The Project Gutenberg EBook of Memorias de un vigilante, by 
Jos S. Alvarez (AKA Fray Mocho)

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org


Title: Memorias de un vigilante

Author: Jos S. Alvarez (AKA Fray Mocho)

Release Date: October 14, 2006 [EBook #19543]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN VIGILANTE ***




Produced by Chuck Greif








MEMORIAS DE UN VIGILANTE

JOSE S. ALVAREZ (FRAY MOCHO)

ADMINISTRACIN GENERAL

Buenos Aires

1920

       *       *       *       *       *

FRAY MOCHO

MEMORIAS DE UN VIGILANTE
I	Dos palabras
II	En los umbrales de la vida
III	El vaivn de mundo
IV	De oruga mariposa
V	De paria a ciudadano
VI	El tufo porteo
VII	Mosaico criollo
VIII	Los bocetos de un miope
IX	Cinematgrafo
X	La linterna de Regnier
XI	Brochazos ministeriales
XII	Entretelones policiales
XIII	Siempre adelante
XIV	MUNDO LUNFARDO
   EN LA PUERTA DE LA CUEVA
   PERSPECTIVAS
   ENTRE LA CUEVA
   ELLAS
   ELLOS
   EL CAMPANA
   EL ARTE ES SUBLIME
   EL CAF DE CASSOULET
   EL BURRO DE CARGA
   LOS QUE CARGAN CON LA FAMA
   EL PANAL EN LA LENGUA
   NO LE SALV SER MINISTRO
   CUPIDO Y CACO
   EL PRIMER CLIENTE
   AL REVUELO
XV	LOS MISTERIOS DE BUENOS AIRES
XVI	EL HOMBRE PROVIDENCIAL
NOTAS

       *       *       *       *       *




FRAY MOCHO


Jos S. Alvarez (Fray Mocho), naci en Gualeguaych, Provincia de Entre
Ros, el 26 de Agosto de 1858. Su temprana aficin a observar los
aspectos ms pintorescos de la vida le encamin por el doble sendero del
periodismo y de la investigacin policial. As, entre cuartilla y
cuartilla, lleg a ocupar el puesto de Comisario de Pesquisas en la
Polica de Buenos Aires, que tanto se adaptaba a las modalidades de su
espritu curioso y novelesco.

En ese carcter public (1887) su famosa _Galera de ladrones de la
capital_, en 2 gruesos volmenes, coleccin de fotografas policiales
comentadas con perspicacia; aunque esa obra tena un carcter puramente
tcnico, Alvarez demostraba en las ms nimias acotaciones esa
extraordinaria agudeza de ingenio que ms tarde floreci en sus
leidsimos cuentos y en su inextinguible pasin de conversar.

En 1899 se asoci con Bartolito Mitre para fundar una revista ilustrada,
que lleg a ser la popularsima _Caras y Caretas_, hoy convertida en
magna empresa que coopera al desenvolvimiento de las artes y las letras.

Su obra propiamente literaria consta de cinco libros, en los que supo
sacar partido de sus cualidades de observador y de su estilo lleno de
gracia picaresca. El "cuento de costumbres" lleg a ser su especialidad,
en lo que tuvo muchos imitadores, sin ser igualado.

Su primer libro, _Memorias de un vigilante_ (1897), vio la luz bajo el
pseudnimo de _Fabio Carrizo_; le siguieron _Viaje al pas de los
matreros_ (1897) y _En el mar austral_ (1898). En el tercer aniversario
de su muerte se reunieron sus cuentos, publicados en la revista _Caras y
Caretas_, bajo el titulo _Cuentos de Fray Mocho_ (1906). Otros no han
sido publicados en libro y aparecern con el ttulo _Salero Criollo_.

Falleci en Buenos Aires, el 23 de Agosto de 1903.




I

DOS PALABRAS


No abrigo la esperanza de que mis recuerdos lleguen a constituir un
libro interesante; los he escrito en mis ratos de ocio y no tengo
pretensiones de filsofo, ni de literato.

No obstante, creo que nadie que me lea perder su tiempo, pues, por lo
menos, se distraer con casos y cosas que quizs habr mirado sin ver y
que yo en el curso de mi vida me vi obligado a observar en razn de mi
temperamento o de mis necesidades.




II

EN LOS UMBRALES DE LA VIDA


Mi nacimiento fue como el de tantos, un acontecimiento natural, de esos
que con abrumadora monotona y constante regularidad se producen
diariamente en los ranchos de nuestras campaas desiertas.

Para mi padre, fui seguramente una boca ms que alimentar, para mi
madre, una preocupacin que se sumaba a las ocho iguales que ya tena, y
para los perros de la casa y para los pajaritos del monte que nos
rodeaba, una promesa segura de cascotazos y mortificaciones que
comenzara a cumplirse dentro de los tres aos de la fecha y durara
hasta que los vientos de la vida me arrebataran, como a todos los
congregados por la casualidad bajo aquel techo hospitalario.

Conclua quizs la primera dcada de mi vida, cuando un buen da lleg a
la casa una tropa de carros, que, desvindose del camino que serpenteaba
entre las cuchillas, all en la linde del monte, vena a campo traviesa
buscando un vado en el arroyo, que disminua en una mitad el trecho a
recorrer para llegar al pueblo ms cercano.

El capataz habl con mi padre; y ste, de repente, me hizo seas de que
me acercara, y dijo:

--Este es el muchacho!... Como obediente y humilde, no tiene
yunta[1]... el otro que poda igualarlo se nos muri la vez pasada!...
Como conocedor del monte y del arroyo, lo ver en el trabajo!

A m me zumbaron los odos, y no pude saber lo que el hombre contest;
sin embargo, me di cuenta, as en general no ms, de que ya no podra
extasiarme a la sombra de los espinillos florecidos viendo cmo las
lagartijas se correteaban sobre la cresta de los hormigueros, haciendo
relampaguear sus armaduras brillantes, ni pasarme las horas muertas,
escuchando el contrapunto de las calandrias y de los zorzales,
estimulados por el lamento de los boyeros parados al borde de sus nidos,
colgados all en la extremidad de los gajos ms altos y flexibles de los
molles[2] y coronillos[3].

Mi padre me sac de mi xtasis con su voz ronca y varonil, esta vez
impregnada de una dulzura desconocida.

--Oiga, hijito!... Vaya, traiga su petisito bayo[4] y ensllelo!...
Va a acompaar a este hombre, que es su patrn!




III

EL VAIVN DEL MUNDO


Las corrientes del mundo me arrebataron y luch con ellas con suerte
varia; ninguna ay! volvi a traerme hasta los montes nativos, y cuando
un da--despus de muchos aos--volv a ellos, ya no guardaban sino
restos miserables, escapados al hacha del montaraz; y del pobre rancho y
de la familia que lo ocup, ni el recuerdo siquiera.

Qu fue de los mos?

Qu fue de las hojas del tala frondoso, en cuyas ramas flexibles mi
madre colgaba la cuna de sus hijos, aquel noque[5] de cuero que la brisa
meca cariosa?

Qu fue de los trinos del boyero y del contrapunto de las calandrias y
de los zorzales?

Slo quedan en mi memoria como un recuerdo!

Sirviendo de gua a las tropas de carretas, picando[6] stas cuando ya
mis msculos lo permitieron, de pen aqu, de vago all, lleg un da
para m dichoso y bendecido--porque es el origen de mi felicidad
actual--en que una leva[7] me tom y puso punto final a mis correras de
vagabundo, perfilando sobre la figura mal pergeada[8] del pobre gaucho
ignorante la simptica silueta del soldado.

Recuerdo, como si fuese ayer, las circunstancias en que fui tomado y voy
a tratar de pintarlas, no con la pretensin de hacer un cuadro sino con
la intencin de presentar una escena de nuestros campos, vulgar y
corriente en tiempos no lejanos, pero hoy ya casi extica, debido a las
exigencias de la vida.




IV

DE ORUGA A MARIPOSA


Tras un galope de algunas leguas--andaba de vago y era joven y
aficionado al baile y las buenas mozas--llegu al viejo rancho
desmantelado y solitario--veterano de cien tormentas--donde se iba a
bailar, cosa que no era muy frecuente entonces, dada la escasez de
poblacin en aquellos parajes.

Al acercarme al palenque, ya pude contar cuntos me haban precedido en
la llegada y hasta saber quines eran: all estaban sus caballos a modo
de tarjeta de visita.

Primero, el petiso de los mandados--maceta[9] y mosqueador[10]--que
buscando verse libre de las sabandijas[11] u obedeciendo a la costumbre
de evitarlas, haba ido retrocediendo hasta apartarse del grupo, y
sembrando el trayecto recorrido con las pilchas[12] del muchacho a cuyo
servicio lo haba condenado la suerte, que nunca le fue propicia; luego
los mancarrones[13] de algunos gauchos pobres y de los viejos vagos del
pago, con sus aperos formados con prendas de procedencia diversa y de
ms diversa fabricacin, con sus riendas peludas y anudadas y con sus
cinchas enflaquecidas de puro dar tientos para remiendos; y, finalmente,
algunos redomones[14] bravos, que al sentirme llegar yerguen las
orejas, relinchan y se agitan, indicndome que ya hay mocetones que me
harn competencia en el corazn de las dueas de esos otros pingos,
cuidados y lustrosos, tusados[15] con coquetera, y cuya crin ha servido
para dibujar ya un arco atrevido, ya una guarda griega caprichosa, y que
lucen bozales tan primorosos y cabestros tan llenos nos de bordados y de
adornos.

Son pingos del andar de gente presumida, y hasta con pespuntes de
elegantes mozas.

Previo el consabido ladrido de los perros--arrancados por mi llegada a
un sueo plcido y tranquilo, el relincho de los redomones del palenque,
los saludos del dueo de la casa y _las vichadas_ de las mozas y
mocetones, que, cortos[16] con los forasteros, se han ocultado en el
rancho, ech pie a tierra y fui a sentarme en el ancho patio recin
barrido y carpido, que a la noche servira de saln de baile, iluminado
por la luna plcida y serena, aquella luna de mi tierra que veo al
travs del tiempo, quizs embellecida por el recuerdo.

Los preparativos para la fiesta estaban en lo mejor.

All atrs del rancho, formado por una pieza grande de
paja--quinchada[17]--haba un remedo de otra, formada por cuatro cueros
de potro y algunas ramas mal atadas, que pomposamente se denominaba con
el simptico nombre de _la cocina_.

A travs del agujero que le serva de puerta, y por entre la nube de
humo que vomitaba, vea, desde donde estaba sentado, un hacinamiento de
cabezas, alumbradas por la llama temblorosa del fogn.

Entre risas ahogadas y cuchicheos, oa el canto montono de la sartn en
la que se frean montones de pasteles dorados, que espolvoreados con
azcar rubia, llevados de a seis u ocho--mximum que poda contener el
nico plato de loza que haba en la casa--con destino al depsito
general, que estaba en la pieza de paja, bajo la custodia de una vieja
vigilante, ta[18] respetada de algunos muchachos greudos y carasucias,
que de vez en cuando se asomaban por ah, espiando el momento de dar un
maln con suerte.

Eran atrados por el olor apetitoso y agradable de los pasteles, que
corra por todo el rancho, y que al penetrar por la nariz pona en juego
las glndulas salivales y haca caer los estmagos en sueos deleitosos
y en xtasis buclicos.

Bajo su influencia, uno llegaba hasta a olvidar que los tales pasteles
estaban guardados en un viejo fuentn de lata, bajo la cama, en compaa
del antiguo cajn de fideos, hoy humilde depsito de tabaco para el uso
de la patrona, y expuestos a las correras irrespetuosas de las pulgas
matreras[19], que pasan su vida viajando de los perros a sus dueos y de
stos a los perros, hasta encontrar algn benvolo forastero que, a
pesar suyo, las lleve por ah a tierras lejanas.

Ya una veintena de mates amargos y sabrosos, o no, que eran cebados por
un muchacho rooso--todo un maestro en el arte--haban pasado a mi
estmago, hacindome olvidar la fatiga y el cansancio, cuando las mozas
y los mozos, que haban andado por ah a salto de mata[20], ya ms
familiarizados con los forasteros, empezaron a dejar sus escondites poco
a poco.

Ellos se acercaban serios y graves, nos daban la mano--a m y a otros
convidados desconocidos que estbamos como en asamblea, con el brazo
rgido como si fueran a pegar una pualada o _a asigurar un udo_,
murmuraban algo que no se entenda y luego se sentaban en rueda, con
toda simetra, tratando, a fuer de bien criados, de colocar los pequeos
bancos de una cuarta de alto y formados por un trozo de madera pulido
por el uso y las asentaderas, y con las cabeceras llenas de pequeos
cortes producidos por el cuchillo al _picar el naco_, de modo a no dar
la espalda a nadie.

Y all se quedaban con las piernas dobladas y el cuerpo encogido en esa
posicin en que se encuentran las momias incsicas en sus urnas de
barro, pintarrajeadas.

Ms all, parados, con los pies cruzados, un pucho coronando la oreja,
medio perdido entre una mecha rebelde que se escapa del sombrero
descolorido y ajado, estn los gauchos pobres y menos considerados, con
sus chirips rayados, sus camisetas de percal y sus rebenques colgados
en el mango del facn, atravesado en la cintura y que asoma por sobre el
culero[21] fogueando por el lazo o por bajo el tirador, cuando ms
sujeto por una yunta de bolivianos[22] falsos.

Ellas, las mozas, venan en grupo, disimulando su turbacin con una
sonrisa y haciendo sonar sus enaguas almidonadas y sus vestidos de
percaltiesos a fuerza de planchado y que cantaban alegremente al rozar
el suelo.

Se sentaban en hilera, graves, por ms que la alegra les rebosaba; se
ponan serias, pero la risa les chacoteaba entre las pestaas largas y
crespas, jugueteaba sobre sus labios y se arremolinaba, all, en las
extremidades de la boca.

Pronto la conversacin se hizo general, la fuente de pasteles se puso al
alcance de las manos y la familiaridad comenz a desarrugar los ceos
adustos y a alejar las desconfianzas.

Ms mozos y ms mozas continuaron llegando, y de recepcin en recepcin
y de pastel en pastel, fuimos alcanzando a la noche, que era la
aspiracin de todos.

Al fin lleg y con ella los guitarreros, que eran tres: un viejo
tuerto--verdadero archivo de cicatrices--y dos parditos, que eran sus
discpulos, los voceros de su fama y futuros herederos de su clientela
en el pago.

Se colocaron los bancos en rueda, destinado el frente que daba al
rancho--sitio de honor--para los guitarreros, para las mams y para los
mosqueteros de ms consideracin; luego seguan las mozas que entraran
en danza y la turbamulta de mirones y de asistentes.

El bastonero[23], que era dueo de casa, se situ en un punto cmodo
para abarcar el conjunto y hacer la designacin de parejas con la mayor
estrictez, y mientras se acordaban las guitarras, empez a estudiar la
concurrencia para--con conocimiento de causa--poder hacer combinaciones
que pudiesen satisfacer las aspiraciones de todos: enamorados-bailantes
y bailantes solamente.

Cmo lata el corazn, en la esperanza de que fuera la moza de su
simpata la que le tocara a uno en aquel reparto de beldades, que
durara lo que durase la pieza!

Conmover al bastonero con una splica? Pero si eso era un sueo
irrealizable!

Un criollo bastonero era inconmovible, y, sobre todo, tena demasiada
admiracin por las elevadas funciones que desempeaba para entrar en
familiaridades con nadie.

Baste decir que ni a sus sobrinos tuteaba en esos momentos, por no
rebajar su autoridad!

Organizadas las parejas, sonaron las guitarras, y se dejaron or los
acordes de una polka en que trinaban las primas[24] y las segundas[25],
y no tanto destinada a ser bailada cuanto a demostrar la habilidad de
los ejecutantes: era como un punto de atencin echado por el viejo
guitarrero.

Los mocetones ms empilchados y ladinos fueron los que debutaron.
Metidos en sus grandes botas de charol, con el taco como aguja y con
todo el frente bordado, daban vueltas pretenciosas de elegantes,
pareciendo muecos movidos por un mismo resorte, tal era la precisin
con que seguan el comps que el _mistro_ marcaba con la cabeza.

El bastonero--para satisfaccin de las mams, que se le dorman[26] a
los pasteles y al mate, agrupadas alrededor de los
guitarreros--circulaba entre las parejas, diciendo cuchufletas[27] y
haciendo con su frase sacramental--que se vea luz, caballeros!--que las
aproximaciones no fueran ms all de lo lcito y honesto.

Concluida la polka, las parejas se deshicieron: las mozas, despus de
sacudirse las polleras para quitarles la tierra, tomaron asiento y
comenzaron a torcer sus pauelos, a _sacarse mentiras_ o a alisarse el
jopo, para dar ocupacin a las manos, que ociosas les incomodaban,
mientras los mozos volvan sonrientes a nuestras filas, de donde el
bastonero los sacaba de uno a uno, para hacerles probar de cierta caa
con cscara de naranja, que tena reservada para los preferidos.

Volvieron a sonar las guitarras, hacindose or un rasgueo, alegre y
armonioso; era un gato que se bailaba solo de puro sentido y bien
tocado.

Dos parejas salieron al medio de la rueda. La segunda, que era puramente
decorativa, pasaba desapercibida: la primera era formada por un mocetn
de color bronceado--vistiendo amplio chirip de grano de oro, cado
hasta el taco de la charolada bota de campana, camiseta de merino negro
tableada, pauelo volador de seda punz, sombrero chambergo de felpa con
un barbijo lleno de borlas que le castigaban la nariz y la barba--y por
una moza, no mal parecida, que luca entre el cabello negro, lustroso,
un ramo de fragantes claveles rojos y que indudablemente era la
consentida del mocetn.

Debut l con un saludo y luego con un zapateado en que luca todas las
gracias de sus pies adiestrados, siguiendo al mismo tiempo el comps,
mientras el guitarrero se desgaitaba, gritando con voz gangosa: "salta
la perdiz madre!" y ella, la consentida, se haca la que hua de los
ataques del animalito que era empecinado y la segua, haciendo resonar
el suelo con el acompasado golpeteo de sus pies.

Iba a terminar la pieza, cuando de all de la ltima fila de mirones y
gauchos pobres sali una voz que dijo _barato!_[28], mientras avanzaba
a reemplazar al mocetn--que pareca ceder su puesto de mala gana--otro,
que era su rival y que, aunque ms despilchado, tena la habilidad de
cantar y no dejaba de ser famoso en el pago.

