. Ninguno de nosotros ha cortado la
cadena. Lo juro por Buddha y Confucio.

--Ests seguro, Lu-Hang?

--S, Capitn. Yo estaba en el puente cuando mis compatriotas tuvieron
la desdichada idea de embriagarse con vuestro _sciam-sci_, y no vi a
ninguno romper las cadenas.

--Y quin supones entonces que pueda haber sido?

--No lo s, seor.

A poco el Capitn se di un golpe en la frente y lanz un grito.

--Van-Horn!--exclam.

--Seor!

--Dnde est el salvaje que hicimos prisionero?

--Debe de estar an en la cala.

--Vamos a ver!

Bajaron a la cmara de proa y pasaron despus a la estiba; pero el
salvaje no estaba ya all. En el sitio que haba ocupado se vean
algunos trozos de cuerda deshilachados, como si hubieran sido rodos por
unos dientes fuertes.

--Ahora lo comprendo!--exclam Van-Stael--. El muy pillo, aprovechando
la orga de los chinos, cort las cuerdas con los dientes y rompi las
cadenas a hachazos para que el junco embarrancase en las escolleras de
la baha!

--Y por qu no se mueve el barco si no est anclado? El reflujo ha
debido llevarle fuera de la baha.

--Tengo miedo de comprender tus palabras, Van-Horn.

--Las comprendis?

--S; estamos embarrancados.

--Tengo ese temor, Capitn.

--Subamos, Van-Horn.

Abandonaron la estiba y subieron a cubierta, asomndose por la amura de
babor. Slo entonces advirtieron que la nave estaba ligeramente
inclinada y que su carena se apoyaba a estribor sobre un banco de arena
cubierto por media braza de agua.

--Estamos embarrancados--dijo el Capitn, secndose el fro sudor que le
baaba la frente--. Baja la marea?

--S, Capitn.

--Qu hora es?

--Las once.

--Dentro de cuatro horas ser la pleamar. Esperemos con confianza que
nos ponga a flote.

--Y si no llega la marea a desencallarnos?

--Tenemos la chalupa y nos encomendaremos a Dios y a las olas.




VIII.--EL GOLFO DE CARPENTARIA


Entre tanto, los australianos seguan en la playa. No contentos con
haber matado a la tripulacin china ni con haberse apoderado de los
depsitos de _trpang_, que deban proporcionarles abundantes comilonas,
parecan querer apoderarse tambin de los ltimos supervivientes y del
junco, creyndolo cargado de vveres, y, sobre todo, de licores.

Se agitaban vociferando alrededor de las escolleras; medan con sus
azagayas la profundidad del agua, esperando encontrar bancos que
llegaran hasta el junco, y disparaban sus _bomerangs_ sin resultado
alguno, porque aquellos proyectiles no llegaban a su destino, a causa de
la distancia, que era de unos dos cables.

Sin embargo, no parecan dispuestos a alejarse, y seguan dando
desaforados gritos y blandiendo sus armas en son de amenaza.

Hans y Cornelio no estaban inactivos, y de vez en cuando disparaban
contra los ms audaces, y sus balas no se perdan, pues a cada disparo
vean caer en la playa a un salvaje para no levantarse ms. La lantaca
se haca or tambin de rato en rato, y la metralla destrozaba las
flacas espaldas o los vientres abultados de aquellos salvajes.

--Dejadles que griten a su gusto--dijo el Capitn--. Por ahora no se
atrevern a atacarnos. Ocupmonos, pues, en poner el junco a flote,
sobrinos mos.

--Qu debemos hacer, to?--preguntaron los dos incansables jvenes.

--Ante todo, echaremos un ancla a popa para impedir que una ola empuje
al junco hacia la playa. Esto no ocurrir, porque estamos demasiado bien
encallados; pero nunca estn dems las precauciones.

--Tenemos todava un ancla--dijo Van-Horn--. Ser suficiente para
sujetar el barco.

--Luego desplegaremos velas para estar dispuestos a dejar esta baha
apenas estemos a flote.

--Se puede aligerar la nave, Capitn--dijo el piloto--. Tenemos en la
estiba ms de veinte barriles de agua y quince toneladas de lastre.

--Lo echaremos todo al agua. Que uno de nosotros vigile en el puente, al
lado de la lantaca, para que no nos sorprendan los feroces antropfagos.

--Dejaremos a Lu-Hang--dijo Cornelio.

--A se?--exclam el Capitn arrugando el entrecejo.

--Podis fiaros de m, seor--dijo el pescador cayendo de rodillas--. No
soy un traidor, os lo juro, y os servir fielmente.

--Te creo. Est bien; colcate junto a la lantaca y si los australianos
se arrojan al agua haz fuego contra ellos.

--Gracias, Capitn--respondi el chino--. Me har matar si fuera
preciso; pero ninguno de esos malditos negros se acercar al junco.

--Pues vete a tu puesto, y en cuanto a nosotros, pongamos manos a la
obra.

Los cuatro bajaron a la estiba y fueron trasladando los barriles al pie
de la escotilla para subirlos despus a la cubierta.

Haban separado apenas tres, cuando advirtieron que todo el lastre
estaba mojado.

--Calle!--exclam el Capitn--. Qu quiere decir esto? Se ha roto
algn barril o hace agua el junco?

--Todos los barriles estn en perfecto estado, seor--dijo Van-Horn.

--Se habr abierto una va de agua?

--Imposible, Capitn. No hemos tocado contra ninguna roca y el junco fu
muy bien carenado al emprender el viaje.

--Es cierto; pero t sabes que las naves chinas no suelen estar muy bien
construdas.

--Tal vez se trate de una simple filtracin--dijo Van-Horn--. Tenemos
bomba a bordo y luego la haremos funcionar.

--Subid y echad la cuerda--dijo el Capitn a Cornelio y Hans.

Los dos hermanos echaron desde cubierta a la estiba dos gruesas maromas
suspendidas de una garrucha. El primer barril fu izado y arrojado al
agua, y la misma operacin continuaron haciendo con los dems barriles y
con la arena del lastre.

Mientras los cuatro holandeses efectuaban tan penosa maniobra, el chino
vigilaba con atencin. Era el ms joven de los pescadores que embarcaron
en el junco, pues slo tena diez y ocho o diez y nueve aos; pero era
uno de los ms hbiles y nadaba como un pez.

Nacido en Boccatigris, islote prximo a la boca del ro Li-Kiang o "de
las Perlas", en cuyas orillas est la ciudad de Cantn, se haba
embarcado muy joven, y haca ya tres aos que estaba a las rdenes del
capitn Van-Stael, el cual supo bien pronto apreciar sus mritos.

Era un perfecto ejemplar de la raza monglica. Aunque de estatura
mediana, era vigoroso. Tena la piel amarilla, los pmulos salientes,
los ojos oblicuos y los labios algo pronunciados. Llevaba la cabeza
rapada y adornada con la larga trenza que usan todos los sbditos del
Imperio Celeste.

Colocado junto a la lantaca, medio oculto el rostro bajo un monumental
sombrero de bamb entretejido, que tena la forma de un hongo, espiaba
los movimientos de los canbales, dispuesto a derramar sobre ellos una
lluvia de metralla.

Al parecer, aquellos salvajes haban abandonado por el momento la idea
de apoderarse del junco, en vista de la inutilidad de sus tentativas
para atravesar el ancho espacio de agua que los separaba de la playa.

Haban perdido casi todos sus _bomerangs_, los cuales no volvan a sus
manos por no encontrar un buen punto de apoyo en el agua. Emprendironla
entonces con los depsitos de _trpang_, devorando las _olutarias_ con
bestial avidez.

Al pie de las peas ardan grandes hogueras, seal evidente de que
estaban preparando el festn de carne humana.

A las dos de la tarde todos los barriles de agua y el lastre de arena
haban sido arrojados al mar, aligerando al buque de un peso de cerca de
cuarenta toneladas. El mismo Capitn, para acelerar una operacin que
tanto poda contribur a poner a flote el junco cuando subiera la marea,
haba trabajado con sus propias manos para efectuarla; despus se
dedic, en unin del viejo piloto, a trasladar a la banda de babor los
vveres, los bales y todos los objetos pesados para aligerar la banda
de estribor, que se apoyaba en el banco.

Cornelio y Hans haban vuelto a la cubierta y reconocan desde all el
banco de arena, que la subida de la marea iba ocultando por momentos
bajo mayor cantidad de agua.

--Crees que lograremos ponernos a flote?--pregunt Hans a Cornelio.

--Lo espero--respondi ste--, porque segn el to, no ser una pleamar
ordinaria la que tendremos.

--El agua sube en esta costa ms que en otras?

--S, Hans, porque esta regin est bajo la influencia directa de la
Luna.

--Es verdad--dijo el Capitn, que haba vuelto a subir a cubierta--. A
las cuatro y media tendremos una pleamar excepcional.

--Todas las pleamares no son, pues, iguales, to?

--No, Hans.

--Son las mareas efecto de las corrientes marinas o de qu?

--Las produce la Luna, y algo tambin el Sol, por la atraccin que
ejercen sobre las aguas.

--No entiendo ese fenmeno, to. Esto de bajar y subir cada seis horas
el nivel del mar es para m un misterio.

--Lo creo, pues durante muchos siglos no se supo explicar ese hecho.
Algunos astrnomos y hombres de ciencia muy antiguos como Cleomedes,
Plinio y Plutarco, sospecharon que era debido a la influencia de la
Luna; pero no lo aseguraban de un modo terminante. Hasta Galileo y el
ilustre Kepler andaban todava en dudas. Newton fu el primero que
demostr la posibilidad de que ese fenmeno fuera debido a la atraccin
de la Luna. Despus de l el astrnomo Laplace ha dejado la cuestin
completamente resuelta.

--Pues si tantos hombres ilustres por su ciencia han estado tanto tiempo
dudando, me consuelo de mi ignorancia--dijo Hans.

--Y, sin embargo, sobrino, es tan sencillo ese fenmeno! Como sabes, la
superficie de nuestro globo est en gran parte cubierta de agua, la
cual, por su fluidez, puede moverse. Ejerciendo la Luna una fuerte
atraccin sobre nuestro planeta, levanta la masa de las aguas. De stas,
las menos sometidas a la fuerza atractiva de la Luna siguen el
movimiento, pero ms perezosamente, y las que estn en el lado opuesto
de la Tierra no experimentan los efectos del fenmeno. Tenemos, pues,
dos enormes masas de agua sobre la superficie terrestre, de las cuales
una mira a la Luna y la otra ocupa la parte de la Tierra opuesta a la
atraccin lunar.

--Comprendo, to; pero las mareas cambian. Ahora suben aqu y dentro de
seis horas lo hacen en otra parte del globo.

--Eso depende de la rotacin de la Tierra. Girando sobre s misma en el
espacio de veinticuatro horas, expone sucesivamente las varias partes de
su superficie a la accin de la Luna, obligando a las aguas a un
constante movimiento. Ahora nos encontramos nosotros bajo la influencia
directa de la Luna y aqu se amontonan las aguas; pero, al girar la
Tierra, estas aguas se alejan de esa influencia, que pasa a ejercerse
sobre otras.

--Entonces la Luna mantiene a los mares en una perturbacin
continua--dijo Cornelio.

--As es; pero no slo la atraccin de la Luna produce las mareas; pues
el Sol tambin tiene su parte en ellas.

--A pesar de lo lejos que est de nosotros?--pregunt Cornelio.

--S; pero la atraccin del Sol es menos intensa que la de la Luna, a
causa, sin duda, de la enorme distancia que de l nos separa. Las mareas
provocadas por su accin son menos marcadas. Puede decirse que no hace
ms que modificar las ocasionadas por la accin de la Luna, aumentando o
disminuyendo la intensidad de ellas. La atraccin del Sol es dos tercios
menos enrgica que la de la Luna.

--Ocurre alguna vez que se sumen las dos atracciones?

--S, Cornelio, y entonces ocurren las grandes mareas. Si la Luna eleva
las aguas tres pies, el Sol y ella juntos las hacen levantarse hasta
cuatro.

--Y a qu se debe que las mareas sean ms fuertes en unos lugares que
en otros? Porque he odo decir que en algunos puntos de la Tierra llegan
a alturas enormes.

--Es cierto, Cornelio, y se explica por la configuracin especial de
ciertas costas. En medio del Ocano las mareas son siempre iguales,
salvo en los casos en que se sumen las atracciones de la Luna y del Sol;
pero en las inmediaciones de los continentes se advierten grandes
diferencias, sealadamente en ciertos mares y golfos, donde sube hasta
siete y ocho brazas el nivel de las aguas en la pleamar. En la baha de
Fundy, que est en la costa de Nueva Escocia, sube hasta doce brazas.
Las aguas, atradas por la Luna, se acumulan en ciertas playas; pero, a
causa de la velocidad adquirida, continan su movimiento ascendente, aun
despus del paso de la Luna por el meridiano, elevndose ms de lo
normal.

--La Tierra ejercer tambin atraccin sobre la Luna; eso ni que decirlo
hay, verdad to?

--S, y mucho ms poderosa que la de la Luna sobre la Tierra, porque la
Tierra es mucho mayor que la Luna. Los movimientos que producira la
Tierra en la masa de la Luna cuando estaba, como se supone que estuvo
alguna vez, en estado lquido, tenan que ser enormes.

--Capitn!--grit en aquel instante Van-Horn--. Se oyen crujidos en la
carena.

--Buena seal!--exclam Van-Stael levantndose apresuradamente--.
Aprovechemos estos momentos en que tenemos buena brisa del Este para
desplegar las velas.

Los dos jvenes, el piloto y el chino treparon por las escalas de cuerda
y fueron desplegando las velas.

Los salvajes, al notar aquellas maniobras, presumieron que los blancos
se preparaban a abandonar la baha y acudieron a la playa dando furiosos
gritos y blandiendo las armas.

Algunos, ms audaces, se arrojaron al agua, mientras los otros saltaban
hasta los extremos de la escollera; pero un disparo de la lantaca hizo
caer a tres o cuatro, refrenando el ardor de los dems.

--Preparad la cuerda del ancla!--grit el Capitn a Van-Horn y al
chino--. Sigue la otra a babor?

--Siempre, seor--contest el piloto.

--Crees que resistir?

--Confo en ello, Capitn.

--Virando algo, creo que podremos ejercer un poderoso esfuerzo por
estribor y poner el barco a flote.

--Ayudaremos a la marea.

En aquel momento se estremeci el junco y pareci que tenda a recobrar
su nivel. El Capitn se asom por la amura de estribor y mir al fondo;
pero la marea, que segua creciendo, haba cubierto todo el banco y no
se le distingua.

Los crujidos continuaban, y las velas, ejerciendo su esfuerzo hacia
babor, ayudaban poderosamente la accin de la marea.

Oyronse de pronto, bajo la carena, fuertes crujidos, que iban
aumentando en intensidad, y el junco, que el viento empujaba hacia en
medio de la baha, se inclin ms.

--Resbalamos por el banco!--gritaron Hans y Cornelio.

--Y los salvajes adelantan!--exclam Horn--. Eh, Lu-Hang, mndales
unos cuantos confites a esa cfila de brutos!

El chino dispar la lantaca sobre los salvajes, que avanzaban
amenazadoramente dando saltos por las escolleras, para ponerse a tiro de
sus azagayas y _bomerangs_.

Casi al mismo tiempo, el junco, levantado por la marea, sala de su
lecho de arena dando un fuerte bandazo.

--Pronto, el ancla!--grit Van-Stael.

Van-Horn, Cornelio y Hans obedecieron rpidamente y maniobrando con
vigor en la palanca sacaron del fondo la pequea ancla.

Van-Stael subi al castillo y empu la caa del timn, mientras sus
compaeros disponan el velamen para tomar viento en popa y Lu-Hang
lanzaba un ltimo disparo contra los australianos, que daban espantosas
voces.

Pocos minutos despus el junco, ya boyante por efecto de la pleamar,
sala a toda vela de la baha, dirigindose al golfo de Carpentaria.




IX.--EL NAUFRAGIO DURANTE EL HURACN


Al ver huir la nave, los salvajes, que contaban que siguiera
embarrancada, lanzaron furiosos gritos y se dispersaron por la playa con
la esperanza de que los fugitivos se vieran obligados a tocar en tierra.
Para aquella gente famlica el _trpang_ no haba sido ms que un
aperitivo. El agradable tufillo que despedan los cuerpos de los chinos
puestos a asar en las brasas les excitaba terriblemente el apetito.

Al fin tuvieron que perder sus ltimas esperanzas, pues el Hai-Nam,
impulsado por el viento que soplaba del Este, filaba rpidamente hacia
el amplio golfo de Carpentaria. Las velas, hinchadas casi hasta
reventar, lo empujaban hacia el Nordeste, y el Capitn lo diriga al
lejano estrecho de Torres, para entrar en el mar de las Molucas y llegar
a la isla de Timor.

A pesar del encallamiento, el junco no pareca tener la menor avera y
navegaba gallardamente por las espumosas olas del golfo.

--Gritad, gritad, que ya no nos pillaris!--deca Van-Horn mirando a
los salvajes que iban perdindose en la distancia--: os desafo a
seguirnos basta el estrecho de Torres.

--Veo que ya no te dan miedo, viejo Horn--le dijo Cornelio.

--Ni antes me lo daban tampoco; pero esa canalla puede jactarse de haber
hecho una buena presa. Pobres chinos!... A estas horas estarn
comindose sus cuerpos los canbales; pero la culpa no ha sido nuestra.
Si no se hubieran emborrachado todos estaran a salvo a bordo del junco.

--Y lograremos nosotros llegar a la costa de Timor?

--Y por qu no, seor Cornelio? Somos cinco solamente; pero las
maniobras de nuestras velas no requieren muchos brazos, y, adems,
atravesado el estrecho de Torres, nada tendremos que temer, porque slo
en ese brazo de mar, sembrado de bancos coralferos y de bajos, hay
algn peligro.

--Quiera Dios que no nos sorprenda alguna tempestad! Mira hacia all,
Horn! No ves las nubes que se elevan a la extremidad del golfo?

--Es verdad, seor Cornelio--dijo el marino arrugando la frente--. Esta
noche tendremos viento fuerte; pero el junco parece slido y est ya
probado en varias tempestades.

--No digo lo contrario; pero si al encallar ha quedado algo resentido
... T sabes muy bien que la carena de estos barcos no es tan segura
como la de los europeos.

--Tambin eso es verdad, seor Cornelio. Todos los juncos chinos, lo
mismo los grandes, que llaman _ts-as-ch'wan_, que los pequeos, o
_towmang_, o que los de solo un palo, o _ta-y-ch'wang_, suelen estar
mal construdos. Muchos de ellos, a lo que se dice, no pueden afrontar
los peligrosos bajos del mar de la China. Aun se aade que slo el
departamento martimo de Cantn pierde anualmente sobre diez mil marinos
a causa de la mala construccin de los barcos chinos.

--Lo cual no es nada halageo para nosotros, tripulantes del Hai-Nam.

--Ya os he dicho que nuestro junco es de los mejores, y que tiene muy
buena arboladura y que la maniobra puede hacerse muy fcilmente. Vuestro
to no habra consentido en tomar el mando de una almada.

--Eh, Van-Horn!--grit en aquel momento el Capitn, que segua en el
timn--. No te parece que el junco est algo tumbado de estribor?

El marino, sorprendido por aquella pregunta, mir al puente y se
convenci de que, en efecto, el barco estaba inclinado de estribor,
cuando, por la posicin de las velas, debiera inclinarse del lado
contrario.

--Esto es raro!--exclam--. Si llevsemos carga se dira que estaba mal
estibada, pero no hay siquiera una tonelada de lastre.

--Y qu me dices, Van-Horn?--pregunt el Capitn.

--No me explico esto, seor Van-Stael--contest el piloto--. Como no
sea que tenga el junco alguna avera!

--Sin embargo, navega bien.

--Perfectamente--dijo Van-Horn.

--Ms adelante trataremos de averiguar de qu depende este defecto que
no haba notado antes. Ponte al timn, Horn.

--Qu ruta?--pregunt el marino subiendo al castillo.

--Nornoroeste, derecho a la isla Wessel. Hum! El tiempo se nubla y
dentro de pocas horas tendremos mar gruesa.

--Tambin yo lo he advertido, seor Van-Stael. Si el viento aprieta,
recogeremos velas.

Los dos lobos de mar no se haban equivocado.

A la extremidad meridional del golfo de Carpentaria se iban amontonando
nubes obscuras con los bordes color de naranja, y se extendan por el
cielo, amenazando cubrirle hasta los lmites del horizonte.

Por aquella direccin soplaban de vez en cuando rfagas de aire
caliente, que procedan, sin duda, de las caldeadas regiones de
Australia, tal vez de aquel gran desierto de piedra que ocupa gran parte
de ese enorme continente.

El mar comenzaba tambin a agitarse. Las olas iban tomando un tinte
amarillento rojizo y se cubran de espuma.

A las siete de la tarde, mientras el sol se iba ocultando en el
horizonte, comenzaban a orse hacia el Sur los primeros truenos, y algn
que otro relmpago iluminaba aquella masa de vapores. El viento arreci
de pronto, silbando entre la arboladura de la nave y levantando las
olas, que se precipitaban unas sobre otras con roncos mugidos.

--Mala noche!--dijo el Capitn a Cornelio y a Hans, que tenan la vista
puesta en las nubes--. Por fortuna, el golfo de Carpentaria es amplio y
slo tiene bancos peligrosos alrededor de las islas de Eduard Pellew.
Estamos todava muy lejos de los escollos y bancos de coral del estrecho
de Torres.

--Amainamos velas, to?

--La prudencia lo aconseja. Ayudadme, muchachos, y t tambin, Lu-Hang.

Las velas altas, que eran muy grandes, podan hacer que el junco se
inclinara a estribor hasta hacerle embarcar agua si el viento arreciaba.
Hubo, pues, que recogerlas. El Capitn y Hans se apresuraron a plegar la
de trinquete, y Cornelio y el chino la del palo mayor. Esta maniobra se
efectu al punto, a pesar de las sacudidas que daba el junco y de la
violencia del viento.

La nave, que estaba muy inclinada por estribor, se enderez un tanto;
pero en seguida volvi a acostarse. Oyse en esto un ruido sordo en la
estiba.

--Qu es eso?--pregunt el Capitn, admirado e inquieto--. Habis
odo?

--S--dijo Cornelio, poniendo atencin--. He odo un ruido extrao.
Habr alguien en la estiba? Tal vez algunos salvajes escondidos?

--No es posible. Los hubiramos visto cuando sacamos el lastre.

A poco se golpe la frente y palideci.

--Gran Dios!--murmur.

--Qu tienes, to?--le preguntaron Hans y Cornelio.

--Van-Horn!--grit el Capitn, en lugar de responder--. Te parece que
el junco conserva el mismo nivel?

--Qu queris decir, seor?--pregunt el marino.

--Te pregunto si te parece que conserva, siempre el mismo
desplazamiento.

Van-Horn se inclin por el coronamiento del castillo y mir hacia abajo.
Un grito se le escap.

--Capitn!--exclam--. Nos vamos hundiendo lentamente! La popa se ha
sumergido en poco tiempo ms de tres pies. El agua ha cubierto el timn
y llega a la orla inferior del cuadro.

--Hans, Cornelio, Lu-Hang, a la estiba!--grit el Capitn--. Sobre
nosotros pesa una triste fatalidad!

Todos bajaron a la estiba con el corazn angustiado y las frentes
baadas en fro sudor.

Escapados a los dientes de los antropfagos, y cuando ya se crean en
salvo, vean que les amenazaba el peligro de ser tragados por los
abismos del golfo de Carpentaria, precisamente cuando comenzaba una
tempestad espantosa.

Al llegar al pie de la escala se detuvieron. Van-Stael, que iba delante
de todos, haba metido un pie en agua.

--Luz!--dijo.

Lu-Hang, que iba el ltimo, subi a cubierta, entr en la cmara de popa
y volvi con una linterna encendida.

--La bodega est inundada!--exclamaron Hans y Cornelio, ponindose
plidos.

En efecto; la estiba del junco estaba llena de agua, la cual unas veces
se inclinaba a babor y otras a estribor, con sordos y pavorosos mugidos,
rompindose su obscura masa contra los puntales y contra los pies de los
palos mayor y trinquete. Cmo haba entrado aquella agua? Se haba
abierto una va por la mala construccin del buque o durante el tiempo
que estuvo encallado?

Van-Stael, plido por la emocin, con la frente arrugada, diriga por
todas partes miradas de desesperacin, tratando en vano de descubrir la
avera.

--Y bien, to--dijo Cornelio--; podremos todava salvar el barco?

--Imposible!--respondi Van-Stael, haciendo un gesto de rabia--. Es
demasiado tarde!

--Tenemos una bomba a bordo.

--Pero si tenemos lo menos doscientos barriles de agua en la bodega!

--Si se pudiera tapar el boquete...

--Y dnde est? Por qu no nos habremos dado cuenta antes de este
desastre?

--Podemos buscarlo. Hasta ahora no hay ms que tres pies de agua, y...

--Silencio!

El Capitn se haba inclinado hacia el agua, aguzando el odo. Hacia
popa se oa un sordo murmullo, que pareca producido por una corriente
de agua.

--Aqu est!--dijo--. Baja, Lu-Hang.

El pescador se sumergi y se dirigi hacia popa, despus de haberse
desembarazado de la _hen-pu_ (larga blusa de amplias mangas) y del
_ken-ku_ (especie de calzones cortos que usan los pescadores y que
forman un doble pliegue sobre el vientre).

--Hacia all--le dijo Van-Stael, indicndole el sitio donde sospechaba
que estaba el boquete.

Se vi al pescador caminar por debajo del agua, llevando fuera la mano
con que sostena la linterna. Pocos minutos despus sali, y dijo:

--Capitn, alguien ha hecho traicin.

--Qu quieres decir?

--Que alguien ha abierto una cala en el barco.

--Alguien?

--S, Capitn. Mis manos han tropezado con un hacha, clavada an en la
madera.

--Y quin puede haber sido ese criminal?

--El salvaje, seor.

--Ah, miserable!--grit Van-Stael--. S; ahora comprendo: aquel infame,
despus de haber roto las cadenas de las anclas, abri esta va para
impedirnos huir. Y es muy ancha?

--Las olas deben haberla agrandado, porque tiene como pie y medio.

--Estamos, pues, perdidos! Nuestra bomba no basta para desalojar el
agua que entra.

Subi a cubierta. La noche haba cerrado y el golfo de Carpentaria
ofreca un espectculo horroroso.

Altas olas, con las crestas cubiertas de blanca espuma, iban hacia el
Sur con terribles mugidos, rompindose impetuosamente contra los
costados del junco.

El viento, cada vez ms fuerte, silbaba por entre la arboladura, que
cruja fatdicamente. Las velas se agitaban en todas direcciones como
trapos puestos a secar. El barco no poda mantenerse en equilibrio,
porque el viento no tena direccin fija, y all a lo lejos, en las
costas de la tierra de Arnheim y de la de Torres tronaba y relampagueaba
sin cesar.

A veces las olas, saltando por encima de las bordas, inundaban la
cubierta. El agua corra por toda ella y sala con fragor de catarata
por los canalones de babor y estribor.

El viejo Horn, aunque estaba solo sobre cubierta, afrontaba el huracn
con serenidad admirable. Erguido sobre el castillo, con el cabello y la
larga barba sacudidos por el viento y las manos en la caa del timn,
guiaba valientemente el buque.

--Van-Horn--le dijo el Capitn acercndose--; el junco se hunde bajo
nuestros pies. El salvaje, antes de irse, abri un boquete en la obra
viva y el agua tiene inundada la bodega.

--Ah, pillo! Y qu pensis hacer, seor? Si estuviramos cerca de la
costa podramos intentar alcanzarla, llevando el junco hacia los
arrecifes.

--La tierra de Torres est a cien millas de nosotros y el junco se
sumergir dentro de una hora.

--No habr tiempo para construr una balsa?

--Con este oleaje? Aunque el tiempo nos sobrara, nos sera imposible
construrla.

--Queris que recurramos a la chalupa? Resistir a la tempestad?

--Con ayuda de Dios, esperemos vencer en esta terrible prueba.

--Infame salvaje!

--Las exclamaciones son intiles, Horn. Es preciso hacer algo antes de
que la nave se hunda.

--No olvidis las armas si abandonamos el junco.

--Ser lo primero que embarque. Cornelio, Hans, Lu-Hang, seguidme!




X.--EL HURACN


Un triste destino pesaba sobre los desgraciados pescadores de _trpang_.

Despus de haber perdido la tripulacin, asesinada por los antropfagos
de la costa australiana; despus de haber visto destrur los depsitos
de _olutarias_, que representaban para ellos y para el armador de Timor
una verdadera fortuna, y de escapar milagrosamente de las manos de
aquellos feroces salvajes, se encontraban en inminente peligro de
hundirse para siempre en el mar.

