The Project Gutenberg EBook of La de Bringas, by Benito Prez Galds

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Title: La de Bringas

Author: Benito Prez Galds

Release Date: March 1, 2010 [EBook #31464]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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La de Bringas


Benito Prez Galds




I


Era aquello... cmo lo dir yo?... un gallardo artificio sepulcral de
atrevidsima arquitectura, grandioso de traza, en ornamentos rico, por
una parte severo y rectilneo a la manera violesca, por otra movido,
ondulante y quebradizo a la usanza gtica, con ciertos atisbos
platerescos donde menos se pensaba; y por fin cresteras semejantes a
las del estilo tirols que prevalece en los kioskos. Tena piramidal
escalinata, zcalos greco-romanos, y luego machones y paramentos
ojivales, con pinculos, grgolas y doseletes. Por arriba y por abajo, a
izquierda y derecha, cantidad de antorchas, urnas, murcilagos, nforas,
bhos, coronas de siemprevivas, aladas clepsidras, guadaas, palmas,
anguilas enroscadas y otros emblemas del morir y del vivir eterno. Estos
objetos se encaramaban unos sobre otros, cual si se disputasen,
pulgada a pulgada, el sitio que haban de ocupar. En el centro del
mausoleo, un angeln de buen tallo y mejores carnes se inclinaba sobra
una lpida, en actitud atribulada y luctuosa, tapndose los ojos con la
mano como avergonzado de llorar; de cuya vergenza se poda colegir que
era varn. Tena este caballerito ala y media de rizadas y finsimas
plumas, que le caan por la trasera con desmayada gentileza, y calzaba
sus pies de mujer con botitos, coturnos o alpargatas; que de todo haba
un poco en aquella elegantsima interpretacin de la zapatera
angelical. Por la cabeza le corra una como guirnalda con cintas, que se
enredaban despus en su brazo derecho. Si a primera vista se poda
sospechar que el tal gimoteaba por la molestia de llevar tanta cosa
sobre s, alas, flores, cintajos, y plumas, amn de un relojito de
arena, bien pronto se caa en la cuenta de que el motivo de su duelo era
la triste memoria de las virginales criaturas encerradas dentro del
sarcfago. Publicaban desconsoladamente sus nombres diversas letras
compungidas, de cuyos trazos inferiores salan unos lagrimones que
figuraban resbalar por el mrmol al modo de babas escurridizas. Por tal
modo de expresin las afligidas letras contribuan al melanclico efecto
del monumento.

Pero lo ms bonito era quizs el sauce, ese arbolito sentimental
que de antiguo nombran _llorn_, y que desde la llegada de la Retrica
al mundo viene teniendo una participacin ms o menos criminal en toda
elega que se comete. Su ondulado tronco elevbase junto al cenotafio, y
de las altas esparcidas ramas caa la lluvia, de hojitas tenues,
desmayadas, agonizantes. Daban ganas de hacerle oler algn fuerte
alcaloide para que se despabilase y volviera en s de su potico
sncope. El tal sauce era irremplazable en una poca en que an no se
haca lea de los rboles del romanticismo. El suelo estaba sembrado de
graciosas plantas y flores, que se erguan sobre tallos de diversos
tamaos. Haba margaritas, pensamientos, pasionarias, girasoles, lirios
y tulipanes enormes, todos respetuosamente inclinados en seal de
tristeza... El fondo o perspectiva consista en el progresivo
alejamiento de otros sauces de menos talla, que se iban a llorar a moco
y baba camino del horizonte. Ms all veanse suaves contornos de
montaas, que ondulaban cayndose como si estuvieran bebidas; luego
haba un poco de mar, otro poco de ro, el confuso perfil de una ciudad
con gticas torres y almenas; y arriba, en el espacio destinado al
cielo, una oblea que deba de ser la Luna a juzgar por los blancos
reflejos de ella que esmaltaban las aguas y los montes.

El color de esta bella obra de arte era castao, negro y rubio. La
gradacin del oscuro al claro serva para producir ilusiones de
perspectiva area. Estaba encerrada en un valo que podra tener media
vara en su dimetro mayor, y el aspecto de ella no era de mancha sino de
dibujo, hallndose expresado todo por medio de trazos o puntos. Era
talla dulce, agua fuerte, plancha de acero, boj o pacienzuda obra
ejecutada a punta de lpiz duro o con pluma a la tinta china?... Reparad
en lo nimio, escrupuloso y firme de tan difcil trabajo. Las hojas del
sauce se podran contar una por una. El artista haba querido expresar
el conjunto, no por el conjunto mismo sino por la suma de pormenores,
copiando indoctamente a la Naturaleza; y para obtener el follaje, tuvo
la santa calma de calzarse las hojitas todas una despus de otra.
Habalas tan diminutas, que no se podan ver sino con microscopio. Todo
el claro-oscuro del sepulcro consista en menudos rdenes de bien
agrupadas lneas, formando peine y enrejados ms o menos ligeros segn
la diferente intensidad de los valores. En el modelado del angelote
haba tintas tan delicadas, que slo se formaban de una nebulosa de
puntos pequesimos. Pareca que haba cado arenilla sobre el fondo
blanco. Los tales puntos, imitando el estilo de la talla dulce, se
espesaban en los oscuros, se rarificaban y desvanecan en los claros,
dando de s, con esta alterna y bien distribuida masa, la ilusin del
relieve... Era, en fin, el tal cenotafio un trabajo de pelo o en
pelo, gnero de arte que tuvo cierta boga, y su autor D. Francisco
Bringas demostraba en l habilidad benedictina, una limpieza de manos y
una seguridad de vista que rayaban en lo maravilloso, si no un poquito
ms all.




II


Era un delicado obsequio con el cual quera nuestro buen Thiers pagar
diferentes deudas de gratitud a su insigne amigo D. Manuel Mara Jos
del Pez. Este prvido sujeto administrativo haba dado a la familia
Bringas en Marzo de aquel ao (1868) nuevas pruebas de su generosidad.
Sin aguardar a que Paquito se hiciera licenciado en dos o tres Derechos,
habale adjudicado un emplello en Hacienda con cinco mil realetes, lo
que no es mal principio de carrera burocrtica a los diez y seis aos
mal cumplidos. Toda la sal de este nombramiento, que por lo temprano
pareca el agua del bautismo, estaba en que mi nio, atareado con sus
clases de la Universidad y con aquellas lecturas de Filosofa de
la Historia y de Derecho de Gentes a que se entregaba con furor, no
pona los pies en la oficina ms que para cobrar los cuatrocientos diez
y seis reales y pico que le regalbamos cada mes por su linda cara.

Aunque en el engredo meollo de Rosala Bringas se haba incrustrado la
idea de que la credencial aquella no era favor sino el cumplimiento de
un deber del Estado para con los espaolitos precoces, estaba
agradecidsima a la diligencia con que Pez hizo entender y cumplir a la
patria sus obligaciones. El reconocimiento de D. Francisco, mucho ms
fervoroso, no acertaba a encontrar para manifestarse medios
proporcionados a su intensidad. Un regalo, si haba de ser
correspondiente a la magnitud del favor, no caba dentro de los
estrechos posibles de la familia. Haba que pensar en algo original,
admirable y valioso que al bendito seor no le costara dinero, algo que
brotase de su fecunda cabeza y tomara cuerpo y vida en sus plasmantes
manos de artista. Dios, que a todo atiende, arregl la cosa conforme a
los nobles deseos de mi amigo. Un ao antes se haba llevado de este
mundo, para adornar con ella su gloria, a la mayor de las hijas de Pez,
interesante seorita de quince aos. La desconsolada madre conservaba
los hermosos cabellos de Juanita y andaba buscando un habilidoso que
hiciera con ellos una obra conmemorativa y ornamental de esas que
ya slo se ven, marchitas y sucias, en el escaparate de anticuados
peluqueros o en algunos nichos de Camposanto. Lo que la seora de Pez
quera era... algo como poner en verso una cosa potica que est en
prosa. No tena ella, sin duda por bastante elocuentes las espesas
guedejas, olorosas an, entre cuya maraa creyrase escondida parte del
alma de la pobre nia. Quera la madre que aquello fuera bonito y que
hablara lenguaje semejante al que hablan los versos comunes, la
escayola, las flores de trapo, la purpurina y los _Nocturnos_ fciles
para piano. Enterado Bringas de este antojo de Carolina, lanz con todo
el vigor de su espritu el grito de un _eureka_. l iba a ser el
versificador.

Yo, seora, yo...--tartamude, conteniendo a duras penas el fervor
artstico que llenaba su alma.

--Es verdad... Usted sabr hacer eso como otras muchas cosas. Es usted
tan hbil...

--De qu color es el cabello?

--Ahora mismo lo ver usted--dijo la mam abriendo, no sin emocin, una
cajita que haba sido de dulces, y era ya depsito azul y rosa de
fnebres memorias--. Vea usted qu trenza... es de un castao
hermossimo.

--Oh!, s, soberbio!--profiri Bringas temblando de gozo--. Pero nos
haca falta un poco de rubio.

--Rubio?... Yo tengo de todos colores. Vea usted estos rizos
de mi Arturn que se me muri a los tres aos.

--Delicioso tono. Es oro puro... Y este rubio claro?

--Ah!, la cabellera de Joaqun. Se la cortamos a los diez aos. Qu
lstima! Pareca una pintura. Fue un dolor meter la tijera en aquella
cabeza incomparable... pero el mdico no quiso transigir. Joaqun estaba
convaleciente de un tabardillo, y su cara ahilada apenas se vea dentro
de aquel sol de pelos.

--Bien, bien; tenemos castao y dos tonos de rubio. Para entonar no
vendra mal un poco de negro...

--Utilizaremos el pelo de Rosa. Hija, treme uno de tus aadidos.

D. Francisco tom, no ya entusiasmado, sino exttico, la guedeja que se
le ofreci.

Ahora...--dijo algo balbuciente--. Porque ver usted, Carolina... tengo
una idea... la estoy viendo. Es un cenotafio en campo funeral, con
sauces, muchas flores... Es de noche.

--De noche?

--Quiero decir, que para dar melancola al paisaje del fondo, conviene
ponerlo todo en cierta penumbra... Habr agua, all, all, muy lejos,
una superficie tranquiiiila, un bruido espeeeejo... me comprende
usted?...

--Qu es ello?, agua, cristal...?

--Un lago, seora, una, especie de baha. Fjese usted: los
sauces extienden las ramas as... como si gotearan. Por entre el follaje
se alcanza a ver el disco de la luna, cuya luz plida platea las cumbres
de los cerros lejanos, y produce un temblorcito... est usted?, un
temblorcito sobre la superficie...

--Oh!, s... del agua. Comprendido, comprendido. Lo que a usted se le
ocurre...!

--Pues bien, seora, para este bonito efecto me haran falta algunas
canas.

--Jess!, canas!... Me ro tontamente del apuro de usted por una cosa
que tenemos tan de sobra... Vea usted mi cosecha, Sr. D. Francisco. No
quisiera yo poder proporcionar a usted en tanta abundancia esos rayos de
luna que le hacen falta... Con este aadido _(Sacando uno largo y
copioso.)_ no llorar usted por canas...

Tom Bringas el blanco mechn, y juntndolo a los dems, oprimiolo todo
contra su pecho con espasmo de artista. Tena, oh dicha!, oro de dos
tonos, ntida y reluciente plata, bano y aquel castao sienoso y
romntico que haba de ser la nota dominante.

Lo que s espero de la rectitud de usted--dijo Carolina, disimulando la
desconfianza con la cortesa--, es que por ningn caso introduzca en la
obra cabello que no sea nuestro. Todo se ha de hacer con pelo de la
familia.

--Seora, por los clavos de Cristo!... Me cree usted capaz de
adulterar...?

--No... no, si no digo... Es que los artistas, cuando se dejan llevar de
la inspiracin _(Riendo.)_ pierden toda idea de moralidad, y con tal de
lograr un efecto...

--Carolina!...

Sali de la casa el buen amigo, febril y tembliqueante. Tena la
enfermedad epilptica de la gestacin artstica. La obra, recin
encarnada en su mente, anunciaba ya con ntimos rebullicios que era un
ser vivo, y se desarrollaba potentsima oprimiendo las paredes del
cerebro y excitando los pares nerviosos, que llevaban inexplicables
sensaciones de ahogo a la respiracin, a la epidermis hormiguilla, a las
extremidades desasosiego, y al ser todo impaciencia, temores, no s qu
ms... Al mismo tiempo su fantasa se regalaba de antemano con la imagen
de la obra, figurndosela ya parida y palpitante, completa, acabada, con
la forma del molde en que estuviera. Otras veces veala nacer por
partes, asomando ahora un miembro, luego otro, hasta que toda entera
apareca en el reino de la luz. Vea mi enfermo idealista el cenotafio
de entremezclados rdenes de arquitectura, el ngel llorn, el sauce
compungido con sus ramas colgantes, como babas que se le caen al cielo,
las flores que por todas partes esmaltaban el piso, los trminos lejanos
con toda aquella tristeza lacustre y luntica... Interrumpiendo esta
hermosa visin de la obra non-nata, llameaban en el cerebro del
artista, al modo de fuegos fatuos (natural complemento de una cosa tan
funeraria), ciertas ideas ataederas al presupuesto de la obra. Bringas
las acariciaba, prestndoles aquella atencin de hombre prctico que no
exclua en l las desazones espasmdicas de la creacin genial. Contando
mentalmente, deca:




III


Goma laca: _dos reales y medio_. A todo tirar gastar _cinco reales_...
Unas tenacillas de florista, pues las que tengo son un poco gruesas:
_tres reales_. Un cristal bien limpio:_real y medio_. Cuatro docenas de
pistilos muy menudos, a no ser que pueda hacerlos de pelo, que lo he de
intentar: _dos y medio_. Total: _quince reales_. Luego viene lo ms
costoso, que es el cristal convexo y el marco; pero pienso utilizar el
del perrito bordado de mi prima Josefa, dndole una mano de purpurina.
En fin, con purpurina, cristal convexo, colgadero e imprevistos...
vendr a importar todo unos veintiocho a treinta reales.

Al da siguiente, que era domingo, puso manos a la obra. No
gustndole ninguno de los dibujos de monumento fnebre que en su
coleccin tena, resolvi hacer uno; mas como no la daba el naipe por la
invencin, compuso, con partes tomadas de obras diferentes, el bien
trabado conjunto que antes describ. Proceda el sauce de _La tumba de
Napolen en Santa Elena_; el ngel que haca pucheros haba venido del
tmulo que pusieron en el Escorial para los funerales de una de las
mujeres de Fernando VII, y la lontananza fue tomada de un grabadito de
no s qu librote Lamartinesco que era todo un puro jarabe. Finalmente,
las flores las cosech Bringas en el jardn de un libro ilustrado sobre
el _Lenguaje_ de las tales, que provena de la biblioteca de doa
Cndida.

Este trabajo previo del dibujo ocup al artista como media semana, y
qued tan satisfecho de l, que hubo de otorgarse a s mismo, en el
silencio de la falsa modestia, ardientes plcemes. Est todo tan
propio--deca la Pipan con entusiasmo inteligente--, que parece se est
viendo el agua mansa y los rayos de la luna haciendo en ella como unas
cosquillas de luz....

Peg Bringas su dibujo sobre un tablero, y puso encima el cristal,
adaptndolo y fijndolo de tal modo que no se pudiese mover. Hecho esto,
lo dems era puro trabajo de habilidad, paciencia y pulcritud. Consista
en ir expresando con pelos pegados en la superficie superior del
cristal todas las lneas del dibujo que debajo estaba, tarea
verdaderamente peliaguda, por la dificultad de manejar cosa tan sutil y
escurridiza como es el humano cabello. En las grandes lneas menos mal;
pero cuando haba que representar sombras, por medio de rayados ms o
menos finos, el artista empleaba series de pelos cortados del tamao
necesario, los cuales iba pegando cuidadosamente con goma laca, en
caliente, hasta imitar el rayado del buril en la plancha de acero o en
el boj. En las tintas muy finas, Bringas haba extremado y sutilizado su
arte hasta llegar a lo microscpico. Era un innovador. Ningn capilfice
haba discurrido hasta entonces hacer puntos de pelo, picando este con
tijeras hasta obtener cuerpecillos que parecan molculas, y pegar luego
estos puntos uno cerca de otro, jams unidos, de modo que imitasen el
punteado de la talla dulce. Usaba para esto finsimos pinceles, y aun
plumas de pajaritos afiladas con saliva; y despus de bien picado el
cabello sobre un cristal, iba cogiendo cada punto para ponerlo en su
sitio, previamente untado de laca. La combinacin de tonos aumentaba la
enredosa prolijidad de esta obra, pues para que resultase armnica,
convena poner aqu castao, all negro, por esta otra parte rubio, oro
en los cabellos del ngel, plata en todo lo que estuviera debajo del
fuero de la claridad lunar. Pero de todo triunfaba aquel bendito. Y
cmo no, si sus manos pareca que no tocaban las cosas; si su
vista era como la de un lince, y sus dedos deban de ser dedos del
cfiro que acaricia las flores sin ajarlas?... Qu diablo de hombre!
Habra sido capaz de hacer un rosario de granos de arena, si se pone a
ello, o de reproducir la catedral de Toledo en una cscara de avellana.

Todo el mes de Marzo se lo llev en el cenotafio y en el sauce, cuyas
hojas fueron brotando una por una, y a mediados de Abril tena el ngel
brazos y cabeza. Cuantos vean esta maravilla quedbanse prendados de la
originalidad y hermosura de ella y ponan a D. Francisco entre los ms
eximios artistas, asegurando que si viese tal obra algn extranjerazo,
algn inglesote rico de esos que suelen venir a Espaa en busca de cosas
buenas, daran por ella una porrada de dinero y se la llevaran a los
pases que saben apreciar las obras del ingenio. Tena Bringas su taller
en el enorme hueco de una ventana que daba al Campo del Moro...

Porque la familia viva en Palacio en una de las habitaciones del piso
segundo que sirven de albergue a los empleados de la Casa Real.

Embelesado con la obra de pelo, se me olvid decir que all por Febrero
del 68 D. Francisco fue nombrado oficial primero de la Intendencia del
Real Patrimonio con treinta mil reales de sueldo, casal mdico, botica,
agua, lea y dems ventajas inherentes a la vecindad regia. Tal
canonja realizaba las aspiraciones de toda su vida, y no cambiara
Thiers aquel su puesto tan alto, seguro y respetuoso por la silla del
Primado de las Espaas. Amargaban su contento las voces que corran en
aquel condenado ao 68 sobre si habra o no trastornos horrorosos, y el
temor de que la llamada revolucin estallara al fin con estruendo.
Aunque la idea del acabamiento de la monarqua sonaba siempre en el
cerebro del buen hombre como una idea absurda, algo as como el
desequilibrio de los orbes planetarios, siempre que en un caf o
tertulia oa vaticinios de jarana, anuncios de _la gorda_, o comentarios
lgubres de lo mal que iban el Gobierno y la Reina, le entraba un cierto
calofro, y el corazn se le contraa hasta ponrsele, a su parecer, del
tamao de una bellota.

Ciento veinte y cuatro escalones tena que subir D. Francisco por la
escalera de Damas para llegar desde el patio al piso segundo de Palacio,
piso que constituye con el tercero una verdadera ciudad, asentada sobre
los esplndidos techos de la regia morada. Esta ciudad, donde alternan
pacficamente aristocracia, clase media y pueblo, es una real repblica
que los monarcas se han puesto por corona, y engarzadas en su inmenso
circuito, guarda muestras diversas de toda clase de personas. La primera
vez que D. Manuel Pez y yo fuimos a visitar a Bringas en su
nuevo domicilio, nos perdimos en aquel ddalo donde ni l ni yo habamos
entrado nunca. Al pisar su primer recinto, entrando por la escalera de
Damas, un cancerbero con sombrero de tres picos, despus de tomarnos la
filiacin, indiconos el camino que habamos de seguir para dar con la
casa de nuestro amigo. Tuercen ustedes a la izquierda, despus a la
derecha... Hay una escalerita. Despus se baja otra vez... Nmero 67.




IV


Que si quieres!... Echamos a andar por aquel pasillo de baldosines
rojos, al cual yo llamara calle o callejn por su magnitud, por estar
alumbrado en algunas partes con mecheros de gas y por los ngulos y
vueltas que hace. De trecho en trecho encontrbamos espacios, que no
dudo en llamar plazoletas, inundados de luz solar, la cual entraba por
grandes huecos abiertos al patio. La claridad del da, reflejada por las
paredes blancas, penetraba a lo largo de los pasadizos, callejones,
tneles o como quiera llamrseles, se perda y se desmayaba en
ellos, hasta morir completamente a la vista de las rojizos abanicos del
gas, que se agitaban temblando dentro de un ahumado crculo y bajo un
doselete de latn.

En todas partes hallbamos puertas de cuarterones, unas recin pintadas,
descoloridas y apolilladas otras, numeradas todas; mas en ninguna
descubrimos el guarismo que buscbamos. En esta veamos pendiente un
lujoso cordn de seda, despojo de la tapicera palaciega; en aquella un
deshilachado cordel. Con tal signo algunas viviendas acusaban arreglo y
limpieza, otras desorden o escasez, y los trozos de estera de alfombra
que asomaban por bajo de las puertas tambin nos decan algo de la
especial aposentacin de cada interior. Hallbamos domicilios
deshabitados, con puertas telaraosas, rejas enmohecidas, y por algunos
huecos tapados con rotas alambreras soplaba el aire trayndonos el vaho
fro de estancias solitarias. Por ciertos lugares anduvimos que parecan
barrios abandonados, y las bvedas de desigual altura devolvan con eco
triste el sonar de nuestros pasos. Subimos una escalera, bajamos otra, y
creo que tornamos a subir, pues resueltos a buscar por nosotros mismos
el dichoso nmero, no preguntbamos a ningn transente, prefiriendo el
grato afn de la exploracin por lugares tan misteriosos. La idea de
perdernos no nos contrariaba mucho, porque saborebamos de antemano
mano el gusto de salir al fin a puerto sin auxilio de prctico y por
virtud de nuestro propio instinto topogrfico. El laberinto nos atraa,
y adelante, adelante siempre, seguamos tan pronto alumbrados por el sol
como por el gas, describiendo ngulos y ms ngulos. De trecho en trecho
algn ventann abierto sobre la terraza nos correga los defectos de
nuestra derrota, y mirando a la cpula de la capilla, nos orientbamos y
fijbamos nuestra verdadera posicin.

Aqu--dijo Pez algo impaciente--, no se puede venir sin un plano y
aguja de marear. Esto debe de ser el ala del Medioda. Mire usted los
techos del Saln de Columnas y de la escalera... Qu moles!.

En efecto, grandes formas piramidales forradas de plomo nos indicaban
las grandes techumbres en cuya superficie inferior hacen volatines los
angelones de Bayeu.

A lo mejor, andando siempre, nos encontrbamos en un espacio cerrado que
reciba la luz de claraboyas abiertas en el techo, y tenamos que
regresar en busca de salida. Viendo por fuera la correcta mole del
alczar, no se comprenden las irregularidades de aquel pueblo fabricado
en sus pisos altos. Es que durante un siglo no se ha hecho all ms que
modificar a troche y moche la distribucin primitiva, tapiando por aqu,
abriendo por all, condenando escaleras, ensanchando unas habitaciones a
costa de otras, convirtiendo la calle en vivienda y la vivienda
en calle, agujerando paredes y cerrando huecos. Hay escaleras que
empiezan y no acaban; vestbulos o plazoletas en que se ven blanqueadas
techumbres que fueron de habitaciones inferiores. Hay palomares donde
antes hubo salones, y salas que un tiempo fueron caja de una gallarda
escalera. Las de caracol se encuentran en varios puntos, sin que se sepa
a dnde van a parar, y puertas tabicadas, huecos con alambrera, tras los
cuales no se ve ms que soledad, polvo y tinieblas.

A un sitio llegamos donde Pez dijo: esto es un barrio popular. Vimos
media docenas de chicos que jugaban a los soldados con gorros de papel,
espadas y fusiles de caa. Ms all, en un espacio ancho y alumbrado por
enorme ventana con reja, las cuerdas de ropa puesta a secar nos
obligaban a bajar la cabeza para seguir andando. En las paredes no
faltaban muecos pintados ni inscripciones indecorosas. No pocas puertas
de las viviendas estaban abiertas, y por ellas veamos cocinas con sus
pucheros humeantes y los vasares orlados de cenefas de papel. Algunas
mujeres lavaban ropa en grandes artesones, otras se estaban peinando
fuera de las puertas, como si dijramos, en medio de la calle.

Van ustedes perdidos--nos dijo una que tena en brazos un muchachn
forrado en bayetas amarillas.

--Buscamos la casa de D. Francisco Bringas.

--Bringas?... ya, ya s--dijo una anciana que estaba sentada junto a la
gran reja--. Aqu cerca. No tienen ustedes ms que bajar por la primera
escalera de caracol y luego dar media vuelta... Bringas, s, es el
sacristn de la Capilla.

--Qu est usted diciendo, seora? Buscamos al oficial primero de la
Intendencia.

--Entonces ser abajo, en la terraza. Saben ustedes ir a la fuente?

--No.

--Saben la escalera de Cceres?

--Tampoco.

--Saben el oratorio?

--No sabemos nada.

--Y el coro del oratorio? Y los palomares?

Resultado: que no conocamos ninguna parte de aquel laberntico pueblo
formado de recovecos, burladeros y sorpresas, capricho de la
arquitectura y mofa de la simetra. Pero nuestra impericia no se daba
por vencida, y rechazamos las ofertas de un muchacho que quiso ser
nuestro gua.

Estamos en el ala de la Plaza de Oriente, es a saber, en el hemisferio
opuesto al que habita nuestro amigo--dijo Pez con cierto nfasis
geogrfico de personaje de Julio Verne--. Propongmonos trasladarnos al
ala de Poniente, para lo cual nos ofrecen seguro medio de orientacin la
cpula de la Capilla y los techos de la escalera. Una vez
posesionados del cuerpo de Occidente, hemos de ser tontos si no damos
con la casa de Bringas. Yo no vuelvo ms aqu sin un buen plano,
brjula... y provisiones de boca.

Antes de partir para aquella segunda etapa de nuestro viaje, miramos por
el ventann el hermoso panorama de la Plaza de Oriente y la parte de
Madrid que desde all se descubre, con ms de cincuenta cpulas,
espadaas y campanarios. El caballo de Felipe IV nos pareca un juguete,
el Teatro Real una barraca, y el plano superior del cornisamento de
Palacio un ancho puente sobre el precipicio, por donde podra correr con
holgura quien no padeciera vrtigos. Ms abajo de donde estbamos tenan
sus nidos las palomas, a quienes velamos precipitarse en el hondo abismo
de la Plaza, en parejas o en grupos, y subir luego en velocsima curva a
posarse en los capiteles y en las molduras. Sus arrullos parecen tan
inherentes al edificio como las piedras que lo componen. En los
infinitos huecos de aquella fabricada montaa habita la salvaje
repblica de palomas, ocupndola con regio y no disputado seoro. Son
los parsitos que viven entre las arrugas de la epidermis del coloso. Es
fama que no les importan nada las revoluciones; ni en aquel libre aire,
ni en aquella secular roca hay nada que turbe el augusto dominio de
estas reinas indiscutidas e indiscutibles.

Andando. Pez haba adquirido en los libritos de Verne nociones
geogrficas; se las echaba de prctico y a cada paso me deca: Ahora
vamos por el Medioda... Forzosamente hemos de encontrar el paso de
poniente a nuestra derecha... Podemos bajar sin miedo al piso segundo
por esta escalera de caracol... Bien... en dnde estamos? Ya no se ve
la cpula, ni un triste pararrayos. Estamos en los sombros reinos del
gas... Pues volvamos arriba por esta otra escalera que se nos viene a la
mano... Qu es esto? Nos hallamos otra vez en el ala de Oriente? S,
porque mirando al patio por esta ventana, la cpula est a nuestra
derecha... Crea usted que ese bosque de chimeneas me causa mareo.
Parceme que navego y que toda esta mole da tumbos como un barco. A este
lado parece que est la fuente, porque van y vienen mujeres con
cntaros... Ea, yo me rindo, yo pido prctico, yo no doy un paso ms...
Hemos andado ms de media legua y no puedo con mi cuerpo... Un gua, un
gua, y que me saquen pronto de aqu.

La Providencia deparonos nuestra salvacin en la considerable persona de
la viuda de Garca Grande, que se nos pareci de improviso saliendo de
una de las ms feas y ms roosas puertas que a nuestro lado veamos.




V


Cunto nos alegramos de aquel encuentro, no hay para qu decirlo. Ella,
por el contrario, pareciome sorprendida desagradablemente, coma persona
que no quiere ser vista en lugares impropios de su jerarqua. Sus
primeras palabras, dichas a tropezones y entremezcladas con las frmulas
del saludo, confirmaron aquel mi modo de pensar.

No les ruego que pasen, porque esta no es mi casa... Me he instalado
aqu provisionalmente, mientras se arregla la habitacin de abajo donde
estaba la generala. Es esto un horror, una cosa atroz... Su Majestad se
empe en que haba de aposentarme en Palacio y no he podido negarme a
ello... Candidita, no puedo vivir lejos de ti... Candidita, vente
conmigo... Candidita, dispn de todo lo que est desocupado arriba...
Nada, nada, pues a Palacio. Meto mis muebles en siete carros de mudanza,
y me encuentro con que el cuarto de la generala est lleno de
albailes... Es un horror!... se cae un tabique... el estuco
perdido... los baldosines teclean bajo los pies... En fin, que tengo que
meter mis queridos trastos en este aposento, bastante grande, s, pero
incapaz para m... Veran ustedes las dos tablas de Rafael tiradas por
el suelo, revueltas con la vajilla; el gran lienzo de Tristn contra la
pared; las porcelanas metidas en paja todava; las mesas patas arriba;
las lmparas y los biombos y otras muchas cosas en desorden, esperando
sitio, todo hecho una atrocidad, un horror... Cranlo, estoy nerviosa.
Acostumbrada a ver mis cosas arregladas me abruma la estrechez, la falta
de espacio... Y esta vecindad de mozas de retrete, de porteros de banda,
pinches y casilleres me enfada lo que ustedes no pueden figurarse. Su
Majestad me perdone; pero bien me poda haber dejado en mi casa de la
calle de la Cruzada, grandona, friota, eso s; pero de una comodidad...
No me faltaba sitio para nada y todos los tapices estaban colgados. Aqu
no s, no s... Creo que en la habitacin que voy a ocupar ha de
faltarme tambin sitio para todo... Qu hemos de hacer!... all van
leyes do quieren reyes.

Dijo esto en tono de jovial conformidad, cual persona que sacrificaba
sus gustos y su bienestar al amistoso capricho de una Reina. Guibanos
por el corredor, y cuando salimos a la terraza para acortar camino,
seal con aire imponente a una fila de puertas diciendo:

Esta parte es la que voy a ocupar. La de Porta se mud al lado de all
para dejarme sitio... Derribo tabiques para unir dos habitaciones y
ponerme en comunicacin con la escalera de Cceres, por la cual puedo
bajar fcilmente a la galera principal y entrar en la Cmara... Mando
poner tres chimeneas ms y una serie de mamparas....

D. Manuel, como hombre muy poltico, apoyaba estas razones; pero
demasiado saba con quin hablaba y el caso que deba hacer de aquellas
cacareadas grandezas. Por mi parte, como la viuda de Garca Grande me
era an punto menos que desconocida, pues mi familiar trato con ella se
verific ms tarde, en los tiempos de Mximo Manso, mi amigo, todo
cuanto aquella seora dijo me lo tragu, y lo menos que me ocurra era
que estaba hablando con el ms prximo pariente de S. M. Aquel derribar
de tabiques y aquel disponer obras y mudanzas, hicieron en mi candidez
el efecto de un lenguaje regio hablado desde la penltima grada de un
trono. El respeto me impeda desplegar los labios.

Llegamos por fin a las habitaciones de Bringas. Comprendimos que
habamos pasado por ella sin conocerla, por estar borrado el nmero. Era
una hermosa y amplia vivienda, de pocos pero tan grandes aposentos, que
la capacidad supla al nmero de ellos. Los muebles de nuestro
amigo holgaban en la vasta sala de abovedado techo; pero el retrato de
D. Juan de Pipan, suspendido frente a la puerta de entrada, deca con
sus sagaces ojos a todo visitante: Aqu s que estamos bien. Por las
ventanas que caan al Campo del Moro entraban torrentes de luz y
alegra. No tena despacho la casa; pero Bringas se haba arreglado uno
muy bonito en el hueco de la ventana del gabinete principal, separndolo
de la pieza con un cortinn de fieltro. All caban muy bien su mesa de
trabajo, dos o tres sillas, y en la pared los estantillos de las
herramientas con otros mil cachivaches de sus variadas industrias. En la
ventana del gabinete de la izquierda se haba instalado Paquito con todo
el frrago de su biblioteca, papelotes y el copioso archivo de sus
apuntes de clase, que iba en camino de abultar tanto como el de
Simancas. Estos dos gabinetes eran anchos y de bveda, y en la pared del
fondo tenan, como la sala, sendas alcobas de capacidad catedralesca,
sin estuco, blanqueadas, cubiertos los pisos de estera de cordoncillo.
Las tres alcobas reciban luz de la puerta y de claraboyas con reja de
alambre que se abran al gran corredor-calle de la ciudad palatina. Por
algunos de estos tragaluces entraba en pleno da resplandor de gas. En
la alcoba del gabinete de la derecha se instal el lecho matrimonial; la
de la sala, que era mayor y ms clara, serva a Rosala de
guardarropa, y de cuarto de labor; la del gabinete de la izquierda se
convirti en comedor por su proximidad a la cocina. En dos piezas
interiores dorman los hijos.

Ignoro si parti de la frtil fantasa de Bringas o de la pedantesca
asimilacin de Paquito la idea de poner a los aposentos de la humilde
morada nombres de famosas estancias del piso principal. Al mes de
habitar all, todos los Bringas chicos y grandes llamaban a la sala
_Saln de Embajadores_, por ser destinada a visitas de cumplido y
ceremonia. Al gabinete de la derecha, donde estaba el despacho de Thiers
y la alcoba conyugal, se le llamaba _Gasparini_, sin duda por ser lo ms
bonito de la casa. El otro gabinete fue bautizado con el nombre de _la
Saleta_. El comedor-alcoba fue _Saln de columnas_; la
alcoba-guardarropa recibi por mote _el Camn_, de una estancia de
Palacio que sirve de sala de guardias, y a la pieza interior donde se
planchaba, se la llam _la Furriela_.

Para ir a su oficina, D. Francisco no tena que salir a la calle. O bien
bajaba la escalera de Cceres, atravesando luego el patio, o bien, si el
tiempo estaba lluvioso, recorra la ciudad alta hasta la escalera de
Damas, dirigindose por las arcadas al Real Patrimonio. Como sala poco
a la calle, hasta el paraguas haba dejado de serle necesario en aquella
feliz vivienda, complemento de todos sus gustos y deseos.

En la vecindad haba familias a quienes Rosala, con todo su orgullete,
no tena ms remedio que conceptuar superiores. Otras estaban muy por
bajo de su grandeza pipanica; pero con todas se trataba y a todas
devolvi la ceremoniosa visita inaugural de su residencia en la
poblacin superpalatina. Doa Cndida...




VI


Pero antes de seguir, quiero quitar de esta relacin el estorbo de mi
personalidad, lo que lograr explicando en breves palabras el objeto de
mi visita al Sr. de Bringas. Haba yo rematado un lote de leas y otro
de hierbas en Riofro; y como ocurrieran informalidades graves en la
adjudicacin, tuve ciertos dimes y diretes con un administradorcillo de
la Casa Real, de donde me vino el peligro de un pleito. Ya empezaba a
sentir las pesadas caricias del procurador, cuando resolv matar la
cuestin en su origen. D. Manuel Pez, el arreglador de todas las cosas,
el recomendador sempiterno, el hombre de los volantitos y de las
notitas, brindose a sacarme del paso. Yo le deba algunos
favores; pero los que l me deba a m eran de mayor importancia y
cuanta. Quiso, pues, nivelar mi agradecimiento con el suyo, llevndome
en persona a ver al oficial primero del Patrimonio para que fuera as la
recomendacin ms expresiva y eficaz. Todo sali segn el deseo de
entrambos. Tan servicial y diligente se mostr el buen D. Francisco, que
a los dos das de haberle visto, mi asunto estaba zanjado. Dos capones
de Bayona y una docena de botellas de vino de mi propia cosecha le
regal el 4 de Octubre, da de su santo, y an no me pareci esta fineza
proporcionada al servicio que me haba hecho.

Prosigo ahora con Doa Cndida. Oh, qu mujer!, qu jarabe de pico el
suyo! Era frecuente orle esta frase: Me voy, me voy, que ha de venir a
verme _mi administrador_, y no quiero hacerle esperar. Es hombre
ocupadsimo. O bien esta: Anda algo atrasada ahora la cobranza de los
alquileres de mis casas. Mximo Manso, cuando se pone a contar cosas de
ella, empieza y no concluye. En 1868 esta seora conservaba an mucha
parte de su ser antiguo y de las grandezas de su reinado social durante
los cinco aos de O'Donnell. Por aquel tiempo se coma precipitadamente
los restos del caudal que alleg su marido, y no haba da en que no
saliese de la casa una joya, un cuadrito, un mueble con la misin de
traer dineros para atender a las necesidades domsticas. De los
conflictos con su casero, a quien deba medio ao de alquileres, me
ocupara si tuviese espacio para ello. La Reina la salv de estos
apurillos, pagndole los atrasos de casa y ofrecindole una habitacin
en los altos de Palacio, que la infeliz no vacil en aceptar... Me he
metido en ese cuchitril por complacer a Su Majestad y estar cerca de
ella, mientras me arreglan las piezas de la terraza... Ay, qu posma de
arquitecto!... Le voy a calentar las orejas.... As se expresaba
constantemente, y transcurrieron muchos meses sin que la ilustre viuda
abandonara su choza provisional. Cuando la encontramos Pez y yo, y
tuvimos el honor de que nos guiara a la morada de Bringas, ya llevaban
ms de un ao de abandono y podredumbre las famosas tablas de Rafael, el
cuadro de Tristn y las otras mil preciosidades que por milagro de Dios
no estaban en los museos.

Era Cndida una de las ms constantes visitas de los Bringas. Rosala
senta hacia ella respetuoso afecto y la oa siempre con sumisin,
conceptundola como gran autoridad en materias sociales y en toda suerte
de elegancias. A los ojos de la seora de Thiers, el brillantsimo
pasado de Cndida haba dejado, al borrarse del tiempo, resplandores de
prestigio y nobleza en torno al busto romano y al tieso empaque de la
ilustre viuda. Esta aureola fascinaba a Rosala, quien,
extremando su respeto a las majestades cadas, aparentaba, tomar en
serio aquello de mi _administrador, mis casas_... Se expresaba Cndida
en todas las ocasiones con un desparpajo y una seguridad y un _boca
abajo todo el mundo_ que no daban lugar a rplica. Viva en el ala de
Oriente, el barrio ms humilde de lo que hemos convenido en llamar
ciudad; pero ningn otro vecino de esta haca ms visitas ni estaba ms
tiempo fuera de su domicilio. Todo el santo da lo pasaba de casa en
casa, llamando a distintas puertas, visitando, charlando, recorriendo
todas las partes del coloso desde las cocinas a los palomares; y por las
noches, sin haber salido a la calle, llegaba a su choza provisional tan
rendida como si hubiera corrido medio Madrid. No tena ms familia que
una sobrinita llamada Irene, de unos nueve o diez aos, hurfana de un
hermano de Garca Grande que haba sido caballerizo de S. M. Esta era la
inseparable amiguita de la nia de Bringas, y por las tardes se las
vea, mueca en mano y merienda en boca, jugando en la terraza o en las
partes ms claras de aquellas luengas calles cubiertas.

La persona de ms viso de cuantas all vivan, y que en concepto de
Rosala ocupaba el lugar inmediatamente inferior al de la familia real,
era la vivida del general Minio, camarera mayor de Su Majestad, persona
distinguidsima y sin tacha por cualquier lado que se la
mirase. En la ciudad llambanla todos por el carioso y popular nombre
de doa Tula; pero Rosala jams le apeaba el ttulo, y todo era:
_condesa_ esto, _condesa_ lo otro y lo de ms all. Esta bondadosa y
noble seora era hermana de la condesa de Tellera y de Alejandro
Snchez Botn, que ha sido diputado tantas veces y ha figurado ya en
media docena de partidos. Los Snchez Botn son de buena familia, creo
que de un alcurniado solar del Bierzo, y tienen parentesco, aunque
remoto, con la familia de Aransis. En un mismo da se casaron las dos
hermanas, Milagros con el marqus de Tellera, y Gertrudis, que era la
mayor, con el coronel Minio, que rpidamente ascendi a general, ganando
batallas cortesanas en las antecmaras palatinas. No haba da de
cumpleaos de Reyes o Prncipes en que l no pescara una cruz o grado.
Cuando ya no le podan dar nada superior, en orden de milicia, a los dos
entorchados, me le agraciaron con el ttulo de conde de Santa Brbara
(de una finca que tena en Navarra), nombre que por tener cierto
olorcillo de plvora, cuadraba bien a su oficio, aunque se deca de l
que nunca haba olido ms que la que gastamos en salvas. La fama de
valiente que gozaba debi fundarse en que era muy bruto. En el desorden
de nuestras ideas fcilmente convertimos en hroes a los que apenas
saben escribir su nombre. Lo cierto es que _D. Pedro Minio_,
marqus de Santa Brbara, era persona imponente en una parada, o pasando
revista de inspeccin en los cuarteles, o dando militares gritos en las
varias Direcciones que desempe. Salvo algunas escaramuzas sin
importancia en que tom parte durante la primera guerra, civil, la
historia militar de nuestro pas no le dijo nunca esta boca es ma.
Pero pasar a la posteridad por los clebres dichos de la _espada de
Demstenes_, la _tela de Pentecosts_ y el _alma de Garibaldi_, por
aquello de ir a la Habana haciendo escala en Filipinas, con otras
cosillas que, coleccionadas por sus subalternos, forman un delicioso
centn de disparates. La Reina los saba de corrido y los contaba con
mucha sal. Pero no revolvamos las cenizas de esta nulidad, de quien la
condesa deca, en el ms escondido pliegue de la confianza, que era una
bestia condecorada, y ocupmonos de su viuda.




VII


Era en todo tan distinta de la marquesa de Tellera que no parecan
hijas de la misma madre. Tampoco tena semejanza, ni en la condicin ni
en la figura, con su clebre hermano Alejandro Snchez Botn,
hombre de grandes arbitrios. Las raras prendas de que estaba adornada
parece que tenan su complemento en otra forma de la distincin humana,
la desgracia, privilegio de los seres que se avecinan a lo perfecto. Los
dos hijos que heredaron el nombre, la rudeza y los solecismos del
general eran dos buenas alhajas. Lo que pas aquella madre mrtir para
hacerles seguir la carrera de Caballera no es para contado. Fueron
cinco o seis aos de cruel lucha con la barbarie y desaplicacin de los
muchachos, de un pugilato fatigoso con los profesores; y gracias al
nombre que llevaban y a las cartitas que escriba en cada curso la
Reina, salieron adelante. Ya eran oficiales y estaban colocados, cuando
una nueva serie de disgustos amargaba la existencia de doa Tula. No
pasaba mes sin que uno de sus pimpollos hiciera alguna barbaridad.
Cuestiones, desafos, borracheras, sumarias, timbas, trampas, eran la
historia de todos los das, y la mam tena que poner remedio a ello con
las recomendaciones y con los desembolsos. Lleg a sentirse tan
fatigada, que cuando el mayor, que tambin se llamaba _Pedro Minio_, le
manifest el deseo de irse a Cuba, no tuvo fuerzas para contrariarle. El
otro se quera casar con una mujer de malos antecedentes. Nueva batalla
de la madre, que emple, para evitarlo, cuantos recursos le permitan su
conocimiento del mundo y su alta posicin. Esta seora dijo una
frase que se qued grabada en la mente de cuantos la omos, grito
absurdo y dolorido del egosmo contra la maternidad, y que si no fuera
una paradoja, sera blasfemia contra la Naturaleza y la especie humana.
Hablaban de hijos y de las madres que deseaban tenerlos, as como de las
que los tenan en excesivo nmero. Ah, los hijos!--dijo doa Tula con
tristsimo acento--. Son una enfermedad de nueve meses y una
convalecencia de toda la vida.

Si los hijos de aquella seora eran idiotas, raquticos y feos como
demonios, en cambio su hermana Milagros haba dado al mundo cuatro
ngeles marcados desde su edad tierna con el sello de la hermosura, la
gracia y la discrecin. Aquel Leopoldito tan travieso y mono; aquel
Gustavito tan precoz, tan sabidillo y sentado; aquel Luisito tan
mstico, que pareca un aprendiz de santo, y principalmente aquella
Mara, de ojos verdes y perfil helnico, Venus extrada de las ruinas de
Grecia, soberana escultura viva, a qu madre no envaneceran? Doa Tula
adoraba a sus sobrinos. Eran para ella hijos que no le haban causado
ningn dolor; hijos de otra para las molestias y suyos para las gracias.
A Mara, que por entonces cumpliera quince aos, la adoraba con pasin
de abuela, o sea dos veces madre, y la tena un tanto consentida y
mimosa. Iba la hermosa nia los domingos y jueves a pasar con
doa Tula todo el da; tambin sola ir los martes y los viernes, y a
veces los lunes y sbados. Los das de fiesta reunanse all varias
amiguitas de la generala, entre ellas las nias de D. Buenaventura de
Lantigua, y una prima de estas, hija del clebre jurisconsulto D. Juan
de Lantigua, la cual, si no estoy equivocado, se llamaba Gloria.

Mara Santsima!, lo que pareca aquella terraza! Haba ninfas de
traje alto que muy pronto iba a descender hasta el suelo, y otras de
vestido bajo que dos semanas antes haba sido alto. Las que acababan de
recibir la investidura de mujeres se paseaban en grupos, cogidas del
brazo, haciendo ensayos de formalidad y de conversacin sosegada y
discreta. Las ms pequeas corran, enseando hasta media pierna, y no
es aventurado decir que Isabelita Bringas y la sobrina de doa Cndida
eran las que ms alborotaban. Cuando por aquellas galeras consegua
deslizarse con furtivo atrevimiento algn novio agridulce, algn
pollanco pretendiente, de bastoncito, corbata de color, hongo claro, y
tal vez pitillo en boquilla de mbar... ay Dios mo!, quin podra
contar las risas, los escondites, las sosadas, el juego inocente, la
tontera deliciosa de aquellas frescas almas que acababan de abrir sus
corolas al sol de la vida? Las breves clusulas que ligeras se cruzaban
eran, por un lado, lo ms insulso del perfeccionado lenguaje social,
y por otro el ingenuo balbucir de las sociedades primitivas. En
todos estos casos se repite incesantemente el principio del mundo, esto
es, los pruritos de la Creacin, el _querer ser_.

La juguetona bandada de mujeres a medio formar invada el domicilio de
Bringas. Rosala, gozosa de tratarse con doa Tula, con los Telleras,
con los Lantiguas, recibalas con los brazos abiertos, y las obsequiaba
con dulces, que se haca traer previamente de la repostera de Palacio.
Jueguen, enreden, griten y alboroten, que a m no me incomodan--les
deca Bringas festivamente desde el hueco de la ventana, donde estaba
sumergido en el pilago inmenso de sus pelos. Y ellas no se hacan de
rogar; abran el piano; una de ellas aporreaba una polka o _wals_, y
las otras, abrazndose en parejas, bailaban, volteaban alegres, riendo,
chillando y besndose.

Bailen, corran; la casa es de ustedes, nias queridas--deca Thiers
sin apartar la vista de los tomos que pegaba sobre el vidrio; y ellas
lo tomaban tan al pie de la letra que corran danzando de Gasparini a la
Saleta y a saltos se metan en el Camn y en Columnas. Pues digo...
cuando les daba por revolverle a Isabelita sus muecas, era lo de
empezar y no concluir. Precisamente las ms talludas eran las que con
ms furor se entretenan en este graciossimo simulacro de la vida
domstica, vistiendo y desnudando mujercitas de porcelana y
estopa, arropando bebs con ojos de vidrio y moviendo los trastos de una
cocina de hojalata o de un gabinete de cartn. Lo que embargaba el nimo
de todas, llegando hasta producir rivalidades, era una mueca enorme que
D. Agustn Caballero le haba mandado a Isabelita desde Burdeos, la cual
era una buena pieza; mova los ojos, deca _pap_ y _mam_ y tena
articulaciones para ser colocada en todas las posturas. De aquello a una
criatura no haba ms que un paso, padecer. Vistironla aquella tarde de
chula, y cuando un cierto rumorcillo petulante indicaba la proximidad de
los polluelos en el pasillo; cuando se oan sus risotadas a estilo de
calaveras y sonaban muy cerca sus voces, que el mes anterior haban
adquirido la ronquera de la virilidad, las nias asomaban la mueca a la
alta reja del Camn, y aqu eran las boberas de ellos y la inocente
diversin de ellas.

Por ms que D. Francisco protestase del gusto que tena en ver su casa
llena de serafines, alguna vez le molestaban. Cuando se les ocurra
admirar la obra peluda y se enracimaban en torno a la mesa, el gran
artista, sin poder respirar dentro de aquella corona de preciosas
cabezas, les deca riendo: Nias, por amor de Dios, echaos un poco
atrs. Para ver no necesitan ahogarme... ni verterme la laca. Cuidado,
Gloria, que te me llevas esos pelos pegados en la manga. Son el
tronco del sauce. Cuidado, Mara, que con tu aliento se echan al aire
estas canas... Atrs, atrs; hacerme el favor....




VIII


Y ellas: qu boniiito, qu precioooso...! Alabaaado Dios... qu dedos
de ngel! D. Francisco, se va usted a quedar ciego....

Lo que cuento ocurra en la Primavera del 68, y el Jueves Santo de aquel
ao fue uno de los das en que ms alborotaron. Don Francisco,
santificador de las fiestas, asisti de gran etiqueta, con su cruz y
todo, a la solemnidad religiosa en la capilla. Rosala tambin se
person en la regia morada, juzgando que era indispensable su presencia
para que las ceremonias tuviesen todo el brillo y pompa convenientes.
Cndida no baj, aparentemente porque estaba cansada de ceremoniales,
en realidad porque no tena vestido. Las chicas de Lantigua y la Sudre
invadieron desde muy temprano la habitacin de doa Tula, que por razn
de su cargo baj muy emperejilada, dejando el gracioso rebao a cargo
de una seora que la acompaaba. Cunto de divirtieron aquel
da, y cunto hicieron rabiar a los pollos Leoncito, Federiquito
Cimarra, el de Horro y otros no menos guapos y bien aprovechados! Les
invitaron a subir con engao a un palomar alto dicindoles que desde
all se vea el interior de la capilla, y luego me les encerraron hasta
media tarde.

Como eran amigas del sacristn, vecino de Cndida, pudieron colocarse en
la escalera de la capilla hasta vislumbrar, por entre puertas
entornadas, la mitra del patriarca y dos velas apagadas del tenebrario,
un altar cubierto de tela morada, algunas calvas de capellanes y algunos
pechos de gentiles hombres cargados de cruces y bandas; pero nada ms.
Poco ms tarde lograron ver algo de la hermosa ceremonia de dar la
comida a los pobres despus del lavatorio. Hay en el ala meridional de
la terraza unas grandes claraboyas de cristales, protegidos por redes de
alambre. Corresponden a la escalera principal, al Saln de Guardias y al
de Columnas. Asomndose por ellas, se ve tan de cerca el curvo techo,
que resultan monstruosas y groseramente pintadas las figuras que lo
decoran. Angelones y ninfas extienden por la escocia sus piernas
enormes, cabalgando sobre nubes que semejan pacas de algodn gris. De
otras figuras creerase que con el esfuerzo de su colosal musculatura
levantan en vilo la armazn del techo. En cambio, las flores de
la alfombra, que se ve en lo profundo, tomaranse por miniaturas.

Multitud de personas de todas clases, habitantes en la ciudad, acudieron
tempranito a coger puesto en las claraboyas del Saln de Columnas para
ver la comida de los pobres. Se enracimaban las mujeres junto a los
grandes crculos de cristales, y como no faltaban agujeros, las que
podan colocarse en la delantera, aunque fuera repartiendo codazos,
gozaban de aquel pomposo acto de humildad regia que cada cual
interpretar como quiera. No faltaba quien cortara el vidrio con el
diamante de una sortija para practicar huequecillos all donde no los
haba. Qu desorden, qu rumor de gento impaciente y dicharachero! Las
personas extraas, que haban ido en calidad de invitadas, eran tan
impertinentes que queran para si todos los miraderos. Mas Cndida, con
aquella autoridad de que saba revestirse en toda ocasin grave, mand
despejar una de las claraboyas para que tomaran libre posesin de ella
las nias de Tellera, Lantigua y Bringas. Demontre de seora! Amenaz
con poner en la calle a toda la gente forastera si no se la obedeca.