Su aparicin fue aplaudida, y la muchacha, encendida, se remilg y trat
de lucir toda su gracia al que le daba tal prueba de distincin.

Cuando lleg el momento del canto, modul con voz llena de dulzura,
aunque emitida por la nariz, unas coplas llenas de sentimiento en que
haba una que envolva todo un piropo, que vena como de molde:

      Las muchachas bonitas
    Son perseguidas
    Como la azucarera
    Por las hormigas!

Y remat su canto con un escobilleo que arranc voces de admiracin: los
pies se movan con tal presteza, mientras el tronco permaneca recto,
que era imposible seguirlos con la vista.

La muchacha volvi a su asiento, y el mocetn qued gozando de su
triunfo, orgulloso y satisfecho.

La caa hizo su aparicin, llevando la alegra a todos los corazones, y
los guitarreros, despus de tocar un triste, en que palpitaban todos los
anhelos de un alma enamorada, comenzaron a puntear un pericn con todas
las reglas del arte.

Salieron las parejas al centro, elegidas con cuidado por el bastonero,
entre los mozos y mozas de ms fama.

Hicieron la demanda, algo como la primera figura de la cuadrilla--con
mucho garbo y donaire, rivalizando ellos en gravedad y ellas en
sonrojo--y vino el alegre que permiti a un aficionado, mientras las dos
parejas valsaban, lanzar su nota quejumbrosa:

      Las estrellas en el cielo
    forman corona imperial.
    Mi corazn por el tuyo y el tuyo
    no s por cul!

Y concluyeron su danza con el cielo--pasadas las peripecias de la
cadena--en que los bailarines coronaron su esfuerzo, haciendo
castaetear los dedos al comps de la msica y con gran habilidad,
mientras las guitarras geman con un vals lleno de sentimiento y armona
de esos que, segn la expresin consagrada, levantan de los pelos.

Y tras el pericn vino un triunfo, donde se flore aquel que fue hroe
en el gato y que endilg estas indirectas a su moza:

    Dicen que las heladas
    Secan los yuyos,
    Ans me voy secando
    De amores tuyos!

    Este es el triunfo, madre
       Duea del alma;
    Ms quiero dulce muerte
       Que vida amarga!

    ***

    Ni aunque todos se opongan
       Los doloridos,
    No hay dolor que se iguale
       Al dolor mo!

    Este es el triunfo, madre,
       Dame la muerte,
       Dmela despacito,
       No me atormente!

Y as sigui toda la noche la jarana, mientras la caa circulaba y los
corazones anhelosos se buscaban, tratando de fundir en una sola todas
sus aspiraciones.

Con los primeros rayos de la aurora se pens recin en poner punto final
a la fiesta, y los guitarreros echaron el resto en una hueya[29] de
aquellas donde se oyen quejidos y risas, donde se ven lgrimas y
alegras, verdadero reflejo del carcter de nuestro gaucho.

Las guitarras comenzaron a vibrar, mientras uno de los cantores gema
con voz gutural:

      Por una ausencia larga
    Mand sangrarme,
    Hay ausencias que cuestan
    Gotas de sangre!

    ***

      A la hueva, hueya,
    Hueya sin cesar,
    Abras la tierra
    Vuelvas a cerrar!

Y tras la hueya, la concurrencia comenzaba a despedirse y a dirigirse al
palenque--unos en busca de sus pilchas para dormir por ah, en cualquier
parte, otros para tomar sus caballos y buscar su rancho, solos o
acompaando a alguna de las damas que, llevando en ancas a su mam,
volva al suyo,--cuando de repente un tropel de caballos despert los
ecos del campo dormido, y coreado por ruidos de latas, pasos
precipitados, ladridos de perros y ayes acongojados de las mujeres
asustadas, reson estentrea una voz vinosa que, dominando aquel
desconcierto, nos dej como clavados en el puesto que cada uno ocupaba.

--Alto a la poleca!... No se mueva naides!

Vino el dueo de casa y se acerc al que gritaba, que no era otro que el
sargento de polica que andaba de recorrida:

--Qu busca, mi sargento, por estos pagos? En qu le podemos servir?

--En nada, amigo!... A ver, caballeros, formensn en ese limpio[30]:
vamos a revisar las papeletas[31]!

Cinco de los presentes carecamos de semejante documento y algunos de
ellos, como yo y el que despus fue el cabo Minuto, que muri en los
Corrales[32] en 1880, ni habamos odo hablar jams de tal requisito que
debieran llenar los ciudadanos.

Quin se iba a ocupar en ensearnos las leyes?

Con qu objeto?

Ya se encargar el castigo de probarnos que no era bueno desobedecer
los mandatos del Gobierno!

Excuso decir que hasta sin despedirnos del dueo de casa abandonamos el
viejo rancho bamboleante, rodeados por la partida y montados de dos en
dos en mancarrones inservibles a cuyas piernas hubiese sido una locura
confiarles una esperanza de salvacin.

Los fletes nuestros y nuestras pilchas mejores, seran la presa de los
piquetanos que nos haban cazado como a chorlos![33]

Ah quedaban entre sus garras hambrientas!

Siempre he pensado, despus, que estos procedimientos son el origen de
ese odio ciego, de esa invencible antipata que los soldados de lnea
sienten por las policas rurales, y que los hombres observadores no
alcanzan a explicarse.

Trata uno de cobrarse las prendas tan injusta como infamemente
arrebatadas en un momento de desgracia?

Puede ser...

El hecho es que cada vez que se ve una chaquetilla de infantera puesta
sobre un pantaln particular, un sable golpeando sin gracia las canillas
de un compadrito y un kep[34] con vivos colorados jineteando sobre una
chasca[35] enmaraada y estribando en los cachetes por medio del barbijo
rooso, el alma se subleva: uno recuerda los primeros dolores y las
primeras humillaciones, y, por las dudas, pela[36] el machete para
vengar, si no los agravios de uno, los de aquellos que ms tarde han
recorrido el spero sendero.




V

DE PARIA A CIUDADANO


Fui soldado y me hice hombre.

Con el 64 de lnea, adonde me destinaron por cuatro aos, como infractor
a la ley de enrolamiento, recorr la Repblica entera, y, llevando en mi
kep el nmero famoso, sent abrirse mi espritu a las grandes
aspiraciones de la vida.

All, en las filas, aprend a leer y a escribir, supe lo que era orden y
limpieza, me ensearon a respetar y a exigir que me respetaran, y bajo
el ojo vigilante de los jefes y oficiales se oper la transformacin del
gaucho bravo y montaraz.

Ah!

Qu da, aquel feliz, en que despus de cuatro aos de rudo aprendizaje
tuve en mi brazo la escuadra de cabo 2 de la 4 Compaa!

Era alguien, y esto es mucho para quien no haba sido nada!

Ya no era el paria, el desheredado, el caballo patrio[37] que cualquiera
ensilla y nadie cuida: era el cabo Fabio Carrizo, el principio de aquel
sargento 14, que en 1880 reciba su baja absoluta, despus de diez aos
de servicios prestados dondequiera que hubiese flameado la vieja
bandera, jurada all en la cuesta de una loma en marcha para San Luis.

Aquel batalln fue mi hogar y fue mi escuela!

Hoy, cuando lo veo desfilar por las calles, siempre con el aire marcial
a que obliga la tradicin del nmero, busco en vano el rostro tostado de
aquellos que conmigo tiritaban en los fogones de la frontera, y ya no
estn!

Queda slo del tiempo viejo de las miserias sufridas en silencio, la
gloriosa bandera deshilachada que tantas veces cuid en largas horas de
angustia y cuya vista hace latir todava mi corazn como en aquellas,
dichosas, en que, al regreso de una expedicin arriesgada de la que
muchos de los nuestros no volvan, era sacada para que el capelln
dijera ante ella su misa por el eterno descanso de los que quedaban all
entre las sinuosidades de las sierras, en el triste cementerio aldeano o
bajo el manto eterno de verdura de la pampa desierta y misteriosa!




VI

EL TUFO PORTEO


Se haba extinguido la ltima chispa de aquel incendio que, comenzando
en la Plaza de la Victoria[38] se propag por toda la Repblica y estuvo
a punto de hacer revivir las pocas de barbarie que el tiempo y la
civilizacin haban muerto en nuestra patria, y auras de paz y de
progreso corran desde Jujuy hasta el Estrecho y desde los Andes al
Atlntico.

Cumplido mi servicio, pulido mi espritu hasta donde me haba sido dado
lograrlo y ansiando mezclarme al mundo de Buenos Aires, que herva a mi
alrededor y me atraa como atrae siempre lo desconocido, ped mi baja y
me separ del 6; como quien dice, dej mi casa, y en ella todos los
halagos de mi juventud, todas mis afecciones de la vida.

Con mi baja en el bolsillo y con una carta de recomendacin de mi
coronel, me present al seor don Marcos Paz[39], que era entonces l
Jefe de Polica, en su despacho del Departamento viejo[40], que ocupaba
lo que hoy es la Avenida de Mayo[41], frente a la Plaza de la Victoria.

Cmo palpitaba mi corazn al encontrarme en el vasto saln, cuyas
ventanas se abran hacia la plaza, en el cual yo contemplaba el
hervidero de gentes que me atraa!

Oh!... Cunta ilusin durante las largas horas de espera!

Aquellos hombres que pasaban afanosos, secndose el sudor de sus
frentes, aquellos que con un cigarro en la boca caminaban despreocupados
y tranquilos, yo los conocera en mi hora, yo sabra de las pasiones que
los movan y de las esperanzas que los alentaban.

Y alguna, quizs, de esas preciosas mujeres que como en un relmpago
pasaban en sus coches lujosos, deslumbrando mi vista, estaba destinada a
apartarse conmigo, all, a una casita lejana, en cuyo umbral modesto
iran a morir sin rumores las olas tempestuosas que me azotaran en las
horas de lucha.

Y luego mi vista recorra con asombro los muros del despacho,
empapelados de color granate; los muebles tallados de los cuales no
tena la menor idea, y comparaba aquello--que yo crea la ltima
expresin del lujo--con el destartalamiento de la carpa del coronel que,
a nosotros, nos pareca suntuosa.

Era el punto de comparacin que tenamos para darnos cuenta de la
magnificencia de los palacios encantados que en sus cuentos nos
describa el trompa Gareca, aquel viejo veterano que recibi el Sol del
Ecuador a las rdenes de San Martn, que fue asistente del general
Paunero[42] en la guerra del Paraguay y que hoy duerme el sueo del
olvido en las soledades de Las Manzanas![43]

Cay durante uno de aquellos combates homricos del general Conrado
Villegas[44], con el bravo Namuncur[45], y all se qued... como se han
quedado tantos--modestos y oscuros, de esos que cumplen el deber por el
deber y a quienes los eunucos[46] de la accin y del pensamiento les
llaman soadores porque no pusieron, sobre todo, las exigencias de la
bestia,--sin que la patria les recuerde, por ms que le consagraron lo
nico que posean: la vida!

De repente me sac de mis sueos y contemplaciones la voz del ordenanza,
quien tocndome en el hombro, me deca:

--Ah est el jefe!... aproveche!




VII

MOSAICO CRIOLLO


Avanza hacia m un hombre alto, delgado, de color plido, ceudo, pero
en cuya fisonoma serena se lea algo de bondadoso que atraa:

--Qu se le ofrece, paisano?

Solamente el Himno Nacional tiene notas comparables a las que yo
encontr en esta frase sencilla me pareci ver el sol dentro de aquel
saln oscuro.

--Traigo esta carta para Usa...; es de mi coronel!

Rompi la cubierta, tom la cartulina que contena y luego de
recorrerla, exclam:

--Diez aos de servicio sin un arresto, y dos ascensos por accin de
mrito!... Qu es lo que desea, sargento?

--Querra servir con Usa en la polica!

--Conoce bien la ciudad?

--No, seor.

--Bueno!... Ya se har a la cancha![47]... Vea, no tengo sino puestos
de vigilante; pero aqu, con buena conducta, se asciende pronto.

--Est bien, seor.

Y diez minutos despus reciba mi ropa en la mayora[48], y quedaba como
vigilante en la guardia del Departamento.

El principio de mi carrera fue penoso y mortificante. Careca hasta de
las nociones ms elementales de lo que formaba la vida de la ciudad, y
todo era para m motivo de asombro y de curiosidad.

Las calles, los tramways, los teatros, las tiendas y almacenes lujosos,
las jugueteras, las joyeras, las, iglesias, no era extrao que me
arrastraran hacia ellas con fuerza invencible y que no tuviera ojos ni
odos para observarlas y asombrarme: era que todo me llamaba, todo me
atraa.

No conoca ningn detalle de la vida civilizada, y cada cosa que saltaba
ante mi vista era un motive de sorpresa. No hablo, por cierto, de las
maravillas de la electricidad, de la fotografa, de la imprenta e de la
medicina, que eran cosas abstractas para m en ese tiempo: hablo de los
carros, de los carruajes, de los vendedores ambulantes, del adoquinado,
del agua corriente, que no poda comprender cmo manaba de una pared con
slo dar vuelta a una llave; del gas, que me produca verdadero delirio
cada vez que pensaba en l; de las casas de vistas[49], de las vidrieras
lujosas, del sombrero, de la ropa y hasta del modo de rer y conversar
de las gentes.

Durante un mes mi cerebro trabaj como no haba trabajado durante todos
los das, de mi vida, reunidos, y de noche las paredes desnudas de mi
modesto cuarto de conventillo me vean caer como borracho sobre mi cama,
abrumado bajo el peso de las sensaciones de cada da.

Me acostaba, y la baranda de las calles zumbaba en mis odos, y
desfilaban, en hilera interminable, las figuras heterogneas que en el
da haban pasado ante mi vista.

Vea las mesitas de hierro de los cafs y confiteras de la Recoba[50],
que divida las plazas de la Victoria y 25 de Mayo--que aos ms tarde
demoli el intendente Alvear,--rodeadas por borrachines paquetes[51],
por otros ya transformados en verdaderos descamisados o que estaban por
serlo, por soldados y marineros barajados con clases[52], oficiales y
hasta jefes, y en las calles laterales y en las veredas, hombres
cargados con canastas, que anunciaban en todos los tonos las ms
variadas mercancas, gentes apuradas, que se llevaban por delante unas a
otras; carruajes, carros, tramways, y ms lejos, all abajo, en el
puerto, mquinas de tren que cruzaban, vapores que silbaban, changadores
que corran, carros que andaban entre el agua como en tierra, y
sirviendo de fondo a la escena el ro imponente con su festn de
lavanderas en el primer plano, y en lontananza un bosque impenetrable de
mstiles y chimeneas.

Pero lo que ms me desvelaba eran las ilusiones del odo, aquellas voces
pronunciadas en todos los idiomas del mundo y en todos los tonos y
formas imaginables.

Vea venir a un italiano bajito, flaco, requemado, que, con voz de
tiple[53], aunque doliente como un quejido, exclamaba acompasadamente:
"Pobre doa Luisa", "Pobre doa Luisa", mientras lo que en realidad
haca era ofrecer los fsforos y cigarrillos que llevaba en un cajn
colgado al pescuezo; otro alto, rollizo, con un cuello de media vara, y
llevando canastas repletas de bananas y naranjas, exclamaba en tono
alegre: "arrnqueme esta espina"; mientras un francs que venda
anteojos, cortaplumas y botones, anunciaba con un vozarrn de bajo: "soy
un pillo", coronado por un vendedor de requesones, que clamaba
intermitentemente: "tres colas negras".

Luego, de all, del fondo de la memoria, surga la figura de un
semigaucho, que con reminiscencias de vidalitas, ofreca su mazamorra
batida, y tras l un negro pastelero, que silbaba y muy echado para
atrs, muy ventrudo, llevando en la cabeza un gran cajn de factura,
soplaba como un fuelle: "ta tapao; met la mano".

Mi cabeza era un volcn: todo lo oa, todo lo interpretaba y mi cuerpo
se debilitaba en aquellas horas de agitacin y de fiebre.

Buenos Aires entero, con sus calles y sus plazas y su movimiento de
hormiguero, bulla en mi imaginacin calenturienta!




VIII

LOS BOCETOS DE UN MIOPE


Y considerar que a pesar de haber tanta gente a mi alrededor, de tener
tantos compaeros en mi nuevo puesto, yo estaba solo, solo como si me
hallara en el desierto!

No haba en la multitud un alma que armonizara con la ma, y envidiaba
de corazn a los cabos y sargentos que de nada se asombraban y parecan
saberlo todo, no sabiendo nada en realidad, y a los soldados como yo, a
quienes no les preocupaba lo que ignoraban, sino lo poco que saban y
tenan el coraje de estar alegres y de rer!

Con qu ahinco estudiaba mis obligaciones, y cmo me contraa a mis
deberes, circunscribindolos al lmite ms estrecho que era posible,
tratando de aislarlos del mundo aquel, que me rodeaba y que tema!

Pronto aprend lo poco del oficio que tena que aprender, y libre y
despreocupado pude entregarme a la investigacin paciente y minuciosa de
todo lo que me rodeaba, a la observacin metdica y tranquila de todo lo
que vea y oa, y cunta conquista pude hacer para mi alma anhelosa de
conocer, y sedienta de vivir!

Tengo grabadas en la retina, y para siempre lo estarn tal vez, las
escenas callejeras que ms me impresionaron, los cuadros de la vida que
primero descifraron mis ojos y las primeras letras del abecedario social
que aprend a conocer.

Mi primer servicio en carcter de vigilante fui a prestarlo a los veinte
das de mi ingreso, bajo la direccin del cabo Prez; el teatro elegido
fue el Ministerio del Interior[54], donde se requera, por no s qu
causa, ayuda de la fuerza pblica.

El tal servicio consista en estar parado en la puerta de la sala de
espera... y en nada ms.

Quince das pas desempeando mi comisin con toda conciencia, bajo la
inmediata vigilancia del cabo, que era flamante, lleno de ardimiento, y
crea que las funciones que desempebamos eran de esas que ni los
pueblos ni los gobiernos olvidan, y hacen de los que han tenido la
suerte de ocuparse en ellas una especie de dioses chicos, merecedores,
no ya de estatuas en las plazas pblicas, sino de ser tenidos como
ejemplos en la historia de la humanidad civilizada.

Pobre Prez!