Si hubieran tenido buen tiempo, como en los das precedentes, habra
sido mucho menor su inquietud, a pesar de hallarse en las cercanas de
regiones peligrossimas, tanto por los escollos y los bancos submarinos
de que estn sembrados sus mares, como por los pueblos salvajes y
canbales que moran en sus tierras.

Pero aventurarse por aquel revuelto golfo en una simple chalupa era cosa
de espantar al ms valiente. Resistira aquel barquichuelo, que slo
tena catorce pies de eslora y que apenas desplazaba ocho toneladas,
los tremendos embates del mar y la furia de los vientos? Veran el sol
del da siguiente?

Tales eran las inquietudes que atormentaban al Capitn y a Van-Horn, ms
prcticos que los otros en cosas de mar. Con todo, no perdan el nimo,
y para no asustar a sus jvenes compaeros, trataban de parecer
tranquilos y confiados.

El junco estaba perdido, y se haca absolutamente preciso abandonarlo
cuanto antes. El agua segua entrando y ya casi llenaba la bodega,
vindose que el buque se hunda como si fuera de plomo. Las olas le
pasaban ya por encima y entraban hasta en la cmara de popa, donde
Van-Stael, Cornelio y Hans tenan sus literas, y en el departamento de
proa, destinado antes a la tripulacin china.

Los cuatro holandeses y Lu-Hang hacan a toda prisa los preparativos
para el abandono del buque.

Tenan ya en la cubierta los fusiles, algunas hachas, municiones,
vveres para una semana, un gran barril lleno de agua, remos, una vela,
un palo para sostenerla y algunas mantas.

--A embarcar!--orden el Capitn.

En pocos minutos todos aquellos objetos fueron colocados en la chalupa,
asegurados con cuerdas, y los vveres, las armas y las municiones
envueltos en una gruesa tela impermeable.

--Ahora botmosla al mar con la gra de popa--dijo el Capitn.

--No la estrellarn las olas contra la nave?--pregunt Van-Horn.

--Lu-Hang y Cornelio bajarn en ella y tratarn de mantenerla separada
del buque. Ayudadme, amigos!

Reunieron sus fuerzas y arrastraron la chalupa hasta la popa, atando
despus a las anillas las cadenas de la gra.

--A la chalupa!--grit Horn.

El joven chino y Cornelio embarcaron, y la chalupa fu botada al mar,
dejando correr las cadenas por sus garruchas. Apenas toc el agua, una
ola la levant; pero, afortunadamente, en vez de estrellarla contra el
junco, se la llev hacia afuera, hasta donde lo permitan las amarras.

--Resiste?--pregunt Van-Stael.

--Se mantiene a maravilla sobre las olas--respondi Cornelio.

--Hace agua?

--Hasta ahora, no.

--Baja, Hans.

El joven se agarr a una cuerda, y, mantenindose perfectamente sujeto
para no ser arrastrado por las olas, lleg hasta la chalupa, ayudndole
su hermano a embarcarse. Van-Horn le sigui gilmente, a pesar de su
edad, y, por ltimo, el Capitn entr tambin en la pequea embarcacin.

--Soltadla!--orden Van-Stael.

La chalupa, libre ya despus de sueltas las amarras, fu arrastrada por
una ola gigantesca.

Ya era tiempo. El junco, lleno de agua, casi hasta la segunda cubierta,
se hunda con rapidez, arrastrado a los abismos del mar por el enorme
peso que llevaba dentro.

An se levantaba con fatiga sobre las olas; pero aqullas eran las
ltimas seales de vida que daba. Pronto el agua de la estiba lleg al
puente, mientras que la del mar, que le entraba a torrentes por la parte
de afuera, pareca impaciente por devorar su presa.

Por algunos instantes, y a la lvida luz de un relmpago, se dej ver
todava la proa del junco sobre la superficie de las aguas; pero pronto
desapareci la nave entera entre las olas, formando un remolino
espantoso.

Sus palos oscilaron un momento entre las espumas, y luego desaparecieron
tambin en la vorgine.

--Pobre nave!--exclam conmovido el Capitn--. Quin sabe si pronto te
seguiremos!...

Entre tanto, la chalupa se alejaba con rapidez del lugar del naufragio,
llevada por las olas, que se dirigan a la extremidad meridional de
aquel inmenso golfo.

Van-Horn se haba sentado en el puesto del timonel y Cornelio y Hans,
ayudados por el muchacho pescador, haban izado el palo y desplegado la
vela.

--Adnde nos dirigimos, seor?--pregunt el piloto al Capitn.

--Tratemos de llegar a la costa australiana, que es la ms prxima. No
me atrevo, en medio de este temporal, a intentar ahora la travesa del
golfo ni a dirigirme hacia las islas de Eduard Pellew, Wellesley o
Groote. Ms tarde procuraremos ganar las playas septentrionales de la
tierra de Arnheim. Atencin a la vela, muchachos; y t, Horn, cuidado
con los golpes de mar!

--Perded cuidado, seor Stael.

La situacin de los nufragos de la Hai-Nam era peligrossima. Poda
decirse que su existencia penda de un hilo, que poda romperse de un
momento a otro.

El temporal se desencadenaba entonces con furor increble. A la primera
noche de tinieblas haba sucedido otra de fuego. Los relmpagos se
sucedan casi sin interrupcin, iluminando las masas de nubes que se
amontonaban confusamente y corran hacia el estrecho de Torres.

Retumbaban sin cesar los truenos entre los silbidos del viento y los
mugidos de las olas.

La chalupa, verdadera cscara de nuez, perdida en aquel golfo, ms
vasto que algunos mares, sufra espantosas sacudidas. Ora llegaba hasta
la espumante cresta de una ola gigantesca, donde se sostena por un
milagro de equilibrio, parecida a un pjaro marino; ora caa con rapidez
vertiginosa en abismos insondables, verdaderas simas negras y sin fondo,
que a cada momento amenazaban tragrsela, pero de donde sala como una
flecha para volver a montar en la cresta de otra ola.

Pareca un juguete en manos de gigantes; pero resista maravillosamente.
Con su pequea vela saltaba con agilidad de ola en ola, como si fuera un
barco insumergible, y suba y bajaba por las montaas de agua, intrpida
y gil como una gaviota.

El Capitn, con la cuerda de la vela en las manos, la cabeza
descubierta, los cabellos al viento, y plido, pero resuelto, desafiaba
con serenidad a la muerte, que le amenazaba por todas partes, y daba con
voz segura las voces de mando. Van-Horn, con la caa del timn en la
mano, la barba revuelta y los ojos muy abiertos, miraba sin pestaear
las olas y trataba de evitarlas para que no los tomaran de travs; Hans,
Cornelio y el chino, plidos y aterrados, se ocupaban en achicar el agua
que entraba por las bordas de la chalupa.

Van-Stael de vez en cuando los animaba con una palabra o con un gesto, y
les preguntaba:

--Tenis miedo?

--No--respondan invariablemente Hans y Cornelio; pero su voz era poco
segura.

La chalupa, entre tanto, avanzaba con extraordinaria rapidez. Llevada
por el viento y las olas, iba acercndose a la costa australiana, que ya
no deba de estar muy lejos.

Si no ocurra alguna catstrofe antes de llegar a ella, y ya comenzaban
a tener esperanzas de que no ocurriera, los nufragos del junco podan
considerarse en salvo, pues en las costas de la tierra de Torres
desembocan buen nmero de ros, los cuales, a su vez, forman pequeas
bahas.

Por desgracia, Van-Horn no poda mantener la ruta hacia el Este a causa
del oleaje, que, por venir del Sur, empujaba de costado a la chalupa.
Tena que dirigir la proa al Nordeste y otras veces al Norte, alargando
as el camino en muchas leguas. Adems, el tiempo no tenda a calmarse,
sino que ms bien empeoraba, poniendo a dura prueba el valor de aquellos
desgraciados. El viento segua soplando con mpetu irresistible,
empujando ante s verdaderas masas de agua. Deba de tener, por lo
menos, una velocidad de veintids metros por segundo, que es de las
mayores que suele alcanzar. El mar, embravecido, ruga furiosamente con
tonos imposibles de describir, y empujaba hacia el Norte verdaderas
montaas de agua.

A las dos de la maana estuvo a punto de zozobrar la chalupa. Cogida
entre dos olas, fu lanzada al aire a bastante altura y cay en un
abismo, cuyas lquidas paredes se cerraron en seguida.

Fu un momento terrible! Todos, al verse caer en aquella profunda sima,
se dieron por muertos, considerando imposible volver a salir de ella.

Cornelio y Hans lanzaron un grito de terror, dndose por muertos; pero
una tercera ola empuj al barquichuelo, que pudo subir a flote y seguir
adelante, aunque lleno de agua. A las tres, otra ola, que embisti de
costado a la chalupa, estuvo a punto de volcarla; pero Van-Horn, que no
abandonaba la caa del timn, la salv con una brusca virada, mientras
el Capitn, sin perder un momento la calma, aflojaba rpidamente la
cuerda de la vela.

Casi en el mismo instante Cornelio, que estaba a proa, sealaba una
costa.

La haba visto a la luz de un relmpago; pero la obscuridad volvi a
caer sobre aquel mar proceloso, ocultndola a las miradas del Capitn.

--Ests seguro de no haberte equivocado, Cornelio?

--No, to; la he visto perfectamente.

--A proa?

--Hacia el Nordeste.

--Lejana?

--Unas tres millas.

--Es la costa de la tierra de Torres. Procuremos no chocar con alguna
escollera, Horn.

--Pondr cuanto est en mi mano por evitarlo.

--Podremos llegar a tierra, to? Tengo miedo--dijo Cornelio.

--Has demostrado demasiado valor para tu edad, pobre muchacho; pero esta
es la ltima prueba. Si estamos cerca de la costa, espero que podamos
llegar a ella. La ves, Cornelio?

--No; pero me parece sentir el ruido de la resaca.

--Habr escollos por aqu? Navegamos por un golfo poco conocido y que
abunda en escollos coralferos.

Entreg la cuerda de la vela al joven pescador chino y, a pesar de las
sacudidas furiosas que sufra la chalupa, se acerc a Cornelio. Mir
ante s; pero slo vi olas monstruosas. Aguzando el odo, percibi
distintamente ciertos ruidos bien diferentes a los que producen las olas
en medio del mar.

--S--dijo--. Estamos cerca de tierra o de un escollo. Esperemos un
relmpago.

No tuvo que esperar mucho. A poco un brillante relmpago rasgaba las
nubes, iluminando el golfo hasta los extremos lmites del horizonte.

Una orden precisa y terminante sali de los labios del Capitn:

--Escollera ante nosotros! Orza la barra, Van-Horn!

El viejo piloto, sin perder un instante, volvi la barra a babor, y la
chalupa huy hacia el Norte, mientras el chino dejaba correr toda la
cuerda de la vela.

Al resplandor de aquel relmpago Van-Stael y Cornelio haban visto una
escollera como a quinientos pasos de la chalupa. Un momento de retardo o
una falsa maniobra y la embarcacin se habra estrellado en aquellas
peas.

--Nos hemos salvado por milagro--dijo el Capitn--. Tendremos que
luchar hasta el alba entre estas olas, que parecen ansiosas por
tragarnos? Podremos resistir hasta entonces?

--To!--exclam Hans--. Mira hacia all!

--Qu ves?

--Un resplandor muy vivo. No lo percibes t?

--Un resplandor? Tal vez el fanal de algn buque?

--No; ms bien parece un incendio.

Todos volvieron la vista en la direccin indicada por el joven, y
descubrieron a gran distancia una luz extraa que se destacaba en las
tinieblas.

No pareca que la produjera un incendio, como el joven haba supuesto;
pero tampoco era fcil adivinar su verdadera causa. Pareca como una
niebla luminosa con reflejos dorados y plateados. Por debajo de ella se
vean moverse unos cuerpos extraos, que parecan de plata fundida,
veteados de un verde plido y con estras de prpura.

--Qu ocurre all?--preguntaron Hans y Cornelio.

--Se dira que el mar llamea--dijo Van-Horn, que se haba levantado,
aunque sin abandonar el timn.

--Ocurrir algn fenmeno desconocido de nosotros?--pregunt el
Capitn.

--O que est ardiendo alguna selva cerca de la costa--opin Cornelio.

--Se veran llamas--objet el Capitn--. Adems, con este viento
impetuoso las chispas se elevaran a gran altura, y ah no las hay.

--Ser acaso alguna erupcin volcnica?

--No hay ningn volcn en estas costas, Cornelio.

--Adems--dijo Van-Horn--, se vera la luz a cierta altura, y esa que
vemos est a flor de agua.

--Como que parece que se trata de ondas luminosas--dijo el Capitn,
despus de observar con mayor atencin--. Mira, Horn, cmo se mueven, se
levantan, bajan y corren.

--Son olas que se rompen, Capitn.

--Contra una costa?

--No estoy seguro.

--Pero qu es lo que produce tan intenso resplandor?

--Pronto lo sabremos, Capitn. El mar nos lleva hacia all.

La chalupa, en efecto, se diriga hacia la luz misteriosa, que se
extenda de Norte a Sur en un espacio amplsimo. Sufra esa luz grandes
oscilaciones y movimientos: unas veces pareca alzarse, otras bajarse;
destacbanse a veces de ella mltiples puntas o crestas, y se rodeaba de
una niebla brillante que vibraba con violencia. Surcaban aquella luz
ciertas lneas o vetas brillantsimas que parecan de oro o de fuego,
las cuales tan pronto se encendan como se apagaban y que cambiaban de
lugar corrindose de un lado para otro.

De pronto exclam el Capitn:

--Costa all!

--Detrs de aquel fuego?--pregunt Cornelio.

--No es un fuego; es una esplndida fosforescencia marina. All distingo
las olas luminosas rompindose en las escolleras y lanzando al aire su
espuma fosforescente. Atencin, Van-Horn! Ten firme la caa del
timn!




XI.--UNA ISLA DE CORAL


Uno de los ms esplndidos fenmenos que se admiran en los ocanos es,
sin duda, la fosforescencia marina, cuya intensidad depende de los
climas y de la mayor o menor cantidad de zofitos que haya en las aguas.

Como puede comprenderse, slo es visible de noche, cuando las aguas se
ponen tan negras que parecen de alquitrn, y su esplendidez es mayor en
las noches sin luna y muy cubiertas de nubes.

Entonces se ven salir extraos resplandores de los abismos del mar:
puntos luminosos, rayas de fuego y crculos resplandecientes. Van,
vienen, se mueven, se agrupan formando raros dibujos; unas veces son
resplandores de un rosa plido, otras de un azul muy vivo, otras rojos o
amarillentos. Poco a poco cubren el mar; las luces se funden, las aguas
se impregnan de ellas, y entonces parece que en las profundidades del
mar brilla esplendorosa una luna o una lmpara elctrica de incalculable
fuerza.

Cules son los agentes productores de esa luz? Moluscos gelatinosos,
sin consistencia, de forma de extravagantes sombrillas, provistos de
cierta cola ms extraa an y de tentculos lisos o plumeados cubiertos
de ventosas, como animales marinos que llevaran linternas encendidas.

Algunos de aquellos moluscos se llaman anmonas, otros pelagias, y los
peces fosforescentes _scopelus_, _ergysopeletas_, _chanliodas_, etc.,
etc.

Una fosforescencia ms maravillosa an es la producida por los
_nottiluche_, pequesimos moluscos, invisibles por lo comn, y que
tienen la forma de un crculo alargado por uno de sus polos, con un
apndice movible provisto de una membrana resistente. Suben a la
superficie por millones de millones y saturan las aguas.

No se sabe todava si estos pequesimos organismos son de naturaleza
animal o vegetal; slo se sabe que su fosforescencia es debida a una
substancia particular que recubre su cuerpo y que parece resplandecer al
contraerse.

Sea como quiera, es sorprendente el espectculo que con tales organismos
ofrece el ocano. La superficie brilla como salpicada de partculas de
plata o como si entre las aguas corrieran metales fundidos: hierro, oro
o plata y azufre ardiendo.

Arrojado al mar un objeto cualquiera, se le ve como despedir brillantes
chispas, y si un buque navega por esas aguas, a proa, a popa, a babor y
a estribor se le ve relampaguear y como adornarse de esplndidas orlas
de lucecillas azules, rojas y verdes, lanzando por la popa como un
penacho de fuego que prolonga sus encendidas plumas hasta larga
distancia.

El fenmeno es todava ms admirable cuando el mar est agitado.
Entonces son las olas las que parecen luminosas, como si no fuesen de
agua, sino de fsforo lquido.

Esas luces parecen adquirir intensidad con el movimiento de las aguas:
suben, bajan y se mezclan unas con otras, confusamente, formando
movibles lneas de oro y plata, que se prolongan hasta las crestas de
espuma, que tambin se hacen luminosas. Al chocar esas olas contra una
costa o una escollera parece que la tierra o los escollos se incendian y
de ellos se levanta una especie de niebla llameante que produce un
efecto verdaderamente maravilloso.

Tal era el fenmeno que tanto haba sorprendido a los nufragos del
junco.

La distancia haba impedido a Van-Stael darse cuenta desde el principio
de lo que se trataba; pero al acercarse la chalupa a aquellos parajes lo
comprendi perfectamente.

Las olas fosforescentes, rompindose con indecible furia contra la
costa, lanzaban al aire sus espumas y salpicaduras, impregnadas de
aquellos microscpicos organismos, y las cuales, mantenidas por el
viento en suspenso en el aire durante algn tiempo, tomaban aspecto de
niebla luminosa.

--Qu admirable fosforescencia!--dijo Cornelio--. No he visto en mi
vida cosa ms hermosa!

--Y con esta tempestad resulta doblemente soberbia--dijo el Capitn--.
Demos gracias a este fenmeno, que nos ha hecho descubrir a tiempo la
costa australiana. Lu-Hang, disponte a arriar la vela.

--Esperis encontrar un refugio en la costa, seor Van-Stael?--le
pregunt el piloto.

--Lo espero; pero no estoy seguro. No s adnde nos ha trado el
temporal.

--Fuera del golfo, de seguro que no.

--Dios no lo permita! Antes que encontrarme en el estrecho de Torres
con este tiempo, preferira verme delante de una escollera.

--Pues delante de una escollera creo que nos encontramos, seor
Stael--dijo Van-Horn, que se haba levantado de pronto.

--No es la costa australiana la que estamos viendo?

--No; es una larga lnea de escollos.

--No te equivocas, Horn?--pregunt el Capitn con ansiedad.

--No; los he visto al resplandor de un relmpago, mientras hablabais con
el seor Cornelio.

--Tendremos que virar en redondo y emprender otra vez la lucha con la
tempestad?

--No, Capitn. Aqu encontraremos un refugio mejor que el que pudiera
ofrecernos una baha en la costa australiana. Si no me equivoco, he
visto un atol, y hasta rboles.

--Est abierto el atol?

--S; he descubierto un canal abierto a travs de los corales. Esperemos
un relmpago, Capitn.

--Es un puerto eso que se llama atol?--preguntaron Hans y Cornelio.

--Y de los ms seguros--respondi el Capitn--. Si es, en efecto, un
atol, veris qu construcciones son capaces de hacer los corales.

--Mirad!--grit Van-Horn.

Un relmpago ilumin el tempestuoso golfo y la lnea de escollos en que
se estrellaban las olas.

--Habis visto?--pregunt el piloto.

--S--dijo el Capitn, respirando satisfecho--. En medio de la escollera
he visto el atol rodeado de rboles y he visto tambin el canal.
Gobierna t siempre derecho con la proa al Este.

--Resistir la chalupa la resaca?

--No habindose ido a pique entre estas tremendas olas, saldr tambin
victoriosa de la resaca. Cornelio, mira bien, no sea que haya escolleras
delante del atol.

--Las ondas luminosas nos las harn ver, to.

La chalupa, impulsada por el viento y las olas que corran hacia los
arrecifes, se acercaba con rapidez al atol, que se vea perfectamente a
los resplandores de la niebla luminosa. Pronto se hall en medio de
aquella prodigiosa fosforescencia. Brillaban las olas como si se
compusieran de partculas de plata y azufre fundido, y salpicaban a los
nufragos de aquellos microscpicos moluscos, que seguan reluciendo aun
fuera del agua.

La chalupa dejaba marcada su ruta por una estela luminosa, que brillaba
en las tinieblas de la noche como la cola de un esplndido cometa.

El Capitn y Cornelio, asomados al mar por la banda de proa, mientras
que Hans y el chino atendan a la vela, examinaban con atencin las
aguas para no chocar contra cualquier escollera que subiese hasta la
superficie y que indudablemente habra destrozado a la dbil
embarcacin.

Tenan el atol como a un cable de distancia delante de ellos. Era como
un islote redondo, de un cuarto de milla de bojeo, con un lago en medio,
tambin redondo, formando as un como anillo de unos cien pies de ancho,
cubierto de rboles, con una angosta abertura hacia el Sudoeste.

Nada ms hermoso que el aspecto de aquel atol, con el lago central de
aguas fosforescentes rodeado de un cinturn, que la vegetacin de que
estaba cubierto haca parecer de esmeraldas.

Al Norte y al Sur se destacaban dos lneas de escolleras, prolongndose
muchas millas en la misma direccin.

La mar estaba agitadsima en torno de aquel islote y de las escolleras.
Las olas se estrellaban furiosas en tales obstculos con fragor
tremendo, reventando en espumas, alejndose y volviendo furiosamente a
la carga.

--Atencin al paso, Van-Horn!--grit el Capitn, que se haba puesto
plido.

--Hay escolleras delante?--pregunt el piloto con la voz ligeramente
alterada.

--No.

--Confiemos en que se podr pasar.

La chalupa, levantada por una ola monstruosa, fu lanzada hacia el
canal. Desapareci un momento entre las espumas, y poco despus pudo
vrsela levantada sobre la cresta de una ola, que la empujaba hacia
adelante.

--Gobierna derecho, Horn!--grit el Capitn.

Haban ya entrado en el canal del atol. Lo atravesaron con la rapidez de
una bala y entraron en el pequeo mar interior del islote.

--Abajo la vela!--orden Van-Stael.

Hans y el chino la dejaron caer, mientras Van-Horn orzaba la barra,
dirigiendo la chalupa hacia la orilla interior del atol. Qu
tranquilidad en aquel lago, abrigado de las olas por la corona de
escollos, o, mejor dicho, por aquel crculo de rocas coralferas en que
se estrellaban las olas del mar exterior! Mientras fuera se revolvan
furiosamente las aguas agitadas por la tempestad, en aquel lago reinaba
la ms absoluta calma. Su superficie estaba tranquila y era bruida y
lisa como la de un espejo metlico. Apenas la chalupa hizo moverse la
superficie de sus aguas, despidieron stas resplandores fosforescentes.

--Pero dnde estamos?--preguntaron Hans y Cornelio.

--En un puerto seguro, desde el cual podemos desafiar a los ms
tremendos huracanes--respondi el Capitn.

--Y qu isla es sta?

--Quin sabe? Yo mismo ignoro dnde nos encontramos, y por ahora no me
preocupa el saberlo.

--Pero es maravillosa, to!--exclam Cornelio--. Jams he visto una
isla semejante.

--Pues en el ocano Pacfico hay muchas parecidas, perfectamente
circulares; pero no todas tienen un canal o paso al interior como sta.

--Y tienen tambin su pequeo lago en medio?

--Tambin, Cornelio.

--Son verdaderos anillos de rocas.

--De rocas, no, de coral; pues las islas de esta forma especial son obra
de plipos.

--Ya s que los plipos coralferos del ocano Pacfico levantan desde
el fondo del mar escolleras e islotes; pero no comprendo cmo pueden dar
a esos islotes esta forma redonda y formar un lago o mar interior en su
centro.

--La explicacin es fcil, Cornelio. En el ocano Pacfico hay muchos
volcanes apagados y sumergidos desde tiempos remotsimos, separados de
los nuestros por millones de millones de aos.

Algunos de estos volcanes llegan con sus cimas casi hasta la misma
superficie del mar. Los plipos coralferos ocupan esa cima y comienzan
su construccin, elevndola gradualmente.

Como t sabes, los volcanes tienen un crter ms o menos circular y en
su interior estn huecos. Los plipos, construyendo slo en los bordes,
conservan la forma circular y edifican estas preciosas islas, a las que
se da el nombre de atoles.

Algunos crteres suelen tener en sus bordes determinada cortadura, y no
pudiendo los plipos coralferos soportar presiones demasiado grandes,
construyen solamente all donde pueden vivir, dejando libre la
cortadura. Esta es la razn de que algunos atoles, como ste en que
estamos, tengan un canal.

--Son resistentes las construcciones de los plipos?

--Ms que las rocas de prfido, de granito o de cuarzo. Es un fenmeno
maravilloso, increble, Cornelio! Estos seres, infinitamente pequeos,
dbiles, gelatinosos, levantan barreras que las tempestades no pueden
destrur. Se apoderan de los tomos de carbonato de cal que hay en las
aguas y los transforman en materiales de construccin, con los cuales
forman rocas indestructibles.

Qu labor tan admirable la de estas miradas de arquitectos, trabajando
constantemente, de da, de noche, por aos, por siglos, por centenares
de siglos, sin cansarse jams!

--Son muchas las islas construdas por estos maravillosos zofitos?

--Se calcula que la superficie de todas juntas asciende aproximadamente
a dos mil quinientas leguas cuadradas.

--No son muchas, to. Yo crea que casi todas las islas del ocano
Pacfico eran coralferas.

--Hubo un tiempo en que as se crea; pero hoy se ha comprobado que los
zofitos constructores slo pueden vivir a pequeas profundidades. Antes
se supona que se reunan en lugares muy profundos y all comenzaban sus
construcciones, elevndolas gradualmente hasta la superficie del mar;
pero hoy se sabe que los cimientos de sus obras no pueden estar a ms de
ocho o diez brazas debajo de la superficie del agua.

--No es, pues, cierto lo que afirman algunos?

--Qu afirman?

--Que los zofitos, continuando sus construcciones, podran reunir un
da todas las islas diseminadas por el ocano Pacfico.

--Eso es un desatino, Cornelio; pues, como te he dicho, los zofitos
comienzan a construr en la cima de los montes o volcanes submarinos.

--Debe de haber muchsimos montes y volcanes bajo las aguas del ocano
Pacfico.

--Es cierto, Cornelio, y por eso abundan tanto all las construcciones
coralferas.

Y basta ya de preguntas, curioso. Aprovechemos la tranquilidad que reina
en este atol y tratemos de dormir algunas horas. Tenemos necesidad de
descanso.




XII.--EL ESTRECHO DE TORRES


La tempestad no ces en toda aquella noche. Un viento terrible que
soplaba del Sur, caliente como si saliera de un inmenso horno encendido
o como si atravesara por un desierto de fuego, corri constantemente
sobre el golfo de Carpentaria, retorciendo, como si fueran dbiles
caas, los rboles que crecan alrededor del islote coralfero.

El trueno no ces un solo instante y las olas batieron toda la noche
furiosamente las escolleras, rompindose en ellas con fragor tremendo.

Los nufragos del junco, que no tenan ya nada que temer del furor de
los elementos, durmieron plcidamente en su chalupa, cubiertos por un
gran encerado y por la vela, que los protegan de las salpicaduras de
las olas.

No despertaron hasta despus de las nueve de la maana, precisamente
cuando comenzaba a calmarse.

Las nubes huan hacia el Norte, en direccin del estrecho de Torres y de
Nueva Guinea o Papuasia, impulsadas por las ltimas rfagas, y un sol
esplndido brillaba hacia la costa australiana, dorando las olas del
golfo de Carpentaria, que an seguan agitadas.

Entre las palmas de coco que crecan en la isla, bandadas de papagayos
verdes y rojos, de loros de plumas amarillentas y cuellos negros y de
pequeos pardalotes grises y dorados revoloteaban, cantando alegremente,
como saludando al sol, mientras algunos _bernicla jubata_, feos
voltiles de cuello largo y delgado, plumaje blanco y negro y patas
palmpedas, buscaban cangrejos y pececillos.

--To--exclam Hans, que haba desembarcado en la isla--; te invito a
almorzar.

--Has descubierto algn cuadrpedo? Creo que no, porque aqu no se ven
ms que pjaros.

--Y cocos que nos darn una bebida excelente.

--Que probaremos, Hans. Toma un hacha, viejo Horn, y vamos a proveernos
de cocos.

--Hay pocos, seor Stael--dijo el piloto--. Habrn venido los
australianos a llevrselos?

--No; se los habrn comido los cangrejos ladrones. Aqu estoy viendo uno
de esos cocos, que, por la manera de estar horadado, se comprende que lo
ha sido por uno de esos crustceos, que hacen sus madrigueras en la
arena.

--Es que hay cangrejos que comen cocos?--pregunt Hans.

--S, hijo mo, y que se los comen con mucho gusto, porque son muy
glotones. Son cangrejos enormes, armados de fortsimas presas. Trepan
por los troncos de las palmas y hacen caer los cocos al suelo.

--Pero cmo se las componen para romper la cscara de los cocos, siendo
tan dura que hace resistencia hasta al hacha?