Curioso espectculo era el del Saln de Columnas visto desde el techo.
La mesa de los doce pobres no se vea muy bien; pero la de las doce
ancianas estaba enfrente y ni un detalle se perda. Qu avergonzadas
las infelices con sus vestidos de merino, sus mantones nuevos y
sus pauelos por la cabeza! Verse entre tanta pompa, servidas por la
misma Reina, ellas que el da antes pedan un triste ochavo en la puerta
de una iglesia!... No alzaban sus ojos de la mesa ms que para mirar
atnitas a las personas que les servan. Algunas derramaban lgrimas de
azoramiento ms que de gratitud, porque su situacin entre los poderosos
de la tierra y ante la caridad de etiqueta que las favoreca, ms era
para humillar que para engrer. Si todos los esfuerzos de la imaginacin
no bastaran a representarnos a Cristo de frac, tampoco hay razonamiento
que nos pueda convencer de que esta comedia palaciega tiene nada que ver
con el Evangelio.

Los platos eran tomados en la puerta, de manos de los criados, por las
estiradas personas que hacan de camareros en tan piadosa ocasin.
Formando cadena, las damas y gentiles hombres los iban pasando hasta las
propias manos de los Reyes, quienes los presentaban a los pobres con
cierto aire de benevolencia y cortesa, nica nota simptica en la farsa
de aquel cuadro teatral. Pero los infelices no coman, que si de comer
se tratara muy apurados se haban de ver. Seguramente sus torpes manos
no recordaban cmo se lleva la comida a la boca. Puestas las raciones
sobre la mesa, un criado las coga y las iba poniendo en sendos cestos
que tena cada pobre detrs de su asiento. Poco despus, cuando
las personas reales y la grandeza abandonaron el Saln, salieron
aquellos con su canasto, y en los aposentos de la repostera les
esperaban los fondistas de Madrid o bien otros singulares negociantes
para comprarles todo por unos cuantos duros.

Mientras dur la comida, las graciosas espectadoras no cesaban en su
charla picotera. Mara Egipciaca, habra deseado estar abajo, con gran
vestido de cola, pasando bandejas. Una de las de Lantigua se aventuraba
a sostener que aquello era una comedia mal representada, y otra slo se
fijaba en el lujo de los trajes y uniformes.

--Mira, mira mi mam. La ves con su vestido melocotn? Est junto al
seor de Pez, conversando con l.

--S... ahora miran al techo... Bien sabe que estamos aqu. Y a D.
Francisco tambin le veo, all... junto al mayordomo de semana. A su
lado mi mam...

--Qu hermosa est la marquesa con su falda de color malva y su
manto!... Ah!, doa Tula, doa Tula... si mirara para arriba, si nos
viera... Aqu estamos...

--Cada ceremonia de estas le cuesta a mi ta muchas jaquecas y muchos
disgustos, porque no sabis las recomendaciones que recibe... Para
veinticuatro pobres, hay unas trescientas recomendaciones. Todos los
das cartas y recaditos de la marquesa o la condesa. Hija...!,
parece que les van a dar un destino gordo.

--Dmelo a mi, nia--manifest con soberano hasto Cndida--, que ayer y
hoy no me han dejado vivir. Tomasa, la moza de cmara, vecina ma, fue
la encargada de lavar a las tales doce ancianas pobres y cambiarles sus
pingajos por los olorosos vestidos que se han puesto hoy. Pobres
mujeres! Es la segunda agua que les cae en su vida, y sera la primera
si no se hubieran bautizado. Ay, hijas!... qu escena la de esta
maana! Cranlo, han gastado una tinaja de agua de colonia... Yo quise
ayudar un poco, porque as me pareca cumplir algo de lo que nos ordena
Nuestro Seor Jesucristo. Si no es por m, el fregado no se acaba en
toda la maana... Hablando con verdad, si yo fuera pobre y me trajeran a
esta ceremonia no lo haba de agradecer nada, porque francamente, el
susto que pasan y la molestia de verse tan lavados, no se compensan con
lo que les dan.

Las graciosas pollas, en cuya tierna edad tanto valor tenan lo
espiritual e imaginativo, no comprendan estas razones prcticas de la
experimentada doa Cndida, y todo lo encontraban propio, bonito y
adecuado a la doble majestad de la Religin y del Trono...

Isabelita Bringas era una nia raqutica, dbil, espiritada, y se
observaban en ella predisposiciones epilpticas. Su sueo era muy a
menudo turbado por angustiosas pesadillas, seguidas de vmito y
convulsiones, y a veces, faltando este sntoma, el precoz mal se
manifestaba de un modo ms alarmante. Se pona como lela y tardaba mucho
en comprender las cosas, perdiendo completamente la vivacidad infantil.
No se la poda regaar, y en el colegio la maestra tena orden de no
imponerle ningn castigo ni exigir de ella aplicacin y trabajo. Si
durante el da presenciaba algo que excitase su sensibilidad o se
contaban delante de ella casos lastimosos, por la noche lo reproduca
todo en su agitado sueo. Esto se agravaba cuando por exceso en las
comidas o por malas condiciones de esta, el trabajo digestivo del
estmago de la pobre nia era superior a sus escasas fuerzas. Aquel
jueves doa Tula dio de comer esplndidamente a sus amiguitas. La nia
de Bringas se atrac de un plato de leche, que le gustaba mucho; pero
bien caro lo pag la pobre, pues no haca un cuarto de hora que se haba
acostado, cuando fue acometida de fiebre y delirio, y empez a ver y
sentir entre horribles disparates todos los incidentes, personas y cosas
de aquel da tan bullicioso en que se haba divertido tanto. Repeta los
juegos por la terraza; vea a las chicas todas, enormemente
desfiguradas, y a Cndida como una gran pastora negra que guardaba el
rebao; asista nuevamente a la ceremonia de la comida de los pobres,
asomada por un hueco de la claraboya, y las figuras del techo
se animaban, sacando fuera sus manazas para asustar a los curiosos...
Despus oy tocar la marcha real. Era que la Reina suba a la terraza?
No; aparecan por la puerta de la escalera de Damas su mam, asida al
brazo de Pez, y su pap dando el suyo a la marquesa de Tellera. Qu
guapas venan arrastrando aquellas colas que sin duda tenan ms de una
legua!... Y ellos, qu bien empaquetados y qu tiesos!... Venan a
descansar y tomar un refrigerio en casa de doa Tula, para acompaar ms
tarde _a la Seora_ y a toda la Corte en la visita de Sagrarios... Por
todas las puertas de la parte alta de Palacio aparecan libreas varias,
mucho trapo azul y rojo, mucho galn de oro y plata, infinitos
tricornios... Delirando ms, vea la ciudad resplandeciente y esmaltada
de mil colorines. Seguramente era una ciudad de muecas; pero qu
muecas!... Por diversos lados salan blancas pelucas, y ninguna puerta
se abra en los huecos del piso segundo, sin dar paso a una bonita
figura de cera, estopa o porcelana; y todas corran por los pasadizos
gritando: ya es la hora.... En las escaleras se cruzaban galones que
suban con galones que bajaban... Todos los muecos tenan prisa. A este
se le olvidaba una cosa, a aquel otra, una hebilla, una pluma, un
cordn. Unos llamaban a sus mujeres para que les alcanzasen algo, y
todos repetan: la hora...!. Despus se arremolinaban abajo, en la
escalera principal. En el patio, los alabarderos se revolvan
con los cocheros y lacayos, y era como una gran cazuela en que hirvieran
miembros humanos de muchos colores, retorcindose a la accin del
calor... Su mam y su pap volvieron a aparecer... Vaya, que iban
hermosotes! Pero mucho ms bonito estara su pap cuando se hiciese
caballero del Santo Sepulcro. El Rey tena empeo en ello, y le haba
prometido regalarle el uniforme con todos los accesorios de espada,
espuelas y dems. Qu guapn estara su pap con su casaca blanca, toda
blanca!... Al llegar aqu, la pobre nia senta empapado enteramente su
ser en una idea de blancura; al propio tiempo una obstruccin horrible
la embarazaba, cual si las cosas que reproduca su cerebro, muecos y
Palacio, estuvieran contenidas dentro de su estmago chiquito. Con
angustiosas convulsiones lo arrojaba todo fuera y se contena el
delirar, y senta un alivio...! Su mam haba saltado del lecho para
acudir a socorrerla. Isabelita oa claramente, ya despierta, la cariosa
voz que le deca: Ya pas, alma ma; eso no es nada.




IX


La belleza de Milagros no haba llegado an al ocaso en que se nos
aparece en la triste historia de su yerno por los aos de 75 a 78; pero
se alejaba ya bastante del meridiano de la vida. El procedimiento de
restauracin que empleaba con rara habilidad no se denunciaba an a s
mismo, como esos revocos deslucidos por las malas condiciones del
edificio a que se aplican. La defendan del tiempo su ingenio, su
elegancia, su refinado gusto en artes de vestimenta y la simpata que
saba inspirar a cuantos no la trataban de cerca.

Todas estas cualidades subyugaban por igual el espritu de Rosala
Bringas; pero la que descollaba entre ellas como la ms tirnica era el
exquisito gusto en materia de trapos y modas. Este don de su amiga era
para la Bringas como un sol resplandeciente al cual no se poda mirar
cara a cara sin deslumbrarse. Porque en tal estimacin tena la
autoridad de la marquesa en estos tratados, que no se atreva a tener
opinin que no fuera un reflejo de las augustas verdades
proclamadas por ella. Todas las dudas sobre un color o forma de vestido
quedaban cortadas con una palabra de Milagros. Lo que esta deca era ya
cuerpo jurdico para toda cuestin que ocurriera despus, y como no slo
legislaba sino que autorizaba su doctrina con el buen ejemplo,
vistindose de una manera intachable, la de Bringas, que en esta poca
de nuestra historia se haba apasionado grandemente por los vestidos,
elev a Milagros en su alma un verdadero altar. La viuda de Garca
Grande cautivaba a Rosala con su prestigio de figura histrica.
Respetbala esta como a los dioses de una religin muerta; mas a
Milagros la tena en el predicamento de los dogmas vivos y de los dioses
en ejercicio. Nadie en el mundo, ni aun Bringas, tena sobre la Pipan
ascendiente tan grande como Milagros. Aquella mujer, autoritaria y algo
descorts con los iguales e inferiores, se volva tmida en presencia de
su dolo, que era tambin su maestro.

Los regalitos de Agustn Caballero y la cesin de todas las galas que
haba comprado para su boda, despertaron en Rosala aquella pasin del
vestir. Su antigua modestia, que ms tena de necesidad que de virtud,
fue sometida a una prueba de la que no sali victoriosa. En otro tiempo,
la prudencia de Thiers pudo poner un freno a los apetitos de lujo,
hacindonos creer a todos que no existan, cuando lo nico
positivo en esto era la imposibilidad de satisfacerlos. Es el incidente
primordial de la historia humana, y el caso eterno, el caso de los casos
en orden de fragilidad. Mientras no se prob la fruta, prohibida por
aquel Dios domstico, todo marchaba muy bien. Pero la manzana fue
mordida, sin que el Demonio tomara aqu forma de serpiente ni de otro
animal ruin, y adis mi modestia. Despus de haber estrenado tantos y
tan hermosos trajes, cmo resignarse a volver a los trapitos antiguos y
a no variar nunca de moda? Esto no poda ser. Aquel bendito Agustn
haba sido, generosamente y sin pensarlo, el corruptor de su prima;
haba sido la serpiente de buena fe que le meti en la cabeza las ms
peligrosas vanidades que pueden ahuecar el cerebro de una mujer. Los
regalitos fueron la fruta cuya dulzura le quit la inocencia, y por
culpa de ellos un ngel con espada de raso me la ech de aquel paraso
en que su Bringas la tena tan sujeta. Nada, nada... cuesta trabajo
creer que aquello de Doa Eva sea tan remoto. Digan lo que quieran,
debi pasar ayer, segn est de fresquito y palpitante el tal suceso.
Parece que lo han trado los peridicos de anoche.

Como Bringas reprobaba que su mujer variase de vestidos y gastase en
galas y adornos, ella afectaba despreciar las novedades; pero a
cencerros tapados estaba siempre haciendo reformas, combinando
trapos e interpretando ms o menos libremente lo que traan los
figurines. Cuando Milagros iba a pasar un rato con ella, si Bringas
estaba en la oficina, charlaban a sus anchas, desahogando cada cual a su
modo la pasin que a entrambas dominaba.




X


Pero si el santo varn estaba en su hueco de ventana, zambullido en el
microcosmos de la obra de pelo, las dos damas se encerraban en el Camn,
y all se despachaban a su gusto sin testigos. Tiraba Rosala de los
cajones de la cmoda suavemente para no hacer ruido; sacaba faldas,
cuerpos pendientes de reforma, pedazos de tela cortada o por cortar,
tiras de terciopelo y seda; y ponindolo todo sobre un sof, sobre
sillas, bales o en el suelo si era necesario; empezaba un febril
consejo sobre lo que se deba hacer para lograr el efecto mejor y ms
llamativo dentro de la distincin. Estos consejos no tenan trmino, y
si se tomara acta de ellos, ofreceran un curioso registro enciclopdico
de esta pasin mujeril que hace en el mundo ms estragos que
las revoluciones. Las dos hablaban en voz baja para que no se enterase
Bringas, y era su cuchicheo rpido, ahogado, vehemente, a veces
indicando indecisin y sobresalto, a veces el entusiasmo de una idea
feliz. Los trminos franceses que matizaban este coloquio se despegaban
del tejido de nuestra lengua; pero aunque sea clavndolos con alfileres,
los he de sujetar para que el extico idioma de los trapos no pierda su
genialidad castiza.

ROSALA.--=(Mirando un figurn.)= Si he de decir la verdad, yo no entiendo
esto. No s cmo se han de unir atrs los faldones de la _casaca de
guardia francesa_.

MILAGROS.--=(Con cierto aturdimiento, al cual se sobrepone poco a poco su
gran juicio.)= Dejemos a un lado los figurines. Seguirlos servilmente
lleva a lo afectado y _estrepitoso_. Empecemos por la eleccin de tela.
Elige usted la muselina blanca con viso de _foulard_? Pues entonces no
puede adoptarse la casaca.

ROSALA.--=(Con decisin.)= No; escojo resueltamente el _gros glas_,
color _cenizas de rosa_. Sobrino me ha dicho que le devuelva el que me
sobre. El _gros glas_ me lo pone a veinticuatro reales.

MILAGROS.--=(Meditando.)= Bueno: pues si nos fijamos en el _gros glas_,
yo hara la falda adornada con cuatro volantes de unas cuatro pulgas;
a ver?, no; de cinco o seis, ponindolo al borde un _bies_
estrecho de _glas_ _verde naciente_... Eh?

ROSALA.--=(Contemplando en xtasis lo que an no es ms que una
abstraccin.)=Muy bien... Y el cuerpo?

MILAGROS.--=(Tomando un cuerpo a medio hacer y modelando con sus hbiles
manos en la tela las solapas y los faldones.)= La _casaca guardia
francesa_ va abierta en corazn, con solapas, y se cierra al costado
sobre el tallo con tres o cuatro botones verdes... aqu. Los faldones...
me comprende usted?, se abren por delante... as... mostrando el forro,
que es verde como la solapa; y esas vueltas se unen atrs con
ahuecador... =(La dama, echando atrs sus manos, ahueca su propio vestido
en aquella parte prominentsima, donde se han de reunir las vueltas de
los faldones de la casaca.)= Se entera usted?... Resulta monsimo. Ya he
dicho que el forro de esta casaca es de _gros_ verde y lleva al borde de
las vueltas un _ruche_ de cinta igual a la de los volantes... qu tal?
Ah!, no olvide usted que para este traje hace falta camiseta de batista
bien plegadita, con encaje _valenciennes_ plegado en el cuello... los
puos holgaditos, holgaditos; que caigan sobre las muecas.

ROSALA.--Oh!... camisetas tengo de dos o tres clases...

MILAGROS.--He visto la que le ha venido de Pars a Pilar San
Salom con el traje para comida y teatro... =(Con emocin esttica,
poniendo los ojos en blanco.)=Qu traje! Cosa ms divina...!

ROSALA.--=(Con ansioso inters.)= Cmo es?

MILAGROS.--Falda de raso rosa, tocando al suelo, adornada con un volante
cubierto de encaje. Qu cosa ms _chic_! Sobre el mismo van ocho cintas
de terciopelo negro.

ROSALA.--Y bullones?

MILAGROS.--Cuatro rdenes. Luego, sobre la falda, se ajusta a la cintura
=(Uniendo a la palabra la mmica descriptiva de las manos en su propio
talle.)= comprende usted?... se ajusta a la cintura un manto de corte...
Viene as, y cae por ac, formando atrs un _cogido_, un gran _pouff_.
=(Con entusiasmo.)= Qu original! Por debajo del cogido se prolongan en
gran cola los mismos bullones que en la falda; pero qu bien ideado!
Es de lo sublime!... Vea usted... as... por aqu... en semejante
forma... correspondiendo con ellos solamente por un _retrouss_... Es
decir, que el manto tiene una solapa cuyos picos vienen aqu... bajo el
_pouff_... entiende usted, querida?

ROSALA.--=(Embebecida.)= S... entiendo... lo veo... Ser precioso...

MILAGROS.--=(Expresando soberbiamente con un gesto la acertada colocacin
de lo que describe.)= Lazo grande de raso sobre los bullones... Es de un
efecto maravilloso.

ROSALA.--=(Asimilndose todo lo que oye.)= Y el cuerpo?

MILAGROS.--Muy bajo, con tirantes sujetos a los hombros por medio de
lazos... Pero cuidado: estos lazos no tienen cadas... La camiseta es
de una novedad...!, de seda bullonada con cintas estrechitas de
terciopelo pasadas entre puntos. Las mangas largas...

ROSALA.--=(Quitando y poniendo telas y retazos para comparar mejor.)= Se
me ocurre una idea para la camiseta de este traje. Si escojo al fin el
color _cenizas de rosa_... =(Detenindose meditabunda.)= Qu torpe soy
para decidirme! El figurn... =(Recogiendo todo con susto y rapidez.)= Me
parece que siento a Bringas. Son un suplicio estos tapujos...

MILAGROS.--=(Ayudndola a guardar todo atropelladamente.)= S; siento su
tosecilla. Ay, amiga, su marido de usted parece la Aduana, por lo que
persigue los trapos... Escondamos el contrabando.

Ratos felices eran para Rosala estos que pasaba con la marquesa
discutiendo la forma y manera de arreglar sus vestidos. Pero el gozo
mayor de ella era acompaar a su amiga a las tiendas, aunque pasaba
desconsuelos por no poder comprar las muchsimas cosas buenas que vea.
El tiempo se les iba sin sentirlo. Milagros se haca mostrar todo lo de
la tienda, revolva, comparando; pasaba del brusco antojo al fro
desdn; regateaba, y conclua por adquirir diferentes cosas,
cuyo importe cargbanle en su cuenta. Rosala, si algo compraba, despus
de pensarlo mucho y dar mil vueltas al dinero, pagaba siempre a
tocateja. Sus compras no eran generalmente ms que de retales, pedacitos
o alguna tela anticuada, para hacer combinaciones con lo bueno que ella
tena en su casa, y refundir lo viejo dndole viso y representacin de
novedad.

Pero un da vio en casa de _Sobrino Hermanos_ una manteleta... qu
pieza, qu manzana de Eva! La pasin del coleccionista en presencia de
un ejemplar raro, el entusiasmo del cazador a la vista de una brava y
corpulenta res no nos dan idea de esta formidable querencia del trapo en
ciertas mujeres. A Rosala se le iban los ojos tras la soberbia prenda,
cuando el amable dependiente del comercio enseaba un surtido de ellas,
amontonndolas sobre el mostrador como si fueran sacos vacos. Pregunt
con timidez el precio y no se atrevi a regatearla. La enormidad del
coste la aterraba casi tanto como la seduca lo esplndido de la pieza,
en la cual el terciopelo, el pao y la brillante cordonera se
combinaban peregrinamente. En su casa no pudo apartar de la imaginacin,
todo aquel da y toda la noche, la dichosa manteleta, y de tal modo
arrebataba su sangre el ardor del deseo, que temi un ataquillo de
erisipela si no lo saciaba. Volvi con Milagros a tiendas al da
siguiente, con nimo de no entrar en la de Sobrino, donde la
gran tentacin estaba; pero el Demonio arregl las cosas para que
fueran, y he aqu que aparecen otra vez sobre el mostrador las cajas
blancas, aquellas arcas de satinado cartn donde se archivan los sueos
de las damas. El dependiente las sacaba una por una, formando negra
pila. La preferida apareci con su forma elegante y su lujosa
pasamanera, en la cual las centellicas negras del abalorio, temblando
entre felpas, confirmaban todo lo que los poetas han dicho del manto de
la noche. Rosala hubo de sentir fro en el pecho, ardor en las sienes,
y en sus hombros los nervios le sugirieron tan al vivo la sensacin del
contacto y peso de la manteleta, que crey llevarla ya puesta.

--Cmprela usted... por Dios!--dijo Milagros a su amiga de un modo tan
insinuante que los dependientes y el mismo Sobrino no pudieron menos de
apoyar un concepto tan juicioso. Por qu ha de privarse de una prenda
que le cae tan bien?

Y cuando los tenderos se alejaron un poco en direccin a otro grupo de
parroquianas, la marquesa sigui catequizando a su amiga con este
susurro:

--No se prive usted de comprarla si le gusta... y en verdad, es muy
barata... Basta que venga usted conmigo para que no tenga necesidad de
pagarla ahora. Yo tengo aqu mucho crdito. No le pasarn a
usted la cuenta hasta dentro de algunos meses, a la entrada del verano,
y quizs a fin de ao.

La idea del largo plazo hizo titubear a Rosala, inclinando todo su
espritu del lado de la compra... La verdad, mil setecientos reales no
eran suma exorbitante para ella, y fcil le sera reunirlos, si la
prendera le venda algunas cosas que ya no quera ponerse; si adems
economizaba, escatimando con paciencia y tesn el gasto diario de la
casa. Lo peor era que Bringas no haba de autorizar un gasto tan
considerable en cosa que no era de necesidad absoluta.

Otras veces haba hecho ella misma sus _polkas_ y manteletas, pidiendo
prestada una para modelo. Comprando los avos en la subida de Santa
Cruz, empalmando pedazos, disimulando remiendos, obtena un resultado
satisfactorio con mucho trabajo y poco dinero. Pero cmo podan
compararse las _pobreteras_ hechas por ella con aquel brillante modelo
venido de Pars?... Bringas no autorizara aquel lujo que sin duda le
haba de parecer _asitico_, y para que la cosa pasara, era necesario
engaarle... No, no; no se determinaba. El hecho era grave, y aquel
despilfarro rompera de un modo harto brusco las tradiciones de la
familia. Mas era tan hermosa la manteleta...! Los parisienses la haban
hecho para ella... Se determinaba, s o no?




XI


Se determin, s, y para explicar la posesin de tan soberbia gala, tuvo
que apelar al recursillo, un tanto gastado ya, de la munificencia de Su
Majestad. Aqu de las casualidades. Hallbase Rosala en la Cmara Real
en el momento que destapaban unas cajas recin llegadas de Pars. La
Reina se prob un _canes_ que le vena estrecho, un cuerpo que le
estaba ancho. La real modista, all presente, haca observaciones sobre
la manera de arreglar aquellas prendas. Luego, de una caja preciosa
forrada de cretona por dentro y por fuera... una tela que pareca
rasete... sacaron tres manteletas. Una de ellas le caa maravillosamente
a Su Majestad; las otras dos no. Ponte esa, Rosalita... Qu tal? Ni
pintada. En efecto, ni con medida estuviera mejor. Qu bien, qu
bien!... A ver, vulvete... Sabes que me da no s qu de quitrtela?
No, no te la quites.... Pero Seora, por amor de Dios.... No,
djala. Es tuya por derecho de conquista. Es que tienes un cuerpo...!
sala en mi nombre, y no se hable ms de ello. De esta manera
tan gallarda obsequiaba a sus amigas la graciosa soberana... Falt poco
para que a mi buen Thiers se le saltaran las lgrimas oyendo el bien
contado relato.

Si no estoy equivocado, la deglucin de esta gran bola por el ancho
tragadero de D. Francisco acaeci en Abril. Tranquila descansaba Rosala
en la idea de lo remoto del pago, creyendo poder reunir la suma en un
par de meses, cuando all por los primeros das de Mayo... zas!, la
cuenta. Por entonces fue el casamiento de la Infanta Isabel, y estaba la
Pipan muy entretenida, sin acordarse de su compromiso ni de la cuenta
de Sobrino. Quedose yerta al recibirla, y miraba con alelados ojos el
papel sin acertar a salir del paso con una respuesta u observacin
cualquiera, porque pensar que saldra con dinero era pensar lo
imposible... Nunca se haba visto en trance igual, porque Bringas tena
por sistema no comprar nada sin el _dinero por delante_. Al fin,
tartamudeando, dijo al condenado hombre de la cuenta que ella pasara a
pagarla maana... no, al otro da; en fin, un da de estos.

Por fortuna, Bringas no estaba en casa. Dos o tres das vivi Rosala en
grande incertidumbre. Cada vez que sonaba la campanilla, parecale que
llegaba otra vez el dichoso hombre aquel con el antiptico papelito...
Si Bringas se enteraba...! Pensando esto, su zozobra era verdadero
terror, y empez a discurrir el modo de salir del paso. Pocos
das antes haba tenido casi la mitad del dinero; pero confiada en que
no la pasaran la cuenta, habalo gastado en cosillas para los nios. No
le gustaba componerse ella sola, sino que tena vanidad en emperejilar
bien a sus hijos para que alternaran dignamente con los nios de otras
familias de la ciudad. En estos pitos y flautas, a saber, unos
cuellitos, un arreglo de sombrero, medias azules, guantes encarnados,
una gorra de marino que deca en letras de otro _Numancia_, y dos
cinturones de cuero se lo haban ido la semana anterior ms de
seiscientos reales, los cuales no hubieran podido reunirse en su
bolsillo sin sustituir, durante larga temporada, el principio de falda
de ternera por un plato de sesos altos, que se ponan un da s y otro
no, alternando con tortilla de escabeche.

El arqueo de su caja no arroj ms de ciento doce reales, y en la tienda
haba una trampita de que Bringas no tena noticia. Qu hacer, Seor?
Era preciso buscar dinero a todo trance. Pero dnde, cmo? Hizo
discretas insinuaciones a Milagros, pero la marquesa estaba afectada
aquel da de una sordera intelectual tan persistente que no comprendi
nada. Las distracciones e incongruencias de la de Tellera podan
traducirse as: querida amiga, llame usted a otra puerta. A qu
puerta?, a la de Cndida? Intentolo Rosala, hallando en la ilustre
viuda los mejores deseos; pero daba la maldita casualidad de
que su administrador no le haba trado an la recaudacin de las
casas... Luego se haba metido en unos gastos de reparaciones... En fin,
que no haba salvacin por aquella parte. Al cabo la Providencia depar
a Rosala el suspirado auxilio por mediacin de aquel Gonzalo Torres,
amigo constante de la familia, el cual les visitaba tan a menudo en
Palacio como en la casa de la Costanilla.

Sola manejar Torres dineros ajenos, y a veces tena en su poder
cantidades no pequeas, de las cuales sacaba algn beneficio durante la
breve posesin de ellas. Aprovechando la ausencia de su marido,
declarole Rosala con tanto nfasis como sinceridad su apuro, y el bueno
de Gonzalo la tranquiliz al momento. Qu pronto volvieron las rosas,
para hablar a lo potico, al demudado rostro de la dama!... Felizmente,
Torres tena en su poder una cantidad que era de Mompous y Bruil; pero
sin cuidado ninguno poda dilatar la entrega un mes. Si la de Bringas se
comprometa a devolverla los mil y setecientos reales en el plazo de
treinta das, ningn inconveniente haba en facilitrselos. Al
contrario, l tena muchsimo gusto... Un mes!, qu dicha! Ni tanto
tiempo necesitaba ella para reunir la cantidad, bien exprimiendo con
implacables ahorros el presupuesto ordinario, bien vendiendo algunas
prendas que ya haban pasado de moda... Ah!, cuidadito...
secreto absoluto con Bringas...

Segura ya de poder cumplir con _Sobrino Hermanos_, se descargaba su
conciencia de un peso horrible. Ya no le cortara la respiracin el
miedo de que apareciese el funesto cobrador de la tienda cuando Bringas
estaba en la casa. Recobr el apetito que haba perdido, y sus nervios
se tranquilizaron. Es que, la verdad, hallbase por aquellos das bajo
la accin de un trastorno espasmdico que simulaba una desazn grave, y
le cost trabajo impedir que su marido llamara al mdico de _Familia_.

Se estaba poniendo el mantn para ir a pagar (pues Torres le trajo el
dinero aquella misma tarde), cuando entr Milagros. Qu guapa vena y
qu elegante!... Mire usted... he tomado esta cinta azul para el
_canes_. Es de un tono muy nuevo y con un tornasol verde que... ve
usted como cambia?... Descansar un momento y luego saldremos juntas.
Traigo mi coche... Ah! Si viera usted que sombreros tan preciosos han
recibido las _Toscanas_! Hay uno que es para modelo, divino,
originalsimo, sobrenatural. Figrese usted... un _Florin_ de paja de
Italia, adornado de flores del campo y terciopelo negro... Aqu, a un
ladito, tiene una _aigrette_ con pie negro colocada as, as... Por
detrs velo negro que cae sobre la espalda... Pero piden por l un ojo
de la cara.

ROSALA.--=(sintiendo un bulle-bulle en su cabeza y representndose, con
admirable poder de alucinacin, el conjunto y las partes todas del bien
descrito sombrero.)= Aunque no lo hemos de comprar, pasaremos por all
para verlo.

Salieron juntas y entraron en el coche, que esperaba en la puerta del
Prncipe. Milagros charlaba sin fatiga. Ocupose de las cosas que haba
visto, de las telas para verano que haban llegado a la tienda de
_Sobrino Hermanos_ y de las obras que proyectaba, en orden de
vestimenta, contando con los no muy abundantes recursos a que la tena
reducida su marido. Repentinamente acordose de que deba pagar la
compostura y reforma de un alfiler en casa del diamantista... Qu
diablura!, se le haba olvidado el portamonedas, y en aquella casa ni le
daban crdito ni quera solicitarlo, por cierta cuestin desabrida que
tuvo en otro tiempo con el dueo de ella... No haba que apurarse por
tan poca cosa. Rosala llevaba dinero. Ah!, bueno... es lo mismo. Se
lo dar a usted maana o pasado... En fin, cuando nos veamos.

Por un instante quedose perpleja y desconcertada la seora del buen
Thiers, no sabiendo si arrepentirse del ofrecimiento que haba hecho, o
si congratularse del servicio que gallardamente prestaba a su amiga.
Pero el alma humana es manantial inagotable de remedios para sus propios
males, y la turbacin de Rosala curose con un raciocinio que
en su mollera brot muy oportunamente, el cual hubo de desenvolverse
as: Pago la mitad de la cuenta a _Sobrino_, asegurndole que la otra
mitad ser sin falta el mes que viene. Doy a Milagros los treinta duros
que necesita la pobre!, y an me queda algo para el pedazo de
_foulard_, para las dos o tres plumas del sombrero de Isabelita y los
botones de ncar. La verdad, no me puedo pasar sin ellos. Todo se
cumpli al pie de la letra, conforme al programa de aquel raciocinio
nacido en el zarandeo de un coche, corriendo de tienda en tienda, bajo
la accin intoxicante de una embriaguez de trapos.




XII


D. Francisco, absorto en el inters de su obra, no se apartaba ni un
punto de ella, aprovechando todo el tiempo que le dejaba libre su
descansado empleo. Con mal acuerdo haba suprimido el pasear por las
tardes, costumbre en l antigua; y su amigo D. Manuel Mara Jos Pez,
vindose privado de quien le haca pareja en aquella hora de
higinico solaz, se iba tan campante a Palacio para no perder la
costumbre de la compaa Bringustica.

El trayecto desde el Ministerio a Palacio, la nada corta escalera de
Damas eran campo suficiente de un saludable ejercicio; y si adems sala
con D. Francisco o su mujer a dar cuatro vueltas por la magnfica
terraza que rodea el patio grande, ya tena asegurado un mediano apetito
para la hora de comer. Las amonestaciones ms cariosas eran siempre
ineficaces para apartar a Bringas de su faena mientras duraba la luz
solar. Ni que le rogaran, ni que le reprendieran, ni que le augurasen
mareos, cefalalgia o ceguera, se consegua que parase en la febril
aunque ordenada marcha de su trabajo. Pez charlaba con l algunos ratos
de los sucesos polticos; pero comnmente iba con Rosala a dar una
vuelta por la terraza. Aquel paseo era sosegado y gratsimo, porque la
cavidad del edificio defiende a la terraza de los embates del aire, sin
perjuicio de la ventilacin. El ms puro y rico aire de la sierra es
para Palacio y para su ciudad domstica, situada lejos del espeso
aliento de la Villa y en altura tal que ni las palomas y gorriones gozan
de atmsfera ms sana y ms prontamente renovada. El paseo por sitio tan
monumental halagaba la fantasa de la dama, trayndole reminiscencias de
aquellos fondos arquitectnicos que Rubens, Verons, Vanlo
otros pintores ponen en sus cuadros, con lo que magnifican las figuras y
les dan un aire muy aristocrtico. Pez y Rosala se suponan destacados
elegantemente sobre aquel fondo de balaustradas, molduras, archivoltas y
jarrones, suposicin que, sin pensarlo, les compela a armonizar su
apostura y aun su paso con la majestad de la escena.

Era este Pez el hombre ms correcto que se poda ver, modelo excelente
del empleado que llaman _alto_ porque le toca racin grande en el
repartimiento de limosnas que hace el Estado; hombre que en su persona y
estilo llevaba como simbolizadas la soberana del gobierno y las
venerables muletillas de la administracin. Era de trato muy amable y
cultsimo, de conversacin insustancial y amena, capaz de hacer sobre
cualquier asunto, por extrao que fuese a su entender oficinesco, una
observacin paradjica. Haba pasado toda su vida al retortero de los
hombres polticos, y tena conocimientos prolijos de la historia
contempornea, que en sus labios componase de un sin fin de ancdotas
personales. Posea la erudicin de los chascarrillos polticos, y
manejaba el caudal de frases parlamentarias con pasmosa facilidad. Bajo
este follaje se esconda un rido descreimiento, el atesmo de los
principios y la fe de los hechos consumados, achaque muy comn en los
que se han criado a los pechos de la poltica espaola,
gobernada por el acaso. Hombre curtido por dentro y por fuera, incapaz
de entusiasmo por nada, revelaba Pez en su cara un reposo semejante,
aunque parezca extrao, al de los santos que gozan la bienaventuranza
eterna. S, el rostro de Pez deca: He llegado a la plenitud de los
tiempos cmodos. Estoy en mi centro. Era la cara del que se ha
propuesto no alterarse por nada ni tomar las cosas muy en serio, que es
lo mismo que resolver el gran problema de la vida. Para l la
administracin era una tapadera de frmulas baldas, creada para
encubrir el sistema prctico del favor personal, cuya clave est en el
cohecho y las recomendaciones. Nadie saba servir a los amigos con tanta
eficacia como Pez, de donde le vino la opinin de _buena persona_. Nadie
como l saba agradar a todos, y aun entre los revolucionarios tena
muchos devotos.

Su carcter sala sin estorbo a su cara simptica, sin arrugas,
admirablemente conservada, como ciertas caras inglesas curtidas por el
aire libre y el ejercicio. Eran cincuenta aos que parecan poco ms de
cuarenta; medio siglo decorado con patillas y bigote de oro oscuro con
ligera mezcla de plata, limpios, relucientes, declarando en su brillo
que se les consagraba un buen ratito en el tocador. Sus ojos eran
espaoles netos, de una serenidad y dulzura tales, que recordaban los
que Murillo supo pintar interpretando a San Jos. Si Pez no se afeitara
el mentn y en vez de levita llevara tnica y vara, sera la
imagen viva del santo Patriarca, tal como nos le han trasmitido los
pintores. Aquellos ojos decan a todo el que los miraba: Soy la
expresin de esa Espaa dormida, beatfica, que se goza en ser juguete
de los sucesos y en nada se mete con tal que la dejen comer tranquila;
que no anda, que nada espera y vive de la ilusin del presente mirando
al cielo, con una vara florecida en la mano; que se somete a todo el que
la quiero mandar, venga de donde viniere, y profesa el socialismo manso;
que no entiende de ideas, ni de accin, ni de nada que no sea soar y
digerir.

Vesta este caballero casi casi como un figurn. Daba gozo ver su
extraordinaria pulcritud. Su ropa tena la virtud de no ajarse ni
empolvarse nunca y le caa sobre el cuerpo como pintada. Maana y tarde,
Pez vesta de la misma manera, con levita cerrada de pao, pantaln que
pareca estrenado el mismo da y chistera reluciente, sin que este
esmero pareciese afectado ni revelara esfuerzo o molestia en l. As
como en los grandes estilistas la excesiva lima parece naturalidad
fcil, en l la correccin era como un desgaire bien aprendido. Llevaba
a todas partes el empaque de la oficina, y creerase que levita,
pantaln y sombrero eran parte integrante de la oficina misma, de la
Direccin, de la Administracin, como en otro orden lo eran los
volantes con membrete, el retrato de la Reina, los sillones forrados de
terciopelo y los legajos atados con cintas rojas.

Cuando hablaba, se le oa con gusto, y l gustaba tambin de orse,
porque recorra con las miradas el rostro de sus oyentes para sorprender
el efecto que en ellos produca. Su lenguaje habase adaptado al estilo
poltico creado entre nosotros por la prensa y la tribuna. Nutrido aquel
ingenio en las propias fuentes de la amplificacin, no acertaba a
expresar ningn concepto en trminos justos y precisos, sino que los
daba siempre por triplicado.

Va de ejemplo.

THIERS.--=(sin apartar la vista de su obra.)=Qu hay de destierro de
generales?

PEZ.--Al punto a que han llegado las cosas, amigo D. Francisco, es
imposible, es muy difcil, es arriesgadsimo aventurar juicio alguno. La
revolucin de que tanto nos hemos redo, de que tanto nos hemos burlado,
de que tanto nos hemos mofado, va avanzando, va minando, va labrando su
camino, y lo nico que debemos desear, lo nico que debemos pedir, es
que no se declare verdadera incompatibilidad, verdadera lucha, verdadera
guerra a muerte entre esa misma revolucin y las instituciones, entre
las nuevas ideas y el Trono, entre las reformas indispensables y la
persona de Su Majestad.




XIII


Pez y Rosala, como he dicho, salan a dar vueltas por la terraza. La
ninfa de Rubens, carnosa y redonda, y el espiritual San Jos, de levita
y sin vara de azucenas, se sublimaban sobre aquel fondo arquitectnico
de piedra blanca que parece tosco marfil. Ella arrastraba la cola de su
elegante bata por las limpias baldosas unidas con asfalto, y l, con la
mano izquierda en el bolsillo del pantaln, recogido el borde de la
levita, accionaba levemente con la derecha, empuando un junco por la
mitad. A veces los ruidos del patio atraan la atencin de ambos y se
asomaban a la balaustrada. Era el coche de las infantitas, que iban de
paseo, o el del ministro de Estado que entraba. Detenanse a ratos
delante de los cristales de la habitacin de doa Tula, porque desde
dentro personas conocidas les saludaban con expresivo mover de manos. Ya
se paraban a hablar con doa Antonia, la guardarropa, que corra las
persianas y regaba sus tiestos; ya se les una alguna distinguida
persona de la vecindad, la seora del secretario del Rey, la hermana
del mayordomo segundo, el inspector general con su hija, y paseaban
juntos conversando frvolamente. Cuando estaban enteramente solos, el
digno funcionario sola confiar a Rosala sus disgustos domsticos, que
ltimamente haban llegado a turbar la venturosa serenidad de su
carcter.

Oh! El gran Pez no era feliz en su vida conyugal. La seora de Pez, por
nombre Carolina, prima de los Lantiguas (aunque equivocadamente se ha
dicho en otra historia que descenda del frondoso rbol pipanico), se
haba entregado a la devocin. La que en otro tiempo fue la misma
dulzura, habase vuelto arisca e intratable. Todo la enfadaba y estaba
siempre riendo. Con tantos alardes de perfeccin moral y aquella
monomana de prcticas religiosas, no se podan sufrir sus rasgos de
genio endemoniado, su fiscalizacin inquisitorial ni menos sus speras
censuras de las acciones ajenas. Pasaban meses sin que ella y su marido
cambiasen una sola palabra. Era la casa como un club por el disputar
constante y las reyertas fundadas en cualquier bobera. Si la batalla
fuera exclusivamente entre ella y yo,--deca Pez--, lo llevara con
paciencia--pero de poco tiempo ac intervienen con calor nuestros
hijos. Las pobres nias no se mostraban deseosas de seguir a su mam
por aquel camino de salvacin... Naturalmente, eran jvenes y
gustaban de ir al teatro y frecuentar la sociedad. Qu escndalos, qu
sofocos, qu lloriqueos por esta incompatibilidad del solaz mundano y de
los deberes religiosos! No pasaba da sin que hubiese alguna tremolina y
tambin sncopes, por los cuales era preciso llamar al mdico y traer
estas y las otras drogas... Pez procuraba transigir, concordar
voluntades; pero no consegua nada. En ltimo caso, siempre se inclinaba
del lado de las pobres chicas, porque le mortificaba verlas rezando ms
de la cuenta y haciendo estpidas penitencias. Si ellas eran muy
cristianas y catlicas, a qu conduca el volverlas santas y mrtires a
quemarropa? Por su parte, D. Manuel conceptuaba indispensable el freno
religioso para el sostenimiento de la sociedad y el orden. Siempre haba
defendido la Religin y le pareca muy bien que los gobiernos la
protegieran, persiguiendo a los difamadores de ella. Llegaba hasta
admitir, como indispensable en el rgimen poltico de su tiempo, la
mojigatera del Estado, pero la mojigatera privada le reventaba.

Lo ms grave de todo era la lucha de Carolina con sus hijos varones. El
pequeo no poda librarse an de la tutela materna, y estaba todo el da
en la iglesia con su librito en la mano. Pero Joaqun, que ya tena
veintids aos, abogado, filsofo, economista, literato, revistero,
historigrafo, poeta, teogonista, atenesta, cmo se poda
someter a confesar y comulgar todos los domingos? Federico tambin era
muy precoz y haca articulejos sobre el _Majabarata_. El trueno gordo
estallaba cuando uno u otro decan algo que a su mam le pareca
sacrilegio. Cristo la que se armaba! Un da, comiendo, tir Carolina
del mantel, rompi los platos, derram el contenido de ellos y la sal y
el vino, y se encerr en su cuarto, donde estuvo llorando tres horas. A
las pobrecitas Rosa y Josefa que hasta el Otoo anterior haban vestido
de corto, las obligaba a confesar todos los meses. Inocentes!, qu
pecados podan tener, si ni siquiera tenan novio?

Lo peor era que la displicente seora echaba a Pez la culpa de la
irreligiosidad de la prole. S, l era un ateo enmascarado, un herejote,
un racionalista, pues se contentaba con or misa slo los domingos, casi
desde la puerta, charlando de poltica con D. Francisco Cucrbitas.
Crea que con hacer una genuflexin cuando alzaban, arrodillarse sobre
el pauelo y garabatearse en el pecho y la frente la seal de la cruz,
bastaba. Para eso vala ms ser protestante. En todo el tiempo que
llevaba de casada no le haba visto acercarse ni una sola vez al
tribunal de la penitencia. Sus devociones haban sido puramente
decorativas, como llevar hacha en una procesin o sentarse en los bancos
de preferidos cuando se consagraba un obispo... En fin, con
estas tonteras de su mujer, estaba el pobre Pez, no en el agua, sino
sofocado y aburridsimo. Bien saba l quin haba metido a Carolina en
este fregado del misticismo, y no era obra que su prima Serafinita de
Lantigua, que gozaba opinin de santa. Hablando en plata, la tal prima
era una calamidad. En la iglesia veanse diariamente a las seis de la
maana Carolina y Serafinita, y all se despachaban a su gusto. En casa,
la seora de Pez, cambiando a veces el estilo conminatorio por el
comparativo, pona por modelo a sus hijos la virtud de Luisito Sudre, el
de Tellera, que era un santo en leche, y ya se daba zurriagazos en sus
rosadas carnes. Al pobre Pez le deca constantemente que se mirase en el
espejo de D. Juan de Lantigua, el gran catlico, el gran letrado y
escritor, tan piadoso en la teora como en la prctica, pues no haca
nada contrario al dogma; ni su cristiandad era de frmula, sino sincera
y real; hombre valiente y recto, que no se avergonzaba de cumplir con la
Iglesia y de estarse tres horas de rodillas al lado de las beatas. No
era como Pez, como toda la caterva moderada, que hace de la religin una
escalera para subir a los altos puestos; no era como esos hombres que se
enriquecen con los bienes del Clero y luego predican el Catolicismo en
el Congreso para engaar a los bobos; como esos hombres que llevan a
Cristo en los labios y a Luzbel en el corazn, y que creen que dando
algunos cuartitos para el Papa ya han cumplido. Farsa,
comedia, abominacin!

En fin, D. Manuel haba tomado en aborrecimiento su domicilio, y estaba
en l lo menos posible. La tranquilidad no exista para l ms que en la
oficina, donde no haca ms que fumar y recibir a los amigos, y en casa
de alguno de estos, como Bringas, por ejemplo. Oh!, cunto envidiaba
la paz del hogar de D. Francisco y aquella dulce armona entre los
caracteres de uno y otro cnyuge! l haba sido feliz en sus tiempos;
pero ya no. _Et in Arcadia ego._ Era un paria, un desterrado, y peda
por favor que le tuvieran cario y aun que le mimaran, para consolarse
de la tormentosa vida que llevaba en su casa.

Contaba Pez estas cosas a Rosala con gran vehemencia, y ella le oa con
inters vivsimo y con lstima. Charlando, charlando, apenas sentan el
correr de las horas, y cuando del hondo patio sala la sombra lenta,
mezclada de un fresquecillo hmedo; cuando la luz solar se dilataba en
las alturas y empezaban a clavetear el cielo las plidas estrellas, D.
Francisco, dejando los laboriosos pelos, apareca frotndose los ojos, y
tomaba parte en la conversacin.




XIV


Desde que el primo Agustn emigr a Burdeos, los de Bringas no iban al
teatro sino de tarde en tarde, ocupando localidades de amigos enfermos o
de aquellos que se aburran de la repeticin excesiva de una pieza
dramtica. No recuerdo si eran los lunes o los martes cuando Milagros
haca la gracia de _quedarse en casa_. D. Francisco iba a estas
reuniones con su mujer; pero ltimamente se senta tan fatigado que
Rosala tuvo que ir sola con Paquito. En Mayo, la proximidad de los
exmenes obligaba al discreto joven a no desamparar sus estudios, y
entonces acompaaba a su mam hasta el portal de la casa de Tellera,
volvindose a la suya y a la fatiga de sus libros. Pez era el encargado
de llevar a la seora de Bringas al domicilio conyugal a las doce o la
una de la noche, y por el camino, que desde el primer trozo de la calle
de Atocha a Palacio no es muy largo, rara vez dejaba D. Manuel de
entonar la jeremiada de sus disturbios domsticos. Cada noche relataba
episodios ms lastimosos, y consegua mover borrascas de
compasin en el pecho de Rosala.

Cuando esta llegaba a su vivienda, ya don Francisco, fatigadas vista y
cabeza por haber ledo dos o tres peridicos despus del trabajo del
cenotafio, se haba metido en la cama y dormitaba tosiendo unos ratos y
roncando otros. Despus de dar una vuelta por el cuarto de los nios
para ver si estaban desabrigados o si Isabelita tena pesadilla, Rosala
charlaba un poco con su marido, mientras iba soltando una por una sus
galas, sus faldas y aquella mquina del cors donde su carne,
prisionera, reclamaba con muy visibles modos la libertad. Aunque tena
mucho gusto en ir a las tertulias de Milagros, la rutina de adular a su
marido inspirbale conceptos algo contrarios a la verdad; pero bien se
lo pueden perdonar en gracia de los juicios maravillosamente exactos que
haca sobre cosas y personas observadas por ella en los salones de
Tellera.

Hijito, si t no vuelves, yo no voy ms all. Me fastidia la tertulia
de Milagros lo que no puedes figurarte... Aquello no es para m. Se ven
unas cosas...! Por cierto que me re ms...! La pobre Milagros, como
tiene tanta confianza conmigo, todo me lo cuenta y s sus apuros como si
los pasara yo misma. Es una sofocacin, y yo no s cmo esa mujer tiene
alma para recibir gente sin poseer medios para nada. Esta noche
no ha dado ms que cuatro melindres, cuatro porqueras... qu
vergenza! Figrate lo que saldrn diciendo los gorrones que no van a
esas casas ms que para que les den de cenar... En mi vida he visto
mujer de ms pecho. Haban dado las siete y an no saba como arreglar
el _buffet_. Mand a la confitera... es para morirse de risa... y no
quisieron fiarle veinte libras de pastas. No s de dnde sac aquel
jamn en dulce que era todo recortes y sobras, ni aquella cabeza de
jabal que ola a desperdicios... En fin, un asco... Tena buenos vinos,
eso s... Vete a saber de dnde los ha sacado, y quin es el incauto que
se los dio... Estaba la pobre apuradsima; pero cmo lo disimulaba...!
No creas, tan campante, sonriendo a todo el mundo; y cuando iba para
dentro se trasformaba y pareca un capitn de barco mandando la maniobra
en caso de naufragio. _(Indignndose.)_ Ah!, ese badulaque, ese
zanganote del marqus tiene la culpa. Est empeado hasta los ojos, y el
da en que los acreedores se echen encima, no tendr camisa que ponerse.
La pobre Milagros es muy buena, es un alma de Dios; pero hay que
reconocer que es muy gastadora. Si le ponen mil duros en la mano, se los
gasta en un da como si fueran cien reales. Yo le doy consejos, lo
predico, le trazo un plan, un mtodo; pero quia!, es intil. A veces
parece reformada; pero sale, pasa por una tienda, ve cualquier
trapo, y _adis mi dinero_... pierde el seso, le entra la fiebre... Yo
le digo, cuando la veo comprar: Ya se le salt a usted un tornillo de
la cabeza... Y si vieras...! Los hijos dan lstima. Esta noche entr
en el cuarto de Leopoldito, y te digo que parece un biombo de una
zapatera de portal; la pared llena de mamarrachos pegados con obleas,
escenas de toros, caricaturas de peridicos... en fin, indecentsimo, y
cada cosa por su lado, todo revuelto; mucho olor de potingue de botica,
porque el chico es una laceria; noveluchas de a peseta en vez de libros
de estudio; ltigos y bastones en tal nmero que habra para poner
tienda de ello; la cama deshecha, porque se haba levantado a las seis
de la tarde... Por all andaba cojeando, con las botas rotas, pidiendo
de comer y atisbando los dulces y fiambres que traan, para abalanzarse
a ellos como un hambriento... Gustavo ya es otra cosa. Qu formalito y
qu bien educado! All andaba discutiendo con los hombres y echando
mucha palabra retumbante... Se me figura un mueco de Scropp con su
fraquito sietemesino, y cuando habla, lo mismo que cuando anda, parece
que le han dado cuerda con una llave... Mara es la que se est poniendo
hermossima. La marquesa no la presenta an para que no la envejezca, y
da dolor ver aquella mujercita tan desarrollada ya... no creas, tiene
ms delantera que su mam... da dolor verla metida all dentro
jugando con las muecas, enredando con las criadas o copiando temas del
francs. Bastante tena que hacer la pobre esta noche con vigilar al
hermanito para que no metiese sus manos sucias en todo y no sobase los
dulces y no lamiera los helados... Yo tom una yema que apestaba a
aceite de hgado de bacalao, y de fijo anduvieron por all los dedos de
Leopoldito.

_(Indignada otra vez.)_ Pero el marqus... vaya un apunte! Quien le
oye y no le conoce, cree que es el hombre ms juicioso del mundo. No
habla ms que del Senado y de las cosas que ha dicho o va a decir all.
Qu pico de oro! l arreglara todos los asuntos de Espaa si le
dejaran... Pero como no le dejan, eso se pierde el pas. Segn dice, las
comisiones le absorben todo el tiempo... Dictamen ac, dictamen all...
Me ha dicho Milagros que de algunos meses a esta parte se dedica a las
criadas, y que no puede entrar en la casa ninguna que no sea un espanto
de fea. En fin, que el marqus, bajo aquella capita de caballero, es una
sentina. A m no me puede ver, porque le suelto cada indirecta... Es que
me da asco, y la pobre Milagros me causa mucha pena. Pobre mujer, pobre
mrtir! Figrate que su _mariducho_, como ella dice, la tiene siempre a
la cuarta pregunta, y la infeliz pasa la pena negra para salir adelante
con el gasto de la casa. As, no extrao que la pobrecita haya tenido
algunas distracciones... No soy yo quien lo dice; lo dicen
otros, y aunque lo repito en confianza, no significa esto que lo crea,
porque a saber si....