Era espaol, como de treinta aos, y se tena por bello, por valiente y
por muy entendido en achaques de ordenanzas de polica! Casi no haba
buena cualidad atribuida por los hombres de una poca a los que vivieron
en otra, que l, con una modestia verdaderamente infantil, no se las
atribuyera y tratara de convencer, a los pocos con quienes tena
contacto en el mundo, que verdaderamente las posea!

Era generoso, y una vez casi llor porque lo mandaron al Once de
Septiembre y no le dieron dos pesos de los viejos para el tramway; era
suertudo en lides de amor, y la mujer se le escap con un sepulturero de
la Recoleta, que se iba como administrador del Cementerio de
Navarro[55]; era sobrio y por lo general lo arrestaban por ebrio; y era
valiente, y hubo que darlo de baja porque desert una consigna,
perseguido por unos vendedores de diarios, que le quitaron el machete y
el kep.

All, en el Ministerio, se daba un corte brbaro, y an me parece ver
su figurita, que pareca recortada de una caja de fsforos!

Con paso reposado meda, contonendose, el ancho corredor, mientras yo
estaba de faccin en la puerta del saln de espera, casi al lado de la
ventanilla correspondiente a la Mesa de Entradas y Salidas.

Invariablemente llevaba la mano izquierda apoyada en la reluciente
empuadura del machete, la derecha suspendida por el pulgar en la parte
delantera del cinturn, jugando como al descuido con la cadena--virgen
seguramente en poder del cabo--, el kep volteado con aire coqueto sobre
la oreja y echando sombra sobre un ojo de color blanquizco, que pareca
hacerle guios a una nariz arremangada y carnuda, que emerga de entre
unos bigotes semirrubios y enmaraados, que eran el orgullo de su
propietario.

Con esto y con baar su rostro en una sonrisa con pretensiones de
picarescamente bonachona, quedaba perfilado el cabo Prez en toda su
graciosa majestad.

Estas impresiones, que son las primeras que tuve en Buenos Aires, puede
decirse, las tengo presentes, y las siento como si fueran de ayer; veo
an las escenas y las cosas, tal como se presentaron a m, as en
tropel, medio confusas, informes, barajndose de una manera infernal,
figuras, espectculos, dilogos, ruidos y hasta aire de personas
absolutamente desconocidas, que yo encontraba en la calle o vea en las
antesalas del Ministerio en las horas de faccin.

Durante mi corta comisin alcanc a conocer, con slo verlos caminar, a
los vagos que pasan la vida en las antesalas, buscando empleo; a los
imaginativos que se creen en posesin de los puestos que anhelan porque
han llevado al ministro una carta de cualquiera que se les antoja de
valimiento[56], a los pichuleadores[57], a los amigos de confianza de
los escribientes y auxiliares, a los de otros que vuelan ms alto, a los
comisionistas, a los noticieros de los diarios, a las seoras honestas
que buscan pensin y a las ms interesantes aun que gestionan asuntos
por cuenta ajena; fueron las que estudi y observ con ms detenimiento,
porque eran las que abundaban y las que constantemente tena ante los
ojos.

Las conoca por el aire de suficiencia que respiraban, por la majestad,
que como un perfume se exhalaba de sus personas, y por el amaneramiento
de todos sus gestos y ademanes.

No vagaban sin rumbo bajo los largos corredores de la Casa de Gobierno,
buscando aqu y all una oficina desconocida, como cualquiera 19 viuda
que busca pensin, empleo para un jovencito que es una monada, o beca
para una seorita joven pero honrada; no seor, ellas iban seguras a su
objeto, serenas, tranquilas, y no necesitaban indicaciones ni
lazarillos.

No se las vea en las antesalas haciendo esperas, porque conocan las
horas del despacho, y si se adelantaban por un caso fortuito, se
paseaban en los corredores con aires de dueas de casa, o formaban en la
rueda de los ordenanzas y porteros, donde salpicaban los comentarios
banales o los chismes corrientes, con la observacin mordaz o el relato
pimentado, recogido de "los mismos labios de los de la presidencia", "de
los del Congreso" o de cualquier otro foco de fama indiscutible.

Yo, en mi faccin al lado de la Mesa de Entradas y Salidas, que es su
teatro, las vea en toda su magnificencia y gozaba en grande, vindolas
desfilar en su opulenta variedad.

Al principio crea en sus amenazas, en sus cleras, en sus penas y hasta
en sus splicas, pero despus me convenc de la realidad--comedia
pura--y al cabo de dos o tres das oa los dilogos con curiosidad, pero
sin interesarme mayormente ni por el asunto ni por quienes lo trataban.




IX

CINEMATGRAFO


Se acercaba a la ventanilla, tras la cual estaba el empleado encargado
del despacho, una seora seria, pero con una seriedad de esas que llaman
la atencin en dondequiera y a cualquier hora y se sucedan los dilogos
y las escenas.

--Para servir a usted!... El expediente nmero cuatrocientos
veinticinco, letra L, de la serie H?

--Est en Contadura, seora!

--En Contadura?... Pero qu escndalo! Es inaudito! Hace seis meses
que est en la misma oficina! Esa Contadura es una carreta, seor!
Seis meses para una simple toma de razn; usted ve que eso habla muy
poco en favor de la administracin nacional! A Dios gracias tengo buenas
relaciones en la prensa y ya ver usted la mosquita que le har
poner[58] al seor contador... Ya ver usted y se reir!... Y no sabe
cundo vendr el tan clebre expediente?

--No, seora..., no puedo decirle nada al respecto!

La seora se sonre y exclama, por si acaso, como quien tira un anzuelo
por si pica.

--Muchas veces en ustedes pende el despacho!... No me diga usted a m;
conozco muy bien lo que son oficinas!

Y no teniendo respuesta a su jactancia, se retiraba con aire majestuoso
y ceda el puesto a otra dama tambin de fuste[59], aunque bastante
vivaracha y nerviosa.

--El expediente nmero mil cuatro, letra P, sobre embargo de sueldo al
vigilante Zacaras Machete?..., un guardin que no le gusta pagar casa
y que tiene unas costumbres que da vergenza!... Figrese usted que...

--Por orden del seor ministro, seora, esos expedientes dientes estn
reservados... Son tantos, que para firmarlos se necesita un mes
entero...

--Es decir que el pblico es nadie, y que tenemos que aguantar...

--Pero seora, es que...

--No me diga usted, no me diga!... Todo es porque el ministro no se
incomode!... Cuidado, no se vaya a mancar firmando!

--Pero seora, si es que...

--Yo s bien, s, lo que hay en todo esto; lo que se necesita para
mover los asuntos, son recomendaciones, cartitas, empeos[60]... _y
aceite para la mquina!_...[61] Pero, djese usted estar; yo ver al
ministro y le contar lo que pasa! Se ponen ustedes a charlar y a tomar
t, y no llevan los asuntos a la firma! Ya vern ustedes el trote[62]
que les voy a meter!

--Pero seora... mire usted que est faltando[63] en la oficina!

--Ahora mismo voy a ver al ministro, y ya sabr usted si estoy
faltando!

El empleado ve que toda reflexin es intil y se retira de la
ventanilla.

La seora se aleja, vociferando y maldiciendo de los empleados, de su
falta de educacin, de su descortesa con las seoras, y jurando que les
har ajustar las cuentas, aunque tenga que perder un ojo de la cara.

Ya vern con su sobrino, noticiero de un diario de oposicin y mozo que
tiene una pluma que es un serrucho de reputaciones!

Y aparece tras ella otra seora, pero sta no es como las anteriores,
sino humilde, inocente, y en su fisonoma no hay rasgo revelador de las
tempestades que rugen en su alma.

--El expediente sobre concesin de bosques en el Chaco, iniciado por don
Palemn Tagliarin... podra usted informarme?

--Qu nmero tena, seora?

--El nmero no lo s... pero si usted me hiciera el obsequio de buscar
por la letra!...

--Hay una enormidad de expedientes, seora, y me es imposible echarme a
buscar entre ellos el suyo... as... sin dato ninguno!...

--Le agradecera, seor, que me lo buscara: es un favor!... Fue
presentado en noviembre...

El empleado, refunfuando, comienza a remover enormes masas de papel, y
al fin extrae el codiciado expediente.

--Vaya... aqu est! Hay una reposicin de sellos!

--Qu resolucin tiene, seor?

--No puedo decrsela hasta que no me traiga usted tres sellos.

--Pero seor, soy una persona...

--Es intil, seora; yo no quiero que me caiga una multa... Traiga
usted los sellos y sabr la resolucin!

La seora sale y al rato vuelve, habiendo hecho el desembolso necesario
para llenar el deseado requisito.

--Aqu est, seor! Podra decrmela?...

--S, seora. "Previa reposicin de sellos, no ha lugar y archvese."

--Pero seor, qu escandaloso! En qu tierra vivimos? Es posible que
haya gastado tantos pesos para tener semejante resolucin? Esto es una
pillera, un robo, una judera[64]!!

--Seora, yo no tengo la culpa!... Qu le vamos a hacer?

--Ya ver usted lo que le vamos a hacer! Cmplice! Fariseo[65]!
Judas Iscariote! Porque me ve as no crea que soy lo que parezco;
ahora mismo ver al ministro!... No ha lugar y archvese!..., y
entretanto al seor Mengano y al seor Zutano les conceden?... Es
claro, todos son de una camada!... Pero conmigo se han de ver las
caras, no hay cuidado! Yo no tengo pelos en la lengua, y se las he de
cantar!

El empleado se retira con toda cachaza, y va a ocupar su asiento; la
seora sale de la oficina con una rapidez de huracn, gesticulando y
tartamudeando improperios contra el gobierno y los empleados, y,
todava, al toparse conmigo, me da un encontrn, y como un relmpago
alcanza al cabo Prez que, siguiendo sus paseos coquetos e inofensivos,
ignora lo sucedido y le azota con esta frase, cuyo final va a perderse
all en los vericuetos del zagun que da salida a la escalera, frente al
despacho presidencial:

--Ladrones!... Permita Dios que venga el clera y acabe con todos!
Fariseos!... Asesinos!




X

LA LINTERNA DE REGNIER


Fue aqu, en este servicio, donde por primera vez conoc a don Toms
Regnier, mi compaero desde pocos das despus, y mi maestro siempre.
Fue l quien encontrndome perdido en medio de la multitud, sirvi de
gua a mi alma, pudiera decirse infantil; fue mi maestro y fue el foco
de luz que ilumin mi espritu, proveyndome de armas--l que era inerme
para emprender con vigor la pesada lucha por la vida.

Todas las tardes, invariablemente, llegaba a las antesalas un hombre al
parecer convaleciente de larga enfermedad, tal era su extrema palidez y
la debilidad de toda su persona, que era desaliada en grado
superlativo. Vesta de negro, con levita y sombrero de copa, pero todo
en un estado tal de ruindad y falta de higiene, que asombraba cmo las
autoridades permitan la exhibicin de miseria semejante. No obstante,
era correcto: las prendas podan ser como eran, viejas y sucias, pero no
le faltaba ninguna de las correspondientes al rango de su traje, que l
llevaba con toda majestad y respeto, contrastando singularmente con su
miseria y la exigidad de su persona--pues, sobre ser enclenque, era de
una estatura reducida a la expresin ms mnima--la suficiencia, y hasta
dira, la importancia que trasudaba.

Todo en l era altisonante, desde el taco torcido de sus viejos botines
deslustrados--que l al caminar tena la pretensin de hacer sonar con
toda prosopopeya[66] y acompasadamente, pues su andar era cadencioso, y
casi pudiera decirse rtmico--, hasta el lente que colgaba sobre su fina
nariz aguilea, y el cual, no conteniendo sino un vidrio, pues el otro
se haba cado, daba a su fisonoma una expresin grotesca, marcadamente
satrica.

Yo lo vea llegar, avanzando despacio, tranquilo, despreocupado, con su
cuello erguido, la cabeza levantada con cierta insolencia de buen tono y
con su levita que se caa a pedazos, sus pantalones deshilachados y
grasientos y su galera y la corbata y hasta el bastn que llevaba bajo
el brazo, lo mismo, y trataba de averiguar, aunque fuera por deduccin,
el objeto que lo traa diariamente al despacho.

Se sentaba en el rincn ms oscuro del saln de espera durante unos
veinte minutos, permaneca quieto y silencioso y luego se retiraba tal
como haba venido, si por acaso no encontraba al mayordomo Luis Morel,
persona que haca el servicio especial del ministro. Si lo encontraba,
la escena tena una variante, pues el mayordomo lo llevaba al cuarto de
los ordenanzas, le daba una taza de caf con galletita,--que l tomaba
en silencio, y muy despacio--y luego se ausentaba con la misma
prosopopeya, y la misma importancia y el mismo pasito cadencioso y
rtmico con que haba venido.

Los ordenanzas y porteros no lo conocan, y por lo que pude notar lo
miraban con desprecio, llegando uno, que abrigaba rivalidades
mayordomescas, a decirme con socarronera:

--Es un amigo del hombre de confianza del ministro!... Persona muy
bien relacionada, como usted lo ve!

El cabo Prez no se dignaba bajar la vista hasta l, y cuando le
pregunt quin sera el personaje me ech una mirada fulminante con su
ojo blanquizco que brillaba bajo la visera del kep, y me dijo:

--Cree que yo voy a conocer _eso_?... No ve que es un atorrante de
levita?

La respuesta no me satisfizo y me promet interrogar al mayordomo en la
primera oportunidad; pareca ste un buen sujeto, contra la opinin de
los murmuradores que se reunan en el cuarto de los sirvientes y
ordenanzas, y, a pesar de la actividad que yo le vea desplegar y del
aspecto de hombre ocupado, que siempre tena y que sus subordinados
interpretaban como signo visible de servilismo y adulonera, cosa que a
ellos--hombres altivos e independientes,--no les cuadraba.

No tuve necesidad, no obstante, de recurrir a informaciones de nadie;
una tarde, mi hombre se acerc espontneamente y, con acento francs muy
pronunciado, me dijo confidencialmente, y mirndome a medias, pues lo
haca con el nico ojo que cubra su lente y entrecerrando el otro,
mortificado por la luz:

--Diga, vigilante!... No lo ha visto al mayordomo?

--No, seor..., ayer no lo vi tampoco!

--Tampoco, eh?... Pues, entonces estar enfermo!... Y luego de
quedarse un rato pensativo, me dijo con una dulzura infinita:

--Es lstima!... Maana tengo que ir a la Con valecencia...[67]
sabe?... porque me va a dar el ata que, y... Caramba!... el mayordomo
me dijo que me pagara el tramway porque est lejos y no puedo caminar.

--Si quiere... tome!

Y metiendo la mano en el bolsillo saqu cinco pesos de la antigua moneda
y le di.

Me mir como asustado, parpade el ojo que quedaba sin vidrio y me dijo,
como alelado:

--Vaya, gracias... amigo vigilante!... Voy a traerle el vuelto...
porque, como comprender, no tengo cambio y, despus, el enano ese que
me persigue, sabe?, puede ser que sople en su caracol, y entonces,
aunque haya baile me va a comenzar la picazn de la nariz, y no voy a
poder ir al Banco, porque lo cierran de miedo al enjambre de hormigas
que acompaan al maldito enano ese!...

Comprend que el hombre era un enfermo y que la alegra que acababa de
recibir le haba quitado el poco seso que sola tener, y dije para
distraerlo:

--Deje el vuelto no ms, no se preocupe: otro da me lo da.

--Ah!... S!... Bueno!...

Y luego, pasndose la mano por la frente, exclam, como quien vuelve de
un sueo:

--Ve?... Ya se me iba la cabeza!... Amigo, qu cosa!... No puedo
pensar en nada!

Y me cont con toda lentitud y en voz baja, su enfermedad y cmo cada
tantos das tena que ir a recluirse en el Hospicio de Dementes, donde
lo asistan con mucho xito, pues, momento a momento, se iba sintiendo
en salud.

Pobre Regnier!

Quin me hubiera dicho que l, el pobre enfermo que en esos momentos
tena ante mis ojos, y a quien miraba compasivo, llegara en da no
lejano--cuando por segunda vez nos hallramos en la vida--a tener una
influencia tan decisiva en mi destino, como en realidad la tuvo?

Fue l quien me puso en el sendero de la dicha, quien abri mi espritu
a la luz vivificante del saber y quien despert en mi alma los anhelos y
las esperanzas que fortificaron y alentaron mis ambiciones, formndome
con la experiencia de su vida asendereada[68] de bohemio y de vagabundo,
una slida plataforma que me permitiera elevarme sobre el nivel vulgar a
que me condenaban mis condiciones personales y el medio en que me
agitaba.

Qu maestro ms amoroso pude tener?

Con qu pasin de enfermo, con qu persistencia de manitico emprendi
la tarea de ilustrarme y de educarme!

En las horas de descanso del da presente--cuando en el jardn de la
casita en que vivimos lo veo rodeado de mis hijos, que le llaman abuelo,
pulcramente vestido de negro, aunque conservando el mismo paso
cadencioso y rtmico de los primeros das en que le conoc--suelo evocar
los viejos recuerdos, y comparando mi existencia de los das oscuros con
los que despus alcanc, comprendo cunto le debo y cul fue mi suerte
al encontrarlo en el camino de la vida!




XI

BROCHAZOS MINISTERIALES


Dos das despus, al llegar una tarde al Departamento, tras quince das
de faccin en el Ministerio del Interior, se me comunic que deba
presentarme al siguiente en la comisara 2, a cuyo personal quedaba
adscripto.

Adis vida regalona y tranquila!

Salve das oscuros y brumosos!

Esa noche vi pasar ante mis ojos, en sueos, la figura plcida del
ministro del Interior[69], con sus cuidadas patillas canosas, sus
verrugas y lunares, y la eterna sonrisa bondadosa con que acompaaba sus
saludos graves, correctos y parsimoniosos.

Tras l iba tambin la turbamulta de buscadores de empleos, que formaban
su squito ministerial, y que, segn la voz corriente en antesalas,
jams se desengaaba, y raras veces consegua lo que buscaba, pues si
bien el hombre era servicial y generoso, el ministro no tena medios
cmo satisfacer sus exigencias, siempre crecientes.