--Introduciendo una de sus tenazas por uno de los tres ojos que hay en
la cscara y hacindola voltear como un berbiqu.

--Se comen esos cangrejos?

--Son exquisitos, y sentira no encontrar uno para que nos diramos el
gran festn. Mira bien por las ramas de los rboles, porque esos
cangrejos tienen la costumbre, durante el da, de dormir entre las hojas
suspendidos de sus bocas o tenazas.

--Abrir bien los ojos, to.

Sus pesquisas no dieron resultado favorable, porque ningn cangrejo
ladrn haba en la isla. En cambio, recogieron diez o doce cocos y los
partieron a hachazos.

Como no estaban todava maduros, slo pudieron sacar de ellos el jugo,
que es un agua fresca y azucarada, y un poco de la pulpa blanqusima de
que est la cmara revestida por la parte interior. Cornelio y Hans
cazaron una docena de papagayos y una _bernicla jubata_ del tamao de un
pavo, a la cual sorprendieron en la orilla interna del atol.

No slo no les falt, pues, qu comer, sino que hasta se regalaron con
la carne asada de esas aves, que es un manjar sabroso y delicado.

Despus de medioda el Capitn di la orden de marcha.

La tempestad haba cesado y el mar se iba calmando poco a poco y no
ofreca ya peligro.

Quedarse en aquel islote desierto y sin agua dulce, situado en un golfo
tan poco frecuentado por los barcos, no era prudente. Urgales llegar al
estrecho de Torres y a la Nueva Guinea para acercarse al mar de las
Molucas antes de que se les agotaran los vveres o volviera el tiempo a
estropearse.

Desplegada la vela, atravesaron el canal y salieron al mar, poniendo
proa al Nornoroeste, para mantenerse alejados de aquellos grupos de
islas que se extienden por el estrecho de Torres y que estn pobladas de
canbales.

El viento que soplaba al Sudeste, favoreca la marcha de la chalupa, la
cual se deslizaba por las aguas del golfo con una velocidad media de
cinco a seis millas por hora.

En ninguna direccin se vea barco alguno, ni isla, ni islote. Slo el
atol y sus escolleras, extendindose unos tres cuartos de milla de Norte
a Sur, sobresalan de las aguas. En cambio, abundaban los peces. Muchos
veleros, llamados as por una aleta natatoria que llevan en el lomo y
que sacan fuera del agua para que les sirva de vela, pasaban hacia el
Nornoroeste, mostrando de cuando en cuando su cuerno seo, arma
formidable de que se sirven con bastante frecuencia. Se parecen al
pez-espada, pero su cuerno no es aplanado, sino redondo. Son peces muy
grandes, habindolos que pasan de doce pies. No vacilan en arremeter con
la ballena y con el pez-perro, y a veces se atreven con los barcos.

Veanse tambin muchas morenas, peces que en aquellas latitudes son de
gran tamao; medusas, extraos moluscos semejantes a bolsas vueltas
hacia abajo y provistas de tentculos. Algunas de esas medusas son
enormes. Cornelio vi una que deba de pesar como cincuenta libras.

--Nunca he visto medusa tan grande: parece un gran paraguas--dijo.

--Pues an las hay mayores--dijo el Capitn--, y que brillan por la
noche como si llevaran en la bolsa una lmpara elctrica.

--Son gelatinosas esas medusas?--pregunt Hans.

--Tan extremadamente gelatinosas son, que no pueden conservarse. En el
agua parecen tener alguna consistencia; pero en la mano se reducen a una
finsima membrana incolora. Una medusa que pese una arroba en el agua se
reduce a unas dos onzas fuera de ese elemento.

--Y dices, to, que las hay ms grandes an?--pregunt Cornelio.

--Colosales! Hace cuarenta aos, en las presas de Bombay, el flujo
arroj a la playa una medusa que pesaba dos toneladas, y que era tan
fosforescente, que en un principio se la crey un trozo de algn cometa.

Se dice que su resplandor era tal que, aun despus de muerta, ilumin
durante muchas noches la playa hasta gran distancia.

--Si era tan gigantesca, sus tentculos seran largusimos.

--Cada uno de ellos tena quince brazas de largo.

Mientras charlaban, la chalupa, dirigida por el viejo piloto, que no
abandonaba la caa del timn, segua avanzando por el golfo de
Carpentaria, dirigindose constantemente al Nornoroeste. El viento la
empujaba velozmente; pero los deseos de llegar a los primeros islotes
del estrecho de Torres o de ver las playas australianas, que sentan
vivamente los nufragos, haban hasta entonces resultado fallidos: no se
vea sombra siquiera de tierra todo en redondo del horizonte.

No habiendo podido salvar los instrumentos nuticos, carecan de medios
de determinar el lugar en que se encontraban; pero orientndose con una
pequea brjula que llevaban consigo, estaban seguros de que saldran
del golfo y alcanzaran, ms tarde o ms temprano, el mar de las
Molucas.

El da transcurri sin que sucediera nada extraordinario. Ningn barco
haban visto en el horizonte, ni tampoco seales de tierra.

Al llegar la noche se ilumin el mar, como la precedente.

Una esplndida fosforescencia brillaba bajo las olas, producida entonces
por las _nottiluche miliari_, en opinin del Capitn.

Estos infusorios son pequesimos; tienen forma de hojas algo
redondeadas, con un pequeo apndice, y despiden extraordinario brillo.
Una botella de agua saturada de estos animlculos brilla y da luz
suficiente para poder leer un libro a un metro de distancia.

Aunque ya no les coga de nuevas, Hans y Cornelio admiraban aquel
espectculo sorprendente y sumergan las manos en el agua para sacarlas
cubiertas de puntos luminosos.

A media noche la fosforescencia desapareci y la mar qued negra y
obscura, como si fuera de alquitrn.

A las dos, mientras el Capitn y el chino relevaban a Van-Horn, a Hans y
a Cornelio, descubrieron hacia el Oeste, pero a gran distancia, un punto
luminoso que pareca brillar a flor de agua.

--Ser el fanal de algn buque?--pregunt Hans.

--Me parece demasiado bajo--dijo el Capitn, que observaba atentamente.

--O alguna isla?

--Ser la barca de un salvaje?

--No; parece que la luz est fija, viejo mo.

--Habremos pasado ya el golfo de Carpentaria?

--No me sorprendera. En estas treinta y seis horas hemos avanzado
mucho, especialmente durante la borrasca.

--Entonces ese punto luminoso puede ser el fanal de algn buque. Ya
sabis que algunos, para no bojear la Australia, se aventuran a travs
de los escollos y arrecifes del estrecho de Torres.

--Lo s, Horn; pero te repito que no es un fanal; de eso estoy seguro.
Calle! Veo otro punto luminoso ms al Norte y que parece ir al
encuentro del primero.

--Entonces son barcas de salvajes.

--Me lo temo.

--Mal encuentro, capitn. Si al alba nos descubren nos darn caza.

--Sern australianos?--pregunt Cornelio.

--Los australianos no son marinos ni tienen barcos--dijo el Capitn--.
Los isleos del estrecho de Torres, y en particular los papes, tienen
muchas embarcaciones y bien pertrechadas. Con ellas emprenden largos
viajes.

--Sin brjula?

--Es un objeto desconocido para ellos; pero saben dirigirse sin ella y
no se extravan. Se guan por las estrellas o por el sol, o tienen un
instinto maravilloso como las aves? Se ignora.

--Son malos los isleos del Estrecho?

--Prfidos, Cornelio, y muy valientes.

--Hasta los papes?

--Hay algunas tribus que ya no son salvajes, por su frecuente trato con
nuestros compatriotas, que visitan el puerto de Deorj para adquirir
conchas de tortuga, _trpang_, aves del paraso, nidos de golondrinas,
etctera; pero los dems no tienen buena fama y algunos del interior son
antropfagos.

--No ha mejorado, pues, nuestra situacin.

--Tenemos nuestros fusiles y sabremos defendernos. Id a descansar, y no
temis. No perder de vista esas dos luces.

El piloto y el joven se tendieron en el fondo de la chalupa, bajo una
lona, y el capitn se sent a popa, junto a la caa del timn, mientras
el chino se apoyaba en el palo de la vela.

Las dos luces seguan brillando en el obscuro horizonte, siempre
lejanas, por ms que la chalupa adelantaba bastante. Pareca que ellas
se dirigan tambin al Norte, siguiendo a los nufragos.

El capitn comenzaba a estar inquieto. Senta por instinto que deban
de ser barcas tripuladas por peligrosos isleos.

Segualas atentamente con la mirada, para ver si se acercaban, temiendo
un inesperado abordaje, y haba obligado al chino a preparar las armas
para estar dispuesto a la defensa; pero la distancia no disminua, sino
que ms bien pareca aumentar poco a poco, pues las luces iban siendo
menos perceptibles.

Hacia las tres, una de ellas desapareci; pero la otra segua brillando
y pareca acercarse.

--Oyes algo?--dijo el Capitn al chino.

--No, seor; pero el fanal parece que quiere pasarnos por popa.

--Es cierto, muchacho. Ah, si no estuviera tan obscuro!... Pero quiz
sea mejor para nosotros, pues esa luz no debe ser la del fanal de un
buque.

A las cuatro, el punto luminoso, que haba cambiado de ruta, pas, en
efecto, a popa de la chalupa, pero a distancia de siete millas lo menos,
y con direccin al Este.

Media hora despus sali el Sol y por el Norte se descubrieron lejanas y
altas montaas. Por el Este se vean muchas islas y grupos de
escolleras.

El Capitn se levant de un salto.

--El estrecho de Torres!--exclam--. Horn, Cornelio, Hans... todo el
mundo en pie! Hemos atravesado el golfo de Carpentaria!




XIII.--LOS PIRATAS DE LA PAPUASIA


El estrecho de Torres, que separa la gran isla de Nueva Guinea o
Papuasia de la regin extrema septentrional del continente australiano
llamada Tierra de Torres o de Carpentaria, es uno de los pasos ms
peligrosos y difciles que existen.

Fu descubierto en Agosto de 1606 por Luis de Torres, segundo comandante
de la expedicin de Pedro Fernndez de Quirs; pero qued casi olvidado
muchos aos por los graves obstculos que presentaba y an hoy mismo es
muy poco frecuentado, a pesar de las magnficas cartas topogrficas
debidas a los cuidados del Gobierno ingls y de la colonia australiana.

Tiene treinta y cuatro leguas de extensin; pero cuntas fatigas cuesta
su travesa! Es una sucesin continua de bajos, que cambian
constantemente de posicin a causa de las corrientes. Una selva de
escolleras madrepricas que los zofitos extienden cada vez ms y que
van gradualmente subiendo hasta la superficie del agua, y un caos de
islotes y de islas que hacen dificilsima la navegacin, hasta a los
barcos de ms pequeo calado: tal es el Estrecho. Adems, los
habitantes de aquella tierra tienen psima fama. Asaltan los barcos que
se pierden en aquellos bajos y escolleras y devoran a sus tripulantes.
An se recuerdan los casos de los barcos _Chesterfield_ y _Hormnzier_,
ocurridos en 1793.

Todas o casi todas aquellas islas son pequeas, pero estn muy pobladas.
Forman el archipilago llamado del Prncipe de Gales, cuya isla mayor es
la de Murray.

Los habitantes son belicosos y proceden, a lo que se cree, de
cruzamientos de papes y polinesios. Son, en general, negros, de
estatura alta y bien conformados, con la frente despejada, la nariz
regular y el cabello lanudo, que se tien de rojo. Se adornan el cuello
con medias lunas de ncar y figurillas de hueso, y las orejas con
conchas de tortuga.

Son buenos y audaces marinos, como los papes de la costa y los
polinesios, y usan piraguas de veinte pies de largo con velas de hojas
entretejidas, con las cuales piratean por el Estrecho, asaltando a las
tribus ribereas de la costa australiana y de Nueva Guinea.

Al oir gritar al Capitn el estrecho de Torres!, Cornelio y Hans se
pusieron en pie.

--Ya?--exclam Cornelio--; pero dnde est la costa de Australia?

--Veo all, a nuestra izquierda, una especie de niebla--dijo
Van-Stael--: debe de ser la tierra de Carpentaria.

--Y esas montaas que tenemos ah delante?

--Pertenecen a la Nueva Guinea.

--Tiene montes altos esa gran isla?

--Altsimos, Cornelio, y cubiertos de nieve la mayor parte del ao. Se
dice que tienen picos de 18.000 y ms pies de altura.

--Estamos muy lejos de esa isla?

--Tal vez a cuarenta millas.

--Llegaremos a ella?

--Las costas meridionales son peligrosas, Cornelio, y sus habitantes,
casi todos piratas. Trataremos ms bien de llegar a las islas Arr, que
se encuentran a la entrada del mar de las Molucas, y donde espero
encontrar pescadores holandeses de _trpang_.

--Eh! Eh!--exclam en aquel instante Van-Horn.--Mientras nosotros nos
descuidamos charlando, un ave de rapia, o mejor dicho dos, tratan de
darnos caza.

--Qu quieres decir, viejo Horn?--pregunt el Capitn.

--Que dentro de poco nos veremos obligados a disparar los fusiles, si
antes no hallamos un refugio. No veis a popa dos piraguas que hacen una
maniobra sospechosa, seor Van-Stael?

El Capitn mir hacia el Sur, e hizo un ademn de disgusto.

--Ya s lo que eran los fanales que vimos anoche!--exclam--. En
efecto, se trata de aves de rapia de las ms peligrosas.

A siete u ocho millas al Sur se vean, no dos aves de rapia, sino dos
embarcaciones, que navegaban de conserva siguiendo la misma ruta que la
chalupa.

No costaba mucho trabajo reconocerlas como dos piraguas de isleos, pues
son bien distintas de las nuestras.

Consisten en troncos de rboles ahuecados de unos cuarenta pies de
largo, con cubiertas provistas de barandas de bamb.

Las que vean nuestros nufragos llevaban grandes velas triangulares de
filamentos vegetales entretejidos, e iban tripuladas por muchos hombres
negros medio desnudos, que se distinguan sobre los puentes.

--Son papes, si no me engao--dijo el Capitn--. Mala vecindad, amigos
mos.

--Se trata de piratas?--pregunt Van-Horn.

--Lo temo, viejo mo; y hasta parece que tratan de alcanzarnos.

--Son muchos?--pregunt Cornelio.

--Cuarenta, por lo menos--respondi el Capitn.

--Usan armas de fuego los papes?

--Armas de fuego, no; pero s flechas envenenadas con jugo del _upas_, y
que lanzan muy diestramente con la cerbatana. Tambin usan lanzas y
ciertas hachas pesadas, que llaman _parangs_, con las cuales, de un solo
golpe decapitan a una persona.

--No hay, pues, que jugar con esos salvajes.

--Al contrario; hay que temerles, Cornelio, y haremos bien en huir.

--Pero adnde? Nos alcanzarn, seor Van-Stael--dijo el piloto--. Con
esas grandes velas tienen que correr ms que nosotros.

--Nos dirigiremos a la costa.

--A las islas del Estrecho?

--Ests loco, viejo lobo? Los habitantes de ellas son peores que los
papes, y nos mataran en seguida.

--Entonces a Nueva Guinea?

--S, Horn; y trataremos de no perder tiempo. Me parece que las piraguas
nos ganan a andar, y si no nos apresuramos, dentro de dos horas las
tendremos encima.

--Qu debemos hacer?--preguntaron Hans y Cornelio.

--Desplegar ms la vela que tenemos, y aadir otras dos que arreglaremos
con el encerado y que armaremos en sendos remos a popa y a proa: Al
trabajo, muchachos!

El chino, Hans y Cornelio ayudados por el viejo piloto, pusieron manos a
la tarea. Como haban tenido la precaucin de llevar cuerdas en la
chalupa, les fu fcil sujetar firmemente a proa y a popa los dos remos,
amarrndolos a las banquetas; partieron otro remo por la mitad para
utilizar los trozos como vergas, y con la tela encerada y una manta
hicieron las velas, atndolas por las puntas inferiores a las bordas de
la chalupa.

Soplaba del Sur un viento fresco, que empujaba la chalupa. Los salvajes,
que advirtieron la maniobra de sus tripulantes, lanzaron rabiosos gritos
que se oyeron, aunque an lejanos, y a poco desplegaron dos pequeas
velas triangulares ms, ayudndose tambin con los remos.

--Ya lo deca yo! Esa canalla quiere abordarnos!--exclam Van-Horn al
advertir esa maniobra.

--Tal vez lleguemos a la costa de Nueva Guinea antes de que nos
alcancen--dijo el Capitn--. Si el viento no cede, dentro de cuatro
horas llegaremos a tierra.

--Pero perderemos la chalupa--dijo Cornelio.

--Encontraremos quiz algn ro, querido sobrino, y remontaremos la
corriente.

--Harn lo mismo los piratas.

--Pero, escondidos nosotros en los bosques, nos ser fcil ahuyentarlos.

--Y no encontraremos en tierra tribus hostiles?

--La Nueva Guinea es grande, Cornelio, y no est muy poblada. No es
probable que tropecemos con enemigos. Se nos acercan, Horn?

--Creo que no--respondi el piloto, que no perda de vista las
piraguas--. Corren mucho; pero no nos ganan terreno por ahora.

--Vosotros atended a las velas, y dejadme a m el cuidado de dirigir la
chalupa!

Los papes, que ansiaban alcanzar a los fugitivos para hacerlos
prisioneros o quiz para matarlos en el acto, hacan desesperados
esfuerzos por adelantar camino. Remaban furiosamente para ayudar a las
velas, levantando salpicaduras de espumas, pero no se acercaban sino muy
lentamente, pues la chalupa corra a razn de ocho o quiz de nueve
millas por hora.

De vez en cuando se oan sus gritos, que el viento llevaba hasta la
chalupa, y que parecan intimaciones para que los nufragos se
detuviesen; mas stos no hacan caso de tales amenazas.

Las montaas de la gran isla iban hacindose ms perceptibles por
momentos, y la costa empezaba a delinearse confusamente hacia el Norte,
corriendo de Este a Oeste.

A las nueve de la maana la chalupa slo distaba veinticinco millas de
tierra; pero el viento, que hasta entonces se haba mantenido fresco,
comenzaba a ceder.

El Capitn y Van-Horn se iban inquietando, porque si el viento faltaba
no podran regatear con las piraguas, que llevaban tripulaciones mucho
ms numerosas y acostumbradas a las maniobras del remo.

Una piragua se haba adelantado, y slo distaba ya cuatro millas. La
otra, no tan buena velera, por lo visto, se qued rezagada; pero sin
abandonar la caza.

Sin duda aquellos astutos salvajes se haban dado cuenta de las
intenciones de los nufragos, y queran a todo trance impedirles llegar
a la playa de la gran isla.

--Ah!--exclam el Capitn--. Si hubiramos podido conservar la lantaca,
no se acercaran seguramente esos pillos; pero ya que no la tenemos, nos
defenderemos con los fusiles.

A las diez, la costa estaba an a doce o trece millas y el viento segua
aflojando. Se vean ya los rboles de la ribera y hacia el Este se
distingua una baha espaciosa, que poda ser muy bien la boca de algn
ro.

La primera piragua estaba ya muy cerca y segua ganando terreno,
impulsada por veinte remeros vigorosos. Se la distingua ya muy bien a
simple vista. Aunque construda por salvajes, era una excelente
embarcacin. Consista en dos canoas apareadas, de unos treinta y cinco
pies de eslora, construdas de sendos troncos de rbol ahuecados.

Iba armada a proa de una especie de espoln de madera pacientemente
esculpido, y la popa era altsima, y de forma como de escala. Las dos
canoas apareadas que constituan, como se ha dicho, la embarcacin,
estaban trabadas entre s por una especie de pasarela cubierta de un
colgadizo de hojas sostenido por una ligera armadura.

A proa y a popa se alzaban sendos palos, formado cada uno de ellos por
tres bambes unidos en lo alto y separados en la base; pero sin antenas,
vergas ni cordaje, que no necesitaban, por lo dems; porque las velas de
los barcos papes no se despliegan de alto a bajo, sino al contrario; y
para ejecutar esta maniobra basta una cuerda en la punta del palo.

Las velas consistan en nervios de hojas entretejidas con filamentos del
rbol del sag y eran cuadrilongas, de veinte pies de largo por siete de
ancho, aunque tambin suele haberlas triangulares. Cuando no hay viento
van arrolladas al pie de los palos; cuando lo hay, las izan hasta la
mitad, o hasta lo alto, segn sea ms o menos recio.

Un largo remo que sirve de timn y un balancn, compuesto de una ancha
tabla que pasa de babor a estribor y que, sobresaliendo mucho de los
costados del barco, tiene sus extremos provistos de sendos flotadores
que descansan en el agua, completan los menesteres de estos pequeos
veleros.

En el puente de la piragua ms cercana se distinguan varios hombres
ocupados en las maniobras de las dos velas, y muchos otros aplicados a
los remos.

De cuando en cuando se oa una voz que gritaba: _miro! miro!_; pero el
Capitn se guardaba muy bien de darle crdito. Aquellas palabras que
significaban paz! paz! sonaban mal en boca de aquellos salvajes, que
parecan dispuestos a caer sobre la chalupa con las armas en la mano.

En vez de detenerse, el Capitn, Cornelio, Horn y el chino haban
empuado los remos y los manejaban furiosamente. Hans estaba en la barra
del timn.

A las once estaban los nufragos a slo tres millas de la costa de Nueva
Guinea; pero tenan la primera piragua media milla detrs de ellos y la
segunda poco ms de una.

--Veo un ro!--exclam Hans.

--Cerca?--pregunt el Capitn, que no poda verlo por estar de espaldas
a la costa.

--S, to; ah enfrente de nosotros.

--Lleva hacia l la chalupa. Es ancho?

--Tendr algo ms de un cable.

--Lo remontaremos y desembarcaremos en los bosques.

--Duro con los remos, amigos!: los papes han advertido nuestras
intenciones.

--To--dijo Cornelio--; los tenemos ya encima, y podramos disparar
sobre ellos.

--Todava no; esprate: Avante!

La chalupa volaba, hendiendo impetuosamente las aguas; pero el velero de
los papes le ganaba ventaja.

Por fortuna, la costa estaba ya muy cercana. Se distinguan
perfectamente las palmas de coco, las caas de azcar, las sensitivas
gigantes y hasta los arbustos. La tierra toda hasta la misma orilla del
mar estaba cubierta de espessimos bosques.

La chalupa, pasando sobre un banco de arena, entr en la desembocadura
del ro, y fu a atracar a una isla o ms bien un islote, cubierto de un
espeso bosque de paldicos, llamados as porque son plantas que
producen las fiebres.

Los nufragos soltaron los remos y echaron mano de los fusiles, mientras
la primera piragua daba una virada para evitar el banco de arena.




XIV.--LA NUEVA GUINEA


Aunque la Nueva Guinea o Papuasia es la isla ms grande del mundo[5],
una de las ms esplndidas y tambin de las ms feraces y productivas,
es de las regiones menos conocidas, por extrao que parezca. Hasta hoy
mismo se tienen muy imperfectas noticias sobre sus costas y poqusimas
sobre sus regiones interiores.

Slo dos viajeros italianos, Rienzi en 1826 y ltimamente De Albertis,
exploraron una parte de las costas y algunos ros de la Nueva Guinea, no
obstante la hostilidad de sus naturales.

Esta isla fu, sin embargo, una de las primeramente descubiertas, pues
el portugus Abreu lleg a ella en 1511. Luis de Torres, que la visit
en 1606, le puso el nombre que lleva, segn unos, por caer frente por
frente de la Guinea africana, y segn otros por el parecido de los
negros naturales de ella con los negros de la dicha comarca de frica.

Otros muchos navegantes la visitaron en los siglos posteriores, pero
todos se limitaron, como hemos dicho, a tocar en algn punto de sus
costas.

Los holandeses establecieron una colonia en la costa occidental en 1822;
pero la abandonaron siete aos despus, sin dejar de traficar con
aquellos isleos, y en 1858 mandaron una nueva expedicin en el vapor
_Etna_, y ocuparon algunos puntos de la costa.

Es sa, como ya se ha dicho, la isla ms vasta del mundo, considerando a
la Australia como continente. Tiene 400 leguas de largo y 138 de ancho,
y 38.000 leguas cuadradas de superficie.

Hay en sus costas extensas bahas, donde podran guarecerse flotas
enteras, algunas de las cuales son muy frecuentadas por los holandeses,
los malayos y los chinos.

El interior de la Isla es poco conocido; pero se sabe que hay en ella
grandes cordilleras, altsimas algunas. Sobre los ros hay pocas
noticias. El Durga, que desagua cerca del promontorio de Volk, se
asegura que es de los ms grandes. Otros muchos van a desembocar en la
costa septentrional y en la meridional. En la occidental desagua uno que
debe de ser caudalossimo, porque muchos navegantes han observado que no
lejos de la punta oriental de la baha de Geelvine, las aguas del mar
son dulces a muchas leguas de la costa.

El interior est cubierto de bosques inmensos. Las especies de rboles,
muchos de ellos de maderas preciosas, se cuentan por miles.

La nuez moscada, el rbol del alcanfor, el teck, cuya madera tanto se
aprecia en la construccin naval; el cedro gigantesco, los rboles del
pan, del sag, de la canela y mil otros, crecen all sin cultivo. En
aquellas inmensas selvas, pobladas por las aves ms esplndidas de la
creacin, viven tambin salvajes cruelsimos y sanguinarios, enemigos de
los extranjeros.

Algunos de los ribereos de la isla comercian con los europeos,
vendindoles el _trpang_, que abunda en aquellas playas, las finas
especieras, las maravillosas aves del paraso, tan estimadas por sus
plumas, o la plata y el oro que extraen en gran cantidad de sus
montaas; pero en el interior habitan las naciones de los alfuras, los
arfakis y otras montaraces y belicosas, que son feroces canbales, y en
las playas abundan los piratas, dedicados principalmente a la trata de
esclavos, y a los cuales temen muchsimo los habitantes de las regiones
martimas.

Van-Stael, que conoca la Nueva Guinea y a sus habitantes, por haber
traficado en otro tiempo con los indgenas de Dari y haber pescado
_trpang_ en algunas bahas, conoca tambin a los piratas papes y no
ignoraba su ferocidad; as que apenas se hubo ocultado la chalupa detrs
del islote, organiz la defensa para impedir a sus perseguidores la
entrada en el ro.

--Pronto!; tomad las armas y embosqumonos entre estos paldicos--dijo
a sus compaeros--. Guardaos sobre todo de las flechas, porque hombre
herido es hombre muerto.

--Las municiones abundan y todos somos buenos tiradores--dijo el
piloto--. No se atrevern a entrar en el ro.

--Adems--observ Cornelio--, hay tan poco fondo, que les ser imposible
pasar a esas embarcaciones.

--Pero son capaces de desembarcar y de seguirnos por los bosques--dijo
el Capitn--. Se les ve?

--S--dijo Hans, que se haba abierto paso entre aquellas plantas, de
las cuales se desprendan emanaciones pestilentes.

--Qu hacen?

--Tratan de entrar en el ro.

--Veamos.

Van-Stael atraves la espesura, y al llegar al extremo del islote se
inclin hacia adelante, cuidando de no descubrirse.

La piragua haba dado vuelta al banco de arena y avanzaba con precaucin
por la orilla derecha, tratando de evitar los bajos.

Algunos hombres sondeaban el agua con los remos, mientras otros trataban
de descubrir a los nufragos, escondidos en las malezas del islote.

Se les oa hablar y se les vea moverse sobre cubierta.

Aquellos salvajes eran todos altos y membrudos, y a primera vista
parecan negros africanos; pero mirados despacio se adverta que su piel
era de un tinte aceitunado y sus facciones ms finas que las de
aqullos; pues tenan narices regulares y no achatadas, labios delgados,
bocas pequeas y rostros ovalados. Su pelo era espessimo y abundante,
lanoso, y lo llevaban arrollado en un zoquete de madera teido de
encarnado.

Reducase su vestido a una blusa o camisa llamada por ellos _tridako_,
fabricada con las fibras de una corteza de rbol; pero la falta de
trajes la suplan con la sobra de adornos: collares de dientes de puerco
y chacal, o de escamas de tortuga, y brazaletes de conchas y espinas de
pescado.

Uno solo de ellos--el Korana o jefe sin duda--llevaba una especie de
sotana de tela roja.

Iban todos armados de lanzas y de los pesados y groseros cuchillos
llamados _parangs_, y algunos llevaban cerbatanas de bamb, destinadas a
disparar flechas impregnadas del jugo extremadamente venenoso del
_upas_.

La piragua se acercaba al islote, navegando a lo largo de la playa
occidental, pero con gran trabajo, pues no haba agua suficiente, aunque
estaba subiendo la marea.

Detvose bruscamente la piragua. Al parecer haba encallado, pues se vi
a los piratas correr de proa a popa, observar la corriente, y lanzar
despus furiosos gritos.

--Han encallado--dijo el Capitn.

--Pero la marea est subiendo y quizs logren ponerse a flote dentro de
un rato--observ Van-Horn.