D. Francisco, dormido ya profundamente, estaba tan distante de todas
aquellas miserias que su mujer contaba como lo est el Cielo de la
Tierra.




XV


No versaban todas las confidencias sobre el mismo tema; que la frtil
imaginacin de Rosala buscaba instintivamente la variedad en aquellas
nocturnas raciones de jarabe de pico con que arrullaba a su buen esposo.
Atenta a sostener siempre el papel que representaba y que desde algn
tiempo exiga de ella mucho esmero, por apartarse cada da ms de la
expresin sincera de su carcter, mostrbase disgustada de cosas que en
realidad le producan ms agrado que pena, _verbi gratia_:

Ay, hijito!, yo cre que nuestro amigo Pez no acababa esta noche de
contarme sus trapisondas domsticas. De veras, le tengo lstima...
pero qu mareo de hombre y qu organillo de lamentaciones!
Carolina no tiene perdn de Dios, y bien poda enmendarse, al menos para
evitarnos las jaquecas que nos da su marido....

D. Francisco se dorma antes que ella. A veces Rosala estaba desvelada
e inquieta hasta muy tarde, envidiando el dulcsimo descanso de aquel
bendito, que reposaba sobre su conciencia blanda como un ngel sobre las
nubes de la Gloria. La ingeniosa dama no hallaba blanduras semejantes,
sino algo duro y con picos que la tena en desasosiego toda la noche.
Porque su pasin del lujo la haba llevado insensiblemente a un terreno
erizado de peligros, y tena que ocultar las adquisiciones que haca de
continuo por los medios ms contrarios a la tradicin econmica de
Bringas. Tena los cajones de la cmoda atestados de pedazos de tela,
estos cortados, aquellos por cortar. Enorme bal mundo guardaba, con
sospechosa discrecin, mil especies de arreos diversos, los unos
antiguos, retocados o nuevos los otros, todo a medio hacer, revelando la
sbita interrupcin del trabajo por la presencia de testigos importunos.
Era preciso ocultar esto a la vigilancia fiscal de D. Francisco que en
todo se meta, que interpelaba hasta por un carrete de algodn no
presupuesto en su plan de gastos. Rosala se desvelaba pensando en los
embustes que haban de servirle de descargo en caso de sorpresa. Con
qu patraas explicara el crecimiento grande de la riqueza y
variedad de su guardarropa? Porque la muletilla de los regalos de la
Reina estaba ya muy gastada y no poda usarse ms tiempo sin peligro.

Un da D. Francisco volvi de la oficina antes de lo que acostumbraba, y
sorprendi a Rosala en lo ms entretenido de su trabajo, funcionando en
el Camn, como si este fuera un taller de modista, y asistida de una
costurera que haba llevado a casa. Ms que taller pareca el Camn la
sucursal de _Sobrino Hermanos._

Peeero mujer, qu es esto?--dijo Thiers absorto, como quien ve cosas
sobrenaturales o mgicas y no da crdito a sus ojos.

Haba all como unas veinticuatro varas de _Mozambique_, del de a dos
pesetas vara, a cuadros, bonita y vaporosa tela que la Pipan, en
sueos, vea todas las noches sobre sus carnes. La enorme tira de trapo
se arrastraba por la habitacin, se encaramaba a las sillas, se colgaba
de los brazos del sof y se extenda en el suelo para ser dividida en
pedazos por la tijera de la oficiala, que, de rodillas, consultaba con
patrones de papel antes de cortar. Tiras y recortes de _glas_, de las
ms extraas secciones geomtricas, cortados al _bies_, veanse sobre el
bal esperando la mano hbil que los combinase con el _Mozambique_.
Trozos de brillante raso de colores vivos eran los toques calientes, an
no salidos de la paleta, que el bueno de Bringas vio
diseminados por toda la pieza, entre mal enroscadas cintas y fragmentos
de encaje. Las dos mujeres no podan andar por all sin que sus faldas
se enredaran en el _Mozambique_ y en unas veinte varas de _popln_ azul
marino que se haba cado de una silla y se entrelazaba con las tiras de
_foulard_. De aquel bonito desorden sala ese olor especialsimo de
tienda de ropas, que es un resto de los olores del tinte fabril,
mezclado con los del papel y la madera de los embalajes. Sobre el sof,
media docena de figurines ostentaban en mentirosos colores esas damas
imposibles, delgadas como juncos, tiesas como palos, cuyos pies son del
tamao de los dedos de la mano; damas que tienen por boca una oblea
encarnada, que parecen vestidas de papel y se miran unas a otras con
fisonoma de imbecilidad.

Al verse cogida _in fraganti_, el primer impulso de Rosala fue recoger
todo; pero le falt tiempo, y el pavor mismo sugiriole una pronta
salida, rasgo genial de aquel sutilsimo entendimiento.

Calla, hombre, por Dios--le dijo, pasndole el brazo por la espalda y
sacndole suavemente del Camn para que no se enterase la modista--. Es
que... yo cre que te lo haba contado anoche. Esos vestidos son de
Milagros. Ayer, si vieras!, tuvo la pobre una espantosa reyerta con ese
caribe del marqus. Que si l era el que gastaba, que si gastaba ms
ella, que si t, que si yo... Por poco hay una tragedia. Yo
estaba presente... y te digo que ya estaba pensando en mandar que
trajeran rnica... Milagros, que ahora no puede encargarle nada a
Eponina porque su marido no le pagaba las cuentas, compr las telas y
llev a su casa una modista para hacerse un par de trajes de verano...
Qu cosa ms natural? La pobre se arreglaba con veinticuatro varas de
_Mozambique_, a dos pesetas vara, y veintids de _popln_, a catorce...
Ya ves qu economa. Pues nada; entra aquel tagarote, que sin duda vena
de perder cientos de duros a una sota, y lo mismo fue ver las telas y la
modista, empieza a echar por aquella boca unas herejas... Santo
Cristo! Yo me qued... Nada: todo se le volva pisotear la tela y dar
con el pie a los figurines, diciendo: Brrr...!, qu s yo. Que la pobre
Milagros le ha arruinado con sus pingajos. Has visto qu borricadas?
Luego se quit de cuentos, y cogiendo a la pobre modista por un brazo,
la plant en la calle, sin darle tiempo a que se pusiera la mantilla.
Has visto qu pedazo de brbaro?... Milagros se desmay. Tuvimos que
aplicarle ter y qu s yo qu ms cosas... En fin, por sacarla de este
compromiso, he tenido que traerme a casa las telas y la modista para
hacer aqu la labor. Ella vendr luego a dirigirla, porque yo,
francamente, entiendo poco de estas cosas tan historiadas y tan
recargaditas. Emilia, esa chica, es muy hbil y trabaja por poco
dinero... Es una infeliz sin pretensiones, pero le da palmetazo
al clebre Worth, no te creas....

Con estas ingeniosidades, aquel buen cristiano se aplac, y como al poco
rato vino la marquesa, se encerraron las tres en el Camn y estuvieron
picoteando todo el da, cortando, midiendo, probando, deshaciendo y
volviendo a probar, lo dicho por Rosala result tan verosmil como la
verdad. Preocupbase, a todas estas, la dama de las insuperables
dificultades que sobrevendran cuando estrenase aquellos vestidos, pues
en tal caso, y contra la evidencia, no valdran los bien trabados
enredos que saba imaginar. Se consolaba con la esperanza de un hecho
que sera solucin muy fcil y segura. Gonzlez Bravo haba ofrecido a
D. Francisco un gobierno de provincia. Pez le instaba para que aceptase,
seguro de que se lucira y de que la provincia a quien le cayese un
gobernador tan honrado y respetable, habra de saltar de gozo. Pero a l
le repugnaba lo espinoso del cargo, y no quera abandonar su
tranquilidad y aquel vivir oscuro en que era tan feliz. Si al fin
aceptaba Bringas, se ira solo a su nsula, y la desconsolada esposa se
quedara en Madrid con libertad de estrenar cuantos vestidos quisiera.
Pero siendo lo ms probable que el gran economista no aceptase, Rosala
se calentaba los sesos discurriendo la salida de su compromiso, y al fin
hall una frmula que, mucho antes de la ocasin de emplearla,
revolva y ensayaba en su mente.




XVI


Ya ves, hijito--deca para s un mes antes de que el hecho fuera real--,
lo que ha pasado... No te lo quise decir para que no te disgustaras,
porque al fin nuestra amiga es, y en casa se ha hecho este trabajo.
Emilia le exigi el pago adelantado... Pura terquedad. De repente,
caonazo!... Sobrino le pas la cuenta. Ni a una cosa ni a otra pudo
atender la pobre Milagros... No tienes idea de las trapisondas... Ya te
contar. En fin, que he tenido que quedarme con los vestidos por menos
de la tercera parte de su valor y me los he arreglado yo misma para no
gastar... Es regalado, es una verdadera ganga... Emilia se ha empeado
en ello, y dice que le pague cuando yo quiera... Ya ves...

Bien preparada estaba la comedia para cuando llegase el caso de
representarla. Entre tanto, se trabajaba sin descanso en el Camn, con
asistencia de Milagros, que cada da llevaba una novedad, ideas
felices, la inspiracin ms reciente de su genio fecundsimo, _verbi
gratia_:

Yo no puedo ser muy esplndida este verano. Ver usted cmo me arreglo.
En casa de _los Hijos de Rotondo_ me han dado unas veinticinco varas de
_Bareges_, muy arregladito... Me ha dicho la de San Salom que el
_Bareges_ se llevar mucho este verano. Francamente, los Mozambiques me
apestan ya... Pues s... arreglar ese vestido con una sencillez
verdaderamente pastoril. Ver usted... tres volantes y adorno de sedas
delgadas. El volantito estrecho, guarnecido de encaje, y el _entreds_,
bordado, formando hombrera a lo _jockey_... Cinturn color lila cerrado
por delante con una escarapelita... Sabe usted que aquel sombrero me
parece algo estrepitoso?... Tengo otro en proyecto. Ver usted. Con un
casquete que guardo del ao pasado y las cintas aquellas de
terciopelo... No me faltan ms que un _penacho_ y un _marabout_ de
novedad que le pondr al lado derecho, as....

A principios de Mayo, Rosala tuvo que sustraerse, no sin pena, a aquel
delicioso trabajo. El mdico haba ordenado que Isabelita fuera sacada a
paseo todas las maanas. El tiempo estaba hermossimo y convidaba a
gozar de la apacible amenidad del Retiro. Empez la dama sus paseos
matutinos con Isabelita y el pequeuelo, y desde el segundo da se les
agreg el seor de Pez, que padeca de rebeldes inapetencias.
Moreno Rubio le haba prescrito que madrugara, que se pusiera entre
pecho y espalda un vaso grande de agua de la fuente Egipcia o de la
Salud, y que la paseara despus por espacio de dos horas antes de la
hora del almuerzo.

Qu contentos iban los cuatro a lo Reservado, cuya entrada se les
franqueaba, por ser Rosala _de la casa_! Y cunto gozaban los chicos
viendo la _casita del Pobre_, la del Contrabandista y la Persa, echando
migas, a los patitos de la casa del Pescador, subiendo a la carrera por
las espirales de la _Montaa_ artificial, que es en verdad, el colmo del
artificio! Todos aquellos regios caprichos, as como la Casa de Fieras,
declaran la poca de Fernando VII, que si en poltica fue brutalidad, en
artes fue tontera pura.

Rosala y D. Manuel, influidos favorablemente por la gala de la
vegetacin, la frescura del aire y el picor del sol de Mayo, se
reverdecan, y a ratos casi eran tan chiquillos como los chiquillos, es
decir, que charlaban atolondradamente, y su andar no era siempre todo lo
mesurado que corresponde a personas graves, pues ya lo precipitaban, ya
lo contenan ms de la cuenta, mientras los nios jugaban al escondite
entre las espesas matas. El vaso de agua, obrando maravillosamente sobre
la mucosa y todo el aparato digestivo del buen funcionario, produca
efectos maravillosos. Activadas sus funciones vitales, recobraba su
alegra y verbosidad ampulosa: los instintos galantes no se
quedaban atrs en aquella resurreccin matutina. Parece mentira que un
vaso de agua produzca tales efectos. Cuntas veces tenemos en la mano,
sin percatarnos de ello, el remedio de inveterados males!... La fcil
palabra de Pez, saltando de un concepto a otro, lleg al captulo de las
lisonjas, que en aquel caso eran muy fundadas, y all fue el ponderar la
frescura y gracia de la dama. Qu bien le sentaba todo lo que se pona,
y qu majestad en su porte! Pocas personas posean como ella el arte de
vestirse y el secreto de hacer elegante cuanto usara... Estas bocanadas
de incienso ahogaban a Rosala, quiero decir, que el depsito de la
vanidad (cierta vejiga que los fatuos tienen en el pecho) se le inflaba
extraordinariamente y apenas le permita respirar. Tambin a ella le
cosquilleaba en el interior el deseo de hacer algunas confidencias; pero
el respeto de su marido le pona un freno. Por fin, tanto extrem Pez
los panegricos de ella, que la indiscrecin se sobrepuso a la
prudencia. Les vi varias veces cuando regresaban, ella cargada con un
ramo de lilas, el velo un poco echado atrs, cual si sacrificara la
compostura a la libertad de la vida campestre, el rostro algo encendido
por la agitacin del paseo y la vehemencia del discurso; l cargado con
otro ramo suplementario, hecho un pollastro, con diez aos quitados por
ensalmo de encima de su cuerpo; los nios, revoloteando ora
delante, ora detrs, ensucindose de tierra y azotndose con varitas,
sacudiendo los rboles tiernos y saltando las acequias salidas de madre.
Rosala hablaba; pero quin, sino el mismo Pez, podra recoger sus
palabras, impregnadas de un cierto desconsuelo y melancola dulce?

La pobrecita no poda lucir nada, porque su marido... Ante todo, no se
cansara de repetir que era un ngel, un ser de perfeccin... Pero esto
no quitaba que fuera muy tacao y que la tuviese sujeta a un mal traer,
deslucida y olvidada. Y no era ciertamente porque careciese de medios,
pues Bringas tena sus ahorros, reunidos cuarto a cuarto. Y para qu?
Para maldita la cosa, por el simple gusto de juntar monedas en un
cajoncillo y contarlas y remirarlas de vez en cuando... Sin duda aquel
hombre... que era muy bueno, eso s, esposo sin pero y padre
excelente... no saba colocar a su mujer en el rango que por su posicin
corresponda a entrambos. Porque ella tena que alternar con las
personas de ms viso, con ttulos y con la misma Reina; y Bringas, no
viendo las cosas ms que con ojos de miseria, se empeaba en reducirla
al vestidito de merino y a cuatro harapos anticuados y feos. Oh!, lo
que ella sufra, lo que penaba para adecentarse era cosa increble.
Slo Dios y ella lo saban!... Porque su marido llevaba cuenta y razn
de todo, y hasta el perejil que se gastaba en la cocina se
traduca en guarismos en su libro de apuntes... La pobre esposa, atenta
a la dignidad de su posicin social, era un puro Newton, por las
matemticas que tena que revolver en su caletre para procurarse algn
sobrante del gasto de la casa y estirar las mezquinas cantidades que
Bringas le daba para vestirse. La cuitada se pelaba los dedos cosiendo y
arreglndose sus vestidos; y la minuciosidad de l en la cuenta y razn
era tan extremada, que se vea y se deseaba para poder filtrar un da
tres reales, otro dos y medio; y a veces nada poda hacer. La
continuidad de estas molestias constitua una vida de martirio, y no es
que quisiese tener lujo, no: mas juzgaba que su decoro y el contacto con
altas personas le imponan deberes ineludibles; crea que ella y los
nios no deban hacer mal papel en las casas a donde iban, ni le gustaba
que las amigas la mirasen de reojo y cuchichearan entre s, observando
en ella una falda de taracea o una prenda cursi y anticuada... No
obstante, quera entraablemente a su marido, porque fuera de aquello de
las miserias era un hombre completo, un ser de eleccin, bueno y
carioso, honrado como pocos o como ninguno, hombre que jams haba
tenido trapicheos ni tratado con mujerzuelas, ni puesto un duro a una
carta, y por fin, de genio tan pacfico, que como no le tocaran a sus
presupuestos, se haca de l lo que se quera... Considerando
esto, la infeliz llevaba con paciencia lo otro, es decir, los apurillos
para vestirse, y se manejaba como poda para no desmerecer de su elevada
clase... De donde resultaba que ambos, el Sr. de Pez y la seora de
Bringas tenan respectivamente sus motivos de disentimiento conyugal, l
por causa de las furibundas santidades de su esposa, ella por las
sordideces de su marido; lo cual prueba que nadie encuentra completa
dicha en este msero mundo, y que es rarsimo hallar dos caracteres en
completo acomodo y compenetracin dentro de la jaula del matrimonio,
pues el diablo o la sociedad o Dios mismo desconciertan y cambian las
parejas para que todos rabien, y todos, cada cual en su jaula, hagan
mritos para la gloria eterna.




XVII


Cuando la conversacin recay en estas filosofas, iban saliendo por la
puerta de la Glorieta. Ya estaban descuajadas las famosas alamedas de
castaos de Indias, quitada la verja y puestos a la venta los terrenos,
operacin que se llam _rasgo_. Esta palabra fue muy funesta
para la Monarqua, rbol a quien no le vali ser ms antiguo que los
castaos, porque tambin me le descuajaron e hicieron lea de l.

Al pasar del Retiro a las calles, los paseantes recobraban su
compostura. Iban delante los nios dndose las manos. Los mayores, a la
vista de la poblacin regular, cesaban en aquellas confidencias que
parecan fruto sabroso de la amenidad campesina. Era como pasar de un
pas libre a otro donde todo es correcto y reglamentario. En su casa,
cuando trabajaba en el Camn sola o con Emilia, la Bringas sola rumiar
las expansiones de la maana, aadindoles conceptillos que no se
atrevan a traspasar las fronteras del pensamiento. Sin desatender los
trapos, la soadora dama se iba por esos mundos, ejercitando el derecho
de revisin y rectificacin de las cosas sociales, concedido en el reino
de la mente a todos los que se creen fuera de su lugar o mal apareados.

Ese Pez s que es un hombre. Al lado suyo s que podra lucir cualquier
mujer de entendimiento, de buena presencia, de aristocrtico porte. Pero
como todo anda trocado le toc esa mula rezona de Carolina... Todo al
revs! Qu mujer de mrito no se empequeece y anula al lado de este
poquita-cosa de Bringas, que no ve ms que menudencias, y es incapaz de
hacer una brillante carrera y de calzarse una posicin
ilustre?... Ya, qu se puede esperar de un hombre que, cuando le
ofrecen un gobierno, en vez de saltar de gozo se pone a dar suspiros y a
decir: ms que el bastn me gustan mis herramientas?... Oh, Pez,
aquel s que es hombre! Ya s yo qu mujer le correspondera si las
cosas del mundo estuvieran al derecho y cada persona en su sitio. Para
tal hombre, una mujer de principios, de mucha labia, seora de finsimos
modales, y que supiera honrar a su marido honrndose a s propia; que
supiera darle lucimiento lucindose ella misma; una dama que se creciera
cada da hacindole crecer, porque el secreto de las brillantes carreras
de algunos hombres est en el talento de sus mujeres. Paquito deca ayer
que Napolen no hubiera sido nada sin Josefina. Si en vez de esa beata
viviera al lado de Pez una dama que reuniera en sus salones lo ms
selecto de la poltica, ya Pez sera ministro... De veras... si yo
tuviera a mi lado un sujeto semejante...! Pero vaya usted a hacer
ministro a Bringas, un hombre que se pone de mal humor cuando hay que
dar agua con azucarillo a cualquiera que viene a casa; un hombre que
quiere que me vista de hbito y lleve a los nios con alpargatas. Ah!,
rooso, menguado, nunca sers nada... Oh Pez!, si tuvieras por esposa a
la mujer que te corresponde, cmo habas de consentir que saliera a la
calle hecha un adefesio para ponerte en ridculo?... Aprende t, bobo,
de quien con cincuenta mil reales de sueldo vive con la
apariencia de doce mil duros de renta y paga veinticuatro mil reales de
casa. Y no es que tenga deudas, es que sabe agenciarse y saca partido de
su posicin. Esto no lo sabr nunca un poca-cosa, un pisa-hormigas que
me est predicando tres horas porque puse o no puse siete garbanzos ms
en el cocido; esto no lo entiende quien no ve ms all de su sueldo
mezquino, y est temblando de que le den una cruz por no comprar las
insignias; quien no quiere ser gobernador de una provincia; quien se
opone a que el aguador me suba dos cubas ms de agua, porque, segn l,
con mojarse el palmito ya basta; quien sostiene que no necesito ms que
diez y ocho varas de tela para un vestido, y me recomienda que adorne
los sombreros de los nios con cinta damascada de la que usan los
licenciados del ejrcito para colgarse el canuto; quien sostiene que el
pelo de cabra es ms bonito que el gro, y llama cargazn a las capotas
slo porque no son baratas; quien no me deja arreglar la bata con cintas
otomanas y se atrevi a proponerme que utilizara las cintas amarillas de
los mazos de cigarros del primo Agustn....

Algunas tardes, cuando Pez y Rosala no podan salir a la terraza a
causa del mal tiempo, los tres tertuliaban en Gasparini. Tenan que or
los elogios que D. Manuel haca de la estupenda obra de su amigo. De pie
junto a l, con la mano izquierda en el bolsillo del pantaln,
mascndose el bigote, dejaba caer miradas de crtico sobre el
maravilloso cristal tan poblado de pelos como humana cabeza, en algunas
partes cabelludo, en otras claro, en todas como recin afeitado, gomoso,
pegajoso, con brillo semejante al de las perfumadas pringues de tocador.

Es una maravilla... Qu manos!, qu paciencia! Esta obra debiera ir a
un Museo.

Y para s, mascando ms fuerte y metiendo ms la mano en el bolsillo:

Vaya una mamarrachada... Es como salida de esa cabeza de corcho. Slo
t, grandsimo tonto, haces tales esperpentos, y slo a mi mujer le
gustan... Sois el uno para el otro.

Retirose aquel da del trabajo D. Francisco ms fatigado que nunca. Vea
los objetos dobles y tena la cabeza tan mareada como si estuviese a
bordo de un buque. Pero l confiaba en que tal desazn sera pasajera, y
se felicitaba del adelanto y bonito efecto de la obra. El ngel estaba
completamente modelado ya con aquellos increbles puntos de pelo. El
sauce protega con sus llorosas ramas la tumba, y era lstima que no
hubiese cabellos verdes, pues si tal existiera la ilusin sera
completa. Al fondo nada le faltaba ya; era un modelo de perspectiva
melanclica, hasta tal punto, que slo quien tuviese corazn de pea
poda verlo sin sentir gana de hacer pucheros. Faltaban an las flores
del piso y todo el primer trmino, donde Bringas discurri a
ltima hora poner unas columnas rotas y cadas, as como de templo en
ruinas, con lo cual la idea de la desolacin era representada del modo
ms perfecto.

A principios de Junio vimos parte de este trabajo concluido; pero an
restaban varias cosillas, girasoles chiquitos, pensamientos grandes,
amn de unas cuantas mariposas sentimentales de negras alas, posadas
aqu y all, libando el dulce _macassar_ en los clices de aquella flora
piliforme. Por los mismos das ocurrieron sucesos a los cuales el digno
artista era completamente extrao; mas por este motivo mismo no deben
ser aqu olvidados. Y fue que cuando se aproximaba el da sealado para
devolver a Torres su dinero, estaba Rosala tan cabizbaja, que se podra
creer, vindola, que le haban robado algo o inferido alguna descomunal
ofensa. Clculos y ms clculos hizo, desbaratndose el seso, sin llegar
a la solucin del temido problema, y los nmeros negbanse a
complacerla, dndole la cifra que necesitaba... Qu idea! Acudira al
Sr. de Pez? Oh!, si llamara a esta puerta seguramente sera oda, pero
no se atreva. Adems, D. Manuel se marchaba a la sazn para los baos
de Archena, (pues sin un par de carenas anuales era hombre perdido), y
no volvera hasta el 20. El 12 se present Torres con sus ojos de huevos
duros impregnados de una dulzura atnita. Era la imagen de la
amabilidad, en el supuesto de que le estn dando garrote. Su sonrer
empalagoso hizo a Rosala el efecto de un fluido miasmtico que se
filtraba en ella y la pona enferma. Y cun impertinente su nariz
chica, y cun cargante la maa de resobarse la barba, como si quisiera
extraer de ella alguna sustancia! Aquel hombre guapn, que siempre fue a
Rosala indiferente, pareciole entonces un bonito verdugo que se le
presentaba con la cuerda y la hopa.




XVIII


Y que no vena poco apremiante el tal!... Vaya un apunte! Para el da
14 sin falta necesitaba _eso_. Pero sin que pudiera retrasarse ni un
da, ni una hora, porque su honor estaba comprometido en casa de
Mompous, y en caso de que Rosala no pudiera cumplir, se vera precisado
a pedir el dinero a D. Francisco.

Por Dios... no diga usted tal disparate. Jess!... Usted se ha vuelto
loco-tartamude la de Bringas con temblor y sobresalto.

Volvi a echar sus cuentas por centsima vez. Ni aun vendiendo cosas que
no deseaba vender, podra reunir la suma. La prendera le haba trado
algunas cantidades; pero parte de ellas las haba gastado mi buena
seora en comprar cuatro frusleras para componer a sus nios. Si
Milagros le hubiera devuelto aquellos seiscientos reales que le anticip
para pagar al joyero...! Pues s, era preciso que se los devolviera. Se
los pedira terminantemente. Si por arte del Demonio, o ms bien por
milagro de Su Divina Majestad, tuviera Cndida algn dinero...! Cndida
le deba cinco duros que Rosala le prest para dar la vuelta de un
billete de cien escudos. Tambin aquellos extraviados reales deban
volver al redil. Haciendo propsitos de energa, fue a ver a la
marquesa. Casualidad funesta! La marquesa estaba en una funcin
religiosa, que costeaba con otras seoras. Era una Novena dedicada a no
s qu santo titular, con Manifiesto, Estacin, Rosario, Sermn, Novena,
Gozos del Santo, _Santo Dios_ y Reserva. Acudi all Rosala, deseosa de
ver a su amiga aquella misma tarde. La calle estaba llena de coches
elegantes. En la iglesia, hecha un ascua de oro, con cortinas de
terciopelo del barato, cenefas de papel dorado, candilejas mil, enormes
ramilletes de trapo y unos pabellones que parecan de teatro de tercer
orden, haba tal concurrencia, que era muy difcil penetrar en
ella. Rosala logr abrirse camino por entre el elegante gento; pero no
pudo llegar hasta donde estaba la marquesa, que se haba encaramado en
el presbiterio, cerca de los curas. Pas tiempo, mucho tiempo, durante
el cual Rosala oy medio sermn pattico, aflautado, un guisote de
lugares comunes con salsa de gestos de teatro; oy cantorrios ms o
menos gangosos, y por ltimo se hizo tan tarde, pero tan tarde, que
desesperando ver el fin de la dilatada funcin, tuvo que marcharse sin
hablar con Milagros. La pobre seora era una mrtir de los insufribles
mtodos de su marido, y no poda retrasar su vuelta a la casa, porque si
la comida no estaba puesta en la mesa a la hora precisa, D. Francisco
bufaba y deca cosas muy desagradables, como por ejemplo: Hijita, me
tienes muerto de debilidad. Otra vez avisa, y comeremos solos.

La noche la pas muy intranquila, y al da siguiente, 13 de Junio, a eso
de las doce, cuando se dispona a visitar a su amiga, he aqu que se
presenta esta, sobresaltada, manifestando en la expresin de su rostro
que algo extraordinario le ocurra; y lo declaraban as, no slo el
descuido plstico del mismo, sino la turbacin de la voz y otros
sntomas espasmdicos. Rosala particip de aquel sobresalto cuando le
oy decir:

Ay!, amiga de mi alma, en qu conflicto me veo! Si usted no me saca
en bien....

--Yo?--dijo la Bringas apartndose, pues comprendi que se trataba de
un problema monetario como el suyo--. Precisamente viene usted a buena
hora... Si usted supiera... All iba yo.

--A casa?... Le dir a usted lo que sucede para que me tenga lstima,
mucha lstima. Maana tengo baile y cena, una solemnidad de familia,
absolutamente indispensable. Ya he repartido las invitaciones... ver
usted qu chasco! Hija, deme usted por Dios un vaso de agua, porque no
puedo hablar. Tengo algo aqu que me corta la respiracin..._(Despus de
tragar algunos buches de agua.)_ Para evitarme quebraderos de cabeza,
encargo la cena a Bonelli. Ayer le mando llamar. Creo arreglarlo
fcilmente; pero el tal, con todo su descaro, me exige que le he de
pagar las tres cenas que se le deben. Yo bien quisiera; figrese usted
si me gustar deber... Ay!, cralo usted, mi mariducho tiene la culpa
de que vivamos de esta manera... Pero vamos a lo que deca. Qu estaba
yo diciendo? No sabe usted cmo est mi cabeza. Ah! En vista de la
exigencia de Bonelli, mando llamar esta maana a Trouchn, el de la
calle del Arenal, que nunca me ha servido nada; le propongo servirme la
cena de maana, la ajusto, nos convenimos; pero el condenado creer
usted?, con muchas cortesas y mucha labia me dice que si no le pago
anticipadamente no hay cena... Esto ya es un insulto. Jams me
ha pasado cosa igual... Le dir a usted. Es que los reposteros todos son
unos. Sin duda Bonelli fue a prevenir a Trouchn y a llevarle el cuento
de que yo le deba tres cenas. Es una conspiracin contra m, un
complot... Si bien se mira, no les falta razn, querida; pero yo qu
culpa tengo? Ese hombre incapaz, mi maridillo...! Cuanto se diga de l
es poco. Es propiamente incalumniable... He tenido que pagarle ayer una
cuenta de su sastre, que se haba colgado de la campanilla de la puerta
de casa... Con que ya ve usted mi situacin; aconsjeme, indqueme
alguna salida.

Rosala, con humildes razones, se declar incapaz de brujulear a su
amiga por aquel laberinto, mayormente cuando ella estaba en un aprieto
semejante, y contaba con recobrar aquel da los... aquellos seiscientos
reales...

Oh!, s; me acuerdo perfectamente... Anteayer me los ech en el
portamonedas para trarselos a usted... dispnseme... pero antes de
salir de casa, se present el cobrador de la Congregacin con el recibo
de mi cuota para la funcin de ayer y... hija de mi alma, no tuve ms
remedio que aflojar... Por cierto que ayer la vi a usted en la iglesia,
y sent que no estuviera a mi lado para hacerle observar algunas cosas.
La funcin bonitsima; pero no vio usted cunto mamarracho? La de
Cucrbitas se fue a la iglesia con aquel estrepitoso vestido color de
tabaco que parece un hbito de la orden de Estancadas. El
uniforme de la casa. La de San Salom estaba tambin muy estrepitosa. No
he visto en mi vida mayor _pouff_, y aunque dicen que la tendencia de la
moda es aumentarlo, creo que la iglesia pide moderacin en esto. Nada
quiero decir del bullonado tan estupendo que llevaba... pues y la
cola?... En cuanto a m... usted me mir bien? No se poda pedir ms
sencillez... Pero vuelvo a mi pleito, querida ma. No me aconseja usted
algo? Discurra por m; pues yo me he vuelto como tonta. Si de aqu a
maana no resuelvo la cuestin, estoy perdida... Crea usted que es para
suicidarse.

Por curiosidad pregunt Rosala a su amiga lo que necesitaba, y oyndole
decir que unos nueve o ms bien diez mil reales, puso una cara de mal
humor que aument la tribulacin de la ya tan atribulada Milagros.

Ay!, qu pocos alientos me da usted... Y para colmo de desdicha, ayer
tarde me hizo Eponina un escndalo. Si lo que a m me pasa no le pasa a
nadie... Me ha puesto unas cuentas... de lo ms estrepitoso... Por una
hechura dos mil reales!, por avos de aquella bata, slo por avos,
mil quinientos!... Es para matarla....

Diez mil reales!--murmur Rosala mirando al suelo y contando las
slabas como si fueran monedas--. Con la quinta parte tendra yo
bastante.

--Diga usted; D. Francisco...--indic Milagros con animacin, dando a
entender que el bendito Bringas deba de tener ahorros.

--Cllese usted por Dios! Si mi marido supiera...--replic la otra
aterrorizada--. Estas cosas le sacan de quicio.

--Y Cndida?...

--Ave Mara Pursima!

--Poda darse el caso... Olvid decirle a usted que, empeando tres o
cuatro cosillas, podr reunir cuatro mil reales. Slo necesito seis.

--Imposible de toda imposibilidad.

--Ese Torres...--murmur Milagros con la boca tan seca, que la lengua se
le pegaba al paladar.

--Jess! Torres!... qu disparate!...--exclam Rosala viendo alzarse
ante ella, como una aparicin fantstica, la imagen de su acreedor--. No
s si he dicho a usted que maana antes de las doce... Ay!, fue una
locura la compra de aquella manteleta. Ya ve usted... qu necesidad
tena yo de estos ahogos?

--Es una bicoca, hija--manifest la marquesa con aquel tono y aire de
superioridad indulgente que saba tomar cuando le convena--. Si salgo
de mi conflicto, esa futesa por que usted se apura tanto, corre de mi
cuenta. _(Acercndose ms a su amiga y oprimindole el brazo.)_ Don
Francisco debe de tener mucho _parn_ guardado, dinero improductivo,
onza sobre onza, a estilo de paleto. Qu atraso tan grande!
As est el pas como est, porque el capital no circula, porque todo el
metlico est en las arcas, sin beneficio para nadie, ni para el que lo
posee. D. Francisco es de los que piensan que el dinero debe criar
telaraas. En esto su apreciable marido de usted es como los lugareos
ricos. Por qu no le propone usted una cosa? Que me preste lo que
necesito... se entiende, con el inters debido, y mediante una
obligacin formal. Yo no quiero...!

--Dudo yo que Bringas...

--_(Con calor.)_ Pues hija, alguna influencia ha de tener usted sobre
l... Pues no faltaba ms. Es usted tonta? Con decirle: hombre, por
amor de Dios, ese dinero no nos produce nada. Y duro, duro, para que
aprenda. O es que no tenemos carcter...? Yo cre que l le consultaba
a usted todo, y se dejaba dominar por quien le gana en inteligencia y
gobierno... A ver, decdase a proponrselo. Lo dicho dicho: en caso de
que nos arreglemos, el piquillo de usted corre de mi cuenta. _(Riendo.)_
Lo consideraremos como corretaje.

--Dudo yo que mi marido... Quia, imposible..!

Pero, aun creyendo imposible lo que se le haba ocurrido a su ingeniosa
amiga, Rosala meditaba sobre ello. La misma dificultad insuperable del
asunto atraa su espritu, como los grandes problemas embelesan y
fascinan los entendimientos superiores. Durante un rato no se
oy en Gasparini ms ruido que los suspiros de la Pipan y algunas
tosecillas de la marquesa, que no tena sus bronquios en el mejor
estado. Como las dos amigas estaban solas en la casa, pues Bringas no
haba vuelto de la oficina, ni del colegio los nios, podan hablar con
toda libertad de sus cuitas sin hacer misterio de ellas. Volvi la de
Tellera a explanar su proposicin, robustecindola con razones de gran
peso (oh!, el dinero de manos muertas es la causa del atraso de la
nacin!) y con zalameras muy cucas; mas la Bringas persista en
considerar la propuesta como una de las cuestiones ms arduas y
escabrosas que podan ofrecerse a la voluntad humana. Acometerla slo
era como encaramarse a las cimas del herosmo. En el propio estado
seguan las dos cuando se les apareci Cndida, muy risuea y oronda.
Vena de ver a Su Majestad y a doa Tula, y despus haba estado en las
cocinas, donde el cocinero jefe se empe en hacerle aceptar tres
_entrecotes_ y un par de perdices. Cosas de Galland.... Era un hombre
que no se cansaba de obsequiarla, y por no desairarle, ella haba dicho:
Pues que me lo suban a casa.

Luego le mandar a usted una perdiz y dos _entrecotes_--dijo a Rosala
azotndola con su abanico--. No, no me lo agradezca... Si yo no lo he de
probar. A m me sobra carne... Ayer he repartido entre los
vecinos un solomillo magnfico que mand traer de la plaza del Carmen,
esperando tener convidados... Si viera usted aquella pobre gente qu
agradecida...! Mi casa es la Beneficencia. El da que yo me mude de
aquel cuarto han de correr por all muchas lgrimas.




XIX


Y luego, llevando sus ideas a un terreno muy distinto del de la caridad,
aunque tambin muy interesante, se dej decir lo que a la letra se
copia:

Me podrn decir ustedes dnde y cmo y de qu manera podra yo colocar
un poco de dinero, una cantidad que me sobra?... Que sea cosa segura y
con un producto moderado....

El efecto que estas clusulas hicieron en las dos amigas no fue tan
grande como deba esperarse. En la cara de Rosala se pintaba una
incredulidad indiferente, que poco despus se resolvi en alarma,
recordando que el prstamo de cinco duros solicitado un mes antes por
Cndida, haba tenido un prembulo parecido al que acababa de
or. Milagros, sin tener confianza en lo que la Garca Grande deca,
sospechaba que hubiese algo de verdad en ello, o lo que es lo mismo, se
amparaba a lo absurdo como el desesperado que se agarra al clavo
ardiendo.

Pero diga usted, Cndida... Ese dinero lo tiene usted?.

--Hija ma, no sea usted material... No lo tengo precisamente en el
bolsillo, pero como si lo tuviera... Un da de estos me lo ha de traer
Muoz y Sones...

--_(Con desaliento.)_ Un da de estos... ya.

--Y acostumbro pensar las cosas con tiempo... Francamente, no me gusta
tener gruesas sumas en casa, porque aun en esta vecindad palaciega hay
mala gente...

Sin dar importancia a los proyectos rentsticos de Cndida, Milagros
observaba el vestido. Por aquella poca, la ilustre viuda empezaba a
declinar ostensiblemente en su porte y en la limpieza y compostura de su
vestimenta, si bien no haba llegado, ni con mucho, al lastimoso extremo
de abandono en que la hemos conocido ms tarde.

Los nios entraron del colegio, y Rosala fue a darles la merienda.

Qu mona est Isabelita!--dijo Cndida a Milagros; y a poco de
decirlo, se dirigi hacia Columnas, dejando sola con su acerba pena
a mi seora la marquesa. Esta oy el gorjear de los pequeos, la
voz de la mam rindoles por su impaciencia y el chasquido de los besos
que Cndida les daba. Al poco rato apareci Rosala en Gasparini, y
Milagros la vio ceuda y risuea a un tiempo mismo, como cuando no
podemos sustraernos a los efectos de uno de esos lances cmicos que
suelen ocurrir en las ocasiones ms tristes.

Vea usted qu gracia--dijo Rosala al odo de su amiga--. Me ha dicho
en el comedor, con mucho secreto, que le haga el favor de adelantarle
otros cinco duros.

Milagros se sonri, como un enfermo que hace esfuerzos por distraerse.
Pronto volvi a caer en aquella honda tristeza que la aplanaba como una
fiebre consuntiva. Por su mente pasaba el terrible lance de la noche
prxima, los convidados que llegaban, los salones llenndose, ella
vestida con su gran falda de raso rosa, de enorme _pouff_ y largusima
cola, afectando alegra, y el problema de la cena sin resolver an.
Porque en tal noche no poda salir del paso con cuatro frioleras... Qu
bochorno!... Rosala vio los ojos de su amiga humedecidos por las
lgrimas, y quiso consolarla.

Ese perdulario sin conciencia, esa inutilidad...--fue lo nico que se
le ocurri.

D. Francisco entr al poco rato, menos vivaracho y humorstico de lo que
sola. Milagros le salud de la manera ms afectuosa,
quejndose luego de su desgraciada suerte y de lo inexorable que Dios
era con ella, no dndole ms que penas sobre penas. Bringas la
confortaba con razones cristianas, aunque le tena cierta ojeriza, ya
inveterada, por no haber recibido de ella el regalo de Pascua que
creyera merecer cuando le compuso la arqueta de marfil. Pero casi casi
haba llegado mi amigo al perdn de la ofensa, aunque sin olvidarla; y
si se ha de decir verdad, no le agradaban mucho las intimidades de su
mujer con aquella seora, aun considerndolas puramente circunscritas a
lo concerniente al ramo de vestidos.

No tendr el gusto de verle a usted maana en mi casa?--dijo la
marquesa.

D. Francisco se excus con galantera, aprestndose a poner las manos en
su magna obra. Empezaba a notar que le eran perjudiciales las salidas de
noche... Su cabeza no estaba buena. l lo atribua a los nervios, y
quizs fuese efecto del tiempo, del nublado, pues pareca como si
quisiera desgajarse el cielo en agua, y nunca acababa de romper. Aquella
maana se haba sentido muy mal en la oficina... El jefe opinaba que
todo era cosa del estmago, recomendndole una pildorita de acbar en
cada comida. Pero l era tan poco amigo de las botiqueras, que no se
determinaba a tomar nada... Por esta desazn se privaba de asistir a la
_soire_ de Milagros, y se contentara con leer la relacin
que trajeran los peridicos.

Todava, todava--dijo la cuitada con lgubre tristeza--, no s, no
s... Quizs no haya nada... Me pasan cosas horrorosas... No me pregunte
usted. Eso se queda para m, para m sola. Permtame usted que no diga
una palabra ms. Mi buen maridito es una alhaja... pero no me
corresponde a m contar sus proezas... Demasiado pblicas son por
desgracia... No se ra usted de m si me ve llorar. Ciertas cosas....

Bringas no saba qu decirle. Despidiose ella con un fuerte apretn de
manos, y un afectuoso _Hasta maana_.

En la sala y en el pasillo las dos amigas se secretearon un ratito.

He preparado el terreno--dijo Milagros con agona--. Ahora aventrese
usted... sin miedo. De seguro....

--Ay!, hija ma, usted delira, usted suea despierta. S sabr yo...

--Entonces... quiere decir que no hay solucin para m--murmur la
afligida seora abrazando a su amiga, y apretndose contra ella.

Rosala, conmovidsima, no le dijo nada.

Al menos--tartamude la marquesa--, cuntele usted lo que me pasa...
Puede ser que Dios le toque al corazn.

--Se lo contar en cuanto se vaya Cndida. Pero si viera usted qu
pocas esperanzas tengo!... Mejor dicho, no tongo ninguna... Y
yo!, y yo, que me veo en un conflicto igual? Qu inventar yo de aqu
a maana?... Y ahora que me ocurre, por qu no acude usted a su
hermana?

--Por Dios, hija, no s cmo dice usted eso. Mi hermana!... Me ha
salvado ya tantas veces! He abusado tanto! No puede ser. No nos
hablamos ahora. Hace das tuvimos una cuestin. En fin, antes que acudir
a mi hermana, ir a Su Majestad, me echar a sus pies...

--S, s, seguramente... es lo mejor.

--No, no, no... Creo que de aqu a maana me morir de dolor. Est
abierta la capilla? Voy a rezar un rato, a ver si el Seor me ilumina...
Adis, adis... Volver maana, a ver, a ver si hay alguna esperanza.

El abatido rostro de Rosala revelaba bien que tal esperanza no era ms
que un sueo de aquella mente arbitrista. Deba hacerse constar que la
pena de nuestra muy alta seora de Bringas era motivada por sus propias
dificultades, no por las de su apreciable amiga. Confiaba tanto en las
peregrinas dotes de Milagros, que deca para s: No s cmo ser, pero
ella saldr del paso. Cuando la marquesa le dio el ltimo apretn de
manos, Rosala le dijo:

Ya me contar usted maana cmo lo ha arreglado.

Y cuando fue hacia el nicho de Bringas para contarle el caso,
l le tom la delantera con estas acerbas palabras:

Qu enredos trae ahora la Tellera? Lo de siempre, apuritos. Ya no hay
incautos que fen a esa gente el valor de dos reales. La casta de bobos
se va acabando a fuerza de recibir chascos.

La boca de Rosala tena un sello. No osaba pronunciar una sola palabra.
Clavados en su mente, como un _Inri_, tena la imagen de Torres y los
funestos guarismos de la suma que era indispensable pagarle. Confesar a
su marido el aprieto en que se vea era declarar una serie de atentados
clandestinos contra la economa domstica, que era la segunda religin
de Bringas. Pero si Dios no le deparaba una solucin, rale forzoso
apechugar con aquel doloroso remedio de confesarse y con sus
consecuencias, que deban de ser muy malas. No, Cristo Padre; era
preciso inventar algo, buscar, revolver medio mundo, ahondar en las
entraas oscursimas del problema para dar con la clave de l. Antes que
vender al economista el secreto de sus compras, que eran tal vez el
principal hechizo de su vida sosa y rutinaria, optaba por hacer el
sacrificio de sus galas, por arrancarse aquellos pedazos de su corazn
que se manifestaban en el mundo real en forma de telas, encajes y
cintas, y arrojarlos a la voracidad de la prendera para que se los
vendiese por poco ms de nada. Herosmo haca falta, no lgrimas.

Pensando en esto, retirose al Camn para pensar mejor, pues all tenan
siempre sus ideas ms claridad. Cndida, despus de enredar un rato con
los nios, fue a dar conversacin a Bringas. Rosala la oa desde su
taller, sin distinguir ms palabras que _administrador y papel del
Estado... consolidado... revolucin... generales Canarias...
Montpensier... Dios nos asista_... Hablaban de negocios altos y de
poltica baja. De repente la dama oy violentsimo estrpito, como de un
mueble que viene a tierra y de loza que se rompe. Al fuerte golpe sigui
un grito de Bringas, mas tan agudo y doloroso, que Rosala se qued sin
aliento, fra, parada... Qu era? Se haba cado la bveda y cogido
debajo al mejor de los maridos?




XX


Pasado el breve estupor que tan inslitos ruidos le produjeron, Rosala
corri hacia Gasparini, y all, Santo Dios!, vio un espectculo
incomprensible. Bringas estaba en medio de la habitacin, el rostro
descompuesto, de una palidez aterradora, las manos crispadas,
los ojos muy abiertos, muy abiertos... Un mueblecillo, que al lado de la
mesa tena con el cacharro de goma laca y la lamparilla de alcohol para
calentarla, haba cado empujado por el artista cuando este se levant
atropelladamente de su silln. El espritu derramado arda sobre la
alfombra con vagorosa llama. Cndida se ocupaba con presteza en
apagarlo, pisndolo, para lo cual tuvo que alzarse las faldas hasta muy
cerca de la rodilla. Daba saltos y acuda con el peso de su pie a donde
la llama era ms viva; mas como tambin corra por el suelo la goma laca
lquida y caliente, que es sustancia muy pegajosa, las suelas del
calzado de la respetable seora se adheran tan fuertemente al piso, que
no poda, sin un mediano esfuerzo, levantarlas.

Rosala fue derecha a su marido, el cual, sintindola cerca, se agarr a
ella con ansiedad convulsiva, y volviendo a todos lados sus ojos,
pareca buscar algo que se le escapaba. Su rostro expresaba terror tan
vivo, que su mujer no recordaba haber visto en l nada semejante.

Qu?...--fue lo nico que ella, en su consternacin, pudo decir.

Bringas se frot los ojos, los volvi a abrir, y moviendo mucho los
prpados, como los poetas cuando leen sus versos, exclam con acento que
desgarraba:

No veo!... No veo!.

Rosala no pudo aadir nada; tal era su espanto. La de Garca Grande,
que haba logrado dominar el fuego, aunque no evitar completamente la
adherencia de sus botas al piso, acudi al lastimoso grupo...

Eso no ser nada--dijo observando aquel extrao mirar de D. Francisco.

--En dnde est la ventana, la ventana?...--gimi el infeliz en la
mayor desesperacin.

--Ah, ah, no la ves?...--grit Rosala, volvindole hacia la luz.

--No, no la veo, no te veo, no veo nada... Oscuridad completa,
absoluta... Todo negro...

--Ay!, ese maldito trabajo... Bien te lo dije, bien te lo decan
todos... Pero eso pasar...

Rosala estaba ms muerta que viva... No le ocurra nada. La pena la
ahogaba. Cndida, procediendo con ms calma, empez a tomar
disposiciones.

Sentmosle en el sof... Ahora convendra llamar al mdico.

Le acercaron al sof, y en l se desplom el enfermo con desesperacin,
como si se dejara caer en su atad. Palpaba los objetos, palpaba a su
mujer, que ni un punto se separ de l.

Bien te lo decamos--repiti, ahogndose en lgrimas y disimulando el
desentono de la voz--. Esa condenada obra de pelo... trabajando todo el
da... Si notabas cansancio de la vista, para qu seguir?.

--Mis hijos, dnde estn?--murmur Bringas.

Junto a la puerta estaban Isabelita y Alfonsn, aterrados, mudos, sin
atreverse a dar un paso: el pequeo con el pan de la merienda en la
mano, masticndolo lentamente; la nia seria, con las manos a la
espalda, mirando el triste grupo de sus padres consternados. Rosala les
mand acercarse. Bringas les palp, dioles mil besos, lamentndose de no
poderles ver, y augurando que ya no les vera nunca. Ms lgrimas
derram el pobrecito en aquel cuarto de hora que en toda su vida
anterior, y la Pipan, considerando aquella sbita desgracia que Dios le
enviaba, la conceptu castigo de las faltas que haba cometido. Fue
preciso al fin sacar de all a los pequeuelos. Prudencia se encarg de
retenerles en la Furriela y de no dejarles pasar. Inspiraba cuidado
Isabelita por el temor de que la fuerte impresin recibida le produjese
un trastorno espasmdico ms grave que los anteriores. Entre tanto, la
seora de Garca Grande, ms obsequiosa y servicial con los amigos en
las ocasiones crticas, se desviva por ser til.

Yo misma ir en busca del mdico. Vern ustedes cmo nos dice que esto
no es nada. Yo tuve una cosa semejante cuando aprend el punto de
Flandes. Sent de repente una perturbacin rarsima en la vista; luego
empec a ver los objetos partidos por la mitad. Todo par en un
fuerte dolor de cabeza. Jaqueca oftlmica llaman a eso. Recuerdo
haber odo decir a mi mdico que en algunos casos se pierde
completamente la vista por unas horas, por un da... Sernese usted, mi
amigo D. Francisco, y tmese un vasito de agua con un poco de vino.
Pronto vuelvo.

Sali diligente, con ganas sinceras de servir, y no hallando al mdico
que viva en la casa, fue a buscar al de guardia. Mientras estuvieron
solos, Bringas y su mujer apenas hablaron. Ella no cesaba de mirarle,
con la esperanza de que, cuando menos se pensase, recobraran aquellos
ojos atnitos el don preciossimo para que fueron criados; l empezaba a
ejercitar el sentido peculiar de los ciegos, el tacto, y la vea con las
manos, ya estrechando las de ella, ya palpndola cariosa y
detenidamente. Alguna palabra suelta, suspiros y lamentaciones del pobre
enfermo, eran la nica expresin verbal de aquella triste escena, ms
elocuente cuanto ms callada.

El mdico vino al fin. Cndida, no quiso dejarle de la mano hasta entrar
con l en la casa. Era un viejo afable, de la escuela antigua, excelente
diagnosticador, tmido para prescribir, y segn se deca, poco
afortunado. Enterndose de los antecedentes del caso, calific el mal de
_congestin retiniana_.

De la retina--apoy Cndida--. Eso pasa. Pronto recobrar la vista;
pero ese trabajo de los pelos, amiguito, delo usted por terminado.

--Si yo lo deca, si yo lo anunciaba--exclam briosamente la Bringas,
reanimada con las esperanzas que daba el mdico--. Y ahora...?

El doctor prescribi reposo absoluto, dieta, y para el da prximo un
derivativo. Orden tambin un vendaje negro, un calmante ligero para en
caso de insomnio, y ofreci venir temprano a la maana siguiente para
examinar con detencin los ojos del enfermo. Era ya tarde, y la ltima
luz solar se retiraba lgubremente de la habitacin. Cuando el bondadoso
anciano se retir, Bringas y su mujer estaban ms animados.

Nada, hijos mos, no hay que apurarse--les dijo Cndida, cuya til
oficiosidad a entrambos serva de gran consuelo--. Ahora acostarse... y
dormir si se puede. Nada de miedo, ni de pensar en lo que no ha de ser.
Serenidad y un poquito de paciencia. Es cuestin de horas o de un par de
das todo lo ms. Yo me encargo de traer las medicinas y cuanto haga
falta. Les acompaar tambin toda la noche, si fuere preciso....

Cuando la servicial seora volvi de la botica, ya Rosala haba
acostado a su marido, despus de vendarle con un gran pedazo de tafetn
negro. Como todo ciego incipiente, Bringas afectaba no necesitar de
extraa ayuda para desnudarse, y conociendo la tribulacin de su mujer,
tena el herosmo de reanimarla con expresiones cariosas, como si l
fuera el sano y ella la enferma.