Pas ante m, siguindolo, el viejo sargento del tiempo de Rosas, que se
sentaba en la cuarta silla de la izquierda; el seor calvo que se reuna
en uno casi invisible, con que quera taparse la oreja, los pocos
mechones dispersos que posea; el caballero cordobs que promiscuaba
entre esta antesala y la de los dems ministros, y cerrando la marcha de
la larga fila interminable, los habituales del despacho, los amigos de
confianza: un seor, que ms tarde he visto de comerciante de fuste,
otro medio francs, que era periodista, y que despus he encontrado de
librero; un periodista fogoso, que luego ha sido orador poltico e
historiador de vuelo, y un coronel, que--segn la voz corriente
circulada por El Cascabel, que redactaba esa plyade de inteligencias
vigorosas, que despus ha tenido tanta actuacin en nuestra
patria--"comand con gran denuedo los lanceros de la Muerte, que se
murieron de miedo".

Y ms lejos, atrs de todos, el mayordomo Luis Morel, siempre apurado,
perseguido por el ordenanza, su rival, que iba lanzando pullas agudas
contra el ministro, y analizando su costumbre de tener cigarrillos para
su uso y otros para convidar, y de alumbrarse con vela durante el da,
teniendo el despacho casi a oscuras!

Este rival del mayordomo era el propagandista ms asidao de las
versiones contra el ministro, y tengo la seguridad de que la mayor parte
de los cuentos que circulaban en la Casa de Gobierno, como una
cosquilla, eran hijos de su labio maldiciente.

Una vez lo vi rodeado de todos los ordenanzas del Congreso, que andaban
en no s qu gestin ministerial, y se entretenan en contar el modo de
ser y de vivir de cada congresal, en aquilatar sus mritos como oradores
y sus probabilidades de reeleccin, en criticar su vestuario y hasta en
vituperar su procedimiento dentro de la Cmara.

--se es bueno, dijo uno, refirindose al seor Jos Fernndez,
caudillo de la Boca del Riachuelo; cuando puede, sirve: es medio
camandulero[70] cuando no puede, pero tiene alma!

--Hombre--interrumpi el rival del mayordomo--, decile que aprenda de mi
ministro, que sirve con palabras desledas en sonrisitas. Mir. Aqu
vers siempre las antesalas llenas de la misma gente: son personas que
esperan durante meses un man que nunca llega, y... siempre estn
contentas!

--No digs!

--No digs?... Pero si es sabido! Y el proceder es sencillo! Cuando
hay una vacante de administrador de Correos en algn pueblito de la
frontera o de Jujuy, de esos que ganan diez pesos, sabs?..., la
guarda, y empieza a hacer entrar a los penitentes.

--Claro!... Y los pobres no agarran!

--Qu van a agarrar!... Y ah empieza l con sus sonrisas y sus
disculpas: "No hay ms; por esto ver que no lo olvido; otra vez
ser"... Y los hombres se retiran satisfechos, y... como vinieron!




XII

ENTRETELONES POLICIALES


Una maana en que haba llegado a la comisara, y me dispona a salir
con el tercio[71] en que formaba, para ir a hacer mi montono servicio
de bocacalle, all frente al almacn de doa Petrona, en la esquina de
Lujn 25 y Defensa--donde puede decirse que no tena ms misin que
proteger los intereses de los comerciantes ambulantes contra las
travesuras de los estudiantes de medicina y de derecho que, avecindados
en aquel barrio, lo constituan casi en una mitad--o que el oficial
escribiente gritaba en medio del patio desmantelado, donde los ebrios
recogidos en la noche anterior comenzaban a desperezarse, acostados en
los rincones, teniendo por almohada las baldosas:

Agente Carrizo!..., vaya al despacho del comisario!

Es preciso haber sido vigilante para conocer todo el efecto que puede
tener frase semejante! El comisario!

Qu lejos se ve su figura, y qu grande, desde el modesto punto de mira
que tienen los agentes!

All, en aquella mano, estn todas las recompensas y estn todos los
castigos; ella tiene la suerte de cada uno, casi como la de Dios; ella
puede dar y puede quitar; puede condenar a una eternidad de
padecimientos lentos, y puede llevarlo a uno hasta la cumbre en un
instante: es la omnipotencia.

Ser llamado por el comisario a su despacho es algo que un agente lo
recordar toda su vida: podr olvidar a la madre, a los hijos, a la
mujer, pero jams olvidar el da y hora en que compareci ante la vista
del dispensador de todos los bienes o del causante de todas las
desgracias.

Aquel minuto que uno tarda en atravesar el patio, equivale a una hora de
emociones.

Ser la suerte que se acerca a m?

Ser el ala negra de la desgracia que bate el aire a mi alrededor y va
a proyectar su sombra sobre mi frente?

Qu habr?

Desfilan ante la vista nublada las copas tomadas a escondidas en la
trastienda de los almacenes de la manzana; las graciosas sirvientas con
quienes uno se saluda ms o menos cariosamente en las horas de faccin;
los cigarrillos fumados clandestinamente en el zagun de las grandes
casas, durante la recorrida, y todos estos recuerdos se alzan pavorosos
y cada uno es un fantasma que aterroriza.

--A la orden, seor comisario!

Y el comisario--un viejo criollo, de cara bonachona y sonriente--alz la
vista, me mir, y dijo: "Esper", mientras conclua la tarea de poner el
sobre escrito a una carta.

--Decime, che!... Has sido sargento del sexto?

--S, seor!

--Con razn te piden de la quinta!... Claro! Se llevan los mejores
agentes y lo dejan a uno aqu con puros gallegos!... Mir!... Te vas a
quedar conmigo; te voy a ensear para pesquisa!

--Est bien, seor!

--El comisario de la quinta te ha pedido al jefe, pero voy a contestar
que pides seguir el servicio aqu.

--Est bien, seor!

--Sos casado?

--No, seor!

--Bueno!... Llev tus pilchas a casa y decile al sargento Gmez que te
acomode con l!

--Est bien, seor!

Di media vuelta y sal como con alas en los talones. Ir a servir con el
sargento Gmez, el agente mejor reputado en la comisara, el crdito de
la seccin, era para m la gloria.

Pedir ms, la verdad, hubiera sido tentar la suerte!




XIII

SIEMPRE ADELANTE


El sargento Servando Gmez, era oriundo de Corrientes, y como soldado
del 3 de lnea, haba hecho las campaas del Paraguay y del interior, a
las rdenes del general Arredondo. Era, pues, un veterano como yo.

Su aprendizaje haba sido rudo y tremendo; por eso en sus consejos nunca
se olvidaba de incluirme este: "Mir, si quers pasar de sargento,
aprend la pluma; sin esto--y mova la mano en el aire como quien
escribe--es al udo[72] forcejear."

No era un hombre ilustrado ni mucho menos, pero era ms educado, en la
verdadera acepcin del concepto, que muchos que he conocido ocupando
posiciones ms elevadas.

Sus labios nunca se abrieron para una falsedad, ni para cometer una
injusticia, y en la comisara era como el Evangelio una afirmacin que
se le oyera, llegndose a decir que era hasta capaz de declarar en
contra suya si a mano vena.

Serio, grave, pocos haban visto una sonrisa en su cara angulosa,
cubierta por una tez apergaminada y morena, casi negra; no obstante, era
decidor y alegre en las horas de ocio, y ms de una de sus aventuras,
casi novelescas, entretuvieron largas horas de espera en las correras
que juntos tenamos que emprender todas las noches, ya siguiendo la
pista de algn pcaro que andaba estudiando la seccin, o ya buscando la
de algn asesino que, despus de cometer una fechora, se nos haba
escapado de entre las manos.

Y cmo admiraba yo la sagacidad, la viveza, el fino tacto y la
discrecin del viejo sargento!

Cada una de sus pesquisas, a que l llamaba modestamente "trabajos", era
una filigrana y daban tentaciones de creer que tuviera pacto con el
diablo, a cualquiera que, estando en el secreto del asunto, siguiera con
atencin sus procedimientos de investigacin.

--Y quin le ense a trabajar, mi sargento? Porque usted no habr
aprendido solo, supongo?

--No!... Qu esperanza!... A m me trajeron expresamente un maestro
de Inglaterra, uno de esos tigres que conocen por la cabeza a los
ladrones y a los asesinos!... Mis maestros, amigo, son los que deben
tener ustedes..., si quieren servir para algo: los ojos, los odos y las
piernas!

--No digo que no haya, pero yo no los he visto! Vez pasada, hace como
diez aos, trajeron uno, y se lo dieron al comisario Wright!... Qu
hombre del diablo! No saba nada y pareca que se iba a comer el mundo!
Una noche lo hicieron examinar en la comisara a un coronel que estaba
de visita, y que se haba disfrazado de gaucho, y despus de darle mil
vueltas y de hacerle sacar la lengua y blanquear los ojos, dijo que era
ladrn, asesino e incendiario.

--Y sera no ms, pues! Hay tantos diablos que parecen santos!

--Ave Mara Pursima!... Si se trata de un coronel de lo mejor!... 
Lo que haba es que, como despus se supo, el sujeto era un peine de
esos que no dejan ni caspa, y que era verdad que haba servido en las
policas de Europa..., pero de farolero!

Mi aprendizaje con el sargento Gmez lo hice pronto, y sus observaciones
y los cuentos que me contaba son la materia principal de los pocos
captulos que voy a consagrar a la gente maleante con que tenamos que
bregar y a la cual recin ms adelante conoc, cuando, colocado ya en
altura mayor que la de simple agente de pesquisas, me fue dado penetrar
en las profundidades de nuestro organismo social, estudiando casos
particulares.




MUNDO LUNFARDO




XIV

EN LA PUERTA DE LA CUEVA


Penetrar en la vida de un pcaro, aqu en Buenos Aires, o, mejor dicho,
en lo que en lenguaje de ladrones y gente maleante se llama _mundo
lunfardo_, es tan difcil como escribir en el aire.

Aqu se vive a ciegas, con respecto a todo aquello que pueda servir para
dar luz sobre un hombre: la polica, para desempear su misin, tiene
que hacer prodigios, y parece imposible que obtenga los resultados que
obtiene, dada la clase de gente en que las circunstancias la obligan a
reclutar su personal subalterno y el medio en que acta.

Las policas de Londres, Pars y Nueva York, dotadas de mil recursos
preciosos, no tiene nada de extrao que puedan encontrar un delincuente
dos horas despus de haber cometido el delito: lo admirable sera que
pudiesen hacerlo aqu.

Quisiera ver a esos graves _policemen_ de que nos hablan los libros, en
este escenario, en que no existen registros de vecindad, en que se
ignora el movimiento de la poblacin, en que la entrada y salida de
extranjeros es un secreto para las autoridades, en que uno puede ser
casado diez veces, tener quince domicilios, mil nombres distintos y
quinientas profesiones diferentes, y todo en la mayor reserva, no digo
para la autoridad, sino para los hijos, la esposa, los hermanos y hasta
los vecinos, por ms curiosos que sean.

Aqu nos hemos ocupado del adoquinado y rectificacin de calles, de
formacin de paseos, de obras de higiene convencional y de todo aquello
que luce a primera vista; pero respecto a organizacin social, a medios
de conocernos y controlar nuestros actos todos los convecinos, vivimos
como en tiempo del coloniaje.

Por qu no se ha establecido el registro de vecindad y todos sus
derivados?

Que lo diga la Municipalidad, que tiene encarpetadas las notas en que
se lo han pedido todos los jefes de polica habidos hasta hoy!

Vivindose como se vive aqu, un pillo anda a sus anchas, hasta que un
mal paso, demasiado claro, lo pone bajo los ojos de la polica, que es
andariega y husmeadora, y que si no lo fuera--de lo cual Dios nos libre
y nos guarde--no faltara quien le robara a uno hasta los pelos de la
nariz sin que sintiese cundo se los arrancaban.

Y caer bajo los ojos de un empleado de polica es lo mismo que caer bajo
los de toda la reparticin, pues unos a los otros se van enseando el
mal hombre--cuya filiacin, nombre y costumbres, si no se inscriben en
un registro, quedan sin embargo grabadas en la memoria de quienes no lo
olvidarn jams y sern capaces de encontrarlo ms tarde, aunque se
transforme en pulga.

Los _lunfardos_ dicen, con ese motivo, cuando dan con algn agente que
an tiene paciencia para orles sus disculpas y lamentos:

--Vea, seor!... Ms vale ser caballo de tramway que pillo conocido!




PERSPECTIVAS


Seguir a un pcaro en nuestras calles, tan llenas de movimiento, es un
trabajo que no valora sino el que lo realiza.

Como l siempre est sobreaviso y teme que lo _embroquen_--conozcan,
observen,--camina una cuadra y la desanda para ver si alguien lo sigue,
da quinientas vueltas antes de llegar a un punto deseado, penetra a las
casas a preguntar por don Fulano o don Zutano--un nombre supuesto--para
_darle el esquinazo_--lo que equivale a despistar--a algn empleado
que pasa y lo conoce.

Cuando van dos colegas juntos, nunca caminan a la par. Uno va delante y
el otro un poco atrs, y si son tomados afectan no conocerse.

Un da iban dos pillos de estos por una calle: el sargento Gmez conoca
a uno y no al otro, y, como a pesar de su seriedad guaran, era chacotn
y alegre, ataj al que no conoca y le dijo:

--En qu trabaja usted?

--Soy marmolero, seor!

El otro pcaro, viendo que no lo conocan, se par a ver en qu conclua
el asunto.

--Marmolero... bueno! Conoce a Fulano?

--No, seor!

--Bueno... Fulano es un raspa[73] de la peor clase... es ese que est
ah... conzcalo!

Aqu el pillo se sonre y dice con sorna

--Me ha _cachado_, seor!... es decir, me ha embromado!...

--Vaya, hombre!... Y ste quin es?

--Ya nos _embroc_, y le voy a decir: este es Zutano!




ENTRE LA CUEVA


Buenos Aires encierra dos clases de pcaros: los naturales y los
extranjeros.

Los primeros son pocos, relativamente, y menos peligrosos que los
segundos, pues que, desde los primeros pasos, la polica los conoce y
les corta las alas, ya no dejndolos al aire sino mientras llevan una
vida honrada, que para ellos es la miseria, el hambre, la falta de
queridas y de goces, u obligndoles a emigrar.

Montevideo, el Brasil, Europa, Mjico y la Amrica del Norte son su
salvacin.

El ladrn argentino es, por lo general, astuto, audaz y emprendedor all
donde no le conocen; sus uas le dan rditos fabulosos.

De tiempo en tiempo se le ve regresar lleno de dinero, bien vestido, y
afectando maneras superiores a la clase en que naci; busca a quienes lo
recuerdan en la polica y les dice con toda franqueza:

--Vengo por una temporada a visitar a la familia! Le prometo que no
har ningn dao!... Ya me he retirado de la _vida_!... No me persiga
y ocpeme en cualquier averiguacin!

Y despus se le encuentra en las casas de juego o de prostitucin,
derrochando afanosamente el producto de sus _trabajos_ en el extranjero.

Cuando se ha agotado el bolsillo, se le ve desaparecer como lleg: sin
que nadie lo sienta.

Otros hay que, despus de llevar una vida de continuo sobresalto, pues
un paso en la calle es para ellos una semana de arresto, se encierran en
sus guaridas, se aslan de sus compaeros y, pasada una temporada, salen
transformados, pidiendo a la polica que no los persiga y declarando que
van a trabajar.

Parapetados detrs de un oficio o empleo cualquiera, se dedican al
juego, haciendo de l un instrumento de robo como cualquier otro.

Viven de los _otarios_, como llaman a las vctimas que caen entre sus
garras, ya por su esfuerzo o por el de los _changadores_ del oficio--el
gremio auxiliar ms importante--que se las venden por un tanto de lo que
produzcan.

Cuando un mocetn empieza a andar en malos tratos, ya los del oficio, al
hablar de l, dicen: "jams ser nada" o "es un muchacho de esperanzas y
que ir lejos", segn sea que tal pjaro haya salido bien o mal en sus
primeros revuelos. En el primer caso, no encuentra protectores y tiene
que hacerse carne de can, soldado de la gran falange, brazo ejecutor y
por lo tanto frecuentador de calabozos y abonado a la _tumba_ del
Departamento Central.[74]

Estos desgraciados, cuyas entradas a la polica alcanzan a veces a
centenares, son los que el vulgo toma por los ms temibles, ignorando
que ellos son piezas insignificantes en una partida en que los jugadores
permanecen en la sombra. El ladrn hbil es aquel que sabe permanecer
ms desconocido; el que ascendiendo en el gremio presta dinero para los
gastos preparatorios de un robo tal como un comerciante lo dara para
una operacin honesta; el que dirige empresas; el que estudia un golpe y
lo combina y luego lo vende para que otro lo realice; en fin, el que
pesca... sin mojarse las manos.

En el segundo caso, asciende en la consideracin del gremio y su tarea
se facilita con ventaja personal: se hace _changador de otarios_, es
decir, buscador de vctimas, empresario, director, prestamista,
consejero e intermediario entre los capitalistas y grandes dignatarios
de la orden y los pobres ejecutores que pagarn con el martirio de su
cuerpo cualquier contrariedad de la suerte.

El pillo criollo, en sus comienzos, se revela con facilidad al ojo menos
observador.

Le cuesta deshacerse de la cscara del compadrito, origen comn de todos
ellos, que son generalmente muchachos de la ltima clase, vendedores de
diarios ascendidos a carreros o sirvientes, y cuya educacin e
ilustracin son casi nulas.

Sin embargo, ellos aprenden a leer y escribir en los meses de reclusin,
y luego la emprenden con los libros de leyes, medicina y cualquier otra
ciencia til para su arte de vivir de gorra[75].

He visto un ladrn que a fuerza de leer se ha hecho un leguleyo[76];
tiene toda la exterioridad de un hombre de educacin esmerada, se
expresa correctamente y no deja traslucir en su trato que, diez aos
atrs, era un compadrito que escupa por el colmillo y se quebraba[77]
hasta barrer el suelo con la oreja.

El pillo extranjero es el ms abundante.

ste ya viene aleccionado, por lo general, y no deja que se deduzcan
reglas para conocerlo.

Viste como un caballero, como un compadre o como un artesano, de esos
que recorren nuestras calles en las faenas de su oficio: adopta la forma
necesaria para cada una de sus empresas oscuras y malignas.

Se cambia de nombre cada vez que cae preso, y es obra de romanos
identificar su personalidad en cada caso, pues recurre a cuanta artimaa
puede sugerirle su imaginacin a fin de ocultar su pasado, teniendo como
recurso invencible su poco conocimiento del idioma.