--Rompemos el fuego?--pregunt Cornelio--. Si saben que llevamos armas,
quizs desistan de atacarnos.

--No es mala idea, Cornelio; pero sin que nos hostilicen no debemos
tirarles. Hasta ahora nada nos han hecho.

--Y si nos aprovechramos de esta tregua forzada para huir?--dijo
Horn--. Si nos estamos aqu, no tardar en llegar la tripulacin de la
segunda piragua.

--Y adnde ir este ro?--pregunt Cornelio.

--De eso s lo mismo que t--respondi el Capitn--. Subiremos por l
hasta encontrar un sitio bueno para acampar, y cuando los piratas se
marchen, nos embarcaremos otra vez y seguiremos nuestro viaje.

--Seor Van-Stael; ya est ah la segunda piragua--avis Van-Horn.

El piloto no se haba equivocado. La segunda piragua, que se haba
quedado rezagada, acababa de llegar a la desembocadura del ro y trataba
de unirse a la otra, que segua encallada.

Aquel refuerzo poda ser fatal para los nufragos, pues aumentaba
considerablemente el nmero de los piratas. Aunque los europeos tenan
en su chalupa abundantes municiones, no era prudente empear una lucha
contra cincuenta o sesenta salvajes provistos de flechas envenenadas.

--Huyamos--dijo el Capitn--. Ya que el camino est libre, remontemos el
ro.

Volvieron donde estaba la chalupa y se embarcaron, poniendo las armas a
su alcance para estar prontos a hacer fuego.

Mantenindose ocultos detrs de la isla, cuyas plantas eran suficientes
para cubrirles, comenzaron a remontar el ro remando en silencio,
ayudados por la marea, que suba, empujando hacia atrs las aguas
dulces.

Los piratas, ocupados en desencallar la piragua, no haban advertido
nada, a lo que pareca, pues no se les oa gritar.

--Qu sorpresa van a llevarse cuando no nos encuentren en el
islote!--dijo Cornelio.

--Nos buscarn; de eso estoy seguro--dijo el Capitn--. Esos tunos no
renunciarn tan fcilmente a su presa; pero, si nos buscan, nos hallarn
dispuestos a defendernos y no nos dejaremos sorprender.

--Habr pueblecillos en las mrgenes de este ro?

--No lo s; y hasta ignoro cmo se llama esta corriente de agua.
Procederemos, no obstante, con prudencia, y si vemos una aldea nos
esconderemos en los bosques.

--Me parece que el ro hace all una vuelta--dijo Van-Horn.

--Mejor para nosotros. Escaparemos ms fcilmente a la vista de los
piratas. Avante, y no perdis de vista las orillas.

El ro conservaba siempre su anchura de ciento sesenta o doscientos
pies, pero no era profundo y estaba sembrado de islotes de arena, que
los nufragos tenan que ir rodeando.

Las dos orillas estaban cubiertas de rboles enormes, y tan cercanos los
unos a los otros que hacan casi imposible el paso. Se vean gigantescos
tecks, cuyos robustos troncos tenan setenta pies de altura y sostenan
madejas de bejucos y de _nefentes_; mangostanos, parecidos a nuestros
olmos, pero cargados de frutas gruesas como naranjas, con la carne
violeta obscura y delicadsima al paladar; soberbios rboles del pan,
cuyas frutas tienen una pulpa griscea, que asada se parece en el sabor
a las batatas; magnficos _arenghes sacarferas_, especie de palmas con
largas hojas plumadas, de las cuales se saca una especie de crin
vegetal, que se emplea en la fabricacin de ciertas vistosas telas, y
cuyo tronco da por incisin un jugo dulce, que si se le hierve se reduce
a azcar; rboles de coco, muy cargados de fruta, y muchsimos
_gambirs_, plantas que dan un lquido especial empleado con xito para
fijar los colores en las sedas y tises de lujo. Tambin abundaban all
los _casuarines_, o rboles de la goma, y los bambes, que formaban
extensos bosques.

Entre aquellos rboles revoloteaban bandadas de esplndidas aves;
papagayos del tamao de faisanes, con los picos amarillos; otros, de
plumaje rojo y negro y largas colas amarillas, pertenecientes a la
especie de los _charmasira papa_; _promerops superbi_, gruesos como
pichones, y con el plumaje negro, tan fino que parece de terciopelo, y
la cola larga y ancha adornada de un extrao penacho rizado; _cicinnuros
regii_, del tamao de mirlos, y las plumas de los colores ms hermosos
que pueden imaginarse. Al volar por los aires, reflejando al sol sus
tonos rubios, esmeraldas y oro y plata brillantsimos, parecen flores
animadas o mariposas gigantescas.

Si abundaban las plantas y los rboles, faltaban, en cambio,
absolutamente los hombres. No se descubra rastro siquiera de ellos en
aquellas orillas. Se hallaban los nufragos en una costa desierta? Si
era as, el hecho no les inquietaba, sino al contrario; pues de los
hombres con que hubieran podido tropezarse por aquellos lugares, ms
tenan que temer que esperar.

A las dos, y a cerca de tres millas de la desembocadura, el Capitn hizo
que acercaran la chalupa a la orilla ms cercana para dar algn descanso
a los remeros y para comer algo, pues estaban completamente en ayunas.

No se atrevieron, sin embargo, a encender fuego por no llamar la
atencin de los salvajes que pudiera haber en aquellos espesos bosques,
y se contentaron con comer galletas y sardinas ahumadas, a las que
agregaron varios _durions_, frutas exquisitas, grandes como la cabeza
de un hombre y erizadas de espinas muy agudas por fuera, pero que
encierran una pulpa blanca delicada y de sabor exquisito, superior al de
la pia y el mango; pero que tiene un olorcillo a madera quemada que
desagrada mucho a los no acostumbrados a l.

A las cuatro, como no vieran nada sospechoso en las orillas del ro, y
queriendo interponer buen trecho entre ellos y los piratas, que de
seguro los seguiran, continuaron remontando el ro, que conservaba la
misma anchura que hasta all.

Su carrera no dur mucho, pues a las seis, hora en que comenzaba a
oscurecer en el bosque y a bajar rpidamente la marea, encall la
chalupa en un banco de arena que haba casi en medio del ro.




XV.--EL ASALTO DE LOS COCODRILOS


Cuantos esfuerzos hicieron para poner a flote la embarcacin fueron
intiles. La baja marea los haba dejado en medio de aquel banco, que
pareca ser muy extenso.

Como no queran abandonar la chalupa, que poda caer en manos de los
piratas, y sin ella no podran seguir su viaje al mar de las Molucas, y
considerndose bastante alejados de la desembocadura del ro y, por lo
tanto, de sus enemigos, decidieron dormir all hasta que subiera la
marea. Tenan tambin en cuenta la necesidad que pudieran tener de la
chalupa como lugar de refugio si eran atacados por los papes, caso de
que los hubiera en aquellos bosques.

La chalupa les brindaba tambin manera de ponerse fuera del alcance de
las serpientes, que abundan en la isla, y aun de los tigres, que tampoco
escasean en ella, y sealadamente en las costas.

--Nuestra prisin no durar mucho--dijo el Capitn a Cornelio y a Hans,
que le interrogaban--. En cuanto suba la marea nos pondremos a flote y
nos acercaremos a cualquiera de las orillas, antes de bajar por el ro.

--Temes, to--dijo Cornelio--, que los piratas nos tengan mucho tiempo
bloqueados?

--Cuando se convenzan de que hemos hudo al interior, espero que se
vayan.

--Y si no se van?

--Alguna vez se han de ir, y todo se reduce a esperar a que se marchen.
Tenemos vveres para dos semanas y abundancia de frutas, plantas y caza;
pues de todo ello hay en la isla.

--Debamos intentar alejarlos a tiros.

--Para atraernos otros enemigos? Quin nos dice que esa gente no tenga
compatriotas en estas costas? Dejemos que se cansen, Cornelio, y vers
cmo acabamos por podernos ir tranquilamente. Comamos ahora algo, y
descansemos. A quin le toca el primer cuarto de guardia?

--A m--dijo el joven--. Podis dormir tranquilos: ningn pirata se
acercar sin mi permiso.

--Te har compaa Horn. Ven ms cuatro ojos que dos.

--Los mos todava son buenos--dijo el viejo piloto.--Vamos, seor
Cornelio; vos a proa y yo a popa.

Terminada la frugal cena, el Capitn, el pescador y Hans se tendieron en
el fondo de la chalupa, en espera de sus respectivos turnos de guardia,
mientras el piloto y Cornelio se sentaban, el uno a proa, para vigilar
el ro, aguas arriba, y el otro a popa, para no dejarse sorprender por
los piratas que tenan que venir por la parte del mar. En el bosque
reinaba el silencio; slo se sentan los zumbidos de los insectos y el
ligero crujir de las ramas de los rboles, suavemente agitadas por un
vientecillo que vena del mar. En el ro, slo se oa el murmullo del
agua batiendo en los bancos y en las orillas.

De vez en cuando, a travs del espeso follaje se vean brillar ac y
all puntos luminosos, que tan pronto se dejaban ver como se ocultaban
en la espesura; pero ni Cornelio ni el viejo Horn se inquietaban, pues
saban que aquellas lucecillas procedan de ciertas lucirnagas de la
especie llamada _lampiris_, muy comunes en todas las islas de la
Malasia, a las cuales las elegantes del pas encierran en pomitos de
vidrio para adornarse con ellas el pelo, clavndolas en alfileres de
plata.

Haba ya pasado una hora sin que ocurriera nada extraordinario, cuando
Cornelio crey ver una masa oscura que atravesaba rpidamente el ro
describiendo una curva por el aire. Se haba destacado de un rbol
situado en la orilla derecha, y desapareci bajo los bosques de la
opuesta.

--Van-Horn, has visto?--pregunt, echando mano precipitadamente del
fusil.

--Nada he visto ni odo, seor Cornelio--contest el piloto.

--Ha pasado ante mi vista una cosa negra, que no he podido distinguir
bien.

--Tal vez un ave.

--No, Horn; era muy grande, y no tena forma de ave.

--Qu queris que sea entonces?

--No lo s. Sera un proyectil disparado por los papes?

--Slo usan flechas y lanzas, seor Cornelio.

--Lo s; pero... Mira!

Una masa negra, otra, sin duda, se haba destacado de un rbol de la
orilla derecha, y haba pasado a travs del ro con extraas
ondulaciones produciendo una leve corriente de aire, y desapareciendo
entre las plantas de la orilla izquierda.

--Lo has visto, Horn?--pregunt Cornelio.

--S; y s lo que es.

--Un proyectil?

--No, seor Cornelio. Uno de esos voltiles que los malayos llaman
_Kubug_, nosotros, gatos o zorras voladoras, y los naturalistas,
_galeopithecus_, si no me equivoco.

--Qu clase de animales son?

--Parecen monos, ms bien que gatos; tienen unos dos pies de altura, la
cabeza pequea, semejante a la de los chacales, el pelo rojo oscuro, y
ejecutan vuelos hasta de doscientos pies. Hay otros de una especie
parecida y de larga cola, pero que vuelan menos.

--Y cmo hacen para volar?

--Batiendo las alas.

--Monos con alas? T sueas, Horn.

--No, seor Cornelio. No dir que sus alas sean iguales a las de los
pjaros, eso no. Consisten en una especie de membrana que les sale de
las patas anteriores, se junta con las posteriores y se prolonga hasta
la cola. Al mover las patas, mueven al mismo tiempo las alas, y vuelan,
pero de cada vuelo slo pueden atravesar unos doscientos pies o poco
ms, como os he dicho.

--Y slo se cran en esta isla?

--Yo he visto muchos en el puerto de Dori y en los bosques de la c.

--Silencio!

--Otra vez?

--S; pero ahora no se trata de monos voladores.

Aguzaron los odos y escucharon atentamente, conteniendo la respiracin.
Por la parte alta del ro percibieron un ruido como el que hace al caer
un cuerpo pesado en el agua. Miraron en aquella direccin; pero la
sombra que proyectaba el bosque era tan espesa, que no pudieron
descubrir nada.

--Has odo, Horn?

--S, seor Cornelio--contest el marino, con cierta inquietud.

--Alguien se ha tirado al ro.

--Eso temo.

--Algn pirata, quiz?

--Los piratas tienen que venir de la parte del mar.

--Es verdad; pero pueden haber desembarcado, para caer de espaldas y de
frente sobre nosotros.

Van-Horn no respondi; pero movi la cabeza con aire de duda.

--Qu hacemos?--dijo Cornelio despus de algunos instantes de silencio.

--Por ahora, vigilar las aguas. Si es un hombre, tendr que subir al
banco de arena para llegar hasta nosotros, y se descubrir, pues por
aqu no hay agua.

--Es verdad... Calle! Otra zambullida!

--Y otra ms lejana.

--Estaremos rodeados?

--Oh!--grit el marino--; mirad all!

Cornelio mir en la direccin que le sealaba, y vi a flor de agua
masas negruzcas que se acercaban lentamente al banco de arena.

--Canoas?--pregunt levantndose.

--O cocodrilos--respondi el piloto.

--Los hay aqu?

--En todos los ros.

--Querrn acometernos? Por fortuna, estamos en la chalupa.

--Pero encallados en medio de un banco, seor Cornelio, y en la absoluta
imposibilidad de huir hacia las orillas. Si llegan aqu, no les ser
difcil entrar en la chalupa y aun destrozarla con sus formidables
coletazos.

--Despertemos a mi to.

--Y a todos. Nos aguarda un mal cuarto de hora.

Despertaron al Capitn y a sus compaeros y les dijeron lo que ocurra.

--La cosa puede ser muy grave--dijo Van-Stael--. Los cocodrilos de los
ros de Nueva Guinea son feroces y no temen al hombre. Empieza a subir
la marea?

--Desde hace un cuarto de hora--respondi Van-Horn.

--Es necesario defendernos hasta que estemos a flote.

--Y no oirn los piratas los tiros?

--Sin duda, Horn; y subirn en seguida ro arriba; pero no vamos a dejar
que nos devoren los cocodrilos por miedo a los piratas. Apenas podamos
movernos, o, mejor dicho, apenas pueda moverse la embarcacin, nos
refugiaremos en los bosques y all estaremos seguros. Atencin! Ah
estn los cocodrilos! Procurad darles en el cuello, si queris que nos
veamos libres de sus tremendas mandbulas.

Los cocodrilos llegaban, en efecto; pero no eran dos o tres, sino una
verdadera banda; treinta, cuarenta o quiz ms. Cmo se haban reunido
all tantos saurios, cuando los nufragos no haban visto ni uno
siquiera durante el da? Venan de alguna gran charca o de algn lago
que hubiera cerca del ro? Ambas cosas eran probables.

Aquellos espantosos anfibios, advertidos de la presencia de una buena
presa, llegaban por todas partes rodeando la chalupa.

A la luz de los astros se vean sus enormes mandbulas erizadas de
largos dientes, que se entrechocaban con un ruido semejante al que
produce un cajn al caer sobre cubierta.

Daban terribles coletazos en el agua que producan verdadero oleaje.
Sonaban sus colas al dar unas contra otras con ruido como el que haran
huesos dursimos entrechocndose.

Cuando tuvieron rodeado el banco, se detuvieron como si quisieran
asegurarse de la clase de enemigo con quien tenan que habrselas.
Despus uno de ellos, el ms atrevido, y el mayor sin duda, pues tena
ms de treinta pies de largo, di un coletazo en tierra, subi al banco,
que la marea iba ya cubriendo, y avanz resueltamente hacia la chalupa.

--Es horrible!--exclam Hans, temblando.

--Valor, muchachos!--dijo el Capitn, que no perda su calma--. Este es
mo.

El saurio no estaba ms que a seis pasos, y de un coletazo poda echarse
encima de la chalupa.

Van-Stael apunt a las abiertas mandbulas del monstruo, e hizo fuego.

El cocodrilo, herido de muerte por la bala que le debi de atravesar de
la garganta a la cola, se encabrit como un caballo, agitando su enorme
cola, y despus cay revolcndose y levantando salpicaduras de fango.

Los otros, lejos de asustarse por la detonacin, que para ellos deba de
ser cosa nueva y desusada, pues que los papes no usan armas de fuego,
ni tampoco por la muerte de su compaero, saltaron al banco dirigindose
hacia la chalupa.

--Valor!--volvi a exclamar el Capitn, cargando precipitadamente el
fusil.

El asalto fu tremendo. Aquellos formidables saurios, creyendo que hasta
la chalupa era una presa propia para tragrsela, se atropellaban unos a
otros para llegar primero. Sus hlitos, calientes y ftidos, llegaban
hasta los desgraciados nufragos.

Estos, aunque aterrorizados, no perdieron la calma. Descargadas las
armas contra los ms cercanos, echaron mano de las hachas, de los
arpones y hasta de los remos, y se defendieron con valor sobrehumano,
golpendolos furiosamente en los crneos y en las mandbulas, hasta
romperles los dientes o herirles las gargantas.

Por fortuna, la chalupa era alta de bordas, y los cocodrilos no podan
entrar a saquear el interior; pero trataban de volcarla a coletazos, tan
violentos, que habran acabado por desguazarla.

Aquella encarnizada defensa, aquellas detonaciones, aquellos fogonazos,
aquellos gritos, parecieron desconcertar a los asaltantes, los cuales se
decidieron a retroceder hacia las orillas del banco, pero sin
abandonarlo.

Cinco de ellos yacan en la arena, y otros tres, heridos de gravedad,
tal vez mortalmente, se agitaban con violentas convulsiones.

Los nufragos comenzaron otra vez el fuego, para obligar a los saurios a
volverse al ro; pero los terribles anfibios parecan dispuestos a
renovar su acometida.

--No perdis golpe--deca el Capitn--. Si podemos resistir siquiera
diez minutos, la chalupa dejar el banco.

--Ya est todo l cubierto de agua--dijo Cornelio--. La marea sube
rpidamente.

--Pero estos cocodrilos no se deciden a irse--repuso Van-Horn--. Aqu
viene otro!

--Duro con l, muchachos!--grit el Capitn.

Dos disparos sonaron casi a un tiempo. El cocodrilo di un salto que lo
hizo caer al borde del banco, de donde rod al ro desapareciendo bajo
el agua.

Los otros, que parecan indecisos, retrocedieron; pero en seguida
volvieron a acometer atropellndose los unos a los otros para acabar ms
pronto con aquellos hombres. Ya iban a llegar a la chalupa, cuando sta,
que desde haca algunos instantes estaba dando tumbos sacudida por la
marea, se puso a flote deslizndose a travs del banco.

--Libres!--grit Cornelio.

--A los remos, Horn!--exclam el Capitn, descargando su fusil en medio
de la banda de cocodrilos.

El piloto, el chino y Hans se pusieron a remar desesperadamente
dirigiendo la chalupa hacia la orilla izquierda, mientras Cornelio y el
Capitn, por medio de frecuentes disparos, mantenan lejos a los
saurios, los cuales no parecan ya muy dispuestos a seguir atacando.

En pocos instantes la chalupa atraves el ro y atrac en la orilla, en
medio de un enorme matorral de plantas acuticas.

Iban a desembarcar, cuando por la parte baja del ro oyeron voces
humanas y batir de remos.

--Quin se acerca?--pregunt el Capitn.

--Los piratas, sin duda--respondi Van-Horn--. Han odo nuestros
disparos y vienen a atacarnos.

--Despus de los cocodrilos los piratas!--exclam Cornelio--. Qu
dichoso pas y qu hermosa noche!

--Callad!--dijo el Capitn.

Se inclin hacia el agua y escuch.

--S--dijo, despus de algunos instantes--. Deben de ser los piratas que
vienen ro arriba. He odo el batir de muchos remos.

--Suben con las piraguas?

--S; deben de haberlas separado para hacerlas ms ligeras, quitndoles
el puente y el cobertizo. Escondamos la chalupa y huyamos a los
bosques.




XVI.--LA CABAA AREA


No haba un momento que perder. Los piratas, atrados por el ruido de
los disparos, se haban puesto rpidamente en campaa, para tratar de
hacer prisioneros a los nufragos antes de que cayesen en manos de
otros. Crean, sin duda, que haban sido atacados por indgenas y venan
decididos a disputarles la propiedad sobre aquellos hombres y sobre la
chalupa.

Los nufragos, que oan las voces de los que se acercaban y hasta el
batir de los remos en el agua, llevaron a tierra la chalupa y la
cubrieron con un montn de ramas y de hojas, para no perderla y verse
privados de los vveres y mantas que no podan llevarse consigo. Para
mayor precaucin cargaron con todas las municiones, no queriendo
dejarlas en la barca, que, aunque bien escondida, corra el peligro de
ser descubierta y saqueada.

--A tierra!--exclam el Capitn.

Por el recodo del ro haba aparecido una piragua tripulada por muchos
hombres, y detrs se vea ya la proa de otra. Los nufragos no podan
ya dudar un instante; y se apresuraron a internarse en la selva
alejndose del ro.

La selva era espessima y reinaba tal oscuridad en ella que apenas
podan distinguirse los troncos de los rboles; pero Cornelio que
conoca muy bien los bosques de Timor, por los cuales haba andado a
menudo, se puso a la cabeza de los expedicionarios y los gui hacia el
Oeste.

Haba all rboles innumerables, de infinidad de especies: unos altos,
rectos, enormes, que desplegaban su ramaje a doscientos y ms pies del
suelo; otros, ms bajos, nudosos, curvados a derecha o izquierda, y
otros, en fin, delgados y raquticos de tronco, pero de follaje
gigantesco, compuesto de hojas de lo menos veinte pies de largo por tres
o cuatro de ancho. Bejucos largusimos y plantas trepadoras se enredaban
por todas partes y corran de un tronco a otro, formando redes
inextricables bastantes para detener a elefantes en su marcha,
apresndolos entre sus mallas.

Brotaban del suelo monstruosas races que serpenteaban ac y all, como
reptiles apocalpticos, haciendo muy difcil el paso en medio de aquella
oscuridad. Cornelio avanzaba con muchsimo tiento para no tropezar con
cualquiera de aquellos infinitos obstculos, y sobre todo para no pisar
a alguna serpiente pitn, de las innumerables que hay en las selvas de
Malasia y Nueva Guinea, y que tienen veinticinco y hasta treinta pies
de largas, y estn dotadas de tan prodigiosa fuerza, que ahogan a un
buey entre sus anillos.

Haca una hora que caminaban, alejndose siempre del ro para hacer
perder sus huellas a los piratas, cuando de repente fueron a dar en un
pequeo escampado rodeado de rboles.

Vi Cornelio, con gran sorpresa, alzarse casi en medio de aquel espacio
descubierto, una masa negra, enorme, que pareca suspendida en el aire,
a catorce o diecisis pies del suelo.

--To!--exclam.

--Qu has descubierto?--pregunt Van-Stael, saliendo del bosque.

--Mira!

--Es una casa de papes--dijo el Capitn.--Mal encuentro, si est
habitada!

--Una habitacin?

--S, Cornelio. Los papes para no dejarse sorprender por sus enemigos o
por las fieras, construyen sus cabaas sobre altas estacas.

--Pero esa es inmensa.

--Suelen habitar muchas familias en cada una de esas casas areas. Son
construcciones curiosas.

--Estar habitada?--pregunt Van-Horn.

--Pronto lo sabremos. Por la noche los inquilinos levantan los bambes
con entalles o muescas que les sirven de escaleras para subir. Si a
esta cabaa le faltan esas escalas, es que est habitada.

--Si lo estuviera, los papes habran odo nuestros disparos y no
estaran durmiendo ciertamente--observ Hans.

--Tienes razn--dijo el Capitn--. Qu suerte si estuviera vaca!

--La ocuparemos?--pregunt Cornelio.

--Sin perder tiempo. Desde lo alto podremos defendernos de los piratas,
en el caso de que vengan a asaltarnos.

--Y no se caer esa choza? Tengo poca fe en la solidez de su
construccin.

--Esos edificios son muy resistentes, Cornelio, y desafan a los
elementos. Los bambes en que descansan y de que estn construdos son
fuertsimos, como sabes, a pesar de su ligereza. Seguidme, amigos, pero
sin hacer ruido.

Los nufragos se adelantaron hacia la choza procurando ocultarse entre
las yerbas y las plantas trepadoras que haba esparcidas por aquella
pequea llanura, y se detuvieron al pie de los horcones del edificio, el
cual era de enormes dimensiones. Aquella casa area, levantada treinta
pies sobre el suelo, estaba admirablemente construda.

Los papes comienzan, para construir esos edificios, por hincar
firmemente en el suelo, a guisa de horcones, gruesas caas de bamb de
cuarenta o ms pies de largo fuera de tierra, que han de ser los
soportes de toda la mquina, las cuales, para que no se cimbreen y
conserven siempre entre s iguales distancias, van ligadas unas con
otras con fibras de rotang y con lianas. Arman despus a treinta pies
del suelo el primer piso de la casa, formado por bambes ms ligeros,
enlazados entre s y sujetos a los horcones con las mismas fibras. Diez
o doce pies ms arriba arman una segunda plataforma con los mismos
materiales y por iguales procedimientos y sobre ella de igual manera,
levantan la habitacin, que va cubierta por un techo de dos aguas
formado de hojas curiosamente dispuestas para resguardar de la lluvia
todo el edificio.

Bjase y sbese a tales casas por prtigas provistas de muescas o
entalladuras de trecho en trecho para apoyar los pies. Llegan esas
prtigas hasta una altura de veinte pies, donde hay un a modo de andn o
descansillo, del cual parten hasta lo alto otras escalas semejantes,
pero ms ligeras. Por la noche, los habitantes de la casa retiran hacia
arriba todas las prtigas, quedando perfectamente seguros en su
habitacin area.

Encastillados en ella no temen ni a las fieras ni a sus enemigos, pues
ni cuadrpedos ni hombres pueden subir a lo alto, mientras no bajen las
escalas. Todo asalto practicado con escalas extraas producira ruidos
que alarmaran a los moradores y les haran ponerse en defensa.

El Capitn, que haba visto ya varias de aquellas casas, di una vuelta
alrededor de los horcones que la sostenan, y encontr dos prtigas que
llegaban hasta la primera plataforma, desde la cual advirti que partan
otras dos hasta la casa.

--Esta habitacin ha sido abandonada--dijo.

--Habrn sido muertos los propietarios?--pregunt Cornelio.

--Puede ser. Los papes de la costa y los del interior se odian
ferozmente y se destruyen unos a otros en sangrientas batallas; pero
aadir que los papes son tambin muy aficionados a emigrar.

--Pues aprovechemos la ausencia de los propietarios y tomemos posesin
de tan segura vivienda.

Iba ya a subir por una de las prtigas, cuando el Capitn le detuvo.

--Aguarda--dijo--. Algunos habitantes pueden haber bajado; pero es
posible que haya otros arriba, y te mataran con sus flechas
envenenadas. Antes quiero asegurarme de que no hay nadie.

Y, dicho esto, sacudi violentamente dos de los horcones de bamb. Toda
la construccin tembl de la base a la cima con gran ruido, pero sin
ceder, pues, como hemos dicho, esas edificaciones son solidsimas.

--Si hay arriba alguien durmiendo, ya despertar.

Esperaron con los ojos fijos en la cabaa area; pero ningn ser humano
apareci en la plataforma; solamente algunas aves que dorman bajo el
techo salieron volando y lanzando gritos de terror.

--No hay nadie--dijo Van-Horn--. Podemos subir.

Cornelio comenz a elevarse por una prtiga, apoyando los pies en los
entalles y agarrndose al mismo tiempo a ellos con las manos, mientras
el Capitn le imitaba ascendiendo por otra prtiga, hasta que ambos
llegaron al primer descansillo.

Ya en l, practicaron una segunda investigacin, y como no sintieran
ruido alguno ni vieran a nadie, subieron por las otras prtigas,
llegando hasta la gran plataforma que sostena la cabaa.

All tuvieron que detenerse, porque aquel piso era impracticable para
ellos. Los papes, que son giles como monos, no se cuidan mucho de los
suelos de sus habitaciones, y apenas cubren con hojas los espacios
hueros que median entre las traviesas de bambes de que estn formados
los pisos de sus viviendas; as que cualquiera no acostumbrado a andar
por ellos puede dar un traspis y caerse. Los papes slo cubren la
parte del suelo de la choza en que suelen estar ordinariamente, y aun
sa muy a la ligera. El piso del corredor exterior slo tiene las
traviesas, habindose de andar por l a saltos y con pie seguro para no
caer por entre ellas en la plataforma inferior.

--Demonio!--exclam Cornelio--. Este pavimento es para pjaros, to.

--No es muy cmodo para nosotros, Cornelio; pero a los papes les basta.

--Pero debe de ser peligroso para los pequeuelos indgenas.

--Son giles como macacos--le contest el Capitn.

--No quiero correr el peligro de poner el pie en falso y de ir a dar con
mis huesos en el suelo, querido to, cosa muy fcil con esta obscuridad;
prefiero andar a gatas.

--Es lo ms seguro--dijo el Capitn, riendo.