Probablemente esto pasar... Pero es cargante. Ni en broma me
gusta esto de no ver. Tranquilzate, que yo lo llevar con paciencia, y
casi casi principio ya a acostumbrarme... Me alegrar mucho de no tener
que llamar a un oculista, pues estos, aunque curen, siempre cuestan un
ojo de la cara.

Pas la noche sin suceso alguno notable; Bringas harto inquieto, con
agudsimo dolor cefallgico y en los ojos, Rosala en vela, compartiendo
su cuidado y vigilancia entre el marido ciego y la nia epilptica, que
fue acometida de pesadillas ms alarmantes que las de ordinario, pues
las escenas de aquella tarde la excitaron vivsimamente. Por dicha de
todos, Candidita acompa a su atribulada amiga la noche entera,
consolndola con su sola presencia y prestndole auxilios muy eficaces.
Era muy propia para casos tales y saba mil cosillas tiles de medicina
domstica. A lo ms difcil encontraba pronta solucin; jams se
acobardaba, ni sus baqueteados huesos conocan el cansancio.

Al alba poco ms o menos, Rosala, vencida del sueo, se adormeci en un
silln frente al lecho conyugal donde el bueno de Thiers reposaba,
aletargado ya; y lo mismo fue caer la seora en aquella modorra que
empezar ver al Torres y su barba y nariz famosas. Tambin se ofreci a
su vista la suma, que corra pieza tras pieza, desarrollando sus
unidades en dilatado espacio, y vio la apremiante hora de aquel da, que
despuntaba amenazador... Recobrose la infeliz sbitamente
abriendo los ojos. Crey haber odo un _ay!_ de Bringas; pero debi
de ser ilusin suya, pues el santo varn pareca muy tranquilo, y su
mesurado aliento indicaba que al fin se haba dormido de veras.

Torres... el dinero!--pens Rosala sacudiendo la cabeza para
ahuyentar aquella idea, como si esta fuera un moscn que se le posara en
la frente--. Y en qu circunstancias, Dios mo!....




XXI


Pero casi al mismo tiempo que tal deca vnole rpidamente al
pensamiento, como esos rayos celestes de que nos habla el misticismo,
una idea salvadora, una solucin fcil, eficacsima, derivada oh
rarezas de la vida!, de la misma situacin aflictiva en que la familia
se encontraba. Qu cosas hace Dios! l se sabr por qu las hace.

Levantose del silln quedamente y con mucha pausa para no despertar al
enfermo. Ya saba lo que tena que hacer. La cosa era clara y
fcil. Lo que no pudo hacerse el da anterior, se hara en aquel tan
funesto. Haba pensado ella varias veces en los candelabros de plata,
pero cmo empearlos sin que D. Francisco, hombre de tan buen ojo, se
enterase?... Ya poda ser, ya poda ser!... Ella tendra buen cuidado
de reponerlos en su sitio, juntando muy pronto el dinero preciso para el
desempeo, y as su marido no se percatara de nada cuando recobrase la
vista. Pluguiera a Dios y a Santa Luca que esto fuera pronto! No
siendo quizs bastante el producto de los candelabros para allegar la
cantidad que necesitaba, pues adems del dinero de Torres, le haca
falta el del segundo plazo de _Sobrino Hermanos_, dispuso unir a las
mencionadas piezas de plata los tornillos de brillantes que en las
orejas llevaba, donativo de Agustn Caballero. Bringas no poda notar la
falta, y si por acaso la notaba al pasarle la mano por la cara, ella le
dira cualquier cosa, le dira que...

Que se los haba quitado en seal de duelo.

Doa Cndida le vena como de molde para la operacin de crdito que
proyectaba. Encontrola en el comedor, tan campante, tan despabilada, tan
despierta como si no hubiera pasado una mala noche. Al punto sac
Rosala el chocolate, para que su amiga se hiciese a su gusto el que
haba de tomar. Mientras la respetable seora se ocupaba de esto con la
prolijidad que siempre pona en tan grata operacin, su amiga
le particip sus proyectos. Oyronse durante un ratito cuchicheos
ntimos, y viose la cabeza de Cndida haciendo movimientos afirmativos,
bastantes a dar seguridad a la misma duda.

Antes de las doce estar todo hecho. Tranquilcese usted... Para estas
cosas me valgo yo de un amigo que es un lince... Sigilo, actividad,
entendimiento, todo lo tiene; y despacha estos encargos en un decir
Jess.

Hay motivos para creer que ya por aquella poca, la segunda etapa de su
decadencia, principiaba Cndida a visitar en persona el Monte de Piedad
y las casas de prstamos, bien para asuntos de su propia conveniencia,
bien para prestar un delicado servicio a cualquier amiga de mucha
confianza. A esto llamaba Mximo Manso la _segunda manera de doa
Cndida_, y debo hacer constar que an hubo una _tercera manera_ mucho
ms lastimosa.

Todo se arregl, pues, aquella maana tan fcil y prontamente como la de
Garca Grande haba dicho, pues no eran las once y media cuando ya
estaba ella de vuelta con el dinero. Tomolo Rosala con ansia y se
alegr de poseer lo bastante para cumplir con Torres y con Sobrino,
conservando un resto para atencioncillas de poco ms o menos.

No s cmo agradecerle a usted...--dijo con vehemencia a su
insigne amiga, estrechndole las manos--. Pronto volver todo a casa,
pues no me gusta que mis alhajas hagan estas excursiones; y slo por una
gran necesidad....

No se sabe como rod la conversacin hacia un cierto apurillo que haba,
por la mucha calma de un pcaro administrador... Cuestin de dos o tres
das... Cmo negar este favor a quien se haba portado tan bien?
Rosala crey que se arrancaba un pedazo de sus entraas cuando se le
fueron de entre las manos aquellos diez duros con que apag la sed
metlica de su amiga. Pero no haba ms remedio. Muy gozosa pas doa
Cndida a ver a Bringas, el cual dijo que se senta mejor, aunque muy
dbil de la cabeza. El mdico le haba examinado por la maana y su
pronstico fue bastante favorable. Recobrara pronto la vista... y...
Aun crea ver algo cuando se apartaba la venda... Lo que haca falta era
mucho reposo, paciencia y tomar con mtodo y puntualidad las medicinas
prescritas.

Quin ha entrado?--pregunt Bringas vivamente.

--Me parece que es el Sr. de Torres--replic Cndida--, que ha venido a
preguntar por usted.

--Tengo la cabeza tan dbil, y al mismo tiempo tan trastornada, que me
pareci or contar dinero... Aunque no quiera, y aunque el mdico me
ordeno que no me ocupe de nada, no puedo menos de prestar atencin a
todo lo que pasa en la casa. No lo puedo remediar. Tengo el
odo siempre alerta, y hasta cuando me duermo parceme que no se me
escapa ningn rumor.

Djole ella cuerdamente que todo cerebro enfermo pide inaccin; que le
convena entregar sus sentidos a la indiferencia y al descanso; que
mientras estuviese en la cama no se le haba de dar conversacin, y que
ni aun sus hijos debieran entrar en la alcoba. Con esto se manifest l
conforme, dando un gran suspiro, y sostuvo que para lo que necesitaba
ms paciencia y fuerza de voluntad era para reprimir su afn de
enterarse de todo y de dar rdenes.

Mientras esto se hablaba en la oscura alcoba, Rosala cuchicheaba con
Torres en la Saleta. Por grandes que fueron las precauciones tomadas
para no hacer ruido de dinero al contar veinte duros en plata, algn
leve tin tin hubo de vibrar en la habitacin y extenderse por la casa en
ondas tenues hasta llegar al sutil odo de Bringas. Torres, muy afectado
por la dolencia de su amigo, expres la esperanza de que no fuera cosa
grave... El tenedor de libros de Mompous haba tenido un ataque
semejante, a la vista. Nada; que estando un da escribiendo, se qued
ciego... Creyeron al principio que era gota serena; pero con diez das
de venda y algunas medicinas se puso bueno, aunque siempre delicado. En
los baos de Quinto se acab de curar.... Despidiose el susodicho tan
contento por llevarse su dinero como afligido por el percance
de D. Francisco.

A Isabelita, que estaba triste, afectada y sin ganas de comer, la
mandaron a casa de Cndida para que pasara all todo el da jugando con
Irene y otras nias de la vecindad. Alfonsn fue al colegio, y Paquito,
a quien la enfermedad de su pap tena muy melanclico, no sali de la
casa ni quiso probar bocado en el almuerzo. Cndida fue la nica persona
que all mostr un regular apetito.

Es preciso alimentarse, aunque sea haciendo un esfuerzo--deca a la de
Bringas--. No se deje usted ir as. Hay que tomar fuerzas para poder
velar y trabajar y atender a todo... Yo tampoco tengo ganas; pero me
domino, hija, y como por obligacin, porque es preciso.

Poco despus recibi nuestra amiga una esquelita de Milagros en que le
deca que todo se haba arreglado al fin satisfactoriamente, y que la
esperaba por la noche. La carta respiraba alegra y satisfaccin.

Esta pobre Milagros no sabe lo que nos pasa...--dijo Rosala rompiendo
la carta--. La pobre me suplica que no falte esta noche. Hijo, vete un
momento all y dale cuenta de esta desgracia... Mira, al regreso te
pasas por casa de Pez y enteras tambin a Carolina... Ah!, ella tiene
la culpa, con sus obras de pelo. Qu esperpento de mujer!....

La modista fue aquel da; pero la seora la despidi dicindole que no
estaba la Magdalena para tafetanes; que volviera la prxima semana. Por
la tarde fue tambin Milagros, que senta mucho no haber sabido antes el
suceso para ir _volando_ a consolar a su amiga. Su pena sincera no era
parte a ocultar la satisfaccin que la embargaba por el feliz arreglo de
su conflicto metlico en aquel da crtico. Cmo y de qu manera se
haba hecho el arreglo, ya lo dira ms adelante, pues no era ocasin de
importunarla con cosas que no le importaban... Y el mdico qu dice?.
La excelente seora esperaba que la ceguera fuese una desazn de pocos
das. Pedira a Dios que curase a aquel hombre tan bueno, a aquel modelo
de los padres de familia... Cunto siento que no pueda usted venir
esta noche a mi casa!... De seguro estar la reunin muy brillante, y en
cuanto al _buffet_ ser de lo ms esplndido... Ya, ya le contar a
usted cmo... Hay para rato.

Despidindose junto a la puerta, no pudo reprimir algunos desahogos muy
espontneos de su pasin dominante. Como quien dice un secreto de
importancia, declar a su amiga que se pondra aquella noche el vestido
de muselina blanca con viso de _foulard_, color lila, al cual haba
hecho poner un _entreds_ y casaca Watteau... A ltima hora se haba
podido arreglar una camiseta como la que le mandaron de Pars a la de
San Salom... Pensaba peinarse con el cabello levantado,
ondulado, gran trenza alrededor de la cabeza y largos bucles por
detrs... En fin, no est usted de humor para or tanta tontera...
Adis, adis... Maana vendr a saber como sigue nuestro D. Francisco y
a contar, a contar....

Bringas, que de todo se enteraba, dijo a su esposa:

Ya o tus secreteos con la Tellera en la puerta. Y qu tal? Ha cado
algn bobo?... Pobre mujer! De veras te digo que ms vale comer en paz
un pedazo de pan con cebolla, que vivir como esa gente, entre grandezas
revestidas de agona... Y esta noche gran jaleo!... Te juro que les
tengo lstima.




XXII


Animbase mucho, porque cuando se alzaba un poquito la venda,
contraviniendo las rdenes del mdico, perciba la luz, aunque con
impresin turbada y dolorosa. Como quiera que fuese, tena el
convencimiento de que el rgano no estaba perdido y de que ms tarde o
temprano recobrara el uso de aquella funcin preciossima. El
cosquilleo le molestaba mucho y tambin la visin calenturienta de
millares de puntos luminosos o de tenues rayos metlicos, movibles,
fugaces, imgenes de los malditos y nunca bien execrados pelos que
conservaba la enferma retina. Con todo, llevaba mi hombre su mal
resignadamente, y lo que peda por Dios era que le sacaran del lecho;
pues era para l grandsimo suplicio estar tendido boca arriba, revuelto
entre las sbanas ardientes. Permitiole el mdico levantarse de la cama
a los tres das, mas con orden terminante de no moverse de un silln y
estarse quieto y mudo, indiferente a todo y sin recibir visitas ni
ocuparse de cosa alguna, siempre vendado rigurosamente. Levantose, y le
instalaron en Gasparini, en cmodo silln con almohadas. No se permita
que nadie entrara a darle conversacin, ni se le obedeca cuando
suplicaba a Paquito por las noches que le leyese algn diario. Respecto
a su apartamiento de los asuntos domsticos, poco pudo lograr Rosala,
pues aunque l se preciaba de dejar al cuidado de ella todas las cosas,
no poda contener su anhelo de autoridad, de aquella autoridad tan bien
ejercida durante largos aos; y a cada momento se acordaba del buen uso
que haba hecho de sus funciones.

--Rosala...

--Qu quieres, hijito?

--Qu principio has puesto hoy?

--Para qu te ocupas...?

--Me ha olido a estofado de vaca... No me lo niegues... Ahora, ms que
nunca, hay que apelar a las tortillas de patatas, a las alcachofas
rellenas, a la longaniza, y si me apuras, a asadura de carnero, sin
olvidar las carrilladas. Si te fas de Cndida y le encargas la compra,
pronto nos dejar por puertas. Ya sabes que esa seora derroch dos
fortunas en comistrajos... Di una cosa: ayer pusiste para almorzar
merluza frita.

--Es que cre que el mdico te mandara tomarla. Por eso se trajo.
Despus result que no.

--Oye una cosa... Dnde est ahora Cndida?

--Est en la Furriela. No temas que te oiga.

--Por qu no haces, con buen modo, que se vaya a comer a su casa? No me
gustan convidados perpetuos. Un da, dos, pase...

--Pero hombre... Si supieras cunto me ha ayudado la pobre...! Maana
veremos. No puedo decirle de buenas a primeras que se vaya...

--Qu te ha trado Prudencia de la plaza de la Cebada?

--Las tres arrobas de patatas.

--A cmo?

--A seis reales.

--Mira, hijita, no olvides de apuntar todo, para que cuando yo est
bueno, pueda seguir llevando la cuenta del mes. Has trado aceite?
No traigas vino, pues ya sabes que yo no lo gasto por ahora. El
mdico me dice que tome un dedito de Jerez; pero no lo compres. Si doa
Tula te manda las dos botellas que te prometi, lo tomar; si no, no. Si
Candidita sigue viniendo por las maanas y es forzoso darle la jicarita
de chocolate... Me podr or?

--No, no hay nadie.

--Pues digo que traigas para ella del de a cuatro reales, que sin duda
le sabr a gloria: yo dudo que en su casa cate ella otra cosa que el de
tres... Estoy pensando en el regalo que tenemos que hacer al mdico, y
en eso se nos van a ir todos nuestros ahorros. Y gracias que no me
traiga ac un oculista, que si lo llega a traer, apaga y vmonos. Dios
querr no sea preciso... Ayer habl de tomar baos. Tiemblo de pensarlo.
Esto de los baos es una monserga que los mdicos han inventado ahora
para acabar de exprimir el jugo a los pobres enfermos. En mi tiempo no
haba tales baos, y por eso no haba ms enfermedades. Al contrario,
creo que mora menos gente. Si habla de baos, te lo recomiendo, hija,
ponle mala cara, como se la pongo yo.

Lo ms singular era que ni en aquel estado msero hubo de abandonar mi
buen Thiers la contabilidad de su casa. Mientras estuvo en el lecho, dio
a su mujer las llaves de la gaveta donde tena el dinero; pero desde que
se levant quiso empuar de nuevo las riendas del gobierno y
ejercer aquella soberana funcin, que es el atributo ms claro de la
autoridad domstica. No acobardado por su ceguera y sobreponiendo su
activo espritu a la dolencia corporal, levantbase de su asiento,
acercbase a la mesa, palpaba los muebles para no tropezar, y abra la
gaveta para sacar el cajoncito donde estaba el dinero. Haba adquirido
ya su tacto, en tan corto perodo educativo, la finura que poseen en el
suyo los privados de la vista, y conoca las monedas slo con sopesarlas
y sobarlas un poco. Con la arqueta sobre las rodillas, iba sacando y
contando hasta poner la regateada cantidad en las manos de su mujer.
Esta haca alguna observacin tmida: Ya ves, hijito, el gasto es mayor
en estos das.

--Pues que no lo sea. Arrglate... Ah! Hoy es sbado: los veinticuatro
reales del carbonero... En cuanto al maestro de baile, si insiste en
subir ms cubas, que yo no pago ms que lo de costumbre; lo dems es por
su cuenta. No me pongas ms caldo de gallina, a no ser que el cocinero
jefe te mande alguna. Suprimido el cuarto de gallina o el medio pollo.
Felizmente me he acostumbrado a no ser hombre de melindres. El caldo del
cocido con su buen hueso y tutano vale ms que nada.

Rosala, por no contrariarle, a todo deca _amn_. Despus de sacar el
dinero del gasto cuotidiano, quedbase Bringas un rato con la arqueta
sobre las rodillas; y levantando un falso fondo que el
mueblecillo tena, sacaba una vieja y sobada cartera, entre cuyos
dobleces iban apareciendo algunos billetes del Banco. Con exquisito
tacto los repasaba, los desdoblaba, los volva a doblar cuidadosamente,
diciendo: Este es el de quinientos, stos dos de cuatro mil...
etctera. Conocalos por el orden en que estaban colocados... Luego
pona todo en su sitio con respetuosa pausa, guardaba el arca, y echando
la llave, depositaba esta en el bolsillo izquierdo de su chaleco. La
seora le guiaba hasta volverle a poner en el silln. Esto se haca
siempre a puerta cerrada; pues antes de escudriar su tesoro mandaba a
Rosala que echase el pasador a la puerta para que no entrara nadie.

Una semana trascurri desde el da de San Antonio, tristsima fecha en
la casa, sin que el enfermo adelantara gran cosa. No estaba mejor, bien
es verdad que tampoco haba empeorado, lo cual al fin y al cabo, siempre
es un consuelo. No haba duda alguna de que las funciones pticas se
conservaban intactas, es decir, que D. Francisco vea; mas era tan
penosa la impresin de la luz en sus ojos, que si por un instante se
levantaba la venda, los crueles dolores y el ardor vivsimo que senta
obligbanle a ponrsela otra vez. Su mujer le cuidaba con un esmero y
atencin dignos del mayor elogio. Ella le pona las compresas de
belladona sobre los prpados cuando los dolores eran grandes,
y le frotaba las sienes con belladona y ludano. Dbale todas las noches
el calomelano con ligera dosis de opio cuando haba insomnio; pero en
nada pona tanto cuidado la solcita esposa como en amonestarle para que
no se levantase nunca la venda; pues era el pobre seor tan vivo de
genio, que desde que se senta un poquito mejor ya le faltaba tiempo
para _echar una miradita_ al mundo, como deca.

--Por Dios, hombre, no seas as... Mira que te perjudicas. Eres como los
chiquillos. No s de qu te valen la razn y los aos. Te dice el mdico
que por nada del mundo te descubras, y t empeado en que s... De ese
modo no adelantas nada. Ten paciencia, que da llegar en que te quites
ese trapajo negro y puedas mirar directamente al sol. Pero ahora, por
algn tiempo, cieguecito y nada ms que cieguecito. Con que mucha
formalidad, que si das en _abrir la ventanita_, como dices, te amarrar
las manos.

--Es que esta maldita venda--dijo Bringas dando un suspiro--, me agobia,
me pesa como si fuera el bastin de una muralla... Es verdad que padezco
mucho cuando me hiere la luz; pero tambin la impaciencia, y sobre todo
la oscuridad me mortifican horriblemente... Es un consuelo ver de rato
en rato alguna cosilla, aunque slo sea la cavidad de la habitacin, con
los objetos confusos y como borrados; es consuelo verte, y por
cierto que si no me engaa esta pcara retina enferma, tienes puesta una
bata de seda... La que te dio Agustn no la habas deshecho para cortar
un vestido a la nia? _Ainda mais_, la que llevas ahora es de un color
as como grosella...




XXIII


Rosala oy esto desde la puerta. Desconcertada al pronto, no tard en
recobrar su serenidad, y dijo riendo:

--Pues no dice que llevo bata de seda?... S, para batas de seda
estamos... Ah tienes lo que te vale asomarte a la ventanita. Todo lo
ves cambiado, todo lo ves equivocado; el tartn se te antoja seda, y
este color pardo sucio te parece grosella...

--Pues yo jurara...

--No jures, hijito, que es pecado... Batas de seda...!, qu ms
quisiera yo...

Y sali prontamente. En el Camn mud la bata que tena puesta por otra
muy vieja, que era la que generalmente usaba...

--Ests aqu?--pregunt Bringas despus de aguardar un rato,
durante el cual hubo de dudar si su esposa estaba presente o no.

--Aqu estoy... s--respondi Rosala contestando apresurada--. El
panadero... hoy no he tomado ms que tres libras...

--Pues yo jurara... Ser que todo lo veo trastornado?

--Todava ests con lo de la bata?...--dijo Rosala acercndose a l y
hacindole caricias...

El ciego toc la tela, estrujndola entre sus dedos.

Lo que es al tacto, lana es, y muy seora lana.

Y despus de otra pausa, durante la cual ella no dijo nada, Bringas,
azuzado por su ingnita suspicacia, aadi:

--Como no te la mudaras en el ratito que estuviste fuera... Me pareci
haber sentido ruido y frotamiento de tela...

--Jess!... Or es. Puede que s. Est ah la modista arreglando los
vestidos de Milagros...

Paquito, que acababa de entrar de la calle, se sent junto a su padre
para contarle algunas ancdotas de las que corran y leerle sueltos de
peridico. Aquella tarde fue Milagros, que tambin haba ido las
anteriores, demostrando por la salud del Sr. D. Francisco un inters
verdaderamente fraternal. Algunos ratitos le acompaaba; pero pronto se
dirigan ella y su colega al aposento ms lejano, que era la Furriela.

Nunca explic claramente la marquesa a su amiga cmo haba sido aquel
feliz arreglo de la famosa apretura del da 14; pero ello debi de ser
un prstamo a cortsimo plazo, por lo que se ver ms adelante. Lo
cierto es que la cena fue esplendidsima, y un clebre cronista de
salones, con aquel estilo eunuco que les es peculiar, la ponder y
ensalz hasta las nubes, usando frases entre espaolas y francesas que
no repito por temor a que, leyndolas, sientan mis buenos lectores en su
estmago efectos parecidos a los del trtaro emtico. Cuando le leyeron
a don Francisco la relacin de la lucida fiesta, el buen seor no cesaba
de repetir: Quin sera el bobo, quin sera el bobo...!.

Los primeros das despus del sarao, Milagros pareca muy satisfecha.
Paulatinamente su contento amenguaba, y hacia el 20 podrais notar en
ella sbitos ataques de tristeza. No pas el 22 sin que a ratos revelara
con hondos suspiros una aprensin muy grave. Por San Juan ya los ratos
de tranquilidad eran los menos, y la marquesa anunci a su amiga,
confidencias muy desagradables. Esta se asustaba oyendo tales augurios,
y vea venir una nube ms negra y tempestuosa que la pasada. Entre
tanto, los carios de Milagros eran tan extremados, que Rosala no saba
cmo agradecerlos. A menudo hablaban de trajes y modas, aunque la de
Bringas no tena gusto para nada, mientras su esposo estuviese
enfermo. Por fortuna, el mdico anunciaba una curacin pronta, y con
este pronstico feliz tomaba tales alientos la dama, que su espritu
empez a reservar un hueco no pequeo para todo lo concerniente al orden
de la indumentaria elegante. Los regalitos de Milagros en aquella
ocasin triste le llegaban al alma. Y cuenta que no eran bicoca estos
obsequios. Una tarde, al despedirse, le dijo: Sabe usted que el
sombrero Florin no me va bien? A usted le caera perfectamente. Se lo
voy a mandar.

Y se lo mand. Otro da hablaron de vestidos, con ms calor. El de pelo
de cabra, que tengo a medio hacer no me gusta. Se lo enviar maana...
Como usted ha de ir forzosamente a baos con su marido, puede usarlo
all... No, no me lo agradezca usted. Si no me sirve... Tambin le
traer el _fich_ con cinta de terciopelo verde y un casquete de fieltro
para que usted se lo arregle fcilmente. Para baos, delicioso. Le
mandar igualmente flores, plumas, _aigrettes_... Tengo seis cajones
llenos de estas cosas... Hoy me llev la modista la bata grosella...
Sabe usted que no me va muy bien? Ese color slo sienta bien a las
gruesas, a las caras frescas... La quiere usted? Puede hacerle algunas
variaciones, ensancharla un poquito, y le servir... La tela es
riqusima.

He aqu cmo entraron en la casa todas estas ricas prendas.
Rosala, como hemos dicho, no tena gusto para nada, y las iba
almacenando en el Camn. Alguna vez, cuando su espritu estaba sosegado,
por las buenas esperanzas que daba el mdico, sola encerrarse en la
citada pieza para probarse la bata, el vestido, el sombrero... Sin poder
resistir la tentacin, dispuso con Emilia varios arreglos, alargando
unas cosas, reformando completamente otras. A veces, dejndose llevar de
su apasionado afn, sala del Camn y daba dos o tres vueltas por la
casa con todos aquellos arreos sobre su cuerpo. Para esto esperaba a que
la criada y los nios estuviesen fuera y D. Francisco encerrado en
Gasparini con Paquito. Ms de una vez se mostr engalanada a la
admiracin de Cndida, solicitando del criterio de esta una aprobacin o
censura juiciosas. La viuda siempre se senta tocada del furor del
aplauso, y para que no lo diese con aspavientos ruidosos, Rosala se
llegaba a ella con el dedo en la boca, incitndola a reprimir toda
manifestacin de pasmo y sorpresa, no fuera que algn sutil odo
percibiese lo que en la Saleta ocurra. Luego tornaba melanclica al
recatado Camn, y all se despojaba de aquellas galas, diciendo con
pena: No tengo gusto para nada, no est mi espritu para estas bromas.

El 26 fue cuando la de Tellera, no pudiendo ya contener la ola de
tristeza que se desbordaba en su afligido pecho, la verti sobre el de
su buena amiga, previo este exordio pattico que nos ha
conservado la historia:

Tambin le mandar a usted el vestido de muselina con visos violeta...
y todos mis encajes de Valenciennes, punto de Alenzon y _guipure_. Para
qu quiero nada ya? Las pocas joyas que me quedan tal vez sean algn da
para usted... Yo estoy perdida; no tengo ms remedio que esconderme,
entrar en un convento, huir, o qu s yo... Si pudiera entrar en un
convento, sera lo mejor... Y si Dios me quisiera llevar, qu servicio
me hara!... Pero no s lo que me digo... Se pasmar usted de verme tan
aturdida, tan trastornada, que no parezco la misma... Cundo usted
sepa...! Es que llueven sobre m las calamidades, como si el Seor
quisiera probarme. Dicen que as se hacen mritos para la otra vida, y
tiene que ser, tiene que ser, porque si no, amiga ma, qu cosa ms
triste que penar aqu y penar all?... Yo nac con mala estrella...
Hasta ahora, los conflictos en que me ha puesto mi mariducho han sido
tales, que los he ido sorteando con maa... Dios sabe el mrito grande,
qu digo mrito?, el herosmo de estos ltimos aos. Qu sofocaciones
para sostener la dignidad de la casa, para que a los hijos no les
faltase nada!... Y algunos das, qu afn horroroso para que los
criados pudieran decir: La sopa est en la mesa!... Cunta
humillacin, cunto padecer, y qu lucha, amiguita, qu lucha con
acreedores, con gente ordinaria y con toda clase de
pedigeos!... Pero cuando se van acumulando las dificultades, cuando se
prolonga mucho el sistema de abrir un hueco para tapar otro y prorrogar
y aplazar, llega un da en que todo se va de travs; es como un barco ya
muy viejo y remendado que de repente se abre... plum!... y....

Al llegar a esto del barco averiado, el lenguaje de la pobre seora, ms
que lenguaje, era un sollozo continuo. Rosala, casi tan apenada como
ella, la incit a que explicara el motivo de tanta desdicha, para ver
si, conocido de una manera clara y concreta, era fcil buscarle remedio.
Mas la marquesa no supo o no quiso exponer su conflicto en trminos
categricos. Ello era cosa de reunir para fin de mes una cantidad no
pequea. Si no la tena, verase en el mayor y ms grave compromiso de
su vida, y quizs, o sin quizs, expuesta al vilipendio de ser llevada a
los tribunales de justicia. Pero qu era...? Tal vez que un amigo se
haba comprometido por sacarla del difcil paso y ella haba puesto su
malhadada firma...? La muy tonta!, por qu no se cort la mano
antes...? Es verdad que si se hubiera cortado la manecita, no habra
tenido cena en la mil veces malhadada noche del 14.

Rosala, que saba de lgica ms que la marquesa, djole que por qu no
escriba a su administrador de Almendralejo para que le anticipase
la renta del trimestre, aunque fuera con descuento. A lo que
Milagros contest entre suspiros que ya esta probable solucin se haba
tanteado y no poda contar con la renta hasta el 15 de Julio... Eso s,
la renta era segura, y a la persona que le hiciera el anticipo, le
pagara puntualmente en dicha fecha.

--Pero no puede usted aplazar...?

--Imposible, hija, imposible... Tan imposible como que vuelen los bueyes
o que mi marido tenga sentido comn.

--Y su hermana de usted, Tula...?

--Ms absurdo an...

Rosala alz los hombros. No vea salvacin. Pero Milagros, que iba tras
el _quid_ de que su amiga la sacase de aquel profundo atolladero en que
estaba, echole los brazos al cuello y con ahogada voz le deletre en el
odo estas palabras, ms lacrimosas que el cenotafio en que D. Francisco
haba trabajado con tan mala fortuna: Usted... usted, amiga del alma,
puede salvarme....

Dicho esto, le entr una congoja y una convulsioncilla de estas que las
mujeres llaman ataque de nervios, por llamarlo de alguna manera, seguida
de un espasmo de los que reciben el bonito nombre de sncope.




XXIV


Fue preciso traerle un vasito de agua, desabrocharle el cors, y no s
qu ms.

--Pero yo... cmo...?--exclamaba Rosala, mucho despus, espantada--,
cmo puedo yo...?

--Pidindolo a D. Francisco. Le dar inters, el rdito que quiera y un
pagar en toda regla... Traer la carta de mi administrador para que la
vea. Dice que cuente con la renta para el 15. No es mi administrador
como el de doa Cndida, un vano fantasma, sino un ser de carne y hueso.
Bien se conoce eso en que sus anticipos son siempre al veinte por
ciento.

Rosala denegaba enrgicamente con la cabeza y con la voz... Hija ma,
usted se hace ilusiones. Mi marido no tiene un cuarto. Y si lo tuviera,
no lo dara. Usted no le conoce....

A esta razn terminante opuso la angustiada seora otras que denotaban
su perspicacia y los infinitos recursos de su ingenio. Que D. Francisco
tena era un punto inconcuso, superior a todas las dudas. Sentado este
principio, la cuestin quedaba reducida a ver cmo se vaciaba
el misterioso tesoro en las necesitadas manos de Milagros. Si una esposa
fiel tomaba a su cargo esta empresa, que no era un arco de iglesia, bien
poda efectuarse la trasferencia sin contar con Bringas para nada. La
fiel esposa no deba tener escrpulos de conciencia por esta accin un
tanto incorrecta y temeraria, porque la cantidad sera repuesta antes de
que el buen seor se hallara en estado de advertir la falta.

--Pues qu, cree usted que D. Francisco ver antes del da 15 de Julio?

Esta pregunta, hecha por Milagros en el calor de la improvisacin,
lastim bastante a Rosala.

--Yo espero que s, y si as no fuera, como lo deseo tanto, quiero
suponer que no tardar en recobrar la vista.

--Perdneme usted, amiga querida, si soy poco delicada. A veces digo
unos disparates... Usted no sabe lo que es una situacin como esta en
que yo me veo. Vive usted en la gloria y no comprende cmo nos
retorcemos y nos achicharramos y aun blasfemamos los condenados en este
infierno de Madrid... Las cosas que a m se me ocurren...! En un caso
como este, no se asuste usted y crame lo que le digo... en un caso como
este, me figuro que sera capaz hasta de apropiarme lo ajeno... se
entiende con propsito de devolver. Ay! Cuando entro en mi casa y veo
al portero en su cuartito bajo, comindose unas sopas de ajo
con la portera, me da una envidia...! Quisiera mandarle a mi principal
y quedarme yo en la portera, aunque tuviera que barrer el portal todas
las maanas, limpiar los metales y lavar la escalera de arriba abajo...
Si es lo que digo, me vendra bien encerrarme en un convento y no
acordarme ms del mundo. Pero mis hijos, mis pobres hijos... Qu sera
de ellos entonces?... Cuando case a Mara, quin sabe...!, puede ser,
puede ser que me decida a buscar descanso en la vida religiosa... Por lo
menos, renunciar al mundo y har vida recogida en mi propia casa; no
tendr ms vestido que un hbito del Carmen, y aqu paz... Por las
maanas mi misa, por las tardes visitar a alguna amiga, y por la noche a
casa... Acostarme tempranito, que es lo ms saludable y... Ay, qu rica
vida!...

Despus que volvi a insinuar su pretensin, no obteniendo de Rosala
sino fras negativas, dijo sbitamente:

A ver cmo nos arreglamos para ir juntas a baos. Yo siento mucho
retrasarme, pero antes de principios de Agosto creo que no podr ser.
No ha dicho el mdico an qu aguas va a tomar Bringas? Yo ir a donde
usted vaya, pues para mis males lo mismo son unas aguas que obras...
Todo est en zarandearse un poco y salir de este horno.

En esto del viajecito a baos era Rosala ms comunicativa que en el
anterior tema. Bien deseaba veranear pero an no haba dicho el mdico
nada terminante. Bringas no quera ir por no hacer gastos; pero si el
mdico se lo mandaba, cmo negarse a ello...? A la seora misma no le
sentara mal un poco de expansin y movimiento, pues estaba delicadita y
algo desmejorada... De este palique de los baos pasaron a los vestidos,
y tras las observaciones vinieron las probaturas... Rosala se puso el
de _mozambique_, ya casi concluido, y su amiga la felicit tan
calurosamente por el buen aire que con l tena, que a poco ms revienta
de vanidad la hija de cien Pipaones.

Si es usted elegantsima... si cuanto usted se pone resulta
maravilloso. La verdad, no es porque sea usted mi amiga... A todo el
mundo lo digo: si usted quisiera, no tendra rival. Qu cuerpo!, qu
cada de hombros! Francamente, usted, siempre que se quiere vestir,
oscurece cuanto se le pone al lado.

--Que a Rosala se le caa la baba con esta adulacin, no hay para qu
decirlo. Era una estupidez que persona de tal mrito tuviera que
esconder su buena ropa, ponrsela a hurtadillas e inventar mil mentiras
para justificar el uso de diversas prendas que parecan ajustadas a su
hermoso cuerpo por los mismos ngeles de la moda. Al quitarse aquellas
galas delante de su amiga, pensaba en el tremendo problema de
explicar al marido la adquisicin de ellas, cuando no tuviera ms
remedio que lucirlas ante sus ojos o no lucirlas.

Milagros no se despidi sin repetir con amaneramiento compungido sus
ahogos y el remedio que solicitaba. Por fin, Rosala confort su
espritu con un _veremos_, y el rostro de la Tellera iluminose con un
chispazo de alegra.

Maana--dijo ya en la puerta--, le mandar aquella blonda que le
gustaba a usted tanto... No, no me lo agradezca... Yo soy la que tiene
que agradecer, y si usted me saca del pantano... _(Estampndole dos
sonoros y sentimentales besos.)_ gratitud eterna... Adis.

Por aquellos das volvi de Archena D. Manuel Pez, contento de lo bien
que le haban sentado las aguas, con buen color, mejor apetito y nimos
para todo. Su primera visita fue para Bringas, de cuya enfermedad haba
tenido noticia en los baos, y le anim mucho y se brind a acompaarle
por maana, tarde y noche, dedicndole todo el tiempo que sus quehaceres
le dejaban libre. Cumpli esto al pie de la letra, y su presencia en la
casa lleg a ser tan reglamentaria, que cuando no iba pareca que
faltaba algo. A ratos entretena al enfermo con los sucesos polticos,
contndole mil chuscadas; pero tena cuidado de no ponderar los peligros
del Trono ni el mal curso que tomaban las cosas, pues mi D.
Francisco, en cuanto oa hablar de _la llamada_ revolucin, se pona
tristsimo y daba unos suspiros que partan el alma. Cuando haba otros
acompaantes en Gasparini, o cuando se consideraba perjudicial la
conversacin muy prolongada, Pez se iba a la Saleta o a Embajadores,
donde Rosala, hallndole al paso, cambiaba algunas palabras con l.
Notaba la dama en su amigo un mudo y ceremonioso respeto, y las
galanteras con que la obsequiaba eran siempre caballerescas y de estilo
un tanto rebuscado. Ella le corresponda con sentimientos de admiracin,
de una pureza intachable, porque Pez se agigantaba ms cada da a sus
ojos, como tipo del personaje oficial, del alto empleado, fastuoso y
cortesano. En la mente de la Pipan, ningn ideal de hombre poda ser
completo sin estar baado en la dorada atmsfera de una nmina. Si Pez
no hubiera sido empleado, habra perdido mucho a sus ojos, acostumbrados
a ver el mundo como si todo l fuera una oficina y no se conocieran
otros medios de vivir que los del presupuesto. Luego aquel aire
elegante, aquella levita negra cerrada, sin una mota, planchada,
estirada, cual si hubiera nacido en la misma piel del sujeto; aquellos
cuellos como el ampo de la nieve, altos, tiesos; aquel pantaln que
pareca estrenado el mismo da; aquellas manos de mujer cuidadas con
esmero...!




XXV


Y aquel modo de peinarse tan sencillo y tan seor al mismo tiempo,
aquel discreto uso de finos perfumes, aquella olorosa cartera de cuero
de Rusia, aquellos modales finos y aquel hablar pomposo, diciendo las
cosas de dos o tres maneras para que fueran mejor comprendidas...! Ni
una sola vez, siempre que le deca algo, dejaba de emplear alguna frase
de sentido ingenioso y un poco doble. Rosala no las hubiera odo quizs
con gusto si no le inspirara indulgencia la consideracin de que las
mereca muy bien y de que en cierto modo la sociedad tena con ella
deudas de homenaje, que hasta entonces no le haban sido pagadas en
ninguna forma. Vena a ser Pez, en buena ley, el desagraviador de ella,
el que en nombre de la sociedad le pagaba olvidados tributos.

Como apretaba bastante el calor, principalmente por la tarde, a causa de
estar la casa al Poniente, la familia buscaba desahogo en la terraza.
Una tarde, con permiso del mdico, sali el mismo D.
Francisco, apoyado en el brazo de Pez, y dio un par de vueltas; mas no
le sent bien, y se dejaron los paseos hasta que el enfermo se hallase
en mejores condiciones. Pero por verso privado de aquel esparcimiento,
no gustaba que los dems se privasen, y con frecuencia instaba a su
mujer para que saliese a tomar el aire. Hijita, no s qu me da de
verte encerrada en esta cazuela. Yo no siento el calor; pero t que no
cesas de andar de aqu para all, estars abrasada. Salte a la terraza.
Las ms de las veces negbase Rosala. No estoy yo para paseos...
djame. Pero algunas tardes sala. El seor de Pez la acompaaba. Un
da que l sali primero, porque verdaderamente se ahogaba en el
caldeado gabinete, la vio aparecer con su bata grosella, adornada de
encajes, abanicndose. Estaba elegantsima, algo estrepitosa, como dira
Milagros; pero muy bien, muy bien. Contar los piropos que le ech Pez
sera convertir este libro en un largo madrigal. Sin saber cmo, dejose
ir la dama al impulso de una espontaneidad violenta que en su espritu
bulla, y cont a su amigo el incidente de la bata, sorprendida por el
esposo en un momento en que se alz la venda... Pobrecito!, no le
gusta ver en m cosas que le parecen de un lujo excesivo... y quizs
tenga razn.... De aqu pas la Pipan a consideraciones generales.
Para Bringas no haba ms que los cuatro trapos de siempre, bien
_apaaditos_, y las metamorfosis de un mismo vestido hasta lo
infinito... Por cierto que ella no saba cmo arreglarse. De una parte
la solicitaba la obediencia que deba a su marido, de otra el deseo de
presentarse decentemente, con dignidad... por decoro de l mismo! Si
se tratara de m sola, me importara poco. Pero es por l, por l...
para que no digan por ah que me visto de tarasca.

Todo esto lo aprobaba Pez con frase no ya decidida sino vehemente, y
lleg a indignarse, increpando duramente a su amigo por mezquindad tan
contraria a las exigencias sociales... Ese hombre no conoce que su
propia dignidad, que su propio decoro, que su propio inters... Cmo ha
de hacer carrera un hombre semejante, un hombre que as discurre, un
hombre que de este modo procede?.... Rosala se extendi an ms en el
terreno de las confidencias, no callando las agonas que pasaba para
ocultar a Bringas las pequeas compras que se vea obligada a hacer...
A veces, no sabe usted lo que padezco; tengo que mentir, tengo que
inventar historias.... Tan caballero era Pez y tan noble, que despus
de compadecer a su amiga con toda el alma, se brind a prestarle su
desinteresada ayuda si por las incalificables sordideces de Bringas se
vea ella en cualquier situacin difcil... O hay amistad entre los
dos, o no la hay; o hay franqueza, o no. Ello quedara entre usted y
yo... Cmo consentir que usted... con tanto valer, tanto
mrito, con una figura como hay pocas, deje de lucir...!.

Y sigui tal diluvio de elogios, que Rosala se abanicaba ms para
atenuar el vivsimo calor que a su epidermis sala. Su bonita nariz de
facetas se hinchaba, se hinchaba hasta reventar... Voy a darle el
refresco... son las siete--dijo de sbito. Tambin ella deba tomarlo,
que bien lo necesitaba.

Con las seguridades que dio el mdico al siguiente da, se pusieron
todos muy contentos. Oyronse de nuevo risas en la casa, y el paciente
mismo, recobrando sus nimos, despeda chispas de impaciencia y
vivacidad. La semana que entra--haba dicho el doctor--, le quitaremos
a usted el trapo. Eso va muy bien. Para la otra semana no tendr usted
sino ligeras alteraciones en la visin, y podr salir a la calle con
espejuelos oscuros. Abstenindose durante el verano de todo trabajo en
que se canse la vista, para el otoo volver usted a su oficina y a las
ocupaciones ordinarias, renunciando para siempre a jugar con pelos...
Los trabajos mecnicos que afectan al sistema muscular le sentarn bien,
como la carpintera, por ejemplo, la tornera, labores campestres...
Pero nada de menudencias. Muy mal gesto puso Bringas cuando el mdico
agreg a esto la indicacin de tomar las aguas de Cestona. Hubo aquello
de patraa; en otros tiempos nadie tomaba baos y mora menos
gente y lo de que los baos son un pretexto para gastar dinero y lucir
las seoras sus arrumacos.... A lo que el viejo Galeno contest con una
apologa vehemente de la medicacin hidroptica... Sea lo que quiera,
hijito--declar Rosala, con ms elocuencia en las ventanillas de la
nariz que en los labios--; el mdico lo manda y basta... Que es
patraa?... Eso no es cuenta tuya. En estos casos debe hacerse todo para
que no quede el desconsuelo de no haberlo hecho si te pones peor... El
clima de las provincias en verano te acabar de reponer. Oh!, lo que es
por m, aqu me quedara, pues el viajar, ms es molestia que otra cosa;
pero los nios _(Acentuando la afirmacin con enfticos ademanes.)_ no
pueden pasarse un ao ms sin los baos de mar.

A pesar de que lastimaba su espritu aquella perspectiva de viaje, con
las molestias consiguientes, el mucho gastar, el pedir billetes
gratuitos y dems chinchorreras, D. Francisco estaba tan contento que
le rebozaba la alegra en los labios, y no poda estar callado ni un
minuto. En cuanto me ponga bien, voy a emprender un trabajo de
carpintera. Te voy a hacer un armario para la ropa, tan bueno y tan
famoso, que la gente pedir papeleta para verlo, como la Historia
Natural, y Caballerizas. El arrendatario de las cortas de Balsan me da
cuanta madera de pino me haga falta... En los stanos de esta
casa hay un depsito de caobas que se estn pudriendo, y Su Majestad me
permitir sacar una piececita... El contratista del panten de Infantes
del Escorial me ha ofrecido todo el mrmol que quiera. Te har un
armario de mrmol... digo un panten para la ropa... no, har un
magnfico lavabo y una consola... Y a Candidita le voy a hacer tambin
un mueble... De herramientas estoy tal cual... Pero me procurar
otras... o me las prestar el contratista de las obras de La Granja....
Hablando de esto, meti su cucharada la viuda, diciendo al artista que
ella le podra suministrar para su trabajo los modelos ms suntuosos y
elegantes. Tena una consola con incrustaciones que perteneci al
mismsimo Grimaldi, y un ropero trado de Pars por la de los Ursinos.
En cuanto al taller que D. Francisco necesitaba, fcil le sera
conseguir de Su Majestad que le cediera un local de los muchos que
estaban inhabitados y vacos en el piso tercero. Precisamente junto al
oratorio haba una gran sala con excelentes luces, en otro tiempo
palomar, que ni hecha adrede sera mejor para aquel objeto. Con tanto
bro se restregaba las manos Bringas, que poco falt sin duda para echar
chispas de ellas. Vamos bien, bien. Vea yo, y vern todos mis obras...
era lo que sin cesar deca.

Intil creo decir que Rosala estaba tambin muy alegre. Su
querido esposo recobrara la salud, la vista, que es la mejor parte de
ella y de la vida, y volvera a desempear en aquella casa sus funciones
de soberana paterna. Mas como ninguna dicha es completa en este
detestable mundo, sino que los sucesos prsperos han de llevar siempre
consigo su proyeccin triste, como llevan los cuerpos todos su sombra,
aquel placer de la Bringas tena por uno de sus lados una oscuridad
desapacible. Era que por aquella regin de su mente se extenda el
recuerdo de los candelabros empeados y del forzoso compromiso de
redimirlos antes que Bringas recobrase la vista y, con ella, el mirar
vigilante, la observacin entrometida, la curiosidad implacable,
policiaca, ratonil. Seguramente, si llegaba el da feliz y los
candelabros no estaban en la consola ni los tornillos en las bonitas
orejas de la dama, lo primero que notara aquel lince sera la falta de
estos objetos... Horror daba el pensarlo!... Ved por dnde la propia
felicidad engendraba una punzante pena, de tal suerte que la infeliz
dama se hallaba en una perplejidad harto dolorosa. La expresaba
dicindose que tal vez se alegrara de no estar tan alegre.

La impaciencia y vivacidad de Bringas se manifestaban en una fiebre de
intervencin domstica, en un como delirio de administracin, vigilando
sin ver y dirigiendo todo lo mismo que si viera. Ni un instante dejaba
de promulgar disposiciones varias, y l mismo se contestaba a
las preguntas que haca. Su mujer, justo es decirlo, tena la cabeza
loca con tal tarabilla.




XXVI


Hijita, oye lo que te digo... Si vamos al fin a esos condenados baos,
te arreglars con los vestidos que tienes. Los mudas, los cambias, le
quitas a uno una cosa para ponrsela a otro... y como nuevo. Todas dirn
que te los ha mandado Worth. No creas, as lo hacen hasta las
duquesas... Cuento con que Su Majestad le ponga dos letritas al jefe del
movimiento para que nos d billetes gratis para todos... Otra cosa: si
t lo tomas a tu cargo y lo sabes hacer, podrs conseguir que la Seora
ordene a la Intendencia que se me den dos pagas el mes de Julio... Y
por qu no Julio y Agosto? Todo ser que lo sepas hacer, y que al
hablarle de nuestro viaje te aflijas y digas que no podemos por falta
de... Ello depende de que la cojas de temple benfico, y fcil ser,
porque casi siempre est en ese temple... A tu maa lo dejo... Los nios
no necesitan vestidos... Si acaso algn sombrerito chico... No
hagas nada hasta que yo lo vea. Capaz eres de gastar un sentido y
ponerlos muy llamativos, con unos canastos en la cabeza que les hagan
sudar el quilo. Yo me pondr el jipijapa que Agustn se dej olvidado, y
con mi _levisac_ de lanilla, el que me hice hace seis aos, y mi traje
mahn que siempre parece nuevo... tan campante. Har que nos den un
coche reservado para poder llevar comida, cocinilla en que hacer
chocolate, un colchn, almohadas, botijo de agua y alguna otra cosa
til... En fin, se realizar el viaje como se pueda.

Contina la tarabilla: Qu ruido es ese que he sentido? Qu me han
roto? Desde que no veo llevo la cuenta de los platos y copas que he
sentido caer, y no bajan de docena y media. Cuando vea, Dios mo, voy a
encontrar la casa hecha una lstima. No me digas que no. Me parece que
estoy viendo el desorden de todo y mil gastos intiles. No me explico
ese consumo enorme de petrleo, ahora que no necesito luz. Y a
Prudencia, se le toma bien la cuenta? Apostara que no. Con aquello de
que el amo no ve, todo es barullo. Dices que de limones veinticuatro
reales. Pero t has mandado traer ac toda la huerta de Valencia? Pues
si las medicinas nos costaran dinero, tendramos que pedir limosna. En
fin, pngame yo bueno, y todo ir bien. Me parece que desde que estoy
as no se hacen muchas cosas que tengo ordenadas... Ya; como
el amo no ve... Ni se trae la carne de falda, ni he vuelto a tener
noticia del seor escabeche de rueda, que es un seor plato muy
arreglado, ni se me ha dicho si siguen viniendo los mostachones de a
cuarto para el postre... En la distribucin del tiempo no se lo que se
har. Dices que no puedes estar en todo, y yo pregunto que por qu razn
no ha de limpiar Paquito los cubiertos cuando viene de la clase. Pues
qu? Un seor licenciado desmerece por esto? Pues su padre lo ha hecho
y lo har cuando recobre la vista... Tambin estoy seguro de que no
haces quitar a los nios los zapatos cuando vienen del colegio, y
ponerse los viejos. En el ruido de las pisadas conozco que andan
correteando con el calzado de salir a la calle. Bien poda habrsete
ocurrido traerles unas alpargatitas, que para este tiempo son lo
mejor... Pero yo ver, yo ver, y todo volver a aquel tole-tole sin el
cual no podemos vivir... Y se me figura que Prudencia no lava todo lo
que debiera. No ser por falta de jabn, del cual se ha gastado ms de
la cuenta en estos das en que me he mudado tan pocas veces, sin haber
usado cuellos ni puos... Apostara a que cuando Candidita ha tomado
caf, no se lo has hecho con el mismo del da anterior, sino que lo has
colado nuevo. Por el tufillo que despide lo he conocido. Bien, bien,
fomentar vicios; para eso estamos.

Esta cantinela no sonaba bien en los odos de Rosala, y menos entonces.
Trataba de volver todas las cosas al estado en que se hallaran antes, y
de obedecer puntualmente las prolijas reglas que afluan sin cesar de
aquel inagotable manantial de legislacin domstica. Trajo las
alpargatas de los chicos, y Bringas dispuso que no fueran ya a la
escuela porque el excesivo calor les era nocivo, y el asueto, sobre ser
una economa, era muy higinico. Ellos lo agradecieron mucho, y todo el
santo da se lo pasaban corriendo y jugando en los corredores con
amplios ropones de dril, o bien se iban al piso tercero en busca de
otros nios y de Irene. Eran los seres ms felices de la casa, casi
tanto como las palomas que anidan en los huecos de la arquitectura y
envuelven todo el grandioso edificio en una atmsfera de arrullos.

Por aquellos das tuvieron una visita, que a entrambos esposos caus
extraeza y un sentimiento algo distante de la satisfaccin. Una persona
de cuyo nombre no queran acordarse, Refugio Snchez Emperador,
presentose en la casa, cuando menos la esperaban. Vena muy cohibida,
por lo cual crey Rosala que disimulaba su desparpajo para poder
alternar, siquiera un momento, con personas decentes. Bien pronto dijo
el motivo de su visita. Su hermana Amparo le haba escrito desde
Burdeos... ay!, muy dolorida por la enfermedad de D. Francisco...
Dice que desde que lo supo no piensa en otra cosa. Le encargaba
que inmediatamente fuese a visitar a los seores, se enterase de cmo
segua el enfermo, y se lo escribiera a correo vuelto. Quera saber de
l dos o tres veces por semana lo menos... D. Agustn tambin estaba con
mucho cuidado y deseando saber noticias...