Para probarle un hecho no hay ms remedio que tomarlo con la masa en la
mano; con l no valen nada la deduccin ni la induccin, y se le queman
los libros al ms listo.

Sin embargo, no es largo su jolgorio.

Despus de un perodo de tres o cuatro meses de hazaas--si no ha
logrado salir de su msera posicin de instrumento--la polica, que no
le pierde ojo, lo pilla en un renuncio[78] y tiene que confesar su vida
y milagros, quedando en la categora de criollo.

Se le acabaron sus privilegios de extranjero!




ELLAS


El complemento del pillo es la mujer.

Cmo saben educarla para el fin que la necesitan, con qu egosmo
judaico explotan los tesoros de su cario inagotable, cmo la
sugestionan y la envilecen, hacindole perder, o ya el miedo para
acompaarlos en sus empresas tortuosas sino la nocin elemental del bien
y del mal, llegando ellas, en su obsesin por el hombre que las
martiriza y las deprime, hasta a creerlo un dechado de virtudes, un
ejemplo de honorabilidad, una vctima desgraciada de las injusticias
sociales!

Cuntos poemas de ternura y de amor tienen por teatro diariamente los
calabozos!

He visto madres que no slo abandonan las comodidades que un hijo
honorable puede proporcionarles, sino que hasta cubren de vergenza su
nombre por disimular las bajezas de uno de estos canallas que ha rodado
al abismo y que les paga sus sacrificios imponindoles cada da otros
mayores!

He visto mujeres hambrientas, casi desnudas, vender, no ya su cuerpo si
algo valiera, sino lo ms indispensable para su subsistencia, a fin de
llevar cigarrillos o bebidas a sus maridos que, cuando estn fuera de la
crcel, dilapidan con otras de mala vida el dinero que pueden atrapar, y
a ellas les compensan su abnegacin con caricias que dejan sobre sus
cuerpos indelebles cicatrices que no se borran jams.

Son las madres, son las mujeres, son esas pobres mrtires que arrastran
su cruz a travs del mundo--_las minas_, como ellos les llaman--las que
les sirven de escudo contra los golpes de la suerte!

Pueden abandonarlos sus amigos, sus cmplices, los empresarios, por
cuenta de quienes emprendieron _un trabajo_, pero ellas no les faltarn
y, sacando fuerza de flaqueza, removern con sus dbiles brazos el mundo
entero a fin de hacerles ms llevadera su desgracia.

Ellas, las mrtires de los das de luz, sern el rayo de sol de los das
de sombra.

Luego, tras de la fila de mrtires, de las que son escudo simplemente,
viene la interminable de las que no son slo escudo, sino tambin garra.
Son stas las que forman la temible falange de espas, de correos, de
negociadoras de los robos, de ocultadoras y, luego, en los das negros,
las que servirn de agentes para corromper a la justicia, usando el
dinero, si el hombre que necesitan es afecto a l; halagando su lujuria,
su gula o cualquiera de los pecados capitales que prime en su espritu;
amenazando su tranquilidad si es un timorato, o insinundose
prfidamente en su corazn, si es un alma fuerte y vigorosa!

Ellas podrn no saber leer ni escribir, podrn ignorar las sutilezas
del espritu y aun hasta la existencia de la palabra psicologa, pero
nadie las sobrepasar en el arte difcil de conocer una flaqueza humana
y de saber aprovechar y explotar su conocimiento!




ELLOS


Entre reos _lunfardos_ hay cinco grandes familias: los _punguistas_, o
limpiabolsillos; los _escruchantes_, o abridores de puertas; los que dan
_la caramayol_[79] o _la biaba_[80], o sea los asaltantes; los que
_cuentan el cuento_, o hacen el _scruscho_, vulgarmente llamados
estafadores, y, finalmente, los que renen en su honorable persona las
habilidades de cada especie: estos estuches son conocidos por de _las
cuatro armas_.

Ms vale toparse con el diablo que con uno de estos prncipes de la ua,
de los cuales Buenos Aires cuenta ms de un ejemplar.

Ellos son, generalmente, los que educan y forman _los muchachos_,
esmerndose en aquellos que revelan mejores facultades: son los que
dirigen los _golpes_ de importancia; los que _dan el cebo_, o sea el
dinero necesario para realizar el robo, que hasta para eso se precisa
plata, dada la situacin a que ha llegado el mundo; en fin, son los
grandes dignatarios de su orden.

Cada especie tiene su fisonoma especial, sus costumbres propias y su
manera de ejecutar un _trabajo_, por ms que todas tengan siempre un
punto de contacto, menos el punguista, que es siempre el empresario de
s mismo.




EL CAMPANA


El punto de contacto es _el campana_, es decir, el que busca la casa o
el hombre fcil de robar, el que estudia el medio de efectuarlo, el que
est en relaciones con los que cambian lo robado por dinero: la
providencia en forma de hombre.

Bien considerado, estos _campanas_ son los verdaderos ladrones; los que
efectan el robo son solamente sus instrumentos.

Jams se comprometen en nada, y es difcil que la polica los descubra.
Adoptan todo el aire de gentes honradas, trabajan, tienen oficio,
profesin o industria conocida: son sirvientes, mozos de hotel,
changadores, comerciantes, rentistas y hasta pueden inspirar confianza y
ser honorables, mientras no haya posibilidad de tirar la piedra y
esconder la mano.

Cuntas veces estn protestando honradez y tienen entre los dedos el
pedazo de masilla o cera con que al menor descuido, moldearn una llave!

Cuntas veces estn jurando adhesin a sus patrones y ya tienen oculto
dentro de un mueble al amigo que va a dar el golpe! Y luego son los ms
empeosos en llamar a la polica y darle cuenta del hecho, suministran
datos y noticias, sospechan que al ladrn lo han visto rondando la casa
y que es de este porte y del otro!

Cuntos de ellos han acompaado en sus investigaciones a un comisario y
lo han extraviado con sus mentiras, y cuntos tambin han sido
imprudentes y han ido a pagarlo en la Penitenciara!

El _campana_ presta servicios a los ladrones, pero que digan stos lo
que les cuesta: siempre se lleva l lo mejor del toco, o sea del monto
de lo atrapado!

Sus comisiones son algo de fabuloso!

Sin embargo, el negocio tiene sus contras. Veces hay que ha hecho
efectuar un robo valioso, y cuando va a retirar su parte se encuentra
con una pualada o con que, sencillamente, le dicen que no sea zonzo, y
se le alzan con el santo y la limosna, accin que se llama _dar el
rostro_.

Al campana robado le queda an como arma la delacin y la usa como
venganza; si los ladrones son tomados, stos no dejan de envolverlo en
sus declaraciones, y se hunde con ellos, y si no lo son, se ve libre y
queda aguardando una oportunidad de hacerles caer en las garras del
gallo policial: este es el origen verdadero de ms de una pesquisa
curiosa que ha servido para bombo a algn intil.

Venganzas _de campana_, o como quien dice, pualadas por la espalda!

Y los ladrones saben lo que vale un buen _campana_. Una vez me dijo uno,
habindole yo preguntado que "a qu se dedicaba por ahora".

--Vea, seor, tengo un _campana_ que ni de oro..., y trabajo de
catlico!

--De catlico?

--S, seor...; es decir, ando con el asunto de las limosnas para el
hospital..., y al que me cree lo ensarto!




EL ARTE ES SUBLIME


El punguista--como en lenguaje de ladrones se llaman los pick-pockets, o
sea, hablando en espaol, los limpiadores de bolsillos--es el ms
artista de todos los ladrones, y mira con cierto desdn a sus
congneres, a los cuales desprecia soberanamente..., tanto como puede
despreciarlos un hombre honrado.

Para l, robar un reloj, una cartera, un rollo de dinero o cualquier
otra cosa de valor que una persona pueda llevar sobre s, no es un
delito, sino un trabajo de arte, una hazaa.

Es por eso que se le ve tan tranquilo, tan seguro de s mismo, meterle a
cualquiera la mano en el bolsillo y sustraerle lo que guarda: su nico
dolor es ser sentido por su vctima, o tomado _infraganti_ por la
polica a causa de su poca habilidad.

Esto lo desespera, pues le desbarranca su fama, ataca su crdito.

La gloria de un punguista es serlo y que nadie pueda probrselo: su
orgullo es poder decir en la polica:

--Busque, seor, en los libros!... Yo no tengo ninguna condena!
Gracias a Dios, no soy ladrn!

Y luego, su frase la repite con aire modesto a cuanto individuo
investido de autoridad encuentra a mano, pegndole a modo de
coeficiente: "as le dije el otro da al seor don Fulano".

Tiene por teatro la calle y los parajes donde ocasional o habitualmente
hay aglomeracin de gente.

Con frecuencia se le oye decir: yo trabajo en el Banco tal, en la
estacin cual, en el papel sellado, en el correo, en el tramway, en el
cementerio, en la plaza, en el remate, dondequiera que haya codazos y
apretones.

Para el _trabajo_ jams va solo: lleva dos o tres ayudantes, segn la
necesidad.

Estos ayudantes, que son, por lo general, practicantes-asociados, tienen
por misin _formar la cadena_, es decir, estacionarse detrs del
artista, de tal modo que, efectuado el hurto, lo hurtado se encuentra a
salvo con la rapidez del rayo, pasando de mano en mano.

Si el golpe es desgraciado y el practicante no puede huir, deja caer lo
hurtado, lo echa en el bolsillo de cualquiera de los presentes, en fin,
se deshace como puede del cuerpo del delito, y trata de evitarse una
condena o ahorrarle un mal rato a su asociado.

Un comandante del ejrcito--cuento al caso--se hallaba una noche en su
casa, y al ir a sacar su pauelo, rueda sobre la alfombra un magnfico
reloj de oro, con un monograma en la tapa. Lo recoge y se echa a cavilar
sobre cmo haba venido a su poder.

--Y no daba en bola!

Al da siguiente lee en un diario una noticia que deca:

RELOJ ROBADO.--_Hallbase ayer en el remate de Constela el seor X. X., y
de repente not que le sacaban su reloj, y que la mano que lo llevaba
perteneca al vecino que tena a la derecha_. _Lo hizo conducir a la
comisara 2 y result ser, el tal vecino, nada menos que ngel Artirel
(a) Minga-Minga_. _El reloj no ha sido encontrado._

El comandante se dio un golpe en la frente, recordando que se haba
hallado en lo de Constela durante el incidente; pero no atinaba a dar en
cmo el reloj haba llegado a su bolsillo.

A que le esclareciesen el punto y a devolver la prenda fue a la
comisara 2.

El comisario oy toda la relacin y luego le pregunt si recordaba qu
vecinos haba tenido durante su estada en la casa de remates.

--No me fij, seor!

--Pues bien, uno de ellos era cmplice del ladrn, y temiendo ser
descubierto ocult en usted lo que poda comprometerlo!

El comandante ha jurado, desde entonces, usar sacos sin bolsillos.

Otro cuento, ya que en tal terreno he pisado.

Uno de estos practicantes fue sorprendido una vez con un reloj en la
mano, en momentos que iba a _pasarlo_, y no bien vio que lo haban
sorprendido, se ech a gritar:

--De quin es este reloj? De quin es este reloj? No le vali la
artimaa, y fue preso. El juez tuvo que absolverlo, pues se encerr en
esta declaracin:

--Yo encontr el reloj, seor, y lo levant; no ha habido ms. Tengo
malos antecedentes, es cierto, pero eso no hace al caso..., el decir
adis no es _dirse_![81]

Estos practicantes llegan a ser unos doctores que dan miedo, y no pasa
mucho tiempo sin que den vuelta y raya a su maestro!

_El punguista_, cuando _camina_, jams lo hace llevando al lado a sus
compaeros.

stos marchan escalonados a retaguardia, a fin de poder, al menor asomo
de un empleado de polica que los descubra, hacerse entre s los
perfectamente desconocidos.

Si suben a un tramway tratan de rodear a la persona que han elegido por
vctima, y all son los empujones por el menor motivo, los codazos, los
pisotones, con el objeto de distraer al desgraciado candidato y
facilitar la obra del artista.

ste est en acecho, espiando todas las oportunidades, y a la primera
que se presenta, zas!, se apodera del objeto deseado, que desaparece
como por arte de magia.

Para dar el golpe, el _punguista_ tiene siempre sus dedos ndice y medio
prontos para la accin, y los introduce en el bolsillo ajeno con una
suavidad incomparable.

Cuando es necesario interceptar la vista de alguien, ah se encuentra el
practicante, que har de nube, o si no el brazo que no va a operar y que
se baja o se levanta a la altura necesaria.

Hay punguistas que son muy hbiles en esta maniobra, que se llama
_esparo_, y que es reputada como uno de los escollos del arte.

Cuando dos o tres habilidosos se renen y se complementan, las joyas van
a ellos como el acero atrado por el imn.

Jams se rene con los que no son de su arte, a no ser cuando entra por
el aro del diablo, con tal de hacer plata.

De lo contrario evita compaas, y dice:

--Los amigos _cantan_ (descubren) y no sirven sino para hacerlo
_embrocar_ (conocer) a uno!

Cuando ya son muy conocidos en sus maas, y no pueden trabajar, se
dedican a _schacar escabios_, es decir, a robar a borrachos.

Este es el atorrantismo, la vejez miserable del arte: son los arrestos
frecuentes, los das sin comida, las condenas por cincuenta centavos.

Sin embargo, un punguista podr robar, jugar y poseer todos los vicios,
pero nunca se embriagar ni llevar vida de perro.

Mira el mundo a travs de los placeres que no embrutecen, y vive lo
mejor que puede.

Un da dije a uno de ellos que hablaba conmigo, en el caf de Cassoulet,
esquina Viamonte y Suipacha, un centro de pillos:

--Y t no bebes?... Pide un gin!

--Yo!... Qu esperanza!... El alcohol afloja la lengua y entorpece la
mano!




EL CAF DE CASSOULET


Este era el paradero nocturno de todos los vagos de la ciudad y famoso
entre la gente maleante, no solamente por la comodidad que, a poco
costo, se obtena en l, cuanto por la relativa seguridad que se
disfrutaba: en caso de producirse visita de la autoridad, los
propietarios tenan dispuestas las cosas de modo tal, que la clientela
tena fcil escape.

Estaba ubicado en la esquina Viamonte, antes Temple, y Suipacha. Como
dependencia del caf, y formando parte de la planta baja, que daba hacia
la primera, haba hasta la mitad de la cuadra una veintena de cuartos a
la calle, con puertas que se abran a sta y otra interior, que daba al
gran patio del caf: eran otras tantas salidas clandestinas del antro
misterioso.

Estos cuartos los ocupaban mujeres de vida airada, que eran como la
crema de aquel mundo de vicio, cuyo centro era la famosa calle del
Temple, y que extenda sus brazos a las adyacentes, teniendo como
encerrado entre ellos el corazn de la ciudad.

El caf deba ser una mina de plata.

All los ladrones, con todo su cortejo de corredores y auxiliares, los
asesinos, los peleadores, los prfugos, toda la gente que tena cuentas
que saldar con la justicia o tena por qu saldarlas, buscaba un refugio
para dormir o vivir con tranquilidad, para hacer con todo sigilo una
operacin comercial inconfesable o para ocultarse discretamente,
mientras pasaban las primeras averiguaciones subsiguientes a un delito
descubierto por la polica.

All todo era cuestin de dinero. Tenindolo, se hallaba desde la pieza
lujosamente amueblada, hasta el tugurio infame, donde poda gozarse de
las comodidades de un catre de los muchos que, en fila y pegados unos a
otros, contena un pequeo cuarto de madera, y desde el vino y los
manjares exquisitos, hasta las sobras de stos, barajadas en un
_champurriao_[82] indescifrable, y que poda remojarse con el agua
turbia del aljibe, donde viboreaban los pequeos gusanitos rojos,
descendientes quin sabe de qu putrefaccin y cuyos movimientos rpidos
y variados podan servir de diversin al nimo preocupado.

Tarde de la noche, cuando el caf se cerraba, decenas de desgraciados,
sin hogar, tomaban posesin de las mesas del largo saln,--bajo la
vigilancia de los dependientes, que tendan sus colchones sobre las de
billar, cuando las otras estaban ocupadas--y por dos pesos de los
antiguos, encontraban un techo y una tabla para dormir, y por uno, lo
primero y el duro suelo de los patios y pasillos.

Aquello era un verdadero hervidero del bajo fondo social porteo: all
se barajaban todos los vicios y todas las miserias humanas, y all
encontraban albergue todos los desgraciados, que an tenan un escaln
que recorrer antes de llegar a los caos de las aguas corrientes que,
apilados all en el bajo de Catalinas 20, ofrecan albergue gratuito.

Cassoulet era, en la noche, la providencia de los mseros desterrados de
un mundo superior, era la ensenada que recoga la resaca social que en
su continuo vaivn arrastraba hacia playas desconocidas el oleaje
incesante.

Hoy comparten con l los beneficios de la industria protectora los
pequeos cafs del Riachuelo y la ribera, que venden marineros borrachos
a los buques que necesitan completar su rol clandestinamente, para
borrar las huellas de un crimen o de un accidente--a fin de evitarse las
molestias que en nuestro pas acarrea cualquier gestin ante la
autoridad--y los tugurios que, con el nombre de posadas o sin nombre
alguno, encierran entre sus paredes y alojan, segn el dinero con que
cuentan, a los desgraciados que vagan sin hogar, o a aquellos que
legalmente no pueden habitar en parte alguna.

En aquel tiempo compartan la clientela de Cassoulet, pero slo durante
el da, el caf Chiavari, en la esquina de Cuyo 80 y Uruguay, y el caf
de Italia, en la misma calle, frente al Mercado del Plata.

Estas tres eran las cloacas mximas de Buenos Aires, en tiempos que ya
no volvern, pero que se repetirn, transformndose.




EL BURRO DE CARGA


EL _escruchante_--Es decir, aquel cuya especialidad es abrir puertas con
o sin violencia--es otra interesante variedad de la familia lunfarda.

Los que la forman son, por lo general, individuos de avera, hombres
avezados a todas las asperezas de la vida.

Brotan de las capas inferiores de la sociedad, y rara vez alcanzan otras
ms elevadas: son constante y perennemente vctimas del que _ha
campaneado_--estudiado--el robo a realizar, y su fin es generalmente
desastroso.