Y as atravesaron la plataforma y entraron en la casa, cuyo piso estaba
cubierto de fuertes y gruesas esteras.

Aquella choza era muy amplia, de forma cuadrilonga y bastante alta de
techo. Estaba dividida en cuatro compartimientos o habitaciones
cuadradas de veintiocho a treinta y cinco pies de lado cada una, con su
puerta a la galera exterior.

El Capitn sac fuego con el eslabn y el pedernal y encendi una
pajuela que se hall en el bolsillo. Reconoci la casa, y la encontr
enteramente vaca y desierta.

--Mejor para nosotros--dijo--. Pasaremos aqu el resto de la noche, y
dormiremos perfectamente.

--Retiraremos las escalas--dijo Cornelio.

--Ya se lo he prevenido a Horn.

Mientras tanto, Hans y el chino ascendieron por la escala y entraron en
la casa, y a poco, en pos de ellos, el piloto, el cual retir las
prtigas para que no pudieran subir los piratas.

--Ya tenemos casa!--exclam Hans.

--Una verdadera fortaleza--aadi Cornelio--. Desafo a los piratas a
que nos descubran.

--Si es que no nos han descubierto ya--dijo el piloto entrando--. Me
temo que esa canalla sepa ms que nosotros.

--Has visto algo sospechoso?--pregunt el Capitn con inquietud.

--Quizs me engae, seor Van-Stael; pero mientras retiraba las prtigas
me pareci oir un ligero silbido por el lado de la selva.

--Habrn descubierto nuestras huellas?

--No lo s, Capitn.

--Pero con esta obscuridad, cmo?--pregunt Cornelio.

--Los salvajes tienen mejor vista que nosotros--respondi el viejo
piloto--. A veces ven ms que los animales nocturnos.

--Y para qu querrn hacernos prisioneros?

--Para apoderarse de nuestros fusiles, Cornelio--dijo el Capitn--. Su
insistencia no se explica de otro modo.

--Aprecian mucho las armas de fuego?

--Naturalmente; porque slo tienen arcos y cerbatanas. Con fusiles,
estos piratas pueden llegar a ser verdaderamente invencibles para los
naturales de la costa.

--Pues si quieren subir hasta aqu, ya tienen que hacer.

--No lo creas--dijo Horn--. Con romper los horcones que sostienen la
casa nos harn venir al suelo. Con sus parangs, que son unos machetes
muy pesados y cortantes, pueden hacerlo facilsimamente.

--La cada que daramos sera buena!

--Mortal, seor Cornelio.

--Salgamos--dijo el Capitn--. No hay que dejar que se acerquen.

Salieron del interior de la choza y se asomaron a la barandilla de bamb
del corredor, desde donde podan distinguir todos los alrededores. Slo
se senta el suave rumor de la brisa al pasar por entre los rboles del
bosque. En cuanto a hombres, ni trazas de ellos haba. Si hubiera habido
alguno, habran podido divisarlo, aun a larga distancia, a la luz de la
luna, que era clarsima y estaba muy alta.

--No hay la menor novedad--dijo Cornelio.

--Yo tampoco veo nada--aadi Hans.

--No hay que fiarse--advirti Horn--. La explanada est cubierta de
matorrales y pudieran muy bien acercrsenos sin que los viramos.

En aquel instante, y como para confirmar sus palabras, algo hendi el
aire y vino a clavarse en la pared exterior de la cabaa, a poca altura
sobre la cabeza del chino.

--Oh!--exclam el Capitn.

Se dirigi al objeto y lo arranc.

--Una flecha--dijo examinndola con precaucin--. Ha sido disparada
probablemente con una cerbatana.

Aquella flecha tena como un palmo de largo: era una delgada caa de
bamb espinoso, con una de sus puntas aguzada y la otra provista de un
fleco de algodn. Toda ella pareca recubierta de una tintura vegetal.

--Estar envenenada?--pregunt Cornelio.

--Ciertamente, y os ordeno a todos que os retiris al interior de la
choza, porque la ms leve herida de estas flechas es mortal. El _upas_
es un veneno terrible.

--Sern los piratas quienes nos hayan lanzado esa flecha?

--Sin duda, Cornelio. Apresurmonos a ponernos en sitio seguro.

Abandonaron el corredor y entraron en la cabaa, en el momento en que
una segunda flecha iba a clavarse en el techo.




XVII.--ENTRE LAS FLECHAS Y EL FUEGO


Los papes van muy mal armados y son incapaces de resistir un ataque de
hombres provistos de armas de fuego. Los arcos que emplean son de poca
eficacia, sus mazas de palo valen poco, y sus lanzas tienen la punta de
hueso; pero emplean un arma peligrosa: la flecha envenenada, que lanzan
con cerbatana; arma que se presta mucho a la guerra de emboscadas, y que
causa heridas mortales. No deben de haberla inventado ellos seguramente,
sino que la habrn tomado de los malayos y de los naturales de la isla
de Borneo; pero son muy hbiles en su uso.

Esa cerbatana, que los malayos llaman _sumpitn_, consiste en un cauto
de bamb de unos siete palmos de largo, muy bien pulido en su parte
interior por medio de un hierro incandescente.

Soplando por ella, disparan hasta a setenta u ochenta pasos de distancia
unas flechitas de bamb que llevan en la punta una espina larga y aguda
y en el otro lado un taponcito de mdula vegetal que ajusta
perfectamente en el hueco de la cerbatana. Se sirven de ese artificio
para cazar pajarillos, y tambin en la guerra, impregnando en este
ltimo caso la punta de la flecha del zumo del upas, que es una de las
plantas ms ponzoosas que se conocen.

A la herida sigue inmediatamente un temblor convulsivo con precipitacin
del pulso, y a poco extrema debilidad, ansiedad angustiosa, respiracin
difcil, espasmos, vmitos, diarrea, convulsiones tetnicas, y, por
ltimo, la muerte, que suele ocurrir al cuarto de hora a lo ms de
recibida la herida. Tambin suelen empapar las puntas de las flechas en
el zumo del _cettins_ (_strichnos tiente_), planta trepadora ms
venenosa an que el _upas_, pues la muerte que causa es ms rpida, casi
fulminante. No podan, pues, los nufragos presentar el cuerpo al
descubierto sin gravsimo peligro; pero s defenderse desde dentro
disparando a travs de las hendrijas de las paredes y de las puertas.
Distribuyronse por todos los compartimientos de la casa para vigilar
mejor los contornos, y se prepararon a repeler los ataques de aquellos
tenaces asaltantes.

No tuvieron que esperar mucho. Al poco rato notaron que se acercaban
bultos negros arrastrndose por entre los matorrales. Cornelio dispar
contra uno de ellos, que qued inmvil sin lanzar un grito.

Aquel tiro, y sobre todo sus efectos, debieron de asustar a los
asaltantes, porque se les vi retroceder a toda prisa y esconderse entre
los espesos rboles de la selva.

--Lo que es ese no volver a levantarse--dijo Van-Horn--. El confite le
ha sabido bien amargo, pero lo tena bien merecido. Ah, pillos! tambin
nosotros tenemos armas que matan como el rayo.

--Estoy dispuesto a repetir la suerte--dijo Cornelio.--Al primero que se
acerque lo dejo seco.

--Cuidado!--grit el Capitn.

Oyronse los silbidos de siete u ocho flechas; pero, disparadas de muy
lejos, slo dos conservaron fuerza para clavarse en los bambes del
corredor.

--Malos correos--dijo uno de ellos.

--Y tan malos!: como que estn envenenados!--aadi Van-Horn--. Por
fortuna, a esta distancia no pueden herirnos mientras no nos
descubramos.

--Y cmo nos las vamos a componer si esto dura mucho?--se pregunt el
Capitn con cierta inquietud--; porque estos bandidos son capaces de
tenernos sitiados sabe Dios hasta cuando.

--No tenemos prisa, to--replic Cornelio--: se est muy bien en este
nido de cigeas.

--Pero y los vveres? y el agua?

--Tratarn verdaderamente de sitiarnos?--pregunt Van-Horn.

--Estoy seguro de ello, viejo mo. Tratarn de rendirnos por hambre.

--No, to--dijo Hans--; no esperarn tanto, pues veo que vuelven a la
carga: mira!

Acercronse todos a la puerta y vieron a los piratas avanzar por la
explanada. Se deslizaban como serpientes amparndose en los matorrales.

--Tratarn de cortar los horcones?--pregunt Van-Horn, aterrorizado--.
A ellos, seor Cornelio!

El joven, que haba vuelto a cargar el fusil, dispar apuntando a unas
matas que se movan, pero ningn grito sigui a la detonacin.

--Habris matado a otro o errado el tiro?--pregunt Van-Horn.

--Veo moverse las matas todava--dijo Cornelio--. Estos tunantes saben
esconderse muy bien.

El Capitn y Hans hicieron fuego apuntando a las ramas que se movan;
pero los piratas no se dejaron ver, ni contestaron disparando flechas.

--Se habrn ocultado bajo tierra?--exclam el piloto--. Esto se pone
feo.

A poco, quince o veinte hombres salieron de repente de entre las yerbas
y en dos o tres saltos llegaron hasta los horcones de la cabaa, que
comenzaron a golpear furiosamente con sus parangs. En un momento siete u
ocho de los horcones cayeron a tierra. Vease a los agresores a travs
de las viguetas del piso.

--Fuego!--grit el Capitn.

Tres disparos resonaron: dos piratas fueron muertos, y un tercero quiso
huir lanzando ayes; pero fu a caer entre la yerba. Los dems lograron
llegar hasta el bosque, no sin recibir otra rociada de balas.

--Es valiente esa canalla!--exclam Van-Horn--. Si cortan unos cuantos
horcones ms, dan en tierra con la casa.

--Estoy tranquilo en cuanto a ese punto--dijo el Capitn--. Tenemos
municiones para mil disparos por lo menos, y acabaremos con todos antes
de que consigan derribar la choza.

--Creis que repetirn el ataque?

--Despus de esta segunda leccin que han recibido, presumo que no se
atrevern a acercarse. Parapetmonos en la plataforma, y estemos
dispuestos a hacerles fuego al menor intento de avance.

Todos se colocaron junto a la puerta, con los fusiles preparados.

Los piratas no salan de la selva; pero se alejaban lo menos posible;
pues de vez en cuando se oan sus voces, y alguna que otra flecha se
acercaba silbando, aunque sin llegar a la cabaa area.

Sin duda haban cobrado miedo a las balas de los sitiados, pues se
mantenan ocultos tras de los troncos de los rboles; pero parecan
decididos a impedir a los nufragos todo intento de fuga. Probablemente
contaban con obligarles a rendirse por hambre, recurso menos peligroso
para los sitiadores y de ms seguro xito, pues los de la choza no
podan resistir mucho tiempo la falta de agua.

La noche pas sin novedad, y a la salida del sol tampoco cambiaron las
cosas. Oase hablar entre s a los piratas, pero sin salir de la
espesura donde estaban ocultos.

--Esto va tomando muy mal cariz--dijo Van-Horn.--Si la cosa sigue, no s
cmo vamos a componrnosla sin una gota de agua.

--Si hubiera una charca o un arroyo por aqu cerca, probara a
bajar--dijo Cornelio--. Voy aburrindome de este encierro, Horn.

--Pues si no ha comenzado apenas! Tendremos tiempo de aburrirnos, seor
Cornelio, pues los piratas no dan seales de irse.

--Y si probramos a asustarlos?

--Cmo?

--Dndoles una acometida.

--Nos acribillaran a flechazos, y ya sabis que sus flechas estn
emponzoadas.

--Y si se prolonga el asedio?

--Confiamos en que se cansarn, seor Cornelio.

--Pero la sed comienza ya a mortificarnos, Horn.

--Resistiremos lo que se pueda.

--Ah, si se dejaran ver!

--Ya saben ellos lo que hacen permaneciendo escondidos.

--Vamos a ver si los obligamos a salir de su escondite, viejo Horn.
Estoy viendo moverse algo en aquel matorral. De seguro hay all un
centinela.

Arm el fusil e hizo fuego; pero los piratas respondieron con una
granizada de flechas, sin descubrirse. Slo algunas llegaron, ya sin
fuerza, hasta la casa; las otras se quedaron a medio camino.

--No se mueven, Van-Horn--dijo el joven, irritado.

--Ya lo veo, seor Cornelio. Saben que somos diestros tiradores, y huyen
de nuestras balas; as que en vez de desperdiciarlas, creo que debemos
almorzar.

--Ser muy frugal nuestro almuerzo, Horn.

--Yo tengo tres galletas.

--Y yo dos.

--Y vos, Capitn?

--Mi pipa.

--Pues nosotros, ni eso--dijeron Hans y el chino.

--Pues no moriremos de una indigestin, de seguro--dijo el piloto, que
no perda su buen humor.

Se repartieron fraternalmente las cinco galletas, que desaparecieron en
dos bocados, y despus, tendindose sobre las esterillas, se entregaron
al sueo bajo la vigilancia del piloto, pues haban pasado la noche en
constante alarma.

El da transcurri lentamente, sin que los piratas intentaran un nuevo
ataque. No obstante, seguan tenaces en el bosque, disparando de cuando
en cuando alguna que otra flecha. Al caer la tarde, los pobres sitiados
experimentaban ya las torturas del hambre y sobre todo de la sed. Desde
la maana slo haban comido aquellas galletas, y desde la noche
anterior no beban un solo trago de agua. Ninguno de ellos se quejaba, y
hasta Hans, que era el ms joven de todos, haba resistido heroicamente,
aunque tena ya la garganta seca y la lengua hinchada. La brisa de la
noche tonific algo a los sitiados; pero tal consuelo era bien escaso; y
si el asedio segua, no podran resistir otras veinticuatro horas de
ayuno.

--Hay que intentar algo--dijo el Capitn con resolucin--. Hans no puede
soportar ya tantas privaciones.

--No me quejo, to--respondi el joven--. Si t resistes, yo resistir
tambin.

--No, pobre nio. T no tienes an la resistencia de un hombre hecho.
Esta noche ir a buscar agua.

--Te matarn, to.

--Tratar de bajar sin que me vean.

--Yo te acompaar--dijo Cornelio.

--Y yo?--exclam Horn--. Dejad que yo vaya en busca del agua, Capitn.
Tengo sesenta aos, y si me matan he vivido ya bastante.

--No, valiente Horn. T te quedars aqu para cuidar de mis sobrinos. No
ests tan gil como en otro tiempo, y la bajada es difcil.

--Mis msculos estn an fuertes, y bajar como un joven, Capitn. Si os
mataran, quin conducira a vuestros sobrinos a su patria?

--T, Horn. T puedes conducir muy bien una chalupa hasta ms all del
Timor. Pero an no me han matado esos tunos, ni creo que lo consigan.

--Deja que vaya yo, to--dijo Cornelio--. Corro como un ciervo, y si los
piratas me siguen les har que revienten antes de alcanzarme.

--No, sobrino mo; no quiero... Ah!

Van-Stael se haba vuelto de pronto hacia el sitio que en el bosque
ocupaban los piratas, ponindose plido.

--Qu has visto, to?--preguntaron con ansiedad Hans y Cornelio,
montando los fusiles.

--He visto brillar una llama en las tinieblas.

--Dnde?--preguntaron todos.

--Hacia el bosque.

--Tratarn los piratas de incendiarnos la casa?--pregunt Van-Horn.

--Me lo temo--respondi el Capitn.

--Veo a los piratas que avanzan hacia nosotros--dijo Cornelio.

--Preparad las armas! Si prenden fuego a los horcones de la casa,
estamos perdidos: los ves, Cornelio?

--Estn ocultos detrs de aquellas matas. Ah!

Una cosa que arda se elev del sitio sealado y vino a caer, lanzando
chispas, en la parte anterior del corredor. Cornelio, exponindose a
caerse o a recibir un flechazo, sali al corredor y arroj todo lo lejos
que pudo aquel objeto encendido, antes de que prendiera fuego en las
viguetas.

--Es una flecha!--grit.

--Una flecha?--repiti el Capitn.

--S, una flecha; pero con un algodn ardiendo en la punta.

--Ah, pillos!--exclam Horn--. Quieren quemar la casa sin acercarse.

Otra flecha inflamada parti de entre la maleza y se clav en la pared
de la choza, amenazando incendiar las esterillas de fibras y las hojas
resecas. Hans logr arrancarla y apagar el algodn que llevaba en la
punta.

--Si estimis en algo la vida y no queris morir asados, romped el
fuego!--orden el Capitn--. Hay que espantar de aqu a los piratas, o
no tardaremos en vernos envueltos en llamas.

Los nufragos rompieron nutrido fuego, dirigiendo sus tiros a los
matorrales en que estaban ocultos sus enemigos; pero los piratas,
decididos por lo visto a acabar de una vez con ellos, seguan lanzando
flechas encendidas que iban a dar unas en la casa y otras en el corredor
que la circundaba.

Hans y Cornelio corran de un lado a otro para apagarlas, mientras sus
compaeros seguan disparando, aunque sin lograr contener a los
asaltantes.

Dos veces en el espacio de cinco minutos prendi el fuego en los bambes
y en las esterillas del corredor; pero, aunque con gran trabajo y
recibiendo quemaduras, haban logrado los jvenes apagarlo.

Aquella lucha no poda durar mucho tiempo. Los disparos de fusil no
cesaban, pero arreciaba la lluvia de flechas. Veaselas atravesar los
aires y caer en los alrededores de la casa, y algunas de ellas en el
techo.

--To!--exclam a poco Hans con voz angustiosa--. No podemos resistir
ms! El techo est ardiendo!

--Maldicin!--grit, rabioso, Van-Stael.

--Vamos a morir asados!--grit Cornelio--. Huyamos, o la casa ardiendo
se nos caer encima!




XVIII.--LA CAZA DE LAS TORTUGAS


La construccin area, acribillada de flechas encendidas, arda por
varios sitios. El techo, que era de bambes cubiertos de paja, se haba
incendiado tambin por los dos extremos y el fuego haba prendido hasta
en la barandilla del corredor.

Las llamas, alimentadas por tantas materias combustibles, adquiran
enorme desarrollo e iluminaban todo el campo circunvecino con sus
rojizos resplandores. Una densa nube de humo tachonada de chispas, que
saltaban en todas direcciones, se levantaba en el espacio. El fuego
haba prendido tambin en la plataforma inferior.

El Capitn y sus compaeros, imposibilitados ya de seguir en aquella
hoguera, salieron al corredor a travs de las llamas y de la humareda.
Al verlos los piratas, salieron de los matorrales lanzando gritos de
triunfo y blandiendo sus parangs en son de amenaza.

--Canalla!--grit Van-Horn--. Ah va eso!

El salvaje ms cercano, herido por la bala del piloto, cay a tierra
dando un alarido de desesperacin.

Aprovechando la confusin producida por aquel tiro, los sitiados
echaron con rapidez las prtigas que servan de escalas, y dos a dos se
deslizaron por ellas llegando a la primera plataforma envueltos en fuego
y en humo.

Los piratas, que se haban detenido algunos minutos ante el cadver de
su compaero, volvieron a la carga furiosamente, pero momentos despus
retrocedieron rpidamente.

A lo lejos, hacia el ro, se haban odo gritos, que se hacan cada vez
ms fuertes. Qu ocurra al otro lado de la selva? Algo muy grave, sin
duda, pues los sitiados vieron a sus enemigos volverse en tropel al
bosque y huir como gamos hacia el Este.

--Se van!--exclam Cornelio, admirado.

--Djalos ir--grit el Capitn--. Y bajemos, que la choza se va a
desplomar sobre nosotros.

Llegaron a tierra y se alejaron a toda carrera en direccin opuesta a
los piratas. Slo se detuvieron cuando llegaron al lindero del bosque.

La casa area segua ardiendo y amenazaba desplomarse de un instante a
otro. Las llamas suban, bajaban y se enroscaban como serpientes,
lanzando al aire nubes de humo y constelaciones de chispas.

El techo se haba hundido; las dos plataformas, ya casi destrudas,
caan a pedazos, y los bambes, consumidos en su extremidad superior y
en su punto de apoyo, se venan al suelo con gran estrpito.

--Ya era tiempo!--exclam Cornelio--. Pocos minutos ms, y hubiramos
cado al suelo medio quemados, desde una altura de cincuenta pies.

--Pero por qu han hudo los piratas, cuando ya nos tenan en sus
manos?--pregunt Hans.

--Por el lado del ro ocurre algo grave--dijo el Capitn--. No os
voces?

--S; parece que se est riendo all una batalla--dijo Horn--. Habrn
sido atacados los piratas?

--Pero por quin?--pregunt Hans.

--Por alguna tribu enemiga--respondi el Capitn--. Como os he dicho,
los habitantes del interior estn en continua guerra con los de la
costa.

--Pues el ataque no ha podido ser ms oportuno para nosotros--observ
Cornelio--. Os?

Hacia el ro se oa terrible clamoreo: eran gritos feroces, ms de
fieras que de seres humanos, y de vez en cuando sonaba un ruido como de
tambor u otro instrumento anlogo. Deba de estarse combatiendo all
encarnizadamente.

--No hay duda... es un combate--dijo el Capitn--. Alguien ha cado
sobre los piratas por la espalda: quizs hayan sido los arfakis o los
alfuras.

--Y los vencedores vendrn luego a atacarnos a nosotros?--pregunt
Cornelio--. Las llamas de esa choza puede atraerlos, to.

--Tienes razn; alejmonos de aqu cuanto antes, y dejmosles matarse a
su gusto.

--Y la chalupa?--pregunt Van-Horn.

--Volveremos a buscarla cuando podamos.

--Y la encontraremos entonces?

--Confiemos en que no hayan dado con ella los piratas. Si la
descubrieran, sera para nosotros un verdadero desastre.

--Como que no podramos salir de esta tierra ni llegar a Timor.

--Vamos, amigos, antes de que lleguen los piratas o sus adversarios.
Busquemos un arroyo para beber y frutas con que calmar el hambre.

Entraron en la selva y se pusieron en marcha, procurando dirigirse hacia
el Oeste. La espesura era tal, que reinaba all la oscuridad ms
completa. La luz de la luna, interceptada por los rboles, no poda
romperla; pero bien pronto los ojos de los nufragos se acostumbraron a
ella y pudieron avanzar con relativa rapidez, a pesar de las enormes
races, las plantas trepadoras y las lianas que les cerraban el paso,
obligndoles a dar largos rodeos.

Los gritos de los combatientes seguan oyndose por el lado del ro;
pero a medida que los nufragos se alejaban en direccin contraria, se
iban debilitando. A la media hora de marcha apenas se sentan, y poco
despus se apagaron por completo. Habra terminado la lucha? No podan
saberlo, pero su resultado les era indiferente, pues tan enemigos suyos
eran los unos como los otros.

Hacia media noche, despus de cinco o seis millas de camino, llegaron
los fugitivos a la orilla de un arroyo que corra entre bancos de arena
y plantas acuticas. Sus orillas estaban cubiertas de vegetacin
espessima.

--Detengmonos aqu--dijo el Capitn--. No tengo por probable que nos
alcancen.

Bajaron al arroyo y saciaron la sed. Despus se dedicaron a buscar
frutas para aplacar el hambre. No les fu difcil hallarlas, contando,
como cuenta, la flora pap con variedad infinita de plantas silvestres
de frutos comestibles, y de excelente sabor algunos.

En las mismas orillas de aquel arroyo abundaban los mangos, fruta
deliciosa; haba tambin _pombos_, especie de cidros enormes, tamaos
como melones, tambin muy sabrosos. Los rboles que los producen llevan
el nombre botnico de _citrus decumanus_.

Ya bebidos y comidos, y sintindose tranquilos por el silencio profundo
que reinaba en la selva y en las orillas del riachuelo, se entregaron al
sueo, que ningn suceso vino a turbar. Los gritos de una bandada de
papagayos los despertaron al alborear el da.

--Haca muchas noches que no descansbamos tan bien--dijo Cornelio
estirndose--. Ya era hora de que los piratas nos concedieran algn
reposo.

--Se oye algo?--pregunt el Capitn.

--Nada ms que el gritero de las aves, to. Parece que el combate
acab.

--Me alegrara de que hubiesen llevado los piratas la peor parte--dijo
Van-Horn--. As nos dejaran tranquilos para siempre.

--Pronto lo sabremos, viejo.

--Pensis que volvamos al ro, seor Stael?

--S, Horn. Estoy inquieto por nuestra chalupa.

--Pero nos dejaris almorzar antes. Me siento flojo, y el estmago me
pide algo ms que frutas.

--El mo me pide unas chuletas--dijo Hans--. La caza no debe faltar en
esta selva.

--Y la tenemos muy cerca--dijo el chino, que desde algunos minutos antes
estaba observando las plantas acuticas.

--Has visto algn animal?--le pregunt Cornelio, preparando el fusil.

--Mirad all. No veis moverse las plantas del ro?

--Es verdad--dijo el joven--. Habr peces grandes en este arroyo?

--O cocodrilos?--exclam Van-Horn.

--No--contest el Capitn--. All tenemos un almuerzo esplndido, viejo
mo.

Van-Stael no se equivocaba: a travs de las plantas acuticas se vea
caminar por los bancos de arena unos animales raros, de forma redonda,
un poco alargada, y provistos de patas cortas que parecan salir de una
especie de escudo.

--Qu es eso?--preguntaron Cornelio y Hans.

--Tortugas--dijo Van-Stael.

--En Timor nunca he visto semejantes bichos, to--dijo Cornelio.

--Pues los hay. Es un bocado superior, y vais a probarlo. Ven ac,
Horn!

Bajaron ambos hasta el banco, que llegaba a la mitad del ro, y se
precipitaron sobre las tortugas, que an no se haban percatado de la
presencia del enemigo. En un momento se apoderaron de dos de las ms
grandes, y las volvieron boca arriba para impedirles huir, mientras
cogan otras; pero las dems se apresuraron a tirarse al agua,
escondindose entre el limo y las plantas.

--Djalas ir, Horn. Ya tenemos carne de sobra.

Llamaron en su ayuda a Cornelio y al chino, y entre todos transportaron
las dos tortugas a la orilla. Tenan ms de una vara de largo y como
media de ancho, y no pesara menos de un quintal cada una de ellas.

--Estos animales estn acorazados--exclam Cornelio, que los examinaba
con curiosidad.

--Y su coraza est hecha a prueba de hacha, sobrino--dijo el Capitn.

--Y cmo hay aqu estas tortugas? Me han dicho que slo viven en el
mar, to.

--Las hay de muchas especies: unas, terrestres, que son las ms comunes,
gruesas, cortas y con las patas parecidas a troncos; otras, de lagunas y
pantanos, que son las ms pequeas; otras de ro, y por ltimo otras de
mar. En esta isla abundan todas las especies, y los salvajes hacen gran
consumo de ellas, pues su carne es superior.

--Y de qu se alimentan?

--De yerbas, races, lombrices, insectos acuticos, algas marinas y
pequeos crustceos.

--Las hay tambin en otros pases?

--S, Cornelio: las hay en Asia, en frica, en Europa, y sobre todo en
la Amrica meridional.

--Tan grandes como stas?

--Las hay ms pequeas, y tambin mucho mayores. Las que viven en los
bosques de la cadena del Himalaya dan doscientas cincuenta libras de
carne, sin contar el peso del caparazn, que es respetable; pero las ms
grandes son las llamadas elefantinas, que se encuentran en frica, en el
canal de Mozambique, en la isla de Madagascar y en las de la Reunin y
Borbn.

Son largas como stas, pero muchsimo ms voluminosas: algo as como una
bota de vino de mediano tamao. Adems, son tan fuertes y robustas, que
pueden llevar encima un muchacho sin que, en apariencia, les estorbe
para andar.

En la isla de los Galpagos las hay grandsimas, verdaderos monstruos
antediluvianos contemporneos del mamuth.

Las conchas de algunas especies como el carey, son muy apreciadas, y se
hacen de ellas peines, mangos de cuchillo y mil otros objetos de lujo.
Algunas especies fluviales dan una concha hermossima que se paga muy
cara; otras dan un aceite finsimo, transparente y realmente exquisito.
De estos pobres anfibios se hace un consumo enorme, y si contina la
destruccin, antes de muchos aos desaparecera la especie. En Amrica
comienza ya a escasear.

--Dicen que los pescadores de tortugas no las matan siempre--dijo
Van-Horn.

--Es cierto--respondi el Capitn--. Primero examinan su cuerpo para
asegurarse de la belleza de la concha, y practicndole una incisin
junto a la cola ven la calidad y cantidad de aceite que puede producir.
Si es escasa o de inferior calidad y adems el animal est delgado,
vuelven a darle libertad para que engorde.

--Y si, estando delgadas, tienen la concha hermosa?

--Lo privan de la concha, y lo dejan ir.

--Pero morir en seguida, despus de tan espantosa mutilacin.

--No, Cornelio. Aun privado de la concha, que fu su cuna y que deba
ser su sepulcro, el pobre anfibio vive. Va a esconderse en alguna
hendidura y permanece en ella sin salir ms que lo preciso, hasta que
poco a poco le nace otra concha, que nunca es tan hermosa ni tan fina
como la primera.