Bringas se mostr muy agradecido, y tanto encareci su mejora, que
Refugio hubo de creer que slo por capricho llevaba aquella enorme
venda. Diles que ya estoy bien y que les agradezco mucho su
atencin.... Rosala sinti ganas de decir cuatro frescas a la que
tena el atrevimiento de profanar la honrada casa entrando en ella; pero
la compostura que guardaba D. Francisco y los buenos modos de la chica
la contuvieron. No pudo, sin embargo, guardar las frmulas sociales con
ella, y apenas la salud, sin darle la mano. Mientras la joven hablaba
con Bringas, la Pipan de la Barca entraba y sala como si tal visita no
estuviera en la casa. Fijndose en ella al paso, hubo de advertir algo
que disminuy sus antipatas. No fue el comedimiento y gravedad que
mostraba; no fueron las cosas razonables y bien medidas que dijo; fue su
vestido, que era elegantsimo, de novedad, admirablemente cortado, hecho
y adornado. Rosala la miraba de soslayo y no pudo menos de pasmarse de
aquel _pelo de cabra_ de un color tan original y bonito, y del
aspecto decentsimo de la joven, bien enguantada y mejor calzada. Es
graciosilla--dijo para s; y se qued con ganas de preguntarle dnde
haba comprado el _pelo de cabra_... Quizs Amparito se lo haba mandado
de Burdeos. Luego llevaba un alfiler de pecho tan _chic_...! Cmo se
le fueron los ojos tras l a Rosala!.

Y t qu te haces?--le pregunt D. Francisco volviendo hacia ella el
rostro, cual si la pudiera ver al travs de la negra venda.

--Yo?...--replic la Snchez un poco desconcertada al pronto, pero
recobrndose con la mayor viveza--. Pues nada, ahora no trabajo. Estoy
un poco delicada; me duele el pecho; a veces me cuesta trabajo respirar
y paso algunas noches sin dormir. Sabe usted?, desde que me acuesto,
parece que se me pone una piedra aqu... Mi hermana me manda lo que
necesito para pasarlo desahogadamente y con descanso. Vivo con unas
seoras muy decentes, que me quieren mucho. Hago una vida muy
retirada... Pues como iba diciendo a usted, mi hermana quiere que me
ocupe en algo. Como no puedo trabajar de aguja ni en mquina, Amparo se
empea en que ponga un establecimiento de modas, y para empezar me ha
mandado un cajn grandsimo de sombreros, _fichs_, _pamelas_, lazos,
corbatitas, camisetitas... preciosidades. En Madrid no se han visto
nunca cosas de tanta novedad y buen gusto. Tambin he recibido
casquetes de paja y tela, cintas de mil clases, plumas, _marabs,
egretas_, penachos, amazonas, _toques, alones, colibrises, esprs_, y
cuanto Dios cri. Estoy haciendo ensayos a ver que tal me compongo... Ya
he buscado algunas parroquianas de la grandeza, y han ido a mi casa
muchas seoras... Todas encantadas de lo que tengo. He mandado hacer
unas tarjetitas...

Dicindolo, sac del bolsillo una para darla a Rosala, quien con mal
desarrugado ceo la tom, dignndose agraciar a la joven con una sonrisa
benvola, la primera que Refugio haba visto en aquellos desdeosos
labios. Y mientras la joven _calpiga_ continuaba encareciendo los
primores de aquella industria en que se haba metido, la Bringas oala
con algn inters, perdonando quizs el vilipendio de la persona por la
excelsitud del asunto que trataba. As como el Espritu Santo bajando a
los labios del pecador arrepentido, puede santificar a este, Refugio, a
los ojos de su ilustre pariente, se redima por la divinidad de su
discurso.

Con que moditas?--dijo D. Francisco chancendose--. Bonito negocio!
Vaya unos micos que te van a dar tus parroquianas! Aqu el lujo est en
razn inversa del dinero con que pagarlo. Mucho ojo, nia... Se me
figura que si tu hermanita no te manda con qu vivir, lo que es con el
trapo nuevo te comers los codos de hambre... Y vienes a
sonsacarnos para que seamos tus parroquianos? Chica, por Dios, toca,
toca a otra puerta... Tu industria es la ruina de las familias y el
noviciado de San Bernardino. Pero te deseo buena suerte, y te recomiendo
que no tengas entraas, si quieres defenderte de la miseria. Duro en
ellas! Por lo que vale doce, cobra cuarenta, y as con el exceso de las
que paguen cubres la falta de las que no te den un cuarto... Ay qu
gracia!....

Un buen rato le dur la risa, de la que participaron todos los
presentes, incluso la seora, quien tuvo la increble bondad de
acompaar a Refugio hasta la puerta, y obsequiarla con algunas frases
amables.




XXVII


No le preguntaste si se han casado?--dijo Rosala a su esposo, cuando
volvi apresuradamente al lado de l.

--Tuve la palabra en la boca ms de una vez para preguntrselo; pero no
me atrev, por temor a que me dijese que no, y tomase yo un berrinchn.

--He tenido que contenerme, para no ponerla en la calle--declar la dama
haciendo todo lo necesario para mostrarse poseda de un furor sacro,
hijo legtimo del sentimiento de la dignidad--. Es osada metrsenos
aqu y venir con recados estpidos de la buena pieza de su hermanita...
otra que tal. Ni qu nos importa que Amparo se interese o no por
nosotros!... Pues los sentimientos de Agustn tambin me hacen gracia...
Una gente para quien el catecismo es como los pliegos de aleluyas... Yo
estaba volada oyndola. No s cmo t tenas paciencia para aguantar tal
retahla de mentiras y sandeces... Y ahora se sale con vender
novedades... qu porqueras sern esas! Te aseguro que me daba un
asco...

La entrada del Sr. de Pez cort la serie de observaciones que sin duda
haban de ilustrar el asunto. Poco despus, Bringas, que no se cansaba
nunca de dar rdenes, dispuso que de all en adelante se comiese a la
una o una y media, a usanza espaola, cenando a las nueve de la noche.
Esto no slo era ms cmodo en la estacin calorosa, sino ms econmico,
porque se gastaba menos carbn. La cena deba de ser de cosa ligera.
Recomend mi hombre las lentejas, menestras de acelgas y guisantes,
aunque fueran de caldo negro, las sopas de ajo, y abstinencia de carne
por las noches. Este plan no tena ms inconveniente que la necesidad de
aadir a los estmagos, de tarde, el peso de un chocolatito,
cuya carga, por la circunstancia de haberse pegado doa Cndida a la
familia como una lapa, se haca punto menos que insoportable. Verdad es
que Dios iba siempre en ayuda de Thiers, porque doa Tula, que en verano
adoptaba el mismo sistema de comidas, haca todas las tardes un
chocolate riqusimo y casi siempre mandaba al enfermo una jcara, bien
custodiada de mojicn y bizcochos.

Esta doa Tula--deca Bringas cuando senta entrar a la criada de su
vecina--, es una persona muy atenta....

Rosala pasaba a la vivienda de Doa Tula, y rara vez faltaba Pez al
chocolate de las seis y media.. All se encontraban otras personas muy
calificadas de la ciudad, como la hermana del intendente, un seor
capelln a veces, el oficial segundo de la mayordoma, el inspector
general, el mdico y otros. Milagros no pona nunca los pies en la casa
de su hermana, pues haca algn tiempo que no se trataban. Hablando de
la marquesa, sola doa Tula designarla con alguna reticencia; pero sin
pasar de aqu. Mara estaba casi siempre, y todos se encantaban con
ella, mimndola. La de Bringas haca all pblico alarde de su vestido
_mozambique_ y Cndida luca el suyo de gro negro, nico que conservaba
en buen estado. Ocioso ser decir que hallndose presente el Sr. de Pez,
ningn otro mortal poda atreverse a levantar el gallo en una
conversacin de poltica o sobre cualquier asunto de sustancia. Por mi
parte confieso que el modo de hablar de aquel seor tan guapn y de
palabras tan bien medidas, ejerca no s qu accin narctica sobre mis
nervios. Lo mismo era ponerse l a explicar el por qu de su
consecuencia con el partido moderado, ya me pareca que un dulce beleo
se derramaba en mi cerebro, y el silln de doa Tula, acaricindome en
sus calientes brazos, me convidaba a dormir la siesta. La cortesa, no
obstante, obligbame a luchar con el maldito sueo, de lo que resultaba
un estado semejante al que los mdicos llaman _coma vigil_, un ver sin
ver, transicin de imagen a fantasma, un or sin or, mezcla de son y
zumbido. La pintoresca habitacin, que a causa del calor estaba medio
cerrada y en la sombra; la luz que entraba filtrada por la tela de los
trasparentes, iluminando con tropical coloracin las enormes flores de
estos; el tono bajo de tapiz descolorido que tenan todas los cosas en
aquella soolienta cavidad; los ligeros carraspeos de doa Cndida y sus
bostezos, discretamente tapados con la palma de la mano; la hermosura de
Mara Sudre que no pareca cosa de este mundo; el _mozambique_ de
Rosala con pintitas que mareaban la vista, y finalmente el lento
arrullo de las mecedoras y el _chis chas_ de los abanicos de cinco o
seis damas, eran otros tantos agentes letrgicos en mi
cerebro. Como brillaban las lentejuelas de algunos abanicos, as
relucan los conceptos uno tras otro... El verano se anticipaba aquel
ao y sera muy cruel... Los generales haban llegado a Canarias... Prim
estaba en Vichy... La Reina ira a la Granja y despus a Lequeitio... Se
empezaban a llevar las colas algo recogidas, y para baos las colas
estaban ya proscritas... Gonzlez Bravo estaba malo del estmago...
Cabrera haba ido a ver al _Nio terso_...

ltimamente se destacaba la voz de Pez, de un tono ntimamente
relacionado con su ureo bigote, que por la igualdad de los pelos
pareca artificial, y el efecto narctico creca... El tal no poda ver
sin amarga tristeza la situacin a que haban llegado las cosas por
culpa de unos y otros... La revolucin con su _todo o nada_ y los
moderados con su _non possumus_ ponan al pas al borde de la pendiente,
al borde del abismo, al borde del precipicio. Estaba el buen seor
desilusionado, y no crea que hubiera ya remedio para el mal. Este era
un pas de perdicin, un pas de aventuras, un pas dividido entre la
conspiracin y la resistencia. As no poda haber progreso ni adelanto,
ni mejoras, ni tampoco administracin. l lo estaba diciendo siempre:
ms administracin, ms administracin; pero era predicar en desierto.
Todos los servicios pblicos estaban en mantillas. Tena Pez un ideal
que acariciaba su mente organizadora, pero cmo realizarlo?
Su ideal era montar un sistema administrativo perfecto, con ochenta o
noventa Direcciones generales. Que no hubiera manifestacin alguna de la
vida nacional que se escapara a la tutela sabia del Estado. As andara
todo bien. El pas no pensaba, el pas no obraba, el pas era idiota.
Era preciso, pues, que el Estado pensase y obrase por l, porque slo el
Estado era inteligente. Como esto no poda realizarse, Pez se recoga en
su espritu siempre triste, y afectaba aquella soberana indiferencia de
todas las cosas. Considerbase superior a sus contemporneos, al menos
vea ms, columbraba otra cosa mejor, y como no lograba llevarla a la
realidad, de aqu su flemtica calma. Consolbase acariciando
mentalmente sus principios, en medio del general desconcierto. Para
contemplar en su fantasa la regeneracin de Espaa, apartaba los ojos
de la corrupcin de las costumbres, de aquel desprecio de todas las
leyes que iba cundiendo... Oh!, Pez se conceptuaba dichoso con el
depsito de principios que tena en su cuerpo. Adoraba la moral pura, la
rectitud inflexible, y su conciencia le indemnizaba de las infamias que
vea por doquier... Quisiera Dios que aquel ideal no se apartase de su
alma... pues, que no se le desvaneciera al contacto de tanta pillera;
quisiera Dios...

No s el tiempo que trascurri entre aquel segundo _quisiera_ y un
discreto golpecito que me dio doa Cndida en la rodilla...

Est usted distrado?--me dijo.

--No, no, quia, seora... estaba oyendo a don Manuel, que...

--Si D. Manuel ha salido a la terraza. Es Serafinita de Lantigua que
cuenta la muerte de su marido. Estoy horripilada...

--Ah!, yo tambin... horripiladsimo.




XXVIII


Vagaban indolentes por la terraza, como si hicieran tiempo, Pez, Rosala
y la hermana del intendente. Esta fue a la vivienda del sumiller, y la
elegante pareja se qued sola... El pobre D. Manuel era en verdad digno
de lstima. La monomana religiosa de su mujer llegaba ya a tan enfadoso
extremo que no era posible soportarla... Qu cree usted?, me
incocoraba tanto or a Serafinita el cuento, ya tan viejo y resobado de
sus penalidades, que estaba deseando echar a correr... Aquella voz de
canturria de coro y aquellos suspiros de funeral me atacan los
nervios... Yo soy religioso y creo cuanto la Iglesia manda
creer; pero esta gente que _se acuesta con Dios y con Dios se levanta_
se me sienta en la boca del estmago. Esa Serafinita es la que le ha
sorbido los sesos a mi pobre Carolina, es la autora de mi desgracia y
del aborrecimiento que tengo a mi propio domicilio... Oh!, amiga ma,
no sabe usted qu enfermedad tan triste es esa del horror a la casa...
Felizmente no la conoce usted... Yo quisiera estar fuera todo el da, y
no parecer por all... Insensiblemente me acostumbro a considerar como
casa propia la casa de mi amigo, y ni un instante se me va del
pensamiento la comparacin entre el calor cordial de aqu y la frialdad
seca de all... Soy hombre que no puede vivir sin cario. Es para m tan
necesario como el aire. Sin l me asfixio, me muero. All donde lo
encuentro, armo mi tienda y all me quedo....

Isabelita y Alfonsn pasaron corriendo. Iban sofocados, sudorosos, de
tanto como haban bregado en la galera del piso tercero con Irene y las
chicas del jefe de cocinas. Hija, cmo ests!...--dijo Rosala,
deteniendo a la nia--. Tienes la cara como un cangrejo cocido... Ahora
corre aire... mtete en casa; no te constipes... Y este granuja...? Ve
usted cmo viene?, todo roto y hecho un Adn. Mire usted qu rodillas...
Si se le pusiera traje de hierro lo mismo lo rompera....

Qu gracioso barbin! Es de la piel del diablo... Este ser
un hombre--indic Pez besndole, y besando tambin a la nia.

--Dame cuartos--dijo el pequeo con descaro.

--Ve usted qu pillete?... chico!... qu es eso?... No haga usted
caso. Tiene la mala costumbre de pedir cuartos a todo el mundo. No s
dnde habr aprendido tales maas. Es una risa... Una tarde que les
llev a que les viera Su Majestad... bochorno mayor no he pasado en m
vida! No haba medio de hacerles hablar una palabra: de repente, este
bribn se planta, mira a la Reina con la mayor desvergenza del mundo, y
alargando su manocita... dame cuartos. Su Majestad rompi a rer.

--Bien, seorito precoz, toma cuartos.

--Qu hace usted? Si los quiere para comprar porqueras... Esta tonta
no pide; pero cuando se los dan los toma. No crea usted que es
gastadora. Quia! Todo lo va guardando en su hucha y tiene ya un
capital. Esta sale...

--Sale a pap...

--Vaya, a casa, que os enfriis aqu... Cmo sudas, hija!... All voy
en seguida.

De cuatro brincos se pusieron en la puerta de la escalera de Cceres, y
por all pasaron a su casa. Pez dio un suspiro. Rosala llevaba en su
mano una rosa medio estrujada, olorossima, en cuyo cliz introduca la
nariz de rato en rato, cual si quisiera aspirar de una vez todo el aroma
contenido en ella. Tal flor era digna funda de nariz tan
bonita.

Porque usted--dijo Pez volviendo a su tema quejumbrn--tendr al fin
que echarme de su casa... tan pegajoso e impertinente soy.

Ella debi de contestar que no haba para qu expulsar a nadie, y l,
animndose, pidi perdn de su apego a la familia Bringas... Privarle
del consuelo de tales afecciones habra sido una crueldad; y hablando en
plata, el foco de atraccin... s, esta era la palabra, el foco de
atraccin... no encuentro que est tanto en mi buen amigo como en mi
amiga incomparable. Usted me comprende mejor que l y que nadie. Es
particular; el da en que no puedo cambiar dos palabras con usted parece
que me falta algo, parece que no tienen jugo que beber las races de la
vida, parece que se seca la savia del ser.... Tiraba Pez hacia lo
potico y filosfico, y Rosala, oyndole con henchimiento de vanidad y
de nariz, aplastaba contra esta la rosa, cuya fragancia les envolva a
entrambos.

Esta simpata irresistible es ms fuerte que yo. Prohbame usted venir,
y ver cmo se extingue una vida consagrada en otro tiempo a la familia,
y siempre al servicio del pas...; har usted el mayor dao que se puede
hacer a un hombre... sin provecho de nadie....

No debi ella de mostrarse muy arisca, porque el otro expres su deseo
de que se vieran ms a menudo... Cuando el pobrecito Bringas
se curase, por qu no haban de verse con frecuencia y de modo que
pudieran hablar con alguna libertad...?

An haba mucho que decir; pero no era posible prolongar el paseto. Al
llegar a la puerta de la casa, sali Isabelita al encuentro de su mam
gritando con inocente jbilo: Pap ve, pap ve!. Entraron
apresuradamente Rosala y Pez, posedos de gozo por tan buena nueva, y
vieron a D. Francisco que se paseaba de largo a largo en Gasparini con
la venda alzada, gesticulando, tan nervioso y excitado que pareca
demente.

Nada ms que un poco de escozor, una penita... Pero todo lo veo... A
usted, querido Pez, le encuentro ms joven... Pues mi mujer se ha
quitado quince aos... Por vida del sayo de las once mil vrgenes...!
Estoy loco de alegra... Nada ms que un borde rojizo en los objetos,
nada ms... la claridad me ofende un poco... Cuestin de algunos das...
Abrzame, mujer, abrazarme todos....

--No cantes victoria, no cantes victoria tan pronto--indic Rosala,
flechada sbitamente por un pensamiento triste en medio de su alegra--.
Hay que temer la recada... A ser t, yo no me quitara la venda.

--Qu es esto?--dijo el mdico, que entr sin anunciarse--. Jarana
tenemos? Qu correras son esas, amigo Bringas? La venda...
No hay que fiar todava.

--Claro es que no conviene. Un poco ms de paciencia, hombre. Luego los
baos...

--Qu baos?... yo no voy a baos--asegur Thiers dejndose poner la
venda por las autorizadas manos del mdico--. No los necesito. No me
vengan con papas.

--Eso lo veremos--manifest el doctor con bondad--. Ahora a la crcel
otra vez. No se me escape usted antes de tiempo, que podra suceder que
la prisin se alargase ms de lo regular. Vamos muy bien, vamos muy
bien, y llegaremos si seguimos despacio.

La luz crepuscular con la cual nuestro querido Thiers haba tenido el
gusto inmenso de probar el restablecimiento de sus funciones pticas, se
desvaneca lentamente. Por fin, la habitacin se alumbraba slo con el
resplandor que el sol haba dejado en el cielo detrs de la Casa de
Campo, y aquel era tan fuerte como el llamear de un incendio. Rosala
quiso encender luz, pero Bringas salt vivamente con la observacin de
que la luz no haca falta para nada... Eso es, lamparita para que nos
asemos de calor... Dispense usted, Sr. D. Manuel; pero me parece que
estamos mejor a oscuras... Paquito, abre toda la ventana. Que entre el
aire, aire, aire....

Poco despus, Bringas, cansado de or las ancdotas
universitarias que su hijito le contaba, dijo en voz alta: Sr. de
Pez... No est?.

No est--observ Paquito.

--Rosala!

--Mam!--grit el joven llamando.

Poco despus apareci Rosala. Su majestuosa figura, fantasma blanco en
medio de la sombra, traa como un misterio teatral a la solitaria
habitacin en que el padre y el hijo estaban, rodeados de tinieblas e
invisibles.

Se ha marchado D. Manuel?.

--No, est en el balcn de la Saleta, contemplando... siento que no lo
puedas ver... contemplando el resplandor que ha dejado el sol hacia
Poniente... Es como si se estuviera quemando medio mundo.

--Ve, no le dejes solo... Hoy le hice una pequea indicacin acerca del
ascenso del nio, y me parece que no lo ha tomado mal. Dijo un _veremos_
que me ha olido a _s_... Ah!, no olvides que a las nueve menos cuarto
hemos de cenar.

A dicha hora despidiose Pez, y Rosala, trocando su galana bata por otra
de trapillo y sus zapatos bajos por unas zapatillas de suela de camo,
empez a disponer la cena. Quejbase de un fuerte dolor de cabeza y no
tomara ms que un poco de menestra. Su marido le rogaba que se
recogiera; ms ella tena harto que hacer para acostarse tan
temprano.... Ay!, la tertulia de doa Tula y aquel charla que te
charla de Pez y Serafinita, habanle puesto su cabeza como un
bombo... Luego el D. Manuel era capaz de dar jaqueca al gallo de la
Pasin con la cantinela de sus lamentaciones. Ya eran tantas sus
calamidades que Job se quedaba tamaito.

--En fin, hija, acuestate, para que descanses de toda esa monserga... Es
preciso or con paciencia todo lo que Pez nos quiera contar, porque...
ya ves lo que dice. Somos su pao de lgrimas, y aqu viene el pobre a
desahogar sus penas.

Hizo al fin Rosala lo que su esposo le ordenaba. Levantados los
manteles, se apagaron las luces, y encargado Paquito de dar a su pap
las medicinas que tomaba ms tarde, la cabeza de la ilustre dama busc
descanso en las almohadas. El sueo, no obstante, vino tarde, tras un
largo rato de cavilacin congestiva.




XXIX


Los candelabros de plata... el peligro de que su marido descubriese
pronto que haban hecho un viaje a Pearanda de Bracamonte... el medio
de evitar esto... el seor de Pez, su ideal... Oh, qu hombre
tan extraordinario y fascinador! Qu elevacin de miras, qu
superioridad!... Con decir que era capaz, si le dejaban, de organizar un
sistema administrativo con ochenta y cuatro Direcciones generales, est
dicho lo que poda dar de s aquella soberana cabeza... Y qu finura y
distincin de modales, qu generosidad caballeresca!... Seguramente, si
ella se vea en cualquier ahogo, acudira Pez a auxiliarla con aquella
delicadeza galante que Bringas no conoca ni haba mostrado jams en
ningn tiempo, ni aun cuando fue su pretendiente, ni en los das de la
luna de miel, pasados en Navalcarnero... Qu tinte tan ordinario haba
tenido siempre su vida toda! Hasta el pueblo elegido para la
inauguracin matrimonial era horriblemente inculto, antiptico y
contrario a toda idea de buen tono... Bien se acordaba la dama de aquel
lugarn, de aquella posada en que no haba ni una silla cmoda en que
sentarse, de aquel olor a ganado y a paja, de aquel vino sabiendo a pez
y aquellas chuletas sabiendo a cuero... Luego el pedestre Bringas no le
hablaba ms que de cosas vulgares. En Madrid, el da antes de casarse,
no fue hombre para gastarse seis cuartos en un ramo de rositas de
olor... En Navalcarnero le haba regalado un botijito, y la llevaba a
pasear por los trigos, permitindose coger amapolas, que se deshojaban
en seguida. A ella le gustaba muy poco el campo y lo nico que
se lo habra hecho tolerable era la caza; pero Bringas se asustaba de
los tiros, y habindole llevado en cierta ocasin el alcalde a una
campaa venatoria, por poco mata al propio alcalde. Era hombre de tan
mala puntera que no daba ni al viento... De vuelta en Madrid, haba
empezado aquella vida matrimonial reglamentada, oprimida, compuesta de
estrecheces y fingimientos, una comedia domstica de da y de noche,
entre el metdico y rutinario correr de los ochavos y las horas. Ella,
sometida a hombre tan vulgar, haba llegado a aprender su fro papel y
lo representaba como una mquina sin darse cuenta de lo que haca. Aquel
mueco hzola madre de cuatro hijos, uno de los cuales haba muerto en
la lactancia. Ella les quera entraablemente, y gracias a esto, iba
creciendo el vivo aprecio que el mueco haba llegado a inspirarle...
Deseaba que el tal viviese y tuviera salud; la esposa fiel seguira a su
lado, haciendo su papel con aquella destreza que le haban dado tantos
aos de hipocresa. Pero para s anhelaba ardientemente algo ms que
vida y salad; deseaba un poco, un poquito siquiera de lo que nunca haba
tenido, libertad, y salir, aunque solo fuera por modo figurado, de
aquella estrechez vergonzante. Porque, lo deca con sinceridad,
envidiaba a los mendigos, pues estos, el ochavo que tienen lo gozan con
libertad, mientras que ella...

Venciola el sueo. Ni aun sinti el peso de Bringas inclinando el
colchn. Al despertar, el primer pensamiento de la ilustre dama fue para
los candelabros prisioneros.

--Qu tal te encuentras?

--Me parece--dijo el esposo dando un gran suspiro--, que no voy tan bien
como esperaba. Estoy desvelado desde las cuatro. He odo todas las
horas, las medias y los cuartos. Siento escozor, dolor, y la idea de
recibir la luz en los ojos me horroriza.

Pasose la maana en gran incertidumbre hasta que vino el doctor. Este se
mostr descorazonado y un tanto perplejo, titubeando en las razones
mdicas con que explicar el retroceso de la enfermedad del pobre Thiers.
Era resultado de un poco de exceso en la comida...? Era un efecto de
la belladona y desaparecera atenuando la medicacin? Era...? En una
palabra, convena volver al reposo, no impacientarse, resguardar
absolutamente los ojos de la luz, y ya que no se resignaba a permanecer
en la cama, no deba moverse del silln ni ocuparse de nada ni tener
tertulia en el cuarto... La tristeza con que mi buen amigo oy estas
prescripciones no es para dicha. Ves, ves?--le dijo su esposa hinchando
desmedidamente la nariz--. Ah tienes lo que sacas de hacer gracias, de
querer curarte en dos das. Te lo vengo diciendo, y t... Si eres un
chiquillo...

Abatidsimo, el desdichado seor no deca una palabra. Todo el da
estuvo en el silln, con las manos cruzadas, volteando los pulgares uno
sobre otro. Su mujer y su hijo le confortaban con palabras cariosas,
ms l no se daba a partido, y su dolor cmo que se exacerbaba con los
paliativos verbales. Por la tarde, el inteligente Pez, hablando con
Rosala del asunto, dijo con mucho tino:

--Yo no s cmo desde el primer da no llamaron ustedes a un oculista...
Este buen seor (por el mdico) me parece a m que entiendo tanto de
ojos como un topo.

--Lo mismo he dicho yo--replic la dama, queriendo expresar con
elocuente mohn y alzamiento de hombros la sordidez de su marido--. Pero
vyale usted a Bringas con esas ideas. Dice que no, que los oculistas no
van ms que a coger dinero... Y no es que a l le falte. Tiene sus
economas... pero no se decidir a gastarlas por su salud sino en el
ltimo trance, cuando ya la enfermedad le diga: La bolsa o la vista.

Mucha gracia le hizo a D. Manuel esta interpretacin pintoresca de la
avaricia de su amigo, y hablando con l despus, le insinu la idea de
consultar a un especialista en enfermedades de los ojos. Esta vez no
recibi mal el enfermo la indicacin. Descorazonado e impaciente,
consideraba que sus economas valan bien un rayo de luz, y slo dijo:
Hgase lo que ustedes quieran.

Por la noche, Milagros fue a acompaar a su correligionaria en trapos.
Esta, como no se haban visto desde la semana anterior, crea resuelto
ya el problema financiero que puso a la marquesa tan angustiada en los
ltimos das de Junio. Francamente, yo tambin lo cre. Pero tanto
Rosala como el que tiene el honor de escribir estos renglones,
advertamos con sorpresa que en el rostro de la aristcrata no brillaban
aquellos resplandores de contento que son segura expresin de reciente
victoria. En efecto, la Tellera no tard en declarar que su asuntillo
no estaba resuelto sino aplazado. A fuerza de ruegos haba conseguido
una prrroga hasta el da 10. Corra el 7 de Julio, y slo faltaban
tres das. Por todos los Santos del cielo, por lo que ms amase su
amiga, le rogaba que...!

Rosala se puso el dedo en la boca, recomendando la discrecin. Andaba
por all Isabelita, y esta nia tena la fea maa de contar todo lo que
oa. Era un reloj de repeticin, y en su presencia era forzoso andar con
mucho cuidado, porque en seguida le faltaba tiempo para ir con el cuento
a su pap. Das antes haba hecho rer al buen seor con esta delacin
inocente: Pap, dice D. Manuel que yo salgo a ti... en que guardo todos
los cuartos que me dan.




XXX


Lo que le vali un carioso estrujn y un beso de su pap querido.

Y aquella noche, sintindola entrar en su cuarto, llamola y la sent en
sus rodillas. Tu mam...?.

--Est en la Saleta con la marquesa--replic la nia, que hablaba con
claridad y rapidez--. Me dijo que me viniera para ac. La marquesa
estaba llorando porque estamos a 7.

Estamos a 7--haba dicho Milagros a la Pipan, cruzando las manos y
hecha una lstima--, y si para el da 10 no he podido reunir...! A m
me va a dar un ataque cerebral... Usted no sabe cmo est mi cabeza.

Se haban encerrado, y en la soledad de la habitacin, sin luz, porque
el amo de la casa era partidario frentico del oscurantismo en todas sus
manifestaciones, la dolorida seora se explayaba y derrochaba a sus
anchas el tesoro de su dolor, manifestndolo de mil modos con florida
inspiracin elegaca... El da le era antiptico. Gustaba de
la noche para cebarse en la contemplacin de su pena. Mirando a las
estrellas, crea sentir inexplicable consuelo... Las estrellas como que
le prometan algo lisonjero, o bien lanzaban a lo interior de su alma un
cierto destello metlico... Es muy peregrino el parentesco de los astros
con el oro acuado... La infeliz no tena ya esperanza en nada ni en
nadie ms que en su amiguita... Haba contado con que ella la
salvara... Cmo? Eso s que no saba decirlo. Se le haba aparecido en
sueos con aquella su sonrisa anglica y aquel aire distinguidsimo...

Por Mara Santsima--dijo Rosala--, no se haga usted ilusiones,
querida, yo no puedo, no puedo, no puedo....

--Que s puede, que s puede--replic Milagros, con una insistencia que
ejerca cierta fascinacin en el nimo de la otra--. Basta querer... La
cosa no es desmesurada. He podido reunir cinco mil reales: me faltan
slo otros cinco mil. Bringas...

--No s con qu palabras he de decir a usted que es ms fcil que nos
bebamos toda el agua del mar.

--Olvidaba decirle que traigo aqu la carta de mi administrador,
asegurando que del 15 al 20... No s qu mejor garanta podra dar.
Adems, no faltar una obligacin formal... Si esto no se arregla, no
podr soportar la vergenza que me aguarda... De seguro que me van a
buscar y me encuentran muerta. A veces digo: No habr un
cataclismo, un terremoto o cosa as antes del da 10?. Pienso en la
revolucin, y cralo usted... deseara que hubiese algo... Me basta con
una semana de jarana y tiros, durante la cual no pueda salir la gente a
la calle... Pero ni eso, querida. Sabe usted que a los generales
Serrano, Dulce y Caballero de Rodas les han puesto presos, y dicen que
les mandarn a Canarias y que tambin destierran al duque de
Montpensier? Con estas precauciones ay!, no habr quien levante el
gallo.

--A Canarias? A los quintos infiernos!--exclam la Pipan con
jbilo--. Eso me gusta; que los pongan lejos, y se acabaron los sustos.
Que conspiren ahora. Y tambin al infante me le dan aire...? Voy a
decrselo a Bringas, que esto para l es oro molido. Corri la dama a
llevar a su esposo las felices nuevas, y este se regocij como si le
cayera la lotera (tanto no, pero s un poquito menos), celebrando el
hecho con las expresiones ms ardientes.

Bien, bien, bien. Eso es gobernar. Luego dicen que Ibrahim Clarete est
ido; lo que est es ms despabilado que nunca, grandsimos pillos. Ea,
conspirad ahora contra la mejor de las Reinas... Con que a la sombra?
Hombre ms bravo que ese presidente del Consejo...! Le dara yo dos
abrazos bien apretados... A Canarias con ellos, como si dijramos, a
Ultramar! Y si se pierde el barco que los lleva, mejor... No
lo puedo remediar, me dan ganas de salir a la terraza y dar un _viva la
Reina!_ muy fuerte, muy fuerte.

Poco falt para que lo hiciera como lo deca. Un rato despus, Milagros
lisonjeaba con charla pintoresca la pasin dinstica de Bringas, y peda
para los generales, no una muerte, sino cien muertes, y para todos los
que conspirasen el cadalso. Con estas cosas se animaba mucho el enfermo;
pero ay!, que el da siguiente haba de ser de los ms negros de su
vida. Pobre seor!, despus de haber pasado la noche muy inquieto,
observ por la maana una prdida casi absoluta de la facultad de ver.
El mdico estaba tan aturdido, que ni aun acert con las frmulas
escurridizas que ellos emplean cuando no quieren confesarse vencidos.
Pero hombre de conciencia, supo al fin abdicar su autoridad antes de
producir mayores males, diciendo: Es preciso que le vea a usted un
oculista. Que le vea a usted Golfn.

D. Francisco crey que se le caa el cielo encima. Sin duda su mal era
grave. Vencida por el temor la avaricia, no pens en poner reparo al
dictamen de su mdico y de toda la familia. Consternados todos, fiaban
en la prodigiosa ciencia del ms afamado curador de ojos que tena
Espaa. Acordose no dilatar la consulta ni un solo da, ni una hora.

Ah, Golfn!... Bringas le conoca. Era hombre del cual se contaban
maravillas. A muchos ciegos desahuciados haba dado vista. En Amricas
del Sur y del Norte haba ganado dinerales, y en Espaa no se descuidaba
tampoco en esto. Vaya una hormiga! Por batir unas cataratas al marqus
de Castro haba llevado diez y ocho mil reales, y por la cura de una
conjuntivitis del nio de Cucrbitas, haba puesto una cuenta tal, que
los Cucrbitas, para pagarla, se empearon por seis aos. Pero, en fin,
Dios nos asista, y salgamos con bien de esta. Creme el tal Golfn, y
que me deje en los puros cueros.... Discurriose luego sobre si ira el
enfermo a la consulta o haran venir a casa al oculista, decidindose
Bringas por lo primero, que era lo ms barato.

Paquito y yo nos metemos en un coche, y all....

--No, que no ests para salir a la calle. l vendr.

--Que no viene, mujer. Estos potentados de la ciencia no se mueven de su
casa ms que para visitar a prncipes o gente de muchsimo dinero.

--Te digo que vendr. Voy abajo. Su Majestad le pondr cuatro letras...

--Eso me parece acertadsimo. Y si la Seora quiere aadir que se trata
de un pobre... mejor que mejor. Dios te bendiga, hijita.

Y vino Golfn y le vio, y con su ruda bondad infundiole nimos y la
esperanza que comenzaba a perder. La dolencia no era grave; pero la
curacin sera lenta. Paciencia, muchsima paciencia, y cumplimiento
exacto, escrupulossimo de lo que yo prescriba. Hay un poco de
conjuntivitis, que es preciso combatir con prontitud y energa.

Pobre, desgraciado Bringas! Por de pronto, cama, dieta, quietud,
atropina.

Inaugurose con esto una vida tristsima para el infeliz Thiers. Ya no le
vali quitarse la venda, pues apenas vea gota, y le daba tanta pena,
que se volvi a las tinieblas, en las cuales su nico consuelo era
recordar las palabras de Golfn y aquella promesa celestial con que se
despeda: Usted ver, usted ver lo que nunca ha visto, queriendo
ponderar as la plenitud de la facultad preciosa que estimamos sobre
todas las dems de nuestro cuerpo. Ver!... Pero cundo, Dios poderoso;
cundo, Santa Luca bendita? Paciencia no le faltaba al pobre hombre,
que en aquella situacin inclin con ardor su espritu hacia la
contemplacin religiosa, y se pasaba parte de las solitarias horas
rezando. Su mujer no se separaba de l sino cuando alguna visita
importuna lo obligaba a ello, cuando Milagros entraba con aire afligido,
y llamndola aparte, me la obsequiaba con un par de lgrimas o de
zalameras caricias... Ya no haba que pensar en baos, a menos
que no se restableciese Bringas para los primeros das de Agosto, lo
cual no pareca probable.

Pez era de los amigos ms constantes en aquella tribulacin de la
honrada familia. Una tarde que pudo hablar a solas con Rosala en
Gasparini, esta le dijo: Entramos ahora en una poca de dificultades,
de la cual no s cmo vamos a salir. A lo que D. Manuel contest con un
arranque quijotesco, ofrecindose a ayudarla en todas aquellas
dificultades, de cualquier clase que fuesen. Este noble pensamiento
penetraba en el espritu de la dama como un rayo de luz celestial. Ya
poda contar con algn sostn en las borrascas que su vida ulterior le
trajese. Ya haba tras ella un lugar de retirada, una reserva para
cualquier caso crtico... Ya vea cerca de s un brazo, un escudo... La
vida se le ofreca ms llana, ms abierta... Yo cuidar--pensaba--, de
que esta amistad y mi honradez no sean incompatibles.




XXXI


Viendo a su esposo tan decado y maltrecho se reverdeci en Rosala el
cario de otros tiempos; y el aprecio en que siempre le tena depurbase
de caprichosas malquerencias para resurgir grande y cordial,
tocando en veneracin. Agasajaba en su pensamiento la vanidosa dama al
buen compaero de su vida durante tantos aos, el cual, si no le haba
proporcionado satisfacciones muy vivas del amor propio, tampoco le haba
dado disgustos. Recordaba entonces aquella existencia matrimonial
prosaica y tranquila, llena de escaseces y de goces sencillos, que si
aisladamente parecan de poco valor, apreciados en total ofrecan a la
memoria un conjunto agradable. Al lado de Bringas no haba gozado ella
ni comodidades, ni representacin, ni placeres, ni grandeza, ni lujo,
nada de lo que le corresponda por derecho de su hermosura y de su ser
genuinamente aristocrtico; pero en cambio, qu sosiego y qu dulce
correr de los das, sin ahogos ni trampas, ni acreedores! No deber nada
a nadie era el gran principio de aquel hombre pedestre, y con l fueron
tan cursis como honrados y tan pobretes como felices. Seguramente, si a
ella le hubiera tocado un hombre como Pez, estara en posicin ms
brillante... Pero Dios sabe--pens muy cuerdamente--, las agonas que
se pasan en esas casas donde se gasta siempre ms de lo que se tiene.
Eso hay que verlo de cerca y pasarlo y sentirlo para conocerlo bien.

Ello es que Rosala, con la agravacin del mal de su marido se acercaba
moral y mentalmente a l, apretando los lazos matrimoniales.
La atraccin de la desgracia obraba este prodigio, y el hbito de
compartir todo el contingente de la vida, as en lo adverso como en lo
venturoso. Y con qu celo le cuidaba! Qu manos las suyas tan sutiles
para curar! Con qu gracia y arte derramaba el blsamo de palabras
tiernas sobre el espritu del enfermo! l estaba tan agradecido, que no
cesaba de alabar a Dios por el bien que le conceda, inspirando a su
compaera aquel admirable sentimiento del deber conyugal. Alegras
ntimas endulzaban su pena y penetrado de religioso ardor, consideraba
que los cuidados de su mujer eran fiel expresin de la asistencia
divina. Slo estaba abatido cuando ella, por razn de sus quehaceres, se
apartaba de su lado; y a cada instante la llamaba para la menor cosa,
rogndole que abreviase lo ms posible sus ocupaciones para consagrarse
a l.

En todo este tiempo, Rosala dio de mano a las galas suntuarias. No
tena tiempo ni tranquilidad de espritu para pensar en trapos. Estos
yacan sepultos en los cajones de las cmodas, esperando ocasin ms
propicia de mostrarse. Ni se le ocurra a ella componerse... Buenos
estaban los tiempos para pensar en perifollos! Era hasto verdadero del
lujo o abnegacin? Algo haba de una y de otra cosa. Si era abnegacin,
esta llegaba al extremo de presentarse delante del Sr. de Pez
con el empaque casero ms prosaico que se podra imaginar. La nica
presuncin que conservaba era la de llevar siempre su mejor cors para
que no se le desbaratase el cuerpo. Pero su peinado era primitivo, y en
su bata se podan estudiar por induccin todas las incidencias del
gobierno de una casa pobre. Una tarde haba dicho a D. Manuel: No me
mire usted. Estoy hecha un espantajo. Y l le haba contestado: As, y
de todas maneras, siempre est usted preciosa, galantera que ella
agradeci mucho.

La debilidad del cuerpo trae necesariamente flojedades lamentables al
carcter ms entero. Una enfermedad prolongada remeda en el hombre los
efectos de la vejez, asimilndole a los nios, y el buen Bringas no se
libr de este achaque fsico-moral. El abatimiento encenda en l
ardores de ternura, y la ternura se traduca en cierto entusiasmo
mimoso.

Hijita, no me digas que eres mujer. Yo te digo que eres un ngel...
Mira, hasta ahora no se ha hecho en la casa ms voluntad que la ma. Has
sido una esclava. De hoy en adelante no se har ms que tu voluntad. El
esclavo ser yo.

El primer da de lo que llamaremos el reinado de Golfn, D. Francisco se
hizo traer a la cama la caja del dinero, para sacar por s mismo, como
de costumbre, el del gasto diario. Pero bien pronto aquella ternura
mimosa, o ms bien pueril pasividad de que antes habl, le
inspir confianzas que nunca haba tenido. No es preciso, hijita, que
traigas el cajoncillo. Toma la llave y saca lo que te parezca prudente.
La seora as lo haca. En lo que no se descuidaba despus Bringas era
en pedir las llaves y guardarlas debajo de su almohada, porque todos los
entusiasmos y aun la flaqueza senil o infantil tienen su lmite.

De este modo pudo Rosala explorar libremente el tesoro secreto.
Revolvi, cont y recont todo lo que haba en el doble fondo,
pasmndose del caudal all guardado. Su marido tena mucho ms de lo que
ella sospechaba; era un capitalista. Haba cinco billetes de cuatro mil
reales, que componan mil duros, y despus un pico en billetes pequeos
que sumaban tres mil setecientos. Los cinco billetes grandes formaban el
ms elegante cuadernillo que la dama haba visto en su vida. Al examinar
aquello, renacieron los rencorcillos y las quejas que diferentes veces
haban perturbado su espritu... Quien tal posea la privaba de ponerse
un vestido nuevo! El dueo de aquella suma se empeaba en vestir a su
mujer como una ama de cura!... Oh, qu hombre ms oo!... Si, como l
deca, en lo sucesivo iba a ser ella verdadera seora de la casa,
precisbale variar de temperamento, mostrarse ms exigente, y dar a las
economas de la familia un empleo ms adecuado a la dignidad
de la misma... Guardar dinero de aquel modo, sin obtener de l ningn
producto, no era una tontera? Si al menos lo diera a inters o lo
emplease en cualquiera de las Sociedades que reparten dividendos...!

El descubrimiento del tesoro sac las ideas de Rosala de aquel crculo
de modestia y abnegacin en que las haba encerrado la enfermedad de su
marido. Este le dijo en un rapto de entusiasmo: Cuando me ponga bueno,
te comprar un vestido de gro, y para el invierno, si sigo bien, tendrs
uno de terciopelo. Es preciso que te luzcas alguna vez, no con los
regalos de la Reina y de las amigas, sino con el producto de mi economa
y de mi honrado trabajo.

Y ella empez a considerar que si el tesoro no le perteneca por entero,
la mayor parte de l deba estar en sus manos. Bastante me he privado,
bastantes escaseces he sufrido para que ahora, tenindolo, pase los
ahogos que paso. Si no quiere drmelo, ya le har entender la
consideracin que me debe. En esta situacin de espritu la cogi una
maana Milagros, con tan buena suerte, que pareca que la Providencia lo
haba preparado todo para satisfaccin de la dichossima marquesa.
Sucedi que an no haba esta concluido de anunciar con suspiros y ayes
la inminencia de su catstrofe, cuando Rosala con decidido tono le
dijo:

Usted me firma un pagar comprometindose a devolverme
dentro de un mes la cantidad que yo le d ahora? Porque mientras ms
amigas, ms formalidad. Usted me da un inters de dos por ciento al
mes? Usted aade al pagar los seiscientos reales aquellos?... Porque
una cosa es la amistad, amiga ma, y el negocio... Yo creo que usted no
se ofender....

No hay para qu aadir que la Tellera dijo a todo que s con
expresiones sinceras y ardorosas. No creerla habra sido como poner en
duda la luz del da.

Pues con esas condiciones le dar a usted cuatro mil
realitos,--declar Rosala con nfulas de prestamista.

Los que han tenido la dicha de ver, ora realmente, ora en exttica
figuracin, el cielo abierto y en l las cohortes de ngeles voladores
cantando las alabanzas del Seor, no ponen de seguro una cara ms
radiante que la que puso Milagros al or aquel venturoso anuncio.
Pero...




XXXII


No hay felicidad que no tenga su _pero_, y el de la felicidad de la
marquesa era que para completar la suma hacan falta unos cinco mil...
Porque s; estaba pendiente una cuentecilla... Esto no vena
al caso. En lo relativo a inters, lo mismo le daba dos, que cuatro, que
seis. Esto es material, hija, y mientras ms provecho para usted, mayor
ser mi satisfaccin. Dud Rosala un ratito; pero al fin todo fue
arreglado a gusto de entrambas, y aquella misma tarde se extendi y
firm el contrato en la Furriela, con todas las precauciones necesarias
para que Isabelita, que andaba husmeando por all, no se enterase de
nada.

Milagros se despidi de D. Francisco con las frases ms cordiales y
caramelosas que haba pronunciado en su vida. Oh!, qu mujer tiene
usted! Dios le ha mandado uno de sus arcngeles predilectos. No se queje
usted de su mal, querido amigo, pues eso no vale nada, y pronto sanar.
D gracias a Dios, pues los que tienen a su lado personas como Rosala,
ya pueden recibir calamidades y soportarlas con valor.... Don Francisco
le alarg la mano conmovidsimo, mientras oa el chasquido de los
frenticos besos que la marquesa daba al ngel predilecto.

A diferentes impulsos haba obedecido este al hacer lo que hizo.
Primero, el deseo de complacer a su amiga la estimulaba grandemente. En
segundo lugar, la idea, tantas veces expresada por Bringas, de que ella
poda disponer de todo se haba posesionado de su entendimiento,
engendrando en l otras ideas de dominio y autoridad. Era
preciso mostrar con hechos, aunque traspasaran algo los lmites de la
prudencia, que haba dejado de ser esclava y que asuma su parte de
soberana en la distribucin de la fortuna conyugal. No slo con esto se
tranquilizaba su conciencia, sino con la consideracin de que el
disponer del dinero lo haca para colocarlo a rdito. El poquita-cosa no
tendra razn para quejarse si los cinco mil volvan a la caja con el
aumento correspondiente. Y por ltimo, todo lo expuesto no habra
bastado quizs a determinar en ella la temeraria accin del prstamo, si
no contara con la retirada segura en el caso extremo de que Bringas lo
descubriera y lo desaprobase; si no contara con los ofrecimientos que la
tarde anterior le haba hecho el amigo de la casa. El cual, llevndola a
la ventana, a la hora del crepsculo, para admirar la gala y melancola
del horizonte, habale dicho en trminos muy claros lo que a la letra se
copia:

Si por algn motivo, sea por los gastos de la enfermedad de _este
seor_, o porque usted no pueda nivelar bien su presupuesto; si por
algn motivo, digo, se ve usted envuelta en dificultades, no tiene ms
que hacerme una indicacin, bien verbalmente, bien por medio de una
esquela, y al instante yo... No, si esto no tiene nada de particular...
Perdone usted que lo manifieste de una manera cruda, de una manera
brutal, de una manera quizs poco delicada. Tales cosas no
pueden tratarse de otro modo. Esto queda de usted para m, y el primero
que lo ha de ignorar es Bringas... En el seno de la confianza, de la
amistad honrada y pura, yo puedo ofrecer lo que me sobra y usted aceptar
lo que le falta sin menoscabo de la dignidad de ninguno de los dos.

Siguieron a esto frases de un orden ms romntico que financiero, en las
cuales el desgraciado seor expres una vez ms el consuelo que
experimentaba su alma dolorida respirando la atmsfera de aquella casa,
y descargando el fardo de sus penas en la indulgente persona que ocupaba
ya el primer lugar en su corazn y en sus pensamientos. Rosala se
retir de la ventana con la cabeza trastornada. De buena gana se habra
estado all un par de horas ms oyendo aquellas retricas que, a su
juicio, eran como atrasadas deudas de homenaje que el mundo tena que
saldar con ella.

Algunos das trascurrieron sin que Bringas advirtiera mudanza sensible
en su dolencia. Golfn le martirizaba cruelmente tres veces por semana,
pasndole por los prpados un pincel mojado en nitrato de plata, despus
otro pincel humedecido en una solucin de sal comn. Nuestro amigo vea
las estrellas con esto, y necesitaba de todas las fuerzas de su espritu
y de toda su dignidad de hombre para no ponerse a berrear como un
chiquillo. Con la aplicacin de unas compresas de agua fra,
su dolor se calmaba. Algn tiempo despus de la quema senta relativo
bienestar, y se crea mejor y alababa a Golfn ampulosamente. Pasados
diez o doce das con este sistema, el sabio oculista aseguraba que en
todo Agosto estara el buen seor muy mejorado, y que en Setiembre la
curacin sera completa y radical. Tanta fe tena el enfermo en las
palabras de aquel insigne maestro, que no dudaba de la veracidad del
pronstico. Despus del 20, la cauterizacin, que se haca ya con
sulfato de cobre, era menos dolorosa, y el enfermo poda estar algunos
ratos sin venda en la habitacin ms oscura, pero sin fijar la atencin
en objeto alguno.

Las hiperblicas alabanzas que D. Francisco haca de Golfn la llevaban
como por la mano a otro orden de ideas, y arrugando el ceo, pona cara
de pocos amigos. Cuando pienso en la cuentecita que me va a poner esta
Santa Luca con gabn--deca--, me tiemblan las carnes. l me curar los
de la cara, pero me sacar un ojo del bolsillo... No es que yo escatime,
tratndose del precioso tesoro de la vista; no es que yo sienta dar
todos mis ahorros, si preciso fuera; pero ello es, hijita, que este
portento nos va a dejar sin camisa.

Bien se les alcanzaba a entrambos, marido y mujer, que los especialistas
clebres tienen siempre en cuenta, al pedir sus honorarios, la fortuna
del enfermo. A un rico, a un potentado le abren en canal, eso
s; pero cuando se trata de un triste empleado o de cualquier persona de
humilde posicin, se humanizan y saben adaptarse a la realidad. Rosala
supo de una familia (las de la Caa precisamente), a quien Golfn haba
llevado muy poco por la extirpacin de un quiste, seguida de una
cura lenta y difcil. Firme en estas ideas de justicia distributiva,
aplicada a la humanidad dolorida, el gran Thiers, cuando Golfn estaba
presente, no cesaba de aturdirle con bien estudiadas lamentaciones de su
suerte. El buen seor se lloraba tanto, que casi casi era como pedir una
limosna: Ay, Sr. D. Teodoro, toda mi vida le bendecir a usted por el
bien que me hace, y ms le bendigo a usted por mis hijos que por m,
pues los pobrecitos no tendrn que comer si yo no tengo ojos con que
ver!... Ay, D. Teodoro de mi alma... creme pronto para que pueda
ponerme a trabajar, pues si esto dura, adis familia!... Estamos en un
atraso horrible a causa de mi enfermedad. En la Intendencia me han
rebajado el sueldo a la mitad, y como yo no vea pronto... qu
porvenir!... Y no lo digo por m. Poco me importa acabar mis das en un
hospital; pero estos pobres nios... estos pedazos de mi corazn....




XXXIII


Mal concordaban estas ideas con las que Golfn tena de la posicin y
arraigo de los seores de Bringas, pues como haba visto tantas veces a
la feliz pareja en los teatros, en los paseos y sitios pblicos, muy
bien vestidos uno y otra; como adems haba visto a Rosala paseando en
coche en la Castellana con la marquesa de Tellera, la de Fcar o la de
Santa Brbara, y aun crea haberla encontrado en alguna reunin
elegante, compitiendo en galas y en tiesura con las personas de ms alta
alcurnia, supona, dando valor a estos signos sociales, que D. Francisco
era hombre de rentas, o por lo menos, uno de esos funcionarios que saben
extraer de la poltica el jugo que en vano quieren otros sacar de la
dura y seca materia del trabajo. Pero aquel Golfn era un poco inocente
en cosas del mundo, y como haba pasado la mayor parte de su vida en el
extranjero, conoca mal nuestras costumbres y esta especialidad del
vivir madrileo, que en otra parte se llamaran _Misterios_,
pero que aqu no son misterio para nadie.