Concluyen por ser un harapo humano a fuerza de consumirse en las
crceles o en los ms bajos fondos de la corrupcin.

La miseria, engendradora de todas las lepras, luce en ellos sus fuerzas
y su vigor.

De todos los lunfardos es el _escruchante_ el ms desgraciado: sus robos
son los ms fciles de descubrir, sus condenas son las ms largas, sus
das son los ms negros, pues cuando no est preso lo andan buscando.

Es necesario tener una aficin desenfrenada a lo ajeno, para dedicarse
al _escrucho_.

El escruchante tiene tres especialidades: se dedica a fabricar llaves
falsas, a trabajar con el formn o a _cargar la burra_, o sea alzar los
robos.

Poco se le ve en la calle durante el da: camina slo de noche o en la
madrugada, hora en que la vigilancia es menos activa.

Sus _golpes_ los reciben ya estudiados por el _campana_, que percibir
su buena parte, sin riesgo.

ste es el que moldea las llaves que el escruchante fabricar en los
ratos de ocio, en su tugurio, donde tiene su pequeo taller _ad
hoc_[83]; el que estudia las costumbres del habitante de la casa que va
a robarse; el que levanta el plano de sus entradas, salidas, caminos
fciles para escapar, parada del vigilante, hora en que hace la ronda y
dems datos tiles.

En posesin de todos estos elementos, es que el _escruchante_ tienta su
empresa y va dispuesto a todo!

Si se ha moldeado bien la llave, sta ha sido seguramente bien hecha y
funcionar a maravilla, simplificndose mucho el trabajo.

Si no anda bien, es necesario abandonar la empresa hasta que los
defectos se hayan corregido o recurrir a la violencia, que dobla las
probabilidades del fracaso, y sobre todo la condena.

Entonces es cuando se recurre a cortar el tablero de la parte inferior
de la puerta, formado por lo general de madera blanda, en la cual una
cuchilla afilada_ entra como en queso_ y abre un buen postigo.

Si el dueo de casa es precavido, y usa sus puertas enchapadas de hierro
en la parte vulnerable, se da un corte en el umbral con el formn frente
a los pasadores y se levantan stos; luego se introduce la _pata de
cabra_--instrumento de acero, formado en zigzag--frente a la cerradura,
y se la hace saltar sin ruido, con un leve movimiento lateral.

La puerta ya presenta facilidad para enlazar con una faja el pasador de
arriba y correrlo.

Puede ser que la precaucin del propietario haya llegado hasta poner una
barra, y entonces hay que tratar de sacarla.

La extremidad libre de la faja con que se enlaz el pasador se pasa por
debajo de la barra y se tira para arriba.

Si aqulla es de gancho, cede al esfuerzo, y se la baja hasta el suelo
con cuidado para que no haga ruido, para lo cual se afloja una de las
puntas de la faja poco a poco; si es de las que tienen candado, es mejor
renunciar al golpe: la puerta es infranqueable.

Cuando el robo no puede hacerse con violencia, se recurre a sobornar un
dependiente que deje la puerta abierta, o se coloca en la casa una
persona que lo haga, y que pasar en ella el tiempo necesario para
acreditarse y alejar sospechas.

Si estos medios no son posibles, queda an el recurso de _meter un
gato_, es decir, hacer esconder en la casa un cmplice que a una hora
dada franquear la entrada.

Este papel de _gato_ no lo desempea cualquiera es necesario dedicarse a
l y hacerse una especialidad; acostumbrarse a estar inmvil por horas
enteras; a respirar sin hacer ruido; a no estornudar ni toser; en fin, a
hacerse un cadver.

_El Cuervito_, Romn--un gajo de cierta familia, en que padres, hijos,
hijas, tos y tas, eran del arte, abarcando todas sus variedades, se
meti _de gato_ en casa de un ingls, en la calle Corrientes, y su
respiracin fatigosa--pues era asmtico--le traicion, valindole un
balazo y una buena condena.

Una vez, cierto ladrn conocido--un santafecino, Luduea--que haba sido
soldado de lnea, despus desertor en la frontera y hasta capitanejo
entre los indios, penetr en un almacn, luego de acostados los dueos y
rob el dinero que encontr, llegando en su osada hasta haber bebido y
comido como si estuviera en su casa.

El robo lo practic a vista y paciencia de los damnificados--un
matrimonio italiano--quienes no se animaron a contar los detalles cuando
dieron cuenta del hecho.

Al ser conocidos stos por referencias o jactancia del mismo Luduea,
fue muy celebrada la hazaa, llegando ella a nuestros odos.

Estando una vez preso por haber practicado un robo en la fbrica de
baldosas "La Fe", y respondiendo a alguien que le pregunt si era cierto
lo del almacn, dijo:

--Cmo no?... Si yo vi que los gringos se hacan los dormidos y me
aprovech!

El ladrn que penetra a una casa, va por lo general seguro de que nadie
atentar a su vida; sabe muy bien si el dueo es hombre capaz de
defender lo suyo, y en este caso, espera asegurarlo, o si en caso de
sentirlo, evitar un lance.

Muy rara vez llegan a asesinos: para ello necesitan no tener ningn
medio de que valerse a fin de tomar lo que codician o verse acorralados
y sin ms probabilidad de escapar a un fracaso que una pualada dada a
tiempo.

Su afn, su ambicin, es poder llegar a ser maestros, a dirigir golpes
sin riesgo, es decir, a hacerse de un capitalito y trabajar de
_campana_.

Llegado a esa meta, el escruchante es feliz, y ha escapado al
atorrantismo, que es su bestia negra.

Y asimismo, hay _campana_ de stos que de repente tropieza y quiebra su
dicha: entonces rueda al abismo sin esperanza de levantarse!

Del cinismo hacen un arte, y suele no faltarles ingenio.

Un comisario pesc, en circunstancia muy especial, a cierto escruchante
conocido: violentaba una caja en una mueblera, donde se haba
introducido.

El ladrn haca su trabajo y de repente vio entrar a un changador de la
casa, que le dijo:

--Qu hace usted?

--Silencio..., tengo una cita con la seora.

--Cita?... Ahora ver!

Y a empellones lo sac a la calle para entregarlo a un vigilante, pero
cul no sera su asombro al verse agredido a trompada limpia! Acudi el
vigilante, y ladrn y changador fueron conducidos a la comisara por
"desorden en va pblica".

Llevados, sin embargo, ante el comisario, ste, que era un lince para
eso de ladrones, empez a revolverle las respuestas y no tard en
descubrir la verdad: el desorden era un pretexto para ocultar la
tentativa de robo.

El ladrn deca, no obstante

--Seor, ese changador es un canalla..., nos hemos peleado porque le
cobr dinero, y ahora me sale con una pata de gallo!...[84] Est lindo
lo que pasa!




LOS QUE CARGAN CON LA FAMA


Los que _dan caramayol_ o _la biaba_ son los ladrones de la clase ms
ntima, es la plebe del mundo lunfardo: ellos no necesitan para realizar
sus empresas usar el mnimum de talento. Un buen garrote esgrimido como
maza, y descargado a tiempo sobre un transente descuidado, o una
pedrada en la cabeza, asestada a mansalva, son sus recursos favoritos, y
stos no son difciles de usar.

No obstante, a veces estudian tambin las vctimas, a fin de no dar el
golpe sin provecho, pero no es condicin indispensable: se confan al
acaso. Hay algunos de estos asaltantes que combinan sus golpes con
habilidad, pero son raros.

El sargento Gmez me refiri a este respecto una hazaa del pardo
Vilar, llamado vulgarmente "el de los pavos", para distinguirlo de un
tocayo que se llamaba "el de los mates", que es un caso tpico de
asaltante, metido a ejercer de _escrucho_ a la alta escuela.

En la calle Buen Orden[85], al llegar a Brasil, haba una platera de
aquellas que antes abundaban en el barrio del Sur, poblado casi todo por
estancieros y gente de campo, cuyo comercio consista en la venta de
frenos, facones, espuelas y dems artculos similares, hechos de plata.
La tienda era pequea y lo poco de valor que contena estaba encerrado
en una vidriera movible, que descansaba sobre el mostrador, hacia la
derecha, frente a un pequeo venta que, daba a una pieza interior, por
el cual el platero, cuando no estaba en el negocio, vea todo lo que
pasaba en ste.

La puerta de comunicacin entre la tienda y la pieza interior quedaba
hacia la izquierda.

Una maana el platero tomaba su desayuno, cuando de repente ve entrar al
negocio a un pardo grande y fornido, que levantando en alto la vidriera
corra hacia la calle. Se ech tras l y consigui hacerlo detener, pero
ya no llevaba la vidriera ni fue posible dar con ella por ms pesquisas
que se hicieron.

El detenido fue puesto en libertad, y ms tarde, se jactaba del robo y
de su astucia, diciendo:

--Amigo, que son mulitas[86]!... Yo tena en la puerta de la platera
un carro cargado de pasto verde, pero arreglado con un hueco en el
medio; pas, tir la vidriera y segu corriendo, seguido del platero!
Pobre hombre! Ni coce, y el carro se fue con la vidriera, mientras a
m me enloquecan a preguntas en la comisara!... Vivos los mozos!




EL PANAL EN LA LENGUA


Los que hacen el _scrucho_ o _cuentan el cuento_, son simplemente, en
buen romance, los estafadores, los ms inteligentes, ms astutos y de
ms buen tono en el mundo lunfardo; son, como si dijramos, su
aristocracia.

Y as son de odiados por sus congneres los punguistas y los
escruchantes!

stos se llaman _batidores_--delatores--y cuidan de ocultarles sus
manejos lo ms que pueden; pero todo es intil: no escapan al ojo sagaz
del estafador que es un infatigable caminador, y que, como anda da y
noche por las calles en busca de _otarios_--vctimas--no deja de
conocerles las guaridas y los _trabajos_ en que andan ocupados. Se les
oye decir con mucha frecuencia:

--Vea!... El _trabajo_ (robo) que hace un hombre, se conoce en el modo
de caminar!... Si furamos de la polica, qu pesquisas de mi flor!

El estafador, como el punguista, nunca camina solo. Siempre lleva a la
distancia un compaero que le sirve para cualquier papel que sea
necesario desempear.

Sus tiles de trabajo son simples: consisten slo en un diario doblado,
al cual le llaman el toco _mischo_--el montn pobre--o el _balurdo_, y
en algunos cobres.

No se tienen por ladrones, y siempre dicen:

--Nosotros lo que hacemos es embromar a quien nos tiene por zonzos! A
los _otarios_ les contamos un cuento, les ofrecemos una ganancia enorme,
y _encandilados_, los clavamos[87]: eso es todo!... No les hacemos
dao, no los golpeamos, ni asustamos!... Si se clavan, nadie tiene la
culpa!

Si uno los apura, demostrndoles que son ladrones, exclaman

--Bueno!... Entonces, tambin los otarios lo son!... En el Brasil, la
ley los castiga como estafadores!

Individuos de estos he conocido que cuando se les ha motejado de
ladrones se han indignado.

--Yo ladrn?... no he estado preso jams por eso, seor!... Yo no
tengo sino estafas!...

--Y la estafa no es robo?

--No, seor; no es robo!... Dgame, qu va a hacer uno cuando ve un
tano (napolitano) que a fuerza de no comer junta unos marengos, y lo
primero que hace es largarse a su tierra?... Quitrselos!

--Pero eso est mal hecho!

--Pero seor, y uno va a tener la sangre fra de dejar que se lleve la
plata del pas?

--Y acaso la plata es tuya?

--Claro que es ma!..., cree que no soy argentino?

Y si es extranjero vara la respuesta, diciendo

--Ma no; pero s de mis hijos que han nacido aqu!

Hay pillos de estos para quienes es una mala noticia saber que un
trabajador extranjero ha abandonado el pas, llevndose una fortuna.

_Alcachofa_, el ladrn ms decidor que he conocido, deca siempre,
cuando lo llevbamos a la comisara:

--Aqu me _trin_[88], seor!... siempre por lo mismo!..., _secuestro
de marengos_--parodiando el estilo de los partes policiales--a un
gringo que quera volar!

Y ste muri en su ley: lo mat una pualada, tirada por uno que,
prximo a embarcarse, llevando unos ahorros, se encontr en un minuto
ms pobre que Job.

El mtodo de robo en que la inteligencia desempea un papel ms activo,
es la estafa.

El buen resultado para el ladrn depende de mil circunstancias que deben
estudiarse, tales como el carcter del individuo, candidato a robado,
sus tendencias, sus aficiones, sus amistades, su parentela, etc.

Todo debe ser tenido en cuenta, y no puede darse un paso sin
premeditacin, baj pena de perder el tir.

Por eso los estafadores veneran el tiempo: tenindolo, son capaces de
robar a un avaro.

Sus _trabajos_ son largos, pero seguros.

Rara vez emprenden ellos la tarea de estudiar el individu a quien van a
hacer vctima de su habilidad: ese es trabajo del auxiliar, a quien
ellos llaman _changador de otarios_, y que permanece siempre en la
sombra, aun cuando lleva la parte ms gorda de la empresa.

Este auxiliar es, por lo general, un almacenero, que es el confidente de
todos los artesanos y sirvientes de su barri, un amigo desleal e
infamemente codicioso, un pequeo negociante con apariencias de
honorable, en fin, un individu que a mansalva se informa de las
peculiaridades de cada semejante, y las vende luego a los que inventarn
el cuento apropiado para despojarlo, los que fabricarn la ganza que
les franquear el acceso hasta la caja anhelada.

Jams los estafadores dignos de fama malogran un esfuerzo: cuando se
determinan a dar su golpe, es ya sobre seguro.

El vulgo generalmente dice:

--Amigo, que todava haya tontos que se claven con estas cosas!

Esta frase es hija de la ignorancia: no es que la vctima sea un tonto,
no es que haya visto el laz que le tienden: es que las cosas se le
presentan con tal habilidad y con tal disimul, que no hay previsin ni
desconfianza que valgan.

Un buen da se encuentran con un paisano y amigo--recin venido, a estar
a su declaracin--que les habla de la familia ausente, de la carta
ltima que ha recibido, de las noticias en ella consignadas, relativas
al estado de nimo y fortuna del pariente que est en Amrica, y ste
cree a pie juntillas que quien le habla es efectivamente persona de su
pueblo, amigo de los suyos, uno de esos seres indiferentes, cuyo
recuerdo se ha borrado de la memoria con el transcurso del tiempo.

Y entabla la relacin; establecida la confianza, pronto la empresa habr
llegado a su trmino.

El individu es desconfiado y avaro?

El cuento que se prepara halagar su pasin predominante, y ser no para
que hable a su imaginacin, sino a su juicio.

Es la vctima futura un imaginativo o un aventurero que quiere forzar
la suerte?

El cuento tendr todos los caracteres necesarios para arrebatarlo.

El sargento Gmez y Regnier--mi maestro inolvidable ms tarde, en los
das en que ya la fortuna comenz a sonrerme y que me sirvi de gua
para penetrar en el baj mundo social de Buenos Aires, cuyos misterios
har desfilar ante la vista de mis lectores en curs de estas
Memorias--me fueron enseando poco a poco a distinguir los caracteres de
las cosas que como en un caleidoscopio pasaban ante mi vista.

El primero me cont algunas estafas en que l haba intervenido como
empleado, en el tiempo viejo, que son, para aquella poca lejana, obras
maestras de habilidad, que si bien no pueden compararse con las de la
poca actual, que son verdaderas maravillas, dan ya una idea de lo que
es el estafador y de los recursos de que echa mano para conseguir sus
fines.




NO LE SALV SER MINISTRO


Era teniente cuando en la Piedad, all por 18..., un asturiano llamado
Jos Caete y Puertas, hombre ahorrativo y econmico, amigo de las
monedas como un judo, y ms deseoso de hacer fortuna que de llegar a
conquistar fama de santo y verse un da adorado en pintarrajeada efigie
por creyentes masculinos y femeninos.

A fuerza de guardar sus sueldos, limpiar las alcancas cuando poda y
desplegar toda su astucia para cazar propinas y estipendios, haba
llegado a juntarse sus buenos cincuenta y cinco mil pesos de la antigua
moneda, los cuales, en billetes del Banco de la Provincia, dorman
tranquilos en el fondo del inmenso bal que lo acompaaba desde su
tierra.

Cosa es que nunca pudo averiguarse cmo dos lunfardos llegaron a conocer
el tesoro de Caete: el hecho es que se lo robaron de una manera
ingeniosa.

Una tarde, al toque de oraciones, lleg a la sacrista un individuo al
parecer italiano, cohibido, tmido, cortado, y le dijo que un amigo suyo
que estaba moribundo deseaba confesarse con l, que saba era caritativo
y generoso.

--No puedo salir ahora.

--Pero seor!..., el pobre Juan est enfermo!..., maana no hablar
ms!..., por caridad, vaya a verlo!

--No puedo y no puedo!...

--Le haremos cualquier demostracin!... Tenemos dinero!

--Dinero?..., cunto me dar?

--Doscientos pesos!

--Bueno... dnde est la casa?

--Aqu cerca... calle Paran nmero setenta.

Y el cura Caete, prximo a tener un suplemento de doscientos pesos,
entr contonendose al nmero 70 de la calle de Paran, acompaado de
aquel cuya oratoria haba vencido su voluntad.

El nmero 70 era un cuartujo de mala muerte. El cura, al penetrar, no
encontr sino un miserable catre en un rincn y en l, agonizante, un
hombre ya de edad.

Alumbraba la escena una luz mortecina, emanada de una vela colocada en
el cuello de una botella.

El moribundo, al entrar el sacerdote, levant la cabeza toda reatada[89]
y la dej caer pesadamente sobre la bolsa que le serva de almohada.

--No se mueva, hermano!...&mdash;dijo Caete con voz que quiso hacer tierna,
y acercando a la cama del enfermo la nica silla que haba en el cuarto,
se sent.

Su acompaante se paseaba cabizbajo a lo largo del muro ms lejano del
grupo.

El cura Caete comenz a hablar como interrogando, luego acerc ms su
silla al enfermo y volvi a escuchar lo que ste hablaba.

De repente se levant y dirigindose al que haba sido su acompaante,
le dijo con tono compungido:

--Da lstima, eh?... Ya vuelvo; voy a buscar un crucifijo..., es
necesario que ese pobre muera como buen cristiano que es!

Y sali.

El enfermero se acerc al enfermo y ste le dijo con cara alegre:

--Pis el palito!.. _ci_ como un ngel!