--Pobres animales! Pierden su casa, y slo logran, despus de muchos
sufrimientos, otra ms fea e incmoda.

--Pero viven, y ocultan su cuerpo deforme y su concha opaca y fea en las
aguas de los ros.

--Deben sufrir un martirio atroz, to--dijo Hans.

--Cierto; especialmente cuando el cuchillo del cazador les priva de su
vivienda. Pero, Van-Horn; que te olvidas del almuerzo.

--Es verdad, Capitn--contest el piloto.

Ayudado por el chino, hizo un montn de ramas secas y encendi un alegre
fuego. Cuando estuvo casi hecho brasas, decapit una de las tortugas de
una cuchillada, y sin extraer la carne de la concha la puso al fuego.

Bien pronto se esparci por la selva un olor apetitoso. La tortuga se
cocinaba en su concha asndose en su propia grasa.

Cuando estuvo a punto, el piloto rompi la concha a hachazos y extrajo
la carne, que di de comer a sus compaeros.

No hay que decir que todos ellos hicieron honor al asado, despus de
veinte horas de ayuno. Se comieron la mitad de la tortuga, reservando
para otra comida la otra mitad.

Terminada la comida, el Capitn y el piloto encendieron sus pipas, dando
en seguida la orden de marcha, que emprendieron al punto, sin abandonar
la segunda tortuga, que deba constituir el alimento del siguiente da.

Caminaron de prisa, pero con cautela, y a medio da llegaban al lugar de
la orilla del ro donde esperaban encontrar la chalupa.




XIX.--LOS RBOLES DE SAG


Slo el vocero de una bandada de papagayos rompa el silencio que
reinaba en las orillas del ro. El ruido de la batalla que haban odo
la noche anterior nuestros nufragos, haba cesado por completo. Al
parecer, los piratas y sus enemigos se haban alejado definitivamente de
aquellos lugares.

Abrindose paso a travs de las yerbas y de las plantas trepadoras, y
avanzando con gran precaucin y detenindose a cada paso a escuchar,
para no caer en una emboscada, los nufragos se acercaron a la ribera
arrojando una detenida mirada al ro.

No vieron a nadie: ni a los piratas, ni a sus misteriosos enemigos, pero
vieron claramente las huellas de un encarnizado combate.

Haba matas tronchadas, yerbas pisoteadas y troncos de rboles erizados
de flechas. El banco de arena, que la baja marea haba dejado al
descubierto, estaba sembrado de trozos de lanzas y cuchillos y de
escudos rotos. Ms all, hacia la orilla izquierda, se vean medio
hundidos en el agua del ro restos que parecan ser de una canoa, y
entre las yerbas los cadveres de algunos indgenas medio devorados ya
por los cocodrilos.

--Los piratas han sido atacados y destruidos o puestos en fuga--dijo el
Capitn.

--Por los alfuras?--pregunt Cornelio.

--Seguramente--respondi Van-Stael.

--Habr alguna aldea por estas cercanas?

--Lo temo, Cornelio; y ser prudente alejarse cuanto antes de estos
sitios.

--Pues busquemos la chalupa.

--Vamos a ver. Empiezo a estar inquieto.

--Temes que la hayan descubierto?

--S, Cornelio.

--Sera un gran desastre para nosotros.

--S, sobrino mo. All veo el teck que ha de servirnos de gua: la
chalupa tiene que estar a pocos pasos de ese rbol enorme.

--S, Capitn--repuso Van-Horn--: no podemos equivocarnos.

--Apresurmonos: me consume la impaciencia.

Bajaron a la orilla del ro y se fueron costeando el bosque, avanzando
siempre con mil precauciones, pues no estaban seguros de que aquel sitio
estuviera desierto.

A medida que se acercaban al teck, que creca en la orilla baando sus
races en el ro, aumentaban sus inquietudes, y sus miradas se fijaban
angustiosas en las plantas y en las yerbas para descubrir el lugar en
que haban escondido la chalupa.

No llevaban mucho tiempo explorando, cuando Cornelio, que caminaba
distante, se detuvo.

--To--dijo con voz alterada--. Creo que nos han robado la chalupa. El
montn de ramas con que la tapamos deba estar aqu, y no lo veo.

--Ser posible?--exclam Van-Stael palideciendo.

Adelantse; examin con gran atencin el lugar en que se encontraban,
entreabriendo las malezas, y acab lanzando una exclamacin de ira.

--Infames!

--La han robado?--preguntaron acercndose Hans, Cornelio y Van-Horn.

El Capitn les indic, con un ademn de desesperacin, las ramas
esparcidas por el suelo.

--Ah, ladrones!--rugi Cornelio, plido de ira.

--Estamos perdidos!--exclam el piloto.

En efecto, la chalupa ya no estaba all. Aunque haba sido perfectamente
escondida entre las yerbas y luego recubierta de ramas y de hojas, o los
piratas o sus enemigos la haban encontrado y se la haban llevado. Los
vveres y los dems objetos que contena haban desaparecido igualmente.
Slo haban dejado all un remo roto y, por lo tanto, inservible, y
algunos trozos de cuerda.

--Y qu hacemos ahora?--se pregunt Van-Stael que pareca
anonadado.--Quin nos llevar ahora a Timor? Miserables! Hasta los
instrumentos nuticos nos han robado!

--No nos han dejado ni siquiera una galleta!--dijo Cornelio.

--Qu desastre, si no hubiramos tenido la precaucin de llevarnos las
municiones!--dijo Van-Horn.--Por fortuna nos quedan an setecientos u
ochocientos cartuchos, y teniendo armas no se muere uno de hambre en
este pas.

--Y sin chalupa, cmo podremos volver nunca a nuestra isla?--dijo Hans.

--Y dnde nos encontramos ahora, Capitn?--dijo Horn.

--Qu nos importa estar en un punto o en otro?--Todos estn igualmente
lejanos de Timor para nosotros--replic Van-Stael.

--Yo creo que nuestra situacin no es desesperada, Capitn, y que con un
poco de valor lograremos salir de este trance. Por eso quera saber si
estamos muy distantes de Dory.

--Del puerto de Dory?--pregunt el Capitn, en cuyos ojos brill un
relmpago de esperanza.

--S; y si podemos llegar a l, no tendremos grandes dificultades para
volver a nuestra patria. Ya sabis que ese puerto es muy frecuentado por
los pescadores de _trpang_ malayos y chinos, y tambin por nuestros
compatriotas que van all a adquirir conchas de tortugas, nuez moscada
y aves del paraso disecadas.

--Es verdad, Horn. No haba pensado en el puerto de Dory.

--Podris decirme si est muy lejos y si nos ser fcil llegar a l?

--Lo creo muy difcil, Van-Horn; porque Dory est en la pennsula
septentrional al lado de all de la baha de Geelwinck, y tendramos que
atravesar para llegar all territorios inmensos cubiertos de selvas
impenetrables y poblados por gentes ferocsimas. Tengo otro proyecto que
me parece mejor y ms practicable.

--Cul es, seor Stael?

--T sabes que en la costa Suroeste de la Isla desemboca el Durga, que
es uno de los ros ms caudalosos de ella. Tratemos de llegar a ese ro
y bajemos por l hasta el mar, bien en una balsa, bien en una canoa que
podremos construir ahuecando un tronco de rbol. Desde all iremos a las
islas Arr, que son las ms frecuentadas por nuestros compatriotas y los
pescadores de _trpang_. No debemos de estar a ms de veinte o treinta
leguas del ro, y quizs podamos llegar a sus orillas dentro de seis o
siete das.

--Buena idea, Capitn!--exclam Van-Horn.

--Y no podramos costear la Isla, evitando as el penetrar en los
bosques?--pregunt Cornelio.

--Sera un camino mucho ms largo--le contest Van-Stael. La costa
meridional hace muchas curvas y vueltas y hacia el Suroeste avanza
muchsimas leguas dentro del mar. Necesitaramos ms de un mes para
llegar al ro Durga.

--Y estamos sin vveres, to.

--No nos pondremos en camino sin provisiones, Cornelio. No podemos
contar siempre con la caza, que puede faltarnos.

--Y de dnde vamos a sacar los vveres?: yo no veo por aqu ms que
frutas, deliciosas, s, pero poco nutritivas.

--Llevaremos con nosotros gran cantidad de galletas, mejores que las que
nos han robado.

--Has encontrado alguna panadera?--pregunt Cornelio riendo.

--No; pero te aseguro que muy pronto tendremos todo el pan que nos d la
gana. Es verdad, Horn?

--Ya lo creo! Y qu pan, seor Cornelio!--dijo el piloto--. Seris el
hornero, y nosotros los amasadores.

--Quiero ver ese milagro.

--Y yo--dijo Hans.

--Ante todo busquemos para acampar un sitio ms seguro y oculto--dijo el
Capitn--. Los aires de estos lugares no son buenos para nosotros, y nos
conviene un sitio donde podamos trabajar sin temor de que nos molesten.
Valor, muchachos! Alejmonos de este ro, y vamos a escondernos en la
selva.

La prudencia les aconsejaba partir; pues nada extrao hubiera sido que
volvieran por all los piratas o sus contrarios, que quizs tuvieran no
lejos de aquellos lugares sus moradas.

Cargaron con la tortuga, de la cual de ninguna manera queran
deshacerse, y se pusieron en marcha a travs del bosque, dirigindose
hacia el Oeste. El piloto, que conservaba una pequea brjula de
bolsillo, los guiaba sin temor a equivocarse, aunque lo intrincado de
aquella selva no les permita seguir un rumbo fijo.

Hans y Cornelio, como buenos cazadores que eran, escudriaban con la
vista el ramaje para no desaprovechar la ocasin que se les presentase
de hacer un buen tiro. Dejbanse ver de cuando en cuando aves
hermossimas. Ora eran bandadas de cierta especie de palomas coronadas
de penachos, ora de _apimachus magnificus_, pjaros de forma
elegantsima, con plumas de un negro aterciopelado en el dorso, la
garganta y el pecho azul oscuro con reflejos verdosos y la cola larga
adornada de plumas de barbas sutilsimas. Tambin se vean grupos de
_apimachus albus_, aves del tamao de gallinas, con el plumaje blanco
plateado en la parte posterior del cuerpo y negro en la anterior, con
colas rarsimas formadas de seis o siete penachos rizados; bandadas de
_promerops superbi_, aves de negro plumaje, cola larga y espesa y un
penacho de plumas en la cabeza, y papagayos de multitud de variedades:
amarillos, grises, azules y rojos, tambin en bandadas.

Pareca, en cambio, que no haba cuadrpedos en aquella parte de la
Isla, pues ni se vean puercos salvajes, ni babirusos ni otros animales
que tanto abundan en otras regiones de ella.

Hacia las tres, al atravesar un claro del bosque, hicieron un
descubrimiento singular nuestros viajeros. Era un rbol--un
_ficopisocarpo_--de cuyas ramas pendan, en vez de frutas, unos pjaros
extrasimos del tamao de pollos, de alas membranosas, con el cuerpo
vestido de un plumn castao de reflejos rojizos. Estaban agarrados a
las ramas por las patas, tenan las alas abiertas y extendidas y
parecan adormilados. Habra sobre doscientos.

--Qu pajarracos son sos?--preguntaron Hans y Cornelio, sorprendidos.

--_Pteropus eduli_--respondi el Capitn rindose--, o dicindolo ms
claro, murcilagos gigantes, que esperan que se haga de noche para
echarse a volar.

--Son enormes--observ Hans--. Y qu hacen en esa rara posicin?

--Duermen, despus de haberse comido todas las frutas del rbol; pues
son muy glotones--respondi Van-Stael.

--Malos bichos deben de ser sos.

--No lo creas, Hans. Se dice que todos los pjaros les temen; pero no
es verdad. Son utilsimos al hombre, pues acaban con muchos insectos
dainos que le chupan la sangre.

--A pesar de ello son muy perseguidos, segn he odo decir--dijo Hans.

--Es verdad. Los desgraciados murcilagos, que nos parecen topos o
ratones voladores, son aborrecidos y perseguidos cruelmente en todas
partes sin motivo alguno, no ms que por supersticin estpida. Se les
cree espritus de las tinieblas, se dice que de noche se beben el aceite
de las lmparas, y se cuentan otras mil patraas sobre ellos. En unas
partes los clavan en las puertas y en las paredes; en otras, los queman
vivos y hacen con ellos mil atrocidades.

--Es verdad que son ciegos, to?

--No; pero se cree que los ojos les sirven de muy poco o de nada. Se ha
probado a inutilizrselos y se les ha visto volar con la misma seguridad
que antes y sin tropezar en delgados hilos colocados ante ellos. Parece
que se orientan por el tacto, o por el odo, que se les supone
agudsimo. En cambio, no tienen o se cree que no tienen olfato o que, de
tenerlo, es muy imperfecto. Y ahora vamos, muchachos, que el pan nos
espera!

--Dnde?--le preguntaron sus sobrinos.

--Pronto lo encontraremos.

Se pusieron en marcha, siguiendo siempre el mismo rumbo, pasando de una
selva a otra y cogiendo frutas de vez en cuando, hasta que, despus de
una hora de camino, el Capitn se detuvo en un angosto llano rodeado de
rboles.

--Aqu est nuestro pan--dijo sealando un rbol de unos veinte pies de
alto y de tres y medio o cuatro de dimetro, de largusimas hojas, que
en vez de crecer derecho, se torca, tomando una direccin oblcua.

--Nuestro pan!--exclamaron los dos jvenes admirados.

--Y muy bueno, seores mos--dijo Van-Horn--. La harina est en sazn,
pues veo las hojas cubiertas de un polvo gris.

--Y dnde est esa harina?

--En el tronco del rbol, seor Cornelio.

--Os burlis, viejo Horn.

--No; os lo aseguro. Ahora lo veris.

El piloto empu el hacha y atac briosamente con ella el tronco del
rbol, que ofreca una resistencia increble. El Capitn tuvo que
relevarle en el trabajo un cuarto de hora despus, hasta que por ltimo
la planta, cortada circularmente a dos pies del suelo, se desplom con
gran estrpito.

--Mirad--dijo el piloto.

Hans, Cornelio y el joven pescador se acercaron, y con gran sorpresa
vieron que aquel tronco estaba lleno de una materia ligeramente rosada y
al parecer muy dura.

--Qu es esto?--pregunt Cornelio.

--Harina; o, si lo prefieres, _sag_--dijo el Capitn.

--Lo conozco de nombre y hasta lo he probado en Timor, to.

--Te creo, pues en aquella isla se produce tambin.

--Y me pareci muy gustoso y nutritivo.

--Es una planta maravillosa--exclam Hans.

--Y utilsima--dijo el Capitn--. Crece sin necesidad de cultivo y se
reproduce mucho. Bastan tres rboles para alimentar a una familia
durante un ao entero.

--Abundan mucho estas plantas, to?

--Mucho; y no se encuentran solamente aqu. Las mejores y las ms
productivas son las llamadas por los naturalistas _metroxilon sagus_ y
_metroxilon rumphii_; pero hay muchas otras especies.

Crecen en casi todas las islas de la Malasia, especialmente en Borneo,
Filipinas, Molucas, en sta en que estamos, en la India, en las
Maldivas, en Sumatra y en Amrica, en la Luisiana; pero la harina que
producen no es siempre igual. La de las Maldivas, por ejemplo, es
granulosa, dura, griscea, y no uniforme; la de Sumatra tiene los granos
redondos y blancos o amarillentos; la de la Luisiana es gris, y la de
las Molucas y Nueva Guinea es roja, blanca o gris. Un rbol del tamao
de ste que acabamos de cortar da unos ocho quintales.

--Qu afortunada tierra, to!

--Efectivamente; porque no es poca fortuna para una persona el
proporcionarse pan para doce meses con slo cuatro o cinco das de
trabajo.

--Y cmo se prepara esta harina?

--Ahora lo vers. Al trabajo, mi fiel Horn!

El piloto no haba perdido el tiempo. Arrancadas las grandes hojas, daba
hachazos en el tronco cado, dividindolo en pedazos de dos palmos de
largo; pero a costa de grandes esfuerzos, porque la corteza, aunque no
gruesa, era dursima. Al fin logr dividir el tronco en ocho trozos.

--Ahora, la maza--dijo el piloto, enjugndose el sudor de la frente--.
Hay que romper las races interiores.

El Capitn, que haba cortado una gruesa y pesada rama y le haba dado
forma de maza, iba ya a trabajar con ella, cuando se oy un grito
terrible.

Volvironse todos y vieron al joven chino luchando desesperadamente con
una serpiente enorme que lo tena preso entre sus anillos.

--Gran Dios!--exclam el Capitn--. Un pitn!

Todos estaban helados de espanto.




XX.--LOS BOSQUES DE LA PAPUASIA


Si la Nueva Guinea es la patria predilecta de las ms esplndidas aves
de la creacin, lo es tambin de las serpientes, y sobre todo de los
pitones, que son los mayores y ms formidables reptiles de los bosques.
Ninguna serpiente de las especies conocidas le supera, ni le iguala, ni
con mucho, en tamao; ni siquiera las boas de las selvas brasileas.

Abundan en todas las islas de la Malasia, en la India, donde hay
muchsimas, y en frica; pero no las hay en Europa, aunque, a juzgar por
las que se encuentran en estado fsil en los terrenos terciarios, debi
de haberlas en tiempos remotos.

No son venenosas; pero su ferocidad y su audacia las hacen en extremo
temibles. Se atreven con el hombre y con los animales ms valientes y
corpulentos: hasta con el tigre. El ingls Wdington vi a una en las
orillas del Ganges sorprender a un tigre real, apretarlo entre sus
potentes anillos y sofocarle al fin, a pesar de los zarpazos y mordiscos
del tigre. Tienen tan fuerte musculatura, que estrujan a un oso o a un
buey entre sus anillos, y es tal su vitalidad, que aun despus de
muertas tienen durante horas enteras sujeta su presa.

Schouten, en su viaje a la India narra a este propsito el siguiente
hecho:

Durante la recoleccin del arroz algunos campesinos del Malabar dejaron
en la cabaa a un muchacho que, por estar enfermo, no poda salir con
ellos al campo.

El muchacho sali de la choza y se tendi a la sombra de una palma,
donde se qued dormido. En aquella posicin le sorprendi un pitn
gigante. Al volver los campesinos oyeron gemidos sofocados, pero no les
hicieron caso al principio. Como siguieran oyndolos, salieron de la
choza y vieron a la monstruosa serpiente, que tena envuelto al
muchacho, an vivo, entre sus anillos. El padre del muchacho,
revistindose de valor, parti a la serpiente por la mitad de un
hachazo; pero ella, as mutilada, sigui apretando el cuerpo del
muchacho hasta sofocarlo.

Viven generalmente estas serpientes en los bosques calientes y hmedos,
donde acechan a sus presas, bien ocultas en la yerba, bien suspendidas
de los rboles. Prefieren para emboscarse la proximidad de los ros,
para sorprender a los animales que acuden all a beber.

Aunque no son muy gruesas, pueden tragarse animales diez o doce veces
ms voluminosos, y veinte veces ms pesados que ellas; la dilatabilidad
de sus mandbulas y la elasticidad de su piel que son extraordinarias,
se lo permiten. Y as tiene que ser, pues como carecen de garras para
despedazar a su presa, han de tragrsela entera. As tardan mucho
tiempo, hasta una semana a veces, en deglutirla.

El pitn que haba sorprendido al chino era de los mayores, pues no
tena menos de veintids pies de largo. El horrible reptil, que quizs
estuviera dormido en la espesura, advertira la presencia del chino y se
le acercara silenciosamente, apresndolo de pronto entre sus
formidables anillos. El desgraciado chino, casi sofocado, plido como un
muerto y con los ojos fuera de las rbitas, agitaba desesperadamente el
brazo que le quedaba libre, haciendo por agarrar la cabeza del reptil,
que tena la bifurcada lengua fuera de la boca.

Cornelio, Hans y el mismo Van-Horn, paralizados por el terror, estaban
como clavados en el suelo; pero el Capitn haba acudido en socorro del
joven con un hacha en la mano. Saba que un momento de retardo poda ser
fatal al pobre chino, cuyos huesos crujan ya, oprimidos por los anillos
de la serpiente.

El arma cay sobre el reptil con fuerza irresistible, cortndole el
cuerpo a unos siete pies de la cola. Herido de muerte, afloj al
instante los anillos, y solt al chino, para arremeter, mutilado y
chorreando sangre como estaba, con aquel nuevo enemigo, dando silbidos
de clera.

Pero Van-Stael no era hombre asustadizo. Di un rpido salto atrs para
librarse de la serpiente, y en seguida le asest otro terrible hachazo,
que la tendi en la yerba con el casco de la cabeza partido en dos.

--Pobre muchacho mo!--exclam el valiente Capitn acudiendo adonde
estaba el chino--. Te ha roto las costillas?

--No, seor--respondi el chino con voz apagada--. Me tena ya medio
ahogado; pero an estoy con los huesos enteros, gracias a lo pronto que
acudisteis en mi ayuda.

--No viste el peligro?

--No, seor; me sorprendi por la espalda. Qu miedo he pasado,
Capitn!

--Lo creo, pobre muchacho. Por fortuna pude acudir a tiempo.

--Ah, to!--exclam Cornelio--. Nunca he experimentado emocin
semejante! Sent que me faltaban las fuerzas!

--No me sorprende. Estas serpientes dan miedo hasta a los tigres. T,
acustate y descansa, Lu-Hang; y nosotros trabajemos antes de que nos
pille la noche.

Van-Horn, repuesto ya de su susto, emprendi con gran actividad el
trabajo que tena entre manos y que haba suspendido. Empu la maza que
el Capitn le haba preparado, y se puso a golpear la mdula roja del
sag, contenida en el pedazo de tronco que sobresala de la tierra.

--Por qu la golpeas as, en vez de sacarla?--le pregunt Cornelio, que
segua atentamente la operacin.

--Porque est sujeta por una verdadera red de fibras--respondi el
piloto--. Si no se rompen esas fibras no hay modo de sacarla. Mirad,
ahora!

El Capitn meti ambos brazos en el tronco y extrajo un gran puado de
harina, que sali mezclada con blancas y finsimas hebras, al parecer
muy resistentes y tenaces.

--Se comen tambin esas hebras?--pregunt Cornelio.

--No--respondi el Capitn--; echaran a perder el pan, porque son
leosas.

--Hay que separarlas?

--S, y para ello construiremos un cedazo con hebras de coco, para
perder menos tiempo.

El Capitn vaci por completo aquella parte del tronco del rbol, y
amonton la harina sobre grandes hojas.

Despus puso otra de las rodajas del tronco sobre la que acababa de
vaciar y manejando con fuerza la maza, la despoj de toda la harina,
repitiendo la maniobra con todos los trozos, y obteniendo en pocas horas
muy cerca de ocho quintales de harina, que formaba un montn enorme.

Haba an que cernerla para separarla de las fibras; pero habiendo
llegado la noche, se dej aquella segunda operacin para el da
siguiente. Cernieron, con todo, por lo pronto, una pequea cantidad de
aquella harina, la amasaron con un poco de agua y la pusieron a cocer
sobre brasas.

Con aquel pan y con tortuga asada cenaron muy bien aquella noche.
Acabada la cena, Van-Horn hinc en el suelo algunas estacas y form un
cobertizo de hojas que los librasen de la humedad de la noche, y lo
rode de los trozos de tronco vacos de _sag_, que sirvieran como de
empalizada que los defendiera de las flechas si llegara el caso.

Cornelio hizo el primer cuarto de guardia emboscndose en un matorral, y
los dems se entregaron al sueo.

Aquellas precauciones resultaron intiles, porque la noche pas con
tranquilidad y en silencio. Ni hombres ni fieras asomaron por aquellos
sitios.

Al amanecer, todos se entregaron al trabajo para preparar la provisin
de pan. Van-Horn construy una especie de cedazo con hebras de cscara
de coco, y se puso a cerner la harina. El capitn y Hans echaban agua en
el cedazo para hacer pasar la fcula, y Cornelio y el chino la amasaban
en panes de a cuatro libras, que secaban despus al sol. Habran podido
tambin reducir la harina a grano, pero hubieran necesitado un
recipiente de hierro, y no lo tenan.

Para obtener el sag granulado como el comercio lo lleva a Europa, se
echa la harina en una caldera puesta al fuego y se la tuesta
ligeramente revolvindola sin cesar, y despus se la lava y empaqueta.
Los granos as obtenidos adquieren un sabor ms agradable y un color ms
rojizo.

A medioda tenan ya doscientos panes secndose al sol. Como ya eran
bastantes, pues los nufragos no podan cargar con un peso excesivo,
abandonaron la harina sobrante a los pjaros.

Por la noche los panes, ya perfectamente secos, fueron envueltos en
hojas de pltano, que los conservan muy bien, y amontonados bajo el
cobertizo.

--Tenemos para un mes--dijo el Capitn--. Maana nos podremos poner en
camino, sin miedo de pasar hambre.

--Pero nos falta la carne--dijo Hans.

--Nos la procuraremos durante el viaje, glotn. Las aves no faltan en
esta selva, y tampoco nos faltarn cuadrpedos.

--Ser prudente llevar con nosotros una provisin de agua--dijo
Van-Horn--. No la encontraremos siempre.

--Es que no tenemos vasijas. Dnde vamos a llevarla?--pregunt
Cornelio.

--Tampoco las tienen los papes--dijo el Capitn--; pero disponen de
recipientes, y en sus canoas no falta nunca el agua dulce.

--Y cmo se las componen?

--Ahora lo vers.

De uno de los muchos bambes que por all haba, cort con el hacha un
trozo del grueso del muslo, y lo dividi en otros trozos ms pequeos
cortndolo por cerca de los nudos.

--Aqu tienes una vasija--dijo tomando en la mano uno de ellos--. La
caa de bamb est hueca, como sabes, entre cada dos nudos, lo mismo que
cualquiera otra especie de caas, y este trozo tiene sendos nudos en sus
extremos.

--Ya comprendo: se hace un agujero en uno de los nudos, se echa por l
el agua, se tapa despus con un tarugo y ya est hecha la vasija.

--Efectivamente, Cornelio. Se explica que en tierras donde la Naturaleza
nos da hechos tales utensilios, no haga grandes progresos la industria
del hombre. Y ahora, acostmonos; que maana tenemos que ponernos en
camino.

Se haban ya guarecido en el cobertizo, cuando con gran sorpresa para
todos ellos oyeron por el lado del bosque los ladridos de un perro.

--Los papes?--pregunt Cornelio, ponindose en pie de un salto.

--Imposible!--contest el Capitn, arrojndose fuera con el fusil en la
mano.

Horn y los tres jvenes, muy alarmados, salieron tambin armados de sus
fusiles. Los ladridos continuaban a intervalos regulares, pero sin
acercarse.

--Es imposible que sean los papes--repiti el Capitn, que no apartaba
la vista del bosque.

--Por qu?--le pregunt Cornelio.

--Porque nunca han tenido perros, ni aqu los hay.

--Sin embargo, esos son ladridos de perro, to.

--Habr en el bosque algn cazador europeo?--exclam Van-Horn.

--Aqu, en esta selva tan alejada de los puertos que frecuentan los
buques?

--Algn explorador, seor Stael.

--Hum! Lo dudo, Van-Horn.

--Y cmo puede haber aqu un perro sin amo?

--Pero ser un perro?

--Y qu puede ser? Esos son ladridos.

--Es que si fuera un perro ya estara aqu, y esos ladridos ni se
acercan ni se alejan.

--Es verdad, Capitn.

--Tened dispuestas las armas, y vamos a aclarar este misterio.

Mantenindose ocultos entre la maleza para no recibir a mansalva una
lluvia de flechas envenenadas, entraron en el bosque, que estaba oscuro,
pues ya iba a ponerse el sol. Su sorpresa lleg al colmo cuando notaron
que los ladridos venan de lo alto.

--Calla!--exclam Cornelio--. Un perro en las ramas de un rbol? Cmo
explicar esto, to?

El Capitn, en vez de responder, lanz una carcajada.

--De qu te res?--le preguntaron Hans y Cornelio.

--Es que el caso es para reirse, muchachos--les dijo--. Queris ver al
pretendido perro? Mirad entre las ramas de aquel _durin_.

Dirigieron la vista hacia donde el Capitn les haba indicado, y vieron,
sostenindose en una gruesa rama, un pajarraco negro del tamao de un
cuervo, y que a intervalos regulares daba ladridos tan perfectos que
parecan salir de la garganta de un perro.

--Dichoso pas!--exclam Cornelio--. No saba que hubiera pjaros que
ladrasen[6].

--Por fortuna, son inofensivos. Vmonos a dormir.

Pasaron tambin aquella noche sin novedad. Durante el cuarto de guardia
del piloto hubo una falsa alarma, motivada por ciertos ruidos
sospechosos que se oyeron hacia el bosque; pero despus todo qued
tranquilo.