A medida que Bringas iba entrando en caja, adverta su mujer que se
debilitaban aquellos raptos de cario conyugal que tan vivamente le
atacaron en los das lgubres de su enfermedad. Observaba ella que tales
exageraciones de cario se avenan mal con la esperanza de remedio, y
que cuando esta llevaba la ventaja sobre el desnimo, el nio senil,
llorn y soboncito recobraba las condiciones viriles de su carcter
real. Por de contado, aquello de _t sers la seora de la casa y yo el
esclavo_ result ser jarabe de pico, mimitos de enfermo impertinente.
Desde que mi hombre pudo gobernarse solo y pasar las horas sin
sufrimiento, aunque privado de la vista, en su silln de Gasparini, ya
le haba entrado como una hormiguilla de inspeccionar todo y de disponer
y enterarse de las menudencias de la casa... Rosala, por no orle, le
dejaba solo con Paquito o con Isabelita la mayor parte del da, y
pretextando ocupaciones, se daba largas encerronas en el Camn, donde
nuevamente empez a funcionar Emilia en medio de un mar de trapos y
cintas, cuyas encrespadas olas llegaban hasta la puerta.

Pero el economista, impaciente por mostrar a cada instante su autoridad,
mandbala venir a su presencia, y all, con ademanes ya que no con
miradas de juez inexorable, haca pblica ostentacin (sola
estar presente Torres o algn otro amigo) de su soberana domstica.

Me huele a guisote de azcar. Qu es esto? La nia me ha dicho que vio
esta maana un gran paquete trado de la tienda... Por qu no se me ha
dado cuenta de esto?....

Rosala contestaba torpemente que aquel da comera en la casa el Sr. de
Pez y que este husped no deba ser tratado como Candidita, a quien se
le daba de postre medio bollo y dos higos pasados.

Pero, hija, t debes haber echado al fuego una arroba de canela... Est
la casa apestada... Si yo estuviera bueno, no se haran estas cosas as.
Seguramente habrs hecho natillas para un ejrcito... No se te ocurre
nada. Con preguntar al cocinero cmo se haca tal o cual cosa, l te lo
hubiera mandado hecho... Y vamos a ver: Qu ruido de tijeretazos es ese
que he sentido hoy todo el da?... Quisiera yo ver eso, y qu faenas
trae aqu esa holgazana de Emilia... De qu se trata, de vestidos para
la marquesa? Es mucho cuento este que tengamos aqu taller de modista
para su seora... Y dime una cosa, qu vestidos le has hecho a los
nios, que ayer llamaban la atencin en la plaza de Oriente?.

--Llamando la atencin!

--S, llamando la atencin... por bien vestidos... Menos mal que sea por
eso. Golfn me dijo esta maana: He visto ayer en el Prado a
sus nios de usted _tan elegantes_.... Fjate bien, tan elegantes!
Crelo, hija ma, esta palabrilla me ha sabido muy mal y la tengo
atravesada. Qu pensar de nosotros ese buen seor, cuando ve que
nuestros hijos salen por ah hechos unos corderos de rifa, como los de
las personas ms ricas?... Pensar cualquier disparate... Algo de esto
me figuraba yo, porque ayer, en un ratito que desvendado estuve, vi que
la nia tena puestas unas medias encarnadas muy finas. De dnde ha
salido eso?... Y ya que las tiene, por qu no se las quita al entrar en
casa?... Qu es esto? Qu pasa aqu?... De ello nos ocuparemos cuando
yo vea claro y sin dolor, que Dios quiera sea muy pronto.

Con estas andrminas, Rosala estaba, fcil es suponerlo, dada a los
demonios. Procuraba apaciguarle con sutiles explicaciones de todo; mas
su ingenio no llegaba a alcanzar por completo el deseado fin, por ser
extraordinaria la suspicacia del buen economista y muy grande su saber
en cosas y artes domsticas. A solas desahogaba la dama su oprimido
corazn, pronunciando mudamente alguna frase iracunda, rencorosa:
Maldito cominero, cundo te probar yo que no me mereces?... No
comprenders nunca que una mujer como yo ha de costar algo ms que un
ama de llaves?... No lo comprendes, bobito, oito, ratoncito Prez?
Pues yo te lo har comprender.

Haca planes de emancipacin gradual, y estudiaba frases con que pronto
deba manifestar su firme intento de romper aquella tonta y ridcula
esclavitud; pero todos sus nimos venan a tierra cuando consideraba el
gran bochorno que caera sobre ella, si el _bobito_ descubra la
exploracin hecha en el doble fondo del arca del tesoro. Cristo Padre,
cmo se iba a poner!... Grandsima falta haba ella cometido al sustraer
aquella porcin de la fortuna conyugal, pues aunque la conceptuaba muy
suya, no debi tomarla sin consentimiento del propio ratoncito Prez...
Pero mayor haba sido su yerro al creer que con semejante hombre se
podan tener bromas de tal naturaleza. Las disculpas que en la ocasin
del acto haba conceptuado tan razonables, parecanle ya vanas e
impropias de una persona seria. Los mviles a que obedeci antojronsele
sin fundamento alguno, y su conciencia le arguy poderosamente. No, no
poda esperar a que su marido advirtiese la falta. Dbale una fuerte
congoja slo de pensar que la descubra; y era indispensable reponer en
su sitio la malhadada cantidad, seis mil reales, pues haba tomado cinco
mil para Milagros y mil para desempear los candelabros y otras
menudencias.

La necesidad de esta devolucin se impuso de tal modo a su espritu, que
ya no pensaba en otra cosa. Contaba con la fuerza del pagar y
con la palabra de la marquesa. Esta la tranquiliz el da 22,
dicindole: Todo est arreglado. Puede usted descuidar. Pero entre
tanto, Rosala pasaba la pena negra, temiendo a cada instante una
catstrofe y discurriendo toda clase de industrias y maquinaciones para
evitarla. Hasta entonces el bobito persista en la buena costumbre de
dar a su mujer las llaves para que ella sacase de la arqueta el dinero.
Pero una tarde antjasele volver a las andadas y sacar el funesto
cajoncillo, y lo abre y empieza a manosear lo que dentro haba... Ay,
Dios, mo qu trance, qu momento! A la Pipan un color se le iba y otro
se le vena. Estaba lela y su terror impedale tomar una resolucin.

T... siempre enredando... No haces caso de lo que dice D. Teodoro...
Qu hombre!... Dame ac la caja.

--Quita all, calamidad--dijo Bringas defendiendo su tesoro con ademn
enrgico.

Cont los centenes de oro uno por uno; toc las dos onzas, el reloj
viejo que haba sido de su padre, una cadena y medalln antiqusimos...
Como no faltaba nada, no haba peligro mientras no fuese alzado el doble
fondo... Rosala sinti impulsos de gritar que se quema la casa!, u
otra barbaridad semejante; pero no se atrevi porque estaba presente
Paquito. Ya las flexibles manos del cominero acariciaban la parte por
donde la tapa del doble fondo se levantaba. Rosala invoc a
todos los santos, a todas las Vrgenes, a la Santsima Trinidad, y aun
se cree que hizo alguna promesa a Santa Rita si la sacaba en bien de
aquel apuro. Pero cuando ya D. Francisco meta la ua en el huequecillo
de la madera, hubo en su espritu un cambio de intencin que debi de
ser milagroso... Retirando sus dedos cerr la arqueta. A Rosala le
volvi el alma al cuerpo, y sus pulmones respiraron de nuevo. Haba
estado en un tris... Sin duda no le pasaba por la imaginacin a su
marido la idea ni aun la sospecha del desfalco, y aunque sola repasar
los billetes slo por gusto, en aquella ocasin no lo hizo sabe Dios por
qu. Quizs todas aquellas invocaciones que la seora hizo a los santos
obtuvieron buena acogida, y algn ngel inspir al ratoncito Prez la
idea de dejar para otra vez el recuento de sus ahorros.




XXXIV


Pero la Pipan no las tuvo todas consigo hasta que no le vio guardar la
arqueta, ponerla en su sitio cuidadosamente, como se pone en la
cuna un nio dormido, y echar la llave a la gaveta. Slo entonces
elev su mente al Cielo en accin de gracias por el gran favor que
acababa de otorgarle. Pero lo que no sucedi aquel da por especial
intervencin de la divinidad, poda muy bien ocurrir en otro. No siempre
estn los santos del mismo humor. Por si segunda vez se le antojaba
registrar el doble fondo, discurri la industriosa seora un arbitrio
que, a su parecer, aplazara el conflicto mientras llegaba el momento de
conjurarlo resueltamente reponiendo el dinero. Imagin, pues, colocar en
la caja unos pedacitos de papel del tamao de los billetes, y si lograba
encontrar papel igual en la calidad de la pasta, de modo que no
resultase diferencia al tacto, el engao era fcil, porque su marido no
haba de verlos sino con los dedos... Psose a la obra, y rebusc y
examin cuanto papel haba en la casa. Por fin, en la mesa de Paquito
hall uno que pareciole muy semejante, por su flexibilidad y
consistencia, al que empleaba el Banco en sus billetes. Obtuvo esta
certidumbre despus de un detenido trabajo de comparacin entra las
distintas clases de papel y un billete de doscientos reales que
conservaba. Para refinar la imitacin, faltaba darle la ptina del uso,
aquella suavidad pegajosa que resulta del paso por tantas manos de
cajeros y cobradores, por las de los prdigos as como por las de los
avaros. Rosala someti los trozos a una serie de operaciones
equivalentes al traqueteo de los billetes en la circulacin pblica.

--Qu buscas aqu, nia?--dijo con enfado a Isabelita que iba, como de
costumbre, a meter su hocico en todo--. Vete a acompaar a pap, que
est solito.

Encerrose en el Camn para evitar indiscreciones, y all arrugaba el
papel, dejndolo como una bola. Luego lo estiraba, lo planchaba con la
palma de la mano, hasta que los repetidos estrujones le daban la deseada
flexibilidad. Echaba de menos aquella epidermis pringosa que los
verdaderos billetes tienen; pero cmo obtener esto? Pareciole
imposible, aunque sus manos estaban muy bien preparadas para el objeto.
Acababa de hacer unas croquetas en la cocina, y haba tenido cuidado de
no lavarse las manos para que pudieran imprimir sobre el papel algo de
aquella suciedad a la cual ningn idealista, que yo sepa, ha hecho ascos
todava.

Cuando crey haber trabajado bastante, quiso hacer prueba de su obra.
Entrbale desconfianza y deca: No s qu tiene este papel que ningn
otro se le iguala. Me parece que no le engao. Y sus dedos hacan un
estudio de tacto sobre el billete verdadero y los fingidos. Supongamos
que no veo... Supongamos que me ponen este delante y que trato de
diferenciar el legtimo de los... Oh!, no hay duda posible. Se conoce
en seguida.... Y dando un suspiro se desanimaba tanto, que
casi casi hubo de renunciar a la superchera... No, no--pens
despus--. Cuando se est en el secreto, se nota ms la diferencia; pero
no estando en el secreto... Los pondr en el doble fondo, y Dios dir.
All veremos.

Al anochecer de aquel da, cuando Bringas sac la arqueta, la dama tena
sus papeles preparados para hacerlos actuar convenientemente en caso de
que el cominero abriese el doble fondo. Pero no lo abri. Entonces
Rosala, como para impedirle la molestia de ir a la mesa, le quit de
las manos el cajoncillo, y en el breve tiempo que empleara para
colocarlo en su sitio, supo introducir los papeluchos que, cuando se
pasase revista de presente, deban responder por los que se haban ido a
otra parte. Por supuesto, aquella solucin provisional era muy
peligrosa, y convena acelerar la definitiva exigiendo de Milagros el
pago del prstamo.

Al da siguiente, que fue el 25 de Julio, da de Santiago, apret el
calor de una manera horrible. Bringas estaba en mangas de camisa y
Rosala, con una bata de percal muy ligero, no cesaba de abanicarse,
renegando a cada instante del clima de Madrid y de aquella exposicin a
Poniente que haba elegido Bringas para su vivienda. Y el cominero
tena la desfachatez de decir que el calor le gustaba, que era muy sano
y que compadeca a los _tontos que se iban fuera_! Aquel mismo
da de Santiago el gran economista haba anunciado solemne y
decididamente a toda la familia que no iran a baos, con lo cual estaba
Rosala ms sulfurada que con el calor. Prisionera en Madrid durante la
cancula, cuando todas sus relaciones haban emigrado! La alta ciudad
palatina estaba ya casi desierta. La Reina se haba ido a Lequeitio, y
con ella doa Tula, doa Antonia, la mayor y ms lucida parte de la alta
servidumbre. Milagros y el seor de Pez tambin estaban preparando su
viaje. Se quedara, pues, sola la pobrecita, sin ms amistad que Torres,
Cndida y los empleadillos y gente menuda que vivan en el piso
tercero... Su excitacin era tal, que en todo el da no dijo una palabra
sosegada, y todas las que de su augusta boca salan eran speras,
desapacibles, amenazadoras. Paquito estaba tendido sobre una estera
leyendo novelas y peridicos. Alfonsn enredaba como de costumbre,
insensible al calor, mas con los calzones abiertos por delante y por
detrs, mostrando la carne sonrosada y sacando al fresco todo lo que
quisiera salir. Isabelita no soportaba la temperatura tan bien como su
hermano. Plida, ojerosa y sin fuerzas para nada, se arrojaba sobre las
sillas y en el suelo, con una modorra calenturienta, desperezndose sin
cesar buscando los cuerpos duros y fros para restregarse contra ellos.
Olvidada de sus muecas, no tena gusto para nada; no haca
ms que observar lo que en su casa pasaba, que fue bastante singular
aquel da. Don Francisco dispuso que se hiciera un gazpacho para la
cena. l lo saba hacer mejor que nadie, y en otros tiempos se personaba
en la cocina con las mangas de la camisa recogidas, y haca un gazpacho
tal que era cosa de chuparse los dedos. Mas no pudiendo en aquella
ocasin ir a la cocina, daba sus disposiciones desde el gabinete.
Isabelita era el telgrafo que las trasmita, perezosa, y a cada
instante iba y vena con estos partes culinarios: Dice que piquis dos
cebollas en la ensaladera... que no pongis ms que un tomate, bien
limpio de sus pepitas... Dice que cortis bien los pedacitos de pan... y
que pongis poco ajo... Dice que no echis mucha agua y que haya ms
vinagre que aceite... Que pongis dos pepinos si son pequeos, y que le
echis tambin pimienta... as como medio dedal.

Por la noche la pobre nia tena un apetito voraz, y aunque su pap
deca que el gazpacho no haba quedado bien, a ella le gust mucho, y
tomose la racin ms grande que pudo. Cuando se acost, la pesadez del
sueo infantil impedale sentir las dificultades de la digestin de
aquel frrago que haba introducido en su estmago. Sus nervios se
insubordinaron y su cerebro, cual si estuviera comprimido entre dos
fuerzas, la accin congestiva del sueo y la accin nerviosa,
empez a funcionar con extravagante viveza, reproduciendo todo lo que
durante el da haba actuado en l por conducto directo de los sentidos.
En su horrorosa pesadilla, Isabel vio entrar a Milagros y hablar en
secreto con su mam. Las dos se metieron en el Camn, y all estuvieron
un ratito contando dinero y charlando. Despus vino el Sr. de Pez, que
era un seor antiptico, as como un diablo, con patillas de azafrn y
unos calzones verdes. l y su pap hablaron de poltica diciendo que
unos pcaros muy grandes iban a cortarles la cabeza a todas las
personas, y que correra por Madrid un ro de sangre. El mismo ro de
sangre envolva poco despus en ondas rojas, a su mam y al propio Sr.
de Pez, cuando hablaban en la Saleta, ella diciendo que no iban ya a los
baos, y l: yo no puedo ya detenerme ms, porque mis chicas estn muy
impacientes. Despus el Sr. de Pez se pona todo azul y echaba llamas
por los ojos, y al darle a la nia un beso la quemaba. Luego haba
cogido a Alfonsn y pustole sobre sus rodillas dicindole: Pero
hombre, no te da vergenza de ir enseando.... A lo que Alfonsn
contestara pidiendo cuartos segn su costumbre... Ms tarde, cuando
ningn extrao quedaba en la casa, su pap se haba puesto furioso por
unas cosas que le contest su mam. Su pap le haba dicho: eres una
gastadora, y ella, muy enfadada se haba metido en el
Camn... Despus haba entrado otra visita. Era el Sr. de Vargas, el
cajero de la Intendencia, la oficina de su pap. Hablando, hablando,
Vargas haba dicho a su pap: Mi querido D. Francisco, el intendente ha
mandado que desde el mes que entra no se le abone a usted ms que la
mitad del sueldo. Al or esto, su papato se haba quedado ms blanco
que el papel, ms blanco que la leche, ms blanco todava, y daba unos
suspiros...! Hablando hablando, Vargas y su pap dijeron tambin que
iban a correr ros de sangre, y que _la llamada_ revolucin vena sin
remedio. Su mam entr en el gabinete cuando se despeda el tal Vargas,
que era un seor pequeo, tan pequeo como una pulga, y pareca que
andaba a saltitos. Su mam y su pap haban vuelto a decirse cosas as
como de enfado y a ponerse de vuelta media... l daba golpes en los
brazos del silln, y ella daba vueltas por Gasparini. Nunca haba visto
ella a sus paps tan enfurruados. Eres una gastadora.... Y t un
mezquino. Contigo no es posible la economa ni el orden.... Pues
contigo no se puede vivir.... Qu sera de ti sin m.... Pues a m
no me mereces t.... Vlganos Dios! Su mam se haba metido en el
Camn llorando. Ella fue detrs y entr tambin para consolarla; quera
subrsele a las rodillas, pero no poda. Su mam era tan grande como
todo el Palacio Real, ms grande an. Su mam le haba dado
besos. Despus, desenfadndose, haba sacado un vestido, y luego otro, y
otro, y muchas telas y cintas. En esto entra su pap de repente en el
Camn, sin venda, y su mam da un grito de miedo.

Ya veo, seora, ya veo--dice su pap muy atufado--, que me ha trado
usted aqu una tienda de trapos.... Y su mam, azorada con la cara muy
encendida, no deca ms que: yo... yo... vers....

En esto, la pobre nia, llegando al perodo culminante de su delirio,
sinti que dentro de su cuerpo se opriman extraos objetos y personas.
Todo lo tena ella en s misma, cual si se hubiera tragado medio mundo.
En su estmago chiquito se asentaban, teidos de repugnantes y espesos
colores, obstruyndola y apretndole horriblemente las entraas, su
pap, su mam, los vestidos de su mam, el Camn, el Palacio, el Sr. de
Pez, Milagros, Alfonsito, Vargas, Torres... Retorciose doloridamente su
cuerpo para desocuparse de aquella carga de cosas y personas que lo
oprima, y bruumm...!, all fue todo fuera como un torrente.




XXXV


Se sinti aliviada... libre de aquel espantoso hervor de su cerebro. Su
mam le limpiaba el sudor de su frente, llamndola con palabras
cariosas. Haba sentido Rosala sus quejidos, sntoma indudable de la
pesadilla, y salt de la cama para correr en su socorro. Eran las doce.
Hzole despus una taza de t, y ayudada de Prudencia le mud las
sbanas. A la media hora la pobre nia descansaba tranquila, y su mam
se fue a dormir al sof del gabinete, porque la cama despeda fuego.
Antes quiso dar parte a su marido de la desazn de la nia.

--Lo de siempre?--pregunt l desde el embozo de la nica sbana con
que se cubra.

--S, lo de siempre, pesadilla, convulsiones; ha sido de los ataques ms
fuertes. Por fin se ha tranquilizado. Pobre ngel! T te empeas en que
a nuestra nia se le arraigue esta propensin a la epilepsia...
sabiendo que se corrige con los baos de mar...!

--Lo mismo son los de los Jernimos... digo, son mejores.

La voz de Rosala, objetando algo, se perdi en los aposentos
inmediatos. Bringas, despus de toser un poco, envolvi en las nubes del
sueo su opinin sobre la superioridad de los baos del Manzanares ante
todos los baos del mundo.

La mejora de nuestro amigo se acentuaba tanto, que Golfn desde
mediados de Julio dej de ir a la casa. D. Francisco, acompaado de
Paquito, iba a la consulta dos veces por semana. Como el doctor tena su
casa en la calle del Arenal, poco trecho haba que recorrer. Los oscuros
cristales de unas gafas oftlmicas, amn de una gran visera verde,
resguardaban sus ojos de la luz, Golfn, siempre amabilsimo con el
recomendado de Su Majestad, le despachaba pronto. Estaba muy satisfecho
de su cura, y elogiaba la excelente naturaleza del enfermo, vencedora
del mal en pocas semanas. En la ltima de Julio anunci el oculista a su
cliente que se marchaba a principios de Agosto a dar una vuelta por
Alemania. Pero ya no necesita usted que yo lo vea. Le doy de alta, y
por lo que pueda ocurrir, uno de mis ayudantes pasar por aqu tres o
cuatro veces mientras yo est fuera. Bringas oy con jbilo esta
despedida del concienzudo mdico, indicio cierto de que el mal estaba
vencido. Llevado de su honradez y delicadeza, rog al doctor que antes
de partir le pasase... Ya usted me entiende... la cuentecita
de sus honorarios. Golfn se deshizo en cumplidos. Tiempo habr...
qu prisa tiene usted?... En fin, como usted quiera.... Y el gran
economista, al salir con su hijo, pesaba en la balanza de su mente los
trminos de aquel enigma aritmtico que pronto se haba de revelar. Qu
tipo regulador o qu tarifa le aplicara? Le considerara como pobre de
solemnidad, como empleado alto, como rentista bajo o como burgus
vergonzante y pordiosero? A todas horas del da y de la noche pensaba
Thiers en esto, y deseaba que la cuenta llegase para salir de su
angustiosa duda.

Desde que D. Francisco anunci a su esposa, que a principios de Agosto
era necesario pagar al mdico, la pobre seora crey ms urgente la
reposicin de los billetes sustrados de la arqueta. Felizmente,
Milagros le haba dado poco ms de la mitad de lo que su deuda
importaba, con promesa de entregar el resto antes de marcharse a
Biarritz. Las cosas se me van arreglando bien--le dijo--. Seguramente
tendr lo bastante para los compromisos de estos das, y aun creo poder
dejar a usted algo si lo necesita... No, no hay que agradecer... Es que
no me hace falta, y ms seguro est en esas manos que en las mas. Con
estas promesas y ofrecimientos, la Pipan vea prximo el trmino de su
ahogo. Contentas ambas, aunque la de Thiers tena los espritus
algo abatidos por no poder ir a baos, pasaban ratos deliciosos
hablando de modas. La Tellera, con aquel arte tan admirable y tan suyo,
se las compuso muy bien para volver a tomar algunas de las cosillas que
regal a Rosala en aquellos raptos de cario precursores del
emprstito. Puesto que usted no sale, maldita la falta que le har esta
_pamela_... ni esta forma de paja... Ver cmo la arreglo yo para m...
Aqu no podr usted usar el _pelo de cabra_. Es tela muy impropia de
estos calores. Como all se siente fresco algunos das, me la llevo. Yo
he de traerle a usted cosas mejores... Ah!, le dejar unas varas de
crudillo para vestidos de los pequeuelos, y unos pedazos de crespn que
me han sobrado. Con todo se conformaba la Bringas. No pudiendo ella
lucirse en las provincias del Norte, quera vengarse de su destino
engalanando a su prole; ya se haba provisto de figurines, y proyectaba
cosas no vistas para que Isabelita y Alfonso publicaran en la Plaza de
Oriente, entre la festiva repblica de nios, el buen gusto de su
opulenta mam.

Tiene Sobrino unos abrigos de verano--deca Milagros--, que me
entusiasman. No me voy sin tomar uno. Ya sabe usted... medios pauelos
de imitacin a Chantilly, con _guipure_.

--Los he visto, hija; los he visto ayer--replic la otra dando un gran
suspiro.

--No se desconsuele usted, querida--dijo Milagros
acaricindola--. En Bayona se compran estas cosas por la mitad, y luego
se introducen sin pagar derechos. Yo le traer a usted uno de estos
medios pauelos, ms bonito que los que tiene Sobrino... Quiere usted
para los nios un poco de _piel del diablo_, a cuadritos, que no me hace
falta? Se la mandar. En cambio me llevo estos _fichs_ que no son
propios para Madrid... Ir usted al Prado? All, con el velito y la
camiseta basta. Los sombreros parece que se despegan de la cabeza en el
verano de Madrid. Esta armadura de _lin_ que mand a usted para nada le
servir. Usarela yo. Se la devolver en el otoo adornada con algo, de
mucha novedad, que no se conozca todava por aqu... Ah!, le recomiendo
para los nios unos sombreros marineros que ha trado Sempere y unas
como gorras o boinas. Son monsimas... Y no haga usted ms compras: le
mandar un par de medias azules para cada uno, y creo tener un buen
pedazo de _piqu_ que podr usted utilizar.

En cambio de las cosas que con tanta zandunga iba recuperando, enviole
un lo compuesto de informes retazos, cintas y recortes que, en puridad,
no servan para nada. Gracias que saliese de all una corbata para
Paquito y otra para el excelso pescuezo del ratoncito Prez.

Una maana que la Pipan estaba sola, pues Thiers haba ido a la
consulta, presentose inopinadamente Pez. Vestido de verano, con el
ligero y elegante traje de alpaca de color, pareca un pollo.
Veale siempre Rosala con gusto, y en aquella ocasin le vio con mayor
agrado, por lo terso y remozado que estaba. Cada vez se creca ms en el
espritu de la noble seora la imagen de aquel sujeto, y se afianzaba
ms en los dominios de su pensamiento. Y antes que los atractivos
exteriores de l, antes que sus modales y su seoro, la cautivaban los
propsitos que hizo de protegerla en cualquier circunstancia aflictiva.
Hubirase rendido al protector antes que al amante; quiero decir que si
Pez no hubiera puesto aquellas paralelas del ofrecimiento positivo, el
terreno ganado habra sido mucho menos grande. l, no obstante ser muy
experto, contaba ms con la fuerza de sus gracias personales que con
aquel otro medio de combate. Pero a muy pocos es dado conocer todas las
variedades de la flaqueza humana. Aquel blico artificio, usado
simplemente como auxiliar, result ms eficaz que los disparos de
Cupido.

Y aquel da estuvo Pez tan expresivo desde los primeros momentos, tan
atrevidillo y despabilado, que Rosala, considerndose sola con l en la
casa (pues tambin los nios y Prudencia haban salido) se vio en
grandsima turbacin. Cuanto en su alma haba de recto y pudoroso, as
lo ingnito como lo educado por Bringas en tantos aos de intachable
vida conyugal, se sublev y se puso en guardia. Pez resultaba ser un
muchacho casquivano en aquella hora crtica; transfigurose en
un romntico de los que se decoran con desesperacin, y se engalanan con
un bonito anhelo de morirse. Su lenguaje y sus modos, perfectamente
adaptados al ardoroso temple de la cancula, aterraron a Rosala,
primeriza en aquella desazn de las amistades culpables. Dgase y
reptase en honor suyo. Hall mi calavern una virtuosa resistencia que
no esperaba, pues segn su frase, que le o ms de una vez, haba credo
que, por su excesiva madurez, aquella fruta se caa del rbol por s
sola.




XXXVI


El anlisis de la virtud de la Pipan arroja un singularsimo resultado.
Pez no haba tenido la habilidad o la suerte de sorprenderla en uno de
aquellos infelices momentos en que la satisfaccin de un capricho o las
apreturas de un compromiso movan en su alma poderosos apetitos de
poseer cantidades, que variaban segn las circunstancias. En tales
momentos, su pasin de los perifollos o el anhelo de cubrir las
apariencias y de tapar sus trampas, la cegaban hasta el punto
de que no vacilara en comprar el triunfo con la moneda de su honor...
As se explica el enigma de la derrota de Pez. Cuando quiso expugnar la
plaza, esta se hallaba bien abastecida. La Bringas tena dinero en
aquellos das. Milagros habale pagado ms de la mitad de su deuda, y el
resto se lo dara seguramente el domingo prximo, con ms algo que
deseaba dejar en su poder como reserva. Segura de salir bien del
compromiso ms urgente, aquella seora tan frescota y lozana se crea en
el caso de hacer gala de su entereza, de una virtud menos sensible al
autor que al inters. Con una frase que conservo en la memoria, calific
Pez aquel carcter vanidoso, aquel temperamento inaccesible a toda
pasin que no fuera la de vestir bien. Dijo este gran observador que era
como los toros, que acuden ms al trapo que al hombre.

Insista en sus romnticas vehemencias mi amigo, y quin sabe si al fin
habra tenido la contienda un trmino funesto... Pero la entrada de los
nios fue como intervencin de la divina Providencia en el asunto. Poco
despus lleg D. Francisco, y ambos seores hablaron un poco de
poltica, de aquella obcecada poltica de Gonzlez Bravo, que en boca de
Pez, por especial disposicin de su nimo, tomaba un tinte muy
pesimista. D. Francisco se espeluznaba oyndole. La prisin de los
generales y del duque de Montpensier era una torpeza. Los
revolucionarios haban dicho su _ltima palabra_ en _La Iberia_ de
aquellos das, y el Gobierno haba lanzado su ltimo reto. El Ejrcito
simpatizaba con la revolucin, y hasta se deca que la Marina... Por
Dios, seor de Pez, no hable usted barbaridad semejante!--exclamaba
Thiers llevndose ambas manos a la cabeza y olvidndose de retirarlas
durante un rato.

Yo me lavo las manos--dijo el otro--. Yo estoy viendo venir un
cataclismo, y francamente, cuando he sabido que la Unin liberal, que es
un partido de gobierno, que es un partido de orden, que es un partido
serio, ayuda a los revolucionarios, qu quiere usted... no veo la cosa
tan negra....

A punto estuvo Thiers de incomodarse, pues la benevolencia de su amigo
como que pareca preludio de una defeccin. Sigui Bringas desfogando su
ira contra los progresistas, la Milicia Nacional, Espartero, sin olvidar
el _chas-cs_; contra el _titulado_ Himno de Riego, contra los
_llamados_ demcratas y todo bicho viviente, hasta que Pez, hastiado,
llev la conversacin al asunto de su viaje. l no tena impaciencia ni
crea que fuese absolutamente necesario para su salud abandonar los
Madriles; pero sus nias le acosaban tanto para que las llevase pronto a
San Sebastin, que ya no poda dilatar ms la expedicin. Queran las
pobrecillas lucir en la Concha y en la Zurriola los
perendengues de la estacin, y tal era su entusiasmo por esto, que si no
las llevaba pronto, reventaran de tristeza. Su mam se quedaba aqu,
prosternada delante del altar de las nimas y comadreando en las
sacristas con otras beatonas de su misma estofa. Descanso y libertad
era para las pobres nias el viaje al Norte, y en este concepto no poda
menos de ser provechoso a la endeble salud de ambas. Para el pap ms
era molestia que esparcimiento el tal viajecito, porque sus hijas le
mareaban con las frecuentes excursiones a Bayona para comprar trapos y
pasarlos de contrabando. Y no necesitaban Josefita y Rosita hacer lo que
hacen otras, que se visten lo comprado y meten en los bales lo de uso;
ni necesitaban ponerse dos abrigos de invierno, uno sobre otro, y seis
pares de medias y dos faldas y cuatro manteletas. La circunstancia feliz
de ser su pap Director en Hacienda las exima de aquella sofocante
manera de contrabandear. El administrador de la Aduana de Irn deba el
puesto que ocupaba a nuestro Pez, y tambin l era Pez por el costado
materno, con lo cual, dicho se est que las nias se traan a Espaa
media Francia. Es para m una ocasin de infinitos compromisos este
viaje--agregaba don Manuel finalmente--, porque no puedo asomar la nariz
en Bayona y en Biarritz sin que me vea acosado por las seoras de alta y
media categora, pidiendo la consabida tarjeta o volantito
para el primo de Irn... Las ms de las veces no puedo negarlo... Est
ya en nuestras costumbres y parece una quijotera el mirar por la Renta.
Es genuinamente espaol esto de ver en el Estado el ladrn legal, el
ladrn permanente, el ladrn histrico... Entre otros adagios de inmoral
filosofa, hay aquel de _tiene cien aos de perdn, etctera_... Es mi
tema; esto es un pas perdido... Y vaya usted a echrsela de moralista.
El ao pasado, una marquesa bastante acomodada, a quien no quise
facilitar el paso de un cargamento de vestidos, por poco me saca los
ojos. Se puso hecha una leona y clamaba por la revolucin y los
demagogos. Una duquesa, demasiado lista, se dio el gusto de pasar, en
mis barbas y en las barbas del primo de Irn... psmese usted!...
cincuenta y cuatro bales llenos de novedades!.

Dicho esto, retirose, y al da siguiente volvi para despedirse, pues
aquella misma tarde se marchaba. Un ratito pudo hablar a solas con
Rosala, y se mostr tan llagado del corazn y tan herido de punta de
despecho amoroso, que la honesta seora no pudo menos de compadecerle,
sintiendo al propio tiempo dos clases de vanidad; la del triunfo de su
virtud y la no menos grande de ser objeto de pasin tan formidable.
Grandes deban de ser su mrito y su belleza cuando se postraba ante
ella, como un chicuelo, varn tan serio y sosegado, cuando
hombres de aquel temple se chiflaban ante ella y _habran comprado con
su vida_ (textual) cualquier favorcillo.

Milagros no sali hasta el 29. Cuntas ocupaciones tuvo aquellos
ltimos das, y qu angustias pasaba para preparar su viaje!

Queridsima amiga--dijo Rosala, a solas con ella en el Camn--, usted
me ha de dispensar que no le entregue, antes de irme, aquel resto que
falta. Supongo que podr usted esperar unos das. Al apoderado de casa
dejo encargo de poner en sus manos esa cantidad el 5 o el 6 del prximo,
pues para entonces ha de cobrar ciertas cantidades de unos censos de
Zafra. Descuide usted, que no le faltar. Es lo primero que he puesto en
la lista de encargos que dejo a Enrquez, y para que no se le olvide,
siempre que le veo machaco en lo mismo. Cuidado cmo deja usted de
entregar... cuidado, Enrquez... El pico de mi amiga es lo primero.

Muy mal le supo a esta tal dilacin; pero como la promesa pareca tan
solemne y no era mucho esperar al 5 de Agosto, hubo de tranquilizarse.
Su amiga prosigui aturdindola con su estrepitoso cario y perjurando
que le haba de traer de Francia mil regalitos de _altsima_ novedad.
Supongo que all tropezaremos con Pez, para que nos libre del mareo de
la Aduana, que es insoportable con aquellos empleados tan ordinarios.
Si se les deja, capaces son de abrir todos los bales... y yo
llevo la friolera de catorce. De all siempre traigo tres o cuatro ms.
No puede usted figurarse cmo estoy de rendida con el trabajo de estos
das. Mi maridillo no me ayuda nada. Todo se lo han de dar hecho. Este
ao ni siquiera se ha tomado la molestia de pedir los billetes gratis.
Yo lo he tenido que hacer, poniendo cartitas al Presidente del Comit
ejecutivo, y al fin a regaadientes me los han dado. Pero no he podido
conseguir que nos den dos reservados como otros aos, sino uno solo.
Qu injusticia!... Yo le digo a Sudre que este es el pago que le dan
por defender en el Senado a la Compaa como l la defiende, contra
viento y marea. Me pongo nerviossima los das de viaje. Me parece que
siempre se queda algo, que no vamos a alcanzar el tren, que me van a
hacer pagar un sentido por exceso de peso... Ya ve usted, catorce
bales! Es un laberinto de mil demonios. Leopoldito lleva su perro,
Mara su gatita de Angora y Gustavo una jaula de pjaros para un amigo.
Hay que pensar hasta en lo que han de comer por el camino esos
irracionales... Y todo esto en un solo departamento, que parecer un
arca de No! Felizmente conocemos al conductor, y Mara y yo, despus
que cenemos en vila, nos pasaremos a una berlina-cama... Llevo a
Asuncin... no puedo vivir sin mi doncella. Los bultos de mano, creo que
no bajarn de veinticuatro. Yo no duermo nada si no llevo mis
almohadas. A Agustn no hay quien le quite de la cabeza el llevar una
jofaina para lavarse dos o tres veces en el camino. Mi maletita-tocador
no se puede quedar atrs, porque no me gusta llegar a las estaciones
hecha una facha. Leopoldito lleva su tablero de damas, el _bilboquet_,
la _cuestin romana_, su pistolita de saln y una cartera donde apunta
todos los tneles y la hora que es en todas las estaciones. Gustavo
carga con media docena de librotes para ir leyendo por el camino; y el
maula de mi marido, que slo piensa en su comodidad, se enfurece si le
faltan las zapatillas, el gran gorro de seda, el cojn de viento... A
todo tengo que atender, porque no podemos tener un criado para cada uno.
Esos tiempos pasaron, ay!, y se me figura que no han de volver.




XXXVII


Un fuerte abrazo dio la marquesa a D. Francisco, desendole con toda el
alma completo restablecimiento; bes a los nios, y por ltimo,
se despidi de su amiga en la puerta con toda suerte de mimos y
caricias.

Triste y desconsolada se qued Rosala, no slo por la ausencia de la
amiga ms querida, sino por su propio confinamiento, por aquel no salir,
que era como un destierro. Bonito verano la aguardaba, sola, aburrida,
achicharrndose, sufriendo al ms impertinente y ccora de los maridos,
pasando, en suma, el sonrojo de permanecer en Madrid cuando veraneaban
hasta los porteros y patronas de huspedes! Tener que decir: no hemos
salido este verano era una declaracin de pobreza y cursilera que se
negaban a formular los aristocrticos labios de la hija de los Pipaones
y Calderones de la Barca, de aquella ilustre representante de una
dinasta de criados palatinos. Si al menos fueran unos ditas a la
Granja, donde Su Majestad les proporcionara algn desvn en que meterse
y donde podran darse un poco de lustre, aunque slo llevaran por
equipaje unas alforjas con racin de tocino y bacalao, como los paletos
cuando van a baos...! Pero no, aquel califa domstico rechazaba
indignado toda idea de perder de vista la Villa y Corte, hablando pestes
de los tontos y perdidos que veranean con dinero prestado, y de los que
se pasan aqu tres meses a cuarto de pitanza por el gusto de vivir unos
das en fondas y darse importancia poniendo faltas a lo que les dan de
comer en ellas.

Aquella aspereza matrimonial de que se hizo mencin ms arriba se fue
poco a poco suavizando. Ni era Bringas intolerante en un grado
superlativo, y aunque lo fuese, saba sacrificar a la paz conyugal
alguna parte de sus dogmas econmicos. Las explicaciones que Rosala dio
de aquel improvisado lujo no le satisfacan completamente; pero con un
esfuerzo de buena voluntad supo admitir el gran economista algunas de
ellas. La fe de su religin matrimonial le mandaba creer algo
inexplicable, y lo crey. Si Rosala no hubiera pasado de all, la paz,
despus de aquella alteracin pasajera, habra vuelto a reinar
slidamente en la casa; mas la Pipan no saba ya contenerse, y el
hbito de eludir secretamente las reglas de la Orden bringustica estaba
ya muy arraigado en su alma. Proporcionbale este hbito, adems de las
satisfacciones de la vanidad, un placer recndito. Quien por tanto
tiempo haba sido esclava, por qu alguna vez no haba de hacer su
gusto? Cada una de aquellas acciones incorrectas y clandestinas le
acariciaba el alma antes y despus de consumada. La conciencia saba
sacar, no se sabe de dnde, mil sofisteras con que justificar todo
plenamente. Bastantes privaciones he tenido... Pues acaso no merezco
yo otra posicin?... Se tendr que acostumbrar a verme un poco ms
emancipada... Y al fin y al cabo, yo miro por el decoro de la
familia....

Lo que ms conturbaba su espritu en aquellos primeros das de soledad y
calor era la necesidad de volver a poner el dinero en la arqueta.
Milagros no le haba dado todo. De dnde sacar lo que faltaba? Al
instante se acord de Torres, y desde que tuvo ocasin de ello, hzole
una indicacin discreta. l no tena; qu lstima! Si algn amigo suyo
tuviera... En fin, al da siguiente la contestacin. A nuestra amiga no
se le coca el pan hasta saber la respuesta de Torres, porque a cada
momento crea prxima la catstrofe, la cual sera grande, fuerte e
inevitable, desde que Bringas registrase su tesoro. Por fortuna o por
especial intervencin de los santos y santas a quienes la Pipan
invocaba, an no se le haba ocurrido al buen hombre levantar la tapa
del doble fondo. Pero cuando lo hiciera...! Y ya no vala el arbitrio
de los papeles que imitaban con grosero arte los billetes, porque el
ratoncito vea, aunque mal, y no era posible que se fiase slo del tacto
para hacer el arqueo de su caja. Sobre ascuas estuvo la dama todo el da
31 y parte del inmediato, hasta que Torres le dio esperanzas de remedio.
Empez poniendo dificultades, ponderando lo que haba trabajado para
hacer comprender la conveniencia del prstamo a su amigo. El cual era un
tal Torquemada, hombre que no daba su dinero sin garanta. En aquella
ocasin, no obstante, en obsequio a Torres, no exigira la firma del
marido en el contrato, pues la de la seora bastaba... No
poda hacer el emprstito ms que por un mes, con fecha
improrrogable, y dando cuatro mil reales se hara el pagar de
cuatro mil quinientos. Ah!, de los cuatro mil se deduciran doscientos
reales de corretaje...

Los cielos abiertos vio Rosala cuando Torres le dio estas noticias, y
todo pareciole poco, rdito y corretaje, para el gran favor que se le
haca. Con los tres mil ochocientos reales tendra bastante para su
objeto, y aun le sobraran unos seis duros para algo imprevisto que
ocurriese. Todo quedara arreglado al siguiente da 2 de Agosto.

Y el tiempo apremiaba, y el peligro era inminente, como se ver por esta
frase de Bringas, textualmente copiada:

Hijita, maana me manda Golfn la cuenta y habr que pagrsela pasado
maana 3. l se marcha el 4, segn me ha dicho hoy. Me tiemblan las
carnes cuando pienso que ese seor me va a tomar por hombre de posibles.
Cunto me pondr? Se te ocurre a ti? Yo he pensado en eso toda la
noche, y he tenido pesadillas como las de Isabelita... Y hoy me dijo
Golfn una frase que me dio escalofros... Lo que te digo; me ests
perdiendo con el lustre _estrepitoso_ que te das... Pues mira que me
hace gracia... cuando no s si quedaremos mal con el doctor, que este me
diga... as, con ese tonillo impertinente... Sr. D.
Francisco, ayer vi a su seora salir de misa de doce en San Gins...
Siempre tan elegante!.... Pues tu dichosa elegancia va a ser el
cuchillo con que ese hombre me va a segar el cuello.

A las diez y media del otro da, mientras don Francisco y toda la
familia menuda estaban de paseo en la Cuesta de la Vega, qued realizada
la operacin. Aparecieron con usurera exactitud, a la hora fija, Torres
y Torquemada. Este era un hombre de mediana edad, canoso, la barba
afeitada de cuatro das, moreno y con un cierto aire clerical. Era en l
costumbre invariable preguntar por la familia al hacer su saludo, y
hablaba separando las palabras y poniendo entre los prrafos asmticas
pausas, de modo que el que le escuchaba no poda menos de sentirse
contaminado de entorpecimientos en la emisin del aliento. Acompaaba
sus fatigosos discursos de una lenta elevacin del brazo derecho,
formando con los dedos ndice y pulgar una especie de rosquilla para
ponrsela a su interlocutor delante de los ojos, como un objeto de
veneracin. La visita fue breve. La nica parte del contrato a que
Rosala puso reparo fue la referente al plazo de un mes, que le pareca
demasiado corto; pero Torquemada asegur que no le era posible
alargarlo. A principios de Setiembre tena que... dar una fianza en la
Diputacin... Provincial, porque se presentaba a la subasta de
la... carne para los Hospitales. Pensralo bien la... seora, pues si
crea no _tener posibles_ para... reembolsarle en la fecha... convenida,
el prstamo... no se verificara. A todo se avino la dama, atenta slo
a salir del conflicto del da; tom el dinero, firm, y los dos amigos
se despidieron, dejando expresiones para el dueo de la casa, a quien
uno de ellos no conoca. Contentsima se qued la Pipan, y no pensaba
ms que en el modo de introducir en la arqueta los dineros. Una pequea
dificultad ocurra, y era que no teniendo un billete de 400 escudos,
sino varios de los pequeos, haba de procurarse uno de aquellos. Si los
billetes eran de otra clase, aunque la cantidad fuese la misma, el
cominero se llamara a engao. Con pretexto de hacer una visita sali
por la tarde, asustadsima, sospechando siempre que a su marido se le
antojase, mientras ella estaba fuera, registrar el erario. Pero un ngel
bueno velaba por ella; nada ocurri durante el tiempo que empleara en
hacer el desusado cambio de billetes pequeos por uno grande. El
cambista de la calle del Carmen la mir con cierto asombro. Por la
noche, la delicada operacin de reponer la cantidad sustrada fue hecha
con toda felicidad.

Pocas veces se haba sentido mi amigo Bringas tan nervioso como en los
ratos que precedieron a la llegada de la cuenta de Golfn. A eso de las
diez del da 3, mand a Paquito con un recado verbal,
suplicando al doctor le remitiese sin tardanza la nota de los honorarios
de su asistencia mdica, y seran las once y media cuando el joven
regres a la casa, trayendo una carta. Bringas no respiraba mientras su
mano trmula rompa el sobre y desdoblaba el papel. Rosala aguardaba
tambin con anhelosa curiosidad... Ocho mil reales! Leyendo esta suma
Bringas se qued perplejo, vacilante entre la alegra y la pena, pues si
la cantidad le pareca excesiva, por otra parte, sus temores de que
fuera disparatadamente grande, se calmaban ante la cifra verdadera.
Haba credo a veces que no bajara la cuenta de doce o diez y seis mil
reales, y esta sospecha le pona fuera de s; otras no la conceptuaba
superior a cuatro mil. La realidad haba partido la diferencia entre
estas dos sumas ilusorias, y por fin el economista vino a consolarse con
razonamientos de la escuela de Don Hermgenes, diciendo que si ocho mil
reales eran mucho dinero en comparacin de cuatro, eran poca cosa
relativamente a diez y seis... Un razonar ms suyo que de Don Hermgenes
dominaba el tumulto de ideas aritmticas que en aquel momento herva en
su cerebro; y era que Golfn, por ser el enfermo recomendado de la
Reina, no deba haberle llevado nada...




XXXVIII


Pero en fin, me conformo. No he salido mal, pues he salido con ojos. Lo
primero es la salud, y lo primero de la salud la vista. Y la verdad es
que ese asesino me ha curado bien. Ocho mil realitos! Es muy
posible--aadi dando un suspiro e incomodndose levemente--, que si no
hubiera sido por tus elegancias, el escopetazo no habra pasado de
cuatro mil....

Sac el dinero, hizo poner una carta muy fina y muy corts, dando las
gracias al sabio doctor por su admirable asistencia, y todo, carta y
billetes, oh dulces prendas de su alma!, lo introdujo en un sobre
magnfico, de los de la oficina. Paquito fue a llevar este segundo
recado. Si Bringas vea con tristeza la expatriacin de sus queridos
billetes, por otra parte experimentaba la satisfaccin honda y viva de
pagar. Este placer slo es dado a las personas de mucho arreglo, que al
economizar el dinero economizan las sensaciones que produce, y de estas,
se contentan con gozar las ms puras y espirituales.

Deslizbanse despus de este da, con lentitud tediosa, los del mes de
Agosto, el mes en que Madrid no es Madrid, sino una sartn solitaria. En
aquellos tiempos no haba ms teatro de verano que el circo de Price,
con sus insufribles caballitos y sus _clows_ que hacan todas las noches
las mismas gracias. El histrico Prado era el nico sitio de solaz, y en
su penumbra los grupos amorosos y las tertulias pasaban el tiempo en
conversaciones ms o menos aburridas, defendindose del calor con los
abanicazos y los sorbos de agua fresca. Los madrileos que pasan el
verano en la Villa son los verdaderos desterrados, los proscritos, y su
nico consuelo es decir que beben la mejor agua del mundo.

En su horrible hasto, no gustaba la Pipan de ir al Prado, porque era
esto como pasar revista de miseria y cursilera. Haba empleado ya
muchas veces la enojosa frmula-explicacin de su destierro: Tenamos
tomada casa en San Sebastin, poro con la enfermedad de Bringas...; y
cansada de ella, esquivaba las ocasiones de repetirla. Por la noche los
Bringas y algunas personas de las pocas que en la ciudad haban quedado,
solan sacar sillas a la terraza, y formaban en el lado del Norte un
grupo que no careca de animacin. Cndida no faltaba nunca. Completaban
la pandilla la seora de un Montero de Espinosa, las de dos jefes de
oficio, la de un oficial de la Secretara Particular, la del
director de las Reales Mesas, la del jefe del Guardarropa del Rey. Del
sexo masculino asistan los poqusimos que en Madrid estaban, y eran de
la clase ms baja; pero es el verano muy democratizante, y mis queridos
Bringas, anhelosos de sociedad, no se desdeaban de alternar, en una
tertulia al raso, con porteros de Banda y de Vidriera, con el encargado
del Guardamuebles, con el ayudante de Platera, con dos casilleres,
gente toda de seis mil reales para abajo. A estos sola unirse algn
ayudante de cocina, que gozaba de catorce mil, y algn ujier de Saleta,
que perciba nueve mil. En dichas tertulias se hablaba del calor que
haba hecho por el da, de la Corte, que ya haba salido de la Granja
para Lequeitio, y de otras menudencias del personal y de la casa. En el
piso tercero y en los espacios que al modo de plazoletas cortan la
longitud de los pasillos-calles, haba tambin tertulias formadas de
mozos de oficio, doncellas, barrenderos y gente que suba de
Caballerizas. En el sitio correspondiente a las grandes rejas que dan a
la plaza de Oriente, sobre la cornisa, la huelga duraba toda la noche
con gran animacin, risas, guitarreo y algn refresco de horchata de
cepas. Doa Cndida trinaba contra estos desrdenes, porque no poda
pegar los ojos en toda la noche, y amenazaba a los transgresores con
denunciarlos al Inspector general.

Por las maanas toda la familia bajaba al Manzanares, donde Isabelita y
Alfonsn se baaban. El pap haba sacado nuevamente a luz su traje de
mahn, y con esto, y el sombrero de paja pareca que acababa de venir de
la Habana. Resguardados de la luz por espejuelos muy oscuros, sus ojos
sanaban rpidamente, gracias al puntual cumplimiento del plan curativo
que le haba dejado Golfn. El aire de la maana y la alegra del
balneario le ponan de muy buen humor, y sin cesar aseguraba que si los
_tontos que se van fuera_ conocieran los establecimientos de los _Jernimos,
Cipreses, el Arco Iris, la Esmeralda_ y _el Andaluz_, de fijo
no tendran ganas de emigrar. Tambin Paquito se arrojaba intrpido a
las ondas de aquellos pequeos mares sucios, metidos entre esteras, y
nadaba que era un primor, de pie sobre el fondo. A Alfonsn era preciso
pegarle para hacerle salir, y la nia no entraba sino a la fuerza.
Regresaban los cinco lentamente, los pequeos con apetito de avestruces,
D. Francisco muy contento y tambin con propsitos de no desairar el
almuerzo. Para bajar al ro, la Bringas tena que vencer la repugnancia
que aquello le inspiraba. Slo por amor de sus hijos era ella capaz de
hacer tal sacrificio. Le daban asco el agua y los baistas, todos gente
de poco ms o menos. No poda mirar sin horror los tabiques de esteras,
ms propios para atentar a la decencia que para resguardarla,
y el vocero de tanta chiquillera ordinaria le atacaba los nervios.

Por las tardes, casi al anochecer, sola bajar a Madrid, para visitar a
alguna amiga o dar una vuelta por las tiendas conocidas. En estas haba
poqusima gente. Luenga cortina mantena en el local una atmsfera menos
calorosa que la de la calle, y esta penumbra, como la ociosidad,
convidaba a los dependientes a dormir sobre las piezas de tela. De vez
en cuando encontraba en casa de _Sobrino Hermanos_ a alguna seora
rezagada, a alguna proscrita como ella. Nueva edicin de la famosa
frmula: Tenamos tomada casa en San Sebastin; pero.... La otra sola
decir con laudable franqueza: Nosotros esperamos a los trenes baratos
de Setiembre.