Minutos despus se sinti el taloneo del cura, que esta vez vena como
volando.

Volvi a acercarse al enfermo, habl algo con l y no tard en dejarlo.

El enfermero lo sali acompaando, y lo acompa hasta la misma esquina
de la iglesia: Caete volvi varias veces la cabeza mientras atravesaba
el atrio y all estaba el pobre italiano mirndolo y poniendo una cara
como de quien no puede aguantar el llanto.

Caete sigui el largo pasadizo que, abrindose sobre el atrio, conduce
a la sacrista, y no bien desapareci, el acompaante ech a correr
calle arriba.

Dos minutos despus, el cura atravesaba el atrio con la sotana levantada
y llevando una bolsita en la mano.

Corri hasta el nmero 70, y llam: no obtuvo respuesta.

Sigui llamando apresurado, y al fin, a los golpes, vino el almacenero
de la esquina, quien al encontrarse con el cura se sorprendi, y ms al
orle decir:

--Dnde est el enfermo?

--Qu enfermo?

--El que viva en este cuarto.

--Si este cuarto no est habitado todava!... Hoy me lo alquilaron
unos mozos, pero aun no han trado sino un catre!...

El cura no oy ms, y sali en direccin a la comisara a dar cuenta de
que lo haban robado.

Se abri la puerta y en el cuarto no se encontr sino un catre y un cabo
de vela.

Enfermo y enfermero se haban hecho humo.

Para engaar al pobre Caete, los ladrones halagaron su pasin
dominante.

El enfermo le dijo que bajo la almohada guardaba cinco mil pesos en
oro,--que entonces tena un premio de ciento veinticinco por
ciento[90]--y que quera dejarlos para misas, pero que deseaba dejarle
cincuenta mil pesos papel a su cuada, que viva en Flores, y era el
nico pariente que tena.

Caete se ofreci para decir las misas.

El enfermo acept, pero agreg:

--Hay una dificultad. El dinero de mi cuada quiero que lo lleve mi
amigo que me ha ayudado tanto! Deseo darle algo a l, pero quisiera que
no supiese que dejo para misas... as, si usted pudiera cambiarme por
papeles, yo hara el reparto maana... No he de morir todava!

Caete vio un negocio esplndido en el cambio y trajo sus pesos a
pretexto del crucifijo, recibiendo por ellos una bolsita llena de...
balas achatadas.

Su amor a las monedas lo dej en el mismo estado financiero en que lleg
al pas: todo fue, pues, cuestin de comenzar de nuevo.

Jams pudo dar la polica con los ingeniosos autores de este cuento.




CUPIDO Y CACO


Otro _scrucho_ o _cuento_ lindo--digno del anteriores el que hubieron de
hacerle a don Jos Robillotti, honrado italiano, que a fuerza de labor
haba conseguido acumular unos dos mil nacionales.

El amigo Robillotti, viudo, viva en una casa de inquilinato, ubicada en
la calle de Reconquista, en compaa de Rosita, su hija.

La tal muchacha, con sus 14 aos, su carita rosada y sus piernas gruesas
y bien torneadas, era algo apetitoso y tentador y haca la desesperacin
de los dandys del barrio, que no perdan ocasin de verla pasearse en la
vereda con sus coquetos vestiditos rosa, sus delantales negros
guarnecidos de trencilla punz con pliegues de pestaa, haciendo cantar
sus zuequitos escotados, y moviendo al son de esa msica su cuerpo
flexible y airoso.

Y, luego los vestiditos que usaba!... Si eran lo ms traidores: jams
cubran las hermosas piernas tentadoras, calzadas, por lo general, con
medias punz.

Esas piernas eran, para los adoradores de Rosita, como la miel para las
moscas.

Y ella lo saba la muy mimada, y sin embargo se haca la inocente, y las
declaraciones ms ardientes, los piropos ms expresivos y ms
achicharradores, apenas le arrancaban como contestacin un:

--Puerco!... Cochino!... Qu ms se quisiera!... Quiere ver que
llamo a _me tatas_?

Frases con las que dejaba helados a sus novios, que se contentaban con
mirarla desde la esquina, blanqueando los ojos, retorcindose el bigote,
si lo tenan o pellizcndose el punto donde debieran tenerlo, y
entregndose a toda suerte de ejercicios gimnsticos con sus respectivos
bastones, cosa que crean la ms sublime expresin del chic y la ms
elocuente prueba de su experiencia en asuntos amorosos.

Pero Rosita era insensible a estas demostraciones equilibristas!

Un buen da dej de salir a la vereda, y en el barrio se corri la voz
de que la visitaba un mozo, empleado de la Municipalidad. Como no volvi
a aparecer en la calle, sus adoradores, fastidiados, fueron a ser
satlites de otras constelaciones.

Desde entonces se vio a Robillotti acompaado de un joven al parecer
criollo, llevando con cierta elegancia un trajecito de saco, de esos que
son una falsificacin de _ltima moda_,--hechos con toda conciencia por
un sastre baratillero--y que era de su misma opinin en todos los
asuntos que trataban.

Evidentemente, era un yerno futuro: slo stos son capaces de pensar en
todo igual a otro hombre; es privilegio de los que estn por ser suegros
encontrar quien no los contradiga en nada.

Una tarde vena por bajo los sauces de Palermo el sargento Gmez, cuando
de repente se top con un ladrn, conocido por el apodo de Silvita que,
acompaando a un individuo que respiraba honradez por todos sus poros,
se ocupaba en contar los rboles del bosque.

Sospechando que fuera una vctima futura del acompaante, le interrog
sobre lo que andaba haciendo, y le encontr muy reservado y poco
dispuesto a hablar de sus intenciones y miras.

Silvita, colorado hasta las orejas, se entretena en mascar unas hojitas
de sauce.

El sargento se llev los dos ciudadanos a la comisara y all se
descubri el pastel.

El paseante del bosque--que no era otro que Robillotti--cuando supo qu
clase de pjaro era su acompaante, cant de plano.

Dijo que este era el novio de su hija, y que haca seis das que la
haba pedido en matrimonio, declarndole que no poda casarse hasta no
realizar un negocio que tena entre manos.

Interrogado por l sobre la naturaleza de este negocio, le haba dicho:

--Yo soy empleado municipal, y puedo sacar con facilidad el corte de
todo el sauzal de Palermo. Pagan veinte centavos por cada rbol y dejan
ste a beneficio del contratista; pero hay que dar una garanta de dos
mil nacionales y yo no los tengo.

--Pero los tengo yo... y es lo mismo, dijo Robillotti, que, habiendo
sido carbonero, conoca el precio de la lea, y como buen genovs,
calcul en un segundo que la fortuna llamaba a su puerta.

--Cuntos son los rboles?

--Amigo Robillotti, va a ser un sacrificio...

--Bueno!... no hablemos ms de eso. Cuntos son los rboles?

--No lo s.

--Maana los contaremos... ofrezca no ms la garanta!

Y Robillotti andaba ya por largar la mosca[91], cuando para felicidad de
su bolsillo, lo encontr el agente policial.

_Silvita_ hall cierta toda la relacin del que hubo de ser su suegro y
se content con decirle cnicamente:

--Qu mi suegro este!... Hubiese querido verle la cara cuando los
_chafes_ (vigilantes) lo hubieran agarrado cortando sauces!

Robillotti no par hasta su casa.

All instruy a Rosita sobre el fracaso de su casorio, y sta, pasada la
primera impresin, volvi de nuevo a la vereda a lucir sus piernas
torneadas y a hacer _cantar_ a sus zuecos el aire con que acompaaba los
movimientos graciosos de su cuerpo flexible.




EL PRIMER CLIENTE


Acababa de recibir su ttulo de abogado y de instalar su estudio con
toda coquetera.

Eran dos pequeas piezas situadas en una casa de altos de la calle de
Bolvar, puestas con la magnificencia que sus escasos recursos le haban
permitido y que consideraba regias, dado el esfuerzo que le haba
costado alhajarlas.

Era en ellas un rey!

Qu pequeos y miserables conceptuaba, comparados con l, al estudiante
de primer ao que deba servirle de amanuense y que era un
comprovinciano suyo y al gallego Manuel que le serva de mandadero!

Ambos no le llamaban sino _el doctor_, como obligaban las tablillas que
tena a la puerta, y le halagaba que no le olvidaran el ttulo ni aun en
la ms insignificante emergencia de la vida.

Esa frase que se haba ganado y que le distingua de los dems mortales,
le sonaba en el odo de una manera especial: la encontraba dulce,
acariciadora, melodiosa.

Tres das haca que a las doce en punto llegaba a su oficina vestido
todo de negro, con levita y galera, llevando en la mano un rollo de
papel, y que vea al amanuense y a Manuel, que dejaban los dibujos y
letras gticas que se ocupaban en borronear y le saludaban, volviendo a
su tarea luego que l se instalaba en su escritorio con toda
prosopopeya.

Ya esta escena se le iba haciendo familiar, cuando al cuarto da entra
al estudio y en vez de hallar sus sbditos haciendo ensayos
caligrficos, los encuentra nada menos que parados al lado de la puerta
como jugando a quien le abordaba primero.

Algo extraordinario le ocurri que aconteca, e interrog al amanuense
que con una presteza suma le contest:

--Ha venido, doctor, un seor de edad, acompaado de una nia. Dijo que
quera confiarle un asunto. Yo le dije que volviese a las doce y media.

El amor propio le impidi abrazar al amanuense.

Un cliente!

Ya le pareca que la fortuna estaba en su mano!

Comenz a pasearse inquieto, en el escritorio, hasta que oy la voz de
Manuel que deca: "Ah estn", con un tono tal, que traduca a las
claras su alegra por haber aventajado al amanuense en una informacin
para el doctor, que era el Dios de ambos.

No tard en hallarse en su presencia un seor alto, de maneras
distinguidas, vestido de negro, con el cabello blanco, cortado en forma
de melena.

Acompabalo una nia de quince o diecisis aos, esplndidamente bonita
y vestida con una sencillez y una elegancia admirables.

Para ms seas, tena un hoyito en la barba que se llevaba los ojos de
uno, como si no tuvieran dueo. Mientras dur la conferencia con el
padre, no le quitaba la vista de encima, y ella bajaba la suya, se
ruborizaba, y para disimular su turbacin, jugaba con el abanico con un
aire infantil que enloqueca.

Quedaron con el padre en que al da siguiente le llevara los
antecedentes de la cuestin que quera entablar, que era intrincadsima.

Le prometi, sin embargo, que la ganara con costas y aun que hara
encarcelar a la parte contraria.

Con qu ansia esper el da prximo!

Imagnenlo los que puedan, no olvidando que se trataba de su primer
cliente, y de una muchacha de quince aos, que tena unos ojos ms
alegres que un informe in vote 36 de cualquier abogadillo rampln[92]!

Esa noche so con una porcin de cosas bellas, y todas ellas tenan
algo que ver con la hija del cliente de la melena.

Lleg, por fin el da y con l la hora de oficina.

Se hallaba en su escritorio, y sin embargo le pareca que no era cierto;
le faltaba el aplomo; el corazn le lata.

Par un carruaje de repente: se puso de pie como movido por un resorte.

Ah estaban, ella y l!

Cuando vio que no entraba sino ella, casi se cay la emocin le
paralizaba la lengua.

--Seor doctor, habindose enfermado mi padre...

--Seorita..., seori... ta, crea que...

--...no puede concurrir y me...

--Valiente!... Tanta incomodidad... Tome usted asiento!

--...enva con estos papeles para que usted los revise!

Le tom los papeles, y cuando sus dedos rosados tocaron los suyos,
sinti un cosquilleo en el corazn, en la espalda y en las piernas, que,
francamente, le hizo pasar un mal rato.

Ella, ruborosa, le miraba con sus ojos brillantes e incomparables.

Revis los papeles a la ligera y se convenci de que no le daban luz
alguna en la cuestin.

Lo manifest as a la portadora, y con este motivo entr en una
agradable conversacin, que degener en charla bullanguera.

Cuando se despidieron eran lo ms amigos, y ella prometi volver al da
siguiente a traerle nuevas luces, cosa de que l no dudaba, mirando sus
hermosos ojos pardos, dulces y tiernos.

Las visitas, para darle datos, se repitieron unos seis u ocho das.
Durante ellos, no se ocup de clientes ni de nada: no tena ms
preocupacin que Angelina, y ella, segn se lo haba manifestado, en
momentos en que la ternura llevaba a tocarse sus cabezas, no tena
tampoco ms preocupacin que _el doctor_.

Una tarde en que el idilio alcanz proporciones alarmantes, y en que su
boca sedienta de besos, peda y peda sin cesar pruebas del amor que
reflejaban los ojos de la hija del cliente respetable, sta le prometi
la gloria: a las doce de la noche le esperara en la sala de su casa en
la calle de las Artes[93], cuyo zagun sera dejado entreabierto para
darle paso.

Esta sentencia definitiva que se prometa a sus splicas, le entreabra
el cielo.

Toda esa tarde se crey un Tenorio.

Con el ltimo campanazo de las doce, dado por el reloj de San Nicols,
penetraba l sigilosamente a la casa de su amada, y se arrojaba en sus
brazos.

Un mundo de besos fue el saludo: era mudo, pero expresivo.

Luego se encaminaron a tientas a una butaca, pero no se haban sentado
an, cuando en una de las puertas interiores apareci el respetable
cliente con una vela en la mano y seguido de dos testigos.

La inocente muchacha aprovech la confusin para hacerse humo.

l estaba alelado.

--Ha pretendido usted corromper a una menor... los seores son
testigos! Voy a labrar un acta y...

--Es intil, seor! Yo voy a retirarme!

--S?..., est bien! Sin embargo, sepa usted que si para dentro de
tres das no me entrega dos mil nacionales, me presento a los tribunales
y le armo una cuestin que le d por resultado perder su ttulo cuando
menos!

Y se retir alicado y cabizbajo, mortificado por su amor propio, ajado
y deprimido, y dejando en poder de su cliente un documento firmado en
que constaban prolijamente las circunstancias y pormenores de su
desventura.

Reflexion con calma, y vio que lo mejor era echar tierra al asunto y
pagar sin decir una palabra.

Y pag su chapetonada[94]!

Testigos fueron las letras del Banco de la Provincia, que conserv mucho
tiempo como recuerdo de su primer cliente, que era nada menos que el
ladrn ms sagaz y ms fino que ha producido Buenos Aires.

Su nombre es conocido: El Cuervito.




AL REVUELO


Los lunfardos que _cuentan el cuento_, dan a cada uno de sus robos un
nombre distinto y apropiado a los medios que usan para efectuarlo.

Cuando estafan, valindose de los sentimientos religiosos, dicen que han
hecho "un catlico", y si han empleado el recurso de los papeles
inservibles, o sea _el balurdo_, _han hecho_ un _toco_ o _un vento_,
_mischo_.

Tambin tienen otro golpe lucrativo, que es el _cambiazo_, o sea el
engao, la mistificacin, otra prueba del ingenio de estos perdularios
que si dedicaran su inventiva y sus facultades a cosas tiles,
produciran verdaderas maravillas.

Un seor, vestido con cierta elegancia, comienza a llegar a hora
determinada a un almacn, cuyo propietario encierra en el fondo de su
alma un inmoderado deseo de lucro, que tal vez ha pasado desapercibido
para el vulgo, pero que el olfato finsimo de los estafadores ha
descubierto.

Compra, por ejemplo, un paquete de cigarrillos y una caja de fsforos,
diariamente y a la misma hora: el almacenero nota la singularidad y
designa a su cliente con el mote de "el de los cigarrillos", llegando un
momento en que ya el cliente no tiene ni necesidad de solicitar su
consumo.

Cuando ya ha sido notado, pregunta un da si hay buen Oporto o buen
Coac, y toma una copita de pie, al lado del mostrador, con aires de
hombre cuya dignidad se sentira deprimida penetrando al despacho de
bebidas donde pulula el vulgo de los bebedores.

Este pequeo consumo a hora fija, establece una especie de intimidad
entre el almacenero y su cliente, que, como es locuaz y comunicativo, le
hace saber que es un funcionario de categora elevada, ms o menos en
los ramos en que el almacenero pueda tener algn da necesidad de un
buen padrino, o si no hombre de influencia en el crculo poltico
dominante o con el comisario de la seccin o con la comisin de higiene
de la parroquia.

Iniciada la amistad, y luego intimada merced a la regularidad del
consumo de la copita y el buen pago diario, con propina de los dos o
tres centavos sobrantes y sin aceptar el fiado ofrecido, un buen da el
hombre se saca un anillo con un gran solitario, o un rico reloj de oro,
con cadena maciza y vistosa, y dice al almacenero:

--Vea!... Hgame el favor de hacerme tasar esta prenda con algn
joyero de su confianza, algn amigo de conciencia!... Tengo necesidad
de saber exactamente su precio!

El almacenero acepta complacido la comisin, y al otro da le informa
que la alhaja es riqusima y que puede valer como mnimum seiscientos
pesos.

--Bueno, amigo!... Me alegro!... Estoy salvado!... Figrese que
necesito trescientos pesos por cuatro o cinco das para un compromiso, y
un usurero a quien le llev la prenda me dijo que sta no era buena y
que por ello, si me daba los pesos por cinco das, me cobrara cincuenta
de inters.

--Qu brbaro!--dice el almacenero, escandalizado, pero brillndole los
ojos.

--Voy a buscar otro ms humano, no le parece?

--Claro!

--Le dejo la prenda y le pago treinta pesos cuanto ms!

--Es natural!... Vea, si no se ofende..., ocpeme con confianza!...
Qu diablos, para qu son los amigos?

Y cierran el trato.

A los dos das se presenta el cliente con un amigo que va a comprar la
prenda en setecientos pesos y quiere verla.

El almacenero la trae, la ven, la revisan, y luego se la devuelven y se
retiran los amigos, despus de un consumo moderado del "Oportito"
famoso, o del "Coaquito, capaz de despertar a un muerto".

Y el cliente no vuelve a aparecer ms por el almacn.

El almacenero, cansado de esperarlo, pone avisos en los diarios,
llamndolo, si es muy amigo de formas legales, pero constatando con
dolor, recin, que ignora, no solamente el domicilio del cliente, sino
tambin su nombre y apellido.

La duda le asalta y va a ver al joyero que le tas la prenda, y ste le
declara rudamente que no es la misma que le llev la primera vez sino
una imitacin.