A las seis de la maana todos estaban de pie, dispuestos a emprender
valerosamente la marcha hacia el Oeste. Repartieron las provisiones de
sag proporcionalmente a las fuerzas de cada cual; cargaron con los
barrilillos de bamb llenos de agua, y despus de dar un adis a
aquellos sitios, se entraron por el bosque, decididos a llegar hasta el
ro Durga. Dificultaba mucho su marcha la espesura del bosque, que ni
siquiera la luz del da dejaba pasar, sino a medias. Los rboles de
teck, sag, mangostn, cedro, bamb, _arenghe_, _saccaripre_, betel,
_rotang_ y otros infinitos, se apiaban, entrelazando su ramaje y sus
races, y los bejucos y las plantas trepadoras formaban impenetrables
redes corrindose de un rbol a otro, subiendo, bajando y serpenteando
por la tierra.

No faltaban los rboles frutales silvestres. Veanse muchsimas
mangustanas cargadas de sus deliciosas frutas; gigantescos durines cuyas
ramas se rendan al peso de las suyas, que son del tamao de sandas, de
enorme peso y envueltas en agudas espinas; _bu bangha_ o _artocarpi
integrifoglia_, altsimos, con enormes ramas, y que dan los mayores
frutos de la tierra, pues dos hombres no pueden apenas con una de ellas,
frutas bastante nutritivas y que maduran todo el ao, y mangos
silvestres.

Despus de cinco horas de marcha llegaron nuestros viajeros al centro de
un inmenso grupo de rboles que despedan un olor acre, pero muy
agradable.

--Qu aroma tan exquisito, to!--exclam Cornelio.

--Procede de estos rboles--dijo el Capitn detenindose--. Qu fortuna
hay aqu para los que pudieran aprovecharla!--aadi--. Estos son los
rboles que dan la nuez moscada. Mralos bien, Cornelio, que lo
merecen.




XXI.--EL BABIRUSSA


Los rboles de la nuez moscada (_myristica moschata_) son hermossimos,
parecidos a nuestros alerces. Tienen veinticinco o treinta pies de alto
y crecen espontneamente en los bosques hmedos y calurosos de ciertas
regiones intertropicales del Asia Oriental. Por los motivos que despus
diremos, slo los hay en algunas de las islas Molucas, donde se los
cultiva en grande escala, y en los bosques inmensos y salvajes de Nueva
Guinea. Viven sesenta u ochenta aos y no fructifican hasta los nueve.

No se crea que el rbol da las nueces tales como las pone en circulacin
el comercio. Su fruto es una especie de albrchigo grande, de corteza
cenicienta, que, al madurar, se abre, dejando ver una pulpa carnosa y
rojiza que envuelve a la nuez, la cual est revestida de una membrana
delgada, pero recia. El rbol produce todo el ao, vindosele con flores
y frutas al mismo tiempo; pero las nueces con que se trafica se recogen,
ordinariamente, en los meses de Abril, Julio y Noviembre.

Se las seca tres das seguidos al sol para conservarlas, cubrindolas de
noche del roco, que les es daoso. Qutaseles despus la membrana que
las envuelve y se las baa en agua de cal para librarlas de las
picaduras de los insectos. Para asegurar ms su conservacin suele
encerrrselas, antes de ese bao, en caas de bamb, y someterlas a la
accin de un fuego lento durante tres meses. Las mejores son las que se
arrancan a mano del rbol; siguindolas en valor las que se recogen de
su pie despus de cadas, naturalmente, y las menos estimadas son las
silvestres.

En otro tiempo, los holandeses, que se haban hecho dueos de la
Malasia, tuvieron el monopolio de la nuez moscada, y para sostenerlo,
impidiendo la competencia, destruyeron inmensos plantos valindose de
medios violentos y hasta inhumanos, y limitaron el cultivo a la isla de
Banda, que produce la mejor calidad de ellas, y a otras tres islas de
aquel archipilago; pero pronto se convencieron de lo poco discreto de
tal sistema, tratndose de un producto de puro lujo y de uso limitado, y
dejaron a los malayos la libertad de cultivarlo a su guisa.

--Hermosos rboles!--exclam Cornelio acercndose a uno de ellos--. Y
qu olor tan penetrante el de sus frutas!

--Hay aqu una fortuna--dijo el Capitn--. Qu desgracia tener que
dejarla!

--Los indgenas la recogern.

--No la aprecian, y la abandonan; como tampoco estiman en nada el
clavo, que tanto se aprecia entre nosotros.

--Hay alguno aqu?

--S; mira uno, Cornelio. Crecen en los terrenos que producen la nuez
moscada; pero prefieren los volcnicos.

Cornelio, Hans y el mismo Van-Horn se acercaron al rbol indicado, que
creca en los linderos del bosquecillo, y lo observaron atentamente.
Tena ms de veinte pies de alto, y estaba cuajado de pequeos ramitos
de flores de un color rojo oscuro que despedan un aroma delicadsimo.

--Es de estas flores de donde se saca el clavo?--pregunt Hans.

--El clavo consiste precisamente en sus ptalos--le respondi el
Capitn--; pero no se recogen las flores hasta que se caen naturalmente.
Despus se las deja secar al sol hasta que toman un color casi negro. Un
solo rbol de stos da una buena renta; pues produce durante muchos
aos; desde los siete hasta los ciento veinte.

--Son comunes a todas estas regiones?

--Se da en todas las islas de la Malasia; pero mejor que en ningunas
otras en las Molucas, que parecen ser su verdadera patria.

--Cunta planta preciosa encierra esta isla, tan abandonada por los
colonos europeos!--dijo Cornelio.

--Es verdad--respondi el Capitn--. Han poblado otras islas mezquinas
y de tierras ridas, y se han olvidado de este paraso.

Iban ya a ponerse en marcha, cuando una bandada de grandes pjaros cay
sobre el bosquecillo de nueces moscadas, y se puso a picar vidamente la
fruta.

--Qu voltiles son esos?--pregunt Cornelio.

--Palomas carpfagas--respondi el Capitn--. Son golossimas de nueces
moscadas, y a mi parecer las verdaderas productoras de los bosques de
ese rbol, por las semillas de l que difunden por todas partes con sus
excrementos.

Hans, deseoso de cazar una de aquellas aves, se ech el fusil a la cara;
pero un grito de Van-Horn le detuvo.

--Tenis algo mejor en que emplear vuestros tiros!--exclam en el
momento en que pasaba a toda carrera, por el lindero del bosque, un
animal semejante al puerco en la corpulencia.

El joven, que se haba vuelto al oir las voces de Hans, dispar contra
la res; pero no debi acertarle de lleno, porque el animal desapareci
en la espesura, despus de lanzar un gruido.

--Va herido!; sigmoslo, seor Cornelio!--dijo Van-Horn.

--Pero qu animal es se?--pregunt el joven.

--Un _babirussa_. Apresurmonos a seguirlo, o perderemos su rastro--le
replic el piloto.

Pusironse en persecucin del animal, que, efectivamente, deba de estar
herido, pues se vean manchas de sangre en las malezas. Tampoco deba de
haberse alejado mucho, pues se sentan sus pisadas y sus gruidos y el
ruido que haca al abrirse paso a travs del ramaje.

Cornelio, que era ms gil, corra como un gamo, saltando por encima de
las races y rompiendo con su cuchillo las lianas que se oponan a su
paso, seguido de Horn, que haca desesperados esfuerzos para no perderlo
de vista; pero el _babirussa_, a pesar de la sangre que iba perdiendo,
no paraba de correr.

Duraba ya media hora aquella persecucin, cuando Cornelio, que haba
vuelto a cargar el arma, vi a la res aprisionada entre un tejido
espessimo de lianas. Hizo fuego por segunda vez, y el animal cay
muerto.

--Le acertasteis?--pregunt Van-Horn, que estaba unos trescientos pasos
detrs.

--S, y bien, pues no se mueve--respondi el cazador.

--Qu cena, seor Cornelio!; chuletas deliciosas, como las del cerdo!;
cosa algo mejor que las palomas a que ibais a tirar!

Avanzando por entre las lianas, lleg Cornelio hasta donde yaca el
animal, que estaba completamente inmvil. Era un verdadero _babirussa_,
que es como lo llaman los malayos, palabra que, traducida literalmente,
significa puerco-ciervo, aunque nada tiene de comn con los cuadrpedos
de esta ltima especie.

Pertenece a la de los paquidermos, y constituye un gnero particular de
la familia de los cerdos, animal ste con el cual tiene gran semejanza.
Difiere de l en tener las patas ms largas, el cuello ms grueso, el
hocico algo cado y los ojos pequesimos. Es mucho ms veloz que l en
la carrera, circunstancia a que debe sin duda el calificativo de ciervo,
que forma la segunda parte del nombre con que lo designan los malayos.

No tiene el pelo cerdoso, como el de los puercos, sino corto y lanudo,
de un gris rojizo, y tiene la boca armada de dos largos colmillos que se
encorvan hacia arriba, en direccin de los ojos del animal.

Viven los _babirussas_ en las selvas de las islas de Malasia, en Ceiln
y en Nueva Guinea, y se dejan domesticar si son de poca edad. Los
indgenas aprecian mucho su carne, que, en el sabor, se asemeja a la de
nuestros puercos monteses.

--Lo habis matado?--pregunt Horn acercndose.

--Le he dado en la cabeza--le contest Cornelio.

--Cortemos un trozo de l, por lo pronto, y volvamos al lado del
Capitn.

--No se comern las fieras el resto?

--Hay pocas fieras en Nueva Guinea, si es que hay algunas, seor
Cornelio. Algunos dicen que hay tigres; pero no es seguro.

--S; pero hay pitones, cocodrilos...

--No hay que temer. Regresemos, seor Cornelio: estamos lo menos a tres
millas de donde salimos y podemos extraviarnos.

--No tienes brjula?

--No; se la dej al Capitn.

--Entonces, apresurmonos, Horn. Mi to puede inquietarse.

El piloto descuartiz con su hacha al _babirussa_; carg con un
costillar, y junto con Cornelio, emprendieron la vuelta hacia donde
haban quedado sus compaeros. Por desgracia, se haban olvidado de
sealar los lugares por donde haban ido pasando, y para colmo de
desventura, las manchas de sangre que a su paso dejara el animal no eran
visibles en aquel caos de vegetales. Anduvieron muchsimo intilmente.
El bosquecillo de nueces moscadas no pareca.

Detuvironse muy inquietos.

--Creo que nos hemos perdido--dijo Cornelio.

--Me lo temo--dijo Horn--. No hemos vuelto por el rumbo que trajimos a
la venida.

--En una selva como sta es muy fcil perderse, Horn. Sin seales que
guen en la marcha, hay tendencia a andar describiendo crculos ms o
menos amplios. Eso es sabido.

--As es, efectivamente, seor Cornelio; y se ha advertido que se desva
uno siempre hacia la izquierda.

--Es probable que por efecto de ello nos hayamos alejado, en vez de
acercarnos; no lo crees as, Horn?

--Mucho me lo temo.

--Qu desgracia!

--Tenemos nuestras armas.

--Y de qu pueden servirnos para sacarnos de este apuro?

--Pueden servirnos para hacer seales con ellas disparando unos cuantos
tiros.

--Pues hagmoslo antes de extraviarnos ms, Horn!

Descarg Cornelio el fusil al aire; pero la espesura del bosque se coma
el ruido y no lo dejaba propagarse. Pusieron el odo por si sonaba algn
disparo lejano en contestacin al suyo, pero nada advirtieron.

--Has odo algo, Horn?--pregunt Cornelio.

--Nada oigo--contest el piloto--. Con esta espesura no hay manera de
oir nada.

--Hagamos unos cuantos disparos ms, Horn.

Dispararon varias veces sus fusiles uno tras otro y despus a un mismo
tiempo, dirigiendo hacia arriba la puntera; pero slo consiguieron
asustar a los pjaros.

--El caso es grave--dijo Cornelio.

--Veamos--dijo el piloto--. El bosque de nueces cae al Oeste.

--S.

--Y dnde estamos? Me parece que al Oeste, si los rayos del sol no me
engaan.

--Pero a qu distancia?

--Eso es lo que no podemos saber; pero me parece que el _babirussa_
huy hacia el Sur. Caminando, pues, hacia el Norte, nos cruzaremos, ms
o menos lejos, con el Capitn.

--Y si est buscndonos y se ha dirigido al Oeste?

--En tal caso trataremos de llegar a la orilla del Durga. Sabemos que se
dirige all, y tendremos que encontrarle.

--No perdamos tiempo, y a ver si nos reunimos con nuestros compaeros
antes de que se haga de noche.

Se pusieron en camino tratando de orientarse por el sol, que declinaba
rpidamente; pero les era casi imposible verlo a causa de la espesura.
Las selvas de la Papuasia son intrincadsimas. Abundan en rboles
gigantescos, cuyas copas se elevan hasta doscientos pies y ms sobre el
suelo, ligados entre s por espesas y revueltas lianas, y debajo de
ellos hay una espessima vegetacin de rboles de mediano y pequeo
tamao, que detienen absolutamente los rayos del sol y que dejan sumida
en la oscuridad toda la parte baja del bosque cercana a la tierra. Aun a
medioda se ve poco en lo interior de esas selvas; de noche,
absolutamente nada, hacindose imposible dar un paso por ellas, a pesar
de faltar por completo la vegetacin herbcea por falta de luz y de
aire.

Van-Horn y Cornelio caminaban, pues, casi a la ventura. De vez en cuando
disparaban tiros y se detenan a esperar la respuesta, pero en vano.

Al llegar la noche, rendidos de fatiga, hambrientos e inquietos, se
detuvieron al pie de un rbol del pan, de enorme tronco.

--Pobre to!--dijo Cornelio con tristeza--. Qu mal rato estar
pasando!

--Ya lo encontraremos, seor Cornelio. Maana al amanecer nos pondremos
en marcha y discurriremos el modo de comunicarnos con l.

--Qu mala noche pasar, Horn! Quizs crea que hemos cado en manos de
los papes, y hasta nos tenga por muertos.

--Sabe que estamos armados y que sabemos defendernos. Confiemos en Dios.

El piloto, aunque aquejado por tristes pensamientos, cort aquella
penosa conversacin, encendiendo fuego y poniendo a asar sobre las
brasas algunas chuletas del _babirussa_. Despus, a falta de sag, pues
lo haban dejado en el bosquecillo de nueces para andar ms ligeros
cuando emprendieron la carrera tras del _babirussa_, ech mano de
algunas frutas del rbol bajo el cual estaban.

Eran del tamao de melones medianos, cubiertas de una piel rugosa, y
contenan en su interior una pulpa amarilla y tierna, que se prepara
asndola sobre brasas. Sirve de pan, y tienen sabor parecido al de las
batatas dulces.

La cena fu triste; y aunque los dos hombres estaban hambrientos
comieron poco, porque la inquietud les haba quitado el apetito.

Despus de apagar el fuego, que pudiera descubrirlos a los salvajes que
quizs hubiera por aquellos contornos, se tendieron en la yerba y
esperaron impacientes la luz del nuevo da para seguir buscando a sus
compaeros.




XXII.--LA VENGANZA DE LOS PAPES


Aunque estaban cansadsimos, no pudieron cerrar los ojos en toda la
noche. Sus inquietudes, lejos de calmarse crecan de momento en momento.
Pensaban en el Capitn y en sus compaeros, a quienes suponan
buscndolos en aquella inmensa selva.

Daban vueltas intranquilos sobre sus lechos de hojas, aguzaban los odos
y contenan la respiracin, creyendo siempre oir algn grito o alguna
detonacin. De vez en cuando se levantaban, trepaban a algn rbol para
escuchar mejor; pero pasaban las horas una tras otra sin que ningn
rumor viniera a turbar el silencio.

Hacia media noche, vencidos por el sueo y el cansancio, iban ya a
quedarse dormidos, cuando oyeron de pronto gritos lejanos.

Ambos se pusieron en pie con las armas en la mano.

--Has odo, Van-Horn?--le pregunt Cornelio con voz reposada.

--S, seor Cornelio--contest, alarmado, el piloto.

--Sern nuestros compaeros, mi to, mi hermano...?

--No lo s; pero empiezo a tener esperanza.

--Acudamos, Van-Horn, antes de que se alejen.

--Con esta oscuridad?

--No importa. Ya trataremos de orientarnos.

Abandonaron el rbol y se pusieron en camino, marchando tan aprisa como
les era posible por entre los troncos y las races y a travs de los
bejucos. Los gritos seguan oyndose cada vez ms cercanos.

Haciendo desesperados esfuerzos, cayendo y tropezando ac y all,
siguieron la marcha. Unos mil quinientos pasos llevaran andados, cuando
cesaron de pronto los gritos. Cornelio se preparaba ya a descargar el
fusil para llamar la atencin de sus compaeros, cuando Horn lo detuvo
bruscamente, dicindole:

--All veo brillar un fuego!

Cornelio mir en la direccin indicada, y, en efecto, a distancia de
setecientos u ochocientos pasos vi brillar una llama al travs del
follaje.

--Habrn acampado?--pregunt.

--Y si no fueran ellos?--dijo Van-Horn--. No cometamos imprudencias,
seor Cornelio, sin estar seguros de que sean nuestros compaeros.

--Es verdad; pero no debemos quedarnos aqu.

--No; y avanzaremos; pero con precaucin. Silencio y avante!

La llama segua brillando y era cada vez ms fuerte, esparciendo un vivo
resplandor a travs de los rboles de la selva. Cornelio y el piloto,
con los fusiles preparados, se dirigieron hacia aquel sitio, procurando
no hacer ruido. A treinta pasos de aquella hoguera se detuvieron de
comn acuerdo, y muy disgustados, pues haban sufrido un desengao.

Sentados alrededor de ella, doce papes discutan animadamente. Otro de
ellos atado fuertemente con slidas lianas, estaba tendido sobre la
yerba, haciendo desesperados esfuerzos por librarse de sus ligaduras.

Los primeros eran fuertes, musculosos, de pechos amplios, facciones
angulosas y duras como las de la raza malaya, pelo abundante y rizado,
dientes agudos y ennegrecidos por el uso del betel[7] y piel cobriza,
pero de tonos sucios.

Iban completamente desnudos y llevaban un hueso atravesado por el
cartlago de la nariz, consistiendo sus armas en arcos, mazas, y lanzas
con la punta de hueso.

El prisionero era de ms elevada estatura, rostro ovalado y regular,
abundante cabellera lanosa sujeta con un ancho peine de bamb, y tena
la piel del hermoso color negro de las buenas razas africanas.

Llevaba los brazos y el cuello adornados de aros y collares de cobre, y
de dientes de animales, y el pecho cubierto con un peto fabricado de un
tejido de fibras vegetales. Rodebale la cintura una especie de faldeta
de algodn rojo, ms larga por delante que por detrs.

--Qu casta de gente es sa?--pregunt Cornelio al odo a Horn.

--Los que estn sentados al fuego son Alfuras o Arfakis montaeses del
interior. En cuanto al prisionero, me parece un pap de la costa, en
traje de guerra.

--Irn a comrselo?

--Quizs, porque los arfakis son antropfagos y odian mortalmente a los
papes de la costa.

--Y vamos a dejar que se coman a ese desgraciado?

--No, seor Cornelio; y con tanto mayor motivo cuanto que los papes de
la costa no son malos y tienen frecuente trato con los europeos. Si lo
libertamos nos puede prestar muy buenos servicios y hacer que
encontremos al capitn Stael, conducindonos a las orillas del Durga.

--Vamos a enterarnos antes de lo que va a pasar.

Su espera no fu larga, pues poco despus llegaba un salvaje desnudo
como los dems arfakis, pero de estatura ms alta, adornado de dientes
de cuadrpedos y conchas de tortuga y dos grandes aros de metal
pendientes de las orejas. En la cabeza llevaba un gran penacho de plumas
de colores.

--Debe de ser un jefe--dijo Horn a Cornelio.

El recin llegado se acerc al prisionero y le interrog detenidamente.
Despus hizo seas a sus compaeros para que se levantaran en seguida,
arrojando al fuego ramas resinosas que llevaban consigo.

Cuando hubieron encendido una inmensa hoguera, se arrojaron sobre el
prisionero y le ataron las manos a la espalda.

--Van a asarlo--dijo Cornelio.

--No lo creo--respondi Van-Horn--. Creo ms bien que se trata de una
venganza. Preparmonos a hacer fuego.

Entretanto, los arfakis sujetaban con bejucos a la espalda del
desgraciado un haz de hojas secas. El prisionero lanzaba gritos y se
revolva furiosamente.

A poco, los arfakis encendieron el haz de hojas secas que le haban
atado a la espalda, y con las lanzas y a mazazos lo arrojaron en la
hoguera.

--Ah, canallas!--grit Cornelio--. Fuego, Van-Horn!

Dos disparos resonaron a un tiempo. Cayeron dos de aquellos hombres, y
los otros, espantados de aquel ruido, que no haban odo hasta entonces,
y de la muerte sbita de sus compaeros, dieron a huir a todo correr
lanzando gritos de terror.

Cornelio atraves de un salto la lnea de fuego, arranc de las espaldas
del espantado prisionero, las hojas encendidas, y con sus robustos
brazos le sac de all colocndole al pie de un rbol.

--No temas--le dijo desatndole las manos.

--No nos detengamos aqu, seor Cornelio--dijo Horn--. Los salvajes
pueden tener otros compaeros acampados por estos contornos y volver en
mayor nmero.

--Y quieres abandonar a este pobre diablo?

--Si no est reido con su pellejo, vendr con nosotros.

--Gracias--dijo el pap en perfecto holands.

--Calla!--exclam Cornelio, admirado--. Conoce nuestra lengua!

--No me admira--dijo Horn--. Nuestros compatriotas vienen mucho por
estas islas.

--Quieres seguirnos?--pregunt Cornelio al pap.

Este no respondi, pero le mir como dicindole: explicaos.

--No puede saber muchas palabras--dijo Horn--. Mejor comprender el
malayo, idioma que se habla en la costa occidental de la isla.

Repiti la pregunta en dicha lengua, y al punto obtuvo respuesta.

--Soy vuestro esclavo: os seguir donde queris.

--Nosotros no tenemos esclavos--respondi Van-Horn--: sers nuestro
amigo. Sguenos.

Partieron a la carrera precedidos por el pap, el cual les abra camino
apartando con cuidado las ramas y los bejucos que podan molestar a sus
salvadores.

Aunque ya no se oan los gritos de los arfakis, siguieron corriendo
durante una hora, internndose cada vez ms en la tenebrosa selva.

Detuvironse a descansar en medio de un matorral de plantas trepadoras.

--Crees que nos seguirn tus enemigos?--pregunt Horn al pap.

--Estn amedrentados por las armas de fuego--contest el interpelado.

--Y qu has hecho? De dnde vienes? Quin eres?

--Soy un pap del Durga, hijo del jefe Uri-Utanate.

--Del ro Durga!--exclam el piloto--. Ah, qu suerte! Est muy lejos
tu aldea?

--A dos das de marcha.

--Y por qu te has alejado de ella?

--Porque quera matar a Orango-Arfaki, jefe de los montaeses, enemigo
de mi padre y de mi tribu.

--Y ha sido l quien ha estado a punto de matarte a ti.

--Qu le ests diciendo?--pregunt Cornelio.

--Os lo explicar. Debis saber que cuando dos tribus estn en guerra,
los ms valientes juran matar a los jefes enemigos, y procuran hacrselo
saber. Los jefes, advertidos, hacen cuanto pueden por apoderarse de esos
juramentados, y los hacen perecer quemados entre espinos resinosos. Es
una antigua costumbre de estos pueblos.

--Y este pap es hijo de un jefe, por lo que he podido entender.

--S, seor Cornelio; y su tribu est en la orilla del Durga.

--Pues entonces nos guiar hasta all.

--S; pero antes trataremos de encontrar a nuestro to y a nuestro
hermano. Los salvajes saben guiarse por los bosques, y seguir una
huella, por leve que sea.

--Informa de todo a este hombre.

Van-Horn no se hizo repetir la indicacin, y cont al pap las
peripecias de su extravo en el bosque.

--Me habis salvado la vida, y soy vuestro esclavo--respondi el
indgena--. Buscaremos a vuestros compaeros, y luego os conducir a
todos ante mi padre, que os entregar una gran piragua para que volvis
a vuestro pas. Nosotros no amamos a los europeos, de los cuales tenemos
grandes motivos de queja; pero mi padre y mi tribu acogern bien a mis
salvadores. Marchemos, que va a ser de da.

--Y cmo hars para encontrar a nuestros compaeros?--pregunt Horn.

--S dnde est el bosquecillo de nueces moscadas. He cazado all
palomas y aves del paraso, hace una semana.

--Pero tienes las espaldas llagadas por las quemaduras.

--No importa; no me molestan mucho.

--Vamos, pues--, dijo el piloto.

El sol apuntaba ya, dorando las copas de los rboles gigantes y
despertando a las aves, que comenzaban a cantar volando de rama en rama.

El pap, Cornelio y Van-Horn no se detenan a admirar a aquellas aves,
entre las cuales las haba de los ms raros y preciosos plumajes, y
apretaban el paso para llegar cuanto antes al bosquecillo de moscadas,
esperando encontrar all al Capitn, Hans y el chino.

Varias veces haban tenido que detenerse para pasar a travs de los
bejucos, que les impedan avanzar, estorbndoles el paso. Para mayor
desgracia, hacia las diez de la maana llegaban a las mrgenes de una
verdadera selva de plantas trepadoras, tan espesas, tan enredadas las
unas con las otras, que no se poda cruzar por ella, sino con muchsimo
trabajo.

--Qu plantas son stas?--pregunt Cornelio a Van-Horn.

--Plantas de pimienta--respondi el piloto--. Ya quisiera yo llenar con
ellas la bodega de un buque de cien toneladas.

--Una verdadera fortuna.

--Lo habis dicho, seor Cornelio; pero intil para nosotros, y que
ahora nos van a dar muchsimo que hacer.




XXIII.--LOS PRISIONEROS


El piloto no se haba equivocado. Aquella selva estaba tan llena de
obstculos, que no hubieran podido vencerlos ni aun arrastrndose como
serpientes, y que iban a obligarles a dar inmensos rodeos.

Hay muchsimas variedades de la planta de la pimienta--el _piper
nigrum_, el _piper lungun_, el _magro piper_ y otras--y crecen en la
India, en Ceiln, en las Guayanas y en muchas de las Antillas; pero la
Malasia es su verdadera patria.

Son plantas silvestres parecidas a la vid, pero requieren cuidadosas
atenciones si se quieren obtener grandes productos de ellas. De sus
flores, que no tienen clices y que se agrupan en largas guirnaldas
blancas, salen las habas, que primero son verdes, despus rojas y por
ltimo amarillas. Coschanse antes de que maduren del todo y se secan al
sol o a fuego lento, adquiriendo color negruzco y aspecto rugoso.

Hablamos de la pimienta negra, que es la mejor; la blanca, que es menos
ardiente y aromtica, se obtiene dejndola madurar hasta cierto punto,
macerndola por uno o dos das en agua de cal para que pierda la
cascarilla externa, y secndola despus como la pimienta negra.

Es raro que este msero grano haya sido bastante para poner en
comunicacin, desde los tiempos ms remotos, a los habitantes de Europa
con los de la India. Ya en el tiempo de los romanos era un artculo
importantsimo, que se expeda en grandes remesas desde la India y
llegaba a Europa a travs del Ocano Indico y el mar Rojo. Pagbasela a
tan altos precios, que se hizo proverbial su caresta. Para ponderar el
alto valor de una cosa se deca que era cara como la pimienta.

El pap, Cornelio y Van-Horn, tropezando y cayendo, y mareados por el
olor acre de la pimienta, iban abrindose camino a hachazos, avanzando
poco a poco y descansando a cada instante para limpiarse el sudor que
les inundaba, pues el calor era insoportable en lo interior de la selva.

Poco despus de medioda llegaron los viajeros a lugares ms
transitables, aunque siempre dentro del bosque.

--Ya era tiempo!--exclam Cornelio entre uno y otro estornudo--. Por
poco me ahogo ah dentro!

--Yo estoy humeando!--deca el piloto--. Si no estoy cocido, me falta
poco! Descansaremos un rato antes de emprender de nuevo el camino.

Disponanse a seguir este consejo, cuando vieron al pap esconderse de
un salto en la yerba.

--Qu ocurre?... Llegan los arfakis?--pregunt Cornelio, mirando en
derredor suyo.

--No veo a nadie--contest el viejo.

Pero en seguida se agach bruscamente, haciendo seas a Cornelio de que
le imitara, e indicndole, al mismo tiempo, que dirigiese la vista hacia
lo alto de un rbol.

Cornelio mir en la direccin que Horn le indicaba, y no pudo reprimir
un grito de sorpresa.

Quince o veinte aves se haban posado en una gruesa rama, y se peinaban
al sol su plumaje pero qu plumaje! Las tintas ms esplndidas, los
reflejos ms brillantes y variados, todos los colores del prisma se
confundan en aquellas plumas.