Como en aquellos das los tenderos estaban mano sobre mano,
entretenanse en mostrar a la seora telas diversas y cositas de
capricho. Esto se llevar mucho en el otoo... De esto viene ahora
surtido, porque ser la moda de la estacin. Tales frases parecan
salir de los pliegues de las piezas al ser desdobladas. El principal,
que se estaba disponiendo para hacer el acostumbrado viaje a Pars, la
incitaba a comprar algo, y ella caa en la tentacin, unas veces porque
se le presentaban verdaderas gangas, otras porque el gnero le entraba
por el ojo derecho, encendiendo todos los fuegos de su pasin
trapstica, y no poda menos de satisfacer, so pena de padecer mucho, el
deseo de adquirirlo. Oh! Del martirio de aquel verano se haba de
resarcir en el prximo otoo, vistindose como Dios mandaba, quisiralo
o no su marido. Tena propsito de hacerse un vestido nuevo de
terciopelo para el invierno y una capota de las ms airosas, nuevas y
elegantes. A sus nios pequeos les vestira como principitos. Ya, ya
vera el bobillo con quin trataba... Pensando en estos y otros planes,
recorra despacio las calles para volver a su casa; detenase ante los
escaparates de modas y de joyera, y haca mil clculos sobre la
probabilidad ms o menos remota de poseer algo de lo mucho valioso y
rico que vea. La tristeza de Madrid en tal poca aumentaba su tristeza.
El sosiego de algunas calles a las horas de ms calor, el melanclico
alarido de los que pregonan horchatas y limonadas, el paso tardo de los
caballos jadeantes, las puertas de las tiendas encapuchadas con luengos
toldos, ms son para abatir que para regocijar el nimo de quien tambin
siente en su epidermis el efecto de una alta temperatura y en su
espritu la nostalgia de las playas. Las tormentas precedidas de viento
y sucia polvareda le excitaban horriblemente los nervios, y su nico
gusto al presenciarlas era ver desmentidos los pronsticos
meteorolgicos de Bringas, el cual, desde que el cielo se nublaba,
deca: vers cmo esta tarde refresca. Qu haba de
refrescar...! Al contrario, duplicaba el calor.

Si alguna vez sala por la noche, la atmsfera pesada y sofocante de las
primeras horas de esta la pona de un humor endiablado, y ms an el
pensar cun felices eran los que en aquel momento se paseaban en la
Zurriola. Todo Madrid le pareca ordinario, soez, un lugarn poblado de
la gente ms zafia y puerca del mundo. Cuando vea a los habitantes de
los barrios ms populares posesionados de las aceras, ellos en mangas de
camisa, ellas muy a la ligera, los chiquillos medio desnudos enredando
en el arroyo, crea hallarse en un pueblo de moros, segn la idea que
tena de las ciudades africanas. Levantbase temprano y se baaba en su
propia casa, por no querer rebajarse a ser nyade de un ro tan pedestre
y cursi como el seor de Manzanares. En las primeras horas del da,
abiertos de par en par los balcones de la casa, que daban a Poniente,
entraba un poco de fresco, y el cuerpo y el espritu de la dama reciban
algn consuelo. Cuando iba a dar una vueltecita por las tiendas, la
mortificaban los olores que por diversas puertas salan en las calles
ms populosas, olor de humanidad y de guisotes. Las rejas de los stanos
despedan en algunos sitios una onda de frescura que la convidaba a
detenerse; mas en aquellos stanos donde haba cocinas, el vaho era tan
repugnante que la empujaba hacia el arroyo. Vea con delicia
las mangas de riego, sintiendo ganas de recibir la ducha en sus propias
carnes; pero luego se desprenda del suelo un vapor asfixiante, mezclado
de emanaciones nada balsmicas, que la obligaba a avivar el paso. Los
perros beban en los charcos sucios formados por los chorros del riego y
despus refugibanse en la sombra, como los vendedores ambulantes,
cansados de pregonar zapatillas de cabra, tubos, _todo a real_,
puntillas, guas de ferrocarril, pitos y _pucheros artificiales para
economa de carbn_... En aquellas horas, en aquella horrible y molesta
estacin, slo las moscas y Bringas eran felices.




XXXIX


Fue, s, el da de San Lorenzo cuando recibieron una carta que a
entrambos les dej perplejos y as como atontados. A quin no le sale
al paso alguna vez lo maravilloso, ese elemento de vida que los antiguos
representaban por apariciones de ngeles, dioses y genios? En nuestra
edad lo maravilloso existe lo mismo que en las pasadas, slo
que los ngeles han variado de nombre y figura, y no entran nunca por el
agujero de la llave. Lo extraordinario que a mis queridos amigos
sorprendi en su soledad, fue una carta de Agustn Caballero. Uno y otro
creyeron que el propio fantasma del generoso indiano se les pona
delante. Expresndose en plural, les deca que haban tomado una casa en
Arcachn, y sabedores de que a Bringas y a los nios les convena
respirar aires frescos y salinos, les invitaban a pasar un mes all. El
ofrecimiento era tan cordial como explcito. La casa era muy grande, con
jardn y mil comodidades. Los seores de Bringas seran hospedados a lo
grande y tratados a cuerpo de rey, sin que tuvieran que hacer gasto de
ninguna clase... Amparo y yo--deca la carta en conclusin--, nos
alegraremos mucho de que aceptis.

El primer impulso de Rosala fue de odio y despecho... Atreverse a
invitar a una familia honrada...! Eso es para darse lustre alternando
con nosotros... Eso es para poder pasar por personas decentes,
presentndose en nuestra compaa... En una palabra, quieren que seamos
el pabelln honrado que cubra la mercanca de contrabando... No te da
ira? Porque esto es una injuria.

D. Francisco estaba tan ocupado en desenredar el espantoso lo de ideas
que la carta arm en su mente, que an no haba tenido tiempo
de indignarse. Ella sigui rumiando su despecho, y en la tempestad de
nubarrones que se desat en su cerebro, brillaban relmpagos que decan:
Arcachn!. En el retumbante son de esta palabra, ms _chic_ y
simptica an si era emitida por la nariz, iba como envuelto un mundo de
satisfacciones elegantes. Ir a Francia, encontrar en la estacin de San
Sebastin o San Juan de Luz a algunas familias espaolas conocidas y
decirles, despus de los primeros saludos: Voy a Arcachn, era como
confesarse emparentada con el padre Eterno. Al pensar esto, una bocanada
de humo balsmico sala del corazn de la dama, llenaba todo su trax y
se le suba hasta la nariz, dndole un picor muy vivo y ahuecndosela
considerablemente. Por fin el cerebro de Bringas, tras un laboriossimo
parto, dio a luz esta idea:

--Se habrn casado?...

--Casarse!... no lo creas... Pues poco lo habran cacareado... Nada,
viven como los animales... Es una indecencia que nos inviten a vivir en
su compaa. Pues qu?... no hay ya distinciones entre las personas,
no hay moralidad? Creen que nosotros tenemos tan poca vergenza como
ellos...!

--Qu lstima que no estn casados!--murmur el economista mirando a
sus pulgares que estaban quietos uno frente a otro, como recelosos de
unirse--. Porque si vivieran como Dios manda... Ya ves qu
proporcin. Billetes gratis, casa gratis, comida gratis!...

La idea de humillarse a Amparo y ser su husped y deberle un favor
grande, sublev el orgullo de la Pipan...

--T seras capaz de aceptar--dijo--. Yo no puedo rebajarme a tanto.

--No, yo no... Es que deca... Pongo por caso--tartamude Bringas, ms
perplejo an--. Y no tenemos motivos para asegurar que no se hayan
casado.

--Csense o no... Te parece que es digno...?, esa tonta a quien hemos
dado de comer las sobras de nuestra casa...

--Ay, hija ma, no te remontes, quin se acuerda ya de eso? El mundo
olvida pronto esas cosas. Al que tiene dinero no se le pregunta nunca si
ha comido la sopa boba. Figrate t, en Arcachn nadie nos conocer, ni
a ellos ni a nosotros... No es que yo quiera ir. Al contrario. Le
contestar dndole las gracias...

Tal negativa puso nuevamente ante los ojos de la dama la ideal
perspectiva de un viaje a aquel famoso sitio de recreo. Arcachn. Con
qu msica deliciosa sonara en las visitas de otoo esta frase que, de
puro aristocrtica, tena algo del crujir de la seda: Hemos estado en
Arcachn. Bastaba esta chispa para hacer estallar otra vez la tormenta
en aquel ahuecado cerebro, mientras el de Bringas herva en
consideraciones econmicas: Pasar una temporadita en Francia
sin gastar un real!.... Los dos esposos estuvieron durante largo rato
contemplando y revolviendo sus propias ideas, sin comunicrselas ni
cambiar una palabra. A veces se miraban en silencio. Cada cual esperaba,
sin duda, que el otro dijera algo, proponiendo una frmula de
conciliacin... Por la tarde se volvi a hablar del asunto; ms Rosala,
henchida de soberbia, persisti en sus repugnancias y en poner a Agustn
y a Amparo por los suelos... Por la noche, la ilusin del viaje gan en
su espritu tanto terreno, que se aventur a hacerse una pregunta
inspirada en el sentido recto de las cosas: Y a m qu me importa que
se casen o se dejen de casar o que ella sea como Dios quiere?. Su alma
se inundaba de tolerancia; pero no quera dar su brazo a torcer ni
manifestarse vencida, por lo cual esperaba que su marido cediera antes
para hacerlo despus ella afectando obediencia y resignacin. El gran
Thiers, en tanto, despus de pesar en su mente las ventajas del viaje,
miraba a su esposa como deseando que de ella partiese la iniciativa de
conciliacin. Era como cuando dos estn enojados y ninguno quiere ser el
primero en romper el hielo y hablar de paces.

Rosala se acost, segura de que Bringas, a la maana siguiente, se
mostrara inclinado a aceptar la invitacin de su primo. Ya saba ella
lo que tena que decir. Primero, mucha ira, mucha protesta de
dignidad, mucha palabrera contra Amparo y Agustn, despus una serie de
modulaciones de transicin. Ella (Rosala) acostumbraba no hacer caso de
s propia y sacrificar su gusto al gusto de los dems... Por sus hijos
estaba dispuesta a hacer todo gnero de sacrificios y a pasar sonrojos y
humillaciones. Era evidente que Isabelita necesitaba baos de mar y
Alfonsito tambin... Ante esta necesidad, los gustos de ella, sus
escrpulos, no tenan ningn valor. En una palabra, si Bringas opinaba
que deban ir, ella cerrara los ojos y...

Pero contra lo que esperaba, el cominero no habl una palabra de viaje a
la maana siguiente. Levantose tarareando y pareca olvidado del asunto.
En vano Rosala le pinchaba, echando pestes contra los baos de los
Jernimos y quejndose de un calor mortfero. l no deca ms sino:
Para lo que queda ya... Desde el 15 empezar a refrescar. Con esto se
desesperaba Rosala.

Aguard hasta la tarde, impaciente y llena de ansiedad, y viendo que el
ratoncito Prez no mentaba para nada al tal Arcachn, aventurose a
decir:

Pero en fin, qu contestas a Agustn? Yo te dir que por mi parte,
aunque me repugna vivir con esa gente... ya ves, por los nios....

--Qu nios ni qu ocho cuartos! Estn muy buenos...--exclam Bringas
agitando el sombrero de paja, como si fuera a dar un viva--.
Si los baos del Manzanares son los mejores del mundo... Mira qu
colores ha echado la nia. Alfonsito parece un roble... Cada vez me ro
ms de los _tontos que se van fuera_... Y no creas, anoche he estado
pensando en eso... Digan lo que quieran, siempre hay gastos. Tendramos
billetes gratis hasta la frontera; pero de la frontera para all?

--Si no son ms que doscientos treinta kilmetros--dijo con gran
espontaneidad Rosala, que haba alimentado su ilusin leyendo la Gua
de ferrocarriles.

--Sean pocos o muchos, esos kilmetros nos habran de salir caros.
Adems, cmo ir sin llevarles un regalo? Te parece bien entrar en su
casa con las manos vacas?... Luego, otros gastos... Resueltamente no
vamos. Desde el 15 ya refresca. Observa cmo van achicando los das.
Anoche ya la temperatura fue ms suave... No nos movamos, hija, que bien
nos va en Madrid.

Oy esto Rosala con vivo enojo; pero su misma soberbia le vedaba
contradecirlo. Callose; y en el pecho le hacan revoltijos las
culebrillas de su ilusin desvanecida. Ya se haba acostumbrado a la
idea de encontrar a las amigas en la estacin de San Sebastin y darles
con Arcachn en los hocicos, de poner en sus cartas la data de Arcachn,
y por fin, de Arcachonizarse para todo el otoo e invierno prximos.




XL


En la tristeza de su destierro, una sola cosa alegraba el alma de la
infeliz seora, y era que sus nios gozaban de inmejorable salud.
Isabelita, cuyas desazones tenan siempre a su mam muy sobre ascuas, no
haba sufrido, durante el verano, ninguno de aquellos trastornos
espasmdicos que marchitaban su infancia. Fueran o no buenos los baos
de los Jernimos, ello es que la nia haba ganado, tomndolos, carnes y
colores, amn de un apetito excelente. En cuanto al pequeo, excuso
decir que con las aguas del Manzanares se puso a reventar de sano. Su
robustez era tal, que no cesaba de probarse a s misma y de cultivarse
para llegar a ser ms grande y poderosa. El instinto de desarrollo le
impulsaba incesantemente a los ejercicios corporales, y a ensayar y
aprender actos de trabajosa energa. Subir a las mayores alturas que
pudiera, trepar por una pilastra, hacer cabriolas, cargar pesos,
arrastrar muebles, verter y distribuir agua, jugar con fuego y si
poda con plvora, eran los divertimientos que ms le encantaban.
No revelaba aptitudes de habilidad mecnica como su pap. Era ms bien
un hbil destructor de cuanto caa en sus manos. Durante aquellas tareas
de fuerza, echaba de su boquita blasfemias y ternos aprendidos en la
calle. Cuando la melindrosa de su hermanita los oa, santo Dios!, en
seguida iba corriendo a llevar el cuento a su padre. Pap, Alfonsito
est diciendo cosas.... Y D. Francisco, que aborreca los lenguarajos,
gritaba: Nio, ven aqu pronto. Que me traigan de la cocina una
guindilla. Ya con la guindilla en la mano, y teniendo al criminal
cogido por el pescuezo, haca ademn da querer restregarle con ella los
hocicos; pero le miraba ceudo, diciendo: Por esta vez, pase; pero como
repitas esas porqueras, te quemo la boca, y se te cae la lengua, y
luego, en vez de hablar como las personas, rebuznars como los burros.

Alfonsito tena pasin por los carros de mudanza. Ver uno de estos en la
calle era su mayor delicia. Todo le entusiasmaba, los forzudos caballos,
aquel cajn donde iba una casa, los espejos colgados debajo, y por
ltimo, aquellos gandules de blusa azul que iban sentados arriba,
dormitando al lento vaivn de la mquina. Su ilusin era ser como
aquellos tos, dirigir un carro, cargarlo, descargarlo, y se imaginaba
uno tan grande, tan grande que cupieran en l todos los
muebles de Palacio. En su delirio de imitacin, ejercitando el espritu
y los msculos, se entretena horas enteras en dar a su pensamiento el
mayor grado de realidad posible. Como D. Quijote soaba aventuras y las
haca reales hasta donde poda, as Alfonsn imaginaba descomunales
mudanzas y trataba de realizarlas. D. Francisco, que estaba en Gasparini
con Isabelita, oa ruido de trastos, chasquidos de ltigo, y estas
palabrotas: Ala... arriba... upa... ajo... arre caballo! En medio del
cuarto apilaba sillas, y entre los huecos de ellas pona cacharros,
trebejos, la piedra de machacar carne, la mano del almirez, los de
trapo, escobas y cuanto encontraba a mano. El gato iba encima de todo.
Despus empezaba a descargar latigazos sobre el montn, y si alguna cosa
se caa, all eran los gritos y el patear. Encendido el rostro y
sudoroso, el bravo chico no paraba hasta que Isabelita iba a informarse,
de parte de su pap, del motivo de tal estrpito.

--Si vieras, papato--deca la nia, muerta de risa--; ha puesto sillas
unas sobre otras, y est dando latigazos y diciendo unas borricadas...

--Dile a ese _gallegote_ que si voy all le pondr cada nalga como un
tomate...

(Bringas tena la mala costumbre de llamar _gallegos_ a los brutos,
costumbre muy generalizada en Madrid y que acusa tanta grosera como
ignorancia.)

Isabelita tena gustos o inclinaciones muy distintas de las de su
hermano. Ms que la diferencia de sexo, la de temperamento era causa de
que los dos hermanos jugasen casi siempre aparte uno del otro. No
miremos con indiferencia el retoar de los caracteres humanos en estos
bosquejos de personas que llamamos nios. Ellos son nuestras premisas;
nosotros qu somos sino sus consecuencias?

Digo que Isabelita, si alguna vez jugaba con muecas, no tena en esto
gusto tan grande como en reunir y coleccionar y guardar cosillas. Tena
la mana coleccionista. Cuanta baratija intil caa en sus manos, cuanto
objeto rodaba sin dueo por la casa, iba a parar a unas cajitas que ella
tena en un rincn a los pies de su cama. Y cuidado que tocara nadie
aquel depsito sagrado!... Si Alfonsn se atreva a poner sus profanas
manos en l, ya tena la nia motivo para estar gimoteando y suspirando
una semana entera... Estos hbitos de urraca pareca que se exacerbaban
cuando estaba ms delicada de salud. Su nico contento era entonces
revolver su tesoro, ordenar y distribuir los objetos, que eran de una
variedad extraordinaria, y por lo comn, de una inutilidad absoluta. Los
pedacitos de lanas de bordar y de sedas y trapo llenaban un cajn. Los
botones, las etiquetas de perfumera, las cintas de cigarros, los sellos
de correo, las plumas de acero usadas, las cajas de cerillas vacas,
las mil cosas informes, fragmentos sin uso ni aplicacin,
rayaban en lo incalculable. Pero el montn ms querido lo componan las
estampitas francesas dadas como premio en la escuela, los cromitos del
Sagrado Corazn, del Amor Hermoso, de Mara Alacoque y de Bernardette,
pinturillas en que el arte parisin representa las cosas santas con el
mismo estilo de los figurines de modas. Tambin haba lo que ella
llamaba papel de encaje, que son las hojuelas estampadas que cubren las
cajas de tabacos. Aquello era de los cigarros de Agustn, y se lo haba
dado Felipe. No contar los papelillos de agujas vacos, los guantes
viejos, los tornillos, las flores de trapo, los pitos de San Isidro, los
muequillos, restos de un nacimiento, las mil menudencias all
hacinadas. En otra parte tena Isabel muy bien guardada su hucha, dentro
de la cual, al agitarla, sonaba una msica deliciosa de cuartos. Estaba
ya tan llena, que pesaba as como un quintal. No le costaba a ella poco
trabajo vigilarla y esconderla de las codiciosas miradas y rapaces manos
de Alfonsn, que, si lo dejaran, la rompera para coger el dinero y
gastarlo todo en triquitraques... o comprar un carro de mudanza con
caballos de verdad.

Tan enamorada estaba Isabelita de su tesoro de cachivaches, que lo
reservaba de todo el mundo, hasta de su mam; pues esta se lo
descompona, se lo desordenaba, y pareca tenerlo en poca
estima, pues alguna vez le dijo: No seas cominera, hija. Qu gusto
tienes en guardar tanta porquera?. La nica persona a quien ella
consenta poner las manos en el tesoro era su pap; pues este admiraba
la paciencia de la nia y le alababa el hbito de guardar. En aquellos
largos das de verano, D. Francisco, que no poda leer ni trabajar ni
ocuparse en nada, se hubiera aburrido de lo lindo, si no tuviese el
recurso de jugar con su hija a revolver, ordenar y distribuir cosillas.
ngel--deca despus de dormir su siesta--, trete las cajitas y nos
entretendremos. Los dos en Gasparini, sin testigos, se pasaban toda la
tarde sentados en el suelo, sacando los objetos y clasificndolos, para
volver a guardarlos despus con mucho cuidado. Algunas de estas cosas
servirn todava--deca el economista--. Pongamos los huesos de
albaricoque juntitos aqu. Vamos a contarlos: son veintitrs. Ahora se
pone encima un papel, ests? Primero se mete en medio la cajita de
plumas con las cuentas dentro, para que no se corran los huesos de
albaricoque... Ajaj! Venga otro papel. Veme dando ahora las cajas de
fsforos; dos, dos... dos... dos. Ves? Se cubre todo y as no se pueden
rodar. Siguen los cacharritos... No pongamos los botones de hueso al
lado de los de metal: separemos igualmente los de hueso de los de
madera, no sea que rian. En todas partes hay clases, hija ma... As...
Ahora coloquemos estos los de trapos a un ladito, para, que
no se junten con las flores artificiales, no sea que tengan envidia de
ellas y se echen a reir. En todas partes hay malas pasiones... Las
obras de arte por separado. Este es el Museo a donde vienen los
ingleses, que son estos pitos del Santo... Veme dando cosas....

Frecuentemente, despus de puesto todo, se volva a sacar para meterlo
de nuevo, colocado de otra manera. Tambin jugaban ambos a las muecas,
vistindolas y desnudndolas, recibiendo y pagando visitas. En tanto, el
otro bruto de Alfonsn arreaba las caballeras y cargaba su carro hasta
que no poda ms. En todos los contratiempos el pequeuelo iba a buscar
refugio en las faldas de su querida mam, as como la nia siempre se
arrimaba a D. Francisco para buscar mimo o pedir justicia en algn
pleito con su hermano. Alfonso saba engolosinar a su madre con caricias
astutas cuando quera obtener de ella algunos ochavos, y la besuqueaba y
haca mil zalameras.

--Un secreto, mam--deca subindosele al regazo, y abrazndola y
aplicndole su boca al odo--. Un secreto...

--Ya, ya, ay, qu rico!, lo que mi ngel quiere es un cuartito,
verdad?

Y el muy pillo silabeaba en el odo de su mam estas palabras ms tenues
que el aleteo de una mosca:

--Dice pap que yo salgo a ti, qu soy un loco.




XLI


Con terror vio la ingeniosa seora que pasaban uno tras otro los das de
la segunda quincena de Agosto, porque, segn todas las seales, tras
ellos deban venir los primeros de Setiembre. Torres, a quien hizo una
indicacin de prrroga, se puso plido y dijo que Torquemada no poda
esperar por esto y lo otro y lo de ms all... Bien claro se lo haban
dicho ambos el da de la celebracin del contrato. Era la clusula
principal, y seguramente el seor de Torquemada lo contaba como
seguro...

Y oyendo esto, sopesaba la dama en su mente las dificultades del caso,
ms graves entonces que lo haban sido en otros anlogos. Ocioso es
decir, pues ciertas cosas se dicen por s mismas, que el apoderado de
Milagros no llev a Rosala el 4 ni el 5, ni ningn otro da de Agosto
lo que aquella le haba prometido. De Cndida no deba esperar ms que
fantasas. A quin volver los ojos? Los de Bringas vean, y
era locura pensar en sustraer otra vez cantidad alguna del tesoro
domstico. Hablar a su marido con franqueza y confesarle su fragilidad
habra sido quizs lo mejor; pero tambin era lo ms difcil. Bueno se
pondra!... Sera cosa de alquilar balcones para orle. Desde que
Bringas se enterase de sus enredos, vendra un perodo de represin
fuerte que aterraba ms a Rosala que los apuros que pasaba! Su plan era
emanciparse poco a poco; de ningn modo atarse a la autoridad con lazos
ms apretados... Se las arreglara sola, como Dios le diera a entender.
Dios no la abandonara, pues otras veces no la haba abandonado.

Desde que pas el 25, notaba en todo su ser comezn, fiebre, recelo, y
sus labios gustaban hiel amargusima. La idea del compromiso en que se
iba a ver no la dejaba libre un momento, y ningn clculo la llevaba a
la probabilidad de una solucin conveniente... Si Pez volviera
pronto!... l, que tantas veces le haba ofrecido...! Pero acordndose
de lo arisca que con l estuvo en la ocasin de marras, recelaba que, al
regresar a Madrid, su insigne amigo no se hallara tan dispuesto a la
munificencia... Oh!, no--deca luego--, le he vuelto loco. Har de l
lo que quiera. Al pensar en esto, recordaba la escena de aquel da,
concluyendo por acusarse de excesivamente melindrosa... Si ella no
hubiera sido tan... tan... tan tonta, no habra tenido
necesidad de pedir dinero al cafre de Torquemada. Una mujer de su
condicin verse en tales agonas...!, y por qu?, por una miserable
cantidad... Bien podra tener miles de duros si quisiera. Ocho aos
antes el marqus de Fcar, que con frecuencia la vea en casa de
Milagros, le haba hecho la corte. Y ella?... un puerco espn. Y no era
slo el marqus de Fcar su nico admirador. Otros muchos, y todos
ricos, habanle manifestado con insistente galantera que estaban
dispuestos a hacer cualquier disparate. Pero ella siempre permaneci
inflexible en su esquiva honradez. Ni sospechara nunca que esta
inflexibilidad, alta y firme como una torre, pudiera algn da sentirse
vacilar en sus cimientos, y hubo de parecerle tan extrao lo que a la
sazn pensaba, que se crey muy obra de lo que haba sido. La
necesidad--se dijo--, es la que hace los caracteres. Ella tiene la
culpa de muchas desgracias, y considerando esto, debemos ser indulgentes
con las personas que no se portan como Dios manda. Antes de acusarlas,
debemos decir: _Toma lo que necesitas; cmprate de comer; tpate esas
carnes... Ests bien comida, bien vestida? Pues ahora... venga
moralidad._

Discurriendo as, Rosala se admiraba a s misma, quiero decir que
admiraba a la Rosala de la poca anterior a los trampantojos que a la
sazn la traan tan desconcertada; y si por una parte no poda
ver sin cierto rubor lo cursi que era en dicha poca, por otra se
enorgulleca de verse tan honrada y tan conforme con su vida miserable.
El alczar de su felicidad ramplona permaneca an en pie; pero ya
estaba hecha y cargada la mina para volarlo. Antes de dar fuego, la que
an era intachable, de hecho, lo contemplaba melanclica para poder
recordarlo bien cuando se sentara sobre sus ruinas.

En las ltimas noches de Agosto iba alguna vez al Prado, donde se reuna
con las Cucrbitas, y aunque horriblemente atormentada por la idea del
compromiso inminente, tomaba parte en las conversaciones ligeras de la
tertulia. Se formaba un grupo bastante animado, al que concurran
algunos caballeros. La Bringas pasbales mentalmente revista de
inspeccin, examinando las condiciones pecuniarias de cada uno.
Este--pensaba--, es ms pobre que nosotros; todo facha, todo
apariencia, y debajo de tanto oropel un triste sueldo de veinte mil
reales. No s cmo se las arregla para mantener aquel familin....
Este no tiene ms que trampas y mucho jarabe de pico.... Ah!, este
s que es hombre: le suponen doce mil duros de renta; pero se dice que
no le gustan las mujeres.... Oh!, este s que es enamorado; pero va a
que ellas le mantengan... y qu ajadito est.... Este no tiene sobre
qu caerse muerto... es un libertino de mal gusto que no hace
calaveradas ms que con las mujeres de mala vida.... He aqu
uno a quien yo debo gustar mucho, segn la cara que me pone y las cosas
que me dice... pero s por Torres que Torquemada le prest dos mil
reales para llevar a baos a su mujer, que est baldada...
pobrecita!.... De esta revista resultaba que casi todos eran
pobretones ms o menos vergonzantes, que escondan su miseria debajo de
una levita comprada con mil ahogos, y los pocos que tenan algn dinero
eran de temperamento reposado y fro... Vease la dama encerrada en un
doble crculo infranqueable. Pobretera era el uno, honradez el otro. Si
los saltaba, adnde ira a caer?... Observando en la semioscuridad del
Prado la procesional marea de paseantes, vea pasar algunas personas,
muy contadas, que atraan la atencin de su exaltado espritu. El farol
ms prximo les iluminaba lo bastante para reconocerles; despus se
perdan en la sombra polvorosa. Vio al marqus de Fcar, que haba
vuelto ya de Biarritz, orondo, craso, todo forrado de billetes de Banco;
a Onsimo, que sola mirar como suyo el Tesoro pblico, a Trujillo el
banquero, a Mompous, al agente de Bolsa D. Buenaventura de Lantigua, y
otros. De estos poderosos, unos la conocan, otros no; alguno de ellos
habale dirigido tal cual vez miradas que deban de ser amorosas. Otros
eran de intachables costumbres dentro y fuera de su casa...

Retirose Rosala a la suya, con la cabeza llena de todo aquel personal
matritense, y les vea pasar por la regin ms encendida de su cerebro,
yendo y viniendo como en el Prado. Ahora los pobres, luego los ricos,
despus los honrados... y vuelta a empezar. Para mayor confusin suya,
Bringas pareca que estaba aquellos das ms amable, ms carioso; pero
en lo referente a gastos, mostrbase inflexible como nunca:

Hijita--le dijo al acostarse--. Desde el primero de Setiembre volver a
la oficina. Es preciso trabajar, y sobre todo economizar. Nos hemos
atrasado considerablemente, y hay que recobrar a fuerza de privaciones
el terreno perdido. Cuento contigo hoy como he contado siempre; cuento
con tu economa, con tu docilidad y con tu buen sentido. Si hemos de
salir adelante, conviene que en un ao por lo menos no se gaste ni un
real en pingajos. Veo que con lo que tienes podrs estar elegante por
espacio de seis aos lo menos. Y si vendieras algo para poder hacerme yo
un trajecito, bien te lo agradeceran estos pobres huesos... Perdname
si alguna vez he sido un poco duro contigo y con ciertas maas que
sacabas... Me pareca que te salas algo de nuestro rgimen tradicional.
Pero teniendo en cuenta tus virtudes, cierro mis ojos a aquella
disparatada ostentacin y espero que t me correspondas, volviendo a tu
modestia y no ponindome en el caso de hacer una justiciada.
De este modo nuestros hijos tendrn pan que llevar a la boca y zapatos
con que calzarse, y yo podr esperar tranquilo la vejez.

Estas severas y razonables expresiones por una parte la conmovan, por
otra la aterraban. Volver al rancio sistema de _un trapito atrs y otro
delante_, y a las infinitas metamorfosis del vestido melocotn, rale ya
imposible; engaar a aquel infeliz dbale mucha pena. En esta
perplejidad entregbase al acaso, a la Providencia, diciendo: Dios me
ayudar. Los acontecimientos me dirn lo que debo hacer.

Si el gran Pez volviera pronto la sacara de aquel atolladero. Estudiaba
ella el medio de explotar su liberalidad sin venderse. Consiguiendo esto
sera la mujer ms lista del orbe... Pero faltaba que D. Manuel
regresara de aquellos cansados baos. Carolina haba dicho que vendra a
principios de Setiembre, sin fijar fecha. Qu ansiedad! Y el da 2...!

Lo primero que tena que hacer la afanada seora era detener el golpe
del prestamista, o aplazarlo por unos das al menos, hasta que Pez
viniera. A pesar de las consideraciones pesimistas de Torres, ella
esperaba obtener algn xito presentndose a Torquemada, y el da 31 se
aventur a ir a casa de este, paso desagradable, pero necesario, en cuyo
buen resultado fiaba. Viva el tal en la travesa de Moriana, en un
cuarto grande, polvoriento, tenebroso, lleno enteramente de muebles
y cuadrotes de vario gusto y precio, despojos de su enorme clientela.
Museo del lujo imposible, del despilfarro, de las glorias de un da,
aquella casa era toda lgrimas y tristeza. Rosala sinti secreto pavor
al entrar en ella, y cuando Torquemada se le apareci, saliendo de entre
aquellos trastos con un gorro turco y un chaquetn de pao de ala de
mosca, le entraron ganas de llorar.




XLII


Y la familia?--le pregunt Torquemada al saludarla.

--No tiene novedad; gracias...--replic la dama sentndose en la silla
que se le ofreci.

Al instante expuso su pretensin de prrroga, empleando sonrisas amables
y los trminos ms dulces que poda imaginar. Pero Torquemada oy la
proposicin con fra seriedad, y luego, ofreciendo a las miradas de
Rosala la rosca formada con sus dedos, como se ofrece la hostia a la
adoracin de los fieles, le dijo estas palabras fatdicas.

Seora, ya dije a usted que no... puedo, no puedo de ninguna manera. Es
de todo punto im...posible.

Y viendo que la vctima se negaba a creer tanta crueldad, ech el ltimo
argumento en esta forma:

Si mi padre me pidiera... esa prrroga, no se la concedera. Usted no
sabe lo apurado que estoy. Tengo forzosamente que hacer... un depsito.
Va en ello mi honor.

La repeticin de la splica, hasta llegar a la pesadez, no quebrantaba
aquella roca.

Diez das nada ms--deca ella con el pagar atravesado en la
garganta.

--Ni diez minutos, seora; no puede... ser. Mucho... lo siento; pero si
el da 2...

--Por Dios, hombre, por su madre...

--Me ver obligado a presentar... el pagar al seor de Bringas, que
tiene dinero... me consta...

A pesar de esto, la pobre seora, que pas aquella noche atormentada por
el insomnio y la zozobra, volvi al da siguiente a visitar a su
acreedor.

Y la familia?--le pregunt l despus del saludo.

Rosala suplic con ms vehemencia que el da anterior, y Torquemada
negaba y negaba y negaba, acentuando su crueldad con la pavorosa
aparicin de la rosquilla en el espacio comprendido entre las miradas de
los dos interlocutores.

La Pipan confi a las lgrimas lo que no haban podido conseguir los
suspiros. El prestamista, creyendo que se desmayaba, hizo traer un vaso
de agua, que ella no quiso probar, porque le daba asco. El poder de una
mujer que llora se vio en aquel caso; pues la pea de Torquemada se
abland al fin, y la prrroga fue otorgada.

Pero le juro a usted, seora, que si el da 7....

--El 7 no, el 10...

--El 8. Verdad es que el 8 es fiesta, la Virgen de... Setiembre. Para
que vea usted que la quiero complacer, pongo el 9. Pero si el 9 no se
realiza el pago, me ver en la precisin... el Sr. don Francisco tiene
dinero... me consta.

--Ay, gracias a Dios!, hasta el 10.

Rosala se conceptuaba dichosa al ver delante de s aquellos das de
respiro. En este tiempo vendra Pez quizs. Trajrale Dios pronto.

Desde el primero de Setiembre, Bringas empez a ir a la oficina, aunque
trabajaba muy poco, y se pasaba todo el tiempo hablando con el segundo
jefe. Era una picarda que le hubieran cercenado el sueldo en el mes de
Agosto, y en cuanto la Seora viniera, pensaba l interesarla en su
favor para subsanar un despropsito tan sin gracia. Mientras Thiers
estaba en su oficina, su mujer pasaba las horas casi sola. Rara vez iban
visitas a la casa; pues la mayor parte de sus amigas, a
excepcin de las de Cucrbitas, no haban vuelto an de baos. Dos o
tres veces fue a verla Refugio, y charlaron de modas y de los artculos
que haba recibido de Burdeos. La Pipan no la trataba ya con tanta
altivez, aunque cuidando siempre de establecer la diferencia que existe
entre una seora honrada y una mujer de conducta misteriosa y equvoca.

Desde que aquellos ahogos financieros empezaron a sofocarla, Rosala
haba adquirido la costumbre de calcular, siempre que hablaba con
cualquier persona, el dinero que la tal persona poda tener. Esta perra
tiene dinero--se dijo cierto da mirando a la de Snchez y oyendo la
descripcin ampulosa del comercio que iba a establecer.

Al verla salir de la casa, ocurriole a Rosala la atrevidsima idea de
acudir a ella... Qu horror! Esta idea fue al punto rechazada por
ignominiosa. No, antes de humillarse tanto y perder tan en absoluto su
dignidad, la Bringas prefera que su marido le diera el gran escndalo y
le dijese cuanto haba que decir... Buena pieza era la tal Refugio!
Roja de vergenza se pona nuestra amiga slo de pensar que se rebajaba
a pedirle favores de cierta clase. Precisamente el da antes le haba
contado Torres que la dichosa nia era el escndalo de la vecindad, y
estaba enredada con tres o cuatro hombres a la vez.

El da 5 un dependiente de _Sobrino Hermanos_ fue a avisar a
Rosala que empezaba a llegar de Pars el gnero nuevo de la estacin.
Eran maravillas. Quera Sobrino que su distinguida parroquiana viese
todo y diera su parecer sobre algunas telas de una novedad algo
estrepitosa. Acudi ella al reclamo; pero lo mucho y nuevo y rico que
vio no fue parte a distraerla de la pena que llenaba su alma. Habra
deseado comprar todo o siquiera algo; pero cmo, Santo Dios!, en la
situacin apuradsima en que estaba, amenazada de un grave cataclismo
domstico? Esto lo he trado para usted,--le deca Sobrino con
infernal amabilidad. Pero ella, poniendo una cara desconsoladsima y
quejndose de dolor de cabeza, negbase a comprar, aunque los ojos se le
iban tras de las originales telas, y ms an tras de los admirables
modelos colocados en los maniqus. En _fichs_, encajes, manteletas,
camisetas, pellizas, estaban all las _Mil y una noches_ de los trapos.
El da 6, ya con el dogal al cuello, triste y apenas sin esperanza, con
ganas de echarse a llorar y sintiendo en su alma como un secreto anhelo
de confesarse a su marido, Rosala volvi a casa de _Sobrino Hermanos_.
Iba por distraerse nada ms y arrancar de su cerebro, durante un rato,
la temerosa imagen de Torquemada. Por la calle del Arenal encontr a
Joaquinito Pez, el cual, muy gozoso, le dijo: Hemos tenido parte,
maana llegan. Or esto Rosala, y ver el cielo abierto, la cerrazn de
su alma despejada, la cuestin del da 9 resuelta, y el mundo
mejorado, y la humanidad redimida de sus aejos dolores, fue todo uno.
Sigui por la calle adelante despidiendo alegra de su rostro fresco; y
entrando en la tienda de Sobrino, empez a ver cosas y a dar sobre todas
ellas su parecer, encareciendo unas, desdeando otras, no harta nunca de
ver y de comentar. Que me lleven esto a casa... Vaya, Sr. Sobrino, al
fin se sale usted con la suya; me quedo con el _fich_. Estas y otras
frases, todas referentes a adquisiciones, matizaban el charlar loco de
aquel da.




XLIII


Lleg el grande hombre. Rosala no se equivocaba al suponer que la
primera visita de l, y despus de quitarse el polvo del camino, sera
para sus amigos de Palacio. Y desde que Bringas se fue a la oficina,
emperejilose para recibir al que, mientras estuvo ausente, haba llenado
su pensamiento en las horas de mayor tristeza. Porque de fijo D. Manuel
vendra de los baos ms avispado, ms caballeresco y ms liberal
que antes lo fuera, y lo fue mucho. La dama conoci sus pasos
cuando se acercaba a la puerta, y le entr un temblor... luego una
vergenza... nimo, mujer! Ech un vistazo en el espejo a su aspecto
personal, que era inmejorable, y despus de hacerle aguardar un poquito,
sali a Embajadores... La emocin debi entorpecerla un poco al
saludarle. Apenas se dio cuenta de que confunda unas palabras con otras
y de que se embarullaba un poco al hablar de la completa mejora de
Bringas. Y qu bueno estaba Pez! Pareca que se haba quitado diez aos
ms de encima, y que se hallaba en la plenitud de los tiempos
pisciformes. Su amabilidad, su distincin no haban cambiado nada; pero
algo observ Rosala desde el principio de la visita, que le hubo de
parecer tan extrao como desconsolador. Ella haba credo que Pez, desde
el primer momento, se mostrara tan vivo de genio como el da de marras,
y en esto se llev un solemne chasco. Mi amigo se presentaba juicioso,
reservadsimo, y no tena para ella sino las consideraciones discretas y
comedidas que se deben a una seora. Era que se haba verificado un
cambio radical en sus sentimientos? Pues no sera porque ella no
estuviera bien guapa, que en realidad haba echado el resto aquel da...
Pasaba tiempo y la Bringas no volva de su asombro, el cual se iba
resolviendo en despecho a medida que Pez agotaba todos los temas de
conversacin, el tiempo, el calor de Madrid, la salud de
todos, las conspiraciones, sin tocar, ni por incidencia, el que ella
estimaba ms oportuno. El laconismo de las respuestas de ella y el
nfasis nervioso con que se abanicaba, eran indicios de su contrariedad.
Y Pez, cada vez ms fro, con un cierto airecillo de persona superior a
las miserias humanas, continuaba hablando de cosas indiferentes con
admirable seso, sin perder la brjula, sin decir nada que anunciase una
conciencia vacilante o una virtud en peligro. Habase convertido, por
gracia de los aires del Norte, en un varn ejemplar, modelo de rectitud
y templanza. Su parecido con el Santo Patriarca antojsele a Rosala ms
vivo que nunca; pero consider aquella belleza rubia como la ms sosa
perfeccin del mundo. No le faltaba ms que la vara de azucenas para
pasar a figurar en la cartulina de los cromos de a peseta que se venden
por las calles. A Rosala empez a repugnarle tanta circunspeccin, y ya
estaba reuniendo todo su desprecio para dedicrselo por entero, cuando
la idea de los compromisos del da 9 la acometi con furia. Pez, leyendo
en su cara, le dijo: Est usted plida.

Rosala no le contest. Estaba embebecida en su pena, diciendo: Pecar,
llmote necesidad y digo la mayor verdad del mundo... Pues no
necesitando, qu mujer habr tan tonta que no desprecie a toda esta
canalla de hombres?.

Pez, un poco ms tierno, djole que notaba en ella algo de extrao,
tristeza, quizs preocupaciones graves. Esta indicacin la consider
ella como una feliz coyuntura para decir algo. Iba a probar si Pez era
el mismo caballero vivaracho y rumboso de antes, o si se haba trocado
en un empedernido egosta. La dama, haciendo tambin graciosos alardes
de reserva, replic: Cosas mas. Lo que a m me pasa, a quin interesa
ms que a m sola?.

Lentamente mi amigo descenda de aquellas cimas de virtud en que se
haba encaramado. Inclinose ms hacia ella y le habl de ingratitud en
tono de queja amorosa. Rosala vislumbr horizontes de salvacin que
alumbraban con dbil luz las tinieblas de aquel funesto da 9, ya tan
prximo. Como llamaron de sbito a la puerta y entraron los pequeos, no
pudo la de Bringas ser ms explcita, ni Pez tampoco; nicamente tuvo
ella tiempo de hacer constar una cosa: Deseaba mucho que usted
volviese. Tengo que hablarle....

Los besuqueos de los nios interrumpieron esta grata conferencia, que
iba tan conforme al plan de la Pipan. Pero ms tarde, despus del
regreso de Bringas y del largo prrafo que l y Pez echaron sobre las
cosas polticas, Rosala tuvo ocasin de cambiar con su amigo ms de una
palabra en la Saleta, secretamente, con lo que l puso punto a la visita
y se retir.

Ms bien triste que alegre estuvo la Pipan toda aquella tarde y noche.
Su esposo advirti en ella una sobriedad verbal que rayaba en mutismo; y
segn su costumbre, no hizo esfuerzo alguno por corregirla. En toda casa
es preferible siempre la concisin de una mujer a su locuacidad, y
Thiers no tena gran empeo en alterar esta regla. En la maana del da
8, Rosala, vestida con pulcra sencillez, se despidi de su marido. Iba
a misa, como lo demostraba el devocionario con tapas de ncar que
llevara en la mano... Su marido no deba extraar que tardase algo, pues
iba a ver a la de Cucrbitas que estaba en peligro de muerte.

O que le daban hoy los Sacramentos--dijo Bringas con verdadera pena.

Sali despus de dar sus disposiciones para el almuerzo, en la
presuncin de tardar algo, y Thiers se qued en manos del barbero, pues
desde la enfermedad no confiaba en su vista lo bastante para afeitarse
solo. A su lado estaba Paquito de Ass, a quien el pap echaba una
reprimenda amistosa por varios motivos; era el uno que mi nio, no
pudiendo sustraerse a la influencia que sobre la juventud ejerce toda
idea expansiva, se haba dejado contaminar en la Universidad del mal de
simpatas por _la llamada_ revolucin. Entre sus compaeros tremolaba el
estandarte del oscurantismo; pero de poco ac haba en su pensamiento
reservas, condescendencias, debilidades...; en fin, que el
angelito estaba algo tocado del virus... Del virus
revolucionario--repiti Bringas dos o tres veces mientras le rapaban--,
y es preciso que eso se te cure de raz. Ya vers, ya vers la que se
arma si triunfa esa canalla. Los horrores de la Revolucin francesa van
a ser sainetes en comparacin de las tragedias que aqu tendremos.

Otra maa del mozalbete traa muy quemado a D. Francisco, y era que
empezaba a daar su espritu el maleficio de una perversa doctrina
titulada _krausista_. Bringas la haba odo calificar de _pestilente_ a
un sabio capelln amigo suyo. De algn tiempo ac, Paquito de Ass
andaba con unas enredosas monsergas del _yo_, el _no yo_, el otro y el
de ms all, que sacaban de quicio al buen D. Francisco. Este le dijo,
en resumidas cuentas, que si no echaba de su cabeza aquellas filosofas,
le iba a quitar de la Universidad y a ponerle de hortera en una tienda.

Trascurri toda la maana, y cansados de esperar a Rosala, almorzaron.
La seora lleg a eso de la una, un poco sofocada. Muy malita la
pobre--dijo adelantndose a su marido, que ya tena la boca abierta
para preguntarlo por la hermana de Cucrbitas. Y se encerr en el Camn
para quitarse el velo y cambiar de vestido. Por la tarde salieron todos
a paseo con los trapitos de cristianar, en correcta formacin, los
pequeos muy compuestitos, mam y pap tan graves y
apersonados como siempre. Bueno ser decir que nunca, en tiempo alguno,
haba la Pipan de la Barca tenido a su esposo por ms respetable que
aquel da... Le miraba y le oa con cierta veneracin y se conceptuaba
extraordinariamente inferior a l, pero tan inferior que casi casi no
mereca fijar sus ojos en l. Atontada y distrada estuvo en el paseo, y
en su casa, por la noche, ms an. Su espritu, apartado de las
sencillas escenas domsticas y de cuanto all se hizo y se dijo, viva
en regin distinta, atento a cosas remotas y desconocidas absolutamente
para los dems. Vaya que ests en babia esta noche--dijo Bringas algo
enojado--, al notar la tercera o cuarta de sus equivocaciones.

Y ella no se atrevi a chistar. Despus, mientras el padre y los
pequeos jugaban a la lotera, encerrose ella en el Camn, y all,
sentada, cruzados los brazos, la barba sobre el pecho, se entreg a las
meditaciones que queran devorar su entendimiento como la llama devora
la arista seca.




XLIV


Qu cara puso!... Aunque lo disimulaba, conoc que le haba sabido
mal... _Este viaje me ha arruinado... A las nias se les antojaba todo_
_lo que vean en Bayona... He gastado la renta de un ao... A
pesar de eso, veremos, yo lo arreglar... lo buscar..._ Oh, Virgen!
Venderse y no cobrar nuestro precio, es tremenda cosa... Pero no; l
har un esfuerzo por no quedar conmigo en una situacin desairada y
ridcula..._(Exhalando tres suspiros seguidos, que formaban como un
rosario de congoja.)_ Maana lo veremos. Maana a las diez recibir la
contestacin definitiva de lo que puede hacer... Oh!, l reventar
antes que ponerse en ridculo... Si no lo tiene, que lo busque. Es su
deber. No valgo yo ms, muchsimo ms? No le doy un tesoro por una
miseria? Qu es esto en comparacin de las fortunas que han consumido
otras? Vergenza da nombrar tal cantidad delante de un caballero...
Tengo en mi boca todas las hieles que una boca puede sentir....

En dolorosa incertidumbre pas la noche, despertando a cada instante al
aguijonazo de su idea candente y aguda. El cuerpo dorma y la idea
velaba. No poda la esposa mirar sin envidia la dulce paz de aquella
conciencia que a su lado yaca. El dormir de D. Francisco era como el de
un mozo de cuerda que ha tenido mucho trabajo durante el da y que al
cerrar los ojos se quita de encima tambin todas las cargas del
espritu. Dichoso hombre! l no tena necesidades y era feliz con su
traje mahn. No vea ms all de su corbata cursi y barata, de aquellas
que venden los tenderos al aire libre instalados en la esquina
de la Casa de Correos. Dime tus necesidades y te dir si eres honrado o
no. Este refrn le sala a Rosala del cerebro sin que ella se diera
cuenta de ser maestra en filosofa popular.

Porque los santos, qu fueron?--deca--; personas a quienes no se les
importaba nada salir a la calle hechos unos adefesios. Indudablemente no
tengo yo esta despreocupacin, que es la base de la virtud. Digan lo que
quieran, el santo nace. No se adquiere este mrito con la voluntad, ni
hay quien lo posea si no lo ha trado consigo del otro mundo. Mi marido
naci para cursi y morir en olor de santidad. Esto no quitaba que le
envidiase, pues iba viendo los sinsabores que trae y lo caro que cuesta
el no querer ser cursi. La infeliz estaba rodeada de peligros, llena de
zozobras y remordimientos, mientras su esposo dorma tranquilo al lado
del abismo.

Dorma como si tuviera muy lejos la vergenza que tan prxima estaba
realmente. Y por ms que la vanidosa quisiera aplacar su conciencia con
sofismas, la conciencia no se dejaba embaucar y se revolva inquieta. Su
aspecto, horriblemente acusador, no poda ser visto por Rosala mientras
a esta no se le quitaran de delante de los ojos, primero, el conflicto
del da 9, cuya solucin exiga sacrificios grandes, sin exceptuar el de
la honra; segundo, ciertas telaraas de seda que le envolvan la cara,
pues en la inquietud febril de aquella noche, todas sus ideas,
sus remordimientos mismos, pasaban, como la luz por un tamiz, al travs
de un confuso imaginar de galas y perendengues de otoo.

Por la maana, cuando llev el chocolate a Bringas, hallole alegre y
decidor, tarareando canciones. Ella, por el contrario, se acobardaba
considerablemente. Ms tarde, Cndida, que era la encargada de traerle
de casa de Sobrino las compras, para no infundir sospechas al ratoncito
Prez, le llev varias cosas. Tan abstrada estaba la dama, considerando
los peligros de aquel da, que no tuvo espritu ms que para contemplar
el organd y la felpilla durante breves minutos, y lo guard todo
precipitadamente en una de las cmodas... A las once recibira lo que
esperaba de Pez. Sobre las diez y media iba Bringas invariablemente a su
oficina. Aquel da fue menos puntual que de costumbre, y mientras
almorzaba, todo aquel regocijo con que despertara se desvaneci, porque
Paquito le ley unos papeles clandestinos que corran por Madrid,
amenazando a la Reina y asegurando la proximidad de su cada. Si me
vuelves a traer aqu esas asquerosidades--dijo Thiers bufando de ira--,
te quito de la Universidad y te pongo de hortera en una tienda de la
calle de Toledo.

Se fue trinando, y al poco rato recibi Rosala el papel que esperaba
con tanta ansia. Abulta poco--pens, con el alma en un hilo,
metindose en el Camn para abrir el sobre a solas, pues andaba por all
Cndida con cada ojo como una saeta--. Abulta poco--repiti sacando del
sobre un papel--; aqu no viene nada. Y en efecto, no era ms que una
carta, escrita con la limpia y correcta letra del director de Hacienda.
La clera que invadi el alma de la Pipan al ver que la carta no traa
consigo compaa de otros papeles, le impeda leer. En su mano temblaba
el pliego, escrito por tres carillas. Lea a saltos, buscando las
clusulas terminantes y positivas. En pocos segundos recorri la dichosa
epstola... Cada frase de ella le desgarraba las entraas como si las
palabras fueran garfios... Estaba afligidsimo, desolado, por no poder
complacerla aquel da.... rale imposible de todo punto.... Se haba
encontrado la casa en un atraso lamentable, con un cmulo enorme de
cuentas por pagar.... Su situacin era angustiosa y muy otra de lo que
al exterior pareca.... Declaraba sin rebozo, en el seno de la
confianza, que todo el boato de su casa no era ms que apariencia....
A pesar de esto, l hubiera acudido presurossimo en auxilio de su
amiga, si casualmente en aquel mismo da no tuviera un vencimiento
ineludible.... Pero ms adelante....

Rosala no pudo acabar de leer. La ira, la vergenza la cegaron...
Rompi la carta y estruj los pedazos. Si pudiera hacer lo
mismo con el vil!... S, era un vil, pues bien le haba dicho ella que
se trataba de una cuestin de honra y de la paz de su casa... Qu
hombres! Ella haba tenido la ilusin de figurarse a algunos con
proporciones caballerescas... Qu error y qu desilusin! Y para eso
se haba envilecido como se envileci! Mereca que alguien le diera de
bofetadas y que su marido la echara de aquel honrado hogar... Ignominia
grande era venderse, pero darse de balde...! Al llegar a esto, lgrimas
de ira y dolor corrieron por sus mejillas. Eran las primeras que
derramaba despus de casada, pues las que haba vertido cuando sus hijos
tenan alguna enfermedad grave eran lgrimas de otra clase.

Y lo peor de todo era que estaba perdida... Si a las tres de la tarde no
entraba en casa del inquisidor, dinero en mano... El tal la esperara
hasta las tres, hasta las tres, ni un minuto ms. Pensando esto, Rosala
senta un volcn en su cabeza. Y a quin, Virgen del Carmen, volvera
sus ojos, a quin?... Ni para encomendarse a todos los Santos y a todas
las Vrgenes tena ya serenidad su espritu. En l no caba ms que la
desesperacin... Pero cuando se entregaba a ella, sin defensa, un rayo
de esperanza cruz por la atmsfera tempestuosa de aquel cerebro...
Refugio...

S, Torres le dijo pocos das antes que Refugio haba cobrado
en casa de Trujillo diez mil reales que su hermana le mandaba para poner
el establecimiento.