Y aqu son los improperios, las maldiciones, el lamento con todas las
personas que entran al negocio, pero nada le vale: el _cambiazo_ se
efectu delante de sus ojos y no supo verlo, y los trescientos pesos
volaron del cajn como por arte de encantamiento.




XV

LOS MISTERIOS DE BUENOS AIRES


Mi permanencia en el delicado servicio que tena a su cargo el sargento
Gmez, fue la mejor escuela de la vida a cuyas aulas yo pudiera
concurrir, y en ella aprend a conocer este Buenos Aires bello y
monstruoso, esta reunin informe de vicios y de virtudes, de grandezas y
de miserias.

Yo penetr el movimiento de los hombres en sus calles estrechas, las
pasiones que encierran los palacios y los conventillos, los intereses
que se juegan diariamente desde la Bolsa a los mercados, y, nacido en
las ms humildes esferas, ascend peldao a peldao la larga escala
social, tendida entre el humilde vigilante, que, parado en una esquina,
expuesto a las inclemencias del tiempo, ignora todo lo que no se
relacione con el pequeo radio puesto a su cuidado, y apenas sospecha
los sucesos de ms volumen que ocurren fuera de su parada y la vida
turbulenta y accidentada de los hombres de mundo.

Todo lo que vi y aprend en mi larga y penosa ascensin, todo desfilar
en las pginas de estas Memorias, y si no en este volumen, en otro que
le seguir reflejar con toda la precisin que me sea dado, las cosas y
los hombres que encontr en el andar de mi vida y los sucesos
extraordinarios en que ms de una vez tuve que actuar.




XVI

EL HOMBRE PROVIDENCIAL


Un suceso criminal que despus relatar y que forma uno de los captulos
ms importantes de mi vida, me proporcion ocasin de distinguirme, y
fui ascendido a sargento y nombrado en reemplazo del viejo Gmez, que
fue jubilado.

La noche del da en que recib mi nombramiento, me retiraba a mi modesto
cuarto de conventillo--pues tiempo haca que haba dejado el que por
meses ocupara en casa del comisario--e iba con el corazn lleno de
ilusiones, y cantndome en el alma un coro de alegra, cuando de
repente, al volver la esquina de Piedad 88 y Suipacha, me top de manos
a boca con un hombre que pretendi ocultarse en el hueco de una puerta.

Era un individuo correctamente vestido de negro, de levita perfectamente
abrochada y sombrero de copa, y llevaba bajo el brazo un bastn, cuya
contera reluciente brillaba con los primeros rayos de luna que comenzaba
a alzarse sobre el atrio de San Miguel.

En el suelo y ante l, estaba un pequeo paquete y al lado el cajn de
la basura, perteneciente a la casa en cuyo umbral se haba detenido.

Cuando se irgui, le conoc, a pesar de hacer seis meses que no le vea:
era el concurrente a las antesalas del Ministerio del Interior, el
visitante del mayordomo, don Toms Regnier, aquel hombre cuya miseria
tanto me haba llamado la atencin en mis horas de guardia, frente a la
puerta de la sala de espera y cuya silueta he presentado al comenzar
estas Memorias.

--Hola amigo!, qu hace?

--Qu quiere que haga, seor vigilante! Disputaba a aquel atorrante--y
alzando el brazo me mostr un perro de esos callejeros, flaco y sucio,
que parado sobre tres de sus cuatro patas por tener una enferma, nos
miraba desde el atrio--esos restos de pescado y de puchero que he
envuelto en ese diario!

--Para qu?

--La pregunta!... Para cenar!... La vida hay que hacerla a pesar de
todo, seor vigilante!

--Dgame, no es usted aquel hombre que concurra todas las tardes al
Ministerio del Interior, y que se iba a curar en la Convalecencia?

--El mismo, s, el mismo!... Y Vd. quien es?

--No se acuerda de m?... Aquel agente que le dio cinco pesos para que
fuera...

--Oh! Oh!... S! S!... Oh! Me acuerdo bien, s!... Despus no lo
he visto ms!... Y eso que voy al Ministerio como siempre!...

--Y se cur?

--Muy bien, gracias, muy bien!... Hoy ya estoy sano de los vahidos
(perfectamente sano), pero la posicin sabe usted?... la posicin
social..., eso sigue mal, muy mal!... La suerte es caballa!

Me dio lstima aquel pobre ser enclenque y miserable, que disputaba a
los perros callejeros su alimento y, dicindole que me siguiera, lo
conduje hasta "La Croce di Malta", en la calle cortada del Mercado del
Plata, donde a todas horas de la noche se encontraba un pan, una botella
de vino y un plato de _busecca_.

All, en una mesa, cerca de otra, donde un grupo de trasnochadores haca
su colacin alegremente, nos sentamos los dos, y luego que l salud con
complacencia y gran dignidad a los turbulentos vecinos, dicindome,
mientras mova la cabeza y sonrea: "son los muchachos de los diarios,
sabe?, los noticieros de la Patria Argentina[95], La Nacin, La Prensa,
que vienen a conspirar contra los directores porque no les aumentan el
sueldo", nos pusimos a comer.

De esa noche data mi amistad con el hombre extraordinario, cuyas
aventuras forman por s solas el volumen ms curioso de la vida portea
que pueda imaginarse, y data tambin mi engrandecimiento moral, pues, si
bien yo le proporcion los medios de regenerarse fsicamente, l, en
cambio, me dio alas, me arrebat consigo y me puso en aptitud no slo de
hacer con brillo mi camino, sino tambin de escribir estas Memorias,
cuya primera parte termina por haber llegado el momento en que el vago
de las cuchillas, el humilde soldado del 6, alcanzando al puesto de
sargento en la polica de Buenos Aires, pudo ensanchar la esfera de su
accin y dejar a la espalda los das oscuros en que el annimo mataba
todas sus iniciativas e invalidaba sus penosos esfuerzos!




NOTAS:


[1] Yunta, no tener. No tener igual.

[2] Molle: arbolito del Chaco que da una madera muy fina.

[3] Arbol de Entre Ros, Tucumn, Salta y Jujuy, de follaje permanente y
muy frondoso y ramas espinosas. Su madera es dura y da una tintura rojo
oscura.

[4] De color blanco amarillento. Se aplica ms comunmente para designar
un color de pelaje de los caballos.

[5] Cuero utilizado como recipiente.

[6] Picar: aguijonear los bueyes que tiran de las carretas.

[7] Leva: recluta o enganche de gente para el servicio de un Estado.
Decase comunmente de la reunin de ociosos y vagos, que sola hacerse
por la justicia para destinarlos al servicio de mar o tierra.

[8] Pergeada: arreglada, dispuesta.

[9] Maceta: se dice del caballo que tiene nudos en las rodillas y
cuartillas debido generalmente a su mucha edad o excesivo servicio.

[10] Se dice de la caballera que mosque, o sea que mueve constantemente
la cola y an las orejas para espantar los insectos que le molestan o
por mala costumbre.

[11] Sabandija: cualquier reptil o insecto, especialmente los asquerosos
o molestos.

[12] Pilchas: prendas del recado o cualquier prenda de uso.

[13] Mancarrn: Caballo viejo, muy estropeado o casi inservible por su
vejez.

[14] Redomn: Se dice de potro en doma, que slo un jinete muy bueno
puede montar.

[15] Tusado: con las crines recortadas.

[16] Corto: fig. Tmido.

[17] Quinchada: Dispuesta en forma de tejido o trama. Se emplea en las
paredes o techos de los ranchos y en los de los carros y carretas. Sirve
para afianzar las construcciones.

[18] Ta: mujer casada o entrada en edad. Es de tratamiento de respeto.

[19] Matrera: arisca, chcara, cimarrona, en general se aplica a la
hacienda.

[20] Mata, andar a saltos de: Huir, andar temeroso.

[21] Culero: Cuero que el pen aplica exteriormente sobre la cintura y
los muslos para evitar el roce del lazo sobre las bombachas en los
trabajos de campo, cuando los hace de a pie. Tambin se llama culero al
tirador.

[22] Bolivianos: Moneda de plata de baja ley, acuada en Bolivia. Las
monedas se usaban como botones para cerrar los tiradores.

[23] Bastonero: persona que designa el lugar que han de ocupar las
parejas y el orden en que han de bailar.

[24] Prima: primera cuerda de la guitarra, la de tono ms agudo.

[25] Segunda: cuerda de la guitarra.

[26] Dormrsele a algo: quedarse con algo, no soltarlo; se aplica en
especial a comidas y bebidas.

[27] Cuchufleta: Broma.

[28] Barato, pedir un: ofrecerse para una lucha o juego.

[29] Hueya: grafa de acuerdo con la diccin habitual; lo correcto es
_huella_.

[30] Limpio: descampado, espacio libre.

[31] Pepeleta: nombre que suele darse vulgarmente a la libreta de
enrolamiento en la campaa del Litoral y del Noroeste.

[32] Los Corrales: mataderos que desde 1877 estaban instalados en el
actual Parque Patricios, en terrenos comprendidos entre las calles
Caseros, Rioja (hoy su continuacin Monteagudo) y Arena (hoy Av.
Almafuerte). All se desarroll una de las batallas de la revolucin de
1880.

[33] Como a chorlos: fcilmente, sin ninguna dificultad.

[34] Kep: la academia establece queps para el nombre de la gorra
ligeramente cnica y de vicera horizontal.

[35] Chasca: se llama as el pelo de la cabeza cuando est enredado.

[36] Pelar: sacar.

[37] Patrio: caballo que pertenece al Estado.

[38] Se refiere a las luchas que sucit la separacin de Buenos Aires
del resto de la Confederacin y que slo termin con la Federalizacin
de la ciudad de Buenos Aires. La Plaza de la Victoria, o Plaza Victoria,
fue el nombre con que se conoci tradicionalmente a la actual Plaza de
Mayo, que hasta 1883 estuvo dividida por la Recova Vieja en dos: la
Plaza 25 de Mayo, frente a la Casa Rosada, y La Victoria, nombre que
data de 1808 y que le fue impuesto en conmemoracin de la victoria del
12 de agosto de 1884, demolida La Recova, las dos plazas quedaron unidas
bajo la denominacin actual.

[39] Marcos Paz: hacendado (1844-1904). Al federalizarse Buenos Aires en
1880, ocup la jefatura de polica; ms tarde fue diputado nacional y
miembro del directorio del Banco de la Nacin.

[40] Departamento viejo: alusin al Departamento de Polica, situado, en
esa poca, en la calle Bolvar, entre el Cabildo y la casa llamada
Altos de Riglos. Era un edificio chato y sencillo, con techo de tejas.
Tambin estaba all la crcel de encausados. Cuando se abri la Av. de
Mayo fue demolido junto con una parte del Cabildo, pero en ese entonces
el edificio ya no estaba ocupado por el Departamento de Polica, sino
por la Municipalidad de Buenos Aires.

[41] La Avenida de Mayo: fue abierta en 1889; en ella se emple por
primera vez en la ciudad el afirmado de madera; hasta entonces slo se
conoca el de adoquines.

[42] El General Paunero: Wenceslao Paunero (1805-1871). Tuvo una
destacada funcin en la guerra con Paraguay, adems de innumerables
campaas contra los indios y las montoneras; ascendi a general en la
Batalla de Pavn. Fue candidato a vicepresidente de la Repblica en
1868.

[43] Las Manzanas: paraje prximo a la Villa Gutirrez, departamento de
Ischilln, provincia de Crdoba.

[44] General Conrado Villegas: (1840-1884). Actu en la Guerra del
Paraguay; tom parte en la campaa contra Mitre en 1874; luch con los
indios en 1877; acompa a Roca en la campaa del Desierto y fund
Choele-Choel; actu en la represin de la Revolucin del 80.

[45] Namuncur: Manuel Namuncur, casique voroga, nacido en Chile y
llegado a la Argentina en 1834. Se mantuvo en lucha constante contra la
llamada civilizacin e intervino en las Luchas Intestinas del pas
poniendo sus lanzas al servicio de diversos contendientes. Era un hombre
de gran valor y fuerza y hbil para mantener su caciscazgo. Fue el
ltimo jefe indio que se rindi en la Conquista del Desierto que realiz
Roca. Se lo nombr Coronel de la Nacin. Uno de sus hijos se hizo
sacerdote catlico y otro fue militar del Ejrcito Argentino.

[46] Eunuco: hombre castrado.

[47] Se har a la cancha: se acostumbrar. La frase est tomada del
vocabulario familiar de las carreras cuadreras.

[48] Mayora: oficina del Sargento Mayor.

[49] Vistas: proyeccin de imgenes cinematogrficas.

[50] La Recoba: grafa arcaica, la correcta es Recova. La Recova
primitiva fue un edificio construido en tiempos del Virrey del Pino
(1803); ocupaba el centro de la actual Plaza de Mayo; constaba de un
arco central y veinticuatro arcadas, doce a cada lado. Durante la poca
de Rosas (1835) el estado la sac a remate, pero no se acept la oferta
que se hizo. Al ao siguiente la compr Toms Anchorena y durante la
Intendencia de Torcuato de Alvear (1883) fue expropiada y demolida.

[51] Paquete: elegante, que sigue la moda, bien vestido.

[52] Clases: individuos que forman los escalones intermedios entre los
oficiales y los soldados rasos.

[53] Tiple: la ms aguda de las voces humanas.

[54] El Ministerio del Interior: Los ministerios del Gobierno Nacional
tenan su sede en la Casa Rosada.

[55] Navarro: partido de la provincia de Buenos Aires, tiene una
superficie de 1.625 km2; limita con los partidos de Mercedes, General
Las Heras, Lobos, Veinticinco de Mayo, Chivilcoy y Suipacha. Tuvo su
origen en un fortn de frontera en el ltimo tercio del siglo XVIII.

[56] Valimiento: amparo, favor, proteccin, defensa.

[57] Pichuleador: conseguir afanosamente pequeas ventajas en ventas o
negocios.

[58] La mosquita que le har poner: amenaza con hacer pblico un
comentario que molestar.

[59] Fuste: fig. Nervio, sustancia o entidad. Importancia.

[60] Empeo: recomendacin. Protector, padrino.

[61] Aceite para la mquina: eufemismo para referirse al soborno de los
empleados pblicos por medio de dinero.

[62] Trote: fig. y fam. Apuro, trabajo, tarea pesada. Se usa con los
verbos dar y meter.

[63] Est faltando: al respeto, est diciendo inconveniencias.

[64] Judera; accin engaosa con que se obtienen procechos ilcitos.

[65] Fariseo: fig. Hombre hipcrita.

[66] Prosopopeya: afectacin de gravedad y pompa.

[67] La Convalecencia: Hospital de la Convalecencia; se hallaba situado
en el solar que ocupa actualmente el Hospital Nacional Neurosiquitrico
de Hombres.

[68] Asenderado: fig. Que ha recorrido muchos senderos.

[69] El Ministerio del interior: quizs se refiera a Bernardo de
Irigoyen (1822-1906), cuyo retrato coincide con la descripcin, y que
entre los numerosos cargos pblicos que ocup, fue Ministro del Interior
durante una parte de la primera presidencia del general Roca
(1880-1886).

[70] Camandulero: que procede con subterfugios e hipocresas.

[71] Tercio: cada uno de los tres grupos en que se divida el personal
de una comisara, para cumplir un turno de ocho horas.

[72] udo, al: Intilmente.

[73] Raspa: ladrn, ratero.

[74] Departamento Central: Departamento Central de Polica.

[75] Gorra, vivir de: vivir a costa de otro, sin pagar nada.

[76] Leguleyo: el que trata de leyes no conocindolas sino vulgar y
escasamente.

[77] Quebrarse: hacer quiebros al bailar o caminar, como los
compadritos.

[78] Renuncio: fig. Mentira o contradiccin.

[79] Caramayol: asalto.

[80] Biaba: asalto a mano armada.

[81] Dirse: forma de diccin inculta del verbo irse; aparece con ms
frecuencia en el lenguaje rural que en el urbano.

[82] Champurriao: diccin inculta de champurreado. Mezclado (De
champurrear: mezclar un licor con otro y hablar mal un idioma
mezclndolo con otro; tambin chapurrear).

[83] Ad hoc: expresin latina que significa para esto, para el caso.

[84] Me sale con una pata de gallo: me dice un despropsito o tontera.

[85] Calle Buen Orden: actual Bernardo de Irigoyen.

[86] Mulita: fig. Flojo, timorato, miedoso.

[87] Clavar: engaar empleando malicia o fraude en los tratos y
contratos.

[88] Train: diccin inculta por traen. Se trata de un fenmeno de
disimilacin de dos vocales abiertas; es muy frecuente en el habla
inculta y rural.

[89] Reatado: atado apretadamente.

[90] La devaluacin de la moneda papel con respecto a la moneda oro es
la base de esta estafa. Los 5.000 pesos oro valan 625.000 pesos papel.

[91] Mosca: dinero.

[92] Rampln: tosco, vulgar, desaliado.

[93] Calle de las Artes: actual Carlos Pellegrini.

[94] Chapetonada: inexperiencia o torpeza del que es nuevo en alguna
actividad.

[95] Patria Argentina: peridico poltico, noticioso, literario,
comercial; se public en Buenos Aires desde el 1 de enero de 1879 hasta
el 31 de octubre de 1885. Su director fue Alberto Gutirrez y sus
redactores Jos Mara y Ricardo Gutirrez. Sostena la orientacin del
Partido Nacionalista. En total public 2.370 nmeros.





End of the Project Gutenberg EBook of Memorias de un vigilante, by 
Jos S. Alvarez (AKA Fray Mocho)

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN VIGILANTE ***

***** This file should be named 19543-8.txt or 19543-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        http://www.gutenberg.org/1/9/5/4/19543/

Produced by Chuck Greif

Updated editions will replace the previous one--the old editions
will be renamed.

Creating the works from public domain print editions means that no
one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
(and you!) can copy and distribute it in the United States without
permission and without paying copyright royalties.  Special rules,
set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark.  Project
Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
charge for the eBooks, unless you receive specific permission.  If you
do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
rules is very easy.  You may use this eBook for nearly any purpose
such as creation of derivative works, reports, performances and
research.  They may be modified and printed and given away--you may do
practically ANYTHING with public domain eBooks.  Redistribution is
subject to the trademark license, especially commercial
redistribution.



*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License (available with this file or online at
http://gutenberg.org/license).


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