Eran algo mayores que pichones, casi del tamao de gallinas, con la
cabeza de un amarillo dorado en la parte inferior y verde oro en la
superior; el dorso era castao con reflejos tambin dorados, la cola
rizada, de tonos multicolores, lo mismo que las alas, de debajo de las
cuales les salan como una especie de borlas de fino plumn amarillo
plido con reflejos plateados.

Alumbrados por los rayos del sol, que producan en aquellas soberbias
tintas reflejos brillantsimos, no parecan aves, sino ramilletes de
flores salpicados de pedrera.

--Qu soberbios voltiles!--exclam Cornelio--. Nada he visto en mi
vida ms hermoso, ni creo que lo haya en toda la redondez de la Tierra.

--Es verdad, seor--dijo Van-Horn--. No hay aves que superen a stas en
hermosura. Con razn se las llama aves del paraso.

--Ah! Estas son las famosas aves del paraso?

--S, seor Cornelio.

--Siendo tan hermosas, no deben ser desagradables al paladar.

--Son deliciosas, y de carne perfumada, pues se alimentan de nueces
moscadas y de flores de pimienta. Nuestro amigo el pap parece que
codicia sus plumas. Miradle cmo acecha a esas aves.

--Y para qu quiere las plumas?

--Ya os lo dir. Ahora lo oportuno es hacer fuego, antes de que huyan.

Apuntando con gran cuidado hicieron fuego simultneamente.

Dos aves, heridas de muerte, cayeron al suelo, mientras las otras,
espantadas por la detonacin, huan como un grupo de flores.

Cornelio se apresur a recoger la presa, examinndola con curiosa
atencin, mientras Van-Horn, que pensaba ms en la carne que en las
plumas, encenda una alegre hoguera.

El pap, que pareca contentsimo del resultado de aquel doble disparo,
se puso a desplumar delicadamente una de las aves, amontonando con gran
cuidado las hermosas plumas.

--Y qu har con ellas?--pregunt Cornelio--. Adornarse quiz la
cabellera?

--No, seor Cornelio. Imitar con esas plumas dos aves del paraso, que
vender luego a los chinos, a los malayos o a nuestros compatriotas.

--Que imitar dos aves?

--Esa es la palabra, seor Cornelio--contest Horn, rindose.

--No te comprendo.

--Me explicar mejor. Las aves del paraso son muy solicitadas, lo mismo
por los chinos, que las quieren para adornar sus estancias, que por los
europeos, que las venden a los grandes museos o a los negociantes en
plumas de lujo.

Los chinos, y sobre todo los malayos, vienen a adquirirlas a Nueva
Guinea o a las islas Arr, pues no se cran en otros sitios, y las pagan
muy bien. Tentados por la codicia, los papes persiguen encarnizadamente
a esas aves.

Para no destrozarlas o echar a perder su plumaje con las flechas, las
cazan con cerbatana, lanzndoles caitas sutilsimas que llevan una
bolita de creta en la punta. Tambin les lanzan, por medio del arco,
unas flechitas formadas de nervios de hojas.

Otra manera que emplean para cazarlas consiste en apostarse al acecho
al pe de los rboles donde descubren que duermen y en sorprenderlas en
su sueo agarrndolas con la mano.

--Buen procedimiento!--exclam Cornelio.

--Con semejante guerra de exterminio las aves del paraso comienzan a
escasear, y los papes recurren al engao.

Como esos pjaros cambian de plumaje una y an dos veces al ao, los
indgenas recogen con gran cuidado esas plumas, y, las arman, con gran
habilidad, en los cuerpos de cualquiera otra ave parecida a la del
paraso. Y hacen tan admirablemente esas imitaciones que se hace muy
difcil notar el engao, y os aseguro que en muchos museos de zoologa
figuran palomas disfrazadas con el nombre de aves del paraso.

--Y los malayos lo saben?

--No ignoran que los papes falsifican esos voltiles; pero no los
pueden distinguir de los verdaderos.

--Entonces nuestro amigo, el pap, con esas plumas imitar dos aves.

--Y hasta cuatro, seor Cornelio, y obtendr a cambio de ellas buenas
botellas de licor o armas.

En tanto que los dos europeos charlaban, el hijo del _koranos_[8]
Uri-Utanate haba empaquetado las plumas en una hoja y haba puesto a
asar las dos aves.

Media hora despus, los tres la emprendan con el asado, que lanzaba un
exquisito olor a nuez moscada; y acabada la comida, se ponan en marcha,
pues estaban impacientes por llegar al bosquecillo y reunirse a sus
compaeros.

La selva no era tan espesa como antes, aunque abundaban las plantas
trepadoras conocidas por los malayos con el nombre de _giunta wan_
(_urcola elastica_) perteneciente al gnero de las apocneas, que
producen una especie de goma que se utiliza tambin como alimento.

Tampoco escaseaban los _rotangs_ (calamus), lianas o bejucos delgados,
pero que alcanzan la inverosmil longitud de ochocientos y hasta mil
pies. Haba, no obstante, en la selva muchos claros que permitan a los
nufragos marchar cmodamente.

El pap, verdadero hombre de los bosques, los guiaba sin vacilar un
momento, yendo siempre por un camino ms o menos recto, pero que
infaliblemente deba conducirlos al bosquecillo de nueces moscadas. De
vez en cuando miraba al sol para guiarse, y en seguida redoblaba el paso
separando las ramas o cortando los bejucos que podan molestar a sus
salvadores.

Hacia las tres de la tarde dirigi una larga mirada en torno suyo, y
dijo mirando a Van-Horn:

--El bosquecillo est all, detrs de aquel teck.

--Ya estn bien cerca, seor Cornelio, y oirn un disparo!--grit el
piloto.

--Ah!--exclam Cornelio--. Al fin voy a volver a ver a mi to y a
Hans!

Levant el fusil y lo descarg al aire; pero no le respondi ninguna
detonacin. El piloto y el joven se miraron con gran ansiedad.

--Nada--dijo el viejo, ponindose plido.

--Habrn partido?

--No lo s; pero mis inquietudes redoblan.

--Estarn, tal vez, dormidos?

--A estas horas? No son ms que las tres, seor Cornelio.

--Habrn salido en nuestra busca.

--Es posible; y aun creo que encontraremos alguna seal. Corramos.

Precedidos por el pap se dirigieron a la carrera hacia el bosquecillo,
adonde llegaron bien pronto, pues el indgena, que comprendi que algo
grave deba de haber sucedido, los gui sin vacilar.

Cornelio y Van-Horn se detuvieron ante los rboles. Ambos estaban muy
plidos y dirigan ansiosas miradas a aquellos rboles; pero ni uno ni
otro vieron a nadie. Solamente las palomas coronadas ocupaban las ramas,
comiendo las exquisitas frutas.

--Ya no estn aqu!--exclam sollozando el joven.--Dios mo! Dnde
los encontraremos?

--Veamos, seor Cornelio. No es posible que se hayan marchado, sin dejar
aqu algo para nosotros.

Entraron bajo los rboles y llegaron al sitio en que haban acampado el
Capitn, Hans y el chino. Se vean an algunas huellas: trozos de pan de
sag, cenizas, una pequea choza medio cada, plumas de palomas, pero
nada ms.

--Nada! Ni un papel que nos indique el camino que han
seguido!--exclam Van-Horn con desesperacin.

A poco, mientras l y Cornelio registraban entre la yerba, vieron al
pap, que se haba alejado para buscar las huellas del Capitn, volver
corriendo, con la ansiedad pintada en el semblante.

--All!--grit sealando al piloto el lindero de la gran selva.

--Qu has visto?--le pregunt Horn, que tuvo un momento de esperanza--.
Hombres blancos, quiz?

--No; pero venid.

Cornelio y Hans lo siguieron, llegando hasta un grupo de enormes
_duriones_. All, con gran angustia, vieron en el suelo algunos panes de
sag pisoteados, balas de fusil, un pedazo de pao que reconocieron como
perteneciente al traje del Capitn, y el sombrero del chino; observaron,
adems, algunas flechas clavadas en los troncos de los rboles, una maza
medio rota y cuerdas de fibras de _rotang_.

--Qu ha pasado aqu?--exclam Cornelio con voz ronca.

--Aqu ha habido un combate!--respondi Horn mesndose el cabello--.
Los salvajes han acometido a nuestros compaeros!

--Y tal vez mi to, mi hermano y el chino han sido muertos!

--No!... Esperad!...

El piloto se precipit entre la yerba y recogi un trozo de carta
arrugado, que haba al pie de un rbol. En l se vean algunas palabras
escritas con el zumo de una planta.

--Leed, seor Cornelio--le dijo, intregndole el pedazo de papel.

El joven lo estir, y ley:

"_Prisioneros de los salvajes. Nos llevan hacia el Durga.--Van-Stael._"

--Han sido sorprendidos y hechos prisioneros--exclam Horn--; pero,
por quines? Por los papes o por los arfakis? Los harn esclavos, o
se los comern?... Uri-Utanate!

El pap pareci no haberle odo: haba arrancado una flecha clavada en
un tronco, y la miraba con atencin.

--Uri-Utanate!--repiti el marino.

Esta vez el salvaje le oy, y se le acerc dicindole:

--Yo conozco esta flecha.

--La conoces?--exclam Van-Horn.

--S; y pertenece a los guerreros de mi tribu.

--Ests seguro de no equivocarte?

--No me engao.

--Y por qu motivo los de tu tribu han llegado hasta aqu?

--Mi padre los ha conducido.

--Para sorprender a nuestros compaeros?

--No, porque no poda saber que estaban aqu, sino para salvarme de
manos de los arfakis. Un compaero mo, que pudo huir cuando me hicieron
prisionero, le habr advertido de mi desgracia.

--Y si por vengar tu muerte mata a los nuestros?

--No; nosotros hacemos la guerra a los europeos porque nos han
maltratado.

--Y los matar?

--Mi padre no mata a los prisioneros. No somos antropfagos tampoco: los
hacemos esclavos.

--Pues nosotros los libraremos, aunque tengamos que incendiar tu aldea.

El pap se sonri.

--El hijo de Uri-Utanate ha sido salvado por vosotros, y es vuestro
esclavo. Cuando mi padre lo sepa, ser amigo vuestro y os har conducir
a todos a vuestra patria.

--Est muy lejos el Durga?

--A dos jornadas de marcha.

--Cundo crees que fu el asalto?

--Al alba, porque estas ramas tronchadas estn an hmedas de savia. Si
hubiera sido ayer, ya estaran secas.

--Seor Cornelio; partamos sin perder un minuto--dijo el piloto--.
Dentro de cuarenta y ocho horas abrazaremos al Capitn, a Hans y al
chino.

--En marcha, Van-Horn! Me siento tan fuerte ahora, que andara diez
leguas sin detenerme.

Recogieron los panes de sag esparcidos entre la hierba, y se pusieron
en marcha penetrando en la gran selva, que se extenda hacia el Oeste.




XXIV.--EL JEFE URI-UTANATE


El Capitn, Hans y el chino haban esperado en vano en el bosquecillo de
nueces moscadas la vuelta de los cazadores, que se haban alejado
siguiendo al _babirussa_.

Al principio no se inquietaron, creyendo que el animal los haba llevado
muy lejos; pero viendo que las horas pasaban sin que Cornelio ni Horn
volvieran, comenzaron a recelar que les hubiera podido ocurrir alguna
desgracia.

Encontrndose en pas salvaje, habitado por tribus hostiles y algunas
sospechosas de antropofagia, y poblado adems de no pocos animales
feroces, sus temores no carecan de fundamento.

El Capitn, cuyos recelos aumentaban a medida que el da iba decayendo,
decidi marchar en busca de sus compaeros. Despus de haber recomendado
a Hans y al chino que no abandonaran el bosquecillo y vigilasen
atentamente, se puso en marcha hacia el Sur, siguiendo las huellas del
_babirussa_ y teniendo la precaucin de sealar los rboles a su
derecha, dando en ellos hachazos, a fin de guiarse al regreso.

Se intern mucho en la selva; pero ya iba al acaso, pues haba perdido
las huellas del animal. De vez en cuando llamaba a gritos a sus
compaeros, sin obtener respuesta.

Como el sol iba declinando y tema no poderse guiar al regreso, se vi,
a pesar suyo, obligado a volver al campamento, con la esperanza de
hallar en l a los cazadores que podan haber vuelto por otro camino.

Su desesperacin lleg al colmo, cuando slo vi a Hans y al chino.

--Se han extraviado--dijo--. Qu ser de ellos? Los imprudentes,
persiguiendo a la res, se han olvidado de hacer seales en los rboles,
y Dios sabe dnde estarn ahora.

--No pueden estar muy lejos, to--dijo Hans--. El _babirussa_ perda
sangre y no habr podido correr mucho. De seguro volvern.

--Pero la selva es inmensa, Hans, y muy fcil extraviarse en ella.

--Van-Horn es un marino, y t sabes que los hombres de mar saben
orientarse muy bien.

--En el mar, s; pero en estos bosques, donde no pueden verse el sol ni
las estrellas! Pero tengamos paciencia. No veo otro remedio por ahora.

Construyeron una pequea choza con hojas y ramas entrelazadas, y se
guarecieron en ella para pasar la noche sin atreverse a dormir, por
temor de no oir los gritos o seales de sus compaeros.

Las horas pasaban sin que Cornelio ni Van-Horn volviesen. Slo a media
noche creyeron sentir una lejana detonacin y gritos; pero no se
repitieron.

El Capitn hubiera querido partir al instante; pero la oscuridad era
profunda y tema extraviarse. Hubo, pues, de renunciar a su proyecto.

Al alba, vencidos por el cansancio de aquella larga y angustiosa velada,
se quedaron dormidos; pero su sueo dur poco, pues fueron bruscamente
despertados por unos gritos salvajes.

Iban a ponerse en pie, cuando se precipitaron sobre ellos treinta o
cuarenta papes armados de cerbatanas, mazas y lanzas, y adornados de
plumas y collares de dientes de cuadrpedos y conchas de tortugas.

Hans y el chino fueron en un instante reducidos a la impotencia, antes
de que pudieran hacer uso de sus armas. El Capitn, empuando un hacha,
se haba lanzado fuera tratando de guarecerse en la selva; pero no pudo
lograrlo, porque se vi rodeado por un numeroso grupo de salvajes y
hecho prisionero, a pesar de su desesperada defensa.

Un viejo pap, de alta estatura, con la cabeza adornada de plumas de
aves del paraso, y liada a la cintura una banda de tela que le caa por
delante, se acerc al Capitn y le dijo en lengua malaya:

--Dnde est mi hijo?

--Tu hijo?--exclam Van-Stael--. No s quin es!

--Haba venido aqu para matar al jefe de los arfakis.

--No lo he visto.

--Mientes!--grit el pap--. T lo has matado!

--Te repito que no lo he visto.

--Los europeos son nuestros enemigos.

--Yo no he sido nunca enemigo tuyo.

--T quieres engaarme; pero eres mo, y sers mi esclavo, o te
entregar a mis sbditos para que te coman.

--Ests borracho, pap--dijo el Capitn, que iba perdiendo la calma--.
Qu historia es sa que me cuentas?

--Qu hacis en este bosque?

--Hemos naufragado en estas costas, arrojados por la tempestad, y
trataba de llegar al ro Durga, para luego ir a las islas Arr y desde
all volver a mi patria.

--Y no has visto a los arfakis?

--Ni a uno siquiera.

--Qu es lo que ha ocurrido a mi hijo?

--Pero cmo quieres que lo sepa?

--Son amigos tuyos los arfakis?

--Si los hubiera encontrado, me habran comido.

--No te creo: sers mi esclavo, hasta que encuentre a mi hijo.

--Como quieras. Dnde est tu aldea?

--En la orilla del ro Durga.

--Es mi camino--murmur el Capitn--. Cornelio y Van-Horn saben que
vamos en busca de ese ro, y tal vez nos los encontremos all. Sin
embargo, se lo advertir, por si vuelven a este sitio.

Arranc una hoja de un libro de memorias, y escribi en ella las
palabras que ms tarde deban leer sus compaeros, arrojndola medio
arrugada sobre la yerba.

--Qu has hecho?--le pregunt el jefe.

--Un voto a mi genio protector--respondi el Capitn--. Te aconsejo que
no toques ese papel, si no quieres morir.

El pap, supersticioso como todos sus compatriotas que creen en los
genios del mar y de la noche, se guard muy bien de tocar el papel. Al
contrario, temiendo que fuera un poderoso maleficio, apresurse a dar la
orden de marcha.

Convencido de que su hijo haba sido muerto por los arfakis o por sus
prisioneros, volva a su aldea.

La marcha a travs de aquellos grandes bosques fu penosa, sobre todo
para los tres nufragos, a quienes les haban atado las manos a la
espalda para impedirles todo intento de rebelda o de fuga, durante el
descanso nocturno.

Al alba del tercer da, los papes y sus prisioneros llegaron a la
orilla del Durga, gran ro, de rpida corriente, que surca una gran
parte de la vasta isla hacia Occidente, y que desemboca cerca del cabo
Valke, en el trozo de mar que baa el archipilago de las islas Arr.

Una gran aldea acutica fundada sobre altsimos pilotes ocupaba una
enorme extensin de la orilla izquierda. La componan cuarenta
espaciosas cabaas rectangulares, con largos corredores provistos de
barandas de bamb que las ponan en comunicacin unas con otras. Los
pilotes que sostenan aquellas construcciones estaban hincados en el
fondo del ro. Comunicbanse con la orilla por medio de puentes mviles,
bajo los cuales, atadas a aquella selva de estacas, se balanceaban en el
agua gran nmero de barcas apareadas hechas de troncos de rboles
ahuecados, y provistas de un puente de unin, de palos y de velas.

Los papes atravesaron los puentes y entraron en la aldea a los gritos
de jbilo de sus habitantes. Encerraron a los prisioneros en la
habitacin del jefe, que era la ms vasta de todas, pues no tena menos
de ciento cincuenta pies de largo por la mitad de ancho, y estaba
situada en la mediana de aquella larga fila de casas.

El Capitn y sus compaeros tuvieron que hacer peligrosos ejercicios
gimnsticos para andar por aquellos puentes y corredores, cuyos pisos
eran muy semejantes a los de la casa area de que atrs hablamos. Varias
veces estuvieron a punto de caerse, pero sus guardianes les ayudaban a
seguir, acostumbrados como estaban aquellos salvajes a caminar por
tales suelos sin poner jams el pie en falso. La nica ventaja de aquel
sistema de pavimentos consiste en que, sin necesidad de escobas, est
siempre limpio de inmundicias.

--Y ahora, qu vas a hacer de nosotros?--pregunt el Capitn al jefe,
cuando se vi dentro de la estancia junto a sus compaeros.

--El consejo de los ancianos de la tribu decidir de vuestra
suerte--respondi el salvaje--. Si habis matado a mi hijo, moriris.

--Qu testarudo!--exclam el Capitn, impaciente.--Te he dicho que no
somos enemigos tuyos!

--Todos los hombres de tu raza son enemigos mos.

--Otros, s; nosotros, no.

--Es igual; todos sois lo mismo.

--Pero si yo no he visto a tu hijo!

--Lo habrn matado los arfakis, tus aliados.

--Eres un canalla!

--Soy Uri-Utanate.

--Un pillo!--grit el Capitn exasperado.

--Calla, hombre blanco!

--No tengo miedo a los tuyos!

--Ms tarde me lo dirs.

--Mira, viejo negro, que tengo en la selva compaeros libres, y si nos
tocas a m o a los mos, quemarn tu aldea.

--Mis guerreros me defendern.

--Oh, bandido!

El Capitn, furibundo, se haba levantado amenazando con los puos al
jefe, cuando de pronto oy dos disparos de fusil, seguidos de gran
gritera.

--Dos disparos!--exclam Hans--. Sin duda son Cornelio y Van-Horn!...

El jefe pap se haba precipitado fuera de la habitacin empuando su
maza, temeroso de que fuera asaltada la aldea. Poco despus di un grito
de alegra.

--Uri! Uri!--deca, corriendo a travs de las terrazas, donde se haba
agolpado la poblacin entera.

Un pap, seguido por dos hombres blancos, cruz el puente y corri al
encuentro del jefe, rpido como una flecha.

--Padre!--exclam.

El jefe, que estaba muy conmovido, lo estrech contra su pecho,
diciendo:

--Vivo!... Vivo mi hijo!...

--S, padre. Los arfakis, como ves, no me pudieron matar.

Luego, dirigiendo una mirada alrededor, pregunt a su padre:

--Has hecho prisioneros a unos hombres blancos?

--S--respondi el jefe.

--Dnde estn? Quiero verlos!

--En mi cabaa.

El pap corri por la terraza, y entr en la estancia donde se hallaban
el Capitn, Hans y el chino.

Avanz hacia ellos, y con un gesto que no careca de nobleza les dijo:

--Sois libres, y huspedes gratos del jefe Uri-Utanate!

--Pero quines son stos?--le pregunt el jefe, que lo haba seguido--.
No son enemigos nuestros?

--No, padre. Son hermanos de los hombres blancos que me arrancaron de
las manos de los arfakis, cuando iban a matarme.

En aquel instante Cornelio y Van-Horn se presentaron en la puerta.

--To!

--Sobrino!

--Hans!

--Van-Horn!

Los cuatro nufragos, que llegaron a temer no volver a verse, se
abrazaron estrechamente, mientras el chino, arrebatado de alegra, daba
saltos por la estancia, como si estuviera loco.

--Hombres blancos--dijo Uri-Utanate, que ya lo saba todo--. Mi casa,
mis guerreros y mis barcos estn a vuestra disposicin. Me habis
devuelto a mi hijo, a mi heredero, y yo os devuelvo la libertad.

--Padre--dijo el joven guerrero--. Estos hombres vienen de lejanos
pases situados al Oeste, y quieren llegar a las islas Arr para volver
a su patria. Yo los guiar hasta ellas.

--Mi hijo es un valiente! Sigue a los hombres blancos, y protgelos
hasta las islas.

--Gracias, Uri-Utanate--dijo el Capitn--. Cuando llegue a mi patria
dir que en la Papuasia hay hombres malos; pero que tampoco faltan los
de corazn generoso.




CONCLUSIN


Al siguiente da los nufragos del junco dejaban la aldea de
Uri-Utanate, y descendan la corriente del ro Durga en una de las
mayores y mejor provistas embarcaciones de aquellos naturales.

El hijo del jefe y doce de los ms hbiles marinos indgenas les
acompaaban para defenderlos de los piratas de la costa y guiarlos hasta
las islas Arr.

El jefe, antes de separarse de ellos, les haba devuelto las armas, y
haba hecho cargar en la piragua vveres para muchos das.

La bajada del ro se hizo sin incidentes desagradables, pues todas las
tribus acampadas en aquellas orillas eran aliadas de Uri-Utanate.

Tres das despus llegaron al cabo Valke, pusieron la proa al Sudoeste,
y favorecidos por un viento fresco navegaron a la vela hacia Arr,
archipilago que est en medio del mar de Banda, comprendido entre las
islas del mismo nombre, que lo limitan por el Oeste, y la costa de la
Papuasia o Nueva Guinea, que lo cie por el Noroeste.

A los doce das de navegacin dieron vista a aquel importante grupo de
islas, compuesto de ms de treinta, fertilsimas y cubiertas de
exuberante vegetacin.

Todas ellas son pequeas, a excepcin de la de Trana, que tiene veinte
leguas de largo por tres de ancho, y est poblada por multitud de papes
y malayos, repartidos en veinticuatro aldeas, diecisis de las cuales
son cristianas, cinco mahometanas y tres idlatras.

Aunque no haya en ella ninguna colonia de blancos, pertenece a los
holandeses, que la visitan mucho para adquirir conchas de tortugas,
_trpang_ y aves del paraso. Los barcos malayos, llamados paraos,
frecuentan aquellas playas para pescar olutarias y traficar con sus
naturales.

La piragua, guiada por Uri, lleg al puerto natural de Dabo, formado por
las islas Vama y Vacam, que es el ms importante de todo el
archipilago, y ancl ante el viejo fuerte holands.

Los nufragos tuvieron la satisfaccin de encontrar all una goleta
holandesa, a cuyo Capitn conocan, y que estaba cargando _trpang_. Era
la _Batanta_, de Timor, mandada por un antiguo amigo de Van-Stael.

Renunciamos a describir la acogida que tuvieron los nufragos por parte
de sus compatriotas: el Capitn puso el buque a su disposicin.

El joven Uri se detuvo dos das en Dabo acompaando a sus salvadores, y
luego, antes de partir, sac de un escondite que haba en la piragua dos
grandes paquetes envueltos en hojas y cuidadosamente atados con
bejucos, y, mostrndoselos al Capitn Van-Stael, le dijo:

--Este metal amarillo, que abunda en nuestro pas entre las arenas del
Durga, s que es muy apreciado por los blancos. Consrvalo como recuerdo
mo.

Dicho esto, salt a la piragua, hizo tender las velas y se di a la mar
saludando por ltima vez a sus amigos.

El Capitn y sus compaeros, que no haban comprendido el significado de
aquellas palabras, creyeron que aquellos paquetes contendran regalos de
poco valor; pero cul sera su sorpresa cuando, abiertos, vieron que
estaban llenos de polvo de oro!

Haba, por lo menos, un quintal de tan precioso metal, que tanto abunda
entre las arenas de los ros papes. Era una verdadera fortuna, que les
recompensaba largamente de la prdida del junco y del _trpang_.

Cuatro das despus la _Batanta_ desplegaba velas, y una semana ms
tarde llegaba a Timor ante la factora del armador chino.

       *       *       *       *       *

El capitn Van-Stael ha renunciado a navegar: posee una gran factora;
se ocupa en el comercio del _trpang_ y de los productos de su pas.
Hans y Cornelio navegan ahora en un buque adquirido con el oro del pap,
en compaa del viejo Van-Horn y del pescador chino, que no han querido
abandonarlos.

FIN




NDICE


                                               Pginas.

I.--La costa australiana                             9

II.--Los pescadores de _trpang_                    19

III.--La pintura de guerra del salvaje              33

IV.--Los australianos                               45

V.--El asalto nocturno                              57

VI.--La orga de la tripulacin                     69

VII.--Los antropfagos                              81

VIII.--El golfo de Carpentaria                      93

IX.--El naufragio durante el huracn               105

X.--El huracn                                     117

XI.--La isla de Coral                              129

XII.--El estrecho de Torres                        141

XIII.--Los piratas de la Papuasia                  151

XIV.--La Nueva Guinea                              163

XV.--El asalto de los cocodrilos                   173

XVI.--La cabaa area                              185

XVII.--Entre las flechas y el fuego                197

XVIII.--La caza de las tortugas                    209

XIX.--Los rboles de sag                          221

XX.--Los bosques de la Papuasia                    233

XXI.--El babirussa                                 245

XXII.--La venganza de los papes                   257

XXIII.--Los prisioneros                            267

XXIV.--El jefe Uri-Utanate                         279

CONCLUSIN                                         289

       *       *       *       *       *


BIBLIOTECA CALLEJA


PRIMEROS VOLMENES

AZORN:                                                         Ptas.

  PARLAMENTARISMO ESPAOL                                        3,50

  EL PAISAJE ESPAOL                                             3,50

JUAN RAMN JIMNEZ:

  DIARIO DE UN POETA RECIN CASADO (_Verso y prosa_)             3,50

  ESTO (_Verso_)                                                3,50

  PLATERO Y YO (Primera edicin completa). (_Prosa_)             3,50

RICARDO DE ORUETA:

  BERRUGUETE Y SU OBRA (_Con fotograbados. Texto en espaol,
  francs e ingls_)                                             6,--

G. K. CHESTERTON:

  ORTODOXIA (_Trad. del ingls por_ Alfonso Reyes)               3,50

PAOLO SAVJ LPEZ:

  CERVANTES (_Trad. del italiano por_ A. G. Solalinde)           3,50

JULES RENARD:

  POIL DE CAROTTE (_Trad. del francs por_ Juan Ramn Jimnez)   3,50

GASTN LEROUX:

  ROULETABILLE EN RUSIA                                          2,50

  BIBI (_Dos tomos_)                                             4,--

  LA ESPOSA DEL SOL                                              2,50

  EL SILLN TRGICO                                              2,50

  EL HOMBRE QUE HA VISTO AL DIABLO                               2,50

EMILIO SALGARI:

  EL BUQUE MALDITO                                               1,50

  LOS PESCADORES DE TRPANG                                      1,50


NOTAS:

[1] Culebrinas de poco calibre usadas por los malayos.

[2] Especie de golondrinas.

[3] Treinta y tres libras.

[4] El dios de los australianos.

[5] Tiene una superficie una cuarta parte mayor que la del imperio de
Austria Hungra.

[6] Estos pjaros son tambin comunes en la isla de Nueva Bretaa, que
est al Este de Nueva Guinea.

[7] El _betel_ es una mezcla de las hojas aromticas del siri, de nueces
secas y de cal viva. Se mastica, y produce una salivacin roja; y con el
tiempo ennegrece los dientes.

El _betel_ es muy usado por todos los habitantes de las islas
indomalayas y por los papes.

[8] Jefe.






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http://gutenberg.org/license).


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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