XLV


El tiempo ahogaba; la situacin no admita espera. Sin detenerse a
meditar la conveniencia de aquel paso, se aventur a darlo. Eran las
doce. Antes que Bringas me descubra--deca ponindose precipitadamente
la mantilla--, prefiero pasar por todo, prefiero rebajarme a pedir este
favor a una....

Refugio viva en la calle de Bordadores, frente a la plazoleta de San
Gins, en una casa de buena apariencia. Sorprendi a Rosala el aspecto
decente de la escalera. Crea encontrar una entrada inmunda y vecindad
malsima, y era todo lo contrario. La vecindad no poda ser ms
respetable: en el bajo una tienda de objetos de bronce para el culto
eclesistico; en el entresuelo un gran almacn de paos de Bjar, con
placa de cobre en la mampara; en el principal, la redaccin de un
peridico religioso. Esto dio a la de Bringas muchos nimos, y
bien los necesitaba la infeliz, pues iba como al matadero, considerando
lo que aquel paso la degradaba. Lo que puede la necesidad!--pens al
tirar de la campanilla del segundo--. Y quin me haba de decir que yo
bebera de esta agua. Ahora slo falta que me eche a cajas destempladas,
para que sea mayor mi vergenza y mi castigo completo.

La misma Refugio le abri la puerta, y sorprendiose mucho de verla.
Rosala, turbadsima, vacilaba entre la risa y la seriedad, no saba si
aplicar a la de Snchez el trato familiar o el trato fino. El caso era
muy extrao y encerraba un problema de sociabilidad de muy difcil
solucin. Desde la puerta a la sala no hubo ms que medias palabras,
frases cortadas, monoslabos.

Pase usted por aqu--dijo Refugio a la seora de Bringas indicndole la
puerta del gabinete--. Celestina, aydame a desocupar estos sillones.

La que responda al nombre de Celestina debla de ser criada. As lo
pens nuestra amiga en los primeros momentos, mas luego hubo de
rectificar este juicio. El aspecto de Celestina era tan extrao como el
de Refugio, y al mismo tiempo tan semejante al de esta, que no se podra
fcilmente decir cul de las dos era la seora. Lo probable--pens la
Bringas sentndose en el primer silln que se desocup--, es
que ninguna de las dos lo sea.

La de Snchez tena su hermoso cabello en el mayor desorden. No se haba
peinado an. Cubra su busto ligera chambra, tan mal cerrada, que
enseaba parte del seno ubrrimo. Arrastraba unos zapatos de presillas
puestos en chancleta, y los tacones iban marcando sobre el piso de
baldosn un comps de pasos harto estrepitoso.

Iba a echarme la bata--dijo Refugio, despus de revolver en un montn
de ropas que estaba sobre el sof--, pero como usted es de
confianza....

--S, hija, no te molestes--replic la de Bringas afirmndose en la
necesidad de ser amable--. Con este calor...

Mientras esto deca, observ la pieza en que estaba. Nunca haba visto
desbarajuste semejante ni tan estrafalaria mezcla de cosas buenas y
malas. La sala, cuya puerta de comunicacin con el gabinete estaba
abierta, pareca una trastienda, y encima de todas las sillas no se vea
otra cosa que sombreros armados y por armar, piezas de cinta, recortes,
hilachas. Destapadas cajas de cartn mostraban manojos de flores de
trapo, finsimas, todas revueltas, ajadas en lo que cabe, tratndose de
flores contrahechas. Algunas, aunque parezca mentira, pedan que las
rociaran con un poco de agua. Tambin haba _fichs_ de azabache
y felpilla, camisetas de hilo y algunas piezas de encaje. Esta masa
catica de objetos de moda extendase hasta el gabinete, invadiendo
algunas de las sillas y parte del sof, confundindose con las ropas de
uso, como si una mano revolucionaria se hubiera empeado en evitar all
hasta las probabilidades de arreglo. Dos o tres vestidos de la Snchez,
enseando el forro, con el cuerpo al revs y las mangas estiradas,
bostezaban sobre los sillones. Una bota de piel bronceada andaba por
debajo de la mesa, mientras su pareja se haba subido a la consola. Un
libro de cuenta de lavandera estaba abierto sobre el velador mostrando
apuntes de letra de mujer:_Chambras 6; enaguas 14_, etc... El velador
era de hierro con barniz negro y flores pintadas. Sobre la chimenea, un
reloj de bronce muy elegante alternaba indignamente con dos perros de
porcelana dorados, de malsimo gusto, con las orejas rotas. Las lminas
de las paredes estaban torcidas, y una de las cortinas desgarrada; el
piso lleno de manchas; la lmpara colgante con el tubo ahumadsimo. Por
la mal entornada puerta de la alcoba se vea un lecho grande, dorado, de
armadura imperial, sin deshacer y con las ropas en desorden, como si
alguien hubiera acabado de levantarse.

Refugio crea que la seora de Bringas la visitaba, cediendo al fin a
sus instancias, para ver los artculos de su industria.

Ha venido usted un poco tarde--le dijo--. Sabe usted que estoy
vendiendo todo? Yo no sirvo para esto. No s en qu estaba pensando mi
hermana cuando se le ocurri que yo poda meterme a comerciante... Para
que usted se haga cargo... desde que estoy en esto, no he hecho ms que
perder dinero: pocos pagan, y yo no tengo genio para importunar... As,
cuanto ms pronto salga de estos pingajos, mejor. Muchas seoras han
venido, y se van llevando lo poco que me queda.

--Sin embargo--dijo Rosala, sacando de una caja varios _marabouts_ y
_aigrettes_ y de otra lazos y cordones--, an hay aqu cosas muy
bonitas.

--Le gustan a usted esas _aigrettes_?...--manifest Refugio, gozosa de
poder ser rumbosa con ella--. Puede llevrselas... se las regalo.

--Oh!, no... no faltaba ms...

--S, s, que tengo mucho gusto en ello.

Para que alguna me lo compre y no lo pague, vale ms... Mire
usted--aadi pasando a la sala--, tambin le doy este sombrero: est
sin arreglar, pero puede usted llevarse la cinta que quiera.

Rosala, asombrada de esta generosidad, y un tanto dispuesta a mirar a
Refugio con ojos ms benvolos, insista en rechazar los obsequios.

Me desaira usted porque soy pobre?--le dijo con acerada reconvencin.

Si Rosala no hubiera ido a verla con el objeto que sabemos; si su afn
de proporcionarse dinero no fuera tal que la obligaba a pasar por todo,
seguramente habra rechazado las finezas con que aquella mujer, tan
inferior a ella por todos conceptos, quera subir hasta su elevada
esfera; pero no quiso mostrarle esquivez en el momento de pedir un
favor... Y qu favor tan denigrante! Cuando le vena al pensamiento la
idea de formular su peticin, se empapaba todo su ser en repugnancia,
como si por los poros le entrara un licor asqueroso y amargo y corriese
por sus venas y le subiera al paladar. Varias veces quiso hacer su
demanda y faltronle fuerzas para ello. Hasta pens no decir nada y huir
de aquella casa. Pero la lgica inflexible de su necesidad la amarraba
all, y no viendo a su compromiso otro remedio, rale forzoso apechugar
con aquel caliz. Ya que he hecho el sacrificio de venir--pensaba--, no
me voy sin probar fortuna. El tiempo apremiaba; ya haba dado la una...
Dos o tres veces trajo las palabras de la mente a la boca, y all se le
quedaron revueltas con una saliva que era hiel pura. Qu tonta
soy!--pensaba--. Tener reparo delante de esta chiquilla...!. Por fin,
tanto luch, que las palabras salieron tropezando. La infeliz se
abanicaba, fingiendo poco inters en el asunto, y haca esfuerzos para
aparecer serena y ahuyentar de sus mejillas el borbotn de sangre.

Bueno... pues ahora, Refugio, vamos a hablar de otra cosa. Yo he venido
a pedirte un favor.

--Un favor?--dijo la otra con vivsima curiosidad.

--Un favor, s--aadi la Bringas, a quien aquella curiosidad
desconcert un poco--. Es decir, si puedes, que si no, no hay que
hablar.

--Usted dir...

--Pues... es decir, si puedes--prosigui la dama, tragndose la hiel que
tanto le estorbaba--. Yo necesito una cantidad. Me consta que t
tienes... S que has cobrado en casa de Trujillo no s cuanto... Pues
bien, si quieres prestarme por unos das cinco mil reales, te lo
agradecer mucho... Se entiende, si puedes, si no, no.




XLVI


Qu descansada se qued cuando lo dijo! Pareca que el gran peso que en
su pecho tena se aligeraba. Refugio la oy con calma, no pareciendo
sorprendida. Despus hizo con la boca unos mimos muy particulares. Su
contestacin no tard mucho.

Le dir a usted... dinero tengo, pero no s si podr disponer de l. Me
traern maana unas cuentas muy gordas....

Mirbala a los ojos con impertinente fijeza. Rosala hubiera deseado que
no la mirase tanto y que le diese pronto el dinero. Despus de una pausa
en que Refugio pareca hacer estudios de clculo en el entrecejo de la
Bringas, torn a decir:

Lo que es el dinero... lo tengo, vea usted.

Revolvi un cajoncillo que pareca costurero, y del fondo de l sac un
puado de cosas. Eran trapos, hilos desmadejados y billetes de Banco,
formando todo una masa.

Vea usted... no me falta. Pero....

A Rosala se le encendieron los espritus cuando vio los billetes. Pero
se le llenaron de tinieblas cuando la condenada chica de Snchez volvi
a meter el dinero en lo profundo, y moviendo la cabeza, le dijo:

Ay!, no puedo, seora, no puedo....

La Pipan pens as: Lo que quiere esta bribona, es que yo me humille
ms, que yo le ruegue y le suplique y haga algn puchero delante de
ella... quiere que me arrastre a sus pies para pisotearme... Ah!,
cochinsima, si yo no estuviera como estoy, sabes lo que hara? Pues
levantarte la falda y coger el palo de una escoba y llenarte de
cardenales ese promontorio de carne que tienes... Grandsima loca, qu
ms honra quieres que prestar t dinero a una persona como
yo?.

Como es natural, nada de esto que pensaba la dama fue dicho. Al
contrario, hubo de recurrir a expresiones melosas y apropiadas a lo
crtico del caso.

Pinsalo bien, hija. Quizs puedas... Lo que tienes que pagar tal vez
pueda aplazarse por unos das, mientras que lo mo....

--Qu ms quisiera yo--dijo la otra con afectada conmiseracin--.
Bastante siento que se vaya usted con las manos vacas...

El sentido altamente protector de esta frase humill a Rosala ms de lo
que estaba. La hubiera cogido por aquellos pelos tan abundantes, para
restregarle el hocico contra el suelo.

No podras hacer un esfuerzo...?--indic, sacando valor de lo intimo
de su pecho.

--Qu ms quisiera yo!... Me da tristeza de no poder socorrer a usted.
Crea que lo siento muy de veras. Yo hara cualquier cosa en obsequio de
usted y de D. Francisco...

--No--dijo Rosala con viveza, lastimada de or el nombre de su
marido--. Esto es cosa ma exclusivamente. Ni hay para qu enterar a
Bringas de nada... Oh!, es cosa ma, ma...

--Ah!... ya--murmur Refugio, mirndola otra vez fijamente en el
entrecejo.

Rosala advirti que despus de observarla, la maldita revolva de nuevo
en el costurero... Se ablandaba al fin y sacaba los billetes?
No... Hizo un gesto como de persona que se esfuerza en tener carcter
para vencer su debilidad, y repiti:

No puedo, no puedo... Y lo que usted no consiga de m, quin lo
conseguira? Por usted o por D. Francisco hara los imposibles, y me
quitara el pan de la boca. Crea usted que tengo miedo a mi falta de
carcter; yo soy muy tonta, y si usted me llora mucho, puede que me
ablande y caiga en la tontera de prestarle el dinero; la tontera, s,
porque me hace muchsima falta.

Nada--pens Rosala hecha un basilisco--. Esta sin vergenza quiere que
me le ponga de rodillas delante... No lo ver ella.

En alta voz, afectando una calma que estaba muy lejos de tener, le
dijo:--Si tanta extorsin te cansa, no hay nada de lo dicho.

--No puedo, no puedo. Es un compromiso tan grande el que
tengo...--manifest la Snchez en el tono de quien corta una cuestin.

--Bueno, no te apures...

--Con que... y cmo no han ido ustedes a baos?

Este cambio completo en la conversacin, puso a Rosala sobre ascuas. Se
doblaba la hoja. No haba que pensar en el prstamo. A la estpida
pregunta del veraneo contest la seora con la primer sandez que se le
vino a la boca. En aquel momento senta tanto calor que se
habra echado en remojo para impedir la combustin completa de su cuerpo
todo.

Hija, hace aqu un bochorno horrible.

--Espere usted, entornar las maderas para que entre menos luz.

Durante un rato, la Pipan, con el alma en un hilo, mir las estampas de
toreros que adornaban la pared. Vealas confundidas con la desazn
angustiosa de su alma. Aquel afn sojuzgaba su dignidad de tal modo, que
no vacil en humillarse un poco ms. Dando con su abanico un golpecito
en la rodilla de Refugio, pronunci estas palabras, a las cuales hubo de
dar, no sin esfuerzo, un tonillo ligeramente carioso:

Vaya, mujer; prstame ese dinero.

--Qu?--pregunt Refugio sorprendida. Ah!, el dinero. Crea usted que
no me acordaba ya de semejante cosa... Pero qu, tanta falta le hace?
Es tan fuerte el sofoco? Francamente, yo cre que usted daba a rdito,
no que tomaba.

A esta maliciosa observacin, habra contestado Rosala tirndole de
aquellas greas despeinadas. Pero qu haba de hacer? Tragar acbar y
someterse a todo.

S, hija, el compromiso es fuertecillo. Si quieres, se te dar
inters... como te convenga.

--Jess!, no me ofenda usted. Si yo le prestara a usted lo que desea, y
siento mucho no estar en situacin, lo hara sin inters. Entre
personas _de la familia_ no debe ser de otra manera.

Cuando oy la de Pipan que aquella buena pieza se contaba entre los _de
la familia_, estuvo a punto de perder los estribos... Era demasiado
suplicio aquel para resistirlo sin estallar. Rosala apretaba los
dientes, haciendo cuantas muecas fueron necesarias para imitar sonrisas.
Debo estar echando espuma por la boca--pensaba--. Si no me voy pronto
de aqu, creo que me da algo.

Refugio volvi a meter su mano en el costurero y sac el envoltorio de
los billetes. Jess divino! Si al fin se resolvera...! La de Bringas
la vio, con disimulada ansia, sobar y repasar los billetes como si los
contara. Despus, moviendo la cabeza en seal de desconsuelo, dijo la
muy...: Si no me queda ya nada... Ay!, seora, no es posible, no es
posible.

Pero no guard el envoltorio en donde estaba, sino que lo puso sobre la
chimenea. Este detalle aviv las muertas esperanzas de Rosala.

Porque mire usted--agreg la otra estirndose en el silln, como si
fuera una cama, y tocando casi con sus pies las rodillas de la dama--;
aqu donde me ve, estoy arruinada. Me met en un negocio que no
entiendo, y como no tengo carcter, todos se han aprovechado de mi
_pavisosera_ para explotarme. Al principio, muy bien; la mar salada y
sus arenas... Yo reciba el gnero, venan las seoras y se lo
llevaban como la espuma. Como que era todo de lo mejor, y nada caro por
cierto. Pero cuando tocaban a pagar... aqu te quiero ver. Que me
espere a la semana que entra... Que pasar por all... Que
vuelva... Que no tengo... Que torna, que vira, y a fin de fiesta,
miseria y trampas. Ay, qu Madrid este, todo apariencia. Dice un
caballero que yo conozco, que esto es un Carnaval de todos los das, en
que los pobres se visten de ricos. Y aqu, salvo media docena, todos son
pobres. Facha, seora, y nada ms que facha. Esta gente no entiende de
comodidades dentro de casa. Viven en la calle, y por vestirse bien y
poder ir al teatro, hay familia que se mantiene todo el ao con
tortillas de patatas... Conozco seoras de empleados que estn cesantes
la mitad del ao, y da gusto verlas tan guapetonas. Parecen duquesas, y
los nios principitos. Cmo es eso? Yo no lo s. Dice un caballero que
yo conozco, que de esos misterios est lleno Madrid. Muchas no comen
para poder vestirse; pero algunas se las arreglan de otro modo... Yo s
historias, ah!, yo he visto mundo... las tales se buscan la vida, se
negocian el trapo como pueden, y luego hablan de otras, como si ellas
no fueran peores!... Total, que de lo que vend no he cobrado ms que la
mitad: la otra mitad anda suelta por ah, y no hay cristiano que la
cobre. Sopla-ollas, fantasmonas! Y luego venan aqu dndose
un pisto... Grandsimas...--les digo para m--, yo no engao a nadie;
yo vivo de mi trabajo. Pero vosotras engais a medio mundo, y queris
hacer vestidos de seda con el pan del pobre Y igalas usted echar humo
por aquellas bocas, criticando y despreciando a otras pobres. Alguna ha
habido que despus de mirarme por encima del hombro, y de hacer mil
enredos para no pagarme, ha venido aqu a pedirme dinero... Y para qu
sera?... tal vez para drselo a su querido.

Al soltar esta retahla con un nfasis y un calor que declaraban
hallarse muy poseda de su asunto, echaba sobre la infeliz postulante
miradas ardientes. Esta, hinchando enormemente las ventanillas de la
nariz, los ojos bajos, el resuello fatigoso, oa y se amordazaba y
contena sus ganas furibundas de hacer o decir cualquier disparate.




XLVII


Por ese descaro--le hubiera dicho ella--, por ese cinismo con que t
hablas de seoras, cuyo zapato no mereces descalzar, se te deba
arrancar esa lengua de vbora y luego azotarte pblicamente
por las calles, desnuda de medio cuerpo arriba, as, as, as....

En su mente, le daba los azotes y la pona en carne viva. Tan volada
estaba ya la Bringas y tan grande esfuerzo tena que hacer para
contenerse, que hall preferible cualquier catstrofe domstica al
tormento horroroso que padeca. Me voy--pensaba--, no puedo aguantar.
Prefiero que mi marido me desprecie y me esclavice, a que esta miserable
me escupa la cara como me la est escupiendo.

Pero al pensar esto, figurbase ver al seor de Torquemada exponiendo a
D. Francisco, con la rosquilla por delante, la obligacin de satisfacer
la deuda; representbase luego al irritado esposo... No, con todo el
poder de su imaginacin, no poda representarse la noble ira de aquel
santo hombre tan enemigo de enredos. Antes que eso--concluy por
decir--, todo, todo, incluso que esta frutilla temprana me pisotee... Yo
sola paso la vergenza; nadie me lo sabe y ni nadie me lo ha de sacar a
la cara.

Un caballero amigo mo--dijo Refugio pasando de aquel tono convencido
al de la jovial ligereza--, me ha dicho que aqu todo es pobretera, que
aqu no hay aristocracia verdadera, y que la gran mayora de los que
pasan por ricos y calaveras no son ms que unos cursis... Porque vea
usted... En qu pas del mundo se ve que una seora con ttulo, como la
Tellera, ande pidiendo mil reales prestados, como me los ha
pedido a m? Aqu ha habido quien se ha pegado un tiro por haber perdido
seiscientos reales a una carta. Y cuando un seorito se gasta cien
claretes con una mujer, dicen que ha arruinado a la familia. Pues no
quiero hablar de los que viven de gorra, como muchitos a quienes yo
conozco, que van a los teatros con billetes regalados, que viajan
gratis, y hasta se ponen vestidos usados ya por otras personas... Todo
por aparentar!... Cuando veo a estos tales, me pongo yo muy hueca,
porque no debo a nadie, y si lo debo lo pago; vivo de mi trabajo, y
nadie tiene que ver con mis acciones, y lo primero que digo es que no
engao a nadie, que el que no me quiera as que me deje, est usted?,
porque de lo mo como... Celestina, vete a Levante y di que nos traigan
caf. Quiere usted caf?.

--Gracias, replic Rosala con desabrimiento, ya gastadas las fuerzas.

Levantose para retirarse. Aquella mujer le repugnaba tanto y hera de
tal modo su orgullo con lo ordinario de aquellas expresiones y la
ruindad de aquellos pensamientos, que no quiso humillarse ms. Refugio
la detuvo por el brazo, dicindole en una carcajada:

De veras no quiere usted tomar caf con nosotras? Esprese, que se me
est ocurriendo darle el dinero.

Rosala se sent, y alegrsele el alma con estas palabras. Aquel
diablillo que tena delante y que le haca mil muecas indecentes,
tornose humano y aun agradable.

Son las dos y cuarto--suspir la de Bringas sin poder dejar de
sonrer, y encontrando una gracia particular en la boca grande y en la
dentadura mellada de Refugio.

--A qu hora tiene que pagar?

--A las tres--se dej decir la otra con gran espontaneidad.

--An sobra tiempo.

Oyose el ruido de la puerta que Celestina haba cerrado de golpe, al
salir en busca del caf. La del diente menos, estirndose ms y tomando
una actitud ms que perezosa, chabacana, le dijo entre risas muy
descorteses:

Si estuviera aqu la _Seora_, no pasara usted esos apurillos, porque
con echarse a sus pies y llorarle un poco... Dicen que la _Seora_
consuela a todas las amigas que le van con historias y que tienen
maridos tacaos o perdularios. Ya se ve; si yo tuviera en mi mano, como
ella, todo el dinero de la nacin, tambin lo hara. Pero djese usted
estar, que ya le ajustarn las cuentas. Dice un caballero que viene a
casa, que ahora s que se arma de veras.

Pero cuntos caballeros conoces t, grandsimo apunte?--le habra
dicho Rosala, si hubiera estado en situacin de ser severa--. T tratas
con todos los caballeros del gnero humano. No habr uno que
te tire, de una bofetada, todos los dientes que te quedan, y que, por
cierto, son muy bonitos?.

--S, lo que es ahora--aadi Refugio con desparpajo--, cambiaremos de
aires... Vayan con Dios. Habr libertad, libertades...

Esta falta de respeto, esta manera de hablar de Su Majestad enfad tanto
a la dama, que estuvo a punto de dar al traste con toda su
circunspeccin y llegarse a la infame y decirle:

Para que aprendas a hablar como se debe, toma este araazo....
Contentose con dos o tres monoslabos de reprobacin. Su cara estaba ya
como un pimiento. En una de aquellas manotadas que daba la Snchez, tir
un cestito que sobre la chimenea estaba, y de l cay una cajetilla de
cigarros.

Tambin fumas, cochinaza?--habrale preguntado Rosala, si hubiera
podido hablar con espontaneidad; pero mir a la otra recoger del suelo
la cajetilla, y no dijo nada.

Al poco rato entr el mozo con el caf, y dej el servicio sobre el
velador. Fue preciso quitar muchas cosas para hacerle sitio. Refugio y
Celestina, despus de repetir su invitacin a la de Bringas, se
prepararon a tomarlo. Ambas se daban respectivamente el mismo
tratamiento y se tuteaban con igual franqueza. Lo dicho, no se saba
cul de las dos era la criada y cul la seora, aunque
realmente Celestina estaba un poco ms derrotada que la otra.

Virgen del Carmen!--exclam para s Rosala--. Con qu gente me he
metido!... Si el Seor me saca en bien de este mal paso, nunca ms
volver a dar otro semejante.

--Celestina--dijo la mellada en tono amistoso--, y yo no me peino hoy?

La otra explic su tardanza con lo mucho que tena que hacer. Todo
estaba an sin arreglar, el gabinete como una leonera, la alcoba lo
mismo... Cuando Refugio acab de tomar su caf y Celestina empezaba a
poner algn orden en el gabinete, Rosala, no pudiendo refrenar su
impaciencia, cerr con estrepito el abanico...

Debe de ser muy tarde. Las tres menos cuarto quizs.

--Lo peor de todo--dijo Refugio, jugando con su vctima--, es que...
Ahora me acuerdo... Si no puedo, no puedo darle a usted nada. Ya se me
haba olvidado que hoy mismo, esta tarde misma, tengo que pagar dos mil
y pico de reales.

Rosala crey firmemente que una culebra se le enroscaba en el pecho,
apretndola hasta ahogarla. No tuvo fuerzas para decir nada. Hubirase
abalanzado a la miserable para clavarle en aquella cara diablesca las
diez uas de sus extremidades superiores. Pero esto que algunas veces se
piensa y se desea, rara vez se hace. Levantose... Slo pudo articular un
sonido gutural, dbil expresin de su ira, atenazada por la
dignidad.

Est jugando conmigo como un gato con una bola de papel...--pens--. Me
voy; si no, la ahogo....

--Aguarde usted--dijo Refugio--. Se me ocurre una cosa. Basta que haya
prometido socorrer a usted, para que no me vuelva atrs. La palabra de
una Snchez Emperador es palabra imperial... Y sobre todo, tratndose de
la _familia_...

Suelta la familia de tu boca asquerosa--le hubiera dicho Rosala.

--Pues se me ocurre que puedo pedir eso a una amiga.

--Pero te haces cargo de la hora que es?--dijo la de Bringas,
recobrando la esperanza.

--Si vive muy cerca de aqu, en la calle de la Sal...

--Pero te ests con esa calma?

--Quia... Tendr tiempo de peinarme. Celestina!

--Mujer... no tienes tiempo.

Refugio se levant. Rosala, dando algunos pasos hacia ella, cogi el
vestido y lo ahuec, haciendo ademn de ponrselo...

--chate este vestido... te pones un manto, un pauelo por la cabeza...

Refugio pas a la alcoba. Desde ella dijo: mi cors? y la de Bringas
corri a llevrselo, y le ayud a cerselo. Cuando estaban en
tal operacin, la taimada se dej decir esto:

Bien poda el Sr. de Pez librarla a usted de estas crujas... Pero no
siempre se le coge con dinero. Tronadillo anda el pobre ahora....

Rosala no dijo nada. La vergenza le quemaba el rostro y le oprima el
corazn. Lo que hizo fue apretar el cors y tirar furiosamente del
cordn, como si quisiera partir en dos mitades el cuerpo de la diablesa.

Seora, por Dios, que me divide usted... Yo no me aprieto tanto. Eso se
deja para las gordonas que quieren ponerse un tallecito de slfide...
Qu le parece, me peinar?.

--No... recgete el pelo con una redecilla, con una cinta... As ests
muy bien... ests mejor... con esa melena alborotada... Pareces una
Herodas que hay en un cuadro de Palacio... Vamos, avate... sbete esos
pelos... Mira que es muy tarde... A ver, yo te ayudar.

Sentose Refugio, y la Bringas le arregl la abundante cabellera en un
periquete.

Vaya una doncella que me he echado...--dijo la de Snchez, riendo--.
Tanto honor...!.

Y luego cuando pareca dispuesta a salir, se puso a cantar y a dar
vueltas por el gabinete. Rosala vio con terror que se sentaba en un
silln con mucha calma.

Pero mujer!...--exclam la Bringas sulfurada...

Haba en su cerebro un rebullicio como el de los relojes de pared
momentos antes de dar la hora. Y la otra con refinada calma dijo as:

Hace mucho calor; no tengo ganas de salir.

--Pero t... juegas... o qu...?

--No se apure usted, seora, no se encabrite, no se encumbre--replic la
Snchez--. Si se me viene con sofoquinas y con aquello de _ordeno_ y
_mando_, no hemos hecho nada. Usted en su casa, y yo en la ma. Los
cinco mil reales... mrelos usted; aqu estn. Por no salir se los voy a
dar, y yo buscar lo que necesito.




XLVIII


Como, a pesar de esto, no se los pona en la mano, Rosala estaba en
ascuas.

Y le voy a dar un consejo--prosigui la miserable--, un buen consejo,
para que vea que me intereso por la familia. Y es que no ande en los
con Doa Milagros, que es capaz de volver del revs a la ms sentada.
Mtase en su rincn, _a la vera_ del pisa-hormigas, y djese de
historias... No vaya ms a casa de Sobrino y crame. Es mucho
Madrid este. No se fe de los cariitos de la Tellera, que es muy
ladina y muy cuca.

Rosala daba cabezadas de aquiescencia. Por fin, la Snchez puso en su
mano los billetes... Oh!, qu descanso sinti en su alma la desdichada
seora!... Por si a la diablesa se le ocurra quitrselos, decidi
marcharse sin tardanza.

Qu, se va usted?.

--Es muy tarde. No puedo perder ni un minuto. Ya sabes que te lo
agradezco mucho. Ah!... Quieres que hagamos un recibito?

--No hace falta--dijo Refugio con arranque, echndoselas de noble y
desprendida--. Entre personas de la familia... Ah!, esta tarde le
mandar el sombrero y las dems cosillas.

--Como quieras...

--Aguarde un momento, que le voy a decir una cosa.

--Qu?--pregunt Rosala aterrada otra vez.

--Le voy a contar lo que dijo de usted la marquesa de Tellera.

--De m?

--De usted... ah, sentadita en ese mismo silln. Me parece que la estoy
oyendo. Fue el da antes de marcharse a baos. Vino a comprarme unas
flores artificiales. Habl de usted y dijo... qu risa!... dijo que era
usted una cursi!

Rosala se qued petrificada. Aquella frase la hera en lo ms vivo de
su alma. Pualada igual no haba recibido nunca. Y cuando
bajaba presurosa la escalera, el dolor de aquella herida del amor propio
la atormentaba ms que las que haba recibido en su honra. _Una cursi!_
El espantoso anatema se fij en su mente, donde deba quedar como un
letrero eterno estampado a fuego sobre la carne.

Dios mo, lo que he padecido hoy slo t lo sabes... Creo que me han
salido canas--pensaba al ir en coche a casa de Torquemada--. Qu
Glgota!....

Y fue y subi anhelante, porque ya haban dado las tres. Pero tuvo la
suerte de encontrar al inquisidor, ya impaciente y dispuesto para ir a
Palacio. La recibi sonriendo y preguntole por la salud de la familia.
La adoracin de la rosquilla formada con los dedos no la mortific tanto
como otros das. El gusto de conjurar aquel gran peligro y de librarse
de acreedor tan antiptico, no le permita fijarse en exterioridades ms
o menos cargantes. Abreviando la sesin lo ms posible, se despidi.
Las humillaciones de aquel da la tenan tan nerviosa...!

No puede ser que Milagros haya dicho eso de m--pensaba, camino de
Palacio, atormentada por aquella inscripcin horrible que le quemaba la
frente--. Es mentira de esa bribona... Qu da! Cuando llegue a casa lo
primero que he de ver es si me he llenado de canas. La cosa no ha sido
para menos.

Y lo primero que hizo fue mirarse al espejo. Digmoslo para tranquilidad
de las damas que en situacin semejante se pudieran ver. No le haba
salido ninguna cana. Y si le salieron, no se le conocan. Y si se la
conocieran, ya habra ella buscado medio de taparlas.

Lo que s est fuera de toda duda es que a consecuencia de los
contratiempos de aquellos das, estaba la seora tan aplanada y con los
espritus tan decados, que su esposo lleg a figurarse que haba
perdido la salud. T tienes algo; no me lo niegues. Quieres que venga
el mdico?... Ya ves, si hubieras tomado los baos de los Jernimos,
otro gallo te cantara. Pero ella aseguraba no tener nada, y si no se
opuso a que viniera el mdico, tampoco declar a este ninguna dolencia
terminante. Todo era cosa de los pcaros nervios, esos diablillos que se
divierten en molestar a las seoras distinguidas, cuando no les ayudan
en sus disimulos. Lo positivo en la desazn de la de Bringas era su
tristeza, temores de todo y por la menor causa, inapetencia,
principalmente una manera especial y novsima de considerar a su marido.
Si en la estimacin que por l senta haba una baja considerable, las
formas externas del respeto acusaban cierto refinamiento y estudio. A
diversos juicios se presta esto; pero en la imposibilidad de poner en
luz de evidencia las causas de tal sibaritismo de afectos exteriores,
hay que recurrir a la hiptesis, y ver en ellos algo semejante
a las zalameras que se emplean para catequizar a un empleado de Aduanas
cuando se quiere pasar contrabando. Rosala probaba el sistema pacfico
y venal para el alijo de sus trapos. Poco a poco iba exhibindolos. Cada
da reparaba D. Francisco algo nuevo, trabndose una discusin que ella
intentaba aplacar con graciosos embustes y con caricias y trminos
dulzones. Pero no siempre lo consegua, y el honrado seor lleg a
preocuparse seriamente de aquellos lujos que salan por escotilln, como
las sorpresas de teatros. Ms de una vez se manifest inflexible en la
demanda de explicaciones, preparndose a orlas con un arsenal de
lgica, ante cuyo aparato temblaba la esposa como un criminal ante las
pruebas. Pero ya ella se iba curtiendo poco a poco, o mejor dicho,
blindndose contra aquella fiscalizacin impertinente. Empez por no
tomarla muy a pechos y por no importrsele mucho que el ratoncito Prez
creyera o no lo que ella deca. Ya estaba resuelta a explicar sus
irregularidades con la incontrovertible lgica del _porque s_, cuando
un acontecimiento gravsimo vino a librarla de aquella pena, porque el
aduanero se volvi como tonto y olvid completamente sus papeles. Aquel
trastorno moral y mental de Bringas fue de la manera siguiente:

Una maana baj a la oficina tan tranquilo como de costumbre,
y todava no haba puesto los codos sobre la mesa, cuando uno de sus
compaeros, el Sr. de Vargas, se lleg a l y le dijo al odo: Se ha
sublevado la Marina. Pareciole a Bringas tan absurda la noticia, que se
ech a rer. Pero Vargas insista, daba detalles, recitaba el texto de
los telegramas... D. Francisco estuvo largo rato aturdido, como el que
recibe un canto en la cabeza. Ni aun poda respirar... El otro aadi,
para acabar de desconcertarle, palabras ms lgubres. El diluvio, amigo
Bringas... Ahora s que es de veras. Recobrado un tanto nuestro
economista, fue con su amigo y otros empleados al cuarto del
subintendente (el intendente estaba en San Sebastin), y all vio a
otros individuos de la casa, todos consternadsimos. La cosa es muy
seria... Qu infamia!... La Marina espaola!... Pero cmo? Ya se ve;
en cuanto ha tenido buques... Si parece cuento... Y el Gobierno, qu
har?... Mandar un ejrcito inmediatamente... Pero quia, si es un
torrente... Cdiz sublevada, Sevilla sublevada, toda Andaluca
ardiendo... Pobre _Seora_... Bien se lo decan, y ella sin hacer
caso... Y los generales que estaban en Canarias?... Pues en Cdiz. Y
Prim? Navegando hacia Barcelona... En fin, la de acabose.

Esto ocurra el 19. Bringas subi a su casa ms muerto que vivo. Todo el
da y los siguientes estuvo como lelo; no coma, no dorma, no
haca ms que pedir noticias, abrazar casi llorando a los que las traan
favorables, despedir a cajas destempladas a los que las referan
adversas. El pobre seor, abstrado de todo, se olvid hasta de la
administracin de su casa. Si en aquellos das se viste su mujer de
Emperatriz de Golconda, la mira y se queda tan fresco.

Con la prdida del apetito trastornose su naturaleza. Francamente, haba
motivo para temer en l una perturbacin grave. Andaba con dificultad,
pronunciaba torpemente algunas palabras, y el rgano de la visin haba
vuelto a sus antiguas maas, alterando y coloreando de un modo extrao
los objetos. Qu lstima, estropearse as cuando iba tan bien de la
vista, que determin concluir la obra de pelo, de la cual faltaba muy
poco! Nada, nada--sola decir--, si esta gran infamia prevalece, yo me
muero.

Rosala y Paquito de Ass tambin estaban muy alicados, si bien la
primera tena momentos en que la curiosidad poda ms que la pena.

La revolucin era cosa mala, segn decan todos, pero tambin era lo
desconocido, y lo desconocido atrae las imaginaciones exaltadas, y
seduce a los que se han creado en su vida una situacin irregular.
Vendran otros tiempos, otro modo de ser, algo nuevo, estupendo y que
diera juego. En fin--pensaba ella--, veremos eso.

Pez continuaba yendo a la casa; mas ella le haba tomado tal
aversin, que apenas le diriga la palabra. Con respecto a esto, los
pensamientos de la orgullosa dama eran tantos y tan varios, que no
acertar a reproducirlos. Haca propsito de no volver a pescar alimaas
de tan poca sustancia, y se figuraba estar tendiendo sus redes en mares
anchos y batidos, por cuyas aguas cruzaran gallardos tiburones, pomposos
ballenatos y pejes de verdadero fuste. Su mente soadora la llevaba a
los das del prximo invierno, en los cuales pensaba inaugurar una
campaa social tan entretenida como fructfera. Esquivando el trato de
Peces, Telleras y gente de poco ms o menos, buscara ms slidos y
eficaces apoyos en los Fcares, los Trujillo, los Cimarra y otras
familias de la aristocracia positiva.




XLIX


Era el acabamiento del mundo... D. Francisco oy, gimiendo, que tambin
se pronunciaban Bjar, Santoa, Santander y otras plazas. El seor de
Pez, con una crueldad sin ejemplo, dijo a su amigo que no
pensara en que tal derrumbamiento se poda componer, pues la Reina
estaba perdida y no tena ms remedio que meterse en Francia... Bien
haba dicho l, bien haba anunciado, bien haba pronosticado y
vaticinado lo que estaba pasando!

Cndida, por el contrario, traa buenas noticias... Novaliches sale con
un ejrcito atroz, pero muy atroz... Ver usted cmo los desbarata en un
decir Jess... Cuentan que en algunos pueblos de Andaluca han rechazado
a los rebeldes... Aqu hay mucha gente que quiere alarmar, y pinta las
cosas con colores demasiado vivos. Yo he odo que no es tanto como se
dice.

Bringas le dio un abrazo. Y el titulado Prim dnde est?--pregunt.

--O que le haban dado un tiro... Y si no, se lo darn ms tarde... Yo
sostengo que si la Reina tuviera nimo para venirse ac y presentarse, y
echar una arenga, diciendo: _todos sois mis hijos_, se arreglara esto
fcilmente.

Lo mismo pensaba Bringas; pero l hubiera preferido que resucitara
Narvez, cosa un poco difcil. Oh!, si D. Ramn viviera... Pues como
esto no se resuelva pronto, vamos a tener en Madrid una degollina,
porque como aqu hay poca tropa, los llamados demcratas o demagogos se
echarn a la calle. Tendremos una guillotina en cada plazuela. Cada da
estaba el pobre seor ms enfermo. Se admiraba de la
tranquilidad de sus compaeros, que haban tomado con calma la
catstrofe, y no crean imposible colarse en cualquier otra oficina, si
la revolucin hacia tabla rasa del Patrimonio Real. Y tan indecorosa
hallaba la idea de la defeccin, que aseguraba estar dispuesto a pedir
una limosna por las calles antes que una credencial a los titulados
revolucionarios.

Pero hombre, no te apures--le deca su mujer--. Volvers a los Santos
Lugares.

--Pero t crees, tonta, que van a quedar Lugares Santos? Todos sern
lugares pecadores. Vers la que se arma: guillotinas, sangre, atesmo,
desvergenza, y por fin, vendrn las naciones... no te creas, ya puede
que estn viniendo... en socorro de la Reina; vendrn las naciones y se
repartirn nuestra pobre Espaa.

Casi le da al buen seor un ataque apopltico el da 29 cuando se supo
en Madrid lo de Alcolea. Madrid se pronunciaba tambin. Llev la noticia
Paquito, que haba pasado por la Puerta del Sol y visto mucha gente...
Un general arengaba a la muchedumbre, y otro se quitaba las hombreras
del uniforme. Despus de esto, la gente corra por las calles con ms
seales de jbilo que de pnico. Grupos diversos recorran las calles
dando vivas a la Revolucin, a la Marina, al Ejrcito, y diciendo que
Isabel II no era ya Reina. Algunos llevaban banderas con diferentes
lemas y otros quitaban las reales coronas de las tiendas. Todo
esto lo cont Paquito de Ass a su pap, atenuando lo que le pareca que
haba de serle desagradable. El pobre chico tena que disimular, porque
si bien su entendimiento se amoldaba a las ideas de su padre, era nio y
no poda sustraerse a la fascinacin que la libertad ejerce sobre todo
espritu despierto que empieza a enredar con los juguetes del saber
histrico y social. Contando aquellas cosas en tono de duelo y
consternacin, un gozo extrao, incomprensible, le retozaba por todo el
cuerpo. No acertaba a comprender la causa de ello; pero era sin duda que
su alma no haba podido precaverse contra el alborozo expansivo de la
capital, y lo haba respirado como los pulmones respiran el aire en que
los dems viven.

Ya no hay remedio--dijo Bringas, sacando fuerzas de su extremado
abatimiento--. Ahora preparmonos. Que sea lo que Dios quiera.
Resignacin. Las turbas no tardarn en invadir esta casa para
saquearla... No perdonarn a nadie. Mostrmonos dignos, aceptemos el
martirio....

Se le atravesaba algo en la garganta... Callaron todos, atendiendo a los
ruidos que en los pasillos de la ciudad sonaban y en el patio. Gran
zozobra reinaba en toda la casa. Los vecinos salan a las puertas a
saber noticias y a comunicarse sus impresiones. Bajaban algunos,
ansiosos de saber si ocurran novedades; pero en el patio
haba gran silencio, y aunque las puertas permanecan abiertas, no
entraba bicho viviente. Cuando menos se la esperaba, entr Cndida
turbadsima, diciendo entre ahogados gemidos:

Ya... ya....

--Qu, seora, qu hay?

--El saqueo... Ay D. Francisco de mi alma!... Por la calle de Lepanto
hemos visto bajar las turbas. Pero qu fachas, qu rostros
patibularios, qu barbas sin peinar, qu manos puercas!... Nada, que
ahora nos degellan.

--Pero la guardia de Palacio... los alabarderos...

--Si deben andar sublevados tambin... Todos son unos. El Seor nos
asista!

Hubo un rato de pnico en la casa; mas no fue de larga duracin, porque
los Bringas, saliendo al pasillo, vieron que por all discurran algunos
vecinos de la ciudad, tan sosegados como si nada pasara.

Pero qu hay?.

--Nada: unos cuantos chiquillos que estn alborotando en el portal; pero
no hay cuidado. Del Ayuntamiento han mandado una guardia.

Paquito de Ass baj, contra la opinin de su padre, que tema cualquier
catstrofe inesperada, y a la media hora subi contando lo que ocurra.

Abajo hay una guardia de paisanos.

--Con armas?

--S, de las que cogieron esta tarde en el Parque... Pero es gente
pacfica. Unos llevan sombrero, otros gorra, este montera y aquel boina.
Parece que estn de broma.

--S, para bromitas estamos... Y la tropa?

--Se ha retirado al cuartel.

--De modo, Santo Cristo del Perdn!, que estamos en poder de la
canalla, de los descamisados, de _las llamadas_ masas...

--Han puesto un cartel que dice:_Palacio de la Nacin, custodiado por el
Pueblo._

--S, buena cuenta darn...--dijo Bringas con dolor vivsimo--. No va a
quedar en Palacio ni una hilacha. La suerte es que antes de llegar aqu
tienen mucho en que cebarse, y cuando suban a estos barrios, ya estarn
tan hartos, que...

Continu durante la noche la intranquilidad. Bringas y otros muchos
vecinos no se acostaron o hicieron traer provisiones para muchos das. A
cada instante teman verse acometidos por las turbas. Pero con gran
sorpresa observaron que ningn ruido turbaba la paz augusta del Alczar.
Pareca que la institucin monrquica dorma an en l, tranquila y
sosegada, como en los buenos tiempos.

En la maana del 30, Cndida entr muy sofocada. No saben lo que
pasa?--dijo antes de saludar.

Qu, seora, qu?--preguntaron todos con la mayor ansiedad,
creyendo que algo muy estupendo haba ocurrido.

--Pues que esa pobre gente que custodia a Palacio no ha cenado en toda
la noche. Desde media tarde de ayer estn ah, y nadie se ha acordado de
mandarles algo con que alimentarse. Yo no s en qu piensa la Junta,
porque han de saber que hay una Junta que llaman revolucionaria, ni el
Ayuntamiento. Crea usted que da lstima verlos. Yo baj esta maana y
estuve hablando con ellos. No crea usted, Sr. D. Francisco, unos
pobrecillos, almas de Dios... Como no nos manden ac otros descamisados
que esos, ya podemos echarnos a dormir. Algunos se subieron a las
habitaciones reales, y andaban por all hechos unos bobos, mirando a los
techos. Otros preguntaban por las cocinas. Era un dolor, una cosa
atroz, hijo, verles muertecitos de hambre! Me daba una lstima, que no
puede usted figurarse. Mis vecinas y otras muchas personas del tercero
les han bajado al fin alguna cosilla, y en el portal grande estn
sentados en grupos. Para una tortilla hay treinta bocas; para una
botella de vino cincuenta. En fin, es una risa. Baje usted y ver, ver.
No hay miedo; son unos angelotes. Robar? Ni una hebra. Matar? Si acaso
alguna paloma. Dos o tres de ellos se han entretenido en cazar a
nuestras inocentes vecinas; pero con muy mala fortuna. Los
revolucionarios tienen mala puntera.

--Pobres palomas!... En efecto--dijo Bringas--, yo he sentido tiros
esta maana.

--Pocas han cado. A m me han regalado tres, gordsimas... Le digo a
usted que esos infelices son la mejor gente del mundo.

--A m que no me digan--exclam Bringas amostazado--. Eso no cuela, eso
es patraa. Aqu hay algn intrngulis. Y s es verdad lo que usted
dice, esa no es canalla, lo repito, esa no es canalla; son caballeros...
disfrazados.




L


Cuando las cosas marcharon con regularidad y se asegur en Madrid el
orden, apenas turbado, y la Junta se apoder de Palacio en toda regla,
nombrando quien lo custodiase, y estableciendo en l una guardia del
ejrcito, los habitantes del barrio palatino se tranquilizaron por
completo respecto de su seguridad personal; mas otra especie de
inquietud les embargaba, y era que no tardaran en ser expulsados de lo
que haba venido a ser el _Palacio de la Nacin_. Muchos empezaban a
hacer sus cbalas para quedarse. Otros, como Bringas, queran
manifestar a la revolucin su desprecio, desalojando en seguida la
vivienda que no les perteneca. Tuve ocasin de conocer y apreciar los
sentimientos de cada uno de los habitantes de la ciudad en este
particular, porque mi suerte o mi desgracia quiso que fuese yo el
designado por la Junta para custodiar el coloso y administrar todo lo
que haba pertenecido a la Corona. Desde que me instal en mi oficina,
faltbame tiempo para or a los vecinos angustiados de la ciudad. A
algunos, por razn de su cargo, no haba ms remedio que dejarles, pues
ellos solos conocan ciertos pormenores administrativos que deban
conservarse. En este caso estaban los guarda-muebles y la guarda-ropa.
Otros exponan sutiles razones para no salir, y no falt quien alegase
mritos revolucionarios para ser inquilino de la Nacin, como antes lo
haba sido de la Monarqua. Todos traan cartas de recomendacin de
diferentes personajes cados o por caer, levantados o por levantar,
pidiendo con ellas, o bien alojamiento perpetuo, o bien prrroga para
mudarse. La viuda de Garca Grande trjome una carga tan espantosa de
tarjetas y cartas, que por no leerlas le permit que ocupara su cuarto
todo el tiempo que quisiera.

Yo saba que Bringas deseaba salir inmediatamente. Pero su esposa fue a
verme para suplicarme que les permitiese estar un mes en Palacio,
mientras buscaban casa, a lo que acced de muy buen grado. Hablando
de aquellos extraordinarios y nunca vistos sucesos, djome la
distinguida seora que ella no miraba la revolucin con ojos tan
implacables como su marido; que confiaba en la vuelta de la Reina,
porque los espaoles no se podan pasar sin ella, y que en tanto, haba
que esperar los sucesos para juzgarlos. Vendran seguramente tiempos
distintos, otra manera de ser, otras costumbres; la riqueza se ira de
una parte a otra; habra grandes trastornos, cadas y elevaciones
repentinas, sorpresas, prodigios y ese movimiento desordenado e
irreflexivo de toda sociedad que ha vivido mucho tiempo impaciente de
una trasformacin. Por lo que la Bringas dijo, fuera en estos trminos o
en otros que no recuerdo, vine a comprender que la imaginacin de la
insigne seora se dejaba ilusionar por lo desconocido.

Quise tener con Bringas la consideracin de subir a notificarle
personalmente que poda permanecer en la vivienda todo el tiempo que
quisiera. Pero l, dndome las gracias, asegur que no quera deber
favores a la titulada Nacin y que no vea las santas horas de salir de
all. Pez estaba presente, y hablamos todos de los sucesos de aquellos
das y de la Junta y del Gobierno provisional que se acababa de formar.
A Bringas le sacaba de quicio que Pez no estuviera tan indignado como
deba esperarse de sus antecedentes. Pero este, con reposado
lenguaje y juicioso sentido, se defenda enalteciendo la teora de los
hechos consumados, que son la clave de la Poltica y de la Historia.
Pues qu, vamos a derramar torrentes de sangre?--deca--. Qu ha
pasado? Lo que yo vena diciendo, lo que yo vena profetizando, lo que
yo vena anunciando. Hay que doblar la cabeza ante los hechos, y
esperar, esperar a ver qu dan de s estos seores. Adems, el gran Pez
crea que la Unin liberal en la revolucin era una garanta de que esta
no ira por caminos peligrosos. l esperaba tranquilo y cesante, y haba
dicho a los setembrinos: Ahora veremos qu tal se portan ustedes. Yo
creo que lo harn lo mismo que nosotros, porque el pas no les ha de
ayudar.... Y qu feliz casualidad! Casi todos los individuos que
compusieron la Junta eran amigos suyos. Algunos tenan con l
parentesco, es decir, que eran algo Peces. En el Gobierno Provisional
tampoco le faltaban amistades y parentescos, y a donde quiera que volva
mi amigo sus ojos, vea caras pisciformes. Y antes que casualidad,
llamemos a esto Filosofa de la Historia.

Mis reiteradas instancias no hicieron desistir a Bringas de su propsito
de desalojar la casa. Su seora, que entr en mi despacho a darme
gracias el da mismo de la mudanza, djome que haban tomado una casa
muy modesta, pero que tomaran otra mejor, pues ella no poda vivir
en un tugurio estrecho y ms alto que la torre de Santa Cruz.
Bringas cesante, Paquito cesante! Esta situacin era verdaderamente un
cataclismo econmico-bringustico, y no induca a pensar en grandezas.
Pero de un modo o de otro, la familia tena que hacer esfuerzos para no
desmerecer de su dignidad tradicional y mostrarse siempre en el mismo
pie decoroso. En estas crticas circunstancias--me dijo despus de una
larga conferencia en que me agraci con miradas un tanto flamgeras--,
la suerte de la familia depende de m. Yo la sacar adelante.

Cmo se las compondra para este fin es cosa que no cae dentro de este
relato. Las nuevas trazas de esta seora no estn an en nuestro
tintero. Lo que s puede asegurarse, por referencias bien comprobadas,
es que en lo sucesivo supo la de Bringas triunfar fcilmente y con
cierto donaire de las situaciones penosas que le creaban sus
irregularidades. Es punto incontrovertible que para saldar sus cuentas
con Refugio y quitarse de encima esta repugnante mosca, no tuvo que
afanarse tanto como en ocasiones parecidas, descritas en este libro. Y
es que tales ocasiones, lances, dramas mansos, o como quiera
llamrseles, fueron los ensayos de aquella mudanza moral, y debieron de
cogerla inexperta y como novicia.

Francamente, naturalmente, les vi salir con pena. El da que salieron,
la ciudad alta pareca una plaza amenazada de bombardeo. No
haba en toda ella ms que mudanzas, atropellado movimiento de personas
y un trasiego colosal de muebles y trastos diversos. Por las oscuras
calles no se poda transitar. Gozaba extraordinariamente con aquel
espectculo Alfonsito Bringas, que habra deseado encargarse del
trasporte de todo en carros de su propiedad.

Al ratoncito Prez daba lstima verle. Apoyado en el brazo de su seora,
andaba con lentitud, la vista perturbada, indecisa el habla. Serena y un
tanto majestuosa, Rosala no dijo una palabra en todo el trayecto desde
la casa a la Plaza de Oriente, mas de sus ojos elocuentes se desprenda
una conviccin orgullosa, la conciencia de su papel de piedra angular de
la casa en tan aflictivas circunstancias.

En trminos precisos o esto mismo de sus propios labios ms adelante,
en recatada entrevista. Estbamos en plena poca revolucionaria. Quiso
repetir las pruebas de su ruinosa amistad, ms yo me apresur a ponerles
punto, pues si pareca natural que ella fuese el sostn de la cesante
familia, no me crea yo en el caso de serlo, contra todos los fueros de
la moral y de la economa domstica.


Fin de LA DE BRINGAS

MADRID. Abril-mayo de 1884.





End of the Project Gutenberg EBook of La de Bringas, by Benito Prez Galds

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA DE BRINGAS ***

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Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
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and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
https://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
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The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at https://pglaf.org

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     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


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